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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: El equipaje del rey José - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: December 19, 2022 [eBook #69578] - -Language: Spanish - -Produced by: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images - generously made available by The Internet Archive/Canadian - Libraries.) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL EQUIPAJE DEL REY -JOSÉ *** - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos - ortotipográficos. - - - - -EPISODIOS NACIONALES - -EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ - - - - - Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán - furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. - - -Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - EPISODIOS NACIONALES - SEGUNDA SERIE - - EL EQUIPAJE - DEL - REY JOSÉ - - 39.000 - - [Ilustración] - - MADRID - LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO - Calle del Arenal, núm. 11. - — - 1908 - - - - -EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ - -I - - -El 17 de marzo de 1813 salieron de Palacio algunos coches, seguidos -de numerosa escolta, y bajando por Caballerizas a la Puerta de San -Vicente, tomaron el camino de la Puerta de Hierro. - -—Su Majestad intrusa va al Pardo —dijo don Lino Paniagua en uno de los -corrillos que se formaron al pasar los carruajes y la tropa. - -—Todavía no es el tiempo de la bellota, señores —repuso otro, que se -preciaba de no abrir la boca sin regalar al mundo alguna frutecilla -picante y sabrosa del árbol de su ingenio. - -—Su Majestad se ha convencido de que no engordará en España, y por ese -camino adelante no parará hasta Francia —indicó un tercero, hombre -forzudo y ordinario que respondía al nombre de Mauro Requejo. - -—¡A Francia! Todas las mañanas nos saluda la gente con el estribillo de -que se marchan los franceses aburridos y cansados, y por las noches -nos acostamos con la certidumbre de que los franceses no se aburren, ni -se cansan, ni tampoco se van. - -—Tiene razón el señor don Lino Paniagua —declaró otro personaje que -se distinguía de los demás del grupo por el deslumbrante verdor de -sus anteojos y un extraño modo de reír, más propiamente comparable a -visajes de cuadrúmano que a muecas de racional—. ¡Tiene razón! Hace -cinco años no se oye más que esto: «Se van sin remedio; ya no pueden -sostenerse ni un día más: el _lord_ dará buena cuenta de todos ellos -dentro del mes que viene...» Y así corren los meses y los años: la -gente muere, el pan sube, los pleitos merman, el dinero se acaba, y los -franceses no se van sino para volver. Cuatro veces hemos visto salir -al señor Pepe, y cuatro veces le hemos visto entrar con más bríos. ¿Se -acuerdan ustedes de la batalla de Bailén? Pues todos decían: «Gracias -a Dios que se acabó esto. No ha quedado un francés para simiente de -rábanos.» ¡Ay! no pasaron muchos meses sin que les viéramos otra vez -mandados por el Emperador en persona. Al cabo de cinco años se ha -repetido la fiesta. Diose una batalla en Salamanca y aquí de mis bocas -de oro. «¡Ya se acabó todo!... ¡Gracias a Dios!... Viva el _lord_...» -Los franceses salen por un lado y los ingleses entran por otro... Pero -esto parece escenario de un teatro: el _lord_ se va por la derecha, y -José se nos cuela por la izquierda... Señores, no puedo olvidar las -acotaciones de las comedias, que dicen _hace que se va y se queda_... -A mí, que soy perro viejo y tengo sobre mi alma cristiana cuatro dedos -de enjundia de marrullería, no se me emboba con estas entradas y -salidas. - -—El señor licenciado Lobo —dijo don Narciso Pluma, que a la sazón se -aproximó— se halla tan bien en su escribanía de cámara que no quisiera -le molestase el ruido de las tropas, ni el estrépito de la guerra. Al -fin y al cabo, los destinos dados por Murat no han de ser eternos. - -—Ya os veo venir, embrollones; os entiendo, farsantes; os conozco, -trapisondistas —repuso Lobo disimulando su enojo—. ¿Quieren hacerme -pasar por afrancesado?... Parece que corren vientos anglicanos y -wellingtonianos... - -—Puede ser. - -—Señores, demos una vuelta por los Pozos de Nieve a ver si clarean las -casacas rojas del lado de Fuencarral y Alcobendas. - -—¿Por qué no? El ejército aliado parece que viene hacia acá. Pero en -suma, señores, ¿a dónde va esta gente? ¿Qué tinajas atraen con su -olorcillo a nuestro intruso mosquito? - -—Yo digo que no pasa del Pardo. - -—Y yo que antes dejará de catarlo que quitarse el polvo de las botas -mientras no llegue a la raya de Francia. - -—Por allí viene el reverendo Salmón que nos dirá la verdad, pues este -fraile de la Merced gusta de cucharetear con todo el mundo, y aquí cojo -un vocablo, allá pesco una sílaba, ello es que todo lo sabe. - -—Bien venido sea el Padre Salmón —dijo Requejo adelantándose a saludar -al venerable mercenario que en la noble compañía del marqués de Porreño -tornaba de la Virgen del Puerto. - -—¿Y qué nuevas tienen ustedes, señores míos? —preguntó el buen fraile -limpiando el sudor de su rostro, pues según se fatigaba al subir la -empinada cuesta de San Vicente, parecía que se dejaba la mitad de sus -rollizas carnes en el camino. - -—Como Vuestra Paternidad no nos diga algo... - -—El aparato de fuerza que lleva el rey, y la muchedumbre de coches en -que le acompaña su servidumbre francesa y española —dijo con gravedad -el marqués de Porreño— prueban que el viaje será largo. - -—Estamos a 17 de marzo... Pasado mañana son los días de don Pepito -—indicó el fraile frotándose las manos—. Quiere celebrarlo en el -Escorial. - -—¿En marzo? Eso es hablar en mojigato —dijo Pluma señalando con -picaresca malignidad a un anciano astroso y taciturno que hasta -entonces no había desplegado sus sibilíticos labios—. El señor Canencia -que está presente le enseñará a usted a hablar en jacobino. No se dice -marzo, sino _Ventoso_, víspera de _Germinal_ y antevíspera de _Floreal_. - -Todos se rieron a costa del abatido don Bartolomé Canencia, que habló -de esta manera: - -—En mi escuela se atiende a los hechos, no a las palabras: _factis, non -verbis_. - -—Estamos en marzo —afirmó Lobo—; pero ahora nos ocupamos de nuestro -rey postizo, y ya se sabe que ese está siempre en _Vendimiario_. - -—Veo que será preciso buscar las noticias en otra parte —dijo con -impaciencia Paniagua—. El Padre Salmón no está hoy de vena para contar, -y don Bartolomé Canencia, que conoce todos los pasos de los franceses -como los saltos de las pulgas dentro de su camisa, no nos quiere decir -nada, sin duda por no vender a sus amigos. - -—¡Mis amigos, los franceses! —exclamó Canencia turbándose como -jovenzuelo tímido, a quien se descubre un secreto amoroso—. ¿Soy -acaso hombre que se entusiasma con las victorias militares de Juan y -de Pedro? ¡Batallas! ¡Ejércitos! ¡Napoleón! ¡Lord Wellington! ¡Qué -basura! Soy partidario del género humano, señores. Odio las guerras, -destructoras de la _convención_ social, y aguardo el día de la -independencia de los pueblos. Sé que me calumnian; sé que algunos se -atreven a sostener que estuve en Salamanca en una sociedad masónica... -¿Por ventura estas mis venerables canas y esta entereza filosófica -que debo a mis estudios son a propósito para degradarse en logias y -aquelarres...? Pero basta que me hayan dado ese miserable destinillo -en la contaduría del Noveno para que se me crea ligado en cuerpo y -alma a los Bonapartes, señores; a los hijos de doña Leticia, que hoy -dominan el mundo con la espada... ¡Como si la espada fuera otra cosa -que un pedazo de acero, una herramienta brutal, una lanceta inerte y -punzante que solo sirve para sangrar a los pueblos!... Y entre tanto -las ideas... Volved los ojos a todos lados y decidme: ¿dónde están las -ideas? - -Las risas impidieron a Canencia seguir adelante en su comenzado -discurso. Salmón le quitó la palabra de la boca, para decir: - -—Mala pascua me dé Dios y sea la primera que viniere. Si a este don -Bartolomé no le cambian pronto su plaza de la contaduría del Noveno por -una jaulita en el Nuncio de Toledo... En suma, nada nos ha dicho del -viaje del rey. Lo que yo aseguro es que ayer nada se sabía en Palacio -de tal viaje... - -—Por allí viene quien nos ha de sacar de dudas —dijo Pluma señalando -hacia Caballerizas. - -Todos los del corrillo fijaron la atención en un joven bien parecido, -de rostro alegre y franco que precipitadamente bajaba en dirección a -San Gil. Vestía el uniforme de la guardia española creada por José en -enero de 1809, y a la cual pertenecían buen número de compatriotas -nuestros con todos o casi todos los suizos y walones de los antiguos -cuerpos extranjeros. - -—¡Eh, Salvadorcillo Monsalud, Salvadorcillo Monsalud! —gritó el -licenciado Lobo, llamando al mozo del uniforme. - -—Es sobrino de Andrés Monsalud, el que apalearon en Salamanca —indicó -con malicia Requejo—. El señor Canencia puede dar noticia de la batalla -de los Arapiles y de los palos de Babilafuente. - -—Señores patriotas, buenos días —dijo el joven guardia acercándose al -corrillo y saludando a todos con festivo semblante. - -—¿Qué ocurre, discreto amigo aunque jurado? —le preguntó Salmón posando -su mano en el hombro del mancebo—. ¿A dónde va por esos caminos el -Emperador de las Tinajas? - -—A Valladolid —repuso el militar. - -—¡A Valladolid! —exclamaron todos—. ¡Ya lo presumía yo! - -—Por allí están la Nava, Rueda, la Seca, Mojados y demás cepas... - -—¿Conque a Valladolid? - -—No faltarán batallas... —indicó el joven con énfasis—. Napoleón ha -mandado un propio a su hermano, diciéndole que salga a campaña. - -—¿Un recadito? - -—Y nosotros salimos también... Y con nosotros los ministros, y con los -ministros los empleados, y con los empleados... - -—Con los empleados los empleos —añadió Lobo—. Eso será bueno. - -—En Palacio están empaquetando a toda prisa cuadros y alhajas -—prosiguió Salvador con alborozo y orgullo, propios de la juventud al -verse portador de nuevas estupendas—. Ayer embaulamos juntamente con -la batería de cocina una tabla pintorreada que llaman el _Pasmo de -Sicilia_... Nos llevamos hasta los clavos... Dentro de pocos días se -van a embargar todos los coches y carros de la villa, y aún no bastará. - -—¡Todos los carros! Pero esta gente nos va a dejar sin un alfiler para -atrabarnos las chorreras. - -—¿Acaso vinieron a otra cosa? Pues qué —afirmó Salmón—, ¿cree usted que -esa gente ha sabido lo que es pan antes de venir a España? - -—Y ahora, señores —dijo el militarejo—, harán ustedes bien en marcharse -cada uno a su casa de dos en dos, porque la policía no gusta de ver -grupos en los alrededores de Palacio. - -Esta advertencia produjo rápidos efectos: deshízose el grupo, y por -parejas se alejaron en direcciones diversas los esclarecidos sujetos, -marchando cuál a su oficina, cuál a su tienda, este a la escribanía, -aquel al convento, quién a la tertulia de la botica, quién a los -estrados de las damas y a las reuniones de la gente tónica, afanosos -todos de transmitir las noticias recibidas, que de calle en calle, y de -sala en sala, y de boca en boca iban desfigurándose y abultándose hasta -el punto de que no las conocería el mismo que las lanzó a los vaivenes -y agitaciones del mundo. - -¡Y entonces no había periódicos! - - * * * * * - -José Bonaparte había salido, en efecto, para Valladolid, obedeciendo -a su amo y hermano que le mandaba ponerse al frente del ejército, -mientras él, no escarmentado con la desastrosa campaña de la Moscowa, -se disponía a emprender otra nueva en Alemania contra la sexta -coalición. - -Cuando el coche, pasado el arco de San Vicente, torció a la derecha -en dirección a la Puerta de Hierro, Su Majestad, que hablaba con el -general Jourdan, dejó a este con la palabra en suspenso, y se asomó -por la portezuela para contemplar el Real Palacio que quedaba detrás, -sentado en los bordes de la Villa, con un pie arriba y otro abajo, -destacando su enorme cuerpo blanco sobre las rampas de ladrillo que -le sirven de trono y sobre la verdura de los árboles que le sirven de -alfombra, José Bonaparte dirigió al edificio una mirada en la cual -difícilmente podrían conocerse los sentimientos de su corazón. Aquel -abandonado albergue que veía Su Majestad tras sí, ¿era una mansión -risueña, de la cual no podía alejarse sin pena, o, por el contrario, -cueva horrorosa en cuyo recinto no había sino cautiverio y tristeza? -¿Era grata al intruso la idea del regreso, o se complacía su ánimo con -el pensamiento de perder de vista para siempre la enorme casa blanca, -las rojas murallas, el rastrero jardín, entre cuyo follaje levanta su -abollada techumbre la ermita de la Virgen del Puerto?... - -Napoleón el Chico, después del triste mirar, recostose taciturno en -el fondo del coche; mas no oyeron sus cortesanos ningún suspiro como -el que en parecido caso regaló a la historia Boabdil el de Granada. -Reanudose la conversación entre José y el mariscal Jourdan. Madrid y -su Palacio, y su polvo, y su claro cielo, y su aire sutil no fueron ya -para el hermano de Bonaparte más que un recuerdo. - - - - -II - - -Salvadorcillo Monsalud era un joven de veintiún años, de estatura -mediana y cuerpo airoso y flexible. Su rostro moreno asemejábase -un poco al semblante convencional con que los pintores representan -la interesante persona de San Juan Evangelista, barbilampiño y un -poco calenturiento, con singular expresión de ansiedad inmensa o de -aspiración insaciable en los grandes ojos negros. Grave seriedad -sentimental se desprendía de su persona, de su voz y de su porte; -cautivaba a todos por su cortesía, y a las muchachas por su agraciada -delicadeza no adquirida con la educación, pues había nacido en cuna muy -humilde. Era como el Evangelista, algo tímido y muy circunspecto, lo -cual no resultaba útil en este siglo, ni aun cuando principiaba. Con -su traje de guardia española, Monsalud estaba muy gallardo, pero sin -aquel espantable continente marcial que caracteriza a los militares de -afición: era su figura la de un soldado en yema o campeón verde que -aún no se había endurecido al sol de los combates, ni acorazado con la -fanfarrona soberbia de una larga vida de cuarteles. - -Este joven tenía por tío a Andrés Monsalud, que vivía en la Cava -Baja, y por amigo íntimo y confidente a un compatriota llamado Juan -Bragas, que con él viniera poco antes de la Puebla de Arganzón a -buscar fortuna. Había emigrado Salvador por razones que se conocerán -en el transcurso de esta historia, y que no eran ciertamente alegres. -Indeciso primero sobre la carrera a que debía dedicarse, y no -sintiéndose con vocación para el comercio ni para la curia ni para -la Iglesia, entrose de rondón por la puerta del militarismo, ancha -y abierta siempre, y que tiene la ventaja sobre las demás puertas, -incluso la Otomana, de llevar rápidamente a todas partes. Diérale su -buena madre al partir una cantidad que podía parecer considerable en -el condado de Treviño, pero que en Madrid era de esas que se disuelven -pronto en la inmensidad de la vida, como grano de sal en tinaja de -agua. Viéndose, pues, el joven sin nada blanco ni amarillo en sus -arcas, y no teniendo más tesoro que los sabios consejos de su insigne -tío don Andrés Monsalud, resolvió aprovecharse de este caudal, que -a todas horas se le vertía en los oídos, ya en forma de reprimenda, -ya con color de amonestación. No por entusiasmo, no por falta de -patriotismo, no por bélico ardor, sino por necesidad, entró Salvador -en uno de los regimientos españoles que servían malamente a José, y a -los cuales llamábamos entonces _jurados_. Bien pronto le dieron las -charreteras de sargento. - -Eran los individuos de estos cuerpos muy aborrecidos y escarnecidos -en Madrid, por servir al enemigo intruso, tirano y ladrón de la -patria; pero Monsalud no se preocupaba de esta falta de estimación -que al recaer sobre la infame bandera, alcanzaba también a su humilde -persona. Aunque el joven tenía ideas y no pocas, si bien revueltas, -confusas y desordenadas, aún no poseía las que comúnmente se llaman -ideas políticas, es decir, no había llegado, a pesar del vehemente -ardor de la generación de entonces, al convencimiento profundo de que -la solución nacional fuese mejor o peor que la extranjera. No faltaba -ciertamente en su corazón el sentimiento de la patria; pero estaba -ahogado por el precoz desarrollo de otro sentimiento más concreto, más -individual, más propio de su edad y de su temple: el amor. Está escrito -que en ciertos casos, tal vez siempre, el rostro de una mujer tenga -mayores dimensiones y ocupe dentro del universo más grande espacio que -las inmensidades materiales y morales de la patria. Por esta causa, -por este aparente absurdo, Fernando el Deseado y José Bonaparte eran a -los ojos de Monsalud, dos figuras lejanas y pequeñitas, que apenas se -parecían en las nieblas del cerrado horizonte. - -Quién era la persona que así llenaba la fantasía y ocupaba las -potencias todas del alma de este joven, sabralo el lector más adelante, -cuando con sus propios ojos la vea y oiga su vocecita y conozca su -historia. Monsalud estaba solo en Madrid, porque realmente para él -los cien mil habitantes de la capital no eran nadie, ni su amigo y su -tío eran tampoco gran cosa. La soledad y la distancia habían ahondado -el hoyo de su pensamiento, dentro del cual tristemente se revolvía, -escarbando con ardor por todos lados sin hallar salida, ni respiro, ni -luz. - -Hemos dicho que tenía un amigo, sí: Juan Bragas, joven nacido como -Monsalud en el lugar de Pipaón, y que, poseedor de mayores recursos -y valimiento, había resistido a las primeras escaseces de la vida -cortesana, pescando al fin, por lo muy pedigüeño y sumiso, una pluma -de ganso en las covachuelas. Juan Bragas era, pues, covachuelista, es -decir, palote árido y enteco en el cual debía injertarse después la -vigorosa rama del funcionario público. Su carácter difería mucho del de -Monsalud, y, sin embargo, se juntaban ambos jóvenes con sumo gusto para -charlar y referirse sus respectivas desventuradas aventuras. - -Juan Bragas carecía por completo de imaginación y de sensibilidad fina; -pero sabía poner las cosas en su sitio, y tenía el mejor ojo del mundo -para ver todos los objetos en su tamaño real; poseía, en suma, aquel -poderoso instinto aritmético que a ciertas organizaciones, quizás las -más influyentes hoy, les sirve para reducir a cantidad o a tamaño, -mejor dicho, a una forma visible y fácilmente apreciable, todos los -hechos de la vida en lo moral y en lo físico. Bragas no se equivocaba -nunca: tenía en sus juicios la infalibilidad de las matemáticas. -Monsalud era una equivocación perpetua: llevaba infiltrado en su -naturaleza el error constante y todas las deslumbradoras mentiras de la -poesía. - -A pesar de esto, no reñían nunca y se querían de veras. Quizás ha -dispuesto Dios que el mundo se componga de un Monsalud y de un Bragas. -¡Oh, admirable armonía y concordia sublime! Las cuerdas del harpa no -exhalarían, no, su armoniosa voz, si no existiera una caja vacía y -seca, una especie de ataúd oscuro que retumbase bajo ellas, y vibrase -agrandando los sones en su desnuda concavidad que podría servir de -despensa. - -Cuando Monsalud estaba libre del servicio iba a buscar a Bragas, el -cual limpiaba una tras otra las amarillentas plumas, guardándolas en -el cajón con tanto cuidado como guarda un cirujano sus instrumentos; -se quitaba después los manguitos negros, se desperezaba, y tomando -con la diestra mano el sombrero, y despidiéndose con la zurda de -don Gil Carrascosa, jefe de la oficina, salía a la calle. Ambos -jóvenes dirigían sus pasos por lugares no muy concurridos, bajando -frecuentemente al campo del Moro, a la Virgen del Puerto, o bien se -lanzaban intrépidos a las ondas de polvo del cerrillo de San Blas, o de -la vuelta exterior del Retiro. - -Un día, que debió de ser allá por los últimos de mayo de 1813, Bragas y -Monsalud hablaron de esta manera: - -—Amigo Juan Bragas, estoy de enhorabuena porque al fin voy a dejar este -maldito pueblo que aborrezco. Los franceses se retiran mañana y yo con -ellos. - -—¿A Francia? - -—O por el camino de Francia, al menos —añadió Monsalud—, con lo cual -dicho se está que pasaré por la Puebla de Arganzón, nuestra querida -villa. Anímate, Juan... Ya me parece que estoy entrando por la calle -Real; que me acerco a mi casa sin que mi madre lo sospeche; ya me -parece que llego, empujo la puerta, y me presento dando gritos y -porrazos. A mi madre se le cae la calceta de la mano, corre a echarse -en mis brazos, y la aguja de media que lleva sobre la oreja, se me -clava en la frente... El corazón me baila en el pecho, amigo Bragas, -cuando tales cosas pienso. - -—De veras te digo que pareces cómico —dijo Bragas riendo—. ¡Qué bien -sabes fingir y representar una cosa que no es verdad! - -—Y luego —añadió Monsalud—, saldré de mi casa, y paso a paso iré junto -a Nuestra Señora de la Asunción, a cuya plazoleta caen las ventanas de -Generosa, y arrojaré una chinita a los vidrios... - -—Para que se asome Jenara con su pañuelo encarnado sobre los hombros... -La pícara, ¡qué guapa es! —afirmó Bragas—. Me parece que la estoy -mirando, cuando bailaba contigo en casa del maestro Rondaña. Salvador, -¿te acuerdas de aquel lunarcito que tiene sobre el rincón derecho de la -boca? ¡Santa Virgen, qué rinconcito! - -—Para retirarse a él y decir: «Ya no quiero más mundo.» - -—¿Pues y aquel modo de mirar, y aquel reconcomio de ángeles divinos, -cuando se menea, o alza los hombros, o le da a uno las buenas tardes? -Paréceme que la oigo: «Buenas tardes, Braguitas, ¿has visto en las eras -a Salvador Monsalud?» - -—¡Ay, amigo! —exclamó el joven soldado dando un suspiro—. ¡Cuando uno -piensa que ha tenido todo eso y todo eso ha perdido!... - -—¡Miren el Juan Lanas! Valiente hombre tenemos aquí —dijo el de la -covachuela mofándose de la sensibilidad un tanto exagerada de su -amigo—. Échate a llorar, ponte flaco y amarillo, y echa suspiritos al -aire por una mujer, por un lunar bien puesto encima de una boquirrita. -Mira, Monsalud, si tú eres necio, yo no lo soy. Ya te lo he dicho -varias veces: las mujeres para un rato, y nada más. Mucho de te quiero -y te adoro; pero después... puntapié. Eso de llorar y entristecerse, -decir palabrotas y quererse morir por una de tantas, es propio de bobos. - -—Tú no sabes lo que es el amor, Juan Bragas —dijo el soldado—, o mejor -dicho, crees que viene a ser algo semejante a un plato de estofado. - -—Ni más ni menos. Un plato de estofado repugna después de haber -comido... Por consiguiente, no te acuerdes más de la Generosa, que a -buen seguro ella se acuerda de ti como de las nubes de antaño. Los -paisanos que llegaron el otro día me dijeron que se iba a casar con el -hijo de don Fernando Garrote, el cual tiene más dinero que pesáis tú y -Generosa juntos. - -—¡Con el hijo de don Fernando Garrote, con Carlitos Garrote! —murmuró -Monsalud palideciendo—. Juan Bragas, si vuelves a decir eso delante de -mí, te cojo y... vamos, te cojo y te ahorco de un árbol. - -—¡Piedad, señor mío! —dijo Bragas deteniéndose ante su amigo y -haciendo grotescos gestos—. Está usted enamorado, o lo que es lo mismo, -imbécil, y los imbéciles suelen ser graciosos. - -—Bragas, eres una bestia —dijo el soldado—. Para ti no hay más vida que -el forraje que te echan todos los días en casa de tu patrón, don Mauro -Requejo. Siento tener por amigo una bestia; pero, en fin, eres un buen -muchacho: tu solo defecto es que coceas de vez en cuando. - -—Pero jamás he llevado sobre mí la albarda del enamoramiento. Ven acá, -hombre sin seso, ¿de quién estás enamorado? De Generosa. ¿La ves acaso? -¿No está a cien leguas de donde tú estás? ¿No te dijo su abuelo que -jamás casarías con ella por ser tú un triste pelón y tener tus arcas -rasas, lisas y mondas como fondo de mortero de piedra? De modo que -estás queriendo a una sombra, a un imposible, a una ilusión, a una -telaraña: justo, esa es la palabra, a una telaraña. - -—Juan —repuso Monsalud—, al oírte me confirmo en que eres un saco de -carne, con dos agujeros que llaman ojos, para ver lo que se le pone -delante, y boca y barriga para comer y llenarse de bazofia todos los -días. Cada hombre tiene su destino en el mundo: el tuyo ya sabemos cuál -es. - -—Y el tuyo lo veo yo clarito también: holgazanear, mirar a las -estrellas cuando las hay, taconear por las calles para llamar la -atención de las costureras que pasan, no tener que comer, y ser toda la -vida un señoritico cañihueco y hambrón. - -—Pues mira, a veces se me ha ocurrido, amigo Bragas, que yo sería mucho -más feliz si fuese como tú, es decir, un saco con sentidos. Pienso -muchas veces en mi porvenir y digo: «Quién sabe, ¡vive Dios!, si esto -que pienso será una mentira, una cosa vana y disparatada.» Todos los -jóvenes hacemos nuestros cálculos para lo porvenir, Juan, y los míos -son un poco extraños y fuera de lo común. A mí se me ha puesto en la -cabeza que para levantarse todos los días, comer, dormir la siesta, -pasear, cenar y meterse en la cama, no valía la pena de que hubiésemos -nacido. Más vale ser un puñado de polvo que los vientos se llevan y -desparraman por todas partes. O yo no he de valer nada, o he de vivir -de otra manera. Soy un ignorante; sé poco de las cosas del mundo; mas -por lo poco que sé, comprendo que hay muchos trabajos admirables en que -el hombre se puede emplear. Digan lo que quieran, el mundo no marcha -bien. - -—Pues yo creo que marcha admirablemente —dijo Bragas riendo—. ¿También -quieres enmendar la obra de Dios? - -—No digo tal: quiero decir que esto no va bien; no sé si me explico. -Si tú tuvieras siquiera un pedazo de alma, tendrías las inquietudes -y los deseos que yo tengo, y estarías enamorado como yo lo estoy. Es -un padecimiento; pero no puedes formarte idea de que se te quita este -padecimiento, sino haciéndote cargo de que estás muerto. Vivir curado -del mal de amores es cosa que la mente no puede concebir, Braguitas. - -—Dime, Salvador —indicó el covachuelo con ademán festivo—, ¿piensas -seguir así?... Te juro que vas a hacer bonitísima carrera. Por ese -camino de los amorosos sufrimientos y del suspirar y escupir sangre se -va a general en poco tiempo. - -—¿Y quién te ha dicho que yo quiero ser general en dos palotadas?... Lo -que digo es que yo seré alguna cosa que meta ruido. - -—Siendo militar y tambor, en efecto, puedes meter mucho ruido. - -—Allá lo veremos... ¿Y tú qué piensas ser? - -—¿Yo? Dificilillo es anunciarlo desde ahora, señor Monsalud; pero no -me quedaré de monago. Sepa usía que en el fondo de mi baúl tengo siete -duros. - -—¿Y qué haces que no pones un buen comercio o un segundo Banco de San -Carlos? - -—Por poco se empieza. Yo sacaré el pie del lodo, señor Monsalud. Y no -me pidas prestados los siete duros, porque más fácil será que saques -un alma del infierno que sacar mis soles del fondo del arca donde -los guardo. Como no me he de enamorar, ni siento comezón de echarme -vinagrillo de los Siete Ladrones en el pañuelo, allí se estarán hasta -que vayan otros tantos a hacerles compañía. Con que perdone por Dios, -hermano, que no tenemos suelto. - -—Bien sabes que nunca te he pedido nada. - -—Pero pudiera ocurrírsete cualquier día, Salvador. Tú vas sacando malas -mañas... Ahora que te vas al Norte, asistirás alguna batalla... Como no -faltará algún pueblo que entrar a saco, mucho ojo, amiguito, y mete -mano. - -—Descuida, soy buen amigo: si después de una batalla se reparte botín y -me toca algo, te lo mandaré. - -—Hombre, no es mala idea... Pero si te tocase alguna herida o -descalabradura, puedes quedarte con ella. - -—Oye, Juanillo —replicó vivamente Monsalud—, ¿no dices que tu mayor -gusto consistiría en ser ministro del rey para tener mucho dinero y -hacer mucho bien, llenarte de gloria y morir honrado y bendecido? - -—Sí. - -—Pues te guardas el dinero, ¿eh?... y la gloria, la honra y las -bendiciones me las mandas. - - - - -III - - -Así pensando y discutiendo, a veces riñendo y regalándose el uno al -otro palabras un poco fuertes; haciendo luego las paces para prometerse -amistad invariable, dieron nuestros dos amigos la vuelta del Retiro, y -cuando tornaban a Madrid por la calle de Alcalá, vieron que discurría -de arriba abajo mucha gente, y que contraviniendo las disposiciones -de la policía francesa, en todas partes se formaban grupos. Pedíanse -las personas unas a otras las noticias, arrebatándoselas de la boca y -comentándolas para soltarlas luego desfiguradas. Cuál aseguraba saber -mucho, cuál, ignorándolo todo, se hacía repetir hasta tres veces la -misma noticia. Todos los madrileños parecían sorprendidos, y los más, -alegres. - -Al punto pararon mientes Monsalud y Bragas en aquella estupenda -novedad de los corrillos y de la animación que se repetía, a pesar del -Gobierno, siempre que llegaban noticias de alguna batalla. Deseosos -de conocer la verdad de lo que ocurría, husmearon en varios grupos; -mas no viendo caras conocidas en ninguno de ellos, no se atrevieron a -meter su cucharada y se contentaron con algunas palabras sueltas. Pero -hacia las Baronesas creyó Bragas oír la voz de don Gil Carrascosa, -abate antaño, y por entonces covachuelista en la misma covachuela del -covachuelado mancebo. Acercáronse y vieron que el licenciado Lobo venía -a su encuentro, juntamente con don Mauro Requejo y el señor Canencia. -Fundiéronse todos en el grupo, a punto que Carrascosa decía: - -—Mañana salen de Madrid los franceses. Parece que ahora va de veras, -señores patriotas, y que no volverán más. El rey José está muy apretado -y no puede pasar, según dicen, de la línea del Ebro. Aquí no quedará -un solo francés, ni un solo jurado, ni un solo polizonte, ni un solo -jacobino. Respira, ¡oh patria! - -—La verdad —dijo don Lino Paniagua, que también era de los presentes— -es que Wellington se ha movido. - -—Y parece que también se ha movido el cuarto ejército que manda -Castaños... Sin duda quieren cerrarles el paso de Burgos y Vitoria. - -—¡Admirable plan! —exclamó Lobo—. ¡Cerrar el paso! Nada más claro. El -cuarto ejército estaba en todas partes, como perejil mal sembrado. -Castaños, en Extremadura con una división; Porlier y Losada, en Galicia -con otra; Morillo, en Asturias; Mina, en Vizcaya. Lord Wellington, que -desde Fregeneda ponía su lente en todo, les ha mandado adelantarse. Uno -viene por aquí, otro por allá, con tan admirable concierto y arte como -las piezas de un reloj que ordenadamente van andando, sin estorbarse -una a otra. El francés, que con la cholla cargada de vapores viníferos -se duerme en Valladolid, en Segovia, en Madrid y en Zaragoza, no ve el -nublado hasta que le cae encima. Se asusta, llama a _Farfulla I_ en -su ayuda; pero _Farfulla I_, después de la campaña de Rusia, no está -para fiestas, y héteme al rey José en campaña. Él había dicho, como los -castellanos: «Vino puro y ajo crudo hacen al hombre agudo...», pero en -buena se ha metido... ¡Grandes batallas se preparan! Todo esto, amigos -míos, lo barruntaba yo; se necesita no tener un solo grano de sal en -la mollera para comprender que hallándose el lord en Fregeneda, Longa -y Mina en el Norte, Morillo en Asturias, y Carlos España en el Bierzo, -pues... yo lo veo claro como el agua. - -—Y yo turbio como el cieno —dijo Canencia con filosófico desdén—. ¡Una -batalla más! Rousseau ha dicho que las verdaderas batallas son las que -gana la sabiduría contra la ignorancia de la corrompida humanidad. - -No tardó en pasar el Padre Salmón, que, con el Padre Ximénez de Azofra -y el marqués de Porreño, regresaba a su convento, y pegándose al grupo -hizo varias preguntas. - -—Eso ya lo sabíamos... que se va toda la canalla mañana temprano... -¿Pero y de los ejércitos, qué se dice? - -—A mí se me figura —dijo con gravedad el marqués de Porreño—, se me -figura... es idea mía... puede que me equivoque, pero juraría que el -_lord_ se ha movido. - -—Eso no tiene duda —repuso Lobo dignándose repetir el plan de campaña -con que poco antes había demostrado su perspicacia estratégica. - -Y al poco rato partieron en distintas direcciones. Acompañaron al señor -marqués los dos reverendos, y recibidos por la interesante familia de -este, Salmón exclamó: - -—¡Gran bomba, señoras! El _lord_ se ha movido. - -—¡Y mañana salen de aquí todos los franceses! - -—¡Benditos sean los designios de la divina Providencia! —dijo la -hermana del marqués. - -—¡Wellington se ha movido! —repitió el mercenario, mirando a diestro y -siniestro por ver si se vislumbraban en el horizonte lejanos signos de -soconusco—, y juntamente con Mina y Morillo viene sobre Madrid. - -—¡Jesús! ¡Sobre Madrid! - -—Así lo han dicho. Parece que da la vuelta por el Duero, que está, -como usted sabe, en Tordesillas. Y como Castaños pasa de Extremadura -a Asturias, con el séptimo cuerpo, digo, con el octavo o con el -duodécimo... en junto unos cuatrocientos mil hombres. - -Poco después la hija del marqués de Porreño iba a casa de Sanahuja, -donde ya sabían la noticia gracias a don Lino Paniagua, y decía: - -—Lo menos setecientos mil hombres dicen que trae _Vellinton_. - -Conviene advertir que casi todos los españoles pronunciaban el nombre -del general inglés como acabamos de escribirlo. Algunos lo modificaban -diciendo _Velliztón_, acentuando la última sílaba, lo mismo que decían -_Stapletón Cotón_; pero esto no hace al caso, y siga nuestro cuento. El -conde de Rumblar, que a la sazón hallábase en casa de Sanahuja, partió -como un rayo, y en la Puerta del Sol topó con Marchena, a quien dijo -que José iba sobre Fregeneda, y que el duque de Ciudad Rodrigo estaba -en Valladolid... Poco después don Narciso Pluma, que esto oyera y otras -muchas estupendas cosas que había oído poco antes, lo revolvió todo, -haciendo la más chistosa ensalada que puede imaginarse, y entró en casa -de Porreño, donde sostuvo que se estaba dando una batalla junto al -Duero entre don Pablo Morillo con doce mil hombres y el rey José con -setecientos mil... - -Repitámoslo, sí. ¡Entonces no había periódicos! - - - - -IV - - -Cuando se disolvió el grupo, los dos jóvenes siguieron su camino. - -—Vamos a casa de mi tío —dijo Monsalud—, a ver qué piensa de estas -cosas. Ya anochece; apretemos el paso... ¿No te parece que los -habitantes de la Villa están un poco alborotados? - -—¡Salen los franceses!... ¡Un cambio de Gobierno! —murmuró Bragas -intranquilo—. Ahora todos los que han sido empleados durante el -Gobierno intruso... - -—A la calle, amigo. ¡Pues no es poca afrenta la que tienen encima, -haber servido al intruso!... ¡Oh vilipendio! - -—Pero yo soy español, muy español. Detesto a los franceses. - -—Ahora que se van es muy cómodo decir eso. Yo, señor don Juan, les -tengo rencor. Con ellos he servido, con ellos voy. - -—Entonces dirás: «¡Viva Napoleón!» - -—No diré ni que viva ni que muera, porque yo no he de matar ni -resucitar a nadie. Me alegraré de que sea rey de España Fernando VII... -Ya sabes por qué he servido a José: me moría de hambre y acepté sus -banderas. Tal vez hice mal; pero las juré, y tras ellas voy a donde me -lleven. Eso de gritar hoy _Bonaparte_ y mañana _Fernando_, como hacen -muchos, no entra en mi sistema. Sirvo a José sin entusiasmo, pero con -lealtad. - -—¡José, José —exclamó Bragas alzando la voz—, es un borracho! No se -tiene lealtad con los borrachos. - -—A ti y a mí nos ha dado de comer. Los dos nos encontrábamos en Madrid -bastante perdidos y derrotados. Mi tío me colocó en el regimiento de -Jurados, lo cual fue muy fácil, porque nadie quería entrar en él. Tu -colocación parecía más difícil; pero tanto lloraste y gimoteaste ante -el conde de Cabarrús, que el buen señor, considerando que eres hijo de -su criado, diote a roer ese hueso de la covachuela. Para conseguirlo, -te fingiste entusiasmado con el fraternal gobierno de Bonaparte, ¡y qué -memoriales le echabas!... ¡cuántas resmas embadurnaste con lamentos -y suspiros!... Para que todo no fuera música y palabrillas vanas, te -aplicaste al oficio de dar vítores y palmadas en la calle siempre que -el rey pasaba, y gritar: «¡Mueran los _madripáparos_!» - -—¡Mentira, mentira! —chilló Juan Bragas, cuyo rubor no podía -distinguirse a causa de la oscuridad de la noche—. ¿De dónde has sacado -tales invenciones? - -—Verdad, verdad pura, digo yo —continuó Monsalud—, como también lo es -que te daban obra de tres reales por función, quiero decir, por cada -carrera detrás del coche de Pepe Botellas, gritando y vitoreándole. -Ello es que si te desgañitaste, ganando aquella ronquera que te puso en -peligro de callar para siempre en la sepultura, en cambio recibiste -el destino que tienes, el cual verdaderamente no es mucho premio para -tanto batir palmas y asordar a la gente con los vivas. - -—Salvador, Salvador, mira que me incomodo —dijo Bragas con voz -balbuciente, señal de que le ponía colérico el verídico retrato que su -amigo diestramente trazaba—. Cualquiera que te oiga, ¿qué pensará de mí? - -—Ahora quieres pasar por hombre formal. Vas muy serio y finchado por la -calle; entras en la covachuela dando taconazos, y cualquiera supondría -que dentro de ese casacón que compraste en el Rastro, va un consejero -de Indias. - -—Si no va todavía, irá con el tiempo, señor mío. - -—Y como parece que el rey José y los franceses y los jurados se -marchan para siempre, quieres hacer olvidar que te colocó el conde de -Cabarrús... Ahora es preciso _empecinarse_, señor Juan Bragas, como -se _empecinó_ su merced cuando evacuaron la Villa los franceses y la -ocuparon los aliados, después de la batalla de los Arapiles. - -—Amigo Monsalud —gruñó el otro—, yo soy dueño de hacer mi santa -voluntad ahora y siempre. Sé dónde me aprieta el zapato, y cada uno -tiene su alma en su almario. Tú mismo, que ahora te la echas de hombre -recto y puntilloso, estás esperando a que los franceses salgan de aquí -para desertar de sus filas y pasarte a los españoles, lo cual es muy -meritorio y por extremo patriótico; que no hay gloria más envidiable -que servir a la patria, ni deshonra que se compare a la de ayudar al -enemigo contra nuestros hermanos. Y ahora que los franceses van de capa -caída y parece que huyen vencidos, el heroísmo consiste en volverles la -espalda. - -—Eso no lo haré yo —dijo con energía Monsalud—, que cuando entró a -servirles lo hice por mi voluntad. - -—Pues no te podrás quitar de encima la nota de traidor —indicó Bragas, -malicioso—, que traidores son los que sirven al enemigo de la patria. -¿No te da vergüenza de vestir ese uniforme? - -Cuando esto decían, habían entrado en la calle de Toledo y tomaban por -la derecha la embocadura de la Cava Baja, donde tenía su residencia el -señor Monsalud _senior_, tío de nuestro héroe. Por las noches Salvador -solía hacer parada en casa de su tío, antes de encerrarse en el -cuartel, y acompañábale generalmente Bragas, atraído por el olorcillo -de una regular cena que allí se aderezaba y el reclamo de una animada -tertulia. - -—Veremos qué piensa mi tío de estas cosas —dijo Monsalud—. Es un -afrancesado rabioso, y desde que el conde de España le mandó dar -de palos en Salamanca, no cesa de decir que ahorcaría a todos los -_empecinados_ si en su mano estuviere. - -No había concluido Monsalud de decir lo que antecede, atravesando la -plazoleta que llaman Puerta Cerrada, aunque no hay allí puerta alguna -abierta ni entornada, como no sea las de las casas, cuando muchas de -las gentes reunidas junto a las tiendas, y el gran número de majos, -chulillos y mozalbetes desvergonzados que por allí discurrían, fijaron -su atención en los dos jóvenes, y principalmente en el sargento de la -guardia, cuyo uniforme a cien leguas le denunciara como servidor del -rey entrometido. - -—Parece que nos miran —dijo Monsalud— y nos señalan. ¿Llevamos algo de -particular? - -—Es que la gente está alborotada... —balbució Bragas, temblando de -miedo—. Llevas uniforme de la guardia jurada... Ese traje es muy -aborrecido en Madrid, y con razón, con muchísima razón... No creas -que te van a defender tus amigos. Ocupados de su viaje, no se cuidan -de niñerías, y lo mismo les importará que te insulten o que no. -Los franceses desprecian a los traidores que les sirven, como les -despreciamos los españoles. - -Iba a contestar Monsalud, cuando de un grupo de holgazanes que sostenía -la esquina de la Cava Baja, salieron voces de «¡A ese, a ese!», y -luego un murmullo de risas insolentes. Monsalud se paró en medio de la -calle, y volviéndose a los del grupo les miró cara a cara, esperando -que alguno pasase de las palabras a las obras. En el mismo instante, -varias pelotas de lodo, arrojadas por los chiquillos, se aplastaron en -su pecho, salpicándole la cara. - -El populacho es algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene horas -de heroísmo, por extraordinaria y súbita inspiración que de lo alto -recibe; pero fuera de estas ocasiones, muy raras en la historia, el -populacho es bajo, soez, envidioso, cruel y, sobre todo, cobarde. Todos -los vencidos sufren más o menos la cólera de esta deidad harapienta que -por lo común no sale de sus madrigueras sino cuando el tirano ha caído. -Si no le supo exterminar con su iniciativa y su fuerza, casi siempre se -da el gustazo de rociarle con su fango; y a todas las instituciones o -personas que caen por el esfuerzo de campeones de otra esfera más alta, -el populacho les pone su ignominioso sello de inmundicia. La libertad y -las _caenas_, a quienes alternativamente aduló, han visto sobre sí en -el momento terrible a la furia inmunda que les escupía. Como la hiena, -es intrépida con los muertos. - -Casi desguarnecida Madrid de tropas francesas, pues muchas habían -ido saliendo desde mediados de mayo; dispuesto todo para marchar las -últimas en la madrugada del siguiente día 27, el enemigo, puesto un pie -en el estribo, no se cuidaba ya de hacer cumplir las reglas de policía. -El estado de la guerra y la comprometida situación de José junto al -Ebro, confirmaban a aquel en su idea de que la ocupación de España iba -a tener fin; mas si estaban indiferentes y aun alegres los franceses, -los españoles comprometidos con ellos no cabían en su pellejo de puro -azorados y medrosos. A muchos de estos insultó la plebe en diversos -puntos, y aterrados algunos al ver el desamparo en que quedaban, -desertaron para acogerse de nuevo a las banderas de la patria. - -Se comprenderá, pues, que la situación de Monsalud, frente a los -respetables varones del populacho matritense, no era muy lisonjera. -Ciego de enojo, con el rostro encendido y la voz balbuciente, echó mano -a la empuñadura del sable gritando: - -—Al que se me acerque, le atravieso. - -Y capaz era de hacerlo como lo decía, lo cual fue sin duda conocido por -el egregio concurso de la esquina, no habiendo entre todos ellos uno -solo que se destacase del grupo para hacer frente al irritado mancebo. -Viendo este que, con ser tantos, no pasaban a vías de hecho, siguió -su camino; pero los disparos de lodo se repitieron de tal modo por la -cohorte infantil, que Monsalud, sin hacer uso del arma, corrió tras uno -de aquellos angelitos de arroyo para castigar su desvergüenza. Antes -que atraparle consiguiera, lo que no osaron tantos hombres atreviose a -hacerlo una mujer, la cual, cuadrándose marcialmente ante Salvador y -desafiándolo del modo más varonil con ojos, gesto, manos y la cortante -y ponzoñosa lengua, le dijo: - -—¡Eh!, so estandarte, si toca usted al muchacho no tendrá tiempo de -encomendarse a Dios. Si el angelito le roció, es porque puede hacerlo, -y para eso y mucho más le he parido... Conque siga adelante; punto en -boca y manos quietas. - -Dada la señal por la matrona, acercáronse valerosos algunos de los -chulos y tomadores que antes dispararan sobre el soldado burlas y -palabrotas; enracimáronse los chiquillos y mujeres en derredor suyo, y -una tempestad de insultos tronó en sus oídos. Aturdido al principio el -mozo, defendiose con empellones y golpes muy bien dirigidos. - -—¡Matarle! —gritó una arpía, al sentirse abofeteada por la mano -vigorosa de la víctima. - -—Y también a su compañero el del casacón. - -—A mí, señores: ¿pues qué he hecho yo? —dijo Bragas, procurando echarse -fuera del volcán—. Yo no conozco a ese hombre. - -—¡Mueran los jurados! - -—¿Acaso visto yo ese vergonzoso uniforme? —repitió casi llorando -Braguitas—. Soy un joven honrado, español puro y neto, y jamás he -servido a la basura. - -Monsalud, a quien no hostigaba ningún hombre de buenos puños, sino tan -solo mujerzuelas, chicos y algún cobarde zarramplín de esos que van a -todas las pendencias a meter ruido, pudo echar mano al sable y apartar -un poco de su persona al indigno enjambre. Repartió de plano con seguro -puño algunos golpes, y sin ser papa creó gran número de cardenales -en menos que canta un gallo. Algunas personas graves y varios majos -decentes intervinieron en el asunto, aplacando la furia de todos, y -propusieron que se dejase en libertad al guardia, con tal que allí -mismo se quitase el uniforme. Enfurecido y fuera de sí Monsalud, iba -a arremeter contra los amigables componedores, cuando apareció su tío -don Andrés saliendo de la casa cercana, que era donde vivía, y con -razones y tal cual empellón, él y otros que le acompañaban, cortaron la -pendencia, obligando al joven a meterse en el portal, que cerraron al -instante. - -Puesto en salvo su sobrino, a quien acabaron de aplacar las personas -de ambos sexos que había en la casa, el señor Monsalud creyó oportuno -dirigir la palabra a los del pueblo, un tanto mohíno por no haber -podido vengar en el renegado las contusiones recibidas. - -—No hagan ustedes caso, señores —les dijo con voz oratoria, que en su -vana sonoridad gustaba de oírse a sí misma—. Ese joven es mi sobrino, -un mala cabeza, un insensato que se afilió en el cuerpo de guardias -jurados, sin saber lo que se hacía. Pero en el fondo de su alma, -señores, mi sobrino es español por los cuatro costados, y aborrece a -los pérfidos enemigos de la patria. Comprendo, señores, que el pueblo -se ensañe contra los afrancesados: esos viles merecen pronto y ejemplar -castigo. (_Señales de aprobación._) Pero respetemos la desgracia, -señores y señoras; que demasiado castigo tienen esos viles en su propio -remordimiento y vergüenza. Esta noche es noche de gran regocijo para -los buenos españoles, porque mañana se marchan los pocos borrachos que -quedan en Madrid. España es libre, señoras, caballeros y niños. ¡Viva -España! (_Ruidosos aplausos, y tal cual rebuzno y no pocas patadas, -berridos y coces._) Yo respondo de que mi sobrino dejará las traidoras -banderas en que ha servido; él es buen patriota, tan buen patriota como -yo, que estoy dispuesto a derramar la última gota de mi sangre, sí, la -última y postrera gota en defensa del rey y de la Constitución. ¡Viva -la Constitución! (_Ibidem._) Y si alguna vez he vivido entre franceses, -no lo hice por amistad hacia ellos, como dicen mis enemigos, sino que -les seguí y me metí industriosamente entre sus filas para averiguar sus -planes y espiar sus acciones e informar de todo a nuestros queridos, -a nuestros queridísimos generales... ¡Ah! ¿Queréis más pruebas? Pues -allá van las pruebas. Os ruego que contestéis a mis preguntas. ¿Quién -soy yo, señores? Yo soy un mártir del patriotismo. Consagré mi vida al -servicio de la patria, y hallándome cerca de Salamanca, en un pueblo -de cuyo nombre no quiero acordarme, los franceses me apalearon.[1] -¿Y por qué, señores? Porque con mi espionaje puse todos sus secretos -estratégicos al servicio de Lord Wellington. Pues qué, ¿creéis que -sin mí se hubiera ganado la batalla de los Arapiles? (_Estupor._) -Aún tengo sobre mi cuerpo cien cardenales que con su noble púrpura -manifiestan mi heroísmo. Luego vine a Madrid a gozar del espectáculo de -este gran pueblo, ebrio de gozo por su libertad, y en agosto del año -pasado juramos la Constitución en presencia del general inglés. ¡Oh -día solemne! ¡Oh época feliz! Si se empañó tan diáfana claridad con -el regreso de los franceses, mañana se desgarrará el velo tenebroso -de la invasión; mañana se marchan otra vez para siempre, señores, con -su séquito inmundo de traidores y jurados y afrancesados. Ved cómo -tiemblan, cómo se esconden de vuestras patrióticas miradas; cómo su -vergüenza les hace bajar la cabeza ante la majestad de nuestro puro -españolismo sin mancha. Enorgullezcámonos, señores, de no haber servido -jamás a los franceses, de no habernos contaminado jamás con viles -masones y filosofastros, y _digamos con el ángel: Ave María_... Cada -cual a su casa, que es hora de acostarse. ¡Viva la Constitución y el -Lord y Fernando VII! (_Tumulto y extraordinaria sensación, acompañada -de sonoros bramidos y vocablos, que no lleva en sus blancas páginas el -Diccionario por miedo a ruborizarse._) - - [1] Véase _La batalla de los Arapiles_ (1.ª serie). - - - - -V - - -Salvador subió tristemente la escalera de la casa, acompañado de varias -personas que, atraídas del ruido y del temor, bajaron, y en la meseta -donde se abría la puerta del domicilio de su señor tío, recibiole, -candil en mano, la esposa de este, que le dijo así: - -—No podía ser otra cosa que una barrabasada del sobrino de mi marido. -¡Todo sea por Dios! Este chico tiene la cabeza a las once y está -podrido de ella. ¿Te han herido? - -—El pueblo de Madrid aborrece este uniforme —gritó Bragas que detrás a -poca distancia subía—, y no le falta razón. - -—Solo a este loco se le ocurre sacar el sable porque le echaron un poco -de fango —dijo la señora de Monsalud alumbrando para que pasasen todos -a la sala. - -Componían aquella noche la tertulia doña Ambrosia de los Linos y sus -dos hijas, una de las cuales, casada poco antes, vivía en el piso -tercero del mismo edificio. Ambas eran bastante lindas, principalmente -la soltera, que cautivaba por su frescura, por sus vivarachos ojos, por -sus rosados carrillos, marcados aquí y allí con vagabundos lunares, -por su gracia en el mirar y la flexible ligereza de su cuerpo, tanto -más admirable cuanto que la muchacha era algo medianamente gordita, -prometiendo en diversos parajes de su persona que igualaría con los -años a su enorme mamá. También estaba allí don Mauro Requejo, que solía -ir todas las noches, por ser pariente de la señora de Monsalud, y no -tardó en presentarse don Gil Carrascosa. - -La señora de Monsalud era una mujer de presencia no vulgar ni -desagradable, pero muy gastada y decaída por causas que ignoramos. -Durante un matrimonio estéril, que ya contaba trece años, marido y -mujer no habían ofrecido al mundo un modelo perfecto de concordia. -Repetidas veces se separaron para volver a juntarse; repetidas veces -crujieron los palos de las inválidas sillas, y volaron por el aire -los platos desportillados, instrumentos unas y otros de la ciega -cólera homicida de ambos consortes. Andrés Monsalud era hombre de mala -conducta, fatuo, desarreglado, trapisondista, embrollón, aventurero; -Serafinita pecaba de caprichosa, holgazana, embustera, y tenía más -vanidad que una princesa, gustando mucho de emperifollarse y, sobre -todo, de aparentar posición y suponer posibles muy superiores a lo que -en realidad tenían ella y su marido, pues reunida la fortuna inmueble -de entrambos, allá se iba con la nada. - -Por último, después de la tragedia de Babilafuente, Serafinita logró -atraer a su marido y poner casa en Madrid, y de la noche a la mañana, -por mediación generosa de un caballero francés, dieron a Andrés un -regular destino en la Visita de Propios, con lo cual uno y otro estaban -tan huecos que, de allí a tratar a Dios de _tú_, apenas había el canto -de una peseta. Su morada, no obstante, era humildísima, porque el -sueldo no rayaba ciertamente en Potosí; mas Serafinita se esmeraba en -aumentar con mil artificiosas combinaciones el lustre y aparato de su -casa. - -—Puedes respirar tranquilo, sobrino —dijo la señora con bondad—. -Descansa y se te dará un vaso de agua para matar el susto. - -—No quiero agua —repuso bruscamente el joven, paseándose de largo a -largo por la sala—. Tengo que marcharme. - -—¡Marcharse! —exclamaron a dúo y con desconsuelo las dos niñas de doña -Ambrosia. - -—Este joven gusta de pendencias y de derramar sangre —añadió esta—. -¡Cómo se conoce que los franceses le crían a sus pechos! - -—Pero al menos —dijo Serafinita—, ¿te quitarás el uniforme? - -—Sí, hablad de eso a este babieca —indicó Juan Bragas, que había ido a -fondear junto a la más pequeña de las fragatitas de doña Ambrosia—. Es -muy gabacho este caballero. Los pocos españoles extraviados que sirven -en las banderas de José, están a estas horas con los ojos y el corazón -vueltos hacia la madre patria afligida; pero este mi don Quijote -botellesco dice que su honor le obliga a no abandonar a la canalla. - -—Hace cosa de seis meses —afirmó Serafinita—, habría sido gran locura -mostrar siquiera un adarme de españolismo; pero hoy es distinto. Los -franceses van de capa caída y buen tonto será quien se embarque con -ellos. - -—¡Oh, si, será un idiota! —dijo doña Ambrosia—, aunque lo mejor habría -sido no servirles nunca. - -—Las circunstancias —añadió Serafinita—, obligan a los hombres a -sofocar algunas veces su natural impulso y fogosidad patriótica. -Ahí está mi marido, que no le hay más español en toda la tierra del -garbanzo, y, sin embargo, viose arrastrado a cierto compadrazgo con los -franceses, y aun anduvo, con masones y revoltosos, malquisto de todo -el mundo. Pero de algo valen los consejos de una mujer prudente. Yo le -traje al buen camino, y como mi familia, que no es ninguna familia de -tres por un cuarto, ha tenido siempre relaciones con altos personajes, -fácil me fue amarrar a mi esposo al pesebre de la Visita de Propios. -Diole la plaza un ministro francés; ¿pero tenemos la culpa de que -haya sido francés quien primero echó de ver nuestros méritos, o si se -quiere, los de mi marido, para todo lo que sea cosa de aritmética en -cualquiera oficina? - -—Si recibimos un pequeño favor de esa canalla —gritó con vehemencia -Bragas—, diéronnos lo nuestro, y nada tenemos que agradecerles. -Españoles somos, y ahora váyanse con dos mil demonios. - -—Lo que hay en esto —dijo don Mauro Requejo, que sombríamente había -permanecido en un rincón de la sala, sin hablar hasta entonces—, es -que para dar sus destinos a los señores Monsalud y Bragas, fue preciso -quitárselos a otros, que, pecando de _empecinados_, mortificaban con -cuchufletas y versitos a los franceses. - -—¡Nadie hay más _empecinado_ que yo! —exclamó con furioso arranque de -entusiasmo Juan Bragas, saltando en medio de la sala, con gran regocijo -de las niñas de doña Ambrosia—. ¡Viva don Juan Martín Díez! - -—¡Viva, viva mil años! —repitió Andrés Monsalud, presentándose en la -sala, con semblante reposado y satisfecho, sin duda por la vanagloria -que el reciente discurso callejero había dejado en su ánimo—. ¡De buena -has escapado, sobrinillo! ¡Exponerse a las iras del pueblo español!... -Vamos, te perdono; yo también he sido calavera, yo también he sido -revoltoso y provocativo y... - -—Afrancesado —indicó con malicia doña Ambrosia—. No hay que echársela -de apóstol Santiago. - -—Un poquillo —repuso Monsalud con turbación—. Pero de arrepentidos -se hacen los santos. La prueba de mi sinceridad la tengo hoy en la -confianza de mis amigos. Hanme comisionado esta tarde para preparar los -festejos... - -—¿Para cuando entre don Carlos España? —preguntó la de los Linos. - -—Para cuando entre don Juan Martín o Lord Wellington... Un arco de -triunfo, ¿qué les parece a ustedes? En mi oficina hemos resuelto -componer unos versos, y ver si se hace un carrito. - -—Ya nos cayó quehacer, amigas mías —dijo con júbilo Serafinita—. Desde -mañana pondremos manos a la obra, porque las guirnaldas de rabo de -cometa no son cosa que se despache en tres días. - -—Y luego mucho de banderitas y escarapelas —dijo una de las muchachas. - -—Y será preciso que doce o catorce doncellas tiernas se vistan de -ninfas para ir delante del carro cantando el _Velintón_. - -—Y como haya alegoría, vestiremos a mi sobrino de dios Marte —indicó -Monsalud. - -El joven soldado dirigió a su tío una mirada de desprecio. - -—Estará saladísimo —dijo doña Ambrosia—. Mi esposo y padre de estas -dos niñas hizo de Marte cuando la jura del otro rey, y era una gloria -el verle con todo su hermoso cuerpo medio desnudo y el chafarote en la -mano... ¡Oh! ustedes no alcanzaron a ver tanta preciosidad. - -Don Gil Carrascosa, entrando apresurado en la estancia, saludó a todos -con amable cortesanía, especialmente a las niñas. - -—¡Pues qué! —dijo—, ¿todavía está nuestro mozalbete metido dentro de -la indigna librea francesa? A estas horas casi todos los españoles que -servían a José han desertado. Acabo de ver a dos que se escondieron -esta mañana. - -—¡Han desertado! —repitió el coro de mujeres. - -—Fuera esa casaca, sobrino —gritó Monsalud dirigiendo al hijo de su -hermana imperiosa mirada—. ¡Ay!, acuérdate de tu madre, a quien no nos -atrevimos a dar parte de tu afrancesamiento... Si lo llega a saber, se -morirá de pena. - -—Te esconderemos aquí —dijo Serafinita—, aunque no habrá peligro, pues -ellos tienen bastante quehacer para ocuparse de ti. - -—En esta casa, no —afirmó con aplomo el tío—. Los vándalos conocen el -rabioso españolismo mío, y de seguro vendrían a buscarle, acusándome de -haberle impulsado a la deserción. - -—Pues se puede esconder en mi casa —dijo la mayor de las Linas, que era -la casada y tenía su nido en el tercer piso. - -—Eso es, que se esconda arriba —repitió con extraordinaria vehemencia -la soltera, contemplando al joven Monsalud de tal modo que parecía -envolverle con su mirada como en amorosa y blanda nube protectora. - -—Sí, en el tercero. - -—Yo le cederé mi cuarto y mi cama, y dormiré con mi hermana —añadió la -doncella en un segundo arranque de generosidad. - -—Francamente, Dominguita, tu esposo está fuera y no me gusta ver a dos -muchachas solas en la casa con el dios Marte —objetó doña Ambrosia. - -—Pues al sotabanco. Hablaremos al señor Pujitos para que le ceda un -rincón. - -—Conque, sobrino, vete despojando de tu uniforme. - -El soldado, a quien tal proposición ofendía en lo más delicado de su -alma, y que estaba a la sazón irritado por la escena de la calle y, -además, por el impertinente charlar de su tía, contestó con ardor: - -—Antes me quitaré el pellejo que el uniforme. Me lo puse por mi -voluntad, lo tendré mientras exista el ejército a que pertenezco y la -bandera que juramos. - -—¿Eres francés? - -—No sé lo que soy —repuso con desdén. - -—¿Harás armas contra tus paisanos? - -—No; pero tampoco abandonaré cobardemente a los que me han dado de -comer. - -Monsalud tío rompió en estrepitosas risas, acompañado por Bragas, -Requejo y Carrascosa. - -—Pero, sobrino de todos los demonios, ¿no tienes en mí la norma de tu -conducta? - -—Si yo le imitara a usted en esto —dijo el joven temblando de -indignación—, no tendría idea del honor, ni una chispa de vergüenza en -mi alma, ni en mi corazón el sentimiento del deber, ni sería digno de -que me mirasen los hombres. Adiós. Me voy para siempre de esta casa y -de Madrid. - -El soldado salió resueltamente. Un poco atontado el tío, bastante -aturdida su esposa, no pronunciaron una sola palabra para detenerle. - -—Ese muchacho es un insolente —dijo al fin la señora de la casa. - -—¡Pobrecito! —murmuró el oficial de la Visita de Propios. - -—¡Él se lo pierde! —indicó majestuosamente Serafinita—. Ahora que -mandan los españoles he de conseguir para ti una buena vara, Andresito. -Serás corregidor de Alcalá, de Ocaña o de Tarancón. Yo había calculado -que Salvadorcillo nos acompañaría con un buen momio. - -—No se puede sacar partido de ese muchacho. - -La niña soltera de doña Ambrosia había llevado el pañuelo a sus -picarescos ojos, de súbito humedecidos por ignorada causa. - -—¡Pobrecito! —exclamó con zozobra—. Se ha marchado solo. Está expuesto -a que le insulten otra vez en la calle. Le darán golpes, le arrojarán -lodo, manchándole la frente, el cabello, la boca, los ojos, ¡ay!, los -ojos, el uniforme... - -—Esto parte el corazón. ¡Pobre muchacho! —exclamó la casada—. Alguien -debía salir con él. - -—¡Qué falta de caridad dejarle salir solito! ¡Si yo fuera hombre...! - -—La verdad es que puede sucederle alguna cosa mala —dijo Serafinita -dando un suspiro. - -—Usted que es su amigo —exclamó con ira la doncella volviéndose a Juan -Bragas que a su lado estaba—, ¿por qué no salió con él para ampararle -en caso de un atropello? - -—¿Amigo? —dijo con desdén el covachuelo—. No tanto. Conocido y nada -más... Nos hablamos alguna vez, paseamos juntos; pero... - -—Es usted un mal amigo —gritó la muchacha con voz temblorosa—. ¡Dejarle -partir sin compañía!... Esto se llama deslealtad, cobardía. - -Juan Bragas se echó a reír. - -—Pero... - -—Haga usted el favor de no volver a dirigirme la palabra en toda la -noche, ni volver a mirarme en su vida, ni estar donde yo esté, ni -respirar donde yo respiro, ni ponerse donde yo le vea, ni... - -La tertulia fue triste, tristísima. Los hombres, viendo que no podían -alegrar el ánimo de las dos muchachas, ni el de la señora de la casa, -ni sacarles palabras que no fuesen lúgubres como un funeral, pegaron -la hebra con doña Ambrosia, y dándole a la lengua por espacio de dos -horas, sin descanso, azotaron a medio mundo con la piel arrancada al -otro medio. - - - - -VI - - -En la mañana del día que siguió a estos sucesos salieron los pocos -franceses que quedaban en Madrid. Los mandaba el general Hugo, y -llevaban consigo convoy tan inmenso, que al verlo creeríase que en la -capital de España no quedaba un alfiler. Desde muchos días antes habían -sido embargados cuantos coches, carros y calesas rodaban por las calles -de la villa, y casi toda la servidumbre se ocupaba en el embalaje de -las diversas riquezas que José y los suyos se habían apropiado. Estos -señores hacían buena presa donde quiera que ponían la mano, y no eran -nada melindrosos ni encogidos para esto del incautarse. Murat despojó -la casa de Godoy y el Real Palacio, y José mandó traer de Toledo, de -Valladolid y del Escorial cuanto pudiese ser transportado: esta última -circunstancia salvó las piedras del edificio. - -Luego que estuvo reunida cantidad de cuadros, estatuas, joyas de -camarín y sacristía, dejando a las Vírgenes y Santas sin un anillo que -ponerse, establecieron cuatro depósitos en Madrid, los cuales fueron -el Rosario, San Felipe, doña María de Aragón y San Francisco. Una -comisión separó lo sublime de lo bueno, y no siendo fácil llevarlo -todo, dispusieron atropelladamente lo primero en cajas, mezclando lo -sagrado con lo profano, es decir, las bellas artes con los enseres -de la casa y cocina del rey José, y diversos adminículos que este -para diferentes fines usaba. Muebles, porcelanas, vajillas, armas, -añadiéronse al botín. Considerando que aun después de tanto despojo -quedaba en España alguna cosa de punto inútil, según ellos, dada la -ignorancia castellana, echaron mano a las colecciones mineralógicas -del gabinete de Historia Natural y embaularon también los depósitos -de Ingenieros y de Artillería y el Hidrográfico. De Simancas cargaron -con lo más curioso que allí había. Aquella gente, hasta la historia nos -quiso quitar. - -Una caja en que holgaba un poco el tocador de José (así lo cuenta un -testigo ocular) fue rellena con los pedruscos y los minerales de la -Historia Natural. Entre una masa enorme de cartas geográficas, iba -_Nuestra Señora del Pez_, y la _Perla_ anidó con una montura fina -recamada de plata y oro. Se gastó un monte de clavos, y por algunos -días las iglesias que servían de depósitos y las galerías del Palacio -Real resonaban cual si en ellas trabajase un regimiento de cíclopes. -La tabla del _Pasmo_, que ya se hallaba en estado pésimo, acabose de -rajar, y la pintura, con las sacudidas y golpes, se cuarteaba que era -una bendición. ¡Oh divino Jesús! ¡No padeciste más en el Gólgota! - -Completaban el convoy las cajas de guerra llenas de dinero en buen oro -y buena plata antigua, de aquello que ya no se ve, y seducía entonces -con su brillo los ojos de los extranjeros, y con su noble son los oídos -de todos. No se habían descuidado los franceses en reunir dinero, como -gente allegadora y económica, ni menos en llevárselo; que si para -limpiar de vicios a la capital hubieran usado de tanta diligencia como -para limpiarla de onzas, fuera esta Villa un paraíso en la tierra. Con -el ejército iban los muchos particulares comprometidos que quisieron -seguirles, y entre los carros de oficio, gran número de vehículos con -equipajes de empleados altos y bajos. Ofrecían estos desgraciados -individuos espectáculo lastimoso. Si algunos llevaban consigo buen -acopio de víveres y ropa, otros no cargaban más que lo puesto, y -todos lloraban el hogar abandonado, la paz perdida, el honor en duda, -lamentándose del gran compromiso en que se veían. Algunos hacían de -tripas corazón, prometiéndoselas muy felices en las próximas batallas; -pero los más miraban sin engañarse la realidad del molesto viaje, y -después la emigración, el general desprecio y la pérdida de la hacienda. - -Desfilaron los carros por el camino de Segovia, pues Hugo quería -pasar la sierra por Guadarrama, y aquella culebra rastrera formada -por interminable fila de vehículos, que de lejos parecían vértebras -articuladas, desapareció en la noche del 27 de mayo, dejando a Madrid -en poder de los guerrilleros, que al instante lo ocuparon, y tras ellos -las autoridades españolas. De esta manera y con este despojo la capital -de España dejó para siempre de ser francesa. - -No seguiremos al general Hugo y su convoy en todo su viaje hasta que en -los campos de Vitoria perdieron los franceses gran parte de lo mucho -que habían cogido. Bastantes apurillos pasó en Cuéllar y en Tudela -de Duero; pero al fin logró unirse al grueso del ejército francés en -Valladolid. - -Reunidos todos, la continua amenaza de las divisiones aliadas les hizo -muy penoso el camino desde Valladolid a Burgos. Aquí no pudieron -resistir mucho tiempo, y sin gran prisa se dirigieron a Vitoria por -Miranda, confiados en que Wellington no les molestaría del lado allá -del Ebro; pero tan admirable combinación de movimientos había hecho -el inglés, que cuando los franceses pasaron el gran río, lo pasaban -también los aliados por diferentes puntos, y ambos enemigos se -encontraban frente a frente en las montañas de Álava y Vizcaya. Apretó -Bonaparte el paso, juntando a los suyos para que desperdigados aquí -y allí no fueran batidos al por menor, y el 19 de junio llegó a la -Puebla de Arganzón, donde es fuerza que quitemos la vista del rey y de -su ejército para fijarla en una sola persona, que por ahora y mientras -vengan sucesos estupendos en la esfera histórica, ha de llevar en estas -líneas la preferencia. - -¿Y por qué no? ¿Por qué hemos de ver la Historia en los bárbaros -fusilazos de algunos millares de hombres que se mueven como máquinas a -impulsos de una ambición superior, y no hemos de verla en las ideas y -en los sentimientos de ese joven oscuro? ¡Si en la Historia no hubiera -más que batallas; si sus únicos actores fueran las personas célebres, -cuán pequeña sería! Está en el vivir lento y casi siempre doloroso -de la sociedad, en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno. En -ella nada es indigno de la narración, así como en la naturaleza no -es menos digno de estudio el olvidado insecto que la inconmensurable -arquitectura de los mundos. - -Los libros que forman la capa papirácea de este siglo, como dijo un -sabio, nos vuelven locos con su mucho hablar de los grandes hombres, -de si hicieron esto o lo otro, o dijeron tal o cuál cosa. Sabemos por -ellos las acciones culminantes, que siempre son batallas, carnicerías -horrendas, o empalagosos cuentos de reyes y dinastías, que agitan -al mundo con sus riñas o con sus casamientos; y entre tanto la vida -interna permanece oscura, olvidada, sepultada. Reposa la sociedad -en el inmenso osario sin letreros ni cruces ni signo alguno: de las -personas no hay memoria, y solo tienen estatuas y cenotafios los vanos -personajes... Pero la posteridad quiere registrarlo todo: excava, -revuelve, escudriña, interroga los olvidados huesos sin nombre; no se -contenta con saber de memoria todas las picardías de los inmortales -desde César hasta Napoleón; y deseando ahondar lo pasado, quiere -hacer revivir ante sí a otros grandes actores del drama de la vida, a -aquellos para quienes todas las lenguas tienen un vago nombre, y la -nuestra llama _Fulano_ y _Mengano_. - - - - -VII - - -Olvídese la importuna digresión, y sepan los que en ello tuvieron -interés, que antes que el ejército de José pasase el Ebro, llegaron a -la Puebla de Arganzón las tropas de una división que custodiaba parte -del convoy. Fue esto, si no mienten las noticias que con pretensiones -de verídicas se me han dado, hacia el 16 o 18 de junio. El gran convoy -venía detrás. Los carros del pequeño detuviéronse en el camino a las -inmediaciones del pueblo, y las tropas repartiéronse por las casas y -caseríos para allegar víveres. En las inmediaciones de la villa veíanse -grandes masas de soldados: aquí artillería, allá columnas que iban de -un lado para otro; en lo más apartado la impedimenta, y largas filas de -vehículos que después de breve descanso debían seguir adelante. - -La Puebla de Arganzón, como lugar campestre, había dejado las ociosas -plumas, y aunque de por sí no fuese aquella villa madrugadora, habríala -despertado el rumor de tanta tropa y de los tambores sin cesar batidos, -confundiendo su ronco son con el cantar de los gallos que en todos los -corrales entonaban su alegre grito de alerta. Veíase a los honrados -habitantes salir de sus casas y juntarse en corrillos. Los ancianos -preguntaban si se había ganado ya la batalla, y advertidos de que no, -quejábanse de la mucha tardanza en arremeter, propia de los tiempos -nuevos, asegurando que en otra ocasión ya estaría todo despachado y -el asunto resuelto. Las mujeres corrían de casa en casa pidiéndose -provisiones para esconderlas, pues los franceses que en número tan -considerable rodeaban el pueblo reclamarían pronto lo que no se habían -llevado los guerrilleros el día anterior. - -En las tabernas, los taberneros no tenían manos para tanto despacho, y -muy alborozados escanciaban a los franceses, pues en esto del vender -y ganar dinero no hay naciones: ellos quisieran tener un océano de -aguardiente y vino, que junto con algunas pipas de linfa del Zadorra -les hubiera hecho millonarios en un par de años de guerra. - -Un joven sargento avanzaba solo por las calles de la Puebla, evitando -al parecer la compañía de sus camaradas franceses, y más aún la vista -de los habitantes de la villa. Así es que cuando veía un grupo en la -puerta de una casa, se apartaba tomando distinto camino. - -—¿No es aquella la cara de Salvadorcillo Monsalud, el hijo de la señora -Fermina la de Pipaón? —decía una mujer viéndole pasar. - -—Parece que es aquella su cara; pero no su cuerpo, que es cuerpo y -uniforme de francés el que ha pasado. - -—Adelantadas estáis —decía un tercero—. ¿Pero no sabéis que -Salvadorcillo Monsalud, engañifado por su tío, ha sentado plaza en la -guardia del rey José? - -—Cierto es, aunque no lo participó a su madre por vergüenza; y cuando -la señora Fermina lo supo, estuvo llorando tres días, y aún no lo -quería creer, siendo tal su pesadumbre por esta traición de Salvador, -que la buena mujer dice que más quería verle muerto que sirviendo a los -franceses. - -—Y tiene razón. ¿Mas para qué dejó que el muchacho fuese a Madrid, -donde todo es corruptela y picardía? —dijo un personaje a quien todos -oían con respeto, y que era, si nuestras noticias no son falsas, el -boticario del lugar—. Pero esto pasa a todos los muchachos que no -tienen padre, o mejor, a aquellos que han nacido del pecado y de unión -nefanda, como ese diablillo de Salvador Monsalud, que no se sabe de qué -tronco vino ni de cuál cepa sacó doña Fermina este mal sarmiento. - -El jurado se detuvo ante una casa de aspecto humilde, en cuya puerta -no se veía persona alguna. Miró a las ventanas, y las vio cerradas. -Un gallo cantaba dentro, y dos o tres gallinas salieron a la calle -sacudiendo sus plumas y picoteando el suelo, no tardando en aparecer -tras ellas el gallardo esposo. Poco después un gato asomó por la puerta -entreabierta y se detuvo sobre el umbral, relamiéndose con placentera -satisfacción los largos bigotes. El joven contempló un instante con -interés profundo a aquellos seres, y se acercó para entrar, desalojando -al gato, que asustado corrió hacia dentro. Las gallinas y el gallo, -sobresaltándose también y cambiando algunas cacareadas frases, huyeron -por la calle adelante. - -Monsalud se asomó por el hueco de la entornada puerta. La emoción de -su alma era tan viva, que le temblaban las manos al ponerlas sobre -las viejas tablas y los mohosos clavos; apenas podía sostenerse en -pie, a causa del desmayo de su cuerpo y de la flojedad nerviosa que -experimentaba. Miró hacia adentro: veíase un patio pequeño, y en el -fondo una habitación oscura, dentro de la cual se distinguían los -maderos de un telar. Monsalud contempló durante un rato aquel humilde -interior, y copiosas lágrimas se agolparon a sus ojos. De repente una -mujer de edad madura apareció en la habitación del telar, volviendo -los trastos de un lado para otro y barriendo después. Volvíase de vez -en cuando hacia un sitio donde debía de estar otra persona con quien -hablaba, a juzgar por sus gestos expresivos. Junto a la mujer apareció -luego un perro, que saltando y enredando entre sus pies la estorbaba en -su faena, recibiendo un ligero escobazo que lo decidió a salir al patio. - -«No me espera —dijo para sí, oprimiéndose el corazón, que parecía -querer saltársele del pecho—. ¡La pobrecita se sorprenderá y se -alegrará tanto...! Este momento vale por todas las pesadumbres que ha -padecido durante mi ausencia.» - -La puerta rechinó, y el perro fue saltando y gruñendo amorosamente al -encuentro de Salvador. Este se precipitó en el interior de la casa. -Doña Fermina, mirando hacia el patio muy sobresaltada, vio al joven que -hacia ella corría con los brazos abiertos, diciendo: «¡Madre, madre, -aquí estoy!» La buena mujer abalanzose a recibirle con expresión de -frenético contento; mas al tocarle con sus manos y al verle casi en -sus brazos, su semblante se alteró de súbito, lanzó una exclamación -de espanto, y cerrando los ojos y echando la cabeza atrás, cual si -descargase sobre ella el rayo de instantánea muerte, cayó sin sentido -al suelo. Sus labios contraídos apenas pronunciaron esta frase, -empezada con ardiente cariño y concluida con terror: - -—¡Hijo mío!... ¡francés! - - - - -VIII - - -El militar, aturdido por tan inesperado como funesto accidente, y no -comprendiendo bien lo que había oído, creyó que la excesiva alegría -la había desconcertado. Mas antes de acudir a los remedios que el -paroxismo reclamaba, hincose en tierra, y besando y abrazando a su -madre, la llamó con los nombres más tiernos y afectuosos, seguro de -que su voz la despertaría. Salvador no había visto aún a otra mujer -que en la estancia estaba: era una vieja flaca y amarillenta, de ojos -ardientes y vivos como ascuas, descarnadas y picudas manos, una de las -cuales oprimía el puño de un bastón negro, mientras la otra se alzaba -acompasadamente a la altura de la cara, para servir de signo visible y -movible a su extraño lenguaje. No la vio Monsalud hasta que se acercó -a él, y poniéndole los cinco amarillos palitroques de su mano sobre la -pechera del uniforme, le dijo con terrible ironía: - -—Acábala de matar, verdugo; acaba de matar a tu santa y buena madre. - -Salvador miró a la vieja, y aunque de antiguo la conocía, su triste -aspecto y la áspera y desapacible voz produjéronle impresión muy -extraña, especie de frío intenso y doloroso en el corazón, cual si con -una aguja se lo atravesasen; erizamiento nervioso y acritud en los -dientes, como lo que se siente al contacto de las cosas acedas y frías. - -—Por Dios, doña Perpetua, dígame usted: ¿qué tiene mi madre? —exclamó -el joven—. ¿Está mala? - -—¿Eres tú la causa, y lo preguntas? —añadió la vieja, poniendo su mano -sobre la frente de la desmayada. - -Luego, paseando sus dedos por la pechera del levitón de Salvador, y -tentando la botonadura adornada con águilas, y metiéndolos después -entre la lana del sombrero y deslizándolos por las carrilleras de -cobre, dijo: - -—¡Traes sobre ti esta infernal vestimenta francesa, y preguntas lo -que tiene tu madre! ¡Pobre Ferminita! ¡Se resistía a creer tan grande -infamia en el hijo que llevó en sus entrañas y crió a sus pechos! -¡Pedía a Dios fervorosamente que no fuese verdad lo que le habían -dicho; su alma se consumía en hondas tristezas, y sin consuelo pasaba -las noches llorando tanta afrenta! La muerte del hijo que perece en los -campos de batalla destroza el corazón, pero no afrenta; la traición del -hijo desvergonzado que comete la infamia de pasarse al enemigo, es el -más vivo de los dolores de una madre española. - -—Usted está loca, madre Perpetua —dijo Monsalud rechazando a la vieja -con desdén—. Mi madre es una mujer sencilla: ya comprendo que entre -usted y el cura le han trastornado el juicio con eso de traiciones y -afrentas. Honrado soy. Mi buena madre no me aborrecerá por el traje que -llevo. - -—¡Monstruo! —gritó la vieja agitando el palo—. Huye de aquí. Vete con -esos herejes que te han catequizado; vete con Satanás, que es tu amo; -vete al negro infierno, que es tu casa. Deja a esta santa mártir que ya -te ha llorado como perdido para siempre. No eres su hijo: tú no puedes -haber nacido en esta casa, ni en este honrado país... Vete, vete, -hereje, judío; mas, ¿qué digo?, ¡francés! - -El apostrofado miró a la vieja; mas sin acobardarse siguió esta -vituperándole con la firmeza y el aplomo de quien tiene la seguridad de -ser respetada. Vestía doña Perpetua el traje de las antiguas dueñas, -con toca blanca rizada y limpia, manto y saya negros, pendiente de la -cintura un luengo rosario, y del pecho cruz de madera sencilla. A pesar -de los muchos años, su talle era derecho y apenas se encorvaba un poco -al andar. Indudablemente había en el aquilino perfil de la vieja cierta -energía majestuosa que hacía recordar, a quien las hubiese visto, las -sibilas rigurosas y ceñudas creadas por la inspiración artística. -Acartonada y seca, no tenía la repugnante escualidez con que nos pintan -a las brujas. Expresábase con vigor y hasta con elocuencia, y su voz -retumbaba en los oídos como una campana de mucho uso, mas no rota -todavía. - -Para que nuestros lectores no carezcan de todas las noticias necesarias -respecto a tan singular tipo, les diremos que la madre doña Perpetua -tenía cien años cabales, no hallándose ciertamente en proporción su -acabamiento con su mucha edad, que a la vista no parecía exceder de -los setenta. Era una doncella secular nacida en la Puebla de Arganzón -a poco de establecerse en España Felipe V, y que nunca había salido -de aquel pueblo. Dedicose desde su juventud a obras piadosas, mas -sin aficionarse al claustro; gustaba de la independencia y de andar -de casa en casa comadreando, y trayendo y llevando noticias, dichos -e ideas, libando aquí y melificando allá cual las abejas. Así creció -y fue echando días y años como el siglo, y pasaron ante ella tres -generaciones de pueblos y tres generaciones de reyes y veinte guerras, -y ella pasó de un siglo a otro como quien atraviesa una puerta para -pasar de la sala a la alcoba. - -Su vida austera, y los buenos consejos que daba para reconciliar -matrimonios y dirimir contiendas, para transigir desavenencias y -acomodar caracteres juntamente con su buena manderecha para establecer -la concordia en todas partes, diéronle gran reputación en la villa. -Respetábanla mucho, y cuando abría la boca, _conticuere omnes_. Como -era tan larga su vida y tenía mucha experiencia de las cosas físicas -y morales, tomábanla todos por consejera. Sabía curar males de varias -clases, y conocía mil salutíferas yerbas y untos, además de toda la -farmacopea casera, mezclando en hórrido caos la medicina y la religión, -lo terapéutico y lo supersticioso. Enciclopedia del alma y del cuerpo, -reunía el total saber y sentir de su país en aquella época. - -Rezaba por todos los muertos y reía por todos los nacidos. No había -bautizo, ni duelo, ni boda a que no asistiese, disfrutando de lo -mejor del festín, cuando lo había. Sabía contar especies diversas de -cuentos interesantes, algunos heroicos, muchos de pícaros, tahúres y -guapos, y los más de devoción o de brujerías, males de ojo, miedos y -otras cosas divertidas que embobaban a los chicos y a las mujeres. -Ningún asunto doméstico, social ni religioso tenía para ella secretos, -y era la ciencia suma en teología de aldea, en economía al pormenor, en -culinaria y en filosofía burda. - -A los pocos minutos, comenzó doña Fermina a querer volver de su -síncope. La vieja había traído agua en una escudilla y le rociaba el -rostro diciendo: - -—Ya vuelve en sí; aunque para ver lo que tiene delante, más valiera -que sus ojos no se abrieran jamás a la luz. Vete, te digo: tu madre te -llora muerto; no turbes la paz de su alma poniéndotele delante en esa -forma aborrecible. - -Monsalud, sin escuchar a doña Perpetua, alzaba a su madre del suelo -y cuidadosamente la sentó en su sillón. Sosteniendo con sus manos la -cabeza de la infeliz mujer, le decía: - -—Madre, soy yo, soy Salvador, el mismo de siempre, el hijo querido. -¿Por qué se ha asustado usted al verme? El vestido no hace al hombre. - -Doña Fermina, viendo el rostro de su hijo cerca de sí, le dio mil -besos amorosos; mas después apartó la cara y extendió los brazos para -rechazarle. - -—¡Mi hijo... francés!... —repitió con el mismo tono de angustia y -terror... —¡Ese traje!... ¡Era verdad! - -—¡Y el muy bribón se empeña en seguir aquí atormentándote, Ferminita! -—exclamó con desabrimiento la vieja—. ¿Hase visto desvergüenza -semejante? - -—¿Qué delito he cometido? —dijo Monsalud con viva congoja, estrechando -entre las suyas las heladas manos de su madre, y de rodillas ante -ella—. ¿Qué habré yo hecho para que usted se desmaye, madre, cuando me -ve, y esta buena mujer me mande huir? - -—¿Qué has hecho? —repitió la madre con estupor—. Te has pasado a los -franceses, estás maldito de Dios y de los hombres, tocado de herejía, -perdida para siempre tu alma, y contaminada yo también por haberte -parido y criado. - -—¡Qué horribles palabras y qué espantosa idea! —exclamó el joven -procurando reír, pero con el alma destrozada de vergüenza y dolor—. -¿Tantos males ocasiona este capote que llevo? ¡Oh!, madre querida, yo -conocí que hacía mal, yo resistí, conociendo que era una falta servir -a los enemigos de mi patria; pero me moría de hambre, y además mi tío -tenía mucho empeño en que yo sirviera a los franceses. Una vez dado -este paso, ya no puedo volver atrás, porque el honor me prohíbe vender -a los que me han dado un pedazo de pan para vivir y una espada para -que les defienda. Si por esto he perdido el amor de mi madre, de la -única persona que en el mundo me ha querido, de la que me dio la vida, -de aquella a quien he consagrado siempre la mía, será porque algunos -malintencionados habrán emponzoñado su alma con bajos sentimientos. - -—No, yo te amo siempre —dijo doña Fermina, no pudiendo resistir el -ansia vivísima de besar a su hijo y regar con ardientes lágrimas -sus mejillas, aunque doña Perpetua extendía a menudo entre los dos -sus manos de cartón—; yo siempre te quiero; pero he hecho juramento -ante Dios de no admitirte bajo este techo, ni darte mi bendición, -ni llamarte hijo, si no abjuras tus errores y maldices tus banderas -infernales, si no reniegas de ese vil rey y tornas a la patria y al -deber... Mi conciencia me exigió este juramento, y lo he prestado por -consejo de respetables personas a quienes debo consuelos tiernísimos en -esta última desventura que ha caído sobre mí. - -El joven, cubriendo con ambas manos su rostro, lloró; mas de súbito -estalló una violenta indignación en su alma, y apartándose de las dos -mujeres, púsose en el centro de la pieza. - -—Mi honor —gritó con voz alterada y resuelta— me impide desertar; pero -si pierdo el amor de mi madre, y se me arroja de mi casa porque no -quiero ser desleal y perjuro, no quiero vivir. Aquí tengo una espada -—añadió desenvainándola—, y no me falta valor para atravesarme con ella -el corazón. - -Doña Fermina se arrojó llorando en brazos de su hijo. La mujer secular -permanecía silenciosa, fría, clavada en su silla, contemplando la -patética escena como una estatua de cartón que dentro de su pasta -encolada tuviera un alma observadora. Sus ojos negros clavábanse en el -joven con aterradora fijeza. - -En aquel instante entró un nuevo personaje. Era un anciano fornido -y alto, de rostro sanguíneo, duro y tosco, mas no desagradable por -cierto; mirar franco y campechano que le animaba y hasta le embellecía. -Su cabeza calva apenas se exornaba económicamente con un cerquillo de -blancos pelos esporádicos sobre las sienes y en el occipucio; su cuerpo -era bravío, imponente, recio, como de varón hecho a las intemperies, a -las luchas con hombres y elementos. Vestía negro traje talar, llevado -con desenvoltura y abierto por delante para poder introducir fácilmente -las manos en el bolsillo o cuadrarlas en la cintura, como a menudo lo -hacía aquel hombre, dueño de dos manos enormes, velludas, que sabían -llevar el arado, la espada y la hostia. Era don Aparicio Respaldiza, -cura de la Puebla de Arganzón. - -Mirando al mancebo, más bien con lástima que con rencor, le dijo: - -—Ya sabía que estabas aquí, desgraciado. Te hacíamos muerto, muerto -con la muerte de la deshonra, que deja el cuerpo vivo. El alma se va y -queda la vergüenza. - -Luego, acercándose a doña Fermina, que deshecha en lágrimas recibía -consuelos y caricias de la beata, le dijo: - -—¡Señora Fermina, valor!... El sentimiento materno es el más fuerte de -todos. No trate usted de vencerlo: al contrario, desahogue su pecho, -llore hasta mañana. Este hijo muerto es quizás perdido para siempre, -y puede resucitar, si se abraza a la cruz de la patria. Yo seré el -primero que le reciba en mis brazos. - -—Y yo —repitió la beata, sin que se mostrasen en la engrudada máscara -de su rostro, compasión, ni alegría, ni sentimiento alguno—, yo también -le abriré mis brazos. - -—Hijo mío —dijo doña Fermina poniéndose de rodillas ante Salvador -y cruzando las manos—, vuelve en ti; deja esos hábitos infernales, -abandona a los que te han seducido, torna a la patria, y recibirás la -bendición de tu madre y el amor que siempre te he tenido y te tengo a -pesar de tu horrible pecado. Hazlo por Jesucristo crucificado, por la -religión que te enseñé, por el agua que en el bautismo recibiste, por -el pan eucarístico que has recibido en tu cuerpo; hazlo por mí, por mi -honor y buen nombre, que para siempre he perdido en este pueblo; por -mi tranquilidad, que no recobraré sin ti; hazlo por el señor cura de -nuestra aldea, que te enseñó los mandamientos y la doctrina, la lectura -y escritura y el latín, con lo poco que sabes; hazlo por la santa -doña Perpetua, que nos da tan buenos consejos y más de una vez te ha -entretenido contándote tan bellas historias; hazlo, en fin, por todos -los que te aman en esta villa y en el lugar de Pipaón, donde no sé si -por ventura o eterna desdicha mía naciste. - -Monsalud, enternecido por voz tan elocuente que agitaba hasta lo más -hondo su alma, como la tempestad el océano, se había sentado en un -escabel, y con los codos en las rodillas y la cabeza encajada entre -las palmas de las manos, lloraba en silencio. El témpano colosal y -endurecido de su entereza se desleía poco a poco. - -—Y lo que es ahora —dijo el cura para favorecer el deshielo—, los -franceses van a ser destrozados. ¡Pobrecitos de los que se unan a ellos! - -—Bueno —dijo Salvador alzando de repente la cabeza—; déjenme que -lo piense. Eso no se puede decidir en un momento: los que estamos -acostumbrados a cumplir con nuestro deber y a obedecer a nuestros -superiores... - -—No hay ningún superior que tenga sobre ti más autoridad que tu -madre —dijo el cura, paseándose por la habitación con las manos a la -espalda—; tu madre, personificación viva de la patria, que a todos sus -hijos gobierna y dirige. - -Doña Fermina corrió a abrazar a su hijo, besándole cariñosamente en la -frente y en las mejillas. - -—Querido niño mío —le dijo—, veo que estos dos excelentes amigos te -van convenciendo. Dejarás a esos perros franceses, devolviéndome -la tranquilidad y poniéndome en paz con mi conciencia y con Dios. -Siéntate, descansa; te esconderemos para que no puedan verte los -vecinos con ese endiablado uniforme... - -—Es una imprudencia que le tengas en tu casa mientras de todo en todo -no se convierta, —dijo la santa con severidad. - -—¿Y qué importa? —repuso doña Fermina, ofendida de la intolerancia -de su consejera—. Mi hijo está arrepentido. El pobrecito estará -hambriento y fatigado. Lo primero es que tenga salud. - -—Puede quedarse —afirmó el cura, menos celoso que la beata—. Salvador -es un buen muchacho... ha dicho que lo pensaría... Tiene buen natural -y mucha inteligencia... y, sobre todo, el deber le ordena servir a la -patria. Aquí donde me ves —añadió deteniéndose en medio de la estancia -en actitud marcial—, estoy disponiéndome para salir por ahí con otros -amigos... Ya sabes que mi puntería es la mejor de toda la tierra de -Álava. Hemos decidido organizar una partidilla, para auxiliar a las -de Longa. ¿Qué te parece mi proyecto? ¡Oh, admirable! Los hombres se -deben a su patria, y es preciso que nosotros, los que estamos en cierta -jerarquía, demos el ejemplo a los demás... La ocasión es solemne, y -ningún español puede permanecer en su casa. Wellington está cerca, y es -preciso ayudarle. ¿Qué tal? ¿Te animas? Yo no espero sino a que venga -de Peñacerrada don Fernando Garrote, que es hombre muy entendido en -guerras, para partir con él... Serás un buen escopetero, Salvador. - -—Siéntate, hijo —indicó la madre observando que el joven no se -entusiasmaba excesivamente con el bélico ardor de Respaldiza—. Voy a -aderezar algo de comida. Estarás muerto. - -—No tengo ganas de comer —respondió el mozo, profundamente abstraído. - -La madre le miró con desconsuelo, viendo sin duda en su abatimiento -pensativo la señal de nuevas vacilaciones. - -—He dicho que lo pensaría, ¿no es eso? —murmuró Monsalud sin pensar -en comer—. Pues bien: lo pensaré... déjenme pensarlo todo el día... -Es cosa grave... El convoy que he custodiado y que lleva el general -Maucune, sale ahora mismo; pero yo no saldré hasta mañana con el convoy -grande. - -La madre y los dos amigos permanecieron mudos, y sin pestañear le -observaron. Luego abrazó el hijo a la madre, y sonriendo dijo: - -—Volveré más tarde. - -Cuando salió de la habitación, la vieja se expresó así: - -—¡Perdido, perdido para siempre! - -Más optimista y generoso el cura, tranquilizó a la afligida madre, -diciendo: - -—Es nuestro. - - - - -IX - - -Para mayor claridad de sucesos que han de venir, Dios mediante, no -estará de más referir algunos antecedentes relativos a las principales -personas de esta historia. Era doña Fermina natural de Pipaón y rama -del tronco de una honradísima o hidalga familia; mas Dios quiso que -en ella y su hermano tuviese fin el lustre de su casa, pues quedando -huérfanos en edad temprana, mientras él derrochaba en Madrid toda la -fortuna paterna, sufrió ella una desgracia irreparable que por siempre -la condenó a la oscuridad y a la vergüenza, con lo cual acabó para el -mundo, y en el olvido quedaron las nobles prendas de su alma y superior -mérito. - -Una herencia de poquísimo valor y un pleito enfadoso la obligaron -a establecerse en la Puebla en 1811. Vivía allí con modestia y muy -retirada; pero la trataban algunas personas, y entre ellas asiduamente -doña Perpetua y el cura, que bien pronto ejercieron en su ánimo grande -influencia, convidándoles a ello la gran sencillez y bondad de la -piadosa mujer. Doña Fermina no era vieja aún; pero habíala desfigurado -la negra tristeza que en todos tiempos llenaba su alma, y, finalmente, -el pesar por la ausencia de su hijo. Los amores de este con cierta -joven de la villa, y sus cuestiones y disputas con otro muchacho, hijo -de acomodados padres, obligaron a doña Fermina a enviarle a Madrid, -donde hizo lo que ya sabemos, y se entregó en cuerpo y alma a los -franceses. - -Después de la conferencia antes referida, salió Monsalud a la calle y -vagó por las principales del lugar, tan ocupado por sus pensamientos -que a nada atendía, ni paró la atención en la mucha gente que le -miraba. Su entereza había sido muy quebrantada por la lastimosa -escena de la mañana, y la deserción que antes le parecía un hecho -deshonroso, contra el cual a voces protestara su pura conciencia, -se le representaba al fin no solo como natural, sino como en alto -grado laudable y meritorio. El grande amor que a su madre tenía, -y el prestigio de las dos religiosísimas personas de que se ha -hecho mención, habían trastornado sus ideas, abierto nuevas vías a -su pensamiento, y cambiado el modo de ver las cosas de la vida y -especialmente de la guerra. - -«Es indudable —dijo para sí—, que el deber que hacia mi patria tengo -anula todos los demás deberes... Al nacer contraje con mi patria el -compromiso tácito de defenderla, y este compromiso anula también todos -los juramentos posteriores... Váyanse los franceses con doscientos mil -demonios... ¿Pero una conciencia honrada puede consentir el abandono -traidor de los que nos han hecho un beneficio, y el hacer armas contra -ellos, aunque sea en las filas de la patria? No; en caso de desertar -renunciaré a mis grados militares, romperé mis charreteras y, dejando -a los franceses, me retiraré a mi casa resuelto a no volver a tomar un -fusil en la mano.» - -Así discurría, balanceando su voluntad de un lado para otro, pero -inclinándose más del lado de la deserción. Al fin sus pensamientos -tomaron vuelo por distintos espacios, y puso en olvido a franceses y -españoles. En aquel mar agitado de sus ideas sobrenadó lo que sobrenada -siempre, y todo lo demás se fue al fondo. Mirando las verdes copas de -árboles que se elevaban sobre los tapiales viejos de una huerta entre -irregulares tejados, dijo hablando consigo mismo: - -«¿Estás ahí, Jenara? Todo sigue lo mismo: árboles, casa, cielo y -tierra, el aire y el sol, y lo mismo también mi corazón, que antes -dejará de latir que de quererte.» - -Los redobles de tambor que sonaron en las inmediaciones del pueblo le -obligaron a seguir adelante. - -«Como la división no se pone en marcha hasta mañana temprano —dijo—, -tengo tiempo de pensar lo que debo hacer; vamos al campamento y esta -noche... Esta noche veré a Jenara aunque me sea preciso degollar a su -madrastra y ahorcar a su abuelo.» - -Pensándolo así, fue al campamento llamado por su obligación; mas -nada le ocurrió en él digno de contarse, por lo cual apresuramos la -narración, acortando el día y transportando a nuestros lectores a la -apacible y oscura noche, cuando Monsalud dirigiose solo y con el alma -llena de ansiedades entre dulces y dolorosas, a los mismos tapiales de -tierra que por la mañana vimos, descollando sobre ellos la frondosa -arboleda de una huerta. - -Llegó el joven, y reconocidos los contornos de la casa para ver -si alguien le observaba, cerciorado al fin de que en las callejas -contiguas no había curiosos ni rondadores, tomó una piedrecilla y la -arrojó contra la única ventana de la casa que a la huerta daba. Luego -articuló hábilmente unos silbidos que parecían el canto de un pájaro -nocturno; mas ninguna señal de la casa contestó a su extraña música -hasta la tercera repetición. - -Abriose al fin la ventana; pero no conociendo Salvador la persona que -en el oscuro hueco apareciera, y receloso de que fuera el suspicaz -abuelo o la vigilante madrastra, calló y ocultose en las densas sombras -que proyectaban las cercanas paredes. Poco después creyó sentir -pasos en la huerta y el tenue ruido de las matas que se rozaban unas -con otras apartándose para dar paso a un vestido. Acercose entonces -muy quedito a la empalizada que protegía la entrada de la huerta, y -que en sus tablas carcomidas tenía grietas, agujeros y hendiduras -suficientes para dar paso libre a la palabra durante la noche y aun a -la vista durante el día. Conocía el joven aquellos viejos maderos, la -disposición de sus huequecillos y claros como se conoce el traje que se -ha usado muchos años. Al pegarse a ellos, su corazón más que su oído le -dio a entender que por dentro suspiraba una persona. - -—Generosa —dijo aplicando los labios a una juntura por donde -difícilmente podía pasar un dedo. - -—Salvador —repuso desde el contrario lado una dulce y conmovida voz, -como gemido del viento entre las hojas—. ¿Eres tú? - -—Aquí estoy, siempre tuyo, siempre queriéndote, muriéndome, Jenara, -por ti —dijo Monsalud oprimiendo su cuerpo contra las frías y duras -tablas—. Dime si me has olvidado, si quieres a otro. Jenara, estás aquí -y no puedo verte. ¡Maldita noche!... ¿Me has olvidado? ¿Me quieres -todavía? - -—Sí —repuso desde dentro la dulce voz—, te quiero. ¿Por qué has estado -tanto tiempo sin escribirme? ¡Cuánto me has hecho llorar! - -—Jenara —murmuró el joven apoyando su frente abrasada sobre la -madera—, mete tus deditos por esta rendija de la derecha. - -Dos blancos dedos aparecieron, por la rendija, moviéndose como dos -culebritas. Monsalud, después de imprimir en ellos amorosos besos, los -estrujó entre sus manos, hasta que la muchacha los retiró diciendo: - -—Me lastimas, Salvador. - -—Jenara, soy muy desgraciado, soy el más infeliz de los hombres. Déjame -que te vea, pues viéndote, aunque sea un momento, me será menos penosa -la vida. - -—¿Por qué eres desgraciado? - -—¿Por qué...? —repuso el joven vacilando—, porque no te veo, porque tu -abuelo y tu madrastra no quieren que seas para mí... Jenara, por Dios, -rompamos estas tablas. - -—¿Estás loco? Deja las tablas como están y hablemos. Aún no sé si podré -estar aquí mucho tiempo. - -—¿Los de tu casa duermen? - -—Sí; pero mi abuelo tiene el sueño muy ligero, y como todos hemos de -madrugar mañana para ir a Vitoria, se ha acostado vestido, y al menor -ruido, Salvador, saldría como un león. - -—¿Te vas a Vitoria? - -—Sí; el abuelo teme que los franceses destruyan esta villa. Allá -estamos más seguros... ¿Irás tú por allá? - -—Tal vez. - -—Pero no me has dicho las causas de tu desgracia. Yo también soy -desgraciada. Tengo un pesar que me destroza el alma. ¿Sabes por qué? -Porque te quiero, Salvador —dijo la muchacha con acento quejumbroso—, -porque te quiero mucho, porque desde hace dos años, desde que tú y tu -madre vinisteis a estableceros en esta villa, te estoy queriendo. - -—¿Lloras, Jenara? —preguntó Monsalud, oyendo los sollozos de su amiga. - -—Sí, lloro... Pero de ti depende que me muera de dolor o que sea muy -feliz. Respóndeme. - -—¿A qué? - -—Salvador, Salvador de mi alma, en la Puebla se ha dicho que te habías -pasado a los franceses. Hoy mismo dijo mi abuelo que estabas entre -los vándalos que llegaron anoche. Yo no he querido creerlo; se me ha -resistido creerlo. Dime si es verdad, dime si te has pasado a los -franceses; y si es cierto, Salvador, no volverás a oír una palabra de -mi boca, ni me verás. Jenara ha muerto para ti. Jenara te aborrece. - -Monsalud se quedó yerto y frío y sin habla. Helado sudor corría por su -frente. - -—Jenara —dijo haciendo un esfuerzo para atraer la palabra de su agitado -corazón a sus trémulos labios—, ¿por qué has de tomar tan a pechos...? - -—Contéstame pronto —repitió la voz. - -El joven vaciló un momento y después dijo: - -—Pues bien: es mentira. - -—¡Salvador, has dicho que es mentira! —exclamó Jenara alzando la voz—. -¡Bendita sea tu boca! ¡Bendita sea tu alma! Todo mentira; invenciones -de la gente, envidia también de tus buenas prendas. - -—Invenciones, envidia —repitió sordamente Salvador. - -—Pues tú me lo dices, lo creo —dijo la muchacha—. Nunca me has dicho -sino la verdad. No sé de dónde ha sacado la gente tal noticiota. -Dijeron que te habían visto hoy por el pueblo vestido con un uniforme -verde y un sombrero de piel. - -Monsalud calló. - -—Hace un momento, Salvador mío, me quedé dormida; soñé primero con tu -uniforme verde y tu sombrero de piel, adornado con un águila dorada. -¡Me causabas horror! A pesar de tanto como te he querido, viéndote de -aquel modo me parecías el más aborrecible, el más espantoso de los -hombres. - -Salvador sentía en su garganta un cerco de hierro que le ahogaba. Era -la gola con la insignia imperial. Bajando hasta su pecho le mordía el -corazón, y el águila majestuosa que exornaba su frente no le hubiera -quemado el cerebro con más violencia si fuera una llama. El desgraciado -joven sentía en su interior una ansiedad semejante a la agonía que -precede a la muerte. - -—Pero después —prosiguió la joven—, tuve otro sueño mejor. Soñé que -lo de pasarte a los franceses era mentira, como has dicho; soñé que -volvías a la Puebla vestido de paisano, pobre, pero con honra; que -volvías después de haber estado combatiendo con los franceses en las -filas de Longa, de Pastor o de Mina... ¿Estás de paisano? Cuéntame lo -que has hecho durante ausencia tan larga. - -—Todo te lo contaré. Pero dime: si yo hubiera cometido la infamia, -la deslealtad, la alevosía de servir a los franceses, ¿es cierto que -habrías aborrecido al pobre Salvador, que lo mismo te quiere hoy que -ayer? - -—No me lo digas —contestó la joven—. ¿Por qué se quiere a las personas? -¿Por el rostro? No lo creas. Se quiere a las personas por las prendas -del alma, por el valor, por la honradez, por la generosidad, por la -lealtad, por la dignidad, por la nobleza. - -Monsalud no oía estas palabras. Sentíalas en su corazón como saetas que -se lo atravesaban de parte a parte. - -—El que en una guerra como esta —continuó la joven— da de lado a sus -hermanos que están matándose por echar a los franceses; el que ayuda -a los enemigos, a esa caterva de herejes, ladrones y borrachos, es un -traidor cobarde, un ser despreciable, un Judas. Los perros de España -merecen más consideración que el que tal vileza comete. Si tú la -cometieras, Salvador, no solo te aborrecería, sino que me mataría la -vergüenza de haberte querido. - -Monsalud apuró con resignación este cáliz de amargura. Las palabras de -la fogosa doncella, juntamente con el recuerdo de la escena ocurrida en -la casa materna, le hicieron comprender la inmensidad del sentimiento -patrio. Todo lo que en este hay de violento y salvaje desaparece -ante la grandeza de su lógica. Contra aquello, ¿qué podían José ni -Napoleón con todos sus ejércitos? Sobre aquel sentimiento, sobre aquel -odio de las muchachas a todo el que no fuera patriota, descansaba la -inmortalidad nacional, como una montaña sobre sus bases de granito. -Monsalud lo vio todo: vio aquel gigante cruel y sublime, salvaje, -pero grandioso, y se inclinó ante él abrumado, vencido, resignado, -comprendiendo su propia miseria y la magnitud aterradora de lo que -tenía delante. - -—Jenara —dijo con voz conmovida—, mete tus deditos por esta rendija. Me -muero de dolor; soy el más desgraciado de los hombres. - -—¿Por qué? —dijo Jenara poniendo su alma en las yemas de los dedos y -echándola a la calle—. Yo estoy contenta... ¿Pero Salvador, qué es esto -que toco? Un botón de metal, y otro, y otro. ¿Tienes uniforme? - -—Me compré un chaquetón en Valladolid, cuando venía para acá —repuso -turbado el militar—. Así se usan hoy. - -—Salvador, ahora que te has movido, ha sonado contra el suelo una cosa -de hierro. Parece un sable. - -—¿Pues no te dije que lo tenía? Sí; me lo dieron unos guerrilleros en -Nájera. - -—¿Has estado con los guerrilleros? —preguntó la joven con entusiasmo—. -¡Y no me lo habías dicho! ¡Oh, con los guerrilleros! ¡Bendígalos -Dios!... Salvador, entra tu mano por este agujero grande que hay más -arriba... ¿Conque has estado con los guerrilleros? - -La mano de Monsalud pasó de la calle al jardín, y el joven sintió sobre -ella los labios de Jenara, quemándole como ascuas, que se le metían -por las venas adentro hasta el mismo corazón. - -—Salvadorcillo —dijo la joven, acariciando la mano de su amigo—, ¿esta -mano ha matado muchos franceses? - -A Monsalud, después del anterior fuego, se le heló la sangre en las -venas al oír esto. - -—Siempre que oigo contar hazañas de guerrilleros —prosiguió Jenara—, -me acuerdo de ti. A todos me les figuro como tú, y me parece que nadie -puede ganarte en valentía. Sueño con las sangrientas batallas en que -perecen muchos franceses. ¡Ay!, si yo fuera hombre, no quedaría con -vida ni uno solo de esos perros. Cuando voy a la iglesia y oigo al -cura contarnos en el púlpito las ventajas de los guerrilleros; cuando -vienen a casa los amigos de mi abuelo y hablan de las batallas ganadas -por Longa y Mina, no puedo apartar de ti mi pensamiento. Me moriría -de felicidad si oyera tu nombre entre tantas maravillas de valor. Los -buenos soldados de España se me representan como San Miguel, ángeles -armados y hermosos que destrozan al dragón. ¿Eres tú de esos, Salvador; -eres tú un San Miguel? —añadía con exaltación admirable—. Dime que sí, -y te querré más todavía. Dime que has matado muchos enemigos, que has -defendido a España contra esos borrachos del infierno; dime que te -has bañado en su sangre maldita y machacado sus horribles cabezas, y -te querré más que a mi vida, te querré como a Dios... Nosotros somos -Dios, Salvador; nosotros los españoles somos Dios y ellos el demonio; -nosotros el cielo y ellos el infierno. Así lo dicen el cura y mi -abuelo, y tienen mucha razón. - -—¡Mucha razón! —repitió Monsalud por decir algo—. Jenara, tu frenesí -me conmueve. Ahora veo que hay otra religión además de la que está en -el catecismo: la religión de la patria. Los hombres la practican y las -mujeres la sienten. Si la fe en Dios mueve las montañas, la fe de esa -otra religión también las mueve. Con ella el heroísmo y el martirio -son cosas fáciles... Jenara, yo te juro ante Dios que nos está mirando -desde lo más alto del cielo, que haré todo lo posible para elevarme -como tú hasta el último grado en la fe de la madre España. Mis proezas -no han sido hasta ahora muy grandes; pero aún hay franceses en la -tierra. Soy joven, fuerte, robusto: soy soldado de la patria. Morir -por ella y morir por tu amor me parece lo mismo. Jenara de mi alma, -quiéreme mucho. - -—Salvador mío, ese es el lenguaje que me gusta oírte —dijo la -muchacha—. Estamos en guerra. Todo hombre que no sea guerrero hoy no -merece más qué desprecio. ¿Te gusta a ti la guerra, Salvador? Di por -Dios que sí, dímelo. - -—Extraordinariamente, Jenara. El corazón que no palpita por estas tres -cosas, Dios, la mujer amada y la victoria, no es corazón de español ni -de hombre. - -Sintiose el suave estallido de algunas tablas. Jenara sacudía la -empalizada. - -—¿Qué haces? —le preguntó Monsalud—. Esto se mueve. - -—Salvador, amigo querido de toda mi vida —dijo con pasión la muchacha—. -¡Malditas sean estas tablas que nos separan! Empuja un poco de ese lado. - -—Se romperán, Jenara. Esto no es tan fuerte como parece —indicó el -joven con terror. - -—Quiero verte —añadió Jenara con voz que se ahogaba entre sollozos y -suspiros—. Hace tanto tiempo que no te veo... y si ahora te vuelves con -los guerrilleros, y tu arrojo te causa la muerte en una acción... no te -veré más... ¡Ay! estas condenadas tablas no ceden. - -—No —repuso el mancebo tranquilizándose. - -—Oye —dijo la doncella con exaltación—, si es tan grande tu empeño -por entrar y verme, no es menor el mío. Nada más triste que hablar y -no poderse ver las caras. ¿Estás pálido, Salvador, estás tostado del -sol?... Oye lo que me ocurre. Mi abuelo tiene la llave de esta puerta -sobre la mesa de su cuarto. Ahora duerme... puedo entrar de puntillas y -cogerla. No sentirá nada... Aquí está el candado, hijito... se abrirá -fácilmente... ¿Conque voy por la llave? - - - - -X - - -—Detente —dijo Monsalud, a quien causaba rubor y angustia la idea de -que al abrirse la puerta descubriera Jenara por su traje el engaño de -su patriotismo y la verdad de su afrancesamiento—. Detente, Generosa, -y reflexiona un momento sobre lo que vas a hacer... Te quiero más que -a mi vida; te quiero, no por egoísmo, sino con verdadero amor que por -encima de todo pone el bien de la persona amada. No necesito llave para -abrir esta puerta del cielo, Jenara: basta un esfuerzo mío para echarla -a tierra; pero no la romperé, no, porque mi propia estimación y, sobre -todo, la tuya, me lo prohíben. - -—Dices bien: yo estoy loca —murmuró la muchacha—. Acércate; que sienta -yo tu respiración pasando por estas rendijas, Salvador mío. ¿No te -marcharás todavía? - -Monsalud, fatigado de la farsa que estaba representando y que repugnaba -a la dignidad y lealtad de su alma generosa, mas sin deseos de -ponerle fin alejándose de la dulce criatura amada, quiso variar de -conversación, entablándola sobre un asunto que no tuviera relación con -la guerra, ni con los franceses, ni con los guerrilleros. - -—Niña mía —dijo—, se me había olvidado un asunto del cual pensé -hablarte. - -—¿Cuál? - -—Durante este tiempo en que no nos hemos visto, he tenido celos, -muchos celos. En Madrid me dijeron que querías al hijo de don Fernando -Garrote. Recordarás que cuando éramos novios, él te hacía la corte; -que Garrote y yo nos mirábamos con muy malos ojos; que por haber -reñido primero de palabra y después de obra, tuve que salir de la -Puebla jurándole enemistad eterna. Si después de esto, has tenido la -debilidad, no digo de quererle, porque esto me parece imposible, sino -de admitir sus galanteos, buscaré a ese fatuo y donde quiera que lo -encuentre, lo mataré. - -Contra lo que Monsalud esperaba, Jenara no se escandalizó de lo que -acababa de oír ni menos contestó a los agravios del mancebo con mimos -y lloros, según costumbre tan antigua como el mundo. Oyó él tras los -maderos una risita que no le agradó, y después estas palabras: - -—¡Qué tonto eres! No hagas caso de eso. Cierto es que Carlos Garrote -me hace la corte y quiere casarse conmigo. Me envía regalitos, ramos -de flores, va a misa a la misma hora que yo, y algunas veces viene con -sus amigos a desgañitarse bajo las rejas de esta casa, acompañado de -guitarras y bandurrias. - -—¡Jenara, Jenara, me estás destrozando el corazón! —exclamó el mancebo -con fuego—. ¿Por qué te ríes? - -—Me río de él. Y no es mal muchacho, Salvador —continuó Jenara—. Tiene -buen porte, muy bueno, sí, y también excelentes cualidades, solo que no -es amable ni delicado como tú, sino brusco, serio y... - -—Y fatuo, vanidoso, y soplado —interrumpió Monsalud—. Veo que no te -disgusta mi enemigo. - -—Ni me gusta, ni me disgusta —dijo la doncella, aplicando su boquita a -las hendiduras para que se oyese mejor lo que decía—. Si no lo quiero, -tampoco desconozco sus buenas cualidades, especialmente el valor grande -y temerario que ha mostrado en esta guerra. ¿Qué crees tú? Carlos -Navarro, el hijo de don Fernando Garrote, es la admiración de esta -villa y el honor de todo el país de Álava. Ha corrido por esos mundos -con Longa y Pastor, y todos dicen que no han visto mozo de más arrojo -y bravura. ¿Pues y su tino para la guerra? ¿Y su ciencia militar, -que nadie le ha enseñado? Todo lo sabe, y es al modo de los grandes -capitanes, que en un abrir y cerrar de ojos aprenden por completo el -arte de pelear. Mi abuelo asegura que de Carlos Navarro a Alejandro el -Grande va menos que el canto de un duro. Hace meses, cuando entró en la -Puebla después de haber derrotado a los franceses, todos los habitantes -de esta villa salimos, como en procesión, a vitorearle. ¡Qué día, -Salvador! Yo me acordaba de ti, y hubiera querido que estuvieses aquí -para ver tanto entusiasmo. Yo no cabía en mí de puro confusa, exaltada -y alegre. No sé lo que pasaba en mi alma cuando vi a Carlos Navarro -en su caballo blanco entrar triunfalmente cubierto de guirnaldas de -flores, con la espada en la mano y el orgullo de la victoria en los -ojos. ¡Ay, Salvador, me eché a llorar! - -—¡Te echaste a llorar! —dijo Monsalud, con un volcán de celos dentro -del pecho—. No lo digas delante de mí. Eso es un insulto, Jenara... me -estás matando. - -Sin añadir más palabras, golpeó con tanta violencia las tablas, que -la débil empalizada vaciló. Ocupado por el dolor y los celos, que -entre confusiones mil agitaban su alma, Monsalud no advirtió que en -el extremo de la calleja donde tan descuidadamente departía con su -tormento, había aparecido un hombre; que aquel hombre se había acercado -con cautela y puéstose inmóvil y vigilante como a dos varas de la -amorosa conferencia. Cuando la empalizada crujió al recibir los golpes -de fuera, dio algunos pasos más hacia adelante el que parecía fantasma, -y entonces le vio nuestro celoso joven. - -Ambos se miraron sin hablar nada, hasta que el desconocido rompió el -silencio, diciendo con voz grave: - -—¿Qué hace usted aquí? - -—Lo que quiero —repuso Monsalud reconociendo al instante la voz de -Carlos Navarro, hijo único del célebre y hasta ahora no conocido don -Fernando Garrote—. Siga usted su camino, que no me creo obligado a -informarle de mi conducta, señor entrometido. - -—Ahora veremos quién desfila —dijo el otro sin perder la calma—. Me -parece que tengo enfrente a Salvadorcillo Monsalud, el cual marchó a -Madrid a servir a los franceses. - -—El mismo soy —exclamó el militar con brío—. ¿Qué quieres de mí, Carlos -Navarro?... Supongo que traerás una espada. - -—No. - -—¿Navaja? - -—Tampoco. Vengo sin armas. Si las trajera, no las deshonraría -midiéndolas con las de un miserable traidor, con las de un vendido a -los franceses. - -—¡Navarro! Llevo un uniforme que no es el tuyo —exclamó Salvador con -violento coraje—. No lo desprecies. El corazón que va dentro de él no -ha cometido ninguna acción villana. Lo mismo puedo matarte con una -espada española que con un sable francés. - -—¡Vendido!... deja libre la calle. No reñiré contigo. Cuando me -encuentro con un traidor, escupo y paso. - -—¡Miserable, cobarde, salteador de caminos! —gritó Monsalud sintiendo -culebrear el rayo dentro de sus venas—. Defiéndete, si no quieres que -aquí mismo te atraviese y envíe al infierno tu alma perversa. - -Monsalud desenvainó el sable. Navarro no hizo movimiento alguno hostil; -pero echando atrás el embozo de su capa negra, alargó la mano sin otra -arma que una linterna. El espacio que separaba a los dos enemigos se -inundó de luz. - -En el mismo instante la empalizada, que poco antes se estremecía -sacudida con violencia por un hombre, cedió por completo a los -esfuerzos de una mujer, y abierta al fin, dio paso a Jenara, que, -pálida como la muerte, fue derecha a ponerse entre los dos jóvenes. -Alargando sus brazos, podía tocar el pecho del uno y del otro. Lo -primero en que se fijaron sus ojos fue en la gallarda persona del -renegado, cuyo brillante uniforme reflejaba la luz de la linterna en -los relucientes botones de cobre, en el águila, carrilleras, gola -y cartera. Jenara dio un grito agudísimo; miró a uno y otro galán -alternativamente, acongojada y confusa, como quien no cree lo que -ven sus ojos y tocan las propias manos. Monsalud, que resuelta y -ciegamente iba ya contra su enemigo, detúvose al ver interpuesta a la -hermosa joven. - -—¡Este es Monsalud! —exclamó ella con perplejidad indescriptible—. -Navarro, ¿es este Monsalud? - -—Por el uniforme francés se le conoce —respondió el guerrillero. - -—¡Francés, francés! —gritó la doncella—. ¡Tú francés..., embustero -además de traidor! - -—Sí, francés, francés —rugió Salvador—; francés, traidor y embustero y -todo lo que quieras; pero vete de aquí y déjame solo con ese hombre. - -—¡Virgen María! ¡Señor mío Jesucristo! Asísteme en este trance —murmuró -la joven. - -Después entró corriendo en el jardín, y desde la empalizada y con voz -clara, argentina, sonora, penetrante, voz que no puede definirse, como -no puede definirse la pasión extraña que la inspiraba, gritó: - -—¡Navarro, mátale, mátale sin piedad! - - - - -XI - - -—Mátale —repitió alejándose la voz, al mismo tiempo dulce y guerrera—, -mátale por embustero y traidor. - -Monsalud, al oírla, sintió en su corazón frío de muerte; sintiose -cobarde; zumbó en su cerebro la sangre inflamada; su brazo era un -estropajo inerte que apenas podía mover el sable, aquel hierro, trocado -en caña inútil por la súbita congoja del alma... El universo entero se -le había caído encima. - -—No tengo armas —dijo Navarro sin dar un paso hacia adelante ni hacia -atrás y soltando la linterna—. Puesto que no puedo ni quiero batirme -contigo en lid de caballeros, asesíname, francés; ese es tu oficio. -Asesina al guerrillero de Andía y la Borunda. - -La serenidad grave y un poco petulante de aquel hombre; el mirar fijo -de sus ojos; su hermosa estatura; la capa que de los hombros le caía -hasta los pies, dándole el aspecto de una estatua negra, trastornaron -a Monsalud más de lo que estaba. ¿Por qué no decirlo? Tenía miedo, -un pavor semejante al que infunde la superstición. Todo cuanto veía -parecíale sobrenatural, obra del demonio, obra de Dios tal vez. -Sobreponiéndose a su espanto, dijo: - -—Es mentira, la traes bajo tu capa. ¿Tienes miedo? - -Con esta pregunta pensó sacarle de su fría impasibilidad; mas el otro, -sonriendo con desdén, replicó: - -—Salvador, guarda ese chisme y vete con los tuyos. - -—Mátale, mátale por traidor y embustero —gritó más lejos, desde la -casa y junto a la puerta que daba al jardín la voz divina y furiosa de -Jenara. - -Un hecho es este cuyo tenebroso misterio no penetrará jamás con -exactitud el observador; pero es indudable que la pasión amorosa, -confundida con el arrebatado sentimiento patriótico que en el alma -de la mujer produce fenómenos extraordinarios, durante las grandes -guerras de raza, está sujeta a veleidades casi increíbles. El fanatismo -de Jenara hizo de ella, en la ocasión crítica que se narra, un ser -espantoso; pero ¿es posible pronunciar la última palabra sobre la -vengativa saña de su alma exaltada, sin deslindar lo que de sublime y -de perverso había en los sentimientos que precedieron a la tremenda -explosión? La pavorosa figura bella y terrible, que pedía la muerte -de un hombre, pocos minutos antes amado, encaja muy bien dentro del -tétrico cuadro de la época, en la cual las pasiones humanas exacerbadas -conducían a los hechos heroicos y a los mayores delirios. Había en -Jenara una entereza romana que de ningún modo podía ser completamente -odiosa: en sus odios, lo mismo que en sus amores, no se quedaba nunca a -medias. - -—Tiene razón —dijo de súbito Monsalud arrojando el arma—. Yo soy el que -debe morir. ¡Navarro, ahí tienes mi sable! Da gusto a Jenara. - -Navarro recogió el sable y, entregándolo a su rival, le habló así: - -—Te he dicho que te marches a tu campamento. Ni una palabra más. No -gusto de conversación. - -En el mismo instante sonaron dentro de la casa voces de alarma. - -—¡A ese! ¡al francés!... ¡al renegado! —gritaban voces distintas. - -Viéronse luces, abriéronse puertas y aparecieron algunos hombres y -mujeres con escopetas y palos. - -—¡Al pozo con él! —gritó uno. - -—¡Ahorcarle!... venga la cuerda —gritó otro. - -—Meterle en el horno —vociferó un tercero. - -De las casas vecinas salió más gente; aparecieron grupos por la -calleja, de tal modo y con tanta presteza, que Monsalud se vio -amenazado por una ruidosa caterva de personas de todas clases. - -—¡Muerte al francés! —gritaban. - -Recobrando su ánimo, el jurado se apercibió para defenderse. - -La voz de Jenara repitió a lo lejos con estridente aullido, que parecía -proceder de la garganta de un ángel de exterminio, flotante en el negro -espacio sobre el lugar de la escena, las siguientes palabras: - -—¡Por traidor y embustero! - -Hubiéralo pasado muy mal, perdiendo seguramente la vida el pobre -jurado, si su propio rival no le defendiese de aquella turba rabiosa, -apartando a unos, haciendo callar a otros, y repartiendo a diestro y -siniestro empujones y porrazos. - -—Nosotros no asesinamos —gritó—. Dejen libre a este pobre hombre que se -va a su campamento. - -Pero ya que no podían acabar con él, siguieron azuzándole con la soez -valentía del número. Protector y protegido, sin dejar por eso de ser -encarnizados enemigos, caminaron largo trecho, abriéndose paso con -dificultad. Gracias a la hora tardía y oscuridad de aquellos lugares, -no acudió más gente al alboroto, que si acudiera, mal lo habría pasado -el del uniforme francés a pesar de hallarse tan cerca sus amigos. -Felizmente para Salvador, a medida que avanzaban, disminuía la molesta -chusma, hasta que al fin, después de andar largo trecho hacia una -de las puertas de la villa, donde se distinguían las fogatas y se -escuchaba el rumor de las fuerzas acampadas, la ruin turba quedó -reducida a media docena de hombres. Navarro les aplacaba y despedía uno -por uno, logrando al cabo quedarse solo con la víctima. Más abrumaba a -Monsalud la nobleza que demostrara en la referida ocasión su enemigo -que los insultos con que le vituperó poco antes. - -—Estamos solos —dijo cuando llegaron a la plazoleta inmediata a la -puerta que da paso al puente del Zadorra—. Navarro, agradezco tu -generosidad. Quieres matarme en buena lid, y no has permitido que me -asesinen esos bárbaros. Solos estamos. ¿Es cierto que no traes armas? - -—Ya lo he dicho —replicó el otro. - -—Lo creo; eres valiente y sé que no las ocultarías por cobardía. -¿Insistes en no batirte conmigo? No me he pasado a los franceses: -antes de servirles, yo no había tomado las armas por ninguna causa. -Mi destino lo ha querido así; pero no estoy deshonrado. Mi desgracia, -mi abandono, mi pobreza, lleváronme a las filas del enemigo, y la -deshonra consistiría en abandonarlas en el peligro... Ve, pues, en -busca de tus armas; aquí te espero. - -—No quiero —repuso Navarro con sequedad—. Ya te he dicho que sigas tu -camino. - -Y luego, con expresión de orgullo que Monsalud no acertaba a -explicarse, añadió: - -—Soy guerrillero. - -Dijo esto como si dijera: «Soy Dios.» - -—Bien: ¿y qué más da que seas guerrillero? Eso prueba que eres valiente -—declaró el otro con aflicción. - -—¿Sabes lo que haré si te vuelvo a encontrar junto a las tapias de la -casa de Jenara, o si la miras, o si hablas de ella en público, siquiera -digas solamente que la has conocido? - -—¿Qué? - -—Cortarte las orejas... Conque adiós. - -Dicho esto volvió la espalda y se alejó tranquilamente, dejando a -Salvador perplejo y dudoso entre aceptar aquel inopinado desenlace de -la contienda o arremeter tras su enemigo para herirle. Una ira loca -sucedió a las dolorosas dudas, y, siguiendo a Carlos, gritó con toda la -fuerza de sus pulmones: - -—¡Navarro, eres un cobarde! - -El guerrillero volvió atrás, y con provocativa flema le dijo: - -—Como están cerca tus amigos; como se les ve desde aquí y podrían venir -al menor ruido, te has vuelto tan bravo que si te vieran los gatos de -la vecindad, temblarían de miedo. - -—Navarro —exclamó Monsalud con frenético coraje—, toma mi sable. -Espérame un instante, un instante no más, mientras voy a que un amigo -me preste el suyo. Entonces me podrás decir lo que te acomode, y yo -morir o cerrarte para siempre esa boca insolente. - -—Salvador —gritó Navarro comenzando a perder la enfática serenidad que -mostraba—, no me provoques con tus ladridos... Te he perdonado y me -insultas, te desprecio y me sigues. Tanto me buscarás, que al fin has -de encontrarme. - -Con rápido movimiento se desembozó, dejando en tierra la linterna. - -—No tienes tú la culpa —dijo—, sino quien, sabiendo lo que eres, baja -de noche a hablar contigo por la reja de la huerta. Jenara no te -conocía, sin duda, o la engañaste con torpes embustes. - -—Dime todo eso con una espada, con una pistola, con tu sangre, malvado -—clamó Monsalud rugiendo de ira—, y te contestaré lo que mereces. - -—Pues sea —gritó Carlos, y en el mismo momento oyose sonar el chasquido -del resorte de una navaja, cuya larga hoja brilló en la oscuridad. - -—Yo también traigo la mía —dijo con júbilo Monsalud, arrojando el -sable—. Navarro, defiéndete. - -Envolvían en el siniestro brazo el uno su capote y el otro su capa, -cuando se oyeron pisadas y luego voces alegres que por un callejón -cercano se acercaban. - -—Son franceses —dijo Navarro, pateando con furia. - -—¿Franceses? ¿Y qué importa? Seguirán su camino. Adelante, pues. - -—Traidor —gritó el guerrillero—, me has traído a donde están tus amigos. - -—Vamos a donde quieras; elige sitio —repuso el jurado apresurándose a -partir. - -Apenas dieron algunos pasos en la dirección que indicara Navarro -marchando delante, cuando se vieron detenidos por media docena de -franceses, borrachos todos como cubas, los cuales, reconociendo al -punto a Monsalud, le rodearon, y con gritos y vociferaciones del peor -gusto le saludaron. - -—Dejadme, dejadme solo, amigos —dijo este. - -—¿Quién es este bravo mozo? —gritó un francés dirigiéndose a Navarro. - -—¡Ah! ¿tenéis pendencia? - -—Echad mano al paisano y llevémosle al cuerpo de guardia —dijo un -francés. - -—Al que le toque —vociferó Monsalud resguardando con su cuerpo el de su -enemigo— le mataré como a un perro. - -—¡Oh! ¡qué bríos! —gruñó otro francés. - -—Vaya, basta de disputas —chilló un tercero—, y vénganse los dos a la -taberna con nosotros. - -—Tenemos que hacer en otra parte... Sigan ustedes adelante... - -—Están desafiados... Ved las navajas. - -Ambos contendientes cerraron y guardaron las armas. - -—¿Desafío? —dijo uno que tenía la charretera de sargento—. Ahora mismo -van a ir los dos al cuerpo de guardia. ¿Conque desafío? A fe de -Jean-Jean que no consiento tal cosa. - -—¡A la taberna, a la taberna! - -Apareció entonces otro grupo de franceses que se unió al primero. - -—Vamos, ven acá, farsante —gritó Jean-Jean asiendo a Monsalud por el -brazo y tratando de llevárselo consigo. - -—Señor espantajo —indicó un jurado amenazando al guerrillero—, o toca -usted tablas ahora mismo, o le pondremos a la sombra. - -Navarro calló, sofocando su coraje; pero acariciaba la navaja, -dispuesto a atravesar al primero que osase ponerle la mano encima. - -Salvador, desasiéndose con no poco trabajo de los que entorpecían sus -movimientos, se acercó a Navarro, y comprendiendo que la situación de -este no era muy satisfactoria, dijo en voz alta: - -—Señores, déjenme hablar dos palabras a solas con este amigo, y después -nos iremos juntos a la taberna. - -—Si me dan tiempo para ir a buscar a dos de mis amigos, a dos nada más -—le dijo Navarro en voz baja—, daré cuenta de ti y de esos borrachos. - -—Carlos —repuso Monsalud—, ponte en salvo. Nada podemos hacer por esta -noche. Estos majaderos no nos dejarán solos. - -Trémulo de coraje, el guerrillero no contestó nada. - -—Señala sitio y hora para mañana, para pasado mañana, para cuando -quieras. - -—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —respondió Carlos -echando fuego por los negros ojos. - -—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —repitió Monsalud -con febril resolución—. Por la noche, y por Dios que la hizo, juro que -así será. - -—Me voy —dijo Navarro con sarcasmo—. Tus amigos te han salvado esta -noche... Ahora, cuando yo vuelva la espalda, azúzalos contra mí. - -Sin más palabras ni hechos, Navarro se internó a buen paso por una -oscura y solitaria calle; y como algunos de los franceses allí -presentes quisieran ir tras él, púsose Monsalud entre ambas esquinas de -la angosta vía, y con determinación firmísima dijo a sus camaradas: - -—El que quiera seguirle tiene que pasar sobre mi cuerpo. - -Cuando Jean-Jean y comparsa se empeñaban en llevar a Salvador a la -taberna, este iba en tal estado de sombrío estupor y excitación mental, -que a las palabras de sus amigos respondía tan solo: - -—¡Él guerrillero, yo francés!...¡Yo francés, él guerrillero!... ¡El -blanco, yo negro!... ¡Él cielo, yo tierra! ¡Si ese hombre fuera Dios, -yo quisiera ser el demonio! - - - - -XII - - -A poco de entrar en la taberna, y antes que lograran hacerle tomar -nada, escapose fuera y se dirigió a su casa en lastimoso estado moral -y físico, con la razón delirante, el cuerpo flojo y desmayado como -el de un beodo, hablando sordamente consigo mismo a veces, y a ratos -profiriendo gritos que alarmaban al vecindario. Cuando entró en su -casa, hallábanse en ella, a pesar de lo avanzado de la noche, doña -Perpetua y el cura, acompañando ambos a doña Fermina. En el centro de -la pieza había una mesa puesta con no poco aparato de vasos y platos, -desplegándose allí gallardamente todo el lujo de la casa como para una -fiesta. Las viandas que sobre ella estaban, habían dejado de humear, -enfriadas ya por el largo plazo de espera, y las quijadas de la santa, -como las del cura, se abrían bostezando de apetito y sueño. - -—Hijo mío, ¡cuánto nos has hecho esperar! Son las once dadas —dijo doña -Fermina, abrazándole—. Pero tú tienes algo; estás amarillo como un -muerto. ¿Qué dices ahí entre dientes? - -—¡Guerrillero él! ¡Francés yo! —murmuró Salvador dejándose caer en una -silla. - -—Espera, te ayudaré a que te quites el uniforme —dijo la madre—. ¿Se -han marchado ya los franceses? - -—Salvador —dijo en tono agrio el cura, observando al sargento con -severidad—. Un joven de tus cualidades no debe estar en las tabernas -hasta hora tan avanzada. - -Y como Monsalud no contestase a la advertencia, sino riendo a la manera -que ríen los locos, el presbítero añadió, levantándose de su asiento: - -—Salvador, estás borracho. ¡Qué terribles hábitos se adquieren en el -ejército! - -—¡Y entre franceses! —añadió la beata—. El rey les da buen ejemplo para -que sean un modelo de sobriedad. - -—Ya se te pasará —dijo doña Fermina con maternal benevolencia—. Hijo, -¿quieres dormir? - -—Sí, dormir; quiero dormir —repuso con gozo, recostándose en un arca. - -—Toma primero un bocado, muchacho. - -—Sí, tengo hambre —exclamó el jurado abalanzándose a la comida y -engullendo descortésmente, sin consideración a los demás convidados. - -Mas al instante apartó el plato con repugnancia. - -—No tengo gana —dijo entre dientes. - -El cura se paseaba por la habitación agitado y colérico. - -—Los malos hábitos adquiridos no se olvidan en un día —afirmó doña -Perpetua, echando al viento la voz por el registro más agridulce—. Esta -mañana lo dije y ahora lo repito. Fermina, haz cuenta que no tienes -hijo. - -Doña Fermina rompió a llorar, y como interrogase cariñosamente al -desgraciado joven acerca de sus propósitos y de la enmienda que por la -mañana prometiera, este dijo: - -—¡Guerrillero él, yo francés, francés toda la vida! - -—Salvador —gritó el cura con enojo y fiereza—. Te creí traidor por -inexperiencia, mas no vicioso ni degradado... Esta mañana me causabas -lástima; ahora me causas horror. - -—El pobrecito no sabe lo que se dice, señor cura —añadió la atribulada -madre—. Esos pícaros le han llevado a la cantina, y... por fuerza le -han obligado a beber. Pero es un alma de Dios mi hijo. Esta mañana nos -prometió dejar para siempre esas aborrecidas banderas, y lo hará, ¿pues -no ha de hacerlo...? ¿Te quedarás aquí esta noche? Suelta el uniforme y -duerme. - -Oyéronse entonces lejanos toques de clarín. Callaron todos, -sobrecogidos por el son guerrero que parecía venir del campamento -francés: Monsalud lo escuchaba con aparente júbilo. De pronto -levantose, gesticulando como un insensato, y con desesperados gritos, -gritó de esta manera: - -—¡Viva Napoleón! ¡Viva el amo del mundo! ¡Viva Francia! ¡Mueran los -guerrilleros! - -—Esto no se puede tolerar —exclamó el cura bramando de ira y echando -mano al respaldo de la silla que más cerca tenía—. ¡Traidor, infame y -deslenguado blasfemo, sal de aquí al momento! - -—¿Qué has dicho, hijo? —balbució entre angustiosos sollozos doña -Fermina temblando como un niño—. Tú, tú, ¿pues no eres...? - -—¡Afrancesado, francés hasta morir! —repuso el joven con enérgico -brío—. ¡Francés hasta morir! - -—Señor cura, señor cura —dijo la madre con tanto espanto como dolor—, -ríñale usted. - -—Buen caso hago yo de los curas —repuso Salvador mirando con desprecio -al venerable Respaldiza—. Son los corruptores del linaje humano, como -dicen Jean-Jean y Plobertin, que presenciaron la revolución francesa. - -Doña Fermina ocultó el rostro entre sus manos. - -—Señor cura guerrillero —añadió el joven con insolente sarcasmo—, -cuidado no le cojamos a usted por esos trigos... En mi regimiento no -hay piedad para los clérigos armados... ¡Se les coge, se les desnuda, -se les ahorca!... - -Doña Perpetua se levantó de su asiento como una estatua que de súbito -cobra vida para aterrar a los hombres. - -—¡Miren la embaucadora! —gritó Monsalud remedando con formas grotescas -los ademanes de la santa mujer—. Vendré a rescatar a mi madre de las -garras del demonio, para llevármela a Francia. - -La beata y el cura le señalaron la puerta sin proferir una palabra. - -—¡Guerrillero él, yo francés! —repitió el joven, no con palabras, sino -con aullidos—. Madre, adiós, adiós... Escribiré desde Francia. - -Tropezando, haciendo gestos amenazadores, y articulando gritos y -bravatas poco inteligibles, pero horripilantes como la risa de los -locos, salió de la estancia y de la casa, mientras cura y beata -auxiliaban a la infeliz madre, que había perdido el conocimiento. - - - - -XIII - - -El buen orden de esta historia pide que ahora dejemos a Monsalud, el -cual irá solo o acompañado a donde mejor le plazca y su triste destino -le lleve, y que volvamos los ojos y dirijamos nuestros pasos hacia -Carlos Navarro, quien, por lo que hasta ahora de él vimos, parece ha de -ser personaje de historia y digno de ser conocido más de cerca. - -Singular era este hombre, y más singular aún su padre don Fernando -Navarro, vulgarmente conocido en la Puebla con el remoquete de don -Fernando Garrote, que de sus mayores pasó a él, sin que se pueda saber -por qué. Aseguraban los ancianos de la villa que siendo todos los -Navarros, desde las generaciones más remotas, hombres muy fuertes, y -a más de fuertes, algo pegones y amigos de dominar a los débiles y de -machacar sobre los humildes, debieron recibir por estas cualidades el -sobrenombre citado, que a maravilla les caía. Los últimos vástagos de -esta dinastía garrotil, son los que presentaremos ahora, eligiendo -para ello el momento en que, desocupada momentáneamente la Puebla por -los franceses, quiso don Fernando poner en ejecución su pensamiento de -ir a las partidas con Respaldiza, apretándole a ello la falta que él -pensaba hacía en el ejército su tardanza, según eran los agravios que -pensaba vengar, proezas que acometer, y cabezas que descalabrar. - -Don Fernando vivía desde algún tiempo en una casa de campo hacia -Peñacerrada, donde había puesto fin a sus viajes y correrías, porque -los achaques y dolores en la trabajada osamenta eran ya obstáculo a su -fantasía siempre ardiente y a su corazón valeroso. Triste, solitario -y aburrido, dejaba pasar sus días en la vasta vivienda, aun en lo más -crudo de la guerra, hasta que por capricho o voluntariedad impropia ya -de sus años, resolvió variar de conducta. Para hacer los preparativos -de marcha, trasladose el 18 de junio a la Puebla, donde tenía su casa -solar, residencia habitual de su juventud y edad madura hasta los -últimos años. Allí vivía de ordinario su hijo, y un pariente pobre que -le administraba el mayorazgo, consistente en tierras de pan, algunas -viñas, y mucho monte en el término de Treviño. - -Allí le tenemos, allí está nuestro gran don Fernando en una sala baja, -sentado en ancho sillón de vaqueta, con las piernas extendidas sobre -un banquillo. Ocúpase en limpiar la hoja de una luenga espada de taza, -hoja toledana y grandes gavilanes retorcidos. Frente a él, acurrucada -en una silla baja, está la que ya conocemos, incomparable y seráfica -doña Perpetua, observando con atención prolija al insigne varón. - -Era don Fernando Navarro, o, si se quiere, don Fernando Garrote, -un hombre de más de sesenta años; de elevada estatura y bien -proporcionadas carnes; ni gordo ni flaco; arrogante en su madura edad; -de frente despejada; ojos vivos; los brazos y piernas vigorosos, -aunque ya nada listos a causa del mucho cansancio; ancha la espalda; -curva y airosa la nariz; blancas y pobladas las cejas, así como el -cabello; la piel rugosa y con largos bigotes retorcidos entrecanos, -que eran singular adorno de su fisonomía en aquellos tiempos en que -todo el mundo se rapaba el rostro. Tenía este hombre la apariencia -de un veterano de los antiguos tercios, héroe de las batallas de San -Quintín y de las Gravelinas, conquistador de medio mundo y saqueador -del otro medio desde Roma hasta Maestrich. Uníase a su belleza varonil -y majestuosa cierta expresioncilla insolente y de perdonavidas, y -parecía satisfecho de la superioridad que Dios le había dado sobre -el resto de los mortales. Observando su vanaglorioso ademán y porte -guerrero, viéndole tan convencido de que la humanidad existía para que -él probara sobre ella la fuerza de sus puños, se comprendía bien el -apodo de _Garrote_ que recibiera del vulgo. Lleváronlo sin ofenderse -sus antepasados, que también fueron tremebundos, y el don Fernando -respondía al mote y a veces firmaba con él. - -Durante su juventud Navarro había guerreado bastantes años, primero -en la campaña contra Portugal hacia 1762, después en el bloqueo de -Gibraltar en 1779, y aun se asegura que por dar desahogo a su grande -afición militar tuvo sus amagos y vislumbres de bandolerismo en tiempo -de paz, lo cual es muy propio de españoles; pero esto debe acogerse con -prudente desconfianza, y la honra de tan insigne varón nos obliga a no -asegurar de un modo terminante lo del latrocinio, consignándolo tan -solo como un simple rumor. - -Lo que sí no deja duda, por constar en papel sellado dentro de los -mismos archivos de la audiencia de Pamplona, es que el gran Navarro -entretuvo sus ocios y dio alimento a su arrebatada actividad y ardiente -fantasía, introduciendo por los Alduides tejidos de hilo y algodón, -en lo que, según su entender, no se ofendía a Dios, siendo claro -como el agua que ni en el Decálogo, ni en el Nuevo Testamento, ni -en ningún catecismo se dice nada contra el contrabando. Hacía esto -nuestro adalid, más que por propio lucro, por ayudar a los amigos, -por favorecer a unos cuantos pobrecitos que vivían de ello, por armar -camorra con los empleados del fisco y por dar palos. Esto era para -Garrote fuente de delicias físicas y morales sin término. - -Al llegar aquí, y cuando después de enumeradas casi todas las -cualidades de hombre tan eminente, me encuentro enfrente de la más -importante, no puedo menos de alzar los ojos al cielo, cruzar las -manos, y decir: «¡Bendito sea Dios, que en una sola pieza puso -tantas y tan admirables prendas del alma y del cuerpo!» Ello era que -don Fernando Navarro, luego que heredó el mayorazguillo, y además -algunos pingües dineros que le dejaron dos tíos suyos venidos de las -Indias, retirose a la Puebla y allí se hizo un don Juan Tenorio. Su -arrogante figura, su garbo para vestir y su mucho gracejo para hablar, -su gran experiencia del mundo y diestra habilidad para engañar, -proporcionáronle adelantamientos fabulosos en la carrera. - -Siendo al mismo tiempo muy liberal y dadivoso, así de dinero como -de palos, encontraba abiertos casi todos los caminos, y bien pronto -todo el condado de Treviño, toda Álava y aun parte de la Rioja, -llenáronse de víctimas en distintas edades y estados. Algunos disgustos -experimentó en diversas ocasiones; mas como era Garrote la persona más -poderosa en la villa, y casi, casi en la comarca; como tenía la llave -dorada, y aun se habló de que iba a recibir la merced de un título -de Castilla, todo se quedó en palabras y en dos o tres porrazos. Un -fraile francisco quiso con amonestaciones convertirle, librando de -azote tan fiero a los habitantes de la baja Álava y Rioja alavesa; -mas por una singularidad digna de ser mencionada en la historia, los -villanos todos, especialmente los más humildes, se pusieron de parte de -Fernando, hasta que el bendito fraile se cansó, y resolvió que lo mejor -era rezar por las agraviadas. - -Lo que no puede pasarse en silencio es que hacia el fin de su carrera -don Pedro se casó, animándole a ello su propio interés y el de una -familia de Navarra que con la suya estaba genealógicamente entroncada. -Antes, mucho antes del matrimonio, había nacido un varón, que fue -reconocido con solemnidad. Sacó Carlitos, con el cariz y la figura -de su padre, muchas de las prendas de su alma, y singularmente el -valor y la generosidad, y creció el niño en la holganza, dedicándose -a ejercicios de fuerza, con descuido de la inteligencia, aunque la -tenía privilegiada. No mostró, como el progenitor, afición al galanteo -frívolo, y durante algunos años huía de las faldas como del demonio, -tanto, que creyeron iba derechito por el camino de la Iglesia; mas -de pronto resultó muy apasionado y tierno, y verificose radical -transformación en sus hábitos, y más que todo en su pensamiento. En -el transcurso de esta fiel historia irán saliendo muchas cosas que -ahora no conviene anticipar, y que completarán el conocimiento de este -benemérito joven, primero mojigato, guerrillero después, y adornado -siempre de estupendas cualidades. - -Ahora lo que importa referir es que en 1812 tomó el gusto Carlitos a -las partidas, enamorándose de tal modo de aquella errante, gloriosa y -popular vida, que a vuelta de pocos meses era uno de los más bravos e -inteligentes soldados del bravísimo Longa, siendo tantas sus hazañas -que en la Puebla de Arganzón gozaba de más fama que en Macedonia el -Grande Alejandro. No está de más decir que, entre las causas que -determinaron a don Fernando a meter su cucharada en el negocio de la -guerra, no fue la menor cierta comezoncilla o, por ponerlo más claro, -cierta envidia del gran renombre de su hijo, y tenía la certidumbre -de que con solo echarse al campo eclipsaría con un solo arranque las -proezas de todos los fusileros de Longa, Mina y Pastor. - -Conocidas así las personas, refiramos ahora lo que hablaron doña -Perpetua y el señor Garrote, mientras este, esperando a su hijo, al -cura Respaldiza y demás personas que debían acompañarle, se ocupaba en -limpiar el moho a varios trebejos, resto de su alborotada mocedad. - -—Reflexione usted, señor Garrote —dijo la vieja apoyando las manos -en el palo y la barba en las manos—, sobre lo que tantas veces le -he dicho y ahora le repito. Un hombre lleno de pecados, que ha sido -el escándalo de un siglo y el Satanás de esta honrada villa, debe -ocuparse en arreglar sus largas cuentas con Dios para no presentarse -a Él desprevenido, con el libro de las deudas de su conciencia tan -embrollado y lleno de borrones. - -—Cuando vuelva de la guerra, viejecita —repuso don Fernando -cariñosamente y con cierto respeto—, te prometo reconciliarme y poner -el mayor arreglo en mi libro. - -—¡De la guerra! —exclamó la vieja moviendo la cabeza—; ¡y quién sabe si -esos pobres huesos molidos volverán como salen! ¡Semejante estafermo -no puede mantenerse sobre el caballo, y habla de matar franceses y -de ganar batallas! ¡Alabado sea el Señor! ¿No vale más que el señor -Garrote se esté quietecito en su casa? Yo vendré a hacerle compañía, -y nos regocijaremos hablando de los benditos tiempos pasados y de la -ruindad de los presentes, así como de la supina perversidad de los que -han de venir, trayendo seguramente el fin y ruina total del mundo. - -—Viejecita —repuso don Fernando—, en sesenta años que he vivido no -he sentido gusto semejante al que ahora llena mi alma por la empresa -que voy a acometer... Ya, ya verán una mano pesada para el sable... -Seguramente los franceses tienen ya noticia de que me preparo... - -—Si se preparara usted para una buena, larga y devota confesión que -fuera una limpia general de su alma, mejor sería... —dijo la santa -mujer. - -—Hay muchos medios de limpiar el alma y dejarla como un espejo —afirmó -triunfalmente Garrote, esgrimiendo la espada y dando dos o tres tajos -en el aire—, muchas maneras, y de esto hablan los Santos Padres, según -creo, madrita; y si no hablan, es porque se les quedó en el tintero. - -—No conozco más medio que el arrepentimiento. - -—Verdad es que yo he pecado bastante —dijo el héroe—; pero ha sido sin -mala intención. Reconozco que he ofendido a Dios; pero si después de la -ofensa le sirvo, ¿el servicio no quita la ofensa? - -La mujer del siglo miró con estupor al anciano, sin contestarle. - -—Yo pequé —continuó este—; pero he aquí que la gran contienda entre -Dios y el demonio es llevada a los campos de batalla; he aquí que yo, -hombre un poco ligero de cascos, pero cristiano viejo y con una fe como -un templo, saco la espada y digo: «Señor, si mucho te ofendí, ahora te -consagro mi vida, y voy a morir en defensa de tu Iglesia o a matar a -todos tus enemigos.» Este acto, señora doña Perpetua, esta abnegación -mía por la causa de Dios, ¿no bastan a limpiarme, cual si echaran mi -alma en lejía? - -—Según y cómo —respondió la anciana, confusa ante un problema nuevo -para ella, cuya solución no podía dar en definitiva—. Ejemplos hay de -guerreros insignes que han ido a ocupar lugar preferente en el cielo -solo por una buena batallita ganada contra herejes; pero no se dice que -tuvieran muchos pecados, ni que estuviesen impenitentes. - -—¿Y qué más penitencia que la muerte en defensa de Cristo? —exclamó -el guerrero sintiéndose con más fuerza que su antagonista—. ¡Morir, -derramar uno su sangre por una causa, por una idea, por la religión, -por Dios!... - -—¡Oh! sí, es verdad, sí, sí —dijo la vieja abrumada por esta lógica. - -—¿Nuestro Señor Jesucristo no nos dio el ejemplo? ¿No redimió a todo -el género humano, y, muriendo, no limpió la gran mancha original, sin -dejar rastro de ella? - -Al decir esto, el señor Garrote frotaba con verdadero frenesí la hoja -de acero, como si la herrumbre que tenía fuera la de su propia alma, y -aquel orín el inveterado orín de su propia conciencia. - -—Es verdad —gruñó la vieja—. Vaya el señor don Fernando a la guerra, si -bien no estaría de más una confesión general y algún acto de reparación -para tranquilizar el alma de quien yo me sé, de un ángel de Dios, señor -don Fernando... - -La beata fijó en Garrote sus penetrantes ojos negros, y Navarro frunció -ligeramente el ceño, demostrando que aquel tratado de los ángeles de -Dios no era muy de su agrado. Pero la santa mujer, hecha de muy antiguo -a reprender sin rebozo las faltas ajenas y a sentenciar en materia de -pecados con tanto aplomo como el Papa desde la silla del Pescador, no -hizo caso del avinagrado gesto de don Fernando, y dijo: - -—Señor Lucifer, de todas las excelentes muchachas que usted perdió para -siempre, una sola existe en la Puebla de Arganzón; mas tan quebrantada -por los disgustos y la vergüenza de su desgracia, que es difícil -conocer en su abatido y ya viejo rostro a la hermosa hija de don Pablo -el Riojano. - -—Bueno, bueno —dijo Garrote frotando con más fuerza—. ¿Y qué tengo yo -que ver con esa mujer? - -—¡Conciencia empedernida! ¡Hombre sin entrañas! ¿No la perdió usted -para siempre? En Pipaón, hace veintidós años, todo el mundo sabía que -don Fernando Garrote tenía amores con la niña del Riojano, y se corrió -la voz de que se iban a casar. Desde entonces ha pasado mucho tiempo. -Vino doña Fermina a la Puebla hace dos años, traída por su mezquina -herencia y el enfadoso pleito que la dejará sin camisa que ponerse. -Pocos la tratan aquí, y en cuanto a sus tristes antecedentes, solo -yo, por confidencia que me ha hecho, correspondiendo a mis cristianos -consejos, sé que esta venerable y modesta mujer es la doncella engañada -hace más de veinte años en Pipaón, y que Salvadorcillo Monsalud es de -la propia carne, de la misma sangre y de los mismísimos huesos de este -tenebrario que tengo delante. - -—¡Cuánto sabe la madre! —dijo don Fernando, frotando el arma hasta -desollarse los dedos—. Supe que Ferminilla había venido a la Puebla -hace dos años trayendo consigo a un muchacho revoltoso; pero como casi -todo el tiempo vivo en Peñacerrada, a ninguno de ellos he visto... y a -la verdad, no son muchas las ganas... - -—Pues yo la veo todos los días. Yo la acompaño y consuelo de la amarga -tristeza que aún hoy sus desdichas y su atroz pecado le causan. Cuando -llegó aquí, picome la curiosidad. Viéndola tan piadosa, tan santa y -ejemplar, pues es mujer que no sale de su casa más que para ir a la -iglesia, solicité su amistad: conocí que era un alma abatida y que -necesitaba de mí. ¿Qué habría sido de ella sin mis consejos? Se los -di, pues; mi conversación le agradó en extremo, y abriome su corazón -confiándome todo, y especialmente la tristeza de su desgracia, cuyo -autor fue este señoritico precioso. - -—Bien, ¿y qué? —dijo Navarro esforzándose en aparecer risueño, -y dejando a un lado la espada que estaba más limpia que alma de -bienaventurado—. Yo, la verdad, lo hice sin mala intención. - -—¡Sin mala intención! —exclamó la beata con enojado semblante—. Sin -mala intención dicen que se rebeló Luzbel contra Dios. Esa buena -mujer es la criatura más desgraciada que existe en el mundo; y aunque -seguramente Dios la ha perdonado por su grande arrepentimiento y -continuo llorar, ella jamás se consuela, y ahora, con la reciente -desgracia del hijo que idolatraba, parece que va a entregar su alma al -Señor. - -—Pues qué, ¿ha muerto su hijo? —preguntó Garrote con vivo interés. - -—Se ha pasado a los franceses, lo cual es peor que morir —repuso doña -Perpetua—. Se ha pasado a los franceses, que es como morir el alma y -seguir viviendo el cuerpo para afrenta de la familia y de la nación... -Anoche mismo... - -—¡Y dices que es hijo mío! —exclamó don Fernando con rabia, dando -fuerte patada en el suelo—. No, madrita: ese muchacho no tiene mi -sangre... Es mentira, ¡viven los cielos! - -Iba a seguir protestando, cuando le interrumpió de súbito la presencia -de su hijo Carlos, que acababa de entrar. - - - - -XIV - - -Carlitos era bastante parecido a su padre, salvo algunas diferencias: -se le asemejaba en la tez morena, en los cabellos asimismo negros, en -la arrogancia del cuerpo y talle y en cierta expresión de nobleza que -en toda su persona gallardamente se mostraba. Diferenciábase en la -estructura de las cejas, que en el mozo eran juntas, y en la seriedad -invariable y algo torva que tenía en sus grandes ojos. Con respeto -adelantose el joven hacia su padre, cuya mano besó, repitiendo la misma -señal de veneración y cortesía en las arrugadas extremidades de la -vieja. Don Fernando contemplaba a su hijo con el arrobamiento de un -artista satisfecho y enfatuado ante la belleza de su obra maestra. - -—¿Nos vamos ya? —le preguntó. - -—Dentro de una hora —repuso el joven—. Difícil es que nos unamos a -la partida de Longa, que está en Murguía con los ingleses; pero nos -uniremos a los que están hacia Miranda con el general Morillo. Para no -tropezar con los franceses, daremos la vuelta por Uralde y Burgueta, -tomando el camino real en Armiñón. No hay nada que temer por ese lado. - -Don Fernando se levantó para desperezarse, lo cual hizo como un león -viejo, no sin que crujieran sus choquezuelas y sus articulaciones -todas. Después dio algunos pasos por la habitación como para probar la -elasticidad de sus miembros, y dijo: - -—Esta máquina sirve todavía. - -Y luego dio fuertes voces llamando a sus criados. - -—¡El caballo!... ¡ensillar el caballo! - -Doña Perpetua, firme siempre en la perpetuidad de su desaprobación, -movía la cabeza en señal de duda respecto a la eficacia de aquella -máquina para hacer algo de provecho, y si no con la boca, con los ojos -reprendió a don Fernando por su atrevida aventura. - -Al punto comenzó Garrote su atavío marcial, sepultando sus pies en -antiguas botas de cuero fino. Forrose después en un chaleco grueso, y -se fajó con una interminable banda de seda que le dio muchas vueltas -en torno a la cintura, y sobre esto se puso un uniforme blanco de los -antiguos regimientos, el cual, aunque viejo y fuera de moda, estaba -servible. La cabeza la adornó con un deforme sombrero procedente de -las campañas del anterior siglo y que recordaba al general O’Reilly. A -pesar de la notoria ancianidad de dichas prendas, tal era la histórica -figura del insigne Navarro que con ellas no resultaba ridículo. - -Al vestirse parecía que se remozaba; la alegría brillaba en sus -ojos; decía mil bufonadas graciosas, y con fatuidad chispeante se -presentaba a sí mismo como modelo de apuestos militares, deprimiendo a -la afeminada juventud del día. En mitad de esta escena entró el cura -hecho un arsenal ambulante, según venía de armado y municionado, y -celebró con palmadas y vítores los preparativos de su amigo, mostrando -los suyos y volviéndose de todos lados para que le vieran. - -—¡A matar franceses! —gritó el presbítero—. ¡A matar franceses y -afrancesados, para gloria de la nación y triunfo de la fe! - -—Señores —dijo Garrote con hueca voz y un poco del tonillo pedantesco -de los oradores modernos—, toda mi vida la he consagrado al servicio -del rey, de la patria, de la religión... - -La beata, frunciendo el ceño, miró a don Fernando con expresión de -burla. - -—No, de la religión, no —añadió Navarro con modestia—; quiero decir que -no he prestado a la religión servicios directos; pero siempre he sido -piadoso, buen cristiano y temeroso de Dios... Alguno que otro pecadillo -que anda suelto por ahí no es para darse de cabezadas, ¿no es verdad, -señor cura? - -—Sí, hombre, sí —exclamó el padre de almas con risa campechana—. Contra -una juventud algo ligera, viene una vejez heroica en servicio de Dios. - -—¡En servicio de Dios! A eso iba —prosiguió Garrote, acompañando sus -palabras con una enérgica acción del dedo índice—. Quería decir que -siempre fui ferviente cristiano, y una vez reventé a palos a dos -contrabandistas porque hablaron mal de la santidad de Pío VI. Señores, -en mis campañas gloriosas, o por mejor decir, en toda mi vida, he -tenido por norte la honra del rey, la honra de la nación, y sobre -todos los nortes y sures, el norte de la religión, que es mi guía, mi -faro, mi luz del cielo. - -—Si este don Fernando no hace ahora un par de heroicidades estupendas -que dejen atrás la antigüedad de Aníbales y Césares —exclamó con -entusiasmo el cura—, me dejo quitar el hábito que visto y las licencias -del sagrado orden que practico. - -—Pues bien, señores —siguió el héroe—, ¿a qué han venido aquí los -franceses? A quitarnos nuestro rey, a quitarnos nuestra patria y a -quitarnos, ¡oh crimen nefando!, nuestra santa religión. Ved a España -entera cómo se levanta en contra de esa canalla y en pro de tan caros -objetos. Ved a España, vedme a mí, que un poco tarde, pero a tiempo -todavía, me decido a echar una cana al aire. - -—¡Una cana al aire! —repitió doña Perpetua rascándose—. Si don Fernando -no las deja todas en el campo de batalla, será milagro del cielo. - -—Hay un mal grave, señores; un mal terrible, al cual es preciso -combatir —continuó Garrote sin hacer caso de la vieja—. ¿Qué mal es -este? Que los franceses han traído acá la idea de cambiar nuestras -costumbres, de echar por tierra todas las prácticas del gobierno de -estos reinos, de mudar nuestra vida, haciéndonos a todos franceses, -descreídos, afeminados, badulaques, tontos de capirote y eunucos. -¿Y qué ha sucedido? Que mientras la mayor parte de los españoles se -echaban al campo para extirpar toda la maleza galaica y sahumar con el -vapor de la guerra el país infestado de franceses, unos pocos de los -nuestros han admitido aquella mudanza. ¡Abominables tiempos, señores! -Ved cómo hay en Madrid una casta de miserables sabandijos a quien -llaman afrancesados, que son los que visten a la francesa, comen a la -francesa y piensan a la francesa. Para ellos no hay España, y todos -los que guerreamos por la patria somos necios y locos. Pero todavía -existe una canalla peor que la canalla afrancesada, pues estos al menos -son malvados descubiertos, y los otros hipócritas infames. ¿Sabéis a -quién me refiero? Pues os lo diré. Hablo de los que en Cádiz han hecho -lo que llaman la Constitución, y los que no se ocupan sino de nuevas -leyes y nuevos principios y otras gansadas de que yo me reiría, si no -viera que este torrente constitucional trae mucha agua turbia y hace -espantoso ruido, por arrastrar en su seno piedras y cadáveres y fango. -¿Queréis pruebas? Pues oídlas. Estos hombres se fingen muy patriotas -y aparentan odiar al francés; pero en realidad le aman. ¡Ah! Pasad la -vista por sus abominables _Gacetas_. ¿Las habéis leído? Decís que no. -Pues yo las he leído, y sé que respiran odio a los patriotas, al rey y -a la sacrosanta religión. Son los discípulos de Voltaire, que van por -el mundo predicando la nueva de Satanás. - -El cura, al oír esto, sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos. -Eran lágrimas de admiración. Estaba pálido, mas no de envidia, aunque -reconocía que él jamás había dicho en sus sermones cosas tan bellas. - -—Pues bien, señores —añadió Navarro—, hoy voy a combatir contra los -franceses, y mañana contra los afrancesados, que son peores, y después -contra los llamados liberales, que son pésimos; y si yo no pudiere o -si Dios se sirve llamarme a sí sobre el campo de batalla, aquí está mi -hijo, a quien entregaré mi espada y que ya tiene mi espíritu. - -—Dios, que vela por España —dijo el cura con acento solemne—, nos -conservará a nuestro buen amigo y volveremos todos cubiertos de -laureles. - -—Los laureles —dijo la beata—, no caen mal sobre una frente serena que -pueda alzarse ante el tribunal de Dios sin los rubores del pecado. -Señor don Fernando, ponga sus cinco sentidos en lo que le he dicho, -y no entregue su cuerpo al plomo enemigo sin descargar su alma del -peso de tantas y tan negras culpas. El cuerpo que sirve de vaso a -un alma limpia es respetado por la muerte; no así el que es saco de -inmundicias. No hay contra el plomo y las bayonetas mejor coraza que -una buena y general confesión. - -—Viejecita —repuso don Fernando sonriendo—, como el cura va conmigo a -la guerra, echaremos un párrafo por esos caminos, y entre batalla y -batalla me iré descargando de todos mis pecados y él absolviéndome, -todo esto al compás de nuestras caballerías. - -—Cabal, cabal —exclamó el presbítero—. Por mucha que sea la faena, no -falta un ratito para meter la mano en la conciencia y sacar algunos -puñados de maleza. - -—Y para los soldados, voto al chápiro —dijo don Fernando golpeando el -suelo con la contera de la espada—, ha de haber un poquito de manga -ancha. Ya se ve: siempre en campaña al sol y al frío, comiendo poco y -bebiendo menos, sin otro regalo que mil trabajos, y teniendo por cama -el suelo, por descanso la fatiga, por almuerzo la pólvora y por cena la -metralla... ¡Oh!, los que así vivimos no podemos ser mirados como los -demás: ¿no es verdad, señor cura? - -—Verdad, verdad... ¡Conque en marcha!... ¿No se te olvida nada, -Respaldiza? —dijo el cura preguntándose a sí mismo y tentándose el -cuerpo—. No, nada se te olvida, curita... la pólvora, las balas, el -frasquito de aguardiente, las lonjas de jamón... el chocolate crudo... -el tabaco... - -A todas estas iba llegando gente, amigos del insigne Garrote. - -Llegó la hora de la partida, y los expedicionarios oprimían los -lomos de sus respectivas caballerías. La salida de la casa fue una -verdadera ovación. Don Fernando, seguido de su hijo, del cura y de los -demás guerrilleros, rompió por entre la multitud que le vitoreaba, -aclamándole padre de la patria y héroe de la Puebla. En aquel instante -nadie se acordaba de las fechorías de don Fernando Garrote, que había -sido siempre popular, muy popular, lo mismo por sus generosidades que -por sus atrevimientos. En España los audaces de buena cepa, aunque sean -bandidos o Tenorios, son siempre queridos y admirados del pueblo, que -lo perdona todo, a excepción de la cobardía y la avaricia. - -Luego que se encontró fuera de la villa y en pleno campo la pequeña -partida, compuesta de una docena de hombres, Carlos, indicando la -dirección de Treviño, que debían tomar por las montañas, se puso -a vanguardia con otro amigo, para explorar el camino y ver si se -distinguían fuerzas francesas. En tanto, don Fernando y el cura, -quedándose solos atrás, emparejaron sus cabalgaduras, que perezosamente -iban al paso, y entablaron el curiosísimo diálogo que se verá a -continuación: - - - - -XV - - -—Señor cura —dijo Garrote—, ahora que nos encontramos solos, quiero que -conversemos un poco sobre un asunto que me está escociendo por adentro. - -—Ya le entiendo, amigo mío; usted es de parecer que, en vez de unirnos -a la partida de Longa, marchemos solos al encuentro de los franceses. - -—No es nada de eso, señor don Aparicio, lo que me preocupa. - -—Ese fusil que lleva usted —añadió el cura—, es un arma de príncipes; -en cambio, esa espada no sirve sino para degollar palominos. Por el -contrario, mi sable vale un imperio, y esta escopeta no lo es más que -en el nombre. Hagamos, pues, un cambalache: darele a usted el sable, -pues la principal habilidad de usted consiste en el tajo, mientras que -siendo mi fuerte la puntería, cogeré, por lo tanto, su fusil. - -—No es eso tampoco lo que tenía que hablar. - -—Usted tiene muy cansada la vista y no puede hacer la puntería. - -—Que no es eso —repitió Garrote con enfado. - -—¿Pues qué, hombre de Dios? - -—Un caso de conciencia. - -—¿Esas tenemos? —dijo el cura riendo—. Esta mañana estuve una hora -en el confesonario sin que nadie se me acercara, y ahora que monto a -caballo... - -—No pierde el sacerdote el sacramento por ir a horcajadas. - -—Jamás he visto que el ilustre Garrote se confesara; ¿y ahora que va a -la guerra le entran esos escrúpulos? ¿Hay algún pecado nuevo? Pero no -sé por qué recuerda ahora... Esa maldita Perpetua... - -—No, los antiguos. Por lo mismo que voy a la guerra, siento un vivo -deseo de reconciliarme con Dios... Aunque hombres como yo no mueren a -dos tirones, quién sabe si por artes del enemigo me cogerá una bala... - -—Y adiós alma... Nada, nada —dijo el cura—, aun los hombres más bravos -deben venir a estas fiestas con el alma preparada... Aquí donde usted -me ve, voy como un angelito de Dios... Me podrían enterrar con corona -de rosas como a los niños. - -—Vamos a ver. Si los pecados se perdonan con el arrepentimiento y la -penitencia, los míos ya los puedo dar por idos. Estoy arrepentido de -los males que he causado, y ahora que soy viejo y nada puedo, he caído -en la cuenta de que hice mal, muy mal. En cuanto a la penitencia, ¿no -es suficiente esta que yo mismo me impongo de dejar la tranquilidad y -bienestar que disfrutaba en mi casa de Peñacerrada, para echarme al -campo en busca de las privaciones, de las hambres, de las heridas, de -los fríos, de los calores y quizás, quizás, de la muerte? Y todo esto -no por una causa cualquiera, sino por la causa de Dios, de la religión -y su santa Iglesia primero, y del rey y de España después. - -—Mi parecer es —dijo el cura sonriendo y tentando de nuevo sus -bolsillos y la alforja para ver si se le olvidaba algo— que con lo -hecho por usted, con su arrepentimiento primero y el sacrificio de su -bienestar después, hay para irse derecho al cielo. - -Don Fernando respiró con desahogo, y muy vivamente añadió: - -—Si ofendí a Dios con mis calaveradas, ahora le sirvo con mi heroísmo: -¿no es verdad? Váyase lo uno por lo otro. Jamás cometí acción ninguna -indigna de un caballero... pues... ya me entiende usted... porque hay -pecados de pecados. - -—Es evidente... Pero si el arrepentimiento y la penitencia limpian el -alma, no está de más un poco de palique con el cura... - -—Ya, la confesión. - -—La humillación del alma ante Dios, y aquello de reconocer verbalmente -sus faltas y avergonzarse de ellas delante del sacerdote... - -—Por hablar no quedará —dijo Garrote—; pero es lástima que esto no lo -hiciéramos despacito en el pueblo, en vez de hacerlo a caballo por -estos andurriales. - -El cura rompió a reír. - -—¡Qué singulares cosas tiene don Fernando Garrote! —exclamó avivando -el paso de la cabalgadura—. Esta noche, cuando lleguemos a cualquier -mesón... ¿Pero está usted triste, señor Navarro; a qué viene tanto -mirar al suelo y ese gesto de ajusticiado? - -—Amigo don Aparicio —repuso el guerrero—, no puedo apartar de mi -pensamiento la idea de que me coja una bala. - -—Los bravos no mueren... - -—Si el caso llega —añadió el guerrillero muy preocupado y -entristecido—, no moriré sin decir antes a voz en grito, ante Dios y -los hombres, que siempre fui católico, apostólico, romano, y defensor -de la santa Iglesia, cuyos dogmas creo desde el primero hasta el último. - -—Bien, eso es lo principal... Ahora, señor Garrote, deme usted su fusil -—dijo el cura con vivísimo interés mirando a un punto lejano hacia la -izquierda—. ¿No le parece que se distingue por allí el morrión de un -francés? - -—No puede ser, hombre. - -—Será algún rezagado. Anoche pasó por aquí el ejército enemigo. - -—Pues como iba diciendo —prosiguió Garrote ensimismado y algo sombrío—, -toda mi vida he sido católico, apostólico, romano... Jamás he robado -a nadie el valor de un real. No he levantado falsos testimonios, y -si dije alguna mentirilla leve, fue sin hacer daño a nadie, o por -galanteo, pues... cosas de mujeres. Si he jurado en falso ha sido en -asunto de amores. Honré a mis padres mientras vivieron; no he matado a -nadie, ni... - -—Ni deseado la mujer ajena —dijo el cura interrumpiéndole con risas. - -—¡Alto, alto!, que ahí está el _busilis_ —gritó don Fernando. - -—¿Qué, qué es lo que está? —dijo Respaldiza mirando con zozobra a un -lado y otro. - -—Nada, hombre; no hay que asustarse: lo principal de mis pecados, -digo... - -—Creí que había divisado usted algún destacamento enemigo. ¿Pero por -dónde vamos, amigo Garrote? - -—Vamos bien: adelante —dijo Navarro, tan solo preocupado de su -conciencia. - -Iban por un terreno bastante solitario, compuesto de cerros que se -sucedían unos a otros, elevándose cada vez más. De trecho en trecho -hallábanse pequeñas llanadas. - -—Ya se sabe qué clase de pecados son los míos —continuó Garrote sin -poder apartar el pensamiento de aquella idea—. No son en verdad de los -que más afean al hombre; y en el mundo vemos que mientras se niega el -agua y el fuego al asesino, al galanteador, no solo no se le niega -nada, sino que todo el mundo le admira, le señala, y con su amistad se -honran tontos y discretos, buenos y malos. - -—Así es, en efecto —dijo Respaldiza—; lo cual no quita que el galantear -sea pecado, porque es el desenfreno del más feo y torpe vicio, y con él -se injuria a la familia, al mundo y a Dios. - -—Por más que me diga el señor cura, no puedo creer que el galanteo sea -vicio tan inmundo como el robar, el calumniar y blasfemar. Al hacer -cocos a una doncella o mujer casada, parece como que se tributa cierto -holocausto al Señor por las maravillas que puso en el alma y en el -cuerpo. El espíritu pone de manifiesto lo que encierra de más noble, y -la materia... - -—Tate, tate, señor don Fernando —dijo entre risas Respaldiza—. Al -querer confesarse está usted haciendo la apología de sus pecados, -y revistiéndolos con las mentirosas formas de la voluptuosidad. Es -una singularísima manera de arrepentirse... Vaya un polvito —añadió, -sacando la tabaquera. - -—No, no: ya estoy arrepentido, señor don Aparicio. Ya estoy arrepentido -de todo —afirmó Garrote con decisión—. No sirvo ya para maldita cosa. -¡Quién me había de decir en aquellos tiempos, cuando todo el mundo -me parecía pequeño para mis aventuras, que se me había de acabar la -vigorosa energía!... - -—Punto final, amigo mío —dijo el cura mirando a la izquierda. - -—Iba a decir que ahora aborrezco todo aquello, y que lo deploro... Pero -me pasa una cosa singular, amigo, y es que me arrepiento, pero no estoy -tranquilo. El corazón me baila en el pecho, y siento en mí no sé qué -comezón y zozobra. - -El bravo cura se irguió de repente, alzándose sobre los estribos, y -gritó con ansiedad: - -—Señor don Fernando, el fusil, venga el fusil, ¡por todos los santos! - -—¿Qué hay? ¿Viene algún destacamento francés? —preguntó el guerrero -mirando al mismo punto hacia el cual se dirigían los atónitos ojos del -presbítero. - -—¡Un morrión! Por allí va el morrión de un francés. - -—¿El morrión solo? - -—Bajo el morrión ha de ir una cabeza, y bajo la cabeza un cuerpo; solo -que va por aquel camino hondo y no se ve más que el cimborrio... Ese -fusil, señor don Fernando, ¡por amor de Dios! - -—Ya, ya le veo —dijo Garrote, poniéndose la palma de la mano sobre los -ojos en forma de visera—. Pero es un hombre solo, un pobre soldado -rezagado, quizás un prisionero fugitivo. ¿Qué hacemos? - -—¡Bonita pregunta! Matarle. Un enemigo menos tendrá España. - -—Pero si no me engaño —dijo don Fernando mirando a todos lados con -inquietud—, nos hemos perdido. ¿En dónde están mi hijo y los demás -amigos? - -—Delante van. Ese fusil, señor don Fernando: veremos si el cura de la -Puebla desmiente la fama de ser el mejor tirador de todo el condado, y -aun de toda Álava. - -—Amigo, ¿por dónde vamos? —repitió Navarro deteniendo el caballo—. -Con esta conversación de mis pecados y de la bondad de Dios que todos -me los perdona, nos hemos distraído, y sin saber cómo nos hallamos -separados de los demás de la partida. - -—¿Cómo es eso? ¡Gran geógrafo tenemos aquí! —exclamó el cura—. ¿Pues no -es este el camino de Uralde? - -—No, con mil demonios: aquellas casas que a lo lejos se parecen son las -primeras de Añastro. Carlos y la compañía se han ido camino derecho -a Uralde, y nosotros, ¡ahora caigo en ello, con cien mil pares de -Satanases!, nos equivocamos en la encrucijada donde está la venta de -Martín. - -—Adelante —dijo el cura con resolución—. Buscaremos un atajo por aquí -a la izquierda... ¿Hay miedo, señor don Fernando? Lo mismo da ir por -Uralde que por Añastro. Usted tiene la culpa, pues charla que charla... - -—No hagamos calaveradas —dijo Garrote bastante intranquilo—. Casi -estamos en país enemigo. A lo mejor saldrá de detrás de una mata un -puñado de franceses. - -—Aquel que allí está no se me escapa —dijo el cura, observando siempre -el morrión que por el camino hondo se movía—. ¿Nos vamos a él? - -—¡Dos contra uno! —exclamó con desdén don Fernando—. Esta heroicidad no -es de las mías. - -—¿Pero si ese uno se convierte en seis dentro de un rato? ¿Quién sabe -lo que habrá detrás de aquella colina? - -—Pues vamos a él —dijo don Fernando dirigiendo su caballo por un -sembrado y hacia el punto donde el formidable morrión aparecía—. Esta -guerra en detalle es la que a mí me enamora, y la verdad es que hecha -con inteligencia, no hay ejército invasor que a ella resista. - -—¡El fusil, ese fusilito, por amor de Dios y de María Santísima! - -—¡Ahí va!... ¡que Dios esté en la chispa, en la pólvora y en la bala! - -Galoparon buen trecho por el sembrado, y de pronto, como liebre que -levantan perros, viose salir del camino hondo un soldado francés, el -cual, azorado y temeroso al ver sobre sí dos tan disformes jinetes, -echó a correr con ligerísimos pies, mirando hacia atrás a cada instante -para ver si era perseguido. - -—Alto ahí, amiguito —gritó el cura—, que no te salvarás aunque tengas -mejores piernas que Mercurio el de los alados talones... ¡Alto! - -—Ríndete y nada te haremos por ser dos contra uno —gritó don Fernando -llevándose la mano al sombrero, que con el fuerte viento se le -tambaleaba sobre el cráneo—. Date, tunantuelo, que somos generosos y -caballeros. - -—¡Borracho, ladrón! Ríndete o te tiendo... - -Aunque muy velozmente corría el francés, al poco rato pusiéronse los -caballos a medio tiro; disparó don Aparicio su fusil, hiriendo al -fugitivo con tan fatal acierto en mitad de la espalda, que después de -dar algunos pasos vacilantes cayó al suelo. - -—¡Qué ojo! ¡Señor Garrote! Por Santa Lucía bendita. ¡Qué puntería! -—exclamó con júbilo Respaldiza—. Yo mismo me admiro, yo mismo me alabo, -yo mismo me hago mi apoteosis, porque soy en esto del tirar una de las -más grandes maravillas de la creación. - -—La verdad es que, como cacería, esto ha sido admirable —repuso -Garrote—; pero como acción de guerra no se puede poner al lado de las -de Wellington. Ese pobre muchacho lo pasa mal. - -Llegaron al sitio donde el francés se revolvía en su sangre, -profiriendo injurias y blasfemias contra sus perseguidores. - -—Arriba, muchacho; eso no es nada —dijo Navarro, cuya generosidad, -como hemos dicho, se mostraba en todas ocasiones—. Dinos dónde está el -destacamento a que perteneces, y te perdonamos la vida. - -—El destacamento —repitió el cura—. Sí: para huir de él. - -—O para atacarle si es de poca gente. Usted con su puntería y yo con -mis puños... - -A esta bravata siguió un rato de silencio, porque el pobre francés -herido se había desmayado. Mirábanse Garrote y don Aparicio sin saber -qué partido tomar, cuando sintiose a lo lejos ruido de caballos; -y como alzaran a un mismo tiempo la vista cura y seglar, vieron -que hacia ellos se dirigía por el camino hondo hasta una docena de -franchutes a caballo. Púsose más pálido que la cera de su iglesia el -buen Respaldiza, y don Fernando, a pesar de su garrotesca bravura, -frunció el majestuoso ceño. El primer impulso del tirador fue huir; mas -detúvole su amigo, bien porque creyera imposible la fuga, bien porque -la impavidez de su alma atrevida gozase en la temerosa aproximación del -peligro. - -—¡El sable, el sable! —gritó tomando el arma de su amigo, a quien -entregó la espada vieja. - -La mano del cura temblaba. - -—Hemos cometido una acción villana asesinando a un hombre —exclamó con -solemne acento Garrote—; Dios nos castiga. Ahora... pelear como buenos -españoles, y morir como caballeros cristianos. - -—¿Qué hacemos? - -—¿Qué hemos de hacer? ¡A ellos! Dios sea con nosotros. - -No hubo muchos ni variados lances en aquel suceso, porque en el espacio -de pocos minutos los enemigos se acercaron a nuestros dos héroes, -diciéndoles en castellano que se rindieran. - -—Son españoles. - -—Afrancesados... mala gente... —murmuró don Aparicio. - -—¡Que me rinda yo! —gritó Navarro esgrimiendo el sable—. Ahora sabréis, -canallas, traidores, cómo acostumbra a hacer sus rendiciones don -Fernando Garrote el de la Puebla. Si he de morir, moriré matando. - -Y sin más dimes ni diretes, comenzó a descargar sablazos sobre los que -más cerca tenía. En tanto Respaldiza, viendo a su amigo enredado con -los franceses, quiso ponerse en salvo; pero se lo impidieron, y en un -santiamén fueron ambos desarmados. Garrote había descalabrado a uno y -herido levemente a otro, recibiendo en cambio dos pistoletazos, que por -fortuna solo hicieron estragos en el alto sombrero. Gritó, vociferó, -injurió en nombre de Dios, del rey y de España; pero al cabo, ambos -fueron conducidos prisioneros sobre sus mismas cabalgaduras, y muy bien -vigilados por los doce dragones, que se pusieron en marcha después de -recoger el herido. - - - - -XVI - - -Así acabó la grande, la memorable expedición de don Fernando Garrote y -del reverendo beneficiado de la Puebla. Mientras esto sucedía, Carlos -Navarro y la compañía buscaban inútilmente a los dos viejos adalides en -el camino de Uralde. - -Silenciosamente y abrumados de amargura y desesperación, marchaban -los dos prisioneros el uno tras el otro; los caballos que montaban no -parecían menos tristes que sus amos, a juzgar por la lentitud de su -paso y la inclinación de la cabeza. Los españoles y franceses que les -habían cogido y les custodiaban, iban charlando en una y otra lengua -mezcladamente, y uno de ellos dijo: - -—A estos tunantes no les perdonará el general Gazán... han asesinado un -francés, y ya sabemos con qué moneda se pagan estas deudas. - -—El uno de ellos parece cura. - -—Y el otro sacristán. - -Don Fernando Garrote se puso lívido al oír que se le llamaba sacristán, -y después se le encendió hasta la raíz del cabello el pálido rostro. Si -hubiera tenido armas, habría castigado en el acto tanta insolencia en -menos que se dicen castañas. Respaldiza, durante el camino, sintiéndose -sediento, pidió que le dejaran beber de un arroyo cercano. - -—Tiempo hay de beber. En Aríñez no falta agua, padrito. Y si no, tome -un buche de la del bautismo, que como cura debe de tener tan a la -mano... Beberá antes que le despachen. - -—¡Despacharme! —exclamó don Aparicio con acento compungido—. ¿Qué es -eso de despachar? - -Garrote, colérico por la cobardía que mostraba su amigo, le miró con -ojos fieros. - -—¡Que nos despachen! —gritó—. ¿Qué mayor gloria para buenos españoles -que morir a manos de estos tunantes? - -—Cierre el pico el vejete sacristán —gritó un jurado—, o no aguardamos -a llegar al Cuartel general. - -—¡Traidor! Tu persona es para mí tan despreciable como la de un vil -esclavo, y tus palabras como los ladridos de un perro —exclamó con -admirable entereza Navarro—. Si quieres darme la muerte aquí mismo, -dámela. Ni porque me mates he de aborrecerte más, ni porque me dejes -vivo he de estimarte. Soy un hombre leal que sirve a su patria, y tú un -cobarde desleal que sirve al enemigo. - -En aquel mismo instante se acabara la vida, y con la vida las hazañas -de don Fernando Garrote, si el sargento que mandaba la tropa no -impusiera silencio a todos, mandándoles seguir adelante. - -Después de tres horas largas y penosas de camino, llegaron a Aríñez, -y los dos prisioneros fueron presentados a un coronel. Las tropas -francesas entre las cuales se encontraban, pertenecían a la división -del general Gazán. Caía la tarde, y los soldados se preparaban a pasar -la noche lo mejor posible: encendíanse las cocinas de campaña, y en -torno a las casas de labor se veían alegres corrillos. Los caballos -bebían en una gran acequia que de un punto a otro atravesaba el pueblo, -y los oficiales organizaban sus meriendas al aire libre. - -Don Fernando Garrote se quedó sin alma cuando se vio entre aquella -gente. Deseaba morirse, o que la tierra se abriese para tragársele, -o que reventase a su lado el más poderoso de los cañones franceses. -Lleváronle de Herodes a Pilatos durante largo rato de la tardecita, -cual si no supiesen qué hacer de él, y unos le tenían lástima, otros le -miraban con desdén o con ira. Pero el que excitaba más sentimientos de -enojo era don Aparicio, por ser muy aborrecidos entre los extranjeros -los curas armados; así es que después que le concedieron el apagar -la rabiosa sed en la misma acequia donde hociqueaban los caballos, -echáronle una cuerda al cuello, sin consideración alguna a las órdenes -sacerdotales. - -No fueron tan crueles con Garrote, quizás porque mostraba dignidad en -su infortunio, y no hacía aspavientos ni exhalaba femeniles quejas como -su compañero. Lleváronles a los dos a un gran patio, contiguo a una -casa grande y vieja, el cual parecía servir de taller de herrería y -carretería, porque en él había varios soldados artífices trabajando, y -allí podían discurrir libremente los dos prisioneros; mas no escaparse, -porque un centinela guardaba la puerta. - -Respaldiza, despavorido y medio muerto de terror, echose al suelo -para llorar su desventura. Navarro se paseaba de largo a largo, sin -hablar a su amigo ni a nadie. En las bardas de aquel corral que caían a -poniente, había unas rejas por donde se veía la carretera de Vitoria. -No cesaban de pasar por ella carros cargados de cajas y arcones de -diversos tamaños, los cuales venían del lado de la Puebla, y se -detenían, acomodándose en el estrecho camino para dar descanso a las -caballerías. También había multitud de galeras y sillas de posta, donde -iban las familias españolas que abandonaban la Corte con los franceses. -El ruido y el tumulto de aquella parte del camino, donde se reunían y -amalgamaban tantos vehículos y caballos, eran espantosos. Unida esta -algazara con los martillazos de los que trabajaban sobre el yunque -dentro del patio, resultaba una música infernal que hubiera vuelto loco -a don Fernando Garrote si el cerebro de este pudiera descomponerse por -otra causa que por el espantoso hervir de las ideas. - -Paseábase el esclarecido varón con la barba clavada en el pecho y las -manos dentro de los bolsillos; su espíritu, después de vagar un buen -espacio por las dulces regiones del pensamiento religioso, se irritó -de repente, y la idea del suicidio se le puso delante siniestra y -halagüeña a la vez, aterrándole y consolándole. Miró Navarro a los -que machacaban hierro sobre el yunque, y consideró que le harían -merced en dejarle poner su vieja cabeza entre ambos hierros. Después -fijó su atención en las diversas herramientas que pendían del techo -de un tingladillo donde estaban la fragua y el fuelle; pero no creyó -posible apoderarse de ellas, ni menos usarlas contra su vida sin -ser inmediatamente visto y atajado. Volviendo al inquieto pasear, -puso sus miradas en un pozo que en mitad del patio había, y al punto -hizo resolución de arrojarse en él de cabeza; pero tardaba mucho en -decidirse a ello, y observaba de soslayo la soga y polea. Acercose al -brocal para mirar al fondo, y vio allá abajo su imagen temblorosa y -desfigurada dentro de un círculo luminoso. En esta contemplación se -detenía, cuando un francés le arrancó de allí, señalándole la fragua. - -—Camarada —le dijo en mal español con sonrisa burlona—, allí hacen -falta vuestros servicios. - -Un español joven, moreno y agraciado acercose en tanto al cura, que no -se apartaba de su rincón, y con acento de chacota le dijo: - -—¿Qué bueno por aquí, señor Respaldiza? Parece que la expedición no ha -salido bien. - -—¡Ay, Salvadorcillo de mi alma! —exclamó acongojado el cura—. Al -verte, me parece que veo un ángel del cielo... Dime, ¿nos matarán?... -¿Intercederás por nosotros? Yo te ruego que olvides las palabrillas -coléricas que se cruzaron entre nosotros anoche en casa de tu madre. Yo -suelo gastar esas bromitas... - -—Olvidadas están, señor cura; pero me parece que nada puedo hacer por -ustedes. ¿Quién es el compañero? - -—Allí lo tienes junto al pozo, don Fernando Garrote, el primer -caballero de toda la comarca. - -—Le hubiera conocido —dijo Monsalud observándole— nada más que por la -semejanza que tiene con su hijo Carlos. - -Y acercándose a Navarro, que en aquel instante disputaba con el -francés, tomó nuestro joven una expresioncilla bastante insolente, y -habló de este modo al infeliz anciano: - -—Señor don Fernando, aquí dicen que vaya usted a menear el fuelle, y -yo creo que este honroso oficio nadie puede desempeñarlo mejor que un -señor de la llave dorada. - -Miró Garrote al atrevido soldado con tanta ira, que los ojos parecían -saltársele del casco. - -—Mozuelo sin honor ni vergüenza —exclamó con dignidad y altanería—, -¿piensas que un hombre como yo ha venido aquí para oír tus necedades, -ni menos para obedecerte? Estos miserables exterminarán a la gente -honrada; pero no la deshonrarán. - -—¡Al fuelle! ¡Al fuelle! —gritaron varias voces, y con más fuerza que -ninguna la del mozo que hasta entonces había movido sin descanso la -enfadosa máquina. - -—¡Soplad vosotros, canallas! —gritó Navarro, echando inmediatamente -mano al lugar donde debía estar el puño de la espada. - -—No hay que apurarse por tan poca cosa —dijo de improviso el cura -levantándose del suelo y acudiendo oficiosamente al lugar de la -disputa—. Si es preciso que alguien sople, yo soplaré, que lo haré muy -bien, caballeritos, y bueno es un poco de ejercicio a estas horas. - -Deseando congraciarse con sus verdugos, Respaldiza, cuya poquedad de -ánimo y corazón pequeño se habían mostrado ya, a todo se prestaba. - -—¿Qué más da? —decía entre dientes—. Más padeció Jesús por nosotros. -A él le pusieron atado a una columna y le abofetearon y escupieron. -Movamos el fuelle, herreros de Satanás. Si vuestros cuerpos estuvieran -dentro del fuego, ¡con qué ganas soplaría! - -Metió la mano en la argolla, y tirando de la cadena, infló el depósito -de viento. El caño de la fragua resonó con ardiente resoplido, como la -respiración de un cíclope, y las moribundas ascuas revivieron lanzando -llamas rojizas. Al compás del canto de los herreros, tiraba de la -cadena el cura, afectando en su semblante cristiana humildad; pero -lleno de cólera, y más que de cólera, de miedo. - -La noche sin luna oscurecía el cielo y la tierra; pero no cesaba el -espantoso ruido dentro y fuera del patio. - -La roja claridad de la fragua iluminó los diversos grupos, y don -Fernando, que tenía en su alma todas las oscuridades de la tristeza -y todas las llamas de la desesperación, no pudo pensar en echarse al -pozo, porque los franceses lo cerraron. - -A ratos le causaba profunda pena ver la degradación y falta de -dignidad de su compañero de desgracia, el cual seguía en su tarea, y -aun sonreía ante los soeces herreros con mengua de su honor y de la -jerarquía sacerdotal. Por fin cesó el trabajo; entraron varios soldados -españoles y dos o tres renegados, trayendo un par de zaques de vino, a -cuya vista se regocijaron todos, disponiéndose a dejarlos vacíos. En -el mismo instante llegó Monsalud con algunos soldados, y ordenando a -los prisioneros que le siguiesen, entró con ellos en el piso bajo de -la casa contigua, que lo era de labor y estaba destinada en su parte -alta a alojamiento de oficiales. Sin decirles cosa alguna, encerró a -cada uno en una pieza baja, separadas ambas por un tabique ruinoso, -sin puerta que las comunicara. Luego que don Fernando entró en lo que -parecía mazmorra, echose en el desnudo piso sin mirar al que le había -encerrado. Este arrojó un pan en el suelo, y como cayese a regular -distancia del prisionero, el sargento empujó la hogaza con la punta del -pie, diciendo: - -—Ahí tiene usted para pasar la noche. Estoy de guardia hasta las doce -y me han encargado la custodia de los dos prisioneros. Traeré también -agua y algo de carne, si hay. - -—No necesito nada —dijo Garrote sin mirarle—. Yo no como tu pan. - -Incorporándose, dio tan fuerte puntapié a la libreta, que la lanzó al -otro extremo de la pieza. - -—Mal genio tiene usted —dijo el joven con lástima—. Hay que llevarlo -con paciencia. El coronel me ha mandado que después de encerrar e -incomunicar a usted y a su compañero, les notifique... - -—Ya lo sé... que seremos arcabuceados... - -—A la madrugada. El general no quiere carnicerías; pero el jueves cogió -Mina a diez franceses y a todos los fusiló. - -—Hizo bien —dijo don Fernando—; y es lástima que no te cogiera también -a ti, español renegado a lo que pareces... Si Dios me sacara de esta -cárcel, y recobrase yo mi libertad y mis armas, a ningún afrancesado -perdonaría. - -—Amigo —dijo el mancebo—, la situación en que usted se halla no es la -más propia para vituperar la conducta de los demás y poner cual no -digan dueñas a los que, por razones que usted ignora, servimos a los -franceses. - -—Mi situación no me espanta —repuso el viejo con gravedad—. Moriré por -la patria, por la religión, y Dios me acogerá en su seno. La muerte que -me espera no la cambiaría por cien vidas como la tuya, infeliz joven, -por esa vida deshonrada en flor. - -El mozo guardó silencio. - -—¿Quién te engañó? ¿Quién te sedujo? ¿Sabes lo que es servir al enemigo -y hacer causa común con los verdugos de la patria? - -—Hablador es el viejo —dijo Salvador un poco enojado—. Hará usted bien -en descansar y en tranquilizarse, señor Navarro. Adiós. - -—¿Cómo sabes mi nombre? - -—Me lo dijo Respaldiza. Conozco mucho al cura de la Puebla de Arganzón, -donde he vivido dos años. - -—¿Cómo te llamas? - -—Salvador Monsalud... yo soy de Pipaón. - -El anciano dio un suspiro profundo echando hacia atrás la cabeza, que -al chocar bruscamente contra el tabique produjo un triste y hueco -sonido, como el de un cántaro que está a punto de romperse. - -—Adiós —dijo Salvador con la mayor indiferencia—. Volveré después a -traer a ustedes alguna cosa. Me da lástima de los que van a morir -aunque se lo tengan muy merecido... ¿Conque agua? Si hubiera carne... -Veremos. - - - - -XVII - - -El estado moral de don Fernando Garrote fue, desde que se quedó solo, -el más espantoso que imaginarse puede. La imagen y la idea de la -muerte, que poco antes ocuparan por completo su espíritu, huyeron como -accidentes fútiles y pasajeros, indignos del pensamiento. Toda su vida -pasada, sus culpas, sus glorias se le pusieron delante, juntamente -con el infeliz joven cuyo nombre acababa de saber. Veía tan claro el -designio de Dios, que hasta con los ojos del cuerpo estaba viendo al -mismo Dios delante de sí, grave, ceñudo, majestuoso y admirablemente -sobrenatural y divino. Don Fernando sintió el terror más vivo que un -alma humana puede sentir; miedo semejante tan solo a los terrores -bíblicos que sobrecogían al pueblo elegido, cuando entre rayos y -truenos sonaba la voz que había mandado a la luz que se hiciera, y a la -tierra separarse de las aguas. - -El anciano se prosternó en tierra, y apoyando contra las frías baldosas -su ardiente cabeza, dijo en voz alta: - -—¡Señor, Señor, lo merezco! ¡He sido un malvado! ¡Cúmplase tu voluntad! -¡Justicia terrible, pero justicia al fin! ¡Digna de mi vida es esta -última hora que has dispuesto para mí! - -Después siguió balbuciendo en voz baja oraciones piadosas y vehementes, -hasta que su alma se fue tranquilizando poco a poco, y las terribles -majestuosas facciones del semblante de Dios, que delante creía ver, se -amansaron. El pobre anciano respiró, y, levantándose del suelo, fue -tentando las paredes hasta el rincón más próximo, donde se acurrucó, -cruzando las piernas y los brazos, y entre estos escondiendo la -cabeza de tal modo, que parecía un ovillo. En tal postura, solo, sin -movimiento, profundamente abstraído y encerrado dentro de si mismo, -como el gusano en su capullo, dijo, palabra más o menos, el soliloquio -siguiente, examen sincero de sus muchas culpas: - -«Consagré mi juventud al vicio. Obediente a la ley de Dios tan solo en -lo superficial y externo, falté a todos los deberes cristianos. Iba -todos los días a misa y rezaba el rosario, ambos actos sin devoción -y por pura rutina, pues en misa no atendía más que a las mujeres que -poblaban la iglesia. Llamándome buen católico, y defendiendo de palabra -y aun de obra la religión siempre que se ofrecía, mi conducta no dejaba -de ser execrable. ¿De qué valía, digo yo, a mi alma el ser presidente -por derecho hereditario de la sagrada congregación de _Esclavos de -Cristo_, ni hermano mayor de la Virgen de la Asunción y guardián de -su camarín, cuyas llaves se han conservado siempre en las arcas de mi -familia, con el derecho de vestir la imagen en las grandes fiestas?... -¡Ay! He sido un perverso que se ha burlado de todas las leyes divinas y -humanas. Amonestome un buen religioso francisco; pero me burlé de sus -palabras, atendiendo más que a él a los que me adulaban fomentando con -viles alabanzas mi disolución. - -»Diome el Cielo fortuna, sin duda por probarme en el empleo que de ella -haría, y más valiera que me criara Dios pobre y desnudo, para que así -mi natural vicioso se encaminase a la virtud, y con las abstinencias -se educara firme y valerosa mi alma. Mas yo empleé mi hacienda en -deslumbrar con engañosos oropeles la inocencia, en seducir con mentidas -promesas a honradas familias, en corromper dueñas y criadas. Hice del -honor mercadería que con el oro se compra y se vende, y de la paz y -buena fama de las familias, un juego caprichoso. El demonio, mi aliado -y en realidad mi Dios, sugeríame a cada instante artificios nuevos -para derrocar la honestidad y vencer la resistencia que la templanza -y el recato ofrecían a mis abominables apetitos. Todo lo atropellé; -pisoteé los sentimientos más puros como pisotean los cerdos las flores -de un jardín, sin comprender su belleza. - -»Dios me tocaba a veces el corazón, dándome ratos de profunda tristeza, -en los cuales mi conciencia, aclarándose ante mí con prodigiosa -luz, me ponía delante la fealdad horrenda de mi conducta; mas estos -momentos, que coincidían siempre con mi cansancio, eran breves como -los relámpagos en la noche oscura, y mi alma envilecida dejaba el -arrepentimiento para la vejez. Mi memoria, con ser portentosa, no -puede recordar uno por uno todos los desafueros que cometí, los -planes execrables que realicé, ni las víctimas todas de mi salvaje -descomedimiento. Pero en estos momentos terribles en que mi conciencia, -a la vista de un hombre, se ha abierto de súbito como una sima llena de -horrores, y se me ha presentado Dios con el semblante de la justicia, -aprestándose a juzgarme sin misericordia, porque no la merezco, uno -solo de mis crímenes se me ofrece visible y claro entre los demás, -porque a todos los compendia, y con su magnitud oscurece a los otros. - -»La ejemplar persona sacrificada vive, al parecer, para mi castigo. -¡Ay! A muchas seduje, a muchas atropellé; pero con ninguna fue el -engaño tan torpe y miserable como con esta. Cuanto puede hacer un -hombre para disimular su vil intención, yo lo hice; cuanto puede -inventarse para aparecer bueno sin serlo y apasionado sin estarlo, mi -entendimiento, fecundo siempre para el mal, lo inventó con pasmoso -ingenio. Burleme después de la desgraciada joven a quien sacrifiqué, y -yo mismo aplaudí su deshonra en reunión de inicuos amigos y calaveras. -Llevado de no sé qué perversos instintos, que desde entonces han sido -causa en mí de espantosos remordimientos, llegué hasta a suponer en -aquella infeliz faltas que no había cometido, y torpezas y tratos con -otros hombres que jamás se acercaron a ella. Escupir el cadáver de la -víctima que se acaba de inmolar, no es tan vil como lo que yo hice. -¡Ay! ¿Por qué no taladró mi lengua un hierro encendido como esos que -he visto esta tarde en la fragua del patio? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no -quedé paralítico, ciego y mudo, sin sentido para la maldad, y solo con -pensamiento para meditar en mi merecida ruina y pensar en mi salvación? - -»Nació un niño, a quien pusieron por nombre Salvador. Me lo dijeron, -y lo oí como si oyera decir: «La vaca del vecino ha parido un -ternero.» Yo no volví a Pipaón desde que proyecté casarme con otra -mujer. Olvidado de mi aventura, llegué, sin embargo, a entender que -la hermosa hija de don Pablo el Riojano había quedado en la miseria. -Nada hice por ella; poco a poco fue envolviéndose en nubes de misterio -lo sucedido, y la madre y el hijo no existieron para mí. Hace tres -años dijéronme que un joven llamado Salvador Monsalud había aparecido -en la Puebla en compañía de su madre, mujer melancólica, piadosa y -enferma. Sentí cierta aflicción inexplicable; pero nada hice. El amor -de mi hijo legítimo me ocupaba por entero. Hace poco, y aun hoy mismo, -doña Perpetua me ha recordado la antigua y casi olvidada deuda; mas -preocupado con mis preparativos de guerra, y soñando con gloriosas -hazañas, apenas detuve el pensamiento en los dos desgraciados seres que -tan cerca estaban de mí... - -»Ha tiempo, sin embargo, que el arrepentimiento trabaja en mi alma, -labrándose en ella un hueco con lentitud, pero con constancia. He -vuelto los ojos a Dios, aunque de soslayo, y a fuerza de pensar en -mis culpas y en la justicia divina, he llegado a considerar que el -mejor desagravio que a Dios podía ofrecer era sacrificarle los últimos -días de mi vida, combatiendo por la fe verdadera contra los herejes -y renegados. En mi necio orgullo, no he comprendido hasta ahora que -Dios no podía aceptarme como diligente servidor, ni menos premiar mi -arrojo. Clara, como la luz del sol al medio del día, veo ahora su mano -llevándome al destino y fin deplorable que merecía; veo su lógico -designio, obra de la perpetua justicia, en los sucesos de esta tarde; -y más que en otra cosa alguna, en la presencia de ese joven, de ese -ejemplo vivo de mis crímenes, de esa venganza humana y celeste, de -ese malaventurado hijo mío, que con la frialdad de los verdugos y la -crueldad de un enemigo vencedor se me ha puesto delante para anunciar -la muerte que merezco. ¡Oh! Merezco más, mucho más, Señor: merezco -vivir después de lo que he visto. - -»Las facciones de ese muchacho han producido en mí incomprensible -turbación; su nombre, pronunciado por él mismo, ha caído sobre mí como -un rayo celeste. Ya sé cómo suenan las trompetas del Juicio. Dios mío, -estoy humillado, vencido, y me arrastro por el suelo como un insecto -miserable, buscando tu pie soberano para que me aplaste. Me creo -indigno hasta de mirar la luz del día, que criaste lo mismo para los -buenos que para los malos. Señor, la muerte que me aguarda no será -bastante cruel para lo que yo merezco. Un hombre que lleva mi sangre y -debiera llevar mi nombre, me custodia en esta mazmorra hasta que llegue -el instante de la muerte; y él mismo, si se lo mandan...» - -Don Fernando no se atrevió a continuar la frase, que no era dicha, sino -pensada, y aun así la sofocó, cortando el vuelo de su pensamiento, -suspendiendo la fórmula oscura del lenguaje con que discurrimos a solas -y en silencio; pero no pudo cortar, ni atajar, ni detener la idea que -surcó por su cerebro como un relámpago. Espantado de ella, se afirmó -con ambas manos las abrasadas sienes, sacudiéndose a un lado y otro -la cabeza. Si quisiera arrancársela y arrojarla lejos de sí, como un -despojo inútil, no lo hiciera de otra manera. - -Oyó una voz alegre que cantaba, y al mismo tiempo abrieron la puerta. -Monsalud entró alumbrándose con una linterna; además traía una botella -de vino. - -—Señor don Fernando —dijo desde la puerta—, aquí le traigo esto para -que entone el cuerpo y le ayude a pasar los malos ratos de esta noche. - - - - -XVIII - - -Salvador adelantó con paso inseguro, dirigiendo la luz de la linterna a -todos los lados de la estancia. - -—¿En dónde se ha metido? —dijo riendo a carcajadas como quien ha -perdido el equilibrio de sus facultades—. ¡Ah! Está usted en el -rincón... ¡Qué postura! De ese modo piden los ciegos en el camino. - -Don Fernando Garrote, ante aquellas burlas, sintió que su sangre se -trocaba en hielo. - -—Entre esta gente —dijo con mucha aflicción—, ¿es costumbre burlarse de -los desgraciados que van a morir? - -—Perdóneme usted —añadió el joven luchando con el extravío de sus -sentidos—. No sé lo que digo... esos pícaros hicieron propósito de -embriagarme, y si no me levanto pronto... - -—Vicio muy feo es el de la embriaguez —afirmó Garrote—. Un joven -valiente y noble como tú, ¿será capaz de degradarse, abusando del -vino?... - -—No, no señor —repuso Salvador, en quien la vergüenza pudo por un -momento más que la turbación de su mente—. Nunca he sido borracho; -pero de poco tiempo a esta parte, me dan tales tristezas y se me -acongoja el alma de tal modo, a consecuencia de mis desgracias, que -algunas veces... - -—¡Pobre muchacho! —dijo el guerrero acercándose a Monsalud, que, -puesta en el suelo la linterna y la botella, se había sentado junto -a ellas—. Me parece que como joven inexperto y sin fundamento, no te -vendría mal recibir algunos consejos, y voy a dártelos. - -—Pues toca la casualidad de que yo no he venido a recibir consejos, -sino a acompañar a usted un tantico y traerle algo confortativo, porque -siempre me da mucha compasión de ver a un hombre condenado a morir por -cosas de guerra; y aunque este hombre sea mi enemigo, sí, mi enemigo -por varias causas, siempre procuro que sus últimas horas no sean muy -tristes. Conque guárdese usted los consejos, y beba vino, si gusta. - -—No beberé —repuso don Fernando—; pero pues dices que vienes a hacerme -compañía, acepto el obsequio de un poco de conversación. - -—¿De qué vamos a hablar? - -—De ti. - -—¡De mí! —exclamó Salvador, otra vez atacado de la nerviosa hilaridad -que tanto disgustara a Garrote—. ¡Bonito asunto! Tanto vale hablar del -infierno. - -—Al verte entre franceses, joven, apuesto, y con esa expresión de -nobleza que tiene tu persona... - -—¡Oh qué lisonjero está el buen hombre! —dijo Monsalud—. Señor mío, no -me adule usted, pues aunque compasivo, no me vendo por alabanzas. - -—Al verte así —continuó Garrote— he pensado que solo seducido y -engañado ha podido un joven de tanto mérito entrar al servicio del rey -José y de los enemigos de la patria y de la religión. - -—Ni seducido, ni engañado, sino por mi propio gusto y libre voluntad -—respondió el mancebo con firmeza. - -—¡Y por tus venas corre sangre española! ¿No aborreces a esos herejes, -asesinos y ladrones, de cuyos crímenes horrendos eres cómplice, sin -duda por inocencia? - -—No les aborrezco, sino que les estimo. - -Don Fernando cruzó las manos y elevó los ojos al cielo. - -—Les estimo —prosiguió Monsalud— porque ellos me ampararon cuando de -todos era abandonado; diéronme de comer cuando me moría de hambre, y me -pusieron este uniforme que han llevado los primeros soldados del mundo -y los vencedores de toda Europa. - -Garrote se estremeció de espanto, y un abatimiento angustioso sucedió a -su anterior excitación. - -—¿Pero tan pobre estabas y tan desamparado de todo el mundo, que -necesitases venderte a los franceses para vivir? - -—Pobre y desamparado, sí, porque mi madre había perdido la poca -hacienda heredada, y no teníamos sobre qué caernos muertos. Yo fui -a Madrid, y un tío que allí tengo me metió en un regimiento de la -guardia jurada. - -—Pero tu deber es pelear por la patria. ¿No ves a toda la nación en -masa sublevada contra esos viles? ¿No ves el desprecio y el odio que -inspiran? Observa bien que entre los pocos españoles que sirven en las -filas francesas, no hay uno solo que sea persona honrada. - -—¡Calumnia! Los hay muy buenos, y yo no me tengo por ladrón, señor -Garrote —dijo Monsalud enojándose un poco—. Y punto en boca sobre esa -materia. - -—Poco a poco, joven: no he querido ofenderte —repuso Navarro con tanta -humildad y timidez como un chico de escuela—. Te diré cuál ha sido -mi intento. Al verte, sentí profundas simpatías hacia ti, y tanto me -entristeció ver a un joven de mérito en la vil condición de afrancesado -y en la torpe esclavitud de esa canalla, que me atreví a esperar -que los consejos y la autoridad de este infeliz anciano, próximo a -morir, tendrían alguna fuerza para desviarte de ese infame camino. -¿Me equivocaré, Salvador? —añadió con expresión muy afectuosa—. ¿Será -posible que tu buen corazón y clara inteligencia no respondan a esta -cariñosa súplica mía, a este deseo de que te conviertas, de que vuelvas -a la santa fe de la patria en que todos los buenos españoles vivimos y -morimos? - -Monsalud miró a don Fernando por breve espacio, de hito en hito, y -después rompió a reír con estrépito y descaro. El insigne Garrote no -pudo contemplar por mucho tiempo aquella faz burlona, porque tuvo que -esconder la suya entre las palmas de la mano para ocultar el llanto. - -—No ha sido malo el sermón, padrito —dijo el mozo—. Y usted ¿qué -pedazo de pan se lleva a la boca porque yo sea afrancesado o deje de -serlo? A fe que me divierto oyéndole. ¡Buen modo de disponerse a una -buena muerte! A ver, padrito —añadió llenando un vaso de dos que había -traído—, echemos un trago a la salud del gran Napoleón I, Emperador de -los franceses y señor de todo el mundo. - -—No —dijo don Fernando rechazando el vaso—, no puedo creer que digas -tales disparates formalmente. Eres joven, has bebido más de lo regular, -y no sabes lo que sale de tu boca... Comprendo bien la causa principal -de tu falta. Te sentías con ardor guerrero, heredado, sin duda, -del que te dio el ser y la vida, y como los franceses tienen buena -labia para deslumbrar a los jóvenes hablándoles de las grandezas del -Imperio y de sus fabulosas batallas de Italia y Alemania, caíste en -la trampa. ¡Qué necedad! La más arrebatada fantasía no puede soñar -triunfos tan grandes como los que hemos alcanzado nosotros en esta -guerra contra los decantados ejércitos de Napoleón. Nuestras batallas -de Bailén, de la Albuera, de Tamames, de Talavera, y las defensas -gloriosísimas de Zaragoza, Gerona y Tarragona, no tienen igual ni aun -en los fastos de la antigüedad heroica. Y si estos hechos no fuesen aún -de suficiente magnitud para lo que ambiciona tu grande espíritu, ahí -tienes diseminadas por toda la redondez de España esas inimitables -partidas de guerrilleros, los más bravos, los más atrevidos, los más -generosos y leales hombres de la tierra, los verdaderos libertadores de -la patria, los que al fin rescatarán a nuestro adorado Fernando, los -que devolverán a la sagrada religión su esplendor y a Dios su reino -predilecto. - -Antes que concluyera, Monsalud había empezado a reír. Tomó las -elocuentes amonestaciones del anciano como materia de placenteras -burlas, y resuelto a contrariarle en todo por convicción, le dijo: - -—No me hable usted de los guerrilleros, que si hay en la tierra plebe -inmunda digna del presidio, ellos lo son. Compónense las partidas de -los asesinos, ladrones y contrabandistas de cada lugar, con más los -holgazanes, que son casi todos. Hacen la guerra por robar, no por echar -de aquí a los franceses; y si algún día se acabaran estas misas, el rey -Fernando tendría que colgarles a todos para poder reinar en paz. - -Don Fernando exhaló hondísimo suspiro; mas no desesperanzado todavía de -tocar alguna fibra sensible en el corazón del mancebo, le habló así: - -—Aunque los guerrilleros fueran como dices, que no son sino lo -contrario, no podrías justificar tu conducta. A todos has hecho -traición, Salvador: a lo divino y a lo humano; has hecho traición a -la patria; a los españoles, que son tus hermanos; has hecho traición -a tu madre, que, sin duda, es española también y enemiga de nuestros -enemigos; has hecho traición al rey, bajo cuyo amparo nacimos y en -cuya veneranda persona se representan nuestro hogar y el sol que nos -alumbra, y, principalmente, has hecho traición a Dios, cuya fe, más -pura y fuerte en la nación española que en ninguna otra, han venido -a destruir los franceses, introduciendo aquí, con la herejía, mil -costumbres y prácticas nuevas que no conducen sino al pecado. - -—Dios... ¡Buen caso hago yo de Dios! —exclamó el mancebo con un cinismo -que llevó a su último extremo los temores de don Fernando—. ¡Qué -atrasada está la gente por aquí!... No hay ninguno que haya leído a -Voltaire, como lo he leído yo en todas las paradas del viaje desde que -salí de Madrid. - -—¡Desgraciado! —exclamó el anciano poniendo sus manos sobre los hombros -del joven—. ¿Qué estás diciendo? - -—¡Dios! Una palabrota y nada más. Si lo hay, que lo dudo mucho, estará -allá arriba acariciándose la barba blanca y sin meterse en nuestros -asuntos. Dígolo porque muchas veces lo llamé y... ¿me oyó usted? Pues -él tampoco. - -—¡Desgraciado! —repitió el anciano—. ¡Mil veces más desgraciado que si -cayeras para siempre traspasado por las bayonetas de tus viles amigos! -¿No crees en Dios omnipotente, justo y misericordioso? ¿No crees en la -Santísima Trinidad? ¿No crees en la Encarnación del Hijo de Dios, ni en -su pasión y muerte por redimirnos del pecado? - -—¡Oh cuánta monserga y cuánto embrollo! —repuso Monsalud riendo—. ¡La -Trinidad! Tres que son uno y uno que viene a ser tres. Bonito lío han -armado... Jesucristo no era más que un buen predicador y tan hombre -como yo. Y de la llamada Virgen María, ¿qué puedo decir sino que...? - -—Calla, calla, blasfemo infame —gritó con encendida cólera don -Fernando, poniendo su mano en la boca del descomedido muchacho—. Tú no -eres, no puedes ser lo que yo creí. - -—¿Qué hombre ilustrado cree hoy semejantes paparruchas? Todo eso lo han -inventado los frailes para engañar y dominar al pueblo, embobándole -con pantomimas ridículas y prácticas necias. ¡Los frailes! —añadió con -cierta petulancia—. ¿Hay casta de cerdos más inmunda en todo el orbe? -Yo digo que hasta que no ahorquen al último Papa con las tripas del -último fraile, no habrá paz en el mundo. Ellos son los que promueven -las guerras, los que hacen estúpidos a los reyes; ellos son los que han -levantado a la nación española, no por religiosidad, sino porque saben -que el deseo de Napoleón es quitarles sus inmensas y mal empleadas -riquezas, para dárselas a los pobres. - -—¡No, no —repetía don Fernando con vehemencia, contemplando atónito a -Salvador—, no eres tú lo que yo creí; no eres tú quien yo creí, no, -mil veces no, voto a...! Afrancesado, traidor a la patria, desleal con -el rey, irreligioso, blasfemo, no te falta sino ser mal hijo para que -eternamente estés separado de mí. - -—¡Mal hijo! Si lo soy no es culpa mía —dijo el mancebo bebiendo el -vino que había escanciado para el señor Garrote—. Mi madre es una -excelente mujer; pero muy sencilla e inocente, y se ha dejado dominar -por doña Perpetua y por los frailes de la Puebla. Empeñose en que -abandonara mis banderas; negueme a ello, echome de su casa, yo salí, se -desmayó... Las mujeres no atienden más que a su capricho; son vanas, -frívolas, superficiales, mojigatas, y le aburren a uno con sus rezos... -No hagamos caso de tales simplezas y bebamos, señor don Fernando. Otro -traguito. - -—Tu madre —dijo don Fernando— es, según tengo entendido, una santa y -honrada mujer, de sanos principios. - -—Pues sus principios no son los míos, ni lo serán nunca. Ella adora -las atrocidades de los salvajes guerrilleros, y yo las aborrezco; ella -se mira en Fernando VII, y yo lo tengo por un principillo corrompido -y voluntarioso; ella detesta a los afrancesados, y yo les tengo por -muy buenos patriotas, porque quieren regenerar a España con las ideas -de Napoleón; ella no puede ver a los que han hecho la Constitución de -Cádiz ni a los que se llaman liberales, y yo les admiro por creerles -inclinados a echarse en nuestros brazos... - -—¡Perdido, perdido para siempre! —exclamó don Fernando con inmensa -angustia—. ¡Sin honor, sin principios, sin patriotismo, sin religión, -sin lazo alguno con la sociedad, ni con España, ni con la familia, ni -con Dios...! ¡Oh, qué aflicción, qué castigo, Dios mío! - -—Puesto que usted no quiere probarlo —dijo el sargento, echando otro -medio cuartillo—, me lo beberé yo. Luego dormiré seis horas, y así -se olvidan ciertas cosas, cosas terribles, señor don Fernando, que -atormentan noche y día. - -—Dios te tocará en el corazón, infeliz joven —dijo Navarro—, y hará -penetrar un rayo de su divina luz en tu oscuro entendimiento, y te -reconciliarás con España, con Dios, con tu madre y... conmigo. - -—¿Reconciliarme yo? —dijo el joven severamente dejando a un lado el -vaso vacío—. Yo no me reconciliaré jamás; eché los dados. Me voy a -Francia; consagraré mi vida a trabajar contra esta fementida patria que -aborrezco. - -—Justamente despreciado por los hombres y maldecido por Dios, tu vida -será un infierno, y tu muerte horrorosa y desesperada como la mía. -Mírame, en mí tienes un ejemplo de cómo castiga Dios en la última hora -a los que han olvidado su doctrina. Sin ser blasfemo ni traidor, como -tú, yo he sido muy pecador. He vivido largo tiempo con vida placentera -y feliz; pero en esta postrera noche de mi vida, me considero el -más desgraciado de los hombres, no seguramente por la muerte que me -amenaza, y que merezco y deseo, pues los españoles debemos morir como -caballeros y como cristianos. Uno de los más amargos motivos de pena -para mí, es verte insensible a mis ruegos, degradado, envilecido; verte -en el camino de tu total mengua y perdición, sin poder remediarlo; -verte en ese estado de locura y embriaguez, aferrado a la maldad. Si -respondieras, aunque solo fuese con eco muy débil, a mis sentimientos -y a mis ideas; si no me parecieses, como me pareces, un verdadero -monstruo, esta pasajera amistad que nos une podría ser un sentimiento -más grande, Salvador, mucho más grande y hermoso para ti y para mí. - -Monsalud le miró con sorpresa. - -—He sentido vivísima inclinación hacia ti —continuó el anciano—. En -esta soledad en que me encuentro, ausente de los míos, con un pie -dentro del sepulcro y la eternidad llamando a mi alma, tú podrías ser -consuelo inefable de este anciano moribundo, recibiendo, en cambio, de -mí lo que jamás has tenido, ni esperas tener. - -Monsalud se levantó, y con súbita cólera apostrofó al anciano en estos -términos: - -—Viejo astuto, ¿quieres engañarme con lisonjas y gatuperios para que -te deje escapar? Yo no soy como los guerrilleros, que se venden por un -pedazo de pan. Su señoría de la llave dorada no conoce con qué clase de -personas está tratando. ¡Pues no es poco sabihondo el viejecito!... - -—¡Miserable! —exclamó don Fernando, sin poder contener su cólera y -levantándose también—. Veo que en ti no puede caber ningún sentimiento -generoso. ¡Mereces la abyección en que vives! Márchate, quiero estar -solo. - -—¡Si será preciso ponerle algunas arrobas de hierro en los pies al don -Quijote de la Puebla! —dijo Monsalud dando algunos pasos con escasa -seguridad—. Parece que se tambalea el piso... Adiós, hasta después. - -Don Fernando fue de aquí para allí con inmensa agitación. Su espanto -se resolvió en una violenta y súbita cólera. - -—¡No eres tú, tú no eres, no! —exclamó con atronadora voz—. ¡Me he -equivocado! Dios se está burlando de mí... es un castigo; ¡pero qué -castigo, Señor! - -Sin comprender lo que oía, Salvador se detuvo ante el agitado anciano. -La generosidad de su noble corazón, eclipsada por falsas ideas, y -la turbación física en que se hallaba, inspirole algunas palabras -consoladoras para el caballero; mas un hecho trivial le desvió de aquel -buen camino, separando a uno y otro personaje más de lo que estaban. -En la versatilidad de sus juicios, Salvador achacó las incoherentes -palabras de Garrote a extenuación y debilidad mental, ocasionada por la -falta de sustento y el pavor de la próxima muerte. Pensándolo así, echó -en el vaso cuanto en la botella restaba, y con intención compasiva le -dijo: - -—¡Vaya, pelillos a la mar! Señor Garrote... Beba usted y le caerá -bien... Luego llevaré otro gaudeamus al señor cura. - -—Quita allá —contestó don Fernardo, apartándose con horror del joven—. -Tú no eres quien yo creí... Tú eres de casta de borrachos y traidores. - -Recibió Salvador con paciencia el insulto, y empinando el codo, dijo: - -—Puesto que usted no lo quiere, no se desperdiciará tan buen vino. Se -lo quitamos a unos arrieros que venían de la Nava. - -La cabeza de Monsalud, de poca resistencia para la bebida, a causa -de su antigua sobriedad, luego que su cuerpo recibió aquel trasiego, -se desorganizó completamente; se oscurecieron sus facultades; desmayó -su cuerpo; entrole de improviso la innoble estupidez y el repugnante -cinismo de que había dado ya algunas pruebas en la conferencia con -su madre, y perdió su carácter, su generosidad, su buen juicio, su -discreción; perdiolo todo, para no ser más que un vulgar soldado. - -—Señor Garrote... —dijo tambaleándose—, adiós... Parece que se mueve el -piso... ¿Por qué baila usted? - -—Vete, vete, déjame solo —replicó don Fernando sin mirarle. - -—¡Bonito fin han tenido las campañas del padre Respaldiza y del señor -Navarro! —exclamó lanzando una carcajada de imbecilidad que retumbó en -la estancia como un eco infernal—. ¡Bonito fin!... ¡Échese su merced -a guerrillero!... ¡Quién lo había de decir!... aquí tenemos al primer -caballero del condado, el de la llave dorada, el gran don Fernando -Garrote, que quiso derrotar él solo los ejércitos de Napoleón... -¿Por qué no trajo consigo a Carlitos para que le sacara del paso?... -Me hubiera gustado ver a todo el hato de salteadores de caminos -distribuidos en estas cámaras reales, esperando la orden del coronel... -¡Adiós, señor don Fernando Quijote, adiós... buen viaje!... - -Don Fernando se acercó a Salvador, y asiéndole el brazo y apretándole -con tanta fuerza como si su mano fuese una tenaza de hierro, le dijo -sombríamente: - -—Salvador, cuando me saquen de este calabozo haz fuego sobre mí: mi -destino es ese, mi castigo no será el castigo que merezco, si no sucede -así. ¡Dios lo quiere! - -—¿Fuego yo? —repuso el joven con sonrisa de demente—. Yo me voy... -Salgo de guardia ahora... Entrará otro... No quiero matar... me da -mucho temblor y me pongo malo. - -Lucharon por breve rato en la acongojada alma del guerrero sentimientos -diversos. Luego sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos; una -aflicción horrible le abrumaba. Apartose del joven; corrió luego hacia -él; mas su aspecto, su habla, su embriaguez le llenaron de espanto. - -—Mi muerte —exclamó—, por las circunstancias espantosas que la rodean, -no se parece a ninguna otra muerte. Creo que toda la naturaleza se -desquicia en derredor mío, y que, en medio del cataclismo general, -vivo muriendo. Me parece que la muerte del malvado, como la del justo -entre los justos, no puede verificarse sino entre tinieblas horrorosas -y confusión del cielo con la tierra. ¿Es de noche? ¿Es de día? ¿Eres -un ángel o un demonio?... Huye de aquí, monstruo mío... No sé lo que -siente mi alma al verte y al oírte... ¿Esto es vida o qué es esto? Dios -poderoso, acoge mi alma... y basta, basta ya de suplicio. - -El señor Garrote se arrojó al suelo. Monsalud, a causa del vino, no -vio en todo aquello más que demencia y miedo. Hasta que no se halló -fuera y recibió en el rostro el fresco de la noche, no se aclararon sus -juicios, ni pudo conocer que había estado inconveniente, cruel y... -grosero. - - - - -XIX - - -Cuando se quedó solo, elevó don Fernando de nuevo su pensamiento a -Dios. Adquirió con esto cierta tranquilidad, reposo emanado de la -profunda convicción de su inmensa desgracia, y aceptando aquella -amargura se engrandecía a sus propios ojos. La fogosidad de su -imaginación llevábale a compararse con los colosos de infortunio, pero -superándoles; tan pronto recordaba a Job, de la antigüedad hebraica, -como a Edipo, de los tiempos heroicos, y hasta en sus coloquios, en sus -alegatos, ora tiernos, ora coléricos con la divinidad, se les parecía. - -Después de un instante de estupor contemplativo sintió anhelo vivísimo -de comunicar a alguien la congoja de su alma, y se acordó de su amigo -Respaldiza, cuya voz había oído poco antes al través del tabique sin -hacerle caso. La endeble pared consistía en un armazón de maderas y -adobes, a trechos cubierta de yeso, que formaba en sus irregulares -claros y fajas al modo de un fantástico mapa. Por diversas partes, y -principalmente junto al suelo, había muchos agujeros por donde podían -pasar el ruido y la claridad; pero no objeto alguno de más volumen que -un dedo. Golpeó don Fernando el tabique, diciendo: - -—Señor don Aparicio, señor Respaldiza, ¿está usted ahí? - -El cura contestó desde la otra parte: - -—Sí. Señor don Fernando, aquí estoy más muerto que vivo. ¿Con quién -hablaba usted?... ¿Hay esperanzas de salvación? Me parece que trataba -usted con Salvadorcillo Monsalud... Es mal sujeto, y no hay que fiarse -mucho de él. - -—Amigo Respaldiza —dijo Garrote sentándose en el suelo y apoyando su -rostro en la pared, junto a un sitio donde menudeaban las grietas—. -Acérquese usted a este sitio donde me encuentro, y óigame. Tengo que -hablarle. - -—Ya estoy... ¿Hay esperanzas de escapatoria? - -—No hay que pensar en escaparse, señor cura. Nuestra muerte es -inevitable. - -—¡Oh! ¡Dios mío Jesucristo! —exclamó Respaldiza con voz desfigurada -por la aflicción y el llanto—. ¿Qué hemos hecho para tan triste -fin?... ¿Pero no será posible intentar...? Echemos abajo este tabique; -juntémonos, y entre los dos ejecutaremos algo ingenioso para salir de -aquí. - -—Es difícil. Por mi parte no intentaré nada para salvar esta miserable -vida, que es para mí un horroroso peso. ¡Somos muy pecadores! - -—Yo no tanto... ¿pero es posible que no logremos...? ¡Oh! Desde aquí -siento los aullidos de esos lobos carniceros, de esos demonios del -infierno que nos guardan. Están borrachos, y parece como que bailan y -juegan. - -—No nos ocupemos de nuestros enemigos, y pensemos en la salvación de -nuestras almas —dijo con unción don Fernando—. Señor Respaldiza, usted -es sacerdote. - -—Sí, sacerdote soy —repuso con desesperación el clérigo—, y como -sacerdote digo que esto es una gran picardía, una infamia, un asesinato -horrendo. ¡Ya se las verán con Dios! - -—Usted es sacerdote —añadió don Fernando—, y un buen sacerdote, -piadoso, instruido, aunque ahora caigo en que no cuadraba muy bien a su -estado el tener tan buena puntería; pero sea lo que quiera, usted es un -hombre excelente y un sacerdote cristiano, a cuyas manos baja Dios en -el santo oficio de la Misa. - -—Sí, sí. - -—Pues bien: siendo usted sacerdote y yo pecador, quiero confesarme en -esta hora suprema; quiero confesarme, sí, después de treinta y tantos -años de impenitencia. - -Prolongado silencio anunció el estupor del sacerdote. - -—¿No me contesta usted? —preguntó impaciente Navarro. - -—¡Confesarse!... Linda ocasión ha escogido usted... Sobre que todavía -puede ser que nos indulten. - -—No hay que esperar tal cosa. Seamos dignos de nosotros mismos, y -muramos como caballeros cristianos. - -—¡Morir, morir! —repitió angustiosamente el cura. - -Retembló el tabique con sordo estampido. La cabeza de Respaldiza había -chocado violentamente contra él. - -—Señor don Aparicio —dijo don Fernando después de una pausa—, he visto -a Dios. - -—¿A Dios?... ¿Dónde, amigo mío, dónde? - -—Aquí, aquí mismo, en este oscuro calabozo. He visto pasar ante mí -también mi vida entera, y me han ocurrido cosas que espantarán a usted -cuando se las refiera. - -—¡Es singular! ¡Ver a Dios y no pedirle que nos sacara de aquí!... ¡Ah! -Usted tiene razón: seamos piadosos y buenos cristianos en esta hora -suprema, único medio de que nos favorezca el Señor. Chillar y jurar con -desesperación en estos trances no es propio del espíritu cristiano. -Recemos, señor don Fernando; oremos humildemente con toda la compostura -y devoción posibles. No se me olvidó el rosario, aquí está. Pidamos a -Dios de todo codo corazón que... - -—Antes conferenciemos un poco —dijo Garrote—, pues no solo tengo que -revelar a usted secretos muy graves, sino pedirle consejo y parecer -sobre algún punto delicado de conciencia. - -—Ya soy todo oídos. - -—Bien sabe usted, venerable amigo, que he sido gran pecador, un hombre -disoluto, despreocupado, vicioso, un libertino. Verdad es que jamás me -separé de la Iglesia; pero esto no atenúa mis grandes faltas, ¿no es -verdad? - -—Verdad. Respecto a sus escándalos, amigo Garrote, muchos y grandes -han sido en la Puebla. He oído contar horrores; mas nunca me atreví a -reprenderle, por ser usted un excelente sujeto y haber tenido conmigo -delicadas deferencias. Tratándose de los más humildes feligreses de -mi parroquia, sí me atrevería yo a reprenderles sus vicios; pero a un -señorón como usted... - -—La ley de Dios es igual para todos... Pero vamos adelante. Desafueros -cometí, honras atropellé, causé desdichas, y no hubo casa donde yo -pusiese mi planta maldita que al instante no se inficionase con la -corrupción y deshonra que llevaba conmigo. - -En este tono y con verdadera humildad cristiana prosiguió don Fernando -refiriendo sus culpas, sin detenerse en los casos particulares, hasta -que, llegando al punto capital de su confesión, dijo lo que sigue: - -—Pero la más grave de mis faltas, por el cúmulo de circunstancias -denigrantes que en ella hubo, fue la deshonra de una doncella de -Pipaón, a quien engañé valiéndome de pérfidas astucias, impropias de un -caballero; sí: pérfidas astucias y torpísimas artes que voy a enumerar -una por una, aunque al referirlas la lengua parece que se me abrasa, y -el rubor que enciende mi cara es como si una llama la envolviera toda. - -Respiró con ansia, y luego refirió lamentables escenas y -acontecimientos, que omitiremos por no ser de indudable interés para -esta historia. Con los ojos cerrados, apoyada la calenturienta sien -contra el tabique, entreabierta la boca, la mano izquierda en el suelo, -para apoyarse, y la derecha sobre el corazón, iba contando don Fernando -sus execrables ardides, y soltaba las palabras una a una, cual si su -arrepentida conciencia se recrease en las torpezas que echaba fuera, -para quedarse pura y limpia. Cuando concluyó aquel capítulo bochornoso, -oyose la débil voz de Raspaldiza que decía: - -—Horroroso, infame, execrable es todo eso; pero el arrepentimiento es -sincero, y por grandes que sean las culpas de los hombres, mucho mayor -es la misericordia de Dios. - -—Nació un niño —dijo don Fernando, cuya alma se iba sublimando a medida -que adelantaba la confesión—, y aquí vienen nuevas infamias mías, pues -sabiendo que la madre y el hijo estaban en la miseria, no me cuidé -de socorrerles. Un día pasé por Pipaón y enseñáronme al muchacho que -estaba jugando en las eras. Tenía los zapatos rotos y todo su vestido -hecho pedazos. Causome su vista cierta aflicción pasajera; pero nada -más: salí de Pipaón aquella misma tarde, y no volví a acordarme de -ellos. Por último, después de más de veinte años de olvido, he aquí lo -que sucede... Salgo en busca de fabulosas hazañas, y a los pocos pasos -mis ilusiones se disipan como el humo... ¡la mano de Dios!... Me traen -aquí prisionero, y sin más lances me destinan a morir y me encierran -en este calabozo... ¡la mano de Dios!... Luego se presenta un joven, -le hago algunas preguntas, me dice su nombre, que es el de Salvador -Monsalud, y en él reconozco a mi hijo... ¡por tercera vez la mano de -Dios!... - -—¡Salvador Monsalud! —exclamó el cura alzando las manos—. ¡Ese perdido, -ese afrancesado, ese traidorcillo borracho!... - -—El mismo, el mismo —dijo Garrote—; es un monstruo, es como el crimen -que le engendró, y Dios me le ha puesto delante para hacerme conocer la -horrible magnitud de mis culpas, como un ejemplar vivo del pecado que -engendró el pecado. - -—Conozco a la pobre doña Fermina, y ahora me explico algunas frases -oscuras que sorprendí algunas veces... ya... Es una excelente mujer; -pero a Salvador le tengo por un muchacho arrebatado y sin discreción, -ni prudencia, ni honor, ni respeto a los mayores; sin amor a la patria, -ni religiosidad, ni sentimiento alguno que le recomiende. ¡Bendito -sea Dios, y qué cosas hace! ¡Que de un caballero tan cumplido como -usted, de un noble señor, algo libertino, sí, pero ilustre y generoso, -descienda esa bestezuela desleal, ese muchacho sin pudor ni honor!... -¡Bien dice usted que ha sido para castigo!... ¿Está usted seguro de...? - -—Hijo mío es. Mi vida abominable no podía dar otro fruto. Es hermoso de -cuerpo; pero su alma es horrible. Si por favor especial del cielo yo -viviera, la idea de haber dado el ser a criatura tan execrable, sería -para mí causa de constante horror. - -—¡Oh, sí... le conozco!... Diré a usted, amigo mío: antes de marchar -a Madrid, Salvadorcillo no era mal muchacho, aunque muy casquivano y -distraído; pero después que se juntó con su tío y renegó, hase vuelto -el más despreciable muñeco que puede verse. - -—La vergüenza que me causa la paternidad de un renegado envilecido -—dijo don Fernando—, de un joven cuyas absurdas ideas son tales que -parece que habla Satanás por su boca, es uno de los mayores tormentos -de esta última noche de mi vida... Varias veces tuve las palabras en -la lengua para revelarle los lazos que a mí le unían; pero enmudecí, -porque todo lo que de noble y honrado existe en mi alma se sublevaba -contra el fatal parentesco, y aquí, Señor don Aparicio de mi alma, -entra el grave punto de conciencia que quería consultar con usted -después de mi confesión. - -—Sepámoslo... pero se me figura que aumenta la algazara de esos -borrachos. Parece que se acercan a las puertas de este edificio, y -aúllan junto a ellas como una manada de lobos carniceros. - -—La cuestión es esta —dijo Garrote sin hacer caso del terror de su -amigo—. Dadas las deplorables circunstancias del carácter de Salvador, -sus infames ideas, su irreligiosidad, su traición, su envilecimiento, -¿debo revelarle que es mi hijo? - -Calló Respaldiza largo rato, y al fin, repetida la pregunta por don -Fernando, contestó: - -—Según y conforme... Perverso es el niño, e indigno por todos -conceptos de tener por padre a un caballero ilustre y tan patriota -como el Señor don Fernando, en quien algunas faltas, hijas de la -flaca condición humana, no disminuyen sus altas prendas: despreciable -es el muchacho, digo; pero por malo que le supongamos, y aunque su -herejía y envilecimiento hayan secado en él el manantial de todos los -sentimientos generosos, es imposible que al ver a su padre en esta -mazmorra, acompañado de un infeliz amigo, no imagine alguna bellaquería -o travesura para ponerles a entrambos en libertad. - -Garrote dio un suspiro, cambiando de postura, por serle insoportable la -que desde el principio del diálogo tenía. - -—Yo pregunto con mi conciencia y usted contesta con su egoísmo... -Monsalud no puede salvarnos... además, yo no quiero salvarme; no, ¡mil -veces!, yo deseo la muerte. - -—¿No puede salvarnos? —preguntó el cura con desconsuelo. - -—No, porque sus compañeros no se lo consentirían; además, ha dejado -hace un rato de ser nuestro carcelero, y en este momento quizás esté -con su regimiento camino de Vitoria. - -—¡Oh qué desgraciada suerte!... ¡Me parece que esos condenados nos -quieren asesinar!... ¿Oye usted sus infames carcajadas? - -—Las oigo, sí, pero no las escucho... El parecer de usted es lo que me -preocupa y lo aguardo con impaciencia. - -—Por todos los santos, si no ha de ver más a Salvador, ¿para qué ha de -quebrarse los cascos por saber lo que más conviene decirle? - -—Únicamente pido a usted consejo —dijo Navarro con impaciencia— sobre -mi conducta pasada. Es decir, ¿hice bien o hice mal en callar el -secreto, dejando a ese desgraciado en la orfandad lastimosa que a mi -juicio merece? - -—Bien, bien, admirablemente hecho —repuso el clérigo con cansancio—. -El infame mozuelo que se ha vendido a nuestros enemigos, que abandonó -a su madre, que se burló descaradamente de mí, amenazándome con -ahorcarme, no tiene derecho a ser hijo de alguien, no, ni menos a -enfatuarse con descender del nobilísimo tronco de los Navarros. - -—Pero revelarle todo habría sido grande humillación, habría sido -ponerme al nivel de su bajeza, de su herejía, de su villanía, y, por -tanto, habría sido también expiación de mis culpas, y nuevo purgatorio -añadido al que merezco y necesito. - -—No tanto, no tanto —afirmó el cura—. Bastante ha padecido usted en -descargo de sus pecados. Revelar a Salvador la nobleza de la sangre que -por sus venas corre, sería en cierto modo santificar sus errores, y -conviene que siga abandonado a su triste destino. Allá se las entenderá -con Dios. El deber de usted consiste en perdonarle y pedir a Dios que -ilumine al perverso mancebo. - -—Pecador fui, pecador soy —dijo don Fernando elevando al cielo los -ojos y cruzando las manos—; pero he conservado los sentimientos -fundamentales, el amor de Dios y el honor... Aborrezco todo lo que -Dios aborrece, y amo todo lo que Él ama... ¡Oh, señor mío Jesucristo, -tú que me ves en esta última hora regenerado por el arrepentimiento y -la penitencia, no quieres, no puedes querer que ese miserable lleve mi -nombre; no puedes querer que en su detestable vida asocie su infamia -a mi apellido, y ya que no me deshonró en vida con su traición, me -deshonre muerto! ¡La traición! Solo al pronunciar esta palabra tiemblan -mis carnes, y mi alma entrevé un infierno de vergüenza, más espantoso -que el de las llamas que abrasan el cuerpo. ¡La traición! ¡Pasarse al -enemigo, ser bandido como él, ateo como él, ladrón como él, borracho -como él! ¡Ah! Todos los crímenes, incluso los que yo he cometido, -me parecen faltas veniales comparadas con esta. Quédese, pues, ese -malaventurado hijo mío en la oscuridad de su nacimiento, que será -perpetua y profunda, como las tinieblas que envuelven su alma. Él ha -querido ser espúreo, espúreo será. Si la naturaleza nos hizo proceder -el uno del otro, entre un renegado por convicción y un caballero -español, entre un insensato ateo y un cristiano piadoso, entre un -jacobino de esta nueva raza execrable, condenada por Dios, y un hombre -recto, vasallo humilde de su rey, no debe, no puede haber parentesco. - -Dijo esto don Femando Garrote en alta voz, al modo de oración, y tan -creído estaba de que Dios, a quien tal discurso dirigía, aprobaba sus -sentimientos y su rigurosa intolerancia, que se quedó muy tranquilo, -meditando sobre las profundidades del ancho abismo abierto entre él y -su abandonado hijo. - -—¿No les oye usted? —gritó de pronto Respaldiza, golpeando el tabique—. -Han vuelto a acercarse a la puerta de este cuarto, y gritan y juran. -¡Parece que se alejan! ¿Oye usted, Señor don Fernando? - -—Y si por favor especial de Dios —repuso Garrote, indiferente al pánico -de su compañero de desgracia y mortificado por punzantes dudas—, ese -infeliz muchacho al verse honrado por mi nombre, se enmendara de sus -extravíos... - -—¡Enmendarse! —exclamó el cura—. Haríalo hipócritamente por engañarle a -usted si vivía... - -—Es verdad, es verdad, no puede ser —añadió don Fernando—. Los que -nos han puesto el infame mote de _serviles_; los que insultan a los -valientes guerrilleros, llamándoles ladrones de caminos y asesinos; los -que en sus inmundas gacetas hacen befa de las cosas santas y de los -ministros de Dios, y parodian a los franceses, imitando su lenguaje, -sus costumbres, sus ideas, esos no pueden ser nuestros hijos, ni -nuestros hermanos, ni nuestros primos, ni nada que con nosotros se roce -y enlace; no pueden de ningún modo nacer de nosotros... Esa gente no es -gente, esos españoles no son españoles. Entre ellos y nosotros, lucha -eterna. - -—Para poner motes se pintan solos —dijo el cura, dejando caer una -gota de humor festivo en la amarga copa que uno y otro bebían—. A -nosotros nos llaman _lechuzos_, y a la Santa Inquisición la llaman -_Chicharronismo_. No puede darse desvergüenza igual. Por eso es cosa -corriente en el país, que a los guerrilleros de estas montañas les -queda mucho que hacer, después de acabar con los vándalos de fuera. - -No lo oyó don Fernando, porque se había arrastrado a gatas hasta el -centro de la pieza, y allí, puesto de hinojos, alzados los brazos y la -mirada fija en el techo, entabló nuevo coloquio con la Divinidad en -estos términos: - -—Señor que me has criado, que me has conducido a este fatal término, -mi castigo ha sido grande, pero merecido... ¡Oh!, si volviera a -nacer, no saldría jamás del camino de la justicia y del deber... Me -has puesto delante el monstruo engendrado por mis errores; me lo has -puesto delante para que vea cuán horribles frutos deja en el mundo -la depravación. Para tormento, para horrorosa penitencia mía, el -dulce regocijo que la naturaleza debía infundirme en presencia de ese -joven, se ha trocado en vergüenza, en aborrecimiento, en horror. ¿No -es bastante pena, Dios mío?... Cumplo con mis deberes de cristiano -resignándome a morir, y sufriendo el bochorno que mi parentesco con tal -monstruo me produce; cumplo con mis deberes de caballero y de español, -repudiando a ese hijo precito, apartándole de mí y de mi memoria para -siempre. ¿Es de tu agrado esta conducta, Dios mío? Mi conciencia está -tranquila, y muero en ti, fiando en que mis pecados serán perdonados, y -mi conducta como cristiano, como caballero y como español aprobada en -tu supremo tribunal. - -¿Qué respondió Dios a esto? Pronto lo sabremos. - -Don Fernando se humilló en el suelo, y dijo para sí: - -«¡Virgen santa! ¿Por qué me empeño en estar tranquilo y no lo estoy?» - -Respaldiza le llamó, diciéndole con voz angustiosa: - -—Señor don Fernando de mi alma, ¿no les oye usted? Parece que quieren -echar abajo la puerta de este cuarto. Chillan, chillan y vociferan... -Sin duda quieren asesinarme; señor don Fernando, por amor de Dios, -ampáreme usted. - -En efecto, oíase violento rumor de golpes y porrazos. Don Fernando, que -hasta entonces no había tenido miedo a la muerte, sintió escalofríos en -todo su cuerpo, y el corazón le palpitó con vivísima inquietud. - -«No, no estoy tranquilo —dijo para sí—. ¡Si permitirá Dios que tenga -miedo en esta hora tremenda!... Conciencia mía, ¿estás tranquila?» - -—Esos salvajes quieren penetrar aquí para ensañarse en mi cuerpo -miserable —gritó entre sollozos el cura—. ¡Señor mío Jesucristo, -piedad! ¡Piedad, santa Virgen de la Asunción, señora y patrona mía! - -—Esto es horroroso —exclamó don Fernando corriendo de un lado para otro -en la oscura pieza—. Que nos fusilen... pero que no nos arrastren, ni -nos destrocen, ni nos escupan, ni nos insulten... ¡Piedad, misericordia! - -Los gritos de la salvaje turba que graznaba en la puerta del calabozo, -donde, viviendo aún, moría de terror el desgraciado don Aparicio -Respaldiza, aumentaban de rato en rato, y al fin era tanto el ruido, -que don Fernando no pudo oír los lamentos de su infeliz amigo. Oyó, sí, -que la puerta se rompía; conoció que multitud de soldados franceses y -algunos españoles entraban en tropel, rugiendo como bestias coléricas; -comprendió que se abalanzaban sobre el pobre sacerdote, y oyó estas -palabras en claro y soez castellano: - -—Cortarle las orejas. - -Después llegaron a sus oídos agudos ayes y clamores de la infeliz -víctima; sintió que la llevaban fuera atropelladamente; la fúnebre y -horrenda procesión se presentó a su fantasía con formas tan espantosas -que tuvo miedo, un miedo indescriptible, inmenso, y cayó de rodillas, -clamando: - -—Señor mío Jesucristo, ¿todavía más? - -Parecía que una voz contestaba en lo alto: - -—Sí, más todavía. - - - - -XX - - -A poco de salir de la prisión, Monsalud se serenó un tanto; mas por -algún tiempo estuvieron aún sus entendederas en lastimoso eclipse. No -era de aquellos a quienes la bebida impulsa a desaforados disparates de -palabra y obra, sino que, por el contrario, en aquella su embriaguez -primera, después de algunos minutos de estúpida animación, sintiose -amodorrado y con tristeza tan congojosa, que el cielo parecía habérsele -puesto sobre los hombros. Sus amigos españoles renegados y franceses -bebían y jugaban a los naipes, reunidos en alegres grupos dentro de la -sala que servía de cuerpo de guardia, y también en el patio. Los del -convoy, paisanos y militares, habían ido allí atraídos por el olor de -los riojanos pellejos; pero como se acercara la hora de partir y el -descanso de bestias y hombres había sido grande, se disponían a seguir -su camino. - -Advirtió Salvador que algunos jurados y cazadores franceses, -soliviantados por el vino, hacían tan infernal ruido como si todo el -ejército de José estuviese bailando dentro de una sola pieza. Mareado y -aturdido, anhelando silencio y reposo, Monsalud huyó de su compañía y -fue al patio, donde algunos paisanos graves y sargentos con ínfulas de -coroneles, dirigiendo en pomposas espirales hacia el limpio cielo, cual -si quisieran empañarlo, el humo de sus pipas, hacían cálculos sobre la -campaña emprendida y los acontecimientos que se aguardaban para el día -siguiente. - -—Salvador —dijo un francés, asiendo a nuestro amigo por un botón de su -uniforme—, ¿has oído algo? - -—¿De qué? —preguntó Monsalud dejándose caer sobre un banco y cerrando -los ojos. - -—De la campaña. Toda la división está en movimiento. ¿No oyes las -carcajadas al otro lado del Zadorra? - -—Sí, ya las oigo. - -—Buena hora has escogido para dormir —añadió el francés intentando -poner en pie al aturdido joven—. Arriba, muchacho, que nos vamos. - -—¿A dónde? - -—A Vitoria con el convoy grande. - -—¡Con el convoy grande! —repitió Salvador alargando los brazos, cual si -quisiera alcanzar el cielo con ellos—. ¿Pues no ha salido ya? - -—¡Bestia! El vino te ha puesto el entendimiento del revés. Salieron los -carros que llevó consigo el general Maucune. - -—¿Y nosotros salimos ya, o estamos aún aquí? —preguntó Salvador—. Juro -a usted, señor Jean-Jean, que no lo sé. - -—Te lo explicaré a puñetazos —repuso el formidable dragón. - -Zumbido lejano atrajo entonces la atención de todos. - -—¡Un tiro de cañón! —exclamaron unos. - -—¿Hacia qué parte? - -—Juro que es hacia Subijana. - -—Hacia la Puebla. - -Monsalud, participando de la general curiosidad, trató de sacudir el -pesado sopor que embargaba sus sentidos. - -—¡Una batalla!... ¿pues qué hora es? - -—Quizás las avanzadas estén reconociendo alguna posición... Señores, -mañana 22 será un día de sangre: lo dice Plobertin, que ha visto el sol -de muchos días de batalla. - -—Es desgracia que no podamos asistir a la gran acción que se prepara, -señor Jean-Jean —dijo Salvador—, y que a hombres de tal temple se les -destine a custodiar cofres y estuches. - -—¡Oh, joven Epaminondas! —repuso con socarronería el astuto dragón—, -no envidies a los que se han de cubrir de gloria en el día de mañana. -Soldado viejo soy, y te juro que mientras más cruces gano para mí y más -tierras conquisto para nuestro Emperador, más anhelo la paz. Marchemos -tras los cofres y por el camino. Seamos galantes con las señoras que -van en el convoy, recomendándonos a ellas como soldados de Friedland y -de Essling; glorifiquemos a la Francia y bendigamos a Napoleón... por -no habernos llevado a la campaña de Rusia. - -Reinaba cierta inquietud entre la tropa que no había perdido el sentido -con la embriaguez. Por otra parte, varios paisanos y bagajeros, y unos -cuantos soldados franceses de la peor especie se habían cogido del -brazo y recorrían parte del camino en burlesca procesión, gritando y -cantando: algunos de ellos, que apenas podían tenerse en pie, eran -llevados en vilo por sus compañeros. Luego que berrearon a sus anchas, -insultando a las infelices señoras que aguardaban junto a sus coches la -partida del convoy, tornaron al patio, y acercándose a la puerta que -daba entrada a las habitaciones de los presos, la golpearon de tal modo -con patadas y puñetazos, que a ser débil se quebrantara al instante -hecha menudas piezas. La turba embriagada quería que le entregaran a -los dos infelices prisioneros para anticipar el castigo impuesto por la -superioridad militar. - -—¿Pero aquí no manda nadie? —dijo el francés que respondía al nombre de -Plobertin—. Esta canalla hará una atrocidad si la dejan. - -—¡Que nos entreguen al cura, al cura! —gritaba la turba furiosa—. Al -cura y al sacristán. - -Y golpeaba la puerta, que a fuerza de porrazos comenzaba a resentirse. - -—Aquí viene el capitán —dijo Jean-Jean—. Mandará dar veinte palos a -los borrachos, y hará cumplir la sentencia. - -Un capitán francés reprendió a los revoltosos su estúpida crueldad, -amenazándoles con fuerte castigo; pero aquel, como los demás oficiales -alojados allí, estaba en gran zozobra por causa más grave que las -travesuras de algunos soldados ebrios, y regresó al lado de sus -compañeros, dejando tras sí el tumulto. - -—Vámonos por no ver esto —dijo Plobertin—. Parece que algunos carros se -han puesto ya en marcha... - -—Nosotros formamos a retaguardia —dijo Monsalud—; hay tiempo todavía. - -—La gentuza vuelve a las andadas —indicó Jean-Jean—. La puerta no -resistirá mucho tiempo más: no es esa la Zaragoza de las puertas. - -—¡Que las paguen todas juntas! —afirmó otro individuo del respetable -cuerpo de dragones—. Ese cura y ese sacristán son guerrilleros, que -es como decir salteadores de caminos. Pues qué, ¿hemos de tratarles -con mimo, después que ellos han asesinado a centenares de hombres -pertenecientes, como quien no dice nada, a la nación francesa? - -—¡A la nación francesa! —repitió el zapador Plobertin encendiendo su -pipa—. La nación francesa pide venganza... La verdad es que el cura y -el sacristán no merecen mis simpatías. - -—Pues yo —dijo Monsalud con resolución—, si encontrase quien se -decidiera, arremetería contra esa chusma y les haría entrar en razón. - -—Joven Temístocles —exclamó Jean-Jean—, menos fuego. ¿Pueden tus -paisanos colgar de los árboles racimos de franceses, descuartizarlos, -meterlos en los pozos y asarlos en los hornos, y nosotros no podemos ni -siquiera desorejar a uno de tus desalmados curas y monagos? - -—El honor de la Francia —dijo Plobertin— pide que se les fusile al -momento. - -—Pero sin martirizarles vergonzosamente —añadió con viveza Monsalud—. -Si el rey lo sabe, castigará a los que le están deshonrando con esta -algarada salvaje. - -—En esto de mortificar a los guerrilleros y curas con pistolas —afirmó -Jean-Jean—, yo digo como nuestro rey Luis XV de la antigua dinastía: -_Laissez faire, laissez passer_. Conque a caballo, señor Monsalud, que -marcha el convoy. - -La confusión y el alboroto iban en aumento, y no había autoridad que -mandase, ni voz alguna que contuviese a los desalmados. Fueron y -vinieron algunos oficiales; pero sin desplegar la energía que el caso -requería, porque acostumbrados a considerar a los guerrilleros como -bestias malignas, toleraban los desmanes de la embriagada soldadesca, o -al menos no se cuidaban de atajar una brutalidad que creían justificada -por la salvaje fiereza de los partidarios. - -La puerta cedió al fin, y los gritadores se precipitaron por ella -dentro del edificio. Encontrábase primero frente a la puerta principal, -otra más pequeña, que era la que daba ingreso a la celda del cura, y -que, por ser endeble, fue brevemente echada al suelo de una patada. -Pocos momentos después, el infeliz don Aparicio Respaldiza salía -empujado y arrastrado por la soldadesca, mutilado el rostro, cubierto -de sangre, abofeteado, injuriado, escupido. Medio muerto de espanto, -encomendaba el desgraciado su alma al Señor, y en aquel momento -angustioso, aquel hombre no exento de faltas, aunque tampoco perverso; -mal sacerdote sin duda, pero antes por error y falsas ideas que por -maldad, si tuvo la flaqueza de pedir misericordia a sus viles verdugos, -luego que se vio arrastrado irremisiblemente al suplicio sin vislumbrar -remedio, les perdonó a todos y supo morir como cristiano. - -Llevole la turba a un campo cercano, donde algunos robustos árboles -convidaban a colgar del alto ramaje el cuerpo del infeliz enemigo -vencido, indefenso, y mientras se consumaba el sacrificio, se -regocijaban con la idea de repetir la función en la persona del que -llamaban sacristán, a pesar de que su aspecto no indicaba tan humilde -oficio. - -Monsalud, que desde el patio presenciaba la feroz escena, baldón del -humano linaje, mas no por eso rara en aquella guerra, que tanto tenía -de heroica como de salvaje, sentía en su alma violentísimo coraje y -vergüenza. Al ver que llevaban al suplicio, ya mutilado y moribundo, -al infeliz Respaldiza, acordose del otro preso; un vago sentimiento le -agitó, sintió algo semejante a dulce recuerdo, o a esos misteriosos -rumores del corazón que a veces gimen en los oídos de nuestra alma, sin -que entendamos claramente lo que quieren decirnos. Inquieto y dominado -por profunda aflicción, que no acertaba a explicarse, dirigiose a la -rota puerta del edificio. Allí estaba el sargento poco antes encargado -de la custodia de los prisioneros, y en compañía de dos o tres bárbaros -como él contemplaba estúpidamente, con las manos juntas atrás y su pipa -en la boca, el fúnebre _via crucis_ del cura hacia el monte cercano. - -—¡Bestia! —le dijo enérgicamente Monsalud—. ¿De ese modo guardas a los -prisioneros? - -El sargento soltó la carcajada de la insensibilidad aumentada por el -vino, y alzando los hombros, repuso: - -—¿Y qué?... ¿No les habían de matar de madrugada?... ¿Dónde están los -oficiales? Si ellos no cumplen con su deber, ¿qué puedo hacer yo? - -—¡Miserable! —gritó el joven con furia—. Si esos verdugos se hubieran -empeñado en romper esa puerta antes de las doce, hora que salí de -guardia, me habrían cortado a mí las orejas antes de tocar el pelo -de la ropa a los prisioneros... Déjame entrar; queda ahí dentro un -infeliz, que no morirá como mueren los cerdos. - -El sargento y los suyos hicieron como que querían defender la puerta. - -—¡Atrás! —gritó Monsalud—. Dame la llave de la prisión del sacristán. - -Briosamente arrebató la llave de manos de carcelero. - -—Monsalud —dijo el sargento, fingiendo la entereza de un hombre de -bien—, ¿quieres salvar a ese hombre? Está más loco que don Quijote, y -a todos los que entran a verle les llama hijos para que le pongan en -libertad. - -—¡Estúpido farsante! —repuso el joven—. ¿Te atreves a darme lecciones -de disciplina, de honor y de obediencia, tú que has faltado a todas las -leyes de la Ordenanza y de la humanidad? - -—Lo digo —añadió el carcelero blasonando de decencia— porque para sacar -de aquí el sacristán, pasarás sobre mi cadáver. - -—¡Y sobre el mío! —repitieron los otros, alguno de los cuales no se -podía tener de borracho. - -—¡Atrás, a un lado! —vociferó Monsalud abriéndose paso y tomando la -linterna que estaba en el suelo—. No puedo salvar a ese hombre, porque -el general le ha condenado a morir; pero mientras yo aliente, canallas -cobardes, un caballero honrado y decente no morirá, ya lo he dicho, -como mueren los cerdos. Los infames vuelven: no hay tiempo que perder. -Adentro. - -Abrió con mano firme la puerta del aposento en que gemía don Fernando -Garrote. El infeliz anciano, al comprender que sacaban arrastrado a su -compañero, después de mutilarle, había sentido, como antes dijimos, un -terror violentísimo que dio al traste con toda su entereza y varonil -grandeza de ánimo. Extraviose su razón, dio voces, y cuando entró el -sargento le habló como si fuera Salvador. Levantose del suelo en que -yacía, y como loco corrió de un muro a otro buscando salida, y se -aporreó las manos contra ellos, cual si a puñetazos pudiese horadarlos. -La unción religiosa huyó de su mente: huyeron la resignación, la -paciencia, la cristiana humildad, dejando tan solo el impetuoso -instinto. Gritaba con desesperación: - -—Jesús divino, ¡solo tú sabes padecer, solo tú sabes morir! Soy hombre -y acepto la muerte; pero no el tormento, no la vergüenza, no el -martirio, no las manos ni la saliva de la soez plebe en mi rostro, ni -la ignominiosa cuerda en mi cuello, ni el filo villano de sus navajas -en mi piel... ¡Piedad, misericordia, Dios mío! ¡No tengo valor! Soy una -mujer, un pobre niño. - -Con febril ansiedad, y aunque sabía que ninguna arma llevaba sobre sí, -registró todos sus bolsillos y ropas, buscando un cortaplumas, una -aguja, un alfiler con que darse la muerte. - -—¡Nada, nada! —exclamó con desesperación—. Dios poderoso, ¿tan malo, -tan perverso he sido?... - -En aquel instante una claridad rojiza deslumbró sus ojos, y en medio de -ella, como el ángel de una aparición divina, vio don Fernando Garrote a -Salvador Monsalud. Sorprendido por aquella imagen que en el momento más -angustioso de su vida se le presentaba, don Fernando cayó de rodillas. - -—¡Eres tú, Salvador, hijo mío querido, eres tú! —exclamó desahogando -con efusión su alma—. Vienes a salvarme... sí, sí. Tengo miedo: Dios -me abandona, y no me permite morir con la dulce y tranquila muerte del -buen cristiano. - -—He tenido lástima —dijo Salvador con voz balbuciente— y he venido... - -—¡A salvarme!... ¡Oh justicia! ¡Oh lección divina! —gritó vertiendo -amargas lágrimas don Fernando Garrote—. ¡Has sido tú más generoso que -yo! Sí, más generoso, querido hijo mío... Bien me decía el corazón -que mi conducta era egoísta y mezquina. Salvador, por orgullo, por -preocupaciones más fuertes para mí que la razón, por egoísmo, te oculté -un secreto, cuya confesión debía ser para mí una deuda sagrada. - -Salvador no comprendía nada, y pensando tan solo en el objeto de su -visita, dijo: - -—Pronto llegarán: aún puede usted... - -—He sido un miserable, he sido un egoísta: las ideas adquiridas en las -disputas de los hombres, las he sobrepuesto a los sentimientos más -dulces de mi corazón, a mi conciencia y a mis deberes. Salvador, este -miserable que ves aquí a tus pies, humillado y envilecido, es el que -te ha dado la vida, es tu propio padre, que por su mala suerte y su -indisculpable apatía no ha tenido hasta hoy la dicha de conocerte. - -El semblante de Salvador, atónito primero, expresó después la más -desconsoladora incredulidad. Una sonrisa, impropia ciertamente del -lugar y de la ocasión, vagó por sus labios; pero recobrando al punto su -seriedad, y movido a gran compasión por el triste estado mental que en -el anciano suponía, le dijo con frialdad: - -—Señor Garrote, yo no tengo padre. - -Estas palabras atravesaron como una espada de hielo el corazón del -desgraciado Navarro. - -—En nombre de tu santa y buena madre, en nombre de Dios —dijo—, en -nombre de Dios, no me desmientas... He sido un infame egoísta, he sido -un necio lleno de orgullo hasta en esta ocasión tristísima, pues hace -un momento me horrorizaba la idea de llamar hijo a un traidor renegado. -Dios me ha castigado por esto; pero, siempre misericordioso conmigo, -te me ha puesto delante en mi última hora, para que mi confesión sea -completa. ¡Bendito sea Dios! - -—Desgraciado loco —dijo Monsalud, contemplando al reo con impasible -calma lastimosa, tan extraño a los sentimientos que este expresaba, -como si fueran de otro mundo—. Comprendo que en situación tan aflictiva -trate de seducir a sus carceleros llamándoles hijos. Todo es inútil -conmigo, porque no he venido aquí a librarle a usted de la muerte. - -—¡No me cree! —rugió don Fernando arrojándose en el suelo—. Dios mío, -Dios justiciero, que así prolongas mi castigo, ¿más todavía? - -Una voz del cielo pareció responder: - -—Sí, todavía más. - -—Viendo que era inevitable para usted un fin tan horrible como el -del pobre Respaldiza —dijo Salvador llevando la mano al cinto, donde -tenía las pistolas—, y suponiéndole hombre de valor, he creído que era -caritativo proporcionarle un medio de evitar la ignominia de martirio -tan bárbaro. - -Don Fernando se levantó de súbito. Parecía un esqueleto con vida, -y con toda la vida en los ojos. Oyéronse en aquel instante los -desaforados gritos de la turba que volvía. Estremeciose el anciano, -dominado nuevamente por un terror congojoso; aparentó luego serenidad -heroica, y contemplando al mancebo con altanería, exclamó: - -—Un hombre de honor, un caballero como yo, no morirá a manos de viles -sicarios; un hombre como yo, no será sacrificado salvajemente por tus -crueles amigos. He cumplido contigo y con mi conciencia. No contaba con -mi desgraciado destino ni con tu incredulidad... Que Dios me perdone lo -que voy a hacer. Salvador, dame un arma cualquiera, y adiós. - -Con la seguridad de quien ve realizado su pensamiento, Monsalud entregó -una pistola a don Fernando Garrote, diciéndole: - -—Eso mismo pensaba yo... Un hombre de honor, un caballero decente, no -debe... Que Dios le ampare a usted. - -Don Fernando irguió con altivez la majestuosa frente, miró a su hijo -con calma desdeñosa, le miró mucho durante un rato, relativamente -largo, y luego, con voz trémula y solemne, en la cual había como un -acento de pesadumbre mezclado de sarcasmo, habló de esta manera: - -—Salvador, gracias, muchas gracias... Que Dios te ampare y te perdone. -Adiós. - -—Adiós —dijo Monsalud desde la puerta, saliendo rápidamente. - - * * * * * - -Cuando la brutal soldadesca entró atropelladamente en donde estaba el -bravo guerrero, halló su cadáver caliente y tembloroso sobre el suelo, -la sien partida y destrozado el cráneo. Su mano palpitante asía con -rabioso vigor el arma. - - - - -XXI - - -¡Cuántos habrá que al leer las escenas que acabo de referir, las -hallarán excesivamente trágicas, tal vez hiperbólica la terrible pugna -que en ellas aparece entre los lazos de la naturaleza y las especiales -condiciones en que los sucesos históricos y las ideas políticas ponen -a los hombres! Yo aseguro a los que tal piensen, que cuanto he contado -es ciertísimo, y que en el lamentable fin de don Fernando Garrote no -he quitado ni puesto cosa alguna que se aparte de la rigurosa verdad -de los acontecimientos. Vivió el citado Garrote en los mismos años que -le presento, y fueron su carácter, sus costumbres y sus ideas tales -como he tenido el honor de pintarlas, salva la diferencia que entre el -artificio de la narración y la verdad misma existe y existirá siempre -mientras haya letras en el mundo. Cierta fue también su malograda -expedición con el cura Respaldiza, y evidente su desastroso cautiverio -y fin horrendo, aunque no le cupo peor suerte que a otros muchos, -quier españoles, quier franceses, víctimas entonces del furor de las -desenfrenadas pasiones. - -En cuanto a las circunstancias verdaderamente terribles que acompañaron -al último aliento de aquel desgraciado varón, no son tales que deban -causar espanto a la gente de estos días, la cual, viviendo como -vive en el fragor de la guerra civil, ha presenciado en los tiempos -presentes todos los desvaríos del odio humano entre seres de una misma -sangre y de una misma familia; ha visto rotos todos los vínculos en -que principalmente apoya su conjunto admirable la sociedad cristiana. -¡Oh!, si en el santo polvo a que se reduce la carne y los huesos de -tantos hombres arrastrados a la muerte por el fanatismo y los rencores -políticos, quedase un resto de vida, ¡cuántas íntimas reconciliaciones, -cuántos tiernos reconocimientos, cuántos perdones no calentarían el -seno helado de la fosa, donde el insensato cuerpo nacional ha arrojado -parte de sus miembros, como si le estorbasen para vivir! Y si la eterna -vida disipa las nieblas que oscurecen aquí el pensar de los hombres, -¡cuántos seres habrá que, en la desolación de la impenitencia y en su -solitario vagar por la desconocida esfera, maldecirán la mano corporal -con que hirieron el uno al hijo, el otro al hermano! La actual guerra -civil, por sus cruentos horrores, por los terribles casos de lucha -entre hermanos, y aun por el fanatismo de las mujeres, que en algunos -lugares han afilado sonriendo el puñal de los hombres, presenta cuadros -ante cuyas encendidas y cercanas tintas palidecerán, tal vez, los que -reproduce el narrador de cosas de antaño. El primer lance de este gran -drama español, que todavía se está representando a tiros, es lo que -me ha tocado referir en este, que, más que libro, es el prefacio de un -libro. Sí: al mismo tiempo que expiraba la gran lucha internacional, -daba sus primeros vagidos la guerra civil; del majestuoso seno -ensangrentado y destrozado de la una salió la otra, cual si de él -naciera. Como Hércules, empezó a hacer atrocidades desde la cuna. - - * * * * * - -Púsose en marcha el largo convoy bastante después de media noche. Todo -el camino real, desde las últimas casas de Aríñez hasta Gomecha, estaba -ocupado. ¡Con cuánta ansiedad veían que España se iba quedando atrás -las infortunadas familias que buscaban un refugio en Francia! - -—Si podemos llegar a Vitoria —decía Jean-Jean, que iba a caballo junto -a Monsalud en la retaguardia—, estamos en salvo. Allá se las entiendan -el rey y el mariscal Jourdan con Wellington y Hill. ¡Gran batalla -tendremos hoy!... Pero créeme: daría una de mis manos por no verla. - -—Han dado orden de marchar más a prisa, señor Jean-Jean —dijo -Salvador—. La cosa apremia. Usted da una mano por no ver esta batalla, -y yo daría las dos por verla. - -—¡Oh, joven Bayardo, caballero sin mancilla! ¿Sabes lo que es una -batalla? Un engaño, chico, una farsa. Los generales embaucan a los -pobres soldados, les hablan de la gloria, les arrastran a la barbarie, -les hacen morir, y luego la gloria es para ellos. Pónense a mirar -la batalla desde una altura lejana, a donde las balas no llegan, y -echando el anteojo a un lado y otro, hacen creer a los tontos que -están observando distancias y calculando movimientos. Así como los -nigromantes hablan de estrellas, ciclos, conjuros para engañar a los -necios, los generales hablan de paralelas, ángulos, cuñas, etc..., -y hacen garabatos en un papel... ¡Oh, yo he medido la Europa con el -compás de mis piernas; yo he escupido mi saliva en el Austria y en la -Rusia, y sé lo que es una acción de guerra! Después que los unos han -destrozado a los otros a fuerza de brazo, porque aquí todo se hace a -fuerza de puños, el general recorre a caballo el campo de batalla, y -con sonrisa hipócrita da gracias a los soldados; manda que se asista a -los heridos, y los cirujanos empiezan a trabajar en la carne como los -ebanistas en la madera. Enterramos a los muertos, damos una muleta a -los cojos y una venda a los ciegos. Nuestros nombres no se escriben en -ningún monumento, ni nadie los sabe, ni los pronuncia más boca que la -de nuestros compañeros. No así el general, que se pone un calvario en -el pecho, y se echa a cuestas un título como una casa, de tal modo, -que si hoy derrotásemos a ingleses y españoles en cualquiera de estos -sitios que atrás dejamos, no faltaría un general que se llamase mañana -_Duque de Subijana de Álava_, o _Príncipe del Zadorra_. Luego viene la -historia con sus palabrotas retumbantes, y entre tanta farsa caen unos -reyes para subir otros, sin que el pueblo sepa por qué, y los políticos -hacen su agosto chupándose la sangre de la nación, que es lo que a la -postre resulta de todo. - -Iba a contestarle Salvador, cuando una sonora y fresca voz de mujer -gritó: - -—Señor Monsalud, señor Monsalud, ¡gracias a Dios que se le ve a usted! -¡Qué prisa tiene el caballerito para dar cuenta de los encargos que -recibe!... ¡Oh, qué prisa, sí! - -Monsalud, a pesar de la oscuridad, distinguió perfectamente un rostro -femenino que por la portezuela de un coche asomaba, acompañado de una -mano con quiroteca, cuyos dedos pajizos se movían saludando de una -manera apremiante y afectuosa. - -—Perdone usted, señora doña Pepita —dijo el militar acercando su -caballo al vehículo—. Hace dos días que no la veo a usted por ninguna -parte. ¿Y el señor oidor cómo sigue? - -Un rostro acartonado y marchito, en cuya superficie brillaban con -chispa mortecina dos tristes y ya muy viejos ojuelos, apareció un -momento en la portezuela, y una voz fatigada pronunció estas palabras, -que parecían una especie de limosna oral: - -—Buenos días tenga el señor sargento Monsalud. - -Y desapareció luego dentro del coche. - -—¿Apostamos —dijo la dama sonriendo— a que no me compró usted en la -Puebla los polvos _a la marechala_ que le encargué, ni las pastillas de -malvavisco? - -—Señora, ya sospechaba yo —repuso el joven— que en la Puebla no habría -cosas tan finas. - -—¡Ah, tunante! —exclamó ella, amenazando festivamente al joven con su -descomunal abanico cerrado, que esgrimía como si fuese una espada—. -Disculpas... Y hablando de otra cosa, ¿cuándo llegaremos a Francia? - -—Pronto, señora. Si hay batalla al romper el día, como dicen, nosotros -habremos ganado de aquí a esa hora mucho terreno, y nadie nos estorbará -el paso. - -El oidor dejose ver de nuevo. Era un varón de años, flaco o indolente, -enfermo tal vez, y parecía muy aburrido del largo viaje. - -—¡Batalla al romper el día! —dijo frunciendo el ceño—. Me parece que -principia a despuntar la aurora. ¿Y hacia dónde es esa batalla? - -—Hacia ninguna parte, hombre —repuso con desdén y superioridad doña -Pepita—. Tu gran miedo te hace ver batallas en las puntas de los dedos. -¡Qué aburrimiento! No se puede ir contigo a ninguna parte... Recuéstate -en el coche y calla, o me enojaré. - -—¡Todo sea por Dios! —murmuró el oidor sepultándose en el coche. - -—No se descuide usted en avisarme todo lo que ocurra —dijo la dama -alzando la voz, cuando por uno de los movimientos tan propios de una -marcha, el coche se alejó bastante de los jinetes. - -Monsalud la saludó con galante sonrisa, mientras Jean-Jean le decía: - -—Si esa señora doña Pepita, tan garbosa, con su grueso lunar velludo -en la barba, sus buenas carnes, sus ojos negros, su cara un tanto -arrebolada y sus quirotecas amarillas, me hubiese mirado a mí desde la -portezuela, apuntándome con su abanico y haciéndome preguntas diversas -desde que salimos de Valladolid, a estas horas, joven guerrero, ya -nos trataríamos de tú, y todos mis compañeros envidiarían al sargento -Jean-Jean. Verdad que yo soy hombre muy circunspecto y no he querido -decirle una sola palabra, además de que no es de caballeros quitarle -su conquista a un camarada; que si llego a hablar con ella, y echo mis -visuales, y disparo los tiros de mi galantería, y trazo mis paralelas, -y lanzo los escuadrones, y enfilo las piezas, y pongo el sitio en -regla, Monsalud, en dos horas es mía la plaza; en dos horas hago yo lo -que a ti te costará dos meses... ¿Pero en qué piensas? ¿Estás mirando -las estrellas que desaparecen?... Salvador, Salvador, despierta, que -estoy hablando; está hablándote todo un Jean-Jean. - -Profundamente abstraído y meditabundo, Monsalud había olvidado a -doña Pepita, al oidor y a Jean-Jean. Poco después de este ligero -incidente, la claridad del día empezó a derramarse por tierra y cielo, -bañándolo todo con las dulces y frescas tintas de la mañana. El sereno -firmamento parecía suspendido sobre la frente del mortal para presidir -y proteger su alegre vida, sublimada por el trabajo, por la virtud, -por inocentes y castos amores. El campo estaba impregnado de la -placentera atmósfera que por el aliento penetra hasta nuestro corazón, -inundándolo de felicidad, o, si así puede decirse, aromatizándolo, -pues parece que balsámicas esencias penetran hasta lo más hondo de -nuestro ser, sacudiendo los sentidos y despertando el alma con el -estímulo de vagas emociones. Las altas montañas y los verdes prados -se aclaraban, disipada la niebla que los cubría, mostrando su lozano -verdor, compuesto de mil y mil hojuelas húmedas, que tiritaban al roce -del viento. Poco después los rayos del sol se introducían por todas -partes: en el seno de las nubes, entre el follaje de los árboles, -en los infinitos huequecillos de los arbustos y las piedras, en la -profunda masa cristalina de las aguas del río. Todo tomó color, y con -el color la grandiosa existencia del día. ¡Ah!, si queréis conservar la -dulce paz en vuestra alma, cerrad los oídos... Estrepitosos cañonazos -resonaron a lo lejos, y el convoy entero, como si obedeciera una orden, -se detuvo. - -Por algún tiempo no se oyó en todo el espacio ocupado por tantos carros -y hombres el más ligero rumor; pero no tardó en producirse de un -extremo a otro discordante algarabía. - -—Dicen que no se puede pasar de Gamarra... Los ingleses están atacando -a la Puebla... También hay batalla por Subijana... y en Avechuco... y -en Crispijana. - -Estas frases se repetían, pasando de boca en boca, y dando ocasión a -multitud de preguntas que no eran nunca bien contestadas. La respuesta -aumentaba la confusión. - -—¡Patarata! —exclamaba un jurado de los más vehementes, el cual había -aprendido pronto la fanfarronería francesa—. El general Clausel, que -está en la Puebla, les enseñará lo que pueden tres ingleses contra un -solo francés. ¿Y qué nos puede importar la Puebla si queda atrás? -Adelante. - -Pero los carros y coches no obedecieron la enfática orden del bravo -dragón, permaneciendo tan quietos cual si los clavaran en el suelo. -El día había aclarado completamente, permitiendo ver la palidez y la -extrema ansiedad de todos los semblantes... De pronto una voz pavorosa -recorrió de un extremo a otro la línea del convoy, repitiendo: - -—No se puede pasar. Crispijana ha sido atacada, y los ingleses y los -guerrilleros han aparecido por Gamarra... - -La configuración del camino por donde intentaba marchar el convoy era -la más a propósito para infundir miedo a los viajeros. Altos cerros -a un lado y otro formaban un estrecho callejón tortuoso, por cuyo -fondo el camino y el Zadorra culebreaban, estorbándose a cada paso. -Frecuentemente pasaba el uno por encima del otro, cediéndole, ora la -derecha, ora la izquierda. Aunque en la noche anterior se habían tomado -todas las precauciones para el paso del convoy, ocupando las alturas, -aquel repetido cañoneo que se oía más arriba ponía en gran inquietud -a todos. Se temía que las fuerzas destacadas se hubieran visto en la -necesidad de acudir en socorro de los de Crispijana o Gomecha... Por -fin, después de una hora de ansiedad, moviose la larga procesión entre -gritos de alegría. Mulos, caballos, bueyes y hombres dieron algunos -pasos; después se volvieron o parar. Parecía una comitiva de entierro -cuando el carro fúnebre se atasca. - -Pero transcurrido otro rato de ansiedades, de angustiosas preguntas y -de mal humoradas respuestas, el dragón de mil patas marchó de nuevo con -bastante prisa. - -—¿Qué hay?... Señor Monsalud, una palabra por amor de Dios —dijo la -oidora echando fuera del coche su ostentoso lunar, su franca sonrisa, -su rostro todo, no pequeño ni falto de gracias por cierto, su abanico y -sus quirotecas—. Cuénteme usted lo que ocurre. - -—Cuéntenoslo usted —añadió el oidor asomándose también tras de su -consorte. - -—No hay nada que temer —dijo deteniéndose el jinete, que regresaba de -la vanguardia del convoy—. Camino franco hasta Vitoria. - -—Nos hemos detenido, señora —indicó Jean-Jean, metiéndose donde no le -llamaban—, porque la vanguardia ha estado reconociendo el camino. - -—La batalla está empeñada por aquí, a mano izquierda —dijo Monsalud -extendiendo el brazo en la dirección indicada—, y se ha roto el fuego -por tres puntos distintos. - -—Por tres puntos distintos, señora —añadió el intruso Jean-Jean—. -Quizás pasemos por sitios peligrosos. Si gusta la señora oidora, la -acompañaré a la portezuela para preservarla de cualquier accidente. - -—No, gracias, retírese usted —repuso la dama con desdén—. Señor -Monsalud, ¿se marcha usted tan pronto? ¿Perderán esa batalla? ¿La -perderemos? ¡Ay, no me diga usted que sí!... Engáñeme usted por favor. - -—¡Qué se ha de perder! —vociferó el francés. - -—Señor sargento —dijo el oidor—, no se separe usted de nosotros. Mi -mujer tiene un miedo espantoso. - -—¡Oh, sí! —murmuró la dama. - -—Si por desgracia nuestra nos viésemos en peligro... - -—No, no se separe usted de nosotros, señor Monsalud —dijo doña Pepita—. -Mi marido cobra alientos viéndole a usted tan cerca... podría ocurrir -algún accidente funesto; que nos viésemos envueltos, comprometidos... -¡Cómo retumban los cañonazos en estas montañas!... Por Dios, señor -Monsalud, distráigame usted, cuénteme cosas agradables para que con la -conversación entretengamos y engañemos el miedo; hablemos de asuntos -placenteros, graciosos y dulces, de esos que regocijan el espíritu y -matan el hastío. Hágame usted olvidar que a dos pasos de nosotros se -está dando una batalla... quiero estar alegre y reír... quiero olvidar -y engañarme. Engáñeme usted... ¡Oh, sí! Dígame usted que no tema, -tranquilíceme. Pero no oigo lo que usted me dice... ¡Oh!, no tema usted -alzar la voz. Mi marido no oirá nada: es un poco sordo. - - - - -XXII - - -La batalla en que doña Pepita no quería pensar, y en la cual nosotros -no fijaremos tampoco mucho la atención, fue del modo siguiente: - -Ya sabemos la dirección y traza del camino real de Miranda a Vitoria, -que va orillas del Zadorra, rozando al pasar los lindes del condado -de Treviño. Hállanse en este camino los lugares de la Puebla, Aríñez, -Crispijana y Gomecha, y después de deslizarse entre altos riscos, -penetra holgadamente en la llanada de Vitoria. Ocupaban los franceses -la orilla izquierda del Zadorra. Otro afluente del Ebro, el Bayas, -y otro camino, el de Vitoria a Bilbao, servían de base al ejército -aliado, que se extendía desde Murguía hasta cerca de Subijana de Álava. -Dueños los franceses del camino de Burgos a Vitoria, tenían segura la -retirada, así como los pasos del río, y una posición excelente en las -alturas que rodean a la Puebla. Este camino, estos puentes y estas -alturas eran lo que en la mañana del 21 empezaron a disputarse las -tropas inglesas, portuguesas y españolas por diversos puntos y con -rapidez y energía extraordinarias. El inglés Hill y el bravo español -Morillo atacaron la Puebla y sus riscos eminentes, coronados por una -fortaleza feudal de antiguo llamada _El Castillo_; el general Graham, -con el guerrillero Longa, atacaron la derecha enemiga en el camino -de Bilbao por Avechuco, y después por Gamarra Menor. Conquistados -felizmente estos puntos extremos y altos, fueron atacados todos los -pasos intermedios del Zadorra, el llamado Tres Puentes, Crispijana y -Gomecha. Hubo en estos ataques alternativas sangrientas de fortuna y -adversidad, porque los franceses los reconquistaban a medias después de -perderlos, hasta que definitivamente los poseían los aliados. Mientras -estas luchas horribles ensangrentaban el Zadorra, hacia el Norte se -daba la verdadera estocada de muerte, con el movimiento de avance del -general Graham y del guerrillero Longa, que cortaron al enemigo el -camino de Francia. Sin otra salida que el de Pamplona, precipitose por -él todo el ejército, con José a la cabeza; mas si los hombres que aún -tenían piernas pudieron escapar, no gozaron igual suerte la artillería -y la impedimenta, que se atascaron en el camino, como los ratones con -morrión al querer huir después de la batalla con las comadrejas. - -Tal fue, en breves términos, la de los aliados con los franceses en -las inmediaciones de Vitoria, acción que tuvo, como todas las obras -maestras, una gran sencillez. Si la he descrito a grandes rasgos, no -ha sido porque en ella encontrase menos interés ni menos elementos -para la narración que en otras funciones de guerra, a cuyo relato di -anteriormente, si no gran interés, atención considerable. Me mueve a -hacerlo así, el propósito de variar la materia de estos libros, dando -en el presente la preferencia a una curiosa fase de aquella campaña -y de aquella guerra, cual fue la suerte del más rico botín que un -ejército invasor se ha llevado consigo al abandonar el país expoliado. - -En todas las batallas hay un interés subalterno que apenas menciona -con desdén la historia, y consiste en las vicisitudes de aquel fondo -positivo de toda contienda entre los hombres. En todas ofrece gran -interés el drama oscuro que se desarrolla dentro de la alforja grande -o pequeña que los ejércitos llevan a la grupa. Mientras los generales -se calientan los sesos haciendo cálculos tácticos, y mientras truena la -artillería y se destrozan las falanges, allá, en la cola del ejército, -una ciudad portátil, llevada por mercaderes ambulantes, tiembla por -su destino. Las tiendas, los bagajes, las cocinas, las cantinas, los -equipajes, los coches, los botiquines, las camillas, representan la -vida y la muerte. Son la suprema necesidad y el supremo peligro de la -batalla. Sin esto no se puede vencer, y con esto no se puede huir. - -Todo el interés de la batalla de Vitoria estuvo en la impedimenta. -Hacia aquellos cofres tendiéronse anhelantes las manos crispadas de -vencedores y vencidos. Podía decirse que aquel convoy era el resumen -de la guerra, y que los franceses, al perderlo, perdían la tierra -trabajosamente conquistada; al verlo tan grande, tan custodiado, -creerían también que no pudiendo dominar a España, se la llevaban en -cajas, dejando el mapa vacío. - -Y a pesar de la ruda batalla empeñada a la izquierda, el pesado -equipaje seguía adelante, avivando el paso todo lo posible. Era una -tortuga impaciente y azorada que ansiaba resbalar como culebra; diríase -que la zozobra y anhelo de los que en ella llevaban sus intereses, -impulsaban la pesada armazón. Durante cuatro horas largas no ocurrió -detención alguna; pero a medida que se acercaban a Vitoria arreciaba el -tiroteo, hasta que llegaron a un punto en que divisaron claramente y -a corta distancia las columnas en movimiento y las baterías escupiendo -fuego. Allí dieron las ruedas su última vuelta, y los caballos su -último paso, y los cocheros su último grito, y el afligido corazón de -los viajeros el último latido de esperanza. Todo acabó; había sonado la -terrible sentencia: no se podía pasar. - -—Señor Monsalud, eso que me contaba usted —dijo poco antes de la -detención la oidora— es tan inverosímil, que si usted no lo afirmara -como lo afirma, lo dudaría... ¿Ella misma gritaba que le matasen a -usted?... ¿Pero qué es esto? Nos paramos otra vez. - -—Otra vez, señora... - -—Y ahora será para siempre —vociferó Jean-Jean—. ¡La batalla está -perdida! - -—¡Perdida! —exclamó doña Pepita, a punto que el oidor sacaba la cabeza -pidiendo informes. - -—¿Dicen que se gana la batalla? - -—No, que se pierde —repuso la dama—. No seas impertinente, ni me -estrujes el cabriolé... Por Dios, señor Monsalud, ¿nos abandona -usted?... ¡Qué insoportable ruido! Parece que suenan mil truenos a la -vez... Salvador, deme usted la mano, a ver si me infunde valor... ¡Por -Dios, la mano! - -—Una dama valerosa como usted no se asustará porque perdamos una -batalla —replicó el joven, alargando su mano—. Ya ganaremos otra. - -—La ganaremos, sí: ganaremos una hermosa batalla —dijo Pepita -recobrando sus frescos colores—. ¡Cuán cansada estoy de la estrechez -del coche!... Quisiera salir un momento, un momentito. ¿Nos detendremos -mucho aquí? - -—_Per secula seculorum_ —gruñó detrás del coche Jean-Jean—. Esto se -acabó. - -—¡Qué confusión por todas partes! —exclamó Pepita—. Mi marido llora, -señor Monsalud: es demasiado pusilánime. Supongo que no nos harán -nada... ¿Será preciso huir?... ¡Oh!, huir, y ¿cómo? - -—En el coche no es posible. - -—Pero sí en un caballo, ¡ay!, en la grupa de un caballo... ¡Dios mío, -cómo gritan! Pues qué, ¿se ha perdido toda esperanza? - -El oidor exhibió nuevamente su fisonomía, en la cual una palidez -cadavérica anunciaba el miedo causado por la peor noticia que un oidor -ha podido oír en el mundo. - -—¡Pie a tierra todo el mundo! —gritó una voz estentórea—. Las ruedas no -pueden seguir... - -—Aún hay zapatos y herraduras —clamó Jean-Jean. - -Casi todos los jinetes echaron pie a tierra, y muchos viajeros -arrojáronse fuera de los coches, despavoridos y aterrados. El concierto -de imprecaciones y lastimosas quejas, excedía a todo encarecimiento. - -—Salgamos también —dijo Pepita, llevando el pañuelo a sus ojos para -enjugar una lágrima—. Pero me es imposible andar... Señor Monsalud, me -desmayaré sin remedio... No se separe usted ni un momento de mí. - -El oidor salió del coche, y perezosamente estiró el acecinado cuerpo -para devolverle su postura y forma prístina, semejante a la que tienen -los mortales cuando no han pasado ocho horas dentro de un coche. No lo -consiguió fácilmente el respetable varón, cuya figura, después que a -sus anchas se desperezó y dejó caer los brazos y echó sobre las piernas -el liviano peso del cuerpo, se asemejaba mucho a un gran paraguas -cerrado. - -—¡Esto es horrible, espantoso! —clamaba la dama—. ¿Y a dónde vamos? -¿Qué se hace? ¿Qué nos pasa? ¿Hay esperanza de seguir? ¿Nos quedamos -aquí?... ¿Retrocedemos?... ¿Tomaremos un bocado?... ¿Nos cogerán los -ingleses?... ¿Pues y nuestro dinero?... ¡Oh, señor Monsalud de mi alma, -usted que es tan bueno y tan generoso, sálveme usted! - -—No es tan desesperada nuestra situación —repuso el joven, notando que -el cuerpo de doña Pepita, al buscar en su brazo indolente apoyo, no era -un cuerpo de sílfide, de fantástica forma ni de imaginaria pesadumbre. - -—¡Qué espanto!... —añadió la dama—. ¡Los hombres gritan y blasfeman!... -¡Las mujeres lloran!... ¡Qué desolación! Señor Monsalud, andemos un -poquito para desentumecernos... Todos lloran la hacienda perdida... -¿pues y nosotros? ¡traemos tanta plata, tantas alhajas!... ¡Yo -también lloro, Dios mío!... ¿Será posible que nos cojan esos perros -ingleses?... Adelante; vamos por aquí... Busquemos a alguien que nos -dé buenas noticias... no pueden ir las cosas tan mal como dicen... -¡Oh, los ingleses! ¡Cogerla a una los ingleses!... pero no, mil veces -no, valiente joven, usted me defenderá hasta morir... Me horripilo de -pensar que un inglés pondrá la mano sobre mí... Sigamos más allá... -¿No habrá nadie que diga: «La batalla se ha ganado?...» Pero ¿dónde -estamos? ¿Dónde está mi marido? ¡Se ha perdido!... ¡Le hemos dejado -atrás! ¡Urbanito, Urbanito! - -—El señor oidor habrá ido en busca del jefe para saber la verdad de -todo. - -—¡Oh, qué horroroso aspecto ofrecen estas pobres gentes!... Fíjese -usted en aquella pobre mujer que abraza llorando a sus niños... Estos -otros no hablan más que de huir... ¡Jesús crucificado! ¿A dónde iremos -nosotros?... Será preciso abandonarlo todo... ¡Aquí están diciendo que -no hay esperanza!... Allí gritan: «Sálvese el que pueda.» Mire usted -a esos sacando atropelladamente su ropa de las arcas. Será preciso -llevarlo todo a cuestas... ¡Oh! Los que por allí vienen, ¿no son los -heridos de la batalla?... ¡Malditos ingleses!... Por piedad, Monsalud, -no me abandone usted... Es imposible huir en coche... yo no sé montar -a caballo... ¿podré ir a la grupa?... ¡Qué desolación!... Vamos por -aquí... Los gritos, las blasfemias, los juramentos de esos hombres -desesperados que parecen demonios, me hacen temblar, y me pongo mala... -Por aquí... ¡Qué bullicio, qué algarabía!... ¿Y mis alhajas, y mis -encajes, y mis ropas?... Corramos allá, corramos... Mas no veo a mi -marido por ninguna parte. ¡Urbanito, Urbanito! - -—Vamos por aquí... En estos casos es triste llevar consigo el valor de -un alfiler. Pobre y desvalido yo, lo mismo tengo vencedor que vencido. - -—¡Qué felicidad! —continuó la dama, que, por no encontrarse bien en -ninguna parte, quería estar al mismo tiempo en todas—. Así quisiera ser -yo: libre como el aire, y con la galana pobreza de los pájaros que no -tienen más que un vestido, y a donde quiera que van llevan consigo todo -su ajuar... Huyamos de este sitio. Los llantos de esas mujeres me hacen -llorar también a mí... Dicen aquellos que los ingleses nos sorprenderán -aquí... ¡Esto es espantoso! ¡Los ingleses, los guerrilleros!... -Me parece que muchas personas han emprendido la fuga por el llano -adelante... ¿No ve usted? Llevan un lío a la espalda, y los zapatos en -la mano para correr mejor... Observe usted a aquel infeliz que se da -de cabezadas contra un cañón... estos de aquí hablan de quitarse ellos -mismos la vida... Por Dios, si forman de nuevo, no me abandone usted... -deserte usted si es preciso, deserte. Si me veo sola, me moriré de -pavor... ¡Yo que pensaba ir a Francia y regresar a Madrid para el -otoño!... En medio de mis desgracias he tenido la sin igual ventura de -conocerle a usted, de encontrar a un joven tan leal como modesto, que -está dispuesto a ampararme contra esos vándalos de ingleses... Estos -pobres jurados y míseros lacayos del rey José hablan de morir matando -o abrirse paso por entre los vencedores... Les será imposible, ¿no -es verdad? Por Dios, no se abra usted paso, no se abra usted paso y -quédese aquí... más vale rendirse... Ríndase usted; nos rendiremos los -dos... Vamos..., no puedo ver tanta desolación... Escondámonos en algún -sitio... ¿Ve usted a mi esposo?... Busquémosle... Es capaz de dejarse -dominar por la desesperación, y hará alguna locura... ¿En dónde dejamos -nuestro coche?... Aprisa, aprisa, señor Monsalud; sosténgame usted si -me caigo; creo que me caeré, sí... Me caigo sin remedio... ¡Dios mío! -¿No le parece a usted que voy a caerme? - - - - -XXIII - - -Pero no se cayó. Corrieron ambos por entre la revuelta masa de gente y -vehículos, espantados una y otro del triste espectáculo que el detenido -convoy ofrecía, y antes que refiramos lo que resultó de su improvisada -amistad y de las extrañas vicisitudes del viaje, es de todo punto -indispensable advertir que esta gallarda dama del lunar pertenecía a -la familia de Sanahuja, no siendo ella misma desconocida para nuestros -lectores, pues algún incidente de sus verdes abriles tuvo cabida en -otro libro.[2] Enteramente nuevo para mí y para los que me leen es -el oidor; pero recientemente han llegado a estas manos documentos y -apuntes, cuyo interés me mueve a asegurar una poderosa intervención de -este personaje en las páginas que leerá el que las leyere. Por ahora -solo corresponde decir que en aquel tumulto de lágrimas y blasfemias, -de desesperación y hondo desaliento, el jurado y doña Pepa buscaban a -Urbanito por todas partes, sin que Urbanito pareciese. - - [2] _El Audaz._ - -Entre tanto, un suceso importante y decisivo llevó al último extremo -el terror de los infelices empleados, bagajeros y conductores, y -fue que por el llano adelante aparecieron varias columnas francesas -marchando en desorden y con precipitación. Aparecieron luego caballos -a escape, cubiertos de espumoso sudor, anhelantes y como poseídos de -insensata cólera, y después muchos heridos transportados en camillas o -en palanquines, o simplemente cargados entre dos por los hombros y los -pies. Tras esto sintiose el rodar estrepitoso de cañones. - -—¡Paso, paso a la artillería! —gritó una voz que parecía un huracán. - -Los carros que obstruían el camino procuraron abrir calle; pero si lo -consiguieron en un pequeño trecho, después los cañones tuvieron que -hacer alto. Juraban los artilleros y votaban los carreteros. Los de -infantería, desparramándose a un lado y otro del camino, siguieron -adelante. La velocidad adquirida en los primeros momentos de la -retirada era tal, que no podían contenerse, y miraban hacia atrás, -creyendo sentir en sus espaldas las herraduras de la caballería inglesa. - -Los heridos fueron depositados en tierra, y cuando el furor de las -armas había cesado para ellos, sacaron las suyas los cirujanos. Con la -presteza inconcebible que ponen en sus operaciones los físicos de los -ejércitos, se atendió a todos ellos. Vendajes, emplastos, amputaciones, -cuantos remedios se aplican a la persona humana después de una batalla -fueron aplicados sobre el suelo y al aire libre. Corría la sangre -sobre las camillas y por la tierra; pero los lastimeros ayes de los -infelices que habían sido mutilados por el cañón y la fusilería no -eran más que un accidente superficial en aquel tumulto de tan diversos -ruidos compuesto, en aquella atmósfera de pánico que se extendía por -todo el camino hasta más allá de Vitoria. Era de ver la frialdad de -los cirujanos disponiendo se cortase un brazo o pierna, haciendo -brillar a la luz del sol el fúnebre esplendor de sus instrumentos para -no dar tiempo a la víctima ni aun a quejarse de su malhadada suerte. -En aquella carpintería de carne humana no había consuelos morales ni -físicos para el infeliz paciente, narcóticos ni atenuantes, sino la -crueldad fría, desnuda, impasible, de la ciencia quirúrgica, que, como -su parienta la ciencia militar, no repara en la carne y sangre de los -hombres para ir a su fin. - -Conforme los curaban, mal o bien, los iban trasportando a otro lugar, -o a los carros que habían de llevarles a paraje más seguro; pero -llegaron tantos que los cirujanos no pudieron atenderles, aunque tenían -las mejores manos del mundo. Arrojados de aquí para allí, clamaban al -cielo; pero el cielo debía estar ocupado en otra cosa, porque no les -hacía caso. - -Por otro lado ocurrían parecidas escenas, porque si el ejército de -Gazán emprendió su retirada por el lado de Berrosteguieta, cerca de -donde estaba el convoy, los de Erlon y Reille lo hicieron más allá de -Vitoria; así es que en una extensión de dos leguas largas se ofrecía -el espectáculo de los soldados furiosos abriéndose camino por entre un -dédalo de carros y cureñas, furgones, ambulancias y coches de viaje, -cirujanos ocupados, y heridos que no podían moverse. - -Aunque en todo el camino reinaba gran confusión, pudo oírse y -generalizarse la orden de que la retirada no se emprendiera por -el camino de Francia, sino por el de Salvatierra y Pamplona. Esto -parecía una salvación, y muchos vehículos y casi toda la artillería -se dirigieron allá; pero la mala estrella de los franceses en aquel -día quiso que el camino de Salvatierra estuviese lleno de zanjas y -cortaduras hechas por los guerrilleros de Mina y Longa poco antes -para molestar a Foy y Abbé, por cuyo motivo ninguna rueda pudo pasar -más allá de Harrazo. En el camino de Francia seis o siete coches -de lujo, seguidos de otros carros con equipajes y gran repuesto de -víveres finos, pugnaban por retroceder hacia Vitoria para tomar la -vía de Salvatierra; pero no les fue posible abrirse paso. Eran los -carruajes de José y su comitiva, que, dispuestos a la cabecera del -convoy para emprender la retirada hacia el Norte, habían tropezado con -las tropas de Graham y Longa. Hacia las tres de la tarde la irrupción -de soldados en retirada aumentó de una manera horrorosa. Hambrientos -y abrasados de sed, se abalanzaban a las cajas de víveres y a las -cantinas, arrebatando entre aullidos siniestros todo lo que hallaban -al alcance de sus manos. Agotado todo, las tropas se apoderaban de los -víveres de los particulares, penetrando brutalmente en los coches para -arrancar el pedazo de pan de las manos de un niño o de una mujer. No -pudiendo seguir el camino, saltaban los setos y se esparcían por los -sembrados en varias direcciones, siguiendo todas las veredas, con tal -que llegasen a parajes lejos del malhadado Zadorra. - -Pero cuando el tumulto, el delirante estrépito y el barullo llegaron -a su colmo, fue cuando aparecieron, procedentes del campo de batalla, -veinte o treinta piezas de artillería, furiosas, ardientes, impetuosas, -no hallando ante sí bastante camino para volar; arrastradas por -caballos locos, verdaderos dragones cuyo resoplido quemaba y que -parecían llevar en sus venas todo el fuego que inflamara los aires -durante la batalla. Aquellas máquinas, simulacro de las ignotas fuerzas -que en el cielo producen el trueno y el rayo, huían para no caer en -manos del enemigo. Los artilleros, semejantes a fabulosos aurigas, -herían los caballos con el látigo primero, y después con los sables, -para precipitarlos en delirante carrera. Todo lo atropellaban ante -sí por salvarse. Si un grupo de heridos o de familias desvalidas se -interponía en su camino, las ciegas máquinas, compuestas de cureña, -cañón, artilleros y caballos, pasaban por encima de los cuerpos -humanos, como el brutal dios de la India. Las ruedas, lanzadas en -furioso torbellino exterminador, dejaban hondos surcos en el suelo, -aplastando todo lo que se les ponía por delante: la yerba y el hombre. - -Chirrido de metales que juegan y chocan entre sí, de cadenas que se -rozan, de ejes que vibran, de clavos que saltan, de tornillos que se -aflojan, de cacharros de metralla que suenan unos contra otros como los -cascabeles de un bufón se mezclaba a los indescriptibles rumores de las -balas que iban saltando dentro de las cajas, tocando infernal música -al compás de la marcha; se mezclaba al golpear de los escobillones, -cuyos mangos batían contra el maderaje de la cureña; al chasquido de -cien látigos que culebreaban en el aire estallando como cohetes; a los -gritos de los que querían imprimir a las máquinas fugitivas el rencor, -la angustia y el pánico de sus inflamados corazones. - -Tras aquellas piezas vinieron otras. Calientes aún sus bocas vueltas -hacia atrás, parecía que exhalaban, con los últimos vapores de la -pólvora y el último mugido del disparo, sorda imprecación. Treinta, -sesenta, cien cañones huían desesperados: al verlos y al oírlos, -creeríase que el trueno, tomando la odiosa forma de gigantesco pólipo -de hierro, se arrastraba por la tierra. Las peñas de los montes -desgajándose, cayendo sobre el llano y saltando en desesperado juego -y carrera infernal por arte del demonio, no hubieran causado más -espanto. Mientras la infantería continuaba en el fuego, dando tiempo -a que el cuartel general y los cañones se pusiesen en salvo, estos -ocuparon todos los huecos que quedaban en el camino, y algunos, -destrozando cuanto hallaron al paso, pudieron ponerse en primera línea. -Los demás, aprisionados al fin entre millares de ruedas de pesados -bagajes y enormes fardos, se atascaron en el camino, agolpándose unos -contra otros. - -Entre la aglomeración de obstáculos producida por tanta maquinaria -inútil, las infortunadas familias afrancesadas y los conductores -del convoy formaban grupos aflictivos, parte en el camino, parte en -los sembrados, y entre lágrimas y lamentos se consultaban sobre la -determinación que debían tomar en tan extremado conflicto. Unos creían -conveniente abandonarlo todo y huir para salvar lo más importante, que -era entonces, como siempre, la vida; otros aseguraban que por nada -del mundo abandonarían su fortuna. Muchos, encontrando una solución -salvadora en medio del general azoramiento, habían echado a tierra -los baúles, y abriéndolos sacaban de ellos lo más valioso, llenándose -los bolsillos y haciendo líos con lo de poco peso. Hombres y mujeres, -soldados y paisanos se consultaban, se movían de aquí para allí, -repartiéndose lo que habían de llevar, aconsejándose unos a otros, -animando los valerosos a los débiles, ayudándose en lo que podían. De -pronto se oyeron en la parte del camino, más allá de Vitoria, las -tremendas voces de «¡Paso, paso!» - -Algunos caballos de la guardia se esforzaban en cortar el apretado -gentío, y se precipitaban relinchando, aguijoneados por la espuela. -Viendo los jinetes que era imposible abrir paso, esgrimieron los -sables, y descargando furibundos tajos a diestro y siniestro sobre -soldados, paisanos y mujeres, gritaron: - -—¡Paso, paso al rey!... ¡Paso al rey! - -La multitud gimió azotada con látigo de acero, y prorrumpió en -imprecaciones contra José. - -—¡Paso al rey! —repetían los de la guardia. - -Exasperados por la resistencia, redoblaron su furor, y cargando -sin piedad, aquí machacaban una cabeza, allí hundían un pecho. -Arremolinándose a un lado y otro y aplastándose contra los coches, -la turba se desgajó, y en su angustioso seno pudo abrirse un surco: -por una calle de maldiciones, de odio y de sed de venganza, pasó -a caballo un hombre pálido, con el negro y abundante cabello en -desorden, fruncido, el ceño, trémulas las manos. Era José, que no había -podido salvar sus coches, y huía a uña de caballo por donde Dios le -encaminase, llevando en su alma todas las congojas de sus cinco años de -fúnebre reinado. - -Los que le abrían paso lograron encontrar salida al campo libre a la -derecha del camino. Seguido del general Jourdan, que se había olvidado -el bastón, y de otros generales que olvidaron el sombrero, y aun de -otros que no se acordaban del honor, corrió por allí José lanzando -su caballo a todo escape, aterrado, jadeante, sin serenidad, como el -asesino que acaba de cometer un gran crimen y huye de su perseguidora -conciencia. - -Poco después de este suceso llegó el momento supremo de aflicción para -los del convoy, para los artilleros, los infantes y todos los que no -podían ponerse en salvo. - -Una voz, cien voces gritaron con ronca desesperación: - -—¡Los ingleses... los guerrilleros! - -Allá lejos, hacia Vitoria, entre las columnas de infantería que se -acercaban con el mayor orden posible, viose una multitud de jinetes. -Brillaban en alto los sables, y los veloces caballos avanzaban -con rapidez extraordinaria. Ya no quedaba más recurso que huir -abandonándolo todo. ¡Horrible determinación! Viose a los artilleros -desenganchar los atalajes; viose a los carreteros disponiéndose a -salvar sus caballerías. Las cureñas y cajas, los furgones y las -ambulancias, los coches y carromatos quedaron en un instante libres -de correajes y cuerdas. Todo lo que tenía pies se puso en marcha. -Aquello era un río de gente y caballos, atropellándose en violenta -confusión a la desbandada. Ciento cincuenta cañones, doscientos carros -de municiones y los innumerables equipajes y vehículos particulares -quedaron abandonados. Sobre un solo caballo se enracimaban hombres -y mujeres, empujándose para descargar el peso de aquellas tablas de -salvación. El que lograba apoderarse de un caballo, defendía la grupa -a puñetazos y a tiros. No había prójimo: reinaba el egoísmo en su -brutalidad instintiva, y se luchaba por el caballo como en naufragios -por el bote. El que caía, caía. - -Apartados del camino, junto a un montón de cajas y bagajes, se -encontraban tres personas que ya conocemos. - -—No, no puede usted huir —decía la dama deteniéndole enérgicamente -al joven y haciendo violenta presa en sus dos brazos—. ¡Qué felonía! -¡Dejarme sola!... ¡Mi pobre marido no podrá defenderme!... ¡Oh!, -llora como una mujer y se arrastra por el suelo, pidiendo a Dios -misericordia, sin poner nada de su parte para conjurar este gran -peligro. - -—¡Señora, señora!... ¡Los ingleses! ¡Los guerrilleros! - -—Sí..., ya los veo... Es preciso huir... Pero ¿cómo? No hay un solo -caballo. - -—Corramos en busca del mío —exclamó el joven—. Lo rescataré a -sablazos... Aún es tiempo. - -—No... Mi esposo no puede moverse... ¿A dónde va usted?... Me quedo -sola, Virgen de las Angustias, enteramente sola... Quédese usted, por -Dios... - -—Mi uniforme de jurado me pierde. No viviré ni un segundo después que -me vean. - -Con febril presteza, e iluminada por idea súbita, abalanzose la dama -hacia el joven: arrojó en tierra el sombrero de este, desabotonó su -levita con dedos más ligeros que el pensamiento, arrancó el uniforme -como si fuera un pañuelo puesto sobre los hombros, arrancó el tahalí, -la gola, el cinturón, la cartera, y en un instante no quedó sobre -el cuerpo del infeliz renegado ni una sola prenda que indicara su -filiación. Él la ayudaba con igual rapidez. Las cuatro manos trabajaban -en el desnudar y en el vestir cual si fueran cuarenta, y sin descansar -arrojaban en tierra las prendas quitadas, sacando otras de los cofres -para cubrir el transformado cuerpo; ataban las cintas, prendían -los botones, abrían un hoyo en el suelo para sepultar las nefandas -insignias, y lo cubrían con tierra. Las cuatro manos realizaron su -obra en pocos minutos, y el renegado desapareció, dejando en su lugar -a un joven que podía pasar por oidor en la sala de Mil y Quinientas. -Luego las mismas cuatro manos trataron de levantar del suelo al infeliz -Urbanito, que ya se creía comido por los ingleses. - - - - -XXIV - - -Los ingleses llegaron despiadados, horribles, hambrientos de matanza y -de botín, como hombres que habían estado luchando todo el día por ambas -cosas. Precipitáronse entre la multitud; mas como no podían avanzar a -causa de los entorpecimientos del camino, les fue difícil perseguir a -los fugitivos, y toda la saña recayó sobre los que no habían podido -escapar. - -El botín era el más valioso, el más rico y grande sin duda que en -batalla alguna ha podido quedar a merced de vencedor furioso. -Componíase de cuanto existe: en él había armas, material de guerra, -víveres, alhajas, dinero y hermosura. No puede formarse idea de la -apasionada codicia, de la brutal concupiscencia, del vengativo ardor -con que los ingleses primero y los guerrilleros después cayeron sobre -el magnífico tesoro abandonado. La menor resistencia producía la -muerte. En poco tiempo todas las cajas fueron abiertas, todos los -tesoros aprehendidos, muchas riquezas holladas. - -Joyas, ropas, telas finísimas, muebles, cuadros, plata labrada, -monedas, víveres de lujo que constituían la despensa ambulante de -José, fueron esparcidos por tierra; mil manos febriles arrebataban de -un lado para otro los preciosos objetos. Según el genio de cada cual, -así se iban derechos los unos al oro, otros a las mujeres, y algunos -a destrozar por puro instinto dañino cuanto veían delante. Entre las -desgraciadas familias que se vieron en tan tremenda hora, hubo algún -individuo que se dio la muerte antes que le pusieran la mano encima los -feroces partidarios. Las señoras imploraban de rodillas piedad para -sí y sus tiernos hijos, siendo muy contadas las que la alcanzaron. El -vencedor es la más brutal e insensata bestia que engendra el mal en las -tempestades humanas. Para esta electricidad furibunda que sabe elegir -el sitio donde cae, no existe pararrayos. - -En los primeros momentos, tanto salvaje atropello y brutal codicia -produjeron un tumulto horroroso, en el cual los lamentos de mil y mil -víctimas no permitían oír las voces y mandos militares. En la vasta -extensión del camino, los soldados cometieron todo linaje de excesos, -robando y asesinando. En vano algunos oficiales quisieron proteger -a las infelices familias de paisanos: la soldadesca, aparentando -obedecer, tan solo cambiaba la escena de sus infames tropelías. Por -aquí un soldado avanzaba en irrisoria apoteosis esgrimiendo el bastón -de mando del general Jourdan, jefe de Estado Mayor del ejército -fugitivo; otro cubríase acullá con el sombrero de José Bonaparte, y un -tercero repartía a sus camaradas las pelucas que en vistosa y variada -colección llevaba en su equipaje otro familiar del pobre rey intruso. - -Atreviose un sujeto de mal genio a descalabrar a cierto inglés, porque -quiso posesionarse de la menor y más hermosa de sus hijas, y este rasgo -de entereza costole la vida, salvándose su esposa, una de sus hijas -y dos niños de corta edad, por milagro del cielo y la intervención -compasiva de otros soldados. En lo de meter mano a los cofres de -dinero, a los bolsones de cuero y a las cajas de guerra, que contenían -inmensos caudales, distinguíanse principalmente los aldeanos de los -alrededores de Vitoria y multitud de individuos de equívoca conducta -que de la misma ciudad habían acudido. - -Cuando la tristísima noche empezó a cubrir de oscuridades la fatal -escena, mercaderes al menudeo, trajineros y gentezuela de esa que -acude a todos los desastres para pescar algo, se reunieron allí en -gran número. Como estos lo querían todo para sí, hubo dimes y diretes -y aun porrazos con ingleses y guerrilleros. Sin encomendarse a Dios ni -al diablo, los aldeanos cargaban sus caballerías de objetos preciosos, -como si todo cuanto allí yacía hubiera sido siempre de su exclusiva -propiedad, y mientras tanto no cesaban de aclamar a Fernando VII como -el más grande de los reyes, al _lord_ como el más insigne de los -generales nacidos y por nacer, y a los guerrilleros como lo más selecto -entre las hechuras de Dios. - -Cuando la noche se oscureció más y la vergüenza de tales hechos tuvo -un manto negro con que cubrirse, otros individuos de la peor calaña se -ocupaban en desnudar a los muertos y en buscar anillos, relojes y dijes -en el cuerpo de los heridos... Farolitos temblorosos, semejantes a las -vagabundas claridades de un cementerio, rebuscaban con su luz siniestra -por aquí y por allí, iluminando semblantes lívidos y destrozados -cuerpos. Por otro lado, los que habían recogido gran cantidad de -dinero en duros españoles, se ocupaban en cambiarlos por oro a los -ingleses, los cuales, como buenos mercaderes en toda la extensión -del globo terráqueo, se hacían pagar la guinea a ocho pesos. Había -quien acaparaba todas las ropas, ora sacándolas de los cofres, ora -arrancándolas del cuerpo de vivos y muertos. Porque nada faltase, hasta -hubo quien hizo acopio de la pólvora de los furgones, para venderla -después a los guerrilleros de la Montaña y el Páramo. El vino obtenía -preferencia y primas escandalosas, y toda la carretería y recuas de -Vitoria tuvieron en qué ocuparse. Muchos aldeanos se enriquecieron -con la rapiña de aquella noche, y en Álava y la Rioja existen todavía -familias ricas, cuya fortuna proviene de la batalla de Vitoria. - -En cambio, si gran parte del gentío de Vitoria y de sus inmediaciones -había acudido allí para recoger los restos del naufragio, muchas -personas llegaban impulsadas por la simple vehemencia personal de -la guerra, para contemplar el odioso imperio derrotado y sus armas -perdidas; para gozar en el mísero castigo de los malos patriotas y -escupir los avergonzados semblantes de los traidores. Cuentan que -algunos renegados a quienes no fue posible ni huir, ni cambiar de -vestido, recibieron rápida muerte todos juntos en fiera hecatombe, -sin que les valiese la ardiente protesta de abjurar y volver a los -amores de la patria. Una mujer furiosa cayó sobre el grupo que formaban -aquellos infelices implorando piedad, y alzó en su mano vigorosa un -puñado de cabellos. Rugiendo los enseñó a la muchedumbre. Otras mujeres -de las cercanías que acudieron a vociferar sobre el cadáver de la -Francia vencida, habían mandado a sus hijos a las guerrillas, y algunas -de ellas los habían perdido. Bravas como guerreras y resentidas como -leonas, cobraban de tal manera sus deudas de sangre. - -En la oscuridad de la noche los chillidos de las mujeres semejaban -la algazara de pájaros rapaces picoteando aquí y allá, batiendo -las fúnebres alas, destrozando con la inquieta garra. Sin callar un -momento, algunas ayudaban a los hombres en el despojo, examinaban una -tela ponderando su finura, recogían herramientas abandonadas, sin dejar -de responder con agudos vivas a todo lo que berreaban sus hermanos, sus -padres o sus hijos. - -Dos o tres de estas matronas discutían el modo de conducir cierta -cantina ambulante que se habían apropiado, cuando se les acercó una -afligida dama que parecía ser de las del convoy. Era hermosa, aunque la -palidez y el susto disimulaban su belleza. En su cabellera abundante y -en su vestido no había más que desorden, un desorden de naufragio que -daba más interés a su abatida persona, y con sus manos sin quirotecas -se apretaba contra el pecho un chal, no bien puesto y sin duda -arrebujado con precipitación al salir de su escondite. - -—Señoras —dijo acercándose con timidez a las que tomaban el tiento al -tonelete de la cantina—, si tienen ustedes corazón, si son ustedes -mujeres, y tienen hijos, padres, esposo, denme un poco de agua para -unos pobrecitos que se mueren de sed allí donde están los arcones -grandes. - -—Miren la pazpuerca —gritó una de las del grupo, que era tabernera en -el barrio de Villasuso en Vitoria—. Teniendo, como tendrá, todo lo que -ha robado, viene a pedirnos limosna. - -—Yo no he robado nada, señora —repuso la dolorida envolviéndose en el -chal con todo el empeño que el pudor y el fresco de la noche exigían de -consuno—. A mí sí que me han quitado cuantas alhajas y dinero tenía; -pero no me quejo, ni acuso a nadie. - -—Ladrón que roba a ladrón... - -—Por una casualidad nos hemos encontrado mi marido, mi hermano y yo -en este funesto lance —prosiguió la dama—, porque ninguno de los tres -somos ni hemos sido jamás afrancesados. Españoles rancios somos los -tres; íbamos a Francia (a donde mi marido llevaba una comunicación -secreta de la Regencia para el rey Fernando), y quiso nuestra infeliz -suerte que nos juntásemos aquí con el malhadado convoy que ayer -pereció... y nos tomaron por familia de empleados traidores... Pero no -he sido yo tampoco de las peor tratadas (porque al punto me conocieron -los oficiales ingleses, muchos de los cuales han frecuentado mi casa en -Madrid), y he podido conservar alguna ropa... Otras pobrecitas señoras -están allí envueltas en una sábana. ¿No les da a ustedes lástima? ¿No -me favorecerán con un poco de agua, y si es posible un poco de comida -para mi esposo, secretario del Virrey del Perú, y para mi hermano, el -veedor que era en Zaragoza cuando la célebre defensa? - -Las tres alavesas se miraron como consultándose sobre lo que habían de -hacer. - -—La verdad es —dijo una con ínfulas de autoridad sobre las otras— que -si no miente la señora en lo que ha dicho y hubo casualidad, bien se le -puede dar lo que pide. - -—¿La vamos a creer por lo que diga? —indicó otra. - -—No pido más que agua, señoras caritativas; agua por amor de Dios. - -—Él la ampare. - -—Bien poco es lo que pide —dijo la tercera que hasta entonces callara—. -Y pues pasó ya el laberinto, hagamos una obra de misericordia. Aquí -donde me veis, yo que tuve alma para arrastrar a un jurado desde el -camino hasta el árbol donde le ahorcaron, me muero de pena oyendo a -esta señora... Allá va el agua... y aguardiente... y estas cortezas de -pan... y estas sardinas rancias... y tres pares de guindas... y una -pata de gallina fiambre, que estaba en el _botiquín_ del rey. - -La dolorida iba recogiendo lo que la mujer indicaba al tiempo de -dárselo, y corrió a donde aguardaban muertos de hambre y de sed el -secretario del Virrey del Perú y el veedor de Zaragoza. - - - - -XXV - - -Tras la noche triste apareció el día triste también y empañado con -densas neblinas. Mientras gran parte del ejército victorioso perseguía -al francés por el camino de Salvatierra, el lugar donde pereció el -convoy se trocaba en un campo de feria. En todas partes se hacían -tratos y cambios, según los negocios de cada uno. Los ingleses -concretaban todas sus operaciones al numerario, despreciando las -especies. La joyería había desaparecido como por encanto, sin que se -supiese quiénes fueron los acaparadores de tan estimable artículo. En -plata labrada aún quedaban algunas existencias por la mañana; y como -entre ellas no escaseaban las obras de arte ni en el ejército inglés -los anticuarios, hubo pieza que valió a sus primitivos tomadores guinea -sobre guinea. - -Pero la gran mayoría de los objetos, especialmente los que eran de -fácil transporte, desaparecieron en la noche. No se han visto manos -más listas, ni mayor diligencia en hombres y mujeres para hacer la -mudanza. Por fortuna para las artes, la parte del convoy que contenía -los grandes cuadros, pudo ser salvada por haber salido de la Puebla -con el general Maucune doce horas antes que los demás. Perdiéronse por -entonces para España tan incomparables tesoros; mas no se perdieron -para el arte, siendo en verdad providencial que se salvasen, y que, -restaurado alguno de ellos, volviesen todos acá tres años después. - -Ya entrado el día, muchos vecinos acomodados de Vitoria salieron para -ver el campo de batalla y el lugar del convoy, que principalmente -despertaba la curiosidad. Viéronse llegar frailes de distintas órdenes, -canónigos de la Colegiata, señores muy graves acompañados de damiselas -sensibles, jóvenes currutacos, viejos verdes y maduras matronas, todos -medio locos de entusiasmo por la gran victoria alcanzada. Iban de -ceca en meca sonriendo ante los estragos, y haciéndose señalar por los -aldeanos los lugares que fueron teatro de acontecimientos trágicos -durante la batalla. El campo del convoy, ya convertido en feria, fue -por su proximidad a Vitoria más visitado, y a cada momento llegaban a -él alegres parejas, familias, tríos de canónigo, fraile y regidor, con -más algunas damas sueltas, es decir, que no iban con nadie. Ninguno se -retiraba sin llevar algún recuerdo, pareciéndose en esto a los modernos -ingleses, o a los que llaman _touristas_, y los cascos de granada, las -balas de fusil y hasta los botones de los uniformes de renegado pasaron -a ser joyas históricas, destinadas a vincularse en el patrimonio de las -familias. Aún existen en Vitoria muchos de estos pedacitos del gran -desastre. - -Diose orden de enterrar los cadáveres que en el llano del convoy había, -no siendo tan fácil los del vasto campo de batalla, por ser en número -de cuatro mil, juntas las pérdidas de unos y otros, pasando de diez mil -los heridos. Mortificó a los curiosos el espectáculo de tanto hombre -muerto, siquier fueran franceses y renegados, y muchos ofrecieron la -cooperación de sus manos para echar tierra dentro de los hoyos que se -tragaban tanta juventud desgraciada en vida y en muerte, los amores -de innumerables madres, tanta y tanta robusta vida nutrida en los -pacíficos hogares para la paz y la felicidad. - -Entre los curiosos que de Vitoria habían venido, era de notar un -anciano de mucha edad y poca andadura, con el cuerpo inclinado hacia -adelante, la cabeza temblorosa, verdes espejuelos ante los ojos y -apoyada la una mano en grueso bastón de nudos, mientras con la otra -cogía el brazo de una linda joven rubia. Iban los dos por el camino -adelante observando todo con curiosidad suma, siendo ella la que -primeramente con sus volubles ojos veía los objetos y los señalaba -después a la tardía atención del viejo. Él se regocijaba con la vista -de tanto cañón tomado, de tanta riqueza rescatada, y a cada nueva -sorpresa se deshacía en apologéticos comentarios de la destreza de lord -Wellington, encomiando sobre todo el providente designio del Altísimo, -que, como padre y ordenador de las victorias, nos había dado aquella -tan completa y admirable. - -—La causa de Dios triunfa y triunfará mientras haya soldados cristianos -en el mundo —decía el abuelo a su linda nieta—. A estos desastres -horrorosos son conducidos los que han intentado alevemente apropiarse -nuestro suelo y mudar nuestras costumbres, haciéndonos de fieles -piadosos, herejes corrompidos; de leales y pacíficos, revolucionarios y -jacobinos. - -—¡Ah, pobres muchachos! —exclamó la nieta, apartando con horror la -vista de unos infelices cuerpos de jurados que eran conducidos a la -sepultura—. Son renegados, papaíto, tienen uniforme verde, sombrero de -piel con águila dorada, una cartera en la cintura con águila, y muchos -botoncitos... también con águila. - -—Sí, verás águilas por todas partes. Esos hoyos se llenarán de ellas, -y la tierra no podrá guardar en su seno tantas insignias imperiales. -A eso está destinado el poder de Napoleón. Europa no tiene bastante -tierra para sepultar el inmenso cadáver... En cuanto a los infelices -jurados, son los que menos lástima me inspiran. Oye bien lo que te -digo, hija mía; oye la voz de un anciano patriota, español y cristiano: -además del infierno que existe para toda clase de pecadores, ha de -haber uno con tormentos extraordinarios de inapreciable horror para los -que hacen traición a su patria y a sus banderas. - -—¡Otro infierno! —exclamó la muchacha con espanto, a pesar de que -diariamente oía parecidos conceptos. - -—¡Otro! Allá en lo profundo, los condenados ordinarios no han de querer -habitar con los renegados y traidores —dijo el hombre decrépito, -silabeando enérgicamente con sus gruesos labios—. Los renegados venden -a sus hermanos, entregan a la patria al enemigo para que este la -despoje y la deshonre a su antojo, extirpando en ella la fe religiosa, -faro del mundo y único consuelo de las buenas almas. El traidor en -esta guerra, donde se discuten las dos cosas más sagradas, es decir, -el rey y la religión; el traidor en esta guerra, digo, es el más vil -instrumento de Satanás. Solo le igualan en maldad los que yo llamo -traidores y renegados en el campo de la ley, o para que me entiendas -mejor, los que por favorecer hipócritamente a Bonaparte, introducen en -España caprichosas leyes a estilo jacobino, y constituciones, que son -lazos tendidos a los pueblos por la herejía, por la licencia, por el -democratismo, por la soberbia de los pequeños que quieren parecerse a -los grandes, gritando y metiendo bulla... Pero Dios está con nosotros, -hija mía. Dios es español. - -—¡Dios es español! - -—Dios, sí —añadió el viejo golpeando violentamente el suelo con su -nudoso bastón—, y ya ves ahí los golpes de su mano protectora. Creo -que, mediante la bondad divina y la espada del arcángel guerrero, el -mal que aparece en nuestra leal España no tomará grandes proporciones. -Abriranse muchos hoyos como ese, y esas bocas de la tierra española se -tragarán a sus perversos hijos. - -—¡Ay! —gritó la muchacha, temblando y agarrándose fuertemente al brazo -de su abuelo—. Pero no es nada... nada, papaíto. - -—¿Tienes miedo? - -—No... —dijo la joven, reponiéndose de su sobresalto y turbación—, es -que... no sé por qué me he estremecido toda y he sentido frío en el -corazón al ver... - -—¿Qué has visto? —preguntó el viejo deteniéndose. - -—Todavía no han enterrado aquellas águilas, papaíto, aquellas águilas -que brillan en los sombreros peludos, en las golas, y en las carteras, -y en los botones... Sus alas abiertas, sus picos corvos, sus garras que -aparentan un haz de rayos... - -—¿Qué? - -—Me dan miedo. - -—¡Eres tonta! Adelante... Pero si no me engaño, ese que hacia aquí -viene es nuestro amigo Carlos Navarro... Mira tú, a ver si me engaño... - -Miraba hacia atrás la damita con la fijeza de una curiosidad vivísima. -Su rostro había adquirido marmórea blancura. - -—¿Por qué te detienes y miras hacia atrás? —gruñó el viejo sacudiendo -el brazo—. ¿Dices que tienes miedo y miras, Jenara?... Te digo que -observes si ese que se ha detenido junto a aquel cañón es Carlos -Navarro, el hijo del desgraciado don Fernando Garrote. - -—El mismo es —repuso Jenara observando. - -—Vamos hacia él... ¡Pobre muchacho! Quizás no sepa todavía el -desgraciado fin de su padre, asesinado en Aríñez por los vándalos. - -Antes que nieta y abuelo llegasen junto a él, Carlos Navarro, que los -vio, corrió a su encuentro. Su semblante estaba alterado por viva -aflicción, y algunas lágrimas humedecieron sus ojos cuando tomó, para -besarla, la mano del decrépito anciano, su amigo. - -Vestía Navarro un traje que no era completamente militar, ni tampoco -de paisano. Componíase de una blusa en cuyas mangas, a falta de -charreteras, mostraban la arbitraria graduación del guerrillero galones -diversos de plata y oro, puestos con arte y aun con cierta elegancia. -Botas y espuelas muy finas eran distintivo de que guerreaba a caballo, -y cubría la cabeza, no con los empinados morriones de la época, sino -con una sencilla gorra verde de cuartel, primorosamente bordada de -oro. La sofocación del día anterior, y la pesadumbre recientemente -recibida, habían dado a su rostro un tinte violáceo y como enfermizo, -que parecía aumentar el negror de sus fieros ojos, afilarle la nariz y -hacerle más grande la frente. Había en su cuerpo la indolencia de la -victoria un poco enfatuada; pero aun así, por su alta estatura, airoso -porte y grave semblante, era una de las figuras de más atractivo que -podían verse. - -—Señor don Miguel de Baraona —dijo con voz conmovida—, ¿ha venido usted -desde Vitoria a ver el campo de batalla y el gran convoy ganado? - -—Sí —replicó con entusiasmo el anciano, encendido su corazón con fuego -juvenil—, he venido a ver vuestros triunfos, vuestras glorias, jóvenes -sublimes, jóvenes admirables, ¡hijos queridos de España y de Dios! -Ven acá —añadió echándole los brazos al cuello—, ven acá, y déjame -que te estreche contra mi corazón: abrazándote, creo abrazar a toda -la España valerosa y cristiana. Me rejuvenezco, hijo mío. Que Dios te -bendiga, que Dios te conserve. Tú y los tuyos sois instrumentos de su -bondad divina, sois la imagen humana de su brazo omnipotente. Seguid en -vuestra gloriosa, en vuestra santa tarea de limpiar esta cizaña, que no -os faltará quehacer en algún tiempo, porque el mal se ha desatado en -España y vendrán días de sangre... Ya sé por qué estás tan afligido, -hijo mío; ya he sabido por unos jurados prisioneros que fueron anoche a -Vitoria, la inmensa desgracia... - -—¡Mi padre!... —exclamó Carlos cubriéndose el rostro con las manos. - -—Tu padre, tu excelente padre —dijo Baraona—. Don Fernando Navarro, -el gran caballero cristiano de Treviño, el hombre de ideas sólidas, -el español puro, ha sido asesinado por los traidores... Lo sé, y -he llorado al patriota y al amigo. También sé que murió el pobre -Respaldiza. - -—¡No esperaba esta desgracia! —murmuró con desaliento Navarro secando -sus lágrimas—. Confiaba en Dios; me sentía protegido por la divina -mano, y al ver el heroísmo de mi padre, su firme propósito de pelear -por la patria y por la Iglesia, creía yo que el Señor no podía -abandonarle en manos de los facinerosos. - -—¡Oh! ¿Sabemos acaso sus designios profundos? —dijo con buena -entonación Baraona, señalando con su palo el firmamento inundado de -luz—. Hijo mío, oye bien lo que te digo, que es la voz de un patriota y -de un español puro, sin mancha de afrancesamiento. Además del paraíso -que Dios destina a los elegidos, ha de haber otro paraíso mejor para -estos mártires de la patria, para estos defensores de los grandes -principios, para estos que en primera línea han peleado por la esposa -de Jesucristo, para estos a quienes debe la sociedad su fundamento, -para tu virtuoso y santo padre, en fin. - -—¡Otro cielo! —murmuró Jenara pensativa. - -—¡Has perdido a tu padre! —prosiguió Baraona con efusión, estrechando -de nuevo al joven entre sus brazos—. En mí tendrás otro desde hoy. -Carlos Navarro se arrojó en los brazos del anciano, ocultando en el -hombro de este su rostro inundado de llanto. - -—Hace tiempo que tu buen padre me habló de un dulce proyecto que me -agradaba en extremo, Carlos —dijo el viejo mirando alternativamente a -su nieta y al joven guerrillero—. ¿Sabes lo que quiero decir? Tú mismo -me has manifestado de una manera indirecta la noble afición que te -inclina hacia mi familia. Carlos, hijo mío, que este día de gloria, -aunque triste para ti, lo sea también de contento para los tres que -aquí estamos. - -Jenara se puso como una amapola. - -Contra lo que Baraona esperaba, Carlos no hizo demostración alguna de -contento. Mirando a Jenara con tristes ojos, dijo: - -—Jenara no me quiere. - -—¡Que no! ¡Mal pecado! —gruñó el viejo mirando con asombro a su nieta, -que callaba—. Jenara, recuerda lo que me dijiste la noche en que -salimos de la Puebla... Pero, hijos míos, vosotros os entenderéis. No -es propio de mis canas intervenir como mediador de galanteos. Carlos, -ven con nosotros. Tú tienes cara de no haber comido en tres días; yo y -mi nieta no hemos tomado cosa alguna después del chocolate; pero como -pensamos pasar aquí gran parte del día, trajimos una no despreciable -refacción. Vamos allá... ¿En dónde dejamos el coche, Jenarilla? -Ya... ahí; hacia aquellos olmos. Ven, Carlos; allí nos espera el -señor canónigo de la colegiata, don Blas Arriaga, el capellán de las -monjas de Santa Brígida y mi primo el secretario de la Inquisición. -Despáchate; si tienes algo que decir a tus amigos, acaba pronto; pero -no convides a ninguno, porque nos quedaríamos a media ración... La -merienda no es mala: viene alguna carne fiambre, lengua y una pavita. -Las monjas añadieron bollos y limoncillos, y el canónigo trajo lo mejor -de su bodega... Pues parece que no y tengo hambre. Este aire del campo, -el regocijo de este día... En marcha, en marcha, pues. - -Dirigiéronse los tres hacia el lugar donde esperaba el cochecito. En -los lugares más apacibles del vasto campo, veíanse algunas meriendas -sobre la verde yerba, pues los vitorianos hicieron festivo aquel día, -tomando la visita al campo de batalla como una especie de romería, en -la cual no podían faltar ni el buen vino, ni las buenas tajadas, ni la -noble expansión euskara. - -Jenara y Carlitos marchaban silenciosos; pero por los tres hablaba -don Miguel de Baraona, siendo tal su alborozo que desde lejos empezó -a agitar el palo, llamando con su cascada voz a los tres personajes -que antes mencionara, y que vagaban por aquellos contornos. Antes de -que todos los comensales se reunieran, pasaron Baraona y la nieta por -el mismo paraje donde poco antes infundieran a esta tanto miedo las -águilas de los insepultos jurados. - -—¿Otra vez tiemblas? —le dijo el abuelo observando que la muchacha -palidecía—. ¡Qué medrosa eres! - -—Jenara no puede tener miedo a los muertos —afirmó Carlos con aplomo—. -Jenara es una mujer valerosa. - -—¡Ay, no vayamos por aquí! —exclamó la joven soltando bruscamente el -brazo de su abuelo: he visto, he visto... - -—¿Qué has visto? - -—Ya están dentro del hoyo —dijo Baraona acercándose al grupo de gente -que rodeaba la ancha sepultura—; pero falta echar tierra, mucha tierra -encima. - -Jenara, a pesar de su agitación, en vez de huir, acercose resueltamente -al hoyo, y allí permaneció fija, inmóvil, con la vista clavada en -aquella hondura donde yacían revueltos y en extrañas posturas los -cuerpos arrojados dentro. Observolos a todos y a cada uno con atención -profunda: ni lloraron sus ojos, ni perdió su semblante aquel grave -ceño estatuario que la asemejaba en tal escena a una diosa antigua -recibiendo la ofrenda de sangre humana vertida en aras de su orgullo. - -—Abuelo, ya ves cómo no tengo miedo a los muertos —dijo al fin—. ¿Y tú? - -—Ven, ven acá, tonta, tontísima —gritó el abuelo. - -Los que contemplaban el fúnebre espectáculo se descubrieron, y empezó a -caer tierra dentro. - -—Dios manda que se rece a los muertos y se perdone a los que nos han -ofendido —dijo gravemente Navarro descubriéndose también al pasar junto -al hoyo, y contemplando los fúnebres despojos que dentro había—, pero -no puedo mirar sin encono vuestro uniforme. Si tuvisteis parte en la -muerte de mi padre, ¡malditos!, que Dios os condene eternamente, y -sean vuestros tormentos superiores a todo lo que puede imaginarse. - -Dicha esta imprecación, que denotaba las violentas pasiones del alma -de Carlos Garrote, hizo la señal de la cruz y se unió a Baraona, que -ya estaba algo distante, junto a su nieta. Cuando llegaron bajo los -olmos, ya el canónigo de la colegiata, el capellán de las monjas y el -secretario de la Inquisición revolvían la cesta de los fiambres. - - - - -XXVI - - -Aquella a quien oímos primero junto a la empalizada de una huerta de la -Puebla de Arganzón, y acabamos de ver y oír ahora mismo al borde de una -sepultura, era una muchachuela bonita, de apariencia delicada y casi -infantil. Recordaba normalmente su fisonomía la de aquellas vírgenes -a quienes figuran los pintores tocando el laúd y a veces el violín en -los místicos conciertos del cielo, entre aperladas nubes que hacen -resaltar el oro de sus cabellos y la beatífica seriedad de sus labios -sin sonrisa, pues el arrobamiento y el canto las ponen graves como -doctores. Jenarita o Generosa, a pesar de su belleza virginal, tenía -en ocasiones un ceño algo sombrío y un modo de mirar que no indicaba -la diafanidad o, mejor, el perfecto equilibrio de espíritu de un ángel -celeste. Gravemente meditaba, y aunque su semblante era de esos que -en otros caracteres y en la misma edad están siempre mirando a todos -lados, aunque no vean más que el vuelo de las moscas, ella parecía -estar dispuesta a no ocuparse nunca de cosas pequeñas. Las moscas que -ella miraba no las veían los demás. - -La fisonomía engaña casi siempre, y bajo aquel semblante, que recordaba -a la espigadora Ruth o a la organista Cecilia, se escondía una -culebrita graciosa que halagaba enroscándose, un carácter vehemente -que a la edad de diecisiete años vivía atormentándose a sí mismo con -aspiraciones locas, con entusiasmos delirantes, con deseos no bien -definidos o que variaban a cada hora. El reptil a sí propio se mordía -por no haber encontrado todavía en quién cebarse, y con la cola se -azotaba la cabeza. Impresionable hasta un extremo casi inverosímil, lo -que a otras entristecía a ella la ponía furiosa; lo que a otras daba -gozo, infundía en aquesta una fiebre de júbilo que necesitaba un pesar -para calmarse. Sus sentimientos, siempre en lucha, se manifestaban de -improviso y de una manera torrencial y borrascosa. Cualquier accidente -externo, impresionándola como impresiona el rayo, podía hacerlos -cambiar en un instante. - -Sus ideas eran, sin embargo, exclusivas y fijas; ideas asimismo -oscuras y extravagantes sobre la vida y la sociedad, pero arraigadas -tenazmente. Tenía la terquedad de su abuelo, hombre de granito, una -especie de montaña humana, formada con los seculares yacimientos del -ideal de la autoridad, y que no podía henderse ni desmoronarse, ni -dejar de ser montaña. Carecía Generosa de la fácil ternura que parece -propia de una complexión delicada, y cuando este dulce sentimiento -aparecía en ella, era enteramente superficial y simulado. Finalmente, -no le faltaban dotes de inteligencia, siempre que no se tocase a las -preocupaciones o a las ideas que en su consistencia geológica eran base -de la familia. - -Todo esto lo veremos más adelante, porque esta hermosa bestiecita, esta -mujer linda y profunda, este hermoso vaso lleno de tempestades, y que, -conteniendo el océano, parece una redoma de peces, ocupará lugar muy -importante en las historias que van a leerse, y a las cuales sirve de -prefacio la siguiente. - -Sentados todos, y tendido el mantel, la cesta dio de sí todo lo que -tenía, y empezó la comida. - -—Es preciso sobreponerse a la tristeza que esos desagradables sucesos -hayan podido ocasionar a alguno de los presentes —dijo el viejo -Baraona, descuartizando la pava, mientras el capellán de las monjas de -Santa Brígida aplicaba su nariz a la boca de las botellas para ver si -era justa la fama de las bodegas del señor canónigo. - -—Basta de melancolías, Carlitos —indicó el secretario de la -Inquisición—. A lo hecho pecho, y cuando las cosas no tienen remedio... - -—Dejadle que se desahogue y llore la muerte del más insigne caballero -de este país —ordenó con énfasis Baraona, partiendo en lonjas la -lengua de vaca, sin dar ni por un momento reposo a la suya—, de aquel -modelo de patricios, de aquel hombre cuyos sanos principios en todo lo -relativo al gobierno de estos reinos, eran admiración y enseñanza de -cuantos le oían. - -—Grande y ejemplar varón ha perdido España, no puede dudarse —añadió, -elevando los ojos al cielo, el capellán de Santa Brígida, tranquilizado -ya respecto a los títulos de celebridad de las bodegas de su amigo—. Le -lloraremos toda la vida los que conocimos su caballerosidad y aquella -noble entereza de principios. - -—Su muerte —dijo Baraona llenando los platos de los demás— debe quedar -en la memoria de los buenos hijos de España como un recuerdo santo. -Ha sido el mártir de esta gloriosa fe del patriotismo cristiano, -del patriotismo cristiano, señores, entiéndase bien. Siempre habrá -distancia inconmesurable entre lo que yo llamo el _patriotismo -cristiano_ y esa gárrula palabrería de los que se llaman _patriotas_ en -Cádiz y en Madrid. - -—Los que nos llaman _serviles_, señor don Miguel —indicó el capellán. - -—Tan infame mote —afirmó Baraona frunciendo el ceño y apretando el -puño— será escrito con sangre en la frente de los que lo inventaron. -¿No es verdad, Carlitos? - -Carlos, profundamente abstraído, ni comía ni contestaba sino con -ligeras inclinaciones de cabeza. - -—¿Saben cómo les llamo yo? —dijo Baraona con violenta cólera y dando -fuerte golpe en la tierra con la botella que en su mano tenía—. ¡Pues -les llamo _negros_! - -—_Negros_ —repitió Jenara con súbito arranque de jovialidad que -contrastaba con su anterior tristeza—. Pues sea: beba usted, señor -capellán; beba, señor canónigo, y usted, señor secretario. - -Y tomando la botella de manos de su abuelo, a todos repartió porción -bastante a humedecer los secos paladares. - -—¿Y usted no bebe Generosita? - -—¿Yo?... una miaja... menos, mucho menos, señor capellán: con medio -dedo me basta —repuso la muchacha levantando el vaso, para impedir que -el capellán lo llenase todo, como quería. - -—Y aún me parece mucho —indicó Baraona—. A ver, Carlos, tu vaso. - -—Ahora —dijo la doncella con animado semblante— alcen ustedes los vasos -y beban a la salud de toda la gente _blanca_. - -Tan entusiasta proposición, dicha con arrebatadora voz, con gran -viveza en los ojos, con una sonrisa celestial que descubrió los -blancos dientecitos de la víbora entre el coral de sus frescos labios, -y acompañada de un gesto gracioso con brazo y mano derecha, produjo -mágico efecto entre los comensales. Gritaron todos, y una aclamación -recorrió aquellos campos de tristeza. - -—Las mujeres —dijo Baraona— tienen el don de expresar las ideas con -gracia incomparable y en forma que las hace inteligibles a todo el -mundo. A la salud de toda la gente _blanca_; a la salud de la patria -libre de franceses y de ideas francesas; a la salud de la religión -de nuestros padres, de nuestras santas y morigeradas costumbres, de -nuestra inmutable y siempre gloriosa España, que desafía a los siglos y -sobre la cual pasan y pasarán los _negros_ innovadores, como hojas de -otoño que se lleva el viento. - -—_Amén_ — murmuró el capellán. - -—El pobre Carlitos no come —dijo el canónigo—. No debe uno dejarse -dominar por el dolor. Hay que hacer un esfuerzo... Aquí donde me ven, -aunque parece que tengo apetito, no es verdad, y necesito vencerme y -luchar conmigo mismo para pasar cada bocado... Me ha ordenado el doctor -que coma, y aunque es para mí un suplicio, lo acepto, porque Dios manda -que se conserve la salud del cuerpo. - -—Vamos, otro esfuercito —dijo el capellán de monjas, poniendo un pedazo -de pechuga en el plato, ya dos veces vacío, del inapetente canónigo. - -—Carlos, hay que ser juicioso —indicó Baraona—. Jenara, te encargo que -no dejes morir de hambre a nuestro heroico guerrillero. - -Jenara empezó a poner en práctica el encargo, y Carlos dejábase seducir -poco a poco. - -—Yo me hago cargo de su tristeza —dijo el secretario de la Inquisición, -a quien los médicos no habían recomendado que hiciese esfuerzos para -comer—. El recuerdo del noble mártir que ha subido al cielo... - -—¡Oh, sí! —exclamó Baraona, acudiendo en auxilio del capellán de -monjas, que se había quedado ya sin pechuga y sin lengua—. La imagen -funesta no se apartará de su mente en mucho tiempo, y más vale que así -sea, señores, para que no pierda los bríos ni el indomable furor de -venganza que le impulsa a combatir... - -—¡Es verdad! - -—La muerte de nuestro valiente y caballeroso amigo —continuó el -anciano— me ha inspirado una idea que voy a comunicar a ustedes. - -A excepción del capellán de monjas, que hacía estudios anatómicos en el -esqueleto de la pava, todos los presentes dieron reposo a los dientes -para escuchar al respetable patriarca de las montañas alavesas. - -—En lo sucesivo, señores —dijo este con grave y profético tono—, y -atendidos los síntomas de discordia civil que presenta España por el -insolente jacobinismo de los _negros_, los buenos españoles debemos -adorar fervorosamente dos cruces. - -—¡Dos cruces! —exclamó Jenara. - -—¡Dos cruces, sí! La cruz religiosa, aquella en que Dios se dignó morir -para redimirnos del pecado, aquella que desde niños adoramos, aquella -que nos hicieron besar nuestras madres en la cuna, y además esta otra -cruz del sentimiento patrio, en la cual ha muerto nuestro buen amigo, -el incomparable, el santo entre los santos guerreros, don Fernando -Garrote, acompañado del buen cura de la Puebla. Esta cruz, que como -instrumento de ignominia han alzado los franceses, los renegados y los -traidores, será para nosotros, como la otra, lábaro sacrosanto que -llevará a la juventud a la gloria. Murió don Fernando en ella: clavole -un clavo la traición, otro la deslealtad, otro la herejía. Expiró -coronado con las espinas del democratismo, y pusiéronle el _Inri_ -de las ideas jacobinas, que, después de todo, son las ideas que han -traído aquí el escándalo y las que aceptaron los afrancesados y quieren -imponernos los llamados liberales... Señores, donde hay mártires, hay -religión; donde hay cruz, hay fe. Adoremos esa cruz; llevémosla en -nuestro corazón juntamente con la otra, de la cual es como un reflejo; -adorémoslas a las dos, pues las dos deben ser nuestro norte y nuestra -luz. ¡Religión! ¡Patria! —añadió con majestuoso, inspirado acento—. -¡Sois dos nombres, y, sin embargo, no sois más que una sola idea, una -idea inmutable, eterna, fija como el mundo, como Dios, del cual todo se -deriva! ¡Religión! ¡Patria!... ¡Sois dos luces espléndidas, cuyo fulgor -no puede apagarse, ni tampoco cambiar como las chispas de una fiesta -de pólvora! ¡Una y otra fe tenéis dogmas eminentes, que la arrogante -ciencia del hombre no puede variar: una y otra fe tenéis la inmutable -condición del pensamiento divino que os ha creado! Sois lo que sois, -y no podéis ser otra cosa. En vuestro sagrado catecismo la mano audaz -del filósofo no puede hacer la menor variación ni mudar una sola letra. -Sois como el firmamento inmenso, a donde no puede llegar la mano del -hombre para quitar o poner una sola estrella. - -—¡Bendito sea el insigne patriarca que tales cosas piensa y tales -maravillas dice! —exclamó con efusión de sensibilidad y entusiasmo -Carlos Garrote, besando las manos del viejo Baraona—. ¡Esas dos cruces -grabadas están en mi corazón, la una sobre la otra! Me preservaron -contra las armas de los traidores y de los vándalos, y me preservarán -contra toda clase de enemigos. - -El capellán de monjas, no pudiendo contener su entusiasmo, abrazó -tiernísimamente a Baraona, y el secretario de la Inquisición abrazó a -Garrote. Era una manifestación general de sentimientos patrióticos. - -—Carlos —dijo la niña al joven guerrillero cuando la borrasca de los -abrazos pasó—, en Vitoria nos dijeron que habías hecho cosas admirables -en la batalla de ayer. Cuéntanos algo de eso. - -—Sí, que nos cuente sus heroicidades. También he oído hablar de ellas -—indicó el canónigo. - -—Al instante... ¡fuera modestia! —exclamó Baraona. - -Por tan distintos ruegos apremiado, trató Carlos de vencer su amarga -tristeza, y cediendo principalmente a las súplicas de Jenara, que le -cautivaban el alma, empezó a contar varios sucesos del día anterior, -dando la preferencia a los que había presenciado, siendo actor en -ellos; pero al nombrarse a sí propio, lo hacía con gravedad y modestia, -no ensalzando sus acciones, sino antes bien rebajándolas para no -aparecer vanidoso. En la relación ponía gran arte, para que se revelara -su mérito sin dejar de ser modesto, y, siéndolo, su persona aparecía en -ellos rodeada de brillante aureola. - -Oíanle todos con atención profunda, y Jenara con arrobamiento. Fijos -sus ojos en el rostro del guerrillero, parecía que anhelaba leer en él -sus ideas antes que fueran expuestas por la palabra. El relato fue muy -largo, pero interesante y conmovedor, siendo muy del gusto de todos -los allí presentes, que no perdieron ni una sílaba. El único que no -se mostró excesivamente interesado por las glorias nacionales, fue el -capellán de monjas, que, cerrando los ojos con beatífica tranquilidad, -se quedó dormido. - -Concluida la narración, Baraona habló de retirarse a Vitoria; pero los -demás fueron de opinión que se durmiera la siesta al amparo de aquella -hermosa olmeda, y así lo hicieron los cuatro personajes, quedándose -en vela Jenara y Carlos. Largo tiempo transcurrió en conversación -muy íntima y cordial, en la cual hubo, al parecer, confidencias, -declaraciones, riñas, arrepentimientos, promesas, y qué sé yo... todos -los dulces amargores de un amoroso diálogo. Al fin despertaron los -durmientes, siendo el capellán de monjas el más pesado para volver -en su acuerdo. Caía la tarde, y empezaron a recoger todo; mas aún no -se habían levantado, cuando apareció ante ellos una señora de buena -presencia, vestida con heterogéneas ropas, de una manera tan singular -que más parecía tapada que vestida. Su semblante indicaba zozobra, -inanición y reciente llanto. Parecía persona de calidad, y al punto -comprendieron Baraona y sus amigos que era una víctima del día anterior. - -—Señores —dijo—, siendo españoles, deben de ser caritativos... - -—Así es, en efecto, señora —repuso Baraona. - -—Y siendo caritativos, ¿tendrán la bondad de darme algo de lo que de su -merienda les ha sobrado?... Soy una infeliz víctima del saqueo y rapiña -de anoche, a pesar de no ser afrancesada y encontrarme en el convoy por -casualidad... - -—Ello podrá ser cierto —dijo el secretario de la Inquisición con -malicia—, pero también podrá no serlo. - -—Por casualidad, sí... He sufrido el despojo sin culpa —continuó la -afligida dama, llorando—. Soy una persona principal que se ve en la -triste necesidad de pedir limosna para vivir. Allí, tras aquellas -cajas vacías, con las cuales hemos hecho una especie de barraca, está -mi esposo, alcalde de la ciudad de Bailén cuando la batalla, y mi -amadísimo hermano, seminarista hasta hace poco, y después guerrillero -en las guerrillas del _Fraile_, hasta que una enfermedad le obligó a -dirigirse a Francia... - -—Oh, señora —dijo el canónigo—, no es preciso que usted nos cuente la -historia completa de sus parientes. Persona principal y decente parece -usted. Deploramos la casualidad que motiva su desgracia. Caritativos -somos, y no restos de nuestra comida, sino algo entero que debe quedar -en la cesta le daremos... Jenarita, lléveselo usted. - -La dolorida, sin poder contener sus lágrimas, no cesaba de repetir: - -—Gracias, gracias, generoso señor. - -—Ya podía esta señora vestirse de otra manera —dijo sonriendo el -capellán al oído del canónigo—. ¿No es verdad que tal traje no es -propio para ponerse delante de eclesiásticos? - -Jenara se levantó para dar a la desconocida cuanto quedaba en la cesta. - -—Hija, ve con ella y mira si tienen necesidad de algo de ropa —dijo -Baraona—. Juraría que esa señora ha dicho verdad, y que no es -afrancesada, sino rancia española... Carlos, acompaña a mi hija. - -Indudablemente el guerrillero y Jenara deseaban cualquier pretexto para -apartarse y perder de vista por breve momento al abuelo y compañeros de -mesa. Disimulando su gozo, marcharon tras la desconocida; pero como no -tenían prisa de llegar donde ella iba, la dejaron ir delante y que se -alejase todo lo que quisiera. - - - - -XXVII - - -Principiaba a oscurecer. Viéndose solos, reanudaron su coloquio con -mayor vehemencia al pie de los olmos, siendo Jenara la que con más -calor se expresaba. Tomándose las manos, dejáronse ir vagabundos, -abandonados a la dulce corriente que de sus palabras y de sus -movimientos se derivaba. - -—Jenara de mi vida —decía el guerrillero cuando ya llevaban algunos -minutos de paseo, de conversación, de miradas tiernas y de apretones -de manos—, si es cierto lo que me dices, te perdono, y seré para ti lo -que siempre he sido: un esclavo. Día de luto es este para mí; pero si -algún consuelo debo recibir, consistirá en palabras de tu boca. Jenara -de mi corazón, mi vida y mi persona te pertenecen. Te adoro desde que -te conocí, y te idolatraré hasta la muerte. - -—Carlos —repuso la joven con ardor—, si no me crees lo que te he dicho, -me enojaré, me pondré enferma, me consumiré de tristeza, me moriré de -pesadumbre. Carlos, no lo dudes ni un momento. Si bajé aquella noche a -la empalizada de la huerta, fue porque confundí a Salvador contigo... -hizo la misma señal... No había dicho dos palabras el traidor, cuando -llegaste tú... ¿Lo crees, Carlos? Dime que lo crees, dime que no queda -en tu alma una chispa de recelo, y seré la mujer más feliz de la tierra. - -—Bien, Jenara —dijo Navarro—. Aunque no fuera verdad, debería creerlo. -¿Oíste lo que dijo tu abuelo cuando nos encontramos hace poco? Su deseo -era el mismo de mi desgraciado padre, y también el mismo que ha sido -por mucho tiempo y es hoy la más cara, la más dulce, la más risueña -ilusión de mi vida. Dime una palabra, y nuestro destino quedará fijado -para siempre, y la noble pasión de mi alma satisfecha, la elección -suprema de la vida santificada por un juramento leal ante las miradas -de Dios, que desde el cielo nos está mirando y nos bendice. Jenara, -¿quieres ser mi mujer? - -Contestó Jenara arrojándose en los brazos del guerrillero, que la -estrechó en ellos amorosamente. Casi en el mismo instante, ambos -jóvenes hicieron un movimiento de sorpresa y temor. Alguien les miraba: -frente a ellos, y a distancia como de cuatro varas, vieron una figura -delgada y sombría, un hombre completamente vestido de negro, con la -cabeza descubierta. Después de dar algunos pasos, se detuvo. Tras él -veíase una especie de choza formada por cajas vacías, y en el angosto -recinto, de tal manera formado, clareaba la llama de un hogar y se oían -voces. - -—Aquí es —dijo Navarro viendo la barraca—. Entra y da a esas pobres -gentes lo que les traes. - -Jenara, después de dar algunos pasos, lanzó un grito de espanto. - -—¡Navarro, Navarro, defiéndeme! —exclamó con angustiosa voz, corriendo -a arrojarse en los brazos del guerrillero, y dejando caer en el suelo -las viandas que llevaba. - -—¿Quién es, quién va? —dijo Navarro con turbación, en el breve momento -que tardó en conocer la sombría figura que tenía delante. - -—Defiéndeme —gritó Jenara dando diente con diente—. Ese hombre me -quiere matar. - -El aparecido no había hecho movimiento alguno. Llegose a él Navarro, -dejando atrás y a regular trecho a la atemorizada joven, y le observó -con calma. - -—¡Ah!... es Monsalud... poca cosa, poca cosa... No temas, Jenara... -Esto ni pincha ni corta... A fe que no esperaba verte, Salvador. Creí -que habías muerto. - -—Hubiera hecho muy mal en morirme —dijo Monsalud— sin cobrar una deuda -que tengo contigo. - -—¿Conmigo?... ¡ah, ya! —añadió Navarro flemáticamente—. Cuando -quieras... ¿Era para ti para quien pedía esa mujer, llamándote -seminarista y guerrillero del _Fraile_? - -—¿Qué dices? —preguntó Monsalud, ajeno a las jerarquías inventadas por -doña Pepita. - -—¡Que eres un farsante, un embustero! —exclamó Navarro perdiendo la -serenidad. - -—Sí: un embustero, un farsante —repitió Jenara alejándose más. - -—Pero observo aquí la mano de Dios —añadió Carlos con petulancia—. Con -tu disfraz y tu cambio de nombre te has ocultado de todo el ejército, -pero no te has ocultado de mí. - -—Es verdad —dijo Monsalud con enérgica ira—. Pues aquí me tienes. -Puedes delatarme, denunciarme, llevarme arrastrado por los cabellos -a donde tus salvajes amigos están haciendo cuentas por ver si algún -jurado se escapó de la carnicería de anoche. Yo me salvé; pero ahora -te proporciono ocasión de ganar un elogio, quizás un grado... Anda, -llévame; di que me has descubierto, que me has cogido, y quizás te den -un cigarro. - -—Si yo fuera tú, te delataría... —dijo Navarro dando un paso hacia -adelante—. Puedes vivir y engañar hasta dentro de un rato... Pero me -olvidaba de que te hemos traído de comer. - -Navarro, recogiendo del suelo lo que había caído, lo arrojó a los pies -de Monsalud, que no hizo ademán alguno, dando a entender que no recibía -limosna. - -—¿Hasta dentro de un rato? —dijo Salvador—. ¿Por qué no ahora mismo? - -Doña Pepita, atraída por las voces, presenciaba la singular escena sin -comprender una palabra; mas no se le ocultaba que allí había peligro -para Monsalud, y llegándose al otro, le dijo con amargura: - -—Señor militar, no delate usted a mi pobre hermano... No, ¿para qué -mentir? No es mi hermano, es mi amigo... Es un muchacho honrado y leal. -Ya que escapó, déjele usted vivir. - -Una figura macilenta y oscura se arrastraba a cuatro pies por el suelo, -semejándose por la oscuridad de la noche a un gran perro de Terranova. -Era el oidor, que recogía los restos de la comida. - -—¡Yo delatar! —exclamó Navarro—. Señora, esté usted tranquila. No -haremos ningún daño a su... - -—A su amigo —murmuró Jenara acercándose al grupo y clavando sus ojos -con ansiedad profunda en el semblante de la desconocida señora. - -—No le haremos ningún daño —añadió con ironía Navarro, tomando la mano -de Jenara, como para retirarse con ella—. Pero el amiguito se muere de -hambre y de miedo: cuídele usted. - -Volvieron la espalda Navarro y Jenara. Después de una breve disputa con -doña Pepita, Salvador se separó de esta para seguir a los prometidos -esposos. - -—Detengámonos —dijo Navarro a su presunta consorte—. Viene detrás, y -puede herirnos por la espalda. - -—¡Pero aquella mujer, aquella mujer! —exclamó Jenara apretando los -puños y temblando de ira—. ¿La viste? ¿Has oído insolencia igual? ¿Pues -no dijo que era su...? - -—Su cortejo... Salvador es muchacho de muy malas costumbres. - -—¡Qué vergüenza! —añadió Jenara con la exaltación propia de su carácter -en determinadas ocasiones—. ¡Oh! Navarro, no tienes alma... ¿Por qué no -abofeteaste a esa infame mujer? - -Baraona y los tres amigos, viendo la tardanza de los dos jóvenes, se -adelantaban a su encuentro. - -—Vamos, que es tarde. A prisa, niños... ¿qué habláis ahí...? ¡Como si -no tuvierais tiempo de charlar hasta que se os seque la lengua!... - -—A prisita, a prisita —dijo el capellán, arropándose con su manteo—. La -noche está fresca. - -—Ya se ve... Como ellos están en la flor de su edad y conservan todo el -calor de la vida... —murmuró el canónigo con cierta expresión envidiosa. - -Jenara y Navarro llegaron al fin. - -—¿Qué tienes, hijita? —dijo Baraona advirtiendo mucho trastorno en el -semblante de su nieta. - -—No es nada —replicó Carlos—. Hemos visto escenas muy lastimosas en -la barraca. ¡Cuánta desgracia y miseria en este triste campo, señor -Baraona! - -—Sí, lo comprendo; pero la guerra es guerra. - -—La guerra tiene que ser guerra, es claro —repitió el capellán. - -—Pues es claro: ¿qué ha de ser la guerra sino guerra? —murmuró el -canónigo. - -—Evidentemente la guerra es y será siempre guerra —añadió el secretario -de la Inquisición. - -—Al coche, pronto al coche. - -Un vehículo, del cual no se podía decir fijamente si era coche o -catedral, se acercó al sitio donde estaban los amigos. - -—Carlos, supongo que no podrás venir con nosotros —indicó Baraona, -subiendo penosamente con el auxilio de un criado. - -—En efecto, no puedo... - -—¡Ah! no había visto a esa persona que te acompaña: buenas noches, -señor.. —dijo don Miguel saludando a Monsalud, el cual, siguiendo a -Carlos, había quedado a cierta distancia. - -—Es un amigo a quien casualmente acabo de encontrar. - -—¡Ah!, muy señor mío... —dijo Baraona. - -—Por muchos años... —gruñó el capellán. - -—¡En marcha, en marcha! —exclamó el canónigo. - -—Hasta mañana —dijo Navarro a Jenara cuando subía y se internaba dentro -de la máquina—. Hasta mañana. - -Jenara miraba hacia fuera con estupor. - -—¿No me contestas? Te he dicho que hasta mañana —añadió Navarro -ofendido de la profunda abstracción de su futura esposa. - -—¡Si Dios quiere! —repuso al fin Jenara. - -Y el monumental coche partió arrastrado por poderosas mulas. - - - - -XXVIII - - -Ya estamos solos —dijo Navarro a Monsalud. - -—Ya estamos solos, y en lugar a propósito —repuso Salvador—. Podemos -alejarnos del camino. La noche está oscura... - -—¿Qué armas tienes? - -—Ninguna. Dame la que quieras. - -—Renegado —exclamó Navarro—, estamos en el campo del convoy. Aquí -dejaste tu vestido para ponerte el que llevas, aquí han de estar tus -armas. - -—Escondidas bajo tierra —repuso Salvador con desaliento—; pero si me -fuera en ello la vida, no sabría encontrar entre tanta confusión el -sitio donde las pusimos. - -—Salvador —gritó el guerrillero con ira—, si de esa manera piensas -evadirte de tu compromiso... - -—No me insultes, no eches más ignominia sobre mí —dijo Monsalud con -emoción profunda, y antes que colérico, conmovido y sin aliento—. Soy -un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Si no tienes lástima -de mí, guárdame al menos la consideración que merece el infortunio... -¿Me aborreces? ¿Te estorbo? ¿Te soy odioso? ¿Te molesta que viva? ¿Te -mortifica que respire el aire que Dios hizo para todos? Pues delátame, -denúnciame... Marcha delante y te seguiré. - -—¡Qué miserable cobardía! —exclamó Navarro, acompañando sus palabras -de un enérgico gesto—. Si tienes miedo, si quieres renunciar a tu -compromiso, dilo, y no me llames delator. - -—Vamos a donde quieras —murmuró Monsalud dando algunos pasos—. Nada te -costará buscarme el arma que más te guste. - -—Vamos —repitió Garrote. - -Ambos dieron algunos pasos: Navarro, decidido, impetuoso, resuelto; -Salvador, indolente, desmayado... Pasaban junto a un árbol próximo a -la cerca del camino, cuando el infeliz renegado apoyó sus brazos en el -tronco y echó la cabeza hacia atrás, diciendo: - -—No puedo más... me muero... - -Sus piernas se aflojaron y cayó de rodillas. Ni la energía de su alma, -ni la emoción que en aquel momento sentía, ni la presencia de su -enemigo, que renovaba en él odios implacables, podían vencer el desmayo -de su cuerpo, en el cual apenas había entrado algún mezquino alimento -durante cuarenta y ocho horas. - -—¿Qué mimos son esos? —preguntó Navarro. - -—Me muero... —murmuró Salvador—. Si tienes prisa y quieres acabar -pronto, saca tu espada y atraviésame. No puedo vivir; no tengo ánimo -para defenderme. - -La extremada palidez y extenuación del desgraciado joven no se -ocultaron a su enemigo. Navarro comprendió cuán indigno sería provocar -a duelo a un moribundo. Compasivo y generoso, acercose al joven, y -echándole ambos brazos al cuerpo, le levantó. - -—Vamos, no has comido hoy —dijo—. Debí empezar por lo primero... mas -para todo hay tiempo. Ven conmigo. - -Monsalud se dejó levantar y conducir maquinalmente, apoyado en el brazo -de su rival. Así anduvieron largo trecho, despaciosamente y sin hablar -palabra. Parecían dos tiernos amigos, dos cariñosos hermanos, de los -cuales el fuerte sostenía y amparaba al débil. Nadie al verlos hubiera -dicho que entre ellos y en torno a ellos, envolviendo sus hermosas -cabezas con fúnebre celaje, flotaba el fantasma horroroso de la guerra -civil. Caía la frente del uno sobre el pecho del otro, se enlazaban -sus manos, se confundían sus alientos; pero no había ni la más mínima -porción de afecto en aquel abrazo de muerte. Quizás el aborrecimiento -mismo impulsaba al fuerte a ser generoso; quizás la propia causa -impulsaba al débil a ser condescendiente. - -Llegaron a una gran barraca, improvisada con cajas y lienzos, de la -cual salía humo, mucha bulla, y un olor fuertísimo a aceite frito y a -guisotes de campaña. Los dos jóvenes entraron. Soldados y guerrilleros -bebían y comían allí, sin dar reposo a la lengua un solo momento. -Entraban o salían atropelladamente, trayendo y llevando víveres y -pellejos de vino. - -Monsalud se dejó caer en el suelo, mientras Navarro decía, dirigiéndose -a uno de los más alborotadores: - -—Roque, da de comer y de beber a este amigo. - -Fijáronse todos en la abatida persona de Monsalud, que parecía -moribundo. - -—¿Es jurado? —preguntó uno. - -—Es un hermano del cura de Nájera; es mi amigo —repuso Navarro—. Iba a -Francia, cuando tropezó con el convoy y me le dejaron como le veis... -¡Eh, señor Soldevilla! —añadió sacudiéndole a Salvador por el brazo—, -ahora se pondrá usted como nuevo... Désele primero un buen vaso de vino. - -—Mejor es un par de tajadas... —indicó un guerrillero que era riojano y -conocía al señor cura de Nájera—. ¡Por vida de...! Conozco a todos los -Soldevillas de Nájera y de Cameros, y juro que esa cara no es de ningún -Soldevilla de aquella tierra... Como que yo conozco esa cara. - -—Y yo también —añadió otro del mismo estambre. - -—Y yo. - -—Despachaos, pedazos de plomo —gritó Navarro, sentándose resueltamente -al lado de su enemigo, con objeto de evitar cualquier ofensa que -pudiera hacérsele... - -Para disipar las sospechas de sus camaradas o hacerles entender que -estaba decidido a defender al infeliz jurado, entabló con él familiar -diálogo en esta forma: - -—Eso pasará pronto, amigo Soldevilla. Buena suerte fue para usted -tropezar conmigo, que le asistiré en cuanto sea menester, y le -protegeré, aun a riesgo de mi vida, contra todo aquel que intentara -hacerle daño. - -—Gracias, muchas gracias —dijo Monsalud, bebiendo con febril ansiedad -en una taza que le presentaron. - -—Tengo que comunicar a usted una triste noticia, y es que mi excelente -padre, el señor don Fernando Navarro, amigo de su familia de usted, ha -sido asesinado por los infames renegados. - -—¡Asesinado! —repitió sordamente Monsalud, engullendo el pan y las -magras que le dieron—. ¡Infeliz suerte!... Quizás no moriría de esa -manera. - -—Sí; pero los viles que pusieron la mano en aquel hombre insigne no -vivirán mucho tiempo —dijo sofocadamente Navarro ofreciendo a Monsalud -un vaso de vino—. Revolveré la tierra por encontrarlos, y uno a uno -caerán en mis manos, de las cuales pasarán al infierno. - -—¡Al infierno! —balbució Monsalud—; gracias, gracias, señor Navarro; -voy recobrando la vida. ¡Ah!, pero ahora recuerdo... oí hablar de -usted... Sí; antes que cayésemos en poder de los ingleses trabé -conversación con un joven jurado. Díjome que el señor don Fernando se -había dado a sí mismo la muerte por no caer en manos de la vil canalla, -que, después de sacrificar ignominiosamente a cierto clérigo, quería -martirizarle a él de la misma manera. - -—También me lo han dicho así. - -—Y el joven que me habló de este asunto, amigo Navarro, añadió que él -mismo, después de prestar varios servicios al desgraciado don Fernando, -le había suministrado el medio de eximirse, por un acto enérgico, de la -bochornosa muerte que le tenían preparada. Dijo también que el ilustre -señor, vencido de la extenuación y del pánico, perdió en sus últimos -momentos el juicio, cayendo en singulares locuras y manías. - -—Tantos detalles no habían llegado a mi noticia —dijo el guerrillero—; -y en cuanto a las palabras de ese renegado que con usted habló, no les -doy fe. - -—¿Por qué? - -—Porque no. - -—Es uno que dijo llamarse... ¿a ver cómo? ¡Ah! Salvador no sé cuántos. - -—Me lo figuraba... —contestó Navarro con diabólica risa—. Uno de los -que busco... y de los que no se me escaparán, a fe mía... Es un reptil -que ha querido morderme y que he de aplastar sin remedio. Traidor -renegado, ha hecho migas con los franceses, y es uno de los más crueles -sayones que tiene la canalla para atemorizar a las gentes inofensivas -de este país. Embrollón, embustero, farsante y lleno de fatuidad, -atreviose a poner sus ojos en un ángel del cielo a quien idolatro, y -que no puede ser sino para mí... ¡Oh! nuestra rivalidad es ya un poco -antigua... pero se ha recrudecido recientemente, señor Soldevilla de mi -alma, desde que ese miserable ratoncillo, que no merece roer la suela -de mis zapatos, se ha atrevido a manchar la buena fama de la mujer que -adoro, engañándola con miserables artes, y obteniendo de ella ciertos -favores por el más vil y repugnante medio... Tome usted más carne, -señor Soldevilla —añadió presentándosela—; tal vez necesite recobrar -todas sus fuerzas para esta noche... Pues sí, como decía, empleando -infames medios... - -—Gracias, gracias, señor Navarro —dijo Salvador rechazando la carne—. -Debe de ser un gran tunante ese joven. - -—Como que para hablar con Jenara y arrancarle algún honesto favor, -remedaba mi persona y mi voz en la oscuridad de la noche... - -—No quiero nada más —dijo Monsalud secamente—. Me encuentro bien. - -—Poco ha comido usted... - -—Lo necesario para afrontar cualquier peligro. - -—Pues sí, amigo Soldevilla —añadió Navarro—, perdone usted que me haya -exaltado al oírle nombrar persona tan aborrecida para mí. He jurado -matarle, matarle sin piedad, y me parece que mientras él viva me está -robando con su aliento la existencia que Dios me dio para vivir y el -aire para respirar. - -Sacudido por viva excitación nerviosa, Monsalud se levantó del suelo en -que yacía. - -—¡Oh!, no se levante usted... descanse usted más, señor Soldevilla -—dijo Navarro con ironía semejante a la del diablo cuando sonríe a -las almas en el momento de cargar con ellas—. Tome usted fuerzas, -amigo mío, que quizás las necesite pronto, sí, muy pronto... Si quiere -usted dormir, duerma sin cuidado; y por si tuviese recelo de que mis -compañeros le hagan algún daño, esté tranquilo, que no me moveré de su -lado hasta que abra los ojos. - -—No quiero dormir —repuso Salvador poniéndose en pie—. Agradezco a -usted lo que ha hecho por mí... Y ahora que recuerdo, cuando ese -jurado, que antes mencionó, hablaba del trágico fin del señor don -Fernando Garrote y de su funesta locura, hacíalo con tanta compasión, -que parecía haberse interesado vivamente por él. - -—¡Buen caso haría yo de las hipócritas palabras de ese necio! —dijo -Navarro sin disimular su ira—. ¡Oh!, solo el oír en su boca el sagrado -nombre de mi padre, me parece un insulto... A ver, señor Soldevilla -—añadió tomando el sable de un guerrillero que dormía—, ¿qué le parece -a usted este sable? - -—Magnífico —respondió el jurado, pasando el dedo por el filo y apoyando -la punta en el suelo para probar la flexibilidad de la hoja. - -—Si no recuerdo mal, me rogó usted que le proporcionase un sable. -Quédese, pues, con el que tiene en la mano. Este borracho de Roque es -de mi compañía, y mañana me entenderé con él. - -—¡Gracias, gracias! —dijo Monsalud con extraordinaria animación. -¡Cuántos favores debo a usted! - -—¿No duerme un ratito? - -—No. - -—Es verdad. Tiempo tiene usted de dormir —dijo Navarro levantándose—. -Sí; de dormir mucho, muchísimo. - -Casi todos los guerrilleros que antes había en la barraca, o habían -salido a tocar la guitarra sobre el campo, o dormían como troncos. -Monsalud y Navarro salieron. Cuando se hallaban a buen trecho de la -tienda, el renegado dijo a su enemigo: - -—¡Navarro, Navarro!... Dios que nos mira sabe que no te tengo miedo... -Acabas de hacerme un beneficio; mi corazón se oprime al pensar que -puedo darte la muerte... Aguarda, por Dios, a que te ofenda de nuevo; -aguarda a que esta gratitud se disipe... Te aborrezco; pero un secreto -respeto enfría mis rencores cuando pienso que vamos a batirnos. A pesar -de los horribles insultos que hace poco me has dirigido, te ruego que -esperes, que esperes hasta mañana siquiera. Creo que debemos esperar. - -—Adelante —repuso Navarro con enérgico acento—. No tienes que -agradecerme nada. No te he perdonado, no te perdonaré, si no me -confiesas que fingiste mi persona y mi voz para engañar o Jenara. - -—¡No lo confesaré porque es mentira! —exclamó Salvador lleno de ira. - -—¡Pues te mataré porque es verdad! —rugió Navarro—. Miserable, ¿piensas -que el hombre que ha hablado a solas con esa mujer puede insultarme -respirando el aire que yo respiro y viendo la luz que yo veo? - -—No una, sino muchas veces he hablado con ella —dijo Salvador. - -—¡Mientes, bellaco! —gritó Navarro abalanzándose hacia él con el sable -desnudo—. Defiéndete, hijo de nadie, miserable espúreo. - -Monsalud sintió que por sus venas corría fuego, que su cerebro era un -volcán. Ciego, loco de ira, se puso en guardia, gritando: - -—Defiéndete, salvaje. Mátame; pero antes de hacerlo, sabe que eres un -bandido, y tu Jenara una vil mujerzuela. - -—Canalla, toma el camino del infierno... ¡Corre..., anda..., allá vas! - -No hablaron ni una palabra más; los aceros chocaron. - -Estaban en un sitio solitario, y la noche era oscurísima. Durante breve -rato las dos hojas de acero se rozaban con discorde sonido. De pronto -Carlos dio un grito terrible; inundado de sangre, cayó al suelo. - -—¡Dios mío!... ¡Muero!... —exclamó con un rugido, en el cual parecía -que echaba el alma. - -Y luego, con voz expirante, añadió: - -—¡Padre!... - -Monsalud hincó una rodilla en tierra y le miró el rostro, sin advertir -que algunos hombres se acercaban. - - -FIN DE «EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ» - - -Madrid.—Junio-julio de 1875. - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/69578-0.zip b/old/69578-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 914367f..0000000 --- a/old/69578-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/69578-h.zip b/old/69578-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 8e72274..0000000 --- a/old/69578-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/69578-h/69578-h.htm b/old/69578-h/69578-h.htm deleted file mode 100644 index 26931fe..0000000 --- a/old/69578-h/69578-h.htm +++ /dev/null @@ -1,8336 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html> -<html lang="es"> -<head> - <meta charset="UTF-8"> - <title> - El equipaje del rey José, by Benito Pérez Galdós—A Project Gutenberg eBook - </title> - <link rel="icon" href="images/cover.jpg" type="image/x-cover"> - <style> - -.formato { margin: 0 auto; 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you -are not located in the United States, you will have to check the laws of the -country where you are located before using this eBook. -</div> -</div> - -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>El equipaje del rey José</span></p> -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: December 19, 2022 [eBook #69578]</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p> - <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries.)</p> -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ</span> ***</div> - -<div class="front"> - <hr class="full"> - <p class="rol">Índice:</p> - <p class="txt"> - <a href="#Ch1">I</a>, - <a href="#Ch2">II</a>, - <a href="#Ch3">III</a>, - <a href="#Ch4">IV</a>, - <a href="#Ch5">V</a>, - <a href="#Ch6">VI</a>, - <a href="#Ch7">VII</a>, - <a href="#Ch8">VIII</a>, - <a href="#Ch9">IX</a>, - <a href="#Ch10">X</a>, - <a href="#Ch11">XI</a>, - <a href="#Ch12">XII</a>, - <a href="#Ch13">XIII</a>, - <a href="#Ch14">XIV</a>, - <a href="#Ch15">XV</a>, - <a href="#Ch16">XVI</a>, - <a href="#Ch17">XVII</a>, - <a href="#Ch18">XVIII</a>, - <a href="#Ch19">XIX</a>, - <a href="#Ch20">XX</a>, - <a href="#Ch21">XXI</a>, - <a href="#Ch22">XXII</a>, - <a href="#Ch23">XXIII</a>, - <a href="#Ch24">XXIV</a>, - <a href="#Ch25">XXV</a>, - <a href="#Ch26">XXVI</a>, - <a href="#Ch27">XXVII</a>, - <a href="#Ch28">XXVIII</a>. - </p> - <h1 class="faux">El equipaje del rey José</h1> -</div> - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> - - <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> - - <li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos - ortotipográficos.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap"> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 26em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro"> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap"> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <p class="lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <hr class="tir"> - <p class="fs130 lh150 ws1">EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ</p> - <hr class="chap"> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda - hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que - no lleven el sello del autor.</p> - </div> - - <div class="mt4"> - <hr class="fil"> - <p class="centra smaller">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p> - </div> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> - <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <p class="lh150 ws1">SEGUNDA SERIE</p> - <hr class="fil"> - - <p class="fs175 lh150 g1 ws1 mt1">EL EQUIPAJE</p> - <p class="fs75 lh150 mt1">DEL</p> - <p class="fs300 lh150 g1">REY JOSÉ</p> - - <hr class="tir"> - <p class="fs110 negr g1 ws1 mt15">39.000</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - style="width: 6em; height: auto;" - alt="Logotipo del editor"> - </div> - - <p class="fs110 lh150 g1 mt2">MADRID</p> - <p class="smaller lh150 ws1">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p> - <p class="smaller lh150 g0 ws1">Calle del Arenal, núm. 11.</p> - <p class="negr">—</p> - <p class="lh150 negr g0">1908</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <p class="centra ws1 fs130">EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ</p> - <hr class="tir"> - <h2 class="nobreak">I</h2> -</div> - -<p>El 17 de marzo de 1813 salieron de Palacio algunos coches, seguidos -de numerosa escolta, y bajando por Caballerizas a la Puerta de San -Vicente, tomaron el camino de la Puerta de Hierro.</p> - -<p>—Su Majestad intrusa va al Pardo —dijo don Lino Paniagua en uno de -los corrillos que se formaron al pasar los carruajes y la tropa.</p> - -<p>—Todavía no es el tiempo de la bellota, señores —repuso otro, que -se preciaba de no abrir la boca sin regalar al mundo alguna frutecilla -picante y sabrosa del árbol de su ingenio.</p> - -<p>—Su Majestad se ha convencido de que no engordará en España, y por -ese camino adelante no parará hasta Francia —indicó un tercero, hombre -forzudo y ordinario que respondía al nombre de Mauro Requejo.</p> - -<p>—¡A Francia! Todas las mañanas nos saluda la gente con el estribillo -de que se marchan los<span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span> -franceses aburridos y cansados, y por las noches nos acostamos con -la certidumbre de que los franceses no se aburren, ni se cansan, ni -tampoco se van.</p> - -<p>—Tiene razón el señor don Lino Paniagua —declaró otro personaje -que se distinguía de los demás del grupo por el deslumbrante verdor -de sus anteojos y un extraño modo de reír, más propiamente comparable -a visajes de cuadrúmano que a muecas de racional—. ¡Tiene razón! Hace -cinco años no se oye más que esto: «Se van sin remedio; ya no pueden -sostenerse ni un día más: el <i>lord</i> dará buena cuenta de todos -ellos dentro del mes que viene...» Y así corren los meses y los años: -la gente muere, el pan sube, los pleitos merman, el dinero se acaba, -y los franceses no se van sino para volver. Cuatro veces hemos visto -salir al señor Pepe, y cuatro veces le hemos visto entrar con más -bríos. ¿Se acuerdan ustedes de la batalla de Bailén? Pues todos decían: -«Gracias a Dios que se acabó esto. No ha quedado un francés para -simiente de rábanos.» ¡Ay! no pasaron muchos meses sin que les viéramos -otra vez mandados por el Emperador en persona. Al cabo de cinco años -se ha repetido la fiesta. Diose una batalla en Salamanca y aquí de -mis bocas de oro. «¡Ya se acabó todo!... ¡Gracias a Dios!... Viva el -<i>lord</i>...» Los franceses salen por un lado y los ingleses entran -por otro... Pero esto parece escenario de un teatro: el <i>lord</i> se -va por la derecha, y José se nos cuela por la izquierda... Señores, no -puedo olvidar las acotaciones de las comedias, que dicen <i>hace que -se va y se<span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> queda</i>... -A mí, que soy perro viejo y tengo sobre mi alma cristiana cuatro dedos -de enjundia de marrullería, no se me emboba con estas entradas y -salidas.</p> - -<p>—El señor licenciado Lobo —dijo don Narciso Pluma, que a la sazón se -aproximó— se halla tan bien en su escribanía de cámara que no quisiera -le molestase el ruido de las tropas, ni el estrépito de la guerra. Al -fin y al cabo, los destinos dados por Murat no han de ser eternos.</p> - -<p>—Ya os veo venir, embrollones; os entiendo, farsantes; os conozco, -trapisondistas —repuso Lobo disimulando su enojo—. ¿Quieren hacerme -pasar por afrancesado?... Parece que corren vientos anglicanos y -wellingtonianos...</p> - -<p>—Puede ser.</p> - -<p>—Señores, demos una vuelta por los Pozos de Nieve a ver si clarean -las casacas rojas del lado de Fuencarral y Alcobendas.</p> - -<p>—¿Por qué no? El ejército aliado parece que viene hacia acá. Pero -en suma, señores, ¿a dónde va esta gente? ¿Qué tinajas atraen con su -olorcillo a nuestro intruso mosquito?</p> - -<p>—Yo digo que no pasa del Pardo.</p> - -<p>—Y yo que antes dejará de catarlo que quitarse el polvo de las botas -mientras no llegue a la raya de Francia.</p> - -<p>—Por allí viene el reverendo Salmón que nos dirá la verdad, pues -este fraile de la Merced gusta de cucharetear con todo el mundo, y aquí -cojo un vocablo, allá pesco una sílaba, ello es que todo lo sabe.</p> - -<p>—Bien venido sea el Padre Salmón —dijo<span class="pagenum" -id="Page_8">p. 8</span> Requejo adelantándose a saludar al venerable -mercenario que en la noble compañía del marqués de Porreño tornaba de -la Virgen del Puerto.</p> - -<p>—¿Y qué nuevas tienen ustedes, señores míos? —preguntó el buen -fraile limpiando el sudor de su rostro, pues según se fatigaba al subir -la empinada cuesta de San Vicente, parecía que se dejaba la mitad de -sus rollizas carnes en el camino.</p> - -<p>—Como Vuestra Paternidad no nos diga algo...</p> - -<p>—El aparato de fuerza que lleva el rey, y la muchedumbre de coches -en que le acompaña su servidumbre francesa y española —dijo con -gravedad el marqués de Porreño— prueban que el viaje será largo.</p> - -<p>—Estamos a 17 de marzo... Pasado mañana son los días de don Pepito -—indicó el fraile frotándose las manos—. Quiere celebrarlo en el -Escorial.</p> - -<p>—¿En marzo? Eso es hablar en mojigato —dijo Pluma señalando con -picaresca malignidad a un anciano astroso y taciturno que hasta -entonces no había desplegado sus sibilíticos labios—. El señor Canencia -que está presente le enseñará a usted a hablar en jacobino. No se dice -marzo, sino <i>Ventoso</i>, víspera de <i>Germinal</i> y antevíspera de -<i>Floreal</i>.</p> - -<p>Todos se rieron a costa del abatido don Bartolomé Canencia, que -habló de esta manera:</p> - -<p>—En mi escuela se atiende a los hechos, no a las palabras: -<i>factis, non verbis</i>.</p> - -<p>—Estamos en marzo —afirmó Lobo—; pero<span class="pagenum" -id="Page_9">p. 9</span> ahora nos ocupamos de nuestro rey postizo, y ya -se sabe que ese está siempre en <i>Vendimiario</i>.</p> - -<p>—Veo que será preciso buscar las noticias en otra parte —dijo con -impaciencia Paniagua—. El Padre Salmón no está hoy de vena para contar, -y don Bartolomé Canencia, que conoce todos los pasos de los franceses -como los saltos de las pulgas dentro de su camisa, no nos quiere decir -nada, sin duda por no vender a sus amigos.</p> - -<p>—¡Mis amigos, los franceses! —exclamó Canencia turbándose como -jovenzuelo tímido, a quien se descubre un secreto amoroso—. ¿Soy -acaso hombre que se entusiasma con las victorias militares de Juan y -de Pedro? ¡Batallas! ¡Ejércitos! ¡Napoleón! ¡Lord Wellington! ¡Qué -basura! Soy partidario del género humano, señores. Odio las guerras, -destructoras de la <i>convención</i> social, y aguardo el día de la -independencia de los pueblos. Sé que me calumnian; sé que algunos se -atreven a sostener que estuve en Salamanca en una sociedad masónica... -¿Por ventura estas mis venerables canas y esta entereza filosófica -que debo a mis estudios son a propósito para degradarse en logias y -aquelarres...? Pero basta que me hayan dado ese miserable destinillo -en la contaduría del Noveno para que se me crea ligado en cuerpo y -alma a los Bonapartes, señores; a los hijos de doña Leticia, que hoy -dominan el mundo con la espada... ¡Como si la espada fuera otra cosa -que un pedazo de acero, una herramienta brutal, una lanceta inerte y -punzante<span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> que solo sirve -para sangrar a los pueblos!... Y entre tanto las ideas... Volved los -ojos a todos lados y decidme: ¿dónde están las ideas?</p> - -<p>Las risas impidieron a Canencia seguir adelante en su comenzado -discurso. Salmón le quitó la palabra de la boca, para decir:</p> - -<p>—Mala pascua me dé Dios y sea la primera que viniere. Si a este don -Bartolomé no le cambian pronto su plaza de la contaduría del Noveno por -una jaulita en el Nuncio de Toledo... En suma, nada nos ha dicho del -viaje del rey. Lo que yo aseguro es que ayer nada se sabía en Palacio -de tal viaje...</p> - -<p>—Por allí viene quien nos ha de sacar de dudas —dijo Pluma señalando -hacia Caballerizas.</p> - -<p>Todos los del corrillo fijaron la atención en un joven bien -parecido, de rostro alegre y franco que precipitadamente bajaba en -dirección a San Gil. Vestía el uniforme de la guardia española creada -por José en enero de 1809, y a la cual pertenecían buen número de -compatriotas nuestros con todos o casi todos los suizos y walones de -los antiguos cuerpos extranjeros.</p> - -<p>—¡Eh, Salvadorcillo Monsalud, Salvadorcillo Monsalud! —gritó el -licenciado Lobo, llamando al mozo del uniforme.</p> - -<p>—Es sobrino de Andrés Monsalud, el que apalearon en Salamanca -—indicó con malicia Requejo—. El señor Canencia puede dar noticia de la -batalla de los Arapiles y de los palos de Babilafuente.</p> - -<p>—Señores patriotas, buenos días —dijo el<span class="pagenum" -id="Page_11">p. 11</span> joven guardia acercándose al corrillo y -saludando a todos con festivo semblante.</p> - -<p>—¿Qué ocurre, discreto amigo aunque jurado? —le preguntó Salmón -posando su mano en el hombro del mancebo—. ¿A dónde va por esos caminos -el Emperador de las Tinajas?</p> - -<p>—A Valladolid —repuso el militar.</p> - -<p>—¡A Valladolid! —exclamaron todos—. ¡Ya lo presumía yo!</p> - -<p>—Por allí están la Nava, Rueda, la Seca, Mojados y demás cepas...</p> - -<p>—¿Conque a Valladolid?</p> - -<p>—No faltarán batallas... —indicó el joven con énfasis—. Napoleón ha -mandado un propio a su hermano, diciéndole que salga a campaña.</p> - -<p>—¿Un recadito?</p> - -<p>—Y nosotros salimos también... Y con nosotros los ministros, y con -los ministros los empleados, y con los empleados...</p> - -<p>—Con los empleados los empleos —añadió Lobo—. Eso será bueno.</p> - -<p>—En Palacio están empaquetando a toda prisa cuadros y alhajas -—prosiguió Salvador con alborozo y orgullo, propios de la juventud al -verse portador de nuevas estupendas—. Ayer embaulamos juntamente con -la batería de cocina una tabla pintorreada que llaman el <i>Pasmo de -Sicilia</i>... Nos llevamos hasta los clavos... Dentro de pocos días -se van a embargar todos los coches y carros de la villa, y aún no -bastará.</p> - -<p>—¡Todos los carros! Pero esta gente nos va a dejar sin un alfiler -para atrabarnos las chorreras.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>—¿Acaso vinieron -a otra cosa? Pues qué —afirmó Salmón—, ¿cree usted que esa gente ha -sabido lo que es pan antes de venir a España?</p> - -<p>—Y ahora, señores —dijo el militarejo—, harán ustedes bien en -marcharse cada uno a su casa de dos en dos, porque la policía no gusta -de ver grupos en los alrededores de Palacio.</p> - -<p>Esta advertencia produjo rápidos efectos: deshízose el grupo, y por -parejas se alejaron en direcciones diversas los esclarecidos sujetos, -marchando cuál a su oficina, cuál a su tienda, este a la escribanía, -aquel al convento, quién a la tertulia de la botica, quién a los -estrados de las damas y a las reuniones de la gente tónica, afanosos -todos de transmitir las noticias recibidas, que de calle en calle, y de -sala en sala, y de boca en boca iban desfigurándose y abultándose hasta -el punto de que no las conocería el mismo que las lanzó a los vaivenes -y agitaciones del mundo.</p> - -<p>¡Y entonces no había periódicos!</p> - -<p class="mt2">José Bonaparte había salido, en efecto, para Valladolid, -obedeciendo a su amo y hermano que le mandaba ponerse al frente del -ejército, mientras él, no escarmentado con la desastrosa campaña de la -Moscowa, se disponía a emprender otra nueva en Alemania contra la sexta -coalición.</p> - -<p>Cuando el coche, pasado el arco de San Vicente, torció a la derecha -en dirección a la Puerta de Hierro, Su Majestad, que hablaba con el -general Jourdan, dejó a este con la palabra<span class="pagenum" -id="Page_13">p. 13</span> en suspenso, y se asomó por la portezuela -para contemplar el Real Palacio que quedaba detrás, sentado en los -bordes de la Villa, con un pie arriba y otro abajo, destacando su -enorme cuerpo blanco sobre las rampas de ladrillo que le sirven de -trono y sobre la verdura de los árboles que le sirven de alfombra, -José Bonaparte dirigió al edificio una mirada en la cual difícilmente -podrían conocerse los sentimientos de su corazón. Aquel abandonado -albergue que veía Su Majestad tras sí, ¿era una mansión risueña, de la -cual no podía alejarse sin pena, o, por el contrario, cueva horrorosa -en cuyo recinto no había sino cautiverio y tristeza? ¿Era grata al -intruso la idea del regreso, o se complacía su ánimo con el pensamiento -de perder de vista para siempre la enorme casa blanca, las rojas -murallas, el rastrero jardín, entre cuyo follaje levanta su abollada -techumbre la ermita de la Virgen del Puerto?...</p> - -<p>Napoleón el Chico, después del triste mirar, recostose taciturno en -el fondo del coche; mas no oyeron sus cortesanos ningún suspiro como -el que en parecido caso regaló a la historia Boabdil el de Granada. -Reanudose la conversación entre José y el mariscal Jourdan. Madrid y -su Palacio, y su polvo, y su claro cielo, y su aire sutil no fueron ya -para el hermano de Bonaparte más que un recuerdo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span></p> - <h2 class="nobreak g0">II</h2> -</div> - -<p>Salvadorcillo Monsalud era un joven de veintiún años, de estatura -mediana y cuerpo airoso y flexible. Su rostro moreno asemejábase -un poco al semblante convencional con que los pintores representan -la interesante persona de San Juan Evangelista, barbilampiño y un -poco calenturiento, con singular expresión de ansiedad inmensa o de -aspiración insaciable en los grandes ojos negros. Grave seriedad -sentimental se desprendía de su persona, de su voz y de su porte; -cautivaba a todos por su cortesía, y a las muchachas por su agraciada -delicadeza no adquirida con la educación, pues había nacido en cuna muy -humilde. Era como el Evangelista, algo tímido y muy circunspecto, lo -cual no resultaba útil en este siglo, ni aun cuando principiaba. Con -su traje de guardia española, Monsalud estaba muy gallardo, pero sin -aquel espantable continente marcial que caracteriza a los militares de -afición: era su figura la de un soldado en yema o campeón verde que -aún no se había endurecido al sol de los combates, ni acorazado con la -fanfarrona soberbia de una larga vida de cuarteles.</p> - -<p>Este joven tenía por tío a Andrés Monsalud, que vivía en la Cava -Baja, y por amigo íntimo<span class="pagenum" id="Page_15">p. -15</span> y confidente a un compatriota llamado Juan Bragas, que con -él viniera poco antes de la Puebla de Arganzón a buscar fortuna. Había -emigrado Salvador por razones que se conocerán en el transcurso de esta -historia, y que no eran ciertamente alegres. Indeciso primero sobre la -carrera a que debía dedicarse, y no sintiéndose con vocación para el -comercio ni para la curia ni para la Iglesia, entrose de rondón por la -puerta del militarismo, ancha y abierta siempre, y que tiene la ventaja -sobre las demás puertas, incluso la Otomana, de llevar rápidamente a -todas partes. Diérale su buena madre al partir una cantidad que podía -parecer considerable en el condado de Treviño, pero que en Madrid era -de esas que se disuelven pronto en la inmensidad de la vida, como grano -de sal en tinaja de agua. Viéndose, pues, el joven sin nada blanco ni -amarillo en sus arcas, y no teniendo más tesoro que los sabios consejos -de su insigne tío don Andrés Monsalud, resolvió aprovecharse de este -caudal, que a todas horas se le vertía en los oídos, ya en forma de -reprimenda, ya con color de amonestación. No por entusiasmo, no por -falta de patriotismo, no por bélico ardor, sino por necesidad, entró -Salvador en uno de los regimientos españoles que servían malamente a -José, y a los cuales llamábamos entonces <i>jurados</i>. Bien pronto le -dieron las charreteras de sargento.</p> - -<p>Eran los individuos de estos cuerpos muy aborrecidos y escarnecidos -en Madrid, por servir al enemigo intruso, tirano y ladrón de la patria; -pero Monsalud no se preocupaba de<span class="pagenum" id="Page_16">p. -16</span> esta falta de estimación que al recaer sobre la infame -bandera, alcanzaba también a su humilde persona. Aunque el joven tenía -ideas y no pocas, si bien revueltas, confusas y desordenadas, aún no -poseía las que comúnmente se llaman ideas políticas, es decir, no había -llegado, a pesar del vehemente ardor de la generación de entonces, al -convencimiento profundo de que la solución nacional fuese mejor o peor -que la extranjera. No faltaba ciertamente en su corazón el sentimiento -de la patria; pero estaba ahogado por el precoz desarrollo de otro -sentimiento más concreto, más individual, más propio de su edad y de su -temple: el amor. Está escrito que en ciertos casos, tal vez siempre, -el rostro de una mujer tenga mayores dimensiones y ocupe dentro del -universo más grande espacio que las inmensidades materiales y morales -de la patria. Por esta causa, por este aparente absurdo, Fernando el -Deseado y José Bonaparte eran a los ojos de Monsalud, dos figuras -lejanas y pequeñitas, que apenas se parecían en las nieblas del cerrado -horizonte.</p> - -<p>Quién era la persona que así llenaba la fantasía y ocupaba las -potencias todas del alma de este joven, sabralo el lector más adelante, -cuando con sus propios ojos la vea y oiga su vocecita y conozca su -historia. Monsalud estaba solo en Madrid, porque realmente para él -los cien mil habitantes de la capital no eran nadie, ni su amigo y su -tío eran tampoco gran cosa. La soledad y la distancia habían ahondado -el hoyo de su pensamiento, dentro del cual tristemente se revolvía, -escarbando con<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> ardor -por todos lados sin hallar salida, ni respiro, ni luz.</p> - -<p>Hemos dicho que tenía un amigo, sí: Juan Bragas, joven nacido como -Monsalud en el lugar de Pipaón, y que, poseedor de mayores recursos -y valimiento, había resistido a las primeras escaseces de la vida -cortesana, pescando al fin, por lo muy pedigüeño y sumiso, una pluma -de ganso en las covachuelas. Juan Bragas era, pues, covachuelista, es -decir, palote árido y enteco en el cual debía injertarse después la -vigorosa rama del funcionario público. Su carácter difería mucho del de -Monsalud, y, sin embargo, se juntaban ambos jóvenes con sumo gusto para -charlar y referirse sus respectivas desventuradas aventuras.</p> - -<p>Juan Bragas carecía por completo de imaginación y de sensibilidad -fina; pero sabía poner las cosas en su sitio, y tenía el mejor ojo del -mundo para ver todos los objetos en su tamaño real; poseía, en suma, -aquel poderoso instinto aritmético que a ciertas organizaciones, quizás -las más influyentes hoy, les sirve para reducir a cantidad o a tamaño, -mejor dicho, a una forma visible y fácilmente apreciable, todos los -hechos de la vida en lo moral y en lo físico. Bragas no se equivocaba -nunca: tenía en sus juicios la infalibilidad de las matemáticas. -Monsalud era una equivocación perpetua: llevaba infiltrado en su -naturaleza el error constante y todas las deslumbradoras mentiras de la -poesía.</p> - -<p>A pesar de esto, no reñían nunca y se querían de veras. Quizás ha -dispuesto Dios que el<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> -mundo se componga de un Monsalud y de un Bragas. ¡Oh, admirable armonía -y concordia sublime! Las cuerdas del harpa no exhalarían, no, su -armoniosa voz, si no existiera una caja vacía y seca, una especie de -ataúd oscuro que retumbase bajo ellas, y vibrase agrandando los sones -en su desnuda concavidad que podría servir de despensa.</p> - -<p>Cuando Monsalud estaba libre del servicio iba a buscar a Bragas, el -cual limpiaba una tras otra las amarillentas plumas, guardándolas en -el cajón con tanto cuidado como guarda un cirujano sus instrumentos; -se quitaba después los manguitos negros, se desperezaba, y tomando -con la diestra mano el sombrero, y despidiéndose con la zurda de -don Gil Carrascosa, jefe de la oficina, salía a la calle. Ambos -jóvenes dirigían sus pasos por lugares no muy concurridos, bajando -frecuentemente al campo del Moro, a la Virgen del Puerto, o bien se -lanzaban intrépidos a las ondas de polvo del cerrillo de San Blas, o de -la vuelta exterior del Retiro.</p> - -<p>Un día, que debió de ser allá por los últimos de mayo de 1813, -Bragas y Monsalud hablaron de esta manera:</p> - -<p>—Amigo Juan Bragas, estoy de enhorabuena porque al fin voy a dejar -este maldito pueblo que aborrezco. Los franceses se retiran mañana y yo -con ellos.</p> - -<p>—¿A Francia?</p> - -<p>—O por el camino de Francia, al menos —añadió Monsalud—, con lo -cual dicho se está que pasaré por la Puebla de Arganzón, nuestra<span -class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span> querida villa. Anímate, -Juan... Ya me parece que estoy entrando por la calle Real; que me -acerco a mi casa sin que mi madre lo sospeche; ya me parece que llego, -empujo la puerta, y me presento dando gritos y porrazos. A mi madre -se le cae la calceta de la mano, corre a echarse en mis brazos, y la -aguja de media que lleva sobre la oreja, se me clava en la frente... -El corazón me baila en el pecho, amigo Bragas, cuando tales cosas -pienso.</p> - -<p>—De veras te digo que pareces cómico —dijo Bragas riendo—. ¡Qué bien -sabes fingir y representar una cosa que no es verdad!</p> - -<p>—Y luego —añadió Monsalud—, saldré de mi casa, y paso a paso iré -junto a Nuestra Señora de la Asunción, a cuya plazoleta caen las -ventanas de Generosa, y arrojaré una chinita a los vidrios...</p> - -<p>—Para que se asome Jenara con su pañuelo encarnado sobre los -hombros... La pícara, ¡qué guapa es! —afirmó Bragas—. Me parece que -la estoy mirando, cuando bailaba contigo en casa del maestro Rondaña. -Salvador, ¿te acuerdas de aquel lunarcito que tiene sobre el rincón -derecho de la boca? ¡Santa Virgen, qué rinconcito!</p> - -<p>—Para retirarse a él y decir: «Ya no quiero más mundo.»</p> - -<p>—¿Pues y aquel modo de mirar, y aquel reconcomio de ángeles divinos, -cuando se menea, o alza los hombros, o le da a uno las buenas tardes? -Paréceme que la oigo: «Buenas tardes, Braguitas, ¿has visto en las eras -a Salvador Monsalud?»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span>—¡Ay, amigo! —exclamó -el joven soldado dando un suspiro—. ¡Cuando uno piensa que ha tenido -todo eso y todo eso ha perdido!...</p> - -<p>—¡Miren el Juan Lanas! Valiente hombre tenemos aquí —dijo el de -la covachuela mofándose de la sensibilidad un tanto exagerada de su -amigo—. Échate a llorar, ponte flaco y amarillo, y echa suspiritos al -aire por una mujer, por un lunar bien puesto encima de una boquirrita. -Mira, Monsalud, si tú eres necio, yo no lo soy. Ya te lo he dicho -varias veces: las mujeres para un rato, y nada más. Mucho de te quiero -y te adoro; pero después... puntapié. Eso de llorar y entristecerse, -decir palabrotas y quererse morir por una de tantas, es propio de -bobos.</p> - -<p>—Tú no sabes lo que es el amor, Juan Bragas —dijo el soldado—, -o mejor dicho, crees que viene a ser algo semejante a un plato de -estofado.</p> - -<p>—Ni más ni menos. Un plato de estofado repugna después de haber -comido... Por consiguiente, no te acuerdes más de la Generosa, que a -buen seguro ella se acuerda de ti como de las nubes de antaño. Los -paisanos que llegaron el otro día me dijeron que se iba a casar con el -hijo de don Fernando Garrote, el cual tiene más dinero que pesáis tú y -Generosa juntos.</p> - -<p>—¡Con el hijo de don Fernando Garrote, con Carlitos Garrote! -—murmuró Monsalud palideciendo—. Juan Bragas, si vuelves a decir eso -delante de mí, te cojo y... vamos, te cojo y te ahorco de un árbol.</p> - -<p>—¡Piedad, señor mío! —dijo Bragas deteniéndose<span class="pagenum" -id="Page_21">p. 21</span> ante su amigo y haciendo grotescos gestos—. -Está usted enamorado, o lo que es lo mismo, imbécil, y los imbéciles -suelen ser graciosos.</p> - -<p>—Bragas, eres una bestia —dijo el soldado—. Para ti no hay más vida -que el forraje que te echan todos los días en casa de tu patrón, don -Mauro Requejo. Siento tener por amigo una bestia; pero, en fin, eres un -buen muchacho: tu solo defecto es que coceas de vez en cuando.</p> - -<p>—Pero jamás he llevado sobre mí la albarda del enamoramiento. Ven -acá, hombre sin seso, ¿de quién estás enamorado? De Generosa. ¿La ves -acaso? ¿No está a cien leguas de donde tú estás? ¿No te dijo su abuelo -que jamás casarías con ella por ser tú un triste pelón y tener tus -arcas rasas, lisas y mondas como fondo de mortero de piedra? De modo -que estás queriendo a una sombra, a un imposible, a una ilusión, a una -telaraña: justo, esa es la palabra, a una telaraña.</p> - -<p>—Juan —repuso Monsalud—, al oírte me confirmo en que eres un saco -de carne, con dos agujeros que llaman ojos, para ver lo que se le pone -delante, y boca y barriga para comer y llenarse de bazofia todos los -días. Cada hombre tiene su destino en el mundo: el tuyo ya sabemos cuál -es.</p> - -<p>—Y el tuyo lo veo yo clarito también: holgazanear, mirar a las -estrellas cuando las hay, taconear por las calles para llamar la -atención de las costureras que pasan, no tener que comer, y ser toda la -vida un señoritico cañihueco y hambrón.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>—Pues mira, a veces -se me ha ocurrido, amigo Bragas, que yo sería mucho más feliz si fuese -como tú, es decir, un saco con sentidos. Pienso muchas veces en mi -porvenir y digo: «Quién sabe, ¡vive Dios!, si esto que pienso será -una mentira, una cosa vana y disparatada.» Todos los jóvenes hacemos -nuestros cálculos para lo porvenir, Juan, y los míos son un poco -extraños y fuera de lo común. A mí se me ha puesto en la cabeza que -para levantarse todos los días, comer, dormir la siesta, pasear, cenar -y meterse en la cama, no valía la pena de que hubiésemos nacido. Más -vale ser un puñado de polvo que los vientos se llevan y desparraman por -todas partes. O yo no he de valer nada, o he de vivir de otra manera. -Soy un ignorante; sé poco de las cosas del mundo; mas por lo poco que -sé, comprendo que hay muchos trabajos admirables en que el hombre se -puede emplear. Digan lo que quieran, el mundo no marcha bien.</p> - -<p>—Pues yo creo que marcha admirablemente —dijo Bragas riendo—. -¿También quieres enmendar la obra de Dios?</p> - -<p>—No digo tal: quiero decir que esto no va bien; no sé si me explico. -Si tú tuvieras siquiera un pedazo de alma, tendrías las inquietudes -y los deseos que yo tengo, y estarías enamorado como yo lo estoy. -Es un padecimiento; pero no puedes formarte idea de que se te quita -este padecimiento, sino haciéndote cargo de que estás muerto. Vivir -curado del mal de amores es cosa que la mente no puede concebir, -Braguitas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>—Dime, Salvador -—indicó el covachuelo con ademán festivo—, ¿piensas seguir así?... Te -juro que vas a hacer bonitísima carrera. Por ese camino de los amorosos -sufrimientos y del suspirar y escupir sangre se va a general en poco -tiempo.</p> - -<p>—¿Y quién te ha dicho que yo quiero ser general en dos palotadas?... -Lo que digo es que yo seré alguna cosa que meta ruido.</p> - -<p>—Siendo militar y tambor, en efecto, puedes meter mucho ruido.</p> - -<p>—Allá lo veremos... ¿Y tú qué piensas ser?</p> - -<p>—¿Yo? Dificilillo es anunciarlo desde ahora, señor Monsalud; pero no -me quedaré de monago. Sepa usía que en el fondo de mi baúl tengo siete -duros.</p> - -<p>—¿Y qué haces que no pones un buen comercio o un segundo Banco de -San Carlos?</p> - -<p>—Por poco se empieza. Yo sacaré el pie del lodo, señor Monsalud. Y -no me pidas prestados los siete duros, porque más fácil será que saques -un alma del infierno que sacar mis soles del fondo del arca donde -los guardo. Como no me he de enamorar, ni siento comezón de echarme -vinagrillo de los Siete Ladrones en el pañuelo, allí se estarán hasta -que vayan otros tantos a hacerles compañía. Con que perdone por Dios, -hermano, que no tenemos suelto.</p> - -<p>—Bien sabes que nunca te he pedido nada.</p> - -<p>—Pero pudiera ocurrírsete cualquier día, Salvador. Tú vas sacando -malas mañas... Ahora que te vas al Norte, asistirás alguna batalla... -Como no faltará algún pueblo que<span class="pagenum" id="Page_24">p. -24</span> entrar a saco, mucho ojo, amiguito, y mete mano.</p> - -<p>—Descuida, soy buen amigo: si después de una batalla se reparte -botín y me toca algo, te lo mandaré.</p> - -<p>—Hombre, no es mala idea... Pero si te tocase alguna herida o -descalabradura, puedes quedarte con ella.</p> - -<p>—Oye, Juanillo —replicó vivamente Monsalud—, ¿no dices que tu mayor -gusto consistiría en ser ministro del rey para tener mucho dinero y -hacer mucho bien, llenarte de gloria y morir honrado y bendecido?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues te guardas el dinero, ¿eh?... y la gloria, la honra y las -bendiciones me las mandas.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3"> - <h2 class="nobreak g0">III</h2> -</div> - -<p>Así pensando y discutiendo, a veces riñendo y regalándose el uno al -otro palabras un poco fuertes; haciendo luego las paces para prometerse -amistad invariable, dieron nuestros dos amigos la vuelta del Retiro, y -cuando tornaban a Madrid por la calle de Alcalá, vieron que discurría -de arriba abajo mucha gente, y que contraviniendo las disposiciones -de la policía francesa, en todas partes se formaban grupos. Pedíanse -las personas unas a otras las noticias, arrebatándoselas de la boca -y comentándolas<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> para -soltarlas luego desfiguradas. Cuál aseguraba saber mucho, cuál, -ignorándolo todo, se hacía repetir hasta tres veces la misma noticia. -Todos los madrileños parecían sorprendidos, y los más, alegres.</p> - -<p>Al punto pararon mientes Monsalud y Bragas en aquella estupenda -novedad de los corrillos y de la animación que se repetía, a pesar del -Gobierno, siempre que llegaban noticias de alguna batalla. Deseosos -de conocer la verdad de lo que ocurría, husmearon en varios grupos; -mas no viendo caras conocidas en ninguno de ellos, no se atrevieron a -meter su cucharada y se contentaron con algunas palabras sueltas. Pero -hacia las Baronesas creyó Bragas oír la voz de don Gil Carrascosa, -abate antaño, y por entonces covachuelista en la misma covachuela del -covachuelado mancebo. Acercáronse y vieron que el licenciado Lobo venía -a su encuentro, juntamente con don Mauro Requejo y el señor Canencia. -Fundiéronse todos en el grupo, a punto que Carrascosa decía:</p> - -<p>—Mañana salen de Madrid los franceses. Parece que ahora va de veras, -señores patriotas, y que no volverán más. El rey José está muy apretado -y no puede pasar, según dicen, de la línea del Ebro. Aquí no quedará -un solo francés, ni un solo jurado, ni un solo polizonte, ni un solo -jacobino. Respira, ¡oh patria!</p> - -<p>—La verdad —dijo don Lino Paniagua, que también era de los -presentes— es que Wellington se ha movido.</p> - -<p>—Y parece que también se ha movido el<span class="pagenum" -id="Page_26">p. 26</span> cuarto ejército que manda Castaños... Sin -duda quieren cerrarles el paso de Burgos y Vitoria.</p> - -<p>—¡Admirable plan! —exclamó Lobo—. ¡Cerrar el paso! Nada más claro. -El cuarto ejército estaba en todas partes, como perejil mal sembrado. -Castaños, en Extremadura con una división; Porlier y Losada, en Galicia -con otra; Morillo, en Asturias; Mina, en Vizcaya. Lord Wellington, que -desde Fregeneda ponía su lente en todo, les ha mandado adelantarse. Uno -viene por aquí, otro por allá, con tan admirable concierto y arte como -las piezas de un reloj que ordenadamente van andando, sin estorbarse -una a otra. El francés, que con la cholla cargada de vapores viníferos -se duerme en Valladolid, en Segovia, en Madrid y en Zaragoza, no ve el -nublado hasta que le cae encima. Se asusta, llama a <i>Farfulla I</i> -en su ayuda; pero <i>Farfulla I</i>, después de la campaña de Rusia, -no está para fiestas, y héteme al rey José en campaña. Él había dicho, -como los castellanos: «Vino puro y ajo crudo hacen al hombre agudo...», -pero en buena se ha metido... ¡Grandes batallas se preparan! Todo esto, -amigos míos, lo barruntaba yo; se necesita no tener un solo grano de -sal en la mollera para comprender que hallándose el lord en Fregeneda, -Longa y Mina en el Norte, Morillo en Asturias, y Carlos España en el -Bierzo, pues... yo lo veo claro como el agua.</p> - -<p>—Y yo turbio como el cieno —dijo Canencia con filosófico desdén—. -¡Una batalla más! Rousseau ha dicho que las verdaderas batallas<span -class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> son las que gana la sabiduría -contra la ignorancia de la corrompida humanidad.</p> - -<p>No tardó en pasar el Padre Salmón, que, con el Padre Ximénez de -Azofra y el marqués de Porreño, regresaba a su convento, y pegándose al -grupo hizo varias preguntas.</p> - -<p>—Eso ya lo sabíamos... que se va toda la canalla mañana temprano... -¿Pero y de los ejércitos, qué se dice?</p> - -<p>—A mí se me figura —dijo con gravedad el marqués de Porreño—, se me -figura... es idea mía... puede que me equivoque, pero juraría que el -<i>lord</i> se ha movido.</p> - -<p>—Eso no tiene duda —repuso Lobo dignándose repetir el plan -de campaña con que poco antes había demostrado su perspicacia -estratégica.</p> - -<p>Y al poco rato partieron en distintas direcciones. Acompañaron -al señor marqués los dos reverendos, y recibidos por la interesante -familia de este, Salmón exclamó:</p> - -<p>—¡Gran bomba, señoras! El <i>lord</i> se ha movido.</p> - -<p>—¡Y mañana salen de aquí todos los franceses!</p> - -<p>—¡Benditos sean los designios de la divina Providencia! —dijo la -hermana del marqués.</p> - -<p>—¡Wellington se ha movido! —repitió el mercenario, mirando a diestro -y siniestro por ver si se vislumbraban en el horizonte lejanos signos -de soconusco—, y juntamente con Mina y Morillo viene sobre Madrid.</p> - -<p>—¡Jesús! ¡Sobre Madrid!</p> - -<p>—Así lo han dicho. Parece que da la vuelta<span class="pagenum" -id="Page_28">p. 28</span> por el Duero, que está, como usted sabe, en -Tordesillas. Y como Castaños pasa de Extremadura a Asturias, con el -séptimo cuerpo, digo, con el octavo o con el duodécimo... en junto unos -cuatrocientos mil hombres.</p> - -<p>Poco después la hija del marqués de Porreño iba a casa de Sanahuja, -donde ya sabían la noticia gracias a don Lino Paniagua, y decía:</p> - -<p>—Lo menos setecientos mil hombres dicen que trae -<i>Vellinton</i>.</p> - -<p>Conviene advertir que casi todos los españoles pronunciaban el -nombre del general inglés como acabamos de escribirlo. Algunos lo -modificaban diciendo <i>Velliztón</i>, acentuando la última sílaba, lo -mismo que decían <i>Stapletón Cotón</i>; pero esto no hace al caso, y -siga nuestro cuento. El conde de Rumblar, que a la sazón hallábase en -casa de Sanahuja, partió como un rayo, y en la Puerta del Sol topó con -Marchena, a quien dijo que José iba sobre Fregeneda, y que el duque de -Ciudad Rodrigo estaba en Valladolid... Poco después don Narciso Pluma, -que esto oyera y otras muchas estupendas cosas que había oído poco -antes, lo revolvió todo, haciendo la más chistosa ensalada que puede -imaginarse, y entró en casa de Porreño, donde sostuvo que se estaba -dando una batalla junto al Duero entre don Pablo Morillo con doce mil -hombres y el rey José con setecientos mil...</p> - -<p>Repitámoslo, sí. ¡Entonces no había periódicos!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span></p> - <h2 class="nobreak g0">IV</h2> -</div> - -<p>Cuando se disolvió el grupo, los dos jóvenes siguieron su camino.</p> - -<p>—Vamos a casa de mi tío —dijo Monsalud—, a ver qué piensa de -estas cosas. Ya anochece; apretemos el paso... ¿No te parece que los -habitantes de la Villa están un poco alborotados?</p> - -<p>—¡Salen los franceses!... ¡Un cambio de Gobierno! —murmuró Bragas -intranquilo—. Ahora todos los que han sido empleados durante el -Gobierno intruso...</p> - -<p>—A la calle, amigo. ¡Pues no es poca afrenta la que tienen encima, -haber servido al intruso!... ¡Oh vilipendio!</p> - -<p>—Pero yo soy español, muy español. Detesto a los franceses.</p> - -<p>—Ahora que se van es muy cómodo decir eso. Yo, señor don Juan, les -tengo rencor. Con ellos he servido, con ellos voy.</p> - -<p>—Entonces dirás: «¡Viva Napoleón!»</p> - -<p>—No diré ni que viva ni que muera, porque yo no he de matar ni -resucitar a nadie. Me alegraré de que sea rey de España Fernando VII... -Ya sabes por qué he servido a José: me moría de hambre y acepté sus -banderas. Tal vez hice mal; pero las juré, y tras ellas voy a donde -me lleven. Eso de gritar hoy <i>Bonaparte</i><span class="pagenum" -id="Page_30">p. 30</span> y mañana <i>Fernando</i>, como hacen -muchos, no entra en mi sistema. Sirvo a José sin entusiasmo, pero con -lealtad.</p> - -<p>—¡José, José —exclamó Bragas alzando la voz—, es un borracho! No se -tiene lealtad con los borrachos.</p> - -<p>—A ti y a mí nos ha dado de comer. Los dos nos encontrábamos -en Madrid bastante perdidos y derrotados. Mi tío me colocó en el -regimiento de Jurados, lo cual fue muy fácil, porque nadie quería -entrar en él. Tu colocación parecía más difícil; pero tanto lloraste y -gimoteaste ante el conde de Cabarrús, que el buen señor, considerando -que eres hijo de su criado, diote a roer ese hueso de la covachuela. -Para conseguirlo, te fingiste entusiasmado con el fraternal gobierno -de Bonaparte, ¡y qué memoriales le echabas!... ¡cuántas resmas -embadurnaste con lamentos y suspiros!... Para que todo no fuera -música y palabrillas vanas, te aplicaste al oficio de dar vítores y -palmadas en la calle siempre que el rey pasaba, y gritar: «¡Mueran los -<i>madripáparos</i>!»</p> - -<p>—¡Mentira, mentira! —chilló Juan Bragas, cuyo rubor no podía -distinguirse a causa de la oscuridad de la noche—. ¿De dónde has sacado -tales invenciones?</p> - -<p>—Verdad, verdad pura, digo yo —continuó Monsalud—, como también lo -es que te daban obra de tres reales por función, quiero decir, por cada -carrera detrás del coche de Pepe Botellas, gritando y vitoreándole. -Ello es que si te desgañitaste, ganando aquella ronquera que te -puso en peligro de callar para siempre en la<span class="pagenum" -id="Page_31">p. 31</span> sepultura, en cambio recibiste el destino -que tienes, el cual verdaderamente no es mucho premio para tanto batir -palmas y asordar a la gente con los vivas.</p> - -<p>—Salvador, Salvador, mira que me incomodo —dijo Bragas con voz -balbuciente, señal de que le ponía colérico el verídico retrato que su -amigo diestramente trazaba—. Cualquiera que te oiga, ¿qué pensará de -mí?</p> - -<p>—Ahora quieres pasar por hombre formal. Vas muy serio y finchado -por la calle; entras en la covachuela dando taconazos, y cualquiera -supondría que dentro de ese casacón que compraste en el Rastro, va un -consejero de Indias.</p> - -<p>—Si no va todavía, irá con el tiempo, señor mío.</p> - -<p>—Y como parece que el rey José y los franceses y los jurados se -marchan para siempre, quieres hacer olvidar que te colocó el conde de -Cabarrús... Ahora es preciso <i>empecinarse</i>, señor Juan Bragas, -como se <i>empecinó</i> su merced cuando evacuaron la Villa los -franceses y la ocuparon los aliados, después de la batalla de los -Arapiles.</p> - -<p>—Amigo Monsalud —gruñó el otro—, yo soy dueño de hacer mi santa -voluntad ahora y siempre. Sé dónde me aprieta el zapato, y cada uno -tiene su alma en su almario. Tú mismo, que ahora te la echas de hombre -recto y puntilloso, estás esperando a que los franceses salgan de -aquí para desertar de sus filas y pasarte a los españoles, lo cual -es muy meritorio y por extremo patriótico; que no hay gloria<span -class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span> más envidiable que servir a -la patria, ni deshonra que se compare a la de ayudar al enemigo contra -nuestros hermanos. Y ahora que los franceses van de capa caída y parece -que huyen vencidos, el heroísmo consiste en volverles la espalda.</p> - -<p>—Eso no lo haré yo —dijo con energía Monsalud—, que cuando entró a -servirles lo hice por mi voluntad.</p> - -<p>—Pues no te podrás quitar de encima la nota de traidor —indicó -Bragas, malicioso—, que traidores son los que sirven al enemigo de la -patria. ¿No te da vergüenza de vestir ese uniforme?</p> - -<p>Cuando esto decían, habían entrado en la calle de Toledo y tomaban -por la derecha la embocadura de la Cava Baja, donde tenía su residencia -el señor Monsalud <i>senior</i>, tío de nuestro héroe. Por las noches -Salvador solía hacer parada en casa de su tío, antes de encerrarse -en el cuartel, y acompañábale generalmente Bragas, atraído por el -olorcillo de una regular cena que allí se aderezaba y el reclamo de una -animada tertulia.</p> - -<p>—Veremos qué piensa mi tío de estas cosas —dijo Monsalud—. Es un -afrancesado rabioso, y desde que el conde de España le mandó dar -de palos en Salamanca, no cesa de decir que ahorcaría a todos los -<i>empecinados</i> si en su mano estuviere.</p> - -<p>No había concluido Monsalud de decir lo que antecede, atravesando la -plazoleta que llaman Puerta Cerrada, aunque no hay allí puerta alguna -abierta ni entornada, como no<span class="pagenum" id="Page_33">p. -33</span> sea las de las casas, cuando muchas de las gentes reunidas -junto a las tiendas, y el gran número de majos, chulillos y mozalbetes -desvergonzados que por allí discurrían, fijaron su atención en los dos -jóvenes, y principalmente en el sargento de la guardia, cuyo uniforme a -cien leguas le denunciara como servidor del rey entrometido.</p> - -<p>—Parece que nos miran —dijo Monsalud— y nos señalan. ¿Llevamos algo -de particular?</p> - -<p>—Es que la gente está alborotada... —balbució Bragas, temblando -de miedo—. Llevas uniforme de la guardia jurada... Ese traje es muy -aborrecido en Madrid, y con razón, con muchísima razón... No creas -que te van a defender tus amigos. Ocupados de su viaje, no se cuidan -de niñerías, y lo mismo les importará que te insulten o que no. -Los franceses desprecian a los traidores que les sirven, como les -despreciamos los españoles.</p> - -<p>Iba a contestar Monsalud, cuando de un grupo de holgazanes que -sostenía la esquina de la Cava Baja, salieron voces de «¡A ese, a -ese!», y luego un murmullo de risas insolentes. Monsalud se paró en -medio de la calle, y volviéndose a los del grupo les miró cara a cara, -esperando que alguno pasase de las palabras a las obras. En el mismo -instante, varias pelotas de lodo, arrojadas por los chiquillos, se -aplastaron en su pecho, salpicándole la cara.</p> - -<p>El populacho es algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene -horas de heroísmo, por extraordinaria y súbita inspiración que de lo -alto recibe; pero fuera de estas ocasiones, muy<span class="pagenum" -id="Page_34">p. 34</span> raras en la historia, el populacho es bajo, -soez, envidioso, cruel y, sobre todo, cobarde. Todos los vencidos -sufren más o menos la cólera de esta deidad harapienta que por lo -común no sale de sus madrigueras sino cuando el tirano ha caído. Si -no le supo exterminar con su iniciativa y su fuerza, casi siempre se -da el gustazo de rociarle con su fango; y a todas las instituciones o -personas que caen por el esfuerzo de campeones de otra esfera más alta, -el populacho les pone su ignominioso sello de inmundicia. La libertad -y las <i>caenas</i>, a quienes alternativamente aduló, han visto sobre -sí en el momento terrible a la furia inmunda que les escupía. Como la -hiena, es intrépida con los muertos.</p> - -<p>Casi desguarnecida Madrid de tropas francesas, pues muchas habían -ido saliendo desde mediados de mayo; dispuesto todo para marchar las -últimas en la madrugada del siguiente día 27, el enemigo, puesto un pie -en el estribo, no se cuidaba ya de hacer cumplir las reglas de policía. -El estado de la guerra y la comprometida situación de José junto al -Ebro, confirmaban a aquel en su idea de que la ocupación de España iba -a tener fin; mas si estaban indiferentes y aun alegres los franceses, -los españoles comprometidos con ellos no cabían en su pellejo de puro -azorados y medrosos. A muchos de estos insultó la plebe en diversos -puntos, y aterrados algunos al ver el desamparo en que quedaban, -desertaron para acogerse de nuevo a las banderas de la patria.</p> - -<p>Se comprenderá, pues, que la situación de<span class="pagenum" -id="Page_35">p. 35</span> Monsalud, frente a los respetables varones -del populacho matritense, no era muy lisonjera. Ciego de enojo, con el -rostro encendido y la voz balbuciente, echó mano a la empuñadura del -sable gritando:</p> - -<p>—Al que se me acerque, le atravieso.</p> - -<p>Y capaz era de hacerlo como lo decía, lo cual fue sin duda conocido -por el egregio concurso de la esquina, no habiendo entre todos ellos -uno solo que se destacase del grupo para hacer frente al irritado -mancebo. Viendo este que, con ser tantos, no pasaban a vías de hecho, -siguió su camino; pero los disparos de lodo se repitieron de tal modo -por la cohorte infantil, que Monsalud, sin hacer uso del arma, corrió -tras uno de aquellos angelitos de arroyo para castigar su desvergüenza. -Antes que atraparle consiguiera, lo que no osaron tantos hombres -atreviose a hacerlo una mujer, la cual, cuadrándose marcialmente ante -Salvador y desafiándolo del modo más varonil con ojos, gesto, manos y -la cortante y ponzoñosa lengua, le dijo:</p> - -<p>—¡Eh!, so estandarte, si toca usted al muchacho no tendrá tiempo de -encomendarse a Dios. Si el angelito le roció, es porque puede hacerlo, -y para eso y mucho más le he parido... Conque siga adelante; punto en -boca y manos quietas.</p> - -<p>Dada la señal por la matrona, acercáronse valerosos algunos de los -chulos y tomadores que antes dispararan sobre el soldado burlas y -palabrotas; enracimáronse los chiquillos y mujeres en derredor suyo, -y una tempestad de<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> -insultos tronó en sus oídos. Aturdido al principio el mozo, defendiose -con empellones y golpes muy bien dirigidos.</p> - -<p>—¡Matarle! —gritó una arpía, al sentirse abofeteada por la mano -vigorosa de la víctima.</p> - -<p>—Y también a su compañero el del casacón.</p> - -<p>—A mí, señores: ¿pues qué he hecho yo? —dijo Bragas, procurando -echarse fuera del volcán—. Yo no conozco a ese hombre.</p> - -<p>—¡Mueran los jurados!</p> - -<p>—¿Acaso visto yo ese vergonzoso uniforme? —repitió casi llorando -Braguitas—. Soy un joven honrado, español puro y neto, y jamás he -servido a la basura.</p> - -<p>Monsalud, a quien no hostigaba ningún hombre de buenos puños, sino -tan solo mujerzuelas, chicos y algún cobarde zarramplín de esos que -van a todas las pendencias a meter ruido, pudo echar mano al sable y -apartar un poco de su persona al indigno enjambre. Repartió de plano -con seguro puño algunos golpes, y sin ser papa creó gran número de -cardenales en menos que canta un gallo. Algunas personas graves y -varios majos decentes intervinieron en el asunto, aplacando la furia de -todos, y propusieron que se dejase en libertad al guardia, con tal que -allí mismo se quitase el uniforme. Enfurecido y fuera de sí Monsalud, -iba a arremeter contra los amigables componedores, cuando apareció su -tío don Andrés saliendo de la casa cercana, que era donde vivía, y con -razones y tal cual empellón, él y otros que le acompañaban, cortaron la -pendencia, obligando<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> al -joven a meterse en el portal, que cerraron al instante.</p> - -<p>Puesto en salvo su sobrino, a quien acabaron de aplacar las personas -de ambos sexos que había en la casa, el señor Monsalud creyó oportuno -dirigir la palabra a los del pueblo, un tanto mohíno por no haber -podido vengar en el renegado las contusiones recibidas.</p> - -<p>—No hagan ustedes caso, señores —les dijo con voz oratoria, que -en su vana sonoridad gustaba de oírse a sí misma—. Ese joven es mi -sobrino, un mala cabeza, un insensato que se afilió en el cuerpo de -guardias jurados, sin saber lo que se hacía. Pero en el fondo de -su alma, señores, mi sobrino es español por los cuatro costados, y -aborrece a los pérfidos enemigos de la patria. Comprendo, señores, que -el pueblo se ensañe contra los afrancesados: esos viles merecen pronto -y ejemplar castigo. (<i>Señales de aprobación.</i>) Pero respetemos la -desgracia, señores y señoras; que demasiado castigo tienen esos viles -en su propio remordimiento y vergüenza. Esta noche es noche de gran -regocijo para los buenos españoles, porque mañana se marchan los pocos -borrachos que quedan en Madrid. España es libre, señoras, caballeros -y niños. ¡Viva España! (<i>Ruidosos aplausos, y tal cual rebuzno y no -pocas patadas, berridos y coces.</i>) Yo respondo de que mi sobrino -dejará las traidoras banderas en que ha servido; él es buen patriota, -tan buen patriota como yo, que estoy dispuesto a derramar la última -gota de mi sangre, sí, la última y postrera gota en defensa del rey y -de la Constitución.<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> -¡Viva la Constitución! (<i>Ibidem.</i>) Y si alguna vez he vivido -entre franceses, no lo hice por amistad hacia ellos, como dicen mis -enemigos, sino que les seguí y me metí industriosamente entre sus filas -para averiguar sus planes y espiar sus acciones e informar de todo a -nuestros queridos, a nuestros queridísimos generales... ¡Ah! ¿Queréis -más pruebas? Pues allá van las pruebas. Os ruego que contestéis -a mis preguntas. ¿Quién soy yo, señores? Yo soy un mártir del -patriotismo. Consagré mi vida al servicio de la patria, y hallándome -cerca de Salamanca, en un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, -los franceses me apalearon.<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" -class="fnanchor">[1]</a> ¿Y por qué, señores? Porque con mi espionaje -puse todos sus secretos estratégicos al servicio de Lord Wellington. -Pues qué, ¿creéis que sin mí se hubiera ganado la batalla de los -Arapiles? (<i>Estupor.</i>) Aún tengo sobre mi cuerpo cien cardenales -que con su noble púrpura manifiestan mi heroísmo. Luego vine a Madrid -a gozar del espectáculo de este gran pueblo, ebrio de gozo por su -libertad, y en agosto del año pasado juramos la Constitución en -presencia del general inglés. ¡Oh día solemne! ¡Oh época feliz! Si se -empañó tan diáfana claridad con el regreso de los franceses, mañana -se desgarrará el velo tenebroso de la invasión; mañana se marchan -otra vez para siempre, señores, con su séquito inmundo de traidores -y jurados y afrancesados. Ved cómo tiemblan, cómo se esconden de -vuestras patrióticas miradas;<span class="pagenum" id="Page_39">p. -39</span> cómo su vergüenza les hace bajar la cabeza ante la majestad -de nuestro puro españolismo sin mancha. Enorgullezcámonos, señores, -de no haber servido jamás a los franceses, de no habernos contaminado -jamás con viles masones y filosofastros, y <i>digamos con el ángel: -Ave María</i>... Cada cual a su casa, que es hora de acostarse. ¡Viva -la Constitución y el Lord y Fernando VII! (<i>Tumulto y extraordinaria -sensación, acompañada de sonoros bramidos y vocablos, que no lleva en -sus blancas páginas el Diccionario por miedo a ruborizarse.</i>)</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Véase -<i>La batalla de los Arapiles</i> (1.ª serie).</p> - -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5"> - <h2 class="nobreak">V</h2> -</div> - -<p>Salvador subió tristemente la escalera de la casa, acompañado de -varias personas que, atraídas del ruido y del temor, bajaron, y en -la meseta donde se abría la puerta del domicilio de su señor tío, -recibiole, candil en mano, la esposa de este, que le dijo así:</p> - -<p>—No podía ser otra cosa que una barrabasada del sobrino de mi -marido. ¡Todo sea por Dios! Este chico tiene la cabeza a las once y -está podrido de ella. ¿Te han herido?</p> - -<p>—El pueblo de Madrid aborrece este uniforme —gritó Bragas que detrás -a poca distancia subía—, y no le falta razón.</p> - -<p>—Solo a este loco se le ocurre sacar el sable porque le echaron un -poco de fango —dijo la<span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> -señora de Monsalud alumbrando para que pasasen todos a la sala.</p> - -<p>Componían aquella noche la tertulia doña Ambrosia de los Linos y -sus dos hijas, una de las cuales, casada poco antes, vivía en el piso -tercero del mismo edificio. Ambas eran bastante lindas, principalmente -la soltera, que cautivaba por su frescura, por sus vivarachos ojos, por -sus rosados carrillos, marcados aquí y allí con vagabundos lunares, -por su gracia en el mirar y la flexible ligereza de su cuerpo, tanto -más admirable cuanto que la muchacha era algo medianamente gordita, -prometiendo en diversos parajes de su persona que igualaría con los -años a su enorme mamá. También estaba allí don Mauro Requejo, que solía -ir todas las noches, por ser pariente de la señora de Monsalud, y no -tardó en presentarse don Gil Carrascosa.</p> - -<p>La señora de Monsalud era una mujer de presencia no vulgar ni -desagradable, pero muy gastada y decaída por causas que ignoramos. -Durante un matrimonio estéril, que ya contaba trece años, marido y -mujer no habían ofrecido al mundo un modelo perfecto de concordia. -Repetidas veces se separaron para volver a juntarse; repetidas veces -crujieron los palos de las inválidas sillas, y volaron por el aire -los platos desportillados, instrumentos unas y otros de la ciega -cólera homicida de ambos consortes. Andrés Monsalud era hombre de mala -conducta, fatuo, desarreglado, trapisondista, embrollón, aventurero; -Serafinita pecaba de caprichosa, holgazana, embustera, y tenía -más<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> vanidad que una -princesa, gustando mucho de emperifollarse y, sobre todo, de aparentar -posición y suponer posibles muy superiores a lo que en realidad tenían -ella y su marido, pues reunida la fortuna inmueble de entrambos, allá -se iba con la nada.</p> - -<p>Por último, después de la tragedia de Babilafuente, Serafinita logró -atraer a su marido y poner casa en Madrid, y de la noche a la mañana, -por mediación generosa de un caballero francés, dieron a Andrés un -regular destino en la Visita de Propios, con lo cual uno y otro estaban -tan huecos que, de allí a tratar a Dios de <i>tú</i>, apenas había el -canto de una peseta. Su morada, no obstante, era humildísima, porque el -sueldo no rayaba ciertamente en Potosí; mas Serafinita se esmeraba en -aumentar con mil artificiosas combinaciones el lustre y aparato de su -casa.</p> - -<p>—Puedes respirar tranquilo, sobrino —dijo la señora con bondad—. -Descansa y se te dará un vaso de agua para matar el susto.</p> - -<p>—No quiero agua —repuso bruscamente el joven, paseándose de largo a -largo por la sala—. Tengo que marcharme.</p> - -<p>—¡Marcharse! —exclamaron a dúo y con desconsuelo las dos niñas de -doña Ambrosia.</p> - -<p>—Este joven gusta de pendencias y de derramar sangre —añadió esta—. -¡Cómo se conoce que los franceses le crían a sus pechos!</p> - -<p>—Pero al menos —dijo Serafinita—, ¿te quitarás el uniforme?</p> - -<p>—Sí, hablad de eso a este babieca —indicó Juan Bragas, que había ido -a fondear junto a<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> la -más pequeña de las fragatitas de doña Ambrosia—. Es muy gabacho este -caballero. Los pocos españoles extraviados que sirven en las banderas -de José, están a estas horas con los ojos y el corazón vueltos hacia la -madre patria afligida; pero este mi don Quijote botellesco dice que su -honor le obliga a no abandonar a la canalla.</p> - -<p>—Hace cosa de seis meses —afirmó Serafinita—, habría sido gran -locura mostrar siquiera un adarme de españolismo; pero hoy es distinto. -Los franceses van de capa caída y buen tonto será quien se embarque con -ellos.</p> - -<p>—¡Oh, si, será un idiota! —dijo doña Ambrosia—, aunque lo mejor -habría sido no servirles nunca.</p> - -<p>—Las circunstancias —añadió Serafinita—, obligan a los hombres -a sofocar algunas veces su natural impulso y fogosidad patriótica. -Ahí está mi marido, que no le hay más español en toda la tierra del -garbanzo, y, sin embargo, viose arrastrado a cierto compadrazgo con -los franceses, y aun anduvo, con masones y revoltosos, malquisto de -todo el mundo. Pero de algo valen los consejos de una mujer prudente. -Yo le traje al buen camino, y como mi familia, que no es ninguna -familia de tres por un cuarto, ha tenido siempre relaciones con altos -personajes, fácil me fue amarrar a mi esposo al pesebre de la Visita -de Propios. Diole la plaza un ministro francés; ¿pero tenemos la culpa -de que haya sido francés quien primero echó de ver nuestros méritos, -o si se quiere, los de mi<span class="pagenum" id="Page_43">p. -43</span> marido, para todo lo que sea cosa de aritmética en cualquiera -oficina?</p> - -<p>—Si recibimos un pequeño favor de esa canalla —gritó con vehemencia -Bragas—, diéronnos lo nuestro, y nada tenemos que agradecerles. -Españoles somos, y ahora váyanse con dos mil demonios.</p> - -<p>—Lo que hay en esto —dijo don Mauro Requejo, que sombríamente había -permanecido en un rincón de la sala, sin hablar hasta entonces—, es -que para dar sus destinos a los señores Monsalud y Bragas, fue preciso -quitárselos a otros, que, pecando de <i>empecinados</i>, mortificaban -con cuchufletas y versitos a los franceses.</p> - -<p>—¡Nadie hay más <i>empecinado</i> que yo! —exclamó con furioso -arranque de entusiasmo Juan Bragas, saltando en medio de la sala, con -gran regocijo de las niñas de doña Ambrosia—. ¡Viva don Juan Martín -Díez!</p> - -<p>—¡Viva, viva mil años! —repitió Andrés Monsalud, presentándose en la -sala, con semblante reposado y satisfecho, sin duda por la vanagloria -que el reciente discurso callejero había dejado en su ánimo—. ¡De buena -has escapado, sobrinillo! ¡Exponerse a las iras del pueblo español!... -Vamos, te perdono; yo también he sido calavera, yo también he sido -revoltoso y provocativo y...</p> - -<p>—Afrancesado —indicó con malicia doña Ambrosia—. No hay que -echársela de apóstol Santiago.</p> - -<p>—Un poquillo —repuso Monsalud con turbación—. Pero de arrepentidos -se hacen los santos.<span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span> -La prueba de mi sinceridad la tengo hoy en la confianza de mis amigos. -Hanme comisionado esta tarde para preparar los festejos...</p> - -<p>—¿Para cuando entre don Carlos España? —preguntó la de los Linos.</p> - -<p>—Para cuando entre don Juan Martín o Lord Wellington... Un arco -de triunfo, ¿qué les parece a ustedes? En mi oficina hemos resuelto -componer unos versos, y ver si se hace un carrito.</p> - -<p>—Ya nos cayó quehacer, amigas mías —dijo con júbilo Serafinita—. -Desde mañana pondremos manos a la obra, porque las guirnaldas de rabo -de cometa no son cosa que se despache en tres días.</p> - -<p>—Y luego mucho de banderitas y escarapelas —dijo una de las -muchachas.</p> - -<p>—Y será preciso que doce o catorce doncellas tiernas se vistan de -ninfas para ir delante del carro cantando el <i>Velintón</i>.</p> - -<p>—Y como haya alegoría, vestiremos a mi sobrino de dios Marte —indicó -Monsalud.</p> - -<p>El joven soldado dirigió a su tío una mirada de desprecio.</p> - -<p>—Estará saladísimo —dijo doña Ambrosia—. Mi esposo y padre de estas -dos niñas hizo de Marte cuando la jura del otro rey, y era una gloria -el verle con todo su hermoso cuerpo medio desnudo y el chafarote en la -mano... ¡Oh! ustedes no alcanzaron a ver tanta preciosidad.</p> - -<p>Don Gil Carrascosa, entrando apresurado en la estancia, saludó a -todos con amable cortesanía, especialmente a las niñas.</p> - -<p>—¡Pues qué! —dijo—, ¿todavía está nuestro<span class="pagenum" -id="Page_45">p. 45</span> mozalbete metido dentro de la indigna librea -francesa? A estas horas casi todos los españoles que servían a José han -desertado. Acabo de ver a dos que se escondieron esta mañana.</p> - -<p>—¡Han desertado! —repitió el coro de mujeres.</p> - -<p>—Fuera esa casaca, sobrino —gritó Monsalud dirigiendo al hijo de su -hermana imperiosa mirada—. ¡Ay!, acuérdate de tu madre, a quien no nos -atrevimos a dar parte de tu afrancesamiento... Si lo llega a saber, se -morirá de pena.</p> - -<p>—Te esconderemos aquí —dijo Serafinita—, aunque no habrá peligro, -pues ellos tienen bastante quehacer para ocuparse de ti.</p> - -<p>—En esta casa, no —afirmó con aplomo el tío—. Los vándalos conocen -el rabioso españolismo mío, y de seguro vendrían a buscarle, acusándome -de haberle impulsado a la deserción.</p> - -<p>—Pues se puede esconder en mi casa —dijo la mayor de las Linas, que -era la casada y tenía su nido en el tercer piso.</p> - -<p>—Eso es, que se esconda arriba —repitió con extraordinaria -vehemencia la soltera, contemplando al joven Monsalud de tal modo -que parecía envolverle con su mirada como en amorosa y blanda nube -protectora.</p> - -<p>—Sí, en el tercero.</p> - -<p>—Yo le cederé mi cuarto y mi cama, y dormiré con mi hermana —añadió -la doncella en un segundo arranque de generosidad.</p> - -<p>—Francamente, Dominguita, tu esposo está fuera y no me gusta ver a -dos muchachas solas<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> en -la casa con el dios Marte —objetó doña Ambrosia.</p> - -<p>—Pues al sotabanco. Hablaremos al señor Pujitos para que le ceda un -rincón.</p> - -<p>—Conque, sobrino, vete despojando de tu uniforme.</p> - -<p>El soldado, a quien tal proposición ofendía en lo más delicado de -su alma, y que estaba a la sazón irritado por la escena de la calle y, -además, por el impertinente charlar de su tía, contestó con ardor:</p> - -<p>—Antes me quitaré el pellejo que el uniforme. Me lo puse por mi -voluntad, lo tendré mientras exista el ejército a que pertenezco y la -bandera que juramos.</p> - -<p>—¿Eres francés?</p> - -<p>—No sé lo que soy —repuso con desdén.</p> - -<p>—¿Harás armas contra tus paisanos?</p> - -<p>—No; pero tampoco abandonaré cobardemente a los que me han dado de -comer.</p> - -<p>Monsalud tío rompió en estrepitosas risas, acompañado por Bragas, -Requejo y Carrascosa.</p> - -<p>—Pero, sobrino de todos los demonios, ¿no tienes en mí la norma de -tu conducta?</p> - -<p>—Si yo le imitara a usted en esto —dijo el joven temblando de -indignación—, no tendría idea del honor, ni una chispa de vergüenza en -mi alma, ni en mi corazón el sentimiento del deber, ni sería digno de -que me mirasen los hombres. Adiós. Me voy para siempre de esta casa y -de Madrid.</p> - -<p>El soldado salió resueltamente. Un poco atontado el tío, bastante -aturdida su esposa,<span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> no -pronunciaron una sola palabra para detenerle.</p> - -<p>—Ese muchacho es un insolente —dijo al fin la señora de la casa.</p> - -<p>—¡Pobrecito! —murmuró el oficial de la Visita de Propios.</p> - -<p>—¡Él se lo pierde! —indicó majestuosamente Serafinita—. Ahora que -mandan los españoles he de conseguir para ti una buena vara, Andresito. -Serás corregidor de Alcalá, de Ocaña o de Tarancón. Yo había calculado -que Salvadorcillo nos acompañaría con un buen momio.</p> - -<p>—No se puede sacar partido de ese muchacho.</p> - -<p>La niña soltera de doña Ambrosia había llevado el pañuelo a sus -picarescos ojos, de súbito humedecidos por ignorada causa.</p> - -<p>—¡Pobrecito! —exclamó con zozobra—. Se ha marchado solo. Está -expuesto a que le insulten otra vez en la calle. Le darán golpes, le -arrojarán lodo, manchándole la frente, el cabello, la boca, los ojos, -¡ay!, los ojos, el uniforme...</p> - -<p>—Esto parte el corazón. ¡Pobre muchacho! —exclamó la casada—. -Alguien debía salir con él.</p> - -<p>—¡Qué falta de caridad dejarle salir solito! ¡Si yo fuera -hombre...!</p> - -<p>—La verdad es que puede sucederle alguna cosa mala —dijo Serafinita -dando un suspiro.</p> - -<p>—Usted que es su amigo —exclamó con ira la doncella volviéndose a -Juan Bragas que a su<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> -lado estaba—, ¿por qué no salió con él para ampararle en caso de un -atropello?</p> - -<p>—¿Amigo? —dijo con desdén el covachuelo—. No tanto. Conocido y nada -más... Nos hablamos alguna vez, paseamos juntos; pero...</p> - -<p>—Es usted un mal amigo —gritó la muchacha con voz temblorosa—. -¡Dejarle partir sin compañía!... Esto se llama deslealtad, cobardía.</p> - -<p>Juan Bragas se echó a reír.</p> - -<p>—Pero...</p> - -<p>—Haga usted el favor de no volver a dirigirme la palabra en toda -la noche, ni volver a mirarme en su vida, ni estar donde yo esté, ni -respirar donde yo respiro, ni ponerse donde yo le vea, ni...</p> - -<p>La tertulia fue triste, tristísima. Los hombres, viendo que no -podían alegrar el ánimo de las dos muchachas, ni el de la señora de -la casa, ni sacarles palabras que no fuesen lúgubres como un funeral, -pegaron la hebra con doña Ambrosia, y dándole a la lengua por espacio -de dos horas, sin descanso, azotaron a medio mundo con la piel -arrancada al otro medio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6"> - <h2 class="nobreak g0">VI</h2> -</div> - -<p>En la mañana del día que siguió a estos sucesos salieron los -pocos franceses que quedaban en Madrid. Los mandaba el general -Hugo, y llevaban consigo convoy tan inmenso,<span class="pagenum" -id="Page_49">p. 49</span> que al verlo creeríase que en la capital -de España no quedaba un alfiler. Desde muchos días antes habían sido -embargados cuantos coches, carros y calesas rodaban por las calles -de la villa, y casi toda la servidumbre se ocupaba en el embalaje de -las diversas riquezas que José y los suyos se habían apropiado. Estos -señores hacían buena presa donde quiera que ponían la mano, y no eran -nada melindrosos ni encogidos para esto del incautarse. Murat despojó -la casa de Godoy y el Real Palacio, y José mandó traer de Toledo, de -Valladolid y del Escorial cuanto pudiese ser transportado: esta última -circunstancia salvó las piedras del edificio.</p> - -<p>Luego que estuvo reunida cantidad de cuadros, estatuas, joyas de -camarín y sacristía, dejando a las Vírgenes y Santas sin un anillo que -ponerse, establecieron cuatro depósitos en Madrid, los cuales fueron el -Rosario, San Felipe, doña María de Aragón y San Francisco. Una comisión -separó lo sublime de lo bueno, y no siendo fácil llevarlo todo, -dispusieron atropelladamente lo primero en cajas, mezclando lo sagrado -con lo profano, es decir, las bellas artes con los enseres de la casa -y cocina del rey José, y diversos adminículos que este para diferentes -fines usaba. Muebles, porcelanas, vajillas, armas, añadiéronse al -botín. Considerando que aun después de tanto despojo quedaba en -España alguna cosa de punto inútil, según ellos, dada la ignorancia -castellana, echaron mano a las colecciones mineralógicas del gabinete -de Historia Natural y<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> -embaularon también los depósitos de Ingenieros y de Artillería y el -Hidrográfico. De Simancas cargaron con lo más curioso que allí había. -Aquella gente, hasta la historia nos quiso quitar.</p> - -<p>Una caja en que holgaba un poco el tocador de José (así lo cuenta -un testigo ocular) fue rellena con los pedruscos y los minerales de -la Historia Natural. Entre una masa enorme de cartas geográficas, -iba <i>Nuestra Señora del Pez</i>, y la <i>Perla</i> anidó con una -montura fina recamada de plata y oro. Se gastó un monte de clavos, y -por algunos días las iglesias que servían de depósitos y las galerías -del Palacio Real resonaban cual si en ellas trabajase un regimiento -de cíclopes. La tabla del <i>Pasmo</i>, que ya se hallaba en estado -pésimo, acabose de rajar, y la pintura, con las sacudidas y golpes, se -cuarteaba que era una bendición. ¡Oh divino Jesús! ¡No padeciste más en -el Gólgota!</p> - -<p>Completaban el convoy las cajas de guerra llenas de dinero en buen -oro y buena plata antigua, de aquello que ya no se ve, y seducía -entonces con su brillo los ojos de los extranjeros, y con su noble son -los oídos de todos. No se habían descuidado los franceses en reunir -dinero, como gente allegadora y económica, ni menos en llevárselo; -que si para limpiar de vicios a la capital hubieran usado de tanta -diligencia como para limpiarla de onzas, fuera esta Villa un paraíso en -la tierra. Con el ejército iban los muchos particulares comprometidos -que quisieron seguirles, y entre los carros de oficio, gran número de -vehículos con equipajes<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> -de empleados altos y bajos. Ofrecían estos desgraciados individuos -espectáculo lastimoso. Si algunos llevaban consigo buen acopio de -víveres y ropa, otros no cargaban más que lo puesto, y todos lloraban -el hogar abandonado, la paz perdida, el honor en duda, lamentándose -del gran compromiso en que se veían. Algunos hacían de tripas corazón, -prometiéndoselas muy felices en las próximas batallas; pero los más -miraban sin engañarse la realidad del molesto viaje, y después la -emigración, el general desprecio y la pérdida de la hacienda.</p> - -<p>Desfilaron los carros por el camino de Segovia, pues Hugo quería -pasar la sierra por Guadarrama, y aquella culebra rastrera formada -por interminable fila de vehículos, que de lejos parecían vértebras -articuladas, desapareció en la noche del 27 de mayo, dejando a Madrid -en poder de los guerrilleros, que al instante lo ocuparon, y tras ellos -las autoridades españolas. De esta manera y con este despojo la capital -de España dejó para siempre de ser francesa.</p> - -<p>No seguiremos al general Hugo y su convoy en todo su viaje hasta que -en los campos de Vitoria perdieron los franceses gran parte de lo mucho -que habían cogido. Bastantes apurillos pasó en Cuéllar y en Tudela -de Duero; pero al fin logró unirse al grueso del ejército francés en -Valladolid.</p> - -<p>Reunidos todos, la continua amenaza de las divisiones aliadas -les hizo muy penoso el camino desde Valladolid a Burgos. Aquí no -pudieron<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> resistir mucho -tiempo, y sin gran prisa se dirigieron a Vitoria por Miranda, confiados -en que Wellington no les molestaría del lado allá del Ebro; pero tan -admirable combinación de movimientos había hecho el inglés, que cuando -los franceses pasaron el gran río, lo pasaban también los aliados por -diferentes puntos, y ambos enemigos se encontraban frente a frente en -las montañas de Álava y Vizcaya. Apretó Bonaparte el paso, juntando a -los suyos para que desperdigados aquí y allí no fueran batidos al por -menor, y el 19 de junio llegó a la Puebla de Arganzón, donde es fuerza -que quitemos la vista del rey y de su ejército para fijarla en una -sola persona, que por ahora y mientras vengan sucesos estupendos en la -esfera histórica, ha de llevar en estas líneas la preferencia.</p> - -<p>¿Y por qué no? ¿Por qué hemos de ver la Historia en los bárbaros -fusilazos de algunos millares de hombres que se mueven como máquinas a -impulsos de una ambición superior, y no hemos de verla en las ideas y -en los sentimientos de ese joven oscuro? ¡Si en la Historia no hubiera -más que batallas; si sus únicos actores fueran las personas célebres, -cuán pequeña sería! Está en el vivir lento y casi siempre doloroso -de la sociedad, en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno. En -ella nada es indigno de la narración, así como en la naturaleza no -es menos digno de estudio el olvidado insecto que la inconmensurable -arquitectura de los mundos.</p> - -<p>Los libros que forman la capa papirácea de<span class="pagenum" -id="Page_53">p. 53</span> este siglo, como dijo un sabio, nos vuelven -locos con su mucho hablar de los grandes hombres, de si hicieron esto -o lo otro, o dijeron tal o cuál cosa. Sabemos por ellos las acciones -culminantes, que siempre son batallas, carnicerías horrendas, o -empalagosos cuentos de reyes y dinastías, que agitan al mundo con sus -riñas o con sus casamientos; y entre tanto la vida interna permanece -oscura, olvidada, sepultada. Reposa la sociedad en el inmenso osario -sin letreros ni cruces ni signo alguno: de las personas no hay memoria, -y solo tienen estatuas y cenotafios los vanos personajes... Pero la -posteridad quiere registrarlo todo: excava, revuelve, escudriña, -interroga los olvidados huesos sin nombre; no se contenta con saber -de memoria todas las picardías de los inmortales desde César hasta -Napoleón; y deseando ahondar lo pasado, quiere hacer revivir ante -sí a otros grandes actores del drama de la vida, a aquellos para -quienes todas las lenguas tienen un vago nombre, y la nuestra llama -<i>Fulano</i> y <i>Mengano</i>.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7"> - <h2 class="nobreak g0">VII</h2> -</div> - -<p>Olvídese la importuna digresión, y sepan los que en ello tuvieron -interés, que antes que el ejército de José pasase el Ebro, llegaron -a la Puebla de Arganzón las tropas de una división que custodiaba -parte del convoy. Fue esto, si<span class="pagenum" id="Page_54">p. -54</span> no mienten las noticias que con pretensiones de verídicas se -me han dado, hacia el 16 o 18 de junio. El gran convoy venía detrás. -Los carros del pequeño detuviéronse en el camino a las inmediaciones -del pueblo, y las tropas repartiéronse por las casas y caseríos para -allegar víveres. En las inmediaciones de la villa veíanse grandes masas -de soldados: aquí artillería, allá columnas que iban de un lado para -otro; en lo más apartado la impedimenta, y largas filas de vehículos -que después de breve descanso debían seguir adelante.</p> - -<p>La Puebla de Arganzón, como lugar campestre, había dejado las -ociosas plumas, y aunque de por sí no fuese aquella villa madrugadora, -habríala despertado el rumor de tanta tropa y de los tambores sin cesar -batidos, confundiendo su ronco son con el cantar de los gallos que en -todos los corrales entonaban su alegre grito de alerta. Veíase a los -honrados habitantes salir de sus casas y juntarse en corrillos. Los -ancianos preguntaban si se había ganado ya la batalla, y advertidos -de que no, quejábanse de la mucha tardanza en arremeter, propia de -los tiempos nuevos, asegurando que en otra ocasión ya estaría todo -despachado y el asunto resuelto. Las mujeres corrían de casa en casa -pidiéndose provisiones para esconderlas, pues los franceses que en -número tan considerable rodeaban el pueblo reclamarían pronto lo que no -se habían llevado los guerrilleros el día anterior.</p> - -<p>En las tabernas, los taberneros no tenían manos para tanto despacho, -y muy alborozados<span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> -escanciaban a los franceses, pues en esto del vender y ganar dinero no -hay naciones: ellos quisieran tener un océano de aguardiente y vino, -que junto con algunas pipas de linfa del Zadorra les hubiera hecho -millonarios en un par de años de guerra.</p> - -<p>Un joven sargento avanzaba solo por las calles de la Puebla, -evitando al parecer la compañía de sus camaradas franceses, y más aún -la vista de los habitantes de la villa. Así es que cuando veía un grupo -en la puerta de una casa, se apartaba tomando distinto camino.</p> - -<p>—¿No es aquella la cara de Salvadorcillo Monsalud, el hijo de la -señora Fermina la de Pipaón? —decía una mujer viéndole pasar.</p> - -<p>—Parece que es aquella su cara; pero no su cuerpo, que es cuerpo y -uniforme de francés el que ha pasado.</p> - -<p>—Adelantadas estáis —decía un tercero—. ¿Pero no sabéis que -Salvadorcillo Monsalud, engañifado por su tío, ha sentado plaza en la -guardia del rey José?</p> - -<p>—Cierto es, aunque no lo participó a su madre por vergüenza; y -cuando la señora Fermina lo supo, estuvo llorando tres días, y aún -no lo quería creer, siendo tal su pesadumbre por esta traición de -Salvador, que la buena mujer dice que más quería verle muerto que -sirviendo a los franceses.</p> - -<p>—Y tiene razón. ¿Mas para qué dejó que el muchacho fuese a Madrid, -donde todo es corruptela y picardía? —dijo un personaje a quien todos -oían con respeto, y que era, si nuestras noticias no son falsas, el -boticario del lugar—.<span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> -Pero esto pasa a todos los muchachos que no tienen padre, o mejor, -a aquellos que han nacido del pecado y de unión nefanda, como ese -diablillo de Salvador Monsalud, que no se sabe de qué tronco vino ni de -cuál cepa sacó doña Fermina este mal sarmiento.</p> - -<p>El jurado se detuvo ante una casa de aspecto humilde, en cuya puerta -no se veía persona alguna. Miró a las ventanas, y las vio cerradas. -Un gallo cantaba dentro, y dos o tres gallinas salieron a la calle -sacudiendo sus plumas y picoteando el suelo, no tardando en aparecer -tras ellas el gallardo esposo. Poco después un gato asomó por la puerta -entreabierta y se detuvo sobre el umbral, relamiéndose con placentera -satisfacción los largos bigotes. El joven contempló un instante con -interés profundo a aquellos seres, y se acercó para entrar, desalojando -al gato, que asustado corrió hacia dentro. Las gallinas y el gallo, -sobresaltándose también y cambiando algunas cacareadas frases, huyeron -por la calle adelante.</p> - -<p>Monsalud se asomó por el hueco de la entornada puerta. La emoción -de su alma era tan viva, que le temblaban las manos al ponerlas sobre -las viejas tablas y los mohosos clavos; apenas podía sostenerse en -pie, a causa del desmayo de su cuerpo y de la flojedad nerviosa que -experimentaba. Miró hacia adentro: veíase un patio pequeño, y en -el fondo una habitación oscura, dentro de la cual se distinguían -los maderos de un telar. Monsalud contempló durante un rato aquel -humilde interior, y copiosas lágrimas se agolparon a sus ojos.<span -class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> De repente una mujer de edad -madura apareció en la habitación del telar, volviendo los trastos de -un lado para otro y barriendo después. Volvíase de vez en cuando hacia -un sitio donde debía de estar otra persona con quien hablaba, a juzgar -por sus gestos expresivos. Junto a la mujer apareció luego un perro, -que saltando y enredando entre sus pies la estorbaba en su faena, -recibiendo un ligero escobazo que lo decidió a salir al patio.</p> - -<p>«No me espera —dijo para sí, oprimiéndose el corazón, que parecía -querer saltársele del pecho—. ¡La pobrecita se sorprenderá y se -alegrará tanto...! Este momento vale por todas las pesadumbres que ha -padecido durante mi ausencia.»</p> - -<p>La puerta rechinó, y el perro fue saltando y gruñendo amorosamente -al encuentro de Salvador. Este se precipitó en el interior de la casa. -Doña Fermina, mirando hacia el patio muy sobresaltada, vio al joven que -hacia ella corría con los brazos abiertos, diciendo: «¡Madre, madre, -aquí estoy!» La buena mujer abalanzose a recibirle con expresión de -frenético contento; mas al tocarle con sus manos y al verle casi en -sus brazos, su semblante se alteró de súbito, lanzó una exclamación -de espanto, y cerrando los ojos y echando la cabeza atrás, cual si -descargase sobre ella el rayo de instantánea muerte, cayó sin sentido -al suelo. Sus labios contraídos apenas pronunciaron esta frase, -empezada con ardiente cariño y concluida con terror:</p> - -<p>—¡Hijo mío!... ¡francés!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span></p> - <h2 class="nobreak g0">VIII</h2> -</div> - -<p>El militar, aturdido por tan inesperado como funesto accidente, y -no comprendiendo bien lo que había oído, creyó que la excesiva alegría -la había desconcertado. Mas antes de acudir a los remedios que el -paroxismo reclamaba, hincose en tierra, y besando y abrazando a su -madre, la llamó con los nombres más tiernos y afectuosos, seguro de -que su voz la despertaría. Salvador no había visto aún a otra mujer -que en la estancia estaba: era una vieja flaca y amarillenta, de ojos -ardientes y vivos como ascuas, descarnadas y picudas manos, una de las -cuales oprimía el puño de un bastón negro, mientras la otra se alzaba -acompasadamente a la altura de la cara, para servir de signo visible y -movible a su extraño lenguaje. No la vio Monsalud hasta que se acercó -a él, y poniéndole los cinco amarillos palitroques de su mano sobre la -pechera del uniforme, le dijo con terrible ironía:</p> - -<p>—Acábala de matar, verdugo; acaba de matar a tu santa y buena -madre.</p> - -<p>Salvador miró a la vieja, y aunque de antiguo la conocía, su triste -aspecto y la áspera y desapacible voz produjéronle impresión muy -extraña, especie de frío intenso y doloroso en el corazón, cual si con -una aguja se lo atravesasen; erizamiento nervioso y acritud en<span -class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> los dientes, como lo que se -siente al contacto de las cosas acedas y frías.</p> - -<p>—Por Dios, doña Perpetua, dígame usted: ¿qué tiene mi madre? -—exclamó el joven—. ¿Está mala?</p> - -<p>—¿Eres tú la causa, y lo preguntas? —añadió la vieja, poniendo su -mano sobre la frente de la desmayada.</p> - -<p>Luego, paseando sus dedos por la pechera del levitón de Salvador, -y tentando la botonadura adornada con águilas, y metiéndolos después -entre la lana del sombrero y deslizándolos por las carrilleras de -cobre, dijo:</p> - -<p>—¡Traes sobre ti esta infernal vestimenta francesa, y preguntas lo -que tiene tu madre! ¡Pobre Ferminita! ¡Se resistía a creer tan grande -infamia en el hijo que llevó en sus entrañas y crió a sus pechos! -¡Pedía a Dios fervorosamente que no fuese verdad lo que le habían -dicho; su alma se consumía en hondas tristezas, y sin consuelo pasaba -las noches llorando tanta afrenta! La muerte del hijo que perece en los -campos de batalla destroza el corazón, pero no afrenta; la traición del -hijo desvergonzado que comete la infamia de pasarse al enemigo, es el -más vivo de los dolores de una madre española.</p> - -<p>—Usted está loca, madre Perpetua —dijo Monsalud rechazando a la -vieja con desdén—. Mi madre es una mujer sencilla: ya comprendo -que entre usted y el cura le han trastornado el juicio con eso de -traiciones y afrentas. Honrado soy. Mi buena madre no me aborrecerá por -el traje que llevo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>—¡Monstruo! —gritó la -vieja agitando el palo—. Huye de aquí. Vete con esos herejes que te han -catequizado; vete con Satanás, que es tu amo; vete al negro infierno, -que es tu casa. Deja a esta santa mártir que ya te ha llorado como -perdido para siempre. No eres su hijo: tú no puedes haber nacido en -esta casa, ni en este honrado país... Vete, vete, hereje, judío; mas, -¿qué digo?, ¡francés!</p> - -<p>El apostrofado miró a la vieja; mas sin acobardarse siguió esta -vituperándole con la firmeza y el aplomo de quien tiene la seguridad de -ser respetada. Vestía doña Perpetua el traje de las antiguas dueñas, -con toca blanca rizada y limpia, manto y saya negros, pendiente de la -cintura un luengo rosario, y del pecho cruz de madera sencilla. A pesar -de los muchos años, su talle era derecho y apenas se encorvaba un poco -al andar. Indudablemente había en el aquilino perfil de la vieja cierta -energía majestuosa que hacía recordar, a quien las hubiese visto, las -sibilas rigurosas y ceñudas creadas por la inspiración artística. -Acartonada y seca, no tenía la repugnante escualidez con que nos pintan -a las brujas. Expresábase con vigor y hasta con elocuencia, y su voz -retumbaba en los oídos como una campana de mucho uso, mas no rota -todavía.</p> - -<p>Para que nuestros lectores no carezcan de todas las noticias -necesarias respecto a tan singular tipo, les diremos que la madre -doña Perpetua tenía cien años cabales, no hallándose ciertamente -en proporción su acabamiento con su mucha edad, que a la vista no -parecía<span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span> exceder de -los setenta. Era una doncella secular nacida en la Puebla de Arganzón -a poco de establecerse en España Felipe V, y que nunca había salido -de aquel pueblo. Dedicose desde su juventud a obras piadosas, mas -sin aficionarse al claustro; gustaba de la independencia y de andar -de casa en casa comadreando, y trayendo y llevando noticias, dichos -e ideas, libando aquí y melificando allá cual las abejas. Así creció -y fue echando días y años como el siglo, y pasaron ante ella tres -generaciones de pueblos y tres generaciones de reyes y veinte guerras, -y ella pasó de un siglo a otro como quien atraviesa una puerta para -pasar de la sala a la alcoba.</p> - -<p>Su vida austera, y los buenos consejos que daba para reconciliar -matrimonios y dirimir contiendas, para transigir desavenencias y -acomodar caracteres juntamente con su buena manderecha para establecer -la concordia en todas partes, diéronle gran reputación en la villa. -Respetábanla mucho, y cuando abría la boca, <i>conticuere omnes</i>. -Como era tan larga su vida y tenía mucha experiencia de las cosas -físicas y morales, tomábanla todos por consejera. Sabía curar males -de varias clases, y conocía mil salutíferas yerbas y untos, además de -toda la farmacopea casera, mezclando en hórrido caos la medicina y la -religión, lo terapéutico y lo supersticioso. Enciclopedia del alma -y del cuerpo, reunía el total saber y sentir de su país en aquella -época.</p> - -<p>Rezaba por todos los muertos y reía por todos los nacidos. No había -bautizo, ni duelo,<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> ni -boda a que no asistiese, disfrutando de lo mejor del festín, cuando -lo había. Sabía contar especies diversas de cuentos interesantes, -algunos heroicos, muchos de pícaros, tahúres y guapos, y los más de -devoción o de brujerías, males de ojo, miedos y otras cosas divertidas -que embobaban a los chicos y a las mujeres. Ningún asunto doméstico, -social ni religioso tenía para ella secretos, y era la ciencia suma en -teología de aldea, en economía al pormenor, en culinaria y en filosofía -burda.</p> - -<p>A los pocos minutos, comenzó doña Fermina a querer volver de su -síncope. La vieja había traído agua en una escudilla y le rociaba el -rostro diciendo:</p> - -<p>—Ya vuelve en sí; aunque para ver lo que tiene delante, más valiera -que sus ojos no se abrieran jamás a la luz. Vete, te digo: tu madre te -llora muerto; no turbes la paz de su alma poniéndotele delante en esa -forma aborrecible.</p> - -<p>Monsalud, sin escuchar a doña Perpetua, alzaba a su madre del suelo -y cuidadosamente la sentó en su sillón. Sosteniendo con sus manos la -cabeza de la infeliz mujer, le decía:</p> - -<p>—Madre, soy yo, soy Salvador, el mismo de siempre, el hijo querido. -¿Por qué se ha asustado usted al verme? El vestido no hace al -hombre.</p> - -<p>Doña Fermina, viendo el rostro de su hijo cerca de sí, le dio mil -besos amorosos; mas después apartó la cara y extendió los brazos para -rechazarle.</p> - -<p>—¡Mi hijo... francés!... —repitió con el mismo<span class="pagenum" -id="Page_63">p. 63</span> tono de angustia y terror... —¡Ese traje!... -¡Era verdad!</p> - -<p>—¡Y el muy bribón se empeña en seguir aquí atormentándote, -Ferminita! —exclamó con desabrimiento la vieja—. ¿Hase visto -desvergüenza semejante?</p> - -<p>—¿Qué delito he cometido? —dijo Monsalud con viva congoja, -estrechando entre las suyas las heladas manos de su madre, y de -rodillas ante ella—. ¿Qué habré yo hecho para que usted se desmaye, -madre, cuando me ve, y esta buena mujer me mande huir?</p> - -<p>—¿Qué has hecho? —repitió la madre con estupor—. Te has pasado a los -franceses, estás maldito de Dios y de los hombres, tocado de herejía, -perdida para siempre tu alma, y contaminada yo también por haberte -parido y criado.</p> - -<p>—¡Qué horribles palabras y qué espantosa idea! —exclamó el joven -procurando reír, pero con el alma destrozada de vergüenza y dolor—. -¿Tantos males ocasiona este capote que llevo? ¡Oh!, madre querida, yo -conocí que hacía mal, yo resistí, conociendo que era una falta servir -a los enemigos de mi patria; pero me moría de hambre, y además mi tío -tenía mucho empeño en que yo sirviera a los franceses. Una vez dado -este paso, ya no puedo volver atrás, porque el honor me prohíbe vender -a los que me han dado un pedazo de pan para vivir y una espada para -que les defienda. Si por esto he perdido el amor de mi madre, de la -única persona que en el mundo me ha querido, de la que me dio la vida, -de aquella a<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> quien he -consagrado siempre la mía, será porque algunos malintencionados habrán -emponzoñado su alma con bajos sentimientos.</p> - -<p>—No, yo te amo siempre —dijo doña Fermina, no pudiendo resistir -el ansia vivísima de besar a su hijo y regar con ardientes lágrimas -sus mejillas, aunque doña Perpetua extendía a menudo entre los dos -sus manos de cartón—; yo siempre te quiero; pero he hecho juramento -ante Dios de no admitirte bajo este techo, ni darte mi bendición, -ni llamarte hijo, si no abjuras tus errores y maldices tus banderas -infernales, si no reniegas de ese vil rey y tornas a la patria y al -deber... Mi conciencia me exigió este juramento, y lo he prestado por -consejo de respetables personas a quienes debo consuelos tiernísimos en -esta última desventura que ha caído sobre mí.</p> - -<p>El joven, cubriendo con ambas manos su rostro, lloró; mas de súbito -estalló una violenta indignación en su alma, y apartándose de las dos -mujeres, púsose en el centro de la pieza.</p> - -<p>—Mi honor —gritó con voz alterada y resuelta— me impide desertar; -pero si pierdo el amor de mi madre, y se me arroja de mi casa porque no -quiero ser desleal y perjuro, no quiero vivir. Aquí tengo una espada -—añadió desenvainándola—, y no me falta valor para atravesarme con ella -el corazón.</p> - -<p>Doña Fermina se arrojó llorando en brazos de su hijo. La mujer -secular permanecía silenciosa, fría, clavada en su silla, contemplando -la patética escena como una estatua de cartón<span class="pagenum" -id="Page_65">p. 65</span> que dentro de su pasta encolada tuviera un -alma observadora. Sus ojos negros clavábanse en el joven con aterradora -fijeza.</p> - -<p>En aquel instante entró un nuevo personaje. Era un anciano fornido -y alto, de rostro sanguíneo, duro y tosco, mas no desagradable por -cierto; mirar franco y campechano que le animaba y hasta le embellecía. -Su cabeza calva apenas se exornaba económicamente con un cerquillo de -blancos pelos esporádicos sobre las sienes y en el occipucio; su cuerpo -era bravío, imponente, recio, como de varón hecho a las intemperies, a -las luchas con hombres y elementos. Vestía negro traje talar, llevado -con desenvoltura y abierto por delante para poder introducir fácilmente -las manos en el bolsillo o cuadrarlas en la cintura, como a menudo lo -hacía aquel hombre, dueño de dos manos enormes, velludas, que sabían -llevar el arado, la espada y la hostia. Era don Aparicio Respaldiza, -cura de la Puebla de Arganzón.</p> - -<p>Mirando al mancebo, más bien con lástima que con rencor, le dijo:</p> - -<p>—Ya sabía que estabas aquí, desgraciado. Te hacíamos muerto, muerto -con la muerte de la deshonra, que deja el cuerpo vivo. El alma se va y -queda la vergüenza.</p> - -<p>Luego, acercándose a doña Fermina, que deshecha en lágrimas recibía -consuelos y caricias de la beata, le dijo:</p> - -<p>—¡Señora Fermina, valor!... El sentimiento materno es el más -fuerte de todos. No trate usted de vencerlo: al contrario, desahogue -su pecho, llore hasta mañana. Este hijo muerto<span class="pagenum" -id="Page_66">p. 66</span> es quizás perdido para siempre, y puede -resucitar, si se abraza a la cruz de la patria. Yo seré el primero que -le reciba en mis brazos.</p> - -<p>—Y yo —repitió la beata, sin que se mostrasen en la engrudada -máscara de su rostro, compasión, ni alegría, ni sentimiento alguno—, yo -también le abriré mis brazos.</p> - -<p>—Hijo mío —dijo doña Fermina poniéndose de rodillas ante Salvador -y cruzando las manos—, vuelve en ti; deja esos hábitos infernales, -abandona a los que te han seducido, torna a la patria, y recibirás la -bendición de tu madre y el amor que siempre te he tenido y te tengo a -pesar de tu horrible pecado. Hazlo por Jesucristo crucificado, por la -religión que te enseñé, por el agua que en el bautismo recibiste, por -el pan eucarístico que has recibido en tu cuerpo; hazlo por mí, por mi -honor y buen nombre, que para siempre he perdido en este pueblo; por -mi tranquilidad, que no recobraré sin ti; hazlo por el señor cura de -nuestra aldea, que te enseñó los mandamientos y la doctrina, la lectura -y escritura y el latín, con lo poco que sabes; hazlo por la santa -doña Perpetua, que nos da tan buenos consejos y más de una vez te ha -entretenido contándote tan bellas historias; hazlo, en fin, por todos -los que te aman en esta villa y en el lugar de Pipaón, donde no sé si -por ventura o eterna desdicha mía naciste.</p> - -<p>Monsalud, enternecido por voz tan elocuente que agitaba hasta lo -más hondo su alma, como la tempestad el océano, se había sentado en -un escabel, y con los codos en las rodillas<span class="pagenum" -id="Page_67">p. 67</span> y la cabeza encajada entre las palmas de -las manos, lloraba en silencio. El témpano colosal y endurecido de su -entereza se desleía poco a poco.</p> - -<p>—Y lo que es ahora —dijo el cura para favorecer el deshielo—, los -franceses van a ser destrozados. ¡Pobrecitos de los que se unan a -ellos!</p> - -<p>—Bueno —dijo Salvador alzando de repente la cabeza—; déjenme que -lo piense. Eso no se puede decidir en un momento: los que estamos -acostumbrados a cumplir con nuestro deber y a obedecer a nuestros -superiores...</p> - -<p>—No hay ningún superior que tenga sobre ti más autoridad que tu -madre —dijo el cura, paseándose por la habitación con las manos a la -espalda—; tu madre, personificación viva de la patria, que a todos sus -hijos gobierna y dirige.</p> - -<p>Doña Fermina corrió a abrazar a su hijo, besándole cariñosamente en -la frente y en las mejillas.</p> - -<p>—Querido niño mío —le dijo—, veo que estos dos excelentes amigos -te van convenciendo. Dejarás a esos perros franceses, devolviéndome -la tranquilidad y poniéndome en paz con mi conciencia y con Dios. -Siéntate, descansa; te esconderemos para que no puedan verte los -vecinos con ese endiablado uniforme...</p> - -<p>—Es una imprudencia que le tengas en tu casa mientras de todo en -todo no se convierta, —dijo la santa con severidad.</p> - -<p>—¿Y qué importa? —repuso doña Fermina, ofendida de la intolerancia -de su consejera—.<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> Mi -hijo está arrepentido. El pobrecito estará hambriento y fatigado. Lo -primero es que tenga salud.</p> - -<p>—Puede quedarse —afirmó el cura, menos celoso que la beata—. -Salvador es un buen muchacho... ha dicho que lo pensaría... Tiene buen -natural y mucha inteligencia... y, sobre todo, el deber le ordena -servir a la patria. Aquí donde me ves —añadió deteniéndose en medio -de la estancia en actitud marcial—, estoy disponiéndome para salir -por ahí con otros amigos... Ya sabes que mi puntería es la mejor de -toda la tierra de Álava. Hemos decidido organizar una partidilla, para -auxiliar a las de Longa. ¿Qué te parece mi proyecto? ¡Oh, admirable! -Los hombres se deben a su patria, y es preciso que nosotros, los que -estamos en cierta jerarquía, demos el ejemplo a los demás... La ocasión -es solemne, y ningún español puede permanecer en su casa. Wellington -está cerca, y es preciso ayudarle. ¿Qué tal? ¿Te animas? Yo no espero -sino a que venga de Peñacerrada don Fernando Garrote, que es hombre muy -entendido en guerras, para partir con él... Serás un buen escopetero, -Salvador.</p> - -<p>—Siéntate, hijo —indicó la madre observando que el joven no se -entusiasmaba excesivamente con el bélico ardor de Respaldiza—. Voy a -aderezar algo de comida. Estarás muerto.</p> - -<p>—No tengo ganas de comer —respondió el mozo, profundamente -abstraído.</p> - -<p>La madre le miró con desconsuelo, viendo sin duda en su abatimiento -pensativo la señal de nuevas vacilaciones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>—He dicho que lo -pensaría, ¿no es eso? —murmuró Monsalud sin pensar en comer—. Pues -bien: lo pensaré... déjenme pensarlo todo el día... Es cosa grave... -El convoy que he custodiado y que lleva el general Maucune, sale ahora -mismo; pero yo no saldré hasta mañana con el convoy grande.</p> - -<p>La madre y los dos amigos permanecieron mudos, y sin pestañear le -observaron. Luego abrazó el hijo a la madre, y sonriendo dijo:</p> - -<p>—Volveré más tarde.</p> - -<p>Cuando salió de la habitación, la vieja se expresó así:</p> - -<p>—¡Perdido, perdido para siempre!</p> - -<p>Más optimista y generoso el cura, tranquilizó a la afligida madre, -diciendo:</p> - -<p>—Es nuestro.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9"> - <h2 class="nobreak g0">IX</h2> -</div> - -<p>Para mayor claridad de sucesos que han de venir, Dios mediante, no -estará de más referir algunos antecedentes relativos a las principales -personas de esta historia. Era doña Fermina natural de Pipaón y rama -del tronco de una honradísima o hidalga familia; mas Dios quiso que -en ella y su hermano tuviese fin el lustre de su casa, pues quedando -huérfanos en edad temprana, mientras él derrochaba en Madrid toda -la fortuna paterna, sufrió<span class="pagenum" id="Page_70">p. -70</span> ella una desgracia irreparable que por siempre la condenó a -la oscuridad y a la vergüenza, con lo cual acabó para el mundo, y en el -olvido quedaron las nobles prendas de su alma y superior mérito.</p> - -<p>Una herencia de poquísimo valor y un pleito enfadoso la obligaron -a establecerse en la Puebla en 1811. Vivía allí con modestia y muy -retirada; pero la trataban algunas personas, y entre ellas asiduamente -doña Perpetua y el cura, que bien pronto ejercieron en su ánimo grande -influencia, convidándoles a ello la gran sencillez y bondad de la -piadosa mujer. Doña Fermina no era vieja aún; pero habíala desfigurado -la negra tristeza que en todos tiempos llenaba su alma, y, finalmente, -el pesar por la ausencia de su hijo. Los amores de este con cierta -joven de la villa, y sus cuestiones y disputas con otro muchacho, hijo -de acomodados padres, obligaron a doña Fermina a enviarle a Madrid, -donde hizo lo que ya sabemos, y se entregó en cuerpo y alma a los -franceses.</p> - -<p>Después de la conferencia antes referida, salió Monsalud a la calle -y vagó por las principales del lugar, tan ocupado por sus pensamientos -que a nada atendía, ni paró la atención en la mucha gente que le -miraba. Su entereza había sido muy quebrantada por la lastimosa -escena de la mañana, y la deserción que antes le parecía un hecho -deshonroso, contra el cual a voces protestara su pura conciencia, se -le representaba al fin no solo como natural, sino como en alto grado -laudable y meritorio.<span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> -El grande amor que a su madre tenía, y el prestigio de las dos -religiosísimas personas de que se ha hecho mención, habían trastornado -sus ideas, abierto nuevas vías a su pensamiento, y cambiado el modo de -ver las cosas de la vida y especialmente de la guerra.</p> - -<p>«Es indudable —dijo para sí—, que el deber que hacia mi patria tengo -anula todos los demás deberes... Al nacer contraje con mi patria el -compromiso tácito de defenderla, y este compromiso anula también todos -los juramentos posteriores... Váyanse los franceses con doscientos mil -demonios... ¿Pero una conciencia honrada puede consentir el abandono -traidor de los que nos han hecho un beneficio, y el hacer armas contra -ellos, aunque sea en las filas de la patria? No; en caso de desertar -renunciaré a mis grados militares, romperé mis charreteras y, dejando -a los franceses, me retiraré a mi casa resuelto a no volver a tomar un -fusil en la mano.»</p> - -<p>Así discurría, balanceando su voluntad de un lado para otro, pero -inclinándose más del lado de la deserción. Al fin sus pensamientos -tomaron vuelo por distintos espacios, y puso en olvido a franceses y -españoles. En aquel mar agitado de sus ideas sobrenadó lo que sobrenada -siempre, y todo lo demás se fue al fondo. Mirando las verdes copas de -árboles que se elevaban sobre los tapiales viejos de una huerta entre -irregulares tejados, dijo hablando consigo mismo:</p> - -<p>«¿Estás ahí, Jenara? Todo sigue lo mismo: árboles, casa, cielo y -tierra, el aire y el sol, y<span class="pagenum" id="Page_72">p. -72</span> lo mismo también mi corazón, que antes dejará de latir que de -quererte.»</p> - -<p>Los redobles de tambor que sonaron en las inmediaciones del pueblo -le obligaron a seguir adelante.</p> - -<p>«Como la división no se pone en marcha hasta mañana temprano —dijo—, -tengo tiempo de pensar lo que debo hacer; vamos al campamento y esta -noche... Esta noche veré a Jenara aunque me sea preciso degollar a su -madrastra y ahorcar a su abuelo.»</p> - -<p>Pensándolo así, fue al campamento llamado por su obligación; mas -nada le ocurrió en él digno de contarse, por lo cual apresuramos la -narración, acortando el día y transportando a nuestros lectores a la -apacible y oscura noche, cuando Monsalud dirigiose solo y con el alma -llena de ansiedades entre dulces y dolorosas, a los mismos tapiales de -tierra que por la mañana vimos, descollando sobre ellos la frondosa -arboleda de una huerta.</p> - -<p>Llegó el joven, y reconocidos los contornos de la casa para ver -si alguien le observaba, cerciorado al fin de que en las callejas -contiguas no había curiosos ni rondadores, tomó una piedrecilla y la -arrojó contra la única ventana de la casa que a la huerta daba. Luego -articuló hábilmente unos silbidos que parecían el canto de un pájaro -nocturno; mas ninguna señal de la casa contestó a su extraña música -hasta la tercera repetición.</p> - -<p>Abriose al fin la ventana; pero no conociendo Salvador la persona -que en el oscuro hueco apareciera, y receloso de que fuera el<span -class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> suspicaz abuelo o la -vigilante madrastra, calló y ocultose en las densas sombras que -proyectaban las cercanas paredes. Poco después creyó sentir pasos en -la huerta y el tenue ruido de las matas que se rozaban unas con otras -apartándose para dar paso a un vestido. Acercose entonces muy quedito a -la empalizada que protegía la entrada de la huerta, y que en sus tablas -carcomidas tenía grietas, agujeros y hendiduras suficientes para dar -paso libre a la palabra durante la noche y aun a la vista durante el -día. Conocía el joven aquellos viejos maderos, la disposición de sus -huequecillos y claros como se conoce el traje que se ha usado muchos -años. Al pegarse a ellos, su corazón más que su oído le dio a entender -que por dentro suspiraba una persona.</p> - -<p>—Generosa —dijo aplicando los labios a una juntura por donde -difícilmente podía pasar un dedo.</p> - -<p>—Salvador —repuso desde el contrario lado una dulce y conmovida voz, -como gemido del viento entre las hojas—. ¿Eres tú?</p> - -<p>—Aquí estoy, siempre tuyo, siempre queriéndote, muriéndome, Jenara, -por ti —dijo Monsalud oprimiendo su cuerpo contra las frías y duras -tablas—. Dime si me has olvidado, si quieres a otro. Jenara, estás aquí -y no puedo verte. ¡Maldita noche!... ¿Me has olvidado? ¿Me quieres -todavía?</p> - -<p>—Sí —repuso desde dentro la dulce voz—, te quiero. ¿Por qué has -estado tanto tiempo sin escribirme? ¡Cuánto me has hecho llorar!</p> - -<p>—Jenara —murmuró el joven apoyando su<span class="pagenum" -id="Page_74">p. 74</span> frente abrasada sobre la madera—, mete tus -deditos por esta rendija de la derecha.</p> - -<p>Dos blancos dedos aparecieron, por la rendija, moviéndose como dos -culebritas. Monsalud, después de imprimir en ellos amorosos besos, los -estrujó entre sus manos, hasta que la muchacha los retiró diciendo:</p> - -<p>—Me lastimas, Salvador.</p> - -<p>—Jenara, soy muy desgraciado, soy el más infeliz de los hombres. -Déjame que te vea, pues viéndote, aunque sea un momento, me será menos -penosa la vida.</p> - -<p>—¿Por qué eres desgraciado?</p> - -<p>—¿Por qué...? —repuso el joven vacilando—, porque no te veo, porque -tu abuelo y tu madrastra no quieren que seas para mí... Jenara, por -Dios, rompamos estas tablas.</p> - -<p>—¿Estás loco? Deja las tablas como están y hablemos. Aún no sé si -podré estar aquí mucho tiempo.</p> - -<p>—¿Los de tu casa duermen?</p> - -<p>—Sí; pero mi abuelo tiene el sueño muy ligero, y como todos hemos de -madrugar mañana para ir a Vitoria, se ha acostado vestido, y al menor -ruido, Salvador, saldría como un león.</p> - -<p>—¿Te vas a Vitoria?</p> - -<p>—Sí; el abuelo teme que los franceses destruyan esta villa. Allá -estamos más seguros... ¿Irás tú por allá?</p> - -<p>—Tal vez.</p> - -<p>—Pero no me has dicho las causas de tu desgracia. Yo también soy -desgraciada. Tengo un pesar que me destroza el alma. ¿Sabes<span -class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> por qué? Porque te quiero, -Salvador —dijo la muchacha con acento quejumbroso—, porque te quiero -mucho, porque desde hace dos años, desde que tú y tu madre vinisteis a -estableceros en esta villa, te estoy queriendo.</p> - -<p>—¿Lloras, Jenara? —preguntó Monsalud, oyendo los sollozos de su -amiga.</p> - -<p>—Sí, lloro... Pero de ti depende que me muera de dolor o que sea muy -feliz. Respóndeme.</p> - -<p>—¿A qué?</p> - -<p>—Salvador, Salvador de mi alma, en la Puebla se ha dicho que te -habías pasado a los franceses. Hoy mismo dijo mi abuelo que estabas -entre los vándalos que llegaron anoche. Yo no he querido creerlo; se me -ha resistido creerlo. Dime si es verdad, dime si te has pasado a los -franceses; y si es cierto, Salvador, no volverás a oír una palabra de -mi boca, ni me verás. Jenara ha muerto para ti. Jenara te aborrece.</p> - -<p>Monsalud se quedó yerto y frío y sin habla. Helado sudor corría por -su frente.</p> - -<p>—Jenara —dijo haciendo un esfuerzo para atraer la palabra de su -agitado corazón a sus trémulos labios—, ¿por qué has de tomar tan a -pechos...?</p> - -<p>—Contéstame pronto —repitió la voz.</p> - -<p>El joven vaciló un momento y después dijo:</p> - -<p>—Pues bien: es mentira.</p> - -<p>—¡Salvador, has dicho que es mentira! —exclamó Jenara alzando la -voz—. ¡Bendita sea tu boca! ¡Bendita sea tu alma! Todo mentira;<span -class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> invenciones de la gente, -envidia también de tus buenas prendas.</p> - -<p>—Invenciones, envidia —repitió sordamente Salvador.</p> - -<p>—Pues tú me lo dices, lo creo —dijo la muchacha—. Nunca me has -dicho sino la verdad. No sé de dónde ha sacado la gente tal noticiota. -Dijeron que te habían visto hoy por el pueblo vestido con un uniforme -verde y un sombrero de piel.</p> - -<p>Monsalud calló.</p> - -<p>—Hace un momento, Salvador mío, me quedé dormida; soñé primero con -tu uniforme verde y tu sombrero de piel, adornado con un águila dorada. -¡Me causabas horror! A pesar de tanto como te he querido, viéndote de -aquel modo me parecías el más aborrecible, el más espantoso de los -hombres.</p> - -<p>Salvador sentía en su garganta un cerco de hierro que le ahogaba. -Era la gola con la insignia imperial. Bajando hasta su pecho le mordía -el corazón, y el águila majestuosa que exornaba su frente no le hubiera -quemado el cerebro con más violencia si fuera una llama. El desgraciado -joven sentía en su interior una ansiedad semejante a la agonía que -precede a la muerte.</p> - -<p>—Pero después —prosiguió la joven—, tuve otro sueño mejor. Soñé -que lo de pasarte a los franceses era mentira, como has dicho; soñé -que volvías a la Puebla vestido de paisano, pobre, pero con honra; -que volvías después de haber estado combatiendo con los franceses -en las filas de Longa, de Pastor o de Mina...<span class="pagenum" -id="Page_77">p. 77</span> ¿Estás de paisano? Cuéntame lo que has hecho -durante ausencia tan larga.</p> - -<p>—Todo te lo contaré. Pero dime: si yo hubiera cometido la infamia, -la deslealtad, la alevosía de servir a los franceses, ¿es cierto que -habrías aborrecido al pobre Salvador, que lo mismo te quiere hoy que -ayer?</p> - -<p>—No me lo digas —contestó la joven—. ¿Por qué se quiere a las -personas? ¿Por el rostro? No lo creas. Se quiere a las personas por las -prendas del alma, por el valor, por la honradez, por la generosidad, -por la lealtad, por la dignidad, por la nobleza.</p> - -<p>Monsalud no oía estas palabras. Sentíalas en su corazón como saetas -que se lo atravesaban de parte a parte.</p> - -<p>—El que en una guerra como esta —continuó la joven— da de lado a -sus hermanos que están matándose por echar a los franceses; el que -ayuda a los enemigos, a esa caterva de herejes, ladrones y borrachos, -es un traidor cobarde, un ser despreciable, un Judas. Los perros de -España merecen más consideración que el que tal vileza comete. Si tú la -cometieras, Salvador, no solo te aborrecería, sino que me mataría la -vergüenza de haberte querido.</p> - -<p>Monsalud apuró con resignación este cáliz de amargura. Las palabras -de la fogosa doncella, juntamente con el recuerdo de la escena -ocurrida en la casa materna, le hicieron comprender la inmensidad del -sentimiento patrio. Todo lo que en este hay de violento y salvaje -desaparece ante la grandeza de su lógica. Contra aquello, ¿qué podían -José ni Napoleón con<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> -todos sus ejércitos? Sobre aquel sentimiento, sobre aquel odio de las -muchachas a todo el que no fuera patriota, descansaba la inmortalidad -nacional, como una montaña sobre sus bases de granito. Monsalud lo vio -todo: vio aquel gigante cruel y sublime, salvaje, pero grandioso, y se -inclinó ante él abrumado, vencido, resignado, comprendiendo su propia -miseria y la magnitud aterradora de lo que tenía delante.</p> - -<p>—Jenara —dijo con voz conmovida—, mete tus deditos por esta rendija. -Me muero de dolor; soy el más desgraciado de los hombres.</p> - -<p>—¿Por qué? —dijo Jenara poniendo su alma en las yemas de los dedos y -echándola a la calle—. Yo estoy contenta... ¿Pero Salvador, qué es esto -que toco? Un botón de metal, y otro, y otro. ¿Tienes uniforme?</p> - -<p>—Me compré un chaquetón en Valladolid, cuando venía para acá —repuso -turbado el militar—. Así se usan hoy.</p> - -<p>—Salvador, ahora que te has movido, ha sonado contra el suelo una -cosa de hierro. Parece un sable.</p> - -<p>—¿Pues no te dije que lo tenía? Sí; me lo dieron unos guerrilleros -en Nájera.</p> - -<p>—¿Has estado con los guerrilleros? —preguntó la joven con -entusiasmo—. ¡Y no me lo habías dicho! ¡Oh, con los guerrilleros! -¡Bendígalos Dios!... Salvador, entra tu mano por este agujero grande -que hay más arriba... ¿Conque has estado con los guerrilleros?</p> - -<p>La mano de Monsalud pasó de la calle al jardín, y el joven sintió -sobre ella los labios de<span class="pagenum" id="Page_79">p. -79</span> Jenara, quemándole como ascuas, que se le metían por las -venas adentro hasta el mismo corazón.</p> - -<p>—Salvadorcillo —dijo la joven, acariciando la mano de su amigo—, -¿esta mano ha matado muchos franceses?</p> - -<p>A Monsalud, después del anterior fuego, se le heló la sangre en las -venas al oír esto.</p> - -<p>—Siempre que oigo contar hazañas de guerrilleros —prosiguió Jenara—, -me acuerdo de ti. A todos me les figuro como tú, y me parece que nadie -puede ganarte en valentía. Sueño con las sangrientas batallas en que -perecen muchos franceses. ¡Ay!, si yo fuera hombre, no quedaría con -vida ni uno solo de esos perros. Cuando voy a la iglesia y oigo al -cura contarnos en el púlpito las ventajas de los guerrilleros; cuando -vienen a casa los amigos de mi abuelo y hablan de las batallas ganadas -por Longa y Mina, no puedo apartar de ti mi pensamiento. Me moriría -de felicidad si oyera tu nombre entre tantas maravillas de valor. Los -buenos soldados de España se me representan como San Miguel, ángeles -armados y hermosos que destrozan al dragón. ¿Eres tú de esos, Salvador; -eres tú un San Miguel? —añadía con exaltación admirable—. Dime que sí, -y te querré más todavía. Dime que has matado muchos enemigos, que has -defendido a España contra esos borrachos del infierno; dime que te -has bañado en su sangre maldita y machacado sus horribles cabezas, y -te querré más que a mi vida, te querré como a Dios... Nosotros somos -Dios, Salvador; nosotros los españoles somos<span class="pagenum" -id="Page_80">p. 80</span> Dios y ellos el demonio; nosotros el cielo -y ellos el infierno. Así lo dicen el cura y mi abuelo, y tienen mucha -razón.</p> - -<p>—¡Mucha razón! —repitió Monsalud por decir algo—. Jenara, tu frenesí -me conmueve. Ahora veo que hay otra religión además de la que está en -el catecismo: la religión de la patria. Los hombres la practican y las -mujeres la sienten. Si la fe en Dios mueve las montañas, la fe de esa -otra religión también las mueve. Con ella el heroísmo y el martirio -son cosas fáciles... Jenara, yo te juro ante Dios que nos está mirando -desde lo más alto del cielo, que haré todo lo posible para elevarme -como tú hasta el último grado en la fe de la madre España. Mis proezas -no han sido hasta ahora muy grandes; pero aún hay franceses en la -tierra. Soy joven, fuerte, robusto: soy soldado de la patria. Morir -por ella y morir por tu amor me parece lo mismo. Jenara de mi alma, -quiéreme mucho.</p> - -<p>—Salvador mío, ese es el lenguaje que me gusta oírte —dijo la -muchacha—. Estamos en guerra. Todo hombre que no sea guerrero hoy no -merece más qué desprecio. ¿Te gusta a ti la guerra, Salvador? Di por -Dios que sí, dímelo.</p> - -<p>—Extraordinariamente, Jenara. El corazón que no palpita por estas -tres cosas, Dios, la mujer amada y la victoria, no es corazón de -español ni de hombre.</p> - -<p>Sintiose el suave estallido de algunas tablas. Jenara sacudía la -empalizada.</p> - -<p>—¿Qué haces? —le preguntó Monsalud—. Esto se mueve.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span>—Salvador, amigo -querido de toda mi vida —dijo con pasión la muchacha—. ¡Malditas sean -estas tablas que nos separan! Empuja un poco de ese lado.</p> - -<p>—Se romperán, Jenara. Esto no es tan fuerte como parece —indicó el -joven con terror.</p> - -<p>—Quiero verte —añadió Jenara con voz que se ahogaba entre sollozos y -suspiros—. Hace tanto tiempo que no te veo... y si ahora te vuelves con -los guerrilleros, y tu arrojo te causa la muerte en una acción... no te -veré más... ¡Ay! estas condenadas tablas no ceden.</p> - -<p>—No —repuso el mancebo tranquilizándose.</p> - -<p>—Oye —dijo la doncella con exaltación—, si es tan grande tu empeño -por entrar y verme, no es menor el mío. Nada más triste que hablar y -no poderse ver las caras. ¿Estás pálido, Salvador, estás tostado del -sol?... Oye lo que me ocurre. Mi abuelo tiene la llave de esta puerta -sobre la mesa de su cuarto. Ahora duerme... puedo entrar de puntillas y -cogerla. No sentirá nada... Aquí está el candado, hijito... se abrirá -fácilmente... ¿Conque voy por la llave?</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10"> - <h2 class="nobreak">X</h2> -</div> - -<p>—Detente —dijo Monsalud, a quien causaba rubor y angustia la idea de -que al abrirse la puerta descubriera Jenara por su traje el engaño de -su patriotismo y la verdad de su<span class="pagenum" id="Page_82">p. -82</span> afrancesamiento—. Detente, Generosa, y reflexiona un momento -sobre lo que vas a hacer... Te quiero más que a mi vida; te quiero, no -por egoísmo, sino con verdadero amor que por encima de todo pone el -bien de la persona amada. No necesito llave para abrir esta puerta del -cielo, Jenara: basta un esfuerzo mío para echarla a tierra; pero no la -romperé, no, porque mi propia estimación y, sobre todo, la tuya, me lo -prohíben.</p> - -<p>—Dices bien: yo estoy loca —murmuró la muchacha—. Acércate; que -sienta yo tu respiración pasando por estas rendijas, Salvador mío. ¿No -te marcharás todavía?</p> - -<p>Monsalud, fatigado de la farsa que estaba representando y que -repugnaba a la dignidad y lealtad de su alma generosa, mas sin deseos -de ponerle fin alejándose de la dulce criatura amada, quiso variar de -conversación, entablándola sobre un asunto que no tuviera relación con -la guerra, ni con los franceses, ni con los guerrilleros.</p> - -<p>—Niña mía —dijo—, se me había olvidado un asunto del cual pensé -hablarte.</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—Durante este tiempo en que no nos hemos visto, he tenido celos, -muchos celos. En Madrid me dijeron que querías al hijo de don Fernando -Garrote. Recordarás que cuando éramos novios, él te hacía la corte; que -Garrote y yo nos mirábamos con muy malos ojos; que por haber reñido -primero de palabra y después de obra, tuve que salir de la Puebla -jurándole enemistad eterna. Si después de esto,<span class="pagenum" -id="Page_83">p. 83</span> has tenido la debilidad, no digo de quererle, -porque esto me parece imposible, sino de admitir sus galanteos, buscaré -a ese fatuo y donde quiera que lo encuentre, lo mataré.</p> - -<p>Contra lo que Monsalud esperaba, Jenara no se escandalizó de lo que -acababa de oír ni menos contestó a los agravios del mancebo con mimos -y lloros, según costumbre tan antigua como el mundo. Oyó él tras los -maderos una risita que no le agradó, y después estas palabras:</p> - -<p>—¡Qué tonto eres! No hagas caso de eso. Cierto es que Carlos Garrote -me hace la corte y quiere casarse conmigo. Me envía regalitos, ramos -de flores, va a misa a la misma hora que yo, y algunas veces viene con -sus amigos a desgañitarse bajo las rejas de esta casa, acompañado de -guitarras y bandurrias.</p> - -<p>—¡Jenara, Jenara, me estás destrozando el corazón! —exclamó el -mancebo con fuego—. ¿Por qué te ríes?</p> - -<p>—Me río de él. Y no es mal muchacho, Salvador —continuó Jenara—. -Tiene buen porte, muy bueno, sí, y también excelentes cualidades, solo -que no es amable ni delicado como tú, sino brusco, serio y...</p> - -<p>—Y fatuo, vanidoso, y soplado —interrumpió Monsalud—. Veo que no te -disgusta mi enemigo.</p> - -<p>—Ni me gusta, ni me disgusta —dijo la doncella, aplicando su -boquita a las hendiduras para que se oyese mejor lo que decía—. Si no -lo quiero, tampoco desconozco sus buenas cualidades, especialmente -el valor grande y temerario<span class="pagenum" id="Page_84">p. -84</span> que ha mostrado en esta guerra. ¿Qué crees tú? Carlos -Navarro, el hijo de don Fernando Garrote, es la admiración de esta -villa y el honor de todo el país de Álava. Ha corrido por esos mundos -con Longa y Pastor, y todos dicen que no han visto mozo de más arrojo -y bravura. ¿Pues y su tino para la guerra? ¿Y su ciencia militar, -que nadie le ha enseñado? Todo lo sabe, y es al modo de los grandes -capitanes, que en un abrir y cerrar de ojos aprenden por completo el -arte de pelear. Mi abuelo asegura que de Carlos Navarro a Alejandro el -Grande va menos que el canto de un duro. Hace meses, cuando entró en la -Puebla después de haber derrotado a los franceses, todos los habitantes -de esta villa salimos, como en procesión, a vitorearle. ¡Qué día, -Salvador! Yo me acordaba de ti, y hubiera querido que estuvieses aquí -para ver tanto entusiasmo. Yo no cabía en mí de puro confusa, exaltada -y alegre. No sé lo que pasaba en mi alma cuando vi a Carlos Navarro -en su caballo blanco entrar triunfalmente cubierto de guirnaldas de -flores, con la espada en la mano y el orgullo de la victoria en los -ojos. ¡Ay, Salvador, me eché a llorar!</p> - -<p>—¡Te echaste a llorar! —dijo Monsalud, con un volcán de celos dentro -del pecho—. No lo digas delante de mí. Eso es un insulto, Jenara... me -estás matando.</p> - -<p>Sin añadir más palabras, golpeó con tanta violencia las tablas, -que la débil empalizada vaciló. Ocupado por el dolor y los celos, que -entre confusiones mil agitaban su alma, Monsalud<span class="pagenum" -id="Page_85">p. 85</span> no advirtió que en el extremo de la calleja -donde tan descuidadamente departía con su tormento, había aparecido -un hombre; que aquel hombre se había acercado con cautela y puéstose -inmóvil y vigilante como a dos varas de la amorosa conferencia. Cuando -la empalizada crujió al recibir los golpes de fuera, dio algunos pasos -más hacia adelante el que parecía fantasma, y entonces le vio nuestro -celoso joven.</p> - -<p>Ambos se miraron sin hablar nada, hasta que el desconocido rompió el -silencio, diciendo con voz grave:</p> - -<p>—¿Qué hace usted aquí?</p> - -<p>—Lo que quiero —repuso Monsalud reconociendo al instante la voz de -Carlos Navarro, hijo único del célebre y hasta ahora no conocido don -Fernando Garrote—. Siga usted su camino, que no me creo obligado a -informarle de mi conducta, señor entrometido.</p> - -<p>—Ahora veremos quién desfila —dijo el otro sin perder la calma—. Me -parece que tengo enfrente a Salvadorcillo Monsalud, el cual marchó a -Madrid a servir a los franceses.</p> - -<p>—El mismo soy —exclamó el militar con brío—. ¿Qué quieres de mí, -Carlos Navarro?... Supongo que traerás una espada.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Navaja?</p> - -<p>—Tampoco. Vengo sin armas. Si las trajera, no las deshonraría -midiéndolas con las de un miserable traidor, con las de un vendido a -los franceses.</p> - -<p>—¡Navarro! Llevo un uniforme que no es el<span class="pagenum" -id="Page_86">p. 86</span> tuyo —exclamó Salvador con violento coraje—. -No lo desprecies. El corazón que va dentro de él no ha cometido ninguna -acción villana. Lo mismo puedo matarte con una espada española que con -un sable francés.</p> - -<p>—¡Vendido!... deja libre la calle. No reñiré contigo. Cuando me -encuentro con un traidor, escupo y paso.</p> - -<p>—¡Miserable, cobarde, salteador de caminos! —gritó Monsalud -sintiendo culebrear el rayo dentro de sus venas—. Defiéndete, si -no quieres que aquí mismo te atraviese y envíe al infierno tu alma -perversa.</p> - -<p>Monsalud desenvainó el sable. Navarro no hizo movimiento alguno -hostil; pero echando atrás el embozo de su capa negra, alargó la mano -sin otra arma que una linterna. El espacio que separaba a los dos -enemigos se inundó de luz.</p> - -<p>En el mismo instante la empalizada, que poco antes se estremecía -sacudida con violencia por un hombre, cedió por completo a los -esfuerzos de una mujer, y abierta al fin, dio paso a Jenara, que, -pálida como la muerte, fue derecha a ponerse entre los dos jóvenes. -Alargando sus brazos, podía tocar el pecho del uno y del otro. Lo -primero en que se fijaron sus ojos fue en la gallarda persona del -renegado, cuyo brillante uniforme reflejaba la luz de la linterna en -los relucientes botones de cobre, en el águila, carrilleras, gola -y cartera. Jenara dio un grito agudísimo; miró a uno y otro galán -alternativamente, acongojada y confusa, como quien no cree lo que ven -sus ojos y tocan las<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> -propias manos. Monsalud, que resuelta y ciegamente iba ya contra su -enemigo, detúvose al ver interpuesta a la hermosa joven.</p> - -<p>—¡Este es Monsalud! —exclamó ella con perplejidad indescriptible—. -Navarro, ¿es este Monsalud?</p> - -<p>—Por el uniforme francés se le conoce —respondió el guerrillero.</p> - -<p>—¡Francés, francés! —gritó la doncella—. ¡Tú francés..., embustero -además de traidor!</p> - -<p>—Sí, francés, francés —rugió Salvador—; francés, traidor y -embustero y todo lo que quieras; pero vete de aquí y déjame solo con -ese hombre.</p> - -<p>—¡Virgen María! ¡Señor mío Jesucristo! Asísteme en este trance -—murmuró la joven.</p> - -<p>Después entró corriendo en el jardín, y desde la empalizada y con -voz clara, argentina, sonora, penetrante, voz que no puede definirse, -como no puede definirse la pasión extraña que la inspiraba, gritó:</p> - -<p>—¡Navarro, mátale, mátale sin piedad!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11"> - <h2 class="nobreak g0">XI</h2> -</div> - -<p>—Mátale —repitió alejándose la voz, al mismo tiempo dulce y -guerrera—, mátale por embustero y traidor.</p> - -<p>Monsalud, al oírla, sintió en su corazón frío de muerte; sintiose -cobarde; zumbó en su cerebro<span class="pagenum" id="Page_88">p. -88</span> la sangre inflamada; su brazo era un estropajo inerte que -apenas podía mover el sable, aquel hierro, trocado en caña inútil por -la súbita congoja del alma... El universo entero se le había caído -encima.</p> - -<p>—No tengo armas —dijo Navarro sin dar un paso hacia adelante ni -hacia atrás y soltando la linterna—. Puesto que no puedo ni quiero -batirme contigo en lid de caballeros, asesíname, francés; ese es tu -oficio. Asesina al guerrillero de Andía y la Borunda.</p> - -<p>La serenidad grave y un poco petulante de aquel hombre; el mirar -fijo de sus ojos; su hermosa estatura; la capa que de los hombros -le caía hasta los pies, dándole el aspecto de una estatua negra, -trastornaron a Monsalud más de lo que estaba. ¿Por qué no decirlo? -Tenía miedo, un pavor semejante al que infunde la superstición. Todo -cuanto veía parecíale sobrenatural, obra del demonio, obra de Dios tal -vez. Sobreponiéndose a su espanto, dijo:</p> - -<p>—Es mentira, la traes bajo tu capa. ¿Tienes miedo?</p> - -<p>Con esta pregunta pensó sacarle de su fría impasibilidad; mas el -otro, sonriendo con desdén, replicó:</p> - -<p>—Salvador, guarda ese chisme y vete con los tuyos.</p> - -<p>—Mátale, mátale por traidor y embustero —gritó más lejos, desde la -casa y junto a la puerta que daba al jardín la voz divina y furiosa de -Jenara.</p> - -<p>Un hecho es este cuyo tenebroso misterio<span class="pagenum" -id="Page_89">p. 89</span> no penetrará jamás con exactitud el -observador; pero es indudable que la pasión amorosa, confundida con el -arrebatado sentimiento patriótico que en el alma de la mujer produce -fenómenos extraordinarios, durante las grandes guerras de raza, está -sujeta a veleidades casi increíbles. El fanatismo de Jenara hizo de -ella, en la ocasión crítica que se narra, un ser espantoso; pero ¿es -posible pronunciar la última palabra sobre la vengativa saña de su -alma exaltada, sin deslindar lo que de sublime y de perverso había en -los sentimientos que precedieron a la tremenda explosión? La pavorosa -figura bella y terrible, que pedía la muerte de un hombre, pocos -minutos antes amado, encaja muy bien dentro del tétrico cuadro de la -época, en la cual las pasiones humanas exacerbadas conducían a los -hechos heroicos y a los mayores delirios. Había en Jenara una entereza -romana que de ningún modo podía ser completamente odiosa: en sus odios, -lo mismo que en sus amores, no se quedaba nunca a medias.</p> - -<p>—Tiene razón —dijo de súbito Monsalud arrojando el arma—. Yo soy el -que debe morir. ¡Navarro, ahí tienes mi sable! Da gusto a Jenara.</p> - -<p>Navarro recogió el sable y, entregándolo a su rival, le habló -así:</p> - -<p>—Te he dicho que te marches a tu campamento. Ni una palabra más. No -gusto de conversación.</p> - -<p>En el mismo instante sonaron dentro de la casa voces de alarma.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span>—¡A ese! ¡al -francés!... ¡al renegado! —gritaban voces distintas.</p> - -<p>Viéronse luces, abriéronse puertas y aparecieron algunos hombres y -mujeres con escopetas y palos.</p> - -<p>—¡Al pozo con él! —gritó uno.</p> - -<p>—¡Ahorcarle!... venga la cuerda —gritó otro.</p> - -<p>—Meterle en el horno —vociferó un tercero.</p> - -<p>De las casas vecinas salió más gente; aparecieron grupos por -la calleja, de tal modo y con tanta presteza, que Monsalud se vio -amenazado por una ruidosa caterva de personas de todas clases.</p> - -<p>—¡Muerte al francés! —gritaban.</p> - -<p>Recobrando su ánimo, el jurado se apercibió para defenderse.</p> - -<p>La voz de Jenara repitió a lo lejos con estridente aullido, que -parecía proceder de la garganta de un ángel de exterminio, flotante -en el negro espacio sobre el lugar de la escena, las siguientes -palabras:</p> - -<p>—¡Por traidor y embustero!</p> - -<p>Hubiéralo pasado muy mal, perdiendo seguramente la vida el pobre -jurado, si su propio rival no le defendiese de aquella turba rabiosa, -apartando a unos, haciendo callar a otros, y repartiendo a diestro y -siniestro empujones y porrazos.</p> - -<p>—Nosotros no asesinamos —gritó—. Dejen libre a este pobre hombre que -se va a su campamento.</p> - -<p>Pero ya que no podían acabar con él, siguieron azuzándole con la -soez valentía del número. Protector y protegido, sin dejar por<span -class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> eso de ser encarnizados -enemigos, caminaron largo trecho, abriéndose paso con dificultad. -Gracias a la hora tardía y oscuridad de aquellos lugares, no acudió -más gente al alboroto, que si acudiera, mal lo habría pasado el del -uniforme francés a pesar de hallarse tan cerca sus amigos. Felizmente -para Salvador, a medida que avanzaban, disminuía la molesta chusma, -hasta que al fin, después de andar largo trecho hacia una de las -puertas de la villa, donde se distinguían las fogatas y se escuchaba -el rumor de las fuerzas acampadas, la ruin turba quedó reducida a -media docena de hombres. Navarro les aplacaba y despedía uno por uno, -logrando al cabo quedarse solo con la víctima. Más abrumaba a Monsalud -la nobleza que demostrara en la referida ocasión su enemigo que los -insultos con que le vituperó poco antes.</p> - -<p>—Estamos solos —dijo cuando llegaron a la plazoleta inmediata a -la puerta que da paso al puente del Zadorra—. Navarro, agradezco tu -generosidad. Quieres matarme en buena lid, y no has permitido que -me asesinen esos bárbaros. Solos estamos. ¿Es cierto que no traes -armas?</p> - -<p>—Ya lo he dicho —replicó el otro.</p> - -<p>—Lo creo; eres valiente y sé que no las ocultarías por cobardía. -¿Insistes en no batirte conmigo? No me he pasado a los franceses: -antes de servirles, yo no había tomado las armas por ninguna causa. -Mi destino lo ha querido así; pero no estoy deshonrado. Mi desgracia, -mi abandono, mi pobreza, lleváronme a las filas<span class="pagenum" -id="Page_92">p. 92</span> del enemigo, y la deshonra consistiría en -abandonarlas en el peligro... Ve, pues, en busca de tus armas; aquí te -espero.</p> - -<p>—No quiero —repuso Navarro con sequedad—. Ya te he dicho que sigas -tu camino.</p> - -<p>Y luego, con expresión de orgullo que Monsalud no acertaba a -explicarse, añadió:</p> - -<p>—Soy guerrillero.</p> - -<p>Dijo esto como si dijera: «Soy Dios.»</p> - -<p>—Bien: ¿y qué más da que seas guerrillero? Eso prueba que eres -valiente —declaró el otro con aflicción.</p> - -<p>—¿Sabes lo que haré si te vuelvo a encontrar junto a las tapias -de la casa de Jenara, o si la miras, o si hablas de ella en público, -siquiera digas solamente que la has conocido?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Cortarte las orejas... Conque adiós.</p> - -<p>Dicho esto volvió la espalda y se alejó tranquilamente, dejando a -Salvador perplejo y dudoso entre aceptar aquel inopinado desenlace de -la contienda o arremeter tras su enemigo para herirle. Una ira loca -sucedió a las dolorosas dudas, y, siguiendo a Carlos, gritó con toda la -fuerza de sus pulmones:</p> - -<p>—¡Navarro, eres un cobarde!</p> - -<p>El guerrillero volvió atrás, y con provocativa flema le dijo:</p> - -<p>—Como están cerca tus amigos; como se les ve desde aquí y podrían -venir al menor ruido, te has vuelto tan bravo que si te vieran los -gatos de la vecindad, temblarían de miedo.</p> - -<p>—Navarro —exclamó Monsalud con frenético coraje—, toma mi sable. -Espérame un instante,<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> -un instante no más, mientras voy a que un amigo me preste el suyo. -Entonces me podrás decir lo que te acomode, y yo morir o cerrarte para -siempre esa boca insolente.</p> - -<p>—Salvador —gritó Navarro comenzando a perder la enfática serenidad -que mostraba—, no me provoques con tus ladridos... Te he perdonado y me -insultas, te desprecio y me sigues. Tanto me buscarás, que al fin has -de encontrarme.</p> - -<p>Con rápido movimiento se desembozó, dejando en tierra la -linterna.</p> - -<p>—No tienes tú la culpa —dijo—, sino quien, sabiendo lo que eres, -baja de noche a hablar contigo por la reja de la huerta. Jenara no te -conocía, sin duda, o la engañaste con torpes embustes.</p> - -<p>—Dime todo eso con una espada, con una pistola, con tu sangre, -malvado —clamó Monsalud rugiendo de ira—, y te contestaré lo que -mereces.</p> - -<p>—Pues sea —gritó Carlos, y en el mismo momento oyose sonar el -chasquido del resorte de una navaja, cuya larga hoja brilló en la -oscuridad.</p> - -<p>—Yo también traigo la mía —dijo con júbilo Monsalud, arrojando el -sable—. Navarro, defiéndete.</p> - -<p>Envolvían en el siniestro brazo el uno su capote y el otro su capa, -cuando se oyeron pisadas y luego voces alegres que por un callejón -cercano se acercaban.</p> - -<p>—Son franceses —dijo Navarro, pateando con furia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>—¿Franceses? ¿Y qué -importa? Seguirán su camino. Adelante, pues.</p> - -<p>—Traidor —gritó el guerrillero—, me has traído a donde están tus -amigos.</p> - -<p>—Vamos a donde quieras; elige sitio —repuso el jurado apresurándose -a partir.</p> - -<p>Apenas dieron algunos pasos en la dirección que indicara Navarro -marchando delante, cuando se vieron detenidos por media docena de -franceses, borrachos todos como cubas, los cuales, reconociendo al -punto a Monsalud, le rodearon, y con gritos y vociferaciones del peor -gusto le saludaron.</p> - -<p>—Dejadme, dejadme solo, amigos —dijo este.</p> - -<p>—¿Quién es este bravo mozo? —gritó un francés dirigiéndose a -Navarro.</p> - -<p>—¡Ah! ¿tenéis pendencia?</p> - -<p>—Echad mano al paisano y llevémosle al cuerpo de guardia —dijo un -francés.</p> - -<p>—Al que le toque —vociferó Monsalud resguardando con su cuerpo el de -su enemigo— le mataré como a un perro.</p> - -<p>—¡Oh! ¡qué bríos! —gruñó otro francés.</p> - -<p>—Vaya, basta de disputas —chilló un tercero—, y vénganse los dos a -la taberna con nosotros.</p> - -<p>—Tenemos que hacer en otra parte... Sigan ustedes adelante...</p> - -<p>—Están desafiados... Ved las navajas.</p> - -<p>Ambos contendientes cerraron y guardaron las armas.</p> - -<p>—¿Desafío? —dijo uno que tenía la charretera de sargento—. Ahora -mismo van a ir los<span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span> -dos al cuerpo de guardia. ¿Conque desafío? A fe de Jean-Jean que no -consiento tal cosa.</p> - -<p>—¡A la taberna, a la taberna!</p> - -<p>Apareció entonces otro grupo de franceses que se unió al primero.</p> - -<p>—Vamos, ven acá, farsante —gritó Jean-Jean asiendo a Monsalud por el -brazo y tratando de llevárselo consigo.</p> - -<p>—Señor espantajo —indicó un jurado amenazando al guerrillero—, o -toca usted tablas ahora mismo, o le pondremos a la sombra.</p> - -<p>Navarro calló, sofocando su coraje; pero acariciaba la navaja, -dispuesto a atravesar al primero que osase ponerle la mano encima.</p> - -<p>Salvador, desasiéndose con no poco trabajo de los que entorpecían -sus movimientos, se acercó a Navarro, y comprendiendo que la situación -de este no era muy satisfactoria, dijo en voz alta:</p> - -<p>—Señores, déjenme hablar dos palabras a solas con este amigo, y -después nos iremos juntos a la taberna.</p> - -<p>—Si me dan tiempo para ir a buscar a dos de mis amigos, a dos -nada más —le dijo Navarro en voz baja—, daré cuenta de ti y de esos -borrachos.</p> - -<p>—Carlos —repuso Monsalud—, ponte en salvo. Nada podemos hacer por -esta noche. Estos majaderos no nos dejarán solos.</p> - -<p>Trémulo de coraje, el guerrillero no contestó nada.</p> - -<p>—Señala sitio y hora para mañana, para pasado mañana, para cuando -quieras.</p> - -<p>—El sitio y la hora en que nos volvamos a<span class="pagenum" -id="Page_96">p. 96</span> encontrar —respondió Carlos echando fuego por -los negros ojos.</p> - -<p>—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —repitió -Monsalud con febril resolución—. Por la noche, y por Dios que la hizo, -juro que así será.</p> - -<p>—Me voy —dijo Navarro con sarcasmo—. Tus amigos te han salvado esta -noche... Ahora, cuando yo vuelva la espalda, azúzalos contra mí.</p> - -<p>Sin más palabras ni hechos, Navarro se internó a buen paso por -una oscura y solitaria calle; y como algunos de los franceses allí -presentes quisieran ir tras él, púsose Monsalud entre ambas esquinas de -la angosta vía, y con determinación firmísima dijo a sus camaradas:</p> - -<p>—El que quiera seguirle tiene que pasar sobre mi cuerpo.</p> - -<p>Cuando Jean-Jean y comparsa se empeñaban en llevar a Salvador a la -taberna, este iba en tal estado de sombrío estupor y excitación mental, -que a las palabras de sus amigos respondía tan solo:</p> - -<p>—¡Él guerrillero, yo francés!...¡Yo francés, él guerrillero!... ¡El -blanco, yo negro!... ¡Él cielo, yo tierra! ¡Si ese hombre fuera Dios, -yo quisiera ser el demonio!</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XII</h2> -</div> - -<p>A poco de entrar en la taberna, y antes que lograran hacerle tomar -nada, escapose fuera y se dirigió a su casa en lastimoso estado moral -y físico, con la razón delirante, el cuerpo flojo y desmayado como -el de un beodo, hablando sordamente consigo mismo a veces, y a ratos -profiriendo gritos que alarmaban al vecindario. Cuando entró en su -casa, hallábanse en ella, a pesar de lo avanzado de la noche, doña -Perpetua y el cura, acompañando ambos a doña Fermina. En el centro de -la pieza había una mesa puesta con no poco aparato de vasos y platos, -desplegándose allí gallardamente todo el lujo de la casa como para una -fiesta. Las viandas que sobre ella estaban, habían dejado de humear, -enfriadas ya por el largo plazo de espera, y las quijadas de la santa, -como las del cura, se abrían bostezando de apetito y sueño.</p> - -<p>—Hijo mío, ¡cuánto nos has hecho esperar! Son las once dadas —dijo -doña Fermina, abrazándole—. Pero tú tienes algo; estás amarillo como un -muerto. ¿Qué dices ahí entre dientes?</p> - -<p>—¡Guerrillero él! ¡Francés yo! —murmuró Salvador dejándose caer en -una silla.</p> - -<p>—Espera, te ayudaré a que te quites el uniforme<span -class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> —dijo la madre—. ¿Se han -marchado ya los franceses?</p> - -<p>—Salvador —dijo en tono agrio el cura, observando al sargento con -severidad—. Un joven de tus cualidades no debe estar en las tabernas -hasta hora tan avanzada.</p> - -<p>Y como Monsalud no contestase a la advertencia, sino riendo a la -manera que ríen los locos, el presbítero añadió, levantándose de su -asiento:</p> - -<p>—Salvador, estás borracho. ¡Qué terribles hábitos se adquieren en el -ejército!</p> - -<p>—¡Y entre franceses! —añadió la beata—. El rey les da buen ejemplo -para que sean un modelo de sobriedad.</p> - -<p>—Ya se te pasará —dijo doña Fermina con maternal benevolencia—. -Hijo, ¿quieres dormir?</p> - -<p>—Sí, dormir; quiero dormir —repuso con gozo, recostándose en un -arca.</p> - -<p>—Toma primero un bocado, muchacho.</p> - -<p>—Sí, tengo hambre —exclamó el jurado abalanzándose a la comida y -engullendo descortésmente, sin consideración a los demás convidados.</p> - -<p>Mas al instante apartó el plato con repugnancia.</p> - -<p>—No tengo gana —dijo entre dientes.</p> - -<p>El cura se paseaba por la habitación agitado y colérico.</p> - -<p>—Los malos hábitos adquiridos no se olvidan en un día —afirmó doña -Perpetua, echando al viento la voz por el registro más agridulce—. Esta -mañana lo dije y ahora lo repito. Fermina, haz cuenta que no tienes -hijo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>Doña Fermina rompió -a llorar, y como interrogase cariñosamente al desgraciado joven acerca -de sus propósitos y de la enmienda que por la mañana prometiera, este -dijo:</p> - -<p>—¡Guerrillero él, yo francés, francés toda la vida!</p> - -<p>—Salvador —gritó el cura con enojo y fiereza—. Te creí traidor por -inexperiencia, mas no vicioso ni degradado... Esta mañana me causabas -lástima; ahora me causas horror.</p> - -<p>—El pobrecito no sabe lo que se dice, señor cura —añadió la -atribulada madre—. Esos pícaros le han llevado a la cantina, y... por -fuerza le han obligado a beber. Pero es un alma de Dios mi hijo. Esta -mañana nos prometió dejar para siempre esas aborrecidas banderas, y lo -hará, ¿pues no ha de hacerlo...? ¿Te quedarás aquí esta noche? Suelta -el uniforme y duerme.</p> - -<p>Oyéronse entonces lejanos toques de clarín. Callaron todos, -sobrecogidos por el son guerrero que parecía venir del campamento -francés: Monsalud lo escuchaba con aparente júbilo. De pronto -levantose, gesticulando como un insensato, y con desesperados gritos, -gritó de esta manera:</p> - -<p>—¡Viva Napoleón! ¡Viva el amo del mundo! ¡Viva Francia! ¡Mueran los -guerrilleros!</p> - -<p>—Esto no se puede tolerar —exclamó el cura bramando de ira y echando -mano al respaldo de la silla que más cerca tenía—. ¡Traidor, infame y -deslenguado blasfemo, sal de aquí al momento!</p> - -<p>—¿Qué has dicho, hijo? —balbució entre angustiosos<span -class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> sollozos doña Fermina -temblando como un niño—. Tú, tú, ¿pues no eres...?</p> - -<p>—¡Afrancesado, francés hasta morir! —repuso el joven con enérgico -brío—. ¡Francés hasta morir!</p> - -<p>—Señor cura, señor cura —dijo la madre con tanto espanto como -dolor—, ríñale usted.</p> - -<p>—Buen caso hago yo de los curas —repuso Salvador mirando con -desprecio al venerable Respaldiza—. Son los corruptores del linaje -humano, como dicen Jean-Jean y Plobertin, que presenciaron la -revolución francesa.</p> - -<p>Doña Fermina ocultó el rostro entre sus manos.</p> - -<p>—Señor cura guerrillero —añadió el joven con insolente sarcasmo—, -cuidado no le cojamos a usted por esos trigos... En mi regimiento no -hay piedad para los clérigos armados... ¡Se les coge, se les desnuda, -se les ahorca!...</p> - -<p>Doña Perpetua se levantó de su asiento como una estatua que de -súbito cobra vida para aterrar a los hombres.</p> - -<p>—¡Miren la embaucadora! —gritó Monsalud remedando con formas -grotescas los ademanes de la santa mujer—. Vendré a rescatar a mi madre -de las garras del demonio, para llevármela a Francia.</p> - -<p>La beata y el cura le señalaron la puerta sin proferir una -palabra.</p> - -<p>—¡Guerrillero él, yo francés! —repitió el joven, no con palabras, -sino con aullidos—. Madre, adiós, adiós... Escribiré desde Francia.</p> - -<p>Tropezando, haciendo gestos amenazadores,<span class="pagenum" -id="Page_101">p. 101</span> y articulando gritos y bravatas poco -inteligibles, pero horripilantes como la risa de los locos, salió de la -estancia y de la casa, mientras cura y beata auxiliaban a la infeliz -madre, que había perdido el conocimiento.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13"> - <h2 class="nobreak g0">XIII</h2> -</div> - -<p>El buen orden de esta historia pide que ahora dejemos a -Monsalud, el cual irá solo o acompañado a donde mejor le plazca y su -triste destino le lleve, y que volvamos los ojos y dirijamos nuestros -pasos hacia Carlos Navarro, quien, por lo que hasta ahora de él vimos, -parece ha de ser personaje de historia y digno de ser conocido más de -cerca.</p> - -<p>Singular era este hombre, y más singular aún su padre don Fernando -Navarro, vulgarmente conocido en la Puebla con el remoquete de don -Fernando Garrote, que de sus mayores pasó a él, sin que se pueda saber -por qué. Aseguraban los ancianos de la villa que siendo todos los -Navarros, desde las generaciones más remotas, hombres muy fuertes, y -a más de fuertes, algo pegones y amigos de dominar a los débiles y de -machacar sobre los humildes, debieron recibir por estas cualidades el -sobrenombre citado, que a maravilla les caía. Los últimos vástagos de -esta dinastía garrotil, son los que presentaremos<span class="pagenum" -id="Page_102">p. 102</span> ahora, eligiendo para ello el momento en -que, desocupada momentáneamente la Puebla por los franceses, quiso -don Fernando poner en ejecución su pensamiento de ir a las partidas -con Respaldiza, apretándole a ello la falta que él pensaba hacía en -el ejército su tardanza, según eran los agravios que pensaba vengar, -proezas que acometer, y cabezas que descalabrar.</p> - -<p>Don Fernando vivía desde algún tiempo en una casa de campo hacia -Peñacerrada, donde había puesto fin a sus viajes y correrías, porque -los achaques y dolores en la trabajada osamenta eran ya obstáculo a su -fantasía siempre ardiente y a su corazón valeroso. Triste, solitario -y aburrido, dejaba pasar sus días en la vasta vivienda, aun en lo más -crudo de la guerra, hasta que por capricho o voluntariedad impropia ya -de sus años, resolvió variar de conducta. Para hacer los preparativos -de marcha, trasladose el 18 de junio a la Puebla, donde tenía su casa -solar, residencia habitual de su juventud y edad madura hasta los -últimos años. Allí vivía de ordinario su hijo, y un pariente pobre que -le administraba el mayorazgo, consistente en tierras de pan, algunas -viñas, y mucho monte en el término de Treviño.</p> - -<p>Allí le tenemos, allí está nuestro gran don Fernando en una sala -baja, sentado en ancho sillón de vaqueta, con las piernas extendidas -sobre un banquillo. Ocúpase en limpiar la hoja de una luenga espada de -taza, hoja toledana y grandes gavilanes retorcidos. Frente a él,<span -class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> acurrucada en una silla -baja, está la que ya conocemos, incomparable y seráfica doña Perpetua, -observando con atención prolija al insigne varón.</p> - -<p>Era don Fernando Navarro, o, si se quiere, don Fernando Garrote, -un hombre de más de sesenta años; de elevada estatura y bien -proporcionadas carnes; ni gordo ni flaco; arrogante en su madura edad; -de frente despejada; ojos vivos; los brazos y piernas vigorosos, -aunque ya nada listos a causa del mucho cansancio; ancha la espalda; -curva y airosa la nariz; blancas y pobladas las cejas, así como el -cabello; la piel rugosa y con largos bigotes retorcidos entrecanos, que -eran singular adorno de su fisonomía en aquellos tiempos en que todo -el mundo se rapaba el rostro. Tenía este hombre la apariencia de un -veterano de los antiguos tercios, héroe de las batallas de San Quintín -y de las Gravelinas, conquistador de medio mundo y saqueador del -otro medio desde Roma hasta Maestrich. Uníase a su belleza varonil y -majestuosa cierta expresioncilla insolente y de perdonavidas, y parecía -satisfecho de la superioridad que Dios le había dado sobre el resto -de los mortales. Observando su vanaglorioso ademán y porte guerrero, -viéndole tan convencido de que la humanidad existía para que él -probara sobre ella la fuerza de sus puños, se comprendía bien el apodo -de <i>Garrote</i> que recibiera del vulgo. Lleváronlo sin ofenderse -sus antepasados, que también fueron tremebundos, y el don Fernando -respondía al mote y a veces firmaba con él.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>Durante su juventud -Navarro había guerreado bastantes años, primero en la campaña contra -Portugal hacia 1762, después en el bloqueo de Gibraltar en 1779, y aun -se asegura que por dar desahogo a su grande afición militar tuvo sus -amagos y vislumbres de bandolerismo en tiempo de paz, lo cual es muy -propio de españoles; pero esto debe acogerse con prudente desconfianza, -y la honra de tan insigne varón nos obliga a no asegurar de un modo -terminante lo del latrocinio, consignándolo tan solo como un simple -rumor.</p> - -<p>Lo que sí no deja duda, por constar en papel sellado dentro de -los mismos archivos de la audiencia de Pamplona, es que el gran -Navarro entretuvo sus ocios y dio alimento a su arrebatada actividad -y ardiente fantasía, introduciendo por los Alduides tejidos de hilo y -algodón, en lo que, según su entender, no se ofendía a Dios, siendo -claro como el agua que ni en el Decálogo, ni en el Nuevo Testamento, -ni en ningún catecismo se dice nada contra el contrabando. Hacía esto -nuestro adalid, más que por propio lucro, por ayudar a los amigos, -por favorecer a unos cuantos pobrecitos que vivían de ello, por armar -camorra con los empleados del fisco y por dar palos. Esto era para -Garrote fuente de delicias físicas y morales sin término.</p> - -<p>Al llegar aquí, y cuando después de enumeradas casi todas las -cualidades de hombre tan eminente, me encuentro enfrente de la más -importante, no puedo menos de alzar los ojos al cielo, cruzar las -manos, y decir: «¡Bendito<span class="pagenum" id="Page_105">p. -105</span> sea Dios, que en una sola pieza puso tantas y tan admirables -prendas del alma y del cuerpo!» Ello era que don Fernando Navarro, -luego que heredó el mayorazguillo, y además algunos pingües dineros que -le dejaron dos tíos suyos venidos de las Indias, retirose a la Puebla -y allí se hizo un don Juan Tenorio. Su arrogante figura, su garbo para -vestir y su mucho gracejo para hablar, su gran experiencia del mundo -y diestra habilidad para engañar, proporcionáronle adelantamientos -fabulosos en la carrera.</p> - -<p>Siendo al mismo tiempo muy liberal y dadivoso, así de dinero como -de palos, encontraba abiertos casi todos los caminos, y bien pronto -todo el condado de Treviño, toda Álava y aun parte de la Rioja, -llenáronse de víctimas en distintas edades y estados. Algunos disgustos -experimentó en diversas ocasiones; mas como era Garrote la persona más -poderosa en la villa, y casi, casi en la comarca; como tenía la llave -dorada, y aun se habló de que iba a recibir la merced de un título -de Castilla, todo se quedó en palabras y en dos o tres porrazos. Un -fraile francisco quiso con amonestaciones convertirle, librando de -azote tan fiero a los habitantes de la baja Álava y Rioja alavesa; -mas por una singularidad digna de ser mencionada en la historia, los -villanos todos, especialmente los más humildes, se pusieron de parte de -Fernando, hasta que el bendito fraile se cansó, y resolvió que lo mejor -era rezar por las agraviadas.</p> - -<p>Lo que no puede pasarse en silencio es que<span class="pagenum" -id="Page_106">p. 106</span> hacia el fin de su carrera don Pedro -se casó, animándole a ello su propio interés y el de una familia -de Navarra que con la suya estaba genealógicamente entroncada. -Antes, mucho antes del matrimonio, había nacido un varón, que fue -reconocido con solemnidad. Sacó Carlitos, con el cariz y la figura -de su padre, muchas de las prendas de su alma, y singularmente el -valor y la generosidad, y creció el niño en la holganza, dedicándose -a ejercicios de fuerza, con descuido de la inteligencia, aunque la -tenía privilegiada. No mostró, como el progenitor, afición al galanteo -frívolo, y durante algunos años huía de las faldas como del demonio, -tanto, que creyeron iba derechito por el camino de la Iglesia; mas -de pronto resultó muy apasionado y tierno, y verificose radical -transformación en sus hábitos, y más que todo en su pensamiento. En -el transcurso de esta fiel historia irán saliendo muchas cosas que -ahora no conviene anticipar, y que completarán el conocimiento de este -benemérito joven, primero mojigato, guerrillero después, y adornado -siempre de estupendas cualidades.</p> - -<p>Ahora lo que importa referir es que en 1812 tomó el gusto Carlitos -a las partidas, enamorándose de tal modo de aquella errante, gloriosa -y popular vida, que a vuelta de pocos meses era uno de los más -bravos e inteligentes soldados del bravísimo Longa, siendo tantas -sus hazañas que en la Puebla de Arganzón gozaba de más fama que en -Macedonia el Grande Alejandro. No está de más decir que, entre las -causas que determinaron a don Fernando a meter<span class="pagenum" -id="Page_107">p. 107</span> su cucharada en el negocio de la guerra, -no fue la menor cierta comezoncilla o, por ponerlo más claro, cierta -envidia del gran renombre de su hijo, y tenía la certidumbre de que con -solo echarse al campo eclipsaría con un solo arranque las proezas de -todos los fusileros de Longa, Mina y Pastor.</p> - -<p>Conocidas así las personas, refiramos ahora lo que hablaron doña -Perpetua y el señor Garrote, mientras este, esperando a su hijo, al -cura Respaldiza y demás personas que debían acompañarle, se ocupaba en -limpiar el moho a varios trebejos, resto de su alborotada mocedad.</p> - -<p>—Reflexione usted, señor Garrote —dijo la vieja apoyando las manos -en el palo y la barba en las manos—, sobre lo que tantas veces le -he dicho y ahora le repito. Un hombre lleno de pecados, que ha sido -el escándalo de un siglo y el Satanás de esta honrada villa, debe -ocuparse en arreglar sus largas cuentas con Dios para no presentarse -a Él desprevenido, con el libro de las deudas de su conciencia tan -embrollado y lleno de borrones.</p> - -<p>—Cuando vuelva de la guerra, viejecita —repuso don Fernando -cariñosamente y con cierto respeto—, te prometo reconciliarme y poner -el mayor arreglo en mi libro.</p> - -<p>—¡De la guerra! —exclamó la vieja moviendo la cabeza—; ¡y quién -sabe si esos pobres huesos molidos volverán como salen! ¡Semejante -estafermo no puede mantenerse sobre el caballo, y habla de matar -franceses y de ganar batallas! ¡Alabado sea el Señor! ¿No vale más que -el señor Garrote se esté quietecito en su casa? Yo<span class="pagenum" -id="Page_108">p. 108</span> vendré a hacerle compañía, y nos -regocijaremos hablando de los benditos tiempos pasados y de la ruindad -de los presentes, así como de la supina perversidad de los que han de -venir, trayendo seguramente el fin y ruina total del mundo.</p> - -<p>—Viejecita —repuso don Fernando—, en sesenta años que he vivido no -he sentido gusto semejante al que ahora llena mi alma por la empresa -que voy a acometer... Ya, ya verán una mano pesada para el sable... -Seguramente los franceses tienen ya noticia de que me preparo...</p> - -<p>—Si se preparara usted para una buena, larga y devota confesión que -fuera una limpia general de su alma, mejor sería... —dijo la santa -mujer.</p> - -<p>—Hay muchos medios de limpiar el alma y dejarla como un espejo -—afirmó triunfalmente Garrote, esgrimiendo la espada y dando dos o tres -tajos en el aire—, muchas maneras, y de esto hablan los Santos Padres, -según creo, madrita; y si no hablan, es porque se les quedó en el -tintero.</p> - -<p>—No conozco más medio que el arrepentimiento.</p> - -<p>—Verdad es que yo he pecado bastante —dijo el héroe—; pero ha sido -sin mala intención. Reconozco que he ofendido a Dios; pero si después -de la ofensa le sirvo, ¿el servicio no quita la ofensa?</p> - -<p>La mujer del siglo miró con estupor al anciano, sin contestarle.</p> - -<p>—Yo pequé —continuó este—; pero he aquí<span class="pagenum" -id="Page_109">p. 109</span> que la gran contienda entre Dios y el -demonio es llevada a los campos de batalla; he aquí que yo, hombre -un poco ligero de cascos, pero cristiano viejo y con una fe como un -templo, saco la espada y digo: «Señor, si mucho te ofendí, ahora te -consagro mi vida, y voy a morir en defensa de tu Iglesia o a matar a -todos tus enemigos.» Este acto, señora doña Perpetua, esta abnegación -mía por la causa de Dios, ¿no bastan a limpiarme, cual si echaran mi -alma en lejía?</p> - -<p>—Según y cómo —respondió la anciana, confusa ante un problema nuevo -para ella, cuya solución no podía dar en definitiva—. Ejemplos hay de -guerreros insignes que han ido a ocupar lugar preferente en el cielo -solo por una buena batallita ganada contra herejes; pero no se dice que -tuvieran muchos pecados, ni que estuviesen impenitentes.</p> - -<p>—¿Y qué más penitencia que la muerte en defensa de Cristo? —exclamó -el guerrero sintiéndose con más fuerza que su antagonista—. ¡Morir, -derramar uno su sangre por una causa, por una idea, por la religión, -por Dios!...</p> - -<p>—¡Oh! sí, es verdad, sí, sí —dijo la vieja abrumada por esta -lógica.</p> - -<p>—¿Nuestro Señor Jesucristo no nos dio el ejemplo? ¿No redimió a todo -el género humano, y, muriendo, no limpió la gran mancha original, sin -dejar rastro de ella?</p> - -<p>Al decir esto, el señor Garrote frotaba con verdadero frenesí -la hoja de acero, como si la herrumbre que tenía fuera la de su -propia<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> alma, y aquel -orín el inveterado orín de su propia conciencia.</p> - -<p>—Es verdad —gruñó la vieja—. Vaya el señor don Fernando a la guerra, -si bien no estaría de más una confesión general y algún acto de -reparación para tranquilizar el alma de quien yo me sé, de un ángel de -Dios, señor don Fernando...</p> - -<p>La beata fijó en Garrote sus penetrantes ojos negros, y Navarro -frunció ligeramente el ceño, demostrando que aquel tratado de los -ángeles de Dios no era muy de su agrado. Pero la santa mujer, hecha de -muy antiguo a reprender sin rebozo las faltas ajenas y a sentenciar en -materia de pecados con tanto aplomo como el Papa desde la silla del -Pescador, no hizo caso del avinagrado gesto de don Fernando, y dijo:</p> - -<p>—Señor Lucifer, de todas las excelentes muchachas que usted perdió -para siempre, una sola existe en la Puebla de Arganzón; mas tan -quebrantada por los disgustos y la vergüenza de su desgracia, que es -difícil conocer en su abatido y ya viejo rostro a la hermosa hija de -don Pablo el Riojano.</p> - -<p>—Bueno, bueno —dijo Garrote frotando con más fuerza—. ¿Y qué tengo -yo que ver con esa mujer?</p> - -<p>—¡Conciencia empedernida! ¡Hombre sin entrañas! ¿No la perdió usted -para siempre? En Pipaón, hace veintidós años, todo el mundo sabía -que don Fernando Garrote tenía amores con la niña del Riojano, y se -corrió la voz de que se iban a casar. Desde entonces ha pasado<span -class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> mucho tiempo. Vino doña -Fermina a la Puebla hace dos años, traída por su mezquina herencia y el -enfadoso pleito que la dejará sin camisa que ponerse. Pocos la tratan -aquí, y en cuanto a sus tristes antecedentes, solo yo, por confidencia -que me ha hecho, correspondiendo a mis cristianos consejos, sé que esta -venerable y modesta mujer es la doncella engañada hace más de veinte -años en Pipaón, y que Salvadorcillo Monsalud es de la propia carne, de -la misma sangre y de los mismísimos huesos de este tenebrario que tengo -delante.</p> - -<p>—¡Cuánto sabe la madre! —dijo don Fernando, frotando el arma hasta -desollarse los dedos—. Supe que Ferminilla había venido a la Puebla -hace dos años trayendo consigo a un muchacho revoltoso; pero como casi -todo el tiempo vivo en Peñacerrada, a ninguno de ellos he visto... y a -la verdad, no son muchas las ganas...</p> - -<p>—Pues yo la veo todos los días. Yo la acompaño y consuelo de la -amarga tristeza que aún hoy sus desdichas y su atroz pecado le causan. -Cuando llegó aquí, picome la curiosidad. Viéndola tan piadosa, tan -santa y ejemplar, pues es mujer que no sale de su casa más que para ir -a la iglesia, solicité su amistad: conocí que era un alma abatida y que -necesitaba de mí. ¿Qué habría sido de ella sin mis consejos? Se los -di, pues; mi conversación le agradó en extremo, y abriome su corazón -confiándome todo, y especialmente la tristeza de su desgracia, cuyo -autor fue este señoritico precioso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>—Bien, ¿y qué? -—dijo Navarro esforzándose en aparecer risueño, y dejando a un lado -la espada que estaba más limpia que alma de bienaventurado—. Yo, la -verdad, lo hice sin mala intención.</p> - -<p>—¡Sin mala intención! —exclamó la beata con enojado semblante—. -Sin mala intención dicen que se rebeló Luzbel contra Dios. Esa buena -mujer es la criatura más desgraciada que existe en el mundo; y aunque -seguramente Dios la ha perdonado por su grande arrepentimiento y -continuo llorar, ella jamás se consuela, y ahora, con la reciente -desgracia del hijo que idolatraba, parece que va a entregar su alma al -Señor.</p> - -<p>—Pues qué, ¿ha muerto su hijo? —preguntó Garrote con vivo -interés.</p> - -<p>—Se ha pasado a los franceses, lo cual es peor que morir —repuso -doña Perpetua—. Se ha pasado a los franceses, que es como morir el -alma y seguir viviendo el cuerpo para afrenta de la familia y de la -nación... Anoche mismo...</p> - -<p>—¡Y dices que es hijo mío! —exclamó don Fernando con rabia, dando -fuerte patada en el suelo—. No, madrita: ese muchacho no tiene mi -sangre... Es mentira, ¡viven los cielos!</p> - -<p>Iba a seguir protestando, cuando le interrumpió de súbito la -presencia de su hijo Carlos, que acababa de entrar.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch14"> - <p><span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XIV</h2> -</div> - -<p>Carlitos era bastante parecido a su padre, salvo algunas -diferencias: se le asemejaba en la tez morena, en los cabellos -asimismo negros, en la arrogancia del cuerpo y talle y en cierta -expresión de nobleza que en toda su persona gallardamente se mostraba. -Diferenciábase en la estructura de las cejas, que en el mozo eran -juntas, y en la seriedad invariable y algo torva que tenía en sus -grandes ojos. Con respeto adelantose el joven hacia su padre, cuya -mano besó, repitiendo la misma señal de veneración y cortesía en las -arrugadas extremidades de la vieja. Don Fernando contemplaba a su -hijo con el arrobamiento de un artista satisfecho y enfatuado ante la -belleza de su obra maestra.</p> - -<p>—¿Nos vamos ya? —le preguntó.</p> - -<p>—Dentro de una hora —repuso el joven—. Difícil es que nos unamos a -la partida de Longa, que está en Murguía con los ingleses; pero nos -uniremos a los que están hacia Miranda con el general Morillo. Para no -tropezar con los franceses, daremos la vuelta por Uralde y Burgueta, -tomando el camino real en Armiñón. No hay nada que temer por ese -lado.</p> - -<p>Don Fernando se levantó para desperezarse, lo cual hizo como un león -viejo, no sin que<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> -crujieran sus choquezuelas y sus articulaciones todas. Después dio -algunos pasos por la habitación como para probar la elasticidad de sus -miembros, y dijo:</p> - -<p>—Esta máquina sirve todavía.</p> - -<p>Y luego dio fuertes voces llamando a sus criados.</p> - -<p>—¡El caballo!... ¡ensillar el caballo!</p> - -<p>Doña Perpetua, firme siempre en la perpetuidad de su desaprobación, -movía la cabeza en señal de duda respecto a la eficacia de aquella -máquina para hacer algo de provecho, y si no con la boca, con los ojos -reprendió a don Fernando por su atrevida aventura.</p> - -<p>Al punto comenzó Garrote su atavío marcial, sepultando sus pies en -antiguas botas de cuero fino. Forrose después en un chaleco grueso, y -se fajó con una interminable banda de seda que le dio muchas vueltas -en torno a la cintura, y sobre esto se puso un uniforme blanco de los -antiguos regimientos, el cual, aunque viejo y fuera de moda, estaba -servible. La cabeza la adornó con un deforme sombrero procedente de -las campañas del anterior siglo y que recordaba al general O’Reilly. A -pesar de la notoria ancianidad de dichas prendas, tal era la histórica -figura del insigne Navarro que con ellas no resultaba ridículo.</p> - -<p>Al vestirse parecía que se remozaba; la alegría brillaba en sus -ojos; decía mil bufonadas graciosas, y con fatuidad chispeante se -presentaba a sí mismo como modelo de apuestos militares, deprimiendo -a la afeminada juventud del día. En mitad de esta escena entró -el<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> cura hecho un -arsenal ambulante, según venía de armado y municionado, y celebró con -palmadas y vítores los preparativos de su amigo, mostrando los suyos y -volviéndose de todos lados para que le vieran.</p> - -<p>—¡A matar franceses! —gritó el presbítero—. ¡A matar franceses y -afrancesados, para gloria de la nación y triunfo de la fe!</p> - -<p>—Señores —dijo Garrote con hueca voz y un poco del tonillo -pedantesco de los oradores modernos—, toda mi vida la he consagrado al -servicio del rey, de la patria, de la religión...</p> - -<p>La beata, frunciendo el ceño, miró a don Fernando con expresión de -burla.</p> - -<p>—No, de la religión, no —añadió Navarro con modestia—; quiero decir -que no he prestado a la religión servicios directos; pero siempre he -sido piadoso, buen cristiano y temeroso de Dios... Alguno que otro -pecadillo que anda suelto por ahí no es para darse de cabezadas, ¿no es -verdad, señor cura?</p> - -<p>—Sí, hombre, sí —exclamó el padre de almas con risa campechana—. -Contra una juventud algo ligera, viene una vejez heroica en servicio de -Dios.</p> - -<p>—¡En servicio de Dios! A eso iba —prosiguió Garrote, acompañando -sus palabras con una enérgica acción del dedo índice—. Quería decir -que siempre fui ferviente cristiano, y una vez reventé a palos a dos -contrabandistas porque hablaron mal de la santidad de Pío VI. Señores, -en mis campañas gloriosas, o por mejor decir, en toda mi vida, he -tenido por norte la honra del rey, la honra de la nación, y<span -class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> sobre todos los nortes y -sures, el norte de la religión, que es mi guía, mi faro, mi luz del -cielo.</p> - -<p>—Si este don Fernando no hace ahora un par de heroicidades -estupendas que dejen atrás la antigüedad de Aníbales y Césares —exclamó -con entusiasmo el cura—, me dejo quitar el hábito que visto y las -licencias del sagrado orden que practico.</p> - -<p>—Pues bien, señores —siguió el héroe—, ¿a qué han venido aquí los -franceses? A quitarnos nuestro rey, a quitarnos nuestra patria y a -quitarnos, ¡oh crimen nefando!, nuestra santa religión. Ved a España -entera cómo se levanta en contra de esa canalla y en pro de tan caros -objetos. Ved a España, vedme a mí, que un poco tarde, pero a tiempo -todavía, me decido a echar una cana al aire.</p> - -<p>—¡Una cana al aire! —repitió doña Perpetua rascándose—. Si don -Fernando no las deja todas en el campo de batalla, será milagro del -cielo.</p> - -<p>—Hay un mal grave, señores; un mal terrible, al cual es preciso -combatir —continuó Garrote sin hacer caso de la vieja—. ¿Qué mal es -este? Que los franceses han traído acá la idea de cambiar nuestras -costumbres, de echar por tierra todas las prácticas del gobierno de -estos reinos, de mudar nuestra vida, haciéndonos a todos franceses, -descreídos, afeminados, badulaques, tontos de capirote y eunucos. -¿Y qué ha sucedido? Que mientras la mayor parte de los españoles se -echaban al campo para extirpar toda la maleza galaica y sahumar con -el<span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> vapor de la guerra -el país infestado de franceses, unos pocos de los nuestros han admitido -aquella mudanza. ¡Abominables tiempos, señores! Ved cómo hay en Madrid -una casta de miserables sabandijos a quien llaman afrancesados, que -son los que visten a la francesa, comen a la francesa y piensan a la -francesa. Para ellos no hay España, y todos los que guerreamos por la -patria somos necios y locos. Pero todavía existe una canalla peor que -la canalla afrancesada, pues estos al menos son malvados descubiertos, -y los otros hipócritas infames. ¿Sabéis a quién me refiero? Pues -os lo diré. Hablo de los que en Cádiz han hecho lo que llaman la -Constitución, y los que no se ocupan sino de nuevas leyes y nuevos -principios y otras gansadas de que yo me reiría, si no viera que este -torrente constitucional trae mucha agua turbia y hace espantoso ruido, -por arrastrar en su seno piedras y cadáveres y fango. ¿Queréis pruebas? -Pues oídlas. Estos hombres se fingen muy patriotas y aparentan odiar -al francés; pero en realidad le aman. ¡Ah! Pasad la vista por sus -abominables <i>Gacetas</i>. ¿Las habéis leído? Decís que no. Pues yo -las he leído, y sé que respiran odio a los patriotas, al rey y a la -sacrosanta religión. Son los discípulos de Voltaire, que van por el -mundo predicando la nueva de Satanás.</p> - -<p>El cura, al oír esto, sintió que las lágrimas se agolpaban a sus -ojos. Eran lágrimas de admiración. Estaba pálido, mas no de envidia, -aunque reconocía que él jamás había dicho en sus sermones cosas tan -bellas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>—Pues bien, señores -—añadió Navarro—, hoy voy a combatir contra los franceses, y mañana -contra los afrancesados, que son peores, y después contra los llamados -liberales, que son pésimos; y si yo no pudiere o si Dios se sirve -llamarme a sí sobre el campo de batalla, aquí está mi hijo, a quien -entregaré mi espada y que ya tiene mi espíritu.</p> - -<p>—Dios, que vela por España —dijo el cura con acento solemne—, -nos conservará a nuestro buen amigo y volveremos todos cubiertos de -laureles.</p> - -<p>—Los laureles —dijo la beata—, no caen mal sobre una frente serena -que pueda alzarse ante el tribunal de Dios sin los rubores del pecado. -Señor don Fernando, ponga sus cinco sentidos en lo que le he dicho, -y no entregue su cuerpo al plomo enemigo sin descargar su alma del -peso de tantas y tan negras culpas. El cuerpo que sirve de vaso a -un alma limpia es respetado por la muerte; no así el que es saco de -inmundicias. No hay contra el plomo y las bayonetas mejor coraza que -una buena y general confesión.</p> - -<p>—Viejecita —repuso don Fernando sonriendo—, como el cura va conmigo -a la guerra, echaremos un párrafo por esos caminos, y entre batalla y -batalla me iré descargando de todos mis pecados y él absolviéndome, -todo esto al compás de nuestras caballerías.</p> - -<p>—Cabal, cabal —exclamó el presbítero—. Por mucha que sea la faena, -no falta un ratito para meter la mano en la conciencia y sacar algunos -puñados de maleza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>—Y para los -soldados, voto al chápiro —dijo don Fernando golpeando el suelo con la -contera de la espada—, ha de haber un poquito de manga ancha. Ya se ve: -siempre en campaña al sol y al frío, comiendo poco y bebiendo menos, -sin otro regalo que mil trabajos, y teniendo por cama el suelo, por -descanso la fatiga, por almuerzo la pólvora y por cena la metralla... -¡Oh!, los que así vivimos no podemos ser mirados como los demás: ¿no es -verdad, señor cura?</p> - -<p>—Verdad, verdad... ¡Conque en marcha!... ¿No se te olvida nada, -Respaldiza? —dijo el cura preguntándose a sí mismo y tentándose el -cuerpo—. No, nada se te olvida, curita... la pólvora, las balas, el -frasquito de aguardiente, las lonjas de jamón... el chocolate crudo... -el tabaco...</p> - -<p>A todas estas iba llegando gente, amigos del insigne Garrote.</p> - -<p>Llegó la hora de la partida, y los expedicionarios oprimían los -lomos de sus respectivas caballerías. La salida de la casa fue una -verdadera ovación. Don Fernando, seguido de su hijo, del cura y de los -demás guerrilleros, rompió por entre la multitud que le vitoreaba, -aclamándole padre de la patria y héroe de la Puebla. En aquel instante -nadie se acordaba de las fechorías de don Fernando Garrote, que había -sido siempre popular, muy popular, lo mismo por sus generosidades que -por sus atrevimientos. En España los audaces de buena cepa, aunque sean -bandidos o Tenorios, son siempre queridos y admirados del pueblo, que -lo perdona<span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span> todo, a -excepción de la cobardía y la avaricia.</p> - -<p>Luego que se encontró fuera de la villa y en pleno campo la pequeña -partida, compuesta de una docena de hombres, Carlos, indicando la -dirección de Treviño, que debían tomar por las montañas, se puso -a vanguardia con otro amigo, para explorar el camino y ver si se -distinguían fuerzas francesas. En tanto, don Fernando y el cura, -quedándose solos atrás, emparejaron sus cabalgaduras, que perezosamente -iban al paso, y entablaron el curiosísimo diálogo que se verá a -continuación:</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch15"> - <h2 class="nobreak g0">XV</h2> -</div> - -<p>—Señor cura —dijo Garrote—, ahora que nos encontramos solos, quiero -que conversemos un poco sobre un asunto que me está escociendo por -adentro.</p> - -<p>—Ya le entiendo, amigo mío; usted es de parecer que, en vez de -unirnos a la partida de Longa, marchemos solos al encuentro de los -franceses.</p> - -<p>—No es nada de eso, señor don Aparicio, lo que me preocupa.</p> - -<p>—Ese fusil que lleva usted —añadió el cura—, es un arma de -príncipes; en cambio, esa espada no sirve sino para degollar -palominos.<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> Por el -contrario, mi sable vale un imperio, y esta escopeta no lo es más que -en el nombre. Hagamos, pues, un cambalache: darele a usted el sable, -pues la principal habilidad de usted consiste en el tajo, mientras que -siendo mi fuerte la puntería, cogeré, por lo tanto, su fusil.</p> - -<p>—No es eso tampoco lo que tenía que hablar.</p> - -<p>—Usted tiene muy cansada la vista y no puede hacer la puntería.</p> - -<p>—Que no es eso —repitió Garrote con enfado.</p> - -<p>—¿Pues qué, hombre de Dios?</p> - -<p>—Un caso de conciencia.</p> - -<p>—¿Esas tenemos? —dijo el cura riendo—. Esta mañana estuve una hora -en el confesonario sin que nadie se me acercara, y ahora que monto a -caballo...</p> - -<p>—No pierde el sacerdote el sacramento por ir a horcajadas.</p> - -<p>—Jamás he visto que el ilustre Garrote se confesara; ¿y ahora que va -a la guerra le entran esos escrúpulos? ¿Hay algún pecado nuevo? Pero no -sé por qué recuerda ahora... Esa maldita Perpetua...</p> - -<p>—No, los antiguos. Por lo mismo que voy a la guerra, siento un vivo -deseo de reconciliarme con Dios... Aunque hombres como yo no mueren -a dos tirones, quién sabe si por artes del enemigo me cogerá una -bala...</p> - -<p>—Y adiós alma... Nada, nada —dijo el cura—, aun los hombres más -bravos deben venir a estas fiestas con el alma preparada... Aquí<span -class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span> donde usted me ve, voy como -un angelito de Dios... Me podrían enterrar con corona de rosas como a -los niños.</p> - -<p>—Vamos a ver. Si los pecados se perdonan con el arrepentimiento y la -penitencia, los míos ya los puedo dar por idos. Estoy arrepentido de -los males que he causado, y ahora que soy viejo y nada puedo, he caído -en la cuenta de que hice mal, muy mal. En cuanto a la penitencia, ¿no -es suficiente esta que yo mismo me impongo de dejar la tranquilidad y -bienestar que disfrutaba en mi casa de Peñacerrada, para echarme al -campo en busca de las privaciones, de las hambres, de las heridas, de -los fríos, de los calores y quizás, quizás, de la muerte? Y todo esto no -por una causa cualquiera, sino por la causa de Dios, de la religión y -su santa Iglesia primero, y del rey y de España después.</p> - -<p>—Mi parecer es —dijo el cura sonriendo y tentando de nuevo sus -bolsillos y la alforja para ver si se le olvidaba algo— que con lo -hecho por usted, con su arrepentimiento primero y el sacrificio de su -bienestar después, hay para irse derecho al cielo.</p> - -<p>Don Fernando respiró con desahogo, y muy vivamente añadió:</p> - -<p>—Si ofendí a Dios con mis calaveradas, ahora le sirvo con mi -heroísmo: ¿no es verdad? Váyase lo uno por lo otro. Jamás cometí acción -ninguna indigna de un caballero... pues... ya me entiende usted... -porque hay pecados de pecados.</p> - -<p>—Es evidente... Pero si el arrepentimiento<span class="pagenum" -id="Page_123">p. 123</span> y la penitencia limpian el alma, no está de -más un poco de palique con el cura...</p> - -<p>—Ya, la confesión.</p> - -<p>—La humillación del alma ante Dios, y aquello de reconocer -verbalmente sus faltas y avergonzarse de ellas delante del -sacerdote...</p> - -<p>—Por hablar no quedará —dijo Garrote—; pero es lástima que esto no -lo hiciéramos despacito en el pueblo, en vez de hacerlo a caballo por -estos andurriales.</p> - -<p>El cura rompió a reír.</p> - -<p>—¡Qué singulares cosas tiene don Fernando Garrote! —exclamó avivando -el paso de la cabalgadura—. Esta noche, cuando lleguemos a cualquier -mesón... ¿Pero está usted triste, señor Navarro; a qué viene tanto -mirar al suelo y ese gesto de ajusticiado?</p> - -<p>—Amigo don Aparicio —repuso el guerrero—, no puedo apartar de mi -pensamiento la idea de que me coja una bala.</p> - -<p>—Los bravos no mueren...</p> - -<p>—Si el caso llega —añadió el guerrillero muy preocupado y -entristecido—, no moriré sin decir antes a voz en grito, ante Dios y -los hombres, que siempre fui católico, apostólico, romano, y defensor -de la santa Iglesia, cuyos dogmas creo desde el primero hasta el -último.</p> - -<p>—Bien, eso es lo principal... Ahora, señor Garrote, deme usted su -fusil —dijo el cura con vivísimo interés mirando a un punto lejano -hacia la izquierda—. ¿No le parece que se distingue por allí el morrión -de un francés?</p> - -<p>—No puede ser, hombre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>—Será algún -rezagado. Anoche pasó por aquí el ejército enemigo.</p> - -<p>—Pues como iba diciendo —prosiguió Garrote ensimismado y algo -sombrío—, toda mi vida he sido católico, apostólico, romano... Jamás he -robado a nadie el valor de un real. No he levantado falsos testimonios, -y si dije alguna mentirilla leve, fue sin hacer daño a nadie, o por -galanteo, pues... cosas de mujeres. Si he jurado en falso ha sido en -asunto de amores. Honré a mis padres mientras vivieron; no he matado a -nadie, ni...</p> - -<p>—Ni deseado la mujer ajena —dijo el cura interrumpiéndole con -risas.</p> - -<p>—¡Alto, alto!, que ahí está el <i>busilis</i> —gritó don -Fernando.</p> - -<p>—¿Qué, qué es lo que está? —dijo Respaldiza mirando con zozobra a un -lado y otro.</p> - -<p>—Nada, hombre; no hay que asustarse: lo principal de mis pecados, -digo...</p> - -<p>—Creí que había divisado usted algún destacamento enemigo. ¿Pero por -dónde vamos, amigo Garrote?</p> - -<p>—Vamos bien: adelante —dijo Navarro, tan solo preocupado de su -conciencia.</p> - -<p>Iban por un terreno bastante solitario, compuesto de cerros que se -sucedían unos a otros, elevándose cada vez más. De trecho en trecho -hallábanse pequeñas llanadas.</p> - -<p>—Ya se sabe qué clase de pecados son los míos —continuó Garrote sin -poder apartar el pensamiento de aquella idea—. No son en verdad de los -que más afean al hombre; y en el mundo vemos que mientras se niega el -agua<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span> y el fuego al -asesino, al galanteador, no solo no se le niega nada, sino que todo -el mundo le admira, le señala, y con su amistad se honran tontos y -discretos, buenos y malos.</p> - -<p>—Así es, en efecto —dijo Respaldiza—; lo cual no quita que el -galantear sea pecado, porque es el desenfreno del más feo y torpe -vicio, y con él se injuria a la familia, al mundo y a Dios.</p> - -<p>—Por más que me diga el señor cura, no puedo creer que el galanteo -sea vicio tan inmundo como el robar, el calumniar y blasfemar. Al hacer -cocos a una doncella o mujer casada, parece como que se tributa cierto -holocausto al Señor por las maravillas que puso en el alma y en el -cuerpo. El espíritu pone de manifiesto lo que encierra de más noble, y -la materia...</p> - -<p>—Tate, tate, señor don Fernando —dijo entre risas Respaldiza—. Al -querer confesarse está usted haciendo la apología de sus pecados, -y revistiéndolos con las mentirosas formas de la voluptuosidad. Es -una singularísima manera de arrepentirse... Vaya un polvito —añadió, -sacando la tabaquera.</p> - -<p>—No, no: ya estoy arrepentido, señor don Aparicio. Ya estoy -arrepentido de todo —afirmó Garrote con decisión—. No sirvo ya para -maldita cosa. ¡Quién me había de decir en aquellos tiempos, cuando todo -el mundo me parecía pequeño para mis aventuras, que se me había de -acabar la vigorosa energía!...</p> - -<p>—Punto final, amigo mío —dijo el cura mirando a la izquierda.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span>—Iba a decir que -ahora aborrezco todo aquello, y que lo deploro... Pero me pasa una -cosa singular, amigo, y es que me arrepiento, pero no estoy tranquilo. -El corazón me baila en el pecho, y siento en mí no sé qué comezón y -zozobra.</p> - -<p>El bravo cura se irguió de repente, alzándose sobre los estribos, y -gritó con ansiedad:</p> - -<p>—Señor don Fernando, el fusil, venga el fusil, ¡por todos los -santos!</p> - -<p>—¿Qué hay? ¿Viene algún destacamento francés? —preguntó el guerrero -mirando al mismo punto hacia el cual se dirigían los atónitos ojos del -presbítero.</p> - -<p>—¡Un morrión! Por allí va el morrión de un francés.</p> - -<p>—¿El morrión solo?</p> - -<p>—Bajo el morrión ha de ir una cabeza, y bajo la cabeza un cuerpo; -solo que va por aquel camino hondo y no se ve más que el cimborrio... -Ese fusil, señor don Fernando, ¡por amor de Dios!</p> - -<p>—Ya, ya le veo —dijo Garrote, poniéndose la palma de la mano sobre -los ojos en forma de visera—. Pero es un hombre solo, un pobre soldado -rezagado, quizás un prisionero fugitivo. ¿Qué hacemos?</p> - -<p>—¡Bonita pregunta! Matarle. Un enemigo menos tendrá España.</p> - -<p>—Pero si no me engaño —dijo don Fernando mirando a todos lados con -inquietud—, nos hemos perdido. ¿En dónde están mi hijo y los demás -amigos?</p> - -<p>—Delante van. Ese fusil, señor don Fernando:<span class="pagenum" -id="Page_127">p. 127</span> veremos si el cura de la Puebla desmiente -la fama de ser el mejor tirador de todo el condado, y aun de toda -Álava.</p> - -<p>—Amigo, ¿por dónde vamos? —repitió Navarro deteniendo el caballo—. -Con esta conversación de mis pecados y de la bondad de Dios que todos -me los perdona, nos hemos distraído, y sin saber cómo nos hallamos -separados de los demás de la partida.</p> - -<p>—¿Cómo es eso? ¡Gran geógrafo tenemos aquí! —exclamó el cura—. ¿Pues -no es este el camino de Uralde?</p> - -<p>—No, con mil demonios: aquellas casas que a lo lejos se parecen -son las primeras de Añastro. Carlos y la compañía se han ido camino -derecho a Uralde, y nosotros, ¡ahora caigo en ello, con cien mil pares -de Satanases!, nos equivocamos en la encrucijada donde está la venta de -Martín.</p> - -<p>—Adelante —dijo el cura con resolución—. Buscaremos un atajo por -aquí a la izquierda... ¿Hay miedo, señor don Fernando? Lo mismo da -ir por Uralde que por Añastro. Usted tiene la culpa, pues charla que -charla...</p> - -<p>—No hagamos calaveradas —dijo Garrote bastante intranquilo—. Casi -estamos en país enemigo. A lo mejor saldrá de detrás de una mata un -puñado de franceses.</p> - -<p>—Aquel que allí está no se me escapa —dijo el cura, observando -siempre el morrión que por el camino hondo se movía—. ¿Nos vamos a -él?</p> - -<p>—¡Dos contra uno! —exclamó con desdén don Fernando—. Esta heroicidad -no es de las mías.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span>—¿Pero si ese uno -se convierte en seis dentro de un rato? ¿Quién sabe lo que habrá detrás -de aquella colina?</p> - -<p>—Pues vamos a él —dijo don Fernando dirigiendo su caballo por un -sembrado y hacia el punto donde el formidable morrión aparecía—. Esta -guerra en detalle es la que a mí me enamora, y la verdad es que hecha -con inteligencia, no hay ejército invasor que a ella resista.</p> - -<p>—¡El fusil, ese fusilito, por amor de Dios y de María Santísima!</p> - -<p>—¡Ahí va!... ¡que Dios esté en la chispa, en la pólvora y en la -bala!</p> - -<p>Galoparon buen trecho por el sembrado, y de pronto, como liebre que -levantan perros, viose salir del camino hondo un soldado francés, el -cual, azorado y temeroso al ver sobre sí dos tan disformes jinetes, -echó a correr con ligerísimos pies, mirando hacia atrás a cada instante -para ver si era perseguido.</p> - -<p>—Alto ahí, amiguito —gritó el cura—, que no te salvarás aunque -tengas mejores piernas que Mercurio el de los alados talones... -¡Alto!</p> - -<p>—Ríndete y nada te haremos por ser dos contra uno —gritó don -Fernando llevándose la mano al sombrero, que con el fuerte viento se le -tambaleaba sobre el cráneo—. Date, tunantuelo, que somos generosos y -caballeros.</p> - -<p>—¡Borracho, ladrón! Ríndete o te tiendo...</p> - -<p>Aunque muy velozmente corría el francés, al poco rato pusiéronse -los caballos a medio tiro; disparó don Aparicio su fusil, hiriendo al -fugitivo con tan fatal acierto en mitad de la<span class="pagenum" -id="Page_129">p. 129</span> espalda, que después de dar algunos pasos -vacilantes cayó al suelo.</p> - -<p>—¡Qué ojo! ¡Señor Garrote! Por Santa Lucía bendita. ¡Qué puntería! -—exclamó con júbilo Respaldiza—. Yo mismo me admiro, yo mismo me alabo, -yo mismo me hago mi apoteosis, porque soy en esto del tirar una de las -más grandes maravillas de la creación.</p> - -<p>—La verdad es que, como cacería, esto ha sido admirable —repuso -Garrote—; pero como acción de guerra no se puede poner al lado de las -de Wellington. Ese pobre muchacho lo pasa mal.</p> - -<p>Llegaron al sitio donde el francés se revolvía en su sangre, -profiriendo injurias y blasfemias contra sus perseguidores.</p> - -<p>—Arriba, muchacho; eso no es nada —dijo Navarro, cuya generosidad, -como hemos dicho, se mostraba en todas ocasiones—. Dinos dónde está el -destacamento a que perteneces, y te perdonamos la vida.</p> - -<p>—El destacamento —repitió el cura—. Sí: para huir de él.</p> - -<p>—O para atacarle si es de poca gente. Usted con su puntería y yo con -mis puños...</p> - -<p>A esta bravata siguió un rato de silencio, porque el pobre francés -herido se había desmayado. Mirábanse Garrote y don Aparicio sin saber -qué partido tomar, cuando sintiose a lo lejos ruido de caballos; y como -alzaran a un mismo tiempo la vista cura y seglar, vieron que hacia -ellos se dirigía por el camino hondo hasta una docena de franchutes -a caballo. Púsose más pálido que la cera de su iglesia el<span -class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> buen Respaldiza, y don -Fernando, a pesar de su garrotesca bravura, frunció el majestuoso ceño. -El primer impulso del tirador fue huir; mas detúvole su amigo, bien -porque creyera imposible la fuga, bien porque la impavidez de su alma -atrevida gozase en la temerosa aproximación del peligro.</p> - -<p>—¡El sable, el sable! —gritó tomando el arma de su amigo, a quien -entregó la espada vieja.</p> - -<p>La mano del cura temblaba.</p> - -<p>—Hemos cometido una acción villana asesinando a un hombre —exclamó -con solemne acento Garrote—; Dios nos castiga. Ahora... pelear como -buenos españoles, y morir como caballeros cristianos.</p> - -<p>—¿Qué hacemos?</p> - -<p>—¿Qué hemos de hacer? ¡A ellos! Dios sea con nosotros.</p> - -<p>No hubo muchos ni variados lances en aquel suceso, porque en el -espacio de pocos minutos los enemigos se acercaron a nuestros dos -héroes, diciéndoles en castellano que se rindieran.</p> - -<p>—Son españoles.</p> - -<p>—Afrancesados... mala gente... —murmuró don Aparicio.</p> - -<p>—¡Que me rinda yo! —gritó Navarro esgrimiendo el sable—. Ahora -sabréis, canallas, traidores, cómo acostumbra a hacer sus rendiciones -don Fernando Garrote el de la Puebla. Si he de morir, moriré -matando.</p> - -<p>Y sin más dimes ni diretes, comenzó a descargar sablazos sobre -los que más cerca tenía. En tanto Respaldiza, viendo a su amigo -enredado<span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> con los -franceses, quiso ponerse en salvo; pero se lo impidieron, y en un -santiamén fueron ambos desarmados. Garrote había descalabrado a uno y -herido levemente a otro, recibiendo en cambio dos pistoletazos, que por -fortuna solo hicieron estragos en el alto sombrero. Gritó, vociferó, -injurió en nombre de Dios, del rey y de España; pero al cabo, ambos -fueron conducidos prisioneros sobre sus mismas cabalgaduras, y muy bien -vigilados por los doce dragones, que se pusieron en marcha después de -recoger el herido.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch16"> - <h2 class="nobreak g0">XVI</h2> -</div> - -<p>Así acabó la grande, la memorable expedición de don Fernando Garrote -y del reverendo beneficiado de la Puebla. Mientras esto sucedía, Carlos -Navarro y la compañía buscaban inútilmente a los dos viejos adalides en -el camino de Uralde.</p> - -<p>Silenciosamente y abrumados de amargura y desesperación, marchaban -los dos prisioneros el uno tras el otro; los caballos que montaban no -parecían menos tristes que sus amos, a juzgar por la lentitud de su -paso y la inclinación de la cabeza. Los españoles y franceses que les -habían cogido y les custodiaban, iban charlando en una y otra lengua -mezcladamente, y uno de ellos dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span>—A estos tunantes -no les perdonará el general Gazán... han asesinado un francés, y ya -sabemos con qué moneda se pagan estas deudas.</p> - -<p>—El uno de ellos parece cura.</p> - -<p>—Y el otro sacristán.</p> - -<p>Don Fernando Garrote se puso lívido al oír que se le llamaba -sacristán, y después se le encendió hasta la raíz del cabello el pálido -rostro. Si hubiera tenido armas, habría castigado en el acto tanta -insolencia en menos que se dicen castañas. Respaldiza, durante el -camino, sintiéndose sediento, pidió que le dejaran beber de un arroyo -cercano.</p> - -<p>—Tiempo hay de beber. En Aríñez no falta agua, padrito. Y si no, -tome un buche de la del bautismo, que como cura debe de tener tan a la -mano... Beberá antes que le despachen.</p> - -<p>—¡Despacharme! —exclamó don Aparicio con acento compungido—. ¿Qué es -eso de despachar?</p> - -<p>Garrote, colérico por la cobardía que mostraba su amigo, le miró con -ojos fieros.</p> - -<p>—¡Que nos despachen! —gritó—. ¿Qué mayor gloria para buenos -españoles que morir a manos de estos tunantes?</p> - -<p>—Cierre el pico el vejete sacristán —gritó un jurado—, o no -aguardamos a llegar al Cuartel general.</p> - -<p>—¡Traidor! Tu persona es para mí tan despreciable como la de un vil -esclavo, y tus palabras como los ladridos de un perro —exclamó con -admirable entereza Navarro—. Si quieres darme la muerte aquí mismo, -dámela. Ni porque me mates he de aborrecerte más, ni porque<span -class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> me dejes vivo he de -estimarte. Soy un hombre leal que sirve a su patria, y tú un cobarde -desleal que sirve al enemigo.</p> - -<p>En aquel mismo instante se acabara la vida, y con la vida las -hazañas de don Fernando Garrote, si el sargento que mandaba la tropa no -impusiera silencio a todos, mandándoles seguir adelante.</p> - -<p>Después de tres horas largas y penosas de camino, llegaron a Aríñez, -y los dos prisioneros fueron presentados a un coronel. Las tropas -francesas entre las cuales se encontraban, pertenecían a la división -del general Gazán. Caía la tarde, y los soldados se preparaban a pasar -la noche lo mejor posible: encendíanse las cocinas de campaña, y en -torno a las casas de labor se veían alegres corrillos. Los caballos -bebían en una gran acequia que de un punto a otro atravesaba el pueblo, -y los oficiales organizaban sus meriendas al aire libre.</p> - -<p>Don Fernando Garrote se quedó sin alma cuando se vio entre aquella -gente. Deseaba morirse, o que la tierra se abriese para tragársele, -o que reventase a su lado el más poderoso de los cañones franceses. -Lleváronle de Herodes a Pilatos durante largo rato de la tardecita, -cual si no supiesen qué hacer de él, y unos le tenían lástima, otros le -miraban con desdén o con ira. Pero el que excitaba más sentimientos de -enojo era don Aparicio, por ser muy aborrecidos entre los extranjeros -los curas armados; así es que después que le concedieron el apagar -la rabiosa sed en la misma acequia donde hociqueaban los caballos, -echáronle una cuerda al<span class="pagenum" id="Page_134">p. -134</span> cuello, sin consideración alguna a las órdenes -sacerdotales.</p> - -<p>No fueron tan crueles con Garrote, quizás porque mostraba dignidad -en su infortunio, y no hacía aspavientos ni exhalaba femeniles quejas -como su compañero. Lleváronles a los dos a un gran patio, contiguo a -una casa grande y vieja, el cual parecía servir de taller de herrería y -carretería, porque en él había varios soldados artífices trabajando, y -allí podían discurrir libremente los dos prisioneros; mas no escaparse, -porque un centinela guardaba la puerta.</p> - -<p>Respaldiza, despavorido y medio muerto de terror, echose al suelo -para llorar su desventura. Navarro se paseaba de largo a largo, sin -hablar a su amigo ni a nadie. En las bardas de aquel corral que -caían a poniente, había unas rejas por donde se veía la carretera -de Vitoria. No cesaban de pasar por ella carros cargados de cajas y -arcones de diversos tamaños, los cuales venían del lado de la Puebla, -y se detenían, acomodándose en el estrecho camino para dar descanso a -las caballerías. También había multitud de galeras y sillas de posta, -donde iban las familias españolas que abandonaban la Corte con los -franceses. El ruido y el tumulto de aquella parte del camino, donde se -reunían y amalgamaban tantos vehículos y caballos, eran espantosos. -Unida esta algazara con los martillazos de los que trabajaban sobre -el yunque dentro del patio, resultaba una música infernal que hubiera -vuelto loco a don Fernando Garrote si el cerebro de este pudiera -descomponerse<span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> por -otra causa que por el espantoso hervir de las ideas.</p> - -<p>Paseábase el esclarecido varón con la barba clavada en el pecho y -las manos dentro de los bolsillos; su espíritu, después de vagar un -buen espacio por las dulces regiones del pensamiento religioso, se -irritó de repente, y la idea del suicidio se le puso delante siniestra -y halagüeña a la vez, aterrándole y consolándole. Miró Navarro a los -que machacaban hierro sobre el yunque, y consideró que le harían -merced en dejarle poner su vieja cabeza entre ambos hierros. Después -fijó su atención en las diversas herramientas que pendían del techo -de un tingladillo donde estaban la fragua y el fuelle; pero no creyó -posible apoderarse de ellas, ni menos usarlas contra su vida sin -ser inmediatamente visto y atajado. Volviendo al inquieto pasear, -puso sus miradas en un pozo que en mitad del patio había, y al punto -hizo resolución de arrojarse en él de cabeza; pero tardaba mucho en -decidirse a ello, y observaba de soslayo la soga y polea. Acercose -al brocal para mirar al fondo, y vio allá abajo su imagen temblorosa -y desfigurada dentro de un círculo luminoso. En esta contemplación -se detenía, cuando un francés le arrancó de allí, señalándole la -fragua.</p> - -<p>—Camarada —le dijo en mal español con sonrisa burlona—, allí hacen -falta vuestros servicios.</p> - -<p>Un español joven, moreno y agraciado acercose en tanto al cura, que -no se apartaba de su rincón, y con acento de chacota le dijo:</p> - -<p>—¿Qué bueno por aquí, señor Respaldiza?<span class="pagenum" -id="Page_136">p. 136</span> Parece que la expedición no ha salido -bien.</p> - -<p>—¡Ay, Salvadorcillo de mi alma! —exclamó acongojado el cura—. Al -verte, me parece que veo un ángel del cielo... Dime, ¿nos matarán?... -¿Intercederás por nosotros? Yo te ruego que olvides las palabrillas -coléricas que se cruzaron entre nosotros anoche en casa de tu madre. Yo -suelo gastar esas bromitas...</p> - -<p>—Olvidadas están, señor cura; pero me parece que nada puedo hacer -por ustedes. ¿Quién es el compañero?</p> - -<p>—Allí lo tienes junto al pozo, don Fernando Garrote, el primer -caballero de toda la comarca.</p> - -<p>—Le hubiera conocido —dijo Monsalud observándole— nada más que por -la semejanza que tiene con su hijo Carlos.</p> - -<p>Y acercándose a Navarro, que en aquel instante disputaba con el -francés, tomó nuestro joven una expresioncilla bastante insolente, y -habló de este modo al infeliz anciano:</p> - -<p>—Señor don Fernando, aquí dicen que vaya usted a menear el fuelle, y -yo creo que este honroso oficio nadie puede desempeñarlo mejor que un -señor de la llave dorada.</p> - -<p>Miró Garrote al atrevido soldado con tanta ira, que los ojos -parecían saltársele del casco.</p> - -<p>—Mozuelo sin honor ni vergüenza —exclamó con dignidad y altanería—, -¿piensas que un hombre como yo ha venido aquí para oír tus necedades, -ni menos para obedecerte? Estos miserables exterminarán a la gente -honrada; pero no la deshonrarán.</p> - -<p>—¡Al fuelle! ¡Al fuelle! —gritaron varias voces,<span -class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> y con más fuerza que -ninguna la del mozo que hasta entonces había movido sin descanso la -enfadosa máquina.</p> - -<p>—¡Soplad vosotros, canallas! —gritó Navarro, echando inmediatamente -mano al lugar donde debía estar el puño de la espada.</p> - -<p>—No hay que apurarse por tan poca cosa —dijo de improviso el cura -levantándose del suelo y acudiendo oficiosamente al lugar de la -disputa—. Si es preciso que alguien sople, yo soplaré, que lo haré muy -bien, caballeritos, y bueno es un poco de ejercicio a estas horas.</p> - -<p>Deseando congraciarse con sus verdugos, Respaldiza, cuya poquedad de -ánimo y corazón pequeño se habían mostrado ya, a todo se prestaba.</p> - -<p>—¿Qué más da? —decía entre dientes—. Más padeció Jesús por nosotros. -A él le pusieron atado a una columna y le abofetearon y escupieron. -Movamos el fuelle, herreros de Satanás. Si vuestros cuerpos estuvieran -dentro del fuego, ¡con qué ganas soplaría!</p> - -<p>Metió la mano en la argolla, y tirando de la cadena, infló el -depósito de viento. El caño de la fragua resonó con ardiente resoplido, -como la respiración de un cíclope, y las moribundas ascuas revivieron -lanzando llamas rojizas. Al compás del canto de los herreros, tiraba de -la cadena el cura, afectando en su semblante cristiana humildad; pero -lleno de cólera, y más que de cólera, de miedo.</p> - -<p>La noche sin luna oscurecía el cielo y la tierra; pero no cesaba el -espantoso ruido dentro y fuera del patio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span>La roja claridad -de la fragua iluminó los diversos grupos, y don Fernando, que tenía en -su alma todas las oscuridades de la tristeza y todas las llamas de la -desesperación, no pudo pensar en echarse al pozo, porque los franceses -lo cerraron.</p> - -<p>A ratos le causaba profunda pena ver la degradación y falta de -dignidad de su compañero de desgracia, el cual seguía en su tarea, y -aun sonreía ante los soeces herreros con mengua de su honor y de la -jerarquía sacerdotal. Por fin cesó el trabajo; entraron varios soldados -españoles y dos o tres renegados, trayendo un par de zaques de vino, a -cuya vista se regocijaron todos, disponiéndose a dejarlos vacíos. En -el mismo instante llegó Monsalud con algunos soldados, y ordenando a -los prisioneros que le siguiesen, entró con ellos en el piso bajo de -la casa contigua, que lo era de labor y estaba destinada en su parte -alta a alojamiento de oficiales. Sin decirles cosa alguna, encerró a -cada uno en una pieza baja, separadas ambas por un tabique ruinoso, -sin puerta que las comunicara. Luego que don Fernando entró en lo que -parecía mazmorra, echose en el desnudo piso sin mirar al que le había -encerrado. Este arrojó un pan en el suelo, y como cayese a regular -distancia del prisionero, el sargento empujó la hogaza con la punta del -pie, diciendo:</p> - -<p>—Ahí tiene usted para pasar la noche. Estoy de guardia hasta las -doce y me han encargado la custodia de los dos prisioneros. Traeré -también agua y algo de carne, si hay.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>—No necesito nada -—dijo Garrote sin mirarle—. Yo no como tu pan.</p> - -<p>Incorporándose, dio tan fuerte puntapié a la libreta, que la lanzó -al otro extremo de la pieza.</p> - -<p>—Mal genio tiene usted —dijo el joven con lástima—. Hay que llevarlo -con paciencia. El coronel me ha mandado que después de encerrar e -incomunicar a usted y a su compañero, les notifique...</p> - -<p>—Ya lo sé... que seremos arcabuceados...</p> - -<p>—A la madrugada. El general no quiere carnicerías; pero el jueves -cogió Mina a diez franceses y a todos los fusiló.</p> - -<p>—Hizo bien —dijo don Fernando—; y es lástima que no te cogiera -también a ti, español renegado a lo que pareces... Si Dios me sacara -de esta cárcel, y recobrase yo mi libertad y mis armas, a ningún -afrancesado perdonaría.</p> - -<p>—Amigo —dijo el mancebo—, la situación en que usted se halla no es -la más propia para vituperar la conducta de los demás y poner cual no -digan dueñas a los que, por razones que usted ignora, servimos a los -franceses.</p> - -<p>—Mi situación no me espanta —repuso el viejo con gravedad—. Moriré -por la patria, por la religión, y Dios me acogerá en su seno. La muerte -que me espera no la cambiaría por cien vidas como la tuya, infeliz -joven, por esa vida deshonrada en flor.</p> - -<p>El mozo guardó silencio.</p> - -<p>—¿Quién te engañó? ¿Quién te sedujo? ¿Sabes lo que es servir al -enemigo y hacer causa común con los verdugos de la patria?</p> - -<p>—Hablador es el viejo —dijo Salvador un<span class="pagenum" -id="Page_140">p. 140</span> poco enojado—. Hará usted bien en descansar -y en tranquilizarse, señor Navarro. Adiós.</p> - -<p>—¿Cómo sabes mi nombre?</p> - -<p>—Me lo dijo Respaldiza. Conozco mucho al cura de la Puebla de -Arganzón, donde he vivido dos años.</p> - -<p>—¿Cómo te llamas?</p> - -<p>—Salvador Monsalud... yo soy de Pipaón.</p> - -<p>El anciano dio un suspiro profundo echando hacia atrás la cabeza, -que al chocar bruscamente contra el tabique produjo un triste y hueco -sonido, como el de un cántaro que está a punto de romperse.</p> - -<p>—Adiós —dijo Salvador con la mayor indiferencia—. Volveré después -a traer a ustedes alguna cosa. Me da lástima de los que van a morir -aunque se lo tengan muy merecido... ¿Conque agua? Si hubiera carne... -Veremos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch17"> - <h2 class="nobreak g0">XVII</h2> -</div> - -<p>El estado moral de don Fernando Garrote fue, desde que se quedó -solo, el más espantoso que imaginarse puede. La imagen y la idea de la -muerte, que poco antes ocuparan por completo su espíritu, huyeron como -accidentes fútiles y pasajeros, indignos del pensamiento. Toda su vida -pasada, sus culpas, sus glorias se le pusieron delante, juntamente con -el infeliz joven cuyo nombre acababa de saber. Veía tan claro<span -class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> el designio de Dios, que -hasta con los ojos del cuerpo estaba viendo al mismo Dios delante de -sí, grave, ceñudo, majestuoso y admirablemente sobrenatural y divino. -Don Fernando sintió el terror más vivo que un alma humana puede sentir; -miedo semejante tan solo a los terrores bíblicos que sobrecogían al -pueblo elegido, cuando entre rayos y truenos sonaba la voz que había -mandado a la luz que se hiciera, y a la tierra separarse de las -aguas.</p> - -<p>El anciano se prosternó en tierra, y apoyando contra las frías -baldosas su ardiente cabeza, dijo en voz alta:</p> - -<p>—¡Señor, Señor, lo merezco! ¡He sido un malvado! ¡Cúmplase tu -voluntad! ¡Justicia terrible, pero justicia al fin! ¡Digna de mi vida -es esta última hora que has dispuesto para mí!</p> - -<p>Después siguió balbuciendo en voz baja oraciones piadosas y -vehementes, hasta que su alma se fue tranquilizando poco a poco, y las -terribles majestuosas facciones del semblante de Dios, que delante -creía ver, se amansaron. El pobre anciano respiró, y, levantándose del -suelo, fue tentando las paredes hasta el rincón más próximo, donde se -acurrucó, cruzando las piernas y los brazos, y entre estos escondiendo -la cabeza de tal modo, que parecía un ovillo. En tal postura, solo, sin -movimiento, profundamente abstraído y encerrado dentro de si mismo, -como el gusano en su capullo, dijo, palabra más o menos, el soliloquio -siguiente, examen sincero de sus muchas culpas:</p> - -<p>«Consagré mi juventud al vicio. Obediente a la ley de Dios tan solo -en lo superficial y externo,<span class="pagenum" id="Page_142">p. -142</span> falté a todos los deberes cristianos. Iba todos los días -a misa y rezaba el rosario, ambos actos sin devoción y por pura -rutina, pues en misa no atendía más que a las mujeres que poblaban -la iglesia. Llamándome buen católico, y defendiendo de palabra y aun -de obra la religión siempre que se ofrecía, mi conducta no dejaba de -ser execrable. ¿De qué valía, digo yo, a mi alma el ser presidente -por derecho hereditario de la sagrada congregación de <i>Esclavos de -Cristo</i>, ni hermano mayor de la Virgen de la Asunción y guardián de -su camarín, cuyas llaves se han conservado siempre en las arcas de mi -familia, con el derecho de vestir la imagen en las grandes fiestas?... -¡Ay! He sido un perverso que se ha burlado de todas las leyes divinas y -humanas. Amonestome un buen religioso francisco; pero me burlé de sus -palabras, atendiendo más que a él a los que me adulaban fomentando con -viles alabanzas mi disolución.</p> - -<p>»Diome el Cielo fortuna, sin duda por probarme en el empleo que -de ella haría, y más valiera que me criara Dios pobre y desnudo, -para que así mi natural vicioso se encaminase a la virtud, y con las -abstinencias se educara firme y valerosa mi alma. Mas yo empleé mi -hacienda en deslumbrar con engañosos oropeles la inocencia, en seducir -con mentidas promesas a honradas familias, en corromper dueñas y -criadas. Hice del honor mercadería que con el oro se compra y se vende, -y de la paz y buena fama de las familias, un juego caprichoso. El -demonio, mi aliado y en realidad<span class="pagenum" id="Page_143">p. -143</span> mi Dios, sugeríame a cada instante artificios nuevos para -derrocar la honestidad y vencer la resistencia que la templanza y el -recato ofrecían a mis abominables apetitos. Todo lo atropellé; pisoteé -los sentimientos más puros como pisotean los cerdos las flores de un -jardín, sin comprender su belleza.</p> - -<p>»Dios me tocaba a veces el corazón, dándome ratos de profunda -tristeza, en los cuales mi conciencia, aclarándose ante mí con -prodigiosa luz, me ponía delante la fealdad horrenda de mi conducta; -mas estos momentos, que coincidían siempre con mi cansancio, eran -breves como los relámpagos en la noche oscura, y mi alma envilecida -dejaba el arrepentimiento para la vejez. Mi memoria, con ser -portentosa, no puede recordar uno por uno todos los desafueros que -cometí, los planes execrables que realicé, ni las víctimas todas de mi -salvaje descomedimiento. Pero en estos momentos terribles en que mi -conciencia, a la vista de un hombre, se ha abierto de súbito como una -sima llena de horrores, y se me ha presentado Dios con el semblante de -la justicia, aprestándose a juzgarme sin misericordia, porque no la -merezco, uno solo de mis crímenes se me ofrece visible y claro entre -los demás, porque a todos los compendia, y con su magnitud oscurece a -los otros.</p> - -<p>»La ejemplar persona sacrificada vive, al parecer, para mi castigo. -¡Ay! A muchas seduje, a muchas atropellé; pero con ninguna fue el -engaño tan torpe y miserable como con esta. Cuanto puede hacer un -hombre para disimular<span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> -su vil intención, yo lo hice; cuanto puede inventarse para aparecer -bueno sin serlo y apasionado sin estarlo, mi entendimiento, fecundo -siempre para el mal, lo inventó con pasmoso ingenio. Burleme después -de la desgraciada joven a quien sacrifiqué, y yo mismo aplaudí su -deshonra en reunión de inicuos amigos y calaveras. Llevado de no sé -qué perversos instintos, que desde entonces han sido causa en mí de -espantosos remordimientos, llegué hasta a suponer en aquella infeliz -faltas que no había cometido, y torpezas y tratos con otros hombres -que jamás se acercaron a ella. Escupir el cadáver de la víctima que se -acaba de inmolar, no es tan vil como lo que yo hice. ¡Ay! ¿Por qué no -taladró mi lengua un hierro encendido como esos que he visto esta tarde -en la fragua del patio? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no quedé paralítico, -ciego y mudo, sin sentido para la maldad, y solo con pensamiento para -meditar en mi merecida ruina y pensar en mi salvación?</p> - -<p>»Nació un niño, a quien pusieron por nombre Salvador. Me lo -dijeron, y lo oí como si oyera decir: «La vaca del vecino ha parido -un ternero.» Yo no volví a Pipaón desde que proyecté casarme con otra -mujer. Olvidado de mi aventura, llegué, sin embargo, a entender que la -hermosa hija de don Pablo el Riojano había quedado en la miseria. Nada -hice por ella; poco a poco fue envolviéndose en nubes de misterio lo -sucedido, y la madre y el hijo no existieron para mí. Hace tres años -dijéronme que un joven llamado Salvador Monsalud había aparecido<span -class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> en la Puebla en compañía -de su madre, mujer melancólica, piadosa y enferma. Sentí cierta -aflicción inexplicable; pero nada hice. El amor de mi hijo legítimo -me ocupaba por entero. Hace poco, y aun hoy mismo, doña Perpetua me -ha recordado la antigua y casi olvidada deuda; mas preocupado con mis -preparativos de guerra, y soñando con gloriosas hazañas, apenas detuve -el pensamiento en los dos desgraciados seres que tan cerca estaban de -mí...</p> - -<p>»Ha tiempo, sin embargo, que el arrepentimiento trabaja en mi alma, -labrándose en ella un hueco con lentitud, pero con constancia. He -vuelto los ojos a Dios, aunque de soslayo, y a fuerza de pensar en -mis culpas y en la justicia divina, he llegado a considerar que el -mejor desagravio que a Dios podía ofrecer era sacrificarle los últimos -días de mi vida, combatiendo por la fe verdadera contra los herejes -y renegados. En mi necio orgullo, no he comprendido hasta ahora que -Dios no podía aceptarme como diligente servidor, ni menos premiar mi -arrojo. Clara, como la luz del sol al medio del día, veo ahora su mano -llevándome al destino y fin deplorable que merecía; veo su lógico -designio, obra de la perpetua justicia, en los sucesos de esta tarde; -y más que en otra cosa alguna, en la presencia de ese joven, de ese -ejemplo vivo de mis crímenes, de esa venganza humana y celeste, de -ese malaventurado hijo mío, que con la frialdad de los verdugos y la -crueldad de un enemigo vencedor se me ha puesto delante para anunciar -la muerte que<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> -merezco. ¡Oh! Merezco más, mucho más, Señor: merezco vivir después de -lo que he visto.</p> - -<p>»Las facciones de ese muchacho han producido en mí incomprensible -turbación; su nombre, pronunciado por él mismo, ha caído sobre mí como -un rayo celeste. Ya sé cómo suenan las trompetas del Juicio. Dios mío, -estoy humillado, vencido, y me arrastro por el suelo como un insecto -miserable, buscando tu pie soberano para que me aplaste. Me creo -indigno hasta de mirar la luz del día, que criaste lo mismo para los -buenos que para los malos. Señor, la muerte que me aguarda no será -bastante cruel para lo que yo merezco. Un hombre que lleva mi sangre y -debiera llevar mi nombre, me custodia en esta mazmorra hasta que llegue -el instante de la muerte; y él mismo, si se lo mandan...»</p> - -<p>Don Fernando no se atrevió a continuar la frase, que no era dicha, -sino pensada, y aun así la sofocó, cortando el vuelo de su pensamiento, -suspendiendo la fórmula oscura del lenguaje con que discurrimos a solas -y en silencio; pero no pudo cortar, ni atajar, ni detener la idea que -surcó por su cerebro como un relámpago. Espantado de ella, se afirmó -con ambas manos las abrasadas sienes, sacudiéndose a un lado y otro -la cabeza. Si quisiera arrancársela y arrojarla lejos de sí, como un -despojo inútil, no lo hiciera de otra manera.</p> - -<p>Oyó una voz alegre que cantaba, y al mismo tiempo abrieron la -puerta. Monsalud entró alumbrándose con una linterna; además traía una -botella de vino.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>—Señor don Fernando -—dijo desde la puerta—, aquí le traigo esto para que entone el cuerpo y -le ayude a pasar los malos ratos de esta noche.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch18"> - <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2> -</div> - -<p>Salvador adelantó con paso inseguro, dirigiendo la luz de la -linterna a todos los lados de la estancia.</p> - -<p>—¿En dónde se ha metido? —dijo riendo a carcajadas como quien -ha perdido el equilibrio de sus facultades—. ¡Ah! Está usted en el -rincón... ¡Qué postura! De ese modo piden los ciegos en el camino.</p> - -<p>Don Fernando Garrote, ante aquellas burlas, sintió que su sangre se -trocaba en hielo.</p> - -<p>—Entre esta gente —dijo con mucha aflicción—, ¿es costumbre burlarse -de los desgraciados que van a morir?</p> - -<p>—Perdóneme usted —añadió el joven luchando con el extravío de sus -sentidos—. No sé lo que digo... esos pícaros hicieron propósito de -embriagarme, y si no me levanto pronto...</p> - -<p>—Vicio muy feo es el de la embriaguez —afirmó Garrote—. Un joven -valiente y noble como tú, ¿será capaz de degradarse, abusando del -vino?...</p> - -<p>—No, no señor —repuso Salvador, en quien la vergüenza pudo por un -momento más que<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> la -turbación de su mente—. Nunca he sido borracho; pero de poco tiempo -a esta parte, me dan tales tristezas y se me acongoja el alma de tal -modo, a consecuencia de mis desgracias, que algunas veces...</p> - -<p>—¡Pobre muchacho! —dijo el guerrero acercándose a Monsalud, que, -puesta en el suelo la linterna y la botella, se había sentado junto -a ellas—. Me parece que como joven inexperto y sin fundamento, no te -vendría mal recibir algunos consejos, y voy a dártelos.</p> - -<p>—Pues toca la casualidad de que yo no he venido a recibir consejos, -sino a acompañar a usted un tantico y traerle algo confortativo, porque -siempre me da mucha compasión de ver a un hombre condenado a morir por -cosas de guerra; y aunque este hombre sea mi enemigo, sí, mi enemigo -por varias causas, siempre procuro que sus últimas horas no sean muy -tristes. Conque guárdese usted los consejos, y beba vino, si gusta.</p> - -<p>—No beberé —repuso don Fernando—; pero pues dices que vienes a -hacerme compañía, acepto el obsequio de un poco de conversación.</p> - -<p>—¿De qué vamos a hablar?</p> - -<p>—De ti.</p> - -<p>—¡De mí! —exclamó Salvador, otra vez atacado de la nerviosa -hilaridad que tanto disgustara a Garrote—. ¡Bonito asunto! Tanto vale -hablar del infierno.</p> - -<p>—Al verte entre franceses, joven, apuesto, y con esa expresión de -nobleza que tiene tu persona...</p> - -<p>—¡Oh qué lisonjero está el buen hombre!<span class="pagenum" -id="Page_149">p. 149</span> —dijo Monsalud—. Señor mío, no me adule -usted, pues aunque compasivo, no me vendo por alabanzas.</p> - -<p>—Al verte así —continuó Garrote— he pensado que solo seducido y -engañado ha podido un joven de tanto mérito entrar al servicio del rey -José y de los enemigos de la patria y de la religión.</p> - -<p>—Ni seducido, ni engañado, sino por mi propio gusto y libre voluntad -—respondió el mancebo con firmeza.</p> - -<p>—¡Y por tus venas corre sangre española! ¿No aborreces a esos -herejes, asesinos y ladrones, de cuyos crímenes horrendos eres -cómplice, sin duda por inocencia?</p> - -<p>—No les aborrezco, sino que les estimo.</p> - -<p>Don Fernando cruzó las manos y elevó los ojos al cielo.</p> - -<p>—Les estimo —prosiguió Monsalud— porque ellos me ampararon cuando de -todos era abandonado; diéronme de comer cuando me moría de hambre, y me -pusieron este uniforme que han llevado los primeros soldados del mundo -y los vencedores de toda Europa.</p> - -<p>Garrote se estremeció de espanto, y un abatimiento angustioso -sucedió a su anterior excitación.</p> - -<p>—¿Pero tan pobre estabas y tan desamparado de todo el mundo, que -necesitases venderte a los franceses para vivir?</p> - -<p>—Pobre y desamparado, sí, porque mi madre había perdido la -poca hacienda heredada, y no teníamos sobre qué caernos muertos. -Yo fui a Madrid, y un tío que allí tengo me<span class="pagenum" -id="Page_150">p. 150</span> metió en un regimiento de la guardia -jurada.</p> - -<p>—Pero tu deber es pelear por la patria. ¿No ves a toda la nación en -masa sublevada contra esos viles? ¿No ves el desprecio y el odio que -inspiran? Observa bien que entre los pocos españoles que sirven en las -filas francesas, no hay uno solo que sea persona honrada.</p> - -<p>—¡Calumnia! Los hay muy buenos, y yo no me tengo por ladrón, señor -Garrote —dijo Monsalud enojándose un poco—. Y punto en boca sobre esa -materia.</p> - -<p>—Poco a poco, joven: no he querido ofenderte —repuso Navarro con -tanta humildad y timidez como un chico de escuela—. Te diré cuál ha -sido mi intento. Al verte, sentí profundas simpatías hacia ti, y -tanto me entristeció ver a un joven de mérito en la vil condición de -afrancesado y en la torpe esclavitud de esa canalla, que me atreví -a esperar que los consejos y la autoridad de este infeliz anciano, -próximo a morir, tendrían alguna fuerza para desviarte de ese infame -camino. ¿Me equivocaré, Salvador? —añadió con expresión muy afectuosa—. -¿Será posible que tu buen corazón y clara inteligencia no respondan a -esta cariñosa súplica mía, a este deseo de que te conviertas, de que -vuelvas a la santa fe de la patria en que todos los buenos españoles -vivimos y morimos?</p> - -<p>Monsalud miró a don Fernando por breve espacio, de hito en hito, y -después rompió a reír con estrépito y descaro. El insigne Garrote no -pudo contemplar por mucho tiempo aquella faz burlona, porque tuvo que -esconder<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> la suya -entre las palmas de la mano para ocultar el llanto.</p> - -<p>—No ha sido malo el sermón, padrito —dijo el mozo—. Y usted ¿qué -pedazo de pan se lleva a la boca porque yo sea afrancesado o deje de -serlo? A fe que me divierto oyéndole. ¡Buen modo de disponerse a una -buena muerte! A ver, padrito —añadió llenando un vaso de dos que había -traído—, echemos un trago a la salud del gran Napoleón I, Emperador de -los franceses y señor de todo el mundo.</p> - -<p>—No —dijo don Fernando rechazando el vaso—, no puedo creer que digas -tales disparates formalmente. Eres joven, has bebido más de lo regular, -y no sabes lo que sale de tu boca... Comprendo bien la causa principal -de tu falta. Te sentías con ardor guerrero, heredado, sin duda, del -que te dio el ser y la vida, y como los franceses tienen buena labia -para deslumbrar a los jóvenes hablándoles de las grandezas del Imperio -y de sus fabulosas batallas de Italia y Alemania, caíste en la trampa. -¡Qué necedad! La más arrebatada fantasía no puede soñar triunfos tan -grandes como los que hemos alcanzado nosotros en esta guerra contra -los decantados ejércitos de Napoleón. Nuestras batallas de Bailén, de -la Albuera, de Tamames, de Talavera, y las defensas gloriosísimas de -Zaragoza, Gerona y Tarragona, no tienen igual ni aun en los fastos de -la antigüedad heroica. Y si estos hechos no fuesen aún de suficiente -magnitud para lo que ambiciona tu grande espíritu, ahí tienes -diseminadas por toda la redondez de España esas inimitables<span -class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> partidas de guerrilleros, -los más bravos, los más atrevidos, los más generosos y leales hombres -de la tierra, los verdaderos libertadores de la patria, los que al fin -rescatarán a nuestro adorado Fernando, los que devolverán a la sagrada -religión su esplendor y a Dios su reino predilecto.</p> - -<p>Antes que concluyera, Monsalud había empezado a reír. Tomó las -elocuentes amonestaciones del anciano como materia de placenteras -burlas, y resuelto a contrariarle en todo por convicción, le dijo:</p> - -<p>—No me hable usted de los guerrilleros, que si hay en la tierra -plebe inmunda digna del presidio, ellos lo son. Compónense las partidas -de los asesinos, ladrones y contrabandistas de cada lugar, con más los -holgazanes, que son casi todos. Hacen la guerra por robar, no por echar -de aquí a los franceses; y si algún día se acabaran estas misas, el rey -Fernando tendría que colgarles a todos para poder reinar en paz.</p> - -<p>Don Fernando exhaló hondísimo suspiro; mas no desesperanzado todavía -de tocar alguna fibra sensible en el corazón del mancebo, le habló -así:</p> - -<p>—Aunque los guerrilleros fueran como dices, que no son sino lo -contrario, no podrías justificar tu conducta. A todos has hecho -traición, Salvador: a lo divino y a lo humano; has hecho traición a -la patria; a los españoles, que son tus hermanos; has hecho traición -a tu madre, que, sin duda, es española también y enemiga de nuestros -enemigos; has hecho traición<span class="pagenum" id="Page_153">p. -153</span> al rey, bajo cuyo amparo nacimos y en cuya veneranda -persona se representan nuestro hogar y el sol que nos alumbra, y, -principalmente, has hecho traición a Dios, cuya fe, más pura y fuerte -en la nación española que en ninguna otra, han venido a destruir -los franceses, introduciendo aquí, con la herejía, mil costumbres y -prácticas nuevas que no conducen sino al pecado.</p> - -<p>—Dios... ¡Buen caso hago yo de Dios! —exclamó el mancebo con un -cinismo que llevó a su último extremo los temores de don Fernando—. -¡Qué atrasada está la gente por aquí!... No hay ninguno que haya leído -a Voltaire, como lo he leído yo en todas las paradas del viaje desde -que salí de Madrid.</p> - -<p>—¡Desgraciado! —exclamó el anciano poniendo sus manos sobre los -hombros del joven—. ¿Qué estás diciendo?</p> - -<p>—¡Dios! Una palabrota y nada más. Si lo hay, que lo dudo mucho, -estará allá arriba acariciándose la barba blanca y sin meterse en -nuestros asuntos. Dígolo porque muchas veces lo llamé y... ¿me oyó -usted? Pues él tampoco.</p> - -<p>—¡Desgraciado! —repitió el anciano—. ¡Mil veces más desgraciado -que si cayeras para siempre traspasado por las bayonetas de tus viles -amigos! ¿No crees en Dios omnipotente, justo y misericordioso? ¿No -crees en la Santísima Trinidad? ¿No crees en la Encarnación del Hijo de -Dios, ni en su pasión y muerte por redimirnos del pecado?</p> - -<p>—¡Oh cuánta monserga y cuánto embrollo!<span class="pagenum" -id="Page_154">p. 154</span> —repuso Monsalud riendo—. ¡La Trinidad! -Tres que son uno y uno que viene a ser tres. Bonito lío han armado... -Jesucristo no era más que un buen predicador y tan hombre como yo. Y de -la llamada Virgen María, ¿qué puedo decir sino que...?</p> - -<p>—Calla, calla, blasfemo infame —gritó con encendida cólera don -Fernando, poniendo su mano en la boca del descomedido muchacho—. Tú no -eres, no puedes ser lo que yo creí.</p> - -<p>—¿Qué hombre ilustrado cree hoy semejantes paparruchas? Todo eso lo -han inventado los frailes para engañar y dominar al pueblo, embobándole -con pantomimas ridículas y prácticas necias. ¡Los frailes! —añadió con -cierta petulancia—. ¿Hay casta de cerdos más inmunda en todo el orbe? -Yo digo que hasta que no ahorquen al último Papa con las tripas del -último fraile, no habrá paz en el mundo. Ellos son los que promueven -las guerras, los que hacen estúpidos a los reyes; ellos son los que han -levantado a la nación española, no por religiosidad, sino porque saben -que el deseo de Napoleón es quitarles sus inmensas y mal empleadas -riquezas, para dárselas a los pobres.</p> - -<p>—¡No, no —repetía don Fernando con vehemencia, contemplando atónito -a Salvador—, no eres tú lo que yo creí; no eres tú quien yo creí, no, -mil veces no, voto a...! Afrancesado, traidor a la patria, desleal con -el rey, irreligioso, blasfemo, no te falta sino ser mal hijo para que -eternamente estés separado de mí.</p> - -<p>—¡Mal hijo! Si lo soy no es culpa mía —dijo el mancebo bebiendo -el vino que había escanciado<span class="pagenum" id="Page_155">p. -155</span> para el señor Garrote—. Mi madre es una excelente mujer; -pero muy sencilla e inocente, y se ha dejado dominar por doña Perpetua -y por los frailes de la Puebla. Empeñose en que abandonara mis -banderas; negueme a ello, echome de su casa, yo salí, se desmayó... -Las mujeres no atienden más que a su capricho; son vanas, frívolas, -superficiales, mojigatas, y le aburren a uno con sus rezos... No -hagamos caso de tales simplezas y bebamos, señor don Fernando. Otro -traguito.</p> - -<p>—Tu madre —dijo don Fernando— es, según tengo entendido, una santa y -honrada mujer, de sanos principios.</p> - -<p>—Pues sus principios no son los míos, ni lo serán nunca. Ella adora -las atrocidades de los salvajes guerrilleros, y yo las aborrezco; ella -se mira en Fernando VII, y yo lo tengo por un principillo corrompido -y voluntarioso; ella detesta a los afrancesados, y yo les tengo por -muy buenos patriotas, porque quieren regenerar a España con las ideas -de Napoleón; ella no puede ver a los que han hecho la Constitución de -Cádiz ni a los que se llaman liberales, y yo les admiro por creerles -inclinados a echarse en nuestros brazos...</p> - -<p>—¡Perdido, perdido para siempre! —exclamó don Fernando con inmensa -angustia—. ¡Sin honor, sin principios, sin patriotismo, sin religión, -sin lazo alguno con la sociedad, ni con España, ni con la familia, ni -con Dios...! ¡Oh, qué aflicción, qué castigo, Dios mío!</p> - -<p>—Puesto que usted no quiere probarlo —dijo el sargento, echando otro -medio cuartillo—,<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> me -lo beberé yo. Luego dormiré seis horas, y así se olvidan ciertas cosas, -cosas terribles, señor don Fernando, que atormentan noche y día.</p> - -<p>—Dios te tocará en el corazón, infeliz joven —dijo Navarro—, y hará -penetrar un rayo de su divina luz en tu oscuro entendimiento, y te -reconciliarás con España, con Dios, con tu madre y... conmigo.</p> - -<p>—¿Reconciliarme yo? —dijo el joven severamente dejando a un lado -el vaso vacío—. Yo no me reconciliaré jamás; eché los dados. Me voy a -Francia; consagraré mi vida a trabajar contra esta fementida patria que -aborrezco.</p> - -<p>—Justamente despreciado por los hombres y maldecido por Dios, tu -vida será un infierno, y tu muerte horrorosa y desesperada como la mía. -Mírame, en mí tienes un ejemplo de cómo castiga Dios en la última hora -a los que han olvidado su doctrina. Sin ser blasfemo ni traidor, como -tú, yo he sido muy pecador. He vivido largo tiempo con vida placentera -y feliz; pero en esta postrera noche de mi vida, me considero el -más desgraciado de los hombres, no seguramente por la muerte que me -amenaza, y que merezco y deseo, pues los españoles debemos morir como -caballeros y como cristianos. Uno de los más amargos motivos de pena -para mí, es verte insensible a mis ruegos, degradado, envilecido; -verte en el camino de tu total mengua y perdición, sin poder -remediarlo; verte en ese estado de locura y embriaguez, aferrado a la -maldad. Si respondieras, aunque solo fuese con eco muy débil, a mis -sentimientos y a mis ideas; si no me parecieses,<span class="pagenum" -id="Page_157">p. 157</span> como me pareces, un verdadero monstruo, -esta pasajera amistad que nos une podría ser un sentimiento más grande, -Salvador, mucho más grande y hermoso para ti y para mí.</p> - -<p>Monsalud le miró con sorpresa.</p> - -<p>—He sentido vivísima inclinación hacia ti —continuó el anciano—. -En esta soledad en que me encuentro, ausente de los míos, con un pie -dentro del sepulcro y la eternidad llamando a mi alma, tú podrías ser -consuelo inefable de este anciano moribundo, recibiendo, en cambio, de -mí lo que jamás has tenido, ni esperas tener.</p> - -<p>Monsalud se levantó, y con súbita cólera apostrofó al anciano en -estos términos:</p> - -<p>—Viejo astuto, ¿quieres engañarme con lisonjas y gatuperios para que -te deje escapar? Yo no soy como los guerrilleros, que se venden por un -pedazo de pan. Su señoría de la llave dorada no conoce con qué clase de -personas está tratando. ¡Pues no es poco sabihondo el viejecito!...</p> - -<p>—¡Miserable! —exclamó don Fernando, sin poder contener su cólera y -levantándose también—. Veo que en ti no puede caber ningún sentimiento -generoso. ¡Mereces la abyección en que vives! Márchate, quiero estar -solo.</p> - -<p>—¡Si será preciso ponerle algunas arrobas de hierro en los pies al -don Quijote de la Puebla! —dijo Monsalud dando algunos pasos con escasa -seguridad—. Parece que se tambalea el piso... Adiós, hasta después.</p> - -<p>Don Fernando fue de aquí para allí con inmensa<span class="pagenum" -id="Page_158">p. 158</span> agitación. Su espanto se resolvió en una -violenta y súbita cólera.</p> - -<p>—¡No eres tú, tú no eres, no! —exclamó con atronadora voz—. ¡Me he -equivocado! Dios se está burlando de mí... es un castigo; ¡pero qué -castigo, Señor!</p> - -<p>Sin comprender lo que oía, Salvador se detuvo ante el agitado -anciano. La generosidad de su noble corazón, eclipsada por falsas -ideas, y la turbación física en que se hallaba, inspirole algunas -palabras consoladoras para el caballero; mas un hecho trivial le -desvió de aquel buen camino, separando a uno y otro personaje más de -lo que estaban. En la versatilidad de sus juicios, Salvador achacó las -incoherentes palabras de Garrote a extenuación y debilidad mental, -ocasionada por la falta de sustento y el pavor de la próxima muerte. -Pensándolo así, echó en el vaso cuanto en la botella restaba, y con -intención compasiva le dijo:</p> - -<p>—¡Vaya, pelillos a la mar! Señor Garrote... Beba usted y le caerá -bien... Luego llevaré otro gaudeamus al señor cura.</p> - -<p>—Quita allá —contestó don Fernardo, apartándose con horror del -joven—. Tú no eres quien yo creí... Tú eres de casta de borrachos y -traidores.</p> - -<p>Recibió Salvador con paciencia el insulto, y empinando el codo, -dijo:</p> - -<p>—Puesto que usted no lo quiere, no se desperdiciará tan buen vino. -Se lo quitamos a unos arrieros que venían de la Nava.</p> - -<p>La cabeza de Monsalud, de poca resistencia<span class="pagenum" -id="Page_159">p. 159</span> para la bebida, a causa de su antigua -sobriedad, luego que su cuerpo recibió aquel trasiego, se desorganizó -completamente; se oscurecieron sus facultades; desmayó su cuerpo; -entrole de improviso la innoble estupidez y el repugnante cinismo de -que había dado ya algunas pruebas en la conferencia con su madre, y -perdió su carácter, su generosidad, su buen juicio, su discreción; -perdiolo todo, para no ser más que un vulgar soldado.</p> - -<p>—Señor Garrote... —dijo tambaleándose—, adiós... Parece que se mueve -el piso... ¿Por qué baila usted?</p> - -<p>—Vete, vete, déjame solo —replicó don Fernando sin mirarle.</p> - -<p>—¡Bonito fin han tenido las campañas del padre Respaldiza y del -señor Navarro! —exclamó lanzando una carcajada de imbecilidad que -retumbó en la estancia como un eco infernal—. ¡Bonito fin!... ¡Échese -su merced a guerrillero!... ¡Quién lo había de decir!... aquí tenemos -al primer caballero del condado, el de la llave dorada, el gran -don Fernando Garrote, que quiso derrotar él solo los ejércitos de -Napoleón... ¿Por qué no trajo consigo a Carlitos para que le sacara -del paso?... Me hubiera gustado ver a todo el hato de salteadores -de caminos distribuidos en estas cámaras reales, esperando la orden -del coronel... ¡Adiós, señor don Fernando Quijote, adiós... buen -viaje!...</p> - -<p>Don Fernando se acercó a Salvador, y asiéndole el brazo y -apretándole con tanta fuerza como si su mano fuese una tenaza de -hierro, le dijo sombríamente:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>—Salvador, cuando -me saquen de este calabozo haz fuego sobre mí: mi destino es ese, mi -castigo no será el castigo que merezco, si no sucede así. ¡Dios lo -quiere!</p> - -<p>—¿Fuego yo? —repuso el joven con sonrisa de demente—. Yo me voy... -Salgo de guardia ahora... Entrará otro... No quiero matar... me da -mucho temblor y me pongo malo.</p> - -<p>Lucharon por breve rato en la acongojada alma del guerrero -sentimientos diversos. Luego sintió que las lágrimas brotaban de sus -ojos; una aflicción horrible le abrumaba. Apartose del joven; corrió -luego hacia él; mas su aspecto, su habla, su embriaguez le llenaron de -espanto.</p> - -<p>—Mi muerte —exclamó—, por las circunstancias espantosas que la -rodean, no se parece a ninguna otra muerte. Creo que toda la naturaleza -se desquicia en derredor mío, y que, en medio del cataclismo general, -vivo muriendo. Me parece que la muerte del malvado, como la del justo -entre los justos, no puede verificarse sino entre tinieblas horrorosas -y confusión del cielo con la tierra. ¿Es de noche? ¿Es de día? ¿Eres -un ángel o un demonio?... Huye de aquí, monstruo mío... No sé lo que -siente mi alma al verte y al oírte... ¿Esto es vida o qué es esto? Dios -poderoso, acoge mi alma... y basta, basta ya de suplicio.</p> - -<p>El señor Garrote se arrojó al suelo. Monsalud, a causa del vino, no -vio en todo aquello más que demencia y miedo. Hasta que no se halló -fuera y recibió en el rostro el fresco de la noche, no se aclararon sus -juicios, ni pudo conocer que había estado inconveniente, cruel y... -grosero.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch19"> - <p><span class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XIX</h2> -</div> - -<p>Cuando se quedó solo, elevó don Fernando de nuevo su pensamiento -a Dios. Adquirió con esto cierta tranquilidad, reposo emanado de la -profunda convicción de su inmensa desgracia, y aceptando aquella -amargura se engrandecía a sus propios ojos. La fogosidad de su -imaginación llevábale a compararse con los colosos de infortunio, pero -superándoles; tan pronto recordaba a Job, de la antigüedad hebraica, -como a Edipo, de los tiempos heroicos, y hasta en sus coloquios, en -sus alegatos, ora tiernos, ora coléricos con la divinidad, se les -parecía.</p> - -<p>Después de un instante de estupor contemplativo sintió anhelo -vivísimo de comunicar a alguien la congoja de su alma, y se acordó -de su amigo Respaldiza, cuya voz había oído poco antes al través del -tabique sin hacerle caso. La endeble pared consistía en un armazón -de maderas y adobes, a trechos cubierta de yeso, que formaba en sus -irregulares claros y fajas al modo de un fantástico mapa. Por diversas -partes, y principalmente junto al suelo, había muchos agujeros por -donde podían pasar el ruido y la claridad; pero no objeto alguno de más -volumen que un dedo. Golpeó don Fernando el tabique, diciendo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>—Señor don -Aparicio, señor Respaldiza, ¿está usted ahí?</p> - -<p>El cura contestó desde la otra parte:</p> - -<p>—Sí. Señor don Fernando, aquí estoy más muerto que vivo. ¿Con quién -hablaba usted?... ¿Hay esperanzas de salvación? Me parece que trataba -usted con Salvadorcillo Monsalud... Es mal sujeto, y no hay que fiarse -mucho de él.</p> - -<p>—Amigo Respaldiza —dijo Garrote sentándose en el suelo y apoyando -su rostro en la pared, junto a un sitio donde menudeaban las grietas—. -Acérquese usted a este sitio donde me encuentro, y óigame. Tengo que -hablarle.</p> - -<p>—Ya estoy... ¿Hay esperanzas de escapatoria?</p> - -<p>—No hay que pensar en escaparse, señor cura. Nuestra muerte es -inevitable.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Dios mío Jesucristo! —exclamó Respaldiza con voz desfigurada -por la aflicción y el llanto—. ¿Qué hemos hecho para tan triste -fin?... ¿Pero no será posible intentar...? Echemos abajo este tabique; -juntémonos, y entre los dos ejecutaremos algo ingenioso para salir de -aquí.</p> - -<p>—Es difícil. Por mi parte no intentaré nada para salvar esta -miserable vida, que es para mí un horroroso peso. ¡Somos muy -pecadores!</p> - -<p>—Yo no tanto... ¿pero es posible que no logremos...? ¡Oh! Desde aquí -siento los aullidos de esos lobos carniceros, de esos demonios del -infierno que nos guardan. Están borrachos, y parece como que bailan y -juegan.</p> - -<p>—No nos ocupemos de nuestros enemigos,<span class="pagenum" -id="Page_163">p. 163</span> y pensemos en la salvación de nuestras -almas —dijo con unción don Fernando—. Señor Respaldiza, usted es -sacerdote.</p> - -<p>—Sí, sacerdote soy —repuso con desesperación el clérigo—, y como -sacerdote digo que esto es una gran picardía, una infamia, un asesinato -horrendo. ¡Ya se las verán con Dios!</p> - -<p>—Usted es sacerdote —añadió don Fernando—, y un buen sacerdote, -piadoso, instruido, aunque ahora caigo en que no cuadraba muy bien a su -estado el tener tan buena puntería; pero sea lo que quiera, usted es un -hombre excelente y un sacerdote cristiano, a cuyas manos baja Dios en -el santo oficio de la Misa.</p> - -<p>—Sí, sí.</p> - -<p>—Pues bien: siendo usted sacerdote y yo pecador, quiero confesarme -en esta hora suprema; quiero confesarme, sí, después de treinta y -tantos años de impenitencia.</p> - -<p>Prolongado silencio anunció el estupor del sacerdote.</p> - -<p>—¿No me contesta usted? —preguntó impaciente Navarro.</p> - -<p>—¡Confesarse!... Linda ocasión ha escogido usted... Sobre que -todavía puede ser que nos indulten.</p> - -<p>—No hay que esperar tal cosa. Seamos dignos de nosotros mismos, y -muramos como caballeros cristianos.</p> - -<p>—¡Morir, morir! —repitió angustiosamente el cura.</p> - -<p>Retembló el tabique con sordo estampido. La cabeza de Respaldiza -había chocado violentamente contra él.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>—Señor don Aparicio -—dijo don Fernando después de una pausa—, he visto a Dios.</p> - -<p>—¿A Dios?... ¿Dónde, amigo mío, dónde?</p> - -<p>—Aquí, aquí mismo, en este oscuro calabozo. He visto pasar ante mí -también mi vida entera, y me han ocurrido cosas que espantarán a usted -cuando se las refiera.</p> - -<p>—¡Es singular! ¡Ver a Dios y no pedirle que nos sacara de aquí!... -¡Ah! Usted tiene razón: seamos piadosos y buenos cristianos en esta -hora suprema, único medio de que nos favorezca el Señor. Chillar y -jurar con desesperación en estos trances no es propio del espíritu -cristiano. Recemos, señor don Fernando; oremos humildemente con toda la -compostura y devoción posibles. No se me olvidó el rosario, aquí está. -Pidamos a Dios de todo codo corazón que...</p> - -<p>—Antes conferenciemos un poco —dijo Garrote—, pues no solo tengo que -revelar a usted secretos muy graves, sino pedirle consejo y parecer -sobre algún punto delicado de conciencia.</p> - -<p>—Ya soy todo oídos.</p> - -<p>—Bien sabe usted, venerable amigo, que he sido gran pecador, un -hombre disoluto, despreocupado, vicioso, un libertino. Verdad es que -jamás me separé de la Iglesia; pero esto no atenúa mis grandes faltas, -¿no es verdad?</p> - -<p>—Verdad. Respecto a sus escándalos, amigo Garrote, muchos y grandes -han sido en la Puebla. He oído contar horrores; mas nunca me atreví -a reprenderle, por ser usted un excelente sujeto y haber tenido -conmigo delicadas<span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span> -deferencias. Tratándose de los más humildes feligreses de mi parroquia, -sí me atrevería yo a reprenderles sus vicios; pero a un señorón como -usted...</p> - -<p>—La ley de Dios es igual para todos... Pero vamos adelante. -Desafueros cometí, honras atropellé, causé desdichas, y no hubo casa -donde yo pusiese mi planta maldita que al instante no se inficionase -con la corrupción y deshonra que llevaba conmigo.</p> - -<p>En este tono y con verdadera humildad cristiana prosiguió -don Fernando refiriendo sus culpas, sin detenerse en los casos -particulares, hasta que, llegando al punto capital de su confesión, -dijo lo que sigue:</p> - -<p>—Pero la más grave de mis faltas, por el cúmulo de circunstancias -denigrantes que en ella hubo, fue la deshonra de una doncella de -Pipaón, a quien engañé valiéndome de pérfidas astucias, impropias de un -caballero; sí: pérfidas astucias y torpísimas artes que voy a enumerar -una por una, aunque al referirlas la lengua parece que se me abrasa, -y el rubor que enciende mi cara es como si una llama la envolviera -toda.</p> - -<p>Respiró con ansia, y luego refirió lamentables escenas y -acontecimientos, que omitiremos por no ser de indudable interés para -esta historia. Con los ojos cerrados, apoyada la calenturienta sien -contra el tabique, entreabierta la boca, la mano izquierda en el -suelo, para apoyarse, y la derecha sobre el corazón, iba contando don -Fernando sus execrables ardides, y soltaba las palabras una a una, cual -si su<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> arrepentida -conciencia se recrease en las torpezas que echaba fuera, para quedarse -pura y limpia. Cuando concluyó aquel capítulo bochornoso, oyose la -débil voz de Raspaldiza que decía:</p> - -<p>—Horroroso, infame, execrable es todo eso; pero el arrepentimiento -es sincero, y por grandes que sean las culpas de los hombres, mucho -mayor es la misericordia de Dios.</p> - -<p>—Nació un niño —dijo don Fernando, cuya alma se iba sublimando a -medida que adelantaba la confesión—, y aquí vienen nuevas infamias -mías, pues sabiendo que la madre y el hijo estaban en la miseria, no me -cuidé de socorrerles. Un día pasé por Pipaón y enseñáronme al muchacho -que estaba jugando en las eras. Tenía los zapatos rotos y todo su -vestido hecho pedazos. Causome su vista cierta aflicción pasajera; pero -nada más: salí de Pipaón aquella misma tarde, y no volví a acordarme de -ellos. Por último, después de más de veinte años de olvido, he aquí lo -que sucede... Salgo en busca de fabulosas hazañas, y a los pocos pasos -mis ilusiones se disipan como el humo... ¡la mano de Dios!... Me traen -aquí prisionero, y sin más lances me destinan a morir y me encierran -en este calabozo... ¡la mano de Dios!... Luego se presenta un joven, -le hago algunas preguntas, me dice su nombre, que es el de Salvador -Monsalud, y en él reconozco a mi hijo... ¡por tercera vez la mano de -Dios!...</p> - -<p>—¡Salvador Monsalud! —exclamó el cura alzando las manos—. ¡Ese -perdido, ese afrancesado, ese traidorcillo borracho!...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span>—El mismo, el mismo -—dijo Garrote—; es un monstruo, es como el crimen que le engendró, y -Dios me le ha puesto delante para hacerme conocer la horrible magnitud -de mis culpas, como un ejemplar vivo del pecado que engendró el -pecado.</p> - -<p>—Conozco a la pobre doña Fermina, y ahora me explico algunas frases -oscuras que sorprendí algunas veces... ya... Es una excelente mujer; -pero a Salvador le tengo por un muchacho arrebatado y sin discreción, -ni prudencia, ni honor, ni respeto a los mayores; sin amor a la patria, -ni religiosidad, ni sentimiento alguno que le recomiende. ¡Bendito -sea Dios, y qué cosas hace! ¡Que de un caballero tan cumplido como -usted, de un noble señor, algo libertino, sí, pero ilustre y generoso, -descienda esa bestezuela desleal, ese muchacho sin pudor ni honor!... -¡Bien dice usted que ha sido para castigo!... ¿Está usted seguro -de...?</p> - -<p>—Hijo mío es. Mi vida abominable no podía dar otro fruto. Es hermoso -de cuerpo; pero su alma es horrible. Si por favor especial del cielo yo -viviera, la idea de haber dado el ser a criatura tan execrable, sería -para mí causa de constante horror.</p> - -<p>—¡Oh, sí... le conozco!... Diré a usted, amigo mío: antes de marchar -a Madrid, Salvadorcillo no era mal muchacho, aunque muy casquivano y -distraído; pero después que se juntó con su tío y renegó, hase vuelto -el más despreciable muñeco que puede verse.</p> - -<p>—La vergüenza que me causa la paternidad de un renegado envilecido -—dijo don Fernando—,<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span> -de un joven cuyas absurdas ideas son tales que parece que habla Satanás -por su boca, es uno de los mayores tormentos de esta última noche de mi -vida... Varias veces tuve las palabras en la lengua para revelarle los -lazos que a mí le unían; pero enmudecí, porque todo lo que de noble y -honrado existe en mi alma se sublevaba contra el fatal parentesco, y -aquí, Señor don Aparicio de mi alma, entra el grave punto de conciencia -que quería consultar con usted después de mi confesión.</p> - -<p>—Sepámoslo... pero se me figura que aumenta la algazara de esos -borrachos. Parece que se acercan a las puertas de este edificio, y -aúllan junto a ellas como una manada de lobos carniceros.</p> - -<p>—La cuestión es esta —dijo Garrote sin hacer caso del terror de su -amigo—. Dadas las deplorables circunstancias del carácter de Salvador, -sus infames ideas, su irreligiosidad, su traición, su envilecimiento, -¿debo revelarle que es mi hijo?</p> - -<p>Calló Respaldiza largo rato, y al fin, repetida la pregunta por don -Fernando, contestó:</p> - -<p>—Según y conforme... Perverso es el niño, e indigno por todos -conceptos de tener por padre a un caballero ilustre y tan patriota -como el Señor don Fernando, en quien algunas faltas, hijas de la -flaca condición humana, no disminuyen sus altas prendas: despreciable -es el muchacho, digo; pero por malo que le supongamos, y aunque su -herejía y envilecimiento hayan secado en él el manantial de todos los -sentimientos generosos, es imposible que al ver<span class="pagenum" -id="Page_169">p. 169</span> a su padre en esta mazmorra, acompañado -de un infeliz amigo, no imagine alguna bellaquería o travesura para -ponerles a entrambos en libertad.</p> - -<p>Garrote dio un suspiro, cambiando de postura, por serle insoportable -la que desde el principio del diálogo tenía.</p> - -<p>—Yo pregunto con mi conciencia y usted contesta con su egoísmo... -Monsalud no puede salvarnos... además, yo no quiero salvarme; no, ¡mil -veces!, yo deseo la muerte.</p> - -<p>—¿No puede salvarnos? —preguntó el cura con desconsuelo.</p> - -<p>—No, porque sus compañeros no se lo consentirían; además, ha dejado -hace un rato de ser nuestro carcelero, y en este momento quizás esté -con su regimiento camino de Vitoria.</p> - -<p>—¡Oh qué desgraciada suerte!... ¡Me parece que esos condenados nos -quieren asesinar!... ¿Oye usted sus infames carcajadas?</p> - -<p>—Las oigo, sí, pero no las escucho... El parecer de usted es lo que -me preocupa y lo aguardo con impaciencia.</p> - -<p>—Por todos los santos, si no ha de ver más a Salvador, ¿para qué ha -de quebrarse los cascos por saber lo que más conviene decirle?</p> - -<p>—Únicamente pido a usted consejo —dijo Navarro con impaciencia— -sobre mi conducta pasada. Es decir, ¿hice bien o hice mal en callar el -secreto, dejando a ese desgraciado en la orfandad lastimosa que a mi -juicio merece?</p> - -<p>—Bien, bien, admirablemente hecho —repuso el clérigo con cansancio—. -El infame mozuelo que se ha vendido a nuestros enemigos,<span -class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> que abandonó a su madre, -que se burló descaradamente de mí, amenazándome con ahorcarme, no tiene -derecho a ser hijo de alguien, no, ni menos a enfatuarse con descender -del nobilísimo tronco de los Navarros.</p> - -<p>—Pero revelarle todo habría sido grande humillación, habría sido -ponerme al nivel de su bajeza, de su herejía, de su villanía, y, por -tanto, habría sido también expiación de mis culpas, y nuevo purgatorio -añadido al que merezco y necesito.</p> - -<p>—No tanto, no tanto —afirmó el cura—. Bastante ha padecido usted en -descargo de sus pecados. Revelar a Salvador la nobleza de la sangre que -por sus venas corre, sería en cierto modo santificar sus errores, y -conviene que siga abandonado a su triste destino. Allá se las entenderá -con Dios. El deber de usted consiste en perdonarle y pedir a Dios que -ilumine al perverso mancebo.</p> - -<p>—Pecador fui, pecador soy —dijo don Fernando elevando al cielo -los ojos y cruzando las manos—; pero he conservado los sentimientos -fundamentales, el amor de Dios y el honor... Aborrezco todo lo que -Dios aborrece, y amo todo lo que Él ama... ¡Oh, señor mío Jesucristo, -tú que me ves en esta última hora regenerado por el arrepentimiento y -la penitencia, no quieres, no puedes querer que ese miserable lleve mi -nombre; no puedes querer que en su detestable vida asocie su infamia -a mi apellido, y ya que no me deshonró en vida con su traición, me -deshonre muerto! ¡La traición! Solo al pronunciar esta palabra tiemblan -mis carnes,<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span> y mi alma -entrevé un infierno de vergüenza, más espantoso que el de las llamas -que abrasan el cuerpo. ¡La traición! ¡Pasarse al enemigo, ser bandido -como él, ateo como él, ladrón como él, borracho como él! ¡Ah! Todos los -crímenes, incluso los que yo he cometido, me parecen faltas veniales -comparadas con esta. Quédese, pues, ese malaventurado hijo mío en la -oscuridad de su nacimiento, que será perpetua y profunda, como las -tinieblas que envuelven su alma. Él ha querido ser espúreo, espúreo -será. Si la naturaleza nos hizo proceder el uno del otro, entre un -renegado por convicción y un caballero español, entre un insensato ateo -y un cristiano piadoso, entre un jacobino de esta nueva raza execrable, -condenada por Dios, y un hombre recto, vasallo humilde de su rey, no -debe, no puede haber parentesco.</p> - -<p>Dijo esto don Femando Garrote en alta voz, al modo de oración, y tan -creído estaba de que Dios, a quien tal discurso dirigía, aprobaba sus -sentimientos y su rigurosa intolerancia, que se quedó muy tranquilo, -meditando sobre las profundidades del ancho abismo abierto entre él y -su abandonado hijo.</p> - -<p>—¿No les oye usted? —gritó de pronto Respaldiza, golpeando el -tabique—. Han vuelto a acercarse a la puerta de este cuarto, y gritan y -juran. ¡Parece que se alejan! ¿Oye usted, Señor don Fernando?</p> - -<p>—Y si por favor especial de Dios —repuso Garrote, indiferente al -pánico de su compañero de desgracia y mortificado por punzantes<span -class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> dudas—, ese infeliz -muchacho al verse honrado por mi nombre, se enmendara de sus -extravíos...</p> - -<p>—¡Enmendarse! —exclamó el cura—. Haríalo hipócritamente por -engañarle a usted si vivía...</p> - -<p>—Es verdad, es verdad, no puede ser —añadió don Fernando—. Los que -nos han puesto el infame mote de <i>serviles</i>; los que insultan a -los valientes guerrilleros, llamándoles ladrones de caminos y asesinos; -los que en sus inmundas gacetas hacen befa de las cosas santas y de los -ministros de Dios, y parodian a los franceses, imitando su lenguaje, -sus costumbres, sus ideas, esos no pueden ser nuestros hijos, ni -nuestros hermanos, ni nuestros primos, ni nada que con nosotros se roce -y enlace; no pueden de ningún modo nacer de nosotros... Esa gente no es -gente, esos españoles no son españoles. Entre ellos y nosotros, lucha -eterna.</p> - -<p>—Para poner motes se pintan solos —dijo el cura, dejando caer una -gota de humor festivo en la amarga copa que uno y otro bebían—. A -nosotros nos llaman <i>lechuzos</i>, y a la Santa Inquisición la llaman -<i>Chicharronismo</i>. No puede darse desvergüenza igual. Por eso es -cosa corriente en el país, que a los guerrilleros de estas montañas les -queda mucho que hacer, después de acabar con los vándalos de fuera.</p> - -<p>No lo oyó don Fernando, porque se había arrastrado a gatas hasta -el centro de la pieza, y allí, puesto de hinojos, alzados los brazos -y la mirada fija en el techo, entabló nuevo<span class="pagenum" -id="Page_173">p. 173</span> coloquio con la Divinidad en estos -términos:</p> - -<p>—Señor que me has criado, que me has conducido a este fatal término, -mi castigo ha sido grande, pero merecido... ¡Oh!, si volviera a -nacer, no saldría jamás del camino de la justicia y del deber... Me -has puesto delante el monstruo engendrado por mis errores; me lo has -puesto delante para que vea cuán horribles frutos deja en el mundo -la depravación. Para tormento, para horrorosa penitencia mía, el -dulce regocijo que la naturaleza debía infundirme en presencia de ese -joven, se ha trocado en vergüenza, en aborrecimiento, en horror. ¿No -es bastante pena, Dios mío?... Cumplo con mis deberes de cristiano -resignándome a morir, y sufriendo el bochorno que mi parentesco con tal -monstruo me produce; cumplo con mis deberes de caballero y de español, -repudiando a ese hijo precito, apartándole de mí y de mi memoria para -siempre. ¿Es de tu agrado esta conducta, Dios mío? Mi conciencia está -tranquila, y muero en ti, fiando en que mis pecados serán perdonados, y -mi conducta como cristiano, como caballero y como español aprobada en -tu supremo tribunal.</p> - -<p>¿Qué respondió Dios a esto? Pronto lo sabremos.</p> - -<p>Don Fernando se humilló en el suelo, y dijo para sí:</p> - -<p>«¡Virgen santa! ¿Por qué me empeño en estar tranquilo y no lo -estoy?»</p> - -<p>Respaldiza le llamó, diciéndole con voz angustiosa:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span>—Señor don Fernando -de mi alma, ¿no les oye usted? Parece que quieren echar abajo la puerta -de este cuarto. Chillan, chillan y vociferan... Sin duda quieren -asesinarme; señor don Fernando, por amor de Dios, ampáreme usted.</p> - -<p>En efecto, oíase violento rumor de golpes y porrazos. Don Fernando, -que hasta entonces no había tenido miedo a la muerte, sintió -escalofríos en todo su cuerpo, y el corazón le palpitó con vivísima -inquietud.</p> - -<p>«No, no estoy tranquilo —dijo para sí—. ¡Si permitirá Dios que tenga -miedo en esta hora tremenda!... Conciencia mía, ¿estás tranquila?»</p> - -<p>—Esos salvajes quieren penetrar aquí para ensañarse en mi cuerpo -miserable —gritó entre sollozos el cura—. ¡Señor mío Jesucristo, -piedad! ¡Piedad, santa Virgen de la Asunción, señora y patrona mía!</p> - -<p>—Esto es horroroso —exclamó don Fernando corriendo de un lado para -otro en la oscura pieza—. Que nos fusilen... pero que no nos arrastren, -ni nos destrocen, ni nos escupan, ni nos insulten... ¡Piedad, -misericordia!</p> - -<p>Los gritos de la salvaje turba que graznaba en la puerta del -calabozo, donde, viviendo aún, moría de terror el desgraciado don -Aparicio Respaldiza, aumentaban de rato en rato, y al fin era tanto el -ruido, que don Fernando no pudo oír los lamentos de su infeliz amigo. -Oyó, sí, que la puerta se rompía; conoció que multitud de soldados -franceses y algunos españoles entraban en tropel, rugiendo como -bestias<span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span> coléricas; -comprendió que se abalanzaban sobre el pobre sacerdote, y oyó estas -palabras en claro y soez castellano:</p> - -<p>—Cortarle las orejas.</p> - -<p>Después llegaron a sus oídos agudos ayes y clamores de la infeliz -víctima; sintió que la llevaban fuera atropelladamente; la fúnebre y -horrenda procesión se presentó a su fantasía con formas tan espantosas -que tuvo miedo, un miedo indescriptible, inmenso, y cayó de rodillas, -clamando:</p> - -<p>—Señor mío Jesucristo, ¿todavía más?</p> - -<p>Parecía que una voz contestaba en lo alto:</p> - -<p>—Sí, más todavía.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch20"> - <h2 class="nobreak g0">XX</h2> -</div> - -<p>A poco de salir de la prisión, Monsalud se serenó un tanto; mas por -algún tiempo estuvieron aún sus entendederas en lastimoso eclipse. No -era de aquellos a quienes la bebida impulsa a desaforados disparates de -palabra y obra, sino que, por el contrario, en aquella su embriaguez -primera, después de algunos minutos de estúpida animación, sintiose -amodorrado y con tristeza tan congojosa, que el cielo parecía habérsele -puesto sobre los hombros. Sus amigos españoles renegados y franceses -bebían y jugaban a los naipes, reunidos en alegres grupos dentro de la -sala que servía de<span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span> -cuerpo de guardia, y también en el patio. Los del convoy, paisanos -y militares, habían ido allí atraídos por el olor de los riojanos -pellejos; pero como se acercara la hora de partir y el descanso -de bestias y hombres había sido grande, se disponían a seguir su -camino.</p> - -<p>Advirtió Salvador que algunos jurados y cazadores franceses, -soliviantados por el vino, hacían tan infernal ruido como si todo el -ejército de José estuviese bailando dentro de una sola pieza. Mareado y -aturdido, anhelando silencio y reposo, Monsalud huyó de su compañía y -fue al patio, donde algunos paisanos graves y sargentos con ínfulas de -coroneles, dirigiendo en pomposas espirales hacia el limpio cielo, cual -si quisieran empañarlo, el humo de sus pipas, hacían cálculos sobre la -campaña emprendida y los acontecimientos que se aguardaban para el día -siguiente.</p> - -<p>—Salvador —dijo un francés, asiendo a nuestro amigo por un botón de -su uniforme—, ¿has oído algo?</p> - -<p>—¿De qué? —preguntó Monsalud dejándose caer sobre un banco y -cerrando los ojos.</p> - -<p>—De la campaña. Toda la división está en movimiento. ¿No oyes las -carcajadas al otro lado del Zadorra?</p> - -<p>—Sí, ya las oigo.</p> - -<p>—Buena hora has escogido para dormir —añadió el francés intentando -poner en pie al aturdido joven—. Arriba, muchacho, que nos vamos.</p> - -<p>—¿A dónde?</p> - -<p>—A Vitoria con el convoy grande.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span>—¡Con el convoy -grande! —repitió Salvador alargando los brazos, cual si quisiera -alcanzar el cielo con ellos—. ¿Pues no ha salido ya?</p> - -<p>—¡Bestia! El vino te ha puesto el entendimiento del revés. Salieron -los carros que llevó consigo el general Maucune.</p> - -<p>—¿Y nosotros salimos ya, o estamos aún aquí? —preguntó Salvador—. -Juro a usted, señor Jean-Jean, que no lo sé.</p> - -<p>—Te lo explicaré a puñetazos —repuso el formidable dragón.</p> - -<p>Zumbido lejano atrajo entonces la atención de todos.</p> - -<p>—¡Un tiro de cañón! —exclamaron unos.</p> - -<p>—¿Hacia qué parte?</p> - -<p>—Juro que es hacia Subijana.</p> - -<p>—Hacia la Puebla.</p> - -<p>Monsalud, participando de la general curiosidad, trató de sacudir el -pesado sopor que embargaba sus sentidos.</p> - -<p>—¡Una batalla!... ¿pues qué hora es?</p> - -<p>—Quizás las avanzadas estén reconociendo alguna posición... Señores, -mañana 22 será un día de sangre: lo dice Plobertin, que ha visto el sol -de muchos días de batalla.</p> - -<p>—Es desgracia que no podamos asistir a la gran acción que se -prepara, señor Jean-Jean —dijo Salvador—, y que a hombres de tal temple -se les destine a custodiar cofres y estuches.</p> - -<p>—¡Oh, joven Epaminondas! —repuso con socarronería el astuto dragón—, -no envidies a los que se han de cubrir de gloria en el día de mañana. -Soldado viejo soy, y te juro que mientras más cruces gano para mí y más -tierras conquisto<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> -para nuestro Emperador, más anhelo la paz. Marchemos tras los cofres y -por el camino. Seamos galantes con las señoras que van en el convoy, -recomendándonos a ellas como soldados de Friedland y de Essling; -glorifiquemos a la Francia y bendigamos a Napoleón... por no habernos -llevado a la campaña de Rusia.</p> - -<p>Reinaba cierta inquietud entre la tropa que no había perdido el -sentido con la embriaguez. Por otra parte, varios paisanos y bagajeros, -y unos cuantos soldados franceses de la peor especie se habían cogido -del brazo y recorrían parte del camino en burlesca procesión, gritando -y cantando: algunos de ellos, que apenas podían tenerse en pie, eran -llevados en vilo por sus compañeros. Luego que berrearon a sus anchas, -insultando a las infelices señoras que aguardaban junto a sus coches la -partida del convoy, tornaron al patio, y acercándose a la puerta que -daba entrada a las habitaciones de los presos, la golpearon de tal modo -con patadas y puñetazos, que a ser débil se quebrantara al instante -hecha menudas piezas. La turba embriagada quería que le entregaran a -los dos infelices prisioneros para anticipar el castigo impuesto por la -superioridad militar.</p> - -<p>—¿Pero aquí no manda nadie? —dijo el francés que respondía al nombre -de Plobertin—. Esta canalla hará una atrocidad si la dejan.</p> - -<p>—¡Que nos entreguen al cura, al cura! —gritaba la turba furiosa—. Al -cura y al sacristán.</p> - -<p>Y golpeaba la puerta, que a fuerza de porrazos comenzaba a -resentirse.</p> - -<p>—Aquí viene el capitán —dijo Jean-Jean—.<span class="pagenum" -id="Page_179">p. 179</span> Mandará dar veinte palos a los borrachos, y -hará cumplir la sentencia.</p> - -<p>Un capitán francés reprendió a los revoltosos su estúpida crueldad, -amenazándoles con fuerte castigo; pero aquel, como los demás oficiales -alojados allí, estaba en gran zozobra por causa más grave que las -travesuras de algunos soldados ebrios, y regresó al lado de sus -compañeros, dejando tras sí el tumulto.</p> - -<p>—Vámonos por no ver esto —dijo Plobertin—. Parece que algunos carros -se han puesto ya en marcha...</p> - -<p>—Nosotros formamos a retaguardia —dijo Monsalud—; hay tiempo -todavía.</p> - -<p>—La gentuza vuelve a las andadas —indicó Jean-Jean—. La puerta no -resistirá mucho tiempo más: no es esa la Zaragoza de las puertas.</p> - -<p>—¡Que las paguen todas juntas! —afirmó otro individuo del respetable -cuerpo de dragones—. Ese cura y ese sacristán son guerrilleros, que -es como decir salteadores de caminos. Pues qué, ¿hemos de tratarles -con mimo, después que ellos han asesinado a centenares de hombres -pertenecientes, como quien no dice nada, a la nación francesa?</p> - -<p>—¡A la nación francesa! —repitió el zapador Plobertin encendiendo su -pipa—. La nación francesa pide venganza... La verdad es que el cura y -el sacristán no merecen mis simpatías.</p> - -<p>—Pues yo —dijo Monsalud con resolución—, si encontrase quien -se decidiera, arremetería contra esa chusma y les haría entrar en -razón.</p> - -<p>—Joven Temístocles —exclamó Jean-Jean—,<span class="pagenum" -id="Page_180">p. 180</span> menos fuego. ¿Pueden tus paisanos colgar -de los árboles racimos de franceses, descuartizarlos, meterlos en -los pozos y asarlos en los hornos, y nosotros no podemos ni siquiera -desorejar a uno de tus desalmados curas y monagos?</p> - -<p>—El honor de la Francia —dijo Plobertin— pide que se les fusile al -momento.</p> - -<p>—Pero sin martirizarles vergonzosamente —añadió con viveza -Monsalud—. Si el rey lo sabe, castigará a los que le están deshonrando -con esta algarada salvaje.</p> - -<p>—En esto de mortificar a los guerrilleros y curas con pistolas -—afirmó Jean-Jean—, yo digo como nuestro rey Luis XV de la antigua -dinastía: <i>Laissez faire, laissez passer</i>. Conque a caballo, señor -Monsalud, que marcha el convoy.</p> - -<p>La confusión y el alboroto iban en aumento, y no había autoridad -que mandase, ni voz alguna que contuviese a los desalmados. Fueron y -vinieron algunos oficiales; pero sin desplegar la energía que el caso -requería, porque acostumbrados a considerar a los guerrilleros como -bestias malignas, toleraban los desmanes de la embriagada soldadesca, o -al menos no se cuidaban de atajar una brutalidad que creían justificada -por la salvaje fiereza de los partidarios.</p> - -<p>La puerta cedió al fin, y los gritadores se precipitaron por -ella dentro del edificio. Encontrábase primero frente a la puerta -principal, otra más pequeña, que era la que daba ingreso a la celda -del cura, y que, por ser endeble, fue brevemente echada al suelo de -una patada.<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> Pocos -momentos después, el infeliz don Aparicio Respaldiza salía empujado y -arrastrado por la soldadesca, mutilado el rostro, cubierto de sangre, -abofeteado, injuriado, escupido. Medio muerto de espanto, encomendaba -el desgraciado su alma al Señor, y en aquel momento angustioso, aquel -hombre no exento de faltas, aunque tampoco perverso; mal sacerdote sin -duda, pero antes por error y falsas ideas que por maldad, si tuvo la -flaqueza de pedir misericordia a sus viles verdugos, luego que se vio -arrastrado irremisiblemente al suplicio sin vislumbrar remedio, les -perdonó a todos y supo morir como cristiano.</p> - -<p>Llevole la turba a un campo cercano, donde algunos robustos -árboles convidaban a colgar del alto ramaje el cuerpo del infeliz -enemigo vencido, indefenso, y mientras se consumaba el sacrificio, se -regocijaban con la idea de repetir la función en la persona del que -llamaban sacristán, a pesar de que su aspecto no indicaba tan humilde -oficio.</p> - -<p>Monsalud, que desde el patio presenciaba la feroz escena, baldón del -humano linaje, mas no por eso rara en aquella guerra, que tanto tenía -de heroica como de salvaje, sentía en su alma violentísimo coraje y -vergüenza. Al ver que llevaban al suplicio, ya mutilado y moribundo, -al infeliz Respaldiza, acordose del otro preso; un vago sentimiento le -agitó, sintió algo semejante a dulce recuerdo, o a esos misteriosos -rumores del corazón que a veces gimen en los oídos de nuestra alma, -sin que entendamos claramente lo que quieren decirnos. Inquieto<span -class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> y dominado por profunda -aflicción, que no acertaba a explicarse, dirigiose a la rota puerta del -edificio. Allí estaba el sargento poco antes encargado de la custodia -de los prisioneros, y en compañía de dos o tres bárbaros como él -contemplaba estúpidamente, con las manos juntas atrás y su pipa en la -boca, el fúnebre <i>via crucis</i> del cura hacia el monte cercano.</p> - -<p>—¡Bestia! —le dijo enérgicamente Monsalud—. ¿De ese modo guardas a -los prisioneros?</p> - -<p>El sargento soltó la carcajada de la insensibilidad aumentada por el -vino, y alzando los hombros, repuso:</p> - -<p>—¿Y qué?... ¿No les habían de matar de madrugada?... ¿Dónde están -los oficiales? Si ellos no cumplen con su deber, ¿qué puedo hacer -yo?</p> - -<p>—¡Miserable! —gritó el joven con furia—. Si esos verdugos se -hubieran empeñado en romper esa puerta antes de las doce, hora que salí -de guardia, me habrían cortado a mí las orejas antes de tocar el pelo -de la ropa a los prisioneros... Déjame entrar; queda ahí dentro un -infeliz, que no morirá como mueren los cerdos.</p> - -<p>El sargento y los suyos hicieron como que querían defender la -puerta.</p> - -<p>—¡Atrás! —gritó Monsalud—. Dame la llave de la prisión del -sacristán.</p> - -<p>Briosamente arrebató la llave de manos de carcelero.</p> - -<p>—Monsalud —dijo el sargento, fingiendo la entereza de un hombre -de bien—, ¿quieres salvar a ese hombre? Está más loco que don -Quijote,<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> y a -todos los que entran a verle les llama hijos para que le pongan en -libertad.</p> - -<p>—¡Estúpido farsante! —repuso el joven—. ¿Te atreves a darme -lecciones de disciplina, de honor y de obediencia, tú que has faltado a -todas las leyes de la Ordenanza y de la humanidad?</p> - -<p>—Lo digo —añadió el carcelero blasonando de decencia— porque para -sacar de aquí el sacristán, pasarás sobre mi cadáver.</p> - -<p>—¡Y sobre el mío! —repitieron los otros, alguno de los cuales no se -podía tener de borracho.</p> - -<p>—¡Atrás, a un lado! —vociferó Monsalud abriéndose paso y tomando la -linterna que estaba en el suelo—. No puedo salvar a ese hombre, porque -el general le ha condenado a morir; pero mientras yo aliente, canallas -cobardes, un caballero honrado y decente no morirá, ya lo he dicho, -como mueren los cerdos. Los infames vuelven: no hay tiempo que perder. -Adentro.</p> - -<p>Abrió con mano firme la puerta del aposento en que gemía don -Fernando Garrote. El infeliz anciano, al comprender que sacaban -arrastrado a su compañero, después de mutilarle, había sentido, como -antes dijimos, un terror violentísimo que dio al traste con toda -su entereza y varonil grandeza de ánimo. Extraviose su razón, dio -voces, y cuando entró el sargento le habló como si fuera Salvador. -Levantose del suelo en que yacía, y como loco corrió de un muro a -otro buscando salida, y se aporreó las manos contra ellos, cual si a -puñetazos pudiese horadarlos. La unción religiosa<span class="pagenum" -id="Page_184">p. 184</span> huyó de su mente: huyeron la resignación, -la paciencia, la cristiana humildad, dejando tan solo el impetuoso -instinto. Gritaba con desesperación:</p> - -<p>—Jesús divino, ¡solo tú sabes padecer, solo tú sabes morir! Soy -hombre y acepto la muerte; pero no el tormento, no la vergüenza, no el -martirio, no las manos ni la saliva de la soez plebe en mi rostro, ni -la ignominiosa cuerda en mi cuello, ni el filo villano de sus navajas -en mi piel... ¡Piedad, misericordia, Dios mío! ¡No tengo valor! Soy una -mujer, un pobre niño.</p> - -<p>Con febril ansiedad, y aunque sabía que ninguna arma llevaba sobre -sí, registró todos sus bolsillos y ropas, buscando un cortaplumas, una -aguja, un alfiler con que darse la muerte.</p> - -<p>—¡Nada, nada! —exclamó con desesperación—. Dios poderoso, ¿tan malo, -tan perverso he sido?...</p> - -<p>En aquel instante una claridad rojiza deslumbró sus ojos, y en -medio de ella, como el ángel de una aparición divina, vio don Fernando -Garrote a Salvador Monsalud. Sorprendido por aquella imagen que en el -momento más angustioso de su vida se le presentaba, don Fernando cayó -de rodillas.</p> - -<p>—¡Eres tú, Salvador, hijo mío querido, eres tú! —exclamó desahogando -con efusión su alma—. Vienes a salvarme... sí, sí. Tengo miedo: Dios -me abandona, y no me permite morir con la dulce y tranquila muerte del -buen cristiano.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>—He tenido lástima -—dijo Salvador con voz balbuciente— y he venido...</p> - -<p>—¡A salvarme!... ¡Oh justicia! ¡Oh lección divina! —gritó vertiendo -amargas lágrimas don Fernando Garrote—. ¡Has sido tú más generoso que -yo! Sí, más generoso, querido hijo mío... Bien me decía el corazón -que mi conducta era egoísta y mezquina. Salvador, por orgullo, por -preocupaciones más fuertes para mí que la razón, por egoísmo, te oculté -un secreto, cuya confesión debía ser para mí una deuda sagrada.</p> - -<p>Salvador no comprendía nada, y pensando tan solo en el objeto de su -visita, dijo:</p> - -<p>—Pronto llegarán: aún puede usted...</p> - -<p>—He sido un miserable, he sido un egoísta: las ideas adquiridas en -las disputas de los hombres, las he sobrepuesto a los sentimientos más -dulces de mi corazón, a mi conciencia y a mis deberes. Salvador, este -miserable que ves aquí a tus pies, humillado y envilecido, es el que -te ha dado la vida, es tu propio padre, que por su mala suerte y su -indisculpable apatía no ha tenido hasta hoy la dicha de conocerte.</p> - -<p>El semblante de Salvador, atónito primero, expresó después la más -desconsoladora incredulidad. Una sonrisa, impropia ciertamente del -lugar y de la ocasión, vagó por sus labios; pero recobrando al punto su -seriedad, y movido a gran compasión por el triste estado mental que en -el anciano suponía, le dijo con frialdad:</p> - -<p>—Señor Garrote, yo no tengo padre.</p> - -<p>Estas palabras atravesaron como una espada<span class="pagenum" -id="Page_186">p. 186</span> de hielo el corazón del desgraciado -Navarro.</p> - -<p>—En nombre de tu santa y buena madre, en nombre de Dios —dijo—, en -nombre de Dios, no me desmientas... He sido un infame egoísta, he sido -un necio lleno de orgullo hasta en esta ocasión tristísima, pues hace -un momento me horrorizaba la idea de llamar hijo a un traidor renegado. -Dios me ha castigado por esto; pero, siempre misericordioso conmigo, -te me ha puesto delante en mi última hora, para que mi confesión sea -completa. ¡Bendito sea Dios!</p> - -<p>—Desgraciado loco —dijo Monsalud, contemplando al reo con impasible -calma lastimosa, tan extraño a los sentimientos que este expresaba, -como si fueran de otro mundo—. Comprendo que en situación tan aflictiva -trate de seducir a sus carceleros llamándoles hijos. Todo es inútil -conmigo, porque no he venido aquí a librarle a usted de la muerte.</p> - -<p>—¡No me cree! —rugió don Fernando arrojándose en el suelo—. Dios -mío, Dios justiciero, que así prolongas mi castigo, ¿más todavía?</p> - -<p>Una voz del cielo pareció responder:</p> - -<p>—Sí, todavía más.</p> - -<p>—Viendo que era inevitable para usted un fin tan horrible como el -del pobre Respaldiza —dijo Salvador llevando la mano al cinto, donde -tenía las pistolas—, y suponiéndole hombre de valor, he creído que era -caritativo proporcionarle un medio de evitar la ignominia de martirio -tan bárbaro.</p> - -<p>Don Fernando se levantó de súbito. Parecía<span class="pagenum" -id="Page_187">p. 187</span> un esqueleto con vida, y con toda la vida -en los ojos. Oyéronse en aquel instante los desaforados gritos de la -turba que volvía. Estremeciose el anciano, dominado nuevamente por un -terror congojoso; aparentó luego serenidad heroica, y contemplando al -mancebo con altanería, exclamó:</p> - -<p>—Un hombre de honor, un caballero como yo, no morirá a manos de -viles sicarios; un hombre como yo, no será sacrificado salvajemente -por tus crueles amigos. He cumplido contigo y con mi conciencia. No -contaba con mi desgraciado destino ni con tu incredulidad... Que Dios -me perdone lo que voy a hacer. Salvador, dame un arma cualquiera, y -adiós.</p> - -<p>Con la seguridad de quien ve realizado su pensamiento, Monsalud -entregó una pistola a don Fernando Garrote, diciéndole:</p> - -<p>—Eso mismo pensaba yo... Un hombre de honor, un caballero decente, -no debe... Que Dios le ampare a usted.</p> - -<p>Don Fernando irguió con altivez la majestuosa frente, miró a su -hijo con calma desdeñosa, le miró mucho durante un rato, relativamente -largo, y luego, con voz trémula y solemne, en la cual había como un -acento de pesadumbre mezclado de sarcasmo, habló de esta manera:</p> - -<p>—Salvador, gracias, muchas gracias... Que Dios te ampare y te -perdone. Adiós.</p> - -<p>—Adiós —dijo Monsalud desde la puerta, saliendo rápidamente.</p> - - -<p class="mt2">Cuando la brutal soldadesca entró atropelladamente en -donde estaba el bravo guerrero,<span class="pagenum" id="Page_188">p. -188</span> halló su cadáver caliente y tembloroso sobre el suelo, -la sien partida y destrozado el cráneo. Su mano palpitante asía con -rabioso vigor el arma.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch21"> - <h2 class="nobreak g0">XXI</h2> -</div> - -<p>¡Cuántos habrá que al leer las escenas que acabo de referir, las -hallarán excesivamente trágicas, tal vez hiperbólica la terrible pugna -que en ellas aparece entre los lazos de la naturaleza y las especiales -condiciones en que los sucesos históricos y las ideas políticas ponen -a los hombres! Yo aseguro a los que tal piensen, que cuanto he contado -es ciertísimo, y que en el lamentable fin de don Fernando Garrote no -he quitado ni puesto cosa alguna que se aparte de la rigurosa verdad -de los acontecimientos. Vivió el citado Garrote en los mismos años que -le presento, y fueron su carácter, sus costumbres y sus ideas tales -como he tenido el honor de pintarlas, salva la diferencia que entre el -artificio de la narración y la verdad misma existe y existirá siempre -mientras haya letras en el mundo. Cierta fue también su malograda -expedición con el cura Respaldiza, y evidente su desastroso cautiverio -y fin horrendo, aunque no le cupo peor suerte que a otros muchos, -quier españoles, quier franceses, víctimas entonces del furor de las -desenfrenadas pasiones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span>En cuanto a las -circunstancias verdaderamente terribles que acompañaron al último -aliento de aquel desgraciado varón, no son tales que deban causar -espanto a la gente de estos días, la cual, viviendo como vive en el -fragor de la guerra civil, ha presenciado en los tiempos presentes -todos los desvaríos del odio humano entre seres de una misma sangre -y de una misma familia; ha visto rotos todos los vínculos en que -principalmente apoya su conjunto admirable la sociedad cristiana. -¡Oh!, si en el santo polvo a que se reduce la carne y los huesos de -tantos hombres arrastrados a la muerte por el fanatismo y los rencores -políticos, quedase un resto de vida, ¡cuántas íntimas reconciliaciones, -cuántos tiernos reconocimientos, cuántos perdones no calentarían el -seno helado de la fosa, donde el insensato cuerpo nacional ha arrojado -parte de sus miembros, como si le estorbasen para vivir! Y si la eterna -vida disipa las nieblas que oscurecen aquí el pensar de los hombres, -¡cuántos seres habrá que, en la desolación de la impenitencia y en su -solitario vagar por la desconocida esfera, maldecirán la mano corporal -con que hirieron el uno al hijo, el otro al hermano! La actual guerra -civil, por sus cruentos horrores, por los terribles casos de lucha -entre hermanos, y aun por el fanatismo de las mujeres, que en algunos -lugares han afilado sonriendo el puñal de los hombres, presenta cuadros -ante cuyas encendidas y cercanas tintas palidecerán, tal vez, los que -reproduce el narrador de cosas de antaño. El primer lance de este gran -drama español,<span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span> que -todavía se está representando a tiros, es lo que me ha tocado referir -en este, que, más que libro, es el prefacio de un libro. Sí: al mismo -tiempo que expiraba la gran lucha internacional, daba sus primeros -vagidos la guerra civil; del majestuoso seno ensangrentado y destrozado -de la una salió la otra, cual si de él naciera. Como Hércules, empezó a -hacer atrocidades desde la cuna.</p> - - -<p class="mt2">Púsose en marcha el largo convoy bastante después de -media noche. Todo el camino real, desde las últimas casas de Aríñez -hasta Gomecha, estaba ocupado. ¡Con cuánta ansiedad veían que España se -iba quedando atrás las infortunadas familias que buscaban un refugio en -Francia!</p> - -<p>—Si podemos llegar a Vitoria —decía Jean-Jean, que iba a caballo -junto a Monsalud en la retaguardia—, estamos en salvo. Allá se las -entiendan el rey y el mariscal Jourdan con Wellington y Hill. ¡Gran -batalla tendremos hoy!... Pero créeme: daría una de mis manos por no -verla.</p> - -<p>—Han dado orden de marchar más a prisa, señor Jean-Jean —dijo -Salvador—. La cosa apremia. Usted da una mano por no ver esta batalla, -y yo daría las dos por verla.</p> - -<p>—¡Oh, joven Bayardo, caballero sin mancilla! ¿Sabes lo que es una -batalla? Un engaño, chico, una farsa. Los generales embaucan a los -pobres soldados, les hablan de la gloria, les arrastran a la barbarie, -les hacen morir, y luego la gloria es para ellos. Pónense a mirar la -batalla<span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> desde una -altura lejana, a donde las balas no llegan, y echando el anteojo a un -lado y otro, hacen creer a los tontos que están observando distancias y -calculando movimientos. Así como los nigromantes hablan de estrellas, -ciclos, conjuros para engañar a los necios, los generales hablan de -paralelas, ángulos, cuñas, etc..., y hacen garabatos en un papel... -¡Oh, yo he medido la Europa con el compás de mis piernas; yo he -escupido mi saliva en el Austria y en la Rusia, y sé lo que es una -acción de guerra! Después que los unos han destrozado a los otros -a fuerza de brazo, porque aquí todo se hace a fuerza de puños, el -general recorre a caballo el campo de batalla, y con sonrisa hipócrita -da gracias a los soldados; manda que se asista a los heridos, y los -cirujanos empiezan a trabajar en la carne como los ebanistas en la -madera. Enterramos a los muertos, damos una muleta a los cojos y -una venda a los ciegos. Nuestros nombres no se escriben en ningún -monumento, ni nadie los sabe, ni los pronuncia más boca que la de -nuestros compañeros. No así el general, que se pone un calvario en -el pecho, y se echa a cuestas un título como una casa, de tal modo, -que si hoy derrotásemos a ingleses y españoles en cualquiera de estos -sitios que atrás dejamos, no faltaría un general que se llamase mañana -<i>Duque de Subijana de Álava</i>, o <i>Príncipe del Zadorra</i>. -Luego viene la historia con sus palabrotas retumbantes, y entre tanta -farsa caen unos reyes para subir otros, sin que el pueblo sepa por -qué, y los políticos hacen su agosto chupándose<span class="pagenum" -id="Page_192">p. 192</span> la sangre de la nación, que es lo que a la -postre resulta de todo.</p> - -<p>Iba a contestarle Salvador, cuando una sonora y fresca voz de mujer -gritó:</p> - -<p>—Señor Monsalud, señor Monsalud, ¡gracias a Dios que se le ve a -usted! ¡Qué prisa tiene el caballerito para dar cuenta de los encargos -que recibe!... ¡Oh, qué prisa, sí!</p> - -<p>Monsalud, a pesar de la oscuridad, distinguió perfectamente un -rostro femenino que por la portezuela de un coche asomaba, acompañado -de una mano con quiroteca, cuyos dedos pajizos se movían saludando de -una manera apremiante y afectuosa.</p> - -<p>—Perdone usted, señora doña Pepita —dijo el militar acercando su -caballo al vehículo—. Hace dos días que no la veo a usted por ninguna -parte. ¿Y el señor oidor cómo sigue?</p> - -<p>Un rostro acartonado y marchito, en cuya superficie brillaban con -chispa mortecina dos tristes y ya muy viejos ojuelos, apareció un -momento en la portezuela, y una voz fatigada pronunció estas palabras, -que parecían una especie de limosna oral:</p> - -<p>—Buenos días tenga el señor sargento Monsalud.</p> - -<p>Y desapareció luego dentro del coche.</p> - -<p>—¿Apostamos —dijo la dama sonriendo— a que no me compró usted en -la Puebla los polvos <i>a la marechala</i> que le encargué, ni las -pastillas de malvavisco?</p> - -<p>—Señora, ya sospechaba yo —repuso el joven— que en la Puebla no -habría cosas tan finas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>—¡Ah, tunante! -—exclamó ella, amenazando festivamente al joven con su descomunal -abanico cerrado, que esgrimía como si fuese una espada—. Disculpas... Y -hablando de otra cosa, ¿cuándo llegaremos a Francia?</p> - -<p>—Pronto, señora. Si hay batalla al romper el día, como dicen, -nosotros habremos ganado de aquí a esa hora mucho terreno, y nadie nos -estorbará el paso.</p> - -<p>El oidor dejose ver de nuevo. Era un varón de años, flaco o -indolente, enfermo tal vez, y parecía muy aburrido del largo viaje.</p> - -<p>—¡Batalla al romper el día! —dijo frunciendo el ceño—. Me parece que -principia a despuntar la aurora. ¿Y hacia dónde es esa batalla?</p> - -<p>—Hacia ninguna parte, hombre —repuso con desdén y superioridad doña -Pepita—. Tu gran miedo te hace ver batallas en las puntas de los dedos. -¡Qué aburrimiento! No se puede ir contigo a ninguna parte... Recuéstate -en el coche y calla, o me enojaré.</p> - -<p>—¡Todo sea por Dios! —murmuró el oidor sepultándose en el coche.</p> - -<p>—No se descuide usted en avisarme todo lo que ocurra —dijo la dama -alzando la voz, cuando por uno de los movimientos tan propios de una -marcha, el coche se alejó bastante de los jinetes.</p> - -<p>Monsalud la saludó con galante sonrisa, mientras Jean-Jean le -decía:</p> - -<p>—Si esa señora doña Pepita, tan garbosa, con su grueso lunar -velludo en la barba, sus buenas carnes, sus ojos negros, su cara un -tanto arrebolada y sus quirotecas amarillas, me<span class="pagenum" -id="Page_194">p. 194</span> hubiese mirado a mí desde la portezuela, -apuntándome con su abanico y haciéndome preguntas diversas desde -que salimos de Valladolid, a estas horas, joven guerrero, ya nos -trataríamos de tú, y todos mis compañeros envidiarían al sargento -Jean-Jean. Verdad que yo soy hombre muy circunspecto y no he querido -decirle una sola palabra, además de que no es de caballeros quitarle -su conquista a un camarada; que si llego a hablar con ella, y echo mis -visuales, y disparo los tiros de mi galantería, y trazo mis paralelas, -y lanzo los escuadrones, y enfilo las piezas, y pongo el sitio en -regla, Monsalud, en dos horas es mía la plaza; en dos horas hago yo lo -que a ti te costará dos meses... ¿Pero en qué piensas? ¿Estás mirando -las estrellas que desaparecen?... Salvador, Salvador, despierta, que -estoy hablando; está hablándote todo un Jean-Jean.</p> - -<p>Profundamente abstraído y meditabundo, Monsalud había olvidado -a doña Pepita, al oidor y a Jean-Jean. Poco después de este ligero -incidente, la claridad del día empezó a derramarse por tierra y cielo, -bañándolo todo con las dulces y frescas tintas de la mañana. El sereno -firmamento parecía suspendido sobre la frente del mortal para presidir -y proteger su alegre vida, sublimada por el trabajo, por la virtud, por -inocentes y castos amores. El campo estaba impregnado de la placentera -atmósfera que por el aliento penetra hasta nuestro corazón, inundándolo -de felicidad, o, si así puede decirse, aromatizándolo, pues parece que -balsámicas esencias penetran hasta lo más hondo<span class="pagenum" -id="Page_195">p. 195</span> de nuestro ser, sacudiendo los sentidos -y despertando el alma con el estímulo de vagas emociones. Las altas -montañas y los verdes prados se aclaraban, disipada la niebla que los -cubría, mostrando su lozano verdor, compuesto de mil y mil hojuelas -húmedas, que tiritaban al roce del viento. Poco después los rayos del -sol se introducían por todas partes: en el seno de las nubes, entre el -follaje de los árboles, en los infinitos huequecillos de los arbustos -y las piedras, en la profunda masa cristalina de las aguas del río. -Todo tomó color, y con el color la grandiosa existencia del día. ¡Ah!, -si queréis conservar la dulce paz en vuestra alma, cerrad los oídos... -Estrepitosos cañonazos resonaron a lo lejos, y el convoy entero, como -si obedeciera una orden, se detuvo.</p> - -<p>Por algún tiempo no se oyó en todo el espacio ocupado por tantos -carros y hombres el más ligero rumor; pero no tardó en producirse de un -extremo a otro discordante algarabía.</p> - -<p>—Dicen que no se puede pasar de Gamarra... Los ingleses están -atacando a la Puebla... También hay batalla por Subijana... y en -Avechuco... y en Crispijana.</p> - -<p>Estas frases se repetían, pasando de boca en boca, y dando ocasión a -multitud de preguntas que no eran nunca bien contestadas. La respuesta -aumentaba la confusión.</p> - -<p>—¡Patarata! —exclamaba un jurado de los más vehementes, el cual -había aprendido pronto la fanfarronería francesa—. El general Clausel, -que está en la Puebla, les enseñará lo que pueden tres ingleses contra -un solo francés. ¿Y<span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> -qué nos puede importar la Puebla si queda atrás? Adelante.</p> - -<p>Pero los carros y coches no obedecieron la enfática orden del bravo -dragón, permaneciendo tan quietos cual si los clavaran en el suelo. -El día había aclarado completamente, permitiendo ver la palidez y la -extrema ansiedad de todos los semblantes... De pronto una voz pavorosa -recorrió de un extremo a otro la línea del convoy, repitiendo:</p> - -<p>—No se puede pasar. Crispijana ha sido atacada, y los ingleses y los -guerrilleros han aparecido por Gamarra...</p> - -<p>La configuración del camino por donde intentaba marchar el convoy -era la más a propósito para infundir miedo a los viajeros. Altos cerros -a un lado y otro formaban un estrecho callejón tortuoso, por cuyo -fondo el camino y el Zadorra culebreaban, estorbándose a cada paso. -Frecuentemente pasaba el uno por encima del otro, cediéndole, ora la -derecha, ora la izquierda. Aunque en la noche anterior se habían tomado -todas las precauciones para el paso del convoy, ocupando las alturas, -aquel repetido cañoneo que se oía más arriba ponía en gran inquietud -a todos. Se temía que las fuerzas destacadas se hubieran visto en la -necesidad de acudir en socorro de los de Crispijana o Gomecha... Por -fin, después de una hora de ansiedad, moviose la larga procesión entre -gritos de alegría. Mulos, caballos, bueyes y hombres dieron algunos -pasos; después se volvieron o parar. Parecía una comitiva de entierro -cuando el carro fúnebre se atasca.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span>Pero transcurrido -otro rato de ansiedades, de angustiosas preguntas y de mal humoradas -respuestas, el dragón de mil patas marchó de nuevo con bastante -prisa.</p> - -<p>—¿Qué hay?... Señor Monsalud, una palabra por amor de Dios —dijo la -oidora echando fuera del coche su ostentoso lunar, su franca sonrisa, -su rostro todo, no pequeño ni falto de gracias por cierto, su abanico y -sus quirotecas—. Cuénteme usted lo que ocurre.</p> - -<p>—Cuéntenoslo usted —añadió el oidor asomándose también tras de su -consorte.</p> - -<p>—No hay nada que temer —dijo deteniéndose el jinete, que regresaba -de la vanguardia del convoy—. Camino franco hasta Vitoria.</p> - -<p>—Nos hemos detenido, señora —indicó Jean-Jean, metiéndose donde no -le llamaban—, porque la vanguardia ha estado reconociendo el camino.</p> - -<p>—La batalla está empeñada por aquí, a mano izquierda —dijo Monsalud -extendiendo el brazo en la dirección indicada—, y se ha roto el fuego -por tres puntos distintos.</p> - -<p>—Por tres puntos distintos, señora —añadió el intruso Jean-Jean—. -Quizás pasemos por sitios peligrosos. Si gusta la señora oidora, la -acompañaré a la portezuela para preservarla de cualquier accidente.</p> - -<p>—No, gracias, retírese usted —repuso la dama con desdén—. Señor -Monsalud, ¿se marcha usted tan pronto? ¿Perderán esa batalla? ¿La -perderemos? ¡Ay, no me diga usted que sí!... Engáñeme usted por -favor.</p> - -<p>—¡Qué se ha de perder! —vociferó el francés.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span>—Señor sargento -—dijo el oidor—, no se separe usted de nosotros. Mi mujer tiene un -miedo espantoso.</p> - -<p>—¡Oh, sí! —murmuró la dama.</p> - -<p>—Si por desgracia nuestra nos viésemos en peligro...</p> - -<p>—No, no se separe usted de nosotros, señor Monsalud —dijo doña -Pepita—. Mi marido cobra alientos viéndole a usted tan cerca... -podría ocurrir algún accidente funesto; que nos viésemos envueltos, -comprometidos... ¡Cómo retumban los cañonazos en estas montañas!... Por -Dios, señor Monsalud, distráigame usted, cuénteme cosas agradables para -que con la conversación entretengamos y engañemos el miedo; hablemos -de asuntos placenteros, graciosos y dulces, de esos que regocijan el -espíritu y matan el hastío. Hágame usted olvidar que a dos pasos de -nosotros se está dando una batalla... quiero estar alegre y reír... -quiero olvidar y engañarme. Engáñeme usted... ¡Oh, sí! Dígame usted que -no tema, tranquilíceme. Pero no oigo lo que usted me dice... ¡Oh!, no -tema usted alzar la voz. Mi marido no oirá nada: es un poco sordo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch22"> - <h2 class="nobreak g0">XXII</h2> -</div> - -<p>La batalla en que doña Pepita no quería pensar, y en la cual -nosotros no fijaremos tampoco mucho la atención, fue del modo -siguiente:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>Ya sabemos la -dirección y traza del camino real de Miranda a Vitoria, que va orillas -del Zadorra, rozando al pasar los lindes del condado de Treviño. -Hállanse en este camino los lugares de la Puebla, Aríñez, Crispijana -y Gomecha, y después de deslizarse entre altos riscos, penetra -holgadamente en la llanada de Vitoria. Ocupaban los franceses la orilla -izquierda del Zadorra. Otro afluente del Ebro, el Bayas, y otro camino, -el de Vitoria a Bilbao, servían de base al ejército aliado, que se -extendía desde Murguía hasta cerca de Subijana de Álava. Dueños los -franceses del camino de Burgos a Vitoria, tenían segura la retirada, -así como los pasos del río, y una posición excelente en las alturas -que rodean a la Puebla. Este camino, estos puentes y estas alturas -eran lo que en la mañana del 21 empezaron a disputarse las tropas -inglesas, portuguesas y españolas por diversos puntos y con rapidez -y energía extraordinarias. El inglés Hill y el bravo español Morillo -atacaron la Puebla y sus riscos eminentes, coronados por una fortaleza -feudal de antiguo llamada <i>El Castillo</i>; el general Graham, -con el guerrillero Longa, atacaron la derecha enemiga en el camino -de Bilbao por Avechuco, y después por Gamarra Menor. Conquistados -felizmente estos puntos extremos y altos, fueron atacados todos los -pasos intermedios del Zadorra, el llamado Tres Puentes, Crispijana y -Gomecha. Hubo en estos ataques alternativas sangrientas de fortuna y -adversidad, porque los franceses los reconquistaban a medias después -de perderlos, hasta que<span class="pagenum" id="Page_200">p. -200</span> definitivamente los poseían los aliados. Mientras estas -luchas horribles ensangrentaban el Zadorra, hacia el Norte se daba la -verdadera estocada de muerte, con el movimiento de avance del general -Graham y del guerrillero Longa, que cortaron al enemigo el camino de -Francia. Sin otra salida que el de Pamplona, precipitose por él todo -el ejército, con José a la cabeza; mas si los hombres que aún tenían -piernas pudieron escapar, no gozaron igual suerte la artillería y -la impedimenta, que se atascaron en el camino, como los ratones con -morrión al querer huir después de la batalla con las comadrejas.</p> - -<p>Tal fue, en breves términos, la de los aliados con los franceses en -las inmediaciones de Vitoria, acción que tuvo, como todas las obras -maestras, una gran sencillez. Si la he descrito a grandes rasgos, no -ha sido porque en ella encontrase menos interés ni menos elementos -para la narración que en otras funciones de guerra, a cuyo relato di -anteriormente, si no gran interés, atención considerable. Me mueve -a hacerlo así, el propósito de variar la materia de estos libros, -dando en el presente la preferencia a una curiosa fase de aquella -campaña y de aquella guerra, cual fue la suerte del más rico botín -que un ejército invasor se ha llevado consigo al abandonar el país -expoliado.</p> - -<p>En todas las batallas hay un interés subalterno que apenas menciona -con desdén la historia, y consiste en las vicisitudes de aquel fondo -positivo de toda contienda entre los hombres. En todas ofrece gran -interés el drama<span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span> -oscuro que se desarrolla dentro de la alforja grande o pequeña que los -ejércitos llevan a la grupa. Mientras los generales se calientan los -sesos haciendo cálculos tácticos, y mientras truena la artillería y -se destrozan las falanges, allá, en la cola del ejército, una ciudad -portátil, llevada por mercaderes ambulantes, tiembla por su destino. -Las tiendas, los bagajes, las cocinas, las cantinas, los equipajes, los -coches, los botiquines, las camillas, representan la vida y la muerte. -Son la suprema necesidad y el supremo peligro de la batalla. Sin esto -no se puede vencer, y con esto no se puede huir.</p> - -<p>Todo el interés de la batalla de Vitoria estuvo en la impedimenta. -Hacia aquellos cofres tendiéronse anhelantes las manos crispadas de -vencedores y vencidos. Podía decirse que aquel convoy era el resumen -de la guerra, y que los franceses, al perderlo, perdían la tierra -trabajosamente conquistada; al verlo tan grande, tan custodiado, -creerían también que no pudiendo dominar a España, se la llevaban en -cajas, dejando el mapa vacío.</p> - -<p>Y a pesar de la ruda batalla empeñada a la izquierda, el pesado -equipaje seguía adelante, avivando el paso todo lo posible. Era una -tortuga impaciente y azorada que ansiaba resbalar como culebra; diríase -que la zozobra y anhelo de los que en ella llevaban sus intereses, -impulsaban la pesada armazón. Durante cuatro horas largas no ocurrió -detención alguna; pero a medida que se acercaban a Vitoria arreciaba -el tiroteo, hasta que llegaron<span class="pagenum" id="Page_202">p. -202</span> a un punto en que divisaron claramente y a corta distancia -las columnas en movimiento y las baterías escupiendo fuego. Allí -dieron las ruedas su última vuelta, y los caballos su último paso, y -los cocheros su último grito, y el afligido corazón de los viajeros -el último latido de esperanza. Todo acabó; había sonado la terrible -sentencia: no se podía pasar.</p> - -<p>—Señor Monsalud, eso que me contaba usted —dijo poco antes de la -detención la oidora— es tan inverosímil, que si usted no lo afirmara -como lo afirma, lo dudaría... ¿Ella misma gritaba que le matasen a -usted?... ¿Pero qué es esto? Nos paramos otra vez.</p> - -<p>—Otra vez, señora...</p> - -<p>—Y ahora será para siempre —vociferó Jean-Jean—. ¡La batalla está -perdida!</p> - -<p>—¡Perdida! —exclamó doña Pepita, a punto que el oidor sacaba la -cabeza pidiendo informes.</p> - -<p>—¿Dicen que se gana la batalla?</p> - -<p>—No, que se pierde —repuso la dama—. No seas impertinente, ni -me estrujes el cabriolé... Por Dios, señor Monsalud, ¿nos abandona -usted?... ¡Qué insoportable ruido! Parece que suenan mil truenos a la -vez... Salvador, deme usted la mano, a ver si me infunde valor... ¡Por -Dios, la mano!</p> - -<p>—Una dama valerosa como usted no se asustará porque perdamos una -batalla —replicó el joven, alargando su mano—. Ya ganaremos otra.</p> - -<p>—La ganaremos, sí: ganaremos una hermosa batalla —dijo Pepita -recobrando sus<span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> -frescos colores—. ¡Cuán cansada estoy de la estrechez del coche!... -Quisiera salir un momento, un momentito. ¿Nos detendremos mucho -aquí?</p> - -<p>—<i>Per secula seculorum</i> —gruñó detrás del coche Jean-Jean—. -Esto se acabó.</p> - -<p>—¡Qué confusión por todas partes! —exclamó Pepita—. Mi marido llora, -señor Monsalud: es demasiado pusilánime. Supongo que no nos harán -nada... ¿Será preciso huir?... ¡Oh!, huir, y ¿cómo?</p> - -<p>—En el coche no es posible.</p> - -<p>—Pero sí en un caballo, ¡ay!, en la grupa de un caballo... ¡Dios -mío, cómo gritan! Pues qué, ¿se ha perdido toda esperanza?</p> - -<p>El oidor exhibió nuevamente su fisonomía, en la cual una palidez -cadavérica anunciaba el miedo causado por la peor noticia que un oidor -ha podido oír en el mundo.</p> - -<p>—¡Pie a tierra todo el mundo! —gritó una voz estentórea—. Las ruedas -no pueden seguir...</p> - -<p>—Aún hay zapatos y herraduras —clamó Jean-Jean.</p> - -<p>Casi todos los jinetes echaron pie a tierra, y muchos viajeros -arrojáronse fuera de los coches, despavoridos y aterrados. El concierto -de imprecaciones y lastimosas quejas, excedía a todo encarecimiento.</p> - -<p>—Salgamos también —dijo Pepita, llevando el pañuelo a sus ojos para -enjugar una lágrima—. Pero me es imposible andar... Señor Monsalud, me -desmayaré sin remedio... No se separe usted ni un momento de mí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>El oidor salió del -coche, y perezosamente estiró el acecinado cuerpo para devolverle su -postura y forma prístina, semejante a la que tienen los mortales cuando -no han pasado ocho horas dentro de un coche. No lo consiguió fácilmente -el respetable varón, cuya figura, después que a sus anchas se desperezó -y dejó caer los brazos y echó sobre las piernas el liviano peso del -cuerpo, se asemejaba mucho a un gran paraguas cerrado.</p> - -<p>—¡Esto es horrible, espantoso! —clamaba la dama—. ¿Y a dónde vamos? -¿Qué se hace? ¿Qué nos pasa? ¿Hay esperanza de seguir? ¿Nos quedamos -aquí?... ¿Retrocedemos?... ¿Tomaremos un bocado?... ¿Nos cogerán los -ingleses?... ¿Pues y nuestro dinero?... ¡Oh, señor Monsalud de mi alma, -usted que es tan bueno y tan generoso, sálveme usted!</p> - -<p>—No es tan desesperada nuestra situación —repuso el joven, notando -que el cuerpo de doña Pepita, al buscar en su brazo indolente apoyo, -no era un cuerpo de sílfide, de fantástica forma ni de imaginaria -pesadumbre.</p> - -<p>—¡Qué espanto!... —añadió la dama—. ¡Los hombres gritan y -blasfeman!... ¡Las mujeres lloran!... ¡Qué desolación! Señor Monsalud, -andemos un poquito para desentumecernos... Todos lloran la hacienda -perdida... ¿pues y nosotros? ¡traemos tanta plata, tantas alhajas!... -¡Yo también lloro, Dios mío!... ¿Será posible que nos cojan esos perros -ingleses?... Adelante; vamos por aquí... Busquemos a alguien que nos -dé buenas noticias... no pueden ir las cosas tan mal como dicen... -¡Oh, los ingleses!<span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> -¡Cogerla a una los ingleses!... pero no, mil veces no, valiente joven, -usted me defenderá hasta morir... Me horripilo de pensar que un inglés -pondrá la mano sobre mí... Sigamos más allá... ¿No habrá nadie que -diga: «La batalla se ha ganado?...» Pero ¿dónde estamos? ¿Dónde está -mi marido? ¡Se ha perdido!... ¡Le hemos dejado atrás! ¡Urbanito, -Urbanito!</p> - -<p>—El señor oidor habrá ido en busca del jefe para saber la verdad de -todo.</p> - -<p>—¡Oh, qué horroroso aspecto ofrecen estas pobres gentes!... Fíjese -usted en aquella pobre mujer que abraza llorando a sus niños... Estos -otros no hablan más que de huir... ¡Jesús crucificado! ¿A dónde iremos -nosotros?... Será preciso abandonarlo todo... ¡Aquí están diciendo que -no hay esperanza!... Allí gritan: «Sálvese el que pueda.» Mire usted -a esos sacando atropelladamente su ropa de las arcas. Será preciso -llevarlo todo a cuestas... ¡Oh! Los que por allí vienen, ¿no son los -heridos de la batalla?... ¡Malditos ingleses!... Por piedad, Monsalud, -no me abandone usted... Es imposible huir en coche... yo no sé montar -a caballo... ¿podré ir a la grupa?... ¡Qué desolación!... Vamos por -aquí... Los gritos, las blasfemias, los juramentos de esos hombres -desesperados que parecen demonios, me hacen temblar, y me pongo mala... -Por aquí... ¡Qué bullicio, qué algarabía!... ¿Y mis alhajas, y mis -encajes, y mis ropas?... Corramos allá, corramos... Mas no veo a mi -marido por ninguna parte. ¡Urbanito, Urbanito!</p> - -<p>—Vamos por aquí... En estos casos es triste<span class="pagenum" -id="Page_206">p. 206</span> llevar consigo el valor de un alfiler. -Pobre y desvalido yo, lo mismo tengo vencedor que vencido.</p> - -<p>—¡Qué felicidad! —continuó la dama, que, por no encontrarse bien en -ninguna parte, quería estar al mismo tiempo en todas—. Así quisiera ser -yo: libre como el aire, y con la galana pobreza de los pájaros que no -tienen más que un vestido, y a donde quiera que van llevan consigo todo -su ajuar... Huyamos de este sitio. Los llantos de esas mujeres me hacen -llorar también a mí... Dicen aquellos que los ingleses nos sorprenderán -aquí... ¡Esto es espantoso! ¡Los ingleses, los guerrilleros!... -Me parece que muchas personas han emprendido la fuga por el llano -adelante... ¿No ve usted? Llevan un lío a la espalda, y los zapatos en -la mano para correr mejor... Observe usted a aquel infeliz que se da -de cabezadas contra un cañón... estos de aquí hablan de quitarse ellos -mismos la vida... Por Dios, si forman de nuevo, no me abandone usted... -deserte usted si es preciso, deserte. Si me veo sola, me moriré de -pavor... ¡Yo que pensaba ir a Francia y regresar a Madrid para el -otoño!... En medio de mis desgracias he tenido la sin igual ventura de -conocerle a usted, de encontrar a un joven tan leal como modesto, que -está dispuesto a ampararme contra esos vándalos de ingleses... Estos -pobres jurados y míseros lacayos del rey José hablan de morir matando -o abrirse paso por entre los vencedores... Les será imposible, ¿no -es verdad? Por Dios, no se abra usted paso, no se abra usted paso y -quédese aquí...<span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span> más -vale rendirse... Ríndase usted; nos rendiremos los dos... Vamos..., -no puedo ver tanta desolación... Escondámonos en algún sitio... ¿Ve -usted a mi esposo?... Busquémosle... Es capaz de dejarse dominar por -la desesperación, y hará alguna locura... ¿En dónde dejamos nuestro -coche?... Aprisa, aprisa, señor Monsalud; sosténgame usted si me caigo; -creo que me caeré, sí... Me caigo sin remedio... ¡Dios mío! ¿No le -parece a usted que voy a caerme?</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch23"> - <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2> -</div> - -<p>Pero no se cayó. Corrieron ambos por entre la revuelta masa de -gente y vehículos, espantados una y otro del triste espectáculo que -el detenido convoy ofrecía, y antes que refiramos lo que resultó de -su improvisada amistad y de las extrañas vicisitudes del viaje, es de -todo punto indispensable advertir que esta gallarda dama del lunar -pertenecía a la familia de Sanahuja, no siendo ella misma desconocida -para nuestros lectores, pues algún incidente de sus verdes abriles -tuvo cabida en otro libro.<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a> Enteramente nuevo para mí y para los -que me leen es el oidor; pero recientemente han llegado a estas -manos documentos y apuntes, cuyo interés me mueve a asegurar<span -class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> una poderosa intervención -de este personaje en las páginas que leerá el que las leyere. Por ahora -solo corresponde decir que en aquel tumulto de lágrimas y blasfemias, -de desesperación y hondo desaliento, el jurado y doña Pepa buscaban a -Urbanito por todas partes, sin que Urbanito pareciese.</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> <i>El -Audaz.</i></p> - -</div> - -<p>Entre tanto, un suceso importante y decisivo llevó al último extremo -el terror de los infelices empleados, bagajeros y conductores, y -fue que por el llano adelante aparecieron varias columnas francesas -marchando en desorden y con precipitación. Aparecieron luego caballos -a escape, cubiertos de espumoso sudor, anhelantes y como poseídos de -insensata cólera, y después muchos heridos transportados en camillas o -en palanquines, o simplemente cargados entre dos por los hombros y los -pies. Tras esto sintiose el rodar estrepitoso de cañones.</p> - -<p>—¡Paso, paso a la artillería! —gritó una voz que parecía un -huracán.</p> - -<p>Los carros que obstruían el camino procuraron abrir calle; pero si -lo consiguieron en un pequeño trecho, después los cañones tuvieron -que hacer alto. Juraban los artilleros y votaban los carreteros. Los -de infantería, desparramándose a un lado y otro del camino, siguieron -adelante. La velocidad adquirida en los primeros momentos de la -retirada era tal, que no podían contenerse, y miraban hacia atrás, -creyendo sentir en sus espaldas las herraduras de la caballería -inglesa.</p> - -<p>Los heridos fueron depositados en tierra, y<span class="pagenum" -id="Page_209">p. 209</span> cuando el furor de las armas había -cesado para ellos, sacaron las suyas los cirujanos. Con la presteza -inconcebible que ponen en sus operaciones los físicos de los ejércitos, -se atendió a todos ellos. Vendajes, emplastos, amputaciones, cuantos -remedios se aplican a la persona humana después de una batalla fueron -aplicados sobre el suelo y al aire libre. Corría la sangre sobre las -camillas y por la tierra; pero los lastimeros ayes de los infelices -que habían sido mutilados por el cañón y la fusilería no eran más -que un accidente superficial en aquel tumulto de tan diversos ruidos -compuesto, en aquella atmósfera de pánico que se extendía por todo -el camino hasta más allá de Vitoria. Era de ver la frialdad de los -cirujanos disponiendo se cortase un brazo o pierna, haciendo brillar -a la luz del sol el fúnebre esplendor de sus instrumentos para no -dar tiempo a la víctima ni aun a quejarse de su malhadada suerte. En -aquella carpintería de carne humana no había consuelos morales ni -físicos para el infeliz paciente, narcóticos ni atenuantes, sino la -crueldad fría, desnuda, impasible, de la ciencia quirúrgica, que, como -su parienta la ciencia militar, no repara en la carne y sangre de los -hombres para ir a su fin.</p> - -<p>Conforme los curaban, mal o bien, los iban trasportando a otro -lugar, o a los carros que habían de llevarles a paraje más seguro; pero -llegaron tantos que los cirujanos no pudieron atenderles, aunque tenían -las mejores manos del mundo. Arrojados de aquí para allí, clamaban -al cielo; pero el cielo debía estar ocupado<span class="pagenum" -id="Page_210">p. 210</span> en otra cosa, porque no les hacía caso.</p> - -<p>Por otro lado ocurrían parecidas escenas, porque si el ejército de -Gazán emprendió su retirada por el lado de Berrosteguieta, cerca de -donde estaba el convoy, los de Erlon y Reille lo hicieron más allá de -Vitoria; así es que en una extensión de dos leguas largas se ofrecía -el espectáculo de los soldados furiosos abriéndose camino por entre un -dédalo de carros y cureñas, furgones, ambulancias y coches de viaje, -cirujanos ocupados, y heridos que no podían moverse.</p> - -<p>Aunque en todo el camino reinaba gran confusión, pudo oírse y -generalizarse la orden de que la retirada no se emprendiera por -el camino de Francia, sino por el de Salvatierra y Pamplona. Esto -parecía una salvación, y muchos vehículos y casi toda la artillería -se dirigieron allá; pero la mala estrella de los franceses en aquel -día quiso que el camino de Salvatierra estuviese lleno de zanjas y -cortaduras hechas por los guerrilleros de Mina y Longa poco antes para -molestar a Foy y Abbé, por cuyo motivo ninguna rueda pudo pasar más -allá de Harrazo. En el camino de Francia seis o siete coches de lujo, -seguidos de otros carros con equipajes y gran repuesto de víveres -finos, pugnaban por retroceder hacia Vitoria para tomar la vía de -Salvatierra; pero no les fue posible abrirse paso. Eran los carruajes -de José y su comitiva, que, dispuestos a la cabecera del convoy para -emprender la retirada hacia el Norte, habían tropezado con las tropas -de Graham y Longa.<span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span> -Hacia las tres de la tarde la irrupción de soldados en retirada aumentó -de una manera horrorosa. Hambrientos y abrasados de sed, se abalanzaban -a las cajas de víveres y a las cantinas, arrebatando entre aullidos -siniestros todo lo que hallaban al alcance de sus manos. Agotado todo, -las tropas se apoderaban de los víveres de los particulares, penetrando -brutalmente en los coches para arrancar el pedazo de pan de las manos -de un niño o de una mujer. No pudiendo seguir el camino, saltaban los -setos y se esparcían por los sembrados en varias direcciones, siguiendo -todas las veredas, con tal que llegasen a parajes lejos del malhadado -Zadorra.</p> - -<p>Pero cuando el tumulto, el delirante estrépito y el barullo -llegaron a su colmo, fue cuando aparecieron, procedentes del campo de -batalla, veinte o treinta piezas de artillería, furiosas, ardientes, -impetuosas, no hallando ante sí bastante camino para volar; arrastradas -por caballos locos, verdaderos dragones cuyo resoplido quemaba y que -parecían llevar en sus venas todo el fuego que inflamara los aires -durante la batalla. Aquellas máquinas, simulacro de las ignotas fuerzas -que en el cielo producen el trueno y el rayo, huían para no caer en -manos del enemigo. Los artilleros, semejantes a fabulosos aurigas, -herían los caballos con el látigo primero, y después con los sables, -para precipitarlos en delirante carrera. Todo lo atropellaban ante -sí por salvarse. Si un grupo de heridos o de familias desvalidas se -interponía en su camino, las ciegas máquinas,<span class="pagenum" -id="Page_212">p. 212</span> compuestas de cureña, cañón, artilleros -y caballos, pasaban por encima de los cuerpos humanos, como el -brutal dios de la India. Las ruedas, lanzadas en furioso torbellino -exterminador, dejaban hondos surcos en el suelo, aplastando todo lo que -se les ponía por delante: la yerba y el hombre.</p> - -<p>Chirrido de metales que juegan y chocan entre sí, de cadenas que se -rozan, de ejes que vibran, de clavos que saltan, de tornillos que se -aflojan, de cacharros de metralla que suenan unos contra otros como los -cascabeles de un bufón se mezclaba a los indescriptibles rumores de las -balas que iban saltando dentro de las cajas, tocando infernal música -al compás de la marcha; se mezclaba al golpear de los escobillones, -cuyos mangos batían contra el maderaje de la cureña; al chasquido de -cien látigos que culebreaban en el aire estallando como cohetes; a los -gritos de los que querían imprimir a las máquinas fugitivas el rencor, -la angustia y el pánico de sus inflamados corazones.</p> - -<p>Tras aquellas piezas vinieron otras. Calientes aún sus bocas -vueltas hacia atrás, parecía que exhalaban, con los últimos vapores -de la pólvora y el último mugido del disparo, sorda imprecación. -Treinta, sesenta, cien cañones huían desesperados: al verlos y al -oírlos, creeríase que el trueno, tomando la odiosa forma de gigantesco -pólipo de hierro, se arrastraba por la tierra. Las peñas de los montes -desgajándose, cayendo sobre el llano y saltando en desesperado juego -y carrera infernal por arte<span class="pagenum" id="Page_213">p. -213</span> del demonio, no hubieran causado más espanto. Mientras -la infantería continuaba en el fuego, dando tiempo a que el cuartel -general y los cañones se pusiesen en salvo, estos ocuparon todos -los huecos que quedaban en el camino, y algunos, destrozando cuanto -hallaron al paso, pudieron ponerse en primera línea. Los demás, -aprisionados al fin entre millares de ruedas de pesados bagajes y -enormes fardos, se atascaron en el camino, agolpándose unos contra -otros.</p> - -<p>Entre la aglomeración de obstáculos producida por tanta maquinaria -inútil, las infortunadas familias afrancesadas y los conductores -del convoy formaban grupos aflictivos, parte en el camino, parte en -los sembrados, y entre lágrimas y lamentos se consultaban sobre la -determinación que debían tomar en tan extremado conflicto. Unos creían -conveniente abandonarlo todo y huir para salvar lo más importante, que -era entonces, como siempre, la vida; otros aseguraban que por nada -del mundo abandonarían su fortuna. Muchos, encontrando una solución -salvadora en medio del general azoramiento, habían echado a tierra -los baúles, y abriéndolos sacaban de ellos lo más valioso, llenándose -los bolsillos y haciendo líos con lo de poco peso. Hombres y mujeres, -soldados y paisanos se consultaban, se movían de aquí para allí, -repartiéndose lo que habían de llevar, aconsejándose unos a otros, -animando los valerosos a los débiles, ayudándose en lo que podían. De -pronto se oyeron en la parte del camino, más<span class="pagenum" -id="Page_214">p. 214</span> allá de Vitoria, las tremendas voces de -«¡Paso, paso!»</p> - -<p>Algunos caballos de la guardia se esforzaban en cortar el apretado -gentío, y se precipitaban relinchando, aguijoneados por la espuela. -Viendo los jinetes que era imposible abrir paso, esgrimieron los -sables, y descargando furibundos tajos a diestro y siniestro sobre -soldados, paisanos y mujeres, gritaron:</p> - -<p>—¡Paso, paso al rey!... ¡Paso al rey!</p> - -<p>La multitud gimió azotada con látigo de acero, y prorrumpió en -imprecaciones contra José.</p> - -<p>—¡Paso al rey! —repetían los de la guardia.</p> - -<p>Exasperados por la resistencia, redoblaron su furor, y cargando -sin piedad, aquí machacaban una cabeza, allí hundían un pecho. -Arremolinándose a un lado y otro y aplastándose contra los coches, -la turba se desgajó, y en su angustioso seno pudo abrirse un surco: -por una calle de maldiciones, de odio y de sed de venganza, pasó -a caballo un hombre pálido, con el negro y abundante cabello en -desorden, fruncido, el ceño, trémulas las manos. Era José, que no había -podido salvar sus coches, y huía a uña de caballo por donde Dios le -encaminase, llevando en su alma todas las congojas de sus cinco años de -fúnebre reinado.</p> - -<p>Los que le abrían paso lograron encontrar salida al campo libre -a la derecha del camino. Seguido del general Jourdan, que se había -olvidado el bastón, y de otros generales que olvidaron el sombrero, y -aun de otros que no se acordaban del honor, corrió por allí José<span -class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> lanzando su caballo a todo -escape, aterrado, jadeante, sin serenidad, como el asesino que acaba de -cometer un gran crimen y huye de su perseguidora conciencia.</p> - -<p>Poco después de este suceso llegó el momento supremo de aflicción -para los del convoy, para los artilleros, los infantes y todos los que -no podían ponerse en salvo.</p> - -<p>Una voz, cien voces gritaron con ronca desesperación:</p> - -<p>—¡Los ingleses... los guerrilleros!</p> - -<p>Allá lejos, hacia Vitoria, entre las columnas de infantería que se -acercaban con el mayor orden posible, viose una multitud de jinetes. -Brillaban en alto los sables, y los veloces caballos avanzaban -con rapidez extraordinaria. Ya no quedaba más recurso que huir -abandonándolo todo. ¡Horrible determinación! Viose a los artilleros -desenganchar los atalajes; viose a los carreteros disponiéndose a -salvar sus caballerías. Las cureñas y cajas, los furgones y las -ambulancias, los coches y carromatos quedaron en un instante libres -de correajes y cuerdas. Todo lo que tenía pies se puso en marcha. -Aquello era un río de gente y caballos, atropellándose en violenta -confusión a la desbandada. Ciento cincuenta cañones, doscientos carros -de municiones y los innumerables equipajes y vehículos particulares -quedaron abandonados. Sobre un solo caballo se enracimaban hombres -y mujeres, empujándose para descargar el peso de aquellas tablas -de salvación. El que lograba apoderarse de un caballo, defendía la -grupa a puñetazos y a tiros. No había prójimo:<span class="pagenum" -id="Page_216">p. 216</span> reinaba el egoísmo en su brutalidad -instintiva, y se luchaba por el caballo como en naufragios por el bote. -El que caía, caía.</p> - -<p>Apartados del camino, junto a un montón de cajas y bagajes, se -encontraban tres personas que ya conocemos.</p> - -<p>—No, no puede usted huir —decía la dama deteniéndole enérgicamente -al joven y haciendo violenta presa en sus dos brazos—. ¡Qué felonía! -¡Dejarme sola!... ¡Mi pobre marido no podrá defenderme!... ¡Oh!, -llora como una mujer y se arrastra por el suelo, pidiendo a Dios -misericordia, sin poner nada de su parte para conjurar este gran -peligro.</p> - -<p>—¡Señora, señora!... ¡Los ingleses! ¡Los guerrilleros!</p> - -<p>—Sí..., ya los veo... Es preciso huir... Pero ¿cómo? No hay un solo -caballo.</p> - -<p>—Corramos en busca del mío —exclamó el joven—. Lo rescataré a -sablazos... Aún es tiempo.</p> - -<p>—No... Mi esposo no puede moverse... ¿A dónde va usted?... Me quedo -sola, Virgen de las Angustias, enteramente sola... Quédese usted, por -Dios...</p> - -<p>—Mi uniforme de jurado me pierde. No viviré ni un segundo después -que me vean.</p> - -<p>Con febril presteza, e iluminada por idea súbita, abalanzose la -dama hacia el joven: arrojó en tierra el sombrero de este, desabotonó -su levita con dedos más ligeros que el pensamiento, arrancó el -uniforme como si fuera un pañuelo puesto sobre los hombros, arrancó el -tahalí, la gola, el cinturón, la cartera, y en<span class="pagenum" -id="Page_217">p. 217</span> un instante no quedó sobre el cuerpo del -infeliz renegado ni una sola prenda que indicara su filiación. Él la -ayudaba con igual rapidez. Las cuatro manos trabajaban en el desnudar -y en el vestir cual si fueran cuarenta, y sin descansar arrojaban en -tierra las prendas quitadas, sacando otras de los cofres para cubrir el -transformado cuerpo; ataban las cintas, prendían los botones, abrían -un hoyo en el suelo para sepultar las nefandas insignias, y lo cubrían -con tierra. Las cuatro manos realizaron su obra en pocos minutos, y el -renegado desapareció, dejando en su lugar a un joven que podía pasar -por oidor en la sala de Mil y Quinientas. Luego las mismas cuatro manos -trataron de levantar del suelo al infeliz Urbanito, que ya se creía -comido por los ingleses.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch24"> - <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2> -</div> - -<p>Los ingleses llegaron despiadados, horribles, hambrientos de matanza -y de botín, como hombres que habían estado luchando todo el día por -ambas cosas. Precipitáronse entre la multitud; mas como no podían -avanzar a causa de los entorpecimientos del camino, les fue difícil -perseguir a los fugitivos, y toda la saña recayó sobre los que no -habían podido escapar.</p> - -<p>El botín era el más valioso, el más rico y grande sin duda que en -batalla alguna ha<span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span> -podido quedar a merced de vencedor furioso. Componíase de cuanto -existe: en él había armas, material de guerra, víveres, alhajas, -dinero y hermosura. No puede formarse idea de la apasionada codicia, -de la brutal concupiscencia, del vengativo ardor con que los ingleses -primero y los guerrilleros después cayeron sobre el magnífico tesoro -abandonado. La menor resistencia producía la muerte. En poco tiempo -todas las cajas fueron abiertas, todos los tesoros aprehendidos, muchas -riquezas holladas.</p> - -<p>Joyas, ropas, telas finísimas, muebles, cuadros, plata labrada, -monedas, víveres de lujo que constituían la despensa ambulante de -José, fueron esparcidos por tierra; mil manos febriles arrebataban de -un lado para otro los preciosos objetos. Según el genio de cada cual, -así se iban derechos los unos al oro, otros a las mujeres, y algunos -a destrozar por puro instinto dañino cuanto veían delante. Entre las -desgraciadas familias que se vieron en tan tremenda hora, hubo algún -individuo que se dio la muerte antes que le pusieran la mano encima los -feroces partidarios. Las señoras imploraban de rodillas piedad para -sí y sus tiernos hijos, siendo muy contadas las que la alcanzaron. El -vencedor es la más brutal e insensata bestia que engendra el mal en las -tempestades humanas. Para esta electricidad furibunda que sabe elegir -el sitio donde cae, no existe pararrayos.</p> - -<p>En los primeros momentos, tanto salvaje atropello y brutal codicia -produjeron un tumulto<span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> -horroroso, en el cual los lamentos de mil y mil víctimas no permitían -oír las voces y mandos militares. En la vasta extensión del camino, -los soldados cometieron todo linaje de excesos, robando y asesinando. -En vano algunos oficiales quisieron proteger a las infelices familias -de paisanos: la soldadesca, aparentando obedecer, tan solo cambiaba -la escena de sus infames tropelías. Por aquí un soldado avanzaba en -irrisoria apoteosis esgrimiendo el bastón de mando del general Jourdan, -jefe de Estado Mayor del ejército fugitivo; otro cubríase acullá con el -sombrero de José Bonaparte, y un tercero repartía a sus camaradas las -pelucas que en vistosa y variada colección llevaba en su equipaje otro -familiar del pobre rey intruso.</p> - -<p>Atreviose un sujeto de mal genio a descalabrar a cierto inglés, -porque quiso posesionarse de la menor y más hermosa de sus hijas, y -este rasgo de entereza costole la vida, salvándose su esposa, una -de sus hijas y dos niños de corta edad, por milagro del cielo y la -intervención compasiva de otros soldados. En lo de meter mano a los -cofres de dinero, a los bolsones de cuero y a las cajas de guerra, que -contenían inmensos caudales, distinguíanse principalmente los aldeanos -de los alrededores de Vitoria y multitud de individuos de equívoca -conducta que de la misma ciudad habían acudido.</p> - -<p>Cuando la tristísima noche empezó a cubrir de oscuridades la fatal -escena, mercaderes al menudeo, trajineros y gentezuela de esa que<span -class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> acude a todos los desastres -para pescar algo, se reunieron allí en gran número. Como estos lo -querían todo para sí, hubo dimes y diretes y aun porrazos con ingleses -y guerrilleros. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, los aldeanos -cargaban sus caballerías de objetos preciosos, como si todo cuanto allí -yacía hubiera sido siempre de su exclusiva propiedad, y mientras tanto -no cesaban de aclamar a Fernando VII como el más grande de los reyes, -al <i>lord</i> como el más insigne de los generales nacidos y por -nacer, y a los guerrilleros como lo más selecto entre las hechuras de -Dios.</p> - -<p>Cuando la noche se oscureció más y la vergüenza de tales hechos tuvo -un manto negro con que cubrirse, otros individuos de la peor calaña se -ocupaban en desnudar a los muertos y en buscar anillos, relojes y dijes -en el cuerpo de los heridos... Farolitos temblorosos, semejantes a las -vagabundas claridades de un cementerio, rebuscaban con su luz siniestra -por aquí y por allí, iluminando semblantes lívidos y destrozados -cuerpos. Por otro lado, los que habían recogido gran cantidad de -dinero en duros españoles, se ocupaban en cambiarlos por oro a los -ingleses, los cuales, como buenos mercaderes en toda la extensión -del globo terráqueo, se hacían pagar la guinea a ocho pesos. Había -quien acaparaba todas las ropas, ora sacándolas de los cofres, ora -arrancándolas del cuerpo de vivos y muertos. Porque nada faltase, hasta -hubo quien hizo acopio de la pólvora de los furgones, para venderla -después a los guerrilleros<span class="pagenum" id="Page_221">p. -221</span> de la Montaña y el Páramo. El vino obtenía preferencia y -primas escandalosas, y toda la carretería y recuas de Vitoria tuvieron -en qué ocuparse. Muchos aldeanos se enriquecieron con la rapiña de -aquella noche, y en Álava y la Rioja existen todavía familias ricas, -cuya fortuna proviene de la batalla de Vitoria.</p> - -<p>En cambio, si gran parte del gentío de Vitoria y de sus -inmediaciones había acudido allí para recoger los restos del naufragio, -muchas personas llegaban impulsadas por la simple vehemencia personal -de la guerra, para contemplar el odioso imperio derrotado y sus armas -perdidas; para gozar en el mísero castigo de los malos patriotas y -escupir los avergonzados semblantes de los traidores. Cuentan que -algunos renegados a quienes no fue posible ni huir, ni cambiar de -vestido, recibieron rápida muerte todos juntos en fiera hecatombe, -sin que les valiese la ardiente protesta de abjurar y volver a los -amores de la patria. Una mujer furiosa cayó sobre el grupo que formaban -aquellos infelices implorando piedad, y alzó en su mano vigorosa un -puñado de cabellos. Rugiendo los enseñó a la muchedumbre. Otras mujeres -de las cercanías que acudieron a vociferar sobre el cadáver de la -Francia vencida, habían mandado a sus hijos a las guerrillas, y algunas -de ellas los habían perdido. Bravas como guerreras y resentidas como -leonas, cobraban de tal manera sus deudas de sangre.</p> - -<p>En la oscuridad de la noche los chillidos de las mujeres semejaban -la algazara de pájaros<span class="pagenum" id="Page_222">p. -222</span> rapaces picoteando aquí y allá, batiendo las fúnebres alas, -destrozando con la inquieta garra. Sin callar un momento, algunas -ayudaban a los hombres en el despojo, examinaban una tela ponderando -su finura, recogían herramientas abandonadas, sin dejar de responder -con agudos vivas a todo lo que berreaban sus hermanos, sus padres o sus -hijos.</p> - -<p>Dos o tres de estas matronas discutían el modo de conducir cierta -cantina ambulante que se habían apropiado, cuando se les acercó una -afligida dama que parecía ser de las del convoy. Era hermosa, aunque la -palidez y el susto disimulaban su belleza. En su cabellera abundante y -en su vestido no había más que desorden, un desorden de naufragio que -daba más interés a su abatida persona, y con sus manos sin quirotecas -se apretaba contra el pecho un chal, no bien puesto y sin duda -arrebujado con precipitación al salir de su escondite.</p> - -<p>—Señoras —dijo acercándose con timidez a las que tomaban el tiento -al tonelete de la cantina—, si tienen ustedes corazón, si son ustedes -mujeres, y tienen hijos, padres, esposo, denme un poco de agua para -unos pobrecitos que se mueren de sed allí donde están los arcones -grandes.</p> - -<p>—Miren la pazpuerca —gritó una de las del grupo, que era tabernera -en el barrio de Villasuso en Vitoria—. Teniendo, como tendrá, todo lo -que ha robado, viene a pedirnos limosna.</p> - -<p>—Yo no he robado nada, señora —repuso<span class="pagenum" -id="Page_223">p. 223</span> la dolorida envolviéndose en el chal -con todo el empeño que el pudor y el fresco de la noche exigían de -consuno—. A mí sí que me han quitado cuantas alhajas y dinero tenía; -pero no me quejo, ni acuso a nadie.</p> - -<p>—Ladrón que roba a ladrón...</p> - -<p>—Por una casualidad nos hemos encontrado mi marido, mi hermano y -yo en este funesto lance —prosiguió la dama—, porque ninguno de los -tres somos ni hemos sido jamás afrancesados. Españoles rancios somos -los tres; íbamos a Francia (a donde mi marido llevaba una comunicación -secreta de la Regencia para el rey Fernando), y quiso nuestra infeliz -suerte que nos juntásemos aquí con el malhadado convoy que ayer -pereció... y nos tomaron por familia de empleados traidores... Pero no -he sido yo tampoco de las peor tratadas (porque al punto me conocieron -los oficiales ingleses, muchos de los cuales han frecuentado mi casa en -Madrid), y he podido conservar alguna ropa... Otras pobrecitas señoras -están allí envueltas en una sábana. ¿No les da a ustedes lástima? ¿No -me favorecerán con un poco de agua, y si es posible un poco de comida -para mi esposo, secretario del Virrey del Perú, y para mi hermano, el -veedor que era en Zaragoza cuando la célebre defensa?</p> - -<p>Las tres alavesas se miraron como consultándose sobre lo que habían -de hacer.</p> - -<p>—La verdad es —dijo una con ínfulas de autoridad sobre las otras— -que si no miente la señora en lo que ha dicho y hubo casualidad, bien -se le puede dar lo que pide.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>—¿La vamos a creer -por lo que diga? —indicó otra.</p> - -<p>—No pido más que agua, señoras caritativas; agua por amor de -Dios.</p> - -<p>—Él la ampare.</p> - -<p>—Bien poco es lo que pide —dijo la tercera que hasta entonces -callara—. Y pues pasó ya el laberinto, hagamos una obra de -misericordia. Aquí donde me veis, yo que tuve alma para arrastrar a -un jurado desde el camino hasta el árbol donde le ahorcaron, me muero -de pena oyendo a esta señora... Allá va el agua... y aguardiente... -y estas cortezas de pan... y estas sardinas rancias... y tres pares -de guindas... y una pata de gallina fiambre, que estaba en el -<i>botiquín</i> del rey.</p> - -<p>La dolorida iba recogiendo lo que la mujer indicaba al tiempo de -dárselo, y corrió a donde aguardaban muertos de hambre y de sed el -secretario del Virrey del Perú y el veedor de Zaragoza.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch25"> - <h2 class="nobreak g0">XXV</h2> -</div> - -<p>Tras la noche triste apareció el día triste también y empañado con -densas neblinas. Mientras gran parte del ejército victorioso perseguía -al francés por el camino de Salvatierra, el lugar donde pereció el -convoy se trocaba en un campo de feria. En todas partes se hacían<span -class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> tratos y cambios, según los -negocios de cada uno. Los ingleses concretaban todas sus operaciones -al numerario, despreciando las especies. La joyería había desaparecido -como por encanto, sin que se supiese quiénes fueron los acaparadores -de tan estimable artículo. En plata labrada aún quedaban algunas -existencias por la mañana; y como entre ellas no escaseaban las obras -de arte ni en el ejército inglés los anticuarios, hubo pieza que valió -a sus primitivos tomadores guinea sobre guinea.</p> - -<p>Pero la gran mayoría de los objetos, especialmente los que eran de -fácil transporte, desaparecieron en la noche. No se han visto manos -más listas, ni mayor diligencia en hombres y mujeres para hacer la -mudanza. Por fortuna para las artes, la parte del convoy que contenía -los grandes cuadros, pudo ser salvada por haber salido de la Puebla -con el general Maucune doce horas antes que los demás. Perdiéronse por -entonces para España tan incomparables tesoros; mas no se perdieron -para el arte, siendo en verdad providencial que se salvasen, y que, -restaurado alguno de ellos, volviesen todos acá tres años después.</p> - -<p>Ya entrado el día, muchos vecinos acomodados de Vitoria salieron -para ver el campo de batalla y el lugar del convoy, que principalmente -despertaba la curiosidad. Viéronse llegar frailes de distintas órdenes, -canónigos de la Colegiata, señores muy graves acompañados de damiselas -sensibles, jóvenes currutacos, viejos verdes y maduras matronas, -todos medio locos de entusiasmo por la gran<span class="pagenum" -id="Page_226">p. 226</span> victoria alcanzada. Iban de ceca en meca -sonriendo ante los estragos, y haciéndose señalar por los aldeanos -los lugares que fueron teatro de acontecimientos trágicos durante -la batalla. El campo del convoy, ya convertido en feria, fue por su -proximidad a Vitoria más visitado, y a cada momento llegaban a él -alegres parejas, familias, tríos de canónigo, fraile y regidor, con -más algunas damas sueltas, es decir, que no iban con nadie. Ninguno -se retiraba sin llevar algún recuerdo, pareciéndose en esto a los -modernos ingleses, o a los que llaman <i>touristas</i>, y los cascos -de granada, las balas de fusil y hasta los botones de los uniformes de -renegado pasaron a ser joyas históricas, destinadas a vincularse en -el patrimonio de las familias. Aún existen en Vitoria muchos de estos -pedacitos del gran desastre.</p> - -<p>Diose orden de enterrar los cadáveres que en el llano del convoy -había, no siendo tan fácil los del vasto campo de batalla, por ser en -número de cuatro mil, juntas las pérdidas de unos y otros, pasando -de diez mil los heridos. Mortificó a los curiosos el espectáculo de -tanto hombre muerto, siquier fueran franceses y renegados, y muchos -ofrecieron la cooperación de sus manos para echar tierra dentro de los -hoyos que se tragaban tanta juventud desgraciada en vida y en muerte, -los amores de innumerables madres, tanta y tanta robusta vida nutrida -en los pacíficos hogares para la paz y la felicidad.</p> - -<p>Entre los curiosos que de Vitoria habían venido, era de notar un -anciano de mucha<span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> edad -y poca andadura, con el cuerpo inclinado hacia adelante, la cabeza -temblorosa, verdes espejuelos ante los ojos y apoyada la una mano en -grueso bastón de nudos, mientras con la otra cogía el brazo de una -linda joven rubia. Iban los dos por el camino adelante observando todo -con curiosidad suma, siendo ella la que primeramente con sus volubles -ojos veía los objetos y los señalaba después a la tardía atención del -viejo. Él se regocijaba con la vista de tanto cañón tomado, de tanta -riqueza rescatada, y a cada nueva sorpresa se deshacía en apologéticos -comentarios de la destreza de lord Wellington, encomiando sobre todo el -providente designio del Altísimo, que, como padre y ordenador de las -victorias, nos había dado aquella tan completa y admirable.</p> - -<p>—La causa de Dios triunfa y triunfará mientras haya soldados -cristianos en el mundo —decía el abuelo a su linda nieta—. A estos -desastres horrorosos son conducidos los que han intentado alevemente -apropiarse nuestro suelo y mudar nuestras costumbres, haciéndonos -de fieles piadosos, herejes corrompidos; de leales y pacíficos, -revolucionarios y jacobinos.</p> - -<p>—¡Ah, pobres muchachos! —exclamó la nieta, apartando con horror la -vista de unos infelices cuerpos de jurados que eran conducidos a la -sepultura—. Son renegados, papaíto, tienen uniforme verde, sombrero de -piel con águila dorada, una cartera en la cintura con águila, y muchos -botoncitos... también con águila.</p> - -<p>—Sí, verás águilas por todas partes. Esos<span class="pagenum" -id="Page_228">p. 228</span> hoyos se llenarán de ellas, y la tierra -no podrá guardar en su seno tantas insignias imperiales. A eso está -destinado el poder de Napoleón. Europa no tiene bastante tierra para -sepultar el inmenso cadáver... En cuanto a los infelices jurados, son -los que menos lástima me inspiran. Oye bien lo que te digo, hija mía; -oye la voz de un anciano patriota, español y cristiano: además del -infierno que existe para toda clase de pecadores, ha de haber uno con -tormentos extraordinarios de inapreciable horror para los que hacen -traición a su patria y a sus banderas.</p> - -<p>—¡Otro infierno! —exclamó la muchacha con espanto, a pesar de que -diariamente oía parecidos conceptos.</p> - -<p>—¡Otro! Allá en lo profundo, los condenados ordinarios no han de -querer habitar con los renegados y traidores —dijo el hombre decrépito, -silabeando enérgicamente con sus gruesos labios—. Los renegados venden -a sus hermanos, entregan a la patria al enemigo para que este la -despoje y la deshonre a su antojo, extirpando en ella la fe religiosa, -faro del mundo y único consuelo de las buenas almas. El traidor en -esta guerra, donde se discuten las dos cosas más sagradas, es decir, -el rey y la religión; el traidor en esta guerra, digo, es el más vil -instrumento de Satanás. Solo le igualan en maldad los que yo llamo -traidores y renegados en el campo de la ley, o para que me entiendas -mejor, los que por favorecer hipócritamente a Bonaparte, introducen en -España caprichosas leyes a estilo jacobino, y<span class="pagenum" -id="Page_229">p. 229</span> constituciones, que son lazos tendidos -a los pueblos por la herejía, por la licencia, por el democratismo, -por la soberbia de los pequeños que quieren parecerse a los grandes, -gritando y metiendo bulla... Pero Dios está con nosotros, hija mía. -Dios es español.</p> - -<p>—¡Dios es español!</p> - -<p>—Dios, sí —añadió el viejo golpeando violentamente el suelo con su -nudoso bastón—, y ya ves ahí los golpes de su mano protectora. Creo -que, mediante la bondad divina y la espada del arcángel guerrero, el -mal que aparece en nuestra leal España no tomará grandes proporciones. -Abriranse muchos hoyos como ese, y esas bocas de la tierra española se -tragarán a sus perversos hijos.</p> - -<p>—¡Ay! —gritó la muchacha, temblando y agarrándose fuertemente al -brazo de su abuelo—. Pero no es nada... nada, papaíto.</p> - -<p>—¿Tienes miedo?</p> - -<p>—No... —dijo la joven, reponiéndose de su sobresalto y turbación—, -es que... no sé por qué me he estremecido toda y he sentido frío en el -corazón al ver...</p> - -<p>—¿Qué has visto? —preguntó el viejo deteniéndose.</p> - -<p>—Todavía no han enterrado aquellas águilas, papaíto, aquellas -águilas que brillan en los sombreros peludos, en las golas, y en las -carteras, y en los botones... Sus alas abiertas, sus picos corvos, sus -garras que aparentan un haz de rayos...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Me dan miedo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>—¡Eres tonta! -Adelante... Pero si no me engaño, ese que hacia aquí viene es nuestro -amigo Carlos Navarro... Mira tú, a ver si me engaño...</p> - -<p>Miraba hacia atrás la damita con la fijeza de una curiosidad -vivísima. Su rostro había adquirido marmórea blancura.</p> - -<p>—¿Por qué te detienes y miras hacia atrás? —gruñó el viejo -sacudiendo el brazo—. ¿Dices que tienes miedo y miras, Jenara?... Te -digo que observes si ese que se ha detenido junto a aquel cañón es -Carlos Navarro, el hijo del desgraciado don Fernando Garrote.</p> - -<p>—El mismo es —repuso Jenara observando.</p> - -<p>—Vamos hacia él... ¡Pobre muchacho! Quizás no sepa todavía el -desgraciado fin de su padre, asesinado en Aríñez por los vándalos.</p> - -<p>Antes que nieta y abuelo llegasen junto a él, Carlos Navarro, que -los vio, corrió a su encuentro. Su semblante estaba alterado por viva -aflicción, y algunas lágrimas humedecieron sus ojos cuando tomó, para -besarla, la mano del decrépito anciano, su amigo.</p> - -<p>Vestía Navarro un traje que no era completamente militar, ni tampoco -de paisano. Componíase de una blusa en cuyas mangas, a falta de -charreteras, mostraban la arbitraria graduación del guerrillero galones -diversos de plata y oro, puestos con arte y aun con cierta elegancia. -Botas y espuelas muy finas eran distintivo de que guerreaba a caballo, -y cubría la cabeza, no con los empinados morriones de la época, -sino con una sencilla gorra verde de cuartel,<span class="pagenum" -id="Page_231">p. 231</span> primorosamente bordada de oro. La -sofocación del día anterior, y la pesadumbre recientemente recibida, -habían dado a su rostro un tinte violáceo y como enfermizo, que parecía -aumentar el negror de sus fieros ojos, afilarle la nariz y hacerle -más grande la frente. Había en su cuerpo la indolencia de la victoria -un poco enfatuada; pero aun así, por su alta estatura, airoso porte y -grave semblante, era una de las figuras de más atractivo que podían -verse.</p> - -<p>—Señor don Miguel de Baraona —dijo con voz conmovida—, ¿ha venido -usted desde Vitoria a ver el campo de batalla y el gran convoy -ganado?</p> - -<p>—Sí —replicó con entusiasmo el anciano, encendido su corazón con -fuego juvenil—, he venido a ver vuestros triunfos, vuestras glorias, -jóvenes sublimes, jóvenes admirables, ¡hijos queridos de España y de -Dios! Ven acá —añadió echándole los brazos al cuello—, ven acá, y -déjame que te estreche contra mi corazón: abrazándote, creo abrazar a -toda la España valerosa y cristiana. Me rejuvenezco, hijo mío. Que Dios -te bendiga, que Dios te conserve. Tú y los tuyos sois instrumentos de -su bondad divina, sois la imagen humana de su brazo omnipotente. Seguid -en vuestra gloriosa, en vuestra santa tarea de limpiar esta cizaña, que -no os faltará quehacer en algún tiempo, porque el mal se ha desatado en -España y vendrán días de sangre... Ya sé por qué estás tan afligido, -hijo mío; ya he sabido por unos jurados prisioneros que fueron anoche a -Vitoria, la inmensa desgracia...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span>—¡Mi padre!... -—exclamó Carlos cubriéndose el rostro con las manos.</p> - -<p>—Tu padre, tu excelente padre —dijo Baraona—. Don Fernando Navarro, -el gran caballero cristiano de Treviño, el hombre de ideas sólidas, -el español puro, ha sido asesinado por los traidores... Lo sé, y -he llorado al patriota y al amigo. También sé que murió el pobre -Respaldiza.</p> - -<p>—¡No esperaba esta desgracia! —murmuró con desaliento Navarro -secando sus lágrimas—. Confiaba en Dios; me sentía protegido por la -divina mano, y al ver el heroísmo de mi padre, su firme propósito de -pelear por la patria y por la Iglesia, creía yo que el Señor no podía -abandonarle en manos de los facinerosos.</p> - -<p>—¡Oh! ¿Sabemos acaso sus designios profundos? —dijo con buena -entonación Baraona, señalando con su palo el firmamento inundado de -luz—. Hijo mío, oye bien lo que te digo, que es la voz de un patriota y -de un español puro, sin mancha de afrancesamiento. Además del paraíso -que Dios destina a los elegidos, ha de haber otro paraíso mejor para -estos mártires de la patria, para estos defensores de los grandes -principios, para estos que en primera línea han peleado por la esposa -de Jesucristo, para estos a quienes debe la sociedad su fundamento, -para tu virtuoso y santo padre, en fin.</p> - -<p>—¡Otro cielo! —murmuró Jenara pensativa.</p> - -<p>—¡Has perdido a tu padre! —prosiguió Baraona con efusión, -estrechando de nuevo al joven entre sus brazos—. En mí tendrás otro -desde hoy.<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> Carlos -Navarro se arrojó en los brazos del anciano, ocultando en el hombro de -este su rostro inundado de llanto.</p> - -<p>—Hace tiempo que tu buen padre me habló de un dulce proyecto que me -agradaba en extremo, Carlos —dijo el viejo mirando alternativamente a -su nieta y al joven guerrillero—. ¿Sabes lo que quiero decir? Tú mismo -me has manifestado de una manera indirecta la noble afición que te -inclina hacia mi familia. Carlos, hijo mío, que este día de gloria, -aunque triste para ti, lo sea también de contento para los tres que -aquí estamos.</p> - -<p>Jenara se puso como una amapola.</p> - -<p>Contra lo que Baraona esperaba, Carlos no hizo demostración alguna -de contento. Mirando a Jenara con tristes ojos, dijo:</p> - -<p>—Jenara no me quiere.</p> - -<p>—¡Que no! ¡Mal pecado! —gruñó el viejo mirando con asombro a su -nieta, que callaba—. Jenara, recuerda lo que me dijiste la noche en que -salimos de la Puebla... Pero, hijos míos, vosotros os entenderéis. No -es propio de mis canas intervenir como mediador de galanteos. Carlos, -ven con nosotros. Tú tienes cara de no haber comido en tres días; yo y -mi nieta no hemos tomado cosa alguna después del chocolate; pero como -pensamos pasar aquí gran parte del día, trajimos una no despreciable -refacción. Vamos allá... ¿En dónde dejamos el coche, Jenarilla? Ya... -ahí; hacia aquellos olmos. Ven, Carlos; allí nos espera el señor -canónigo de la colegiata, don Blas Arriaga, el capellán de las monjas -de Santa Brígida y mi primo el secretario<span class="pagenum" -id="Page_234">p. 234</span> de la Inquisición. Despáchate; si tienes -algo que decir a tus amigos, acaba pronto; pero no convides a ninguno, -porque nos quedaríamos a media ración... La merienda no es mala: viene -alguna carne fiambre, lengua y una pavita. Las monjas añadieron bollos -y limoncillos, y el canónigo trajo lo mejor de su bodega... Pues parece -que no y tengo hambre. Este aire del campo, el regocijo de este día... -En marcha, en marcha, pues.</p> - -<p>Dirigiéronse los tres hacia el lugar donde esperaba el cochecito. En -los lugares más apacibles del vasto campo, veíanse algunas meriendas -sobre la verde yerba, pues los vitorianos hicieron festivo aquel día, -tomando la visita al campo de batalla como una especie de romería, en -la cual no podían faltar ni el buen vino, ni las buenas tajadas, ni la -noble expansión euskara.</p> - -<p>Jenara y Carlitos marchaban silenciosos; pero por los tres hablaba -don Miguel de Baraona, siendo tal su alborozo que desde lejos empezó -a agitar el palo, llamando con su cascada voz a los tres personajes -que antes mencionara, y que vagaban por aquellos contornos. Antes de -que todos los comensales se reunieran, pasaron Baraona y la nieta por -el mismo paraje donde poco antes infundieran a esta tanto miedo las -águilas de los insepultos jurados.</p> - -<p>—¿Otra vez tiemblas? —le dijo el abuelo observando que la muchacha -palidecía—. ¡Qué medrosa eres!</p> - -<p>—Jenara no puede tener miedo a los muertos —afirmó Carlos con -aplomo—. Jenara es una mujer valerosa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>—¡Ay, no vayamos -por aquí! —exclamó la joven soltando bruscamente el brazo de su abuelo: -he visto, he visto...</p> - -<p>—¿Qué has visto?</p> - -<p>—Ya están dentro del hoyo —dijo Baraona acercándose al grupo de -gente que rodeaba la ancha sepultura—; pero falta echar tierra, mucha -tierra encima.</p> - -<p>Jenara, a pesar de su agitación, en vez de huir, acercose -resueltamente al hoyo, y allí permaneció fija, inmóvil, con la vista -clavada en aquella hondura donde yacían revueltos y en extrañas -posturas los cuerpos arrojados dentro. Observolos a todos y a cada uno -con atención profunda: ni lloraron sus ojos, ni perdió su semblante -aquel grave ceño estatuario que la asemejaba en tal escena a una diosa -antigua recibiendo la ofrenda de sangre humana vertida en aras de su -orgullo.</p> - -<p>—Abuelo, ya ves cómo no tengo miedo a los muertos —dijo al fin—. ¿Y -tú?</p> - -<p>—Ven, ven acá, tonta, tontísima —gritó el abuelo.</p> - -<p>Los que contemplaban el fúnebre espectáculo se descubrieron, y -empezó a caer tierra dentro.</p> - -<p>—Dios manda que se rece a los muertos y se perdone a los que nos -han ofendido —dijo gravemente Navarro descubriéndose también al pasar -junto al hoyo, y contemplando los fúnebres despojos que dentro había—, -pero no puedo mirar sin encono vuestro uniforme. Si tuvisteis parte en -la muerte de mi padre, ¡malditos!, que Dios os condene eternamente, -y sean<span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> vuestros -tormentos superiores a todo lo que puede imaginarse.</p> - -<p>Dicha esta imprecación, que denotaba las violentas pasiones del alma -de Carlos Garrote, hizo la señal de la cruz y se unió a Baraona, que -ya estaba algo distante, junto a su nieta. Cuando llegaron bajo los -olmos, ya el canónigo de la colegiata, el capellán de las monjas y el -secretario de la Inquisición revolvían la cesta de los fiambres.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch26"> - <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2> -</div> - -<p>Aquella a quien oímos primero junto a la empalizada de una huerta -de la Puebla de Arganzón, y acabamos de ver y oír ahora mismo al borde -de una sepultura, era una muchachuela bonita, de apariencia delicada -y casi infantil. Recordaba normalmente su fisonomía la de aquellas -vírgenes a quienes figuran los pintores tocando el laúd y a veces el -violín en los místicos conciertos del cielo, entre aperladas nubes que -hacen resaltar el oro de sus cabellos y la beatífica seriedad de sus -labios sin sonrisa, pues el arrobamiento y el canto las ponen graves -como doctores. Jenarita o Generosa, a pesar de su belleza virginal, -tenía en ocasiones un ceño algo sombrío y un modo de mirar que no -indicaba la diafanidad o, mejor, el perfecto equilibrio de espíritu de -un ángel celeste. Gravemente<span class="pagenum" id="Page_237">p. -237</span> meditaba, y aunque su semblante era de esos que en otros -caracteres y en la misma edad están siempre mirando a todos lados, -aunque no vean más que el vuelo de las moscas, ella parecía estar -dispuesta a no ocuparse nunca de cosas pequeñas. Las moscas que ella -miraba no las veían los demás.</p> - -<p>La fisonomía engaña casi siempre, y bajo aquel semblante, que -recordaba a la espigadora Ruth o a la organista Cecilia, se escondía -una culebrita graciosa que halagaba enroscándose, un carácter vehemente -que a la edad de diecisiete años vivía atormentándose a sí mismo con -aspiraciones locas, con entusiasmos delirantes, con deseos no bien -definidos o que variaban a cada hora. El reptil a sí propio se mordía -por no haber encontrado todavía en quién cebarse, y con la cola se -azotaba la cabeza. Impresionable hasta un extremo casi inverosímil, lo -que a otras entristecía a ella la ponía furiosa; lo que a otras daba -gozo, infundía en aquesta una fiebre de júbilo que necesitaba un pesar -para calmarse. Sus sentimientos, siempre en lucha, se manifestaban de -improviso y de una manera torrencial y borrascosa. Cualquier accidente -externo, impresionándola como impresiona el rayo, podía hacerlos -cambiar en un instante.</p> - -<p>Sus ideas eran, sin embargo, exclusivas y fijas; ideas asimismo -oscuras y extravagantes sobre la vida y la sociedad, pero arraigadas -tenazmente. Tenía la terquedad de su abuelo, hombre de granito, una -especie de montaña humana, formada con los seculares yacimientos<span -class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> del ideal de la autoridad, -y que no podía henderse ni desmoronarse, ni dejar de ser montaña. -Carecía Generosa de la fácil ternura que parece propia de una -complexión delicada, y cuando este dulce sentimiento aparecía en ella, -era enteramente superficial y simulado. Finalmente, no le faltaban -dotes de inteligencia, siempre que no se tocase a las preocupaciones -o a las ideas que en su consistencia geológica eran base de la -familia.</p> - -<p>Todo esto lo veremos más adelante, porque esta hermosa bestiecita, -esta mujer linda y profunda, este hermoso vaso lleno de tempestades, y -que, conteniendo el océano, parece una redoma de peces, ocupará lugar -muy importante en las historias que van a leerse, y a las cuales sirve -de prefacio la siguiente.</p> - -<p>Sentados todos, y tendido el mantel, la cesta dio de sí todo lo que -tenía, y empezó la comida.</p> - -<p>—Es preciso sobreponerse a la tristeza que esos desagradables -sucesos hayan podido ocasionar a alguno de los presentes —dijo el viejo -Baraona, descuartizando la pava, mientras el capellán de las monjas de -Santa Brígida aplicaba su nariz a la boca de las botellas para ver si -era justa la fama de las bodegas del señor canónigo.</p> - -<p>—Basta de melancolías, Carlitos —indicó el secretario de la -Inquisición—. A lo hecho pecho, y cuando las cosas no tienen -remedio...</p> - -<p>—Dejadle que se desahogue y llore la muerte del más insigne -caballero de este país —ordenó con énfasis Baraona, partiendo en -lonjas la lengua de vaca, sin dar ni por un momento reposo<span -class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> a la suya—, de aquel -modelo de patricios, de aquel hombre cuyos sanos principios en todo lo -relativo al gobierno de estos reinos, eran admiración y enseñanza de -cuantos le oían.</p> - -<p>—Grande y ejemplar varón ha perdido España, no puede dudarse -—añadió, elevando los ojos al cielo, el capellán de Santa Brígida, -tranquilizado ya respecto a los títulos de celebridad de las bodegas -de su amigo—. Le lloraremos toda la vida los que conocimos su -caballerosidad y aquella noble entereza de principios.</p> - -<p>—Su muerte —dijo Baraona llenando los platos de los demás— debe -quedar en la memoria de los buenos hijos de España como un recuerdo -santo. Ha sido el mártir de esta gloriosa fe del patriotismo cristiano, -del patriotismo cristiano, señores, entiéndase bien. Siempre habrá -distancia inconmesurable entre lo que yo llamo el <i>patriotismo -cristiano</i> y esa gárrula palabrería de los que se llaman -<i>patriotas</i> en Cádiz y en Madrid.</p> - -<p>—Los que nos llaman <i>serviles</i>, señor don Miguel —indicó el -capellán.</p> - -<p>—Tan infame mote —afirmó Baraona frunciendo el ceño y apretando el -puño— será escrito con sangre en la frente de los que lo inventaron. -¿No es verdad, Carlitos?</p> - -<p>Carlos, profundamente abstraído, ni comía ni contestaba sino con -ligeras inclinaciones de cabeza.</p> - -<p>—¿Saben cómo les llamo yo? —dijo Baraona con violenta cólera y dando -fuerte golpe en la tierra con la botella que en su mano tenía—. ¡Pues -les llamo <i>negros</i>!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span>—<i>Negros</i> -—repitió Jenara con súbito arranque de jovialidad que contrastaba con -su anterior tristeza—. Pues sea: beba usted, señor capellán; beba, -señor canónigo, y usted, señor secretario.</p> - -<p>Y tomando la botella de manos de su abuelo, a todos repartió porción -bastante a humedecer los secos paladares.</p> - -<p>—¿Y usted no bebe Generosita?</p> - -<p>—¿Yo?... una miaja... menos, mucho menos, señor capellán: con medio -dedo me basta —repuso la muchacha levantando el vaso, para impedir que -el capellán lo llenase todo, como quería.</p> - -<p>—Y aún me parece mucho —indicó Baraona—. A ver, Carlos, tu vaso.</p> - -<p>—Ahora —dijo la doncella con animado semblante— alcen ustedes los -vasos y beban a la salud de toda la gente <i>blanca</i>.</p> - -<p>Tan entusiasta proposición, dicha con arrebatadora voz, con gran -viveza en los ojos, con una sonrisa celestial que descubrió los -blancos dientecitos de la víbora entre el coral de sus frescos labios, -y acompañada de un gesto gracioso con brazo y mano derecha, produjo -mágico efecto entre los comensales. Gritaron todos, y una aclamación -recorrió aquellos campos de tristeza.</p> - -<p>—Las mujeres —dijo Baraona— tienen el don de expresar las ideas -con gracia incomparable y en forma que las hace inteligibles a todo -el mundo. A la salud de toda la gente <i>blanca</i>; a la salud de -la patria libre de franceses y de ideas francesas; a la salud de la -religión de nuestros<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> -padres, de nuestras santas y morigeradas costumbres, de nuestra -inmutable y siempre gloriosa España, que desafía a los siglos y sobre -la cual pasan y pasarán los <i>negros</i> innovadores, como hojas de -otoño que se lleva el viento.</p> - -<p>—<i>Amén</i> — murmuró el capellán.</p> - -<p>—El pobre Carlitos no come —dijo el canónigo—. No debe uno dejarse -dominar por el dolor. Hay que hacer un esfuerzo... Aquí donde me ven, -aunque parece que tengo apetito, no es verdad, y necesito vencerme y -luchar conmigo mismo para pasar cada bocado... Me ha ordenado el doctor -que coma, y aunque es para mí un suplicio, lo acepto, porque Dios manda -que se conserve la salud del cuerpo.</p> - -<p>—Vamos, otro esfuercito —dijo el capellán de monjas, poniendo un -pedazo de pechuga en el plato, ya dos veces vacío, del inapetente -canónigo.</p> - -<p>—Carlos, hay que ser juicioso —indicó Baraona—. Jenara, te encargo -que no dejes morir de hambre a nuestro heroico guerrillero.</p> - -<p>Jenara empezó a poner en práctica el encargo, y Carlos dejábase -seducir poco a poco.</p> - -<p>—Yo me hago cargo de su tristeza —dijo el secretario de la -Inquisición, a quien los médicos no habían recomendado que hiciese -esfuerzos para comer—. El recuerdo del noble mártir que ha subido al -cielo...</p> - -<p>—¡Oh, sí! —exclamó Baraona, acudiendo en auxilio del capellán de -monjas, que se había quedado ya sin pechuga y sin lengua—. La imagen -funesta no se apartará de su mente en mucho tiempo, y más vale que -así sea, señores,<span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> -para que no pierda los bríos ni el indomable furor de venganza que le -impulsa a combatir...</p> - -<p>—¡Es verdad!</p> - -<p>—La muerte de nuestro valiente y caballeroso amigo —continuó el -anciano— me ha inspirado una idea que voy a comunicar a ustedes.</p> - -<p>A excepción del capellán de monjas, que hacía estudios anatómicos -en el esqueleto de la pava, todos los presentes dieron reposo a -los dientes para escuchar al respetable patriarca de las montañas -alavesas.</p> - -<p>—En lo sucesivo, señores —dijo este con grave y profético tono—, -y atendidos los síntomas de discordia civil que presenta España por -el insolente jacobinismo de los <i>negros</i>, los buenos españoles -debemos adorar fervorosamente dos cruces.</p> - -<p>—¡Dos cruces! —exclamó Jenara.</p> - -<p>—¡Dos cruces, sí! La cruz religiosa, aquella en que Dios se dignó -morir para redimirnos del pecado, aquella que desde niños adoramos, -aquella que nos hicieron besar nuestras madres en la cuna, y además -esta otra cruz del sentimiento patrio, en la cual ha muerto nuestro -buen amigo, el incomparable, el santo entre los santos guerreros, don -Fernando Garrote, acompañado del buen cura de la Puebla. Esta cruz, que -como instrumento de ignominia han alzado los franceses, los renegados y -los traidores, será para nosotros, como la otra, lábaro sacrosanto que -llevará a la juventud a la gloria. Murió don Fernando en ella: clavole -un<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span> clavo la traición, -otro la deslealtad, otro la herejía. Expiró coronado con las espinas -del democratismo, y pusiéronle el <i>Inri</i> de las ideas jacobinas, -que, después de todo, son las ideas que han traído aquí el escándalo y -las que aceptaron los afrancesados y quieren imponernos los llamados -liberales... Señores, donde hay mártires, hay religión; donde hay cruz, -hay fe. Adoremos esa cruz; llevémosla en nuestro corazón juntamente con -la otra, de la cual es como un reflejo; adorémoslas a las dos, pues las -dos deben ser nuestro norte y nuestra luz. ¡Religión! ¡Patria! —añadió -con majestuoso, inspirado acento—. ¡Sois dos nombres, y, sin embargo, -no sois más que una sola idea, una idea inmutable, eterna, fija como -el mundo, como Dios, del cual todo se deriva! ¡Religión! ¡Patria!... -¡Sois dos luces espléndidas, cuyo fulgor no puede apagarse, ni tampoco -cambiar como las chispas de una fiesta de pólvora! ¡Una y otra fe -tenéis dogmas eminentes, que la arrogante ciencia del hombre no puede -variar: una y otra fe tenéis la inmutable condición del pensamiento -divino que os ha creado! Sois lo que sois, y no podéis ser otra cosa. -En vuestro sagrado catecismo la mano audaz del filósofo no puede hacer -la menor variación ni mudar una sola letra. Sois como el firmamento -inmenso, a donde no puede llegar la mano del hombre para quitar o poner -una sola estrella.</p> - -<p>—¡Bendito sea el insigne patriarca que tales cosas piensa y tales -maravillas dice! —exclamó con efusión de sensibilidad y entusiasmo -Carlos Garrote, besando las manos del viejo Baraona—.<span -class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span> ¡Esas dos cruces grabadas -están en mi corazón, la una sobre la otra! Me preservaron contra las -armas de los traidores y de los vándalos, y me preservarán contra toda -clase de enemigos.</p> - -<p>El capellán de monjas, no pudiendo contener su entusiasmo, abrazó -tiernísimamente a Baraona, y el secretario de la Inquisición abrazó a -Garrote. Era una manifestación general de sentimientos patrióticos.</p> - -<p>—Carlos —dijo la niña al joven guerrillero cuando la borrasca de los -abrazos pasó—, en Vitoria nos dijeron que habías hecho cosas admirables -en la batalla de ayer. Cuéntanos algo de eso.</p> - -<p>—Sí, que nos cuente sus heroicidades. También he oído hablar de -ellas —indicó el canónigo.</p> - -<p>—Al instante... ¡fuera modestia! —exclamó Baraona.</p> - -<p>Por tan distintos ruegos apremiado, trató Carlos de vencer su amarga -tristeza, y cediendo principalmente a las súplicas de Jenara, que le -cautivaban el alma, empezó a contar varios sucesos del día anterior, -dando la preferencia a los que había presenciado, siendo actor en -ellos; pero al nombrarse a sí propio, lo hacía con gravedad y modestia, -no ensalzando sus acciones, sino antes bien rebajándolas para no -aparecer vanidoso. En la relación ponía gran arte, para que se revelara -su mérito sin dejar de ser modesto, y, siéndolo, su persona aparecía en -ellos rodeada de brillante aureola.</p> - -<p>Oíanle todos con atención profunda, y Jenara<span class="pagenum" -id="Page_245">p. 245</span> con arrobamiento. Fijos sus ojos en el -rostro del guerrillero, parecía que anhelaba leer en él sus ideas -antes que fueran expuestas por la palabra. El relato fue muy largo, -pero interesante y conmovedor, siendo muy del gusto de todos los allí -presentes, que no perdieron ni una sílaba. El único que no se mostró -excesivamente interesado por las glorias nacionales, fue el capellán -de monjas, que, cerrando los ojos con beatífica tranquilidad, se quedó -dormido.</p> - -<p>Concluida la narración, Baraona habló de retirarse a Vitoria; -pero los demás fueron de opinión que se durmiera la siesta al amparo -de aquella hermosa olmeda, y así lo hicieron los cuatro personajes, -quedándose en vela Jenara y Carlos. Largo tiempo transcurrió en -conversación muy íntima y cordial, en la cual hubo, al parecer, -confidencias, declaraciones, riñas, arrepentimientos, promesas, y qué -sé yo... todos los dulces amargores de un amoroso diálogo. Al fin -despertaron los durmientes, siendo el capellán de monjas el más pesado -para volver en su acuerdo. Caía la tarde, y empezaron a recoger todo; -mas aún no se habían levantado, cuando apareció ante ellos una señora -de buena presencia, vestida con heterogéneas ropas, de una manera tan -singular que más parecía tapada que vestida. Su semblante indicaba -zozobra, inanición y reciente llanto. Parecía persona de calidad, y al -punto comprendieron Baraona y sus amigos que era una víctima del día -anterior.</p> - -<p>—Señores —dijo—, siendo españoles, deben de ser caritativos...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span>—Así es, en efecto, -señora —repuso Baraona.</p> - -<p>—Y siendo caritativos, ¿tendrán la bondad de darme algo de lo que -de su merienda les ha sobrado?... Soy una infeliz víctima del saqueo -y rapiña de anoche, a pesar de no ser afrancesada y encontrarme en el -convoy por casualidad...</p> - -<p>—Ello podrá ser cierto —dijo el secretario de la Inquisición con -malicia—, pero también podrá no serlo.</p> - -<p>—Por casualidad, sí... He sufrido el despojo sin culpa —continuó -la afligida dama, llorando—. Soy una persona principal que se ve en -la triste necesidad de pedir limosna para vivir. Allí, tras aquellas -cajas vacías, con las cuales hemos hecho una especie de barraca, está -mi esposo, alcalde de la ciudad de Bailén cuando la batalla, y mi -amadísimo hermano, seminarista hasta hace poco, y después guerrillero -en las guerrillas del <i>Fraile</i>, hasta que una enfermedad le obligó -a dirigirse a Francia...</p> - -<p>—Oh, señora —dijo el canónigo—, no es preciso que usted nos cuente -la historia completa de sus parientes. Persona principal y decente -parece usted. Deploramos la casualidad que motiva su desgracia. -Caritativos somos, y no restos de nuestra comida, sino algo entero que -debe quedar en la cesta le daremos... Jenarita, lléveselo usted.</p> - -<p>La dolorida, sin poder contener sus lágrimas, no cesaba de -repetir:</p> - -<p>—Gracias, gracias, generoso señor.</p> - -<p>—Ya podía esta señora vestirse de otra manera —dijo sonriendo el -capellán al oído del canónigo—.<span class="pagenum" id="Page_247">p. -247</span> ¿No es verdad que tal traje no es propio para ponerse -delante de eclesiásticos?</p> - -<p>Jenara se levantó para dar a la desconocida cuanto quedaba en la -cesta.</p> - -<p>—Hija, ve con ella y mira si tienen necesidad de algo de ropa -—dijo Baraona—. Juraría que esa señora ha dicho verdad, y que no es -afrancesada, sino rancia española... Carlos, acompaña a mi hija.</p> - -<p>Indudablemente el guerrillero y Jenara deseaban cualquier pretexto -para apartarse y perder de vista por breve momento al abuelo y -compañeros de mesa. Disimulando su gozo, marcharon tras la desconocida; -pero como no tenían prisa de llegar donde ella iba, la dejaron ir -delante y que se alejase todo lo que quisiera.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch27"> - <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2> -</div> - -<p>Principiaba a oscurecer. Viéndose solos, reanudaron su coloquio -con mayor vehemencia al pie de los olmos, siendo Jenara la que con -más calor se expresaba. Tomándose las manos, dejáronse ir vagabundos, -abandonados a la dulce corriente que de sus palabras y de sus -movimientos se derivaba.</p> - -<p>—Jenara de mi vida —decía el guerrillero cuando ya llevaban -algunos minutos de paseo, de conversación, de miradas tiernas y de -apretones<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> de manos—, -si es cierto lo que me dices, te perdono, y seré para ti lo que siempre -he sido: un esclavo. Día de luto es este para mí; pero si algún -consuelo debo recibir, consistirá en palabras de tu boca. Jenara de -mi corazón, mi vida y mi persona te pertenecen. Te adoro desde que te -conocí, y te idolatraré hasta la muerte.</p> - -<p>—Carlos —repuso la joven con ardor—, si no me crees lo que te he -dicho, me enojaré, me pondré enferma, me consumiré de tristeza, me -moriré de pesadumbre. Carlos, no lo dudes ni un momento. Si bajé -aquella noche a la empalizada de la huerta, fue porque confundí a -Salvador contigo... hizo la misma señal... No había dicho dos palabras -el traidor, cuando llegaste tú... ¿Lo crees, Carlos? Dime que lo crees, -dime que no queda en tu alma una chispa de recelo, y seré la mujer más -feliz de la tierra.</p> - -<p>—Bien, Jenara —dijo Navarro—. Aunque no fuera verdad, debería -creerlo. ¿Oíste lo que dijo tu abuelo cuando nos encontramos hace poco? -Su deseo era el mismo de mi desgraciado padre, y también el mismo -que ha sido por mucho tiempo y es hoy la más cara, la más dulce, la -más risueña ilusión de mi vida. Dime una palabra, y nuestro destino -quedará fijado para siempre, y la noble pasión de mi alma satisfecha, -la elección suprema de la vida santificada por un juramento leal ante -las miradas de Dios, que desde el cielo nos está mirando y nos bendice. -Jenara, ¿quieres ser mi mujer?</p> - -<p>Contestó Jenara arrojándose en los brazos del guerrillero, que la -estrechó en ellos amorosamente.<span class="pagenum" id="Page_249">p. -249</span> Casi en el mismo instante, ambos jóvenes hicieron un -movimiento de sorpresa y temor. Alguien les miraba: frente a ellos, y -a distancia como de cuatro varas, vieron una figura delgada y sombría, -un hombre completamente vestido de negro, con la cabeza descubierta. -Después de dar algunos pasos, se detuvo. Tras él veíase una especie de -choza formada por cajas vacías, y en el angosto recinto, de tal manera -formado, clareaba la llama de un hogar y se oían voces.</p> - -<p>—Aquí es —dijo Navarro viendo la barraca—. Entra y da a esas pobres -gentes lo que les traes.</p> - -<p>Jenara, después de dar algunos pasos, lanzó un grito de espanto.</p> - -<p>—¡Navarro, Navarro, defiéndeme! —exclamó con angustiosa voz, -corriendo a arrojarse en los brazos del guerrillero, y dejando caer en -el suelo las viandas que llevaba.</p> - -<p>—¿Quién es, quién va? —dijo Navarro con turbación, en el breve -momento que tardó en conocer la sombría figura que tenía delante.</p> - -<p>—Defiéndeme —gritó Jenara dando diente con diente—. Ese hombre me -quiere matar.</p> - -<p>El aparecido no había hecho movimiento alguno. Llegose a él Navarro, -dejando atrás y a regular trecho a la atemorizada joven, y le observó -con calma.</p> - -<p>—¡Ah!... es Monsalud... poca cosa, poca cosa... No temas, Jenara... -Esto ni pincha ni corta... A fe que no esperaba verte, Salvador. Creí -que habías muerto.</p> - -<p>—Hubiera hecho muy mal en morirme —dijo<span class="pagenum" -id="Page_250">p. 250</span> Monsalud— sin cobrar una deuda que tengo -contigo.</p> - -<p>—¿Conmigo?... ¡ah, ya! —añadió Navarro flemáticamente—. Cuando -quieras... ¿Era para ti para quien pedía esa mujer, llamándote -seminarista y guerrillero del <i>Fraile</i>?</p> - -<p>—¿Qué dices? —preguntó Monsalud, ajeno a las jerarquías inventadas -por doña Pepita.</p> - -<p>—¡Que eres un farsante, un embustero! —exclamó Navarro perdiendo la -serenidad.</p> - -<p>—Sí: un embustero, un farsante —repitió Jenara alejándose más.</p> - -<p>—Pero observo aquí la mano de Dios —añadió Carlos con petulancia—. -Con tu disfraz y tu cambio de nombre te has ocultado de todo el -ejército, pero no te has ocultado de mí.</p> - -<p>—Es verdad —dijo Monsalud con enérgica ira—. Pues aquí me tienes. -Puedes delatarme, denunciarme, llevarme arrastrado por los cabellos -a donde tus salvajes amigos están haciendo cuentas por ver si algún -jurado se escapó de la carnicería de anoche. Yo me salvé; pero ahora -te proporciono ocasión de ganar un elogio, quizás un grado... Anda, -llévame; di que me has descubierto, que me has cogido, y quizás te den -un cigarro.</p> - -<p>—Si yo fuera tú, te delataría... —dijo Navarro dando un paso hacia -adelante—. Puedes vivir y engañar hasta dentro de un rato... Pero me -olvidaba de que te hemos traído de comer.</p> - -<p>Navarro, recogiendo del suelo lo que había caído, lo arrojó a los -pies de Monsalud, que no hizo ademán alguno, dando a entender que no -recibía limosna.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span>—¿Hasta dentro de -un rato? —dijo Salvador—. ¿Por qué no ahora mismo?</p> - -<p>Doña Pepita, atraída por las voces, presenciaba la singular escena -sin comprender una palabra; mas no se le ocultaba que allí había -peligro para Monsalud, y llegándose al otro, le dijo con amargura:</p> - -<p>—Señor militar, no delate usted a mi pobre hermano... No, ¿para qué -mentir? No es mi hermano, es mi amigo... Es un muchacho honrado y leal. -Ya que escapó, déjele usted vivir.</p> - -<p>Una figura macilenta y oscura se arrastraba a cuatro pies por el -suelo, semejándose por la oscuridad de la noche a un gran perro de -Terranova. Era el oidor, que recogía los restos de la comida.</p> - -<p>—¡Yo delatar! —exclamó Navarro—. Señora, esté usted tranquila. No -haremos ningún daño a su...</p> - -<p>—A su amigo —murmuró Jenara acercándose al grupo y clavando sus ojos -con ansiedad profunda en el semblante de la desconocida señora.</p> - -<p>—No le haremos ningún daño —añadió con ironía Navarro, tomando la -mano de Jenara, como para retirarse con ella—. Pero el amiguito se -muere de hambre y de miedo: cuídele usted.</p> - -<p>Volvieron la espalda Navarro y Jenara. Después de una breve -disputa con doña Pepita, Salvador se separó de esta para seguir a los -prometidos esposos.</p> - -<p>—Detengámonos —dijo Navarro a su presunta<span class="pagenum" -id="Page_252">p. 252</span> consorte—. Viene detrás, y puede herirnos -por la espalda.</p> - -<p>—¡Pero aquella mujer, aquella mujer! —exclamó Jenara apretando los -puños y temblando de ira—. ¿La viste? ¿Has oído insolencia igual? ¿Pues -no dijo que era su...?</p> - -<p>—Su cortejo... Salvador es muchacho de muy malas costumbres.</p> - -<p>—¡Qué vergüenza! —añadió Jenara con la exaltación propia de su -carácter en determinadas ocasiones—. ¡Oh! Navarro, no tienes alma... -¿Por qué no abofeteaste a esa infame mujer?</p> - -<p>Baraona y los tres amigos, viendo la tardanza de los dos jóvenes, se -adelantaban a su encuentro.</p> - -<p>—Vamos, que es tarde. A prisa, niños... ¿qué habláis ahí...? -¡Como si no tuvierais tiempo de charlar hasta que se os seque la -lengua!...</p> - -<p>—A prisita, a prisita —dijo el capellán, arropándose con su manteo—. -La noche está fresca.</p> - -<p>—Ya se ve... Como ellos están en la flor de su edad y conservan -todo el calor de la vida... —murmuró el canónigo con cierta expresión -envidiosa.</p> - -<p>Jenara y Navarro llegaron al fin.</p> - -<p>—¿Qué tienes, hijita? —dijo Baraona advirtiendo mucho trastorno en -el semblante de su nieta.</p> - -<p>—No es nada —replicó Carlos—. Hemos visto escenas muy lastimosas en -la barraca. ¡Cuánta desgracia y miseria en este triste campo, señor -Baraona!</p> - -<p>—Sí, lo comprendo; pero la guerra es guerra.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span>—La guerra tiene -que ser guerra, es claro —repitió el capellán.</p> - -<p>—Pues es claro: ¿qué ha de ser la guerra sino guerra? —murmuró el -canónigo.</p> - -<p>—Evidentemente la guerra es y será siempre guerra —añadió el -secretario de la Inquisición.</p> - -<p>—Al coche, pronto al coche.</p> - -<p>Un vehículo, del cual no se podía decir fijamente si era coche o -catedral, se acercó al sitio donde estaban los amigos.</p> - -<p>—Carlos, supongo que no podrás venir con nosotros —indicó Baraona, -subiendo penosamente con el auxilio de un criado.</p> - -<p>—En efecto, no puedo...</p> - -<p>—¡Ah! no había visto a esa persona que te acompaña: buenas noches, -señor.. —dijo don Miguel saludando a Monsalud, el cual, siguiendo a -Carlos, había quedado a cierta distancia.</p> - -<p>—Es un amigo a quien casualmente acabo de encontrar.</p> - -<p>—¡Ah!, muy señor mío... —dijo Baraona.</p> - -<p>—Por muchos años... —gruñó el capellán.</p> - -<p>—¡En marcha, en marcha! —exclamó el canónigo.</p> - -<p>—Hasta mañana —dijo Navarro a Jenara cuando subía y se internaba -dentro de la máquina—. Hasta mañana.</p> - -<p>Jenara miraba hacia fuera con estupor.</p> - -<p>—¿No me contestas? Te he dicho que hasta mañana —añadió Navarro -ofendido de la profunda abstracción de su futura esposa.</p> - -<p>—¡Si Dios quiere! —repuso al fin Jenara.</p> - -<p>Y el monumental coche partió arrastrado por poderosas mulas.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch28"> - <p><span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2> -</div> - -<p>Ya estamos solos —dijo Navarro a Monsalud.</p> - -<p>—Ya estamos solos, y en lugar a propósito —repuso Salvador—. Podemos -alejarnos del camino. La noche está oscura...</p> - -<p>—¿Qué armas tienes?</p> - -<p>—Ninguna. Dame la que quieras.</p> - -<p>—Renegado —exclamó Navarro—, estamos en el campo del convoy. Aquí -dejaste tu vestido para ponerte el que llevas, aquí han de estar tus -armas.</p> - -<p>—Escondidas bajo tierra —repuso Salvador con desaliento—; pero si -me fuera en ello la vida, no sabría encontrar entre tanta confusión el -sitio donde las pusimos.</p> - -<p>—Salvador —gritó el guerrillero con ira—, si de esa manera piensas -evadirte de tu compromiso...</p> - -<p>—No me insultes, no eches más ignominia sobre mí —dijo Monsalud con -emoción profunda, y antes que colérico, conmovido y sin aliento—. Soy -un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Si no tienes lástima -de mí, guárdame al menos la consideración que merece el infortunio... -¿Me aborreces? ¿Te estorbo? ¿Te soy odioso? ¿Te molesta que viva? ¿Te -mortifica que respire el aire que Dios hizo para<span class="pagenum" -id="Page_255">p. 255</span> todos? Pues delátame, denúnciame... Marcha -delante y te seguiré.</p> - -<p>—¡Qué miserable cobardía! —exclamó Navarro, acompañando sus palabras -de un enérgico gesto—. Si tienes miedo, si quieres renunciar a tu -compromiso, dilo, y no me llames delator.</p> - -<p>—Vamos a donde quieras —murmuró Monsalud dando algunos pasos—. Nada -te costará buscarme el arma que más te guste.</p> - -<p>—Vamos —repitió Garrote.</p> - -<p>Ambos dieron algunos pasos: Navarro, decidido, impetuoso, resuelto; -Salvador, indolente, desmayado... Pasaban junto a un árbol próximo a -la cerca del camino, cuando el infeliz renegado apoyó sus brazos en el -tronco y echó la cabeza hacia atrás, diciendo:</p> - -<p>—No puedo más... me muero...</p> - -<p>Sus piernas se aflojaron y cayó de rodillas. Ni la energía de su -alma, ni la emoción que en aquel momento sentía, ni la presencia de su -enemigo, que renovaba en él odios implacables, podían vencer el desmayo -de su cuerpo, en el cual apenas había entrado algún mezquino alimento -durante cuarenta y ocho horas.</p> - -<p>—¿Qué mimos son esos? —preguntó Navarro.</p> - -<p>—Me muero... —murmuró Salvador—. Si tienes prisa y quieres acabar -pronto, saca tu espada y atraviésame. No puedo vivir; no tengo ánimo -para defenderme.</p> - -<p>La extremada palidez y extenuación del desgraciado joven no se -ocultaron a su enemigo. Navarro comprendió cuán indigno sería provocar -a duelo a un moribundo. Compasivo y generoso,<span class="pagenum" -id="Page_256">p. 256</span> acercose al joven, y echándole ambos brazos -al cuerpo, le levantó.</p> - -<p>—Vamos, no has comido hoy —dijo—. Debí empezar por lo primero... mas -para todo hay tiempo. Ven conmigo.</p> - -<p>Monsalud se dejó levantar y conducir maquinalmente, apoyado en el -brazo de su rival. Así anduvieron largo trecho, despaciosamente y sin -hablar palabra. Parecían dos tiernos amigos, dos cariñosos hermanos, -de los cuales el fuerte sostenía y amparaba al débil. Nadie al verlos -hubiera dicho que entre ellos y en torno a ellos, envolviendo sus -hermosas cabezas con fúnebre celaje, flotaba el fantasma horroroso -de la guerra civil. Caía la frente del uno sobre el pecho del otro, -se enlazaban sus manos, se confundían sus alientos; pero no había ni -la más mínima porción de afecto en aquel abrazo de muerte. Quizás el -aborrecimiento mismo impulsaba al fuerte a ser generoso; quizás la -propia causa impulsaba al débil a ser condescendiente.</p> - -<p>Llegaron a una gran barraca, improvisada con cajas y lienzos, de la -cual salía humo, mucha bulla, y un olor fuertísimo a aceite frito y a -guisotes de campaña. Los dos jóvenes entraron. Soldados y guerrilleros -bebían y comían allí, sin dar reposo a la lengua un solo momento. -Entraban o salían atropelladamente, trayendo y llevando víveres y -pellejos de vino.</p> - -<p>Monsalud se dejó caer en el suelo, mientras Navarro decía, -dirigiéndose a uno de los más alborotadores:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span>—Roque, da de comer -y de beber a este amigo.</p> - -<p>Fijáronse todos en la abatida persona de Monsalud, que parecía -moribundo.</p> - -<p>—¿Es jurado? —preguntó uno.</p> - -<p>—Es un hermano del cura de Nájera; es mi amigo —repuso Navarro—. Iba -a Francia, cuando tropezó con el convoy y me le dejaron como le veis... -¡Eh, señor Soldevilla! —añadió sacudiéndole a Salvador por el brazo—, -ahora se pondrá usted como nuevo... Désele primero un buen vaso de -vino.</p> - -<p>—Mejor es un par de tajadas... —indicó un guerrillero que era -riojano y conocía al señor cura de Nájera—. ¡Por vida de...! Conozco a -todos los Soldevillas de Nájera y de Cameros, y juro que esa cara no -es de ningún Soldevilla de aquella tierra... Como que yo conozco esa -cara.</p> - -<p>—Y yo también —añadió otro del mismo estambre.</p> - -<p>—Y yo.</p> - -<p>—Despachaos, pedazos de plomo —gritó Navarro, sentándose -resueltamente al lado de su enemigo, con objeto de evitar cualquier -ofensa que pudiera hacérsele...</p> - -<p>Para disipar las sospechas de sus camaradas o hacerles entender que -estaba decidido a defender al infeliz jurado, entabló con él familiar -diálogo en esta forma:</p> - -<p>—Eso pasará pronto, amigo Soldevilla. Buena suerte fue para usted -tropezar conmigo, que le asistiré en cuanto sea menester, y le -protegeré, aun a riesgo de mi vida, contra todo aquel que intentara -hacerle daño.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> —Gracias, muchas -gracias —dijo Monsalud, bebiendo con febril ansiedad en una taza que le -presentaron.</p> - -<p>—Tengo que comunicar a usted una triste noticia, y es que mi -excelente padre, el señor don Fernando Navarro, amigo de su familia de -usted, ha sido asesinado por los infames renegados.</p> - -<p>—¡Asesinado! —repitió sordamente Monsalud, engullendo el pan y las -magras que le dieron—. ¡Infeliz suerte!... Quizás no moriría de esa -manera.</p> - -<p>—Sí; pero los viles que pusieron la mano en aquel hombre insigne no -vivirán mucho tiempo —dijo sofocadamente Navarro ofreciendo a Monsalud -un vaso de vino—. Revolveré la tierra por encontrarlos, y uno a uno -caerán en mis manos, de las cuales pasarán al infierno.</p> - -<p>—¡Al infierno! —balbució Monsalud—; gracias, gracias, señor Navarro; -voy recobrando la vida. ¡Ah!, pero ahora recuerdo... oí hablar de -usted... Sí; antes que cayésemos en poder de los ingleses trabé -conversación con un joven jurado. Díjome que el señor don Fernando se -había dado a sí mismo la muerte por no caer en manos de la vil canalla, -que, después de sacrificar ignominiosamente a cierto clérigo, quería -martirizarle a él de la misma manera.</p> - -<p>—También me lo han dicho así.</p> - -<p>—Y el joven que me habló de este asunto, amigo Navarro, añadió -que él mismo, después de prestar varios servicios al desgraciado don -Fernando, le había suministrado el medio de eximirse, por un acto -enérgico, de la bochornosa<span class="pagenum" id="Page_259">p. -259</span> muerte que le tenían preparada. Dijo también que el ilustre -señor, vencido de la extenuación y del pánico, perdió en sus últimos -momentos el juicio, cayendo en singulares locuras y manías.</p> - -<p>—Tantos detalles no habían llegado a mi noticia —dijo el -guerrillero—; y en cuanto a las palabras de ese renegado que con usted -habló, no les doy fe.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque no.</p> - -<p>—Es uno que dijo llamarse... ¿a ver cómo? ¡Ah! Salvador no sé -cuántos.</p> - -<p>—Me lo figuraba... —contestó Navarro con diabólica risa—. Uno de los -que busco... y de los que no se me escaparán, a fe mía... Es un reptil -que ha querido morderme y que he de aplastar sin remedio. Traidor -renegado, ha hecho migas con los franceses, y es uno de los más crueles -sayones que tiene la canalla para atemorizar a las gentes inofensivas -de este país. Embrollón, embustero, farsante y lleno de fatuidad, -atreviose a poner sus ojos en un ángel del cielo a quien idolatro, y -que no puede ser sino para mí... ¡Oh! nuestra rivalidad es ya un poco -antigua... pero se ha recrudecido recientemente, señor Soldevilla de mi -alma, desde que ese miserable ratoncillo, que no merece roer la suela -de mis zapatos, se ha atrevido a manchar la buena fama de la mujer que -adoro, engañándola con miserables artes, y obteniendo de ella ciertos -favores por el más vil y repugnante medio... Tome usted más carne, -señor Soldevilla —añadió presentándosela—; tal<span class="pagenum" -id="Page_260">p. 260</span> vez necesite recobrar todas sus fuerzas -para esta noche... Pues sí, como decía, empleando infames medios...</p> - -<p>—Gracias, gracias, señor Navarro —dijo Salvador rechazando la -carne—. Debe de ser un gran tunante ese joven.</p> - -<p>—Como que para hablar con Jenara y arrancarle algún honesto favor, -remedaba mi persona y mi voz en la oscuridad de la noche...</p> - -<p>—No quiero nada más —dijo Monsalud secamente—. Me encuentro bien.</p> - -<p>—Poco ha comido usted...</p> - -<p>—Lo necesario para afrontar cualquier peligro.</p> - -<p>—Pues sí, amigo Soldevilla —añadió Navarro—, perdone usted que me -haya exaltado al oírle nombrar persona tan aborrecida para mí. He -jurado matarle, matarle sin piedad, y me parece que mientras él viva me -está robando con su aliento la existencia que Dios me dio para vivir y -el aire para respirar.</p> - -<p>Sacudido por viva excitación nerviosa, Monsalud se levantó del suelo -en que yacía.</p> - -<p>—¡Oh!, no se levante usted... descanse usted más, señor Soldevilla -—dijo Navarro con ironía semejante a la del diablo cuando sonríe a -las almas en el momento de cargar con ellas—. Tome usted fuerzas, -amigo mío, que quizás las necesite pronto, sí, muy pronto... Si quiere -usted dormir, duerma sin cuidado; y por si tuviese recelo de que mis -compañeros le hagan algún daño, esté tranquilo, que no me moveré de su -lado hasta que abra los ojos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span> —No quiero dormir -—repuso Salvador poniéndose en pie—. Agradezco a usted lo que ha hecho -por mí... Y ahora que recuerdo, cuando ese jurado, que antes mencionó, -hablaba del trágico fin del señor don Fernando Garrote y de su funesta -locura, hacíalo con tanta compasión, que parecía haberse interesado -vivamente por él.</p> - -<p>—¡Buen caso haría yo de las hipócritas palabras de ese necio! —dijo -Navarro sin disimular su ira—. ¡Oh!, solo el oír en su boca el sagrado -nombre de mi padre, me parece un insulto... A ver, señor Soldevilla -—añadió tomando el sable de un guerrillero que dormía—, ¿qué le parece -a usted este sable?</p> - -<p>—Magnífico —respondió el jurado, pasando el dedo por el filo y -apoyando la punta en el suelo para probar la flexibilidad de la -hoja.</p> - -<p>—Si no recuerdo mal, me rogó usted que le proporcionase un sable. -Quédese, pues, con el que tiene en la mano. Este borracho de Roque es -de mi compañía, y mañana me entenderé con él.</p> - -<p>—¡Gracias, gracias! —dijo Monsalud con extraordinaria animación. -¡Cuántos favores debo a usted!</p> - -<p>—¿No duerme un ratito?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Es verdad. Tiempo tiene usted de dormir —dijo Navarro -levantándose—. Sí; de dormir mucho, muchísimo.</p> - -<p>Casi todos los guerrilleros que antes había en la barraca, o habían -salido a tocar la guitarra sobre el campo, o dormían como<span -class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span> troncos. Monsalud y Navarro -salieron. Cuando se hallaban a buen trecho de la tienda, el renegado -dijo a su enemigo:</p> - -<p>—¡Navarro, Navarro!... Dios que nos mira sabe que no te tengo -miedo... Acabas de hacerme un beneficio; mi corazón se oprime al pensar -que puedo darte la muerte... Aguarda, por Dios, a que te ofenda de -nuevo; aguarda a que esta gratitud se disipe... Te aborrezco; pero un -secreto respeto enfría mis rencores cuando pienso que vamos a batirnos. -A pesar de los horribles insultos que hace poco me has dirigido, te -ruego que esperes, que esperes hasta mañana siquiera. Creo que debemos -esperar.</p> - -<p>—Adelante —repuso Navarro con enérgico acento—. No tienes que -agradecerme nada. No te he perdonado, no te perdonaré, si no me -confiesas que fingiste mi persona y mi voz para engañar o Jenara.</p> - -<p>—¡No lo confesaré porque es mentira! —exclamó Salvador lleno de -ira.</p> - -<p>—¡Pues te mataré porque es verdad! —rugió Navarro—. Miserable, -¿piensas que el hombre que ha hablado a solas con esa mujer puede -insultarme respirando el aire que yo respiro y viendo la luz que yo -veo?</p> - -<p>—No una, sino muchas veces he hablado con ella —dijo Salvador.</p> - -<p>—¡Mientes, bellaco! —gritó Navarro abalanzándose hacia él con el -sable desnudo—. Defiéndete, hijo de nadie, miserable espúreo.</p> - -<p>Monsalud sintió que por sus venas corría fuego, que su cerebro era -un volcán. Ciego, loco de ira, se puso en guardia, gritando:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> —Defiéndete, -salvaje. Mátame; pero antes de hacerlo, sabe que eres un bandido, y tu -Jenara una vil mujerzuela.</p> - -<p>—Canalla, toma el camino del infierno... ¡Corre..., anda..., allá -vas!</p> - -<p>No hablaron ni una palabra más; los aceros chocaron.</p> - -<p>Estaban en un sitio solitario, y la noche era oscurísima. Durante -breve rato las dos hojas de acero se rozaban con discorde sonido. -De pronto Carlos dio un grito terrible; inundado de sangre, cayó al -suelo.</p> - -<p>—¡Dios mío!... ¡Muero!... —exclamó con un rugido, en el cual parecía -que echaba el alma.</p> - -<p>Y luego, con voz expirante, añadió:</p> - -<p>—¡Padre!...</p> - -<p>Monsalud hincó una rodilla en tierra y le miró el rostro, sin -advertir que algunos hombres se acercaban.</p> - - -<p class="fin">FIN DE «EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ»</p> - - -<p class="smaller mt3">Madrid.—Junio-julio de 1875.</p> - -<hr class="chap"> - - -<hr class="full"> - -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin-top:1em; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE</div> -<div style='text-align:center;font-size:0.9em'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE</div> -<div style='text-align:center;font-size:0.9em'>PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg™ -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg™ electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg™ electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person -or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. 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