summaryrefslogtreecommitdiff
path: root/espejo-utf8.txt
diff options
context:
space:
mode:
Diffstat (limited to 'espejo-utf8.txt')
-rw-r--r--espejo-utf8.txt5706
1 files changed, 5706 insertions, 0 deletions
diff --git a/espejo-utf8.txt b/espejo-utf8.txt
new file mode 100644
index 0000000..67428ed
--- /dev/null
+++ b/espejo-utf8.txt
@@ -0,0 +1,5706 @@
+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 77759 ***
+
+
+ NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
+
+
+En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está
+encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en Versalitas se
+representa en mayúsculas, como en VERSALITAS, y el texto en negritas
+se representa =así=.
+
+El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
+de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando
+la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado
+puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia
+Española.
+
+En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
+acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el
+acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está
+en mayúsculas.
+
+El Índice ha sido reubicado al principio de la obra.
+
+Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores
+tipográficos y de ortografía.
+
+La portada modificada incluida en este libro electrónico se ha agregado
+al dominio público.
+
+
+ * * * * *
+
+
+
+
+ EL ESPEJO DE LA MUERTE
+
+
+ OBRAS DEL AUTOR
+
+ Pesetas
+
+ =Paz en la Guerra= (novela).--Madrid, Fernando Fe,
+ 1897 4
+
+ =De la enseñanza superior en España.=--Madrid,
+ _Revista Nueva_, 1899 1,50
+
+ =Tres Ensayos: ¡Adentro!--La Ideocracia.--La
+ Fe.=--Madrid, B. Rodríguez Serra, 1900 1
+
+ =En torno al casticismo.=--Madrid, Fernando Fe.
+ Barcelona, Antonio López, 1902 2
+
+ =Amor y Pedagogía= (novela).--Barcelona, Henrich
+ y C.ª, 1902 3
+
+ =Paisajes= (Colección Calón).--Salamanca, 1902 0,75
+
+ =De mi país.= (Descripciones, relatos y artículos de
+ costumbres.)--Madrid, Fernando Fe, 1903 3
+
+ =Vida de Don Quijote y Sancho=, según Miguel
+ de Cervantes Saavedra, explicada y comentada.--Madrid,
+ Fernando Fe, 1905 4
+
+ =Poesías.=--Fernando Fe, Victoriano Suárez, Madrid,
+ 1907 3
+
+ =Recuerdos de niñez y de mocedad.=--Madrid,
+ Fernando Fe, Victoriano Suárez, 1908 3
+
+ =Mi religión y otros ensayos.=--«Biblioteca Renacimiento»,
+ V. Prieto y C.ª, Madrid, 1910 3,50
+
+ =Por tierras de Portugal y de España.=--«Biblioteca
+ Renacimiento», V. Prieto y C.ª, Madrid, 1910. 3,50
+
+ =Rosario de sonetos líricos.=--Madrid, Fernando
+ Fe, Victoriano Suárez, 1911 3
+
+ =Soliloquios y conversaciones.=--«Biblioteca Renacimiento»,
+ Madrid, 1911 3,50
+
+ =Contra esto y aquello.=--«Biblioteca Renacimiento»,
+ Madrid, 1912 3,50
+
+ =Del sentimiento trágico de la vida.=--«Biblioteca
+ Renacimiento», Madrid, 1913 3,50
+
+
+
+
+ MIGUEL DE UNAMUNO
+
+ EL ESPEJO
+ DE LA MUERTE
+
+
+ (NOVELAS CORTAS)
+
+ [Ilustración]
+
+
+ RENACIMIENTO
+ SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL
+ Calle de Pontejos, núm. 3, 1.º
+ MADRID
+
+
+ ES PROPIEDAD
+
+
+ Imprenta de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes, 4.
+
+
+
+
+ ÍNDICE
+
+ PÁG.
+
+ El espejo de la muerte 5
+
+ El sencillo D. Rafael, cazador y tresillista 15
+
+ Ramón Nonnato, suicida 25
+
+ Cruce de caminos 33
+
+ El amor que asalta 41
+
+ Solitaña 49
+
+ Bonifacio 63
+
+ Las tribulaciones de Susín 69
+
+ ¡Cosas de franceses! 77
+
+ El misterio de iniquidad o sea los Pérez y los López 85
+
+ El semejante 95
+
+ Soledad 103
+
+ Al correr los años 115
+
+ La beca 125
+
+ ¡Viva la introyección! 137
+
+ ¿Por qué ser así? 143
+
+ El diamante de Villasola 151
+
+ Juan Manso 157
+
+ Del odio a la piedad 165
+
+ El desquite 171
+
+ Una rectificación de honor 177
+
+ Una visita al viejo poeta 187
+
+ El abejorro 195
+
+ El poema vivo del amor 201
+
+ El canto adámico 209
+
+ Las tijeras 215
+
+ Y va de cuento 223
+
+
+
+
+ EL ESPEJO DE LA MUERTE
+
+
+
+
+ HISTORIA MUY VULGAR
+
+
+¡La pobre! Era una languidez traidora que iba ganándole el cuerpo todo
+de día en día. Ni le quedaban ganas para cosa alguna: vivía sin apetito
+de vivir y casi por deber. Por las mañanas costábale levantarse de la
+cama, ¡a ella, que se había levantado siempre para poder ver salir el
+sol! Las faenas de la casa le eran más gravosas cada vez.
+
+La primavera no resultaba ya tal para ella. Los árboles, limpios de
+la escarcha del invierno, iban echando su plumoncillo de verdura;
+llegábanse a ellos algunos pájaros nuevos; todo parecía renacer. Ella
+sola no renacía.
+
+«¡Esto pasará--decíase--, esto pasará!», queriendo creerlo a fuerza de
+repetírselo a solas. El médico aseguraba que no era sino una crisis de
+la edad; aire y luz, nada más que aire y luz. Y comer bien; lo mejor
+que pudiese.
+
+¿Aire? Lo que es como aire le tenían en redondo, libre, soleado,
+perfumado de tomillo, aperitivo. A los cuatro vientos se descubría
+desde la casa el horizonte de tierra, una tierra lozana y grasa que
+era una bendición del Dios de los campos. Y luz, luz libre también. En
+cuanto a comer... «pero madre, si no tengo ganas...».
+
+--Vamos, hija, come, que a Dios gracias no nos falta de qué; come--le
+repetía su madre, suplicante.
+
+--Pero si no tengo ganas, le he dicho...
+
+--No importa. Comiendo es como se las hace una.
+
+La pobre madre, más acongojada que ella, temiendo se le fuera de entre
+los brazos aquel supremo consuelo de su viudez temprana, se había
+propuesto empapizarla, como a los pavos. Llegó hasta a provocarle
+bascas, y todo inútil. No comía más que un pajarito. Y la pobre viuda
+ayunaba en ofrenda a la virgen pidiéndole diera apetito, apetito de
+comer, apetito de vivir, a su pobre hija.
+
+Y no era esto lo peor que a la pobre Matilde le pasaba, no era el
+languidecer, el palidecer, marchitarse y ajársele el cuerpo; era que
+su novio, José Antonio, estaba cada vez más frío con ella. Buscaba
+una salida, sí, no había dudado de ello; buscaba un modo de zafarse
+y dejarla. Pretendió primero, y con muy grandes instancias, que se
+apresurase la boda, como si temiera perder algo, y a la respuesta de
+madre e hija de: «No; todavía no, hasta que me reponga; así no puedo
+casarme», frunció el ceño. Llegó a decirle que acaso el matrimonio la
+aliviase, la curase, y ella, tristemente: «No, José Antonio, no; éste
+no es mal de amores, es otra cosa: es mal de vida». Y José Antonio la
+oyó mustio y contrariado.
+
+Seguía acudiendo a la cita el mozo, pero como por compromiso, y estaba
+durante ella distraído y como absorto en algo lejano. No hablaba ya de
+planes para el porvenir, como si éste hubiera para ellos muerto. Era
+como si aquellos amores no tuviesen ya sino pasado.
+
+Mirándole como a espejo le decía Matilde:
+
+--Pero, dime, José Antonio, dime, ¿qué te pasa?; porque tú no eres ya
+el que antes eras...
+
+--¡Qué cosas se te ocurren, chica! ¿Pues quién he de ser?...
+
+--Mira, oye: si te has cansado de mí, si te has fijado ya en otra,
+déjame. Déjame, José Antonio, déjame sola, porque sola me quedaré; ¡no
+quiero que por mí te sacrifiques!
+
+--¡Sacrificarme! Pero, ¿quién te ha dicho, chica, que me sacrifico?
+Déjate de tonterías, Matilde.
+
+--No, no, no lo ocultes; tú ya no me quieres...
+
+--¿Que no te quiero?
+
+--No, no, ya no me quieres como antes, como al principio...
+
+--Es que al principio...
+
+--¡Siempre debe ser principio, José Antonio!; en el querer siempre debe
+ser principio; se debe estar siempre empezando a querer.
+
+--Bueno, no llores, Matilde, no llores, que así te pones peor...
+
+--¿Que me pongo peor?, ¿peor?; ¡luego estoy mal!
+
+--¡Mal... no!; pero... Son cavilaciones...
+
+--Pues, mira, oye, no quiero, no; no quiero que vengas por compromiso...
+
+--¿Es que me echas?
+
+--¿Echarte yo, José Antonio, yo?
+
+--Parece que tienes empeño en que me vaya...
+
+Rompía aún más a llorar la pobre. Y luego, encerrada en su cuarto, con
+poca luz ya y con poco aire, mirábase Matilde una y otra vez al espejo
+y volvía a mirarse en él. «Pues no, no es gran cosa--se decía--; pero
+las ropas cada vez se me van quedando más grandes, más holgadas, este
+justillo me viene ya flojo, puedo meter las dos manos por él; he tenido
+que dar un pliegue más a la saya... ¿Qué es esto, Dios mío, qué es?». Y
+lloraba y rezaba.
+
+Pero vencían los veintitrés años, vencía su madre, y Matilde soñaba de
+nuevo en la vida, en una vida verde y fresca, aireada y soleada, llena
+de luz, de amor y de campo; en un largo porvenir, en una casa henchida
+de faenas, en unos hijos y, ¿quién sabe?, hasta en unos nietos. ¡Y
+ellos, dos viejecitos, calentando al sol el postre de la vida!
+
+José Antonio empezó a faltar a las citas, y una vez, a los repetidos
+requerimientos de su novia de que la dejara si es que ya no la quería
+como al principio, si es que no seguía empezando a quererla, contestó
+con los ojos fijos en la guija del suelo: «Tanto te empeñas, que
+al fin...». Rompió ella una vez más a llorar. Y él entonces, con
+brutalidad de varón: «Si vas a darme todos los días estas funciones de
+lágrimas, sí que te dejo». José Antonio no entendía de amor de lágrimas.
+
+Supo un día Matilde que su novio cortejaba a otra, a una de sus más
+íntimas amigas. Y se lo dijo. Y no volvió José Antonio.
+
+Y decía a su madre la pobre:
+
+--¡Yo estoy muy mala, madre; yo me muero!...
+
+--No digas tonterías, hija; yo estuve a tu edad mucho peor que tú; me
+quedé en puros huesos. Y ya ves cómo vivo. Eso no es nada. Claro, te
+empeñas en no comer...
+
+Pero a solas en su cuarto y entre lágrimas silenciosas pensaba la
+madre: «¡Bruto, más que bruto! Por qué no aguardó un poco... un poco,
+sí, no mucho... La está matando... antes de tiempo...».
+
+Y se iban los días, todos iguales, unánimes, llevándose cada uno un
+jirón de la vida de Matilde.
+
+Acercábase el día de Nuestra Señora de la Fresneda, en que iban todos
+los del pueblo a la venerada ermita, donde se rezaba, pedía cual
+por sus propias necesidades, y era la vuelta una vuelta de romería,
+entre bailes, retozos, cantos y relinchidos. Volvían los mozos de la
+mano, del brazo de las mozas, abrazados a ellas, cantando, brincando,
+jijeando, retozándose. Era una de besos robados, de restregones, de
+apretujeos. Y los mayores se reían recordando y añorando sus mocedades.
+
+--Mira, hija--dijo a Matilde su madre--; está cerca el día de Nuestra
+Señora; prepara tu mejor vestido. Vas a pedirle que te dé apetito.
+
+--¿No será mejor, madre, pedirle salud?
+
+--No, apetito, hija, apetito. Con él te volverá la salud. No conviene
+pedir demasiado ni aun a la virgen. Es menester pedir poquito a
+poquito; hoy una miaja, mañana otra. Ahora apetito, que con él te
+vendrá la salud, y luego...
+
+--Luego, ¿qué, madre?
+
+--Luego un novio más decente y más agradecido que ese bárbaro de José
+Antonio.
+
+--¡No hable mal de él, madre!
+
+--¡Que no hable mal de él! ¿Y me lo dices tú? Dejarte a ti, mi cordera,
+¿y por quién? ¿Por esa legañosa de Rita?
+
+--No hable mal de Rita, madre, que no es legañosa. Ahora es más guapa
+que yo. Si José Antonio no me quería ya, ¿para qué iba a seguir
+viniendo a hablar conmigo? ¿Por compasión? ¿Por compasión, madre, por
+compasión? Yo estoy muy mal, lo sé, muy mal. Y a Rita da gusto de
+verla, tan colorada, tan fresca...
+
+--¡Calla, hija, calla! ¿Colorada? Sí, como el tomate. ¡Basta, basta!
+
+Y se fué a llorar la madre.
+
+Llegó el día de la fiesta. Matilde se atavió lo mejor que pudo, y
+hasta se dió, ¡la pobre!, colorete en las mejillas. Y subieron madre e
+hija a la ermita. A trechos tenía la moza que apoyarse en el brazo de
+su madre; otras veces se sentaba. Miraba al campo como por despedida, y
+esto aun sin saberlo.
+
+Todo era en torno alegría y verdor. Reían los hombres y los árboles.
+Matilde entró a la ermita, y en un rincón, con los huesos de las
+rodillas clavados en las losas del suelo, apoyados los huesos de
+los codos en la madera de un banco, anhelante, rezó, rezó, rezó,
+conteniendo las lágrimas. Con los labios balbucía una cosa, con el
+pensamiento otra. Y apenas si veía el rostro resplandeciente de Nuestra
+Señora, en que se reflejaban las llamas de los cirios.
+
+Salieron de la penumbra de la ermita al esplendor luminoso del campo
+y emprendieron el regreso. Volvían los mozos, como potros desbocados,
+saciando apetitos acariciados durante meses. Corrían mozos y mozas,
+excitando con sus chillidos éstas a aquéllos a que las persiguieran.
+Todo era restregones, sobeos y tentarujas bajo la luz del sol.
+
+Y Matilde lo miraba todo tristemente, y más tristemente aún lo miraba
+su madre, la viuda.
+
+--Yo no podría correr si así me persiguieran--pensaba la pobre
+moza--, yo no podría provocarles y azuzarles con mis carreras y mis
+chillidos... Esto se va.
+
+Cruzáronse con José Antonio, que pasaba junto a ellas acompañando al
+paso a Rita. Los cuatro bajaron los ojos al suelo. Rita palideció, y el
+último arrebol, un arrebol de ocaso encendió las mejillas de Matilde,
+de donde la brisa había borrado el colorete.
+
+Sentía la pobre moza en torno de sí el respeto como espesado: un
+respeto terrible, un respeto trágico, un respeto inhumano y cruelísimo.
+¿Qué era aquello? ¿Era compasión? ¿Era aversión? ¿Era miedo? ¡Oh, sí;
+tal vez miedo, miedo tal vez! Infundía temor; ¡ella, la pobre chiquilla
+de veintitrés años! Y al pensar en este miedo inconsciente de los
+otros, en este miedo que inconscientemente también adivinaba en los
+ojos de los que al pasar la miraban, se la helaba de miedo, de otro más
+terrible miedo, el corazón.
+
+Así que traspuso el umbral de la solana de su casa, entornó la puerta;
+se dejó caer en el escaño, reventó en lágrimas y exclamó con la muerte
+en los labios:
+
+--¡Ay, mi madre; mi madre, cómo estaré! ¡Cómo estaré, que ni siquiera
+me han retozado los mozos! ¡Ni por cumplido, ni por compasión, como
+otras; como a las feas! ¡Cómo estaré, virgen santa, cómo estaré! ¡Ni
+me han retozado..., ni me han retozado los mozos como antaño! ¡Ni por
+compasión, como a las feas! ¡Cómo estaré, madre, cómo estaré!
+
+--¡Bárbaros, bárbaros y más que bárbaros!--se decía la viuda--.
+¡Bárbaros, no retozar a mi hija, no retozarla!... ¿Qué les costaba? Y
+luego a todas esas legañosas... ¡Bárbaros!
+
+Y se indignaba como ante un sacrilegio, que lo era, por ser el retozo
+en estas santas fiestas un rito sagrado.
+
+--¡Cómo estaré, madre, como estaré que ni por compasión me han retozado
+los mozos!
+
+Se pasó la noche llorando y anhelando y a la mañana siguiente no quiso
+mirarse al espejo. Y la virgen de la Fresneda, madre de compasiones,
+oyendo los ruegos de Matilde, a los tres meses de la fiesta se la
+llevaba a que la retozasen los ángeles.
+
+
+
+
+ EL SENCILLO DON RAFAEL,
+ CAZADOR Y TRESILLISTA
+
+Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el
+recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos
+ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que
+se rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo
+del corazón, susurro de aguas soterrañas. Una vida vacía, y él solo,
+enteramente solo. Solo con su vida.
+
+Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por
+eso vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la
+tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo,
+iba a buscar una sola carta para dar bola, solía repetir don Rafael
+que hay cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era
+providencialista; es decir, creía en el todopoderío del azar. Tal vez
+por creer en algo y no tener la mente vacía.
+
+--¿Y por qué no se casa usted?--le preguntó alguna vez con la boca
+chica su ama de llaves.
+
+--¿Y por qué me he de casar?
+
+--Acaso no vaya usted descaminado.
+
+--Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas
+solas.
+
+--¡Y cuando menos se piensa!
+
+--¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar
+en ello...
+
+--¿Cuál?
+
+--La de poder morir tranquilo _ab intestato_.
+
+--¡Vaya una razón!--exclamó el ama alarmada.
+
+--Para mí la única valedera--respondió el hombre, que presentía no
+valen las razones, sino el valor que se las da.
+
+Y una mañana de primavera, al salir, con achaque de la caza, a ver
+nacer el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a
+mejor percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro, como de cosas
+olvidadas. El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era
+una criatura de horas. Quedósele mirando, y su corazón pareció sentir,
+no ya el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una
+caza que me ha deparado el destino!, pensó.
+
+Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera,
+subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y
+llamó quedamente varias veces.
+
+--Aquí traigo esto--le dijo al ama de llaves.
+
+--Y eso, ¿qué es?
+
+--Parece un niño...
+
+--¿Parece sólo?...
+
+--Lo dejaron a la puerta de la calle.
+
+--¿Y qué hacemos con ello?
+
+--Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está ¡criarlo!
+
+--¿Quién?
+
+--Los dos.
+
+--¿Yo? ¡Yo, no!
+
+--Buscaremos ama.
+
+--¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar
+parte al juez, y en cuanto a eso, al hospicio con ello!
+
+--¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no!
+
+--En fin, usted manda.
+
+Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y
+pronto el médico de don Rafael encontró una buena nodriza: una chica
+soltera que acababa de dar a luz un niño muerto.
+
+--Como nodriza, excelente--le dijo el médico--, y como persona, ya ves,
+un desliz así puede ocurrirle a cualquiera.
+
+--A mí no--contestó con su sencillez característica don Rafael.
+
+--Lo mejor sería--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a
+criarlo.
+
+--No--replicó don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fío de la
+madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle
+disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del
+niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un
+dolor de tripas.
+
+Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa
+perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del
+pelo que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo,
+entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a
+que el gallo ronda.
+
+--¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito?--le preguntó la señora
+Rogelia.
+
+--Como hijo mío.
+
+--Pero, ¿está usted loco?
+
+--¡Qué más da!
+
+--¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen
+sus verdaderos padres?...
+
+--Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no
+busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que ésta del azar
+es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que
+haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en
+la providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además
+así podré morirme tranquilo _ab intestato_, pues ya tengo quien me
+herede forzosamente.
+
+La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando don Rafael hizo
+bautizar y registrar al niño como hijo suyo dió que reir a la vecindad
+y a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su trasparente
+ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que
+avenirse y concordar con el ama de leche.
+
+Ya tenía don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el
+tresillo; ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida
+nueva, luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el
+descanso paseando al nene para acallarlo.
+
+--Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala
+suerte con el ama, me parece.
+
+--Como no vuelva a las andadas...
+
+--De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe
+al niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un
+bausán de marca mayor a quien ya aborrece...
+
+--No se fíe usted..., no se fíe usted...
+
+--Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una
+pobrecilla...
+
+--Hasta que vuelva a tener ocasión...
+
+--¡Digo que lo evitaré!
+
+--Pues como ella quiera...
+
+--¡Ah, en cuanto a eso sí. Porque si he de decirle a usted la verdad,
+la verdad es que...
+
+--Sí, me la supongo.
+
+--¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo!
+
+Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo
+heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse
+desde un principio con el crío como si fuese su madre misma. El padre
+putativo y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos lados de
+la cuna, contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando éste hacía
+como que mamaba.
+
+--¡Lo que es el hombre!--decía don Rafael...
+
+Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos,
+iba él, don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la
+boca rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le
+afloraban la frente al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno
+de los dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el
+serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre
+los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre
+él un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar
+al hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear.
+
+--¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol
+mío!--exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le
+entendiera.
+
+Callábase a esto don Rafael.
+
+Y cuando le cantaba al niño, brazándole, aquella vieja canturria
+paradisíaca que, aun trasmitiéndosela de corazón a corazón las madres,
+cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía,
+siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a don Rafael
+como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo.
+Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y
+mejíasele aquel canto...
+
+ que viene el cocóóóóó...
+
+con el susurro de las aguas de debajo de su corazón...
+
+ a llevarse a los niños...
+
+que iba también durmiéndose...
+
+ que duermen pocóóóóó...
+
+entre las blandas nieblas de su pasado...
+
+ ¡ah, ah, ah, aaaaah!
+
+--¡Qué buena madre hace!--pensaba.
+
+Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó don
+Rafael:
+
+--Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso?
+
+--¡Ya ve usted, don Rafael!--y se le encendía leve, muy levemente el
+rostro.
+
+--¡Sí, tienes razón, ya lo veo!
+
+Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras
+duró aquello hizo don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su
+mismo cuarto. «Pero señorito--dijo ella--, cómo quiere usted que yo
+duerma allí...». «Pues muy sencillo--contestó él, con su sencillez
+acostumbrada--, ¡durmiendo!».
+
+Porque para aquel hombre, todo sencillez, era sencillo todo.
+
+Por fin, el médico dió por salvado al niño.
+
+--¡Salvado!--exclamó don Rafael con el corazón desbordante, y fué a
+abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo.
+
+--Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al
+niño que sonreía en floración de convalecencia.
+
+--Usted dirá--contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope.
+
+--Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo
+que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no
+a Tucumán, y ya que somos yo padre y tu madre, cada uno a su respecto,
+del mismo hijo, nos casemos y asunto concluido.
+
+--¡Pero, don Rafael!--y se puso de grana.
+
+--Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos...
+
+El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían
+juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos--¡qué más
+da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después
+se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan.
+
+Y fueron en lo que en lo humano cabe--¡y no es poco!--felices, y
+tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo
+morir tranquilo _ab intestato_, por tener ya quienes forzosamente le
+heredaran, el sencillo don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de
+dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen
+de su filosofía práctica: ¡hay que dar al azar lo suyo!
+
+
+
+
+ RAMÓN NONNATO, SUICIDA
+
+
+Cuando harto de llamar a la puerta de su cuarto entró, forzándola, el
+criado, encontróse a su amo lívido y frío en la cama, con un hilo de
+sangre que le destilaba de la sien derecha, y junto a él, aquel retrato
+de mujer que traía constantemente consigo, casi como un amuleto, y en
+cuya contemplación se pasaba tantas horas.
+
+Y era que en la víspera de aquel día de otoño gris, a punto de ponerse
+el día, Ramón Nonnato se había pegado un tiro. Habíanle visto antes,
+por la tarde, pasearse solo, según tenía por costumbre, a la orilla del
+río, cerca de su desembocadura, contemplando cómo las aguas se llevaban
+al azar las hojas amarillas que desde los álamos marginales iban a caer
+para siempre, para nunca más volver, en ellas. «Porque las que en la
+primavera próxima, la que no veré, vuelvan con los pájaros nuevos a los
+árboles, serán otras», pensó Nonnato.
+
+Al desparramarse la noticia del suicidio hubo una sola y compasiva
+exclamación: ¡Pobre Ramón Nonnato! Y no faltó quien añadiera: Le ha
+suicidado su difunto padre.
+
+Pocos días antes de darse así la muerte había pagado Nonnato su última
+deuda con el producto de la venta de la última finca que le quedara
+de las muchas que de su padre heredó, y era la casa solariega de su
+madre. Antes fué a ella y se estuvo allí solo durante un día entero,
+llorando su desamparo y la falta de un recuerdo, con un viejo retrato
+de su madre entre las manos. Era el retrato que traía siempre consigo,
+sobre el pecho, imagen de una esperanza que para él había siempre sido
+recuerdo, siempre.
+
+El pobre hombre había desbaratado la fortuna que su padre le dejara
+en locas especulaciones enderezadas a acrecentarla, en fantásticas
+combinaciones financieras y bursátiles, mientras vivía con una modestia
+rayana en la pobreza y ceñido de privaciones. Pues apenas si gastaba
+más que lo preciso para sustentarse con un discreto decoro, y fuera de
+esto en caridades y favores. Porque el pobre Nonnato, tan tacaño para
+consigo mismo, era en extremo liberal y pródigo para con los demás:
+sobre todo con las víctimas de su padre.
+
+La razón de su conducta era que buscaba aumentar lo más posible su
+fortuna, hacerla enorme y emplearla luego en vasto objeto de servicio
+a la cultura pública, para redimirla así de su pecado de origen. No
+le parecía bastante haberla distribuido en pequeñas caridades y mucho
+menos haber tratado de cancelar los daños de su padre. No es posible
+recoger el agua derramada.
+
+Llevaba siempre fijas en la mente las últimas palabras que al morir le
+dirigió su padre, y fueron así:
+
+--Lo que siento, hijo mío, es que esta fortuna, tan trabajosamente
+fraguada y cimentada por mí, esta fortuna tan bien repartida, y que es,
+aunque tú no lo creas, una verdadera obra de arte, se va a deshacer en
+tus manos. Tú no has heredado mi espíritu, ni tienes amor al dinero, ni
+entiendes de negocio. Confieso haberme equivocado contigo.
+
+«Afortunadamente», pensó Nonnato al oir estas últimas palabras de su
+padre. Porque, en efecto, no había logrado éste infundirle su recio y
+sombrío amor al dinero, ni aquella su afición al negocio, que le hacía
+preferir la ganancia de tres, con engaño legal, a la de cuatro sin él.
+
+Y eso que el pobre Nonnato había sido el abogado de los pleitos en que
+de continuo se metía aquel hombre terrible: un abogado gratuito, por
+supuesto. En su calidad de abogado de su padre, es como Nonnato tuvo
+que penetrar en los más recónditos recovecos del antro del usurero,
+tinieblas húmedas donde acabó de entristecérsele el alma, presa de una
+esclavitud irrescatable. Ni podía libertarse, pues, ¿cómo resistir la
+mirada cortante y fría de aquel hombre de presa?
+
+Años tétricos los de la carrera del pobre Nonnato, de aquella carrera
+odiada que estudiaba obligado a ello por su padre. Cuando durante los
+veranos se iba de vacaciones a su pueblo costero, después de aquel
+tenebroso curso de estudios, pasado en una miserable casa de uno de
+los deudores de su padre, que así le sacaba más interés a su préstamo,
+íbase Nonnato solo a orillas del mar a consolarse de su soledad con la
+soledad del océano y a olvidar las tristezas de la tierra. El mar le
+había siempre llamado como una gran madre consoladora, y sentado a su
+orilla, sobre una roca ceñida de algas, contemplaba el retrato aquel de
+su pobre madre, fingiéndose que el canto brezador de las olas era el
+arrullo de cuna que no le había sido concedido oir en su infancia.
+
+Él había querido hacerse marino para huir mejor de casa de su padre,
+para cultivar la soledad de su alma; pero su padre, que necesitaba
+un abogado gratuito, le obligó a estudiar leyes para torcerlas,
+renunciando al mar. De aquí lo tétrico de sus años de carrera.
+
+Y ni aun tuvo en ellos el consuelo de refrescarse el alma a solas con
+el recuerdo de sus mocedades, porque éstas habíalas pasado como una
+sola noche de invierno en un desierto de hielo. Solo, siempre solo con
+aquel padre que apenas le hablaba como no fuese de sus feos negocios
+y que de cuando en cuando le decía: «Porque esto lo hago por ti,
+principalmente por ti, casi sólo por ti. Quiero que seas rico, muy
+rico, inmensamente rico y que puedas casarte con la hija del más rico
+de esos ricachos que nos desprecian». Mas el chico sentía que aquello
+era mentira, y que él no era sino un pretexto para que su padre se
+justificase ante sí mismo, en el foro de su conciencia, su usura y su
+avaricia. Y fué entonces, en aquella tétrica mocedad, cuando dió con el
+retrato de su madre y empezó a dedicarle culto. El padre, por su parte,
+jamás le habló de ella.
+
+Y el pobre mozo, que oía a sus compañeros hablar de sus madres, trataba
+de figurarse cómo habría podido ser la suya. E interrogaba en vano a
+aquella antigua sirvienta, seca y dura, la confidente de su padre,
+la que le había tomado de brazos de su nodriza, a la que no había
+vuelto a ver. Nunca le oyó cantar a aquella mujer ceñuda y tercamente
+silenciosa. Y era ella la que se perdía en sus más remotos recuerdos de
+niñez.
+
+¡Niñez! No la había tenido. Su niñez fué un solo día largo, un día gris
+y frío de unos cuantos años, porque todos sus días fueron iguales e
+iguales las horas todas de cada uno de sus días. Y la escuela no menos
+tétrica que su hogar. En ella le dirigían bromas feroces, como son las
+bromas infantiles, sobre las mañas de su padre. Y como le vieran una
+vez llorar al llamarle el hijo del usurero, redoblaron las burlas.
+
+La nodriza lo había dejado en cuanto pudo porque no se le pagaba su
+servicio en rigor. Era el modo que tenía el usurero de cobrarse una
+deuda del marido de ella. Y así, en vez de pagarle sus mesadas por dar
+la leche de su pecho al pobrecito Nonnato, íbaselas descontando de lo
+que su marido le debía.
+
+Habíanle sacado a Ramón Nonnato del cadáver tibio de su madre, que
+murió poco antes de cuando había de darle a luz, cuarenta y dos años
+antes del día aquél en que se suicidó. Y es, pues, que había nacido con
+el suicidio en el alma.
+
+¡La pobre madre! ¡Cuántas veces en sus últimos días de vida se
+ilusionaba con que el hijo tan esperado habría de ser un rayo de sol
+en aquel hogar tenebroso y frío y habría de cambiar el alma de aquel
+hombre terrible! «¡Y por lo menos--pensaba--no estaré ya sola en el
+mundo, y cantando a mi niño no oiré el rechinar del dinero en ese
+cuarto de los secretos! ¡Y quién sabe... acaso cambie!».
+
+Y soñaba con llevarle en los días claros a la orilla del mar a darle
+allí el pecho frente al pecho palpitante de la nodriza de la tierra,
+uniendo su canto al eterno canto de cuna que tantos dolores del
+trabajado linaje humano adormeciera.
+
+¿Cómo se encontró casada con aquel hombre? Ni ella lo sabía. Cosa
+de su familia, de su padre, que tenía negocios oscuros con el que
+fué luego su marido. Sospechaba algo pavoroso, pero en que no quería
+entrar. Recordaba que un día, después de varios en que su madre tuvo
+de continuo enrojecidos los ojos por el llanto, la llamó su padre al
+cuarto de las solemnidades, y le dijo:
+
+--Mira, hija mía, mi salvación, la salvación de la familia toda depende
+de ti. Sin un sacrificio tuyo, no sólo la ruina completa, sino además
+la deshonra.
+
+--Mándeme padre--respondió ella.
+
+--Es menester que te cases con Atanasio, mi socio.
+
+La pobre, temblando de los talones a la nuca, se calló, y su padre,
+tomando su silencio por un otorgamiento, añadió:
+
+--Gracias, hija, gracias; no esperaba yo otra cosa de ti. Sí, este
+sacrificio...
+
+--¿Sacrificio?--dijo ella por decir algo.
+
+--¡Oh, sí, hija mía, no le conoces, no le conoces como yo!...
+
+
+
+
+ CRUCE DE CAMINOS
+
+
+Entre dos filas de árboles la carretera piérdese en el cielo; sestea un
+pueblecillo junto a un charco, en que el sol cabrillea, y una alondra,
+señera, trepidando en el azul sereno, dice la vida mientras todo calla.
+El caminante va por donde dicen las sombras de los álamos; a trechos
+para y mira, y sigue luego.
+
+Deja que oree el viento su cabeza blanca de penas y años, y anega sus
+recuerdos dolorosos en la paz que le envuelve.
+
+De pronto, el corazón le da rebato y se detiene temblando cual si fuese
+ante el misterio final de su existencia. A sus pies, sobre el suelo,
+al pie de un álamo y al borde del camino, una niña dormía un sueño
+sosegado y dulce. Lloró un momento el caminante, luego se arrodilló,
+después sentóse, y, sin quitar sus ojos de los ojos cerrados de la
+niña, le veló el sueño. Y él soñaba entretanto.
+
+Soñaba en otra niña como aquélla, que fué su raíz de vida, y que
+al morir una mañana dulce de primavera le dejó solo en el hogar,
+lanzándole a errar por los caminos, desarraigado.
+
+De pronto abrió los ojos hacia el cielo la que dormía, los volvió al
+caminante, y cual quien habla con un viejo conocido, le preguntó: ¿Y mi
+abuelo? Y el caminante respondió: ¿Y mi nieta? Miráronse a los ojos, y
+la niña le contó que, al morírsele su abuelo, con quien vivía sola--en
+soledad de compañía solos--, partió al azar de casa, buscando... no
+sabía qué... más soledad acaso.
+
+--Iremos juntos; tú a buscar a tu abuelo; yo, a mi nieta--le dijo el
+caminante.
+
+--¡Es que mi abuelo se murió!--la niña.
+
+--Volverán a la vida y al camino--contestó el viejo.
+
+--Entonces... ¿vamos?
+
+--¡Vamos, sí, hacia adelante, hacia levante!
+
+--No, que así llegaremos a mi pueblo y no quiero volver, que allí estoy
+sola. Allí sé el sitio en que mi abuelo duerme. Es mejor al poniente;
+todo derecho.
+
+--¿El camino que traje?--exclamó el viejo--. ¿Volverme, dices?
+¿Desandar lo andado? ¿Volver a mis recuerdos? ¿Cara al ocaso? ¡No, eso
+nunca! ¡No, eso sí que no, antes morirnos!
+
+--¡Pues entonces... por aquí, entre las flores, por los prados, por
+donde no hay camino!
+
+Dejando así la carretera fueron campo traviesa, entre floridos
+campos--magarzas, clavelinas, amapolas--, adonde Dios quisiera.
+
+Y ella, mientras chupaba un chupamieles con sus labios de rosa, le iba
+contando de su abuelo cómo en las largas veladas invernizas le hablaba
+de otros mundos, del paraíso, de aquel diluvio, de Noé, de Cristo...
+
+--¿Y cómo era tu abuelo?
+
+--Casi era como tú, algo más alto...; pero no mucho, no te creas...
+viejo..., y sabía canciones.
+
+Calláronse los dos, siguió un silencio y lo rompió el anciano dando a
+la brisa que iba entre las flores este cantar:
+
+ Los caminos de la vida
+ van del ayer al mañana,
+ mas los del cielo, mi vida,
+ van al ayer del mañana.
+
+Y al oirle, la niña dió a los cielos, como una alondra, esta fresca
+canción de primavera:
+
+ Pajarcito, pajarcito,
+ ¿de dónde vienes?
+ El tu nido, pajarcito,
+ ¿ya no le tienes?
+ Si estás solo, pajarcito,
+ ¿cómo es que cantas?
+ ¿A quién buscas, pajarcito,
+ cuando te levantas?
+
+--Así era como tú, algo más chica--dijo llorando el viejo--; así era
+como tú..., como estas flores...
+
+--¡Cuéntame de ella, pues, cuéntame de ella!
+
+Y empezó el viejo a repasar su vida, a rezar sus recuerdos, y la niña a
+su vez a ensimismárselos, a hacerlos propios.
+
+«Otra vez...»--empezaba él, y ella, cortándole, decía: «¡Lo recuerdo!».
+
+--¿Que lo recuerdas, niña?
+
+--Sí, sí; todo eso me parece cual si fuera algo que me pasó, como si
+hubiese vivido yo otra vida.
+
+--¡Tal vez!--dijo el anciano, pensativo.
+
+--Allí hay un pueblo, ¡mira!
+
+Y el caminante vió tras una loma humo de hogares. Luego, al llegar a
+su espinazo, al fondo, un pueblecillo agazapado en rolde de una pobre
+espadaña, cuyos dos huecos con sus dos chilejas, cual dos pupilas,
+parecían mirar al infinito. En el ejido, un zagalejo rubio cuidaba de
+unos bueyes que bebían en una charca, que, cual si fuese un desgarrón
+de tierra, mostraba el cielo soterraño, y en éste otros dos bueyes--dos
+bueyes celestiales--, que venían a contemplar sus sombras pasajeras o
+darles nueva vida acaso.
+
+--Zagal, ¿aquí hay dónde hacer noche, dime?--preguntó el viejo.
+
+--¡Ni a posta!--dijo el mozo--. Esa casa de ahí está vacía; sus dueños
+emigraron, y hoy sirve nada más que de guarida para alimañas. Pan, vino
+y fuego aquí nunca se niega al que viene de paso en busca de su vida.
+
+--¡Dios os lo pagará, zagal, en la otra!
+
+Durmiéronse arrimados y soñaron, el viejo, en el abuelo de la niña,
+y ella, en la nietecita que perdiera el pobre caminante. Al despertar
+miráronse a los ojos, y como en una charca sosegada que nos descubre el
+cielo soterraño, vieron allí, en el fondo, sus sendos sueños.
+
+--Puesto que hay que vivir, si nos quedáramos en esta casa... ¡La pobre
+está tan sola!--dijo el viejo.
+
+--Sí, sí; la pobre casa... ¡Mira, abuelo, que el pueblo es tan bonito!
+Ayer, el campanario de la iglesia nos miraba muy fijo, como yendo a
+decir...
+
+En este punto sonaron las chilejas. «Padre nuestro que estás en los
+cielos...». Y la niña siguió: «¡Hágase tu voluntá así en la tierra como
+en el cielo!». Rezaron a una voz. Y salieron de casa, y les dijeron:
+Vosotros, ¿qué sabéis hacer?, ¡veamos!
+
+El viejo hacía cestas, componía mil cosas estropeadas; sus manos eran
+ágiles; industrioso su ingenio.
+
+Sentábanse al arrimo de la lumbre: la niña hacía el fuego, y cuidando
+de la olla le ayudaba. Y hablaban de los suyos, de la otra vida y
+de aquel otro abuelo. Y era cual si las almas de los otros, también
+desarraigadas, errantes por las sendas de los cielos, bajasen al
+arrimo de la lumbre del nuevo hogar. Y les miraban silenciosas, y eran
+cuatro, y no dos. O más bien eran dos, mas dos parejas. Y así vivían
+doble vida: la una, vida del cielo, vida de recuerdos, y la otra, de
+esperanzas de la tierra.
+
+Íbanse por las tardes a la loma, y de espaldas al pueblo veían sobre el
+cielo destacarse, allá en las lejanías, unos álamos que dicen el camino
+de la vida. Volvíanse cantando.
+
+Y así pasaba el tiempo hasta que un día--unos años más tarde--oyó otro
+canto junto a casa el viejo.
+
+--Dime, ¿quién canta esa canción, María?
+
+--Acaso el ruiseñor de la alameda...
+
+--¡No, que es cantar de mozo!
+
+Ella bajó los ojos.
+
+--Ese canto, María, es un reclamo. Te llama a ti al camino y a mí a
+morir. ¡Dios os bendiga, niña!
+
+--¡Abuelito! ¡Abuelito!--y le abrazaba, cubríale de besos, le miraba a
+los ojos cual buscándose.
+
+--¡No, no, que aquélla se murió, María! ¡También yo muero!
+
+--No quiero, abuelo, que te mueras; vivirás con nosotros...
+
+--¿Con vosotros me dices? ¿Tu abuelo? Tu abuelo, niña, se murió. ¡Soy
+otro!
+
+--¡No, no; tú eres mi abuelo! ¿No te acuerdas cuando yo, al despertar
+sola y contarte cómo escapé de casa, me dijiste: Volverán a la vida y
+al camino? ¡Y volvieron!
+
+--Volvieron al camino, sí, hija mía, y a él nos llama esa canción del
+mozo. ¡Tú con él, mi María, yo... con ella!
+
+--¡Con ella, no! ¡Conmigo!
+
+--¡Sí, contigo! Pero... ¡con la otra!
+
+--¡Ay, mi abuelo, mi abuelo!
+
+--¡Allí te aguardo! ¡Dios os bendiga, pues por ti he vivido!
+
+Murióse aquella tarde el pobre anciano, el caminante que alargó sus
+días; la niña, con los dedos que cogían flores del campo--magarzas,
+clavelinas, amapolas--le cerró ambos los ojos, guardadores de ensueño
+de otro mundo; besóle en ellos, lloró, rezó, soñó, hasta que oyendo la
+canción del camino se fué a quien le llamaba.
+
+Y el viejo fué a la tierra: a beber bajo de ella sus recuerdos.
+
+
+
+
+ EL AMOR QUE ASALTA
+
+
+¿Qué es eso del amor, de que están siempre hablando tantos hombres y
+que es el tema casi único de los cantos de los poetas? Es lo que se
+preguntaba Anastasio. Porque él nunca sintió nada que se pareciese a
+lo que llaman amor los enamorados. ¿Sería una mera ficción, o acaso un
+embuste convencional con que las almas débiles tratan de defenderse de
+la vaciedad de la vida, del inevitable aburrimiento? Porque eso sí,
+para vacuo y aburrido, y absurdo y sin sentido, no había, en sentir de
+Anastasio, nada como la vida humana.
+
+Arrastraba el pobre Anastasio una existencia lamentable, sin estímulo
+ni objetivo para el vivir, y cien veces se habría suicidado si no
+aguardase, con una oscura esperanza a prueba de un continuo desengaño,
+que también a él le llegase alguna vez a visitar el amor. Y viajaba,
+viajaba en su busca, por si cuando menos lo pensase le acometía de
+pronto en una encrucijada del camino.
+
+Ni sentía codicia de dinero, disponiendo de una modesta pero para
+él más que suficiente fortuna, ni sentía ambición de gloria o de
+honores, ni anhelo de mando y poderío. Ninguno de los móviles que
+llevan a los hombres al esfuerzo le parecía digno de esforzarse por
+él, y no encontraba tampoco el más leve consuelo a su tedio mortal
+ni en la ciencia, ni en el arte, ni en la acción pública. Y leía el
+_Eclesiastés_ mientras esperaba la última experiencia, la del amor.
+
+Habíase dado a leer a todos los grandes poetas eróticos, a los
+analistas del amor entre hombre y mujer, las novelas todas amatorias, y
+descendió hasta esas obras lamentables que se escriben para los que aún
+no son hombres del todo y para los que dejaron en cierto modo de serlo:
+se rebajó hasta escarbar en la literatura pornográfica. Y es claro,
+aquí encontró menos aún que en otras partes huella alguna del amor.
+
+Y no es que Anastasio no fuese hombre hecho y derecho, cabal y entero,
+y que no tuviese carne pecadora sobre los huesos. Sí, hombre era
+como los demás, pero no había sentido el amor. Porque no cabía que
+fuese amor la pasajera excitación de la carne que olvida la imagen
+provocadora. Hacer de aquello el terrible dios vengador, el consuelo de
+la vida, el dueño de las almas, parecíale un sacrilegio, tal como si se
+pretendiese endiosar al apetito de comer. Un poema sobre la digestión
+es una blasfemia.
+
+No, el amor no existía en el mundo para el pobre Anastasio. Leyó y
+releyó la leyenda de _Tristán e Iseo_, y le hizo meditar aquella
+terrible novela del portugués Camilo Castello Branco: _A mulher fatal_.
+¿Me sucederá así?--pensaba--. ¿Me arrastrará tras de sí, cuando menos
+lo espere y crea, la mujer fatal?--Y viajaba, viajaba en busca de la
+fatalidad ésta.
+
+«Llegará un día--se decía--en que acabe de perder esta vaga sombra de
+esperanza de encontrarlo, y cuando vaya a entrar en la vejez, sin haber
+conocido ni mocedad ni edad viril, cuando me diga: ¡ni he vivido ni
+puedo ya vivir, ¿qué haré? Es un terrible sino que me persigue, o es
+que todos los demás se han conchabado para mentir». Y dió en pesimista.
+
+Ni jamás mujer alguna le inspiró amor, ni creía haberlo él inspirado.
+Y encontraba mucho más pavoroso que no poder ser amado el no poder
+amar, si es que el amor era lo que los poetas cantan. ¿Pero sabía él,
+Anastasio, si no había provocado pasión escondida alguna en pecho de
+mujer? ¿No puede acaso encender amor una hermosa estatua? Porque él
+era, como estatua, realmente hermoso. Sus ojos negros, llenos de un
+fuego de misterio, parecían mirar desde el fondo tenebroso de un tedio
+henchido de ansias; su boca se entreabría como por una sed trágica; en
+todo él palpitaba un destino terrible.
+
+Y viajaba, viajaba desesperado, huyendo de todas partes, dejando caer
+su mirada en las maravillas del arte y de la naturaleza, y diciéndose:
+¿Para qué todo esto?
+
+Era una tarde serena del tranquilo otoño. Las hojas, amarillas ya,
+se desprendían de los árboles e iban envueltas en la brisa tibia a
+restregarse contra la yerba del campo. El sol se embozaba en un cendal
+de nubes que se desflecaban y deshacían en jirones. Anastasio miraba
+desde la ventanilla del vagón cómo iban desfilando las colinas. Bajó en
+la estación de Aliseda, donde daban a los viajeros tiempo para comer, y
+se fué al comedor de la fonda, lleno de maletas.
+
+Sentóse distraídamente y esperó le trajesen la sopa. Mas al levantar
+los ojos y recorrer con ellos distraídamente la fila de los comensales,
+tropezaron con los de una mujer. En aquel momento metía ella un pedazo
+de manzana en su boca, grande, fresca y húmeda. Claváronse uno a otro
+las miradas y palidecieron. Y al verse palidecer palidecieron más aún.
+Palpitábanles los pechos. La carne le pesaba a Anastasio; un cosquilleo
+frío le desasosegaba.
+
+Ella apoyó la cara en la diestra y pareció que le daba un vahido.
+Anastasio entonces, sin ver en el recinto nada más que a ella, mientras
+el resto del comedor se le esfumaba, se levantó tembloroso, se le
+acercó y con voz seca, sedienta, ahogada y temblona le cuchicheó casi
+al oído:
+
+--¿Qué le pasa? ¿Se pone mala?
+
+--¡Oh, nada, nada; no es nada... gracias!...
+
+--A ver...--añadió él, y con la mano temblorosa le cogió del puño para
+tomarle el pulso.
+
+Fué entonces una corriente de fuego que pasó del uno al otro. Sentíanse
+mutuamente los calores; las mejillas se les encendieron.
+
+--Está usted febril...--susurró él balbuciente y con voz apenas
+perceptible.
+
+--¡La fiebre es... tuya!--respondió ella, con voz que parecía venir de
+otro mundo, de más allá de la muerte.
+
+Anastasio tuvo que sentarse; las rodillas se le doblaban al peso del
+corazón, que le tocaba a rebato.
+
+--Es una imprudencia ponerse así en camino--dijo él, hablando como por
+máquina.
+
+--Sí, me quedaré--contestó ella.
+
+--Nos quedaremos--añadió él.
+
+--Sí, nos quedaremos... ¡Y ya te contaré; te lo contaré todo!--agregó
+la mujer.
+
+Recogieron sus maletas, tomaron un coche y emprendieron la marcha al
+pueblo de Aliseda, que dista cinco kilómetros de su estación. Y en el
+coche, sentados el uno frente al otro, tocándose las rodillas, mejiendo
+sus miradas, le cogió la mujer a Anastasio las manos con sus manos y
+fué contándole su historia. La historia misma de Anastasio, exactamente
+la misma. También ella viajaba en busca del amor; también ella
+sospechaba que no fuese todo ello sino un enorme embuste convencional
+para engañar el tedio de la vida.
+
+Confesáronse uno a otro, y según se confesaban iban sus corazones
+aquietándose. A la trágica turbación de un principio sucedió en sus
+almas un reposo terrible, algo como un deshacimiento. Imaginábanse
+haberse conocido de siempre, desde antes de nacer; pero a la vez todo
+el pasado se borraba de sus memorias, y vivían como un presente eterno,
+fuera del tiempo.
+
+--¡Oh, que no te hubiese conocido antes, Eleuteria!--le decía él.
+
+--¿Y para qué, Anastasio?--respondía ella--. Es mejor así, que no nos
+hayamos visto antes.
+
+--¿Y el tiempo perdido?
+
+--¿Perdido le llamas a ese tiempo que empleamos en buscarnos, en
+anhelarnos, en desearnos el uno al otro?
+
+--Yo había desesperado ya de encontrarte...
+
+--No, pues si hubieses desesperado de ello te habrías quitado la vida.
+
+--Es verdad.
+
+--Y yo habría hecho lo mismo.
+
+--Pero ahora, Eleuteria, de hoy en adelante...
+
+--¡No hables del porvenir, Anastasio, bástenos el presente!
+
+Los dos callaron. Por debajo del arrobamiento que les embargaba sonaba
+extraño rumor de aguas de abismo sin fondo. No era alegría, no era gozo
+lo que sobrenadaba en la seriedad trágica que les envolvía.
+
+--No pensemos en el porvenir--reanudó ella--ni en el pasado tampoco.
+Olvidémonos de uno y de otro. Nos hemos encontrado, hemos encontrado al
+amor y basta. Y ahora, Anastasio, ¿qué me dices de los poetas?
+
+--Que mienten, Eleuteria, que mienten; pero muy de otro modo que lo
+creía yo antes. Mienten, sí; el amor no es lo que ellos cantan...
+
+--Tienes razón, Anastasio; ahora siento que el amor no se canta.
+
+Y siguió otro silencio, un silencio largo, en que, cogidos de las
+manos, estuvieron mirándose a los ojos y como buscándose en el fondo de
+ellos el secreto de sus destinos. Y luego empezaron a temblar.
+
+--¿Tiemblas, Anastasio?
+
+--¿Y también tú, Eleuteria?
+
+--Sí, temblamos los dos.
+
+--¿De qué?
+
+--De felicidad.
+
+--Es cosa terrible esta felicidad; no sé si podré resistirla.
+
+--Mejor, porque eso querrá decir que es más fuerte que nosotros.
+
+Encerráronse en un sórdido cuarto de una vulgarísima fonda. Pasó todo
+el día siguiente y parte del otro sin que dieran señal alguna de vida,
+hasta que, alarmado el fondista y sin obtener respuesta a sus llamadas,
+forzó la puerta. Encontráronles en el lecho, juntos, desnudos, y fríos
+y blancos como la nieve. El perito médico aseguró que no se trataba de
+suicidio, como así era en efecto, y que debían de haberse muerto del
+corazón.
+
+--¿Pero los dos?--exclamó el fondista.
+
+--¡Los dos!--contestó el médico.
+
+--¡Entonces eso es contagioso!...--y se llevó la mano al lado izquierdo
+del pecho, donde suponía tener su corazón de fondista. Intentó ocultar
+el suceso, para no desacreditar su establecimiento, y acordó fumigar el
+cuarto, por si acaso.
+
+No pudieron ser identificados los cadáveres. Desde allí los llevaron al
+cementerio, y desnudos y juntos, como fueron hallados, echáronlos en
+una misma huesa y encima tierra. Sobre esta tierra ha crecido yerba y
+sobre la yerba llueve. Y es así el cielo, el que les llevó a la muerte,
+el único que sobre su tumba llora.
+
+El fondista de Aliseda, reflexionando sobre aquel suceso
+increíble--nadie tiene más imaginación que la realidad, se decía--,
+llegó a una profunda conclusión de carácter médico legal, y es que se
+dijo: «¡Estas lunas de miel!... No se debía permitir que los cardíacos
+se casasen entre sí».
+
+
+
+
+ SOLITAÑA
+
+
+ Soli, solitaña
+ Vete a la montaña,
+ Dile al pastor
+ Que traiga buen sol,
+ Para hoy y pa mañana
+ Y pa toda la semana.
+
+ (_Canto infantil bilbaíno._)
+
+
+Érase en Artecalle, en Tendería o en otra cualquiera de las siete
+calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta paraban muchas
+veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la angosta
+portalada y constreñía el acceso a la casa un banquillo lleno de
+piezas de tela, paños rojos, azules, verdes, pardos y de mil colores
+para sayas y refajos; colgaban sobre la achatada y contrahecha puerta
+pantalones, blusas azules, elásticos de punto abigarrados de azul y
+rojo, fajas de vivísima púrpura pendientes de sus dos extremos, boinas
+y otros géneros, mecidos todos los colgajos por el viento Noroeste que
+se filtraba por la calle como por un tubo y formando a la entrada como
+un arco que ahogaba a la puertecilla. Las aldeanas paraban en medio
+de la calle, hablaban, se acercaban, tocaban y retocaban los géneros,
+hablaban otra vez, iban, se volvían, entraban y pedían, regateaban,
+se iban, volvían a regatear y al cabo se quedaban con el género. El
+mostrador, reluciente con el brillo triste que da el roce, estaba
+atestado de piezas de tela: sobre él unas compuertas pendientes que se
+levantaban para sujetarlas al techo con unos ganchos y servían para
+cerrar la tienda y limitar el horizonte. Por dentro de la boca abierta
+de aquel caleidoscopio, olor a lienzo y humedad por todas partes y en
+todos los rincones, piezas, prendas de vestido, tela de tierra para
+camisas de penitencia, montones de boinas, todo en desorden agradable,
+en el suelo, sobre bancos y en estantes, y junto a una ventana que
+recibía la luz opaca y triste del cantón, una mesilla con su tintero y
+los libros de don Roque.
+
+Era una tienda de género para la aldeanería. Los sentidos frescos del
+hombre del pueblo gustan los choques vivos de colorines chillones,
+buscan las alegres sinfonías del rojo con el verde y el azul, y las
+carotas rojas de las mozas aldeanas parecen arder sobre el pañuelo de
+grandes y abigarrados dibujos. En aquella tienda se les ofrecía todo
+el género a la vista y al tacto, que es lo que quiere el hombre que
+come con ojos, manos y boca. Nunca se ha visto género más alegre, más
+chillón y más frescamente cálido, en tienda más triste, más callada y
+más tibiamente fría.
+
+Junto a esta tienda, a un lado, una zapatería con todo el género en
+filas, a la vista del transeunte; al otro lado, una confitería oliendo
+a cera.
+
+Asomaba la cabeza por aquella cáscara cubierta de flores de trapo el
+caracol humano, húmedo, escondido y silencioso, que arrastra su casita,
+paso a paso, con marcha imperceptible, dejando en el camino un rastro
+viscoso que brilla un momento y luego se borra.
+
+Don Roque de Aguirregoicoa y Aguirrebecua, por mal nombre _Solitaña_,
+era de por ahí, de una de esas aldeas de _chorierricos_ o cosa
+parecida, si es que no era de hacia la parte de Arrigorriaga. No
+hay memoria de cuándo vino a recalar en Bilbao, ni de cuándo había
+sido larva joven, si es que lo fué en algún tiempo, ni sabía a punto
+cierto cómo se casó ni por qué se casó, aunque sabía cuándo, pues
+desde entonces empezaba su vida. Se deduce _a priori_ que le trajo de
+la aldea algún tío para dedicarle a la tienda. Nariz larga, gruesa y
+firme; el labio inferior saliente; ojos apagados a la sombra de grandes
+cejas; afeitado cuidadosamente; más tarde calvo; manos grandes y pies
+mayores. Al andar se balanceaba un poco.
+
+Su mujer, Rufina de Bengoechebarri y Goicoechezarra, era también de por
+ahí, pero aclimatada en Artecalle: una ardilla, una cotorra y lista
+como un demonio. Domesticó a su marido, a quien quería por lo bueno.
+¡Era tan infeliz _Solitaña_! Un bendito de Dios, un ángel, manso como
+un cordero, perseverante como un perro, paciente como un borrico.
+
+El agua que fecunda a un terreno esteriliza a otro, y el viento húmedo
+que se filtraba por la calle oscura hizo fermentar y vigorizarse al
+espíritu de doña Rufina, mientras aplanó y enmoheció al de don Roque.
+
+La casa en que estaba plantado don Roque era viejísima y con balcones
+de madera; tenía la cara más cómicamente trágica que puede darse:
+sonreía con la alegre puerta y lloraba con sus ventanas tristes. Era
+tan húmeda que salía moho en las paredes.
+
+_Solitaña_ subía todos los días la escalera estrecha y oscura, de
+ennegrecidas barandillas, envuelta en efluvios de humedad picante, y
+la subía a oscuras sin tropezarse ni equivocar un tramo, donde otro se
+hubiera roto la crisma, y mientras la subía lento e impasible, temblaba
+de amor la escalera bajo sus pies y la abrazaba entre sus sombras.
+
+Para él eran todos los días iguales e iguales todas las horas del
+día; se levantaba a las seis, a las siete bajaba a la tienda, a la
+una comía, cenaba a eso de las nueve y a eso de las once se acostaba,
+se volvía de espalda a su mujer, y, recogiéndose como el caracol, se
+disipaba en el sueño.
+
+En las grandes profundidades del mar viven felices las esponjas.
+
+Todos los días rezaba el rosario, repetía las avemarías como la cigarra
+y el mar repiten a todas horas el mismo himno. Sentía un voluptuoso
+cosquilleo al llegar a los _orá por nobis_ de la letanía; siempre, al
+_agnus_, tenían que advertirle que los _orá por nobis_ habían dado fin;
+seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día por extraordinario
+caso no había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos lo
+rezaba en Santiago, y era para _Solitaña_ goce singular el oir medio
+amodorrado por la oscuridad del templo que otras voces gangosas
+repetían con él, a coro, _orá por nobis_, _orá por nobis_.
+
+Los domingos, a la mañana, abría la tienda hasta las doce, y a la
+tarde, si no había función de iglesia y el tiempo estaba bueno, daban
+una vuelta por Begoña, donde rezaban una salve y admiraban siempre
+las mismas cosas, siempre nuevas para aquel bendito de Dios. Volvía
+repitiendo ¡qué hermosos aires se respiran desde allí!
+
+Subían las escaleras de Begoña, y un ciego, con tono lacrimoso y
+solemne:
+
+--Considere, noble caballero, la triste oscuridad en que me veo... La
+Virgen Santísima de Begoña os acompañe, noble caballero...
+
+_Solitaña_ sacaba dos cuartos y le pedía tres ochavos de vuelta. Más
+adelante:
+
+Cuando comparezcamos ante el tribunal supremo de la gloria...
+
+_Solitaña_ le daba un ochavo. Luego una mujercilla viva:
+
+--Una limosna, piadoso caballero...
+
+Otro ochavo. Más allá, un viejo de larga barba blanca, gafas azules,
+acurrucado en un rincón con un perro y con la mano extendida. Otro más
+adelante, enseñando una pierna delgada, negra, untosa y torcida, donde
+posaban las moscas. Dos ochavos más. Un joven cojo pedía en vascuence,
+y a éste _Solitaña_ le daba un cuarto. Aquellos acentos sacudían en el
+alma de don Roque su fondo yacente y sentía en ella olor a campo, verde
+como sus paños para sayas, brisas de aldea, vaho de humo del caserío,
+gusto a borona. Era una evocación que le hacía oir en el fondo de sí
+mismo, y como salidos de un fonógrafo, cantos de mozas, chirridos de
+carros, mugidos de buey, cacareos de gallina, piar de pájaros, algo que
+reposaba formando légamo en el fondo del caracol humano, como polvo
+amasado con la humedad de la calle y de la casa.
+
+_Solitaña_ y el mostrador de la tienda se entendían y se querían.
+Apoyando sus brazos cruzados sobre él, contemplaba a los chiquillos que
+jugaban en el regatón para desagüe, chapuzando los pies en el arroyuelo
+sucio. De cuando en cuando, el _chinel_, adelantando alternativamente
+las piernas, cruzaba el campo visual del hombre del mostrador, que le
+veía sin mirarle y sacudía la cabeza para espantar alguna mosca:
+
+Fué en cierta ocasión como padrino a la boda de una sobrina; «a
+refrescar un poco la cabeza--decía su mujer--, a estirar el cuerpo,
+siempre metido aquí como un oso. Yo ya le digo: Roque, vete a dar
+un paseo, toma el sol, hombre, toma el sol, y él, nada». A los tres
+días volvió diciendo que se aburría fuera de su tienda; él lo que
+quería es encogerse y no estirarse; los estirones le causaban dolor
+de cabeza y hacían que circulara por todas sus venas la humedad y la
+sombra que reposaban en el fondo de su alma angelical: eran como los
+movimientos para el reumático. «_Mamarro_, más que _mamarro_--le decía
+doña Rufina--, pareces un topo». _Solitaña_ sonreía. Otro de sus goces,
+además del de medir telas y los _orá por nobis_, era oir a su mujer que
+le reñía. ¡Qué buena era Rufina!
+
+Venía alguna mujer a comprar.
+
+--Vamos, ya me dará usted a dieciocho.
+
+--No puede ser, señora.
+
+--Siempre dicen ustedes lo mismo, ¡es usted más carero!... Lo menos la
+mitad gana usted. Nada, ¡a dieciocho, a dieciocho!...
+
+--No puede ser, señora.
+
+--¡Vaya!, me lo llevo... ¡Tome usted!...
+
+--Señora, no puede ser...
+
+--¡Bueno!, lo será... siquiera a dieciocho y medio; vaya, me lo llevo...
+
+--No puede ser, señora.
+
+--Pues bien; ni usted ni yo: a diecinueve.
+
+--No puede ser...
+
+Vencida al fin por el eterno martilleo del hombre húmedo, o se iba o
+pagaba los veinte. Así es que preferían entenderse con ella, que aunque
+tampoco cedía, daba razones, discutía, ponderaba el género, en fin,
+hablaba. Pero para los aldeanos no había como él, paciencia vence a
+paciencia.
+
+La tienda de _Solitaña_ era afortunada. Hay algo de imponente en la
+sencilla impasibilidad del bendito de Dios; los hombres exclusivamente
+buenos atraen.
+
+Cuando llegaba alguno de su pueblo y le hablaba de su aldea natal,
+se acordaba del viejo caserío, de la borona, del humo que llenaba la
+cocina cuando dormitando con las manos en los bolsillos calentaba sus
+pies junto al hogar, donde chillaban las castañas, viendo balancearse
+la negra caldera pendiente de la cadena negra. Al evocar recuerdos de
+su niñez sentía la vaga nostalgia que experimenta el que salió niño de
+su patria y vive feliz y aclimatado en tierra extraña.
+
+Eran grandes días de regocijo cuando él, su mujer y algunos amigos iban
+a merendar al campo o a hacer alguna fresada. Se volvían al anochecer
+tranquilamente a casa, sintiendo circular dentro del alma todo el
+aire de vida y todo el calor del sol. Una vez fueron en tartana a Las
+Arenas, nunca había visto aquello _Solitaña_. ¡Oh!, los barcos, ¡cuánto
+barco!, y luego el mar, ¡el mar con olas! A _Solitaña_ le gustaba
+el monótono resuello de la respiración del monstruo, ¡qué hermoso
+acompañamiento para la letanía! Al día siguiente, viendo correr el agua
+sucia por el canalón de la calle, se acordaba del mar; pero allí, en su
+tienda, se palpaba a sí mismo.
+
+Por Navidad se reunían varios parientes; después de la cena había
+bailoteo, y era de ver a _Solitaña_ agitando sus piernas torpes y
+zapateando con sus pies descomunales. ¡Qué risas! Bebía algo más que de
+costumbre y luego le llamaba hermosa y salada a su mujer.
+
+Bajo el mismo cielo, lluvioso siempre, _Solitaña_ era siempre el
+mismo; tenía en la mirada el reflejo del suelo mojado por la lluvia;
+su espíritu había echado raíces en la tienda, como una cebolla en
+cualquier sitio húmedo. En el cuerpo padecía de reúma, cuyos dolores le
+aliviaba el opio de las conversaciones de sus contertulios.
+
+Iban a la noche de tertulia un viejo siempre tan guapo, _bizcor_,
+_bizcor_, según él decía, alegre y dicharachero, que contaba siempre
+escenas de caza y de limonada; otro que cada ocho días narraba
+los fusilamientos que hizo Zurbano cuando entró en Bilbao el año
+41, y algunas veces un cura muy campechano. Siempre se hablaba de
+estos tiempos de impiedad y liberalismo; se contaban hazañas de la
+otra guerra y se murmuraba si saldrían o no otra vez al monte los
+montaraces. _Solitaña_, aunque carlista, era de temperamento pacífico,
+como si dijéramos, ojalatero.
+
+Sin dejar de atender a la conversación, de interesarse en su curso,
+pensando siempre en lo último que había dicho el que había hablado
+el último, se dirigía a los rincones de la tienda, servía lo que le
+pedían, medía, recibía el dinero, lo contaba, daba la vuelta y se
+volvía a su puesto. En invierno había brasero y por nada del mundo
+dejaría _Solitaña_ la badila, que manejaba tan bien como la vara y
+con la cual revolvía el fuego mientras los demás charlaban, y luego,
+tendiendo los pies con deleite, dormitaba muchas veces al arrullo de la
+charla.
+
+Su mujer llevaba la batuta, la emprendía contra los negros, lamentaba
+la situación del Papa, preso en Roma por culpa de los liberales, ¡duro
+con ellos! Ella era carlista porque sus padres lo habían sido, porque
+fué carlista la leche que mamó, porque era carlista su calle, lo era
+la sombra del cantón contiguo y el aire húmedo que respiraban, y el
+carlismo, apegado a los glóbulos de su sangre, rodaba por sus venas.
+
+El viejo, siempre tan guapo, se reía de esas cosas; tan alegres eran
+blancos como negros, y en una limonada nadie se acuerda de colores; por
+lo demás, él bien sabía que sin religión y palo no hay cosa derecha.
+
+Hablaban de una limonada:
+
+--¡Qué limonada!--decía el que vió los fusilamientos de Zurbano--,
+¡pedazos de hielo como puños navegaban allí!...
+
+--Tendríais sarbitos--interrumpió el viejo, siempre tan guapo--; en la
+limonada hasen falta sarbitos... Sin sarbitos, limonada _fachuda_; es
+como tambolín sin _chistu_. Cuando están aquellos cachitos helaos que
+hasen mal en los dientes, entonses...
+
+--Unas tajaditas de lengua no vienen mal...
+
+--Sí, lengua tamién; pero sobre todo sarbitos, que no falten los
+sarbitos...
+
+_Solitaña_ se sonreía, arreglando el fuego con la badila.
+
+--A mí ya me gusta tamién un poco merlusita en salsa...--volvió el otro.
+
+--¿Con la limonada? Cállate, hombre, no digas _sinsorgadas_... Tú estás
+tocao... ¿Merlusa en salsa con la limonada? A ti sólo se te ocurre...
+
+--Tú dirás lo que quieras; pero pa mí no hay como la merlusa..., la de
+Bermeo se entiende, nada de merlusa de Laredo, cada cosa de su paraje:
+sardinas de Santurse, angulitas de la isla y merlusa de Bermeo...
+
+--No haga usted caso a eso--dijo el cura--; yo he comido en Bermeo unas
+sardinas que _talmente_ chorreaban manteca: sin querer se les caía el
+pellejo... Y estando en Deva, unas angulitas de Aguinaga, que ¡vamos!...
+
+--Bueno, hombre, pues, ¿qué digo yo?, cada cosa en su sitio y a
+su tiempo; luego los caracoles, después el besugo... hisimos una
+caracolada poco antes de entrar Zurbano el año...
+
+--Ya te he dicho muchas veses--le interrumpió el viejo siempre tan
+guapo--, que tú no sabes ni coger ni arreglar los caracoles, y sobre
+todo, te vuelvo a desir, y no le des más vueltas, que con la limonada
+sarbitos, y al que te diga merlusa en salsa le dises que es un arlote
+barragarri... Si me vendrás a desir a mí...
+
+--Y si a mí me gusta en la limonada merlusa en salsa...
+
+--Entonses no sabes comer como Dios manda.
+
+--¿Que no sé?
+
+--Bueno, bueno--interrumpió el cura para cortar la cuestión--, ¿a que
+no saben ustedes una cosa curiosa?
+
+--¿Qué cosa?
+
+--Que los ingleses nunca comen sesos.
+
+--Ya se conoce; por eso están coloraos--dijo el viejo guapo--, porque
+en cambio te sampan cada chuleta cruda y te pescan cada sapalora...
+
+--Esos herejes...--empezó doña Rufina.
+
+Y venía rodando la conversación a los liberales.
+
+Cuando los contertulios se marchaban, cerraban la tienda doña Rufina
+y su marido; contaban el dinero cuidadosamente, sacando sus cuentas;
+luego, con una vela encendida, registraban todos los rincones de la
+tienda; miraban tras de las piezas, bajo el mostrador y los banquillos;
+echaban la llave y se iban a dormir. _Solitaña_ no acostumbraba a
+soñar; su alma se hundía en el inmenso seno de la inconsciencia,
+arrullada por la lluvia menuda o el violento granizo que sacudía los
+vidrios de la ventana.
+
+Al día siguiente se levantaba como se había levantado el anterior, con
+más regularidad que el sol, que adelanta y atrasa sus salidas, y bajaba
+a la tienda en invierno entre las sombras del crepúsculo matutino.
+
+En Jueves Santo parecía revivir un poco el bendito caracol; se calaba
+levita negra, guantes también negros, chistera negra que guardaba desde
+el día de la boda, e iba con un bastoncillo negro a pedir para la
+Soledad de la negra capa. Luego en la procesión la llevaba en hombros,
+y aquel dulce peso era para él una delicia sólo comparable a una docena
+de letanías con sus quinientos sesenta y dos _orá por nobis_.
+
+¡Pobre ángel de Dios, dormido en la carne! No hay que tenerle lástima,
+era padre y toda la humedad de su alma parecía evaporarse a la vista
+del pequeño. ¿Besos?, ¡quiá! Esto en él era cosa rara, apenas se le vió
+besar a su hijo, a quien quería, como buen padre, con delirio.
+
+Vino el bombardeo, se refugió la gente en las lonjas y empezó la vida
+de familias acuarteladas. Nada cambió para _Solitaña_; todo siguió lo
+mismo. La campanada de bomba provocaba en él la reacción inconsciente
+de un avemaría y la rezaba pensando en cualquier cosa. Veía pasar a los
+_chimberos_ de la otra guerra como veía pasar al eterno _chinel_. Si
+el proyectil caía cerca, se retiraba adentro y se tendía en el suelo
+presa de una angustia indefinible. Durante todo el bombardeo no salió
+de su cuchitril. La noche de San José temblaba en el colchón, tendido
+sobre el suelo, ensartando avemarías. «Si al cabo entraran, decía doña
+Rufina, ya le haría yo pagar a ese negro de don José María lo que nos
+debe».
+
+Su hijo fué a estudiar medicina. La madre le acompañó a Valladolid; a
+su cargo corría todo lo del chico. Cuando acabó la carrera pensaron por
+un momento dejar la tienda; pero _Solitaña_ sin ella hubiera muerto de
+fiebre, como un oso blanco trasportado al África ecuatorial.
+
+Vino el terremoto de los Osunas, y cuando las obligaciones bambolearon,
+crujió todo y cayeron entre ruinas de oro familias enteras, se encontró
+_Solitaña_ una mañana lluviosa y fría con que aquel papel era papel
+mojado y lo remojó con lágrimas. Bajó mustio a la tienda y siguió su
+vida.
+
+Su hijo se colocó en una aldea y aquel día dió don Roque un suspiro
+de satisfacción. Murió su mujer, y el pobre hombre, al subir las
+escaleras, que temblaban bajo sus pies y sentir la lluvia, que azotaba
+las ventanas, lloraba en silencio con la cabeza hundida en la almohada.
+
+Enfermó. Poco antes de morir le llevaron el Viático, y cuando el
+sacerdote empezó la letanía, el pobre _Solitaña_, con la cabeza hundida
+en la almohada, lanzaba con labios trémulos unos imperceptibles _orá
+por nobis_, que se desvanecían lánguidamente en la alcoba, que estaba
+entonces como ascua de oro y llena de tibio olor a cera. Murió; su hijo
+le lloró el tiempo que sus quehaceres y sus amores le dejaron libre;
+quedó en el aire el hueco que al morir deja un mosquito, y el alma de
+_Solitaña_ voló a la montaña eterna, a pedir al Pastor, él, que siempre
+había vivido a la sombra, que nos traiga buen sol para hoy, para mañana
+y para siempre.
+
+¡Bienaventurados los mansos!
+
+
+
+
+ BONIFACIO
+
+
+Bonifacio vivió buscándose y murió sin haberse hallado; como el barón
+del cuento creía que tirándose de las orejas se sacaría del pozo.
+
+Era un muchacho, por su desgracia, listo, empeñadísimo en ser original
+y parecer extravagante, hasta tal punto, que dejaba de hacer lo que
+hacían otros por la misma razón que éstos lo hacen: porque ven hacerlo.
+Empeñado en distinguirse de los hombres, no conseguía dejar de serlo.
+
+Yo no quiero hacer ningún retrato; declaro que Bonifacio es un sér
+fantástico que vive en el mundo inteligible del buen Kant, una especie
+de quinto cielo; pero la verdad es que cada vez que pienso en Bonifacio
+siento angustia y se me oprime el pecho.
+
+¿Cuál será mi aptitud? se preguntaba Bonifacio a solas.
+
+Escribió versos y los rompió por no hallarlos bastante originales:
+éstos recordaban los de tal poeta, aquéllos los de cual otro; le
+parecía cursi manifestarse sentimental, más cursi aún romántico (¿qué
+quiere decir romántico?), mucho más cursi, escéptico y soberanamente
+cursi, desesperado. Escribió unas coplas irónicas, llenas de desdén
+hacia todo lo humano y lo divino, y leyéndolas un mes más tarde las
+rompió, diciéndose: «¡Vaya una hiprocresía!, pero si yo no soy así».
+Luego escribió otras tiernísimas en que hablaba del hogar, de su
+familia, de su rincón natal, cosa de arrancar lágrimas a un canto, y
+las rompió también: «Sosadas, sosadas, ¡esto es música celestial!».
+
+¡Pobre Bonifacio! Cada mañana la luz hacía brotar de su mente un
+pensamiento nuevo, que moría poco más o menos a la hora en que muere el
+sol.
+
+Bonifacio era muy alegre entre sus amigos; a solas se empeñaba en ser
+triste, se tiraba con furia de las orejas; pero, ¡como si no!, siempre
+tranquila la superficie del pozo y él metido allí.
+
+Había empezado a leer muchos libros para acabar muy pocos; le gustaba
+más soñar que leer. A todo escritor le reprochaba que aún le faltaba
+algo, evidentemente, le faltaba algo... se parecía a otros y esto es
+horrible.
+
+¿Cuál será mi aptitud? Esto era su eterno tormento. Empezó a construir
+un nuevo sistema filosófico, y ya casi terminado, echó de ver que todo
+lo que él decía lo habían ya dicho otros, e hizo trizas aquellos
+pliegos llenos de remiendos, borrones y añadidos.
+
+No hubo ramo del conocimiento humano en que no se ensayase; pero
+todos, absolutamente todos, ¡habían sido ya tan sobados!... ¡Había que
+trabajar tanto para espigar cosas tan viejas! Luego hay una horrible
+fatalidad: toda verdad descubierta se hace trivial.
+
+¿Quién demonio daría con una verdad que eternamente chocara a los
+hombres?
+
+Bonifacio tenía buen fondo; pero él se obstinaba en buscarse en la
+forma. Se le había puesto en la cabeza que llegaría a ser hombre
+célebre: la cuestión era dar con el camino. El hogar, la familia, las
+dichas íntimas... ¡Bah!, vulgaridades que acaban por aburrir.
+
+A fuerza de espolear a los nervios conseguía horas nocturnas de
+tristeza, se entregaba a pensamientos lúgubres que el viento fresco de
+la calle arrebataba como nubes.
+
+Cuando hablaba, se olvidaba de su papel y sacaba su alma a escena: un
+alma sencilla y cándida, vulgarísima de puro humana.
+
+Bonifacio amaba, pero con un amor mortificante, nada original.
+Cualquier amor de cualquier héroe de cualquier novelucha se parecía al
+suyo. La mujer es un estorbo; evidentemente corre más quien sólo se
+lleva a sí mismo a cuestas que quien se lleva con su mujer. Platón,
+Santo Tomás, Descartes, Kant, fueron solteros; esto le desazonaba al
+pobre.
+
+Su mayor tormento era tener que trabajar para vivir. Resulta además que
+el vivir es tan vulgar y rutinario como el trabajar.
+
+Una vez íbamos de paseo a la caída de la tarde; el pobre hombre,
+desahogándose; yo, mordiendo una hoja de zarza.
+
+--En esta vida no queda tiempo más que para vivir, me decía.
+
+Yo le miraba con extrañeza y temor; instintivamente me aparté un poco
+de él.
+
+--Mira, seguía, unas veces soy alegre, otras triste; yo no veo las
+cosas ni claras ni oscuras; pero me falta algo, yo no sé lo que me
+pasa, pero algo me pasa. Dicen que estoy chiflado, que todas estas
+cosas no pasan de fantasías, que soy muy raro (al decir esto le
+brillaban los ojos de gusto). Todos los majaderos me desdeñan, y como
+soy bueno, me veo obligado a tragar la hiel que destila mi hígado.
+
+¡Pobre Bonifacio! No digo yo que se echó a llorar, porque sería mentir;
+yo no le vi llorar, pero ignoro si se tragó las lágrimas; se han dado
+casos de personas que por no entregar algún papelillo secreto se lo han
+tragado, y digerido, que es peor.
+
+Algunos días estaba tan alegre que, francamente, me parecía que había
+conseguido sacarse del pozo: una alegría rarísima, extrahumana.
+
+Bonifacio no era pesimista, Bonifacio no era optimista, Bonifacio no
+era nada, nada quería ser, ni sabía lo que quería. ¡Pobre Bonifacio!
+
+Él quería ser algo que llamara la atención, no sabía bien qué.
+
+¿Para qué continuar un cuento tan viejo?
+
+Cójanle ustedes a Bonifacio, denle unos cuantos martillazos por aquí
+y por allí, moldéenle hasta que se pliegue a las exigencias de la
+realidad, y díganme en conciencia si han conocido a Bonifacio.
+
+Me falta hablar del fin de Bonifacio.
+
+Respecto a éste corren dos tradiciones igualmente atendibles.
+
+Según la una, Bonifacio acabó como había empezado, siempre el mismo,
+siempre buscándose y nunca hallado; acabó como las nubes de verano:
+mientras vivió hizo sombra, y cuando murió siguió alumbrando el sol su
+sitio vacío.
+
+Según otra tradición, Bonifacio, golpe aquí, golpe allí, se fué
+redondeando, se casó, tuvo hijos, y cuando fué padre halló la
+originalidad tan buscada, que, con ser tan común, es la más rara. Sus
+últimas palabras fueron: «Conque, ¡adiós hijos míos!».
+
+Aun hay otras tradiciones, porque éstas son como los hongos; pero
+en todas ellas el fondo de verdad está exornado por mil retazos y
+añadiduras.
+
+
+
+
+ LAS TRIBULACIONES DE SUSÍN
+ A JUAN ARZADUN
+
+
+La fresca hermosura del cielo que envolvía árboles verdes y pájaros
+cantores alegraba a Susín, entretenido en construir fortificaciones con
+arcilla, mientras la niñera, haciendo muchos gestos, reía las bromas de
+un asistente.
+
+Susín se levantó del suelo en que estaba sentado, se limpió en el
+trajecito nuevo las manos embarradas, y contempló su obra viendo que
+era buena. Dentro de la trinchera circular quedaba un espacio a modo de
+barreño que estaba pidiendo algo, y Susín, alzando las sayas, llenó de
+orina el recinto cercado. Entonces le ocurrió ir a buscar un abejorro o
+cualquier otro bicho para enseñarle a nadar.
+
+Tendiendo por el campo la vista, vió a lo lejos brillar algo en el
+suelo, algo que parecía una estrella que se hubiera caído de noche
+con el rocío. ¡Cosa más bonita! Olvidado del estanquecillo, obra de
+sus manos y su meada, se fué a la estrella caída. De repente, según a
+ella se acercaba, desapareció la estrella. O se la había tragado la
+tierra, o se había derretido, o el Coco se la había llevado. Llegó al
+árbol junto al cual había brillado la añagaza, y no vió en él más que
+guijarros, y entre ellos un cachito de vidrio.
+
+¡Qué hermosa mañana! Susín bebía luz con los ojos y aire del cielo azul
+con el pecho.
+
+¡Allí sí que había árboles! ¡Aquello era mundo y no la calle oscura
+preñada de peligros, por donde a todas horas discurren caballos,
+carros, bueyes, perros, chicos malos y alguaciles!
+
+Mudó Susín de pronto de color, le flaquearon las piernecitas y un
+nudo de angustia le apretó el gaznate. Un perro... un perro sentado
+que le miraba con sus ojazos abiertos, un perrazo negro, muy negro y
+muy grande. Si hubiera pasado por su calle, habríale amenazado desde
+el portal con un palo; pero estaba en medio del campo, que es de los
+perros y no de los niños.
+
+No le quitaba ojo el perro, que levantándose empezó a acercarse a
+Susín, a quien el terror no dió tiempo de pensar en la huida. Rehecho
+un poco echó a correr, mas con tan mala suerte que, tropezando, cayó de
+bruces. Cayó y no lloró, quedándose pegado al suelo... ¿Llorar? ¿Y si
+le oía el perro, que acaso no era mas que el Coco que se lleva a los
+niños llorones, disfrazado? Se le acercó un perrazo y le olió. Sin
+alentar apenas, y con un ojo entreabierto, vió Susín, bailándole el
+corazoncillo, que el perro se alejaba lentamente y que allá, muy lejos,
+sacudía con majestad sus negros lomos con la cola negra.
+
+Susín se levantó, y mirando en derredor vióse solo en la inmensa
+soledad; el sol picaba su cabecita rubia y le saludaban los árboles. Y
+allí cerca brillaba el agua de un charco al reflejo del sol.
+
+Olvidó al perro, como había olvidado al estanquecillo, obra de sus
+manos, y a la estrella caída, y se acercó al charco, cuya superficie
+límpida y clara parecía el rostro sereno, pero triste, de un charco
+muerto a que había que animar. Cogió una chinita, la arrojó al agua, y
+entonces el charco se echó a reir, perdiéndose su risa suavemente en
+el barrizal de las orillas. ¡Qué bonitos círculos! Empezó a subir el
+légamo del fondo y a enturbiarse el charco, y entonces, cogiendo Susín
+un palo y agachándose, mejió el agua. ¡Y cómo se enturbiaba!
+
+Levantóse Susín, metió un piececito en el agua y empezó a chapotearla.
+¡Qué bonito! ¡Cómo se reía el charco de que se le enfangara y de
+ensuciar al niño!
+
+Al sentir éste la humedad que, atravesando las botitas, le refrescaba
+el pie, la conciencia de estar haciendo una cosa fea le hizo volver la
+cabeza. Dió un grito y se arrimó a un árbol, quedándose en él pegado y
+sin saber dónde esconder los pies. ¡Oh, si hubiera podido trepar como
+los chicos grandes y esconderse en las ramas altas, donde se esconden
+los abejorros! Pero de una cornada podía haber derribado el árbol la
+vaca.
+
+Era una vaca colosal, cuyo cuerpo casi cubría el cielo y cuya sombra se
+extendía por la tierra desmesurada y fantástica. Avanzaba lentamente,
+recreándose en la angustia de su víctima, que se tapó los ojos para que
+la vaca no le viera, y a punto de arrojarse al suelo y gritar: «¡No, no
+lo haré más!». La vaca, avanzando, pasó de largo. Susín se despegó del
+árbol y miró en derredor. ¿Dónde estaba?
+
+Sentía cosquilleo en el estómago, pues es cosa sabida que las
+impresiones fuertes aceleran la vida y debilitan el cuerpo, y que hasta
+los grillos recién muertos resucitan entre lechuga.
+
+Entonces Susín se dió cuenta de su situación, miró atónito al largo
+camino, a los castaños corpulentos, a la tierra solitaria y al sol
+imperturbable, clavado en el cielo azul. ¿Y la chacha?
+
+De cuando en cuando pasaba algún hombre y casi ningún señor. Hombres,
+hombres todos, y ¡qué hombres!, todos feos, con mucha barba y ningún
+parecido a papá. Uno le miró mucho, y esos hombres que miran mucho son
+los peores, los del saco. Sintió angustia mortal al verse perdido en el
+mundo, a merced de los chicos malos que llaman «madre» a su mamá, de
+los perros grandes y de las grandes vacas, y no estaba allí papá para
+pegarles. El soplo del Coco heló a Susín el alma, que temblaba como las
+hojas del árbol, sintiendo al Coco presente en todas partes, agazapado
+tras de los árboles, acurrucado bajo las piedras, oculto bajo tierra,
+caminando a su espalda. Rompió a llorar, y a través de las lágrimas vió
+que en el campo deshecho en bruma se le acercaba un hombre.
+
+Un hombre... pero, ¡qué hombre! Miróle con la atención del espanto,
+recogiéndose su alma helada en un rinconcillo del corazón. ¡No era un
+hombre, era peor que un hombre, era un alguacil!
+
+El alguacil se le acercaba poco a poco como el perro negro y la vaca
+grande; pero ni se alejó ni pasó de largo. Abriendo Susín tanto los
+ojos que apenas veía, sintió que una manaza se posaba en su manecita, y
+se vió perdido y sin poder llorar.
+
+--No llores, chiquito; no llores, que no te hago nada.
+
+¡Qué malo es el Coco! ¡Qué malo es el Coco cuando usa ironía
+alguacilesca!
+
+--Ven, ven conmigo; vamos a buscar a papá.
+
+El cielo se le abrió al niño con el milagro, porque lo era, un
+verdadero milagro, el que un alguacil tuviera voz tan suave,
+inflexiones en ella tan tiernas, tono tan acariciador. ¡Si parecía un
+papá aquel alguacil! Su mano no oprimía y su paso se acomodaba al del
+niño, que se sentía entonces al amparo de un alto personaje, de un Coco
+bueno.
+
+--Dime, ¿de quién eres?
+
+--De papá.
+
+--Y ¿quién es tu papá?
+
+--Papá.
+
+--Pero, ¿qué papá, hijo mío?
+
+--El de mamá.
+
+El ministro de Justicia se sonrió, porque también él era de su mujer.
+Singular pregunta para el niño, ¿quién es tu papá? ¡Como si hubiera más
+de uno!
+
+--¿Dónde vives?
+
+--En casa.
+
+--¿Y dónde está tu casa?
+
+--En casa de papá.
+
+El alguacil renunció al interrogatorio, quedándose perplejo; porque sin
+interrogatorio ¿cómo se averiguan las cosas?
+
+Acababan de serenarse los ojos de Susín y le invadía toda la dulzura
+del aire del cielo cuando vió venir a la niñera amenazadora, peligro
+patente y claro, nada fantástico. Asió entonces el niño con sus dos
+manecitas el pantalón del alguacil, ocultando su cabecita rubia entre
+las piernas de éste. Hubiérase achicado hasta poder entrar en el
+bolsillo de aquel sagrado pantalón.
+
+La voz del alguacil sonó armoniosísima, diciendo: «No hagas caso, no
+te harán nada». Y luego, más grave: «Déjele usted, que no tiene él la
+culpa».
+
+De manos del alguacil pasó a los brazos de la criada, y al alejarse
+miraba a aquél por si seguía protegiéndole con la mirada. Mas apenas
+perdieron de vista al Coco bueno, sintió Susín en el trasero la mano de
+la niñera.
+
+--¡Chiquillo! No te tengo dicho que no te vayas de mi lado... Ya te
+daré yo... Buen rato me has hecho pasar... Yo, como una loca, busca que
+te busca, y tú...
+
+El niño lloraba de una manera lastimosa; aquello no era el Coco, pero
+sí una buena azotina. Y lloraba tanto que, impacientada la niñera,
+empezó a besarle y decirle:
+
+--No seas tonto, no ha sido nada, no llores, Susín... Vamos, calla, ya
+sabes que a papá no le gustan los niños llorones... Cállate... mira,
+voy a comprarte un caramelo, si callas...
+
+Susín calló para chupar el caramelo.
+
+Cuando poco después vió las paredes de su casa y se sintió fuerte al
+arrimo de su padre, renováronsele las heridas, sintió el diente del
+perro, el cuerno de la vaca y la mano de la niñera y rompió a llorar.
+¡Qué dulce le sonó la voz de papá riñendo a la chacha! Tomóle luego
+en brazos su padre, apoyó Susín su mejilla ardiente sobre el pecho
+protector y bajó el sueño a derretir sus penas.
+
+¡Qué hermoso es llegar al puerto empapado en agua de tempestad!
+
+
+
+
+ ¡COSAS DE FRANCESES!
+ (UN CUENTO DISPARATADO)
+
+
+Es cosa sabida que nuestros vecinos los franceses son incorregibles
+cuando en nosotros se ocupan, pues lo mismo es en ellos meterse a
+hablar de España que meter la pata.
+
+A las innumerables pruebas de este aserto añada el lector el siguiente
+cuento que da un francés por muy característico de las cosas de España,
+y que, traducido al pie de la letra, dice así:
+
+ * * * * *
+
+Don Pérez era un hidalgo castellano dedicado en cuerpo y alma a la
+ciencia y a quien tenían por modestísimo sus compatriotas.
+
+Pasábase las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio,
+enfrascado en el estudio de un importante problema de química, que
+para provecho y gloria de su España con honra había de conducirle al
+descubrimiento de un nuevo explosivo que dejara inservibles cuantos
+hasta hoy se han inventado.
+
+El lector que se figure que nuestro don Pérez no salía del laboratorio
+manipulando en él retortas, alambiques, reactivos, crisoles y
+precipitados dará muestras de no conocer las cosas de España.
+
+Un hidalgo español no puede descender a manejos de droguería y entender
+de tan rastrero modo la excelsitud de la ciencia, que por algo ha sido
+España plantel de teólogos.
+
+Don Pérez se pasaba las horas muertas, como dicen los españoles,
+delante de un encerado devanándose los sesos y trazando fórmulas y más
+fórmulas para dar con la deseada. De ningún modo quería manchar sus
+investigaciones con las impurezas de la realidad, recordaba el paso
+aquél en que los villanos galeotes apedrearon a Don Quijote y no quería
+que hicieran lo mismo con él los hechos. Dejaba a los Sancho Panzas de
+la ciencia el mandil y el laboratorio, reservándose la exploración de
+la sima de Montesinos.
+
+Quede el proceder por tanteos para los que viven en tinieblas y no han
+nacido, como la inmensa mayoría de los españoles, en posesión de la
+verdad absoluta o la han dejado perder por su soberbia.
+
+Al cabo de tanta brega dió don Pérez con la deseada fórmula y el día
+en que ésta se hizo pública fué de regocijo en toda España. Hubo
+colgaduras, cohetes, gigantones, y sobre todo combates de toros. Las
+charangas alegraban las calles de las ciudades tocando el himno de
+Riego.
+
+Las Cortes decretaron coronar de laurel en el Capitolio de Madrid a
+don Pérez, así que hiciera volar el Peñón de Gibraltar con todos sus
+ingleses o cuando menos la gran montaña del Retiro de Madrid.
+
+Adornando las paredes de zapaterías y barberías de los pueblos y en
+no pocos hogares aparecía entre números de _La Lidia_ el retrato de
+don Pérez, junto al de Ruiz Zorrilla unas veces y al del pretendiente
+don Carlos otras. A un nuevo aguardiente anisado le bautizaron con el
+nombre de «Anisado explosivo Pérez».
+
+No faltaron, sin embargo, Sanchos y socarrones bachilleres que trataban
+de echar jarros de agua fría al popular entusiasmo; pero desde que
+aparecieron en los periódicos escritos del eminente geómetra don López
+y del no menos eminente teólogo don Rodríguez rompiendo lanzas a favor
+del nuevo explosivo Pérez, los descontentos se redujeron al silencio
+público y a la lima sorda.
+
+Llegó el día de la prueba. Todo estaba dispuesto para hacer volar una
+colinilla, situada en las llanuras de la Mancha, y no faltaron animosos
+creyentes que se comprometieron a dar fuego a la mecha en compañía de
+don Pérez.
+
+Cuando la mecha empezó a arder estalló un formidable ¡olé! ¡olé! de la
+multitud, que desde lejos contemplaba la prueba y algunos palidecieron.
+
+Y cuando el fuego llegó al explosivo se oyó un ruido semejante a un
+trueno, se levantó una gran polvareda, y al disiparse ésta apareció
+la figura de don Pérez radiante de esplendor. La multitud le aclamó
+frenética, dió vivas a su madre y a su gracia, y le llevaron en brazos
+como sacan a don _Fracuelo_ de la plaza cuando mata un toro según las
+reglas de la metafísica tauromáquica. Y por todas partes no se oía más
+que: ¡Olé! ¡Viva España con honra!
+
+Los periódicos hicieron su agosto.
+
+Unos aseguraban que el cerro se había hecho polvo, otros mostraban
+cicatrices de golpes que recibieron de los pedazos en que se deshizo;
+pero algunos días después se aseguraba que unos pastores habían visto
+al cerro en el mismo sitio que antes, y cuando se confirmó esta noticia
+se levantó la gran polvareda de indignación popular.
+
+Era imposible el caso, el cerro tenía que haber volado, porque eran
+infalibles las fórmulas del encerado de don Pérez.
+
+Era una mano aleve que había mojado el explosivo, la mano de un
+maligno-encantador enemigo de don Pérez y envidioso de su fama.
+
+Este encantador, sucediendo el caso en España, ya se sabe cuál tenía
+que ser, el gobierno.
+
+La opinión pública se pronunció contra éste en los cafés y las
+tertulias, y los periódicos hicieron resaltar la desatentada conducta
+del maligno encantador que se empeñaba en vivir divorciado de la
+opinión pública, tan perita en química como es en España, sobre todo
+después de ilustrada por el eminente geómetra don López y el no menos
+eminente teólogo don Rodríguez.
+
+En aquella campaña se recordó a Colón, a Cisneros, a Miguel Servet,
+a los tercios de Flandes, el Salado, Lepanto, Otumba y Wad-Rás, los
+teólogos de Trento y el valor de la infantería española, que con él
+hizo vana la ciencia del gran capitán del siglo. Con tal motivo se
+insistió una vez más en la falta de patriotismo de aquéllos que no
+querían más que lo extranjero habiendo mejor en casa y se recordó al
+pobre don Fernández, arrinconado y desconocido en su ingrata patria y
+celebradísimo fuera de ella, el pobre don Fernández, cuyos libros en
+España tenían que tomarlos las corporaciones mientras eran traducidos a
+todos los idiomas cultos, inclusos el japonés y el bajo bretón.
+
+El pobre don Pérez, perseguido por follones malandrines, trató de
+vindicar la honra de España, y como se proponía demostrar la eficacia
+del explosivo, con el que había de volar a Gibraltar y desenmascarar al
+gobierno, le presentaron candidato a la Diputación a Cortes. Las Cortes
+son la academia en que se reúnen a discutir todos los sabios de España,
+asamblea que, siguiendo las gloriosas tradiciones de los Concilios de
+Toledo, hace a pluma y a pelo, ya de Congreso político, ya de Concilio
+en que se dilucidan problemas teológicos, como sucedió allá por el 69.
+
+En cuanto los admiradores de don Pérez presentaron su candidatura, el
+eminente toreador don Señorito, viviente ejemplo del consorcio de las
+armas con las letras, sintió arder su sangre, y al salir de un combate
+de toros en que arrebató al público estoqueando seis colombinos con la
+más castiza filosofía, se fué a un mitin y volvió a arrebatarle con un
+discurso en favor de la candidatura de don Pérez.
+
+Sólo en la pintoresca España se ven cosas semejantes. Después de
+brindar por la patria desplegó don Señorito el trapo, dió un pase a
+España con honra, otro de pecho a Gibraltar y sus ingleses, uno de
+mérito a don Pérez, sostuvo una lucidísima brega, aunque algo bailada,
+acerca de la importancia y carácter de la química, y, por fin, remató
+la suerte dando al gobierno una estocada hasta los gavilanes.
+
+El público gritaba ¡olé, tu salero! y pedía que dieran al tribuno la
+oreja del bicho, uniendo en sus vítores los nombres de don Pérez y don
+Señorito.
+
+Allí estaba también el gran organizador de las ovaciones, el Barnum
+español, el popularísimo empresario don Carrascal, que se proponía
+llevar en una _tournée_ por España al sabio don Pérez como se había
+llevado ya al gran poeta nacional.
+
+El buen don Pérez se dejaba hacer traído y llevado por sus admiradores,
+sin saber en qué había de acabar todo aquello.
+
+Pero ni la elocuencia tribunicia del toreador don Señorito, ni la
+actividad del popularísimo don Carrascal, ni la protección del gran
+político don Encinas, movieron al gobierno español, que siguió comiendo
+el turrón a dos carrillos y sordo a las voces del pueblo, según es su
+costumbre.
+
+¡Y todavía sigue en pie el peñón de Gibraltar con sus ingleses!
+
+ * * * * *
+
+
+Convengamos en que sólo un francés es capaz, después de ensartar tal
+cúmulo de disparates, sobre todo el de presentarnos un torero de
+tribuno en favor de la candidatura a diputado de un sabio, sólo un
+francés, decimos, es capaz de dar tal cuento como característico de las
+cosas de España. ¡Cosas de franceses!
+
+Pero, señor, ¿cuándo aprenderán a conocernos nuestros vecinos, por lo
+menos, tanto como nosotros nos conocemos?
+
+
+
+
+ EL MISTERIO DE INIQUIDAD
+ O SEA LOS PÉREZ Y LOS LÓPEZ
+
+
+Juan pertenecía a la familia Pérez, rica y liberal desde los tiempos de
+Álvarez Mendizábal. Desde muy niño había oído hablar de los carlistas
+con encono mal contenido. Se los imaginaba bichos raros, y tenía de
+ellos una idea del mismo género a que pertenece la vulgar del judío.
+Gente taciturna, de cara torcida, afeitada o con grandes barbas
+negras y alborotadas, largos chaquetones negros, parcos de palabras y
+tomadores de rapé. Se reunían de noche en las lonjas húmedas, entre los
+sacos fantásticos de un almacén lleno de ratas para tramar allí cosas
+horribles.
+
+Con los años cambiaron de forma en su magín estos fantasmas, y se los
+imaginó gente taimada, que en paz prepara a la sordina guerras y que
+sólo se surte de las tiendas de los suyos.
+
+Cuando se hizo hombre se disiparon de su mente estas disparatadas
+brumas matinales y vió en ellos gente de una opinión opinable, puesto
+que es opinada, fanáticos que, so capa de religión, etc. Es excusado
+enjaretar aquí la letanía de sandeces salpicada de epítetos podridos
+que es de rigor entre anticarlistas.
+
+En la familia Pérez había vieja inquina contra la familia carlista
+López. Un Pérez y un López habían sido consocios en un tiempo; hubo
+entre ellos algo de eso cuyo recuerdo se entierra en las familias;
+este algo engendró chismes, y la sucesión continua de pequeñas
+injurias diarias, saludos negados, murmuraciones, miradas procaces,
+chinchorrerías, en fin, engendraron un odio duro.
+
+La familia Pérez, aunque liberal, era tan piadosa como la familia
+López. Oían misa al día, comulgaban al mes, figuraban en varias
+congregaciones, gastaban escapularios. Eran irreprochables.
+
+Nuestro Juan Pérez se había nutrido de estos sentimientos, a los que
+añadía alguna instrucción, ni mucha ni muy variada. Su afición mayor
+eran las matemáticas.
+
+Así estaban las cosas cuando empezó a sonar en este mundo el famosísimo
+aforismo «el liberalismo es pecado», frase portentosa. ¡Pecado! La
+elección de esta palabra es una obra maestra, pues cualquier otra que
+se empleara, error, herejía, impiedad, crimen, o dicen más o menos, y
+así o no llegan al blanco o pasan de él.
+
+Nuestro Pérez tomó esto a poca cosa, como un ardid indigno salido
+de las lonjas húmedas donde se reunían los fantasmas del chaquetón.
+Un artículo que la casualidad llevó a sus manos le abrió el apetito.
+Leyó el áureo libro del eximio Sardá, se aficionó a los artículos del
+Hermano Mayor, a las cartas del Martillo de protestantes y liberales,
+y empezó a preocuparse de esa doctrina nefanda, que bajo nombre de
+liberalismo infiltra en la sociedad como veneno sus miasmas deletéreos.
+Lo nefando y deletéreo sobre todo le producía cosquillas en las sienes.
+
+Estudió la lucha entre mestizos y puros, y se sabía de pe a pa las
+decisiones del Índice y los viajes de don Celestino. Se dedicó a leer
+los periódicos puros, y con fruición de espíritu anémico tragaba
+artículos inacabables, siempre sobre lo mismo, siempre en el mismo
+estilo y con los epítetos consagrados siempre. Aguzó su espíritu en las
+argucias imperceptibles, en los juegos malabares de distincionzuelas y
+en los pequeños logogrifos de conceptillos.
+
+A todo esto llegó la encíclica _Libertas_ y con ella las briosas
+predicaciones en contra de ese conjunto de todas las herejías y la
+campaña contra los liberales, imitadores de Lucifer, cuyo es aquel
+grito: ¡no serviré!
+
+Muchas veces, al anochecer, en la iglesia, quedaba sentado en un banco,
+meditando. Poco a poco sus ideas perdían los contornos hasta que se
+convertían en una nube, y, entonces, al oir dar el reloj las nueve,
+salía de la quietud del templo al bullicio de la calle.
+
+Empezó a sentir desazón en su alma. Una noche volvía del sermón a casa
+y le zumbaba en la cabeza el famoso aforismo. No podía entrar con que
+él fuera más pecador que un adúltero o un asesino, y la cosa estaba
+bien clara, porque pecar contra la fe, directamente contra Dios, no
+dándole crédito, es peor que pecar por carambola; la soberbia es más
+satánica que la ira o la lujuria. Aquella noche no pudo pegar ojo,
+resudando dió mil vueltas en la cama, se levantó a beber agua del jarro
+de la jofaina, cerraba los ojos con violencia proponiéndose contar
+hasta 150, ni por ésas; nada, siempre en el campo oscuro bailando la
+sentencia. Así hubiera pasado toda la noche si a eso de las cuatro, con
+la fatiga que venció al insomnio, no hubiera iluminado su mente esta
+idea de paz: salvo los casos de ignorancia y de buena fe. Se durmió
+diciendo: Dios me perdonará porque no sé lo que me pienso.
+
+Juan Pérez recobró aparente calma, considerándose caso de ignorancia o
+de buena fe.
+
+Pero... veámoslo: la ignorancia vencible, ¿no es pecado? Empezó a
+bucear en su alma si era él caso de ignorancia o de buena fe, o era
+todo ello argucias del enemigo malo. ¡Cuesta tanto crucificar al hombre
+viejo! Dale que le das le volvieron los insomnios.
+
+Así estaba el pobre. Volvió a leer el áureo libro del eximio Sardá,
+la encíclica _Libertas_, y empezó a estudiar lo que la maestra de la
+gente entiende por liberalismo en sus varios grados y matices, y por
+liberales, imitadores, etc. Una tarde, a la hora en que se acuesta
+el sol en cama de oro, y cuando volvía Juan Pérez de paseo por una
+estrada, mordiendo un brote de zarzamora, se le ocurrió preguntarse:
+¿soy yo acaso liberal, imitador, etc.? Y descubrió sin asombro, como
+cosa olvidada de puro sabida, que nunca había sido liberal. Recobró
+calma; no era liberal, pero tampoco carlista. ¡Carcunda como los
+López!, ¡jamás! ¡Los del chaquetón! Debajo de sus ideas yacían siempre
+los espectros de su infancia.
+
+No era liberal, pero le quedaba el nombre. ¡Qué cosa tan terrible es
+el nombre! Es el pulpo de la inteligencia. A sus padres les llamaron
+y se llamaron ellos a sí mismos liberales. ¡Perder el apellido porque
+otros lo hayan difamado! El nombre se aferraba a él porque Satanás sabe
+que la piel es lo último que se deja, y que por la piel se pierden
+muchos. Mi liberal cerró ojos y oídos al terrible nombre, a la palabra
+misteriosa, que es lo que fué en principio.
+
+En la vida interior de Juan Pérez vino otro período de prueba. ¿Basta
+en el siglo de la lucha verla como mero espectador? ¿Basta desertar de
+las banderas de Bebial? La timidez, ¿no es pecado?
+
+El resultado fué que Juan Pérez se hizo tradicionalista, carlista no;
+abjuró en todos sus grados y matices la secta deletérea que jamás
+había profesado, y se apartó de los liberales, imitadores de Lucifer,
+cuyo es aquel grito, ¡no serviré! Estudió los errores nefandos que
+constituyen ese abominable compendio de todas las herejías y aborreció,
+sobre todo, los infames contubernios de los hijos de la luz con los de
+las tinieblas; le picó un prurito de ergotista curiosidad por conocer
+el bien y el mal, y leyó obras de liberales para conocer de cerca el
+cáncer de nuestra sociedad.
+
+Refresquemos la sequedad de este relato.
+
+Carmencita era una buena muchacha, celebrada por todas las viejas y con
+los bolsillos sonantes, condiciones que explican por qué Juan Pérez y
+un López, convencidos ambos de que no está bien que el hombre esté solo
+y que no es bueno quemarse, la persiguieran con buen fin. Este López,
+de carlista se había hecho íntegro, íntegro de cabeza, leal de sangre,
+porque toda otra distinción no pasa de válvula de seguridad en un
+cerebro henchido de verdad absoluta.
+
+No se sabe cómo fué que López quitó el partido a Pérez y casó con la
+chica de los cuartos. Juan Pérez pasó malos días y peores noches; pero
+al cabo bendijo los inescrutables designios de la Divina Providencia y
+en nada disminuyó su amistad para con López, a quien había sacrificado
+rencorcillos de familia en aras de la comunidad de doctrinas.
+
+Juan Pérez, cuando se había creído liberal, maldito si sabía lo que es
+el liberalismo; pero ya purificado estaba al dedillo de los pestilentes
+errores de la nefanda secta y había leído a los corifeos de la impiedad
+y a algunos alemanes traducidos. El enemigo malo a las veces le
+tentaba, el conocimiento del mal le daba vértigos y oía como canto de
+sirena engañadora el silbo maléfico de la serpiente infernal.
+
+El demonio le tentaba, y cuanto más se hundía su imaginación en el
+ergotismo laberíntico, su inteligencia, corrompida por el pecado
+original, más se levantaba en alas de la soberbia. Satanás le levantaba
+ofreciéndole un mundo nuevo de ideas nuevas si rendido le adoraba.
+Empezaba a empacharse de la dulce virtud de humillarse ante la letra
+y a desconocer que Dios escogió lo necio y lo flaco del mundo para
+avergonzar a los sabios y a los fuertes. Hay que añadir que por este
+tiempo Juan Pérez se dedicaba a la gimnasia y bebía los vientos por una
+muchacha casquivana y pobre.
+
+Llegó el estallido. Sucedió que un día de primavera, en cierta reunión,
+departían amigablemente, entre otros varios, nuestros Pérez y López,
+acerca de una carta del Martillo y comentaban el tiroteo entre íntegros
+y leales. Repetían por centésima vez el mismo chiste, escudriñaban
+la cuarta intención de cosas sin la primera, repetían argumentos que
+siempre con los mismos collares se leen empotrados en seis o siete
+columnas de prosa prensada, cuando trabaron discusión Juan Pérez y
+Pedro López sobre el mayor o menor grado y matiz de liberalismo de sus
+opiniones respecto a un punto concreto.
+
+Es de saber que en este desdichado siglo de las luces y de los derechos
+del hombre, el virus pestilente del liberalismo lo inficiona todo de
+tal manera con sus miasmas deletéreos que circula hasta en las raíces
+del integrismo más puro. Es uno de los mayores tormentos del hombre
+puro examinar despacio cada idea que se le ocurra antes de manifestarla
+y ponerla en cuarentena hasta ver qué grado y matiz de liberalismo
+puede tener. ¡Oh siglo infeliz!
+
+Llegó la discusión del Pérez y el López a agriarse a punto que
+intervenían los amigos, temiendo un mal remate. Pérez ardía, tenía
+la cara roja, el corazón palpitante, se sofocaba, y la sangre,
+inficionada del pecado original, le traía los espectros de su niñez,
+la imagen esfuminada de los chaquetones negros en las lonjas húmedas,
+el rencor heredado y mamado, frases de sus padres que no entendió al
+oirlas, miradas de los López, miserias de vecindad con vaho de patio,
+narraciones de hazañas de cristinos, los ojos de buey de Carmencita que
+le miraban, y se le removía el légamo del corazón que Dios le había
+endurecido, se le dislocaba el cerebro, y sobre todo este nubarrón
+confuso, que como viento de tempestad arrastraba la cólera, veía
+brillar la fatal sentencia. Sintió un nudo en la garganta y ganas de
+estrangular a López cuando oyó que éste le gritaba:
+
+--¡Quítese usted de ahí, so liberal!
+
+Juan Pérez estalló:
+
+--¡Sí, sí y sí! ¡Liberal y a mucha honra! Liberal fuí, soy y seré,
+liberal en todos sus grados y matices, imitador de Lucifer, cuyo es
+aquel grito: ¡No serviré! ¡No, no serviré!, ¡y si es pecado... que lo
+sea!
+
+No sabía lo que se decía, pero ni en el delirio de la cólera olvidó la
+fraseología.
+
+Salió soplando, y aquella noche se le repitieron los insomnios.
+
+Había roto la cáscara, descendía la pendiente, le faltó la gracia
+eficaz y empezó en su espíritu un trabajo de demolición. Había probado
+el fruto y acabó por ser liberal a ciencia y conciencia. ¡Mala cosa es
+ser sabio en opinión propia; se debe esperar más del necio! ¡Ay de los
+que son sabios a sus propios ojos!
+
+La doctrina rompió la ignorancia; el conocimiento del pecado trajo
+horror a él, y la sangre liberal, pecado original de los Pérez desde
+los tiempos de Álvarez Mendizábal, entronizó la carne sobre el
+espíritu. No conoció el pecado, sino por la ley; no hubiera conocido
+el liberalismo si la ley no le dijera: el liberalismo es pecado. El
+pecado, tomando ocasión de mandamiento, renovó en él la rebeldía de la
+sangre, porque sin la ley el pecado estaba muerto. Juan Pérez vivió sin
+ley en algún tiempo, más cuando vino el mandamiento revivió el pecado;
+el mandamiento que da la vida le dió muerte, porque el pecado, con
+ocasión del mandamiento, le engañó y mató. La ley es espiritual, pero
+nosotros somos carnales.
+
+El misterio de iniquidad se había cumplido: la sangre y Álvarez
+Mendizábal la habían consumado. ¡Y aún habrá quien se obstine en negar
+que el liberalismo es pecado y pecado de los mayores, y los liberales
+imitadores, etc! ¡Miserable y corrompida carne de Adán! ¿Quién nos
+librará de este cuerpo de muerte?
+
+
+
+
+ EL SEMEJANTE
+
+
+Como todos huían de Celestino el tonto, tomándole cuando más de
+dominguillo con que divertirse, el pobrecito evitaba a la gente
+paseándose solo por el campo solitario, sumido en lo que le rodeaba,
+asistiendo sin conciencia de sí al desfile de cuanto se le ponía por
+delante. Celestino el tonto sí que vivía _dentro_ del mundo como en
+útero materno, entretejiendo con realidades frescas sueños infantiles,
+para él tan reales como aquéllas, en una niñez estancada, apegada al
+caleidoscopio vivo como a la placenta el feto, y como éste ignorante
+de sí. Su alma lo abarcaba todo en pura sencillez; todo era estado de
+su conciencia. Se iba por la mayor soledad de las alamedas del río,
+riéndose de los chapuzones de los patos, de los vuelos cortos de los
+pájaros, de los revoloteos trenzados de las parejas de mariposas. Una
+de sus mayores diversiones era ver dar la vuelta a un escarabajo a
+quien pusiera patas arriba en el suelo.
+
+Lo único que le inquietaba era la presencia del enemigo, del hombre.
+Al acercársele alguno le miraba de vez en vez con una sonrisa en que
+quería decirle: «No me hagas nada, que no voy a hacerte mal»; y cuando
+le tenía próximo, bajo aquella mirada de indiferencia y sin amor,
+bajaba la vista al suelo, deseando achicarse tamaño de una hormiga.
+Si algún conocido le decía al encontrarle: «¡Hola, Celestino!»,
+inclinaba con mansedumbre la cabeza y sonreía esperando el pescozón.
+En cuanto veía a lo lejos chicuelos apretaba el paso; les tenía horror
+justificado: eran lo peor de los hombres.
+
+Una mañana topó Celestino con otro solitario paseante, y al cruzarse
+con él y, como de costumbre, sonreirle, vió en la cara ajena el reflejo
+de su sonrisa propia, un saludo de inteligencia. Y al volver la cabeza,
+luego que hubieron cruzado, vió que también el otro la tenía vuelta, y
+tornaron a sonreirse uno a otro. Debía de ser un semejante. Todo aquel
+día estuvo Celestino más alegre que de costumbre, lleno del calor que
+le dejó en el alma el eco aquel que de su sencillez le había devuelto,
+por rostro humano, el mundo.
+
+A la mañana siguiente se afrontaron de nuevo en el momento en que un
+gorrión, metiendo mucha bulla, fué a posarse en un mimbre cercano.
+Celestino se lo señaló al otro, y dijo riéndose:
+
+--¡Qué pájaro... es un gorrión!
+
+--Es verdad, es un gorrión--contestó el otro soltando la risa.
+
+Y excitados mutuamente se rieron a más y mejor: primero, del pájaro
+que les hacía coro chillando, y luego, de que se reían. Y así quedaron
+amigos los dos imbéciles, al aire libre y bajo el cielo de Dios.
+
+--¿Quién eres?
+
+--Pepe.
+
+--Y yo Celestino.
+
+--Celestino... Celestino...--gritó el otro, rompiendo a reir con toda
+su alma--. Celestino el tonto... Celestino el tonto...
+
+--Y tú Pepe el tonto--replicó con viveza y amoscado Celestino.
+
+--¡Es verdad, Pepe el tonto y Celestino el tonto!...
+
+Y acabaron por reirse a toda gana los dos tontos de su tontería,
+tragándose al hacerlo bocanadas de aire libre. Su risa se perdía en la
+alameda, confundida con las voces todas del campo, como una de tantas.
+
+Desde aquel día de risa juntábanse a diario para pasearse juntos,
+comulgar en impresiones, señalándose mutuamente lo primero que Dios les
+ponía por delante, viviendo _dentro_ del mundo, prestándose calor y
+fomento como mellizos que coparticipan de una misma matriz.
+
+--Hoy hace calor.
+
+--Sí, hace calor, es verdad que hace calor...
+
+--En este tiempo suele hacer calor...
+
+--Es verdad, suele hacer calor en este tiempo... ji, ji..., y en
+invierno frío.
+
+Y así seguían sintiéndose semejantes y gozando en descubrir a todos
+momentos lo que creemos tenerlo para todos ellos descubierto los que
+lo hemos cristalizado en conceptos abstractos y metido en encasillado
+lógico. Era para ellos siempre nuevo todo bajo el sol, toda impresión
+fresca, y el mundo una creación perpetua y sin segunda intención
+alguna. ¡Qué ruidosa explosión de alegría la de Pepe cuando vió lo
+del escarabajo patas arriba! Cogió un canto en la exaltación de su
+gozo para desahogarlo espachurrando al bichillo, pero Celestino se lo
+impidió diciéndole:
+
+--No, no es malo...
+
+La imbecilidad de Pepe no era, como la de su nuevo amigo, congénita e
+invariable, sino adventicia y progresiva, debida a un reblandecimiento
+de los sesos. Celestino lo conoció, aunque sin darse de ello cuenta;
+percibió confusamente el principio de lo que les diferenciaba en el
+fondo de semejanza, y de esta observación inconciente, soterrada en las
+honduras tenebrosas de su alma virgen, brotó en él un amor al pobre
+Pepe, a la vez de hermano, de padre y de madre. Cuando a las veces
+se quedaba su amigo dormido a orilla del río, Celestino, sentado a
+su vera, le ahuyentaba las moscas y abejorros, echaba piedras a los
+remansos para que se callasen las ranas, cuidaba de que las hormigas
+no subieran a la cara del dormido, y miraba con inquietud a un lado
+y otro por si venía algún hombre. Y al divisar chicuelos le latía el
+pecho con violencia y se acercaba más a su amigo, metiéndose piedras
+en los bolsillos. Cuando en la cara del durmiente vagaba una sonrisa,
+Celestino sonreía soñando el mundo que le encerraba.
+
+Por las calles corrían los chicuelos a la pareja gritando:
+
+ ¡Tonto con tonto,
+ tontos dos veces!
+
+Un día en que llegó un granuja hasta pegar al enfermo, despertóse en
+Celestino un instinto hasta entonces en él dormido, corrió tras el
+chiquillo y le hartó de pescozones y sopapos. La patulea, irritada
+y alborozada a la vez por la impresumible rebelión del tonto, la
+emprendió con la pareja, y Celestino, escudando al otro, se defendió
+heroicamente a boleos y patadas hasta que llegó un alguacil a poner a
+los chicuelos en fuga. Y el alguacil reprendió al tonto... ¡Hombre al
+cabo!
+
+En el progreso de su idiotez llegó Pepe a entorpecerse de tal modo de
+sentidos que se limitaba a repetir entre dientes, soñoliento, lo que su
+amigo iba señalándole, según desfilaba como truchimán de cosmorama.
+
+Un día no vió Celestino el tonto a su pobre amigo y anduvo buscándole
+de sitio en sitio, mirando con odio a los chicuelos y sonriendo más
+que nunca a los hombres. Oyó al cabo decir que había muerto como un
+pajarito, y aunque no entendió bien eso de muerto, sintió algo como
+hambre espiritual, cogió un canto, metiéndoselo en el bolsillo, se fué
+a la iglesia a que le llevaban a misa, se arrodilló ante un Cristo,
+sentándose luego en los talones, y después de persignarse varias veces
+al vapor repetía:
+
+--¿Quién le ha matado? Dime quién le ha matado...
+
+Y recordando vagamente a la vista del Cristo, que un día allí, sin
+quitarle ojo, había oído en un sermón que aquel crucificado resucitaba
+muertos, exclamó:
+
+--¡Resucítale! ¡Resucítale!
+
+Al salir le rodeó una tropa de chicuelos: uno le tiraba de la chaqueta,
+otro le derribó el sombrero, alguno le escupió, y le preguntaban:
+«¿Y el otro tonto?». Celestino, recogiéndose en sí mismo, perdido
+aquel fugitivo coraje, hijo del amor, y murmurando: «Pillos, pillos,
+repillos... canallas..., éstos le han matado..., pillos»; soltó el
+canto y apretó el paso para ponerse en su casa a salvo.
+
+Cuando paseaba de nuevo solo por las alamedas, orilla del río, las
+oleadas de impresiones frescas, que cual sangre espiritual recibía como
+de placenta del campo libre, venían a agruparse y tomar vida en torno a
+la vaga y penumbrosa imagen del rostro sonriente de su amigo dormido.
+Así humanizó la naturaleza antropomorfizándola a su manera, en pura
+sencillez e inconsciencia; vertía en sus formas frescas, cual sustancia
+de vida, la ternura paterno-maternal que al contacto de un semejante
+había en él brotado, y sin darse de ello cuenta vislumbró vagamente a
+Dios, que desde el cielo le sonreía con sonrisa de semejante humano.
+
+
+
+
+ SOLEDAD
+
+
+Soledad nació de la muerte de su madre; ya Leopardi cantó que es riesgo
+de muerte el nacimiento,
+
+ nasce l'uomo a fatica
+ ed è rischio di morte il nascimento
+
+riesgo de muerte para el que nace, riesgo de muerte para quien le da el
+ser.
+
+La pobre Amparo, la madre de Soledad, había llevado en sus cinco años
+de casada una vida penumbrosa y calladamente trágica. Su marido era
+impenetrable y parecía insensible. No sabía la pobre cómo se había
+casado; se encontró ligada por matrimonio a aquel hombre como quien
+despierta de un sueño. Su vida toda de soltera se perdía en una lejanía
+brumosa, y cuando pensaba en ella se acordaba de sí misma, de la que
+fué antes de casarse, como de una persona extraña. No podía saber si
+su marido la quería o la detestaba. Se detenía en casa no más que
+para comer y dormir, para todo lo animal de la vida; trabajaba fuera,
+hablaba fuera, se distraía fuera. Jamás dirigió a su pobre mujer una
+palabra más alta o más agria que otra; jamás la contrarió en nada.
+Cuando ella, la pobre Amparo, le preguntaba algo, consultaba su
+parecer, obtenía de él invariablemente la misma respuesta: «¡Bueno, sí,
+déjame en paz; como tú quieras!». Y este insistente «¡como tú quieras!»
+llegaba al corazón de la pobre Amparo, un corazón enfermo, como un
+agudo puñal. ¡Como tú quieras!--pensaba la pobre--; es decir, que mi
+voluntad no merece ni siquiera ser contradicha. Y luego el «¡déjame en
+paz!», ese terrible ¡déjame en paz! que amarga tantos hogares. En el de
+Amparo, en el que debía ser hogar de Amparo, esa terrible y agorera paz
+lo entenebrecía todo.
+
+Al año de casada tuvo Amparo un hijo; pero en el triste desamparo de
+su hogar ceniciento ansiaba una hija. ¡Un hijo!--pensaba--¡Un hombre!
+¡Los hombres siempre tienen que hacer fuera de casa! Y así, cuando
+volvió a quedar encinta, no soñaba sino en la hija. Y habría de
+llamarse Soledad. La pobre cayó en cama gravemente enferma. Su corazón
+desfallecía por momentos. Comprendió que no vivía sino para dar a luz
+su hija, hasta ponerla en el hogar tenebroso. Llamó a su marido y
+dijo: «Mira, Pedro, si, como espero, es hija, le pondrás por nombre
+Soledad, ¿eh?». «Bueno, bien--respondió él--, tiempo habrá de pensar en
+ello», y pensaba que aquel día, con aquello del parto, iba a perder su
+partida de dominó. «Es que yo me muero, Pedro, es que no voy a poder
+resistir esto»--añadió. «¡Aprensiones!»--replicó él. «Sea--contestó
+Amparo--; pero si sale niña, le llamaréis Soledad, ¿eh?». «¡Bueno, sí,
+déjame en paz; como tú quieras!»--concluyó él.
+
+Y le dejó en paz para siempre. Después de haber dado a luz a su hija
+sólo tuvo tiempo para percatarse de que era niña. Y sus últimas
+palabras fueron: «¿Soledad, eh, Pedro? ¡Soledad!».
+
+El hombre quedó suspenso y se habría anonadado si fuera él algo.
+¡Viudo, a su edad, y con dos hijos pequeños! ¿Quién le cuidaría ahora
+la casa? ¿Quién se los criaría? Porque hasta que la niña se hiciese
+mayorcita y pudiera encargarse de las llaves y el gobierno... ¡Y cómo
+volver a casarse! No, no volvería a hacerlo. Ya sabía lo que era estar
+casado, ¡si lo hubiese sabido antes! Eso no le resolvía nada. No,
+decididamente no, no volvería a casarse.
+
+Hizo que llevasen a Soledad a un pueblo, a criarla fuera de casa. No
+quería molestias de niños e impertinencias de nodrizas. Harto tenía con
+el otro, con Pedrín, el niño de tres años ya.
+
+Soledad apenas se acordaba de los primeros años de su infancia. Allá,
+en la lejanía, sus últimos recuerdos eran los de aquel hogar hosco y
+ceniciento y aquel padre hermético, aquel hombre que comía junto a ella
+en la mesa y a quien veía un momento al levantarse y otro momento
+al ir a acostarse. Y aquellos besos litúrgicos, forzados. La única
+compañía le era Pedrín, su hermano. Pero Pedrín jugaba con ella en el
+más estricto sentido, es decir, que no jugaba en compañía de ella,
+sino que jugaba con ella como se juega con una muñeca. Ella, Soledad,
+Solita, era su juguete. Y era, como hombre que había de ser, un bruto.
+Como eran sus puños más fuertes, quería tener siempre razón. «Vosotras,
+las mujeres, no servís para nada. ¡Los que mandan son los hombres!», le
+dijo una vez.
+
+Era Soledad una naturaleza exquisitamente receptiva, un genio de
+sensibilidad. Se da con frecuencia en las mujeres este genio de la
+receptividad, que, como nada produce, se extingue sin que nadie lo haya
+conocido. Al principio acudió Soledad llorosa y herida en lo más vivo a
+su padre, a la esfinge, demandando justicia; pero el inflexible varón
+le contestaba secamente: «¡Bueno, bien, déjame en paz! ¡Daos un beso y
+cuidado con que esto se repita!». Así creía arreglarlo, quitándose de
+encima la molestia. Y acabó ello porque Soledad no volvió a quejarse
+a su padre de las brutalidades de su hermano, y lo soportó todo en
+silencio, dejando a aquél en paz y evitándose los fraternales besos de
+humillación.
+
+Fué espesándose y entenebreciéndose la tristeza cenicienta de su
+hogar. Sólo descansaba en el colegio, en el que le metió su padre
+como medio pensionista para quitársela así más tiempo de encima.
+Allí, en el colegio, supo que sus compañeras todas tenían o habían
+tenido madre. Y un día, a la hora de cenar, se atrevió a molestar a
+su padre preguntándole: «Di, papá, ¿he tenido yo madre?». «¡Vaya una
+pregunta--respondió el hombre--, todos hemos tenido madre; ¿por qué
+lo preguntas?». «¿Y dónde está mi madre, papá?». «Se murió cuando tú
+naciste». ¡Ay, qué pena!»--prorrumpió Soledad.--Y entonces el padre
+rompió por un momento su salvaje taciturnidad, le dijo cómo su madre se
+había llamado Amparo y le enseñó un retrato de la difunta. «¡Qué guapa
+era!»--exclamó la niña. Y el padre añadió: «¡Sí; pero no tanto como
+tú!». En esta exclamación, que se le escapó, iba el fondo de una de
+sus petulancias; creía que el ser su hija más guapa que la madre se lo
+debía a él. «Y tú, Pedrín--dijo Soledad a su hermano, animada por aquel
+fugitivo rescoldillo de hogar--, ¿te acuerdas tú de ella?». «¿Y cómo me
+he de acordar si cuando murió no tenía yo más que tres años!». «Pues
+yo en tu caso me acordaría», fué la respuesta de la niña. «¡Claro, las
+mujeres sois más listas!»--exclamó el hombrecito en ciernes. «No; pero
+sabemos recordar mejor». «Bueno, bueno, no digas tonterías y déjame en
+paz». Y se acabó el coloquio de aquella noche memorable en que Soledad
+supo que había tenido madre.
+
+Y tanto dió en pensar en ella que casi la recordó. Pobló su soledad con
+ensueños maternales.
+
+Fueron corriendo los años, todos iguales, todos cenicientos y tristes
+en aquel hogar apagado. El padre no envejecía ni podía envejecer. A las
+mismas horas hacía todos los días las mismas cosas, con una regularidad
+mecánica. Y el hermano empezó a disiparse, a dar que hablar en el
+pueblo. Hasta que desapareció de él; Soledad no supo adónde. Quedaron
+padre e hija solos, solos y separados; viviendo, es decir, comiendo y
+durmiendo bajo el mismo techo.
+
+Por fin pareció que un día se le abriera el cielo a Soledad. Un
+gallardo mozo, que desde hacía algún tiempo la devoraba con los ojos
+cuando la veía en la calle, se dirigió a ella solicitando ser admitido
+a prueba como novio. La pobre Soledad vió que se le abría la vida, y
+aunque con unos ciertos presentimientos que en vano quería rechazar de
+sí, lo admitió. Y fué como una primavera.
+
+Empezó Soledad a vivir, empezó más bien a nacer. Descubriósele el
+sentido de muchas cosas que hasta entonces no lo tuvieran para ella;
+empezó a entender mucho que oyó a sus maestras y a sus compañeras de
+colegio, mucho que había leído. Todo parecía cantar dentro de ella.
+Pero a la vez descubrió toda la horrura de su hogar, y si no hubiera
+sido por la imagen, siempre en ella presente, de su novio, se habría
+arrecido allí junto a aquel hombre granítico.
+
+Fué un verdadero deslumbramiento aquel noviazgo para la pobre Soledad.
+Y el padre parecía no haberse enterado de nada o no querer enterarse:
+ni la más leve alusión de su parte. Si al salir de casa cruzaba con
+el novio de su hija que se acercaba a la reja, a las horas de sabroso
+coloquio, hacía como que no se enteraba. La pobre Soledad tuvo más de
+una vez intención de insinuar algo a su padre en la mesa, a la hora de
+cenar; pero las palabras se le cuajaban en la boca antes de salir. Y
+calló, siguió callando.
+
+Empezó Soledad a leer en libros que le traía su novio; empezó, gracias
+a él, a conocer el mundo. Y aquel joven no parecía hombre. Era
+cariñoso, alegre, abierto, irónico y hasta la contradecía a las veces.
+De su padre, del padre de ella, no le habló nunca.
+
+Fué la iniciación en la vida y fué el sueño del hogar. Soledad empezó,
+en efecto, a soñar lo que sería un hogar, a entrever lo que eran los
+hogares, los verdaderos hogares de sus compañeras que lo tenían. Y este
+conocimiento, este sentimiento más bien, acreció en ella el horror a la
+madriguera en que vivía.
+
+Y de repente, un día, cuando menos lo esperabas, vino el hundimiento.
+Su novio, que hacía un mes estaba ausente, le escribió una larga carta
+muy llena de expresiones de cariño, muy alambicadas, muy tortuosas,
+en que a vuelta de mil protestas de afecto le decía que aquellas sus
+relaciones no podían continuar. Y acababa con esta frase terrible:
+«Acaso llegue algún día otro que te pueda hacer feliz mejor que yo».
+Soledad sintió un tenebroso frío que le envolvía el alma y toda la
+brutalidad, toda la indecible brutalidad del hombre, es decir, del
+varón, del macho. Pero se contuvo devorando en silencio y con ojos
+enjutos su humillación y su dolor. No quería aparecer débil ante su
+padre, ante la esfinge.
+
+¿Por qué? ¿Por qué la había dejado su novio? ¿Es que se había cansado
+de ella? ¿Por qué? ¿Es que puede un hombre cansarse de amar? ¿Cabe
+cansarse de amar? No, no, es que nunca la había querido. Y ella, la
+pobre Soledad, sedienta de amor desde que naciera, comprendió que no
+la había querido nunca aquel otro hombre. Y se hundió en sí misma,
+refugiándose en el culto a su madre, en el culto a la virgen. Y no
+lloró porque su dolor no era de lágrimas; era un dolor seco y ardiente.
+
+Una noche, a la hora de cenar, la esfinge paternal abrió la boca para
+decir: «¿Qué? ¡Según parece se ha acabado ya eso!». Y Soledad sintió
+como si le atravesasen el corazón con una espada de hielo. Se levantó
+de la mesa, se fué a su cuarto, y exclamando ¡madre mía!, cayó en un
+espasmo convulsivo. Y desde entonces el mundo le supo a vacío.
+
+Y pasaron dos años y una mañana se encontraron muerto en su cama al
+padre, a don Pedro. El corazón se le había parado. Y su hija, sola
+ahora en el mundo, no le lloró.
+
+Quedó sola Soledad, enteramente sola. Y para que su soledad fuese
+mayor vendió cuantas fincas le dejó su padre, realizó una modestísima
+fortunilla, y se fué a vivir lejos, muy lejos, donde nadie la conociera
+y donde ella a nadie conociera.
+
+Y ésta es esa Soledad, hoy ya casi anciana, esa mujercita sencilla y
+noble que veis todas las tardes ir a tomar el sol a orillas del río,
+esa mujercita misteriosa de la que no se sabe ni de dónde vino ni
+de dónde es. Ésa es la solitaria caritativa que en silencio remedia
+las necesidades ajenas que conoce y puede remediar; ésa es la buena
+mujercita a la que alguna vez se le escapa uno de esos dichos amargos,
+delatores del desconsuelo encallecido.
+
+Nadie sabía su historia y se llegó a propagar la leyenda de una
+terrible tragedia en ella. Pero, como veis, no hay en su vida tragedia
+alguna representable, sino a lo más esta tragedia vulgar, vulgarísima,
+irrepresentable, callada, que tantas vidas humanas destroza: la
+tragedia de la soledad.
+
+Sólo se recuerda que hace unos años vino en busca de Soledad un hombre
+avejentado, de prematura decrepitud, encorvado como bajo el peso del
+vicio, y a los pocos días de llegar murió en casa de la mujercita.
+«¡Era mi hermano!». Es lo único que a ésta se le oyó.
+
+¿Y ahora comprendéis lo que es la soledad en un alma de mujer y de
+mujer sedienta de cariño y hambrienta de hogar? El hombre tiene en
+nuestras sociedades campos en que distraer su soledad; pero una mujer
+que no quiere encerrarse en un convento, ¿qué ha de hacer solitaria
+entre nosotros?
+
+Esa pobre mujercita, a la que veis vagar a orillas del río, sin fin ni
+objeto, ha sentido toda la enorme brutalidad del egoísmo animal del
+hombre. ¿Qué piensa? ¿Para qué vive? ¿Qué lejana esperanza la mantiene?
+
+He tramado relación, no digo amistad, con Soledad y he procurado
+sonsacarle su sentimiento total de la vida y del destino, lo que
+alguien llamaría su filosofía. Hasta hoy poco o nada he conseguido, mas
+espero conseguirlo. Todo lo que he logrado es saber su historia, la que
+os acabo de contar. Fuera de esto no le he oído sino reflexiones llenas
+de buen sentido, pero de un buen sentido frío y al parecer rastrero.
+Es mujer de extraordinaria cultura de libros porque ha leído mucho y
+de una gran clarividencia. Pero lo que es sobre todo es extremadamente
+sensible a las groserías y brutalidades de toda clase. Vive así,
+solitaria y retraída, por no sufrir los empellones de la brutalidad
+humana.
+
+De nosotros, los hombres, tiene una singular idea. Cuando le he sacado
+la conversación al respecto de los hombres, se ha limitado a exclamar:
+¡Pobrecillos! Parece que nos compadece como quien compadeciera a un
+cangrejo. Me ha prometido hablarme alguna vez de los hombres y del
+magno, del máximo, del supremo problema de la relación entre hombre
+y mujer. «No de la relación sexual--me dijo--, ¿eh?, entienda usted
+bien, no de eso, sino de la relación general entre hombre y mujer, lo
+mismo que sean madre e hijo, hija y padre, hermana y hermano, amiga y
+amigo, respectivamente, como que sean marido y mujer, novio y novia o
+amantes; lo importante, lo capital, es la relación general, es cómo ha
+de sentir un hombre a una mujer, sea su madre, su hija, su hermana,su
+mujer o su querida, y cómo ha de sentir una mujer a un hombre, sea su
+padre, su hijo, su hermano, su marido o su amante». Y espero el día en
+que Soledad me hable de esto.
+
+Una vez hablé con ella de esa profusión de libros eróticos con que
+ahora nos inundan, porque con la buena Soledad se puede hablar de
+todo cuidando de no herirla. Cuando le saqué esa conversación me
+miró inquisitivamente con sus grandes ojos claros, ojos eternamente
+juveniles, y con una sombra de sonrisa sobre su boca me preguntó:
+«Diga usted, ¿usted comerá? ¿No es así?». «¡Claro que como!»--respondí
+sorprendido por la pregunta. «Pues bien, si a usted que come le
+sorprendiera leyendo un libro de cocina y pudiese yo mandar, le
+enviaría a la cocina a fregar las cacerolas». Y no dijo más.
+
+
+
+
+ AL CORRER LOS AÑOS
+
+
+ Eheu, fugaces, Postume,
+ Postume, Labuntur anni...--
+ _Horacio._ Odas II, 14.
+
+
+El lugar común de la filosofía moral y de la lírica que con más
+insistencia aparece, es el de cómo se va el tiempo, de cómo se hunden
+los años en la eternidad de lo pasado.
+
+Todos los hombres descubren a cierta edad que se van haciendo viejos,
+así como descubrimos todos cada año--¡oh, portento de observación!--que
+empiezan a alargarse los días al entrar en una estación de él, y que al
+entrar en la opuesta, seis meses después, empiezan a acortarse.
+
+Esto de cómo se va el tiempo sin remedio y de cómo en su andar lo
+deforma y trasforma todo, es meditación para los días todos del año;
+pero parece que los hombres hemos consagrado a ella en especial el
+último de él, y el primero del año siguiente, o cómo se viene el
+tiempo. Y se viene como se va, sin sentirlo. Y basta de perogrulladas.
+
+¿Somos los mismos de hace dos, ocho, veinte años?
+
+Venga el cuento.
+
+ * * * * *
+
+Juan y Juana se casaron después de largo noviazgo, que les permitió
+conocerse, y más bien que conocerse, hacerse el uno al otro. Conocerse
+no, por que dos novios, lo que no se conocen en ocho días no se conocen
+tampoco en ocho años, y el tiempo no hace sino echarles sobre los ojos
+un velo--el denso velo del cariño--para que no se descubran mutuamente
+los defectos o, más bien, se los convierten a los encantados ojos en
+virtudes.
+
+Juan y Juana se casaron después de un largo noviazgo y fué como
+continuación de éste su matrimonio.
+
+La pasión se les quemó como mirra en los trasportes de la luna de miel,
+y les quedó lo que entre las cenizas de la pasión queda y vale mucho
+más que ella: la ternura. Y la ternura en forma de sentimiento de la
+convivencia.
+
+Siempre tardan los esposos en hacerse dos en una carne, como el Cristo
+dijo (Marcos X, 8). Mas cuando llegan a esto, coronación de la ternura
+de convivencia, la carne de la mujer no enciende la carne del hombre,
+aunque ésta de suyo se encienda; pero también, si cortan entonces la
+carne de ella, duélele a él como si la propia carne le cortasen. Y
+éste es el colmo de la convivencia, de vivir dos en uno y de una misma
+vida. Hasta el amor, el puro amor, acaba casi por desaparecer. Amar a
+la mujer propia se convierte en amarse a sí mismo, en amor propio, y
+esto está fuera de precepto; pues si se nos dijo «ama a tu prójimo como
+a ti mismo», es por suponer que cada uno, sin precepto, a sí mismo se
+ama.
+
+Llegaron pronto Juan y Juana a la ternura de convivencia, para la que
+su largo noviciado al matrimonio les preparara. Y a las veces, por
+entre la tibieza de la ternura, asomaban llamaradas del calor de la
+pasión.
+
+Y así corrían los días.
+
+Corrían y Juan se amohinaba e impacientaba en sí al no observar señales
+del fruto esperado. ¿Sería él menos hombre que otros hombres a quienes
+por tan poco hombres tuviera? Y no os sorprenda esta consideración
+de Juan, porque en su tierra, donde corre sangre semítica, hay un
+sentimiento demasiado carnal de la virilidad. Y secretamente, sin
+decírselo el uno al otro, Juan y Juana sentían cada uno cierto recelo
+hacia el otro, a quien culpaban de la presunta frustración de la
+esperanza matrimonial.
+
+Por fin, un día Juana le dijo algo al oído a Juan--aunque estaban solos
+y muy lejos de toda otra persona, pero es que en casos tales se juega
+al secreteo--, y el abrazo de Juan a Juana fué el más apretado y el
+más caluroso de cuantos abrazos hasta entonces le había dado. Por fin,
+la convivencia triunfaba hasta en la carne, trayendo a ella una nueva
+vida.
+
+Y vino el primer hijo, la novedad, el milagro. A Juan le parecía casi
+imposible que aquello, salido de su mujer, viviese, y más de una noche,
+al volver a casa, inclinó su oído sobre la cabecita del niño, que en
+su cuna dormía, para oir si respiraba. Y se pasaba largos ratos con el
+libro abierto delante, mirando a Juana cómo daba la leche de su pecho a
+Juanito.
+
+Y corrieron dos años y vino otro hijo, que fué hija--pero, señor,
+cuando se habla de masculinos y femeninos, ¿por qué se ha de aplicar a
+ambos aquel género y no éste?--y se llamó Juanita, y ya no le pareció a
+Juan, su padre, tan milagroso, aunque tan doloroso le tembló al darlo a
+luz a Juana, su madre.
+
+Y corrieron años, y vino otro, y luego otro, y más después otro, y
+Juan y Juana se fueron cargando de hijos. Y Juan sólo sabía el día
+del natalicio del primero, y en cuanto a los demás, ni siquiera hacia
+qué mes habían nacido. Pero Juana, su madre, como los contaba por
+dolores, podía situarlos en el tiempo. Porque siempre guardamos en la
+memoria mucho mejor las fechas de los dolores y desgracias que no las
+de los placeres y venturas. Los hitos de la vida son dolorosos más que
+placenteros.
+
+Y en este correr de años y venir de hijos, Juana se había convertido de
+una doncella fresca y esbelta en una matrona otoñal cargada de carnes,
+acaso en exceso. Sus líneas se habían deformado en grande, la flor de
+la juventud se le había ajado. Era todavía hermosa, pero no era bonita
+ya. Y su hermosura era ya más para el corazón que para los ojos. Era
+una hermosura de recuerdos, no ya de esperanzas.
+
+Y Juana fué notando que a su hombre Juan se le iba modificando el
+carácter según los años sobre él pasaban, y hasta la ternura de la
+convivencia se le iba entibiando. Cada vez eran más raras aquellas
+llamaradas de pasión que en los primeros años de hogar estallaban de
+cuando en cuando de entre los rescoldos de la ternura. Ya no quedaba
+sino ternura.
+
+Y la ternura pura se confunde a las veces casi con el agradecimiento, y
+hasta confina con la piedad. Ya a Juana los besos de Juan, su hombre,
+le parecían, más que besos a su mujer, besos a la madre de sus hijos,
+besos empapados en gratitud por habérselos dado tan hermosos y buenos,
+besos empapados acaso en piedad por sentirla declinar en la vida. Y
+no hay amor verdadero y hondo, como era el amor de Juana a Juan, que
+se satisfaga con agradecimiento ni con piedad. El amor no quiere ser
+agradecido ni quiere ser compadecido. El amor quiere ser amado porque
+sí, y no por razón alguna, por noble que ésta sea.
+
+Pero Juana tenía ojos y tenía espejo por una parte, y tenía, por otra,
+a sus hijos. Y tenía, además, fe en su marido y respeto a él. Y tenía,
+sobre todo, la ternura que todo lo allana.
+
+Mas creyó notar preocupado y mustio a su Juan, y a la vez que mustio y
+preocupado, excitado. Parecía como si una nueva juventud le agitara la
+sangre en las venas. Era como si al empezar su otoño, un veranillo de
+San Martín hiciera brotar en él flores tardías que habría de helar el
+invierno.
+
+Juan estaba, sí, mustio; Juan buscaba la soledad; Juan parecía pensar
+en cosas lejanas cuando su Juana le hablaba de cerca; Juan andaba
+distraído. Juana dió en observarle y en meditar, más con el corazón
+que con la cabeza, y acabó por descubrir lo que toda mujer acaba por
+descubrir siempre que fía la inquisición al corazón y no a la cabeza:
+descubrió que Juan andaba enamorado. No cabía duda alguna de ello.
+
+Y redobló Juana de cariño y de ternura y abrazaba a su Juan como para
+defenderlo de una enemiga invisible, como para protegerlo de una mala
+tentación, de un pensamiento malo. Y Juan, medio adivinando el sentido
+de aquellos abrazos de renovada pasión, se dejaba querer y redoblaba
+ternura, agradecimiento y piedad, hasta lograr reavivar la casi
+extinguida llama de la pasión que del todo es inextinguible. Y había
+entre Juan y Juana un secreto patente a ambos, un secreto en secreto
+confesado.
+
+Y Juana empezó a acechar discretamente a su Juan buscando el objeto de
+la nueva pasión. Y no lo hallaba. ¿A quién, que no fuese ella, amaría
+Juan?
+
+Hasta que un día, y cuando él y donde él, su Juan, menos lo sospechaba,
+lo sorprendió, sin que él se percatara de ello, besando un retrato. Y
+se retiró angustiada, pero resuelta a saber de quién era el retrato. Y
+fué desde aquel día una labor astuta, callada y paciente, siempre tras
+el misterioso retrato, guardándose la angustia, redoblando de pasión,
+de abrazos protectores.
+
+¡Por fin! Por fin un día aquel hombre prevenido y cauto, aquel hombre
+tan astuto y tan sobre sí siempre, dejó--¿sería adrede?--, dejó al
+descuido la cartera en que guardaba el retrato. Y Juana, temblorosa,
+oyendo las llamadas de su propio corazón que le advertía, llena de
+curiosidad, de celos, de compasión, de miedo y de vergüenza, echó mano
+a la cartera. Allí, allí estaba el retrato; sí, era aquél, aquél, el
+mismo, lo recordaba bien. Ella no lo vió sino por el revés cuando su
+Juan lo besaba apasionado, pero aquel mismo revés, aquel mismo que
+estaba entonces viendo.
+
+Se detuvo un momento, dejó la cartera, fué a la puerta, escuchó un rato
+y luego la cerró. Y agarró el retrato, le dió vuelta y clavó en él los
+ojos.
+
+Juana quedó atónita, pálida primero y encendida de rubor después; dos
+gruesas lágrimas rodaron de sus ojos al retrato y luego las empujó
+besándolo. Aquel retrato era un retrato de ella, de ella misma, sólo
+que... ¡ay, Póstumo, cuán fugaces corren los años! Era un retrato de
+ella cuando tenía veintitrés años, meses antes de casarse, era un
+retrato que Juana dió a su Juan cuando eran novios.
+
+Y ante el retrato resurgió a sus ojos todo aquel pasado de pasión,
+cuando Juan no tenía una sola cana y era ella esbelta y fresca como un
+pimpollo.
+
+¿Sintió Juana celos de sí misma? O mejor, ¿sintió la Juana de los
+cuarenta y cinco años celos de la Juana de los veintitrés, de su otra
+Juana? No, sino que sintió compasión de sí misma, y con ella, ternura,
+y con la ternura, cariño.
+
+Y tomó el retrato y se lo guardó en el seno.
+
+Cuando Juan se encontró sin el retrato en la cartera receló algo y se
+mostró inquieto.
+
+Era una noche de invierno y Juan y Juana, acostados ya los hijos, se
+encontraban solos junto al fuego del hogar; Juan leía un libro; Juana
+hacía labor. De pronto Juana dijo a Juan:
+
+--Oye, Juan, tengo algo que decirte.
+
+--Di, Juana, lo que quieras.
+
+Como los enamorados, gustaban de repetirse uno a otro el nombre.
+
+--Tú, Juan, guardas un secreto.
+
+--¿Yo? ¡No!
+
+--Te digo que sí, Juan.
+
+--Te digo que no, Juana.
+
+--Te lo he sorprendido, así es que no me lo niegues, Juan.
+
+--Pues, si es así, descúbremelo.
+
+Entonces Juana sacó el retrato, y alargándoselo a Juan, le dijo con
+lágrimas en la voz:
+
+--Anda, toma y bésalo, bésalo cuanto quieras, pero no a escondidas.
+
+Juan se puso encarnado, y apenas repuesto de la emoción de sorpresa,
+tomó el retrato, lo echó al fuego y acercándose a Juana y tomándola en
+sus brazos y sentándola sobre sus rodillas, que temblaban, le dió un
+largo y apretado beso en la boca, un beso en que de la plenitud de la
+ternura refloreció la pasión primera. Y sintiendo sobre sí el dulce
+peso de aquella fuente de vida, de donde habían para él brotado con
+nueve hijos más de veinte años de dicha reposada, le dijo:
+
+--A él no, que es cosa muerta y lo muerto al fuego; a él no, sino a ti,
+a ti, mi Juana, mi vida, a ti que estás viva y me has dado vida, a ti.
+
+Y Juana, temblando de amor sobre las rodillas de su Juan, se sintió
+volver a los veintitrés años, a los años del retrato que ardía
+calentándolos con su fuego.
+
+Y la paz de la ternura sosegada volvió a reinar en el hogar de Juan y
+Juana.
+
+
+
+
+ LA BECA
+
+
+«Vuelva usted otro día...». «¡Veremos!». «Lo tendré en cuenta». «Anda
+tan mal esto...». «Son ustedes tantos...». «¡Ha llegado usted tarde,
+y es lástima!». Con frases así se veía siempre despedido don Agustín,
+cesante perpetuo. Y no sabía imponerse ni importunar, aunque hubiese
+oído mil veces aquello de «pobre porfiado, saca mendrugo».
+
+A solas hacía mil proyectos, y se armaba de coraje, y se prometía
+cantarle al lucero del alba las verdades del barquero; mas cuando veía
+unos ojos que le miraban, ya estaba engurruñéndosele el corazón. «¿Pero
+por qué seré así, Dios mío?», se preguntaba, y seguía siendo así, como
+era, ya que sólo de tal modo podía ser él el que era.
+
+Y por debajo gustaba un extraño deleite en encontrarse sin colocación y
+sin saber dónde encontraría el duro para el día siguiente. La libertad
+es mucho más dulce cuando se tiene el estómago vacío, digan lo que
+quieran los que no se han encontrado con la vida desnuda. Éstos sólo
+conocen las vestiduras de la vida, sus arreos, no la vida misma, pelada
+y desnuda.
+
+El hijo, Agustinito, desmirriado y enteco, con unos ojillos que le
+bailaban en la cara pálida, era la misma pólvora. Las cazaba al vuelo.
+
+--Es nuestra única esperanza--decía la madre, arrebujada en su mantón,
+una noche de invierno--que haga oposición a una beca, y tendremos
+las dos pesetas mientras estudie... ¡porque esto de vivir así, de
+caridad!... ¡Y qué caridad, Dios mío! ¡No, no creas que me quejo, no!
+Las señoras son muy buenas; pero...
+
+--Sí; que, como dice Martín, en vez de ejercer caridad se dedican al
+deporte de la beneficencia.
+
+--No, eso no; no es eso.
+
+--Te lo he oído alguna vez; es que parece que al hacer caridad se
+proponen avergonzar al que la recibe. Ya ves lo que nos decía la
+lavandera al contarnos cuando les dieron de comer en Navidad y les
+servían las señoritas... «esas cosas que hacen las señoritas para
+sacarnos los colores a la cara»...
+
+--Pero hombre...
+
+--Sé franca y no tengas secretos conmigo. Comprendes que nos dan
+limosna para humillarnos...
+
+En las noches de helada no tenían para calentarse ni aun el fuego de la
+cocina, pues no le encendían. Era el suyo un hogar apagado.
+
+El niño lo comprendía todo y penetraba en el alcance todo de aquel
+continuo estribillo de «¡Aplícate, Agustinito, aplícate!».
+
+Ruda fué la brega en las oposiciones a la beca; pero la obtuvo, y aquel
+día, entre lágrimas y besos, se encendió el fuego del hogar.
+
+A partir del día este del triunfo acentuóse en don Agustín su vergüenza
+de ir a pretender puesto; aunque poco y mal, comían de lo que el hijo
+cobraba, y con algo más, trabajando el padre acá y allá de temporero,
+iban saliendo, mal que bien, del afán de cada día. ¿No se ha dicho lo
+de «bástele a cada día su cuidado», y no lo traducimos diciendo que «no
+por mucho madrugar amanece más temprano?». Y si no amanece más temprano
+por mucho madrugar, lo mejor es quedarse en la cama. La cama adormece
+las penas. Por algo los médicos dicen que el reposo lo cura todo.
+
+--¡Agustín, los libros! ¡Los libros! ¡Mira que eres nuestro casi único
+sostén, que de ti depende todo... Dios te lo premie!--decía la madre.
+
+Y Agustinito, ni comía, ni dormía, ni descansaba a su sabor; ¡siempre
+sobre los libros! Y así se iba envenenando el cuerpo y el espíritu:
+aquél, con malas digestiones y peores sueños, y éste, el espíritu, con
+cosas no menos indigeribles que sus profesores le obligaban a engullir.
+Tenía que comer lo que hubiera, y tenía que estudiar lo que le diese en
+el examen la calificación obligada para no perder la beca.
+
+Solía quedarse dormido sobre los libros, a guisa éstos de almohada, y
+soñaba con las vacaciones eternas. Tenía que sacar además premios para
+ahorrarse las matrículas del curso siguiente.
+
+--Voy a ver a don Leopoldo, Agustinito; a decirle que necesitas el
+sobresaliente para poder seguir disfrutando la beca...
+
+--No; no haga eso, madre, que es muy feo...
+
+--¿Feo? ¡Ante la necesidad nada hay que sea feo, hijo mío!
+
+--Pero si sacaré sobresaliente, madre; si lo sacaré.
+
+--¿Y el premio?
+
+--También el premio, madre.
+
+--Dios te lo premie, hijo mío.
+
+Hallábase obligado a sacar el premio, obligado, que es una cosa
+verdaderamente terrible.
+
+--Mira, Agustinito, don Alfonso, el de Patología médica, está enfermo;
+debes ir a su casa a preguntar cómo sigue...
+
+--No voy, madre; no quiero ser _pelotillero_.
+
+--Ser ¿qué?
+
+--¡Pelotillero!
+
+--Bueno; no sé lo que es eso; pero te lo entiendo, y los pobres, hijo
+mío, tenemos que ser pelotilleros. Nada de aquello de «pobre, pero
+orgulloso», que es lo que más nos pierde a los españoles...
+
+--Pues no voy.
+
+--Bien; iré yo.
+
+--No; tampoco irá usted.
+
+--Bueno; no quieres que sea pelotillera..., pues no iré; pero, hijo
+mío...
+
+--Sacaré el sobresaliente, madre.
+
+Y lo sacaba el desdichado; pero ¡a qué costa! Una vez no sacó más que
+notable y hubo que ver la cara que pusieron sus padres.
+
+--Me tocaron tan malas lecciones...
+
+--No, no, algo le has hecho...--dijo el padre.
+
+Y la madre añadió:
+
+--Ya te lo decía yo... Has descuidado mucho esa asignatura...
+
+El mes de mayo le era terrible. Solía quedarse dormido sobre los
+libros, teniendo la cafetera al lado. Y la madre, que se levantaba
+solícita de la cama, iba a despertarle, y le decía:
+
+--Basta por hoy, hijo mío; tampoco conviene abusar... Además, te rinde
+el sueño y se malgasta el petróleo. Y no estamos para eso.
+
+Cayó enfermo y tuvo que guardar cama; le consumía la fiebre. Y los
+padres se alarmaron, se alarmaron del retraso que aquella enfermedad
+podía costarle en sus estudios; tal vez le durara la dolencia y no
+podría examinarse con seguridad de nota, y le quedaría el pago de la
+beca en suspenso.
+
+El médico auguró a los padres que duraría aquello, y los pobres,
+angustiados, le preguntaban: ¿Pero podrá examinarse en junio?
+
+--Déjense de exámenes, que lo que este mozo necesita es comer mucho y
+estudiar poco, y aire, mucho aire...
+
+--¡Comer mucho y estudiar poco!--exclamó la madre--; ¡pero, señor, si
+tiene que estudiar mucho para poder comer poco!...
+
+--Es un caso de _surmenage_.
+
+--De _sur_ ¿qué?
+
+--De _surmenage_, señora; de exceso de trabajo.
+
+--¡Pobre hijo mío!--y rompió a llorar la madre--. ¡Es un santo... un
+santo!
+
+Y el santo fué reponiéndose, al parecer, y cuando pudo tenerse en pie
+pidió los libros, y la madre, al llevárselos, exclamó:
+
+--¡Eres un santo, hijo mío!
+
+Y a los tres días:
+
+--Mira: hoy que está mejor tiempo puedes salir; vete a clase bien
+abrigado, ¿eh?, y dile a don Alfonso como has estado enfermo, y que te
+lo dispense...
+
+Al volver de clase dijo:
+
+--Me ha dicho don Alfonso que no vuelva hasta que esté del todo bien.
+
+--Pero, ¿y el sobresaliente, hijo mío?
+
+--Lo sacaré.
+
+Y los sacó, y vió las vacaciones, su único respiro. «¡Al campo!», había
+dicho el médico. ¿Al campo? ¿Y con qué dinero? Con dos pesetas no se
+hacen milagros. ¿Iba a privarse don Agustín, el padre, de su café
+diario, del único momento en que olvidaba penas? Alguna vez intentó
+dejarlo; pero el hijo modelo le decía:
+
+--No, no; vete al café, padre; no lo dejes por mí; ya sabes que yo me
+paso con cualquier cosa...
+
+Y no hubo campo, porque no pudo haberlo. No recostó el pobre mozo
+su cansado pecho sobre el pecho vivificante de la madre Tierra; no
+restregó su vista en la verdura, que siempre vuelve, ni restregó su
+corazón en el olvido reconfortante.
+
+Y volvió el curso, y con él la dura brega, y volvió a encamar el
+becario, y una mañana, según estudiaba, le dió un golpe de tos y se
+ensangrentaron las páginas del libro por el sitio en que se trataba de
+la tisis precisamente.
+
+Y el pobre muchacho se quedó mirando al libro, a la mancha roja, y
+más allá de ella, al vacío, con los ojos fijos en él y el frío de la
+desesperación acoplada en el alma. Aquello le sacó a flor de alma la
+tristeza eterna, la tristeza trascendental, el hastío prenatal que
+duerme en el fondo de todos nosotros, y cuyo rumor de carcoma tratamos
+de ahogar con el trajineo de la vida.
+
+--Hay que dejar los libros en seguida--dijo el médico en cuanto le
+vió--; ¡pero en seguidita!
+
+--¡Dejar los libros!--exclamó don Agustín--. ¿Y con qué comemos?
+
+--Trabaje usted.
+
+--Pues si busco y no encuentro, si...
+
+--Pues si se les muere, por su cuenta...
+
+Y el rudo de don José Antonio se salió mormojeando: «¡Vaya un crimen!
+Éste es un caso de antropofagia... estos padres se comen a su hijo».
+
+Y se lo comieron, con ayuda de la tisis; se lo comieron poco a poco,
+gota a gota, adarme a adarme.
+
+Se lo comieron vacilando entre la esperanza y el temor, amargándoles
+cada noche el sacrificio y recomenzándolo cada mañana.
+
+¿Y qué iban a hacer? El pobre padre andaba apesadumbrado, lleno de
+desesperación mansa. Y mientras revolvía el café con la cucharilla
+para derretir el terrón de azúcar se decía: «¡Qué amarga es la vida!
+¡Qué miserable la sociedad! ¡Qué cochinos los hombres! Ahora sólo nos
+faltaba que se nos muriera...». Y luego, en voz alta: «Mozo: ¡el _Vida
+Alegre_!».
+
+Aun llegó el chico a licenciarse y tuvo el consuelo de firmar en el
+título, de firmar su sentencia de muerte con mano trémula y febril.
+Pidió luego un libro, una novela.
+
+--¡Oh, los libros, siempre los libros!--exclamó la madre--. Déjalos
+ahora. ¿Para qué quieres saber tanto? ¡Déjalos!
+
+--A buena hora, madre.
+
+--Ahora a descansar un poco y a buscar un partido...
+
+--¿Un partido?
+
+--Sí; he hablado con don Félix, y me ha prometido recomendarte para
+Robleda.
+
+A los pocos días se iba Agustinito, para siempre, a las vacaciones
+inacabables, con el título bajo la almohada--fué un capricho suyo--y
+con un libro en la mano; se fué a las vacaciones eternas. Y sus padres
+le lloraron amargamente.
+
+--Ahora, ahora que iba a empezar a vivir; ahora que nos iba a sacar de
+miserias; ahora... ¡Ay, Agustín, qué triste es la vida!
+
+--Sí, muy triste--murmuró el padre, pensando que en una temporada no
+podría ir al café.
+
+Y don José Antonio, el médico, me decía después de haberme contado
+el suceso: «Un crimen más, un crimen más de los padres... ¡Estoy
+harto de presenciarlos! Y luego nos vendrán con el derecho de los
+padres y el amor paternal... ¡Mentira!, ¡mentira!, ¡mentira! A las
+más de las muchachas que se pierden son sus madres quienes primero
+las vendieron... Esto entre los pobres, y se explica, aunque no se
+justifique. ¿Y los otros? No hace aún tres días que González García
+casó a su hija con un tísico perdido, muy rico, eso sí, con más pesetas
+que bacilos, ¡y cuidado que tiene una millonada de éstos!, y la casó
+a conciencia de que el novio está con un pie en la sepultura; entra
+en sus cálculos que se le muera el yerno, y luego el nieto que pueda
+tener, de meningitis o algo así, y luego... Y para este padre que se
+permite hablar de moralidad, ¿no hay grillete? Y ahora, este pobre
+chico, esta nueva víctima... Y seguiremos considerando al Estado como
+un hospicio, y vengan sobresalientes, y canibalismo... ¡canibalismo,
+sí, canibalismo! Se lo han comido y se lo han bebido; le han comido
+la carne, le han bebido la sangre... y a esto de comerse los padres a
+un hijo, ¿cómo lo llamaremos, señor helenista? _Gonofagía_, ¿no es
+así? Sí; gonofagía, gonofagía, porque llamando a las cosas en griego
+pierden no poco del horror que pudieran tener. Recuerdo cuando me contó
+usted lo de los indios aquellos de que habla Heródoto, que sepultaban
+a sus padres en sus estómagos, comiéndoselos. La cosa es terrible;
+pero más terrible aún es lo de Saturno devorando a sus propios hijos;
+más terrible aún es el festín de Atreo. Porque el que uno se coma al
+pasado, sobre todo si ese pasado ha muerto, puede aun pasar; ¡pero esto
+de comerse al porvenir!...
+
+Y si usted observa, verá de cuántas maneras nos lo estamos comiendo,
+ahogando en germen los más hermosos brotes. Hubiera usted visto la
+triste mirada del pobre estudiante, aquellos ojos, que parecían mirar
+más allá de las cosas, a un incierto porvenir, siempre futuro y siempre
+triste, y luego aquel padre, a quien no le faltaba su café diario. Y
+hubiera visto su dolor al perder al hijo, dolor verdadero, sentido,
+sincero--no supongo otra cosa--; pero dolor que tenía debajo de su
+carácter animal, de instinto herido, algo de frío, de repulsivo, de
+triste. Y luego esos libros, esos condenados libros, que en vez de
+servir de pasto sirven de veneno a la inteligencia; esos malditos
+libros de texto, en que se suele enfurtir todo lo más ramplón, todo
+lo más pedestre, todo lo más insufrible de la Ciencia, con designios
+mercantiles de ordinario...».
+
+Calló el médico, y callé yo también. ¿Para qué hablar?
+
+Pasado algún tiempo me dijeron que Teresa Martín, la hija de don Rufo,
+se iba monja. Y al manifestar mi extrañeza por ello, me añadieron que
+había sido novia de Agustín Pérez, el becario, y que desde la muerte de
+éste se hallaba inconsolable. Pensaba haberse casado en cuanto tuviera
+partido.
+
+--¿Y los padres?--se me ocurrió argüir.
+
+Y al contar yo luego al que me trajo esa noticia la manera cómo sus
+padres se lo habían comido, me replicó inhumanamente:
+
+--¡Bah! De no haberle comido sus padres, habríale comido su novia.
+
+--¿Pero es--exclamé entonces--que estamos condenados a ser comidos por
+uno o por otro?
+
+--Sin duda--me replicó mi interlocutor, que es hombre aficionado a
+ingeniosidades y paradojas--sin duda, ya sabe usted aquello de que en
+este mundo no hay sino comerse a los demás o ser comido por ellos,
+aunque yo creo que todos comemos a los otros y ellos nos comen. Es un
+devoramiento mutuo.
+
+--Entonces vivir solo--dije.
+
+Y me replicó:
+
+--No logrará usted nada, sino que se comerá a sí mismo, y esto es lo
+más terrible, porque al placer de devorarse se junta el dolor de ser
+devorado, y esta fusión en uno del placer y el dolor es la cosa más
+lúgubre que puede darse.
+
+--Basta--le repliqué.
+
+
+
+
+ ¡VIVA LA INTROYECCIÓN!
+
+
+«Lo que nos hace falta, españoles, es la introyección, el más
+preciado, el más fecundo, el más santo de los derechos humanos. ¿Cómo
+podemos vivir sin él? Sin la libertad de introyección, todas las
+demás libertades nos resultarán baldías y hasta dañosas. Dañosas,
+sí, porque hay libertades que, faltando otras que las complementen,
+antes perjudican que benefician al hombre. ¿De qué nos sirven, en
+efecto, la libertad de asociación, la de imprenta, la de cultos, la de
+trabajo, la de vagancia y tantas otras libertades de que dicen gozamos,
+si la libertad de introyección nos falta? Sin esta imprescindible
+prerrogativa el sufragio universal y el Jurado se convierten en armas
+de la vergonzante tiranía que nos domina. Y no me digan, no, que
+tenemos la libertad de introspección, porque la introspección no es la
+introyección, como la autonomía no es la autarquía. Pongámonos, ante
+todo,de acuerdo en las palabras, llamemos a cada cosa por su nombre:
+al pan, pan, y al vino, vino, arquitrabe, al arquitrabe, introyección
+a la introyección y tiranía a este abigarrado conjunto de hueras
+e incompletas libertades en que se nos ahoga. La palabra, ¡oh, la
+palabra, señores, la palabra!...».
+
+Al llegar a este punto de su elocuentísimo discurso la palabra de Lucas
+Gómez fué ahogada en los nutridos aplausos del numeroso público que
+asistía a la reunión. El hervor de los ánimos subió de punto y los
+¡viva don Lucas Gómez! se confundieron con los vivas a la libertad de
+introyección.
+
+Salió la gente convencida de cuán necesario es introyeccionarse y
+de cómo los gobiernos que padecemos nos lo impiden. Empezaron los
+españoles a sentir hambre y sed de introyección.
+
+Hay que tener en cuenta que esto ocurría hacia 1981, pues hoy, a fines
+de este tristísimo siglo XXI, una vez gastada la introyección en
+puro uso, no nos damos clara cuenta de los entusiasmos que entonces
+provocara.
+
+El caso es que la agitación creció como la marea; formóse una liga
+introyeccionista, con su directorio y sus delegaciones provinciales,
+poniendo así en aprieto al gobierno. En tan grave aprieto, que se vió
+forzado a dimitir, exigiendo la ola popular a los radicales, con el
+tácito pacto de implantar desde luego la libertad de introyección.
+
+Mas sabido es lo que son y han sido siempre nuestros gobiernos: cuando
+no quieren, o no pueden, o no saben cumplir lo que la opinión pública
+les exige, lo falsean todo. Es hoy cosa averiguada como cierta, y que
+he podido comprobar revisando papeles de aquel tiempo, que alquilaron
+a un famoso sofista, cuyo nombre está en la memoria de todos mis
+lectores, para que desnaturalizara el popular movimiento. Como dato
+curioso podemos dar el de que los gastos, no pequeños, que el sofista
+costó al gobierno, los justificó éste en la consignación del material
+como gastos para la refrigeración de las oficinas en aquel calurosísimo
+estío de 1892.
+
+Nuestro sofista comenzó su campaña fingiéndose introyeccionista o
+introyectivo, como él se llamaba, para empezar así confundiendo a la
+gente sencilla. Y luego, después de establecer entre la introyección,
+la introspección, la introquisición y la introversión tales y
+tantas diferencias que nadie sabía lo que fuera cada una de estas
+tan importantes funciones, se preguntaba: «esta introyección ¿ha de
+ser psíquica o anímica; espontánea, reflexiva o refleja; primaria
+o secundaria?». Y consiguió su maquiavélico proyecto, logrando que
+al poco tiempo se dividieran los introyeccionistas en psíquicos,
+anímicos, espontáneos, reflexivos, reflejos, primarios y secundarios,
+con multitud de matices, términos medios y términos combinados. Y allí
+nadie se entendía.
+
+Mas no faltaron hombres animosos, avisados y entusiastas que
+denunciaran la vergonzosa labor del sofista introyectivo, pusieran al
+descubierto sus mezquinas mañas y tretas, y trataran de reparar en
+lo hacedero el desmedido daño que a la causa introyeccionista había
+hecho. Redactaron unas bases, creo que orgánicas--aunque de esto
+no estamos bien seguros--para llevar a cabo la gran concentración
+introyeccionista, reduciendo a común fórmula a las distintas
+fracciones. Los menos reductibles entre sí fueron los reflexivos y los
+reflejos, entre los que mediaban hondísimas diferencias, consecuencia
+de las que separaban a sus respectivos jefes don Martín Fernández y L.
+Fernando Martínez; los primarios y los secundarios hacía tiempo ya que
+estaban fusionados bajo la común denominación de primo-secundarios;
+habiéndose adoptado ésta y no la de secundo-primarios, a cambio de que
+el jefe de los secundarios lo fuese de la fracción compuesta, porque en
+política todo es transacción.
+
+Todos sabemos lo que ocurrió después; las empeñadísimas campañas de la
+concentración, los brillantísimos discursos de Lucas Gómez y el ansia
+loca de introyección que se encendió en los corazones españoles todos.
+Llegó a ser inútil la libertad de pensamiento, pues nadie pensaba
+más que en la introyección; inútil la libertad de enseñanza, ya que
+no pudiese hacerse introyectiva la enseñanza; inútil la de cultos si
+no cabía cultivar la introyección; inútil la de asociación desde el
+momento en que no era dado asociarse para introyeccionarse mutuamente;
+inútil la de trabajo si no se podía trabajar introyectivamente.
+
+Y sucedió lo que no podía por menos de suceder, y es que llegó
+la revolución de 1989, y después de aquellas tres breves,
+aunque sangrientas jornadas del 5, 6 y 7 de febrero triunfó el
+introyeccionismo, empuñando Lucas Gómez las riendas del Estado.
+
+Lo primero que el Gobierno revolucionario hizo fué proclamar a los
+cuatro vientos la libertad de introyección. Y sucedió entonces lo
+que era de esperar, y fué que mientras se renovaban las empeñadas
+peleas entre psíquicos, anímicos, espontáneos, reflejos, reflexivos,
+primarios y secundarios, lo que entonces se llamaba masa neutra, y la
+sociología moderna llama plasma socio-germinativo, sintió una extraña
+sensación colectiva, se miraron unos a otros en los ojos sus miembros
+componentes, y se preguntaron luego con curiosidad y asombro: Y ahora
+bien, ¿qué es eso de la introyección y con qué se come?
+
+Hoy no necesitamos hacernos tal pregunta; la dolorosa experiencia
+del último tercio del siglo XX, hasta que ocurrió la salvadora
+conjugación hispanomarroquí--de que hablaremos otro día--nos enseñó,
+bien a nuestro pesar, lo que la introyección sea y signifique.
+
+
+
+
+ ¿POR QUÉ SER ASÍ?
+
+
+Era terrible, verdaderamente terrible. Si aquello se prolongaba no
+respondería de sí mismo. «Pero, ¡Dios mío!--se decía--, ¿por qué soy
+así? ¿Por qué soy como soy? Todo se me vuelven propósitos de energía,
+que se me disipan en nieblas así que afronto la realidad».
+
+Desde niño había guardado el pobre José sus indomables resoluciones
+en lo más hondo de su alma, entregando al mundo aquella debilidad que
+le valía fama de bueno, fama que le estaba dando no poco que sufrir.
+Porque era bueno, positivamente bueno, y si no había estallado más
+de una vez fué por bondad y reflexión: estaba seguro de ello. Tenía
+plena conciencia de que más de una vez habría dado que sentir, a no
+ser porque sobre todo tendía a sujetar al bruto bajo el ángel. Y la
+gente, que sólo juzga por las apariencias, confundía su bondad con la
+impotencia. ¡Hasta que estallase un día!...
+
+Era ya tiempo de estallar. No se trataba de él sólo, sino de sus hijos
+y de su mujer, del porvenir de los que le estaban encomendados. Un
+padre de familia no puede aspirar a santo, ni dejar además la capa al
+que le ponga pleito queriendo quitarle la ropa. Eso de no resistir
+al malo estaba bien para los frailes. ¿Es compatible la más alta
+perfección cristiana con las necesidades de la familia? No podía hacer
+a sus hijos víctimas de su bondad, tenía que azuzar por un momento al
+bruto que en él dormía. Ahora verían quién era él, José el manso, el
+paciente.
+
+Había pasado una noche angustiosa, pensando en las deudas que le
+vencían sin tener con qué responderlas... Es decir, sí; tenía con
+qué, pero repartido entre deudores. ¿Hay cosa más terrible que verse
+atosigado de deudas cuando los créditos exceden a ellas? Y no podía
+decir a sus acreedores que le perdonaran como perdonaba él a sus
+deudores, porque un acreedor no es perfecto como nuestro Padre que está
+en los cielos. Se armó de valor, encasquetóse el sombrero y salió a
+cobrar lo suyo.
+
+Iba componiendo, palabra por palabra, y repitiéndola por vía de ensayo,
+la tremenda filípica que endilgaría al primer deudor con quien topase,
+cuando la visión a lo lejos de uno de los más mansos le desvaneció
+los ímpetus, le hizo latir el corazón y le obligó a desviarse por una
+calleja murmurando: «Pero, señor, ¿por qué soy así?». No tenía bien
+estudiado su papel y aquel encuentro inopinado le privó de aplomo.
+
+Acordóse de sus hijos y de su mujer, de su dinero esparcido, y lleno de
+valor subió a casa de otro de sus deudores. Subía despacito, contando
+las escaleras; en cada tramo las palpitaciones cardíacas le obligaban
+a descansar; miró tres o cuatro veces al reloj; llegó a la puerta, y
+al oir pasos dentro, pálido y sin haber llamado, bajó las escaleras
+más que de prisa. Los pasos habían sido de él, de Eustaquio... ¡No le
+dejaban tiempo de prepararse, le sorprendían antes de haberse puesto en
+guardia!
+
+Iba midiendo el santo suelo y diciéndose: «Pero, ¿por qué soy así?»,
+cuando le heló una voz que decía a sus espaldas: «¡Hola, José!». El
+más complaciente de sus deudores le alargaba la mano vacía, que José
+estrechó enternecido de vergüenza. Hablaron de mil cosas indiferentes,
+aludió el otro a aquella dichosa letra que siempre que topaba a José
+estaba por llegar, preguntóle si por casualidad llevaba cinco duros;
+contestóle éste que por providencia no los tenía a mano, se la alargó
+el otro vacía y le despidió diciéndole: «De lo otro no me olvido».
+
+--¡Que no se olvida!... ¡Es un consuelo!
+
+Pasó al poco tiempo José por junto al café en que tomaba su tacita en
+los tiempos dichosos en que disponía de una peseta sobrante.
+
+¿Si estaría allí alguno de sus amigos? Entró. Allí estaba Ricardo, tan
+orondo, tomando su café, con copa y puro.
+
+--Con mi dinero--murmuró José--. Me privo yo de tomarlo para que lo
+tome él. ¡Habráse visto!... Nada, nada, que yo soy así...
+
+Se acercó a Ricardo, que con mil zalemas exclamó al verle:
+
+--¡Dichosos ojos!... ¡Cualquiera te echa la vista encima! ¿Qué quieres
+tomar?
+
+--¡Oh, gracias, muchas gracias! Nada, nada... no acostumbro... Ya sabes
+que no...
+
+--Anda, hombre, toma algo, que yo te convido.
+
+--No, no, gracias.
+
+--Bueno, tú te lo pierdes...
+
+Le daba pena que Ricardo le gastara su dinero en convidarle a él con lo
+suyo... ¡Oh, no! Y el pobre, encogido, avergonzado, miraba a la taza de
+Ricardo por no tropezar con la inquisidora mirada del mozo.
+
+Al rato de charla, pretextando un asuntillo, se levantó José, e iba a
+salir ya cuando Ricardo le dijo:
+
+--Tenemos pendiente aquello... No creas que lo olvido; un día de éstos
+pasaré por tu casa. No lo echo en saco roto.
+
+«¡Que no lo echa en saco roto!... ¿Dónde saco más roto que un café?».
+Al entrar en casa saliéronle a recibir sus hijos.
+
+--Papá, ¿no traes aquello que dijiste el otro día?
+
+--¡Otro día, queridos, otro día!... Hoy estoy malo, otro día... cuando
+Ricardo o Eustaquio pasen por aquí...
+
+--¿Te duele algo, papá?
+
+Su mujer le llevó la cuenta del sastre; tomóla José, se encerró en su
+cuarto, y mirando a la cuenta lloró por dentro.
+
+«Pero, Dios mío, ¿por qué seré yo así? ¿Por qué me habrá hecho así
+Dios? ¿Por qué no seré yo otro?... Dice que pasará por casa... ¡Qué
+chirigotero es! En el número próximo de _El Mundo Cómico_ no dejará de
+hacer algún chiste a cuenta de mí. Los maridos buenos, las suegras,
+los _ingleses_ y los maestros de escuela divertimos al mundo como los
+perros a los chiquillos. ¡Tírale, tírale del rabo, verás, verás cómo
+chilla! ¡No tengas miedo, anda, que no muerde, ni siquiera ladra!...
+Y el muy chirigotero con qué gracia me dice: ¡Qué bueno eres, José!,
+mientras así, como por caricia, me da un golpecito en el bolsillo, a
+ver si suena... ¡Socialismo, socialismo! ¡Lucha de clases! ¡Burgueses
+y proletarios! ¡Explotadores y explotados!... ¡Música celestial! No
+hay más que dos clases, dos tan sólo: la de los acreedores y la de los
+deudores. ¿Y cuando, como a mí me sucede, se es deudor y acreedor a la
+vez? ¡Esto es horrible! Llevo en mí dos principios contradictorios que
+se combaten y destruyen. Más me valiera ser tan sólo deudor implacable
+o acreedor manso. ¡Mansedumbre, mansedumbre! Todos celebran al león,
+hasta al tigre, y se burlan de la pobre liebre, y, sin embargo,
+el mismo Dios que dió garras y pico al águila, garras y poderosas
+fauces al tigre y al toro cuernos, dió alas veloces a la golondrina,
+patas ligeras a la liebre, pequeñez al mosquito, tinta al calamar,
+aguijón a la abeja, veneno a la víbora, mansedumbre al cordero y al
+_inglés_. Y luego viene un impío Lessing e insulta al cordero, que es
+quien borra los pecados del mundo. Toda esa monserga del honor, todo
+ese código anticristiano del pundonor caballeresco lo han inventado
+los tigres vencedores. Y ahora, ¿qué hago con esta cuenta?... Ahora
+me acuerdo de un día en que al pedirme un mendigo una limosna le
+contesté malhumorado: ¡Adaptarse! Tradujo la palabra a su modo y la
+tradujo bien; me llenó de insultos y tuve que huir. Su maldición
+me persigue. ¡Adaptarse! Ellos son los que se adaptan a mí como el
+muérdago a la encina. Si no hubiese parásitos, ¿qué sería del exceso
+de vida? ¡Adaptarse! ¡La lucha por la vida! ¡La selección! Esto sí
+que es filosofía caballeresca. ¡Y que hablen todavía de caballeros
+cristianos!... Vaya, vaya, no quiero pensar; venga el último número
+de _El Mundo Cómico_ en que publiqué un artículo brutal que asustó a
+los padres de familia e hizo reir a los que pretenden conocerme. En el
+mismo número estuvo Enrique felicísimo en un cuento en que figura un
+_inglés_...».
+
+Iba en esto José cuando la criada le anunció que esperaba D. Enrique.
+
+--¡Don Enrique... Enrique... vendrá a pagarme! Meterá la mano en el
+bolsillo, y yo, que no soy un tigre, le tengo que decir: «¡Oh, no, no
+corre prisa, por un día más o menos!...». Y Enrique entonces sacará la
+mano del bolsillo...
+
+--¿Qué le digo, señorito?
+
+--¡Ah, sí, espera, oye!... Sacará la mano del bolsillo... la sacará,
+me la alargará y dirá: «Puesto que no te corre prisa, dame cinco duros
+más y serán en números redondos cincuenta duros, mil reales, y así que
+cobre una cuentecilla te lo pagaré todo junto...».
+
+--¿Qué le digo, señorito, que está esperando?
+
+--¡Es verdad!... ¡Pobre Enrique, dile que pase!
+
+«¡Pero por qué soy así, Dios mío!».
+
+
+
+
+ EL DIAMANTE DE VILLASOLA
+
+
+El maestro de Villasola era perspicacísimo y entusiasta como pocos
+por su arte; así es que tan luego como entrevió en el muchacho una
+inteligencia compacta y clara, sintió el gozo de un lapidario a quien
+se le viene a las manos hermoso diamante en bruto.
+
+¡Aquél sí que era ejemplar para sus ensayos y para poner a prueba su
+destreza! ¡Hermoso conejillo de Indias para experiencias pedagógicas!
+¡Excelente materia pedagogizable en que ensayar nuevos métodos _in
+anima vili_! Porque la honda convicción del maestro de Villasola--aun
+cuando no llegara a formulársela--era que los muchachos son medios para
+_hacer_ Pedagogía, como para hacer Patología los enfermos. «La ciencia
+por la ciencia misma», era su divisa expresa, y la tácita, la de debajo
+de la fórmula, esta otra: «la ciencia para mi solaz y propio progreso».
+
+Cogió al muchacho prodigioso para desbastarlo. ¡Qué descanso después
+de aquella infecunda brega con tanta vulgaridad, con todos aquellos
+oscuros carbones que a lo sumo llegaban a grafitos! «¡Qué diferencia
+de alma a alma--se decía--; todas son carbono espiritual, pero he aquí
+entre tanto oscuro carbón ordinario un alma cristalizada en diamante».
+
+Empezó el maestro la faena. Tenía planeada la hermosa forma poliédrica,
+las múltiples facetas, los ejes. ¡Qué reflejos daría al mundo, y cómo
+se admiraría en él la pericia del lapidario que lo tallara!
+
+El muchacho se dejó hacer, aunque conservando su cualidad íntima:
+la dureza diamantina. Mas cuando al descubrir su propio brillo se
+comparó con los opacos carbones entre que vivía, se prestó sumiso a las
+manipulaciones de su lapidario.
+
+¡Qué de facetas! ¡Qué de aguas! ¡Qué de destellos! ¡Qué de cosas sabía
+y qué bien agrupadas todas en ordenación poliédrica! Era la maravilla
+del pueblo. El día en que habló en el casino fué aquello el pasmo de
+Villasola ¡Cómo lo enlazaba y engarzaba todo en hilo continuado y
+ordenado!
+
+Ya presentaba una faceta, ya otra, deslumbrando con mil tornasolados
+cambiantes e irisaciones múltiples, según se reflejaba en su mente de
+un modo o de otro la luz incolora y difusa de la ciencia. ¡Qué orador!
+
+¡Qué cabeza! Allí estaba todo ordenadito y cuadriculado por 1.º, 2.º y
+3.º; por _A_ y _B_ mayúsculas y _a_ y _b_ minúsculas, relacionado con
+llaves diversas, y llaves de llaves, en maravilloso cuadro sinóptico.
+
+Llegó el día en que el portento de Villasola se lanzó a la Corte en
+busca de campo. Acompañóle tropel de gente a la estación, y le siguió
+el pueblo todo con su corazón, sin que él, por su parte, lo llevara
+en el suyo. Las madres se lo señalaban a sus hijos cual modelo,
+apeteciéndolo, a la vez, para sus hijas; suspiraban éstas por él, y
+los envidiosos se recomían las tripas. Pero el orgulloso de veras era
+el maestro de Villasola, el lapidario de aquella maravilla que iba a
+hacer valer su elevado valor en cambio, defiriendo cuanto pudiese el
+engastarse en una joya social cualquiera para realzar así su valor en
+uso. Aspiraba a solitario.
+
+Cayó en el arroyo del mundo, en su lecho de arena, entre cantos rodados
+y polvo de diamantes deshechos ya. Maravilló al punto a cuantos se
+le acercaron; pero, lastimados por sus aristas, tenían que dejarlo.
+Paseáronle de salón en salón dándole mil vueltas para admirar sus
+reflejos todos; pero nadie le quería si no era para montarle en un
+anillo, y él se quería libre, sin engaste.
+
+Entretanto la corriente iba restregándole contra la arenilla del lecho
+donde había también polvo de diamantes.
+
+Demandó, más bien que pretendió, a una joven rica que le sirviese
+de montante y recibió calabazas. Aquella noche mordía la almohada,
+sintiéndose a solas y a oscuras mero pedrusco, seco y frío.
+
+Íbasele desgastando poco a poco la poderosa inteligencia sinóptica,
+se le velaba y enturbiaba la mente al quebrársele las aristas, y no
+reflejaba ya sino luz vulgar. Y entonces vió a los humildes carbones a
+quienes había desdeñado asociarse, y al conjuro de la solidaridad, que
+cual corriente eléctrica les recorría enlazándolos, dar luz propia,
+ellos, los oscuros carbones, y no mero destello reflejo como él,
+diáfano diamante. Los pobres se consumían en trabajo, daban luz de su
+carne y de su sangre, con dolor, sí, pero con amor también, unidos
+por santa corriente de fraternal comunión de esfuerzos. Y él solo,
+solitario, duro, perdidas las aguas, ¿para qué serviría ya?
+
+Serviría para rayar cristales, porque le quedaba su cualidad esencial e
+íntima: la dureza. Hay que oir en las mesas de los cafés al diamante de
+Villasola cuando, previas unas copas de coñac, cae sobre una reputación
+hecha, cualquiera, sobre un sentimiento consagrado, sobre cualquier
+cristal, y los raya y esmerila rechinando. ¡Qué elocuencia áspera,
+seca, dura, rechinante! ¡Cómo deja de esmerilados a los cristales!
+Ahora es cuando hay que conocerle, ahora que, desgastado por el roce
+con la arenilla del lecho del río del mundo, estropeadas sus facetas
+por el continuo fregarse en polvo de deshechos diamantes, revela su
+durísima esencia de carbono cristalizado.
+
+Cuando el maestro de Villasola supo el fin de su diamante, se propuso
+esta ardua cuestión: «la Pedagogía ¿es ciencia pura o de aplicación?».
+Mas lo que no se le ha ocurrido al lapidario de Villasola es que sea
+más hacedero sacar luz del calor potencial almacenado en los negros
+carbones, que arrancar calor vivífico de la luz meramente refleja y de
+préstamo del diamante.
+
+
+
+
+ JUAN MANSO
+ CUENTO DE MUERTOS
+
+
+Y va de cuento.
+
+Era Juan Manso en esta pícara tierra un bendito de Dios, un mosquita
+muerta que en su vida rompió un plato. De niño, cuando jugaban al burro
+sus compañeros, de burro hacía él; más tarde fué el confidente de los
+amoríos de sus camaradas, y cuando llegó a hombre hecho y derecho le
+saludaban sus conocidos con un cariñoso: ¡Adiós, Juanito!
+
+Su máxima suprema fué siempre la del chino: no comprometerse y
+arrimarse al sol que más calienta.
+
+Aborrecía la política, odiaba los negocios, repugnaba todo lo que
+pudiera turbar la calma chicha de su espíritu.
+
+Vivía de unas rentillas, consumiéndolas íntegras y conservando entero
+el capital. Era bastante devoto, no llevaba la contraria a nadie y
+como pensaba mal de todo el mundo, de todos hablaba bien.
+
+Si le hablabas de política, decía:
+
+--Yo no soy nada, ni fú ni fá, lo mismo me da Rey que Roque: soy un
+pobre pecador que quiere vivir en paz con todo el mundo.
+
+No le valió, sin embargo, su mansedumbre y al cabo se murió, que fué el
+único acto comprometedor que efectuó en su vida.
+
+ * * * * *
+
+Un ángel armado de flamígero espadón hacía el apartado de las almas,
+fijándose en el señuelo con que las marcaban en un registro o aduana
+por donde tenían que pasar al salir del mundo y donde, a modo de mesa
+electoral, ángeles y demonios, en amor y compaña, escudriñaban los
+papeles por si venían en regla.
+
+La entrada al registro parecía taquilla de expendeduría en día de
+corrida mayor. Era tal el remolino de gente, tantos los empellones,
+tanta la prisa que tenían todos por conocer su destino eterno y tal el
+barullo que imprecaciones, ruegos, denuestos y disculpas en las mil y
+un lenguas, dialectos y jergas del mundo armaban, que Juan Manso se
+dijo:
+
+--¿Quién me manda meterme en líos? Aquí debe de haber hombres muy
+brutos.
+
+Esto lo dijo para el cuello de su camisa, no fuera que se lo oyesen.
+
+El caso es que el ángel del flamígero espadón maldito el caso que hizo
+de él, y así pudo colarse camino de la Gloria.
+
+Iba solo y pian pianito. De vez en vez pasaban alegres grupos, cantando
+letanías y bailando a más y mejor algunos, cosa que le pareció poco
+decente en futuros bienaventurados.
+
+Cuando llegó al alto se encontró con una larga cola de gente a lo largo
+de las tapias del paraíso, y unos cuantos ángeles que cual _guindillas_
+en la tierra velaban por el orden.
+
+Colócase Juan Manso a la cola de la cola. A poco llegó un humilde
+franciscano y tal maña se dió, tan conmovedoras razones adujo sobre la
+prisa que le corría por entrar cuanto antes, que nuestro Juan Manso le
+cedió su puesto diciéndose:
+
+--Bueno es hacerse amigos hasta en la Gloria eterna.
+
+El que vino después, que ya no era franciscano, no quiso ser menos y
+sucedió lo mismo.
+
+En resolución, no hubo alma piadosa que no birlara el puesto a Juan
+Manso, la fama de cuya mansedumbre corrió por toda la cola y se
+trasmitió como tradición flotante sobre el continuo fluir de gente por
+ella. Y Juan Manso, esclavo de su buena fama.
+
+Así pasaron siglos al parecer de Juan Manso, que no menos tiempo era
+preciso para que el corderito empezara a perder la paciencia. Topó por
+fin cierto día con un santo y sabio obispo, que resultó ser tataranieto
+de un hermano de Manso. Expuso éste sus quejas a su tatarasobrino y
+el santo y sabio obispo le ofreció interceder por él junto al Eterno
+Padre, promesa en cuyo cambio cedió Juan su puesto al obispo santo y
+sabio.
+
+Entró éste en la Gloria y, como era de rigor, fué derechito a ofrecer
+sus respetos al Padre Eterno. Cuando hubo rematado el discursillo, que
+oyó el Omnipotente distraído, díjole éste:
+
+--¿No traes postdata?--mientras le sondeaba el corazón con su mirada.
+
+--¡Señor!, permitidme que interceda por uno de sus siervos que allá, a
+la cola de la cola...
+
+--Basta de retóricas--dijo el Señor con voz de trueno--. ¿Juan Manso?
+
+--El mismo, Señor, Juan Manso que...
+
+--¡Bueno, bueno! Con su pan se lo coma, y tú no vuelvas a meterte en
+camisa de once varas.
+
+Y volviéndose al ángel introductor de almas, añadió:
+
+--¡Que pase otro!
+
+Si hubiera algo capaz de turbar la alegría inseparable de un
+bienaventurado, diríamos que se turbó la del santo y sabio obispo.
+Pero, por lo menos, movido de piedad, acercóse a las tapias de la
+Gloria, junto a las cuales se extendía la cola, trepó a aquéllas, y
+llamando a Juan Manso, le dijo:
+
+--¡Tataratío, cómo lo siento! ¡Cómo lo siento, hijito mío! El Señor me
+ha dicho que te lo comas con tu pan y que no vuelva a meterme en camisa
+de once varas. Pero... ¿sigues todavía en la cola de la cola? Ea,
+¡hijito mío!, ármate de valor y no vuelvas a ceder tu puesto.
+
+--¡A buena hora mangas verdes!--exclamó Juan Manso, derramando
+lagrimones como garbanzos.
+
+Era tarde, porque pesaba sobre él la tradición fatal y ni le pedían ya
+el puesto, sino que se lo tomaban.
+
+Con las orejas gachas abandonó la cola y empezó a recorrer las
+soledades y baldíos de ultratumba, hasta que topó con un camino donde
+iba mucha gente, cabizbajos todos. Siguió sus pasos y se halló a las
+puertas del Purgatorio.
+
+--Aquí será más fácil entrar--se dijo--, y una vez dentro y purificado
+me expedirán directamente al cielo.
+
+--¿Eh, amigo, adónde va?
+
+Volvióse Juan Manso y hallóse cara a cara con un ángel, cubierto con
+una gorrita de borla, con una pluma de escribir en la oreja, y que le
+miraba por encima de las gafas. Después que le hubo examinado de alto a
+bajo, le hizo dar vuelta, frunció el entrecejo y le dijo:
+
+--¡Hum, _malorum causa_! Eres gris hasta los tuétanos... Temo meterte
+en nuestra lejía, no sea que te derritas. Mejor harás ir al Limbo.
+
+--¡Al Limbo!
+
+Por primera vez se indignó Juan Manso al oir esto, pues no hay varón
+tan paciente y sufrido que aguante el que un ángel le trate de tonto de
+capirote.
+
+Desesperado tomó camino del Infierno. No había en éste cola ni cosa
+que lo valga. Era un ancho portalón de donde salían bocanadas de humo
+espeso y negro y un estrépito infernal. En la puerta un pobre diablo
+tocaba un organillo y se desgañitaba gritando:
+
+--Pasen ustedes, señores, pasen... Aquí verán ustedes la comedia
+humana... Aquí entra el que quiere...
+
+Juan Manso cerró los ojos.
+
+--¡Eh, mocito, alto!--le gritó el pobre diablo.
+
+--¿No dices que entra el que quiere?
+
+--Sí, pero... ya ves--dijo el pobre diablo poniéndose serio y
+acariciándose el rabo--, aún nos queda una chispita de conciencia... y
+la verdad... tú...
+
+--¡Bueno! ¡Bueno!--dijo Juan Manso volviéndose porque no podía aguantar
+el humo.
+
+Y oyó que el diablo decía para su capote:--¡Pobrecillo!
+
+--¡Pobrecillo! Hasta el diablo me compadece.
+
+Desesperado, loco, empezó a recorrer, como tapón de corcho en medio del
+Océano, los inmensos baldíos de ultratumba, cruzándose de cuando en
+cuando con el alma de Garibay.
+
+Un día que atraído por el apetitoso olorcillo que salía de la Gloria
+se acercó a las tapias de ésta a oler lo que guisaban dentro, vió que
+el Señor, a eso de la caída de la tarde, salía a tomar el fresco por
+los jardines del paraíso. Le esperó junto a la tapia, y cuando vió su
+augusta cabeza, abrió sus brazos en ademán suplicante y con tono un
+tanto despechado le dijo:
+
+--¡Señor, señor! ¿No prometiste a los mansos vuestro reino?
+
+--Sí; pero a los que embisten, no a los embolados.
+
+Y le volvió la espalda.
+
+ * * * * *
+
+Una antiquísima tradición cuenta que el Señor, compadecido de Juan
+Manso, le permitió volver a este pícaro mundo; que de nuevo en él,
+empezó a embestir a diestro y siniestro con toda la intención de un
+pobrecito infeliz; que muerto de segunda vez atropelló la famosa cola y
+se coló de rondón en el paraíso.
+
+Y que en él no cesa de repetir:
+
+--¡Milicia es la vida del hombre sobre la tierra!
+
+
+
+
+ DEL ODIO A LA PIEDAD
+
+
+El viaje aquel de Toribio a Madrid fué un viaje terrible: no podía
+quitar de la cabeza la innoble figura de aquel Campomanes que tanta
+guerra le había dado en su pueblo. ¡Campomanes! Cifra de todo lo que
+estorba. Toribio le atribuía todas las cualidades vulgares que más
+odiaba, y se complacía en no suponerle mala intención ni perfidia.
+«¿Pérfido? ¿Mal intencionado Campomanes? ¡Eso quisiera él, majadero,
+nada más que majadero!», se decía Toribio sin poder pegar ojo.
+
+Sacó los guantes y se los iba a poner; pero pensó entonces: «Unos
+guantes así gasta Campomanes... Voy a parecer un elegante...». Y no se
+los puso.
+
+Llegó a Madrid, y con él, en su cabeza, la innoble figura de Campomanes.
+
+Aquella misma tarde fué al antiguo café, allí, charlando de todo,
+olvidaría sus penas y se olvidaría de Campomanes.
+
+Cuando llegó él al café aún no habían llegado sus amigos. En la mesa
+contigua estaba un hombre solo, fumando un puro. Toribio le contemplaba
+pensando en Campomanes.
+
+Llegaron sus amigos y los del vecino, se formó en cada mesa un corrillo
+y se revolvió en una y en otra todo lo humano y lo divino.
+
+Toribio continuó asistiendo al antiguo café. Casi todos los días era
+el primero que llegaba, y casi todos encontraba en la mesa contigua al
+mismo vecino, siempre solo y siempre fumando su puro. Le tomó una feroz
+antipatía que se convirtió en odio feroz. No le conocía, no sabía quién
+era, ni qué era, ni qué hacía, ni qué decía; no sabía de él nada, nada
+más si no que él, Toribio, le odiaba con toda su alma.
+
+«Pero señor, se decía, ¿por qué me carga este hombre?». Y para
+razonar su odio y justificarlo fué inventando, sin darse cuenta de
+que lo hacía, mil pretextillos. «¡Qué manera tan presuntuosa de
+fumar el puro! ¡Qué desdén en la mirada! ¡Qué rostro abotagado! ¡Qué
+sello de imbecilidad en el traje! ¡Cómo me mira..., me aborrece, nos
+hemos comprendido!». Y todo esto era mentira, y Toribio lo sabía, no
+había tal presunción, ni tal desdén, ni tal rostro, ni mucho menos
+aborrecimiento alguno.
+
+«¡Y ni saluda al entrar!»... Él tampoco saludaba.
+
+En fuerza de repetirse los pretextos acabó por creerlos, se los
+sugirió como verdaderos y se convenció de que el vecino le odiaba.
+
+Entraba en el café... «Ahí está, ¡cómo me mira! Me odia, bien se conoce
+que me odia...».
+
+Empezó con sus amigos a hablar mal del otro, les dijo que se odiaban,
+inventó mil mentirillas de ojeadas feroces, de gestos de desprecio,
+acabó por creerlas él mismo.
+
+A todo esto el vecino, impasible, acaso adivinaba lo que sucedía en el
+alma de Toribio, pero no lo daba a entender.
+
+Un día llegó Toribio al café un poco alegrillo, y lo primero que vió
+fué a su vecino en la mesa de ellos, de Toribio y sus amigos.
+
+«Ha ocupado nuestra mesa teniendo la suya vacía..., busca camorra...
+Pero aquí las mesas son del primero que llega. No importa, tiene la
+suya, ¿por qué no la ha ocupado?... No, pues yo voy y me siento en la
+nuestra. ¿Busca camorra?, que empiece él... ¡Está claro! Como lo que él
+quiere es que yo me siente junto a él dirá algo...».
+
+Se sentó en la misma mesa, frente al vecino odiado. Pidió café. Vino el
+mozo y fué a retirar la taza que estaba delante de Toribio.
+
+¿Qué? ¿La vas a llevar a la otra mesa? ¡No, déjala aquí! Y miró a su
+vecino.
+
+--No es eso, señorito, contestó el mozo, es que esta taza está usada:
+en ella ha tomado café otro señor que ha estado con el señorito Rafael.
+
+Se llamaba Rafael, ¡qué nombre tan antipático!
+
+Toribio empezó a tomar su taza, le latía el pecho y no sabía lo que le
+pasaba. Concluyó el café y de un trago se bebió la copa de coñac. Pidió
+otra copa y luego otra contra su costumbre. Le ardía la cara. Al fin se
+dirigió a su vecino y le dijo:
+
+--¿Cómo ha venido usted hoy a esta mesa, teniendo la de ustedes vacía?
+
+El vecino le miró serenamente y pensó: «Ya decía yo, este pobre
+muchacho es loco». No respondió nada.
+
+--¿Por qué ha venido usted a esta mesa?
+
+--¡Porque me ha dado la gana!
+
+--¿No sabe usted que es la nuestra?
+
+Rafael iba a contestar una crudeza, pero pensó: «Mejor será por lo
+blando, ¡pobre chico!».
+
+--Sabe usted, cuando he llegado estaba aquí un conocido y me he sentado
+junto a él.
+
+Era la verdad.
+
+--Y cuando se ha ido el conocido, ¿por qué no ha dejado usted libre
+nuestra mesa?
+
+Toribio pidió otra copa. Rafael le miró con inquietud, como se mira a
+un loco, y contestó:
+
+--Porque deseaba estar con usted... ¡No beba usted tanto!
+
+--¿Y a usted ¿qué le importa?
+
+Rafael pensó: «Lo más prudente será retirarse». Se levantó y dijo a
+Toribio:
+
+--¡Cálmese usted!
+
+Y salió.
+
+Todo aquel día estuvo Toribio excitadísimo. ¡Ya se ve!, cuatro copas,
+en él que nunca tomaba más que una.
+
+Aquella noche reflexionó y comprendió lo imbécil de su conducta. «Tengo
+que domarme».
+
+Al día siguiente entró al café. Allí estaba Rafael, esta vez en su
+mesa. Toribio se le dirigió. El otro pensó: «Otra vez el loco».
+
+Le dió mil explicaciones, le pidió perdón, y acabó por convidarle.
+Desde entonces se hicieron muy amigos, casi íntimos. Toribio le hablaba
+de Campomanes.
+
+Rafael era un alma de oro y de lo más simpático.
+
+Cuando Toribio tuvo que volver a su pueblo sintió pena al despedirse de
+Rafael.
+
+Llegó a su pueblo y lo primero que se echó a la cara fué a Campomanes.
+¡Cosa más rara! No sintió por él ni miaja de odio, al contrario, casi
+simpatía. «Es un infeliz», pensó.
+
+Desde entonces le dió no poco que pensar cómo se había derretido su
+odio a Campomanes en un fondo de piedad.
+
+Un día paseaba con uno de sus amigos de Madrid cuando encontraron a
+Campomanes. Toribio se lo mostró y el otro le dijo:
+
+--¿Sabes con quién le encuentro parecido?
+
+--¿Con quién?
+
+--Con Rafael.
+
+¡Y era verdad! No lo había notado hasta entonces. Es decir, sí lo había
+notado, pero sin darse cuenta de ello.
+
+Entonces se explicó su odio a Rafael, y entonces se explicó por qué,
+reconciliado con Rafael, mató el odio que tenía a Campomanes. «Cosa
+más rara, se decía, el demonio averigua la verdadera razón de nuestros
+odios y nuestros amores... El hombre es el bicho más extraño».
+
+La verdad es que tiene el alma humana repliegues estrambóticos.
+
+
+
+
+ EL DESQUITE
+
+
+Después de cavilar muy poco he rechazado el uso que emplea la voz
+galicana revancha, y me atengo al abuso, quiero decir, al purismo que
+nos manda decir desquite. Que nadie me lo tenga en cuenta.
+
+Esto del desquite es de una actualidad feroz, ahora que todos estamos
+picados de internacionalismo belicoso.
+
+
+ * * * * *
+
+Luis era el gallito de la calle y el chico más roncoso del barrio.
+Ninguno de su igual le había podido, y él a todos había zurrado la
+badana. Desde que dominó a Guillermo no había quien le aguantara.
+Se pasaba el día cacareando y agitando la cresta; si había partida
+la acaudillaba, se divertía en asustar a las chicas del barrio por
+molestar a los hermanos de éstas, se metía en todas partes, y a callar
+todo Cristo, ¡a callar se ha dicho!
+
+¡Que se descuidara uno!
+
+--¡Si no callas te inflo los papos de un revés!...
+
+¡Era un mandarín, un verdadero mandarín! Y como pesado, vaya si era
+pesado! Al pobre Enrique, a Enrique el tonto, no hacía más que darle
+papuchadas, y vez hubo en que se empeñó en hacerle comer greda y beber
+tinta.
+
+¡Le tenían una rabia los de la calle!
+
+Guillermo, desde la última felpa, callaba y le dejaba soltar cucurrucús
+y roncas, esperando ocasión y diciéndose: ya caerá ese roncoso.
+
+A éste, los del barrio, aburridos del gallo, le hacían «chápale,
+chápale», yéndole y viniéndole con recaditos a la oreja.
+
+--Dice que le tienes miedo.
+
+--¿Yo?
+
+--¡Dice que te puede?
+
+--¡Dice que cómo rebolincha!...
+
+--¡Sí, las ganas!
+
+Se encontraron en el campo una mañana tibia de primavera; había llovido
+de noche y estaba mojado el suelo. A los dos, Luis y Guillermo,
+les retozaba la savia en el cuerpo, los brazos les bailaban, y los
+corazones a sus acompañantes que barruntaban morradeo.
+
+Sobre si fué el uno o fué el otro quien derribó un cochorro de una
+pedrada, tuvieron palabras.
+
+El cochorro estaba en el suelo, panza arriba suplicando paz con el
+pataleo de sus seis patitas, esperando a que por él y junto a él se
+decidiera la hegemonía del barrio.
+
+--¡Sí!... ¡Tú, tú echar roncas nada más no sabes!...
+
+--¿Roncas? ¿Roncas yo? ¡Si te doy uno!
+
+Hacía como que se iba con desdén digno, y volvía.
+
+--¡Calla y no me provoques!
+
+--¡Ahí va! provoques--exclamó uno de los mirones--provoques...,
+provoques... ¡Que farolín! ¡para que se le diga que sabe!
+
+Los circunstantes les azuzaban.
+
+--¡Anda, pégale!
+
+--¡Chápale a ése!
+
+--¿Le tienes miedo?
+
+--¿Miedo yo?
+
+--¡Mójale la oreja!
+
+--¡Tírale saliva!
+
+--¡Llámale aburrido!
+
+--¡Provócale, anda, provócale!
+
+Todos soltaron el trapo a reir al oir esto. Luis se puso como un
+tomate, y se acercó a imponer correctivo al burlón.
+
+--¡Déjale quieto!--le gritó Guillermo.
+
+--¡Y a ti también si chillas mucho!
+
+--¿A mí?
+
+Luis le dió un empellón, se lo devolvió Guillermo, siguió un moquete y
+se armó la gresca. Los mirones les animaban y saltaban de gusto. Uno de
+éstos se puso a _rezar_ por Guillermo.
+
+--Ojalá gane Guillermo. Ojalá amén... Ojalá gane... Ojalá gane...
+
+Se separaban para dar vuelo al brazo y descargarlo con más brío. Al
+principio llevaban la mano a la parte herida y tomaban tiempo para
+devolver el golpe, después menudeaban los embistes sin darse reposo.
+
+--Ojalá gane... Ojalá gane... Ojalá gane...
+
+--¡Échale la zancadilla!
+
+Cayeron al fin al suelo mojado, Luis debajo, y al caer aplastaron al
+cochorro que imploraba piedad con sus patitas. Guillermo sujetó con las
+rodillas los brazos del enemigo, y mientras éste forcejeaba, el otro,
+resudado, roja la faz, irradiando alegría, feroz los ojos, le decía
+entre resoplidos:
+
+--¿Te rindes?
+
+--¡No!
+
+Y le descargaba un puñetazo en los hocicos.
+
+--¿Te rindes?
+
+--¡No!
+
+Otro puñetazo más, y así siguió hasta que lo hizo sangrar por las
+muelas.
+
+En aquel momento uno de los mirones exclamó:
+
+--¡Agua..., agua..., agua!
+
+Era que venía el alguacil, el muy pillo cautelosamente, haciéndose
+el distraído, como tigre de caza. Al verle abandonaron todos el
+campo echando a correr. Y el alguacil, al escarpársele la presa, les
+amenazaba desde lejos con el bastón.
+
+Entraron en la calle, el vencedor rodeado de los testigos de su
+triunfo y sin hacer caso a Eugenio que le repetía:
+
+--¡He rezado por ti! ¡He rezado por ti!
+
+Poco después entró el vencido sangrando por la boca, embarrado, hosco y
+murmurando:
+
+¡Ya caerá! ¡Ya caerá!
+
+¡Qué corte rodeó desde aquel día a Guillermo!
+
+En la calle bailaban todos de contento, ya no temían al roncoso, ya
+podían decirle:
+
+--Te ha podido Guillermo.
+
+Quien más atenciones prodigó a éste fué Eugenio.
+
+El cual tenía un hondísimo sentimiento de la dignidad humana. Si le
+pegaban 6, 15 o 21 golpes, él devolvía 7, 16 o 22; cuando el maestro le
+administraba una azotina, contaba él los zurriagazos, y si éstos eran
+_n_, después, en desquite, tenía que tocar el faldón de la levita del
+maestro _n_ + 1 veces. Siempre quedaba encima.
+
+Luis no volvió a abrir el pico, pero ni cerró noche ni abrió día sin
+que murmurara:
+
+--¡Ya caerá! ¡Ya caerá!
+
+¡Ardoroso alimento de su augusta majestad caída!
+
+ * * * * *
+
+--¡Valiente chiquillería! ¡Mira con qué nos sale!
+
+¿Dice esto el lector?
+
+¡Bien!, pues ahí está el origen del sentimiento de justicia, porque
+nació ésta del desquite. Toda la monserga de la vindicta social se
+reduce a la revancha social, ni tilde más, ni tilde menos. ¿Me pega?
+¡Le pego, y en paz!
+
+¡Vaya una paz!
+
+Los pueblos pasaron de la venganza al castigo. Ésta es una pura
+reacción, como el estornudo. Entra un granillo de polvo en la
+mucosa..., la laringe castiga al granillo estornudando.
+
+Cuando veo a dos rapaces darse de mojicones en la calle, me digo:
+
+Esa es la educación social y lo demás pamplina. Así, libre y al
+aire libre, cada uno aprende así que frente a su voluntad hay otras
+voluntades, y que no hay otro remedio que imponerse o someterse a
+ellas, o concertarse todas o escapar bajo el ojo del alguacil.
+
+Todavía nos ha de enseñar grandes cosas el «¡ya caerás!» internacional
+que sale de lo hondo del pecho herido.
+
+Pero ¡ojo, mucho ojo!, no hay que perder de vista al alguacil, que
+avanza cautelosamente, como tigre de caza, que desde lejos amenaza con
+el bastón y puede aguarnos la fiesta.
+
+
+
+
+ UNA RECTIFICACIÓN DE HONOR
+ NARRACIONES SIDERIANAS
+
+
+--¡Un caballero no debe, no puede tolerar tal ultraje!
+
+Al oir lo de caballero, Anastasio inclinó la cabeza sobre el pecho para
+olfatear la rosa que llevaba en el ojal de la solapa y dijo sonriendo:
+
+--Yo aplastaré a ese reptil... ¡Mozo!
+
+Para pagar a éste sacó del bolsillo un duro, y con él dos piezas de oro
+que llevaba como fondo permanente e intangible; dió aquél al mozo y sin
+esperar a la vuelta, tan distraído creía se debía estar en su caso,
+salió del Arca.
+
+El Arca era el nombre caprichoso, abracabrante, según uno de sus
+socios, que en Sideria se daba al casino a que acudía el cogollito de
+la elegancia, los hombres de mundo y de alta sociedad, los calificados
+por el _chroniqueur_ modernista y bulevardizante de _El Correo
+Sideriense_ de _gentlemen_, _sportmen_, _clubmen_, _bonvivants_,
+_blasés_, _comme il faut_, _struggle-for-lifeurs_ y otro sin fin de
+terminachos por el estilo; es decir, los caballeros más honorables de
+la ciudad ducal.
+
+Uno de ellos había importado de Alemania, donde residió año y medio, el
+nombre de _filisteos_ que los socios aplicaban a todos los ramplones
+burgueses de la ciudad.
+
+Los envidiosos, y los pedantes, y los doctrinos sostenían que en el
+Arca se reunían los espíritus más pedestres de la ciudad, empeñados en
+sacarse del abismo de su ramplonería como el barón de Münchhausen del
+pozo en que cayó, tirándose de las orejas hacia arriba, y no faltaba
+mala lengua que clasificaba a los alegres compadres en memos y bandidos
+sin disfrazar, memos disfrazados de bandidos y bandidos disfrazados de
+memos.
+
+Pero dejando estos ladridos de los impotentes a la luna, volvamos a
+Anastasio, el cual, al salir a la calle, hizo como si reflexionara un
+momento delante del coche y acabó diciéndose: No, en esta ocasión no
+pega el coche. ¡A pie, a pie!
+
+Un carruaje que pasaba le salpicó de barro el pantalón. El primer
+efecto que tal desastre produjo en Anastasio fué el vivo dolor del
+armiño ofendido en su cándida pureza; pero luego, volviendo sus ojos
+a la afrenta que devoraba su corazón, se complugo en la providencial
+pella de barro.
+
+Si Anastasio hubiera tenido la debilidad, impropia de un caballero
+perfecto, de ser algo filósofo, ¡uf!, se habría perdido en necias
+divagaciones acerca del simbolismo de la naturaleza. Pero toda su
+filosofía se reducía a la que estrictamente necesitaba: a saber que
+Dios hizo el mundo para el hombre y el hombre para el honor, y que todo
+el universo era un arca inmensa.
+
+Cuando llegó a la redacción de _El Abejorro_ se detuvo a su puerta,
+sobre la que había dibujado un abejorro enorme.
+
+Sacó Anastasio el pañuelo perfumado, que así lo llevaba a pesar de las
+pullas de muchos socios, más _prácticos_ en lo del pañuelo, y se lo
+llevó a las narices.
+
+Dentro de la redacción se oían voces de disputa, y una, sobre todo, que
+sobresaliendo de las demás, decía:
+
+--Le digo a usted que de todas las imbecilidades que han inventado
+los ociosos para pasar el tiempo y distinguirse, la más estúpida es
+el honor. Todo el mundo habla de la nobleza del león, que es un bicho
+dañino, y a mí me parece mucho más noble el burro. El león, que es
+bestia de presa que se alimenta de carne, habrá inventado el honor;
+pero el pobre burro, que es bestia de carga, ha inventado el deber.
+Y sobre todo, señores, ¿de dónde sacan ustedes que sea noble el
+defenderse con las garras y los dientes, como el león, y no lo sea con
+la ligereza de pies, como la liebre; con la astucia, como la zorra; con
+la pequeñez, como el mosquito; con la tinta, como el jibión? El mismo
+Dios que ha dado garras y pico al águila ha dado pequeñez al mosquito y
+al jibión tinta. Todos los imbéciles...
+
+En aquel momento Anastasio, que se había estirado los puños y atusado
+el bigote y había cogido el bastón como cirio en procesión, indignado
+de oir tantas pedanterías estrafalarias, entró.
+
+Ya dentro, avanzó una pierna de modo que pudiera lucir la simbólica
+pella de barro, y dijo:
+
+--¿El caricaturista de este... papel?
+
+--Muy buenas noches.
+
+--Buenas. El caricaturista he dicho.
+
+--¡Presente!--exclamó un joven que estaba haciendo pajaritas de papel.
+
+--¿Es usted el mamarrachista de este... papel?--volvió a preguntarle
+Anastasio.
+
+--Para servir a usted.
+
+Anastasio sintió, a la vista de una pajarita de papel colocada sobre la
+mesa, ganas de arañar a su hacedor; pero se reportó bajando la cabeza
+para oler la rosa, ¡cándida flor!, y volvió a preguntar:
+
+--¿Es usted el autor de esa inmunda caricatura?
+
+--¡In-mun-da..., in-mun-da..., muy bien! ¡Exacto..., la frase es
+feliz..., sí señor, yo lo soy!
+
+--He aquí mi tarjeta--dijo Anastasio sacando una para dársela.
+
+--Está muy bien... Joaquín Ortiz, calle de Suso, 31, segundo, tiene
+usted su casa. No uso tarjetas.
+
+«Un pintamonas--pensó Anastasio--; ya me temía yo que no fuera un
+caballero... ¡Pero hasta tanto! ¡No usa tarjetas! Eso es no ser ni
+hombre siquiera. ¿Adónde va este infeliz?».
+
+--Espero de usted una satisfacción; esta noche visitarán a usted dos de
+mis amigos--añadió al salir.
+
+Cuando al cerrar la puerta oyó una risa, sonrió Anastasio lleno de
+compasión, olió la rosa y diciéndose: ¡no usa tarjetas! sintió toda la
+fealdad de la pella de barro. Como ésta se había secado ya, la limpió
+en las escaleras de la redacción de _El Abejorro_.
+
+En la calle le miraban mucho. «¡Sabréis quién es Anastasio!»--pensó.
+
+Dos carreteros reñían, jurando como señoritos, y uno de ellos dijo al
+otro:
+
+--Vamos a rompernos la crisma...
+
+Al verlos irse se dijo Anastasio: «Y a todo esto la policía sin impedir
+estas ordinarieces... ¡Groseros! Nada, nada, el pueblo es pueblo...
+Cuando yo digo que en España no estamos preparados para la república...
+Pueblo grosero, prensa procaz... Es evidente que la aristocracia tiene
+el deber de ejercer tutoría sobre el pueblo, tutoría fraternal, se
+entiende... y la verdadera aristocracia, no esa antigualla rancia
+comida de carcoma».
+
+Cuando llegó al Casino buscó a su amigo Herminio, a quien preguntó por
+Pepito Curda.
+
+--¡Pepito... a estas horas!
+
+--¡Ah, sí!--contestó Anastasio con seriedad, recordando que a aquellas
+horas Curda se dedicaba a emborracharse para poder dormir de un tirón,
+olvidado del tráfago de sus negocios.
+
+--¿Y Juanito?...
+
+--¡Déjalo que hoy está de suerte!
+
+--¿Pero ese muchacho cuándo se va a corregir?--dijo Anastasio con la
+gravedad que sentaba a su situación--. Porque va a acabar mal.
+
+--¡Quiá! Él la entiende y sabe que coloca su capital a buen rédito.
+
+--¿Y Ambrosio?
+
+--Ahí le tienes.
+
+En efecto, en una mesa cercana discutían varios socios acerca de una
+proposición, y era que el municipio de Sideria pagara dos mozos al
+Arca, bonita combinación para acabar de escandalizar a los pobres
+_filisteos_ de la ciudad ducal.
+
+--¡Hay que dar que hablar a esa mano de cerdos que trabajan como
+imbéciles y ahorran para que se lo coman sus hijos y creen en el
+sentido común!
+
+Un tímido objetaba al pensamiento y pedía cuando menos barniz de
+legalidad.
+
+--¡Tiene razón!--exclamó uno.
+
+--¡Pss!, y qué, tener razón o no tenerla, ¿qué más da?--replicó con
+desdén Ambrosio, que pasaba por uno de los oráculos del Arca.
+
+La frase dejó a todos suspensos de admiración y en un momento corrió
+por toda el Arca.
+
+Anastasio llamó a Ambrosio, les enteró a él y a Herminio del asunto y
+acabó diciéndoles:
+
+--¡Una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas... y si
+no... a sable!
+
+Dicho esto se fué a casa de un maestro de armas, donde se estuvo
+ensayando quites y posturas.
+
+Cuando quebrantado por tantas emociones llegó a su casa, se puso a
+pensar en el traje que convendría para el lance.
+
+Lo sacó, se lo puso y estuvo ensayando quites con el bastón. Después se
+puso a escribir a Enriqueta, su arreglito. La cosa era tranquilizarla,
+no fuera que cualquier indiscreto le diera un sofoco con una noticia de
+sopetón.
+
+Cuando despertó en la butaca clareaba el día. Empezó a pasearse por la
+sala hasta que dieran las siete, hora convenida con el maestro de armas
+para continuar la lección.
+
+Sus amigos fueron a buscarle a la sala de armas cuando más absorto
+estaba en un quite.
+
+--Nada de esto--le dijeron--, la cosa se ha zanjado satisfactoriamente.
+
+--Entre caballeros...--empezó a decir el otro.
+
+¡Pero si no usa tarjetas!... pensó Anastasio.
+
+--Una cumplida rectificación, una rectificación de honor, como lo
+deseabas. La traerá el próximo número de _El Abejorro_, el del domingo.
+
+El maestro de armas le dió la mano diciéndole:
+
+--Espero nos volvamos a ver. Un joven como usted, de la crema, no debe
+descuidar estas cosas. Usted muestra felices disposiciones y el manejo
+de las armas da la prudencia del fuerte y a la vez hace que se nos
+respete.
+
+Anastasio le dió una fuerte propina y salió con sus dos amigos, que
+sonriendo le llevaron a una fotografía.
+
+--Pero...
+
+--Déjate hacer. Confiaste tu honor en nuestras manos.
+
+ * * * * *
+
+_El Abejorro_ del siguiente domingo alcanzó una venta tan nutrida como
+no la había alcanzado con la caricatura de Anastasio. En la primera
+plana publicaba en fotograbado un hermoso retrato de Anastasio en traje
+de mañana, una rectificación amplia, absoluta, completa, sin reservas.
+
+Los lectores que no conocían a Anastasio cotejaron el retrato con la
+caricatura, mientras el satisfecho ofendido se prodigaba en traje de
+mañana por todos los paseos de la ciudad ducal.
+
+Un redactor de _El Abejorro_ fué a darle la enhorabuena, que la recibió
+con dignidad, oliendo la rosa, mientras se decía: hoy no te ríes.
+
+--Aquí viene él--oyó que decían en un grupo.
+
+Pero el mayor bromazo fué en el Arca. El suceso fué el regocijo de
+los socios, que armaron un banquete con sus borracheras y brindis,
+presidido por Anastasio, en holocausto al Honor, del que se reían por
+dentro, gracias al portentoso Ambrosio, aunque por fuera fuesen sus más
+celosos sacerdotes.
+
+El número rectificación de _El Abejorro_ figuraba como centro de mesa.
+Anastasio no podía con su honor y con las copas que le hacían beber. Al
+cabo vino al suelo.
+
+Desde entonces visitó con frecuencia la sala de armas.
+
+
+
+
+ UNA VISITA AL VIEJO POETA
+
+
+En el nutrido sosiego que venía a posarse plácido desde el cielo
+radiante, iba a fundirse la resignada calma que de su seno exhalaba
+la vieja ciudad, dormida en perezosa siesta. Me sumí en las desiertas
+callejuelas que a la Colegiata ciñen, y en una de ellas, donde
+me habían dicho que habitaba el viejo poeta, de tan largo tiempo
+enmudecido, di a la aldaba del portalón, que lo era de la única casa de
+la calleja. Resonó el aldabonazo, quebrando el soñoliento silencio, en
+los muros que formaban la calleja, flanqueada, como un foso, de un lado
+por el tapial de la huerta de un convento, y por agrietadas paredes del
+otro.
+
+Me pasaron, y al cruzar un pequeño jardincillo emparedado, uno de esos
+mustios jardines enjaulados en el centro de las poblaciones, vi a un
+anciano regando una maceta. Se me acercó. Era su conocidísima figura.
+
+--Ahora mismo subo--me dijo.
+
+--No; prefiero hacerle aquí la visita, ¿qué más da?
+
+--Como usted quiera... Rosa, baja unas sillas. Desprendíase una calmosa
+melancolía de aquel pedazo de naturaleza encerrada entre las tapias de
+abigarradas viviendas. Dos o tres arbolillos se alzaban al arrimo de
+ellas, en busca de sol, y en ellos se refugiaban los pájaros. En un
+rincón, junto a un pozo, sombreaba a un banco de piedra una higuera. La
+casa tenía un corredor de solana, con balaustrada de madera, que miraba
+al jardinillo. El vertedero de la cocina servía para regar la higuera.
+Y todo ello parecía ruinas de naturaleza abrazadas a ruinas de humana
+vivienda.
+
+Allí encima se alzaba la airosa torre de la Colegiata, a la que
+doraba el sol con sus rayos, muy inclinados ya; la torre severa, que
+contribuía a dar al pedazo de cielo desde allí visible su anguloso
+perfil. Unas gallinas picoteaban el suelo.
+
+--Es mi retiro y mi consuelo--me dijo.
+
+--Yo creí que preferiría usted el campo verdadero... el aire libre...
+
+--No. Voy a él de vez en cuando, muy de tarde en tarde; pero es para
+volver al punto a encerrarme en esta jaula, con estos mis arbolillos
+presos, a la vista de esa torre, en este bosquecillo enjaulado, que
+me parece un enfermo cachorro de la selva que, cautivo y nostálgico,
+me lame el alma y a mis pies se tiende humilde. Aquí no les sacuden
+tormentas, ni el vendaval los agita; aquí crecen al arrimo de estas
+tapias. Mire la higuera, mi higuera doméstica, ¡qué lozana! Me recoge
+el sol y en dulzura me lo guarda. Al través de su verdura contemplo
+la dorada torre, árbol frondoso también del arte, con su exuberante
+follaje arquitectónico. ¡Si oyese usted cómo resuena entre estas viejas
+tapias el son pausado de sus campanas! Cuando sus vibraciones se
+dilatan derritiéndose en el sereno ambiente, parecen bañarse en el eco
+derretido estos mis pobres arbolillos... Esta casa me recuerda la de mi
+niñez, a la que ha arrasado el inevitable progreso. Tenía un jardinillo
+así. Aquí me baño el alma en mis recuerdos infantiles; reanudo mi dulce
+vigilia después de años de sueño...
+
+--¿Y no ha sentido usted nunca pruritos de salir, de volver al mundo...
+no le ha tentado la gloria?
+
+--¿Qué gloria?--me preguntó con dulzura.
+
+--¡La gloria!...
+
+--¡Ah, sí, la gloria! Dispénseme, me olvidaba de que hablo con un joven
+literato.
+
+Se levantó para quitar una oruga de uno de los arbolillos, miró un rato
+a la erguida torre, dorada por el sol poniente, y prosiguió:
+
+--¿Cree usted acaso que cuando ha finado, derretido en la serena
+calma del ámbito, el eco de esas lenguas de bronce, no vive aun en
+el silencio su dulce ritmo muerto? Sí, posa en el mar del silencio,
+en su eterno lecho, donde descansan las voces y los cantos todos que
+han sido, y donde esperan tal vez la suprema evocación que haya de
+resucitarlos para entonar la gloriosa sinfonía eterna. Cantan en el
+silencio...
+
+Yo, más que le oía, contemplaba su hermosa cabeza de vidente.
+
+--Sí--continuó--, mi nombre va olvidándose; casi nadie lo cita ya; pero
+es ahora, en que se olvida mi nombre, cuando obra acaso mi espíritu,
+difundido en el de mi pueblo, más viva y eficazmente. Prodúcese un
+pensador o un artista, y mientras su obra no posa en el alma de su
+pueblo, mientras le es extraña a éste y en él choca, necesita llevar
+el nombre de su padre. Mas cuando se hace nuestro pensar, pensar de
+los que nos rodean; cuando nuestro sentir se aúna al sentir de nuestro
+pueblo, haciéndolo más complejo; cuando nuestra voz se acuerda al coro
+enriqueciendo la común sinfonía..., entonces nuestro nombre se hunde
+poco a poco. Nuestras ideas lo son ya de todos; el busto de nuestra
+moneda se ha borrado, y con él la leyenda, y la moneda corre porque es
+de oro de ley. Cuando menos se habla de un escritor, suele ser muchas
+veces cuando más influye.
+
+--Tal vez...--empecé, y él, sin oirme, continuó:
+
+--¡Mi nombre! ¿Para qué he de sacrificar mi alma a mi nombre?
+¿Prolongarlo en el ruido de la fama? ¡No! Lo que quiero es asentar en
+el silencio de la eternidad mi alma. Porque fíjese, joven, en que
+muchos sacrifican el alma al nombre, la realidad a la sombra. No, no
+quiero que mi personalidad, eso que llaman personalidad los literatos,
+ahogue a mi persona (y al decirlo se tocaba al pecho). Yo, yo, yo,
+este yo concreto que alienta, que sufre, que goza, que vive, este yo
+intrasmisible..., no quiero sacrificarlo a la idea que de mí mismo
+tengo, a mí mismo convertido en ideal abstracto, a ese yo cerebral que
+nos esclaviza...
+
+--Es que el yo que usted llama concreto...
+
+--Es el único verdadero; el otro es una sombra, es el reflejo que
+de nosotros mismos nos devuelve el mundo que nos rodea por sus mil
+espejos..., nuestros semejantes. ¿Ha pensado usted alguna vez, joven,
+en la tremenda batalla entre nuestro íntimo sér, el que de las
+profundas entrañas nos arranca, el que nos entona el canto de pureza de
+la niñez lejana, y ese otro sér advenedizo y sobrepuesto, que no es más
+que la idea que de nosotros los demás se forman, idea que se nos impone
+y al fin nos ahoga?
+
+--Alguien llamaría egoísmo a eso...--me atreví a insinuarle de prisa,
+antes de que, arrepentido, recogiese mis palabras.
+
+--¿Egoísmo?--me contestó con calma--. ¡Oh, sí; ahora han inventado eso
+del altruismo! ¡Altruismo! Eso sí que es inmoral e inhumano; sacrificar
+a _mí_ idea, porque no es más que a una idea a lo que se sacrifica;
+sacrificar a mi idea, a la mía, entiéndalo, a todos mis prójimos,
+incluso a mí mismo, mi primer prójimo, el más prójimo o próximo a mí.
+
+Pareció hundirse en algún recuerdo remoto, de esos de fuera del tiempo,
+y prosiguió:
+
+--No quiero devorar a otros; ¡que me devoren ellos! ¡Qué hermoso es ser
+víctima! ¡Darse en pasto espiritual... ser consumido... diluirse en las
+almas ajenas! Así resucitaremos un día, cuando se unan todas, y sea
+Dios todo en todos, como San Pablo dice...
+
+No daba ya la luz mas que en la cresta de la torre; parecían espesarse
+la calma y el silencio, interrumpidos tan sólo por algún vencejo que
+cruzaba chillando el anguloso cacho de cielo del jardinillo enjaulado.
+
+--¡Mire usted, mire usted al gato cómo trepa por ese arbolillo a la
+ventana de la cocina! Arriba caza ratones; aquí, entre los árboles,
+pajarillos. Y me entretiene mucho. ¡Qué vida!, dirá usted. ¡Aquí, con
+sus arbolillos, su higuera triste, su concierto de pájaros, su gato,
+sus gallinas, sus flores..., regando sus recuerdos y cultivando su
+tristeza!... Después de aquel triste suceso que usted conoce, me retiré
+al campo a bañar mi enfermo espíritu en su quietud sedante. Iba a
+curarme a la vez de los estragos del urbanismo, de esa corea espiritual
+en que nos hunde la diaria descarga de impresiones de la ciudad, Allí,
+en el campo, supe lo que es dormir, y el que no sabe dormir no vive.
+En la ciudad, miradas, vaho de ansiosos alientos, de impuros deseos,
+de rencores, sonrisas equívocas, saludos, retardos, paradas... ¡todo
+nos electriza! Es una serie continua de insignificantes punzadas, de
+cosquilleos imperceptibles, que nos galvanizan la vida y al fin nos
+rinden. Y fuí a recibir el gran baño, la inmersión en aire libre, en
+luz libre, en libre calma, en el remanso de las horas tranquilas. Y
+allí a pensar rítmicamente, con calma, con todo el cuerpo y con el alma
+toda, no con el cerebro tan sólo, asiento de lo que ustedes llaman
+personalidad.
+
+Interrumpióle la voz sonora de la campana de la Colegiata, que tocaba a
+la oración de la tarde. Miró a sus arbolillos, que parecían escucharle,
+y calló un rato. Respeté su silencio. Y luego, con calma, dijo:
+
+--Del campo vine a este asilo. He renunciado a aquel yo ficticio y
+abstracto que me sumía en la soledad de mi propio vacío. Busqué a Dios
+a través de él; pero como ese mi yo era una idea abstracta, un yo frío
+y difuso, de rechazo, jamás di con más Dios que con su proyección al
+infinito, con una niebla fría y difusa también, con un Dios lógico,
+mudo, ciego y sordo. Pero he vuelto a mí mismo, al pobre mortal que
+sufre y espera, que goza y cree, a aquel a quien despiertan los
+sobresaltos del corazón enfermo, y aquí, en este pobre jardinillo,
+junto a estos mustios y silenciosos amigos, me dedico a la más honda
+filosofía, que consiste en repensar los viejos lugares comunes. Medito
+las palabras de la señora Paula, una buena vecina, inagotable en las
+tan conocidas reflexiones del vulgo acerca de la caducidad de la dicha
+y de la necesidad de la resignación. Y otras veces, a la sombra de esa
+higuera, armonioso órgano de pardales y becafigos, leo el Evangelio.
+Y en él se me muestra el Hijo del Hombre, el Hombre mismo, palpable,
+concreto, vivo, y por Cristo, con quien hablo, subo a su Padre, sin
+argumentos de lógica, por escala cordial...
+
+--¡Qué vida!--murmuré.
+
+Y él, que me lo oyó:
+
+--Sí--dijo--, ya sé que ustedes disertan mucho acerca de la vida, y
+dicen que hay que amarla; pero la tienen de querida y no de esposa.
+¡La vida! ¡En ella me he enterrado, he muerto en vida en ella misma!
+¡Hay que vivir! ¿Y para qué?... Esto es, ¿para qué?... ¿Para qué todo?,
+dígamelo. ¿Para qué?... ¿Para qué? No quiero inmolar mi alma en el
+nefando altar de mi fama, ¿para qué?
+
+Cuando salí, de noche ya, parecía que al son de mis pisadas, que
+retumbaban en el tenebroso silencio de la solitaria calleja, vagaba
+por ella con quebrado vuelo, cual invisible murciélago, esta pregunta:
+¿Para qué?
+
+
+
+
+ EL ABEJORRO
+
+
+--La verdad, no le creía a usted hombre de azares--le dije.
+
+--¿Por qué? ¿Por lo del abejorro?--me preguntó.
+
+Y a un signo afirmativo mío, añadió:
+
+--No hay tales azares, si bien debo decirle a usted que creo que si
+investigáramos las últimas raíces de las superaciones mismas que nos
+parecen más absurdas, aprenderíamos a no calificarlas de ligero.
+Figúrese usted que mis hijos, de verme a mí, adquieren mi horror al
+abejorro, y de mis hijos lo toman mis nietos, y va así trasmitiéndose.
+Se convertirá en un _azar_. Y, sin embargo, el tal horror tiene en mí
+raíces muy hondas y muy reales.
+
+--Hombre, eso...
+
+--No lo dude usted. Soy de los hombres que más se alimentan de su
+niñez; soy de los que más viven en los recuerdos de su lejana infancia.
+Las primeras impresiones que recibió el espíritu virgen, las más
+frescas, son las que forman su lecho, el rico légamo de que brotan las
+plantas que en el lago de nuestra alma se bañan.
+
+Fué mi niñez--siguió diciendo--una niñez triste. Casi todos los días
+salía con mi pobre padre, herido ya de muerte entonces. Apenas lo
+recuerdo; su figura se me presenta a la memoria esfumada, confinante
+con el ensueño. Sacábame de paseo al anochecer, los dos solos, al
+través de los campos, y apenas recuerdo otra cosa si no es que aquellos
+paseos me ponían triste.
+
+--¿Pero no recuerda usted nada de sus palabras o conversaciones?
+
+--Sí, sí; algunas me han quedado grabadas con imborrables caracteres.
+Me hablaba de la luna, de las nubes y de cómo se formaban; de cómo se
+siembra y crece y se recoge el trigo; de los insectos y de su vida y
+costumbres. Estoy seguro de que aquellas enseñanzas, hasta las que
+he olvidado, son las más sustanciosas que he recibido, la roca viva
+de mi cultura íntima. Hasta las olvidadas, se lo aseguro a usted, me
+vivifican el pensar desde el olvido mismo, porque el olvido es algo
+positivo, como el silencio y la oscuridad lo son.
+
+--Por lo menos--le interrumpí--son el olvido, la oscuridad y el
+silencio los que hacen posibles la memoria, la luz y la voz.
+
+--De pronto le entraban arrebatos súbitos y me cogía en brazos y me
+besaba y besuqueaba, preguntándome a cada momento: «Gabriel, ¿serás
+bueno siempre?». Y yo, más que conmovido asustado, le respondía
+siempre: «Sí, papá». Lo recuerdo bien; me daba miedo aquella pregunta
+de «¿serás bueno siempre?»; miedo, miedo era lo que me daba. Alguna
+vez llegó hasta a llorar sobre mis mejillas; y yo recuerdo que rompí
+entonces a llorar también con un llanto silencioso, como el suyo, con
+un llanto hondo que me arrancaba de las entrañas del espíritu toda la
+tristeza con que ha sido amasada nuestra carne, pesares de ultracuna...
+¿Quién sabe?, dolores heredados tal vez.
+
+--¡Qué teorías!...--dije yo.
+
+--No son teorías--me contestó--, son hechos. Se fatigaba mucho, y tenía
+que sentarse a cada paso; y una tarde, puesto ya el sol, me habló,
+mirando hacia el dorado poniente, de su cercana muerte. Y acabó con su
+pregunta de siempre: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?». Nunca me dió la
+pregunta más miedo, más religioso terror que entonces. Ni sé si supe
+contestarle.
+
+--Veo que recuerda usted más de lo que decía...
+
+--Sí, cuando me pongo a pensar en ello. Todos estos recuerdos son el
+fondo sobre que he recibido mis ulteriores impresiones en la vida, y
+todas están teñidas de su color. Todo lo he visto a través de ellos;
+pero de él, de mi padre mismo, de su figura, recuerdo poco. Otras veces
+me hablaba del Padre, que es como llamaba siempre a Dios, y allí, en
+medio del campo, mientras la luz se derretía en la noche, me hacía
+rezar el Padrenuestro, explicándome cada una de sus palabras. Solía
+detenerse en el _hágase tu voluntad_, y al concluir de explicármelo me
+abrazaba sofocado, diciéndome: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?».
+
+Calló un momento, como recogiendo sus lejanos recuerdos, y prosiguió:
+
+--Lo que sí recuerdo es su último día, el día de su muerte, el día del
+abejorro. Estaba ya muy débil; tenía que sentarse a cada momento, y
+cuando se ponía a explicarme algo lo hacía con tal lentitud, tantas
+pausas y tantos anhelos, que me infundía un vago terror. Aquel
+anochecer se sentó en un tronco de árbol derribado, y al poco tiempo,
+uno de esos abejorros sanjuaneros que revolotean como atontados,
+tropezando con todo, después de puesto el sol empezó a revolotear en
+torno de nosotros. Mi padre le ahuyentaba con la mano, y hasta este
+esfuerzo le era penoso. «Échale», me dijo. Y yo, con mi gorra, le
+ahuyenté. «Hoy no hay luna, papá», recuerdo que le dije; y él, con una
+calma terrible, mascullando cada palabra, me respondió: «Luna sí hay,
+hijo mío; es que está apagada, y por eso no la ves; luna hay siempre;
+cuando la ves como una hoz, es que no le alumbra el sol por entero...
+Otras veces sale casi de día...». Volvió el abejorro, y ya ni se
+entretuvo en ahuyentarlo. «¡Qué mal estoy, hijo!», exclamó. Yo callaba,
+y el abejorro zumbaba en torno nuestro. Se adelantó entonces mi padre
+un poco, y le brotó un chorro de sangre de la boca. Yo quedé aterrado,
+y a mi terror acompañaba con su revoloteo el abejorro. «¡Yo me muero,
+Gabriel, dijo mi padre; adiós! ¿Serás siempre bueno?». No pude ni
+responder. Mi padre cayó muerto; y yo, frío, solo con él en medio
+del campo, de noche ya, no recuerdo lo que pensé ni lo que sentí. No
+recuerdo más de aquellos momentos que al abejorro, al tenaz abejorro,
+que parecía repetirme: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?», y que fué a
+posarse en la cara misma de mi padre.
+
+--Ahora se comprende todo--le dije--; pero ¿cómo le aterraba a usted
+esa sencilla pregunta, tan natural, tan dulce?
+
+--¿Cuál? ¿La pregunta de mi padre? ¿Su última pregunta? ¿La que me
+dirigió poco antes de nacer a la muerte? No lo sé; pero lo que sí
+puedo asegurarle es que cuando me pongo a escarbar en mi conciencia
+y a rebuscar el porqué del terror que desde entonces me inspiran los
+abejorros que al anochecer revolotean como atontados, encuentro que no
+se debe tanto este terror a que me recuerden la muerte de mi padre como
+a que me traen la fatídica pregunta: «¿Serás siempre bueno, Gabriel?».
+Es una pregunta que me parece venir de la tumba...
+
+--Creo que usted se equivoca. La impresión de una muerte, y de la
+muerte de un padre, sobre todo, y más en las circunstancias en que
+usted me la ha narrado, deja una huella indeleble en el alma de un
+niño. Es una revelación tremenda, es una fuente de seriedad para la
+vida.
+
+--Puede ser; pero yo le aseguro a usted que pienso en la muerte con
+relativa tranquilidad; que alguna vez me ejercito en representármela al
+vivo y en representarme mi propia muerte, y afronto tal imagen. Pero
+cada vez que traigo a mi memoria aquella insistente pregunta paternal,
+incubada con todas las misteriosas melancolías del anochecer, aquello
+de «¿Serás siempre bueno?», me pongo a temblar, a temblar como un
+azogado. Porque, dígamelo, ¿sé yo acaso si seré siempre bueno?
+
+--Con proponérselo...
+
+--¡Oh!, sí, lo de todos y lo de siempre... ¡Con proponérselo! ¿Sé yo si
+seré siempre bueno? ¿Sé siquiera si lo soy?
+
+--¡Hombre!
+
+--Esperaba esa expresión de asombro; con ella me han respondido casi
+siempre. Sí, ¿sé si lo soy?
+
+--¡Hombre, la voz de la propia conciencia!...
+
+--¿Y si está muda?
+
+--Quien no tiene conciencia de obrar mal es que no obra mal, porque la
+intención...
+
+--¡La intención! ¡La intención! ¿Conocemos nuestras propias
+intenciones? ¿Sabemos si somos buenos o no? Créame usted que es esa
+tremenda cuestión lo que nos hace temblar cuando zumba en tomo de
+nosotros el abejorro evocador de la muerte. Sin esa pregunta, nadie
+creería en la muerte.
+
+--Extrañas teorías...
+
+--No, no son teorías; son hechos.
+
+
+
+
+ EL POEMA VIVO DEL AMOR
+
+
+Un atardecer de primavera vi en el campo a un ciego conducido por
+una doncella que difundía en torno de sí nimbo de reposo. Era la
+frente de la moza trasunto del cielo limpio de nubes; de sus ojos
+fluía, como de manantial, una mirada sedante, que al diluirle en las
+formas del contorno las bañaba en preñado sosiego; su paso domeñaba
+a la tierra acariciándola, y el aire consonaba con el compás de su
+respiración, tranquila y profunda. Parecía aspirar a ella todo el
+ambiente campesino, de ella a la par tomando avivador refresco.
+Marchaba a la vera de los trigales verdes, salpicados de encendidas
+amapolas, que se doblaban al vientecillo, bajo el sol incubador de
+la miés, aun no granada. En acorde con las cadencias de la marcha de
+la joven palpitaba, al pulsarlo la brisa, el follaje tierno de los
+viejos álamos, recién vestidos de hoja, aún en escarolado capullo e
+impregnados de la lumbre derretida del crepúsculo.
+
+Apagóse de súbito su marcha a la vista de un valle rebosante de
+quietud. Posó sobre él la doncella su mirada, una mirada verdaderamente
+melodiosa, y depurado entonces el pobre terruño de su grosera
+materialidad al espejarse en las pupilas de la moza, replegábase
+desde ellas a sí mismo, convertido en ensueño del virginal candor de
+su inocente contempladora. Humanizaba al campo al contemplarlo ella,
+más bien que mujer, campestre naturaleza encarnada en femenino cuerpo
+virginal.
+
+Cuando se hubo empapado en la visión serena, inclinóse al ciego, e
+inspirada de filial afecto, con un beso silencioso le trasfundió el
+alma del paisaje.
+
+--¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso!--exclamó el padre entonces, vertiendo en
+una lágrima la dicha de sus muertos ojos. Y se volvió a besar los de su
+hija, en que perinchía inconsciente piedad.
+
+Reanudaron su camino, henchido el ciego de luz íntima, de calma su
+lazarilla.
+
+--¡Dios le bendiga!--dijo al cruzar con ellos un cansado caminante,
+sintiendo sobre sí la espiritual limosna de la mirada aquella.
+
+--¡Vi vida, mi eternidad, mi luz, mi gloria, mi poema!--rezaba al oído
+de su hija el ciego, en tanto que de la rítmica pulsación de la mano
+que cogido le llevaba recogía la vida de la campiña toda.
+
+Era, sí, su vida, el cáliz en que apuraba con ansia el jugo de la
+creación; era su eternidad, la eternidad sobre que rodaban pausadas
+sus horas a romperse en el olvido en espumosa crestería de dulces
+recuerdos; era la luz que alumbraba sus tinieblas con lumbre de amor;
+era la gloria en que se proyectaba al infinito; era, en fin, su poema,
+el poema vivo de sus entrañas, amasado con su carne y con su espíritu,
+con su sangre y con su meollo, con sus potencias y con sus sentidos.
+
+Había sido Julián, el ciego, de joven, un rimador ingenioso, y por
+ingenioso, frío, un cerebral producto de la ciudad donde pocos van al
+paso y donde nunca se oye el silencio. Había sido un destilador de
+sentimientos quintesenciados en el alambique del ingenio, un alquimista
+del amor hermano de la muerte, un erótico impotente para amar con
+fruto. Había sido el cantor de las opulentas rosas de cien hojas, sin
+perfume ni fruto, todo pétalos encendidos, nacidas al borde del graso
+estercolero.
+
+Enfermo de la ciudad, después de haber vertido en estrofas intrincadas
+la espuma del amor cerebralizado, tuvo que recogerse al campo a renovar
+en su fuente la vida del cuerpo. Y allí sintió por momentos volverse
+idiota, que el filtro en que cernía sus exquisitas sensaciones se
+le enturbiaba, que la carne se le hacía tierra. No podía sufrir el
+contacto con el aldeano receloso, egoísta y zafio; no podía resistir
+a Tajuña, el molinero, el héroe popular, un borracho perdido; a
+Martinillo, cuyas farsas grotescas desataban la risa, siempre pronta
+a estallar, de sus convecinos; a Panchote, el bruto del herrero, que
+trabajaba como un buey sin dársele de nada un ardite, un egoísta que
+jamás pensó en el prójimo. Dolorido del ámbito, recorría valles,
+encañadas y collados recitando sus propias rimas, cual conjuro al
+maleficio de la naturaleza que le envolvía. Se asfixiaba falto de
+sociedad. Su prima Eustaquia, la hija de la familia de que era huésped,
+sólo pensaba ante él en no aparecer cándida.
+
+Mas poco a poco íbale ganando el campo, invadiéndole el espíritu
+gota o gota, a la vez que, enriquecida su sangre, barría de sutileza
+su cerebro y regalaba a su corazón empuje. Iba gustando la salud, y
+con ella vergüenza de su pasado al ver que la naturaleza, impasible,
+sonreía desdeñosa a toda su postura de afectación y fingimiento.
+
+Llegó el día de la fiesta y se fué al monte, de romería, con su prima
+Eustaquia. De todo el contorno concurrían a la famosa fiesta. Al borde
+de la senda canturriaban quejumbrosamente sus patéticas súplicas los
+pordioseros. «Consideren, almas cristianas, la triste oscuridad en
+que me veo»... Más allá: «No hay, hermanitos, como el don precioso
+de la salud»... Más lejos, junto a un árbol, mostraba un muchachuelo
+enclenque el vientre enorme, lustroso y tostado al sol. Apartó Julián
+su vista de tanta miseria para descansarla en los humildes escaramujos
+que vestían al zarzal que festoneaba el otro lado del camino.
+
+Llegaron a la esplanada de la ermita, en que entró a rezar un momento
+Eustaquia, cubriéndose antes la cabeza con el blanco pañuelo. Olía a
+frescura de campo preñado de cosecha, y a guisos suculentos; de entre
+la fronda subían al cielo columnas de humo.
+
+En el ahumado hueco de un castaño centenario aprestaban como todos los
+años una merienda, y como todos reverdecía el viejo. Junto al carro del
+vino estaba Tajuña, el molinero, infatigable sangrador de pellejos,
+taza va, taza viene y él tan arrecho. Flaquearíanle las piernas, pero
+la cabeza no. Y Julián admiró con el pueblo al héroe. Salió a bailar
+Martinillo, cuya carucha parecía siempre que iba a llorar y no lloraba,
+y se rió Julián con el pueblo de los brincos y cabriolas felinas del
+gracioso. Vió con qué recogimiento merendaba Panchote y entendió que
+nunca es egoísta el que trabaja. Aquellas gentes eran naturaleza, y la
+naturaleza es también sociedad.
+
+Metióse con su prima por entre los corros, donde los aldeanos
+bailaban con toda el alma, vertiendo en saltos y piruetas y en
+gritos desbordamiento de vida, el limpio goce de la libertad de los
+movimientos, el disfrute del propio cuerpo. Bailaban con ellos las
+notas claras y estridentes del pito, repletas del agrete del vinillo
+viejo de las montañas aquellas, notas que estrumpían de consuno con
+las risas francas que hacían vibrar de alegría al aire, mientras
+bailoteaban al viento las hojas de los castaños bebiendo luz. Era
+aquella danza común, danza litúrgica, acción de gracias de la vida
+desnuda y pura, holocausto de energía vital.
+
+Palpitáronle a Julián las entrañas, empezaron a cantarle la canción
+de la salud que rebosaba, y tomando a Eustaquia de la mano se puso a
+bailar en un corro con ella entre los aldeanos. Era el campo mismo
+quien con él bailaba. «¡Bien, bien por el señorito!», le decían;
+«¡alza, Julianete, alza!», le azuzaba Martinillo, provocando risa
+general. Batían con ritmo los pies de Eustaquia sobre el suelo; oreaba
+con rozagancia al aire su florecido cuerpo; esplendían arreboladas
+en sus mejillas rosas de salud; eran sus labios fuente de júbilo, e
+irradiaban sus ojos vida anhelosa de derramarse.
+
+Cuando al terminar la danza embrazó Julián por el talle a su prima,
+cuyos ojos decían vida, fundióle la sangre las entrañas, derritiendo
+sobre su corazón a su cerebro. Sentáronse con otros en el suelo sobre
+la mullida alfombra a comulgar en la merienda, a beber del mismo vaso,
+a respirar del mismo aire y a calentarse al mismo sol.
+
+Entonces sintió Julián el abrazo de la montaña y que al beso de la
+brisa se le apagaba en el alma el eco de las exóticas rimas ciudadanas.
+Zumbábale en la cabeza la campiña y se sentía esponjado en la alegría
+de vivir que le rodeaba. Era el amor que le nacía del campo, el amor
+fructuoso, cogüelmo de vitalidad.
+
+A la vuelta volvían en parejas los más de los romeros, cogidos de las
+manos o de la cintura, bajo el derretimiento de la luz crepuscular.
+De cuando en cuando se escapaban de algún pecho fresco relinchidos
+potentes, que volaban como alondras sobre el valle para morir
+lánguidamente en la garganta de que como de nido salieron. Julián
+sintió un escalofrío vivificante al recibir el suspiro con que
+Eustaquia respondió al beso apretado y lento gozado en un recodo de
+la senda, y entonces intuyó el curado ciudadano que es el erotismo la
+impotencia del querer.
+
+Cuando un año después volvió a la ciudad llevaba a ella con Eustaquia
+una hija, flor aromática del amor cordial, una obra del cuerpo y del
+alma, del sér entero y uno; inspiración del campo en que dan en el
+agabanzo fruto las sencillas rosas del zarzal, los humildes escaramujos
+de cinco pétalos; un poema engendrado en el desmayo del cerebro, poema
+de amor hecho carne viviente, su vida, su eternidad, su luz, su gloria,
+su poema.
+
+Y cuando más tarde, perdida su compañera y olvidadas sus rimas, le
+cegó el cerebro, de antiguo herido, quedáronle aquellos filiales ojos
+que serenaban todo ambiente en que descansara con paz su mirada de
+inocencia.
+
+
+
+
+ EL CANTO ADÁMICO
+
+
+Fué esto en una tarde bíblica, ante la gloria de las torres de la
+ciudad, que reposaban sobre el cielo como doradas espigas gigantescas,
+surgiendo de la verdura que viste y borda al río. Tomé las _Hojas de
+yerba_--_Leaves of grass_--, de Walt Whitman, este hombre americano,
+enorme embrión de un poeta secular, de quien Roberto Luis Stevenson
+dice que, como un perro lanudo recién desencadenado, recorría las
+playas del mundo ladrando a la luna; tomé esas hojas y traduje algunas
+a mi amigo, ante el esplendor silencioso de la ciudad dorada.
+
+Y mi amigo me dijo:--¿Qué efecto tan extraño causan esas enumeraciones
+de hombres y de tierras, de naciones, de cosas, de plantas... ¿Es eso
+poesía?
+
+Y yo le dije:--Cuando la lírica se sublima y espiritualiza acaba en
+meras enumeraciones, en suspirar nombres queridos. La primera estrofa
+del dúo eterno del amor puede ser el «te quiero, te quiero mucho, te
+quiero con toda el alma»; pero la última estrofa, la del desmayo, no
+es más que estas dos palabras: ¡Romeo! ¡Julieta! ¡Romeo! ¡Julieta!
+El suspiro más hondo del amor es repetir el nombre del ser amado,
+paladearlo haciéndose miel la boca. Y mira al niño. Jamás olvidaré una
+escena inmortal que Dios me puso una mañana ante los ojos, y fué que
+vi tres niños cogidos de las manos, delante de un caballo, cantando
+enajenados de júbilo no más que estas palabras: ¡Un caballo!, ¡un
+caballo!, ¡un caballo! Estaban creando la palabra según la repetían; su
+canto era un canto genesíaco.
+
+--¿Cómo empezó la lírica?--preguntó mi amigo--, ¿cuál fué el primer
+canto?
+
+--Vamos a la leyenda--le dije--, y oye lo que dice el _Génesis_ en su
+segundo capítulo, cuando dice: «Formó, pues, Dios de la tierra toda
+bestia del campo y toda ave de los cielos y trájolas a Adán para que
+viese cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó a los animales
+vivientes, ése es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de
+los cielos, y a todo animal del campo; mas para Adán no halló ayuda que
+estuviese delante de él». Éste fué el primer canto, el canto de poner
+nombre a las bestias, extasiándose ante ellas Adán, en el alba de la
+humanidad.
+
+¡Poner nombre! Poner nombre a una cosa es, en cierto modo, adueñarse
+espiritualmente de ella. Este mismo Walt Whitman, cuyas _Hojas de
+yerba_ aquí tenemos, al decir en su «Canto a la puesta del sol», estas
+palabras: «Respirar el aire, ¡qué delicioso! ¡Hablar! ¡pasear! ¡Coger
+algo con la mano!», pudo añadir: Dar nombre a las cosas, ¡qué milagro
+portentoso!
+
+Al nombrar Adán a las bestias y aves se adueñó de ellas, y mira cómo
+el salmo octavo, después de cantar que Dios hizo que el hombre se
+enseñorease de las obras de las divinas manos, que le pusieron todo
+bajo los pies, ovejas y bueyes y asimismo las bestias del campo y las
+aves de los cielos y los peces del mar y todo cuanto pasa por los
+senderos de éste, acaba diciendo: «Oh Jahvé, Señor Nuestro, ¡cuán
+grande es tu nombre en toda la tierra!». Habla de la grandeza de ese
+nombre, que millones de lenguas de hombres piden día a día que sea
+santificado. Si supiéramos dar nombre adecuado, nombre poético, nombre
+creativo a Dios, en él se colmaría como en flor eterna toda la lírica.
+
+En el _Génesis_ también y en los versillos 24 a 30 de su capítulo XXXII
+se nos cuenta cómo al pasar Jacob el vado de Jacob, cuando iba en busca
+de Esaú, su hermano, se quedó a hacer noche solo y luchó hasta rayar el
+alba con un desconocido, con un ángel de Dios o con Dios mismo, y lleno
+de angustia le preguntaba por su nombre, cómo se llamaba. En aquellos
+tiempos aurorales, declarar un viviente su nombre era declarar su
+esencia. Su nombre es lo primero que nos dan los héroes homéricos.
+
+Y estos nombres no eran dichos, eran cantados en un empuje de
+entusiasmo y de adoración. Y tengo, por indudable, lector, que el himno
+que más adentro del corazón se te ha metido fué cuando viste tu propio
+nombre, tu nombre de pila, el doméstico, desnudo y puro, suspirado en
+la penumbra. Es la corona de la lírica.
+
+La forma de letanía es acaso la más exquisita que las explosiones
+líricas nos ofrecen: un nombre repetido en rosario y engarzado cada vez
+en epítetos vivos que lo realzan. Y entre éstos hay el epíteto sagrado.
+
+En los poemas homéricos brillan los epítetos sagrados; cada héroe lleva
+el suyo. Aquiles, el de los pies veloces; Héctor, el agitapenachos. Y
+en todo tiempo y lugar, cuando alguien encuentra el epíteto sagrado que
+casa poéticamente con un hombre, todos lo adoptan y todos lo repiten. Y
+lo que sucede con los hombres sucede con los animales y con las cosas y
+las ideas. La astuta zorra, el perro fiel, el noble corcel, el paciente
+burro, el tardo buey, la arisca cabra, la mansa oveja, la tímida
+liebre... y los designios de la Providencia, ¿pueden ser otra cosa que
+inescrutables?
+
+Cantar, pues, el nombre, realzándolo con el epíteto sagrado, es la
+exaltación reflexiva de la lírica, y la exaltación irreflexiva, la
+suprema, es cantarlo solo y desnudo, sin epíteto alguno, es repetirlo
+una y otra y otra vez, como sumergiendo el alma en su contenido ideal y
+empapándose en él sin añadido.
+
+--No me sorprende--le dije a mi amigo--que te produzcan extraño efecto
+estas enumeraciones, y te confieso que pueden ellas no tener nada de
+poético. Pero han de extrañarnos más a nosotros que, con palabras
+muertas, reducimos la lírica a algo discursivo y oratorio, a elocuencia
+rimada.
+
+--Observa, además--añadí--, que una palabra no ha cobrado su esplendor
+y su pureza toda hasta que ha pasado por el ritmo y se ha visto
+ayuntada a otras en su cadencia. Es como el trigo, que no está limpio y
+pronto para ir a la muela hasta que no ha sido apurado aventándolo al
+aire de la era.
+
+--Ahora recuerdo--dijo mi amigo, interpolando un intermedio cómico--,
+ahora recuerdo cierto chascarrillo yanqui, y es que dicen que cuando
+Adán estaba poniendo nombre a los animales, al acercarse el caballo,
+dijo Eva a su marido: Esto que viene aquí se parece a un caballo;
+llamémosle, pues, caballo.
+
+--El chascarro no carece de gracia--le dije--, pero es el caso que
+cuando Adán puso nombre a las bestias del campo y a las aves de los
+cielos, aún no había sido creada la mujer, según el _Génesis_. De
+donde se saca que el hombre necesitó hablar aun estando solo, hablar
+consigo, es decir, cantar, y que su acto de poner nombres a los seres
+fué un acto de pureza lírica, de perfecto desinterés. Se los puso para
+extasiarse con ellos. Sólo que una vez que así los cantó y les puso
+nombres, sintió la necesidad de un semejante a quien comunicárselos;
+una vez que de la grosura de su entusiasmo brotó aquel himno de
+nombramiento, sintió la necesidad de un auditorio, de un público, y
+así, agrega el texto, que Adán no halló ayuda que estuviese delante
+de él. Y a seguida de esto es cuando el relato bíblico nos cuenta la
+creación de la primera mujer, hinchándola de una costilla del primer
+hombre, y como si éste hubiese sentido más vivamente la necesidad de
+una compañera a raíz de haberse adueñado de los seres mediante los
+nombres. Sintió el hombre la necesidad de alguien con quien hablar, y
+Dios le hizo la mujer. Y apenas surge la mujer ante el hombre, luego
+de decir éste lo de «esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi
+carne», lo primero que hace es darle nombre, diciendo: «Ésta será
+llamada varona, porque del varón fué tomada». Y este nombre, en efecto,
+no ha prevalecido, sino que los más de los pueblos cultos tienen para
+la mujer nombre de otra raíz que el nombre del hombre, y como si fuesen
+dos especies.
+
+--Excepto el inglés, por lo menos--dijo mi amigo.
+
+--Y algún otro--añadí yo.
+
+Y recogiendo las _Hojas de yerba_, de Walt Whitman, dejamos el
+esplendor de la ciudad cuando se derretía en el atardecer.
+
+
+
+
+ LAS TIJERAS
+
+
+Todas las noches, de nueve a once, se reunían en un rinconcito del
+café de Occidente dos viejos a quienes los parroquianos llamaban «Las
+tijeras». Allí mismo se habían conocido, y lo poco que sabían uno del
+otro era esto:
+
+Don Francisco era soltero, jubilado, vivía solo con una criada vieja y
+un perrito de lanas muy goloso, que llevaba al café para regalarle el
+sobrante de los terroncitos de azúcar. Don Pedro era viudo, jubilado,
+tenía una hija casada, de quien vivía separado a causa del yerno. No
+sabían más. Los dos habían sido personas ilustradas.
+
+Iban al café a desahogar su bilis en monólogos dialogados, amodorrados
+al arrullo de conversaciones necias y respirando vaho humano.
+
+Don Pedro odiaba al perro de su amigo. Solía llevarse a casa la sobra
+de su azúcar para endulzar el vaso de agua que tomaba al levantarse de
+la cama. Había entre él y el perrillo una lucha callada por el azúcar
+que dejaban los vecinos. Cuando don Pedro veía al perrillo encaramarse
+al mármol relamiéndose el hocico, retiraba temblando sus terroncitos de
+azúcar. Alguna vez, mientras hablaba, pisaba como al descuido la cola
+del perrito, que se refugiaba en su dueño.
+
+El amo del perro odiaba sin conocerla a la hija de don Pedro. Estaba
+harto de oirle hablar de ella como de su gloria y de su consuelo; mi
+hija por aquí, mi hija por allí, ¡siempre su hija! Cuando el padre se
+quejaba del sinvergüenza de su yerno, el amo del perro le decía:
+
+--Convénzase, don Pedro. La culpa es de la hija; si quisiera a usted
+como a padre, todo se arreglaría... ¡Le quiere más a él! ¡Y es natural!
+¡Su mujer de usted haría lo mismo!...
+
+El corazón del pobre padre se encogía de angustia al oir esto, y su pie
+buscaba la cola del perrito de aguas.
+
+Un día el perro se comió, después de los terroncitos de su amo, los de
+don Pedro. Al día siguiente éste, con dignidad majestuosa, recogió,
+después de sus terrones, los del perro. Tras esto hablaron largo rato
+de la falta de justicia en el mundo.
+
+Terribles eran las conversaciones de los viejos. Era un placer
+solitario y mutuo en las pausas del propio monólogo: oía cada uno los
+trozos del otro monólogo sin interesarse en el dolor petrificado que lo
+producía; lo oía, espectador sereno, como a eco puro que no se sabe
+de dónde sube. Iban a oir el eco de su alma sin llegar al alma de que
+partía.
+
+Cuando entraba el último empezaba el tijereteo por un «¿qué hay de
+nuevo?», para concluir con un «¡miseria pura! ¡Todo es farsa!». Su
+placer era _meneallo_, emporcarlo todo para abonar el mundo.
+
+No reproduciré aquellos monólogos como se producían; prefiero exponer
+su melodía pura.
+
+--Sea usted honrado, don Francisco, y le llamarán tonto...
+
+--¡Con razón!
+
+--¡Resignación!, predican los que se resignan a vivir bien. ¡Por
+resignarme me aplastaron!...
+
+--¡Y a mí por protestar!
+
+--¡La vida es dura, don Pedro! Siempre oculté mis necesidades y me
+hubiera dejado morir de hambre en postura noble, como un gladiador que
+lucha por los garbanzos... ¡Oh!, hay que saber lucir un remiendo cosido
+con arte... Yo no he sabido lloriquear a tiempo. Siempre soltero, jamás
+hubiera cumplido deseos santos, porque me quitaban el pan padres de
+hijos que tenían las lágrimas en el bolsillo. Yo me las tragaba...
+
+--Yo he sido casado, los solteros eran una sola boca, corrían sin
+carga, se contentaban con menos... Nada pude contra ellos...
+
+--Pude ser bandido y no lo quise.
+
+--Yo quise serlo y no lo pude conseguir, se me resistía...
+
+--Dicen ahora que en la lucha por la vida vence el más apto. ¡Vaya una
+lucha! ¿El más apto? ¡Mentira, don Pedro!
+
+--¡Verdad, don Francisco! Vence el más inepto porque es el más apto.
+Todos luchan a quien más se rebaja, a quien más autómata, a quien más
+y mejor llora, a quien más y mejor adula. ¿Tener carácter?... ¡Oh!
+¿Quién es éste que quiere salir del coro y aspira a partiquino? Hay que
+luchar por la justicia, que no baja, como el rocío, del cielo; el que
+no llora, no mama. Apenas quedan más que dos oficios útiles, ladrón
+y mendigo, o la amenaza o las lágrimas. Hay que pedir desde arriba o
+desde abajo.
+
+--¡Ah, don Francisco! El que para menos sirve, es el que mejor sirve.
+
+--Aunque lo digan, yo no soy pesimista. No tiene la culpa el mundo si
+hemos nacido dislocados en él.
+
+--No hay justicia, don Francisco; que aunque a las veces se haga lo
+justo, es a pesar de serlo.
+
+--¡Mire usted, don Pedro, cómo le paga su hija!
+
+El pobre padre buscaba la cola del perrito de aguas, mientras decía:
+
+--¡La caridad! ¡Otra como la justicia! ¡A cuántas almas fuertes mata la
+lucha por la caridad!... «Ah, éste sabe trabajar, no necesita», y todos
+pasan sin darle ni trabajo ni pan.
+
+--¡La caridad, don Pedro! ¡Los pobres necesitaban el pan, me dieron
+palabras de consuelo..., les cuestan tan poco..., las tienen para su
+uso! ¡Los ricos me echaron mendrugos..., les cuesta tan poco..., los
+habrían echado a los perros! Nadie me ha dado pan con piedad; sobre el
+pan del cuerpo, miel del alma. He vivido del Estado: esa cosa anónima a
+la que nada agradezco.
+
+--¡Ah, don Francisco! Pegan y razonan la paliza. No me duele el
+pisotón, sino el «usted perdone». La paliza basta, la razón sobra... Me
+decían: «Te conviene, es por tu bien, lo mereces»; mil sandeces más:
+echar en la herida plomo derretido.
+
+--Tiene usted razón. Nadie me ha hecho más daño que los que decían
+hacérmelo por mi bien. Yo nací hermoso, como un gran diamante en bruto,
+me cogieron los lapidarios; a picazo y regla me pulieron las facetas;
+quedé brillante, ¡hermoso para un collar!... No quise ensartarme con
+los otros, ni engarzarme en oro; rodé por el arroyo; libre, el roce me
+gastó, he perdido el brillo y los reflejos, y hoy, opaco, achicado,
+apenas sirvo para rayar cristales.
+
+--Corrí yo, tropezando en todas las esquinas para llegar al banquete.
+«No te apresures, me decían al fin de cada jornada: aún tienes tiempo y
+no te faltará en la mesa, si no es un sitio, otro». Cuando llegué era
+tarde; el cansancio y el ayuno habían matado mi apetito, el resorte de
+mi vida; llegué a la ilusión desilusionado, harto en ayunas... ¡Se me
+había indigestado la esperanza!
+
+Un día unos estudiantes hicieron una judiada al pobre perrito. Su amo
+se incomodó, los chicos se le insolentaron y se armó cuestión. En lo
+más crudo de ésta, una ola de pendencia ahogó al padre que oía todo
+callado, se levantó, gruñó un saludo y se fué, dejando al amo del perro
+que se las arreglara. Pero al siguiente día volvió como siempre.
+
+--Yo he sido siempre progresista--decía el amo del perro--; hoy no soy
+nada.
+
+--¡Yo siempre moderado!...
+
+--Pero progresista suelto, desencasillado, fuera de comité... ¡Eso me
+ha perdido!
+
+--¡Eso nos ha perdido a los dos!
+
+--¿Qué escarabajo es éste, don Pedro, que no tiene mote en los cuadros
+de la entomología política y social?
+
+--Y mire usted, don Francisco, mire cómo viven Trigonidium
+cicindeloides, Anaplotermes pacificus, Termes lucifugus, Palingenia
+longicauda y tantos más de la especie tal, género cual, familia tal del
+orden de los insectos.
+
+--Las ideas, don Pedro, no son mas que lastre... La única verdad es
+la verdad viva, el hombre que las lleva... Cuando quiere subir las
+arroja...
+
+--El hombre, don Francisco, es una verdad triste. Los buenos creen
+y esperan chupándose el dedo; los pillos se ayudan..., y al cabo,
+todos concluyen lo mismo. Yo creo en un Limbo para los buenos y en un
+Infierno para los malos.
+
+--¡Feliz usted, don Pedro! ¡Feliz usted que tiene el consuelo de creer
+en el Infierno!
+
+--Mi mayor placer después de estos parrafitos es dormir como un lirón.
+Me gustaría acostarme para siempre con la esperanza de encontrar a
+la cabecera de mi cama mi vasito de agua azucarada un día que nunca
+llegue... ¡Dormir para siempre arrullado por la esperanza dulce!
+
+--¡Mi único consuelo, don Pedro, es el pensamiento puro, y aun éste, en
+cuanto vive se ensucia!...
+
+Así, aunque en otra forma, discurrían aquellos viejos que, arrecidos de
+frío, miraban con desdén la vida desde la cumbre helada de su soledad.
+Amaban la vida y gozaban en maldecir del mundo, sintiéndose ellos, los
+vencidos, vencedores de él, el vencedor. Lo encontraban todo muy malo
+porque se creían buenos y gozaban en creerlo. Era la suya una postura
+como otra cualquiera. Creían que el sol es farsa, pero que calienta, y
+en él se calentaban.
+
+Salían juntos y bien abrigados, y al separarse continuaba cada uno por
+su camino el monólogo eterno. Todas las noches murmuraban al separarse:
+¡Miseria pura! ¡Todo es farsa!
+
+Un día faltó don Pedro al café, y siguió faltando con gran placer
+del perrito de aguas. Cuando el amo de éste supo que el padre había
+muerto, murmuró: «Pobre señor. ¡Algún disgusto que le ha dado su hija!
+¿Si encontrará algún día el vaso de agua azucarada a la cabecera de
+la cama?». Y siguió su monólogo. El eco de su alma se había apagado,
+¿quién era? ¿De dónde venía? ¿Cómo vivía? Ni lo supo ni intentó
+saberlo; quedó solo y no conoció su soledad.
+
+Sigue yendo al rinconcito del café del Occidente. Los parroquianos le
+oyen hablar solo y le ven gesticular. Mientras da un terroncito de
+azúcar al perro que agita de gusto su colita rematada en un pompón,
+murmura: «¡Miseria pura, don Pedro, todo es farsa!». Y los parroquianos
+dicen: «¡Pobre señor! Desde que perdió la otra tijera, esa cabeza no
+anda bien. ¡Cuánto le afectó! ¡Se comprende..., a su edad!».
+
+El amo del perro sale sin acordarse del padre de la hija, y sólo sigue
+tijereteando: ¡Miseria pura! ¡Todo es farsa!
+
+
+
+
+ Y VA DE CUENTO...
+
+
+A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido uno. ¿Héroe? ¡Héroe,
+sí! Y ¿por qué?--preguntará el lector--. Pues, primero, porque casi
+todos los protagonistas de los cuentos y de los poemas deben ser
+héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, veámoslo.
+
+P.--¿Qué es un héroe?
+
+R.--Uno que da ocasión a que se pueda escribir sobre él un poema épico,
+un epinicio, un epitafio, un cuento, un epigrama, o siquiera una
+gacetilla o una mera frase.
+
+Aquiles es héroe porque le hizo tal Homero, o quien fuese, al componer
+la _Ilíada_. Somos, pues, los escritores--¡oh, noble sacerdocio!--los
+que para nuestro uso y satisfacción hacemos los héroes, y no habría
+heroísmo si no hubiese literatura. Eso de los héroes ignorados es una
+mandanga para consuelo de simples. ¡Ser héroe es ser _cantado_!
+
+Y, además, era héroe el Miguel de mi cuento porque le habían pedido
+uno. Aquél a quien se le pida un cuento es, por el hecho mismo de
+pedírselo, un héroe, y el que se lo pide es otro héroe. Héroes los dos.
+Era, pues, héroe mi Miguel, a quien le pidió Emilio un cuento, y era
+héroe mi Emilio, que pidió el cuento a Miguel. Y así va avanzando este
+que escribo. Es decir,
+
+ burla burlando, van los dos delante.
+
+Y mi héroe, delante de las blancas o agarbanzadas cuartillas, fijos
+en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y de codos
+sobre la mesilla de trabajo--y con esta descripción, me parece que el
+lector estará viéndole mucho mejor que si viniese _ilustrado_ esto--,
+se decía: «Y bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me
+pide? ¡Ahí es nada, escribir un cuento quien, como yo, no es cuentista
+de profesión! Porque hay el novelista que escribe novelas, una, dos,
+tres o más al año, y el hombre que las escribe, cuando ellas le vienen
+de suyo. ¡Y yo no soy un cuentista!...
+
+Y no, el Miguel de mi cuento no era un cuentista. Cuando por acaso
+los hacía, sacábalos, o de algo que visto u oído habíale herido la
+imaginación, o de lo más profundo de sus entrañas. Y esto de sacar
+cuentos de lo hondo de las entrañas, esto de convertir en literatura
+las más íntimas tormentas del espíritu, los más espirituales dolores
+de la mente, ¡oh, en cuanto a esto!... En cuanto a esto, han dicho
+tanto ya los poetas líricos de todos los tiempos y países, que nos
+queda ya muy poco por decir.
+
+Y luego los cuentos de mi héroe tenían para el común de los lectores de
+cuentos--los cuales forman una clase especial dentro de la general de
+los lectores--un gravísimo inconveniente, cual es el de que en ellos no
+había argumento, lo que se llama argumento. Daba mucha más importancia
+a las perlas que no al hilo en que van ensartadas, y para el lector
+de cuentos lo importante es la _hilación_, así, con hache, de hilo,
+y no _ilación_, sin ella, como nos empeñamos en escribir los más o
+menos latinistas que hemos dado en la flor de pensar y enseñar que ese
+vocablo deriva de _infero_, _fers_, _intuli_, _illatum_. (No olviden
+ustedes que soy catedrático, y de yo serlo comen mis hijos, aunque
+alguna vez merienden de un cuento perdido).
+
+ Y estoy a la mitad de otro cuarteto.
+
+Para el héroe de mi cuento, el cuento no es sino un pretexto para
+observaciones más o menos ingeniosas, rasgos de fantasía, paradojas,
+etc., etc. Y esto, francamente, es rebajar la dignidad del cuento, que
+tiene un valor sustantivo--creo que se dice así--en sí y por sí mismo.
+Miguel no creía que lo importante era el interés de la narración y que
+el lector se fuese diciendo para sí mismo en cada momento de ella: ¿y
+ahora qué vendrá?; o bien: ¿y cómo acabará esto? Sabía, además, que hay
+quien empieza una de esas novelas enormemente interesantes, va a ver en
+las últimas páginas el desenlace y ya no lee más.
+
+Por lo cual creía que una buena novela no debe tener desenlace, como
+no lo tiene, de ordinario, la vida. O debe tener dos o más, expuestos
+a dos o más columnas, y que el lector escoja entre ellos el que más le
+agrade. Lo que es soberanamente arbitrario. Y mi este Miguel era de lo
+más arbitrario que darse puede.
+
+En un buen cuento lo más importante son las situaciones y las
+transiciones. Sobre todo estas últimas. ¡Las transiciones, oh! Y
+respecto a aquéllas es lo que decía el famoso melodramaturgo D'Ennery:
+«En un drama (y quien dice drama dice cuento) lo importante son las
+situaciones; componga usted una situación patética y emocionante, e
+importa poco lo que en ella digan los personajes, porque el público
+cuando llora no oye». ¡Qué profunda observación ésta de que el público
+cuando llora no oye! Uno que había sido apuntador del gran actor
+Antonio Vico me decía que representando éste una vez _La muerte civil_,
+cuando entre dos sillas hacía que se moría, y las señoras le miraban
+con los gemelos para taparse con ellos las lágrimas, y los caballeros
+hacían que se sonaban para enjugárselas, el gran Vico, entre hipíos
+estertóricos y en frases entrecortadas de agonía, estaba dando a él,
+al apuntador, unos encargos para contaduría. ¡Lo que tiene el saber
+hacer llorar!
+
+Sí; el que en un cuento, como en un drama, sabe hacer llorar o reir,
+puede en él decir lo que se le antoje. El público, cuando llora
+o cuando se ríe, no se entera. Y el héroe de mi cuento tenía la
+perniciosa y petulante manía de que el público--¡su público, claro
+está!--se enterase de lo que él escribía. ¡Habráse visto pretensión
+semejante!
+
+Permítame el lector que interrumpa un momento el hilo de la narración
+de mi cuento, faltando al precepto literario de la impersonalidad
+del cuentista (véase la _Correspondance_, de Flaubert, en cualquiera
+de sus cinco volúmenes _Oeuvres completes_, París, Louis Conard,
+libraire-éditeur, MDCCCCX), para protestar de esa pretensión rídicula
+del héroe de mi cuento, de que su público se enterase de lo que él
+escribía. ¿Es que no sabía que las más de las personas leen para no
+enterarse? ¡Harto tiene cada uno con sus propias penas y sus propios
+pesares y cavilaciones para que vengan metiéndole otros! Cuando yo,
+a la mañana, a la hora del chocolate, tomo el periódico del día, es
+para distraerme, para pasar el rato. Y sabido es el aforismo de aquel
+sabio granadino: «La cuestión es pasar el rato»; a lo que otro sabio,
+bilbaíno éste y que soy yo, añadió: «Pero sin adquirir compromisos
+serios». Y no hay modo menos comprometedor de pasar el rato que leer
+el periódico. Y si cojo una novela o un cuento no es para que de
+reflejo suscite mis hondas preocupaciones y mis penas, sino para que me
+distraiga de ellas. Y por eso no me entero de lo que leo, y hasta leo
+para no enterarme...
+
+Pero el héroe de mi cuento era un petulante que quería escribir para
+que se enterasen, y es natural, así no puede ser, no le resultaba
+cuanto escribía sino paradojas.
+
+¿Que qué es esto de una paradoja? Ah, yo no lo sé, pero tampoco lo
+saben los que hablan de ellas con cierto desdén, más o menos fingido;
+pero nos entendemos, y basta. Y precisamente el chiste de la paradoja,
+como el del humorismo, estriba en que apenas hay quien hable de ellos
+y sepa lo que son. La cuestión es pasar el rato, sí, pero sin adquirir
+compromisos serios; y ¿qué serio compromiso se adquiere tildando a algo
+de paradoja, sin saber lo que ella sea, o tachándolo de humorístico?
+
+Yo, que como el héroe de mi cuento, soy también héroe y catedrático de
+griego, sé lo que etimológicamente quiere decir eso de paradoja: de
+la preposición _pará_, que indica lateralidad, lo que va de lado o se
+desvía, y _doxa_ opinión; y sé que entre paradoja y herejía apenas hay
+diferencia; pero...
+
+Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cuento? Volvamos, pues, a él.
+
+Dejamos a nuestro héroe--empezando siéndolo mío y ya es tuyo, lector
+amigo, y mío, esto es, nuestro--de codos sobre la mesa, con los
+ojos fijos en las blancas cuartillas, etc.--, véase la precedente
+descripción--, y diciéndose; «Y bien, ¿sobre qué escribo yo ahora?...».
+
+Esto de ponerse a escribir, no precisamente porque se haya encontrado
+asunto, sino para encontrarlo, es una de las necesidades más terribles
+a que se ven expuestos los escritores fabricantes de héroes, y héroes,
+por lo tanto, ellos mismos. Porque ¿cuál, sino el de hacer héroes, el
+de cantarlos, es el supremo heroísmo? Como no sea que el héroe haga a
+su hacedor, opinión que mantengo muy brillante y profundamente en mi
+_Vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra_,
+explicada y comentada; Madrid, librería de Fernando Fe, 1905[1]--y
+sirva esto, de paso, como anuncio--, obra en que sostengo que fué Don
+Quijote el que hizo a Cervantes, y no éste a aquél. ¿Y a mí quién me ha
+hecho, pues? En este caso, no cabe duda que el héroe de mi cuento. Sí,
+yo no soy sino una fantasía del héroe de mi cuento.
+
+¿Seguimos? Por mí, lector amigo, hasta que usted quiera; pero me temo
+que esto se convierta en el cuento de nunca acabar. Y así es el de la
+vida... Aunque, ¡no!, ¡no!, el de la vida se acaba.
+
+Aquí sería buena ocasión, con este pretexto, de disertar sobre la
+brevedad de esta vida perecedera y la vanidad de sus dichas, lo cual
+daría a este cuento un cierto carácter moralizador que lo elevara sobre
+el nivel de esos otros cuentos vulgares que sólo tiran a divertir.
+Porque el Arte debe ser edificante. Voy, por lo tanto, a acabar con una
+
+_Moraleja._--Todo se acaba en este mundo miserable: hasta los cuentos y
+la paciencia de los lectores. No sé, pues, abusar.
+
+
+ NOTAS:
+
+[1] Para mi conciencia de bibliógrafo debo decir que antes de 1905
+pone: Carrera de San Jerónimo, 2; pero desde entonces el señor Fe se ha
+trasladado a la Puerta del Sol, 15. y ahora añado que esa edición se ha
+agotado y que prepara otra la _Biblioteca Renacimiento_.
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 77759 ***