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-The Project Gutenberg eBook of Salambó, by Gustavo Flaubert
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Salambó
-
-Author: Gustavo Flaubert
-
-Translator: Ciro Bayo
-
-Release Date: September 13, 2021 [eBook #66285]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net. (This file was produced from
- images generously made available by Biblioteca Digital
- Hispánica/Biblioteca Nacional de España.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta y de traducción han sido corregidos, a la
- vista del original francés.
-
- * La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Se han puesto tildes a las mayúsculas, se han espaciado las rayas,
- salvo las iniciales de diálogo, y se ha completado el emparejamiento
- de las comillas y de los signos de exclamación e interrogación.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
-[Ilustración: SALAMBÓ]
-
-
-
-
-[Ilustración:
-
- LIBRERÍA y EDITORIAL
- _RIVADENEYRA_
-
- EDICIONES SELECTAS
-
- COLECCIÓN DE OBRAS MAESTRAS
- DE LA LITERATURA UNIVERSAL
- Dirigida por
- _José Toral_
-
- _TOMOS PUBLICADOS_
-
- FRAY LUIS DE LEÓN: _Poesías completas_.
-
- CERVANTES: _Poesías completas_.
-
- G. FLAUBERT: _Salambó_.
-
- _SEIS PESETAS EL VOLUMEN_
-]
-
-[Ilustración: GUSTAVO FLAUBERT.]
-
-
-
-
-[Ilustración:
-
- EDICIONES
- SELECTAS
-
- _Novelistas_
-
- _GUSTAVO FLAUBERT_
- · 1821-1880 ·
-
- SALAMBÓ
-
- _Traducción de_
- _CIRO BAYO_
-]
-
-
-
-
-[Ilustración:
-
- _LIBRERÍA
- y
- EDITORIAL
- RIVADENEYRA_
-
- _MADRID
- Conde Peñalver,
- núm. 8._
-
- _La presente traducción
- es propiedad de la Librería y Editorial
- Rivadeneyra._
-
- Sucesores de Rivadeneyra, SA
- Paseo de S. Vicente, 20
- MADRID
-]
-
-
-
-
-I
-
-EL FESTÍN
-
-
-La escena es en Megara, arrabal de Cartago, y en los jardines de
-Amílcar.
-
-Los soldados que este había capitaneado en Sicilia celebraban con un
-gran banquete el aniversario de la batalla de Eryx. Ausente el jefe,
-los numerosos soldados comían y bebían a sus anchas.
-
-Los capitanes, calzados con coturnos de bronce, se habían situado en
-el camino del centro, bajo un velo de púrpura con franjas de oro que
-se extendía desde la pared de las cuadras hasta la primera azotea del
-palacio. La soldadesca se desparramaba bajo los árboles, desde los que
-se veían una porción de edificios de techo plano, lagares, graneros,
-almacenes, panaderías y arsenales; un patio para los elefantes, fosos
-para las bestias feroces y una prisión para los esclavos.
-
-Las cocinas hallábanse rodeadas de higueras; un bosque de sicomoros
-se extendía hasta unos manchones verdes, en los que las granadas
-resplandecían entre los copos blancos de los algodoneros. Viñas
-cargadas de racimos trepaban hasta el ramaje de los pinos; un campo de
-rosas florecía bajo los plátanos; en el césped, de trecho en trecho, se
-balanceaban las azucenas; una arena negra, mezclada con polvo de coral,
-cubría los senderos, y en medio, la avenida de los cipreses formaba de
-un extremo a otro como una doble columnata de obeliscos verdes.
-
-El palacio, hecho de mármol númida, con vetas amarillas, elevaba en el
-fondo, sobre anchos basamentos, sus cuatro pisos con azoteas. Con su
-gran escalinata recta, de madera de ébano, adornada en los ángulos de
-cada peldaño con la proa de una galera vencida; con sus rojas puertas
-cuarteladas por una cruz negra; sus verjas de bronce, que a ras de
-tierra le defendían de los escorpiones, y su enrejado de varillas
-doradas, que cerraban las aberturas en lo alto, se ofrecía a los
-soldados, con su feroz opulencia, tan solemne e impenetrable como el
-rostro de Amílcar.
-
-El Consejo había señalado la casa de Amílcar para este festín; los
-convalecientes que moraban en el templo de Eschmún se habían puesto
-en marcha al despuntar la aurora, ayudándose con sus muletas. A cada
-instante llegaban otros comensales, afluyendo de todos los caminos,
-como torrentes que se precipitan en un lago. Veíase correr entre los
-árboles a los esclavos de las cocinas, azorados y medio desnudos; las
-gacelas, balando, huían de los prados; el sol declinaba, y el perfume
-de los limoneros hacía más pesadas aún las emanaciones de aquella
-multitud sudorosa.
-
-Hallábanse representadas allí todas las naciones: ligures, lusitanos,
-baleares, negros y prófugos de Roma. Junto al pesado dialecto dórico,
-resonaban las sílabas celtas, sonantes como los látigos de los carros
-de guerra, y las terminaciones jónicas chocaban con las consonantes
-del desierto, parecidas a gritos de chacales. Se reconocía al griego
-por su talla menuda, al egipcio por sus altos hombros, al cántabro por
-sus gruesas pantorrillas. Los carios balanceaban orgullosos las plumas
-de su casco; los arqueros de Capadocia se habían pintado en el cuerpo,
-con el zumo de hierbas, anchas flores, y algunos lidios, vestidos con
-traje femenino, comían con zapatillas y luciendo en las orejas grandes
-pendientes. Otros, que para más gala se habían pintado de bermellón,
-parecían estatuas de coral.
-
-Extendíanse a lo largo de los corredores; comían agrupados junto a las
-mesas o bien echados sobre el vientre, cogían los pedazos de carne, y
-se hartaban, apoyados en los codos, con la magnífica postura de los
-leones cuando desgarran su presa. Los últimos en llegar, de pie junto
-a los árboles, veían las mesas bajas que casi desaparecían bajo los
-tapices de escarlata, y aguardaban su turno.
-
-No bastando las cocinas de Amílcar, el Consejo había enviado esclavos,
-vajilla y lechos; en medio del jardín lucían, como en un campo de
-batalla cuando se queman los muertos, grandes hogueras en que se asaban
-bueyes. Los panes, polvoreados de anís, alternaban con grandes quesos,
-más pesados que discos; las cráteras de vino y los cántaros de agua
-hallábanse colocados en canastillas filigranadas de oro y llenas de
-flores. La alegría de comer y de beber sin tasa dilataba todos los
-ojos, y aquí y acullá empezaban las canciones.
-
-Se les sirvió primero aves con salsa verde, en platos de roja arcilla,
-decorados con dibujos negros; luego, todas las especies de moluscos
-que crían las costas púnicas; sopas de harina, de habas y de cebada y
-caracoles con comino, en platos de ámbar amarillo.
-
-En seguida se cubrieron las mesas con carnes: antílopes con sus
-cuernos, pavos reales con sus plumas, carneros enteros cocidos con
-vino dulce, piernas de camello y de búfalo, erizos en salsa de
-azafrán, cigarras fritas y lirones confitados. En gamellas de madera
-de Tamrapani flotaban, entre azafrán, grandes pedazos de grasa.
-Todo cargado de salmuera, trufas y asafétida. Pirámides de frutas se
-desmoronaban sobre pasteles de miel, sin que los cocineros hubieran
-olvidado servir algunos de los perritos ventrudos y de lana rosada,
-que se engordaban con caldo de aceitunas, manjares cartagineses de que
-abominaban otros pueblos. La sorpresa de los nuevos manjares excitaba
-la avidez de los estómagos. Los galos de largos cabellos recogidos
-encima de la cabeza, se disputaban las sandías y los limones, que
-comían con la corteza. Negros que nunca habían visto langosta de mar,
-se laceraban el rostro con sus rojas antenas. Griegos afeitados, más
-blancos que el mármol, tiraban detrás de sí las sobras de su plato,
-en tanto que pastores de Brucio, vestidos con piel de lobo devoraban
-silenciosamente su ración, sin apartar de ella los ojos.
-
-Iba anocheciendo. Fue quitado el velario que sombreaba la avenida de
-los cipreses y encendidas las antorchas.
-
-Los vacilantes resplandores del petróleo, que ardía en vasos de
-pórfido, asustaron a los monos encaramados en los cedros y consagrados
-a la luna. Sus gritos alegraban a los soldados.
-
-Llamas oblongas temblaban al reflejarse en las corazas de bronce y
-arrancaban un haz de chispas en los platos, incrustados de piedras
-preciosas.
-
-Las cráteras, de bordes de espejos convexos, multiplicaban la imagen
-agrandada de las cosas: los soldados se apretujaban en torno, mirándose
-embobados y haciéndose muecas para reírse. Por encima de las mesas se
-arrojaban los escabeles de marfil y las espátulas de oro. Trasegaban
-los vinos griegos contenidos en odres, los de Campania encerrados en
-ánforas, los de los cántabros, que se transportan en toneles, y los
-vinos de azufaifo, de cinamomo y de loto. A causa del líquido vertido
-el piso estaba resbaladizo. El humo de las viandas subía hasta el
-follaje, mezclado al vapor de los alientos. Oíase a un mismo tiempo el
-crujido de las mandíbulas, el ruido de las palabras, de las canciones,
-de las copas, el estrépito de los vasos campanios rotos en mil pedazos
-o bien el limpio sonido de las fuentes de plata.
-
-A medida que aumentaba su embriaguez, los soldados se acordaban mejor
-de la injusticia de Cartago. La República, agotada por la guerra, había
-dejado que se acumularan en la ciudad todas las bandas de mercenarios.
-Giscón, su general, había tenido la prudencia de irlos licenciando poco
-a poco para facilitar el pago de los sueldos; el Consejo confiaba en
-que acabarían por transigir con alguna rebaja; pero se veía ya en la
-imposibilidad de pagarles.
-
-Esta deuda se enlazaba en la opinión pública con los tres mil
-doscientos talentos exigidos por Lutacio, y como Roma, los mercenarios
-eran un enemigo para Cartago. Así lo entendían ellos, y por esto
-estallaba su indignación en amenazas y revueltas. Acabaron por
-solicitar permiso para reunirse a fin de celebrar una de sus victorias,
-y el partido de la paz cedió, vengándose así de Amílcar, el propulsor
-de la guerra. Esta había terminado, contra todos sus esfuerzos, si
-bien temiendo por Cartago había entregado a Giscón el mando de los
-mercenarios. Designar su palacio para recibirlos era atraer sobre
-él algo del odio que los bárbaros despertaban. Además, el gasto era
-exorbitante, y Amílcar lo sufragaría casi todo.
-
-Orgullosos de haberse impuesto a la República, creían los mercenarios
-que al fin iban a volver a sus hogares con el precio de su sangre
-en la capucha de su manto; pero sus fatigas, vistas a través de su
-embriaguez, les parecían prodigiosas y míseramente recompensadas. Se
-enseñaban unos a otros sus heridas; se contaban sus combates, sus
-viajes y las cazas de su país. Imitaban los gritos y hasta los saltos
-de las fieras. Recordaron después a los inmundos reclutadores, y
-hundían la cabeza en las ánforas, dándose a beber sin tregua, como
-dromedarios sedientos. Un lusitano, de talla gigante, que llevaba un
-hombre colgado de cada brazo, recorría las mesas, echando fuego por
-las narices. Los lacedemonios, que no se habían quitado las corazas,
-saltaban pesadamente. Algunos avanzaban como mujeres, haciendo gestos
-obscenos; otros se desnudaban por completo para pelear al modo de los
-gladiadores, y un grupo de griegos bailaba alrededor de un vaso en el
-que estaban pintadas unas ninfas, al son de un escudo de cobre que
-golpeaba un negro con un hueso de buey.
-
-Súbitamente, oyeron un canto quejumbroso, un canto sonoro y apacible,
-que subía y bajaba en los aires, como aleteo de un pájaro herido.
-
-Era la voz de los esclavos en las ergástulas. Los soldados se
-levantaron de un salto, para libertarlos, y desaparecieron, para volver
-trayendo en medio de gritos una veintena de hombres de cara pálida.
-Cubría su cabeza afeitada un bonetillo cónico, de fieltro negro;
-calzaban todos sandalias de madera y hacían un ruido de hierro viejo,
-como las carretas en marcha.
-
-Llegaron a la avenida de los cipreses, donde se perdieron entre la
-multitud que les interrogaba. Uno de ellos se había quedado de pie,
-apartado de los demás. A través de los desgarrones de su túnica, se
-veían sus espaldas surcadas por largas heridas. En actitud pensativa
-miraba en torno suyo con desconfianza, y bajaba algo los párpados,
-deslumbrado por las antorchas; pero advirtiendo que ninguno de los
-soldados le molestaba, dio un profundo suspiro; balbuceó, se sorbió las
-lágrimas que bañaban su rostro; luego, tomando por las asas un cántaro
-lleno, lo levantó en el aire con sus brazos cargados de cadenas, y
-mirando al cielo, sosteniendo siempre la vasija, exclamó:
-
---¡Salud, ante todo, a ti, Baal-Eschmún, libertador, llamado Esculapio
-por la gente de mi nación! ¡Y a vosotros, genios de las fuentes, de la
-luz y de los bosques! ¡Y a vosotros, dioses ocultos bajo las montañas
-y en las cavernas de la tierra! ¡Y a vosotros, hombres fuertes, de
-relucientes armaduras, que me habéis libertado!
-
-Y dejando caer la vasija contó su historia. Le llamaban Espendio. Los
-cartagineses le habían hecho prisionero en la batalla de los Egineses.
-Como hablaba griego, ligur y púnico, pudo una vez más dar las gracias
-a todos los mercenarios; les besaba las manos, y acabó felicitándoles
-por el banquete, aunque muy asombrado de no ver en él las copas de
-la Legión sagrada. Estas copas, que llevaban una vid de esmeralda
-en cada una de sus seis facetas de oro, pertenecían exclusivamente
-a una milicia formada de jóvenes patricios, escogidos entre los de
-más estatura. Constituían las copas un privilegio, casi un honor
-sacerdotal, y por eso mismo, los mercenarios las codiciaban entre todos
-los tesoros de la República. Detestaban a la Legión por las copas, y se
-había dado el caso de arriesgar la vida por el inconcebible placer de
-beber en ellas.
-
-Así, pues, mandaron traer esas copas, que estaban depositadas en
-poder de los Sisitas, compañías de comerciantes que comían reunidos.
-Volvieron los esclavos sin ellas, porque a tal hora dormían todos los
-Sisitas.
-
---¡Que los despierten! --gritaron los mercenarios.
-
-Después del segundo recado, supieron que los Sisitas se hallaban
-encerrados en su templo.
-
---¡Que lo abran! --replicaron.
-
-Y cuando los esclavos, temblando, confesaron que las copas estaban en
-poder del general Giscón, gritaron:
-
---¡Que las entregue!
-
-Pronto apareció Giscón en el fondo del jardín, con una escolta de la
-Legión sagrada. Su amplio manto negro, sujeto a la cabeza por una mitra
-de oro constelada de piedras preciosas, y que colgaba cubriendo el
-caballo hasta los cascos, se confundía de lejos con las sombras de la
-noche. No se veía más que su barba blanca, el brillo de su tocado y su
-triple collar de anchas placas azules que le golpeaban el pecho.
-
-Al verle los soldados, saludáronle con una gran aclamación, gritando
-todos:
-
---¡Las copas! ¡Las copas!
-
-Giscón empezó por declarar que las merecían, atendiendo a su valor. Con
-esto la turba aulló de alegría y aplaudió.
-
-Nadie mejor que él podía decirlo, porque los había capitaneado y había
-venido con la última cohorte en la última galera.
-
---¡Es verdad! ¡Es verdad! --respondían todos.
-
---Sin embargo --siguió diciendo Giscón--, la República ha respetado
-vuestras divisiones por pueblos, vuestras costumbres, vuestros cultos;
-sois libres en Cartago. En cuanto a los vasos de la Legión sagrada, son
-de propiedad particular.
-
-De pronto, al lado de Espendio, un galo se lanzó, por encima de las
-mesas y fue derecho a Giscón, al que amenazó esgrimiendo dos espadas.
-
-El general, sin dejar de hablar, le dio en la cabeza con su bastón
-de marfil, y el bárbaro cayó. Los galos aullaban y transmitían su
-furor a los demás legionarios. Giscón se encogió de hombros; mas
-palideció. Pensó que su valor personal sería inútil contra aquellos
-salvajes exasperados. Valdría más dejar su venganza para más tarde,
-valiéndose de algún ardid; hizo, pues, una señal a sus soldados y
-fuese lentamente. Al llegar a la puerta se volvió a los mercenarios,
-gritándoles que se arrepentirían.
-
-Siguió el festín. Pero Giscón podía volver, y cercando el arrabal,
-que lindaba con las últimas fortificaciones, aplastarlos contra las
-paredes. Entonces se sintieron solos, a pesar de ser muchedumbre; la
-gran ciudad que dormía a sus pies, en la sombra, les dio miedo, de
-pronto, con sus graderías, sus altas casas negras y sus dioses, más
-feroces aún que su pueblo. A lo lejos brillaban algunos fanales en el
-puerto y las luces del templo de Kamón. Se acordaron de Amílcar. ¿Dónde
-estaba? ¿Por qué les abandonaba, hecha la paz? Sus disensiones con el
-Consejo serían sin duda un pretexto para perderlos. Su odio cayó entero
-sobre él y le maldecían, exasperándose unos a otros con su cólera. En
-este momento se formó un grupo bajo los plátanos. Era para ver a un
-negro que se retorcía golpeando el suelo con sus miembros, inmóviles
-las pupilas, torcido el cuello y espumeantes los labios. Alguien gritó
-que estaba envenenado, y todos creyeron estarlo también. Cayeron
-sobre los esclavos. Se levantó un clamoreo espantoso, y un vértigo
-de destrucción se apoderó del ejército ebrio. Daban golpes al acaso,
-destrozaban, mataban; algunos tiraban las antorchas en la enramada;
-otros, inclinándose en la balaustrada de los leones los mataban; a
-flechazos; los más atrevidos corrieron a los elefantes, queriendo
-abatirles la trompa y comer el marfil.
-
-Sin embargo, los honderos baleares, que para saquear más cómodamente,
-habían doblado el ángulo del palacio, se vieron detenidos por una alta
-barrera hecha con cañas de las Indias. Cortaron con sus puñales las
-correas del cerrojo y se encontraron debajo de la fachada que miraba a
-Cartago, en otro jardín lleno de plantíos artísticamente recortados.
-Continuadas líneas de blancas flores describían en la tierra azulada
-largas parábolas, como regueros de estrellas. Los obscuros matorrales
-exhalaban olores cálidos y suaves. Había troncos de árboles bañados
-de cinabrio, que parecían columnas sangrantes. En el centro, doce
-pedestales de cobre sostenían grandes bolas de vidrio; rojizas luces
-fulguraban en aquellos globos huecos, como enormes pupilas palpitantes.
-Los soldados se alumbraron con antorchas, tambaleándose en los declives
-del terreno, profundamente labrado.
-
-Divisaron de pronto un pequeño lago, dividido en muchos estanques por
-paredes de piedras azules. El agua era tan limpia, tan clara, que las
-llamas de las antorchas penetraban hasta el fondo, formado por guijas
-blancas y polvos de oro. Empezó a hervir el agua, y grandes peces de
-brillantes escamas subieron a la superficie.
-
-Riéndose mucho, los soldados los cogieron por las agallas y los
-llevaron a las mesas.
-
-Eran los peces de la familia Barca. Todos descendían de esos rapes
-primordiales que habían puesto el místico huevo en el que se ocultaba
-la Diosa. La idea de cometer un sacrilegio avivó la glotonería de los
-mercenarios; pusieron vasos de cobre sobre el fuego y se divirtieron en
-ver cómo los hermosos peces se debatían en el agua hirviente.
-
-Los soldados habían perdido ya el miedo y volvían a beber. Los perfumes
-que les caían de la frente mojaban a grandes gotas sus túnicas hechas
-jirones, y de codos en las mesas, que les parecía oscilaban como
-navíos, paseaban alrededor sus ojos de borracho, para devorar con la
-vista lo que no estaba al alcance de su mano. Había quien, andando
-entre los platos sobre los manteles de púrpura, rompían a puntapiés
-los escabeles de marfil y las ampollas tirias de cristal. Mezclábanse
-las canciones al estertor de los esclavos agonizantes entre las copas
-rotas. Pedían más vino, comida, oro. Gritaban queriendo mujeres. Se
-deliraba en cien lenguas distintas. Algunos se creían en los baños,
-a causa del vapor que flotaba en torno de ellos, o bien, mirando al
-follaje, imaginaban estar de caza y corrían a sus camaradas como a
-bestias salvajes. El incendio se propagaba de un árbol a otro, y los
-altos macizos de verdura, de los que se escapaban largas espirales
-blancas, parecían volcanes que empezaran a humear. Redoblaba el
-clamoreo; los leones heridos rugían en la obscuridad.
-
-De repente se iluminó la azotea más alta del palacio; abriose la puerta
-del centro y apareció en el umbral una mujer vestida de negro: la hija
-de Amílcar. Bajó la primera escalera que bordeaba oblicuamente el
-primer piso, luego el segundo y el tercero, y detúvose en la última
-terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil y con la
-cabeza baja, contempló a los soldados.
-
-Detrás de ella y a cada lado estaban dos largas filas de hombres
-pálidos, vestidos de blancas túnicas con franjas rojas que caían rectas
-sobre sus pies. No tenían barba, ni cabello, ni cejas. En sus manos,
-deslumbrantes de anillos, llevaban enormes liras, y todos cantaban
-con voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes
-eunucos del templo de Tanit, a los que Salambó llamaba con frecuencia a
-su casa.
-
-Al fin, la joven bajó la escalera de las galeras, siguiéndola los
-sacerdotes. Avanzó por la avenida de los cipreses y anduvo lentamente
-por entre las mesas de los capitanes, que se apartaban al verla pasar.
-
-Su cabellera, empolvada de arena violeta y apilada en forma de torre,
-a la usanza de las vírgenes cananeas, le hacía parecer más alta de
-lo que era. Trenzas de perlas pegadas a sus sienes bajaban basta las
-comisuras de la boca, rosada como una granada entreabierta. Llevaba
-sobre el pecho un collar de piedras luminosas que imitaban, por sus
-variados colores, las escamas de una lamprea. Sus brazos, adornados
-con diamantes, salían desnudos de una túnica sin mangas, constelada
-de rojas flores, sobre un fondo negro. Anudada a los tobillos llevaba
-una cadeneta de oro para regular el paso, y su gran manto de púrpura
-sombría, cortado de un paño desconocido, arrastraba colgante,
-describiendo a cada paso como una amplia onda que la seguía.
-
-A ratos, los sacerdotes pulsaban las liras de acordes casi ahogados, y
-en los intervalos se oía el pequeño ruido de la cadeneta de oro con el
-chasquido acompasado de las sandalias de papiro.
-
-Nadie la conocía. Únicamente se sabía que vivía retirada en prácticas
-piadosas. Los soldados la habían visto de noche, en lo alto del
-palacio, arrodillada ante las estrellas, entre torbellinos de pebeteros
-encendidos. Era la luna la que la había vuelto tan pálida, y algo de
-los dioses la envolvía como un vapor sutil. Las pupilas parecían mirar
-a lo lejos, más allá de los espacios terrestres. Andaba con la cabeza
-inclinada, y en la derecha mano llevaba una pequeña lira de ébano.
-
-La oyeron murmurar:
-
---«¡Muertos, muertos todos! Ya no vendréis más, obedientes a mi voz,
-como cuando sentada al borde del lago, os echaba en la boca pepitas de
-sandía. El misterio de Tanit rodaba en el fondo de vuestros ojos, más
-límpidos que manantiales. Y llamaba a los peces por sus nombres, que
-eran los de los meses --Siv, Siyan, Tamuz, Elul, Tischri, Schebar--.
-¡Ah! ¡Piedad para mí, Diosa!»
-
-Los soldados, sin comprender lo que ella decía, se apiñaban a su
-alrededor. Se asombraban de su tocado; pero ella paseaba sobre todos
-una larga mirada asustada, y luego, hundiendo la cabeza entre los
-hombros, separando los brazos, les preguntaba muchas veces:
-
---¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho? ¿No teníais, para hartaros,
-pan, carnes, aceite, toda la flor de los graneros? ¡Yo había hecho
-traer bueyes de Hecatompila y enviado cazadores al desierto!
-
-Subía el tono de su voz, sus mejillas se coloreaban, y añadió:
-
---¿Dónde estáis? ¿En una ciudad conquistada o en el palacio de un amo?
-¡Y qué amo! ¡El sufeta Amílcar, padre mío, servidor de los Baales!
-Vuestras armas, rojas con la sangre de sus esclavos, son las que él ha
-apresado a Lutacio. ¿Sabéis de alguien en vuestras tierras que sepa
-dirigir mejor las batallas? Mirad. ¡Los peldaños de nuestro palacio
-están obstruidos por nuestros trofeos! ¡Seguid incendiándolo todo! Me
-llevaré conmigo el Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duerme
-allá arriba, sobre hojas de loto. Silbaré y ella me seguirá; y, si
-embarco en mi galera, correrá sobre la estela de la nave, entre la
-espuma de las olas.
-
-Palpitaban sus finas narices; aplastaba las uñas contra la pedrería de
-su pecho. Sus ojos languidecían, y añadió:
-
---¡Ah, pobre Cartago! ¡Lamentable ciudad! No tienes para defenderte los
-hombres fuertes de antes, que iban más allá de los mares a levantar
-templos en las playas. Todos los países trabajaban en torno tuyo, y las
-llanuras del mar, aradas por tus remos, balanceaban tus cosechas.
-
-La joven empezó a cantar las aventuras de Melkart, dios de los Sidonios
-y padre de su familia.
-
-Narraba la ascensión a las montañas de Ersifonia, el viaje a Tarteso y
-la guerra contra Masisabal para vengar a la reina de las serpientes.
-
---Él perseguía en el bosque al monstruo hembra, cuya cola ondulaba
-sobre las hojas muertas como un arroyo de plata; él llegó a una pradera
-en que las mujeres de grupa de dragón estaban alrededor de una gran
-hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de color de sangre
-resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata, hendidas
-como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde de
-la llama.
-
-Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después de haber
-vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la cabeza cortada de
-este:
-
---A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas; pero el sol la
-embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban de
-llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua.
-
-Cantaba Salambó todo esto en un antiguo idioma cananeo, que no
-entendían los bárbaros, los cuales se preguntaban qué es lo que ella
-diría con los gestos espantosos que subrayaban sus palabras. Subidos
-alrededor de ella, sobre las mesas, sobre los escabeles y en las ramas
-de los sicomoros, con la boca abierta y alargando el pescuezo, trataban
-de retener estas vagas historias que oscilaban ante su imaginación, a
-través de la obscuridad de las teogonías, como fantasmas en las nubes.
-
-Únicamente los sacerdotes sin barba comprendían a Salambó. Temblaban
-sus manos rugosas, en tanto que pulsaban las liras, a las que de vez en
-cuando arrancaban un lúgubre acorde; más débiles que viejas mujeres,
-temblaban a un tiempo, de emoción mística y del miedo que les causaban
-los hombres. Los bárbaros no se cuidaban de ellos: solo atendían a la
-virgen cantora.
-
-Pero nadie la miraba como un joven capitán númida, que estaba en
-la mesa de los jefes, entre los soldados de su nación. Su cintura
-estaba tan erizada de dardos que ahuecaban su amplio manto, anudado
-a las sienes por un lazo de cuero, y que flotante sobre sus hombros
-ensombrecía su rostro, del que no se veían más que las llamas de sus
-dos ojos fijos. Se encontraba por casualidad en el festín. Por orden
-de su padre vivía con los Barcas, según la costumbre de los reyes, que
-enviaban sus hijos a las grandes familias, a fin de preparar futuras
-alianzas; pero hacía seis meses que Narr-Habas vivía allí, y aún no
-conocía a Salambó. Sentado sobre los talones y con la barba tocando las
-astas de sus jabalinas, la contemplaba, inflamadas las ventanas de la
-nariz, como leopardo agazapado en los bambúes.
-
-Al otro lado de las mesas hallábase un libio de colosal estatura y de
-cabellos cortos y rizados. Vestía únicamente un sayo militar, cuyos
-adornos metálicos rasgaban la púrpura del escabel. Entre el vello de
-su pecho brillaba un collar con una luna de plata. Manchaban su rostro
-salpicaduras de sangre; apoyado en el codo izquierdo y con la bocaza
-abierta, sonreía a la cantora.
-
-Dejando Salambó el ritmo sagrado, empleó simultáneamente todos los
-idiomas de los bárbaros, a fin de enternecerlos con aquella delicadeza
-de mujer. Hablaba en griego a los griegos; luego se dirigía a los
-ligures, a los campanios, a los negros, y todos, al escucharla,
-hallaban en su voz la dulcedumbre de sus patrias. Impulsada por los
-recuerdos de Cartago, cantaba ahora las antiguas batallas contra Roma;
-y ellos aplaudían. Se entusiasmaba al resplandor de las desnudas
-espadas; gritaba con los brazos abiertos. Calló su lira y enmudeció, y
-apretándose el corazón con las dos manos, quedó por algunos momentos
-con las pupilas cerradas, saboreando la agitación de todos aquellos
-hombres.
-
-El libio Matho estaba junto a ella. Involuntariamente, la joven se
-acercó a él, e impulsada por el conocimiento de su orgullo, le echó
-en una copa de oro un gran chorro de vino, para reconciliarse con el
-ejército.
-
---¡Bebe! --dijo Salambó.
-
-Tomó él la copa, y ya la acercaba a los labios cuando un galo, el mismo
-que Giscón hirió, le golpeó la espalda, se acercó a él con aire jovial,
-bromeando en la lengua de su país. Espendio, que allí estaba, se
-ofreció a traducir las palabras.
-
---Habla --le dijo Matho.
-
---¡Los dioses te protegen! Llegarás a rico. ¿Cuándo es la boda?
-
---¿Qué bodas?
-
---Las tuyas; porque entre nosotros --explicó el galo--, cuando una
-mujer da de beber a un soldado, es que le brinda con el tálamo.
-
-No había acabado de decir esto, cuando Narr-Habas dio un salto, y
-sacando un dardo de la cintura y apoyándose con el pie derecho en el
-borde de la mesa, lo lanzó contra Matho.
-
-Silbó el dardo entre las copas y, atravesando el brazo del libio, lo
-clavó en el mantel con tal fuerza, que la empuñadura temblaba en el
-aire.
-
-Matho se la arrancó aprisa; pero no tenía armas: estaba desnudo.
-Al fin, levantando con ambos brazos la cargada mesa, se la tiró a
-Narr-Habas en medio de la turba que se precipitaba a separarlos. Hasta
-tal punto se apretaban númidas y soldados, que no podían desenvainar
-las espadas. Matho avanzaba abriéndose paso con la cabeza. Cuando
-se irguió, Narr-Habas había desaparecido. Le buscó con los ojos, y
-entonces vio que Salambó también se había ido.
-
-Volvió entonces su mirada al palacio; vio en lo alto que la puerta roja
-de la cruz negra se cerraba, y se precipitó hacia ella.
-
-Viéronle todos correr entre las proas de las galeras; aparecer luego a
-lo largo de las tres escaleras, hasta la puerta roja, que empujó de un
-empellón. Jadeante, se apoyó en la pared para no caer.
-
-Un hombre le había seguido, y en medio de la obscuridad, porque las
-luces del festín, que daban vueltas, estaban tapadas por el ángulo del
-palacio. Matho reconoció a Espendio.
-
---¡Vete! --le dijo.
-
-El esclavo, sin responder, desgarró con los dientes su túnica;
-arrodillándose luego ante Matho, le tomó el brazo delicadamente,
-palpándoselo para dar con la herida.
-
-A la luz de un rayo de luna que rompió entre las nubes, Espendio vio
-en medio del brazo una enorme herida. La cubrió con un ancho vendaje;
-pero el otro, irritado, decía:
-
---¡Déjame! ¡Déjame!
-
---¡Oh, no! --dijo el esclavo--. ¡Tú me has librado de la ergástula: te
-pertenezco! ¡Eres mi amo! ¡Manda!
-
-Matho, rozando las paredes, dio la vuelta a la terraza, aguzando
-el oído a cada paso, y hundiendo la mirada por entre las cañas
-doradas, registraba las silenciosas habitaciones. Por fin, se detuvo,
-desesperado.
-
---Óyeme --le dijo el esclavo--, no me desprecies por mi debilidad; he
-vivido en este palacio y puedo, como una víbora, introducirme por las
-paredes. Ven; hay en la Cámara de los Antepasados un lingote de oro
-debajo de cada losa; un camino subterráneo conduce a sus tumbas.
-
---¡Bah! ¿Qué me importa? --repuso Matho.
-
-Espendio se calló.
-
-Estaban en la azotea. Una sombra enorme se extendía ante ellos;
-los manchones de la sombra parecían enormes olas de un negro mar
-petrificado.
-
-En este instante se advirtió una franja luminosa por el lado del
-Oriente. A la izquierda y muy en lo hondo, los canales de Megara
-empezaban a rayar con sus blancas sinuosidades la verdura de los
-jardines. Los techos cónicos de los templos heptágonos, las escaleras,
-las terrazas, los baluartes, íbanse perfilando en la claridad del
-alba; y en torno de la península cartaginesa oscilaba un cinturón de
-blanca espuma, en tanto que el mar, color de esmeralda, parecía como
-cuajado con el frescor de la mañana. A medida que el rosado cielo
-iba ensanchándose, se agigantaban las altas casas inclinadas en las
-vertientes del terreno, y se apiñaban como rebaño de cabras negras
-que bajaran de la montaña. Las calles desiertas parecían alargarse;
-las palmeras, que se destacaban saliendo aquí y acullá sobre las
-paredes, estaban quietas; las cisternas, repletas de agua, simulaban
-escudos de plata perdidos en los patios; empezaba a palidecer el faro
-del promontorio Hermeo. En lo alto de la Acrópolis, en el bosque de
-cipreses, los caballos de Eschmún, al surgir la luz, ponían los cascos
-sobre el parapeto de mármol y relinchaban del lado del sol.
-
-Surgió el astro, y Espendio, alzando los brazos, dio un grito.
-
-Todo se agitaba en un espacio rojizo, porque como si el Dios se
-desgarrara, lanzaba a rayos sobre Cartago la lluvia de oro de sus
-venas. Brillaban los espolones de las galeras, el techo de Kamón
-parecía irradiado de llamas, y se veían luces en el fondo de los
-templos, cuyas puertas empezaban a abrirse. Grandes carretas llegadas
-de la campiña rechinaban en las losas de las calles; los dromedarios,
-cargados de bagajes, bajaban las rampas. Los cambistas ponían en las
-encrucijadas las muestras de sus tiendas. Volaban las cigüeñas y
-palpitaban las blancas velas. Oíase en el bosque de Tanit el tamboril
-de las cortesanas sagradas, y en la punta de Mapales empezaban a humear
-los hornos en que se cocían los ataúdes de arcilla.
-
-Espendio se asomó a la terraza; rechinábanle los dientes, y repitió:
-
---¡Ah, sí..., sí, amo! Comprendo por qué desdeñas ahora el saqueo de la
-casa.
-
-Pareció que Matho volvía en sí al eco de estas palabras; pero no que
-las entendiera. Espendio continuó:
-
---¡Ah, cuántas riquezas! ¡Los hombres que las guardan ni hierro tienen
-para defenderlas!
-
-Y señalándole con la diestra algunos plebeyos que bordeaban el muelle
-por la arena, para buscar lentejuelas de oro:
-
---Mira --añadió--, la República es como esos miserables: encorvada al
-borde de los mares, hunde en todas las playas sus ávidos brazos, y el
-ruido de las olas llena de tal modo su oído que no percibe tras ella la
-pisada de un amo.
-
-Llevó a Matho al otro extremo de la terraza, y mostrándole el jardín,
-en el que resplandecían las espadas de los soldados, colgadas de los
-árboles:
-
---Aquí hay hombres fuertes, exasperados por el odio. ¡Nada les liga a
-Cartago: ni sus familias, ni sus juramentos, ni sus dioses!
-
-Matho seguía apoyado en la pared; acercándose Espendio, siguió
-diciéndole en voz baja:
-
---¿Me entiendes, soldado? Los dos nos pasearemos cubiertos de púrpura,
-como sátrapas. Nos lavarán con perfumes; yo tendré esclavos, a mi
-vez. ¿No estás cansado de dormir en el duro suelo, de beber vinagre
-de los campos y oír siempre la trompeta? Que ya descansarás, ¿no es
-verdad? Será cuando te arranquen la coraza para arrojar tu cadáver a
-los buitres; o quizás cuando, apoyándote en un bastón, ciego, cojo y
-débil, vayas de puerta en puerta contando las hazañas de tu juventud a
-los niños y a las vendedoras de salmuera. Acuérdate de las injusticias
-de tus jefes, de los campamentos en la nieve, de las carreras al sol,
-de las tiranías de la disciplina y de la eterna amenaza de la cruz.
-Después de tantas miserias, te han dado un collar de honor, así
-como se cuelga del pecho de los asnos una collera de cascabeles para
-aturdirlos en su marcha y que no sientan la fatiga. ¡Un hombre como tú,
-más valiente que Pirro! ¡Ah, si tú quisieras! ¡Ah, qué feliz serías en
-las grandes salas frescas, al son de las liras, acostado sobre flores,
-con bufones y con mujeres! ¡No me digas que la empresa es imposible!
-¿Acaso los mercenarios no han poseído Regio y otras plazas fuertes de
-Italia? ¿Quién te lo impide? Amílcar está ausente; el pueblo odia a los
-ricos; Giscón no puede hacer nada con los cobardes que le rodean. ¡En
-cambio, tú eres valiente; todos te obedecerán! ¡Mándalos! ¡Cartago es
-nuestro!: ¡lancémonos!
-
---No --dijo Matho--; la maldición de Moloch pesa sobre mí. La he
-sentido en sus ojos, y acabo de ver en un templo un carnero negro que
-reculaba.
-
-Y añadió, mirando en torno suyo:
-
---¿Dónde está ella?
-
-Comprendió Espendio la inmensa inquietud que le obsesionaba, y no se
-atrevió a hablarle más.
-
-Detrás de ellos, los árboles seguían humeando; de sus ennegrecidas
-ramas caían de tiempo en tiempo esqueletos de monos medio quemados, en
-medio de los platos. Ebrios los soldados, roncaban con la boca abierta
-al lado de los cadáveres, y los que no dormían, bajaban la cabeza,
-deslumbrados por el día. El suelo desaparecía bajo charcos rojos. Los
-elefantes balanceaban entre las estacas de un parque las sangrientas
-trompas. En los graneros abiertos se veían sacos de harina esparcidos,
-y bajo la puerta, una línea espesa de carretas amontonadas por los
-bárbaros. Los pavos reales subidos en los cedros hacían la rueda y
-empezaban a gritar.
-
-Sin embargo, la inmovilidad de Matho extrañaba a Espendio. Estaba
-más pálido que antes; fijas las pupilas, parecía seguir algo en el
-horizonte, apoyando los codos en el pretil de la azotea. Se asomó
-Espendio, y acabó por descubrir lo que él contemplaba. Un punto de
-oro brillaba a lo lejos, entre el polvo, en el camino de Útica; era
-el cubo de un carro de dos mulas. Un esclavo, a la cabeza del timón,
-las llevaba de las riendas. En el carro iban dos mujeres sentadas. Las
-crines de los animales formaban bucles entre las orejas, a la usanza
-persa, bajo una red de perlas azules.
-
-Las conoció Espendio y contuvo un grito.
-
-Por detrás del carro flotaba al viento un gran toldo.
-
-
-
-
-II
-
-EN SICCA
-
-
-Dos días después, los mercenarios salieron de Cartago.
-
-Se les dio a cada uno una moneda de oro, a condición de que fueran a
-acampar en Sicca; se les había halagado, además, con toda clase de
-lisonjas.
-
---Sois los salvadores de Cartago; pero permaneciendo en ella la
-reduciríais al hambre y la ruina. La República os pagará más tarde
-esta condescendencia. Inmediatamente vamos a levantar impuestos; se
-completará vuestra soldada y se equiparán galeras que os lleven a
-vuestros países.
-
-No había nada que contestar a tales promesas. Aquellos hombres
-acostumbrados a la guerra, se aburrían en la paz de una ciudad; no
-costó trabajo convencerlos, y el pueblo subió a las murallas para
-verlos partir.
-
-Desfilaron por la calle de Kamón y la puerta de Cirta, todos mezclados
-en montón: arqueros con hoplitas, capitanes con soldados, lusitanos
-con griegos. Marchaban a paso largo, haciendo sonar en las losas sus
-pesados coturnos. Sus armaduras estaban abolladas por las catapultas,
-y ennegrecidas sus manos por el polvo de las batallas. Broncos gritos
-salían de las espesas barbas; sus aceradas cotas, desgarradas,
-entrechocaban con los pomos de las espadas, y por los agujeros del
-cobre, se veían los miembros desnudos, espantosos como máquinas de
-guerra. Los montantes, las hachas, los venablos, los gorros de fieltro
-y los cascos de bronce oscilaban a la vez, con un mismo movimiento.
-Llenaban la calle hasta el punto de parecer que iban a estallar las
-murallas; esta interminable masa de soldados armados se deslizaba entre
-altas casas de seis pisos, cubiertas de betún. Detrás de sus rejas de
-hierro o de cañas, las mujeres, tapadas con un velo, veían pasar en
-silencio a los bárbaros.
-
-Las azoteas, las fortificaciones, las murallas, desaparecían bajo la
-multitud de cartagineses, vestidos de negro, que las llenaban. Las
-túnicas de los marineros parecían manchas de sangre entre aquella
-sombría muchedumbre; los niños, casi desnudos, de piel brillante, con
-brazaletes de cobre, gesticulaban en el follaje de las columnas o en
-las ramas de las palmeras. Algunos ancianos ocupaban las plataformas
-de las torres, y de trecho en trecho, un personaje de luenga barba, en
-actitud soñadora, parecía de lejos, en el fondo del cielo, un fantasma,
-tan inmóvil como las piedras.
-
-Todos se sentían oprimidos por la misma inquietud: se temía que los
-bárbaros, considerándose fuertes, tuvieran el capricho de permanecer
-en la ciudad. Pero se iban con tanta confianza, que los cartagineses
-se animaron y se mezclaron con los soldados. Se les abrumaba con
-juramentos y apretones de mano. Había quien les incitaba a que no
-abandonaran la ciudad, por ardid de política y audacia de hipocresía.
-Se les echaba perfumes, flores y monedas de plata. Se les daba
-amuletos contra las enfermedades; pero no sin haber escupido antes tres
-veces encima de ellos, para atraer la muerte, o encerrado tres pelos de
-chacal, que vuelven al corazón cobarde. Se invocaba a grito herido el
-favor de Melkart, y, en voz baja, su maldición.
-
-Vino luego la impedimenta de bagajes, de acémilas y de rezagados. Los
-enfermos gemían sobre dromedarios; otros se apoyaban, renqueando, en
-el asta de una pica. Los borrachos cargaban con odres; los voraces,
-con cuartos de carne, pasteles, frutas, manteca envuelta en hojas de
-higuera y nieve en sacos de tela. Los había con quitasoles en la mano
-y loros en los hombros. Hacíanse seguir de dogos, gacelas o panteras.
-Las mujeres de raza libia, montadas en asnos, increpaban a las negras
-que abandonaban por los soldados los lupanares de Malqua; muchas daban
-de mamar a criaturas colgadas del pecho con una correa de cuero. Las
-mulas, aguijoneadas con la punta de las espadas, hundían el lomo bajo
-el peso de las tiendas; y había innumerables criados y portadores de
-agua, macilentos, amarillos por las fiebres y llenos de sabandijas,
-escoria de la plebe cartaginesa que seguía a los bárbaros.
-
-Así que todos salieron se cerraron las puertas, sin que el pueblo
-dejara las murallas. El ejército se derramó en seguida por la anchura
-del istmo.
-
-La soldadesca se dividió en masas desiguales. Las lanzas, al alejarse,
-parecían altos tallos de hierba, y al fin, todo se desvaneció en una
-densa polvareda. Aquellos de los soldados que se volvían para mirar
-a Cartago, no vieron más que sus largas murallas, recortando en el
-horizonte sus almenas vacías.
-
-Entonces los bárbaros oyeron un gran grito. Creyeron que algunos de sus
-compañeros, quedados en la ciudad, se entretenían en saquear cualquier
-templo. Rieron mucho de esta idea y continuaron su camino.
-
-Se sentían alegres de encontrarse, como antes, marchando juntos en
-campo abierto; los griegos cantaban la vieja canción de los mamertinos:
-
---Con mi lanza y mi espada, trabajo y siego; yo soy el amo de la casa.
-El hombre desarmado cae a mis rodillas y me llama Señor y Gran Rey.
-
-Gritaban, saltaban, y los más alegres narraban cuentos; se había
-acabado el tiempo de las miserias. Al llegar a Túnez, algunos
-observaron que faltaba una tropa de honderos baleares. No estarían
-lejos, sin duda, y no se preocuparon más de ellos.
-
-Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al pie de las murallas,
-y la gente de la población vino a hablar con los soldados.
-
-Durante toda la noche viéronse fogatas que iluminaban el horizonte, del
-lado de Cartago; lumbreras como antorchas gigantes, que se agrandaban
-en el lago inmóvil. Ninguno, en el ejército, podía decir qué fiesta se
-celebraba con aquellas luminarias.
-
-Al otro día, los bárbaros atravesaron una campiña cultivada. Las
-granjas de los patricios se sucedían unas a otras en los bordes del
-camino; las acequias corrían entre palmerales; los olivos formaban
-largas líneas verdes; rosados vapores flotaban en las gargantas de
-las colinas; montañas azules se erguían por atrás. Soplaba un viento
-caliente. Los camaleones rastreaban por las anchas hojas de las pitas.
-
-Los bárbaros marchaban cada vez con más lentitud. Se disgregaron en
-destacamentos sueltos o seguían unos tras otros, con largos intervalos.
-Comían uvas al borde de las viñas, se acostaban en la hierba, miraban
-estupefactos los grandes cuernos de los bueyes, artificialmente
-torcidos, las ovejas revestidas de pieles para proteger su vellón, los
-barbechos que se entrecruzaban formando losanges, las rejas de los
-arados, como anclas de naves, y los granados que rociaban con silfio.
-Les deslumbraba esta opulencia de la tierra y esos inventos de la
-sabiduría.
-
-Por la noche se echaron sobre las tiendas, sin desplegarlas, y
-dormitando de cara a las estrellas, soñaron con el festín de Amílcar.
-
-Al mediodía siguiente se hizo alto a orillas de un río, entre matas de
-adelfas. Aquí se apresuraron a dejar lanzas, escudos y cinturones. Se
-lavaban a gritos, llenaban sus cascos de agua y otros bebían de bruces,
-entremezclados con las acémilas, a las que se les caía la carga.
-
-Espendio, sentado en un dromedario robado al parque de Amílcar, vio de
-lejos a Matho, que con el brazo junto al pecho, desnuda la cabeza y la
-mirada baja, dejaba beber a su mula viendo correr el agua. El esclavo
-se abrió paso a través de la turba, llamándole:
-
---¡Amo! ¡Amo!
-
-Apenas si Matho le dio las gracias. Sin preocuparse por ello, Espendio
-siguió andando detrás de él, y de vez en cuando volvía los ojos
-inquietos hacia donde estaba Cartago.
-
-Era hijo de un retórico griego y de una prostituta campania. Al
-principio se había enriquecido vendiendo mujeres; luego, arruinado por
-un naufragio, había hecho la guerra a los romanos con los pastores del
-Samnio. Le cogieron prisionero y se escapó; le volvieron a apresar y
-entonces trabajó en las canteras, se quemó en las estufas, gritó en los
-suplicios, conoció muchos amos y todo género de miserias. Un día, al
-fin, desesperado, se lanzó al mar desde lo alto de la trirreme en que
-bogaba. Marineros de Amílcar recogiéronle moribundo y le encerraron en
-la ergástula de Megara. Pero como los tránsfugas debían ser devueltos
-a los romanos, aprovechó el desorden del festín para huir con los
-soldados.
-
-Durante toda la marcha estuvo cerca de Matho; le llevaba comida, le
-ayudaba a apearse y de noche le extendía su tapiz bajo la tienda. Matho
-acabó por conmoverse con estas atenciones, y poco a poco fue haciéndose
-comunicativo: contó al esclavo su historia.
-
-Había nacido en el golfo de las Sirtes. Su padre le llevó en
-peregrinación al templo de Ammón. Cazó después elefantes en los bosques
-de los Garamantes. En seguida se alistó al servicio de Cartago. Le
-nombraron tetrarca en la toma de Drepanum. La República le debía
-cuatro caballos, veintitrés _medimnas_ de trigo y la soldada de un
-invierno. Temía a los dioses y deseaba morir en su patria.
-
-Espendio le habló de sus viajes, de los pueblos y templos que había
-visitado, y de muchas cosas que él sabía, como fabricar sandalias,
-venablos y sedas, domesticar animales feroces y cocer venenos.
-
-A veces, interrumpiéndose, brotaba del fondo de su garganta un grito
-ronco; la mula de Matho apretaba la marcha; las demás se apresuraban
-a seguirla; luego, Espendio volvía a empezar, agitado siempre por su
-angustia. Esta se calmó en la noche del cuarto día.
-
-Iban juntos, a la derecha del ejército, por el flanco de una colina.
-Abajo se prolongaba la llanada, perdida en los vapores de la noche.
-Las líneas de soldados que desfilaban por abajo producían ondulaciones
-en la sombra. A veces pasaban por las eminencias de terreno alumbradas
-por la luna; entonces temblaba una estrella en la punta de las picas,
-espejeaban por un instante los cascos; desaparecía todo y otros seguían
-haciendo lo mismo. En lontananza, balaban los rebaños despertados, y
-algo, de una infinita dulcedumbre, parecía cernerse sobre la tierra.
-
-Espendio, doblada la cabeza y con los ojos entornados, aspiraba a
-bocanadas el aire fresco; separaba los brazos y movía los dedos para
-sentir mejor esta caricia que le corría por el cuerpo. Se ilusionaba
-con nuevas esperanzas de venganza. Se tapó la boca con la mano para
-contener sus suspiros y, como abstraído, soltaba el cabestro de su
-dromedario, que andaba a paso acompasado. Matho había vuelto a su
-tristeza; sus piernas colgaban hasta el suelo, y las hierbas, al
-restregarse en sus coturnos, producían un chirrido continuado.
-
-Sin embargo, el camino se alargaba sin acabarse nunca. Al extremo de
-una llanada, se llegaba siempre a una planicie redonda; luego se bajaba
-a un valle y las montañas que fingían cerrar el horizonte parecían
-deslizarse conforme iban acercándose a ellas. A trechos surgía un río
-entre tamariscos, para perderse al volver una colina. A veces se erguía
-una enorme roca, a manera de proa de una nave o de pedestal de un
-coloso derribado.
-
-Encontrábanse, a intervalos regulares, pequeños templos cuadrangulares,
-que servían de estaciones a los peregrinos que iban a Sicca. Estaban
-cerrados como tumbas. Los libios, para que los abrieran, golpeaban con
-fuerza la puerta, pero nadie contestaba desde dentro.
-
-Iban escaseando los labrantíos, porque se entraba en un terreno arenoso
-erizado de matas espinosas. Rebaños de carneros ramoneaban entre las
-piedras, guardados por una mujer, de talle ceñido por un vellón azul, y
-que huía dando gritos, al ver entre las rocas las picas de los soldados.
-
-Seguía el camino por una especie de corredor bordeado por dos cadenas
-de rojizos montículos. De repente un olor nauseabundo hirió el olfato
-de los soldados, que creyeron advertir algo extraordinario en lo alto
-de un algarrobo: por encima de las hojas se erguía una cabeza de león.
-
-Corrieron a verlo. Era un león sujeto a una cruz por los cuatro
-miembros, como un criminal. El enorme hocico le caía sobre el pecho,
-y sus dos patas anteriores, que medio desaparecían tapadas por las
-melenas, estaban tan separadas como alas abiertas de un pájaro.
-Apuntábanse sus costillas, una a una, por debajo de la piel distendida;
-sus patas traseras, clavadas una encima de otra, aparecían encorvadas;
-la negra sangre, que manaba entre los pelos, formaba estalactitas bajo
-la cola que colgaba recta a lo largo de la cruz. Los soldados rieron
-el encuentro: llamaron al león cónsul y ciudadano de Roma y le tiraron
-guijarros a los ojos para quitarle los mosquitos.
-
-Cien pasos más adelante vieron otros dos y en seguida una larga fila de
-cruces con leones clavados. Algunos llevaban muertos tanto tiempo, que
-solo quedaban en los maderos los restos de los esqueletos; otros, medio
-roídos, torcían las fauces con una horrible mueca; los había enormes,
-que se balanceaban en vilo, en el árbol de la cruz, en tanto que sobre
-sus cabezas revoloteaban bandas de cuervos, sin pararse nunca. Así
-procedían los campesinos cartagineses cuando apresaban una fiera,
-creyendo atemorizar a las demás con este ejemplo. Los soldados, dejando
-de reír, quedaron asombrados. «Qué pueblo es este», pensaban, «que se
-entretiene crucificando leones.»
-
-Por lo demás, estaban los hombres, los del Norte, sobre todo, vagamente
-inquietos, enfermos ya; se laceraban las manos con las puntas de
-los áloes; nubes de mosquitos zumbaban en sus oídos y la disentería
-empezaba a hacer estragos. Se aburrían de no llegar a Sicca. Temían
-perderse y entrar en el desierto, la región de las arenas y de los
-espantos. No querían seguir adelante y muchos tornaron al camino de
-Cartago.
-
-Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido largo rato la
-base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y apareció
-una línea de murallas sobre blancas rocas, confundiéndose con ellas.
-No tardó en verse toda la ciudad; unos rasos blancos, azules y
-amarillos se agitaban sobre las murallas en la rojiza tarde: eran las
-sacerdotisas de Tanit que acudían a recibir a los hombres. Estaban
-alineadas a lo largo del baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras,
-agitando crótalos; y los rayos del sol poniente, por las montañas de
-Numidia, pasaban por entre las cuerdas de las arpas que recorrían
-los brazos desnudos de las vírgenes. A intervalos, cesaba la música
-y estallaba un grito estridente, precipitado, furioso, continuado;
-especie de ladrido que las mujeres hacían azotando con la lengua los
-dos ángulos de la boca. Otras se quedaban acodadas, con la barbilla en
-la mano, más inmóviles que esfinges, asaetando con sus negros ojos al
-ejército que iba subiendo.
-
-Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía contener tanta
-multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad. Los
-bárbaros se establecieron en la llanada; unos disciplinados como
-tropas regulares, otros por naciones o según su capricho.
-
-Los griegos plantaron en líneas paralelas sus tiendas de pieles;
-los iberos dispusieron en círculo sus pabellones de tela; los galos
-construyeron barracas de tablas; los libios cabañas con piedras; los
-negros cavaron en la arena, con las uñas, fosos para dormir. Muchos, no
-sabiendo dónde meterse, ambulaban entre los bagajes, y llegada la noche
-se acostaban en tierra envueltos en sus mantos.
-
- * * * * *
-
-La llanura se extendía alrededor de ellos, bordeada de montañas. Aquí
-y allá, una palmera se cimbreaba sobre una colina de arena; abetos y
-encinas manchaban los flancos de los precipicios; la lluvia caía, como
-una larga banda que la tempestad colgaba, del cielo, en tanto que en el
-resto de la campiña el cielo seguía azul y sereno; después, un viento
-tibio lanzaba torbellinos de polvo y un arroyo bajaba en cascadas de
-las alturas de Sicca, en las que se levantaba, con su tejado de oro
-sobre columnas de cobre, el templo de Venus cartaginesa, dominadora de
-la comarca, a la que parecía infundir su alma. Por estas convulsiones
-de la tierra, por estas alternativas de la temperatura y por esos
-juegos de luz, la diosa manifestaba la extravagancia de la fuerza junto
-con la belleza de su eterna sonrisa. Las cimas de las montañas tenían
-unas la forma de una luna creciente; otras parecían pechos de mujer
-mostrando sus senos hinchados. Los bárbaros sentían pasar sobre sus
-fatigas un abatimiento lleno de delicias.
-
-Espendio, con el dinero de su dromedario se había comprado un esclavo.
-La mayor parte del día lo pasaba durmiendo tendido ante la tienda de
-Matho. A menudo se despertaba creyendo, en su sueño, oír silbar las
-correas; entonces, sonriéndose, se pasaba las manos por las cicatrices
-de sus piernas en el sitio que habían lacerado los grilletes y luego se
-dormía.
-
-Matho aceptaba su compañía. Siempre que salía, Espendio le escoltaba
-como un lictor, armado con un espadón; o bien Matho se apoyaba en su
-espalda, porque Espendio era de baja estatura.
-
-Una tarde que atravesaban juntos las calles del campamento, vieron unos
-hombres cubiertos con mantos blancos, y entre ellos a Narr-Habas, el
-príncipe de los númidas. Matho se estremeció.
-
---¡Dame tu espada! --exclamó--; ¡Quiero matarle!
-
---Todavía no --contestó Espendio, conteniéndole, porque ya Narr-Habas
-venía a su encuentro.
-
-Besó el númida sus dos pulgares en señal de alianza, acallando la
-cólera que tuvo en la embriaguez del festín; luego habló extensamente
-contra Cartago, pero sin decir lo que le había traído entre los
-bárbaros.
-
-¿Era para traicionarlos, o en bien de la República?, se preguntaba
-Espendio; y como esperaba aprovecharse de todos los desórdenes, suponía
-también a Narr-Habas capaz de todas las perfidias.
-
-El jefe de los númidas se quedó con los mercenarios. Parecía querer
-intimar con Matho. Enviaba a este cabras gordas, polvo de oro y plumas
-de avestruz. El libio, desconcertado con estos halagos, no sabía si
-corresponder a ellas o exasperarse. Espendio le apaciguaba y Matho
-se dejaba gobernar por el esclavo, pues era un irresoluto, lleno de
-invencible sopor, como aquel que ha bebido un brebaje que le ha de
-ocasionar la muerte.
-
-Una mañana que salieron los tres a caza de un león, Narr-Habas ocultó
-un puñal en su manto. Espendio iba siempre detrás de él y volvieron sin
-que el númida sacara el arma.
-
-Otra vez Narr-Habas los llevó muy lejos, hasta los confines de su
-reino. Llegaron a un desfiladero, y allí, sonriendo, declaró que había
-perdido el rumbo; Espendio lo halló.
-
-Lo más frecuente era que Matho, melancólico como un augur, saliera, no
-bien aparecía el sol, a vagabundear por la campiña. Se echaba en la
-arena y permanecía inmóvil hasta la noche.
-
-Consultó, uno tras otro, a todos los adivinos del ejército; a los que
-observan la marcha de las serpientes, a los que leen en las estrellas,
-a los que soplan en la ceniza de los muertos. Tragó gálbano, seselí
-y veneno de víbora que hiela el corazón; mujeres negras cantando,
-a la luz de la luna, bárbaras canciones, le picaron la frente con
-estiletes de oro; se cargaba de collares y de amuletos; invocaba, ora
-a Baal-Kamón, ora a Moloch o a los siete Kabiros, a Tanit y a la Venus
-de los griegos. Grabó un nombre en una placa de cobre y la hundió en la
-arena, en el dintel de su tienda. Espendio le oía gemir y hablar solo.
-
-Una noche entró.
-
-Matho, desnudo como un cadáver, estaba acostado boca abajo sobre una
-piel de león, con la cara entre las manos. Una lámpara suspendida
-alumbraba sus armas, colgadas sobre su cabeza en el mástil de la tienda.
-
---¿Sufres? --le preguntó el esclavo--. ¿Qué necesitas? Dímelo.
-
-Y le tocaba en la espalda, llamándole muchas veces:
-
---¡Amo! ¡Amo!
-
-Al fin, Matho le miró con ojos turbados.
-
---¡Escucha! --dijo en voz baja, con un dedo en los labios--. ¡Es una
-maldición de los dioses! ¡Me persigue la hija de Amílcar! Tengo miedo,
-Espendio --y se apretaba contra su pecho como niño asustado por un
-fantasma--. Háblame. ¡Quiero curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de
-algún dios más fuerte o de alguna otra invocación irresistible?
-
---¿Para qué? --preguntó Espendio.
-
-Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos puños:
-
---¡Para librarme del hechizo!
-
-Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos intervalos:
-
---Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que ella habrá
-prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si
-ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman;
-oigo su voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi
-alma.
-
-»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las olas invisibles de un
-océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El esplendor de
-su hermosura forma a su alrededor un nimbo de luz; a veces creo que no
-la he visto jamás, que no existe... y que todo es un sueño...
-
-Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros dormían. Espendio,
-mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de oro en las
-manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades su
-tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo:
-
---¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no implores más a los
-dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los hombres!
-¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir
-tanto?
-
---¿Acaso soy un niño? --contestó Matho--. ¿Crees que me enternezco por
-la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en Drepanum,
-y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y
-cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta...
-
-El esclavo le interrumpió:
-
---Si no fuera la hija de Amílcar...
-
---No --repuso Matho--. Ella no se parece a las otras hijas de los
-hombres. ¿Has visto tú sus grandes ojos bajo sus grandes cejas, como
-soles bajo arcos de triunfo? Acuérdate; cuando apareció palidecieron
-todas las antorchas. Entre los diamantes de su collar, resplandecía su
-pecho desnudo; se sentía tras ella como el olor de un templo, y algo se
-escapaba de todo su ser que era más suave que el vino y más terrible
-que la muerte.
-
-Quedó embebecido, baja la cabeza y con las pupilas fijas.
-
---¡Pero yo la quiero, la necesito! Me muero. Pensando que la estrecho
-en mis brazos, me arrebata una alegría furiosa y, sin embargo, la odio.
-Espendio, ¡quisiera maltratarla! ¿Qué hacer? Tengo deseos de venderme
-para ser su esclavo. ¡Tú lo fuiste! ¡Tú podías verla! ¡Háblame de ella!
-Todas las noches sube a la azotea de su palacio, ¿verdad? ¡Ah, las
-piedras deben estremecerse bajo sus sandalias, y las estrellas asomarse
-para verla!
-
-Volvió a enfurecerse, bramando como un toro herido.
-
-Luego, Matho cantó: «Él persiguió en el bosque el monstruo hembra, de
-cola que ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata.» Y
-arrastrando la voz, imitaba el estilo de Salambó, y sus manos hacían
-como que pulsaban las cuerdas de una lira.
-
-A todos los consuelos de Espendio contestaba con los mismos discursos:
-pasaba las noches entre gemidos y exhortaciones.
-
-Quiso aturdirse con el vino, pero la embriaguez aumentaba su tristeza.
-Probó distraerse jugando a la taba, y perdió una a una las placas de
-oro de su collar. Se dejó llevar junto a las servidoras de la Diosa;
-pero bajó la colina sollozando como quien vuelve de un funeral.
-
-Espendio, por el contrario, se volvía más atrevido y alegre. Veíasele
-en las cantinas de las enramadas, en medio de los soldados. Componía
-las corazas viejas, jugaba con puñales e iba a coger hierbas del campo
-para los enfermos. Era chistoso, sutil, lleno de inventiva y de verbo;
-los bárbaros se iban acostumbrando a sus servicios, y él se hacía
-querer de todos.
-
-Se esperaba a un embajador de Cartago que había de traerles en mulas
-canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos dibujaban con
-los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado un
-nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros,
-esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto,
-los caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e
-infantes, bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las
-mujeres.
-
-Todos los días llegaban tropeles de hombres casi desnudos, con
-hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores
-de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que
-se declaraban en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por
-los impuestos, desterrados y malhechores. Luego venían mercaderes,
-vendedores de vino y de aceite, furiosos porque no se les pagaba y
-vociferando contra la República. Espendio les hacía coro. Muy pronto
-disminuyeron los víveres. Se hablaba de ir en masa sobre Cartago y de
-llamar a los romanos.
-
- * * * * *
-
-Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos lentos y sordos que
-se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que aparecía y
-desaparecía en las ondulaciones del terreno.
-
-Era una gran litera de púrpura, con penachos de plumas de avestruz en
-las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban sartas de
-cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían
-sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con
-armadura de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los
-talones.
-
-Detuviéronse a trescientos pasos del campamento, para sacar de la
-valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha espada y
-su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron
-adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos
-bastones de madera azul, terminados en cabezas de caballo o piñas de
-pino. Todos los bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se
-precipitaron a los guardias de la Legión, besándoles los pies.
-
-Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que andaban acompasados,
-a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, al acaso,
-embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales sueltos y
-por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez en cuando, una
-mano cargada de anillos entreabría la litera, y una voz ronca soltaba
-palabras injuriosas; entonces, los porteadores se paraban, y luego
-tomaban otro camino a través del campo.
-
-Al fin se levantaron las cortinas de la litera y apareció sobre
-un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada. Las
-cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas;
-lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan
-descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del
-cuerpo desaparecía bajo los vellones que llevaban la litera.
-
-Los soldados reconocieron en este hombre así acostado, al Sufeta
-Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a hacer
-perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de
-Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por
-codicia --pensaban los bárbaros--, porque vendió por su cuenta todos
-los cautivos, declarando a la República que habían muerto.
-
-Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a los soldados, hizo
-una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos esclavos,
-puso los pies en tierra, tambaleándose.
-
-Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas de plata. Envolvían
-sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la carne entre los
-lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo escarlata que le
-cubría los muslos; los pliegues de su cuello le llegaban al pecho,
-como papada de buey; su túnica, pintada de flores, parecía estallar
-bajo los sobacos; llevaba banda, cinturón y amplio manto negro con
-dobles mangas enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de
-piedras azules, los broches de oro y los pesados pendientes servían
-solo para hacer más horrible su deformidad. Se le hubiera tomado por
-un ídolo ventrudo tallado en un bloque de piedra; porque una lepra
-pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la apariencia de una cosa
-inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de buitre, se dilataba
-con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas pegadas,
-brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de
-áloe, para rascarse los pies.
-
-Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se apaciguó el tumulto y
-Hannón empezó a hablar.
-
-Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la República; los bárbaros
-debían felicitarse de haberla servido. Pero había que mostrarse más
-razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene más que tres
-olivos, ¿no es justo que guarde dos para él?»
-
-De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su discurso con apólogos y
-proverbios, haciendo signos con la cabeza para solicitar aprobación.
-
-Hablaba en púnico, y los que le rodeaban --los más alertas a tomar
-las armas-- eran los campanios, los griegos y los galos, y ninguno de
-ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y
-balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó.
-
-Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes. Los heraldos
-gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía para el
-mando en los ejércitos cartagineses.
-
-Los guardias apartaron a latigazos la turba de soldados, y pronto
-llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los jefes
-de las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su
-nación. Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo;
-brillaban hogueras aquí y acullá; se iba de un lado a otro, y todos se
-preguntaban:
-
---¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el dinero?
-
-Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas de la República. Su
-tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba:
-
---¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!...
-
-A ratos se frotaba los miembros con la espátula de áloe, o bien se
-interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un esclavo,
-una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en
-vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata,
-y continuaba diciendo:
-
---Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres sekels de oro, y los
-cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada. Nuestras
-pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan
-exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio
-de los dioses. En cuanto a cosas de comer, no quiero hablar: es una
-calamidad. Faltos de galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse
-de silfio, a causa de las rebeliones en la frontera de Cirene. La
-Sicilia, de la que se sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora.
-Todavía ayer, por un bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más
-dinero que antes por dos elefantes.
-
-Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin pasarse un número,
-todos los gastos hechos por la República para reparaciones de templos,
-enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de
-coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de
-las minas en el país de los cántabros.
-
-Pero los capitanes, así como los soldados, no entendían el púnico,
-aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se acostumbraba
-poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales cartagineses
-que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se habían
-ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlos
-consigo. Su voz, además, era demasiado sorda y se la llevaba el viento.
-
-Los griegos, apretados con su cinturón de hierro, aguzaban el oído,
-esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los montañeses,
-cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza o
-bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos,
-distraídos, sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del
-desierto escuchaban inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana
-gris. Llegaban otros por detrás: los guardias, empujados por la turba,
-vacilaban en sus monturas; los negros tenían en las manos teas de abeto
-ardiendo, y el gordo cartaginés continuaba su arenga, subido en un
-cerrillo de césped.
-
-Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos y apóstrofes.
-Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer silencio
-gritaban más que los demás y aumentaban la confusión.
-
-De pronto, un hombre de pobre apariencia saltó a los pies del Sufeta,
-arrancó la trompeta a un heraldo, sopló en ella, y Espendio --pues era
-él-- anunció que iba a decir algo importante. Ante esta declaración,
-rápidamente hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina, gala,
-libia y balear, los capitanes, entre sorprendidos y regocijados,
-contestaron:
-
---¡Habla, habla!
-
-Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los libios, que eran los
-más, les dijo:
-
---¿Habéis oído las horribles amenazas de este hombre?
-
-Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y continuando
-Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los bárbaros.
-
-Estos se miraron asombrados; todos, en seguida, como por tácito
-acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en señal de
-asentimiento.
-
-Entonces Espendio dijo con voz robusta:
-
---Ha empezado diciendo que los dioses de los otros pueblos no eran
-sino quimeras al lado de los dioses de Cartago; os ha llamado cobardes,
-ladrones, mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros, la
-República no se vería obligada a pagar el tributo a los romanos;
-por vuestros excesos la habéis privado de perfumes, de aromas, de
-esclavos y de silfio, porque vosotros os entendéis con los nómadas de
-la frontera de Cirene. Pero los culpables serán castigados. Ha leído
-la enumeración de sus suplicios: se les hará trabajar en el empedrado
-de las calles, en el armamento de los bajeles, en el ornato de los
-Sisitas; y a otros se les enviará a arañar la tierra en las minas del
-país de los cántabros.
-
-Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los campanios y a los
-baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que habían herido
-sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el
-Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el
-tumulto de los demás. Espendio añadió:
-
---¿No habéis visto que ha dejado fuera del campamento una reserva de
-sus jinetes? A una señal acudirán a degollaros a todos.
-
-Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como entonces se separó la
-turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud de fantasma,
-un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado hasta las
-caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de polvo y de
-espinas. Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas manojos
-de paja, harapos de tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de sus
-miembros descarnados como andrajos de las ramas secas; sus manos
-temblaban con un estremecimiento continuo, y andaba apoyado en un
-bastón de olivo.
-
-Al llegar junto a los negros que llevaban las antorchas, una especie de
-risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras con ojos asustados
-contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él.
-
-Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de ellos, escudándose
-en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquí están! ¡Aquí están!» Señalando a
-los guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas armaduras. Piafaban
-los caballos, deslumbrados por el resplandor de las antorchas que
-chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía ululando:
-
---¡Los han matado!
-
-A estas palabras, dichas en balear, los baleares se acercaron y le
-reconocieron. Él repitió:
-
---¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los hermosos jóvenes, los
-honderos, mis compañeros, los vuestros!
-
-Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó hablando.
-
-Espendio no podía reprimir su alegría mientras explicaba a griegos
-y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que venían tan a
-propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus
-compatriotas.
-
-Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados en la víspera, y
-que habiéndose dormido, cuando llegaron a la plaza de Kamón, como los
-bárbaros habían partido ya, se encontraron indefensos por haber puesto
-en los camellos sus balas de arcilla, con el resto de los bagajes. Se
-les dejó entrar en la calle de Sateb, hasta la puerta de encina forrada
-con placas de cobre, y el pueblo, impetuoso, se volvió contra ellos.
-
-Los soldados recordaron ahora haber oído un gran grito, grito que
-Espendio no oyó porque iba en la vanguardia.
-
-Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los dioses Pateque,
-que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los crímenes
-de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus
-desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron
-horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin
-de atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías;
-a algunos les arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se
-encendieron hogueras en las esquinas.
-
-Estas eran las llamas que brillaban de lejos sobre el lago. Habiéndose
-incendiado algunas casas, se tiró por encima de las murallas el resto
-de los cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado oculto en los
-cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro del
-ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las
-cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas,
-hambriento, enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba;
-hasta que un día vio unas lanzas en el horizonte y las siguió
-instintivamente, porque ya tenía turbado el juicio con tantos terrores
-y miserias.
-
-La indignación de los soldados, contenida mientras él habló, estalló
-ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al Sufeta.
-Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si
-serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les
-contestó que lo traía consigo.
-
-Corrieron a las avanzadas y, empujados por los bárbaros, llegaron
-los bagajes del Sufeta en medio de las tiendas. Sin esperar a los
-esclavos, desataron los cestos y encontraron ropas de jacinto,
-esponjas, raspadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para
-pintar los ojos; todo esto de propiedad de los guardias, hombres ricos
-acostumbrados a estas delicadezas. En seguida se descubrió en un
-camello una gran cuba de bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse
-en el camino, porque había tomado toda suerte de precauciones, incluso
-la de llevar en jaulas comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba
-vivas para hacer la tisana. Como su enfermedad le aumentaba el apetito,
-traía además gran cantidad de comestibles y de víveres, de salmuera,
-de carnes y pescados con miel, en tiestecitos de Comagen y grasa de
-oca fundida, cubierta de nieve y de paja picada. La provisión era
-considerable. A medida que se iban destapando las cestas, aparecían más
-víveres, y las risas aumentaban como olas que se entrechocan.
-
-El sueldo de los mercenarios llenaba unos dos serones de esparto. En
-uno de ellos se veían esos rodetes de cuero de que la República se
-servía para ahorrar numerario; y como los bárbaros se extrañaran,
-Hannón les declaró que las cuentas estaban tan enrevesadas que los
-Ancianos no habían tenido tiempo de examinarlas. Entretanto, se les
-enviaba esto.
-
-Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera, provisiones y
-bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para apedrear
-a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose
-de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la
-maldición de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta
-las orejas. Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que
-llevaba, y de lejos, gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo,
-cloaca de Moloch; suda tu oro y tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La
-escolta, en desorden, galopaba a sus lados.
-
-Pero el furor de los bárbaros no se aplacó con esto. Se acordaron de
-que muchos de ellos que fueron a Cartago, no habían vuelto; sin duda,
-se les había asesinado. Tanta injusticia, les exasperó; arrancaron las
-estacas de las tiendas, arrollaron sus mantos, embridaron los caballos:
-cada cual tomó su casco y su espada, y en un instante estuvo todo
-dispuesto. Los que no tenían armas, corrieron al bosque a cortar ramas.
-
-Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se lanzaban a las calles.
-«Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto por la comarca.
-
-Surgían hombres de cada camino, de cada barranco. Hasta los pastores
-bajaban corriendo de las montañas.
-
-Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la vuelta a la llanada,
-montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que llevaba un
-tercer caballo.
-
-Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en ella.
-
---¡Levántate, amo, levántate! ¡Nos vamos!
-
---¿Dónde? --preguntó Matho.
-
---A Cartago.
-
-Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la puerta.
-
-
-
-
-III
-
-SALAMBÓ
-
-
-La luna se levantaba a ras de las olas, y brillaban en la ciudad,
-cubierta de tinieblas, blancuras, puntos luminosos, como la lanza de
-un carro en un patio, algún pingajo de tela colgado, la esquina de una
-pared o el collar de oro en el pecho de un dios.
-
-Las bolas de vidrio de los techos de los templos irradiaban aquí y
-allá, como gruesos diamantes. Pero las informes ruinas, los montones
-de tierra negra y las huertas formaban manchas más sombrías aún en la
-obscuridad; abajo, en Malqua, se extendían las redes de los pescadores
-de una casa a otra, como gigantescos murciélagos que desplegaran las
-alas. Ya no se oía el rechinar de las ruedas hidráulicas que elevaban
-el agua al último piso de los palacios; en medio de las terrazas
-descansaban tranquilamente los camellos, acostados sobre el vientre,
-al modo de los avestruces.
-
-Los ostarios o porteros dormían en las calles, en el dintel de las
-casas; la sombra de los colosos se alargaba en las desiertas plazas; a
-lo lejos, la llama de algún sacrificio seguía ardiendo, y la humareda
-se escapaba por las tejas de bronce; la pesada brisa traía, con los
-perfumes de los aromas, los olores de la marina y el vaho de las
-murallas calentadas por el sol.
-
-Alrededor de Cartago resplandecían las ondas inmóviles, porque la luna
-desparramaba su luz a un tiempo sobre el golfo ceñido de montañas y
-sobre el lago de Túnez, donde los flamencos formaban largas líneas
-rosadas en los bancos de arena; en tanto que más allá, bajo las
-catacumbas, la gran laguna salada espejeaba como una lámina de plata.
-La bóveda del cielo azul se hundía en el horizonte, por un lado, en
-la polvareda de los llanos; por otro, en las brumas del mar; y sobre
-la cima de la Acrópolis, los cipreses piramidales cercaban el templo
-de Eschmún, balanceándose y murmurando como las olas que batían
-lentamente, acompasadamente, a lo largo del muelle, por debajo de las
-fortificaciones.
-
-Salambó, sostenida por una esclava que llevaba en un plato de hierro
-carbones encendidos, subió a la terraza de su palacio.
-
-En medio de este recinto había un pequeño lecho de marfil, cubierto
-de pieles de lince, con cojines de pluma de loro, animal fatídico
-consagrado a los dioses; y en las cuatro esquinas se levantaban
-altos pebeteros llenos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. La
-esclava encendió los perfumes. Salambó miró la estrella polar;
-saludó lentamente los cuatro puntos cardinales, y se arrodilló en el
-suelo, entre el polvo de azul sembrado de estrellas, a imitación del
-firmamento. Pegados los brazos al cuerpo, con los antebrazos extendidos
-y las manos abiertas, mirando a la luna, dijo:
-
---¡Oh, Rabbetna!... ¡Baalet!... ¡Tanit! --y su voz era quejumbrosa
-como si llamara a alguien--. ¡Anaitís! ¡Astarté! ¡Derceto! ¡Astoreth!
-¡Mylitha! ¡Athara! ¡Elissa! ¡Tiratha! Por los símbolos ocultos, por
-los sistros resonantes, por los surcos de la tierra, por el eterno
-silencio y por la eterna fecundidad, dominadora del mar tenebroso y de
-las cerúleas playas. ¡Oh, Reina de las cosas húmedas! ¡Salud!
-
-Balanceó el cuerpo dos o tres veces y luego hundió la frente en el
-polvo, alargando los brazos.
-
-Su esclava la levantó despacio, porque era menester, según los ritos,
-que alguien viniera a alzar al suplicante de su actitud prosternada.
-Era como asegurarle que los dioses quedaban agradecidos. La nodriza de
-Salambó no olvidaba nunca este deber piadoso.
-
-Unos mercaderes de la Getulia-Daritiana la trajeron de niña a Cartago,
-y después de su libertad no quiso en manera alguna abandonar a sus
-amos, como lo probaba su oreja derecha, perforada por ancho agujero.
-Una saya de rayas multicolores le ceñía la cintura, bajando hasta los
-tobillos, donde se entrechocaban dos círculos de estaño. La cara, algo
-aplastada, era tan amarilla como su túnica. Agujas de plata, muy
-largas, formaban como un sol alrededor de su cabeza. Llevaba en la
-nariz un botón de coral, y se mantenía erguida como un Hermes y con los
-ojos bajos cerca del lecho.
-
-Salambó avanzó al borde de la terraza. Por un momento oteó el
-horizonte, luego miró a la ciudad dormida, y un suspiro levantó sus
-senos e hizo ondular de un lado a otro la larga toga blanca que colgaba
-en torno de ella, sin broche ni cinturón. Sus sandalias de puntas
-encorvadas desaparecían bajo un montón de esmeraldas, y sus cabellos en
-desorden henchían una redecilla de hilo de púrpura.
-
-A poco alzó la cabeza para contemplar la luna, y mezclando con sus
-palabras fragmentos de himno, murmuró:
-
-«¡Qué lentamente ruedas, sostenida por el éter impalpable! El aire
-se limpia en torno tuyo y el movimiento de tu rotación distribuye
-los vientos y los rocíos fecundos. Según tú crezcas o disminuyas,
-se alargan o se achican los ojos de los gatos y las manchas de las
-panteras. ¡Las esposas te invocan en los dolores del parto! ¡Tú hinchas
-los mariscos, haces hervir los vinos, pudres los cadáveres, formas las
-perlas en el fondo del mar!
-
-»Y todos tus gérmenes, ¡oh, diosa!, fermentan en las obscuras
-profundidades de la humedad.
-
-»Cuando apareces, la quietud invade la tierra; las flores se cierran,
-las olas se apaciguan, los hombres fatigados extienden el pecho hacia
-ti, y el mundo, con sus océanos y montañas, se mira en tu cara como
-en un espejo. ¡Eres blanca, suave, luminosa, inmaculada, auxiliadora,
-purificante, serena!»
-
-La luna, en cuarto creciente, aparecía entonces sobre la montaña de
-las Aguas Calientes, en la hendidura de sus dos cimas, del otro lado
-del golfo. Tenía debajo una pequeña estrella, y alrededor, un círculo
-pálido. Salambó añadió:
-
-«¡Qué terrible eres, señora!... Por ti nacen los monstruos, los
-horribles fantasmas, los mentirosos sueños; tus ojos devoran las
-piedras de los edificios y enferman los monos cada vez que tú te
-rejuveneces.
-
-»¿Adónde vas? ¿A qué cambias perpetuamente tu forma? Tan pronto,
-pequeña y encarnada, surcas el espacio como una galera sin mástil;
-o bien, en medio de las estrellas, pareces un pastor que guarda su
-rebaño. Brillante y redonda, rozas la cumbre de los montes, como la
-rueda de un carro.
-
-»¡Oh, Tanit! No me amas, ¿no es verdad? ¡Te he mirado tanto! Pero no;
-tú corres en el azul y yo permanezco en la tierra inmóvil.»
-
---¡Taanach, toma tu nebal y toca en tono bajo la cuerda de plata,
-porque mi corazón está triste!
-
-La esclava levantó una especie de arpa de ébano, más alta que ella, y
-triangular como una delta, fijó la punta en un globo de cristal, y con
-los dos brazos la tañó.
-
-Los sones se sucedían, sordos y precipitados como zumbido de abejas, y
-cada vez más sonoros volaban en la noche con la queja de las olas y el
-estremecimiento de los grandes árboles en la cima de la Acrópolis.
-
---¡Cállate! --exclamó Salambó.
-
---¿Qué te pasa, ama? La brisa que sopla, la nube que corre, todo te
-inquieta ahora y te agita.
-
---No lo sé.
-
---Te fatigas con plegarias demasiado largas.
-
---¡Oh, Taanach, yo quisiera disolverme como una flor en el vino!
-
---Quizás consista en el aroma de tus perfumes...
-
---No --dijo Salambó--: el espíritu de los dioses habita en los buenos
-olores.
-
-Entonces la esclava la habló de su padre. Se le creía de viaje al país
-del ámbar, detrás de las columnas de Melkart.
-
---Pero no vuelve; te convendrá, sin embargo, escoger un esposo entre
-los hijos de los Ancianos, y entonces tu fastidio se extinguirá en los
-brazos de un hombre.
-
---¿Por qué? --preguntó Salambó.
-
-Todos los que ella había visto le causaban horror con sus risas de
-animal salvaje y sus miembros groseros.
-
---Algunas veces, Taanach, se exhala del fondo de mi ser como cálidos
-alientos, más pesados que los vapores de un volcán; siento que me
-llaman unas voces; un globo de fuego rueda y sube en mi pecho, me
-ahoga, voy a morir; y luego, algo suave, que corre de mi frente a mis
-pies, pasa por mi carne... Es una caricia que me envuelve, y yo me
-siento aplastada como si un dios se extendiera sobre mí. ¡Oh, quisiera
-perderme en la bruma de las noches, en el chorro de las fuentes, en la
-savia de los árboles; salir de mi cuerpo, no ser más que un soplo, que
-un rayo, y subir hacia ti, oh, Madre!
-
-Alzó los brazos lo más alto posible, cimbreando el talle, pálida y
-ligera como la luna, con su larga vestimenta. Luego volvió a echarse
-en su lecho de marfil, jadeando. Taanach la pasó en torno al cuello un
-collar de ámbar con dientes de delfín para ahuyentar los terrores, y
-Salambó dijo con voz casi apagada:
-
---Tráeme a Schahabarim.
-
-Su padre no había querido que ella entrara en el colegio de las
-sacerdotisas, ni que la hicieran conocer nada de la Tanit popular. La
-reservaba para alguna alianza favorable a su política. Salambó vivía
-sola, porque su madre había muerto.
-
-Había crecido en las abstinencias, los ayunos y las purificaciones,
-rodeada siempre de cosas exquisitas, saturado el cuerpo de perfumes, el
-alma llena de plegarias. Jamás había probado el vino, ni comido carne,
-ni tocado un animal inmundo, ni puesto los pies en la casa de un muerto.
-
-Ignoraba los simulacros obscenos, porque, aunque cada dios se
-manifestaba en formas diferentes y cultos, a menudo contradictorios,
-atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa
-en su manifestación sideral. Había ejercido la luna una manifiesta
-influencia sobre la virgen; cuando el astro iba menguando, Salambó se
-debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la noche.
-En un eclipse, estuvo a punto de morir.
-
-Pero la Rabbet, celosa, se vengaba de esta virginidad sustraída a sus
-sacrificios y atormentaba a Salambó con obsesiones, tanto más fuertes
-cuanto que eran avivadas por una fe sincera.
-
-Sin cesar, la hija de Amílcar se inquietaba por Tanit. Había aprendido
-sus aventuras, sus viajes y todos sus nombres, que repetía ella sin que
-les diera significado distinto. A fin de penetrar en las profundidades
-de su dogma, quería conocer en lo más secreto del templo el viejo ídolo
-con el magnífico manto del que dependían los destinos de Cartago;
-porque la idea de un dios no puede desprenderse de su representación;
-y conocer su simulacro era tomar una parte de su virtud y, en cierto
-modo, dominarle.
-
-Salambó se volvió porque había oído las campanillas de oro que
-Schahabarim llevaba en la fimbria de su vestidura.
-
-Subió este las escaleras y se detuvo en el dintel de la terraza, con
-los brazos cruzados.
-
-Sus ojos hundidos brillaban como lámparas de un sepulcro; sobre su
-largo cuerpo delgado flotaba la túnica de lino, que hacían pesada los
-cascabeles que alternaban en sus talones con granos de esmeralda. Tenía
-los miembros débiles, el cráneo oblicuo, la barbilla puntiaguda; su
-piel estaba helada al tacto y su amarilla faz, surcada por profundas
-arrugas, parecía contraída por un deseo o por una eterna tristeza.
-
-Era el gran sacerdote de Tanit, que había educado a Salambó.
-
---Habla --dijo--. ¿Qué quieres?
-
---Yo esperaba... Me habías casi prometido...
-
-Salambó se turbaba, pero en seguida repuso:
-
---¿Por qué me menosprecias? ¿He olvidado algo de los ritos? Tú eres mi
-maestro; tú me has dicho que ninguna como yo conocía el culto de la
-diosa; pero hay algo que no quieres decirme. ¿No es así, padre?
-
-Schahabarim se acordó de las órdenes de Amílcar y respondió:
-
---No; nada tengo que enseñarte.
-
---Un genio me empuja a este amor. He subido las gradas de Eschmún, dios
-de los planetas y de las inteligencias; he dormido bajo el olivo de
-oro de Melkart, patrón de las colonias tirias; he empujado las puertas
-de Baal-Kamón, iluminador y fertilizador; he sacrificado a los Kabiros
-subterráneos, a los dioses de los bosques, de los vientos, de los
-ríos y de las montañas; pero todos están muy lejos, muy altos y son
-insensibles, ¿comprendes? Mientras que a Ella la siento mezclada con mi
-vida; llena mi alma y me estremezco con angustias interiores como si
-ella saltara para escaparse. Paréceme que voy a oír su voz, a ver su
-rostro; me deslumbran sus rayos y luego caigo en las tinieblas.
-
-Schahabarim callaba. Salambó le imploraba con la mirada. Por fin hizo
-una señal para que se fuera la esclava, que no era de raza cananea.
-Desapareció Taanach, y el gran sacerdote, alzando un brazo al aire,
-dijo:
-
---Antes que nacieran los dioses, estaban solas las tinieblas y flotaba
-un soplo, pesado e indistinto, como la conciencia de un hombre que
-sueña. Este soplo se contrajo, creando el Deseo y la Nube; y del Deseo
-y de la Nube salió la materia primitiva. Era un agua fangosa, negra,
-helada, profunda. Encerraba monstruos insensibles, partes incoherentes
-de formas que habían de nacer y que estaban pintadas en la pared de los
-santuarios.
-
-»Después, la Materia se condensó: se convirtió en un huevo que se
-abrió. Una mitad formó la tierra, otra el firmamento. El sol, la
-luna, los vientos, las nubes, aparecieron y al estallido del rayo se
-despertaron los animales inteligentes. Entonces, Eschmún se extendió
-en la estrellada esfera; Kamón irradió en el sol; Melkart, con su
-brazo, le empujó detrás de Gades; los Kabirim bajaron a los volcanes,
-y Rabbet, como una nodriza, se dobló sobre el mundo, vertiendo su luz,
-como una leche, y su noche como un manto.
-
---¿Y después? --inquirió Salambó.
-
-Le había contado el secreto de los orígenes para distraerla con más
-altas perspectivas; pero el deseo de la virgen se avivó con aquellas
-últimas palabras, y el gran sacerdote, cediendo a medias, añadió:
-
---Después inspiró y gobernó los amores de los hombres.
-
---¿Los amores de los hombres? --repitió Salambó, soñadora.
-
---Ella es el alma de Cartago; bien está en todas partes, habita aquí
-bajo el velo sagrado.
-
---¡Oh, padre! --exclamó Salambó--, yo le veré, ¿no es verdad? Tú me
-llevarás. Desde hace tiempo la curiosidad de verle me devora. ¡Piedad!
-¡Socórreme! ¡Vamos!
-
-Él la rechazó con gesto vehemente y lleno de orgullo.
-
---¡Jamás! ¿No sabes que produce la muerte? Los Baales hermafroditas no
-se descubren más que a nosotros solos, hombres por el espíritu, mujeres
-por la debilidad. Tu deseo es un sacrilegio; conténtate con la ciencia
-que posees.
-
-Cayó ella de rodillas, poniendo dos dedos en sus orejas, en señal de
-arrepentimiento; gemía, anonadada por las palabras del sacerdote, llena
-a la vez de enojo contra él, de terror y de humillación. Él la miraba
-de arriba abajo, temblando a sus pies, más insensible que las piedras
-de la terraza, sintiendo una especie de alegría viéndola sufrir por
-su divinidad, que tampoco él podía conocer del todo. Ya los pájaros
-cantaban; soplaba el viento frío, y unas nubecillas corrían en el cielo
-pálido.
-
-De pronto, el sacerdote vio en el horizonte, detrás de Túnez, como
-ligeras nieblas que se arrastraban y obscurecían el sol; luego se
-alzó una gran cortina de polvo gris, perpendicularmente extendida; y
-en los torbellinos de esta masa numerosa se advirtieron cabezas de
-dromedarios, lanzas y escudos. Era el ejército de los bárbaros que
-venía sobre Cartago.
-
-
-
-
-IV
-
-BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO
-
-
-Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los aldeanos montados
-en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La soldadesca
-había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con propósito
-de exterminarlo todo.
-
-Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban los bárbaros,
-quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago.
-
-Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos se acercaban con
-palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal era el
-terror que inspiraban!
-
-Por la mañana y a la caída de la tarde, los merodeadores vagaban
-algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre ellos un hombre
-pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara tapada por
-una visera muy baja. Pasaba horas enteras mirando el acueducto, con
-tal persistencia, que sin duda quería engañar a los cartagineses acerca
-de sus verdaderos designios. Le acompañaba otro hombre, especie de
-gigante, con la cabeza destocada.
-
-Cartago estaba defendida en toda la longitud del istmo; en primer
-lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último término
-por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y
-doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes
-para sus caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para
-cuatro mil caballos con las provisiones de cebada y los arneses; y
-cuarteles para veinte mil soldados con las armaduras y todo el material
-de guerra. Las torres se levantaban en el segundo piso, provistas de
-almenas, y a la parte de afuera había escudos de bronce, colgados de
-garitos.
-
-Esta primera línea de murallas defendía en primer lugar a Malqua,
-barrio de la gente de la marina y de los tintoreros. Veíanse los
-mástiles en que se secaban las velas de púrpura; y sobre las últimas
-azoteas los hornos de arcilla para cocer la salmuera.
-
-Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus altas casas de
-forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de cañas,
-de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos formaban
-como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente
-coloreados. Las plazas públicas estaban niveladas a distancias
-desiguales; innumerables callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en
-sentido longitudinal. Se veían los recintos de tres viejos barrios,
-ahora confundidos, destacándose como grandes escollos, en los que se
-alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores, ennegrecidos,
-anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las calles
-por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes.
-
-La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa, desaparecía bajo un
-desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con capiteles
-de bronce y cadenas de metal, conos de piedra con franjas de azur,
-cúpulas de cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y
-obeliscos en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban
-a los frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas;
-las murallas de granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto,
-encima una cosa de otra, ocultándose a medias, de un modo maravilloso e
-incomprensible. Se sentía la sucesión de las edades y como el recuerdo
-de patrias olvidadas.
-
-Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el camino de los Mapales,
-cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la ribera a las
-catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este tercer
-barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de la
-costa, en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas las
-noches.
-
-Así se desplegaba Cartago ante los soldados acampados en la llanura.
-
-De lejos divisaban los mercados, las esquinas de las calles, y
-discutían sobre el emplazamiento de los templos. El de Kamón, enfrente
-de los Sisitas, con tejas de oro; Melkart, a la izquierda de Eschmún,
-tenía en su techumbre ramas de coral; más allá, Tanit redondeaba
-entre palmeras su cúpula de cobre; el negro Moloch estaba debajo de
-las cisternas del lado del faro. En el ángulo de los frontispicios,
-encima de las murallas, en los rincones de las plazas, en todas partes,
-se veían divinidades de cabeza horrible, colosales o ventrudas, con
-vientres enormes o desmesuradamente aplanados, con las fauces abiertas,
-separados los brazos y en las manos horcas, cadenas o jabalinas. El
-azul del mar, destacándose en el fondo de las calles, parecía hacer a
-estas, por un efecto de perspectiva, más escarpadas.
-
-Un pueblo tumultuoso las llenaba de día y noche; los mancebos, agitando
-campanillas, gritaban a la puerta de los baños; humeaban las tiendas
-de bebidas calientes; el aire resonaba con la batahola de los yunques;
-los gallos blancos, consagrados al sol, cantaban en los terrados;
-mugían en los templos los bueyes destinados al sacrificio; corrían los
-esclavos con canastillos en la cabeza; y en el atrio de los pórticos
-aparecía alguno que otro sacerdote vestido con sombrío manto, desnudos
-los pies, con el gorro puntiagudo.
-
-Este espectáculo de Cartago irritaba a los bárbaros. La admiraban y la
-execraban; querían a un tiempo destruirla y vivir en ella. Pero ¿qué
-había en el puerto militar, defendido por una triple muralla? Detrás
-de la ciudad, en el fondo de Megara, a mayor altura que la Acrópolis,
-aparecía el palacio de Amílcar.
-
-A cada instante, los ojos de Matho miraban a él. Se subía a los olivos
-y se doblaba con la mano extendida sobre las cejas. Los jardines se
-hallaban dentro y la puerta roja, de cruz negra, estaba siempre cerrada.
-
-Más de veinte veces dio la vuelta a las fortificaciones, buscando
-alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo y durante tres
-horas nadó sin descansar. Llegó al final de los Mapales y quiso trepar
-por el acantilado. Se ensangrentó las rodillas, se rompió las uñas y
-luego cayó en el agua y se volvió.
-
-Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa Cartago que guardada
-a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su enervamiento
-sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas, los
-ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo
-traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón.
-Tiraba flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras
-furiosas.
-
---Deja correr tu cólera como un carro que rueda --le decía Espendio--.
-Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con sangre, y, ya
-que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te sostendrá.
-
-Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les hacía maniobrar
-implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo, por su
-fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de noche
-hablaba con fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su ejemplo,
-y pronto el ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus
-casas la música de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los
-bárbaros se acercaron.
-
-Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado dos ejércitos que
-pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno desembarcando
-en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las Aguas
-Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo
-más, de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían
-juntarse con los númidas e interceptar el camino de Cirene y el
-comercio del desierto; si se replegaban al Occidente, se levantaría la
-Numidia. Finalmente, la falta de víveres les haría devastar, tarde o
-temprano, como la langosta, las campiñas vecinas. Los ricos temblaban
-por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus cultivos.
-
-Hannón propuso medidas atroces e impracticables, tal como prometer una
-fuerte suma por cada cabeza de bárbaro, o que con barcos y con máquinas
-se incendiara su campamento. Por el contrario, su colega Giscón quería
-que se les pagara; pero a causa de su popularidad, los Ancianos le
-detestaban, porque temían que el azar les diera un amo, y por temor a
-la monarquía se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la
-podía restablecer.
-
-Fuera de las fortificaciones había gente de otra raza y de origen
-desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos y de
-serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las que se
-divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de Megara,
-por entre las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro y algas
-estaban junto a los cantiles de la costa, como nidos de golondrinas.
-Allí vivían sin Gobiernos y sin dioses, todos mezclados, completamente
-desnudos; a un tiempo débiles y feroces, y desde muchos siglos
-execrados por el pueblo a causa de sus inmundos alimentos. Una mañana
-advirtieron los centinelas que todos se habían ido.
-
-Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una resolución.
-Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias, como
-particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o
-bien parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba
-arreglado y que harían justicia a sus reclamaciones.
-
-Muchos de estos consejeros visitaban por primera vez un campo de
-mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban, admiraron en
-todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de tierra
-encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de
-las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca;
-por los agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que
-brillaban en la sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas
-los deslumbraban como espejos. Se hablaba en voz baja; temían volcar
-algo con sus largas togas.
-
-Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a pagarlos con el
-dinero que se les debía.
-
-Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas secas y altramuces, más
-cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que Cartago exportaba al
-extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los magníficos
-animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el
-valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los
-comedores de cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los
-engañaban. Entonces echaban mano a la espada y amenazaban con matar.
-
-Los comisarios del Gran Consejo escribieron el número de años que
-se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora cuántos
-mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de
-la suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la
-reserva de silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnez estaba
-ya con ellos; y los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los
-reproches de su colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien
-conocía a algún bárbaro fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y
-entretenerlo con buenas palabras. Esta confianza les calmaría.
-
-Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias enteras se
-trasladaron al campamento bárbaro.
-
-Los soldados dejaban entrar a los cartagineses, pero por un solo
-paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro hombres en
-fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar
-cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando
-encontrar alguien que hubiese visto en casa de Salambó.
-
-El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío y la animación. Las
-dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la una vestida
-de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; la otra
-vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores ambulantes,
-circulaban mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles
-maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas
-por marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas,
-tomadas en el saqueo de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las
-abrumaba de amor y cuando llegaban a viejas se las tundía a golpes, y
-que morían en los viajes, al borde de los caminos, entre los bagajes,
-con las acémilas abandonadas. Las mujeres númidas se balanceaban sobre
-sus talones, vestidas de túnicas de pelo de dromedario, cuadradas y de
-color rabioso; las músicas de la Cirenaica, envueltas en gasas violetas
-y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las esteras; negras
-viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego, estiércol de
-animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de oro en
-la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de
-lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos,
-daban a los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o llegando
-por detrás, como pequeños tigres, les mordían las manos.
-
-Los cartagineses se paseaban por el campamento, sorprendidos de la
-multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban tristes, y los
-otros disimulaban su inquietud.
-
-Los soldados les golpeaban en el hombro, excitándolos a la alegría. No
-bien veían un personaje, le invitaban a sus diversiones. Cuando jugaban
-al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y en el pugilato, al
-primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos asustaban a los
-cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus víboras; los jinetes,
-con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones pacíficas, se esforzaba en
-sonreír y bajar la cabeza a todos estos ultrajes. Algunos, mostrándose
-valientes, hacían signos de que querían ser soldados. Se les daba
-hachas para rajar madera y se les hacía almohazar los animales; se
-les encerraba en una armadura y los hacían rodar como toneles por
-las calles del campamento. Y cuando se disponían a marcharse, los
-mercenarios se tiraban de los pelos con contorsiones grotescas.
-
-Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a todos los
-cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran alguna
-cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un
-cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés,
-despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos
-contestaban: «Tu mujer.» Otros decían: «Tu vida.»
-
-Fueron remitidas a los capitanes las cuentas militares, leídas a los
-soldados y aprobadas definitivamente. Entonces reclamaron tiendas, y
-se las dieron. Después los polemarcas de los griegos pidieron algunas
-de las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el Gran
-Consejo votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes
-entendían que era justo que la República les indemnizara de sus
-caballos: uno afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en
-tal marcha, otro catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones
-de Hecatompila; pero ellos prefirieron dinero.
-
-A continuación pidieron que se les pagara en plata, no en moneda de
-cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que se
-hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida
-de harina cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal
-injusticia exasperó, pero hubo que pasar por ella.
-
-Entonces los delegados de los soldados y los del Gran Consejo se
-reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses de los
-bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas
-y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba
-de amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con
-la República.
-
-Hízose como que no se les comprendía, y se explicaron más claramente,
-pidiendo la cabeza de Amílcar.
-
-Muchas veces al día salían de su campamento para pasearse al pie de las
-murallas. Gritaban que se les diera la cabeza del Sufeta y extendían
-los sayos para recibirla.
-
-Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser por una última
-exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en matrimonio
-para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue una
-idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar.
-Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó
-al pueblo: se les significó rotundamente que no les darían ninguna.
-Entonces gritaron que se les había engañado y que si antes de tres días
-no llegaba su paga, irían ellos mismos a tomarla en Cartago.
-
-La mala fe de los mercenarios no era tan completa como pensaban sus
-enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes, vagas, es
-verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar
-en Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían
-sus tesoros; y cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la
-desilusión hirió su orgullo tanto como su codicia.
-
-Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de Alejandro, ¿no habían
-dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de Hércules, que los
-cananeos confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte de los
-ejércitos. Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el
-ruido de los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en
-su bosque de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un
-pueblo dispuesto a utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su
-tribu, el parricida errante en los caminos, el sacrílego perseguido por
-los dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados procuraban
-llegar al puerto donde el agente de Cartago reclutaba soldados. En
-general, esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el exceso de su
-avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los
-libios, el África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba
-libre; pero aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por
-asesinos, la República sentía la muerte rondar en torno de ella.
-
-Convenía, pues, recurrir a Giscón; los bárbaros aceptaron su
-intervención; una mañana vieron bajarse las cadenas del puerto y entrar
-en el lago tres barcos planos, pasando por el canal de la Tania.
-
-A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de este, y a más altura
-que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con anillos parecidos
-a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes, peinados
-como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y
-esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros.
-Las tres barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las
-aclamaciones de los soldados, que las estaban mirando.
-
-Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a su encuentro. Con
-sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no se iría
-sin haberles pagado íntegramente.
-
-Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo hablar.
-
-Luego censuró las faltas de la República y las de los bárbaros, que
-con sus violentos motines tenían asustada a Cartago. La mejor prueba
-de las buenas intenciones de la ciudad era que le enviaban a él, el
-constante adversario del Sufeta Hannón. No debían los mercenarios
-suponer en el pueblo la tontería de querer irritar a los valientes, ni
-la ingratitud de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por
-los libios. Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se
-sirvió de ellas.
-
-Iban desfilando todos por naciones y abriendo los dedos para significar
-el número de años; se les marcaba sucesivamente en el brazo izquierdo
-con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en el cofre
-abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de plomo.
-
-Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la pesadez de un buey.
-
---Sube a mi lado --le dijo el Sufeta, sospechando algún fraude--.
-¿Cuántos años has servido?
-
---Doce --respondió el libio.
-
-Giscón le pasó los dedos por debajo de la mandíbula, porque el
-barboquejo del casco producía a la larga callosidades. «Tener callos»
-era tanto como acreditarse de veterano.
-
---¡Ladrón! --exclamó el Sufeta--, lo que te falta en la cara debes
-tenerlo eh las espaldas.
-
-Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto de llagas
-sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue
-decapitado.
-
-En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a despertar a los libios, y
-les dijo:
-
---Cuando los ligures, los griegos, los baleares y los hombres de
-Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en África,
-esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se
-vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los
-dos Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de
-Xantippo, al que enviaron a Esparta en una galera podrida...
-
---¿Qué haremos? --le preguntaban.
-
---¡Reflexionad! --contestaba Espendio.
-
-Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a la gente de Magdala,
-de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos.
-
---Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a los baleares, a los
-asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se os dará
-nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán
-para ahorrar la comida.
-
-Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita, aquel a quien Giscón
-golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue rechazado por los
-esclavos y desapareció, jurando vengarse.
-
-Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los más obstinados
-entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban las
-manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las
-cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los
-que lo habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos,
-los desterrados, tomando las armas de los soldados, decían que se les
-olvidaba. A cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas
-crujían, se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del
-campamento oscilaba, con grandes gritos, desde las puertas hasta el
-centro. Cuando el tumulto era muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su
-cetro de marfil y, mirando al mar, permanecía inmóvil, con los dedos
-hundidos en la barba.
-
-Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar con Espendio; luego
-se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente sus pupilas
-como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se
-le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto
-continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos.
-
-Los griegos quisieron armar camorra por la diferencia de las monedas;
-Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron conformes. Los
-negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio en el
-interior de África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y como los
-demás, aceptaron moneda.
-
-A los baleares se les había prometido algo mejor: mujeres. El Sufeta
-les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de vírgenes; el
-camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que estas
-doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las
-enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares.
-
-De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó como un batelero
-sobre las espaldas de sus amigos, y gritó:
-
---¿Has reservado algo para los muertos? --y señalaba la puerta de
-Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía con
-sus placas de cobre, de arriba abajo.
-
-A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro sangriento. Cada vez
-que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó lentamente y se
-encerró en su tienda.
-
-Cuando al amanecer volvió a salir, no se movieron sus intérpretes,
-que dormían al exterior, y a los que se veía de espaldas, fijos los
-ojos, azulado el rostro y con la lengua fuera de la boca. Salían de sus
-narices blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como si les
-hubiese helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello
-una lazada de juncos.
-
-Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza de baleares,
-contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por Espendio.
-Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era forzoso
-concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda
-ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita
-blandía su recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros
-puñales. Los más fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos
-iracundos pedían que continuara la distribución. Nadie abandonaba las
-armas, y todas las iras se concentraban en Giscón, con odio tumultuoso.
-
-Algunos se pusieron a su lado. Mientras vociferaban injurias, se les
-escuchaba con paciencia; pero a la menor palabra en favor suyo, eran
-apedreados, o por la espalda, de un sablazo, se les cortaba la cabeza.
-El montón de sacos estaba más rojo que un altar.
-
-Después de la comida, cuando habían bebido vino, se volvían terribles.
-Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los ejércitos púnicos,
-y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, como burlándose
-de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos que traían el
-dinero, y seguía la matanza. La palabra _¡mata!_, aunque distinta en
-cada idioma, era comprendida de todos.
-
-Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba; pero, a pesar de
-su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que se les
-había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a
-sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la
-multitud en señal de juramento.
-
-Entonces los africanos reclamaron el trigo prometido por el Gran
-Consejo. Giscón extendió las cuentas de los Sisitas, hechas con pintura
-violeta sobre pieles de cordero, y leyó todo el que había entrado en
-Cartago, mes por mes y día por día.
-
-A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si entre los números
-leyera su sentencia de muerte.
-
-En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente reducido, y el
-trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a una tasa
-tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo.
-
---¡Habla! --le dijeron--. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que trata de engañarnos!
-¡Desconfiemos del cobarde!
-
-Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó su tarea. Los
-soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por buenas las
-cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en
-Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro
-y vieron que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto
-salir de ella tales sumas que la creían inagotable; Giscón, sin duda,
-las había escondido en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por
-Matho, y como gritaran «¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al
-fin: «Que os lo dé vuestro general.»
-
-Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus grandes ojos amarillos y
-su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha, detenida por las
-plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su oreja, y un
-hilo de sangre corría de la tiara por su hombro.
-
-A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio, con un nudo
-corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta
-desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los sacos.
-
-Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas más indispensables
-para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, y en una piel
-de mono, una piedra negra caída de la luna.
-
-Muchos cartagineses habían querido acompañarle; eran personajes
-partidarios de la guerra.
-
-Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en el foso de las
-inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre a
-sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya.
-
-Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con invectivas; como ellos
-no las entendían, nada contestaban. El galo se entretenía en tirarles
-guijarros a la cara para hacerles gritar.
-
- * * * * *
-
-Una especie de inquietud se apoderó del ejército al siguiente día.
-Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban las inquietudes.
-Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que indirectamente había
-ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como una prolongación de
-su persona. Matho se sentaba de noche al borde de la fosa, y en los
-gemidos de los prisioneros encontraba él algo de la voz de la que su
-corazón estaba lleno.
-
-Los libios eran los únicos pagados, y todos se lo echaban en cara.
-Al mismo tiempo que se avivaban las antipatías nacionales con los
-odios particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque después
-de tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había
-que precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los
-conciliábulos, las arengas; hablaban todos y nadie era escuchado;
-Espendio, locuaz de ordinario, se encogía de hombros ante todas las
-proposiciones.
-
-Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el interior de la ciudad.
-
---Ninguna --contestó Matho.
-
-Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago.
-
---¡Amo! --dijo el antiguo esclavo--, si tu corazón es intrépido, yo te
-guiaré a Cartago.
-
---¿Cómo?
-
---Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como una sombra.
-
-Matho, levantando el brazo hacia el planeta de Chabar, dijo;
-
---¡Lo juro, por Tanit!
-
---Mañana --repuso Espendio--, al ponerse el sol, me esperarás al pie
-del acueducto, entre el noveno y el décimo arco. Provéete de un pico
-de hierro, de un casco sin cimera y de sandalias de cuero.
-
-El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente todo el istmo y era
-una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No obstante su
-desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento,
-lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos
-superpuestos, de abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y
-cabezas de león en las cimas, extendiéndose por la parte occidental de
-la Acrópolis, iban a hundirse debajo de la ciudad, para derramar casi
-un río en las cisternas de Megara.
-
-A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató una especie de
-arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y fijado
-que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared.
-
-Así que llegaron al primer piso, como se caía el arpón cada vez que lo
-echaban, tuvieron que andar por el borde de la cornisa para descubrir
-alguna hendidura. La cornisa se iba estrechando a cada hilera de arcos.
-La cuerda se iba gastando, y en ocasiones amenazaba romperse.
-
-Llegaron finalmente a la plataforma superior. Espendio, de tiempo en
-tiempo, se doblaba para tantear las piedras con la mano.
-
---¡Allí es! --dijo--. Empecemos.
-
-Y forcejeando con la palanca que trajo Matho, consiguieron apartar una
-de las losas.
-
-Vieron a lo lejos un grupo de jinetes que galopaban en caballos
-sin bridas. Los brazaletes de oro saltaban entre las mangas de sus
-vestidos. Al frente de ellos iba un hombre coronado con plumas de
-avestruz y galopando con una lanza en cada mano.
-
---¡Narr-Habas! --exclamó Matho.
-
---¿Qué importa? --repuso Espendio.
-
-Y saltó al agujero que había dejado la losa separada.
-
-A una orden suya, Matho probó empujar uno de los bloques; pero por
-falta de espacio, no podía mover los codos.
-
---Volveremos --dijo Espendio--; ponte delante --y los dos se
-aventuraron en el conducto de las aguas.
-
-Andaban mojados hasta la cintura, y pronto hubieron de nadar,
-tropezando a cada instante con las paredes del canal, que era muy
-estrecho. El agua corría casi tocando las losas de arriba; se laceraban
-el rostro. Luego, la corriente los arrastró. Un aire más pesado que
-el de un sepulcro les oprimía el pecho, y con los brazos altos para
-resguardar la cabeza y pegadas las piernas, que alargaban lo más
-que podían, pasaron como flechas en la obscuridad, jadeantes, casi
-muertos. De pronto, todo se hizo negro delante de ellos y se redobló la
-velocidad de las aguas. Cayeron.
-
-Así que volvieron a la superficie se mantuvieron durante algunos
-minutos tendidos de espalda, para respirar deliciosamente el aire.
-Las arcadas, una tras otra, se abrían en medio de anchas murallas que
-separaban los depósitos. Todos estaban llenos y el agua caía en una
-especie de cascada a lo largo de las cisternas. Las cúpulas del techo
-dejaban pasar por un tragaluz una pálida claridad que se reflejaba en
-el agua como discos de luz, y las tinieblas del contorno se espesaban
-sobre las paredes indefinidamente. El más insignificante ruido producía
-un gran eco.
-
-Espendio y Matho volvieron a nadar, y pasando por la abertura de los
-arcos, atravesaron muchos compartimentos seguidos. Otras series de
-depósitos más pequeños se extendían paralelamente a cada lado. Los dos
-hombres se perdían y volvían a encontrarse. Algo resistió bajo sus
-talones: era el pavimento de la galería que bordeaba las cisternas.
-
-Entonces, avanzando con grandes precauciones, palparon la muralla en
-busca de una salida. Pero sus pies resbalaban y caían para volver
-a levantarse, presa de espantosa fatiga, como si sus miembros se
-disolvieran en el agua. Sus ojos se cerraron: agonizaban.
-
-Espendio dio con la mano contra los barrotes de una reja. La sacudieron
-y cedió, dando paso a una escalera cerrada arriba por una puerta de
-bronce. Con la punta de un puñal apartaron la barra que la abría por
-fuera; y respiraron el aire libre.
-
-La noche estaba silenciosa y el cielo parecía de una altura
-desmesurada. Veíanse hileras de árboles a lo largo de las murallas. La
-ciudad dormía, mientras los fuegos de los centinelas de las avanzadas
-brillaban como estrellas perdidas.
-
-Espendio, que había pasado tres años en la ergástula, no conocía bien
-los barrios de la ciudad. Matho conjeturó que para ir al palacio de
-Amílcar debían tomar a la izquierda, atravesando los Mapales.
-
---No --dijo Espendio--; llévame al templo de Tanit.
-
-Matho quiso objetar.
-
---Acuérdate --dijo el esclavo; y alzando el brazo, señaló al planeta de
-Chabar, que resplandecía.
-
-Entonces Matho se volvió silenciosamente hacia la Acrópolis.
-
-Se arrastraban a lo largo de las líneas de nopales que bordeaban
-los caminos. Corría el agua de sus cuerpos sobre el polvo de la
-tierra. Sus sandalias, mojadas, no hacían el menor ruido. Espendio,
-con los ojos más brillantes que antorchas, registraba a cada paso
-los matorrales; detrás de él andaba Matho, con las dos manos armadas
-de puñales, sujetos los brazos cerca de los sobacos por una banda de
-cuero.
-
-
-
-
-V
-
-TANIT
-
-
-Cuando salieron de las huertas, se vieron detenidos por la cerca de
-Megara; pero descubrieron una brecha en la espesa muralla, y pasaron.
-
-El terreno, al descender, formaba como un valle muy ancho. Se hallaron
-en un sitio descubierto.
-
---¡Escucha! --dijo Espendio--, y nada temas... Cumpliré mi promesa.
-
-Se interrumpió, como pensando en lo que iba a decir...
-
---¿Te acuerdas cuando una vez te señalé, Matho, al salir el sol, desde
-la azotea de Salambó, a Cartago? Aquel día éramos fuertes, pero tú
-no quisiste oír nada... ¡Amo, hay en el santuario de Tanit un velo
-misterioso, caído del cielo, y que cubre a la diosa!
-
---Lo sé --dijo Matho.
-
---Es un velo divino porque forma parte de la deidad. Los dioses
-ejercen su poder donde residen. Porque lo posee Cartago, Cartago es
-poderosa... ¡Te he traído aquí para robarlo!
-
-Matho retrocedió horrorizado.
-
---¡Vete! ¡Busca otro! No quiero ayudarte en esa acción execrable.
-
---Tanit es tu enemiga --replicó Espendio--. Ella te persigue, y tú
-mueres de su cólera. Te vengarás; ella te obedecerá, y serás inmortal e
-invencible.
-
-Matho bajó la cabeza. Espendio prosiguió:
-
---Sucumbiremos; el ejército será aniquilado. No tenemos ni escapatoria,
-ni ayuda, ni perdón. ¿Qué castigo de los dioses puedes temer, si tienes
-su fuerza en tus manos? ¿O es que prefieres morir en la derrota,
-miserablemente, al amparo de un matorral, o entre el ultraje de la
-plebe, en una hoguera? ¡Amo, un día entrarás en Cartago, entre los
-colegios de los pontífices, que besarán tus sandalias; y si el velo de
-Tanit te pesa, lo devolverás a su templo! ¡Sígueme! ¡Ven a tomarlo!
-
-Un ansia terrible devoraba a Matho. Hubiera querido poseer el velo
-sin cometer el sacrilegio. Se decía que quizás podría adquirir su
-virtud sin necesidad de robar el velo; pero sin llegar al fondo de su
-pensamiento, deteniéndose en el límite que le espantaba.
-
---¡Vamos! --dijo, y se alejaron a paso rápido, juntos y sin hablarse.
-
-El terreno iba subiendo y las casas se juntaban. Los dos hombres
-torcían por calles estrechas y entre tinieblas. Jirones de esparto
-que cerraban las puertas golpeaban las paredes. En una plaza, los
-camellos rumiaban ante un montón de heno. Luego pasaron por debajo de
-una galería cubierta de follaje. Ladraron los perros, pero de pronto
-el espacio se ensanchó y se encontraron en la parte occidental de la
-Acrópolis. Por bajo de Byrsa se erguía una negra mole: era el templo
-de Tanit, conjunto de monumentos y jardines, de patios y antepatios,
-ceñido por un pequeño muro de piedras secas. Espendio y Matho lo
-franquearon.
-
-Este primer recinto encerraba un bosque de plátanos, plantados como
-precaución contra la peste y la infección del aire. Aquí y acullá
-estaban diseminadas las tiendas en que de día se vendían pastas
-depilatorias, perfumes, vestidos, pasteles en forma de luna e imágenes
-de la diosa, con reproducciones del templo ahuecadas en un bloque de
-alabastro.
-
-Nada tenían que temer, porque en las noches en que el astro estaba
-oculto, se suspendían todos los ritos; pero Matho se desanimaba y se
-detuvo ante las tres gradas de ébano que conducían al segundo recinto.
-
---¡Adelante! --dijo Espendio.
-
-Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmóviles como follaje de
-bronce, alternaban con regularidad; el camino, empedrado de guijarros
-azules, crujía bajo los pies; abiertas rosas se mecían como cunas en
-toda la longitud de la avenida. Llegaron ante un agujero oval, cerrado
-por una verja. Matho, a quien el silencio espantaba, dijo a Espendio:
-
---Aquí es donde se mezclan las Aguas dulces con las Aguas amargas.
-
---Yo he visto todo esto --contestó el antiguo esclavo-- en Siria, en la
-ciudad de Mafug.
-
-Por una escalera de seis gradas de plata subieron al tercer recinto.
-
-Un cedro enorme se erguía en medio. Sus ramas más bajas desaparecían
-bajo montones de estofas y de collares colgados por los fieles.
-Avanzaron algunos pasos y llegaron a la fachada del templo.
-
-Dos largos pórticos, de arquitrabes que se apoyaban en gruesos pilares,
-flanqueaban una torre cuadrangular, adornada en su plataforma por una
-luna en creciente. Sobre los ángulos de los pórticos y en las cuatro
-esquinas de la torre se elevaban vasos llenos de aromas encendidos.
-Granadas y coloquíntidas festoneaban los capiteles. Entrelazos,
-losanges y líneas de perlas alternaban sobre los muros, y un seto de
-filigrana de plata formaba un ancho semicírculo ante la escalera de
-marfil que bajaba del vestíbulo.
-
-A la entrada había, entre una estela de oro y otra de esmeralda, un
-cono de piedra; al pasar por su lado, Matho se besó la mano derecha.
-
-La primera habitación era muy alta, con innumerables aberturas en la
-bóveda, de modo que al levantar la cabeza se podían ver las estrellas.
-En todo el contorno de la muralla se amontonaban, en cestas de mimbre,
-barbas y cabelleras, primicias de adolescentes; y en medio del
-departamento circular, salía de una repisa el cuerpo de una mujer,
-cubierta de mamas, gorda, barbuda y con las pupilas bajas; tenía aire
-sonriente y las manos cruzadas sobre el borde de su gran vientre,
-pulido por los besos de la multitud.
-
-Después se hallaron al aire libre, en un corredor transversal, en el
-que un altar de exiguas proporciones se apoyaba en una puerta de marfil
-que únicamente los sacerdotes podían abrir; porque un templo no era un
-sitio de reunión del pueblo, sino la morada particular de una divinidad.
-
---¡La empresa es imposible! --decía Matho--. ¡Volvámonos!
-
-Espendio examinaba las paredes. Quería el velo, no porque tuviera
-confianza en su virtud --Espendio no creía en el oráculo--, sino porque
-estaba persuadido de que los cartagineses, al verse sin él, caerían
-en un gran abatimiento. Dieron la vuelta por detrás, buscando alguna
-salida.
-
-Veíanse edículos de formas diferentes, bajo bosquecillos de terebintos.
-Aquí y allá se erguía un falo de piedra y pastaban tranquilamente
-grandes ciervos, empujando con las pezuñas las piñas que habían caído
-de las copas de los árboles.
-
-Volvieron sobre sus pasos entre dos largas galerías paralelas, con
-pequeñas celdas al fondo. De arriba abajo de sus columnas de cedro
-pendían tamboriles y címbalos. Unas mujeres dormían sobre esteras
-fuera de las celdas. Sus cuerpos, engrasados con ungüentos, exhalaban
-olor a especias y a perfumadores apagados, y estaban tan cubiertas de
-tatuajes, de collares, de anillos, de bermellón y de antimonio que,
-sin el movimiento del pecho, se las hubiera tomado por ídolos tendidos
-en el suelo. Los lotos rodeaban una fuente en la que nadaban peces
-parecidos a los de Salambó; luego, en el fondo, junto a la muralla del
-templo, se desplegaba una viña de sarmientos de vidrio y racimos de
-esmeraldas. Los rayos de las piedras preciosas fingían juegos de luz
-entre las columnas pintadas, sobre los rostros de las durmientes.
-
-Matho se asfixiaba en la cálida atmósfera que irradiaban los tabiques
-de cedro. Todos estos símbolos de la fecundación, estos perfumes y
-estos hálitos le abrumaban. A través de los destellos místicos, soñaba
-con Salambó. La confundía con la misma diosa, y su amor iba en aumento,
-como los grandes lotos que se despliegan pomposos en la profundidad de
-las aguas.
-
-Calculaba Espendio el dinero que hubiera ganado en otro tiempo
-vendiendo aquellas mujeres, y con la vista pesaba, al pasar, los
-collares de oro.
-
-El templo era tan impenetrable por este lado como por el otro.
-Volvieron por detrás de la primera cámara. En tanto que Espendio
-husmeaba, Matho, prosternado ante la puerta, imploraba a Tanit,
-suplicándola que no le permitiera este sacrilegio. Procuraba ablandarla
-con palabras acariciadoras, como se hace con una persona irritada.
-
-Espendio advirtió una abertura estrecha encima de la puerta.
-
---¡Levántate! --dijo a Matho.
-
-Y le hizo adosarse de pie contra la pared. Poniendo un pie en sus manos
-y luego otro sobre su cabeza, llegó a la altura del ventanal, y por
-allí desapareció. Matho sintió caer sobre su espalda una cuerda de
-nudos, que Espendio había arrollado alrededor de su cuerpo antes de
-aventurarse en la cisterna; y apoyándose con ambas manos, pronto se
-encontró al lado de Espendio en una gran sala llena de sombra.
-
-Un atentado sacrílego parecía tan imposible, que, por lo mismo, apenas
-se habían puesto los medios para evitarlo. El terror, más que las
-paredes, defendía al santuario. Matho, a cada instante, se creía muerto.
-
-En el fondo de las tinieblas brillaba una luz. Se acercaron. Era una
-lámpara que ardía en una concha, sobre el pedestal de una estatua
-tocada con el gorro de los Kabiros. Vestía una larga túnica azul
-sembrada de discos de diamantes, y unas cadenas que se hundían bajo las
-losas la retenían por los talones. Matho contuvo un grito:
-
---¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Hela aquí!
-
-Espendio cogió la lámpara para alumbrarse.
-
---¡Qué impío eres! --murmuró Matho.
-
-Pero le siguió. El departamento en que entraron no tenía más que una
-pintura negra, que representaba otra mujer, cuyas piernas subían hasta
-lo alto de la muralla. Su cuerpo ocupaba todo el techo. Colgaba de su
-ombligo un hilo con un huevo enorme, y la alegoría caía sobre la otra
-pared, con la cabeza hacia abajo, hasta el nivel de las losas, en las
-que hincaba sus dedos puntiagudos.
-
-Para seguir adelante, apartaron una cortina; pero sopló el viento y la
-lámpara se apagó.
-
-Anduvieron errantes, perdidos en las complicaciones de la arquitectura.
-De repente, notaron bajo sus pies una cosa de una extraña suavidad.
-Brillaban y brotaban chispas; andaban sobre fuego. Espendio tocó el
-suelo y vio que estaba cuidadosamente alfombrado con pieles de lince;
-luego le pareció que le rozaba las piernas una cuerda gruesa y mojada,
-fría y viscosa. Las hendiduras talladas en la muralla dejaban pasar
-tenues rayos blancos. Avanzaban con esta incierta luz, hasta que al fin
-vieron una gran serpiente negra, que desapareció rápidamente.
-
---¡Huyamos! --dijo Matho--. ¡Es ella; la oigo; ella viene!
-
---¡No! --repuso Espendio--. El templo está vacío.
-
-Una luz deslumbrante les hizo cerrar los ojos. Vieron luego en
-contorno una infinidad de animales flacos, jadeantes, enseñando las
-garras y confundidos unos con otros, con un desorden misterioso que
-daba espanto. Eran serpientes con pies, toros con alas, peces con
-cabezas humanas comiendo frutas, flores que se abrían en las fauces
-de cocodrilos, y elefantes con la trompa alzada volando por el cielo
-como águilas. Un terrible esfuerzo distendía sus miembros incompletos
-o multiplicados. Parecían querer sacarse el alma alargando la lengua;
-y todas las formas se encontraban allí, como si el receptáculo de los
-gérmenes, abriéndose con súbito rompimiento, se hubiera vaciado sobre
-las paredes de la sala.
-
-Doce globos de cristal azul la rodeaban circularmente, soportados
-por monstruos parecidos a tigres. Sus pupilas brillaban como ojos de
-caracoles, y encorvando sus poderosas grupas, se volvían hacia el fondo
-donde resplandecían, en un carro de marfil, la Rabbet suprema, la
-Omnifecunda, la última creada.
-
-Escamas, plumas, flores y pájaros le subían hasta el vientre; le
-servían de pendientes unos címbalos de plata que oscilaban sobre sus
-mejillas. Sus grandes ojos miraban de hito en hito, y una piedra
-luminosa, engarzada en su frente en un símbolo obsceno, alumbraba toda
-la sala, al reflejarse por encima de la puerta, en espejos de cobre
-rojo.
-
-Matho dio un paso; flojeó una losa bajo sus talones, y las esferas
-empezaron a girar, los monstruos a rugir; oyóse una música melodiosa
-y arrulladora como la armonía de los planetas; el alma de Tanit se
-desbordaba tumultuosa. Iba a levantarse, grande como la sala, con los
-brazos abiertos. De pronto, los monstruos cerraron las fauces y los
-globos de cristal dejaron de girar.
-
-Lúgubre modulación onduló por algún tiempo en el aire, hasta que al fin
-se extinguió.
-
---¿Y el velo? --dijo Espendio.
-
-No se le veía en ninguna parte. ¿Dónde estaba? ¿Cómo descubrirlo? ¿Lo
-habrían ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba un desgarro del
-corazón, y como una decepción en su fe.
-
---Por aquí --murmuró Espendio, guiado por una inspiración.
-
-Llevó a Matho detrás del carro, en donde una hendidura, ancha de un
-codo, cortaba la muralla de arriba abajo.
-
-Entraron en una pequeña sala redonda, y tan alta, que parecía el hueco
-de una columna. Tenía en medio una gran piedra negra semiesférica, a
-modo de tamboril; ardían llamas por encima, y por detrás se levantaba
-un cono de ébano que ostentaba una cabeza y dos brazos.
-
-A distancia, les pareció una nube cuajada de estrellas; se veían
-figuras en las profundidades de sus pliegues: Eschmún con los Kabiros,
-algunos de los monstruos de antes, las bestias sagradas de los
-babilonios y otras desconocidas. Todo esto pasaba como un manto bajo la
-mirada del ídolo, y, remontándose desplegado en la pared, se agarraba a
-los ángulos, ora azulado como la noche, ora amarillo como la aurora; o
-bien purpúreo como el sol, diáfano y resplandeciente. Era el manto de
-la diosa, el zaimph santo que no se podía mirar.
-
-Los dos hombres palidecieron.
-
---¡Tómalo! --dijo al fin Matho.
-
-Espendio no vaciló, y apoyándose en el ídolo, desprendió el velo, que
-cayó arrastrándose. Matho puso la mano encima, metió la cabeza por la
-abertura y se envolvió el cuerpo con él, separando los brazos para
-verlo mejor.
-
---¡Vámonos! --dijo Espendio.
-
-Matho permanecía con los ojos clavados en las losas. De pronto exclamó:
-
---¿Y si yo fuera a su casa? ¿No tengo miedo de su hermosura? ¿Qué
-puede ahora contra mí? Ahora soy más que un hombre. Pasaré por encima
-de las llamas, andaré sobre las olas del mar. Me siento transportado.
-¡Salambó! ¡Salambó! ¡Yo soy tu amo!
-
-Su voz era tonante. Le parecía a Espendio otro hombre de estatura más
-alta y transfigurado.
-
-Se oyeron pasos, se abrió una puerta y apareció un hombre, un
-sacerdote, con su alto gorro y los ojos pintados. Sin darle tiempo,
-Espendio se precipitó a él y le hundió los dos puñales en los costados.
-La cabeza sonó sobre el pavimento.
-
-Inmóviles como el cadáver, quedaron atentos durante un rato; pero solo
-se oía el murmullo del viento, por la puerta entreabierta.
-
-Daba esta a un pasadizo. Espendio se metió en él, seguido de Matho, y
-llegaron al tercer recinto, entre los pórticos laterales, donde estaban
-las habitaciones de los sacerdotes.
-
-Detrás de las celdas debía haber un camino más corto para salir.
-Diéronse prisa para encontrarlo.
-
-Agachándose Espendio al borde de la fuente, lavó sus manos
-ensangrentadas. Dormían las mujeres. Brillaba la viña de esmeralda. Se
-pusieron en marcha.
-
-Pero alguien, por entre los árboles, corría detrás de ellos; y Matho,
-que llevaba el velo, sintió varias veces que le tiraban suavemente por
-abajo. Era un gran cinocéfalo, uno de los que vivían sueltos en el
-recinto de la diosa. Como si tuviera conciencia del robo, se agarraba
-al manto. No se atrevían a pegarle, por temor a que redoblara sus
-gritos; de pronto se aplacó su cólera y trotó a su lado, balanceando el
-cuerpo, con sus largos brazos colgantes. Al llegar a la barrera, de un
-salto se subió a una palmera.
-
-Así que salieron del último recinto, se dirigieron al palacio de
-Amílcar, porque comprendió Espendio que era inútil disuadir a Matho de
-su propósito.
-
-Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de Mutumbal, el
-mercado de hierbas y la encrucijada de Cinasim.
-
---¡Esconde el zaimph! --dijo Espendio.
-
-Vieron gente, pero nadie les vio a ellos. Al fin divisaron las casas de
-Megara.
-
-El faro, levantado por la parte de atrás en la cumbre del acantilado,
-iluminaba el cielo con una roja claridad, y la sombra del palacio, con
-sus azoteas superpuestas, se proyectaba sobre los jardines como una
-monstruosa pirámide. Entraron por el seto de azufaifos, cortando las
-ramas con los puñales.
-
-Aún se advertían los rastros del festín de los mercenarios. Los
-parques estaban pisoteados; los regatos, secos; las puertas de la
-ergástula, abiertas. No se veía a nadie en las cocinas ni en las
-bodegas. Se asombraban de este silencio, solo interrumpido por el
-bramido de los elefantes que se agitaban en sus maneotas, y el crepitar
-de la hoguera de áloe que ardía en el faro.
-
-Matho repetía:
-
---¿Dónde está ella? ¡Quiero verla! ¡Guíame!
-
---¡Es una locura! --decía Espendio--. Llamará a sus esclavos y, a pesar
-de tu fuerza, morirás.
-
-Así llegaron a las escaleras de las galeras. Alzó Matho la cabeza y
-creyó advertir en lo alto una vaga claridad, radiante y suave. Quiso
-contenerlo Espendio, pero él se lanzó escalera arriba.
-
-Al encontrarse en los sitios donde la viera, el recuerdo de los días
-transcurridos se borró de su memoria. La veía como cuando cantaba en
-las mesas y desaparecía y él subía continuamente esta escalinata. Sobre
-su cabeza, el cielo estaba cubierto de luminarias; la mar llenaba el
-horizonte; a cada paso que él daba le rodeaba una inmensidad más ancha,
-y seguía subiendo con la extraña facilidad que se tiene en los sueños.
-
-El ruido del velo rozando contra las piedras le recordó su nuevo poder;
-pero en el exceso de su esperanza, ya no sabía lo que tenía que hacer;
-esta incertidumbre le intimidó.
-
-De vez en cuando se asomaba a las celosías cuadrangulares de los
-aposentos cerrados, y creyó ver en muchos de ellos personas dormidas.
-
-El último piso, más estrecho, formaba como un dado encima de las
-terrazas. Matho le dio la vuelta lentamente.
-
-Una luz lechosa iluminaba las hojas de talco que tapaban las pequeñas
-aberturas de la muralla y, que simétricamente dispuestas, parecían en
-las tinieblas hileras de perlas finas. Reconoció la puerta cuartelada
-con la cruz negra. Redoblaban las palpitaciones de su corazón. Quiso
-huir, pero empujó la puerta, y esta se abrió.
-
-En el fondo de la habitación ardía, suspendida, una lámpara en forma
-de galera; tres rayos de luz de su carena de plata temblaban en los
-altos artesonados pintados de rojo con franjas negras. El techo era un
-conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio amatistas, y
-topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho aposento
-aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda
-aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún
-vestido que colgaba hasta el suelo.
-
-Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque ovalado, en cuya
-orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un jarro de
-alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se
-aspiraban aromáticos olores.
-
-Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de nácar y de vidrio; y
-no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se hundían sus pies
-como si caminara por arena.
-
-Detrás de la lámpara de plata había divisado un gran cuadrado de azur,
-suspendido en el aire por cuatro cuerdas, y a él se acercó Matho, medio
-agachado y con la boca abierta.
-
-De cuernos de antílope colgaban anillos y brazaletes; vasos de arcilla
-refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en la hendidura de
-la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo tenía
-desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie
-de aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz
-sembrado de flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al
-escabel de ébano que servía para subir a él.
-
-Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran cortina, no dejaba
-ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba la punta de
-un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver mejor.
-
-Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y tendido el otro
-brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que parecía
-acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca se desplegaba
-blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo
-se veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas,
-perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y
-el movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía
-columpiarla. Zumbaba un mosquito.
-
-Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de plata; en el mosquitero
-prendió la llama, y Salambó despertó.
-
-La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos. La lámpara de Matho
-proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas.
-
---¿Qué es esto? --dijo Salambó.
-
---Es el velo de la diosa --contestó Matho.
-
---¡El velo de la diosa! --repitió ella.
-
-Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula. Matho prosiguió:
-
---¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades del santuario!
-¡Mira!
-
-El zaimph deslumbraba con su juego de luces.
-
---¿Te acuerdas? --dijo Matho--. Una noche te apareciste en mis
-sueños, pero yo no entendía la orden muda de tus ojos. Si la hubiera
-comprendido, habría acudido, abandonando el ejército: no habría salido
-de Cartago. Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al
-reino de las Sombras...
-
-Salambó pisaba ya el escabel de ébano.
-
---¡Perdóname! --añadió Matho--. Eran montañas que pesaban sobre mí y,
-sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado. ¡Sin los
-dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o
-si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu
-aliento! ¡Aplástense mis labios besando tus manos!
-
---¡Déjame ver! --decía ella--. ¡Más cerca! ¡Más cerca!
-
-Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas de talco de las
-paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del lecho.
-
---¡Te amo! --gritaba Matho.
-
-Ella balbuceó:
-
---¡Dámelo!
-
-Y se acercaron.
-
-Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos arrobados puestos
-en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los esplendores de
-su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en un
-abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se
-quedaron mirándose absortos.
-
-Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió un terror súbito y
-empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras de cobre
-que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó:
-
---¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame! ¡Maldito! ¡A mí,
-Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul!
-
-Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la cara asustada de
-Espendio, el cual dijo estas palabras:
-
---¡Huye! Vienen aquí.
-
-Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada de gente, entre
-mujeres, esclavos y criados, se lanzó dentro de la habitación con
-estacas, rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como
-paralizados de indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos
-como en un entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel.
-
-Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto en el zaimph, como
-un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a arrojarse
-sobre él. Salambó los contuvo.
-
---¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa!
-
-Y dando un paso hacia él, alargando su brazo desnudo, prorrumpió:
-
---¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y dolor! ¡Que Gurcil,
-dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de los muertos,
-te ahogue! ¡Y que el Otro --el que no se puede nombrar-- te queme!
-
-Matho dio un grito, como si le hiriera una espada. Salambó repitió
-muchas veces:
-
---¡Vete! ¡Vete!
-
-Se apartó la turba de criados, y Matho, baja la cabeza, pasó
-lentamente en medio de ellos; al llegar a la puerta se detuvo porque la
-franja del zaimph se había enganchado en una de las estrellas de oro
-que esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera.
-
-Espendio, saltando de terraza en terraza y por encima de setos y de
-acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro. En este
-sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de
-espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el
-cabo de las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el
-campamento de los bárbaros.
-
-Había salido el sol, y como un león que se retira, Matho se alejó
-mirando el camino con ojos terribles.
-
-Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del palacio, seguía
-a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían robado
-el tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de
-un sacerdote asesinado. Corría el rumor de que los bárbaros habían
-entrado en la ciudad.
-
-No sabiendo Matho cómo franquear los recintos, seguía en línea recta.
-Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo que había
-pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera.
-
-Del fondo de los Mapales, de las alturas de la Acrópolis, de las
-catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de gente. Salían
-los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas; las
-mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas
-y bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué
-modo recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los
-mismos dioses, y su contacto ocasionaba la muerte.
-
-En el peristilo de los templos, los sacerdotes, desesperados, se
-retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al acaso;
-había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las
-gavias de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que
-daba aumentaba la ira, pero también el terror. Vaciábanse las calles
-al aproximarse él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por
-los dos lados hasta encima de las murallas. No se veían más que ojos
-muy abiertos, como para matarlo con la vista; dientes que rechinaban,
-puños que amenazaban; se oían las imprecaciones de Salambó, que se
-multiplicaban.
-
-De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y una lluvia de
-piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al zaimph,
-pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en
-escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia
-adelante y hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de
-ataque. Andaba cada vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al
-encontrarlas interceptadas con cuerdas, carros o trampas, se volvía
-atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón, donde murieron los
-baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a muerte.
-Estaba perdido; la multitud batía palmas.
-
-Corrió hasta la gran puerta cerrada. Era muy alta, de robusta encina,
-con clavos de hierro y forrada de cobre. Matho la empujó. El pueblo,
-gozoso, observaba su impotente furor; entonces, él se quitó una
-sandalia, escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad
-aulló. Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor,
-febril, como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto,
-reparó en la larga cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la
-báscula de la puerta. De un salto se agarró a ella de pies y manos, y,
-forcejeando, logró abrir las hojas de la puerta.
-
-Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran zaimph y lo puso
-sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por el viento
-del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura
-de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las
-tiendas de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas,
-veía desaparecer la fortuna de Cartago.
-
-
-
-
-VI
-
-HANNÓN
-
-
---¡Debí habérmela traído! --decía por la noche Matho a Espendio--. Debí
-haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido.
-
-Espendio no le escuchaba. Echado de espalda, descansaba a sus anchas,
-al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la que metía a
-menudo la cabeza para beber más abundantemente.
-
---¿Qué hacer? --preguntaba Matho--. ¿Cómo volver a entrar en Cartago?
-
---No lo sé --contestaba Espendio.
-
-Su impasibilidad exasperaba a Matho.
-
---¡Tú tienes la culpa! --añadió este--; tú me llevaste y me abandonaste
-como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi amo? ¡Ah,
-prostituidor, esclavo, hijo de esclavo!
-
-Rechinaba los dientes y amenazaba a Espendio con su ancha mano.
-
-El griego no contestaba. Ardía una lámpara de arcilla colgada del palo
-de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado de una panoplia.
-
-De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el peto de hojas de
-cobre y el casco.
-
---¿Adónde vas? --preguntó Espendio.
-
---Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente, los aplastaré como
-víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo verás: la
-mataré.
-
-Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó en un rincón,
-poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron antorchas y
-entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres.
-
-Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, collares de cuero,
-pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de hiena; parados
-en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que descansan.
-Narr-Habas era el más hermoso de todos; ceñían sus delgados brazos
-correas guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que sostenía
-por detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de
-avestruz que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía
-enseñar los dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su
-persona tenía un sello de distinción.
-
-Declaró que venía a juntarse con los mercenarios, porque la República
-amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar a los
-bárbaros y les podía ser útil.
-
---Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis florestas, de vino,
-aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios; de veinte
-mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es porque
-la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por lo
-demás, somos antiguos amigos.
-
-Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las pieles de carnero, hacía
-señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo por testigos a
-los dioses y maldiciendo a Cartago. En sus imprecaciones rompió una
-azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho, transportado por estas
-demostraciones, dijo que aceptaba la alianza.
-
-Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos del día y de la
-noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se llenó
-de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso
-su mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas.
-Repitieron estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche
-comiendo, y se quemó el resto de la comida, juntamente con la piel, los
-huesos, los cuernos y las uñas de las reses sacrificadas.
-
-Una inmensa aclamación había saludado a Matho cuando apareció con el
-velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la religión cananea,
-estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara un genio.
-Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa con
-que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran su
-posesión. Así pensaban los soldados de raza africana. Los otros, cuyo
-odio era menos antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos,
-se hubieran marchado en seguida.
-
-Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a todas las tribus del
-territorio púnico.
-
-Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con impuestos
-exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos
-y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a
-la República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un
-arma; cuando se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos.
-Los gobernadores eran estimados como lagares, según la cantidad que
-producían. Más allá de las regiones sometidas a Cartago, estaban los
-aliados, que solo pagaban un módico tributo; detrás de los aliados
-vagaban los nómadas, que podían concitarse contra ellos. Por este
-sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las plantaciones
-soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón, maestro
-en esto de cultivos y de esclavos, se asombró de ello, noventa y dos
-años más tarde, y el grito de muerte que repetía en Roma no era sino la
-exclamación de un celo codicioso.
-
-Durante la última guerra, habían redoblado las exacciones, por lo que
-las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían entregado a Régulo.
-Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte mil bueyes,
-trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los jefes de
-tribus fueron crucificados o echados a los leones.
-
-Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más antigua que la
-metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía frente
-a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un
-animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la
-debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto
-de armas a los «Comedores de cosas inmundas».
-
-Aún no habían partido los correos de los bárbaros y ya en las
-provincias estalló un regocijo universal. Sin esperar a más, se
-estranguló en los baños a los intendentes de las casas y a los
-funcionarios de la República; se sacaron de las cavernas las armas que
-estaban escondidas; con el hierro de los arados se forjaron espadas;
-los niños aguzaban en las puertas las azagayas; las mujeres daban sus
-collares, sortijas y pendientes y todo cuanto podía servir para la
-destrucción de Cartago. Todos querían contribuir a ella de algún modo.
-Los paquetes de lanzas se amontonaron en los poblados, como garbas
-de maíz. Se expidieron animales y dinero. Matho pagó pronto a los
-mercenarios los atrasos de su soldada, y por esta idea de Espendio fue
-nombrado general en jefe o _schalischim_ de los bárbaros.
-
-Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres: primero, la gente
-de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas las
-caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que
-iban a Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho.
-Llegaban sin cesar bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis
-veíase cómo aumentaba el ejército.
-
-Los guardias de la Legión hacían centinela en la plataforma del
-acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se levantaban
-cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en el
-llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, con la
-incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las murallas.
-
-Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias fenicias, como
-Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la República
-hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo, respetaban
-a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no creían que
-un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, que estos
-serían exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir tranquilas.
-
-Pero su posición las hacía indispensables. Útica, en el fondo de un
-golfo, era el conducto por donde llegaba a Cartago el socorro de
-fuera. Tomada Útica, Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa, haría sus
-veces, y así avituallada la metrópoli, sería inexpugnable.
-
-Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente el sitio; Narr-Habas
-se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era la opinión
-de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió que
-Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer cuerpo
-del ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago,
-encargándose de esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino
-para traer elefantes, y con su caballería limpiar los caminos.
-
-Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque codiciaban las joyas
-de las damas púnicas. También protestaron los libios, porque se les
-llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente partieron
-los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente con los
-iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las islas; todos
-los que hablaban griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del
-ingenio que veían en él.
-
-Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron moverse el ejército,
-el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por el camino de
-Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el resto
-desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del
-bosque, en donde se internó.
-
-Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades tirias no
-resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército
-considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto
-perecería por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio
-de las provincias, ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma,
-no pagaban contribuciones. A Cartago le faltaba genio político. Su
-eterno afán de ganancia le privaba de la prudencia que da más altas
-ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía a fuerza
-de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en torno de ella; la
-menor tempestad quebrantaba esa formidable máquina.
-
-El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por todo lo que
-se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se
-necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República.
-Tolomeo le había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les
-descorazonaba, como lo había previsto Espendio.
-
-Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba contra su pecho el oro
-y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la misma constitución
-de su Gobierno.
-
-En primer lugar, el poder dependía de todos, sin que nadie fuera
-lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares eran
-consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían
-el monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería
-con los de la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos y
-los pobres, se labraban algunas veces una fortuna. Todos podían optar
-a las magistraturas; y si bien el poder y el dinero se perpetuaban en
-las mismas familias, se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la
-esperanza de alcanzarla.
-
-Las sociedades de comerciantes, en las que se elaboraban las leyes,
-escogían los inspectores de hacienda, quienes al abandonar el cargo,
-nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos, dependientes
-a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos. Los
-dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían
-el mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase
-de odios, para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar
-sobre la guerra, y en caso de vencimiento, eran crucificados por el
-Gran Consejo.
-
-De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los Sisitas, es decir,
-de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde según la
-tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose retirado
-el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de pequeños
-aposentos de arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas
-de piedra y separadas unas de otras para recibir aisladamente las
-diferentes compañías. Los ricos se amontonaban allí todo el día para
-debatir acerca de sus intereses y los del Gobierno, desde la busca de
-la pimienta hasta el exterminio de Roma. Tres veces en cada luna hacían
-subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba el muro del patio, y
-desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin coturnos y sin
-mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las viandas, y
-con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los jarros;
-fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en
-pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar.
-
-Pero al presente no podían disimular su inquietud y estaban harto
-pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba hasta
-sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas
-las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciaban en
-seguida; subían a la Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo
-deliberaba todas las noches. Por fin, el pueblo fue convocado en
-la plaza de Kamón y se resolvió llamar a Hannón, el vencedor de
-Hecatompila.
-
-Era un hombre devoto, astuto, implacable para la gente de África; un
-verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca. Nadie tenía
-como él experiencia tan probada en cosas de administración.
-
-Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos útiles, puso catapultas
-en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas y ordenó la
-construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se hacía llevar
-al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía siempre su
-gran litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la escalinata
-de la Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía dormir, para
-prepararse para la batalla, ordenaba, con voz terrible, maniobras de
-guerra.
-
-Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía belicoso. Los ricos, al
-canto del gallo, se alineaban a lo largo de los Mapales, y remangándose
-las túnicas se ejercitaban en el manejo de la pica. Pero faltos de
-instructor, disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento sobre
-las tumbas, y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un
-régimen; unos, imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza,
-se ponían ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con
-ayunos para adelgazar.
-
-Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de Cartago.
-
-Pero Hannón no quería partir en tanto faltara un tornillo a la máquina
-de guerra. Así perdió tres lunas en equipar los ciento doce elefantes
-que se alojaban en los fuertes; eran los vencedores de Régulo; el
-pueblo los acariciaba, y mucho se podía hacer con estos viejos amigos.
-Hannón hizo refundir las placas de cobre con que se les guarnecía el
-pecho, dorar sus colmillos, alargar sus torres y tallar en la púrpura
-hermosos caparazones bordados con pesadas franjas. En fin, como sus
-conductores venían de las Indias, por haber llegado los primeros de
-aquella parte, ordenó que fueran todos vestidos a la usanza india, esto
-es, con un rodete blanco alrededor de las sienes y un pequeño calzón de
-viso, que formaba con sus pliegues transversales, como dos valvas de
-una concha aplicada sobre los muslos.
-
-El ejército de Autharita seguía delante de Túnez, oculto detrás de un
-muro hecho con el fango del lago y defendido en la cima por espinosa
-maleza. Los negros habían erizado allí en grandes estacas horribles
-figuras, máscaras humanas hechas con plumas de pájaros, cabezas de
-chacal o de serpientes, que abrían la boca cara al enemigo, a fin de
-amedrentarle; y estimándose invencibles por este medio, los bárbaros
-bailaban y hacían juglerías, convencidos de que Cartago no tardaría
-en sucumbir. Otro que no fuera Hannón, hubiera aplastado fácilmente
-esa multitud, estorbada por ganados y mujeres. Además, no comprendían
-ninguna maniobra, y Autharita, desalentado, nada les exigía.
-
-Se hacían a un lado cuando este pasaba mirándoles con sus ojazos
-azules. Llegado al borde del lago, se quitaba su sayo de piel de foca,
-desataba la cuerda que ataba su roja cabellera y sumergía esta en el
-agua. Sentía no haber desertado a los romanos con los dos mil galos del
-templo de Erix.
-
-A menudo, en la mitad del día, el sol se obscurecía de pronto, y el
-golfo y la alta mar parecían inmóviles, como plomo derretido. Una nube
-de obscuro polvo, perpendicularmente esparcido, venía en torbellino;
-se encorvaban las palmeras, desaparecía el cielo, se oían rebotar las
-piedras en la grupa de los animales, y el galo, con los labios pegados
-a los agujeros de su tienda, resollaba de melancolía y de agotamiento.
-Soñaba con el olor de los pastos en las mañanas de otoño, con los
-copos de nieve, con los bramidos de los uros perdidos en la niebla,
-y, entornando los párpados, creía ver los hogares de las cabañas,
-cubiertas de paja, rielar en los pantanos en el fondo del boscaje.
-
-Otros, a más de él, añoraban la patria, si bien no estaba tan lejana.
-Los cartagineses cautivos podían distinguir más allá del golfo, en los
-declives de Byrsa, los toldos de sus casas extendidos en los patios.
-Pero estaban siempre rodeados de centinelas, y se les tenía atados a
-una misma cadena. Llevaba cada uno una argolla de hierro, y la multitud
-no se cansaba de venir a verlos. Las mujeres mostraban a sus hijos sus
-hermosas túnicas convertidas en andrajos, que colgaban de sus flácidos
-miembros.
-
-Cuantas veces Autharita miraba a Giscón se acordaba de la injuria que
-este le había inferido; le hubiera matado, a no ser por el juramento
-que había hecho a Narr-Habas. Se contentaba con entrar en su tienda,
-tomar un brebaje compuesto de cebada y comino, hasta caer embriagado,
-para despertar con la fuerza del sol, devorado por una sed horrible.
-
-Matho sitiaba a Hippo-Zarita.
-
-Esta ciudad estaba protegida por un lago que comunicaba con el mar.
-Tenía tres recintos, y en las alturas que la dominaban se extendía un
-muro con torreones. Jamás se había visto Matho en tales empresas.
-Además, el recuerdo de Salambó le obsesionaba, y soñaba con los
-encantos de su belleza, como en las delicias de una venganza que le
-transportaba de orgullo. Era una necesidad de verla, acre, furiosa,
-permanente. Pensaba en ofrecerse como parlamentario, confiando que una
-vez en Cartago, llegaría a su lado. A menudo hacía tocar asalto, y sin
-esperar a más, se lanzaba sobre las defensas de los sitiados. Arrancaba
-las piedras con las manos, desbarataba, golpeaba, hundía en todo su
-espada. Los bárbaros se precipitaban en montón; se rompían las escalas
-con estrépito y se despeñaban racimos de hombres al agua, que rompía en
-olas sangrientas contra las murallas. El tumulto se debilitaba y los
-soldados concluían por alejarse, para volver a empezar después.
-
-Matho iba a sentarse fuera de las tiendas; se enjugaba con el brazo su
-cara manchada de sangre, y vuelto hacia Cartago, miraba el horizonte.
-
-Frente a él, entre olivares, palmeras, mirtos y plátanos, se
-desplegaban dos anchos estanques que se unían a otro lago, del que
-no se veían los contornos. Por detrás surgía una montaña entre otras
-montañas, y en medio del lago inmenso se erguía una isla toda negra y
-de forma piramidal. Hacia la izquierda, en la extremidad del golfo,
-montones de arena semejaban grandes olas azules detenidas, en tanto que
-el mar, plano como un enlosado de lapislázuli, subía incesantemente
-hasta el borde del cielo. El verdor de la campiña desaparecía en
-algunos sitios bajo largas placas amarillas; las algarrobas brillaban
-como botones de coral; caían pámpanos de la cima de los sicomoros;
-oíase el murmullo del agua; saltaban las alondras crestadas, y los
-últimos rayos del sol doraban el caparazón de las tortugas, que salían
-de los juncos para aspirar la brisa.
-
-Lanzaba Matho grandes suspiros. Se acostaba boca abajo; hundía las uñas
-en tierra y lloraba; se sentía miserable, infeliz, abandonado. No la
-poseería jamás, ni tampoco podría apoderarse de la ciudad.
-
-Por la noche, solo en su tienda, contemplaba el zaimph. ¿De qué le
-servía esta prenda de los dioses? Y surgían dudas en el pensamiento del
-bárbaro. Luego le parecía, por el contrario, que el manto de la diosa
-pertenecía a Salambó y que una parte de su alma flotaba más sutil que
-un aliento; y lo palpaba, lo olía, hundía la cara en él, lo besaba
-gimiendo y se lo arrollaba a las espaldas para forjarse la ilusión de
-estar cerca de ella.
-
-Otras veces huía de repente. A la luz de las estrellas daba zancadas
-entre los soldados, que dormían envueltos en sus mantos; y al llegar a
-las puertas del campamento, se lanzaba a caballo, y dos horas después
-se encontraba en Útica, en la tienda de Espendio.
-
-Empezaba hablándole del sitio; pero no había venido sino para aliviar
-su dolor hablando de Salambó. Espendio le aconsejaba que fuera cuerdo.
-
---¡Rechaza de tu alma estas miserias que te degradan! ¡Antes
-obedecías; ahora mandas un ejército, y si no conquistamos Cartago, al
-menos se nos darán provincias y seremos reyes!
-
-Pero ¿por qué la posesión del zaimph no les daba la victoria? Según
-Espendio, era cuestión de tiempo.
-
-Se imaginaba Matho que el velo pertenecía exclusivamente a los hombres
-de raza cananea, y en su sutileza de bárbaro, se decía: «El zaimph no
-hará nada por mí; pero, puesto que lo han perdido, tampoco hará nada
-por ellos.»
-
-En seguida le atormentaba un escrúpulo. Tenía miedo de ofender a Moloch
-adorando a Aptouknos, dios de los libios; y preguntaba tímidamente a
-Espendio a cuál de los dioses sería mejor sacrificar un toro.
-
---¡Sacrifica siempre! decía Espendio, riendo.
-
-Matho, que no comprendía esta indiferencia, sospechó que el griego
-tenía un Genio del que no quería hablar.
-
-Todos los cultos, como todas las razas, se encontraban en estos
-ejércitos de bárbaros, pero se respetaban los dioses ajenos, porque
-también inspiraban temor. Muchos mezclaban con su religión nativa
-prácticas extranjeras. Tenían a gala no adorar las estrellas, o bien
-siendo tal constelación funesta o propicia se la hacían sacrificios;
-un amuleto desconocido, encontrado por casualidad en un peligro, se
-convertía en divinidad, o era un nombre, nada más que un nombre, que se
-repetía sin tratar de comprender lo que podía significar. A fuerza de
-haber saqueado templos, de ver sinnúmero de naciones y de degüellos,
-muchos concluían por no creer más que en el destino y en la muerte,
-y todas las noches dormían con la placidez de las bestias feroces.
-Espendio había escupido a las efigies de Júpiter Olímpico, y, sin
-embargo, temía hablar en alta voz en las tinieblas, y no olvidaba nunca
-calzarse primero el pie derecho.
-
-Frente a Útica levantaba una gran terraza cuadrangular; pero a medida
-que esta subía, también se agrandaba la fortificación; lo que unos
-derribaban, casi inmediatamente se veía reedificado por los otros.
-Espendio economizaba su gente, soñaba planes; procuraba recordar las
-estratagemas que había oído contar en sus viajes. ¿Por qué no volvía
-Narr-Habas? Todo eran inquietudes.
-
- * * * * *
-
-Hannón había terminado sus aprestos bélicos. En una noche sin luna
-hizo atravesar en almadías, a sus elefantes y soldados, el golfo de
-Cartago. Doblaron luego la montaña de las Aguas Calientes para esquivar
-a Autharita, y siguieron con tanta lentitud, que en vez de sorprender a
-los bárbaros por la mañana, como había calculado el Sufeta, se llegó ya
-muy entrado el tercer día.
-
-Útica tenía del lado del Oriente un llano que se extendía hasta la
-gran laguna cartaginesa; detrás de ella se abría en ángulo recto un
-valle entre dos montañas bajas, que de pronto se cortaban. Los bárbaros
-estaban acampados más lejos, a la izquierda, procurando bloquear el
-puerto, y dormían en sus tiendas, cuando se presentó el ejército
-cartaginés, dando un rodeo a las colinas.
-
-Los honderos estaban repartidos en las dos alas. Los guardias de la
-Legión, con sus armaduras de escamas de oro, formaban la primera línea,
-con sus pesados caballos sin crines, sin pelo y sin orejas y en mitad
-de la frente un cuerno de plata para parecerse a los rinocerontes.
-Entre estos escuadrones, los jóvenes, cubiertos con un pequeño casco,
-blandían en cada mano una azagaya de fresno; detrás venía la infantería
-de línea con sus largas picas. Todos estos mercaderes acumulaban en
-sus cuerpos el mayor número posible de armas; había quien llevaba a un
-tiempo lanza, hacha, maza y dos espadas, y quienes, como puercoespines,
-estaban erizados de dardos y ceñían corazas con láminas de cuerno o
-placas de hierro. En último término iban los armatostes de las máquinas
-de guerra: carrobalistas, onagros, catapultas y escorpiones, oscilando
-en carretas arrastradas por mulas y cuadrigas de bueyes. A medida que
-el ejército se desplegaba, los capitanes corrían a derecha e izquierda,
-comunicando órdenes, haciendo estrechar las filas y conservando los
-intervalos. Aquellos de los Ancianos que mandaban, habían acudido con
-cascos de púrpura, cuyas franjas magníficas llegaban hasta las correas
-de los coturnos. Sus caras, pintadas de bermellón, brillaban bajo
-enormes cascos rematados por dioses; y como sus escudos eran de marfil
-esmaltado de piedras preciosas, parecían soles que pasaban por murallas
-de cobre.
-
-Los cartagineses maniobraban con tanta pesadez, que los bárbaros, por
-irrisión, les invitaban a sentarse, gritándoles que irían pronto a
-vaciarles los gordos vientres, raspar el dorado de su piel y hacerles
-beber hierro.
-
-En lo alto del mástil o cucaña clavado delante de la tienda de
-Espendio, apareció la señal, que era un jirón de tela verde. El
-ejército cartaginés contestó con un estrépito de trompetas, de
-címbalos, de flautas hechas con huesos de asnos y de tímpanos. Ya los
-bárbaros habían saltado fuera de las empalizadas. Los combatientes
-estaban cara a cara, a tiro de las azagayas.
-
-Un hondero balear dio un paso adelante, puso en su honda una bola de
-arcilla y remolineó el brazo: enfrente se rompió un escudo de cobre, y
-los dos ejércitos se mezclaron.
-
-Los griegos, pinchando a los caballos en las narices con las puntas de
-las lanzas, les encabritaron y derribaron a sus jinetes. Los esclavos
-encargados de disparar piedras las habían cogido tan grandes que no
-podían lanzarlas lejos. Los infantes púnicos, dando mandobles con sus
-espadones, descubrían su flanco derecho. Los bárbaros adelantaron
-sus líneas, degollaban en masa y pisoteaban moribundos y cadáveres,
-cegados por la sangre que les llenaba la cara. Este montón de picas,
-cascos, corazas, espadas y miembros dispersos giraba sobre sí mismo,
-ensanchándose o estrechándose con contracciones elásticas. Las cohortes
-cartaginesas se vaciaban cada vez más; sus máquinas no podían salir
-de las arenas; por fin, la gran litera del Sufeta, con arambeles
-de cristal que se viera al empezar la batalla, oscilando entre los
-soldados, como una barca sobre las olas, cayó derribada. ¿Habría
-muerto Hannón? Los bárbaros se vieron solos.
-
-El polvo se había desvanecido, y ya empezaban a cantar victoria cuando
-he aquí que Hannón apareció en lo alto de un elefante. Iba desnuda
-la cabeza, bajo un quitasol de viso que llevaba un negro detrás de
-él. Su collar de placas azules flotaba sobre las flores de la túnica
-negra; círculos de diamantes ceñían sus enormes brazos, y, abierta la
-boca, blandía una pica desmesurada, con la punta en forma de loto y
-más brillante que un espejo. La tierra pareció rajarse, y vieron los
-bárbaros aparecer en una sola línea todos los elefantes de Cartago, con
-sus colmillos dorados, las orejas pintadas de azul, cubiertos de bronce
-y sacudiendo por encima de sus caparazones de escarlata las torres de
-cuero, y en cada una de estas tres arqueros con un gran arco abierto.
-
-Apenas si los bárbaros conservaban sus armas, y estaban formados al
-acaso. El terror los dejó helados y quedaron indecisos.
-
-De lo alto de las torres venían los tiros de las jabalinas, de las
-flechas, de las faláricas y masas de plomo; algunos, para subir, se
-agarraban a las franjas de los caparazones, pero les cortaban las manos
-con cuchillos y caían de espaldas con sus espadas. Quebrábanse las
-picas, y los elefantes atravesaban las falanges como jabalíes entre
-matas de hierba. Con sus trompas arrancaban las estacas del campamento
-y lo recorrían de un extremo a otro, derribando las tiendas con sus
-pechos. Todos los bárbaros huyeron, ocultándose en las colinas que
-rodeaban el valle por donde vinieron los cartagineses.
-
-Hannón, vencedor, se presentó ante las puertas de Útica. Hizo sonar la
-trompeta, y los tres jueces de la ciudad aparecieron en las almenas de
-una torre.
-
-Los habitantes de Útica no querían admitir huéspedes tan bien armados.
-Al fin, ante la insistencia de Hannón, consintieron en recibirle con
-una pequeña escolta.
-
-Las calles eran demasiado estrechas para que pasaran los elefantes, y
-hubo de dejarlos fuera.
-
-Entrado el Sufeta en la ciudad, los notables vinieron a saludarle.
-Hannón se hizo llevar a los baños y llamó a sus cocineros.
-
- * * * * *
-
-Pasaron tres horas y todavía estaba hundido en el aceite de cinamomo
-que llenaba una tina; mientras se bañaba comía, sobre una piel de buey,
-lenguas de flamencos con granos de adormidera sazonados con miel. A su
-lado, su médico griego, envuelto en una larga túnica amarilla, hacía
-calentar la estufa, y dos mancebos, doblados en las gradas del baño,
-frotaban las piernas del Sufeta. Pero los cuidados de su cuerpo no
-obstaban al amor de la cosa pública, y al mismo tiempo dictaba una
-carta para el Gran Consejo, al cual consultaba qué castigo terrible se
-daría a los prisioneros.
-
---Espera --dijo al esclavo amanuense que escribía de pie, en el hueco
-de su mano--. ¡Que me los traigan! ¡Quiero verlos!
-
-Del fondo de la sala, llena de un vapor blanquecino, manchado por el
-resplandor de las antorchas, empujaron a tres bárbaros: un samnita, un
-espartano y un capadocio.
-
---Continúa --dijo Hannón, dictando al esclavo.
-
-«¡Regocijaos, luz de los Baales! ¡Vuestro Sufeta ha exterminado a los
-perros voraces! ¡Bendiciones sobre la República! Ordenad preces en
-acción de gracias.»
-
-Mirando a los prisioneros, les dijo, con grandes risotadas:
-
---¡Ah, ah, mis valientes de Sicca! ¡Hoy no gritáis tan fuerte! Soy yo.
-¿Me conocéis? ¿Dónde están vuestras espadas? ¡Vaya! ¡Sois unos hombres
-terribles!
-
-Y amagaba esconderse, como si les tuviera miedo.
-
---Me pedíais caballos, mujeres, tierras, magistraturas y sacerdocios,
-quizás. ¿Por qué no?... Pues bien, yo os daré tierras de las que no
-saldréis nunca. ¡Se os casará en picotas nuevecitas! ¿Vuestra soldada?
-Se os fundirán en la boca lingotes de plomo. Os pondré en altos
-puestos, muy altos, entre las nubes, para que se os acerquen las
-águilas.
-
-Los tres bárbaros, cabelludos y cubiertos de harapos, le miraban
-sin comprender lo que él les decía. Heridos en las rodillas, se les
-había cogido echándoles cuerdas, y las gruesas cadenas de sus manos
-arrastraban sobre las losas. Hannón se indignó de su impasibilidad.
-
---¡De rodillas! ¡De rodillas! ¡Chacales, mendrugos, miseria,
-excrementos! --Los infelices no chistaban--. ¡Basta! ¡Callaos! ¡Que se
-les desuelle vivos, ahora mismo!
-
-Y soplaba como un hipopótamo, girando los ojos. El perfumado aceite
-desbordaba por la masa de su cuerpo, y pegándose a las escamas de su
-piel, la hacía aparecer rosada a la luz de las antorchas.
-
-Siguió diciendo:
-
---Nosotros hemos sufrido mucho calor durante cuatro días. En el paso
-de Macar se perdieron las mulas. A pesar de su posición, del valor
-extraordinario... ¡Ah, Demónides! ¡Cómo sufro! ¡Que se calienten los
-ladrillos y que se pongan al rojo!
-
-Se oyó un ruido de palas y de hornos. Humeó más fuerte el incienso en
-las anchas cazoletas, y los masajistas, enteramente desnudos, sudando
-como esponjas, le frotaron las articulaciones con una pasta compuesta
-de harina, azufre, vino negro, leche de perra, mirra, gálbano y
-estoraque. Sed intensa le devoraba: el hombre de la túnica amarilla no
-cedió a este deseo, y alargándole una copa de oro en la que humeaba un
-caldo de víbora:
-
---Bebe --le dijo--, para que la fuerza de las serpientes, nacidas
-del Sol, penetre en la médula de tus huesos y tomes valor, ¡oh,
-reflejo de los dioses! Tú sabes, además, que un sacerdote de Eschmún
-observa alrededor del Can las estrellas crueles de donde proviene tu
-enfermedad, y que ya palidecen como las manchas de tu piel; ¡porque tú
-no debes morir!
-
---¡Oh, sí --repitió el Sufeta--: yo no debo morir!
-
-Y de sus labios amoratados se escapaba un aliento más nauseabundo que
-el olor de un cadáver. Dos carbones encendidos parecían sus ojos, que
-no tenían cejas; le colgaba de la frente un montón de rugosa piel; sus
-orejas, separándose de la cabeza, empezaban a alargarse, y las arrugas
-profundas que formaban semicírculos en torno de sus narices, le daban
-un aspecto extraño y horripilante, el aire de una bestia feroz. Su voz
-alterada parecía un rugido.
-
---¡Demónides, tal vez tengas razón! En efecto, mis úlceras empiezan a
-cerrarse. Me siento robusto. Mira, mira cómo devoro.
-
-Y menos por gula que por ostentación, y para demostrarse a sí mismo que
-tenía buen apetito, devoraba rellenos de queso y de orégano, pescados
-sin espinas, rábanos y ostras, juntamente con huevos, calabacines,
-trufas y sartas de pajaritos. Mirando a los prisioneros se deleitaba
-pensando en el suplicio que iba a darles. Sin embargo, se acordaba de
-Sicca, y la rabia de todos sus dolores se desahogaba en injurias contra
-los tres bárbaros.
-
---¡Ah, traidores, miserables, infames, malditos! ¡Me ultrajasteis, a
-mí, el Sufeta! ¡Sus servicios, el precio de su sangre, como ellos
-dicen! ¡Ah! ¡Sí, su sangre, su sangre! --Luego, hablando consigo
-mismo: «¡Morirán todos! ¡No quedará uno solo! Valdría más llevarlos
-a Cartago...; pero no he traído cadenas bastantes. ¡Que las traigan!
-¿Cuántos son? Que vayan a preguntárselo a Mutumbal. ¡Bah! ¡Nada de
-piedad! ¡Que me traigan en cestas todas las manos cortadas!»
-
-A todo esto, gritos roncos y agrios llegaban a la sala, ahogando la voz
-de Hannón y el ruido de los platos que le servían. Redoblaron aquellos,
-y de pronto estalló el bramido furioso de los elefantes, como si
-empezara otra batalla. Gran tumulto agitaba la ciudad.
-
-Los cartagineses no habían intentado perseguir a los bárbaros.
-Acampados aquellos al pie de las murallas, con sus bagajes, sirvientes
-y todo el tren de los sátrapas, se regocijaban en sus hermosas tiendas
-de bordados de perlas, mientras que el campo de los mercenarios
-parecía un montón de ruinas en la llanada. Espendio había recobrado
-su valor. Envió a Zarxas que se avistara con Matho, recorrió los
-bosques, juntó hombres (las pérdidas no habían sido considerables), y
-rabiosos de haber sido vencidos sin combatir, reformaban sus líneas,
-cuando descubrieron una cuba de petróleo, abandonada sin duda por los
-cartagineses. Espendio hizo traer cerdos de las granjas, los untó de
-betún, les prendió fuego y los lanzó sobre Útica.
-
-Los elefantes, asustados por estas llamas, huyeron. El terreno era en
-subida; se les tiraba azagayas, y volvieron atrás, y con los colmillos
-y los pies destrozaban a los cartagineses, ahogándolos y aplastándolos.
-Tras ellos, los bárbaros bajaban la colina; el campo púnico, que estaba
-sin parapetos, a la primera carga fue saqueado, y los cartagineses se
-vieron aplastados contra las puertas, porque los de Útica no quisieron
-abrirlas por miedo a los mercenarios.
-
-Apuntaba el día, y del lado de Occidente se vieron llegar los infantes
-de Matho, al mismo tiempo que los jinetes númidas de Narr-Habas.
-Saltando por sobre torrentes y maleza perseguían a los fugitivos, como
-cazadores que cazan liebres. Este cambio de fortuna interrumpió al
-Sufeta. Gritó para que vinieran a ayudarle a salir del baño.
-
-Los tres cautivos seguían delante de él. Un negro, el mismo que en la
-batalla llevaba el quitasol, le dijo algo al oído.
-
---¡Bueno! --respondió el Sufeta--. ¡Mátalos!
-
-El etíope sacó del cinturón un largo puñal y las tres cabezas cayeron.
-Una de ellas, rebotando entre los restos del festín, fue a saltar en la
-tina y flotó por algún tiempo, con la boca abierta y los ojos fijos. La
-luz de la mañana entraba por las hendiduras del muro; los tres cuerpos
-manaban como tres fuentes una sangre que cubría los mosaicos, arenados
-con polvo azul. El Sufeta mojó sus manos en este fango caliente y se
-frotó las rodillas. Era un remedio.
-
-Venida la noche, escapó de la ciudad con su escolta y se retiró a la
-montaña para reunirse con el ejército, cuyos restos logró encontrar.
-
-Cuatro días después estaba en Gorza, en lo alto de un desfiladero,
-cuando las tropas de Espendio se presentaron abajo. Veinte buenas
-lanzas, atacando al frente de la columna, las hubieran detenido
-fácilmente; pero los cartagineses las dejaron pasar, estupefactos.
-Hannón reconoció a retaguardia al rey de los númidas. Narr-Habas se
-inclinó para saludarle, y le hizo un signo que el Sufeta no comprendió.
-
-Regresó a Cartago con mil terrores, andando únicamente de noche y
-ocultándose de día en los olivares. En cada etapa morían algunos, y
-todos se creyeron perdidos. Al fin llegaron al Cabo Hermeo, donde los
-recogieron los bajeles.
-
-Hannón estaba tan fatigado, tan desesperado, sobre todo por la pérdida
-de los elefantes, que pidió veneno a Demónides, para acabar de una vez.
-Ya se veía crucificado.
-
-Cartago no tuvo valor para indignarse contra él. Se habían perdido
-cuatrocientos mil novecientos setenta y dos siclos de plata, quince
-mil seiscientos veinte y tres shequels de oro, diez y ocho elefantes,
-catorce miembros del Gran Consejo, trescientos ricos, ocho mil
-ciudadanos, trigo para tres lunas, un bagaje considerable y todas las
-máquinas de guerra. La defección de Narr-Habas era cierta; iban a
-empezar los dos sitios. El ejército de Autharita se extendía ahora de
-Túnez a Radés. Desde lo alto de la Acrópolis se veían en la campiña
-largas humaredas que subían al cielo; eran las granjas de los ricos que
-estaban ardiendo.
-
-Solo un hombre hubiera podido salvar la República. Todos se arrepentían
-de haberle desdeñado, y el mismo partido de la paz votó los holocaustos
-para el regreso de Amílcar.
-
-La pérdida del zaimph había trastornado a Salambó. Creía oír de noche
-los pasos de la Diosa, y se despertaba asustada, dando gritos. Enviaba
-todos los días comida a los templos. Taanach se fatigaba cumpliendo sus
-órdenes, y Schahabarim no se apartaba de su lado.
-
-
-
-
-VII
-
-AMÍLCAR BARCA
-
-
-El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las noches desde lo alto
-del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las agitaciones
-del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a un
-pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar.
-
-Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en la proa un caballo
-esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se puso la
-mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran trompetazo
-sobre Cartago.
-
-Salió gente de todas las casas; no creyendo en las palabras,
-disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida la
-trirreme de Amílcar.
-
-Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena, abombada la vela en
-toda la longitud del mástil, hendiendo la espuma alrededor de ella;
-sus gigantescos remos batían el agua con cadencia; a intervalos
-aparecía la extremidad de la quilla, hecha como reja de arado, y bajo
-el espolón en que terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil,
-enderezándose sobre sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del
-mar.
-
-Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y se vio al lado del
-piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él, ¡el Sufeta
-Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro relucientes;
-rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; dos perlas
-muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy poblada le
-llegaba hasta el pecho.
-
-La galera iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la multitud
-la seguía a lo largo de la escollera, gritando:
-
---¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos. La culpa es de los
-ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca!
-
-Este no contestaba, como si el clamor de los mares y de las batallas
-le hubieran dejado completamente sordo; pero así que estuvo bajo la
-escalinata que bajaba de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los
-brazos cruzados miró el templo de Eschmún. Levantó más la mirada al
-cielo puro; con áspera voz dio una orden a sus marineros; brincó la
-trirreme, arañó el ídolo puesto en el ángulo del muelle para contener
-las tempestades, y en el puerto comercial, lleno de inmundicias,
-de astillas de madera y de cortezas de frutas, echaba atrás,
-embistiéndolos, a los navíos amarrados a estacas y rematados por
-mandíbulas de cocodrilo. Corría el pueblo y muchos se echaron a nado.
-La galera había llegado ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó
-esta y la trirreme desapareció bajo la profunda bóveda.
-
-El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad. Cuando
-venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por un corredor
-que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Esta gran
-plaza de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los
-que había dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de
-estas subían dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo
-que constituía una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio,
-en una isla, se levantaba la casa del Sufeta del mar.
-
-El agua era tan limpia que se veía el fondo, pavimentado con guijarros
-blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí; a su paso veía
-Amílcar las trirremes que antes había mandado.
-
-Ya no quedaban arriba de una veintena de estas, varadas o con la quilla
-al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas, cubiertas de
-dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus alas;
-los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y
-todas medio despintadas, inertes, podridas, pero llenas de historia
-y exhalando aún el olor de los viajes, como soldados mutilados que
-volvían a ver a su jefe y parecían decirle: ¡Somos nosotras, somos
-nosotras!; ¡y tú también eres un vencido!
-
-Ninguno, excepto el Sufeta del mar, podía entrar en la casa-almirante.
-En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le consideraba siempre
-como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un jefe más; con
-respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre.
-
-El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A cada paso encontraba
-armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo, le
-extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta,
-la ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a
-Melkart. ¡No esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto
-hiciera y cuanto vio: asaltos, incendios, legiones, tempestades,
-Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la planicie de Erix, cinco
-años de batallas hasta el funesto día en que, deponiendo las armas,
-se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques de limoneros, los
-pastores con cabras en las montañas grises, y su corazón brincaba
-al pensar en otra Cartago fundada en otra orilla. Sus proyectos, sus
-recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del bajel;
-le abrumaba la angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de
-acercarse a los dioses.
-
-Para esto subió al último piso de la casa, y sacando de una concha de
-oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida con clavos, abrió
-una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por delgadas rodajas
-negras, empotradas en la muralla y transparentes como vidrio.
-
-Entre las filas de aquellos discos iguales, había agujeros parecidos
-a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una piedra
-redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu
-superior eran las únicas que adoraban estas _abadires_ caídas de la
-luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su
-color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas
-terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. Arena
-marina que el viento había empujado sin duda a través de la puerta,
-blanqueaba en cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos.
-Amílcar, con la punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la
-cara con un velo de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en
-el suelo con los brazos extendidos.
-
-La luz del día penetraba por los vidrios negros; arborescencias,
-montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en
-la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin embargo,
-como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las
-creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento
-todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin
-de recoger el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de
-las vitalidades planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia
-la muerte y hacia todos los azares un desdén más sabio y más intrépido.
-Al levantarse, estaba lleno de un valor sereno, invulnerable a la
-misericordia y al temor, y como sentía oprimido el pecho, subió a la
-torre que dominaba a Cartago.
-
-La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva, con sus cúpulas,
-sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmares, sus bolas
-de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus fortificaciones, que
-constituían como la gigantesca orla de este cuerno de abundancia que se
-abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las plazas, el
-interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres parecían
-muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón no hubiera llegado
-demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se abismó en el límite
-del horizonte y extendió hacia Roma sus brazos temblorosos.
-
-La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En la plaza de Kamón
-se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban poblando
-de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de
-excitar más la impaciencia del pueblo.
-
-Amílcar encontró en la sala a los hombres más importantes de su
-partido: Istatten, Subeldia, Hictamon, Jeubas y otros, los cuales
-le contaron todo lo que había pasado desde la firma de la paz: la
-avaricia de los Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta, sus
-exigencias, la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida
-y luego abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos
-que le concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la
-Asamblea de los Ancianos, en el templo de Moloch.
-
-Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto a la puerta. A pesar
-de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido aumentase,
-Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese.
-
-Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de
-aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos azules. Se
-adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar se
-estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces,
-haciéndole una señal para que anduviera con precaución, él la llevó
-por el brazo a una habitación apartada.
-
-La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él la levantó
-brutalmente.
-
---Iddibal, ¿dónde le dejaste?
-
---¡Allá abajo, amo!
-
-Y quitándose los velos, se frotó la cara con la manga, y el color
-negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron. Era un
-robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el
-mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como
-el moño de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en
-el suelo.
-
---Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que sospeche?
-
-El viejo le juró por los Kabiros que el secreto estaba oculto. No
-abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla poblada de
-tortugas, con palmeras en la duna.
-
---Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a lanzar la azagaya y
-guiar equipos.
-
---¿Es fuerte?
-
---Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de las serpientes, ni
-del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies desnudos, como un
-pastor, al borde de los precipicios.
-
---¡Habla! ¡Habla!
-
---Inventa trampas para las bestias feroces. La otra luna sorprendió a
-un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en anchas
-gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con
-su batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave
-agonizaba, redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de
-espadas.
-
-Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de grandeza.
-
---Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto. Contempla a lo
-lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el pan, se
-informa de los dioses y quiere conocer Cartago.
-
---¡No, no; todavía no! --contestó el Sufeta.
-
-El viejo esclavo pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y
-añadió:
-
---¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he venido a Cartago
-para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas.
-
-En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la terraza, se hizo
-pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas del
-puerto le franqueasen la entrada.
-
-Amílcar quedó un rato pensativo.
-
---Mañana --dijo al esclavo-- te presentarás en Megara, al ponerse el
-sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito
-del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada
-luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar.
-
-El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos salieron juntos de la
-casa y del puerto.
-
-Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque las reuniones de los
-Ancianos eran siempre secretas en circunstancias extraordinarias, y a
-ellas se iba misteriosamente.
-
-Primeramente atravesó la parte oriental de la Acrópolis; pasó en
-seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y el arrabal
-de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más
-anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que
-resbalaban en las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y
-todas se dirigían del lado de los Mapales.
-
-El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta escarpada,
-en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas murallas
-que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa tumba.
-La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el mar, que
-azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; las
-sombras desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a través de
-los muros.
-
-Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en un vasto patio
-cuadrangular, con soportales. En medio se levantaba una masa
-arquitectónica, de ocho pisos iguales, coronada de cúpulas que se
-apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie
-de rotonda, de la que emergía un cono de curva reentrante, rematado por
-una bola.
-
-Ardían fuegos en los cilindros de filigrana, adheridos a varales
-llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las borrascas del
-viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus
-cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a
-los Ancianos.
-
-Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges enormes leones,
-símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio
-cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban
-lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje;
-se frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos,
-y el vapor de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló la
-agitación, se cerraron las puertas, huyeron todos los sacerdotes y
-desaparecieron los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo
-vestíbulo alrededor del templo.
-
-Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran por sus rangos
-circulares, comprendidas las unas en las otras, el período saturniano
-con los años, los años con los meses, los meses con los días, tocándose
-al fin con la muralla del santuario.
-
-Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de cuernos de narval,
-porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte al que
-entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban al borde
-del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, para
-demostrar así que al llorar la muerte de sus parientes, no se habían
-cuidado de sus vestidos; y esta prueba de aflicción impedía que el
-rasgón se hiciera más grande. Otros guardaban su barba cerrada en un
-saquito de piel violeta, colgado de las orejas por dos cordones. Todos
-se juntaron, abrazándose, pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar y le
-felicitaban; hubiérase dicho que eran hermanos que volvían a ver a otro
-hermano.
-
-Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz encorvada como la de
-los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más salientes,
-su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen
-africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente en
-el fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban pintada
-en ellas algo de la severidad del desierto; joyas extrañas brillaban
-en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. Conocíanse
-los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los hombres
-agrícolas olían a lagar, a hierbas secas y a sudor de mulo. Estos
-viejos piratas hacían labrar los campos; estos acaparadores de dinero
-equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían esclavos que
-desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en disciplina
-religiosa, expertos en estratagemas, implacables y ricos. Tenían
-aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de
-llamas, miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir,
-del tráfico y del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de
-violencia y de cierta brutalidad discreta y convulsiva. La influencia
-del Dios les ponía sombríos.
-
-Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía la forma de huevo.
-Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, describían en la
-muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando otra gran
-cámara entraron en otra sala parecida.
-
-Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba en
-el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba en un cáliz de
-diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última de las
-gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de cobre.
-Dos escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se veían las
-piedras; era como una montaña de cenizas, y algo indeciso humeaba
-lentamente encima. Más alto que el candelabro y mucho más arriba
-que el altar, se erguía Moloch, forrado en hierro, con pecho humano
-horadado de aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban en la pared,
-sus manos alargadas llegaban hasta el suelo; tres piedras negras,
-incrustadas en un círculo amarillo, representaban tres pupilas en su
-frente, y con terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro, como para
-mugir.
-
-En torno de la estancia había asientos de ébano, y detrás de cada uno
-de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras, sostenía una
-antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de nácar
-que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color de sus
-paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo los tres
-ojos del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la noche.
-
-Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano, poniendo encima
-de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las manos
-cruzadas en sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río
-luminoso que, viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies
-desnudos.
-
-Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la espalda, formando
-cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de Eschmún, con
-túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de lana
-obscura, y el de Moloch, de púrpura.
-
-Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta, miró las mechas que
-ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que hizo aparecer
-llamas violáceas en el extremo de los brazos.
-
-Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y los cien Ancianos,
-los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron un himno,
-repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido subían
-sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se callaron.
-
-Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando del pecho una
-estatuita con tres cabezas y azul como el zafiro, la puso delante de
-él. Era la imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió
-a meter en su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron:
-
---¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! ¿Vuelves para vernos
-morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no!
-
-Así se vengaban de la limitación a que poco antes les había obligado
-el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de Amílcar,
-ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más
-bien, de que no los hubiera sufrido con ellos.
-
-Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó.
-
---Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago.
-
---¿Qué os importa? --contestó desdeñosamente el Sufeta.
-
-Redobló la gritería.
-
---¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra? Vosotros habéis visto
-el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis bárbaros...
-
---¡Basta, basta!
-
-Siguió Amílcar en voz baja, para que le escucharan con más atención.
-
---¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de los Baales, hay
-valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate!
-
-Y paseando la grada del altar, con los párpados medio cerrados, como si
-buscara a alguno, repitió:
-
---¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te defenderán! ¿Pero
-dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos,
-mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la
-patria le ha dado!
-
-Los Ancianos se encogían de hombros, como flagelados por azotes.
-
---¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o muerto!
-
-Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al abandonar al Sufeta habían
-abandonado a la República. La misma paz romana, por ventajosa que les
-pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas. Aplaudieron
-algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de inclinarse hacia
-el pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los Sisitas y
-administradores, triunfaban por el número; los más significados de la
-reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro
-extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de
-color jacinto.
-
-Se había pintado con afeites las úlceras de la cara; pero el polvo de
-oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda, formando placas
-brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como vellones.
-Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento,
-envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado,
-porque sus ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería
-ver, tenía que doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y
-odiosa, dijo:
-
---¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos sido vencidos. Cada
-cual soporta su desgracia. ¡Resígnate!
-
---Dinos más bien --contestó sonriendo Amílcar-- de qué modo gobernaste
-tus galeras contra la flota romana.
-
---Me empujaba el viento --respondió Hannón.
-
---¡Haces como el rinoceronte, que patea en su estiércol: te obstinas en
-tu necedad! ¡Cállate!
-
-Y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Egates. Hannón
-le acusaba de no haber venido a su encuentro.
-
---Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que tomar el lago.
-¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen miedo al
-mar.
-
-Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes risotadas,
-que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos.
-
-Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su enfermedad le
-sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompila;
-y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una muralla
-en ruinas.
-
-Amílcar replicó:
-
---Si me hubierais querido tanto como a este, ahora reinaría la alegría
-en Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi ayuda! ¡Y siempre me
-rehusasteis el dinero!
-
---¡Nos hacía falta! --dijeron los jefes de los Sisitas.
-
---¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, bebíamos orines de mulas
-y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando yo quería que
-cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la
-podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles!
-
---¡No podíamos arriesgarlo todo! --respondió Baat-Baal, dueño de minas
-de oro en la Getulia Daritiana.
-
---¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas, al amparo de las
-murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar; cananeos
-en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban
-embajadores a Tolomeo...
-
---¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto te han dado para
-que los defiendas?
-
---¡Preguntádselo a las llanuras del Brucio, a las ruinas de Locres,
-de Metaponto y de Heraclea! Yo he incendiado todos sus árboles, he
-saqueado sus templos y matado hasta a los nietos de sus nietos...
-
---¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! --dijo Kapuras (comerciante muy
-ilustrado)--. ¿Qué es lo que quieres?
-
---Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible. Si el África
-entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no
-sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres
-atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los
-libios que están en el Oriente se entiendan con los númidas que están
-en el Occidente, y los nómadas vengan del Sur y los romanos del Norte...
-
-Un grito de horror se alzó.
-
---¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y
-rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir a dar vuelta a la
-muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio.
-
-Los contrarios se daban palmadas en el muslo derecho para significar
-su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes
-alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba
-de pie en la grada más alta del altar, tembloroso, terrible; levantaba
-los brazos, y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le pasaban
-entre los dedos como dardos de oro.
-
---Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros carros,
-vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os frotan los pies.
-Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará vuestras
-tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Tú
-caerás, Cartago!
-
-Los cuatro pontífices extendieron las manos para apartar el anatema.
-Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar, magistrado
-sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no
-fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo.
-Retrocedieron.
-
-Amílcar no hablaba ya. Fija la mirada, y con el semblante más pálido
-que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y con
-el espíritu perdido en visiones fúnebres. En la altura en que estaba,
-todas las antorchas de los pies de bronce le parecían una vasta corona
-de fuegos a ras de las losas; negra humareda subía por las tinieblas de
-la bóveda, y fue tan profundo el silencio, durante algunos minutos, que
-se oía el ruido del mar a lo lejos.
-
-Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus intereses, sus vidas,
-estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía vencer sin
-el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo,
-les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo
-reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no
-quería formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar
-de idea; se lo suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír,
-se sulfuró. El único traidor era el Gran Consejo, porque expirando
-el contrato de los soldados con la guerra, quedaban libres terminada
-esta; exaltó la valentía del ejército y todas las ventajas que se
-podrían sacar interesándoles a favor de la República con donaciones y
-privilegios.
-
-Entonces Magdasan, antiguo gobernador de provincias, dijo, revolviendo
-sus ojos amarillos:
-
---Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o latino,
-o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos hombres? ¡Mueran diez
-mil bárbaros antes que uno solo de nosotros!
-
-Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando:
-
---Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios en todo tiempo.
-
---Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se les abandona, como
-hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que habían de
-tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en medio
-del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos.
-
---¡Qué desgracia! --dijo imprudentemente Kapuras.
-
---¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo? --decían otros.
-
-Amílcar respondió:
-
---¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los llamasteis a Cartago?
-Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número, en medio de
-vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, para
-debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres y sus
-hijos, sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían para
-ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos! Los odiáis porque
-son fuertes, y a mí también porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he conocido
-ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no mordérmelas.
-
-Si los leones que dormían en el patio hubieran entrado rugiendo, el
-clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se
-levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo:
-
---Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando general de las fuerzas
-púnicas contra los mercenarios.
-
---Rehúso --contestó Amílcar.
-
---¡Te daremos plena autoridad! --dijeron los jefes de los Sisitas.
-
---No.
-
---Sin limitación de ningún género, sin copartícipes, con todo el dinero
-que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta «zerets» de
-tierra por cada cadáver enemigo.
-
---¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer.
-
---¡Tiene miedo!
-
---Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y locos.
-
---¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos --agregó alguien--
-y volverse contra nosotros.
-
-Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló:
-
---¡Quiere hacerse rey!
-
-Entonces todos botaron, derribando los asientos y las antorchas;
-lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de las
-mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie izquierdo
-hacia adelante, encendidos los ojos y apretados los dientes, los
-desafió inmóvil bajo el candelabro de oro.
-
-Resultaba que todos, por precaución, habían llevado armas, lo cual
-era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se tranquilizaron, y
-volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por
-vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de pie.
-Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o
-se los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando
-Amílcar oyó estas palabras:
-
---¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su hija!
-
-Y una voz más alta, que añadió:
-
---No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre los mercenarios.
-
-Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente a Schahabarim.
-Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y
-Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia
-cara. A medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de
-ellos, y en medio de rechiflas, los que estaban detrás, gritaban:
-
---¡Le han visto salir de su habitación!
-
---¡Una mañana del mes de Tamuz!
-
---¡Es el ladrón del zaimph!
-
---¡Un hombre muy hermoso!
-
---¡Más grande que tú!
-
-Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad, su tiara de ocho
-rangos místicos, que llevaba en medio una concha de esmeralda, y con
-las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los círculos de
-oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas.
-Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se
-agitaba como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió
-una de las escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima;
-lo cual era ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su
-manto agitaba las luces del candelabro más abajo de sus sandalias, y el
-fino polvo que levantaban sus pasos le envolvía como una nube, hasta
-el vientre. Se detuvo entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en
-sus manos dos puñados de este polvo, cuya sola vista hacía estremecer
-de horror a todos los cartagineses, y dijo:
-
---¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! ¡Por los ocho
-fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los volcanes!
-¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del
-mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el
-exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de
-vuestros abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros,
-los Ciento de Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y
-yo, Amílcar Barca, Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del
-pueblo, juro ante Moloch, de cabeza de toro!...
-
-Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo, con voz más alta,
-pero más calmosa:
-
---¡Que ni yo mismo la hablaré!
-
-Entraron los servidores sagrados de los peines de oro, unos con
-esponjas de púrpura y otros con palmas. Levantaron la cortina de
-jacinto extendida ante la puerta, y por la abertura de este ángulo se
-vio en el fondo de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía
-continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul.
-Subía el sol, saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho
-del dios de cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas,
-le hizo abrir las fauces de rojos dientes, con horrible bostezo y
-dilatar sus enormes narices. La luz del día le animaba, le daba un aire
-terrible e impaciente, como si quisiera saltar afuera para mezclarse
-con el astro y recorrer juntos las inmensidades.
-
-Las antorchas esparcidas por el suelo seguían ardiendo, alargándose
-aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los Ancianos
-vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría
-el sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se
-oían. Pero su cólera contra el Sufeta no se había calmado, y a modo de
-despedida le amenazaban, respondiéndoles Amílcar.
-
---Mañana por la noche, Barca, en el templo de Eschmún.
-
---Iré.
-
---Te haremos condenar por los ricos.
-
---Y yo a vosotros por el pueblo.
-
---Ten cuidado no mueras en la cruz.
-
---Y vosotros destrozados en las calles.
-
-Así que salieron del patio, recobraron todos la calma.
-
- * * * * *
-
-A la puerta les esperaban sus cocheros y criados. La mayor parte se
-fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y tomó las riendas;
-los dos animales, retorciendo las colas y golpeando con cadencia las
-piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de los Mapales; el
-buitre de plata, en la punta de la lanza del carro, parecía volar: tal
-era la velocidad del vehículo.
-
-El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, como pirámides,
-con una mano abierta tallada en medio, como si el muerto enterrado
-debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego
-cabañas diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos,
-todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de
-guijarros, por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales
-y que se amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta.
-Pero la mirada de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres
-pisos formaban tres monstruosos cilindros: el primero construido de
-piedra, el segundo de ladrillos y el tercero enteramente de cedro,
-soportando una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro,
-de donde caían, a modo de guirnaldas, cadenetas de oro entrelazadas.
-Tan alto edificio dominaba los que se extendían a la derecha, los
-almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de las mujeres
-se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de bronce.
-
-Cuando el resonante carro entró por la estrecha puerta, paró en un
-ancho cobertizo, donde los caballos, trabados, comían montones de heno.
-
-Acudieron todos los criados, que eran una multitud, porque por miedo
-a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo. Los
-labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas
-sujetas a los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían
-rojos los brazos, como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes;
-los pescadores, collares de coral, y la gente de Megara vestía túnicas
-blancas o negras, calzón de cuero y gorros de paja, de fieltro o de
-tela, según su servicio o la industria que ejercían.
-
-Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos; eran los que vivían
-sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de noche en las
-huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que vegetaba
-a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por precisión que
-por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto una flor en
-la oreja; muchos de ellos no habían visto nunca al Sufeta.
-
-Unos hombres, tocados como esfinges y con largos bastones, se lanzaron
-sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a fin de
-contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera
-atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables.
-
-Todos estos se echaron boca abajo en el suelo gritando: «Ojo de Baal,
-florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados en la avenida
-de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra blanca, se
-adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano.
-
-Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras. Detrás de ella venían
-todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las negras
-formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas de oro
-que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas
-de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que remataban
-en soles. Sobre estas vestiduras blancas, amarillas y azules,
-resplandecían los anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se
-oía el ruido de las sandalias juntamente con el de los pies desnudos
-que hollaban el entarimado de las gradas, y un eunuco, tan alto que
-sobresalía sobre los hombros de las mujeres, sonreía complacido. Así
-que se calmó la aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras
-con las mangas, lanzaron un extraño grito, semejante al aullido de una
-loba, tan furioso y estridente, que la gran escalera de ébano, llena de
-mujeres, parecía vibrar como una inmensa lira.
-
-El viento levantaba sus velos y los menudos tallos de papiro se
-balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno. Los
-granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las
-ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre
-la bruma.
-
-Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido después de habérsele
-muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se consideraba
-como una calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le enviaron
-un hijo más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de su
-esperanza fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado
-contra Salambó. Esta seguía andando.
-
-Perlas de variados colores colgaban en largas sartas de sus orejas
-sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba rizada
-simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de
-oro, cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones
-empinados, y su traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El
-bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, así
-como el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias,
-hechas con plumas de pájaro, tenían los tacones muy altos. Salambó
-estaba extraordinariamente pálida, sin duda a causa del frío.
-
-Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, le
-dijo:
-
---¡Salud, hijo de Baalim, gloria eterna! ¡Triunfo, placer,
-satisfacción, riqueza! Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa
-lúgubre; pero amo que viene es como Tamuz resucitado, y ante tu mirada,
-¡oh, padre!, van a esparcirse alegría y vida nuevas.
-
-Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo en el que humeaba
-una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo:
-
---Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por tu servidora.
-
-Él contestó:
-
---¡Bendita seas! --y tomó maquinalmente el vaso de oro que ella le
-brindaba.
-
-Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que Salambó,
-temblorosa, balbució:
-
---Te han dicho, oh, señor...
-
---¡Sí, lo sé! --dijo Amílcar en voz baja.
-
-¿Era esto una confesión, o se refería a los bárbaros? Amílcar añadió
-algunas palabras vagas sobre los asuntos públicos que esperaba
-arreglar solo.
-
---¡Oh, padre! --exclamó Salambó--; ¡no podrás reparar lo que es
-irreparable!
-
-Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este asombro; porque ella no
-se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía obsesionada. El
-hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía ella, le
-asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible
-iba a acontecer, y exclamó:
-
---¡Perdón!
-
-Amílcar bajó lentamente la cabeza.
-
-Por más que ella quería culparse, no osaba abrir los labios, y sin
-embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar
-reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor
-concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para
-leer en el fondo de su corazón.
-
-Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre los hombros,
-intimidada por esta mirada tan persistente. Él estaba seguro ahora de
-que ella había caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la amenazó
-con los puños. Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres,
-que se agruparon en torno de ella.
-
-Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le siguieron. Se abrió
-la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a la
-que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos que
-llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro,
-con balaustres para sostener almohadones acumulados sobre tapices.
-
-El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando ruidosamente,
-pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las
-moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la
-perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de
-más tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de
-hierro alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides por
-el mar Tenebroso; gomas del país de los negros desbordaban en sacos de
-corteza de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba
-insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos,
-sacados de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia,
-de Trapobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban
-al pie de las paredes, y un olor indefinible se exhalaba de los
-perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz
-atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada
-corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical, se reunían
-por las puntas formando un arco alrededor de la puerta.
-
-Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes estaban con
-los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que Abdalonim ostentaba
-orgulloso su mitra puntiaguda.
-
-Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo piloto de párpados
-comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como si llevara
-con él la espuma de las tempestades. Contestó que había enviado una
-flota por Gades y Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber, doblando
-el Cuerno del Sur y el Promontorio de los Aromas.
-
-Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar
-orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, el horizonte
-resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas
-sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes
-adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque
-tenían turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río
-de los Escitas, penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los
-Estienos, raptado en el Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido
-todos los bajeles extranjeros que navegaban más allá del Cabo Estriava,
-para que el secreto de las rutas no fuera conocido. El rey Tolomeo
-acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El Atia, Córcega y las
-demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba la voz para
-anunciar que habían tomado los númidas una trirreme en Rusicada,
-«porque están con ellos, amo».
-
-Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que hablara el Jefe de
-los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se envolvía la
-cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le caía
-por detrás sobre la espalda.
-
-Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de
-invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la extrema
-Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas
-pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de
-fatiga o enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber
-visto, más allá del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes
-y de los monos grandes, reinos inmensos en los que los más ínfimos
-utensilios eran de oro; un río color de leche, ancho como un mar;
-bosques de árboles azules, de colinas de plantas aromáticas; monstruos
-con cara humana vegetaban en las rocas y sus pupilas se secaban como
-flores. Detrás de los lagos infestados de dragones, unas montañas de
-cristal soportaban el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos
-reales, pimienta y tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar
-calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda
-perecieron en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana
-suministraron sus acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía
-por ahora a equipar otras.
-
-Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios ocupaban la campiña.
-Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe de las
-granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, no
-obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara,
-roma como la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas;
-ceñía un cinturón de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos
-formidables cuchillos.
-
-No bien se volvió Amílcar a él, gritó invocando a todos los Baales. La
-culpa no era suya, ¡nada podía hacer! Había observado las temperaturas,
-los terrenos y las estrellas; hecho las plantaciones en el solsticio
-de invierno, las podas de los árboles en el curso de la luna,
-inspeccionado a los esclavos, economizado ropa...
-
-A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el hombre de los cuchillos
-siguió diciendo atropelladamente:
-
---¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres mil pies de árboles
-han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en Ubada y
-cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos gomores
-de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los rebaños,
-quemado la casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú habitabas
-en el verano. Los esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, huyeron
-a las montañas; y los asnos, las mulas, los burdéganos, los bueyes
-de Taormina y los caballos oringes fueron todos robados, sin que
-quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré a ella --y añadía
-llorando--: ¡Ah! ¡Si hubieras visto lo colmados que estaban los
-graneros y lo relucientes de las carretas! ¡Ah, los hermosos carneros!
-¡Ah, los hermosos toros!
-
-A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló:
-
---¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la verdad! ¡Quiero
-saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el último
-cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las
-caravanas, las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia
-está turbada, ¡ay de vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí!
-
-Todos los intendentes salieron a reculones y encorvados hasta el suelo.
-
-Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared cuerdas con nudos,
-bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de señales
-escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de
-madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro,
-de plata y de cuerno, y empezó diciendo:
-
---Ciento noventa y dos casas en los Mapales, alquiladas a los
-cartagineses nuevos a razón de un beka por luna.
-
---No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás los nombres de
-aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a
-la República. ¡Después!
-
-Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad. Amílcar le arrancó
-de las manos las bandas de tela.
-
---¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitath al
-mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren.
-
-El intendente de los intendentes, después de un largo saludo, añadió:
-
---Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres
-por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos siclos, con
-la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las marismas.
-
---¡Porque no eran robustos! --dijo riendo el Sufeta--. No importa: si
-necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto interés,
-según la riqueza de las personas.
-
-Entonces el servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido
-las minas de hierro de Annaba, las pesquerías de coral, las fábricas
-de púrpura, el arriendo del impuesto a los griegos domiciliados, la
-exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las
-capturas de naves, deducción hecha del diezmo para el templo de la
-Diosa.
-
---¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo!
-
-Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus dedos.
-
---¡Basta! ¿Qué has pagado?
-
---A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes de Alejandría,
-por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y doce
-talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte
-nimes de oro al mes por cada trirreme.
-
---Lo sé. ¿Cuántas se perdieron?
-
---Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo. Respecto a las
-naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han
-repartido las pérdidas entre los asociados. Por cuerdas tomadas a los
-arsenales y que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido
-ochocientos kesitaths, antes de la expedición a Útica.
-
---¡Siempre ellos! --dijo Amílcar, pensativo, quedándose así algún
-tiempo, como abatido por el peso de todos los odios concitados contra
-él--. No veo los gastos de Megara...
-
-Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro casillero unas tablillas
-de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero.
-
-Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles domésticos y
-sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y Abdalonim
-se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró
-al suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de
-un condenado. Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y
-quedó estupefacto al ver que el gasto en un solo día llegaba a un
-exorbitante consumo de carne, pescados, pájaros, vinos y aromas; más
-platos rotos, esclavos muertos y tapices perdidos.
-
-Abdalonim, siempre prosternado, le enteró del festín de los bárbaros.
-No pudo sustraerse a la orden de los Ancianos. Además, Salambó quiso
-que se prodigara el dinero para obsequiar mejor a los soldados.
-
-Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto; rechinando
-los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las franjas con las
-uñas.
-
---¡Levántate! --dijo, y salió.
-
-Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta que cogiendo una
-barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas. Saltó un
-disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de
-estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el
-grano.
-
---¡Ya lo ves, Ojo de Baal! --dijo el servidor--, ¡no se lo llevaron
-todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos y
-está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones
-así, en los arsenales, en las huertas, en todas partes. Tu casa está
-repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría.
-
-Amílcar se sonrió:
-
---Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la Etruria, del Brucio,
-de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena. Es preciso que
-yo solo posea todo el trigo de Cartago.
-
-No bien llegaron al extremo del corredor, Abdalonim, con una de
-las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran habitación
-cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro,
-de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a
-lo largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes
-rimeros de piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras
-de sacos más pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el
-suelo, y aquí y allá, alguna demasiado alta, al romperse, daba la
-impresión de una columna rota.
-
-Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit a caballo,
-debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias, marcadas
-con un toro, una estrella, un globo o una luna en creciente. Luego se
-veían dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los valores,
-de todas las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas
-de Asiria, pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes
-que la mano; botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas
-cortas de la antigua Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho
-o de cardenillo, o ennegrecidas por el fuego por haber sido cogidas
-con redes o en los saqueos, entre los escombros de las poblaciones.
-Antes de que el Sufeta se diera cuenta de si todo aquel dinero era
-proporcional a las ganancias y pérdidas que había oído, reparó en tres
-jarras de cobre, enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal
-de horror, y Amílcar, resignado, no dijo palabra.
-
-Atravesando más corredores y salas, llegaron ante una puerta guardada
-por un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta a la
-pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían crecido
-extraordinariamente su barba y sus uñas, y se balanceaba de derecha a
-izquierda, con la oscilación continua de los animales cautivos. No bien
-reconoció a Amílcar, se dirigió a él, gritando:
-
---¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años hace que no veo el
-sol. ¡En nombre de tu padre, perdón!
-
-Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres
-hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas, sacaron de
-los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una
-antorcha y desapareció en las tinieblas.
-
-Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia; pero no
-se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a los ladrones
-y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy pesada, y por
-la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento labrado en
-forma de cono.
-
-Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio, sobre un pedestal de
-granito, se levantaba la estatua de un kabiro, Aletes de nombre,
-inventor de las minas en la Celtiberia. En la base formaban cruz anchas
-rodelas de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y por
-tanto inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes
-cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los robos.
-
-Con la antorcha encendió una lámpara de minero, fija en el birrete
-del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes, amarillas,
-azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba llena
-de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como
-lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de
-las paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de
-honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras
-caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las tres
-clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce clases de
-esmeraldas. Todas ellas fulguraban a modo de salpicaduras de leche, de
-hielos azules, de polvo de plata, y lanzaban sus destellos en ondas,
-en rayos y en estrellas. Las ceraunias, engendradas por el trueno,
-brillaban junto a las calcedonias, que curan los peces. Había topacios
-del monte Zabarca para prevenir los terrores, ópalos de la Bactriana,
-que impiden los abortos, y cuernos de Ammón, que se ponen en los lechos
-para tener sueños.
-
-Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara se reflejaban en
-los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los brazos
-cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la conciencia
-de sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se sentía un
-genio subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando a su
-corazón algo de su eternidad. Era como la alegría de un kabiro; y
-los grandes rayos luminosos que herían su rostro, se le antojaban
-la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, le
-ligaban al centro del mundo.
-
-Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto detrás del ídolo, fue
-directamente hacia la pared. Entre los tatuajes de su brazo examinó una
-línea horizontal con otras dos perpendiculares, que en cifras cananeas
-expresaban el número trece. Contó hasta la decimotercera de las placas
-de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y con la mano derecha
-extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas,
-paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira.
-Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró
-como una sola pieza.
-
-Disimulaba una especie de cava que contenía cosas misteriosas, sin
-nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas; tomó en un
-cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro, y
-volvió a subir.
-
-Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes en el pavimento
-con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y gritando,
-al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y
-bendiciones.
-
-En la galería circular a la que afluían todos los corredores, estaban
-acumulados a lo largo de las paredes pequeñas vigas de algumín, sacos
-de lausonia, pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de perlas.
-A su paso, el Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los
-gigantescos pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los
-rayos del sol.
-
-Surgió una nube de vapor.
-
---¡Empuja la puerta!
-
-Entraron.
-
-Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban hierbas, agitaban
-carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban pequeñas celdas
-ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que aquello
-parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán
-y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces,
-redomas de vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían
-asfixia, no obstante los torbellinos del estoraque, que humeaba en un
-trípode de cobre.
-
-El _Jefe de los olores suaves_, pálido y larguirucho como un cirio de
-cera, salió a recibir a Amílcar para aplastar en sus manos un rollo
-de metopión, en tanto que otros dos hombres le frotaban los talones
-con hojas de bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran cirineos de
-costumbres infames, pero a los que se consideraba a causa de sus
-secretos.
-
-Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al Sufeta, en una cuchara
-de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó tres bezares
-indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno lleno de
-bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su túnica;
-apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al Jefe, y
-sin decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara.
-
-Por indignado que estuviera por las falsificaciones cometidas en
-perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los
-países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran más.
-
-Tras esto preguntó dónde estaban tres cajas de psagas destinadas para
-su uso.
-
-El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque habiendo entrado
-soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas.
-
---¿De modo que los temes más que a mí? --gritó el Sufeta, y a través
-del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al hombrón
-pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima--. Abdalonim,
-antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen
-bien.
-
-Esta pérdida, menor que las otras, le había exasperado; porque a pesar
-de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros, los tenía siempre
-en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían con la
-vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó
-bajo los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de
-betún, de madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes
-de paño, las reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el
-granero del silfio.
-
-Fue a inspeccionar al otro lado de las huertas, en sus cabañas, a
-los artesanos domésticos, cuyos productos se vendían. Los sastres
-bordaban mantos, otros tejían redes, otros peinaban cojines y cortaban
-sandalias; obreros de Egipto, con una concha pulían papiros; chirriaba
-la lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros.
-Amílcar les dijo:
-
---¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán falta!
-
-Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que se
-le cortase una coraza más sólida que las de cobre e inatacable por el
-hierro y por la llama.
-
-Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su cólera,
-procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos:
-
---¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es demasiado bueno.
-
-Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante.
-
-Se desanimó porque grandes árboles, enteramente calcinados, como en
-un bosque donde han acampado pastores, estorbaban el camino; las
-empalizadas estaban rotas, se perdía el agua de las acequias y entre
-linfas fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de monos.
-
-Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y flores podridas
-formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los criados lo
-habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería.
-
-A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre y una prueba de
-aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes de
-púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres ante
-sí, a tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase
-humillado por haberlos defendido; era un engaño, una traición, y
-como no podía vengarse ni de los soldados, ni de los Ancianos, ni de
-Salambó, ni de nadie, y su cólera necesitaba víctimas, mandó a las
-minas a todos los esclavos de las huertas.
-
-Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a los parques; pero
-Amílcar tomó el camino del molino, en donde se dejaba oír una melopea
-lúgubre.
-
-En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es decir, dos conos
-de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual giraba
-sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los
-brazos empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como
-animales. El roce de las barras había formado alrededor de sus sobacos
-costras purulentas, como se observa en el crucero de los asnos, y el
-andrajo negro y deshilachado que apenas cubría sus riñones colgaba de
-sus piernas como una larga cola. Los ojos estaban rojos, sonaban los
-hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a un tiempo. Tenían
-en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que les
-impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus
-manos para que no la pudieran coger.
-
-A la entrada del amo las barras de madera sonaron con más fuerza.
-Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeron sobre las rodillas; los
-demás siguieron, pasándoles por encima.
-
-Preguntó por Giddenem, gobernador de los esclavos, y compareció este
-personaje, mostrando su dignidad en la riqueza del vestido; porque su
-túnica, hendida por los lados, era de fina púrpura; pesados anillos
-colgaban de sus orejas, y para juntar las bandas que envolvían sus
-piernas, subía de los tobillos a la cadera un lazo de oro, como una
-serpiente enroscada a un árbol. En los dedos, cargados de sortijas,
-llevaba un collar de granos de piedras negras para conocer los hombres
-sujetos al mal sagrado.
-
-Amílcar le hizo seña para que hiciera quitar los bozales. Entonces,
-todos, gritando como animales hambrientos, se echaron sobre la harina,
-devorándola con la cara metida en el montón.
-
---¡Los tienes extenuados! --dijo el Sufeta.
-
-Giddenem alegó que esto era necesario para domarlos.
-
---No valía la pena de enviarte a Siracusa, a la escuela de los
-esclavos. ¡Haz venir a los demás!
-
-Cocineros, despenseros, palafreneros, corredores, porteadores de
-literas, hombres de los baños y mujeres con sus hijos; todos se
-alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio
-hasta el parque de las fieras. Silencio enorme llenaba Megara; todos
-contenían el aliento. El sol se prolongaba sobre la laguna, debajo de
-las catacumbas. Graznaban los pavos reales. Amílcar andaba a paso lento.
-
---¿Qué haré de estos viejos? --dijo--. Véndelos. Hay demasiados galos:
-son borrachos; y demasiados cretenses: son mentirosos. Cómprame
-capadocios, asiáticos y negros.
-
-Quedó extrañado del poco número de niños.
-
---Giddenem, cada año la casa ha de tener nuevos nacimientos. Dejarás de
-noche todas las habitaciones abiertas para que se junten con libertad.
-
-Hizo que se presentaran los ladrones, los perezosos y los amotinadores.
-Dictó castigos, con reproches a Giddenem; y este, como un toro, bajaba
-la cabeza frunciendo las cejas.
-
---Mira, Ojo de Baal --dijo, señalando a un libio robusto--, a este le
-han sorprendido con una cuerda al cuello.
-
---¡Ah! ¿Quieres morir? --preguntó desdeñosamente el Sufeta.
-
-Y el esclavo, con voz intrépida:
-
---¡Sí! --contestó.
-
-Y sin cuidarse del ejemplo ni del daño pecuniario, Amílcar dijo a los
-criados:
-
---¡Lleváoslo!
-
-Quizás abrigaba la intención de un sacrificio, como una desgracia que
-se infligía para prevenir otras más terribles.
-
-Giddenem tenía ocultos a los mutilados detrás de los otros; Amílcar los
-vio.
-
---¿Quién te ha cortado el brazo?
-
---Los soldados, Ojo de Baal.
-
-A un samnita, que vacilaba como una garza herida:
-
---Y a ti, ¿quién te ha hecho esto?
-
-Fue el gobernador, que le había roto una pierna con una barra de
-hierro.
-
-Esta atrocidad imbécil indignó al Sufeta, y arrancando de manos de
-Giddenem el collar de piedras, dijo:
-
---¡Maldito sea el perro que hiere al rebaño! ¡Estropeas esclavos,
-bondad de Tanit! ¡Ah, tú arruinas a tu amo! ¡Que lo ahoguen en el
-estiércol! ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado como a
-los soldados?
-
-Tan terrible tenía el semblante que huyeron todas las mujeres. Los
-esclavos formaron un ancho círculo alrededor de los dos; Giddenem
-besaba frenéticamente las sandalias de Amílcar; este, en pie, tenía
-levantados los brazos sobre él.
-
-Con su inteligencia lúcida, como en la más fuerte de las batallas,
-recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había apartado; y a
-la luz de su cólera, como a los relámpagos de una tempestad, veía de un
-golpe todos sus desastres a un tiempo. Los gobernadores de los campos
-habían huido, por miedo a los soldados, por conveniencia quizá; todos
-le engañaban; se contenía demasiado tiempo.
-
---¡Que los traigan! --gritó--. ¡Que los señalen en la frente con
-hierro encendido, como a los cobardes!
-
-Trajeron y fueron repartidos en medio del jardín grilletes, argollas,
-cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos que apretaban
-las piernas, escorpiones y látigos con tres ramales, rematados con
-garfios de cobre.
-
-Los condenados fueron puestos de cara al sol, del lado de Moloch
-devorador, echados en tierra en posición supina, y los que habían de
-ser azotados, atados de pies y manos a los árboles, con dos sayones:
-uno que daba los azotes y otro que los iba contando.
-
-Silbaban las correas, arrancando la corteza de los árboles. La sangre
-mojaba como lluvia las hojas, y al pie de cada árbol se retorcía un
-cuerpo humano hecho una llaga viva. Aquellos que fueron marcados, se
-arañaban el cutis con las uñas. Se oían crujir los tornillos de madera,
-resonaban choques sordos; a veces hería el aire un grito agudo. Del
-lado de las cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras tendidas,
-unos hombres con soplillos avivaban los carbones, y apestaba el
-olor a carne quemada. Desfallecían los flagelados; pero sujetos por
-los brazos, doblaban la cabeza, cerrando los ojos. Los espectadores
-gritaban asustados; los leones, acordándose tal vez del festín, se
-desperezaban bostezando, al borde de los fosos.
-
-Viose entonces a Salambó en la plataforma de la terraza, corriendo
-asustada de un lado a otro. La vio Amílcar, pareciéndole que levantaba
-los brazos hacia él, pidiéndole perdón. El Sufeta, con un gesto de
-horror, se perdió en el parque de los leones.
-
-Estos animales constituían el orgullo de las grandes casas púnicas.
-Habían tirado del carro del vencedor, triunfado en las guerras, y eran
-venerados como favoritos del sol. Los de Megara eran los más fuertes
-de Cartago. Amílcar, antes de su partida, había exigido a Abdalonim
-el juramento de que cuidaría de ellos; pero habían muerto mutilados,
-quedando únicamente tres, acostados en medio del patio, ante los restos
-de su comida.
-
-Conocieron a Amílcar y se le acercaron. Uno tenía las orejas
-horriblemente mutiladas; otro, una ancha herida en la pierna; el
-tercero, el hocico cortado. Le miraban con aire triste, como personas;
-y el del hocico cortado, bajando la enorme cabeza y doblando las
-corvas, le acariciaba suavemente con el extremo del muñón llagado.
-
-Ante esta caricia, lloró Amílcar y saltó sobre Abdalonim.
-
---¡Ah! ¡Miserable! ¡La cruz, la cruz!
-
-Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas.
-
-Detrás de las fábricas de púrpura, cuyas lentas humaredas subían al
-cielo, sonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo.
-
-Pensando en su hijo, se calmó de pronto, como si le hubiera tocado
-un dios. Entreveía una prolongación de su fuerza, una indefinida
-continuación de su persona; los esclavos no comprendían cómo pudo
-haberse apaciguado tan pronto.
-
-Yendo a las fábricas de púrpura, pasó delante de la ergástula: un
-caserón de piedra negra rodeado de un foso cuadrado, con un camino
-alrededor, y cuatro escaleras en las esquinas.
-
-Para acabar su señal, Iddibal esperaba, sin duda, la noche. «No corre
-prisa», se dijo Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le gritaron:
-«Vuélvete»; los más atrevidos le siguieron.
-
-El viento agitaba la puerta abierta; entraba el crepúsculo por los
-estrechos mechinales y veíase adentro cadenas rotas colgadas en las
-paredes. Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra.
-
-Amílcar palideció extraordinariamente, y le vieron apoyarse con una
-mano en la pared para no caer.
-
-El chacal gritó tres veces seguidas. Amílcar levantó la cabeza, y
-cuando el sol se ocultó, desapareció detrás del seto de nopales.
-
-A la noche, en la Asamblea de los Ricos, en el templo de Eschmún,
-dijo al entrar: «¡Luces de los Baalim: acepto el mando de las fuerzas
-púnicas contra los bárbaros!»
-
-
-
-
-VIII
-
-LA BATALLA DEL MACAR
-
-
-Al siguiente día obtuvo de los Sisitas doscientos veinte y tres mil
-kikar de oro, y decretó un impuesto de catorce shequels sobre los
-ricos. Hasta las mujeres contribuyeron; se pagaba por los niños, y lo
-que era más monstruoso, atendidas las costumbres cartaginesas, obligó a
-los colegios de los sacerdotes a que dieran dinero.
-
-Requisó todos los caballos y mulas y se incautó de todas las armas. A
-los que quisieron disimular sus riquezas se les vendió los bienes, y
-para intimidar la avaricia de los demás, dio él solo sesenta armaduras
-y mil quinientos gomores de harina, tanto como la Compañía del Marfil.
-
-Envió a la Liguria a comprar soldados, tres mil montañeses
-acostumbrados a combatir osos; se les pagó por adelantado seis meses, a
-razón de quince minas diarias.
-
-Le hacía falta un ejército; pero no aceptó, como Hannón, a todos
-los ciudadanos. Rechazó por de pronto a la gente de ocupaciones
-sedentarias; luego, a los demasiado obesos o de aspecto pusilánime;
-admitió a los hombres deshonrados, la crápula de Malca, los hijos de
-los bárbaros y los libertos. En recompensa, prometió a los cartagineses
-nuevos el derecho completo de ciudadanía.
-
-Su primer cuidado fue la reforma de la Legión. Estos arrogantes
-jóvenes, considerados como la majestad militar de la República, se
-gobernaban por sí mismos. Destituyó a los oficiales; trató a todos
-rudamente, haciéndoles correr, saltar y subir de un tirón la cuesta de
-Byrsa; lanzar azagayas, luchar cuerpo a cuerpo y dormir al raso. Sus
-familias venían a verles y les compadecían.
-
-Mandó hacer espadas más cortas y borceguíes más fuertes. Fijó el
-número de sirvientes y redujo los bagajes, y como se guardaban en el
-templo de Moloch trescientos pilums romanos, los tomó, a pesar de las
-reclamaciones del Pontífice.
-
-Con los que habían vuelto de Útica y otros de particulares organizó una
-falange de setenta y dos elefantes, que hizo formidables. Armó a sus
-conductores con un martillo y un escoplo para que rompieran el cráneo a
-estos animales en caso de que huyeran.
-
-No consintió que sus generales fueran nombrados por el Gran Consejo.
-Los Ancianos le echaban en cara que violaba las leyes; él no les
-hizo caso; nadie se atrevía a contradecirle; todo se doblegaba a la
-violencia de su genio.
-
-Él solo se encargó de la guerra, del gobierno y de la hacienda; y con
-el fin de prevenir acusaciones, pidió para examinador de sus cuentas al
-Sufeta Hannón.
-
-Hacía trabajar en las fortificaciones, y para tener piedras derribó
-las viejas murallas interiores, que eran inútiles. La diferencia de
-fortunas, ya que no la jerarquía de razas, seguía manteniendo separados
-los hijos de los vencidos y de los conquistadores; los patricios
-vieron irritados la destrucción de esos muros; pero el pueblo, sin
-darse cuenta, se regocijaba sin saber por qué.
-
-Armada la tropa, por mañana y tarde desfilaba por las calles, y a cada
-momento se oía el resonar de las trompetas; en los carros pasaban
-escudos, tiendas de campaña, picas; los patios estaban llenos de
-mujeres que hacían hilas y vendajes; unos a otros se infundían valor;
-el alma de Amílcar llenaba la República.
-
-Dividió sus soldados en números pares, cuidando de poner a lo largo de
-las filas, alternativamente, un hombre robusto y otro que lo era menos,
-para que el menos vigoroso o más cobarde fuera llevado y empujado a la
-vez por su compañero. No obstante, con tres mil ligures y los mejores
-cartagineses no pudo formar más que una sencilla falange de cuatro
-mil noventa y seis hoplitas, defendidos con cascos de bronce, y que
-manejaban picas de fresno de catorce codos de largo.
-
-Dos mil hombres iban armados con un puñal, reforzados con ochocientos
-jóvenes más, con escudo redondo y espada a la romana.
-
-La caballería pesada estaba compuesta de mil novecientos guardias que
-quedaban de la Legión, cubiertos con láminas de bronce bermejo, como
-los clinabaros asirios. Había además más de cuatrocientos arqueros a
-caballo, de los llamados tarentinos, con birretes de piel de comadreja,
-hacha de doble filo y túnica de cuero; y mil doscientos negros del
-arrabal de las caravanas, mezclados con los clinabaros, que debían
-correr al lado de los caballos, cogidos a las crines. Todo estaba
-dispuesto y, sin embargo, Amílcar no empezaba la campaña.
-
-A menudo, salía de noche solo de Cartago, y se perdía en la embocadura
-del Macar, más allá de la laguna. ¿Quería unirse a los mercenarios? Los
-ligures, acampados en los Mapales, rodeaban su casa.
-
-Los temores de los Ricos parecieron justificados cuando se vio un día
-a trescientos bárbaros que se acercaban a las murallas. El Sufeta les
-abrió las puertas. Eran tránsfugas que se acogían a su jefe por temor
-o por fidelidad.
-
-La vuelta de Amílcar no había sorprendido a los mercenarios; este
-hombre, según sus ideas, no podía morir. Venía para cumplir sus
-promesas; esperanza que nada tenía de absurda: ¡tan profundo era el
-abismo entre la patria y el ejército! Además, no se creían culpables;
-se habían olvidado del festín.
-
-Los espías que aprehendieron les desengañaron. Fue un triunfo para los
-exaltados; hasta los tibios se volvieron furiosos. Además, los dos
-sitios les habían aburrido; nada se adelantaba; era preferible una
-batalla. Muchos hombres se desbandaban, merodeando por la campiña. A la
-noticia de los armamentos acudieron, y Matho saltó de alegría:
-
---¡Al fin! ¡Al fin! --exclamó.
-
-El resentimiento que tenía contra Salambó se volvió contra Amílcar.
-Su odio veía una presa determinada; y como la venganza era más fácil
-de concebir, la creía segura; la idea le deleitaba. Al mismo tiempo,
-estaba dominado por una más alta ternura; devorado por un deseo más
-agrio. Se veía en medio de los soldados, llevando en su pica la
-cabeza del Sufeta, y después, en el cuarto del lecho de púrpura,
-apretando a la virgen entre sus brazos, cubriéndola la cara de besos,
-acariciando sus largos cabellos negros; estos sueños, que sabía eran
-irrealizables, constituían para él un suplicio. Se juró a sí mismo, ya
-que sus camaradas le habían nombrado schalischim, dirigir la guerra; la
-certidumbre de que no volvería, le impulsaba a ser implacable.
-
-Fue a ver a Espendio, y le dijo:
-
---Reúne tus hombres; yo llevaré los míos. Avisa a Autharita. Estamos
-perdidos si Amílcar nos ataca. ¿Me entiendes? ¡Levántate!
-
-Espendio quedó estupefacto ante este decreto autoritario. Matho, por
-costumbre, se dejaba guiar y se le pasaban pronto los arrebatos; pero
-ahora, parecía a un tiempo más calmado y más terrible; una voluntad
-soberbia fulguraba en sus ojos, como la llama de un sacrificio.
-
-El griego no atendía sus razonamientos. Habitaba una de las tiendas
-cartaginesas bordadas de perlas, bebía bebidas frescas en copas de
-plata, jugaba al cótabo, dejaba crecer su cabellera y llevaba el sitio
-con lentitud. Por lo demás, tenía inteligencias en la ciudad y no
-quería partir, en la seguridad de que esta se rendiría a los pocos
-días. Narr-Habas, que vagabundeaba entre los ejércitos, se encontraba
-ahora cerca de él. Apoyó su opinión y llegó a acusar al libio de querer
-abandonar la empresa, por exceso de valor.
-
---Vete, si tienes miedo --contestó Matho--; nos prometiste pez, azufre,
-elefantes, infantes y caballos; ¿dónde están?
-
-Narr-Habas le recordó que había exterminado las últimas cohortes
-de Hannón; en cuanto a los elefantes, se les estaba cazando en los
-bosques; armaba los infantes, y los caballos estaban ya en marcha; y el
-númida, acariciando la pluma de avestruz que le caía por la espalda,
-giraba los ojos como una mujer y sonreía de una manera irritante. Matho
-no sabía qué contestarle.
-
-Un desconocido entró donde ellos estaban, sudoroso, asustado, sangrando
-los pies y desatado el cinturón; la respiración agitaba su flaco pecho
-como si fuera a hacerle estallar; y hablando un dialecto ininteligible,
-abría los ojos como si contara una batalla. El rey se echó afuera y
-llamó a sus jinetes.
-
-Formaron en el llano un círculo alrededor de él. Narr-Habas, a caballo,
-bajaba la cabeza y se mordía los labios. Por fin, separó sus hombres en
-dos mitades y mandó a la primera que esperase; con gesto imperioso se
-llevó los otros al galope y desapareció en el horizonte, por el lado de
-las montañas.
-
---¡Señor! --dijo Espendio--: no me gustan estas cosas extraordinarias;
-el Sufeta, que viene, y Narr-Habas, que va...
-
---¡Bah! ¿Qué importa? --contestó desdeñosamente Matho.
-
-Era una razón más para unirse a Autharita; pero si se abandonaba
-el sitio, saldrían los sitiados, los atacarían por retaguardia, y
-al frente tendrían a los cartagineses. Después de mucho hablar, se
-resolvió lo siguiente, que fue inmediatamente ejecutado:
-
-Espendio, con quince mil hombres, ocupó el puente del Macar, a tres
-millas de Útica, y fortificó los ángulos con cuatro torres enormes,
-con catapultas. Con troncos de árboles, pedazos de roca y montones de
-espinos y piedras de las murallas cerró todos los caminos y gargantas
-de las montañas; y en las cumbres puso hierba seca, que se encendería
-para señales, y pastores acostumbrados a otear de lejos.
-
-Sin duda Amílcar no iría, como Hannón, por la montaña de las Aguas
-Calientes. Debía pensar que Autharita, dueño del interior, le
-cerraría el camino. Además, un desastre al principio de la campaña
-le perdería, mientras que la victoria era probable estando más lejos
-los mercenarios. Meterse entre los dos ejércitos sería en él una
-imprudencia, contando con fuerzas inferiores; así, pues, Amílcar, según
-todas las probabilidades, tomaría las faldas de la Ariana, torcería a
-la izquierda para evitar las bocas del Macar y vendría en derechura al
-puerto, donde Matho le esperaría.
-
-Vigilaba de noche a los peones, a la luz de las antorchas; iba a
-Hippo-Zarita, a las obras de las montañas, volvía y no descansaba.
-Espendio envidiaba su energía, y Matho escuchaba dócilmente a su
-compañero en cuanto al manejo de los espías, a la elección de
-centinelas, al arte de las máquinas y demás medios de defensa. Ya no
-hablaban de Salambó: Espendio, porque no se acordaba; Matho, por una
-especie de pudor. A menudo iba del lado de Cartago, para ver de lejos
-las tropas de Amílcar. Flechaba con sus ojos el horizonte, se echaba
-de bruces, y en los latidos de sus arterias creía oír el rumor de un
-ejército.
-
-Dijo a Espendio que si antes de tres días no llegaba Amílcar, iría con
-todos sus hombres a presentarle batalla. Pasaron dos días; Espendio le
-contenía; pero en la mañana del sexto, partió.
-
- * * * * *
-
-No menos que los bárbaros estaban los cartagineses impacientes por la
-guerra; en las tiendas y en las casas había el mismo deseo, la misma
-angustia; se preguntaban todos qué era lo que detenía a Amílcar. En
-ocasiones, subía este a la cúpula del templo de Eschmún, y al lado del
-Anunciador de las Lunas escudriñaba el horizonte.
-
-Un día, el tercero del mes de Tibby, se le vio bajar de la Acrópolis a
-pasos precipitados. Se alzó un griterío en los Mapales. Bien pronto se
-llenaron las calles, y los soldados se armaron, entre el llanto de las
-mujeres, que los abrazaban, yendo a formar a la plaza de Kamón. No se
-les podía seguir, ni aun hablarles, ni acercarse a las fortificaciones;
-durante algunos minutos, la ciudad entera permaneció silenciosa como
-una inmensa tumba; los soldados, apoyados en sus lanzas, y los demás,
-angustiados.
-
-Al ponerse el sol, salió el ejército por la parte de Occidente; pero
-en vez de tomar el camino de Túnez o ganar las montañas en dirección a
-Útica, siguió la costa, llegando en breve a la laguna, en la que las
-salitreras se reflejaban como enormes espejos de plata olvidados en la
-ribera.
-
-Fuéronse multiplicando los aguazales; el suelo era cada vez más blando
-y en él se hundían los pies. Amílcar iba siempre a la cabeza, y su
-caballo, cubierto de manchas amarillas como un dragón, pisaba el fango
-haciendo grandes esfuerzos y levantando espuma en torno suyo. Vino la
-noche; noche sin luna. Algunos gritaron que se iba a la muerte; el
-caudillo les quitó las armas y las entregó a los criados. El fango se
-hacía cada vez más hondo; fue preciso montar en los animales de carga
-o bien agarrarse a la cola de los caballos; los robustos ayudaban a
-los débiles, y la Legión empujaba a la infantería con la punta de las
-lanzas. Aumentó la obscuridad; se habían extraviado; todos hicieron
-alto.
-
-Los esclavos del Sufeta siguieron adelante para encontrar las balizas
-plantadas por orden de este, de distancia en distancia. Gritaban en las
-tinieblas, y el ejército les seguía de lejos.
-
-Por fin se pisó tierra firme; luego se dibujó vagamente una curva
-blanquecina, y llegaron a la orilla del Macar. A pesar del frío, no se
-encendió fuego.
-
-A media noche se levantaron ráfagas de viento. Amílcar hizo despertar a
-los soldados, pero sin tocar las trompetas, haciendo que los capitanes
-les golpearan en la espalda.
-
-Entró en el agua un hombre de alta estatura, y aquella no le llegaba a
-la cintura; señal de que se podía pasar.
-
-El Sufeta ordenó que treinta y dos elefantes se colocaran en el río,
-cien pasos más lejos, en tanto que los demás detendrían las líneas
-de hombres empujados por la corriente; y todos con las armas sobre
-la cabeza, atravesaron el Macar como entre dos murallas. Se había
-observado que el viento del Oeste, empujando las arenas, obstruía el
-río y formaba en toda su anchura una calzada natural.
-
-Este alarde de genio entusiasmó a los soldados y les infundió una
-confianza extraordinaria. Querían acometer en seguida a los bárbaros,
-pero el Sufeta les hizo descansar dos horas. No bien salió el sol, los
-desplegó en el llano, en tres líneas: primero los elefantes, detrás la
-infantería ligera con la caballería, y en tercera línea la falange.
-
-Los bárbaros acampados en Útica y en las quince millas alrededor del
-puente, quedaron sorprendidos al ver ondular esta masa. El viento, que
-soplaba muy fuerte, levantaba torbellinos de arena, como arrancados
-del suelo, subiendo en grandes capas de color azul, que se rompían
-para volver a formarse, ocultando siempre a los mercenarios el
-ejército púnico. Comoquiera que los cartagineses adornaban con cuernos
-la punta de los cascos, unos mercenarios creyeron ver una tropa de
-bueyes, en tanto que otros, engañados por el vaivén de los mantos,
-pretendían ver alas; no faltando quien echándoselas de sabio atribuyera
-despreciativamente todo esto a una ilusión de espejismo. Sin embargo,
-algo enorme continuaba avanzando. Pequeños vapores, sutiles como
-alientos, corrían sobre la superficie del desierto; el sol, ahora más
-alto, brillaba con más fuerza; una luz áspera y que parecía vibrar
-entre la profundidad del cielo y los objetos, hacía la distancia
-incalculable. La inmensa llanura se desplegaba por todos lados, hasta
-perderse de vista, y las ondulaciones del terreno, casi insensibles, se
-prolongaban hasta el extremo horizonte, cerrado por la gran línea azul
-del mar. Los dos ejércitos, fuera de sus tiendas, se miraban; la gente
-de Útica, para ver mejor, se amontonaba en los baluartes.
-
-Al fin, se vieron muchas barras transversales erizadas de puntas,
-que se agrandaban y hacían más espesas; montículos negros que se
-balanceaban, y aparecer de pronto la masa de picas y elefantes.
-
---¡Los cartagineses! --exclamaron los bárbaros.
-
-Y los soldados de Útica y los del puente salieron en montón, a la
-desordenada, para caer juntos sobre Amílcar.
-
-Ante este nombre, Espendio tembló: «¡Amílcar! ¡Amílcar!» Matho no
-estaba allí. ¿Qué hacer? La huida era imposible. La sorpresa, el miedo
-al Sufeta y, sobre todo, lo urgente de una resolución inmediata, le
-desconcertaban; se veía traspasado por mil espadas, decapitado, muerto.
-Pero treinta mil hombres le seguían y confiaban en él; furioso contra
-sí mismo y confiando en una feliz victoria, se creyó más intrépido que
-Epaminondas. Para disimular su palidez, tiñó su barba de bermellón,
-apretó sus grebas y su coraza, bebió una patera de vino puro y corrió
-hacia su tropa, que se unía a la de Útica.
-
-Ambas divisiones de bárbaros juntáronse con tanta celeridad, que el
-Sufeta no tuvo tiempo de formar sus hombres en batalla. Los elefantes
-se detuvieron, balanceando sus pesadas cabezas cargadas de plumas de
-avestruz y golpeándose las espaldas con la trompa.
-
-En el fondo de los claros que dejaban se veían las cohortes de los
-vélites; más lejos, los grandes cascos de los clinabaros, con hierros
-que brillaban al sol, y corazas, penachos y banderas desplegadas. Pero
-el ejército cartaginés, compuesto de once mil trescientos noventa y
-seis hombres, parecía ser inferior a este número porque formaba un
-largo cuadrado, estrecho en los flancos y muy apretado en sí mismo.
-
-Viéndolos tan débiles, los bárbaros, tres veces más numerosos,
-sintieron una alegría desordenada; no se veía a Amílcar. ¿Estaría allí?
-No importaba; el desdén que los bárbaros tenían por estos mercaderes
-avivaba su valor, y antes que Espendio mandara la maniobra, todos la
-habían comprendido y la estaban ejecutando.
-
-Desplegáronse en una gran línea recta, que desbordaba las alas del
-ejército púnico, a fin de envolverlo completamente. Pero cuando
-estuvieron a trescientos pasos, los elefantes, en vez de avanzar,
-retrocedieron, y los clinabaros, haciendo un cambio de frente, los
-siguieron; aumentó la sorpresa de los mercenarios el ver que todos los
-demás hacían lo mismo. Los cartagineses tenían miedo, ¡huían! Una silba
-formidable estalló en las tropas bárbaras, y Espendio, desde lo alto de
-su dromedario, gritaba:
-
---¡Ah, ya lo sabía! ¡Adelante! ¡Adelante!
-
-Cayó una lluvia de azagayas, dardos y tiros de honda. Los elefantes con
-la grupa acribillada a flechazos galoparon más aprisa; les envolvía una
-gran polvareda y, como sombras en una nube, desaparecieron.
-
-Pero en el fondo de la masa púnica se oía un gran ruido de pasos,
-dominado por el son agudo de las trompetas, que tocaban con furia.
-Este espacio que los bárbaros tenían delante, pleno de torbellinos y
-de tumulto, atraía como un abismo; algunos se lanzaron. Aparecieron
-cohortes de infantería y jinetes al galope con otros peones a la grupa.
-
-En efecto: Amílcar había ordenado a la falange que rompiera sus
-secciones y que pasaran los elefantes y la tropa ligera por estos
-intervalos, para que cubrieran prontamente los flancos; calculó tan
-bien la distancia de los bárbaros, que en el momento en que estos
-llegaban allí, el ejército cartaginés formaba en masa una gran línea
-recta.
-
-En medio se erizaba la falange compuesta de sintagmas o cuadrados,
-con diez y seis hombres en cada lado. Los jefes de filas aparecían
-entre largos hierros agudos que desbordaban desigualmente, porque las
-seis hileras primeras alargaban las astas cogiéndolas por el medio,
-y las diez hileras inferiores, apoyándolas en la espalda de sus
-compañeros, se ponían delante. Las viseras de los cascos ocultaban
-a medias las caras; las grebas de bronce cubrían todas las piernas
-derechas; anchos escudos cilíndricos bajaban hasta las rodillas; y esta
-horrible masa cuadrangular maniobraba en un solo bloque, viva como un
-animal fantástico y con la regularidad de una máquina. Dos cohortes de
-elefantes la flanqueaban, haciendo caer la lluvia de flechas pegadas a
-su negra piel. Los indios, agazapados entre los montones de blancas
-plumas de avestruz, los retenían con el mango del arpón, y en las
-torres, otros hombres, ocultos hasta los hombros, se asomaban armados
-con grandes arcos tendidos y varas de hierro con estopas encendidas.
-A derecha e izquierda de los elefantes maniobraban los honderos, con
-una honda ceñida a los riñones, otra en la cabeza, y la tercera en la
-mano derecha. Venían luego los clinabaros, cada cual con un negro que
-les alargaba las lanzas entre las orejas de los caballos enteramente
-cubiertos de oro como los jinetes. A continuación se espaciaban
-soldados armados a la ligera con escudos de piel de lince y jabalinas
-en la mano izquierda; y los tarentinos, llevando del diestro dos
-caballos juntos, y apostados en los dos extremos de esta muralla de
-combatientes.
-
-A la inversa, el ejército de los bárbaros no había podido conservar su
-alineación. En todo su enorme frente se habían formado ondulaciones y
-vacíos, y jadeaban todos, sofocados por la carrera.
-
-La falange se puso en marcha pesadamente, blandiendo todos las picas;
-bajo este enorme peso, la línea de los mercenarios cedió pronto por el
-centro.
-
-Entonces, las líneas cartaginesas se abrieron para envolverlos,
-guiándoles los elefantes. Con las lanzas tendidas oblicuamente, la
-falange cortó a los bárbaros; se agitaron dos masas enormes; las
-alas, a tiros de honda y de flecha, los empujaban sobre la falange.
-Para desprenderse de esta, faltaba la caballería; a excepción de
-doscientos númidas que arremetieron contra los clinabaros, los demás se
-encontraron cercados y no podían salir de sus líneas. Inminente era el
-peligro; urgente una resolución.
-
-Espendio mandó atacar la falange simultáneamente por los dos flancos,
-a fin de pasar al través; pero las filas más estrechas, replegándose
-sobre las más largas, se volvieron juntas contra los bárbaros,
-mostrándose tan terribles como lo era el frente. Herían los bárbaros
-con su hierro, pero la caballería estorbaba su ataque; en tanto que
-la falange púnica, apoyada por los elefantes, se apretaba o se
-ensanchaba, o maniobraba en cuadrado, en cono, en rombo, en trapecio
-o en pirámide, de frente, a retaguardia, se producía continuamente
-un movimiento interior, porque los que estaban detrás de las filas
-corrían a las primeras líneas, y los cansados o heridos se replegaban
-atrás. Los bárbaros se veían empujados contra la falange: era imposible
-avanzar; hubiérase dicho un océano en el que bullían garcetas rojas con
-escamas de cobre, en tanto que los lucientes escudos se apretaban como
-espuma de plata. A veces, de un cabo a otro, bajaban anchas corrientes,
-que luego ascendían, manteniéndose inmóvil en medio una pesada masa.
-Las lanzas se bajaban y se levantaban alternativamente. Todo era una
-agitación de espadas desnudas, tan precipitada, que solo se veían las
-puntas; haces de caballería, ensanchándose en círculos, y que volvían a
-cerrarse, moviendo torbellinos a su alrededor.
-
-Dominando las voces de mando, sonaban en el aire los bélicos clarines
-y el son de las liras, y las balas de plomo o de arcilla de las hondas,
-silbando y haciendo saltar las espadas de las manos y los sesos de los
-cráneos. Los heridos, resguardándose con un solo brazo con su escudo,
-tendían la espada apoyando el pomo en el suelo; otros, entre charcos de
-sangre, se volvían para morder los talones de los enemigos. La multitud
-era tan compacta, el polvo tan espeso, el tumulto tan fuerte, que era
-imposible ver nada; los cobardes que ofrecían entregarse ni siquiera
-eran oídos. Cuando las manos estaban vacías, se abrazaban cuerpo a
-cuerpo; los pechos chocaban con las corazas y los cadáveres caían
-hacia atrás, con los brazos crispados. Hubo una compañía de sesenta
-umbrianos que, firmes sobre sus talones, con la pica delante de los
-ojos, inquebrantables y rechinando los dientes, obligaron a retroceder
-dos sintagmas a la vez. Los pastores epirotas corrieron al escuadrón
-izquierdo de los clinabaros y agarraron de las crines a los caballos,
-volteando sus bastones; los animales, derribando a los jinetes, huyeron
-por el llano. Los honderos púnicos, repartidos aquí y acullá, estaban
-sorprendidos. La falange empezaba a oscilar, los capitanes corrían
-desolados, los cabos de fila empujaban a los soldados; los bárbaros,
-rehechos, volvían a la carga, y la victoria iba a ser suya.
-
-Pero de pronto sonaron gritos espantosos y rugidos de dolor y de
-rabia; eran los setenta y dos elefantes, que se precipitaban en doble
-línea, porque Amílcar había esperado a que los bárbaros estuviesen en
-montón, para echárselos encima. Los indios los aguijonearon con tal
-fuego, que la sangre corría por las anchas orejas de los paquidermos.
-Las trompas, pintadas de minio, se levantaban rectas en el aire, como
-rojas serpientes; sus pechos estaban armados de un venablo, el lomo con
-una coraza, los colmillos prolongados con láminas de hierro encorvadas
-como sables, y, para volverlos más feroces, se les había embriagado con
-una mezcla de pimienta, vino puro e incienso. Sacudían sus collares
-de cascabeles y gritaban; los elefantarcas o conductores bajaban la
-cabeza ante la lluvia de las faláricas que venía de lo alto de las
-torres.
-
-Con el propósito de resistirlos mejor, los bárbaros se abalanzaron en
-masa compacta; los elefantes se precipitaron impetuosamente en medio.
-Los espolones de sus pechos hendían las cohortes como proas de un
-navío; con las trompas, ahogaban a los hombres o los arrancaban del
-suelo, entregándolos por encima de sus cabezas a los soldados de las
-torres; con los colmillos, los despanzurraban, los lanzaban al aire,
-colgando racimos de entrañas de sus garfios de marfil, como paquetes de
-cuerdas en los mástiles. Los bárbaros intentaban reventarles los ojos
-o desjarretarlos; otros, metiéndose bajo los vientres, les hundían la
-espada hasta la empuñadura y morían aplastados. Los más intrépidos se
-colgaban a las correas, y entre llamas o bajo la lluvia de dardos y
-hondas, no dejaban de cortar cueros para que la torre de mimbre cayera
-como una torre de piedra. Catorce elefantes de los que estaban en la
-extrema derecha, furiosos por sus heridas, se volvieron a la segunda
-línea; los indios, con su martillo y clavija, les dieron la puntilla a
-fuerza de puños.
-
-Las enormes bestias se atropellaron, cayendo unas encima de otras. Fue
-como una montaña; y sobre este montón de cadáveres y de armaduras, un
-elefante monstruoso, que se llamaba el _Furor de Baal_, cogido por la
-pierna entre cadenas, estuvo toda la noche aullando, con una flecha en
-el ojo.
-
-Sin embargo, los demás, como conquistadores que se complacen en el
-exterminio, seguían atropellando, aplastando y encarnizándose en los
-muertos y en los restos de la batalla. Para rechazar a los manípulos
-apretados en coronas a su alrededor, giraban sobre los pies de
-atrás con un movimiento continuo de rotación siempre avanzando. Los
-cartagineses sintieron aumentar su vigor, y la batalla volvió a empezar.
-
-Los bárbaros cedían; los hoplitas griegos arrojaron sus armas, y el
-espanto se apoderó de los demás. Se vio a Espendio huir colgado de
-su dromedario, azuzándolo con dos jabalinas. Todos, entonces, se
-precipitaron para entrar en Útica.
-
-Los clinabaros, con los caballos cansados, no pudieron detenerlos.
-Los ligures, extenuados de sed, gritaban que se les llevara al río;
-pero los cartagineses, puestos en medio de las sintagmas y que habían
-sufrido menos, hervían de deseo ante la venganza que se les escapaba;
-ya se lanzaban a la persecución de los mercenarios cuando apareció
-Amílcar.
-
-Refrenaba con riendas de plata su caballo atigrado, bañado en sudor.
-Las cintas atadas a los cuernos de su casco flotaban al viento y tenía
-su escudo ovalado sujeto bajo el muslo izquierdo. A una señal de su
-pica de tres puntas, se detuvo el ejército.
-
-Los tarentinos saltaron rápidamente de un caballo al otro, y partieron
-a derecha e izquierda en dirección al río y a la ciudad.
-
-La falange exterminó a placer el resto de los bárbaros. Cuando
-llegaban bajo las espadas, las víctimas alargaban el cuello, cerrando
-los párpados. Otros se defendieron a todo trance, pero se les abrumaba
-de lejos a pedradas, como perros rabiosos. Amílcar tenía encargado
-que se hicieran cautivos; pero los cartagineses le obedecieron a
-regañadientes, por el placer que sentían en degollar bárbaros. Como
-tenían mucho calor, operaban con los brazos desnudos, a manera de
-segadores; y cuando se interrumpían para tomar aliento, seguían con
-la mirada a un jinete que galopaba tras un soldado huyendo. Conseguía
-cogerle de los cabellos, lo tenía así un rato y concluía por derribarle
-de un hachazo.
-
-Vino la noche. Cartagineses y bárbaros habían desaparecido. Los
-elefantes que habían huido erraban por el horizonte con las torres
-incendiadas. Ardían en la obscuridad como faros perdidos en la bruma, y
-no se advertía otro movimiento en la llanura que la ondulación del río,
-engrosado por los cadáveres que iban arrastrados al mar.
-
-Dos horas después llegó Matho. A la luz de las estrellas vio largos
-montones desiguales tendidos en tierra.
-
-Eran las filas de bárbaros. Se apeó y vio que todos estaban muertos;
-llamó a voces y nadie le contestó.
-
-Aquella mañana había partido de Hippo-Zarita con sus soldados, en
-dirección a Cartago. El ejército de Espendio acababa de salir de Útica,
-y los habitantes empezaban a incendiar las máquinas de guerra. Todos
-se habían batido encarnizadamente; el tumulto que se oía del lado del
-puente aumentaba de un modo incomprensible. Matho había venido por el
-camino más corto, a través de la montaña, y como los bárbaros huyeron
-por el llano, no encontró a ninguno.
-
-A su frente, se levantaban en la sombra masas piramidales, y del lado
-del río, cercanas y a ras del suelo, se veían luces inmóviles. Era que
-los cartagineses se habían replegado detrás del puerto para engañar a
-los bárbaros; el Sufeta había puesto muchas guardas en la otra orilla.
-
-Matho, avanzando siempre, creyó ver enseñas púnicas, porque las
-cabezas de caballo que no se movían aparecían en el aire, fijas en
-astas, en listones que no se podían ver; y oyó más lejos un gran rumor,
-un ruido de canciones y de copas que chocaban.
-
-No sabiendo dónde se encontraba, ni cómo hallar a Espendio, lleno de
-angustia y perdido en las tinieblas, se volvió más aprisa por el mismo
-camino. Apuntaba el alba cuando desde lo alto de la montaña divisó la
-ciudad, con las armazones de las máquinas ennegrecidas por las llamas,
-así como esqueletos de gigantes junto a las murallas.
-
-Todo reposaba en silencio y en abandono extraordinarios. Entre sus
-soldados, al borde de las tiendas, hombres casi desnudos dormían de
-espalda o con la frente en el brazo que sostenía la coraza. Algunos
-llevaban en las piernas vendas ensangrentadas. Los moribundos movían la
-cabeza blandamente, en tanto que otros les traían de beber. A lo largo
-de los caminos estrechos, andaban los centinelas para calentarse, o
-bien miraban el horizonte, con la pica al hombro, en actitud feroz.
-
-Matho encontró a Espendio recogido bajo un jirón de tela puesto sobre
-dos palos, con las manos en las rodillas y la cabeza baja.
-
-Estuvieron largo rato sin decirse nada; al fin, Matho murmuró:
-
---¡Vencidos!
-
-Espendio contestó con voz sombría:
-
---¡Sí; vencidos!
-
-Y a todas las preguntas respondía con gestos desesperados.
-
-Llegaban basta ellos suspiros y estertores. Matho entreabrió la tela,
-y el espectáculo de los soldados le recordó otro desastre en el mismo
-lugar, y dijo:
-
---¡Miserable!, otra vez...
-
-Espendio le interrumpió:
-
---¡Tampoco tú estabas!
-
---¡Es una maldición! --exclamó Matho--. ¡Pero yo le esperaré, le
-venceré, le mataré! ¡Ah, si hubiera estado aquí!...
-
-La idea de no haberse encontrado en la batalla lo desesperaba más que
-la derrota. Se quitó la espada y la tiró por el suelo.
-
---Pero ¿cómo os han vencido los cartagineses?
-
-El antiguo esclavo contó las maniobras. Matho creía estar viéndolas, y
-se irritaba. El ejército de Útica, en vez de dirigirse al puente, debió
-ir a atacar a Amílcar por retaguardia.
-
---¡Lo sé! --dijo Espendio.
-
---Convenía doblar las filas, no comprometer los vélites contra la
-falange; dar salida a los elefantes. En último extremo, se podía probar
-otra vez, nunca huir.
-
-Respondió Espendio:
-
---Le he visto pasar en su gran manto rojo, con los brazos levantados,
-más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de las
-cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se
-abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró,
-y yo sentí en mi corazón como el frío de una espada.
-
---¿Habrá elegido tal vez el día? --se decía Matho.
-
-Y se hacían preguntas tratando de descubrir qué habría traído al
-Sufeta en las circunstancias más desfavorables. Hablando de la
-situación, para atenuar su falta o animarse a sí propio, Espendio dijo
-que aún quedaba esperanza.
-
---¡Aunque no la haya, no importa! --dijo Matho--; yo solo continuaré la
-guerra.
-
---Y yo también --repuso el griego, muy agitado, brillantes las pupilas
-y con sonrisa extraña que contraía su cara de chacal.
-
---¡Volveremos a empezar! ¡No me abandones! Yo no estoy hecho para las
-batallas al sol: el brillo de las espadas me turba la vista: es una
-enfermedad: he vivido mucho tiempo en la ergástula. Pero dame murallas
-que escalar de noche, y yo entraré en las ciudadelas y los cadáveres
-estarán fríos antes que los gallos hayan cantado. Indícame a alguien,
-alguna cosa, un enemigo, un tesoro, una mujer..., una mujer, aunque
-sea la hija de un rey, y la traeré, si lo deseas, a tus pies con
-prontitud. Me reprochas de haber perdido la batalla contra Hannón y,
-sin embargo, la gané. ¡Confiésalo! Mi piara de cerdos nos sirvió más
-que una falange de espartanos.
-
-Y cediendo a la necesidad de rehabilitarse y de tomar el desquite, fue
-enumerando cuanto hiciera en favor de los mercenarios.
-
---¡Yo fui quien en los jardines del Sufeta empujé al galo! Más tarde,
-en Sicca, los concité a todos con el miedo de la República; Giscón los
-volvió a perdonar, pero yo impedí que hablaran los intérpretes. ¡Ah!
-¡Cómo les colgaba la lengua de la boca! ¿Te acuerdas? Yo te llevé a
-Cartago; yo he robado el zaimph. Yo te he llevado a casa de _ella_. ¡Yo
-haré más aún!...; ¡ya verás!
-
-Y soltó la carcajada como un loco. Matho le miraba asombrado.
-Experimentaba cierto malestar ante este hombre, a un tiempo cobarde y
-terrible.
-
-El griego añadió en tono jovial, castañeteando los dedos:
-
---¡Evohé! Después de la lluvia sale el sol. He trabajado en las
-canteras y he bebido másica en un bajel que era mío, bajo un palio
-de oro, como un Tolomeo. La desgracia debe servirnos para hacernos
-más hábiles. A fuerza de trabajo, se rinde la fortuna. Esta ama a los
-diestros. ¡Ella cederá!
-
-Y tomando del brazo a Matho:
-
---Amo, los cartagineses están ahora confiados en su victoria. Tú tienes
-un ejército que no ha combatido, y tus hombres te obedecen. Ponlos
-delante; los míos, para vengarse, los seguirán. Me quedan tres mil
-carios, mil doscientos honderos y arqueros, cohortes completas. Se
-puede formar toda una falange. ¡Vamos!
-
-Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado plan alguno para
-repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de bronce que
-ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió su
-espada, gritando:
-
---Sígueme. ¡Vamos!
-
-Los exploradores volvieron anunciando que los cartagineses se habían
-llevado sus muertos, que el puente estaba en ruinas y que Amílcar había
-desaparecido con su ejército.
-
-
-
-
-IX
-
-EN CAMPAÑA
-
-
-Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se
-revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para
-dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla
-derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa.
-
-Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las tribus
-de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o en
-medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos.
-
-En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y Útica,
-con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del Occidente.
-Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo;
-Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas.
-Los habitantes del campo llegaban cargados de víveres, implorando su
-protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los
-bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios
-muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado
-a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les
-encontraba muertos en los olivares y en las viñas.
-
-Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria,
-envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla.
-Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos
-atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca;
-los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás
-de ellos, los empujaban a latigazos.
-
-¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil bárbaros
-y que la guerra había terminado porque los demás no la proseguirían; se
-abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la cara de
-los dioses Pateques en acción de gracias, los cuales, con sus grandes
-ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros,
-parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los
-ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de
-los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes
-de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las
-principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras
-a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas
-coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían
-otorgarle nuevos honores y preeminencias.
-
-Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita,
-para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los
-bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el
-ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de
-raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos
-bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los unos no
-valían nada y los otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó.
-
-En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los cautivos,
-aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba incorporar
-los mejores a sus tropas y excitar por este medio las deserciones. Pero
-el odio pudo más que su prudencia.
-
-Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de
-las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las
-mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos
-a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se
-bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba
-vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas;
-muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la
-noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se
-bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos.
-
-Después se dejaron en pie las cruces con los cadáveres, que parecían
-sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la
-gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a
-las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les
-proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos,
-y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el
-pueblo en una misma venganza.
-
-No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del
-cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos
-graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba
-sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio
-Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales;
-era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las
-azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis
-de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico
-enrojecido.
-
-A causa de la pestilencia, los cartagineses se resignaron a desclavar
-los cadáveres. Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y
-las olas, agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en
-el fondo del golfo, ante el campamento de Autharita.
-
-Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de
-Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus
-bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche.
-
- * * * * *
-
-El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de Aguas Calientes
-a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a las ciudades
-tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre Cartago.
-
-En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur;
-Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los
-tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no
-esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos cargados de betún,
-veinticinco elefantes y seis mil jinetes.
-
-El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente
-entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había
-entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio.
-Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados
-númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el
-hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el
-agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta
-más furioso que los bárbaros.
-
-Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca del
-plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo.
-
-Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y se
-ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, no
-se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias
-griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron
-de todos los bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos
-los días los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se
-prohibió a los centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo
-en la lanza y dormir en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó
-a desprenderse de él; todo debía ponerse a la espalda, a la usanza
-romana. Como precaución contra los elefantes, Matho creó un cuerpo de
-jinetes catafractos, en que hombre y caballo desaparecían bajo una
-coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para proteger el casco
-de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido.
-
-Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no
-púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los
-víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque
-los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación,
-muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de
-invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la promesa
-de su ración. Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a
-refugiarse en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a
-fuerza de ultrajes, las obligaron a irse.
-
-Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de
-Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados
-a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de
-Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron
-las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en
-matrimonio las rubias espartanas.
-
-Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de
-las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres,
-les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les
-mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los
-bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba,
-ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de
-Narr-Habas, y como los bárbaros gritaran que necesitaban mujeres, él
-les respondió:
-
---Yo no las tengo.
-
-El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las
-rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose
-obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los
-llenaba de piedras para volverlos estériles.
-
-Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se
-dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles.
-Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores
-creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de
-Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como
-para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en
-otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla,
-el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía
-dirigirlos.
-
-Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los cartagineses;
-las fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La
-gente del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en
-todas partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos
-al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro.
-
-Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles;
-y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la
-importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las
-tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas.
-La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los
-patricios de su facción le apoyaban con tibieza.
-
-Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus
-todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales
-y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos
-que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se
-encontraba nada, y una espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés.
-
-Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e incendiaba
-las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban bosques
-enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que esperar,
-para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas calientes.
-
-Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un matorral
-así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre los
-talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el color
-del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a
-los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían
-en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies
-desnudos.
-
-Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los
-mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda.
-No atreviéndose a comprometerse, le respondieron con vaguedades,
-cumplimientos y excusas.
-
-Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad
-tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa,
-con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados,
-y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago.
-
-El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, con
-prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna para
-subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol bajaban
-los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando
-advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que
-parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos,
-oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el ejército de
-Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las
-divisas de Roma.
-
-Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos con
-piel de leopardo, corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos
-de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los
-caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina;
-después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y
-nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas
-inmundas», por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera.
-
-De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus marchas
-con exactitud.
-
-Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo que
-ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos
-puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la
-infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos,
-de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados
-de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria,
-pasaron la noche comiendo.
-
-Habían encendido fogatas que deslumbrándolos, dejaban en la sombra al
-ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de
-su campo, como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez
-codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en
-el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron
-pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en
-una fortaleza.
-
-En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando
-órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas
-escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para
-señalar algo con el brazo derecho.
-
-Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los
-clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles
-con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie
-de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta,
-deliraban con la alegría de capturarle.
-
-Sin embargo, si todos atacaban a la vez, se encontrarían en un espacio
-tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían
-lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas,
-los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los
-elefantes, no estaban suficientemente amaestrados.
-
---¡Sois todos unos cobardes! --gritó Matho.
-
-Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el
-atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta
-había recogido en el puente sus catapultas abandonadas.
-
-Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. El
-exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose
-lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que
-tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses
-ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la
-colina.
-
-Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol y
-piedras, que arrancaban del suelo, en tanto que las seis catapultas
-rodaban incesantemente a lo largo de la planicie.
-
-Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse
-las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían
-por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo;
-y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero,
-cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los
-Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él
-mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a
-elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía,
-porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de
-los otros pronto y fácilmente.
-
-Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato les
-hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en
-la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con
-desconfianza. Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les
-desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban
-a capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los
-cisalpinos, cuya lengua no comprendían.
-
-Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de Matho, y
-agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían las figuras
-de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras. Espendio
-explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la
-ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La
-guerra contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen
-en ella sin querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que
-decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén;
-hallaba funestas todas las medidas, y ya no se sonreía, sino que
-lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de un sueño imposible, la
-desesperación de una empresa fallida.
-
-En tanto que los bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba
-sus defensas; hacía cavar un segundo foso, levantar otra segunda
-muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus esclavos iban
-a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a
-los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus trabas.
-Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a
-los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar.
-Se comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la
-tristeza en los días siguientes.
-
-Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían
-alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los
-mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a
-la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los
-centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les
-proporcionaban víveres en abundancia y suponían lo que asustaba su
-inacción al ejército púnico.
-
-En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los
-númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran
-los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los
-libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de
-ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de
-los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del
-estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos,
-arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza,
-y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en
-lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban
-a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la
-cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos
-cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su
-corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron a
-Giscón. Por más que el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le
-habían puesto una tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de
-guijarros. Era una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho.
-
-Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse
-paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses
-unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron
-repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó
-afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en
-la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó
-la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le
-sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima
-del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el
-aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz
-aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones
-prolongadas, interrumpida y alternada como los ecos que se responden
-en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín;
-luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza
-y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos,
-sobre todo.
-
-Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en
-rendirse, seguros de morir en suplicios.
-
-A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres disminuían de un modo
-espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez kolumer de trigo,
-tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni aceite, ni
-salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les veía bajar
-el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja pisadas.
-A menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la luna,
-un perro de los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, en
-un montón de inmundicias; le tiraban una piedra y, ayudándose con
-las correas del escudo, bajaban a cogerlo, y luego se lo comían.
-Otras veces se oían terribles ladridos, y el hombre no subía. En la
-cuarta diloquia de la duodécima sintagma, tres falangitas se mataron a
-cuchilladas, disputándose una rata.
-
-Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres, sus cabañas en
-forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una red
-colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas
-cuando, en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el
-vago rumor de las calles, junto con el murmullo de los árboles de
-sus jardines; y para regodearse con este recuerdo, entornaban los
-párpados, que la punzada de una herida volvía a abrir. A cada minuto,
-ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los «Comedores de cosas
-inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las manos con
-hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas.
-Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los
-proyectiles. Los cartagineses se encerraron, y no se movían.
-
-Todos los días, el sol que trasponía la colina los dejaba en la sombra
-desde muy temprano. Al frente y por detrás, subían las faldas grises
-del terreno, cubiertas de piedras manchadas de un liquen raro; y sobre
-sus cabezas, el cielo, continuamente sereno, se abría más liso y frío
-a la mirada que una cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado
-contra Cartago, que sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir
-contra ella. Los esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el
-pueblo, ni el Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza.
-La situación era intolerable, sobre todo por el convencimiento de que
-llegaría a ser peor.
-
- * * * * *
-
-Al recibirse la noticia del desastre, Cartago estalló de cólera y de
-odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si se hubiera
-dejado vencer al principio.
-
-Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban dinero y tiempo.
-¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado todas las
-armas. Y ¿quién los mandaría? Los mejores capitanes estaban ausentes
-con él. Sin embargo, los emisarios enviados por el Sufeta, iban por las
-calles dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló para
-hacerlos desaparecer.
-
-Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a Barca de
-haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber
-aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus?
-Les había impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su
-contribución de catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y
-tres mil kikar de oro; los que no habían dado nada se lamentaban como
-los demás. La plebe estaba celosa de los cartagineses nuevos, a los
-que se había prometido el derecho de ciudadanía completo; y hasta a
-los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les confundía con
-los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser un
-crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los
-peones de albañil, que pasaban con la llana en la mano; los vendedores
-de palmeras, chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y
-los proveedores de bebidas calientes, todos discutían las operaciones
-militares. Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y
-hasta el último galopín corregía las faltas de Amílcar.
-
-Según los sacerdotes, era el castigo de su obstinada impiedad; no había
-ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas, había rehusado llevar
-consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba la violencia
-de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas frustradas. Se
-recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su orgullo, tanto
-tiempo soportado. El colegio de los pontífices no le perdonaba haber
-dispuesto de su tesoro, y exigió del Gran Consejo que, si volvía el
-Sufeta, fuese crucificado.
-
-Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año, eran otra calamidad.
-De las orillas del lago venían hedores insoportables, que se mezclaban
-en el aire con la humareda de los aromas que se quemaban en las
-esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en oleadas,
-llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban
-cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses
-Pateques, y la sangre de los camellos degollados en sacrificio,
-corriendo a lo largo de los tramos, formaba rojas cascadas sobre
-las gradas. Un funesto delirio agitaba a Cartago. De las calles más
-estrechas, de las más miserables, salían rostros pálidos, hombres de
-cara de víbora y que rechinaban los dientes.
-
-Los clamores de las mujeres llenaban las casas y hacían volverse a
-los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía que
-llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas
-Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban,
-confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio universal.
-Unos trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando el
-horizonte; otros, echados de bruces en los baluartes, aguzaban el
-oído. Pasado el temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la
-convicción de su impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que
-redoblaba cuando, por las tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban
-nueve veces, y con un gran grito saludaban al sol, que se ponía detrás
-de la laguna lentamente, hundiéndose de golpe en las montañas, del lado
-de los bárbaros.
-
-Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que un águila, saliendo
-de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la resurrección del
-año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado como un modo de
-unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía que se dejara a
-Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada de su velo, parecía
-despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el beneficio de las
-aguas, había desertado de Cartago; era una tránsfuga, una enemiga. Para
-ultrajarla, la tiraban piedras; pero insultándola, en el fondo, se la
-deseaba y quería más.
-
-Todas las calamidades venían, pues, por la pérdida del zaimph. Salambó
-había, indirectamente, contribuido a ello; se la incluía en el mismo
-odio al Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el pueblo la
-vaga idea de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba,
-sin duda, ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso,
-joven, virgen, de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos
-los días, unos hombres desconocidos invadían los jardines de Megara;
-los esclavos, temiendo por ellos mismos, no se atrevían a oponérseles.
-Aquellos no pasaban de la escalera de las galeras, sino que se quedaban
-abajo, mirando a la última terraza: esperaban a Salambó; y durante
-horas enteras gritaban contra ella como perros que ladran a la luna.
-
-
-
-
-X
-
-LA SERPIENTE
-
-
-Los clamores del pueblo no asustaban a la hija de Amílcar.
-
-Ella estaba turbada por más hondas inquietudes: su gran serpiente, la
-pitón negra, languidecía, y la serpiente era, entre los cartagineses,
-un fetiche nacional y particular. Se la consideraba hija del limo
-de la tierra porque emerge de sus profundidades y no necesita pies
-para recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; su
-temperatura, las antiguas tinieblas viscosas, llenas de profundidad,
-y el círculo que describe al morderse la cola, el conjunto de los
-planetas, la inteligencia de Eschmún.
-
-La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces los cuatro
-gorriones vivos que la presentaban a cada luna llena y nueva. Su
-hermosa piel, tachonada, como el firmamento, de manchas de oro en
-fondo negro, se había vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado
-ancha para su cuerpo; alrededor de su cabeza se extendía un moho
-algodonoso, y en el ángulo de sus pupilas se veían moverse pequeños
-puntos rojos. De vez en cuando, Salambó se acercaba a su canastilla de
-hilos de plata, apartaba la cortina de púrpura, las hojas de loto, el
-colchón de plumas, y la veía siempre arrollada, más inmóvil que liana
-seca; y, a fuerza de mirarla, concluía por sentir en su corazón como
-una espiral, como otra serpiente que le subía poco a poco a la garganta
-y la estrangulaba.
-
-Estaba desesperada por haber visto el zaimph, y, sin embargo,
-experimentaba cierta alegría y orgullo íntimo. Un misterio se
-desplegaba en el esplendor de sus pliegues; era la nube que envolvía
-a los dioses, el secreto de la existencia universal, y Salambó,
-horrorizándose a sí misma, sentía no haberlo quitado.
-
-Casi siempre estaba agachada en el fondo de su habitación, con las
-manos en la pierna izquierda, replegada; entreabierta la boca, y
-pensativos los ojos. Se acordaba con espanto de la cara de su padre;
-quería ir a las montañas de Fenicia, en peregrinación al templo de
-Afaka, donde Tanit bajó en forma de estrella; toda clase de ensueños la
-asaltaban y conturbaban; vivía en una soledad cada día mayor. Ignoraba
-lo que era de Amílcar.
-
-Cansada de sus meditaciones, se levantaba, y arrastrando sus pequeñas
-sandalias, cuyas suelas crujían a cada paso que daba, se paseaba
-por la gran habitación silenciosa. Las amatistas y los topacios del
-artesanado temblaban aquí y acullá, como manchas luminosas, y Salambó
-volvía la cabeza al andar, para mirarlas. Cogía por la boca las ánforas
-suspendidas; se abanicaba con anchos abanicos, o bien se distraía
-en quemar cinamomo en perlas ahuecadas. Al ponerse el sol, Taanach
-retiraba las bandas de fieltro negro que tapaban las aberturas de la
-pared, y las palomas frotadas de almizcle, como las de Tanit, entraban
-de golpe, pisando con sus rojos pies las losas de vidrio, entre
-granos de cebada que las echaba Salambó a puñados, como un sembrador
-en el campo. Pero a menudo, estallaba en sollozos y se tendía en el
-gran lecho hecho con tiras de buey, sin moverse, repitiendo la misma
-palabra, pálida como una muerta, insensible, fría; oyendo el grito de
-los monos en los palmares y el rechinar de la gran rueda que, a través
-de los pisos, enviaba un raudal de agua pura a la pila de pórfido.
-
-No pocos días rehusaba comer. Veía en sueños, turbios astros que
-pasaban bajo sus pies; llamaba a Schahabarim, y cuando este se
-presentaba, ella no tenía nada que decirle.
-
-No podía vivir sin el consuelo de ver al gran sacerdote, pero se
-sublevaba interiormente contra este dominio; sentía por él, a un
-tiempo, terror, celos, odio y una especie de amor, en reconocimiento a
-la singular voluptuosidad que experimentaba a su lado.
-
-Había adivinado en el sacerdote la influencia de la Rabbet, por su
-gran habilidad en distinguir los dioses que enviaban las enfermedades.
-Para curar a Salambó, hacía regar todas las mañanas su aposento con
-lociones de verbena y abanto; la obligaba a dormir con la cabeza
-apoyada en una almohada de hierbas aromáticas escogidas por los
-pontífices; empleó, además, baaras, raíz de color de fuego, que sirven
-en el septentrión para espantar los genios funestos; y, volviéndose
-hacia la estrella polar, murmuraba tres veces el nombre misterioso de
-Tanit; pero Salambó sufría siempre, y aumentaban sus angustias.
-
-Ninguno en Cartago tan sabio como él. En su juventud, estudió en el
-colegio de los Mogbeds, en Borsipa, cerca de Babilonia; visitó luego
-la Samotracia, Pesinunte, Éfeso, la Tesalia, la Judea, los templos de
-los Nabateos, perdidos en los arenales; y recorrió a pie las riberas
-del Nilo, desde las cataratas hasta el mar. Cubierta la cara con un
-velo y agitando antorchas, había tirado un gallo negro en una hoguera
-de sandaraca, ante el pecho de la Esfinge, Padre del Terror. Bajó a
-las cavernas de Proserpina, había visto girar las quinientas columnas
-del laberinto de Lemnos y resplandecer el candelabro de Tarento,
-que llevaba tantas lámparas como días tiene el año; algunas noches
-recibía a los griegos para interrogarles. No le inquietaba tanto
-la constitución del mundo como la naturaleza de los dioses; en las
-armillas del pórtico de Alejandría había observado los equinoccios;
-acompañado hasta Cirene a los hematistas de Evergeto, que medían el
-cielo calculando el número de pasos; y ahora llenaba su pensamiento
-una religión particular, sin fórmula precisa y, por lo mismo, llena de
-vértigos y de ardores. No creía que la tierra fuera como una piña; la
-creía redonda, rodando eternamente en la inmensidad, con velocidad tan
-prodigiosa, que no se advertía su movimiento.
-
-Por la posición del sol encima de la luna, deducía el predominio de
-Baal, del que el astro no es más que reflejo y figura; todo lo que
-veía en la tierra le forzaba a reconocer como supremo un principio
-macho exterminador. Acusaba secretamente a la Rabbet del infortunio
-de su vida, porque una vez el gran Pontífice, entre el tumulto de los
-címbalos, le había arrancado bajo una patera de agua hirviente su
-futura virilidad. Desde entonces, seguía con vista melancólica
-a los hombres que se solazaban con las sacerdotisas en el fondo de las
-tinieblas.
-
-Pasaba los días inspeccionando los incensarios, los vasos de oro, las
-pinzas, los rastrillos para las cenizas del altar y las túnicas de
-las estatuas, juntamente con la aguja de bronce que servía para rizar
-los cabellos de una antigua Tanit, en el tercer edículo, cerca de la
-viña de esmeralda. A las mismas horas corría las grandes cortinas de
-las puertas del santuario; quedaba con los brazos abiertos y rezaba de
-rodillas en las mismas losas, en tanto que a su alrededor circulaba por
-los corredores una turba de sacerdotes con los pies desnudos, envueltos
-en un eterno crepúsculo.
-
-En la aridez de su vida, Salambó era como una flor en la hendidura
-de un sepulcro. No obstante, era duro para ella y no la ahorraba
-penitencias y palabras amargas. Su condición establecía entre ellos
-como una igualdad de sexo, y compensaba la imposibilidad de poseerla el
-verla tan hermosa y tan pura. A menudo, comprendía que ella se fatigaba
-en seguir su pensamiento; entonces se quedaba más triste; se sentía más
-abandonado, más solo, más vacío.
-
-Algunas veces se le escapaban palabras extrañas, que parecían a
-Salambó como relámpagos que iluminaran abismos, de noche sobre todo,
-cuando solos los dos en la azotea, miraban las estrellas, y Cartago se
-explayaba a sus pies con el golfo y el mar, vagamente perdidos en las
-tinieblas.
-
-El gran sacerdote explicaba a la virgen la teoría de las almas que
-bajan a la tierra, siguiendo el camino del sol por los signos del
-zodíaco. Extendiendo el brazo, mostraba en Aries la puerta de la
-generación humana, y en Capricornio la de la vuelta a los dioses;
-Salambó se esforzaba en verlo, porque tomaba estas concepciones por
-realidades; aceptaba como verdaderos en sí mismos los que eran puros
-símbolos, y hasta las maneras del lenguaje obscuro del sacerdote.
-
---Las almas de los muertos --decía este-- se resuelven en la luna, como
-los cadáveres en la tierra. Sus lágrimas componen su humedad; es un
-lugar obscuro, lleno de fango, de ruinas y de tempestades.
-
-Salambó preguntaba lo que sería de ella.
-
---Al principio languidecerás, liviana como un vapor que flota sobre las
-olas; después de pruebas y de angustias largas, irás al hogar del sol,
-la fuente misma de la inteligencia.
-
-Pero nunca hablaba de la Rabbet. Creía Salambó que era por pudor de
-la diosa vencida, y llamándola con su nombre común que designaba la
-luna, multiplicaba sus bendiciones al astro fértil y suave. Por fin él
-exclamó:
-
---¡No, no! Ella toma del sol toda su fecundidad. ¿No la ves moverse a
-su alrededor como mujer amante que corre tras un hombre en el campo?
-
-Y sin cesar exaltaba la virtud de la luz.
-
-Lejos de abatir sus místicos deseos, los avivaba, por el contrario, y
-hasta él mismo parecía participar de la alegría de desconsolarla con
-revelaciones de una doctrina implacable. Salambó, a pesar de las penas
-de su amor, se sentía arrobada.
-
-No obstante, cuanto más parecía dudar Schahabarim de Tanit, más quería
-creer. En el fondo de su alma le detenía un remordimiento. Le faltaba
-alguna prueba, alguna manifestación de la diosa, y en la esperanza de
-obtenerla, el sacerdote imaginó una empresa que podía salvar a la vez
-su patria y su creencia.
-
-Empezó por deplorar ante Salambó el sacrilegio y las desgracias que se
-producían hasta en las regiones celestes. Luego, de repente, le anunció
-el peligro del Sufeta, asaltado por tres ejércitos que mandaba Matho;
-porque Matho, para los cartagineses, era a causa del velo, como el rey
-de los mercenarios; y añadió que la salvación de la República y de su
-padre dependía solo de ella.
-
---¿De mí? --exclamó Salambó--. ¿Cómo puedo yo?...
-
---¡No consentirás nunca! --repuso el sacerdote, con una sonrisa de
-desdén--. ¡Es menester que vayas entre los bárbaros y recobres el
-zaimph!
-
-Salambó se inclinó en su escabel de ébano, quedando con los brazos
-extendidos sobre las rodillas y toda temblorosa, como una víctima al
-pie del altar, esperando el golpe de maza. La zumbaban los oídos, veía
-girar círculos de fuego y, en su estupor, no comprendía más que una
-cosa: la de que seguramente iba a morir pronto.
-
-Pero si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph era devuelto y Cartago
-salvada, ¿qué importaba la vida de una mujer?, pensaba Schahabarim.
-Además, quizás pudiera conseguir el velo sin morir.
-
-Estuvo tres días sin dejarse ver, y el cuarto por la noche la hizo
-llamar.
-
-Para inflamar mejor su corazón la enteró de todas las invectivas que
-se vociferaban contra Amílcar en pleno Consejo; añadiendo que ella
-había faltado y que debía reparar su crimen, puesto que la Rabbetna
-ordenaba el sacrificio.
-
-Con frecuencia llegaba a Megara un prolongado clamor que atravesaba los
-Mapales. Schahabarim y Salambó salían prestamente, y desde lo alto de
-la escalera de las galeras, veían gente en la plaza de Kamón, gritando
-que les dieran armas. Los Ancianos no querían dárselas, creyendo inútil
-este esfuerzo; varias partidas sin jefe habían sido acuchilladas.
-Al cabo se les permitió ir, y, por una especie de homenaje a Moloch
-o por un vago deseo de destrucción, arrancaron grandes cipreses de
-los bosques de los templos, y encendiéndolos en las antorchas de
-los Kabiros, los llevaban por las calles, cantando. Estas llamas
-monstruosas adelantaban moviéndose suavemente; irisaban con su luz las
-bolas de vidrio de la cresta de los templos, los ornamentos de los
-colosos, los espolones de las naves, rebasaban las azoteas y formaban
-como soles que rodaban por la ciudad. Bajaron la Acrópolis; se abrió la
-puerta de Malqua.
-
---¿Estás pronta? --preguntó Schahabarim--, ¿o bien ordenaste digan a tu
-padre que le has abandonado?
-
-Salambó se tapó la cara con los velos, y las grandes luminarias se
-alejaron poco a poco por el borde de las aguas.
-
-Un espanto indefinible la retenía; tenía miedo a Moloch, miedo a Matho.
-Este hombre de estatura gigante, que era el dueño del zaimph, dominaba
-la Rabbetna, tanto como Baal, y se le aparecía rodeado de los mismos
-fulgores; además del alma, dioses visitaban algunas veces el cuerpo de
-los hombres. Hablando de esto Schahabarim, ¿no había dicho que ella
-debía vencer a Moloch? Matho y Moloch se confundían y mezclaban en su
-pensamiento y ambos a dos la perseguían.
-
-Quiso conocer su porvenir y se acercó a la serpiente; porque se sacaban
-los augurios por la actitud de las serpientes. Pero la canastilla
-estaba vacía. Salambó se turbó.
-
-La encontró enroscada por la cola en uno de los balaustres de plata,
-cerca del lecho colgante, que frotaba para desprenderse de la vieja
-piel amarillenta, en tanto que su cuerpo luciente y claro se alargaba
-como espada sacada a medias de la vaina.
-
-En los siguientes días, a medida que Salambó se dejaba convencer y
-estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, la pitón se curaba, engordaba
-y parecía revivir. Con esto se cercioró Salambó de que el pontífice era
-el portavoz de los dioses. Una mañana se levantó determinada y preguntó
-qué era necesario hacer para que Matho devolviera el velo.
-
---¡Reclamarlo! --contestó Schahabarim.
-
---¿Y si él rehúsa?
-
-El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que ella no había visto
-nunca en él.
-
---Sí; ¿qué hacer? --repitió la joven.
-
-Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las puntas de las tocas que
-caían de su tiara, con los ojos bajos e inmóvil. Al fin, viendo que
-ella no comprendía, dijo:
-
---Estarás sola con él.
-
---¿Después?
-
---Sola en su tienda.
-
---¿Y entonces?
-
-Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una frase, un rodeo.
-
---¡Si tú has de morir, será más tarde; nada temas, no te asustes! Serás
-humilde y te someterás a su deseo, que es la orden del cielo.
-
---Pero, ¿y el velo?
-
---¡Los dioses te inspirarán! --repuso Schahabarim.
-
-Salambó dijo:
-
---¡Oh, padre! ¡Si tú me acompañaras!
-
---¡No!
-
-La hizo poner de rodillas, y con la mano izquierda alzada y la derecha
-extendida juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit. Con
-imprecaciones terribles, ella se consagró a los dioses, y cada vez que
-el pontífice pronunciaba una palabra, la repetía desfallecida.
-
-Le indicó todas las purificaciones y ayunos que debía hacer y el modo
-de llegar hasta Matho. Además, la acompañaría un hombre, conocedor del
-camino.
-
-Salambó se sintió como libertada. No pensó más que en la dicha de
-volver a ver el zaimph, y bendecía a Schahabarim por sus exhortaciones.
-
- * * * * *
-
-Era el tiempo en que las palomas de Cartago emigraban a Sicilia, en la
-montaña de Erix, alrededor del túmulo de Venus. Antes de su partida,
-durante muchos días, se buscaban y llamaban para reunirse, y, por fin,
-volaron una tarde, empujadas por el viento, y esta enorme nube blanca
-hendía el cielo, muy alta, por encima del mar.
-
-El horizonte se teñía de color de sangre. Las palomas parecían bajar a
-las ondas, y luego desaparecieron como sorbidas y caídas por sí mismas
-en la boca del sol. Miraba Salambó cómo se alejaban; bajó la cabeza, y
-Taanach, creyendo adivinar su cuita, la dijo con dulzura:
-
---¡Ama, ellas volverán!
-
---Sí; lo sé.
-
---¡Y tú las volverás a ver!
-
---¡Quién sabe! --contestó Salambó suspirando.
-
-No había confiado a nadie su resolución. Para realizarla más
-discretamente, envió a Taanach que comprara en el arrabal de Kinvido
-(en vez de pedirlo a los intendentes) todas las cosas que le hacían
-falta: bermellón, perfumes, cinturón de lino y vestidos nuevos. La
-vieja esclava se asustaba de estos preparativos, pero sin atreverse a
-preguntar nada; llegó el día fijado por Schahabarim para la partida.
-
-A la duodécima hora, vio Salambó en el fondo de los sicomoros un ciego
-viejo, con una mano apoyada en la espalda de un niño que iba delante de
-él, y en la otra, sosteniéndola en la cadera, una especie de cítara de
-madera negra. Eunucos, esclavos y mujeres habían sido escrupulosamente
-apartados para que nadie pudiera enterarse del misterio que se
-preparaba.
-
-Taanach encendió en los ángulos de la habitación cuatro trípodes llenos
-de estrobos y de cinamomo; desplegó grandes tapices babilonios, que
-tendió sobre cuerdas alrededor de la cámara; porque Salambó no quería
-ser vista, ni siquiera por las paredes. El tocador de kinnos estaba
-agachado detrás de la puerta, y el niño, en pie, tocaba una flauta de
-caña. Por fuera disminuía el ruido de las calles; sombras violáceas
-se alargaban ante el peristilo de los templos; y al otro lado del
-golfo, las faldas de las montañas, los olivares y las tierras amarillas
-ondulaban indefinidamente, confundiéndose en un vapor azulado; no se
-oía ningún ruido; una postración indefinible flotaba en el aire.
-
-Salambó se inclinó en el borde del estanque, en una grada de ónice;
-levantó las anchas mangas, que echó a las espaldas, y empezó sus
-abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados.
-
-Taanach le trajo en una redoma de alabastro un líquido, casi coagulado;
-era la sangre de un perro negro, degollado por mujeres estériles en
-una noche de invierno, en los escombros de una sepultura. Con ella se
-frotó las orejas, los talones y el pulgar de la mano derecha, que le
-quedó un poco encarnada, como si hubiera partido una fruta.
-
-Salió la luna, y en este instante, la cítara y la flauta tocaron al
-unísono. Salambó se quitó los pendientes, el collar, los brazaletes y
-el chal blanco; desató la venda de sus cabellos y, por algunos minutos,
-los sacudió suavemente sobre los hombros para refrescarse con sus
-ondulaciones. Afuera continuaba la música; tres notas precipitadas,
-furiosas, siempre las mismas; chirriaban las cuerdas, roncaba la
-flauta, y Taanach marcaba el ritmo con las palmas de las manos, en
-tanto que Salambó, balanceando el cuerpo, salmodiaba plegarias y se le
-iban cayendo una a una todas sus vestiduras.
-
-Se agitó la pesada tapicería, y por encima de la cuerda que la sostenía
-asomó la cabeza de la pitón. Fue bajando despacio, como gota de agua
-que se desliza por una pared, se arrastró por las ropas esparcidas y
-luego, con la cola apoyada en el suelo, se enderezó recta, asaetando a
-Salambó con sus ojos, más encendidos que carbunclos.
-
-El frío, tal vez el pudor, hizo vacilar a la joven; pero acordándose
-de las órdenes de Schahabarim, se adelantó; la pitón se aplanó, y
-dejándose coger por la mitad del cuerpo, formó de cabeza a cola como
-un collar, cuyas dos puntas tocaban en el suelo. Salambó se la ciñó a
-las caderas, la puso bajo sus brazos, entre sus rodillas; tomándola
-después por las mandíbulas, acercó a sus dientes la boca triangular de
-la serpiente, y con los ojos medio cerrados, se cimbreó a los rayos de
-la luna. La argentada luz parecía envolverla en una niebla de plata; la
-huella de sus pasos húmedos brillaba en el pavimento; palpitaban las
-estrellas en la profundidad del agua, y la serpiente apretaba a Salambó
-con sus negros anillos moteados de oro. Jadeaba la joven con este peso
-excesivo, doblaba los riñones, se sentía morir, en tanto que la pitón
-le golpeaba suavemente el muslo con la punta de la cola. Al fin cesó la
-música y la serpiente se desenroscó y cayó.
-
-Encendió Taanach dos candelabros con luces encerradas en bolas de
-cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de las manos de la
-virgen, puso bermellón en sus mejillas, antimonio en el borde de sus
-párpados y alargó las cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y
-patas de moscas aplastadas.
-
-Sentada Salambó en una silla de marfil, dejaba hacer a la esclava. Pero
-estos toques, no menos que el olor de los perfumes y los ayunos que
-había hecho, la enervaban. De tal modo palideció, que la esclava cesó
-en sus operaciones.
-
---¡Sigue! --dijo Salambó, haciendo un esfuerzo para animarse. Y llena
-de impaciencia, amonestaba a Taanach para que se diera prisa.
-
---¡Bien, bien, ama!... Ninguno te está esperando --repuso la esclava en
-tono de reproche.
-
---Sí --contestó Salambó--; alguien me espera.
-
-Retrocedió sorprendida la esclava.
-
---Ama, ¿qué me mandas? Si has de estar ausente mucho tiempo... ¡Tú
-sufres! ¿Qué te pasa? No te vayas; llévame contigo. Cuando eras
-pequeñuela, yo te apretaba contra mi corazón y te hacía reír con los
-pezones de mis tetas; ¡tú las agotaste, ama! --y se golpeaba los pechos
-secos--. Ahora soy vieja, no puedo servirte; ya no me quieres, me
-ocultas tus penas; desdeñas a tu nodriza.
-
-Y lágrimas de ternura y de despecho corrían por sus mejillas cortadas
-por los tatuajes.
-
---¡No --dijo Salambó--; no, sigo queriéndote; consuélate!
-
-Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un mono viejo,
-prosiguió su tarea. Schahabarim tenía encargado a Salambó que se
-vistiera con magnificencia, y así lo hizo, según el gusto bárbaro, a un
-tiempo exquisito e ingenuo.
-
-Encima de una primera túnica, delgada y de color de fresa, la esclava
-le puso otra bordada de plumas de pájaro. Colgaban de la cintura
-escamas de oro, y los flecos de los bombachos azules, eran estrellas de
-plata. Luego la cubrió con otra gran túnica cortada por líneas verdes,
-hecha con tela de Seres. Ató a la espalda un cuadrado de púrpura,
-con el borde inferior atirantado con granos de sandrasto; y sobre
-todas estas vestiduras, colocó un manto negro cuya cola le llegaba a
-los talones. Al concluir la tarea, la esclava contempló a su ama, y
-orgullosa de su obra, no pudo menos de decir:
-
---¡No estarás más hermosa el día de tu boda!
-
---¿Mi boda? --repitió Salambó, pensativa, con el codo apoyado en la
-silla de marfil.
-
-Taanach la puso delante un espejo de cobre tan ancho y tan alto, que
-Salambó se vio de cuerpo entero. Se levantó, y con blando gesto se
-arregló un bucle de cabellos que estaba demasiado caído.
-
-Tenía la cabellera cubierta de polvos de oro, encrespada en la frente,
-y colgando por la espalda, sus largos tirabuzones terminados en
-perlas. Las luces del candelabro avivaban el afeite de sus mejillas, el
-oro del vestido, la blancura de su piel. Llevaba alrededor del talle,
-en brazos, manos y dedos del pie tal abundancia de piedras preciosas,
-que el espejo, como un sol, reflejaba en ellas sus luces. Salambó, de
-pie al lado de la esclava, se ladeaba para mirarse, sonriendo a este
-deslumbramiento de su hermosura.
-
-Luego se paseó de un lado a otro, no sabiendo cómo emplear el tiempo
-que faltaba para la partida.
-
-De improviso, sonó el canto de un gallo. Salambó prendió a sus cabellos
-un largo velo amarillo, arrolló al cuello una banda, se calzó unos
-botines de cuero azul y dijo a Taanach:
-
---Mira si debajo de los mirtos está un hombre con dos caballos.
-
-Cuando la esclava volvía, ya bajaba Salambó la escalera.
-
---¡Ama! --exclamó la nodriza.
-
-Salambó se volvió a ella, y con un dedo en la boca, la ordenó
-discreción.
-
-Taanach anduvo a lo largo de las proas de las galeras hasta el pie de
-la terraza, y de lejos, a la claridad de la luna, vio en la avenida de
-los cipreses una sombra gigantesca que iba a la izquierda de Salambó y
-en sentido oblicuo, lo cual era presagio de muerte.
-
-La esclava subió a la habitación; se echó en el suelo, se arañó
-la cara; se arrancaba los cabellos y daba grandes alaridos; pero
-comprendiendo que podían oírla, se calló, sin dejar de sollozar, con la
-cabeza entre las manos y tendida sobre las losas.
-
-
-
-
-XI
-
-EN LA TIENDA DE CAMPAÑA
-
-
-El hombre que guiaba a Salambó la hizo pasar más allá del faro, hacia
-las Catacumbas, y bajar luego a lo largo del arrabal Moluya, lleno de
-callejas escarpadas. Empezaba a clarear. De cuando en cuando, las vigas
-de palma que sobresalían de las paredes les obligaba a bajar la cabeza.
-Los dos caballos, andando al paso, resbalaban, y así llegaron a la
-puerta de Teveste.
-
-Entreabiertas estaban las pesadas hojas; la pasaron, y en seguida se
-cerraron tras ellos.
-
-Siguieron primero la línea de los baluartes, y a la altura de las
-Cisternas tomaron por la Tenia, estrecha cinta de tierra amarilla que
-separaba el golfo del lago y se prolongaba hasta Radés.
-
-A nadie se veía alrededor de Cartago, ni en el mar ni en el campo. Las
-olas, de color de pizarra, se agitaban suavemente, y el viento que
-empujaba sus espumas las manchaba con rasgones blancos. A pesar de sus
-velos, Salambó temblaba por el frío de la mañana; el movimiento y el
-aire libre la aturdían. Después se levantó el sol, que la mordía en la
-nuca, e involuntariamente quedó amodorrada. Los dos caballos trotaban
-juntos, hundiendo los pies en la muda llanura.
-
-Así que pasaron la montaña de Aguas Calientes, siguieron a paso más
-rápido, porque el piso era más firme.
-
-Los campos, por más que era el tiempo de la siembra y de la labranza,
-estaban solitarios como el desierto. A trechos se veían manchas de
-trigo y de cebada que empezaban a granar. En el claro horizonte, las
-ciudades se destacaban en negro, con formas recortadas e incoherentes.
-
-A trechos se levantaban en el borde del camino lienzos de muralla medio
-calcinados. Hundíanse los techos de las cabañas; se veían restos de
-vasijas, andrajos, utensilios y objetos desconocidos. A menudo, un ser
-cubierto de harapos, de cara terrosa y pupilas ardientes, salía de
-estas ruinas, para echar a correr o desaparecer en un agujero. Salambó
-y su guía no se detenían.
-
-Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo de carbón que
-levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de tierra
-amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que
-corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba
-hojas mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un
-respingo ante el cadáver de un hombre tendido en el suelo.
-
-El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era uno de los servidores
-del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones peligrosas.
-Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos caballos, a
-los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien sacaba de
-un zurrón colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de huevo,
-envueltas en hojas de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar de
-correr.
-
-A mitad del día cruzaron el camino tres bárbaros, vestidos con piel
-de animales. Poco a poco fueron apareciendo otros, en grupos de diez,
-doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras o alguna
-vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de
-cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios,
-y miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros,
-algunos enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El
-guía de Salambó contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía
-que llevaba a un joven enfermo a curarse a un templo lejano.
-
-Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la última luz del
-crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas, con una
-vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le
-tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada.
-
-Una mujer se estaba calentando junto a un montón de charrascas
-encendidas, yéndose el humo por los agujeros del techo. Sus blancos
-cabellos, que la caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y sin
-decir palabra, con expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de
-venganza contra los bárbaros y contra los cartagineses.
-
-El guía registró a derecha e izquierda, y acercándose a la mujer la
-pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la mirada fija en las
-brasas balbuceaba:
-
---Los diez dedos están cortados. La boca no come más.
-
-El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció animarse la vieja,
-pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en la
-garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo
-una ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel.
-
-Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió sobre las mantas de
-los caballos, tendidas en un rincón de la sala.
-
-Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El esclavo se le
-acercó callado, y de una sola cuchillada le cortó la cabeza, y con la
-sangre frotó las narices de los caballos para reanimarlos. La vieja le
-maldijo. Lo oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que llevaba
-sobre el corazón.
-
-Prosiguieron la marcha.
-
-A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto. La ruta ondulaba por
-pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras. Calentaba el sol
-la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por aberturas que
-iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba una
-víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba
-envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo
-manchar sus hermosos vestidos.
-
-A distancias regulares, se levantaban torres edificadas por los
-cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban en ellas,
-buscando la sombra, y luego seguían su camino.
-
-La víspera, por prudencia, habían dado un gran rodeo; pero ahora, no
-encontraban a nadie; la región era estéril y los bárbaros no habían
-pasado por ella.
-
-Volvió a verse la devastación: en mitad del campo, un mosaico, como
-últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de lejos
-parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas
-casas estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a
-lo largo de las murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas
-que llenaban las calles.
-
-Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto de nubes. Subieron
-durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto divisaron ante
-ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un anfiteatro.
-
-Aquí y acullá brillaban placas de oro, que cambiaban de sitio. Eran
-las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego distinguieron en
-los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas de los
-mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio.
-
-Salambó hizo un movimiento para adelantarse; pero el hombre de
-Schahabarim la llevó más lejos y bordearon la terraza que cerraba el
-campo de los bárbaros. Encontraron una brecha, y el esclavo desapareció.
-
-En la cima del reducto se paseaba un centinela con un arco en la mano y
-la pica a la espalda.
-
-Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se arrodilló y disparó una
-flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se paró ella,
-gritando, y él la preguntó qué quería.
-
---Hablar a Matho --contestó ella--. Soy un tránsfuga de Cartago.
-
-El centinela dio un silbido que se repitió de distancia en distancia.
-
-Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas, relinchando.
-
-Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de ella; pero como
-la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa alrededor
-del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho
-contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de
-la noche.
-
-Al fin ella le dijo:
-
---¡Llévame a tu tienda! ¡Yo lo quiero!
-
-Un recuerdo que no podía precisar atravesó la memoria del bárbaro.
-Sentía latir su corazón. Este acento de mando le intimidaba.
-
---¡Sígueme! --la dijo.
-
-Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en el campo de los
-mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud. Ardían
-fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al
-iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había
-gritos y llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en
-medio de las tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de
-tela; había chozas de caña y agujeros en la arena, como los que excavan
-los perros. Los soldados porteaban faginas, se sentaban en tierra o
-se envolvían en una manta, disponiéndose a dormir, y el caballo de
-Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba una pierna y
-daba un salto.
-
-Recordaba ella haberlos ya visto; pero tenían ahora las barbas más
-largas, sus caras estaban más negras y las voces eran más broncas.
-Matho iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del brazo,
-que levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando
-el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él
-el verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas
-estaban desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación,
-que todos le obedecían.
-
-Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su tienda estaba en el
-extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de Amílcar.
-
-Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le pareció asomaban caras
-en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran cabezas cortadas;
-pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua púnica.
-
-Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos lados de la puerta.
-Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió.
-
-Era una tienda espaciosa, con un mástil en medio. La alumbraba una
-lámpara grande, en forma de loto, llena de un aceite amarillo, en
-el que flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos
-militares. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un
-escudo; látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares
-se entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro
-manchaban una manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda,
-había un montón de moneda de cobre, y por entre los rasgones de la
-tela de la tienda, el viento traía el polvo de fuera y el olor de los
-elefantes, a los que se oía comer sacudiendo sus cadenas.
-
---¿Quién eres? --preguntó Matho.
-
-Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus ojos se detuvieron
-en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había una cosa
-azulada y chispeante.
-
-Salambó se adelantó con viveza, dando un grito. Matho, detrás de ella,
-se sentía impaciente.
-
---¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes?
-
-Respondió ella, señalando el zaimph:
-
---¡Para llevármelo!
-
-Y con la otra mano se arrancó los velos que la cubrían. Matho
-retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi aterrorizado.
-
-Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses, y mirándole
-cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con palabras
-elocuentes y soberbias.
-
-Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se confundían para
-él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor de su
-piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los
-diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura
-de las joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica,
-levantando un poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se perdía
-con el pensamiento en este estrecho intervalo, del que bajaba un hilo
-con una placa de esmeraldas, que se traslucía debajo de una gasa
-morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas balanzas de zafiro con una
-perla hueca cada una, llena de un perfume líquido. Por los agujeros de
-la perla, caía, de rato en rato, una gotita sobre la espada desnuda, y
-Matho la miraba caer.
-
-Invencible curiosidad le arrastró, y como niño que pone la mano en
-una fruta desconocida, tembloroso, y con la punta del dedo, tocó
-suavemente en el nacimiento del pecho: la carne, un poco fría, cedió
-con resistencia elástica.
-
-Este contacto, aunque apenas sensible, exaltó a Matho, y fuera de sí
-mismo, se precipitó a ella, queriéndola envolver, absorberla, beberla.
-Palpitaba su pecho y rechinaban sus dientes.
-
-Tomándola por las dos muñecas, la empujó suavemente y se sentó sobre
-una coraza, al lado del lecho de palma, cubierto por una piel de león.
-La miraba de pies a cabeza, y teniéndola sentada en sus orillas,
-repetía:
-
---¡Qué hermosa eres! ¡Qué hermosa!
-
-Los ojos seguían fijos en los suyos y la hacían sufrir, y este
-malestar, esta repugnancia llegó a tal extremo que Salambó se contenía
-para no gritar; pero se acordó de Schahabarim y se resignó.
-
-Matho retenía siempre sus manos en las suyas, y de cuando en cuando,
-a pesar de las órdenes del sacerdote, ella trataba de apartarlas,
-sacudiendo los brazos. Él inflaba las narices para aspirar mejor el
-perfume que se exhalaba de toda ella; emanación indefinible, fresca,
-pero que aturdía como el humo de una cazoleta. Olía a miel, a pimienta,
-a incienso, a rosas y a otras cosas más.
-
-¿Pero cómo estaba ella a su lado, en su tienda, a discreción suya?
-¿Quién la había empujado hasta allí? ¿Había venido solo por el zaimph?
-Dejó caer los brazos y bajó la cabeza, abrumado por un repentino
-ensueño.
-
-Salambó, con el fin de enternecerle, le dijo con voz quejumbrosa:
-
---¿Qué te hice yo para que quieras mi muerte?
-
---¿Tu muerte?
-
---Yo te vi una noche, en el incendio de mis jardines que ardían,
-entre copas humeantes y mis esclavos degollados, y tu cólera era tan
-fuerte que te precipitaste a mí y hube de huir. Después, el terror se
-ha apoderado de Cartago. Se pregonaba la destrucción de las ciudades,
-el incendio de los campos, la matanza de soldados; ¡fuiste tú quien
-los perdiste; tú quien los asesinaste! ¡Te odio! Solo tu nombre es un
-remordimiento para mí. ¡Eres más execrable que la peste y que la guerra
-romana! Las provincias tiemblan ante tu furor; los surcos están llenos
-de cadáveres. Yo he seguido el rastro de tus devastaciones, como si
-fuera detrás de Moloch.
-
-Matho se levantó de un salto; orgullo colosal le hinchaba el pecho: se
-veía exaltado como un dios.
-
-Salambó continuó diciendo:
-
---Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste a mi casa, mientras
-yo dormía, envuelto en el zaimph. No entendí tus palabras, pero
-comprendí que querías llevarme al fondo de un abismo.
-
-Matho, retorciéndose los brazos, exclamó:
-
---¡No!, ¡no! Era para dártelo, para entregártelo. Me parecía que la
-diosa había dejado su vestido para ti, y que te pertenecía. En su
-templo o en tu casa, ¿qué importa? ¿No eres tú omnipotente, inmaculada,
-radiante y bella como Tanit?
-
-Y con una mirada llena de adoración infinita, agregó:
-
---¡A menos que seas tú la misma Tanit!
-
---¿Yo, Tanit?...
-
-No hablaron más. El trueno retumbaba a lo lejos. Balaban los carneros,
-asustados por la tempestad.
-
---¡Oh! ¡Acércate --dijo él--, acércate! No temas nada. Antes yo no
-era más que un soldado obscuro entre los mercenarios, tan dócil que
-llevaba para los otros leña a las espaldas. ¡Qué me importa Cartago!
-La multitud de su gente se agita como perdida en el polvo de tus
-sandalias, y todos sus tesoros y provincias, naves e islas no me causan
-la envidia que el frescor de tus labios y el torneado de tus hombros.
-¡Si quise derribar sus murallas fue con el fin de llegar hacia ti, de
-poseerte! Entretanto, me vengaba. Ahora, aplasto los hombres como
-conchas y me arrojo sobre las falanges, aparto las lanzas con la mano,
-detengo a los caballos por las narices; no me mataría una catapulta.
-¡Oh! ¡Si supieras cuánto pienso en ti, durante la guerra! El recuerdo
-de un gesto, de un pliegue de tu vestido, me sobrecoge de pronto y me
-aprisiona como una red. Veo tus ojos en las llamas de las faláricas y
-en el dorado de los escudos. Oigo tu voz en el sonido de los címbalos.
-Me vuelvo, no te veo, y me distraigo guerreando.
-
-Levantaba el brazo, en el que las venas se entrecruzaban como lianas
-en las ramas del árbol. Sudaba su pecho, de músculos cuadrados, y su
-respiración agitaba sus costados juntamente con el cinturón adornado de
-cintas que caían hasta sus rodillas, más duras que el mármol. Salambó,
-acostumbrada a los eunucos, se asombraba de la fuerza de este hombre.
-Era el castigo de la diosa o la influencia de Moloch, que circulaba
-alrededor de ella, en los cinco ejércitos. Se sentía débil; escuchaba
-con estupor el grito intermitente de los centinelas, contestándose
-unos a otros.
-
-Las llamas de la lámpara oscilaban movidas por ráfagas de aire
-caliente. A intensos resplandores sucedía la obscuridad, y Salambó no
-veía más que las pupilas de Matho, como dos ascuas en la noche. Estaba
-persuadida de que una fatalidad pesaba sobre ella, que estaba abocada a
-un momento supremo, irrevocable, y haciendo un esfuerzo subió hasta el
-zaimph y levantó las manos para cogerlo.
-
---¿Qué haces? --exclamó Matho.
-
-Respondió ella plácidamente:
-
---Me vuelvo a Cartago.
-
-Matho fue a ella con los brazos cruzados y con aire tan terrible que
-Salambó quedó como clavada en el suelo.
-
---¡Volverte a Cartago! ¡Volverte a Cartago! ¿De modo que has venido
-para coger el zaimph, para vencerme, y luego desaparecer? ¡No, no;
-tú me perteneces, y nadie te arrancará ahora de aquí! ¡Oh! ¡No he
-olvidado la insolencia de tus ojos y cómo me aplastabas desde la altura
-de tu belleza! Ahora me toca a mí; eres mi cautiva, mi esclava, mi
-servidora. Llama, si te parece, a tu padre con su ejército, a los
-Ancianos, a los Ricos, a toda la execrable Cartago. ¡Soy el amo de
-trescientos mil soldados! Iré a buscar más a Lusitania, a las Galias y
-en el fondo del desierto, y destruiré tu ciudad y quemaré sus templos;
-las trirremes navegarán sobre olas de sangre. ¡No quiero que quede ni
-una casa, ni una piedra, ni una palmera! ¡Y si me faltan los hombres,
-llamaré a los osos de las montañas y empujaré a los leones! ¡No trates
-de huir, porque te mato!
-
-Pálido, y con los puños crispados, temblaba como arpa cuyas cuerdas van
-a estallar. De pronto, le ahogaron los sollozos y, casi humillándose,
-añadió:
-
---¡Ah! ¡Perdóname! ¡Soy más infame y más vil que los escorpiones, que
-el fango y el polvo! Cuando tú hablabas, tu aliento ha pasado por mi
-cara, deleitándome como a un moribundo que bebe de bruces al borde de
-un arroyo. ¡Aplástame, con tal que sienta tus pies! ¡Maldíceme, con
-tal que oiga tu voz! ¡No te vayas, por compasión! ¡Te amo! ¡Te amo!
-
-Estaba de rodillas ante ella; la ceñía el talle con ambos brazos, con
-la cabeza hacia atrás y las manos inquietas; los discos de oro colgados
-de sus orejas brillaban sobre su cuello de bronce; gruesas lágrimas
-brotaban de sus ojos, parecidos a globos de plata; suspiraba de un modo
-acariciador, y murmuraba vagas palabras, blandas como la brisa y suaves
-como un beso.
-
-Salambó sentíase invadida por una laxitud que la hacía perder la
-conciencia de sí misma. Algo, a la vez íntimo y superior, una orden de
-los dioses la obligaba a entregarse, y desfallecida, se dejó caer en el
-lecho sobre las pieles de león. Matho la cogió de los pies, estalló la
-cadenilla de oro, y al volar las dos puntas hirieron la tela como dos
-víboras furiosas. El zaimph cayó, envolviéndoles. Salambó vio la cabeza
-de Matho sobre su seno.
-
---¡Moloch! ¡Tú me quemas!
-
-Y los besos del soldado, más devoradores que llamas, la envolvían;
-sentíase como arrastrada por el huracán, como quemada por la fuerza
-del sol.
-
-Matho la besaba los dedos de las manos, los brazos, los pies y las
-largas trenzas de sus cabellos de un extremo a otro.
-
---¡Llévatelo! --la decía--. ¿Qué me importa? Llévame también contigo.
-¡Abandono el ejército, renuncio a todo! Más allá de Gades, a veinte
-días de mar, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdor y
-de pájaros. Grandes flores llenas de perfumes se balancean en las
-montañas, como eternos incensarios; en los limoneros, más altos que
-cedros, las serpientes de color de leche hacen caer las frutas en
-el césped con los diamantes de sus fauces; el aire es tan suave que
-impide morir. ¡Oh! ¡Verás cómo yo la encontraré! Viviremos en grutas de
-cristal, talladas al pie de las colinas. Nadie la habita aún, y yo seré
-el rey de aquella tierra.
-
-Limpió el polvo de sus coturnos; quería que ella pusiera entre sus
-labios un pedazo de granada; amontonó vestidos detrás de su cabeza para
-hacerle una almohada. Buscaba los medios de servirla, de humillarse,
-y hasta llegó a extender sobre sus piernas el zaimph, como un sencillo
-tapiz.
-
---¿Conservas --la dijo-- los cuernecillos de gacela de que cuelgas tus
-collares? ¡Me los darás; los quiero!
-
-Hablaba como si hubiera terminado la guerra y se sonreía; los
-mercenarios, Amílcar, todos los obstáculos habían desaparecido para él.
-La luna resplandecía entre dos nubes, y ellos la veían por una abertura
-de la tienda.
-
---¡Ah! ¡Cuántas noches he pasado contemplándola! Me parecía un velo
-que ocultaba tu rostro, y que tú me mirabas tras ella; tu recuerdo se
-mezclaba con sus destellos; no os diferenciaba una de otra.
-
-Y con la cabeza entre los senos de ella lloraba a lágrima viva.
-
---¡Es este el hombre formidable que hace temblar a Cartago! --pensaba
-Salambó.
-
-Matho se durmió. Entonces, Salambó, desprendiéndose de sus brazos,
-puso un pie en tierra y advirtió que se había roto su cadeneta.
-Acostumbraban las vírgenes de alta alcurnia respetar esta traba como
-algo religioso, y Salambó, ruborizándose, arrolló alrededor de sus
-piernas los dos trozos de la cadena de oro.
-
-Cartago, Megara, su casa, su habitación y los campos que había
-atravesado se amontonaban en su memoria en imágenes tumultuosas, y,
-sin embargo, precisas. Pero el abismo abierto ahora las ponía lejos de
-ella, a infinita distancia.
-
-Cesaba la tempestad, pero algunas gotas que caían hacían oscilar el
-techo de la tienda.
-
-Matho, como un hombre ebrio, dormía de lado, con un brazo colgando del
-borde del lecho. Su cinta de perlas estaba algo subida y descubría
-la frente. Una sonrisa separaba sus dientes, que brillaban entre su
-negra barba, y en sus párpados entreabiertos se advertía una alegría
-silenciosa, casi ultrajante.
-
-Salambó le contemplaba inmóvil, con la cabeza baja y las manos cruzadas.
-
-A la cabecera del lecho se veía un puñal sobre una mesa de ciprés; la
-vista de esta hoja brillante la inflamó de un deseo sanguinario. A lo
-lejos oía voces quejumbrosas que la solicitaban como genios. Se acercó,
-cogiendo el puñal por el mango. Al ruido del roce de su ropa, Matho
-abrió los ojos, y poniendo los labios en su mano, cayó el puñal.
-
-Se oyeron gritos; una espantosa claridad fulguraba detrás de la tienda.
-Se asomó Matho y vio que ardía el campo de los libios.
-
-Ardían sus chozas de caña, retorciéndose los tallos y estallando entre
-la humareda como flechas; en el rojizo horizonte se veían correr
-desoladas sombras negras. Oíanse los alaridos de los que estaban en las
-cabañas; los elefantes, los bueyes y los caballos saltaban en medio de
-la turba, aplastándola entre las municiones y los bagajes que salvaban
-del incendio. Sonaban las trompetas. Gritaban: «¡Matho! ¡Matho!» Y la
-gente que estaba en la puerta quería entrar.
-
---¡Ven! --dijo Matho a Salambó--; Amílcar ha incendiado el campamento
-de Autharita.
-
-De un salto se echó afuera, y Salambó se encontró sola.
-
-Entonces ella examinó el zaimph; y cuando lo hubo contemplado a su
-sabor, quedó sorprendida de no gozar la dicha que se había imaginado.
-Se quedó melancólica ante su sueño realizado.
-
-Pero el fondo de la tienda se levantó y apareció una forma monstruosa.
-Salambó no vio de pronto más que dos ojos y una larga barba blanca
-que llegaba al suelo, porque el resto del cuerpo, embarazado por los
-andrajos, se arrastraba por la tierra; a cada movimiento para andar,
-las dos manos entraban en la barba, y en seguida volvían a caer.
-Arrastrándose así, llegó hasta los pies de Salambó, y esta reconoció al
-viejo Giscón.
-
-En efecto: los mercenarios, para evitar que los antiguos cautivos
-huyeran, les cortaron las piernas a golpes de barras de cobre,
-dejándolos que se pudrieran juntos en una fosa llena de inmundicias.
-Los más robustos, así que oían el ruido de las gamellas, se levantaban
-gritando, y así es como Giscón había visto a Salambó. Había adivinado
-una cartaginesa en las pequeñas bolas de sandastro que golpeaban en
-los coturnos, y presintiendo un gran misterio, auxiliado por los
-compañeros, consiguió salir del foso; luego, ayudándose con los codos
-y las manos, se arrastró veinte pasos más lejos, hasta la tienda de
-Matho. Percibió el ruido de dos voces, escuchó desde afuera y lo oyó
-todo.
-
---¡Eres tú! --preguntó Salambó medio asustada.
-
-Alzándose sobre sus puños, él replicó:
-
---¡Sí; soy yo! ¿Me creías muerto, verdad? ¡Ah! ¿Por qué los Baales no
-me han concedido esta misericordia?... Así me hubieran evitado la pena
-de maldecirte.
-
-Salambó se echó vivamente hacia atrás; tal era el miedo que sentía
-de aquel ser inmundo, repugnante como una larva y terrible como un
-fantasma.
-
---Pronto cumpliré cien años --continuó Giscón--. He conocido a
-Agatocles; he visto a Régulo y las águilas romanas pasar sobre las
-cosechas de los campos púnicos. He visto todos los espantos de las
-batallas y el mar obstruido con los restos de nuestras flotas. Los
-bárbaros que yo mandé me han encadenado por los cuatro miembros, como
-a un esclavo homicida. Mis compañeros, uno tras otro, se van muriendo
-a mi lado; el olor de sus cadáveres me despierta de noche; espanto
-los pájaros que vienen a picotearles los ojos; y, sin embargo, ni un
-solo día he desesperado de Cartago. Aun cuando hubiera visto todos los
-ejércitos del mundo contra ella, y las llamas del incendio rebasar la
-altura de sus templos, todavía hubiera creído en su eternidad. ¡Pero
-ahora, todo ha concluido, todo se perdió! ¡Los dioses la execran!
-¡Maldita seas, porque con tu ignominia has precipitado su ruina!
-
-Salambó quiso hablar.
-
---¡Ah, he sido testigo! --le interrumpió Giscón--. Te he oído gemir
-de amor como una prostituta; él te explicaba su deseo y tú te dejabas
-besar las manos. ¡Ya que el ardor de tu impudicia te empujaba,
-debiste hacer al menos como las bestias feroces, que se ocultan en sus
-ayuntamientos, y no deshonrarte ante los ojos de tu padre!
-
---¡Cómo! --interrumpió ella.
-
---¡Ah! ¿No sabes que los dos campos están separados sesenta codos uno
-de otro, y que tu Matho, por exceso de orgullo, está acampado frente
-a Amílcar? Allí, detrás de ti está tu padre; si yo pudiera subir el
-sendero que lleva a la planicie, le gritaría: ¡Ven Amílcar, ven a ver a
-tu hija en brazos de un bárbaro! Se ha puesto, para agradarle, el manto
-de la Diosa, y, al abandonar su cuerpo, entrega con la gloria de tu
-nombre, la majestad de los dioses, la venganza de la patria, la misma
-salvación de Cartago.
-
-El movimiento de su boca desdentada agitaba su luenga barba; sus ojos
-devoraban a Salambó, y no dejaba de repetir, jadeante:
-
---¡Sacrílega! ¡Maldita seas! ¡Maldita, maldita!
-
-Salambó había apartado el velo, y teniéndolo levantado en la mano,
-miraba del lado de Amílcar.
-
---¿Es por aquí, no es verdad? --preguntó a Giscón.
-
---¿Qué te importa? ¡Vuélvete! ¡Vete! ¡Húndete en la tierra! Es un lugar
-santo que manchas con la vista.
-
-Salambó se arrolló el zaimph alrededor del talle, se puso rápidamente
-sus velos, su manto y banda, y exclamando «¡Corro allá!», desapareció.
-
-Primeramente anduvo entre tinieblas sin encontrar a nadie, porque todos
-habían acudido al incendio; redoblaba el clamor, y grandes llamas
-enrojecían el cielo. Una amplia terraza la detuvo.
-
-Dio una vuelta, buscando en todas direcciones una escala, una cuerda,
-una piedra, algo en fin, para ayudarse a bajar. Tenía miedo de Giscón y
-le parecía que la perseguían gritos y pasos. Empezaba a alborear. Vio
-un sendero en el espesor del atrincheramiento. Cogió con los dientes la
-cola de su vestido, que la estorbaba, y en tres saltos se encontró en
-la plataforma.
-
-Un grito sonoro estalló encima de ella, en la sombra; el mismo que
-había oído al pie de la escalera de las galeras; inclinándose,
-reconoció al hombre de Schahabarim, con los caballos del diestro.
-
-Había ido errante toda la noche entre los dos campos; después, inquieto
-por el incendio, se había vuelto atrás, tratando de ver lo que pasaba
-en el vivac de Matho; y como sabía que aquel sitio era el más próximo a
-su tienda, no se había movido, obedeciendo al sacerdote.
-
-Montó de pie sobre uno de los caballos, Salambó se dejó caer en sus
-brazos, y ambos huyeron al galope, dando un rodeo, al campo púnico,
-para buscar una entrada por cualquier parte.
-
- * * * * *
-
-Cuando Matho entró en su tienda, la lámpara, humeante, alumbraba
-apenas, y creyó que Salambó estaba dormida. Palpó delicadamente la piel
-de león, en la cama de palma. Llamó, y no respondió nadie; arrancó
-vivamente un pedazo de tela para que entrara la luz del día, y vio que
-el zaimph había desaparecido.
-
-Temblaba la tierra bajo pasos precipitados; gritos, relinchos, choques
-de armaduras hendían los aires, y las fanfarrias de los clarines
-tocaban ataque. Era como un huracán que se arremolinaba en torno de él.
-Un furor desordenado le hizo saltar sobre sus armas y se lanzó afuera.
-
-Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la montaña, y los cuadrados
-púnicos avanzaban a su encuentro, con oscilación pesada y regular. La
-niebla, deshecha por el sol, formaba nubecillas movibles que, poco a
-poco, dejaban ver al descubierto estandartes, cascos y las puntas de
-las picas. Ante sus rápidas evoluciones, algunas porciones de terreno
-todavía en la sombra, parecían cambiar de sitio en bloque; hubiérase
-dicho que eran torrentes que se entrecruzaban con masas inmóviles y
-espinosas entre ellos. Matho veía a capitanes, soldados, heraldos y
-criados montados en asnos. En vez de conservar su posición para cubrir
-la infantería, Narr-Habas dio un rápido cambio de frente a la derecha,
-como si quisiera hacerse aplastar por Amílcar.
-
-Sus jinetes rebasaron la línea de los elefantes que se acercaban, y
-todos los caballos, alargando la cabeza sin bridas, galopaban con
-tal furia, que parecían tocar la tierra con el viento. De repente,
-Narr-Habas marchó resueltamente hacia un centinela. Arrojó su espada,
-su lanza y sus azagayas, y desapareció en medio de los cartagineses.
-
-El rey de los númidas llegó a la tienda de Amílcar, y le dijo,
-mostrándole su caballería, que estaba parada a distancia:
-
---¡Barca, te traigo mis jinetes: son tuyos!
-
-Se arrodilló en señal de esclavitud, y para probar su fidelidad,
-explicó su conducta desde el principio de la guerra. Primero, había
-impedido el sitio de Cartago y la matanza de los cautivos; después, no
-se había aprovechado de la victoria contra Hannón, cuando la derrota de
-Útica. En cuanto a las ciudades tirias, estaban en las fronteras de su
-reino. Tampoco había asistido a la batalla del Macar, porque se ausentó
-expresamente para eludir la obligación de combatir al Sufeta.
-
-En efecto: Narr-Habas había querido engrandecerse con usurpaciones de
-provincias púnicas, ayudando o abandonando a los mercenarios según
-venían bien o mal dadas; pero convencido de que Amílcar sería el más
-fuerte en definitiva, se pasó a su partido. Quizás intervino en esta
-defección el odio contra Matho a causa del mando o de su antiguo amor.
-
-El Sufeta le oyó sin cortarle la palabra. No era de desdeñar el hombre
-que así se presentaba en un ejército que le debía tantas venganzas;
-Amílcar adivinó en seguida la utilidad de tal alianza para sus grandes
-proyectos. Con los númidas, se desprendería de los libios; llevaría el
-Occidente a la conquista de Iberia, y sin preguntar al númida por qué
-no había acudido antes, ni tratar de deshacer ninguna de las mentiras,
-besó a Narr-Habas, restregando tres veces su pecho contra el suyo.
-
-Había incendiado el campo de los libios para terminar y por
-desesperación. Los númidas le llegaban como un socorro de los dioses:
-disimulando su alegría, contestó:
-
---¡Favorézcante los Baales! Ignoro lo que hará por ti la República,
-pero Amílcar no es ingrato.
-
-Redoblaba el tumulto; entraban los capitanes. El Sufeta se armó al
-tiempo que hablaba:
-
---¡Vamos! Con tus jinetes batirás su infantería entre tus elefantes y
-los míos. ¡Valor! ¡Exterminio!
-
-Narr-Habas iba a precipitarse, cuando se presentó Salambó. Saltó rápida
-de su caballo, abrió su ancho manto, apartó los brazos y desplegó el
-zaimph.
-
-La tienda de cuero, levantada en las esquinas, dejaba ver toda la falda
-de la montaña, cubierta de soldados, y como estaba en el centro, se
-veía a Salambó de todos los lados. Un clamor inmenso, un prolongado
-grito de triunfo y de esperanza estalló.
-
-Los que estaban en marcha, se pararon; los moribundos, apoyándose en
-los codos, se volvían para bendecirla. Sabían ahora los bárbaros que
-ella había recobrado el zaimph; la veían de lejos, y otros gritos,
-pero de rabia y de venganza, resonaban entre los ejércitos de los
-cartagineses. Los cinco ejércitos, desplegándose en la montaña,
-pateaban y daban alaridos alrededor de Salambó.
-
-Amílcar, sin poder hablar, le daba las gracias con señales de cabeza.
-Sus miradas iban alternativamente del zaimph a ella, y advirtió que
-tenía rota su cadeneta. Amílcar se estremeció, acuciado por terrible
-sospecha; pero recobrando su impasibilidad, miró de reojo a Narr-Habas,
-sin volver la cara.
-
-El rey de los númidas se mantenía aparte, en actitud discreta; llevaba
-en la frente un poco del polvo que había tocado al prosternarse. El
-Sufeta se adelantó hacia él, y con aire grave le dijo:
-
---En recompensa de los servicios que me has prestado, Narr-Habas, te
-doy mi hija. Sé tú mi hijo, y defiende a tu padre.
-
-Narr-Habas hizo un gesto de profunda sorpresa; luego, le cubrió
-las manos de besos. Salambó, en calma como una estatua, parecía
-no comprender. Se ruborizó, bajó los párpados, y sus largas cejas
-encorvadas sombreaban sus mejillas.
-
-Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales indisolubles. Puso
-en las manos de Salambó una lanza, que ella ofreció a Narr-Habas; les
-ató los pulgares con una tira de buey y les derramó trigo sobre la
-cabeza; los granos que caían junto a ellos, sonaron como granizo que
-rebota.
-
-
-
-
-XII
-
-EL ACUEDUCTO
-
-
-Doce horas después, solo quedaba de los mercenarios un montón de
-heridos, de muertos y de moribundos.
-
-Amílcar, saliendo bruscamente del fondo del desfiladero, había bajado
-por la pendiente occidental que mira a Hippo-Zarita, y como el espacio
-en este sitio era más ancho, allí había atraído a los bárbaros.
-Narr-Habas los había envuelto con su caballería; el Sufeta, en tanto,
-los rechazaba y aniquilaba; además, estaban materialmente vencidos por
-la pérdida del zaimph; los mismos que no cuidaban de él, sintieron
-angustia y debilidad. Amílcar, sin pretender vivaquear en el campo de
-batalla, se retiró algo más lejos, a la izquierda, sobre unas alturas
-desde las cuales los dominaba.
-
-Se conocían los campos por la forma de las empalizadas inclinadas.
-Un gran montón de cenizas humeaba en el sitio del de los libios;
-el suelo, removido, tenía ondulaciones como el mar, y las tiendas,
-hechas jirones, parecían bajeles perdidos en los escollos. Corazas,
-horquillas, clarines, pedazos de madera, de hierro y de cobre; trigo,
-paja y ropas se confundían con los cadáveres; aquí y acullá alguna
-falárica, a punto de apagarse, ardía entre un montón de bagajes; la
-tierra, en ciertos sitios, desaparecía bajo los escudos; las carroñas
-de las caballerías se sucedían como una serie de montículos; se veían
-piernas, sandalias, brazos, cotas de malla y cabezas sin cascos,
-sostenidas por las carrilleras y que rodaban como bolas; en lagos de
-sangre, los elefantes, con las entrañas abiertas agonizaban echados con
-sus torres; se andaba encima de cosas pegajosas y había barrizales,
-aunque no había llovido.
-
-Esta confusión de cadáveres cubría toda la montaña, de arriba abajo.
-Los sobrevivientes estaban tan callados como los muertos; agazapados en
-grupos, se miraban asustados y sin hablar.
-
-Al extremo de una larga pradera, el lago de Hippo-Zarita resplandecía
-al sol poniente. A la derecha, blancas casas aglomeradas rebasaban un
-cinturón de murallas; seguía el mar, ensanchándose indefinidamente. Los
-bárbaros, pensativos, suspiraban, pensando en sus patrias. Caía una
-nube de polvo gris.
-
-Sopló el viento de la noche, y todos los pechos se ensancharon; a
-medida que aumentaba el fresco, era de ver cómo los gusanos abandonaban
-los muertos que se enfriaban y corrían a la arena caliente. Sobre las
-grandes piedras, los cuervos, inmóviles, montaban la guardia a los
-agonizantes.
-
-Cuando fue completamente de noche, unos perros de piel amarilla,
-bestias inmundas que seguían a los ejércitos, se acercaron calladamente
-a los bárbaros. Bebieron los chorros de sangre que manaban de los
-muñones todavía calientes, y devoraron los cadáveres, empezando por el
-vientre.
-
-Los fugitivos reaparecían de uno en uno, como sombras; las mujeres se
-atrevieron a volver, pues quedaban algunas a pesar de la matanza que
-hicieron los númidas.
-
-Algunos se sirvieron de cabos de cuerda para encender antorchas; otros
-guardaban sus picas. Si tropezaban con algún cadáver, lo echaban a un
-lado.
-
-Los encontraban extendidos en largos rimeros, de espaldas, con la
-boca abierta, con sus lanzas al lado; o bien, apilados en montón, y a
-menudo, para ver los que faltaban, había que remover todo el montón.
-En seguida le arrimaban la antorcha a la cara. Horribles armas les
-habían producido heridas complicadas. Jirones verdosos colgaban de
-sus frentes; estaban tajados a pedazos, aplastados hasta la médula,
-estrangulados o hendidos por los colmillos de los elefantes. Aunque
-muertos al mismo tiempo, no estaban igualmente corrompidos. Los hombres
-del Norte aparecían inflados por una hinchazón lívida; los africanos,
-más nerviosos, tenían aspecto de ahumados, y se iban secando. Se
-reconocía a los mercenarios en los tatuajes de sus manos; los veteranos
-de Antíoco llevaban un gavilán; los que habían servido en Egipto, la
-cabeza de un cinocéfalo; los alquilados a príncipes de Asia, un hacha,
-una granada o un martillo; y si a las Repúblicas griegas, el perfil
-de una ciudadela o el nombre de un arconte. Los había con los brazos
-enteramente cubiertos por estos símbolos, mezclados con cicatrices y
-nuevas heridas.
-
-Se encendieron cuatro hogueras para los muertos de raza latina:
-samnitas, etruscos, campanios y brucios. Los griegos cavaron fosas con
-las puntas de sus espadas; los espartanos envolvieron en sus mantos a
-sus difuntos; los atenienses los extendían mirando al sol levante; los
-cántabros los enterraban bajo un montón de piedras; los nasamones los
-doblaban en dos, con correas de bueyes, y los garamantes los sepultaban
-en la playa, para que las olas los bañaran perpetuamente. Los latinos
-se entristecían por no poder encerrar las cenizas en urnas; los nómadas
-echaban de menos el calor de las arenas, que momifican los cadáveres; y
-los celtas, tres piedras bastas, bajo un cielo lluvioso, en el fondo
-de un golfo tormentoso.
-
-Se oían vociferaciones, seguidas de un prolongado silencio: era para
-obligar las almas a volver; y los clamores se sucedían obstinadamente,
-a intervalos regulares.
-
-Se excusaban con los muertos de no poder honrarlos, como prescribían
-sus ritos; porque por esta causa, irían las almas errantes en períodos
-infinitos a través de mil azares y metamorfosis; se las invocaba,
-preguntándoles lo que deseaban; otros abrumaban de injurias a los
-muertos por haberse dejado vencer.
-
-El resplandor de las grandes hogueras empalidecía las caras exangües,
-entre los restos de armaduras; las lágrimas excitaban otras lágrimas,
-los gemidos se hacían más agudos, los reconocimientos y los abrazos,
-más frenéticos. Las mujeres se echaban sobre los cadáveres, boca con
-boca, frente con frente; había que golpearlas para que se retiraran
-cuando los enterraban. Se ennegrecían las mejillas, se cortaban los
-cabellos; se extraían sangre y la arrojaban en la fosa; se hacían
-cortes a imitación de las heridas que desfiguraban sus muertos.
-Estallaban rugidos a través del ruido de los címbalos. Algunos se
-arrancaban sus amuletos, escupiéndolos encima. Los moribundos se
-contraían en el fango ensangrentado, mordiéndose, de rabia, los puños
-mutilados; y cuarenta y tres samnitas, en la flor de la edad, se
-mataron entre sí, como gladiadores. Muy pronto faltó leña para las
-hogueras, se apagaron las llamas; todos los sitios estaban ocupados; y
-cansados de gritar, débiles y vacilantes, se durmieron al lado de sus
-hermanos muertos; los que quedaban con vida llenos de inquietudes, y
-algunos con deseos de no despertar.
-
- * * * * *
-
-Con la luz del alba, aparecieron en los límites de los bárbaros algunos
-soldados que desfilaban con cascos en la punta de las picas, que,
-saludando a los mercenarios, les preguntaban si no encargaban nada para
-sus patrias.
-
-Se acercaron otros, y los bárbaros reconocieron a algunos de sus
-antiguos camaradas.
-
-El Sufeta había propuesto a los cautivos que sirvieran en sus tropas.
-Muchos rehusaron intrépidamente; pero resuelto a no alimentarlos ni
-abandonarlos al Gran Consejo, los despidió, ordenándoles no combatir
-más a Cartago. Respecto a aquellos a quienes el miedo a los suplicios
-hizo dóciles, se les distribuyó las armas del enemigo, y estos eran los
-que se presentaban a los vencidos, menos por reducirlos que por vanidad
-o curiosidad.
-
-Contaban, en primer lugar, el buen trato del Sufeta, y los bárbaros
-lo oían envidiándolos, por más que los despreciaban. A las primeras
-palabras de reproche, los cobardes se irritaron; de lejos, les
-enseñaban sus propias espadas y corazas, invitándolos con injurias
-a que vinieran a tomarlas. Los bárbaros cogieron piedras, y todos
-huyeron, y ya no se vio en la cima de la montaña sino las puntas de
-las lanzas rebasando el borde de las empalizadas.
-
-Un dolor más pesado que la humillación de la derrota abrumó a los
-bárbaros. Pensaban en la inutilidad de su valor. Se quedaron con los
-ojos fijos, rechinando los dientes.
-
-A todos les asaltó la misma idea. Se precipitaron en tumulto sobre los
-prisioneros cartagineses. Los soldados del Sufeta no habían podido
-descubrirlos, y como estos se habían retirado del campo de batalla, aún
-estaban aquellos en el foso profundo.
-
-Se les alineó en otro sitio llano. Los centinelas hicieron un círculo
-alrededor de ellos, entregándolos a las mujeres por tandas de treinta y
-cuarenta. Queriendo aprovechar el poco tiempo que se les daba, corrían
-estas del uno al otro, inciertas y palpitantes; e inclinadas sobre los
-cuerpos, los golpeaban con los brazos, como las lavanderas golpean la
-ropa; aullando el nombre de sus maridos, los laceraban con las uñas
-y les reventaron los ojos con las agujas de sus cabellos. Vinieron
-después los hombres, y les atormentaron los pies, cortándoles la piel
-desde los tobillos hasta la frente, arrancando tiras, con las que se
-ceñían la cabeza. Los «Comedores de cosas inmundas» imaginaron mil
-atrocidades: envenenaban las heridas, echándoles polvos, vinagre y
-cascos de loza; otros se ponían detrás y bebían la sangre que corría,
-como hacen los vendimiadores alrededor de las cubas de mosto.
-
-A todo esto, Matho estaba sentado en el suelo, en el mismo sitio donde
-le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada veía ni oía.
-
-Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la cabeza y vio ante sí
-un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo confusamente cestos,
-tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se clavaron en el
-suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se hubiera hundido
-en la tierra.
-
-La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus largas tiras se
-desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la huella
-de una mano: era la de la mano de Narr-Habas, señal de su alianza.
-Matho se levantó; tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos
-de su tienda, desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó
-hacia las llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada.
-
-De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde salía, apareció
-Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos astillas
-de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba.
-
---¡Apártate de aquí! --le dijo Matho--; sé que eres un valiente.
-
-Estaba tan aplastado por la injusticia de los dioses, que le faltaban
-fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le hizo una señal
-y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos Zarxas y
-Autharita.
-
-Habían huido como el esclavo, a pesar de su crueldad y de su valentía.
-¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas, en el incendio de
-los libios, en la pérdida del zaimph, en el súbito ataque de Amílcar
-y, sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de la
-montaña, bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no
-confesaba su terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota.
-
-Por fin, los tres caudillos y el schalischim consultaron lo que se
-debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago; estaban entre
-los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las ciudades
-tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al borde
-del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente.
-
-No había medio de evitar la guerra: por el contrario, era preciso
-continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender la necesidad
-de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía
-sangrando de sus heridas?
-
---¡Yo me encargo! --dijo Espendio.
-
-Dos horas después, un hombre que venía del lado de Hippo-Zarita, subía
-corriendo la montaña. Agitaba unas tablillas en el extremo del brazo,
-y como gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon.
-
-Era un enviado de los soldados griegos de la Cerdeña, que recomendaban
-a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás cautivos, porque
-un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de Cartago, les había
-enterado de un complot organizado para hacerles evadir; por lo que
-exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues la República era
-poderosa.
-
-La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el resultado que él
-esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de excitar su
-furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en
-los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo
-imprevisto y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos
-dejaron las armas, con el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este
-se presentara.
-
-Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del día, se presentó otro
-correo, más agitado y más lleno de polvo. Espendio le arrancó de las
-manos un rollo de papiro escrito en fenicio, en el que se suplicaba a
-los mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes de Túnez
-iban a venir con grandes refuerzos.
-
-Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a hombros de dos capadocios,
-se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y arengando a todos por
-espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba las promesas
-del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los intendentes; a
-todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta era un cebo para
-perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos como esclavos; los
-vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por qué caminos? Ningún
-pueblo querría recibirlos. Pero continuando sus esfuerzos, obtendrían,
-a un tiempo, libertad, venganza y dinero, sin que tuvieran que esperar
-mucho tiempo, porque la gente de Túnez y toda la Libia se precipitaban
-a socorrerlos. Y enseñaba el pergamino estirado: «¡Mirad! ¡Leed! Aquí
-están sus promesas. Yo no miento.»
-
-Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo. Un sol de fuego
-quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba de los
-cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de
-tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que
-decía, y concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar.
-
-Matho le estaba observando, y Espendio, para disimular su cobardía,
-fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando a los dioses,
-acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos era
-un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás,
-como ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus
-intenciones! ¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión!
-¡Se conocerán los buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza
-del golpe!»
-
-Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos alentaban todavía;
-se les remató hundiéndoles el talón en la boca, o bien apuñalándolos
-con la punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón. No se
-le veía en ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo
-convencerse de su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron
-tres pastores samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la
-tienda de Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los
-demás.
-
-Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas las rodillas, tenía
-el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la respiración
-movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara extremadamente
-pálida, miraban de un modo continuo e intolerable.
-
-Los bárbaros le miraron al principio con gran asombro. Durante el
-tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos por antiguos
-recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la
-mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban,
-cuando un garamante atravesó la multitud blandiendo una guadaña.
-Comprendieron todos su intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!»
-
-El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le cogió por la cabeza
-y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó, vertiendo
-dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. Zarxas saltó
-encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los cartagineses.
-Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho la cabeza de Giscón
-y, cogiéndola por la barba y dándole vueltas muchas veces, la lanzó
-describiendo una parábola por encima del campo púnico.
-
-A todo esto se alzaron en el borde de las empalizadas estandartes
-entrelazados como señal convenida para reclamar los cadáveres. Cuatro
-heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con grandes
-clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre
-cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad,
-ni dioses, y que rehusaban por adelantado a toda negociación,
-reexpidiendo a los parlamentarios con las manos cortadas.
-
-Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita en busca de
-víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron ávidamente,
-y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de sus
-bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de
-los heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo
-la orilla del río, con paso rápido, como manada de lobos que se alejan.
-
-Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla, porque necesitaban una
-ciudad.
-
- * * * * *
-
-Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no obstante el orgullo que
-sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente atacarlos en
-seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se acababa la guerra.
-Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades tirias se unirían a
-ellos; la clemencia con los vencidos habría sido inútil. Tomó la
-resolución de ser implacable.
-
-Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un dromedario cargado de
-brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles amenazas que
-le enviaran otro ejército.
-
-Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer la victoria
-experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del zaimph,
-anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de
-Cartago parecía que le pertenecían ahora.
-
-Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni una recriminación. Por
-el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los otros, antes del
-término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil hombres, el
-cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en
-tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían
-desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros.
-
-Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el ejército a su
-teniente Magdasan, para que acaudillara las tropas de desembarco, en
-vista que él no podía sufrir las sacudidas de la litera. Su enfermedad,
-destruyéndole labios y nariz, había cavado en la cara un ancho agujero;
-a diez pasos se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se
-encontraba tan horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un
-velo.
-
-Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni de las de los
-bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con víveres en
-cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias
-de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas
-hacían a los cartagineses que estaban estacionados en el mar.
-
-Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin resolverse a correr el
-riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad que recibieran
-dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue hacia el
-Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver a
-los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Sus celos le
-impedían ir en auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus
-planes, comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al
-Gran Consejo pidiéndole que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago,
-furioso contra los Ancianos y contra lo que llamaba cobardía del
-Sufeta. De este modo, después de tantas ilusiones, la situación era más
-desesperada que nunca; pero nadie pensaba en ella ni de ella hablaban,
-como si con el silencio alejaran el peligro.
-
-Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se supo que los
-mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su general,
-tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma
-amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades,
-y, aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques
-abarrotados de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y
-aprisionaron quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad
-hizo naufragar una flota con víveres para Cartago. Los dioses estaban,
-sin duda, contra ella.
-
-Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una alarma, hicieron subir
-a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y estando
-desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los
-que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el mar.
-
- * * * * *
-
-Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las órdenes en contrario
-de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado con mandrágora;
-cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo tiempo, se
-presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron las puertas,
-y las dos ciudades tirias se mostraron desde entonces acérrimas
-partidarias de sus nuevos amigos, al par que contrarias a sus antiguos
-aliados.
-
-Este abandono de la causa púnica era un consejo, un ejemplo. Ante la
-posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas hasta
-entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo el Sufeta, y perdió la
-esperanza de ser socorrido. Se veía irremisiblemente perdido.
-
-Despidió a Narr-Habas para que guardara las fronteras de su reino, y él
-se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y continuar la guerra.
-
-Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron a su ejército
-cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin duda les
-empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían
-batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal
-de huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se
-lanzaron en su persecución.
-
-Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta vez muy crecido, sin
-que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y otros sobre
-sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron de
-vista.
-
-No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que marcharon más allá con
-el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los de Túnez y
-arrastraron a los de Útica. A cada matorral aumentaba el número, y los
-cartagineses, tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos en
-las tinieblas. Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de
-flechas que mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las
-montañas del Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo.
-
-Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el horizonte una cosa
-verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y se vieron
-obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un árbol para
-no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón!
-
-Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la última vez que pasó
-por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le transportó
-la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos que
-tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las
-pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza
-de un palacio, por encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis
-iluminaba su cara, como si se reflejara en ella una gran luz; abría los
-brazos, enviaba besos al aire y murmuraba:
-
---¡Ven! ¡Ven!
-
-Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como perlas, cayeron en
-su barba.
-
---¿Qué te detiene? --preguntó Espendio--. ¡Date prisa! ¡En marcha! El
-Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me miras
-como un hombre ebrio.
-
-Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con guiños en los ojos,
-como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo, exclamó:
-
---¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo!
-
-Tenía un aire tan convencido y triunfante que Matho, sorprendido en su
-sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en el colmo de su
-derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un blanco
-a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el
-cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestro y siniestro a los
-rezagados; iba en todas direcciones y hasta la extrema retaguardia,
-como perro que azuza el ganado.
-
-A su tonante voz, las líneas de hombres se apretaron; hasta los cojos
-precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el espacio entre ambos
-ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban pisando las
-huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a
-tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron
-sus hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron
-adentro y se arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado
-apretada en sí misma, dejó de avanzar; chocaban las picas en el aire y
-las flechas de los bárbaros rebotaban en las paredes.
-
-En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se revolvía gritando a
-su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y espoleándole con
-la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio que se
-alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillas para que
-subiera su amo. ¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El poderoso
-caballo galopaba en medio de las lanzas, derribaba hombres, y
-embarazados los cascos con el peso de las entrañas, caía y se levantaba
-dando saltos enormes. Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban
-de detenerlo, o bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se
-habían replegado, cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros
-la acometían.
-
-La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo a lo largo de todo
-el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se detuvo.
-
-Los cartagineses habían puesto soldados en el acueducto, y empezaron a
-tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no había que obstinarse
-y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a Cartago.
-
- * * * * *
-
-El rumor de la guerra había traspasado los confines del imperio púnico;
-desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene pensaban en
-ella, guardando sus rebaños, y de ella hablaban las caravanas de noche,
-a la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora de los mares,
-espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba hombres
-que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída,
-en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas,
-ciudades tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos
-los que la execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban
-sus riquezas deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto
-se juntaron con los mercenarios. La derrota del Macar había detenido
-a los demás; pero ahora habían recobrado la confianza, y poco a poco
-se aproximaban; los hombres de las regiones orientales aguardaban en
-las dunas de Clipea, al otro lado del golfo, y así que asomaron los
-bárbaros, se dieron a conocer.
-
-No eran únicamente los libios de los alrededores de Cartago (desde
-hacía tiempo componían el tercer ejército), sino los nómadas de la
-planicie de la Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del promontorio
-de Derné, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el
-desierto bebiendo en los pozos salobres enladrillados con osamentas de
-camello; los zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido
-en cuadrigas; los garamantes, tapados con velos negros, sentados en
-la cola de yeguas pintadas; otros en asnos, en onagros, en cebras o
-en búfalos; algunos con sus familias y sus ídolos y el techo de su
-cabaña en forma de chalupa. Veíanse amonianos de miembros arrugados
-por el agua caliente de las fuentes; atarantes, que maldecían al sol;
-trogloditas, que enterraban riendo sus muertos bajo enramadas; y los
-asquerosos ausenios, que comían langostas; los archimaquides, que
-comían piojos, y los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de
-monos.
-
-Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando una gran línea
-recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena
-levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad del istmo, con
-los mercenarios delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse
-de allí.
-
-Después, del lado de la Ariana aparecieron los hombres de Occidente,
-el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los masilianos;
-aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una derrota;
-por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al
-primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut
-Baal y del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón
-de sus picas caballos pequeños y delgados, de largas crines; los
-gétulos, con corazas de piel de serpiente; los farusianos, con altas
-coronas hechas de cera y de resina, y los caunos, macares y tilabares,
-llevando cada uno dos jabalinas y una rodela de cuero de hipopótamo.
-Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los primeros charcos
-de la laguna.
-
-Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el lugar que usurpaban,
-y como una nube a ras del suelo, la multitud de negros, llegados del
-Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile y aun de la
-gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y más
-lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel
-les hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo
-de corteza, túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la
-cabeza, y aullando como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos
-y blandían colas de buey atadas al extremo de un bastón, a manera de
-estandartes.
-
-Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se apretujaban unos hombres
-amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros, con carcajes de
-piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes como asnos, y
-que no ladraban.
-
-Finalmente, como si África no estuviera suficientemente vaciada, y
-para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo más ínfimo de la
-especie humana, figuraban en último término unos hombres de perfil de
-bestia y de risa idiota; miserables roídos por enfermedades asquerosas,
-pigmeos deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de ojos encarnados
-que guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos ininteligibles y
-poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían hambre.
-
-La confusión de armas no era menor que la indumentaria y las razas.
-Allí todas las invenciones para matar: desde los puñales de madera,
-hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos sables
-dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que
-se doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo
-de astas de antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda,
-triángulos de hierro, mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto
-ocultaban dardos envenenados en sus cabellos. Muchos cargaban piedras
-en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban con los dientes.
-
-Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los dromedarios, sucios de
-alquitrán como barcos, derribaban a las mujeres que llevaban los hijos
-a las ancas. Las provisiones se derramaban de los sacos; se pisaban al
-andar granos de sal, paquetes de goma, dátiles podridos y nueces; en
-pechos sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un delgado cordón
-algún diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la que se
-podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que
-quería; les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que
-en su vida habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las
-murallas.
-
-El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y esta larga
-superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una inundación,
-se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros,
-resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados
-del acueducto.
-
-Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de su llegada,
-cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como
-edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones, capiteles y
-caparazones, las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias;
-sesenta carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta
-torreones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban
-pedazos de roca que pesaban quince talentos. Las empujaban en su base
-masas de hombres; a cada paso las sacudía un estremecimiento; así
-llegaron ante las murallas.
-
-Pero faltaban muchos días para ultimar los preparativos del sitio. Los
-mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no querían arriesgarse
-con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había prisas,
-porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que
-resultaría una victoria o un exterminio completos.
-
-Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas murallas ofrecían
-una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición ventajosa para
-rechazar a los asaltantes.
-
-Sin embargo, del lado de las catacumbas faltaba un lienzo de muralla,
-y en las noches obscuras, entre los bloques desunidos, se veían luces
-en los chamizos de Malqua. En ciertos sitios dominaban la altura de
-los baluartes. Vivían allí con sus nuevos maridos las mujeres de los
-mercenarios expulsadas por Matho. Al verlos no pudieron contenerse;
-agitaban de lejos sus chales y venían de noche a hablar con los
-soldados por la brecha de la muralla, hasta que el Gran Consejo supo
-una mañana que todas habían huido. Unas habían pasado entre las
-piedras; otras, más intrépidas, habían bajado con cuerdas.
-
-Al fin, Espendio resolvió realizar su proyecto, que la guerra le
-impidiera ejecutar antes. Desde que se presentó ante Cartago, supuso
-que los habitantes sospechaban lo que él proyectaba; pero los
-centinelas del acueducto eran cada vez en menor número, porque hacía
-falta gente para la defensa del recinto.
-
-El antiguo esclavo se ejercitó durante muchos días en disparar flechas
-a los flamencos del lago, y una noche de luna rogó a Matho que hiciera
-encender una gran hoguera de paja y que la tropa diera al mismo tiempo
-grandes gritos, y llevándose a Zarxas, orilló el golfo, camino de Túnez.
-
-A la altura de los últimos arcos, torcieron hacia el acueducto; el
-sitio estaba descubierto y avanzaron arrastrándose hasta la base de las
-piedras.
-
-Los centinelas de la plataforma se paseaban tranquilamente. Viéronse
-grandes llamaradas; sonaron los clarines, y los soldados de su facción,
-creyendo que se trataba de un asalto, corrieron hacia Cartago.
-
-Pero quedó un hombre, al que se veía en el negro fondo del cielo. Le
-iluminaba la luna por detrás, y su desmesurada sombra le daba de lejos
-el aspecto de un obelisco andando.
-
-Esperaron que se presentara ante ellos. Zarxas preparó su honda.
-Espendio, por prudencia o por ferocidad, le detuvo:
-
---No, el silbido de la piedra haría ruido. ¡Déjame a mí!
-
-Y empuñando el arco con todas sus fuerzas, y apoyándolo en el tobillo
-del pie izquierdo, apuntó y disparó La flecha.
-
-El hombre no cayó; desapareció.
-
---Si estuviera herido, le oiríamos --dijo Espendio; y subió aprisa, de
-pico en pico, como hizo la primera vez, ayudándose de una cuerda y de
-un arpón. Llegó arriba y dejó caer el cadáver. El bárbaro clavó un pico
-con su martillo y se volvió.
-
-No sonaban las trompetas; todo parecía tranquilo. Espendio había
-removido una de las losas, entrado en el agua y vuelto a ponerla en su
-sitio.
-
-Calculando la distancia por el número de pasos, llegó precisamente
-al lugar donde había observado una hendidura oblicua; y en las tres
-horas que quedaban de noche, trabajó sin cesar, con furia, respirando
-apenas por los intersticios de las losas de encima, lleno de angustia
-y creyendo morirse veinte veces. Por fin oyó un crujido; una piedra
-enorme, desprendida de los arcos inferiores, rodó hasta abajo, y de
-repente una catarata, todo un río, cayó en el llano. El acueducto,
-cortado por la mitad, se desbordaba. Era la muerte de Cartago; la
-victoria para los bárbaros.
-
-En un instante, los cartagineses, despertados, salieron a las murallas,
-de las casas y de los templos. Los bárbaros avanzaban, gritando,
-bailando, delirantes de alegría, alrededor de la gran caída de agua, y
-en la extravagancia de su júbilo se mojaban la cabeza.
-
-Viose en la cima del acueducto un hombre, con la túnica rota, hecha
-jirones. Estaba colgado, con las manos en los lomos, mirando hacia
-abajo, como asustado de su obra.
-
-En seguida se irguió. Miró el horizonte con aire soberbio, como
-pareciendo decir: «Todo esto es mío ahora.» Los bárbaros aplaudieron;
-los cartagineses, comprendiendo su desastre, aullaban de desesperación.
-Espendio paseó la plataforma, de un extremo a otro, y como auriga
-triunfante en los juegos olímpicos, transportado de orgullo, levantaba
-los brazos.
-
-
-
-
-XIII
-
-MOLOCH
-
-
-Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse del lado de África,
-porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los aproches de
-las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso. Matho
-dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver
-mejor a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera
-línea; detrás de ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los
-bagajes, carretas y caballos; a trescientos pasos de las torres se
-erizaban las máquinas.
-
-No obstante la variedad infinita de sus nombres (que cambiaron muchas
-veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos sistemas: unas
-funcionaban como hondas y otras como arcos.
-
-Las primeras, las catapultas, se componían de un marco cuadrado, con
-dos montantes verticales y una barra horizontal. En su parte anterior,
-un cilindro con cables sostenía un gran timón provisto de una cuchara
-para recibir los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de
-hilos torcidos, que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba,
-yendo a dar contra la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida.
-
-Las segundas eran de un mecanismo más complicado. Sobre una pequeña
-columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que terminaba en
-ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño
-se elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos
-vigas sostenían los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo
-de la canal, sobre una tableta de bronce. A favor de un resorte, se
-desprendía esta placa de metal y por las ranuras despedía las flechas.
-
-Otro nombre de las catapultas era el de onagros, como los asnos
-salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el de
-escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándose de un
-puñetazo hacía saltar el resorte.
-
-Su construcción requería sabios cálculos; las maderas se escogían entre
-las más duras; los engranajes eran de bronce. Se movían por medio de
-palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes ejes o quicios
-variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían avanzar, y
-los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente del enemigo.
-
-Espendio colocó las tres grandes catapultas en los tres ángulos
-principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando por
-detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de los
-sitiados y rellenar primero el foso que las separaba de las murallas.
-
-Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y cimbras de encina,
-parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en pequeñas chozas
-cubiertas con pieles de animales y embarradas de hierbas, se abrigaban
-los trabajadores; catapultas y ballestas fueron defendidas con redes de
-cuerdas, mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres y
-niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las
-llevaban a los soldados.
-
-También se preparaban los cartagineses.
-
-Amílcar los había tranquilizado declarando que quedaba agua en las
-cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su presencia
-en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas
-esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de
-origen cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás.
-
-Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales; cada ciudadano
-tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de los
-tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros,
-armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que
-conservaban los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las
-repararon bien, porque eran entendidos en estas obras.
-
-Quedaban inaccesibles los dos lados septentrional y oriental,
-defendidos por el mar y el golfo. En la muralla, dando el frente
-a los bárbaros, se pusieron troncos de árboles, ruedas de molino,
-vasos llenos de azufre, cubas de aceite y se construyeron hornos. Se
-amontonaron piedras en la plataforma de las torres; y rellenaron de
-arena las más próximas a las fortificaciones, para afirmar y aumentar
-su espesor.
-
-Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron. Querían combatir en
-seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las catapultas que
-se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque.
-
-Por fin, en el día decimotercero del mes de Schabar, al salir el sol,
-resonó un gran golpe en la puerta de Kamón.
-
-Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas dispuestas en la
-base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por cadenas
-que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo de
-cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes de hierro la
-reforzaban de trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo
-de un hombre, larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con
-oscilación regular al empuje de los desnudos brazos.
-
-Los demás arietes de las otras puertas empezaron a moverse. En las
-ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían de
-escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las
-redes de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de
-flechas. Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse
-a los baluartes, ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego
-lanzaban a fuerza de brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y
-de fuego pasaba por encima de las primeras filas, describiendo una
-curva que iba a caer por detrás de las murallas. Pero en las cimas de
-estas se levantaban largas grúas de las que servían para enarbolar las
-naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas en dos semicírculos
-dentados interiormente. Estas máquinas mordían a los arietes. Los
-soldados, colgados de la viga, tiraban hacia atrás. Los cartagineses
-trabajaban para hacerla subir, y la porfía duró hasta la noche.
-
-Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a su tarea, los altos
-de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos de algodón,
-de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en los
-baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados en
-horquillas y hoces.
-
-Con esto empezó una furiosa resistencia.
-
-Troncos de árboles, manejados por cables, caían y volvían a caer
-alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por
-ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de
-las torres caían torrentes de pedernal y de tejos.
-
-Los arietes consiguieron romper las puertas de Kamón y la de Tagarte.
-Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal abundancia de
-materiales, que las hojas no se abrieron y quedaron en pie.
-
-En vista de esto se dirigieron los golpes contra las murallas abiertas
-para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas fueron mejor
-gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la mañana
-hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona precisión
-de un bastidor de tejedor.
-
-Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien movía las madejas
-de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus tensiones
-gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a la
-izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual.
-Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con
-suavidad y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y
-cuando la lanza de la catapulta se levantaba, cuando la columna de la
-ballesta temblaba a la sacudida del resorte, volaban las piedras, y los
-dardos caían en montón, doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como
-para seguirlos.
-
-Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban sus órdenes. Alegres
-con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de las máquinas.
-A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban lobos; a
-las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se «hacía la
-vendimia», y al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, cocea
-bien!», y a los escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». Estas
-burlas, siempre las mismas, sostenían los ánimos.
-
-Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la fortificación, formada
-por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban la parte
-superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden de
-construir torres de madera de la misma altura que las torres de piedra.
-Se rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con sus
-ruedas, y antes que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros onduló
-en el llano, con un solo movimiento, y llegó al pie de las murallas
-como un mar desbordado.
-
-Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras rectas y los
-sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por palancas,
-una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando
-muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en
-hilera, subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un
-solo cartaginés; ya los asaltantes llegaban a los dos tercios de
-la fortificación, cuando se abrieron las almenas, vomitando, como
-dragones, fuego y humo; llovía la arena, entrando por las junturas de
-las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas; el plomo líquido
-rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de chispas
-quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas
-gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por
-la cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles
-a la cabeza mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido,
-quedaba inmóvil, más rígido que un poste, con la boca abierta y ambos
-brazos extendidos.
-
-El asalto continuó durante muchos días, porque los mercenarios
-esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia.
-
-En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía un hierro entre
-las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y poner un
-segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban
-la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar
-a cierta altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo
-los pies de los vivos, los heridos, en montón, se mezclaban con los
-cadáveres y los moribundos. Entre entrañas abiertas, sesos esparcidos
-y charcos de sangre, los troncos calcinados formaban manchas negras;
-brazos y piernas, saliendo a medias de un montón, quedaban enhiestos
-como rodrigón en una viña incendiada.
-
-Encontrándose insuficientes las escalas se emplearon los tonelones,
-o sea unos instrumentos compuestos de una larga viga puesta
-transversalmente sobre otra, y llevando al extremo una cesta
-cuadrangular en la que cabían treinta peones con sus armas.
-
-Matho quiso subir en la primera que estuvo dispuesta. Espendio le
-detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se levantó la
-gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente
-cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados,
-ocultos hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas
-de los cascos. Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire,
-giró de derecha a izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de
-gigante que llevara en la mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de
-la muralla la cesta llena de hombres. Saltaron estos adentro, y no se
-les volvió a ver.
-
-Pronto estuvieron dispuestos los restantes tonelones; pero hubieran
-sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad. En vista de esto,
-se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en las cestas,
-que estaban sujetas con cables, disparaban flechas envenenadas. Los
-cincuenta tonelones dominaban las almenas y rodeaban a Cartago, como
-buitres monstruosos; los negros se reían al ver a los guardias de la
-fortificación morir entre atroces convulsiones.
-
-Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas las mañanas el jugo
-de ciertas hierbas que les preservaba del veneno.
-
-En una noche obscura embarcó sus mejores soldados en gabarras y
-balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a desembarcar
-en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y,
-cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados
-de cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las
-obras de los mercenarios y volvían a subir.
-
-Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su cólera; hacía cosas
-terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a una
-entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció
-una traición, y en adelante, la aborreció. Si hubiera visto su
-cadáver, tal vez se habría alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas
-al pie de los fuertes y mandó a los libios que le trajeran toda la
-madera de un bosque para pegarla fuego e incendiar a Cartago como una
-madriguera de zorras.
-
-Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba inventar máquinas
-espantables, como no se habían visto nunca.
-
-Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el istmo, se aburrían
-de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de acción y se
-precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su
-desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran
-mortandad. Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín.
-Se originaron riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba
-devastada, se disputaban los víveres. Iban descorazonándose, y se
-retiraron hordas numerosas.
-
-Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno quebradizo, se hundió.
-Probaron hacerlas en otro sitio; pero Amílcar adivinaba siempre su
-dirección, aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo, además,
-contraminas debajo del camino que debían recorrer las torres de madera,
-y cuando las empujaban se hundían en los agujeros.
-
-Al fin, comprendieron todos que la ciudad era inexpugnable en tanto
-que no se levantara a la altura de las murallas una larga tenaza que
-permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para rodar
-encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago resistir.
-
- * * * * *
-
-La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al comenzar el sitio,
-costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a un sekel de plata; las
-provisiones de carne y de trigo se agotaban también; se tenía miedo del
-hambre; se empezaba a hablar de bocas inútiles, y esto asustaba a todos.
-
-Los cadáveres interceptaban las calles desde la plaza de Kamón hasta
-el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano, unas
-moscas negras muy grandes acosaban a los combatientes. Los viejos
-transportaban a los heridos, y la gente devota continuaba los funerales
-ficticios de sus allegados y amigos muertos durante la guerra.
-Atravesadas en las puertas, se ponían estatuas de cera con cabellos
-y vestidos, que se fundían al calor de los cirios que ardían junto
-a ellas; corría la pintura sobre sus espaldas, y el llanto por el
-rostro de los vivos, que salmodiaban canciones lúgubres. En todo este
-tiempo, la multitud corría; pasaban bandas armadas, gritaban órdenes
-los capitanes y oíase siempre el golpe de los arietes que batían las
-murallas.
-
-La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos se hinchaban y no
-cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los patios.
-Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes
-vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que
-brota de una arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba
-el recinto y devoraba hasta los cadáveres.
-
-Unos hombres que llevaban en señal de desesperación mantos hechos con
-harapos desechados, se establecieron en las esquinas de las calles,
-declamando contra los Ancianos y contra Amílcar; prediciendo al
-pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al pillaje.
-Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis se
-creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, para
-destrozarlos. Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y olvidaba
-la defensa de Cartago. El Sufeta pagó otros para sostener su política.
-
-Con el objeto de retener en la ciudad el genio de los dioses, se habían
-cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos negros los
-Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar el
-orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a dejarte
-vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra quién eres
-para que los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros dioses?»
-
-Ansiedad permanente agitaba los colegios de los pontífices. Los de la
-Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la restitución del zaimph
-no había salvado la situación. Se mantenían encerrados en el tercer
-recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos se
-atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim.
-
-Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso, contemplándola con las
-pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la lanzaba eran
-más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no perdonaba
-a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim lo había
-adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos de su
-impotencia. La acusaba de ser ella la causante de la guerra. Según él,
-Matho sitiaba a Cartago para recobrar el zaimph; vertía imprecaciones e
-ironías sobre el bárbaro que pretendía poseer cosas santas, aunque no
-era esto lo que el sacerdote quería decir.
-
-Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de antes no las
-experimentaba ya. Se mostraba muy tranquila, y sus miradas, menos
-vagas, brillaban con límpida llama. Sin embargo, el pitón había caído
-enfermo, y como Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja
-Taanach se alegraba, convencida de que pasaba a la serpiente el
-malestar de su ama.
-
-Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de pieles de buey,
-arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza
-enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió
-Salambó; movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava
-se asombró de su insensibilidad.
-
-La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con tanto fervor. Pasaba
-días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la balaustrada y
-distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas,
-al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales,
-y las lanzas de los centinelas venían a formar como un campo de
-espigas. Salambó veía a lo lejos, entre las torres, las maniobras de
-los bárbaros, y en los días que no había asalto, podía enterarse de
-sus ocupaciones. Remendaban sus armas, se engrasaban la cabellera,
-o bien lavaban en el mar los brazos ensangrentados; las tiendas
-estaban cerradas; las acémilas comían, y en lontananza, las hoces de
-los carros, puestos en semicírculo, parecían una cimitarra de plata
-extendida al pie de los montes. Venían a su memoria los discursos de
-Schahabarim. Esperaba a su desposado Narr-Habas. Hubiera querido, a
-pesar de su odio, volver a ver a Matho. Entre todos los cartagineses,
-era ella, quizás, la única persona que le hubiera hablado sin miedo.
-
-Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre almohadones la contemplaba
-enternecido, como si la vista de ella fuese un alivio a sus fatigas. La
-hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los mercenarios; quería
-saber si alguno la había impulsado a hacerlo, y Salambó le contestaba
-que nadie, orgullosa como estaba de haber rescatado el zaimph.
-
-El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a pretexto de informes
-militares. No comprendía en qué pudo ella emplear las horas que
-pasó en su tienda. Salambó no habló de Giscón, porque temía que las
-maldiciones de este se volvieran contra él, y ocultó su tentativa de
-asesinato, persuadida de que se le reprocharía no haberla consumado.
-Contaba únicamente que Matho parecía furioso, que gritó mucho y que
-luego se quedó dormido. Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o
-por exceso de candor, no dando importancia a los besos del bárbaro;
-además, que todo esto flotaba en su mente de un modo melancólico
-y brumoso, como el recuerdo de una pesadilla, y no hubiera podido
-expresarlo con palabras.
-
-Una noche en que estaban juntos padre e hija, apareció Taanach muy
-azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y deseaba ver al
-Sufeta.
-
-Palideció Amílcar, y replicó vivamente:
-
---Que suban.
-
-Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la mano a un doncel
-cubierto con un manto de piel de macho cabrío, y quitándole aquel la
-capucha que le tapaba el rostro, dijo:
-
---¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo!
-
-El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de la habitación. El
-niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de curiosidad que de
-asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares de perlas
-puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía
-delante.
-
-Tendría unos diez años, y no sería más alto que una espada romana.
-Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho
-que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran
-anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía
-el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes
-empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince que
-le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el polvo.
-Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía inmóvil,
-con una mano atrás y otra en los labios, en actitud pensativa.
-
-Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en voz
-baja:
-
---Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de casa,
-sepan de él.
-
-Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los habían
-visto entrar.
-
---Las calles estaban desiertas --contestó el esclavo.
-
-A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo
-había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió
-a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo
-buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche,
-viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar
-cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto.
-
- * * * * *
-
-Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red para impedir a
-los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y
-dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las
-comunicaciones y empezó a padecerse hambre.
-
-Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince
-elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se
-habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les
-alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres
-todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del
-crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las
-piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino
-costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas
-del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados
-los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el día
-que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. Eran
-animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban las crines con
-cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne,
-cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas
-las noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al
-templo y se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un
-pedazo de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos
-de las murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían
-levantado barricadas por miedo a los vecinos.
-
-Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la
-defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En
-las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de
-lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura
-que el viento agitaba sobre las terrazas.
-
-Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus estragos
-eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar en el
-frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer que
-estaba pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño
-llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más
-irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los
-techos, en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo
-una pobre comida, con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles
-llevaban letras grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose
-en los cadáveres injurias como _puerco_, _chacal_, _piojo_; y burlas
-como «¡Lo tengo bien merecido!»
-
-La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura de
-las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró entre el
-bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer en espesar
-y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y
-murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal
-esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde
-guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron al pueblo, con lo
-que se hartaron durante tres días.
-
-Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la
-gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a
-los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y
-un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el
-golfo.
-
-Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo,
-extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del
-templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes,
-y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a
-la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a
-cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse
-con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los
-bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para
-hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce
-palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material de
-los arsenales y reparar nuevamente las máquinas.
-
-Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de
-toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni
-ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres;
-fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los
-Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución
-en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por
-el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de
-guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se
-decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los
-plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron
-desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a
-cumplir la orden.
-
-Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía
-juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les
-arrancaban las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una coraza.
-Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas
-por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las
-serpientes corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las
-paredes. Descontentos de esta invención, los bárbaros la perfeccionaron
-lanzando toda clase de inmundicias, excrementos humanos, carroña y
-cadáveres. Sobrevino la peste. A los cartagineses se les caían los
-dientes; tenían las encías descoloridas como las de los camellos
-después de un viaje demasiado largo.
-
-Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más que esta
-no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante las veintitrés
-torres del recinto se levantaron otras veintitrés torres de madera. Se
-remontaron todos los tonelones, y algo más atrás aparecía la formidable
-helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido por Espendio. Piramidal
-como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta codos por
-veintitrés de ancho, con nueve pisos que iban disminuyendo hacia la
-punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con
-puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una
-catapulta flanqueada por dos ballestas.
-
-Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para aquellos
-que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron enroladas. Se
-dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia.
-
-Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del mes de
-Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las trompetas
-de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos paflagonios.
-Los cartagineses acudieron en masa a la muralla.
-
-En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas
-que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron
-algunas cabezas de bárbaros.
-
-Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de
-hombres; y en los sitios en que la terraza se interrumpía, los
-mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes cerradas,
-agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y
-apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se
-veían de pie; en tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a
-la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos con el brazo izquierdo,
-apoyando los escudos encima de los cascos, los juntaban por el borde
-tan estrechamente, que hubiérase dicho una ensambladura de enormes
-tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de estas masas oblicuas.
-
-Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles y
-camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en
-las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo
-cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos
-demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran
-polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras,
-chocaban sus piedras y estallaban en mil pedazos, resultando como una
-lluvia sobre los combatientes.
-
-Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos
-humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose
-en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban
-echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban
-dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de
-sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los
-negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos
-por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros
-vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes
-atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban
-petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban
-cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho
-tiempo los sobrevivientes.
-
-Venían flechas de las torres de madera y de las de piedra. Los
-tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros
-habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los
-autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso
-de las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos
-de hombres por el aire, con los brazos extendidos.
-
-Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad del día
-contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y destruir
-la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de
-paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda,
-aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las
-sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente,
-habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas
-con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se
-precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En el
-ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres abatieron la fortificación,
-cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba
-cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una
-segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un
-tablero de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos
-se creyeron en su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados.
-
-De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino de
-circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas remataban
-a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro contemplaban
-abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se entablaba.
-
-Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta
-que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas,
-y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo
-con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por
-sus largos cabellos negros, estaba en todas partes, dando saltos y
-conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los
-que metía continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho
-como la rueda de un carro.
-
-Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a
-todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los
-mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del
-lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las
-masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de
-fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el
-espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por
-inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza,
-se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se
-adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes;
-las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás
-alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas.
-
-Conservaba su grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble
-filo; y con su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente
-sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata
-de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba segando
-cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los
-lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente,
-los atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo
-a su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los
-aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de
-un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás
-despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su
-paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis.
-Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y
-desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió
-para llamar a sus compañeros.
-
-Veía sus penachos diseminados entre la multitud; iban a perecer,
-y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue
-estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por
-las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró
-hasta fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta.
-
-Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de los
-cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en
-Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos,
-semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas,
-sacudiendo el tridente.
-
-Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación,
-impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía
-la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó
-a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso
-intensamente pálido y, levantando sus dos brazos escuálidos, le
-vociferaba injurias.
-
-Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan
-cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se
-echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas,
-agotado.
-
-Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces roncas
-que cantaban con cadencia.
-
-Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de él
-con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque el
-talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para
-máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con
-llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera
-lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió
-de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto,
-y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados
-acorazados que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos.
-Algunos de aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas
-tocasen al muro; en medio de la plataforma superior, los tirantes de
-la ballesta daban vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la
-catapulta.
-
-Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. Había
-supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la muralla
-más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas.
-Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación,
-en el que habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que
-formaban una especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre
-la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo.
-Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, mandó poner tablas en
-las calles de casa a casa, desde las cisternas hasta los baluartes, y
-formó cuerdas de gente para que pasaran el agua de mano en mano, en
-cascos y ánforas.
-
-Los cartagineses se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía
-la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas,
-y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados,
-empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la
-terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el
-primer piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio,
-soplando con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como
-levantada convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se
-ablandaba cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se
-paró, ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta
-el borde de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó
-con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en
-las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de
-las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis,
-contribuían a que este se desmembrara en todas sus junturas.
-
-Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron
-del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción.
-Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud;
-pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron.
-
-No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo
-azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre,
-se mostraba como una gran mancha de púrpura.
-
-La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía
-construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis,
-cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos
-enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas
-se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí
-y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente
-como gradas de un anfiteatro en ruinas. Densas humaredas subían,
-despidiendo chispas que se perdían en el cielo negro.
-
-Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a las
-cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua
-cenagosa.
-
-¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez
-descansados, volverían a la carga.
-
-El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas de las
-calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los enfermos y
-los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia en
-otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto
-nada.
-
-En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los que
-dormían tenían aspecto de muertos.
-
- * * * * *
-
-Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus desastres,
-recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a Melkart
-tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses, indignados contra la
-República, iban sin duda a vengarse.
-
-Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con súplicas y
-se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados con Moloch,
-el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le pertenecían;
-y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una
-porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente
-o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal
-proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de
-recomendarla como la más fácil y menos dura.
-
-Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por
-consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una
-pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del
-más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al
-dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba
-a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los ejemplos
-probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una
-inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también
-la ferocidad del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba
-exclusivamente sobre las grandes familias.
-
-Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido.
-Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio
-oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice
-de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su
-voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran
-sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba
-a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El
-Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos,
-sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos,
-hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos
-decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque hay
-cosas más arduas de decir que de ejecutar.
-
-La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron
-lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus
-maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación.
-
-Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el
-Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron
-allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de
-la que muchos bebieron echados de bruces.
-
-Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses
-o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro
-tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la
-playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca.
-
-Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que guardaba
-en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le abrió
-las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones, excepto la de
-Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y
-que el rey de Macedonia enviaría un ejército.
-
-Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se secaron
-por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la mente de
-todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea.
-
-Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las
-cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna
-compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían
-los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los
-llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de
-divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne.
-
-Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus jardines.
-
---¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!...
-
-Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de la
-otra luna, acompañado de un viejo.
-
-Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano
-toda negativa, accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los
-esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos.
-
-Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la
-mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le
-ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama
-de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz.
-
-Hecho esto, daba paseos por la habitación, accionando con los brazos
-y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las pupilas fijas y
-jadeante como si se fuera a morir.
-
-Llamó tres veces con las palmas de las manos, y compareció Giddenem.
-
---¡Oye! --le dijo--. Toma entre los esclavos un niño de ocho a nueve
-años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo. ¡Pronto!
-
-Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió con un niño; un
-pobre niño delgado y abotargado a un mismo tiempo. Su piel parecía tan
-gris como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza entre los
-hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las picaduras
-de las moscas.
-
-¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba tiempo para escoger
-otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de estrangularlo.
-
---¡Vete! --gritó.
-
-El intendente de los esclavos se fue más que de prisa.
-
-La desgracia temida por tanto tiempo iba a sobrevenir, si no buscaba un
-medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim detrás de la puerta.
-Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se impacientaban.
-
-Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un hierro candente, y
-volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió al borde de
-la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la frente
-con los puños cerrados.
-
-El tazón de pórfido conservaba un poco de agua limpia para las
-abluciones de Salambó. No obstante su repugnancia y su orgullo, el
-Sufeta metió en ella al niño, y como un mercader de esclavos, se puso
-a lavarle y frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un
-armario de la pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y
-otro en la espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de
-diamantes. Vertió un perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello
-un collar de electro, y le calzó sandalias con tacones de perlas; ¡las
-mismas sandalias de su hijo! Hacía todo esto bramando de indignación,
-y Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba tan pálida como él. El
-niño sonreía, deslumbrado por estas galas y, entusiasmado, empezaba
-a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo, sujetándole
-fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El niño, a
-quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar.
-
-En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera, oyeron una voz
-lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!»
-
-Amílcar se volvió, y vio a su lado un hombre de abyecta apariencia; uno
-de los miserables parásitos del palacio.
-
---¿Qué quieres? --le preguntó el Sufeta.
-
-El esclavo, temblando horriblemente, balbució:
-
---¡Soy su padre!
-
-Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado y con la cabeza
-medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia indefinible,
-y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de gritar:
-«¡Perdón!»
-
-Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en el codo, diciéndole:
-
---¿Es que lo llevas para...?
-
-No tuvo fuerzas para acabar la pregunta.
-
-Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor.
-
-Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre él y el otro algo
-que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba! Aquello le
-parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio.
-Contestó con una mirada más fría y más pesada que el hacha del
-verdugo. El esclavo cayó desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar
-pasó por encima de él.
-
-Los tres hombres de negro le esperaban en el salón, de pie, junto al
-disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró por el
-suelo dando agudos gritos:
-
---¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi consuelo, mi esperanza, mi
-vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!
-
-Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y aullaba como las
-plañideras en un entierro.
-
---¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos! ¡Matadme como a él!
-
-Los servidores de Moloch se admiraban de que el gran Amílcar tuviera un
-corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos.
-
-Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello parecido a la
-respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la tercera
-galería, entre los largueros de marfil, apareció un hombre terrible,
-que con los brazos extendidos, gritaba:
-
---¡Hijo mío!
-
-De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y tapándole la boca con
-las manos, dijo a su vez:
-
---¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo! ¡Se volverá loco!
-¡Basta, basta!
-
-Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima, salió con ellos,
-cerrando en pos, de un golpe, la puerta.
-
-Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo que volvieran.
-Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la seguridad de
-que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo, porque si
-los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de
-idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho
-cabrío, habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido
-en mucho tiempo, se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus
-lágrimas.
-
-Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó, desató las cuerdas de Aníbal. El
-niño, exasperado, le mordió la mano hasta hacerle sangre. Su padre le
-contuvo con una caricia.
-
-Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo con _Lamia_, ogresa de
-Cirene:
-
---¿Dónde está? --preguntó el niño.
-
-Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y contestó: «¡Que vengan, y
-los mataré!»
-
-Cuando Amílcar le contó la horrible verdad, recriminó a su padre
-porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al pueblo. Por fin,
-rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba soñando, con
-la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia
-atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció
-completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las
-galeras. Al pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y una
-jarra de agua; el niño se despertó ante la estatua de Aletes, en la
-cueva de las piedras preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, a la
-luz de los destellos que le rodeaban.
-
-Amílcar tenía la seguridad de que no podían quitarle su hijo. Era un
-lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un subterráneo que
-únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de aire.
-Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro.
-
-Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como una madre que
-encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al niño,
-llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más
-tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por
-tanta ternura, se callaba.
-
-Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala en la que la luna
-se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella dormía el
-esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, se
-sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra debajo
-de la cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna que
-brillaba en el cielo, y se sintió más fuerte que los Baales y los
-despreció.
-
- * * * * *
-
-Habían empezado los preparativos del sacrificio. En el templo de
-Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de cobre, sin
-tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los hieródulos lo
-empujaron hacia la plaza de Kamón.
-
-Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus hombros rebasaban la
-altura de las murallas; por lejos que le vieran, se escondían los
-cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que en el
-ejercicio de su cólera.
-
-Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los templos se abrieron a
-un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en literas que
-llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban a
-los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas
-puntas terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre.
-
-Eran los Baalim cananeos, desdoblamientos del Baal supremo que volvían
-hacia su principio, para humillarse ante su fuerza y aniquilarse ante
-su esplendor.
-
-El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía una lámpara de
-petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo de
-marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún,
-azules como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la
-cola; y los dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños
-en pañales, que con los talones rozaran el suelo.
-
-Venían a continuación las formas inferiores de la divinidad:
-Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la
-corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes
-sagrados; Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria;
-Derceto, en figura de virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz,
-sobre un catafalco, entre antorchas y cabelleras. Para que los reyes
-del firmamento se sujetaran al Sol, e impedir que sus particulares
-influencias no dañasen la suya, se blandían largas perchas con
-estrellas de metal de distintos colores; desde el negro Nabo, genio
-de Mercurio, hasta el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo. Las
-Abadires, piedras caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de
-plata; bollos pequeños, imitando sexos de la mujer, eran llevados en
-canastillas por los sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta
-orden llevaban sus fetiches y amuletos. Salieron todos los ídolos
-olvidados, incluso los símbolos místicos de los navíos, como si Cartago
-quisiera recogerse en un pensamiento de muerte y de desolación.
-
-Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en equilibrio, sobre su
-cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre cuyas nubes
-de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los
-pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. A
-veces el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los devotos
-aprovechaban esta ocasión para tocar los Baalim con sus vestidos, que
-luego guardaban como cosas venerandas.
-
-La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la plaza de Kamón. Los
-Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo de Megara;
-los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, y los
-intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, mercaderes,
-soldados, marineros y toda la horda numerosa empleada en los funerales,
-todos ellos con las insignias de su magistratura o con los instrumentos
-de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que bajaban de la
-Acrópolis, entre los colegios de los pontífices.
-
-Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus más espléndidas
-joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras; los
-anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada
-más lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las
-frentes crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas
-que temblaban sobre los pálidos rostros.
-
-Llegó, por fin, Baal, a mitad de la plaza. Sus pontífices hicieron una
-alambrada para contener a la multitud y formaron un círculo a sus pies.
-
-Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda, se alinearon ante
-su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con capas de
-lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la
-Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de
-Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el
-de Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los
-aulladores con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los
-Yidonim, que para investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso
-de muerto. Los sacerdotes de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban
-apostados en la calle de Sateb, salmodiando en voz baja un tesmoforión
-en dialecto megaro.
-
-De cuando en cuando, llegaban filas de hombres enteramente desnudos,
-con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por los hombros.
-Arrancaban de las profundidades del pecho una entonación bronca y
-cavernosa; sus pupilas, clavadas en el coloso, brillaban en el polvo
-y balanceaban el cuerpo a intervalos iguales, todos a un tiempo, como
-sacudidos por igual impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer
-el orden, los hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces,
-con la cara junto a la alambrada de cobre.
-
-Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la plaza un hombre
-vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y todos
-reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim.
-Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino
-prevalecía en este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan
-olvidada que no se había advertido la ausencia de sus pontífices.
-Aumentó el asombro cuando se le vio abrir uno de los portones de la
-alambrada, destinados para que entraran los que iban a ofrecer las
-víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un ultraje a su
-dios; a empellones trataron de rechazarlo. Alimentados con la carne de
-los holocaustos, vestidos de púrpura como reyes y con coronas de triple
-cerco, afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones. La
-cólera hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol.
-
-Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y atravesando, paso
-a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le tocó por
-ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne
-de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por
-desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente
-su pensamiento decidiéndose por Baal.
-
-Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió en protestas. Sentía
-romperse el único lazo que unía las almas con una divinidad clemente.
-Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía participar del
-culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le excluyeron del
-recinto; pero no bien estuvo afuera, dio una vuelta alrededor de todos
-los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud,
-que se apartaba al acercarse él.
-
-Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel entre las piernas del
-coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en las llamas; los
-ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus miembros de
-cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies, los
-niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los
-brazos desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las
-tiernas criaturas como para coger esta corona de carne y llevarla al
-cielo.
-
-Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la multitud se amontonaba
-detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas. Las grandes
-estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban inmóviles en
-el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente como
-árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas azuladas.
-
-Muchos de los espectadores se desmayaron; otros se quedaban inertes
-y petrificados. Angustia infinita agobiaba todos los pechos. Se iban
-apagando los últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba como
-absorto en el anhelo del terror.
-
-Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano debajo de los velos
-de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de cabellos, que
-arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron entonces
-el himno sagrado.
-
---¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador que se engendra,
-Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios!
-
-Las voces se perdían en la explosión de los instrumentos que tocaban a
-la vez, con el fin de ahogar los gritos de las víctimas. Los schemunits
-de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de doce, silbaban,
-tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían un
-chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, y
-a pesar del furor de los clarines, el solsalim crujía como alas de
-langosta.
-
-Los hieródulos abrieron con un gancho largo los siete compartimentos
-escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron harina; en
-el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un
-carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el
-sexto, se echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito
-quedó vacío.
-
-Antes de operar, se probaron los brazos del dios. Delgadas cadenitas
-que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por las
-espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la
-altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse
-le tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los
-instrumentos; crepitaba el fuego.
-
-Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran piedra, observando a
-la multitud.
-
-Era necesario un sacrificio individual, una oblación voluntaria, que
-era considerada como preliminar de las que venían después; pero nadie
-se ofrecía hasta ahora, y los siete pasadizos que iban de las avenidas
-al coloso estaban vacíos. Para animar al pueblo, los sacerdotes
-sacaron los puñales de sus cinturones y se hirieron el rostro. Hízose
-entrar en el recinto a los devotos echados en el suelo a la parte de
-afuera; se les dio un paquete de horribles hierros viejos y cada uno
-escogió su tortura. Se pasaban agujas entre los pechos, se cortaban
-las mejillas y pusiéronse coronas de espinas en la cabeza; luego se
-enlazaron de los brazos y, rodeando a los niños, formaron otro gran
-ruedo que se contraía y se ensanchaba. Llegaron a la balaustrada con
-estas contracciones, atrayendo a la multitud con el vértigo de este
-movimiento sanguinario y clamoroso.
-
-Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas, arrojando a las llamas
-perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las ofrendas eran cada
-vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se tambaleaba,
-un hombre pálido y horrible por el terror, empujó a un niño; en
-seguida se vio en las manos del coloso una masa negra que se hundió en
-la tenebrosa abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una
-gran losa y prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías
-de la muerte y los renacimientos de la eternidad.
-
-Subían las víctimas lentamente, y como la humareda formaba altos
-torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube. Ninguno
-se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría
-tapicería les impedía ver y ser vistos.
-
-Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de Moloch, estaba al lado
-de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho. Cuando trajeron
-el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un gesto de
-horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de brazos y
-miró al suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice permanecía
-inmóvil como él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se miraba en
-el pecho la placa de oro cubierta de piedras fatídicas, de las que
-la llama despedía resplandores irisados. Amílcar inclinaba la frente;
-y los dos personajes se encontraban tan cerca de la hoguera que las
-llamas levantaban las colas de sus mantos.
-
-Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin pararse. Cada vez que
-se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían la mano
-sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No
-son hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!»
-Los devotos gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina,
-conformándose por miedo a las necesidades de Cartago, murmuraban la
-fórmula eleusiaca: «¡Derrama la lluvia! ¡Engendra!»
-
-Las víctimas desaparecían al borde de la abertura como gotas de agua
-en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre el color
-escarlata de la estatua.
-
-Pero el apetito del dios no se calmaba: quería siempre más. Con el
-objeto de saciarle mejor, le apilaron las víctimas en las manos con
-una gruesa cadena por encima, que los sujetaba. Los devotos quisieron
-contarlos al principio, para ver si el número de los niños correspondía
-a los días del año solar; pero era imposible contarlos por el
-movimiento vertiginoso de los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo;
-hasta la noche. Las paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro,
-y entonces se vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer
-los restos de las víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por
-los cuerpos enteros.
-
-Atardecía y las nubes se amontonaban encima de Baal. La hoguera,
-exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las rodillas del
-coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con la
-cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez.
-
-A medida que los sacerdotes se daban prisa, aumentaba el frenesí del
-pueblo; como disminuía el número de las víctimas, gritaban unos que se
-necesitaban más, y otros que había bastante. Hubiérase dicho que las
-murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de los alaridos de
-espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a quienes
-pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores
-de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían
-los gritos de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los
-carbones. Los bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al
-coloso y rugían como tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos
-cantaban con sus labios hendidos; se había roto la alambrada y todos
-querían tomar parte en el sacrificio. Los padres cuyos hijos habían
-muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus juguetes y los
-huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se precipitaron
-sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce, los
-hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al
-aire para que el sacrificio se esparciera por la ciudad, hasta la
-región de las estrellas.
-
-Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los bárbaros al pie de
-las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis, miraban el
-espectáculo estremecidos de horror.
-
-
-
-
-XIV
-
-EL DESFILADERO DEL HACHA
-
-
-Apenas habían entrado los cartagineses en sus casas, se espesaron las
-nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron caer gruesas
-gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio.
-
-Siguió lloviendo a cántaros toda la noche; retumbaba el trueno; era la
-voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual, ahora fecundada,
-abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la veía en
-un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las
-tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera
-dormirse. Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna,
-gritaban para facilitar su tarea.
-
-La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas, formando lagos en los
-patios, cascadas en las escaleras y torbellinos en las esquinas de
-las calles. Vertíase en pesadas y tibias masas y en hilos apretados;
-gruesos chorros espumosos saltaban de los ángulos de los edificios,
-y los tejados de los templos brillaban con un negro lavado a la luz
-de los relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil caminos;
-las casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas,
-cascote y muebles.
-
-Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos impermeables para llenarlos
-de agua, pero las antorchas se apagaban; se cogieron tizones de la
-hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás la cabeza
-y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en la
-corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban
-como búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo
-estirando sus miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa
-esperanza. Se olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria
-renacía.
-
-Sentían los cartagineses una especie de necesidad de hacer pagar a
-otros el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos.
-Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si bien no tenían
-ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que da la
-complicidad en los crímenes irreparables.
-
-Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus tiendas mal cerradas;
-al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando en el barro,
-buscando sus armas y municiones averiadas.
-
-Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando. El viejo Sufeta dudó
-unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al cabo aceptó.
-
-Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de una catapulta en
-cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en los
-bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a
-velas desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma.
-
-Tres días después, cuando se iba a empezar el ataque, llegaron
-tumultuosamente gentes de la costa de la Libia, porque Barca había
-entrado en su territorio, procurándose bastimentos.
-
-Los bárbaros se indignaron, como si Barca les traicionara. Los más
-aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en abandonar
-el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el helépolis;
-Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara,
-jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados
-de Autharita se fueron, abandonando la parte occidental del campo
-atrincherado. La desidia de los sitiadores era tanta que ninguno se
-cuidó de reemplazarlos.
-
-Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas. Durante la noche hizo
-pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la costa entró
-en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil hombres,
-cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta elefantes
-cargados de forraje y de cecina. La llegada de este socorro regocijó
-a los cartagineses, no menos que la vista de los fuertes animales
-consagrados a Baal; eran como una prenda de ternura; una prueba de que
-al fin el dios iba a intervenir en la guerra.
-
-Narr-Habas recibió las felicitaciones de los Ancianos. En seguida subió
-al palacio de Salambó.
-
-No la había vuelto a ver desde que en la tienda de Amílcar, entre
-los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los
-esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida,
-distraído por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de
-sus derechos de esposo: poseerla.
-
-Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su señor. Aunque todos
-los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el libio
-disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera era
-casi religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas como
-un reflejo de la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. Deseaba
-haberle conocido antes, y sin embargo, le cohibía su presencia. Mandó
-que le dijeran que no podía recibirle.
-
-Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su servidumbre que no dejasen
-entrar al rey de los númidas a la residencia de Salambó, porque
-retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba tenerle
-adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró.
-
-En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió prerrogativas para
-su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo que los
-bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres.
-
-Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando vieron llegar en
-una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos prisioneros
-cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a los
-Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes
-de la defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia,
-le devolvía ahora sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los
-mercenarios en la Cerdeña y aun negándose a reconocer como súbditos a
-los habitantes de Útica.
-
-Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este ejemplo. Necesitaba para
-conservar sus Estados mantener el equilibrio entre Roma y Cartago;
-tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo que se
-declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y
-tres mil rebel de buen trigo.
-
-Una razón de más peso obligaba a socorrer a Cartago; se comprendía que
-si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían desde el soldado
-hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna casa podrían
-resistirles.
-
-En todo este tiempo, Amílcar operaba en las campiñas orientales.
-Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron sitiados a su
-vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y contramarchas,
-renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus
-campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo mismo.
-
-Pero no pasó de Túnez, sino que se encerró en sus muros; determinación
-muy cuerda, porque pronto se vio que Narr-Habas salía por la puerta
-de Kamón con sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los otros
-bárbaros iban errantes por las provincias en persecución del Sufeta.
-Este había recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la
-Cirenaica y armaduras del Brucio, y continuó la guerra.
-
-Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante cinco lunas los
-arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba.
-
- * * * * *
-
-Los bárbaros trataron al principio de envolverle con pequeños
-destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. Su
-ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas veces
-se dieron el gusto de ver retroceder a los cartagineses.
-
-Lo que más les atormentaba eran los jinetes de Narr-Habas. Con
-frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano
-soñolientos y abrumados por el peso de las armas, asomaba de pronto en
-el horizonte una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube
-de pupilas centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas,
-envueltos en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos,
-apretando con las rodillas a los encabritados corceles; les hacían
-dar una vuelta bruscamente, y luego desaparecían. Tenían siempre, a
-cierta distancia, provisiones de azagayas en los dromedarios, y volvían
-más terribles, aullando como lobos y huyendo como buitres. Caían los
-bárbaros que iban en los flancos, y así se seguía hasta la noche, en
-que se procuraba ganar las montañas.
-
-Aunque estas eran peligrosas para los elefantes, Amílcar se aventuró en
-ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del promontorio Hermeo
-a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era este un medio
-de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua incertidumbre en
-que los mantenía, concluía por exasperarlos más que una derrota. Sin
-desanimarse, le seguían los pasos.
-
-Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la Montaña de Plomo, en
-medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero, sorprendieron
-los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el enemigo estaba
-allí en masa, según demostraba el estrépito de los clarines. Los
-cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este en una
-llanura en forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un alto
-anfiteatro de peñas escarpadas. Los bárbaros acometieron a los vélites,
-entre los bueyes que galopaban; otros cartagineses corrían en tumulto;
-se vio un hombre de manto rojo, el Sufeta, y los bárbaros le gritaron
-con transportes de furor y de alegría. Muchos, o por pereza o por
-prudencia, se habían quedado a la salida del desfiladero. La caballería
-salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los empujaban sobre
-los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el fondo de la
-llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún tiempo, se
-detuvo. No se descubría ninguna salida.
-
-Aquellos que se hallaban más próximos al desfiladero, volvieron atrás,
-pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los que iban delante para
-hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la montaña. Sus
-compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el camino.
-
-Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres ocultos en las rocas
-las empujaron con maderos, las derribaron; como la pendiente era
-rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron completamente
-la boca del desfiladero.
-
-Al otro extremo de la llanada se extendía un largo pasadizo, hendido
-aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que venía de
-la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este
-paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo;
-protegidos por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían
-vuelto a reunir; allí fueron izados por los compañeros. A los que
-estaban más atascados en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el
-terreno en este lugar era un arenal movedizo, imposible de escalar a
-pie. Casi en seguida llegaron los bárbaros, a tiempo que un rastrillo,
-alto, de cuarenta codos, hecho a la medida exacta del hueco, se
-interpuso entre ellos, como un reducto caído del cielo.
-
-Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían surtido sus efectos.
-Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que marchaban al
-frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo estrechas
-en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en el
-horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus
-vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un
-triunfo como el obtenido.
-
-Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en el llano hasta la
-mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de aquella
-encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca,
-tallada a pico. No había salvación. Las dos salidas naturales de este
-callejón estaban cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas.
-Miráronse todos en silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre
-intentaron el último esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron
-escalar la cumbre, pero aquellas o se desmoronaban o no ofrecían
-asidero a causa de su forma redonda. Quisieron hender el terreno a
-ambos lados de la garganta, pero sus herramientas se rompieron. Con los
-palos de sus tiendas encendieron una gran hoguera; pero el fuego no
-podía incendiar la montaña.
-
-Embistieron el rastrillo, claveteado con púas agudas como las del
-puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo. Los primeros
-entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y todos
-cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y
-cabelleras ensangrentadas.
-
-Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que les quedaba de
-víveres. A causa de haber perdido sus bagajes, apenas tenían para
-dos días; todo les faltaba, porque esperaban un convoy prometido por
-las ciudades del Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes
-abandonados por los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros.
-Los mataron a lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los
-pensamientos fueron menos sombríos.
-
-Al otro día degollaron todas las mulas, unas cuarenta en junto;
-rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los huesos; no
-desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de
-Túnez.
-
-El hambre redobló en la noche del quinto día, y tuvieron que roer los
-tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que cubrían el fondo de
-los cascos.
-
-Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en la especie de
-hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos. Quiénes
-se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban
-confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos
-buscaban a los bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos.
-
-Se había enterrado aprisa los cadáveres de los vélites, a causa de la
-infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas.
-
-Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra. Entre sus líneas,
-un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones contra los
-cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera
-inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores
-hubieran sido menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban
-como niños.
-
-Buscaban a los capitanes y les suplicaban les dieran algo que mitigara
-sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les tiraban piedras
-a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra sus cortas
-provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un puñado de harina,
-que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza bajo el manto. Los
-que guardaban sus espadas, las tenían desnudas en las manos; los más
-desconfiados, se mantenían de pie, de espaldas contra la montaña.
-
-Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita no temía dar la
-cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte veces
-al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una
-escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles,
-parecía un oso salido de su caverna, allá en la primavera, para
-observar si se derritieron las nieves.
-
-Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de las grietas;
-como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban
-tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas
-azuladas. En la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados
-sus compañeros abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres,
-y sus cuerpos blancos quedaron sobre la arena, expuestos al sol.
-Entonces, los garamantes se pusieron a rondar los muertos. Eran seres
-acostumbrados a la soledad y que no conocían ningún dios. El más viejo
-de la banda hizo una señal, y echándose sobre los cadáveres con sus
-cuchillos, cortaron trozos, y luego, sentados sobre los talones, los
-devoraron. Los demás bárbaros lo veían de lejos, dando gritos de
-horror; muchos, sin embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta
-desaprensión.
-
-A media noche se reunieron algunos, y disimulando su asco, se acercaban
-pidiendo una tajada «para probar», según decían. Acudieron otros,
-y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los labios
-esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron quienes la
-comieron con deleite.
-
-Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban unos a otros, incluso
-aquellos que al principio rehusaban el trato con los garamantes. Asaban
-la carne sobre carbones, con la punta de la espada, la salaban con
-polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no quedó nada de los
-tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para comérselos.
-
-Solo tenían veinte cartagineses cautivos en el último encuentro, y
-en los que nadie se había fijado aún. Desaparecieron; fue además una
-venganza lógica. Después, como había que vivir, y se tomaba gusto por
-esta alimentación, se degolló a los palafreneros, aguadores y peones de
-los mercenarios. Todos los días mataban a alguno de estos; muchos se
-hartaban con su carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres.
-
-También este recurso llegó a faltar. Entonces la gula pensó en los
-heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era preferible
-librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba
-perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían
-de astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como por
-descuido se les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de hacer
-creer que estaban con fuerzas, intentaban mover los brazos, levantarse,
-reír. Había desmayados que volvían en sí al contacto de la cuchilla que
-les cortaba un miembro; se mataba sin necesidad, por ferocidad y para
-saciar el furor.
-
-Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones a fines de
-invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este
-cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió
-con rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La
-llovizna que caía sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en
-pudridero la llanura. Se cernían vapores blanquecinos que penetraban
-la piel, cegaban los ojos y picaban en las narices, y en los que los
-bárbaros creían ver el aliento o las almas de sus camaradas. Una
-tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora: querían morir.
-
-Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a pasar hambre. Les
-parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se revolcaban
-convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los
-brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la
-sed, porque no tenían ni una sola gota de agua, pues a partir del
-noveno día se habían agotado los odres. Para engañar la necesidad,
-lamían las chapas metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y
-las hojas de las espadas. Los antiguos conductores de caravanas se
-apretaban el vientre con cuerdas. Otros chupaban un guijarro. Bebían
-los orines enfriados en los cascos de cobre.
-
-Y a todo esto, esperando siempre el socorro de Túnez. Según sus
-conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su próxima
-llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría.
-«Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca.
-
-Al principio hicieron plegarias, votos y toda suerte de invocaciones;
-ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en venganza se volvían
-incrédulos.
-
-Los hombres de carácter violento fueron los primeros en morir; los
-africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba tendido a
-lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un
-jugo abundante, y declarándola venenosa, a fin de apartar a todos, se
-alimentaba con ella.
-
-Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas. Algunas veces, cuando
-un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba hacia él con
-una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después de
-apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, miraba
-en torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a hundir
-su asqueroso pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole echado
-en el polvo. Otros más afortunados conseguían descubrir camaleones o
-serpientes; pero lo que les hacía vivir más que todo, era el amor a
-la vida; se aferraban a esta idea, tenazmente, por un esfuerzo de la
-voluntad.
-
-Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en rueda, en medio de
-la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se abandonaban
-silenciosamente a su tristeza.
-
-Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de sus calles más
-concurridas, con tabernas, baños, teatros y tiendas de barberos,
-donde se cuentan sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando se
-pone el sol, cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes
-suben las colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas
-soñaban con cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos,
-con batallas, y en la somnolencia que les embargaba, todo ello se les
-representaba con la lucidez y los éxtasis de un ensueño. Alucinados,
-buscaban en la montaña una puerta por donde huir, y querían pasarla al
-través; otros, creyendo navegar en medio de una tempestad, mandaban una
-maniobra marinera; o bien retrocedían espantados, viendo en las nubes
-batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose estar en un
-festín.
-
-Muchos, por una extraña manía, repetían la misma palabra o hacían
-continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza, mirarse
-unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los
-más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que
-se habían salvado. A todos se les representaba la muerte cierta,
-inminente. ¡Cuántas veces habían intentado abrirse un paso! Para
-implorar una capitulación del vencedor, no sabían de qué medio valerse,
-porque ignoraban dónde estaba Amílcar.
-
-Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo volcar la arena en
-cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las cabelleras de los
-bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera enterrarlos
-vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más alta.
-
-En ocasiones cruzaban los aires bandadas de pájaros, que se ponían a
-tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos.
-
-Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían las uñas, el frío les
-traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin exhalar un
-grito.
-
-Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos mil asiáticos, mil
-quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus completas, los más
-jóvenes de los mercenarios; en total, veinte mil soldados: la mitad
-del ejército.
-
-Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban, iba a dejarse
-matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la montaña
-un hombre frente a él.
-
-Este hombre, a causa de la altura, parecía un enano; pero Autharita
-divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el brazo izquierdo
-y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura, ante el
-rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del
-precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban.
-
-Espendio cogió una cabeza de buey; con dos cinturones compuso una
-diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de una percha,
-la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El cartaginés
-desapareció. Quedaron todos a la espera.
-
-Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del tajo, vieron caer
-un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas de diamante,
-con el sello del Gran Consejo: en el centro, un caballo debajo de una
-palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les enviaba.
-
-Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera el fin de sus
-dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban. Espendio,
-Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se
-ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no
-sabían qué camino tomar.
-
-En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y la más alta de estas,
-girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que estaban los
-bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba moverlas en
-un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba empujarlas con
-fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las empujaron, y con
-la luz del día, los bárbaros vieron una serie de peñascos dispuestos
-como una escalinata en ruinas. Los bárbaros no podían todavía subirlas.
-Se les tendió escalas y todos se precipitaron a ellas. Los rechazó
-la descarga de una catapulta, y únicamente fueron aceptados los diez
-embajadores.
-
-Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las manos en las grupas
-de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su primer
-transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias
-de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó.
-
---Yo seré quien hable.
-
-Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente para la salvación
-del ejército.
-
-Detrás de los matorrales encontraban centinelas emboscados, que se
-arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado. Así que
-los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó
-alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una
-tienda de campaña.
-
-En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel, junto a una mesa
-alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le rodeaban,
-puestos en pie.
-
-Al ver el Sufeta a aquellos hombres, hizo un gesto de repugnancia;
-tenían las pupilas extraordinariamente dilatadas, con un gran cerco
-negro en torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las orejas;
-sus narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas
-por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los
-músculos, desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se
-pegaban a unos dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de
-tumba entreabierta o de sepulcro agusanado.
-
-En el centro de la tienda había, sobre una estera en que los capitanes
-iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que miraban los
-bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para dar una orden, y
-entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la vianda, hundiendo
-las caras en la grasa y acompañando el ruido de la deglución con
-hipos de alegría. Más por extrañeza que por misericordia, les dejaron
-arrebañar la gamella, y cuando hubieron terminado, Amílcar mandó con
-una señal que hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio
-tenía miedo, balbuceaba.
-
-Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un dedo a un grueso
-anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí el sello
-de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si
-fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza.
-
-El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los crímenes de Hannón,
-porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de aplacar
-a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus antiguos
-servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, casi
-violento; hasta que divagó, arrebatado por el calor de su facundia.
-
-Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se haría la paz, que
-por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le entregaran diez
-mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas.
-
-Los enviados no esperaban tanta clemencia. Espendio exclamó:
-
---¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo!
-
---No; me bastan diez --contestó Amílcar.
-
-Les hicieron salir de la tienda para que deliberaran. Cuando estuvieron
-solos, Autharita reclamó por sus compañeros sacrificados, y Zarxas dijo
-a Espendio:
-
---¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada, junto a él!
-
---¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! --repuso Espendio--. ¡A Amílcar!
-
-Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa imposible, como si
-Amílcar fuera un ser inmortal.
-
-Tal era su postración, que se echaron de espaldas en tierra, sin
-saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran. Consintieron y
-volvieron a entrar en la tienda.
-
-Amílcar puso por turno una mano en las de los diez bárbaros, apretando
-los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras, porque solo el
-tocar aquellas pieles viscosas causaba una picazón que horripilaba.
-Luego añadió:
-
---¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y prometéis por ellos?
-
---Sí --respondieron todos.
-
---¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención de cumplir vuestras
-promesas?
-
-Contestaron que volverían junto a sus compañeros para hacerles cumplir
-lo pactado.
-
---Pues bien --replicó el Sufeta--; según la convención pactada entre
-yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a vosotros
-diez; os guardo en rehenes.
-
-Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros nueve se apretaron
-guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una queja.
-
- * * * * *
-
-Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus parlamentarios,
-se creyeron traicionados y que estos se habían entregado al Sufeta.
-Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero tomaron la
-resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jirones de ropa, picos y
-flechas, hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más
-débiles, que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con
-el ejército de Túnez.
-
-En lo alto del desfiladero se abría una pradera sembrada de arbustos;
-los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron con un campo
-de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres horas después
-llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas verdegueantes.
-
-Entre las ondulaciones de estos montículos brillaban haces de color
-de plata, separadas unas de otras; los bárbaros, deslumbrados por
-el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas negras
-que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes,
-horriblemente armados.
-
-Además del espolón del pecho, de los puñales de sus colmillos y de las
-rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos, llevaban
-al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba atado
-el mango de un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se
-adelantaban paralelamente por cada lado.
-
-Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni siquiera intentaron huir;
-se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en esta masa de
-hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de sus
-colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían
-con las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas,
-parecían volcanes movibles; no se veía más que un ancho montón en que
-las carnes humanas formaban manchas blancas; los pedazos de cobre,
-manchas grises, y la sangre, copos rojos. Los horribles animales,
-atropellando por todo, ahondaban surcos negros. El más furioso iba
-conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y lanzaba
-jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido.
-Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería
-miraban siempre hacia él.
-
-Poco a poco se iba estrechando el círculo; los bárbaros no podían
-resistir, y en breve los elefantes llegaron al centro de la llanura.
-Les faltaba espacio; se amontonaban alborotados, chocándose con los
-colmillos. Pero Narr-Habas los aplacó, y volviendo grupas, regresaron
-al trote a las colinas.
-
-Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la derecha, en un
-repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a las
-tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y
-cuando los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los
-elefantes. Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón
-de elefante aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo
-con un movimiento de ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron
-todo el recorrido.
-
-El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la noche. Amílcar se
-recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto, se
-estremeció.
-
-Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos pasos de allí, a la
-izquierda, en la cumbre de un cerro. Eran cuatrocientos de los más
-robustos: etruscos, libios y espartanos que en un principio ganaron
-las alturas, y que después de la matanza de sus compañeros resolvieron
-cargar contra los cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de un
-modo magnífico y formidable.
-
-El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo. Necesitaba soldados, y
-los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura. Podían acercarse
-a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían víveres.
-
-Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche comiendo. Pero los
-cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los mercenarios.
-
-¿Cedía este a las expansiones de un odio insaciable, o era esto un
-refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo, sin espada, desnuda
-la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que siendo
-mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero como
-le hacían falta hombres, y no sabía de qué modo escoger los mejores,
-que se pelearan unos con otros y que admitiría los vencedores para su
-guardia particular.
-
-Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a sus soldados, porque
-los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el horizonte, les
-mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas formando una
-línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual brazos de
-gigantes que llevaran hachas en las cabezas.
-
-Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros. No era la muerte
-lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que se les
-obligaba.
-
-La vida en común había establecido entre estos hombres una profunda
-amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la patria;
-viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero;
-dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de
-las estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos
-países, de tantas muertes y aventuras, se habían creado extraños
-amores; uniones obscenas tan formales como matrimonios; en las que
-el más fuerte defendía al más joven en una batalla, le ayudaba a
-franquear precipicios, limpiaba su frente del sudor de las fiebres,
-robaba comida para él; y el protegido, niño recogido al borde de un
-camino, convertido en mercenario, pagaba este afecto con mil cuidados y
-complacencias de esposa.
-
-Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas, regalos felices,
-en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos, pero
-ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris:
-«¡No; tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro
-respondía: «Me quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón
-y no te preocupes!» Los hermanos se miraban con las manos enlazadas;
-el amante daba a su amado la despedida eterna derramando lágrimas,
-abrazándose.
-
-Al quitarse las corazas para que las puntas de las espadas entraran
-mejor, enseñaron las cicatrices de las heridas recibidas por defender
-a Cartago, semejantes a inscripciones en columnas.
-
-Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de los gladiadores, y
-empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado los ojos,
-y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo.
-Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos
-cobardes. Los bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha
-de un modo furibundo y precipitado.
-
-A veces, dos hombres se detenían ensangrentados, cayendo uno en brazos
-del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía. Daban el pecho
-a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses, de
-lejos, tenían miedo.
-
-Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus pupilas fulguraban
-al través de sus largas cabelleras, que colgaban como teñidas en un
-baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos, vertiginosamente, como
-panteras heridas en la frente; otros estaban inmóviles, contemplando
-un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la cara con las
-uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el vientre.
-
-Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les gritaron que tiraran las
-espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua. Mientras estaban
-bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos cartagineses
-los mataron por la espalda con estiletes.
-
-Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer los instintos de su
-ejército, y por esta traición atraerlo a su persona.
-
-Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así se creía. Matho no
-resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la partida.
-
-Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un convoy por la
-Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una vez
-destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo
-importante era tomar a Túnez, a la que se dirigió a marchas forzadas.
-
-Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la noticia de la
-victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en el
-palacio de Salambó.
-
- * * * * *
-
-Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un alto sicomoro, entre
-dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de Taanach. Llevaba
-sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres los ojos; pero
-sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no menos que la
-pedrería de sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos envueltas
-mientras duró la entrevista, no hizo un solo gesto.
-
-Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros. Ella le dio las
-gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca. El
-númida le contó entonces toda la campaña.
-
-En torno de los interlocutores, las palomas se arrullaban
-lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba: codornices
-de Tarteso y pintadas púnicas. Trepaban las coloquíntidas por las
-ramas de las cañafístulas, las asclepias sembraban los campos de rosas;
-toda clase de plantas se entrelazaban formando canastillos y lazos; los
-rayos de sol, bajando oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas
-en el suelo. Los animales domésticos, convertidos en montaraces, huían
-al menor ruido. Los rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del
-oleaje. El cielo estaba todo azul y ni una vela aparecía en el mar.
-
-Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey númida. Vestía este
-una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro; dos flechas
-de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. Apoyaba la
-mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos de electro
-y pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos absorbían a
-Salambó. Este hombre, de voz suave y de complexión femenina, cautivaba
-por su gracia personal, y a ella le parecía como una hermana mayor
-enviada por los Baales para protegerla. El recuerdo de Matho le hizo
-preguntar por él al númida.
-
-Respondió Narr-Habas que los cartagineses se dirigían a Túnez con el
-fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus probabilidades
-de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse, hasta
-ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó
-dijo:
-
---¡Sí, mátalo; es necesario!
-
-El númida contestó que deseaba ardientemente esta muerte, porque así,
-acabada la guerra, sería su esposo.
-
-Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero prosiguiendo Narr-Habas,
-comparó sus deseos a las flores que languidecen después de la lluvia;
-a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que ella era más
-hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y que el
-rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los negros,
-cosas nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su palacio
-estarían enarenadas con polvo de oro.
-
-Atardecía; se respiraba un aire perfumado. Por algún tiempo, se
-miraron en silencio. Los ojos de Salambó, entre los largos pliegues de
-su vestimenta, parecían dos estrellas en el rasgón de una nube. Antes
-que se pusiera el sol, terminó la entrevista.
-
-Los Ancianos se sintieron inquietos cuando Narr-Habas salió de Cartago.
-El pueblo le había recibido con aclamaciones más entusiastas que la
-primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban solos de los
-mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, resolvieron, para
-debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón actuara en esta
-última etapa de la salvación de la República.
-
-Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias occidentales, a fin
-de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa derrota;
-pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o estaban
-ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su cólera en
-la campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni una brizna
-de hierba; a los niños y enfermos que encontraba los hacía morir
-entre tormentos; daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas,
-pero él se hacía llevar a una litera las más hermosas, porque su atroz
-enfermedad le tenía inflamado de impúdicos deseos.
-
-A veces, en las crestas de las colinas se plegaban las negras tiendas
-como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes llantas,
-que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero son, se
-hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el sitio de
-Cartago iban errantes por las provincias, esperando una ocasión o la
-victoria de los mercenarios para volver; pero, sea por terror o por
-hambre, tomaron todas el camino de sus hogares, y desaparecieron.
-
-Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero como le convenía
-concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de Túnez.
-Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las
-murallas de aquella ciudad.
-
-Túnez tenía para defenderse su población autóctona, doce mil
-mercenarios, todos los «Comedores de cosas inmundas», y con ellos
-estaba Matho, contemplando desde allí, a lo lejos, el horizonte de
-Cartago. Con este conjunto de odios reunidos, pronto se organizó la
-resistencia. Con odres se hicieron cascos, se cortaron todas las
-palmeras de los jardines para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en
-cuanto a víveres, se pescaban a orillas del lago grandes peces blancos
-que se alimentaban de cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones,
-en estado ruinoso por los celos de Cartago, no podían resistir el
-empuje de los hombres. Matho tapó los agujeros con piedras de los
-edificios. Era la lucha postrera; nada esperaba, como no fuese que la
-fortuna diera una vuelta a la rueda.
-
-Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla un hombre que de
-cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía volar las
-flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar una
-bandada de golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho.
-
-Amílcar estableció su campo en el lado meridional; Narr-Habas, a su
-derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago; los tres
-generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos a
-un tiempo al enemigo.
-
-Pero Amílcar quiso primero demostrar a los mercenarios que los
-castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez embajadores, y los
-puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad.
-
-A su vista, los sitiados abandonaron las murallas.
-
-Matho tenía pensado que si podía pasar entre los muros y las tiendas
-de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los númidas no
-tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la infantería
-cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la ciudad.
-En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos.
-
-Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del lago, avisó a Hannón
-que enviara tropas en auxilio de Amílcar. ¿Era porque creía a Barca
-débil para resistir a los mercenarios, o bien fue una perfidia o una
-necedad? Nunca se pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su afán
-de humillar a su rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con
-todo su ejército se precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un
-cambio de frente, y corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y
-aplastándoles, hasta que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en
-ella con treinta de los Ancianos más ilustres.
-
-Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes. Avanzaban todos
-puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y aquellos
-que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la
-huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico.
-¡Sálvame!» Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies
-no tocaban al suelo. A los Ancianos se les había ya sacado afuera.
-Aumentó el terror de Hannón: «¡Me habéis vencido! ¡Soy vuestro
-cautivo! ¡Pagaré mi rescate!» Y repetía, viéndose llevado a hombros de
-los mercenarios: «¿Qué vais a hacer? ¿Qué queréis? ¡Ya veis que no hago
-resistencia! ¡Siempre he sido bueno!»
-
-Ante la puerta se había levantado una cruz gigantesca. Aullaban los
-bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y en nombre de
-los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía que
-confiarle un secreto del que dependía su salvación.
-
-Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era prudente consultar a
-Matho, fueron a avisarle.
-
-Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía otras cruces, como
-si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano; hacía
-esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una,
-tal vez ninguna. Lo levantaron.
-
---¡Habla! --dijo Matho.
-
-Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos en Cartago, y
-serían reyes los dos.
-
-Matho se apartó, haciendo señal a los demás para que se dieran prisa;
-porque ya se imaginaba que todo era una astucia para ganar tiempo.
-
-Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas crisis en que no
-se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a cambio de
-una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus
-soldados.
-
-Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos tendidos en tierra,
-con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el anciano
-Sufeta que iba a morir, lloró.
-
-Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y entonces mostró al
-desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras cubrían
-enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los
-pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que
-resbalaban entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo
-horriblemente triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema
-real, medio desceñida, se arrastraba por el polvo con sus cabellos
-blancos.
-
-No encontraban cuerdas bastante fuertes para izarlo hasta lo alto de la
-cruz; y le clavaron los pies, antes de levantar el madero, a la usanza
-púnica. Su orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor: vomitó injurias.
-Espumeaba por la boca; se retorcía como monstruo marino que degüellan
-en la ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más
-cruel, y que sería vengado.
-
-Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde se escapaban ahora
-llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los embajadores de los
-mercenarios.
-
-Algunos de estos, desmayados al principio, se habían reanimado con
-la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el pecho y
-colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los
-brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre
-a goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y
-Cartago, el golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que
-daba vueltas, como una inmensa rueda. Alguna nube de polvo que subía
-del suelo les envolvía en su torbellino, y sentían correr sobre ellos
-un sudor glacial juntamente con el alma que se les escapaba.
-
-Veían, sin embargo, a mucha profundidad los movimientos de los soldados
-en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente el tumulto de la
-batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que mueren en
-las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, aún
-gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados;
-Zarxas, tan vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a
-su lado, tenía la cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la
-cruz; Autharita, inmóvil, giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta
-en una hendidura de la madera, se mantenía recta sobre la frente, y el
-ronquido que exhalaba del pecho parecía más bien un rugido de cólera.
-En cuanto a Espendio, revestido de un valor extraño, despreciaba ahora
-la vida, por la certidumbre que tenía de una manumisión inmediata y
-eterna, y esperaba impasible la muerte.
-
-En medio de su desfallecimiento, temblaban todos ante un roce de plumas
-que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y graznidos, en el
-aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se posó el
-primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le dijo
-lentamente, con sonrisa indefinible:
-
---¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca?
-
---¡Eran nuestros hermanos! --contestó el galo; y expiró.
-
-Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y llegado a la
-ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las
-lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada
-en la plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a
-orillas del lago, treinta cruces desmesuradas.
-
-En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían construido con
-los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los Ancianos
-aparecían en alto, destacándose en el azul del cielo. Sobre sus pechos
-tenían algo así como mariposas blancas; eran las barbas de las flechas
-que les habían tirado desde abajo.
-
-En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha cinta de oro, flotando
-hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar le costó
-trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, no pudiendo
-aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, juntamente con
-los miembros, y solo quedaban en la cruz restos informes, semejantes a
-fragmentos de animales colgados a la puerta de un puesto de monteros.
-
-El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante de él, le ocultaba
-todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente a los otros
-dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando fugitivos, los
-cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo alto. Esta
-catástrofe, en medio de la victoria, les impresionó. Ya no hacían caso
-de las órdenes de Amílcar.
-
-Matho se aprovechó de ello para continuar sus estragos entre los
-númidas.
-
-Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre ellos. Salieron los
-elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se precipitaron
-sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo,
-donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había
-enviado su caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando
-los caballos estuvieron a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron,
-abriéndoles el vientre a puñaladas. La mitad de los númidas había
-muerto cuando se presentó Amílcar.
-
-Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente a estas tropas de
-refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las Aguas
-Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió
-a la desembocadura del Macar.
-
-Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de escombros
-humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la
-mitad del llano; en el fondo, entre las orillas del golfo, los
-cadáveres de los elefantes, empujados por la brisa, chocaban entre sí
-como un archipiélago de negras rocas que flotaran en el mar.
-
-Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado mano de todos
-los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras,
-y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio
-morir a lo lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las
-calles, llamándolos por sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah,
-el _Invencible_! ¡La _Victoria_! ¡El _Terrible_! ¡La _Golondrina_!»
-En el primer día no se habló más que de los ciudadanos muertos; pero
-al siguiente, se vieron las tiendas de los mercenarios en la montaña
-de las Aguas Calientes, y la desesperación fue tan grande, que mucha
-gente, las mujeres sobre todo, se precipitaron de cabeza de lo alto de
-la Acrópolis.
-
- * * * * *
-
-Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía solo en su tienda,
-sin más compañía que la de un joven, y nadie comía con ellos, sin
-exceptuar al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin embargo,
-miramientos extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey
-de los númidas tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a
-desconfiar.
-
-La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras. Con toda suerte de
-artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los mercenarios se
-vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No bien
-entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si
-bebían en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde
-se guarecían para dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían
-sido sus aliadas o sus cómplices, los perseguían ahora; en todas estas
-bandas, veían los bárbaros armaduras cartaginesas.
-
-Muchos tenían costras y herpes en la cara, provenientes, según ellos,
-de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por haber comido los
-peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse, soñaban con sacrilegios
-peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a los dioses púnicos.
-Hubieran querido exterminarlos.
-
-Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo de la costa
-oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los
-primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e
-Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las
-dos ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos.
-Con tanta miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el
-sentimiento de una exasperación que iba en aumento; hasta que un día se
-encontraron en las gargantas del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez!
-
-La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros estaban tan excitados,
-que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran batalla, con tal
-de que fuera la última.
-
-Matho tenía deseos de comunicar personalmente al Sufeta esta propuesta,
-pero uno de sus libios se ofreció a hacerlo. Todos, al verle partir,
-tuvieron el convencimiento de que no volvería; pero volvió la misma
-noche.
-
-Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al amanecer, en el
-llano de Radés.
-
-Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo más, y el libio
-contó:
-
---Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué quería. Yo
-respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás
-mañana con tus compañeros!»
-
-Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos quedaron aterrados,
-por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al parlamentario en el
-campo cartaginés.
-
- * * * * *
-
-Le quedaban todavía tres mil africanos, mil doscientos griegos, mil
-quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos etruscos,
-quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, bandidos
-nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, siete mil
-doscientos diez y nueve soldados, pero ninguna sintagma completa.
-Habían tapado los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo;
-y reemplazó los coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de
-cobre o de hierro hacían más pesados sus vestidos; las cotas de malla
-colgaban en andrajos, mostrando en las carnes las cuchilladas como
-hilos de púrpura entre los pelos de los brazos y de las caras.
-
-La rabia por los compañeros muertos les volvía al alma multiplicando
-su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un dios de
-los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además,
-les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de
-Cartago en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte.
-
-Mataron las bestias de carga y se las comieron para cobrar fuerzas;
-luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a distintas
-constelaciones.
-
-Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos. Frotaron el borde
-de los escudos con aceite, para facilitar el resbalo de las flechas;
-los infantes que llevaban largas cabelleras se las cortaron en la
-frente, por prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar todas
-las gamellas, sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago
-lleno. Su ejército ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del
-ejército bárbaro; pero nunca había experimentado la inquietud que
-ahora; si sucumbía era la destrucción de Cartago y moriría crucificado;
-si triunfaba, por los Pirineos, las Galias y los Alpes, caería sobre
-Italia y el imperio de los Barca sería eterno. Veinte veces se levantó
-en esta noche para vigilarlo todo, en los más mínimos detalles. Los
-cartagineses estaban exasperados por tanto recelo.
-
-Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas, aparte de que los
-bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad, bebía a
-cada instante vasos de agua.
-
-De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y puso en el suelo
-una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos con
-azufre y rombos de nácar. Era la corona de desposado que enviaba la
-novia; una prueba de amor; una especie de invitación.
-
-Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El recuerdo de Matho la
-obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la muerte de
-este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de la
-picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de
-los númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir
-inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para
-excitar su valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya
-no pensó más que en la dicha de poseer una mujer tan hermosa.
-
-La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó en seguida, y
-concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como
-porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu
-más elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le
-parecía claro. Si algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de
-Espendio.
-
-Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio puso a los
-etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban atrás,
-y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo
-raso, cubiertos de plumas de avestruz.
-
-El Sufeta dispuso los cartagineses en orden parecido. A distancia de la
-infantería, junto a los vélites, colocó los clinabaros; más allá, a los
-númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban alineados, dándose
-las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una vacilación;
-pero al fin, los dos ejércitos se movieron.
-
-Avanzaban los bárbaros lentamente, para no sofocarse, batiendo la
-tierra con los pies. El centro del ejército púnico formaba una curva
-convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al encontronazo de dos
-flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se entreabrió en
-seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas y
-azagayas. La curva de los cartagineses iba aplanándose, hízose recta
-y luego se dobló; entonces, las dos secciones de vélites se acercaron
-paulatinamente, como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros,
-encarnizados contra la falange, entraron en este hueco; estaban
-perdidos. Matho los detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían
-avanzando, hizo salir afuera las tres filas interiores de su línea, las
-cuales desbordaron pronto sus flancos, apareciendo todo el ejército en
-triple longitud.
-
-Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos, aparecían los más
-débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado sus
-carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada.
-
-Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha se componía
-de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda
-cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo,
-fuera de peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió
-su caballería por escuadrones, puso entre ellos a los hoplitas y los
-lanzó contra los mercenarios.
-
-Estas masas en forma de cono presentaban un frente de caballos y
-paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era imposible
-que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían
-armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta
-de una percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la
-llanta de una rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al
-herir, y en el tiempo que empleaban en enderezarlas con los talones,
-los cartagineses los acuchillaban cómodamente, a derecha e izquierda.
-
-Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los que habían muerto
-no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta gruesa línea de
-bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como una serpiente e
-inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a rehacerse tras ella,
-descansando un minuto, y luego volvían a la lucha, con los pedazos de
-armas que les quedaban.
-
-A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los cartagineses,
-mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo, se
-despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos,
-y para asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas
-púnicas no se oía más que la voz del agitador que anunciaba las
-órdenes; los estandartes repetían sus señales y cada cual iba llevado
-por la oscilación de la gran masa que le rodeaba.
-
-Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se precipitaron a su
-encuentro.
-
-Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla de cabello en la
-punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte, manejaban un
-hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados
-de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios
-precisos, y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas.
-Furiosos los animales galopaban a través de las sintagmas. Algunos de
-los camellos que tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los
-avestruces heridos.
-
-La infantería púnica cayó en masa sobre los bárbaros y los cortó. Sus
-manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros. Las armas brillantes
-de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas de oro; un
-hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas de las espadas
-chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros estaban tendidas en
-el llano; los mercenarios les arrancaban las armaduras, se las ponían
-y volvían al combate. Muchas veces, engañados los cartagineses, se
-metieron en medio de ellos. Les inmovilizaba cierto embotamiento,
-o bien refluían y daban triunfantes clamores que, llevados por el
-aire, parecía empujarles como el aliento de una tempestad. Amílcar se
-desesperaba; todo iba a sucumbir ante el genio de Matho y el invencible
-valor de los mercenarios.
-
-En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de tamboriles. Era
-una turba de viejos, de enfermos, de niños de quince años y de
-mujeres, que no pudiendo resistir a su zozobra, salieron de Cartago, y
-para ponerse bajo la protección de algo formidable, habían tomado, en
-casa de Amílcar, el único elefante que poseía ahora la República: el de
-la trompa cortada.
-
-Entonces les pareció a los cartagineses que la patria, abandonando sus
-murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron redoblado su
-valor, y los númidas arrastraron a todos.
-
-Los bárbaros, en medio del llano, se habían replegado junto a un
-montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni aun de
-sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más fuertes.
-
-La gente de Cartago lanzaba, por encima de los númidas, asadores, cazos
-y martillos; aquellos que pusieron espanto en los cónsules, morían
-a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a los
-mercenarios.
-
-Estos se habían refugiado en lo alto de la colina. A cada nueva brecha,
-su círculo se estrechaba; dos veces bajó, y una sacudida les empujó
-arriba; los cartagineses, en montón, alargaban los brazos; introdujeron
-las picas entre las piernas de los compañeros y pinchaban al acaso.
-Resbalaban en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por
-ella los cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los
-tenía hasta el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia;
-su trompa cortada, pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando
-como una enorme sanguijuela.
-
-Después, se pararon todos. Los cartagineses, enseñando los dientes,
-miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros estaban en pie,
-hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la contienda. Los
-mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se querían
-entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida
-que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era
-como una pirámide que poco a poco se agrandaba.
-
-Ya únicamente quedaban cincuenta, que se redujeron a veinte, luego a
-tres, y por fin a dos: un samnita armado con un hacha, y Matho, que aún
-tenía su espada.
-
-El samnita manejaba su hacha, a diestro y siniestro, advirtiendo a
-Matho los golpes que le amagaban:
-
---¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate!
-
-Matho había perdido sus espaldares, su casco, su coraza; estaba
-completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los cabellos
-erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez,
-que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la
-empuñadura; el samnita había muerto y la ola de cartagineses se
-estrechaban y se le venía encima. Entonces levantó al cielo las manos
-vacías, cerró los ojos y, abriendo los brazos como un hombre que se
-lanza al mar desde lo alto de un promontorio, se lanzó a las picas.
-
-Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se daba a los
-enemigos, otras tantas estos retrocedían y separaban sus armas.
-Tropezó con una espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado
-de pies y manos, y cayó.
-
-Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún tiempo, paso a
-paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que aprovechó
-el momento en que Matho se bajaba para envolverle.
-
-Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro miembros en cruz; todos
-los que no estaban heridos fueron escoltándole ruidosamente hasta
-Cartago.
-
-La noticia de la victoria había llegado a la ciudad antes de la tercera
-hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la quinta cuando
-llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en las
-casas, que la ciudad parecía arder en llamas.
-
-Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y echado de espaldas,
-miraba las estrellas.
-
-Luego se cerró una puerta tras él y quedó en tinieblas.
-
-Al otro día, a la misma hora, moría el último de los hombres que
-quedaban en el desfiladero del Hacha. El día que partieron sus
-compañeros, los zuazos habían desmoronado las rocas y se alimentaron
-por algún tiempo. Los bárbaros no perdían la esperanza de volver a ver
-a Matho y no querían abandonar la montaña, sea por desaliento, por
-tibieza o por obstinación de enfermos que se resisten a cambiar de
-sitio; pero agotadas las provisiones, los zuazos se retiraron.
-
-Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo que no valía la pena
-de enviar soldados.
-
-Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se habían multiplicado
-desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran batida, y
-poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado
-hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando
-llegó el hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban
-de ellos.
-
-En toda la extensión de la llanura, los leones y los cadáveres estaban
-tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y las armaduras.
-A casi lodos les faltaba la cara o bien un brazo; algunos parecían
-intactos; otros completamente disecados, y los cráneos hechos polvo
-llenaban los cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los
-esqueletos conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol,
-formaban manchas brillantes en medio de la arena.
-
-Los leones descansaban con el pecho en el suelo y las dos patas
-alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la reverberación
-de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban fijamente
-delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines, dormían
-arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban
-inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas
-fajas rojas rayaban el cielo en el Occidente.
-
-En uno de estos montones que ondulaban irregularmente el llano, algo
-menos vago que un espectro se levantó. Uno de los leones se despejó
-y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra en el
-fondo del cielo color de púrpura, y cuando estuvo junto al hombre, lo
-derribó de un solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el
-vientre, le fue desgarrando las entrañas.
-
-Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos minutos lanzó un
-largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a perderse en
-la soledad.
-
-De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de rocas. Oyóse un rumor
-de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de la garganta,
-asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran los
-chacales que acudían a devorar los restos.
-
-El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del precipicio, se
-volvió.
-
-
-
-
-XV
-
-MATHO
-
-
-Gozosa estaba Cartago, con gozo profundo, universal, desmesurado,
-frenético. Habían reparado las ruinas y pintado las estatuas de los
-dioses; los ramos de mirto cubrían las calles, humeaba el incienso
-en las encrucijadas y la multitud en las azoteas parecía, con sus
-abigarrados vestidos, como cestas de flores que se abren al sol.
-
-El continuo chillido de las voces era dominado por el grito de los
-aguadores que regaban el pavimento; los esclavos de Amílcar ofrecían
-en nombre de este cebada tostada y pedazos de carne cruda; salían unos
-al encuentro de otros, se abrazaban llorando; las ciudades tirias
-estaban conquistadas, los nómadas dispersos, exterminados los bárbaros.
-Desaparecía la Acrópolis bajo los toldos de colores; los espolones
-de las trirremes, alineados fuera del muelle, resplandecían como un
-dique de diamantes; dondequiera se advertía el orden restablecido, el
-principio de una nueva vida, la explosión de una inmensa alegría; era
-el día del matrimonio de Salambó con el rey de los númidas.
-
-En la terraza del templo de Kamón estaban dispuestas tres grandes
-mesas cargadas de orfebrerías para el servicio de los sacerdotes, de
-los Ancianos y de los Ricos; y en otra cuarta, y a mayor altura, la
-destinada a Amílcar, a Narr-Habas y su esposa; porque habiendo salvado
-Salambó a su patria con la restitución del velo, el pueblo convertía
-esta boda en regocijo universal y estaba esperando la aparición de la
-desposada.
-
-Otro deseo más áspero impacientaba a la muchedumbre; la muerte de
-Matho, prometida para la ceremonia.
-
-Habíanse propuesto al principio desollarlo vivo, meterle plomo
-derretido en las entrañas, hacerle morir de hambre; o bien atarle a un
-árbol y que un mono le golpeara por detrás en la cabeza; había ofendido
-a Tanit, y los cinocéfalos de la diosa habían de vengarla. Otros eran
-de parecer que se le paseara en un dromedario, después de haberle atado
-al cuerpo distintas bandas de lino impregnadas de aceite; les recreaba
-la idea del cuadrúpedo corriendo las calles con un hombre que se
-retorcía quemándose, como candelabro agitado por el viento.
-
-¿Pero qué idear para que todos contribuyeran al suplicio? Lo que se
-deseaba era un género de muerte que lo presenciara toda la ciudad; que
-todas las manos, todas las armas, todo lo que era cartaginés, desde las
-losas de las calles a las olas del golfo, pudieran desgarrar y aplastar
-al reo de lesa divinidad. En su consecuencia, los Ancianos decretaron
-que iría de la prisión a la plaza de Kamón sin escolta, con los brazos
-atados por la espalda; que no pudiera herírsele en el corazón, a fin
-de que viviera más tiempo y que se le arrancaran los ojos para que la
-tortura fuera más intensa. No podía tirársele nada, ni tocársele más
-que con tres dedos.
-
-Por más que Matho no debía presentarse hasta la caída de la tarde, se
-creyó verle alguna que otra vez, y la multitud se precipitaba hacia
-la Acrópolis, dejando desiertas las calles, para volver desengañada
-y formulando protestas. Casi todos estaban en pie, desde la víspera,
-en la plaza donde había de verificarse la ejecución, y de lejos se
-interpelaban enseñándose las uñas, que habían dejado crecer para
-hundirlas mejor en la carne del reo. Otros se paseaban agitados y
-pálidos, cual si se tratara de su propio suplicio.
-
-De pronto, por detrás de los Mapales, se levantaron por encima de las
-cabezas unos grandes abanicos de plumas. Era Salambó que salía de su
-palacio. De todos los pechos brotó un suspiro de satisfacción.
-
-El cortejo tardó en llegar, porque iba con suma lentitud.
-
-Primero desfilaron los sacerdotes de los Pateques; luego los de
-Eschmún, los de Melkart y los demás colegios, con las mismas insignias
-y en el mismo orden que cuando el sacrificio. Los pontífices de
-Moloch pasaban con la frente baja, y la multitud, por una especie de
-remordimiento, se apartaban de ellos. En cambio los sacerdotes de la
-Rabbetna avanzaban erguidos y con la lira en las manos, seguidos de las
-sacerdotisas con túnicas transparentes de color amarillo o negro, que
-lanzaban gritos de pájaro y se retorcían como víboras; o bien, al son
-de las flautas, giraban imitando la danza de las estrellas, esparciendo
-a su paso las voluptuosas esencias de sus vestiduras. De estas
-mujeres, las más aplaudidas eran las kedeschim, de párpados pintados,
-que simbolizaban el hermafrodismo de la divinidad, perfumadas y
-vestidas como las otras, y muy parecidas a ellas a pesar de sus pechos
-aplanados y de sus caderas más estrechas. En este día dominaba en todo
-el principio hembra, y lúbrico misticismo flotaba en el aire. Las
-antorchas ardían ya en los bosques sagrados, porque por la noche debía
-haber una pública prostitución, con el contingente de las cortesanas
-traídas de Sicilia en tres naves, y también del desierto.
-
-Conforme iban pasando los Colegios sacerdotales, se iban colocando en
-fila en los patios del templo, en las galerías exteriores y a lo largo
-de las grandes escalinatas adosadas a los muros y que se juntaban en lo
-alto. Entre las columnatas se destacaban las túnicas blancas, como una
-arquitectura de estatuas humanas, inmóviles como las de piedra.
-
-Aparecieron después los intendentes, los gobernadores de provincias y
-todos los Ricos. En el pueblo se produjo un tumulto, arremolinándose en
-las calles afluentes; los hieródulos contenían la turba a latigazos. En
-medio de los Ancianos, coronados de tiaras, y en una litera con dosel
-de púrpura iba Salambó.
-
-Al verla, se alzó un gran clamor; los címbalos y crótalos sonaron más
-fuerte, redoblaron los tamboriles y el gran palio de púrpura atravesó
-el pórtico para subir al primer piso.
-
-Andaba Salambó muy despacio, y atravesó la terraza para ir a sentarse
-en el fondo, en un trono hecho de concha de tortuga. Pusieron a
-sus pies un escabel de marfil, con tres gradas: en la primera se
-arrodillaron dos niños negros, en cuyas cabezas posaba Salambó algunas
-veces sus dos brazos, cargados de ajorcas y brazaletes.
-
-De los tobillos a las caderas iba envuelta en una red de estrechas
-mallas que imitaban las escamas de un pez y que brillaban como nácar;
-un ceñidor azul apretaba su talle, dejando ver los dos senos por un
-escote en forma de media luna, con carbunclos colgantes en sus puntas.
-Peinaba un tocado hecho de plumas de avestruz consteladas con piedras
-preciosas; un amplio manto, blanco como la nieve, caía flotante sobre
-sus hombros, y con los codos pegados al cuerpo, juntas las rodillas y
-con pulseras de diamantes en las muñecas, se mantenía firme, en actitud
-hierática.
-
-Los dos sitios más bajos a su lado eran los de su padre y su esposo.
-Narr-Habas, vestido con un sayo azul, ceñía la corona de sal gema, de
-la que se desbordaban dos trenzas de cabello, torcidas como los cuernos
-de Ammón; Amílcar, con túnica violeta, con broches de pámpanos de oro,
-llevaba al costado su espada de guerra.
-
-En el espacio cerrado por las mesas, la pitón del templo de Eschmún,
-entre manchones de aceite, describía en el suelo un gran círculo negro,
-mordiéndose la cola. En medio de este círculo se alzaba una columna de
-cobre con un huevo de cristal encima, que herido por el sol irradiaba
-resplandores por todos lados.
-
-Detrás de Salambó estaban desplegados los sacerdotes de Tanit, con
-túnicas de lino; a la derecha, los Ancianos, con sus tiaras, formaban
-una gran línea de oro; y al otro lado, los Ricos, con cetros de
-esmeralda, otra línea verde; en tanto que allá en el fondo se alineaban
-los sacerdotes de Moloch fingiendo con sus mantos una muralla de
-púrpura. Los demás Colegios ocupaban las terrazas inferiores. La
-multitud llenaba las calles, las azoteas de las casas, o bien subía
-por la Acrópolis. De este modo, teniendo el pueblo a sus pies, el
-firmamento sobre las cabezas y alrededor suyo la inmensidad del mar,
-el golfo, las montañas y las perspectivas de las provincias, la
-resplandeciente Salambó se confundía con Tanit, y parecía el genio
-mismo de Cartago, su alma, en forma corpórea.
-
-El festín debía durar toda la noche; lampadarios de muchos brazos
-estaban plantados como árboles sobre los tapices de lana pintada que
-cubrían las mesas bajas. Grandes jarras de electro, ánforas de vidrio
-azul, cucharas de concha y pequeños panes redondos, se apretujaban
-entre la doble hilera de platos orlados de perlas; racimos de uvas
-con sus pámpanos estaban enroscados como tirsos a copas de marfil;
-bloques de nieve fundíanse en platos de ébano, y limones, granadas,
-calabazas y sandías formaban montículos bajo las altas vajillas. Los
-jabalíes, con la boca abierta, se hundían en el polvo de las especias;
-las liebres conservaban sus pieles y parecían saltar entre las flores;
-las carnes aderezadas llenaban las conchas; los dulces revestían formas
-simbólicas, y cuando se levantaba la tapa de las fuentes volaban
-palomas.
-
-Los esclavos, con la túnica arremangada, andaban de puntillas; a
-intervalos las liras tocaban un himno o bien se oía un coro de voces.
-El rumor del pueblo, como el ruido del mar, flotaba vagamente en torno
-del festín, como si lo meciera en más grande armonía; algunos se
-acordaban del banquete de los mercenarios; se entregaban a sueños de
-felicidad; el sol empezaba a declinar, y la luna, en cuarto creciente,
-se levantaba ya en la otra parte del cielo.
-
-Salambó, como si alguno la llamara, volvió la cabeza, y el pueblo, que
-la estaba mirando, siguió la dirección de sus ojos.
-
-En la cima de la Acrópolis acababa de abrirse la puerta del calabozo
-abierto en la roca, al pie del templo, y en el umbral de este negro
-agujero se vio un hombre en pie. Salió encorvado, con el aspecto
-asustadizo de los animales salvajes cuando de repente se les da
-libertad. Le cegaba la luz, y permaneció parado un momento. Todos le
-habían conocido y contenían la respiración.
-
-El cuerpo de esta víctima era para ellos una cosa propia, revestida de
-un esplendor casi religioso. Se empinaban para verle, especialmente
-las mujeres, que deliraban por contemplar al que había hecho morir a
-sus hijos y maridos; a pesar suyo, del fondo de sus almas surgía una
-infame curiosidad: el deseo de conocerle del todo; afán mezclado de
-remordimientos, que aumentaba la execración.
-
-Al fin, el hombre avanzó, y el aturdimiento de la sorpresa se
-desvaneció. Se levantaron muchos brazos y no se le volvió a ver.
-
-La escalinata de la Acrópolis tenía sesenta peldaños. El hombre las
-bajó como si rodara por una quebrada de lo alto de una montaña; por
-tres veces se le vio saltando hacia abajo, cayendo sobre los dos
-talones.
-
-Sangraban sus espaldas, alentaba su pecho con grandes sacudidas; hacía
-tales esfuerzos por romper las cuerdas que se le hinchaban los brazos,
-cruzados sobre los riñones, como espirales de serpiente.
-
-Del sitio en que estaba, partían muchas calles, y en cada una de
-estas, una triple hilera de cadenas de bronce, atadas al ombligo de los
-dioses Pateques, se extendía paralelamente de un extremo a otro. La
-turba se amontonaba en las aceras, y en medio estaban los criados de
-los Ancianos empuñando látigos.
-
-Uno de ellos empujó con violencia a Matho, y este se puso en marcha.
-
-Todos alargaban los brazos por encima de las cadenas, quejándose de
-que se hubiera dejado al reo un camino demasiado ancho; Matho andaba
-pinchado, maltratado por mil dedos. Salía de una calle y entraba en
-otra; muchas veces se lanzó a un lado para morder a la gente, que se
-daba prisa a apartarse. Las cadenas le contenían y la plebe estallaba
-en carcajadas.
-
-Un niño le desgarró una oreja; una joven, sacando de la manga la punta
-de un huso, le cortó la cara: le arrancaban puñados de cabello y tiras
-de piel; otros, con bastones en los que llevaban esponjas empapadas de
-inmundicias, le ensuciaban el rostro. Del lado derecho de su garganta
-brotó un reguero de sangre, y en seguida empezó el delirio. El último
-sobreviviente de los bárbaros se les aparecía como el representante
-de todos los mercenarios, como la encarnación de su ejército; y todos
-se vengaban en él de los desastres, de los terrores y de los oprobios
-sufridos. La rabia del pueblo aumentaba a medida que se iba saciando;
-las cadenas, demasiado tensas, iban a romperse; no hacían caso de los
-golpes de los esclavos que los contenían; se colgaban en los salientes
-de las casas; se asomaban en los agujeros de los muros, y ya que no le
-podían herir, vociferaban contra él.
-
-Eran injurias atroces, inmundas, con frases irónicas e imprecaciones;
-no les bastaba el tormento que le infligían: le anunciaban otros más
-terribles en la eternidad.
-
-Este inmenso alarido llenaba Cartago con estúpida continuidad. Una
-sola sílaba, una entonación bronca, profunda, frenética, era repetida
-a veces seguidamente por todo el pueblo. Las paredes de las casas
-vibraban desde el portal hasta el tejado, pareciéndole a Matho que se
-le venían encima para levantarle del suelo, como dos brazos inmensos
-que le ahogaban en el aire.
-
-Recordaba ahora haber experimentado en otra ocasión algo parecido. Era
-la misma multitud en las azoteas, las mismas miradas, la misma ira;
-pero entonces andaba libre, todos le abrían paso, le cubría un dios; y
-tal recuerdo le infundía una tristeza aplastante. Pasaban sombras ante
-sus ojos, la sangre manaba por una herida de su muslo, se sentía morir;
-plegó las rodillas y se dejó caer despacio sobre el pavimento.
-
-Del peristilo del templo de Melkart trajeron entonces la barra de un
-trípode enrojecida al vivo, y por encima de la primera cadena se la
-aplicaron a la herida. La carne chirrió, se la vio humear, y las voces
-del pueblo ahogaron el quejido de Matho. Este se levantó.
-
-Seis pasos más allá volvió a caer, y luego otra y otra vez; pero
-siempre un nuevo suplicio le hacía levantarse; se le rociaba con gotas
-de aceite hirviente, se le ponían cascos de vidrio, y él seguía
-andando. En la esquina de la calle de Sateb se apoyó en el escaparate
-de una tienda, dando la espalda a la muralla, y de allí no se movió.
-
-Los esclavos del Consejo le flagelaron con sus grandes látigos de cuero
-de hipopótamo, con tal furia y por tan largo tiempo, que sus túnicas
-estaban empapadas de sudor. Matho parecía insensible; pero de pronto
-echó a correr al acaso, castañeteándole los dientes. Enfiló la calle
-de Boudés, la de Sepo, atravesó el Mercado de las Hierbas y llegó a la
-plaza de Kamón.
-
-Su persona pertenecía ahora a los sacerdotes; los esclavos habían
-apartado las turbas: había más espacio. Matho echó una mirada a su
-alrededor y vio a Salambó.
-
-A su entrada en la plaza, Salambó se había puesto en pie, y a medida
-que Matho iba acercándose, ella se adelantaba al borde de la terraza, y
-como si todo se borrara ante sus ojos, únicamente veía a Matho. En su
-alma se había hecho el silencio; era como uno de esos abismos en que el
-mundo entero desaparece bajo la presión de un pensamiento único, de un
-recuerdo, de una mirada. Este hombre que corría hacia ella la atraía.
-
-A excepción de los ojos, Matho no conservaba ninguna apariencia humana:
-era una masa completamente ensangrentada. Rotas las ataduras, colgaban
-sobre sus muslos, pero en nada se diferenciaban de los tendones de sus
-puños; tenía la boca desmesuradamente abierta; las órbitas lanzaban
-llamaradas que parecían subir hasta los cabellos; ¡y el desdichado
-seguía avanzando!
-
-Llegó precisamente al pie de la terraza. Salambó estaba asomada a la
-balaustrada. Las espantosas pupilas de Matho la miraban; sintió que le
-remordía en la conciencia todo cuanto este hombre había sufrido por
-ella. Recordó al verle agonizar cuando en su tienda de campaña la ceñía
-el talle con sus brazos diciéndola palabras de amor; sentía ansias de
-volverlas a oír; no quería que este hombre muriera. En este momento,
-Matho sufrió un gran estremecimiento: Salambó iba a gritar. Matho cayó
-de espaldas y ya no se movió.
-
-Salambó, casi desvanecida, fue llevada a su trono por los sacerdotes
-que la rodeaban; la felicitaron, porque aquella muerte era obra de
-ella. Aplaudían todos y golpeaban el suelo repitiendo a voces su nombre.
-
-Un hombre se lanzó sobre el cadáver. Vestía el manto de los sacerdotes
-de Moloch y llevaba al cinto el cuchillo que servía para cortar las
-carnes sagradas, con el mango terminado en una espátula de oro. De un
-solo golpe hendió el pecho de Matho, le arrancó el corazón y lo clavó
-en la espátula. Schahabarim, que tal era, levantó el brazo y ofreció
-este holocausto al sol.
-
-El astro-rey se hundía en el mar; sus rayos herían como largas flechas
-al corazón ensangrentado. A medida que el sol iba desapareciendo, las
-palpitaciones de la entraña disminuían, y con el último latido el globo
-de fuego se extinguió.
-
-En este momento, desde el golfo hasta la laguna y desde el istmo al
-faro, en todas las calles, casas y templos, resonó un grito unánime;
-grito que a veces se interrumpía para redoblar en seguida; los
-edificios temblaban; Cartago estaba como convulsionada en el espasmo de
-una alegría titánica y de una esperanza sin límites.
-
-Narr-Habas, ebrio de orgullo, ciñó con su brazo izquierdo el talle de
-Salambó, en señal de posesión, y con el derecho, tomando una patera de
-oro, bebió por el genio de Cartago.
-
-Salambó se levantó, como su esposo, con otra copa para beber también.
-Pero cayó, con la cabeza hacia atrás, por encima del dosel del trono,
-descolorida, rígida, abiertos los labios y los cabellos desatados
-colgando hasta el suelo.
-
-Así murió la hija de Amílcar, por haber tocado el velo de Tanit.
-
-
-FIN DE SALAMBÓ
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- Páginas.
-
- I.--El festín 5
-
- II.--En Sicca 43
-
- III.--Salambó 87
-
- IV.--Bajo las murallas de Cartago 103
-
- V.--Tanit 139
-
- VI.--Hannón 169
-
- VII.--Amílcar Barca 209
-
- VIII.--La batalla del Macar 283
-
- IX.--En campaña 321
-
- X.--La serpiente 351
-
- XI.--En la tienda de campaña 377
-
- XII.--El acueducto 413
-
- XIII.--Moloch 451
-
- XIV.--El desfiladero del Hacha 521
-
- XV.--Matho 593
-
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ ***
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