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-The Project Gutenberg eBook of Poesías completas, by Antonio Machado
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Poesías completas
-
-Author: Antonio Machado
-
-Release Date: July 15, 2022 [eBook #68525]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Andrés V. Galia and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (Biblioteca Nacional de
- España. )
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK POESÍAS COMPLETAS ***
-
-
-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-En la versión de texto sin formatear, el texto en cursiva está encerrado
-entre guiones bajos (_cursiva_), las versalitas se representan en
-mayúsculas como en VERSALITAS y el texto en negritas como en =negritas=.
-
-El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando
-la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado
-puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia
-Española.
-
-En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
-acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el
-acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está
-en mayúsculas.
-
-La cubierta del libro fue modificada por el transcriptor y ha sido
-añadida al dominio publico.
-
-El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra.
-
-Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores de
-imprenta y ortografía. Las correcciones mencionadas en las ERRATAS
-no se han enmendado.
-
-
- * * * * *
-
-
- [Ilustración: ANTONIO MACHADO]
-
-
- POESÍAS COMPLETAS
-
- DE
-
- ANTONIO MACHADO
-
-
- [Ilustración]
-
-
- PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
-
-
- POESÍAS COMPLETAS
-
-
-
-
- POESÍAS COMPLETAS
- DE
- ANTONIO MACHADO
-
-
- [Ilustración]
-
-
- PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
-
- SERIE IV.--VOL. 7
-
- MADRID
- 1917
-
-
- ES PROPIEDAD
- QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY
-
- DERECHOS RESERVADOS
- PARA TODOS LOS PAÍSES
-
- COPYRIGHT 1917 BY
- RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
-
-
- Imp. de Fortanet, Libertad 29.--Tel. 991.--Madrid
-
-
- ALGUNAS ERRATAS
-
- PÁGINA DICE DEBE DECIR
-
- 70 variolaban bariolaban
- 94 habitual usual
- 164 segundo segundón
-
-
- ANTONIO MACHADO
-
- Misterioso y silencioso
- Iba una y otra vez.
- Su mirada era tan profunda
- Que apenas se podía ver.
- Cuando hablaba tenía un dejo
- de timidez y de altivez.
- Y la luz de sus pensamientos
- Casi siempre se veía arder.
- Era luminoso y profundo
- Como era hombre de buena fe.
- Fuera pastor de mil leones
- Y de corderos a la vez.
- Conduciría tempestades
- O traería un panal de miel.
- Las maravillas de la vida
- Y del amor y del placer,
- Cantaba en versos profundos
- Cuyo secreto era de él.
- Montado en un raro Pegaso,
- Un día al imposible fué.
- Ruego por Antonio a mis dioses,
- Ellos le salven siempre. Amén.
-
- RUBÉN DARÍO.
-
- 1905
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
- _Págs._
-
- ANTONIO MACHADO, POR RUBÉN DARÍO 7
-
-
- SOLEDADES
-
- I. EL VIAJERO 11
-
- II. HE ANDADO MUCHOS CAMINOS 13
-
- III. LA PLAZA Y LOS NARANJOS ENCENDIDOS 14
-
- IV. EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO 15
-
- V. RECUERDO INFANTIL 17
-
- VI. FUÉ UNA CLARA TARDE, TRISTE Y SOÑOLIENTA 18
-
- VII. EL LIMONERO LÁNGUIDO SUSPENDE 20
-
- VIII. YO ESCUCHO LOS CANTOS 22
-
- IX. ORILLAS DEL DUERO 24
-
- X. A LA DESIERTA PLAZA 25
-
- XI. YO VOY SOÑANDO CAMINOS 26
-
- XII. AMADA, EL AURA DICE 27
-
- XIII. HACIA UN OCASO RADIANTE 28
-
- XIV. CANTE HONDO 31
-
- XV. LA CALLE EN SOMBRA 32
-
- XVI. SIEMPRE FUGITIVA Y SIEMPRE 33
-
- XVII. HORIZONTE 33
-
- XVIII. EL POETA 34
-
- XIX. ¡VERDES JARDINILLOS! 37
-
-
- DEL CAMINO
-
- XX. PRELUDIO 38
-
- XXI. DABA EL RELOJ LAS DOCE... Y ERAN DOCE 39
-
- XXII. SOBRE LA TIERRA AMARGA 40
-
- XXIII. EN LA DESNUDA TIERRA DEL CAMINO 40
-
- XXIV. EL SOL ES UN GLOBO DE FUEGO 41
-
- XXV. ¡TENUE RUMOR DE TÚNICAS QUE PASAN! 42
-
- XXVI. ¡OH, FIGURAS DEL ATRIO, MÁS HUMILDES! 42
-
- XXVII. LA TARDE TODAVÍA 43
-
- XXVIII. CREAR FIESTAS DE AMORES 44
-
- XXIX. ARDE EN TUS OJOS UN MISTERIO, VIRGEN 45
-
- XXX. ALGUNOS LIENZOS DEL RECUERDO TIENEN 45
-
- XXXI. CRECE EN LA PLAZA EN SOMBRA 46
-
- XXXII. LAS ASCUAS DE UN CREPÚSCULO MORADO 47
-
- XXXIII. ¿MI AMOR?... ¿RECUERDAS, DIME? 47
-
- XXXIV. ME DIJO UN ALBA DE LA PRIMAVERA. 48
-
- XXXV. AL BORDE DEL SENDERO UN DÍA NOS SENTAMOS 49
-
- XXXVI. ES UNA FORMA JUVENIL QUE UN DÍA 48
-
- XXXVII. ¡OH!, DIME, NOCHE AMIGA, AMADA VIEJA 50
-
-
- CANCIONES Y COPLAS
-
- XXXVIII. ABRIL FLORECÍA 51
-
- XXXIX. DE LA VIDA 54
-
- XL. INVENTARIO GALANTE 56
-
- XLI. ME DIJO UNA TARDE 58
-
- XLII. LA VIDA HOY TIENE RITMO 60
-
- XLIII. ERA UNA MAÑANA Y ABRIL SONREÍA 61
-
- XLIV. EL CASCO ROÍDO Y VERDOSO 62
-
- XLV. EL SUEÑO BAJO EL SOL QUE ATURDE Y CIEGA 63
-
-
- HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES
-
- XLVI. LOS GRANDES INVENTOS: LA NORIA 65
-
- XLVII. EL CADALSO 66
-
- XLVIII. LAS MOSCAS 67
-
- XLIX. ELEGÍA DE UN MADRIGAL 69
-
- L. ACASO 70
-
- LI. JARDÍN 71
-
- LII. FANTASÍA DE UNA NOCHE DE ABRIL 72
-
- LIII. A UN NARANJO Y A UN LIMONERO 76
-
- LIV. LOS SUEÑOS MALOS 77
-
- LV. HASTÍO 78
-
- LVI. SONABA EL RELOJ LA UNA 79
-
- LVII. CONSEJOS 80
-
- LVIII. MONEDA QUE ESTÁ EN LA MANO 80
-
- LIX. GLOSA 80
-
- LX. ANOCHE CUANDO DORMÍA 81
-
- LXI. ¿MI CORAZÓN SE HA DORMIDO? 82
-
-
- GALERÍAS
-
- INTRODUCCIÓN 83
-
- LXII. DESGARRADA LA NUBE 85
-
- LXIII. Y ERA EL DEMONIO DE MI SUEÑO, EL ÁNGEL 86
-
- LXIV. DESDE EL UMBRAL DE UN SUEÑO ME LLAMARON 87
-
- LXV. SUEÑO INFANTIL 87
-
- LXVI. SI YO FUERA UN POETA 89
-
- LXVII. LLAMÓ A MI CORAZÓN, UN CLARO DÍA 89
-
- LXVIII. HOY BUSCARÁS EN VANO 90
-
- LXXI. Y NADA IMPORTA YA QUE EL VINO DE ORO 90
-
- LXX. ¡TOCADOS DE OTROS DÍAS! 91
-
- LXXI. LA CASA TAN QUERIDA 92
-
- LXXII. ANTE EL PÁLIDO LIENZO DE LA TARDE 92
-
- LXXIII. TARDE TRANQUILA, CASI 93
-
- LXXIV. YO, COMO ANACREONTE 93
-
- LXXV. ¡OH, TARDE LUMINOSA! 94
-
- LXXVI. ES UNA TARDE CENICIENTA Y MUSTIA 94
-
- LXXVII. Y NO ES VERDAD, DOLOR, YO TE CONOZCO 95
-
- LXXVIII. ¿Y HA DE MORIR CONTIGO EL MUNDO MAGO? 96
-
- LXXIX. DESNUDA ESTÁ LA TIERRA 96
-
- LXXX. CAMPO 97
-
- LXXXI. A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR 98
-
- LXXXII. LOS SUEÑOS 99
-
- LXXXIII. GUITARRA DEL MESÓN QUE HOY SUENAS JOTA 99
-
- LXXXIV. EL ROJO SOL DE UN SUEÑO EN EL ORIENTE ASOMA 100
-
- LXXXV. LA PRIMAVERA BESABA 101
-
- LXXXVI. ERAN AYER MIS DOLORES 102
-
- LXXXVII. RENACIMIENTO 103
-
- LXXXVIII. TAL VEZ LA MANO, EN SUEÑOS 104
-
- LXXXIX. Y PODRÁS CONOCERTE RECORDANDO 104
-
- XC. LOS ÁRBOLES CONSERVAN 105
-
- XCI. HÚMEDO ESTÁ, BAJO EL LAUREL, EL BANCO 105
-
-
- VARIA
-
- XCII. CABALLITOS 106
-
- XCIII. RUIDOS 107
-
- XCIV. PESADILLA 108
-
- XCV. DE LA VIDA 108
-
- XCVI. SOL DE INVIERNO 110
-
- XCVII. RETRATO 111
-
- XCVIII. A ORILLAS DEL DUERO 113
-
- XCIX. POR TIERRAS DE ESPAÑA 116
-
- C. EL HOSPICIO 118
-
- CI. EL DIOS IBERO 119
-
- CII. ORILLAS DEL DUERO 122
-
- CIII. LAS ENCINAS 124
-
- CIV. CAMINOS 130
-
- CV. EN ABRIL, LAS AGUAS MIL 130
-
- CVI. UN LOCO 132
-
- CVII. FANTASÍA ICONOGRÁFICA 134
-
- CVIII. UN CRIMINAL 135
-
- CIX. AMANECER DE OTOÑO 137
-
- CX. EN TREN 138
-
- CXI. NOCHE DE VERANO 140
-
- CXII. PASCUA DE RESURRECCIÓN 141
-
- CXIII. CAMPOS DE SORIA 142
-
- CXIV. LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ 149
-
- CXV. A UN OLMO SECO 182
-
- CXVI. RECUERDOS 184
-
- CXVII. AL MAESTRO «AZORÍN», POR SU LIBRO CASTILLA 186
-
- CXVIII. CAMINOS 187
-
- CXIX. SEÑOR, YA ME ARRANCASTE LO QUE YO MÁS QUERÍA 189
-
- CXX. DICE LA ESPERANZA: UN DÍA 189
-
- CXXI. ALLÁ, EN LAS TIERRAS ALTAS 189
-
- CXXII. SOÑÉ QUE TÚ ME LLEVABAS 190
-
- CXXIII. UNA NOCHE DE VERANO 191
-
- CXXIV. AL BORRARSE LA NIEVE, SE ALEJARON 191
-
- CXXV. EN ESTOS CAMPOS DE LA TIERRA MÍA 192
-
- CXXVI. A JOSÉ MARÍA PALACIO 194
-
- CXXVII. OTRO VIAJE 195
-
- CXXVIII. POEMA DE UN DÍA 197
-
- CXXIX. NOVIEMBRE, 1914 205
-
- CXXX. LA SAETA 206
-
- CXXXI. DEL PASADO EFÍMERO 207
-
- CXXXII. LOS OLIVOS 209
-
- CXXXIII. LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA
- MUERTE DE DON GUIDO 213
-
- CXXXIV. LA MUJER MANCHEGA 218
-
- CXXXV. EL MAÑANA EFÍMERO 219
-
- CXXXVI. PROVERBIOS Y CANTARES 221
-
- CXXXVII. PARÁBOLAS 239
-
- CXXXVIII. MI BUFÓN 244
-
-
- ELOGIOS
-
- CXXXIX. A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS 245
-
- CXL. AL JOVEN MEDITADOR JOSÉ ORTEGA GASSET 247
-
- CXLI. A XAVIER VALCARCE 247
-
- CXLII. MARIPOSA DE LA SIERRA 249
-
- CXLIII. DESDE MI RINCÓN 251
-
- CXLIV. A UNA ESPAÑA JOVEN 255
-
- CXLV. ESPAÑA, EN PAZ 256
-
- CXLVI. FLOR DE SANTIDAD 260
-
- CXLVII. AL MAESTRO RUBÉN DARÍO 261
-
- CXLVIII. A LA MUERTE DE RUBÉN DARÍO 262
-
- CXLIX. A NARCISO ALONSO CORTÉS, POETA DE CASTILLA 263
-
- CL. MIS POETAS 265
-
- CLI. A DON MIGUEL DE UNAMUNO 266
-
- CLII. A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ 267
-
-
- POESÍAS COMPLETAS
- (1899-1917)
-
-
-
-
- SOLEDADES
-
- I
- EL VIAJERO
-
- Está en la sala familiar, sombría,
- y entre nosotros, el querido hermano
- que en el sueño infantil de un claro día
- vimos partir hacia un país lejano.
-
- Hoy tiene ya las sienes plateadas,
- un gris mechón sobre la angosta frente;
- y la fría inquietud de sus miradas
- revela un alma casi toda ausente.
-
- Deshójanse las copas otoñales
- del parque mustio y viejo.
- La tarde, tras los húmedos cristales,
- se pinta, y en el fondo del espejo,
-
- El rostro del hermano se ilumina
- suavemente. ¿Floridos desengaños
- dorados por la tarde que declina?
- ¿Ansias de vida nueva en nuevos años?
-
- ¿Lamentará la juventud perdida?
- Lejos quedó--la pobre loba--muerta.
- ¿La blanca juventud nunca vivida
- teme, que ha de cantar ante su puerta?
-
- ¿Sonríe al sol de oro
- de la tierra de un sueño no encontrada;
- y ve su nave hender el mar sonoro,
- de viento y luz la blanca vela hinchada?
-
- Él ha visto las hojas otoñales,
- amarillas, rodar, las olorosas
- ramas del eucaliptus, los rosales
- que enseñan otra vez sus blancas rosas...
-
- Y este dolor que añora o desconfía
- el temblor de una lágrima reprime,
- y un resto de viril hipocresía
- en el semblante pálido se imprime.
-
- Serio retrato en la pared clarea
- todavía. Nosotros divagamos.
- En la tristeza del hogar, golpea
- el tic-tac del reloj. Todos callamos.
-
-
- II
-
- He andado muchos caminos,
- he abierto muchas veredas,
- he navegado en cien mares
- y he atracado en cien riberas.
-
- En todas partes he visto
- caravanas de tristeza,
- soberbios y melancólicos
- borrachos de sombra negra,
-
- y pedantones al paño
- que miran, callan y piensan
- que saben, porque no beben
- el vino de las tabernas.
-
- Mala gente que camina
- y va apestando la tierra...
-
- Y en todas partes he visto
- gentes que danzan o juegan,
- cuando pueden, y laboran
- sus cuatro palmos de tierra.
-
- Nunca, si llegan a un sitio,
- preguntan adónde llegan.
- Cuando caminan, cabalgan
- a lomos de mula vieja,
-
- y no conocen la prisa
- ni aun en los días de fiesta.
- Donde hay vino, beben vino,
- donde no hay vino, agua fresca.
-
- Son buenas gentes que viven,
- laboran, pasan y sueñan,
- y en un día como tantos,
- descansan bajo la tierra.
-
-
- III
-
- La plaza y los naranjos encendidos
- con sus frutas redondas y risueñas.
-
- Tumulto de pequeños colegiales,
- que al salir en desorden de la escuela,
- llenan el aire de la plaza en sombra
- con la algazara de sus voces nuevas.
-
- ¡Alegría infantil en los rincones
- de las ciudades muertas!...
- ¡Y algo nuestro de ayer, que todavía
- vemos vagar por estas calles viejas!
-
-
- IV
- EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO
-
- Tierra le dieron una tarde horrible
- del mes de julio, bajo el sol de fuego.
-
- A un paso de la abierta sepultura,
- había rosas de podridos pétalos,
- entre geranios de áspera fragancia
- y roja flor. El cielo
- puro y azul. Corría
- un aire fuerte y seco.
-
- De los gruesos cordeles suspendido,
- pesadamente, descender hicieron
- el ataúd al fondo de la fosa
- los dos sepultureros...
-
- Y al reposar sonó con recio golpe,
- solemne, en el silencio.
-
- Un golpe de ataúd en tierra es algo
- perfectamente serio.
-
- Sobre la negra caja se rompían
- los pesados terrones polvorientos...
-
- El aire se llevaba
- de la honda fosa el blanquecino aliento.
-
- --Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
- larga paz a tus huesos...
-
- Definitivamente,
- duerme un sueño tranquilo y verdadero.
-
-
- V
- RECUERDO INFANTIL
-
- Una tarde parda y fría
- de invierno. Los colegiales
- estudian. Monotonía
- de lluvia tras los cristales.
-
- Es la clase. En un cartel
- se representa a Caín
- fugitivo, y muerto Abel
- junto a una mancha carmín.
-
- Con timbre sonoro y hueco
- truena el maestro, un anciano
- mal vestido, enjuto y seco,
- que lleva un libro en la mano.
-
- Y todo un coro infantil
- va cantando la lección:
- mil veces ciento, cien mil,
- mil veces mil, un millón.
-
- Una tarde parda y fría
- de invierno. Los colegiales
- estudian. Monotonía
- de la lluvia en los cristales.
-
-
- VI
-
- Fué una clara tarde, triste y soñolienta,
- tarde de verano. La hiedra asomaba
- al muro del parque, negra y polvorienta...
- La fuente sonaba.
-
- Rechinó en la vieja cancela mi llave;
- con agrio ruido abrióse la puerta
- de hierro mohoso y, al cerrarse, grave
- golpeó el silencio de la tarde muerta.
-
- En el solitario parque, la sonora
- copla borbollante del agua cantora,
- me guió a la fuente. La fuente vertía
- sobre el blanco mármol su monotonía.
-
- La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano,
- un sueño lejano mi canto presente?...
- Fué una tarde lenta del lento verano.
-
- Respondí a la fuente:
- No recuerdo, hermana,
- mas sé que tu copla presente es lejana.
-
- Fué esta misma tarde: mi cristal vertía
- como hoy sobre el mármol su monotonía.
- ¿Recuerdas, hermano?... Los mirtos talares,
- que ves, sombreaban los claros cantares
- que escuchas. Del rubio color de la llama,
- el fruto maduro pendía en la rama,
- lo mismo que ahora. ¿Recuerdas, hermano?...
- Fué esta misma lenta tarde de verano.
-
- --No sé qué me dice tu copla riente
- de ensueños lejanos, hermana la fuente.
-
- Yo sé que tu claro cristal de alegría
- ya supo del árbol la fruta bermeja;
- yo sé que es lejana la amargura mía
- que sueña en la tarde de verano vieja.
-
- Yo sé que tus bellos espejos cantores
- copiaron antiguos delirios de amores:
- mas cuéntame, fuente de lengua encantada,
- cuéntame mi alegre leyenda olvidada.
-
- --Yo no sé leyendas de antigua alegría,
- sino historias viejas de melancolía.
-
- Fué una clara tarde del lento verano...
- Tú venías solo con tu pena, hermano;
- tus labios besaron mi linfa serena,
- y en la clara tarde, dijeron tu pena.
-
- Dijeron tu pena tus labios que ardían:
- la sed que ahora tienen, entonces tenían.
-
- --Adiós para siempre, la fuente sonora,
- del parque dormido eterna cantora.
- Adiós para siempre, tu monotonía,
- fuente, es más amarga que la pena mía.
-
- Rechinó en la vieja cancela mi llave;
- con agrio ruido abrióse la puerta
- de hierro mohoso y, al cerrarse, grave
- sonó en el silencio de la tarde muerta.
-
-
- VII
-
- El limonero lánguido suspende
- una pálida rama polvorienta,
- sobre el encanto de la fuente limpia,
- y allá en el fondo sueñan
- los frutos de oro...
-
- Es una tarde clara,
- casi de primavera;
- tibia tarde de marzo,
- que al hálito de abril cercano lleva;
- y estoy solo, en el patio silencioso,
- buscando una ilusión cándida y vieja:
- alguna sombra sobre el blanco muro,
- algún recuerdo, en el pretil de piedra
- de la fuente dormido, o, en el aire,
- algún vagar de túnica ligera.
-
- En el ambiente de la tarde flota
- ese aroma de ausencia,
- que dice al alma luminosa: nunca,
- y al corazón: espera.
-
- Ese aroma que evoca los fantasmas
- de las fragancias vírgenes y muertas.
-
- Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
- casi de primavera,
- tarde sin flores, cuando me traías
- el buen perfume de la hierbabuena,
- y de la buena albahaca,
- que tenía mi madre en sus macetas.
-
- Que tú me viste hundir mis manos puras
- en el agua serena,
- para alcanzar los frutos encantados
- que hoy en el fondo de la fuente sueñan...
-
- Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
- casi de primavera.
-
-
- VIII
-
- Yo escucho los cantos
- de viejas cadencias,
- que los niños cantan
- cuando en coro juegan,
- y vierten en coro
- sus almas que sueñan,
- cual vierten sus aguas
- las fuentes de piedra:
- con monotonías
- de risas eternas,
- que no son alegres,
- con lágrimas viejas,
- que no son amargas
- y dicen tristezas,
- tristezas de amores
- de antiguas leyendas.
-
- En los labios niños,
- las canciones llevan
- confusa la historia
- y clara la pena;
- como clara el agua
- lleva su conseja
- de viejos amores,
- que nunca se cuentan.
-
- Jugando, a la sombra
- de una plaza vieja,
- los niños cantaban...
-
- La fuente de piedra
- vertía su eterno
- cristal de leyenda.
-
- Cantaban los niños
- canciones ingenuas,
- de un algo que pasa
- y que nunca llega:
- la historia confusa
- y clara la pena.
-
- Vertía la fuente
- su eterna conseja:
- borrada la historia,
- contaba la pena.
-
-
- IX
- ORILLAS DEL DUERO
-
- Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.
- Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
- ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,
- de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.
- Es una tibia mañana.
- El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.
-
- Pasados los verdes pinos,
- casi azules, primavera
- se ve brotar en los finos
- chopos de la carretera
- y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
- El campo parece, más que joven, adolescente.
-
- Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
- azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
- y mística primavera!
-
- ¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
- espuma de la montaña
- ante la azul lejanía,
- sol del día, claro día!
- ¡Hermosa tierra de España!
-
-
- X
-
- A la desierta plaza
- conduce un laberinto de callejas.
- A un lado, el viejo paredón sombrío
- de una ruinosa iglesia;
- a otro lado, la tapia blanquecina
- de un huerto de cipreses y palmeras,
- y, frente a mí, la casa,
- y en la casa, la reja,
- ante el cristal que levemente empaña
- su figurilla plácida y risueña.
- Me apartaré. No quiero
- llamar a tu ventana... Primavera
- viene--su veste blanca
- flota en el aire de la plaza muerta--;
- viene a encender las rosas
- rojas de tus rosales... Quiero verla...
-
-
- XI
-
- Yo voy soñando caminos
- de la tarde. ¡Las colinas
- doradas, los verdes pinos,
- las polvorientas encinas!...
- ¿Adónde el camino irá?
- Yo voy cantando, viajero
- a lo largo del sendero...
- --La tarde cayendo está--.
- «En el corazón tenía
- la espina de una pasión;
- logré arrancármela un día:
- ya no siento el corazón.»
-
- Y todo el campo un momento
- se queda, mudo y sombrío,
- meditando. Suena el viento
- en los álamos del río.
-
- La tarde más se obscurece;
- y el camino que serpea
- y débilmente blanquea,
- se enturbia y desaparece.
-
- Mi cantar vuelve a plañir:
- «Aguda espina dorada,
- quién te pudiera sentir
- en el corazón clavada.»
-
-
- XII
-
- Amada, el aura dice
- tu pura veste blanca...
- No te verán mis ojos;
- ¡mi corazón te aguarda!
-
- El aura me ha traído
- tu nombre en la mañana;
- el eco de tus pasos
- repite la montaña...
- No te verán mis ojos;
- ¡mi corazón te aguarda!
-
- En las sombrías torres
- repican las campanas...
- No te verán mis ojos;
- ¡mi corazón te aguarda!
-
- Los golpes del martillo
- dicen la negra caja;
- y el sitio de la fosa,
- los golpes de la azada...
- No te verán mis ojos;
- ¡mi corazón te aguarda!
-
-
- XIII
-
- Hacia un ocaso radiante
- caminaba el sol de estío,
- y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
- tras de los álamos verdes de las márgenes del río.
-
- Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera
- de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
- entre metal y madera,
- que es la canción estival.
-
- En una huerta sombría,
- giraban los cangilones de la noria soñolienta.
- Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía.
- Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.
-
- Yo iba haciendo mi camino,
- absorto en el solitario crepúsculo campesino.
-
- Y pensaba: «¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa
- toda desdén y armonía,
- hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
- de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!»
-
- Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.
- Lejos, la ciudad dormía
- como cubierta de un mago fanal de oro transparente.
- Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.
-
- Los últimos arreboles coronaban las colinas
- manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.
- Yo caminaba cansado,
- sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.
-
- El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,
- bajo los arcos del puente,
- como si al pasar dijera:
-
- «Apenas desamarrada
- la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,
- se canta: no somos nada.
- Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.»
-
- Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.
- (Yo pensaba: ¡el alma mía!)
-
- Y me detuve un momento,
- en la tarde, a meditar...
- ¿Qué es esta gota en el viento
- que grita al mar: soy el mar?
-
- Vibraba el aire asordado
- por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
- cual si estuviera sembrado
- de campanitas de oro.
-
- En el azul fulguraba
- un lucero diamantino.
- Cálido viento soplaba
- alborotando el camino.
-
- Yo, en la tarde polvorienta,
- hacia la ciudad volvía.
- Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.
- Bajo las ramas obscuras caer el agua se oía.
-
-
- XIV
- CANTE HONDO
-
- Yo meditaba absorto, devanando
- los hilos del hastío y la tristeza,
- cuando llegó a mi oído,
- por la ventana de mi estancia, abierta
-
- a una caliente noche de verano,
- el plañir de una copla soñolienta,
- quebrada por los trémolos sombríos
- de las músicas magas de mi tierra.
-
- ...Y era el Amor, como una roja llama...
- --Nerviosa mano en la vibrante cuerda
- ponía un largo suspirar de oro
- que se trocaba en surtidor de estrellas--.
-
- ...Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
- el paso largo, torva y esquelética.
- --tal cuando yo era niño la soñaba--.
-
- Y en la guitarra, resonante y trémula,
- la brusca mano, al golpear, fingía
- el reposar de un ataúd en tierra.
-
- Y era un plañido solitario el soplo
- que el polvo barre y la ceniza aventa.
-
-
- XV
-
- La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
- el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.
-
- ¿No ves, en el encanto del mirador florido,
- el óvalo rosado de un rostro conocido?
-
- La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
- surge o se apaga como daguerreotipo viejo.
-
- Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;
- se extinguen lentamente los ecos del ocaso.
-
- ¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella?
- No puede ser... Camina... En el azul la estrella.
-
-
- XVI
-
- Siempre fugitiva y siempre
- cerca de mí, en negro manto
- mal cubierto el desdeñoso
- gesto de tu rostro pálido.
- No sé dónde vas ni dónde
- tu virgen belleza tálamo
- busca en la noche. No sé
- qué sueños cierran tus párpados,
- ni de quien haya entreabierto
- tu lecho inhospitalario.
- ................................
- Detén el paso, belleza
- esquiva, detén el paso...
-
- Besar quisiera la amarga,
- amarga flor de tus labios.
-
-
- XVII
- HORIZONTE
-
- En una tarde clara y amplia como el hastío,
- cuando su lanza blande el tórrido verano,
- copiaban el fantasma de un grave sueño mío
- mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano.
-
- La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,
- era un cristal de llamas, que al infinito viejo
- iba arrojando el grave soñar en la llanura...
- Y yo sentí la espuela sonora de mi paso
- repercutir lejana en el sangriento ocaso,
- y más allá, la alegre canción de un alba pura.
-
-
- XVIII
- EL POETA
-
- Para el libro _La casa de la primavera_, de Martínez Sierra.
-
- Maldiciendo su destino
- como Glauco, el dios marino,
- mira, turbia la pupila
- de llanto, el mar que le debe su blanca virgen Scyla.
-
- Él sabe que un Dios más fuerte
- con la sustancia inmortal está jugando a la muerte
- cual niño bárbaro. Él piensa
- que ha de caer como rama que sobre las aguas flota,
- antes de perderse, gota
- de mar, en la mar inmensa.
-
- En sueños oyó el acento de una palabra divina;
- en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina
- sin odio ni amor, y el frío
- soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.
-
- Bajo las palmeras del oasis el agua buena
- miró brotar de la arena;
- y se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros
- animales carniceros...
-
- Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor.
- Y fué compasivo para el ciervo y el cazador,
- para el ladrón y el robado,
- para el pájaro azorado,
- para el sanguinario azor.
-
- Con el Eclesiastés dijo: Vanidad de vanidades,
- todo es negra vanidad;
- y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades:
- sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.
-
- Y viendo cómo lucían
- miles de blancas estrellas,
- pensaba que todas ellas
- en su corazón ardían.
- ¡Noche de amor!...
-
- Y otra noche
- sintió la mala tristeza
- que enturbia la pura llama,
- y el corazón que bosteza,
- y el histrión que declama.
-
- Y dijo: las galerías
- del alma que espera están
- desiertas, mudas, vacías:
- las blancas sombras se van.
-
- Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado
- del ayer. ¡Cuán bello era!
- ¡Qué hermosamente el pasado
- fingía la primavera,
- cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado,
- mísero fruto podrido,
- que en el hueco acibarado
- guarda el gusano escondido!
-
- ¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día,
- arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!
-
-
- XIX
-
- ¡Verdes jardinillos,
- claras plazoletas,
- fuente verdinosa
- donde el agua sueña,
- donde el agua muda
- resbala en la piedra!...
-
- Las hojas de un verde
- mustio, casi negras,
- de la acacia, el viento
- de septiembre besa,
- y se lleva algunas
- amarillas, secas,
- jugando, entre el polvo
- blanco de la tierra.
-
- Linda doncellita,
- que el cántaro llenas
- de agua transparente,
- tú, al verme, no llevas
- a los negros bucles
- de tu cabellera,
- distraídamente,
- la mano morena,
- ni, luego, en el limpio
- cristal te contemplas...
-
- Tú miras al aire
- de la tarde bella,
- mientras de agua clara
- el cántaro llenas.
-
-
-
-
- DEL CAMINO
-
-
- XX
- PRELUDIO
-
- Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero
- poner un dulce salmo sobre mi viejo atril.
- Acordaré las notas del órgano severo
- al suspirar fragante del pífano de abril.
-
- Madurarán su aroma las pomas otoñales,
- la mirra y el incienso salmodiarán su olor;
- exhalarán su fresco perfume los rosales,
- bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor.
-
- Al grave acorde lento de música y aroma,
- la sola y vieja y noble razón de mi rezar
- levantará su vuelo suave de paloma
- y la palabra blanca se elevará al altar.
-
-
- XXI
-
- Daba el reloj las doce... y eran doce
- golpes de azada en tierra...
- ...¡Mi hora!--grité--... El silencio
- me respondió:--No temas;
- tú no verás caer la última gota
- que en la clepsidra tiembla.
-
- Dormirás muchas horas todavía
- sobre la orilla vieja,
- y encontrarás una mañana pura
- amarrada tu barca a otra ribera.
-
-
- XXII
-
- Sobre la tierra amarga,
- caminos tiene el sueño
- laberínticos, sendas tortuosas,
- parques en flor y en sombra y en silencio;
-
- criptas hondas, escalas sobre estrellas;
- retablos de esperanzas y recuerdos.
- Figurillas que pasan y sonríen
- --juguetes melancólicos de viejo--;
-
- imágenes amigas,
- a la vuelta florida del sendero,
- y quimeras rosadas
- que hacen camino... lejos...
-
-
- XXIII
-
- En la desnuda tierra del camino
- la hora florida brota,
- espino solitario,
- del valle humilde en la revuelta umbrosa.
-
- El salmo verdadero
- de tenue voz hoy toma
- al corazón, y al labio,
- la palabra quebrada y temblorosa.
-
- Mis viejos mares duermen; se apagaron
- sus espumas sonoras
- sobre la playa estéril. La tormenta
- camina lejos en la nube torva.
-
- Vuelve la paz al cielo;
- la brisa tutelar esparce aromas
- otra vez sobre el campo, y aparece,
- en la bendita soledad, tu sombra.
-
-
- XXIV
-
- El sol es un globo de fuego,
- la luna es un disco morado.
-
- Una blanca paloma se posa
- en el alto ciprés centenario.
-
- Los cuadros de mirtos parecen
- de marchito velludo empolvado.
-
- ¡El jardín y la tarde tranquila!...
- Suena el agua en la fuente de mármol.
-
-
- XXV
-
- ¡Tenue rumor de túnicas que pasan
- sobre la infértil tierra!...
- ¡y lágrimas sonoras
- de las campanas viejas!
-
- Las ascuas mortecinas
- del horizonte humean...
- Blancos fantasmas lares
- van encendiendo estrellas.
-
- --Abre el balcón. La hora
- de una ilusión se acerca...
- La tarde se ha dormido
- y las campanas sueñan.
-
-
- XXVI
-
- ¡Oh, figuras del atrio, más humildes
- cada día y lejanas:
- mendigos harapientos
- sobre marmóreas gradas;
-
- miserables ungidos
- de eternidades santas,
- manos que surgen de los mantos viejos
- y de las rotas capas!
-
- ¿Pasó por vuestro lado
- una ilusión velada,
- de la mañana luminosa y fría
- en las horas más plácidas?...
-
- Sobre la negra túnica, su mano
- era una rosa blanca...
-
-
- XXVII
-
- La tarde todavía
- dará incienso de oro a tu plegaria,
- y quizás el cénit de un nuevo día
- amenguará tu sombra solitaria.
-
- Mas no es tu fiesta el Ultramar lejano,
- sino la ermita junto al manso río;
- no tu sandalia el soñoliento llano
- pisará, ni la arena del hastío.
-
- Muy cerca está, romero,
- la tierra verde y santa y florecida
- de tus sueños; muy cerca, peregrino
- que desdeñas la sombra del sendero
- y el agua del mesón en tu camino.
-
-
- XXVIII
-
- Crear fiestas de amores
- en nuestro amor pensamos,
- quemar nuevos aromas
- en montes no pisados,
-
- y guardar el secreto
- de nuestros rostros pálidos,
- porque en las bacanales de la vida
- vacías nuestras copas conservamos,
-
- mientras con eco de cristal y espuma
- ríen los zumos de la vid dorados.
- ................................
- Un pájaro escondido entre las ramas
- del parque solitario,
- silba burlón...
-
- Nosotros exprimimos
- la penumbra de un sueño en nuestro vaso...
- Y algo, que es tierra en nuestra carne, siente
- la humedad del jardín como un halago.
-
-
- XXIX
-
- Arde en tus ojos un misterio, virgen
- esquiva y compañera.
-
- No sé si es odio o es amor la lumbre
- inagotable de tu aljaba negra.
-
- Conmigo irás mientras proyecte sombra
- mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.
-
- --¿Eres la sed o el agua en mi camino?
- Dime, virgen esquiva y compañera.
-
-
- XXX
-
- Algunos lienzos del recuerdo tienen
- luz de jardín y soledad de campo;
- la placidez del sueño
- en el paisaje familiar soñado.
-
- Otros guardan las fiestas
- de días aún lejanos;
- figuritas sutiles
- que pone un titerero en su retablo...
- ................................
- Ante el balcón florido
- está la cita de un amor amargo.
-
- Brilla la tarde en el resol bermejo...
- La hiedra efunde de los muros blancos...
-
- A la revuelta de una calle en sombra
- un fantasma irrisorio besa un nardo.
-
-
- XXXI
-
- Crece en la plaza en sombra
- el musgo, y en la piedra vieja y santa
- de la iglesia. En el atrio hay un mendigo...
- Más vieja que la iglesia tiene el alma.
-
- Sube muy lento, en las mañanas frías,
- por la marmórea grada,
- hasta un rincón de piedra... Allí aparece
- su mano seca entre la rota capa.
-
- Con las órbitas huecas de sus ojos
- ha visto cómo pasan
- las blancas sombras, en los claros días,
- las blancas sombras de las horas santas.
-
-
- XXXII
-
- Las ascuas de un crepúsculo morado
- detrás el negro cipresal humean...
- En la glorieta en sombra está la fuente
- con su alado y desnudo Amor de piedra,
- que sueña mudo. En la marmórea taza
- reposa el agua muerta.
-
-
- XXXIII
-
- ¿Mi amor?... ¿Recuerdas, dime,
- aquellos juncos tiernos,
- lánguidos y amarillos
- que hay en el cauce seco?...
-
- ¿Recuerdas la amapola
- que calcinó el verano,
- la amapola marchita,
- negro crespón del campo?...
-
- ¿Te acuerdas del sol yerto
- y humilde, en la mañana,
- que brilla y tiembla roto
- sobre una fuente helada?...
-
-
- XXXIV
-
- Me dijo un alba de la primavera:
- Yo florecí en tu corazón sombrío
- ha muchos años, caminante viejo
- que no cortas las flores del camino.
-
- Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda
- el viejo aroma de mis viejos lirios?
- ¿Perfuman aún mis rosas la alba frente
- del hada de tu sueño adamantino?
-
- Respondí a la mañana:
- Sólo tienen cristal los sueños míos.
- Yo no conozco el hada de mis sueños;
- ni sé si está mi corazón florido.
-
- Pero si aguardas la mañana pura
- que ha de romper el vaso cristalino,
- quizás el hada te dará tus rosas,
- mi corazón tus lirios.
-
-
- XXXV
-
- Al borde del sendero un día nos sentamos.
- Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita
- son las desesperantes posturas que tomamos
- para aguardar... Mas ella no faltará a la cita.
-
-
- XXXVI
-
- Es una forma juvenil que un día
- a nuestra casa llega.
- Nosotros le decimos: ¿por qué tornas
- a la morada vieja?
- Ella abre la ventana, y todo el campo
- en luz y aroma entra.
- En el blanco sendero,
- los troncos de los árboles negrean;
- las hojas de las copas
- son humo verde que a lo lejos sueña.
- Parece una laguna
- el ancho río entre la blanca niebla
- de la mañana. Por los montes cárdenos,
- camina otra quimera.
-
-
- XXXVII
-
- ¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja,
- que me traes el retablo de mis sueños
- siempre desierto y desolado y solo
- con mi fantasma dentro,
- mi pobre sombra triste
- sobre la estepa y bajo el sol de fuego,
- o soñando amarguras
- en las voces de todos los misterios,
- dime, si sabes, vieja amada, dime
- si son mías las lágrimas que vierto.
- Me respondió la noche:
- Jamás me revelaste tu secreto.
- Yo nunca supe, amado,
- si eras tú ese fantasma de tu sueño,
- ni averigüé si era su voz la tuya,
- o era la voz de un histrión grotesco.
-
- Dije a la noche: Amada mentirosa,
- tú sabes mi secreto;
- tú has visto la honda gruta
- donde fabrica su cristal mi sueño,
- y sabes que mis lágrimas son mías,
- y sabes mi dolor, mi dolor viejo.
-
- ¡Oh! yo no sé, dijo la noche, amado,
- yo no sé tu secreto,
- aunque he visto vagar ese, que dices,
- desolado fantasma, por tu sueño.
- Yo me asomo a las almas cuando lloran
- y escucho su hondo rezo,
- humilde y solitario,
- ese que llamas salmo verdadero;
- pero en las hondas bóvedas del alma
- no sé si el llanto es una voz o un eco.
- Para escuchar tu queja de tus labios
- yo te busqué en tu sueño,
- y allí te vi vagando en un borroso
- laberinto de espejos.
-
-
-
-
- CANCIONES Y COPLAS
-
-
- XXXVIII
-
- Abril florecía
- frente a mi ventana.
- Entre los jazmines
- y las rosas blancas
- de un balcón florido,
- vi las dos hermanas.
- La menor cosía,
- la mayor hilaba...
- Entre los jazmines
- y las rosas blancas,
- la más pequeñita,
- risueña y rosada
- --su aguja en el aire--
- miró a mi ventana.
-
- La mayor seguía,
- silenciosa y pálida,
- el huso en su rueca,
- que el lino enroscaba,
- abril florecía
- frente a mi ventana.
-
- Una clara tarde
- la mayor lloraba,
- entre los jazmines
- y las rosas blancas,
- y ante el blanco lino
- que en su rueca hilaba.
- --¿Qué tienes--le dije--
- silenciosa, pálida?
- Señaló el vestido
- que empezó la hermana.
- En la negra túnica
- la aguja brillaba;
- sobre el blanco velo,
- el dedal de plata.
- Señaló a la tarde
- de abril que soñaba
- mientras que se oía
- tañer de campanas.
- Y en la clara tarde
- me enseñó sus lágrimas...
- Abril florecía
- frente a mi ventana.
-
- Fué otro abril alegre
- y otra tarde plácida.
- El balcón florido
- solitario estaba...
- Ni la pequeñita
- risueña y rosada,
- ni la hermana triste
- silenciosa y pálida,
- ni la negra túnica,
- ni la toca blanca...
- Tan sólo en el huso
- el lino giraba
- por mano invisible,
- y en la oscura sala
- la luna del limpio
- espejo brillaba...
- Entre los jazmines
- y las rosas blancas
- del balcón florido,
- me miré en la clara
- luna del espejo
- que lejos soñaba...
- Abril florecía
- frente a mi ventana.
-
-
- XXXIX
- DE LA VIDA
-
- (COPLAS ELEGÍACAS)
-
- ¡Ay del que llega sediento
- a ver el agua correr
- y dice: la sed que siento
- no me la calma el beber!
-
- ¡Ay de quien bebe y, saciada
- la sed, desprecia la vida:
- moneda al tahur prestada,
- que sea al azar rendida!
-
- Del iluso que suspira
- bajo el orden soberano,
- y del que sueña la lira
- pitagórica en su mano.
-
- ¡Ay del noble peregrino
- que se para a meditar,
- después de largo camino,
- en el horror de llegar!
-
- ¡Ay de la melancolía
- que llorando se consuela,
- y de la melomanía
- de un corazón de zarzuela!
-
- ¡Ay de nuestro ruiseñor,
- si en una noche serena
- se cura del mal de amor
- que llora y canta sin pena!
-
- ¡De los jardines secretos,
- de los pensiles soñados
- y de los sueños poblados
- de propósitos discretos!
-
- ¡Ay del galán sin fortuna
- que ronda a la luna bella,
- de cuantos caen de la luna,
- de cuantos se marchan a ella!
-
- ¡De quien el fruto prendido
- en la rama no alcanzó,
- de quien el fruto ha mordido
- y el gusto amargo probó!
-
- ¡Y de nuestro amor primero
- y de su fe mal pagada,
- y, también, del verdadero
- amante de nuestra amada!
-
-
- XL
- INVENTARIO GALANTE
-
- Tus ojos me recuerdan
- las noches de verano,
- negras noches sin luna,
- orilla al mar salado,
- y el chispear de estrellas
- del cielo negro y bajo.
- Tus ojos me recuerdan
- las noches de verano.
- Y tu morena carne,
- los trigos requemados
- y el suspirar de fuego
- de los maduros campos.
-
- Tu hermana es clara y débil
- como los juncos lánguidos,
- como los sauces tristes,
- como los linos glaucos.
- Tu hermana es un lucero
- en el azul lejano...
- Y es alba y aura fría
- sobre los pobres álamos
- que en las orillas tiemblan
- del río humilde y manso.
- Tu hermana es un lucero
- en el azul lejano.
-
- De tu morena gracia,
- de tu soñar gitano,
- de tu mirar de sombra
- quiero llenar mi vaso.
- Me embriagaré una noche
- de cielo negro y bajo,
- para cantar contigo,
- orilla al mar salado,
- una canción que deje
- cenizas en los labios...
- De tu mirar de sombra
- quiero llenar mi vaso.
-
- Para tu linda hermana
- arrancaré los ramos
- de florecillas nuevas
- a los almendros blancos,
- en un tranquilo y triste
- alborear de marzo.
- Los regaré con agua
- de los arroyos claros,
- los ataré con verdes
- junquillos del remanso...
- Para tu linda hermana
- yo haré un ramito blanco.
-
-
- XLI
-
- Me dijo una tarde
- de la primavera:
- Si buscas caminos
- en flor en la tierra,
- mata tus palabras
- y oye tu alma vieja.
- Los mismos ungüentos
- y aromas y esencias
- que en tus alegrías,
- verteré en tus penas.
- Que el mismo albo lino
- que te vista, sea
- tu traje de duelo,
- tu traje de fiesta.
- Ama tu alegría
- y ama tu tristeza,
- si buscas caminos
- en flor en la tierra.
- Respondí a la tarde
- de la primavera:
- Tú has dicho el secreto
- que en mi alma reza:
- yo odio la alegría
- por odio a la pena.
- Mas antes que pise
- tu florida senda,
- quisiera traerte
- muerta mi alma vieja.
-
-
- XLII
-
- La vida hoy tiene ritmo
- de ondas que pasan,
- de olitas temblorosas
- que fluyen y se alcanzan.
-
- La vida hoy tiene el ritmo de los ríos,
- la risa de las aguas
- que entre los verdes junquerales corren,
- y entre las verdes cañas.
-
- Sueño florido lleva el manso viento;
- bulle la savia joven en las nuevas ramas;
- tiemblan alas y frondas,
- y la mirada sagital del águila
- no encuentra presa... treme el campo en sueños,
- vibra el sol como un arpa.
-
- ¡Fugitiva ilusión de ojos guerreros
- que por las selvas pasas
- a la hora del cénit: tiemble en mi pecho
- el oro de tu aljaba!
-
- En tus labios florece la alegría
- de los campos en flor; tu veste alada
- aroman las primeras velloritas,
- las violetas perfuman tus sandalias.
-
- Yo he seguido tus pasos en el viejo bosque,
- arrebatados tras la corza rápida,
- y los ágiles músculos rosados
- de tus piernas silvestres entre verdes ramas.
-
- ¡Pasajera ilusión de ojos guerreros
- que por las selvas pasas
- cuando la tierra reverdece y ríen
- los ríos en las cañas!
- ¡Tiemble en mi pecho el oro
- que llevas en tu aljaba!
-
-
- XLIII
-
- Era una mañana y abril sonreía.
- Frente al horizonte dorado moría
- la luna, muy blanca y opaca; tras ella,
- cual tenue ligera quimera, corría
- la nube que apenas enturbia una estrella.
- ................................
- Como sonreía la rosa mañana
- al sol del oriente abrí mi ventana;
- y en mi triste alcoba penetró el oriente
- en canto de alondras, en risa de fuente
- y en suave perfume de flora temprana.
-
- Fué una clara tarde de melancolía.
- Abril sonreía. Yo abrí las ventanas
- de mi casa al viento... El viento traía
- perfume de rosas, doblar de campanas...
-
- Doblar de campanas lejanas, llorosas,
- suave de rosas aromado aliento...
- ... ¿Dónde están los huertos floridos de rosas?
- ¿Qué dicen las dulces campanas al viento?
- ................................
- Pregunté a la tarde de abril que moría:
- ¿Al fin la alegría se acerca a mi casa?
- La tarde de abril sonrió: La alegría
- pasó por tu puerta--y luego, sombría:
- Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.
-
-
- XLIV
-
- El casco roído y verdoso
- del viejo falucho
- reposa en la arena...
- la vela tronchada parece
- que aún sueña en el sol y el mar.
-
- El mar hierve y canta...
- El mar es un sueño sonoro
- bajo el sol de abril.
- El mar hierve y ríe
- con olas azules y espumas de leche y de plata,
- el mar hierve y ríe
- bajo el cielo azul.
- El mar lactescente,
- el mar rutilante,
- que ríe en sus liras de plata sus risas azules...
- Hierve y ríe el mar!...
-
- El aire parece que duerme encantado
- en la fúlgida niebla de sol blanquecino.
- La gaviota palpita en el aire dormido, y al lento
- volar soñoliento, se aleja y se pierde en la bruma del sol.
-
-
- XLV
-
- El sueño bajo el sol que aturde y ciega,
- tórrido sueño en la hora de arrebol;
- el río luminoso el aire surca;
- esplende la montaña;
- la tarde es polvo y sol.
-
- El sibilante caracol del viento
- ronco dormita en el remoto alcor;
- emerge el sueño ingrave en la palmera,
- luego se enciende en el naranjo en flor.
-
- La estúpida cigüeña
- su garabato escribe en el sopor
- del molino parado; el toro abate
- sobre la hierba la testuz feroz.
-
- La verde, quieta espuma del ramaje
- efunde sobre el blanco paredón,
- lejano, inerte, del jardín sombrío
- dormido bajo el cielo fanfarrón.
- ....................................
- Lejos, enfrente de la tarde roja,
- refulge el ventanal del torreón.
-
- ....................................
-
-
-
-
- HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES
-
-
-
-
- LOS GRANDES INVENTOS
-
-
- XLVI
- LA NORIA
-
- La tarde caía
- triste y polvorienta.
-
- El agua cantaba
- su copla plebeya
- en los cangilones
- de la noria lenta.
-
- Soñaba la mula
- ¡pobre mula vieja!
- al compás de sombra
- que en el agua suena.
-
- La tarde caía
- triste y polvorienta.
-
- Yo no sé qué noble,
- divino poeta,
- unió a la amargura
- de la eterna rueda,
-
- la dulce armonía
- del agua que sueña
- y vendó tus ojos,
- ¡pobre mula vieja!...
-
- Mas sé que fué un noble,
- divino poeta,
- corazón maduro
- de sombra y de ciencia.
-
-
- XLVII
- EL CADALSO
-
- La aurora asomaba
- lejana y siniestra.
-
- El lienzo de Oriente
- sangraba tragedias,
- pintarrajeadas
- con nubes grotescas.
- .............................
- En la vieja plaza
- de una vieja aldea,
- erguía su horrible
- pavura esquelética
- el tosco patíbulo
- de fresca madera...
-
- La aurora asomaba
- lejana y siniestra.
-
-
- XLVIII
- LAS MOSCAS
-
- Vosotras, las familiares,
- inevitables golosas,
- vosotras, moscas vulgares,
- me evocáis todas las cosas.
-
- ¡Oh, viejas moscas voraces
- como abejas en abril,
- viejas moscas pertinaces
- sobre mi calva infantil!
-
- ¡Moscas del primer hastío
- en el salón familiar,
- las claras tardes de estío
- en que yo empecé a soñar!
-
- Y en la aborrecida escuela,
- raudas moscas divertidas,
- perseguidas
- por amor de lo que vuela,
-
- --que todo es volar--sonoras,
- rebotando en los cristales
- en los días otoñales...
- Moscas de todas las horas,
-
- de infancia y adolescencia,
- de mi juventud dorada;
- de esta segunda inocencia,
- que da en no creer nada,
-
- de siempre... Moscas vulgares,
- que de puro familiares
- no tendréis digno cantor:
- yo sé que os habéis posado
-
- sobre el juguete encantado,
- sobre el librote cerrado,
- sobre la carta de amor,
- sobre los párpados yertos
- de los muertos...
-
- Inevitables golosas,
- que ni labráis como abejas,
- ni brilláis cual mariposas;
- pequeñitas, revoltosas,
- vosotras, amigas viejas,
- me evocáis todas las cosas.
-
-
- XLIX
- ELEGÍA DE UN MADRIGAL
-
- Recuerdo que una tarde de soledad y hastío,
- ¡oh tarde como tantas! el alma mía era,
- bajo el azul monótono, un ancho y terso río
- que ni tenía un pobre juncal en su ribera.
-
- ¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia
- que borra el misterioso azogue del cristal!
- ¡Oh el alma sin amores que el Universo copia
- con un irremediable bostezo universal!
- ................................
- Quiso el poeta recordar a solas,
- las ondas bien amadas, la luz de los cabellos
- que él llamaba en sus rimas rubias olas.
- Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...
-
- Y un día--como tantos--al aspirar un día
- aromas de una rosa que en el rosal se abría,
- brotó, como una llama la luz de los cabellos
- que él en sus madrigales llamaba rubias olas,
- brotó, porque una aroma igual tuvieron ellos...
- Y se alejó en silencio para llorar a solas.
-
-
- L
- ACASO...
-
- Como atento no más a mi quimera
- no reparaba en torno mío, un día
- me sorprendió la fértil primavera
- que en todo el ancho campo sonreía.
-
- Brotaban verdes hojas
- de las hinchadas yemas del ramaje,
- y flores amarillas, blancas, rojas,
- variolaban la mancha del paisaje.
-
- Y era una lluvia de saetas de oro,
- el sol sobre las frondas juveniles;
- del amplio río en el caudal sonoro
- se miraban los álamos gentiles.
-
- Tras de tanto camino es la primera
- vez que miro brotar la primavera,
- dije, y después, declamatoriamente:
-
- --¡Cuán tarde ya para la dicha mía!--
- Y luego, al caminar, como quien siente
- alas de otra ilusión:--Y todavía
- ¡yo alcanzaré mi juventud un día!
-
-
- LI
- JARDÍN
-
- Lejos de tu jardín quema la tarde
- inciensos de oro en purpurinas llamas,
- tras el bosque de cobre y de ceniza.
- En tu jardín hay dalias.
- ¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece
- la obra de un peluquero,
- con esa pobre palmerilla enana,
- y ese cuadro de mirtos recortados...
- y el naranjito en su tonel... El agua
- de la fuente de piedra
- no cesa de reir sobre la concha blanca.
-
-
- LII
- FANTASÍA DE UNA NOCHE DE ABRIL
-
- ¿Sevilla?... ¿Granada?... La noche de luna.
- Angosta la calle, revuelta y moruna,
- de blancas paredes y obscuras ventanas.
- Cerrados postigos, corridas persianas...
- El cielo vestía su gasa de abril.
-
- Un vino risueño me dijo el camino.
- Yo escucho los áureos consejos del vino,
- que el vino es a veces escala de ensueño.
- Abril y la noche y el vino risueño
- cantaron en coro su salmo de amor.
-
- La calle copiaba, con sombra en el muro,
- el paso fantasma y el sueño maduro
- de apuesto embozado, galán caballero:
- espada tendida, calado sombrero...
- La luna vertía su blanco soñar.
-
- Como un laberinto mi sueño torcía
- de calle en calleja. Mi sombra seguía
- de aquel laberinto la sierpe encantada,
- en pos de una oculta plazuela cerrada.
- La luna lloraba su dulce blancor.
-
- La casa y la clara ventana florida,
- de blancos jazmines y nardos prendida,
- más blanco que el blanco soñar de la luna...
- --Señora, la hora, tal vez importuna...
- ¿Qué espere? (La dueña se lleva el candil).
-
- Ya sé que sería quimera, señora,
- mi sombra galante buscando a la aurora
- en noche de estrellas y luna, si fuera
- mentira la blanca nocturna quimera
- que usurpa a la luna su trono de luz.
-
- ¡Oh dulce señora, más cándida y bella
- que la solitaria matutina estrella
- tan clara en el cielo! ¿por qué silenciosa
- oís mi nocturna querella amorosa?
- ¿Quién hizo, señora, cristal vuestra voz?...
-
- La blanca quimera, parece que sueña.
- Acecha en la oscura estancia la dueña.
- --Señora, si acaso otra sombra emboscada
- teméis, en la sombra, fiad en mi espada...
- Mi espada se ha visto a la luna brillar.
-
- ¿Acaso os parece mi gesto anacrónico?
- El vuestro es, señora, sobrado lacónico.
- ¿Acaso os asombra mi sombra embozada,
- de espada tendida y toca plumada?...
- ¿Seréis la cautiva del moro Gazul?...
-
- Dijéraislo, y pronto mi amor os diría
- el son de mi guzla y la algarabía
- más dulce que oyera ventana moruna.
- Mi guzla os dijera la noche de luna,
- la noche de cándida luna de abril.
-
- Dijera la clara cantiga de plata
- del patio moruno, y la serenata
- que lleva el aroma de floridas preces
- a los miradores y a los ajimeces,
- los salmos de un blanco fantasma lunar.
-
- Dijera las danzas de trenzas lascivas,
- las muelles cadencias de ensueños, las vivas
- centellas de lánguidos rostros velados,
- los tibios perfumes, los huertos cerrados;
- dijera el aroma letal del harén.
-
- Yo guardo, señora, en mi viejo salterio
- también una copla de blanco misterio,
- la copla más suave, más dulce y más sabia
- que evoca las claras estrellas de Arabia
- y aromas de un moro jardín andaluz.
-
- Silencio... En la noche la paz de la luna
- alumbra la blanca ventana moruna.
- Silencio... Es el musgo que brota y la hiedra
- que lenta desgarra la tapia de piedra...
- El llanto que vierte la luna de abril.
-
- --Si sois una sombra de la primavera,
- blanca entre jazmines, o antigua quimera
- soñada, en las trovas de dulces cantores,
- yo soy una sombra de viejos cantares,
- y el signo de un álgebra viejo de amores.
-
- Los gayos, lascivos decires mejores,
- los árabes albos nocturnos soñares,
- las coplas mundanas, los salmos talares,
- poned en mis labios;
- yo soy una sombra también del amor.
-
- Ya muerta la luna, mi sueño volvía
- por la retorcida, moruna calleja.
- El sol en Oriente reía
- su risa más vieja.
-
-
- LIII
- A UN NARANJO Y A UN LIMONERO
- VISTOS EN UNA TIENDA DE PLANTAS Y FLORES
-
- Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte!
- medrosas tiritan tus hojas menguadas.
- Naranjo en la corte, qué pena da verte
- con tus naranjitas secas y arrugadas.
-
- Pobre limonero de fruto amarillo
- cual pomo pulido de pálida cera,
- ¡qué pena mirarte, mísero arbolillo
- criado en mezquino tonel de madera!
-
- De los claros bosques de la Andalucía,
- ¿quién os trajo a esta castellana tierra
- que barren los vientos de la adusta sierra,
- hijos de los campos de la tierra mía?
-
- ¡Gloria de los huertos, árbol limonero,
- que enciendes los frutos de pálido oro
- y alumbras del negro cipresal austero
- las quietas plegarlas erguidas en coro;
-
- y fresco naranjo del patio querido,
- del campo risueño y el huerto soñado,
- siempre en mi recuerdo maduro o florido
- de frondas y aromas y frutos cargado!
-
-
- LIV
- LOS SUEÑOS MALOS
-
- Está la plaza sombría,
- muere el día.
- Suenan lejos las campanas.
-
- De balcones y ventanas
- se iluminan las vidrieras,
- con reflejos mortecinos,
- como huesos blanquecinos
- y borrosas calaveras.
-
- En toda la tarde brilla
- una luz de pesadilla.
- Está el sol en el ocaso.
- Suena el eco de mi paso.
-
- --¿Eres tú? Ya te esperaba...
- --No eras tú a quien yo buscaba.
-
-
- LV
- HASTÍO
-
- Pasan las horas de hastío
- por la estancia familiar,
- el pobre cuarto sombrío
- donde yo empecé a soñar.
-
- Del reloj arrinconado,
- que en la penumbra clarea,
- el tic-tac acompasado
- odiosamente golpea.
-
- Dice la monotonía
- del agua clara al caer:
- un día es como otro día;
- hoy es lo mismo que ayer.
-
- Cae la tarde. El viento agita
- el parque mustio y dorado...
- ¡Qué largamente ha llorado
- toda la fronda marchita!
-
-
- LVI
-
- Sonaba el reloj la una
- dentro de mi cuarto. Era
- triste la noche. La luna,
- reluciente calavera,
-
- ya del cénit declinando,
- iba del ciprés del huerto
- fríamente iluminando
- el alto ramaje yerto.
-
- Por la entreabierta ventana,
- llegaban a mis oídos,
- metálicos alaridos
- de una música lejana.
-
- Una música tristona,
- una mazurca olvidada,
- entre inocente y burlona,
- mal tañida y mal soplada.
-
- Y yo sentí el estupor
- del alma cuando bosteza,
- el corazón, la cabeza,
- y... morirse es lo mejor.
-
-
- LVII
- CONSEJOS
-
- I
-
- Este amor que quiere ser
- acaso pronto será;
- pero ¿cuándo ha de volver
- lo que acaba de pasar?
-
- Hoy dista mucho de ayer.
- ¡Ayer es Nunca jamás!
-
-
- LVIII
-
- II
-
- Moneda que está en la mano
- quizá se deba guardar;
- pero la que está en el alma
- se pierde si no se da.
-
-
- LIX
- GLOSA
-
- _Nuestras vidas son los ríos
- que van a dar a la mar,
- que es el morir._ ¡Gran cantar!
-
- Entre los poetas míos
- tiene Manrique un altar.
-
- Dulce goce de vivir:
- mala ciencia del pasar,
- ciego huir a la mar.
-
- Tras el pavor del morir
- está el placer de llegar.
-
- ¡Gran placer!
- Mas ¿y el horror de volver?
- ¡Gran pesar!
-
-
- LX
-
- Anoche cuando dormía
- soñé ¡bendita ilusión!
- que una fontana fluía
- dentro de mi corazón.
- Dí, ¿por qué acequia escondida,
- agua, vienes hasta mí,
- manantial de nueva vida
- en donde nunca bebí.
-
- Anoche cuando dormía
- soñé ¡bendita ilusión!
- que una colmena tenía
- dentro de mi corazón;
- y las doradas abejas
- iban fabricando en él,
- con las amarguras viejas
- blanca cera y dulce miel.
-
- Anoche cuando dormía
- soñé ¡bendita ilusión!
- que un ardiente sol lucía
- dentro de mi corazón.
- Era ardiente porque daba
- calores de rojo hogar,
- y era sol porque alumbraba
- y porque hacía llorar.
-
- Anoche cuando dormía
- soñé ¡bendita ilusión!
- que era Dios lo que tenía
- dentro de mi corazón.
-
-
- LXI
-
- ¿Mi corazón se ha dormido?
- Colmenares de mis sueños
- ¿ya no labráis? ¿Está seca
- la noria del pensamiento,
- los cangilones vacíos,
- girando, de sombra llenos?
-
- No, mi corazón no duerme.
- Está despierto, despierto.
- Ni duerme ni sueña, mira,
- los claros ojos abiertos,
- señas lejanas y escucha
- a orillas del gran silencio.
-
-
-
-
- GALERÍAS
-
-
- INTRODUCCIÓN
-
- Leyendo un claro día
- mis bien amados versos,
- he visto en el profundo
- espejo de mis sueños
-
- que una verdad divina
- temblando está de miedo,
- y es una flor que quiere
- echar su aroma al viento.
-
- El alma del poeta
- se orienta hacia el misterio.
- Sólo el poeta puede
- mirar lo que está lejos
- dentro del alma, en turbio
- y mago son envuelto.
-
- En esas galerías,
- sin fondo del recuerdo,
- donde las pobres gentes
- colgaron cual trofeo
-
- el traje de una fiesta
- apolillado y viejo,
- allí el poeta sabe
- el laborar eterno
- mirar de las doradas
- abejas de los sueños.
-
- Poetas, con el alma
- atenta al hondo cielo,
- en la cruel batalla
- o en el tranquilo huerto,
-
- la nueva miel labramos
- con los dolores viejos,
- la veste blanca y pura
- pacientemente hacemos,
- y bajo el sol bruñimos
- el fuerte arnés de hierro.
-
- El alma que no sueña,
- el enemigo espejo,
- proyecta nuestra imagen
- con un perfil grotesco.
-
- Sentimos una ola
- de sangre, en nuestro pecho,
- que pasa... y sonreímos,
- y a laborar volvemos.
-
-
- LXII
-
- Desgarrada la nube; el arco iris
- brillando ya en el cielo,
- y en un fanal de lluvia
- y sol el campo envuelto.
-
- Desperté. ¿Quién enturbia
- los mágicos cristales de mi sueño?
- Mi corazón latía
- atónito y disperso.
-
- ... ¡El limonar florido,
- el cipresal del huerto,
- el prado verde, el sol, el agua, el iris...
- ¡el agua en tus cabellos!...
-
- Y todo en la memoria se perdía
- como una pompa de jabón al viento.
-
-
- LXIII
-
- Y era el demonio de mi sueño, el ángel
- más hermoso. Brillaban
- como aceros los ojos victoriosos,
- y las sangrientas llamas
- de su antorcha alumbraron
- la honda cripta del alma.
-
- --¿Vendrás conmigo?--No, jamás; las tumbas
- y los muertos me espantan.
- Pero la férrea mano
- mi diestra atenazaba.
-
- --Vendrás conmigo... Y avancé en mi sueño
- cegado por la roja luminaria.
- Y en la cripta sentí sonar cadenas
- y rebullir de fieras enjauladas.
-
-
- LXIV
-
- Desde el umbral de un sueño me llamaron...
- Era la buena voz, la voz querida.
-
- --¿Dime: vendrás conmigo a ver el alma?...
- Llegó a mi corazón una caricia.
-
- --Contigo siempre... Y avancé en mi sueño
- por una larga, escueta galería,
- sintiendo el roce de la vesta pura
- y el palpitar suave de la mano amiga.
-
-
- LXV
- SUEÑO INFANTIL
-
- Una clara noche
- de fiesta y de luna,
- noche de mis sueños,
- noche de alegría,
-
- --era luz mi alma
- que hoy es bruma toda,
- no eran mis cabellos
- negros todavía--
-
- el hada más joven
- me llevó en sus brazos
- a la alegre fiesta
- que en la plaza ardía.
-
- So el chisporroteo
- de las luminarias,
- amor sus madejas
- de danzas tejía.
-
- Y en aquella noche
- de fiesta y de luna,
- noche de mis sueños
- noche de alegría,
-
- el hada más joven
- besaba mi frente...,
- con su linda mano
- su adiós me decía...
-
- Todos los rosales
- daban sus aromas,
- todos los amores
- amor entreabría.
-
-
- LXVI
-
- Si yo fuera un poeta
- galante, cantaría
- a vuestros ojos un cantar tan puro
- como en el mármol blanco el agua limpia.
-
- Y en una estrofa de agua
- todo el cantar sería:
-
- «Ya sé que no responden a mis ojos,
- que ven y no preguntan cuando miran,
- los vuestros claros, vuestros ojos tienen
- la buena luz tranquila,
- la buena luz del mundo en flor, que he visto
- desde los brazos de mi madre un día.»
-
-
- LXVII
-
- Llamó a mi corazón, un claro día,
- con un perfume de jardín, el viento.
-
- --A cambio de este aroma,
- todo el aroma de tus rosas quiero.
- --No tengo rosas; flores
- en mi jardín no hay ya: todas han muerto.
-
- Me llevaré los llantos de las fuentes,
- las hojas amarillas y los mustios pétalos.
- Y el viento huyó... Mi corazón sangraba...
- Alma ¿qué has hecho de tu pobre huerto?
-
-
- LXVIII
-
- Hoy buscarás en vano
- a tu dolor consuelo.
-
- Lleváronse tus hadas
- el lino de tus sueños.
- Está la fuente muda,
- y está marchito el huerto.
- Hoy sólo quedan lágrimas
- para llorar. No hay que llorar ¡silencio!
-
-
- LXIX
-
- Y nada importa ya que el vino de oro
- rebose de tu copa cristalina,
- o el agrio zumo enturbie el puro vaso...
-
- Tú sabes las secretas galerías
- del alma, los caminos de los sueños
- y la tarde tranquila
- donde van a morir... Allí te aguardan
-
- las hadas silenciosas de la vida,
- y hacia un jardín de eterna primavera
- te llevarán un día.
-
-
- LXX
-
- ¡Tocados de otros días,
- mustios encajes y marchitas sedas;
- salterios arrumbados,
- rincones de las salas polvorientas;
-
- daguerreotipos turbios,
- cartas que amarillean;
- libracos no leídos
- que guardan grises florecitas secas:
-
- romanticismos muertos,
- cursilerías viejas,
- cosas de ayer que sois mi alma, y cantos
- y cuentos de la abuela!...
-
-
- LXXI
-
- La casa tan querida
- donde habitaba ella,
- sobre un montón de escombros arruinada
- o derruida, enseña
- el negro y carcomido
- maltrabado esqueleto de madera.
-
- La luna está vertiendo
- su clara luz en sueños que platea
- en las ventanas. Mal vestido y triste,
- voy caminando por la calle vieja.
-
-
- LXXII
-
- Ante el pálido lienzo de la tarde,
- la iglesia, con sus torres afiladas
- y el ancho campanario, en cuyos huecos
- voltean suavemente las campanas,
- alta y sombría, surge.
-
- La estrella es una lágrima
- en el azul celeste.
- Bajo la estrella clara,
- flota, vellón disperso,
- una nube quimérica de plata.
-
-
- LXXIII
-
- Tarde tranquila, casi
- con placidez de alma,
- para ser joven, para haberlo sido
- cuando Dios quiso, para
- tener algunas alegrías... lejos
- y poder dulcemente recordarlas.
-
-
- LXXIV
-
- Yo, como Anacreonte,
- quiero cantar, reir y echar al viento
- las sabias amarguras
- y los graves consejos;
-
- y quiero, sobre todo, emborracharme,
- ya lo sabéis... ¡Grotesco!
- Pura fe en el morir, pobre alegría
- y macabro danzar antes de tiempo.
-
-
- LXXV
-
- ¡Oh tarde luminosa!
- El aire está encantado.
- La blanca cigüeña
- dormita volando,
- y las golondrinas se cruzan, tendidas
- las alas agudas al viento dorado,
- y en la tarde risueña se alejan
- volando, soñando...
-
- Y hay una que torna como la saeta,
- las alas agudas tendidas al aire sombrío,
- buscando su negro rincón del tejado.
-
- La blanca cigüeña,
- como un garabato,
- tranquila y disforme ¡tan disparatada!
- sobre el campanario.
-
-
- LXXVI
-
- Es una tarde cenicienta y mustia,
- destartalada, como el alma mía;
- y es esta vieja angustia
- que habita mi habitual hipocondría.
-
- La causa de esta angustia no consigo
- ni vagamente comprender siquiera;
- pero recuerdo y, recordando, digo:
- --Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.
-
-
- LXXVII
-
- Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
- tú eres nostalgia de la vida buena
- y soledad de corazón sombrío,
- de barco sin naufragio y sin estrella.
-
- Como perro olvidado que no tiene
- huella ni olfato y yerra
- por los caminos, sin camino, como
- el niño que en la noche de una fiesta
-
- se pierde entre el gentío
- y el aire polvoriento y las candelas
- chispeantes, atónito, y asombra
- su corazón de música y de pena,
-
- así voy yo, borracho, melancólico,
- guitarrista lunático, poeta,
- y pobre hombre en sueños,
- siempre buscando a Dios entre la niebla.
-
-
- LXXVIII
-
- ¿Y ha de morir contigo el mundo mago
- donde guarda el recuerdo
- los hálitos más puros de la vida,
- la blanca sombra del amor primero,
-
- la voz que fué a tu corazón, la mano
- que tú querías retener en sueños,
- y todos los amores
- que llegaron al alma, al hondo cielo?
-
- ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
- la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
- ¿Los yunques y crisoles de tu alma
- laboran para el polvo y para el viento?
-
-
- LXXIX
-
- Desnuda está la tierra,
- y el alma aulla al horizonte pálido
- como loba famélica. ¿Qué buscas,
- poeta, en el ocaso?
-
- Amargo caminar, porque el camino
- pesa en el corazón. El viento helado,
- y la noche que llega, y la amargura
- de la distancia... En el camino blanco
-
- algunos yertos árboles negrean;
- en los montes lejanos
- hay oro y sangre... El sol murió... ¿Qué buscas,
- poeta, en el ocaso?
-
-
- LXXX
- CAMPO
-
- La tarde está muriendo
- como un hogar humilde que se apaga.
-
- Allá, sobre los montes,
- quedan algunas brasas.
-
- Y ese árbol roto en el camino blanco
- hace llorar de lástima.
-
- ¡Dos ramas en el tronco herido, y una
- hoja marchita y negra en cada rama!
-
- ¿Lloras?... Entre los álamos de oro,
- lejos, la sombra del amor te aguarda.
-
-
- LXXXI
- A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR
-
- Te he visto, por el parque ceniciento
- que los poetas aman
- para llorar, como una noble sombra
- vagar envuelto en tu levita larga.
-
- El talante cortés, ha tantos años
- compuesto de una fiesta en la antesala,
- ¡qué bien tus pobres huesos
- ceremoniosos guardan!
-
- Yo te he visto aspirando, distraído,
- con el aliento que la tierra exhala,
- --hoy, tibia tarde en que las mustias hojas
- húmedo viento arranca--
- del eucalipto verde
-
- el frescor de las hojas perfumadas.
- Y te he visto llevar la seca mano
- a la perla que brilla en tu corbata.
-
-
- LXXXII
- LOS SUEÑOS
-
- El hada más hermosa ha sonreído
- al ver la lumbre de una estrella pálida
- que en hilo suave, blanco y silencioso,
- se enrosca al huso de su rubia hermana.
-
- Y vuelve a sonreir, porque en su rueca
- el hilo de los campos se enmaraña.
- Tras la tenue cortina de la alcoba
- está el jardín envuelto en luz dorada.
-
- La cuna, casi en sombra. El niño duerme.
- Dos hadas laboriosas lo acompañan
- hilando de los sueños los sutiles
- copos en ruecas de marfil y plata.
-
-
- LXXXIII
-
- Guitarra del mesón que hoy suenas jota,
- mañana petenera,
- según quien llega y tañe
- las empolvadas cuerdas.
-
- Guitarra del mesón de los caminos,
- no fuiste nunca, ni serás, poeta.
-
- Tú eres alma que dice su armonía
- solitaria a las almas pasajeras...
-
- Y siempre que te escucha el caminante
- sueña escuchar un aire de su tierra.
-
-
- LXXXIV
-
- El rojo sol de un sueño en el Oriente asoma.
- Luz en sueños. ¿No tiemblas, andante peregrino?
- Pasado el llano verde, en la florida loma,
- acaso está el cercano final de tu camino.
-
- Tú no verás del trigo la espiga sazonada
- y de macizas pomas cargado el manzanar,
- ni de la vid rugosa la uva aurirrosada
- ha de exprimir su alegre licor en tu lagar.
-
- Cuando el primer aroma exhalen los jazmines
- y cuando más palpiten las rosas del amor,
- una mañana de oro que alumbre los jardines,
- ¿no huirá, como una nube dispersa, el sueño en flor?
-
- Campo recién florido y verde, quién pudiera
- soñar aún largo tiempo en esas pequeñitas
- corolas azuladas que manchan la pradera,
- y en esas diminutas primeras margaritas.
-
-
- LXXXV
-
- La primavera besaba
- suavemente la arboleda,
- y el verde nuevo brotaba
- como una verde humareda.
-
- Las nubes iban pasando
- sobre el campo juvenil...
- Yo vi en las hojas temblando
- las frescas lluvias de abril.
-
- Bajo ese almendro florido,
- todo cargado de flor,
- --recordé--yo he maldecido
- mi juventud sin amor.
-
- Hoy, en mitad de la vida,
- me he parado a meditar...
- ¿Juventud nunca vivida,
- quién te volviera a soñar?
-
-
- LXXXVI
-
- Eran ayer mis dolores
- como gusanos de seda
- que iban labrando capullos;
- hoy son mariposas negras.
-
- ¡De cuántas flores amargas
- he sacado blanca cera!
- ¡Oh, tiempo en que mis pesares
- trabajaban como abejas!
-
- Hoy son como avenas locas,
- o cizaña en sementera,
- como tizón en espiga,
- como carcoma en madera.
-
- ¡Oh, tiempo en que mis dolores
- tenían lágrimas buenas,
- y eran como agua de noria
- que va regando una huerta!
- Hoy son agua de torrente
- que arranca el limo a la tierra.
-
- Dolores que ayer hicieron
- de mi corazón colmena,
- hoy tratan mi corazón
- como a una muralla vieja:
- quieren derribarlo, y pronto,
- al golpe de la piqueta.
-
-
- LXXXVII
- RENACIMIENTO
-
- Galerías del alma... ¡el alma niña!
- Su clara luz risueña;
- y la pequeña historia
- y la alegría de la vida nueva...
-
- ¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
- ya recobrada la perdida senda!
-
- Y volver a sentir en nuestra mano,
- aquel latido de la mano buena
- de nuestra madre... Y caminar en sueños
- por amor de la mano que nos lleva
-
- En nuestras almas, todo
- por misteriosa mano se gobierna.
- Incomprensibles, mudas,
- nada sabemos de las almas nuestras.
-
- Las más hondas palabras
- del sabio nos enseñan,
- lo que el silbar del viento cuando sopla,
- o el sonar de las aguas cuando ruedan.
-
-
- LXXXVIII
-
- Tal vez la mano, en sueños,
- del sembrador de estrellas,
- hizo sonar la música olvidada
-
- como una nota de la lira inmensa,
- y la ola humilde a nuestros labios vino
- de unas pocas palabras verdaderas.
-
-
- LXXXIX
-
- Y podrás conocerte recordando
- del pasado soñar los turbios lienzos
- en este día triste en que caminas
- con los ojos abiertos.
-
- De toda la memoria, sólo vale
- el don preclaro de evocar los sueños.
-
-
- XC
-
- Los árboles conservan
- verdes aún las copas,
- pero del verde mustio
- de las marchitas frondas.
-
- El agua de la fuente,
- sobre la piedra tosca
- y de verdín cubierta,
- resbala silenciosa.
-
- Arrastra el viento algunas
- amarillentas hojas.
- ¡El viento de la tarde
- sobre la tierra en sombra!
-
-
- XCI
-
- Húmedo está, bajo el laurel, el banco
- de verdinosa piedra;
- lavó la lluvia, sobre el muro blanco,
- las empolvadas hojas de la hiedra.
-
- Del viento del otoño el tibio aliento
- los céspedes undula, y la alameda
- conversa con el viento...
- ¡el viento de la tarde en la arboleda!
-
- Mientras el sol en el ocaso esplende
- que los racimos de la vid orea,
- y el buen burgués, en su balcón, enciende
- la estoica pipa en que el tabaco humea,
-
- voy recordando versos juveniles...
- ¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro?
- ¿Será cierto que os vais, sombras gentiles,
- huyendo entre los árboles de oro?
-
-
-
-
- VARIA
-
-
- XCII
- CABALLITOS
-
- Tournez, tournez, chevaux de bois.
- VERLAINE.
-
- Pegasos, lindos pegasos,
- caballitos de madera.
- ................................
- Yo conocí, siendo niño,
- la alegría de dar vueltas
- sobre un corcel colorado,
- en una noche de fiesta.
-
- En el aire polvoriento
- chispeaban las candelas,
- y la noche azul ardía
- toda sembrada de estrellas.
-
- Alegrías infantiles
- que cuestan una moneda
- de cobre, lindos pegasos,
- caballitos de madera.
-
-
- XCIII
- RUIDOS
-
- Deletreos de armonía
- que ensaya inexperta mano.
-
- Hastío. Cacofonía
- del sempiterno piano
- que yo de niño escuchaba
- soñando... no sé con qué,
-
- con algo que no llegaba,
- todo lo que ya se fué.
-
-
- XCIV
- PESADILLA
-
- En medio de la plaza, y sobre tosca piedra,
- el agua brota y brota. En el cercano huerto
- eleva, tras el muro ceñido por la hiedra,
- alto ciprés, la mancha de su ramaje yerto.
-
- La tarde está cayendo frente a los caserones
- de la ancha plaza, en sueños. Relucen las vidrieras
- con ecos mortecinos de sol. En los balcones
- hay formas que parecen confusas calaveras.
-
- La calma es infinita en la desierta plaza,
- donde pasea el alma su traza de alma en pena.
- El agua brota y brota en la marmórea taza.
- En todo el aire en sombra no más que el agua suena.
-
-
- XCV
- DE LA VIDA
-
- (COPLAS MUNDANAS)
-
- Poeta ayer, hoy triste y pobre
- filósofo trasnochado,
- tengo en monedas de cobre
- el oro de ayer cambiado.
-
- Sin placer y sin fortuna,
- pasó como una quimera
- mi juventud, la primera...
- la sola, no hay más que una;
- la de dentro es la de fuera.
-
- Pasó como un torbellino
- bohemia y aborrascada,
- harta de coplas y vino,
- mi juventud bien amada.
-
- Y hoy miro a las galerías
- del recuerdo para hacer
- aleluyas de elegías
- desconsoladas de ayer.
-
- ¡Adiós, lágrimas cantoras,
- lágrimas que alegremente
- brotabais, como en la fuente
- las limpias aguas sonoras!
-
- ¡Buenas lágrimas vertidas
- por un amor juvenil,
- cual frescas lluvias caídas
- sobre los campos de abril!
-
- No canta ya el ruiseñor
- de cierta noche serena;
- sanamos del mal de amor
- que sabe llorar sin pena.
-
- Poeta ayer, hoy triste y pobre
- filósofo trasnochado,
- tengo en monedas de cobre
- el oro de ayer cambiado.
-
-
- XCVI
- SOL DE INVIERNO
-
- Es medio día. Un parque.
- Invierno. Blancas sendas,
- simétricos montículos
- y ramas esqueléticas.
-
- Bajo el invernadero,
- naranjos en maceta,
- y en su tonel, pintado
- de verde, la palmera.
-
- Un viejecillo dice,
- para su capa vieja:
- «¡El sol, esta hermosura
- de sol!...» Los niños juegan.
-
- El agua de la fuente
- resbala, corre y sueña
- lamiendo, casi muda,
- la verdinosa piedra.
-
-
- XCVII
- RETRATO
-
- Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
- y un huerto claro donde madura el limonero;
- mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
- mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
-
- Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido,
- --ya conocéis mi torpe aliño indumentario--
- mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
- y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
-
- Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
- pero mi verso brota de manantial sereno;
- y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
- soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
-
- Adoro la hermosura, y en la moderna estética
- corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
- mas no amo los afeites de la actual cosmética,
- ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
-
- Desdeño las romanzas de los tenores huecos
- y el coro de los grillos que cantan a la luna.
- A distinguir me paro las voces de los ecos,
- y escucho solamente entre las voces, una.
-
- ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
- mi verso, como deja el capitán su espada:
- famosa por la mano viril que la blandiera,
- no por el docto oficio del forjador preciada.
-
- Converso con el hombre que siempre va conmigo;
- --quien habla solo, espera hablar a Dios un día--
- mi soliloquio es plática con este buen amigo
- que me enseñó el secreto de la filantropía.
-
- Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
- A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
- el traje que me cubre y la mansión que habito,
- el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
-
- Y cuando llegue el día del último viaje
- y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
- me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
- casi desnudo, como los hijos de la mar.
-
-
- XCVIII
- A ORILLAS DEL DUERO
-
- Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.
- Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
- buscando los recodos de sombra, lentamente.
- A trechos me paraba para enjugar mi frente
- y dar algún respiro al pecho jadeante;
- o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante
- y hacia la mano diestra vencido y apoyado
- en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
- trepaba por los cerros que habitan las rapaces
- aves de altura, hollando las hierbas montaraces
- de fuerte olor--romero, tomillo, salvia, espliego--.
- Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.
-
- Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo
- cruzaba solitario el puro azul del cielo.
- Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,
- y una redonda loma cual recamado escudo,
- y cárdenos alcores sobre la parda tierra
- --harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra--
- las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
- para formar la corva ballesta de un arquero
- en torno a Soria.--Soria es una barbacana
- hacia Aragón que tiene la torre castellana.--
- Veía el horizonte cerrado por colinas
- obscuras, coronadas de robles y de encinas;
- desnudos peñascales, algún humilde prado
- donde el merino pace y el toro arrodillado
- sobre la hierba rumia, las márgenes del río
- lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
- y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
- ¡tan diminutos!--carros, jinetes y arrieros--
- cruzar el largo puente y bajo las arcadas
- de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
- del Duero.
-
- El Duero cruza el corazón de roble
- de Iberia y de Castilla.
- ¡Oh, tierra triste y noble,
- la de los altos llanos y yermos y roquedas,
- de campos sin arados, regatos ni arboledas;
- decrépitas ciudades, caminos sin mesones
- y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
- que aún van, abandonando el mortecino hogar,
- como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!
-
- Castilla miserable, ayer dominadora,
- envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
- ¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada
- recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?
- Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
- cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
- ¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra
- de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.
-
- La madre en otro tiempo fecunda en capitanes
- madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.
- Castilla no es aquella tan generosa un día
- cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,
- ufano de su nueva fortuna y su opulencia,
- a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;
- o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,
- pedía la conquista de los inmensos ríos
- indianos a la corte, la madre de soldados
- guerreros y adalides que han de tornar cargados
- de plata y oro a España en regios galeones,
- para la presa cuervos, para la lid leones.
- Filósofos nutridos de sopa de convento
- contemplan impasibles el amplio firmamento;
- y si les llega en sueños, como un rumor distante,
- clamor de mercaderes de muelles de Levante,
- no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?
- Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.
-
- Castilla miserable, ayer dominadora,
- envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.
-
- El sol va declinando. De la ciudad lejana
- me llega un armonioso tañido de campana
- --ya irán a su rosario las enlutadas viejas--.
- De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
- me miran y se alejan, huyendo, y aparecen
- de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen.
- Hacia el camino blanco está el mesón abierto
- al campo ensombrecido y al pedregal desierto.
-
-
- XCIX
- POR TIERRAS DE ESPAÑA
-
- El hombre de estos campos que incendia los pinares
- y su despojo aguarda como botín de guerra,
- antaño hubo raído los negros encinares,
- talado los robustos robledos de la sierra.
-
- Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares;
- la tempestad llevarse los limos de la tierra
- por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
- y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.
-
- Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
- pastores que conducen sus hordas de merinos
- a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
- que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.
-
- Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
- hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
- cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
- de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
-
- Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
- capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
- que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
- esclava de los siete pecados capitales.
-
- Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza
- guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;
- ni para su infortunio ni goza su riqueza;
- le hieren y acongojan fortuna y malandanza.
-
- El numen de estos campos es sanguinario y fiero;
- al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
- veréis agigantarse la forma de un arquero,
- la forma de un inmenso centauro flechador.
-
- Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
- --no fué por estos campos el bíblico jardín--
- son tierras para el águila, un trozo de planeta
- por donde cruza errante la sombra de Caín.
-
-
- C
- EL HOSPICIO
-
- Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
- el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
- en donde los vencejos anidan en verano
- y graznan en las noches de invierno las cornejas.
-
- Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
- de antigua fortaleza, el sórdido edificio
- de grietados muros y sucios paredones,
- es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!
-
- Mientras el sol de enero su débil luz envía,
- su triste luz velada sobre los campos yermos,
- a un ventanuco asoman, al declinar el día,
- algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
-
- a contemplar los montes azules de la sierra;
- o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
- caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
- sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...
-
-
- CI
- EL DIOS IBERO
-
- Igual que el ballestero
- tahur de la cantiga,
- tuviera una saeta el hombre ibero
- para el Señor que apedreó la espiga
- y malogró los frutos otoñales,
- y un «gloria a ti» para el Señor que grana
- centenos y trigales
- que el pan bendito le darán mañana.
-
- Señor de la ruina,
- adoro porque aguardo y porque temo:
- con mi oración se inclina
- hacia la tierra un corazón blasfemo.
-
- ¡Señor, por quien arranco el pan con pena
- sé tu poder, conozco mi cadena!
- ¡Oh dueño de la nube del estío
- que la campiña arrasa,
- del seco otoño, del helar tardío,
- y del bochorno que la mies abrasa!
-
- ¡Señor del iris, sobre el campo verde
- donde la oveja pace,
- Señor del fruto que el gusano muerde
- y de la choza que el turbión deshace,
- tu soplo el fuego del hogar aviva,
- tu lumbre da sazón al rubio grano
- y cuaja el hueso de la verde oliva,
- la noche de San Juan, tu santa mano!
-
- ¡Oh dueño de fortuna y de pobreza,
- ventura y malandanza,
- que al rico das favores y pereza
- y al pobre su dolor y su esperanza!
-
- ¡Señor, Señor, en la voltaria rueda
- del año he visto mi simiente echada,
- corriendo igual albur que la moneda
- del jugador en el azar sembrada!
-
- ¡Señor, hoy paternal, ayer cruento,
- con doble faz de amor y de venganza,
- a ti, en un dado de tahur al viento
- va mi oración, blasfemia y alabanza!
-
- Este que insulta a Dios en los altares,
- no más atento al ceño del destino,
- también soñó caminos en los mares
- y dijo: es Dios sobre la mar camino.
-
- ¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra,
- más allá de la suerte,
- más allá de la tierra,
- más allá de la mar y de la muerte?
-
- ¿No dió la encina ibera
- para el fuego de Dios la buena rama,
- que fué en la santa hoguera
- de amor una con Dios en pura llama?
-
- Mas hoy... ¡Qué importa un día!
- Para los nuevos lares
- estepas hay en la floresta umbría,
- leña verde en los viejos encinares.
-
- Aun larga patria espera
- abrir al corvo arado sus besanas;
- para el grano de Dios hay sementera
- bajo cardos y abrojos y bardanas.
-
- ¡Qué importa un día! Está el ayer alerto
- a mañana, mañana al infinito,
- hombres de España, ni el pasado ha muerto,
- ni está el mañana--ni el ayer--escrito.
-
- ¿Quién ha visto la faz al Dios hispano?
- Mi corazón aguarda
- al hombre ibero de la recia mano,
- que tallará en el roble castellano
- el Dios adusto de la tierra parda.
-
-
- CII
- ORILLAS DEL DUERO
-
- Primavera soriana, primavera
- humilde, como el sueño de un bendito,
- de un pobre caminante que durmiera
- de cansancio en un páramo infinito!
-
- ¡Campillo amarillento,
- como tosco sayal de campesina,
- pradera de velludo polvoriento
- donde pace la escuálida merina!
-
- ¡Aquellos diminutos pegujales
- de tierra labrantía,
- donde apuntan centenos y trigales
- que el pan moreno nos darán un día!
-
- Y otra vez roca y roca, pedregales
- desnudos y pelados serrijones,
- la tierra de las águilas caudales,
- malezas y jarales,
- hierbas monteses, zarzas y cambrones.
-
- ¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!
- ¡Castilla, tus decrépitas ciudades!
- ¡La agria melancolía
- que puebla tus sombrías soledades!
-
- ¡Castilla varonil, adusta tierra,
- Castilla del desdén contra la suerte,
- Castilla del dolor y de la guerra,
- tierra inmortal, Castilla de la muerte!
-
- Era una tarde, cuando el campo huía
- del sol y en el asombro del planeta,
- como un globo morado aparecía
- la hermosa luna, amada del poeta.
-
- En el cárdeno cielo violeta
- alguna clara estrella fulguraba.
- El aire ensombrecido
- oreaba mis sienes, y acercaba
- el murmullo del agua hasta mi oído.
-
- Entre cerros de plomo y de ceniza
- manchados de roídos encinares,
- y entre calvas roquedas de caliza,
- iba a embestir los ocho tajamares
- del puente el padre río,
- que surca de Castilla el yermo frío.
-
- ¡Oh Duero, tu agua corre
- y correrá mientras las nieves blancas
- de enero el sol de mayo
- haga fluir por hoces y barrancas,
- mientras tengan las sierras su turbante
- de nieve y de tormenta,
- y brille el olifante
- del sol, tras de la nube cenicienta!...
-
- ¿Y el viejo romancero
- fué el sueño de un juglar junto a tu orilla?
- ¿Acaso como tú y por siempre, Duero,
- irá corriendo hacia la mar Castilla?
-
-
- CIII
- LAS ENCINAS
-
- A los Sres. de Masriera, en recuerdo de una expedición al Pardo.
-
- ¡Encinares castellanos
- en laderas y altozanos,
- serrijones y colinas
- llenos de obscura maleza,
- encinas, pardas encinas,
- --humildad y fortaleza--!
-
- Mientras que llenándoos va
- el hacha de calvijares,
- ¿nadie cantaros sabrá,
- encinares?
-
- El roble es la guerra, el roble
- dice el valor y el coraje,
- rabia inmoble
- en su torcido ramaje,
- y es más rudo
- que la encina, más nervudo,
- más altivo y más señor.
-
- El alto roble parece
- que recalca y ennudece
- su robustez como atleta
- que, erguido, afinca en el suelo.
-
- El pino es el mar y el cielo
- y la montaña: el planeta.
- La palmera es el desierto,
- el sol y la lejanía;
- la sed: una fuente fría
- soñada en el campo yerto.
-
- Las hayas son la leyenda.
- Alguien, en las viejas hayas,
- leía una historia horrenda
- de crímenes y batallas.
-
- ¿Quién ha visto sin temblar
- un hayedo en un pinar?
- Los chopos son la ribera,
- liras de la primavera,
- cerca del agua que fluye,
- pasa y huye,
- viva o lenta,
- que se emboca turbulenta
- o en remanso se dilata,
- y en su eterno escalofrío
- copian el agua del río
- que fluye en ondas de plata.
-
- De los parques las olmedas
- son las buenas arboledas
- que nos han visto jugar,
- cuando eran nuestros cabellos
- rubios y, con nieve en ellos,
- nos han de ver meditar.
-
- Tiene el manzano el olor
- de su poma,
- el eucalipto el aroma
- de sus hojas, de su flor
- el naranjo la fragancia;
- y es del huerto
- la elegancia
- el ciprés oscuro y yerto.
-
- ¿Qué tienes tú, negra encina
- campesina,
- con tus ramas sin color
- en el campo sin verdor;
- con tu tronco ceniciento
- sin esbeltez ni altiveza,
- con tu vigor sin tormento,
- y tu humildad que es firmeza?
-
- En tu copa ancha y redonda
- nada brilla,
- ni tu verdioscura fronda
- ni tu flor verdiamarilla.
-
- Nada es lindo ni arrogante
- en tu porte, ni guerrero,
- nada fiero
- que aderece su talante.
- Brotas derecha o torcida
- con esa humildad que cede
- sólo a la ley de la vida,
- que es vivir como se puede.
-
- El campo mismo se hizo
- árbol en ti, parda encina.
- Ya bajo el sol que calcina,
- ya contra hielo invernizo,
- el bochorno y la borrasca,
- el agosto y el enero,
- los copos de la nevasca,
- los hilos del aguacero,
- siempre firme, siempre igual,
- impasible, casta y buena,
- ¡oh tú, robusta y serena,
- eterna encina rural
- de los negros encinares
- de la raya aragonesa
- y las crestas militares
- de la tierra pamplonesa;
- encinas de Extremadura,
- de Castilla, que hizo a España,
- encinas de la llanura,
- del cerro y de la montaña;
- encinas del alto llano
- que el joven Duero rodea,
- y del Tajo que serpea
- por el suelo toledano;
- encinas de junto al mar
- --en Santander--encinar
- que pones tu nota arisca,
- como un castellano ceño,
- en Córdoba la morisca,
- y tú, encinar madrileño,
- bajo el Guadarrama frío,
- tan hermoso, tan sombrío,
- con tu adustez castellana
- corrigiendo,
- la vanidad y el atuendo
- y la hetiquez cortesana!...
- Ya sé, encinas
- campesinas,
- que os pintaron con lebreles
- elegantes y corceles,
- los más egregios pinceles,
- que os cantaron los poetas
- augustales,
- que os asordan escopetas
- de cazadores reales;
- mas sois el campo y el lar
- y la sombra tutelar
- de los buenos aldeanos
- que visten parda estameña,
- y que cortan vuestra leña
- con sus manos.
-
-
- CIV
- CAMINOS
-
- ¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,
- la sierra gris y blanca,
- la sierra de mis tardes madrileñas
- que yo veía en el azul pintada?
-
- Por tus barrancos hondos
- y por tus cumbres agrias,
- mil Guadarramas y mil soles vienen,
- cabalgando conmigo, a tus entrañas.
-
- _Camino de Balsaín, 1914._
-
-
- CV
- EN ABRIL, LAS AGUAS MIL
-
- Son de abril las aguas mil.
- Sopla el viento achubascado,
- y entre nublado y nublado
- hay trozos de cielo añil.
-
- Agua y sol. El iris brilla.
- En una nube lejana,
- zigzagea
- una centella amarilla.
-
- La lluvia da en la ventana
- y el cristal repiquetea.
-
- A través de la neblina
- que forma la lluvia fina,
- se divisa un prado verde,
- y un encinar se esfumina,
- y una sierra gris se pierde.
-
- Los hilos del aguacero
- sesgan las nacientes frondas,
- y agitan las turbias ondas
- en el remanso del Duero.
-
- Lloviendo está en los habares
- y en las pardas sementeras;
- y el sol, en los encinares,
- charcos por las carreteras.
-
- Lluvia y sol. Ya se obscurece
- el campo, ya se ilumina;
- allí un cerro desparece,
- allá surge una colina.
-
- Ya son claros, ya sombríos
- los dispersos caseríos,
- los lejanos torreones.
-
- Hacia la sierra plomiza
- van rodando en pelotones
- nubes de uata y ceniza.
-
-
- CVI
- UN LOCO
-
- Es una tarde mustia y desabrida
- de un otoño sin frutos, en la tierra
- estéril y raída
- donde la sombra de un centauro yerra.
-
- Por un camino en la árida llanura,
- entre álamos marchitos,
- a solas con su sombra y su locura,
- va el loco, hablando a gritos.
-
- Lejos se ven sombríos estepares,
- colinas con malezas y cambrones,
- y ruinas de viejos encinares,
- coronando los agrios serrijones.
-
- El loco vocifera
- a solas con su sombra y su quimera.
- Es horrible y grotesca su figura;
- flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
- ojos de calentura
- iluminan su rostro demacrado.
-
- Huye de la ciudad... Pobres maldades,
- misérrimas virtudes y quehaceres
- de chulos aburridos, y ruindades
- de ociosos mercaderes.
-
- Por los campos de Dios el loco avanza.
- Tras la tierra esquelética y sequiza
- --rojo de herrumbre y pardo de ceniza--
- hay un sueño de lirio en lontananza.
-
- Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
- --¡carne triste y espíritu villano!--
-
- No fué por una trágica amargura
- esta alma errante desgajada y rota;
- purga un pecado ajeno: la cordura,
- la terrible cordura del idiota.
-
-
- CVII
- FANTASÍA ICONOGRÁFICA
-
- La calva prematura
- brilla sobre la frente amplia y severa;
- bajo la piel de pálida tersura
- se trasluce la fina calavera.
-
- Mentón agudo y pómulos marcados
- por trazos de un punzón adamantino;
- y de insólita púrpura manchados
- los labios que soñara un florentino.
-
- Mientras la boca sonreir parece,
- los ojos perspicaces,
- que un ceño de atención empequeñece,
- miran y ven, profundos y tenaces.
-
- Tiene sobre la mesa un libro viejo
- donde posa la mano distraída.
- Al fondo de la cuadra, en el espejo,
- una tarde dorada está dormida.
-
- Montañas de violeta
- y grisientos breñales,
- la tierra que ama el santo y el poeta,
- los buitres y las águilas caudales.
-
- Del abierto balcón al blanco muro
- va una franja de sol anaranjada
- que inflama el aire, en el ambiente obscuro
- que envuelve la armadura arrinconada.
-
-
- CVIII
- UN CRIMINAL
-
- El acusado es pálido y lampiño.
- Arde en sus ojos una fosca lumbre,
- que repugna a su máscara de niño
- y ademán de piadosa mansedumbre.
-
- Conserva del obscuro seminario
- el talante modesto y la costumbre
- de mirar a la tierra o al breviario.
-
- Devoto de María,
- madre de pecadores,
- por Burgos bachiller en teología,
- presto a tomar las órdenes menores.
-
- Fué su crimen atroz. Hartóse un día
- de los textos profanos y divinos,
- sintió pesar del tiempo que perdía
- enderezando hipérbatons latinos.
-
- Enamoróse de una hermosa niña;
- subiósele el amor a la cabeza
- como el zumo dorado de la viña,
- y despertó su natural fiereza.
-
- En sueños vió a sus padres--labradores
- de mediano caudal--iluminados,
- del hogar por los rojos resplandores,
- los campesinos rostros atezados.
-
- Quiso heredar. ¡Oh, guindos y nogales
- del huerto familiar, verde y sombrío,
- y doradas espigas candeales
- que colmarán los trojes del estío!
-
- Y se acordó del hacha que pendía
- en el muro, luciente y afilada,
- el hacha fuerte que la leña hacía
- de la rama de roble cercenada.
- ...............................
- Frente al reo, los jueces en sus viejos
- ropones enlutados,
- y una hilera de obscuros entrecejos
- y de plebeyos rostros--los jurados.
-
- El abogado defensor perora,
- golpeando el pupitre con la mano;
- emborrona papel un escribano,
- mientras oye el fiscal indiferente
- el alegato enfático y sonoro,
- y repasa los autos judiciales
- o, entre sus dedos, de las gafas de oro
- acaricia los límpidos cristales.
-
- Dice un ujier: «Va sin remedio al palo».
- El joven cuervo la clemencia espera.
- Un pueblo carne de horca, la severa
- justicia aguarda que castiga al malo.
-
-
- CIX
- AMANECER DE OTOÑO
-
- A Julio Romero de Torres.
-
- Una larga carretera
- entre grises peñascales
- y alguna humilde pradera
- donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.
-
- Está la tierra mojada
- por las gotas del rocío,
- y la alameda dorada,
- hacia la curva del río.
-
- Tras los montes de violeta
- quebrado el primer albor.
- A la espalda la escopeta,
- entre sus galgos agudos, caminando un cazador.
-
-
- CX
- EN TREN
-
- Yo para todo viaje,
- --siempre sobre la madera
- de mi vagón de tercera--
- voy ligero de equipaje.
- Si es de noche, porque no
- acostumbro a dormir yo,
- y de día, por mirar
- los arbolitos pasar,
- yo nunca duermo en el tren,
- y, sin embargo, voy bien.
- ¡Este placer de alejarse!
- Londres, Madrid, Ponferrada,
- tan lindos para marcharse...
- Lo molesto es la llegada.
- Luego, el tren, al caminar,
- siempre nos hace soñar;
- y casi, casi olvidamos
- el jamelgo que montamos.
- ¡Oh, el pollino
- que sabe bien el camino!
- ¿Dónde estamos?
- ¿Dónde todos nos bajamos?
- ¡Frente a mí va una monjita
- tan bonita!
- Tiene esa expresión serena
- que a la pena
- da una esperanza infinita.
- Y yo pienso: Tú eres buena;
- porque diste tus amores
- a Jesús; porque no quieres
- ser madre de pecadores.
- Mas tú eres
- maternal,
- bendita entre las mujeres,
- madrecita virginal.
- Algo en tu rostro es divino
- bajo tus cofias de lino.
- Tus mejillas
- --esas rosas amarillas--
- fueron rosadas, y, luego,
- ardió en tus entrañas fuego;
- y hoy, esposa de la Cruz,
- ya eres luz, y sólo luz...
- ¡Todas las mujeres bellas
- fueran, como tú, doncellas
- en un convento a encerrarse!...
- Y la niña que yo quiero
- ¡ay! ¡preferirá casarse
- con un mocito barbero!
- El tren camina y camina,
- y la máquina resuella,
- y tose con tos ferina.
- ¡Vamos en una centella!
-
- _1909._
-
-
- CXI
- NOCHE DE VERANO
-
- Es una hermosa noche de verano.
- Tienen las altas casas
- abiertos los balcones
- del viejo pueblo a la anchurosa plaza.
- En el amplio rectángulo desierto,
- bancos de piedra, evónimos y acacias
- simétricos dibujan.
- sus negras sombras en la arena blanca.
- En el cénit, la luna y en la torre
- la esfera del reloj iluminada.
- Yo en este viejo pueblo paseando
- solo, como un fantasma.
-
-
- CXII
- PASCUA DE RESURRECCIÓN
-
- Mirad: el arco de la vida traza
- el iris sobre el campo que verdea.
- Buscad vuestros amores, doncellitas,
- donde brota la fuente de la piedra.
- En donde el agua ríe y sueña y pasa,
- allí el romance del amor se cuenta.
- ¿No han de mirar un día, en vuestros brazos,
- atónitos, el sol de primavera,
- ojos que vienen a la luz cerrados,
- y que al partirse de la vida ciegan?
- ¿No beberán un día en vuestros senos
- los que mañana labrarán la tierra?
- ¡Oh, celebrad este domingo claro,
- madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!
- Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre.
- Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas
- y escriben en las torres sus blancos garabatos.
- Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas.
- Entre los robles muerden
- los negros toros la menuda hierba,
- y el pastor que apacienta los merinos
- su pardo sayo en la montaña deja.
-
-
- CXIII
- CAMPOS DE SORIA
-
- I
-
- Es la tierra de Soria árida y fría.
- Por las colinas y las sierras calvas,
- verdes pradillos, cerros cenicientos,
- la primavera pasa
- dejando entre las hierbas olorosas
- sus diminutas margaritas blancas.
-
- La tierra no revive, el campo sueña.
- Al empezar abril está nevada
- la espalda del Moncayo;
- el caminante lleva en su bufanda
- envueltos cuello y boca, y los pastores
- pasan cubiertos con sus luengas capas.
-
- II
-
- Las tierras labrantías,
- como retazos de estameñas pardas,
- el huertecillo, el abejar, los trozos
- de verde oscuro en que el merino pasta,
- entre plomizos peñascales, siembran
- el sueño alegre de infantil arcadia.
- En los chopos lejanos del camino,
- parecen humear las yertas ramas
- como un glauco vapor--las nuevas hojas--
- y en las quiebras de valles y barrancas
- blanquean los zarzales florecidos
- y brotan las violetas perfumadas.
-
- III
-
- Es el campo ondulado, y los caminos
- ya ocultan los viajeros que cabalgan
- en pardos borriquillos,
- ya al fondo de la tarde arrebolada
- elevan las plebeyas figurillas
- que el lienzo de oro del ocaso manchan.
- Mas si trepáis a un cerro y veis el campo
- desde los picos donde habita el águila,
- son tornasoles de carmín y acero,
- llanos plomizos, lomas plateadas,
- circuídos por montes de violeta,
- con las cumbres de nieve sonrosada.
-
- IV
-
- ¡Las figuras del campo sobre el cielo!
- Dos lentos bueyes aran
- en un alcor cuando el otoño empieza,
- y entre las negras testas doblegadas
- bajo el pesado yugo,
- pende un cesto de juncos y retama,
- que es la cuna de un niño;
- y tras la yunta marcha
- un hombre que se inclina hacia la tierra,
- y una mujer que en las abiertas zanjas
- arroja la semilla.
- Bajo una nube de carmín y llama,
- en el oro fluido y verdinoso
- del poniente las sombras se agigantan.
-
- V
-
- La nieve. En el mesón al campo abierto
- se ve el hogar donde la leña humea
- y la olla al hervir borbollonea.
- El cierzo corre por el campo yerto
- alborotando en blancos torbellinos
- la nieve silenciosa.
- La nieve sobre el campo y los caminos,
- cayendo está como sobre una fosa.
- Un viejo acurrucado tiembla y tose
- cerca del fuego; su mechón de lana
- la vieja hila, y una niña cose
- verde ribete a su estameña grana.
- Padres los viejos son de un arriero
- que caminó sobre la blanca tierra,
- y una noche perdió ruta y sendero,
- y se enterró en las nieves de la sierra.
- En torno al fuego hay un lugar vacío,
- y en la frente del viejo, de hosco ceño,
- como un tachón sombrío
- --tal el golpe de un hacha sobre un leño--.
- La vieja mira al campo cual si oyera
- pasos sobre la nieve. Nadie pasa.
- Desierta la vecina carretera,
- desierto el campo en torno de la casa.
- La niña piensa que en los verdes prados
- ha de correr con otras doncellitas
- en los días azules y dorados,
- cuando crecen las blancas margaritas.
-
- VI
-
- ¡Soria fría, _Soria pura,
- cabeza de Extremadura_,
- con su castillo guerrero
- arruinado, sobre el Duero;
- con sus murallas roídas
- y sus casas denegridas!
-
- ¡Muerta ciudad de señores
- soldados o cazadores;
- de portales con escudos
- de cien linajes hidalgos,
- y de famélicos galgos,
- de galgos flacos y agudos,
- que pululan
- por las sórdidas callejas,
- y a la media noche ululan,
- cuando graznan las cornejas!
-
- ¡Soria fría! La campana
- de la Audiencia da la una.
- Soria, ciudad castellana
- ¡tan bella! bajo la luna.
-
- VII
-
- ¡Colinas plateadas,
- grises alcores, cárdenas roquedas
- por donde traza el Duero
- su curva de ballesta
- en torno a Soria, oscuros encinares,
- ariscos pedregales, calvas sierras,
- caminos blancos y álamos del río,
- tardes de Soria, mística y guerrera,
- hoy siento por vosotros, en el fondo
- del corazón, tristeza,
- tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
- donde parece que las rocas sueñan,
- conmigo vais!... ¡Colinas plateadas,
- grises alcores, cárdenas roquedas!
-
- VIII
-
- He vuelto a ver los álamos dorados,
- álamos del camino en la ribera
- del Duero, entre San Polo y San Saturio,
- tras las murallas viejas
- de Soria--barbacana
- hacia Aragón, en castellana tierra.
-
- Estos chopos del río, que acompañan
- con el sonido de sus hojas secas
- el son del agua cuando el viento sopla,
- tienen en sus cortezas
- grabadas iniciales que son nombres
- de enamorados, cifras que son fechas.
- ¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
- de ruiseñores vuestras ramas llenas;
- álamos que seréis mañana liras
- del viento perfumado en primavera;
- álamos del amor cerca del agua
- que corre y pasa y sueña,
- álamos de las márgenes del Duero,
- conmigo vais, mi corazón os lleva!
-
- IX
-
- ¡Oh!, sí, conmigo vais, campos de Soria,
- tardes tranquilas, montes de violeta,
- alamedas del río, verde sueño
- del suelo gris y de la parda tierra,
- agria melancolía
- de la ciudad decrépita,
- ¿me habéis llegado al alma,
- o acaso estabais en el fondo de ella?
- ¡Gentes del alto llano numantino
- que a Dios guardáis como cristianas viejas,
- que el sol de España os llene
- de alegría, de luz y de riqueza!
-
-
- CXIV
- LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ
-
- Al poeta Juan Ramón Jiménez.
-
- I
-
- Siendo mozo Alvargonzález,
- dueño de mediana hacienda,
- que en otras tierras se dice
- bienestar y aquí, opulencia,
- en la feria de Berlanga
- prendóse de una doncella,
- y la tomó por mujer
- al año de conocerla.
- Muy ricas las bodas fueron,
- y quien las vió las recuerda;
- sonadas las tornabodas
- que hizo Alvar en su aldea;
- hubo gaitas, tamboriles,
- flauta, bandurria y vihuela,
- fuegos a la valenciana
- y danza a la aragonesa.
-
- II
-
- Feliz vivió Alvargonzález
- en el amor de su tierra.
- Naciéronle tres varones,
- que en el campo son riqueza,
- y, ya crecidos, los puso,
- uno a cultivar la huerta,
- otro a cuidar los merinos,
- y dió el menor a la iglesia.
-
- III
-
- Mucha sangre de Caín
- tiene la gente labriega,
- y en el hogar campesino
- armó la envidia pelea.
-
- Casáronse los mayores;
- tuvo Alvargonzález nueras,
- que le trajeron cizaña,
- antes que nietos le dieran.
-
- La codicia de los campos
- ve tras la muerte la herencia;
- no goza de lo que tiene
- por ansia de lo que espera.
-
- El menor, que a los latines
- prefería las doncellas
- hermosas y no gustaba
- de vestir por la cabeza,
- colgó la sotana un día
- y partió a lejanas tierras.
- La madre lloró y el padre
- dióle bendición y herencia.
-
- IV
-
- Alvargonzález ya tiene
- la adusta frente arrugada,
- por la barba le platea
- el bozo azul de la cara.
-
- Una mañana de otoño
- salió solo de su casa;
- no llevaba sus lebreles,
- agudos canes de caza;
-
- iba triste y pensativo
- por la alameda dorada;
- anduvo largo camino
- y llegó a una fuente clara.
-
- Echóse en la tierra; puso
- sobre una piedra la manta,
- y a la vera de la fuente
- durmió al arrullo del agua.
-
- EL SUEÑO
-
- I
-
- Y Alvargonzález veía,
- como Jacob, una escala
- que iba de la tierra al cielo,
- y oyó una voz que le hablaba.
- Mas las hadas hilanderas,
- entre las guedejas blancas
- y vellones de oro, han puesto
- un mechón de negra lana.
-
- II
-
- Tres niños están jugando
- a la puerta de su casa;
- entre los mayores brinca
- un cuervo de negras alas.
- La mujer vigila, cose
- y, a ratos, sonríe y canta.
- --Hijos, ¿qué hacéis? les pregunta.
- Ellos se miran y callan.
- --Subid al monte, hijos míos,
- y antes que la noche caiga,
- con un brazado de estepas
- hacedme una buena llama.
-
- III
-
- Sobre el lar de Alvargonzález
- está la leña apilada;
- el mayor quiere encenderla,
- pero no brota la llama.
- --Padre, la hoguera no prende,
- está la estepa mojada.
-
- Su hermano viene a ayudarle
- y arroja astillas y ramas
- sobre los troncos de roble;
- pero el rescoldo se apaga.
- Acude el menor y enciende,
- bajo la negra campana
- de la cocina, una hoguera
- que alumbra toda la casa.
-
- IV
-
- Alvargonzález levanta
- en brazos al más pequeño
- y en sus rodillas lo sienta:
- --Tus manos hacen el fuego...
- aunque el último naciste
- tú eres en mi amor primero.
-
- Los dos mayores se alejan
- por los rincones del sueño.
- Entre los dos fugitivos
- reluce un hacha de hierro.
-
- AQUELLA TARDE...
-
- I
-
- Sobre los campos desnudos,
- la luna llena manchada
- de un arrebol purpurino,
- enorme globo, asomaba.
- Los hijos de Alvargonzález
- silenciosos caminaban,
- y han visto al padre dormido
- junto de la fuente clara.
-
- II
-
- Tiene el padre entre las cejas
- un ceño que le aborrasca
- el rostro, un tachón sombrío
- como la huella de un hacha.
- Soñando está con sus hijos,
- que sus hijos lo apuñalan;
- y cuando despierta mira
- que es cierto lo que soñaba.
-
- III
-
- A la vera de la fuente
- quedó Alvargonzález muerto.
- Tiene cuatro puñaladas
- entre el costado y el pecho,
- por donde la sangre brota,
- más un hachazo en el cuello.
- Cuenta la hazaña del campo
- el agua clara corriendo,
- mientras los dos asesinos
- huyen hacia los hayedos.
- Hasta la Laguna Negra,
- bajo las fuentes del Duero,
- llevan el muerto, dejando
- detrás un rastro sangriento;
- y en la laguna sin fondo,
- que guarda bien los secretos,
- con una piedra amarrada
- a los pies, tumba le dieron.
-
- IV
-
- Se encontró junto a la fuente
- la manta de Alvargonzález,
- y camino del hayedo
- se vió un reguero de sangre.
- Nadie de la aldea ha osado
- a la laguna acercarse,
- y el sondarla inútil fuera,
- que es la laguna insondable.
- Un buhonero que cruzaba
- aquellas tierras errante,
- fué en Dauria acusado, preso
- y muerto en garrote infame.
-
- V
-
- Pasados algunos meses,
- la madre murió de pena.
- Los que muerta la encontraron
- dicen que las manos yertas
- sobre su rostro tenía,
- oculto el rostro con ellas.
-
- VI
-
- Los hijos de Alvargonzález
- ya tienen majada y huerta,
- campos de trigo y centeno
- y prados de fina hierba;
- en el olmo viejo, hendido
- por el rayo, la colmena,
- dos yuntas para el arado,
- un mastín y cien ovejas.
-
- OTROS DÍAS
-
- I
-
- Ya están las zarzas floridas
- y los ciruelos blanquean;
- ya las abejas doradas
- liban para sus colmenas,
- y en los nidos que coronan
- las torres de las iglesias
- asoman los garabatos
- ganchudos de las cigüeñas.
- Ya los olmos del camino
- y chopos de las riberas
- de los arroyos, que buscan
- al padre Duero, verdean.
- El cielo está azul, los montes
- sin nieve son de violeta.
- La tierra de Alvargonzález
- se colmará de riqueza;
- muerto está quien la ha labrado,
- mas no le cubre la tierra.
-
- II
-
- La hermosa tierra de España
- adusta, fina y guerrera
- Castilla, de largos ríos,
- tiene un puñado de sierras
- entre Soria y Burgos como
- reductos de fortaleza,
- como yelmos crestonados
- y Urbión es una cimera.
-
- III
-
- Los hijos de Alvargonzález,
- por una empinada senda,
- para tomar el camino
- de Salduero a Covaleda,
- cabalgan en pardas mulas
- bajo el pinar de Vinuesa.
- Van en busca de ganado
- con que volver a su aldea,
- y por tierra de pinares
- larga jornada comienzan.
- Van Duero arriba, dejando
- atrás los arcos de piedra
- del puente y el caserío
- de la ociosa y opulenta
- villa de indianos. El río,
- al fondo del valle, suena,
- y de las cabalgaduras
- los cascos baten las piedras.
- A la otra orilla del Duero
- canta una voz lastimera:
- «La tierra de Alvargonzález
- se colmará de riqueza,
- y el que la tierra ha labrado
- no duerme bajo la tierra.»
-
- IV
-
- Llegados son a un paraje
- en donde el pinar se espesa,
- y el mayor, que abre la marcha,
- su parda mula espolea,
- diciendo: démonos prisa;
- porque son más de dos leguas
- de pinar y hay que apurarlas
- antes que la noche venga.
-
- Dos hijos del campo, hechos
- a quebradas y asperezas,
- porque recuerdan un día
- la tarde en el monte tiemblan.
- Allá en lo espeso del bosque
- otra vez la copla suena:
- «La tierra de Alvargonzález
- se colmará de riqueza,
- y el que la tierra ha labrado
- no duerme bajo la tierra.»
-
- V
-
- Desde Salduero el camino
- va al hilo de la ribera;
- a ambas márgenes del río
- el pinar crece y se eleva,
- y las rocas se aborrascan,
- al par que el valle se estrecha.
- Los fuertes pinos del bosque
- con sus copas gigantescas
- y sus desnudas raíces
- amarradas a las piedras;
- los de troncos plateados
- cuyas frondas azulean,
- pinos jóvenes; los viejos
- cubiertos de blanca lepra,
- musgos y líquenes canos
- que el grueso tronco rodean,
- colman el valle y se pierden
- rebasando ambas laderas.
- Juan, el mayor dice: Hermano,
- si Blas Antonio apacienta
- cerca de Urbión su vacada,
- largo camino nos queda.
- --Cuanto hacia Urbión alarguemos
- se puede acortar de vuelta,
- tomando por el atajo,
- hacia la Laguna Negra,
- y bajando por el puerto
- de Santa Inés a Vinuesa.
- --Mala tierra y peor camino.
- Te juro que no quisiera
- verlos otra vez. Cerremos
- los tratos en Covaleda;
- hagamos noche y, al alba,
- volvámonos a la aldea
- por este valle, que, a veces,
- quien piensa atajar rodea.
- Cerca del río cabalgan
- los hermanos, y contemplan
- cómo el bosque centenario,
- al par que avanzan, aumenta,
- y los peñascos del monte
- el horizonte les cierran.
- El agua que va saltando
- parece que canta o cuenta:
- «La tierra de Alvargonzález
- se colmará de riqueza,
- y el que la tierra ha labrado
- no duerme bajo la tierra.»
-
- CASTIGO
-
- I
-
- Aunque la codicia tiene
- redil que encierre la oveja,
- trojes que guardan el trigo,
- bolsas para la moneda
- y garras, no tiene manos
- que sepan labrar la tierra.
- Así a un año de abundancia
- siguió un año de pobreza.
-
- II
-
- En los sembrados crecieron
- las amapolas sangrientas;
- pudrió el tizón las espigas
- de trigales y de avenas;
- hielos tardíos mataron
- en flor la fruta en la huerta
- y una mala hechicería
- hizo enfermar las ovejas.
- A los dos Alvargonzález
- maldijo Dios en sus tierras,
- y al año pobre siguieron
- luengos años de miseria.
-
- III
-
- Es una noche de invierno.
- Cae la nieve en remolinos.
- Los Alvargonzález velan
- un fuego casi extinguido.
- El pensamiento amarrado
- tienen a un recuerdo mismo,
- y en las ascuas mortecinas
- del hogar los ojos fijos.
- No tienen leña ni sueño.
- Larga es la noche y el frío
- mucho. Un candilejo humea
- en el muro ennegrecido.
- El aire agita la llama,
- que pone un fulgor rojizo
- sobre entrambas pensativas
- testas de los asesinos.
- El mayor de Alvargonzález,
- lanzando un ronco suspiro,
- rompe el silencio, exclamando:
- --Hermano ¡qué mal hicimos!
- El viento la puerta bate,
- hace temblar el postigo,
- y suena en la chimenea
- con hueco y largo bramido.
- Después el silencio vuelve,
- y a intervalos el pabilo
- del candil chisporrotea
- en el aire aterecido.
- El segundo dijo:--¡Hermano,
- demos lo viejo al olvido!
-
- EL VIAJERO
-
- I
-
- Es una noche de invierno.
- Azota el viento las ramas
- de los álamos. La nieve
- ha puesto la tierra blanca.
- Bajo la nevada, un hombre
- por el camino cabalga;
- va cubierto hasta los ojos,
- embozado en luenga capa.
- Entrado en la aldea, busca
- de Alvargonzález la casa,
- y ante su puerta llegado,
- sin echar pie a tierra, llama.
-
- II
-
- Los dos hermanos oyeron
- una aldabada a la puerta,
- y de una cabalgadura
- los cascos sobre las piedras.
- Ambos los ojos alzaron
- llenos de espanto y sorpresa.
- --¿Quién es? responda, gritaron.
- --Miguel, respondieron fuera.
- Era la voz del viajero
- que partió a lejanas tierras.
-
- III
-
- Abierto el portón, entróse
- a caballo el caballero
- y echó pie a tierra. Venía
- todo de nieve cubierto.
- En brazos de sus hermanos
- lloró algún rato en silencio.
- Después dió el caballo al uno,
- al otro, capa y sombrero,
- y en la estancia campesina
- buscó el arrimo del fuego.
-
- IV
-
- El menor de los hermanos,
- que niño y aventurero
- fué más allá de los mares
- y hoy torna indiano opulento,
- vestía con negro traje
- de peludo terciopelo,
- ajustado a la cintura
- por ancho cinto de cuero.
- Gruesa cadena formaba
- un bucle de oro en su pecho.
- Era un hombre alto y robusto,
- con ojos grandes y negros
- llenos de melancolía;
- la tez de color moreno,
- y sobre la frente comba
- enmarañados cabellos;
- el hijo que saca porte
- señor de padre labriego,
- a quien fortuna le debe
- amor, poder y dinero.
- De los tres Alvargonzález
- era Miguel el más bello;
- porque al mayor afeaba
- el muy poblado entrecejo
- bajo la frente mezquina,
- y al segundo, los inquietos
- ojos que mirar no saben
- de frente, torvos y fieros.
-
- V
-
- Los tres hermanos contemplan
- el triste hogar en silencio;
- y con la noche cerrada
- arrecia el frío y el viento.
- --Hermanos ¿no tenéis leña?
- dice Miguel.
- --No tenemos,
- responde el mayor.
- Un hombre,
- milagrosamente, ha abierto
- la gruesa puerta cerrada
- con doble barra de hierro.
- El hombre que ha entrado tiene
- el rostro del padre muerto.
- Un halo de luz dorada
- orla sus blancos cabellos.
- Lleva un haz de leña al hombro
- y empuña un hacha de hierro.
-
- EL INDIANO
-
- I
-
- De aquellos campos malditos,
- Miguel a sus dos hermanos
- compró una parte, que mucho
- caudal de América trajo,
- y aun en tierra mala, el oro
- luce mejor que enterrado,
- y más en mano de pobres
- que oculto en orza de barro.
-
- Dióse a trabajar la tierra
- con fe y tesón el indiano,
- y a laborar los mayores
- sus pegujales tornaron.
-
- Ya con macizas espigas,
- preñadas de rubios granos,
- a los campos de Miguel
- tornó el fecundo verano;
- y ya de aldea en aldea
- se cuenta como un milagro,
- que los asesinos tienen
- la maldición en sus campos.
-
- Ya el pueblo canta una copla
- que narra el crimen pasado:
- «A la orilla de la fuente
- lo asesinaron.
- ¡Qué mala muerte le dieron
- los hijos malos!
- En la laguna sin fondo
- al padre muerto arrojaron.
- No duerme bajo la tierra
- el que la tierra ha labrado».
-
- II
-
- Miguel, con sus dos lebreles
- y armado de su escopeta,
- hacia el azul de los montes,
- en una tarde serena,
- caminaba entre los verdes
- chopos de la carretera
- y oyó una voz que cantaba:
- «No tiene tumba en la tierra.
- Entre los pinos del valle
- del Revinuesa,
- al padre muerto llevaron
- hasta la Laguna Negra».
-
- LA CASA
-
- I
-
- La casa de Alvargonzález
- era una casona vieja,
- con cuatro estrechas ventanas,
- separada de la aldea
- cien pasos y entre dos olmos
- que, gigantes centinelas,
- sombra le dan en verano,
- y en el otoño hojas secas.
-
- Es casa de labradores,
- gente aunque rica plebeya,
- donde el hogar humeante
- con sus escaños de piedra
- se ve sin entrar, si tiene
- abierta al campo la puerta.
-
- Al arrimo del rescoldo
- del hogar borbollonean
- dos pucherillos de barro
- que a dos familias sustentan.
-
- A diestra mano, la cuadra
- y el corral, a la siniestra,
- huerto y abejar y, al fondo,
- una gastada escalera,
- que va a las habitaciones
- partidas en dos viviendas.
-
- Los Alvargonzález moran
- con sus mujeres en ellas.
- A ambas parejas que hubieron,
- sin que lograrse pudieran,
- dos hijos, sobrado espacio
- les da la casa paterna.
-
- En una estancia que tiene
- luz al huerto, hay una mesa
- con gruesa tabla de roble,
- dos sillones de vaqueta,
- colgado en el muro un negro
- ábaco de enormes cuentas,
- y unas espuelas mohosas
- sobre un arcón de madera.
-
- Era una estancia olvidada
- donde hoy Miguel se aposenta.
- Y era allí donde los padres
- veían en primavera
- el huerto en flor, y en el cielo
- de mayo, azul, la cigüeña
- --cuando las rosas se abren
- y los zarzales blanquean--
- que enseñaba a sus hijuelos
- a usar de las alas lentas.
-
- Y en las noches del verano,
- cuando la calor desvela,
- desde la ventana al dulce
- ruiseñor cantar oyeran.
-
- Fué allí donde Alvargonzález,
- del orgullo de su huerta
- y del amor de los suyos,
- sacó sueños de grandeza.
-
- Cuando en brazos de la madre
- vió la figura risueña
- del primer hijo, bruñida
- de rubio sol la cabeza,
- del niño que levantaba
- las codiciosas, pequeñas
- manos a las rojas guindas
- y a las moradas ciruelas,
- aquella tarde de otoño
- dorada, plácida y buena,
- él pensó que ser podría
- feliz el hombre en la tierra.
-
- Hoy canta el pueblo una copla
- que va de aldea en aldea:
- «¡Oh, casa de Alvargonzález,
- qué malos días te esperan;
- casa de los asesinos,
- que nadie llame a tu puerta!»
-
- II
-
- Es una tarde de otoño.
- En la alameda dorada
- no quedan ya ruiseñores;
- enmudeció la cigarra.
-
- Las últimas golondrinas,
- que no emprendieron la marcha,
- morirán, y las cigüeñas
- de sus nidos de retamas,
- en torres y campanarios,
- huyeron.
- Sobre la casa
- de Alvargonzález, los olmos
- sus hojas que el viento arranca
- van dejando. Todavía
- las tres redondas acacias,
- frente al atrio de la iglesia,
- conservan verdes sus ramas,
- y las castañas de Indias
- a intervalos se desgajan
- cubiertas de sus erizos;
- tiene el rosal rosas grana
- otra vez, y en las praderas
- brilla la alegre otoñada.
-
- En laderas y en alcores,
- en ribazos y cañadas,
- el verde nuevo y la hierba,
- aun del estío quemada,
- alternan; los serrijones
- pelados, las lomas calvas,
- se coronan de plomizas
- nubes apelotonadas;
- y bajo el pinar gigante,
- entre las marchitas zarzas
- y amarillentos helechos,
- corren las crecidas aguas
- a engrosar el padre río
- por canchales y barrancas.
-
- Abunda en la tierra un gris
- de plomo y azul de plata,
- con manchas de roja herrumbre,
- todo envuelto en luz violada.
-
- ¡Oh, tierras de Alvargonzález,
- en el corazón de España,
- tierras pobres, tierras tristes,
- tan tristes que tienen alma!
-
- Páramo que cruza el lobo
- aullando a la luna clara
- de bosque a bosque, baldíos
- llenos de peñas rodadas,
- donde roída de buitres
- brilla una osamenta blanca;
- pobres campos solitarios
- sin caminos ni posadas,
- ¡oh, pobres campos malditos,
- pobres campos de mi patria!
-
- LA TIERRA
-
- I
-
- Una mañana de otoño,
- cuando la tierra se labra,
- Juan y el indiano aparejan
- las dos yuntas de la casa.
- Martín se quedó en el huerto
- arrancando hierbas malas.
-
- II
-
- Una mañana de otoño,
- cuando los campos se aran,
- sobre un otero, que tiene
- el cielo de la mañana
- por fondo, la parda yunta
- de Juan lentamente avanza.
-
- Cardos, lampazos y abrojos,
- avena loca y cizaña
- llenan la tierra maldita,
- tenaz a pico y escarda.
-
- Del corvo arado de roble
- la hundida reja trabaja
- con vano esfuerzo; parece
- que al par que hiende la entraña
- del campo y hace camino
- se cierra otra vez la zanja.
-
- «Cuando el asesino labre
- será su labor pesada;
- antes que un surco en la tierra,
- tendrá una arruga en su cara.»
-
- III
-
- Martín, que estaba en la huerta
- cavando, sobre su azada
- quedó apoyado un momento;
- frío sudor le bañaba
- el rostro.
- Por el oriente,
- la luna llena manchada
- de un arrebol purpurino,
- lucía tras de la tapia
- del huerto.
- Miguel tenía
- la sangre de horror helada.
- La azada que hundió en la tierra
- teñida de sangre estaba.
-
- IV
-
- En la tierra en que ha nacido
- supo afincar el indiano;
- por mujer a una doncella
- rica y hermosa ha tomado.
-
- La hacienda de Alvargonzález
- ya es suya, que sus hermanos
- todo le vendieron: casa,
- huerto, colmenar y campo.
-
- LOS ASESINOS
-
- I
-
- Juan y Martín, los mayores
- de Alvargonzález, un día
- pesada marcha emprendieron
- con el alba, Duero arriba.
-
- La estrella de la mañana
- en el alto azul ardía.
- Se iba tiñendo de rosa
- la espesa y blanca neblina
- de los valles y barrancos,
- y algunas nubes plomizas
- a Urbión, donde el Duero nace,
- como un turbante ponían.
-
- Se acercaban a la fuente.
- El agua clara corría
- sonando cual si contara
- una vieja historia dicha
- mil veces y que tuviera
- mil veces que repetirla.
-
- Agua que corre en el campo
- dice en su monotonía:
- Yo sé el crimen ¿no es un crimen
- cerca del agua, la vida?
-
- Al pasar los dos hermanos
- relataba el agua limpia:
- «A la vera de la fuente
- Alvargonzález dormía.»
-
- II
-
- --Anoche, cuando volvía
- a casa--Juan a su hermano
- dijo--a la luz de la luna
- era la huerta un milagro.
-
- Lejos, entre los rosales,
- divisé un hombre inclinado
- hacia la tierra; brillaba
- una hoz de plata en su mano.
-
- Después irguióse y, volviendo
- el rostro, dió algunos pasos
- por el huerto, sin mirarme,
- y a poco lo vi encorvado
- otra vez sobre la tierra.
- Tenía el cabello blanco.
- La luna llena brillaba,
- y era la huerta un milagro.
-
- III
-
- Pasado habían el puerto
- de Santa Inés, ya mediada
- la tarde, una tarde triste
- de noviembre fría y parda.
- Hacia la Laguna Negra
- silenciosos caminaban.
-
- IV
-
- Cuando la tarde caía,
- entre las vetustas hayas
- y los pinos centenarios,
- un rojo sol se filtraba.
-
- Era un paraje de bosque
- y peñas aborrascadas;
- aquí bocas que bostezan
- o monstruos de fieras garras;
- allí una informe joroba,
- allá una grotesca panza,
- torvos hocicos de fieras
- y dentaduras melladas,
- rocas y rocas, y troncos
- y troncos, ramas y ramas.
- En el hondón del barranco
- la noche, el miedo y el agua.
-
- V
-
- Un lobo surgió, sus ojos
- lucían como dos ascuas.
- Era la noche, una noche
- húmeda, oscura y cerrada.
-
- Los dos hermanos quisieron
- volver. La selva ululaba.
- Cien ojos fieros ardían
- en la selva, a sus espaldas.
-
- VI
-
- Llegaron los asesinos
- hasta la Laguna Negra,
- agua transparente y muda
- que enorme muro de piedra,
- donde los buitres anidan
- y el eco duerme, rodea,
- agua clara donde beben
- las águilas de la sierra,
- donde el jabalí del monte
- y el ciervo y el corzo abrevan,
- agua pura y silenciosa
- que copia cosas eternas,
- agua impasible que guarda
- en su seno las estrellas.
- ¡Padre! gritaron; al fondo
- de la laguna serena
- cayeron y el eco ¡padre!
- repitió de peña en peña.
-
-
- CXV
- A UN OLMO SECO
-
- Al olmo viejo, hendido por el rayo
- y en su mitad podrido,
- con las lluvias de abril y el sol de mayo,
- algunas hojas verdes le han salido.
-
- ¡El olmo centenario en la colina
- que lame el Duero! Un musgo amarillento
- le mancha la corteza blanquecina
- al tronco carcomido y polvoriento.
-
- No será, cual los álamos cantores
- que guardan el camino y la ribera,
- habitado de pardos ruiseñores.
-
- Ejército de hormigas en hilera
- va trepando por él, y en sus entrañas
- urden sus telas grises las arañas.
-
- Antes que te derribe, olmo del Duero,
- con su hacha el leñador, y el carpintero
- te convierta en melena de campana,
- lanza de carro o yugo de carreta;
- antes que rojo en el hogar, mañana
- ardas, de alguna mísera caseta,
- al borde de un camino,
- antes que te descuaje un torbellino
- y tronche el soplo de las sierras blancas;
- antes que el río hacia la mar te empuje
- por valles y barrancas,
- olmo, quiero anotar en mi cartera
- la gracia de tu rama verdecida.
- Mi corazón espera
- también, hacia la luz y hacia la vida,
- otro milagro de la primavera.
-
- _Soria, 1912._
-
-
- CXVI
- RECUERDOS
-
- ¡Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales
- cargados de perfume, y el campo enverdecido,
- abiertos los jazmines, maduros los trigales,
- azules las montañas y el olivar florido;
- Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles,
- y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
- y los enjambres de oro, para libar sus mieles
- dispersos en los campos, huir de sus colmenas;
- yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
- barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;
- y en sierras agrias sueño--¡Urbión, sobre pinares!
- ¡Moncayo blanco, al cielo aragonés erguido!--
- Y pienso: Primavera, como un escalofrío
- irá a cruzar el alto solar del romancero,
- ya verdearán de chopos las márgenes del río.
- ¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?
- Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
- y la roquedad parda más de un zarzal en flor,
- ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
- hacia los altos prados conducirá el pastor.
-
- ¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
- que vais al joven Duero, zagales y merinos
- con rumbo hacia altas praderas numantinas,
- por mestas y cañadas, veredas y caminos;
- hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,
- montañas, serrijones, lomazos, parameras,
- en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
- su infecto expoliario; menudas sementeras
- cual sayos cenicientos, casetas y majadas
- entre desnuda roca, arroyos y hontanares
- donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
- dispersos huertecillos, humildes abejares!...
-
- ¡Adiós, tierra de Soria, adiós el alto llano
- cercado de colinas y crestas militares,
- alcores y roquedas del yermo castellano,
- fantasmas de robledos y sombras de encinares!
-
- En la desesperanza y en la melancolía
- de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.
- Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
- por los floridos valles, mi corazón te lleva.
-
- _En el tren.--abril, 1913._
-
-
- CXVII
- AL MAESTRO «AZORÍN», POR SU LIBRO «CASTILLA»
-
- La venta de Cidones está en la carretera
- que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,
- que llaman la Ruipérez, es una viejecita
- que aviva el fuego donde borbolla la marmita.
- Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto
- --bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto--
- contempla silencioso la lumbre del hogar.
- Se oye la marmita al fuego borbollar.
- Sentado ante una mesa de pino, un caballero
- escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,
- dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
- El caballero es joven, vestido va de luto.
- El viento frío azota los chopos del camino.
- Se ve pasar de polvo un blanco remolino.
- La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
- la mano en la mejilla, medita ensimismado.
- Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,
- la tarde habrá caído sobre la tierra parda
- de Soria. Todavía los grises serrijones,
- con ruinas de encinares y mellas de aluviones,
- las lomas azuladas, las agrias barranqueras,
- picotas y colinas, ribazos y laderas
- del páramo sombrío por donde cruza el Duero,
- darán al sol de ocaso un resplandor de acero.
- La venta se oscurece. El rojo lar humea.
- La mecha de un mohoso candil arde y chispea.
- El enlutado tiene clavados en el fuego
- los ojos largo rato; se los enjuga luego
- con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar
- el son de la marmita, el ascua del hogar?
- Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo
- y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.
-
-
- CXVIII
- CAMINOS
-
- De la ciudad moruna
- tras las murallas viejas,
- yo contemplo la tarde silenciosa,
- a solas con mi sombra y con mi pena.
-
- El río va corriendo,
- entre sombrías huertas
- y grises olivares
- por los alegres campos de Baeza.
-
- Tienen las vides pámpanos dorados
- sobre las rojas cepas.
- Guadalquivir como un alfanje roto
- y disperso reluce y espejea.
-
- Lejos, los montes duermen
- envueltos en la niebla,
- niebla de otoño, maternal; descansan
- las rudas moles de su ser de piedra
- en esta tibia tarde de noviembre,
- tarde piadosa, cárdena y violeta.
-
- El viento ha sacudido
- los mustios olmos de la carretera,
- levantando en rosados torbellinos
- el polvo de la tierra.
- La luna está subiendo
- amoratada, jadeante y llena.
-
- Los caminitos blancos
- se cruzan y se alejan,
- buscando los dispersos caseríos
- del valle y de la sierra.
- Caminos de los campos...
- ¡Ay, ya no puedo caminar con ella!
-
-
- CXIX
-
- Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
- Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
- Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
- Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.
-
-
- CXX
-
- Dice la esperanza: un día
- la verás, si bien esperas.
- Dice la desesperanza:
- sólo tu amargura es ella.
- Late, corazón... No todo
- se lo ha tragado la tierra.
-
-
- CXXI
-
- Allá, en las tierras altas,
- por donde traza el Duero
- su curva de ballesta
- en torno a Soria, entre plomizos cerros
- y manchas de raídos encinares,
- mi corazón está vagando, en sueños...
-
- ¿No ves, Leonor, los álamos del río
- con sus ramajes yertos?
-
- Mira el Moncayo azul y blanco; dame
- tu mano y paseemos.
- Por estos campos de la tierra mía,
- bordados de olivares polvorientos,
- voy caminando solo,
- triste, cansado, pensativo y viejo.
-
-
- CXXII
-
- Soñé que tú me llevabas
- por una blanca vereda,
- en medio del campo verde,
- hacia el azul de las sierras,
- hacia los montes azules,
- una mañana serena.
-
- Sentí tu mano en la mía,
- tu mano de compañera,
- tu voz de niña en mi oído
- como una campana nueva,
- como una campana virgen
- de un alba de primavera.
- ¡Eran tu voz y tu mano,
- en sueños, tan verdaderas!...
- Vive, esperanza, ¡quién sabe
- lo que se traga la tierra!
-
-
- CXXIII
-
- Una noche de verano
- --estaba abierto el balcón
- y la puerta de mi casa--
- la muerte en mi casa entró.
- Se fué acercando a su lecho
- --ni siquiera me miró--,
- con unos dedos muy finos,
- algo muy tenue rompió.
- Silenciosa y sin mirarme,
- la muerte otra vez pasó
- delante de mí. ¿Qué has hecho?
- La muerte no respondió,
- Mi niña quedó tranquila,
- dolido mi corazón.
- ¡Ay, lo que la muerte ha roto
- era un hilo entre los dos!
-
-
- CXXIV
-
- Al borrarse la nieve, se alejaron
- los montes de la sierra.
- La vega ha verdecido
- al sol de abril, la vega
- tiene la verde llama,
- la vida, que no pesa;
- y piensa el alma en una mariposa,
- atlas del mundo, y sueña.
- Con el ciruelo en flor y el campo verde,
- con el glauco vapor de la ribera,
- en torno de las ramas,
- con las primeras zarzas que blanquean,
- con este dulce soplo
- que triunfa de la muerte y de la piedra,
- esta amargura que me ahoga fluye
- en esperanza de Ella...
-
-
- CXXV
-
- En estos campos de la tierra mía,
- y extranjero en los campos de mi tierra
- --yo tuve patria donde corre el Duero
- por entre grises peñas,
- y fantasmas de viejos encinares,
- allá en Castilla, mística y guerrera,
- Castilla la gentil, humilde y brava,
- Castilla del desdén y de la fuerza--,
- en estos campos de mi Andalucía,
- ¡oh, tierra en que nací!, cantar quisiera.
- Tengo recuerdos de mi infancia, tengo
- imágenes de luz y de palmeras,
- y en una gloria de oro,
- de lueñes campanarios con cigüeñas,
- de ciudades con calles sin mujeres
- bajo un cielo de añil, plazas desiertas
- donde crecen naranjos encendidos
- con sus frutas redondas y bermejas;
- y en un huerto sombrío, el limonero
- de ramas polvorientas
- y pálidos limones amarillos,
- que el agua clara de la fuente espeja,
- un aroma de nardos y claveles
- y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena;
- imágenes de grises olivares
- bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
- y azules y dispersas serranías
- con arreboles de una tarde inmensa;
- mas falta el hilo que el recuerdo anuda
- al corazón, el ancla en su ribera,
- o estas memorias no son alma. Tienen,
- en sus abigarradas vestimentas,
- señal de ser despojos del recuerdo,
- la carga bruta que el recuerdo lleva.
- Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,
- los cuerpos virginales a la orilla vieja.
-
- _Lora del Río, 4 abril 1913._
-
-
- CXXVI
- A JOSÉ MARÍA PALACIO
-
- Palacio, buen amigo,
- ¿está la primavera
- vistiendo ya las ramas de los chopos
- del río y los caminos? En la estepa
- del alto Duero, Primavera tarda,
- ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...
- ¿Tienen los viejos olmos
- algunas hojas nuevas?
- Aun las acacias estarán desnudas
- y nevados los montes de las sierras.
- ¡Oh, mole del Moncayo blanca y rosa,
- allá, en el cielo de Aragón, tan bella!
- ¿Hay zarzas florecidas
- entre las grises peñas,
- y blancas margaritas
- entre la fina hierba?
- Por esos campanarios
- ya habrán ido llegando las cigüeñas.
- Habrá trigales verdes,
- y mulas pardas en las sementeras,
- y labriegos que siembran los tardíos
- con las lluvias de abril. Ya las abejas
- libarán del tomillo y el romero.
- ¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
- Furtivos cazadores, los reclamos
- de la perdiz bajo las capas luengas,
- no faltarán. Palacio, buen amigo,
- ¿tienen ya ruiseñores las riberas?
- Con los primeros lirios
- y las primeras rosas de las huertas,
- en una tarde azul, sube al Espino,
- al alto Espino donde está su tierra...
-
- _Baeza, 29 de marzo 1913._
-
-
- CXXVII
- OTRO VIAJE
-
- Ya en los campos de Jaén,
- amanece. Corre el tren
- por sus brillantes rieles,
- devorando matorrales,
- alcaceles,
- terraplenes, pedregales,
- olivares, caseríos,
- praderas y cardizales,
- montes y valles sombríos.
- Tras la turbia ventanilla,
- pasa la devanadera
- del campo de primavera.
- La luz en el techo brilla
- de mi vagón de tercera.
- Entre nubarrones blancos,
- oro y grana.
- La niebla de la mañana
- huyendo por los barrancos.
- ¡Este insomne sueño mío!
- ¡Este frío
- de un amanecer en vela!...
- Resonante,
- jadeante,
- marcha el tren. El campo vuela.
- Enfrente de mí, un señor
- sobre su manta dormido;
- un fraile y un cazador
- --el perro a sus pies tendido--.
- Yo contemplo mi equipaje,
- mi viejo saco de cuero;
- y recuerdo otro viaje
- hacia las tierras del Duero.
- Otro viaje de ayer
- por la tierra castellana,
- ¡pinos del amanecer
- entre Almazán y Quintana!
- ¡Y alegría
- de un viajar en compañía!
- ¡Y la unión
- que ha roto la muerte un día!
- ¡Mano fría
- que aprietas mi corazón!
- Tren camina, silba, humea,
- acarrea
- tu ejército de vagones,
- ajetrea
- maletas y corazones.
- Soledad,
- sequedad.
- Tan pobre me estoy quedando,
- que ya ni siquiera estoy
- conmigo, ni sé si voy
- conmigo a solas viajando.
-
-
- CXXVIII
- POEMA DE UN DÍA
-
- MEDITACIONES RURALES
-
- Heme aquí ya profesor
- de lenguas vivas (ayer
- maestro de gay-saber,
- aprendiz de ruiseñor)
- en un pueblo húmedo y frío,
- destartalado y sombrío,
- entre andaluz y manchego.
- Invierno. Cerca del fuego.
- Fuera llueve un agua fina,
- que ora se trueca en neblina,
- ora se torna aguanieve.
- Fantástico labrador,
- pienso en los campos. ¡Señor,
- qué bien haces! Llueve, llueve
- tu agua constante y menuda
- sobre alcaceles y habares,
- tu agua muda,
- en viñedos y olivares.
- Te bendecirán conmigo
- los sembradores del trigo;
- los que viven de coger
- la aceituna;
- los que esperan la fortuna
- de comer;
- los que hogaño
- como antaño
- tienen toda su moneda
- en la rueda,
- traidora rueda del año.
- ¡Llueve, llueve; tu neblina
- que se torne en aguanieve,
- y otra vez en agua fina!
- ¡llueve, Señor, llueve, llueve!
-
- En mi estancia, iluminada
- por esta luz invernal
- --la tarde gris tamizada
- por la lluvia y el cristal--,
- sueño y medito.
- Clarea
- el reloj arrinconado
- y su tic-tic, olvidado
- por repetido, golpea.
- Tic-tic, tic-tic... Ya te he oído
- Tic-tic, tic-tic... Siempre igual,
- monótono y aburrido.
- Tic-tic, tic-tic, el latido
- de un corazón de metal.
- En estos pueblos, ¿se escucha
- el latir del tiempo? No.
- En estos pueblos se lucha
- sin tregua con el reló,
- con esa monotonía,
- que mide un tiempo vacío.
- Pero ¿tu hora es la mía?
- ¿Tu tiempo, reloj, el mío?
- (Tic-tic, tic-tic)... Era un día
- (tic-tic, tic-tic) que pasó,
- y lo que yo más quería
- la muerte se lo llevó.
-
- Lejos suena un clamoreo
- de campanas...
- Arrecia el repiqueteo
- de la lluvia en las ventanas.
- Fantástico labrador,
- vuelvo a mis campos. ¡Señor,
- cuánto te bendecirán
- los sembradores del pan!
- Señor, ¿no es tu lluvia ley,
- en los campos que ara el buey,
- y en los palacios del rey?
- ¡Oh, agua buena, deja vida
- en tu huída!
- ¡Oh, tú, que vas gota a gota,
- fuente a fuente y río a río,
- como este tiempo de hastío
- corriendo a la mar remota,
- con cuanto quiere nacer,
- cuanto espera
- florecer
- al sol de la primavera,
- sé piadosa,
- que mañana
- serás espiga temprana.
- prado verde, carne rosa,
- y más: razón y locura
- y amargura
- de querer y no poder
- creer, creer y creer!
-
- Anochece;
- el hilo de la bombilla
- se enrojece,
- luego brilla,
- resplandece
- poco más que una cerilla.
- Dios sabe dónde andarán
- mis gafas... entre librotes,
- revistas y papelotes,
- ¿quién las encuentra?... Aquí están.
- Libros nuevos. Abro uno
- de Unamuno.
- ¡Oh, el dilecto,
- predilecto
- de esta España que se agita,
- porque nace o resucita!
- Siempre te ha sido, ¡oh Rector
- de Salamanca!, leal
- este humilde profesor
- de un instituto rural.
- Esa tu filosofía
- que llamas dilettantesca,
- voltaria y funambulesca,
- gran Don Miguel, es la mía.
- Agua del buen manantial,
- siempre viva,
- fugitiva;
- poesía, cosa cordial.
- ¿Constructora?
- --No hay cimiento
- ni en el alma ni en el viento.--
- Bogadora,
- marinera,
- hacia la mar sin ribera.
- Enrique Bergson: «_Los datos
- inmediatos
- de la conciencia_». ¿Esto es
- otro embeleco francés?
- Este Bergson es un tuno;
- ¿verdad, maestro Unamuno?
- Bergson no da como aquel
- Immanuel
- el volatín inmortal;
- este endiablado judío
- ha hallado el libre albedrío
- dentro de su mechinal.
- No está mal:
- cada sabio, su problema,
- y cada loco, su tema.
- Mucho importa
- que en la vida mala y corta
- que llevamos
- libres o siervos seamos;
- mas, si vamos
- a la mar,
- lo mismo nos han de dar.
- ¡Oh estos pueblos! Reflexiones,
- lecturas y acotaciones
- pronto dan en lo que son:
- bostezos de Salomón.
- ¿Todo es
- soledad de soledades,
- vanidad de vanidades,
- que dijo el Eclesiastés?
- Mi paraguas, mi sombrero,
- mi gabán.... El aguacero
- amaina... Vámonos, pues.
-
- Es de noche. Se platica
- al fondo de una botica.
- --Yo no sé,
- Don José,
- cómo son los liberales
- tan perros, tan inmorales.
- --¡Oh, tranquilícese usted!
- Pasados los carnavales,
- vendrán los conservadores,
- buenos administradores
- de su casa.
- Todo llega y todo pasa.
- Nada eterno,
- ni gobierno
- que perdure,
- ni mal que cien años dure.
- --Tras estos tiempos, vendrán
- otros tiempos y otros y otros,
- y lo mismo que nosotros
- otros se jorobarán.
- Así es la vida, Don Juan.
- --Es verdad, así es la vida.
- --La cebada está crecida
- --Con estas lluvias...
- Y van
- las habas que es un primor.
- --Cierto; para marzo, en flor.
- Pero, la escarcha, los hielos...
- --Y además, los olivares
- están pidiendo a los cielos
- agua a torrentes.
- --A mares.
- ¡Las fatigas, los sudores
- que pasan los labradores!
- En otro tiempo...
- --Llovía
- también cuando Dios quería.
- --Hasta mañana, señores.
-
- Tic-tic, tic-tic... Ya pasó
- un día como otro día,
- dice la monotonía
- del reló.
- Sobre mi mesa _Los datos
- de la conciencia_, inmediatos.
- No está mal
- este yo fundamental,
- contingente y libre, a ratos,
- creativo, original;
- este yo que vive y siente
- dentro la carne mortal
- ¡ay! por saltar impaciente
- las bardas de su corral.
-
- _Baeza, 1913._
-
-
- CXXIX
- NOVIEMBRE, 1914
-
- Un año más. El sembrador va echando
- la semilla en los surcos de la tierra.
- Dos lentas yuntas aran,
- mientras pasan las nubes cenicientas
- ensombreciendo el campo,
- las pardas sementeras,
- los grises olivares. Por el fondo
- del valle el río el agua turbia lleva.
- Tiene Cazorla nieve,
- y Mágina, tormenta,
- su montera, Aznaitín. Hacia Granada,
- montes con sol, montes de sol y piedra.
-
-
- CXXX
- LA SAETA
-
- ¿Quién me presta una escalera,
- para subir al madero,
- para quitarle los clavos
- a Jesús el Nazareno?
-
- SAETA POPULAR.
-
- ¡Oh, la saeta, el cantar
- al Cristo de los gitanos,
- siempre con sangre en las manos,
- siempre por desenclavar!
- ¡Cantar del pueblo andaluz
- que todas las primaveras
- anda pidiendo escaleras
- para subir a la cruz!
- ¡Cantar de la tierra mía,
- que echa flores
- al Jesús de la agonía,
- y es la fe de mis mayores!
- ¡Oh, no eres tú mi cantar!
- ¡No puedo cantar, ni quiero
- a ese Jesús del madero,
- sino al que anduvo en el mar!
-
-
- CXXXI
- DEL PASADO EFÍMERO
-
- Este hombre del casino provinciano,
- que vió a Cara-ancha recibir un día,
- tiene mustia la tez, el pelo cano,
- ojos velados de melancolía;
- bajo el bigote gris, labios de hastío,
- y una triste expresión que no es tristeza
- sino algo más y menos: el vacío
- del mundo en la oquedad de su cabeza.
- Aun luce de corinto terciopelo
- chaqueta y pantalón abotinado,
- y un cordobés color de caramelo,
- pulido y torneado.
- Tres veces heredó; tres ha perdido
- al monte su caudal: dos ha enviudado.
- Sólo se anima ante el azar prohibido,
- sobre el verde tapete reclinado,
- o al evocar la tarde de un torero,
- la suerte de un tahur, o si alguien cuenta
- la hazaña de un gallardo bandolero,
- o la proeza de un matón, sangrienta.
- Bosteza de política banales
- dicterios al gobierno reaccionario,
- y augura que vendrán los liberales,
- cual torna la cigüeña al campanario.
- Un poco labrador, del cielo aguarda
- y al cielo teme; alguna vez suspira,
- pensando en su olivar, y al cielo mira
- con ojo inquieto, si la lluvia tarda.
- Lo demás, taciturno, hipocondríaco,
- prisionero en la Arcadia del presente,
- le aburre; sólo el humo del tabaco
- simula algunas sombras en su frente.
- Este hombre no es de ayer ni es de mañana,
- sino de nunca; de la cepa hispana
- no es el fruto maduro ni podrido,
- es una fruta vana
- de aquella España que pasó y no ha sido,
- esa que hoy tiene la cabeza cana.
-
-
- CXXXII
- LOS OLIVOS
-
- A Manuel Ayuso.
-
- I
-
- ¡Viejos olivos sedientos
- bajo el claro sol del día,
- olivares polvorientos
- del campo de Andalucía!
- ¡El campo andaluz, peinado
- por el sol canicular,
- de loma en loma rayado
- de olivar y de olivar!
- Son las tierras
- soleadas,
- anchas lomas, lueñes sierras
- de olivares recamadas!
- Mil senderos. Con sus machos,
- abrumados de capachos,
- van gañanes y arrieros.
- De la venta del camino
- a la puerta, soplan vino
- trabucaires bandoleros!
- Olivares y olivares
- de loma en loma prendidos
- cual bordados alamares!
- Olivares coloridos
- de una tarde anaranjada;
- olivares rebruñidos
- bajo la luna argentada!
- Olivares centellados
- en las tardes cenicientas,
- bajo los cielos preñados
- de tormentas!...
- Olivares, Dios os dé
- los eneros
- de aguaceros,
- los agostos de agua al pie,
- los vientos primaverales,
- vuestras flores racimadas;
- y las lluvias otoñales,
- vuestras olivas moradas.
- Olivar, por cien caminos,
- tus olivitas irán
- caminando a cien molinos.
- Ya darán
- trabajo en las alquerías
- a gañanes y braceros,
- ¡oh, buenas frentes sombrías
- bajo los anchos sombreros!...
- Olivar y olivareros,
- bosque y raza,
- campo y plaza
- de los fieles al terruño
- y al arado y al molino,
- de los que muestran el puño
- al destino,
- los benditos labradores,
- los bandidos caballeros,
- los señores
- devotos y matuteros!...
- Ciudades y caseríos
- en la margen de los ríos,
- en los pliegues de la sierra!...
- Venga Dios a los hogares
- y a las almas de esta tierra
- de olivares y olivares!
-
- II
-
- A dos leguas de Úbeda, la Torre
- de Pero Gil, bajo este sol de fuego,
- triste burgo de España. El coche rueda
- entre grises olivos polvorientos.
- Allá, el castillo heroico.
- En la plaza, mendigos y chicuelos:
- una orgía de harapos...
- Pasamos frente al atrio del convento
- de la Misericordia.
- ¡Los blancos muros, los cipreses negros!
- ¡Agria melancolía
- como asperón de hierro
- que raspa el corazón! Amurallada
- piedad, erguida en este basurero!...
- Esta casa de Dios, decid, hermanos,
- esta casa de Dios ¿qué guarda dentro?
- Y ese pálido joven,
- asombrado y atento,
- que parece mirarnos con la boca,
- será el loco del pueblo,
- de quien se dice: es Lucas,
- Blas o Ginés, el tonto que tenemos.
- Seguimos. Olivares. Los olivos
- están en flor. El carricoche lento,
- al paso de dos pencos matalones,
- camina hacia Peal. Campos ubérrimos.
- La tierra da lo suyo; el sol trabaja;
- el hombre es para el suelo:
- genera, siembra y labra
- y su fatiga unce la tierra al cielo.
- Nosotros enturbiamos
- la fuente de la vida, el sol primero,
- con nuestros ojos tristes,
- con nuestro amargo rezo,
- con nuestra mano ociosa,
- con nuestro pensamiento
- --se engendra en el pecado,
- se vive en el dolor. ¡Dios está lejos!--
- Esta piedad erguida
- sobre este burgo sórdido, sobre este basurero,
- esta casa de Dios, decid ¡oh, santos
- cañones de von Kluk! ¿qué guarda dentro?
-
-
- CXXXIII
- LLANTO DE LAS VIRTUDES
- Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO
-
- Al fin una pulmonía
- mató a don Guido, y están
- las campanas todo el día
- doblando por él ¡din-dan!
-
- Murió don Guido, un señor
- de mozo muy jaranero,
- muy galán y algo torero;
- de viejo, gran rezador.
-
- Dicen que tuvo un serrallo
- este señor de Sevilla;
- que era diestro
- en manejar el caballo,
- y un maestro
- en refrescar manzanilla.
-
- Cuando mermó su riqueza,
- era su monomanía
- pensar que pensar debía
- en asentar la cabeza.
-
- Y asentóla
- de una manera española,
- que fué casarse con una
- doncella de gran fortuna;
- y repintar sus blasones,
- hablar de las tradiciones
- de su casa,
- a escándalos y amoríos
- poner tasa,
- sordina a sus desvaríos.
-
- Gran pagano,
- se hizo hermano
- de una santa cofradía;
- y el Jueves Santo salía
- llevando un cirio en la mano
- --¡aquel trueno!--
- vestido de nazareno.
-
- Hoy nos dice la campana
- que han de llevarse mañana
- al buen don Guido, muy serio,
- camino del cementerio.
-
- Buen don Guido ya eres ido
- y para siempre jamás...
- Alguien dirá: ¿Qué dejaste?
- Yo pregunto: ¿Qué llevaste
- al mundo donde hoy estás?
-
- ¿Tu amor a los alamares
- y a las sedas y a los oros,
- y a la sangre de los toros
- y al humo de los altares?
-
- Buen don Guido y equipaje,
- buen viaje!...
-
- El acá
- y el allá,
- caballero,
- se ve en tu rostro marchito,
- lo infinito:
- cero, cero.
-
- ¡Oh, las enjutas mejillas,
- amarillas;
- y los párpados de cera,
- y la fina calavera
- en la almohada del lecho!
-
- ¡Oh, fin de una aristocracia!
- La barba canosa y lacia
- sobre el pecho;
- metido en tosco sayal,
- las yertas manos en cruz
- ¡tan formal!
- el caballero andaluz.
-
-
- CXXXIV
- LA MUJER MANCHEGA
-
- La Mancha y sus mujeres... Argamasilla, Infantes,
- Esquivias, Valdepeñas. La novia de Cervantes,
- y del manchego heroico, el ama y la sobrina
- (el patio, la alacena, la cueva y la cocina,
- la rueca y la costura, la cuna y la pitanza),
- la esposa de don Diego y la mujer de Panza,
- la hija del ventero, y tantas como están
- bajo la tierra, y tantas que son y que serán
- encanto de manchegos y madres de españoles
- por tierras de lagares, molinos y arreboles.
-
- Es la mujer manchega garrida y bien plantada,
- muy sobre sí, doncella, perfecta de casada.
-
- El sol de la caliente llanura vinariega
- quemó su piel, mas guarda frescura de bodega
- su corazón. Devota, sabe rezar con fe
- para que Dios nos libre de cuanto no se ve.
- Su obra es la casa--menos celada que en Sevilla,
- más gineceo y menos castillo que en Castilla.--
- Y es del hogar manchego la musa ordenadora;
- alínea los vasares, los lienzos alcanfora;
- las cuentas de la plaza anota en su diario,
- cuenta garbanzos, cuenta las cuentas del rosario.
-
- ¿Hay más? Por estos campos hubo un amor de fuego.
- Dos ojos abrasaron un corazón manchego.
-
- ¿No tuvo en esta Mancha su cuna Dulcinea?
- ¿No es el Toboso patria de la mujer idea
- del corazón, engendro e imán de corazones,
- a quien varón no impregna y aun parirá varones?
-
- Por esta Mancha--prados, viñedos y molinos--
- que so el igual del cielo iguala sus caminos,
- de cepas arrugadas sobre el tostado suelo
- y mustios pastos como raído terciopelo;
- por este seco llano de sol y lejanía,
- en donde el ojo alcanza su pleno mediodía
- (un diminuto bando de pájaros puntea
- el índigo del cielo sobre la blanca aldea,
- y allá se yergue un soto de verdes alamillos,
- tras leguas y más leguas de campos amarillos),
- por esta tierra, lejos del mar y la montaña,
- el ancho reverbero del claro sol de España,
- anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día
- --amor nublóle el juicio; su corazón veía--.
-
- Y tú, la cerca y lejos, por el inmenso llano
- eterna compañera y estrella de Quijano,
- lozana labradora fincada en tus terrones
- --oh madre de manchegos y numen de visiones--
- viviste, buena Aldonza, tu vida verdadera,
- cuando tu amante erguía su lanza justiciera,
- y en tu casona blanca ahechando el rubio trigo.
- Aquel amor de fuego era por ti y contigo.
-
- Mujeres de la Mancha, con el sagrado mote
- de Dulcinea, os salva la gloria de Quijote.
-
-
- CXXXV
- EL MAÑANA EFÍMERO
-
- A Roberto Castrovido.
-
- La España de charanga y pandereta,
- cerrado y sacristía,
- devota de Frascuelo y de María,
- de espíritu burlón y de alma quieta,
- ha de tener su mármol y su día,
- su infalible mañana y su poeta.
- El vano ayer engendrará un mañana
- vacío y ¡por ventura! pasajero.
- Será un joven lechuzo y tarambana,
- un sayón con hechuras de bolero;
- a la moda de Francia royalista,
- un poco al uso de París pagano,
- y al estilo de España especialista
- en el vicio al alcance de la mano.
- Esa España inferior que ora y bosteza,
- vieja y tahur, zaragatera y triste,
- esa España inferior que ora y embiste,
- cuando se digna usar de la cabeza,
- aun tendrá luengo parto de varones
- amantes de sagradas tradiciones
- y de sagradas formas y maneras;
- florecerán las barbas apostólicas,
- y otras calvas en otras calaveras
- brillarán, venerables y católicas.
- El vano ayer engendrará un mañana
- vacío y ¡por ventura! pasajero,
- la sombra de un lechuzo tarambana,
- de un sayón con hechuras de bolero,
- el vacuo ayer dará un mañana huero.
- Como la náusea de un borracho ahito
- de vino malo, un rojo sol corona
- de heces turbias las cumbres de granito,
- hay un mañana estomagante escrito
- en la tarde pragmática y dulzona.
- Mas otra España nace,
- la España del cincel y de la maza,
- con esa eterna juventud que se hace
- del pasado macizo de la raza.
- Una España implacable y redentora,
- España que alborea
- con un hacha en la mano vengadora,
- España de la rabia y de la idea.
-
-
- CXXXVI
- PROVERBIOS Y CANTARES
-
- I
-
- Nunca perseguí la gloria
- ni dejar en la memoria
- de los hombres mi canción;
- yo amo los mundos sutiles,
- ingrávidos y gentiles
- como pompas de jabón.
- Me gusta verlos pintarse
- de sol y grana, volar
- bajo el cielo azul, temblar
- súbitamente y quebrarse.
-
- II
-
- ¿Para qué llamar caminos
- a los surcos del azar?...
- Todo el que camina anda,
- como Jesús, sobre el mar.
-
- III
-
- A quien nos justifica nuestra desconfianza
- llamamos enemigo, ladrón de una esperanza.
- Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía
- que dió a cascar al diente de la sabiduría.
-
- IV
-
- Nuestras horas son minutos
- cuando esperamos saber,
- y siglos cuando sabemos
- lo que se puede aprender.
-
- V
-
- Ni vale nada el fruto
- cogido sin sazón...
- ni aunque te elogie un bruto
- ha de tener razón.
-
- VI
-
- De lo que llaman los hombres
- virtud, justicia y bondad,
- una mitad es envidia,
- y la otra, no es caridad.
-
- VII
-
- Yo he visto garras fieras en las pulidas manos;
- conozco grajos mélicos y líricos marranos...
- El más truhán se lleva la mano al corazón;
- y el bruto más espeso se carga de razón.
-
- VIII
-
- En preguntar lo que sabes
- el tiempo no has de perder...
- y a preguntas sin respuesta
- ¿quién te podrá responder?
-
- IX
-
- El hombre, a quien el hambre de la rapiña acucia,
- de ingénita malicia y natural astucia,
- formó la inteligencia y acaparó la tierra.
- ¡Y aún la verdad proclama! ¡Supremo ardid de guerra!
-
- X
-
- La envidia de la virtud
- hizo a Caín criminal.
- ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio
- es lo que se envidia más.
-
- La mano del piadoso nos quita siempre honor;
- mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador.
- Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;
- escudo, espada y maza llevar bajo la frente;
- porque el valor honrado de todas armas viste:
- no sólo para, hiere, y más que aguarda, embiste.
- Que la piqueta arruine y el látigo flagele;
- la fragua ablande el hierro, la lima pula y gaste,
- y que el buril burile, y que el cincel cincele,
- la espada punce y hienda y el gran martillo aplaste.
-
- XI
-
- ¡Ojos que a la luz se abrieron
- un día para, después,
- ciegos tornar a la tierra,
- hartos de mirar sin ver!
-
- XII
-
- Es el mejor de los buenos
- quien sabe que en esta vida
- todo es cuestión de medida:
- un poco más, algo menos...
-
- XIII
-
- Virtud es la alegría que alivia el corazón
- más grave y desarruga el ceño de Catón.
- El bueno es el que guarda, cual venta del camino,
- para el sediento, el agua, para el borracho, el vino.
-
- XIV
-
- Cantad conmigo en coro: Saber, nada sabemos,
- de arcano mar vinimos, a ignota mar iremos...
- Y entre los dos misterios está el enigma grave;
- tres arcas cierra una desconocida llave.
- La luz nada ilumina y el sabio nada enseña.
- ¿Qué dice la palabra? ¿Qué el agua de la peña?
-
- XV
-
- El hombre es por natura la bestia paradójica,
- un animal absurdo que necesita lógica.
- --Creó de nada un mundo y, su obra terminada,
- «Ya estoy en el secreto--se dijo--todo es nada.»
-
- XVI
-
- El hombre sólo es rico en hipocresía.
- En sus diez mil disfraces para engañar confía;
- y con la doble llave que guarda su mansión
- para la ajena hace ganzúa de ladrón.
-
- XVII
-
- ¡Ah, cuando yo era niño
- soñaba con los héroes de la Iliada!
- Ayax era más fuerte que Diomedes,
- Héctor, más fuerte que Ayax,
- y Aquiles el más fuerte; porque era
- el más fuerte... ¡Inocencias de la infancia!
- ¡Ah, cuando yo era niño
- soñaba yo en los héroes de la Iliada!
-
- XVIII
-
- El casca-nueces-vacías,
- Colón de cien vanidades,
- vive de supercherías,
- que vende como verdades.
-
- XIX
-
- ¡Teresa, alma de fuego,
- Juan de la Cruz, espíritu de llama,
- por aquí hay mucho frío, padres, nuestros
- corazoncitos de Jesús se apagan!
-
- XX
-
- Ayer soñé que veía
- a Dios y que a Dios hablaba;
- y soñé que Dios me oía...
- Después soñé que soñaba.
-
- XXI
-
- Cosas de hombres y mujeres,
- los amoríos de ayer,
- casi los tengo olvidados,
- si fueron alguna vez.
-
- XXII
-
- No extrañéis, dulces amigos,
- que esté mi frente arrugada.
- Yo vivo en paz con los hombres
- y en guerra con mis entrañas.
-
- XXIII
-
- De diez cabezas, nueve
- embisten y una piensa.
- Nunca extrañéis que un bruto
- se descuerne luchando por la idea.
-
- XXIV
-
- Las abejas de las flores
- sacan miel, y melodía
- del amor, los ruiseñores;
- Dante y yo--perdón, señores--,
- trocamos--perdón, Lucía--,
- el amor en Teología.
-
- XXV
-
- Poned sobre los campos
- un carbonero, un sabio y un poeta.
- Veréis cómo el poeta admira y calla,
- el sabio mira y piensa...
- Seguramente, el carbonero busca
- las moras o las setas.
- Llevadlos al teatro
- y sólo el carbonero no bosteza.
- Quien prefiere lo vivo a lo pintado
- es el hombre que piensa, canta o sueña.
- El carbonero tiene
- llena de fantasías la cabeza.
-
- XXVI
-
- ¿Dónde está la utilidad
- de nuestras utilidades?
- Volvamos a la verdad:
- vanidad de vanidades.
-
- XXVII
-
- Todo hombre tiene dos
- batallas que pelear.
- En sueños lucha con Dios;
- y despierto, con el mar.
-
- XXVIII
-
- Caminante, son tus huellas
- el camino, y nada más;
- caminante, no hay camino,
- se hace camino al andar.
- Al andar se hace camino,
- y al volver la vista atrás
- se ve la senda que nunca
- se ha de volver a pisar.
- Caminante, no hay camino,
- sino estelas en la mar.
-
- XXIX
-
- El que espera desespera,
- dice la voz popular.
- ¡Qué verdad tan verdadera!
-
- La verdad es lo que es,
- y sigue siendo verdad
- aunque se piense al revés.
-
- XXX
-
- Corazón, ayer sonoro,
- ¿ya no suena
- tu monedilla de oro?
- Tu alcancía,
- antes que el tiempo la rompa,
- ¿se irá quedando vacía?
- Confiemos
- en que no será verdad
- nada de lo que sabemos.
-
- XXXI
-
- ¡Oh fe del meditabundo!
- ¡Oh fe después del pensar!
- Sólo si viene un corazón al mundo
- rebosa el vaso humano y se hincha el mar.
-
- XXXII
-
- Soñé a Dios como una fragua
- de fuego, que ablanda el hierro,
- como un forjador de espadas,
- como un bruñidor de aceros
- que iba firmando en las hojas
- de luz: Libertad.--Imperio.
-
- XXXIII
-
- Yo amo a Jesús que nos dijo:
- Cielo y tierra pasarán.
- Cuando cielo y tierra pasen
- mi palabra quedará.
- ¿Cuál fué, Jesús, tu palabra?
- ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
- Todas tus palabras fueron
- una palabra: Velad.
- Como no sabéis la hora
- en que os han de despertar,
- os despertarán dormidos,
- si no veláis: despertad.
-
- XXXIV
-
- Hay dos modos de conciencia:
- una es luz, y otra, paciencia.
- Una estriba en alumbrar
- un poquito el hondo mar;
- otra, en hacer penitencia
- con caña o red, y esperar
- el pez, como pescador.
- Dime tú: ¿Cuál es mejor?
- ¿Conciencia de visionario
- que mira en el hondo acuario
- peces vivos
- fugitivos
- que no se pueden pescar,
- o esta maldita faena
- de ir arrojando a la arena,
- muertos, los peces del mar?
-
- XXXV
-
- Fe empirista. Ni somos ni seremos.
- Todo nuestro vivir es emprestado.
- Nada trajimos; nada llevaremos.
-
- XXXVI
-
- ¿Dices que nada se crea?
- No te importe, con el barro
- de la tierra, haz una copa
- para que beba tu hermano.
-
- XXXVII
-
- ¿Dices que nada se crea?
- Alfarero, a tus cacharros.
- Haz tu copa y no te importe
- si no puedes hacer barro.
-
- XXXVIII
-
- Dicen que el ave divina
- trocada en pobre gallina,
- por obra de las tijeras
- de aquel sabio profesor
- (fué Kant un esquilador
- de las aves altaneras;
- toda su filosofía,
- un sport de cetrería)
- dicen que quiere saltar
- las tapias del corralón,
- y volar
- otra vez, hacia Platón.
- ¡Hurra! ¡Sea!
- ¡Feliz será quien lo vea!
-
- XXXIX
-
- Sí, cada uno y todos sobre la tierra iguales:
- el ómnibus que arrastran dos pencos matalones,
- por el camino, a tumbos, hacia las estaciones,
- el ómnibus completo de viajeros banales,
- y en medio un hombre mudo, hipocondríaco, austero,
- a quien se cuentan cosas y a quien se ofrece vino...
- Y allá, cuando se llegue ¿descenderá un viajero
- no más? ¿O habránse todos quedado en el camino?
-
- XL
-
- Bueno es saber que los vasos
- nos sirven para beber;
- lo malo es que no sabemos
- para qué sirve la sed.
-
- XLI
-
- ¿Dices que nada se pierde?
- Si esta copa de cristal
- se me rompe, nunca en ella
- beberé, nunca jamás.
-
- XLII
-
- Dices que nada se pierde,
- y acaso dices verdad;
- pero todo lo perdemos
- y todo nos perderá.
-
- XLIII
-
- Todo pasa y todo queda;
- pero lo nuestro es pasar,
- pasar haciendo caminos,
- caminos sobre la mar.
-
- XLIV
-
- Morir... ¿Caer como gota
- de mar en el mar inmenso?
- ¿O ser lo que nunca he sido:
- uno, sin sombra y sin sueño,
- un solitario que avanza
- sin camino y sin espejo?
-
- XLV
-
- Anoche soñé que oía
- a Dios, gritándome: ¡Alerta!
- Luego era Dios quien dormía,
- y yo gritaba: ¡Despierta!
-
- XLVI
-
- Cuatro cosas tiene el hombre
- que no sirven en la mar:
- ancla, gobernalle y remos,
- y miedo de naufragar.
-
- XLVII
-
- Mirando mi calavera
- un nuevo Hamlet dirá:
- He aquí un lindo fósil de una
- careta de carnaval.
-
- XLVIII
-
- Ya noto, al paso que me torno viejo,
- que en el inmenso espejo,
- donde orgulloso me miraba un día,
- era el azogue lo que yo ponía.
- Al espejo del fondo de mi casa
- una mano fatal
- va rayendo el azogue, y todo pasa
- por él como la luz por el cristal.
-
- XLIX
-
- --Nuestro español bosteza.
- ¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?
- Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?
- --El vacío es más bien en la cabeza.
-
- L
-
- Luz del alma, luz divina,
- faro, antorcha, estrella, sol...
- Un hombre a tientas camina;
- lleva a la espalda un farol.
-
- LI
-
- Discutiendo están dos mozos
- si a la fiesta del lugar
- irán por la carretera
- o campo atraviesa irán.
- Discutiendo y disputando
- empiezan a pelear.
- Ya con las trancas de pino
- furiosos golpes se dan;
- ya se tiran de las barbas,
- que se las quieren pelar.
- Ha pasado un carretero,
- que va cantando un cantar:
- «Romero, para ir a Roma,
- lo que importa es caminar;
- a Roma por todas partes,
- por todas partes se va».
-
- LII
-
- En esta España de los pantalones
- lleva la voz el macho;
- mas si un negocio importa
- lo resuelven las faldas a escobazos.
-
- LIII
-
- Ya hay un español que quiere
- vivir y a vivir empieza,
- entre una España que muere
- y otra España que bosteza.
- Españolito que vienes
- al mundo, te guarde Dios.
- Una de las dos Españas
- ha de helarte el corazón.
-
-
- CXXXVII
- PARÁBOLAS
-
- I
-
- Era un niño que soñaba
- un caballo de cartón.
- Abrió los ojos el niño
- y el caballito no vió.
- Con un caballito blanco
- el niño volvió a soñar;
- y por la crin lo cogía...
- ¡Ahora no te escaparás!
- Apenas lo hubo cogido,
- el niño se despertó.
- Tenía el puño cerrado.
- ¡El caballito voló!
- Quedóse el niño muy serio
- pensando que no es verdad
- un caballito soñado.
- Y ya no volvió a soñar.
- Pero el niño se hizo mozo
- y el mozo tuvo un amor,
- y a su amada le decía:
- ¿Tú eres de verdad o no?
- Cuando el mozo se hizo viejo
- pensaba: todo es soñar,
- el caballito soñado
- y el caballo de verdad.
- Y cuando vino la muerte,
- el viejo a su corazón
- preguntaba: ¿Tú eres sueño?
- ¡Quién sabe si despertó!
-
- II
-
- A Don Vicente Clurana.
-
- Sobre la limpia arena, en el tartesio llano
- por donde acaba España y sigue el mar,
- hay dos hombres que apoyan la cabeza en la mano;
- uno duerme, y el otro parece meditar.
- El uno, en la mañana de tibia primavera,
- junto a la mar tranquila,
- ha puesto entre sus ojos y el mar que reverbera,
- los párpados, que borran el mar en la pupila.
- Y se ha dormido, y sueña con el pastor Proteo,
- que sabe los rebaños del marino guardar;
- y sueña que le llaman las hijas de Nereo,
- y ha oído los caballos de Poseidón hablar.
- El otro mira al agua. Su pensamiento flota;
- hijo del mar, navega--o se pone a volar.
- Su pensamiento tiene un vuelo de gaviota,
- que ha visto un pez de plata en el agua saltar.
- Y piensa: «Es esta vida una ilusión marina
- de un pescador que un día ya no puede pescar.»
- El soñador ha visto que el mar se le ilumina,
- y sueña que es la muerte una ilusión del mar.
-
- III
-
- Érase de un marinero
- que hizo un jardín junto al mar,
- y se metió a jardinero.
- Estaba el jardín en flor,
- y el jardinero se fué
- por esos mares de Dios.
-
- IV
-
- CONSEJOS
-
- Sabe esperar, aguarda que la marea fluya,
- --así en la costa un barco--sin que el partir te inquiete.
- Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
- porque la vida es larga y el arte es un juguete.
- Y si la vida es corta
- y no llega la mar a tu galera,
- aguarda sin partir y siempre espera,
- que el arte es largo y, además, no importa.
-
- V
-
- PROFESIÓN DE FE
-
- Dios no es el mar, está en el mar; riela
- como luna en el agua, o aparece
- como una blanca vela;
- en el mar se despierta o se adormece.
- Creó la mar, y nace
- de la mar cual la nube y la tormenta;
- es el Creador y la criatura lo hace;
- su aliento es alma, y por el alma alienta.
- Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste,
- y para darte el alma que me diste
- en mí te he de crear. Que el puro río
- de caridad que fluye eternamente,
- fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío,
- de una fe sin amor la turbia fuente!
-
- VI
-
- El Dios que todos llevamos,
- el Dios que todos hacemos,
- el Dios que todos buscamos
- y que nunca encontraremos.
- Tres dioses o tres personas
- del solo Dios verdadero.
-
- VII
-
- Dice la razón: Busquemos
- la verdad.
- Y el corazón: Vanidad.
- La verdad ya la tenemos.
- La razón: ¡Ay, quién alcanza
- la verdad!
- El corazón: Vanidad.
- La verdad es la esperanza.
- Dice la razón: Tú mientes.
- Y contesta el corazón:
- Quien miente eres tú, razón,
- que dices lo que no sientes.
- La razón: Jamás podremos
- entendernos, corazón.
- El corazón: Lo veremos.
-
- VIII
-
- Cabeza meditadora,
- ¡qué lejos se oye el zumbido
- de la abeja libadora!
-
- Echaste un velo de sombra
- sobre el bello mundo, y vas
- creyendo ver, porque mides
- la sombra con un compás.
-
- Mientras la abeja fabrica,
- melifica,
- con jugo de campo y sol,
- yo voy echando verdades
- que nada son, vanidades
- al fondo de mi crisol.
- De la mar al percepto,
- del percepto al concepto,
- del concepto a la idea
- --¡oh, la linda tarea!--
- de la idea a la mar.
- ¡Y otra vez a empezar!
-
-
- CXXXVIII
- MI BUFÓN
-
- El demonio de mis sueños
- ríe con sus labios rojos,
- sus negros y vivos ojos,
- sus dientes finos, pequeños.
- Y jovial y picaresco
- se lanza a un baile grotesco,
- luciendo el cuerpo deforme
- y su enorme
- joroba. Es feo y barbudo
- y chiquitín y panzudo.
- Yo no sé por qué razón,
- de mi tragedia, bufón,
- te ríes... Mas tu eres vivo
- por tu danzar sin motivo.
-
-
-
-
- ELOGIOS
-
-
- CXXXIX
- A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS
-
- Como se fué el maestro,
- la luz de esta mañana
- me dijo: Van tres días
- que mi hermano Francisco no trabaja.
- ¿Murió?... Sólo sabemos
- que se nos fué por una senda clara,
- diciéndonos: Hacedme
- un duelo de labores y esperanzas.
- Sed buenos y no más, sed lo que he sido
- entre vosotros: alma.
- Vivid, la vida sigue,
- los muertos mueren y las sombras pasan;
- lleva quien deja y vive el que ha vivido.
- ¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!
-
- Y hacia otra luz más pura
- partió el hermano de la luz del alba,
- del sol de los talleres,
- el viejo alegre de la vida santa.
- ...Oh, sí, llevad, amigos,
- su cuerpo a la montaña,
- a los azules montes
- del ancho Guadarrama.
- Allí hay barrancos hondos
- de pinos verdes donde el viento canta.
- Su corazón repose
- bajo una encina casta,
- en tierra de tomillos, donde juegan
- mariposas doradas...
- Allí el maestro un día
- soñaba un nuevo florecer de España.
-
- _Baeza, 21 febrero, 1915._
-
-
- CXL
- AL JOVEN MEDITADOR JOSÉ ORTEGA GASSET
-
- A ti laurel y yedra
- corónente, dilecto
- de Sofía, arquitecto.
- Cincel, martillo y piedra
- y masones te sirvan; las montañas
- de Guadarrama frío
- te brinden el azul de sus entrañas,
- meditador de otro Escorial sombrío;
- y que Felipe austero,
- al borde de su regia sepultura,
- asome a ver la nueva arquitectura,
- y bendiga la prole de Lutero.
-
-
- CXLI
- A XAVIER VALCARCE
-
- ...En el Intermedio de la primavera.
-
- Valcarce, dulce amigo, si tuviera
- la voz que tuve antaño, cantaría
- el intermedio de tu primavera
- --porque aprendiz he sido de ruiseñor un día--,
- y el rumor de tu huerto--entre las flores
- el agua oculta corre, pasa y suena
- por acequias, regatos y atanores--,
- y el inquieto bullir de tu colmena,
- y esa doliente juventud que tiene
- ardores de faunalias,
- y que pisando viene
- la huella a mis sandalias.
-
- Mas hoy... ¿será porque el enigma grave
- me tentó en la desierta galería,
- y abrí con una diminuta llave
- el ventanal del fondo que da a la mar sombría?
- ¿Será porque se ha ido
- quien asentó mis pasos en la tierra,
- y en este nuevo ejido
- sin rubia mies, la soledad me aterra?
-
- No sé, Valcarce, mas cantar no puedo;
- se ha dormido la voz en mi garganta,
- y tiene el corazón un salmo quedo.
- Ya sólo reza el corazón, no canta.
-
- Mas hoy, Valcarce, como un fraile viejo
- puedo hacer confesión, que es dar consejo.
-
- En este día claro, en que descansa
- tu carne de quimeras y amoríos
- --así en amplio silencio se remansa
- el agua bullidora de los ríos--,
- no guardes en tu cofre la galana
- veste dominical, el limpio traje,
- para llenar de lágrimas mañana
- la mustia seda y el marchito encaje,
- sino viste, Valcarce, dulce amigo,
- gala de fiesta para andar contigo.
-
- Y cíñete la espada rutilante,
- y lleva tu armadura,
- el peto de diamante
- debajo de la blanca vestidura.
-
- ¡Quién sabe! Acaso tu domingo sea
- la jornada guerrera y laboriosa,
- el día del Señor, que no reposa,
- el claro día en que el Señor pelea.
-
-
- CXLII
- MARIPOSA DE LA SIERRA
-
- A Juan Ramón Jiménez, por su libro _Platero y yo_.
-
- ¿No eres tú, mariposa,
- el alma de estas sierras solitarias,
- de sus barrancos hondos
- y de sus cumbres agrias?
- Para que tú nacieras,
- con su varita mágica
- a las tormentas de la piedra, un día,
- mandó callar un hada,
- y encadenó los montes,
- para que tú volaras.
- Anaranjada y negra,
- morenita y dorada,
- mariposa montés, sobre el romero
- plegadas las alillas o, voltarias,
- jugando con el sol, o sobre un rayo
- de sol crucificadas.
- ¡Mariposa montés y campesina,
- mariposa serrana,
- nadie ha pintado tu color; tú vives
- tu color y tus alas
- en el aire, en el sol, sobre el romero,
- tan libre, tan salada!...
- Que Juan Ramón Jiménez
- pulse por ti su lira franciscana.
-
- _Sierra de Cazorla, 28 mayo, 1915._
-
-
- CXLIII
- DESDE MI RINCÓN
-
- ELOGIOS
-
- Al libro _Castilla_, del maestro Azorín,
- con motivos del mismo.
-
- Con este libro de melancolía,
- toda Castilla a mi rincón me llega;
- Castilla la gentil y la bravía,
- la parda y la manchega.
- ¡Castilla, España de los largos ríos
- que el mar no ha visto y corre hacia los mares;
- Castilla de los páramos sombríos,
- Castilla de los negros encinares.
- Labriegos transmarinos y pastores
- trashumantes--arados y merinos--,
- labriegos con talante de señores,
- pastores del color de los caminos.
- Castilla de grisientos peñascales,
- pelados serrijones,
- barbechos y trigales,
- malezas y cambrones.
- Castilla azafranada y polvorienta,
- sin montes, de arreboles purpurinos,
- Castilla visionaria y soñolienta
- de llanuras, viñedos y molinos.
- Castilla--hidalgos de semblante enjuto,
- rudos jaques y orondos bodegueros--,
- Castilla--trajinantes y arrieros
- de ojos inquietos, de mirar astuto--,
- mendigos rezadores,
- y frailes pordioseros,
- boteros, tejedores,
- arcadores, perailes, chicarreros,
- lechuzos y rufianes,
- fulleros y truhanes,
- caciques y tahures y logreros.
- ¡Oh, venta de los montes!--Fuencebada,
- Fonfría, Oncala, Manzanal, Robledo.--
- ¡Mesón de los caminos y posada
- de Esquivias, Salas, Almazán, Olmedo!
- La ciudad diminuta y la campana
- de las monjas que tañe, cristalina...
- ¡Oh, dueña doñeguil tan de mañana
- y amor de Juan Ruiz a doña Endrina!
- Las comadres--Gerarda y Celestina--
- Los amantes--Fernando y Dorotea--
- ¡Oh casa, oh huerto, oh sala silenciosa!
- ¡Oh divino vasar en donde posa
- _sus dulces ojos verdes Melibea_!
- ¡Oh jardín de cipreses y rosales,
- donde Calisto ensimismado piensa,
- que tornan con las nubes inmortales
- las mismas olas de la mar inmensa!
- ¡Y este hoy que mira a ayer; y este mañana
- que nacerá tan viejo!
- ¡Y esta esperanza vana
- de romper el encanto del espejo!
- ¡Y esta agua amarga de la fuente ignota!
- ¡Y este filtrar la gran hipocondría
- de España siglo a siglo y gota a gota!
- ¡Y este alma de Azorín... y este alma mía
- que está viendo pasar, bajo la frente,
- de una España la inmensa galería,
- cual pasa del ahogado en la agonía
- todo su ayer, vertiginosamente!
- Basta. Azorín, yo creo
- en el alma sutil de tu Castilla,
- y en esa maravilla
- de tu hombre triste del balcón, que veo
- siempre añorar, la mano en la mejilla.
- Contra el gesto del persa, que azotaba
- la mar con su cadena;
- contra la flecha que el tahur tiraba
- al cielo, creo en la palabra buena.
- Desde un pueblo que ayuna y se divierte,
- ora y eructa, desde un pueblo impío
- que juega al mus, de espaldas a la muerte,
- creo en la libertad y en la esperanza,
- y en una fe que nace
- cuando se busca a Dios y no se alcanza,
- y en el Dios que se lleva y que se hace.
-
- ENVÍO
-
- ¡Oh, tú, Azorín que de la mar de Ulises
- viniste al ancho llano
- en donde el gran Quijote, el buen Quijano,
- soñó con Esplandianes y Amadises;
- buen Azorín, por adopción manchego,
- que guardas tu alma ibera,
- tu corazón de fuego
- bajo el recio almidón de tu pechera
- --un poco libertario
- de cara a la doctrina,
- ¡admirable Azorín, el reaccionario
- por asco de la greña jacobina!--;
- pero tranquilo, varonil--la espada
- ceñida a la cintura
- y con santo rencor acicalada--,
- sereno en el umbral de tu aventura!
- ¡Oh, tú, Azorín, escucha: España quiere
- surgir, brotar, toda una España empieza.
- ¿Y ha de helarse en la España que se muere?
- ¿Ha de ahogarse en la España que bosteza?
- Para salvar la nueva epifanía
- hay que acudir, ya es hora,
- con el hacha y el fuego al nuevo día.
- Oye cantar los gallos de la aurora.
-
- _Baeza, 1913._
-
-
- CXLIV
- A UNA ESPAÑA JOVEN
-
- ...Fué un tiempo de mentira, de infamia. A España toda,
- la malherida España, de Carnaval vestida
- nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda
- para que no acertara la mano con la herida.
-
- Fué ayer; éramos casi adolescentes; era
- con tiempo malo, encinta de lúgubres presagios,
- cuando montar quisimos en pelo una quimera,
- mientras la mar dormía ahita de naufragios.
-
- Dejamos en el puerto la sórdida galera,
- y en una nave de oro nos plugo navegar
- hacia los altos mares, sin aguardar ribera,
- lanzando velas y anclas y gobernalle al mar.
-
- Ya entonces, por el fondo de nuestro sueño--herencia
- de un siglo que vencido sin gloria se alejaba--
- un alba entrar quería; con nuestra turbulencia
- la luz de las divinas ideas batallaba.
-
- Mas cada cual el rumbo siguió de su locura;
- agilitó su brazo, acreditó su brío;
- dejó como un espejo bruñida su armadura
- y dijo: «El hoy es malo, pero el mañana... es mío».
-
- Y es hoy aquel mañana de ayer... Y España toda
- con sucios oropeles de Carnaval vestida
- aún la tenemos: pobre y escuálida y beoda,
- mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida.
-
- Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
- la voluntad te llega, irás a tu aventura
- despierta y transparente a la divina lumbre,
- como el diamante clara, como el diamante pura.
-
- _Enero, 1915._
-
-
- CXLV
- ESPAÑA, EN PAZ
-
- En mi rincón moruno, mientras repiquetea
- el agua de la siembra bendita en mis cristales
- yo pienso en la lejana Europa que pelea,
- el fiero norte, envuelto en lluvias otoñales.
-
- Donde combaten galos, ingleses y teutones,
- allá, en la vieja Flandes y en una tarde fría,
- sobre jinetes, carros, infantes y cañones
- pondrá la lluvia el velo de su melancolía.
-
- Envolverá la niebla el rojo expoliario
- --sordina gris al férreo claror del campamento--,
- las brumas de la Mancha caerán como un sudario
- de la flamenca duna sobre el fangal sangriento.
-
- Un César ha ordenado las tropas de Germania
- contra el francés heroico y el triste moscovita,
- y osó hostigar la rubia pantera de Britania.
- Medio planeta en armas contra el teutón milita.
-
- ¡Señor! La guerra es mala y bárbara; la guerra,
- odiada de las madres, las almas entigrece;
- mientras la guerra pasa, ¿quién sembrará la tierra?
- ¿Quién segará la espiga que junio amarillece?
-
- Albión acecha y caza las quillas en los mares;
- Germania arruina templos, moradas y talleres;
- la guerra pone un soplo de hielo en los hogares,
- y el hambre en los caminos, y el llanto en las mujeres.
-
- Es bárbara la guerra y torpe y regresiva;
- ¿por qué otra vez a Europa esta sangrienta racha
- que siega el alma y esta locura acometiva?
- ¿por qué otra vez el hombre de sangre se emborracha?
-
- La guerra nos devuelve las podres y las pestes
- del Ultramar cristiano; el vértigo de horrores
- que trajo Atila a Europa con sus tartareas huestes;
- las hordas mercenarias, los púnicos rencores;
- la guerra nos devuelve los muertos milenarios
- de cíclopes, centauros, Heracles y Teseos;
- la guerra resucita los sueños cavernarios
- del hombre con peludos mammuthes giganteos.
-
- ¿Y bien? El mundo en guerra y en paz España sola.
- ¡Salud, oh buen Quijano! Por si ese gesto es tuyo,
- yo te saludo. ¡Salve! Salud, paz española,
- si no eres paz cobarde, sino desdén y orgullo.
-
- Si eres desdén y orgullo, valor de ti, si bruñes
- en esa paz, valiente, la enmohecida espada,
- para tenerla limpia, sin tacha, cuando empuñes
- el arma de tu vieja panoplia arrinconada;
- si pules y acicalas tus hierros para, un día,
- vestir de luz y, erguida: _heme aquí, pues, España
- en alma y cuerpo, toda, para una guerra mía,
- heme aquí, pues, vestida para la propia hazaña_,
- decir para que diga quien oiga: _es voz, no es eco,
- el buen manchego habla palabras de cordura,
- parece que el hidalgo amojamado y seco
- entró en razón, y tiene espada a la cintura_;
- entonces, paz de España, yo te saludo.
- Si eres
- vergüenza humana de esos rencores cabezudos
- con que se matan miles de avaros mercaderes,
- sobre la madre tierra que los parió desnudos;
- si sabes cómo Europa entera se anegaba
- en una paz sin alma, en un afán sin vida,
- y que una calentura cruel la aniquilaba,
- que es hoy la fiebre de esta pelea fratricida;
- si sabes que esos pueblos arrojan sus riquezas
- al mar y al fuego--todos--para sentirse hermanos
- un día ante el divino altar de la pobreza,
- gabachos y tudescos, latinos y britanos,
- entonces, paz de España, también yo te saludo,
- y a ti, la España fuerte, si, en esta paz bendita,
- en tu desdeño esculpes, como sobre un escudo,
- dos ojos que avizoran y un ceño que medita.
-
- _Baeza, 10 de noviembre de 1914._
-
-
- CXLVI
-
- _Flor de santidad._--Novela milenaria,
- por don Ramón del Valle-Inclán.
-
- Esta leyenda en sabio romance campesino,
- ni arcaico ni moderno, por Valle-Inclán escrita,
- revela en los halagos de un viento vespertino,
- la santa flor de alma que nunca se marchita.
-
- Es la leyenda campo y campo. Un peregrino
- que vuelve solitario de la sagrada tierra
- donde Jesús morara, camina sin camino,
- entre los agrios montes de la galaica sierra.
-
- Hilando silenciosa, la rueca a la cintura,
- Adega, en cuyos ojos la llama azul fulgura
- de la piedad humilde, en el romero ha visto,
- al declinar la tarde, la pálida figura,
- la frente gloriosa de luz y la amargura
- de amor que tuvo un día el SALVADOR DOM. CRISTO.
-
-
- CXLVII
- AL MAESTRO RUBÉN DARÍO
-
- Este noble poeta que ha escuchado
- los ecos de la tarde y los violines
- del otoño en Verlaine, y que ha cortado
- las rosas de Ronsard en los jardines
- de Francia, hoy, peregrino
- de un Ultramar de Sol, nos trae el oro
- de su verbo divino.
- ¡Salterios del loor vibran en coro!
- La nave bien guarnida,
- con fuerte casco y acerada prora,
- de viento y luz la blanca vela henchida
- surca, pronta a arribar, la mar sonora;
- y yo le grito: ¡Salve! a la bandera
- flamígera que tiene
- esta hermosa galera
- que de una nueva España a España viene.
-
- _1904._
-
-
- CXLVIII
- A LA MUERTE DE RUBÉN DARÍO
-
- Si era toda en tu verso la armonía del mundo,
- ¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?
- Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,
- corazón asombrado de la música astral,
- ¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno
- y con las nuevas rosas triunfante volverás?
- ¿Te han herido buscando la soñada florida,
- la fuente de la eterna juventud, capitán?
- Que en esta lengua madre la clara historia quede;
- corazones de todas las Españas, llorad.
- Rubén Darío ha muerto en Castilla del Oro,
- esta nueva nos vino atravesando el mar.
- Pongamos, españoles, en un severo mármol,
- su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
- nadie esta lira taña, si no es el mismo Apolo,
- nadie esta flauta suene si no es el mismo Pan.
-
- _1915._
-
-
- CXLIX
- A NARCISO ALONSO CORTÉS, POETA DE CASTILLA
-
- _Jam senior, sed cruda deo viridisque senecta._
- Virgilio (_Eneida_).
-
- Tus versos me han llegado a este rincón manchego,
- regio presente en arcas de rica taracea,
- que guardan, entre ramos de castellano espliego,
- narcisos de Citeres y lirios de Judea.
-
- En tu árbol viejo anida un canto adolescente,
- del ruiseñor de antaño la dulce melodía.
- Poeta, que declaras arrugas en tu frente,
- tu musa es la más noble: se llama Todavía.
-
- El corazón del hombre con red sutil envuelve
- el tiempo, como niebla de río una arboleda.
- ¡No mires: todo pasa; olvida: nada vuelve!
- Y el corazón del hombre se angustia... ¡Nada queda!
-
- El tiempo rompe el hierro y gasta los marfiles.
- Con limas y barrenas, buriles y tenazas,
- el tiempo lanza obreros a trabajar febriles,
- enanos con punzones y cíclopes con mazas.
-
- El tiempo lame y roe y pule y mancha y muerde;
- socava el alto muro, la piedra agujerea;
- apaga la mejilla y abrasa la hoja verde;
- sobre las frentes cava los surcos de la idea.
-
- Pero el poeta afronta al tiempo inexorable,
- como David al fiero gigante filisteo;
- de su armadura busca la pieza vulnerable,
- y quiere obrar la hazaña a que no osó Teseo.
-
- Vencer al tiempo quiere. ¡Al tiempo! ¿Hay un seguro
- donde afincar la lucha? ¿Quién lanzará el venablo
- que cace esa alimaña? ¿Se sabe de un conjuro
- que ahuyente ese enemigo, como la cruz al diablo?
-
- El alma. El alma vence--¡la pobre cenicienta,
- que en este siglo vano, cruel, empedernido,
- por esos mundos vaga escuálida y hambrienta!--
- al ángel de la muerte y al agua del olvido.
-
- Su fortaleza opone al tiempo, como el puente
- al ímpetu del río sus pétreos tajamares;
- bajo ella el tiempo lleva bramando su torrente,
- sus aguas cenagosas huyendo hacia los mares.
-
- Poeta, el alma sólo es ancla en la ribera,
- dardo cruel y doble escudo adamantino;
- y en el diciembre helado, rosal de primavera;
- y sol del caminante y sombra del camino.
-
- Poeta, que declaras arrugas en tu frente,
- tu noble verso sea más joven cada día;
- que en tu árbol viejo suene el canto adolescente,
- del ruiseñor eterno la dulce melodía.
-
- _Venta de Cárdenas, 24 octubre._
-
-
- CXL
- MIS POETAS
-
- El primero es Gonzalo de Berceo llamado,
- Gonzalo de Berceo, poeta y peregrino,
- que yendo en romería acaeció en un prado,
- y a quien los sabios pintan copiando un pergamino.
- Trovó a Santo Domingo, trovó a Santa María,
- y a San Millán, y a San Lorenzo y Santa Oria,
- y dijo: mi dictado non es de juglaría;
- escrito lo tenemos; es verdadera historia.
- Su verso es dulce y grave: monótonas hileras,
- de chopos invernales en donde nada brilla;
- renglones como surcos en pardas sementeras,
- y lejos, las montañas azules de Castilla.
- Él nos cuenta el repaire del romeo cansado;
- leyendo en santorales y libros de oración,
- copiando historias viejas, nos dice su dictado,
- mientras le sale afuera la luz del corazón.
-
-
- CLI
- A DON MIGUEL DE UNAMUNO
-
- Por su libro _Vida de Don Quijote y Sancho_.
-
- Este donquijotesco
- Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,
- lleva el arnés grotesco
- y el irrisorio casco
- del buen manchego. Don Miguel camina,
- jinete de quimérica montura,
- metiendo espuela de oro a su locura,
- sin miedo de la lengua que malsina.
-
- A un pueblo de arrieros,
- lechuzos y tahures y logreros
- dicta lecciones de Caballería.
-
- Y el alma desalmada de su raza,
- que bajo el golpe de su férrea maza
- aún duerme, puede que despierte un día.
-
- Quiere enseñar el ceño de la duda
- antes de que cabalgue, al caballero;
- cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda
- cerca del corazón la hoja de acero.
-
- Tiene el aliento de una estirpe fuerte
- que soñó más allá de sus hogares,
- y que el oro buscó tras de los mares.
- Él señala la gloria tras la muerte.
- Quiere ser fundador y dice: Creo,
- Dios y adelante el ánima española...
- Y es tan bueno y mejor que fué Loyola:
- sabe a Jesús y escupe al fariseo.
-
-
- CLII
- A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
-
- Por su libro _Arias tristes_.
-
- Era una noche del mes
- de mayo, azul y serena,
- sobre el agudo ciprés
- brillaba la luna llena,
-
- iluminando la fuente
- en donde el agua surtía,
- sollozando intermitente.
- Sólo la fuente se oía.
-
- Después, se escuchó el acento
- de un oculto ruiseñor.
- Quebró una racha de viento
- la curva del surtidor.
-
- Y una dulce melodía
- vagó por todo el jardín:
- entre los mirtos tañía
- un músico su violín.
-
- Era un acorde lamento
- de juventud y de amor
- para la luna y el viento,
- el agua y el ruiseñor.
-
- «El jardín tiene una fuente
- y la fuente una quimera...»
- Cantaba una voz doliente,
- alma de la primavera.
-
- Calló la voz y el violín
- apagó su melodía.
- Quedó la melancolía
- vagando por el jardín.
- Sólo la fuente se oía.
-
-
- PUBLICACIONES DE LA
- RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
-
- Estas publicaciones responden a la necesidad de buscar una
- expresión de la actividad espiritual que en la RESIDENCIA y en
- torno de ella se ha ido desenvolviendo. Los varios modos en que
- va cuajando esta actividad, estarán representados en diferentes
- series de libros. No se trata, pues, tan sólo, de dar publicidad
- a los trabajos de los Residentes, primeros frutos de su formación
- científica, sino de recoger también otras producciones que han
- nacido al contacto de la RESIDENCIA con el ambiente ideal exterior.
- La obra de la RESIDENCIA ha sabido atraer la atención y el apoyo
- moral de literatos, científicos y políticos, que trabajan unidos
- a su lado, como si se tratase de una obra propia; y este núcleo
- formado en torno de la RESIDENCIA se ha dispuesto con devoción
- y con entusiasmo a sembrar en ella y desde ella, en la juventud
- española, los ideales de la Patria futura. En fin, la continuidad
- de la labor educacional de la RESIDENCIA, la lleva a perpetuar
- en sus publicaciones momentos ejemplares de la cultura universal
- y de la vida nacional, para todo lo cual encontrará cauce en las
- actuales series y en otras nuevas, que a su tiempo saldrán a luz.
-
-
- SERIE I. CUADERNOS DE TRABAJO:
-
- Con estos cuadernos de Investigación, quisiera la RESIDENCIA
- contribuir a la labor científica española.
-
-
- 1. EL SACRIFICIO DE LA MISA, por GONZALO DE
- BERCEO. Edición de _Antonio G. Solalinde_.
- (Publicado). 1,50 ptas.
-
- 2. CONSTITUCIONES BAIULIE MIRABETI (1328).
- EDICIÓN de _Galo Sánchez_. (Publicado). 1,50 ptas.
-
- 3. ¿QUÉ ES LA ELECTRICIDAD?, por _Blas Cabrera_.
- (Publicado). 3,50 ptas.
-
- 4. Un profesor español del siglo XVI: JUAN
- LORENZO PALMIRENO, por _Miguel Artigas_.
-
- 5. BAQUÍLIDES. Traducción del griego, por
- _Pedro Bosch y Gimpera_.
-
- 6. EL RENACIMIENTO EN ESPAÑA. Introducción
- metódica, por _Federico de Onís_.
-
-
- SERIE II. ENSAYOS:
-
- Componen esta serie trabajos originales que, aun versando sobre
- temas concretos de arte, historia, ética, literatura, etc., tienden
- a expresar una ideología de amplio interés, en forma cálida y
- personal.
-
-
- 1. MEDITACIONES DEL QUIJOTE. Meditación preliminar
- y Meditación primera, por _J. Ortega y Gasset_.
- (Publicado). 3 ptas.
-
- 2. AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS, por _Azorín_.
- (Publicado). 3,50 ptas.
-
- 3. EL PROTECTORADO FRANCÉS EN MARRUECOS Y SUS
- ENSEÑANZAS PARA LA ACCIÓN ESPAÑOLA, por
- _Manuel González Hontoria_. (Publicado). 4 ptas.
-
- 4. EL LICENCIADO VIDRIERA, VISTO POR _Azorín_.
- (Publicado). 3 ptas.
-
- 5. ENSAYOS. TOMO I, por _M. de Unamuno_.
- (Publicado). 3 ptas.
-
- 6. UN PUEBLECITO, por _Azorín_. (Publicado). 3 ptas.
-
- 7. ENSAYOS. Tomo II, por _M. de Unamuno_.
- (Publicado). 3 ptas.
-
- 8. LA EDAD HEROICA, por _Luis de Zulueta_.
- (Publicado). 2,50 ptas.
-
- 9. ENSAYOS. Tomo III, por _M. de Unamuno_.
- (Publicado). 3 ptas.
-
- 10. LA FILOSOFÍA DE HENRI BERGSON, por
- _Manuel G. Morente_. (Publicado). 2,50 ptas.
-
- 11. ENSAYOS. Tomo IV, por _M. de Unamuno_.
- (Publicado). 3 ptas.
-
- 12. EL SENTIMIENTO DE LA RIQUEZA EN CASTILLA,
- por _Pedro Corominas_. (Publicado). 3,50 ptas.
-
- 13. CLAVIJO EN GOETHE Y EN BEAUMARCHAIS,
- comentado por _Azorín_.
-
- 14. DICCIONARIO FILOSÓFICO PORTÁTIL,
- por _Eugenio d'Ors_.
-
- 15. LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA, por _F. de Onís_.
-
- 16. EL ARTE ESPAÑOL, por _Manuel B. Cossío_.
-
- 17. MEDITACIÓN DEL ESCORIAL,
- por _J. Ortega y Gasset_.
-
- 18. LA EPOPEYA CASTELLANA,
- por _Ramón Menéndez Pidal_.
-
- 19. EL DERECHO INTERNACIONAL EN LA GUERRA
- GRANDE, por _Gabriel Maura_.
-
- 20. MEDITACIONES DEL QUIJOTE.
- Meditación segunda y Meditación tercera,
- por _J. Ortega y Gasset_.
-
- 21. ENSAYO SOBRE LA HISTORIA CONSTITUCIONAL DE ESPAÑA
- (Estudio de la vida política española en el
- siglo XIX, con los textos de las Constituciones),
- por _Fernando de los Ríos y Urruti_.
-
- 22. ENSAYOS SOBRE SHAKESPEARE,
- por _Ramón Pérez de Ayala_.
-
- Y otros de Pío Baroja, Gabriel Alomar, Nicolás Achúcarro, Pedro
- Dorado y Montero, etc.
-
- SERIE III. BIOGRAFÍAS:
-
- Para promover viriles entusiasmos, nada como las vidas heroicas
- de hombres ilustres, exaltadas por espíritus gemelos. Esta serie
- consta de ejemplares biografías, cuya traducción se ha confiado a
- escritores competentes.
-
- 1. VIDA DE BEETHOVEN, por _Romain Rolland_.
- Traducción de _Juan Ramón Jiménez_.
- (Publicado). 3,50 ptas.
-
- 2. VIDA DE MIGUEL ÁNGEL, por _Romain Rolland_.
- Traducción de _Juan Ramón Jiménez_.
-
- 3. VIDA DE TOLSTOY, por _Romain Rolland_.
- Traducción de _Juan Ramón Jiménez_.
-
- 4. VIDA DE CARLOS XII, por _Voltaire_. Traducción
- de _E. Díez-Canedo_.
-
- 5. FICCIÓN Y REALIDAD (Dichtung und Wahrheit),
- por _J. W. Goethe_. Traducción de
- _Ramón María Tenreiro_.
-
- SERIE IV. VARIA:
-
- La RESIDENCIA se propone perpetuar, con esta serie, la eficacia
- de toda manifestación espiritual (lecturas, jiras, conferencias,
- conmemoraciones), que impulse la nueva España hacia un ideal puro,
- abierto y definido.
-
-
- 1. DE LA AMISTAD Y DEL DIÁLOGO, por _Eugenio
- d'Ors_. (Agotado).
-
- 2. JEAN SÉBASTIEN BACH, AUTEUR COMIQUE, par
- _M. André Pirro_. (Publicado). 1,50 ptas.
-
- 3. APRENDIZAJE Y HEROÍSMO, por _Eugenio d'Ors_
- (Publicado). 2 ptas.
-
- 4. FIESTA DE ARANJUEZ, EN HONOR DE AZORÍN.
- Discursos, poesías y cartas. (Publicado). 1,50 ptas.
-
- 5. DISCIPLINA Y REBELDÍA,
- por _Federico de Onís_. (Publicado). 1 pta.
-
- 6. PORVENIR DE LA LITERATURA DESPUÉS DE LA GUERRA,
- por la _Condesa de Pardo Bazán_. (Publicado). 1 pta.
-
- 7. POESÍAS COMPLETAS de _Antonio Machado_,
- en un volumen. (Publicado). 4 ptas.
-
- EL SACRIFICIO DE LA MISA, por GONZALO DE BERCEO.
- Edición de ANTONIO G. SOLALINDE.--Precio: 1,50 ptas.
-
- DE LA AMISTAD Y DEL DIÁLOGO,
- por EUGENIO D'ORS. Agotada.
-
- MEDITACIONES DEL QUIJOTE,
- por JOSÉ ORTEGA Y GASSET. _Meditación
- preliminar. Meditación primera._--Precio: 3 ptas.
-
- JEAN SÉBASTIEN BACH, AUTEUR COMIQUE,
- par M. ANDRÉ PIRRO.--Precio: 1,50 ptas.
-
- AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS, por AZORÍN.
- --Precio: 3,50 ptas.
-
- EL PROTECTORADO FRANCÉS EN MARRUECOS Y SUS
- ENSEÑANZAS PARA LA ACCIÓN ESPAÑOLA,
- por MANUEL GONZÁLEZ HONTORIA.--Precio: 4 ptas.
-
- APRENDIZAJE Y HEROÍSMO, por EUGENIO D'ORS.
- --Precio: 2 ptas.
-
- FIESTA DE ARANJUEZ, en honor de AZORÍN.
- _Discursos_, _poesías_ y _cartas_.
- --Precio: 1,50 ptas.
-
- CONSTITUCIONES BAIULIE MIRABETI.
- Edición de GALO SÁNCHEZ.--Precio: 1,50 ptas.
-
- EL LICENCIADO VIDRIERA,
- visto por AZORÍN.--Precio: 3 ptas.
-
- DISCIPLINA Y REBELDÍA, por FEDERICO DE ONÍS.
- --Precio: 1 pta.
-
- VIDA DE BEETHOVEN, por ROMAIN ROLLAND.
- Traducción de JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.
- --Precio: 3,50 ptas.
-
- ENSAYOS. Tomo I, por MIGUEL DE UNAMUNO.
- --Precio: 3 ptas.
-
- UN PUEBLECITO, por AZORÍN.--Precio: 3 ptas.
-
- ENSAYOS. Tomo II, por MIGUEL DE UNAMUNO.
- --Precio: 3 ptas.
-
- LA EDAD HEROICA, por LUIS DE ZULUETA.
- --Precio: 2,50 ptas.
-
- ENSAYOS. Tomo III, por MIGUEL DE UNAMUNO.
- --Precio: 3 ptas.
-
- LA FILOSOFÍA DE HENRI BERGSON,
- por MANUEL G. MORENTE.--Precio: 2,50 ptas.
-
- ENSAYOS. Tomo IV, por MIGUEL DE UNAMUNO.
- --Precio: 3 ptas.
-
- PORVENIR DE LA LITERATURA DESPUÉS DE LA GUERRA,
- por la CONDESA DE PARDO BAZÁN.--Precio: 1 pta.
-
- ¿QUÉ ES LA ELECTRICIDAD?, por BLAS CABRERA.
- --Precio: 3,50 ptas.
-
- EL SENTIMIENTO DE LA RIQUEZA EN CASTILLA,
- por PEDRO COROMINAS.--Precio: 3,50 ptas.
-
- POESÍAS COMPLETAS, DE ANTONIO MACHADO.--Precio: 4 ptas.
-
-
- PROSPECTO
- DE LA
- RESIDENCIA DE
- ESTUDIANTES
- (NO SE VENDE)
-
-
- SE ENVÍA A QUIEN LO SOLICITE DEL PRESIDENTE
- DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
- CALLE DEL PINAR · MADRID
-
-
- ESTE LIBRO
- SE ACABÓ DE IMPRIMIR
- EN EL EST. TIPOGRÁFICO DE FORTANET
- EN MADRID
- EL DÍA 11 DE JULIO
- DE 1917
-
-
- PUBLICACIONES DE LA
- RESIDENCIA DE
- ESTUDIANTES: MADRID
-
- ADMINISTRACIÓN
- CALLE DEL PINAR
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK POESÍAS COMPLETAS ***
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
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-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
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-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
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-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
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-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
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