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-The Project Gutenberg eBook of El equipaje del rey José, by Benito
-Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-using this eBook.
-
-Title: El equipaje del rey José
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: December 19, 2022 [eBook #69578]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images
- generously made available by The Internet Archive/Canadian
- Libraries.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL EQUIPAJE DEL REY
-JOSÉ ***
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos
- ortotipográficos.
-
-
-
-
-EPISODIOS NACIONALES
-
-EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
-
-
-Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- EPISODIOS NACIONALES
- SEGUNDA SERIE
-
- EL EQUIPAJE
- DEL
- REY JOSÉ
-
- 39.000
-
- [Ilustración]
-
- MADRID
- LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
- Calle del Arenal, núm. 11.
- —
- 1908
-
-
-
-
-EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ
-
-I
-
-
-El 17 de marzo de 1813 salieron de Palacio algunos coches, seguidos
-de numerosa escolta, y bajando por Caballerizas a la Puerta de San
-Vicente, tomaron el camino de la Puerta de Hierro.
-
-—Su Majestad intrusa va al Pardo —dijo don Lino Paniagua en uno de los
-corrillos que se formaron al pasar los carruajes y la tropa.
-
-—Todavía no es el tiempo de la bellota, señores —repuso otro, que se
-preciaba de no abrir la boca sin regalar al mundo alguna frutecilla
-picante y sabrosa del árbol de su ingenio.
-
-—Su Majestad se ha convencido de que no engordará en España, y por ese
-camino adelante no parará hasta Francia —indicó un tercero, hombre
-forzudo y ordinario que respondía al nombre de Mauro Requejo.
-
-—¡A Francia! Todas las mañanas nos saluda la gente con el estribillo de
-que se marchan los franceses aburridos y cansados, y por las noches
-nos acostamos con la certidumbre de que los franceses no se aburren, ni
-se cansan, ni tampoco se van.
-
-—Tiene razón el señor don Lino Paniagua —declaró otro personaje que
-se distinguía de los demás del grupo por el deslumbrante verdor de
-sus anteojos y un extraño modo de reír, más propiamente comparable a
-visajes de cuadrúmano que a muecas de racional—. ¡Tiene razón! Hace
-cinco años no se oye más que esto: «Se van sin remedio; ya no pueden
-sostenerse ni un día más: el _lord_ dará buena cuenta de todos ellos
-dentro del mes que viene...» Y así corren los meses y los años: la
-gente muere, el pan sube, los pleitos merman, el dinero se acaba, y los
-franceses no se van sino para volver. Cuatro veces hemos visto salir
-al señor Pepe, y cuatro veces le hemos visto entrar con más bríos. ¿Se
-acuerdan ustedes de la batalla de Bailén? Pues todos decían: «Gracias
-a Dios que se acabó esto. No ha quedado un francés para simiente de
-rábanos.» ¡Ay! no pasaron muchos meses sin que les viéramos otra vez
-mandados por el Emperador en persona. Al cabo de cinco años se ha
-repetido la fiesta. Diose una batalla en Salamanca y aquí de mis bocas
-de oro. «¡Ya se acabó todo!... ¡Gracias a Dios!... Viva el _lord_...»
-Los franceses salen por un lado y los ingleses entran por otro... Pero
-esto parece escenario de un teatro: el _lord_ se va por la derecha, y
-José se nos cuela por la izquierda... Señores, no puedo olvidar las
-acotaciones de las comedias, que dicen _hace que se va y se queda_...
-A mí, que soy perro viejo y tengo sobre mi alma cristiana cuatro dedos
-de enjundia de marrullería, no se me emboba con estas entradas y
-salidas.
-
-—El señor licenciado Lobo —dijo don Narciso Pluma, que a la sazón se
-aproximó— se halla tan bien en su escribanía de cámara que no quisiera
-le molestase el ruido de las tropas, ni el estrépito de la guerra. Al
-fin y al cabo, los destinos dados por Murat no han de ser eternos.
-
-—Ya os veo venir, embrollones; os entiendo, farsantes; os conozco,
-trapisondistas —repuso Lobo disimulando su enojo—. ¿Quieren hacerme
-pasar por afrancesado?... Parece que corren vientos anglicanos y
-wellingtonianos...
-
-—Puede ser.
-
-—Señores, demos una vuelta por los Pozos de Nieve a ver si clarean las
-casacas rojas del lado de Fuencarral y Alcobendas.
-
-—¿Por qué no? El ejército aliado parece que viene hacia acá. Pero en
-suma, señores, ¿a dónde va esta gente? ¿Qué tinajas atraen con su
-olorcillo a nuestro intruso mosquito?
-
-—Yo digo que no pasa del Pardo.
-
-—Y yo que antes dejará de catarlo que quitarse el polvo de las botas
-mientras no llegue a la raya de Francia.
-
-—Por allí viene el reverendo Salmón que nos dirá la verdad, pues este
-fraile de la Merced gusta de cucharetear con todo el mundo, y aquí cojo
-un vocablo, allá pesco una sílaba, ello es que todo lo sabe.
-
-—Bien venido sea el Padre Salmón —dijo Requejo adelantándose a saludar
-al venerable mercenario que en la noble compañía del marqués de Porreño
-tornaba de la Virgen del Puerto.
-
-—¿Y qué nuevas tienen ustedes, señores míos? —preguntó el buen fraile
-limpiando el sudor de su rostro, pues según se fatigaba al subir la
-empinada cuesta de San Vicente, parecía que se dejaba la mitad de sus
-rollizas carnes en el camino.
-
-—Como Vuestra Paternidad no nos diga algo...
-
-—El aparato de fuerza que lleva el rey, y la muchedumbre de coches en
-que le acompaña su servidumbre francesa y española —dijo con gravedad
-el marqués de Porreño— prueban que el viaje será largo.
-
-—Estamos a 17 de marzo... Pasado mañana son los días de don Pepito
-—indicó el fraile frotándose las manos—. Quiere celebrarlo en el
-Escorial.
-
-—¿En marzo? Eso es hablar en mojigato —dijo Pluma señalando con
-picaresca malignidad a un anciano astroso y taciturno que hasta
-entonces no había desplegado sus sibilíticos labios—. El señor Canencia
-que está presente le enseñará a usted a hablar en jacobino. No se dice
-marzo, sino _Ventoso_, víspera de _Germinal_ y antevíspera de _Floreal_.
-
-Todos se rieron a costa del abatido don Bartolomé Canencia, que habló
-de esta manera:
-
-—En mi escuela se atiende a los hechos, no a las palabras: _factis, non
-verbis_.
-
-—Estamos en marzo —afirmó Lobo—; pero ahora nos ocupamos de nuestro
-rey postizo, y ya se sabe que ese está siempre en _Vendimiario_.
-
-—Veo que será preciso buscar las noticias en otra parte —dijo con
-impaciencia Paniagua—. El Padre Salmón no está hoy de vena para contar,
-y don Bartolomé Canencia, que conoce todos los pasos de los franceses
-como los saltos de las pulgas dentro de su camisa, no nos quiere decir
-nada, sin duda por no vender a sus amigos.
-
-—¡Mis amigos, los franceses! —exclamó Canencia turbándose como
-jovenzuelo tímido, a quien se descubre un secreto amoroso—. ¿Soy
-acaso hombre que se entusiasma con las victorias militares de Juan y
-de Pedro? ¡Batallas! ¡Ejércitos! ¡Napoleón! ¡Lord Wellington! ¡Qué
-basura! Soy partidario del género humano, señores. Odio las guerras,
-destructoras de la _convención_ social, y aguardo el día de la
-independencia de los pueblos. Sé que me calumnian; sé que algunos se
-atreven a sostener que estuve en Salamanca en una sociedad masónica...
-¿Por ventura estas mis venerables canas y esta entereza filosófica
-que debo a mis estudios son a propósito para degradarse en logias y
-aquelarres...? Pero basta que me hayan dado ese miserable destinillo
-en la contaduría del Noveno para que se me crea ligado en cuerpo y
-alma a los Bonapartes, señores; a los hijos de doña Leticia, que hoy
-dominan el mundo con la espada... ¡Como si la espada fuera otra cosa
-que un pedazo de acero, una herramienta brutal, una lanceta inerte y
-punzante que solo sirve para sangrar a los pueblos!... Y entre tanto
-las ideas... Volved los ojos a todos lados y decidme: ¿dónde están las
-ideas?
-
-Las risas impidieron a Canencia seguir adelante en su comenzado
-discurso. Salmón le quitó la palabra de la boca, para decir:
-
-—Mala pascua me dé Dios y sea la primera que viniere. Si a este don
-Bartolomé no le cambian pronto su plaza de la contaduría del Noveno por
-una jaulita en el Nuncio de Toledo... En suma, nada nos ha dicho del
-viaje del rey. Lo que yo aseguro es que ayer nada se sabía en Palacio
-de tal viaje...
-
-—Por allí viene quien nos ha de sacar de dudas —dijo Pluma señalando
-hacia Caballerizas.
-
-Todos los del corrillo fijaron la atención en un joven bien parecido,
-de rostro alegre y franco que precipitadamente bajaba en dirección a
-San Gil. Vestía el uniforme de la guardia española creada por José en
-enero de 1809, y a la cual pertenecían buen número de compatriotas
-nuestros con todos o casi todos los suizos y walones de los antiguos
-cuerpos extranjeros.
-
-—¡Eh, Salvadorcillo Monsalud, Salvadorcillo Monsalud! —gritó el
-licenciado Lobo, llamando al mozo del uniforme.
-
-—Es sobrino de Andrés Monsalud, el que apalearon en Salamanca —indicó
-con malicia Requejo—. El señor Canencia puede dar noticia de la batalla
-de los Arapiles y de los palos de Babilafuente.
-
-—Señores patriotas, buenos días —dijo el joven guardia acercándose al
-corrillo y saludando a todos con festivo semblante.
-
-—¿Qué ocurre, discreto amigo aunque jurado? —le preguntó Salmón posando
-su mano en el hombro del mancebo—. ¿A dónde va por esos caminos el
-Emperador de las Tinajas?
-
-—A Valladolid —repuso el militar.
-
-—¡A Valladolid! —exclamaron todos—. ¡Ya lo presumía yo!
-
-—Por allí están la Nava, Rueda, la Seca, Mojados y demás cepas...
-
-—¿Conque a Valladolid?
-
-—No faltarán batallas... —indicó el joven con énfasis—. Napoleón ha
-mandado un propio a su hermano, diciéndole que salga a campaña.
-
-—¿Un recadito?
-
-—Y nosotros salimos también... Y con nosotros los ministros, y con los
-ministros los empleados, y con los empleados...
-
-—Con los empleados los empleos —añadió Lobo—. Eso será bueno.
-
-—En Palacio están empaquetando a toda prisa cuadros y alhajas
-—prosiguió Salvador con alborozo y orgullo, propios de la juventud al
-verse portador de nuevas estupendas—. Ayer embaulamos juntamente con
-la batería de cocina una tabla pintorreada que llaman el _Pasmo de
-Sicilia_... Nos llevamos hasta los clavos... Dentro de pocos días se
-van a embargar todos los coches y carros de la villa, y aún no bastará.
-
-—¡Todos los carros! Pero esta gente nos va a dejar sin un alfiler para
-atrabarnos las chorreras.
-
-—¿Acaso vinieron a otra cosa? Pues qué —afirmó Salmón—, ¿cree usted que
-esa gente ha sabido lo que es pan antes de venir a España?
-
-—Y ahora, señores —dijo el militarejo—, harán ustedes bien en marcharse
-cada uno a su casa de dos en dos, porque la policía no gusta de ver
-grupos en los alrededores de Palacio.
-
-Esta advertencia produjo rápidos efectos: deshízose el grupo, y por
-parejas se alejaron en direcciones diversas los esclarecidos sujetos,
-marchando cuál a su oficina, cuál a su tienda, este a la escribanía,
-aquel al convento, quién a la tertulia de la botica, quién a los
-estrados de las damas y a las reuniones de la gente tónica, afanosos
-todos de transmitir las noticias recibidas, que de calle en calle, y de
-sala en sala, y de boca en boca iban desfigurándose y abultándose hasta
-el punto de que no las conocería el mismo que las lanzó a los vaivenes
-y agitaciones del mundo.
-
-¡Y entonces no había periódicos!
-
- * * * * *
-
-José Bonaparte había salido, en efecto, para Valladolid, obedeciendo
-a su amo y hermano que le mandaba ponerse al frente del ejército,
-mientras él, no escarmentado con la desastrosa campaña de la Moscowa,
-se disponía a emprender otra nueva en Alemania contra la sexta
-coalición.
-
-Cuando el coche, pasado el arco de San Vicente, torció a la derecha
-en dirección a la Puerta de Hierro, Su Majestad, que hablaba con el
-general Jourdan, dejó a este con la palabra en suspenso, y se asomó
-por la portezuela para contemplar el Real Palacio que quedaba detrás,
-sentado en los bordes de la Villa, con un pie arriba y otro abajo,
-destacando su enorme cuerpo blanco sobre las rampas de ladrillo que
-le sirven de trono y sobre la verdura de los árboles que le sirven de
-alfombra, José Bonaparte dirigió al edificio una mirada en la cual
-difícilmente podrían conocerse los sentimientos de su corazón. Aquel
-abandonado albergue que veía Su Majestad tras sí, ¿era una mansión
-risueña, de la cual no podía alejarse sin pena, o, por el contrario,
-cueva horrorosa en cuyo recinto no había sino cautiverio y tristeza?
-¿Era grata al intruso la idea del regreso, o se complacía su ánimo con
-el pensamiento de perder de vista para siempre la enorme casa blanca,
-las rojas murallas, el rastrero jardín, entre cuyo follaje levanta su
-abollada techumbre la ermita de la Virgen del Puerto?...
-
-Napoleón el Chico, después del triste mirar, recostose taciturno en
-el fondo del coche; mas no oyeron sus cortesanos ningún suspiro como
-el que en parecido caso regaló a la historia Boabdil el de Granada.
-Reanudose la conversación entre José y el mariscal Jourdan. Madrid y
-su Palacio, y su polvo, y su claro cielo, y su aire sutil no fueron ya
-para el hermano de Bonaparte más que un recuerdo.
-
-
-
-
-II
-
-
-Salvadorcillo Monsalud era un joven de veintiún años, de estatura
-mediana y cuerpo airoso y flexible. Su rostro moreno asemejábase
-un poco al semblante convencional con que los pintores representan
-la interesante persona de San Juan Evangelista, barbilampiño y un
-poco calenturiento, con singular expresión de ansiedad inmensa o de
-aspiración insaciable en los grandes ojos negros. Grave seriedad
-sentimental se desprendía de su persona, de su voz y de su porte;
-cautivaba a todos por su cortesía, y a las muchachas por su agraciada
-delicadeza no adquirida con la educación, pues había nacido en cuna muy
-humilde. Era como el Evangelista, algo tímido y muy circunspecto, lo
-cual no resultaba útil en este siglo, ni aun cuando principiaba. Con
-su traje de guardia española, Monsalud estaba muy gallardo, pero sin
-aquel espantable continente marcial que caracteriza a los militares de
-afición: era su figura la de un soldado en yema o campeón verde que
-aún no se había endurecido al sol de los combates, ni acorazado con la
-fanfarrona soberbia de una larga vida de cuarteles.
-
-Este joven tenía por tío a Andrés Monsalud, que vivía en la Cava
-Baja, y por amigo íntimo y confidente a un compatriota llamado Juan
-Bragas, que con él viniera poco antes de la Puebla de Arganzón a
-buscar fortuna. Había emigrado Salvador por razones que se conocerán
-en el transcurso de esta historia, y que no eran ciertamente alegres.
-Indeciso primero sobre la carrera a que debía dedicarse, y no
-sintiéndose con vocación para el comercio ni para la curia ni para
-la Iglesia, entrose de rondón por la puerta del militarismo, ancha
-y abierta siempre, y que tiene la ventaja sobre las demás puertas,
-incluso la Otomana, de llevar rápidamente a todas partes. Diérale su
-buena madre al partir una cantidad que podía parecer considerable en
-el condado de Treviño, pero que en Madrid era de esas que se disuelven
-pronto en la inmensidad de la vida, como grano de sal en tinaja de
-agua. Viéndose, pues, el joven sin nada blanco ni amarillo en sus
-arcas, y no teniendo más tesoro que los sabios consejos de su insigne
-tío don Andrés Monsalud, resolvió aprovecharse de este caudal, que
-a todas horas se le vertía en los oídos, ya en forma de reprimenda,
-ya con color de amonestación. No por entusiasmo, no por falta de
-patriotismo, no por bélico ardor, sino por necesidad, entró Salvador
-en uno de los regimientos españoles que servían malamente a José, y a
-los cuales llamábamos entonces _jurados_. Bien pronto le dieron las
-charreteras de sargento.
-
-Eran los individuos de estos cuerpos muy aborrecidos y escarnecidos
-en Madrid, por servir al enemigo intruso, tirano y ladrón de la
-patria; pero Monsalud no se preocupaba de esta falta de estimación
-que al recaer sobre la infame bandera, alcanzaba también a su humilde
-persona. Aunque el joven tenía ideas y no pocas, si bien revueltas,
-confusas y desordenadas, aún no poseía las que comúnmente se llaman
-ideas políticas, es decir, no había llegado, a pesar del vehemente
-ardor de la generación de entonces, al convencimiento profundo de que
-la solución nacional fuese mejor o peor que la extranjera. No faltaba
-ciertamente en su corazón el sentimiento de la patria; pero estaba
-ahogado por el precoz desarrollo de otro sentimiento más concreto, más
-individual, más propio de su edad y de su temple: el amor. Está escrito
-que en ciertos casos, tal vez siempre, el rostro de una mujer tenga
-mayores dimensiones y ocupe dentro del universo más grande espacio que
-las inmensidades materiales y morales de la patria. Por esta causa,
-por este aparente absurdo, Fernando el Deseado y José Bonaparte eran a
-los ojos de Monsalud, dos figuras lejanas y pequeñitas, que apenas se
-parecían en las nieblas del cerrado horizonte.
-
-Quién era la persona que así llenaba la fantasía y ocupaba las
-potencias todas del alma de este joven, sabralo el lector más adelante,
-cuando con sus propios ojos la vea y oiga su vocecita y conozca su
-historia. Monsalud estaba solo en Madrid, porque realmente para él
-los cien mil habitantes de la capital no eran nadie, ni su amigo y su
-tío eran tampoco gran cosa. La soledad y la distancia habían ahondado
-el hoyo de su pensamiento, dentro del cual tristemente se revolvía,
-escarbando con ardor por todos lados sin hallar salida, ni respiro, ni
-luz.
-
-Hemos dicho que tenía un amigo, sí: Juan Bragas, joven nacido como
-Monsalud en el lugar de Pipaón, y que, poseedor de mayores recursos
-y valimiento, había resistido a las primeras escaseces de la vida
-cortesana, pescando al fin, por lo muy pedigüeño y sumiso, una pluma
-de ganso en las covachuelas. Juan Bragas era, pues, covachuelista, es
-decir, palote árido y enteco en el cual debía injertarse después la
-vigorosa rama del funcionario público. Su carácter difería mucho del de
-Monsalud, y, sin embargo, se juntaban ambos jóvenes con sumo gusto para
-charlar y referirse sus respectivas desventuradas aventuras.
-
-Juan Bragas carecía por completo de imaginación y de sensibilidad fina;
-pero sabía poner las cosas en su sitio, y tenía el mejor ojo del mundo
-para ver todos los objetos en su tamaño real; poseía, en suma, aquel
-poderoso instinto aritmético que a ciertas organizaciones, quizás las
-más influyentes hoy, les sirve para reducir a cantidad o a tamaño,
-mejor dicho, a una forma visible y fácilmente apreciable, todos los
-hechos de la vida en lo moral y en lo físico. Bragas no se equivocaba
-nunca: tenía en sus juicios la infalibilidad de las matemáticas.
-Monsalud era una equivocación perpetua: llevaba infiltrado en su
-naturaleza el error constante y todas las deslumbradoras mentiras de la
-poesía.
-
-A pesar de esto, no reñían nunca y se querían de veras. Quizás ha
-dispuesto Dios que el mundo se componga de un Monsalud y de un Bragas.
-¡Oh, admirable armonía y concordia sublime! Las cuerdas del harpa no
-exhalarían, no, su armoniosa voz, si no existiera una caja vacía y
-seca, una especie de ataúd oscuro que retumbase bajo ellas, y vibrase
-agrandando los sones en su desnuda concavidad que podría servir de
-despensa.
-
-Cuando Monsalud estaba libre del servicio iba a buscar a Bragas, el
-cual limpiaba una tras otra las amarillentas plumas, guardándolas en
-el cajón con tanto cuidado como guarda un cirujano sus instrumentos;
-se quitaba después los manguitos negros, se desperezaba, y tomando
-con la diestra mano el sombrero, y despidiéndose con la zurda de
-don Gil Carrascosa, jefe de la oficina, salía a la calle. Ambos
-jóvenes dirigían sus pasos por lugares no muy concurridos, bajando
-frecuentemente al campo del Moro, a la Virgen del Puerto, o bien se
-lanzaban intrépidos a las ondas de polvo del cerrillo de San Blas, o de
-la vuelta exterior del Retiro.
-
-Un día, que debió de ser allá por los últimos de mayo de 1813, Bragas y
-Monsalud hablaron de esta manera:
-
-—Amigo Juan Bragas, estoy de enhorabuena porque al fin voy a dejar este
-maldito pueblo que aborrezco. Los franceses se retiran mañana y yo con
-ellos.
-
-—¿A Francia?
-
-—O por el camino de Francia, al menos —añadió Monsalud—, con lo cual
-dicho se está que pasaré por la Puebla de Arganzón, nuestra querida
-villa. Anímate, Juan... Ya me parece que estoy entrando por la calle
-Real; que me acerco a mi casa sin que mi madre lo sospeche; ya me
-parece que llego, empujo la puerta, y me presento dando gritos y
-porrazos. A mi madre se le cae la calceta de la mano, corre a echarse
-en mis brazos, y la aguja de media que lleva sobre la oreja, se me
-clava en la frente... El corazón me baila en el pecho, amigo Bragas,
-cuando tales cosas pienso.
-
-—De veras te digo que pareces cómico —dijo Bragas riendo—. ¡Qué bien
-sabes fingir y representar una cosa que no es verdad!
-
-—Y luego —añadió Monsalud—, saldré de mi casa, y paso a paso iré junto
-a Nuestra Señora de la Asunción, a cuya plazoleta caen las ventanas de
-Generosa, y arrojaré una chinita a los vidrios...
-
-—Para que se asome Jenara con su pañuelo encarnado sobre los hombros...
-La pícara, ¡qué guapa es! —afirmó Bragas—. Me parece que la estoy
-mirando, cuando bailaba contigo en casa del maestro Rondaña. Salvador,
-¿te acuerdas de aquel lunarcito que tiene sobre el rincón derecho de la
-boca? ¡Santa Virgen, qué rinconcito!
-
-—Para retirarse a él y decir: «Ya no quiero más mundo.»
-
-—¿Pues y aquel modo de mirar, y aquel reconcomio de ángeles divinos,
-cuando se menea, o alza los hombros, o le da a uno las buenas tardes?
-Paréceme que la oigo: «Buenas tardes, Braguitas, ¿has visto en las eras
-a Salvador Monsalud?»
-
-—¡Ay, amigo! —exclamó el joven soldado dando un suspiro—. ¡Cuando uno
-piensa que ha tenido todo eso y todo eso ha perdido!...
-
-—¡Miren el Juan Lanas! Valiente hombre tenemos aquí —dijo el de la
-covachuela mofándose de la sensibilidad un tanto exagerada de su
-amigo—. Échate a llorar, ponte flaco y amarillo, y echa suspiritos al
-aire por una mujer, por un lunar bien puesto encima de una boquirrita.
-Mira, Monsalud, si tú eres necio, yo no lo soy. Ya te lo he dicho
-varias veces: las mujeres para un rato, y nada más. Mucho de te quiero
-y te adoro; pero después... puntapié. Eso de llorar y entristecerse,
-decir palabrotas y quererse morir por una de tantas, es propio de bobos.
-
-—Tú no sabes lo que es el amor, Juan Bragas —dijo el soldado—, o mejor
-dicho, crees que viene a ser algo semejante a un plato de estofado.
-
-—Ni más ni menos. Un plato de estofado repugna después de haber
-comido... Por consiguiente, no te acuerdes más de la Generosa, que a
-buen seguro ella se acuerda de ti como de las nubes de antaño. Los
-paisanos que llegaron el otro día me dijeron que se iba a casar con el
-hijo de don Fernando Garrote, el cual tiene más dinero que pesáis tú y
-Generosa juntos.
-
-—¡Con el hijo de don Fernando Garrote, con Carlitos Garrote! —murmuró
-Monsalud palideciendo—. Juan Bragas, si vuelves a decir eso delante de
-mí, te cojo y... vamos, te cojo y te ahorco de un árbol.
-
-—¡Piedad, señor mío! —dijo Bragas deteniéndose ante su amigo y
-haciendo grotescos gestos—. Está usted enamorado, o lo que es lo mismo,
-imbécil, y los imbéciles suelen ser graciosos.
-
-—Bragas, eres una bestia —dijo el soldado—. Para ti no hay más vida que
-el forraje que te echan todos los días en casa de tu patrón, don Mauro
-Requejo. Siento tener por amigo una bestia; pero, en fin, eres un buen
-muchacho: tu solo defecto es que coceas de vez en cuando.
-
-—Pero jamás he llevado sobre mí la albarda del enamoramiento. Ven acá,
-hombre sin seso, ¿de quién estás enamorado? De Generosa. ¿La ves acaso?
-¿No está a cien leguas de donde tú estás? ¿No te dijo su abuelo que
-jamás casarías con ella por ser tú un triste pelón y tener tus arcas
-rasas, lisas y mondas como fondo de mortero de piedra? De modo que
-estás queriendo a una sombra, a un imposible, a una ilusión, a una
-telaraña: justo, esa es la palabra, a una telaraña.
-
-—Juan —repuso Monsalud—, al oírte me confirmo en que eres un saco de
-carne, con dos agujeros que llaman ojos, para ver lo que se le pone
-delante, y boca y barriga para comer y llenarse de bazofia todos los
-días. Cada hombre tiene su destino en el mundo: el tuyo ya sabemos cuál
-es.
-
-—Y el tuyo lo veo yo clarito también: holgazanear, mirar a las
-estrellas cuando las hay, taconear por las calles para llamar la
-atención de las costureras que pasan, no tener que comer, y ser toda la
-vida un señoritico cañihueco y hambrón.
-
-—Pues mira, a veces se me ha ocurrido, amigo Bragas, que yo sería mucho
-más feliz si fuese como tú, es decir, un saco con sentidos. Pienso
-muchas veces en mi porvenir y digo: «Quién sabe, ¡vive Dios!, si esto
-que pienso será una mentira, una cosa vana y disparatada.» Todos los
-jóvenes hacemos nuestros cálculos para lo porvenir, Juan, y los míos
-son un poco extraños y fuera de lo común. A mí se me ha puesto en la
-cabeza que para levantarse todos los días, comer, dormir la siesta,
-pasear, cenar y meterse en la cama, no valía la pena de que hubiésemos
-nacido. Más vale ser un puñado de polvo que los vientos se llevan y
-desparraman por todas partes. O yo no he de valer nada, o he de vivir
-de otra manera. Soy un ignorante; sé poco de las cosas del mundo; mas
-por lo poco que sé, comprendo que hay muchos trabajos admirables en que
-el hombre se puede emplear. Digan lo que quieran, el mundo no marcha
-bien.
-
-—Pues yo creo que marcha admirablemente —dijo Bragas riendo—. ¿También
-quieres enmendar la obra de Dios?
-
-—No digo tal: quiero decir que esto no va bien; no sé si me explico.
-Si tú tuvieras siquiera un pedazo de alma, tendrías las inquietudes
-y los deseos que yo tengo, y estarías enamorado como yo lo estoy. Es
-un padecimiento; pero no puedes formarte idea de que se te quita este
-padecimiento, sino haciéndote cargo de que estás muerto. Vivir curado
-del mal de amores es cosa que la mente no puede concebir, Braguitas.
-
-—Dime, Salvador —indicó el covachuelo con ademán festivo—, ¿piensas
-seguir así?... Te juro que vas a hacer bonitísima carrera. Por ese
-camino de los amorosos sufrimientos y del suspirar y escupir sangre se
-va a general en poco tiempo.
-
-—¿Y quién te ha dicho que yo quiero ser general en dos palotadas?... Lo
-que digo es que yo seré alguna cosa que meta ruido.
-
-—Siendo militar y tambor, en efecto, puedes meter mucho ruido.
-
-—Allá lo veremos... ¿Y tú qué piensas ser?
-
-—¿Yo? Dificilillo es anunciarlo desde ahora, señor Monsalud; pero no
-me quedaré de monago. Sepa usía que en el fondo de mi baúl tengo siete
-duros.
-
-—¿Y qué haces que no pones un buen comercio o un segundo Banco de San
-Carlos?
-
-—Por poco se empieza. Yo sacaré el pie del lodo, señor Monsalud. Y no
-me pidas prestados los siete duros, porque más fácil será que saques
-un alma del infierno que sacar mis soles del fondo del arca donde
-los guardo. Como no me he de enamorar, ni siento comezón de echarme
-vinagrillo de los Siete Ladrones en el pañuelo, allí se estarán hasta
-que vayan otros tantos a hacerles compañía. Con que perdone por Dios,
-hermano, que no tenemos suelto.
-
-—Bien sabes que nunca te he pedido nada.
-
-—Pero pudiera ocurrírsete cualquier día, Salvador. Tú vas sacando malas
-mañas... Ahora que te vas al Norte, asistirás alguna batalla... Como no
-faltará algún pueblo que entrar a saco, mucho ojo, amiguito, y mete
-mano.
-
-—Descuida, soy buen amigo: si después de una batalla se reparte botín y
-me toca algo, te lo mandaré.
-
-—Hombre, no es mala idea... Pero si te tocase alguna herida o
-descalabradura, puedes quedarte con ella.
-
-—Oye, Juanillo —replicó vivamente Monsalud—, ¿no dices que tu mayor
-gusto consistiría en ser ministro del rey para tener mucho dinero y
-hacer mucho bien, llenarte de gloria y morir honrado y bendecido?
-
-—Sí.
-
-—Pues te guardas el dinero, ¿eh?... y la gloria, la honra y las
-bendiciones me las mandas.
-
-
-
-
-III
-
-
-Así pensando y discutiendo, a veces riñendo y regalándose el uno al
-otro palabras un poco fuertes; haciendo luego las paces para prometerse
-amistad invariable, dieron nuestros dos amigos la vuelta del Retiro, y
-cuando tornaban a Madrid por la calle de Alcalá, vieron que discurría
-de arriba abajo mucha gente, y que contraviniendo las disposiciones
-de la policía francesa, en todas partes se formaban grupos. Pedíanse
-las personas unas a otras las noticias, arrebatándoselas de la boca y
-comentándolas para soltarlas luego desfiguradas. Cuál aseguraba saber
-mucho, cuál, ignorándolo todo, se hacía repetir hasta tres veces la
-misma noticia. Todos los madrileños parecían sorprendidos, y los más,
-alegres.
-
-Al punto pararon mientes Monsalud y Bragas en aquella estupenda
-novedad de los corrillos y de la animación que se repetía, a pesar del
-Gobierno, siempre que llegaban noticias de alguna batalla. Deseosos
-de conocer la verdad de lo que ocurría, husmearon en varios grupos;
-mas no viendo caras conocidas en ninguno de ellos, no se atrevieron a
-meter su cucharada y se contentaron con algunas palabras sueltas. Pero
-hacia las Baronesas creyó Bragas oír la voz de don Gil Carrascosa,
-abate antaño, y por entonces covachuelista en la misma covachuela del
-covachuelado mancebo. Acercáronse y vieron que el licenciado Lobo venía
-a su encuentro, juntamente con don Mauro Requejo y el señor Canencia.
-Fundiéronse todos en el grupo, a punto que Carrascosa decía:
-
-—Mañana salen de Madrid los franceses. Parece que ahora va de veras,
-señores patriotas, y que no volverán más. El rey José está muy apretado
-y no puede pasar, según dicen, de la línea del Ebro. Aquí no quedará
-un solo francés, ni un solo jurado, ni un solo polizonte, ni un solo
-jacobino. Respira, ¡oh patria!
-
-—La verdad —dijo don Lino Paniagua, que también era de los presentes—
-es que Wellington se ha movido.
-
-—Y parece que también se ha movido el cuarto ejército que manda
-Castaños... Sin duda quieren cerrarles el paso de Burgos y Vitoria.
-
-—¡Admirable plan! —exclamó Lobo—. ¡Cerrar el paso! Nada más claro. El
-cuarto ejército estaba en todas partes, como perejil mal sembrado.
-Castaños, en Extremadura con una división; Porlier y Losada, en Galicia
-con otra; Morillo, en Asturias; Mina, en Vizcaya. Lord Wellington, que
-desde Fregeneda ponía su lente en todo, les ha mandado adelantarse. Uno
-viene por aquí, otro por allá, con tan admirable concierto y arte como
-las piezas de un reloj que ordenadamente van andando, sin estorbarse
-una a otra. El francés, que con la cholla cargada de vapores viníferos
-se duerme en Valladolid, en Segovia, en Madrid y en Zaragoza, no ve el
-nublado hasta que le cae encima. Se asusta, llama a _Farfulla I_ en
-su ayuda; pero _Farfulla I_, después de la campaña de Rusia, no está
-para fiestas, y héteme al rey José en campaña. Él había dicho, como los
-castellanos: «Vino puro y ajo crudo hacen al hombre agudo...», pero en
-buena se ha metido... ¡Grandes batallas se preparan! Todo esto, amigos
-míos, lo barruntaba yo; se necesita no tener un solo grano de sal en
-la mollera para comprender que hallándose el lord en Fregeneda, Longa
-y Mina en el Norte, Morillo en Asturias, y Carlos España en el Bierzo,
-pues... yo lo veo claro como el agua.
-
-—Y yo turbio como el cieno —dijo Canencia con filosófico desdén—. ¡Una
-batalla más! Rousseau ha dicho que las verdaderas batallas son las que
-gana la sabiduría contra la ignorancia de la corrompida humanidad.
-
-No tardó en pasar el Padre Salmón, que, con el Padre Ximénez de Azofra
-y el marqués de Porreño, regresaba a su convento, y pegándose al grupo
-hizo varias preguntas.
-
-—Eso ya lo sabíamos... que se va toda la canalla mañana temprano...
-¿Pero y de los ejércitos, qué se dice?
-
-—A mí se me figura —dijo con gravedad el marqués de Porreño—, se me
-figura... es idea mía... puede que me equivoque, pero juraría que el
-_lord_ se ha movido.
-
-—Eso no tiene duda —repuso Lobo dignándose repetir el plan de campaña
-con que poco antes había demostrado su perspicacia estratégica.
-
-Y al poco rato partieron en distintas direcciones. Acompañaron al señor
-marqués los dos reverendos, y recibidos por la interesante familia de
-este, Salmón exclamó:
-
-—¡Gran bomba, señoras! El _lord_ se ha movido.
-
-—¡Y mañana salen de aquí todos los franceses!
-
-—¡Benditos sean los designios de la divina Providencia! —dijo la
-hermana del marqués.
-
-—¡Wellington se ha movido! —repitió el mercenario, mirando a diestro y
-siniestro por ver si se vislumbraban en el horizonte lejanos signos de
-soconusco—, y juntamente con Mina y Morillo viene sobre Madrid.
-
-—¡Jesús! ¡Sobre Madrid!
-
-—Así lo han dicho. Parece que da la vuelta por el Duero, que está,
-como usted sabe, en Tordesillas. Y como Castaños pasa de Extremadura
-a Asturias, con el séptimo cuerpo, digo, con el octavo o con el
-duodécimo... en junto unos cuatrocientos mil hombres.
-
-Poco después la hija del marqués de Porreño iba a casa de Sanahuja,
-donde ya sabían la noticia gracias a don Lino Paniagua, y decía:
-
-—Lo menos setecientos mil hombres dicen que trae _Vellinton_.
-
-Conviene advertir que casi todos los españoles pronunciaban el nombre
-del general inglés como acabamos de escribirlo. Algunos lo modificaban
-diciendo _Velliztón_, acentuando la última sílaba, lo mismo que decían
-_Stapletón Cotón_; pero esto no hace al caso, y siga nuestro cuento. El
-conde de Rumblar, que a la sazón hallábase en casa de Sanahuja, partió
-como un rayo, y en la Puerta del Sol topó con Marchena, a quien dijo
-que José iba sobre Fregeneda, y que el duque de Ciudad Rodrigo estaba
-en Valladolid... Poco después don Narciso Pluma, que esto oyera y otras
-muchas estupendas cosas que había oído poco antes, lo revolvió todo,
-haciendo la más chistosa ensalada que puede imaginarse, y entró en casa
-de Porreño, donde sostuvo que se estaba dando una batalla junto al
-Duero entre don Pablo Morillo con doce mil hombres y el rey José con
-setecientos mil...
-
-Repitámoslo, sí. ¡Entonces no había periódicos!
-
-
-
-
-IV
-
-
-Cuando se disolvió el grupo, los dos jóvenes siguieron su camino.
-
-—Vamos a casa de mi tío —dijo Monsalud—, a ver qué piensa de estas
-cosas. Ya anochece; apretemos el paso... ¿No te parece que los
-habitantes de la Villa están un poco alborotados?
-
-—¡Salen los franceses!... ¡Un cambio de Gobierno! —murmuró Bragas
-intranquilo—. Ahora todos los que han sido empleados durante el
-Gobierno intruso...
-
-—A la calle, amigo. ¡Pues no es poca afrenta la que tienen encima,
-haber servido al intruso!... ¡Oh vilipendio!
-
-—Pero yo soy español, muy español. Detesto a los franceses.
-
-—Ahora que se van es muy cómodo decir eso. Yo, señor don Juan, les
-tengo rencor. Con ellos he servido, con ellos voy.
-
-—Entonces dirás: «¡Viva Napoleón!»
-
-—No diré ni que viva ni que muera, porque yo no he de matar ni
-resucitar a nadie. Me alegraré de que sea rey de España Fernando VII...
-Ya sabes por qué he servido a José: me moría de hambre y acepté sus
-banderas. Tal vez hice mal; pero las juré, y tras ellas voy a donde me
-lleven. Eso de gritar hoy _Bonaparte_ y mañana _Fernando_, como hacen
-muchos, no entra en mi sistema. Sirvo a José sin entusiasmo, pero con
-lealtad.
-
-—¡José, José —exclamó Bragas alzando la voz—, es un borracho! No se
-tiene lealtad con los borrachos.
-
-—A ti y a mí nos ha dado de comer. Los dos nos encontrábamos en Madrid
-bastante perdidos y derrotados. Mi tío me colocó en el regimiento de
-Jurados, lo cual fue muy fácil, porque nadie quería entrar en él. Tu
-colocación parecía más difícil; pero tanto lloraste y gimoteaste ante
-el conde de Cabarrús, que el buen señor, considerando que eres hijo de
-su criado, diote a roer ese hueso de la covachuela. Para conseguirlo,
-te fingiste entusiasmado con el fraternal gobierno de Bonaparte, ¡y qué
-memoriales le echabas!... ¡cuántas resmas embadurnaste con lamentos
-y suspiros!... Para que todo no fuera música y palabrillas vanas, te
-aplicaste al oficio de dar vítores y palmadas en la calle siempre que
-el rey pasaba, y gritar: «¡Mueran los _madripáparos_!»
-
-—¡Mentira, mentira! —chilló Juan Bragas, cuyo rubor no podía
-distinguirse a causa de la oscuridad de la noche—. ¿De dónde has sacado
-tales invenciones?
-
-—Verdad, verdad pura, digo yo —continuó Monsalud—, como también lo es
-que te daban obra de tres reales por función, quiero decir, por cada
-carrera detrás del coche de Pepe Botellas, gritando y vitoreándole.
-Ello es que si te desgañitaste, ganando aquella ronquera que te puso en
-peligro de callar para siempre en la sepultura, en cambio recibiste
-el destino que tienes, el cual verdaderamente no es mucho premio para
-tanto batir palmas y asordar a la gente con los vivas.
-
-—Salvador, Salvador, mira que me incomodo —dijo Bragas con voz
-balbuciente, señal de que le ponía colérico el verídico retrato que su
-amigo diestramente trazaba—. Cualquiera que te oiga, ¿qué pensará de mí?
-
-—Ahora quieres pasar por hombre formal. Vas muy serio y finchado por la
-calle; entras en la covachuela dando taconazos, y cualquiera supondría
-que dentro de ese casacón que compraste en el Rastro, va un consejero
-de Indias.
-
-—Si no va todavía, irá con el tiempo, señor mío.
-
-—Y como parece que el rey José y los franceses y los jurados se
-marchan para siempre, quieres hacer olvidar que te colocó el conde de
-Cabarrús... Ahora es preciso _empecinarse_, señor Juan Bragas, como
-se _empecinó_ su merced cuando evacuaron la Villa los franceses y la
-ocuparon los aliados, después de la batalla de los Arapiles.
-
-—Amigo Monsalud —gruñó el otro—, yo soy dueño de hacer mi santa
-voluntad ahora y siempre. Sé dónde me aprieta el zapato, y cada uno
-tiene su alma en su almario. Tú mismo, que ahora te la echas de hombre
-recto y puntilloso, estás esperando a que los franceses salgan de aquí
-para desertar de sus filas y pasarte a los españoles, lo cual es muy
-meritorio y por extremo patriótico; que no hay gloria más envidiable
-que servir a la patria, ni deshonra que se compare a la de ayudar al
-enemigo contra nuestros hermanos. Y ahora que los franceses van de capa
-caída y parece que huyen vencidos, el heroísmo consiste en volverles la
-espalda.
-
-—Eso no lo haré yo —dijo con energía Monsalud—, que cuando entró a
-servirles lo hice por mi voluntad.
-
-—Pues no te podrás quitar de encima la nota de traidor —indicó Bragas,
-malicioso—, que traidores son los que sirven al enemigo de la patria.
-¿No te da vergüenza de vestir ese uniforme?
-
-Cuando esto decían, habían entrado en la calle de Toledo y tomaban por
-la derecha la embocadura de la Cava Baja, donde tenía su residencia el
-señor Monsalud _senior_, tío de nuestro héroe. Por las noches Salvador
-solía hacer parada en casa de su tío, antes de encerrarse en el
-cuartel, y acompañábale generalmente Bragas, atraído por el olorcillo
-de una regular cena que allí se aderezaba y el reclamo de una animada
-tertulia.
-
-—Veremos qué piensa mi tío de estas cosas —dijo Monsalud—. Es un
-afrancesado rabioso, y desde que el conde de España le mandó dar
-de palos en Salamanca, no cesa de decir que ahorcaría a todos los
-_empecinados_ si en su mano estuviere.
-
-No había concluido Monsalud de decir lo que antecede, atravesando la
-plazoleta que llaman Puerta Cerrada, aunque no hay allí puerta alguna
-abierta ni entornada, como no sea las de las casas, cuando muchas de
-las gentes reunidas junto a las tiendas, y el gran número de majos,
-chulillos y mozalbetes desvergonzados que por allí discurrían, fijaron
-su atención en los dos jóvenes, y principalmente en el sargento de la
-guardia, cuyo uniforme a cien leguas le denunciara como servidor del
-rey entrometido.
-
-—Parece que nos miran —dijo Monsalud— y nos señalan. ¿Llevamos algo de
-particular?
-
-—Es que la gente está alborotada... —balbució Bragas, temblando de
-miedo—. Llevas uniforme de la guardia jurada... Ese traje es muy
-aborrecido en Madrid, y con razón, con muchísima razón... No creas
-que te van a defender tus amigos. Ocupados de su viaje, no se cuidan
-de niñerías, y lo mismo les importará que te insulten o que no.
-Los franceses desprecian a los traidores que les sirven, como les
-despreciamos los españoles.
-
-Iba a contestar Monsalud, cuando de un grupo de holgazanes que sostenía
-la esquina de la Cava Baja, salieron voces de «¡A ese, a ese!», y
-luego un murmullo de risas insolentes. Monsalud se paró en medio de la
-calle, y volviéndose a los del grupo les miró cara a cara, esperando
-que alguno pasase de las palabras a las obras. En el mismo instante,
-varias pelotas de lodo, arrojadas por los chiquillos, se aplastaron en
-su pecho, salpicándole la cara.
-
-El populacho es algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene horas
-de heroísmo, por extraordinaria y súbita inspiración que de lo alto
-recibe; pero fuera de estas ocasiones, muy raras en la historia, el
-populacho es bajo, soez, envidioso, cruel y, sobre todo, cobarde. Todos
-los vencidos sufren más o menos la cólera de esta deidad harapienta que
-por lo común no sale de sus madrigueras sino cuando el tirano ha caído.
-Si no le supo exterminar con su iniciativa y su fuerza, casi siempre se
-da el gustazo de rociarle con su fango; y a todas las instituciones o
-personas que caen por el esfuerzo de campeones de otra esfera más alta,
-el populacho les pone su ignominioso sello de inmundicia. La libertad y
-las _caenas_, a quienes alternativamente aduló, han visto sobre sí en
-el momento terrible a la furia inmunda que les escupía. Como la hiena,
-es intrépida con los muertos.
-
-Casi desguarnecida Madrid de tropas francesas, pues muchas habían
-ido saliendo desde mediados de mayo; dispuesto todo para marchar las
-últimas en la madrugada del siguiente día 27, el enemigo, puesto un pie
-en el estribo, no se cuidaba ya de hacer cumplir las reglas de policía.
-El estado de la guerra y la comprometida situación de José junto al
-Ebro, confirmaban a aquel en su idea de que la ocupación de España iba
-a tener fin; mas si estaban indiferentes y aun alegres los franceses,
-los españoles comprometidos con ellos no cabían en su pellejo de puro
-azorados y medrosos. A muchos de estos insultó la plebe en diversos
-puntos, y aterrados algunos al ver el desamparo en que quedaban,
-desertaron para acogerse de nuevo a las banderas de la patria.
-
-Se comprenderá, pues, que la situación de Monsalud, frente a los
-respetables varones del populacho matritense, no era muy lisonjera.
-Ciego de enojo, con el rostro encendido y la voz balbuciente, echó mano
-a la empuñadura del sable gritando:
-
-—Al que se me acerque, le atravieso.
-
-Y capaz era de hacerlo como lo decía, lo cual fue sin duda conocido por
-el egregio concurso de la esquina, no habiendo entre todos ellos uno
-solo que se destacase del grupo para hacer frente al irritado mancebo.
-Viendo este que, con ser tantos, no pasaban a vías de hecho, siguió
-su camino; pero los disparos de lodo se repitieron de tal modo por la
-cohorte infantil, que Monsalud, sin hacer uso del arma, corrió tras uno
-de aquellos angelitos de arroyo para castigar su desvergüenza. Antes
-que atraparle consiguiera, lo que no osaron tantos hombres atreviose a
-hacerlo una mujer, la cual, cuadrándose marcialmente ante Salvador y
-desafiándolo del modo más varonil con ojos, gesto, manos y la cortante
-y ponzoñosa lengua, le dijo:
-
-—¡Eh!, so estandarte, si toca usted al muchacho no tendrá tiempo de
-encomendarse a Dios. Si el angelito le roció, es porque puede hacerlo,
-y para eso y mucho más le he parido... Conque siga adelante; punto en
-boca y manos quietas.
-
-Dada la señal por la matrona, acercáronse valerosos algunos de los
-chulos y tomadores que antes dispararan sobre el soldado burlas y
-palabrotas; enracimáronse los chiquillos y mujeres en derredor suyo, y
-una tempestad de insultos tronó en sus oídos. Aturdido al principio el
-mozo, defendiose con empellones y golpes muy bien dirigidos.
-
-—¡Matarle! —gritó una arpía, al sentirse abofeteada por la mano
-vigorosa de la víctima.
-
-—Y también a su compañero el del casacón.
-
-—A mí, señores: ¿pues qué he hecho yo? —dijo Bragas, procurando echarse
-fuera del volcán—. Yo no conozco a ese hombre.
-
-—¡Mueran los jurados!
-
-—¿Acaso visto yo ese vergonzoso uniforme? —repitió casi llorando
-Braguitas—. Soy un joven honrado, español puro y neto, y jamás he
-servido a la basura.
-
-Monsalud, a quien no hostigaba ningún hombre de buenos puños, sino tan
-solo mujerzuelas, chicos y algún cobarde zarramplín de esos que van a
-todas las pendencias a meter ruido, pudo echar mano al sable y apartar
-un poco de su persona al indigno enjambre. Repartió de plano con seguro
-puño algunos golpes, y sin ser papa creó gran número de cardenales
-en menos que canta un gallo. Algunas personas graves y varios majos
-decentes intervinieron en el asunto, aplacando la furia de todos, y
-propusieron que se dejase en libertad al guardia, con tal que allí
-mismo se quitase el uniforme. Enfurecido y fuera de sí Monsalud, iba
-a arremeter contra los amigables componedores, cuando apareció su tío
-don Andrés saliendo de la casa cercana, que era donde vivía, y con
-razones y tal cual empellón, él y otros que le acompañaban, cortaron la
-pendencia, obligando al joven a meterse en el portal, que cerraron al
-instante.
-
-Puesto en salvo su sobrino, a quien acabaron de aplacar las personas
-de ambos sexos que había en la casa, el señor Monsalud creyó oportuno
-dirigir la palabra a los del pueblo, un tanto mohíno por no haber
-podido vengar en el renegado las contusiones recibidas.
-
-—No hagan ustedes caso, señores —les dijo con voz oratoria, que en su
-vana sonoridad gustaba de oírse a sí misma—. Ese joven es mi sobrino,
-un mala cabeza, un insensato que se afilió en el cuerpo de guardias
-jurados, sin saber lo que se hacía. Pero en el fondo de su alma,
-señores, mi sobrino es español por los cuatro costados, y aborrece a
-los pérfidos enemigos de la patria. Comprendo, señores, que el pueblo
-se ensañe contra los afrancesados: esos viles merecen pronto y ejemplar
-castigo. (_Señales de aprobación._) Pero respetemos la desgracia,
-señores y señoras; que demasiado castigo tienen esos viles en su propio
-remordimiento y vergüenza. Esta noche es noche de gran regocijo para
-los buenos españoles, porque mañana se marchan los pocos borrachos que
-quedan en Madrid. España es libre, señoras, caballeros y niños. ¡Viva
-España! (_Ruidosos aplausos, y tal cual rebuzno y no pocas patadas,
-berridos y coces._) Yo respondo de que mi sobrino dejará las traidoras
-banderas en que ha servido; él es buen patriota, tan buen patriota como
-yo, que estoy dispuesto a derramar la última gota de mi sangre, sí, la
-última y postrera gota en defensa del rey y de la Constitución. ¡Viva
-la Constitución! (_Ibidem._) Y si alguna vez he vivido entre franceses,
-no lo hice por amistad hacia ellos, como dicen mis enemigos, sino que
-les seguí y me metí industriosamente entre sus filas para averiguar sus
-planes y espiar sus acciones e informar de todo a nuestros queridos,
-a nuestros queridísimos generales... ¡Ah! ¿Queréis más pruebas? Pues
-allá van las pruebas. Os ruego que contestéis a mis preguntas. ¿Quién
-soy yo, señores? Yo soy un mártir del patriotismo. Consagré mi vida al
-servicio de la patria, y hallándome cerca de Salamanca, en un pueblo
-de cuyo nombre no quiero acordarme, los franceses me apalearon.[1]
-¿Y por qué, señores? Porque con mi espionaje puse todos sus secretos
-estratégicos al servicio de Lord Wellington. Pues qué, ¿creéis que
-sin mí se hubiera ganado la batalla de los Arapiles? (_Estupor._)
-Aún tengo sobre mi cuerpo cien cardenales que con su noble púrpura
-manifiestan mi heroísmo. Luego vine a Madrid a gozar del espectáculo de
-este gran pueblo, ebrio de gozo por su libertad, y en agosto del año
-pasado juramos la Constitución en presencia del general inglés. ¡Oh
-día solemne! ¡Oh época feliz! Si se empañó tan diáfana claridad con
-el regreso de los franceses, mañana se desgarrará el velo tenebroso
-de la invasión; mañana se marchan otra vez para siempre, señores, con
-su séquito inmundo de traidores y jurados y afrancesados. Ved cómo
-tiemblan, cómo se esconden de vuestras patrióticas miradas; cómo su
-vergüenza les hace bajar la cabeza ante la majestad de nuestro puro
-españolismo sin mancha. Enorgullezcámonos, señores, de no haber servido
-jamás a los franceses, de no habernos contaminado jamás con viles
-masones y filosofastros, y _digamos con el ángel: Ave María_... Cada
-cual a su casa, que es hora de acostarse. ¡Viva la Constitución y el
-Lord y Fernando VII! (_Tumulto y extraordinaria sensación, acompañada
-de sonoros bramidos y vocablos, que no lleva en sus blancas páginas el
-Diccionario por miedo a ruborizarse._)
-
- [1] Véase _La batalla de los Arapiles_ (1.ª serie).
-
-
-
-
-V
-
-
-Salvador subió tristemente la escalera de la casa, acompañado de varias
-personas que, atraídas del ruido y del temor, bajaron, y en la meseta
-donde se abría la puerta del domicilio de su señor tío, recibiole,
-candil en mano, la esposa de este, que le dijo así:
-
-—No podía ser otra cosa que una barrabasada del sobrino de mi marido.
-¡Todo sea por Dios! Este chico tiene la cabeza a las once y está
-podrido de ella. ¿Te han herido?
-
-—El pueblo de Madrid aborrece este uniforme —gritó Bragas que detrás a
-poca distancia subía—, y no le falta razón.
-
-—Solo a este loco se le ocurre sacar el sable porque le echaron un poco
-de fango —dijo la señora de Monsalud alumbrando para que pasasen todos
-a la sala.
-
-Componían aquella noche la tertulia doña Ambrosia de los Linos y sus
-dos hijas, una de las cuales, casada poco antes, vivía en el piso
-tercero del mismo edificio. Ambas eran bastante lindas, principalmente
-la soltera, que cautivaba por su frescura, por sus vivarachos ojos, por
-sus rosados carrillos, marcados aquí y allí con vagabundos lunares,
-por su gracia en el mirar y la flexible ligereza de su cuerpo, tanto
-más admirable cuanto que la muchacha era algo medianamente gordita,
-prometiendo en diversos parajes de su persona que igualaría con los
-años a su enorme mamá. También estaba allí don Mauro Requejo, que solía
-ir todas las noches, por ser pariente de la señora de Monsalud, y no
-tardó en presentarse don Gil Carrascosa.
-
-La señora de Monsalud era una mujer de presencia no vulgar ni
-desagradable, pero muy gastada y decaída por causas que ignoramos.
-Durante un matrimonio estéril, que ya contaba trece años, marido y
-mujer no habían ofrecido al mundo un modelo perfecto de concordia.
-Repetidas veces se separaron para volver a juntarse; repetidas veces
-crujieron los palos de las inválidas sillas, y volaron por el aire
-los platos desportillados, instrumentos unas y otros de la ciega
-cólera homicida de ambos consortes. Andrés Monsalud era hombre de mala
-conducta, fatuo, desarreglado, trapisondista, embrollón, aventurero;
-Serafinita pecaba de caprichosa, holgazana, embustera, y tenía más
-vanidad que una princesa, gustando mucho de emperifollarse y, sobre
-todo, de aparentar posición y suponer posibles muy superiores a lo que
-en realidad tenían ella y su marido, pues reunida la fortuna inmueble
-de entrambos, allá se iba con la nada.
-
-Por último, después de la tragedia de Babilafuente, Serafinita logró
-atraer a su marido y poner casa en Madrid, y de la noche a la mañana,
-por mediación generosa de un caballero francés, dieron a Andrés un
-regular destino en la Visita de Propios, con lo cual uno y otro estaban
-tan huecos que, de allí a tratar a Dios de _tú_, apenas había el canto
-de una peseta. Su morada, no obstante, era humildísima, porque el
-sueldo no rayaba ciertamente en Potosí; mas Serafinita se esmeraba en
-aumentar con mil artificiosas combinaciones el lustre y aparato de su
-casa.
-
-—Puedes respirar tranquilo, sobrino —dijo la señora con bondad—.
-Descansa y se te dará un vaso de agua para matar el susto.
-
-—No quiero agua —repuso bruscamente el joven, paseándose de largo a
-largo por la sala—. Tengo que marcharme.
-
-—¡Marcharse! —exclamaron a dúo y con desconsuelo las dos niñas de doña
-Ambrosia.
-
-—Este joven gusta de pendencias y de derramar sangre —añadió esta—.
-¡Cómo se conoce que los franceses le crían a sus pechos!
-
-—Pero al menos —dijo Serafinita—, ¿te quitarás el uniforme?
-
-—Sí, hablad de eso a este babieca —indicó Juan Bragas, que había ido a
-fondear junto a la más pequeña de las fragatitas de doña Ambrosia—. Es
-muy gabacho este caballero. Los pocos españoles extraviados que sirven
-en las banderas de José, están a estas horas con los ojos y el corazón
-vueltos hacia la madre patria afligida; pero este mi don Quijote
-botellesco dice que su honor le obliga a no abandonar a la canalla.
-
-—Hace cosa de seis meses —afirmó Serafinita—, habría sido gran locura
-mostrar siquiera un adarme de españolismo; pero hoy es distinto. Los
-franceses van de capa caída y buen tonto será quien se embarque con
-ellos.
-
-—¡Oh, si, será un idiota! —dijo doña Ambrosia—, aunque lo mejor habría
-sido no servirles nunca.
-
-—Las circunstancias —añadió Serafinita—, obligan a los hombres a
-sofocar algunas veces su natural impulso y fogosidad patriótica.
-Ahí está mi marido, que no le hay más español en toda la tierra del
-garbanzo, y, sin embargo, viose arrastrado a cierto compadrazgo con los
-franceses, y aun anduvo, con masones y revoltosos, malquisto de todo
-el mundo. Pero de algo valen los consejos de una mujer prudente. Yo le
-traje al buen camino, y como mi familia, que no es ninguna familia de
-tres por un cuarto, ha tenido siempre relaciones con altos personajes,
-fácil me fue amarrar a mi esposo al pesebre de la Visita de Propios.
-Diole la plaza un ministro francés; ¿pero tenemos la culpa de que
-haya sido francés quien primero echó de ver nuestros méritos, o si se
-quiere, los de mi marido, para todo lo que sea cosa de aritmética en
-cualquiera oficina?
-
-—Si recibimos un pequeño favor de esa canalla —gritó con vehemencia
-Bragas—, diéronnos lo nuestro, y nada tenemos que agradecerles.
-Españoles somos, y ahora váyanse con dos mil demonios.
-
-—Lo que hay en esto —dijo don Mauro Requejo, que sombríamente había
-permanecido en un rincón de la sala, sin hablar hasta entonces—, es
-que para dar sus destinos a los señores Monsalud y Bragas, fue preciso
-quitárselos a otros, que, pecando de _empecinados_, mortificaban con
-cuchufletas y versitos a los franceses.
-
-—¡Nadie hay más _empecinado_ que yo! —exclamó con furioso arranque de
-entusiasmo Juan Bragas, saltando en medio de la sala, con gran regocijo
-de las niñas de doña Ambrosia—. ¡Viva don Juan Martín Díez!
-
-—¡Viva, viva mil años! —repitió Andrés Monsalud, presentándose en la
-sala, con semblante reposado y satisfecho, sin duda por la vanagloria
-que el reciente discurso callejero había dejado en su ánimo—. ¡De buena
-has escapado, sobrinillo! ¡Exponerse a las iras del pueblo español!...
-Vamos, te perdono; yo también he sido calavera, yo también he sido
-revoltoso y provocativo y...
-
-—Afrancesado —indicó con malicia doña Ambrosia—. No hay que echársela
-de apóstol Santiago.
-
-—Un poquillo —repuso Monsalud con turbación—. Pero de arrepentidos
-se hacen los santos. La prueba de mi sinceridad la tengo hoy en la
-confianza de mis amigos. Hanme comisionado esta tarde para preparar los
-festejos...
-
-—¿Para cuando entre don Carlos España? —preguntó la de los Linos.
-
-—Para cuando entre don Juan Martín o Lord Wellington... Un arco de
-triunfo, ¿qué les parece a ustedes? En mi oficina hemos resuelto
-componer unos versos, y ver si se hace un carrito.
-
-—Ya nos cayó quehacer, amigas mías —dijo con júbilo Serafinita—. Desde
-mañana pondremos manos a la obra, porque las guirnaldas de rabo de
-cometa no son cosa que se despache en tres días.
-
-—Y luego mucho de banderitas y escarapelas —dijo una de las muchachas.
-
-—Y será preciso que doce o catorce doncellas tiernas se vistan de
-ninfas para ir delante del carro cantando el _Velintón_.
-
-—Y como haya alegoría, vestiremos a mi sobrino de dios Marte —indicó
-Monsalud.
-
-El joven soldado dirigió a su tío una mirada de desprecio.
-
-—Estará saladísimo —dijo doña Ambrosia—. Mi esposo y padre de estas
-dos niñas hizo de Marte cuando la jura del otro rey, y era una gloria
-el verle con todo su hermoso cuerpo medio desnudo y el chafarote en la
-mano... ¡Oh! ustedes no alcanzaron a ver tanta preciosidad.
-
-Don Gil Carrascosa, entrando apresurado en la estancia, saludó a todos
-con amable cortesanía, especialmente a las niñas.
-
-—¡Pues qué! —dijo—, ¿todavía está nuestro mozalbete metido dentro de
-la indigna librea francesa? A estas horas casi todos los españoles que
-servían a José han desertado. Acabo de ver a dos que se escondieron
-esta mañana.
-
-—¡Han desertado! —repitió el coro de mujeres.
-
-—Fuera esa casaca, sobrino —gritó Monsalud dirigiendo al hijo de su
-hermana imperiosa mirada—. ¡Ay!, acuérdate de tu madre, a quien no nos
-atrevimos a dar parte de tu afrancesamiento... Si lo llega a saber, se
-morirá de pena.
-
-—Te esconderemos aquí —dijo Serafinita—, aunque no habrá peligro, pues
-ellos tienen bastante quehacer para ocuparse de ti.
-
-—En esta casa, no —afirmó con aplomo el tío—. Los vándalos conocen el
-rabioso españolismo mío, y de seguro vendrían a buscarle, acusándome de
-haberle impulsado a la deserción.
-
-—Pues se puede esconder en mi casa —dijo la mayor de las Linas, que era
-la casada y tenía su nido en el tercer piso.
-
-—Eso es, que se esconda arriba —repitió con extraordinaria vehemencia
-la soltera, contemplando al joven Monsalud de tal modo que parecía
-envolverle con su mirada como en amorosa y blanda nube protectora.
-
-—Sí, en el tercero.
-
-—Yo le cederé mi cuarto y mi cama, y dormiré con mi hermana —añadió la
-doncella en un segundo arranque de generosidad.
-
-—Francamente, Dominguita, tu esposo está fuera y no me gusta ver a dos
-muchachas solas en la casa con el dios Marte —objetó doña Ambrosia.
-
-—Pues al sotabanco. Hablaremos al señor Pujitos para que le ceda un
-rincón.
-
-—Conque, sobrino, vete despojando de tu uniforme.
-
-El soldado, a quien tal proposición ofendía en lo más delicado de su
-alma, y que estaba a la sazón irritado por la escena de la calle y,
-además, por el impertinente charlar de su tía, contestó con ardor:
-
-—Antes me quitaré el pellejo que el uniforme. Me lo puse por mi
-voluntad, lo tendré mientras exista el ejército a que pertenezco y la
-bandera que juramos.
-
-—¿Eres francés?
-
-—No sé lo que soy —repuso con desdén.
-
-—¿Harás armas contra tus paisanos?
-
-—No; pero tampoco abandonaré cobardemente a los que me han dado de
-comer.
-
-Monsalud tío rompió en estrepitosas risas, acompañado por Bragas,
-Requejo y Carrascosa.
-
-—Pero, sobrino de todos los demonios, ¿no tienes en mí la norma de tu
-conducta?
-
-—Si yo le imitara a usted en esto —dijo el joven temblando de
-indignación—, no tendría idea del honor, ni una chispa de vergüenza en
-mi alma, ni en mi corazón el sentimiento del deber, ni sería digno de
-que me mirasen los hombres. Adiós. Me voy para siempre de esta casa y
-de Madrid.
-
-El soldado salió resueltamente. Un poco atontado el tío, bastante
-aturdida su esposa, no pronunciaron una sola palabra para detenerle.
-
-—Ese muchacho es un insolente —dijo al fin la señora de la casa.
-
-—¡Pobrecito! —murmuró el oficial de la Visita de Propios.
-
-—¡Él se lo pierde! —indicó majestuosamente Serafinita—. Ahora que
-mandan los españoles he de conseguir para ti una buena vara, Andresito.
-Serás corregidor de Alcalá, de Ocaña o de Tarancón. Yo había calculado
-que Salvadorcillo nos acompañaría con un buen momio.
-
-—No se puede sacar partido de ese muchacho.
-
-La niña soltera de doña Ambrosia había llevado el pañuelo a sus
-picarescos ojos, de súbito humedecidos por ignorada causa.
-
-—¡Pobrecito! —exclamó con zozobra—. Se ha marchado solo. Está expuesto
-a que le insulten otra vez en la calle. Le darán golpes, le arrojarán
-lodo, manchándole la frente, el cabello, la boca, los ojos, ¡ay!, los
-ojos, el uniforme...
-
-—Esto parte el corazón. ¡Pobre muchacho! —exclamó la casada—. Alguien
-debía salir con él.
-
-—¡Qué falta de caridad dejarle salir solito! ¡Si yo fuera hombre...!
-
-—La verdad es que puede sucederle alguna cosa mala —dijo Serafinita
-dando un suspiro.
-
-—Usted que es su amigo —exclamó con ira la doncella volviéndose a Juan
-Bragas que a su lado estaba—, ¿por qué no salió con él para ampararle
-en caso de un atropello?
-
-—¿Amigo? —dijo con desdén el covachuelo—. No tanto. Conocido y nada
-más... Nos hablamos alguna vez, paseamos juntos; pero...
-
-—Es usted un mal amigo —gritó la muchacha con voz temblorosa—. ¡Dejarle
-partir sin compañía!... Esto se llama deslealtad, cobardía.
-
-Juan Bragas se echó a reír.
-
-—Pero...
-
-—Haga usted el favor de no volver a dirigirme la palabra en toda la
-noche, ni volver a mirarme en su vida, ni estar donde yo esté, ni
-respirar donde yo respiro, ni ponerse donde yo le vea, ni...
-
-La tertulia fue triste, tristísima. Los hombres, viendo que no podían
-alegrar el ánimo de las dos muchachas, ni el de la señora de la casa,
-ni sacarles palabras que no fuesen lúgubres como un funeral, pegaron
-la hebra con doña Ambrosia, y dándole a la lengua por espacio de dos
-horas, sin descanso, azotaron a medio mundo con la piel arrancada al
-otro medio.
-
-
-
-
-VI
-
-
-En la mañana del día que siguió a estos sucesos salieron los pocos
-franceses que quedaban en Madrid. Los mandaba el general Hugo, y
-llevaban consigo convoy tan inmenso, que al verlo creeríase que en la
-capital de España no quedaba un alfiler. Desde muchos días antes habían
-sido embargados cuantos coches, carros y calesas rodaban por las calles
-de la villa, y casi toda la servidumbre se ocupaba en el embalaje de
-las diversas riquezas que José y los suyos se habían apropiado. Estos
-señores hacían buena presa donde quiera que ponían la mano, y no eran
-nada melindrosos ni encogidos para esto del incautarse. Murat despojó
-la casa de Godoy y el Real Palacio, y José mandó traer de Toledo, de
-Valladolid y del Escorial cuanto pudiese ser transportado: esta última
-circunstancia salvó las piedras del edificio.
-
-Luego que estuvo reunida cantidad de cuadros, estatuas, joyas de
-camarín y sacristía, dejando a las Vírgenes y Santas sin un anillo que
-ponerse, establecieron cuatro depósitos en Madrid, los cuales fueron
-el Rosario, San Felipe, doña María de Aragón y San Francisco. Una
-comisión separó lo sublime de lo bueno, y no siendo fácil llevarlo
-todo, dispusieron atropelladamente lo primero en cajas, mezclando lo
-sagrado con lo profano, es decir, las bellas artes con los enseres
-de la casa y cocina del rey José, y diversos adminículos que este
-para diferentes fines usaba. Muebles, porcelanas, vajillas, armas,
-añadiéronse al botín. Considerando que aun después de tanto despojo
-quedaba en España alguna cosa de punto inútil, según ellos, dada la
-ignorancia castellana, echaron mano a las colecciones mineralógicas
-del gabinete de Historia Natural y embaularon también los depósitos
-de Ingenieros y de Artillería y el Hidrográfico. De Simancas cargaron
-con lo más curioso que allí había. Aquella gente, hasta la historia nos
-quiso quitar.
-
-Una caja en que holgaba un poco el tocador de José (así lo cuenta un
-testigo ocular) fue rellena con los pedruscos y los minerales de la
-Historia Natural. Entre una masa enorme de cartas geográficas, iba
-_Nuestra Señora del Pez_, y la _Perla_ anidó con una montura fina
-recamada de plata y oro. Se gastó un monte de clavos, y por algunos
-días las iglesias que servían de depósitos y las galerías del Palacio
-Real resonaban cual si en ellas trabajase un regimiento de cíclopes.
-La tabla del _Pasmo_, que ya se hallaba en estado pésimo, acabose de
-rajar, y la pintura, con las sacudidas y golpes, se cuarteaba que era
-una bendición. ¡Oh divino Jesús! ¡No padeciste más en el Gólgota!
-
-Completaban el convoy las cajas de guerra llenas de dinero en buen oro
-y buena plata antigua, de aquello que ya no se ve, y seducía entonces
-con su brillo los ojos de los extranjeros, y con su noble son los oídos
-de todos. No se habían descuidado los franceses en reunir dinero, como
-gente allegadora y económica, ni menos en llevárselo; que si para
-limpiar de vicios a la capital hubieran usado de tanta diligencia como
-para limpiarla de onzas, fuera esta Villa un paraíso en la tierra. Con
-el ejército iban los muchos particulares comprometidos que quisieron
-seguirles, y entre los carros de oficio, gran número de vehículos con
-equipajes de empleados altos y bajos. Ofrecían estos desgraciados
-individuos espectáculo lastimoso. Si algunos llevaban consigo buen
-acopio de víveres y ropa, otros no cargaban más que lo puesto, y
-todos lloraban el hogar abandonado, la paz perdida, el honor en duda,
-lamentándose del gran compromiso en que se veían. Algunos hacían de
-tripas corazón, prometiéndoselas muy felices en las próximas batallas;
-pero los más miraban sin engañarse la realidad del molesto viaje, y
-después la emigración, el general desprecio y la pérdida de la hacienda.
-
-Desfilaron los carros por el camino de Segovia, pues Hugo quería
-pasar la sierra por Guadarrama, y aquella culebra rastrera formada
-por interminable fila de vehículos, que de lejos parecían vértebras
-articuladas, desapareció en la noche del 27 de mayo, dejando a Madrid
-en poder de los guerrilleros, que al instante lo ocuparon, y tras ellos
-las autoridades españolas. De esta manera y con este despojo la capital
-de España dejó para siempre de ser francesa.
-
-No seguiremos al general Hugo y su convoy en todo su viaje hasta que en
-los campos de Vitoria perdieron los franceses gran parte de lo mucho
-que habían cogido. Bastantes apurillos pasó en Cuéllar y en Tudela
-de Duero; pero al fin logró unirse al grueso del ejército francés en
-Valladolid.
-
-Reunidos todos, la continua amenaza de las divisiones aliadas les hizo
-muy penoso el camino desde Valladolid a Burgos. Aquí no pudieron
-resistir mucho tiempo, y sin gran prisa se dirigieron a Vitoria por
-Miranda, confiados en que Wellington no les molestaría del lado allá
-del Ebro; pero tan admirable combinación de movimientos había hecho
-el inglés, que cuando los franceses pasaron el gran río, lo pasaban
-también los aliados por diferentes puntos, y ambos enemigos se
-encontraban frente a frente en las montañas de Álava y Vizcaya. Apretó
-Bonaparte el paso, juntando a los suyos para que desperdigados aquí
-y allí no fueran batidos al por menor, y el 19 de junio llegó a la
-Puebla de Arganzón, donde es fuerza que quitemos la vista del rey y de
-su ejército para fijarla en una sola persona, que por ahora y mientras
-vengan sucesos estupendos en la esfera histórica, ha de llevar en estas
-líneas la preferencia.
-
-¿Y por qué no? ¿Por qué hemos de ver la Historia en los bárbaros
-fusilazos de algunos millares de hombres que se mueven como máquinas a
-impulsos de una ambición superior, y no hemos de verla en las ideas y
-en los sentimientos de ese joven oscuro? ¡Si en la Historia no hubiera
-más que batallas; si sus únicos actores fueran las personas célebres,
-cuán pequeña sería! Está en el vivir lento y casi siempre doloroso
-de la sociedad, en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno. En
-ella nada es indigno de la narración, así como en la naturaleza no
-es menos digno de estudio el olvidado insecto que la inconmensurable
-arquitectura de los mundos.
-
-Los libros que forman la capa papirácea de este siglo, como dijo un
-sabio, nos vuelven locos con su mucho hablar de los grandes hombres,
-de si hicieron esto o lo otro, o dijeron tal o cuál cosa. Sabemos por
-ellos las acciones culminantes, que siempre son batallas, carnicerías
-horrendas, o empalagosos cuentos de reyes y dinastías, que agitan
-al mundo con sus riñas o con sus casamientos; y entre tanto la vida
-interna permanece oscura, olvidada, sepultada. Reposa la sociedad
-en el inmenso osario sin letreros ni cruces ni signo alguno: de las
-personas no hay memoria, y solo tienen estatuas y cenotafios los vanos
-personajes... Pero la posteridad quiere registrarlo todo: excava,
-revuelve, escudriña, interroga los olvidados huesos sin nombre; no se
-contenta con saber de memoria todas las picardías de los inmortales
-desde César hasta Napoleón; y deseando ahondar lo pasado, quiere
-hacer revivir ante sí a otros grandes actores del drama de la vida, a
-aquellos para quienes todas las lenguas tienen un vago nombre, y la
-nuestra llama _Fulano_ y _Mengano_.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Olvídese la importuna digresión, y sepan los que en ello tuvieron
-interés, que antes que el ejército de José pasase el Ebro, llegaron a
-la Puebla de Arganzón las tropas de una división que custodiaba parte
-del convoy. Fue esto, si no mienten las noticias que con pretensiones
-de verídicas se me han dado, hacia el 16 o 18 de junio. El gran convoy
-venía detrás. Los carros del pequeño detuviéronse en el camino a las
-inmediaciones del pueblo, y las tropas repartiéronse por las casas y
-caseríos para allegar víveres. En las inmediaciones de la villa veíanse
-grandes masas de soldados: aquí artillería, allá columnas que iban de
-un lado para otro; en lo más apartado la impedimenta, y largas filas de
-vehículos que después de breve descanso debían seguir adelante.
-
-La Puebla de Arganzón, como lugar campestre, había dejado las ociosas
-plumas, y aunque de por sí no fuese aquella villa madrugadora, habríala
-despertado el rumor de tanta tropa y de los tambores sin cesar batidos,
-confundiendo su ronco son con el cantar de los gallos que en todos los
-corrales entonaban su alegre grito de alerta. Veíase a los honrados
-habitantes salir de sus casas y juntarse en corrillos. Los ancianos
-preguntaban si se había ganado ya la batalla, y advertidos de que no,
-quejábanse de la mucha tardanza en arremeter, propia de los tiempos
-nuevos, asegurando que en otra ocasión ya estaría todo despachado y
-el asunto resuelto. Las mujeres corrían de casa en casa pidiéndose
-provisiones para esconderlas, pues los franceses que en número tan
-considerable rodeaban el pueblo reclamarían pronto lo que no se habían
-llevado los guerrilleros el día anterior.
-
-En las tabernas, los taberneros no tenían manos para tanto despacho, y
-muy alborozados escanciaban a los franceses, pues en esto del vender
-y ganar dinero no hay naciones: ellos quisieran tener un océano de
-aguardiente y vino, que junto con algunas pipas de linfa del Zadorra
-les hubiera hecho millonarios en un par de años de guerra.
-
-Un joven sargento avanzaba solo por las calles de la Puebla, evitando
-al parecer la compañía de sus camaradas franceses, y más aún la vista
-de los habitantes de la villa. Así es que cuando veía un grupo en la
-puerta de una casa, se apartaba tomando distinto camino.
-
-—¿No es aquella la cara de Salvadorcillo Monsalud, el hijo de la señora
-Fermina la de Pipaón? —decía una mujer viéndole pasar.
-
-—Parece que es aquella su cara; pero no su cuerpo, que es cuerpo y
-uniforme de francés el que ha pasado.
-
-—Adelantadas estáis —decía un tercero—. ¿Pero no sabéis que
-Salvadorcillo Monsalud, engañifado por su tío, ha sentado plaza en la
-guardia del rey José?
-
-—Cierto es, aunque no lo participó a su madre por vergüenza; y cuando
-la señora Fermina lo supo, estuvo llorando tres días, y aún no lo
-quería creer, siendo tal su pesadumbre por esta traición de Salvador,
-que la buena mujer dice que más quería verle muerto que sirviendo a los
-franceses.
-
-—Y tiene razón. ¿Mas para qué dejó que el muchacho fuese a Madrid,
-donde todo es corruptela y picardía? —dijo un personaje a quien todos
-oían con respeto, y que era, si nuestras noticias no son falsas, el
-boticario del lugar—. Pero esto pasa a todos los muchachos que no
-tienen padre, o mejor, a aquellos que han nacido del pecado y de unión
-nefanda, como ese diablillo de Salvador Monsalud, que no se sabe de qué
-tronco vino ni de cuál cepa sacó doña Fermina este mal sarmiento.
-
-El jurado se detuvo ante una casa de aspecto humilde, en cuya puerta
-no se veía persona alguna. Miró a las ventanas, y las vio cerradas.
-Un gallo cantaba dentro, y dos o tres gallinas salieron a la calle
-sacudiendo sus plumas y picoteando el suelo, no tardando en aparecer
-tras ellas el gallardo esposo. Poco después un gato asomó por la puerta
-entreabierta y se detuvo sobre el umbral, relamiéndose con placentera
-satisfacción los largos bigotes. El joven contempló un instante con
-interés profundo a aquellos seres, y se acercó para entrar, desalojando
-al gato, que asustado corrió hacia dentro. Las gallinas y el gallo,
-sobresaltándose también y cambiando algunas cacareadas frases, huyeron
-por la calle adelante.
-
-Monsalud se asomó por el hueco de la entornada puerta. La emoción de
-su alma era tan viva, que le temblaban las manos al ponerlas sobre
-las viejas tablas y los mohosos clavos; apenas podía sostenerse en
-pie, a causa del desmayo de su cuerpo y de la flojedad nerviosa que
-experimentaba. Miró hacia adentro: veíase un patio pequeño, y en el
-fondo una habitación oscura, dentro de la cual se distinguían los
-maderos de un telar. Monsalud contempló durante un rato aquel humilde
-interior, y copiosas lágrimas se agolparon a sus ojos. De repente una
-mujer de edad madura apareció en la habitación del telar, volviendo
-los trastos de un lado para otro y barriendo después. Volvíase de vez
-en cuando hacia un sitio donde debía de estar otra persona con quien
-hablaba, a juzgar por sus gestos expresivos. Junto a la mujer apareció
-luego un perro, que saltando y enredando entre sus pies la estorbaba en
-su faena, recibiendo un ligero escobazo que lo decidió a salir al patio.
-
-«No me espera —dijo para sí, oprimiéndose el corazón, que parecía
-querer saltársele del pecho—. ¡La pobrecita se sorprenderá y se
-alegrará tanto...! Este momento vale por todas las pesadumbres que ha
-padecido durante mi ausencia.»
-
-La puerta rechinó, y el perro fue saltando y gruñendo amorosamente al
-encuentro de Salvador. Este se precipitó en el interior de la casa.
-Doña Fermina, mirando hacia el patio muy sobresaltada, vio al joven que
-hacia ella corría con los brazos abiertos, diciendo: «¡Madre, madre,
-aquí estoy!» La buena mujer abalanzose a recibirle con expresión de
-frenético contento; mas al tocarle con sus manos y al verle casi en
-sus brazos, su semblante se alteró de súbito, lanzó una exclamación
-de espanto, y cerrando los ojos y echando la cabeza atrás, cual si
-descargase sobre ella el rayo de instantánea muerte, cayó sin sentido
-al suelo. Sus labios contraídos apenas pronunciaron esta frase,
-empezada con ardiente cariño y concluida con terror:
-
-—¡Hijo mío!... ¡francés!
-
-
-
-
-VIII
-
-
-El militar, aturdido por tan inesperado como funesto accidente, y no
-comprendiendo bien lo que había oído, creyó que la excesiva alegría
-la había desconcertado. Mas antes de acudir a los remedios que el
-paroxismo reclamaba, hincose en tierra, y besando y abrazando a su
-madre, la llamó con los nombres más tiernos y afectuosos, seguro de
-que su voz la despertaría. Salvador no había visto aún a otra mujer
-que en la estancia estaba: era una vieja flaca y amarillenta, de ojos
-ardientes y vivos como ascuas, descarnadas y picudas manos, una de las
-cuales oprimía el puño de un bastón negro, mientras la otra se alzaba
-acompasadamente a la altura de la cara, para servir de signo visible y
-movible a su extraño lenguaje. No la vio Monsalud hasta que se acercó
-a él, y poniéndole los cinco amarillos palitroques de su mano sobre la
-pechera del uniforme, le dijo con terrible ironía:
-
-—Acábala de matar, verdugo; acaba de matar a tu santa y buena madre.
-
-Salvador miró a la vieja, y aunque de antiguo la conocía, su triste
-aspecto y la áspera y desapacible voz produjéronle impresión muy
-extraña, especie de frío intenso y doloroso en el corazón, cual si con
-una aguja se lo atravesasen; erizamiento nervioso y acritud en los
-dientes, como lo que se siente al contacto de las cosas acedas y frías.
-
-—Por Dios, doña Perpetua, dígame usted: ¿qué tiene mi madre? —exclamó
-el joven—. ¿Está mala?
-
-—¿Eres tú la causa, y lo preguntas? —añadió la vieja, poniendo su mano
-sobre la frente de la desmayada.
-
-Luego, paseando sus dedos por la pechera del levitón de Salvador, y
-tentando la botonadura adornada con águilas, y metiéndolos después
-entre la lana del sombrero y deslizándolos por las carrilleras de
-cobre, dijo:
-
-—¡Traes sobre ti esta infernal vestimenta francesa, y preguntas lo
-que tiene tu madre! ¡Pobre Ferminita! ¡Se resistía a creer tan grande
-infamia en el hijo que llevó en sus entrañas y crió a sus pechos!
-¡Pedía a Dios fervorosamente que no fuese verdad lo que le habían
-dicho; su alma se consumía en hondas tristezas, y sin consuelo pasaba
-las noches llorando tanta afrenta! La muerte del hijo que perece en los
-campos de batalla destroza el corazón, pero no afrenta; la traición del
-hijo desvergonzado que comete la infamia de pasarse al enemigo, es el
-más vivo de los dolores de una madre española.
-
-—Usted está loca, madre Perpetua —dijo Monsalud rechazando a la vieja
-con desdén—. Mi madre es una mujer sencilla: ya comprendo que entre
-usted y el cura le han trastornado el juicio con eso de traiciones y
-afrentas. Honrado soy. Mi buena madre no me aborrecerá por el traje que
-llevo.
-
-—¡Monstruo! —gritó la vieja agitando el palo—. Huye de aquí. Vete con
-esos herejes que te han catequizado; vete con Satanás, que es tu amo;
-vete al negro infierno, que es tu casa. Deja a esta santa mártir que ya
-te ha llorado como perdido para siempre. No eres su hijo: tú no puedes
-haber nacido en esta casa, ni en este honrado país... Vete, vete,
-hereje, judío; mas, ¿qué digo?, ¡francés!
-
-El apostrofado miró a la vieja; mas sin acobardarse siguió esta
-vituperándole con la firmeza y el aplomo de quien tiene la seguridad de
-ser respetada. Vestía doña Perpetua el traje de las antiguas dueñas,
-con toca blanca rizada y limpia, manto y saya negros, pendiente de la
-cintura un luengo rosario, y del pecho cruz de madera sencilla. A pesar
-de los muchos años, su talle era derecho y apenas se encorvaba un poco
-al andar. Indudablemente había en el aquilino perfil de la vieja cierta
-energía majestuosa que hacía recordar, a quien las hubiese visto, las
-sibilas rigurosas y ceñudas creadas por la inspiración artística.
-Acartonada y seca, no tenía la repugnante escualidez con que nos pintan
-a las brujas. Expresábase con vigor y hasta con elocuencia, y su voz
-retumbaba en los oídos como una campana de mucho uso, mas no rota
-todavía.
-
-Para que nuestros lectores no carezcan de todas las noticias necesarias
-respecto a tan singular tipo, les diremos que la madre doña Perpetua
-tenía cien años cabales, no hallándose ciertamente en proporción su
-acabamiento con su mucha edad, que a la vista no parecía exceder de
-los setenta. Era una doncella secular nacida en la Puebla de Arganzón
-a poco de establecerse en España Felipe V, y que nunca había salido
-de aquel pueblo. Dedicose desde su juventud a obras piadosas, mas
-sin aficionarse al claustro; gustaba de la independencia y de andar
-de casa en casa comadreando, y trayendo y llevando noticias, dichos
-e ideas, libando aquí y melificando allá cual las abejas. Así creció
-y fue echando días y años como el siglo, y pasaron ante ella tres
-generaciones de pueblos y tres generaciones de reyes y veinte guerras,
-y ella pasó de un siglo a otro como quien atraviesa una puerta para
-pasar de la sala a la alcoba.
-
-Su vida austera, y los buenos consejos que daba para reconciliar
-matrimonios y dirimir contiendas, para transigir desavenencias y
-acomodar caracteres juntamente con su buena manderecha para establecer
-la concordia en todas partes, diéronle gran reputación en la villa.
-Respetábanla mucho, y cuando abría la boca, _conticuere omnes_. Como
-era tan larga su vida y tenía mucha experiencia de las cosas físicas
-y morales, tomábanla todos por consejera. Sabía curar males de varias
-clases, y conocía mil salutíferas yerbas y untos, además de toda la
-farmacopea casera, mezclando en hórrido caos la medicina y la religión,
-lo terapéutico y lo supersticioso. Enciclopedia del alma y del cuerpo,
-reunía el total saber y sentir de su país en aquella época.
-
-Rezaba por todos los muertos y reía por todos los nacidos. No había
-bautizo, ni duelo, ni boda a que no asistiese, disfrutando de lo
-mejor del festín, cuando lo había. Sabía contar especies diversas de
-cuentos interesantes, algunos heroicos, muchos de pícaros, tahúres y
-guapos, y los más de devoción o de brujerías, males de ojo, miedos y
-otras cosas divertidas que embobaban a los chicos y a las mujeres.
-Ningún asunto doméstico, social ni religioso tenía para ella secretos,
-y era la ciencia suma en teología de aldea, en economía al pormenor, en
-culinaria y en filosofía burda.
-
-A los pocos minutos, comenzó doña Fermina a querer volver de su
-síncope. La vieja había traído agua en una escudilla y le rociaba el
-rostro diciendo:
-
-—Ya vuelve en sí; aunque para ver lo que tiene delante, más valiera
-que sus ojos no se abrieran jamás a la luz. Vete, te digo: tu madre te
-llora muerto; no turbes la paz de su alma poniéndotele delante en esa
-forma aborrecible.
-
-Monsalud, sin escuchar a doña Perpetua, alzaba a su madre del suelo
-y cuidadosamente la sentó en su sillón. Sosteniendo con sus manos la
-cabeza de la infeliz mujer, le decía:
-
-—Madre, soy yo, soy Salvador, el mismo de siempre, el hijo querido.
-¿Por qué se ha asustado usted al verme? El vestido no hace al hombre.
-
-Doña Fermina, viendo el rostro de su hijo cerca de sí, le dio mil
-besos amorosos; mas después apartó la cara y extendió los brazos para
-rechazarle.
-
-—¡Mi hijo... francés!... —repitió con el mismo tono de angustia y
-terror... —¡Ese traje!... ¡Era verdad!
-
-—¡Y el muy bribón se empeña en seguir aquí atormentándote, Ferminita!
-—exclamó con desabrimiento la vieja—. ¿Hase visto desvergüenza
-semejante?
-
-—¿Qué delito he cometido? —dijo Monsalud con viva congoja, estrechando
-entre las suyas las heladas manos de su madre, y de rodillas ante
-ella—. ¿Qué habré yo hecho para que usted se desmaye, madre, cuando me
-ve, y esta buena mujer me mande huir?
-
-—¿Qué has hecho? —repitió la madre con estupor—. Te has pasado a los
-franceses, estás maldito de Dios y de los hombres, tocado de herejía,
-perdida para siempre tu alma, y contaminada yo también por haberte
-parido y criado.
-
-—¡Qué horribles palabras y qué espantosa idea! —exclamó el joven
-procurando reír, pero con el alma destrozada de vergüenza y dolor—.
-¿Tantos males ocasiona este capote que llevo? ¡Oh!, madre querida, yo
-conocí que hacía mal, yo resistí, conociendo que era una falta servir
-a los enemigos de mi patria; pero me moría de hambre, y además mi tío
-tenía mucho empeño en que yo sirviera a los franceses. Una vez dado
-este paso, ya no puedo volver atrás, porque el honor me prohíbe vender
-a los que me han dado un pedazo de pan para vivir y una espada para
-que les defienda. Si por esto he perdido el amor de mi madre, de la
-única persona que en el mundo me ha querido, de la que me dio la vida,
-de aquella a quien he consagrado siempre la mía, será porque algunos
-malintencionados habrán emponzoñado su alma con bajos sentimientos.
-
-—No, yo te amo siempre —dijo doña Fermina, no pudiendo resistir el
-ansia vivísima de besar a su hijo y regar con ardientes lágrimas
-sus mejillas, aunque doña Perpetua extendía a menudo entre los dos
-sus manos de cartón—; yo siempre te quiero; pero he hecho juramento
-ante Dios de no admitirte bajo este techo, ni darte mi bendición,
-ni llamarte hijo, si no abjuras tus errores y maldices tus banderas
-infernales, si no reniegas de ese vil rey y tornas a la patria y al
-deber... Mi conciencia me exigió este juramento, y lo he prestado por
-consejo de respetables personas a quienes debo consuelos tiernísimos en
-esta última desventura que ha caído sobre mí.
-
-El joven, cubriendo con ambas manos su rostro, lloró; mas de súbito
-estalló una violenta indignación en su alma, y apartándose de las dos
-mujeres, púsose en el centro de la pieza.
-
-—Mi honor —gritó con voz alterada y resuelta— me impide desertar; pero
-si pierdo el amor de mi madre, y se me arroja de mi casa porque no
-quiero ser desleal y perjuro, no quiero vivir. Aquí tengo una espada
-—añadió desenvainándola—, y no me falta valor para atravesarme con ella
-el corazón.
-
-Doña Fermina se arrojó llorando en brazos de su hijo. La mujer secular
-permanecía silenciosa, fría, clavada en su silla, contemplando la
-patética escena como una estatua de cartón que dentro de su pasta
-encolada tuviera un alma observadora. Sus ojos negros clavábanse en el
-joven con aterradora fijeza.
-
-En aquel instante entró un nuevo personaje. Era un anciano fornido
-y alto, de rostro sanguíneo, duro y tosco, mas no desagradable por
-cierto; mirar franco y campechano que le animaba y hasta le embellecía.
-Su cabeza calva apenas se exornaba económicamente con un cerquillo de
-blancos pelos esporádicos sobre las sienes y en el occipucio; su cuerpo
-era bravío, imponente, recio, como de varón hecho a las intemperies, a
-las luchas con hombres y elementos. Vestía negro traje talar, llevado
-con desenvoltura y abierto por delante para poder introducir fácilmente
-las manos en el bolsillo o cuadrarlas en la cintura, como a menudo lo
-hacía aquel hombre, dueño de dos manos enormes, velludas, que sabían
-llevar el arado, la espada y la hostia. Era don Aparicio Respaldiza,
-cura de la Puebla de Arganzón.
-
-Mirando al mancebo, más bien con lástima que con rencor, le dijo:
-
-—Ya sabía que estabas aquí, desgraciado. Te hacíamos muerto, muerto
-con la muerte de la deshonra, que deja el cuerpo vivo. El alma se va y
-queda la vergüenza.
-
-Luego, acercándose a doña Fermina, que deshecha en lágrimas recibía
-consuelos y caricias de la beata, le dijo:
-
-—¡Señora Fermina, valor!... El sentimiento materno es el más fuerte de
-todos. No trate usted de vencerlo: al contrario, desahogue su pecho,
-llore hasta mañana. Este hijo muerto es quizás perdido para siempre,
-y puede resucitar, si se abraza a la cruz de la patria. Yo seré el
-primero que le reciba en mis brazos.
-
-—Y yo —repitió la beata, sin que se mostrasen en la engrudada máscara
-de su rostro, compasión, ni alegría, ni sentimiento alguno—, yo también
-le abriré mis brazos.
-
-—Hijo mío —dijo doña Fermina poniéndose de rodillas ante Salvador
-y cruzando las manos—, vuelve en ti; deja esos hábitos infernales,
-abandona a los que te han seducido, torna a la patria, y recibirás la
-bendición de tu madre y el amor que siempre te he tenido y te tengo a
-pesar de tu horrible pecado. Hazlo por Jesucristo crucificado, por la
-religión que te enseñé, por el agua que en el bautismo recibiste, por
-el pan eucarístico que has recibido en tu cuerpo; hazlo por mí, por mi
-honor y buen nombre, que para siempre he perdido en este pueblo; por
-mi tranquilidad, que no recobraré sin ti; hazlo por el señor cura de
-nuestra aldea, que te enseñó los mandamientos y la doctrina, la lectura
-y escritura y el latín, con lo poco que sabes; hazlo por la santa
-doña Perpetua, que nos da tan buenos consejos y más de una vez te ha
-entretenido contándote tan bellas historias; hazlo, en fin, por todos
-los que te aman en esta villa y en el lugar de Pipaón, donde no sé si
-por ventura o eterna desdicha mía naciste.
-
-Monsalud, enternecido por voz tan elocuente que agitaba hasta lo más
-hondo su alma, como la tempestad el océano, se había sentado en un
-escabel, y con los codos en las rodillas y la cabeza encajada entre
-las palmas de las manos, lloraba en silencio. El témpano colosal y
-endurecido de su entereza se desleía poco a poco.
-
-—Y lo que es ahora —dijo el cura para favorecer el deshielo—, los
-franceses van a ser destrozados. ¡Pobrecitos de los que se unan a ellos!
-
-—Bueno —dijo Salvador alzando de repente la cabeza—; déjenme que
-lo piense. Eso no se puede decidir en un momento: los que estamos
-acostumbrados a cumplir con nuestro deber y a obedecer a nuestros
-superiores...
-
-—No hay ningún superior que tenga sobre ti más autoridad que tu
-madre —dijo el cura, paseándose por la habitación con las manos a la
-espalda—; tu madre, personificación viva de la patria, que a todos sus
-hijos gobierna y dirige.
-
-Doña Fermina corrió a abrazar a su hijo, besándole cariñosamente en la
-frente y en las mejillas.
-
-—Querido niño mío —le dijo—, veo que estos dos excelentes amigos te
-van convenciendo. Dejarás a esos perros franceses, devolviéndome
-la tranquilidad y poniéndome en paz con mi conciencia y con Dios.
-Siéntate, descansa; te esconderemos para que no puedan verte los
-vecinos con ese endiablado uniforme...
-
-—Es una imprudencia que le tengas en tu casa mientras de todo en todo
-no se convierta, —dijo la santa con severidad.
-
-—¿Y qué importa? —repuso doña Fermina, ofendida de la intolerancia
-de su consejera—. Mi hijo está arrepentido. El pobrecito estará
-hambriento y fatigado. Lo primero es que tenga salud.
-
-—Puede quedarse —afirmó el cura, menos celoso que la beata—. Salvador
-es un buen muchacho... ha dicho que lo pensaría... Tiene buen natural
-y mucha inteligencia... y, sobre todo, el deber le ordena servir a la
-patria. Aquí donde me ves —añadió deteniéndose en medio de la estancia
-en actitud marcial—, estoy disponiéndome para salir por ahí con otros
-amigos... Ya sabes que mi puntería es la mejor de toda la tierra de
-Álava. Hemos decidido organizar una partidilla, para auxiliar a las
-de Longa. ¿Qué te parece mi proyecto? ¡Oh, admirable! Los hombres se
-deben a su patria, y es preciso que nosotros, los que estamos en cierta
-jerarquía, demos el ejemplo a los demás... La ocasión es solemne, y
-ningún español puede permanecer en su casa. Wellington está cerca, y es
-preciso ayudarle. ¿Qué tal? ¿Te animas? Yo no espero sino a que venga
-de Peñacerrada don Fernando Garrote, que es hombre muy entendido en
-guerras, para partir con él... Serás un buen escopetero, Salvador.
-
-—Siéntate, hijo —indicó la madre observando que el joven no se
-entusiasmaba excesivamente con el bélico ardor de Respaldiza—. Voy a
-aderezar algo de comida. Estarás muerto.
-
-—No tengo ganas de comer —respondió el mozo, profundamente abstraído.
-
-La madre le miró con desconsuelo, viendo sin duda en su abatimiento
-pensativo la señal de nuevas vacilaciones.
-
-—He dicho que lo pensaría, ¿no es eso? —murmuró Monsalud sin pensar
-en comer—. Pues bien: lo pensaré... déjenme pensarlo todo el día...
-Es cosa grave... El convoy que he custodiado y que lleva el general
-Maucune, sale ahora mismo; pero yo no saldré hasta mañana con el convoy
-grande.
-
-La madre y los dos amigos permanecieron mudos, y sin pestañear le
-observaron. Luego abrazó el hijo a la madre, y sonriendo dijo:
-
-—Volveré más tarde.
-
-Cuando salió de la habitación, la vieja se expresó así:
-
-—¡Perdido, perdido para siempre!
-
-Más optimista y generoso el cura, tranquilizó a la afligida madre,
-diciendo:
-
-—Es nuestro.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Para mayor claridad de sucesos que han de venir, Dios mediante, no
-estará de más referir algunos antecedentes relativos a las principales
-personas de esta historia. Era doña Fermina natural de Pipaón y rama
-del tronco de una honradísima o hidalga familia; mas Dios quiso que
-en ella y su hermano tuviese fin el lustre de su casa, pues quedando
-huérfanos en edad temprana, mientras él derrochaba en Madrid toda la
-fortuna paterna, sufrió ella una desgracia irreparable que por siempre
-la condenó a la oscuridad y a la vergüenza, con lo cual acabó para el
-mundo, y en el olvido quedaron las nobles prendas de su alma y superior
-mérito.
-
-Una herencia de poquísimo valor y un pleito enfadoso la obligaron
-a establecerse en la Puebla en 1811. Vivía allí con modestia y muy
-retirada; pero la trataban algunas personas, y entre ellas asiduamente
-doña Perpetua y el cura, que bien pronto ejercieron en su ánimo grande
-influencia, convidándoles a ello la gran sencillez y bondad de la
-piadosa mujer. Doña Fermina no era vieja aún; pero habíala desfigurado
-la negra tristeza que en todos tiempos llenaba su alma, y, finalmente,
-el pesar por la ausencia de su hijo. Los amores de este con cierta
-joven de la villa, y sus cuestiones y disputas con otro muchacho, hijo
-de acomodados padres, obligaron a doña Fermina a enviarle a Madrid,
-donde hizo lo que ya sabemos, y se entregó en cuerpo y alma a los
-franceses.
-
-Después de la conferencia antes referida, salió Monsalud a la calle y
-vagó por las principales del lugar, tan ocupado por sus pensamientos
-que a nada atendía, ni paró la atención en la mucha gente que le
-miraba. Su entereza había sido muy quebrantada por la lastimosa
-escena de la mañana, y la deserción que antes le parecía un hecho
-deshonroso, contra el cual a voces protestara su pura conciencia,
-se le representaba al fin no solo como natural, sino como en alto
-grado laudable y meritorio. El grande amor que a su madre tenía,
-y el prestigio de las dos religiosísimas personas de que se ha
-hecho mención, habían trastornado sus ideas, abierto nuevas vías a
-su pensamiento, y cambiado el modo de ver las cosas de la vida y
-especialmente de la guerra.
-
-«Es indudable —dijo para sí—, que el deber que hacia mi patria tengo
-anula todos los demás deberes... Al nacer contraje con mi patria el
-compromiso tácito de defenderla, y este compromiso anula también todos
-los juramentos posteriores... Váyanse los franceses con doscientos mil
-demonios... ¿Pero una conciencia honrada puede consentir el abandono
-traidor de los que nos han hecho un beneficio, y el hacer armas contra
-ellos, aunque sea en las filas de la patria? No; en caso de desertar
-renunciaré a mis grados militares, romperé mis charreteras y, dejando
-a los franceses, me retiraré a mi casa resuelto a no volver a tomar un
-fusil en la mano.»
-
-Así discurría, balanceando su voluntad de un lado para otro, pero
-inclinándose más del lado de la deserción. Al fin sus pensamientos
-tomaron vuelo por distintos espacios, y puso en olvido a franceses y
-españoles. En aquel mar agitado de sus ideas sobrenadó lo que sobrenada
-siempre, y todo lo demás se fue al fondo. Mirando las verdes copas de
-árboles que se elevaban sobre los tapiales viejos de una huerta entre
-irregulares tejados, dijo hablando consigo mismo:
-
-«¿Estás ahí, Jenara? Todo sigue lo mismo: árboles, casa, cielo y
-tierra, el aire y el sol, y lo mismo también mi corazón, que antes
-dejará de latir que de quererte.»
-
-Los redobles de tambor que sonaron en las inmediaciones del pueblo le
-obligaron a seguir adelante.
-
-«Como la división no se pone en marcha hasta mañana temprano —dijo—,
-tengo tiempo de pensar lo que debo hacer; vamos al campamento y esta
-noche... Esta noche veré a Jenara aunque me sea preciso degollar a su
-madrastra y ahorcar a su abuelo.»
-
-Pensándolo así, fue al campamento llamado por su obligación; mas
-nada le ocurrió en él digno de contarse, por lo cual apresuramos la
-narración, acortando el día y transportando a nuestros lectores a la
-apacible y oscura noche, cuando Monsalud dirigiose solo y con el alma
-llena de ansiedades entre dulces y dolorosas, a los mismos tapiales de
-tierra que por la mañana vimos, descollando sobre ellos la frondosa
-arboleda de una huerta.
-
-Llegó el joven, y reconocidos los contornos de la casa para ver
-si alguien le observaba, cerciorado al fin de que en las callejas
-contiguas no había curiosos ni rondadores, tomó una piedrecilla y la
-arrojó contra la única ventana de la casa que a la huerta daba. Luego
-articuló hábilmente unos silbidos que parecían el canto de un pájaro
-nocturno; mas ninguna señal de la casa contestó a su extraña música
-hasta la tercera repetición.
-
-Abriose al fin la ventana; pero no conociendo Salvador la persona que
-en el oscuro hueco apareciera, y receloso de que fuera el suspicaz
-abuelo o la vigilante madrastra, calló y ocultose en las densas sombras
-que proyectaban las cercanas paredes. Poco después creyó sentir
-pasos en la huerta y el tenue ruido de las matas que se rozaban unas
-con otras apartándose para dar paso a un vestido. Acercose entonces
-muy quedito a la empalizada que protegía la entrada de la huerta, y
-que en sus tablas carcomidas tenía grietas, agujeros y hendiduras
-suficientes para dar paso libre a la palabra durante la noche y aun a
-la vista durante el día. Conocía el joven aquellos viejos maderos, la
-disposición de sus huequecillos y claros como se conoce el traje que se
-ha usado muchos años. Al pegarse a ellos, su corazón más que su oído le
-dio a entender que por dentro suspiraba una persona.
-
-—Generosa —dijo aplicando los labios a una juntura por donde
-difícilmente podía pasar un dedo.
-
-—Salvador —repuso desde el contrario lado una dulce y conmovida voz,
-como gemido del viento entre las hojas—. ¿Eres tú?
-
-—Aquí estoy, siempre tuyo, siempre queriéndote, muriéndome, Jenara,
-por ti —dijo Monsalud oprimiendo su cuerpo contra las frías y duras
-tablas—. Dime si me has olvidado, si quieres a otro. Jenara, estás aquí
-y no puedo verte. ¡Maldita noche!... ¿Me has olvidado? ¿Me quieres
-todavía?
-
-—Sí —repuso desde dentro la dulce voz—, te quiero. ¿Por qué has estado
-tanto tiempo sin escribirme? ¡Cuánto me has hecho llorar!
-
-—Jenara —murmuró el joven apoyando su frente abrasada sobre la
-madera—, mete tus deditos por esta rendija de la derecha.
-
-Dos blancos dedos aparecieron, por la rendija, moviéndose como dos
-culebritas. Monsalud, después de imprimir en ellos amorosos besos, los
-estrujó entre sus manos, hasta que la muchacha los retiró diciendo:
-
-—Me lastimas, Salvador.
-
-—Jenara, soy muy desgraciado, soy el más infeliz de los hombres. Déjame
-que te vea, pues viéndote, aunque sea un momento, me será menos penosa
-la vida.
-
-—¿Por qué eres desgraciado?
-
-—¿Por qué...? —repuso el joven vacilando—, porque no te veo, porque tu
-abuelo y tu madrastra no quieren que seas para mí... Jenara, por Dios,
-rompamos estas tablas.
-
-—¿Estás loco? Deja las tablas como están y hablemos. Aún no sé si podré
-estar aquí mucho tiempo.
-
-—¿Los de tu casa duermen?
-
-—Sí; pero mi abuelo tiene el sueño muy ligero, y como todos hemos de
-madrugar mañana para ir a Vitoria, se ha acostado vestido, y al menor
-ruido, Salvador, saldría como un león.
-
-—¿Te vas a Vitoria?
-
-—Sí; el abuelo teme que los franceses destruyan esta villa. Allá
-estamos más seguros... ¿Irás tú por allá?
-
-—Tal vez.
-
-—Pero no me has dicho las causas de tu desgracia. Yo también soy
-desgraciada. Tengo un pesar que me destroza el alma. ¿Sabes por qué?
-Porque te quiero, Salvador —dijo la muchacha con acento quejumbroso—,
-porque te quiero mucho, porque desde hace dos años, desde que tú y tu
-madre vinisteis a estableceros en esta villa, te estoy queriendo.
-
-—¿Lloras, Jenara? —preguntó Monsalud, oyendo los sollozos de su amiga.
-
-—Sí, lloro... Pero de ti depende que me muera de dolor o que sea muy
-feliz. Respóndeme.
-
-—¿A qué?
-
-—Salvador, Salvador de mi alma, en la Puebla se ha dicho que te habías
-pasado a los franceses. Hoy mismo dijo mi abuelo que estabas entre
-los vándalos que llegaron anoche. Yo no he querido creerlo; se me ha
-resistido creerlo. Dime si es verdad, dime si te has pasado a los
-franceses; y si es cierto, Salvador, no volverás a oír una palabra de
-mi boca, ni me verás. Jenara ha muerto para ti. Jenara te aborrece.
-
-Monsalud se quedó yerto y frío y sin habla. Helado sudor corría por su
-frente.
-
-—Jenara —dijo haciendo un esfuerzo para atraer la palabra de su agitado
-corazón a sus trémulos labios—, ¿por qué has de tomar tan a pechos...?
-
-—Contéstame pronto —repitió la voz.
-
-El joven vaciló un momento y después dijo:
-
-—Pues bien: es mentira.
-
-—¡Salvador, has dicho que es mentira! —exclamó Jenara alzando la voz—.
-¡Bendita sea tu boca! ¡Bendita sea tu alma! Todo mentira; invenciones
-de la gente, envidia también de tus buenas prendas.
-
-—Invenciones, envidia —repitió sordamente Salvador.
-
-—Pues tú me lo dices, lo creo —dijo la muchacha—. Nunca me has dicho
-sino la verdad. No sé de dónde ha sacado la gente tal noticiota.
-Dijeron que te habían visto hoy por el pueblo vestido con un uniforme
-verde y un sombrero de piel.
-
-Monsalud calló.
-
-—Hace un momento, Salvador mío, me quedé dormida; soñé primero con tu
-uniforme verde y tu sombrero de piel, adornado con un águila dorada.
-¡Me causabas horror! A pesar de tanto como te he querido, viéndote de
-aquel modo me parecías el más aborrecible, el más espantoso de los
-hombres.
-
-Salvador sentía en su garganta un cerco de hierro que le ahogaba. Era
-la gola con la insignia imperial. Bajando hasta su pecho le mordía el
-corazón, y el águila majestuosa que exornaba su frente no le hubiera
-quemado el cerebro con más violencia si fuera una llama. El desgraciado
-joven sentía en su interior una ansiedad semejante a la agonía que
-precede a la muerte.
-
-—Pero después —prosiguió la joven—, tuve otro sueño mejor. Soñé que
-lo de pasarte a los franceses era mentira, como has dicho; soñé que
-volvías a la Puebla vestido de paisano, pobre, pero con honra; que
-volvías después de haber estado combatiendo con los franceses en las
-filas de Longa, de Pastor o de Mina... ¿Estás de paisano? Cuéntame lo
-que has hecho durante ausencia tan larga.
-
-—Todo te lo contaré. Pero dime: si yo hubiera cometido la infamia,
-la deslealtad, la alevosía de servir a los franceses, ¿es cierto que
-habrías aborrecido al pobre Salvador, que lo mismo te quiere hoy que
-ayer?
-
-—No me lo digas —contestó la joven—. ¿Por qué se quiere a las personas?
-¿Por el rostro? No lo creas. Se quiere a las personas por las prendas
-del alma, por el valor, por la honradez, por la generosidad, por la
-lealtad, por la dignidad, por la nobleza.
-
-Monsalud no oía estas palabras. Sentíalas en su corazón como saetas que
-se lo atravesaban de parte a parte.
-
-—El que en una guerra como esta —continuó la joven— da de lado a sus
-hermanos que están matándose por echar a los franceses; el que ayuda
-a los enemigos, a esa caterva de herejes, ladrones y borrachos, es un
-traidor cobarde, un ser despreciable, un Judas. Los perros de España
-merecen más consideración que el que tal vileza comete. Si tú la
-cometieras, Salvador, no solo te aborrecería, sino que me mataría la
-vergüenza de haberte querido.
-
-Monsalud apuró con resignación este cáliz de amargura. Las palabras de
-la fogosa doncella, juntamente con el recuerdo de la escena ocurrida en
-la casa materna, le hicieron comprender la inmensidad del sentimiento
-patrio. Todo lo que en este hay de violento y salvaje desaparece
-ante la grandeza de su lógica. Contra aquello, ¿qué podían José ni
-Napoleón con todos sus ejércitos? Sobre aquel sentimiento, sobre aquel
-odio de las muchachas a todo el que no fuera patriota, descansaba la
-inmortalidad nacional, como una montaña sobre sus bases de granito.
-Monsalud lo vio todo: vio aquel gigante cruel y sublime, salvaje,
-pero grandioso, y se inclinó ante él abrumado, vencido, resignado,
-comprendiendo su propia miseria y la magnitud aterradora de lo que
-tenía delante.
-
-—Jenara —dijo con voz conmovida—, mete tus deditos por esta rendija. Me
-muero de dolor; soy el más desgraciado de los hombres.
-
-—¿Por qué? —dijo Jenara poniendo su alma en las yemas de los dedos y
-echándola a la calle—. Yo estoy contenta... ¿Pero Salvador, qué es esto
-que toco? Un botón de metal, y otro, y otro. ¿Tienes uniforme?
-
-—Me compré un chaquetón en Valladolid, cuando venía para acá —repuso
-turbado el militar—. Así se usan hoy.
-
-—Salvador, ahora que te has movido, ha sonado contra el suelo una cosa
-de hierro. Parece un sable.
-
-—¿Pues no te dije que lo tenía? Sí; me lo dieron unos guerrilleros en
-Nájera.
-
-—¿Has estado con los guerrilleros? —preguntó la joven con entusiasmo—.
-¡Y no me lo habías dicho! ¡Oh, con los guerrilleros! ¡Bendígalos
-Dios!... Salvador, entra tu mano por este agujero grande que hay más
-arriba... ¿Conque has estado con los guerrilleros?
-
-La mano de Monsalud pasó de la calle al jardín, y el joven sintió sobre
-ella los labios de Jenara, quemándole como ascuas, que se le metían
-por las venas adentro hasta el mismo corazón.
-
-—Salvadorcillo —dijo la joven, acariciando la mano de su amigo—, ¿esta
-mano ha matado muchos franceses?
-
-A Monsalud, después del anterior fuego, se le heló la sangre en las
-venas al oír esto.
-
-—Siempre que oigo contar hazañas de guerrilleros —prosiguió Jenara—,
-me acuerdo de ti. A todos me les figuro como tú, y me parece que nadie
-puede ganarte en valentía. Sueño con las sangrientas batallas en que
-perecen muchos franceses. ¡Ay!, si yo fuera hombre, no quedaría con
-vida ni uno solo de esos perros. Cuando voy a la iglesia y oigo al
-cura contarnos en el púlpito las ventajas de los guerrilleros; cuando
-vienen a casa los amigos de mi abuelo y hablan de las batallas ganadas
-por Longa y Mina, no puedo apartar de ti mi pensamiento. Me moriría
-de felicidad si oyera tu nombre entre tantas maravillas de valor. Los
-buenos soldados de España se me representan como San Miguel, ángeles
-armados y hermosos que destrozan al dragón. ¿Eres tú de esos, Salvador;
-eres tú un San Miguel? —añadía con exaltación admirable—. Dime que sí,
-y te querré más todavía. Dime que has matado muchos enemigos, que has
-defendido a España contra esos borrachos del infierno; dime que te
-has bañado en su sangre maldita y machacado sus horribles cabezas, y
-te querré más que a mi vida, te querré como a Dios... Nosotros somos
-Dios, Salvador; nosotros los españoles somos Dios y ellos el demonio;
-nosotros el cielo y ellos el infierno. Así lo dicen el cura y mi
-abuelo, y tienen mucha razón.
-
-—¡Mucha razón! —repitió Monsalud por decir algo—. Jenara, tu frenesí
-me conmueve. Ahora veo que hay otra religión además de la que está en
-el catecismo: la religión de la patria. Los hombres la practican y las
-mujeres la sienten. Si la fe en Dios mueve las montañas, la fe de esa
-otra religión también las mueve. Con ella el heroísmo y el martirio
-son cosas fáciles... Jenara, yo te juro ante Dios que nos está mirando
-desde lo más alto del cielo, que haré todo lo posible para elevarme
-como tú hasta el último grado en la fe de la madre España. Mis proezas
-no han sido hasta ahora muy grandes; pero aún hay franceses en la
-tierra. Soy joven, fuerte, robusto: soy soldado de la patria. Morir
-por ella y morir por tu amor me parece lo mismo. Jenara de mi alma,
-quiéreme mucho.
-
-—Salvador mío, ese es el lenguaje que me gusta oírte —dijo la
-muchacha—. Estamos en guerra. Todo hombre que no sea guerrero hoy no
-merece más qué desprecio. ¿Te gusta a ti la guerra, Salvador? Di por
-Dios que sí, dímelo.
-
-—Extraordinariamente, Jenara. El corazón que no palpita por estas tres
-cosas, Dios, la mujer amada y la victoria, no es corazón de español ni
-de hombre.
-
-Sintiose el suave estallido de algunas tablas. Jenara sacudía la
-empalizada.
-
-—¿Qué haces? —le preguntó Monsalud—. Esto se mueve.
-
-—Salvador, amigo querido de toda mi vida —dijo con pasión la muchacha—.
-¡Malditas sean estas tablas que nos separan! Empuja un poco de ese lado.
-
-—Se romperán, Jenara. Esto no es tan fuerte como parece —indicó el
-joven con terror.
-
-—Quiero verte —añadió Jenara con voz que se ahogaba entre sollozos y
-suspiros—. Hace tanto tiempo que no te veo... y si ahora te vuelves con
-los guerrilleros, y tu arrojo te causa la muerte en una acción... no te
-veré más... ¡Ay! estas condenadas tablas no ceden.
-
-—No —repuso el mancebo tranquilizándose.
-
-—Oye —dijo la doncella con exaltación—, si es tan grande tu empeño
-por entrar y verme, no es menor el mío. Nada más triste que hablar y
-no poderse ver las caras. ¿Estás pálido, Salvador, estás tostado del
-sol?... Oye lo que me ocurre. Mi abuelo tiene la llave de esta puerta
-sobre la mesa de su cuarto. Ahora duerme... puedo entrar de puntillas y
-cogerla. No sentirá nada... Aquí está el candado, hijito... se abrirá
-fácilmente... ¿Conque voy por la llave?
-
-
-
-
-X
-
-
-—Detente —dijo Monsalud, a quien causaba rubor y angustia la idea de
-que al abrirse la puerta descubriera Jenara por su traje el engaño de
-su patriotismo y la verdad de su afrancesamiento—. Detente, Generosa,
-y reflexiona un momento sobre lo que vas a hacer... Te quiero más que
-a mi vida; te quiero, no por egoísmo, sino con verdadero amor que por
-encima de todo pone el bien de la persona amada. No necesito llave para
-abrir esta puerta del cielo, Jenara: basta un esfuerzo mío para echarla
-a tierra; pero no la romperé, no, porque mi propia estimación y, sobre
-todo, la tuya, me lo prohíben.
-
-—Dices bien: yo estoy loca —murmuró la muchacha—. Acércate; que sienta
-yo tu respiración pasando por estas rendijas, Salvador mío. ¿No te
-marcharás todavía?
-
-Monsalud, fatigado de la farsa que estaba representando y que repugnaba
-a la dignidad y lealtad de su alma generosa, mas sin deseos de
-ponerle fin alejándose de la dulce criatura amada, quiso variar de
-conversación, entablándola sobre un asunto que no tuviera relación con
-la guerra, ni con los franceses, ni con los guerrilleros.
-
-—Niña mía —dijo—, se me había olvidado un asunto del cual pensé
-hablarte.
-
-—¿Cuál?
-
-—Durante este tiempo en que no nos hemos visto, he tenido celos,
-muchos celos. En Madrid me dijeron que querías al hijo de don Fernando
-Garrote. Recordarás que cuando éramos novios, él te hacía la corte;
-que Garrote y yo nos mirábamos con muy malos ojos; que por haber
-reñido primero de palabra y después de obra, tuve que salir de la
-Puebla jurándole enemistad eterna. Si después de esto, has tenido la
-debilidad, no digo de quererle, porque esto me parece imposible, sino
-de admitir sus galanteos, buscaré a ese fatuo y donde quiera que lo
-encuentre, lo mataré.
-
-Contra lo que Monsalud esperaba, Jenara no se escandalizó de lo que
-acababa de oír ni menos contestó a los agravios del mancebo con mimos
-y lloros, según costumbre tan antigua como el mundo. Oyó él tras los
-maderos una risita que no le agradó, y después estas palabras:
-
-—¡Qué tonto eres! No hagas caso de eso. Cierto es que Carlos Garrote
-me hace la corte y quiere casarse conmigo. Me envía regalitos, ramos
-de flores, va a misa a la misma hora que yo, y algunas veces viene con
-sus amigos a desgañitarse bajo las rejas de esta casa, acompañado de
-guitarras y bandurrias.
-
-—¡Jenara, Jenara, me estás destrozando el corazón! —exclamó el mancebo
-con fuego—. ¿Por qué te ríes?
-
-—Me río de él. Y no es mal muchacho, Salvador —continuó Jenara—. Tiene
-buen porte, muy bueno, sí, y también excelentes cualidades, solo que no
-es amable ni delicado como tú, sino brusco, serio y...
-
-—Y fatuo, vanidoso, y soplado —interrumpió Monsalud—. Veo que no te
-disgusta mi enemigo.
-
-—Ni me gusta, ni me disgusta —dijo la doncella, aplicando su boquita a
-las hendiduras para que se oyese mejor lo que decía—. Si no lo quiero,
-tampoco desconozco sus buenas cualidades, especialmente el valor grande
-y temerario que ha mostrado en esta guerra. ¿Qué crees tú? Carlos
-Navarro, el hijo de don Fernando Garrote, es la admiración de esta
-villa y el honor de todo el país de Álava. Ha corrido por esos mundos
-con Longa y Pastor, y todos dicen que no han visto mozo de más arrojo
-y bravura. ¿Pues y su tino para la guerra? ¿Y su ciencia militar,
-que nadie le ha enseñado? Todo lo sabe, y es al modo de los grandes
-capitanes, que en un abrir y cerrar de ojos aprenden por completo el
-arte de pelear. Mi abuelo asegura que de Carlos Navarro a Alejandro el
-Grande va menos que el canto de un duro. Hace meses, cuando entró en la
-Puebla después de haber derrotado a los franceses, todos los habitantes
-de esta villa salimos, como en procesión, a vitorearle. ¡Qué día,
-Salvador! Yo me acordaba de ti, y hubiera querido que estuvieses aquí
-para ver tanto entusiasmo. Yo no cabía en mí de puro confusa, exaltada
-y alegre. No sé lo que pasaba en mi alma cuando vi a Carlos Navarro
-en su caballo blanco entrar triunfalmente cubierto de guirnaldas de
-flores, con la espada en la mano y el orgullo de la victoria en los
-ojos. ¡Ay, Salvador, me eché a llorar!
-
-—¡Te echaste a llorar! —dijo Monsalud, con un volcán de celos dentro
-del pecho—. No lo digas delante de mí. Eso es un insulto, Jenara... me
-estás matando.
-
-Sin añadir más palabras, golpeó con tanta violencia las tablas, que
-la débil empalizada vaciló. Ocupado por el dolor y los celos, que
-entre confusiones mil agitaban su alma, Monsalud no advirtió que en
-el extremo de la calleja donde tan descuidadamente departía con su
-tormento, había aparecido un hombre; que aquel hombre se había acercado
-con cautela y puéstose inmóvil y vigilante como a dos varas de la
-amorosa conferencia. Cuando la empalizada crujió al recibir los golpes
-de fuera, dio algunos pasos más hacia adelante el que parecía fantasma,
-y entonces le vio nuestro celoso joven.
-
-Ambos se miraron sin hablar nada, hasta que el desconocido rompió el
-silencio, diciendo con voz grave:
-
-—¿Qué hace usted aquí?
-
-—Lo que quiero —repuso Monsalud reconociendo al instante la voz de
-Carlos Navarro, hijo único del célebre y hasta ahora no conocido don
-Fernando Garrote—. Siga usted su camino, que no me creo obligado a
-informarle de mi conducta, señor entrometido.
-
-—Ahora veremos quién desfila —dijo el otro sin perder la calma—. Me
-parece que tengo enfrente a Salvadorcillo Monsalud, el cual marchó a
-Madrid a servir a los franceses.
-
-—El mismo soy —exclamó el militar con brío—. ¿Qué quieres de mí, Carlos
-Navarro?... Supongo que traerás una espada.
-
-—No.
-
-—¿Navaja?
-
-—Tampoco. Vengo sin armas. Si las trajera, no las deshonraría
-midiéndolas con las de un miserable traidor, con las de un vendido a
-los franceses.
-
-—¡Navarro! Llevo un uniforme que no es el tuyo —exclamó Salvador con
-violento coraje—. No lo desprecies. El corazón que va dentro de él no
-ha cometido ninguna acción villana. Lo mismo puedo matarte con una
-espada española que con un sable francés.
-
-—¡Vendido!... deja libre la calle. No reñiré contigo. Cuando me
-encuentro con un traidor, escupo y paso.
-
-—¡Miserable, cobarde, salteador de caminos! —gritó Monsalud sintiendo
-culebrear el rayo dentro de sus venas—. Defiéndete, si no quieres que
-aquí mismo te atraviese y envíe al infierno tu alma perversa.
-
-Monsalud desenvainó el sable. Navarro no hizo movimiento alguno hostil;
-pero echando atrás el embozo de su capa negra, alargó la mano sin otra
-arma que una linterna. El espacio que separaba a los dos enemigos se
-inundó de luz.
-
-En el mismo instante la empalizada, que poco antes se estremecía
-sacudida con violencia por un hombre, cedió por completo a los
-esfuerzos de una mujer, y abierta al fin, dio paso a Jenara, que,
-pálida como la muerte, fue derecha a ponerse entre los dos jóvenes.
-Alargando sus brazos, podía tocar el pecho del uno y del otro. Lo
-primero en que se fijaron sus ojos fue en la gallarda persona del
-renegado, cuyo brillante uniforme reflejaba la luz de la linterna en
-los relucientes botones de cobre, en el águila, carrilleras, gola
-y cartera. Jenara dio un grito agudísimo; miró a uno y otro galán
-alternativamente, acongojada y confusa, como quien no cree lo que
-ven sus ojos y tocan las propias manos. Monsalud, que resuelta y
-ciegamente iba ya contra su enemigo, detúvose al ver interpuesta a la
-hermosa joven.
-
-—¡Este es Monsalud! —exclamó ella con perplejidad indescriptible—.
-Navarro, ¿es este Monsalud?
-
-—Por el uniforme francés se le conoce —respondió el guerrillero.
-
-—¡Francés, francés! —gritó la doncella—. ¡Tú francés..., embustero
-además de traidor!
-
-—Sí, francés, francés —rugió Salvador—; francés, traidor y embustero y
-todo lo que quieras; pero vete de aquí y déjame solo con ese hombre.
-
-—¡Virgen María! ¡Señor mío Jesucristo! Asísteme en este trance —murmuró
-la joven.
-
-Después entró corriendo en el jardín, y desde la empalizada y con voz
-clara, argentina, sonora, penetrante, voz que no puede definirse, como
-no puede definirse la pasión extraña que la inspiraba, gritó:
-
-—¡Navarro, mátale, mátale sin piedad!
-
-
-
-
-XI
-
-
-—Mátale —repitió alejándose la voz, al mismo tiempo dulce y guerrera—,
-mátale por embustero y traidor.
-
-Monsalud, al oírla, sintió en su corazón frío de muerte; sintiose
-cobarde; zumbó en su cerebro la sangre inflamada; su brazo era un
-estropajo inerte que apenas podía mover el sable, aquel hierro, trocado
-en caña inútil por la súbita congoja del alma... El universo entero se
-le había caído encima.
-
-—No tengo armas —dijo Navarro sin dar un paso hacia adelante ni hacia
-atrás y soltando la linterna—. Puesto que no puedo ni quiero batirme
-contigo en lid de caballeros, asesíname, francés; ese es tu oficio.
-Asesina al guerrillero de Andía y la Borunda.
-
-La serenidad grave y un poco petulante de aquel hombre; el mirar fijo
-de sus ojos; su hermosa estatura; la capa que de los hombros le caía
-hasta los pies, dándole el aspecto de una estatua negra, trastornaron
-a Monsalud más de lo que estaba. ¿Por qué no decirlo? Tenía miedo,
-un pavor semejante al que infunde la superstición. Todo cuanto veía
-parecíale sobrenatural, obra del demonio, obra de Dios tal vez.
-Sobreponiéndose a su espanto, dijo:
-
-—Es mentira, la traes bajo tu capa. ¿Tienes miedo?
-
-Con esta pregunta pensó sacarle de su fría impasibilidad; mas el otro,
-sonriendo con desdén, replicó:
-
-—Salvador, guarda ese chisme y vete con los tuyos.
-
-—Mátale, mátale por traidor y embustero —gritó más lejos, desde la
-casa y junto a la puerta que daba al jardín la voz divina y furiosa de
-Jenara.
-
-Un hecho es este cuyo tenebroso misterio no penetrará jamás con
-exactitud el observador; pero es indudable que la pasión amorosa,
-confundida con el arrebatado sentimiento patriótico que en el alma
-de la mujer produce fenómenos extraordinarios, durante las grandes
-guerras de raza, está sujeta a veleidades casi increíbles. El fanatismo
-de Jenara hizo de ella, en la ocasión crítica que se narra, un ser
-espantoso; pero ¿es posible pronunciar la última palabra sobre la
-vengativa saña de su alma exaltada, sin deslindar lo que de sublime y
-de perverso había en los sentimientos que precedieron a la tremenda
-explosión? La pavorosa figura bella y terrible, que pedía la muerte
-de un hombre, pocos minutos antes amado, encaja muy bien dentro del
-tétrico cuadro de la época, en la cual las pasiones humanas exacerbadas
-conducían a los hechos heroicos y a los mayores delirios. Había en
-Jenara una entereza romana que de ningún modo podía ser completamente
-odiosa: en sus odios, lo mismo que en sus amores, no se quedaba nunca a
-medias.
-
-—Tiene razón —dijo de súbito Monsalud arrojando el arma—. Yo soy el que
-debe morir. ¡Navarro, ahí tienes mi sable! Da gusto a Jenara.
-
-Navarro recogió el sable y, entregándolo a su rival, le habló así:
-
-—Te he dicho que te marches a tu campamento. Ni una palabra más. No
-gusto de conversación.
-
-En el mismo instante sonaron dentro de la casa voces de alarma.
-
-—¡A ese! ¡al francés!... ¡al renegado! —gritaban voces distintas.
-
-Viéronse luces, abriéronse puertas y aparecieron algunos hombres y
-mujeres con escopetas y palos.
-
-—¡Al pozo con él! —gritó uno.
-
-—¡Ahorcarle!... venga la cuerda —gritó otro.
-
-—Meterle en el horno —vociferó un tercero.
-
-De las casas vecinas salió más gente; aparecieron grupos por la
-calleja, de tal modo y con tanta presteza, que Monsalud se vio
-amenazado por una ruidosa caterva de personas de todas clases.
-
-—¡Muerte al francés! —gritaban.
-
-Recobrando su ánimo, el jurado se apercibió para defenderse.
-
-La voz de Jenara repitió a lo lejos con estridente aullido, que parecía
-proceder de la garganta de un ángel de exterminio, flotante en el negro
-espacio sobre el lugar de la escena, las siguientes palabras:
-
-—¡Por traidor y embustero!
-
-Hubiéralo pasado muy mal, perdiendo seguramente la vida el pobre
-jurado, si su propio rival no le defendiese de aquella turba rabiosa,
-apartando a unos, haciendo callar a otros, y repartiendo a diestro y
-siniestro empujones y porrazos.
-
-—Nosotros no asesinamos —gritó—. Dejen libre a este pobre hombre que se
-va a su campamento.
-
-Pero ya que no podían acabar con él, siguieron azuzándole con la soez
-valentía del número. Protector y protegido, sin dejar por eso de ser
-encarnizados enemigos, caminaron largo trecho, abriéndose paso con
-dificultad. Gracias a la hora tardía y oscuridad de aquellos lugares,
-no acudió más gente al alboroto, que si acudiera, mal lo habría pasado
-el del uniforme francés a pesar de hallarse tan cerca sus amigos.
-Felizmente para Salvador, a medida que avanzaban, disminuía la molesta
-chusma, hasta que al fin, después de andar largo trecho hacia una
-de las puertas de la villa, donde se distinguían las fogatas y se
-escuchaba el rumor de las fuerzas acampadas, la ruin turba quedó
-reducida a media docena de hombres. Navarro les aplacaba y despedía uno
-por uno, logrando al cabo quedarse solo con la víctima. Más abrumaba a
-Monsalud la nobleza que demostrara en la referida ocasión su enemigo
-que los insultos con que le vituperó poco antes.
-
-—Estamos solos —dijo cuando llegaron a la plazoleta inmediata a la
-puerta que da paso al puente del Zadorra—. Navarro, agradezco tu
-generosidad. Quieres matarme en buena lid, y no has permitido que me
-asesinen esos bárbaros. Solos estamos. ¿Es cierto que no traes armas?
-
-—Ya lo he dicho —replicó el otro.
-
-—Lo creo; eres valiente y sé que no las ocultarías por cobardía.
-¿Insistes en no batirte conmigo? No me he pasado a los franceses:
-antes de servirles, yo no había tomado las armas por ninguna causa.
-Mi destino lo ha querido así; pero no estoy deshonrado. Mi desgracia,
-mi abandono, mi pobreza, lleváronme a las filas del enemigo, y la
-deshonra consistiría en abandonarlas en el peligro... Ve, pues, en
-busca de tus armas; aquí te espero.
-
-—No quiero —repuso Navarro con sequedad—. Ya te he dicho que sigas tu
-camino.
-
-Y luego, con expresión de orgullo que Monsalud no acertaba a
-explicarse, añadió:
-
-—Soy guerrillero.
-
-Dijo esto como si dijera: «Soy Dios.»
-
-—Bien: ¿y qué más da que seas guerrillero? Eso prueba que eres valiente
-—declaró el otro con aflicción.
-
-—¿Sabes lo que haré si te vuelvo a encontrar junto a las tapias de la
-casa de Jenara, o si la miras, o si hablas de ella en público, siquiera
-digas solamente que la has conocido?
-
-—¿Qué?
-
-—Cortarte las orejas... Conque adiós.
-
-Dicho esto volvió la espalda y se alejó tranquilamente, dejando a
-Salvador perplejo y dudoso entre aceptar aquel inopinado desenlace de
-la contienda o arremeter tras su enemigo para herirle. Una ira loca
-sucedió a las dolorosas dudas, y, siguiendo a Carlos, gritó con toda la
-fuerza de sus pulmones:
-
-—¡Navarro, eres un cobarde!
-
-El guerrillero volvió atrás, y con provocativa flema le dijo:
-
-—Como están cerca tus amigos; como se les ve desde aquí y podrían venir
-al menor ruido, te has vuelto tan bravo que si te vieran los gatos de
-la vecindad, temblarían de miedo.
-
-—Navarro —exclamó Monsalud con frenético coraje—, toma mi sable.
-Espérame un instante, un instante no más, mientras voy a que un amigo
-me preste el suyo. Entonces me podrás decir lo que te acomode, y yo
-morir o cerrarte para siempre esa boca insolente.
-
-—Salvador —gritó Navarro comenzando a perder la enfática serenidad que
-mostraba—, no me provoques con tus ladridos... Te he perdonado y me
-insultas, te desprecio y me sigues. Tanto me buscarás, que al fin has
-de encontrarme.
-
-Con rápido movimiento se desembozó, dejando en tierra la linterna.
-
-—No tienes tú la culpa —dijo—, sino quien, sabiendo lo que eres, baja
-de noche a hablar contigo por la reja de la huerta. Jenara no te
-conocía, sin duda, o la engañaste con torpes embustes.
-
-—Dime todo eso con una espada, con una pistola, con tu sangre, malvado
-—clamó Monsalud rugiendo de ira—, y te contestaré lo que mereces.
-
-—Pues sea —gritó Carlos, y en el mismo momento oyose sonar el chasquido
-del resorte de una navaja, cuya larga hoja brilló en la oscuridad.
-
-—Yo también traigo la mía —dijo con júbilo Monsalud, arrojando el
-sable—. Navarro, defiéndete.
-
-Envolvían en el siniestro brazo el uno su capote y el otro su capa,
-cuando se oyeron pisadas y luego voces alegres que por un callejón
-cercano se acercaban.
-
-—Son franceses —dijo Navarro, pateando con furia.
-
-—¿Franceses? ¿Y qué importa? Seguirán su camino. Adelante, pues.
-
-—Traidor —gritó el guerrillero—, me has traído a donde están tus amigos.
-
-—Vamos a donde quieras; elige sitio —repuso el jurado apresurándose a
-partir.
-
-Apenas dieron algunos pasos en la dirección que indicara Navarro
-marchando delante, cuando se vieron detenidos por media docena de
-franceses, borrachos todos como cubas, los cuales, reconociendo al
-punto a Monsalud, le rodearon, y con gritos y vociferaciones del peor
-gusto le saludaron.
-
-—Dejadme, dejadme solo, amigos —dijo este.
-
-—¿Quién es este bravo mozo? —gritó un francés dirigiéndose a Navarro.
-
-—¡Ah! ¿tenéis pendencia?
-
-—Echad mano al paisano y llevémosle al cuerpo de guardia —dijo un
-francés.
-
-—Al que le toque —vociferó Monsalud resguardando con su cuerpo el de su
-enemigo— le mataré como a un perro.
-
-—¡Oh! ¡qué bríos! —gruñó otro francés.
-
-—Vaya, basta de disputas —chilló un tercero—, y vénganse los dos a la
-taberna con nosotros.
-
-—Tenemos que hacer en otra parte... Sigan ustedes adelante...
-
-—Están desafiados... Ved las navajas.
-
-Ambos contendientes cerraron y guardaron las armas.
-
-—¿Desafío? —dijo uno que tenía la charretera de sargento—. Ahora mismo
-van a ir los dos al cuerpo de guardia. ¿Conque desafío? A fe de
-Jean-Jean que no consiento tal cosa.
-
-—¡A la taberna, a la taberna!
-
-Apareció entonces otro grupo de franceses que se unió al primero.
-
-—Vamos, ven acá, farsante —gritó Jean-Jean asiendo a Monsalud por el
-brazo y tratando de llevárselo consigo.
-
-—Señor espantajo —indicó un jurado amenazando al guerrillero—, o toca
-usted tablas ahora mismo, o le pondremos a la sombra.
-
-Navarro calló, sofocando su coraje; pero acariciaba la navaja,
-dispuesto a atravesar al primero que osase ponerle la mano encima.
-
-Salvador, desasiéndose con no poco trabajo de los que entorpecían sus
-movimientos, se acercó a Navarro, y comprendiendo que la situación de
-este no era muy satisfactoria, dijo en voz alta:
-
-—Señores, déjenme hablar dos palabras a solas con este amigo, y después
-nos iremos juntos a la taberna.
-
-—Si me dan tiempo para ir a buscar a dos de mis amigos, a dos nada más
-—le dijo Navarro en voz baja—, daré cuenta de ti y de esos borrachos.
-
-—Carlos —repuso Monsalud—, ponte en salvo. Nada podemos hacer por esta
-noche. Estos majaderos no nos dejarán solos.
-
-Trémulo de coraje, el guerrillero no contestó nada.
-
-—Señala sitio y hora para mañana, para pasado mañana, para cuando
-quieras.
-
-—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —respondió Carlos
-echando fuego por los negros ojos.
-
-—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —repitió Monsalud
-con febril resolución—. Por la noche, y por Dios que la hizo, juro que
-así será.
-
-—Me voy —dijo Navarro con sarcasmo—. Tus amigos te han salvado esta
-noche... Ahora, cuando yo vuelva la espalda, azúzalos contra mí.
-
-Sin más palabras ni hechos, Navarro se internó a buen paso por una
-oscura y solitaria calle; y como algunos de los franceses allí
-presentes quisieran ir tras él, púsose Monsalud entre ambas esquinas de
-la angosta vía, y con determinación firmísima dijo a sus camaradas:
-
-—El que quiera seguirle tiene que pasar sobre mi cuerpo.
-
-Cuando Jean-Jean y comparsa se empeñaban en llevar a Salvador a la
-taberna, este iba en tal estado de sombrío estupor y excitación mental,
-que a las palabras de sus amigos respondía tan solo:
-
-—¡Él guerrillero, yo francés!...¡Yo francés, él guerrillero!... ¡El
-blanco, yo negro!... ¡Él cielo, yo tierra! ¡Si ese hombre fuera Dios,
-yo quisiera ser el demonio!
-
-
-
-
-XII
-
-
-A poco de entrar en la taberna, y antes que lograran hacerle tomar
-nada, escapose fuera y se dirigió a su casa en lastimoso estado moral
-y físico, con la razón delirante, el cuerpo flojo y desmayado como
-el de un beodo, hablando sordamente consigo mismo a veces, y a ratos
-profiriendo gritos que alarmaban al vecindario. Cuando entró en su
-casa, hallábanse en ella, a pesar de lo avanzado de la noche, doña
-Perpetua y el cura, acompañando ambos a doña Fermina. En el centro de
-la pieza había una mesa puesta con no poco aparato de vasos y platos,
-desplegándose allí gallardamente todo el lujo de la casa como para una
-fiesta. Las viandas que sobre ella estaban, habían dejado de humear,
-enfriadas ya por el largo plazo de espera, y las quijadas de la santa,
-como las del cura, se abrían bostezando de apetito y sueño.
-
-—Hijo mío, ¡cuánto nos has hecho esperar! Son las once dadas —dijo doña
-Fermina, abrazándole—. Pero tú tienes algo; estás amarillo como un
-muerto. ¿Qué dices ahí entre dientes?
-
-—¡Guerrillero él! ¡Francés yo! —murmuró Salvador dejándose caer en una
-silla.
-
-—Espera, te ayudaré a que te quites el uniforme —dijo la madre—. ¿Se
-han marchado ya los franceses?
-
-—Salvador —dijo en tono agrio el cura, observando al sargento con
-severidad—. Un joven de tus cualidades no debe estar en las tabernas
-hasta hora tan avanzada.
-
-Y como Monsalud no contestase a la advertencia, sino riendo a la manera
-que ríen los locos, el presbítero añadió, levantándose de su asiento:
-
-—Salvador, estás borracho. ¡Qué terribles hábitos se adquieren en el
-ejército!
-
-—¡Y entre franceses! —añadió la beata—. El rey les da buen ejemplo para
-que sean un modelo de sobriedad.
-
-—Ya se te pasará —dijo doña Fermina con maternal benevolencia—. Hijo,
-¿quieres dormir?
-
-—Sí, dormir; quiero dormir —repuso con gozo, recostándose en un arca.
-
-—Toma primero un bocado, muchacho.
-
-—Sí, tengo hambre —exclamó el jurado abalanzándose a la comida y
-engullendo descortésmente, sin consideración a los demás convidados.
-
-Mas al instante apartó el plato con repugnancia.
-
-—No tengo gana —dijo entre dientes.
-
-El cura se paseaba por la habitación agitado y colérico.
-
-—Los malos hábitos adquiridos no se olvidan en un día —afirmó doña
-Perpetua, echando al viento la voz por el registro más agridulce—. Esta
-mañana lo dije y ahora lo repito. Fermina, haz cuenta que no tienes
-hijo.
-
-Doña Fermina rompió a llorar, y como interrogase cariñosamente al
-desgraciado joven acerca de sus propósitos y de la enmienda que por la
-mañana prometiera, este dijo:
-
-—¡Guerrillero él, yo francés, francés toda la vida!
-
-—Salvador —gritó el cura con enojo y fiereza—. Te creí traidor por
-inexperiencia, mas no vicioso ni degradado... Esta mañana me causabas
-lástima; ahora me causas horror.
-
-—El pobrecito no sabe lo que se dice, señor cura —añadió la atribulada
-madre—. Esos pícaros le han llevado a la cantina, y... por fuerza le
-han obligado a beber. Pero es un alma de Dios mi hijo. Esta mañana nos
-prometió dejar para siempre esas aborrecidas banderas, y lo hará, ¿pues
-no ha de hacerlo...? ¿Te quedarás aquí esta noche? Suelta el uniforme y
-duerme.
-
-Oyéronse entonces lejanos toques de clarín. Callaron todos,
-sobrecogidos por el son guerrero que parecía venir del campamento
-francés: Monsalud lo escuchaba con aparente júbilo. De pronto
-levantose, gesticulando como un insensato, y con desesperados gritos,
-gritó de esta manera:
-
-—¡Viva Napoleón! ¡Viva el amo del mundo! ¡Viva Francia! ¡Mueran los
-guerrilleros!
-
-—Esto no se puede tolerar —exclamó el cura bramando de ira y echando
-mano al respaldo de la silla que más cerca tenía—. ¡Traidor, infame y
-deslenguado blasfemo, sal de aquí al momento!
-
-—¿Qué has dicho, hijo? —balbució entre angustiosos sollozos doña
-Fermina temblando como un niño—. Tú, tú, ¿pues no eres...?
-
-—¡Afrancesado, francés hasta morir! —repuso el joven con enérgico
-brío—. ¡Francés hasta morir!
-
-—Señor cura, señor cura —dijo la madre con tanto espanto como dolor—,
-ríñale usted.
-
-—Buen caso hago yo de los curas —repuso Salvador mirando con desprecio
-al venerable Respaldiza—. Son los corruptores del linaje humano, como
-dicen Jean-Jean y Plobertin, que presenciaron la revolución francesa.
-
-Doña Fermina ocultó el rostro entre sus manos.
-
-—Señor cura guerrillero —añadió el joven con insolente sarcasmo—,
-cuidado no le cojamos a usted por esos trigos... En mi regimiento no
-hay piedad para los clérigos armados... ¡Se les coge, se les desnuda,
-se les ahorca!...
-
-Doña Perpetua se levantó de su asiento como una estatua que de súbito
-cobra vida para aterrar a los hombres.
-
-—¡Miren la embaucadora! —gritó Monsalud remedando con formas grotescas
-los ademanes de la santa mujer—. Vendré a rescatar a mi madre de las
-garras del demonio, para llevármela a Francia.
-
-La beata y el cura le señalaron la puerta sin proferir una palabra.
-
-—¡Guerrillero él, yo francés! —repitió el joven, no con palabras, sino
-con aullidos—. Madre, adiós, adiós... Escribiré desde Francia.
-
-Tropezando, haciendo gestos amenazadores, y articulando gritos y
-bravatas poco inteligibles, pero horripilantes como la risa de los
-locos, salió de la estancia y de la casa, mientras cura y beata
-auxiliaban a la infeliz madre, que había perdido el conocimiento.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-El buen orden de esta historia pide que ahora dejemos a Monsalud, el
-cual irá solo o acompañado a donde mejor le plazca y su triste destino
-le lleve, y que volvamos los ojos y dirijamos nuestros pasos hacia
-Carlos Navarro, quien, por lo que hasta ahora de él vimos, parece ha de
-ser personaje de historia y digno de ser conocido más de cerca.
-
-Singular era este hombre, y más singular aún su padre don Fernando
-Navarro, vulgarmente conocido en la Puebla con el remoquete de don
-Fernando Garrote, que de sus mayores pasó a él, sin que se pueda saber
-por qué. Aseguraban los ancianos de la villa que siendo todos los
-Navarros, desde las generaciones más remotas, hombres muy fuertes, y
-a más de fuertes, algo pegones y amigos de dominar a los débiles y de
-machacar sobre los humildes, debieron recibir por estas cualidades el
-sobrenombre citado, que a maravilla les caía. Los últimos vástagos de
-esta dinastía garrotil, son los que presentaremos ahora, eligiendo
-para ello el momento en que, desocupada momentáneamente la Puebla por
-los franceses, quiso don Fernando poner en ejecución su pensamiento de
-ir a las partidas con Respaldiza, apretándole a ello la falta que él
-pensaba hacía en el ejército su tardanza, según eran los agravios que
-pensaba vengar, proezas que acometer, y cabezas que descalabrar.
-
-Don Fernando vivía desde algún tiempo en una casa de campo hacia
-Peñacerrada, donde había puesto fin a sus viajes y correrías, porque
-los achaques y dolores en la trabajada osamenta eran ya obstáculo a su
-fantasía siempre ardiente y a su corazón valeroso. Triste, solitario
-y aburrido, dejaba pasar sus días en la vasta vivienda, aun en lo más
-crudo de la guerra, hasta que por capricho o voluntariedad impropia ya
-de sus años, resolvió variar de conducta. Para hacer los preparativos
-de marcha, trasladose el 18 de junio a la Puebla, donde tenía su casa
-solar, residencia habitual de su juventud y edad madura hasta los
-últimos años. Allí vivía de ordinario su hijo, y un pariente pobre que
-le administraba el mayorazgo, consistente en tierras de pan, algunas
-viñas, y mucho monte en el término de Treviño.
-
-Allí le tenemos, allí está nuestro gran don Fernando en una sala baja,
-sentado en ancho sillón de vaqueta, con las piernas extendidas sobre
-un banquillo. Ocúpase en limpiar la hoja de una luenga espada de taza,
-hoja toledana y grandes gavilanes retorcidos. Frente a él, acurrucada
-en una silla baja, está la que ya conocemos, incomparable y seráfica
-doña Perpetua, observando con atención prolija al insigne varón.
-
-Era don Fernando Navarro, o, si se quiere, don Fernando Garrote,
-un hombre de más de sesenta años; de elevada estatura y bien
-proporcionadas carnes; ni gordo ni flaco; arrogante en su madura edad;
-de frente despejada; ojos vivos; los brazos y piernas vigorosos,
-aunque ya nada listos a causa del mucho cansancio; ancha la espalda;
-curva y airosa la nariz; blancas y pobladas las cejas, así como el
-cabello; la piel rugosa y con largos bigotes retorcidos entrecanos,
-que eran singular adorno de su fisonomía en aquellos tiempos en que
-todo el mundo se rapaba el rostro. Tenía este hombre la apariencia
-de un veterano de los antiguos tercios, héroe de las batallas de San
-Quintín y de las Gravelinas, conquistador de medio mundo y saqueador
-del otro medio desde Roma hasta Maestrich. Uníase a su belleza varonil
-y majestuosa cierta expresioncilla insolente y de perdonavidas, y
-parecía satisfecho de la superioridad que Dios le había dado sobre
-el resto de los mortales. Observando su vanaglorioso ademán y porte
-guerrero, viéndole tan convencido de que la humanidad existía para que
-él probara sobre ella la fuerza de sus puños, se comprendía bien el
-apodo de _Garrote_ que recibiera del vulgo. Lleváronlo sin ofenderse
-sus antepasados, que también fueron tremebundos, y el don Fernando
-respondía al mote y a veces firmaba con él.
-
-Durante su juventud Navarro había guerreado bastantes años, primero
-en la campaña contra Portugal hacia 1762, después en el bloqueo de
-Gibraltar en 1779, y aun se asegura que por dar desahogo a su grande
-afición militar tuvo sus amagos y vislumbres de bandolerismo en tiempo
-de paz, lo cual es muy propio de españoles; pero esto debe acogerse con
-prudente desconfianza, y la honra de tan insigne varón nos obliga a no
-asegurar de un modo terminante lo del latrocinio, consignándolo tan
-solo como un simple rumor.
-
-Lo que sí no deja duda, por constar en papel sellado dentro de los
-mismos archivos de la audiencia de Pamplona, es que el gran Navarro
-entretuvo sus ocios y dio alimento a su arrebatada actividad y ardiente
-fantasía, introduciendo por los Alduides tejidos de hilo y algodón,
-en lo que, según su entender, no se ofendía a Dios, siendo claro
-como el agua que ni en el Decálogo, ni en el Nuevo Testamento, ni
-en ningún catecismo se dice nada contra el contrabando. Hacía esto
-nuestro adalid, más que por propio lucro, por ayudar a los amigos,
-por favorecer a unos cuantos pobrecitos que vivían de ello, por armar
-camorra con los empleados del fisco y por dar palos. Esto era para
-Garrote fuente de delicias físicas y morales sin término.
-
-Al llegar aquí, y cuando después de enumeradas casi todas las
-cualidades de hombre tan eminente, me encuentro enfrente de la más
-importante, no puedo menos de alzar los ojos al cielo, cruzar las
-manos, y decir: «¡Bendito sea Dios, que en una sola pieza puso
-tantas y tan admirables prendas del alma y del cuerpo!» Ello era que
-don Fernando Navarro, luego que heredó el mayorazguillo, y además
-algunos pingües dineros que le dejaron dos tíos suyos venidos de las
-Indias, retirose a la Puebla y allí se hizo un don Juan Tenorio. Su
-arrogante figura, su garbo para vestir y su mucho gracejo para hablar,
-su gran experiencia del mundo y diestra habilidad para engañar,
-proporcionáronle adelantamientos fabulosos en la carrera.
-
-Siendo al mismo tiempo muy liberal y dadivoso, así de dinero como
-de palos, encontraba abiertos casi todos los caminos, y bien pronto
-todo el condado de Treviño, toda Álava y aun parte de la Rioja,
-llenáronse de víctimas en distintas edades y estados. Algunos disgustos
-experimentó en diversas ocasiones; mas como era Garrote la persona más
-poderosa en la villa, y casi, casi en la comarca; como tenía la llave
-dorada, y aun se habló de que iba a recibir la merced de un título
-de Castilla, todo se quedó en palabras y en dos o tres porrazos. Un
-fraile francisco quiso con amonestaciones convertirle, librando de
-azote tan fiero a los habitantes de la baja Álava y Rioja alavesa;
-mas por una singularidad digna de ser mencionada en la historia, los
-villanos todos, especialmente los más humildes, se pusieron de parte de
-Fernando, hasta que el bendito fraile se cansó, y resolvió que lo mejor
-era rezar por las agraviadas.
-
-Lo que no puede pasarse en silencio es que hacia el fin de su carrera
-don Pedro se casó, animándole a ello su propio interés y el de una
-familia de Navarra que con la suya estaba genealógicamente entroncada.
-Antes, mucho antes del matrimonio, había nacido un varón, que fue
-reconocido con solemnidad. Sacó Carlitos, con el cariz y la figura
-de su padre, muchas de las prendas de su alma, y singularmente el
-valor y la generosidad, y creció el niño en la holganza, dedicándose
-a ejercicios de fuerza, con descuido de la inteligencia, aunque la
-tenía privilegiada. No mostró, como el progenitor, afición al galanteo
-frívolo, y durante algunos años huía de las faldas como del demonio,
-tanto, que creyeron iba derechito por el camino de la Iglesia; mas
-de pronto resultó muy apasionado y tierno, y verificose radical
-transformación en sus hábitos, y más que todo en su pensamiento. En
-el transcurso de esta fiel historia irán saliendo muchas cosas que
-ahora no conviene anticipar, y que completarán el conocimiento de este
-benemérito joven, primero mojigato, guerrillero después, y adornado
-siempre de estupendas cualidades.
-
-Ahora lo que importa referir es que en 1812 tomó el gusto Carlitos a
-las partidas, enamorándose de tal modo de aquella errante, gloriosa y
-popular vida, que a vuelta de pocos meses era uno de los más bravos e
-inteligentes soldados del bravísimo Longa, siendo tantas sus hazañas
-que en la Puebla de Arganzón gozaba de más fama que en Macedonia el
-Grande Alejandro. No está de más decir que, entre las causas que
-determinaron a don Fernando a meter su cucharada en el negocio de la
-guerra, no fue la menor cierta comezoncilla o, por ponerlo más claro,
-cierta envidia del gran renombre de su hijo, y tenía la certidumbre
-de que con solo echarse al campo eclipsaría con un solo arranque las
-proezas de todos los fusileros de Longa, Mina y Pastor.
-
-Conocidas así las personas, refiramos ahora lo que hablaron doña
-Perpetua y el señor Garrote, mientras este, esperando a su hijo, al
-cura Respaldiza y demás personas que debían acompañarle, se ocupaba en
-limpiar el moho a varios trebejos, resto de su alborotada mocedad.
-
-—Reflexione usted, señor Garrote —dijo la vieja apoyando las manos
-en el palo y la barba en las manos—, sobre lo que tantas veces le
-he dicho y ahora le repito. Un hombre lleno de pecados, que ha sido
-el escándalo de un siglo y el Satanás de esta honrada villa, debe
-ocuparse en arreglar sus largas cuentas con Dios para no presentarse
-a Él desprevenido, con el libro de las deudas de su conciencia tan
-embrollado y lleno de borrones.
-
-—Cuando vuelva de la guerra, viejecita —repuso don Fernando
-cariñosamente y con cierto respeto—, te prometo reconciliarme y poner
-el mayor arreglo en mi libro.
-
-—¡De la guerra! —exclamó la vieja moviendo la cabeza—; ¡y quién sabe si
-esos pobres huesos molidos volverán como salen! ¡Semejante estafermo
-no puede mantenerse sobre el caballo, y habla de matar franceses y
-de ganar batallas! ¡Alabado sea el Señor! ¿No vale más que el señor
-Garrote se esté quietecito en su casa? Yo vendré a hacerle compañía,
-y nos regocijaremos hablando de los benditos tiempos pasados y de la
-ruindad de los presentes, así como de la supina perversidad de los que
-han de venir, trayendo seguramente el fin y ruina total del mundo.
-
-—Viejecita —repuso don Fernando—, en sesenta años que he vivido no
-he sentido gusto semejante al que ahora llena mi alma por la empresa
-que voy a acometer... Ya, ya verán una mano pesada para el sable...
-Seguramente los franceses tienen ya noticia de que me preparo...
-
-—Si se preparara usted para una buena, larga y devota confesión que
-fuera una limpia general de su alma, mejor sería... —dijo la santa
-mujer.
-
-—Hay muchos medios de limpiar el alma y dejarla como un espejo —afirmó
-triunfalmente Garrote, esgrimiendo la espada y dando dos o tres tajos
-en el aire—, muchas maneras, y de esto hablan los Santos Padres, según
-creo, madrita; y si no hablan, es porque se les quedó en el tintero.
-
-—No conozco más medio que el arrepentimiento.
-
-—Verdad es que yo he pecado bastante —dijo el héroe—; pero ha sido sin
-mala intención. Reconozco que he ofendido a Dios; pero si después de la
-ofensa le sirvo, ¿el servicio no quita la ofensa?
-
-La mujer del siglo miró con estupor al anciano, sin contestarle.
-
-—Yo pequé —continuó este—; pero he aquí que la gran contienda entre
-Dios y el demonio es llevada a los campos de batalla; he aquí que yo,
-hombre un poco ligero de cascos, pero cristiano viejo y con una fe como
-un templo, saco la espada y digo: «Señor, si mucho te ofendí, ahora te
-consagro mi vida, y voy a morir en defensa de tu Iglesia o a matar a
-todos tus enemigos.» Este acto, señora doña Perpetua, esta abnegación
-mía por la causa de Dios, ¿no bastan a limpiarme, cual si echaran mi
-alma en lejía?
-
-—Según y cómo —respondió la anciana, confusa ante un problema nuevo
-para ella, cuya solución no podía dar en definitiva—. Ejemplos hay de
-guerreros insignes que han ido a ocupar lugar preferente en el cielo
-solo por una buena batallita ganada contra herejes; pero no se dice que
-tuvieran muchos pecados, ni que estuviesen impenitentes.
-
-—¿Y qué más penitencia que la muerte en defensa de Cristo? —exclamó
-el guerrero sintiéndose con más fuerza que su antagonista—. ¡Morir,
-derramar uno su sangre por una causa, por una idea, por la religión,
-por Dios!...
-
-—¡Oh! sí, es verdad, sí, sí —dijo la vieja abrumada por esta lógica.
-
-—¿Nuestro Señor Jesucristo no nos dio el ejemplo? ¿No redimió a todo
-el género humano, y, muriendo, no limpió la gran mancha original, sin
-dejar rastro de ella?
-
-Al decir esto, el señor Garrote frotaba con verdadero frenesí la hoja
-de acero, como si la herrumbre que tenía fuera la de su propia alma, y
-aquel orín el inveterado orín de su propia conciencia.
-
-—Es verdad —gruñó la vieja—. Vaya el señor don Fernando a la guerra, si
-bien no estaría de más una confesión general y algún acto de reparación
-para tranquilizar el alma de quien yo me sé, de un ángel de Dios, señor
-don Fernando...
-
-La beata fijó en Garrote sus penetrantes ojos negros, y Navarro frunció
-ligeramente el ceño, demostrando que aquel tratado de los ángeles de
-Dios no era muy de su agrado. Pero la santa mujer, hecha de muy antiguo
-a reprender sin rebozo las faltas ajenas y a sentenciar en materia de
-pecados con tanto aplomo como el Papa desde la silla del Pescador, no
-hizo caso del avinagrado gesto de don Fernando, y dijo:
-
-—Señor Lucifer, de todas las excelentes muchachas que usted perdió para
-siempre, una sola existe en la Puebla de Arganzón; mas tan quebrantada
-por los disgustos y la vergüenza de su desgracia, que es difícil
-conocer en su abatido y ya viejo rostro a la hermosa hija de don Pablo
-el Riojano.
-
-—Bueno, bueno —dijo Garrote frotando con más fuerza—. ¿Y qué tengo yo
-que ver con esa mujer?
-
-—¡Conciencia empedernida! ¡Hombre sin entrañas! ¿No la perdió usted
-para siempre? En Pipaón, hace veintidós años, todo el mundo sabía que
-don Fernando Garrote tenía amores con la niña del Riojano, y se corrió
-la voz de que se iban a casar. Desde entonces ha pasado mucho tiempo.
-Vino doña Fermina a la Puebla hace dos años, traída por su mezquina
-herencia y el enfadoso pleito que la dejará sin camisa que ponerse.
-Pocos la tratan aquí, y en cuanto a sus tristes antecedentes, solo
-yo, por confidencia que me ha hecho, correspondiendo a mis cristianos
-consejos, sé que esta venerable y modesta mujer es la doncella engañada
-hace más de veinte años en Pipaón, y que Salvadorcillo Monsalud es de
-la propia carne, de la misma sangre y de los mismísimos huesos de este
-tenebrario que tengo delante.
-
-—¡Cuánto sabe la madre! —dijo don Fernando, frotando el arma hasta
-desollarse los dedos—. Supe que Ferminilla había venido a la Puebla
-hace dos años trayendo consigo a un muchacho revoltoso; pero como casi
-todo el tiempo vivo en Peñacerrada, a ninguno de ellos he visto... y a
-la verdad, no son muchas las ganas...
-
-—Pues yo la veo todos los días. Yo la acompaño y consuelo de la amarga
-tristeza que aún hoy sus desdichas y su atroz pecado le causan. Cuando
-llegó aquí, picome la curiosidad. Viéndola tan piadosa, tan santa y
-ejemplar, pues es mujer que no sale de su casa más que para ir a la
-iglesia, solicité su amistad: conocí que era un alma abatida y que
-necesitaba de mí. ¿Qué habría sido de ella sin mis consejos? Se los
-di, pues; mi conversación le agradó en extremo, y abriome su corazón
-confiándome todo, y especialmente la tristeza de su desgracia, cuyo
-autor fue este señoritico precioso.
-
-—Bien, ¿y qué? —dijo Navarro esforzándose en aparecer risueño,
-y dejando a un lado la espada que estaba más limpia que alma de
-bienaventurado—. Yo, la verdad, lo hice sin mala intención.
-
-—¡Sin mala intención! —exclamó la beata con enojado semblante—. Sin
-mala intención dicen que se rebeló Luzbel contra Dios. Esa buena
-mujer es la criatura más desgraciada que existe en el mundo; y aunque
-seguramente Dios la ha perdonado por su grande arrepentimiento y
-continuo llorar, ella jamás se consuela, y ahora, con la reciente
-desgracia del hijo que idolatraba, parece que va a entregar su alma al
-Señor.
-
-—Pues qué, ¿ha muerto su hijo? —preguntó Garrote con vivo interés.
-
-—Se ha pasado a los franceses, lo cual es peor que morir —repuso doña
-Perpetua—. Se ha pasado a los franceses, que es como morir el alma y
-seguir viviendo el cuerpo para afrenta de la familia y de la nación...
-Anoche mismo...
-
-—¡Y dices que es hijo mío! —exclamó don Fernando con rabia, dando
-fuerte patada en el suelo—. No, madrita: ese muchacho no tiene mi
-sangre... Es mentira, ¡viven los cielos!
-
-Iba a seguir protestando, cuando le interrumpió de súbito la presencia
-de su hijo Carlos, que acababa de entrar.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Carlitos era bastante parecido a su padre, salvo algunas diferencias:
-se le asemejaba en la tez morena, en los cabellos asimismo negros, en
-la arrogancia del cuerpo y talle y en cierta expresión de nobleza que
-en toda su persona gallardamente se mostraba. Diferenciábase en la
-estructura de las cejas, que en el mozo eran juntas, y en la seriedad
-invariable y algo torva que tenía en sus grandes ojos. Con respeto
-adelantose el joven hacia su padre, cuya mano besó, repitiendo la misma
-señal de veneración y cortesía en las arrugadas extremidades de la
-vieja. Don Fernando contemplaba a su hijo con el arrobamiento de un
-artista satisfecho y enfatuado ante la belleza de su obra maestra.
-
-—¿Nos vamos ya? —le preguntó.
-
-—Dentro de una hora —repuso el joven—. Difícil es que nos unamos a
-la partida de Longa, que está en Murguía con los ingleses; pero nos
-uniremos a los que están hacia Miranda con el general Morillo. Para no
-tropezar con los franceses, daremos la vuelta por Uralde y Burgueta,
-tomando el camino real en Armiñón. No hay nada que temer por ese lado.
-
-Don Fernando se levantó para desperezarse, lo cual hizo como un león
-viejo, no sin que crujieran sus choquezuelas y sus articulaciones
-todas. Después dio algunos pasos por la habitación como para probar la
-elasticidad de sus miembros, y dijo:
-
-—Esta máquina sirve todavía.
-
-Y luego dio fuertes voces llamando a sus criados.
-
-—¡El caballo!... ¡ensillar el caballo!
-
-Doña Perpetua, firme siempre en la perpetuidad de su desaprobación,
-movía la cabeza en señal de duda respecto a la eficacia de aquella
-máquina para hacer algo de provecho, y si no con la boca, con los ojos
-reprendió a don Fernando por su atrevida aventura.
-
-Al punto comenzó Garrote su atavío marcial, sepultando sus pies en
-antiguas botas de cuero fino. Forrose después en un chaleco grueso, y
-se fajó con una interminable banda de seda que le dio muchas vueltas
-en torno a la cintura, y sobre esto se puso un uniforme blanco de los
-antiguos regimientos, el cual, aunque viejo y fuera de moda, estaba
-servible. La cabeza la adornó con un deforme sombrero procedente de
-las campañas del anterior siglo y que recordaba al general O’Reilly. A
-pesar de la notoria ancianidad de dichas prendas, tal era la histórica
-figura del insigne Navarro que con ellas no resultaba ridículo.
-
-Al vestirse parecía que se remozaba; la alegría brillaba en sus
-ojos; decía mil bufonadas graciosas, y con fatuidad chispeante se
-presentaba a sí mismo como modelo de apuestos militares, deprimiendo a
-la afeminada juventud del día. En mitad de esta escena entró el cura
-hecho un arsenal ambulante, según venía de armado y municionado, y
-celebró con palmadas y vítores los preparativos de su amigo, mostrando
-los suyos y volviéndose de todos lados para que le vieran.
-
-—¡A matar franceses! —gritó el presbítero—. ¡A matar franceses y
-afrancesados, para gloria de la nación y triunfo de la fe!
-
-—Señores —dijo Garrote con hueca voz y un poco del tonillo pedantesco
-de los oradores modernos—, toda mi vida la he consagrado al servicio
-del rey, de la patria, de la religión...
-
-La beata, frunciendo el ceño, miró a don Fernando con expresión de
-burla.
-
-—No, de la religión, no —añadió Navarro con modestia—; quiero decir que
-no he prestado a la religión servicios directos; pero siempre he sido
-piadoso, buen cristiano y temeroso de Dios... Alguno que otro pecadillo
-que anda suelto por ahí no es para darse de cabezadas, ¿no es verdad,
-señor cura?
-
-—Sí, hombre, sí —exclamó el padre de almas con risa campechana—. Contra
-una juventud algo ligera, viene una vejez heroica en servicio de Dios.
-
-—¡En servicio de Dios! A eso iba —prosiguió Garrote, acompañando sus
-palabras con una enérgica acción del dedo índice—. Quería decir que
-siempre fui ferviente cristiano, y una vez reventé a palos a dos
-contrabandistas porque hablaron mal de la santidad de Pío VI. Señores,
-en mis campañas gloriosas, o por mejor decir, en toda mi vida, he
-tenido por norte la honra del rey, la honra de la nación, y sobre
-todos los nortes y sures, el norte de la religión, que es mi guía, mi
-faro, mi luz del cielo.
-
-—Si este don Fernando no hace ahora un par de heroicidades estupendas
-que dejen atrás la antigüedad de Aníbales y Césares —exclamó con
-entusiasmo el cura—, me dejo quitar el hábito que visto y las licencias
-del sagrado orden que practico.
-
-—Pues bien, señores —siguió el héroe—, ¿a qué han venido aquí los
-franceses? A quitarnos nuestro rey, a quitarnos nuestra patria y a
-quitarnos, ¡oh crimen nefando!, nuestra santa religión. Ved a España
-entera cómo se levanta en contra de esa canalla y en pro de tan caros
-objetos. Ved a España, vedme a mí, que un poco tarde, pero a tiempo
-todavía, me decido a echar una cana al aire.
-
-—¡Una cana al aire! —repitió doña Perpetua rascándose—. Si don Fernando
-no las deja todas en el campo de batalla, será milagro del cielo.
-
-—Hay un mal grave, señores; un mal terrible, al cual es preciso
-combatir —continuó Garrote sin hacer caso de la vieja—. ¿Qué mal es
-este? Que los franceses han traído acá la idea de cambiar nuestras
-costumbres, de echar por tierra todas las prácticas del gobierno de
-estos reinos, de mudar nuestra vida, haciéndonos a todos franceses,
-descreídos, afeminados, badulaques, tontos de capirote y eunucos.
-¿Y qué ha sucedido? Que mientras la mayor parte de los españoles se
-echaban al campo para extirpar toda la maleza galaica y sahumar con el
-vapor de la guerra el país infestado de franceses, unos pocos de los
-nuestros han admitido aquella mudanza. ¡Abominables tiempos, señores!
-Ved cómo hay en Madrid una casta de miserables sabandijos a quien
-llaman afrancesados, que son los que visten a la francesa, comen a la
-francesa y piensan a la francesa. Para ellos no hay España, y todos
-los que guerreamos por la patria somos necios y locos. Pero todavía
-existe una canalla peor que la canalla afrancesada, pues estos al menos
-son malvados descubiertos, y los otros hipócritas infames. ¿Sabéis a
-quién me refiero? Pues os lo diré. Hablo de los que en Cádiz han hecho
-lo que llaman la Constitución, y los que no se ocupan sino de nuevas
-leyes y nuevos principios y otras gansadas de que yo me reiría, si no
-viera que este torrente constitucional trae mucha agua turbia y hace
-espantoso ruido, por arrastrar en su seno piedras y cadáveres y fango.
-¿Queréis pruebas? Pues oídlas. Estos hombres se fingen muy patriotas
-y aparentan odiar al francés; pero en realidad le aman. ¡Ah! Pasad la
-vista por sus abominables _Gacetas_. ¿Las habéis leído? Decís que no.
-Pues yo las he leído, y sé que respiran odio a los patriotas, al rey y
-a la sacrosanta religión. Son los discípulos de Voltaire, que van por
-el mundo predicando la nueva de Satanás.
-
-El cura, al oír esto, sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos.
-Eran lágrimas de admiración. Estaba pálido, mas no de envidia, aunque
-reconocía que él jamás había dicho en sus sermones cosas tan bellas.
-
-—Pues bien, señores —añadió Navarro—, hoy voy a combatir contra los
-franceses, y mañana contra los afrancesados, que son peores, y después
-contra los llamados liberales, que son pésimos; y si yo no pudiere o
-si Dios se sirve llamarme a sí sobre el campo de batalla, aquí está mi
-hijo, a quien entregaré mi espada y que ya tiene mi espíritu.
-
-—Dios, que vela por España —dijo el cura con acento solemne—, nos
-conservará a nuestro buen amigo y volveremos todos cubiertos de
-laureles.
-
-—Los laureles —dijo la beata—, no caen mal sobre una frente serena que
-pueda alzarse ante el tribunal de Dios sin los rubores del pecado.
-Señor don Fernando, ponga sus cinco sentidos en lo que le he dicho,
-y no entregue su cuerpo al plomo enemigo sin descargar su alma del
-peso de tantas y tan negras culpas. El cuerpo que sirve de vaso a
-un alma limpia es respetado por la muerte; no así el que es saco de
-inmundicias. No hay contra el plomo y las bayonetas mejor coraza que
-una buena y general confesión.
-
-—Viejecita —repuso don Fernando sonriendo—, como el cura va conmigo a
-la guerra, echaremos un párrafo por esos caminos, y entre batalla y
-batalla me iré descargando de todos mis pecados y él absolviéndome,
-todo esto al compás de nuestras caballerías.
-
-—Cabal, cabal —exclamó el presbítero—. Por mucha que sea la faena, no
-falta un ratito para meter la mano en la conciencia y sacar algunos
-puñados de maleza.
-
-—Y para los soldados, voto al chápiro —dijo don Fernando golpeando el
-suelo con la contera de la espada—, ha de haber un poquito de manga
-ancha. Ya se ve: siempre en campaña al sol y al frío, comiendo poco y
-bebiendo menos, sin otro regalo que mil trabajos, y teniendo por cama
-el suelo, por descanso la fatiga, por almuerzo la pólvora y por cena la
-metralla... ¡Oh!, los que así vivimos no podemos ser mirados como los
-demás: ¿no es verdad, señor cura?
-
-—Verdad, verdad... ¡Conque en marcha!... ¿No se te olvida nada,
-Respaldiza? —dijo el cura preguntándose a sí mismo y tentándose el
-cuerpo—. No, nada se te olvida, curita... la pólvora, las balas, el
-frasquito de aguardiente, las lonjas de jamón... el chocolate crudo...
-el tabaco...
-
-A todas estas iba llegando gente, amigos del insigne Garrote.
-
-Llegó la hora de la partida, y los expedicionarios oprimían los
-lomos de sus respectivas caballerías. La salida de la casa fue una
-verdadera ovación. Don Fernando, seguido de su hijo, del cura y de los
-demás guerrilleros, rompió por entre la multitud que le vitoreaba,
-aclamándole padre de la patria y héroe de la Puebla. En aquel instante
-nadie se acordaba de las fechorías de don Fernando Garrote, que había
-sido siempre popular, muy popular, lo mismo por sus generosidades que
-por sus atrevimientos. En España los audaces de buena cepa, aunque sean
-bandidos o Tenorios, son siempre queridos y admirados del pueblo, que
-lo perdona todo, a excepción de la cobardía y la avaricia.
-
-Luego que se encontró fuera de la villa y en pleno campo la pequeña
-partida, compuesta de una docena de hombres, Carlos, indicando la
-dirección de Treviño, que debían tomar por las montañas, se puso
-a vanguardia con otro amigo, para explorar el camino y ver si se
-distinguían fuerzas francesas. En tanto, don Fernando y el cura,
-quedándose solos atrás, emparejaron sus cabalgaduras, que perezosamente
-iban al paso, y entablaron el curiosísimo diálogo que se verá a
-continuación:
-
-
-
-
-XV
-
-
-—Señor cura —dijo Garrote—, ahora que nos encontramos solos, quiero que
-conversemos un poco sobre un asunto que me está escociendo por adentro.
-
-—Ya le entiendo, amigo mío; usted es de parecer que, en vez de unirnos
-a la partida de Longa, marchemos solos al encuentro de los franceses.
-
-—No es nada de eso, señor don Aparicio, lo que me preocupa.
-
-—Ese fusil que lleva usted —añadió el cura—, es un arma de príncipes;
-en cambio, esa espada no sirve sino para degollar palominos. Por el
-contrario, mi sable vale un imperio, y esta escopeta no lo es más que
-en el nombre. Hagamos, pues, un cambalache: darele a usted el sable,
-pues la principal habilidad de usted consiste en el tajo, mientras que
-siendo mi fuerte la puntería, cogeré, por lo tanto, su fusil.
-
-—No es eso tampoco lo que tenía que hablar.
-
-—Usted tiene muy cansada la vista y no puede hacer la puntería.
-
-—Que no es eso —repitió Garrote con enfado.
-
-—¿Pues qué, hombre de Dios?
-
-—Un caso de conciencia.
-
-—¿Esas tenemos? —dijo el cura riendo—. Esta mañana estuve una hora
-en el confesonario sin que nadie se me acercara, y ahora que monto a
-caballo...
-
-—No pierde el sacerdote el sacramento por ir a horcajadas.
-
-—Jamás he visto que el ilustre Garrote se confesara; ¿y ahora que va a
-la guerra le entran esos escrúpulos? ¿Hay algún pecado nuevo? Pero no
-sé por qué recuerda ahora... Esa maldita Perpetua...
-
-—No, los antiguos. Por lo mismo que voy a la guerra, siento un vivo
-deseo de reconciliarme con Dios... Aunque hombres como yo no mueren a
-dos tirones, quién sabe si por artes del enemigo me cogerá una bala...
-
-—Y adiós alma... Nada, nada —dijo el cura—, aun los hombres más bravos
-deben venir a estas fiestas con el alma preparada... Aquí donde usted
-me ve, voy como un angelito de Dios... Me podrían enterrar con corona
-de rosas como a los niños.
-
-—Vamos a ver. Si los pecados se perdonan con el arrepentimiento y la
-penitencia, los míos ya los puedo dar por idos. Estoy arrepentido de
-los males que he causado, y ahora que soy viejo y nada puedo, he caído
-en la cuenta de que hice mal, muy mal. En cuanto a la penitencia, ¿no
-es suficiente esta que yo mismo me impongo de dejar la tranquilidad y
-bienestar que disfrutaba en mi casa de Peñacerrada, para echarme al
-campo en busca de las privaciones, de las hambres, de las heridas, de
-los fríos, de los calores y quizás, quizás, de la muerte? Y todo esto
-no por una causa cualquiera, sino por la causa de Dios, de la religión
-y su santa Iglesia primero, y del rey y de España después.
-
-—Mi parecer es —dijo el cura sonriendo y tentando de nuevo sus
-bolsillos y la alforja para ver si se le olvidaba algo— que con lo
-hecho por usted, con su arrepentimiento primero y el sacrificio de su
-bienestar después, hay para irse derecho al cielo.
-
-Don Fernando respiró con desahogo, y muy vivamente añadió:
-
-—Si ofendí a Dios con mis calaveradas, ahora le sirvo con mi heroísmo:
-¿no es verdad? Váyase lo uno por lo otro. Jamás cometí acción ninguna
-indigna de un caballero... pues... ya me entiende usted... porque hay
-pecados de pecados.
-
-—Es evidente... Pero si el arrepentimiento y la penitencia limpian el
-alma, no está de más un poco de palique con el cura...
-
-—Ya, la confesión.
-
-—La humillación del alma ante Dios, y aquello de reconocer verbalmente
-sus faltas y avergonzarse de ellas delante del sacerdote...
-
-—Por hablar no quedará —dijo Garrote—; pero es lástima que esto no lo
-hiciéramos despacito en el pueblo, en vez de hacerlo a caballo por
-estos andurriales.
-
-El cura rompió a reír.
-
-—¡Qué singulares cosas tiene don Fernando Garrote! —exclamó avivando
-el paso de la cabalgadura—. Esta noche, cuando lleguemos a cualquier
-mesón... ¿Pero está usted triste, señor Navarro; a qué viene tanto
-mirar al suelo y ese gesto de ajusticiado?
-
-—Amigo don Aparicio —repuso el guerrero—, no puedo apartar de mi
-pensamiento la idea de que me coja una bala.
-
-—Los bravos no mueren...
-
-—Si el caso llega —añadió el guerrillero muy preocupado y
-entristecido—, no moriré sin decir antes a voz en grito, ante Dios y
-los hombres, que siempre fui católico, apostólico, romano, y defensor
-de la santa Iglesia, cuyos dogmas creo desde el primero hasta el último.
-
-—Bien, eso es lo principal... Ahora, señor Garrote, deme usted su fusil
-—dijo el cura con vivísimo interés mirando a un punto lejano hacia la
-izquierda—. ¿No le parece que se distingue por allí el morrión de un
-francés?
-
-—No puede ser, hombre.
-
-—Será algún rezagado. Anoche pasó por aquí el ejército enemigo.
-
-—Pues como iba diciendo —prosiguió Garrote ensimismado y algo sombrío—,
-toda mi vida he sido católico, apostólico, romano... Jamás he robado
-a nadie el valor de un real. No he levantado falsos testimonios, y
-si dije alguna mentirilla leve, fue sin hacer daño a nadie, o por
-galanteo, pues... cosas de mujeres. Si he jurado en falso ha sido en
-asunto de amores. Honré a mis padres mientras vivieron; no he matado a
-nadie, ni...
-
-—Ni deseado la mujer ajena —dijo el cura interrumpiéndole con risas.
-
-—¡Alto, alto!, que ahí está el _busilis_ —gritó don Fernando.
-
-—¿Qué, qué es lo que está? —dijo Respaldiza mirando con zozobra a un
-lado y otro.
-
-—Nada, hombre; no hay que asustarse: lo principal de mis pecados,
-digo...
-
-—Creí que había divisado usted algún destacamento enemigo. ¿Pero por
-dónde vamos, amigo Garrote?
-
-—Vamos bien: adelante —dijo Navarro, tan solo preocupado de su
-conciencia.
-
-Iban por un terreno bastante solitario, compuesto de cerros que se
-sucedían unos a otros, elevándose cada vez más. De trecho en trecho
-hallábanse pequeñas llanadas.
-
-—Ya se sabe qué clase de pecados son los míos —continuó Garrote sin
-poder apartar el pensamiento de aquella idea—. No son en verdad de los
-que más afean al hombre; y en el mundo vemos que mientras se niega el
-agua y el fuego al asesino, al galanteador, no solo no se le niega
-nada, sino que todo el mundo le admira, le señala, y con su amistad se
-honran tontos y discretos, buenos y malos.
-
-—Así es, en efecto —dijo Respaldiza—; lo cual no quita que el galantear
-sea pecado, porque es el desenfreno del más feo y torpe vicio, y con él
-se injuria a la familia, al mundo y a Dios.
-
-—Por más que me diga el señor cura, no puedo creer que el galanteo sea
-vicio tan inmundo como el robar, el calumniar y blasfemar. Al hacer
-cocos a una doncella o mujer casada, parece como que se tributa cierto
-holocausto al Señor por las maravillas que puso en el alma y en el
-cuerpo. El espíritu pone de manifiesto lo que encierra de más noble, y
-la materia...
-
-—Tate, tate, señor don Fernando —dijo entre risas Respaldiza—. Al
-querer confesarse está usted haciendo la apología de sus pecados,
-y revistiéndolos con las mentirosas formas de la voluptuosidad. Es
-una singularísima manera de arrepentirse... Vaya un polvito —añadió,
-sacando la tabaquera.
-
-—No, no: ya estoy arrepentido, señor don Aparicio. Ya estoy arrepentido
-de todo —afirmó Garrote con decisión—. No sirvo ya para maldita cosa.
-¡Quién me había de decir en aquellos tiempos, cuando todo el mundo
-me parecía pequeño para mis aventuras, que se me había de acabar la
-vigorosa energía!...
-
-—Punto final, amigo mío —dijo el cura mirando a la izquierda.
-
-—Iba a decir que ahora aborrezco todo aquello, y que lo deploro... Pero
-me pasa una cosa singular, amigo, y es que me arrepiento, pero no estoy
-tranquilo. El corazón me baila en el pecho, y siento en mí no sé qué
-comezón y zozobra.
-
-El bravo cura se irguió de repente, alzándose sobre los estribos, y
-gritó con ansiedad:
-
-—Señor don Fernando, el fusil, venga el fusil, ¡por todos los santos!
-
-—¿Qué hay? ¿Viene algún destacamento francés? —preguntó el guerrero
-mirando al mismo punto hacia el cual se dirigían los atónitos ojos del
-presbítero.
-
-—¡Un morrión! Por allí va el morrión de un francés.
-
-—¿El morrión solo?
-
-—Bajo el morrión ha de ir una cabeza, y bajo la cabeza un cuerpo; solo
-que va por aquel camino hondo y no se ve más que el cimborrio... Ese
-fusil, señor don Fernando, ¡por amor de Dios!
-
-—Ya, ya le veo —dijo Garrote, poniéndose la palma de la mano sobre los
-ojos en forma de visera—. Pero es un hombre solo, un pobre soldado
-rezagado, quizás un prisionero fugitivo. ¿Qué hacemos?
-
-—¡Bonita pregunta! Matarle. Un enemigo menos tendrá España.
-
-—Pero si no me engaño —dijo don Fernando mirando a todos lados con
-inquietud—, nos hemos perdido. ¿En dónde están mi hijo y los demás
-amigos?
-
-—Delante van. Ese fusil, señor don Fernando: veremos si el cura de la
-Puebla desmiente la fama de ser el mejor tirador de todo el condado, y
-aun de toda Álava.
-
-—Amigo, ¿por dónde vamos? —repitió Navarro deteniendo el caballo—.
-Con esta conversación de mis pecados y de la bondad de Dios que todos
-me los perdona, nos hemos distraído, y sin saber cómo nos hallamos
-separados de los demás de la partida.
-
-—¿Cómo es eso? ¡Gran geógrafo tenemos aquí! —exclamó el cura—. ¿Pues no
-es este el camino de Uralde?
-
-—No, con mil demonios: aquellas casas que a lo lejos se parecen son las
-primeras de Añastro. Carlos y la compañía se han ido camino derecho
-a Uralde, y nosotros, ¡ahora caigo en ello, con cien mil pares de
-Satanases!, nos equivocamos en la encrucijada donde está la venta de
-Martín.
-
-—Adelante —dijo el cura con resolución—. Buscaremos un atajo por aquí
-a la izquierda... ¿Hay miedo, señor don Fernando? Lo mismo da ir por
-Uralde que por Añastro. Usted tiene la culpa, pues charla que charla...
-
-—No hagamos calaveradas —dijo Garrote bastante intranquilo—. Casi
-estamos en país enemigo. A lo mejor saldrá de detrás de una mata un
-puñado de franceses.
-
-—Aquel que allí está no se me escapa —dijo el cura, observando siempre
-el morrión que por el camino hondo se movía—. ¿Nos vamos a él?
-
-—¡Dos contra uno! —exclamó con desdén don Fernando—. Esta heroicidad no
-es de las mías.
-
-—¿Pero si ese uno se convierte en seis dentro de un rato? ¿Quién sabe
-lo que habrá detrás de aquella colina?
-
-—Pues vamos a él —dijo don Fernando dirigiendo su caballo por un
-sembrado y hacia el punto donde el formidable morrión aparecía—. Esta
-guerra en detalle es la que a mí me enamora, y la verdad es que hecha
-con inteligencia, no hay ejército invasor que a ella resista.
-
-—¡El fusil, ese fusilito, por amor de Dios y de María Santísima!
-
-—¡Ahí va!... ¡que Dios esté en la chispa, en la pólvora y en la bala!
-
-Galoparon buen trecho por el sembrado, y de pronto, como liebre que
-levantan perros, viose salir del camino hondo un soldado francés, el
-cual, azorado y temeroso al ver sobre sí dos tan disformes jinetes,
-echó a correr con ligerísimos pies, mirando hacia atrás a cada instante
-para ver si era perseguido.
-
-—Alto ahí, amiguito —gritó el cura—, que no te salvarás aunque tengas
-mejores piernas que Mercurio el de los alados talones... ¡Alto!
-
-—Ríndete y nada te haremos por ser dos contra uno —gritó don Fernando
-llevándose la mano al sombrero, que con el fuerte viento se le
-tambaleaba sobre el cráneo—. Date, tunantuelo, que somos generosos y
-caballeros.
-
-—¡Borracho, ladrón! Ríndete o te tiendo...
-
-Aunque muy velozmente corría el francés, al poco rato pusiéronse los
-caballos a medio tiro; disparó don Aparicio su fusil, hiriendo al
-fugitivo con tan fatal acierto en mitad de la espalda, que después de
-dar algunos pasos vacilantes cayó al suelo.
-
-—¡Qué ojo! ¡Señor Garrote! Por Santa Lucía bendita. ¡Qué puntería!
-—exclamó con júbilo Respaldiza—. Yo mismo me admiro, yo mismo me alabo,
-yo mismo me hago mi apoteosis, porque soy en esto del tirar una de las
-más grandes maravillas de la creación.
-
-—La verdad es que, como cacería, esto ha sido admirable —repuso
-Garrote—; pero como acción de guerra no se puede poner al lado de las
-de Wellington. Ese pobre muchacho lo pasa mal.
-
-Llegaron al sitio donde el francés se revolvía en su sangre,
-profiriendo injurias y blasfemias contra sus perseguidores.
-
-—Arriba, muchacho; eso no es nada —dijo Navarro, cuya generosidad,
-como hemos dicho, se mostraba en todas ocasiones—. Dinos dónde está el
-destacamento a que perteneces, y te perdonamos la vida.
-
-—El destacamento —repitió el cura—. Sí: para huir de él.
-
-—O para atacarle si es de poca gente. Usted con su puntería y yo con
-mis puños...
-
-A esta bravata siguió un rato de silencio, porque el pobre francés
-herido se había desmayado. Mirábanse Garrote y don Aparicio sin saber
-qué partido tomar, cuando sintiose a lo lejos ruido de caballos;
-y como alzaran a un mismo tiempo la vista cura y seglar, vieron
-que hacia ellos se dirigía por el camino hondo hasta una docena de
-franchutes a caballo. Púsose más pálido que la cera de su iglesia el
-buen Respaldiza, y don Fernando, a pesar de su garrotesca bravura,
-frunció el majestuoso ceño. El primer impulso del tirador fue huir; mas
-detúvole su amigo, bien porque creyera imposible la fuga, bien porque
-la impavidez de su alma atrevida gozase en la temerosa aproximación del
-peligro.
-
-—¡El sable, el sable! —gritó tomando el arma de su amigo, a quien
-entregó la espada vieja.
-
-La mano del cura temblaba.
-
-—Hemos cometido una acción villana asesinando a un hombre —exclamó con
-solemne acento Garrote—; Dios nos castiga. Ahora... pelear como buenos
-españoles, y morir como caballeros cristianos.
-
-—¿Qué hacemos?
-
-—¿Qué hemos de hacer? ¡A ellos! Dios sea con nosotros.
-
-No hubo muchos ni variados lances en aquel suceso, porque en el espacio
-de pocos minutos los enemigos se acercaron a nuestros dos héroes,
-diciéndoles en castellano que se rindieran.
-
-—Son españoles.
-
-—Afrancesados... mala gente... —murmuró don Aparicio.
-
-—¡Que me rinda yo! —gritó Navarro esgrimiendo el sable—. Ahora sabréis,
-canallas, traidores, cómo acostumbra a hacer sus rendiciones don
-Fernando Garrote el de la Puebla. Si he de morir, moriré matando.
-
-Y sin más dimes ni diretes, comenzó a descargar sablazos sobre los que
-más cerca tenía. En tanto Respaldiza, viendo a su amigo enredado con
-los franceses, quiso ponerse en salvo; pero se lo impidieron, y en un
-santiamén fueron ambos desarmados. Garrote había descalabrado a uno y
-herido levemente a otro, recibiendo en cambio dos pistoletazos, que por
-fortuna solo hicieron estragos en el alto sombrero. Gritó, vociferó,
-injurió en nombre de Dios, del rey y de España; pero al cabo, ambos
-fueron conducidos prisioneros sobre sus mismas cabalgaduras, y muy bien
-vigilados por los doce dragones, que se pusieron en marcha después de
-recoger el herido.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Así acabó la grande, la memorable expedición de don Fernando Garrote y
-del reverendo beneficiado de la Puebla. Mientras esto sucedía, Carlos
-Navarro y la compañía buscaban inútilmente a los dos viejos adalides en
-el camino de Uralde.
-
-Silenciosamente y abrumados de amargura y desesperación, marchaban
-los dos prisioneros el uno tras el otro; los caballos que montaban no
-parecían menos tristes que sus amos, a juzgar por la lentitud de su
-paso y la inclinación de la cabeza. Los españoles y franceses que les
-habían cogido y les custodiaban, iban charlando en una y otra lengua
-mezcladamente, y uno de ellos dijo:
-
-—A estos tunantes no les perdonará el general Gazán... han asesinado un
-francés, y ya sabemos con qué moneda se pagan estas deudas.
-
-—El uno de ellos parece cura.
-
-—Y el otro sacristán.
-
-Don Fernando Garrote se puso lívido al oír que se le llamaba sacristán,
-y después se le encendió hasta la raíz del cabello el pálido rostro. Si
-hubiera tenido armas, habría castigado en el acto tanta insolencia en
-menos que se dicen castañas. Respaldiza, durante el camino, sintiéndose
-sediento, pidió que le dejaran beber de un arroyo cercano.
-
-—Tiempo hay de beber. En Aríñez no falta agua, padrito. Y si no, tome
-un buche de la del bautismo, que como cura debe de tener tan a la
-mano... Beberá antes que le despachen.
-
-—¡Despacharme! —exclamó don Aparicio con acento compungido—. ¿Qué es
-eso de despachar?
-
-Garrote, colérico por la cobardía que mostraba su amigo, le miró con
-ojos fieros.
-
-—¡Que nos despachen! —gritó—. ¿Qué mayor gloria para buenos españoles
-que morir a manos de estos tunantes?
-
-—Cierre el pico el vejete sacristán —gritó un jurado—, o no aguardamos
-a llegar al Cuartel general.
-
-—¡Traidor! Tu persona es para mí tan despreciable como la de un vil
-esclavo, y tus palabras como los ladridos de un perro —exclamó con
-admirable entereza Navarro—. Si quieres darme la muerte aquí mismo,
-dámela. Ni porque me mates he de aborrecerte más, ni porque me dejes
-vivo he de estimarte. Soy un hombre leal que sirve a su patria, y tú un
-cobarde desleal que sirve al enemigo.
-
-En aquel mismo instante se acabara la vida, y con la vida las hazañas
-de don Fernando Garrote, si el sargento que mandaba la tropa no
-impusiera silencio a todos, mandándoles seguir adelante.
-
-Después de tres horas largas y penosas de camino, llegaron a Aríñez,
-y los dos prisioneros fueron presentados a un coronel. Las tropas
-francesas entre las cuales se encontraban, pertenecían a la división
-del general Gazán. Caía la tarde, y los soldados se preparaban a pasar
-la noche lo mejor posible: encendíanse las cocinas de campaña, y en
-torno a las casas de labor se veían alegres corrillos. Los caballos
-bebían en una gran acequia que de un punto a otro atravesaba el pueblo,
-y los oficiales organizaban sus meriendas al aire libre.
-
-Don Fernando Garrote se quedó sin alma cuando se vio entre aquella
-gente. Deseaba morirse, o que la tierra se abriese para tragársele,
-o que reventase a su lado el más poderoso de los cañones franceses.
-Lleváronle de Herodes a Pilatos durante largo rato de la tardecita,
-cual si no supiesen qué hacer de él, y unos le tenían lástima, otros le
-miraban con desdén o con ira. Pero el que excitaba más sentimientos de
-enojo era don Aparicio, por ser muy aborrecidos entre los extranjeros
-los curas armados; así es que después que le concedieron el apagar
-la rabiosa sed en la misma acequia donde hociqueaban los caballos,
-echáronle una cuerda al cuello, sin consideración alguna a las órdenes
-sacerdotales.
-
-No fueron tan crueles con Garrote, quizás porque mostraba dignidad en
-su infortunio, y no hacía aspavientos ni exhalaba femeniles quejas como
-su compañero. Lleváronles a los dos a un gran patio, contiguo a una
-casa grande y vieja, el cual parecía servir de taller de herrería y
-carretería, porque en él había varios soldados artífices trabajando, y
-allí podían discurrir libremente los dos prisioneros; mas no escaparse,
-porque un centinela guardaba la puerta.
-
-Respaldiza, despavorido y medio muerto de terror, echose al suelo
-para llorar su desventura. Navarro se paseaba de largo a largo, sin
-hablar a su amigo ni a nadie. En las bardas de aquel corral que caían a
-poniente, había unas rejas por donde se veía la carretera de Vitoria.
-No cesaban de pasar por ella carros cargados de cajas y arcones de
-diversos tamaños, los cuales venían del lado de la Puebla, y se
-detenían, acomodándose en el estrecho camino para dar descanso a las
-caballerías. También había multitud de galeras y sillas de posta, donde
-iban las familias españolas que abandonaban la Corte con los franceses.
-El ruido y el tumulto de aquella parte del camino, donde se reunían y
-amalgamaban tantos vehículos y caballos, eran espantosos. Unida esta
-algazara con los martillazos de los que trabajaban sobre el yunque
-dentro del patio, resultaba una música infernal que hubiera vuelto loco
-a don Fernando Garrote si el cerebro de este pudiera descomponerse por
-otra causa que por el espantoso hervir de las ideas.
-
-Paseábase el esclarecido varón con la barba clavada en el pecho y las
-manos dentro de los bolsillos; su espíritu, después de vagar un buen
-espacio por las dulces regiones del pensamiento religioso, se irritó
-de repente, y la idea del suicidio se le puso delante siniestra y
-halagüeña a la vez, aterrándole y consolándole. Miró Navarro a los
-que machacaban hierro sobre el yunque, y consideró que le harían
-merced en dejarle poner su vieja cabeza entre ambos hierros. Después
-fijó su atención en las diversas herramientas que pendían del techo
-de un tingladillo donde estaban la fragua y el fuelle; pero no creyó
-posible apoderarse de ellas, ni menos usarlas contra su vida sin
-ser inmediatamente visto y atajado. Volviendo al inquieto pasear,
-puso sus miradas en un pozo que en mitad del patio había, y al punto
-hizo resolución de arrojarse en él de cabeza; pero tardaba mucho en
-decidirse a ello, y observaba de soslayo la soga y polea. Acercose al
-brocal para mirar al fondo, y vio allá abajo su imagen temblorosa y
-desfigurada dentro de un círculo luminoso. En esta contemplación se
-detenía, cuando un francés le arrancó de allí, señalándole la fragua.
-
-—Camarada —le dijo en mal español con sonrisa burlona—, allí hacen
-falta vuestros servicios.
-
-Un español joven, moreno y agraciado acercose en tanto al cura, que no
-se apartaba de su rincón, y con acento de chacota le dijo:
-
-—¿Qué bueno por aquí, señor Respaldiza? Parece que la expedición no ha
-salido bien.
-
-—¡Ay, Salvadorcillo de mi alma! —exclamó acongojado el cura—. Al
-verte, me parece que veo un ángel del cielo... Dime, ¿nos matarán?...
-¿Intercederás por nosotros? Yo te ruego que olvides las palabrillas
-coléricas que se cruzaron entre nosotros anoche en casa de tu madre. Yo
-suelo gastar esas bromitas...
-
-—Olvidadas están, señor cura; pero me parece que nada puedo hacer por
-ustedes. ¿Quién es el compañero?
-
-—Allí lo tienes junto al pozo, don Fernando Garrote, el primer
-caballero de toda la comarca.
-
-—Le hubiera conocido —dijo Monsalud observándole— nada más que por la
-semejanza que tiene con su hijo Carlos.
-
-Y acercándose a Navarro, que en aquel instante disputaba con el
-francés, tomó nuestro joven una expresioncilla bastante insolente, y
-habló de este modo al infeliz anciano:
-
-—Señor don Fernando, aquí dicen que vaya usted a menear el fuelle, y
-yo creo que este honroso oficio nadie puede desempeñarlo mejor que un
-señor de la llave dorada.
-
-Miró Garrote al atrevido soldado con tanta ira, que los ojos parecían
-saltársele del casco.
-
-—Mozuelo sin honor ni vergüenza —exclamó con dignidad y altanería—,
-¿piensas que un hombre como yo ha venido aquí para oír tus necedades,
-ni menos para obedecerte? Estos miserables exterminarán a la gente
-honrada; pero no la deshonrarán.
-
-—¡Al fuelle! ¡Al fuelle! —gritaron varias voces, y con más fuerza que
-ninguna la del mozo que hasta entonces había movido sin descanso la
-enfadosa máquina.
-
-—¡Soplad vosotros, canallas! —gritó Navarro, echando inmediatamente
-mano al lugar donde debía estar el puño de la espada.
-
-—No hay que apurarse por tan poca cosa —dijo de improviso el cura
-levantándose del suelo y acudiendo oficiosamente al lugar de la
-disputa—. Si es preciso que alguien sople, yo soplaré, que lo haré muy
-bien, caballeritos, y bueno es un poco de ejercicio a estas horas.
-
-Deseando congraciarse con sus verdugos, Respaldiza, cuya poquedad de
-ánimo y corazón pequeño se habían mostrado ya, a todo se prestaba.
-
-—¿Qué más da? —decía entre dientes—. Más padeció Jesús por nosotros.
-A él le pusieron atado a una columna y le abofetearon y escupieron.
-Movamos el fuelle, herreros de Satanás. Si vuestros cuerpos estuvieran
-dentro del fuego, ¡con qué ganas soplaría!
-
-Metió la mano en la argolla, y tirando de la cadena, infló el depósito
-de viento. El caño de la fragua resonó con ardiente resoplido, como la
-respiración de un cíclope, y las moribundas ascuas revivieron lanzando
-llamas rojizas. Al compás del canto de los herreros, tiraba de la
-cadena el cura, afectando en su semblante cristiana humildad; pero
-lleno de cólera, y más que de cólera, de miedo.
-
-La noche sin luna oscurecía el cielo y la tierra; pero no cesaba el
-espantoso ruido dentro y fuera del patio.
-
-La roja claridad de la fragua iluminó los diversos grupos, y don
-Fernando, que tenía en su alma todas las oscuridades de la tristeza
-y todas las llamas de la desesperación, no pudo pensar en echarse al
-pozo, porque los franceses lo cerraron.
-
-A ratos le causaba profunda pena ver la degradación y falta de
-dignidad de su compañero de desgracia, el cual seguía en su tarea, y
-aun sonreía ante los soeces herreros con mengua de su honor y de la
-jerarquía sacerdotal. Por fin cesó el trabajo; entraron varios soldados
-españoles y dos o tres renegados, trayendo un par de zaques de vino, a
-cuya vista se regocijaron todos, disponiéndose a dejarlos vacíos. En
-el mismo instante llegó Monsalud con algunos soldados, y ordenando a
-los prisioneros que le siguiesen, entró con ellos en el piso bajo de
-la casa contigua, que lo era de labor y estaba destinada en su parte
-alta a alojamiento de oficiales. Sin decirles cosa alguna, encerró a
-cada uno en una pieza baja, separadas ambas por un tabique ruinoso,
-sin puerta que las comunicara. Luego que don Fernando entró en lo que
-parecía mazmorra, echose en el desnudo piso sin mirar al que le había
-encerrado. Este arrojó un pan en el suelo, y como cayese a regular
-distancia del prisionero, el sargento empujó la hogaza con la punta del
-pie, diciendo:
-
-—Ahí tiene usted para pasar la noche. Estoy de guardia hasta las doce
-y me han encargado la custodia de los dos prisioneros. Traeré también
-agua y algo de carne, si hay.
-
-—No necesito nada —dijo Garrote sin mirarle—. Yo no como tu pan.
-
-Incorporándose, dio tan fuerte puntapié a la libreta, que la lanzó al
-otro extremo de la pieza.
-
-—Mal genio tiene usted —dijo el joven con lástima—. Hay que llevarlo
-con paciencia. El coronel me ha mandado que después de encerrar e
-incomunicar a usted y a su compañero, les notifique...
-
-—Ya lo sé... que seremos arcabuceados...
-
-—A la madrugada. El general no quiere carnicerías; pero el jueves cogió
-Mina a diez franceses y a todos los fusiló.
-
-—Hizo bien —dijo don Fernando—; y es lástima que no te cogiera también
-a ti, español renegado a lo que pareces... Si Dios me sacara de esta
-cárcel, y recobrase yo mi libertad y mis armas, a ningún afrancesado
-perdonaría.
-
-—Amigo —dijo el mancebo—, la situación en que usted se halla no es la
-más propia para vituperar la conducta de los demás y poner cual no
-digan dueñas a los que, por razones que usted ignora, servimos a los
-franceses.
-
-—Mi situación no me espanta —repuso el viejo con gravedad—. Moriré por
-la patria, por la religión, y Dios me acogerá en su seno. La muerte que
-me espera no la cambiaría por cien vidas como la tuya, infeliz joven,
-por esa vida deshonrada en flor.
-
-El mozo guardó silencio.
-
-—¿Quién te engañó? ¿Quién te sedujo? ¿Sabes lo que es servir al enemigo
-y hacer causa común con los verdugos de la patria?
-
-—Hablador es el viejo —dijo Salvador un poco enojado—. Hará usted bien
-en descansar y en tranquilizarse, señor Navarro. Adiós.
-
-—¿Cómo sabes mi nombre?
-
-—Me lo dijo Respaldiza. Conozco mucho al cura de la Puebla de Arganzón,
-donde he vivido dos años.
-
-—¿Cómo te llamas?
-
-—Salvador Monsalud... yo soy de Pipaón.
-
-El anciano dio un suspiro profundo echando hacia atrás la cabeza, que
-al chocar bruscamente contra el tabique produjo un triste y hueco
-sonido, como el de un cántaro que está a punto de romperse.
-
-—Adiós —dijo Salvador con la mayor indiferencia—. Volveré después a
-traer a ustedes alguna cosa. Me da lástima de los que van a morir
-aunque se lo tengan muy merecido... ¿Conque agua? Si hubiera carne...
-Veremos.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-El estado moral de don Fernando Garrote fue, desde que se quedó solo,
-el más espantoso que imaginarse puede. La imagen y la idea de la
-muerte, que poco antes ocuparan por completo su espíritu, huyeron como
-accidentes fútiles y pasajeros, indignos del pensamiento. Toda su vida
-pasada, sus culpas, sus glorias se le pusieron delante, juntamente
-con el infeliz joven cuyo nombre acababa de saber. Veía tan claro el
-designio de Dios, que hasta con los ojos del cuerpo estaba viendo al
-mismo Dios delante de sí, grave, ceñudo, majestuoso y admirablemente
-sobrenatural y divino. Don Fernando sintió el terror más vivo que un
-alma humana puede sentir; miedo semejante tan solo a los terrores
-bíblicos que sobrecogían al pueblo elegido, cuando entre rayos y
-truenos sonaba la voz que había mandado a la luz que se hiciera, y a la
-tierra separarse de las aguas.
-
-El anciano se prosternó en tierra, y apoyando contra las frías baldosas
-su ardiente cabeza, dijo en voz alta:
-
-—¡Señor, Señor, lo merezco! ¡He sido un malvado! ¡Cúmplase tu voluntad!
-¡Justicia terrible, pero justicia al fin! ¡Digna de mi vida es esta
-última hora que has dispuesto para mí!
-
-Después siguió balbuciendo en voz baja oraciones piadosas y vehementes,
-hasta que su alma se fue tranquilizando poco a poco, y las terribles
-majestuosas facciones del semblante de Dios, que delante creía ver, se
-amansaron. El pobre anciano respiró, y, levantándose del suelo, fue
-tentando las paredes hasta el rincón más próximo, donde se acurrucó,
-cruzando las piernas y los brazos, y entre estos escondiendo la
-cabeza de tal modo, que parecía un ovillo. En tal postura, solo, sin
-movimiento, profundamente abstraído y encerrado dentro de si mismo,
-como el gusano en su capullo, dijo, palabra más o menos, el soliloquio
-siguiente, examen sincero de sus muchas culpas:
-
-«Consagré mi juventud al vicio. Obediente a la ley de Dios tan solo en
-lo superficial y externo, falté a todos los deberes cristianos. Iba
-todos los días a misa y rezaba el rosario, ambos actos sin devoción
-y por pura rutina, pues en misa no atendía más que a las mujeres que
-poblaban la iglesia. Llamándome buen católico, y defendiendo de palabra
-y aun de obra la religión siempre que se ofrecía, mi conducta no dejaba
-de ser execrable. ¿De qué valía, digo yo, a mi alma el ser presidente
-por derecho hereditario de la sagrada congregación de _Esclavos de
-Cristo_, ni hermano mayor de la Virgen de la Asunción y guardián de
-su camarín, cuyas llaves se han conservado siempre en las arcas de mi
-familia, con el derecho de vestir la imagen en las grandes fiestas?...
-¡Ay! He sido un perverso que se ha burlado de todas las leyes divinas y
-humanas. Amonestome un buen religioso francisco; pero me burlé de sus
-palabras, atendiendo más que a él a los que me adulaban fomentando con
-viles alabanzas mi disolución.
-
-»Diome el Cielo fortuna, sin duda por probarme en el empleo que de ella
-haría, y más valiera que me criara Dios pobre y desnudo, para que así
-mi natural vicioso se encaminase a la virtud, y con las abstinencias
-se educara firme y valerosa mi alma. Mas yo empleé mi hacienda en
-deslumbrar con engañosos oropeles la inocencia, en seducir con mentidas
-promesas a honradas familias, en corromper dueñas y criadas. Hice del
-honor mercadería que con el oro se compra y se vende, y de la paz y
-buena fama de las familias, un juego caprichoso. El demonio, mi aliado
-y en realidad mi Dios, sugeríame a cada instante artificios nuevos
-para derrocar la honestidad y vencer la resistencia que la templanza
-y el recato ofrecían a mis abominables apetitos. Todo lo atropellé;
-pisoteé los sentimientos más puros como pisotean los cerdos las flores
-de un jardín, sin comprender su belleza.
-
-»Dios me tocaba a veces el corazón, dándome ratos de profunda tristeza,
-en los cuales mi conciencia, aclarándose ante mí con prodigiosa
-luz, me ponía delante la fealdad horrenda de mi conducta; mas estos
-momentos, que coincidían siempre con mi cansancio, eran breves como
-los relámpagos en la noche oscura, y mi alma envilecida dejaba el
-arrepentimiento para la vejez. Mi memoria, con ser portentosa, no
-puede recordar uno por uno todos los desafueros que cometí, los
-planes execrables que realicé, ni las víctimas todas de mi salvaje
-descomedimiento. Pero en estos momentos terribles en que mi conciencia,
-a la vista de un hombre, se ha abierto de súbito como una sima llena de
-horrores, y se me ha presentado Dios con el semblante de la justicia,
-aprestándose a juzgarme sin misericordia, porque no la merezco, uno
-solo de mis crímenes se me ofrece visible y claro entre los demás,
-porque a todos los compendia, y con su magnitud oscurece a los otros.
-
-»La ejemplar persona sacrificada vive, al parecer, para mi castigo.
-¡Ay! A muchas seduje, a muchas atropellé; pero con ninguna fue el
-engaño tan torpe y miserable como con esta. Cuanto puede hacer un
-hombre para disimular su vil intención, yo lo hice; cuanto puede
-inventarse para aparecer bueno sin serlo y apasionado sin estarlo, mi
-entendimiento, fecundo siempre para el mal, lo inventó con pasmoso
-ingenio. Burleme después de la desgraciada joven a quien sacrifiqué, y
-yo mismo aplaudí su deshonra en reunión de inicuos amigos y calaveras.
-Llevado de no sé qué perversos instintos, que desde entonces han sido
-causa en mí de espantosos remordimientos, llegué hasta a suponer en
-aquella infeliz faltas que no había cometido, y torpezas y tratos con
-otros hombres que jamás se acercaron a ella. Escupir el cadáver de la
-víctima que se acaba de inmolar, no es tan vil como lo que yo hice.
-¡Ay! ¿Por qué no taladró mi lengua un hierro encendido como esos que
-he visto esta tarde en la fragua del patio? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no
-quedé paralítico, ciego y mudo, sin sentido para la maldad, y solo con
-pensamiento para meditar en mi merecida ruina y pensar en mi salvación?
-
-»Nació un niño, a quien pusieron por nombre Salvador. Me lo dijeron,
-y lo oí como si oyera decir: «La vaca del vecino ha parido un
-ternero.» Yo no volví a Pipaón desde que proyecté casarme con otra
-mujer. Olvidado de mi aventura, llegué, sin embargo, a entender que
-la hermosa hija de don Pablo el Riojano había quedado en la miseria.
-Nada hice por ella; poco a poco fue envolviéndose en nubes de misterio
-lo sucedido, y la madre y el hijo no existieron para mí. Hace tres
-años dijéronme que un joven llamado Salvador Monsalud había aparecido
-en la Puebla en compañía de su madre, mujer melancólica, piadosa y
-enferma. Sentí cierta aflicción inexplicable; pero nada hice. El amor
-de mi hijo legítimo me ocupaba por entero. Hace poco, y aun hoy mismo,
-doña Perpetua me ha recordado la antigua y casi olvidada deuda; mas
-preocupado con mis preparativos de guerra, y soñando con gloriosas
-hazañas, apenas detuve el pensamiento en los dos desgraciados seres que
-tan cerca estaban de mí...
-
-»Ha tiempo, sin embargo, que el arrepentimiento trabaja en mi alma,
-labrándose en ella un hueco con lentitud, pero con constancia. He
-vuelto los ojos a Dios, aunque de soslayo, y a fuerza de pensar en
-mis culpas y en la justicia divina, he llegado a considerar que el
-mejor desagravio que a Dios podía ofrecer era sacrificarle los últimos
-días de mi vida, combatiendo por la fe verdadera contra los herejes
-y renegados. En mi necio orgullo, no he comprendido hasta ahora que
-Dios no podía aceptarme como diligente servidor, ni menos premiar mi
-arrojo. Clara, como la luz del sol al medio del día, veo ahora su mano
-llevándome al destino y fin deplorable que merecía; veo su lógico
-designio, obra de la perpetua justicia, en los sucesos de esta tarde;
-y más que en otra cosa alguna, en la presencia de ese joven, de ese
-ejemplo vivo de mis crímenes, de esa venganza humana y celeste, de
-ese malaventurado hijo mío, que con la frialdad de los verdugos y la
-crueldad de un enemigo vencedor se me ha puesto delante para anunciar
-la muerte que merezco. ¡Oh! Merezco más, mucho más, Señor: merezco
-vivir después de lo que he visto.
-
-»Las facciones de ese muchacho han producido en mí incomprensible
-turbación; su nombre, pronunciado por él mismo, ha caído sobre mí como
-un rayo celeste. Ya sé cómo suenan las trompetas del Juicio. Dios mío,
-estoy humillado, vencido, y me arrastro por el suelo como un insecto
-miserable, buscando tu pie soberano para que me aplaste. Me creo
-indigno hasta de mirar la luz del día, que criaste lo mismo para los
-buenos que para los malos. Señor, la muerte que me aguarda no será
-bastante cruel para lo que yo merezco. Un hombre que lleva mi sangre y
-debiera llevar mi nombre, me custodia en esta mazmorra hasta que llegue
-el instante de la muerte; y él mismo, si se lo mandan...»
-
-Don Fernando no se atrevió a continuar la frase, que no era dicha, sino
-pensada, y aun así la sofocó, cortando el vuelo de su pensamiento,
-suspendiendo la fórmula oscura del lenguaje con que discurrimos a solas
-y en silencio; pero no pudo cortar, ni atajar, ni detener la idea que
-surcó por su cerebro como un relámpago. Espantado de ella, se afirmó
-con ambas manos las abrasadas sienes, sacudiéndose a un lado y otro
-la cabeza. Si quisiera arrancársela y arrojarla lejos de sí, como un
-despojo inútil, no lo hiciera de otra manera.
-
-Oyó una voz alegre que cantaba, y al mismo tiempo abrieron la puerta.
-Monsalud entró alumbrándose con una linterna; además traía una botella
-de vino.
-
-—Señor don Fernando —dijo desde la puerta—, aquí le traigo esto para
-que entone el cuerpo y le ayude a pasar los malos ratos de esta noche.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Salvador adelantó con paso inseguro, dirigiendo la luz de la linterna a
-todos los lados de la estancia.
-
-—¿En dónde se ha metido? —dijo riendo a carcajadas como quien ha
-perdido el equilibrio de sus facultades—. ¡Ah! Está usted en el
-rincón... ¡Qué postura! De ese modo piden los ciegos en el camino.
-
-Don Fernando Garrote, ante aquellas burlas, sintió que su sangre se
-trocaba en hielo.
-
-—Entre esta gente —dijo con mucha aflicción—, ¿es costumbre burlarse de
-los desgraciados que van a morir?
-
-—Perdóneme usted —añadió el joven luchando con el extravío de sus
-sentidos—. No sé lo que digo... esos pícaros hicieron propósito de
-embriagarme, y si no me levanto pronto...
-
-—Vicio muy feo es el de la embriaguez —afirmó Garrote—. Un joven
-valiente y noble como tú, ¿será capaz de degradarse, abusando del
-vino?...
-
-—No, no señor —repuso Salvador, en quien la vergüenza pudo por un
-momento más que la turbación de su mente—. Nunca he sido borracho;
-pero de poco tiempo a esta parte, me dan tales tristezas y se me
-acongoja el alma de tal modo, a consecuencia de mis desgracias, que
-algunas veces...
-
-—¡Pobre muchacho! —dijo el guerrero acercándose a Monsalud, que,
-puesta en el suelo la linterna y la botella, se había sentado junto
-a ellas—. Me parece que como joven inexperto y sin fundamento, no te
-vendría mal recibir algunos consejos, y voy a dártelos.
-
-—Pues toca la casualidad de que yo no he venido a recibir consejos,
-sino a acompañar a usted un tantico y traerle algo confortativo, porque
-siempre me da mucha compasión de ver a un hombre condenado a morir por
-cosas de guerra; y aunque este hombre sea mi enemigo, sí, mi enemigo
-por varias causas, siempre procuro que sus últimas horas no sean muy
-tristes. Conque guárdese usted los consejos, y beba vino, si gusta.
-
-—No beberé —repuso don Fernando—; pero pues dices que vienes a hacerme
-compañía, acepto el obsequio de un poco de conversación.
-
-—¿De qué vamos a hablar?
-
-—De ti.
-
-—¡De mí! —exclamó Salvador, otra vez atacado de la nerviosa hilaridad
-que tanto disgustara a Garrote—. ¡Bonito asunto! Tanto vale hablar del
-infierno.
-
-—Al verte entre franceses, joven, apuesto, y con esa expresión de
-nobleza que tiene tu persona...
-
-—¡Oh qué lisonjero está el buen hombre! —dijo Monsalud—. Señor mío, no
-me adule usted, pues aunque compasivo, no me vendo por alabanzas.
-
-—Al verte así —continuó Garrote— he pensado que solo seducido y
-engañado ha podido un joven de tanto mérito entrar al servicio del rey
-José y de los enemigos de la patria y de la religión.
-
-—Ni seducido, ni engañado, sino por mi propio gusto y libre voluntad
-—respondió el mancebo con firmeza.
-
-—¡Y por tus venas corre sangre española! ¿No aborreces a esos herejes,
-asesinos y ladrones, de cuyos crímenes horrendos eres cómplice, sin
-duda por inocencia?
-
-—No les aborrezco, sino que les estimo.
-
-Don Fernando cruzó las manos y elevó los ojos al cielo.
-
-—Les estimo —prosiguió Monsalud— porque ellos me ampararon cuando de
-todos era abandonado; diéronme de comer cuando me moría de hambre, y me
-pusieron este uniforme que han llevado los primeros soldados del mundo
-y los vencedores de toda Europa.
-
-Garrote se estremeció de espanto, y un abatimiento angustioso sucedió a
-su anterior excitación.
-
-—¿Pero tan pobre estabas y tan desamparado de todo el mundo, que
-necesitases venderte a los franceses para vivir?
-
-—Pobre y desamparado, sí, porque mi madre había perdido la poca
-hacienda heredada, y no teníamos sobre qué caernos muertos. Yo fui
-a Madrid, y un tío que allí tengo me metió en un regimiento de la
-guardia jurada.
-
-—Pero tu deber es pelear por la patria. ¿No ves a toda la nación en
-masa sublevada contra esos viles? ¿No ves el desprecio y el odio que
-inspiran? Observa bien que entre los pocos españoles que sirven en las
-filas francesas, no hay uno solo que sea persona honrada.
-
-—¡Calumnia! Los hay muy buenos, y yo no me tengo por ladrón, señor
-Garrote —dijo Monsalud enojándose un poco—. Y punto en boca sobre esa
-materia.
-
-—Poco a poco, joven: no he querido ofenderte —repuso Navarro con tanta
-humildad y timidez como un chico de escuela—. Te diré cuál ha sido
-mi intento. Al verte, sentí profundas simpatías hacia ti, y tanto me
-entristeció ver a un joven de mérito en la vil condición de afrancesado
-y en la torpe esclavitud de esa canalla, que me atreví a esperar
-que los consejos y la autoridad de este infeliz anciano, próximo a
-morir, tendrían alguna fuerza para desviarte de ese infame camino.
-¿Me equivocaré, Salvador? —añadió con expresión muy afectuosa—. ¿Será
-posible que tu buen corazón y clara inteligencia no respondan a esta
-cariñosa súplica mía, a este deseo de que te conviertas, de que vuelvas
-a la santa fe de la patria en que todos los buenos españoles vivimos y
-morimos?
-
-Monsalud miró a don Fernando por breve espacio, de hito en hito, y
-después rompió a reír con estrépito y descaro. El insigne Garrote no
-pudo contemplar por mucho tiempo aquella faz burlona, porque tuvo que
-esconder la suya entre las palmas de la mano para ocultar el llanto.
-
-—No ha sido malo el sermón, padrito —dijo el mozo—. Y usted ¿qué
-pedazo de pan se lleva a la boca porque yo sea afrancesado o deje de
-serlo? A fe que me divierto oyéndole. ¡Buen modo de disponerse a una
-buena muerte! A ver, padrito —añadió llenando un vaso de dos que había
-traído—, echemos un trago a la salud del gran Napoleón I, Emperador de
-los franceses y señor de todo el mundo.
-
-—No —dijo don Fernando rechazando el vaso—, no puedo creer que digas
-tales disparates formalmente. Eres joven, has bebido más de lo regular,
-y no sabes lo que sale de tu boca... Comprendo bien la causa principal
-de tu falta. Te sentías con ardor guerrero, heredado, sin duda,
-del que te dio el ser y la vida, y como los franceses tienen buena
-labia para deslumbrar a los jóvenes hablándoles de las grandezas del
-Imperio y de sus fabulosas batallas de Italia y Alemania, caíste en
-la trampa. ¡Qué necedad! La más arrebatada fantasía no puede soñar
-triunfos tan grandes como los que hemos alcanzado nosotros en esta
-guerra contra los decantados ejércitos de Napoleón. Nuestras batallas
-de Bailén, de la Albuera, de Tamames, de Talavera, y las defensas
-gloriosísimas de Zaragoza, Gerona y Tarragona, no tienen igual ni aun
-en los fastos de la antigüedad heroica. Y si estos hechos no fuesen aún
-de suficiente magnitud para lo que ambiciona tu grande espíritu, ahí
-tienes diseminadas por toda la redondez de España esas inimitables
-partidas de guerrilleros, los más bravos, los más atrevidos, los más
-generosos y leales hombres de la tierra, los verdaderos libertadores de
-la patria, los que al fin rescatarán a nuestro adorado Fernando, los
-que devolverán a la sagrada religión su esplendor y a Dios su reino
-predilecto.
-
-Antes que concluyera, Monsalud había empezado a reír. Tomó las
-elocuentes amonestaciones del anciano como materia de placenteras
-burlas, y resuelto a contrariarle en todo por convicción, le dijo:
-
-—No me hable usted de los guerrilleros, que si hay en la tierra plebe
-inmunda digna del presidio, ellos lo son. Compónense las partidas de
-los asesinos, ladrones y contrabandistas de cada lugar, con más los
-holgazanes, que son casi todos. Hacen la guerra por robar, no por echar
-de aquí a los franceses; y si algún día se acabaran estas misas, el rey
-Fernando tendría que colgarles a todos para poder reinar en paz.
-
-Don Fernando exhaló hondísimo suspiro; mas no desesperanzado todavía de
-tocar alguna fibra sensible en el corazón del mancebo, le habló así:
-
-—Aunque los guerrilleros fueran como dices, que no son sino lo
-contrario, no podrías justificar tu conducta. A todos has hecho
-traición, Salvador: a lo divino y a lo humano; has hecho traición a
-la patria; a los españoles, que son tus hermanos; has hecho traición
-a tu madre, que, sin duda, es española también y enemiga de nuestros
-enemigos; has hecho traición al rey, bajo cuyo amparo nacimos y en
-cuya veneranda persona se representan nuestro hogar y el sol que nos
-alumbra, y, principalmente, has hecho traición a Dios, cuya fe, más
-pura y fuerte en la nación española que en ninguna otra, han venido
-a destruir los franceses, introduciendo aquí, con la herejía, mil
-costumbres y prácticas nuevas que no conducen sino al pecado.
-
-—Dios... ¡Buen caso hago yo de Dios! —exclamó el mancebo con un cinismo
-que llevó a su último extremo los temores de don Fernando—. ¡Qué
-atrasada está la gente por aquí!... No hay ninguno que haya leído a
-Voltaire, como lo he leído yo en todas las paradas del viaje desde que
-salí de Madrid.
-
-—¡Desgraciado! —exclamó el anciano poniendo sus manos sobre los hombros
-del joven—. ¿Qué estás diciendo?
-
-—¡Dios! Una palabrota y nada más. Si lo hay, que lo dudo mucho, estará
-allá arriba acariciándose la barba blanca y sin meterse en nuestros
-asuntos. Dígolo porque muchas veces lo llamé y... ¿me oyó usted? Pues
-él tampoco.
-
-—¡Desgraciado! —repitió el anciano—. ¡Mil veces más desgraciado que si
-cayeras para siempre traspasado por las bayonetas de tus viles amigos!
-¿No crees en Dios omnipotente, justo y misericordioso? ¿No crees en la
-Santísima Trinidad? ¿No crees en la Encarnación del Hijo de Dios, ni en
-su pasión y muerte por redimirnos del pecado?
-
-—¡Oh cuánta monserga y cuánto embrollo! —repuso Monsalud riendo—. ¡La
-Trinidad! Tres que son uno y uno que viene a ser tres. Bonito lío han
-armado... Jesucristo no era más que un buen predicador y tan hombre
-como yo. Y de la llamada Virgen María, ¿qué puedo decir sino que...?
-
-—Calla, calla, blasfemo infame —gritó con encendida cólera don
-Fernando, poniendo su mano en la boca del descomedido muchacho—. Tú no
-eres, no puedes ser lo que yo creí.
-
-—¿Qué hombre ilustrado cree hoy semejantes paparruchas? Todo eso lo han
-inventado los frailes para engañar y dominar al pueblo, embobándole
-con pantomimas ridículas y prácticas necias. ¡Los frailes! —añadió con
-cierta petulancia—. ¿Hay casta de cerdos más inmunda en todo el orbe?
-Yo digo que hasta que no ahorquen al último Papa con las tripas del
-último fraile, no habrá paz en el mundo. Ellos son los que promueven
-las guerras, los que hacen estúpidos a los reyes; ellos son los que han
-levantado a la nación española, no por religiosidad, sino porque saben
-que el deseo de Napoleón es quitarles sus inmensas y mal empleadas
-riquezas, para dárselas a los pobres.
-
-—¡No, no —repetía don Fernando con vehemencia, contemplando atónito a
-Salvador—, no eres tú lo que yo creí; no eres tú quien yo creí, no,
-mil veces no, voto a...! Afrancesado, traidor a la patria, desleal con
-el rey, irreligioso, blasfemo, no te falta sino ser mal hijo para que
-eternamente estés separado de mí.
-
-—¡Mal hijo! Si lo soy no es culpa mía —dijo el mancebo bebiendo el
-vino que había escanciado para el señor Garrote—. Mi madre es una
-excelente mujer; pero muy sencilla e inocente, y se ha dejado dominar
-por doña Perpetua y por los frailes de la Puebla. Empeñose en que
-abandonara mis banderas; negueme a ello, echome de su casa, yo salí, se
-desmayó... Las mujeres no atienden más que a su capricho; son vanas,
-frívolas, superficiales, mojigatas, y le aburren a uno con sus rezos...
-No hagamos caso de tales simplezas y bebamos, señor don Fernando. Otro
-traguito.
-
-—Tu madre —dijo don Fernando— es, según tengo entendido, una santa y
-honrada mujer, de sanos principios.
-
-—Pues sus principios no son los míos, ni lo serán nunca. Ella adora
-las atrocidades de los salvajes guerrilleros, y yo las aborrezco; ella
-se mira en Fernando VII, y yo lo tengo por un principillo corrompido
-y voluntarioso; ella detesta a los afrancesados, y yo les tengo por
-muy buenos patriotas, porque quieren regenerar a España con las ideas
-de Napoleón; ella no puede ver a los que han hecho la Constitución de
-Cádiz ni a los que se llaman liberales, y yo les admiro por creerles
-inclinados a echarse en nuestros brazos...
-
-—¡Perdido, perdido para siempre! —exclamó don Fernando con inmensa
-angustia—. ¡Sin honor, sin principios, sin patriotismo, sin religión,
-sin lazo alguno con la sociedad, ni con España, ni con la familia, ni
-con Dios...! ¡Oh, qué aflicción, qué castigo, Dios mío!
-
-—Puesto que usted no quiere probarlo —dijo el sargento, echando otro
-medio cuartillo—, me lo beberé yo. Luego dormiré seis horas, y así
-se olvidan ciertas cosas, cosas terribles, señor don Fernando, que
-atormentan noche y día.
-
-—Dios te tocará en el corazón, infeliz joven —dijo Navarro—, y hará
-penetrar un rayo de su divina luz en tu oscuro entendimiento, y te
-reconciliarás con España, con Dios, con tu madre y... conmigo.
-
-—¿Reconciliarme yo? —dijo el joven severamente dejando a un lado el
-vaso vacío—. Yo no me reconciliaré jamás; eché los dados. Me voy a
-Francia; consagraré mi vida a trabajar contra esta fementida patria que
-aborrezco.
-
-—Justamente despreciado por los hombres y maldecido por Dios, tu vida
-será un infierno, y tu muerte horrorosa y desesperada como la mía.
-Mírame, en mí tienes un ejemplo de cómo castiga Dios en la última hora
-a los que han olvidado su doctrina. Sin ser blasfemo ni traidor, como
-tú, yo he sido muy pecador. He vivido largo tiempo con vida placentera
-y feliz; pero en esta postrera noche de mi vida, me considero el
-más desgraciado de los hombres, no seguramente por la muerte que me
-amenaza, y que merezco y deseo, pues los españoles debemos morir como
-caballeros y como cristianos. Uno de los más amargos motivos de pena
-para mí, es verte insensible a mis ruegos, degradado, envilecido; verte
-en el camino de tu total mengua y perdición, sin poder remediarlo;
-verte en ese estado de locura y embriaguez, aferrado a la maldad. Si
-respondieras, aunque solo fuese con eco muy débil, a mis sentimientos
-y a mis ideas; si no me parecieses, como me pareces, un verdadero
-monstruo, esta pasajera amistad que nos une podría ser un sentimiento
-más grande, Salvador, mucho más grande y hermoso para ti y para mí.
-
-Monsalud le miró con sorpresa.
-
-—He sentido vivísima inclinación hacia ti —continuó el anciano—. En
-esta soledad en que me encuentro, ausente de los míos, con un pie
-dentro del sepulcro y la eternidad llamando a mi alma, tú podrías ser
-consuelo inefable de este anciano moribundo, recibiendo, en cambio, de
-mí lo que jamás has tenido, ni esperas tener.
-
-Monsalud se levantó, y con súbita cólera apostrofó al anciano en estos
-términos:
-
-—Viejo astuto, ¿quieres engañarme con lisonjas y gatuperios para que
-te deje escapar? Yo no soy como los guerrilleros, que se venden por un
-pedazo de pan. Su señoría de la llave dorada no conoce con qué clase de
-personas está tratando. ¡Pues no es poco sabihondo el viejecito!...
-
-—¡Miserable! —exclamó don Fernando, sin poder contener su cólera y
-levantándose también—. Veo que en ti no puede caber ningún sentimiento
-generoso. ¡Mereces la abyección en que vives! Márchate, quiero estar
-solo.
-
-—¡Si será preciso ponerle algunas arrobas de hierro en los pies al don
-Quijote de la Puebla! —dijo Monsalud dando algunos pasos con escasa
-seguridad—. Parece que se tambalea el piso... Adiós, hasta después.
-
-Don Fernando fue de aquí para allí con inmensa agitación. Su espanto
-se resolvió en una violenta y súbita cólera.
-
-—¡No eres tú, tú no eres, no! —exclamó con atronadora voz—. ¡Me he
-equivocado! Dios se está burlando de mí... es un castigo; ¡pero qué
-castigo, Señor!
-
-Sin comprender lo que oía, Salvador se detuvo ante el agitado anciano.
-La generosidad de su noble corazón, eclipsada por falsas ideas, y
-la turbación física en que se hallaba, inspirole algunas palabras
-consoladoras para el caballero; mas un hecho trivial le desvió de aquel
-buen camino, separando a uno y otro personaje más de lo que estaban.
-En la versatilidad de sus juicios, Salvador achacó las incoherentes
-palabras de Garrote a extenuación y debilidad mental, ocasionada por la
-falta de sustento y el pavor de la próxima muerte. Pensándolo así, echó
-en el vaso cuanto en la botella restaba, y con intención compasiva le
-dijo:
-
-—¡Vaya, pelillos a la mar! Señor Garrote... Beba usted y le caerá
-bien... Luego llevaré otro gaudeamus al señor cura.
-
-—Quita allá —contestó don Fernardo, apartándose con horror del joven—.
-Tú no eres quien yo creí... Tú eres de casta de borrachos y traidores.
-
-Recibió Salvador con paciencia el insulto, y empinando el codo, dijo:
-
-—Puesto que usted no lo quiere, no se desperdiciará tan buen vino. Se
-lo quitamos a unos arrieros que venían de la Nava.
-
-La cabeza de Monsalud, de poca resistencia para la bebida, a causa
-de su antigua sobriedad, luego que su cuerpo recibió aquel trasiego,
-se desorganizó completamente; se oscurecieron sus facultades; desmayó
-su cuerpo; entrole de improviso la innoble estupidez y el repugnante
-cinismo de que había dado ya algunas pruebas en la conferencia con
-su madre, y perdió su carácter, su generosidad, su buen juicio, su
-discreción; perdiolo todo, para no ser más que un vulgar soldado.
-
-—Señor Garrote... —dijo tambaleándose—, adiós... Parece que se mueve el
-piso... ¿Por qué baila usted?
-
-—Vete, vete, déjame solo —replicó don Fernando sin mirarle.
-
-—¡Bonito fin han tenido las campañas del padre Respaldiza y del señor
-Navarro! —exclamó lanzando una carcajada de imbecilidad que retumbó en
-la estancia como un eco infernal—. ¡Bonito fin!... ¡Échese su merced
-a guerrillero!... ¡Quién lo había de decir!... aquí tenemos al primer
-caballero del condado, el de la llave dorada, el gran don Fernando
-Garrote, que quiso derrotar él solo los ejércitos de Napoleón...
-¿Por qué no trajo consigo a Carlitos para que le sacara del paso?...
-Me hubiera gustado ver a todo el hato de salteadores de caminos
-distribuidos en estas cámaras reales, esperando la orden del coronel...
-¡Adiós, señor don Fernando Quijote, adiós... buen viaje!...
-
-Don Fernando se acercó a Salvador, y asiéndole el brazo y apretándole
-con tanta fuerza como si su mano fuese una tenaza de hierro, le dijo
-sombríamente:
-
-—Salvador, cuando me saquen de este calabozo haz fuego sobre mí: mi
-destino es ese, mi castigo no será el castigo que merezco, si no sucede
-así. ¡Dios lo quiere!
-
-—¿Fuego yo? —repuso el joven con sonrisa de demente—. Yo me voy...
-Salgo de guardia ahora... Entrará otro... No quiero matar... me da
-mucho temblor y me pongo malo.
-
-Lucharon por breve rato en la acongojada alma del guerrero sentimientos
-diversos. Luego sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos; una
-aflicción horrible le abrumaba. Apartose del joven; corrió luego hacia
-él; mas su aspecto, su habla, su embriaguez le llenaron de espanto.
-
-—Mi muerte —exclamó—, por las circunstancias espantosas que la rodean,
-no se parece a ninguna otra muerte. Creo que toda la naturaleza se
-desquicia en derredor mío, y que, en medio del cataclismo general,
-vivo muriendo. Me parece que la muerte del malvado, como la del justo
-entre los justos, no puede verificarse sino entre tinieblas horrorosas
-y confusión del cielo con la tierra. ¿Es de noche? ¿Es de día? ¿Eres
-un ángel o un demonio?... Huye de aquí, monstruo mío... No sé lo que
-siente mi alma al verte y al oírte... ¿Esto es vida o qué es esto? Dios
-poderoso, acoge mi alma... y basta, basta ya de suplicio.
-
-El señor Garrote se arrojó al suelo. Monsalud, a causa del vino, no
-vio en todo aquello más que demencia y miedo. Hasta que no se halló
-fuera y recibió en el rostro el fresco de la noche, no se aclararon sus
-juicios, ni pudo conocer que había estado inconveniente, cruel y...
-grosero.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Cuando se quedó solo, elevó don Fernando de nuevo su pensamiento a
-Dios. Adquirió con esto cierta tranquilidad, reposo emanado de la
-profunda convicción de su inmensa desgracia, y aceptando aquella
-amargura se engrandecía a sus propios ojos. La fogosidad de su
-imaginación llevábale a compararse con los colosos de infortunio, pero
-superándoles; tan pronto recordaba a Job, de la antigüedad hebraica,
-como a Edipo, de los tiempos heroicos, y hasta en sus coloquios, en sus
-alegatos, ora tiernos, ora coléricos con la divinidad, se les parecía.
-
-Después de un instante de estupor contemplativo sintió anhelo vivísimo
-de comunicar a alguien la congoja de su alma, y se acordó de su amigo
-Respaldiza, cuya voz había oído poco antes al través del tabique sin
-hacerle caso. La endeble pared consistía en un armazón de maderas y
-adobes, a trechos cubierta de yeso, que formaba en sus irregulares
-claros y fajas al modo de un fantástico mapa. Por diversas partes, y
-principalmente junto al suelo, había muchos agujeros por donde podían
-pasar el ruido y la claridad; pero no objeto alguno de más volumen que
-un dedo. Golpeó don Fernando el tabique, diciendo:
-
-—Señor don Aparicio, señor Respaldiza, ¿está usted ahí?
-
-El cura contestó desde la otra parte:
-
-—Sí. Señor don Fernando, aquí estoy más muerto que vivo. ¿Con quién
-hablaba usted?... ¿Hay esperanzas de salvación? Me parece que trataba
-usted con Salvadorcillo Monsalud... Es mal sujeto, y no hay que fiarse
-mucho de él.
-
-—Amigo Respaldiza —dijo Garrote sentándose en el suelo y apoyando su
-rostro en la pared, junto a un sitio donde menudeaban las grietas—.
-Acérquese usted a este sitio donde me encuentro, y óigame. Tengo que
-hablarle.
-
-—Ya estoy... ¿Hay esperanzas de escapatoria?
-
-—No hay que pensar en escaparse, señor cura. Nuestra muerte es
-inevitable.
-
-—¡Oh! ¡Dios mío Jesucristo! —exclamó Respaldiza con voz desfigurada
-por la aflicción y el llanto—. ¿Qué hemos hecho para tan triste
-fin?... ¿Pero no será posible intentar...? Echemos abajo este tabique;
-juntémonos, y entre los dos ejecutaremos algo ingenioso para salir de
-aquí.
-
-—Es difícil. Por mi parte no intentaré nada para salvar esta miserable
-vida, que es para mí un horroroso peso. ¡Somos muy pecadores!
-
-—Yo no tanto... ¿pero es posible que no logremos...? ¡Oh! Desde aquí
-siento los aullidos de esos lobos carniceros, de esos demonios del
-infierno que nos guardan. Están borrachos, y parece como que bailan y
-juegan.
-
-—No nos ocupemos de nuestros enemigos, y pensemos en la salvación de
-nuestras almas —dijo con unción don Fernando—. Señor Respaldiza, usted
-es sacerdote.
-
-—Sí, sacerdote soy —repuso con desesperación el clérigo—, y como
-sacerdote digo que esto es una gran picardía, una infamia, un asesinato
-horrendo. ¡Ya se las verán con Dios!
-
-—Usted es sacerdote —añadió don Fernando—, y un buen sacerdote,
-piadoso, instruido, aunque ahora caigo en que no cuadraba muy bien a su
-estado el tener tan buena puntería; pero sea lo que quiera, usted es un
-hombre excelente y un sacerdote cristiano, a cuyas manos baja Dios en
-el santo oficio de la Misa.
-
-—Sí, sí.
-
-—Pues bien: siendo usted sacerdote y yo pecador, quiero confesarme en
-esta hora suprema; quiero confesarme, sí, después de treinta y tantos
-años de impenitencia.
-
-Prolongado silencio anunció el estupor del sacerdote.
-
-—¿No me contesta usted? —preguntó impaciente Navarro.
-
-—¡Confesarse!... Linda ocasión ha escogido usted... Sobre que todavía
-puede ser que nos indulten.
-
-—No hay que esperar tal cosa. Seamos dignos de nosotros mismos, y
-muramos como caballeros cristianos.
-
-—¡Morir, morir! —repitió angustiosamente el cura.
-
-Retembló el tabique con sordo estampido. La cabeza de Respaldiza había
-chocado violentamente contra él.
-
-—Señor don Aparicio —dijo don Fernando después de una pausa—, he visto
-a Dios.
-
-—¿A Dios?... ¿Dónde, amigo mío, dónde?
-
-—Aquí, aquí mismo, en este oscuro calabozo. He visto pasar ante mí
-también mi vida entera, y me han ocurrido cosas que espantarán a usted
-cuando se las refiera.
-
-—¡Es singular! ¡Ver a Dios y no pedirle que nos sacara de aquí!... ¡Ah!
-Usted tiene razón: seamos piadosos y buenos cristianos en esta hora
-suprema, único medio de que nos favorezca el Señor. Chillar y jurar con
-desesperación en estos trances no es propio del espíritu cristiano.
-Recemos, señor don Fernando; oremos humildemente con toda la compostura
-y devoción posibles. No se me olvidó el rosario, aquí está. Pidamos a
-Dios de todo codo corazón que...
-
-—Antes conferenciemos un poco —dijo Garrote—, pues no solo tengo que
-revelar a usted secretos muy graves, sino pedirle consejo y parecer
-sobre algún punto delicado de conciencia.
-
-—Ya soy todo oídos.
-
-—Bien sabe usted, venerable amigo, que he sido gran pecador, un hombre
-disoluto, despreocupado, vicioso, un libertino. Verdad es que jamás me
-separé de la Iglesia; pero esto no atenúa mis grandes faltas, ¿no es
-verdad?
-
-—Verdad. Respecto a sus escándalos, amigo Garrote, muchos y grandes
-han sido en la Puebla. He oído contar horrores; mas nunca me atreví a
-reprenderle, por ser usted un excelente sujeto y haber tenido conmigo
-delicadas deferencias. Tratándose de los más humildes feligreses de
-mi parroquia, sí me atrevería yo a reprenderles sus vicios; pero a un
-señorón como usted...
-
-—La ley de Dios es igual para todos... Pero vamos adelante. Desafueros
-cometí, honras atropellé, causé desdichas, y no hubo casa donde yo
-pusiese mi planta maldita que al instante no se inficionase con la
-corrupción y deshonra que llevaba conmigo.
-
-En este tono y con verdadera humildad cristiana prosiguió don Fernando
-refiriendo sus culpas, sin detenerse en los casos particulares, hasta
-que, llegando al punto capital de su confesión, dijo lo que sigue:
-
-—Pero la más grave de mis faltas, por el cúmulo de circunstancias
-denigrantes que en ella hubo, fue la deshonra de una doncella de
-Pipaón, a quien engañé valiéndome de pérfidas astucias, impropias de un
-caballero; sí: pérfidas astucias y torpísimas artes que voy a enumerar
-una por una, aunque al referirlas la lengua parece que se me abrasa, y
-el rubor que enciende mi cara es como si una llama la envolviera toda.
-
-Respiró con ansia, y luego refirió lamentables escenas y
-acontecimientos, que omitiremos por no ser de indudable interés para
-esta historia. Con los ojos cerrados, apoyada la calenturienta sien
-contra el tabique, entreabierta la boca, la mano izquierda en el suelo,
-para apoyarse, y la derecha sobre el corazón, iba contando don Fernando
-sus execrables ardides, y soltaba las palabras una a una, cual si su
-arrepentida conciencia se recrease en las torpezas que echaba fuera,
-para quedarse pura y limpia. Cuando concluyó aquel capítulo bochornoso,
-oyose la débil voz de Raspaldiza que decía:
-
-—Horroroso, infame, execrable es todo eso; pero el arrepentimiento es
-sincero, y por grandes que sean las culpas de los hombres, mucho mayor
-es la misericordia de Dios.
-
-—Nació un niño —dijo don Fernando, cuya alma se iba sublimando a medida
-que adelantaba la confesión—, y aquí vienen nuevas infamias mías, pues
-sabiendo que la madre y el hijo estaban en la miseria, no me cuidé
-de socorrerles. Un día pasé por Pipaón y enseñáronme al muchacho que
-estaba jugando en las eras. Tenía los zapatos rotos y todo su vestido
-hecho pedazos. Causome su vista cierta aflicción pasajera; pero nada
-más: salí de Pipaón aquella misma tarde, y no volví a acordarme de
-ellos. Por último, después de más de veinte años de olvido, he aquí lo
-que sucede... Salgo en busca de fabulosas hazañas, y a los pocos pasos
-mis ilusiones se disipan como el humo... ¡la mano de Dios!... Me traen
-aquí prisionero, y sin más lances me destinan a morir y me encierran
-en este calabozo... ¡la mano de Dios!... Luego se presenta un joven,
-le hago algunas preguntas, me dice su nombre, que es el de Salvador
-Monsalud, y en él reconozco a mi hijo... ¡por tercera vez la mano de
-Dios!...
-
-—¡Salvador Monsalud! —exclamó el cura alzando las manos—. ¡Ese perdido,
-ese afrancesado, ese traidorcillo borracho!...
-
-—El mismo, el mismo —dijo Garrote—; es un monstruo, es como el crimen
-que le engendró, y Dios me le ha puesto delante para hacerme conocer la
-horrible magnitud de mis culpas, como un ejemplar vivo del pecado que
-engendró el pecado.
-
-—Conozco a la pobre doña Fermina, y ahora me explico algunas frases
-oscuras que sorprendí algunas veces... ya... Es una excelente mujer;
-pero a Salvador le tengo por un muchacho arrebatado y sin discreción,
-ni prudencia, ni honor, ni respeto a los mayores; sin amor a la patria,
-ni religiosidad, ni sentimiento alguno que le recomiende. ¡Bendito
-sea Dios, y qué cosas hace! ¡Que de un caballero tan cumplido como
-usted, de un noble señor, algo libertino, sí, pero ilustre y generoso,
-descienda esa bestezuela desleal, ese muchacho sin pudor ni honor!...
-¡Bien dice usted que ha sido para castigo!... ¿Está usted seguro de...?
-
-—Hijo mío es. Mi vida abominable no podía dar otro fruto. Es hermoso de
-cuerpo; pero su alma es horrible. Si por favor especial del cielo yo
-viviera, la idea de haber dado el ser a criatura tan execrable, sería
-para mí causa de constante horror.
-
-—¡Oh, sí... le conozco!... Diré a usted, amigo mío: antes de marchar
-a Madrid, Salvadorcillo no era mal muchacho, aunque muy casquivano y
-distraído; pero después que se juntó con su tío y renegó, hase vuelto
-el más despreciable muñeco que puede verse.
-
-—La vergüenza que me causa la paternidad de un renegado envilecido
-—dijo don Fernando—, de un joven cuyas absurdas ideas son tales que
-parece que habla Satanás por su boca, es uno de los mayores tormentos
-de esta última noche de mi vida... Varias veces tuve las palabras en
-la lengua para revelarle los lazos que a mí le unían; pero enmudecí,
-porque todo lo que de noble y honrado existe en mi alma se sublevaba
-contra el fatal parentesco, y aquí, Señor don Aparicio de mi alma,
-entra el grave punto de conciencia que quería consultar con usted
-después de mi confesión.
-
-—Sepámoslo... pero se me figura que aumenta la algazara de esos
-borrachos. Parece que se acercan a las puertas de este edificio, y
-aúllan junto a ellas como una manada de lobos carniceros.
-
-—La cuestión es esta —dijo Garrote sin hacer caso del terror de su
-amigo—. Dadas las deplorables circunstancias del carácter de Salvador,
-sus infames ideas, su irreligiosidad, su traición, su envilecimiento,
-¿debo revelarle que es mi hijo?
-
-Calló Respaldiza largo rato, y al fin, repetida la pregunta por don
-Fernando, contestó:
-
-—Según y conforme... Perverso es el niño, e indigno por todos
-conceptos de tener por padre a un caballero ilustre y tan patriota
-como el Señor don Fernando, en quien algunas faltas, hijas de la
-flaca condición humana, no disminuyen sus altas prendas: despreciable
-es el muchacho, digo; pero por malo que le supongamos, y aunque su
-herejía y envilecimiento hayan secado en él el manantial de todos los
-sentimientos generosos, es imposible que al ver a su padre en esta
-mazmorra, acompañado de un infeliz amigo, no imagine alguna bellaquería
-o travesura para ponerles a entrambos en libertad.
-
-Garrote dio un suspiro, cambiando de postura, por serle insoportable la
-que desde el principio del diálogo tenía.
-
-—Yo pregunto con mi conciencia y usted contesta con su egoísmo...
-Monsalud no puede salvarnos... además, yo no quiero salvarme; no, ¡mil
-veces!, yo deseo la muerte.
-
-—¿No puede salvarnos? —preguntó el cura con desconsuelo.
-
-—No, porque sus compañeros no se lo consentirían; además, ha dejado
-hace un rato de ser nuestro carcelero, y en este momento quizás esté
-con su regimiento camino de Vitoria.
-
-—¡Oh qué desgraciada suerte!... ¡Me parece que esos condenados nos
-quieren asesinar!... ¿Oye usted sus infames carcajadas?
-
-—Las oigo, sí, pero no las escucho... El parecer de usted es lo que me
-preocupa y lo aguardo con impaciencia.
-
-—Por todos los santos, si no ha de ver más a Salvador, ¿para qué ha de
-quebrarse los cascos por saber lo que más conviene decirle?
-
-—Únicamente pido a usted consejo —dijo Navarro con impaciencia— sobre
-mi conducta pasada. Es decir, ¿hice bien o hice mal en callar el
-secreto, dejando a ese desgraciado en la orfandad lastimosa que a mi
-juicio merece?
-
-—Bien, bien, admirablemente hecho —repuso el clérigo con cansancio—.
-El infame mozuelo que se ha vendido a nuestros enemigos, que abandonó
-a su madre, que se burló descaradamente de mí, amenazándome con
-ahorcarme, no tiene derecho a ser hijo de alguien, no, ni menos a
-enfatuarse con descender del nobilísimo tronco de los Navarros.
-
-—Pero revelarle todo habría sido grande humillación, habría sido
-ponerme al nivel de su bajeza, de su herejía, de su villanía, y, por
-tanto, habría sido también expiación de mis culpas, y nuevo purgatorio
-añadido al que merezco y necesito.
-
-—No tanto, no tanto —afirmó el cura—. Bastante ha padecido usted en
-descargo de sus pecados. Revelar a Salvador la nobleza de la sangre que
-por sus venas corre, sería en cierto modo santificar sus errores, y
-conviene que siga abandonado a su triste destino. Allá se las entenderá
-con Dios. El deber de usted consiste en perdonarle y pedir a Dios que
-ilumine al perverso mancebo.
-
-—Pecador fui, pecador soy —dijo don Fernando elevando al cielo los
-ojos y cruzando las manos—; pero he conservado los sentimientos
-fundamentales, el amor de Dios y el honor... Aborrezco todo lo que
-Dios aborrece, y amo todo lo que Él ama... ¡Oh, señor mío Jesucristo,
-tú que me ves en esta última hora regenerado por el arrepentimiento y
-la penitencia, no quieres, no puedes querer que ese miserable lleve mi
-nombre; no puedes querer que en su detestable vida asocie su infamia
-a mi apellido, y ya que no me deshonró en vida con su traición, me
-deshonre muerto! ¡La traición! Solo al pronunciar esta palabra tiemblan
-mis carnes, y mi alma entrevé un infierno de vergüenza, más espantoso
-que el de las llamas que abrasan el cuerpo. ¡La traición! ¡Pasarse al
-enemigo, ser bandido como él, ateo como él, ladrón como él, borracho
-como él! ¡Ah! Todos los crímenes, incluso los que yo he cometido,
-me parecen faltas veniales comparadas con esta. Quédese, pues, ese
-malaventurado hijo mío en la oscuridad de su nacimiento, que será
-perpetua y profunda, como las tinieblas que envuelven su alma. Él ha
-querido ser espúreo, espúreo será. Si la naturaleza nos hizo proceder
-el uno del otro, entre un renegado por convicción y un caballero
-español, entre un insensato ateo y un cristiano piadoso, entre un
-jacobino de esta nueva raza execrable, condenada por Dios, y un hombre
-recto, vasallo humilde de su rey, no debe, no puede haber parentesco.
-
-Dijo esto don Femando Garrote en alta voz, al modo de oración, y tan
-creído estaba de que Dios, a quien tal discurso dirigía, aprobaba sus
-sentimientos y su rigurosa intolerancia, que se quedó muy tranquilo,
-meditando sobre las profundidades del ancho abismo abierto entre él y
-su abandonado hijo.
-
-—¿No les oye usted? —gritó de pronto Respaldiza, golpeando el tabique—.
-Han vuelto a acercarse a la puerta de este cuarto, y gritan y juran.
-¡Parece que se alejan! ¿Oye usted, Señor don Fernando?
-
-—Y si por favor especial de Dios —repuso Garrote, indiferente al pánico
-de su compañero de desgracia y mortificado por punzantes dudas—, ese
-infeliz muchacho al verse honrado por mi nombre, se enmendara de sus
-extravíos...
-
-—¡Enmendarse! —exclamó el cura—. Haríalo hipócritamente por engañarle a
-usted si vivía...
-
-—Es verdad, es verdad, no puede ser —añadió don Fernando—. Los que
-nos han puesto el infame mote de _serviles_; los que insultan a los
-valientes guerrilleros, llamándoles ladrones de caminos y asesinos; los
-que en sus inmundas gacetas hacen befa de las cosas santas y de los
-ministros de Dios, y parodian a los franceses, imitando su lenguaje,
-sus costumbres, sus ideas, esos no pueden ser nuestros hijos, ni
-nuestros hermanos, ni nuestros primos, ni nada que con nosotros se roce
-y enlace; no pueden de ningún modo nacer de nosotros... Esa gente no es
-gente, esos españoles no son españoles. Entre ellos y nosotros, lucha
-eterna.
-
-—Para poner motes se pintan solos —dijo el cura, dejando caer una
-gota de humor festivo en la amarga copa que uno y otro bebían—. A
-nosotros nos llaman _lechuzos_, y a la Santa Inquisición la llaman
-_Chicharronismo_. No puede darse desvergüenza igual. Por eso es cosa
-corriente en el país, que a los guerrilleros de estas montañas les
-queda mucho que hacer, después de acabar con los vándalos de fuera.
-
-No lo oyó don Fernando, porque se había arrastrado a gatas hasta el
-centro de la pieza, y allí, puesto de hinojos, alzados los brazos y la
-mirada fija en el techo, entabló nuevo coloquio con la Divinidad en
-estos términos:
-
-—Señor que me has criado, que me has conducido a este fatal término,
-mi castigo ha sido grande, pero merecido... ¡Oh!, si volviera a
-nacer, no saldría jamás del camino de la justicia y del deber... Me
-has puesto delante el monstruo engendrado por mis errores; me lo has
-puesto delante para que vea cuán horribles frutos deja en el mundo
-la depravación. Para tormento, para horrorosa penitencia mía, el
-dulce regocijo que la naturaleza debía infundirme en presencia de ese
-joven, se ha trocado en vergüenza, en aborrecimiento, en horror. ¿No
-es bastante pena, Dios mío?... Cumplo con mis deberes de cristiano
-resignándome a morir, y sufriendo el bochorno que mi parentesco con tal
-monstruo me produce; cumplo con mis deberes de caballero y de español,
-repudiando a ese hijo precito, apartándole de mí y de mi memoria para
-siempre. ¿Es de tu agrado esta conducta, Dios mío? Mi conciencia está
-tranquila, y muero en ti, fiando en que mis pecados serán perdonados, y
-mi conducta como cristiano, como caballero y como español aprobada en
-tu supremo tribunal.
-
-¿Qué respondió Dios a esto? Pronto lo sabremos.
-
-Don Fernando se humilló en el suelo, y dijo para sí:
-
-«¡Virgen santa! ¿Por qué me empeño en estar tranquilo y no lo estoy?»
-
-Respaldiza le llamó, diciéndole con voz angustiosa:
-
-—Señor don Fernando de mi alma, ¿no les oye usted? Parece que quieren
-echar abajo la puerta de este cuarto. Chillan, chillan y vociferan...
-Sin duda quieren asesinarme; señor don Fernando, por amor de Dios,
-ampáreme usted.
-
-En efecto, oíase violento rumor de golpes y porrazos. Don Fernando, que
-hasta entonces no había tenido miedo a la muerte, sintió escalofríos en
-todo su cuerpo, y el corazón le palpitó con vivísima inquietud.
-
-«No, no estoy tranquilo —dijo para sí—. ¡Si permitirá Dios que tenga
-miedo en esta hora tremenda!... Conciencia mía, ¿estás tranquila?»
-
-—Esos salvajes quieren penetrar aquí para ensañarse en mi cuerpo
-miserable —gritó entre sollozos el cura—. ¡Señor mío Jesucristo,
-piedad! ¡Piedad, santa Virgen de la Asunción, señora y patrona mía!
-
-—Esto es horroroso —exclamó don Fernando corriendo de un lado para otro
-en la oscura pieza—. Que nos fusilen... pero que no nos arrastren, ni
-nos destrocen, ni nos escupan, ni nos insulten... ¡Piedad, misericordia!
-
-Los gritos de la salvaje turba que graznaba en la puerta del calabozo,
-donde, viviendo aún, moría de terror el desgraciado don Aparicio
-Respaldiza, aumentaban de rato en rato, y al fin era tanto el ruido,
-que don Fernando no pudo oír los lamentos de su infeliz amigo. Oyó, sí,
-que la puerta se rompía; conoció que multitud de soldados franceses y
-algunos españoles entraban en tropel, rugiendo como bestias coléricas;
-comprendió que se abalanzaban sobre el pobre sacerdote, y oyó estas
-palabras en claro y soez castellano:
-
-—Cortarle las orejas.
-
-Después llegaron a sus oídos agudos ayes y clamores de la infeliz
-víctima; sintió que la llevaban fuera atropelladamente; la fúnebre y
-horrenda procesión se presentó a su fantasía con formas tan espantosas
-que tuvo miedo, un miedo indescriptible, inmenso, y cayó de rodillas,
-clamando:
-
-—Señor mío Jesucristo, ¿todavía más?
-
-Parecía que una voz contestaba en lo alto:
-
-—Sí, más todavía.
-
-
-
-
-XX
-
-
-A poco de salir de la prisión, Monsalud se serenó un tanto; mas por
-algún tiempo estuvieron aún sus entendederas en lastimoso eclipse. No
-era de aquellos a quienes la bebida impulsa a desaforados disparates de
-palabra y obra, sino que, por el contrario, en aquella su embriaguez
-primera, después de algunos minutos de estúpida animación, sintiose
-amodorrado y con tristeza tan congojosa, que el cielo parecía habérsele
-puesto sobre los hombros. Sus amigos españoles renegados y franceses
-bebían y jugaban a los naipes, reunidos en alegres grupos dentro de la
-sala que servía de cuerpo de guardia, y también en el patio. Los del
-convoy, paisanos y militares, habían ido allí atraídos por el olor de
-los riojanos pellejos; pero como se acercara la hora de partir y el
-descanso de bestias y hombres había sido grande, se disponían a seguir
-su camino.
-
-Advirtió Salvador que algunos jurados y cazadores franceses,
-soliviantados por el vino, hacían tan infernal ruido como si todo el
-ejército de José estuviese bailando dentro de una sola pieza. Mareado y
-aturdido, anhelando silencio y reposo, Monsalud huyó de su compañía y
-fue al patio, donde algunos paisanos graves y sargentos con ínfulas de
-coroneles, dirigiendo en pomposas espirales hacia el limpio cielo, cual
-si quisieran empañarlo, el humo de sus pipas, hacían cálculos sobre la
-campaña emprendida y los acontecimientos que se aguardaban para el día
-siguiente.
-
-—Salvador —dijo un francés, asiendo a nuestro amigo por un botón de su
-uniforme—, ¿has oído algo?
-
-—¿De qué? —preguntó Monsalud dejándose caer sobre un banco y cerrando
-los ojos.
-
-—De la campaña. Toda la división está en movimiento. ¿No oyes las
-carcajadas al otro lado del Zadorra?
-
-—Sí, ya las oigo.
-
-—Buena hora has escogido para dormir —añadió el francés intentando
-poner en pie al aturdido joven—. Arriba, muchacho, que nos vamos.
-
-—¿A dónde?
-
-—A Vitoria con el convoy grande.
-
-—¡Con el convoy grande! —repitió Salvador alargando los brazos, cual si
-quisiera alcanzar el cielo con ellos—. ¿Pues no ha salido ya?
-
-—¡Bestia! El vino te ha puesto el entendimiento del revés. Salieron los
-carros que llevó consigo el general Maucune.
-
-—¿Y nosotros salimos ya, o estamos aún aquí? —preguntó Salvador—. Juro
-a usted, señor Jean-Jean, que no lo sé.
-
-—Te lo explicaré a puñetazos —repuso el formidable dragón.
-
-Zumbido lejano atrajo entonces la atención de todos.
-
-—¡Un tiro de cañón! —exclamaron unos.
-
-—¿Hacia qué parte?
-
-—Juro que es hacia Subijana.
-
-—Hacia la Puebla.
-
-Monsalud, participando de la general curiosidad, trató de sacudir el
-pesado sopor que embargaba sus sentidos.
-
-—¡Una batalla!... ¿pues qué hora es?
-
-—Quizás las avanzadas estén reconociendo alguna posición... Señores,
-mañana 22 será un día de sangre: lo dice Plobertin, que ha visto el sol
-de muchos días de batalla.
-
-—Es desgracia que no podamos asistir a la gran acción que se prepara,
-señor Jean-Jean —dijo Salvador—, y que a hombres de tal temple se les
-destine a custodiar cofres y estuches.
-
-—¡Oh, joven Epaminondas! —repuso con socarronería el astuto dragón—,
-no envidies a los que se han de cubrir de gloria en el día de mañana.
-Soldado viejo soy, y te juro que mientras más cruces gano para mí y más
-tierras conquisto para nuestro Emperador, más anhelo la paz. Marchemos
-tras los cofres y por el camino. Seamos galantes con las señoras que
-van en el convoy, recomendándonos a ellas como soldados de Friedland y
-de Essling; glorifiquemos a la Francia y bendigamos a Napoleón... por
-no habernos llevado a la campaña de Rusia.
-
-Reinaba cierta inquietud entre la tropa que no había perdido el sentido
-con la embriaguez. Por otra parte, varios paisanos y bagajeros, y unos
-cuantos soldados franceses de la peor especie se habían cogido del
-brazo y recorrían parte del camino en burlesca procesión, gritando y
-cantando: algunos de ellos, que apenas podían tenerse en pie, eran
-llevados en vilo por sus compañeros. Luego que berrearon a sus anchas,
-insultando a las infelices señoras que aguardaban junto a sus coches la
-partida del convoy, tornaron al patio, y acercándose a la puerta que
-daba entrada a las habitaciones de los presos, la golpearon de tal modo
-con patadas y puñetazos, que a ser débil se quebrantara al instante
-hecha menudas piezas. La turba embriagada quería que le entregaran a
-los dos infelices prisioneros para anticipar el castigo impuesto por la
-superioridad militar.
-
-—¿Pero aquí no manda nadie? —dijo el francés que respondía al nombre de
-Plobertin—. Esta canalla hará una atrocidad si la dejan.
-
-—¡Que nos entreguen al cura, al cura! —gritaba la turba furiosa—. Al
-cura y al sacristán.
-
-Y golpeaba la puerta, que a fuerza de porrazos comenzaba a resentirse.
-
-—Aquí viene el capitán —dijo Jean-Jean—. Mandará dar veinte palos a
-los borrachos, y hará cumplir la sentencia.
-
-Un capitán francés reprendió a los revoltosos su estúpida crueldad,
-amenazándoles con fuerte castigo; pero aquel, como los demás oficiales
-alojados allí, estaba en gran zozobra por causa más grave que las
-travesuras de algunos soldados ebrios, y regresó al lado de sus
-compañeros, dejando tras sí el tumulto.
-
-—Vámonos por no ver esto —dijo Plobertin—. Parece que algunos carros se
-han puesto ya en marcha...
-
-—Nosotros formamos a retaguardia —dijo Monsalud—; hay tiempo todavía.
-
-—La gentuza vuelve a las andadas —indicó Jean-Jean—. La puerta no
-resistirá mucho tiempo más: no es esa la Zaragoza de las puertas.
-
-—¡Que las paguen todas juntas! —afirmó otro individuo del respetable
-cuerpo de dragones—. Ese cura y ese sacristán son guerrilleros, que
-es como decir salteadores de caminos. Pues qué, ¿hemos de tratarles
-con mimo, después que ellos han asesinado a centenares de hombres
-pertenecientes, como quien no dice nada, a la nación francesa?
-
-—¡A la nación francesa! —repitió el zapador Plobertin encendiendo su
-pipa—. La nación francesa pide venganza... La verdad es que el cura y
-el sacristán no merecen mis simpatías.
-
-—Pues yo —dijo Monsalud con resolución—, si encontrase quien se
-decidiera, arremetería contra esa chusma y les haría entrar en razón.
-
-—Joven Temístocles —exclamó Jean-Jean—, menos fuego. ¿Pueden tus
-paisanos colgar de los árboles racimos de franceses, descuartizarlos,
-meterlos en los pozos y asarlos en los hornos, y nosotros no podemos ni
-siquiera desorejar a uno de tus desalmados curas y monagos?
-
-—El honor de la Francia —dijo Plobertin— pide que se les fusile al
-momento.
-
-—Pero sin martirizarles vergonzosamente —añadió con viveza Monsalud—.
-Si el rey lo sabe, castigará a los que le están deshonrando con esta
-algarada salvaje.
-
-—En esto de mortificar a los guerrilleros y curas con pistolas —afirmó
-Jean-Jean—, yo digo como nuestro rey Luis XV de la antigua dinastía:
-_Laissez faire, laissez passer_. Conque a caballo, señor Monsalud, que
-marcha el convoy.
-
-La confusión y el alboroto iban en aumento, y no había autoridad que
-mandase, ni voz alguna que contuviese a los desalmados. Fueron y
-vinieron algunos oficiales; pero sin desplegar la energía que el caso
-requería, porque acostumbrados a considerar a los guerrilleros como
-bestias malignas, toleraban los desmanes de la embriagada soldadesca, o
-al menos no se cuidaban de atajar una brutalidad que creían justificada
-por la salvaje fiereza de los partidarios.
-
-La puerta cedió al fin, y los gritadores se precipitaron por ella
-dentro del edificio. Encontrábase primero frente a la puerta principal,
-otra más pequeña, que era la que daba ingreso a la celda del cura, y
-que, por ser endeble, fue brevemente echada al suelo de una patada.
-Pocos momentos después, el infeliz don Aparicio Respaldiza salía
-empujado y arrastrado por la soldadesca, mutilado el rostro, cubierto
-de sangre, abofeteado, injuriado, escupido. Medio muerto de espanto,
-encomendaba el desgraciado su alma al Señor, y en aquel momento
-angustioso, aquel hombre no exento de faltas, aunque tampoco perverso;
-mal sacerdote sin duda, pero antes por error y falsas ideas que por
-maldad, si tuvo la flaqueza de pedir misericordia a sus viles verdugos,
-luego que se vio arrastrado irremisiblemente al suplicio sin vislumbrar
-remedio, les perdonó a todos y supo morir como cristiano.
-
-Llevole la turba a un campo cercano, donde algunos robustos árboles
-convidaban a colgar del alto ramaje el cuerpo del infeliz enemigo
-vencido, indefenso, y mientras se consumaba el sacrificio, se
-regocijaban con la idea de repetir la función en la persona del que
-llamaban sacristán, a pesar de que su aspecto no indicaba tan humilde
-oficio.
-
-Monsalud, que desde el patio presenciaba la feroz escena, baldón del
-humano linaje, mas no por eso rara en aquella guerra, que tanto tenía
-de heroica como de salvaje, sentía en su alma violentísimo coraje y
-vergüenza. Al ver que llevaban al suplicio, ya mutilado y moribundo,
-al infeliz Respaldiza, acordose del otro preso; un vago sentimiento le
-agitó, sintió algo semejante a dulce recuerdo, o a esos misteriosos
-rumores del corazón que a veces gimen en los oídos de nuestra alma, sin
-que entendamos claramente lo que quieren decirnos. Inquieto y dominado
-por profunda aflicción, que no acertaba a explicarse, dirigiose a la
-rota puerta del edificio. Allí estaba el sargento poco antes encargado
-de la custodia de los prisioneros, y en compañía de dos o tres bárbaros
-como él contemplaba estúpidamente, con las manos juntas atrás y su pipa
-en la boca, el fúnebre _via crucis_ del cura hacia el monte cercano.
-
-—¡Bestia! —le dijo enérgicamente Monsalud—. ¿De ese modo guardas a los
-prisioneros?
-
-El sargento soltó la carcajada de la insensibilidad aumentada por el
-vino, y alzando los hombros, repuso:
-
-—¿Y qué?... ¿No les habían de matar de madrugada?... ¿Dónde están los
-oficiales? Si ellos no cumplen con su deber, ¿qué puedo hacer yo?
-
-—¡Miserable! —gritó el joven con furia—. Si esos verdugos se hubieran
-empeñado en romper esa puerta antes de las doce, hora que salí de
-guardia, me habrían cortado a mí las orejas antes de tocar el pelo
-de la ropa a los prisioneros... Déjame entrar; queda ahí dentro un
-infeliz, que no morirá como mueren los cerdos.
-
-El sargento y los suyos hicieron como que querían defender la puerta.
-
-—¡Atrás! —gritó Monsalud—. Dame la llave de la prisión del sacristán.
-
-Briosamente arrebató la llave de manos de carcelero.
-
-—Monsalud —dijo el sargento, fingiendo la entereza de un hombre de
-bien—, ¿quieres salvar a ese hombre? Está más loco que don Quijote, y
-a todos los que entran a verle les llama hijos para que le pongan en
-libertad.
-
-—¡Estúpido farsante! —repuso el joven—. ¿Te atreves a darme lecciones
-de disciplina, de honor y de obediencia, tú que has faltado a todas las
-leyes de la Ordenanza y de la humanidad?
-
-—Lo digo —añadió el carcelero blasonando de decencia— porque para sacar
-de aquí el sacristán, pasarás sobre mi cadáver.
-
-—¡Y sobre el mío! —repitieron los otros, alguno de los cuales no se
-podía tener de borracho.
-
-—¡Atrás, a un lado! —vociferó Monsalud abriéndose paso y tomando la
-linterna que estaba en el suelo—. No puedo salvar a ese hombre, porque
-el general le ha condenado a morir; pero mientras yo aliente, canallas
-cobardes, un caballero honrado y decente no morirá, ya lo he dicho,
-como mueren los cerdos. Los infames vuelven: no hay tiempo que perder.
-Adentro.
-
-Abrió con mano firme la puerta del aposento en que gemía don Fernando
-Garrote. El infeliz anciano, al comprender que sacaban arrastrado a su
-compañero, después de mutilarle, había sentido, como antes dijimos, un
-terror violentísimo que dio al traste con toda su entereza y varonil
-grandeza de ánimo. Extraviose su razón, dio voces, y cuando entró el
-sargento le habló como si fuera Salvador. Levantose del suelo en que
-yacía, y como loco corrió de un muro a otro buscando salida, y se
-aporreó las manos contra ellos, cual si a puñetazos pudiese horadarlos.
-La unción religiosa huyó de su mente: huyeron la resignación, la
-paciencia, la cristiana humildad, dejando tan solo el impetuoso
-instinto. Gritaba con desesperación:
-
-—Jesús divino, ¡solo tú sabes padecer, solo tú sabes morir! Soy hombre
-y acepto la muerte; pero no el tormento, no la vergüenza, no el
-martirio, no las manos ni la saliva de la soez plebe en mi rostro, ni
-la ignominiosa cuerda en mi cuello, ni el filo villano de sus navajas
-en mi piel... ¡Piedad, misericordia, Dios mío! ¡No tengo valor! Soy una
-mujer, un pobre niño.
-
-Con febril ansiedad, y aunque sabía que ninguna arma llevaba sobre sí,
-registró todos sus bolsillos y ropas, buscando un cortaplumas, una
-aguja, un alfiler con que darse la muerte.
-
-—¡Nada, nada! —exclamó con desesperación—. Dios poderoso, ¿tan malo,
-tan perverso he sido?...
-
-En aquel instante una claridad rojiza deslumbró sus ojos, y en medio de
-ella, como el ángel de una aparición divina, vio don Fernando Garrote a
-Salvador Monsalud. Sorprendido por aquella imagen que en el momento más
-angustioso de su vida se le presentaba, don Fernando cayó de rodillas.
-
-—¡Eres tú, Salvador, hijo mío querido, eres tú! —exclamó desahogando
-con efusión su alma—. Vienes a salvarme... sí, sí. Tengo miedo: Dios
-me abandona, y no me permite morir con la dulce y tranquila muerte del
-buen cristiano.
-
-—He tenido lástima —dijo Salvador con voz balbuciente— y he venido...
-
-—¡A salvarme!... ¡Oh justicia! ¡Oh lección divina! —gritó vertiendo
-amargas lágrimas don Fernando Garrote—. ¡Has sido tú más generoso que
-yo! Sí, más generoso, querido hijo mío... Bien me decía el corazón
-que mi conducta era egoísta y mezquina. Salvador, por orgullo, por
-preocupaciones más fuertes para mí que la razón, por egoísmo, te oculté
-un secreto, cuya confesión debía ser para mí una deuda sagrada.
-
-Salvador no comprendía nada, y pensando tan solo en el objeto de su
-visita, dijo:
-
-—Pronto llegarán: aún puede usted...
-
-—He sido un miserable, he sido un egoísta: las ideas adquiridas en las
-disputas de los hombres, las he sobrepuesto a los sentimientos más
-dulces de mi corazón, a mi conciencia y a mis deberes. Salvador, este
-miserable que ves aquí a tus pies, humillado y envilecido, es el que
-te ha dado la vida, es tu propio padre, que por su mala suerte y su
-indisculpable apatía no ha tenido hasta hoy la dicha de conocerte.
-
-El semblante de Salvador, atónito primero, expresó después la más
-desconsoladora incredulidad. Una sonrisa, impropia ciertamente del
-lugar y de la ocasión, vagó por sus labios; pero recobrando al punto su
-seriedad, y movido a gran compasión por el triste estado mental que en
-el anciano suponía, le dijo con frialdad:
-
-—Señor Garrote, yo no tengo padre.
-
-Estas palabras atravesaron como una espada de hielo el corazón del
-desgraciado Navarro.
-
-—En nombre de tu santa y buena madre, en nombre de Dios —dijo—, en
-nombre de Dios, no me desmientas... He sido un infame egoísta, he sido
-un necio lleno de orgullo hasta en esta ocasión tristísima, pues hace
-un momento me horrorizaba la idea de llamar hijo a un traidor renegado.
-Dios me ha castigado por esto; pero, siempre misericordioso conmigo,
-te me ha puesto delante en mi última hora, para que mi confesión sea
-completa. ¡Bendito sea Dios!
-
-—Desgraciado loco —dijo Monsalud, contemplando al reo con impasible
-calma lastimosa, tan extraño a los sentimientos que este expresaba,
-como si fueran de otro mundo—. Comprendo que en situación tan aflictiva
-trate de seducir a sus carceleros llamándoles hijos. Todo es inútil
-conmigo, porque no he venido aquí a librarle a usted de la muerte.
-
-—¡No me cree! —rugió don Fernando arrojándose en el suelo—. Dios mío,
-Dios justiciero, que así prolongas mi castigo, ¿más todavía?
-
-Una voz del cielo pareció responder:
-
-—Sí, todavía más.
-
-—Viendo que era inevitable para usted un fin tan horrible como el
-del pobre Respaldiza —dijo Salvador llevando la mano al cinto, donde
-tenía las pistolas—, y suponiéndole hombre de valor, he creído que era
-caritativo proporcionarle un medio de evitar la ignominia de martirio
-tan bárbaro.
-
-Don Fernando se levantó de súbito. Parecía un esqueleto con vida,
-y con toda la vida en los ojos. Oyéronse en aquel instante los
-desaforados gritos de la turba que volvía. Estremeciose el anciano,
-dominado nuevamente por un terror congojoso; aparentó luego serenidad
-heroica, y contemplando al mancebo con altanería, exclamó:
-
-—Un hombre de honor, un caballero como yo, no morirá a manos de viles
-sicarios; un hombre como yo, no será sacrificado salvajemente por tus
-crueles amigos. He cumplido contigo y con mi conciencia. No contaba con
-mi desgraciado destino ni con tu incredulidad... Que Dios me perdone lo
-que voy a hacer. Salvador, dame un arma cualquiera, y adiós.
-
-Con la seguridad de quien ve realizado su pensamiento, Monsalud entregó
-una pistola a don Fernando Garrote, diciéndole:
-
-—Eso mismo pensaba yo... Un hombre de honor, un caballero decente, no
-debe... Que Dios le ampare a usted.
-
-Don Fernando irguió con altivez la majestuosa frente, miró a su hijo
-con calma desdeñosa, le miró mucho durante un rato, relativamente
-largo, y luego, con voz trémula y solemne, en la cual había como un
-acento de pesadumbre mezclado de sarcasmo, habló de esta manera:
-
-—Salvador, gracias, muchas gracias... Que Dios te ampare y te perdone.
-Adiós.
-
-—Adiós —dijo Monsalud desde la puerta, saliendo rápidamente.
-
- * * * * *
-
-Cuando la brutal soldadesca entró atropelladamente en donde estaba el
-bravo guerrero, halló su cadáver caliente y tembloroso sobre el suelo,
-la sien partida y destrozado el cráneo. Su mano palpitante asía con
-rabioso vigor el arma.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-¡Cuántos habrá que al leer las escenas que acabo de referir, las
-hallarán excesivamente trágicas, tal vez hiperbólica la terrible pugna
-que en ellas aparece entre los lazos de la naturaleza y las especiales
-condiciones en que los sucesos históricos y las ideas políticas ponen
-a los hombres! Yo aseguro a los que tal piensen, que cuanto he contado
-es ciertísimo, y que en el lamentable fin de don Fernando Garrote no
-he quitado ni puesto cosa alguna que se aparte de la rigurosa verdad
-de los acontecimientos. Vivió el citado Garrote en los mismos años que
-le presento, y fueron su carácter, sus costumbres y sus ideas tales
-como he tenido el honor de pintarlas, salva la diferencia que entre el
-artificio de la narración y la verdad misma existe y existirá siempre
-mientras haya letras en el mundo. Cierta fue también su malograda
-expedición con el cura Respaldiza, y evidente su desastroso cautiverio
-y fin horrendo, aunque no le cupo peor suerte que a otros muchos,
-quier españoles, quier franceses, víctimas entonces del furor de las
-desenfrenadas pasiones.
-
-En cuanto a las circunstancias verdaderamente terribles que acompañaron
-al último aliento de aquel desgraciado varón, no son tales que deban
-causar espanto a la gente de estos días, la cual, viviendo como
-vive en el fragor de la guerra civil, ha presenciado en los tiempos
-presentes todos los desvaríos del odio humano entre seres de una misma
-sangre y de una misma familia; ha visto rotos todos los vínculos en
-que principalmente apoya su conjunto admirable la sociedad cristiana.
-¡Oh!, si en el santo polvo a que se reduce la carne y los huesos de
-tantos hombres arrastrados a la muerte por el fanatismo y los rencores
-políticos, quedase un resto de vida, ¡cuántas íntimas reconciliaciones,
-cuántos tiernos reconocimientos, cuántos perdones no calentarían el
-seno helado de la fosa, donde el insensato cuerpo nacional ha arrojado
-parte de sus miembros, como si le estorbasen para vivir! Y si la eterna
-vida disipa las nieblas que oscurecen aquí el pensar de los hombres,
-¡cuántos seres habrá que, en la desolación de la impenitencia y en su
-solitario vagar por la desconocida esfera, maldecirán la mano corporal
-con que hirieron el uno al hijo, el otro al hermano! La actual guerra
-civil, por sus cruentos horrores, por los terribles casos de lucha
-entre hermanos, y aun por el fanatismo de las mujeres, que en algunos
-lugares han afilado sonriendo el puñal de los hombres, presenta cuadros
-ante cuyas encendidas y cercanas tintas palidecerán, tal vez, los que
-reproduce el narrador de cosas de antaño. El primer lance de este gran
-drama español, que todavía se está representando a tiros, es lo que
-me ha tocado referir en este, que, más que libro, es el prefacio de un
-libro. Sí: al mismo tiempo que expiraba la gran lucha internacional,
-daba sus primeros vagidos la guerra civil; del majestuoso seno
-ensangrentado y destrozado de la una salió la otra, cual si de él
-naciera. Como Hércules, empezó a hacer atrocidades desde la cuna.
-
- * * * * *
-
-Púsose en marcha el largo convoy bastante después de media noche. Todo
-el camino real, desde las últimas casas de Aríñez hasta Gomecha, estaba
-ocupado. ¡Con cuánta ansiedad veían que España se iba quedando atrás
-las infortunadas familias que buscaban un refugio en Francia!
-
-—Si podemos llegar a Vitoria —decía Jean-Jean, que iba a caballo junto
-a Monsalud en la retaguardia—, estamos en salvo. Allá se las entiendan
-el rey y el mariscal Jourdan con Wellington y Hill. ¡Gran batalla
-tendremos hoy!... Pero créeme: daría una de mis manos por no verla.
-
-—Han dado orden de marchar más a prisa, señor Jean-Jean —dijo
-Salvador—. La cosa apremia. Usted da una mano por no ver esta batalla,
-y yo daría las dos por verla.
-
-—¡Oh, joven Bayardo, caballero sin mancilla! ¿Sabes lo que es una
-batalla? Un engaño, chico, una farsa. Los generales embaucan a los
-pobres soldados, les hablan de la gloria, les arrastran a la barbarie,
-les hacen morir, y luego la gloria es para ellos. Pónense a mirar
-la batalla desde una altura lejana, a donde las balas no llegan, y
-echando el anteojo a un lado y otro, hacen creer a los tontos que
-están observando distancias y calculando movimientos. Así como los
-nigromantes hablan de estrellas, ciclos, conjuros para engañar a los
-necios, los generales hablan de paralelas, ángulos, cuñas, etc...,
-y hacen garabatos en un papel... ¡Oh, yo he medido la Europa con el
-compás de mis piernas; yo he escupido mi saliva en el Austria y en la
-Rusia, y sé lo que es una acción de guerra! Después que los unos han
-destrozado a los otros a fuerza de brazo, porque aquí todo se hace a
-fuerza de puños, el general recorre a caballo el campo de batalla, y
-con sonrisa hipócrita da gracias a los soldados; manda que se asista a
-los heridos, y los cirujanos empiezan a trabajar en la carne como los
-ebanistas en la madera. Enterramos a los muertos, damos una muleta a
-los cojos y una venda a los ciegos. Nuestros nombres no se escriben en
-ningún monumento, ni nadie los sabe, ni los pronuncia más boca que la
-de nuestros compañeros. No así el general, que se pone un calvario en
-el pecho, y se echa a cuestas un título como una casa, de tal modo,
-que si hoy derrotásemos a ingleses y españoles en cualquiera de estos
-sitios que atrás dejamos, no faltaría un general que se llamase mañana
-_Duque de Subijana de Álava_, o _Príncipe del Zadorra_. Luego viene la
-historia con sus palabrotas retumbantes, y entre tanta farsa caen unos
-reyes para subir otros, sin que el pueblo sepa por qué, y los políticos
-hacen su agosto chupándose la sangre de la nación, que es lo que a la
-postre resulta de todo.
-
-Iba a contestarle Salvador, cuando una sonora y fresca voz de mujer
-gritó:
-
-—Señor Monsalud, señor Monsalud, ¡gracias a Dios que se le ve a usted!
-¡Qué prisa tiene el caballerito para dar cuenta de los encargos que
-recibe!... ¡Oh, qué prisa, sí!
-
-Monsalud, a pesar de la oscuridad, distinguió perfectamente un rostro
-femenino que por la portezuela de un coche asomaba, acompañado de una
-mano con quiroteca, cuyos dedos pajizos se movían saludando de una
-manera apremiante y afectuosa.
-
-—Perdone usted, señora doña Pepita —dijo el militar acercando su
-caballo al vehículo—. Hace dos días que no la veo a usted por ninguna
-parte. ¿Y el señor oidor cómo sigue?
-
-Un rostro acartonado y marchito, en cuya superficie brillaban con
-chispa mortecina dos tristes y ya muy viejos ojuelos, apareció un
-momento en la portezuela, y una voz fatigada pronunció estas palabras,
-que parecían una especie de limosna oral:
-
-—Buenos días tenga el señor sargento Monsalud.
-
-Y desapareció luego dentro del coche.
-
-—¿Apostamos —dijo la dama sonriendo— a que no me compró usted en la
-Puebla los polvos _a la marechala_ que le encargué, ni las pastillas de
-malvavisco?
-
-—Señora, ya sospechaba yo —repuso el joven— que en la Puebla no habría
-cosas tan finas.
-
-—¡Ah, tunante! —exclamó ella, amenazando festivamente al joven con su
-descomunal abanico cerrado, que esgrimía como si fuese una espada—.
-Disculpas... Y hablando de otra cosa, ¿cuándo llegaremos a Francia?
-
-—Pronto, señora. Si hay batalla al romper el día, como dicen, nosotros
-habremos ganado de aquí a esa hora mucho terreno, y nadie nos estorbará
-el paso.
-
-El oidor dejose ver de nuevo. Era un varón de años, flaco o indolente,
-enfermo tal vez, y parecía muy aburrido del largo viaje.
-
-—¡Batalla al romper el día! —dijo frunciendo el ceño—. Me parece que
-principia a despuntar la aurora. ¿Y hacia dónde es esa batalla?
-
-—Hacia ninguna parte, hombre —repuso con desdén y superioridad doña
-Pepita—. Tu gran miedo te hace ver batallas en las puntas de los dedos.
-¡Qué aburrimiento! No se puede ir contigo a ninguna parte... Recuéstate
-en el coche y calla, o me enojaré.
-
-—¡Todo sea por Dios! —murmuró el oidor sepultándose en el coche.
-
-—No se descuide usted en avisarme todo lo que ocurra —dijo la dama
-alzando la voz, cuando por uno de los movimientos tan propios de una
-marcha, el coche se alejó bastante de los jinetes.
-
-Monsalud la saludó con galante sonrisa, mientras Jean-Jean le decía:
-
-—Si esa señora doña Pepita, tan garbosa, con su grueso lunar velludo
-en la barba, sus buenas carnes, sus ojos negros, su cara un tanto
-arrebolada y sus quirotecas amarillas, me hubiese mirado a mí desde la
-portezuela, apuntándome con su abanico y haciéndome preguntas diversas
-desde que salimos de Valladolid, a estas horas, joven guerrero, ya
-nos trataríamos de tú, y todos mis compañeros envidiarían al sargento
-Jean-Jean. Verdad que yo soy hombre muy circunspecto y no he querido
-decirle una sola palabra, además de que no es de caballeros quitarle
-su conquista a un camarada; que si llego a hablar con ella, y echo mis
-visuales, y disparo los tiros de mi galantería, y trazo mis paralelas,
-y lanzo los escuadrones, y enfilo las piezas, y pongo el sitio en
-regla, Monsalud, en dos horas es mía la plaza; en dos horas hago yo lo
-que a ti te costará dos meses... ¿Pero en qué piensas? ¿Estás mirando
-las estrellas que desaparecen?... Salvador, Salvador, despierta, que
-estoy hablando; está hablándote todo un Jean-Jean.
-
-Profundamente abstraído y meditabundo, Monsalud había olvidado a
-doña Pepita, al oidor y a Jean-Jean. Poco después de este ligero
-incidente, la claridad del día empezó a derramarse por tierra y cielo,
-bañándolo todo con las dulces y frescas tintas de la mañana. El sereno
-firmamento parecía suspendido sobre la frente del mortal para presidir
-y proteger su alegre vida, sublimada por el trabajo, por la virtud,
-por inocentes y castos amores. El campo estaba impregnado de la
-placentera atmósfera que por el aliento penetra hasta nuestro corazón,
-inundándolo de felicidad, o, si así puede decirse, aromatizándolo,
-pues parece que balsámicas esencias penetran hasta lo más hondo de
-nuestro ser, sacudiendo los sentidos y despertando el alma con el
-estímulo de vagas emociones. Las altas montañas y los verdes prados
-se aclaraban, disipada la niebla que los cubría, mostrando su lozano
-verdor, compuesto de mil y mil hojuelas húmedas, que tiritaban al roce
-del viento. Poco después los rayos del sol se introducían por todas
-partes: en el seno de las nubes, entre el follaje de los árboles,
-en los infinitos huequecillos de los arbustos y las piedras, en la
-profunda masa cristalina de las aguas del río. Todo tomó color, y con
-el color la grandiosa existencia del día. ¡Ah!, si queréis conservar la
-dulce paz en vuestra alma, cerrad los oídos... Estrepitosos cañonazos
-resonaron a lo lejos, y el convoy entero, como si obedeciera una orden,
-se detuvo.
-
-Por algún tiempo no se oyó en todo el espacio ocupado por tantos carros
-y hombres el más ligero rumor; pero no tardó en producirse de un
-extremo a otro discordante algarabía.
-
-—Dicen que no se puede pasar de Gamarra... Los ingleses están atacando
-a la Puebla... También hay batalla por Subijana... y en Avechuco... y
-en Crispijana.
-
-Estas frases se repetían, pasando de boca en boca, y dando ocasión a
-multitud de preguntas que no eran nunca bien contestadas. La respuesta
-aumentaba la confusión.
-
-—¡Patarata! —exclamaba un jurado de los más vehementes, el cual había
-aprendido pronto la fanfarronería francesa—. El general Clausel, que
-está en la Puebla, les enseñará lo que pueden tres ingleses contra un
-solo francés. ¿Y qué nos puede importar la Puebla si queda atrás?
-Adelante.
-
-Pero los carros y coches no obedecieron la enfática orden del bravo
-dragón, permaneciendo tan quietos cual si los clavaran en el suelo.
-El día había aclarado completamente, permitiendo ver la palidez y la
-extrema ansiedad de todos los semblantes... De pronto una voz pavorosa
-recorrió de un extremo a otro la línea del convoy, repitiendo:
-
-—No se puede pasar. Crispijana ha sido atacada, y los ingleses y los
-guerrilleros han aparecido por Gamarra...
-
-La configuración del camino por donde intentaba marchar el convoy era
-la más a propósito para infundir miedo a los viajeros. Altos cerros
-a un lado y otro formaban un estrecho callejón tortuoso, por cuyo
-fondo el camino y el Zadorra culebreaban, estorbándose a cada paso.
-Frecuentemente pasaba el uno por encima del otro, cediéndole, ora la
-derecha, ora la izquierda. Aunque en la noche anterior se habían tomado
-todas las precauciones para el paso del convoy, ocupando las alturas,
-aquel repetido cañoneo que se oía más arriba ponía en gran inquietud
-a todos. Se temía que las fuerzas destacadas se hubieran visto en la
-necesidad de acudir en socorro de los de Crispijana o Gomecha... Por
-fin, después de una hora de ansiedad, moviose la larga procesión entre
-gritos de alegría. Mulos, caballos, bueyes y hombres dieron algunos
-pasos; después se volvieron o parar. Parecía una comitiva de entierro
-cuando el carro fúnebre se atasca.
-
-Pero transcurrido otro rato de ansiedades, de angustiosas preguntas y
-de mal humoradas respuestas, el dragón de mil patas marchó de nuevo con
-bastante prisa.
-
-—¿Qué hay?... Señor Monsalud, una palabra por amor de Dios —dijo la
-oidora echando fuera del coche su ostentoso lunar, su franca sonrisa,
-su rostro todo, no pequeño ni falto de gracias por cierto, su abanico y
-sus quirotecas—. Cuénteme usted lo que ocurre.
-
-—Cuéntenoslo usted —añadió el oidor asomándose también tras de su
-consorte.
-
-—No hay nada que temer —dijo deteniéndose el jinete, que regresaba de
-la vanguardia del convoy—. Camino franco hasta Vitoria.
-
-—Nos hemos detenido, señora —indicó Jean-Jean, metiéndose donde no le
-llamaban—, porque la vanguardia ha estado reconociendo el camino.
-
-—La batalla está empeñada por aquí, a mano izquierda —dijo Monsalud
-extendiendo el brazo en la dirección indicada—, y se ha roto el fuego
-por tres puntos distintos.
-
-—Por tres puntos distintos, señora —añadió el intruso Jean-Jean—.
-Quizás pasemos por sitios peligrosos. Si gusta la señora oidora, la
-acompañaré a la portezuela para preservarla de cualquier accidente.
-
-—No, gracias, retírese usted —repuso la dama con desdén—. Señor
-Monsalud, ¿se marcha usted tan pronto? ¿Perderán esa batalla? ¿La
-perderemos? ¡Ay, no me diga usted que sí!... Engáñeme usted por favor.
-
-—¡Qué se ha de perder! —vociferó el francés.
-
-—Señor sargento —dijo el oidor—, no se separe usted de nosotros. Mi
-mujer tiene un miedo espantoso.
-
-—¡Oh, sí! —murmuró la dama.
-
-—Si por desgracia nuestra nos viésemos en peligro...
-
-—No, no se separe usted de nosotros, señor Monsalud —dijo doña Pepita—.
-Mi marido cobra alientos viéndole a usted tan cerca... podría ocurrir
-algún accidente funesto; que nos viésemos envueltos, comprometidos...
-¡Cómo retumban los cañonazos en estas montañas!... Por Dios, señor
-Monsalud, distráigame usted, cuénteme cosas agradables para que con la
-conversación entretengamos y engañemos el miedo; hablemos de asuntos
-placenteros, graciosos y dulces, de esos que regocijan el espíritu y
-matan el hastío. Hágame usted olvidar que a dos pasos de nosotros se
-está dando una batalla... quiero estar alegre y reír... quiero olvidar
-y engañarme. Engáñeme usted... ¡Oh, sí! Dígame usted que no tema,
-tranquilíceme. Pero no oigo lo que usted me dice... ¡Oh!, no tema usted
-alzar la voz. Mi marido no oirá nada: es un poco sordo.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-La batalla en que doña Pepita no quería pensar, y en la cual nosotros
-no fijaremos tampoco mucho la atención, fue del modo siguiente:
-
-Ya sabemos la dirección y traza del camino real de Miranda a Vitoria,
-que va orillas del Zadorra, rozando al pasar los lindes del condado
-de Treviño. Hállanse en este camino los lugares de la Puebla, Aríñez,
-Crispijana y Gomecha, y después de deslizarse entre altos riscos,
-penetra holgadamente en la llanada de Vitoria. Ocupaban los franceses
-la orilla izquierda del Zadorra. Otro afluente del Ebro, el Bayas,
-y otro camino, el de Vitoria a Bilbao, servían de base al ejército
-aliado, que se extendía desde Murguía hasta cerca de Subijana de Álava.
-Dueños los franceses del camino de Burgos a Vitoria, tenían segura la
-retirada, así como los pasos del río, y una posición excelente en las
-alturas que rodean a la Puebla. Este camino, estos puentes y estas
-alturas eran lo que en la mañana del 21 empezaron a disputarse las
-tropas inglesas, portuguesas y españolas por diversos puntos y con
-rapidez y energía extraordinarias. El inglés Hill y el bravo español
-Morillo atacaron la Puebla y sus riscos eminentes, coronados por una
-fortaleza feudal de antiguo llamada _El Castillo_; el general Graham,
-con el guerrillero Longa, atacaron la derecha enemiga en el camino
-de Bilbao por Avechuco, y después por Gamarra Menor. Conquistados
-felizmente estos puntos extremos y altos, fueron atacados todos los
-pasos intermedios del Zadorra, el llamado Tres Puentes, Crispijana y
-Gomecha. Hubo en estos ataques alternativas sangrientas de fortuna y
-adversidad, porque los franceses los reconquistaban a medias después de
-perderlos, hasta que definitivamente los poseían los aliados. Mientras
-estas luchas horribles ensangrentaban el Zadorra, hacia el Norte se
-daba la verdadera estocada de muerte, con el movimiento de avance del
-general Graham y del guerrillero Longa, que cortaron al enemigo el
-camino de Francia. Sin otra salida que el de Pamplona, precipitose por
-él todo el ejército, con José a la cabeza; mas si los hombres que aún
-tenían piernas pudieron escapar, no gozaron igual suerte la artillería
-y la impedimenta, que se atascaron en el camino, como los ratones con
-morrión al querer huir después de la batalla con las comadrejas.
-
-Tal fue, en breves términos, la de los aliados con los franceses en
-las inmediaciones de Vitoria, acción que tuvo, como todas las obras
-maestras, una gran sencillez. Si la he descrito a grandes rasgos, no
-ha sido porque en ella encontrase menos interés ni menos elementos
-para la narración que en otras funciones de guerra, a cuyo relato di
-anteriormente, si no gran interés, atención considerable. Me mueve a
-hacerlo así, el propósito de variar la materia de estos libros, dando
-en el presente la preferencia a una curiosa fase de aquella campaña
-y de aquella guerra, cual fue la suerte del más rico botín que un
-ejército invasor se ha llevado consigo al abandonar el país expoliado.
-
-En todas las batallas hay un interés subalterno que apenas menciona
-con desdén la historia, y consiste en las vicisitudes de aquel fondo
-positivo de toda contienda entre los hombres. En todas ofrece gran
-interés el drama oscuro que se desarrolla dentro de la alforja grande
-o pequeña que los ejércitos llevan a la grupa. Mientras los generales
-se calientan los sesos haciendo cálculos tácticos, y mientras truena la
-artillería y se destrozan las falanges, allá, en la cola del ejército,
-una ciudad portátil, llevada por mercaderes ambulantes, tiembla por
-su destino. Las tiendas, los bagajes, las cocinas, las cantinas, los
-equipajes, los coches, los botiquines, las camillas, representan la
-vida y la muerte. Son la suprema necesidad y el supremo peligro de la
-batalla. Sin esto no se puede vencer, y con esto no se puede huir.
-
-Todo el interés de la batalla de Vitoria estuvo en la impedimenta.
-Hacia aquellos cofres tendiéronse anhelantes las manos crispadas de
-vencedores y vencidos. Podía decirse que aquel convoy era el resumen
-de la guerra, y que los franceses, al perderlo, perdían la tierra
-trabajosamente conquistada; al verlo tan grande, tan custodiado,
-creerían también que no pudiendo dominar a España, se la llevaban en
-cajas, dejando el mapa vacío.
-
-Y a pesar de la ruda batalla empeñada a la izquierda, el pesado
-equipaje seguía adelante, avivando el paso todo lo posible. Era una
-tortuga impaciente y azorada que ansiaba resbalar como culebra; diríase
-que la zozobra y anhelo de los que en ella llevaban sus intereses,
-impulsaban la pesada armazón. Durante cuatro horas largas no ocurrió
-detención alguna; pero a medida que se acercaban a Vitoria arreciaba el
-tiroteo, hasta que llegaron a un punto en que divisaron claramente y
-a corta distancia las columnas en movimiento y las baterías escupiendo
-fuego. Allí dieron las ruedas su última vuelta, y los caballos su
-último paso, y los cocheros su último grito, y el afligido corazón de
-los viajeros el último latido de esperanza. Todo acabó; había sonado la
-terrible sentencia: no se podía pasar.
-
-—Señor Monsalud, eso que me contaba usted —dijo poco antes de la
-detención la oidora— es tan inverosímil, que si usted no lo afirmara
-como lo afirma, lo dudaría... ¿Ella misma gritaba que le matasen a
-usted?... ¿Pero qué es esto? Nos paramos otra vez.
-
-—Otra vez, señora...
-
-—Y ahora será para siempre —vociferó Jean-Jean—. ¡La batalla está
-perdida!
-
-—¡Perdida! —exclamó doña Pepita, a punto que el oidor sacaba la cabeza
-pidiendo informes.
-
-—¿Dicen que se gana la batalla?
-
-—No, que se pierde —repuso la dama—. No seas impertinente, ni me
-estrujes el cabriolé... Por Dios, señor Monsalud, ¿nos abandona
-usted?... ¡Qué insoportable ruido! Parece que suenan mil truenos a la
-vez... Salvador, deme usted la mano, a ver si me infunde valor... ¡Por
-Dios, la mano!
-
-—Una dama valerosa como usted no se asustará porque perdamos una
-batalla —replicó el joven, alargando su mano—. Ya ganaremos otra.
-
-—La ganaremos, sí: ganaremos una hermosa batalla —dijo Pepita
-recobrando sus frescos colores—. ¡Cuán cansada estoy de la estrechez
-del coche!... Quisiera salir un momento, un momentito. ¿Nos detendremos
-mucho aquí?
-
-—_Per secula seculorum_ —gruñó detrás del coche Jean-Jean—. Esto se
-acabó.
-
-—¡Qué confusión por todas partes! —exclamó Pepita—. Mi marido llora,
-señor Monsalud: es demasiado pusilánime. Supongo que no nos harán
-nada... ¿Será preciso huir?... ¡Oh!, huir, y ¿cómo?
-
-—En el coche no es posible.
-
-—Pero sí en un caballo, ¡ay!, en la grupa de un caballo... ¡Dios mío,
-cómo gritan! Pues qué, ¿se ha perdido toda esperanza?
-
-El oidor exhibió nuevamente su fisonomía, en la cual una palidez
-cadavérica anunciaba el miedo causado por la peor noticia que un oidor
-ha podido oír en el mundo.
-
-—¡Pie a tierra todo el mundo! —gritó una voz estentórea—. Las ruedas no
-pueden seguir...
-
-—Aún hay zapatos y herraduras —clamó Jean-Jean.
-
-Casi todos los jinetes echaron pie a tierra, y muchos viajeros
-arrojáronse fuera de los coches, despavoridos y aterrados. El concierto
-de imprecaciones y lastimosas quejas, excedía a todo encarecimiento.
-
-—Salgamos también —dijo Pepita, llevando el pañuelo a sus ojos para
-enjugar una lágrima—. Pero me es imposible andar... Señor Monsalud, me
-desmayaré sin remedio... No se separe usted ni un momento de mí.
-
-El oidor salió del coche, y perezosamente estiró el acecinado cuerpo
-para devolverle su postura y forma prístina, semejante a la que tienen
-los mortales cuando no han pasado ocho horas dentro de un coche. No lo
-consiguió fácilmente el respetable varón, cuya figura, después que a
-sus anchas se desperezó y dejó caer los brazos y echó sobre las piernas
-el liviano peso del cuerpo, se asemejaba mucho a un gran paraguas
-cerrado.
-
-—¡Esto es horrible, espantoso! —clamaba la dama—. ¿Y a dónde vamos?
-¿Qué se hace? ¿Qué nos pasa? ¿Hay esperanza de seguir? ¿Nos quedamos
-aquí?... ¿Retrocedemos?... ¿Tomaremos un bocado?... ¿Nos cogerán los
-ingleses?... ¿Pues y nuestro dinero?... ¡Oh, señor Monsalud de mi alma,
-usted que es tan bueno y tan generoso, sálveme usted!
-
-—No es tan desesperada nuestra situación —repuso el joven, notando que
-el cuerpo de doña Pepita, al buscar en su brazo indolente apoyo, no era
-un cuerpo de sílfide, de fantástica forma ni de imaginaria pesadumbre.
-
-—¡Qué espanto!... —añadió la dama—. ¡Los hombres gritan y blasfeman!...
-¡Las mujeres lloran!... ¡Qué desolación! Señor Monsalud, andemos un
-poquito para desentumecernos... Todos lloran la hacienda perdida...
-¿pues y nosotros? ¡traemos tanta plata, tantas alhajas!... ¡Yo
-también lloro, Dios mío!... ¿Será posible que nos cojan esos perros
-ingleses?... Adelante; vamos por aquí... Busquemos a alguien que nos
-dé buenas noticias... no pueden ir las cosas tan mal como dicen...
-¡Oh, los ingleses! ¡Cogerla a una los ingleses!... pero no, mil veces
-no, valiente joven, usted me defenderá hasta morir... Me horripilo de
-pensar que un inglés pondrá la mano sobre mí... Sigamos más allá...
-¿No habrá nadie que diga: «La batalla se ha ganado?...» Pero ¿dónde
-estamos? ¿Dónde está mi marido? ¡Se ha perdido!... ¡Le hemos dejado
-atrás! ¡Urbanito, Urbanito!
-
-—El señor oidor habrá ido en busca del jefe para saber la verdad de
-todo.
-
-—¡Oh, qué horroroso aspecto ofrecen estas pobres gentes!... Fíjese
-usted en aquella pobre mujer que abraza llorando a sus niños... Estos
-otros no hablan más que de huir... ¡Jesús crucificado! ¿A dónde iremos
-nosotros?... Será preciso abandonarlo todo... ¡Aquí están diciendo que
-no hay esperanza!... Allí gritan: «Sálvese el que pueda.» Mire usted
-a esos sacando atropelladamente su ropa de las arcas. Será preciso
-llevarlo todo a cuestas... ¡Oh! Los que por allí vienen, ¿no son los
-heridos de la batalla?... ¡Malditos ingleses!... Por piedad, Monsalud,
-no me abandone usted... Es imposible huir en coche... yo no sé montar
-a caballo... ¿podré ir a la grupa?... ¡Qué desolación!... Vamos por
-aquí... Los gritos, las blasfemias, los juramentos de esos hombres
-desesperados que parecen demonios, me hacen temblar, y me pongo mala...
-Por aquí... ¡Qué bullicio, qué algarabía!... ¿Y mis alhajas, y mis
-encajes, y mis ropas?... Corramos allá, corramos... Mas no veo a mi
-marido por ninguna parte. ¡Urbanito, Urbanito!
-
-—Vamos por aquí... En estos casos es triste llevar consigo el valor de
-un alfiler. Pobre y desvalido yo, lo mismo tengo vencedor que vencido.
-
-—¡Qué felicidad! —continuó la dama, que, por no encontrarse bien en
-ninguna parte, quería estar al mismo tiempo en todas—. Así quisiera ser
-yo: libre como el aire, y con la galana pobreza de los pájaros que no
-tienen más que un vestido, y a donde quiera que van llevan consigo todo
-su ajuar... Huyamos de este sitio. Los llantos de esas mujeres me hacen
-llorar también a mí... Dicen aquellos que los ingleses nos sorprenderán
-aquí... ¡Esto es espantoso! ¡Los ingleses, los guerrilleros!...
-Me parece que muchas personas han emprendido la fuga por el llano
-adelante... ¿No ve usted? Llevan un lío a la espalda, y los zapatos en
-la mano para correr mejor... Observe usted a aquel infeliz que se da
-de cabezadas contra un cañón... estos de aquí hablan de quitarse ellos
-mismos la vida... Por Dios, si forman de nuevo, no me abandone usted...
-deserte usted si es preciso, deserte. Si me veo sola, me moriré de
-pavor... ¡Yo que pensaba ir a Francia y regresar a Madrid para el
-otoño!... En medio de mis desgracias he tenido la sin igual ventura de
-conocerle a usted, de encontrar a un joven tan leal como modesto, que
-está dispuesto a ampararme contra esos vándalos de ingleses... Estos
-pobres jurados y míseros lacayos del rey José hablan de morir matando
-o abrirse paso por entre los vencedores... Les será imposible, ¿no
-es verdad? Por Dios, no se abra usted paso, no se abra usted paso y
-quédese aquí... más vale rendirse... Ríndase usted; nos rendiremos los
-dos... Vamos..., no puedo ver tanta desolación... Escondámonos en algún
-sitio... ¿Ve usted a mi esposo?... Busquémosle... Es capaz de dejarse
-dominar por la desesperación, y hará alguna locura... ¿En dónde dejamos
-nuestro coche?... Aprisa, aprisa, señor Monsalud; sosténgame usted si
-me caigo; creo que me caeré, sí... Me caigo sin remedio... ¡Dios mío!
-¿No le parece a usted que voy a caerme?
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Pero no se cayó. Corrieron ambos por entre la revuelta masa de gente y
-vehículos, espantados una y otro del triste espectáculo que el detenido
-convoy ofrecía, y antes que refiramos lo que resultó de su improvisada
-amistad y de las extrañas vicisitudes del viaje, es de todo punto
-indispensable advertir que esta gallarda dama del lunar pertenecía a
-la familia de Sanahuja, no siendo ella misma desconocida para nuestros
-lectores, pues algún incidente de sus verdes abriles tuvo cabida en
-otro libro.[2] Enteramente nuevo para mí y para los que me leen es
-el oidor; pero recientemente han llegado a estas manos documentos y
-apuntes, cuyo interés me mueve a asegurar una poderosa intervención de
-este personaje en las páginas que leerá el que las leyere. Por ahora
-solo corresponde decir que en aquel tumulto de lágrimas y blasfemias,
-de desesperación y hondo desaliento, el jurado y doña Pepa buscaban a
-Urbanito por todas partes, sin que Urbanito pareciese.
-
- [2] _El Audaz._
-
-Entre tanto, un suceso importante y decisivo llevó al último extremo
-el terror de los infelices empleados, bagajeros y conductores, y
-fue que por el llano adelante aparecieron varias columnas francesas
-marchando en desorden y con precipitación. Aparecieron luego caballos
-a escape, cubiertos de espumoso sudor, anhelantes y como poseídos de
-insensata cólera, y después muchos heridos transportados en camillas o
-en palanquines, o simplemente cargados entre dos por los hombros y los
-pies. Tras esto sintiose el rodar estrepitoso de cañones.
-
-—¡Paso, paso a la artillería! —gritó una voz que parecía un huracán.
-
-Los carros que obstruían el camino procuraron abrir calle; pero si lo
-consiguieron en un pequeño trecho, después los cañones tuvieron que
-hacer alto. Juraban los artilleros y votaban los carreteros. Los de
-infantería, desparramándose a un lado y otro del camino, siguieron
-adelante. La velocidad adquirida en los primeros momentos de la
-retirada era tal, que no podían contenerse, y miraban hacia atrás,
-creyendo sentir en sus espaldas las herraduras de la caballería inglesa.
-
-Los heridos fueron depositados en tierra, y cuando el furor de las
-armas había cesado para ellos, sacaron las suyas los cirujanos. Con la
-presteza inconcebible que ponen en sus operaciones los físicos de los
-ejércitos, se atendió a todos ellos. Vendajes, emplastos, amputaciones,
-cuantos remedios se aplican a la persona humana después de una batalla
-fueron aplicados sobre el suelo y al aire libre. Corría la sangre
-sobre las camillas y por la tierra; pero los lastimeros ayes de los
-infelices que habían sido mutilados por el cañón y la fusilería no
-eran más que un accidente superficial en aquel tumulto de tan diversos
-ruidos compuesto, en aquella atmósfera de pánico que se extendía por
-todo el camino hasta más allá de Vitoria. Era de ver la frialdad de
-los cirujanos disponiendo se cortase un brazo o pierna, haciendo
-brillar a la luz del sol el fúnebre esplendor de sus instrumentos para
-no dar tiempo a la víctima ni aun a quejarse de su malhadada suerte.
-En aquella carpintería de carne humana no había consuelos morales ni
-físicos para el infeliz paciente, narcóticos ni atenuantes, sino la
-crueldad fría, desnuda, impasible, de la ciencia quirúrgica, que, como
-su parienta la ciencia militar, no repara en la carne y sangre de los
-hombres para ir a su fin.
-
-Conforme los curaban, mal o bien, los iban trasportando a otro lugar,
-o a los carros que habían de llevarles a paraje más seguro; pero
-llegaron tantos que los cirujanos no pudieron atenderles, aunque tenían
-las mejores manos del mundo. Arrojados de aquí para allí, clamaban al
-cielo; pero el cielo debía estar ocupado en otra cosa, porque no les
-hacía caso.
-
-Por otro lado ocurrían parecidas escenas, porque si el ejército de
-Gazán emprendió su retirada por el lado de Berrosteguieta, cerca de
-donde estaba el convoy, los de Erlon y Reille lo hicieron más allá de
-Vitoria; así es que en una extensión de dos leguas largas se ofrecía
-el espectáculo de los soldados furiosos abriéndose camino por entre un
-dédalo de carros y cureñas, furgones, ambulancias y coches de viaje,
-cirujanos ocupados, y heridos que no podían moverse.
-
-Aunque en todo el camino reinaba gran confusión, pudo oírse y
-generalizarse la orden de que la retirada no se emprendiera por
-el camino de Francia, sino por el de Salvatierra y Pamplona. Esto
-parecía una salvación, y muchos vehículos y casi toda la artillería
-se dirigieron allá; pero la mala estrella de los franceses en aquel
-día quiso que el camino de Salvatierra estuviese lleno de zanjas y
-cortaduras hechas por los guerrilleros de Mina y Longa poco antes
-para molestar a Foy y Abbé, por cuyo motivo ninguna rueda pudo pasar
-más allá de Harrazo. En el camino de Francia seis o siete coches
-de lujo, seguidos de otros carros con equipajes y gran repuesto de
-víveres finos, pugnaban por retroceder hacia Vitoria para tomar la
-vía de Salvatierra; pero no les fue posible abrirse paso. Eran los
-carruajes de José y su comitiva, que, dispuestos a la cabecera del
-convoy para emprender la retirada hacia el Norte, habían tropezado con
-las tropas de Graham y Longa. Hacia las tres de la tarde la irrupción
-de soldados en retirada aumentó de una manera horrorosa. Hambrientos
-y abrasados de sed, se abalanzaban a las cajas de víveres y a las
-cantinas, arrebatando entre aullidos siniestros todo lo que hallaban
-al alcance de sus manos. Agotado todo, las tropas se apoderaban de los
-víveres de los particulares, penetrando brutalmente en los coches para
-arrancar el pedazo de pan de las manos de un niño o de una mujer. No
-pudiendo seguir el camino, saltaban los setos y se esparcían por los
-sembrados en varias direcciones, siguiendo todas las veredas, con tal
-que llegasen a parajes lejos del malhadado Zadorra.
-
-Pero cuando el tumulto, el delirante estrépito y el barullo llegaron
-a su colmo, fue cuando aparecieron, procedentes del campo de batalla,
-veinte o treinta piezas de artillería, furiosas, ardientes, impetuosas,
-no hallando ante sí bastante camino para volar; arrastradas por
-caballos locos, verdaderos dragones cuyo resoplido quemaba y que
-parecían llevar en sus venas todo el fuego que inflamara los aires
-durante la batalla. Aquellas máquinas, simulacro de las ignotas fuerzas
-que en el cielo producen el trueno y el rayo, huían para no caer en
-manos del enemigo. Los artilleros, semejantes a fabulosos aurigas,
-herían los caballos con el látigo primero, y después con los sables,
-para precipitarlos en delirante carrera. Todo lo atropellaban ante
-sí por salvarse. Si un grupo de heridos o de familias desvalidas se
-interponía en su camino, las ciegas máquinas, compuestas de cureña,
-cañón, artilleros y caballos, pasaban por encima de los cuerpos
-humanos, como el brutal dios de la India. Las ruedas, lanzadas en
-furioso torbellino exterminador, dejaban hondos surcos en el suelo,
-aplastando todo lo que se les ponía por delante: la yerba y el hombre.
-
-Chirrido de metales que juegan y chocan entre sí, de cadenas que se
-rozan, de ejes que vibran, de clavos que saltan, de tornillos que se
-aflojan, de cacharros de metralla que suenan unos contra otros como los
-cascabeles de un bufón se mezclaba a los indescriptibles rumores de las
-balas que iban saltando dentro de las cajas, tocando infernal música
-al compás de la marcha; se mezclaba al golpear de los escobillones,
-cuyos mangos batían contra el maderaje de la cureña; al chasquido de
-cien látigos que culebreaban en el aire estallando como cohetes; a los
-gritos de los que querían imprimir a las máquinas fugitivas el rencor,
-la angustia y el pánico de sus inflamados corazones.
-
-Tras aquellas piezas vinieron otras. Calientes aún sus bocas vueltas
-hacia atrás, parecía que exhalaban, con los últimos vapores de la
-pólvora y el último mugido del disparo, sorda imprecación. Treinta,
-sesenta, cien cañones huían desesperados: al verlos y al oírlos,
-creeríase que el trueno, tomando la odiosa forma de gigantesco pólipo
-de hierro, se arrastraba por la tierra. Las peñas de los montes
-desgajándose, cayendo sobre el llano y saltando en desesperado juego
-y carrera infernal por arte del demonio, no hubieran causado más
-espanto. Mientras la infantería continuaba en el fuego, dando tiempo
-a que el cuartel general y los cañones se pusiesen en salvo, estos
-ocuparon todos los huecos que quedaban en el camino, y algunos,
-destrozando cuanto hallaron al paso, pudieron ponerse en primera línea.
-Los demás, aprisionados al fin entre millares de ruedas de pesados
-bagajes y enormes fardos, se atascaron en el camino, agolpándose unos
-contra otros.
-
-Entre la aglomeración de obstáculos producida por tanta maquinaria
-inútil, las infortunadas familias afrancesadas y los conductores
-del convoy formaban grupos aflictivos, parte en el camino, parte en
-los sembrados, y entre lágrimas y lamentos se consultaban sobre la
-determinación que debían tomar en tan extremado conflicto. Unos creían
-conveniente abandonarlo todo y huir para salvar lo más importante, que
-era entonces, como siempre, la vida; otros aseguraban que por nada
-del mundo abandonarían su fortuna. Muchos, encontrando una solución
-salvadora en medio del general azoramiento, habían echado a tierra
-los baúles, y abriéndolos sacaban de ellos lo más valioso, llenándose
-los bolsillos y haciendo líos con lo de poco peso. Hombres y mujeres,
-soldados y paisanos se consultaban, se movían de aquí para allí,
-repartiéndose lo que habían de llevar, aconsejándose unos a otros,
-animando los valerosos a los débiles, ayudándose en lo que podían. De
-pronto se oyeron en la parte del camino, más allá de Vitoria, las
-tremendas voces de «¡Paso, paso!»
-
-Algunos caballos de la guardia se esforzaban en cortar el apretado
-gentío, y se precipitaban relinchando, aguijoneados por la espuela.
-Viendo los jinetes que era imposible abrir paso, esgrimieron los
-sables, y descargando furibundos tajos a diestro y siniestro sobre
-soldados, paisanos y mujeres, gritaron:
-
-—¡Paso, paso al rey!... ¡Paso al rey!
-
-La multitud gimió azotada con látigo de acero, y prorrumpió en
-imprecaciones contra José.
-
-—¡Paso al rey! —repetían los de la guardia.
-
-Exasperados por la resistencia, redoblaron su furor, y cargando
-sin piedad, aquí machacaban una cabeza, allí hundían un pecho.
-Arremolinándose a un lado y otro y aplastándose contra los coches,
-la turba se desgajó, y en su angustioso seno pudo abrirse un surco:
-por una calle de maldiciones, de odio y de sed de venganza, pasó
-a caballo un hombre pálido, con el negro y abundante cabello en
-desorden, fruncido, el ceño, trémulas las manos. Era José, que no había
-podido salvar sus coches, y huía a uña de caballo por donde Dios le
-encaminase, llevando en su alma todas las congojas de sus cinco años de
-fúnebre reinado.
-
-Los que le abrían paso lograron encontrar salida al campo libre a la
-derecha del camino. Seguido del general Jourdan, que se había olvidado
-el bastón, y de otros generales que olvidaron el sombrero, y aun de
-otros que no se acordaban del honor, corrió por allí José lanzando
-su caballo a todo escape, aterrado, jadeante, sin serenidad, como el
-asesino que acaba de cometer un gran crimen y huye de su perseguidora
-conciencia.
-
-Poco después de este suceso llegó el momento supremo de aflicción para
-los del convoy, para los artilleros, los infantes y todos los que no
-podían ponerse en salvo.
-
-Una voz, cien voces gritaron con ronca desesperación:
-
-—¡Los ingleses... los guerrilleros!
-
-Allá lejos, hacia Vitoria, entre las columnas de infantería que se
-acercaban con el mayor orden posible, viose una multitud de jinetes.
-Brillaban en alto los sables, y los veloces caballos avanzaban
-con rapidez extraordinaria. Ya no quedaba más recurso que huir
-abandonándolo todo. ¡Horrible determinación! Viose a los artilleros
-desenganchar los atalajes; viose a los carreteros disponiéndose a
-salvar sus caballerías. Las cureñas y cajas, los furgones y las
-ambulancias, los coches y carromatos quedaron en un instante libres
-de correajes y cuerdas. Todo lo que tenía pies se puso en marcha.
-Aquello era un río de gente y caballos, atropellándose en violenta
-confusión a la desbandada. Ciento cincuenta cañones, doscientos carros
-de municiones y los innumerables equipajes y vehículos particulares
-quedaron abandonados. Sobre un solo caballo se enracimaban hombres
-y mujeres, empujándose para descargar el peso de aquellas tablas de
-salvación. El que lograba apoderarse de un caballo, defendía la grupa
-a puñetazos y a tiros. No había prójimo: reinaba el egoísmo en su
-brutalidad instintiva, y se luchaba por el caballo como en naufragios
-por el bote. El que caía, caía.
-
-Apartados del camino, junto a un montón de cajas y bagajes, se
-encontraban tres personas que ya conocemos.
-
-—No, no puede usted huir —decía la dama deteniéndole enérgicamente
-al joven y haciendo violenta presa en sus dos brazos—. ¡Qué felonía!
-¡Dejarme sola!... ¡Mi pobre marido no podrá defenderme!... ¡Oh!,
-llora como una mujer y se arrastra por el suelo, pidiendo a Dios
-misericordia, sin poner nada de su parte para conjurar este gran
-peligro.
-
-—¡Señora, señora!... ¡Los ingleses! ¡Los guerrilleros!
-
-—Sí..., ya los veo... Es preciso huir... Pero ¿cómo? No hay un solo
-caballo.
-
-—Corramos en busca del mío —exclamó el joven—. Lo rescataré a
-sablazos... Aún es tiempo.
-
-—No... Mi esposo no puede moverse... ¿A dónde va usted?... Me quedo
-sola, Virgen de las Angustias, enteramente sola... Quédese usted, por
-Dios...
-
-—Mi uniforme de jurado me pierde. No viviré ni un segundo después que
-me vean.
-
-Con febril presteza, e iluminada por idea súbita, abalanzose la dama
-hacia el joven: arrojó en tierra el sombrero de este, desabotonó su
-levita con dedos más ligeros que el pensamiento, arrancó el uniforme
-como si fuera un pañuelo puesto sobre los hombros, arrancó el tahalí,
-la gola, el cinturón, la cartera, y en un instante no quedó sobre
-el cuerpo del infeliz renegado ni una sola prenda que indicara su
-filiación. Él la ayudaba con igual rapidez. Las cuatro manos trabajaban
-en el desnudar y en el vestir cual si fueran cuarenta, y sin descansar
-arrojaban en tierra las prendas quitadas, sacando otras de los cofres
-para cubrir el transformado cuerpo; ataban las cintas, prendían
-los botones, abrían un hoyo en el suelo para sepultar las nefandas
-insignias, y lo cubrían con tierra. Las cuatro manos realizaron su
-obra en pocos minutos, y el renegado desapareció, dejando en su lugar
-a un joven que podía pasar por oidor en la sala de Mil y Quinientas.
-Luego las mismas cuatro manos trataron de levantar del suelo al infeliz
-Urbanito, que ya se creía comido por los ingleses.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Los ingleses llegaron despiadados, horribles, hambrientos de matanza y
-de botín, como hombres que habían estado luchando todo el día por ambas
-cosas. Precipitáronse entre la multitud; mas como no podían avanzar a
-causa de los entorpecimientos del camino, les fue difícil perseguir a
-los fugitivos, y toda la saña recayó sobre los que no habían podido
-escapar.
-
-El botín era el más valioso, el más rico y grande sin duda que en
-batalla alguna ha podido quedar a merced de vencedor furioso.
-Componíase de cuanto existe: en él había armas, material de guerra,
-víveres, alhajas, dinero y hermosura. No puede formarse idea de la
-apasionada codicia, de la brutal concupiscencia, del vengativo ardor
-con que los ingleses primero y los guerrilleros después cayeron sobre
-el magnífico tesoro abandonado. La menor resistencia producía la
-muerte. En poco tiempo todas las cajas fueron abiertas, todos los
-tesoros aprehendidos, muchas riquezas holladas.
-
-Joyas, ropas, telas finísimas, muebles, cuadros, plata labrada,
-monedas, víveres de lujo que constituían la despensa ambulante de
-José, fueron esparcidos por tierra; mil manos febriles arrebataban de
-un lado para otro los preciosos objetos. Según el genio de cada cual,
-así se iban derechos los unos al oro, otros a las mujeres, y algunos
-a destrozar por puro instinto dañino cuanto veían delante. Entre las
-desgraciadas familias que se vieron en tan tremenda hora, hubo algún
-individuo que se dio la muerte antes que le pusieran la mano encima los
-feroces partidarios. Las señoras imploraban de rodillas piedad para
-sí y sus tiernos hijos, siendo muy contadas las que la alcanzaron. El
-vencedor es la más brutal e insensata bestia que engendra el mal en las
-tempestades humanas. Para esta electricidad furibunda que sabe elegir
-el sitio donde cae, no existe pararrayos.
-
-En los primeros momentos, tanto salvaje atropello y brutal codicia
-produjeron un tumulto horroroso, en el cual los lamentos de mil y mil
-víctimas no permitían oír las voces y mandos militares. En la vasta
-extensión del camino, los soldados cometieron todo linaje de excesos,
-robando y asesinando. En vano algunos oficiales quisieron proteger
-a las infelices familias de paisanos: la soldadesca, aparentando
-obedecer, tan solo cambiaba la escena de sus infames tropelías. Por
-aquí un soldado avanzaba en irrisoria apoteosis esgrimiendo el bastón
-de mando del general Jourdan, jefe de Estado Mayor del ejército
-fugitivo; otro cubríase acullá con el sombrero de José Bonaparte, y un
-tercero repartía a sus camaradas las pelucas que en vistosa y variada
-colección llevaba en su equipaje otro familiar del pobre rey intruso.
-
-Atreviose un sujeto de mal genio a descalabrar a cierto inglés, porque
-quiso posesionarse de la menor y más hermosa de sus hijas, y este rasgo
-de entereza costole la vida, salvándose su esposa, una de sus hijas
-y dos niños de corta edad, por milagro del cielo y la intervención
-compasiva de otros soldados. En lo de meter mano a los cofres de
-dinero, a los bolsones de cuero y a las cajas de guerra, que contenían
-inmensos caudales, distinguíanse principalmente los aldeanos de los
-alrededores de Vitoria y multitud de individuos de equívoca conducta
-que de la misma ciudad habían acudido.
-
-Cuando la tristísima noche empezó a cubrir de oscuridades la fatal
-escena, mercaderes al menudeo, trajineros y gentezuela de esa que
-acude a todos los desastres para pescar algo, se reunieron allí en
-gran número. Como estos lo querían todo para sí, hubo dimes y diretes
-y aun porrazos con ingleses y guerrilleros. Sin encomendarse a Dios ni
-al diablo, los aldeanos cargaban sus caballerías de objetos preciosos,
-como si todo cuanto allí yacía hubiera sido siempre de su exclusiva
-propiedad, y mientras tanto no cesaban de aclamar a Fernando VII como
-el más grande de los reyes, al _lord_ como el más insigne de los
-generales nacidos y por nacer, y a los guerrilleros como lo más selecto
-entre las hechuras de Dios.
-
-Cuando la noche se oscureció más y la vergüenza de tales hechos tuvo
-un manto negro con que cubrirse, otros individuos de la peor calaña se
-ocupaban en desnudar a los muertos y en buscar anillos, relojes y dijes
-en el cuerpo de los heridos... Farolitos temblorosos, semejantes a las
-vagabundas claridades de un cementerio, rebuscaban con su luz siniestra
-por aquí y por allí, iluminando semblantes lívidos y destrozados
-cuerpos. Por otro lado, los que habían recogido gran cantidad de
-dinero en duros españoles, se ocupaban en cambiarlos por oro a los
-ingleses, los cuales, como buenos mercaderes en toda la extensión
-del globo terráqueo, se hacían pagar la guinea a ocho pesos. Había
-quien acaparaba todas las ropas, ora sacándolas de los cofres, ora
-arrancándolas del cuerpo de vivos y muertos. Porque nada faltase, hasta
-hubo quien hizo acopio de la pólvora de los furgones, para venderla
-después a los guerrilleros de la Montaña y el Páramo. El vino obtenía
-preferencia y primas escandalosas, y toda la carretería y recuas de
-Vitoria tuvieron en qué ocuparse. Muchos aldeanos se enriquecieron
-con la rapiña de aquella noche, y en Álava y la Rioja existen todavía
-familias ricas, cuya fortuna proviene de la batalla de Vitoria.
-
-En cambio, si gran parte del gentío de Vitoria y de sus inmediaciones
-había acudido allí para recoger los restos del naufragio, muchas
-personas llegaban impulsadas por la simple vehemencia personal de
-la guerra, para contemplar el odioso imperio derrotado y sus armas
-perdidas; para gozar en el mísero castigo de los malos patriotas y
-escupir los avergonzados semblantes de los traidores. Cuentan que
-algunos renegados a quienes no fue posible ni huir, ni cambiar de
-vestido, recibieron rápida muerte todos juntos en fiera hecatombe,
-sin que les valiese la ardiente protesta de abjurar y volver a los
-amores de la patria. Una mujer furiosa cayó sobre el grupo que formaban
-aquellos infelices implorando piedad, y alzó en su mano vigorosa un
-puñado de cabellos. Rugiendo los enseñó a la muchedumbre. Otras mujeres
-de las cercanías que acudieron a vociferar sobre el cadáver de la
-Francia vencida, habían mandado a sus hijos a las guerrillas, y algunas
-de ellas los habían perdido. Bravas como guerreras y resentidas como
-leonas, cobraban de tal manera sus deudas de sangre.
-
-En la oscuridad de la noche los chillidos de las mujeres semejaban
-la algazara de pájaros rapaces picoteando aquí y allá, batiendo
-las fúnebres alas, destrozando con la inquieta garra. Sin callar un
-momento, algunas ayudaban a los hombres en el despojo, examinaban una
-tela ponderando su finura, recogían herramientas abandonadas, sin dejar
-de responder con agudos vivas a todo lo que berreaban sus hermanos, sus
-padres o sus hijos.
-
-Dos o tres de estas matronas discutían el modo de conducir cierta
-cantina ambulante que se habían apropiado, cuando se les acercó una
-afligida dama que parecía ser de las del convoy. Era hermosa, aunque la
-palidez y el susto disimulaban su belleza. En su cabellera abundante y
-en su vestido no había más que desorden, un desorden de naufragio que
-daba más interés a su abatida persona, y con sus manos sin quirotecas
-se apretaba contra el pecho un chal, no bien puesto y sin duda
-arrebujado con precipitación al salir de su escondite.
-
-—Señoras —dijo acercándose con timidez a las que tomaban el tiento al
-tonelete de la cantina—, si tienen ustedes corazón, si son ustedes
-mujeres, y tienen hijos, padres, esposo, denme un poco de agua para
-unos pobrecitos que se mueren de sed allí donde están los arcones
-grandes.
-
-—Miren la pazpuerca —gritó una de las del grupo, que era tabernera en
-el barrio de Villasuso en Vitoria—. Teniendo, como tendrá, todo lo que
-ha robado, viene a pedirnos limosna.
-
-—Yo no he robado nada, señora —repuso la dolorida envolviéndose en el
-chal con todo el empeño que el pudor y el fresco de la noche exigían de
-consuno—. A mí sí que me han quitado cuantas alhajas y dinero tenía;
-pero no me quejo, ni acuso a nadie.
-
-—Ladrón que roba a ladrón...
-
-—Por una casualidad nos hemos encontrado mi marido, mi hermano y yo
-en este funesto lance —prosiguió la dama—, porque ninguno de los tres
-somos ni hemos sido jamás afrancesados. Españoles rancios somos los
-tres; íbamos a Francia (a donde mi marido llevaba una comunicación
-secreta de la Regencia para el rey Fernando), y quiso nuestra infeliz
-suerte que nos juntásemos aquí con el malhadado convoy que ayer
-pereció... y nos tomaron por familia de empleados traidores... Pero no
-he sido yo tampoco de las peor tratadas (porque al punto me conocieron
-los oficiales ingleses, muchos de los cuales han frecuentado mi casa en
-Madrid), y he podido conservar alguna ropa... Otras pobrecitas señoras
-están allí envueltas en una sábana. ¿No les da a ustedes lástima? ¿No
-me favorecerán con un poco de agua, y si es posible un poco de comida
-para mi esposo, secretario del Virrey del Perú, y para mi hermano, el
-veedor que era en Zaragoza cuando la célebre defensa?
-
-Las tres alavesas se miraron como consultándose sobre lo que habían de
-hacer.
-
-—La verdad es —dijo una con ínfulas de autoridad sobre las otras— que
-si no miente la señora en lo que ha dicho y hubo casualidad, bien se le
-puede dar lo que pide.
-
-—¿La vamos a creer por lo que diga? —indicó otra.
-
-—No pido más que agua, señoras caritativas; agua por amor de Dios.
-
-—Él la ampare.
-
-—Bien poco es lo que pide —dijo la tercera que hasta entonces callara—.
-Y pues pasó ya el laberinto, hagamos una obra de misericordia. Aquí
-donde me veis, yo que tuve alma para arrastrar a un jurado desde el
-camino hasta el árbol donde le ahorcaron, me muero de pena oyendo a
-esta señora... Allá va el agua... y aguardiente... y estas cortezas de
-pan... y estas sardinas rancias... y tres pares de guindas... y una
-pata de gallina fiambre, que estaba en el _botiquín_ del rey.
-
-La dolorida iba recogiendo lo que la mujer indicaba al tiempo de
-dárselo, y corrió a donde aguardaban muertos de hambre y de sed el
-secretario del Virrey del Perú y el veedor de Zaragoza.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Tras la noche triste apareció el día triste también y empañado con
-densas neblinas. Mientras gran parte del ejército victorioso perseguía
-al francés por el camino de Salvatierra, el lugar donde pereció el
-convoy se trocaba en un campo de feria. En todas partes se hacían
-tratos y cambios, según los negocios de cada uno. Los ingleses
-concretaban todas sus operaciones al numerario, despreciando las
-especies. La joyería había desaparecido como por encanto, sin que se
-supiese quiénes fueron los acaparadores de tan estimable artículo. En
-plata labrada aún quedaban algunas existencias por la mañana; y como
-entre ellas no escaseaban las obras de arte ni en el ejército inglés
-los anticuarios, hubo pieza que valió a sus primitivos tomadores guinea
-sobre guinea.
-
-Pero la gran mayoría de los objetos, especialmente los que eran de
-fácil transporte, desaparecieron en la noche. No se han visto manos
-más listas, ni mayor diligencia en hombres y mujeres para hacer la
-mudanza. Por fortuna para las artes, la parte del convoy que contenía
-los grandes cuadros, pudo ser salvada por haber salido de la Puebla
-con el general Maucune doce horas antes que los demás. Perdiéronse por
-entonces para España tan incomparables tesoros; mas no se perdieron
-para el arte, siendo en verdad providencial que se salvasen, y que,
-restaurado alguno de ellos, volviesen todos acá tres años después.
-
-Ya entrado el día, muchos vecinos acomodados de Vitoria salieron para
-ver el campo de batalla y el lugar del convoy, que principalmente
-despertaba la curiosidad. Viéronse llegar frailes de distintas órdenes,
-canónigos de la Colegiata, señores muy graves acompañados de damiselas
-sensibles, jóvenes currutacos, viejos verdes y maduras matronas, todos
-medio locos de entusiasmo por la gran victoria alcanzada. Iban de
-ceca en meca sonriendo ante los estragos, y haciéndose señalar por los
-aldeanos los lugares que fueron teatro de acontecimientos trágicos
-durante la batalla. El campo del convoy, ya convertido en feria, fue
-por su proximidad a Vitoria más visitado, y a cada momento llegaban a
-él alegres parejas, familias, tríos de canónigo, fraile y regidor, con
-más algunas damas sueltas, es decir, que no iban con nadie. Ninguno se
-retiraba sin llevar algún recuerdo, pareciéndose en esto a los modernos
-ingleses, o a los que llaman _touristas_, y los cascos de granada, las
-balas de fusil y hasta los botones de los uniformes de renegado pasaron
-a ser joyas históricas, destinadas a vincularse en el patrimonio de las
-familias. Aún existen en Vitoria muchos de estos pedacitos del gran
-desastre.
-
-Diose orden de enterrar los cadáveres que en el llano del convoy había,
-no siendo tan fácil los del vasto campo de batalla, por ser en número
-de cuatro mil, juntas las pérdidas de unos y otros, pasando de diez mil
-los heridos. Mortificó a los curiosos el espectáculo de tanto hombre
-muerto, siquier fueran franceses y renegados, y muchos ofrecieron la
-cooperación de sus manos para echar tierra dentro de los hoyos que se
-tragaban tanta juventud desgraciada en vida y en muerte, los amores
-de innumerables madres, tanta y tanta robusta vida nutrida en los
-pacíficos hogares para la paz y la felicidad.
-
-Entre los curiosos que de Vitoria habían venido, era de notar un
-anciano de mucha edad y poca andadura, con el cuerpo inclinado hacia
-adelante, la cabeza temblorosa, verdes espejuelos ante los ojos y
-apoyada la una mano en grueso bastón de nudos, mientras con la otra
-cogía el brazo de una linda joven rubia. Iban los dos por el camino
-adelante observando todo con curiosidad suma, siendo ella la que
-primeramente con sus volubles ojos veía los objetos y los señalaba
-después a la tardía atención del viejo. Él se regocijaba con la vista
-de tanto cañón tomado, de tanta riqueza rescatada, y a cada nueva
-sorpresa se deshacía en apologéticos comentarios de la destreza de lord
-Wellington, encomiando sobre todo el providente designio del Altísimo,
-que, como padre y ordenador de las victorias, nos había dado aquella
-tan completa y admirable.
-
-—La causa de Dios triunfa y triunfará mientras haya soldados cristianos
-en el mundo —decía el abuelo a su linda nieta—. A estos desastres
-horrorosos son conducidos los que han intentado alevemente apropiarse
-nuestro suelo y mudar nuestras costumbres, haciéndonos de fieles
-piadosos, herejes corrompidos; de leales y pacíficos, revolucionarios y
-jacobinos.
-
-—¡Ah, pobres muchachos! —exclamó la nieta, apartando con horror la
-vista de unos infelices cuerpos de jurados que eran conducidos a la
-sepultura—. Son renegados, papaíto, tienen uniforme verde, sombrero de
-piel con águila dorada, una cartera en la cintura con águila, y muchos
-botoncitos... también con águila.
-
-—Sí, verás águilas por todas partes. Esos hoyos se llenarán de ellas,
-y la tierra no podrá guardar en su seno tantas insignias imperiales.
-A eso está destinado el poder de Napoleón. Europa no tiene bastante
-tierra para sepultar el inmenso cadáver... En cuanto a los infelices
-jurados, son los que menos lástima me inspiran. Oye bien lo que te
-digo, hija mía; oye la voz de un anciano patriota, español y cristiano:
-además del infierno que existe para toda clase de pecadores, ha de
-haber uno con tormentos extraordinarios de inapreciable horror para los
-que hacen traición a su patria y a sus banderas.
-
-—¡Otro infierno! —exclamó la muchacha con espanto, a pesar de que
-diariamente oía parecidos conceptos.
-
-—¡Otro! Allá en lo profundo, los condenados ordinarios no han de querer
-habitar con los renegados y traidores —dijo el hombre decrépito,
-silabeando enérgicamente con sus gruesos labios—. Los renegados venden
-a sus hermanos, entregan a la patria al enemigo para que este la
-despoje y la deshonre a su antojo, extirpando en ella la fe religiosa,
-faro del mundo y único consuelo de las buenas almas. El traidor en
-esta guerra, donde se discuten las dos cosas más sagradas, es decir,
-el rey y la religión; el traidor en esta guerra, digo, es el más vil
-instrumento de Satanás. Solo le igualan en maldad los que yo llamo
-traidores y renegados en el campo de la ley, o para que me entiendas
-mejor, los que por favorecer hipócritamente a Bonaparte, introducen en
-España caprichosas leyes a estilo jacobino, y constituciones, que son
-lazos tendidos a los pueblos por la herejía, por la licencia, por el
-democratismo, por la soberbia de los pequeños que quieren parecerse a
-los grandes, gritando y metiendo bulla... Pero Dios está con nosotros,
-hija mía. Dios es español.
-
-—¡Dios es español!
-
-—Dios, sí —añadió el viejo golpeando violentamente el suelo con su
-nudoso bastón—, y ya ves ahí los golpes de su mano protectora. Creo
-que, mediante la bondad divina y la espada del arcángel guerrero, el
-mal que aparece en nuestra leal España no tomará grandes proporciones.
-Abriranse muchos hoyos como ese, y esas bocas de la tierra española se
-tragarán a sus perversos hijos.
-
-—¡Ay! —gritó la muchacha, temblando y agarrándose fuertemente al brazo
-de su abuelo—. Pero no es nada... nada, papaíto.
-
-—¿Tienes miedo?
-
-—No... —dijo la joven, reponiéndose de su sobresalto y turbación—, es
-que... no sé por qué me he estremecido toda y he sentido frío en el
-corazón al ver...
-
-—¿Qué has visto? —preguntó el viejo deteniéndose.
-
-—Todavía no han enterrado aquellas águilas, papaíto, aquellas águilas
-que brillan en los sombreros peludos, en las golas, y en las carteras,
-y en los botones... Sus alas abiertas, sus picos corvos, sus garras que
-aparentan un haz de rayos...
-
-—¿Qué?
-
-—Me dan miedo.
-
-—¡Eres tonta! Adelante... Pero si no me engaño, ese que hacia aquí
-viene es nuestro amigo Carlos Navarro... Mira tú, a ver si me engaño...
-
-Miraba hacia atrás la damita con la fijeza de una curiosidad vivísima.
-Su rostro había adquirido marmórea blancura.
-
-—¿Por qué te detienes y miras hacia atrás? —gruñó el viejo sacudiendo
-el brazo—. ¿Dices que tienes miedo y miras, Jenara?... Te digo que
-observes si ese que se ha detenido junto a aquel cañón es Carlos
-Navarro, el hijo del desgraciado don Fernando Garrote.
-
-—El mismo es —repuso Jenara observando.
-
-—Vamos hacia él... ¡Pobre muchacho! Quizás no sepa todavía el
-desgraciado fin de su padre, asesinado en Aríñez por los vándalos.
-
-Antes que nieta y abuelo llegasen junto a él, Carlos Navarro, que los
-vio, corrió a su encuentro. Su semblante estaba alterado por viva
-aflicción, y algunas lágrimas humedecieron sus ojos cuando tomó, para
-besarla, la mano del decrépito anciano, su amigo.
-
-Vestía Navarro un traje que no era completamente militar, ni tampoco
-de paisano. Componíase de una blusa en cuyas mangas, a falta de
-charreteras, mostraban la arbitraria graduación del guerrillero galones
-diversos de plata y oro, puestos con arte y aun con cierta elegancia.
-Botas y espuelas muy finas eran distintivo de que guerreaba a caballo,
-y cubría la cabeza, no con los empinados morriones de la época, sino
-con una sencilla gorra verde de cuartel, primorosamente bordada de
-oro. La sofocación del día anterior, y la pesadumbre recientemente
-recibida, habían dado a su rostro un tinte violáceo y como enfermizo,
-que parecía aumentar el negror de sus fieros ojos, afilarle la nariz y
-hacerle más grande la frente. Había en su cuerpo la indolencia de la
-victoria un poco enfatuada; pero aun así, por su alta estatura, airoso
-porte y grave semblante, era una de las figuras de más atractivo que
-podían verse.
-
-—Señor don Miguel de Baraona —dijo con voz conmovida—, ¿ha venido usted
-desde Vitoria a ver el campo de batalla y el gran convoy ganado?
-
-—Sí —replicó con entusiasmo el anciano, encendido su corazón con fuego
-juvenil—, he venido a ver vuestros triunfos, vuestras glorias, jóvenes
-sublimes, jóvenes admirables, ¡hijos queridos de España y de Dios!
-Ven acá —añadió echándole los brazos al cuello—, ven acá, y déjame
-que te estreche contra mi corazón: abrazándote, creo abrazar a toda
-la España valerosa y cristiana. Me rejuvenezco, hijo mío. Que Dios te
-bendiga, que Dios te conserve. Tú y los tuyos sois instrumentos de su
-bondad divina, sois la imagen humana de su brazo omnipotente. Seguid en
-vuestra gloriosa, en vuestra santa tarea de limpiar esta cizaña, que no
-os faltará quehacer en algún tiempo, porque el mal se ha desatado en
-España y vendrán días de sangre... Ya sé por qué estás tan afligido,
-hijo mío; ya he sabido por unos jurados prisioneros que fueron anoche a
-Vitoria, la inmensa desgracia...
-
-—¡Mi padre!... —exclamó Carlos cubriéndose el rostro con las manos.
-
-—Tu padre, tu excelente padre —dijo Baraona—. Don Fernando Navarro,
-el gran caballero cristiano de Treviño, el hombre de ideas sólidas,
-el español puro, ha sido asesinado por los traidores... Lo sé, y
-he llorado al patriota y al amigo. También sé que murió el pobre
-Respaldiza.
-
-—¡No esperaba esta desgracia! —murmuró con desaliento Navarro secando
-sus lágrimas—. Confiaba en Dios; me sentía protegido por la divina
-mano, y al ver el heroísmo de mi padre, su firme propósito de pelear
-por la patria y por la Iglesia, creía yo que el Señor no podía
-abandonarle en manos de los facinerosos.
-
-—¡Oh! ¿Sabemos acaso sus designios profundos? —dijo con buena
-entonación Baraona, señalando con su palo el firmamento inundado de
-luz—. Hijo mío, oye bien lo que te digo, que es la voz de un patriota y
-de un español puro, sin mancha de afrancesamiento. Además del paraíso
-que Dios destina a los elegidos, ha de haber otro paraíso mejor para
-estos mártires de la patria, para estos defensores de los grandes
-principios, para estos que en primera línea han peleado por la esposa
-de Jesucristo, para estos a quienes debe la sociedad su fundamento,
-para tu virtuoso y santo padre, en fin.
-
-—¡Otro cielo! —murmuró Jenara pensativa.
-
-—¡Has perdido a tu padre! —prosiguió Baraona con efusión, estrechando
-de nuevo al joven entre sus brazos—. En mí tendrás otro desde hoy.
-Carlos Navarro se arrojó en los brazos del anciano, ocultando en el
-hombro de este su rostro inundado de llanto.
-
-—Hace tiempo que tu buen padre me habló de un dulce proyecto que me
-agradaba en extremo, Carlos —dijo el viejo mirando alternativamente a
-su nieta y al joven guerrillero—. ¿Sabes lo que quiero decir? Tú mismo
-me has manifestado de una manera indirecta la noble afición que te
-inclina hacia mi familia. Carlos, hijo mío, que este día de gloria,
-aunque triste para ti, lo sea también de contento para los tres que
-aquí estamos.
-
-Jenara se puso como una amapola.
-
-Contra lo que Baraona esperaba, Carlos no hizo demostración alguna de
-contento. Mirando a Jenara con tristes ojos, dijo:
-
-—Jenara no me quiere.
-
-—¡Que no! ¡Mal pecado! —gruñó el viejo mirando con asombro a su nieta,
-que callaba—. Jenara, recuerda lo que me dijiste la noche en que
-salimos de la Puebla... Pero, hijos míos, vosotros os entenderéis. No
-es propio de mis canas intervenir como mediador de galanteos. Carlos,
-ven con nosotros. Tú tienes cara de no haber comido en tres días; yo y
-mi nieta no hemos tomado cosa alguna después del chocolate; pero como
-pensamos pasar aquí gran parte del día, trajimos una no despreciable
-refacción. Vamos allá... ¿En dónde dejamos el coche, Jenarilla?
-Ya... ahí; hacia aquellos olmos. Ven, Carlos; allí nos espera el
-señor canónigo de la colegiata, don Blas Arriaga, el capellán de las
-monjas de Santa Brígida y mi primo el secretario de la Inquisición.
-Despáchate; si tienes algo que decir a tus amigos, acaba pronto; pero
-no convides a ninguno, porque nos quedaríamos a media ración... La
-merienda no es mala: viene alguna carne fiambre, lengua y una pavita.
-Las monjas añadieron bollos y limoncillos, y el canónigo trajo lo mejor
-de su bodega... Pues parece que no y tengo hambre. Este aire del campo,
-el regocijo de este día... En marcha, en marcha, pues.
-
-Dirigiéronse los tres hacia el lugar donde esperaba el cochecito. En
-los lugares más apacibles del vasto campo, veíanse algunas meriendas
-sobre la verde yerba, pues los vitorianos hicieron festivo aquel día,
-tomando la visita al campo de batalla como una especie de romería, en
-la cual no podían faltar ni el buen vino, ni las buenas tajadas, ni la
-noble expansión euskara.
-
-Jenara y Carlitos marchaban silenciosos; pero por los tres hablaba
-don Miguel de Baraona, siendo tal su alborozo que desde lejos empezó
-a agitar el palo, llamando con su cascada voz a los tres personajes
-que antes mencionara, y que vagaban por aquellos contornos. Antes de
-que todos los comensales se reunieran, pasaron Baraona y la nieta por
-el mismo paraje donde poco antes infundieran a esta tanto miedo las
-águilas de los insepultos jurados.
-
-—¿Otra vez tiemblas? —le dijo el abuelo observando que la muchacha
-palidecía—. ¡Qué medrosa eres!
-
-—Jenara no puede tener miedo a los muertos —afirmó Carlos con aplomo—.
-Jenara es una mujer valerosa.
-
-—¡Ay, no vayamos por aquí! —exclamó la joven soltando bruscamente el
-brazo de su abuelo: he visto, he visto...
-
-—¿Qué has visto?
-
-—Ya están dentro del hoyo —dijo Baraona acercándose al grupo de gente
-que rodeaba la ancha sepultura—; pero falta echar tierra, mucha tierra
-encima.
-
-Jenara, a pesar de su agitación, en vez de huir, acercose resueltamente
-al hoyo, y allí permaneció fija, inmóvil, con la vista clavada en
-aquella hondura donde yacían revueltos y en extrañas posturas los
-cuerpos arrojados dentro. Observolos a todos y a cada uno con atención
-profunda: ni lloraron sus ojos, ni perdió su semblante aquel grave
-ceño estatuario que la asemejaba en tal escena a una diosa antigua
-recibiendo la ofrenda de sangre humana vertida en aras de su orgullo.
-
-—Abuelo, ya ves cómo no tengo miedo a los muertos —dijo al fin—. ¿Y tú?
-
-—Ven, ven acá, tonta, tontísima —gritó el abuelo.
-
-Los que contemplaban el fúnebre espectáculo se descubrieron, y empezó a
-caer tierra dentro.
-
-—Dios manda que se rece a los muertos y se perdone a los que nos han
-ofendido —dijo gravemente Navarro descubriéndose también al pasar junto
-al hoyo, y contemplando los fúnebres despojos que dentro había—, pero
-no puedo mirar sin encono vuestro uniforme. Si tuvisteis parte en la
-muerte de mi padre, ¡malditos!, que Dios os condene eternamente, y
-sean vuestros tormentos superiores a todo lo que puede imaginarse.
-
-Dicha esta imprecación, que denotaba las violentas pasiones del alma
-de Carlos Garrote, hizo la señal de la cruz y se unió a Baraona, que
-ya estaba algo distante, junto a su nieta. Cuando llegaron bajo los
-olmos, ya el canónigo de la colegiata, el capellán de las monjas y el
-secretario de la Inquisición revolvían la cesta de los fiambres.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Aquella a quien oímos primero junto a la empalizada de una huerta de la
-Puebla de Arganzón, y acabamos de ver y oír ahora mismo al borde de una
-sepultura, era una muchachuela bonita, de apariencia delicada y casi
-infantil. Recordaba normalmente su fisonomía la de aquellas vírgenes
-a quienes figuran los pintores tocando el laúd y a veces el violín en
-los místicos conciertos del cielo, entre aperladas nubes que hacen
-resaltar el oro de sus cabellos y la beatífica seriedad de sus labios
-sin sonrisa, pues el arrobamiento y el canto las ponen graves como
-doctores. Jenarita o Generosa, a pesar de su belleza virginal, tenía
-en ocasiones un ceño algo sombrío y un modo de mirar que no indicaba
-la diafanidad o, mejor, el perfecto equilibrio de espíritu de un ángel
-celeste. Gravemente meditaba, y aunque su semblante era de esos que
-en otros caracteres y en la misma edad están siempre mirando a todos
-lados, aunque no vean más que el vuelo de las moscas, ella parecía
-estar dispuesta a no ocuparse nunca de cosas pequeñas. Las moscas que
-ella miraba no las veían los demás.
-
-La fisonomía engaña casi siempre, y bajo aquel semblante, que recordaba
-a la espigadora Ruth o a la organista Cecilia, se escondía una
-culebrita graciosa que halagaba enroscándose, un carácter vehemente
-que a la edad de diecisiete años vivía atormentándose a sí mismo con
-aspiraciones locas, con entusiasmos delirantes, con deseos no bien
-definidos o que variaban a cada hora. El reptil a sí propio se mordía
-por no haber encontrado todavía en quién cebarse, y con la cola se
-azotaba la cabeza. Impresionable hasta un extremo casi inverosímil, lo
-que a otras entristecía a ella la ponía furiosa; lo que a otras daba
-gozo, infundía en aquesta una fiebre de júbilo que necesitaba un pesar
-para calmarse. Sus sentimientos, siempre en lucha, se manifestaban de
-improviso y de una manera torrencial y borrascosa. Cualquier accidente
-externo, impresionándola como impresiona el rayo, podía hacerlos
-cambiar en un instante.
-
-Sus ideas eran, sin embargo, exclusivas y fijas; ideas asimismo
-oscuras y extravagantes sobre la vida y la sociedad, pero arraigadas
-tenazmente. Tenía la terquedad de su abuelo, hombre de granito, una
-especie de montaña humana, formada con los seculares yacimientos del
-ideal de la autoridad, y que no podía henderse ni desmoronarse, ni
-dejar de ser montaña. Carecía Generosa de la fácil ternura que parece
-propia de una complexión delicada, y cuando este dulce sentimiento
-aparecía en ella, era enteramente superficial y simulado. Finalmente,
-no le faltaban dotes de inteligencia, siempre que no se tocase a las
-preocupaciones o a las ideas que en su consistencia geológica eran base
-de la familia.
-
-Todo esto lo veremos más adelante, porque esta hermosa bestiecita, esta
-mujer linda y profunda, este hermoso vaso lleno de tempestades, y que,
-conteniendo el océano, parece una redoma de peces, ocupará lugar muy
-importante en las historias que van a leerse, y a las cuales sirve de
-prefacio la siguiente.
-
-Sentados todos, y tendido el mantel, la cesta dio de sí todo lo que
-tenía, y empezó la comida.
-
-—Es preciso sobreponerse a la tristeza que esos desagradables sucesos
-hayan podido ocasionar a alguno de los presentes —dijo el viejo
-Baraona, descuartizando la pava, mientras el capellán de las monjas de
-Santa Brígida aplicaba su nariz a la boca de las botellas para ver si
-era justa la fama de las bodegas del señor canónigo.
-
-—Basta de melancolías, Carlitos —indicó el secretario de la
-Inquisición—. A lo hecho pecho, y cuando las cosas no tienen remedio...
-
-—Dejadle que se desahogue y llore la muerte del más insigne caballero
-de este país —ordenó con énfasis Baraona, partiendo en lonjas la
-lengua de vaca, sin dar ni por un momento reposo a la suya—, de aquel
-modelo de patricios, de aquel hombre cuyos sanos principios en todo lo
-relativo al gobierno de estos reinos, eran admiración y enseñanza de
-cuantos le oían.
-
-—Grande y ejemplar varón ha perdido España, no puede dudarse —añadió,
-elevando los ojos al cielo, el capellán de Santa Brígida, tranquilizado
-ya respecto a los títulos de celebridad de las bodegas de su amigo—. Le
-lloraremos toda la vida los que conocimos su caballerosidad y aquella
-noble entereza de principios.
-
-—Su muerte —dijo Baraona llenando los platos de los demás— debe quedar
-en la memoria de los buenos hijos de España como un recuerdo santo.
-Ha sido el mártir de esta gloriosa fe del patriotismo cristiano,
-del patriotismo cristiano, señores, entiéndase bien. Siempre habrá
-distancia inconmesurable entre lo que yo llamo el _patriotismo
-cristiano_ y esa gárrula palabrería de los que se llaman _patriotas_ en
-Cádiz y en Madrid.
-
-—Los que nos llaman _serviles_, señor don Miguel —indicó el capellán.
-
-—Tan infame mote —afirmó Baraona frunciendo el ceño y apretando el
-puño— será escrito con sangre en la frente de los que lo inventaron.
-¿No es verdad, Carlitos?
-
-Carlos, profundamente abstraído, ni comía ni contestaba sino con
-ligeras inclinaciones de cabeza.
-
-—¿Saben cómo les llamo yo? —dijo Baraona con violenta cólera y dando
-fuerte golpe en la tierra con la botella que en su mano tenía—. ¡Pues
-les llamo _negros_!
-
-—_Negros_ —repitió Jenara con súbito arranque de jovialidad que
-contrastaba con su anterior tristeza—. Pues sea: beba usted, señor
-capellán; beba, señor canónigo, y usted, señor secretario.
-
-Y tomando la botella de manos de su abuelo, a todos repartió porción
-bastante a humedecer los secos paladares.
-
-—¿Y usted no bebe Generosita?
-
-—¿Yo?... una miaja... menos, mucho menos, señor capellán: con medio
-dedo me basta —repuso la muchacha levantando el vaso, para impedir que
-el capellán lo llenase todo, como quería.
-
-—Y aún me parece mucho —indicó Baraona—. A ver, Carlos, tu vaso.
-
-—Ahora —dijo la doncella con animado semblante— alcen ustedes los vasos
-y beban a la salud de toda la gente _blanca_.
-
-Tan entusiasta proposición, dicha con arrebatadora voz, con gran
-viveza en los ojos, con una sonrisa celestial que descubrió los
-blancos dientecitos de la víbora entre el coral de sus frescos labios,
-y acompañada de un gesto gracioso con brazo y mano derecha, produjo
-mágico efecto entre los comensales. Gritaron todos, y una aclamación
-recorrió aquellos campos de tristeza.
-
-—Las mujeres —dijo Baraona— tienen el don de expresar las ideas con
-gracia incomparable y en forma que las hace inteligibles a todo el
-mundo. A la salud de toda la gente _blanca_; a la salud de la patria
-libre de franceses y de ideas francesas; a la salud de la religión
-de nuestros padres, de nuestras santas y morigeradas costumbres, de
-nuestra inmutable y siempre gloriosa España, que desafía a los siglos y
-sobre la cual pasan y pasarán los _negros_ innovadores, como hojas de
-otoño que se lleva el viento.
-
-—_Amén_ — murmuró el capellán.
-
-—El pobre Carlitos no come —dijo el canónigo—. No debe uno dejarse
-dominar por el dolor. Hay que hacer un esfuerzo... Aquí donde me ven,
-aunque parece que tengo apetito, no es verdad, y necesito vencerme y
-luchar conmigo mismo para pasar cada bocado... Me ha ordenado el doctor
-que coma, y aunque es para mí un suplicio, lo acepto, porque Dios manda
-que se conserve la salud del cuerpo.
-
-—Vamos, otro esfuercito —dijo el capellán de monjas, poniendo un pedazo
-de pechuga en el plato, ya dos veces vacío, del inapetente canónigo.
-
-—Carlos, hay que ser juicioso —indicó Baraona—. Jenara, te encargo que
-no dejes morir de hambre a nuestro heroico guerrillero.
-
-Jenara empezó a poner en práctica el encargo, y Carlos dejábase seducir
-poco a poco.
-
-—Yo me hago cargo de su tristeza —dijo el secretario de la Inquisición,
-a quien los médicos no habían recomendado que hiciese esfuerzos para
-comer—. El recuerdo del noble mártir que ha subido al cielo...
-
-—¡Oh, sí! —exclamó Baraona, acudiendo en auxilio del capellán de
-monjas, que se había quedado ya sin pechuga y sin lengua—. La imagen
-funesta no se apartará de su mente en mucho tiempo, y más vale que así
-sea, señores, para que no pierda los bríos ni el indomable furor de
-venganza que le impulsa a combatir...
-
-—¡Es verdad!
-
-—La muerte de nuestro valiente y caballeroso amigo —continuó el
-anciano— me ha inspirado una idea que voy a comunicar a ustedes.
-
-A excepción del capellán de monjas, que hacía estudios anatómicos en el
-esqueleto de la pava, todos los presentes dieron reposo a los dientes
-para escuchar al respetable patriarca de las montañas alavesas.
-
-—En lo sucesivo, señores —dijo este con grave y profético tono—, y
-atendidos los síntomas de discordia civil que presenta España por el
-insolente jacobinismo de los _negros_, los buenos españoles debemos
-adorar fervorosamente dos cruces.
-
-—¡Dos cruces! —exclamó Jenara.
-
-—¡Dos cruces, sí! La cruz religiosa, aquella en que Dios se dignó morir
-para redimirnos del pecado, aquella que desde niños adoramos, aquella
-que nos hicieron besar nuestras madres en la cuna, y además esta otra
-cruz del sentimiento patrio, en la cual ha muerto nuestro buen amigo,
-el incomparable, el santo entre los santos guerreros, don Fernando
-Garrote, acompañado del buen cura de la Puebla. Esta cruz, que como
-instrumento de ignominia han alzado los franceses, los renegados y los
-traidores, será para nosotros, como la otra, lábaro sacrosanto que
-llevará a la juventud a la gloria. Murió don Fernando en ella: clavole
-un clavo la traición, otro la deslealtad, otro la herejía. Expiró
-coronado con las espinas del democratismo, y pusiéronle el _Inri_
-de las ideas jacobinas, que, después de todo, son las ideas que han
-traído aquí el escándalo y las que aceptaron los afrancesados y quieren
-imponernos los llamados liberales... Señores, donde hay mártires, hay
-religión; donde hay cruz, hay fe. Adoremos esa cruz; llevémosla en
-nuestro corazón juntamente con la otra, de la cual es como un reflejo;
-adorémoslas a las dos, pues las dos deben ser nuestro norte y nuestra
-luz. ¡Religión! ¡Patria! —añadió con majestuoso, inspirado acento—.
-¡Sois dos nombres, y, sin embargo, no sois más que una sola idea, una
-idea inmutable, eterna, fija como el mundo, como Dios, del cual todo se
-deriva! ¡Religión! ¡Patria!... ¡Sois dos luces espléndidas, cuyo fulgor
-no puede apagarse, ni tampoco cambiar como las chispas de una fiesta
-de pólvora! ¡Una y otra fe tenéis dogmas eminentes, que la arrogante
-ciencia del hombre no puede variar: una y otra fe tenéis la inmutable
-condición del pensamiento divino que os ha creado! Sois lo que sois,
-y no podéis ser otra cosa. En vuestro sagrado catecismo la mano audaz
-del filósofo no puede hacer la menor variación ni mudar una sola letra.
-Sois como el firmamento inmenso, a donde no puede llegar la mano del
-hombre para quitar o poner una sola estrella.
-
-—¡Bendito sea el insigne patriarca que tales cosas piensa y tales
-maravillas dice! —exclamó con efusión de sensibilidad y entusiasmo
-Carlos Garrote, besando las manos del viejo Baraona—. ¡Esas dos cruces
-grabadas están en mi corazón, la una sobre la otra! Me preservaron
-contra las armas de los traidores y de los vándalos, y me preservarán
-contra toda clase de enemigos.
-
-El capellán de monjas, no pudiendo contener su entusiasmo, abrazó
-tiernísimamente a Baraona, y el secretario de la Inquisición abrazó a
-Garrote. Era una manifestación general de sentimientos patrióticos.
-
-—Carlos —dijo la niña al joven guerrillero cuando la borrasca de los
-abrazos pasó—, en Vitoria nos dijeron que habías hecho cosas admirables
-en la batalla de ayer. Cuéntanos algo de eso.
-
-—Sí, que nos cuente sus heroicidades. También he oído hablar de ellas
-—indicó el canónigo.
-
-—Al instante... ¡fuera modestia! —exclamó Baraona.
-
-Por tan distintos ruegos apremiado, trató Carlos de vencer su amarga
-tristeza, y cediendo principalmente a las súplicas de Jenara, que le
-cautivaban el alma, empezó a contar varios sucesos del día anterior,
-dando la preferencia a los que había presenciado, siendo actor en
-ellos; pero al nombrarse a sí propio, lo hacía con gravedad y modestia,
-no ensalzando sus acciones, sino antes bien rebajándolas para no
-aparecer vanidoso. En la relación ponía gran arte, para que se revelara
-su mérito sin dejar de ser modesto, y, siéndolo, su persona aparecía en
-ellos rodeada de brillante aureola.
-
-Oíanle todos con atención profunda, y Jenara con arrobamiento. Fijos
-sus ojos en el rostro del guerrillero, parecía que anhelaba leer en él
-sus ideas antes que fueran expuestas por la palabra. El relato fue muy
-largo, pero interesante y conmovedor, siendo muy del gusto de todos
-los allí presentes, que no perdieron ni una sílaba. El único que no
-se mostró excesivamente interesado por las glorias nacionales, fue el
-capellán de monjas, que, cerrando los ojos con beatífica tranquilidad,
-se quedó dormido.
-
-Concluida la narración, Baraona habló de retirarse a Vitoria; pero los
-demás fueron de opinión que se durmiera la siesta al amparo de aquella
-hermosa olmeda, y así lo hicieron los cuatro personajes, quedándose
-en vela Jenara y Carlos. Largo tiempo transcurrió en conversación
-muy íntima y cordial, en la cual hubo, al parecer, confidencias,
-declaraciones, riñas, arrepentimientos, promesas, y qué sé yo... todos
-los dulces amargores de un amoroso diálogo. Al fin despertaron los
-durmientes, siendo el capellán de monjas el más pesado para volver
-en su acuerdo. Caía la tarde, y empezaron a recoger todo; mas aún no
-se habían levantado, cuando apareció ante ellos una señora de buena
-presencia, vestida con heterogéneas ropas, de una manera tan singular
-que más parecía tapada que vestida. Su semblante indicaba zozobra,
-inanición y reciente llanto. Parecía persona de calidad, y al punto
-comprendieron Baraona y sus amigos que era una víctima del día anterior.
-
-—Señores —dijo—, siendo españoles, deben de ser caritativos...
-
-—Así es, en efecto, señora —repuso Baraona.
-
-—Y siendo caritativos, ¿tendrán la bondad de darme algo de lo que de su
-merienda les ha sobrado?... Soy una infeliz víctima del saqueo y rapiña
-de anoche, a pesar de no ser afrancesada y encontrarme en el convoy por
-casualidad...
-
-—Ello podrá ser cierto —dijo el secretario de la Inquisición con
-malicia—, pero también podrá no serlo.
-
-—Por casualidad, sí... He sufrido el despojo sin culpa —continuó la
-afligida dama, llorando—. Soy una persona principal que se ve en la
-triste necesidad de pedir limosna para vivir. Allí, tras aquellas
-cajas vacías, con las cuales hemos hecho una especie de barraca, está
-mi esposo, alcalde de la ciudad de Bailén cuando la batalla, y mi
-amadísimo hermano, seminarista hasta hace poco, y después guerrillero
-en las guerrillas del _Fraile_, hasta que una enfermedad le obligó a
-dirigirse a Francia...
-
-—Oh, señora —dijo el canónigo—, no es preciso que usted nos cuente la
-historia completa de sus parientes. Persona principal y decente parece
-usted. Deploramos la casualidad que motiva su desgracia. Caritativos
-somos, y no restos de nuestra comida, sino algo entero que debe quedar
-en la cesta le daremos... Jenarita, lléveselo usted.
-
-La dolorida, sin poder contener sus lágrimas, no cesaba de repetir:
-
-—Gracias, gracias, generoso señor.
-
-—Ya podía esta señora vestirse de otra manera —dijo sonriendo el
-capellán al oído del canónigo—. ¿No es verdad que tal traje no es
-propio para ponerse delante de eclesiásticos?
-
-Jenara se levantó para dar a la desconocida cuanto quedaba en la cesta.
-
-—Hija, ve con ella y mira si tienen necesidad de algo de ropa —dijo
-Baraona—. Juraría que esa señora ha dicho verdad, y que no es
-afrancesada, sino rancia española... Carlos, acompaña a mi hija.
-
-Indudablemente el guerrillero y Jenara deseaban cualquier pretexto para
-apartarse y perder de vista por breve momento al abuelo y compañeros de
-mesa. Disimulando su gozo, marcharon tras la desconocida; pero como no
-tenían prisa de llegar donde ella iba, la dejaron ir delante y que se
-alejase todo lo que quisiera.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Principiaba a oscurecer. Viéndose solos, reanudaron su coloquio con
-mayor vehemencia al pie de los olmos, siendo Jenara la que con más
-calor se expresaba. Tomándose las manos, dejáronse ir vagabundos,
-abandonados a la dulce corriente que de sus palabras y de sus
-movimientos se derivaba.
-
-—Jenara de mi vida —decía el guerrillero cuando ya llevaban algunos
-minutos de paseo, de conversación, de miradas tiernas y de apretones
-de manos—, si es cierto lo que me dices, te perdono, y seré para ti lo
-que siempre he sido: un esclavo. Día de luto es este para mí; pero si
-algún consuelo debo recibir, consistirá en palabras de tu boca. Jenara
-de mi corazón, mi vida y mi persona te pertenecen. Te adoro desde que
-te conocí, y te idolatraré hasta la muerte.
-
-—Carlos —repuso la joven con ardor—, si no me crees lo que te he dicho,
-me enojaré, me pondré enferma, me consumiré de tristeza, me moriré de
-pesadumbre. Carlos, no lo dudes ni un momento. Si bajé aquella noche a
-la empalizada de la huerta, fue porque confundí a Salvador contigo...
-hizo la misma señal... No había dicho dos palabras el traidor, cuando
-llegaste tú... ¿Lo crees, Carlos? Dime que lo crees, dime que no queda
-en tu alma una chispa de recelo, y seré la mujer más feliz de la tierra.
-
-—Bien, Jenara —dijo Navarro—. Aunque no fuera verdad, debería creerlo.
-¿Oíste lo que dijo tu abuelo cuando nos encontramos hace poco? Su deseo
-era el mismo de mi desgraciado padre, y también el mismo que ha sido
-por mucho tiempo y es hoy la más cara, la más dulce, la más risueña
-ilusión de mi vida. Dime una palabra, y nuestro destino quedará fijado
-para siempre, y la noble pasión de mi alma satisfecha, la elección
-suprema de la vida santificada por un juramento leal ante las miradas
-de Dios, que desde el cielo nos está mirando y nos bendice. Jenara,
-¿quieres ser mi mujer?
-
-Contestó Jenara arrojándose en los brazos del guerrillero, que la
-estrechó en ellos amorosamente. Casi en el mismo instante, ambos
-jóvenes hicieron un movimiento de sorpresa y temor. Alguien les miraba:
-frente a ellos, y a distancia como de cuatro varas, vieron una figura
-delgada y sombría, un hombre completamente vestido de negro, con la
-cabeza descubierta. Después de dar algunos pasos, se detuvo. Tras él
-veíase una especie de choza formada por cajas vacías, y en el angosto
-recinto, de tal manera formado, clareaba la llama de un hogar y se oían
-voces.
-
-—Aquí es —dijo Navarro viendo la barraca—. Entra y da a esas pobres
-gentes lo que les traes.
-
-Jenara, después de dar algunos pasos, lanzó un grito de espanto.
-
-—¡Navarro, Navarro, defiéndeme! —exclamó con angustiosa voz, corriendo
-a arrojarse en los brazos del guerrillero, y dejando caer en el suelo
-las viandas que llevaba.
-
-—¿Quién es, quién va? —dijo Navarro con turbación, en el breve momento
-que tardó en conocer la sombría figura que tenía delante.
-
-—Defiéndeme —gritó Jenara dando diente con diente—. Ese hombre me
-quiere matar.
-
-El aparecido no había hecho movimiento alguno. Llegose a él Navarro,
-dejando atrás y a regular trecho a la atemorizada joven, y le observó
-con calma.
-
-—¡Ah!... es Monsalud... poca cosa, poca cosa... No temas, Jenara...
-Esto ni pincha ni corta... A fe que no esperaba verte, Salvador. Creí
-que habías muerto.
-
-—Hubiera hecho muy mal en morirme —dijo Monsalud— sin cobrar una deuda
-que tengo contigo.
-
-—¿Conmigo?... ¡ah, ya! —añadió Navarro flemáticamente—. Cuando
-quieras... ¿Era para ti para quien pedía esa mujer, llamándote
-seminarista y guerrillero del _Fraile_?
-
-—¿Qué dices? —preguntó Monsalud, ajeno a las jerarquías inventadas por
-doña Pepita.
-
-—¡Que eres un farsante, un embustero! —exclamó Navarro perdiendo la
-serenidad.
-
-—Sí: un embustero, un farsante —repitió Jenara alejándose más.
-
-—Pero observo aquí la mano de Dios —añadió Carlos con petulancia—. Con
-tu disfraz y tu cambio de nombre te has ocultado de todo el ejército,
-pero no te has ocultado de mí.
-
-—Es verdad —dijo Monsalud con enérgica ira—. Pues aquí me tienes.
-Puedes delatarme, denunciarme, llevarme arrastrado por los cabellos
-a donde tus salvajes amigos están haciendo cuentas por ver si algún
-jurado se escapó de la carnicería de anoche. Yo me salvé; pero ahora
-te proporciono ocasión de ganar un elogio, quizás un grado... Anda,
-llévame; di que me has descubierto, que me has cogido, y quizás te den
-un cigarro.
-
-—Si yo fuera tú, te delataría... —dijo Navarro dando un paso hacia
-adelante—. Puedes vivir y engañar hasta dentro de un rato... Pero me
-olvidaba de que te hemos traído de comer.
-
-Navarro, recogiendo del suelo lo que había caído, lo arrojó a los pies
-de Monsalud, que no hizo ademán alguno, dando a entender que no recibía
-limosna.
-
-—¿Hasta dentro de un rato? —dijo Salvador—. ¿Por qué no ahora mismo?
-
-Doña Pepita, atraída por las voces, presenciaba la singular escena sin
-comprender una palabra; mas no se le ocultaba que allí había peligro
-para Monsalud, y llegándose al otro, le dijo con amargura:
-
-—Señor militar, no delate usted a mi pobre hermano... No, ¿para qué
-mentir? No es mi hermano, es mi amigo... Es un muchacho honrado y leal.
-Ya que escapó, déjele usted vivir.
-
-Una figura macilenta y oscura se arrastraba a cuatro pies por el suelo,
-semejándose por la oscuridad de la noche a un gran perro de Terranova.
-Era el oidor, que recogía los restos de la comida.
-
-—¡Yo delatar! —exclamó Navarro—. Señora, esté usted tranquila. No
-haremos ningún daño a su...
-
-—A su amigo —murmuró Jenara acercándose al grupo y clavando sus ojos
-con ansiedad profunda en el semblante de la desconocida señora.
-
-—No le haremos ningún daño —añadió con ironía Navarro, tomando la mano
-de Jenara, como para retirarse con ella—. Pero el amiguito se muere de
-hambre y de miedo: cuídele usted.
-
-Volvieron la espalda Navarro y Jenara. Después de una breve disputa con
-doña Pepita, Salvador se separó de esta para seguir a los prometidos
-esposos.
-
-—Detengámonos —dijo Navarro a su presunta consorte—. Viene detrás, y
-puede herirnos por la espalda.
-
-—¡Pero aquella mujer, aquella mujer! —exclamó Jenara apretando los
-puños y temblando de ira—. ¿La viste? ¿Has oído insolencia igual? ¿Pues
-no dijo que era su...?
-
-—Su cortejo... Salvador es muchacho de muy malas costumbres.
-
-—¡Qué vergüenza! —añadió Jenara con la exaltación propia de su carácter
-en determinadas ocasiones—. ¡Oh! Navarro, no tienes alma... ¿Por qué no
-abofeteaste a esa infame mujer?
-
-Baraona y los tres amigos, viendo la tardanza de los dos jóvenes, se
-adelantaban a su encuentro.
-
-—Vamos, que es tarde. A prisa, niños... ¿qué habláis ahí...? ¡Como si
-no tuvierais tiempo de charlar hasta que se os seque la lengua!...
-
-—A prisita, a prisita —dijo el capellán, arropándose con su manteo—. La
-noche está fresca.
-
-—Ya se ve... Como ellos están en la flor de su edad y conservan todo el
-calor de la vida... —murmuró el canónigo con cierta expresión envidiosa.
-
-Jenara y Navarro llegaron al fin.
-
-—¿Qué tienes, hijita? —dijo Baraona advirtiendo mucho trastorno en el
-semblante de su nieta.
-
-—No es nada —replicó Carlos—. Hemos visto escenas muy lastimosas en
-la barraca. ¡Cuánta desgracia y miseria en este triste campo, señor
-Baraona!
-
-—Sí, lo comprendo; pero la guerra es guerra.
-
-—La guerra tiene que ser guerra, es claro —repitió el capellán.
-
-—Pues es claro: ¿qué ha de ser la guerra sino guerra? —murmuró el
-canónigo.
-
-—Evidentemente la guerra es y será siempre guerra —añadió el secretario
-de la Inquisición.
-
-—Al coche, pronto al coche.
-
-Un vehículo, del cual no se podía decir fijamente si era coche o
-catedral, se acercó al sitio donde estaban los amigos.
-
-—Carlos, supongo que no podrás venir con nosotros —indicó Baraona,
-subiendo penosamente con el auxilio de un criado.
-
-—En efecto, no puedo...
-
-—¡Ah! no había visto a esa persona que te acompaña: buenas noches,
-señor.. —dijo don Miguel saludando a Monsalud, el cual, siguiendo a
-Carlos, había quedado a cierta distancia.
-
-—Es un amigo a quien casualmente acabo de encontrar.
-
-—¡Ah!, muy señor mío... —dijo Baraona.
-
-—Por muchos años... —gruñó el capellán.
-
-—¡En marcha, en marcha! —exclamó el canónigo.
-
-—Hasta mañana —dijo Navarro a Jenara cuando subía y se internaba dentro
-de la máquina—. Hasta mañana.
-
-Jenara miraba hacia fuera con estupor.
-
-—¿No me contestas? Te he dicho que hasta mañana —añadió Navarro
-ofendido de la profunda abstracción de su futura esposa.
-
-—¡Si Dios quiere! —repuso al fin Jenara.
-
-Y el monumental coche partió arrastrado por poderosas mulas.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Ya estamos solos —dijo Navarro a Monsalud.
-
-—Ya estamos solos, y en lugar a propósito —repuso Salvador—. Podemos
-alejarnos del camino. La noche está oscura...
-
-—¿Qué armas tienes?
-
-—Ninguna. Dame la que quieras.
-
-—Renegado —exclamó Navarro—, estamos en el campo del convoy. Aquí
-dejaste tu vestido para ponerte el que llevas, aquí han de estar tus
-armas.
-
-—Escondidas bajo tierra —repuso Salvador con desaliento—; pero si me
-fuera en ello la vida, no sabría encontrar entre tanta confusión el
-sitio donde las pusimos.
-
-—Salvador —gritó el guerrillero con ira—, si de esa manera piensas
-evadirte de tu compromiso...
-
-—No me insultes, no eches más ignominia sobre mí —dijo Monsalud con
-emoción profunda, y antes que colérico, conmovido y sin aliento—. Soy
-un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Si no tienes lástima
-de mí, guárdame al menos la consideración que merece el infortunio...
-¿Me aborreces? ¿Te estorbo? ¿Te soy odioso? ¿Te molesta que viva? ¿Te
-mortifica que respire el aire que Dios hizo para todos? Pues delátame,
-denúnciame... Marcha delante y te seguiré.
-
-—¡Qué miserable cobardía! —exclamó Navarro, acompañando sus palabras
-de un enérgico gesto—. Si tienes miedo, si quieres renunciar a tu
-compromiso, dilo, y no me llames delator.
-
-—Vamos a donde quieras —murmuró Monsalud dando algunos pasos—. Nada te
-costará buscarme el arma que más te guste.
-
-—Vamos —repitió Garrote.
-
-Ambos dieron algunos pasos: Navarro, decidido, impetuoso, resuelto;
-Salvador, indolente, desmayado... Pasaban junto a un árbol próximo a
-la cerca del camino, cuando el infeliz renegado apoyó sus brazos en el
-tronco y echó la cabeza hacia atrás, diciendo:
-
-—No puedo más... me muero...
-
-Sus piernas se aflojaron y cayó de rodillas. Ni la energía de su alma,
-ni la emoción que en aquel momento sentía, ni la presencia de su
-enemigo, que renovaba en él odios implacables, podían vencer el desmayo
-de su cuerpo, en el cual apenas había entrado algún mezquino alimento
-durante cuarenta y ocho horas.
-
-—¿Qué mimos son esos? —preguntó Navarro.
-
-—Me muero... —murmuró Salvador—. Si tienes prisa y quieres acabar
-pronto, saca tu espada y atraviésame. No puedo vivir; no tengo ánimo
-para defenderme.
-
-La extremada palidez y extenuación del desgraciado joven no se
-ocultaron a su enemigo. Navarro comprendió cuán indigno sería provocar
-a duelo a un moribundo. Compasivo y generoso, acercose al joven, y
-echándole ambos brazos al cuerpo, le levantó.
-
-—Vamos, no has comido hoy —dijo—. Debí empezar por lo primero... mas
-para todo hay tiempo. Ven conmigo.
-
-Monsalud se dejó levantar y conducir maquinalmente, apoyado en el brazo
-de su rival. Así anduvieron largo trecho, despaciosamente y sin hablar
-palabra. Parecían dos tiernos amigos, dos cariñosos hermanos, de los
-cuales el fuerte sostenía y amparaba al débil. Nadie al verlos hubiera
-dicho que entre ellos y en torno a ellos, envolviendo sus hermosas
-cabezas con fúnebre celaje, flotaba el fantasma horroroso de la guerra
-civil. Caía la frente del uno sobre el pecho del otro, se enlazaban
-sus manos, se confundían sus alientos; pero no había ni la más mínima
-porción de afecto en aquel abrazo de muerte. Quizás el aborrecimiento
-mismo impulsaba al fuerte a ser generoso; quizás la propia causa
-impulsaba al débil a ser condescendiente.
-
-Llegaron a una gran barraca, improvisada con cajas y lienzos, de la
-cual salía humo, mucha bulla, y un olor fuertísimo a aceite frito y a
-guisotes de campaña. Los dos jóvenes entraron. Soldados y guerrilleros
-bebían y comían allí, sin dar reposo a la lengua un solo momento.
-Entraban o salían atropelladamente, trayendo y llevando víveres y
-pellejos de vino.
-
-Monsalud se dejó caer en el suelo, mientras Navarro decía, dirigiéndose
-a uno de los más alborotadores:
-
-—Roque, da de comer y de beber a este amigo.
-
-Fijáronse todos en la abatida persona de Monsalud, que parecía
-moribundo.
-
-—¿Es jurado? —preguntó uno.
-
-—Es un hermano del cura de Nájera; es mi amigo —repuso Navarro—. Iba a
-Francia, cuando tropezó con el convoy y me le dejaron como le veis...
-¡Eh, señor Soldevilla! —añadió sacudiéndole a Salvador por el brazo—,
-ahora se pondrá usted como nuevo... Désele primero un buen vaso de vino.
-
-—Mejor es un par de tajadas... —indicó un guerrillero que era riojano y
-conocía al señor cura de Nájera—. ¡Por vida de...! Conozco a todos los
-Soldevillas de Nájera y de Cameros, y juro que esa cara no es de ningún
-Soldevilla de aquella tierra... Como que yo conozco esa cara.
-
-—Y yo también —añadió otro del mismo estambre.
-
-—Y yo.
-
-—Despachaos, pedazos de plomo —gritó Navarro, sentándose resueltamente
-al lado de su enemigo, con objeto de evitar cualquier ofensa que
-pudiera hacérsele...
-
-Para disipar las sospechas de sus camaradas o hacerles entender que
-estaba decidido a defender al infeliz jurado, entabló con él familiar
-diálogo en esta forma:
-
-—Eso pasará pronto, amigo Soldevilla. Buena suerte fue para usted
-tropezar conmigo, que le asistiré en cuanto sea menester, y le
-protegeré, aun a riesgo de mi vida, contra todo aquel que intentara
-hacerle daño.
-
-—Gracias, muchas gracias —dijo Monsalud, bebiendo con febril ansiedad
-en una taza que le presentaron.
-
-—Tengo que comunicar a usted una triste noticia, y es que mi excelente
-padre, el señor don Fernando Navarro, amigo de su familia de usted, ha
-sido asesinado por los infames renegados.
-
-—¡Asesinado! —repitió sordamente Monsalud, engullendo el pan y las
-magras que le dieron—. ¡Infeliz suerte!... Quizás no moriría de esa
-manera.
-
-—Sí; pero los viles que pusieron la mano en aquel hombre insigne no
-vivirán mucho tiempo —dijo sofocadamente Navarro ofreciendo a Monsalud
-un vaso de vino—. Revolveré la tierra por encontrarlos, y uno a uno
-caerán en mis manos, de las cuales pasarán al infierno.
-
-—¡Al infierno! —balbució Monsalud—; gracias, gracias, señor Navarro;
-voy recobrando la vida. ¡Ah!, pero ahora recuerdo... oí hablar de
-usted... Sí; antes que cayésemos en poder de los ingleses trabé
-conversación con un joven jurado. Díjome que el señor don Fernando se
-había dado a sí mismo la muerte por no caer en manos de la vil canalla,
-que, después de sacrificar ignominiosamente a cierto clérigo, quería
-martirizarle a él de la misma manera.
-
-—También me lo han dicho así.
-
-—Y el joven que me habló de este asunto, amigo Navarro, añadió que él
-mismo, después de prestar varios servicios al desgraciado don Fernando,
-le había suministrado el medio de eximirse, por un acto enérgico, de la
-bochornosa muerte que le tenían preparada. Dijo también que el ilustre
-señor, vencido de la extenuación y del pánico, perdió en sus últimos
-momentos el juicio, cayendo en singulares locuras y manías.
-
-—Tantos detalles no habían llegado a mi noticia —dijo el guerrillero—;
-y en cuanto a las palabras de ese renegado que con usted habló, no les
-doy fe.
-
-—¿Por qué?
-
-—Porque no.
-
-—Es uno que dijo llamarse... ¿a ver cómo? ¡Ah! Salvador no sé cuántos.
-
-—Me lo figuraba... —contestó Navarro con diabólica risa—. Uno de los
-que busco... y de los que no se me escaparán, a fe mía... Es un reptil
-que ha querido morderme y que he de aplastar sin remedio. Traidor
-renegado, ha hecho migas con los franceses, y es uno de los más crueles
-sayones que tiene la canalla para atemorizar a las gentes inofensivas
-de este país. Embrollón, embustero, farsante y lleno de fatuidad,
-atreviose a poner sus ojos en un ángel del cielo a quien idolatro, y
-que no puede ser sino para mí... ¡Oh! nuestra rivalidad es ya un poco
-antigua... pero se ha recrudecido recientemente, señor Soldevilla de mi
-alma, desde que ese miserable ratoncillo, que no merece roer la suela
-de mis zapatos, se ha atrevido a manchar la buena fama de la mujer que
-adoro, engañándola con miserables artes, y obteniendo de ella ciertos
-favores por el más vil y repugnante medio... Tome usted más carne,
-señor Soldevilla —añadió presentándosela—; tal vez necesite recobrar
-todas sus fuerzas para esta noche... Pues sí, como decía, empleando
-infames medios...
-
-—Gracias, gracias, señor Navarro —dijo Salvador rechazando la carne—.
-Debe de ser un gran tunante ese joven.
-
-—Como que para hablar con Jenara y arrancarle algún honesto favor,
-remedaba mi persona y mi voz en la oscuridad de la noche...
-
-—No quiero nada más —dijo Monsalud secamente—. Me encuentro bien.
-
-—Poco ha comido usted...
-
-—Lo necesario para afrontar cualquier peligro.
-
-—Pues sí, amigo Soldevilla —añadió Navarro—, perdone usted que me haya
-exaltado al oírle nombrar persona tan aborrecida para mí. He jurado
-matarle, matarle sin piedad, y me parece que mientras él viva me está
-robando con su aliento la existencia que Dios me dio para vivir y el
-aire para respirar.
-
-Sacudido por viva excitación nerviosa, Monsalud se levantó del suelo en
-que yacía.
-
-—¡Oh!, no se levante usted... descanse usted más, señor Soldevilla
-—dijo Navarro con ironía semejante a la del diablo cuando sonríe a
-las almas en el momento de cargar con ellas—. Tome usted fuerzas,
-amigo mío, que quizás las necesite pronto, sí, muy pronto... Si quiere
-usted dormir, duerma sin cuidado; y por si tuviese recelo de que mis
-compañeros le hagan algún daño, esté tranquilo, que no me moveré de su
-lado hasta que abra los ojos.
-
-—No quiero dormir —repuso Salvador poniéndose en pie—. Agradezco a
-usted lo que ha hecho por mí... Y ahora que recuerdo, cuando ese
-jurado, que antes mencionó, hablaba del trágico fin del señor don
-Fernando Garrote y de su funesta locura, hacíalo con tanta compasión,
-que parecía haberse interesado vivamente por él.
-
-—¡Buen caso haría yo de las hipócritas palabras de ese necio! —dijo
-Navarro sin disimular su ira—. ¡Oh!, solo el oír en su boca el sagrado
-nombre de mi padre, me parece un insulto... A ver, señor Soldevilla
-—añadió tomando el sable de un guerrillero que dormía—, ¿qué le parece
-a usted este sable?
-
-—Magnífico —respondió el jurado, pasando el dedo por el filo y apoyando
-la punta en el suelo para probar la flexibilidad de la hoja.
-
-—Si no recuerdo mal, me rogó usted que le proporcionase un sable.
-Quédese, pues, con el que tiene en la mano. Este borracho de Roque es
-de mi compañía, y mañana me entenderé con él.
-
-—¡Gracias, gracias! —dijo Monsalud con extraordinaria animación.
-¡Cuántos favores debo a usted!
-
-—¿No duerme un ratito?
-
-—No.
-
-—Es verdad. Tiempo tiene usted de dormir —dijo Navarro levantándose—.
-Sí; de dormir mucho, muchísimo.
-
-Casi todos los guerrilleros que antes había en la barraca, o habían
-salido a tocar la guitarra sobre el campo, o dormían como troncos.
-Monsalud y Navarro salieron. Cuando se hallaban a buen trecho de la
-tienda, el renegado dijo a su enemigo:
-
-—¡Navarro, Navarro!... Dios que nos mira sabe que no te tengo miedo...
-Acabas de hacerme un beneficio; mi corazón se oprime al pensar que
-puedo darte la muerte... Aguarda, por Dios, a que te ofenda de nuevo;
-aguarda a que esta gratitud se disipe... Te aborrezco; pero un secreto
-respeto enfría mis rencores cuando pienso que vamos a batirnos. A pesar
-de los horribles insultos que hace poco me has dirigido, te ruego que
-esperes, que esperes hasta mañana siquiera. Creo que debemos esperar.
-
-—Adelante —repuso Navarro con enérgico acento—. No tienes que
-agradecerme nada. No te he perdonado, no te perdonaré, si no me
-confiesas que fingiste mi persona y mi voz para engañar o Jenara.
-
-—¡No lo confesaré porque es mentira! —exclamó Salvador lleno de ira.
-
-—¡Pues te mataré porque es verdad! —rugió Navarro—. Miserable, ¿piensas
-que el hombre que ha hablado a solas con esa mujer puede insultarme
-respirando el aire que yo respiro y viendo la luz que yo veo?
-
-—No una, sino muchas veces he hablado con ella —dijo Salvador.
-
-—¡Mientes, bellaco! —gritó Navarro abalanzándose hacia él con el sable
-desnudo—. Defiéndete, hijo de nadie, miserable espúreo.
-
-Monsalud sintió que por sus venas corría fuego, que su cerebro era un
-volcán. Ciego, loco de ira, se puso en guardia, gritando:
-
-—Defiéndete, salvaje. Mátame; pero antes de hacerlo, sabe que eres un
-bandido, y tu Jenara una vil mujerzuela.
-
-—Canalla, toma el camino del infierno... ¡Corre..., anda..., allá vas!
-
-No hablaron ni una palabra más; los aceros chocaron.
-
-Estaban en un sitio solitario, y la noche era oscurísima. Durante breve
-rato las dos hojas de acero se rozaban con discorde sonido. De pronto
-Carlos dio un grito terrible; inundado de sangre, cayó al suelo.
-
-—¡Dios mío!... ¡Muero!... —exclamó con un rugido, en el cual parecía
-que echaba el alma.
-
-Y luego, con voz expirante, añadió:
-
-—¡Padre!...
-
-Monsalud hincó una rodilla en tierra y le miró el rostro, sin advertir
-que algunos hombres se acercaban.
-
-
-FIN DE «EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ»
-
-
-Madrid.—Junio-julio de 1875.
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ ***
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