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diff --git a/espejo-utf8.txt b/espejo-utf8.txt new file mode 100644 index 0000000..67428ed --- /dev/null +++ b/espejo-utf8.txt @@ -0,0 +1,5706 @@ +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 77759 *** + + + NOTAS DEL TRANSCRIPTOR + + +En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está +encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en Versalitas se +representa en mayúsculas, como en VERSALITAS, y el texto en negritas +se representa =así=. + +El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el +de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando +la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado +puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia +Española. + +En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas +acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el +acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está +en mayúsculas. + +El Índice ha sido reubicado al principio de la obra. + +Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores +tipográficos y de ortografía. + +La portada modificada incluida en este libro electrónico se ha agregado +al dominio público. + + + * * * * * + + + + + EL ESPEJO DE LA MUERTE + + + OBRAS DEL AUTOR + + Pesetas + + =Paz en la Guerra= (novela).--Madrid, Fernando Fe, + 1897 4 + + =De la enseñanza superior en España.=--Madrid, + _Revista Nueva_, 1899 1,50 + + =Tres Ensayos: ¡Adentro!--La Ideocracia.--La + Fe.=--Madrid, B. Rodríguez Serra, 1900 1 + + =En torno al casticismo.=--Madrid, Fernando Fe. + Barcelona, Antonio López, 1902 2 + + =Amor y Pedagogía= (novela).--Barcelona, Henrich + y C.ª, 1902 3 + + =Paisajes= (Colección Calón).--Salamanca, 1902 0,75 + + =De mi país.= (Descripciones, relatos y artículos de + costumbres.)--Madrid, Fernando Fe, 1903 3 + + =Vida de Don Quijote y Sancho=, según Miguel + de Cervantes Saavedra, explicada y comentada.--Madrid, + Fernando Fe, 1905 4 + + =Poesías.=--Fernando Fe, Victoriano Suárez, Madrid, + 1907 3 + + =Recuerdos de niñez y de mocedad.=--Madrid, + Fernando Fe, Victoriano Suárez, 1908 3 + + =Mi religión y otros ensayos.=--«Biblioteca Renacimiento», + V. Prieto y C.ª, Madrid, 1910 3,50 + + =Por tierras de Portugal y de España.=--«Biblioteca + Renacimiento», V. Prieto y C.ª, Madrid, 1910. 3,50 + + =Rosario de sonetos líricos.=--Madrid, Fernando + Fe, Victoriano Suárez, 1911 3 + + =Soliloquios y conversaciones.=--«Biblioteca Renacimiento», + Madrid, 1911 3,50 + + =Contra esto y aquello.=--«Biblioteca Renacimiento», + Madrid, 1912 3,50 + + =Del sentimiento trágico de la vida.=--«Biblioteca + Renacimiento», Madrid, 1913 3,50 + + + + + MIGUEL DE UNAMUNO + + EL ESPEJO + DE LA MUERTE + + + (NOVELAS CORTAS) + + [Ilustración] + + + RENACIMIENTO + SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL + Calle de Pontejos, núm. 3, 1.º + MADRID + + + ES PROPIEDAD + + + Imprenta de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes, 4. + + + + + ÍNDICE + + PÁG. + + El espejo de la muerte 5 + + El sencillo D. Rafael, cazador y tresillista 15 + + Ramón Nonnato, suicida 25 + + Cruce de caminos 33 + + El amor que asalta 41 + + Solitaña 49 + + Bonifacio 63 + + Las tribulaciones de Susín 69 + + ¡Cosas de franceses! 77 + + El misterio de iniquidad o sea los Pérez y los López 85 + + El semejante 95 + + Soledad 103 + + Al correr los años 115 + + La beca 125 + + ¡Viva la introyección! 137 + + ¿Por qué ser así? 143 + + El diamante de Villasola 151 + + Juan Manso 157 + + Del odio a la piedad 165 + + El desquite 171 + + Una rectificación de honor 177 + + Una visita al viejo poeta 187 + + El abejorro 195 + + El poema vivo del amor 201 + + El canto adámico 209 + + Las tijeras 215 + + Y va de cuento 223 + + + + + EL ESPEJO DE LA MUERTE + + + + + HISTORIA MUY VULGAR + + +¡La pobre! Era una languidez traidora que iba ganándole el cuerpo todo +de día en día. Ni le quedaban ganas para cosa alguna: vivía sin apetito +de vivir y casi por deber. Por las mañanas costábale levantarse de la +cama, ¡a ella, que se había levantado siempre para poder ver salir el +sol! Las faenas de la casa le eran más gravosas cada vez. + +La primavera no resultaba ya tal para ella. Los árboles, limpios de +la escarcha del invierno, iban echando su plumoncillo de verdura; +llegábanse a ellos algunos pájaros nuevos; todo parecía renacer. Ella +sola no renacía. + +«¡Esto pasará--decíase--, esto pasará!», queriendo creerlo a fuerza de +repetírselo a solas. El médico aseguraba que no era sino una crisis de +la edad; aire y luz, nada más que aire y luz. Y comer bien; lo mejor +que pudiese. + +¿Aire? Lo que es como aire le tenían en redondo, libre, soleado, +perfumado de tomillo, aperitivo. A los cuatro vientos se descubría +desde la casa el horizonte de tierra, una tierra lozana y grasa que +era una bendición del Dios de los campos. Y luz, luz libre también. En +cuanto a comer... «pero madre, si no tengo ganas...». + +--Vamos, hija, come, que a Dios gracias no nos falta de qué; come--le +repetía su madre, suplicante. + +--Pero si no tengo ganas, le he dicho... + +--No importa. Comiendo es como se las hace una. + +La pobre madre, más acongojada que ella, temiendo se le fuera de entre +los brazos aquel supremo consuelo de su viudez temprana, se había +propuesto empapizarla, como a los pavos. Llegó hasta a provocarle +bascas, y todo inútil. No comía más que un pajarito. Y la pobre viuda +ayunaba en ofrenda a la virgen pidiéndole diera apetito, apetito de +comer, apetito de vivir, a su pobre hija. + +Y no era esto lo peor que a la pobre Matilde le pasaba, no era el +languidecer, el palidecer, marchitarse y ajársele el cuerpo; era que +su novio, José Antonio, estaba cada vez más frío con ella. Buscaba +una salida, sí, no había dudado de ello; buscaba un modo de zafarse +y dejarla. Pretendió primero, y con muy grandes instancias, que se +apresurase la boda, como si temiera perder algo, y a la respuesta de +madre e hija de: «No; todavía no, hasta que me reponga; así no puedo +casarme», frunció el ceño. Llegó a decirle que acaso el matrimonio la +aliviase, la curase, y ella, tristemente: «No, José Antonio, no; éste +no es mal de amores, es otra cosa: es mal de vida». Y José Antonio la +oyó mustio y contrariado. + +Seguía acudiendo a la cita el mozo, pero como por compromiso, y estaba +durante ella distraído y como absorto en algo lejano. No hablaba ya de +planes para el porvenir, como si éste hubiera para ellos muerto. Era +como si aquellos amores no tuviesen ya sino pasado. + +Mirándole como a espejo le decía Matilde: + +--Pero, dime, José Antonio, dime, ¿qué te pasa?; porque tú no eres ya +el que antes eras... + +--¡Qué cosas se te ocurren, chica! ¿Pues quién he de ser?... + +--Mira, oye: si te has cansado de mí, si te has fijado ya en otra, +déjame. Déjame, José Antonio, déjame sola, porque sola me quedaré; ¡no +quiero que por mí te sacrifiques! + +--¡Sacrificarme! Pero, ¿quién te ha dicho, chica, que me sacrifico? +Déjate de tonterías, Matilde. + +--No, no, no lo ocultes; tú ya no me quieres... + +--¿Que no te quiero? + +--No, no, ya no me quieres como antes, como al principio... + +--Es que al principio... + +--¡Siempre debe ser principio, José Antonio!; en el querer siempre debe +ser principio; se debe estar siempre empezando a querer. + +--Bueno, no llores, Matilde, no llores, que así te pones peor... + +--¿Que me pongo peor?, ¿peor?; ¡luego estoy mal! + +--¡Mal... no!; pero... Son cavilaciones... + +--Pues, mira, oye, no quiero, no; no quiero que vengas por compromiso... + +--¿Es que me echas? + +--¿Echarte yo, José Antonio, yo? + +--Parece que tienes empeño en que me vaya... + +Rompía aún más a llorar la pobre. Y luego, encerrada en su cuarto, con +poca luz ya y con poco aire, mirábase Matilde una y otra vez al espejo +y volvía a mirarse en él. «Pues no, no es gran cosa--se decía--; pero +las ropas cada vez se me van quedando más grandes, más holgadas, este +justillo me viene ya flojo, puedo meter las dos manos por él; he tenido +que dar un pliegue más a la saya... ¿Qué es esto, Dios mío, qué es?». Y +lloraba y rezaba. + +Pero vencían los veintitrés años, vencía su madre, y Matilde soñaba de +nuevo en la vida, en una vida verde y fresca, aireada y soleada, llena +de luz, de amor y de campo; en un largo porvenir, en una casa henchida +de faenas, en unos hijos y, ¿quién sabe?, hasta en unos nietos. ¡Y +ellos, dos viejecitos, calentando al sol el postre de la vida! + +José Antonio empezó a faltar a las citas, y una vez, a los repetidos +requerimientos de su novia de que la dejara si es que ya no la quería +como al principio, si es que no seguía empezando a quererla, contestó +con los ojos fijos en la guija del suelo: «Tanto te empeñas, que +al fin...». Rompió ella una vez más a llorar. Y él entonces, con +brutalidad de varón: «Si vas a darme todos los días estas funciones de +lágrimas, sí que te dejo». José Antonio no entendía de amor de lágrimas. + +Supo un día Matilde que su novio cortejaba a otra, a una de sus más +íntimas amigas. Y se lo dijo. Y no volvió José Antonio. + +Y decía a su madre la pobre: + +--¡Yo estoy muy mala, madre; yo me muero!... + +--No digas tonterías, hija; yo estuve a tu edad mucho peor que tú; me +quedé en puros huesos. Y ya ves cómo vivo. Eso no es nada. Claro, te +empeñas en no comer... + +Pero a solas en su cuarto y entre lágrimas silenciosas pensaba la +madre: «¡Bruto, más que bruto! Por qué no aguardó un poco... un poco, +sí, no mucho... La está matando... antes de tiempo...». + +Y se iban los días, todos iguales, unánimes, llevándose cada uno un +jirón de la vida de Matilde. + +Acercábase el día de Nuestra Señora de la Fresneda, en que iban todos +los del pueblo a la venerada ermita, donde se rezaba, pedía cual +por sus propias necesidades, y era la vuelta una vuelta de romería, +entre bailes, retozos, cantos y relinchidos. Volvían los mozos de la +mano, del brazo de las mozas, abrazados a ellas, cantando, brincando, +jijeando, retozándose. Era una de besos robados, de restregones, de +apretujeos. Y los mayores se reían recordando y añorando sus mocedades. + +--Mira, hija--dijo a Matilde su madre--; está cerca el día de Nuestra +Señora; prepara tu mejor vestido. Vas a pedirle que te dé apetito. + +--¿No será mejor, madre, pedirle salud? + +--No, apetito, hija, apetito. Con él te volverá la salud. No conviene +pedir demasiado ni aun a la virgen. Es menester pedir poquito a +poquito; hoy una miaja, mañana otra. Ahora apetito, que con él te +vendrá la salud, y luego... + +--Luego, ¿qué, madre? + +--Luego un novio más decente y más agradecido que ese bárbaro de José +Antonio. + +--¡No hable mal de él, madre! + +--¡Que no hable mal de él! ¿Y me lo dices tú? Dejarte a ti, mi cordera, +¿y por quién? ¿Por esa legañosa de Rita? + +--No hable mal de Rita, madre, que no es legañosa. Ahora es más guapa +que yo. Si José Antonio no me quería ya, ¿para qué iba a seguir +viniendo a hablar conmigo? ¿Por compasión? ¿Por compasión, madre, por +compasión? Yo estoy muy mal, lo sé, muy mal. Y a Rita da gusto de +verla, tan colorada, tan fresca... + +--¡Calla, hija, calla! ¿Colorada? Sí, como el tomate. ¡Basta, basta! + +Y se fué a llorar la madre. + +Llegó el día de la fiesta. Matilde se atavió lo mejor que pudo, y +hasta se dió, ¡la pobre!, colorete en las mejillas. Y subieron madre e +hija a la ermita. A trechos tenía la moza que apoyarse en el brazo de +su madre; otras veces se sentaba. Miraba al campo como por despedida, y +esto aun sin saberlo. + +Todo era en torno alegría y verdor. Reían los hombres y los árboles. +Matilde entró a la ermita, y en un rincón, con los huesos de las +rodillas clavados en las losas del suelo, apoyados los huesos de +los codos en la madera de un banco, anhelante, rezó, rezó, rezó, +conteniendo las lágrimas. Con los labios balbucía una cosa, con el +pensamiento otra. Y apenas si veía el rostro resplandeciente de Nuestra +Señora, en que se reflejaban las llamas de los cirios. + +Salieron de la penumbra de la ermita al esplendor luminoso del campo +y emprendieron el regreso. Volvían los mozos, como potros desbocados, +saciando apetitos acariciados durante meses. Corrían mozos y mozas, +excitando con sus chillidos éstas a aquéllos a que las persiguieran. +Todo era restregones, sobeos y tentarujas bajo la luz del sol. + +Y Matilde lo miraba todo tristemente, y más tristemente aún lo miraba +su madre, la viuda. + +--Yo no podría correr si así me persiguieran--pensaba la pobre +moza--, yo no podría provocarles y azuzarles con mis carreras y mis +chillidos... Esto se va. + +Cruzáronse con José Antonio, que pasaba junto a ellas acompañando al +paso a Rita. Los cuatro bajaron los ojos al suelo. Rita palideció, y el +último arrebol, un arrebol de ocaso encendió las mejillas de Matilde, +de donde la brisa había borrado el colorete. + +Sentía la pobre moza en torno de sí el respeto como espesado: un +respeto terrible, un respeto trágico, un respeto inhumano y cruelísimo. +¿Qué era aquello? ¿Era compasión? ¿Era aversión? ¿Era miedo? ¡Oh, sí; +tal vez miedo, miedo tal vez! Infundía temor; ¡ella, la pobre chiquilla +de veintitrés años! Y al pensar en este miedo inconsciente de los +otros, en este miedo que inconscientemente también adivinaba en los +ojos de los que al pasar la miraban, se la helaba de miedo, de otro más +terrible miedo, el corazón. + +Así que traspuso el umbral de la solana de su casa, entornó la puerta; +se dejó caer en el escaño, reventó en lágrimas y exclamó con la muerte +en los labios: + +--¡Ay, mi madre; mi madre, cómo estaré! ¡Cómo estaré, que ni siquiera +me han retozado los mozos! ¡Ni por cumplido, ni por compasión, como +otras; como a las feas! ¡Cómo estaré, virgen santa, cómo estaré! ¡Ni +me han retozado..., ni me han retozado los mozos como antaño! ¡Ni por +compasión, como a las feas! ¡Cómo estaré, madre, cómo estaré! + +--¡Bárbaros, bárbaros y más que bárbaros!--se decía la viuda--. +¡Bárbaros, no retozar a mi hija, no retozarla!... ¿Qué les costaba? Y +luego a todas esas legañosas... ¡Bárbaros! + +Y se indignaba como ante un sacrilegio, que lo era, por ser el retozo +en estas santas fiestas un rito sagrado. + +--¡Cómo estaré, madre, como estaré que ni por compasión me han retozado +los mozos! + +Se pasó la noche llorando y anhelando y a la mañana siguiente no quiso +mirarse al espejo. Y la virgen de la Fresneda, madre de compasiones, +oyendo los ruegos de Matilde, a los tres meses de la fiesta se la +llevaba a que la retozasen los ángeles. + + + + + EL SENCILLO DON RAFAEL, + CAZADOR Y TRESILLISTA + +Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el +recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos +ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que +se rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo +del corazón, susurro de aguas soterrañas. Una vida vacía, y él solo, +enteramente solo. Solo con su vida. + +Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por +eso vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la +tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo, +iba a buscar una sola carta para dar bola, solía repetir don Rafael +que hay cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era +providencialista; es decir, creía en el todopoderío del azar. Tal vez +por creer en algo y no tener la mente vacía. + +--¿Y por qué no se casa usted?--le preguntó alguna vez con la boca +chica su ama de llaves. + +--¿Y por qué me he de casar? + +--Acaso no vaya usted descaminado. + +--Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas +solas. + +--¡Y cuando menos se piensa! + +--¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar +en ello... + +--¿Cuál? + +--La de poder morir tranquilo _ab intestato_. + +--¡Vaya una razón!--exclamó el ama alarmada. + +--Para mí la única valedera--respondió el hombre, que presentía no +valen las razones, sino el valor que se las da. + +Y una mañana de primavera, al salir, con achaque de la caza, a ver +nacer el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a +mejor percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro, como de cosas +olvidadas. El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era +una criatura de horas. Quedósele mirando, y su corazón pareció sentir, +no ya el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una +caza que me ha deparado el destino!, pensó. + +Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera, +subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y +llamó quedamente varias veces. + +--Aquí traigo esto--le dijo al ama de llaves. + +--Y eso, ¿qué es? + +--Parece un niño... + +--¿Parece sólo?... + +--Lo dejaron a la puerta de la calle. + +--¿Y qué hacemos con ello? + +--Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está ¡criarlo! + +--¿Quién? + +--Los dos. + +--¿Yo? ¡Yo, no! + +--Buscaremos ama. + +--¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar +parte al juez, y en cuanto a eso, al hospicio con ello! + +--¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no! + +--En fin, usted manda. + +Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y +pronto el médico de don Rafael encontró una buena nodriza: una chica +soltera que acababa de dar a luz un niño muerto. + +--Como nodriza, excelente--le dijo el médico--, y como persona, ya ves, +un desliz así puede ocurrirle a cualquiera. + +--A mí no--contestó con su sencillez característica don Rafael. + +--Lo mejor sería--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a +criarlo. + +--No--replicó don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fío de la +madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle +disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del +niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un +dolor de tripas. + +Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa +perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del +pelo que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo, +entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a +que el gallo ronda. + +--¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito?--le preguntó la señora +Rogelia. + +--Como hijo mío. + +--Pero, ¿está usted loco? + +--¡Qué más da! + +--¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen +sus verdaderos padres?... + +--Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no +busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que ésta del azar +es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que +haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en +la providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además +así podré morirme tranquilo _ab intestato_, pues ya tengo quien me +herede forzosamente. + +La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando don Rafael hizo +bautizar y registrar al niño como hijo suyo dió que reir a la vecindad +y a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su trasparente +ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que +avenirse y concordar con el ama de leche. + +Ya tenía don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el +tresillo; ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida +nueva, luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el +descanso paseando al nene para acallarlo. + +--Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala +suerte con el ama, me parece. + +--Como no vuelva a las andadas... + +--De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe +al niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un +bausán de marca mayor a quien ya aborrece... + +--No se fíe usted..., no se fíe usted... + +--Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una +pobrecilla... + +--Hasta que vuelva a tener ocasión... + +--¡Digo que lo evitaré! + +--Pues como ella quiera... + +--¡Ah, en cuanto a eso sí. Porque si he de decirle a usted la verdad, +la verdad es que... + +--Sí, me la supongo. + +--¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo! + +Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo +heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse +desde un principio con el crío como si fuese su madre misma. El padre +putativo y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos lados de +la cuna, contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando éste hacía +como que mamaba. + +--¡Lo que es el hombre!--decía don Rafael... + +Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos, +iba él, don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la +boca rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le +afloraban la frente al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno +de los dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el +serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre +los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre +él un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar +al hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear. + +--¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol +mío!--exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le +entendiera. + +Callábase a esto don Rafael. + +Y cuando le cantaba al niño, brazándole, aquella vieja canturria +paradisíaca que, aun trasmitiéndosela de corazón a corazón las madres, +cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía, +siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a don Rafael +como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo. +Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y +mejíasele aquel canto... + + que viene el cocóóóóó... + +con el susurro de las aguas de debajo de su corazón... + + a llevarse a los niños... + +que iba también durmiéndose... + + que duermen pocóóóóó... + +entre las blandas nieblas de su pasado... + + ¡ah, ah, ah, aaaaah! + +--¡Qué buena madre hace!--pensaba. + +Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó don +Rafael: + +--Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso? + +--¡Ya ve usted, don Rafael!--y se le encendía leve, muy levemente el +rostro. + +--¡Sí, tienes razón, ya lo veo! + +Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras +duró aquello hizo don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su +mismo cuarto. «Pero señorito--dijo ella--, cómo quiere usted que yo +duerma allí...». «Pues muy sencillo--contestó él, con su sencillez +acostumbrada--, ¡durmiendo!». + +Porque para aquel hombre, todo sencillez, era sencillo todo. + +Por fin, el médico dió por salvado al niño. + +--¡Salvado!--exclamó don Rafael con el corazón desbordante, y fué a +abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo. + +--Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al +niño que sonreía en floración de convalecencia. + +--Usted dirá--contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope. + +--Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo +que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no +a Tucumán, y ya que somos yo padre y tu madre, cada uno a su respecto, +del mismo hijo, nos casemos y asunto concluido. + +--¡Pero, don Rafael!--y se puso de grana. + +--Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos... + +El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían +juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos--¡qué más +da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después +se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan. + +Y fueron en lo que en lo humano cabe--¡y no es poco!--felices, y +tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo +morir tranquilo _ab intestato_, por tener ya quienes forzosamente le +heredaran, el sencillo don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de +dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen +de su filosofía práctica: ¡hay que dar al azar lo suyo! + + + + + RAMÓN NONNATO, SUICIDA + + +Cuando harto de llamar a la puerta de su cuarto entró, forzándola, el +criado, encontróse a su amo lívido y frío en la cama, con un hilo de +sangre que le destilaba de la sien derecha, y junto a él, aquel retrato +de mujer que traía constantemente consigo, casi como un amuleto, y en +cuya contemplación se pasaba tantas horas. + +Y era que en la víspera de aquel día de otoño gris, a punto de ponerse +el día, Ramón Nonnato se había pegado un tiro. Habíanle visto antes, +por la tarde, pasearse solo, según tenía por costumbre, a la orilla del +río, cerca de su desembocadura, contemplando cómo las aguas se llevaban +al azar las hojas amarillas que desde los álamos marginales iban a caer +para siempre, para nunca más volver, en ellas. «Porque las que en la +primavera próxima, la que no veré, vuelvan con los pájaros nuevos a los +árboles, serán otras», pensó Nonnato. + +Al desparramarse la noticia del suicidio hubo una sola y compasiva +exclamación: ¡Pobre Ramón Nonnato! Y no faltó quien añadiera: Le ha +suicidado su difunto padre. + +Pocos días antes de darse así la muerte había pagado Nonnato su última +deuda con el producto de la venta de la última finca que le quedara +de las muchas que de su padre heredó, y era la casa solariega de su +madre. Antes fué a ella y se estuvo allí solo durante un día entero, +llorando su desamparo y la falta de un recuerdo, con un viejo retrato +de su madre entre las manos. Era el retrato que traía siempre consigo, +sobre el pecho, imagen de una esperanza que para él había siempre sido +recuerdo, siempre. + +El pobre hombre había desbaratado la fortuna que su padre le dejara +en locas especulaciones enderezadas a acrecentarla, en fantásticas +combinaciones financieras y bursátiles, mientras vivía con una modestia +rayana en la pobreza y ceñido de privaciones. Pues apenas si gastaba +más que lo preciso para sustentarse con un discreto decoro, y fuera de +esto en caridades y favores. Porque el pobre Nonnato, tan tacaño para +consigo mismo, era en extremo liberal y pródigo para con los demás: +sobre todo con las víctimas de su padre. + +La razón de su conducta era que buscaba aumentar lo más posible su +fortuna, hacerla enorme y emplearla luego en vasto objeto de servicio +a la cultura pública, para redimirla así de su pecado de origen. No +le parecía bastante haberla distribuido en pequeñas caridades y mucho +menos haber tratado de cancelar los daños de su padre. No es posible +recoger el agua derramada. + +Llevaba siempre fijas en la mente las últimas palabras que al morir le +dirigió su padre, y fueron así: + +--Lo que siento, hijo mío, es que esta fortuna, tan trabajosamente +fraguada y cimentada por mí, esta fortuna tan bien repartida, y que es, +aunque tú no lo creas, una verdadera obra de arte, se va a deshacer en +tus manos. Tú no has heredado mi espíritu, ni tienes amor al dinero, ni +entiendes de negocio. Confieso haberme equivocado contigo. + +«Afortunadamente», pensó Nonnato al oir estas últimas palabras de su +padre. Porque, en efecto, no había logrado éste infundirle su recio y +sombrío amor al dinero, ni aquella su afición al negocio, que le hacía +preferir la ganancia de tres, con engaño legal, a la de cuatro sin él. + +Y eso que el pobre Nonnato había sido el abogado de los pleitos en que +de continuo se metía aquel hombre terrible: un abogado gratuito, por +supuesto. En su calidad de abogado de su padre, es como Nonnato tuvo +que penetrar en los más recónditos recovecos del antro del usurero, +tinieblas húmedas donde acabó de entristecérsele el alma, presa de una +esclavitud irrescatable. Ni podía libertarse, pues, ¿cómo resistir la +mirada cortante y fría de aquel hombre de presa? + +Años tétricos los de la carrera del pobre Nonnato, de aquella carrera +odiada que estudiaba obligado a ello por su padre. Cuando durante los +veranos se iba de vacaciones a su pueblo costero, después de aquel +tenebroso curso de estudios, pasado en una miserable casa de uno de +los deudores de su padre, que así le sacaba más interés a su préstamo, +íbase Nonnato solo a orillas del mar a consolarse de su soledad con la +soledad del océano y a olvidar las tristezas de la tierra. El mar le +había siempre llamado como una gran madre consoladora, y sentado a su +orilla, sobre una roca ceñida de algas, contemplaba el retrato aquel de +su pobre madre, fingiéndose que el canto brezador de las olas era el +arrullo de cuna que no le había sido concedido oir en su infancia. + +Él había querido hacerse marino para huir mejor de casa de su padre, +para cultivar la soledad de su alma; pero su padre, que necesitaba +un abogado gratuito, le obligó a estudiar leyes para torcerlas, +renunciando al mar. De aquí lo tétrico de sus años de carrera. + +Y ni aun tuvo en ellos el consuelo de refrescarse el alma a solas con +el recuerdo de sus mocedades, porque éstas habíalas pasado como una +sola noche de invierno en un desierto de hielo. Solo, siempre solo con +aquel padre que apenas le hablaba como no fuese de sus feos negocios +y que de cuando en cuando le decía: «Porque esto lo hago por ti, +principalmente por ti, casi sólo por ti. Quiero que seas rico, muy +rico, inmensamente rico y que puedas casarte con la hija del más rico +de esos ricachos que nos desprecian». Mas el chico sentía que aquello +era mentira, y que él no era sino un pretexto para que su padre se +justificase ante sí mismo, en el foro de su conciencia, su usura y su +avaricia. Y fué entonces, en aquella tétrica mocedad, cuando dió con el +retrato de su madre y empezó a dedicarle culto. El padre, por su parte, +jamás le habló de ella. + +Y el pobre mozo, que oía a sus compañeros hablar de sus madres, trataba +de figurarse cómo habría podido ser la suya. E interrogaba en vano a +aquella antigua sirvienta, seca y dura, la confidente de su padre, +la que le había tomado de brazos de su nodriza, a la que no había +vuelto a ver. Nunca le oyó cantar a aquella mujer ceñuda y tercamente +silenciosa. Y era ella la que se perdía en sus más remotos recuerdos de +niñez. + +¡Niñez! No la había tenido. Su niñez fué un solo día largo, un día gris +y frío de unos cuantos años, porque todos sus días fueron iguales e +iguales las horas todas de cada uno de sus días. Y la escuela no menos +tétrica que su hogar. En ella le dirigían bromas feroces, como son las +bromas infantiles, sobre las mañas de su padre. Y como le vieran una +vez llorar al llamarle el hijo del usurero, redoblaron las burlas. + +La nodriza lo había dejado en cuanto pudo porque no se le pagaba su +servicio en rigor. Era el modo que tenía el usurero de cobrarse una +deuda del marido de ella. Y así, en vez de pagarle sus mesadas por dar +la leche de su pecho al pobrecito Nonnato, íbaselas descontando de lo +que su marido le debía. + +Habíanle sacado a Ramón Nonnato del cadáver tibio de su madre, que +murió poco antes de cuando había de darle a luz, cuarenta y dos años +antes del día aquél en que se suicidó. Y es, pues, que había nacido con +el suicidio en el alma. + +¡La pobre madre! ¡Cuántas veces en sus últimos días de vida se +ilusionaba con que el hijo tan esperado habría de ser un rayo de sol +en aquel hogar tenebroso y frío y habría de cambiar el alma de aquel +hombre terrible! «¡Y por lo menos--pensaba--no estaré ya sola en el +mundo, y cantando a mi niño no oiré el rechinar del dinero en ese +cuarto de los secretos! ¡Y quién sabe... acaso cambie!». + +Y soñaba con llevarle en los días claros a la orilla del mar a darle +allí el pecho frente al pecho palpitante de la nodriza de la tierra, +uniendo su canto al eterno canto de cuna que tantos dolores del +trabajado linaje humano adormeciera. + +¿Cómo se encontró casada con aquel hombre? Ni ella lo sabía. Cosa +de su familia, de su padre, que tenía negocios oscuros con el que +fué luego su marido. Sospechaba algo pavoroso, pero en que no quería +entrar. Recordaba que un día, después de varios en que su madre tuvo +de continuo enrojecidos los ojos por el llanto, la llamó su padre al +cuarto de las solemnidades, y le dijo: + +--Mira, hija mía, mi salvación, la salvación de la familia toda depende +de ti. Sin un sacrificio tuyo, no sólo la ruina completa, sino además +la deshonra. + +--Mándeme padre--respondió ella. + +--Es menester que te cases con Atanasio, mi socio. + +La pobre, temblando de los talones a la nuca, se calló, y su padre, +tomando su silencio por un otorgamiento, añadió: + +--Gracias, hija, gracias; no esperaba yo otra cosa de ti. Sí, este +sacrificio... + +--¿Sacrificio?--dijo ella por decir algo. + +--¡Oh, sí, hija mía, no le conoces, no le conoces como yo!... + + + + + CRUCE DE CAMINOS + + +Entre dos filas de árboles la carretera piérdese en el cielo; sestea un +pueblecillo junto a un charco, en que el sol cabrillea, y una alondra, +señera, trepidando en el azul sereno, dice la vida mientras todo calla. +El caminante va por donde dicen las sombras de los álamos; a trechos +para y mira, y sigue luego. + +Deja que oree el viento su cabeza blanca de penas y años, y anega sus +recuerdos dolorosos en la paz que le envuelve. + +De pronto, el corazón le da rebato y se detiene temblando cual si fuese +ante el misterio final de su existencia. A sus pies, sobre el suelo, +al pie de un álamo y al borde del camino, una niña dormía un sueño +sosegado y dulce. Lloró un momento el caminante, luego se arrodilló, +después sentóse, y, sin quitar sus ojos de los ojos cerrados de la +niña, le veló el sueño. Y él soñaba entretanto. + +Soñaba en otra niña como aquélla, que fué su raíz de vida, y que +al morir una mañana dulce de primavera le dejó solo en el hogar, +lanzándole a errar por los caminos, desarraigado. + +De pronto abrió los ojos hacia el cielo la que dormía, los volvió al +caminante, y cual quien habla con un viejo conocido, le preguntó: ¿Y mi +abuelo? Y el caminante respondió: ¿Y mi nieta? Miráronse a los ojos, y +la niña le contó que, al morírsele su abuelo, con quien vivía sola--en +soledad de compañía solos--, partió al azar de casa, buscando... no +sabía qué... más soledad acaso. + +--Iremos juntos; tú a buscar a tu abuelo; yo, a mi nieta--le dijo el +caminante. + +--¡Es que mi abuelo se murió!--la niña. + +--Volverán a la vida y al camino--contestó el viejo. + +--Entonces... ¿vamos? + +--¡Vamos, sí, hacia adelante, hacia levante! + +--No, que así llegaremos a mi pueblo y no quiero volver, que allí estoy +sola. Allí sé el sitio en que mi abuelo duerme. Es mejor al poniente; +todo derecho. + +--¿El camino que traje?--exclamó el viejo--. ¿Volverme, dices? +¿Desandar lo andado? ¿Volver a mis recuerdos? ¿Cara al ocaso? ¡No, eso +nunca! ¡No, eso sí que no, antes morirnos! + +--¡Pues entonces... por aquí, entre las flores, por los prados, por +donde no hay camino! + +Dejando así la carretera fueron campo traviesa, entre floridos +campos--magarzas, clavelinas, amapolas--, adonde Dios quisiera. + +Y ella, mientras chupaba un chupamieles con sus labios de rosa, le iba +contando de su abuelo cómo en las largas veladas invernizas le hablaba +de otros mundos, del paraíso, de aquel diluvio, de Noé, de Cristo... + +--¿Y cómo era tu abuelo? + +--Casi era como tú, algo más alto...; pero no mucho, no te creas... +viejo..., y sabía canciones. + +Calláronse los dos, siguió un silencio y lo rompió el anciano dando a +la brisa que iba entre las flores este cantar: + + Los caminos de la vida + van del ayer al mañana, + mas los del cielo, mi vida, + van al ayer del mañana. + +Y al oirle, la niña dió a los cielos, como una alondra, esta fresca +canción de primavera: + + Pajarcito, pajarcito, + ¿de dónde vienes? + El tu nido, pajarcito, + ¿ya no le tienes? + Si estás solo, pajarcito, + ¿cómo es que cantas? + ¿A quién buscas, pajarcito, + cuando te levantas? + +--Así era como tú, algo más chica--dijo llorando el viejo--; así era +como tú..., como estas flores... + +--¡Cuéntame de ella, pues, cuéntame de ella! + +Y empezó el viejo a repasar su vida, a rezar sus recuerdos, y la niña a +su vez a ensimismárselos, a hacerlos propios. + +«Otra vez...»--empezaba él, y ella, cortándole, decía: «¡Lo recuerdo!». + +--¿Que lo recuerdas, niña? + +--Sí, sí; todo eso me parece cual si fuera algo que me pasó, como si +hubiese vivido yo otra vida. + +--¡Tal vez!--dijo el anciano, pensativo. + +--Allí hay un pueblo, ¡mira! + +Y el caminante vió tras una loma humo de hogares. Luego, al llegar a +su espinazo, al fondo, un pueblecillo agazapado en rolde de una pobre +espadaña, cuyos dos huecos con sus dos chilejas, cual dos pupilas, +parecían mirar al infinito. En el ejido, un zagalejo rubio cuidaba de +unos bueyes que bebían en una charca, que, cual si fuese un desgarrón +de tierra, mostraba el cielo soterraño, y en éste otros dos bueyes--dos +bueyes celestiales--, que venían a contemplar sus sombras pasajeras o +darles nueva vida acaso. + +--Zagal, ¿aquí hay dónde hacer noche, dime?--preguntó el viejo. + +--¡Ni a posta!--dijo el mozo--. Esa casa de ahí está vacía; sus dueños +emigraron, y hoy sirve nada más que de guarida para alimañas. Pan, vino +y fuego aquí nunca se niega al que viene de paso en busca de su vida. + +--¡Dios os lo pagará, zagal, en la otra! + +Durmiéronse arrimados y soñaron, el viejo, en el abuelo de la niña, +y ella, en la nietecita que perdiera el pobre caminante. Al despertar +miráronse a los ojos, y como en una charca sosegada que nos descubre el +cielo soterraño, vieron allí, en el fondo, sus sendos sueños. + +--Puesto que hay que vivir, si nos quedáramos en esta casa... ¡La pobre +está tan sola!--dijo el viejo. + +--Sí, sí; la pobre casa... ¡Mira, abuelo, que el pueblo es tan bonito! +Ayer, el campanario de la iglesia nos miraba muy fijo, como yendo a +decir... + +En este punto sonaron las chilejas. «Padre nuestro que estás en los +cielos...». Y la niña siguió: «¡Hágase tu voluntá así en la tierra como +en el cielo!». Rezaron a una voz. Y salieron de casa, y les dijeron: +Vosotros, ¿qué sabéis hacer?, ¡veamos! + +El viejo hacía cestas, componía mil cosas estropeadas; sus manos eran +ágiles; industrioso su ingenio. + +Sentábanse al arrimo de la lumbre: la niña hacía el fuego, y cuidando +de la olla le ayudaba. Y hablaban de los suyos, de la otra vida y +de aquel otro abuelo. Y era cual si las almas de los otros, también +desarraigadas, errantes por las sendas de los cielos, bajasen al +arrimo de la lumbre del nuevo hogar. Y les miraban silenciosas, y eran +cuatro, y no dos. O más bien eran dos, mas dos parejas. Y así vivían +doble vida: la una, vida del cielo, vida de recuerdos, y la otra, de +esperanzas de la tierra. + +Íbanse por las tardes a la loma, y de espaldas al pueblo veían sobre el +cielo destacarse, allá en las lejanías, unos álamos que dicen el camino +de la vida. Volvíanse cantando. + +Y así pasaba el tiempo hasta que un día--unos años más tarde--oyó otro +canto junto a casa el viejo. + +--Dime, ¿quién canta esa canción, María? + +--Acaso el ruiseñor de la alameda... + +--¡No, que es cantar de mozo! + +Ella bajó los ojos. + +--Ese canto, María, es un reclamo. Te llama a ti al camino y a mí a +morir. ¡Dios os bendiga, niña! + +--¡Abuelito! ¡Abuelito!--y le abrazaba, cubríale de besos, le miraba a +los ojos cual buscándose. + +--¡No, no, que aquélla se murió, María! ¡También yo muero! + +--No quiero, abuelo, que te mueras; vivirás con nosotros... + +--¿Con vosotros me dices? ¿Tu abuelo? Tu abuelo, niña, se murió. ¡Soy +otro! + +--¡No, no; tú eres mi abuelo! ¿No te acuerdas cuando yo, al despertar +sola y contarte cómo escapé de casa, me dijiste: Volverán a la vida y +al camino? ¡Y volvieron! + +--Volvieron al camino, sí, hija mía, y a él nos llama esa canción del +mozo. ¡Tú con él, mi María, yo... con ella! + +--¡Con ella, no! ¡Conmigo! + +--¡Sí, contigo! Pero... ¡con la otra! + +--¡Ay, mi abuelo, mi abuelo! + +--¡Allí te aguardo! ¡Dios os bendiga, pues por ti he vivido! + +Murióse aquella tarde el pobre anciano, el caminante que alargó sus +días; la niña, con los dedos que cogían flores del campo--magarzas, +clavelinas, amapolas--le cerró ambos los ojos, guardadores de ensueño +de otro mundo; besóle en ellos, lloró, rezó, soñó, hasta que oyendo la +canción del camino se fué a quien le llamaba. + +Y el viejo fué a la tierra: a beber bajo de ella sus recuerdos. + + + + + EL AMOR QUE ASALTA + + +¿Qué es eso del amor, de que están siempre hablando tantos hombres y +que es el tema casi único de los cantos de los poetas? Es lo que se +preguntaba Anastasio. Porque él nunca sintió nada que se pareciese a +lo que llaman amor los enamorados. ¿Sería una mera ficción, o acaso un +embuste convencional con que las almas débiles tratan de defenderse de +la vaciedad de la vida, del inevitable aburrimiento? Porque eso sí, +para vacuo y aburrido, y absurdo y sin sentido, no había, en sentir de +Anastasio, nada como la vida humana. + +Arrastraba el pobre Anastasio una existencia lamentable, sin estímulo +ni objetivo para el vivir, y cien veces se habría suicidado si no +aguardase, con una oscura esperanza a prueba de un continuo desengaño, +que también a él le llegase alguna vez a visitar el amor. Y viajaba, +viajaba en su busca, por si cuando menos lo pensase le acometía de +pronto en una encrucijada del camino. + +Ni sentía codicia de dinero, disponiendo de una modesta pero para +él más que suficiente fortuna, ni sentía ambición de gloria o de +honores, ni anhelo de mando y poderío. Ninguno de los móviles que +llevan a los hombres al esfuerzo le parecía digno de esforzarse por +él, y no encontraba tampoco el más leve consuelo a su tedio mortal +ni en la ciencia, ni en el arte, ni en la acción pública. Y leía el +_Eclesiastés_ mientras esperaba la última experiencia, la del amor. + +Habíase dado a leer a todos los grandes poetas eróticos, a los +analistas del amor entre hombre y mujer, las novelas todas amatorias, y +descendió hasta esas obras lamentables que se escriben para los que aún +no son hombres del todo y para los que dejaron en cierto modo de serlo: +se rebajó hasta escarbar en la literatura pornográfica. Y es claro, +aquí encontró menos aún que en otras partes huella alguna del amor. + +Y no es que Anastasio no fuese hombre hecho y derecho, cabal y entero, +y que no tuviese carne pecadora sobre los huesos. Sí, hombre era +como los demás, pero no había sentido el amor. Porque no cabía que +fuese amor la pasajera excitación de la carne que olvida la imagen +provocadora. Hacer de aquello el terrible dios vengador, el consuelo de +la vida, el dueño de las almas, parecíale un sacrilegio, tal como si se +pretendiese endiosar al apetito de comer. Un poema sobre la digestión +es una blasfemia. + +No, el amor no existía en el mundo para el pobre Anastasio. Leyó y +releyó la leyenda de _Tristán e Iseo_, y le hizo meditar aquella +terrible novela del portugués Camilo Castello Branco: _A mulher fatal_. +¿Me sucederá así?--pensaba--. ¿Me arrastrará tras de sí, cuando menos +lo espere y crea, la mujer fatal?--Y viajaba, viajaba en busca de la +fatalidad ésta. + +«Llegará un día--se decía--en que acabe de perder esta vaga sombra de +esperanza de encontrarlo, y cuando vaya a entrar en la vejez, sin haber +conocido ni mocedad ni edad viril, cuando me diga: ¡ni he vivido ni +puedo ya vivir, ¿qué haré? Es un terrible sino que me persigue, o es +que todos los demás se han conchabado para mentir». Y dió en pesimista. + +Ni jamás mujer alguna le inspiró amor, ni creía haberlo él inspirado. +Y encontraba mucho más pavoroso que no poder ser amado el no poder +amar, si es que el amor era lo que los poetas cantan. ¿Pero sabía él, +Anastasio, si no había provocado pasión escondida alguna en pecho de +mujer? ¿No puede acaso encender amor una hermosa estatua? Porque él +era, como estatua, realmente hermoso. Sus ojos negros, llenos de un +fuego de misterio, parecían mirar desde el fondo tenebroso de un tedio +henchido de ansias; su boca se entreabría como por una sed trágica; en +todo él palpitaba un destino terrible. + +Y viajaba, viajaba desesperado, huyendo de todas partes, dejando caer +su mirada en las maravillas del arte y de la naturaleza, y diciéndose: +¿Para qué todo esto? + +Era una tarde serena del tranquilo otoño. Las hojas, amarillas ya, +se desprendían de los árboles e iban envueltas en la brisa tibia a +restregarse contra la yerba del campo. El sol se embozaba en un cendal +de nubes que se desflecaban y deshacían en jirones. Anastasio miraba +desde la ventanilla del vagón cómo iban desfilando las colinas. Bajó en +la estación de Aliseda, donde daban a los viajeros tiempo para comer, y +se fué al comedor de la fonda, lleno de maletas. + +Sentóse distraídamente y esperó le trajesen la sopa. Mas al levantar +los ojos y recorrer con ellos distraídamente la fila de los comensales, +tropezaron con los de una mujer. En aquel momento metía ella un pedazo +de manzana en su boca, grande, fresca y húmeda. Claváronse uno a otro +las miradas y palidecieron. Y al verse palidecer palidecieron más aún. +Palpitábanles los pechos. La carne le pesaba a Anastasio; un cosquilleo +frío le desasosegaba. + +Ella apoyó la cara en la diestra y pareció que le daba un vahido. +Anastasio entonces, sin ver en el recinto nada más que a ella, mientras +el resto del comedor se le esfumaba, se levantó tembloroso, se le +acercó y con voz seca, sedienta, ahogada y temblona le cuchicheó casi +al oído: + +--¿Qué le pasa? ¿Se pone mala? + +--¡Oh, nada, nada; no es nada... gracias!... + +--A ver...--añadió él, y con la mano temblorosa le cogió del puño para +tomarle el pulso. + +Fué entonces una corriente de fuego que pasó del uno al otro. Sentíanse +mutuamente los calores; las mejillas se les encendieron. + +--Está usted febril...--susurró él balbuciente y con voz apenas +perceptible. + +--¡La fiebre es... tuya!--respondió ella, con voz que parecía venir de +otro mundo, de más allá de la muerte. + +Anastasio tuvo que sentarse; las rodillas se le doblaban al peso del +corazón, que le tocaba a rebato. + +--Es una imprudencia ponerse así en camino--dijo él, hablando como por +máquina. + +--Sí, me quedaré--contestó ella. + +--Nos quedaremos--añadió él. + +--Sí, nos quedaremos... ¡Y ya te contaré; te lo contaré todo!--agregó +la mujer. + +Recogieron sus maletas, tomaron un coche y emprendieron la marcha al +pueblo de Aliseda, que dista cinco kilómetros de su estación. Y en el +coche, sentados el uno frente al otro, tocándose las rodillas, mejiendo +sus miradas, le cogió la mujer a Anastasio las manos con sus manos y +fué contándole su historia. La historia misma de Anastasio, exactamente +la misma. También ella viajaba en busca del amor; también ella +sospechaba que no fuese todo ello sino un enorme embuste convencional +para engañar el tedio de la vida. + +Confesáronse uno a otro, y según se confesaban iban sus corazones +aquietándose. A la trágica turbación de un principio sucedió en sus +almas un reposo terrible, algo como un deshacimiento. Imaginábanse +haberse conocido de siempre, desde antes de nacer; pero a la vez todo +el pasado se borraba de sus memorias, y vivían como un presente eterno, +fuera del tiempo. + +--¡Oh, que no te hubiese conocido antes, Eleuteria!--le decía él. + +--¿Y para qué, Anastasio?--respondía ella--. Es mejor así, que no nos +hayamos visto antes. + +--¿Y el tiempo perdido? + +--¿Perdido le llamas a ese tiempo que empleamos en buscarnos, en +anhelarnos, en desearnos el uno al otro? + +--Yo había desesperado ya de encontrarte... + +--No, pues si hubieses desesperado de ello te habrías quitado la vida. + +--Es verdad. + +--Y yo habría hecho lo mismo. + +--Pero ahora, Eleuteria, de hoy en adelante... + +--¡No hables del porvenir, Anastasio, bástenos el presente! + +Los dos callaron. Por debajo del arrobamiento que les embargaba sonaba +extraño rumor de aguas de abismo sin fondo. No era alegría, no era gozo +lo que sobrenadaba en la seriedad trágica que les envolvía. + +--No pensemos en el porvenir--reanudó ella--ni en el pasado tampoco. +Olvidémonos de uno y de otro. Nos hemos encontrado, hemos encontrado al +amor y basta. Y ahora, Anastasio, ¿qué me dices de los poetas? + +--Que mienten, Eleuteria, que mienten; pero muy de otro modo que lo +creía yo antes. Mienten, sí; el amor no es lo que ellos cantan... + +--Tienes razón, Anastasio; ahora siento que el amor no se canta. + +Y siguió otro silencio, un silencio largo, en que, cogidos de las +manos, estuvieron mirándose a los ojos y como buscándose en el fondo de +ellos el secreto de sus destinos. Y luego empezaron a temblar. + +--¿Tiemblas, Anastasio? + +--¿Y también tú, Eleuteria? + +--Sí, temblamos los dos. + +--¿De qué? + +--De felicidad. + +--Es cosa terrible esta felicidad; no sé si podré resistirla. + +--Mejor, porque eso querrá decir que es más fuerte que nosotros. + +Encerráronse en un sórdido cuarto de una vulgarísima fonda. Pasó todo +el día siguiente y parte del otro sin que dieran señal alguna de vida, +hasta que, alarmado el fondista y sin obtener respuesta a sus llamadas, +forzó la puerta. Encontráronles en el lecho, juntos, desnudos, y fríos +y blancos como la nieve. El perito médico aseguró que no se trataba de +suicidio, como así era en efecto, y que debían de haberse muerto del +corazón. + +--¿Pero los dos?--exclamó el fondista. + +--¡Los dos!--contestó el médico. + +--¡Entonces eso es contagioso!...--y se llevó la mano al lado izquierdo +del pecho, donde suponía tener su corazón de fondista. Intentó ocultar +el suceso, para no desacreditar su establecimiento, y acordó fumigar el +cuarto, por si acaso. + +No pudieron ser identificados los cadáveres. Desde allí los llevaron al +cementerio, y desnudos y juntos, como fueron hallados, echáronlos en +una misma huesa y encima tierra. Sobre esta tierra ha crecido yerba y +sobre la yerba llueve. Y es así el cielo, el que les llevó a la muerte, +el único que sobre su tumba llora. + +El fondista de Aliseda, reflexionando sobre aquel suceso +increíble--nadie tiene más imaginación que la realidad, se decía--, +llegó a una profunda conclusión de carácter médico legal, y es que se +dijo: «¡Estas lunas de miel!... No se debía permitir que los cardíacos +se casasen entre sí». + + + + + SOLITAÑA + + + Soli, solitaña + Vete a la montaña, + Dile al pastor + Que traiga buen sol, + Para hoy y pa mañana + Y pa toda la semana. + + (_Canto infantil bilbaíno._) + + +Érase en Artecalle, en Tendería o en otra cualquiera de las siete +calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta paraban muchas +veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la angosta +portalada y constreñía el acceso a la casa un banquillo lleno de +piezas de tela, paños rojos, azules, verdes, pardos y de mil colores +para sayas y refajos; colgaban sobre la achatada y contrahecha puerta +pantalones, blusas azules, elásticos de punto abigarrados de azul y +rojo, fajas de vivísima púrpura pendientes de sus dos extremos, boinas +y otros géneros, mecidos todos los colgajos por el viento Noroeste que +se filtraba por la calle como por un tubo y formando a la entrada como +un arco que ahogaba a la puertecilla. Las aldeanas paraban en medio +de la calle, hablaban, se acercaban, tocaban y retocaban los géneros, +hablaban otra vez, iban, se volvían, entraban y pedían, regateaban, +se iban, volvían a regatear y al cabo se quedaban con el género. El +mostrador, reluciente con el brillo triste que da el roce, estaba +atestado de piezas de tela: sobre él unas compuertas pendientes que se +levantaban para sujetarlas al techo con unos ganchos y servían para +cerrar la tienda y limitar el horizonte. Por dentro de la boca abierta +de aquel caleidoscopio, olor a lienzo y humedad por todas partes y en +todos los rincones, piezas, prendas de vestido, tela de tierra para +camisas de penitencia, montones de boinas, todo en desorden agradable, +en el suelo, sobre bancos y en estantes, y junto a una ventana que +recibía la luz opaca y triste del cantón, una mesilla con su tintero y +los libros de don Roque. + +Era una tienda de género para la aldeanería. Los sentidos frescos del +hombre del pueblo gustan los choques vivos de colorines chillones, +buscan las alegres sinfonías del rojo con el verde y el azul, y las +carotas rojas de las mozas aldeanas parecen arder sobre el pañuelo de +grandes y abigarrados dibujos. En aquella tienda se les ofrecía todo +el género a la vista y al tacto, que es lo que quiere el hombre que +come con ojos, manos y boca. Nunca se ha visto género más alegre, más +chillón y más frescamente cálido, en tienda más triste, más callada y +más tibiamente fría. + +Junto a esta tienda, a un lado, una zapatería con todo el género en +filas, a la vista del transeunte; al otro lado, una confitería oliendo +a cera. + +Asomaba la cabeza por aquella cáscara cubierta de flores de trapo el +caracol humano, húmedo, escondido y silencioso, que arrastra su casita, +paso a paso, con marcha imperceptible, dejando en el camino un rastro +viscoso que brilla un momento y luego se borra. + +Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, por mal nombre _Solitaña_, +era de por ahí, de una de esas aldeas de _chorierricos_ o cosa +parecida, si es que no era de hacia la parte de Arrigorriaga. No +hay memoria de cuándo vino a recalar en Bilbao, ni de cuándo había +sido larva joven, si es que lo fué en algún tiempo, ni sabía a punto +cierto cómo se casó ni por qué se casó, aunque sabía cuándo, pues +desde entonces empezaba su vida. Se deduce _a priori_ que le trajo de +la aldea algún tío para dedicarle a la tienda. Nariz larga, gruesa y +firme; el labio inferior saliente; ojos apagados a la sombra de grandes +cejas; afeitado cuidadosamente; más tarde calvo; manos grandes y pies +mayores. Al andar se balanceaba un poco. + +Su mujer, Rufina de Bengoechebarri y Goicoechezarra, era también de por +ahí, pero aclimatada en Artecalle: una ardilla, una cotorra y lista +como un demonio. Domesticó a su marido, a quien quería por lo bueno. +¡Era tan infeliz _Solitaña_! Un bendito de Dios, un ángel, manso como +un cordero, perseverante como un perro, paciente como un borrico. + +El agua que fecunda a un terreno esteriliza a otro, y el viento húmedo +que se filtraba por la calle oscura hizo fermentar y vigorizarse al +espíritu de doña Rufina, mientras aplanó y enmoheció al de don Roque. + +La casa en que estaba plantado don Roque era viejísima y con balcones +de madera; tenía la cara más cómicamente trágica que puede darse: +sonreía con la alegre puerta y lloraba con sus ventanas tristes. Era +tan húmeda que salía moho en las paredes. + +_Solitaña_ subía todos los días la escalera estrecha y oscura, de +ennegrecidas barandillas, envuelta en efluvios de humedad picante, y +la subía a oscuras sin tropezarse ni equivocar un tramo, donde otro se +hubiera roto la crisma, y mientras la subía lento e impasible, temblaba +de amor la escalera bajo sus pies y la abrazaba entre sus sombras. + +Para él eran todos los días iguales e iguales todas las horas del +día; se levantaba a las seis, a las siete bajaba a la tienda, a la +una comía, cenaba a eso de las nueve y a eso de las once se acostaba, +se volvía de espalda a su mujer, y, recogiéndose como el caracol, se +disipaba en el sueño. + +En las grandes profundidades del mar viven felices las esponjas. + +Todos los días rezaba el rosario, repetía las avemarías como la cigarra +y el mar repiten a todas horas el mismo himno. Sentía un voluptuoso +cosquilleo al llegar a los _orá por nobis_ de la letanía; siempre, al +_agnus_, tenían que advertirle que los _orá por nobis_ habían dado fin; +seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día por extraordinario +caso no había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos lo +rezaba en Santiago, y era para _Solitaña_ goce singular el oir medio +amodorrado por la oscuridad del templo que otras voces gangosas +repetían con él, a coro, _orá por nobis_, _orá por nobis_. + +Los domingos, a la mañana, abría la tienda hasta las doce, y a la +tarde, si no había función de iglesia y el tiempo estaba bueno, daban +una vuelta por Begoña, donde rezaban una salve y admiraban siempre +las mismas cosas, siempre nuevas para aquel bendito de Dios. Volvía +repitiendo ¡qué hermosos aires se respiran desde allí! + +Subían las escaleras de Begoña, y un ciego, con tono lacrimoso y +solemne: + +--Considere, noble caballero, la triste oscuridad en que me veo... La +Virgen Santísima de Begoña os acompañe, noble caballero... + +_Solitaña_ sacaba dos cuartos y le pedía tres ochavos de vuelta. Más +adelante: + +Cuando comparezcamos ante el tribunal supremo de la gloria... + +_Solitaña_ le daba un ochavo. Luego una mujercilla viva: + +--Una limosna, piadoso caballero... + +Otro ochavo. Más allá, un viejo de larga barba blanca, gafas azules, +acurrucado en un rincón con un perro y con la mano extendida. Otro más +adelante, enseñando una pierna delgada, negra, untosa y torcida, donde +posaban las moscas. Dos ochavos más. Un joven cojo pedía en vascuence, +y a éste _Solitaña_ le daba un cuarto. Aquellos acentos sacudían en el +alma de don Roque su fondo yacente y sentía en ella olor a campo, verde +como sus paños para sayas, brisas de aldea, vaho de humo del caserío, +gusto a borona. Era una evocación que le hacía oir en el fondo de sí +mismo, y como salidos de un fonógrafo, cantos de mozas, chirridos de +carros, mugidos de buey, cacareos de gallina, piar de pájaros, algo que +reposaba formando légamo en el fondo del caracol humano, como polvo +amasado con la humedad de la calle y de la casa. + +_Solitaña_ y el mostrador de la tienda se entendían y se querían. +Apoyando sus brazos cruzados sobre él, contemplaba a los chiquillos que +jugaban en el regatón para desagüe, chapuzando los pies en el arroyuelo +sucio. De cuando en cuando, el _chinel_, adelantando alternativamente +las piernas, cruzaba el campo visual del hombre del mostrador, que le +veía sin mirarle y sacudía la cabeza para espantar alguna mosca: + +Fué en cierta ocasión como padrino a la boda de una sobrina; «a +refrescar un poco la cabeza--decía su mujer--, a estirar el cuerpo, +siempre metido aquí como un oso. Yo ya le digo: Roque, vete a dar +un paseo, toma el sol, hombre, toma el sol, y él, nada». A los tres +días volvió diciendo que se aburría fuera de su tienda; él lo que +quería es encogerse y no estirarse; los estirones le causaban dolor +de cabeza y hacían que circulara por todas sus venas la humedad y la +sombra que reposaban en el fondo de su alma angelical: eran como los +movimientos para el reumático. «_Mamarro_, más que _mamarro_--le decía +doña Rufina--, pareces un topo». _Solitaña_ sonreía. Otro de sus goces, +además del de medir telas y los _orá por nobis_, era oir a su mujer que +le reñía. ¡Qué buena era Rufina! + +Venía alguna mujer a comprar. + +--Vamos, ya me dará usted a dieciocho. + +--No puede ser, señora. + +--Siempre dicen ustedes lo mismo, ¡es usted más carero!... Lo menos la +mitad gana usted. Nada, ¡a dieciocho, a dieciocho!... + +--No puede ser, señora. + +--¡Vaya!, me lo llevo... ¡Tome usted!... + +--Señora, no puede ser... + +--¡Bueno!, lo será... siquiera a dieciocho y medio; vaya, me lo llevo... + +--No puede ser, señora. + +--Pues bien; ni usted ni yo: a diecinueve. + +--No puede ser... + +Vencida al fin por el eterno martilleo del hombre húmedo, o se iba o +pagaba los veinte. Así es que preferían entenderse con ella, que aunque +tampoco cedía, daba razones, discutía, ponderaba el género, en fin, +hablaba. Pero para los aldeanos no había como él, paciencia vence a +paciencia. + +La tienda de _Solitaña_ era afortunada. Hay algo de imponente en la +sencilla impasibilidad del bendito de Dios; los hombres exclusivamente +buenos atraen. + +Cuando llegaba alguno de su pueblo y le hablaba de su aldea natal, +se acordaba del viejo caserío, de la borona, del humo que llenaba la +cocina cuando dormitando con las manos en los bolsillos calentaba sus +pies junto al hogar, donde chillaban las castañas, viendo balancearse +la negra caldera pendiente de la cadena negra. Al evocar recuerdos de +su niñez sentía la vaga nostalgia que experimenta el que salió niño de +su patria y vive feliz y aclimatado en tierra extraña. + +Eran grandes días de regocijo cuando él, su mujer y algunos amigos iban +a merendar al campo o a hacer alguna fresada. Se volvían al anochecer +tranquilamente a casa, sintiendo circular dentro del alma todo el +aire de vida y todo el calor del sol. Una vez fueron en tartana a Las +Arenas, nunca había visto aquello _Solitaña_. ¡Oh!, los barcos, ¡cuánto +barco!, y luego el mar, ¡el mar con olas! A _Solitaña_ le gustaba +el monótono resuello de la respiración del monstruo, ¡qué hermoso +acompañamiento para la letanía! Al día siguiente, viendo correr el agua +sucia por el canalón de la calle, se acordaba del mar; pero allí, en su +tienda, se palpaba a sí mismo. + +Por Navidad se reunían varios parientes; después de la cena había +bailoteo, y era de ver a _Solitaña_ agitando sus piernas torpes y +zapateando con sus pies descomunales. ¡Qué risas! Bebía algo más que de +costumbre y luego le llamaba hermosa y salada a su mujer. + +Bajo el mismo cielo, lluvioso siempre, _Solitaña_ era siempre el +mismo; tenía en la mirada el reflejo del suelo mojado por la lluvia; +su espíritu había echado raíces en la tienda, como una cebolla en +cualquier sitio húmedo. En el cuerpo padecía de reúma, cuyos dolores le +aliviaba el opio de las conversaciones de sus contertulios. + +Iban a la noche de tertulia un viejo siempre tan guapo, _bizcor_, +_bizcor_, según él decía, alegre y dicharachero, que contaba siempre +escenas de caza y de limonada; otro que cada ocho días narraba +los fusilamientos que hizo Zurbano cuando entró en Bilbao el año +41, y algunas veces un cura muy campechano. Siempre se hablaba de +estos tiempos de impiedad y liberalismo; se contaban hazañas de la +otra guerra y se murmuraba si saldrían o no otra vez al monte los +montaraces. _Solitaña_, aunque carlista, era de temperamento pacífico, +como si dijéramos, ojalatero. + +Sin dejar de atender a la conversación, de interesarse en su curso, +pensando siempre en lo último que había dicho el que había hablado +el último, se dirigía a los rincones de la tienda, servía lo que le +pedían, medía, recibía el dinero, lo contaba, daba la vuelta y se +volvía a su puesto. En invierno había brasero y por nada del mundo +dejaría _Solitaña_ la badila, que manejaba tan bien como la vara y +con la cual revolvía el fuego mientras los demás charlaban, y luego, +tendiendo los pies con deleite, dormitaba muchas veces al arrullo de la +charla. + +Su mujer llevaba la batuta, la emprendía contra los negros, lamentaba +la situación del Papa, preso en Roma por culpa de los liberales, ¡duro +con ellos! Ella era carlista porque sus padres lo habían sido, porque +fué carlista la leche que mamó, porque era carlista su calle, lo era +la sombra del cantón contiguo y el aire húmedo que respiraban, y el +carlismo, apegado a los glóbulos de su sangre, rodaba por sus venas. + +El viejo, siempre tan guapo, se reía de esas cosas; tan alegres eran +blancos como negros, y en una limonada nadie se acuerda de colores; por +lo demás, él bien sabía que sin religión y palo no hay cosa derecha. + +Hablaban de una limonada: + +--¡Qué limonada!--decía el que vió los fusilamientos de Zurbano--, +¡pedazos de hielo como puños navegaban allí!... + +--Tendríais sarbitos--interrumpió el viejo, siempre tan guapo--; en la +limonada hasen falta sarbitos... Sin sarbitos, limonada _fachuda_; es +como tambolín sin _chistu_. Cuando están aquellos cachitos helaos que +hasen mal en los dientes, entonses... + +--Unas tajaditas de lengua no vienen mal... + +--Sí, lengua tamién; pero sobre todo sarbitos, que no falten los +sarbitos... + +_Solitaña_ se sonreía, arreglando el fuego con la badila. + +--A mí ya me gusta tamién un poco merlusita en salsa...--volvió el otro. + +--¿Con la limonada? Cállate, hombre, no digas _sinsorgadas_... Tú estás +tocao... ¿Merlusa en salsa con la limonada? A ti sólo se te ocurre... + +--Tú dirás lo que quieras; pero pa mí no hay como la merlusa..., la de +Bermeo se entiende, nada de merlusa de Laredo, cada cosa de su paraje: +sardinas de Santurse, angulitas de la isla y merlusa de Bermeo... + +--No haga usted caso a eso--dijo el cura--; yo he comido en Bermeo unas +sardinas que _talmente_ chorreaban manteca: sin querer se les caía el +pellejo... Y estando en Deva, unas angulitas de Aguinaga, que ¡vamos!... + +--Bueno, hombre, pues, ¿qué digo yo?, cada cosa en su sitio y a +su tiempo; luego los caracoles, después el besugo... hisimos una +caracolada poco antes de entrar Zurbano el año... + +--Ya te he dicho muchas veses--le interrumpió el viejo siempre tan +guapo--, que tú no sabes ni coger ni arreglar los caracoles, y sobre +todo, te vuelvo a desir, y no le des más vueltas, que con la limonada +sarbitos, y al que te diga merlusa en salsa le dises que es un arlote +barragarri... Si me vendrás a desir a mí... + +--Y si a mí me gusta en la limonada merlusa en salsa... + +--Entonses no sabes comer como Dios manda. + +--¿Que no sé? + +--Bueno, bueno--interrumpió el cura para cortar la cuestión--, ¿a que +no saben ustedes una cosa curiosa? + +--¿Qué cosa? + +--Que los ingleses nunca comen sesos. + +--Ya se conoce; por eso están coloraos--dijo el viejo guapo--, porque +en cambio te sampan cada chuleta cruda y te pescan cada sapalora... + +--Esos herejes...--empezó doña Rufina. + +Y venía rodando la conversación a los liberales. + +Cuando los contertulios se marchaban, cerraban la tienda doña Rufina +y su marido; contaban el dinero cuidadosamente, sacando sus cuentas; +luego, con una vela encendida, registraban todos los rincones de la +tienda; miraban tras de las piezas, bajo el mostrador y los banquillos; +echaban la llave y se iban a dormir. _Solitaña_ no acostumbraba a +soñar; su alma se hundía en el inmenso seno de la inconsciencia, +arrullada por la lluvia menuda o el violento granizo que sacudía los +vidrios de la ventana. + +Al día siguiente se levantaba como se había levantado el anterior, con +más regularidad que el sol, que adelanta y atrasa sus salidas, y bajaba +a la tienda en invierno entre las sombras del crepúsculo matutino. + +En Jueves Santo parecía revivir un poco el bendito caracol; se calaba +levita negra, guantes también negros, chistera negra que guardaba desde +el día de la boda, e iba con un bastoncillo negro a pedir para la +Soledad de la negra capa. Luego en la procesión la llevaba en hombros, +y aquel dulce peso era para él una delicia sólo comparable a una docena +de letanías con sus quinientos sesenta y dos _orá por nobis_. + +¡Pobre ángel de Dios, dormido en la carne! No hay que tenerle lástima, +era padre y toda la humedad de su alma parecía evaporarse a la vista +del pequeño. ¿Besos?, ¡quiá! Esto en él era cosa rara, apenas se le vió +besar a su hijo, a quien quería, como buen padre, con delirio. + +Vino el bombardeo, se refugió la gente en las lonjas y empezó la vida +de familias acuarteladas. Nada cambió para _Solitaña_; todo siguió lo +mismo. La campanada de bomba provocaba en él la reacción inconsciente +de un avemaría y la rezaba pensando en cualquier cosa. Veía pasar a los +_chimberos_ de la otra guerra como veía pasar al eterno _chinel_. Si +el proyectil caía cerca, se retiraba adentro y se tendía en el suelo +presa de una angustia indefinible. Durante todo el bombardeo no salió +de su cuchitril. La noche de San José temblaba en el colchón, tendido +sobre el suelo, ensartando avemarías. «Si al cabo entraran, decía doña +Rufina, ya le haría yo pagar a ese negro de don José María lo que nos +debe». + +Su hijo fué a estudiar medicina. La madre le acompañó a Valladolid; a +su cargo corría todo lo del chico. Cuando acabó la carrera pensaron por +un momento dejar la tienda; pero _Solitaña_ sin ella hubiera muerto de +fiebre, como un oso blanco trasportado al África ecuatorial. + +Vino el terremoto de los Osunas, y cuando las obligaciones bambolearon, +crujió todo y cayeron entre ruinas de oro familias enteras, se encontró +_Solitaña_ una mañana lluviosa y fría con que aquel papel era papel +mojado y lo remojó con lágrimas. Bajó mustio a la tienda y siguió su +vida. + +Su hijo se colocó en una aldea y aquel día dió don Roque un suspiro +de satisfacción. Murió su mujer, y el pobre hombre, al subir las +escaleras, que temblaban bajo sus pies y sentir la lluvia, que azotaba +las ventanas, lloraba en silencio con la cabeza hundida en la almohada. + +Enfermó. Poco antes de morir le llevaron el Viático, y cuando el +sacerdote empezó la letanía, el pobre _Solitaña_, con la cabeza hundida +en la almohada, lanzaba con labios trémulos unos imperceptibles _orá +por nobis_, que se desvanecían lánguidamente en la alcoba, que estaba +entonces como ascua de oro y llena de tibio olor a cera. Murió; su hijo +le lloró el tiempo que sus quehaceres y sus amores le dejaron libre; +quedó en el aire el hueco que al morir deja un mosquito, y el alma de +_Solitaña_ voló a la montaña eterna, a pedir al Pastor, él, que siempre +había vivido a la sombra, que nos traiga buen sol para hoy, para mañana +y para siempre. + +¡Bienaventurados los mansos! + + + + + BONIFACIO + + +Bonifacio vivió buscándose y murió sin haberse hallado; como el barón +del cuento creía que tirándose de las orejas se sacaría del pozo. + +Era un muchacho, por su desgracia, listo, empeñadísimo en ser original +y parecer extravagante, hasta tal punto, que dejaba de hacer lo que +hacían otros por la misma razón que éstos lo hacen: porque ven hacerlo. +Empeñado en distinguirse de los hombres, no conseguía dejar de serlo. + +Yo no quiero hacer ningún retrato; declaro que Bonifacio es un sér +fantástico que vive en el mundo inteligible del buen Kant, una especie +de quinto cielo; pero la verdad es que cada vez que pienso en Bonifacio +siento angustia y se me oprime el pecho. + +¿Cuál será mi aptitud? se preguntaba Bonifacio a solas. + +Escribió versos y los rompió por no hallarlos bastante originales: +éstos recordaban los de tal poeta, aquéllos los de cual otro; le +parecía cursi manifestarse sentimental, más cursi aún romántico (¿qué +quiere decir romántico?), mucho más cursi, escéptico y soberanamente +cursi, desesperado. Escribió unas coplas irónicas, llenas de desdén +hacia todo lo humano y lo divino, y leyéndolas un mes más tarde las +rompió, diciéndose: «¡Vaya una hiprocresía!, pero si yo no soy así». +Luego escribió otras tiernísimas en que hablaba del hogar, de su +familia, de su rincón natal, cosa de arrancar lágrimas a un canto, y +las rompió también: «Sosadas, sosadas, ¡esto es música celestial!». + +¡Pobre Bonifacio! Cada mañana la luz hacía brotar de su mente un +pensamiento nuevo, que moría poco más o menos a la hora en que muere el +sol. + +Bonifacio era muy alegre entre sus amigos; a solas se empeñaba en ser +triste, se tiraba con furia de las orejas; pero, ¡como si no!, siempre +tranquila la superficie del pozo y él metido allí. + +Había empezado a leer muchos libros para acabar muy pocos; le gustaba +más soñar que leer. A todo escritor le reprochaba que aún le faltaba +algo, evidentemente, le faltaba algo... se parecía a otros y esto es +horrible. + +¿Cuál será mi aptitud? Esto era su eterno tormento. Empezó a construir +un nuevo sistema filosófico, y ya casi terminado, echó de ver que todo +lo que él decía lo habían ya dicho otros, e hizo trizas aquellos +pliegos llenos de remiendos, borrones y añadidos. + +No hubo ramo del conocimiento humano en que no se ensayase; pero +todos, absolutamente todos, ¡habían sido ya tan sobados!... ¡Había que +trabajar tanto para espigar cosas tan viejas! Luego hay una horrible +fatalidad: toda verdad descubierta se hace trivial. + +¿Quién demonio daría con una verdad que eternamente chocara a los +hombres? + +Bonifacio tenía buen fondo; pero él se obstinaba en buscarse en la +forma. Se le había puesto en la cabeza que llegaría a ser hombre +célebre: la cuestión era dar con el camino. El hogar, la familia, las +dichas íntimas... ¡Bah!, vulgaridades que acaban por aburrir. + +A fuerza de espolear a los nervios conseguía horas nocturnas de +tristeza, se entregaba a pensamientos lúgubres que el viento fresco de +la calle arrebataba como nubes. + +Cuando hablaba, se olvidaba de su papel y sacaba su alma a escena: un +alma sencilla y cándida, vulgarísima de puro humana. + +Bonifacio amaba, pero con un amor mortificante, nada original. +Cualquier amor de cualquier héroe de cualquier novelucha se parecía al +suyo. La mujer es un estorbo; evidentemente corre más quien sólo se +lleva a sí mismo a cuestas que quien se lleva con su mujer. Platón, +Santo Tomás, Descartes, Kant, fueron solteros; esto le desazonaba al +pobre. + +Su mayor tormento era tener que trabajar para vivir. Resulta además que +el vivir es tan vulgar y rutinario como el trabajar. + +Una vez íbamos de paseo a la caída de la tarde; el pobre hombre, +desahogándose; yo, mordiendo una hoja de zarza. + +--En esta vida no queda tiempo más que para vivir, me decía. + +Yo le miraba con extrañeza y temor; instintivamente me aparté un poco +de él. + +--Mira, seguía, unas veces soy alegre, otras triste; yo no veo las +cosas ni claras ni oscuras; pero me falta algo, yo no sé lo que me +pasa, pero algo me pasa. Dicen que estoy chiflado, que todas estas +cosas no pasan de fantasías, que soy muy raro (al decir esto le +brillaban los ojos de gusto). Todos los majaderos me desdeñan, y como +soy bueno, me veo obligado a tragar la hiel que destila mi hígado. + +¡Pobre Bonifacio! No digo yo que se echó a llorar, porque sería mentir; +yo no le vi llorar, pero ignoro si se tragó las lágrimas; se han dado +casos de personas que por no entregar algún papelillo secreto se lo han +tragado, y digerido, que es peor. + +Algunos días estaba tan alegre que, francamente, me parecía que había +conseguido sacarse del pozo: una alegría rarísima, extrahumana. + +Bonifacio no era pesimista, Bonifacio no era optimista, Bonifacio no +era nada, nada quería ser, ni sabía lo que quería. ¡Pobre Bonifacio! + +Él quería ser algo que llamara la atención, no sabía bien qué. + +¿Para qué continuar un cuento tan viejo? + +Cójanle ustedes a Bonifacio, denle unos cuantos martillazos por aquí +y por allí, moldéenle hasta que se pliegue a las exigencias de la +realidad, y díganme en conciencia si han conocido a Bonifacio. + +Me falta hablar del fin de Bonifacio. + +Respecto a éste corren dos tradiciones igualmente atendibles. + +Según la una, Bonifacio acabó como había empezado, siempre el mismo, +siempre buscándose y nunca hallado; acabó como las nubes de verano: +mientras vivió hizo sombra, y cuando murió siguió alumbrando el sol su +sitio vacío. + +Según otra tradición, Bonifacio, golpe aquí, golpe allí, se fué +redondeando, se casó, tuvo hijos, y cuando fué padre halló la +originalidad tan buscada, que, con ser tan común, es la más rara. Sus +últimas palabras fueron: «Conque, ¡adiós hijos míos!». + +Aun hay otras tradiciones, porque éstas son como los hongos; pero +en todas ellas el fondo de verdad está exornado por mil retazos y +añadiduras. + + + + + LAS TRIBULACIONES DE SUSÍN + A JUAN ARZADUN + + +La fresca hermosura del cielo que envolvía árboles verdes y pájaros +cantores alegraba a Susín, entretenido en construir fortificaciones con +arcilla, mientras la niñera, haciendo muchos gestos, reía las bromas de +un asistente. + +Susín se levantó del suelo en que estaba sentado, se limpió en el +trajecito nuevo las manos embarradas, y contempló su obra viendo que +era buena. Dentro de la trinchera circular quedaba un espacio a modo de +barreño que estaba pidiendo algo, y Susín, alzando las sayas, llenó de +orina el recinto cercado. Entonces le ocurrió ir a buscar un abejorro o +cualquier otro bicho para enseñarle a nadar. + +Tendiendo por el campo la vista, vió a lo lejos brillar algo en el +suelo, algo que parecía una estrella que se hubiera caído de noche +con el rocío. ¡Cosa más bonita! Olvidado del estanquecillo, obra de +sus manos y su meada, se fué a la estrella caída. De repente, según a +ella se acercaba, desapareció la estrella. O se la había tragado la +tierra, o se había derretido, o el Coco se la había llevado. Llegó al +árbol junto al cual había brillado la añagaza, y no vió en él más que +guijarros, y entre ellos un cachito de vidrio. + +¡Qué hermosa mañana! Susín bebía luz con los ojos y aire del cielo azul +con el pecho. + +¡Allí sí que había árboles! ¡Aquello era mundo y no la calle oscura +preñada de peligros, por donde a todas horas discurren caballos, +carros, bueyes, perros, chicos malos y alguaciles! + +Mudó Susín de pronto de color, le flaquearon las piernecitas y un +nudo de angustia le apretó el gaznate. Un perro... un perro sentado +que le miraba con sus ojazos abiertos, un perrazo negro, muy negro y +muy grande. Si hubiera pasado por su calle, habríale amenazado desde +el portal con un palo; pero estaba en medio del campo, que es de los +perros y no de los niños. + +No le quitaba ojo el perro, que levantándose empezó a acercarse a +Susín, a quien el terror no dió tiempo de pensar en la huida. Rehecho +un poco echó a correr, mas con tan mala suerte que, tropezando, cayó de +bruces. Cayó y no lloró, quedándose pegado al suelo... ¿Llorar? ¿Y si +le oía el perro, que acaso no era mas que el Coco que se lleva a los +niños llorones, disfrazado? Se le acercó un perrazo y le olió. Sin +alentar apenas, y con un ojo entreabierto, vió Susín, bailándole el +corazoncillo, que el perro se alejaba lentamente y que allá, muy lejos, +sacudía con majestad sus negros lomos con la cola negra. + +Susín se levantó, y mirando en derredor vióse solo en la inmensa +soledad; el sol picaba su cabecita rubia y le saludaban los árboles. Y +allí cerca brillaba el agua de un charco al reflejo del sol. + +Olvidó al perro, como había olvidado al estanquecillo, obra de sus +manos, y a la estrella caída, y se acercó al charco, cuya superficie +límpida y clara parecía el rostro sereno, pero triste, de un charco +muerto a que había que animar. Cogió una chinita, la arrojó al agua, y +entonces el charco se echó a reir, perdiéndose su risa suavemente en +el barrizal de las orillas. ¡Qué bonitos círculos! Empezó a subir el +légamo del fondo y a enturbiarse el charco, y entonces, cogiendo Susín +un palo y agachándose, mejió el agua. ¡Y cómo se enturbiaba! + +Levantóse Susín, metió un piececito en el agua y empezó a chapotearla. +¡Qué bonito! ¡Cómo se reía el charco de que se le enfangara y de +ensuciar al niño! + +Al sentir éste la humedad que, atravesando las botitas, le refrescaba +el pie, la conciencia de estar haciendo una cosa fea le hizo volver la +cabeza. Dió un grito y se arrimó a un árbol, quedándose en él pegado y +sin saber dónde esconder los pies. ¡Oh, si hubiera podido trepar como +los chicos grandes y esconderse en las ramas altas, donde se esconden +los abejorros! Pero de una cornada podía haber derribado el árbol la +vaca. + +Era una vaca colosal, cuyo cuerpo casi cubría el cielo y cuya sombra se +extendía por la tierra desmesurada y fantástica. Avanzaba lentamente, +recreándose en la angustia de su víctima, que se tapó los ojos para que +la vaca no le viera, y a punto de arrojarse al suelo y gritar: «¡No, no +lo haré más!». La vaca, avanzando, pasó de largo. Susín se despegó del +árbol y miró en derredor. ¿Dónde estaba? + +Sentía cosquilleo en el estómago, pues es cosa sabida que las +impresiones fuertes aceleran la vida y debilitan el cuerpo, y que hasta +los grillos recién muertos resucitan entre lechuga. + +Entonces Susín se dió cuenta de su situación, miró atónito al largo +camino, a los castaños corpulentos, a la tierra solitaria y al sol +imperturbable, clavado en el cielo azul. ¿Y la chacha? + +De cuando en cuando pasaba algún hombre y casi ningún señor. Hombres, +hombres todos, y ¡qué hombres!, todos feos, con mucha barba y ningún +parecido a papá. Uno le miró mucho, y esos hombres que miran mucho son +los peores, los del saco. Sintió angustia mortal al verse perdido en el +mundo, a merced de los chicos malos que llaman «madre» a su mamá, de +los perros grandes y de las grandes vacas, y no estaba allí papá para +pegarles. El soplo del Coco heló a Susín el alma, que temblaba como las +hojas del árbol, sintiendo al Coco presente en todas partes, agazapado +tras de los árboles, acurrucado bajo las piedras, oculto bajo tierra, +caminando a su espalda. Rompió a llorar, y a través de las lágrimas vió +que en el campo deshecho en bruma se le acercaba un hombre. + +Un hombre... pero, ¡qué hombre! Miróle con la atención del espanto, +recogiéndose su alma helada en un rinconcillo del corazón. ¡No era un +hombre, era peor que un hombre, era un alguacil! + +El alguacil se le acercaba poco a poco como el perro negro y la vaca +grande; pero ni se alejó ni pasó de largo. Abriendo Susín tanto los +ojos que apenas veía, sintió que una manaza se posaba en su manecita, y +se vió perdido y sin poder llorar. + +--No llores, chiquito; no llores, que no te hago nada. + +¡Qué malo es el Coco! ¡Qué malo es el Coco cuando usa ironía +alguacilesca! + +--Ven, ven conmigo; vamos a buscar a papá. + +El cielo se le abrió al niño con el milagro, porque lo era, un +verdadero milagro, el que un alguacil tuviera voz tan suave, +inflexiones en ella tan tiernas, tono tan acariciador. ¡Si parecía un +papá aquel alguacil! Su mano no oprimía y su paso se acomodaba al del +niño, que se sentía entonces al amparo de un alto personaje, de un Coco +bueno. + +--Dime, ¿de quién eres? + +--De papá. + +--Y ¿quién es tu papá? + +--Papá. + +--Pero, ¿qué papá, hijo mío? + +--El de mamá. + +El ministro de Justicia se sonrió, porque también él era de su mujer. +Singular pregunta para el niño, ¿quién es tu papá? ¡Como si hubiera más +de uno! + +--¿Dónde vives? + +--En casa. + +--¿Y dónde está tu casa? + +--En casa de papá. + +El alguacil renunció al interrogatorio, quedándose perplejo; porque sin +interrogatorio ¿cómo se averiguan las cosas? + +Acababan de serenarse los ojos de Susín y le invadía toda la dulzura +del aire del cielo cuando vió venir a la niñera amenazadora, peligro +patente y claro, nada fantástico. Asió entonces el niño con sus dos +manecitas el pantalón del alguacil, ocultando su cabecita rubia entre +las piernas de éste. Hubiérase achicado hasta poder entrar en el +bolsillo de aquel sagrado pantalón. + +La voz del alguacil sonó armoniosísima, diciendo: «No hagas caso, no +te harán nada». Y luego, más grave: «Déjele usted, que no tiene él la +culpa». + +De manos del alguacil pasó a los brazos de la criada, y al alejarse +miraba a aquél por si seguía protegiéndole con la mirada. Mas apenas +perdieron de vista al Coco bueno, sintió Susín en el trasero la mano de +la niñera. + +--¡Chiquillo! No te tengo dicho que no te vayas de mi lado... Ya te +daré yo... Buen rato me has hecho pasar... Yo, como una loca, busca que +te busca, y tú... + +El niño lloraba de una manera lastimosa; aquello no era el Coco, pero +sí una buena azotina. Y lloraba tanto que, impacientada la niñera, +empezó a besarle y decirle: + +--No seas tonto, no ha sido nada, no llores, Susín... Vamos, calla, ya +sabes que a papá no le gustan los niños llorones... Cállate... mira, +voy a comprarte un caramelo, si callas... + +Susín calló para chupar el caramelo. + +Cuando poco después vió las paredes de su casa y se sintió fuerte al +arrimo de su padre, renováronsele las heridas, sintió el diente del +perro, el cuerno de la vaca y la mano de la niñera y rompió a llorar. +¡Qué dulce le sonó la voz de papá riñendo a la chacha! Tomóle luego +en brazos su padre, apoyó Susín su mejilla ardiente sobre el pecho +protector y bajó el sueño a derretir sus penas. + +¡Qué hermoso es llegar al puerto empapado en agua de tempestad! + + + + + ¡COSAS DE FRANCESES! + (UN CUENTO DISPARATADO) + + +Es cosa sabida que nuestros vecinos los franceses son incorregibles +cuando en nosotros se ocupan, pues lo mismo es en ellos meterse a +hablar de España que meter la pata. + +A las innumerables pruebas de este aserto añada el lector el siguiente +cuento que da un francés por muy característico de las cosas de España, +y que, traducido al pie de la letra, dice así: + + * * * * * + +Don Pérez era un hidalgo castellano dedicado en cuerpo y alma a la +ciencia y a quien tenían por modestísimo sus compatriotas. + +Pasábase las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, +enfrascado en el estudio de un importante problema de química, que +para provecho y gloria de su España con honra había de conducirle al +descubrimiento de un nuevo explosivo que dejara inservibles cuantos +hasta hoy se han inventado. + +El lector que se figure que nuestro don Pérez no salía del laboratorio +manipulando en él retortas, alambiques, reactivos, crisoles y +precipitados dará muestras de no conocer las cosas de España. + +Un hidalgo español no puede descender a manejos de droguería y entender +de tan rastrero modo la excelsitud de la ciencia, que por algo ha sido +España plantel de teólogos. + +Don Pérez se pasaba las horas muertas, como dicen los españoles, +delante de un encerado devanándose los sesos y trazando fórmulas y más +fórmulas para dar con la deseada. De ningún modo quería manchar sus +investigaciones con las impurezas de la realidad, recordaba el paso +aquél en que los villanos galeotes apedrearon a Don Quijote y no quería +que hicieran lo mismo con él los hechos. Dejaba a los Sancho Panzas de +la ciencia el mandil y el laboratorio, reservándose la exploración de +la sima de Montesinos. + +Quede el proceder por tanteos para los que viven en tinieblas y no han +nacido, como la inmensa mayoría de los españoles, en posesión de la +verdad absoluta o la han dejado perder por su soberbia. + +Al cabo de tanta brega dió don Pérez con la deseada fórmula y el día +en que ésta se hizo pública fué de regocijo en toda España. Hubo +colgaduras, cohetes, gigantones, y sobre todo combates de toros. Las +charangas alegraban las calles de las ciudades tocando el himno de +Riego. + +Las Cortes decretaron coronar de laurel en el Capitolio de Madrid a +don Pérez, así que hiciera volar el Peñón de Gibraltar con todos sus +ingleses o cuando menos la gran montaña del Retiro de Madrid. + +Adornando las paredes de zapaterías y barberías de los pueblos y en +no pocos hogares aparecía entre números de _La Lidia_ el retrato de +don Pérez, junto al de Ruiz Zorrilla unas veces y al del pretendiente +don Carlos otras. A un nuevo aguardiente anisado le bautizaron con el +nombre de «Anisado explosivo Pérez». + +No faltaron, sin embargo, Sanchos y socarrones bachilleres que trataban +de echar jarros de agua fría al popular entusiasmo; pero desde que +aparecieron en los periódicos escritos del eminente geómetra don López +y del no menos eminente teólogo don Rodríguez rompiendo lanzas a favor +del nuevo explosivo Pérez, los descontentos se redujeron al silencio +público y a la lima sorda. + +Llegó el día de la prueba. Todo estaba dispuesto para hacer volar una +colinilla, situada en las llanuras de la Mancha, y no faltaron animosos +creyentes que se comprometieron a dar fuego a la mecha en compañía de +don Pérez. + +Cuando la mecha empezó a arder estalló un formidable ¡olé! ¡olé! de la +multitud, que desde lejos contemplaba la prueba y algunos palidecieron. + +Y cuando el fuego llegó al explosivo se oyó un ruido semejante a un +trueno, se levantó una gran polvareda, y al disiparse ésta apareció +la figura de don Pérez radiante de esplendor. La multitud le aclamó +frenética, dió vivas a su madre y a su gracia, y le llevaron en brazos +como sacan a don _Fracuelo_ de la plaza cuando mata un toro según las +reglas de la metafísica tauromáquica. Y por todas partes no se oía más +que: ¡Olé! ¡Viva España con honra! + +Los periódicos hicieron su agosto. + +Unos aseguraban que el cerro se había hecho polvo, otros mostraban +cicatrices de golpes que recibieron de los pedazos en que se deshizo; +pero algunos días después se aseguraba que unos pastores habían visto +al cerro en el mismo sitio que antes, y cuando se confirmó esta noticia +se levantó la gran polvareda de indignación popular. + +Era imposible el caso, el cerro tenía que haber volado, porque eran +infalibles las fórmulas del encerado de don Pérez. + +Era una mano aleve que había mojado el explosivo, la mano de un +maligno-encantador enemigo de don Pérez y envidioso de su fama. + +Este encantador, sucediendo el caso en España, ya se sabe cuál tenía +que ser, el gobierno. + +La opinión pública se pronunció contra éste en los cafés y las +tertulias, y los periódicos hicieron resaltar la desatentada conducta +del maligno encantador que se empeñaba en vivir divorciado de la +opinión pública, tan perita en química como es en España, sobre todo +después de ilustrada por el eminente geómetra don López y el no menos +eminente teólogo don Rodríguez. + +En aquella campaña se recordó a Colón, a Cisneros, a Miguel Servet, +a los tercios de Flandes, el Salado, Lepanto, Otumba y Wad-Rás, los +teólogos de Trento y el valor de la infantería española, que con él +hizo vana la ciencia del gran capitán del siglo. Con tal motivo se +insistió una vez más en la falta de patriotismo de aquéllos que no +querían más que lo extranjero habiendo mejor en casa y se recordó al +pobre don Fernández, arrinconado y desconocido en su ingrata patria y +celebradísimo fuera de ella, el pobre don Fernández, cuyos libros en +España tenían que tomarlos las corporaciones mientras eran traducidos a +todos los idiomas cultos, inclusos el japonés y el bajo bretón. + +El pobre don Pérez, perseguido por follones malandrines, trató de +vindicar la honra de España, y como se proponía demostrar la eficacia +del explosivo, con el que había de volar a Gibraltar y desenmascarar al +gobierno, le presentaron candidato a la Diputación a Cortes. Las Cortes +son la academia en que se reúnen a discutir todos los sabios de España, +asamblea que, siguiendo las gloriosas tradiciones de los Concilios de +Toledo, hace a pluma y a pelo, ya de Congreso político, ya de Concilio +en que se dilucidan problemas teológicos, como sucedió allá por el 69. + +En cuanto los admiradores de don Pérez presentaron su candidatura, el +eminente toreador don Señorito, viviente ejemplo del consorcio de las +armas con las letras, sintió arder su sangre, y al salir de un combate +de toros en que arrebató al público estoqueando seis colombinos con la +más castiza filosofía, se fué a un mitin y volvió a arrebatarle con un +discurso en favor de la candidatura de don Pérez. + +Sólo en la pintoresca España se ven cosas semejantes. Después de +brindar por la patria desplegó don Señorito el trapo, dió un pase a +España con honra, otro de pecho a Gibraltar y sus ingleses, uno de +mérito a don Pérez, sostuvo una lucidísima brega, aunque algo bailada, +acerca de la importancia y carácter de la química, y, por fin, remató +la suerte dando al gobierno una estocada hasta los gavilanes. + +El público gritaba ¡olé, tu salero! y pedía que dieran al tribuno la +oreja del bicho, uniendo en sus vítores los nombres de don Pérez y don +Señorito. + +Allí estaba también el gran organizador de las ovaciones, el Barnum +español, el popularísimo empresario don Carrascal, que se proponía +llevar en una _tournée_ por España al sabio don Pérez como se había +llevado ya al gran poeta nacional. + +El buen don Pérez se dejaba hacer traído y llevado por sus admiradores, +sin saber en qué había de acabar todo aquello. + +Pero ni la elocuencia tribunicia del toreador don Señorito, ni la +actividad del popularísimo don Carrascal, ni la protección del gran +político don Encinas, movieron al gobierno español, que siguió comiendo +el turrón a dos carrillos y sordo a las voces del pueblo, según es su +costumbre. + +¡Y todavía sigue en pie el peñón de Gibraltar con sus ingleses! + + * * * * * + + +Convengamos en que sólo un francés es capaz, después de ensartar tal +cúmulo de disparates, sobre todo el de presentarnos un torero de +tribuno en favor de la candidatura a diputado de un sabio, sólo un +francés, decimos, es capaz de dar tal cuento como característico de las +cosas de España. ¡Cosas de franceses! + +Pero, señor, ¿cuándo aprenderán a conocernos nuestros vecinos, por lo +menos, tanto como nosotros nos conocemos? + + + + + EL MISTERIO DE INIQUIDAD + O SEA LOS PÉREZ Y LOS LÓPEZ + + +Juan pertenecía a la familia Pérez, rica y liberal desde los tiempos de +Álvarez Mendizábal. Desde muy niño había oído hablar de los carlistas +con encono mal contenido. Se los imaginaba bichos raros, y tenía de +ellos una idea del mismo género a que pertenece la vulgar del judío. +Gente taciturna, de cara torcida, afeitada o con grandes barbas +negras y alborotadas, largos chaquetones negros, parcos de palabras y +tomadores de rapé. Se reunían de noche en las lonjas húmedas, entre los +sacos fantásticos de un almacén lleno de ratas para tramar allí cosas +horribles. + +Con los años cambiaron de forma en su magín estos fantasmas, y se los +imaginó gente taimada, que en paz prepara a la sordina guerras y que +sólo se surte de las tiendas de los suyos. + +Cuando se hizo hombre se disiparon de su mente estas disparatadas +brumas matinales y vió en ellos gente de una opinión opinable, puesto +que es opinada, fanáticos que, so capa de religión, etc. Es excusado +enjaretar aquí la letanía de sandeces salpicada de epítetos podridos +que es de rigor entre anticarlistas. + +En la familia Pérez había vieja inquina contra la familia carlista +López. Un Pérez y un López habían sido consocios en un tiempo; hubo +entre ellos algo de eso cuyo recuerdo se entierra en las familias; +este algo engendró chismes, y la sucesión continua de pequeñas +injurias diarias, saludos negados, murmuraciones, miradas procaces, +chinchorrerías, en fin, engendraron un odio duro. + +La familia Pérez, aunque liberal, era tan piadosa como la familia +López. Oían misa al día, comulgaban al mes, figuraban en varias +congregaciones, gastaban escapularios. Eran irreprochables. + +Nuestro Juan Pérez se había nutrido de estos sentimientos, a los que +añadía alguna instrucción, ni mucha ni muy variada. Su afición mayor +eran las matemáticas. + +Así estaban las cosas cuando empezó a sonar en este mundo el famosísimo +aforismo «el liberalismo es pecado», frase portentosa. ¡Pecado! La +elección de esta palabra es una obra maestra, pues cualquier otra que +se empleara, error, herejía, impiedad, crimen, o dicen más o menos, y +así o no llegan al blanco o pasan de él. + +Nuestro Pérez tomó esto a poca cosa, como un ardid indigno salido +de las lonjas húmedas donde se reunían los fantasmas del chaquetón. +Un artículo que la casualidad llevó a sus manos le abrió el apetito. +Leyó el áureo libro del eximio Sardá, se aficionó a los artículos del +Hermano Mayor, a las cartas del Martillo de protestantes y liberales, +y empezó a preocuparse de esa doctrina nefanda, que bajo nombre de +liberalismo infiltra en la sociedad como veneno sus miasmas deletéreos. +Lo nefando y deletéreo sobre todo le producía cosquillas en las sienes. + +Estudió la lucha entre mestizos y puros, y se sabía de pe a pa las +decisiones del Índice y los viajes de don Celestino. Se dedicó a leer +los periódicos puros, y con fruición de espíritu anémico tragaba +artículos inacabables, siempre sobre lo mismo, siempre en el mismo +estilo y con los epítetos consagrados siempre. Aguzó su espíritu en las +argucias imperceptibles, en los juegos malabares de distincionzuelas y +en los pequeños logogrifos de conceptillos. + +A todo esto llegó la encíclica _Libertas_ y con ella las briosas +predicaciones en contra de ese conjunto de todas las herejías y la +campaña contra los liberales, imitadores de Lucifer, cuyo es aquel +grito: ¡no serviré! + +Muchas veces, al anochecer, en la iglesia, quedaba sentado en un banco, +meditando. Poco a poco sus ideas perdían los contornos hasta que se +convertían en una nube, y, entonces, al oir dar el reloj las nueve, +salía de la quietud del templo al bullicio de la calle. + +Empezó a sentir desazón en su alma. Una noche volvía del sermón a casa +y le zumbaba en la cabeza el famoso aforismo. No podía entrar con que +él fuera más pecador que un adúltero o un asesino, y la cosa estaba +bien clara, porque pecar contra la fe, directamente contra Dios, no +dándole crédito, es peor que pecar por carambola; la soberbia es más +satánica que la ira o la lujuria. Aquella noche no pudo pegar ojo, +resudando dió mil vueltas en la cama, se levantó a beber agua del jarro +de la jofaina, cerraba los ojos con violencia proponiéndose contar +hasta 150, ni por ésas; nada, siempre en el campo oscuro bailando la +sentencia. Así hubiera pasado toda la noche si a eso de las cuatro, con +la fatiga que venció al insomnio, no hubiera iluminado su mente esta +idea de paz: salvo los casos de ignorancia y de buena fe. Se durmió +diciendo: Dios me perdonará porque no sé lo que me pienso. + +Juan Pérez recobró aparente calma, considerándose caso de ignorancia o +de buena fe. + +Pero... veámoslo: la ignorancia vencible, ¿no es pecado? Empezó a +bucear en su alma si era él caso de ignorancia o de buena fe, o era +todo ello argucias del enemigo malo. ¡Cuesta tanto crucificar al hombre +viejo! Dale que le das le volvieron los insomnios. + +Así estaba el pobre. Volvió a leer el áureo libro del eximio Sardá, +la encíclica _Libertas_, y empezó a estudiar lo que la maestra de la +gente entiende por liberalismo en sus varios grados y matices, y por +liberales, imitadores, etc. Una tarde, a la hora en que se acuesta +el sol en cama de oro, y cuando volvía Juan Pérez de paseo por una +estrada, mordiendo un brote de zarzamora, se le ocurrió preguntarse: +¿soy yo acaso liberal, imitador, etc.? Y descubrió sin asombro, como +cosa olvidada de puro sabida, que nunca había sido liberal. Recobró +calma; no era liberal, pero tampoco carlista. ¡Carcunda como los +López!, ¡jamás! ¡Los del chaquetón! Debajo de sus ideas yacían siempre +los espectros de su infancia. + +No era liberal, pero le quedaba el nombre. ¡Qué cosa tan terrible es +el nombre! Es el pulpo de la inteligencia. A sus padres les llamaron +y se llamaron ellos a sí mismos liberales. ¡Perder el apellido porque +otros lo hayan difamado! El nombre se aferraba a él porque Satanás sabe +que la piel es lo último que se deja, y que por la piel se pierden +muchos. Mi liberal cerró ojos y oídos al terrible nombre, a la palabra +misteriosa, que es lo que fué en principio. + +En la vida interior de Juan Pérez vino otro período de prueba. ¿Basta +en el siglo de la lucha verla como mero espectador? ¿Basta desertar de +las banderas de Bebial? La timidez, ¿no es pecado? + +El resultado fué que Juan Pérez se hizo tradicionalista, carlista no; +abjuró en todos sus grados y matices la secta deletérea que jamás +había profesado, y se apartó de los liberales, imitadores de Lucifer, +cuyo es aquel grito, ¡no serviré! Estudió los errores nefandos que +constituyen ese abominable compendio de todas las herejías y aborreció, +sobre todo, los infames contubernios de los hijos de la luz con los de +las tinieblas; le picó un prurito de ergotista curiosidad por conocer +el bien y el mal, y leyó obras de liberales para conocer de cerca el +cáncer de nuestra sociedad. + +Refresquemos la sequedad de este relato. + +Carmencita era una buena muchacha, celebrada por todas las viejas y con +los bolsillos sonantes, condiciones que explican por qué Juan Pérez y +un López, convencidos ambos de que no está bien que el hombre esté solo +y que no es bueno quemarse, la persiguieran con buen fin. Este López, +de carlista se había hecho íntegro, íntegro de cabeza, leal de sangre, +porque toda otra distinción no pasa de válvula de seguridad en un +cerebro henchido de verdad absoluta. + +No se sabe cómo fué que López quitó el partido a Pérez y casó con la +chica de los cuartos. Juan Pérez pasó malos días y peores noches; pero +al cabo bendijo los inescrutables designios de la Divina Providencia y +en nada disminuyó su amistad para con López, a quien había sacrificado +rencorcillos de familia en aras de la comunidad de doctrinas. + +Juan Pérez, cuando se había creído liberal, maldito si sabía lo que es +el liberalismo; pero ya purificado estaba al dedillo de los pestilentes +errores de la nefanda secta y había leído a los corifeos de la impiedad +y a algunos alemanes traducidos. El enemigo malo a las veces le +tentaba, el conocimiento del mal le daba vértigos y oía como canto de +sirena engañadora el silbo maléfico de la serpiente infernal. + +El demonio le tentaba, y cuanto más se hundía su imaginación en el +ergotismo laberíntico, su inteligencia, corrompida por el pecado +original, más se levantaba en alas de la soberbia. Satanás le levantaba +ofreciéndole un mundo nuevo de ideas nuevas si rendido le adoraba. +Empezaba a empacharse de la dulce virtud de humillarse ante la letra +y a desconocer que Dios escogió lo necio y lo flaco del mundo para +avergonzar a los sabios y a los fuertes. Hay que añadir que por este +tiempo Juan Pérez se dedicaba a la gimnasia y bebía los vientos por una +muchacha casquivana y pobre. + +Llegó el estallido. Sucedió que un día de primavera, en cierta reunión, +departían amigablemente, entre otros varios, nuestros Pérez y López, +acerca de una carta del Martillo y comentaban el tiroteo entre íntegros +y leales. Repetían por centésima vez el mismo chiste, escudriñaban +la cuarta intención de cosas sin la primera, repetían argumentos que +siempre con los mismos collares se leen empotrados en seis o siete +columnas de prosa prensada, cuando trabaron discusión Juan Pérez y +Pedro López sobre el mayor o menor grado y matiz de liberalismo de sus +opiniones respecto a un punto concreto. + +Es de saber que en este desdichado siglo de las luces y de los derechos +del hombre, el virus pestilente del liberalismo lo inficiona todo de +tal manera con sus miasmas deletéreos que circula hasta en las raíces +del integrismo más puro. Es uno de los mayores tormentos del hombre +puro examinar despacio cada idea que se le ocurra antes de manifestarla +y ponerla en cuarentena hasta ver qué grado y matiz de liberalismo +puede tener. ¡Oh siglo infeliz! + +Llegó la discusión del Pérez y el López a agriarse a punto que +intervenían los amigos, temiendo un mal remate. Pérez ardía, tenía +la cara roja, el corazón palpitante, se sofocaba, y la sangre, +inficionada del pecado original, le traía los espectros de su niñez, +la imagen esfuminada de los chaquetones negros en las lonjas húmedas, +el rencor heredado y mamado, frases de sus padres que no entendió al +oirlas, miradas de los López, miserias de vecindad con vaho de patio, +narraciones de hazañas de cristinos, los ojos de buey de Carmencita que +le miraban, y se le removía el légamo del corazón que Dios le había +endurecido, se le dislocaba el cerebro, y sobre todo este nubarrón +confuso, que como viento de tempestad arrastraba la cólera, veía +brillar la fatal sentencia. Sintió un nudo en la garganta y ganas de +estrangular a López cuando oyó que éste le gritaba: + +--¡Quítese usted de ahí, so liberal! + +Juan Pérez estalló: + +--¡Sí, sí y sí! ¡Liberal y a mucha honra! Liberal fuí, soy y seré, +liberal en todos sus grados y matices, imitador de Lucifer, cuyo es +aquel grito: ¡No serviré! ¡No, no serviré!, ¡y si es pecado... que lo +sea! + +No sabía lo que se decía, pero ni en el delirio de la cólera olvidó la +fraseología. + +Salió soplando, y aquella noche se le repitieron los insomnios. + +Había roto la cáscara, descendía la pendiente, le faltó la gracia +eficaz y empezó en su espíritu un trabajo de demolición. Había probado +el fruto y acabó por ser liberal a ciencia y conciencia. ¡Mala cosa es +ser sabio en opinión propia; se debe esperar más del necio! ¡Ay de los +que son sabios a sus propios ojos! + +La doctrina rompió la ignorancia; el conocimiento del pecado trajo +horror a él, y la sangre liberal, pecado original de los Pérez desde +los tiempos de Álvarez Mendizábal, entronizó la carne sobre el +espíritu. No conoció el pecado, sino por la ley; no hubiera conocido +el liberalismo si la ley no le dijera: el liberalismo es pecado. El +pecado, tomando ocasión de mandamiento, renovó en él la rebeldía de la +sangre, porque sin la ley el pecado estaba muerto. Juan Pérez vivió sin +ley en algún tiempo, más cuando vino el mandamiento revivió el pecado; +el mandamiento que da la vida le dió muerte, porque el pecado, con +ocasión del mandamiento, le engañó y mató. La ley es espiritual, pero +nosotros somos carnales. + +El misterio de iniquidad se había cumplido: la sangre y Álvarez +Mendizábal la habían consumado. ¡Y aún habrá quien se obstine en negar +que el liberalismo es pecado y pecado de los mayores, y los liberales +imitadores, etc! ¡Miserable y corrompida carne de Adán! ¿Quién nos +librará de este cuerpo de muerte? + + + + + EL SEMEJANTE + + +Como todos huían de Celestino el tonto, tomándole cuando más de +dominguillo con que divertirse, el pobrecito evitaba a la gente +paseándose solo por el campo solitario, sumido en lo que le rodeaba, +asistiendo sin conciencia de sí al desfile de cuanto se le ponía por +delante. Celestino el tonto sí que vivía _dentro_ del mundo como en +útero materno, entretejiendo con realidades frescas sueños infantiles, +para él tan reales como aquéllas, en una niñez estancada, apegada al +caleidoscopio vivo como a la placenta el feto, y como éste ignorante +de sí. Su alma lo abarcaba todo en pura sencillez; todo era estado de +su conciencia. Se iba por la mayor soledad de las alamedas del río, +riéndose de los chapuzones de los patos, de los vuelos cortos de los +pájaros, de los revoloteos trenzados de las parejas de mariposas. Una +de sus mayores diversiones era ver dar la vuelta a un escarabajo a +quien pusiera patas arriba en el suelo. + +Lo único que le inquietaba era la presencia del enemigo, del hombre. +Al acercársele alguno le miraba de vez en vez con una sonrisa en que +quería decirle: «No me hagas nada, que no voy a hacerte mal»; y cuando +le tenía próximo, bajo aquella mirada de indiferencia y sin amor, +bajaba la vista al suelo, deseando achicarse tamaño de una hormiga. +Si algún conocido le decía al encontrarle: «¡Hola, Celestino!», +inclinaba con mansedumbre la cabeza y sonreía esperando el pescozón. +En cuanto veía a lo lejos chicuelos apretaba el paso; les tenía horror +justificado: eran lo peor de los hombres. + +Una mañana topó Celestino con otro solitario paseante, y al cruzarse +con él y, como de costumbre, sonreirle, vió en la cara ajena el reflejo +de su sonrisa propia, un saludo de inteligencia. Y al volver la cabeza, +luego que hubieron cruzado, vió que también el otro la tenía vuelta, y +tornaron a sonreirse uno a otro. Debía de ser un semejante. Todo aquel +día estuvo Celestino más alegre que de costumbre, lleno del calor que +le dejó en el alma el eco aquel que de su sencillez le había devuelto, +por rostro humano, el mundo. + +A la mañana siguiente se afrontaron de nuevo en el momento en que un +gorrión, metiendo mucha bulla, fué a posarse en un mimbre cercano. +Celestino se lo señaló al otro, y dijo riéndose: + +--¡Qué pájaro... es un gorrión! + +--Es verdad, es un gorrión--contestó el otro soltando la risa. + +Y excitados mutuamente se rieron a más y mejor: primero, del pájaro +que les hacía coro chillando, y luego, de que se reían. Y así quedaron +amigos los dos imbéciles, al aire libre y bajo el cielo de Dios. + +--¿Quién eres? + +--Pepe. + +--Y yo Celestino. + +--Celestino... Celestino...--gritó el otro, rompiendo a reir con toda +su alma--. Celestino el tonto... Celestino el tonto... + +--Y tú Pepe el tonto--replicó con viveza y amoscado Celestino. + +--¡Es verdad, Pepe el tonto y Celestino el tonto!... + +Y acabaron por reirse a toda gana los dos tontos de su tontería, +tragándose al hacerlo bocanadas de aire libre. Su risa se perdía en la +alameda, confundida con las voces todas del campo, como una de tantas. + +Desde aquel día de risa juntábanse a diario para pasearse juntos, +comulgar en impresiones, señalándose mutuamente lo primero que Dios les +ponía por delante, viviendo _dentro_ del mundo, prestándose calor y +fomento como mellizos que coparticipan de una misma matriz. + +--Hoy hace calor. + +--Sí, hace calor, es verdad que hace calor... + +--En este tiempo suele hacer calor... + +--Es verdad, suele hacer calor en este tiempo... ji, ji..., y en +invierno frío. + +Y así seguían sintiéndose semejantes y gozando en descubrir a todos +momentos lo que creemos tenerlo para todos ellos descubierto los que +lo hemos cristalizado en conceptos abstractos y metido en encasillado +lógico. Era para ellos siempre nuevo todo bajo el sol, toda impresión +fresca, y el mundo una creación perpetua y sin segunda intención +alguna. ¡Qué ruidosa explosión de alegría la de Pepe cuando vió lo +del escarabajo patas arriba! Cogió un canto en la exaltación de su +gozo para desahogarlo espachurrando al bichillo, pero Celestino se lo +impidió diciéndole: + +--No, no es malo... + +La imbecilidad de Pepe no era, como la de su nuevo amigo, congénita e +invariable, sino adventicia y progresiva, debida a un reblandecimiento +de los sesos. Celestino lo conoció, aunque sin darse de ello cuenta; +percibió confusamente el principio de lo que les diferenciaba en el +fondo de semejanza, y de esta observación inconciente, soterrada en las +honduras tenebrosas de su alma virgen, brotó en él un amor al pobre +Pepe, a la vez de hermano, de padre y de madre. Cuando a las veces +se quedaba su amigo dormido a orilla del río, Celestino, sentado a +su vera, le ahuyentaba las moscas y abejorros, echaba piedras a los +remansos para que se callasen las ranas, cuidaba de que las hormigas +no subieran a la cara del dormido, y miraba con inquietud a un lado +y otro por si venía algún hombre. Y al divisar chicuelos le latía el +pecho con violencia y se acercaba más a su amigo, metiéndose piedras +en los bolsillos. Cuando en la cara del durmiente vagaba una sonrisa, +Celestino sonreía soñando el mundo que le encerraba. + +Por las calles corrían los chicuelos a la pareja gritando: + + ¡Tonto con tonto, + tontos dos veces! + +Un día en que llegó un granuja hasta pegar al enfermo, despertóse en +Celestino un instinto hasta entonces en él dormido, corrió tras el +chiquillo y le hartó de pescozones y sopapos. La patulea, irritada +y alborozada a la vez por la impresumible rebelión del tonto, la +emprendió con la pareja, y Celestino, escudando al otro, se defendió +heroicamente a boleos y patadas hasta que llegó un alguacil a poner a +los chicuelos en fuga. Y el alguacil reprendió al tonto... ¡Hombre al +cabo! + +En el progreso de su idiotez llegó Pepe a entorpecerse de tal modo de +sentidos que se limitaba a repetir entre dientes, soñoliento, lo que su +amigo iba señalándole, según desfilaba como truchimán de cosmorama. + +Un día no vió Celestino el tonto a su pobre amigo y anduvo buscándole +de sitio en sitio, mirando con odio a los chicuelos y sonriendo más +que nunca a los hombres. Oyó al cabo decir que había muerto como un +pajarito, y aunque no entendió bien eso de muerto, sintió algo como +hambre espiritual, cogió un canto, metiéndoselo en el bolsillo, se fué +a la iglesia a que le llevaban a misa, se arrodilló ante un Cristo, +sentándose luego en los talones, y después de persignarse varias veces +al vapor repetía: + +--¿Quién le ha matado? Dime quién le ha matado... + +Y recordando vagamente a la vista del Cristo, que un día allí, sin +quitarle ojo, había oído en un sermón que aquel crucificado resucitaba +muertos, exclamó: + +--¡Resucítale! ¡Resucítale! + +Al salir le rodeó una tropa de chicuelos: uno le tiraba de la chaqueta, +otro le derribó el sombrero, alguno le escupió, y le preguntaban: +«¿Y el otro tonto?». Celestino, recogiéndose en sí mismo, perdido +aquel fugitivo coraje, hijo del amor, y murmurando: «Pillos, pillos, +repillos... canallas..., éstos le han matado..., pillos»; soltó el +canto y apretó el paso para ponerse en su casa a salvo. + +Cuando paseaba de nuevo solo por las alamedas, orilla del río, las +oleadas de impresiones frescas, que cual sangre espiritual recibía como +de placenta del campo libre, venían a agruparse y tomar vida en torno a +la vaga y penumbrosa imagen del rostro sonriente de su amigo dormido. +Así humanizó la naturaleza antropomorfizándola a su manera, en pura +sencillez e inconsciencia; vertía en sus formas frescas, cual sustancia +de vida, la ternura paterno-maternal que al contacto de un semejante +había en él brotado, y sin darse de ello cuenta vislumbró vagamente a +Dios, que desde el cielo le sonreía con sonrisa de semejante humano. + + + + + SOLEDAD + + +Soledad nació de la muerte de su madre; ya Leopardi cantó que es riesgo +de muerte el nacimiento, + + nasce l'uomo a fatica + ed è rischio di morte il nascimento + +riesgo de muerte para el que nace, riesgo de muerte para quien le da el +ser. + +La pobre Amparo, la madre de Soledad, había llevado en sus cinco años +de casada una vida penumbrosa y calladamente trágica. Su marido era +impenetrable y parecía insensible. No sabía la pobre cómo se había +casado; se encontró ligada por matrimonio a aquel hombre como quien +despierta de un sueño. Su vida toda de soltera se perdía en una lejanía +brumosa, y cuando pensaba en ella se acordaba de sí misma, de la que +fué antes de casarse, como de una persona extraña. No podía saber si +su marido la quería o la detestaba. Se detenía en casa no más que +para comer y dormir, para todo lo animal de la vida; trabajaba fuera, +hablaba fuera, se distraía fuera. Jamás dirigió a su pobre mujer una +palabra más alta o más agria que otra; jamás la contrarió en nada. +Cuando ella, la pobre Amparo, le preguntaba algo, consultaba su +parecer, obtenía de él invariablemente la misma respuesta: «¡Bueno, sí, +déjame en paz; como tú quieras!». Y este insistente «¡como tú quieras!» +llegaba al corazón de la pobre Amparo, un corazón enfermo, como un +agudo puñal. ¡Como tú quieras!--pensaba la pobre--; es decir, que mi +voluntad no merece ni siquiera ser contradicha. Y luego el «¡déjame en +paz!», ese terrible ¡déjame en paz! que amarga tantos hogares. En el de +Amparo, en el que debía ser hogar de Amparo, esa terrible y agorera paz +lo entenebrecía todo. + +Al año de casada tuvo Amparo un hijo; pero en el triste desamparo de +su hogar ceniciento ansiaba una hija. ¡Un hijo!--pensaba--¡Un hombre! +¡Los hombres siempre tienen que hacer fuera de casa! Y así, cuando +volvió a quedar encinta, no soñaba sino en la hija. Y habría de +llamarse Soledad. La pobre cayó en cama gravemente enferma. Su corazón +desfallecía por momentos. Comprendió que no vivía sino para dar a luz +su hija, hasta ponerla en el hogar tenebroso. Llamó a su marido y +dijo: «Mira, Pedro, si, como espero, es hija, le pondrás por nombre +Soledad, ¿eh?». «Bueno, bien--respondió él--, tiempo habrá de pensar en +ello», y pensaba que aquel día, con aquello del parto, iba a perder su +partida de dominó. «Es que yo me muero, Pedro, es que no voy a poder +resistir esto»--añadió. «¡Aprensiones!»--replicó él. «Sea--contestó +Amparo--; pero si sale niña, le llamaréis Soledad, ¿eh?». «¡Bueno, sí, +déjame en paz; como tú quieras!»--concluyó él. + +Y le dejó en paz para siempre. Después de haber dado a luz a su hija +sólo tuvo tiempo para percatarse de que era niña. Y sus últimas +palabras fueron: «¿Soledad, eh, Pedro? ¡Soledad!». + +El hombre quedó suspenso y se habría anonadado si fuera él algo. +¡Viudo, a su edad, y con dos hijos pequeños! ¿Quién le cuidaría ahora +la casa? ¿Quién se los criaría? Porque hasta que la niña se hiciese +mayorcita y pudiera encargarse de las llaves y el gobierno... ¡Y cómo +volver a casarse! No, no volvería a hacerlo. Ya sabía lo que era estar +casado, ¡si lo hubiese sabido antes! Eso no le resolvía nada. No, +decididamente no, no volvería a casarse. + +Hizo que llevasen a Soledad a un pueblo, a criarla fuera de casa. No +quería molestias de niños e impertinencias de nodrizas. Harto tenía con +el otro, con Pedrín, el niño de tres años ya. + +Soledad apenas se acordaba de los primeros años de su infancia. Allá, +en la lejanía, sus últimos recuerdos eran los de aquel hogar hosco y +ceniciento y aquel padre hermético, aquel hombre que comía junto a ella +en la mesa y a quien veía un momento al levantarse y otro momento +al ir a acostarse. Y aquellos besos litúrgicos, forzados. La única +compañía le era Pedrín, su hermano. Pero Pedrín jugaba con ella en el +más estricto sentido, es decir, que no jugaba en compañía de ella, +sino que jugaba con ella como se juega con una muñeca. Ella, Soledad, +Solita, era su juguete. Y era, como hombre que había de ser, un bruto. +Como eran sus puños más fuertes, quería tener siempre razón. «Vosotras, +las mujeres, no servís para nada. ¡Los que mandan son los hombres!», le +dijo una vez. + +Era Soledad una naturaleza exquisitamente receptiva, un genio de +sensibilidad. Se da con frecuencia en las mujeres este genio de la +receptividad, que, como nada produce, se extingue sin que nadie lo haya +conocido. Al principio acudió Soledad llorosa y herida en lo más vivo a +su padre, a la esfinge, demandando justicia; pero el inflexible varón +le contestaba secamente: «¡Bueno, bien, déjame en paz! ¡Daos un beso y +cuidado con que esto se repita!». Así creía arreglarlo, quitándose de +encima la molestia. Y acabó ello porque Soledad no volvió a quejarse +a su padre de las brutalidades de su hermano, y lo soportó todo en +silencio, dejando a aquél en paz y evitándose los fraternales besos de +humillación. + +Fué espesándose y entenebreciéndose la tristeza cenicienta de su +hogar. Sólo descansaba en el colegio, en el que le metió su padre +como medio pensionista para quitársela así más tiempo de encima. +Allí, en el colegio, supo que sus compañeras todas tenían o habían +tenido madre. Y un día, a la hora de cenar, se atrevió a molestar a +su padre preguntándole: «Di, papá, ¿he tenido yo madre?». «¡Vaya una +pregunta--respondió el hombre--, todos hemos tenido madre; ¿por qué +lo preguntas?». «¿Y dónde está mi madre, papá?». «Se murió cuando tú +naciste». ¡Ay, qué pena!»--prorrumpió Soledad.--Y entonces el padre +rompió por un momento su salvaje taciturnidad, le dijo cómo su madre se +había llamado Amparo y le enseñó un retrato de la difunta. «¡Qué guapa +era!»--exclamó la niña. Y el padre añadió: «¡Sí; pero no tanto como +tú!». En esta exclamación, que se le escapó, iba el fondo de una de +sus petulancias; creía que el ser su hija más guapa que la madre se lo +debía a él. «Y tú, Pedrín--dijo Soledad a su hermano, animada por aquel +fugitivo rescoldillo de hogar--, ¿te acuerdas tú de ella?». «¿Y cómo me +he de acordar si cuando murió no tenía yo más que tres años!». «Pues +yo en tu caso me acordaría», fué la respuesta de la niña. «¡Claro, las +mujeres sois más listas!»--exclamó el hombrecito en ciernes. «No; pero +sabemos recordar mejor». «Bueno, bueno, no digas tonterías y déjame en +paz». Y se acabó el coloquio de aquella noche memorable en que Soledad +supo que había tenido madre. + +Y tanto dió en pensar en ella que casi la recordó. Pobló su soledad con +ensueños maternales. + +Fueron corriendo los años, todos iguales, todos cenicientos y tristes +en aquel hogar apagado. El padre no envejecía ni podía envejecer. A las +mismas horas hacía todos los días las mismas cosas, con una regularidad +mecánica. Y el hermano empezó a disiparse, a dar que hablar en el +pueblo. Hasta que desapareció de él; Soledad no supo adónde. Quedaron +padre e hija solos, solos y separados; viviendo, es decir, comiendo y +durmiendo bajo el mismo techo. + +Por fin pareció que un día se le abriera el cielo a Soledad. Un +gallardo mozo, que desde hacía algún tiempo la devoraba con los ojos +cuando la veía en la calle, se dirigió a ella solicitando ser admitido +a prueba como novio. La pobre Soledad vió que se le abría la vida, y +aunque con unos ciertos presentimientos que en vano quería rechazar de +sí, lo admitió. Y fué como una primavera. + +Empezó Soledad a vivir, empezó más bien a nacer. Descubriósele el +sentido de muchas cosas que hasta entonces no lo tuvieran para ella; +empezó a entender mucho que oyó a sus maestras y a sus compañeras de +colegio, mucho que había leído. Todo parecía cantar dentro de ella. +Pero a la vez descubrió toda la horrura de su hogar, y si no hubiera +sido por la imagen, siempre en ella presente, de su novio, se habría +arrecido allí junto a aquel hombre granítico. + +Fué un verdadero deslumbramiento aquel noviazgo para la pobre Soledad. +Y el padre parecía no haberse enterado de nada o no querer enterarse: +ni la más leve alusión de su parte. Si al salir de casa cruzaba con +el novio de su hija que se acercaba a la reja, a las horas de sabroso +coloquio, hacía como que no se enteraba. La pobre Soledad tuvo más de +una vez intención de insinuar algo a su padre en la mesa, a la hora de +cenar; pero las palabras se le cuajaban en la boca antes de salir. Y +calló, siguió callando. + +Empezó Soledad a leer en libros que le traía su novio; empezó, gracias +a él, a conocer el mundo. Y aquel joven no parecía hombre. Era +cariñoso, alegre, abierto, irónico y hasta la contradecía a las veces. +De su padre, del padre de ella, no le habló nunca. + +Fué la iniciación en la vida y fué el sueño del hogar. Soledad empezó, +en efecto, a soñar lo que sería un hogar, a entrever lo que eran los +hogares, los verdaderos hogares de sus compañeras que lo tenían. Y este +conocimiento, este sentimiento más bien, acreció en ella el horror a la +madriguera en que vivía. + +Y de repente, un día, cuando menos lo esperabas, vino el hundimiento. +Su novio, que hacía un mes estaba ausente, le escribió una larga carta +muy llena de expresiones de cariño, muy alambicadas, muy tortuosas, +en que a vuelta de mil protestas de afecto le decía que aquellas sus +relaciones no podían continuar. Y acababa con esta frase terrible: +«Acaso llegue algún día otro que te pueda hacer feliz mejor que yo». +Soledad sintió un tenebroso frío que le envolvía el alma y toda la +brutalidad, toda la indecible brutalidad del hombre, es decir, del +varón, del macho. Pero se contuvo devorando en silencio y con ojos +enjutos su humillación y su dolor. No quería aparecer débil ante su +padre, ante la esfinge. + +¿Por qué? ¿Por qué la había dejado su novio? ¿Es que se había cansado +de ella? ¿Por qué? ¿Es que puede un hombre cansarse de amar? ¿Cabe +cansarse de amar? No, no, es que nunca la había querido. Y ella, la +pobre Soledad, sedienta de amor desde que naciera, comprendió que no +la había querido nunca aquel otro hombre. Y se hundió en sí misma, +refugiándose en el culto a su madre, en el culto a la virgen. Y no +lloró porque su dolor no era de lágrimas; era un dolor seco y ardiente. + +Una noche, a la hora de cenar, la esfinge paternal abrió la boca para +decir: «¿Qué? ¡Según parece se ha acabado ya eso!». Y Soledad sintió +como si le atravesasen el corazón con una espada de hielo. Se levantó +de la mesa, se fué a su cuarto, y exclamando ¡madre mía!, cayó en un +espasmo convulsivo. Y desde entonces el mundo le supo a vacío. + +Y pasaron dos años y una mañana se encontraron muerto en su cama al +padre, a don Pedro. El corazón se le había parado. Y su hija, sola +ahora en el mundo, no le lloró. + +Quedó sola Soledad, enteramente sola. Y para que su soledad fuese +mayor vendió cuantas fincas le dejó su padre, realizó una modestísima +fortunilla, y se fué a vivir lejos, muy lejos, donde nadie la conociera +y donde ella a nadie conociera. + +Y ésta es esa Soledad, hoy ya casi anciana, esa mujercita sencilla y +noble que veis todas las tardes ir a tomar el sol a orillas del río, +esa mujercita misteriosa de la que no se sabe ni de dónde vino ni +de dónde es. Ésa es la solitaria caritativa que en silencio remedia +las necesidades ajenas que conoce y puede remediar; ésa es la buena +mujercita a la que alguna vez se le escapa uno de esos dichos amargos, +delatores del desconsuelo encallecido. + +Nadie sabía su historia y se llegó a propagar la leyenda de una +terrible tragedia en ella. Pero, como veis, no hay en su vida tragedia +alguna representable, sino a lo más esta tragedia vulgar, vulgarísima, +irrepresentable, callada, que tantas vidas humanas destroza: la +tragedia de la soledad. + +Sólo se recuerda que hace unos años vino en busca de Soledad un hombre +avejentado, de prematura decrepitud, encorvado como bajo el peso del +vicio, y a los pocos días de llegar murió en casa de la mujercita. +«¡Era mi hermano!». Es lo único que a ésta se le oyó. + +¿Y ahora comprendéis lo que es la soledad en un alma de mujer y de +mujer sedienta de cariño y hambrienta de hogar? El hombre tiene en +nuestras sociedades campos en que distraer su soledad; pero una mujer +que no quiere encerrarse en un convento, ¿qué ha de hacer solitaria +entre nosotros? + +Esa pobre mujercita, a la que veis vagar a orillas del río, sin fin ni +objeto, ha sentido toda la enorme brutalidad del egoísmo animal del +hombre. ¿Qué piensa? ¿Para qué vive? ¿Qué lejana esperanza la mantiene? + +He tramado relación, no digo amistad, con Soledad y he procurado +sonsacarle su sentimiento total de la vida y del destino, lo que +alguien llamaría su filosofía. Hasta hoy poco o nada he conseguido, mas +espero conseguirlo. Todo lo que he logrado es saber su historia, la que +os acabo de contar. Fuera de esto no le he oído sino reflexiones llenas +de buen sentido, pero de un buen sentido frío y al parecer rastrero. +Es mujer de extraordinaria cultura de libros porque ha leído mucho y +de una gran clarividencia. Pero lo que es sobre todo es extremadamente +sensible a las groserías y brutalidades de toda clase. Vive así, +solitaria y retraída, por no sufrir los empellones de la brutalidad +humana. + +De nosotros, los hombres, tiene una singular idea. Cuando le he sacado +la conversación al respecto de los hombres, se ha limitado a exclamar: +¡Pobrecillos! Parece que nos compadece como quien compadeciera a un +cangrejo. Me ha prometido hablarme alguna vez de los hombres y del +magno, del máximo, del supremo problema de la relación entre hombre +y mujer. «No de la relación sexual--me dijo--, ¿eh?, entienda usted +bien, no de eso, sino de la relación general entre hombre y mujer, lo +mismo que sean madre e hijo, hija y padre, hermana y hermano, amiga y +amigo, respectivamente, como que sean marido y mujer, novio y novia o +amantes; lo importante, lo capital, es la relación general, es cómo ha +de sentir un hombre a una mujer, sea su madre, su hija, su hermana,su +mujer o su querida, y cómo ha de sentir una mujer a un hombre, sea su +padre, su hijo, su hermano, su marido o su amante». Y espero el día en +que Soledad me hable de esto. + +Una vez hablé con ella de esa profusión de libros eróticos con que +ahora nos inundan, porque con la buena Soledad se puede hablar de +todo cuidando de no herirla. Cuando le saqué esa conversación me +miró inquisitivamente con sus grandes ojos claros, ojos eternamente +juveniles, y con una sombra de sonrisa sobre su boca me preguntó: +«Diga usted, ¿usted comerá? ¿No es así?». «¡Claro que como!»--respondí +sorprendido por la pregunta. «Pues bien, si a usted que come le +sorprendiera leyendo un libro de cocina y pudiese yo mandar, le +enviaría a la cocina a fregar las cacerolas». Y no dijo más. + + + + + AL CORRER LOS AÑOS + + + Eheu, fugaces, Postume, + Postume, Labuntur anni...-- + _Horacio._ Odas II, 14. + + +El lugar común de la filosofía moral y de la lírica que con más +insistencia aparece, es el de cómo se va el tiempo, de cómo se hunden +los años en la eternidad de lo pasado. + +Todos los hombres descubren a cierta edad que se van haciendo viejos, +así como descubrimos todos cada año--¡oh, portento de observación!--que +empiezan a alargarse los días al entrar en una estación de él, y que al +entrar en la opuesta, seis meses después, empiezan a acortarse. + +Esto de cómo se va el tiempo sin remedio y de cómo en su andar lo +deforma y trasforma todo, es meditación para los días todos del año; +pero parece que los hombres hemos consagrado a ella en especial el +último de él, y el primero del año siguiente, o cómo se viene el +tiempo. Y se viene como se va, sin sentirlo. Y basta de perogrulladas. + +¿Somos los mismos de hace dos, ocho, veinte años? + +Venga el cuento. + + * * * * * + +Juan y Juana se casaron después de largo noviazgo, que les permitió +conocerse, y más bien que conocerse, hacerse el uno al otro. Conocerse +no, por que dos novios, lo que no se conocen en ocho días no se conocen +tampoco en ocho años, y el tiempo no hace sino echarles sobre los ojos +un velo--el denso velo del cariño--para que no se descubran mutuamente +los defectos o, más bien, se los convierten a los encantados ojos en +virtudes. + +Juan y Juana se casaron después de un largo noviazgo y fué como +continuación de éste su matrimonio. + +La pasión se les quemó como mirra en los trasportes de la luna de miel, +y les quedó lo que entre las cenizas de la pasión queda y vale mucho +más que ella: la ternura. Y la ternura en forma de sentimiento de la +convivencia. + +Siempre tardan los esposos en hacerse dos en una carne, como el Cristo +dijo (Marcos X, 8). Mas cuando llegan a esto, coronación de la ternura +de convivencia, la carne de la mujer no enciende la carne del hombre, +aunque ésta de suyo se encienda; pero también, si cortan entonces la +carne de ella, duélele a él como si la propia carne le cortasen. Y +éste es el colmo de la convivencia, de vivir dos en uno y de una misma +vida. Hasta el amor, el puro amor, acaba casi por desaparecer. Amar a +la mujer propia se convierte en amarse a sí mismo, en amor propio, y +esto está fuera de precepto; pues si se nos dijo «ama a tu prójimo como +a ti mismo», es por suponer que cada uno, sin precepto, a sí mismo se +ama. + +Llegaron pronto Juan y Juana a la ternura de convivencia, para la que +su largo noviciado al matrimonio les preparara. Y a las veces, por +entre la tibieza de la ternura, asomaban llamaradas del calor de la +pasión. + +Y así corrían los días. + +Corrían y Juan se amohinaba e impacientaba en sí al no observar señales +del fruto esperado. ¿Sería él menos hombre que otros hombres a quienes +por tan poco hombres tuviera? Y no os sorprenda esta consideración +de Juan, porque en su tierra, donde corre sangre semítica, hay un +sentimiento demasiado carnal de la virilidad. Y secretamente, sin +decírselo el uno al otro, Juan y Juana sentían cada uno cierto recelo +hacia el otro, a quien culpaban de la presunta frustración de la +esperanza matrimonial. + +Por fin, un día Juana le dijo algo al oído a Juan--aunque estaban solos +y muy lejos de toda otra persona, pero es que en casos tales se juega +al secreteo--, y el abrazo de Juan a Juana fué el más apretado y el +más caluroso de cuantos abrazos hasta entonces le había dado. Por fin, +la convivencia triunfaba hasta en la carne, trayendo a ella una nueva +vida. + +Y vino el primer hijo, la novedad, el milagro. A Juan le parecía casi +imposible que aquello, salido de su mujer, viviese, y más de una noche, +al volver a casa, inclinó su oído sobre la cabecita del niño, que en +su cuna dormía, para oir si respiraba. Y se pasaba largos ratos con el +libro abierto delante, mirando a Juana cómo daba la leche de su pecho a +Juanito. + +Y corrieron dos años y vino otro hijo, que fué hija--pero, señor, +cuando se habla de masculinos y femeninos, ¿por qué se ha de aplicar a +ambos aquel género y no éste?--y se llamó Juanita, y ya no le pareció a +Juan, su padre, tan milagroso, aunque tan doloroso le tembló al darlo a +luz a Juana, su madre. + +Y corrieron años, y vino otro, y luego otro, y más después otro, y +Juan y Juana se fueron cargando de hijos. Y Juan sólo sabía el día +del natalicio del primero, y en cuanto a los demás, ni siquiera hacia +qué mes habían nacido. Pero Juana, su madre, como los contaba por +dolores, podía situarlos en el tiempo. Porque siempre guardamos en la +memoria mucho mejor las fechas de los dolores y desgracias que no las +de los placeres y venturas. Los hitos de la vida son dolorosos más que +placenteros. + +Y en este correr de años y venir de hijos, Juana se había convertido de +una doncella fresca y esbelta en una matrona otoñal cargada de carnes, +acaso en exceso. Sus líneas se habían deformado en grande, la flor de +la juventud se le había ajado. Era todavía hermosa, pero no era bonita +ya. Y su hermosura era ya más para el corazón que para los ojos. Era +una hermosura de recuerdos, no ya de esperanzas. + +Y Juana fué notando que a su hombre Juan se le iba modificando el +carácter según los años sobre él pasaban, y hasta la ternura de la +convivencia se le iba entibiando. Cada vez eran más raras aquellas +llamaradas de pasión que en los primeros años de hogar estallaban de +cuando en cuando de entre los rescoldos de la ternura. Ya no quedaba +sino ternura. + +Y la ternura pura se confunde a las veces casi con el agradecimiento, y +hasta confina con la piedad. Ya a Juana los besos de Juan, su hombre, +le parecían, más que besos a su mujer, besos a la madre de sus hijos, +besos empapados en gratitud por habérselos dado tan hermosos y buenos, +besos empapados acaso en piedad por sentirla declinar en la vida. Y +no hay amor verdadero y hondo, como era el amor de Juana a Juan, que +se satisfaga con agradecimiento ni con piedad. El amor no quiere ser +agradecido ni quiere ser compadecido. El amor quiere ser amado porque +sí, y no por razón alguna, por noble que ésta sea. + +Pero Juana tenía ojos y tenía espejo por una parte, y tenía, por otra, +a sus hijos. Y tenía, además, fe en su marido y respeto a él. Y tenía, +sobre todo, la ternura que todo lo allana. + +Mas creyó notar preocupado y mustio a su Juan, y a la vez que mustio y +preocupado, excitado. Parecía como si una nueva juventud le agitara la +sangre en las venas. Era como si al empezar su otoño, un veranillo de +San Martín hiciera brotar en él flores tardías que habría de helar el +invierno. + +Juan estaba, sí, mustio; Juan buscaba la soledad; Juan parecía pensar +en cosas lejanas cuando su Juana le hablaba de cerca; Juan andaba +distraído. Juana dió en observarle y en meditar, más con el corazón +que con la cabeza, y acabó por descubrir lo que toda mujer acaba por +descubrir siempre que fía la inquisición al corazón y no a la cabeza: +descubrió que Juan andaba enamorado. No cabía duda alguna de ello. + +Y redobló Juana de cariño y de ternura y abrazaba a su Juan como para +defenderlo de una enemiga invisible, como para protegerlo de una mala +tentación, de un pensamiento malo. Y Juan, medio adivinando el sentido +de aquellos abrazos de renovada pasión, se dejaba querer y redoblaba +ternura, agradecimiento y piedad, hasta lograr reavivar la casi +extinguida llama de la pasión que del todo es inextinguible. Y había +entre Juan y Juana un secreto patente a ambos, un secreto en secreto +confesado. + +Y Juana empezó a acechar discretamente a su Juan buscando el objeto de +la nueva pasión. Y no lo hallaba. ¿A quién, que no fuese ella, amaría +Juan? + +Hasta que un día, y cuando él y donde él, su Juan, menos lo sospechaba, +lo sorprendió, sin que él se percatara de ello, besando un retrato. Y +se retiró angustiada, pero resuelta a saber de quién era el retrato. Y +fué desde aquel día una labor astuta, callada y paciente, siempre tras +el misterioso retrato, guardándose la angustia, redoblando de pasión, +de abrazos protectores. + +¡Por fin! Por fin un día aquel hombre prevenido y cauto, aquel hombre +tan astuto y tan sobre sí siempre, dejó--¿sería adrede?--, dejó al +descuido la cartera en que guardaba el retrato. Y Juana, temblorosa, +oyendo las llamadas de su propio corazón que le advertía, llena de +curiosidad, de celos, de compasión, de miedo y de vergüenza, echó mano +a la cartera. Allí, allí estaba el retrato; sí, era aquél, aquél, el +mismo, lo recordaba bien. Ella no lo vió sino por el revés cuando su +Juan lo besaba apasionado, pero aquel mismo revés, aquel mismo que +estaba entonces viendo. + +Se detuvo un momento, dejó la cartera, fué a la puerta, escuchó un rato +y luego la cerró. Y agarró el retrato, le dió vuelta y clavó en él los +ojos. + +Juana quedó atónita, pálida primero y encendida de rubor después; dos +gruesas lágrimas rodaron de sus ojos al retrato y luego las empujó +besándolo. Aquel retrato era un retrato de ella, de ella misma, sólo +que... ¡ay, Póstumo, cuán fugaces corren los años! Era un retrato de +ella cuando tenía veintitrés años, meses antes de casarse, era un +retrato que Juana dió a su Juan cuando eran novios. + +Y ante el retrato resurgió a sus ojos todo aquel pasado de pasión, +cuando Juan no tenía una sola cana y era ella esbelta y fresca como un +pimpollo. + +¿Sintió Juana celos de sí misma? O mejor, ¿sintió la Juana de los +cuarenta y cinco años celos de la Juana de los veintitrés, de su otra +Juana? No, sino que sintió compasión de sí misma, y con ella, ternura, +y con la ternura, cariño. + +Y tomó el retrato y se lo guardó en el seno. + +Cuando Juan se encontró sin el retrato en la cartera receló algo y se +mostró inquieto. + +Era una noche de invierno y Juan y Juana, acostados ya los hijos, se +encontraban solos junto al fuego del hogar; Juan leía un libro; Juana +hacía labor. De pronto Juana dijo a Juan: + +--Oye, Juan, tengo algo que decirte. + +--Di, Juana, lo que quieras. + +Como los enamorados, gustaban de repetirse uno a otro el nombre. + +--Tú, Juan, guardas un secreto. + +--¿Yo? ¡No! + +--Te digo que sí, Juan. + +--Te digo que no, Juana. + +--Te lo he sorprendido, así es que no me lo niegues, Juan. + +--Pues, si es así, descúbremelo. + +Entonces Juana sacó el retrato, y alargándoselo a Juan, le dijo con +lágrimas en la voz: + +--Anda, toma y bésalo, bésalo cuanto quieras, pero no a escondidas. + +Juan se puso encarnado, y apenas repuesto de la emoción de sorpresa, +tomó el retrato, lo echó al fuego y acercándose a Juana y tomándola en +sus brazos y sentándola sobre sus rodillas, que temblaban, le dió un +largo y apretado beso en la boca, un beso en que de la plenitud de la +ternura refloreció la pasión primera. Y sintiendo sobre sí el dulce +peso de aquella fuente de vida, de donde habían para él brotado con +nueve hijos más de veinte años de dicha reposada, le dijo: + +--A él no, que es cosa muerta y lo muerto al fuego; a él no, sino a ti, +a ti, mi Juana, mi vida, a ti que estás viva y me has dado vida, a ti. + +Y Juana, temblando de amor sobre las rodillas de su Juan, se sintió +volver a los veintitrés años, a los años del retrato que ardía +calentándolos con su fuego. + +Y la paz de la ternura sosegada volvió a reinar en el hogar de Juan y +Juana. + + + + + LA BECA + + +«Vuelva usted otro día...». «¡Veremos!». «Lo tendré en cuenta». «Anda +tan mal esto...». «Son ustedes tantos...». «¡Ha llegado usted tarde, +y es lástima!». Con frases así se veía siempre despedido don Agustín, +cesante perpetuo. Y no sabía imponerse ni importunar, aunque hubiese +oído mil veces aquello de «pobre porfiado, saca mendrugo». + +A solas hacía mil proyectos, y se armaba de coraje, y se prometía +cantarle al lucero del alba las verdades del barquero; mas cuando veía +unos ojos que le miraban, ya estaba engurruñéndosele el corazón. «¿Pero +por qué seré así, Dios mío?», se preguntaba, y seguía siendo así, como +era, ya que sólo de tal modo podía ser él el que era. + +Y por debajo gustaba un extraño deleite en encontrarse sin colocación y +sin saber dónde encontraría el duro para el día siguiente. La libertad +es mucho más dulce cuando se tiene el estómago vacío, digan lo que +quieran los que no se han encontrado con la vida desnuda. Éstos sólo +conocen las vestiduras de la vida, sus arreos, no la vida misma, pelada +y desnuda. + +El hijo, Agustinito, desmirriado y enteco, con unos ojillos que le +bailaban en la cara pálida, era la misma pólvora. Las cazaba al vuelo. + +--Es nuestra única esperanza--decía la madre, arrebujada en su mantón, +una noche de invierno--que haga oposición a una beca, y tendremos +las dos pesetas mientras estudie... ¡porque esto de vivir así, de +caridad!... ¡Y qué caridad, Dios mío! ¡No, no creas que me quejo, no! +Las señoras son muy buenas; pero... + +--Sí; que, como dice Martín, en vez de ejercer caridad se dedican al +deporte de la beneficencia. + +--No, eso no; no es eso. + +--Te lo he oído alguna vez; es que parece que al hacer caridad se +proponen avergonzar al que la recibe. Ya ves lo que nos decía la +lavandera al contarnos cuando les dieron de comer en Navidad y les +servían las señoritas... «esas cosas que hacen las señoritas para +sacarnos los colores a la cara»... + +--Pero hombre... + +--Sé franca y no tengas secretos conmigo. Comprendes que nos dan +limosna para humillarnos... + +En las noches de helada no tenían para calentarse ni aun el fuego de la +cocina, pues no le encendían. Era el suyo un hogar apagado. + +El niño lo comprendía todo y penetraba en el alcance todo de aquel +continuo estribillo de «¡Aplícate, Agustinito, aplícate!». + +Ruda fué la brega en las oposiciones a la beca; pero la obtuvo, y aquel +día, entre lágrimas y besos, se encendió el fuego del hogar. + +A partir del día este del triunfo acentuóse en don Agustín su vergüenza +de ir a pretender puesto; aunque poco y mal, comían de lo que el hijo +cobraba, y con algo más, trabajando el padre acá y allá de temporero, +iban saliendo, mal que bien, del afán de cada día. ¿No se ha dicho lo +de «bástele a cada día su cuidado», y no lo traducimos diciendo que «no +por mucho madrugar amanece más temprano?». Y si no amanece más temprano +por mucho madrugar, lo mejor es quedarse en la cama. La cama adormece +las penas. Por algo los médicos dicen que el reposo lo cura todo. + +--¡Agustín, los libros! ¡Los libros! ¡Mira que eres nuestro casi único +sostén, que de ti depende todo... Dios te lo premie!--decía la madre. + +Y Agustinito, ni comía, ni dormía, ni descansaba a su sabor; ¡siempre +sobre los libros! Y así se iba envenenando el cuerpo y el espíritu: +aquél, con malas digestiones y peores sueños, y éste, el espíritu, con +cosas no menos indigeribles que sus profesores le obligaban a engullir. +Tenía que comer lo que hubiera, y tenía que estudiar lo que le diese en +el examen la calificación obligada para no perder la beca. + +Solía quedarse dormido sobre los libros, a guisa éstos de almohada, y +soñaba con las vacaciones eternas. Tenía que sacar además premios para +ahorrarse las matrículas del curso siguiente. + +--Voy a ver a don Leopoldo, Agustinito; a decirle que necesitas el +sobresaliente para poder seguir disfrutando la beca... + +--No; no haga eso, madre, que es muy feo... + +--¿Feo? ¡Ante la necesidad nada hay que sea feo, hijo mío! + +--Pero si sacaré sobresaliente, madre; si lo sacaré. + +--¿Y el premio? + +--También el premio, madre. + +--Dios te lo premie, hijo mío. + +Hallábase obligado a sacar el premio, obligado, que es una cosa +verdaderamente terrible. + +--Mira, Agustinito, don Alfonso, el de Patología médica, está enfermo; +debes ir a su casa a preguntar cómo sigue... + +--No voy, madre; no quiero ser _pelotillero_. + +--Ser ¿qué? + +--¡Pelotillero! + +--Bueno; no sé lo que es eso; pero te lo entiendo, y los pobres, hijo +mío, tenemos que ser pelotilleros. Nada de aquello de «pobre, pero +orgulloso», que es lo que más nos pierde a los españoles... + +--Pues no voy. + +--Bien; iré yo. + +--No; tampoco irá usted. + +--Bueno; no quieres que sea pelotillera..., pues no iré; pero, hijo +mío... + +--Sacaré el sobresaliente, madre. + +Y lo sacaba el desdichado; pero ¡a qué costa! Una vez no sacó más que +notable y hubo que ver la cara que pusieron sus padres. + +--Me tocaron tan malas lecciones... + +--No, no, algo le has hecho...--dijo el padre. + +Y la madre añadió: + +--Ya te lo decía yo... Has descuidado mucho esa asignatura... + +El mes de mayo le era terrible. Solía quedarse dormido sobre los +libros, teniendo la cafetera al lado. Y la madre, que se levantaba +solícita de la cama, iba a despertarle, y le decía: + +--Basta por hoy, hijo mío; tampoco conviene abusar... Además, te rinde +el sueño y se malgasta el petróleo. Y no estamos para eso. + +Cayó enfermo y tuvo que guardar cama; le consumía la fiebre. Y los +padres se alarmaron, se alarmaron del retraso que aquella enfermedad +podía costarle en sus estudios; tal vez le durara la dolencia y no +podría examinarse con seguridad de nota, y le quedaría el pago de la +beca en suspenso. + +El médico auguró a los padres que duraría aquello, y los pobres, +angustiados, le preguntaban: ¿Pero podrá examinarse en junio? + +--Déjense de exámenes, que lo que este mozo necesita es comer mucho y +estudiar poco, y aire, mucho aire... + +--¡Comer mucho y estudiar poco!--exclamó la madre--; ¡pero, señor, si +tiene que estudiar mucho para poder comer poco!... + +--Es un caso de _surmenage_. + +--De _sur_ ¿qué? + +--De _surmenage_, señora; de exceso de trabajo. + +--¡Pobre hijo mío!--y rompió a llorar la madre--. ¡Es un santo... un +santo! + +Y el santo fué reponiéndose, al parecer, y cuando pudo tenerse en pie +pidió los libros, y la madre, al llevárselos, exclamó: + +--¡Eres un santo, hijo mío! + +Y a los tres días: + +--Mira: hoy que está mejor tiempo puedes salir; vete a clase bien +abrigado, ¿eh?, y dile a don Alfonso como has estado enfermo, y que te +lo dispense... + +Al volver de clase dijo: + +--Me ha dicho don Alfonso que no vuelva hasta que esté del todo bien. + +--Pero, ¿y el sobresaliente, hijo mío? + +--Lo sacaré. + +Y los sacó, y vió las vacaciones, su único respiro. «¡Al campo!», había +dicho el médico. ¿Al campo? ¿Y con qué dinero? Con dos pesetas no se +hacen milagros. ¿Iba a privarse don Agustín, el padre, de su café +diario, del único momento en que olvidaba penas? Alguna vez intentó +dejarlo; pero el hijo modelo le decía: + +--No, no; vete al café, padre; no lo dejes por mí; ya sabes que yo me +paso con cualquier cosa... + +Y no hubo campo, porque no pudo haberlo. No recostó el pobre mozo +su cansado pecho sobre el pecho vivificante de la madre Tierra; no +restregó su vista en la verdura, que siempre vuelve, ni restregó su +corazón en el olvido reconfortante. + +Y volvió el curso, y con él la dura brega, y volvió a encamar el +becario, y una mañana, según estudiaba, le dió un golpe de tos y se +ensangrentaron las páginas del libro por el sitio en que se trataba de +la tisis precisamente. + +Y el pobre muchacho se quedó mirando al libro, a la mancha roja, y +más allá de ella, al vacío, con los ojos fijos en él y el frío de la +desesperación acoplada en el alma. Aquello le sacó a flor de alma la +tristeza eterna, la tristeza trascendental, el hastío prenatal que +duerme en el fondo de todos nosotros, y cuyo rumor de carcoma tratamos +de ahogar con el trajineo de la vida. + +--Hay que dejar los libros en seguida--dijo el médico en cuanto le +vió--; ¡pero en seguidita! + +--¡Dejar los libros!--exclamó don Agustín--. ¿Y con qué comemos? + +--Trabaje usted. + +--Pues si busco y no encuentro, si... + +--Pues si se les muere, por su cuenta... + +Y el rudo de don José Antonio se salió mormojeando: «¡Vaya un crimen! +Éste es un caso de antropofagia... estos padres se comen a su hijo». + +Y se lo comieron, con ayuda de la tisis; se lo comieron poco a poco, +gota a gota, adarme a adarme. + +Se lo comieron vacilando entre la esperanza y el temor, amargándoles +cada noche el sacrificio y recomenzándolo cada mañana. + +¿Y qué iban a hacer? El pobre padre andaba apesadumbrado, lleno de +desesperación mansa. Y mientras revolvía el café con la cucharilla +para derretir el terrón de azúcar se decía: «¡Qué amarga es la vida! +¡Qué miserable la sociedad! ¡Qué cochinos los hombres! Ahora sólo nos +faltaba que se nos muriera...». Y luego, en voz alta: «Mozo: ¡el _Vida +Alegre_!». + +Aun llegó el chico a licenciarse y tuvo el consuelo de firmar en el +título, de firmar su sentencia de muerte con mano trémula y febril. +Pidió luego un libro, una novela. + +--¡Oh, los libros, siempre los libros!--exclamó la madre--. Déjalos +ahora. ¿Para qué quieres saber tanto? ¡Déjalos! + +--A buena hora, madre. + +--Ahora a descansar un poco y a buscar un partido... + +--¿Un partido? + +--Sí; he hablado con don Félix, y me ha prometido recomendarte para +Robleda. + +A los pocos días se iba Agustinito, para siempre, a las vacaciones +inacabables, con el título bajo la almohada--fué un capricho suyo--y +con un libro en la mano; se fué a las vacaciones eternas. Y sus padres +le lloraron amargamente. + +--Ahora, ahora que iba a empezar a vivir; ahora que nos iba a sacar de +miserias; ahora... ¡Ay, Agustín, qué triste es la vida! + +--Sí, muy triste--murmuró el padre, pensando que en una temporada no +podría ir al café. + +Y don José Antonio, el médico, me decía después de haberme contado +el suceso: «Un crimen más, un crimen más de los padres... ¡Estoy +harto de presenciarlos! Y luego nos vendrán con el derecho de los +padres y el amor paternal... ¡Mentira!, ¡mentira!, ¡mentira! A las +más de las muchachas que se pierden son sus madres quienes primero +las vendieron... Esto entre los pobres, y se explica, aunque no se +justifique. ¿Y los otros? No hace aún tres días que González García +casó a su hija con un tísico perdido, muy rico, eso sí, con más pesetas +que bacilos, ¡y cuidado que tiene una millonada de éstos!, y la casó +a conciencia de que el novio está con un pie en la sepultura; entra +en sus cálculos que se le muera el yerno, y luego el nieto que pueda +tener, de meningitis o algo así, y luego... Y para este padre que se +permite hablar de moralidad, ¿no hay grillete? Y ahora, este pobre +chico, esta nueva víctima... Y seguiremos considerando al Estado como +un hospicio, y vengan sobresalientes, y canibalismo... ¡canibalismo, +sí, canibalismo! Se lo han comido y se lo han bebido; le han comido +la carne, le han bebido la sangre... y a esto de comerse los padres a +un hijo, ¿cómo lo llamaremos, señor helenista? _Gonofagía_, ¿no es +así? Sí; gonofagía, gonofagía, porque llamando a las cosas en griego +pierden no poco del horror que pudieran tener. Recuerdo cuando me contó +usted lo de los indios aquellos de que habla Heródoto, que sepultaban +a sus padres en sus estómagos, comiéndoselos. La cosa es terrible; +pero más terrible aún es lo de Saturno devorando a sus propios hijos; +más terrible aún es el festín de Atreo. Porque el que uno se coma al +pasado, sobre todo si ese pasado ha muerto, puede aun pasar; ¡pero esto +de comerse al porvenir!... + +Y si usted observa, verá de cuántas maneras nos lo estamos comiendo, +ahogando en germen los más hermosos brotes. Hubiera usted visto la +triste mirada del pobre estudiante, aquellos ojos, que parecían mirar +más allá de las cosas, a un incierto porvenir, siempre futuro y siempre +triste, y luego aquel padre, a quien no le faltaba su café diario. Y +hubiera visto su dolor al perder al hijo, dolor verdadero, sentido, +sincero--no supongo otra cosa--; pero dolor que tenía debajo de su +carácter animal, de instinto herido, algo de frío, de repulsivo, de +triste. Y luego esos libros, esos condenados libros, que en vez de +servir de pasto sirven de veneno a la inteligencia; esos malditos +libros de texto, en que se suele enfurtir todo lo más ramplón, todo +lo más pedestre, todo lo más insufrible de la Ciencia, con designios +mercantiles de ordinario...». + +Calló el médico, y callé yo también. ¿Para qué hablar? + +Pasado algún tiempo me dijeron que Teresa Martín, la hija de don Rufo, +se iba monja. Y al manifestar mi extrañeza por ello, me añadieron que +había sido novia de Agustín Pérez, el becario, y que desde la muerte de +éste se hallaba inconsolable. Pensaba haberse casado en cuanto tuviera +partido. + +--¿Y los padres?--se me ocurrió argüir. + +Y al contar yo luego al que me trajo esa noticia la manera cómo sus +padres se lo habían comido, me replicó inhumanamente: + +--¡Bah! De no haberle comido sus padres, habríale comido su novia. + +--¿Pero es--exclamé entonces--que estamos condenados a ser comidos por +uno o por otro? + +--Sin duda--me replicó mi interlocutor, que es hombre aficionado a +ingeniosidades y paradojas--sin duda, ya sabe usted aquello de que en +este mundo no hay sino comerse a los demás o ser comido por ellos, +aunque yo creo que todos comemos a los otros y ellos nos comen. Es un +devoramiento mutuo. + +--Entonces vivir solo--dije. + +Y me replicó: + +--No logrará usted nada, sino que se comerá a sí mismo, y esto es lo +más terrible, porque al placer de devorarse se junta el dolor de ser +devorado, y esta fusión en uno del placer y el dolor es la cosa más +lúgubre que puede darse. + +--Basta--le repliqué. + + + + + ¡VIVA LA INTROYECCIÓN! + + +«Lo que nos hace falta, españoles, es la introyección, el más +preciado, el más fecundo, el más santo de los derechos humanos. ¿Cómo +podemos vivir sin él? Sin la libertad de introyección, todas las +demás libertades nos resultarán baldías y hasta dañosas. Dañosas, +sí, porque hay libertades que, faltando otras que las complementen, +antes perjudican que benefician al hombre. ¿De qué nos sirven, en +efecto, la libertad de asociación, la de imprenta, la de cultos, la de +trabajo, la de vagancia y tantas otras libertades de que dicen gozamos, +si la libertad de introyección nos falta? Sin esta imprescindible +prerrogativa el sufragio universal y el Jurado se convierten en armas +de la vergonzante tiranía que nos domina. Y no me digan, no, que +tenemos la libertad de introspección, porque la introspección no es la +introyección, como la autonomía no es la autarquía. Pongámonos, ante +todo,de acuerdo en las palabras, llamemos a cada cosa por su nombre: +al pan, pan, y al vino, vino, arquitrabe, al arquitrabe, introyección +a la introyección y tiranía a este abigarrado conjunto de hueras +e incompletas libertades en que se nos ahoga. La palabra, ¡oh, la +palabra, señores, la palabra!...». + +Al llegar a este punto de su elocuentísimo discurso la palabra de Lucas +Gómez fué ahogada en los nutridos aplausos del numeroso público que +asistía a la reunión. El hervor de los ánimos subió de punto y los +¡viva don Lucas Gómez! se confundieron con los vivas a la libertad de +introyección. + +Salió la gente convencida de cuán necesario es introyeccionarse y +de cómo los gobiernos que padecemos nos lo impiden. Empezaron los +españoles a sentir hambre y sed de introyección. + +Hay que tener en cuenta que esto ocurría hacia 1981, pues hoy, a fines +de este tristísimo siglo XXI, una vez gastada la introyección en +puro uso, no nos damos clara cuenta de los entusiasmos que entonces +provocara. + +El caso es que la agitación creció como la marea; formóse una liga +introyeccionista, con su directorio y sus delegaciones provinciales, +poniendo así en aprieto al gobierno. En tan grave aprieto, que se vió +forzado a dimitir, exigiendo la ola popular a los radicales, con el +tácito pacto de implantar desde luego la libertad de introyección. + +Mas sabido es lo que son y han sido siempre nuestros gobiernos: cuando +no quieren, o no pueden, o no saben cumplir lo que la opinión pública +les exige, lo falsean todo. Es hoy cosa averiguada como cierta, y que +he podido comprobar revisando papeles de aquel tiempo, que alquilaron +a un famoso sofista, cuyo nombre está en la memoria de todos mis +lectores, para que desnaturalizara el popular movimiento. Como dato +curioso podemos dar el de que los gastos, no pequeños, que el sofista +costó al gobierno, los justificó éste en la consignación del material +como gastos para la refrigeración de las oficinas en aquel calurosísimo +estío de 1892. + +Nuestro sofista comenzó su campaña fingiéndose introyeccionista o +introyectivo, como él se llamaba, para empezar así confundiendo a la +gente sencilla. Y luego, después de establecer entre la introyección, +la introspección, la introquisición y la introversión tales y +tantas diferencias que nadie sabía lo que fuera cada una de estas +tan importantes funciones, se preguntaba: «esta introyección ¿ha de +ser psíquica o anímica; espontánea, reflexiva o refleja; primaria +o secundaria?». Y consiguió su maquiavélico proyecto, logrando que +al poco tiempo se dividieran los introyeccionistas en psíquicos, +anímicos, espontáneos, reflexivos, reflejos, primarios y secundarios, +con multitud de matices, términos medios y términos combinados. Y allí +nadie se entendía. + +Mas no faltaron hombres animosos, avisados y entusiastas que +denunciaran la vergonzosa labor del sofista introyectivo, pusieran al +descubierto sus mezquinas mañas y tretas, y trataran de reparar en +lo hacedero el desmedido daño que a la causa introyeccionista había +hecho. Redactaron unas bases, creo que orgánicas--aunque de esto +no estamos bien seguros--para llevar a cabo la gran concentración +introyeccionista, reduciendo a común fórmula a las distintas +fracciones. Los menos reductibles entre sí fueron los reflexivos y los +reflejos, entre los que mediaban hondísimas diferencias, consecuencia +de las que separaban a sus respectivos jefes don Martín Fernández y L. +Fernando Martínez; los primarios y los secundarios hacía tiempo ya que +estaban fusionados bajo la común denominación de primo-secundarios; +habiéndose adoptado ésta y no la de secundo-primarios, a cambio de que +el jefe de los secundarios lo fuese de la fracción compuesta, porque en +política todo es transacción. + +Todos sabemos lo que ocurrió después; las empeñadísimas campañas de la +concentración, los brillantísimos discursos de Lucas Gómez y el ansia +loca de introyección que se encendió en los corazones españoles todos. +Llegó a ser inútil la libertad de pensamiento, pues nadie pensaba +más que en la introyección; inútil la libertad de enseñanza, ya que +no pudiese hacerse introyectiva la enseñanza; inútil la de cultos si +no cabía cultivar la introyección; inútil la de asociación desde el +momento en que no era dado asociarse para introyeccionarse mutuamente; +inútil la de trabajo si no se podía trabajar introyectivamente. + +Y sucedió lo que no podía por menos de suceder, y es que llegó +la revolución de 1989, y después de aquellas tres breves, +aunque sangrientas jornadas del 5, 6 y 7 de febrero triunfó el +introyeccionismo, empuñando Lucas Gómez las riendas del Estado. + +Lo primero que el Gobierno revolucionario hizo fué proclamar a los +cuatro vientos la libertad de introyección. Y sucedió entonces lo +que era de esperar, y fué que mientras se renovaban las empeñadas +peleas entre psíquicos, anímicos, espontáneos, reflejos, reflexivos, +primarios y secundarios, lo que entonces se llamaba masa neutra, y la +sociología moderna llama plasma socio-germinativo, sintió una extraña +sensación colectiva, se miraron unos a otros en los ojos sus miembros +componentes, y se preguntaron luego con curiosidad y asombro: Y ahora +bien, ¿qué es eso de la introyección y con qué se come? + +Hoy no necesitamos hacernos tal pregunta; la dolorosa experiencia +del último tercio del siglo XX, hasta que ocurrió la salvadora +conjugación hispanomarroquí--de que hablaremos otro día--nos enseñó, +bien a nuestro pesar, lo que la introyección sea y signifique. + + + + + ¿POR QUÉ SER ASÍ? + + +Era terrible, verdaderamente terrible. Si aquello se prolongaba no +respondería de sí mismo. «Pero, ¡Dios mío!--se decía--, ¿por qué soy +así? ¿Por qué soy como soy? Todo se me vuelven propósitos de energía, +que se me disipan en nieblas así que afronto la realidad». + +Desde niño había guardado el pobre José sus indomables resoluciones +en lo más hondo de su alma, entregando al mundo aquella debilidad que +le valía fama de bueno, fama que le estaba dando no poco que sufrir. +Porque era bueno, positivamente bueno, y si no había estallado más +de una vez fué por bondad y reflexión: estaba seguro de ello. Tenía +plena conciencia de que más de una vez habría dado que sentir, a no +ser porque sobre todo tendía a sujetar al bruto bajo el ángel. Y la +gente, que sólo juzga por las apariencias, confundía su bondad con la +impotencia. ¡Hasta que estallase un día!... + +Era ya tiempo de estallar. No se trataba de él sólo, sino de sus hijos +y de su mujer, del porvenir de los que le estaban encomendados. Un +padre de familia no puede aspirar a santo, ni dejar además la capa al +que le ponga pleito queriendo quitarle la ropa. Eso de no resistir +al malo estaba bien para los frailes. ¿Es compatible la más alta +perfección cristiana con las necesidades de la familia? No podía hacer +a sus hijos víctimas de su bondad, tenía que azuzar por un momento al +bruto que en él dormía. Ahora verían quién era él, José el manso, el +paciente. + +Había pasado una noche angustiosa, pensando en las deudas que le +vencían sin tener con qué responderlas... Es decir, sí; tenía con +qué, pero repartido entre deudores. ¿Hay cosa más terrible que verse +atosigado de deudas cuando los créditos exceden a ellas? Y no podía +decir a sus acreedores que le perdonaran como perdonaba él a sus +deudores, porque un acreedor no es perfecto como nuestro Padre que está +en los cielos. Se armó de valor, encasquetóse el sombrero y salió a +cobrar lo suyo. + +Iba componiendo, palabra por palabra, y repitiéndola por vía de ensayo, +la tremenda filípica que endilgaría al primer deudor con quien topase, +cuando la visión a lo lejos de uno de los más mansos le desvaneció +los ímpetus, le hizo latir el corazón y le obligó a desviarse por una +calleja murmurando: «Pero, señor, ¿por qué soy así?». No tenía bien +estudiado su papel y aquel encuentro inopinado le privó de aplomo. + +Acordóse de sus hijos y de su mujer, de su dinero esparcido, y lleno de +valor subió a casa de otro de sus deudores. Subía despacito, contando +las escaleras; en cada tramo las palpitaciones cardíacas le obligaban +a descansar; miró tres o cuatro veces al reloj; llegó a la puerta, y +al oir pasos dentro, pálido y sin haber llamado, bajó las escaleras +más que de prisa. Los pasos habían sido de él, de Eustaquio... ¡No le +dejaban tiempo de prepararse, le sorprendían antes de haberse puesto en +guardia! + +Iba midiendo el santo suelo y diciéndose: «Pero, ¿por qué soy así?», +cuando le heló una voz que decía a sus espaldas: «¡Hola, José!». El +más complaciente de sus deudores le alargaba la mano vacía, que José +estrechó enternecido de vergüenza. Hablaron de mil cosas indiferentes, +aludió el otro a aquella dichosa letra que siempre que topaba a José +estaba por llegar, preguntóle si por casualidad llevaba cinco duros; +contestóle éste que por providencia no los tenía a mano, se la alargó +el otro vacía y le despidió diciéndole: «De lo otro no me olvido». + +--¡Que no se olvida!... ¡Es un consuelo! + +Pasó al poco tiempo José por junto al café en que tomaba su tacita en +los tiempos dichosos en que disponía de una peseta sobrante. + +¿Si estaría allí alguno de sus amigos? Entró. Allí estaba Ricardo, tan +orondo, tomando su café, con copa y puro. + +--Con mi dinero--murmuró José--. Me privo yo de tomarlo para que lo +tome él. ¡Habráse visto!... Nada, nada, que yo soy así... + +Se acercó a Ricardo, que con mil zalemas exclamó al verle: + +--¡Dichosos ojos!... ¡Cualquiera te echa la vista encima! ¿Qué quieres +tomar? + +--¡Oh, gracias, muchas gracias! Nada, nada... no acostumbro... Ya sabes +que no... + +--Anda, hombre, toma algo, que yo te convido. + +--No, no, gracias. + +--Bueno, tú te lo pierdes... + +Le daba pena que Ricardo le gastara su dinero en convidarle a él con lo +suyo... ¡Oh, no! Y el pobre, encogido, avergonzado, miraba a la taza de +Ricardo por no tropezar con la inquisidora mirada del mozo. + +Al rato de charla, pretextando un asuntillo, se levantó José, e iba a +salir ya cuando Ricardo le dijo: + +--Tenemos pendiente aquello... No creas que lo olvido; un día de éstos +pasaré por tu casa. No lo echo en saco roto. + +«¡Que no lo echa en saco roto!... ¿Dónde saco más roto que un café?». +Al entrar en casa saliéronle a recibir sus hijos. + +--Papá, ¿no traes aquello que dijiste el otro día? + +--¡Otro día, queridos, otro día!... Hoy estoy malo, otro día... cuando +Ricardo o Eustaquio pasen por aquí... + +--¿Te duele algo, papá? + +Su mujer le llevó la cuenta del sastre; tomóla José, se encerró en su +cuarto, y mirando a la cuenta lloró por dentro. + +«Pero, Dios mío, ¿por qué seré yo así? ¿Por qué me habrá hecho así +Dios? ¿Por qué no seré yo otro?... Dice que pasará por casa... ¡Qué +chirigotero es! En el número próximo de _El Mundo Cómico_ no dejará de +hacer algún chiste a cuenta de mí. Los maridos buenos, las suegras, +los _ingleses_ y los maestros de escuela divertimos al mundo como los +perros a los chiquillos. ¡Tírale, tírale del rabo, verás, verás cómo +chilla! ¡No tengas miedo, anda, que no muerde, ni siquiera ladra!... +Y el muy chirigotero con qué gracia me dice: ¡Qué bueno eres, José!, +mientras así, como por caricia, me da un golpecito en el bolsillo, a +ver si suena... ¡Socialismo, socialismo! ¡Lucha de clases! ¡Burgueses +y proletarios! ¡Explotadores y explotados!... ¡Música celestial! No +hay más que dos clases, dos tan sólo: la de los acreedores y la de los +deudores. ¿Y cuando, como a mí me sucede, se es deudor y acreedor a la +vez? ¡Esto es horrible! Llevo en mí dos principios contradictorios que +se combaten y destruyen. Más me valiera ser tan sólo deudor implacable +o acreedor manso. ¡Mansedumbre, mansedumbre! Todos celebran al león, +hasta al tigre, y se burlan de la pobre liebre, y, sin embargo, +el mismo Dios que dió garras y pico al águila, garras y poderosas +fauces al tigre y al toro cuernos, dió alas veloces a la golondrina, +patas ligeras a la liebre, pequeñez al mosquito, tinta al calamar, +aguijón a la abeja, veneno a la víbora, mansedumbre al cordero y al +_inglés_. Y luego viene un impío Lessing e insulta al cordero, que es +quien borra los pecados del mundo. Toda esa monserga del honor, todo +ese código anticristiano del pundonor caballeresco lo han inventado +los tigres vencedores. Y ahora, ¿qué hago con esta cuenta?... Ahora +me acuerdo de un día en que al pedirme un mendigo una limosna le +contesté malhumorado: ¡Adaptarse! Tradujo la palabra a su modo y la +tradujo bien; me llenó de insultos y tuve que huir. Su maldición +me persigue. ¡Adaptarse! Ellos son los que se adaptan a mí como el +muérdago a la encina. Si no hubiese parásitos, ¿qué sería del exceso +de vida? ¡Adaptarse! ¡La lucha por la vida! ¡La selección! Esto sí +que es filosofía caballeresca. ¡Y que hablen todavía de caballeros +cristianos!... Vaya, vaya, no quiero pensar; venga el último número +de _El Mundo Cómico_ en que publiqué un artículo brutal que asustó a +los padres de familia e hizo reir a los que pretenden conocerme. En el +mismo número estuvo Enrique felicísimo en un cuento en que figura un +_inglés_...». + +Iba en esto José cuando la criada le anunció que esperaba D. Enrique. + +--¡Don Enrique... Enrique... vendrá a pagarme! Meterá la mano en el +bolsillo, y yo, que no soy un tigre, le tengo que decir: «¡Oh, no, no +corre prisa, por un día más o menos!...». Y Enrique entonces sacará la +mano del bolsillo... + +--¿Qué le digo, señorito? + +--¡Ah, sí, espera, oye!... Sacará la mano del bolsillo... la sacará, +me la alargará y dirá: «Puesto que no te corre prisa, dame cinco duros +más y serán en números redondos cincuenta duros, mil reales, y así que +cobre una cuentecilla te lo pagaré todo junto...». + +--¿Qué le digo, señorito, que está esperando? + +--¡Es verdad!... ¡Pobre Enrique, dile que pase! + +«¡Pero por qué soy así, Dios mío!». + + + + + EL DIAMANTE DE VILLASOLA + + +El maestro de Villasola era perspicacísimo y entusiasta como pocos +por su arte; así es que tan luego como entrevió en el muchacho una +inteligencia compacta y clara, sintió el gozo de un lapidario a quien +se le viene a las manos hermoso diamante en bruto. + +¡Aquél sí que era ejemplar para sus ensayos y para poner a prueba su +destreza! ¡Hermoso conejillo de Indias para experiencias pedagógicas! +¡Excelente materia pedagogizable en que ensayar nuevos métodos _in +anima vili_! Porque la honda convicción del maestro de Villasola--aun +cuando no llegara a formulársela--era que los muchachos son medios para +_hacer_ Pedagogía, como para hacer Patología los enfermos. «La ciencia +por la ciencia misma», era su divisa expresa, y la tácita, la de debajo +de la fórmula, esta otra: «la ciencia para mi solaz y propio progreso». + +Cogió al muchacho prodigioso para desbastarlo. ¡Qué descanso después +de aquella infecunda brega con tanta vulgaridad, con todos aquellos +oscuros carbones que a lo sumo llegaban a grafitos! «¡Qué diferencia +de alma a alma--se decía--; todas son carbono espiritual, pero he aquí +entre tanto oscuro carbón ordinario un alma cristalizada en diamante». + +Empezó el maestro la faena. Tenía planeada la hermosa forma poliédrica, +las múltiples facetas, los ejes. ¡Qué reflejos daría al mundo, y cómo +se admiraría en él la pericia del lapidario que lo tallara! + +El muchacho se dejó hacer, aunque conservando su cualidad íntima: +la dureza diamantina. Mas cuando al descubrir su propio brillo se +comparó con los opacos carbones entre que vivía, se prestó sumiso a las +manipulaciones de su lapidario. + +¡Qué de facetas! ¡Qué de aguas! ¡Qué de destellos! ¡Qué de cosas sabía +y qué bien agrupadas todas en ordenación poliédrica! Era la maravilla +del pueblo. El día en que habló en el casino fué aquello el pasmo de +Villasola ¡Cómo lo enlazaba y engarzaba todo en hilo continuado y +ordenado! + +Ya presentaba una faceta, ya otra, deslumbrando con mil tornasolados +cambiantes e irisaciones múltiples, según se reflejaba en su mente de +un modo o de otro la luz incolora y difusa de la ciencia. ¡Qué orador! + +¡Qué cabeza! Allí estaba todo ordenadito y cuadriculado por 1.º, 2.º y +3.º; por _A_ y _B_ mayúsculas y _a_ y _b_ minúsculas, relacionado con +llaves diversas, y llaves de llaves, en maravilloso cuadro sinóptico. + +Llegó el día en que el portento de Villasola se lanzó a la Corte en +busca de campo. Acompañóle tropel de gente a la estación, y le siguió +el pueblo todo con su corazón, sin que él, por su parte, lo llevara +en el suyo. Las madres se lo señalaban a sus hijos cual modelo, +apeteciéndolo, a la vez, para sus hijas; suspiraban éstas por él, y +los envidiosos se recomían las tripas. Pero el orgulloso de veras era +el maestro de Villasola, el lapidario de aquella maravilla que iba a +hacer valer su elevado valor en cambio, defiriendo cuanto pudiese el +engastarse en una joya social cualquiera para realzar así su valor en +uso. Aspiraba a solitario. + +Cayó en el arroyo del mundo, en su lecho de arena, entre cantos rodados +y polvo de diamantes deshechos ya. Maravilló al punto a cuantos se +le acercaron; pero, lastimados por sus aristas, tenían que dejarlo. +Paseáronle de salón en salón dándole mil vueltas para admirar sus +reflejos todos; pero nadie le quería si no era para montarle en un +anillo, y él se quería libre, sin engaste. + +Entretanto la corriente iba restregándole contra la arenilla del lecho +donde había también polvo de diamantes. + +Demandó, más bien que pretendió, a una joven rica que le sirviese +de montante y recibió calabazas. Aquella noche mordía la almohada, +sintiéndose a solas y a oscuras mero pedrusco, seco y frío. + +Íbasele desgastando poco a poco la poderosa inteligencia sinóptica, +se le velaba y enturbiaba la mente al quebrársele las aristas, y no +reflejaba ya sino luz vulgar. Y entonces vió a los humildes carbones a +quienes había desdeñado asociarse, y al conjuro de la solidaridad, que +cual corriente eléctrica les recorría enlazándolos, dar luz propia, +ellos, los oscuros carbones, y no mero destello reflejo como él, +diáfano diamante. Los pobres se consumían en trabajo, daban luz de su +carne y de su sangre, con dolor, sí, pero con amor también, unidos +por santa corriente de fraternal comunión de esfuerzos. Y él solo, +solitario, duro, perdidas las aguas, ¿para qué serviría ya? + +Serviría para rayar cristales, porque le quedaba su cualidad esencial e +íntima: la dureza. Hay que oir en las mesas de los cafés al diamante de +Villasola cuando, previas unas copas de coñac, cae sobre una reputación +hecha, cualquiera, sobre un sentimiento consagrado, sobre cualquier +cristal, y los raya y esmerila rechinando. ¡Qué elocuencia áspera, +seca, dura, rechinante! ¡Cómo deja de esmerilados a los cristales! +Ahora es cuando hay que conocerle, ahora que, desgastado por el roce +con la arenilla del lecho del río del mundo, estropeadas sus facetas +por el continuo fregarse en polvo de deshechos diamantes, revela su +durísima esencia de carbono cristalizado. + +Cuando el maestro de Villasola supo el fin de su diamante, se propuso +esta ardua cuestión: «la Pedagogía ¿es ciencia pura o de aplicación?». +Mas lo que no se le ha ocurrido al lapidario de Villasola es que sea +más hacedero sacar luz del calor potencial almacenado en los negros +carbones, que arrancar calor vivífico de la luz meramente refleja y de +préstamo del diamante. + + + + + JUAN MANSO + CUENTO DE MUERTOS + + +Y va de cuento. + +Era Juan Manso en esta pícara tierra un bendito de Dios, un mosquita +muerta que en su vida rompió un plato. De niño, cuando jugaban al burro +sus compañeros, de burro hacía él; más tarde fué el confidente de los +amoríos de sus camaradas, y cuando llegó a hombre hecho y derecho le +saludaban sus conocidos con un cariñoso: ¡Adiós, Juanito! + +Su máxima suprema fué siempre la del chino: no comprometerse y +arrimarse al sol que más calienta. + +Aborrecía la política, odiaba los negocios, repugnaba todo lo que +pudiera turbar la calma chicha de su espíritu. + +Vivía de unas rentillas, consumiéndolas íntegras y conservando entero +el capital. Era bastante devoto, no llevaba la contraria a nadie y +como pensaba mal de todo el mundo, de todos hablaba bien. + +Si le hablabas de política, decía: + +--Yo no soy nada, ni fú ni fá, lo mismo me da Rey que Roque: soy un +pobre pecador que quiere vivir en paz con todo el mundo. + +No le valió, sin embargo, su mansedumbre y al cabo se murió, que fué el +único acto comprometedor que efectuó en su vida. + + * * * * * + +Un ángel armado de flamígero espadón hacía el apartado de las almas, +fijándose en el señuelo con que las marcaban en un registro o aduana +por donde tenían que pasar al salir del mundo y donde, a modo de mesa +electoral, ángeles y demonios, en amor y compaña, escudriñaban los +papeles por si venían en regla. + +La entrada al registro parecía taquilla de expendeduría en día de +corrida mayor. Era tal el remolino de gente, tantos los empellones, +tanta la prisa que tenían todos por conocer su destino eterno y tal el +barullo que imprecaciones, ruegos, denuestos y disculpas en las mil y +un lenguas, dialectos y jergas del mundo armaban, que Juan Manso se +dijo: + +--¿Quién me manda meterme en líos? Aquí debe de haber hombres muy +brutos. + +Esto lo dijo para el cuello de su camisa, no fuera que se lo oyesen. + +El caso es que el ángel del flamígero espadón maldito el caso que hizo +de él, y así pudo colarse camino de la Gloria. + +Iba solo y pian pianito. De vez en vez pasaban alegres grupos, cantando +letanías y bailando a más y mejor algunos, cosa que le pareció poco +decente en futuros bienaventurados. + +Cuando llegó al alto se encontró con una larga cola de gente a lo largo +de las tapias del paraíso, y unos cuantos ángeles que cual _guindillas_ +en la tierra velaban por el orden. + +Colócase Juan Manso a la cola de la cola. A poco llegó un humilde +franciscano y tal maña se dió, tan conmovedoras razones adujo sobre la +prisa que le corría por entrar cuanto antes, que nuestro Juan Manso le +cedió su puesto diciéndose: + +--Bueno es hacerse amigos hasta en la Gloria eterna. + +El que vino después, que ya no era franciscano, no quiso ser menos y +sucedió lo mismo. + +En resolución, no hubo alma piadosa que no birlara el puesto a Juan +Manso, la fama de cuya mansedumbre corrió por toda la cola y se +trasmitió como tradición flotante sobre el continuo fluir de gente por +ella. Y Juan Manso, esclavo de su buena fama. + +Así pasaron siglos al parecer de Juan Manso, que no menos tiempo era +preciso para que el corderito empezara a perder la paciencia. Topó por +fin cierto día con un santo y sabio obispo, que resultó ser tataranieto +de un hermano de Manso. Expuso éste sus quejas a su tatarasobrino y +el santo y sabio obispo le ofreció interceder por él junto al Eterno +Padre, promesa en cuyo cambio cedió Juan su puesto al obispo santo y +sabio. + +Entró éste en la Gloria y, como era de rigor, fué derechito a ofrecer +sus respetos al Padre Eterno. Cuando hubo rematado el discursillo, que +oyó el Omnipotente distraído, díjole éste: + +--¿No traes postdata?--mientras le sondeaba el corazón con su mirada. + +--¡Señor!, permitidme que interceda por uno de sus siervos que allá, a +la cola de la cola... + +--Basta de retóricas--dijo el Señor con voz de trueno--. ¿Juan Manso? + +--El mismo, Señor, Juan Manso que... + +--¡Bueno, bueno! Con su pan se lo coma, y tú no vuelvas a meterte en +camisa de once varas. + +Y volviéndose al ángel introductor de almas, añadió: + +--¡Que pase otro! + +Si hubiera algo capaz de turbar la alegría inseparable de un +bienaventurado, diríamos que se turbó la del santo y sabio obispo. +Pero, por lo menos, movido de piedad, acercóse a las tapias de la +Gloria, junto a las cuales se extendía la cola, trepó a aquéllas, y +llamando a Juan Manso, le dijo: + +--¡Tataratío, cómo lo siento! ¡Cómo lo siento, hijito mío! El Señor me +ha dicho que te lo comas con tu pan y que no vuelva a meterme en camisa +de once varas. Pero... ¿sigues todavía en la cola de la cola? Ea, +¡hijito mío!, ármate de valor y no vuelvas a ceder tu puesto. + +--¡A buena hora mangas verdes!--exclamó Juan Manso, derramando +lagrimones como garbanzos. + +Era tarde, porque pesaba sobre él la tradición fatal y ni le pedían ya +el puesto, sino que se lo tomaban. + +Con las orejas gachas abandonó la cola y empezó a recorrer las +soledades y baldíos de ultratumba, hasta que topó con un camino donde +iba mucha gente, cabizbajos todos. Siguió sus pasos y se halló a las +puertas del Purgatorio. + +--Aquí será más fácil entrar--se dijo--, y una vez dentro y purificado +me expedirán directamente al cielo. + +--¿Eh, amigo, adónde va? + +Volvióse Juan Manso y hallóse cara a cara con un ángel, cubierto con +una gorrita de borla, con una pluma de escribir en la oreja, y que le +miraba por encima de las gafas. Después que le hubo examinado de alto a +bajo, le hizo dar vuelta, frunció el entrecejo y le dijo: + +--¡Hum, _malorum causa_! Eres gris hasta los tuétanos... Temo meterte +en nuestra lejía, no sea que te derritas. Mejor harás ir al Limbo. + +--¡Al Limbo! + +Por primera vez se indignó Juan Manso al oir esto, pues no hay varón +tan paciente y sufrido que aguante el que un ángel le trate de tonto de +capirote. + +Desesperado tomó camino del Infierno. No había en éste cola ni cosa +que lo valga. Era un ancho portalón de donde salían bocanadas de humo +espeso y negro y un estrépito infernal. En la puerta un pobre diablo +tocaba un organillo y se desgañitaba gritando: + +--Pasen ustedes, señores, pasen... Aquí verán ustedes la comedia +humana... Aquí entra el que quiere... + +Juan Manso cerró los ojos. + +--¡Eh, mocito, alto!--le gritó el pobre diablo. + +--¿No dices que entra el que quiere? + +--Sí, pero... ya ves--dijo el pobre diablo poniéndose serio y +acariciándose el rabo--, aún nos queda una chispita de conciencia... y +la verdad... tú... + +--¡Bueno! ¡Bueno!--dijo Juan Manso volviéndose porque no podía aguantar +el humo. + +Y oyó que el diablo decía para su capote:--¡Pobrecillo! + +--¡Pobrecillo! Hasta el diablo me compadece. + +Desesperado, loco, empezó a recorrer, como tapón de corcho en medio del +Océano, los inmensos baldíos de ultratumba, cruzándose de cuando en +cuando con el alma de Garibay. + +Un día que atraído por el apetitoso olorcillo que salía de la Gloria +se acercó a las tapias de ésta a oler lo que guisaban dentro, vió que +el Señor, a eso de la caída de la tarde, salía a tomar el fresco por +los jardines del paraíso. Le esperó junto a la tapia, y cuando vió su +augusta cabeza, abrió sus brazos en ademán suplicante y con tono un +tanto despechado le dijo: + +--¡Señor, señor! ¿No prometiste a los mansos vuestro reino? + +--Sí; pero a los que embisten, no a los embolados. + +Y le volvió la espalda. + + * * * * * + +Una antiquísima tradición cuenta que el Señor, compadecido de Juan +Manso, le permitió volver a este pícaro mundo; que de nuevo en él, +empezó a embestir a diestro y siniestro con toda la intención de un +pobrecito infeliz; que muerto de segunda vez atropelló la famosa cola y +se coló de rondón en el paraíso. + +Y que en él no cesa de repetir: + +--¡Milicia es la vida del hombre sobre la tierra! + + + + + DEL ODIO A LA PIEDAD + + +El viaje aquel de Toribio a Madrid fué un viaje terrible: no podía +quitar de la cabeza la innoble figura de aquel Campomanes que tanta +guerra le había dado en su pueblo. ¡Campomanes! Cifra de todo lo que +estorba. Toribio le atribuía todas las cualidades vulgares que más +odiaba, y se complacía en no suponerle mala intención ni perfidia. +«¿Pérfido? ¿Mal intencionado Campomanes? ¡Eso quisiera él, majadero, +nada más que majadero!», se decía Toribio sin poder pegar ojo. + +Sacó los guantes y se los iba a poner; pero pensó entonces: «Unos +guantes así gasta Campomanes... Voy a parecer un elegante...». Y no se +los puso. + +Llegó a Madrid, y con él, en su cabeza, la innoble figura de Campomanes. + +Aquella misma tarde fué al antiguo café, allí, charlando de todo, +olvidaría sus penas y se olvidaría de Campomanes. + +Cuando llegó él al café aún no habían llegado sus amigos. En la mesa +contigua estaba un hombre solo, fumando un puro. Toribio le contemplaba +pensando en Campomanes. + +Llegaron sus amigos y los del vecino, se formó en cada mesa un corrillo +y se revolvió en una y en otra todo lo humano y lo divino. + +Toribio continuó asistiendo al antiguo café. Casi todos los días era +el primero que llegaba, y casi todos encontraba en la mesa contigua al +mismo vecino, siempre solo y siempre fumando su puro. Le tomó una feroz +antipatía que se convirtió en odio feroz. No le conocía, no sabía quién +era, ni qué era, ni qué hacía, ni qué decía; no sabía de él nada, nada +más si no que él, Toribio, le odiaba con toda su alma. + +«Pero señor, se decía, ¿por qué me carga este hombre?». Y para +razonar su odio y justificarlo fué inventando, sin darse cuenta de +que lo hacía, mil pretextillos. «¡Qué manera tan presuntuosa de +fumar el puro! ¡Qué desdén en la mirada! ¡Qué rostro abotagado! ¡Qué +sello de imbecilidad en el traje! ¡Cómo me mira..., me aborrece, nos +hemos comprendido!». Y todo esto era mentira, y Toribio lo sabía, no +había tal presunción, ni tal desdén, ni tal rostro, ni mucho menos +aborrecimiento alguno. + +«¡Y ni saluda al entrar!»... Él tampoco saludaba. + +En fuerza de repetirse los pretextos acabó por creerlos, se los +sugirió como verdaderos y se convenció de que el vecino le odiaba. + +Entraba en el café... «Ahí está, ¡cómo me mira! Me odia, bien se conoce +que me odia...». + +Empezó con sus amigos a hablar mal del otro, les dijo que se odiaban, +inventó mil mentirillas de ojeadas feroces, de gestos de desprecio, +acabó por creerlas él mismo. + +A todo esto el vecino, impasible, acaso adivinaba lo que sucedía en el +alma de Toribio, pero no lo daba a entender. + +Un día llegó Toribio al café un poco alegrillo, y lo primero que vió +fué a su vecino en la mesa de ellos, de Toribio y sus amigos. + +«Ha ocupado nuestra mesa teniendo la suya vacía..., busca camorra... +Pero aquí las mesas son del primero que llega. No importa, tiene la +suya, ¿por qué no la ha ocupado?... No, pues yo voy y me siento en la +nuestra. ¿Busca camorra?, que empiece él... ¡Está claro! Como lo que él +quiere es que yo me siente junto a él dirá algo...». + +Se sentó en la misma mesa, frente al vecino odiado. Pidió café. Vino el +mozo y fué a retirar la taza que estaba delante de Toribio. + +¿Qué? ¿La vas a llevar a la otra mesa? ¡No, déjala aquí! Y miró a su +vecino. + +--No es eso, señorito, contestó el mozo, es que esta taza está usada: +en ella ha tomado café otro señor que ha estado con el señorito Rafael. + +Se llamaba Rafael, ¡qué nombre tan antipático! + +Toribio empezó a tomar su taza, le latía el pecho y no sabía lo que le +pasaba. Concluyó el café y de un trago se bebió la copa de coñac. Pidió +otra copa y luego otra contra su costumbre. Le ardía la cara. Al fin se +dirigió a su vecino y le dijo: + +--¿Cómo ha venido usted hoy a esta mesa, teniendo la de ustedes vacía? + +El vecino le miró serenamente y pensó: «Ya decía yo, este pobre +muchacho es loco». No respondió nada. + +--¿Por qué ha venido usted a esta mesa? + +--¡Porque me ha dado la gana! + +--¿No sabe usted que es la nuestra? + +Rafael iba a contestar una crudeza, pero pensó: «Mejor será por lo +blando, ¡pobre chico!». + +--Sabe usted, cuando he llegado estaba aquí un conocido y me he sentado +junto a él. + +Era la verdad. + +--Y cuando se ha ido el conocido, ¿por qué no ha dejado usted libre +nuestra mesa? + +Toribio pidió otra copa. Rafael le miró con inquietud, como se mira a +un loco, y contestó: + +--Porque deseaba estar con usted... ¡No beba usted tanto! + +--¿Y a usted ¿qué le importa? + +Rafael pensó: «Lo más prudente será retirarse». Se levantó y dijo a +Toribio: + +--¡Cálmese usted! + +Y salió. + +Todo aquel día estuvo Toribio excitadísimo. ¡Ya se ve!, cuatro copas, +en él que nunca tomaba más que una. + +Aquella noche reflexionó y comprendió lo imbécil de su conducta. «Tengo +que domarme». + +Al día siguiente entró al café. Allí estaba Rafael, esta vez en su +mesa. Toribio se le dirigió. El otro pensó: «Otra vez el loco». + +Le dió mil explicaciones, le pidió perdón, y acabó por convidarle. +Desde entonces se hicieron muy amigos, casi íntimos. Toribio le hablaba +de Campomanes. + +Rafael era un alma de oro y de lo más simpático. + +Cuando Toribio tuvo que volver a su pueblo sintió pena al despedirse de +Rafael. + +Llegó a su pueblo y lo primero que se echó a la cara fué a Campomanes. +¡Cosa más rara! No sintió por él ni miaja de odio, al contrario, casi +simpatía. «Es un infeliz», pensó. + +Desde entonces le dió no poco que pensar cómo se había derretido su +odio a Campomanes en un fondo de piedad. + +Un día paseaba con uno de sus amigos de Madrid cuando encontraron a +Campomanes. Toribio se lo mostró y el otro le dijo: + +--¿Sabes con quién le encuentro parecido? + +--¿Con quién? + +--Con Rafael. + +¡Y era verdad! No lo había notado hasta entonces. Es decir, sí lo había +notado, pero sin darse cuenta de ello. + +Entonces se explicó su odio a Rafael, y entonces se explicó por qué, +reconciliado con Rafael, mató el odio que tenía a Campomanes. «Cosa +más rara, se decía, el demonio averigua la verdadera razón de nuestros +odios y nuestros amores... El hombre es el bicho más extraño». + +La verdad es que tiene el alma humana repliegues estrambóticos. + + + + + EL DESQUITE + + +Después de cavilar muy poco he rechazado el uso que emplea la voz +galicana revancha, y me atengo al abuso, quiero decir, al purismo que +nos manda decir desquite. Que nadie me lo tenga en cuenta. + +Esto del desquite es de una actualidad feroz, ahora que todos estamos +picados de internacionalismo belicoso. + + + * * * * * + +Luis era el gallito de la calle y el chico más roncoso del barrio. +Ninguno de su igual le había podido, y él a todos había zurrado la +badana. Desde que dominó a Guillermo no había quien le aguantara. +Se pasaba el día cacareando y agitando la cresta; si había partida +la acaudillaba, se divertía en asustar a las chicas del barrio por +molestar a los hermanos de éstas, se metía en todas partes, y a callar +todo Cristo, ¡a callar se ha dicho! + +¡Que se descuidara uno! + +--¡Si no callas te inflo los papos de un revés!... + +¡Era un mandarín, un verdadero mandarín! Y como pesado, vaya si era +pesado! Al pobre Enrique, a Enrique el tonto, no hacía más que darle +papuchadas, y vez hubo en que se empeñó en hacerle comer greda y beber +tinta. + +¡Le tenían una rabia los de la calle! + +Guillermo, desde la última felpa, callaba y le dejaba soltar cucurrucús +y roncas, esperando ocasión y diciéndose: ya caerá ese roncoso. + +A éste, los del barrio, aburridos del gallo, le hacían «chápale, +chápale», yéndole y viniéndole con recaditos a la oreja. + +--Dice que le tienes miedo. + +--¿Yo? + +--¡Dice que te puede? + +--¡Dice que cómo rebolincha!... + +--¡Sí, las ganas! + +Se encontraron en el campo una mañana tibia de primavera; había llovido +de noche y estaba mojado el suelo. A los dos, Luis y Guillermo, +les retozaba la savia en el cuerpo, los brazos les bailaban, y los +corazones a sus acompañantes que barruntaban morradeo. + +Sobre si fué el uno o fué el otro quien derribó un cochorro de una +pedrada, tuvieron palabras. + +El cochorro estaba en el suelo, panza arriba suplicando paz con el +pataleo de sus seis patitas, esperando a que por él y junto a él se +decidiera la hegemonía del barrio. + +--¡Sí!... ¡Tú, tú echar roncas nada más no sabes!... + +--¿Roncas? ¿Roncas yo? ¡Si te doy uno! + +Hacía como que se iba con desdén digno, y volvía. + +--¡Calla y no me provoques! + +--¡Ahí va! provoques--exclamó uno de los mirones--provoques..., +provoques... ¡Que farolín! ¡para que se le diga que sabe! + +Los circunstantes les azuzaban. + +--¡Anda, pégale! + +--¡Chápale a ése! + +--¿Le tienes miedo? + +--¿Miedo yo? + +--¡Mójale la oreja! + +--¡Tírale saliva! + +--¡Llámale aburrido! + +--¡Provócale, anda, provócale! + +Todos soltaron el trapo a reir al oir esto. Luis se puso como un +tomate, y se acercó a imponer correctivo al burlón. + +--¡Déjale quieto!--le gritó Guillermo. + +--¡Y a ti también si chillas mucho! + +--¿A mí? + +Luis le dió un empellón, se lo devolvió Guillermo, siguió un moquete y +se armó la gresca. Los mirones les animaban y saltaban de gusto. Uno de +éstos se puso a _rezar_ por Guillermo. + +--Ojalá gane Guillermo. Ojalá amén... Ojalá gane... Ojalá gane... + +Se separaban para dar vuelo al brazo y descargarlo con más brío. Al +principio llevaban la mano a la parte herida y tomaban tiempo para +devolver el golpe, después menudeaban los embistes sin darse reposo. + +--Ojalá gane... Ojalá gane... Ojalá gane... + +--¡Échale la zancadilla! + +Cayeron al fin al suelo mojado, Luis debajo, y al caer aplastaron al +cochorro que imploraba piedad con sus patitas. Guillermo sujetó con las +rodillas los brazos del enemigo, y mientras éste forcejeaba, el otro, +resudado, roja la faz, irradiando alegría, feroz los ojos, le decía +entre resoplidos: + +--¿Te rindes? + +--¡No! + +Y le descargaba un puñetazo en los hocicos. + +--¿Te rindes? + +--¡No! + +Otro puñetazo más, y así siguió hasta que lo hizo sangrar por las +muelas. + +En aquel momento uno de los mirones exclamó: + +--¡Agua..., agua..., agua! + +Era que venía el alguacil, el muy pillo cautelosamente, haciéndose +el distraído, como tigre de caza. Al verle abandonaron todos el +campo echando a correr. Y el alguacil, al escarpársele la presa, les +amenazaba desde lejos con el bastón. + +Entraron en la calle, el vencedor rodeado de los testigos de su +triunfo y sin hacer caso a Eugenio que le repetía: + +--¡He rezado por ti! ¡He rezado por ti! + +Poco después entró el vencido sangrando por la boca, embarrado, hosco y +murmurando: + +¡Ya caerá! ¡Ya caerá! + +¡Qué corte rodeó desde aquel día a Guillermo! + +En la calle bailaban todos de contento, ya no temían al roncoso, ya +podían decirle: + +--Te ha podido Guillermo. + +Quien más atenciones prodigó a éste fué Eugenio. + +El cual tenía un hondísimo sentimiento de la dignidad humana. Si le +pegaban 6, 15 o 21 golpes, él devolvía 7, 16 o 22; cuando el maestro le +administraba una azotina, contaba él los zurriagazos, y si éstos eran +_n_, después, en desquite, tenía que tocar el faldón de la levita del +maestro _n_ + 1 veces. Siempre quedaba encima. + +Luis no volvió a abrir el pico, pero ni cerró noche ni abrió día sin +que murmurara: + +--¡Ya caerá! ¡Ya caerá! + +¡Ardoroso alimento de su augusta majestad caída! + + * * * * * + +--¡Valiente chiquillería! ¡Mira con qué nos sale! + +¿Dice esto el lector? + +¡Bien!, pues ahí está el origen del sentimiento de justicia, porque +nació ésta del desquite. Toda la monserga de la vindicta social se +reduce a la revancha social, ni tilde más, ni tilde menos. ¿Me pega? +¡Le pego, y en paz! + +¡Vaya una paz! + +Los pueblos pasaron de la venganza al castigo. Ésta es una pura +reacción, como el estornudo. Entra un granillo de polvo en la +mucosa..., la laringe castiga al granillo estornudando. + +Cuando veo a dos rapaces darse de mojicones en la calle, me digo: + +Esa es la educación social y lo demás pamplina. Así, libre y al +aire libre, cada uno aprende así que frente a su voluntad hay otras +voluntades, y que no hay otro remedio que imponerse o someterse a +ellas, o concertarse todas o escapar bajo el ojo del alguacil. + +Todavía nos ha de enseñar grandes cosas el «¡ya caerás!» internacional +que sale de lo hondo del pecho herido. + +Pero ¡ojo, mucho ojo!, no hay que perder de vista al alguacil, que +avanza cautelosamente, como tigre de caza, que desde lejos amenaza con +el bastón y puede aguarnos la fiesta. + + + + + UNA RECTIFICACIÓN DE HONOR + NARRACIONES SIDERIANAS + + +--¡Un caballero no debe, no puede tolerar tal ultraje! + +Al oir lo de caballero, Anastasio inclinó la cabeza sobre el pecho para +olfatear la rosa que llevaba en el ojal de la solapa y dijo sonriendo: + +--Yo aplastaré a ese reptil... ¡Mozo! + +Para pagar a éste sacó del bolsillo un duro, y con él dos piezas de oro +que llevaba como fondo permanente e intangible; dió aquél al mozo y sin +esperar a la vuelta, tan distraído creía se debía estar en su caso, +salió del Arca. + +El Arca era el nombre caprichoso, abracabrante, según uno de sus +socios, que en Sideria se daba al casino a que acudía el cogollito de +la elegancia, los hombres de mundo y de alta sociedad, los calificados +por el _chroniqueur_ modernista y bulevardizante de _El Correo +Sideriense_ de _gentlemen_, _sportmen_, _clubmen_, _bonvivants_, +_blasés_, _comme il faut_, _struggle-for-lifeurs_ y otro sin fin de +terminachos por el estilo; es decir, los caballeros más honorables de +la ciudad ducal. + +Uno de ellos había importado de Alemania, donde residió año y medio, el +nombre de _filisteos_ que los socios aplicaban a todos los ramplones +burgueses de la ciudad. + +Los envidiosos, y los pedantes, y los doctrinos sostenían que en el +Arca se reunían los espíritus más pedestres de la ciudad, empeñados en +sacarse del abismo de su ramplonería como el barón de Münchhausen del +pozo en que cayó, tirándose de las orejas hacia arriba, y no faltaba +mala lengua que clasificaba a los alegres compadres en memos y bandidos +sin disfrazar, memos disfrazados de bandidos y bandidos disfrazados de +memos. + +Pero dejando estos ladridos de los impotentes a la luna, volvamos a +Anastasio, el cual, al salir a la calle, hizo como si reflexionara un +momento delante del coche y acabó diciéndose: No, en esta ocasión no +pega el coche. ¡A pie, a pie! + +Un carruaje que pasaba le salpicó de barro el pantalón. El primer +efecto que tal desastre produjo en Anastasio fué el vivo dolor del +armiño ofendido en su cándida pureza; pero luego, volviendo sus ojos +a la afrenta que devoraba su corazón, se complugo en la providencial +pella de barro. + +Si Anastasio hubiera tenido la debilidad, impropia de un caballero +perfecto, de ser algo filósofo, ¡uf!, se habría perdido en necias +divagaciones acerca del simbolismo de la naturaleza. Pero toda su +filosofía se reducía a la que estrictamente necesitaba: a saber que +Dios hizo el mundo para el hombre y el hombre para el honor, y que todo +el universo era un arca inmensa. + +Cuando llegó a la redacción de _El Abejorro_ se detuvo a su puerta, +sobre la que había dibujado un abejorro enorme. + +Sacó Anastasio el pañuelo perfumado, que así lo llevaba a pesar de las +pullas de muchos socios, más _prácticos_ en lo del pañuelo, y se lo +llevó a las narices. + +Dentro de la redacción se oían voces de disputa, y una, sobre todo, que +sobresaliendo de las demás, decía: + +--Le digo a usted que de todas las imbecilidades que han inventado +los ociosos para pasar el tiempo y distinguirse, la más estúpida es +el honor. Todo el mundo habla de la nobleza del león, que es un bicho +dañino, y a mí me parece mucho más noble el burro. El león, que es +bestia de presa que se alimenta de carne, habrá inventado el honor; +pero el pobre burro, que es bestia de carga, ha inventado el deber. +Y sobre todo, señores, ¿de dónde sacan ustedes que sea noble el +defenderse con las garras y los dientes, como el león, y no lo sea con +la ligereza de pies, como la liebre; con la astucia, como la zorra; con +la pequeñez, como el mosquito; con la tinta, como el jibión? El mismo +Dios que ha dado garras y pico al águila ha dado pequeñez al mosquito y +al jibión tinta. Todos los imbéciles... + +En aquel momento Anastasio, que se había estirado los puños y atusado +el bigote y había cogido el bastón como cirio en procesión, indignado +de oir tantas pedanterías estrafalarias, entró. + +Ya dentro, avanzó una pierna de modo que pudiera lucir la simbólica +pella de barro, y dijo: + +--¿El caricaturista de este... papel? + +--Muy buenas noches. + +--Buenas. El caricaturista he dicho. + +--¡Presente!--exclamó un joven que estaba haciendo pajaritas de papel. + +--¿Es usted el mamarrachista de este... papel?--volvió a preguntarle +Anastasio. + +--Para servir a usted. + +Anastasio sintió, a la vista de una pajarita de papel colocada sobre la +mesa, ganas de arañar a su hacedor; pero se reportó bajando la cabeza +para oler la rosa, ¡cándida flor!, y volvió a preguntar: + +--¿Es usted el autor de esa inmunda caricatura? + +--¡In-mun-da..., in-mun-da..., muy bien! ¡Exacto..., la frase es +feliz..., sí señor, yo lo soy! + +--He aquí mi tarjeta--dijo Anastasio sacando una para dársela. + +--Está muy bien... Joaquín Ortiz, calle de Suso, 31, segundo, tiene +usted su casa. No uso tarjetas. + +«Un pintamonas--pensó Anastasio--; ya me temía yo que no fuera un +caballero... ¡Pero hasta tanto! ¡No usa tarjetas! Eso es no ser ni +hombre siquiera. ¿Adónde va este infeliz?». + +--Espero de usted una satisfacción; esta noche visitarán a usted dos de +mis amigos--añadió al salir. + +Cuando al cerrar la puerta oyó una risa, sonrió Anastasio lleno de +compasión, olió la rosa y diciéndose: ¡no usa tarjetas! sintió toda la +fealdad de la pella de barro. Como ésta se había secado ya, la limpió +en las escaleras de la redacción de _El Abejorro_. + +En la calle le miraban mucho. «¡Sabréis quién es Anastasio!»--pensó. + +Dos carreteros reñían, jurando como señoritos, y uno de ellos dijo al +otro: + +--Vamos a rompernos la crisma... + +Al verlos irse se dijo Anastasio: «Y a todo esto la policía sin impedir +estas ordinarieces... ¡Groseros! Nada, nada, el pueblo es pueblo... +Cuando yo digo que en España no estamos preparados para la república... +Pueblo grosero, prensa procaz... Es evidente que la aristocracia tiene +el deber de ejercer tutoría sobre el pueblo, tutoría fraternal, se +entiende... y la verdadera aristocracia, no esa antigualla rancia +comida de carcoma». + +Cuando llegó al Casino buscó a su amigo Herminio, a quien preguntó por +Pepito Curda. + +--¡Pepito... a estas horas! + +--¡Ah, sí!--contestó Anastasio con seriedad, recordando que a aquellas +horas Curda se dedicaba a emborracharse para poder dormir de un tirón, +olvidado del tráfago de sus negocios. + +--¿Y Juanito?... + +--¡Déjalo que hoy está de suerte! + +--¿Pero ese muchacho cuándo se va a corregir?--dijo Anastasio con la +gravedad que sentaba a su situación--. Porque va a acabar mal. + +--¡Quiá! Él la entiende y sabe que coloca su capital a buen rédito. + +--¿Y Ambrosio? + +--Ahí le tienes. + +En efecto, en una mesa cercana discutían varios socios acerca de una +proposición, y era que el municipio de Sideria pagara dos mozos al +Arca, bonita combinación para acabar de escandalizar a los pobres +_filisteos_ de la ciudad ducal. + +--¡Hay que dar que hablar a esa mano de cerdos que trabajan como +imbéciles y ahorran para que se lo coman sus hijos y creen en el +sentido común! + +Un tímido objetaba al pensamiento y pedía cuando menos barniz de +legalidad. + +--¡Tiene razón!--exclamó uno. + +--¡Pss!, y qué, tener razón o no tenerla, ¿qué más da?--replicó con +desdén Ambrosio, que pasaba por uno de los oráculos del Arca. + +La frase dejó a todos suspensos de admiración y en un momento corrió +por toda el Arca. + +Anastasio llamó a Ambrosio, les enteró a él y a Herminio del asunto y +acabó diciéndoles: + +--¡Una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas... y si +no... a sable! + +Dicho esto se fué a casa de un maestro de armas, donde se estuvo +ensayando quites y posturas. + +Cuando quebrantado por tantas emociones llegó a su casa, se puso a +pensar en el traje que convendría para el lance. + +Lo sacó, se lo puso y estuvo ensayando quites con el bastón. Después se +puso a escribir a Enriqueta, su arreglito. La cosa era tranquilizarla, +no fuera que cualquier indiscreto le diera un sofoco con una noticia de +sopetón. + +Cuando despertó en la butaca clareaba el día. Empezó a pasearse por la +sala hasta que dieran las siete, hora convenida con el maestro de armas +para continuar la lección. + +Sus amigos fueron a buscarle a la sala de armas cuando más absorto +estaba en un quite. + +--Nada de esto--le dijeron--, la cosa se ha zanjado satisfactoriamente. + +--Entre caballeros...--empezó a decir el otro. + +¡Pero si no usa tarjetas!... pensó Anastasio. + +--Una cumplida rectificación, una rectificación de honor, como lo +deseabas. La traerá el próximo número de _El Abejorro_, el del domingo. + +El maestro de armas le dió la mano diciéndole: + +--Espero nos volvamos a ver. Un joven como usted, de la crema, no debe +descuidar estas cosas. Usted muestra felices disposiciones y el manejo +de las armas da la prudencia del fuerte y a la vez hace que se nos +respete. + +Anastasio le dió una fuerte propina y salió con sus dos amigos, que +sonriendo le llevaron a una fotografía. + +--Pero... + +--Déjate hacer. Confiaste tu honor en nuestras manos. + + * * * * * + +_El Abejorro_ del siguiente domingo alcanzó una venta tan nutrida como +no la había alcanzado con la caricatura de Anastasio. En la primera +plana publicaba en fotograbado un hermoso retrato de Anastasio en traje +de mañana, una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas. + +Los lectores que no conocían a Anastasio cotejaron el retrato con la +caricatura, mientras el satisfecho ofendido se prodigaba en traje de +mañana por todos los paseos de la ciudad ducal. + +Un redactor de _El Abejorro_ fué a darle la enhorabuena, que la recibió +con dignidad, oliendo la rosa, mientras se decía: hoy no te ríes. + +--Aquí viene él--oyó que decían en un grupo. + +Pero el mayor bromazo fué en el Arca. El suceso fué el regocijo de +los socios, que armaron un banquete con sus borracheras y brindis, +presidido por Anastasio, en holocausto al Honor, del que se reían por +dentro, gracias al portentoso Ambrosio, aunque por fuera fuesen sus más +celosos sacerdotes. + +El número rectificación de _El Abejorro_ figuraba como centro de mesa. +Anastasio no podía con su honor y con las copas que le hacían beber. Al +cabo vino al suelo. + +Desde entonces visitó con frecuencia la sala de armas. + + + + + UNA VISITA AL VIEJO POETA + + +En el nutrido sosiego que venía a posarse plácido desde el cielo +radiante, iba a fundirse la resignada calma que de su seno exhalaba +la vieja ciudad, dormida en perezosa siesta. Me sumí en las desiertas +callejuelas que a la Colegiata ciñen, y en una de ellas, donde +me habían dicho que habitaba el viejo poeta, de tan largo tiempo +enmudecido, di a la aldaba del portalón, que lo era de la única casa de +la calleja. Resonó el aldabonazo, quebrando el soñoliento silencio, en +los muros que formaban la calleja, flanqueada, como un foso, de un lado +por el tapial de la huerta de un convento, y por agrietadas paredes del +otro. + +Me pasaron, y al cruzar un pequeño jardincillo emparedado, uno de esos +mustios jardines enjaulados en el centro de las poblaciones, vi a un +anciano regando una maceta. Se me acercó. Era su conocidísima figura. + +--Ahora mismo subo--me dijo. + +--No; prefiero hacerle aquí la visita, ¿qué más da? + +--Como usted quiera... Rosa, baja unas sillas. Desprendíase una calmosa +melancolía de aquel pedazo de naturaleza encerrada entre las tapias de +abigarradas viviendas. Dos o tres arbolillos se alzaban al arrimo de +ellas, en busca de sol, y en ellos se refugiaban los pájaros. En un +rincón, junto a un pozo, sombreaba a un banco de piedra una higuera. La +casa tenía un corredor de solana, con balaustrada de madera, que miraba +al jardinillo. El vertedero de la cocina servía para regar la higuera. +Y todo ello parecía ruinas de naturaleza abrazadas a ruinas de humana +vivienda. + +Allí encima se alzaba la airosa torre de la Colegiata, a la que +doraba el sol con sus rayos, muy inclinados ya; la torre severa, que +contribuía a dar al pedazo de cielo desde allí visible su anguloso +perfil. Unas gallinas picoteaban el suelo. + +--Es mi retiro y mi consuelo--me dijo. + +--Yo creí que preferiría usted el campo verdadero... el aire libre... + +--No. Voy a él de vez en cuando, muy de tarde en tarde; pero es para +volver al punto a encerrarme en esta jaula, con estos mis arbolillos +presos, a la vista de esa torre, en este bosquecillo enjaulado, que +me parece un enfermo cachorro de la selva que, cautivo y nostálgico, +me lame el alma y a mis pies se tiende humilde. Aquí no les sacuden +tormentas, ni el vendaval los agita; aquí crecen al arrimo de estas +tapias. Mire la higuera, mi higuera doméstica, ¡qué lozana! Me recoge +el sol y en dulzura me lo guarda. Al través de su verdura contemplo +la dorada torre, árbol frondoso también del arte, con su exuberante +follaje arquitectónico. ¡Si oyese usted cómo resuena entre estas viejas +tapias el son pausado de sus campanas! Cuando sus vibraciones se +dilatan derritiéndose en el sereno ambiente, parecen bañarse en el eco +derretido estos mis pobres arbolillos... Esta casa me recuerda la de mi +niñez, a la que ha arrasado el inevitable progreso. Tenía un jardinillo +así. Aquí me baño el alma en mis recuerdos infantiles; reanudo mi dulce +vigilia después de años de sueño... + +--¿Y no ha sentido usted nunca pruritos de salir, de volver al mundo... +no le ha tentado la gloria? + +--¿Qué gloria?--me preguntó con dulzura. + +--¡La gloria!... + +--¡Ah, sí, la gloria! Dispénseme, me olvidaba de que hablo con un joven +literato. + +Se levantó para quitar una oruga de uno de los arbolillos, miró un rato +a la erguida torre, dorada por el sol poniente, y prosiguió: + +--¿Cree usted acaso que cuando ha finado, derretido en la serena +calma del ámbito, el eco de esas lenguas de bronce, no vive aun en +el silencio su dulce ritmo muerto? Sí, posa en el mar del silencio, +en su eterno lecho, donde descansan las voces y los cantos todos que +han sido, y donde esperan tal vez la suprema evocación que haya de +resucitarlos para entonar la gloriosa sinfonía eterna. Cantan en el +silencio... + +Yo, más que le oía, contemplaba su hermosa cabeza de vidente. + +--Sí--continuó--, mi nombre va olvidándose; casi nadie lo cita ya; pero +es ahora, en que se olvida mi nombre, cuando obra acaso mi espíritu, +difundido en el de mi pueblo, más viva y eficazmente. Prodúcese un +pensador o un artista, y mientras su obra no posa en el alma de su +pueblo, mientras le es extraña a éste y en él choca, necesita llevar +el nombre de su padre. Mas cuando se hace nuestro pensar, pensar de +los que nos rodean; cuando nuestro sentir se aúna al sentir de nuestro +pueblo, haciéndolo más complejo; cuando nuestra voz se acuerda al coro +enriqueciendo la común sinfonía..., entonces nuestro nombre se hunde +poco a poco. Nuestras ideas lo son ya de todos; el busto de nuestra +moneda se ha borrado, y con él la leyenda, y la moneda corre porque es +de oro de ley. Cuando menos se habla de un escritor, suele ser muchas +veces cuando más influye. + +--Tal vez...--empecé, y él, sin oirme, continuó: + +--¡Mi nombre! ¿Para qué he de sacrificar mi alma a mi nombre? +¿Prolongarlo en el ruido de la fama? ¡No! Lo que quiero es asentar en +el silencio de la eternidad mi alma. Porque fíjese, joven, en que +muchos sacrifican el alma al nombre, la realidad a la sombra. No, no +quiero que mi personalidad, eso que llaman personalidad los literatos, +ahogue a mi persona (y al decirlo se tocaba al pecho). Yo, yo, yo, +este yo concreto que alienta, que sufre, que goza, que vive, este yo +intrasmisible..., no quiero sacrificarlo a la idea que de mí mismo +tengo, a mí mismo convertido en ideal abstracto, a ese yo cerebral que +nos esclaviza... + +--Es que el yo que usted llama concreto... + +--Es el único verdadero; el otro es una sombra, es el reflejo que +de nosotros mismos nos devuelve el mundo que nos rodea por sus mil +espejos..., nuestros semejantes. ¿Ha pensado usted alguna vez, joven, +en la tremenda batalla entre nuestro íntimo sér, el que de las +profundas entrañas nos arranca, el que nos entona el canto de pureza de +la niñez lejana, y ese otro sér advenedizo y sobrepuesto, que no es más +que la idea que de nosotros los demás se forman, idea que se nos impone +y al fin nos ahoga? + +--Alguien llamaría egoísmo a eso...--me atreví a insinuarle de prisa, +antes de que, arrepentido, recogiese mis palabras. + +--¿Egoísmo?--me contestó con calma--. ¡Oh, sí; ahora han inventado eso +del altruismo! ¡Altruismo! Eso sí que es inmoral e inhumano; sacrificar +a _mí_ idea, porque no es más que a una idea a lo que se sacrifica; +sacrificar a mi idea, a la mía, entiéndalo, a todos mis prójimos, +incluso a mí mismo, mi primer prójimo, el más prójimo o próximo a mí. + +Pareció hundirse en algún recuerdo remoto, de esos de fuera del tiempo, +y prosiguió: + +--No quiero devorar a otros; ¡que me devoren ellos! ¡Qué hermoso es ser +víctima! ¡Darse en pasto espiritual... ser consumido... diluirse en las +almas ajenas! Así resucitaremos un día, cuando se unan todas, y sea +Dios todo en todos, como San Pablo dice... + +No daba ya la luz mas que en la cresta de la torre; parecían espesarse +la calma y el silencio, interrumpidos tan sólo por algún vencejo que +cruzaba chillando el anguloso cacho de cielo del jardinillo enjaulado. + +--¡Mire usted, mire usted al gato cómo trepa por ese arbolillo a la +ventana de la cocina! Arriba caza ratones; aquí, entre los árboles, +pajarillos. Y me entretiene mucho. ¡Qué vida!, dirá usted. ¡Aquí, con +sus arbolillos, su higuera triste, su concierto de pájaros, su gato, +sus gallinas, sus flores..., regando sus recuerdos y cultivando su +tristeza!... Después de aquel triste suceso que usted conoce, me retiré +al campo a bañar mi enfermo espíritu en su quietud sedante. Iba a +curarme a la vez de los estragos del urbanismo, de esa corea espiritual +en que nos hunde la diaria descarga de impresiones de la ciudad, Allí, +en el campo, supe lo que es dormir, y el que no sabe dormir no vive. +En la ciudad, miradas, vaho de ansiosos alientos, de impuros deseos, +de rencores, sonrisas equívocas, saludos, retardos, paradas... ¡todo +nos electriza! Es una serie continua de insignificantes punzadas, de +cosquilleos imperceptibles, que nos galvanizan la vida y al fin nos +rinden. Y fuí a recibir el gran baño, la inmersión en aire libre, en +luz libre, en libre calma, en el remanso de las horas tranquilas. Y +allí a pensar rítmicamente, con calma, con todo el cuerpo y con el alma +toda, no con el cerebro tan sólo, asiento de lo que ustedes llaman +personalidad. + +Interrumpióle la voz sonora de la campana de la Colegiata, que tocaba a +la oración de la tarde. Miró a sus arbolillos, que parecían escucharle, +y calló un rato. Respeté su silencio. Y luego, con calma, dijo: + +--Del campo vine a este asilo. He renunciado a aquel yo ficticio y +abstracto que me sumía en la soledad de mi propio vacío. Busqué a Dios +a través de él; pero como ese mi yo era una idea abstracta, un yo frío +y difuso, de rechazo, jamás di con más Dios que con su proyección al +infinito, con una niebla fría y difusa también, con un Dios lógico, +mudo, ciego y sordo. Pero he vuelto a mí mismo, al pobre mortal que +sufre y espera, que goza y cree, a aquel a quien despiertan los +sobresaltos del corazón enfermo, y aquí, en este pobre jardinillo, +junto a estos mustios y silenciosos amigos, me dedico a la más honda +filosofía, que consiste en repensar los viejos lugares comunes. Medito +las palabras de la señora Paula, una buena vecina, inagotable en las +tan conocidas reflexiones del vulgo acerca de la caducidad de la dicha +y de la necesidad de la resignación. Y otras veces, a la sombra de esa +higuera, armonioso órgano de pardales y becafigos, leo el Evangelio. +Y en él se me muestra el Hijo del Hombre, el Hombre mismo, palpable, +concreto, vivo, y por Cristo, con quien hablo, subo a su Padre, sin +argumentos de lógica, por escala cordial... + +--¡Qué vida!--murmuré. + +Y él, que me lo oyó: + +--Sí--dijo--, ya sé que ustedes disertan mucho acerca de la vida, y +dicen que hay que amarla; pero la tienen de querida y no de esposa. +¡La vida! ¡En ella me he enterrado, he muerto en vida en ella misma! +¡Hay que vivir! ¿Y para qué?... Esto es, ¿para qué?... ¿Para qué todo?, +dígamelo. ¿Para qué?... ¿Para qué? No quiero inmolar mi alma en el +nefando altar de mi fama, ¿para qué? + +Cuando salí, de noche ya, parecía que al son de mis pisadas, que +retumbaban en el tenebroso silencio de la solitaria calleja, vagaba +por ella con quebrado vuelo, cual invisible murciélago, esta pregunta: +¿Para qué? + + + + + EL ABEJORRO + + +--La verdad, no le creía a usted hombre de azares--le dije. + +--¿Por qué? ¿Por lo del abejorro?--me preguntó. + +Y a un signo afirmativo mío, añadió: + +--No hay tales azares, si bien debo decirle a usted que creo que si +investigáramos las últimas raíces de las superaciones mismas que nos +parecen más absurdas, aprenderíamos a no calificarlas de ligero. +Figúrese usted que mis hijos, de verme a mí, adquieren mi horror al +abejorro, y de mis hijos lo toman mis nietos, y va así trasmitiéndose. +Se convertirá en un _azar_. Y, sin embargo, el tal horror tiene en mí +raíces muy hondas y muy reales. + +--Hombre, eso... + +--No lo dude usted. Soy de los hombres que más se alimentan de su +niñez; soy de los que más viven en los recuerdos de su lejana infancia. +Las primeras impresiones que recibió el espíritu virgen, las más +frescas, son las que forman su lecho, el rico légamo de que brotan las +plantas que en el lago de nuestra alma se bañan. + +Fué mi niñez--siguió diciendo--una niñez triste. Casi todos los días +salía con mi pobre padre, herido ya de muerte entonces. Apenas lo +recuerdo; su figura se me presenta a la memoria esfumada, confinante +con el ensueño. Sacábame de paseo al anochecer, los dos solos, al +través de los campos, y apenas recuerdo otra cosa si no es que aquellos +paseos me ponían triste. + +--¿Pero no recuerda usted nada de sus palabras o conversaciones? + +--Sí, sí; algunas me han quedado grabadas con imborrables caracteres. +Me hablaba de la luna, de las nubes y de cómo se formaban; de cómo se +siembra y crece y se recoge el trigo; de los insectos y de su vida y +costumbres. Estoy seguro de que aquellas enseñanzas, hasta las que +he olvidado, son las más sustanciosas que he recibido, la roca viva +de mi cultura íntima. Hasta las olvidadas, se lo aseguro a usted, me +vivifican el pensar desde el olvido mismo, porque el olvido es algo +positivo, como el silencio y la oscuridad lo son. + +--Por lo menos--le interrumpí--son el olvido, la oscuridad y el +silencio los que hacen posibles la memoria, la luz y la voz. + +--De pronto le entraban arrebatos súbitos y me cogía en brazos y me +besaba y besuqueaba, preguntándome a cada momento: «Gabriel, ¿serás +bueno siempre?». Y yo, más que conmovido asustado, le respondía +siempre: «Sí, papá». Lo recuerdo bien; me daba miedo aquella pregunta +de «¿serás bueno siempre?»; miedo, miedo era lo que me daba. Alguna +vez llegó hasta a llorar sobre mis mejillas; y yo recuerdo que rompí +entonces a llorar también con un llanto silencioso, como el suyo, con +un llanto hondo que me arrancaba de las entrañas del espíritu toda la +tristeza con que ha sido amasada nuestra carne, pesares de ultracuna... +¿Quién sabe?, dolores heredados tal vez. + +--¡Qué teorías!...--dije yo. + +--No son teorías--me contestó--, son hechos. Se fatigaba mucho, y tenía +que sentarse a cada paso; y una tarde, puesto ya el sol, me habló, +mirando hacia el dorado poniente, de su cercana muerte. Y acabó con su +pregunta de siempre: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?». Nunca me dió la +pregunta más miedo, más religioso terror que entonces. Ni sé si supe +contestarle. + +--Veo que recuerda usted más de lo que decía... + +--Sí, cuando me pongo a pensar en ello. Todos estos recuerdos son el +fondo sobre que he recibido mis ulteriores impresiones en la vida, y +todas están teñidas de su color. Todo lo he visto a través de ellos; +pero de él, de mi padre mismo, de su figura, recuerdo poco. Otras veces +me hablaba del Padre, que es como llamaba siempre a Dios, y allí, en +medio del campo, mientras la luz se derretía en la noche, me hacía +rezar el Padrenuestro, explicándome cada una de sus palabras. Solía +detenerse en el _hágase tu voluntad_, y al concluir de explicármelo me +abrazaba sofocado, diciéndome: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?». + +Calló un momento, como recogiendo sus lejanos recuerdos, y prosiguió: + +--Lo que sí recuerdo es su último día, el día de su muerte, el día del +abejorro. Estaba ya muy débil; tenía que sentarse a cada momento, y +cuando se ponía a explicarme algo lo hacía con tal lentitud, tantas +pausas y tantos anhelos, que me infundía un vago terror. Aquel +anochecer se sentó en un tronco de árbol derribado, y al poco tiempo, +uno de esos abejorros sanjuaneros que revolotean como atontados, +tropezando con todo, después de puesto el sol empezó a revolotear en +torno de nosotros. Mi padre le ahuyentaba con la mano, y hasta este +esfuerzo le era penoso. «Échale», me dijo. Y yo, con mi gorra, le +ahuyenté. «Hoy no hay luna, papá», recuerdo que le dije; y él, con una +calma terrible, mascullando cada palabra, me respondió: «Luna sí hay, +hijo mío; es que está apagada, y por eso no la ves; luna hay siempre; +cuando la ves como una hoz, es que no le alumbra el sol por entero... +Otras veces sale casi de día...». Volvió el abejorro, y ya ni se +entretuvo en ahuyentarlo. «¡Qué mal estoy, hijo!», exclamó. Yo callaba, +y el abejorro zumbaba en torno nuestro. Se adelantó entonces mi padre +un poco, y le brotó un chorro de sangre de la boca. Yo quedé aterrado, +y a mi terror acompañaba con su revoloteo el abejorro. «¡Yo me muero, +Gabriel, dijo mi padre; adiós! ¿Serás siempre bueno?». No pude ni +responder. Mi padre cayó muerto; y yo, frío, solo con él en medio +del campo, de noche ya, no recuerdo lo que pensé ni lo que sentí. No +recuerdo más de aquellos momentos que al abejorro, al tenaz abejorro, +que parecía repetirme: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?», y que fué a +posarse en la cara misma de mi padre. + +--Ahora se comprende todo--le dije--; pero ¿cómo le aterraba a usted +esa sencilla pregunta, tan natural, tan dulce? + +--¿Cuál? ¿La pregunta de mi padre? ¿Su última pregunta? ¿La que me +dirigió poco antes de nacer a la muerte? No lo sé; pero lo que sí +puedo asegurarle es que cuando me pongo a escarbar en mi conciencia +y a rebuscar el porqué del terror que desde entonces me inspiran los +abejorros que al anochecer revolotean como atontados, encuentro que no +se debe tanto este terror a que me recuerden la muerte de mi padre como +a que me traen la fatídica pregunta: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?». +Es una pregunta que me parece venir de la tumba... + +--Creo que usted se equivoca. La impresión de una muerte, y de la +muerte de un padre, sobre todo, y más en las circunstancias en que +usted me la ha narrado, deja una huella indeleble en el alma de un +niño. Es una revelación tremenda, es una fuente de seriedad para la +vida. + +--Puede ser; pero yo le aseguro a usted que pienso en la muerte con +relativa tranquilidad; que alguna vez me ejercito en representármela al +vivo y en representarme mi propia muerte, y afronto tal imagen. Pero +cada vez que traigo a mi memoria aquella insistente pregunta paternal, +incubada con todas las misteriosas melancolías del anochecer, aquello +de «¿Serás siempre bueno?», me pongo a temblar, a temblar como un +azogado. Porque, dígamelo, ¿sé yo acaso si seré siempre bueno? + +--Con proponérselo... + +--¡Oh!, sí, lo de todos y lo de siempre... ¡Con proponérselo! ¿Sé yo si +seré siempre bueno? ¿Sé siquiera si lo soy? + +--¡Hombre! + +--Esperaba esa expresión de asombro; con ella me han respondido casi +siempre. Sí, ¿sé si lo soy? + +--¡Hombre, la voz de la propia conciencia!... + +--¿Y si está muda? + +--Quien no tiene conciencia de obrar mal es que no obra mal, porque la +intención... + +--¡La intención! ¡La intención! ¿Conocemos nuestras propias +intenciones? ¿Sabemos si somos buenos o no? Créame usted que es esa +tremenda cuestión lo que nos hace temblar cuando zumba en tomo de +nosotros el abejorro evocador de la muerte. Sin esa pregunta, nadie +creería en la muerte. + +--Extrañas teorías... + +--No, no son teorías; son hechos. + + + + + EL POEMA VIVO DEL AMOR + + +Un atardecer de primavera vi en el campo a un ciego conducido por +una doncella que difundía en torno de sí nimbo de reposo. Era la +frente de la moza trasunto del cielo limpio de nubes; de sus ojos +fluía, como de manantial, una mirada sedante, que al diluirle en las +formas del contorno las bañaba en preñado sosiego; su paso domeñaba +a la tierra acariciándola, y el aire consonaba con el compás de su +respiración, tranquila y profunda. Parecía aspirar a ella todo el +ambiente campesino, de ella a la par tomando avivador refresco. +Marchaba a la vera de los trigales verdes, salpicados de encendidas +amapolas, que se doblaban al vientecillo, bajo el sol incubador de +la miés, aun no granada. En acorde con las cadencias de la marcha de +la joven palpitaba, al pulsarlo la brisa, el follaje tierno de los +viejos álamos, recién vestidos de hoja, aún en escarolado capullo e +impregnados de la lumbre derretida del crepúsculo. + +Apagóse de súbito su marcha a la vista de un valle rebosante de +quietud. Posó sobre él la doncella su mirada, una mirada verdaderamente +melodiosa, y depurado entonces el pobre terruño de su grosera +materialidad al espejarse en las pupilas de la moza, replegábase +desde ellas a sí mismo, convertido en ensueño del virginal candor de +su inocente contempladora. Humanizaba al campo al contemplarlo ella, +más bien que mujer, campestre naturaleza encarnada en femenino cuerpo +virginal. + +Cuando se hubo empapado en la visión serena, inclinóse al ciego, e +inspirada de filial afecto, con un beso silencioso le trasfundió el +alma del paisaje. + +--¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!--exclamó el padre entonces, vertiendo en +una lágrima la dicha de sus muertos ojos. Y se volvió a besar los de su +hija, en que perinchía inconsciente piedad. + +Reanudaron su camino, henchido el ciego de luz íntima, de calma su +lazarilla. + +--¡Dios le bendiga!--dijo al cruzar con ellos un cansado caminante, +sintiendo sobre sí la espiritual limosna de la mirada aquella. + +--¡Vi vida, mi eternidad, mi luz, mi gloria, mi poema!--rezaba al oído +de su hija el ciego, en tanto que de la rítmica pulsación de la mano +que cogido le llevaba recogía la vida de la campiña toda. + +Era, sí, su vida, el cáliz en que apuraba con ansia el jugo de la +creación; era su eternidad, la eternidad sobre que rodaban pausadas +sus horas a romperse en el olvido en espumosa crestería de dulces +recuerdos; era la luz que alumbraba sus tinieblas con lumbre de amor; +era la gloria en que se proyectaba al infinito; era, en fin, su poema, +el poema vivo de sus entrañas, amasado con su carne y con su espíritu, +con su sangre y con su meollo, con sus potencias y con sus sentidos. + +Había sido Julián, el ciego, de joven, un rimador ingenioso, y por +ingenioso, frío, un cerebral producto de la ciudad donde pocos van al +paso y donde nunca se oye el silencio. Había sido un destilador de +sentimientos quintesenciados en el alambique del ingenio, un alquimista +del amor hermano de la muerte, un erótico impotente para amar con +fruto. Había sido el cantor de las opulentas rosas de cien hojas, sin +perfume ni fruto, todo pétalos encendidos, nacidas al borde del graso +estercolero. + +Enfermo de la ciudad, después de haber vertido en estrofas intrincadas +la espuma del amor cerebralizado, tuvo que recogerse al campo a renovar +en su fuente la vida del cuerpo. Y allí sintió por momentos volverse +idiota, que el filtro en que cernía sus exquisitas sensaciones se +le enturbiaba, que la carne se le hacía tierra. No podía sufrir el +contacto con el aldeano receloso, egoísta y zafio; no podía resistir +a Tajuña, el molinero, el héroe popular, un borracho perdido; a +Martinillo, cuyas farsas grotescas desataban la risa, siempre pronta +a estallar, de sus convecinos; a Panchote, el bruto del herrero, que +trabajaba como un buey sin dársele de nada un ardite, un egoísta que +jamás pensó en el prójimo. Dolorido del ámbito, recorría valles, +encañadas y collados recitando sus propias rimas, cual conjuro al +maleficio de la naturaleza que le envolvía. Se asfixiaba falto de +sociedad. Su prima Eustaquia, la hija de la familia de que era huésped, +sólo pensaba ante él en no aparecer cándida. + +Mas poco a poco íbale ganando el campo, invadiéndole el espíritu +gota o gota, a la vez que, enriquecida su sangre, barría de sutileza +su cerebro y regalaba a su corazón empuje. Iba gustando la salud, y +con ella vergüenza de su pasado al ver que la naturaleza, impasible, +sonreía desdeñosa a toda su postura de afectación y fingimiento. + +Llegó el día de la fiesta y se fué al monte, de romería, con su prima +Eustaquia. De todo el contorno concurrían a la famosa fiesta. Al borde +de la senda canturriaban quejumbrosamente sus patéticas súplicas los +pordioseros. «Consideren, almas cristianas, la triste oscuridad en +que me veo»... Más allá: «No hay, hermanitos, como el don precioso +de la salud»... Más lejos, junto a un árbol, mostraba un muchachuelo +enclenque el vientre enorme, lustroso y tostado al sol. Apartó Julián +su vista de tanta miseria para descansarla en los humildes escaramujos +que vestían al zarzal que festoneaba el otro lado del camino. + +Llegaron a la esplanada de la ermita, en que entró a rezar un momento +Eustaquia, cubriéndose antes la cabeza con el blanco pañuelo. Olía a +frescura de campo preñado de cosecha, y a guisos suculentos; de entre +la fronda subían al cielo columnas de humo. + +En el ahumado hueco de un castaño centenario aprestaban como todos los +años una merienda, y como todos reverdecía el viejo. Junto al carro del +vino estaba Tajuña, el molinero, infatigable sangrador de pellejos, +taza va, taza viene y él tan arrecho. Flaquearíanle las piernas, pero +la cabeza no. Y Julián admiró con el pueblo al héroe. Salió a bailar +Martinillo, cuya carucha parecía siempre que iba a llorar y no lloraba, +y se rió Julián con el pueblo de los brincos y cabriolas felinas del +gracioso. Vió con qué recogimiento merendaba Panchote y entendió que +nunca es egoísta el que trabaja. Aquellas gentes eran naturaleza, y la +naturaleza es también sociedad. + +Metióse con su prima por entre los corros, donde los aldeanos +bailaban con toda el alma, vertiendo en saltos y piruetas y en +gritos desbordamiento de vida, el limpio goce de la libertad de los +movimientos, el disfrute del propio cuerpo. Bailaban con ellos las +notas claras y estridentes del pito, repletas del agrete del vinillo +viejo de las montañas aquellas, notas que estrumpían de consuno con +las risas francas que hacían vibrar de alegría al aire, mientras +bailoteaban al viento las hojas de los castaños bebiendo luz. Era +aquella danza común, danza litúrgica, acción de gracias de la vida +desnuda y pura, holocausto de energía vital. + +Palpitáronle a Julián las entrañas, empezaron a cantarle la canción +de la salud que rebosaba, y tomando a Eustaquia de la mano se puso a +bailar en un corro con ella entre los aldeanos. Era el campo mismo +quien con él bailaba. «¡Bien, bien por el señorito!», le decían; +«¡alza, Julianete, alza!», le azuzaba Martinillo, provocando risa +general. Batían con ritmo los pies de Eustaquia sobre el suelo; oreaba +con rozagancia al aire su florecido cuerpo; esplendían arreboladas +en sus mejillas rosas de salud; eran sus labios fuente de júbilo, e +irradiaban sus ojos vida anhelosa de derramarse. + +Cuando al terminar la danza embrazó Julián por el talle a su prima, +cuyos ojos decían vida, fundióle la sangre las entrañas, derritiendo +sobre su corazón a su cerebro. Sentáronse con otros en el suelo sobre +la mullida alfombra a comulgar en la merienda, a beber del mismo vaso, +a respirar del mismo aire y a calentarse al mismo sol. + +Entonces sintió Julián el abrazo de la montaña y que al beso de la +brisa se le apagaba en el alma el eco de las exóticas rimas ciudadanas. +Zumbábale en la cabeza la campiña y se sentía esponjado en la alegría +de vivir que le rodeaba. Era el amor que le nacía del campo, el amor +fructuoso, cogüelmo de vitalidad. + +A la vuelta volvían en parejas los más de los romeros, cogidos de las +manos o de la cintura, bajo el derretimiento de la luz crepuscular. +De cuando en cuando se escapaban de algún pecho fresco relinchidos +potentes, que volaban como alondras sobre el valle para morir +lánguidamente en la garganta de que como de nido salieron. Julián +sintió un escalofrío vivificante al recibir el suspiro con que +Eustaquia respondió al beso apretado y lento gozado en un recodo de +la senda, y entonces intuyó el curado ciudadano que es el erotismo la +impotencia del querer. + +Cuando un año después volvió a la ciudad llevaba a ella con Eustaquia +una hija, flor aromática del amor cordial, una obra del cuerpo y del +alma, del sér entero y uno; inspiración del campo en que dan en el +agabanzo fruto las sencillas rosas del zarzal, los humildes escaramujos +de cinco pétalos; un poema engendrado en el desmayo del cerebro, poema +de amor hecho carne viviente, su vida, su eternidad, su luz, su gloria, +su poema. + +Y cuando más tarde, perdida su compañera y olvidadas sus rimas, le +cegó el cerebro, de antiguo herido, quedáronle aquellos filiales ojos +que serenaban todo ambiente en que descansara con paz su mirada de +inocencia. + + + + + EL CANTO ADÁMICO + + +Fué esto en una tarde bíblica, ante la gloria de las torres de la +ciudad, que reposaban sobre el cielo como doradas espigas gigantescas, +surgiendo de la verdura que viste y borda al río. Tomé las _Hojas de +yerba_--_Leaves of grass_--, de Walt Whitman, este hombre americano, +enorme embrión de un poeta secular, de quien Roberto Luis Stevenson +dice que, como un perro lanudo recién desencadenado, recorría las +playas del mundo ladrando a la luna; tomé esas hojas y traduje algunas +a mi amigo, ante el esplendor silencioso de la ciudad dorada. + +Y mi amigo me dijo:--¿Qué efecto tan extraño causan esas enumeraciones +de hombres y de tierras, de naciones, de cosas, de plantas... ¿Es eso +poesía? + +Y yo le dije:--Cuando la lírica se sublima y espiritualiza acaba en +meras enumeraciones, en suspirar nombres queridos. La primera estrofa +del dúo eterno del amor puede ser el «te quiero, te quiero mucho, te +quiero con toda el alma»; pero la última estrofa, la del desmayo, no +es más que estas dos palabras: ¡Romeo! ¡Julieta! ¡Romeo! ¡Julieta! +El suspiro más hondo del amor es repetir el nombre del ser amado, +paladearlo haciéndose miel la boca. Y mira al niño. Jamás olvidaré una +escena inmortal que Dios me puso una mañana ante los ojos, y fué que +vi tres niños cogidos de las manos, delante de un caballo, cantando +enajenados de júbilo no más que estas palabras: ¡Un caballo!, ¡un +caballo!, ¡un caballo! Estaban creando la palabra según la repetían; su +canto era un canto genesíaco. + +--¿Cómo empezó la lírica?--preguntó mi amigo--, ¿cuál fué el primer +canto? + +--Vamos a la leyenda--le dije--, y oye lo que dice el _Génesis_ en su +segundo capítulo, cuando dice: «Formó, pues, Dios de la tierra toda +bestia del campo y toda ave de los cielos y trájolas a Adán para que +viese cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó a los animales +vivientes, ése es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de +los cielos, y a todo animal del campo; mas para Adán no halló ayuda que +estuviese delante de él». Éste fué el primer canto, el canto de poner +nombre a las bestias, extasiándose ante ellas Adán, en el alba de la +humanidad. + +¡Poner nombre! Poner nombre a una cosa es, en cierto modo, adueñarse +espiritualmente de ella. Este mismo Walt Whitman, cuyas _Hojas de +yerba_ aquí tenemos, al decir en su «Canto a la puesta del sol», estas +palabras: «Respirar el aire, ¡qué delicioso! ¡Hablar! ¡pasear! ¡Coger +algo con la mano!», pudo añadir: Dar nombre a las cosas, ¡qué milagro +portentoso! + +Al nombrar Adán a las bestias y aves se adueñó de ellas, y mira cómo +el salmo octavo, después de cantar que Dios hizo que el hombre se +enseñorease de las obras de las divinas manos, que le pusieron todo +bajo los pies, ovejas y bueyes y asimismo las bestias del campo y las +aves de los cielos y los peces del mar y todo cuanto pasa por los +senderos de éste, acaba diciendo: «Oh Jahvé, Señor Nuestro, ¡cuán +grande es tu nombre en toda la tierra!». Habla de la grandeza de ese +nombre, que millones de lenguas de hombres piden día a día que sea +santificado. Si supiéramos dar nombre adecuado, nombre poético, nombre +creativo a Dios, en él se colmaría como en flor eterna toda la lírica. + +En el _Génesis_ también y en los versillos 24 a 30 de su capítulo XXXII +se nos cuenta cómo al pasar Jacob el vado de Jacob, cuando iba en busca +de Esaú, su hermano, se quedó a hacer noche solo y luchó hasta rayar el +alba con un desconocido, con un ángel de Dios o con Dios mismo, y lleno +de angustia le preguntaba por su nombre, cómo se llamaba. En aquellos +tiempos aurorales, declarar un viviente su nombre era declarar su +esencia. Su nombre es lo primero que nos dan los héroes homéricos. + +Y estos nombres no eran dichos, eran cantados en un empuje de +entusiasmo y de adoración. Y tengo, por indudable, lector, que el himno +que más adentro del corazón se te ha metido fué cuando viste tu propio +nombre, tu nombre de pila, el doméstico, desnudo y puro, suspirado en +la penumbra. Es la corona de la lírica. + +La forma de letanía es acaso la más exquisita que las explosiones +líricas nos ofrecen: un nombre repetido en rosario y engarzado cada vez +en epítetos vivos que lo realzan. Y entre éstos hay el epíteto sagrado. + +En los poemas homéricos brillan los epítetos sagrados; cada héroe lleva +el suyo. Aquiles, el de los pies veloces; Héctor, el agitapenachos. Y +en todo tiempo y lugar, cuando alguien encuentra el epíteto sagrado que +casa poéticamente con un hombre, todos lo adoptan y todos lo repiten. Y +lo que sucede con los hombres sucede con los animales y con las cosas y +las ideas. La astuta zorra, el perro fiel, el noble corcel, el paciente +burro, el tardo buey, la arisca cabra, la mansa oveja, la tímida +liebre... y los designios de la Providencia, ¿pueden ser otra cosa que +inescrutables? + +Cantar, pues, el nombre, realzándolo con el epíteto sagrado, es la +exaltación reflexiva de la lírica, y la exaltación irreflexiva, la +suprema, es cantarlo solo y desnudo, sin epíteto alguno, es repetirlo +una y otra y otra vez, como sumergiendo el alma en su contenido ideal y +empapándose en él sin añadido. + +--No me sorprende--le dije a mi amigo--que te produzcan extraño efecto +estas enumeraciones, y te confieso que pueden ellas no tener nada de +poético. Pero han de extrañarnos más a nosotros que, con palabras +muertas, reducimos la lírica a algo discursivo y oratorio, a elocuencia +rimada. + +--Observa, además--añadí--, que una palabra no ha cobrado su esplendor +y su pureza toda hasta que ha pasado por el ritmo y se ha visto +ayuntada a otras en su cadencia. Es como el trigo, que no está limpio y +pronto para ir a la muela hasta que no ha sido apurado aventándolo al +aire de la era. + +--Ahora recuerdo--dijo mi amigo, interpolando un intermedio cómico--, +ahora recuerdo cierto chascarrillo yanqui, y es que dicen que cuando +Adán estaba poniendo nombre a los animales, al acercarse el caballo, +dijo Eva a su marido: Esto que viene aquí se parece a un caballo; +llamémosle, pues, caballo. + +--El chascarro no carece de gracia--le dije--, pero es el caso que +cuando Adán puso nombre a las bestias del campo y a las aves de los +cielos, aún no había sido creada la mujer, según el _Génesis_. De +donde se saca que el hombre necesitó hablar aun estando solo, hablar +consigo, es decir, cantar, y que su acto de poner nombres a los seres +fué un acto de pureza lírica, de perfecto desinterés. Se los puso para +extasiarse con ellos. Sólo que una vez que así los cantó y les puso +nombres, sintió la necesidad de un semejante a quien comunicárselos; +una vez que de la grosura de su entusiasmo brotó aquel himno de +nombramiento, sintió la necesidad de un auditorio, de un público, y +así, agrega el texto, que Adán no halló ayuda que estuviese delante +de él. Y a seguida de esto es cuando el relato bíblico nos cuenta la +creación de la primera mujer, hinchándola de una costilla del primer +hombre, y como si éste hubiese sentido más vivamente la necesidad de +una compañera a raíz de haberse adueñado de los seres mediante los +nombres. Sintió el hombre la necesidad de alguien con quien hablar, y +Dios le hizo la mujer. Y apenas surge la mujer ante el hombre, luego +de decir éste lo de «esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi +carne», lo primero que hace es darle nombre, diciendo: «Ésta será +llamada varona, porque del varón fué tomada». Y este nombre, en efecto, +no ha prevalecido, sino que los más de los pueblos cultos tienen para +la mujer nombre de otra raíz que el nombre del hombre, y como si fuesen +dos especies. + +--Excepto el inglés, por lo menos--dijo mi amigo. + +--Y algún otro--añadí yo. + +Y recogiendo las _Hojas de yerba_, de Walt Whitman, dejamos el +esplendor de la ciudad cuando se derretía en el atardecer. + + + + + LAS TIJERAS + + +Todas las noches, de nueve a once, se reunían en un rinconcito del +café de Occidente dos viejos a quienes los parroquianos llamaban «Las +tijeras». Allí mismo se habían conocido, y lo poco que sabían uno del +otro era esto: + +Don Francisco era soltero, jubilado, vivía solo con una criada vieja y +un perrito de lanas muy goloso, que llevaba al café para regalarle el +sobrante de los terroncitos de azúcar. Don Pedro era viudo, jubilado, +tenía una hija casada, de quien vivía separado a causa del yerno. No +sabían más. Los dos habían sido personas ilustradas. + +Iban al café a desahogar su bilis en monólogos dialogados, amodorrados +al arrullo de conversaciones necias y respirando vaho humano. + +Don Pedro odiaba al perro de su amigo. Solía llevarse a casa la sobra +de su azúcar para endulzar el vaso de agua que tomaba al levantarse de +la cama. Había entre él y el perrillo una lucha callada por el azúcar +que dejaban los vecinos. Cuando don Pedro veía al perrillo encaramarse +al mármol relamiéndose el hocico, retiraba temblando sus terroncitos de +azúcar. Alguna vez, mientras hablaba, pisaba como al descuido la cola +del perrito, que se refugiaba en su dueño. + +El amo del perro odiaba sin conocerla a la hija de don Pedro. Estaba +harto de oirle hablar de ella como de su gloria y de su consuelo; mi +hija por aquí, mi hija por allí, ¡siempre su hija! Cuando el padre se +quejaba del sinvergüenza de su yerno, el amo del perro le decía: + +--Convénzase, don Pedro. La culpa es de la hija; si quisiera a usted +como a padre, todo se arreglaría... ¡Le quiere más a él! ¡Y es natural! +¡Su mujer de usted haría lo mismo!... + +El corazón del pobre padre se encogía de angustia al oir esto, y su pie +buscaba la cola del perrito de aguas. + +Un día el perro se comió, después de los terroncitos de su amo, los de +don Pedro. Al día siguiente éste, con dignidad majestuosa, recogió, +después de sus terrones, los del perro. Tras esto hablaron largo rato +de la falta de justicia en el mundo. + +Terribles eran las conversaciones de los viejos. Era un placer +solitario y mutuo en las pausas del propio monólogo: oía cada uno los +trozos del otro monólogo sin interesarse en el dolor petrificado que lo +producía; lo oía, espectador sereno, como a eco puro que no se sabe +de dónde sube. Iban a oir el eco de su alma sin llegar al alma de que +partía. + +Cuando entraba el último empezaba el tijereteo por un «¿qué hay de +nuevo?», para concluir con un «¡miseria pura! ¡Todo es farsa!». Su +placer era _meneallo_, emporcarlo todo para abonar el mundo. + +No reproduciré aquellos monólogos como se producían; prefiero exponer +su melodía pura. + +--Sea usted honrado, don Francisco, y le llamarán tonto... + +--¡Con razón! + +--¡Resignación!, predican los que se resignan a vivir bien. ¡Por +resignarme me aplastaron!... + +--¡Y a mí por protestar! + +--¡La vida es dura, don Pedro! Siempre oculté mis necesidades y me +hubiera dejado morir de hambre en postura noble, como un gladiador que +lucha por los garbanzos... ¡Oh!, hay que saber lucir un remiendo cosido +con arte... Yo no he sabido lloriquear a tiempo. Siempre soltero, jamás +hubiera cumplido deseos santos, porque me quitaban el pan padres de +hijos que tenían las lágrimas en el bolsillo. Yo me las tragaba... + +--Yo he sido casado, los solteros eran una sola boca, corrían sin +carga, se contentaban con menos... Nada pude contra ellos... + +--Pude ser bandido y no lo quise. + +--Yo quise serlo y no lo pude conseguir, se me resistía... + +--Dicen ahora que en la lucha por la vida vence el más apto. ¡Vaya una +lucha! ¿El más apto? ¡Mentira, don Pedro! + +--¡Verdad, don Francisco! Vence el más inepto porque es el más apto. +Todos luchan a quien más se rebaja, a quien más autómata, a quien más +y mejor llora, a quien más y mejor adula. ¿Tener carácter?... ¡Oh! +¿Quién es éste que quiere salir del coro y aspira a partiquino? Hay que +luchar por la justicia, que no baja, como el rocío, del cielo; el que +no llora, no mama. Apenas quedan más que dos oficios útiles, ladrón +y mendigo, o la amenaza o las lágrimas. Hay que pedir desde arriba o +desde abajo. + +--¡Ah, don Francisco! El que para menos sirve, es el que mejor sirve. + +--Aunque lo digan, yo no soy pesimista. No tiene la culpa el mundo si +hemos nacido dislocados en él. + +--No hay justicia, don Francisco; que aunque a las veces se haga lo +justo, es a pesar de serlo. + +--¡Mire usted, don Pedro, cómo le paga su hija! + +El pobre padre buscaba la cola del perrito de aguas, mientras decía: + +--¡La caridad! ¡Otra como la justicia! ¡A cuántas almas fuertes mata la +lucha por la caridad!... «Ah, éste sabe trabajar, no necesita», y todos +pasan sin darle ni trabajo ni pan. + +--¡La caridad, don Pedro! ¡Los pobres necesitaban el pan, me dieron +palabras de consuelo..., les cuestan tan poco..., las tienen para su +uso! ¡Los ricos me echaron mendrugos..., les cuesta tan poco..., los +habrían echado a los perros! Nadie me ha dado pan con piedad; sobre el +pan del cuerpo, miel del alma. He vivido del Estado: esa cosa anónima a +la que nada agradezco. + +--¡Ah, don Francisco! Pegan y razonan la paliza. No me duele el +pisotón, sino el «usted perdone». La paliza basta, la razón sobra... Me +decían: «Te conviene, es por tu bien, lo mereces»; mil sandeces más: +echar en la herida plomo derretido. + +--Tiene usted razón. Nadie me ha hecho más daño que los que decían +hacérmelo por mi bien. Yo nací hermoso, como un gran diamante en bruto, +me cogieron los lapidarios; a picazo y regla me pulieron las facetas; +quedé brillante, ¡hermoso para un collar!... No quise ensartarme con +los otros, ni engarzarme en oro; rodé por el arroyo; libre, el roce me +gastó, he perdido el brillo y los reflejos, y hoy, opaco, achicado, +apenas sirvo para rayar cristales. + +--Corrí yo, tropezando en todas las esquinas para llegar al banquete. +«No te apresures, me decían al fin de cada jornada: aún tienes tiempo y +no te faltará en la mesa, si no es un sitio, otro». Cuando llegué era +tarde; el cansancio y el ayuno habían matado mi apetito, el resorte de +mi vida; llegué a la ilusión desilusionado, harto en ayunas... ¡Se me +había indigestado la esperanza! + +Un día unos estudiantes hicieron una judiada al pobre perrito. Su amo +se incomodó, los chicos se le insolentaron y se armó cuestión. En lo +más crudo de ésta, una ola de pendencia ahogó al padre que oía todo +callado, se levantó, gruñó un saludo y se fué, dejando al amo del perro +que se las arreglara. Pero al siguiente día volvió como siempre. + +--Yo he sido siempre progresista--decía el amo del perro--; hoy no soy +nada. + +--¡Yo siempre moderado!... + +--Pero progresista suelto, desencasillado, fuera de comité... ¡Eso me +ha perdido! + +--¡Eso nos ha perdido a los dos! + +--¿Qué escarabajo es éste, don Pedro, que no tiene mote en los cuadros +de la entomología política y social? + +--Y mire usted, don Francisco, mire cómo viven Trigonidium +cicindeloides, Anaplotermes pacificus, Termes lucifugus, Palingenia +longicauda y tantos más de la especie tal, género cual, familia tal del +orden de los insectos. + +--Las ideas, don Pedro, no son mas que lastre... La única verdad es +la verdad viva, el hombre que las lleva... Cuando quiere subir las +arroja... + +--El hombre, don Francisco, es una verdad triste. Los buenos creen +y esperan chupándose el dedo; los pillos se ayudan..., y al cabo, +todos concluyen lo mismo. Yo creo en un Limbo para los buenos y en un +Infierno para los malos. + +--¡Feliz usted, don Pedro! ¡Feliz usted que tiene el consuelo de creer +en el Infierno! + +--Mi mayor placer después de estos parrafitos es dormir como un lirón. +Me gustaría acostarme para siempre con la esperanza de encontrar a +la cabecera de mi cama mi vasito de agua azucarada un día que nunca +llegue... ¡Dormir para siempre arrullado por la esperanza dulce! + +--¡Mi único consuelo, don Pedro, es el pensamiento puro, y aun éste, en +cuanto vive se ensucia!... + +Así, aunque en otra forma, discurrían aquellos viejos que, arrecidos de +frío, miraban con desdén la vida desde la cumbre helada de su soledad. +Amaban la vida y gozaban en maldecir del mundo, sintiéndose ellos, los +vencidos, vencedores de él, el vencedor. Lo encontraban todo muy malo +porque se creían buenos y gozaban en creerlo. Era la suya una postura +como otra cualquiera. Creían que el sol es farsa, pero que calienta, y +en él se calentaban. + +Salían juntos y bien abrigados, y al separarse continuaba cada uno por +su camino el monólogo eterno. Todas las noches murmuraban al separarse: +¡Miseria pura! ¡Todo es farsa! + +Un día faltó don Pedro al café, y siguió faltando con gran placer +del perrito de aguas. Cuando el amo de éste supo que el padre había +muerto, murmuró: «Pobre señor. ¡Algún disgusto que le ha dado su hija! +¿Si encontrará algún día el vaso de agua azucarada a la cabecera de +la cama?». Y siguió su monólogo. El eco de su alma se había apagado, +¿quién era? ¿De dónde venía? ¿Cómo vivía? Ni lo supo ni intentó +saberlo; quedó solo y no conoció su soledad. + +Sigue yendo al rinconcito del café del Occidente. Los parroquianos le +oyen hablar solo y le ven gesticular. Mientras da un terroncito de +azúcar al perro que agita de gusto su colita rematada en un pompón, +murmura: «¡Miseria pura, don Pedro, todo es farsa!». Y los parroquianos +dicen: «¡Pobre señor! Desde que perdió la otra tijera, esa cabeza no +anda bien. ¡Cuánto le afectó! ¡Se comprende..., a su edad!». + +El amo del perro sale sin acordarse del padre de la hija, y sólo sigue +tijereteando: ¡Miseria pura! ¡Todo es farsa! + + + + + Y VA DE CUENTO... + + +A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido uno. ¿Héroe? ¡Héroe, +sí! Y ¿por qué?--preguntará el lector--. Pues, primero, porque casi +todos los protagonistas de los cuentos y de los poemas deben ser +héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, veámoslo. + +P.--¿Qué es un héroe? + +R.--Uno que da ocasión a que se pueda escribir sobre él un poema épico, +un epinicio, un epitafio, un cuento, un epigrama, o siquiera una +gacetilla o una mera frase. + +Aquiles es héroe porque le hizo tal Homero, o quien fuese, al componer +la _Ilíada_. Somos, pues, los escritores--¡oh, noble sacerdocio!--los +que para nuestro uso y satisfacción hacemos los héroes, y no habría +heroísmo si no hubiese literatura. Eso de los héroes ignorados es una +mandanga para consuelo de simples. ¡Ser héroe es ser _cantado_! + +Y, además, era héroe el Miguel de mi cuento porque le habían pedido +uno. Aquél a quien se le pida un cuento es, por el hecho mismo de +pedírselo, un héroe, y el que se lo pide es otro héroe. Héroes los dos. +Era, pues, héroe mi Miguel, a quien le pidió Emilio un cuento, y era +héroe mi Emilio, que pidió el cuento a Miguel. Y así va avanzando este +que escribo. Es decir, + + burla burlando, van los dos delante. + +Y mi héroe, delante de las blancas o agarbanzadas cuartillas, fijos +en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y de codos +sobre la mesilla de trabajo--y con esta descripción, me parece que el +lector estará viéndole mucho mejor que si viniese _ilustrado_ esto--, +se decía: «Y bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me +pide? ¡Ahí es nada, escribir un cuento quien, como yo, no es cuentista +de profesión! Porque hay el novelista que escribe novelas, una, dos, +tres o más al año, y el hombre que las escribe, cuando ellas le vienen +de suyo. ¡Y yo no soy un cuentista!... + +Y no, el Miguel de mi cuento no era un cuentista. Cuando por acaso +los hacía, sacábalos, o de algo que visto u oído habíale herido la +imaginación, o de lo más profundo de sus entrañas. Y esto de sacar +cuentos de lo hondo de las entrañas, esto de convertir en literatura +las más íntimas tormentas del espíritu, los más espirituales dolores +de la mente, ¡oh, en cuanto a esto!... En cuanto a esto, han dicho +tanto ya los poetas líricos de todos los tiempos y países, que nos +queda ya muy poco por decir. + +Y luego los cuentos de mi héroe tenían para el común de los lectores de +cuentos--los cuales forman una clase especial dentro de la general de +los lectores--un gravísimo inconveniente, cual es el de que en ellos no +había argumento, lo que se llama argumento. Daba mucha más importancia +a las perlas que no al hilo en que van ensartadas, y para el lector +de cuentos lo importante es la _hilación_, así, con hache, de hilo, +y no _ilación_, sin ella, como nos empeñamos en escribir los más o +menos latinistas que hemos dado en la flor de pensar y enseñar que ese +vocablo deriva de _infero_, _fers_, _intuli_, _illatum_. (No olviden +ustedes que soy catedrático, y de yo serlo comen mis hijos, aunque +alguna vez merienden de un cuento perdido). + + Y estoy a la mitad de otro cuarteto. + +Para el héroe de mi cuento, el cuento no es sino un pretexto para +observaciones más o menos ingeniosas, rasgos de fantasía, paradojas, +etc., etc. Y esto, francamente, es rebajar la dignidad del cuento, que +tiene un valor sustantivo--creo que se dice así--en sí y por sí mismo. +Miguel no creía que lo importante era el interés de la narración y que +el lector se fuese diciendo para sí mismo en cada momento de ella: ¿y +ahora qué vendrá?; o bien: ¿y cómo acabará esto? Sabía, además, que hay +quien empieza una de esas novelas enormemente interesantes, va a ver en +las últimas páginas el desenlace y ya no lee más. + +Por lo cual creía que una buena novela no debe tener desenlace, como +no lo tiene, de ordinario, la vida. O debe tener dos o más, expuestos +a dos o más columnas, y que el lector escoja entre ellos el que más le +agrade. Lo que es soberanamente arbitrario. Y mi este Miguel era de lo +más arbitrario que darse puede. + +En un buen cuento lo más importante son las situaciones y las +transiciones. Sobre todo estas últimas. ¡Las transiciones, oh! Y +respecto a aquéllas es lo que decía el famoso melodramaturgo D'Ennery: +«En un drama (y quien dice drama dice cuento) lo importante son las +situaciones; componga usted una situación patética y emocionante, e +importa poco lo que en ella digan los personajes, porque el público +cuando llora no oye». ¡Qué profunda observación ésta de que el público +cuando llora no oye! Uno que había sido apuntador del gran actor +Antonio Vico me decía que representando éste una vez _La muerte civil_, +cuando entre dos sillas hacía que se moría, y las señoras le miraban +con los gemelos para taparse con ellos las lágrimas, y los caballeros +hacían que se sonaban para enjugárselas, el gran Vico, entre hipíos +estertóricos y en frases entrecortadas de agonía, estaba dando a él, +al apuntador, unos encargos para contaduría. ¡Lo que tiene el saber +hacer llorar! + +Sí; el que en un cuento, como en un drama, sabe hacer llorar o reir, +puede en él decir lo que se le antoje. El público, cuando llora +o cuando se ríe, no se entera. Y el héroe de mi cuento tenía la +perniciosa y petulante manía de que el público--¡su público, claro +está!--se enterase de lo que él escribía. ¡Habráse visto pretensión +semejante! + +Permítame el lector que interrumpa un momento el hilo de la narración +de mi cuento, faltando al precepto literario de la impersonalidad +del cuentista (véase la _Correspondance_, de Flaubert, en cualquiera +de sus cinco volúmenes _Oeuvres completes_, París, Louis Conard, +libraire-éditeur, MDCCCCX), para protestar de esa pretensión rídicula +del héroe de mi cuento, de que su público se enterase de lo que él +escribía. ¿Es que no sabía que las más de las personas leen para no +enterarse? ¡Harto tiene cada uno con sus propias penas y sus propios +pesares y cavilaciones para que vengan metiéndole otros! Cuando yo, +a la mañana, a la hora del chocolate, tomo el periódico del día, es +para distraerme, para pasar el rato. Y sabido es el aforismo de aquel +sabio granadino: «La cuestión es pasar el rato»; a lo que otro sabio, +bilbaíno éste y que soy yo, añadió: «Pero sin adquirir compromisos +serios». Y no hay modo menos comprometedor de pasar el rato que leer +el periódico. Y si cojo una novela o un cuento no es para que de +reflejo suscite mis hondas preocupaciones y mis penas, sino para que me +distraiga de ellas. Y por eso no me entero de lo que leo, y hasta leo +para no enterarme... + +Pero el héroe de mi cuento era un petulante que quería escribir para +que se enterasen, y es natural, así no puede ser, no le resultaba +cuanto escribía sino paradojas. + +¿Que qué es esto de una paradoja? Ah, yo no lo sé, pero tampoco lo +saben los que hablan de ellas con cierto desdén, más o menos fingido; +pero nos entendemos, y basta. Y precisamente el chiste de la paradoja, +como el del humorismo, estriba en que apenas hay quien hable de ellos +y sepa lo que son. La cuestión es pasar el rato, sí, pero sin adquirir +compromisos serios; y ¿qué serio compromiso se adquiere tildando a algo +de paradoja, sin saber lo que ella sea, o tachándolo de humorístico? + +Yo, que como el héroe de mi cuento, soy también héroe y catedrático de +griego, sé lo que etimológicamente quiere decir eso de paradoja: de +la preposición _pará_, que indica lateralidad, lo que va de lado o se +desvía, y _doxa_ opinión; y sé que entre paradoja y herejía apenas hay +diferencia; pero... + +Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cuento? Volvamos, pues, a él. + +Dejamos a nuestro héroe--empezando siéndolo mío y ya es tuyo, lector +amigo, y mío, esto es, nuestro--de codos sobre la mesa, con los +ojos fijos en las blancas cuartillas, etc.--, véase la precedente +descripción--, y diciéndose; «Y bien, ¿sobre qué escribo yo ahora?...». + +Esto de ponerse a escribir, no precisamente porque se haya encontrado +asunto, sino para encontrarlo, es una de las necesidades más terribles +a que se ven expuestos los escritores fabricantes de héroes, y héroes, +por lo tanto, ellos mismos. Porque ¿cuál, sino el de hacer héroes, el +de cantarlos, es el supremo heroísmo? Como no sea que el héroe haga a +su hacedor, opinión que mantengo muy brillante y profundamente en mi +_Vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra_, +explicada y comentada; Madrid, librería de Fernando Fe, 1905[1]--y +sirva esto, de paso, como anuncio--, obra en que sostengo que fué Don +Quijote el que hizo a Cervantes, y no éste a aquél. ¿Y a mí quién me ha +hecho, pues? En este caso, no cabe duda que el héroe de mi cuento. Sí, +yo no soy sino una fantasía del héroe de mi cuento. + +¿Seguimos? Por mí, lector amigo, hasta que usted quiera; pero me temo +que esto se convierta en el cuento de nunca acabar. Y así es el de la +vida... Aunque, ¡no!, ¡no!, el de la vida se acaba. + +Aquí sería buena ocasión, con este pretexto, de disertar sobre la +brevedad de esta vida perecedera y la vanidad de sus dichas, lo cual +daría a este cuento un cierto carácter moralizador que lo elevara sobre +el nivel de esos otros cuentos vulgares que sólo tiran a divertir. +Porque el Arte debe ser edificante. Voy, por lo tanto, a acabar con una + +_Moraleja._--Todo se acaba en este mundo miserable: hasta los cuentos y +la paciencia de los lectores. No sé, pues, abusar. + + + NOTAS: + +[1] Para mi conciencia de bibliógrafo debo decir que antes de 1905 +pone: Carrera de San Jerónimo, 2; pero desde entonces el señor Fe se ha +trasladado a la Puerta del Sol, 15. y ahora añado que esa edición se ha +agotado y que prepara otra la _Biblioteca Renacimiento_. +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 77759 *** |
