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Galia and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (Biblioteca Nacional de - España. ) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK POESÍAS COMPLETAS *** - - - - NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - -En la versión de texto sin formatear, el texto en cursiva está encerrado -entre guiones bajos (_cursiva_), las versalitas se representan en -mayúsculas como en VERSALITAS y el texto en negritas como en =negritas=. - -El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el -de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando -la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado -puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia -Española. - -En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas -acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el -acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está -en mayúsculas. - -La cubierta del libro fue modificada por el transcriptor y ha sido -añadida al dominio publico. - -El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra. - -Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores de -imprenta y ortografía. Las correcciones mencionadas en las ERRATAS -no se han enmendado. - - - * * * * * - - - [Ilustración: ANTONIO MACHADO] - - - POESÍAS COMPLETAS - - DE - - ANTONIO MACHADO - - - [Ilustración] - - - PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES - - - POESÍAS COMPLETAS - - - - - POESÍAS COMPLETAS - DE - ANTONIO MACHADO - - - [Ilustración] - - - PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES - - SERIE IV.--VOL. 7 - - MADRID - 1917 - - - ES PROPIEDAD - QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY - - DERECHOS RESERVADOS - PARA TODOS LOS PAÍSES - - COPYRIGHT 1917 BY - RESIDENCIA DE ESTUDIANTES - - - Imp. de Fortanet, Libertad 29.--Tel. 991.--Madrid - - - ALGUNAS ERRATAS - - PÁGINA DICE DEBE DECIR - - 70 variolaban bariolaban - 94 habitual usual - 164 segundo segundón - - - ANTONIO MACHADO - - Misterioso y silencioso - Iba una y otra vez. - Su mirada era tan profunda - Que apenas se podía ver. - Cuando hablaba tenía un dejo - de timidez y de altivez. - Y la luz de sus pensamientos - Casi siempre se veía arder. - Era luminoso y profundo - Como era hombre de buena fe. - Fuera pastor de mil leones - Y de corderos a la vez. - Conduciría tempestades - O traería un panal de miel. - Las maravillas de la vida - Y del amor y del placer, - Cantaba en versos profundos - Cuyo secreto era de él. - Montado en un raro Pegaso, - Un día al imposible fué. - Ruego por Antonio a mis dioses, - Ellos le salven siempre. Amén. - - RUBÉN DARÍO. - - 1905 - - - - - ÍNDICE - - - _Págs._ - - ANTONIO MACHADO, POR RUBÉN DARÍO 7 - - - SOLEDADES - - I. EL VIAJERO 11 - - II. HE ANDADO MUCHOS CAMINOS 13 - - III. LA PLAZA Y LOS NARANJOS ENCENDIDOS 14 - - IV. EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO 15 - - V. RECUERDO INFANTIL 17 - - VI. FUÉ UNA CLARA TARDE, TRISTE Y SOÑOLIENTA 18 - - VII. EL LIMONERO LÁNGUIDO SUSPENDE 20 - - VIII. YO ESCUCHO LOS CANTOS 22 - - IX. ORILLAS DEL DUERO 24 - - X. A LA DESIERTA PLAZA 25 - - XI. YO VOY SOÑANDO CAMINOS 26 - - XII. AMADA, EL AURA DICE 27 - - XIII. HACIA UN OCASO RADIANTE 28 - - XIV. CANTE HONDO 31 - - XV. LA CALLE EN SOMBRA 32 - - XVI. SIEMPRE FUGITIVA Y SIEMPRE 33 - - XVII. HORIZONTE 33 - - XVIII. EL POETA 34 - - XIX. ¡VERDES JARDINILLOS! 37 - - - DEL CAMINO - - XX. PRELUDIO 38 - - XXI. DABA EL RELOJ LAS DOCE... Y ERAN DOCE 39 - - XXII. SOBRE LA TIERRA AMARGA 40 - - XXIII. EN LA DESNUDA TIERRA DEL CAMINO 40 - - XXIV. EL SOL ES UN GLOBO DE FUEGO 41 - - XXV. ¡TENUE RUMOR DE TÚNICAS QUE PASAN! 42 - - XXVI. ¡OH, FIGURAS DEL ATRIO, MÁS HUMILDES! 42 - - XXVII. LA TARDE TODAVÍA 43 - - XXVIII. CREAR FIESTAS DE AMORES 44 - - XXIX. ARDE EN TUS OJOS UN MISTERIO, VIRGEN 45 - - XXX. ALGUNOS LIENZOS DEL RECUERDO TIENEN 45 - - XXXI. CRECE EN LA PLAZA EN SOMBRA 46 - - XXXII. LAS ASCUAS DE UN CREPÚSCULO MORADO 47 - - XXXIII. ¿MI AMOR?... ¿RECUERDAS, DIME? 47 - - XXXIV. ME DIJO UN ALBA DE LA PRIMAVERA. 48 - - XXXV. AL BORDE DEL SENDERO UN DÍA NOS SENTAMOS 49 - - XXXVI. ES UNA FORMA JUVENIL QUE UN DÍA 48 - - XXXVII. ¡OH!, DIME, NOCHE AMIGA, AMADA VIEJA 50 - - - CANCIONES Y COPLAS - - XXXVIII. ABRIL FLORECÍA 51 - - XXXIX. DE LA VIDA 54 - - XL. INVENTARIO GALANTE 56 - - XLI. ME DIJO UNA TARDE 58 - - XLII. LA VIDA HOY TIENE RITMO 60 - - XLIII. ERA UNA MAÑANA Y ABRIL SONREÍA 61 - - XLIV. EL CASCO ROÍDO Y VERDOSO 62 - - XLV. EL SUEÑO BAJO EL SOL QUE ATURDE Y CIEGA 63 - - - HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES - - XLVI. LOS GRANDES INVENTOS: LA NORIA 65 - - XLVII. EL CADALSO 66 - - XLVIII. LAS MOSCAS 67 - - XLIX. ELEGÍA DE UN MADRIGAL 69 - - L. ACASO 70 - - LI. JARDÍN 71 - - LII. FANTASÍA DE UNA NOCHE DE ABRIL 72 - - LIII. A UN NARANJO Y A UN LIMONERO 76 - - LIV. LOS SUEÑOS MALOS 77 - - LV. HASTÍO 78 - - LVI. SONABA EL RELOJ LA UNA 79 - - LVII. CONSEJOS 80 - - LVIII. MONEDA QUE ESTÁ EN LA MANO 80 - - LIX. GLOSA 80 - - LX. ANOCHE CUANDO DORMÍA 81 - - LXI. ¿MI CORAZÓN SE HA DORMIDO? 82 - - - GALERÍAS - - INTRODUCCIÓN 83 - - LXII. DESGARRADA LA NUBE 85 - - LXIII. Y ERA EL DEMONIO DE MI SUEÑO, EL ÁNGEL 86 - - LXIV. DESDE EL UMBRAL DE UN SUEÑO ME LLAMARON 87 - - LXV. SUEÑO INFANTIL 87 - - LXVI. SI YO FUERA UN POETA 89 - - LXVII. LLAMÓ A MI CORAZÓN, UN CLARO DÍA 89 - - LXVIII. HOY BUSCARÁS EN VANO 90 - - LXXI. Y NADA IMPORTA YA QUE EL VINO DE ORO 90 - - LXX. ¡TOCADOS DE OTROS DÍAS! 91 - - LXXI. LA CASA TAN QUERIDA 92 - - LXXII. ANTE EL PÁLIDO LIENZO DE LA TARDE 92 - - LXXIII. TARDE TRANQUILA, CASI 93 - - LXXIV. YO, COMO ANACREONTE 93 - - LXXV. ¡OH, TARDE LUMINOSA! 94 - - LXXVI. ES UNA TARDE CENICIENTA Y MUSTIA 94 - - LXXVII. Y NO ES VERDAD, DOLOR, YO TE CONOZCO 95 - - LXXVIII. ¿Y HA DE MORIR CONTIGO EL MUNDO MAGO? 96 - - LXXIX. DESNUDA ESTÁ LA TIERRA 96 - - LXXX. CAMPO 97 - - LXXXI. A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR 98 - - LXXXII. LOS SUEÑOS 99 - - LXXXIII. GUITARRA DEL MESÓN QUE HOY SUENAS JOTA 99 - - LXXXIV. EL ROJO SOL DE UN SUEÑO EN EL ORIENTE ASOMA 100 - - LXXXV. LA PRIMAVERA BESABA 101 - - LXXXVI. ERAN AYER MIS DOLORES 102 - - LXXXVII. RENACIMIENTO 103 - - LXXXVIII. TAL VEZ LA MANO, EN SUEÑOS 104 - - LXXXIX. Y PODRÁS CONOCERTE RECORDANDO 104 - - XC. LOS ÁRBOLES CONSERVAN 105 - - XCI. HÚMEDO ESTÁ, BAJO EL LAUREL, EL BANCO 105 - - - VARIA - - XCII. CABALLITOS 106 - - XCIII. RUIDOS 107 - - XCIV. PESADILLA 108 - - XCV. DE LA VIDA 108 - - XCVI. SOL DE INVIERNO 110 - - XCVII. RETRATO 111 - - XCVIII. A ORILLAS DEL DUERO 113 - - XCIX. POR TIERRAS DE ESPAÑA 116 - - C. EL HOSPICIO 118 - - CI. EL DIOS IBERO 119 - - CII. ORILLAS DEL DUERO 122 - - CIII. LAS ENCINAS 124 - - CIV. CAMINOS 130 - - CV. EN ABRIL, LAS AGUAS MIL 130 - - CVI. UN LOCO 132 - - CVII. FANTASÍA ICONOGRÁFICA 134 - - CVIII. UN CRIMINAL 135 - - CIX. AMANECER DE OTOÑO 137 - - CX. EN TREN 138 - - CXI. NOCHE DE VERANO 140 - - CXII. PASCUA DE RESURRECCIÓN 141 - - CXIII. CAMPOS DE SORIA 142 - - CXIV. LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ 149 - - CXV. A UN OLMO SECO 182 - - CXVI. RECUERDOS 184 - - CXVII. AL MAESTRO «AZORÍN», POR SU LIBRO CASTILLA 186 - - CXVIII. CAMINOS 187 - - CXIX. SEÑOR, YA ME ARRANCASTE LO QUE YO MÁS QUERÍA 189 - - CXX. DICE LA ESPERANZA: UN DÍA 189 - - CXXI. ALLÁ, EN LAS TIERRAS ALTAS 189 - - CXXII. SOÑÉ QUE TÚ ME LLEVABAS 190 - - CXXIII. UNA NOCHE DE VERANO 191 - - CXXIV. AL BORRARSE LA NIEVE, SE ALEJARON 191 - - CXXV. EN ESTOS CAMPOS DE LA TIERRA MÍA 192 - - CXXVI. A JOSÉ MARÍA PALACIO 194 - - CXXVII. OTRO VIAJE 195 - - CXXVIII. POEMA DE UN DÍA 197 - - CXXIX. NOVIEMBRE, 1914 205 - - CXXX. LA SAETA 206 - - CXXXI. DEL PASADO EFÍMERO 207 - - CXXXII. LOS OLIVOS 209 - - CXXXIII. LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA - MUERTE DE DON GUIDO 213 - - CXXXIV. LA MUJER MANCHEGA 218 - - CXXXV. EL MAÑANA EFÍMERO 219 - - CXXXVI. PROVERBIOS Y CANTARES 221 - - CXXXVII. PARÁBOLAS 239 - - CXXXVIII. MI BUFÓN 244 - - - ELOGIOS - - CXXXIX. A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS 245 - - CXL. AL JOVEN MEDITADOR JOSÉ ORTEGA GASSET 247 - - CXLI. A XAVIER VALCARCE 247 - - CXLII. MARIPOSA DE LA SIERRA 249 - - CXLIII. DESDE MI RINCÓN 251 - - CXLIV. A UNA ESPAÑA JOVEN 255 - - CXLV. ESPAÑA, EN PAZ 256 - - CXLVI. FLOR DE SANTIDAD 260 - - CXLVII. AL MAESTRO RUBÉN DARÍO 261 - - CXLVIII. A LA MUERTE DE RUBÉN DARÍO 262 - - CXLIX. A NARCISO ALONSO CORTÉS, POETA DE CASTILLA 263 - - CL. MIS POETAS 265 - - CLI. A DON MIGUEL DE UNAMUNO 266 - - CLII. A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ 267 - - - POESÍAS COMPLETAS - (1899-1917) - - - - - SOLEDADES - - I - EL VIAJERO - - Está en la sala familiar, sombría, - y entre nosotros, el querido hermano - que en el sueño infantil de un claro día - vimos partir hacia un país lejano. - - Hoy tiene ya las sienes plateadas, - un gris mechón sobre la angosta frente; - y la fría inquietud de sus miradas - revela un alma casi toda ausente. - - Deshójanse las copas otoñales - del parque mustio y viejo. - La tarde, tras los húmedos cristales, - se pinta, y en el fondo del espejo, - - El rostro del hermano se ilumina - suavemente. ¿Floridos desengaños - dorados por la tarde que declina? - ¿Ansias de vida nueva en nuevos años? - - ¿Lamentará la juventud perdida? - Lejos quedó--la pobre loba--muerta. - ¿La blanca juventud nunca vivida - teme, que ha de cantar ante su puerta? - - ¿Sonríe al sol de oro - de la tierra de un sueño no encontrada; - y ve su nave hender el mar sonoro, - de viento y luz la blanca vela hinchada? - - Él ha visto las hojas otoñales, - amarillas, rodar, las olorosas - ramas del eucaliptus, los rosales - que enseñan otra vez sus blancas rosas... - - Y este dolor que añora o desconfía - el temblor de una lágrima reprime, - y un resto de viril hipocresía - en el semblante pálido se imprime. - - Serio retrato en la pared clarea - todavía. Nosotros divagamos. - En la tristeza del hogar, golpea - el tic-tac del reloj. Todos callamos. - - - II - - He andado muchos caminos, - he abierto muchas veredas, - he navegado en cien mares - y he atracado en cien riberas. - - En todas partes he visto - caravanas de tristeza, - soberbios y melancólicos - borrachos de sombra negra, - - y pedantones al paño - que miran, callan y piensan - que saben, porque no beben - el vino de las tabernas. - - Mala gente que camina - y va apestando la tierra... - - Y en todas partes he visto - gentes que danzan o juegan, - cuando pueden, y laboran - sus cuatro palmos de tierra. - - Nunca, si llegan a un sitio, - preguntan adónde llegan. - Cuando caminan, cabalgan - a lomos de mula vieja, - - y no conocen la prisa - ni aun en los días de fiesta. - Donde hay vino, beben vino, - donde no hay vino, agua fresca. - - Son buenas gentes que viven, - laboran, pasan y sueñan, - y en un día como tantos, - descansan bajo la tierra. - - - III - - La plaza y los naranjos encendidos - con sus frutas redondas y risueñas. - - Tumulto de pequeños colegiales, - que al salir en desorden de la escuela, - llenan el aire de la plaza en sombra - con la algazara de sus voces nuevas. - - ¡Alegría infantil en los rincones - de las ciudades muertas!... - ¡Y algo nuestro de ayer, que todavía - vemos vagar por estas calles viejas! - - - IV - EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO - - Tierra le dieron una tarde horrible - del mes de julio, bajo el sol de fuego. - - A un paso de la abierta sepultura, - había rosas de podridos pétalos, - entre geranios de áspera fragancia - y roja flor. El cielo - puro y azul. Corría - un aire fuerte y seco. - - De los gruesos cordeles suspendido, - pesadamente, descender hicieron - el ataúd al fondo de la fosa - los dos sepultureros... - - Y al reposar sonó con recio golpe, - solemne, en el silencio. - - Un golpe de ataúd en tierra es algo - perfectamente serio. - - Sobre la negra caja se rompían - los pesados terrones polvorientos... - - El aire se llevaba - de la honda fosa el blanquecino aliento. - - --Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa, - larga paz a tus huesos... - - Definitivamente, - duerme un sueño tranquilo y verdadero. - - - V - RECUERDO INFANTIL - - Una tarde parda y fría - de invierno. Los colegiales - estudian. Monotonía - de lluvia tras los cristales. - - Es la clase. En un cartel - se representa a Caín - fugitivo, y muerto Abel - junto a una mancha carmín. - - Con timbre sonoro y hueco - truena el maestro, un anciano - mal vestido, enjuto y seco, - que lleva un libro en la mano. - - Y todo un coro infantil - va cantando la lección: - mil veces ciento, cien mil, - mil veces mil, un millón. - - Una tarde parda y fría - de invierno. Los colegiales - estudian. Monotonía - de la lluvia en los cristales. - - - VI - - Fué una clara tarde, triste y soñolienta, - tarde de verano. La hiedra asomaba - al muro del parque, negra y polvorienta... - La fuente sonaba. - - Rechinó en la vieja cancela mi llave; - con agrio ruido abrióse la puerta - de hierro mohoso y, al cerrarse, grave - golpeó el silencio de la tarde muerta. - - En el solitario parque, la sonora - copla borbollante del agua cantora, - me guió a la fuente. La fuente vertía - sobre el blanco mármol su monotonía. - - La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano, - un sueño lejano mi canto presente?... - Fué una tarde lenta del lento verano. - - Respondí a la fuente: - No recuerdo, hermana, - mas sé que tu copla presente es lejana. - - Fué esta misma tarde: mi cristal vertía - como hoy sobre el mármol su monotonía. - ¿Recuerdas, hermano?... Los mirtos talares, - que ves, sombreaban los claros cantares - que escuchas. Del rubio color de la llama, - el fruto maduro pendía en la rama, - lo mismo que ahora. ¿Recuerdas, hermano?... - Fué esta misma lenta tarde de verano. - - --No sé qué me dice tu copla riente - de ensueños lejanos, hermana la fuente. - - Yo sé que tu claro cristal de alegría - ya supo del árbol la fruta bermeja; - yo sé que es lejana la amargura mía - que sueña en la tarde de verano vieja. - - Yo sé que tus bellos espejos cantores - copiaron antiguos delirios de amores: - mas cuéntame, fuente de lengua encantada, - cuéntame mi alegre leyenda olvidada. - - --Yo no sé leyendas de antigua alegría, - sino historias viejas de melancolía. - - Fué una clara tarde del lento verano... - Tú venías solo con tu pena, hermano; - tus labios besaron mi linfa serena, - y en la clara tarde, dijeron tu pena. - - Dijeron tu pena tus labios que ardían: - la sed que ahora tienen, entonces tenían. - - --Adiós para siempre, la fuente sonora, - del parque dormido eterna cantora. - Adiós para siempre, tu monotonía, - fuente, es más amarga que la pena mía. - - Rechinó en la vieja cancela mi llave; - con agrio ruido abrióse la puerta - de hierro mohoso y, al cerrarse, grave - sonó en el silencio de la tarde muerta. - - - VII - - El limonero lánguido suspende - una pálida rama polvorienta, - sobre el encanto de la fuente limpia, - y allá en el fondo sueñan - los frutos de oro... - - Es una tarde clara, - casi de primavera; - tibia tarde de marzo, - que al hálito de abril cercano lleva; - y estoy solo, en el patio silencioso, - buscando una ilusión cándida y vieja: - alguna sombra sobre el blanco muro, - algún recuerdo, en el pretil de piedra - de la fuente dormido, o, en el aire, - algún vagar de túnica ligera. - - En el ambiente de la tarde flota - ese aroma de ausencia, - que dice al alma luminosa: nunca, - y al corazón: espera. - - Ese aroma que evoca los fantasmas - de las fragancias vírgenes y muertas. - - Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, - casi de primavera, - tarde sin flores, cuando me traías - el buen perfume de la hierbabuena, - y de la buena albahaca, - que tenía mi madre en sus macetas. - - Que tú me viste hundir mis manos puras - en el agua serena, - para alcanzar los frutos encantados - que hoy en el fondo de la fuente sueñan... - - Sí, te conozco, tarde alegre y clara, - casi de primavera. - - - VIII - - Yo escucho los cantos - de viejas cadencias, - que los niños cantan - cuando en coro juegan, - y vierten en coro - sus almas que sueñan, - cual vierten sus aguas - las fuentes de piedra: - con monotonías - de risas eternas, - que no son alegres, - con lágrimas viejas, - que no son amargas - y dicen tristezas, - tristezas de amores - de antiguas leyendas. - - En los labios niños, - las canciones llevan - confusa la historia - y clara la pena; - como clara el agua - lleva su conseja - de viejos amores, - que nunca se cuentan. - - Jugando, a la sombra - de una plaza vieja, - los niños cantaban... - - La fuente de piedra - vertía su eterno - cristal de leyenda. - - Cantaban los niños - canciones ingenuas, - de un algo que pasa - y que nunca llega: - la historia confusa - y clara la pena. - - Vertía la fuente - su eterna conseja: - borrada la historia, - contaba la pena. - - - IX - ORILLAS DEL DUERO - - Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario. - Girando en torno a la torre y al caserón solitario, - ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno, - de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno. - Es una tibia mañana. - El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana. - - Pasados los verdes pinos, - casi azules, primavera - se ve brotar en los finos - chopos de la carretera - y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente. - El campo parece, más que joven, adolescente. - - Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido, - azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido, - y mística primavera! - - ¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera, - espuma de la montaña - ante la azul lejanía, - sol del día, claro día! - ¡Hermosa tierra de España! - - - X - - A la desierta plaza - conduce un laberinto de callejas. - A un lado, el viejo paredón sombrío - de una ruinosa iglesia; - a otro lado, la tapia blanquecina - de un huerto de cipreses y palmeras, - y, frente a mí, la casa, - y en la casa, la reja, - ante el cristal que levemente empaña - su figurilla plácida y risueña. - Me apartaré. No quiero - llamar a tu ventana... Primavera - viene--su veste blanca - flota en el aire de la plaza muerta--; - viene a encender las rosas - rojas de tus rosales... Quiero verla... - - - XI - - Yo voy soñando caminos - de la tarde. ¡Las colinas - doradas, los verdes pinos, - las polvorientas encinas!... - ¿Adónde el camino irá? - Yo voy cantando, viajero - a lo largo del sendero... - --La tarde cayendo está--. - «En el corazón tenía - la espina de una pasión; - logré arrancármela un día: - ya no siento el corazón.» - - Y todo el campo un momento - se queda, mudo y sombrío, - meditando. Suena el viento - en los álamos del río. - - La tarde más se obscurece; - y el camino que serpea - y débilmente blanquea, - se enturbia y desaparece. - - Mi cantar vuelve a plañir: - «Aguda espina dorada, - quién te pudiera sentir - en el corazón clavada.» - - - XII - - Amada, el aura dice - tu pura veste blanca... - No te verán mis ojos; - ¡mi corazón te aguarda! - - El aura me ha traído - tu nombre en la mañana; - el eco de tus pasos - repite la montaña... - No te verán mis ojos; - ¡mi corazón te aguarda! - - En las sombrías torres - repican las campanas... - No te verán mis ojos; - ¡mi corazón te aguarda! - - Los golpes del martillo - dicen la negra caja; - y el sitio de la fosa, - los golpes de la azada... - No te verán mis ojos; - ¡mi corazón te aguarda! - - - XIII - - Hacia un ocaso radiante - caminaba el sol de estío, - y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante, - tras de los álamos verdes de las márgenes del río. - - Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera - de la cigarra cantora, el monorritmo jovial, - entre metal y madera, - que es la canción estival. - - En una huerta sombría, - giraban los cangilones de la noria soñolienta. - Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía. - Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta. - - Yo iba haciendo mi camino, - absorto en el solitario crepúsculo campesino. - - Y pensaba: «¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa - toda desdén y armonía, - hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía - de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!» - - Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente. - Lejos, la ciudad dormía - como cubierta de un mago fanal de oro transparente. - Bajo los arcos de piedra el agua clara corría. - - Los últimos arreboles coronaban las colinas - manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas. - Yo caminaba cansado, - sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado. - - El agua en sombra pasaba tan melancólicamente, - bajo los arcos del puente, - como si al pasar dijera: - - «Apenas desamarrada - la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera, - se canta: no somos nada. - Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.» - - Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría. - (Yo pensaba: ¡el alma mía!) - - Y me detuve un momento, - en la tarde, a meditar... - ¿Qué es esta gota en el viento - que grita al mar: soy el mar? - - Vibraba el aire asordado - por los élitros cantores que hacen el campo sonoro, - cual si estuviera sembrado - de campanitas de oro. - - En el azul fulguraba - un lucero diamantino. - Cálido viento soplaba - alborotando el camino. - - Yo, en la tarde polvorienta, - hacia la ciudad volvía. - Sonaban los cangilones de la noria soñolienta. - Bajo las ramas obscuras caer el agua se oía. - - - XIV - CANTE HONDO - - Yo meditaba absorto, devanando - los hilos del hastío y la tristeza, - cuando llegó a mi oído, - por la ventana de mi estancia, abierta - - a una caliente noche de verano, - el plañir de una copla soñolienta, - quebrada por los trémolos sombríos - de las músicas magas de mi tierra. - - ...Y era el Amor, como una roja llama... - --Nerviosa mano en la vibrante cuerda - ponía un largo suspirar de oro - que se trocaba en surtidor de estrellas--. - - ...Y era la Muerte, al hombro la cuchilla, - el paso largo, torva y esquelética. - --tal cuando yo era niño la soñaba--. - - Y en la guitarra, resonante y trémula, - la brusca mano, al golpear, fingía - el reposar de un ataúd en tierra. - - Y era un plañido solitario el soplo - que el polvo barre y la ceniza aventa. - - - XV - - La calle en sombra. Ocultan los altos caserones - el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones. - - ¿No ves, en el encanto del mirador florido, - el óvalo rosado de un rostro conocido? - - La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo, - surge o se apaga como daguerreotipo viejo. - - Suena en la calle sólo el ruido de tu paso; - se extinguen lentamente los ecos del ocaso. - - ¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella? - No puede ser... Camina... En el azul la estrella. - - - XVI - - Siempre fugitiva y siempre - cerca de mí, en negro manto - mal cubierto el desdeñoso - gesto de tu rostro pálido. - No sé dónde vas ni dónde - tu virgen belleza tálamo - busca en la noche. No sé - qué sueños cierran tus párpados, - ni de quien haya entreabierto - tu lecho inhospitalario. - ................................ - Detén el paso, belleza - esquiva, detén el paso... - - Besar quisiera la amarga, - amarga flor de tus labios. - - - XVII - HORIZONTE - - En una tarde clara y amplia como el hastío, - cuando su lanza blande el tórrido verano, - copiaban el fantasma de un grave sueño mío - mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano. - - La gloria del ocaso era un purpúreo espejo, - era un cristal de llamas, que al infinito viejo - iba arrojando el grave soñar en la llanura... - Y yo sentí la espuela sonora de mi paso - repercutir lejana en el sangriento ocaso, - y más allá, la alegre canción de un alba pura. - - - XVIII - EL POETA - - Para el libro _La casa de la primavera_, de Martínez Sierra. - - Maldiciendo su destino - como Glauco, el dios marino, - mira, turbia la pupila - de llanto, el mar que le debe su blanca virgen Scyla. - - Él sabe que un Dios más fuerte - con la sustancia inmortal está jugando a la muerte - cual niño bárbaro. Él piensa - que ha de caer como rama que sobre las aguas flota, - antes de perderse, gota - de mar, en la mar inmensa. - - En sueños oyó el acento de una palabra divina; - en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina - sin odio ni amor, y el frío - soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío. - - Bajo las palmeras del oasis el agua buena - miró brotar de la arena; - y se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros - animales carniceros... - - Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor. - Y fué compasivo para el ciervo y el cazador, - para el ladrón y el robado, - para el pájaro azorado, - para el sanguinario azor. - - Con el Eclesiastés dijo: Vanidad de vanidades, - todo es negra vanidad; - y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades: - sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad. - - Y viendo cómo lucían - miles de blancas estrellas, - pensaba que todas ellas - en su corazón ardían. - ¡Noche de amor!... - - Y otra noche - sintió la mala tristeza - que enturbia la pura llama, - y el corazón que bosteza, - y el histrión que declama. - - Y dijo: las galerías - del alma que espera están - desiertas, mudas, vacías: - las blancas sombras se van. - - Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado - del ayer. ¡Cuán bello era! - ¡Qué hermosamente el pasado - fingía la primavera, - cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado, - mísero fruto podrido, - que en el hueco acibarado - guarda el gusano escondido! - - ¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día, - arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía! - - - XIX - - ¡Verdes jardinillos, - claras plazoletas, - fuente verdinosa - donde el agua sueña, - donde el agua muda - resbala en la piedra!... - - Las hojas de un verde - mustio, casi negras, - de la acacia, el viento - de septiembre besa, - y se lleva algunas - amarillas, secas, - jugando, entre el polvo - blanco de la tierra. - - Linda doncellita, - que el cántaro llenas - de agua transparente, - tú, al verme, no llevas - a los negros bucles - de tu cabellera, - distraídamente, - la mano morena, - ni, luego, en el limpio - cristal te contemplas... - - Tú miras al aire - de la tarde bella, - mientras de agua clara - el cántaro llenas. - - - - - DEL CAMINO - - - XX - PRELUDIO - - Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero - poner un dulce salmo sobre mi viejo atril. - Acordaré las notas del órgano severo - al suspirar fragante del pífano de abril. - - Madurarán su aroma las pomas otoñales, - la mirra y el incienso salmodiarán su olor; - exhalarán su fresco perfume los rosales, - bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor. - - Al grave acorde lento de música y aroma, - la sola y vieja y noble razón de mi rezar - levantará su vuelo suave de paloma - y la palabra blanca se elevará al altar. - - - XXI - - Daba el reloj las doce... y eran doce - golpes de azada en tierra... - ...¡Mi hora!--grité--... El silencio - me respondió:--No temas; - tú no verás caer la última gota - que en la clepsidra tiembla. - - Dormirás muchas horas todavía - sobre la orilla vieja, - y encontrarás una mañana pura - amarrada tu barca a otra ribera. - - - XXII - - Sobre la tierra amarga, - caminos tiene el sueño - laberínticos, sendas tortuosas, - parques en flor y en sombra y en silencio; - - criptas hondas, escalas sobre estrellas; - retablos de esperanzas y recuerdos. - Figurillas que pasan y sonríen - --juguetes melancólicos de viejo--; - - imágenes amigas, - a la vuelta florida del sendero, - y quimeras rosadas - que hacen camino... lejos... - - - XXIII - - En la desnuda tierra del camino - la hora florida brota, - espino solitario, - del valle humilde en la revuelta umbrosa. - - El salmo verdadero - de tenue voz hoy toma - al corazón, y al labio, - la palabra quebrada y temblorosa. - - Mis viejos mares duermen; se apagaron - sus espumas sonoras - sobre la playa estéril. La tormenta - camina lejos en la nube torva. - - Vuelve la paz al cielo; - la brisa tutelar esparce aromas - otra vez sobre el campo, y aparece, - en la bendita soledad, tu sombra. - - - XXIV - - El sol es un globo de fuego, - la luna es un disco morado. - - Una blanca paloma se posa - en el alto ciprés centenario. - - Los cuadros de mirtos parecen - de marchito velludo empolvado. - - ¡El jardín y la tarde tranquila!... - Suena el agua en la fuente de mármol. - - - XXV - - ¡Tenue rumor de túnicas que pasan - sobre la infértil tierra!... - ¡y lágrimas sonoras - de las campanas viejas! - - Las ascuas mortecinas - del horizonte humean... - Blancos fantasmas lares - van encendiendo estrellas. - - --Abre el balcón. La hora - de una ilusión se acerca... - La tarde se ha dormido - y las campanas sueñan. - - - XXVI - - ¡Oh, figuras del atrio, más humildes - cada día y lejanas: - mendigos harapientos - sobre marmóreas gradas; - - miserables ungidos - de eternidades santas, - manos que surgen de los mantos viejos - y de las rotas capas! - - ¿Pasó por vuestro lado - una ilusión velada, - de la mañana luminosa y fría - en las horas más plácidas?... - - Sobre la negra túnica, su mano - era una rosa blanca... - - - XXVII - - La tarde todavía - dará incienso de oro a tu plegaria, - y quizás el cénit de un nuevo día - amenguará tu sombra solitaria. - - Mas no es tu fiesta el Ultramar lejano, - sino la ermita junto al manso río; - no tu sandalia el soñoliento llano - pisará, ni la arena del hastío. - - Muy cerca está, romero, - la tierra verde y santa y florecida - de tus sueños; muy cerca, peregrino - que desdeñas la sombra del sendero - y el agua del mesón en tu camino. - - - XXVIII - - Crear fiestas de amores - en nuestro amor pensamos, - quemar nuevos aromas - en montes no pisados, - - y guardar el secreto - de nuestros rostros pálidos, - porque en las bacanales de la vida - vacías nuestras copas conservamos, - - mientras con eco de cristal y espuma - ríen los zumos de la vid dorados. - ................................ - Un pájaro escondido entre las ramas - del parque solitario, - silba burlón... - - Nosotros exprimimos - la penumbra de un sueño en nuestro vaso... - Y algo, que es tierra en nuestra carne, siente - la humedad del jardín como un halago. - - - XXIX - - Arde en tus ojos un misterio, virgen - esquiva y compañera. - - No sé si es odio o es amor la lumbre - inagotable de tu aljaba negra. - - Conmigo irás mientras proyecte sombra - mi cuerpo y quede a mi sandalia arena. - - --¿Eres la sed o el agua en mi camino? - Dime, virgen esquiva y compañera. - - - XXX - - Algunos lienzos del recuerdo tienen - luz de jardín y soledad de campo; - la placidez del sueño - en el paisaje familiar soñado. - - Otros guardan las fiestas - de días aún lejanos; - figuritas sutiles - que pone un titerero en su retablo... - ................................ - Ante el balcón florido - está la cita de un amor amargo. - - Brilla la tarde en el resol bermejo... - La hiedra efunde de los muros blancos... - - A la revuelta de una calle en sombra - un fantasma irrisorio besa un nardo. - - - XXXI - - Crece en la plaza en sombra - el musgo, y en la piedra vieja y santa - de la iglesia. En el atrio hay un mendigo... - Más vieja que la iglesia tiene el alma. - - Sube muy lento, en las mañanas frías, - por la marmórea grada, - hasta un rincón de piedra... Allí aparece - su mano seca entre la rota capa. - - Con las órbitas huecas de sus ojos - ha visto cómo pasan - las blancas sombras, en los claros días, - las blancas sombras de las horas santas. - - - XXXII - - Las ascuas de un crepúsculo morado - detrás el negro cipresal humean... - En la glorieta en sombra está la fuente - con su alado y desnudo Amor de piedra, - que sueña mudo. En la marmórea taza - reposa el agua muerta. - - - XXXIII - - ¿Mi amor?... ¿Recuerdas, dime, - aquellos juncos tiernos, - lánguidos y amarillos - que hay en el cauce seco?... - - ¿Recuerdas la amapola - que calcinó el verano, - la amapola marchita, - negro crespón del campo?... - - ¿Te acuerdas del sol yerto - y humilde, en la mañana, - que brilla y tiembla roto - sobre una fuente helada?... - - - XXXIV - - Me dijo un alba de la primavera: - Yo florecí en tu corazón sombrío - ha muchos años, caminante viejo - que no cortas las flores del camino. - - Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda - el viejo aroma de mis viejos lirios? - ¿Perfuman aún mis rosas la alba frente - del hada de tu sueño adamantino? - - Respondí a la mañana: - Sólo tienen cristal los sueños míos. - Yo no conozco el hada de mis sueños; - ni sé si está mi corazón florido. - - Pero si aguardas la mañana pura - que ha de romper el vaso cristalino, - quizás el hada te dará tus rosas, - mi corazón tus lirios. - - - XXXV - - Al borde del sendero un día nos sentamos. - Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita - son las desesperantes posturas que tomamos - para aguardar... Mas ella no faltará a la cita. - - - XXXVI - - Es una forma juvenil que un día - a nuestra casa llega. - Nosotros le decimos: ¿por qué tornas - a la morada vieja? - Ella abre la ventana, y todo el campo - en luz y aroma entra. - En el blanco sendero, - los troncos de los árboles negrean; - las hojas de las copas - son humo verde que a lo lejos sueña. - Parece una laguna - el ancho río entre la blanca niebla - de la mañana. Por los montes cárdenos, - camina otra quimera. - - - XXXVII - - ¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja, - que me traes el retablo de mis sueños - siempre desierto y desolado y solo - con mi fantasma dentro, - mi pobre sombra triste - sobre la estepa y bajo el sol de fuego, - o soñando amarguras - en las voces de todos los misterios, - dime, si sabes, vieja amada, dime - si son mías las lágrimas que vierto. - Me respondió la noche: - Jamás me revelaste tu secreto. - Yo nunca supe, amado, - si eras tú ese fantasma de tu sueño, - ni averigüé si era su voz la tuya, - o era la voz de un histrión grotesco. - - Dije a la noche: Amada mentirosa, - tú sabes mi secreto; - tú has visto la honda gruta - donde fabrica su cristal mi sueño, - y sabes que mis lágrimas son mías, - y sabes mi dolor, mi dolor viejo. - - ¡Oh! yo no sé, dijo la noche, amado, - yo no sé tu secreto, - aunque he visto vagar ese, que dices, - desolado fantasma, por tu sueño. - Yo me asomo a las almas cuando lloran - y escucho su hondo rezo, - humilde y solitario, - ese que llamas salmo verdadero; - pero en las hondas bóvedas del alma - no sé si el llanto es una voz o un eco. - Para escuchar tu queja de tus labios - yo te busqué en tu sueño, - y allí te vi vagando en un borroso - laberinto de espejos. - - - - - CANCIONES Y COPLAS - - - XXXVIII - - Abril florecía - frente a mi ventana. - Entre los jazmines - y las rosas blancas - de un balcón florido, - vi las dos hermanas. - La menor cosía, - la mayor hilaba... - Entre los jazmines - y las rosas blancas, - la más pequeñita, - risueña y rosada - --su aguja en el aire-- - miró a mi ventana. - - La mayor seguía, - silenciosa y pálida, - el huso en su rueca, - que el lino enroscaba, - abril florecía - frente a mi ventana. - - Una clara tarde - la mayor lloraba, - entre los jazmines - y las rosas blancas, - y ante el blanco lino - que en su rueca hilaba. - --¿Qué tienes--le dije-- - silenciosa, pálida? - Señaló el vestido - que empezó la hermana. - En la negra túnica - la aguja brillaba; - sobre el blanco velo, - el dedal de plata. - Señaló a la tarde - de abril que soñaba - mientras que se oía - tañer de campanas. - Y en la clara tarde - me enseñó sus lágrimas... - Abril florecía - frente a mi ventana. - - Fué otro abril alegre - y otra tarde plácida. - El balcón florido - solitario estaba... - Ni la pequeñita - risueña y rosada, - ni la hermana triste - silenciosa y pálida, - ni la negra túnica, - ni la toca blanca... - Tan sólo en el huso - el lino giraba - por mano invisible, - y en la oscura sala - la luna del limpio - espejo brillaba... - Entre los jazmines - y las rosas blancas - del balcón florido, - me miré en la clara - luna del espejo - que lejos soñaba... - Abril florecía - frente a mi ventana. - - - XXXIX - DE LA VIDA - - (COPLAS ELEGÍACAS) - - ¡Ay del que llega sediento - a ver el agua correr - y dice: la sed que siento - no me la calma el beber! - - ¡Ay de quien bebe y, saciada - la sed, desprecia la vida: - moneda al tahur prestada, - que sea al azar rendida! - - Del iluso que suspira - bajo el orden soberano, - y del que sueña la lira - pitagórica en su mano. - - ¡Ay del noble peregrino - que se para a meditar, - después de largo camino, - en el horror de llegar! - - ¡Ay de la melancolía - que llorando se consuela, - y de la melomanía - de un corazón de zarzuela! - - ¡Ay de nuestro ruiseñor, - si en una noche serena - se cura del mal de amor - que llora y canta sin pena! - - ¡De los jardines secretos, - de los pensiles soñados - y de los sueños poblados - de propósitos discretos! - - ¡Ay del galán sin fortuna - que ronda a la luna bella, - de cuantos caen de la luna, - de cuantos se marchan a ella! - - ¡De quien el fruto prendido - en la rama no alcanzó, - de quien el fruto ha mordido - y el gusto amargo probó! - - ¡Y de nuestro amor primero - y de su fe mal pagada, - y, también, del verdadero - amante de nuestra amada! - - - XL - INVENTARIO GALANTE - - Tus ojos me recuerdan - las noches de verano, - negras noches sin luna, - orilla al mar salado, - y el chispear de estrellas - del cielo negro y bajo. - Tus ojos me recuerdan - las noches de verano. - Y tu morena carne, - los trigos requemados - y el suspirar de fuego - de los maduros campos. - - Tu hermana es clara y débil - como los juncos lánguidos, - como los sauces tristes, - como los linos glaucos. - Tu hermana es un lucero - en el azul lejano... - Y es alba y aura fría - sobre los pobres álamos - que en las orillas tiemblan - del río humilde y manso. - Tu hermana es un lucero - en el azul lejano. - - De tu morena gracia, - de tu soñar gitano, - de tu mirar de sombra - quiero llenar mi vaso. - Me embriagaré una noche - de cielo negro y bajo, - para cantar contigo, - orilla al mar salado, - una canción que deje - cenizas en los labios... - De tu mirar de sombra - quiero llenar mi vaso. - - Para tu linda hermana - arrancaré los ramos - de florecillas nuevas - a los almendros blancos, - en un tranquilo y triste - alborear de marzo. - Los regaré con agua - de los arroyos claros, - los ataré con verdes - junquillos del remanso... - Para tu linda hermana - yo haré un ramito blanco. - - - XLI - - Me dijo una tarde - de la primavera: - Si buscas caminos - en flor en la tierra, - mata tus palabras - y oye tu alma vieja. - Los mismos ungüentos - y aromas y esencias - que en tus alegrías, - verteré en tus penas. - Que el mismo albo lino - que te vista, sea - tu traje de duelo, - tu traje de fiesta. - Ama tu alegría - y ama tu tristeza, - si buscas caminos - en flor en la tierra. - Respondí a la tarde - de la primavera: - Tú has dicho el secreto - que en mi alma reza: - yo odio la alegría - por odio a la pena. - Mas antes que pise - tu florida senda, - quisiera traerte - muerta mi alma vieja. - - - XLII - - La vida hoy tiene ritmo - de ondas que pasan, - de olitas temblorosas - que fluyen y se alcanzan. - - La vida hoy tiene el ritmo de los ríos, - la risa de las aguas - que entre los verdes junquerales corren, - y entre las verdes cañas. - - Sueño florido lleva el manso viento; - bulle la savia joven en las nuevas ramas; - tiemblan alas y frondas, - y la mirada sagital del águila - no encuentra presa... treme el campo en sueños, - vibra el sol como un arpa. - - ¡Fugitiva ilusión de ojos guerreros - que por las selvas pasas - a la hora del cénit: tiemble en mi pecho - el oro de tu aljaba! - - En tus labios florece la alegría - de los campos en flor; tu veste alada - aroman las primeras velloritas, - las violetas perfuman tus sandalias. - - Yo he seguido tus pasos en el viejo bosque, - arrebatados tras la corza rápida, - y los ágiles músculos rosados - de tus piernas silvestres entre verdes ramas. - - ¡Pasajera ilusión de ojos guerreros - que por las selvas pasas - cuando la tierra reverdece y ríen - los ríos en las cañas! - ¡Tiemble en mi pecho el oro - que llevas en tu aljaba! - - - XLIII - - Era una mañana y abril sonreía. - Frente al horizonte dorado moría - la luna, muy blanca y opaca; tras ella, - cual tenue ligera quimera, corría - la nube que apenas enturbia una estrella. - ................................ - Como sonreía la rosa mañana - al sol del oriente abrí mi ventana; - y en mi triste alcoba penetró el oriente - en canto de alondras, en risa de fuente - y en suave perfume de flora temprana. - - Fué una clara tarde de melancolía. - Abril sonreía. Yo abrí las ventanas - de mi casa al viento... El viento traía - perfume de rosas, doblar de campanas... - - Doblar de campanas lejanas, llorosas, - suave de rosas aromado aliento... - ... ¿Dónde están los huertos floridos de rosas? - ¿Qué dicen las dulces campanas al viento? - ................................ - Pregunté a la tarde de abril que moría: - ¿Al fin la alegría se acerca a mi casa? - La tarde de abril sonrió: La alegría - pasó por tu puerta--y luego, sombría: - Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa. - - - XLIV - - El casco roído y verdoso - del viejo falucho - reposa en la arena... - la vela tronchada parece - que aún sueña en el sol y el mar. - - El mar hierve y canta... - El mar es un sueño sonoro - bajo el sol de abril. - El mar hierve y ríe - con olas azules y espumas de leche y de plata, - el mar hierve y ríe - bajo el cielo azul. - El mar lactescente, - el mar rutilante, - que ríe en sus liras de plata sus risas azules... - Hierve y ríe el mar!... - - El aire parece que duerme encantado - en la fúlgida niebla de sol blanquecino. - La gaviota palpita en el aire dormido, y al lento - volar soñoliento, se aleja y se pierde en la bruma del sol. - - - XLV - - El sueño bajo el sol que aturde y ciega, - tórrido sueño en la hora de arrebol; - el río luminoso el aire surca; - esplende la montaña; - la tarde es polvo y sol. - - El sibilante caracol del viento - ronco dormita en el remoto alcor; - emerge el sueño ingrave en la palmera, - luego se enciende en el naranjo en flor. - - La estúpida cigüeña - su garabato escribe en el sopor - del molino parado; el toro abate - sobre la hierba la testuz feroz. - - La verde, quieta espuma del ramaje - efunde sobre el blanco paredón, - lejano, inerte, del jardín sombrío - dormido bajo el cielo fanfarrón. - .................................... - Lejos, enfrente de la tarde roja, - refulge el ventanal del torreón. - - .................................... - - - - - HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES - - - - - LOS GRANDES INVENTOS - - - XLVI - LA NORIA - - La tarde caía - triste y polvorienta. - - El agua cantaba - su copla plebeya - en los cangilones - de la noria lenta. - - Soñaba la mula - ¡pobre mula vieja! - al compás de sombra - que en el agua suena. - - La tarde caía - triste y polvorienta. - - Yo no sé qué noble, - divino poeta, - unió a la amargura - de la eterna rueda, - - la dulce armonía - del agua que sueña - y vendó tus ojos, - ¡pobre mula vieja!... - - Mas sé que fué un noble, - divino poeta, - corazón maduro - de sombra y de ciencia. - - - XLVII - EL CADALSO - - La aurora asomaba - lejana y siniestra. - - El lienzo de Oriente - sangraba tragedias, - pintarrajeadas - con nubes grotescas. - ............................. - En la vieja plaza - de una vieja aldea, - erguía su horrible - pavura esquelética - el tosco patíbulo - de fresca madera... - - La aurora asomaba - lejana y siniestra. - - - XLVIII - LAS MOSCAS - - Vosotras, las familiares, - inevitables golosas, - vosotras, moscas vulgares, - me evocáis todas las cosas. - - ¡Oh, viejas moscas voraces - como abejas en abril, - viejas moscas pertinaces - sobre mi calva infantil! - - ¡Moscas del primer hastío - en el salón familiar, - las claras tardes de estío - en que yo empecé a soñar! - - Y en la aborrecida escuela, - raudas moscas divertidas, - perseguidas - por amor de lo que vuela, - - --que todo es volar--sonoras, - rebotando en los cristales - en los días otoñales... - Moscas de todas las horas, - - de infancia y adolescencia, - de mi juventud dorada; - de esta segunda inocencia, - que da en no creer nada, - - de siempre... Moscas vulgares, - que de puro familiares - no tendréis digno cantor: - yo sé que os habéis posado - - sobre el juguete encantado, - sobre el librote cerrado, - sobre la carta de amor, - sobre los párpados yertos - de los muertos... - - Inevitables golosas, - que ni labráis como abejas, - ni brilláis cual mariposas; - pequeñitas, revoltosas, - vosotras, amigas viejas, - me evocáis todas las cosas. - - - XLIX - ELEGÍA DE UN MADRIGAL - - Recuerdo que una tarde de soledad y hastío, - ¡oh tarde como tantas! el alma mía era, - bajo el azul monótono, un ancho y terso río - que ni tenía un pobre juncal en su ribera. - - ¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia - que borra el misterioso azogue del cristal! - ¡Oh el alma sin amores que el Universo copia - con un irremediable bostezo universal! - ................................ - Quiso el poeta recordar a solas, - las ondas bien amadas, la luz de los cabellos - que él llamaba en sus rimas rubias olas. - Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos... - - Y un día--como tantos--al aspirar un día - aromas de una rosa que en el rosal se abría, - brotó, como una llama la luz de los cabellos - que él en sus madrigales llamaba rubias olas, - brotó, porque una aroma igual tuvieron ellos... - Y se alejó en silencio para llorar a solas. - - - L - ACASO... - - Como atento no más a mi quimera - no reparaba en torno mío, un día - me sorprendió la fértil primavera - que en todo el ancho campo sonreía. - - Brotaban verdes hojas - de las hinchadas yemas del ramaje, - y flores amarillas, blancas, rojas, - variolaban la mancha del paisaje. - - Y era una lluvia de saetas de oro, - el sol sobre las frondas juveniles; - del amplio río en el caudal sonoro - se miraban los álamos gentiles. - - Tras de tanto camino es la primera - vez que miro brotar la primavera, - dije, y después, declamatoriamente: - - --¡Cuán tarde ya para la dicha mía!-- - Y luego, al caminar, como quien siente - alas de otra ilusión:--Y todavía - ¡yo alcanzaré mi juventud un día! - - - LI - JARDÍN - - Lejos de tu jardín quema la tarde - inciensos de oro en purpurinas llamas, - tras el bosque de cobre y de ceniza. - En tu jardín hay dalias. - ¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece - la obra de un peluquero, - con esa pobre palmerilla enana, - y ese cuadro de mirtos recortados... - y el naranjito en su tonel... El agua - de la fuente de piedra - no cesa de reir sobre la concha blanca. - - - LII - FANTASÍA DE UNA NOCHE DE ABRIL - - ¿Sevilla?... ¿Granada?... La noche de luna. - Angosta la calle, revuelta y moruna, - de blancas paredes y obscuras ventanas. - Cerrados postigos, corridas persianas... - El cielo vestía su gasa de abril. - - Un vino risueño me dijo el camino. - Yo escucho los áureos consejos del vino, - que el vino es a veces escala de ensueño. - Abril y la noche y el vino risueño - cantaron en coro su salmo de amor. - - La calle copiaba, con sombra en el muro, - el paso fantasma y el sueño maduro - de apuesto embozado, galán caballero: - espada tendida, calado sombrero... - La luna vertía su blanco soñar. - - Como un laberinto mi sueño torcía - de calle en calleja. Mi sombra seguía - de aquel laberinto la sierpe encantada, - en pos de una oculta plazuela cerrada. - La luna lloraba su dulce blancor. - - La casa y la clara ventana florida, - de blancos jazmines y nardos prendida, - más blanco que el blanco soñar de la luna... - --Señora, la hora, tal vez importuna... - ¿Qué espere? (La dueña se lleva el candil). - - Ya sé que sería quimera, señora, - mi sombra galante buscando a la aurora - en noche de estrellas y luna, si fuera - mentira la blanca nocturna quimera - que usurpa a la luna su trono de luz. - - ¡Oh dulce señora, más cándida y bella - que la solitaria matutina estrella - tan clara en el cielo! ¿por qué silenciosa - oís mi nocturna querella amorosa? - ¿Quién hizo, señora, cristal vuestra voz?... - - La blanca quimera, parece que sueña. - Acecha en la oscura estancia la dueña. - --Señora, si acaso otra sombra emboscada - teméis, en la sombra, fiad en mi espada... - Mi espada se ha visto a la luna brillar. - - ¿Acaso os parece mi gesto anacrónico? - El vuestro es, señora, sobrado lacónico. - ¿Acaso os asombra mi sombra embozada, - de espada tendida y toca plumada?... - ¿Seréis la cautiva del moro Gazul?... - - Dijéraislo, y pronto mi amor os diría - el son de mi guzla y la algarabía - más dulce que oyera ventana moruna. - Mi guzla os dijera la noche de luna, - la noche de cándida luna de abril. - - Dijera la clara cantiga de plata - del patio moruno, y la serenata - que lleva el aroma de floridas preces - a los miradores y a los ajimeces, - los salmos de un blanco fantasma lunar. - - Dijera las danzas de trenzas lascivas, - las muelles cadencias de ensueños, las vivas - centellas de lánguidos rostros velados, - los tibios perfumes, los huertos cerrados; - dijera el aroma letal del harén. - - Yo guardo, señora, en mi viejo salterio - también una copla de blanco misterio, - la copla más suave, más dulce y más sabia - que evoca las claras estrellas de Arabia - y aromas de un moro jardín andaluz. - - Silencio... En la noche la paz de la luna - alumbra la blanca ventana moruna. - Silencio... Es el musgo que brota y la hiedra - que lenta desgarra la tapia de piedra... - El llanto que vierte la luna de abril. - - --Si sois una sombra de la primavera, - blanca entre jazmines, o antigua quimera - soñada, en las trovas de dulces cantores, - yo soy una sombra de viejos cantares, - y el signo de un álgebra viejo de amores. - - Los gayos, lascivos decires mejores, - los árabes albos nocturnos soñares, - las coplas mundanas, los salmos talares, - poned en mis labios; - yo soy una sombra también del amor. - - Ya muerta la luna, mi sueño volvía - por la retorcida, moruna calleja. - El sol en Oriente reía - su risa más vieja. - - - LIII - A UN NARANJO Y A UN LIMONERO - VISTOS EN UNA TIENDA DE PLANTAS Y FLORES - - Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte! - medrosas tiritan tus hojas menguadas. - Naranjo en la corte, qué pena da verte - con tus naranjitas secas y arrugadas. - - Pobre limonero de fruto amarillo - cual pomo pulido de pálida cera, - ¡qué pena mirarte, mísero arbolillo - criado en mezquino tonel de madera! - - De los claros bosques de la Andalucía, - ¿quién os trajo a esta castellana tierra - que barren los vientos de la adusta sierra, - hijos de los campos de la tierra mía? - - ¡Gloria de los huertos, árbol limonero, - que enciendes los frutos de pálido oro - y alumbras del negro cipresal austero - las quietas plegarlas erguidas en coro; - - y fresco naranjo del patio querido, - del campo risueño y el huerto soñado, - siempre en mi recuerdo maduro o florido - de frondas y aromas y frutos cargado! - - - LIV - LOS SUEÑOS MALOS - - Está la plaza sombría, - muere el día. - Suenan lejos las campanas. - - De balcones y ventanas - se iluminan las vidrieras, - con reflejos mortecinos, - como huesos blanquecinos - y borrosas calaveras. - - En toda la tarde brilla - una luz de pesadilla. - Está el sol en el ocaso. - Suena el eco de mi paso. - - --¿Eres tú? Ya te esperaba... - --No eras tú a quien yo buscaba. - - - LV - HASTÍO - - Pasan las horas de hastío - por la estancia familiar, - el pobre cuarto sombrío - donde yo empecé a soñar. - - Del reloj arrinconado, - que en la penumbra clarea, - el tic-tac acompasado - odiosamente golpea. - - Dice la monotonía - del agua clara al caer: - un día es como otro día; - hoy es lo mismo que ayer. - - Cae la tarde. El viento agita - el parque mustio y dorado... - ¡Qué largamente ha llorado - toda la fronda marchita! - - - LVI - - Sonaba el reloj la una - dentro de mi cuarto. Era - triste la noche. La luna, - reluciente calavera, - - ya del cénit declinando, - iba del ciprés del huerto - fríamente iluminando - el alto ramaje yerto. - - Por la entreabierta ventana, - llegaban a mis oídos, - metálicos alaridos - de una música lejana. - - Una música tristona, - una mazurca olvidada, - entre inocente y burlona, - mal tañida y mal soplada. - - Y yo sentí el estupor - del alma cuando bosteza, - el corazón, la cabeza, - y... morirse es lo mejor. - - - LVII - CONSEJOS - - I - - Este amor que quiere ser - acaso pronto será; - pero ¿cuándo ha de volver - lo que acaba de pasar? - - Hoy dista mucho de ayer. - ¡Ayer es Nunca jamás! - - - LVIII - - II - - Moneda que está en la mano - quizá se deba guardar; - pero la que está en el alma - se pierde si no se da. - - - LIX - GLOSA - - _Nuestras vidas son los ríos - que van a dar a la mar, - que es el morir._ ¡Gran cantar! - - Entre los poetas míos - tiene Manrique un altar. - - Dulce goce de vivir: - mala ciencia del pasar, - ciego huir a la mar. - - Tras el pavor del morir - está el placer de llegar. - - ¡Gran placer! - Mas ¿y el horror de volver? - ¡Gran pesar! - - - LX - - Anoche cuando dormía - soñé ¡bendita ilusión! - que una fontana fluía - dentro de mi corazón. - Dí, ¿por qué acequia escondida, - agua, vienes hasta mí, - manantial de nueva vida - en donde nunca bebí. - - Anoche cuando dormía - soñé ¡bendita ilusión! - que una colmena tenía - dentro de mi corazón; - y las doradas abejas - iban fabricando en él, - con las amarguras viejas - blanca cera y dulce miel. - - Anoche cuando dormía - soñé ¡bendita ilusión! - que un ardiente sol lucía - dentro de mi corazón. - Era ardiente porque daba - calores de rojo hogar, - y era sol porque alumbraba - y porque hacía llorar. - - Anoche cuando dormía - soñé ¡bendita ilusión! - que era Dios lo que tenía - dentro de mi corazón. - - - LXI - - ¿Mi corazón se ha dormido? - Colmenares de mis sueños - ¿ya no labráis? ¿Está seca - la noria del pensamiento, - los cangilones vacíos, - girando, de sombra llenos? - - No, mi corazón no duerme. - Está despierto, despierto. - Ni duerme ni sueña, mira, - los claros ojos abiertos, - señas lejanas y escucha - a orillas del gran silencio. - - - - - GALERÍAS - - - INTRODUCCIÓN - - Leyendo un claro día - mis bien amados versos, - he visto en el profundo - espejo de mis sueños - - que una verdad divina - temblando está de miedo, - y es una flor que quiere - echar su aroma al viento. - - El alma del poeta - se orienta hacia el misterio. - Sólo el poeta puede - mirar lo que está lejos - dentro del alma, en turbio - y mago son envuelto. - - En esas galerías, - sin fondo del recuerdo, - donde las pobres gentes - colgaron cual trofeo - - el traje de una fiesta - apolillado y viejo, - allí el poeta sabe - el laborar eterno - mirar de las doradas - abejas de los sueños. - - Poetas, con el alma - atenta al hondo cielo, - en la cruel batalla - o en el tranquilo huerto, - - la nueva miel labramos - con los dolores viejos, - la veste blanca y pura - pacientemente hacemos, - y bajo el sol bruñimos - el fuerte arnés de hierro. - - El alma que no sueña, - el enemigo espejo, - proyecta nuestra imagen - con un perfil grotesco. - - Sentimos una ola - de sangre, en nuestro pecho, - que pasa... y sonreímos, - y a laborar volvemos. - - - LXII - - Desgarrada la nube; el arco iris - brillando ya en el cielo, - y en un fanal de lluvia - y sol el campo envuelto. - - Desperté. ¿Quién enturbia - los mágicos cristales de mi sueño? - Mi corazón latía - atónito y disperso. - - ... ¡El limonar florido, - el cipresal del huerto, - el prado verde, el sol, el agua, el iris... - ¡el agua en tus cabellos!... - - Y todo en la memoria se perdía - como una pompa de jabón al viento. - - - LXIII - - Y era el demonio de mi sueño, el ángel - más hermoso. Brillaban - como aceros los ojos victoriosos, - y las sangrientas llamas - de su antorcha alumbraron - la honda cripta del alma. - - --¿Vendrás conmigo?--No, jamás; las tumbas - y los muertos me espantan. - Pero la férrea mano - mi diestra atenazaba. - - --Vendrás conmigo... Y avancé en mi sueño - cegado por la roja luminaria. - Y en la cripta sentí sonar cadenas - y rebullir de fieras enjauladas. - - - LXIV - - Desde el umbral de un sueño me llamaron... - Era la buena voz, la voz querida. - - --¿Dime: vendrás conmigo a ver el alma?... - Llegó a mi corazón una caricia. - - --Contigo siempre... Y avancé en mi sueño - por una larga, escueta galería, - sintiendo el roce de la vesta pura - y el palpitar suave de la mano amiga. - - - LXV - SUEÑO INFANTIL - - Una clara noche - de fiesta y de luna, - noche de mis sueños, - noche de alegría, - - --era luz mi alma - que hoy es bruma toda, - no eran mis cabellos - negros todavía-- - - el hada más joven - me llevó en sus brazos - a la alegre fiesta - que en la plaza ardía. - - So el chisporroteo - de las luminarias, - amor sus madejas - de danzas tejía. - - Y en aquella noche - de fiesta y de luna, - noche de mis sueños - noche de alegría, - - el hada más joven - besaba mi frente..., - con su linda mano - su adiós me decía... - - Todos los rosales - daban sus aromas, - todos los amores - amor entreabría. - - - LXVI - - Si yo fuera un poeta - galante, cantaría - a vuestros ojos un cantar tan puro - como en el mármol blanco el agua limpia. - - Y en una estrofa de agua - todo el cantar sería: - - «Ya sé que no responden a mis ojos, - que ven y no preguntan cuando miran, - los vuestros claros, vuestros ojos tienen - la buena luz tranquila, - la buena luz del mundo en flor, que he visto - desde los brazos de mi madre un día.» - - - LXVII - - Llamó a mi corazón, un claro día, - con un perfume de jardín, el viento. - - --A cambio de este aroma, - todo el aroma de tus rosas quiero. - --No tengo rosas; flores - en mi jardín no hay ya: todas han muerto. - - Me llevaré los llantos de las fuentes, - las hojas amarillas y los mustios pétalos. - Y el viento huyó... Mi corazón sangraba... - Alma ¿qué has hecho de tu pobre huerto? - - - LXVIII - - Hoy buscarás en vano - a tu dolor consuelo. - - Lleváronse tus hadas - el lino de tus sueños. - Está la fuente muda, - y está marchito el huerto. - Hoy sólo quedan lágrimas - para llorar. No hay que llorar ¡silencio! - - - LXIX - - Y nada importa ya que el vino de oro - rebose de tu copa cristalina, - o el agrio zumo enturbie el puro vaso... - - Tú sabes las secretas galerías - del alma, los caminos de los sueños - y la tarde tranquila - donde van a morir... Allí te aguardan - - las hadas silenciosas de la vida, - y hacia un jardín de eterna primavera - te llevarán un día. - - - LXX - - ¡Tocados de otros días, - mustios encajes y marchitas sedas; - salterios arrumbados, - rincones de las salas polvorientas; - - daguerreotipos turbios, - cartas que amarillean; - libracos no leídos - que guardan grises florecitas secas: - - romanticismos muertos, - cursilerías viejas, - cosas de ayer que sois mi alma, y cantos - y cuentos de la abuela!... - - - LXXI - - La casa tan querida - donde habitaba ella, - sobre un montón de escombros arruinada - o derruida, enseña - el negro y carcomido - maltrabado esqueleto de madera. - - La luna está vertiendo - su clara luz en sueños que platea - en las ventanas. Mal vestido y triste, - voy caminando por la calle vieja. - - - LXXII - - Ante el pálido lienzo de la tarde, - la iglesia, con sus torres afiladas - y el ancho campanario, en cuyos huecos - voltean suavemente las campanas, - alta y sombría, surge. - - La estrella es una lágrima - en el azul celeste. - Bajo la estrella clara, - flota, vellón disperso, - una nube quimérica de plata. - - - LXXIII - - Tarde tranquila, casi - con placidez de alma, - para ser joven, para haberlo sido - cuando Dios quiso, para - tener algunas alegrías... lejos - y poder dulcemente recordarlas. - - - LXXIV - - Yo, como Anacreonte, - quiero cantar, reir y echar al viento - las sabias amarguras - y los graves consejos; - - y quiero, sobre todo, emborracharme, - ya lo sabéis... ¡Grotesco! - Pura fe en el morir, pobre alegría - y macabro danzar antes de tiempo. - - - LXXV - - ¡Oh tarde luminosa! - El aire está encantado. - La blanca cigüeña - dormita volando, - y las golondrinas se cruzan, tendidas - las alas agudas al viento dorado, - y en la tarde risueña se alejan - volando, soñando... - - Y hay una que torna como la saeta, - las alas agudas tendidas al aire sombrío, - buscando su negro rincón del tejado. - - La blanca cigüeña, - como un garabato, - tranquila y disforme ¡tan disparatada! - sobre el campanario. - - - LXXVI - - Es una tarde cenicienta y mustia, - destartalada, como el alma mía; - y es esta vieja angustia - que habita mi habitual hipocondría. - - La causa de esta angustia no consigo - ni vagamente comprender siquiera; - pero recuerdo y, recordando, digo: - --Sí, yo era niño, y tú, mi compañera. - - - LXXVII - - Y no es verdad, dolor, yo te conozco, - tú eres nostalgia de la vida buena - y soledad de corazón sombrío, - de barco sin naufragio y sin estrella. - - Como perro olvidado que no tiene - huella ni olfato y yerra - por los caminos, sin camino, como - el niño que en la noche de una fiesta - - se pierde entre el gentío - y el aire polvoriento y las candelas - chispeantes, atónito, y asombra - su corazón de música y de pena, - - así voy yo, borracho, melancólico, - guitarrista lunático, poeta, - y pobre hombre en sueños, - siempre buscando a Dios entre la niebla. - - - LXXVIII - - ¿Y ha de morir contigo el mundo mago - donde guarda el recuerdo - los hálitos más puros de la vida, - la blanca sombra del amor primero, - - la voz que fué a tu corazón, la mano - que tú querías retener en sueños, - y todos los amores - que llegaron al alma, al hondo cielo? - - ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, - la vieja vida en orden tuyo y nuevo? - ¿Los yunques y crisoles de tu alma - laboran para el polvo y para el viento? - - - LXXIX - - Desnuda está la tierra, - y el alma aulla al horizonte pálido - como loba famélica. ¿Qué buscas, - poeta, en el ocaso? - - Amargo caminar, porque el camino - pesa en el corazón. El viento helado, - y la noche que llega, y la amargura - de la distancia... En el camino blanco - - algunos yertos árboles negrean; - en los montes lejanos - hay oro y sangre... El sol murió... ¿Qué buscas, - poeta, en el ocaso? - - - LXXX - CAMPO - - La tarde está muriendo - como un hogar humilde que se apaga. - - Allá, sobre los montes, - quedan algunas brasas. - - Y ese árbol roto en el camino blanco - hace llorar de lástima. - - ¡Dos ramas en el tronco herido, y una - hoja marchita y negra en cada rama! - - ¿Lloras?... Entre los álamos de oro, - lejos, la sombra del amor te aguarda. - - - LXXXI - A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR - - Te he visto, por el parque ceniciento - que los poetas aman - para llorar, como una noble sombra - vagar envuelto en tu levita larga. - - El talante cortés, ha tantos años - compuesto de una fiesta en la antesala, - ¡qué bien tus pobres huesos - ceremoniosos guardan! - - Yo te he visto aspirando, distraído, - con el aliento que la tierra exhala, - --hoy, tibia tarde en que las mustias hojas - húmedo viento arranca-- - del eucalipto verde - - el frescor de las hojas perfumadas. - Y te he visto llevar la seca mano - a la perla que brilla en tu corbata. - - - LXXXII - LOS SUEÑOS - - El hada más hermosa ha sonreído - al ver la lumbre de una estrella pálida - que en hilo suave, blanco y silencioso, - se enrosca al huso de su rubia hermana. - - Y vuelve a sonreir, porque en su rueca - el hilo de los campos se enmaraña. - Tras la tenue cortina de la alcoba - está el jardín envuelto en luz dorada. - - La cuna, casi en sombra. El niño duerme. - Dos hadas laboriosas lo acompañan - hilando de los sueños los sutiles - copos en ruecas de marfil y plata. - - - LXXXIII - - Guitarra del mesón que hoy suenas jota, - mañana petenera, - según quien llega y tañe - las empolvadas cuerdas. - - Guitarra del mesón de los caminos, - no fuiste nunca, ni serás, poeta. - - Tú eres alma que dice su armonía - solitaria a las almas pasajeras... - - Y siempre que te escucha el caminante - sueña escuchar un aire de su tierra. - - - LXXXIV - - El rojo sol de un sueño en el Oriente asoma. - Luz en sueños. ¿No tiemblas, andante peregrino? - Pasado el llano verde, en la florida loma, - acaso está el cercano final de tu camino. - - Tú no verás del trigo la espiga sazonada - y de macizas pomas cargado el manzanar, - ni de la vid rugosa la uva aurirrosada - ha de exprimir su alegre licor en tu lagar. - - Cuando el primer aroma exhalen los jazmines - y cuando más palpiten las rosas del amor, - una mañana de oro que alumbre los jardines, - ¿no huirá, como una nube dispersa, el sueño en flor? - - Campo recién florido y verde, quién pudiera - soñar aún largo tiempo en esas pequeñitas - corolas azuladas que manchan la pradera, - y en esas diminutas primeras margaritas. - - - LXXXV - - La primavera besaba - suavemente la arboleda, - y el verde nuevo brotaba - como una verde humareda. - - Las nubes iban pasando - sobre el campo juvenil... - Yo vi en las hojas temblando - las frescas lluvias de abril. - - Bajo ese almendro florido, - todo cargado de flor, - --recordé--yo he maldecido - mi juventud sin amor. - - Hoy, en mitad de la vida, - me he parado a meditar... - ¿Juventud nunca vivida, - quién te volviera a soñar? - - - LXXXVI - - Eran ayer mis dolores - como gusanos de seda - que iban labrando capullos; - hoy son mariposas negras. - - ¡De cuántas flores amargas - he sacado blanca cera! - ¡Oh, tiempo en que mis pesares - trabajaban como abejas! - - Hoy son como avenas locas, - o cizaña en sementera, - como tizón en espiga, - como carcoma en madera. - - ¡Oh, tiempo en que mis dolores - tenían lágrimas buenas, - y eran como agua de noria - que va regando una huerta! - Hoy son agua de torrente - que arranca el limo a la tierra. - - Dolores que ayer hicieron - de mi corazón colmena, - hoy tratan mi corazón - como a una muralla vieja: - quieren derribarlo, y pronto, - al golpe de la piqueta. - - - LXXXVII - RENACIMIENTO - - Galerías del alma... ¡el alma niña! - Su clara luz risueña; - y la pequeña historia - y la alegría de la vida nueva... - - ¡Ah, volver a nacer, y andar camino, - ya recobrada la perdida senda! - - Y volver a sentir en nuestra mano, - aquel latido de la mano buena - de nuestra madre... Y caminar en sueños - por amor de la mano que nos lleva - - En nuestras almas, todo - por misteriosa mano se gobierna. - Incomprensibles, mudas, - nada sabemos de las almas nuestras. - - Las más hondas palabras - del sabio nos enseñan, - lo que el silbar del viento cuando sopla, - o el sonar de las aguas cuando ruedan. - - - LXXXVIII - - Tal vez la mano, en sueños, - del sembrador de estrellas, - hizo sonar la música olvidada - - como una nota de la lira inmensa, - y la ola humilde a nuestros labios vino - de unas pocas palabras verdaderas. - - - LXXXIX - - Y podrás conocerte recordando - del pasado soñar los turbios lienzos - en este día triste en que caminas - con los ojos abiertos. - - De toda la memoria, sólo vale - el don preclaro de evocar los sueños. - - - XC - - Los árboles conservan - verdes aún las copas, - pero del verde mustio - de las marchitas frondas. - - El agua de la fuente, - sobre la piedra tosca - y de verdín cubierta, - resbala silenciosa. - - Arrastra el viento algunas - amarillentas hojas. - ¡El viento de la tarde - sobre la tierra en sombra! - - - XCI - - Húmedo está, bajo el laurel, el banco - de verdinosa piedra; - lavó la lluvia, sobre el muro blanco, - las empolvadas hojas de la hiedra. - - Del viento del otoño el tibio aliento - los céspedes undula, y la alameda - conversa con el viento... - ¡el viento de la tarde en la arboleda! - - Mientras el sol en el ocaso esplende - que los racimos de la vid orea, - y el buen burgués, en su balcón, enciende - la estoica pipa en que el tabaco humea, - - voy recordando versos juveniles... - ¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro? - ¿Será cierto que os vais, sombras gentiles, - huyendo entre los árboles de oro? - - - - - VARIA - - - XCII - CABALLITOS - - Tournez, tournez, chevaux de bois. - VERLAINE. - - Pegasos, lindos pegasos, - caballitos de madera. - ................................ - Yo conocí, siendo niño, - la alegría de dar vueltas - sobre un corcel colorado, - en una noche de fiesta. - - En el aire polvoriento - chispeaban las candelas, - y la noche azul ardía - toda sembrada de estrellas. - - Alegrías infantiles - que cuestan una moneda - de cobre, lindos pegasos, - caballitos de madera. - - - XCIII - RUIDOS - - Deletreos de armonía - que ensaya inexperta mano. - - Hastío. Cacofonía - del sempiterno piano - que yo de niño escuchaba - soñando... no sé con qué, - - con algo que no llegaba, - todo lo que ya se fué. - - - XCIV - PESADILLA - - En medio de la plaza, y sobre tosca piedra, - el agua brota y brota. En el cercano huerto - eleva, tras el muro ceñido por la hiedra, - alto ciprés, la mancha de su ramaje yerto. - - La tarde está cayendo frente a los caserones - de la ancha plaza, en sueños. Relucen las vidrieras - con ecos mortecinos de sol. En los balcones - hay formas que parecen confusas calaveras. - - La calma es infinita en la desierta plaza, - donde pasea el alma su traza de alma en pena. - El agua brota y brota en la marmórea taza. - En todo el aire en sombra no más que el agua suena. - - - XCV - DE LA VIDA - - (COPLAS MUNDANAS) - - Poeta ayer, hoy triste y pobre - filósofo trasnochado, - tengo en monedas de cobre - el oro de ayer cambiado. - - Sin placer y sin fortuna, - pasó como una quimera - mi juventud, la primera... - la sola, no hay más que una; - la de dentro es la de fuera. - - Pasó como un torbellino - bohemia y aborrascada, - harta de coplas y vino, - mi juventud bien amada. - - Y hoy miro a las galerías - del recuerdo para hacer - aleluyas de elegías - desconsoladas de ayer. - - ¡Adiós, lágrimas cantoras, - lágrimas que alegremente - brotabais, como en la fuente - las limpias aguas sonoras! - - ¡Buenas lágrimas vertidas - por un amor juvenil, - cual frescas lluvias caídas - sobre los campos de abril! - - No canta ya el ruiseñor - de cierta noche serena; - sanamos del mal de amor - que sabe llorar sin pena. - - Poeta ayer, hoy triste y pobre - filósofo trasnochado, - tengo en monedas de cobre - el oro de ayer cambiado. - - - XCVI - SOL DE INVIERNO - - Es medio día. Un parque. - Invierno. Blancas sendas, - simétricos montículos - y ramas esqueléticas. - - Bajo el invernadero, - naranjos en maceta, - y en su tonel, pintado - de verde, la palmera. - - Un viejecillo dice, - para su capa vieja: - «¡El sol, esta hermosura - de sol!...» Los niños juegan. - - El agua de la fuente - resbala, corre y sueña - lamiendo, casi muda, - la verdinosa piedra. - - - XCVII - RETRATO - - Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, - y un huerto claro donde madura el limonero; - mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; - mi historia, algunos casos que recordar no quiero. - - Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido, - --ya conocéis mi torpe aliño indumentario-- - mas recibí la flecha que me asignó Cupido, - y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario. - - Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, - pero mi verso brota de manantial sereno; - y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, - soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. - - Adoro la hermosura, y en la moderna estética - corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; - mas no amo los afeites de la actual cosmética, - ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar. - - Desdeño las romanzas de los tenores huecos - y el coro de los grillos que cantan a la luna. - A distinguir me paro las voces de los ecos, - y escucho solamente entre las voces, una. - - ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera - mi verso, como deja el capitán su espada: - famosa por la mano viril que la blandiera, - no por el docto oficio del forjador preciada. - - Converso con el hombre que siempre va conmigo; - --quien habla solo, espera hablar a Dios un día-- - mi soliloquio es plática con este buen amigo - que me enseñó el secreto de la filantropía. - - Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. - A mi trabajo acudo, con mi dinero pago - el traje que me cubre y la mansión que habito, - el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. - - Y cuando llegue el día del último viaje - y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, - me encontraréis a bordo ligero de equipaje, - casi desnudo, como los hijos de la mar. - - - XCVIII - A ORILLAS DEL DUERO - - Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día. - Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía, - buscando los recodos de sombra, lentamente. - A trechos me paraba para enjugar mi frente - y dar algún respiro al pecho jadeante; - o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante - y hacia la mano diestra vencido y apoyado - en un bastón, a guisa de pastoril cayado, - trepaba por los cerros que habitan las rapaces - aves de altura, hollando las hierbas montaraces - de fuerte olor--romero, tomillo, salvia, espliego--. - Sobre los agrios campos caía un sol de fuego. - - Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo - cruzaba solitario el puro azul del cielo. - Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo, - y una redonda loma cual recamado escudo, - y cárdenos alcores sobre la parda tierra - --harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra-- - las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero - para formar la corva ballesta de un arquero - en torno a Soria.--Soria es una barbacana - hacia Aragón que tiene la torre castellana.-- - Veía el horizonte cerrado por colinas - obscuras, coronadas de robles y de encinas; - desnudos peñascales, algún humilde prado - donde el merino pace y el toro arrodillado - sobre la hierba rumia, las márgenes del río - lucir sus verdes álamos al claro sol de estío, - y, silenciosamente, lejanos pasajeros, - ¡tan diminutos!--carros, jinetes y arrieros-- - cruzar el largo puente y bajo las arcadas - de piedra ensombrecerse las aguas plateadas - del Duero. - - El Duero cruza el corazón de roble - de Iberia y de Castilla. - ¡Oh, tierra triste y noble, - la de los altos llanos y yermos y roquedas, - de campos sin arados, regatos ni arboledas; - decrépitas ciudades, caminos sin mesones - y atónitos palurdos sin danzas ni canciones - que aún van, abandonando el mortecino hogar, - como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar! - - Castilla miserable, ayer dominadora, - envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora. - ¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada - recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada? - Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira; - cambian la mar y el monte y el ojo que los mira. - ¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra - de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra. - - La madre en otro tiempo fecunda en capitanes - madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes. - Castilla no es aquella tan generosa un día - cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía, - ufano de su nueva fortuna y su opulencia, - a regalar a Alfonso los huertos de Valencia; - o que, tras la aventura que acreditó sus bríos, - pedía la conquista de los inmensos ríos - indianos a la corte, la madre de soldados - guerreros y adalides que han de tornar cargados - de plata y oro a España en regios galeones, - para la presa cuervos, para la lid leones. - Filósofos nutridos de sopa de convento - contemplan impasibles el amplio firmamento; - y si les llega en sueños, como un rumor distante, - clamor de mercaderes de muelles de Levante, - no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa? - Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa. - - Castilla miserable, ayer dominadora, - envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora. - - El sol va declinando. De la ciudad lejana - me llega un armonioso tañido de campana - --ya irán a su rosario las enlutadas viejas--. - De entre las peñas salen dos lindas comadrejas; - me miran y se alejan, huyendo, y aparecen - de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen. - Hacia el camino blanco está el mesón abierto - al campo ensombrecido y al pedregal desierto. - - - XCIX - POR TIERRAS DE ESPAÑA - - El hombre de estos campos que incendia los pinares - y su despojo aguarda como botín de guerra, - antaño hubo raído los negros encinares, - talado los robustos robledos de la sierra. - - Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares; - la tempestad llevarse los limos de la tierra - por los sagrados ríos hacia los anchos mares; - y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra. - - Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, - pastores que conducen sus hordas de merinos - a Extremadura fértil, rebaños trashumantes - que mancha el polvo y dora el sol de los caminos. - - Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto, - hundidos, recelosos, movibles; y trazadas - cual arco de ballesta, en el semblante enjuto - de pómulos salientes, las cejas muy pobladas. - - Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, - capaz de insanos vicios y crímenes bestiales, - que bajo el pardo sayo esconde un alma fea, - esclava de los siete pecados capitales. - - Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza - guarda su presa y llora la que el vecino alcanza; - ni para su infortunio ni goza su riqueza; - le hieren y acongojan fortuna y malandanza. - - El numen de estos campos es sanguinario y fiero; - al declinar la tarde, sobre el remoto alcor, - veréis agigantarse la forma de un arquero, - la forma de un inmenso centauro flechador. - - Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta - --no fué por estos campos el bíblico jardín-- - son tierras para el águila, un trozo de planeta - por donde cruza errante la sombra de Caín. - - - C - EL HOSPICIO - - Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano, - el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas - en donde los vencejos anidan en verano - y graznan en las noches de invierno las cornejas. - - Con su frontón al Norte, entre los dos torreones - de antigua fortaleza, el sórdido edificio - de grietados muros y sucios paredones, - es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio! - - Mientras el sol de enero su débil luz envía, - su triste luz velada sobre los campos yermos, - a un ventanuco asoman, al declinar el día, - algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos, - - a contemplar los montes azules de la sierra; - o, de los cielos blancos, como sobre una fosa, - caer la blanca nieve sobre la fría tierra, - sobre la tierra fría la nieve silenciosa!... - - - CI - EL DIOS IBERO - - Igual que el ballestero - tahur de la cantiga, - tuviera una saeta el hombre ibero - para el Señor que apedreó la espiga - y malogró los frutos otoñales, - y un «gloria a ti» para el Señor que grana - centenos y trigales - que el pan bendito le darán mañana. - - Señor de la ruina, - adoro porque aguardo y porque temo: - con mi oración se inclina - hacia la tierra un corazón blasfemo. - - ¡Señor, por quien arranco el pan con pena - sé tu poder, conozco mi cadena! - ¡Oh dueño de la nube del estío - que la campiña arrasa, - del seco otoño, del helar tardío, - y del bochorno que la mies abrasa! - - ¡Señor del iris, sobre el campo verde - donde la oveja pace, - Señor del fruto que el gusano muerde - y de la choza que el turbión deshace, - tu soplo el fuego del hogar aviva, - tu lumbre da sazón al rubio grano - y cuaja el hueso de la verde oliva, - la noche de San Juan, tu santa mano! - - ¡Oh dueño de fortuna y de pobreza, - ventura y malandanza, - que al rico das favores y pereza - y al pobre su dolor y su esperanza! - - ¡Señor, Señor, en la voltaria rueda - del año he visto mi simiente echada, - corriendo igual albur que la moneda - del jugador en el azar sembrada! - - ¡Señor, hoy paternal, ayer cruento, - con doble faz de amor y de venganza, - a ti, en un dado de tahur al viento - va mi oración, blasfemia y alabanza! - - Este que insulta a Dios en los altares, - no más atento al ceño del destino, - también soñó caminos en los mares - y dijo: es Dios sobre la mar camino. - - ¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra, - más allá de la suerte, - más allá de la tierra, - más allá de la mar y de la muerte? - - ¿No dió la encina ibera - para el fuego de Dios la buena rama, - que fué en la santa hoguera - de amor una con Dios en pura llama? - - Mas hoy... ¡Qué importa un día! - Para los nuevos lares - estepas hay en la floresta umbría, - leña verde en los viejos encinares. - - Aun larga patria espera - abrir al corvo arado sus besanas; - para el grano de Dios hay sementera - bajo cardos y abrojos y bardanas. - - ¡Qué importa un día! Está el ayer alerto - a mañana, mañana al infinito, - hombres de España, ni el pasado ha muerto, - ni está el mañana--ni el ayer--escrito. - - ¿Quién ha visto la faz al Dios hispano? - Mi corazón aguarda - al hombre ibero de la recia mano, - que tallará en el roble castellano - el Dios adusto de la tierra parda. - - - CII - ORILLAS DEL DUERO - - Primavera soriana, primavera - humilde, como el sueño de un bendito, - de un pobre caminante que durmiera - de cansancio en un páramo infinito! - - ¡Campillo amarillento, - como tosco sayal de campesina, - pradera de velludo polvoriento - donde pace la escuálida merina! - - ¡Aquellos diminutos pegujales - de tierra labrantía, - donde apuntan centenos y trigales - que el pan moreno nos darán un día! - - Y otra vez roca y roca, pedregales - desnudos y pelados serrijones, - la tierra de las águilas caudales, - malezas y jarales, - hierbas monteses, zarzas y cambrones. - - ¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía! - ¡Castilla, tus decrépitas ciudades! - ¡La agria melancolía - que puebla tus sombrías soledades! - - ¡Castilla varonil, adusta tierra, - Castilla del desdén contra la suerte, - Castilla del dolor y de la guerra, - tierra inmortal, Castilla de la muerte! - - Era una tarde, cuando el campo huía - del sol y en el asombro del planeta, - como un globo morado aparecía - la hermosa luna, amada del poeta. - - En el cárdeno cielo violeta - alguna clara estrella fulguraba. - El aire ensombrecido - oreaba mis sienes, y acercaba - el murmullo del agua hasta mi oído. - - Entre cerros de plomo y de ceniza - manchados de roídos encinares, - y entre calvas roquedas de caliza, - iba a embestir los ocho tajamares - del puente el padre río, - que surca de Castilla el yermo frío. - - ¡Oh Duero, tu agua corre - y correrá mientras las nieves blancas - de enero el sol de mayo - haga fluir por hoces y barrancas, - mientras tengan las sierras su turbante - de nieve y de tormenta, - y brille el olifante - del sol, tras de la nube cenicienta!... - - ¿Y el viejo romancero - fué el sueño de un juglar junto a tu orilla? - ¿Acaso como tú y por siempre, Duero, - irá corriendo hacia la mar Castilla? - - - CIII - LAS ENCINAS - - A los Sres. de Masriera, en recuerdo de una expedición al Pardo. - - ¡Encinares castellanos - en laderas y altozanos, - serrijones y colinas - llenos de obscura maleza, - encinas, pardas encinas, - --humildad y fortaleza--! - - Mientras que llenándoos va - el hacha de calvijares, - ¿nadie cantaros sabrá, - encinares? - - El roble es la guerra, el roble - dice el valor y el coraje, - rabia inmoble - en su torcido ramaje, - y es más rudo - que la encina, más nervudo, - más altivo y más señor. - - El alto roble parece - que recalca y ennudece - su robustez como atleta - que, erguido, afinca en el suelo. - - El pino es el mar y el cielo - y la montaña: el planeta. - La palmera es el desierto, - el sol y la lejanía; - la sed: una fuente fría - soñada en el campo yerto. - - Las hayas son la leyenda. - Alguien, en las viejas hayas, - leía una historia horrenda - de crímenes y batallas. - - ¿Quién ha visto sin temblar - un hayedo en un pinar? - Los chopos son la ribera, - liras de la primavera, - cerca del agua que fluye, - pasa y huye, - viva o lenta, - que se emboca turbulenta - o en remanso se dilata, - y en su eterno escalofrío - copian el agua del río - que fluye en ondas de plata. - - De los parques las olmedas - son las buenas arboledas - que nos han visto jugar, - cuando eran nuestros cabellos - rubios y, con nieve en ellos, - nos han de ver meditar. - - Tiene el manzano el olor - de su poma, - el eucalipto el aroma - de sus hojas, de su flor - el naranjo la fragancia; - y es del huerto - la elegancia - el ciprés oscuro y yerto. - - ¿Qué tienes tú, negra encina - campesina, - con tus ramas sin color - en el campo sin verdor; - con tu tronco ceniciento - sin esbeltez ni altiveza, - con tu vigor sin tormento, - y tu humildad que es firmeza? - - En tu copa ancha y redonda - nada brilla, - ni tu verdioscura fronda - ni tu flor verdiamarilla. - - Nada es lindo ni arrogante - en tu porte, ni guerrero, - nada fiero - que aderece su talante. - Brotas derecha o torcida - con esa humildad que cede - sólo a la ley de la vida, - que es vivir como se puede. - - El campo mismo se hizo - árbol en ti, parda encina. - Ya bajo el sol que calcina, - ya contra hielo invernizo, - el bochorno y la borrasca, - el agosto y el enero, - los copos de la nevasca, - los hilos del aguacero, - siempre firme, siempre igual, - impasible, casta y buena, - ¡oh tú, robusta y serena, - eterna encina rural - de los negros encinares - de la raya aragonesa - y las crestas militares - de la tierra pamplonesa; - encinas de Extremadura, - de Castilla, que hizo a España, - encinas de la llanura, - del cerro y de la montaña; - encinas del alto llano - que el joven Duero rodea, - y del Tajo que serpea - por el suelo toledano; - encinas de junto al mar - --en Santander--encinar - que pones tu nota arisca, - como un castellano ceño, - en Córdoba la morisca, - y tú, encinar madrileño, - bajo el Guadarrama frío, - tan hermoso, tan sombrío, - con tu adustez castellana - corrigiendo, - la vanidad y el atuendo - y la hetiquez cortesana!... - Ya sé, encinas - campesinas, - que os pintaron con lebreles - elegantes y corceles, - los más egregios pinceles, - que os cantaron los poetas - augustales, - que os asordan escopetas - de cazadores reales; - mas sois el campo y el lar - y la sombra tutelar - de los buenos aldeanos - que visten parda estameña, - y que cortan vuestra leña - con sus manos. - - - CIV - CAMINOS - - ¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo, - la sierra gris y blanca, - la sierra de mis tardes madrileñas - que yo veía en el azul pintada? - - Por tus barrancos hondos - y por tus cumbres agrias, - mil Guadarramas y mil soles vienen, - cabalgando conmigo, a tus entrañas. - - _Camino de Balsaín, 1914._ - - - CV - EN ABRIL, LAS AGUAS MIL - - Son de abril las aguas mil. - Sopla el viento achubascado, - y entre nublado y nublado - hay trozos de cielo añil. - - Agua y sol. El iris brilla. - En una nube lejana, - zigzagea - una centella amarilla. - - La lluvia da en la ventana - y el cristal repiquetea. - - A través de la neblina - que forma la lluvia fina, - se divisa un prado verde, - y un encinar se esfumina, - y una sierra gris se pierde. - - Los hilos del aguacero - sesgan las nacientes frondas, - y agitan las turbias ondas - en el remanso del Duero. - - Lloviendo está en los habares - y en las pardas sementeras; - y el sol, en los encinares, - charcos por las carreteras. - - Lluvia y sol. Ya se obscurece - el campo, ya se ilumina; - allí un cerro desparece, - allá surge una colina. - - Ya son claros, ya sombríos - los dispersos caseríos, - los lejanos torreones. - - Hacia la sierra plomiza - van rodando en pelotones - nubes de uata y ceniza. - - - CVI - UN LOCO - - Es una tarde mustia y desabrida - de un otoño sin frutos, en la tierra - estéril y raída - donde la sombra de un centauro yerra. - - Por un camino en la árida llanura, - entre álamos marchitos, - a solas con su sombra y su locura, - va el loco, hablando a gritos. - - Lejos se ven sombríos estepares, - colinas con malezas y cambrones, - y ruinas de viejos encinares, - coronando los agrios serrijones. - - El loco vocifera - a solas con su sombra y su quimera. - Es horrible y grotesca su figura; - flaco, sucio, maltrecho y mal rapado, - ojos de calentura - iluminan su rostro demacrado. - - Huye de la ciudad... Pobres maldades, - misérrimas virtudes y quehaceres - de chulos aburridos, y ruindades - de ociosos mercaderes. - - Por los campos de Dios el loco avanza. - Tras la tierra esquelética y sequiza - --rojo de herrumbre y pardo de ceniza-- - hay un sueño de lirio en lontananza. - - Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano! - --¡carne triste y espíritu villano!-- - - No fué por una trágica amargura - esta alma errante desgajada y rota; - purga un pecado ajeno: la cordura, - la terrible cordura del idiota. - - - CVII - FANTASÍA ICONOGRÁFICA - - La calva prematura - brilla sobre la frente amplia y severa; - bajo la piel de pálida tersura - se trasluce la fina calavera. - - Mentón agudo y pómulos marcados - por trazos de un punzón adamantino; - y de insólita púrpura manchados - los labios que soñara un florentino. - - Mientras la boca sonreir parece, - los ojos perspicaces, - que un ceño de atención empequeñece, - miran y ven, profundos y tenaces. - - Tiene sobre la mesa un libro viejo - donde posa la mano distraída. - Al fondo de la cuadra, en el espejo, - una tarde dorada está dormida. - - Montañas de violeta - y grisientos breñales, - la tierra que ama el santo y el poeta, - los buitres y las águilas caudales. - - Del abierto balcón al blanco muro - va una franja de sol anaranjada - que inflama el aire, en el ambiente obscuro - que envuelve la armadura arrinconada. - - - CVIII - UN CRIMINAL - - El acusado es pálido y lampiño. - Arde en sus ojos una fosca lumbre, - que repugna a su máscara de niño - y ademán de piadosa mansedumbre. - - Conserva del obscuro seminario - el talante modesto y la costumbre - de mirar a la tierra o al breviario. - - Devoto de María, - madre de pecadores, - por Burgos bachiller en teología, - presto a tomar las órdenes menores. - - Fué su crimen atroz. Hartóse un día - de los textos profanos y divinos, - sintió pesar del tiempo que perdía - enderezando hipérbatons latinos. - - Enamoróse de una hermosa niña; - subiósele el amor a la cabeza - como el zumo dorado de la viña, - y despertó su natural fiereza. - - En sueños vió a sus padres--labradores - de mediano caudal--iluminados, - del hogar por los rojos resplandores, - los campesinos rostros atezados. - - Quiso heredar. ¡Oh, guindos y nogales - del huerto familiar, verde y sombrío, - y doradas espigas candeales - que colmarán los trojes del estío! - - Y se acordó del hacha que pendía - en el muro, luciente y afilada, - el hacha fuerte que la leña hacía - de la rama de roble cercenada. - ............................... - Frente al reo, los jueces en sus viejos - ropones enlutados, - y una hilera de obscuros entrecejos - y de plebeyos rostros--los jurados. - - El abogado defensor perora, - golpeando el pupitre con la mano; - emborrona papel un escribano, - mientras oye el fiscal indiferente - el alegato enfático y sonoro, - y repasa los autos judiciales - o, entre sus dedos, de las gafas de oro - acaricia los límpidos cristales. - - Dice un ujier: «Va sin remedio al palo». - El joven cuervo la clemencia espera. - Un pueblo carne de horca, la severa - justicia aguarda que castiga al malo. - - - CIX - AMANECER DE OTOÑO - - A Julio Romero de Torres. - - Una larga carretera - entre grises peñascales - y alguna humilde pradera - donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales. - - Está la tierra mojada - por las gotas del rocío, - y la alameda dorada, - hacia la curva del río. - - Tras los montes de violeta - quebrado el primer albor. - A la espalda la escopeta, - entre sus galgos agudos, caminando un cazador. - - - CX - EN TREN - - Yo para todo viaje, - --siempre sobre la madera - de mi vagón de tercera-- - voy ligero de equipaje. - Si es de noche, porque no - acostumbro a dormir yo, - y de día, por mirar - los arbolitos pasar, - yo nunca duermo en el tren, - y, sin embargo, voy bien. - ¡Este placer de alejarse! - Londres, Madrid, Ponferrada, - tan lindos para marcharse... - Lo molesto es la llegada. - Luego, el tren, al caminar, - siempre nos hace soñar; - y casi, casi olvidamos - el jamelgo que montamos. - ¡Oh, el pollino - que sabe bien el camino! - ¿Dónde estamos? - ¿Dónde todos nos bajamos? - ¡Frente a mí va una monjita - tan bonita! - Tiene esa expresión serena - que a la pena - da una esperanza infinita. - Y yo pienso: Tú eres buena; - porque diste tus amores - a Jesús; porque no quieres - ser madre de pecadores. - Mas tú eres - maternal, - bendita entre las mujeres, - madrecita virginal. - Algo en tu rostro es divino - bajo tus cofias de lino. - Tus mejillas - --esas rosas amarillas-- - fueron rosadas, y, luego, - ardió en tus entrañas fuego; - y hoy, esposa de la Cruz, - ya eres luz, y sólo luz... - ¡Todas las mujeres bellas - fueran, como tú, doncellas - en un convento a encerrarse!... - Y la niña que yo quiero - ¡ay! ¡preferirá casarse - con un mocito barbero! - El tren camina y camina, - y la máquina resuella, - y tose con tos ferina. - ¡Vamos en una centella! - - _1909._ - - - CXI - NOCHE DE VERANO - - Es una hermosa noche de verano. - Tienen las altas casas - abiertos los balcones - del viejo pueblo a la anchurosa plaza. - En el amplio rectángulo desierto, - bancos de piedra, evónimos y acacias - simétricos dibujan. - sus negras sombras en la arena blanca. - En el cénit, la luna y en la torre - la esfera del reloj iluminada. - Yo en este viejo pueblo paseando - solo, como un fantasma. - - - CXII - PASCUA DE RESURRECCIÓN - - Mirad: el arco de la vida traza - el iris sobre el campo que verdea. - Buscad vuestros amores, doncellitas, - donde brota la fuente de la piedra. - En donde el agua ríe y sueña y pasa, - allí el romance del amor se cuenta. - ¿No han de mirar un día, en vuestros brazos, - atónitos, el sol de primavera, - ojos que vienen a la luz cerrados, - y que al partirse de la vida ciegan? - ¿No beberán un día en vuestros senos - los que mañana labrarán la tierra? - ¡Oh, celebrad este domingo claro, - madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas! - Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre. - Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas - y escriben en las torres sus blancos garabatos. - Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas. - Entre los robles muerden - los negros toros la menuda hierba, - y el pastor que apacienta los merinos - su pardo sayo en la montaña deja. - - - CXIII - CAMPOS DE SORIA - - I - - Es la tierra de Soria árida y fría. - Por las colinas y las sierras calvas, - verdes pradillos, cerros cenicientos, - la primavera pasa - dejando entre las hierbas olorosas - sus diminutas margaritas blancas. - - La tierra no revive, el campo sueña. - Al empezar abril está nevada - la espalda del Moncayo; - el caminante lleva en su bufanda - envueltos cuello y boca, y los pastores - pasan cubiertos con sus luengas capas. - - II - - Las tierras labrantías, - como retazos de estameñas pardas, - el huertecillo, el abejar, los trozos - de verde oscuro en que el merino pasta, - entre plomizos peñascales, siembran - el sueño alegre de infantil arcadia. - En los chopos lejanos del camino, - parecen humear las yertas ramas - como un glauco vapor--las nuevas hojas-- - y en las quiebras de valles y barrancas - blanquean los zarzales florecidos - y brotan las violetas perfumadas. - - III - - Es el campo ondulado, y los caminos - ya ocultan los viajeros que cabalgan - en pardos borriquillos, - ya al fondo de la tarde arrebolada - elevan las plebeyas figurillas - que el lienzo de oro del ocaso manchan. - Mas si trepáis a un cerro y veis el campo - desde los picos donde habita el águila, - son tornasoles de carmín y acero, - llanos plomizos, lomas plateadas, - circuídos por montes de violeta, - con las cumbres de nieve sonrosada. - - IV - - ¡Las figuras del campo sobre el cielo! - Dos lentos bueyes aran - en un alcor cuando el otoño empieza, - y entre las negras testas doblegadas - bajo el pesado yugo, - pende un cesto de juncos y retama, - que es la cuna de un niño; - y tras la yunta marcha - un hombre que se inclina hacia la tierra, - y una mujer que en las abiertas zanjas - arroja la semilla. - Bajo una nube de carmín y llama, - en el oro fluido y verdinoso - del poniente las sombras se agigantan. - - V - - La nieve. En el mesón al campo abierto - se ve el hogar donde la leña humea - y la olla al hervir borbollonea. - El cierzo corre por el campo yerto - alborotando en blancos torbellinos - la nieve silenciosa. - La nieve sobre el campo y los caminos, - cayendo está como sobre una fosa. - Un viejo acurrucado tiembla y tose - cerca del fuego; su mechón de lana - la vieja hila, y una niña cose - verde ribete a su estameña grana. - Padres los viejos son de un arriero - que caminó sobre la blanca tierra, - y una noche perdió ruta y sendero, - y se enterró en las nieves de la sierra. - En torno al fuego hay un lugar vacío, - y en la frente del viejo, de hosco ceño, - como un tachón sombrío - --tal el golpe de un hacha sobre un leño--. - La vieja mira al campo cual si oyera - pasos sobre la nieve. Nadie pasa. - Desierta la vecina carretera, - desierto el campo en torno de la casa. - La niña piensa que en los verdes prados - ha de correr con otras doncellitas - en los días azules y dorados, - cuando crecen las blancas margaritas. - - VI - - ¡Soria fría, _Soria pura, - cabeza de Extremadura_, - con su castillo guerrero - arruinado, sobre el Duero; - con sus murallas roídas - y sus casas denegridas! - - ¡Muerta ciudad de señores - soldados o cazadores; - de portales con escudos - de cien linajes hidalgos, - y de famélicos galgos, - de galgos flacos y agudos, - que pululan - por las sórdidas callejas, - y a la media noche ululan, - cuando graznan las cornejas! - - ¡Soria fría! La campana - de la Audiencia da la una. - Soria, ciudad castellana - ¡tan bella! bajo la luna. - - VII - - ¡Colinas plateadas, - grises alcores, cárdenas roquedas - por donde traza el Duero - su curva de ballesta - en torno a Soria, oscuros encinares, - ariscos pedregales, calvas sierras, - caminos blancos y álamos del río, - tardes de Soria, mística y guerrera, - hoy siento por vosotros, en el fondo - del corazón, tristeza, - tristeza que es amor! ¡Campos de Soria - donde parece que las rocas sueñan, - conmigo vais!... ¡Colinas plateadas, - grises alcores, cárdenas roquedas! - - VIII - - He vuelto a ver los álamos dorados, - álamos del camino en la ribera - del Duero, entre San Polo y San Saturio, - tras las murallas viejas - de Soria--barbacana - hacia Aragón, en castellana tierra. - - Estos chopos del río, que acompañan - con el sonido de sus hojas secas - el son del agua cuando el viento sopla, - tienen en sus cortezas - grabadas iniciales que son nombres - de enamorados, cifras que son fechas. - ¡Álamos del amor que ayer tuvisteis - de ruiseñores vuestras ramas llenas; - álamos que seréis mañana liras - del viento perfumado en primavera; - álamos del amor cerca del agua - que corre y pasa y sueña, - álamos de las márgenes del Duero, - conmigo vais, mi corazón os lleva! - - IX - - ¡Oh!, sí, conmigo vais, campos de Soria, - tardes tranquilas, montes de violeta, - alamedas del río, verde sueño - del suelo gris y de la parda tierra, - agria melancolía - de la ciudad decrépita, - ¿me habéis llegado al alma, - o acaso estabais en el fondo de ella? - ¡Gentes del alto llano numantino - que a Dios guardáis como cristianas viejas, - que el sol de España os llene - de alegría, de luz y de riqueza! - - - CXIV - LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ - - Al poeta Juan Ramón Jiménez. - - I - - Siendo mozo Alvargonzález, - dueño de mediana hacienda, - que en otras tierras se dice - bienestar y aquí, opulencia, - en la feria de Berlanga - prendóse de una doncella, - y la tomó por mujer - al año de conocerla. - Muy ricas las bodas fueron, - y quien las vió las recuerda; - sonadas las tornabodas - que hizo Alvar en su aldea; - hubo gaitas, tamboriles, - flauta, bandurria y vihuela, - fuegos a la valenciana - y danza a la aragonesa. - - II - - Feliz vivió Alvargonzález - en el amor de su tierra. - Naciéronle tres varones, - que en el campo son riqueza, - y, ya crecidos, los puso, - uno a cultivar la huerta, - otro a cuidar los merinos, - y dió el menor a la iglesia. - - III - - Mucha sangre de Caín - tiene la gente labriega, - y en el hogar campesino - armó la envidia pelea. - - Casáronse los mayores; - tuvo Alvargonzález nueras, - que le trajeron cizaña, - antes que nietos le dieran. - - La codicia de los campos - ve tras la muerte la herencia; - no goza de lo que tiene - por ansia de lo que espera. - - El menor, que a los latines - prefería las doncellas - hermosas y no gustaba - de vestir por la cabeza, - colgó la sotana un día - y partió a lejanas tierras. - La madre lloró y el padre - dióle bendición y herencia. - - IV - - Alvargonzález ya tiene - la adusta frente arrugada, - por la barba le platea - el bozo azul de la cara. - - Una mañana de otoño - salió solo de su casa; - no llevaba sus lebreles, - agudos canes de caza; - - iba triste y pensativo - por la alameda dorada; - anduvo largo camino - y llegó a una fuente clara. - - Echóse en la tierra; puso - sobre una piedra la manta, - y a la vera de la fuente - durmió al arrullo del agua. - - EL SUEÑO - - I - - Y Alvargonzález veía, - como Jacob, una escala - que iba de la tierra al cielo, - y oyó una voz que le hablaba. - Mas las hadas hilanderas, - entre las guedejas blancas - y vellones de oro, han puesto - un mechón de negra lana. - - II - - Tres niños están jugando - a la puerta de su casa; - entre los mayores brinca - un cuervo de negras alas. - La mujer vigila, cose - y, a ratos, sonríe y canta. - --Hijos, ¿qué hacéis? les pregunta. - Ellos se miran y callan. - --Subid al monte, hijos míos, - y antes que la noche caiga, - con un brazado de estepas - hacedme una buena llama. - - III - - Sobre el lar de Alvargonzález - está la leña apilada; - el mayor quiere encenderla, - pero no brota la llama. - --Padre, la hoguera no prende, - está la estepa mojada. - - Su hermano viene a ayudarle - y arroja astillas y ramas - sobre los troncos de roble; - pero el rescoldo se apaga. - Acude el menor y enciende, - bajo la negra campana - de la cocina, una hoguera - que alumbra toda la casa. - - IV - - Alvargonzález levanta - en brazos al más pequeño - y en sus rodillas lo sienta: - --Tus manos hacen el fuego... - aunque el último naciste - tú eres en mi amor primero. - - Los dos mayores se alejan - por los rincones del sueño. - Entre los dos fugitivos - reluce un hacha de hierro. - - AQUELLA TARDE... - - I - - Sobre los campos desnudos, - la luna llena manchada - de un arrebol purpurino, - enorme globo, asomaba. - Los hijos de Alvargonzález - silenciosos caminaban, - y han visto al padre dormido - junto de la fuente clara. - - II - - Tiene el padre entre las cejas - un ceño que le aborrasca - el rostro, un tachón sombrío - como la huella de un hacha. - Soñando está con sus hijos, - que sus hijos lo apuñalan; - y cuando despierta mira - que es cierto lo que soñaba. - - III - - A la vera de la fuente - quedó Alvargonzález muerto. - Tiene cuatro puñaladas - entre el costado y el pecho, - por donde la sangre brota, - más un hachazo en el cuello. - Cuenta la hazaña del campo - el agua clara corriendo, - mientras los dos asesinos - huyen hacia los hayedos. - Hasta la Laguna Negra, - bajo las fuentes del Duero, - llevan el muerto, dejando - detrás un rastro sangriento; - y en la laguna sin fondo, - que guarda bien los secretos, - con una piedra amarrada - a los pies, tumba le dieron. - - IV - - Se encontró junto a la fuente - la manta de Alvargonzález, - y camino del hayedo - se vió un reguero de sangre. - Nadie de la aldea ha osado - a la laguna acercarse, - y el sondarla inútil fuera, - que es la laguna insondable. - Un buhonero que cruzaba - aquellas tierras errante, - fué en Dauria acusado, preso - y muerto en garrote infame. - - V - - Pasados algunos meses, - la madre murió de pena. - Los que muerta la encontraron - dicen que las manos yertas - sobre su rostro tenía, - oculto el rostro con ellas. - - VI - - Los hijos de Alvargonzález - ya tienen majada y huerta, - campos de trigo y centeno - y prados de fina hierba; - en el olmo viejo, hendido - por el rayo, la colmena, - dos yuntas para el arado, - un mastín y cien ovejas. - - OTROS DÍAS - - I - - Ya están las zarzas floridas - y los ciruelos blanquean; - ya las abejas doradas - liban para sus colmenas, - y en los nidos que coronan - las torres de las iglesias - asoman los garabatos - ganchudos de las cigüeñas. - Ya los olmos del camino - y chopos de las riberas - de los arroyos, que buscan - al padre Duero, verdean. - El cielo está azul, los montes - sin nieve son de violeta. - La tierra de Alvargonzález - se colmará de riqueza; - muerto está quien la ha labrado, - mas no le cubre la tierra. - - II - - La hermosa tierra de España - adusta, fina y guerrera - Castilla, de largos ríos, - tiene un puñado de sierras - entre Soria y Burgos como - reductos de fortaleza, - como yelmos crestonados - y Urbión es una cimera. - - III - - Los hijos de Alvargonzález, - por una empinada senda, - para tomar el camino - de Salduero a Covaleda, - cabalgan en pardas mulas - bajo el pinar de Vinuesa. - Van en busca de ganado - con que volver a su aldea, - y por tierra de pinares - larga jornada comienzan. - Van Duero arriba, dejando - atrás los arcos de piedra - del puente y el caserío - de la ociosa y opulenta - villa de indianos. El río, - al fondo del valle, suena, - y de las cabalgaduras - los cascos baten las piedras. - A la otra orilla del Duero - canta una voz lastimera: - «La tierra de Alvargonzález - se colmará de riqueza, - y el que la tierra ha labrado - no duerme bajo la tierra.» - - IV - - Llegados son a un paraje - en donde el pinar se espesa, - y el mayor, que abre la marcha, - su parda mula espolea, - diciendo: démonos prisa; - porque son más de dos leguas - de pinar y hay que apurarlas - antes que la noche venga. - - Dos hijos del campo, hechos - a quebradas y asperezas, - porque recuerdan un día - la tarde en el monte tiemblan. - Allá en lo espeso del bosque - otra vez la copla suena: - «La tierra de Alvargonzález - se colmará de riqueza, - y el que la tierra ha labrado - no duerme bajo la tierra.» - - V - - Desde Salduero el camino - va al hilo de la ribera; - a ambas márgenes del río - el pinar crece y se eleva, - y las rocas se aborrascan, - al par que el valle se estrecha. - Los fuertes pinos del bosque - con sus copas gigantescas - y sus desnudas raíces - amarradas a las piedras; - los de troncos plateados - cuyas frondas azulean, - pinos jóvenes; los viejos - cubiertos de blanca lepra, - musgos y líquenes canos - que el grueso tronco rodean, - colman el valle y se pierden - rebasando ambas laderas. - Juan, el mayor dice: Hermano, - si Blas Antonio apacienta - cerca de Urbión su vacada, - largo camino nos queda. - --Cuanto hacia Urbión alarguemos - se puede acortar de vuelta, - tomando por el atajo, - hacia la Laguna Negra, - y bajando por el puerto - de Santa Inés a Vinuesa. - --Mala tierra y peor camino. - Te juro que no quisiera - verlos otra vez. Cerremos - los tratos en Covaleda; - hagamos noche y, al alba, - volvámonos a la aldea - por este valle, que, a veces, - quien piensa atajar rodea. - Cerca del río cabalgan - los hermanos, y contemplan - cómo el bosque centenario, - al par que avanzan, aumenta, - y los peñascos del monte - el horizonte les cierran. - El agua que va saltando - parece que canta o cuenta: - «La tierra de Alvargonzález - se colmará de riqueza, - y el que la tierra ha labrado - no duerme bajo la tierra.» - - CASTIGO - - I - - Aunque la codicia tiene - redil que encierre la oveja, - trojes que guardan el trigo, - bolsas para la moneda - y garras, no tiene manos - que sepan labrar la tierra. - Así a un año de abundancia - siguió un año de pobreza. - - II - - En los sembrados crecieron - las amapolas sangrientas; - pudrió el tizón las espigas - de trigales y de avenas; - hielos tardíos mataron - en flor la fruta en la huerta - y una mala hechicería - hizo enfermar las ovejas. - A los dos Alvargonzález - maldijo Dios en sus tierras, - y al año pobre siguieron - luengos años de miseria. - - III - - Es una noche de invierno. - Cae la nieve en remolinos. - Los Alvargonzález velan - un fuego casi extinguido. - El pensamiento amarrado - tienen a un recuerdo mismo, - y en las ascuas mortecinas - del hogar los ojos fijos. - No tienen leña ni sueño. - Larga es la noche y el frío - mucho. Un candilejo humea - en el muro ennegrecido. - El aire agita la llama, - que pone un fulgor rojizo - sobre entrambas pensativas - testas de los asesinos. - El mayor de Alvargonzález, - lanzando un ronco suspiro, - rompe el silencio, exclamando: - --Hermano ¡qué mal hicimos! - El viento la puerta bate, - hace temblar el postigo, - y suena en la chimenea - con hueco y largo bramido. - Después el silencio vuelve, - y a intervalos el pabilo - del candil chisporrotea - en el aire aterecido. - El segundo dijo:--¡Hermano, - demos lo viejo al olvido! - - EL VIAJERO - - I - - Es una noche de invierno. - Azota el viento las ramas - de los álamos. La nieve - ha puesto la tierra blanca. - Bajo la nevada, un hombre - por el camino cabalga; - va cubierto hasta los ojos, - embozado en luenga capa. - Entrado en la aldea, busca - de Alvargonzález la casa, - y ante su puerta llegado, - sin echar pie a tierra, llama. - - II - - Los dos hermanos oyeron - una aldabada a la puerta, - y de una cabalgadura - los cascos sobre las piedras. - Ambos los ojos alzaron - llenos de espanto y sorpresa. - --¿Quién es? responda, gritaron. - --Miguel, respondieron fuera. - Era la voz del viajero - que partió a lejanas tierras. - - III - - Abierto el portón, entróse - a caballo el caballero - y echó pie a tierra. Venía - todo de nieve cubierto. - En brazos de sus hermanos - lloró algún rato en silencio. - Después dió el caballo al uno, - al otro, capa y sombrero, - y en la estancia campesina - buscó el arrimo del fuego. - - IV - - El menor de los hermanos, - que niño y aventurero - fué más allá de los mares - y hoy torna indiano opulento, - vestía con negro traje - de peludo terciopelo, - ajustado a la cintura - por ancho cinto de cuero. - Gruesa cadena formaba - un bucle de oro en su pecho. - Era un hombre alto y robusto, - con ojos grandes y negros - llenos de melancolía; - la tez de color moreno, - y sobre la frente comba - enmarañados cabellos; - el hijo que saca porte - señor de padre labriego, - a quien fortuna le debe - amor, poder y dinero. - De los tres Alvargonzález - era Miguel el más bello; - porque al mayor afeaba - el muy poblado entrecejo - bajo la frente mezquina, - y al segundo, los inquietos - ojos que mirar no saben - de frente, torvos y fieros. - - V - - Los tres hermanos contemplan - el triste hogar en silencio; - y con la noche cerrada - arrecia el frío y el viento. - --Hermanos ¿no tenéis leña? - dice Miguel. - --No tenemos, - responde el mayor. - Un hombre, - milagrosamente, ha abierto - la gruesa puerta cerrada - con doble barra de hierro. - El hombre que ha entrado tiene - el rostro del padre muerto. - Un halo de luz dorada - orla sus blancos cabellos. - Lleva un haz de leña al hombro - y empuña un hacha de hierro. - - EL INDIANO - - I - - De aquellos campos malditos, - Miguel a sus dos hermanos - compró una parte, que mucho - caudal de América trajo, - y aun en tierra mala, el oro - luce mejor que enterrado, - y más en mano de pobres - que oculto en orza de barro. - - Dióse a trabajar la tierra - con fe y tesón el indiano, - y a laborar los mayores - sus pegujales tornaron. - - Ya con macizas espigas, - preñadas de rubios granos, - a los campos de Miguel - tornó el fecundo verano; - y ya de aldea en aldea - se cuenta como un milagro, - que los asesinos tienen - la maldición en sus campos. - - Ya el pueblo canta una copla - que narra el crimen pasado: - «A la orilla de la fuente - lo asesinaron. - ¡Qué mala muerte le dieron - los hijos malos! - En la laguna sin fondo - al padre muerto arrojaron. - No duerme bajo la tierra - el que la tierra ha labrado». - - II - - Miguel, con sus dos lebreles - y armado de su escopeta, - hacia el azul de los montes, - en una tarde serena, - caminaba entre los verdes - chopos de la carretera - y oyó una voz que cantaba: - «No tiene tumba en la tierra. - Entre los pinos del valle - del Revinuesa, - al padre muerto llevaron - hasta la Laguna Negra». - - LA CASA - - I - - La casa de Alvargonzález - era una casona vieja, - con cuatro estrechas ventanas, - separada de la aldea - cien pasos y entre dos olmos - que, gigantes centinelas, - sombra le dan en verano, - y en el otoño hojas secas. - - Es casa de labradores, - gente aunque rica plebeya, - donde el hogar humeante - con sus escaños de piedra - se ve sin entrar, si tiene - abierta al campo la puerta. - - Al arrimo del rescoldo - del hogar borbollonean - dos pucherillos de barro - que a dos familias sustentan. - - A diestra mano, la cuadra - y el corral, a la siniestra, - huerto y abejar y, al fondo, - una gastada escalera, - que va a las habitaciones - partidas en dos viviendas. - - Los Alvargonzález moran - con sus mujeres en ellas. - A ambas parejas que hubieron, - sin que lograrse pudieran, - dos hijos, sobrado espacio - les da la casa paterna. - - En una estancia que tiene - luz al huerto, hay una mesa - con gruesa tabla de roble, - dos sillones de vaqueta, - colgado en el muro un negro - ábaco de enormes cuentas, - y unas espuelas mohosas - sobre un arcón de madera. - - Era una estancia olvidada - donde hoy Miguel se aposenta. - Y era allí donde los padres - veían en primavera - el huerto en flor, y en el cielo - de mayo, azul, la cigüeña - --cuando las rosas se abren - y los zarzales blanquean-- - que enseñaba a sus hijuelos - a usar de las alas lentas. - - Y en las noches del verano, - cuando la calor desvela, - desde la ventana al dulce - ruiseñor cantar oyeran. - - Fué allí donde Alvargonzález, - del orgullo de su huerta - y del amor de los suyos, - sacó sueños de grandeza. - - Cuando en brazos de la madre - vió la figura risueña - del primer hijo, bruñida - de rubio sol la cabeza, - del niño que levantaba - las codiciosas, pequeñas - manos a las rojas guindas - y a las moradas ciruelas, - aquella tarde de otoño - dorada, plácida y buena, - él pensó que ser podría - feliz el hombre en la tierra. - - Hoy canta el pueblo una copla - que va de aldea en aldea: - «¡Oh, casa de Alvargonzález, - qué malos días te esperan; - casa de los asesinos, - que nadie llame a tu puerta!» - - II - - Es una tarde de otoño. - En la alameda dorada - no quedan ya ruiseñores; - enmudeció la cigarra. - - Las últimas golondrinas, - que no emprendieron la marcha, - morirán, y las cigüeñas - de sus nidos de retamas, - en torres y campanarios, - huyeron. - Sobre la casa - de Alvargonzález, los olmos - sus hojas que el viento arranca - van dejando. Todavía - las tres redondas acacias, - frente al atrio de la iglesia, - conservan verdes sus ramas, - y las castañas de Indias - a intervalos se desgajan - cubiertas de sus erizos; - tiene el rosal rosas grana - otra vez, y en las praderas - brilla la alegre otoñada. - - En laderas y en alcores, - en ribazos y cañadas, - el verde nuevo y la hierba, - aun del estío quemada, - alternan; los serrijones - pelados, las lomas calvas, - se coronan de plomizas - nubes apelotonadas; - y bajo el pinar gigante, - entre las marchitas zarzas - y amarillentos helechos, - corren las crecidas aguas - a engrosar el padre río - por canchales y barrancas. - - Abunda en la tierra un gris - de plomo y azul de plata, - con manchas de roja herrumbre, - todo envuelto en luz violada. - - ¡Oh, tierras de Alvargonzález, - en el corazón de España, - tierras pobres, tierras tristes, - tan tristes que tienen alma! - - Páramo que cruza el lobo - aullando a la luna clara - de bosque a bosque, baldíos - llenos de peñas rodadas, - donde roída de buitres - brilla una osamenta blanca; - pobres campos solitarios - sin caminos ni posadas, - ¡oh, pobres campos malditos, - pobres campos de mi patria! - - LA TIERRA - - I - - Una mañana de otoño, - cuando la tierra se labra, - Juan y el indiano aparejan - las dos yuntas de la casa. - Martín se quedó en el huerto - arrancando hierbas malas. - - II - - Una mañana de otoño, - cuando los campos se aran, - sobre un otero, que tiene - el cielo de la mañana - por fondo, la parda yunta - de Juan lentamente avanza. - - Cardos, lampazos y abrojos, - avena loca y cizaña - llenan la tierra maldita, - tenaz a pico y escarda. - - Del corvo arado de roble - la hundida reja trabaja - con vano esfuerzo; parece - que al par que hiende la entraña - del campo y hace camino - se cierra otra vez la zanja. - - «Cuando el asesino labre - será su labor pesada; - antes que un surco en la tierra, - tendrá una arruga en su cara.» - - III - - Martín, que estaba en la huerta - cavando, sobre su azada - quedó apoyado un momento; - frío sudor le bañaba - el rostro. - Por el oriente, - la luna llena manchada - de un arrebol purpurino, - lucía tras de la tapia - del huerto. - Miguel tenía - la sangre de horror helada. - La azada que hundió en la tierra - teñida de sangre estaba. - - IV - - En la tierra en que ha nacido - supo afincar el indiano; - por mujer a una doncella - rica y hermosa ha tomado. - - La hacienda de Alvargonzález - ya es suya, que sus hermanos - todo le vendieron: casa, - huerto, colmenar y campo. - - LOS ASESINOS - - I - - Juan y Martín, los mayores - de Alvargonzález, un día - pesada marcha emprendieron - con el alba, Duero arriba. - - La estrella de la mañana - en el alto azul ardía. - Se iba tiñendo de rosa - la espesa y blanca neblina - de los valles y barrancos, - y algunas nubes plomizas - a Urbión, donde el Duero nace, - como un turbante ponían. - - Se acercaban a la fuente. - El agua clara corría - sonando cual si contara - una vieja historia dicha - mil veces y que tuviera - mil veces que repetirla. - - Agua que corre en el campo - dice en su monotonía: - Yo sé el crimen ¿no es un crimen - cerca del agua, la vida? - - Al pasar los dos hermanos - relataba el agua limpia: - «A la vera de la fuente - Alvargonzález dormía.» - - II - - --Anoche, cuando volvía - a casa--Juan a su hermano - dijo--a la luz de la luna - era la huerta un milagro. - - Lejos, entre los rosales, - divisé un hombre inclinado - hacia la tierra; brillaba - una hoz de plata en su mano. - - Después irguióse y, volviendo - el rostro, dió algunos pasos - por el huerto, sin mirarme, - y a poco lo vi encorvado - otra vez sobre la tierra. - Tenía el cabello blanco. - La luna llena brillaba, - y era la huerta un milagro. - - III - - Pasado habían el puerto - de Santa Inés, ya mediada - la tarde, una tarde triste - de noviembre fría y parda. - Hacia la Laguna Negra - silenciosos caminaban. - - IV - - Cuando la tarde caía, - entre las vetustas hayas - y los pinos centenarios, - un rojo sol se filtraba. - - Era un paraje de bosque - y peñas aborrascadas; - aquí bocas que bostezan - o monstruos de fieras garras; - allí una informe joroba, - allá una grotesca panza, - torvos hocicos de fieras - y dentaduras melladas, - rocas y rocas, y troncos - y troncos, ramas y ramas. - En el hondón del barranco - la noche, el miedo y el agua. - - V - - Un lobo surgió, sus ojos - lucían como dos ascuas. - Era la noche, una noche - húmeda, oscura y cerrada. - - Los dos hermanos quisieron - volver. La selva ululaba. - Cien ojos fieros ardían - en la selva, a sus espaldas. - - VI - - Llegaron los asesinos - hasta la Laguna Negra, - agua transparente y muda - que enorme muro de piedra, - donde los buitres anidan - y el eco duerme, rodea, - agua clara donde beben - las águilas de la sierra, - donde el jabalí del monte - y el ciervo y el corzo abrevan, - agua pura y silenciosa - que copia cosas eternas, - agua impasible que guarda - en su seno las estrellas. - ¡Padre! gritaron; al fondo - de la laguna serena - cayeron y el eco ¡padre! - repitió de peña en peña. - - - CXV - A UN OLMO SECO - - Al olmo viejo, hendido por el rayo - y en su mitad podrido, - con las lluvias de abril y el sol de mayo, - algunas hojas verdes le han salido. - - ¡El olmo centenario en la colina - que lame el Duero! Un musgo amarillento - le mancha la corteza blanquecina - al tronco carcomido y polvoriento. - - No será, cual los álamos cantores - que guardan el camino y la ribera, - habitado de pardos ruiseñores. - - Ejército de hormigas en hilera - va trepando por él, y en sus entrañas - urden sus telas grises las arañas. - - Antes que te derribe, olmo del Duero, - con su hacha el leñador, y el carpintero - te convierta en melena de campana, - lanza de carro o yugo de carreta; - antes que rojo en el hogar, mañana - ardas, de alguna mísera caseta, - al borde de un camino, - antes que te descuaje un torbellino - y tronche el soplo de las sierras blancas; - antes que el río hacia la mar te empuje - por valles y barrancas, - olmo, quiero anotar en mi cartera - la gracia de tu rama verdecida. - Mi corazón espera - también, hacia la luz y hacia la vida, - otro milagro de la primavera. - - _Soria, 1912._ - - - CXVI - RECUERDOS - - ¡Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales - cargados de perfume, y el campo enverdecido, - abiertos los jazmines, maduros los trigales, - azules las montañas y el olivar florido; - Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles, - y al sol de abril los huertos colmados de azucenas, - y los enjambres de oro, para libar sus mieles - dispersos en los campos, huir de sus colmenas; - yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares, - barriendo el cierzo helado tu campo empedernido; - y en sierras agrias sueño--¡Urbión, sobre pinares! - ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés erguido!-- - Y pienso: Primavera, como un escalofrío - irá a cruzar el alto solar del romancero, - ya verdearán de chopos las márgenes del río. - ¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero? - Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas, - y la roquedad parda más de un zarzal en flor, - ya los rebaños blancos, por entre grises peñas, - hacia los altos prados conducirá el pastor. - - ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas - que vais al joven Duero, zagales y merinos - con rumbo hacia altas praderas numantinas, - por mestas y cañadas, veredas y caminos; - hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo, - montañas, serrijones, lomazos, parameras, - en donde reina el águila, por donde busca el cuervo - su infecto expoliario; menudas sementeras - cual sayos cenicientos, casetas y majadas - entre desnuda roca, arroyos y hontanares - donde a la tarde beben las yuntas fatigadas, - dispersos huertecillos, humildes abejares!... - - ¡Adiós, tierra de Soria, adiós el alto llano - cercado de colinas y crestas militares, - alcores y roquedas del yermo castellano, - fantasmas de robledos y sombras de encinares! - - En la desesperanza y en la melancolía - de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva. - Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía, - por los floridos valles, mi corazón te lleva. - - _En el tren.--abril, 1913._ - - - CXVII - AL MAESTRO «AZORÍN», POR SU LIBRO «CASTILLA» - - La venta de Cidones está en la carretera - que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera, - que llaman la Ruipérez, es una viejecita - que aviva el fuego donde borbolla la marmita. - Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto - --bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto-- - contempla silencioso la lumbre del hogar. - Se oye la marmita al fuego borbollar. - Sentado ante una mesa de pino, un caballero - escribe. Cuando moja la pluma en el tintero, - dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto. - El caballero es joven, vestido va de luto. - El viento frío azota los chopos del camino. - Se ve pasar de polvo un blanco remolino. - La tarde se va haciendo sombría. El enlutado, - la mano en la mejilla, medita ensimismado. - Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda, - la tarde habrá caído sobre la tierra parda - de Soria. Todavía los grises serrijones, - con ruinas de encinares y mellas de aluviones, - las lomas azuladas, las agrias barranqueras, - picotas y colinas, ribazos y laderas - del páramo sombrío por donde cruza el Duero, - darán al sol de ocaso un resplandor de acero. - La venta se oscurece. El rojo lar humea. - La mecha de un mohoso candil arde y chispea. - El enlutado tiene clavados en el fuego - los ojos largo rato; se los enjuga luego - con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar - el son de la marmita, el ascua del hogar? - Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo - y el galopar de un coche que avanza. Es el correo. - - - CXVIII - CAMINOS - - De la ciudad moruna - tras las murallas viejas, - yo contemplo la tarde silenciosa, - a solas con mi sombra y con mi pena. - - El río va corriendo, - entre sombrías huertas - y grises olivares - por los alegres campos de Baeza. - - Tienen las vides pámpanos dorados - sobre las rojas cepas. - Guadalquivir como un alfanje roto - y disperso reluce y espejea. - - Lejos, los montes duermen - envueltos en la niebla, - niebla de otoño, maternal; descansan - las rudas moles de su ser de piedra - en esta tibia tarde de noviembre, - tarde piadosa, cárdena y violeta. - - El viento ha sacudido - los mustios olmos de la carretera, - levantando en rosados torbellinos - el polvo de la tierra. - La luna está subiendo - amoratada, jadeante y llena. - - Los caminitos blancos - se cruzan y se alejan, - buscando los dispersos caseríos - del valle y de la sierra. - Caminos de los campos... - ¡Ay, ya no puedo caminar con ella! - - - CXIX - - Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. - Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. - Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. - Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. - - - CXX - - Dice la esperanza: un día - la verás, si bien esperas. - Dice la desesperanza: - sólo tu amargura es ella. - Late, corazón... No todo - se lo ha tragado la tierra. - - - CXXI - - Allá, en las tierras altas, - por donde traza el Duero - su curva de ballesta - en torno a Soria, entre plomizos cerros - y manchas de raídos encinares, - mi corazón está vagando, en sueños... - - ¿No ves, Leonor, los álamos del río - con sus ramajes yertos? - - Mira el Moncayo azul y blanco; dame - tu mano y paseemos. - Por estos campos de la tierra mía, - bordados de olivares polvorientos, - voy caminando solo, - triste, cansado, pensativo y viejo. - - - CXXII - - Soñé que tú me llevabas - por una blanca vereda, - en medio del campo verde, - hacia el azul de las sierras, - hacia los montes azules, - una mañana serena. - - Sentí tu mano en la mía, - tu mano de compañera, - tu voz de niña en mi oído - como una campana nueva, - como una campana virgen - de un alba de primavera. - ¡Eran tu voz y tu mano, - en sueños, tan verdaderas!... - Vive, esperanza, ¡quién sabe - lo que se traga la tierra! - - - CXXIII - - Una noche de verano - --estaba abierto el balcón - y la puerta de mi casa-- - la muerte en mi casa entró. - Se fué acercando a su lecho - --ni siquiera me miró--, - con unos dedos muy finos, - algo muy tenue rompió. - Silenciosa y sin mirarme, - la muerte otra vez pasó - delante de mí. ¿Qué has hecho? - La muerte no respondió, - Mi niña quedó tranquila, - dolido mi corazón. - ¡Ay, lo que la muerte ha roto - era un hilo entre los dos! - - - CXXIV - - Al borrarse la nieve, se alejaron - los montes de la sierra. - La vega ha verdecido - al sol de abril, la vega - tiene la verde llama, - la vida, que no pesa; - y piensa el alma en una mariposa, - atlas del mundo, y sueña. - Con el ciruelo en flor y el campo verde, - con el glauco vapor de la ribera, - en torno de las ramas, - con las primeras zarzas que blanquean, - con este dulce soplo - que triunfa de la muerte y de la piedra, - esta amargura que me ahoga fluye - en esperanza de Ella... - - - CXXV - - En estos campos de la tierra mía, - y extranjero en los campos de mi tierra - --yo tuve patria donde corre el Duero - por entre grises peñas, - y fantasmas de viejos encinares, - allá en Castilla, mística y guerrera, - Castilla la gentil, humilde y brava, - Castilla del desdén y de la fuerza--, - en estos campos de mi Andalucía, - ¡oh, tierra en que nací!, cantar quisiera. - Tengo recuerdos de mi infancia, tengo - imágenes de luz y de palmeras, - y en una gloria de oro, - de lueñes campanarios con cigüeñas, - de ciudades con calles sin mujeres - bajo un cielo de añil, plazas desiertas - donde crecen naranjos encendidos - con sus frutas redondas y bermejas; - y en un huerto sombrío, el limonero - de ramas polvorientas - y pálidos limones amarillos, - que el agua clara de la fuente espeja, - un aroma de nardos y claveles - y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena; - imágenes de grises olivares - bajo un tórrido sol que aturde y ciega, - y azules y dispersas serranías - con arreboles de una tarde inmensa; - mas falta el hilo que el recuerdo anuda - al corazón, el ancla en su ribera, - o estas memorias no son alma. Tienen, - en sus abigarradas vestimentas, - señal de ser despojos del recuerdo, - la carga bruta que el recuerdo lleva. - Un día tornarán, con luz del fondo ungidos, - los cuerpos virginales a la orilla vieja. - - _Lora del Río, 4 abril 1913._ - - - CXXVI - A JOSÉ MARÍA PALACIO - - Palacio, buen amigo, - ¿está la primavera - vistiendo ya las ramas de los chopos - del río y los caminos? En la estepa - del alto Duero, Primavera tarda, - ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!... - ¿Tienen los viejos olmos - algunas hojas nuevas? - Aun las acacias estarán desnudas - y nevados los montes de las sierras. - ¡Oh, mole del Moncayo blanca y rosa, - allá, en el cielo de Aragón, tan bella! - ¿Hay zarzas florecidas - entre las grises peñas, - y blancas margaritas - entre la fina hierba? - Por esos campanarios - ya habrán ido llegando las cigüeñas. - Habrá trigales verdes, - y mulas pardas en las sementeras, - y labriegos que siembran los tardíos - con las lluvias de abril. Ya las abejas - libarán del tomillo y el romero. - ¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas? - Furtivos cazadores, los reclamos - de la perdiz bajo las capas luengas, - no faltarán. Palacio, buen amigo, - ¿tienen ya ruiseñores las riberas? - Con los primeros lirios - y las primeras rosas de las huertas, - en una tarde azul, sube al Espino, - al alto Espino donde está su tierra... - - _Baeza, 29 de marzo 1913._ - - - CXXVII - OTRO VIAJE - - Ya en los campos de Jaén, - amanece. Corre el tren - por sus brillantes rieles, - devorando matorrales, - alcaceles, - terraplenes, pedregales, - olivares, caseríos, - praderas y cardizales, - montes y valles sombríos. - Tras la turbia ventanilla, - pasa la devanadera - del campo de primavera. - La luz en el techo brilla - de mi vagón de tercera. - Entre nubarrones blancos, - oro y grana. - La niebla de la mañana - huyendo por los barrancos. - ¡Este insomne sueño mío! - ¡Este frío - de un amanecer en vela!... - Resonante, - jadeante, - marcha el tren. El campo vuela. - Enfrente de mí, un señor - sobre su manta dormido; - un fraile y un cazador - --el perro a sus pies tendido--. - Yo contemplo mi equipaje, - mi viejo saco de cuero; - y recuerdo otro viaje - hacia las tierras del Duero. - Otro viaje de ayer - por la tierra castellana, - ¡pinos del amanecer - entre Almazán y Quintana! - ¡Y alegría - de un viajar en compañía! - ¡Y la unión - que ha roto la muerte un día! - ¡Mano fría - que aprietas mi corazón! - Tren camina, silba, humea, - acarrea - tu ejército de vagones, - ajetrea - maletas y corazones. - Soledad, - sequedad. - Tan pobre me estoy quedando, - que ya ni siquiera estoy - conmigo, ni sé si voy - conmigo a solas viajando. - - - CXXVIII - POEMA DE UN DÍA - - MEDITACIONES RURALES - - Heme aquí ya profesor - de lenguas vivas (ayer - maestro de gay-saber, - aprendiz de ruiseñor) - en un pueblo húmedo y frío, - destartalado y sombrío, - entre andaluz y manchego. - Invierno. Cerca del fuego. - Fuera llueve un agua fina, - que ora se trueca en neblina, - ora se torna aguanieve. - Fantástico labrador, - pienso en los campos. ¡Señor, - qué bien haces! Llueve, llueve - tu agua constante y menuda - sobre alcaceles y habares, - tu agua muda, - en viñedos y olivares. - Te bendecirán conmigo - los sembradores del trigo; - los que viven de coger - la aceituna; - los que esperan la fortuna - de comer; - los que hogaño - como antaño - tienen toda su moneda - en la rueda, - traidora rueda del año. - ¡Llueve, llueve; tu neblina - que se torne en aguanieve, - y otra vez en agua fina! - ¡llueve, Señor, llueve, llueve! - - En mi estancia, iluminada - por esta luz invernal - --la tarde gris tamizada - por la lluvia y el cristal--, - sueño y medito. - Clarea - el reloj arrinconado - y su tic-tic, olvidado - por repetido, golpea. - Tic-tic, tic-tic... Ya te he oído - Tic-tic, tic-tic... Siempre igual, - monótono y aburrido. - Tic-tic, tic-tic, el latido - de un corazón de metal. - En estos pueblos, ¿se escucha - el latir del tiempo? No. - En estos pueblos se lucha - sin tregua con el reló, - con esa monotonía, - que mide un tiempo vacío. - Pero ¿tu hora es la mía? - ¿Tu tiempo, reloj, el mío? - (Tic-tic, tic-tic)... Era un día - (tic-tic, tic-tic) que pasó, - y lo que yo más quería - la muerte se lo llevó. - - Lejos suena un clamoreo - de campanas... - Arrecia el repiqueteo - de la lluvia en las ventanas. - Fantástico labrador, - vuelvo a mis campos. ¡Señor, - cuánto te bendecirán - los sembradores del pan! - Señor, ¿no es tu lluvia ley, - en los campos que ara el buey, - y en los palacios del rey? - ¡Oh, agua buena, deja vida - en tu huída! - ¡Oh, tú, que vas gota a gota, - fuente a fuente y río a río, - como este tiempo de hastío - corriendo a la mar remota, - con cuanto quiere nacer, - cuanto espera - florecer - al sol de la primavera, - sé piadosa, - que mañana - serás espiga temprana. - prado verde, carne rosa, - y más: razón y locura - y amargura - de querer y no poder - creer, creer y creer! - - Anochece; - el hilo de la bombilla - se enrojece, - luego brilla, - resplandece - poco más que una cerilla. - Dios sabe dónde andarán - mis gafas... entre librotes, - revistas y papelotes, - ¿quién las encuentra?... Aquí están. - Libros nuevos. Abro uno - de Unamuno. - ¡Oh, el dilecto, - predilecto - de esta España que se agita, - porque nace o resucita! - Siempre te ha sido, ¡oh Rector - de Salamanca!, leal - este humilde profesor - de un instituto rural. - Esa tu filosofía - que llamas dilettantesca, - voltaria y funambulesca, - gran Don Miguel, es la mía. - Agua del buen manantial, - siempre viva, - fugitiva; - poesía, cosa cordial. - ¿Constructora? - --No hay cimiento - ni en el alma ni en el viento.-- - Bogadora, - marinera, - hacia la mar sin ribera. - Enrique Bergson: «_Los datos - inmediatos - de la conciencia_». ¿Esto es - otro embeleco francés? - Este Bergson es un tuno; - ¿verdad, maestro Unamuno? - Bergson no da como aquel - Immanuel - el volatín inmortal; - este endiablado judío - ha hallado el libre albedrío - dentro de su mechinal. - No está mal: - cada sabio, su problema, - y cada loco, su tema. - Mucho importa - que en la vida mala y corta - que llevamos - libres o siervos seamos; - mas, si vamos - a la mar, - lo mismo nos han de dar. - ¡Oh estos pueblos! Reflexiones, - lecturas y acotaciones - pronto dan en lo que son: - bostezos de Salomón. - ¿Todo es - soledad de soledades, - vanidad de vanidades, - que dijo el Eclesiastés? - Mi paraguas, mi sombrero, - mi gabán.... El aguacero - amaina... Vámonos, pues. - - Es de noche. Se platica - al fondo de una botica. - --Yo no sé, - Don José, - cómo son los liberales - tan perros, tan inmorales. - --¡Oh, tranquilícese usted! - Pasados los carnavales, - vendrán los conservadores, - buenos administradores - de su casa. - Todo llega y todo pasa. - Nada eterno, - ni gobierno - que perdure, - ni mal que cien años dure. - --Tras estos tiempos, vendrán - otros tiempos y otros y otros, - y lo mismo que nosotros - otros se jorobarán. - Así es la vida, Don Juan. - --Es verdad, así es la vida. - --La cebada está crecida - --Con estas lluvias... - Y van - las habas que es un primor. - --Cierto; para marzo, en flor. - Pero, la escarcha, los hielos... - --Y además, los olivares - están pidiendo a los cielos - agua a torrentes. - --A mares. - ¡Las fatigas, los sudores - que pasan los labradores! - En otro tiempo... - --Llovía - también cuando Dios quería. - --Hasta mañana, señores. - - Tic-tic, tic-tic... Ya pasó - un día como otro día, - dice la monotonía - del reló. - Sobre mi mesa _Los datos - de la conciencia_, inmediatos. - No está mal - este yo fundamental, - contingente y libre, a ratos, - creativo, original; - este yo que vive y siente - dentro la carne mortal - ¡ay! por saltar impaciente - las bardas de su corral. - - _Baeza, 1913._ - - - CXXIX - NOVIEMBRE, 1914 - - Un año más. El sembrador va echando - la semilla en los surcos de la tierra. - Dos lentas yuntas aran, - mientras pasan las nubes cenicientas - ensombreciendo el campo, - las pardas sementeras, - los grises olivares. Por el fondo - del valle el río el agua turbia lleva. - Tiene Cazorla nieve, - y Mágina, tormenta, - su montera, Aznaitín. Hacia Granada, - montes con sol, montes de sol y piedra. - - - CXXX - LA SAETA - - ¿Quién me presta una escalera, - para subir al madero, - para quitarle los clavos - a Jesús el Nazareno? - - SAETA POPULAR. - - ¡Oh, la saeta, el cantar - al Cristo de los gitanos, - siempre con sangre en las manos, - siempre por desenclavar! - ¡Cantar del pueblo andaluz - que todas las primaveras - anda pidiendo escaleras - para subir a la cruz! - ¡Cantar de la tierra mía, - que echa flores - al Jesús de la agonía, - y es la fe de mis mayores! - ¡Oh, no eres tú mi cantar! - ¡No puedo cantar, ni quiero - a ese Jesús del madero, - sino al que anduvo en el mar! - - - CXXXI - DEL PASADO EFÍMERO - - Este hombre del casino provinciano, - que vió a Cara-ancha recibir un día, - tiene mustia la tez, el pelo cano, - ojos velados de melancolía; - bajo el bigote gris, labios de hastío, - y una triste expresión que no es tristeza - sino algo más y menos: el vacío - del mundo en la oquedad de su cabeza. - Aun luce de corinto terciopelo - chaqueta y pantalón abotinado, - y un cordobés color de caramelo, - pulido y torneado. - Tres veces heredó; tres ha perdido - al monte su caudal: dos ha enviudado. - Sólo se anima ante el azar prohibido, - sobre el verde tapete reclinado, - o al evocar la tarde de un torero, - la suerte de un tahur, o si alguien cuenta - la hazaña de un gallardo bandolero, - o la proeza de un matón, sangrienta. - Bosteza de política banales - dicterios al gobierno reaccionario, - y augura que vendrán los liberales, - cual torna la cigüeña al campanario. - Un poco labrador, del cielo aguarda - y al cielo teme; alguna vez suspira, - pensando en su olivar, y al cielo mira - con ojo inquieto, si la lluvia tarda. - Lo demás, taciturno, hipocondríaco, - prisionero en la Arcadia del presente, - le aburre; sólo el humo del tabaco - simula algunas sombras en su frente. - Este hombre no es de ayer ni es de mañana, - sino de nunca; de la cepa hispana - no es el fruto maduro ni podrido, - es una fruta vana - de aquella España que pasó y no ha sido, - esa que hoy tiene la cabeza cana. - - - CXXXII - LOS OLIVOS - - A Manuel Ayuso. - - I - - ¡Viejos olivos sedientos - bajo el claro sol del día, - olivares polvorientos - del campo de Andalucía! - ¡El campo andaluz, peinado - por el sol canicular, - de loma en loma rayado - de olivar y de olivar! - Son las tierras - soleadas, - anchas lomas, lueñes sierras - de olivares recamadas! - Mil senderos. Con sus machos, - abrumados de capachos, - van gañanes y arrieros. - De la venta del camino - a la puerta, soplan vino - trabucaires bandoleros! - Olivares y olivares - de loma en loma prendidos - cual bordados alamares! - Olivares coloridos - de una tarde anaranjada; - olivares rebruñidos - bajo la luna argentada! - Olivares centellados - en las tardes cenicientas, - bajo los cielos preñados - de tormentas!... - Olivares, Dios os dé - los eneros - de aguaceros, - los agostos de agua al pie, - los vientos primaverales, - vuestras flores racimadas; - y las lluvias otoñales, - vuestras olivas moradas. - Olivar, por cien caminos, - tus olivitas irán - caminando a cien molinos. - Ya darán - trabajo en las alquerías - a gañanes y braceros, - ¡oh, buenas frentes sombrías - bajo los anchos sombreros!... - Olivar y olivareros, - bosque y raza, - campo y plaza - de los fieles al terruño - y al arado y al molino, - de los que muestran el puño - al destino, - los benditos labradores, - los bandidos caballeros, - los señores - devotos y matuteros!... - Ciudades y caseríos - en la margen de los ríos, - en los pliegues de la sierra!... - Venga Dios a los hogares - y a las almas de esta tierra - de olivares y olivares! - - II - - A dos leguas de Úbeda, la Torre - de Pero Gil, bajo este sol de fuego, - triste burgo de España. El coche rueda - entre grises olivos polvorientos. - Allá, el castillo heroico. - En la plaza, mendigos y chicuelos: - una orgía de harapos... - Pasamos frente al atrio del convento - de la Misericordia. - ¡Los blancos muros, los cipreses negros! - ¡Agria melancolía - como asperón de hierro - que raspa el corazón! Amurallada - piedad, erguida en este basurero!... - Esta casa de Dios, decid, hermanos, - esta casa de Dios ¿qué guarda dentro? - Y ese pálido joven, - asombrado y atento, - que parece mirarnos con la boca, - será el loco del pueblo, - de quien se dice: es Lucas, - Blas o Ginés, el tonto que tenemos. - Seguimos. Olivares. Los olivos - están en flor. El carricoche lento, - al paso de dos pencos matalones, - camina hacia Peal. Campos ubérrimos. - La tierra da lo suyo; el sol trabaja; - el hombre es para el suelo: - genera, siembra y labra - y su fatiga unce la tierra al cielo. - Nosotros enturbiamos - la fuente de la vida, el sol primero, - con nuestros ojos tristes, - con nuestro amargo rezo, - con nuestra mano ociosa, - con nuestro pensamiento - --se engendra en el pecado, - se vive en el dolor. ¡Dios está lejos!-- - Esta piedad erguida - sobre este burgo sórdido, sobre este basurero, - esta casa de Dios, decid ¡oh, santos - cañones de von Kluk! ¿qué guarda dentro? - - - CXXXIII - LLANTO DE LAS VIRTUDES - Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO - - Al fin una pulmonía - mató a don Guido, y están - las campanas todo el día - doblando por él ¡din-dan! - - Murió don Guido, un señor - de mozo muy jaranero, - muy galán y algo torero; - de viejo, gran rezador. - - Dicen que tuvo un serrallo - este señor de Sevilla; - que era diestro - en manejar el caballo, - y un maestro - en refrescar manzanilla. - - Cuando mermó su riqueza, - era su monomanía - pensar que pensar debía - en asentar la cabeza. - - Y asentóla - de una manera española, - que fué casarse con una - doncella de gran fortuna; - y repintar sus blasones, - hablar de las tradiciones - de su casa, - a escándalos y amoríos - poner tasa, - sordina a sus desvaríos. - - Gran pagano, - se hizo hermano - de una santa cofradía; - y el Jueves Santo salía - llevando un cirio en la mano - --¡aquel trueno!-- - vestido de nazareno. - - Hoy nos dice la campana - que han de llevarse mañana - al buen don Guido, muy serio, - camino del cementerio. - - Buen don Guido ya eres ido - y para siempre jamás... - Alguien dirá: ¿Qué dejaste? - Yo pregunto: ¿Qué llevaste - al mundo donde hoy estás? - - ¿Tu amor a los alamares - y a las sedas y a los oros, - y a la sangre de los toros - y al humo de los altares? - - Buen don Guido y equipaje, - buen viaje!... - - El acá - y el allá, - caballero, - se ve en tu rostro marchito, - lo infinito: - cero, cero. - - ¡Oh, las enjutas mejillas, - amarillas; - y los párpados de cera, - y la fina calavera - en la almohada del lecho! - - ¡Oh, fin de una aristocracia! - La barba canosa y lacia - sobre el pecho; - metido en tosco sayal, - las yertas manos en cruz - ¡tan formal! - el caballero andaluz. - - - CXXXIV - LA MUJER MANCHEGA - - La Mancha y sus mujeres... Argamasilla, Infantes, - Esquivias, Valdepeñas. La novia de Cervantes, - y del manchego heroico, el ama y la sobrina - (el patio, la alacena, la cueva y la cocina, - la rueca y la costura, la cuna y la pitanza), - la esposa de don Diego y la mujer de Panza, - la hija del ventero, y tantas como están - bajo la tierra, y tantas que son y que serán - encanto de manchegos y madres de españoles - por tierras de lagares, molinos y arreboles. - - Es la mujer manchega garrida y bien plantada, - muy sobre sí, doncella, perfecta de casada. - - El sol de la caliente llanura vinariega - quemó su piel, mas guarda frescura de bodega - su corazón. Devota, sabe rezar con fe - para que Dios nos libre de cuanto no se ve. - Su obra es la casa--menos celada que en Sevilla, - más gineceo y menos castillo que en Castilla.-- - Y es del hogar manchego la musa ordenadora; - alínea los vasares, los lienzos alcanfora; - las cuentas de la plaza anota en su diario, - cuenta garbanzos, cuenta las cuentas del rosario. - - ¿Hay más? Por estos campos hubo un amor de fuego. - Dos ojos abrasaron un corazón manchego. - - ¿No tuvo en esta Mancha su cuna Dulcinea? - ¿No es el Toboso patria de la mujer idea - del corazón, engendro e imán de corazones, - a quien varón no impregna y aun parirá varones? - - Por esta Mancha--prados, viñedos y molinos-- - que so el igual del cielo iguala sus caminos, - de cepas arrugadas sobre el tostado suelo - y mustios pastos como raído terciopelo; - por este seco llano de sol y lejanía, - en donde el ojo alcanza su pleno mediodía - (un diminuto bando de pájaros puntea - el índigo del cielo sobre la blanca aldea, - y allá se yergue un soto de verdes alamillos, - tras leguas y más leguas de campos amarillos), - por esta tierra, lejos del mar y la montaña, - el ancho reverbero del claro sol de España, - anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día - --amor nublóle el juicio; su corazón veía--. - - Y tú, la cerca y lejos, por el inmenso llano - eterna compañera y estrella de Quijano, - lozana labradora fincada en tus terrones - --oh madre de manchegos y numen de visiones-- - viviste, buena Aldonza, tu vida verdadera, - cuando tu amante erguía su lanza justiciera, - y en tu casona blanca ahechando el rubio trigo. - Aquel amor de fuego era por ti y contigo. - - Mujeres de la Mancha, con el sagrado mote - de Dulcinea, os salva la gloria de Quijote. - - - CXXXV - EL MAÑANA EFÍMERO - - A Roberto Castrovido. - - La España de charanga y pandereta, - cerrado y sacristía, - devota de Frascuelo y de María, - de espíritu burlón y de alma quieta, - ha de tener su mármol y su día, - su infalible mañana y su poeta. - El vano ayer engendrará un mañana - vacío y ¡por ventura! pasajero. - Será un joven lechuzo y tarambana, - un sayón con hechuras de bolero; - a la moda de Francia royalista, - un poco al uso de París pagano, - y al estilo de España especialista - en el vicio al alcance de la mano. - Esa España inferior que ora y bosteza, - vieja y tahur, zaragatera y triste, - esa España inferior que ora y embiste, - cuando se digna usar de la cabeza, - aun tendrá luengo parto de varones - amantes de sagradas tradiciones - y de sagradas formas y maneras; - florecerán las barbas apostólicas, - y otras calvas en otras calaveras - brillarán, venerables y católicas. - El vano ayer engendrará un mañana - vacío y ¡por ventura! pasajero, - la sombra de un lechuzo tarambana, - de un sayón con hechuras de bolero, - el vacuo ayer dará un mañana huero. - Como la náusea de un borracho ahito - de vino malo, un rojo sol corona - de heces turbias las cumbres de granito, - hay un mañana estomagante escrito - en la tarde pragmática y dulzona. - Mas otra España nace, - la España del cincel y de la maza, - con esa eterna juventud que se hace - del pasado macizo de la raza. - Una España implacable y redentora, - España que alborea - con un hacha en la mano vengadora, - España de la rabia y de la idea. - - - CXXXVI - PROVERBIOS Y CANTARES - - I - - Nunca perseguí la gloria - ni dejar en la memoria - de los hombres mi canción; - yo amo los mundos sutiles, - ingrávidos y gentiles - como pompas de jabón. - Me gusta verlos pintarse - de sol y grana, volar - bajo el cielo azul, temblar - súbitamente y quebrarse. - - II - - ¿Para qué llamar caminos - a los surcos del azar?... - Todo el que camina anda, - como Jesús, sobre el mar. - - III - - A quien nos justifica nuestra desconfianza - llamamos enemigo, ladrón de una esperanza. - Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía - que dió a cascar al diente de la sabiduría. - - IV - - Nuestras horas son minutos - cuando esperamos saber, - y siglos cuando sabemos - lo que se puede aprender. - - V - - Ni vale nada el fruto - cogido sin sazón... - ni aunque te elogie un bruto - ha de tener razón. - - VI - - De lo que llaman los hombres - virtud, justicia y bondad, - una mitad es envidia, - y la otra, no es caridad. - - VII - - Yo he visto garras fieras en las pulidas manos; - conozco grajos mélicos y líricos marranos... - El más truhán se lleva la mano al corazón; - y el bruto más espeso se carga de razón. - - VIII - - En preguntar lo que sabes - el tiempo no has de perder... - y a preguntas sin respuesta - ¿quién te podrá responder? - - IX - - El hombre, a quien el hambre de la rapiña acucia, - de ingénita malicia y natural astucia, - formó la inteligencia y acaparó la tierra. - ¡Y aún la verdad proclama! ¡Supremo ardid de guerra! - - X - - La envidia de la virtud - hizo a Caín criminal. - ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio - es lo que se envidia más. - - La mano del piadoso nos quita siempre honor; - mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador. - Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente; - escudo, espada y maza llevar bajo la frente; - porque el valor honrado de todas armas viste: - no sólo para, hiere, y más que aguarda, embiste. - Que la piqueta arruine y el látigo flagele; - la fragua ablande el hierro, la lima pula y gaste, - y que el buril burile, y que el cincel cincele, - la espada punce y hienda y el gran martillo aplaste. - - XI - - ¡Ojos que a la luz se abrieron - un día para, después, - ciegos tornar a la tierra, - hartos de mirar sin ver! - - XII - - Es el mejor de los buenos - quien sabe que en esta vida - todo es cuestión de medida: - un poco más, algo menos... - - XIII - - Virtud es la alegría que alivia el corazón - más grave y desarruga el ceño de Catón. - El bueno es el que guarda, cual venta del camino, - para el sediento, el agua, para el borracho, el vino. - - XIV - - Cantad conmigo en coro: Saber, nada sabemos, - de arcano mar vinimos, a ignota mar iremos... - Y entre los dos misterios está el enigma grave; - tres arcas cierra una desconocida llave. - La luz nada ilumina y el sabio nada enseña. - ¿Qué dice la palabra? ¿Qué el agua de la peña? - - XV - - El hombre es por natura la bestia paradójica, - un animal absurdo que necesita lógica. - --Creó de nada un mundo y, su obra terminada, - «Ya estoy en el secreto--se dijo--todo es nada.» - - XVI - - El hombre sólo es rico en hipocresía. - En sus diez mil disfraces para engañar confía; - y con la doble llave que guarda su mansión - para la ajena hace ganzúa de ladrón. - - XVII - - ¡Ah, cuando yo era niño - soñaba con los héroes de la Iliada! - Ayax era más fuerte que Diomedes, - Héctor, más fuerte que Ayax, - y Aquiles el más fuerte; porque era - el más fuerte... ¡Inocencias de la infancia! - ¡Ah, cuando yo era niño - soñaba yo en los héroes de la Iliada! - - XVIII - - El casca-nueces-vacías, - Colón de cien vanidades, - vive de supercherías, - que vende como verdades. - - XIX - - ¡Teresa, alma de fuego, - Juan de la Cruz, espíritu de llama, - por aquí hay mucho frío, padres, nuestros - corazoncitos de Jesús se apagan! - - XX - - Ayer soñé que veía - a Dios y que a Dios hablaba; - y soñé que Dios me oía... - Después soñé que soñaba. - - XXI - - Cosas de hombres y mujeres, - los amoríos de ayer, - casi los tengo olvidados, - si fueron alguna vez. - - XXII - - No extrañéis, dulces amigos, - que esté mi frente arrugada. - Yo vivo en paz con los hombres - y en guerra con mis entrañas. - - XXIII - - De diez cabezas, nueve - embisten y una piensa. - Nunca extrañéis que un bruto - se descuerne luchando por la idea. - - XXIV - - Las abejas de las flores - sacan miel, y melodía - del amor, los ruiseñores; - Dante y yo--perdón, señores--, - trocamos--perdón, Lucía--, - el amor en Teología. - - XXV - - Poned sobre los campos - un carbonero, un sabio y un poeta. - Veréis cómo el poeta admira y calla, - el sabio mira y piensa... - Seguramente, el carbonero busca - las moras o las setas. - Llevadlos al teatro - y sólo el carbonero no bosteza. - Quien prefiere lo vivo a lo pintado - es el hombre que piensa, canta o sueña. - El carbonero tiene - llena de fantasías la cabeza. - - XXVI - - ¿Dónde está la utilidad - de nuestras utilidades? - Volvamos a la verdad: - vanidad de vanidades. - - XXVII - - Todo hombre tiene dos - batallas que pelear. - En sueños lucha con Dios; - y despierto, con el mar. - - XXVIII - - Caminante, son tus huellas - el camino, y nada más; - caminante, no hay camino, - se hace camino al andar. - Al andar se hace camino, - y al volver la vista atrás - se ve la senda que nunca - se ha de volver a pisar. - Caminante, no hay camino, - sino estelas en la mar. - - XXIX - - El que espera desespera, - dice la voz popular. - ¡Qué verdad tan verdadera! - - La verdad es lo que es, - y sigue siendo verdad - aunque se piense al revés. - - XXX - - Corazón, ayer sonoro, - ¿ya no suena - tu monedilla de oro? - Tu alcancía, - antes que el tiempo la rompa, - ¿se irá quedando vacía? - Confiemos - en que no será verdad - nada de lo que sabemos. - - XXXI - - ¡Oh fe del meditabundo! - ¡Oh fe después del pensar! - Sólo si viene un corazón al mundo - rebosa el vaso humano y se hincha el mar. - - XXXII - - Soñé a Dios como una fragua - de fuego, que ablanda el hierro, - como un forjador de espadas, - como un bruñidor de aceros - que iba firmando en las hojas - de luz: Libertad.--Imperio. - - XXXIII - - Yo amo a Jesús que nos dijo: - Cielo y tierra pasarán. - Cuando cielo y tierra pasen - mi palabra quedará. - ¿Cuál fué, Jesús, tu palabra? - ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad? - Todas tus palabras fueron - una palabra: Velad. - Como no sabéis la hora - en que os han de despertar, - os despertarán dormidos, - si no veláis: despertad. - - XXXIV - - Hay dos modos de conciencia: - una es luz, y otra, paciencia. - Una estriba en alumbrar - un poquito el hondo mar; - otra, en hacer penitencia - con caña o red, y esperar - el pez, como pescador. - Dime tú: ¿Cuál es mejor? - ¿Conciencia de visionario - que mira en el hondo acuario - peces vivos - fugitivos - que no se pueden pescar, - o esta maldita faena - de ir arrojando a la arena, - muertos, los peces del mar? - - XXXV - - Fe empirista. Ni somos ni seremos. - Todo nuestro vivir es emprestado. - Nada trajimos; nada llevaremos. - - XXXVI - - ¿Dices que nada se crea? - No te importe, con el barro - de la tierra, haz una copa - para que beba tu hermano. - - XXXVII - - ¿Dices que nada se crea? - Alfarero, a tus cacharros. - Haz tu copa y no te importe - si no puedes hacer barro. - - XXXVIII - - Dicen que el ave divina - trocada en pobre gallina, - por obra de las tijeras - de aquel sabio profesor - (fué Kant un esquilador - de las aves altaneras; - toda su filosofía, - un sport de cetrería) - dicen que quiere saltar - las tapias del corralón, - y volar - otra vez, hacia Platón. - ¡Hurra! ¡Sea! - ¡Feliz será quien lo vea! - - XXXIX - - Sí, cada uno y todos sobre la tierra iguales: - el ómnibus que arrastran dos pencos matalones, - por el camino, a tumbos, hacia las estaciones, - el ómnibus completo de viajeros banales, - y en medio un hombre mudo, hipocondríaco, austero, - a quien se cuentan cosas y a quien se ofrece vino... - Y allá, cuando se llegue ¿descenderá un viajero - no más? ¿O habránse todos quedado en el camino? - - XL - - Bueno es saber que los vasos - nos sirven para beber; - lo malo es que no sabemos - para qué sirve la sed. - - XLI - - ¿Dices que nada se pierde? - Si esta copa de cristal - se me rompe, nunca en ella - beberé, nunca jamás. - - XLII - - Dices que nada se pierde, - y acaso dices verdad; - pero todo lo perdemos - y todo nos perderá. - - XLIII - - Todo pasa y todo queda; - pero lo nuestro es pasar, - pasar haciendo caminos, - caminos sobre la mar. - - XLIV - - Morir... ¿Caer como gota - de mar en el mar inmenso? - ¿O ser lo que nunca he sido: - uno, sin sombra y sin sueño, - un solitario que avanza - sin camino y sin espejo? - - XLV - - Anoche soñé que oía - a Dios, gritándome: ¡Alerta! - Luego era Dios quien dormía, - y yo gritaba: ¡Despierta! - - XLVI - - Cuatro cosas tiene el hombre - que no sirven en la mar: - ancla, gobernalle y remos, - y miedo de naufragar. - - XLVII - - Mirando mi calavera - un nuevo Hamlet dirá: - He aquí un lindo fósil de una - careta de carnaval. - - XLVIII - - Ya noto, al paso que me torno viejo, - que en el inmenso espejo, - donde orgulloso me miraba un día, - era el azogue lo que yo ponía. - Al espejo del fondo de mi casa - una mano fatal - va rayendo el azogue, y todo pasa - por él como la luz por el cristal. - - XLIX - - --Nuestro español bosteza. - ¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío? - Doctor, ¿tendrá el estómago vacío? - --El vacío es más bien en la cabeza. - - L - - Luz del alma, luz divina, - faro, antorcha, estrella, sol... - Un hombre a tientas camina; - lleva a la espalda un farol. - - LI - - Discutiendo están dos mozos - si a la fiesta del lugar - irán por la carretera - o campo atraviesa irán. - Discutiendo y disputando - empiezan a pelear. - Ya con las trancas de pino - furiosos golpes se dan; - ya se tiran de las barbas, - que se las quieren pelar. - Ha pasado un carretero, - que va cantando un cantar: - «Romero, para ir a Roma, - lo que importa es caminar; - a Roma por todas partes, - por todas partes se va». - - LII - - En esta España de los pantalones - lleva la voz el macho; - mas si un negocio importa - lo resuelven las faldas a escobazos. - - LIII - - Ya hay un español que quiere - vivir y a vivir empieza, - entre una España que muere - y otra España que bosteza. - Españolito que vienes - al mundo, te guarde Dios. - Una de las dos Españas - ha de helarte el corazón. - - - CXXXVII - PARÁBOLAS - - I - - Era un niño que soñaba - un caballo de cartón. - Abrió los ojos el niño - y el caballito no vió. - Con un caballito blanco - el niño volvió a soñar; - y por la crin lo cogía... - ¡Ahora no te escaparás! - Apenas lo hubo cogido, - el niño se despertó. - Tenía el puño cerrado. - ¡El caballito voló! - Quedóse el niño muy serio - pensando que no es verdad - un caballito soñado. - Y ya no volvió a soñar. - Pero el niño se hizo mozo - y el mozo tuvo un amor, - y a su amada le decía: - ¿Tú eres de verdad o no? - Cuando el mozo se hizo viejo - pensaba: todo es soñar, - el caballito soñado - y el caballo de verdad. - Y cuando vino la muerte, - el viejo a su corazón - preguntaba: ¿Tú eres sueño? - ¡Quién sabe si despertó! - - II - - A Don Vicente Clurana. - - Sobre la limpia arena, en el tartesio llano - por donde acaba España y sigue el mar, - hay dos hombres que apoyan la cabeza en la mano; - uno duerme, y el otro parece meditar. - El uno, en la mañana de tibia primavera, - junto a la mar tranquila, - ha puesto entre sus ojos y el mar que reverbera, - los párpados, que borran el mar en la pupila. - Y se ha dormido, y sueña con el pastor Proteo, - que sabe los rebaños del marino guardar; - y sueña que le llaman las hijas de Nereo, - y ha oído los caballos de Poseidón hablar. - El otro mira al agua. Su pensamiento flota; - hijo del mar, navega--o se pone a volar. - Su pensamiento tiene un vuelo de gaviota, - que ha visto un pez de plata en el agua saltar. - Y piensa: «Es esta vida una ilusión marina - de un pescador que un día ya no puede pescar.» - El soñador ha visto que el mar se le ilumina, - y sueña que es la muerte una ilusión del mar. - - III - - Érase de un marinero - que hizo un jardín junto al mar, - y se metió a jardinero. - Estaba el jardín en flor, - y el jardinero se fué - por esos mares de Dios. - - IV - - CONSEJOS - - Sabe esperar, aguarda que la marea fluya, - --así en la costa un barco--sin que el partir te inquiete. - Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; - porque la vida es larga y el arte es un juguete. - Y si la vida es corta - y no llega la mar a tu galera, - aguarda sin partir y siempre espera, - que el arte es largo y, además, no importa. - - V - - PROFESIÓN DE FE - - Dios no es el mar, está en el mar; riela - como luna en el agua, o aparece - como una blanca vela; - en el mar se despierta o se adormece. - Creó la mar, y nace - de la mar cual la nube y la tormenta; - es el Creador y la criatura lo hace; - su aliento es alma, y por el alma alienta. - Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste, - y para darte el alma que me diste - en mí te he de crear. Que el puro río - de caridad que fluye eternamente, - fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío, - de una fe sin amor la turbia fuente! - - VI - - El Dios que todos llevamos, - el Dios que todos hacemos, - el Dios que todos buscamos - y que nunca encontraremos. - Tres dioses o tres personas - del solo Dios verdadero. - - VII - - Dice la razón: Busquemos - la verdad. - Y el corazón: Vanidad. - La verdad ya la tenemos. - La razón: ¡Ay, quién alcanza - la verdad! - El corazón: Vanidad. - La verdad es la esperanza. - Dice la razón: Tú mientes. - Y contesta el corazón: - Quien miente eres tú, razón, - que dices lo que no sientes. - La razón: Jamás podremos - entendernos, corazón. - El corazón: Lo veremos. - - VIII - - Cabeza meditadora, - ¡qué lejos se oye el zumbido - de la abeja libadora! - - Echaste un velo de sombra - sobre el bello mundo, y vas - creyendo ver, porque mides - la sombra con un compás. - - Mientras la abeja fabrica, - melifica, - con jugo de campo y sol, - yo voy echando verdades - que nada son, vanidades - al fondo de mi crisol. - De la mar al percepto, - del percepto al concepto, - del concepto a la idea - --¡oh, la linda tarea!-- - de la idea a la mar. - ¡Y otra vez a empezar! - - - CXXXVIII - MI BUFÓN - - El demonio de mis sueños - ríe con sus labios rojos, - sus negros y vivos ojos, - sus dientes finos, pequeños. - Y jovial y picaresco - se lanza a un baile grotesco, - luciendo el cuerpo deforme - y su enorme - joroba. Es feo y barbudo - y chiquitín y panzudo. - Yo no sé por qué razón, - de mi tragedia, bufón, - te ríes... Mas tu eres vivo - por tu danzar sin motivo. - - - - - ELOGIOS - - - CXXXIX - A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS - - Como se fué el maestro, - la luz de esta mañana - me dijo: Van tres días - que mi hermano Francisco no trabaja. - ¿Murió?... Sólo sabemos - que se nos fué por una senda clara, - diciéndonos: Hacedme - un duelo de labores y esperanzas. - Sed buenos y no más, sed lo que he sido - entre vosotros: alma. - Vivid, la vida sigue, - los muertos mueren y las sombras pasan; - lleva quien deja y vive el que ha vivido. - ¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas! - - Y hacia otra luz más pura - partió el hermano de la luz del alba, - del sol de los talleres, - el viejo alegre de la vida santa. - ...Oh, sí, llevad, amigos, - su cuerpo a la montaña, - a los azules montes - del ancho Guadarrama. - Allí hay barrancos hondos - de pinos verdes donde el viento canta. - Su corazón repose - bajo una encina casta, - en tierra de tomillos, donde juegan - mariposas doradas... - Allí el maestro un día - soñaba un nuevo florecer de España. - - _Baeza, 21 febrero, 1915._ - - - CXL - AL JOVEN MEDITADOR JOSÉ ORTEGA GASSET - - A ti laurel y yedra - corónente, dilecto - de Sofía, arquitecto. - Cincel, martillo y piedra - y masones te sirvan; las montañas - de Guadarrama frío - te brinden el azul de sus entrañas, - meditador de otro Escorial sombrío; - y que Felipe austero, - al borde de su regia sepultura, - asome a ver la nueva arquitectura, - y bendiga la prole de Lutero. - - - CXLI - A XAVIER VALCARCE - - ...En el Intermedio de la primavera. - - Valcarce, dulce amigo, si tuviera - la voz que tuve antaño, cantaría - el intermedio de tu primavera - --porque aprendiz he sido de ruiseñor un día--, - y el rumor de tu huerto--entre las flores - el agua oculta corre, pasa y suena - por acequias, regatos y atanores--, - y el inquieto bullir de tu colmena, - y esa doliente juventud que tiene - ardores de faunalias, - y que pisando viene - la huella a mis sandalias. - - Mas hoy... ¿será porque el enigma grave - me tentó en la desierta galería, - y abrí con una diminuta llave - el ventanal del fondo que da a la mar sombría? - ¿Será porque se ha ido - quien asentó mis pasos en la tierra, - y en este nuevo ejido - sin rubia mies, la soledad me aterra? - - No sé, Valcarce, mas cantar no puedo; - se ha dormido la voz en mi garganta, - y tiene el corazón un salmo quedo. - Ya sólo reza el corazón, no canta. - - Mas hoy, Valcarce, como un fraile viejo - puedo hacer confesión, que es dar consejo. - - En este día claro, en que descansa - tu carne de quimeras y amoríos - --así en amplio silencio se remansa - el agua bullidora de los ríos--, - no guardes en tu cofre la galana - veste dominical, el limpio traje, - para llenar de lágrimas mañana - la mustia seda y el marchito encaje, - sino viste, Valcarce, dulce amigo, - gala de fiesta para andar contigo. - - Y cíñete la espada rutilante, - y lleva tu armadura, - el peto de diamante - debajo de la blanca vestidura. - - ¡Quién sabe! Acaso tu domingo sea - la jornada guerrera y laboriosa, - el día del Señor, que no reposa, - el claro día en que el Señor pelea. - - - CXLII - MARIPOSA DE LA SIERRA - - A Juan Ramón Jiménez, por su libro _Platero y yo_. - - ¿No eres tú, mariposa, - el alma de estas sierras solitarias, - de sus barrancos hondos - y de sus cumbres agrias? - Para que tú nacieras, - con su varita mágica - a las tormentas de la piedra, un día, - mandó callar un hada, - y encadenó los montes, - para que tú volaras. - Anaranjada y negra, - morenita y dorada, - mariposa montés, sobre el romero - plegadas las alillas o, voltarias, - jugando con el sol, o sobre un rayo - de sol crucificadas. - ¡Mariposa montés y campesina, - mariposa serrana, - nadie ha pintado tu color; tú vives - tu color y tus alas - en el aire, en el sol, sobre el romero, - tan libre, tan salada!... - Que Juan Ramón Jiménez - pulse por ti su lira franciscana. - - _Sierra de Cazorla, 28 mayo, 1915._ - - - CXLIII - DESDE MI RINCÓN - - ELOGIOS - - Al libro _Castilla_, del maestro Azorín, - con motivos del mismo. - - Con este libro de melancolía, - toda Castilla a mi rincón me llega; - Castilla la gentil y la bravía, - la parda y la manchega. - ¡Castilla, España de los largos ríos - que el mar no ha visto y corre hacia los mares; - Castilla de los páramos sombríos, - Castilla de los negros encinares. - Labriegos transmarinos y pastores - trashumantes--arados y merinos--, - labriegos con talante de señores, - pastores del color de los caminos. - Castilla de grisientos peñascales, - pelados serrijones, - barbechos y trigales, - malezas y cambrones. - Castilla azafranada y polvorienta, - sin montes, de arreboles purpurinos, - Castilla visionaria y soñolienta - de llanuras, viñedos y molinos. - Castilla--hidalgos de semblante enjuto, - rudos jaques y orondos bodegueros--, - Castilla--trajinantes y arrieros - de ojos inquietos, de mirar astuto--, - mendigos rezadores, - y frailes pordioseros, - boteros, tejedores, - arcadores, perailes, chicarreros, - lechuzos y rufianes, - fulleros y truhanes, - caciques y tahures y logreros. - ¡Oh, venta de los montes!--Fuencebada, - Fonfría, Oncala, Manzanal, Robledo.-- - ¡Mesón de los caminos y posada - de Esquivias, Salas, Almazán, Olmedo! - La ciudad diminuta y la campana - de las monjas que tañe, cristalina... - ¡Oh, dueña doñeguil tan de mañana - y amor de Juan Ruiz a doña Endrina! - Las comadres--Gerarda y Celestina-- - Los amantes--Fernando y Dorotea-- - ¡Oh casa, oh huerto, oh sala silenciosa! - ¡Oh divino vasar en donde posa - _sus dulces ojos verdes Melibea_! - ¡Oh jardín de cipreses y rosales, - donde Calisto ensimismado piensa, - que tornan con las nubes inmortales - las mismas olas de la mar inmensa! - ¡Y este hoy que mira a ayer; y este mañana - que nacerá tan viejo! - ¡Y esta esperanza vana - de romper el encanto del espejo! - ¡Y esta agua amarga de la fuente ignota! - ¡Y este filtrar la gran hipocondría - de España siglo a siglo y gota a gota! - ¡Y este alma de Azorín... y este alma mía - que está viendo pasar, bajo la frente, - de una España la inmensa galería, - cual pasa del ahogado en la agonía - todo su ayer, vertiginosamente! - Basta. Azorín, yo creo - en el alma sutil de tu Castilla, - y en esa maravilla - de tu hombre triste del balcón, que veo - siempre añorar, la mano en la mejilla. - Contra el gesto del persa, que azotaba - la mar con su cadena; - contra la flecha que el tahur tiraba - al cielo, creo en la palabra buena. - Desde un pueblo que ayuna y se divierte, - ora y eructa, desde un pueblo impío - que juega al mus, de espaldas a la muerte, - creo en la libertad y en la esperanza, - y en una fe que nace - cuando se busca a Dios y no se alcanza, - y en el Dios que se lleva y que se hace. - - ENVÍO - - ¡Oh, tú, Azorín que de la mar de Ulises - viniste al ancho llano - en donde el gran Quijote, el buen Quijano, - soñó con Esplandianes y Amadises; - buen Azorín, por adopción manchego, - que guardas tu alma ibera, - tu corazón de fuego - bajo el recio almidón de tu pechera - --un poco libertario - de cara a la doctrina, - ¡admirable Azorín, el reaccionario - por asco de la greña jacobina!--; - pero tranquilo, varonil--la espada - ceñida a la cintura - y con santo rencor acicalada--, - sereno en el umbral de tu aventura! - ¡Oh, tú, Azorín, escucha: España quiere - surgir, brotar, toda una España empieza. - ¿Y ha de helarse en la España que se muere? - ¿Ha de ahogarse en la España que bosteza? - Para salvar la nueva epifanía - hay que acudir, ya es hora, - con el hacha y el fuego al nuevo día. - Oye cantar los gallos de la aurora. - - _Baeza, 1913._ - - - CXLIV - A UNA ESPAÑA JOVEN - - ...Fué un tiempo de mentira, de infamia. A España toda, - la malherida España, de Carnaval vestida - nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda - para que no acertara la mano con la herida. - - Fué ayer; éramos casi adolescentes; era - con tiempo malo, encinta de lúgubres presagios, - cuando montar quisimos en pelo una quimera, - mientras la mar dormía ahita de naufragios. - - Dejamos en el puerto la sórdida galera, - y en una nave de oro nos plugo navegar - hacia los altos mares, sin aguardar ribera, - lanzando velas y anclas y gobernalle al mar. - - Ya entonces, por el fondo de nuestro sueño--herencia - de un siglo que vencido sin gloria se alejaba-- - un alba entrar quería; con nuestra turbulencia - la luz de las divinas ideas batallaba. - - Mas cada cual el rumbo siguió de su locura; - agilitó su brazo, acreditó su brío; - dejó como un espejo bruñida su armadura - y dijo: «El hoy es malo, pero el mañana... es mío». - - Y es hoy aquel mañana de ayer... Y España toda - con sucios oropeles de Carnaval vestida - aún la tenemos: pobre y escuálida y beoda, - mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida. - - Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre - la voluntad te llega, irás a tu aventura - despierta y transparente a la divina lumbre, - como el diamante clara, como el diamante pura. - - _Enero, 1915._ - - - CXLV - ESPAÑA, EN PAZ - - En mi rincón moruno, mientras repiquetea - el agua de la siembra bendita en mis cristales - yo pienso en la lejana Europa que pelea, - el fiero norte, envuelto en lluvias otoñales. - - Donde combaten galos, ingleses y teutones, - allá, en la vieja Flandes y en una tarde fría, - sobre jinetes, carros, infantes y cañones - pondrá la lluvia el velo de su melancolía. - - Envolverá la niebla el rojo expoliario - --sordina gris al férreo claror del campamento--, - las brumas de la Mancha caerán como un sudario - de la flamenca duna sobre el fangal sangriento. - - Un César ha ordenado las tropas de Germania - contra el francés heroico y el triste moscovita, - y osó hostigar la rubia pantera de Britania. - Medio planeta en armas contra el teutón milita. - - ¡Señor! La guerra es mala y bárbara; la guerra, - odiada de las madres, las almas entigrece; - mientras la guerra pasa, ¿quién sembrará la tierra? - ¿Quién segará la espiga que junio amarillece? - - Albión acecha y caza las quillas en los mares; - Germania arruina templos, moradas y talleres; - la guerra pone un soplo de hielo en los hogares, - y el hambre en los caminos, y el llanto en las mujeres. - - Es bárbara la guerra y torpe y regresiva; - ¿por qué otra vez a Europa esta sangrienta racha - que siega el alma y esta locura acometiva? - ¿por qué otra vez el hombre de sangre se emborracha? - - La guerra nos devuelve las podres y las pestes - del Ultramar cristiano; el vértigo de horrores - que trajo Atila a Europa con sus tartareas huestes; - las hordas mercenarias, los púnicos rencores; - la guerra nos devuelve los muertos milenarios - de cíclopes, centauros, Heracles y Teseos; - la guerra resucita los sueños cavernarios - del hombre con peludos mammuthes giganteos. - - ¿Y bien? El mundo en guerra y en paz España sola. - ¡Salud, oh buen Quijano! Por si ese gesto es tuyo, - yo te saludo. ¡Salve! Salud, paz española, - si no eres paz cobarde, sino desdén y orgullo. - - Si eres desdén y orgullo, valor de ti, si bruñes - en esa paz, valiente, la enmohecida espada, - para tenerla limpia, sin tacha, cuando empuñes - el arma de tu vieja panoplia arrinconada; - si pules y acicalas tus hierros para, un día, - vestir de luz y, erguida: _heme aquí, pues, España - en alma y cuerpo, toda, para una guerra mía, - heme aquí, pues, vestida para la propia hazaña_, - decir para que diga quien oiga: _es voz, no es eco, - el buen manchego habla palabras de cordura, - parece que el hidalgo amojamado y seco - entró en razón, y tiene espada a la cintura_; - entonces, paz de España, yo te saludo. - Si eres - vergüenza humana de esos rencores cabezudos - con que se matan miles de avaros mercaderes, - sobre la madre tierra que los parió desnudos; - si sabes cómo Europa entera se anegaba - en una paz sin alma, en un afán sin vida, - y que una calentura cruel la aniquilaba, - que es hoy la fiebre de esta pelea fratricida; - si sabes que esos pueblos arrojan sus riquezas - al mar y al fuego--todos--para sentirse hermanos - un día ante el divino altar de la pobreza, - gabachos y tudescos, latinos y britanos, - entonces, paz de España, también yo te saludo, - y a ti, la España fuerte, si, en esta paz bendita, - en tu desdeño esculpes, como sobre un escudo, - dos ojos que avizoran y un ceño que medita. - - _Baeza, 10 de noviembre de 1914._ - - - CXLVI - - _Flor de santidad._--Novela milenaria, - por don Ramón del Valle-Inclán. - - Esta leyenda en sabio romance campesino, - ni arcaico ni moderno, por Valle-Inclán escrita, - revela en los halagos de un viento vespertino, - la santa flor de alma que nunca se marchita. - - Es la leyenda campo y campo. Un peregrino - que vuelve solitario de la sagrada tierra - donde Jesús morara, camina sin camino, - entre los agrios montes de la galaica sierra. - - Hilando silenciosa, la rueca a la cintura, - Adega, en cuyos ojos la llama azul fulgura - de la piedad humilde, en el romero ha visto, - al declinar la tarde, la pálida figura, - la frente gloriosa de luz y la amargura - de amor que tuvo un día el SALVADOR DOM. CRISTO. - - - CXLVII - AL MAESTRO RUBÉN DARÍO - - Este noble poeta que ha escuchado - los ecos de la tarde y los violines - del otoño en Verlaine, y que ha cortado - las rosas de Ronsard en los jardines - de Francia, hoy, peregrino - de un Ultramar de Sol, nos trae el oro - de su verbo divino. - ¡Salterios del loor vibran en coro! - La nave bien guarnida, - con fuerte casco y acerada prora, - de viento y luz la blanca vela henchida - surca, pronta a arribar, la mar sonora; - y yo le grito: ¡Salve! a la bandera - flamígera que tiene - esta hermosa galera - que de una nueva España a España viene. - - _1904._ - - - CXLVIII - A LA MUERTE DE RUBÉN DARÍO - - Si era toda en tu verso la armonía del mundo, - ¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar? - Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares, - corazón asombrado de la música astral, - ¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno - y con las nuevas rosas triunfante volverás? - ¿Te han herido buscando la soñada florida, - la fuente de la eterna juventud, capitán? - Que en esta lengua madre la clara historia quede; - corazones de todas las Españas, llorad. - Rubén Darío ha muerto en Castilla del Oro, - esta nueva nos vino atravesando el mar. - Pongamos, españoles, en un severo mármol, - su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más: - nadie esta lira taña, si no es el mismo Apolo, - nadie esta flauta suene si no es el mismo Pan. - - _1915._ - - - CXLIX - A NARCISO ALONSO CORTÉS, POETA DE CASTILLA - - _Jam senior, sed cruda deo viridisque senecta._ - Virgilio (_Eneida_). - - Tus versos me han llegado a este rincón manchego, - regio presente en arcas de rica taracea, - que guardan, entre ramos de castellano espliego, - narcisos de Citeres y lirios de Judea. - - En tu árbol viejo anida un canto adolescente, - del ruiseñor de antaño la dulce melodía. - Poeta, que declaras arrugas en tu frente, - tu musa es la más noble: se llama Todavía. - - El corazón del hombre con red sutil envuelve - el tiempo, como niebla de río una arboleda. - ¡No mires: todo pasa; olvida: nada vuelve! - Y el corazón del hombre se angustia... ¡Nada queda! - - El tiempo rompe el hierro y gasta los marfiles. - Con limas y barrenas, buriles y tenazas, - el tiempo lanza obreros a trabajar febriles, - enanos con punzones y cíclopes con mazas. - - El tiempo lame y roe y pule y mancha y muerde; - socava el alto muro, la piedra agujerea; - apaga la mejilla y abrasa la hoja verde; - sobre las frentes cava los surcos de la idea. - - Pero el poeta afronta al tiempo inexorable, - como David al fiero gigante filisteo; - de su armadura busca la pieza vulnerable, - y quiere obrar la hazaña a que no osó Teseo. - - Vencer al tiempo quiere. ¡Al tiempo! ¿Hay un seguro - donde afincar la lucha? ¿Quién lanzará el venablo - que cace esa alimaña? ¿Se sabe de un conjuro - que ahuyente ese enemigo, como la cruz al diablo? - - El alma. El alma vence--¡la pobre cenicienta, - que en este siglo vano, cruel, empedernido, - por esos mundos vaga escuálida y hambrienta!-- - al ángel de la muerte y al agua del olvido. - - Su fortaleza opone al tiempo, como el puente - al ímpetu del río sus pétreos tajamares; - bajo ella el tiempo lleva bramando su torrente, - sus aguas cenagosas huyendo hacia los mares. - - Poeta, el alma sólo es ancla en la ribera, - dardo cruel y doble escudo adamantino; - y en el diciembre helado, rosal de primavera; - y sol del caminante y sombra del camino. - - Poeta, que declaras arrugas en tu frente, - tu noble verso sea más joven cada día; - que en tu árbol viejo suene el canto adolescente, - del ruiseñor eterno la dulce melodía. - - _Venta de Cárdenas, 24 octubre._ - - - CXL - MIS POETAS - - El primero es Gonzalo de Berceo llamado, - Gonzalo de Berceo, poeta y peregrino, - que yendo en romería acaeció en un prado, - y a quien los sabios pintan copiando un pergamino. - Trovó a Santo Domingo, trovó a Santa María, - y a San Millán, y a San Lorenzo y Santa Oria, - y dijo: mi dictado non es de juglaría; - escrito lo tenemos; es verdadera historia. - Su verso es dulce y grave: monótonas hileras, - de chopos invernales en donde nada brilla; - renglones como surcos en pardas sementeras, - y lejos, las montañas azules de Castilla. - Él nos cuenta el repaire del romeo cansado; - leyendo en santorales y libros de oración, - copiando historias viejas, nos dice su dictado, - mientras le sale afuera la luz del corazón. - - - CLI - A DON MIGUEL DE UNAMUNO - - Por su libro _Vida de Don Quijote y Sancho_. - - Este donquijotesco - Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco, - lleva el arnés grotesco - y el irrisorio casco - del buen manchego. Don Miguel camina, - jinete de quimérica montura, - metiendo espuela de oro a su locura, - sin miedo de la lengua que malsina. - - A un pueblo de arrieros, - lechuzos y tahures y logreros - dicta lecciones de Caballería. - - Y el alma desalmada de su raza, - que bajo el golpe de su férrea maza - aún duerme, puede que despierte un día. - - Quiere enseñar el ceño de la duda - antes de que cabalgue, al caballero; - cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda - cerca del corazón la hoja de acero. - - Tiene el aliento de una estirpe fuerte - que soñó más allá de sus hogares, - y que el oro buscó tras de los mares. - Él señala la gloria tras la muerte. - Quiere ser fundador y dice: Creo, - Dios y adelante el ánima española... - Y es tan bueno y mejor que fué Loyola: - sabe a Jesús y escupe al fariseo. - - - CLII - A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ - - Por su libro _Arias tristes_. - - Era una noche del mes - de mayo, azul y serena, - sobre el agudo ciprés - brillaba la luna llena, - - iluminando la fuente - en donde el agua surtía, - sollozando intermitente. - Sólo la fuente se oía. - - Después, se escuchó el acento - de un oculto ruiseñor. - Quebró una racha de viento - la curva del surtidor. - - Y una dulce melodía - vagó por todo el jardín: - entre los mirtos tañía - un músico su violín. - - Era un acorde lamento - de juventud y de amor - para la luna y el viento, - el agua y el ruiseñor. - - «El jardín tiene una fuente - y la fuente una quimera...» - Cantaba una voz doliente, - alma de la primavera. - - Calló la voz y el violín - apagó su melodía. - Quedó la melancolía - vagando por el jardín. - Sólo la fuente se oía. - - - PUBLICACIONES DE LA - RESIDENCIA DE ESTUDIANTES - - Estas publicaciones responden a la necesidad de buscar una - expresión de la actividad espiritual que en la RESIDENCIA y en - torno de ella se ha ido desenvolviendo. Los varios modos en que - va cuajando esta actividad, estarán representados en diferentes - series de libros. No se trata, pues, tan sólo, de dar publicidad - a los trabajos de los Residentes, primeros frutos de su formación - científica, sino de recoger también otras producciones que han - nacido al contacto de la RESIDENCIA con el ambiente ideal exterior. - La obra de la RESIDENCIA ha sabido atraer la atención y el apoyo - moral de literatos, científicos y políticos, que trabajan unidos - a su lado, como si se tratase de una obra propia; y este núcleo - formado en torno de la RESIDENCIA se ha dispuesto con devoción - y con entusiasmo a sembrar en ella y desde ella, en la juventud - española, los ideales de la Patria futura. En fin, la continuidad - de la labor educacional de la RESIDENCIA, la lleva a perpetuar - en sus publicaciones momentos ejemplares de la cultura universal - y de la vida nacional, para todo lo cual encontrará cauce en las - actuales series y en otras nuevas, que a su tiempo saldrán a luz. - - - SERIE I. CUADERNOS DE TRABAJO: - - Con estos cuadernos de Investigación, quisiera la RESIDENCIA - contribuir a la labor científica española. - - - 1. EL SACRIFICIO DE LA MISA, por GONZALO DE - BERCEO. Edición de _Antonio G. Solalinde_. - (Publicado). 1,50 ptas. - - 2. CONSTITUCIONES BAIULIE MIRABETI (1328). - EDICIÓN de _Galo Sánchez_. (Publicado). 1,50 ptas. - - 3. ¿QUÉ ES LA ELECTRICIDAD?, por _Blas Cabrera_. - (Publicado). 3,50 ptas. - - 4. Un profesor español del siglo XVI: JUAN - LORENZO PALMIRENO, por _Miguel Artigas_. - - 5. BAQUÍLIDES. Traducción del griego, por - _Pedro Bosch y Gimpera_. - - 6. EL RENACIMIENTO EN ESPAÑA. Introducción - metódica, por _Federico de Onís_. - - - SERIE II. ENSAYOS: - - Componen esta serie trabajos originales que, aun versando sobre - temas concretos de arte, historia, ética, literatura, etc., tienden - a expresar una ideología de amplio interés, en forma cálida y - personal. - - - 1. MEDITACIONES DEL QUIJOTE. Meditación preliminar - y Meditación primera, por _J. Ortega y Gasset_. - (Publicado). 3 ptas. - - 2. AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS, por _Azorín_. - (Publicado). 3,50 ptas. - - 3. EL PROTECTORADO FRANCÉS EN MARRUECOS Y SUS - ENSEÑANZAS PARA LA ACCIÓN ESPAÑOLA, por - _Manuel González Hontoria_. (Publicado). 4 ptas. - - 4. EL LICENCIADO VIDRIERA, VISTO POR _Azorín_. - (Publicado). 3 ptas. - - 5. ENSAYOS. TOMO I, por _M. de Unamuno_. - (Publicado). 3 ptas. - - 6. UN PUEBLECITO, por _Azorín_. (Publicado). 3 ptas. - - 7. ENSAYOS. Tomo II, por _M. de Unamuno_. - (Publicado). 3 ptas. - - 8. LA EDAD HEROICA, por _Luis de Zulueta_. - (Publicado). 2,50 ptas. - - 9. ENSAYOS. Tomo III, por _M. de Unamuno_. - (Publicado). 3 ptas. - - 10. LA FILOSOFÍA DE HENRI BERGSON, por - _Manuel G. Morente_. (Publicado). 2,50 ptas. - - 11. ENSAYOS. Tomo IV, por _M. de Unamuno_. - (Publicado). 3 ptas. - - 12. EL SENTIMIENTO DE LA RIQUEZA EN CASTILLA, - por _Pedro Corominas_. (Publicado). 3,50 ptas. - - 13. CLAVIJO EN GOETHE Y EN BEAUMARCHAIS, - comentado por _Azorín_. - - 14. DICCIONARIO FILOSÓFICO PORTÁTIL, - por _Eugenio d'Ors_. - - 15. LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA, por _F. de Onís_. - - 16. EL ARTE ESPAÑOL, por _Manuel B. Cossío_. - - 17. MEDITACIÓN DEL ESCORIAL, - por _J. Ortega y Gasset_. - - 18. LA EPOPEYA CASTELLANA, - por _Ramón Menéndez Pidal_. - - 19. EL DERECHO INTERNACIONAL EN LA GUERRA - GRANDE, por _Gabriel Maura_. - - 20. MEDITACIONES DEL QUIJOTE. - Meditación segunda y Meditación tercera, - por _J. Ortega y Gasset_. - - 21. ENSAYO SOBRE LA HISTORIA CONSTITUCIONAL DE ESPAÑA - (Estudio de la vida política española en el - siglo XIX, con los textos de las Constituciones), - por _Fernando de los Ríos y Urruti_. - - 22. ENSAYOS SOBRE SHAKESPEARE, - por _Ramón Pérez de Ayala_. - - Y otros de Pío Baroja, Gabriel Alomar, Nicolás Achúcarro, Pedro - Dorado y Montero, etc. - - SERIE III. BIOGRAFÍAS: - - Para promover viriles entusiasmos, nada como las vidas heroicas - de hombres ilustres, exaltadas por espíritus gemelos. Esta serie - consta de ejemplares biografías, cuya traducción se ha confiado a - escritores competentes. - - 1. VIDA DE BEETHOVEN, por _Romain Rolland_. - Traducción de _Juan Ramón Jiménez_. - (Publicado). 3,50 ptas. - - 2. VIDA DE MIGUEL ÁNGEL, por _Romain Rolland_. - Traducción de _Juan Ramón Jiménez_. - - 3. VIDA DE TOLSTOY, por _Romain Rolland_. - Traducción de _Juan Ramón Jiménez_. - - 4. VIDA DE CARLOS XII, por _Voltaire_. Traducción - de _E. Díez-Canedo_. - - 5. FICCIÓN Y REALIDAD (Dichtung und Wahrheit), - por _J. W. Goethe_. Traducción de - _Ramón María Tenreiro_. - - SERIE IV. VARIA: - - La RESIDENCIA se propone perpetuar, con esta serie, la eficacia - de toda manifestación espiritual (lecturas, jiras, conferencias, - conmemoraciones), que impulse la nueva España hacia un ideal puro, - abierto y definido. - - - 1. DE LA AMISTAD Y DEL DIÁLOGO, por _Eugenio - d'Ors_. (Agotado). - - 2. JEAN SÉBASTIEN BACH, AUTEUR COMIQUE, par - _M. André Pirro_. (Publicado). 1,50 ptas. - - 3. APRENDIZAJE Y HEROÍSMO, por _Eugenio d'Ors_ - (Publicado). 2 ptas. - - 4. FIESTA DE ARANJUEZ, EN HONOR DE AZORÍN. - Discursos, poesías y cartas. (Publicado). 1,50 ptas. - - 5. DISCIPLINA Y REBELDÍA, - por _Federico de Onís_. (Publicado). 1 pta. - - 6. PORVENIR DE LA LITERATURA DESPUÉS DE LA GUERRA, - por la _Condesa de Pardo Bazán_. (Publicado). 1 pta. - - 7. POESÍAS COMPLETAS de _Antonio Machado_, - en un volumen. (Publicado). 4 ptas. - - EL SACRIFICIO DE LA MISA, por GONZALO DE BERCEO. - Edición de ANTONIO G. SOLALINDE.--Precio: 1,50 ptas. - - DE LA AMISTAD Y DEL DIÁLOGO, - por EUGENIO D'ORS. Agotada. - - MEDITACIONES DEL QUIJOTE, - por JOSÉ ORTEGA Y GASSET. _Meditación - preliminar. Meditación primera._--Precio: 3 ptas. - - JEAN SÉBASTIEN BACH, AUTEUR COMIQUE, - par M. ANDRÉ PIRRO.--Precio: 1,50 ptas. - - AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS, por AZORÍN. - --Precio: 3,50 ptas. - - EL PROTECTORADO FRANCÉS EN MARRUECOS Y SUS - ENSEÑANZAS PARA LA ACCIÓN ESPAÑOLA, - por MANUEL GONZÁLEZ HONTORIA.--Precio: 4 ptas. - - APRENDIZAJE Y HEROÍSMO, por EUGENIO D'ORS. - --Precio: 2 ptas. - - FIESTA DE ARANJUEZ, en honor de AZORÍN. - _Discursos_, _poesías_ y _cartas_. - --Precio: 1,50 ptas. - - CONSTITUCIONES BAIULIE MIRABETI. - Edición de GALO SÁNCHEZ.--Precio: 1,50 ptas. - - EL LICENCIADO VIDRIERA, - visto por AZORÍN.--Precio: 3 ptas. - - DISCIPLINA Y REBELDÍA, por FEDERICO DE ONÍS. - --Precio: 1 pta. - - VIDA DE BEETHOVEN, por ROMAIN ROLLAND. - Traducción de JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. - --Precio: 3,50 ptas. - - ENSAYOS. Tomo I, por MIGUEL DE UNAMUNO. - --Precio: 3 ptas. - - UN PUEBLECITO, por AZORÍN.--Precio: 3 ptas. - - ENSAYOS. Tomo II, por MIGUEL DE UNAMUNO. - --Precio: 3 ptas. - - LA EDAD HEROICA, por LUIS DE ZULUETA. - --Precio: 2,50 ptas. - - ENSAYOS. Tomo III, por MIGUEL DE UNAMUNO. - --Precio: 3 ptas. - - LA FILOSOFÍA DE HENRI BERGSON, - por MANUEL G. MORENTE.--Precio: 2,50 ptas. - - ENSAYOS. Tomo IV, por MIGUEL DE UNAMUNO. - --Precio: 3 ptas. - - PORVENIR DE LA LITERATURA DESPUÉS DE LA GUERRA, - por la CONDESA DE PARDO BAZÁN.--Precio: 1 pta. - - ¿QUÉ ES LA ELECTRICIDAD?, por BLAS CABRERA. - --Precio: 3,50 ptas. - - EL SENTIMIENTO DE LA RIQUEZA EN CASTILLA, - por PEDRO COROMINAS.--Precio: 3,50 ptas. - - POESÍAS COMPLETAS, DE ANTONIO MACHADO.--Precio: 4 ptas. - - - PROSPECTO - DE LA - RESIDENCIA DE - ESTUDIANTES - (NO SE VENDE) - - - SE ENVÍA A QUIEN LO SOLICITE DEL PRESIDENTE - DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES - CALLE DEL PINAR · MADRID - - - ESTE LIBRO - SE ACABÓ DE IMPRIMIR - EN EL EST. TIPOGRÁFICO DE FORTANET - EN MADRID - EL DÍA 11 DE JULIO - DE 1917 - - - PUBLICACIONES DE LA - RESIDENCIA DE - ESTUDIANTES: MADRID - - ADMINISTRACIÓN - CALLE DEL PINAR - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK POESÍAS COMPLETAS *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. 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