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(This file was produced from - images generously made available by Biblioteca Digital - Hispánica/Biblioteca Nacional de España.) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta y de traducción han sido corregidos, a la - vista del original francés. - - * La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Se han puesto tildes a las mayúsculas, se han espaciado las rayas, - salvo las iniciales de diálogo, y se ha completado el emparejamiento - de las comillas y de los signos de exclamación e interrogación. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - -[Ilustración: SALAMBÓ] - - - - -[Ilustración: - - LIBRERÍA y EDITORIAL - _RIVADENEYRA_ - - EDICIONES SELECTAS - - COLECCIÓN DE OBRAS MAESTRAS - DE LA LITERATURA UNIVERSAL - Dirigida por - _José Toral_ - - _TOMOS PUBLICADOS_ - - FRAY LUIS DE LEÓN: _Poesías completas_. - - CERVANTES: _Poesías completas_. - - G. FLAUBERT: _Salambó_. - - _SEIS PESETAS EL VOLUMEN_ -] - -[Ilustración: GUSTAVO FLAUBERT.] - - - - -[Ilustración: - - EDICIONES - SELECTAS - - _Novelistas_ - - _GUSTAVO FLAUBERT_ - · 1821-1880 · - - SALAMBÓ - - _Traducción de_ - _CIRO BAYO_ -] - - - - -[Ilustración: - - _LIBRERÍA - y - EDITORIAL - RIVADENEYRA_ - - _MADRID - Conde Peñalver, - núm. 8._ - - _La presente traducción - es propiedad de la Librería y Editorial - Rivadeneyra._ - - Sucesores de Rivadeneyra, SA - Paseo de S. Vicente, 20 - MADRID -] - - - - -I - -EL FESTÍN - - -La escena es en Megara, arrabal de Cartago, y en los jardines de -Amílcar. - -Los soldados que este había capitaneado en Sicilia celebraban con un -gran banquete el aniversario de la batalla de Eryx. Ausente el jefe, -los numerosos soldados comían y bebían a sus anchas. - -Los capitanes, calzados con coturnos de bronce, se habían situado en -el camino del centro, bajo un velo de púrpura con franjas de oro que -se extendía desde la pared de las cuadras hasta la primera azotea del -palacio. La soldadesca se desparramaba bajo los árboles, desde los que -se veían una porción de edificios de techo plano, lagares, graneros, -almacenes, panaderías y arsenales; un patio para los elefantes, fosos -para las bestias feroces y una prisión para los esclavos. - -Las cocinas hallábanse rodeadas de higueras; un bosque de sicomoros -se extendía hasta unos manchones verdes, en los que las granadas -resplandecían entre los copos blancos de los algodoneros. Viñas -cargadas de racimos trepaban hasta el ramaje de los pinos; un campo de -rosas florecía bajo los plátanos; en el césped, de trecho en trecho, se -balanceaban las azucenas; una arena negra, mezclada con polvo de coral, -cubría los senderos, y en medio, la avenida de los cipreses formaba de -un extremo a otro como una doble columnata de obeliscos verdes. - -El palacio, hecho de mármol númida, con vetas amarillas, elevaba en el -fondo, sobre anchos basamentos, sus cuatro pisos con azoteas. Con su -gran escalinata recta, de madera de ébano, adornada en los ángulos de -cada peldaño con la proa de una galera vencida; con sus rojas puertas -cuarteladas por una cruz negra; sus verjas de bronce, que a ras de -tierra le defendían de los escorpiones, y su enrejado de varillas -doradas, que cerraban las aberturas en lo alto, se ofrecía a los -soldados, con su feroz opulencia, tan solemne e impenetrable como el -rostro de Amílcar. - -El Consejo había señalado la casa de Amílcar para este festín; los -convalecientes que moraban en el templo de Eschmún se habían puesto -en marcha al despuntar la aurora, ayudándose con sus muletas. A cada -instante llegaban otros comensales, afluyendo de todos los caminos, -como torrentes que se precipitan en un lago. Veíase correr entre los -árboles a los esclavos de las cocinas, azorados y medio desnudos; las -gacelas, balando, huían de los prados; el sol declinaba, y el perfume -de los limoneros hacía más pesadas aún las emanaciones de aquella -multitud sudorosa. - -Hallábanse representadas allí todas las naciones: ligures, lusitanos, -baleares, negros y prófugos de Roma. Junto al pesado dialecto dórico, -resonaban las sílabas celtas, sonantes como los látigos de los carros -de guerra, y las terminaciones jónicas chocaban con las consonantes -del desierto, parecidas a gritos de chacales. Se reconocía al griego -por su talla menuda, al egipcio por sus altos hombros, al cántabro por -sus gruesas pantorrillas. Los carios balanceaban orgullosos las plumas -de su casco; los arqueros de Capadocia se habían pintado en el cuerpo, -con el zumo de hierbas, anchas flores, y algunos lidios, vestidos con -traje femenino, comían con zapatillas y luciendo en las orejas grandes -pendientes. Otros, que para más gala se habían pintado de bermellón, -parecían estatuas de coral. - -Extendíanse a lo largo de los corredores; comían agrupados junto a las -mesas o bien echados sobre el vientre, cogían los pedazos de carne, y -se hartaban, apoyados en los codos, con la magnífica postura de los -leones cuando desgarran su presa. Los últimos en llegar, de pie junto -a los árboles, veían las mesas bajas que casi desaparecían bajo los -tapices de escarlata, y aguardaban su turno. - -No bastando las cocinas de Amílcar, el Consejo había enviado esclavos, -vajilla y lechos; en medio del jardín lucían, como en un campo de -batalla cuando se queman los muertos, grandes hogueras en que se asaban -bueyes. Los panes, polvoreados de anís, alternaban con grandes quesos, -más pesados que discos; las cráteras de vino y los cántaros de agua -hallábanse colocados en canastillas filigranadas de oro y llenas de -flores. La alegría de comer y de beber sin tasa dilataba todos los -ojos, y aquí y acullá empezaban las canciones. - -Se les sirvió primero aves con salsa verde, en platos de roja arcilla, -decorados con dibujos negros; luego, todas las especies de moluscos -que crían las costas púnicas; sopas de harina, de habas y de cebada y -caracoles con comino, en platos de ámbar amarillo. - -En seguida se cubrieron las mesas con carnes: antílopes con sus -cuernos, pavos reales con sus plumas, carneros enteros cocidos con -vino dulce, piernas de camello y de búfalo, erizos en salsa de -azafrán, cigarras fritas y lirones confitados. En gamellas de madera -de Tamrapani flotaban, entre azafrán, grandes pedazos de grasa. -Todo cargado de salmuera, trufas y asafétida. Pirámides de frutas se -desmoronaban sobre pasteles de miel, sin que los cocineros hubieran -olvidado servir algunos de los perritos ventrudos y de lana rosada, -que se engordaban con caldo de aceitunas, manjares cartagineses de que -abominaban otros pueblos. La sorpresa de los nuevos manjares excitaba -la avidez de los estómagos. Los galos de largos cabellos recogidos -encima de la cabeza, se disputaban las sandías y los limones, que -comían con la corteza. Negros que nunca habían visto langosta de mar, -se laceraban el rostro con sus rojas antenas. Griegos afeitados, más -blancos que el mármol, tiraban detrás de sí las sobras de su plato, -en tanto que pastores de Brucio, vestidos con piel de lobo devoraban -silenciosamente su ración, sin apartar de ella los ojos. - -Iba anocheciendo. Fue quitado el velario que sombreaba la avenida de -los cipreses y encendidas las antorchas. - -Los vacilantes resplandores del petróleo, que ardía en vasos de -pórfido, asustaron a los monos encaramados en los cedros y consagrados -a la luna. Sus gritos alegraban a los soldados. - -Llamas oblongas temblaban al reflejarse en las corazas de bronce y -arrancaban un haz de chispas en los platos, incrustados de piedras -preciosas. - -Las cráteras, de bordes de espejos convexos, multiplicaban la imagen -agrandada de las cosas: los soldados se apretujaban en torno, mirándose -embobados y haciéndose muecas para reírse. Por encima de las mesas se -arrojaban los escabeles de marfil y las espátulas de oro. Trasegaban -los vinos griegos contenidos en odres, los de Campania encerrados en -ánforas, los de los cántabros, que se transportan en toneles, y los -vinos de azufaifo, de cinamomo y de loto. A causa del líquido vertido -el piso estaba resbaladizo. El humo de las viandas subía hasta el -follaje, mezclado al vapor de los alientos. Oíase a un mismo tiempo el -crujido de las mandíbulas, el ruido de las palabras, de las canciones, -de las copas, el estrépito de los vasos campanios rotos en mil pedazos -o bien el limpio sonido de las fuentes de plata. - -A medida que aumentaba su embriaguez, los soldados se acordaban mejor -de la injusticia de Cartago. La República, agotada por la guerra, había -dejado que se acumularan en la ciudad todas las bandas de mercenarios. -Giscón, su general, había tenido la prudencia de irlos licenciando poco -a poco para facilitar el pago de los sueldos; el Consejo confiaba en -que acabarían por transigir con alguna rebaja; pero se veía ya en la -imposibilidad de pagarles. - -Esta deuda se enlazaba en la opinión pública con los tres mil -doscientos talentos exigidos por Lutacio, y como Roma, los mercenarios -eran un enemigo para Cartago. Así lo entendían ellos, y por esto -estallaba su indignación en amenazas y revueltas. Acabaron por -solicitar permiso para reunirse a fin de celebrar una de sus victorias, -y el partido de la paz cedió, vengándose así de Amílcar, el propulsor -de la guerra. Esta había terminado, contra todos sus esfuerzos, si -bien temiendo por Cartago había entregado a Giscón el mando de los -mercenarios. Designar su palacio para recibirlos era atraer sobre -él algo del odio que los bárbaros despertaban. Además, el gasto era -exorbitante, y Amílcar lo sufragaría casi todo. - -Orgullosos de haberse impuesto a la República, creían los mercenarios -que al fin iban a volver a sus hogares con el precio de su sangre -en la capucha de su manto; pero sus fatigas, vistas a través de su -embriaguez, les parecían prodigiosas y míseramente recompensadas. Se -enseñaban unos a otros sus heridas; se contaban sus combates, sus -viajes y las cazas de su país. Imitaban los gritos y hasta los saltos -de las fieras. Recordaron después a los inmundos reclutadores, y -hundían la cabeza en las ánforas, dándose a beber sin tregua, como -dromedarios sedientos. Un lusitano, de talla gigante, que llevaba un -hombre colgado de cada brazo, recorría las mesas, echando fuego por -las narices. Los lacedemonios, que no se habían quitado las corazas, -saltaban pesadamente. Algunos avanzaban como mujeres, haciendo gestos -obscenos; otros se desnudaban por completo para pelear al modo de los -gladiadores, y un grupo de griegos bailaba alrededor de un vaso en el -que estaban pintadas unas ninfas, al son de un escudo de cobre que -golpeaba un negro con un hueso de buey. - -Súbitamente, oyeron un canto quejumbroso, un canto sonoro y apacible, -que subía y bajaba en los aires, como aleteo de un pájaro herido. - -Era la voz de los esclavos en las ergástulas. Los soldados se -levantaron de un salto, para libertarlos, y desaparecieron, para volver -trayendo en medio de gritos una veintena de hombres de cara pálida. -Cubría su cabeza afeitada un bonetillo cónico, de fieltro negro; -calzaban todos sandalias de madera y hacían un ruido de hierro viejo, -como las carretas en marcha. - -Llegaron a la avenida de los cipreses, donde se perdieron entre la -multitud que les interrogaba. Uno de ellos se había quedado de pie, -apartado de los demás. A través de los desgarrones de su túnica, se -veían sus espaldas surcadas por largas heridas. En actitud pensativa -miraba en torno suyo con desconfianza, y bajaba algo los párpados, -deslumbrado por las antorchas; pero advirtiendo que ninguno de los -soldados le molestaba, dio un profundo suspiro; balbuceó, se sorbió las -lágrimas que bañaban su rostro; luego, tomando por las asas un cántaro -lleno, lo levantó en el aire con sus brazos cargados de cadenas, y -mirando al cielo, sosteniendo siempre la vasija, exclamó: - ---¡Salud, ante todo, a ti, Baal-Eschmún, libertador, llamado Esculapio -por la gente de mi nación! ¡Y a vosotros, genios de las fuentes, de la -luz y de los bosques! ¡Y a vosotros, dioses ocultos bajo las montañas -y en las cavernas de la tierra! ¡Y a vosotros, hombres fuertes, de -relucientes armaduras, que me habéis libertado! - -Y dejando caer la vasija contó su historia. Le llamaban Espendio. Los -cartagineses le habían hecho prisionero en la batalla de los Egineses. -Como hablaba griego, ligur y púnico, pudo una vez más dar las gracias -a todos los mercenarios; les besaba las manos, y acabó felicitándoles -por el banquete, aunque muy asombrado de no ver en él las copas de -la Legión sagrada. Estas copas, que llevaban una vid de esmeralda -en cada una de sus seis facetas de oro, pertenecían exclusivamente -a una milicia formada de jóvenes patricios, escogidos entre los de -más estatura. Constituían las copas un privilegio, casi un honor -sacerdotal, y por eso mismo, los mercenarios las codiciaban entre todos -los tesoros de la República. Detestaban a la Legión por las copas, y se -había dado el caso de arriesgar la vida por el inconcebible placer de -beber en ellas. - -Así, pues, mandaron traer esas copas, que estaban depositadas en -poder de los Sisitas, compañías de comerciantes que comían reunidos. -Volvieron los esclavos sin ellas, porque a tal hora dormían todos los -Sisitas. - ---¡Que los despierten! --gritaron los mercenarios. - -Después del segundo recado, supieron que los Sisitas se hallaban -encerrados en su templo. - ---¡Que lo abran! --replicaron. - -Y cuando los esclavos, temblando, confesaron que las copas estaban en -poder del general Giscón, gritaron: - ---¡Que las entregue! - -Pronto apareció Giscón en el fondo del jardín, con una escolta de la -Legión sagrada. Su amplio manto negro, sujeto a la cabeza por una mitra -de oro constelada de piedras preciosas, y que colgaba cubriendo el -caballo hasta los cascos, se confundía de lejos con las sombras de la -noche. No se veía más que su barba blanca, el brillo de su tocado y su -triple collar de anchas placas azules que le golpeaban el pecho. - -Al verle los soldados, saludáronle con una gran aclamación, gritando -todos: - ---¡Las copas! ¡Las copas! - -Giscón empezó por declarar que las merecían, atendiendo a su valor. Con -esto la turba aulló de alegría y aplaudió. - -Nadie mejor que él podía decirlo, porque los había capitaneado y había -venido con la última cohorte en la última galera. - ---¡Es verdad! ¡Es verdad! --respondían todos. - ---Sin embargo --siguió diciendo Giscón--, la República ha respetado -vuestras divisiones por pueblos, vuestras costumbres, vuestros cultos; -sois libres en Cartago. En cuanto a los vasos de la Legión sagrada, son -de propiedad particular. - -De pronto, al lado de Espendio, un galo se lanzó, por encima de las -mesas y fue derecho a Giscón, al que amenazó esgrimiendo dos espadas. - -El general, sin dejar de hablar, le dio en la cabeza con su bastón -de marfil, y el bárbaro cayó. Los galos aullaban y transmitían su -furor a los demás legionarios. Giscón se encogió de hombros; mas -palideció. Pensó que su valor personal sería inútil contra aquellos -salvajes exasperados. Valdría más dejar su venganza para más tarde, -valiéndose de algún ardid; hizo, pues, una señal a sus soldados y -fuese lentamente. Al llegar a la puerta se volvió a los mercenarios, -gritándoles que se arrepentirían. - -Siguió el festín. Pero Giscón podía volver, y cercando el arrabal, -que lindaba con las últimas fortificaciones, aplastarlos contra las -paredes. Entonces se sintieron solos, a pesar de ser muchedumbre; la -gran ciudad que dormía a sus pies, en la sombra, les dio miedo, de -pronto, con sus graderías, sus altas casas negras y sus dioses, más -feroces aún que su pueblo. A lo lejos brillaban algunos fanales en el -puerto y las luces del templo de Kamón. Se acordaron de Amílcar. ¿Dónde -estaba? ¿Por qué les abandonaba, hecha la paz? Sus disensiones con el -Consejo serían sin duda un pretexto para perderlos. Su odio cayó entero -sobre él y le maldecían, exasperándose unos a otros con su cólera. En -este momento se formó un grupo bajo los plátanos. Era para ver a un -negro que se retorcía golpeando el suelo con sus miembros, inmóviles -las pupilas, torcido el cuello y espumeantes los labios. Alguien gritó -que estaba envenenado, y todos creyeron estarlo también. Cayeron -sobre los esclavos. Se levantó un clamoreo espantoso, y un vértigo -de destrucción se apoderó del ejército ebrio. Daban golpes al acaso, -destrozaban, mataban; algunos tiraban las antorchas en la enramada; -otros, inclinándose en la balaustrada de los leones los mataban; a -flechazos; los más atrevidos corrieron a los elefantes, queriendo -abatirles la trompa y comer el marfil. - -Sin embargo, los honderos baleares, que para saquear más cómodamente, -habían doblado el ángulo del palacio, se vieron detenidos por una alta -barrera hecha con cañas de las Indias. Cortaron con sus puñales las -correas del cerrojo y se encontraron debajo de la fachada que miraba a -Cartago, en otro jardín lleno de plantíos artísticamente recortados. -Continuadas líneas de blancas flores describían en la tierra azulada -largas parábolas, como regueros de estrellas. Los obscuros matorrales -exhalaban olores cálidos y suaves. Había troncos de árboles bañados -de cinabrio, que parecían columnas sangrantes. En el centro, doce -pedestales de cobre sostenían grandes bolas de vidrio; rojizas luces -fulguraban en aquellos globos huecos, como enormes pupilas palpitantes. -Los soldados se alumbraron con antorchas, tambaleándose en los declives -del terreno, profundamente labrado. - -Divisaron de pronto un pequeño lago, dividido en muchos estanques por -paredes de piedras azules. El agua era tan limpia, tan clara, que las -llamas de las antorchas penetraban hasta el fondo, formado por guijas -blancas y polvos de oro. Empezó a hervir el agua, y grandes peces de -brillantes escamas subieron a la superficie. - -Riéndose mucho, los soldados los cogieron por las agallas y los -llevaron a las mesas. - -Eran los peces de la familia Barca. Todos descendían de esos rapes -primordiales que habían puesto el místico huevo en el que se ocultaba -la Diosa. La idea de cometer un sacrilegio avivó la glotonería de los -mercenarios; pusieron vasos de cobre sobre el fuego y se divirtieron en -ver cómo los hermosos peces se debatían en el agua hirviente. - -Los soldados habían perdido ya el miedo y volvían a beber. Los perfumes -que les caían de la frente mojaban a grandes gotas sus túnicas hechas -jirones, y de codos en las mesas, que les parecía oscilaban como -navíos, paseaban alrededor sus ojos de borracho, para devorar con la -vista lo que no estaba al alcance de su mano. Había quien, andando -entre los platos sobre los manteles de púrpura, rompían a puntapiés -los escabeles de marfil y las ampollas tirias de cristal. Mezclábanse -las canciones al estertor de los esclavos agonizantes entre las copas -rotas. Pedían más vino, comida, oro. Gritaban queriendo mujeres. Se -deliraba en cien lenguas distintas. Algunos se creían en los baños, -a causa del vapor que flotaba en torno de ellos, o bien, mirando al -follaje, imaginaban estar de caza y corrían a sus camaradas como a -bestias salvajes. El incendio se propagaba de un árbol a otro, y los -altos macizos de verdura, de los que se escapaban largas espirales -blancas, parecían volcanes que empezaran a humear. Redoblaba el -clamoreo; los leones heridos rugían en la obscuridad. - -De repente se iluminó la azotea más alta del palacio; abriose la puerta -del centro y apareció en el umbral una mujer vestida de negro: la hija -de Amílcar. Bajó la primera escalera que bordeaba oblicuamente el -primer piso, luego el segundo y el tercero, y detúvose en la última -terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil y con la -cabeza baja, contempló a los soldados. - -Detrás de ella y a cada lado estaban dos largas filas de hombres -pálidos, vestidos de blancas túnicas con franjas rojas que caían rectas -sobre sus pies. No tenían barba, ni cabello, ni cejas. En sus manos, -deslumbrantes de anillos, llevaban enormes liras, y todos cantaban -con voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes -eunucos del templo de Tanit, a los que Salambó llamaba con frecuencia a -su casa. - -Al fin, la joven bajó la escalera de las galeras, siguiéndola los -sacerdotes. Avanzó por la avenida de los cipreses y anduvo lentamente -por entre las mesas de los capitanes, que se apartaban al verla pasar. - -Su cabellera, empolvada de arena violeta y apilada en forma de torre, -a la usanza de las vírgenes cananeas, le hacía parecer más alta de -lo que era. Trenzas de perlas pegadas a sus sienes bajaban basta las -comisuras de la boca, rosada como una granada entreabierta. Llevaba -sobre el pecho un collar de piedras luminosas que imitaban, por sus -variados colores, las escamas de una lamprea. Sus brazos, adornados -con diamantes, salían desnudos de una túnica sin mangas, constelada -de rojas flores, sobre un fondo negro. Anudada a los tobillos llevaba -una cadeneta de oro para regular el paso, y su gran manto de púrpura -sombría, cortado de un paño desconocido, arrastraba colgante, -describiendo a cada paso como una amplia onda que la seguía. - -A ratos, los sacerdotes pulsaban las liras de acordes casi ahogados, y -en los intervalos se oía el pequeño ruido de la cadeneta de oro con el -chasquido acompasado de las sandalias de papiro. - -Nadie la conocía. Únicamente se sabía que vivía retirada en prácticas -piadosas. Los soldados la habían visto de noche, en lo alto del -palacio, arrodillada ante las estrellas, entre torbellinos de pebeteros -encendidos. Era la luna la que la había vuelto tan pálida, y algo de -los dioses la envolvía como un vapor sutil. Las pupilas parecían mirar -a lo lejos, más allá de los espacios terrestres. Andaba con la cabeza -inclinada, y en la derecha mano llevaba una pequeña lira de ébano. - -La oyeron murmurar: - ---«¡Muertos, muertos todos! Ya no vendréis más, obedientes a mi voz, -como cuando sentada al borde del lago, os echaba en la boca pepitas de -sandía. El misterio de Tanit rodaba en el fondo de vuestros ojos, más -límpidos que manantiales. Y llamaba a los peces por sus nombres, que -eran los de los meses --Siv, Siyan, Tamuz, Elul, Tischri, Schebar--. -¡Ah! ¡Piedad para mí, Diosa!» - -Los soldados, sin comprender lo que ella decía, se apiñaban a su -alrededor. Se asombraban de su tocado; pero ella paseaba sobre todos -una larga mirada asustada, y luego, hundiendo la cabeza entre los -hombros, separando los brazos, les preguntaba muchas veces: - ---¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho? ¿No teníais, para hartaros, -pan, carnes, aceite, toda la flor de los graneros? ¡Yo había hecho -traer bueyes de Hecatompila y enviado cazadores al desierto! - -Subía el tono de su voz, sus mejillas se coloreaban, y añadió: - ---¿Dónde estáis? ¿En una ciudad conquistada o en el palacio de un amo? -¡Y qué amo! ¡El sufeta Amílcar, padre mío, servidor de los Baales! -Vuestras armas, rojas con la sangre de sus esclavos, son las que él ha -apresado a Lutacio. ¿Sabéis de alguien en vuestras tierras que sepa -dirigir mejor las batallas? Mirad. ¡Los peldaños de nuestro palacio -están obstruidos por nuestros trofeos! ¡Seguid incendiándolo todo! Me -llevaré conmigo el Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duerme -allá arriba, sobre hojas de loto. Silbaré y ella me seguirá; y, si -embarco en mi galera, correrá sobre la estela de la nave, entre la -espuma de las olas. - -Palpitaban sus finas narices; aplastaba las uñas contra la pedrería de -su pecho. Sus ojos languidecían, y añadió: - ---¡Ah, pobre Cartago! ¡Lamentable ciudad! No tienes para defenderte los -hombres fuertes de antes, que iban más allá de los mares a levantar -templos en las playas. Todos los países trabajaban en torno tuyo, y las -llanuras del mar, aradas por tus remos, balanceaban tus cosechas. - -La joven empezó a cantar las aventuras de Melkart, dios de los Sidonios -y padre de su familia. - -Narraba la ascensión a las montañas de Ersifonia, el viaje a Tarteso y -la guerra contra Masisabal para vengar a la reina de las serpientes. - ---Él perseguía en el bosque al monstruo hembra, cuya cola ondulaba -sobre las hojas muertas como un arroyo de plata; él llegó a una pradera -en que las mujeres de grupa de dragón estaban alrededor de una gran -hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de color de sangre -resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata, hendidas -como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde de -la llama. - -Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después de haber -vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la cabeza cortada de -este: - ---A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas; pero el sol la -embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban de -llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua. - -Cantaba Salambó todo esto en un antiguo idioma cananeo, que no -entendían los bárbaros, los cuales se preguntaban qué es lo que ella -diría con los gestos espantosos que subrayaban sus palabras. Subidos -alrededor de ella, sobre las mesas, sobre los escabeles y en las ramas -de los sicomoros, con la boca abierta y alargando el pescuezo, trataban -de retener estas vagas historias que oscilaban ante su imaginación, a -través de la obscuridad de las teogonías, como fantasmas en las nubes. - -Únicamente los sacerdotes sin barba comprendían a Salambó. Temblaban -sus manos rugosas, en tanto que pulsaban las liras, a las que de vez en -cuando arrancaban un lúgubre acorde; más débiles que viejas mujeres, -temblaban a un tiempo, de emoción mística y del miedo que les causaban -los hombres. Los bárbaros no se cuidaban de ellos: solo atendían a la -virgen cantora. - -Pero nadie la miraba como un joven capitán númida, que estaba en -la mesa de los jefes, entre los soldados de su nación. Su cintura -estaba tan erizada de dardos que ahuecaban su amplio manto, anudado -a las sienes por un lazo de cuero, y que flotante sobre sus hombros -ensombrecía su rostro, del que no se veían más que las llamas de sus -dos ojos fijos. Se encontraba por casualidad en el festín. Por orden -de su padre vivía con los Barcas, según la costumbre de los reyes, que -enviaban sus hijos a las grandes familias, a fin de preparar futuras -alianzas; pero hacía seis meses que Narr-Habas vivía allí, y aún no -conocía a Salambó. Sentado sobre los talones y con la barba tocando las -astas de sus jabalinas, la contemplaba, inflamadas las ventanas de la -nariz, como leopardo agazapado en los bambúes. - -Al otro lado de las mesas hallábase un libio de colosal estatura y de -cabellos cortos y rizados. Vestía únicamente un sayo militar, cuyos -adornos metálicos rasgaban la púrpura del escabel. Entre el vello de -su pecho brillaba un collar con una luna de plata. Manchaban su rostro -salpicaduras de sangre; apoyado en el codo izquierdo y con la bocaza -abierta, sonreía a la cantora. - -Dejando Salambó el ritmo sagrado, empleó simultáneamente todos los -idiomas de los bárbaros, a fin de enternecerlos con aquella delicadeza -de mujer. Hablaba en griego a los griegos; luego se dirigía a los -ligures, a los campanios, a los negros, y todos, al escucharla, -hallaban en su voz la dulcedumbre de sus patrias. Impulsada por los -recuerdos de Cartago, cantaba ahora las antiguas batallas contra Roma; -y ellos aplaudían. Se entusiasmaba al resplandor de las desnudas -espadas; gritaba con los brazos abiertos. Calló su lira y enmudeció, y -apretándose el corazón con las dos manos, quedó por algunos momentos -con las pupilas cerradas, saboreando la agitación de todos aquellos -hombres. - -El libio Matho estaba junto a ella. Involuntariamente, la joven se -acercó a él, e impulsada por el conocimiento de su orgullo, le echó -en una copa de oro un gran chorro de vino, para reconciliarse con el -ejército. - ---¡Bebe! --dijo Salambó. - -Tomó él la copa, y ya la acercaba a los labios cuando un galo, el mismo -que Giscón hirió, le golpeó la espalda, se acercó a él con aire jovial, -bromeando en la lengua de su país. Espendio, que allí estaba, se -ofreció a traducir las palabras. - ---Habla --le dijo Matho. - ---¡Los dioses te protegen! Llegarás a rico. ¿Cuándo es la boda? - ---¿Qué bodas? - ---Las tuyas; porque entre nosotros --explicó el galo--, cuando una -mujer da de beber a un soldado, es que le brinda con el tálamo. - -No había acabado de decir esto, cuando Narr-Habas dio un salto, y -sacando un dardo de la cintura y apoyándose con el pie derecho en el -borde de la mesa, lo lanzó contra Matho. - -Silbó el dardo entre las copas y, atravesando el brazo del libio, lo -clavó en el mantel con tal fuerza, que la empuñadura temblaba en el -aire. - -Matho se la arrancó aprisa; pero no tenía armas: estaba desnudo. -Al fin, levantando con ambos brazos la cargada mesa, se la tiró a -Narr-Habas en medio de la turba que se precipitaba a separarlos. Hasta -tal punto se apretaban númidas y soldados, que no podían desenvainar -las espadas. Matho avanzaba abriéndose paso con la cabeza. Cuando -se irguió, Narr-Habas había desaparecido. Le buscó con los ojos, y -entonces vio que Salambó también se había ido. - -Volvió entonces su mirada al palacio; vio en lo alto que la puerta roja -de la cruz negra se cerraba, y se precipitó hacia ella. - -Viéronle todos correr entre las proas de las galeras; aparecer luego a -lo largo de las tres escaleras, hasta la puerta roja, que empujó de un -empellón. Jadeante, se apoyó en la pared para no caer. - -Un hombre le había seguido, y en medio de la obscuridad, porque las -luces del festín, que daban vueltas, estaban tapadas por el ángulo del -palacio. Matho reconoció a Espendio. - ---¡Vete! --le dijo. - -El esclavo, sin responder, desgarró con los dientes su túnica; -arrodillándose luego ante Matho, le tomó el brazo delicadamente, -palpándoselo para dar con la herida. - -A la luz de un rayo de luna que rompió entre las nubes, Espendio vio -en medio del brazo una enorme herida. La cubrió con un ancho vendaje; -pero el otro, irritado, decía: - ---¡Déjame! ¡Déjame! - ---¡Oh, no! --dijo el esclavo--. ¡Tú me has librado de la ergástula: te -pertenezco! ¡Eres mi amo! ¡Manda! - -Matho, rozando las paredes, dio la vuelta a la terraza, aguzando -el oído a cada paso, y hundiendo la mirada por entre las cañas -doradas, registraba las silenciosas habitaciones. Por fin, se detuvo, -desesperado. - ---Óyeme --le dijo el esclavo--, no me desprecies por mi debilidad; he -vivido en este palacio y puedo, como una víbora, introducirme por las -paredes. Ven; hay en la Cámara de los Antepasados un lingote de oro -debajo de cada losa; un camino subterráneo conduce a sus tumbas. - ---¡Bah! ¿Qué me importa? --repuso Matho. - -Espendio se calló. - -Estaban en la azotea. Una sombra enorme se extendía ante ellos; -los manchones de la sombra parecían enormes olas de un negro mar -petrificado. - -En este instante se advirtió una franja luminosa por el lado del -Oriente. A la izquierda y muy en lo hondo, los canales de Megara -empezaban a rayar con sus blancas sinuosidades la verdura de los -jardines. Los techos cónicos de los templos heptágonos, las escaleras, -las terrazas, los baluartes, íbanse perfilando en la claridad del -alba; y en torno de la península cartaginesa oscilaba un cinturón de -blanca espuma, en tanto que el mar, color de esmeralda, parecía como -cuajado con el frescor de la mañana. A medida que el rosado cielo -iba ensanchándose, se agigantaban las altas casas inclinadas en las -vertientes del terreno, y se apiñaban como rebaño de cabras negras -que bajaran de la montaña. Las calles desiertas parecían alargarse; -las palmeras, que se destacaban saliendo aquí y acullá sobre las -paredes, estaban quietas; las cisternas, repletas de agua, simulaban -escudos de plata perdidos en los patios; empezaba a palidecer el faro -del promontorio Hermeo. En lo alto de la Acrópolis, en el bosque de -cipreses, los caballos de Eschmún, al surgir la luz, ponían los cascos -sobre el parapeto de mármol y relinchaban del lado del sol. - -Surgió el astro, y Espendio, alzando los brazos, dio un grito. - -Todo se agitaba en un espacio rojizo, porque como si el Dios se -desgarrara, lanzaba a rayos sobre Cartago la lluvia de oro de sus -venas. Brillaban los espolones de las galeras, el techo de Kamón -parecía irradiado de llamas, y se veían luces en el fondo de los -templos, cuyas puertas empezaban a abrirse. Grandes carretas llegadas -de la campiña rechinaban en las losas de las calles; los dromedarios, -cargados de bagajes, bajaban las rampas. Los cambistas ponían en las -encrucijadas las muestras de sus tiendas. Volaban las cigüeñas y -palpitaban las blancas velas. Oíase en el bosque de Tanit el tamboril -de las cortesanas sagradas, y en la punta de Mapales empezaban a humear -los hornos en que se cocían los ataúdes de arcilla. - -Espendio se asomó a la terraza; rechinábanle los dientes, y repitió: - ---¡Ah, sí..., sí, amo! Comprendo por qué desdeñas ahora el saqueo de la -casa. - -Pareció que Matho volvía en sí al eco de estas palabras; pero no que -las entendiera. Espendio continuó: - ---¡Ah, cuántas riquezas! ¡Los hombres que las guardan ni hierro tienen -para defenderlas! - -Y señalándole con la diestra algunos plebeyos que bordeaban el muelle -por la arena, para buscar lentejuelas de oro: - ---Mira --añadió--, la República es como esos miserables: encorvada al -borde de los mares, hunde en todas las playas sus ávidos brazos, y el -ruido de las olas llena de tal modo su oído que no percibe tras ella la -pisada de un amo. - -Llevó a Matho al otro extremo de la terraza, y mostrándole el jardín, -en el que resplandecían las espadas de los soldados, colgadas de los -árboles: - ---Aquí hay hombres fuertes, exasperados por el odio. ¡Nada les liga a -Cartago: ni sus familias, ni sus juramentos, ni sus dioses! - -Matho seguía apoyado en la pared; acercándose Espendio, siguió -diciéndole en voz baja: - ---¿Me entiendes, soldado? Los dos nos pasearemos cubiertos de púrpura, -como sátrapas. Nos lavarán con perfumes; yo tendré esclavos, a mi -vez. ¿No estás cansado de dormir en el duro suelo, de beber vinagre -de los campos y oír siempre la trompeta? Que ya descansarás, ¿no es -verdad? Será cuando te arranquen la coraza para arrojar tu cadáver a -los buitres; o quizás cuando, apoyándote en un bastón, ciego, cojo y -débil, vayas de puerta en puerta contando las hazañas de tu juventud a -los niños y a las vendedoras de salmuera. Acuérdate de las injusticias -de tus jefes, de los campamentos en la nieve, de las carreras al sol, -de las tiranías de la disciplina y de la eterna amenaza de la cruz. -Después de tantas miserias, te han dado un collar de honor, así -como se cuelga del pecho de los asnos una collera de cascabeles para -aturdirlos en su marcha y que no sientan la fatiga. ¡Un hombre como tú, -más valiente que Pirro! ¡Ah, si tú quisieras! ¡Ah, qué feliz serías en -las grandes salas frescas, al son de las liras, acostado sobre flores, -con bufones y con mujeres! ¡No me digas que la empresa es imposible! -¿Acaso los mercenarios no han poseído Regio y otras plazas fuertes de -Italia? ¿Quién te lo impide? Amílcar está ausente; el pueblo odia a los -ricos; Giscón no puede hacer nada con los cobardes que le rodean. ¡En -cambio, tú eres valiente; todos te obedecerán! ¡Mándalos! ¡Cartago es -nuestro!: ¡lancémonos! - ---No --dijo Matho--; la maldición de Moloch pesa sobre mí. La he -sentido en sus ojos, y acabo de ver en un templo un carnero negro que -reculaba. - -Y añadió, mirando en torno suyo: - ---¿Dónde está ella? - -Comprendió Espendio la inmensa inquietud que le obsesionaba, y no se -atrevió a hablarle más. - -Detrás de ellos, los árboles seguían humeando; de sus ennegrecidas -ramas caían de tiempo en tiempo esqueletos de monos medio quemados, en -medio de los platos. Ebrios los soldados, roncaban con la boca abierta -al lado de los cadáveres, y los que no dormían, bajaban la cabeza, -deslumbrados por el día. El suelo desaparecía bajo charcos rojos. Los -elefantes balanceaban entre las estacas de un parque las sangrientas -trompas. En los graneros abiertos se veían sacos de harina esparcidos, -y bajo la puerta, una línea espesa de carretas amontonadas por los -bárbaros. Los pavos reales subidos en los cedros hacían la rueda y -empezaban a gritar. - -Sin embargo, la inmovilidad de Matho extrañaba a Espendio. Estaba -más pálido que antes; fijas las pupilas, parecía seguir algo en el -horizonte, apoyando los codos en el pretil de la azotea. Se asomó -Espendio, y acabó por descubrir lo que él contemplaba. Un punto de -oro brillaba a lo lejos, entre el polvo, en el camino de Útica; era -el cubo de un carro de dos mulas. Un esclavo, a la cabeza del timón, -las llevaba de las riendas. En el carro iban dos mujeres sentadas. Las -crines de los animales formaban bucles entre las orejas, a la usanza -persa, bajo una red de perlas azules. - -Las conoció Espendio y contuvo un grito. - -Por detrás del carro flotaba al viento un gran toldo. - - - - -II - -EN SICCA - - -Dos días después, los mercenarios salieron de Cartago. - -Se les dio a cada uno una moneda de oro, a condición de que fueran a -acampar en Sicca; se les había halagado, además, con toda clase de -lisonjas. - ---Sois los salvadores de Cartago; pero permaneciendo en ella la -reduciríais al hambre y la ruina. La República os pagará más tarde -esta condescendencia. Inmediatamente vamos a levantar impuestos; se -completará vuestra soldada y se equiparán galeras que os lleven a -vuestros países. - -No había nada que contestar a tales promesas. Aquellos hombres -acostumbrados a la guerra, se aburrían en la paz de una ciudad; no -costó trabajo convencerlos, y el pueblo subió a las murallas para -verlos partir. - -Desfilaron por la calle de Kamón y la puerta de Cirta, todos mezclados -en montón: arqueros con hoplitas, capitanes con soldados, lusitanos -con griegos. Marchaban a paso largo, haciendo sonar en las losas sus -pesados coturnos. Sus armaduras estaban abolladas por las catapultas, -y ennegrecidas sus manos por el polvo de las batallas. Broncos gritos -salían de las espesas barbas; sus aceradas cotas, desgarradas, -entrechocaban con los pomos de las espadas, y por los agujeros del -cobre, se veían los miembros desnudos, espantosos como máquinas de -guerra. Los montantes, las hachas, los venablos, los gorros de fieltro -y los cascos de bronce oscilaban a la vez, con un mismo movimiento. -Llenaban la calle hasta el punto de parecer que iban a estallar las -murallas; esta interminable masa de soldados armados se deslizaba entre -altas casas de seis pisos, cubiertas de betún. Detrás de sus rejas de -hierro o de cañas, las mujeres, tapadas con un velo, veían pasar en -silencio a los bárbaros. - -Las azoteas, las fortificaciones, las murallas, desaparecían bajo la -multitud de cartagineses, vestidos de negro, que las llenaban. Las -túnicas de los marineros parecían manchas de sangre entre aquella -sombría muchedumbre; los niños, casi desnudos, de piel brillante, con -brazaletes de cobre, gesticulaban en el follaje de las columnas o en -las ramas de las palmeras. Algunos ancianos ocupaban las plataformas -de las torres, y de trecho en trecho, un personaje de luenga barba, en -actitud soñadora, parecía de lejos, en el fondo del cielo, un fantasma, -tan inmóvil como las piedras. - -Todos se sentían oprimidos por la misma inquietud: se temía que los -bárbaros, considerándose fuertes, tuvieran el capricho de permanecer -en la ciudad. Pero se iban con tanta confianza, que los cartagineses -se animaron y se mezclaron con los soldados. Se les abrumaba con -juramentos y apretones de mano. Había quien les incitaba a que no -abandonaran la ciudad, por ardid de política y audacia de hipocresía. -Se les echaba perfumes, flores y monedas de plata. Se les daba -amuletos contra las enfermedades; pero no sin haber escupido antes tres -veces encima de ellos, para atraer la muerte, o encerrado tres pelos de -chacal, que vuelven al corazón cobarde. Se invocaba a grito herido el -favor de Melkart, y, en voz baja, su maldición. - -Vino luego la impedimenta de bagajes, de acémilas y de rezagados. Los -enfermos gemían sobre dromedarios; otros se apoyaban, renqueando, en -el asta de una pica. Los borrachos cargaban con odres; los voraces, -con cuartos de carne, pasteles, frutas, manteca envuelta en hojas de -higuera y nieve en sacos de tela. Los había con quitasoles en la mano -y loros en los hombros. Hacíanse seguir de dogos, gacelas o panteras. -Las mujeres de raza libia, montadas en asnos, increpaban a las negras -que abandonaban por los soldados los lupanares de Malqua; muchas daban -de mamar a criaturas colgadas del pecho con una correa de cuero. Las -mulas, aguijoneadas con la punta de las espadas, hundían el lomo bajo -el peso de las tiendas; y había innumerables criados y portadores de -agua, macilentos, amarillos por las fiebres y llenos de sabandijas, -escoria de la plebe cartaginesa que seguía a los bárbaros. - -Así que todos salieron se cerraron las puertas, sin que el pueblo -dejara las murallas. El ejército se derramó en seguida por la anchura -del istmo. - -La soldadesca se dividió en masas desiguales. Las lanzas, al alejarse, -parecían altos tallos de hierba, y al fin, todo se desvaneció en una -densa polvareda. Aquellos de los soldados que se volvían para mirar -a Cartago, no vieron más que sus largas murallas, recortando en el -horizonte sus almenas vacías. - -Entonces los bárbaros oyeron un gran grito. Creyeron que algunos de sus -compañeros, quedados en la ciudad, se entretenían en saquear cualquier -templo. Rieron mucho de esta idea y continuaron su camino. - -Se sentían alegres de encontrarse, como antes, marchando juntos en -campo abierto; los griegos cantaban la vieja canción de los mamertinos: - ---Con mi lanza y mi espada, trabajo y siego; yo soy el amo de la casa. -El hombre desarmado cae a mis rodillas y me llama Señor y Gran Rey. - -Gritaban, saltaban, y los más alegres narraban cuentos; se había -acabado el tiempo de las miserias. Al llegar a Túnez, algunos -observaron que faltaba una tropa de honderos baleares. No estarían -lejos, sin duda, y no se preocuparon más de ellos. - -Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al pie de las murallas, -y la gente de la población vino a hablar con los soldados. - -Durante toda la noche viéronse fogatas que iluminaban el horizonte, del -lado de Cartago; lumbreras como antorchas gigantes, que se agrandaban -en el lago inmóvil. Ninguno, en el ejército, podía decir qué fiesta se -celebraba con aquellas luminarias. - -Al otro día, los bárbaros atravesaron una campiña cultivada. Las -granjas de los patricios se sucedían unas a otras en los bordes del -camino; las acequias corrían entre palmerales; los olivos formaban -largas líneas verdes; rosados vapores flotaban en las gargantas de -las colinas; montañas azules se erguían por atrás. Soplaba un viento -caliente. Los camaleones rastreaban por las anchas hojas de las pitas. - -Los bárbaros marchaban cada vez con más lentitud. Se disgregaron en -destacamentos sueltos o seguían unos tras otros, con largos intervalos. -Comían uvas al borde de las viñas, se acostaban en la hierba, miraban -estupefactos los grandes cuernos de los bueyes, artificialmente -torcidos, las ovejas revestidas de pieles para proteger su vellón, los -barbechos que se entrecruzaban formando losanges, las rejas de los -arados, como anclas de naves, y los granados que rociaban con silfio. -Les deslumbraba esta opulencia de la tierra y esos inventos de la -sabiduría. - -Por la noche se echaron sobre las tiendas, sin desplegarlas, y -dormitando de cara a las estrellas, soñaron con el festín de Amílcar. - -Al mediodía siguiente se hizo alto a orillas de un río, entre matas de -adelfas. Aquí se apresuraron a dejar lanzas, escudos y cinturones. Se -lavaban a gritos, llenaban sus cascos de agua y otros bebían de bruces, -entremezclados con las acémilas, a las que se les caía la carga. - -Espendio, sentado en un dromedario robado al parque de Amílcar, vio de -lejos a Matho, que con el brazo junto al pecho, desnuda la cabeza y la -mirada baja, dejaba beber a su mula viendo correr el agua. El esclavo -se abrió paso a través de la turba, llamándole: - ---¡Amo! ¡Amo! - -Apenas si Matho le dio las gracias. Sin preocuparse por ello, Espendio -siguió andando detrás de él, y de vez en cuando volvía los ojos -inquietos hacia donde estaba Cartago. - -Era hijo de un retórico griego y de una prostituta campania. Al -principio se había enriquecido vendiendo mujeres; luego, arruinado por -un naufragio, había hecho la guerra a los romanos con los pastores del -Samnio. Le cogieron prisionero y se escapó; le volvieron a apresar y -entonces trabajó en las canteras, se quemó en las estufas, gritó en los -suplicios, conoció muchos amos y todo género de miserias. Un día, al -fin, desesperado, se lanzó al mar desde lo alto de la trirreme en que -bogaba. Marineros de Amílcar recogiéronle moribundo y le encerraron en -la ergástula de Megara. Pero como los tránsfugas debían ser devueltos -a los romanos, aprovechó el desorden del festín para huir con los -soldados. - -Durante toda la marcha estuvo cerca de Matho; le llevaba comida, le -ayudaba a apearse y de noche le extendía su tapiz bajo la tienda. Matho -acabó por conmoverse con estas atenciones, y poco a poco fue haciéndose -comunicativo: contó al esclavo su historia. - -Había nacido en el golfo de las Sirtes. Su padre le llevó en -peregrinación al templo de Ammón. Cazó después elefantes en los bosques -de los Garamantes. En seguida se alistó al servicio de Cartago. Le -nombraron tetrarca en la toma de Drepanum. La República le debía -cuatro caballos, veintitrés _medimnas_ de trigo y la soldada de un -invierno. Temía a los dioses y deseaba morir en su patria. - -Espendio le habló de sus viajes, de los pueblos y templos que había -visitado, y de muchas cosas que él sabía, como fabricar sandalias, -venablos y sedas, domesticar animales feroces y cocer venenos. - -A veces, interrumpiéndose, brotaba del fondo de su garganta un grito -ronco; la mula de Matho apretaba la marcha; las demás se apresuraban -a seguirla; luego, Espendio volvía a empezar, agitado siempre por su -angustia. Esta se calmó en la noche del cuarto día. - -Iban juntos, a la derecha del ejército, por el flanco de una colina. -Abajo se prolongaba la llanada, perdida en los vapores de la noche. -Las líneas de soldados que desfilaban por abajo producían ondulaciones -en la sombra. A veces pasaban por las eminencias de terreno alumbradas -por la luna; entonces temblaba una estrella en la punta de las picas, -espejeaban por un instante los cascos; desaparecía todo y otros seguían -haciendo lo mismo. En lontananza, balaban los rebaños despertados, y -algo, de una infinita dulcedumbre, parecía cernerse sobre la tierra. - -Espendio, doblada la cabeza y con los ojos entornados, aspiraba a -bocanadas el aire fresco; separaba los brazos y movía los dedos para -sentir mejor esta caricia que le corría por el cuerpo. Se ilusionaba -con nuevas esperanzas de venganza. Se tapó la boca con la mano para -contener sus suspiros y, como abstraído, soltaba el cabestro de su -dromedario, que andaba a paso acompasado. Matho había vuelto a su -tristeza; sus piernas colgaban hasta el suelo, y las hierbas, al -restregarse en sus coturnos, producían un chirrido continuado. - -Sin embargo, el camino se alargaba sin acabarse nunca. Al extremo de -una llanada, se llegaba siempre a una planicie redonda; luego se bajaba -a un valle y las montañas que fingían cerrar el horizonte parecían -deslizarse conforme iban acercándose a ellas. A trechos surgía un río -entre tamariscos, para perderse al volver una colina. A veces se erguía -una enorme roca, a manera de proa de una nave o de pedestal de un -coloso derribado. - -Encontrábanse, a intervalos regulares, pequeños templos cuadrangulares, -que servían de estaciones a los peregrinos que iban a Sicca. Estaban -cerrados como tumbas. Los libios, para que los abrieran, golpeaban con -fuerza la puerta, pero nadie contestaba desde dentro. - -Iban escaseando los labrantíos, porque se entraba en un terreno arenoso -erizado de matas espinosas. Rebaños de carneros ramoneaban entre las -piedras, guardados por una mujer, de talle ceñido por un vellón azul, y -que huía dando gritos, al ver entre las rocas las picas de los soldados. - -Seguía el camino por una especie de corredor bordeado por dos cadenas -de rojizos montículos. De repente un olor nauseabundo hirió el olfato -de los soldados, que creyeron advertir algo extraordinario en lo alto -de un algarrobo: por encima de las hojas se erguía una cabeza de león. - -Corrieron a verlo. Era un león sujeto a una cruz por los cuatro -miembros, como un criminal. El enorme hocico le caía sobre el pecho, -y sus dos patas anteriores, que medio desaparecían tapadas por las -melenas, estaban tan separadas como alas abiertas de un pájaro. -Apuntábanse sus costillas, una a una, por debajo de la piel distendida; -sus patas traseras, clavadas una encima de otra, aparecían encorvadas; -la negra sangre, que manaba entre los pelos, formaba estalactitas bajo -la cola que colgaba recta a lo largo de la cruz. Los soldados rieron -el encuentro: llamaron al león cónsul y ciudadano de Roma y le tiraron -guijarros a los ojos para quitarle los mosquitos. - -Cien pasos más adelante vieron otros dos y en seguida una larga fila de -cruces con leones clavados. Algunos llevaban muertos tanto tiempo, que -solo quedaban en los maderos los restos de los esqueletos; otros, medio -roídos, torcían las fauces con una horrible mueca; los había enormes, -que se balanceaban en vilo, en el árbol de la cruz, en tanto que sobre -sus cabezas revoloteaban bandas de cuervos, sin pararse nunca. Así -procedían los campesinos cartagineses cuando apresaban una fiera, -creyendo atemorizar a las demás con este ejemplo. Los soldados, dejando -de reír, quedaron asombrados. «Qué pueblo es este», pensaban, «que se -entretiene crucificando leones.» - -Por lo demás, estaban los hombres, los del Norte, sobre todo, vagamente -inquietos, enfermos ya; se laceraban las manos con las puntas de -los áloes; nubes de mosquitos zumbaban en sus oídos y la disentería -empezaba a hacer estragos. Se aburrían de no llegar a Sicca. Temían -perderse y entrar en el desierto, la región de las arenas y de los -espantos. No querían seguir adelante y muchos tornaron al camino de -Cartago. - -Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido largo rato la -base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y apareció -una línea de murallas sobre blancas rocas, confundiéndose con ellas. -No tardó en verse toda la ciudad; unos rasos blancos, azules y -amarillos se agitaban sobre las murallas en la rojiza tarde: eran las -sacerdotisas de Tanit que acudían a recibir a los hombres. Estaban -alineadas a lo largo del baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras, -agitando crótalos; y los rayos del sol poniente, por las montañas de -Numidia, pasaban por entre las cuerdas de las arpas que recorrían -los brazos desnudos de las vírgenes. A intervalos, cesaba la música -y estallaba un grito estridente, precipitado, furioso, continuado; -especie de ladrido que las mujeres hacían azotando con la lengua los -dos ángulos de la boca. Otras se quedaban acodadas, con la barbilla en -la mano, más inmóviles que esfinges, asaetando con sus negros ojos al -ejército que iba subiendo. - -Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía contener tanta -multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad. Los -bárbaros se establecieron en la llanada; unos disciplinados como -tropas regulares, otros por naciones o según su capricho. - -Los griegos plantaron en líneas paralelas sus tiendas de pieles; -los iberos dispusieron en círculo sus pabellones de tela; los galos -construyeron barracas de tablas; los libios cabañas con piedras; los -negros cavaron en la arena, con las uñas, fosos para dormir. Muchos, no -sabiendo dónde meterse, ambulaban entre los bagajes, y llegada la noche -se acostaban en tierra envueltos en sus mantos. - - * * * * * - -La llanura se extendía alrededor de ellos, bordeada de montañas. Aquí -y allá, una palmera se cimbreaba sobre una colina de arena; abetos y -encinas manchaban los flancos de los precipicios; la lluvia caía, como -una larga banda que la tempestad colgaba, del cielo, en tanto que en el -resto de la campiña el cielo seguía azul y sereno; después, un viento -tibio lanzaba torbellinos de polvo y un arroyo bajaba en cascadas de -las alturas de Sicca, en las que se levantaba, con su tejado de oro -sobre columnas de cobre, el templo de Venus cartaginesa, dominadora de -la comarca, a la que parecía infundir su alma. Por estas convulsiones -de la tierra, por estas alternativas de la temperatura y por esos -juegos de luz, la diosa manifestaba la extravagancia de la fuerza junto -con la belleza de su eterna sonrisa. Las cimas de las montañas tenían -unas la forma de una luna creciente; otras parecían pechos de mujer -mostrando sus senos hinchados. Los bárbaros sentían pasar sobre sus -fatigas un abatimiento lleno de delicias. - -Espendio, con el dinero de su dromedario se había comprado un esclavo. -La mayor parte del día lo pasaba durmiendo tendido ante la tienda de -Matho. A menudo se despertaba creyendo, en su sueño, oír silbar las -correas; entonces, sonriéndose, se pasaba las manos por las cicatrices -de sus piernas en el sitio que habían lacerado los grilletes y luego se -dormía. - -Matho aceptaba su compañía. Siempre que salía, Espendio le escoltaba -como un lictor, armado con un espadón; o bien Matho se apoyaba en su -espalda, porque Espendio era de baja estatura. - -Una tarde que atravesaban juntos las calles del campamento, vieron unos -hombres cubiertos con mantos blancos, y entre ellos a Narr-Habas, el -príncipe de los númidas. Matho se estremeció. - ---¡Dame tu espada! --exclamó--; ¡Quiero matarle! - ---Todavía no --contestó Espendio, conteniéndole, porque ya Narr-Habas -venía a su encuentro. - -Besó el númida sus dos pulgares en señal de alianza, acallando la -cólera que tuvo en la embriaguez del festín; luego habló extensamente -contra Cartago, pero sin decir lo que le había traído entre los -bárbaros. - -¿Era para traicionarlos, o en bien de la República?, se preguntaba -Espendio; y como esperaba aprovecharse de todos los desórdenes, suponía -también a Narr-Habas capaz de todas las perfidias. - -El jefe de los númidas se quedó con los mercenarios. Parecía querer -intimar con Matho. Enviaba a este cabras gordas, polvo de oro y plumas -de avestruz. El libio, desconcertado con estos halagos, no sabía si -corresponder a ellas o exasperarse. Espendio le apaciguaba y Matho -se dejaba gobernar por el esclavo, pues era un irresoluto, lleno de -invencible sopor, como aquel que ha bebido un brebaje que le ha de -ocasionar la muerte. - -Una mañana que salieron los tres a caza de un león, Narr-Habas ocultó -un puñal en su manto. Espendio iba siempre detrás de él y volvieron sin -que el númida sacara el arma. - -Otra vez Narr-Habas los llevó muy lejos, hasta los confines de su -reino. Llegaron a un desfiladero, y allí, sonriendo, declaró que había -perdido el rumbo; Espendio lo halló. - -Lo más frecuente era que Matho, melancólico como un augur, saliera, no -bien aparecía el sol, a vagabundear por la campiña. Se echaba en la -arena y permanecía inmóvil hasta la noche. - -Consultó, uno tras otro, a todos los adivinos del ejército; a los que -observan la marcha de las serpientes, a los que leen en las estrellas, -a los que soplan en la ceniza de los muertos. Tragó gálbano, seselí -y veneno de víbora que hiela el corazón; mujeres negras cantando, -a la luz de la luna, bárbaras canciones, le picaron la frente con -estiletes de oro; se cargaba de collares y de amuletos; invocaba, ora -a Baal-Kamón, ora a Moloch o a los siete Kabiros, a Tanit y a la Venus -de los griegos. Grabó un nombre en una placa de cobre y la hundió en la -arena, en el dintel de su tienda. Espendio le oía gemir y hablar solo. - -Una noche entró. - -Matho, desnudo como un cadáver, estaba acostado boca abajo sobre una -piel de león, con la cara entre las manos. Una lámpara suspendida -alumbraba sus armas, colgadas sobre su cabeza en el mástil de la tienda. - ---¿Sufres? --le preguntó el esclavo--. ¿Qué necesitas? Dímelo. - -Y le tocaba en la espalda, llamándole muchas veces: - ---¡Amo! ¡Amo! - -Al fin, Matho le miró con ojos turbados. - ---¡Escucha! --dijo en voz baja, con un dedo en los labios--. ¡Es una -maldición de los dioses! ¡Me persigue la hija de Amílcar! Tengo miedo, -Espendio --y se apretaba contra su pecho como niño asustado por un -fantasma--. Háblame. ¡Quiero curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de -algún dios más fuerte o de alguna otra invocación irresistible? - ---¿Para qué? --preguntó Espendio. - -Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos puños: - ---¡Para librarme del hechizo! - -Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos intervalos: - ---Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que ella habrá -prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si -ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman; -oigo su voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi -alma. - -»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las olas invisibles de un -océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El esplendor de -su hermosura forma a su alrededor un nimbo de luz; a veces creo que no -la he visto jamás, que no existe... y que todo es un sueño... - -Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros dormían. Espendio, -mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de oro en las -manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades su -tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo: - ---¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no implores más a los -dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los hombres! -¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir -tanto? - ---¿Acaso soy un niño? --contestó Matho--. ¿Crees que me enternezco por -la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en Drepanum, -y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y -cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta... - -El esclavo le interrumpió: - ---Si no fuera la hija de Amílcar... - ---No --repuso Matho--. Ella no se parece a las otras hijas de los -hombres. ¿Has visto tú sus grandes ojos bajo sus grandes cejas, como -soles bajo arcos de triunfo? Acuérdate; cuando apareció palidecieron -todas las antorchas. Entre los diamantes de su collar, resplandecía su -pecho desnudo; se sentía tras ella como el olor de un templo, y algo se -escapaba de todo su ser que era más suave que el vino y más terrible -que la muerte. - -Quedó embebecido, baja la cabeza y con las pupilas fijas. - ---¡Pero yo la quiero, la necesito! Me muero. Pensando que la estrecho -en mis brazos, me arrebata una alegría furiosa y, sin embargo, la odio. -Espendio, ¡quisiera maltratarla! ¿Qué hacer? Tengo deseos de venderme -para ser su esclavo. ¡Tú lo fuiste! ¡Tú podías verla! ¡Háblame de ella! -Todas las noches sube a la azotea de su palacio, ¿verdad? ¡Ah, las -piedras deben estremecerse bajo sus sandalias, y las estrellas asomarse -para verla! - -Volvió a enfurecerse, bramando como un toro herido. - -Luego, Matho cantó: «Él persiguió en el bosque el monstruo hembra, de -cola que ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata.» Y -arrastrando la voz, imitaba el estilo de Salambó, y sus manos hacían -como que pulsaban las cuerdas de una lira. - -A todos los consuelos de Espendio contestaba con los mismos discursos: -pasaba las noches entre gemidos y exhortaciones. - -Quiso aturdirse con el vino, pero la embriaguez aumentaba su tristeza. -Probó distraerse jugando a la taba, y perdió una a una las placas de -oro de su collar. Se dejó llevar junto a las servidoras de la Diosa; -pero bajó la colina sollozando como quien vuelve de un funeral. - -Espendio, por el contrario, se volvía más atrevido y alegre. Veíasele -en las cantinas de las enramadas, en medio de los soldados. Componía -las corazas viejas, jugaba con puñales e iba a coger hierbas del campo -para los enfermos. Era chistoso, sutil, lleno de inventiva y de verbo; -los bárbaros se iban acostumbrando a sus servicios, y él se hacía -querer de todos. - -Se esperaba a un embajador de Cartago que había de traerles en mulas -canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos dibujaban con -los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado un -nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros, -esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto, -los caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e -infantes, bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las -mujeres. - -Todos los días llegaban tropeles de hombres casi desnudos, con -hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores -de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que -se declaraban en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por -los impuestos, desterrados y malhechores. Luego venían mercaderes, -vendedores de vino y de aceite, furiosos porque no se les pagaba y -vociferando contra la República. Espendio les hacía coro. Muy pronto -disminuyeron los víveres. Se hablaba de ir en masa sobre Cartago y de -llamar a los romanos. - - * * * * * - -Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos lentos y sordos que -se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que aparecía y -desaparecía en las ondulaciones del terreno. - -Era una gran litera de púrpura, con penachos de plumas de avestruz en -las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban sartas de -cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían -sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con -armadura de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los -talones. - -Detuviéronse a trescientos pasos del campamento, para sacar de la -valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha espada y -su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron -adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos -bastones de madera azul, terminados en cabezas de caballo o piñas de -pino. Todos los bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se -precipitaron a los guardias de la Legión, besándoles los pies. - -Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que andaban acompasados, -a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, al acaso, -embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales sueltos y -por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez en cuando, una -mano cargada de anillos entreabría la litera, y una voz ronca soltaba -palabras injuriosas; entonces, los porteadores se paraban, y luego -tomaban otro camino a través del campo. - -Al fin se levantaron las cortinas de la litera y apareció sobre -un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada. Las -cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas; -lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan -descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del -cuerpo desaparecía bajo los vellones que llevaban la litera. - -Los soldados reconocieron en este hombre así acostado, al Sufeta -Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a hacer -perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de -Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por -codicia --pensaban los bárbaros--, porque vendió por su cuenta todos -los cautivos, declarando a la República que habían muerto. - -Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a los soldados, hizo -una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos esclavos, -puso los pies en tierra, tambaleándose. - -Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas de plata. Envolvían -sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la carne entre los -lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo escarlata que le -cubría los muslos; los pliegues de su cuello le llegaban al pecho, -como papada de buey; su túnica, pintada de flores, parecía estallar -bajo los sobacos; llevaba banda, cinturón y amplio manto negro con -dobles mangas enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de -piedras azules, los broches de oro y los pesados pendientes servían -solo para hacer más horrible su deformidad. Se le hubiera tomado por -un ídolo ventrudo tallado en un bloque de piedra; porque una lepra -pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la apariencia de una cosa -inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de buitre, se dilataba -con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas pegadas, -brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de -áloe, para rascarse los pies. - -Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se apaciguó el tumulto y -Hannón empezó a hablar. - -Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la República; los bárbaros -debían felicitarse de haberla servido. Pero había que mostrarse más -razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene más que tres -olivos, ¿no es justo que guarde dos para él?» - -De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su discurso con apólogos y -proverbios, haciendo signos con la cabeza para solicitar aprobación. - -Hablaba en púnico, y los que le rodeaban --los más alertas a tomar -las armas-- eran los campanios, los griegos y los galos, y ninguno de -ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y -balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó. - -Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes. Los heraldos -gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía para el -mando en los ejércitos cartagineses. - -Los guardias apartaron a latigazos la turba de soldados, y pronto -llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los jefes -de las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su -nación. Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo; -brillaban hogueras aquí y acullá; se iba de un lado a otro, y todos se -preguntaban: - ---¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el dinero? - -Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas de la República. Su -tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba: - ---¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!... - -A ratos se frotaba los miembros con la espátula de áloe, o bien se -interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un esclavo, -una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en -vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata, -y continuaba diciendo: - ---Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres sekels de oro, y los -cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada. Nuestras -pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan -exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio -de los dioses. En cuanto a cosas de comer, no quiero hablar: es una -calamidad. Faltos de galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse -de silfio, a causa de las rebeliones en la frontera de Cirene. La -Sicilia, de la que se sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora. -Todavía ayer, por un bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más -dinero que antes por dos elefantes. - -Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin pasarse un número, -todos los gastos hechos por la República para reparaciones de templos, -enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de -coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de -las minas en el país de los cántabros. - -Pero los capitanes, así como los soldados, no entendían el púnico, -aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se acostumbraba -poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales cartagineses -que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se habían -ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlos -consigo. Su voz, además, era demasiado sorda y se la llevaba el viento. - -Los griegos, apretados con su cinturón de hierro, aguzaban el oído, -esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los montañeses, -cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza o -bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos, -distraídos, sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del -desierto escuchaban inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana -gris. Llegaban otros por detrás: los guardias, empujados por la turba, -vacilaban en sus monturas; los negros tenían en las manos teas de abeto -ardiendo, y el gordo cartaginés continuaba su arenga, subido en un -cerrillo de césped. - -Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos y apóstrofes. -Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer silencio -gritaban más que los demás y aumentaban la confusión. - -De pronto, un hombre de pobre apariencia saltó a los pies del Sufeta, -arrancó la trompeta a un heraldo, sopló en ella, y Espendio --pues era -él-- anunció que iba a decir algo importante. Ante esta declaración, -rápidamente hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina, gala, -libia y balear, los capitanes, entre sorprendidos y regocijados, -contestaron: - ---¡Habla, habla! - -Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los libios, que eran los -más, les dijo: - ---¿Habéis oído las horribles amenazas de este hombre? - -Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y continuando -Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los bárbaros. - -Estos se miraron asombrados; todos, en seguida, como por tácito -acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en señal de -asentimiento. - -Entonces Espendio dijo con voz robusta: - ---Ha empezado diciendo que los dioses de los otros pueblos no eran -sino quimeras al lado de los dioses de Cartago; os ha llamado cobardes, -ladrones, mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros, la -República no se vería obligada a pagar el tributo a los romanos; -por vuestros excesos la habéis privado de perfumes, de aromas, de -esclavos y de silfio, porque vosotros os entendéis con los nómadas de -la frontera de Cirene. Pero los culpables serán castigados. Ha leído -la enumeración de sus suplicios: se les hará trabajar en el empedrado -de las calles, en el armamento de los bajeles, en el ornato de los -Sisitas; y a otros se les enviará a arañar la tierra en las minas del -país de los cántabros. - -Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los campanios y a los -baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que habían herido -sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el -Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el -tumulto de los demás. Espendio añadió: - ---¿No habéis visto que ha dejado fuera del campamento una reserva de -sus jinetes? A una señal acudirán a degollaros a todos. - -Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como entonces se separó la -turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud de fantasma, -un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado hasta las -caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de polvo y de -espinas. Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas manojos -de paja, harapos de tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de sus -miembros descarnados como andrajos de las ramas secas; sus manos -temblaban con un estremecimiento continuo, y andaba apoyado en un -bastón de olivo. - -Al llegar junto a los negros que llevaban las antorchas, una especie de -risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras con ojos asustados -contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él. - -Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de ellos, escudándose -en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquí están! ¡Aquí están!» Señalando a -los guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas armaduras. Piafaban -los caballos, deslumbrados por el resplandor de las antorchas que -chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía ululando: - ---¡Los han matado! - -A estas palabras, dichas en balear, los baleares se acercaron y le -reconocieron. Él repitió: - ---¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los hermosos jóvenes, los -honderos, mis compañeros, los vuestros! - -Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó hablando. - -Espendio no podía reprimir su alegría mientras explicaba a griegos -y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que venían tan a -propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus -compatriotas. - -Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados en la víspera, y -que habiéndose dormido, cuando llegaron a la plaza de Kamón, como los -bárbaros habían partido ya, se encontraron indefensos por haber puesto -en los camellos sus balas de arcilla, con el resto de los bagajes. Se -les dejó entrar en la calle de Sateb, hasta la puerta de encina forrada -con placas de cobre, y el pueblo, impetuoso, se volvió contra ellos. - -Los soldados recordaron ahora haber oído un gran grito, grito que -Espendio no oyó porque iba en la vanguardia. - -Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los dioses Pateque, -que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los crímenes -de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus -desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron -horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin -de atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías; -a algunos les arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se -encendieron hogueras en las esquinas. - -Estas eran las llamas que brillaban de lejos sobre el lago. Habiéndose -incendiado algunas casas, se tiró por encima de las murallas el resto -de los cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado oculto en los -cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro del -ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las -cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas, -hambriento, enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba; -hasta que un día vio unas lanzas en el horizonte y las siguió -instintivamente, porque ya tenía turbado el juicio con tantos terrores -y miserias. - -La indignación de los soldados, contenida mientras él habló, estalló -ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al Sufeta. -Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si -serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les -contestó que lo traía consigo. - -Corrieron a las avanzadas y, empujados por los bárbaros, llegaron -los bagajes del Sufeta en medio de las tiendas. Sin esperar a los -esclavos, desataron los cestos y encontraron ropas de jacinto, -esponjas, raspadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para -pintar los ojos; todo esto de propiedad de los guardias, hombres ricos -acostumbrados a estas delicadezas. En seguida se descubrió en un -camello una gran cuba de bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse -en el camino, porque había tomado toda suerte de precauciones, incluso -la de llevar en jaulas comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba -vivas para hacer la tisana. Como su enfermedad le aumentaba el apetito, -traía además gran cantidad de comestibles y de víveres, de salmuera, -de carnes y pescados con miel, en tiestecitos de Comagen y grasa de -oca fundida, cubierta de nieve y de paja picada. La provisión era -considerable. A medida que se iban destapando las cestas, aparecían más -víveres, y las risas aumentaban como olas que se entrechocan. - -El sueldo de los mercenarios llenaba unos dos serones de esparto. En -uno de ellos se veían esos rodetes de cuero de que la República se -servía para ahorrar numerario; y como los bárbaros se extrañaran, -Hannón les declaró que las cuentas estaban tan enrevesadas que los -Ancianos no habían tenido tiempo de examinarlas. Entretanto, se les -enviaba esto. - -Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera, provisiones y -bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para apedrear -a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose -de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la -maldición de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta -las orejas. Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que -llevaba, y de lejos, gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo, -cloaca de Moloch; suda tu oro y tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La -escolta, en desorden, galopaba a sus lados. - -Pero el furor de los bárbaros no se aplacó con esto. Se acordaron de -que muchos de ellos que fueron a Cartago, no habían vuelto; sin duda, -se les había asesinado. Tanta injusticia, les exasperó; arrancaron las -estacas de las tiendas, arrollaron sus mantos, embridaron los caballos: -cada cual tomó su casco y su espada, y en un instante estuvo todo -dispuesto. Los que no tenían armas, corrieron al bosque a cortar ramas. - -Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se lanzaban a las calles. -«Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto por la comarca. - -Surgían hombres de cada camino, de cada barranco. Hasta los pastores -bajaban corriendo de las montañas. - -Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la vuelta a la llanada, -montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que llevaba un -tercer caballo. - -Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en ella. - ---¡Levántate, amo, levántate! ¡Nos vamos! - ---¿Dónde? --preguntó Matho. - ---A Cartago. - -Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la puerta. - - - - -III - -SALAMBÓ - - -La luna se levantaba a ras de las olas, y brillaban en la ciudad, -cubierta de tinieblas, blancuras, puntos luminosos, como la lanza de -un carro en un patio, algún pingajo de tela colgado, la esquina de una -pared o el collar de oro en el pecho de un dios. - -Las bolas de vidrio de los techos de los templos irradiaban aquí y -allá, como gruesos diamantes. Pero las informes ruinas, los montones -de tierra negra y las huertas formaban manchas más sombrías aún en la -obscuridad; abajo, en Malqua, se extendían las redes de los pescadores -de una casa a otra, como gigantescos murciélagos que desplegaran las -alas. Ya no se oía el rechinar de las ruedas hidráulicas que elevaban -el agua al último piso de los palacios; en medio de las terrazas -descansaban tranquilamente los camellos, acostados sobre el vientre, -al modo de los avestruces. - -Los ostarios o porteros dormían en las calles, en el dintel de las -casas; la sombra de los colosos se alargaba en las desiertas plazas; a -lo lejos, la llama de algún sacrificio seguía ardiendo, y la humareda -se escapaba por las tejas de bronce; la pesada brisa traía, con los -perfumes de los aromas, los olores de la marina y el vaho de las -murallas calentadas por el sol. - -Alrededor de Cartago resplandecían las ondas inmóviles, porque la luna -desparramaba su luz a un tiempo sobre el golfo ceñido de montañas y -sobre el lago de Túnez, donde los flamencos formaban largas líneas -rosadas en los bancos de arena; en tanto que más allá, bajo las -catacumbas, la gran laguna salada espejeaba como una lámina de plata. -La bóveda del cielo azul se hundía en el horizonte, por un lado, en -la polvareda de los llanos; por otro, en las brumas del mar; y sobre -la cima de la Acrópolis, los cipreses piramidales cercaban el templo -de Eschmún, balanceándose y murmurando como las olas que batían -lentamente, acompasadamente, a lo largo del muelle, por debajo de las -fortificaciones. - -Salambó, sostenida por una esclava que llevaba en un plato de hierro -carbones encendidos, subió a la terraza de su palacio. - -En medio de este recinto había un pequeño lecho de marfil, cubierto -de pieles de lince, con cojines de pluma de loro, animal fatídico -consagrado a los dioses; y en las cuatro esquinas se levantaban -altos pebeteros llenos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. La -esclava encendió los perfumes. Salambó miró la estrella polar; -saludó lentamente los cuatro puntos cardinales, y se arrodilló en el -suelo, entre el polvo de azul sembrado de estrellas, a imitación del -firmamento. Pegados los brazos al cuerpo, con los antebrazos extendidos -y las manos abiertas, mirando a la luna, dijo: - ---¡Oh, Rabbetna!... ¡Baalet!... ¡Tanit! --y su voz era quejumbrosa -como si llamara a alguien--. ¡Anaitís! ¡Astarté! ¡Derceto! ¡Astoreth! -¡Mylitha! ¡Athara! ¡Elissa! ¡Tiratha! Por los símbolos ocultos, por -los sistros resonantes, por los surcos de la tierra, por el eterno -silencio y por la eterna fecundidad, dominadora del mar tenebroso y de -las cerúleas playas. ¡Oh, Reina de las cosas húmedas! ¡Salud! - -Balanceó el cuerpo dos o tres veces y luego hundió la frente en el -polvo, alargando los brazos. - -Su esclava la levantó despacio, porque era menester, según los ritos, -que alguien viniera a alzar al suplicante de su actitud prosternada. -Era como asegurarle que los dioses quedaban agradecidos. La nodriza de -Salambó no olvidaba nunca este deber piadoso. - -Unos mercaderes de la Getulia-Daritiana la trajeron de niña a Cartago, -y después de su libertad no quiso en manera alguna abandonar a sus -amos, como lo probaba su oreja derecha, perforada por ancho agujero. -Una saya de rayas multicolores le ceñía la cintura, bajando hasta los -tobillos, donde se entrechocaban dos círculos de estaño. La cara, algo -aplastada, era tan amarilla como su túnica. Agujas de plata, muy -largas, formaban como un sol alrededor de su cabeza. Llevaba en la -nariz un botón de coral, y se mantenía erguida como un Hermes y con los -ojos bajos cerca del lecho. - -Salambó avanzó al borde de la terraza. Por un momento oteó el -horizonte, luego miró a la ciudad dormida, y un suspiro levantó sus -senos e hizo ondular de un lado a otro la larga toga blanca que colgaba -en torno de ella, sin broche ni cinturón. Sus sandalias de puntas -encorvadas desaparecían bajo un montón de esmeraldas, y sus cabellos en -desorden henchían una redecilla de hilo de púrpura. - -A poco alzó la cabeza para contemplar la luna, y mezclando con sus -palabras fragmentos de himno, murmuró: - -«¡Qué lentamente ruedas, sostenida por el éter impalpable! El aire -se limpia en torno tuyo y el movimiento de tu rotación distribuye -los vientos y los rocíos fecundos. Según tú crezcas o disminuyas, -se alargan o se achican los ojos de los gatos y las manchas de las -panteras. ¡Las esposas te invocan en los dolores del parto! ¡Tú hinchas -los mariscos, haces hervir los vinos, pudres los cadáveres, formas las -perlas en el fondo del mar! - -»Y todos tus gérmenes, ¡oh, diosa!, fermentan en las obscuras -profundidades de la humedad. - -»Cuando apareces, la quietud invade la tierra; las flores se cierran, -las olas se apaciguan, los hombres fatigados extienden el pecho hacia -ti, y el mundo, con sus océanos y montañas, se mira en tu cara como -en un espejo. ¡Eres blanca, suave, luminosa, inmaculada, auxiliadora, -purificante, serena!» - -La luna, en cuarto creciente, aparecía entonces sobre la montaña de -las Aguas Calientes, en la hendidura de sus dos cimas, del otro lado -del golfo. Tenía debajo una pequeña estrella, y alrededor, un círculo -pálido. Salambó añadió: - -«¡Qué terrible eres, señora!... Por ti nacen los monstruos, los -horribles fantasmas, los mentirosos sueños; tus ojos devoran las -piedras de los edificios y enferman los monos cada vez que tú te -rejuveneces. - -»¿Adónde vas? ¿A qué cambias perpetuamente tu forma? Tan pronto, -pequeña y encarnada, surcas el espacio como una galera sin mástil; -o bien, en medio de las estrellas, pareces un pastor que guarda su -rebaño. Brillante y redonda, rozas la cumbre de los montes, como la -rueda de un carro. - -»¡Oh, Tanit! No me amas, ¿no es verdad? ¡Te he mirado tanto! Pero no; -tú corres en el azul y yo permanezco en la tierra inmóvil.» - ---¡Taanach, toma tu nebal y toca en tono bajo la cuerda de plata, -porque mi corazón está triste! - -La esclava levantó una especie de arpa de ébano, más alta que ella, y -triangular como una delta, fijó la punta en un globo de cristal, y con -los dos brazos la tañó. - -Los sones se sucedían, sordos y precipitados como zumbido de abejas, y -cada vez más sonoros volaban en la noche con la queja de las olas y el -estremecimiento de los grandes árboles en la cima de la Acrópolis. - ---¡Cállate! --exclamó Salambó. - ---¿Qué te pasa, ama? La brisa que sopla, la nube que corre, todo te -inquieta ahora y te agita. - ---No lo sé. - ---Te fatigas con plegarias demasiado largas. - ---¡Oh, Taanach, yo quisiera disolverme como una flor en el vino! - ---Quizás consista en el aroma de tus perfumes... - ---No --dijo Salambó--: el espíritu de los dioses habita en los buenos -olores. - -Entonces la esclava la habló de su padre. Se le creía de viaje al país -del ámbar, detrás de las columnas de Melkart. - ---Pero no vuelve; te convendrá, sin embargo, escoger un esposo entre -los hijos de los Ancianos, y entonces tu fastidio se extinguirá en los -brazos de un hombre. - ---¿Por qué? --preguntó Salambó. - -Todos los que ella había visto le causaban horror con sus risas de -animal salvaje y sus miembros groseros. - ---Algunas veces, Taanach, se exhala del fondo de mi ser como cálidos -alientos, más pesados que los vapores de un volcán; siento que me -llaman unas voces; un globo de fuego rueda y sube en mi pecho, me -ahoga, voy a morir; y luego, algo suave, que corre de mi frente a mis -pies, pasa por mi carne... Es una caricia que me envuelve, y yo me -siento aplastada como si un dios se extendiera sobre mí. ¡Oh, quisiera -perderme en la bruma de las noches, en el chorro de las fuentes, en la -savia de los árboles; salir de mi cuerpo, no ser más que un soplo, que -un rayo, y subir hacia ti, oh, Madre! - -Alzó los brazos lo más alto posible, cimbreando el talle, pálida y -ligera como la luna, con su larga vestimenta. Luego volvió a echarse -en su lecho de marfil, jadeando. Taanach la pasó en torno al cuello un -collar de ámbar con dientes de delfín para ahuyentar los terrores, y -Salambó dijo con voz casi apagada: - ---Tráeme a Schahabarim. - -Su padre no había querido que ella entrara en el colegio de las -sacerdotisas, ni que la hicieran conocer nada de la Tanit popular. La -reservaba para alguna alianza favorable a su política. Salambó vivía -sola, porque su madre había muerto. - -Había crecido en las abstinencias, los ayunos y las purificaciones, -rodeada siempre de cosas exquisitas, saturado el cuerpo de perfumes, el -alma llena de plegarias. Jamás había probado el vino, ni comido carne, -ni tocado un animal inmundo, ni puesto los pies en la casa de un muerto. - -Ignoraba los simulacros obscenos, porque, aunque cada dios se -manifestaba en formas diferentes y cultos, a menudo contradictorios, -atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa -en su manifestación sideral. Había ejercido la luna una manifiesta -influencia sobre la virgen; cuando el astro iba menguando, Salambó se -debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la noche. -En un eclipse, estuvo a punto de morir. - -Pero la Rabbet, celosa, se vengaba de esta virginidad sustraída a sus -sacrificios y atormentaba a Salambó con obsesiones, tanto más fuertes -cuanto que eran avivadas por una fe sincera. - -Sin cesar, la hija de Amílcar se inquietaba por Tanit. Había aprendido -sus aventuras, sus viajes y todos sus nombres, que repetía ella sin que -les diera significado distinto. A fin de penetrar en las profundidades -de su dogma, quería conocer en lo más secreto del templo el viejo ídolo -con el magnífico manto del que dependían los destinos de Cartago; -porque la idea de un dios no puede desprenderse de su representación; -y conocer su simulacro era tomar una parte de su virtud y, en cierto -modo, dominarle. - -Salambó se volvió porque había oído las campanillas de oro que -Schahabarim llevaba en la fimbria de su vestidura. - -Subió este las escaleras y se detuvo en el dintel de la terraza, con -los brazos cruzados. - -Sus ojos hundidos brillaban como lámparas de un sepulcro; sobre su -largo cuerpo delgado flotaba la túnica de lino, que hacían pesada los -cascabeles que alternaban en sus talones con granos de esmeralda. Tenía -los miembros débiles, el cráneo oblicuo, la barbilla puntiaguda; su -piel estaba helada al tacto y su amarilla faz, surcada por profundas -arrugas, parecía contraída por un deseo o por una eterna tristeza. - -Era el gran sacerdote de Tanit, que había educado a Salambó. - ---Habla --dijo--. ¿Qué quieres? - ---Yo esperaba... Me habías casi prometido... - -Salambó se turbaba, pero en seguida repuso: - ---¿Por qué me menosprecias? ¿He olvidado algo de los ritos? Tú eres mi -maestro; tú me has dicho que ninguna como yo conocía el culto de la -diosa; pero hay algo que no quieres decirme. ¿No es así, padre? - -Schahabarim se acordó de las órdenes de Amílcar y respondió: - ---No; nada tengo que enseñarte. - ---Un genio me empuja a este amor. He subido las gradas de Eschmún, dios -de los planetas y de las inteligencias; he dormido bajo el olivo de -oro de Melkart, patrón de las colonias tirias; he empujado las puertas -de Baal-Kamón, iluminador y fertilizador; he sacrificado a los Kabiros -subterráneos, a los dioses de los bosques, de los vientos, de los -ríos y de las montañas; pero todos están muy lejos, muy altos y son -insensibles, ¿comprendes? Mientras que a Ella la siento mezclada con mi -vida; llena mi alma y me estremezco con angustias interiores como si -ella saltara para escaparse. Paréceme que voy a oír su voz, a ver su -rostro; me deslumbran sus rayos y luego caigo en las tinieblas. - -Schahabarim callaba. Salambó le imploraba con la mirada. Por fin hizo -una señal para que se fuera la esclava, que no era de raza cananea. -Desapareció Taanach, y el gran sacerdote, alzando un brazo al aire, -dijo: - ---Antes que nacieran los dioses, estaban solas las tinieblas y flotaba -un soplo, pesado e indistinto, como la conciencia de un hombre que -sueña. Este soplo se contrajo, creando el Deseo y la Nube; y del Deseo -y de la Nube salió la materia primitiva. Era un agua fangosa, negra, -helada, profunda. Encerraba monstruos insensibles, partes incoherentes -de formas que habían de nacer y que estaban pintadas en la pared de los -santuarios. - -»Después, la Materia se condensó: se convirtió en un huevo que se -abrió. Una mitad formó la tierra, otra el firmamento. El sol, la -luna, los vientos, las nubes, aparecieron y al estallido del rayo se -despertaron los animales inteligentes. Entonces, Eschmún se extendió -en la estrellada esfera; Kamón irradió en el sol; Melkart, con su -brazo, le empujó detrás de Gades; los Kabirim bajaron a los volcanes, -y Rabbet, como una nodriza, se dobló sobre el mundo, vertiendo su luz, -como una leche, y su noche como un manto. - ---¿Y después? --inquirió Salambó. - -Le había contado el secreto de los orígenes para distraerla con más -altas perspectivas; pero el deseo de la virgen se avivó con aquellas -últimas palabras, y el gran sacerdote, cediendo a medias, añadió: - ---Después inspiró y gobernó los amores de los hombres. - ---¿Los amores de los hombres? --repitió Salambó, soñadora. - ---Ella es el alma de Cartago; bien está en todas partes, habita aquí -bajo el velo sagrado. - ---¡Oh, padre! --exclamó Salambó--, yo le veré, ¿no es verdad? Tú me -llevarás. Desde hace tiempo la curiosidad de verle me devora. ¡Piedad! -¡Socórreme! ¡Vamos! - -Él la rechazó con gesto vehemente y lleno de orgullo. - ---¡Jamás! ¿No sabes que produce la muerte? Los Baales hermafroditas no -se descubren más que a nosotros solos, hombres por el espíritu, mujeres -por la debilidad. Tu deseo es un sacrilegio; conténtate con la ciencia -que posees. - -Cayó ella de rodillas, poniendo dos dedos en sus orejas, en señal de -arrepentimiento; gemía, anonadada por las palabras del sacerdote, llena -a la vez de enojo contra él, de terror y de humillación. Él la miraba -de arriba abajo, temblando a sus pies, más insensible que las piedras -de la terraza, sintiendo una especie de alegría viéndola sufrir por -su divinidad, que tampoco él podía conocer del todo. Ya los pájaros -cantaban; soplaba el viento frío, y unas nubecillas corrían en el cielo -pálido. - -De pronto, el sacerdote vio en el horizonte, detrás de Túnez, como -ligeras nieblas que se arrastraban y obscurecían el sol; luego se -alzó una gran cortina de polvo gris, perpendicularmente extendida; y -en los torbellinos de esta masa numerosa se advirtieron cabezas de -dromedarios, lanzas y escudos. Era el ejército de los bárbaros que -venía sobre Cartago. - - - - -IV - -BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO - - -Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los aldeanos montados -en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La soldadesca -había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con propósito -de exterminarlo todo. - -Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban los bárbaros, -quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago. - -Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos se acercaban con -palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal era el -terror que inspiraban! - -Por la mañana y a la caída de la tarde, los merodeadores vagaban -algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre ellos un hombre -pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara tapada por -una visera muy baja. Pasaba horas enteras mirando el acueducto, con -tal persistencia, que sin duda quería engañar a los cartagineses acerca -de sus verdaderos designios. Le acompañaba otro hombre, especie de -gigante, con la cabeza destocada. - -Cartago estaba defendida en toda la longitud del istmo; en primer -lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último término -por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y -doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes -para sus caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para -cuatro mil caballos con las provisiones de cebada y los arneses; y -cuarteles para veinte mil soldados con las armaduras y todo el material -de guerra. Las torres se levantaban en el segundo piso, provistas de -almenas, y a la parte de afuera había escudos de bronce, colgados de -garitos. - -Esta primera línea de murallas defendía en primer lugar a Malqua, -barrio de la gente de la marina y de los tintoreros. Veíanse los -mástiles en que se secaban las velas de púrpura; y sobre las últimas -azoteas los hornos de arcilla para cocer la salmuera. - -Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus altas casas de -forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de cañas, -de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos formaban -como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente -coloreados. Las plazas públicas estaban niveladas a distancias -desiguales; innumerables callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en -sentido longitudinal. Se veían los recintos de tres viejos barrios, -ahora confundidos, destacándose como grandes escollos, en los que se -alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores, ennegrecidos, -anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las calles -por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes. - -La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa, desaparecía bajo un -desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con capiteles -de bronce y cadenas de metal, conos de piedra con franjas de azur, -cúpulas de cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y -obeliscos en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban -a los frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas; -las murallas de granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto, -encima una cosa de otra, ocultándose a medias, de un modo maravilloso e -incomprensible. Se sentía la sucesión de las edades y como el recuerdo -de patrias olvidadas. - -Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el camino de los Mapales, -cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la ribera a las -catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este tercer -barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de la -costa, en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas las -noches. - -Así se desplegaba Cartago ante los soldados acampados en la llanura. - -De lejos divisaban los mercados, las esquinas de las calles, y -discutían sobre el emplazamiento de los templos. El de Kamón, enfrente -de los Sisitas, con tejas de oro; Melkart, a la izquierda de Eschmún, -tenía en su techumbre ramas de coral; más allá, Tanit redondeaba -entre palmeras su cúpula de cobre; el negro Moloch estaba debajo de -las cisternas del lado del faro. En el ángulo de los frontispicios, -encima de las murallas, en los rincones de las plazas, en todas partes, -se veían divinidades de cabeza horrible, colosales o ventrudas, con -vientres enormes o desmesuradamente aplanados, con las fauces abiertas, -separados los brazos y en las manos horcas, cadenas o jabalinas. El -azul del mar, destacándose en el fondo de las calles, parecía hacer a -estas, por un efecto de perspectiva, más escarpadas. - -Un pueblo tumultuoso las llenaba de día y noche; los mancebos, agitando -campanillas, gritaban a la puerta de los baños; humeaban las tiendas -de bebidas calientes; el aire resonaba con la batahola de los yunques; -los gallos blancos, consagrados al sol, cantaban en los terrados; -mugían en los templos los bueyes destinados al sacrificio; corrían los -esclavos con canastillos en la cabeza; y en el atrio de los pórticos -aparecía alguno que otro sacerdote vestido con sombrío manto, desnudos -los pies, con el gorro puntiagudo. - -Este espectáculo de Cartago irritaba a los bárbaros. La admiraban y la -execraban; querían a un tiempo destruirla y vivir en ella. Pero ¿qué -había en el puerto militar, defendido por una triple muralla? Detrás -de la ciudad, en el fondo de Megara, a mayor altura que la Acrópolis, -aparecía el palacio de Amílcar. - -A cada instante, los ojos de Matho miraban a él. Se subía a los olivos -y se doblaba con la mano extendida sobre las cejas. Los jardines se -hallaban dentro y la puerta roja, de cruz negra, estaba siempre cerrada. - -Más de veinte veces dio la vuelta a las fortificaciones, buscando -alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo y durante tres -horas nadó sin descansar. Llegó al final de los Mapales y quiso trepar -por el acantilado. Se ensangrentó las rodillas, se rompió las uñas y -luego cayó en el agua y se volvió. - -Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa Cartago que guardada -a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su enervamiento -sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas, los -ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo -traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón. -Tiraba flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras -furiosas. - ---Deja correr tu cólera como un carro que rueda --le decía Espendio--. -Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con sangre, y, ya -que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te sostendrá. - -Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les hacía maniobrar -implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo, por su -fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de noche -hablaba con fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su ejemplo, -y pronto el ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus -casas la música de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los -bárbaros se acercaron. - -Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado dos ejércitos que -pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno desembarcando -en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las Aguas -Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo -más, de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían -juntarse con los númidas e interceptar el camino de Cirene y el -comercio del desierto; si se replegaban al Occidente, se levantaría la -Numidia. Finalmente, la falta de víveres les haría devastar, tarde o -temprano, como la langosta, las campiñas vecinas. Los ricos temblaban -por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus cultivos. - -Hannón propuso medidas atroces e impracticables, tal como prometer una -fuerte suma por cada cabeza de bárbaro, o que con barcos y con máquinas -se incendiara su campamento. Por el contrario, su colega Giscón quería -que se les pagara; pero a causa de su popularidad, los Ancianos le -detestaban, porque temían que el azar les diera un amo, y por temor a -la monarquía se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la -podía restablecer. - -Fuera de las fortificaciones había gente de otra raza y de origen -desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos y de -serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las que se -divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de Megara, -por entre las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro y algas -estaban junto a los cantiles de la costa, como nidos de golondrinas. -Allí vivían sin Gobiernos y sin dioses, todos mezclados, completamente -desnudos; a un tiempo débiles y feroces, y desde muchos siglos -execrados por el pueblo a causa de sus inmundos alimentos. Una mañana -advirtieron los centinelas que todos se habían ido. - -Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una resolución. -Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias, como -particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o -bien parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba -arreglado y que harían justicia a sus reclamaciones. - -Muchos de estos consejeros visitaban por primera vez un campo de -mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban, admiraron en -todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de tierra -encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de -las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca; -por los agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que -brillaban en la sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas -los deslumbraban como espejos. Se hablaba en voz baja; temían volcar -algo con sus largas togas. - -Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a pagarlos con el -dinero que se les debía. - -Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas secas y altramuces, más -cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que Cartago exportaba al -extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los magníficos -animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el -valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los -comedores de cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los -engañaban. Entonces echaban mano a la espada y amenazaban con matar. - -Los comisarios del Gran Consejo escribieron el número de años que -se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora cuántos -mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de -la suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la -reserva de silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnez estaba -ya con ellos; y los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los -reproches de su colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien -conocía a algún bárbaro fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y -entretenerlo con buenas palabras. Esta confianza les calmaría. - -Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias enteras se -trasladaron al campamento bárbaro. - -Los soldados dejaban entrar a los cartagineses, pero por un solo -paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro hombres en -fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar -cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando -encontrar alguien que hubiese visto en casa de Salambó. - -El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío y la animación. Las -dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la una vestida -de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; la otra -vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores ambulantes, -circulaban mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles -maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas -por marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas, -tomadas en el saqueo de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las -abrumaba de amor y cuando llegaban a viejas se las tundía a golpes, y -que morían en los viajes, al borde de los caminos, entre los bagajes, -con las acémilas abandonadas. Las mujeres númidas se balanceaban sobre -sus talones, vestidas de túnicas de pelo de dromedario, cuadradas y de -color rabioso; las músicas de la Cirenaica, envueltas en gasas violetas -y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las esteras; negras -viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego, estiércol de -animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de oro en -la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de -lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos, -daban a los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o llegando -por detrás, como pequeños tigres, les mordían las manos. - -Los cartagineses se paseaban por el campamento, sorprendidos de la -multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban tristes, y los -otros disimulaban su inquietud. - -Los soldados les golpeaban en el hombro, excitándolos a la alegría. No -bien veían un personaje, le invitaban a sus diversiones. Cuando jugaban -al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y en el pugilato, al -primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos asustaban a los -cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus víboras; los jinetes, -con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones pacíficas, se esforzaba en -sonreír y bajar la cabeza a todos estos ultrajes. Algunos, mostrándose -valientes, hacían signos de que querían ser soldados. Se les daba -hachas para rajar madera y se les hacía almohazar los animales; se -les encerraba en una armadura y los hacían rodar como toneles por -las calles del campamento. Y cuando se disponían a marcharse, los -mercenarios se tiraban de los pelos con contorsiones grotescas. - -Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a todos los -cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran alguna -cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un -cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés, -despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos -contestaban: «Tu mujer.» Otros decían: «Tu vida.» - -Fueron remitidas a los capitanes las cuentas militares, leídas a los -soldados y aprobadas definitivamente. Entonces reclamaron tiendas, y -se las dieron. Después los polemarcas de los griegos pidieron algunas -de las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el Gran -Consejo votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes -entendían que era justo que la República les indemnizara de sus -caballos: uno afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en -tal marcha, otro catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones -de Hecatompila; pero ellos prefirieron dinero. - -A continuación pidieron que se les pagara en plata, no en moneda de -cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que se -hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida -de harina cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal -injusticia exasperó, pero hubo que pasar por ella. - -Entonces los delegados de los soldados y los del Gran Consejo se -reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses de los -bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas -y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba -de amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con -la República. - -Hízose como que no se les comprendía, y se explicaron más claramente, -pidiendo la cabeza de Amílcar. - -Muchas veces al día salían de su campamento para pasearse al pie de las -murallas. Gritaban que se les diera la cabeza del Sufeta y extendían -los sayos para recibirla. - -Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser por una última -exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en matrimonio -para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue una -idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar. -Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó -al pueblo: se les significó rotundamente que no les darían ninguna. -Entonces gritaron que se les había engañado y que si antes de tres días -no llegaba su paga, irían ellos mismos a tomarla en Cartago. - -La mala fe de los mercenarios no era tan completa como pensaban sus -enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes, vagas, es -verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar -en Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían -sus tesoros; y cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la -desilusión hirió su orgullo tanto como su codicia. - -Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de Alejandro, ¿no habían -dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de Hércules, que los -cananeos confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte de los -ejércitos. Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el -ruido de los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en -su bosque de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un -pueblo dispuesto a utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su -tribu, el parricida errante en los caminos, el sacrílego perseguido por -los dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados procuraban -llegar al puerto donde el agente de Cartago reclutaba soldados. En -general, esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el exceso de su -avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los -libios, el África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba -libre; pero aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por -asesinos, la República sentía la muerte rondar en torno de ella. - -Convenía, pues, recurrir a Giscón; los bárbaros aceptaron su -intervención; una mañana vieron bajarse las cadenas del puerto y entrar -en el lago tres barcos planos, pasando por el canal de la Tania. - -A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de este, y a más altura -que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con anillos parecidos -a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes, peinados -como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y -esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros. -Las tres barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las -aclamaciones de los soldados, que las estaban mirando. - -Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a su encuentro. Con -sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no se iría -sin haberles pagado íntegramente. - -Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo hablar. - -Luego censuró las faltas de la República y las de los bárbaros, que -con sus violentos motines tenían asustada a Cartago. La mejor prueba -de las buenas intenciones de la ciudad era que le enviaban a él, el -constante adversario del Sufeta Hannón. No debían los mercenarios -suponer en el pueblo la tontería de querer irritar a los valientes, ni -la ingratitud de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por -los libios. Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se -sirvió de ellas. - -Iban desfilando todos por naciones y abriendo los dedos para significar -el número de años; se les marcaba sucesivamente en el brazo izquierdo -con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en el cofre -abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de plomo. - -Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la pesadez de un buey. - ---Sube a mi lado --le dijo el Sufeta, sospechando algún fraude--. -¿Cuántos años has servido? - ---Doce --respondió el libio. - -Giscón le pasó los dedos por debajo de la mandíbula, porque el -barboquejo del casco producía a la larga callosidades. «Tener callos» -era tanto como acreditarse de veterano. - ---¡Ladrón! --exclamó el Sufeta--, lo que te falta en la cara debes -tenerlo eh las espaldas. - -Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto de llagas -sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue -decapitado. - -En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a despertar a los libios, y -les dijo: - ---Cuando los ligures, los griegos, los baleares y los hombres de -Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en África, -esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se -vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los -dos Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de -Xantippo, al que enviaron a Esparta en una galera podrida... - ---¿Qué haremos? --le preguntaban. - ---¡Reflexionad! --contestaba Espendio. - -Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a la gente de Magdala, -de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos. - ---Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a los baleares, a los -asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se os dará -nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán -para ahorrar la comida. - -Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita, aquel a quien Giscón -golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue rechazado por los -esclavos y desapareció, jurando vengarse. - -Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los más obstinados -entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban las -manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las -cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los -que lo habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos, -los desterrados, tomando las armas de los soldados, decían que se les -olvidaba. A cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas -crujían, se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del -campamento oscilaba, con grandes gritos, desde las puertas hasta el -centro. Cuando el tumulto era muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su -cetro de marfil y, mirando al mar, permanecía inmóvil, con los dedos -hundidos en la barba. - -Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar con Espendio; luego -se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente sus pupilas -como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se -le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto -continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos. - -Los griegos quisieron armar camorra por la diferencia de las monedas; -Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron conformes. Los -negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio en el -interior de África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y como los -demás, aceptaron moneda. - -A los baleares se les había prometido algo mejor: mujeres. El Sufeta -les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de vírgenes; el -camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que estas -doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las -enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares. - -De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó como un batelero -sobre las espaldas de sus amigos, y gritó: - ---¿Has reservado algo para los muertos? --y señalaba la puerta de -Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía con -sus placas de cobre, de arriba abajo. - -A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro sangriento. Cada vez -que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó lentamente y se -encerró en su tienda. - -Cuando al amanecer volvió a salir, no se movieron sus intérpretes, -que dormían al exterior, y a los que se veía de espaldas, fijos los -ojos, azulado el rostro y con la lengua fuera de la boca. Salían de sus -narices blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como si les -hubiese helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello -una lazada de juncos. - -Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza de baleares, -contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por Espendio. -Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era forzoso -concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda -ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita -blandía su recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros -puñales. Los más fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos -iracundos pedían que continuara la distribución. Nadie abandonaba las -armas, y todas las iras se concentraban en Giscón, con odio tumultuoso. - -Algunos se pusieron a su lado. Mientras vociferaban injurias, se les -escuchaba con paciencia; pero a la menor palabra en favor suyo, eran -apedreados, o por la espalda, de un sablazo, se les cortaba la cabeza. -El montón de sacos estaba más rojo que un altar. - -Después de la comida, cuando habían bebido vino, se volvían terribles. -Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los ejércitos púnicos, -y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, como burlándose -de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos que traían el -dinero, y seguía la matanza. La palabra _¡mata!_, aunque distinta en -cada idioma, era comprendida de todos. - -Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba; pero, a pesar de -su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que se les -había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a -sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la -multitud en señal de juramento. - -Entonces los africanos reclamaron el trigo prometido por el Gran -Consejo. Giscón extendió las cuentas de los Sisitas, hechas con pintura -violeta sobre pieles de cordero, y leyó todo el que había entrado en -Cartago, mes por mes y día por día. - -A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si entre los números -leyera su sentencia de muerte. - -En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente reducido, y el -trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a una tasa -tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo. - ---¡Habla! --le dijeron--. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que trata de engañarnos! -¡Desconfiemos del cobarde! - -Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó su tarea. Los -soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por buenas las -cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en -Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro -y vieron que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto -salir de ella tales sumas que la creían inagotable; Giscón, sin duda, -las había escondido en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por -Matho, y como gritaran «¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al -fin: «Que os lo dé vuestro general.» - -Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus grandes ojos amarillos y -su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha, detenida por las -plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su oreja, y un -hilo de sangre corría de la tiara por su hombro. - -A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio, con un nudo -corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta -desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los sacos. - -Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas más indispensables -para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, y en una piel -de mono, una piedra negra caída de la luna. - -Muchos cartagineses habían querido acompañarle; eran personajes -partidarios de la guerra. - -Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en el foso de las -inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre a -sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya. - -Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con invectivas; como ellos -no las entendían, nada contestaban. El galo se entretenía en tirarles -guijarros a la cara para hacerles gritar. - - * * * * * - -Una especie de inquietud se apoderó del ejército al siguiente día. -Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban las inquietudes. -Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que indirectamente había -ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como una prolongación de -su persona. Matho se sentaba de noche al borde de la fosa, y en los -gemidos de los prisioneros encontraba él algo de la voz de la que su -corazón estaba lleno. - -Los libios eran los únicos pagados, y todos se lo echaban en cara. -Al mismo tiempo que se avivaban las antipatías nacionales con los -odios particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque después -de tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había -que precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los -conciliábulos, las arengas; hablaban todos y nadie era escuchado; -Espendio, locuaz de ordinario, se encogía de hombros ante todas las -proposiciones. - -Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el interior de la ciudad. - ---Ninguna --contestó Matho. - -Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago. - ---¡Amo! --dijo el antiguo esclavo--, si tu corazón es intrépido, yo te -guiaré a Cartago. - ---¿Cómo? - ---Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como una sombra. - -Matho, levantando el brazo hacia el planeta de Chabar, dijo; - ---¡Lo juro, por Tanit! - ---Mañana --repuso Espendio--, al ponerse el sol, me esperarás al pie -del acueducto, entre el noveno y el décimo arco. Provéete de un pico -de hierro, de un casco sin cimera y de sandalias de cuero. - -El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente todo el istmo y era -una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No obstante su -desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento, -lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos -superpuestos, de abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y -cabezas de león en las cimas, extendiéndose por la parte occidental de -la Acrópolis, iban a hundirse debajo de la ciudad, para derramar casi -un río en las cisternas de Megara. - -A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató una especie de -arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y fijado -que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared. - -Así que llegaron al primer piso, como se caía el arpón cada vez que lo -echaban, tuvieron que andar por el borde de la cornisa para descubrir -alguna hendidura. La cornisa se iba estrechando a cada hilera de arcos. -La cuerda se iba gastando, y en ocasiones amenazaba romperse. - -Llegaron finalmente a la plataforma superior. Espendio, de tiempo en -tiempo, se doblaba para tantear las piedras con la mano. - ---¡Allí es! --dijo--. Empecemos. - -Y forcejeando con la palanca que trajo Matho, consiguieron apartar una -de las losas. - -Vieron a lo lejos un grupo de jinetes que galopaban en caballos -sin bridas. Los brazaletes de oro saltaban entre las mangas de sus -vestidos. Al frente de ellos iba un hombre coronado con plumas de -avestruz y galopando con una lanza en cada mano. - ---¡Narr-Habas! --exclamó Matho. - ---¿Qué importa? --repuso Espendio. - -Y saltó al agujero que había dejado la losa separada. - -A una orden suya, Matho probó empujar uno de los bloques; pero por -falta de espacio, no podía mover los codos. - ---Volveremos --dijo Espendio--; ponte delante --y los dos se -aventuraron en el conducto de las aguas. - -Andaban mojados hasta la cintura, y pronto hubieron de nadar, -tropezando a cada instante con las paredes del canal, que era muy -estrecho. El agua corría casi tocando las losas de arriba; se laceraban -el rostro. Luego, la corriente los arrastró. Un aire más pesado que -el de un sepulcro les oprimía el pecho, y con los brazos altos para -resguardar la cabeza y pegadas las piernas, que alargaban lo más -que podían, pasaron como flechas en la obscuridad, jadeantes, casi -muertos. De pronto, todo se hizo negro delante de ellos y se redobló la -velocidad de las aguas. Cayeron. - -Así que volvieron a la superficie se mantuvieron durante algunos -minutos tendidos de espalda, para respirar deliciosamente el aire. -Las arcadas, una tras otra, se abrían en medio de anchas murallas que -separaban los depósitos. Todos estaban llenos y el agua caía en una -especie de cascada a lo largo de las cisternas. Las cúpulas del techo -dejaban pasar por un tragaluz una pálida claridad que se reflejaba en -el agua como discos de luz, y las tinieblas del contorno se espesaban -sobre las paredes indefinidamente. El más insignificante ruido producía -un gran eco. - -Espendio y Matho volvieron a nadar, y pasando por la abertura de los -arcos, atravesaron muchos compartimentos seguidos. Otras series de -depósitos más pequeños se extendían paralelamente a cada lado. Los dos -hombres se perdían y volvían a encontrarse. Algo resistió bajo sus -talones: era el pavimento de la galería que bordeaba las cisternas. - -Entonces, avanzando con grandes precauciones, palparon la muralla en -busca de una salida. Pero sus pies resbalaban y caían para volver -a levantarse, presa de espantosa fatiga, como si sus miembros se -disolvieran en el agua. Sus ojos se cerraron: agonizaban. - -Espendio dio con la mano contra los barrotes de una reja. La sacudieron -y cedió, dando paso a una escalera cerrada arriba por una puerta de -bronce. Con la punta de un puñal apartaron la barra que la abría por -fuera; y respiraron el aire libre. - -La noche estaba silenciosa y el cielo parecía de una altura -desmesurada. Veíanse hileras de árboles a lo largo de las murallas. La -ciudad dormía, mientras los fuegos de los centinelas de las avanzadas -brillaban como estrellas perdidas. - -Espendio, que había pasado tres años en la ergástula, no conocía bien -los barrios de la ciudad. Matho conjeturó que para ir al palacio de -Amílcar debían tomar a la izquierda, atravesando los Mapales. - ---No --dijo Espendio--; llévame al templo de Tanit. - -Matho quiso objetar. - ---Acuérdate --dijo el esclavo; y alzando el brazo, señaló al planeta de -Chabar, que resplandecía. - -Entonces Matho se volvió silenciosamente hacia la Acrópolis. - -Se arrastraban a lo largo de las líneas de nopales que bordeaban -los caminos. Corría el agua de sus cuerpos sobre el polvo de la -tierra. Sus sandalias, mojadas, no hacían el menor ruido. Espendio, -con los ojos más brillantes que antorchas, registraba a cada paso -los matorrales; detrás de él andaba Matho, con las dos manos armadas -de puñales, sujetos los brazos cerca de los sobacos por una banda de -cuero. - - - - -V - -TANIT - - -Cuando salieron de las huertas, se vieron detenidos por la cerca de -Megara; pero descubrieron una brecha en la espesa muralla, y pasaron. - -El terreno, al descender, formaba como un valle muy ancho. Se hallaron -en un sitio descubierto. - ---¡Escucha! --dijo Espendio--, y nada temas... Cumpliré mi promesa. - -Se interrumpió, como pensando en lo que iba a decir... - ---¿Te acuerdas cuando una vez te señalé, Matho, al salir el sol, desde -la azotea de Salambó, a Cartago? Aquel día éramos fuertes, pero tú -no quisiste oír nada... ¡Amo, hay en el santuario de Tanit un velo -misterioso, caído del cielo, y que cubre a la diosa! - ---Lo sé --dijo Matho. - ---Es un velo divino porque forma parte de la deidad. Los dioses -ejercen su poder donde residen. Porque lo posee Cartago, Cartago es -poderosa... ¡Te he traído aquí para robarlo! - -Matho retrocedió horrorizado. - ---¡Vete! ¡Busca otro! No quiero ayudarte en esa acción execrable. - ---Tanit es tu enemiga --replicó Espendio--. Ella te persigue, y tú -mueres de su cólera. Te vengarás; ella te obedecerá, y serás inmortal e -invencible. - -Matho bajó la cabeza. Espendio prosiguió: - ---Sucumbiremos; el ejército será aniquilado. No tenemos ni escapatoria, -ni ayuda, ni perdón. ¿Qué castigo de los dioses puedes temer, si tienes -su fuerza en tus manos? ¿O es que prefieres morir en la derrota, -miserablemente, al amparo de un matorral, o entre el ultraje de la -plebe, en una hoguera? ¡Amo, un día entrarás en Cartago, entre los -colegios de los pontífices, que besarán tus sandalias; y si el velo de -Tanit te pesa, lo devolverás a su templo! ¡Sígueme! ¡Ven a tomarlo! - -Un ansia terrible devoraba a Matho. Hubiera querido poseer el velo -sin cometer el sacrilegio. Se decía que quizás podría adquirir su -virtud sin necesidad de robar el velo; pero sin llegar al fondo de su -pensamiento, deteniéndose en el límite que le espantaba. - ---¡Vamos! --dijo, y se alejaron a paso rápido, juntos y sin hablarse. - -El terreno iba subiendo y las casas se juntaban. Los dos hombres -torcían por calles estrechas y entre tinieblas. Jirones de esparto -que cerraban las puertas golpeaban las paredes. En una plaza, los -camellos rumiaban ante un montón de heno. Luego pasaron por debajo de -una galería cubierta de follaje. Ladraron los perros, pero de pronto -el espacio se ensanchó y se encontraron en la parte occidental de la -Acrópolis. Por bajo de Byrsa se erguía una negra mole: era el templo -de Tanit, conjunto de monumentos y jardines, de patios y antepatios, -ceñido por un pequeño muro de piedras secas. Espendio y Matho lo -franquearon. - -Este primer recinto encerraba un bosque de plátanos, plantados como -precaución contra la peste y la infección del aire. Aquí y acullá -estaban diseminadas las tiendas en que de día se vendían pastas -depilatorias, perfumes, vestidos, pasteles en forma de luna e imágenes -de la diosa, con reproducciones del templo ahuecadas en un bloque de -alabastro. - -Nada tenían que temer, porque en las noches en que el astro estaba -oculto, se suspendían todos los ritos; pero Matho se desanimaba y se -detuvo ante las tres gradas de ébano que conducían al segundo recinto. - ---¡Adelante! --dijo Espendio. - -Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmóviles como follaje de -bronce, alternaban con regularidad; el camino, empedrado de guijarros -azules, crujía bajo los pies; abiertas rosas se mecían como cunas en -toda la longitud de la avenida. Llegaron ante un agujero oval, cerrado -por una verja. Matho, a quien el silencio espantaba, dijo a Espendio: - ---Aquí es donde se mezclan las Aguas dulces con las Aguas amargas. - ---Yo he visto todo esto --contestó el antiguo esclavo-- en Siria, en la -ciudad de Mafug. - -Por una escalera de seis gradas de plata subieron al tercer recinto. - -Un cedro enorme se erguía en medio. Sus ramas más bajas desaparecían -bajo montones de estofas y de collares colgados por los fieles. -Avanzaron algunos pasos y llegaron a la fachada del templo. - -Dos largos pórticos, de arquitrabes que se apoyaban en gruesos pilares, -flanqueaban una torre cuadrangular, adornada en su plataforma por una -luna en creciente. Sobre los ángulos de los pórticos y en las cuatro -esquinas de la torre se elevaban vasos llenos de aromas encendidos. -Granadas y coloquíntidas festoneaban los capiteles. Entrelazos, -losanges y líneas de perlas alternaban sobre los muros, y un seto de -filigrana de plata formaba un ancho semicírculo ante la escalera de -marfil que bajaba del vestíbulo. - -A la entrada había, entre una estela de oro y otra de esmeralda, un -cono de piedra; al pasar por su lado, Matho se besó la mano derecha. - -La primera habitación era muy alta, con innumerables aberturas en la -bóveda, de modo que al levantar la cabeza se podían ver las estrellas. -En todo el contorno de la muralla se amontonaban, en cestas de mimbre, -barbas y cabelleras, primicias de adolescentes; y en medio del -departamento circular, salía de una repisa el cuerpo de una mujer, -cubierta de mamas, gorda, barbuda y con las pupilas bajas; tenía aire -sonriente y las manos cruzadas sobre el borde de su gran vientre, -pulido por los besos de la multitud. - -Después se hallaron al aire libre, en un corredor transversal, en el -que un altar de exiguas proporciones se apoyaba en una puerta de marfil -que únicamente los sacerdotes podían abrir; porque un templo no era un -sitio de reunión del pueblo, sino la morada particular de una divinidad. - ---¡La empresa es imposible! --decía Matho--. ¡Volvámonos! - -Espendio examinaba las paredes. Quería el velo, no porque tuviera -confianza en su virtud --Espendio no creía en el oráculo--, sino porque -estaba persuadido de que los cartagineses, al verse sin él, caerían -en un gran abatimiento. Dieron la vuelta por detrás, buscando alguna -salida. - -Veíanse edículos de formas diferentes, bajo bosquecillos de terebintos. -Aquí y allá se erguía un falo de piedra y pastaban tranquilamente -grandes ciervos, empujando con las pezuñas las piñas que habían caído -de las copas de los árboles. - -Volvieron sobre sus pasos entre dos largas galerías paralelas, con -pequeñas celdas al fondo. De arriba abajo de sus columnas de cedro -pendían tamboriles y címbalos. Unas mujeres dormían sobre esteras -fuera de las celdas. Sus cuerpos, engrasados con ungüentos, exhalaban -olor a especias y a perfumadores apagados, y estaban tan cubiertas de -tatuajes, de collares, de anillos, de bermellón y de antimonio que, -sin el movimiento del pecho, se las hubiera tomado por ídolos tendidos -en el suelo. Los lotos rodeaban una fuente en la que nadaban peces -parecidos a los de Salambó; luego, en el fondo, junto a la muralla del -templo, se desplegaba una viña de sarmientos de vidrio y racimos de -esmeraldas. Los rayos de las piedras preciosas fingían juegos de luz -entre las columnas pintadas, sobre los rostros de las durmientes. - -Matho se asfixiaba en la cálida atmósfera que irradiaban los tabiques -de cedro. Todos estos símbolos de la fecundación, estos perfumes y -estos hálitos le abrumaban. A través de los destellos místicos, soñaba -con Salambó. La confundía con la misma diosa, y su amor iba en aumento, -como los grandes lotos que se despliegan pomposos en la profundidad de -las aguas. - -Calculaba Espendio el dinero que hubiera ganado en otro tiempo -vendiendo aquellas mujeres, y con la vista pesaba, al pasar, los -collares de oro. - -El templo era tan impenetrable por este lado como por el otro. -Volvieron por detrás de la primera cámara. En tanto que Espendio -husmeaba, Matho, prosternado ante la puerta, imploraba a Tanit, -suplicándola que no le permitiera este sacrilegio. Procuraba ablandarla -con palabras acariciadoras, como se hace con una persona irritada. - -Espendio advirtió una abertura estrecha encima de la puerta. - ---¡Levántate! --dijo a Matho. - -Y le hizo adosarse de pie contra la pared. Poniendo un pie en sus manos -y luego otro sobre su cabeza, llegó a la altura del ventanal, y por -allí desapareció. Matho sintió caer sobre su espalda una cuerda de -nudos, que Espendio había arrollado alrededor de su cuerpo antes de -aventurarse en la cisterna; y apoyándose con ambas manos, pronto se -encontró al lado de Espendio en una gran sala llena de sombra. - -Un atentado sacrílego parecía tan imposible, que, por lo mismo, apenas -se habían puesto los medios para evitarlo. El terror, más que las -paredes, defendía al santuario. Matho, a cada instante, se creía muerto. - -En el fondo de las tinieblas brillaba una luz. Se acercaron. Era una -lámpara que ardía en una concha, sobre el pedestal de una estatua -tocada con el gorro de los Kabiros. Vestía una larga túnica azul -sembrada de discos de diamantes, y unas cadenas que se hundían bajo las -losas la retenían por los talones. Matho contuvo un grito: - ---¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Hela aquí! - -Espendio cogió la lámpara para alumbrarse. - ---¡Qué impío eres! --murmuró Matho. - -Pero le siguió. El departamento en que entraron no tenía más que una -pintura negra, que representaba otra mujer, cuyas piernas subían hasta -lo alto de la muralla. Su cuerpo ocupaba todo el techo. Colgaba de su -ombligo un hilo con un huevo enorme, y la alegoría caía sobre la otra -pared, con la cabeza hacia abajo, hasta el nivel de las losas, en las -que hincaba sus dedos puntiagudos. - -Para seguir adelante, apartaron una cortina; pero sopló el viento y la -lámpara se apagó. - -Anduvieron errantes, perdidos en las complicaciones de la arquitectura. -De repente, notaron bajo sus pies una cosa de una extraña suavidad. -Brillaban y brotaban chispas; andaban sobre fuego. Espendio tocó el -suelo y vio que estaba cuidadosamente alfombrado con pieles de lince; -luego le pareció que le rozaba las piernas una cuerda gruesa y mojada, -fría y viscosa. Las hendiduras talladas en la muralla dejaban pasar -tenues rayos blancos. Avanzaban con esta incierta luz, hasta que al fin -vieron una gran serpiente negra, que desapareció rápidamente. - ---¡Huyamos! --dijo Matho--. ¡Es ella; la oigo; ella viene! - ---¡No! --repuso Espendio--. El templo está vacío. - -Una luz deslumbrante les hizo cerrar los ojos. Vieron luego en -contorno una infinidad de animales flacos, jadeantes, enseñando las -garras y confundidos unos con otros, con un desorden misterioso que -daba espanto. Eran serpientes con pies, toros con alas, peces con -cabezas humanas comiendo frutas, flores que se abrían en las fauces -de cocodrilos, y elefantes con la trompa alzada volando por el cielo -como águilas. Un terrible esfuerzo distendía sus miembros incompletos -o multiplicados. Parecían querer sacarse el alma alargando la lengua; -y todas las formas se encontraban allí, como si el receptáculo de los -gérmenes, abriéndose con súbito rompimiento, se hubiera vaciado sobre -las paredes de la sala. - -Doce globos de cristal azul la rodeaban circularmente, soportados -por monstruos parecidos a tigres. Sus pupilas brillaban como ojos de -caracoles, y encorvando sus poderosas grupas, se volvían hacia el fondo -donde resplandecían, en un carro de marfil, la Rabbet suprema, la -Omnifecunda, la última creada. - -Escamas, plumas, flores y pájaros le subían hasta el vientre; le -servían de pendientes unos címbalos de plata que oscilaban sobre sus -mejillas. Sus grandes ojos miraban de hito en hito, y una piedra -luminosa, engarzada en su frente en un símbolo obsceno, alumbraba toda -la sala, al reflejarse por encima de la puerta, en espejos de cobre -rojo. - -Matho dio un paso; flojeó una losa bajo sus talones, y las esferas -empezaron a girar, los monstruos a rugir; oyóse una música melodiosa -y arrulladora como la armonía de los planetas; el alma de Tanit se -desbordaba tumultuosa. Iba a levantarse, grande como la sala, con los -brazos abiertos. De pronto, los monstruos cerraron las fauces y los -globos de cristal dejaron de girar. - -Lúgubre modulación onduló por algún tiempo en el aire, hasta que al fin -se extinguió. - ---¿Y el velo? --dijo Espendio. - -No se le veía en ninguna parte. ¿Dónde estaba? ¿Cómo descubrirlo? ¿Lo -habrían ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba un desgarro del -corazón, y como una decepción en su fe. - ---Por aquí --murmuró Espendio, guiado por una inspiración. - -Llevó a Matho detrás del carro, en donde una hendidura, ancha de un -codo, cortaba la muralla de arriba abajo. - -Entraron en una pequeña sala redonda, y tan alta, que parecía el hueco -de una columna. Tenía en medio una gran piedra negra semiesférica, a -modo de tamboril; ardían llamas por encima, y por detrás se levantaba -un cono de ébano que ostentaba una cabeza y dos brazos. - -A distancia, les pareció una nube cuajada de estrellas; se veían -figuras en las profundidades de sus pliegues: Eschmún con los Kabiros, -algunos de los monstruos de antes, las bestias sagradas de los -babilonios y otras desconocidas. Todo esto pasaba como un manto bajo la -mirada del ídolo, y, remontándose desplegado en la pared, se agarraba a -los ángulos, ora azulado como la noche, ora amarillo como la aurora; o -bien purpúreo como el sol, diáfano y resplandeciente. Era el manto de -la diosa, el zaimph santo que no se podía mirar. - -Los dos hombres palidecieron. - ---¡Tómalo! --dijo al fin Matho. - -Espendio no vaciló, y apoyándose en el ídolo, desprendió el velo, que -cayó arrastrándose. Matho puso la mano encima, metió la cabeza por la -abertura y se envolvió el cuerpo con él, separando los brazos para -verlo mejor. - ---¡Vámonos! --dijo Espendio. - -Matho permanecía con los ojos clavados en las losas. De pronto exclamó: - ---¿Y si yo fuera a su casa? ¿No tengo miedo de su hermosura? ¿Qué -puede ahora contra mí? Ahora soy más que un hombre. Pasaré por encima -de las llamas, andaré sobre las olas del mar. Me siento transportado. -¡Salambó! ¡Salambó! ¡Yo soy tu amo! - -Su voz era tonante. Le parecía a Espendio otro hombre de estatura más -alta y transfigurado. - -Se oyeron pasos, se abrió una puerta y apareció un hombre, un -sacerdote, con su alto gorro y los ojos pintados. Sin darle tiempo, -Espendio se precipitó a él y le hundió los dos puñales en los costados. -La cabeza sonó sobre el pavimento. - -Inmóviles como el cadáver, quedaron atentos durante un rato; pero solo -se oía el murmullo del viento, por la puerta entreabierta. - -Daba esta a un pasadizo. Espendio se metió en él, seguido de Matho, y -llegaron al tercer recinto, entre los pórticos laterales, donde estaban -las habitaciones de los sacerdotes. - -Detrás de las celdas debía haber un camino más corto para salir. -Diéronse prisa para encontrarlo. - -Agachándose Espendio al borde de la fuente, lavó sus manos -ensangrentadas. Dormían las mujeres. Brillaba la viña de esmeralda. Se -pusieron en marcha. - -Pero alguien, por entre los árboles, corría detrás de ellos; y Matho, -que llevaba el velo, sintió varias veces que le tiraban suavemente por -abajo. Era un gran cinocéfalo, uno de los que vivían sueltos en el -recinto de la diosa. Como si tuviera conciencia del robo, se agarraba -al manto. No se atrevían a pegarle, por temor a que redoblara sus -gritos; de pronto se aplacó su cólera y trotó a su lado, balanceando el -cuerpo, con sus largos brazos colgantes. Al llegar a la barrera, de un -salto se subió a una palmera. - -Así que salieron del último recinto, se dirigieron al palacio de -Amílcar, porque comprendió Espendio que era inútil disuadir a Matho de -su propósito. - -Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de Mutumbal, el -mercado de hierbas y la encrucijada de Cinasim. - ---¡Esconde el zaimph! --dijo Espendio. - -Vieron gente, pero nadie les vio a ellos. Al fin divisaron las casas de -Megara. - -El faro, levantado por la parte de atrás en la cumbre del acantilado, -iluminaba el cielo con una roja claridad, y la sombra del palacio, con -sus azoteas superpuestas, se proyectaba sobre los jardines como una -monstruosa pirámide. Entraron por el seto de azufaifos, cortando las -ramas con los puñales. - -Aún se advertían los rastros del festín de los mercenarios. Los -parques estaban pisoteados; los regatos, secos; las puertas de la -ergástula, abiertas. No se veía a nadie en las cocinas ni en las -bodegas. Se asombraban de este silencio, solo interrumpido por el -bramido de los elefantes que se agitaban en sus maneotas, y el crepitar -de la hoguera de áloe que ardía en el faro. - -Matho repetía: - ---¿Dónde está ella? ¡Quiero verla! ¡Guíame! - ---¡Es una locura! --decía Espendio--. Llamará a sus esclavos y, a pesar -de tu fuerza, morirás. - -Así llegaron a las escaleras de las galeras. Alzó Matho la cabeza y -creyó advertir en lo alto una vaga claridad, radiante y suave. Quiso -contenerlo Espendio, pero él se lanzó escalera arriba. - -Al encontrarse en los sitios donde la viera, el recuerdo de los días -transcurridos se borró de su memoria. La veía como cuando cantaba en -las mesas y desaparecía y él subía continuamente esta escalinata. Sobre -su cabeza, el cielo estaba cubierto de luminarias; la mar llenaba el -horizonte; a cada paso que él daba le rodeaba una inmensidad más ancha, -y seguía subiendo con la extraña facilidad que se tiene en los sueños. - -El ruido del velo rozando contra las piedras le recordó su nuevo poder; -pero en el exceso de su esperanza, ya no sabía lo que tenía que hacer; -esta incertidumbre le intimidó. - -De vez en cuando se asomaba a las celosías cuadrangulares de los -aposentos cerrados, y creyó ver en muchos de ellos personas dormidas. - -El último piso, más estrecho, formaba como un dado encima de las -terrazas. Matho le dio la vuelta lentamente. - -Una luz lechosa iluminaba las hojas de talco que tapaban las pequeñas -aberturas de la muralla y, que simétricamente dispuestas, parecían en -las tinieblas hileras de perlas finas. Reconoció la puerta cuartelada -con la cruz negra. Redoblaban las palpitaciones de su corazón. Quiso -huir, pero empujó la puerta, y esta se abrió. - -En el fondo de la habitación ardía, suspendida, una lámpara en forma -de galera; tres rayos de luz de su carena de plata temblaban en los -altos artesonados pintados de rojo con franjas negras. El techo era un -conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio amatistas, y -topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho aposento -aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda -aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún -vestido que colgaba hasta el suelo. - -Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque ovalado, en cuya -orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un jarro de -alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se -aspiraban aromáticos olores. - -Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de nácar y de vidrio; y -no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se hundían sus pies -como si caminara por arena. - -Detrás de la lámpara de plata había divisado un gran cuadrado de azur, -suspendido en el aire por cuatro cuerdas, y a él se acercó Matho, medio -agachado y con la boca abierta. - -De cuernos de antílope colgaban anillos y brazaletes; vasos de arcilla -refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en la hendidura de -la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo tenía -desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie -de aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz -sembrado de flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al -escabel de ébano que servía para subir a él. - -Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran cortina, no dejaba -ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba la punta de -un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver mejor. - -Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y tendido el otro -brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que parecía -acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca se desplegaba -blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo -se veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas, -perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y -el movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía -columpiarla. Zumbaba un mosquito. - -Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de plata; en el mosquitero -prendió la llama, y Salambó despertó. - -La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos. La lámpara de Matho -proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas. - ---¿Qué es esto? --dijo Salambó. - ---Es el velo de la diosa --contestó Matho. - ---¡El velo de la diosa! --repitió ella. - -Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula. Matho prosiguió: - ---¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades del santuario! -¡Mira! - -El zaimph deslumbraba con su juego de luces. - ---¿Te acuerdas? --dijo Matho--. Una noche te apareciste en mis -sueños, pero yo no entendía la orden muda de tus ojos. Si la hubiera -comprendido, habría acudido, abandonando el ejército: no habría salido -de Cartago. Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al -reino de las Sombras... - -Salambó pisaba ya el escabel de ébano. - ---¡Perdóname! --añadió Matho--. Eran montañas que pesaban sobre mí y, -sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado. ¡Sin los -dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o -si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu -aliento! ¡Aplástense mis labios besando tus manos! - ---¡Déjame ver! --decía ella--. ¡Más cerca! ¡Más cerca! - -Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas de talco de las -paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del lecho. - ---¡Te amo! --gritaba Matho. - -Ella balbuceó: - ---¡Dámelo! - -Y se acercaron. - -Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos arrobados puestos -en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los esplendores de -su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en un -abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se -quedaron mirándose absortos. - -Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió un terror súbito y -empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras de cobre -que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó: - ---¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame! ¡Maldito! ¡A mí, -Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul! - -Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la cara asustada de -Espendio, el cual dijo estas palabras: - ---¡Huye! Vienen aquí. - -Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada de gente, entre -mujeres, esclavos y criados, se lanzó dentro de la habitación con -estacas, rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como -paralizados de indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos -como en un entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel. - -Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto en el zaimph, como -un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a arrojarse -sobre él. Salambó los contuvo. - ---¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa! - -Y dando un paso hacia él, alargando su brazo desnudo, prorrumpió: - ---¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y dolor! ¡Que Gurcil, -dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de los muertos, -te ahogue! ¡Y que el Otro --el que no se puede nombrar-- te queme! - -Matho dio un grito, como si le hiriera una espada. Salambó repitió -muchas veces: - ---¡Vete! ¡Vete! - -Se apartó la turba de criados, y Matho, baja la cabeza, pasó -lentamente en medio de ellos; al llegar a la puerta se detuvo porque la -franja del zaimph se había enganchado en una de las estrellas de oro -que esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera. - -Espendio, saltando de terraza en terraza y por encima de setos y de -acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro. En este -sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de -espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el -cabo de las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el -campamento de los bárbaros. - -Había salido el sol, y como un león que se retira, Matho se alejó -mirando el camino con ojos terribles. - -Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del palacio, seguía -a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían robado -el tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de -un sacerdote asesinado. Corría el rumor de que los bárbaros habían -entrado en la ciudad. - -No sabiendo Matho cómo franquear los recintos, seguía en línea recta. -Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo que había -pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera. - -Del fondo de los Mapales, de las alturas de la Acrópolis, de las -catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de gente. Salían -los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas; las -mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas -y bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué -modo recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los -mismos dioses, y su contacto ocasionaba la muerte. - -En el peristilo de los templos, los sacerdotes, desesperados, se -retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al acaso; -había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las -gavias de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que -daba aumentaba la ira, pero también el terror. Vaciábanse las calles -al aproximarse él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por -los dos lados hasta encima de las murallas. No se veían más que ojos -muy abiertos, como para matarlo con la vista; dientes que rechinaban, -puños que amenazaban; se oían las imprecaciones de Salambó, que se -multiplicaban. - -De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y una lluvia de -piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al zaimph, -pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en -escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia -adelante y hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de -ataque. Andaba cada vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al -encontrarlas interceptadas con cuerdas, carros o trampas, se volvía -atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón, donde murieron los -baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a muerte. -Estaba perdido; la multitud batía palmas. - -Corrió hasta la gran puerta cerrada. Era muy alta, de robusta encina, -con clavos de hierro y forrada de cobre. Matho la empujó. El pueblo, -gozoso, observaba su impotente furor; entonces, él se quitó una -sandalia, escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad -aulló. Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor, -febril, como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto, -reparó en la larga cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la -báscula de la puerta. De un salto se agarró a ella de pies y manos, y, -forcejeando, logró abrir las hojas de la puerta. - -Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran zaimph y lo puso -sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por el viento -del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura -de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las -tiendas de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas, -veía desaparecer la fortuna de Cartago. - - - - -VI - -HANNÓN - - ---¡Debí habérmela traído! --decía por la noche Matho a Espendio--. Debí -haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido. - -Espendio no le escuchaba. Echado de espalda, descansaba a sus anchas, -al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la que metía a -menudo la cabeza para beber más abundantemente. - ---¿Qué hacer? --preguntaba Matho--. ¿Cómo volver a entrar en Cartago? - ---No lo sé --contestaba Espendio. - -Su impasibilidad exasperaba a Matho. - ---¡Tú tienes la culpa! --añadió este--; tú me llevaste y me abandonaste -como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi amo? ¡Ah, -prostituidor, esclavo, hijo de esclavo! - -Rechinaba los dientes y amenazaba a Espendio con su ancha mano. - -El griego no contestaba. Ardía una lámpara de arcilla colgada del palo -de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado de una panoplia. - -De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el peto de hojas de -cobre y el casco. - ---¿Adónde vas? --preguntó Espendio. - ---Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente, los aplastaré como -víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo verás: la -mataré. - -Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó en un rincón, -poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron antorchas y -entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres. - -Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, collares de cuero, -pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de hiena; parados -en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que descansan. -Narr-Habas era el más hermoso de todos; ceñían sus delgados brazos -correas guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que sostenía -por detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de -avestruz que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía -enseñar los dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su -persona tenía un sello de distinción. - -Declaró que venía a juntarse con los mercenarios, porque la República -amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar a los -bárbaros y les podía ser útil. - ---Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis florestas, de vino, -aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios; de veinte -mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es porque -la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por lo -demás, somos antiguos amigos. - -Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las pieles de carnero, hacía -señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo por testigos a -los dioses y maldiciendo a Cartago. En sus imprecaciones rompió una -azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho, transportado por estas -demostraciones, dijo que aceptaba la alianza. - -Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos del día y de la -noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se llenó -de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso -su mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas. -Repitieron estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche -comiendo, y se quemó el resto de la comida, juntamente con la piel, los -huesos, los cuernos y las uñas de las reses sacrificadas. - -Una inmensa aclamación había saludado a Matho cuando apareció con el -velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la religión cananea, -estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara un genio. -Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa con -que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran su -posesión. Así pensaban los soldados de raza africana. Los otros, cuyo -odio era menos antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos, -se hubieran marchado en seguida. - -Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a todas las tribus del -territorio púnico. - -Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con impuestos -exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos -y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a -la República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un -arma; cuando se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos. -Los gobernadores eran estimados como lagares, según la cantidad que -producían. Más allá de las regiones sometidas a Cartago, estaban los -aliados, que solo pagaban un módico tributo; detrás de los aliados -vagaban los nómadas, que podían concitarse contra ellos. Por este -sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las plantaciones -soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón, maestro -en esto de cultivos y de esclavos, se asombró de ello, noventa y dos -años más tarde, y el grito de muerte que repetía en Roma no era sino la -exclamación de un celo codicioso. - -Durante la última guerra, habían redoblado las exacciones, por lo que -las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían entregado a Régulo. -Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte mil bueyes, -trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los jefes de -tribus fueron crucificados o echados a los leones. - -Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más antigua que la -metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía frente -a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un -animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la -debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto -de armas a los «Comedores de cosas inmundas». - -Aún no habían partido los correos de los bárbaros y ya en las -provincias estalló un regocijo universal. Sin esperar a más, se -estranguló en los baños a los intendentes de las casas y a los -funcionarios de la República; se sacaron de las cavernas las armas que -estaban escondidas; con el hierro de los arados se forjaron espadas; -los niños aguzaban en las puertas las azagayas; las mujeres daban sus -collares, sortijas y pendientes y todo cuanto podía servir para la -destrucción de Cartago. Todos querían contribuir a ella de algún modo. -Los paquetes de lanzas se amontonaron en los poblados, como garbas -de maíz. Se expidieron animales y dinero. Matho pagó pronto a los -mercenarios los atrasos de su soldada, y por esta idea de Espendio fue -nombrado general en jefe o _schalischim_ de los bárbaros. - -Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres: primero, la gente -de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas las -caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que -iban a Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho. -Llegaban sin cesar bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis -veíase cómo aumentaba el ejército. - -Los guardias de la Legión hacían centinela en la plataforma del -acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se levantaban -cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en el -llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, con la -incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las murallas. - -Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias fenicias, como -Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la República -hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo, respetaban -a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no creían que -un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, que estos -serían exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir tranquilas. - -Pero su posición las hacía indispensables. Útica, en el fondo de un -golfo, era el conducto por donde llegaba a Cartago el socorro de -fuera. Tomada Útica, Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa, haría sus -veces, y así avituallada la metrópoli, sería inexpugnable. - -Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente el sitio; Narr-Habas -se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era la opinión -de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió que -Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer cuerpo -del ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago, -encargándose de esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino -para traer elefantes, y con su caballería limpiar los caminos. - -Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque codiciaban las joyas -de las damas púnicas. También protestaron los libios, porque se les -llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente partieron -los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente con los -iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las islas; todos -los que hablaban griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del -ingenio que veían en él. - -Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron moverse el ejército, -el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por el camino de -Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el resto -desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del -bosque, en donde se internó. - -Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades tirias no -resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército -considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto -perecería por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio -de las provincias, ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma, -no pagaban contribuciones. A Cartago le faltaba genio político. Su -eterno afán de ganancia le privaba de la prudencia que da más altas -ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía a fuerza -de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en torno de ella; la -menor tempestad quebrantaba esa formidable máquina. - -El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por todo lo que -se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se -necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República. -Tolomeo le había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les -descorazonaba, como lo había previsto Espendio. - -Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba contra su pecho el oro -y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la misma constitución -de su Gobierno. - -En primer lugar, el poder dependía de todos, sin que nadie fuera -lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares eran -consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían -el monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería -con los de la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos y -los pobres, se labraban algunas veces una fortuna. Todos podían optar -a las magistraturas; y si bien el poder y el dinero se perpetuaban en -las mismas familias, se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la -esperanza de alcanzarla. - -Las sociedades de comerciantes, en las que se elaboraban las leyes, -escogían los inspectores de hacienda, quienes al abandonar el cargo, -nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos, dependientes -a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos. Los -dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían -el mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase -de odios, para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar -sobre la guerra, y en caso de vencimiento, eran crucificados por el -Gran Consejo. - -De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los Sisitas, es decir, -de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde según la -tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose retirado -el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de pequeños -aposentos de arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas -de piedra y separadas unas de otras para recibir aisladamente las -diferentes compañías. Los ricos se amontonaban allí todo el día para -debatir acerca de sus intereses y los del Gobierno, desde la busca de -la pimienta hasta el exterminio de Roma. Tres veces en cada luna hacían -subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba el muro del patio, y -desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin coturnos y sin -mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las viandas, y -con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los jarros; -fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en -pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar. - -Pero al presente no podían disimular su inquietud y estaban harto -pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba hasta -sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas -las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciaban en -seguida; subían a la Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo -deliberaba todas las noches. Por fin, el pueblo fue convocado en -la plaza de Kamón y se resolvió llamar a Hannón, el vencedor de -Hecatompila. - -Era un hombre devoto, astuto, implacable para la gente de África; un -verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca. Nadie tenía -como él experiencia tan probada en cosas de administración. - -Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos útiles, puso catapultas -en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas y ordenó la -construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se hacía llevar -al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía siempre su -gran litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la escalinata -de la Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía dormir, para -prepararse para la batalla, ordenaba, con voz terrible, maniobras de -guerra. - -Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía belicoso. Los ricos, al -canto del gallo, se alineaban a lo largo de los Mapales, y remangándose -las túnicas se ejercitaban en el manejo de la pica. Pero faltos de -instructor, disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento sobre -las tumbas, y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un -régimen; unos, imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza, -se ponían ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con -ayunos para adelgazar. - -Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de Cartago. - -Pero Hannón no quería partir en tanto faltara un tornillo a la máquina -de guerra. Así perdió tres lunas en equipar los ciento doce elefantes -que se alojaban en los fuertes; eran los vencedores de Régulo; el -pueblo los acariciaba, y mucho se podía hacer con estos viejos amigos. -Hannón hizo refundir las placas de cobre con que se les guarnecía el -pecho, dorar sus colmillos, alargar sus torres y tallar en la púrpura -hermosos caparazones bordados con pesadas franjas. En fin, como sus -conductores venían de las Indias, por haber llegado los primeros de -aquella parte, ordenó que fueran todos vestidos a la usanza india, esto -es, con un rodete blanco alrededor de las sienes y un pequeño calzón de -viso, que formaba con sus pliegues transversales, como dos valvas de -una concha aplicada sobre los muslos. - -El ejército de Autharita seguía delante de Túnez, oculto detrás de un -muro hecho con el fango del lago y defendido en la cima por espinosa -maleza. Los negros habían erizado allí en grandes estacas horribles -figuras, máscaras humanas hechas con plumas de pájaros, cabezas de -chacal o de serpientes, que abrían la boca cara al enemigo, a fin de -amedrentarle; y estimándose invencibles por este medio, los bárbaros -bailaban y hacían juglerías, convencidos de que Cartago no tardaría -en sucumbir. Otro que no fuera Hannón, hubiera aplastado fácilmente -esa multitud, estorbada por ganados y mujeres. Además, no comprendían -ninguna maniobra, y Autharita, desalentado, nada les exigía. - -Se hacían a un lado cuando este pasaba mirándoles con sus ojazos -azules. Llegado al borde del lago, se quitaba su sayo de piel de foca, -desataba la cuerda que ataba su roja cabellera y sumergía esta en el -agua. Sentía no haber desertado a los romanos con los dos mil galos del -templo de Erix. - -A menudo, en la mitad del día, el sol se obscurecía de pronto, y el -golfo y la alta mar parecían inmóviles, como plomo derretido. Una nube -de obscuro polvo, perpendicularmente esparcido, venía en torbellino; -se encorvaban las palmeras, desaparecía el cielo, se oían rebotar las -piedras en la grupa de los animales, y el galo, con los labios pegados -a los agujeros de su tienda, resollaba de melancolía y de agotamiento. -Soñaba con el olor de los pastos en las mañanas de otoño, con los -copos de nieve, con los bramidos de los uros perdidos en la niebla, -y, entornando los párpados, creía ver los hogares de las cabañas, -cubiertas de paja, rielar en los pantanos en el fondo del boscaje. - -Otros, a más de él, añoraban la patria, si bien no estaba tan lejana. -Los cartagineses cautivos podían distinguir más allá del golfo, en los -declives de Byrsa, los toldos de sus casas extendidos en los patios. -Pero estaban siempre rodeados de centinelas, y se les tenía atados a -una misma cadena. Llevaba cada uno una argolla de hierro, y la multitud -no se cansaba de venir a verlos. Las mujeres mostraban a sus hijos sus -hermosas túnicas convertidas en andrajos, que colgaban de sus flácidos -miembros. - -Cuantas veces Autharita miraba a Giscón se acordaba de la injuria que -este le había inferido; le hubiera matado, a no ser por el juramento -que había hecho a Narr-Habas. Se contentaba con entrar en su tienda, -tomar un brebaje compuesto de cebada y comino, hasta caer embriagado, -para despertar con la fuerza del sol, devorado por una sed horrible. - -Matho sitiaba a Hippo-Zarita. - -Esta ciudad estaba protegida por un lago que comunicaba con el mar. -Tenía tres recintos, y en las alturas que la dominaban se extendía un -muro con torreones. Jamás se había visto Matho en tales empresas. -Además, el recuerdo de Salambó le obsesionaba, y soñaba con los -encantos de su belleza, como en las delicias de una venganza que le -transportaba de orgullo. Era una necesidad de verla, acre, furiosa, -permanente. Pensaba en ofrecerse como parlamentario, confiando que una -vez en Cartago, llegaría a su lado. A menudo hacía tocar asalto, y sin -esperar a más, se lanzaba sobre las defensas de los sitiados. Arrancaba -las piedras con las manos, desbarataba, golpeaba, hundía en todo su -espada. Los bárbaros se precipitaban en montón; se rompían las escalas -con estrépito y se despeñaban racimos de hombres al agua, que rompía en -olas sangrientas contra las murallas. El tumulto se debilitaba y los -soldados concluían por alejarse, para volver a empezar después. - -Matho iba a sentarse fuera de las tiendas; se enjugaba con el brazo su -cara manchada de sangre, y vuelto hacia Cartago, miraba el horizonte. - -Frente a él, entre olivares, palmeras, mirtos y plátanos, se -desplegaban dos anchos estanques que se unían a otro lago, del que -no se veían los contornos. Por detrás surgía una montaña entre otras -montañas, y en medio del lago inmenso se erguía una isla toda negra y -de forma piramidal. Hacia la izquierda, en la extremidad del golfo, -montones de arena semejaban grandes olas azules detenidas, en tanto que -el mar, plano como un enlosado de lapislázuli, subía incesantemente -hasta el borde del cielo. El verdor de la campiña desaparecía en -algunos sitios bajo largas placas amarillas; las algarrobas brillaban -como botones de coral; caían pámpanos de la cima de los sicomoros; -oíase el murmullo del agua; saltaban las alondras crestadas, y los -últimos rayos del sol doraban el caparazón de las tortugas, que salían -de los juncos para aspirar la brisa. - -Lanzaba Matho grandes suspiros. Se acostaba boca abajo; hundía las uñas -en tierra y lloraba; se sentía miserable, infeliz, abandonado. No la -poseería jamás, ni tampoco podría apoderarse de la ciudad. - -Por la noche, solo en su tienda, contemplaba el zaimph. ¿De qué le -servía esta prenda de los dioses? Y surgían dudas en el pensamiento del -bárbaro. Luego le parecía, por el contrario, que el manto de la diosa -pertenecía a Salambó y que una parte de su alma flotaba más sutil que -un aliento; y lo palpaba, lo olía, hundía la cara en él, lo besaba -gimiendo y se lo arrollaba a las espaldas para forjarse la ilusión de -estar cerca de ella. - -Otras veces huía de repente. A la luz de las estrellas daba zancadas -entre los soldados, que dormían envueltos en sus mantos; y al llegar a -las puertas del campamento, se lanzaba a caballo, y dos horas después -se encontraba en Útica, en la tienda de Espendio. - -Empezaba hablándole del sitio; pero no había venido sino para aliviar -su dolor hablando de Salambó. Espendio le aconsejaba que fuera cuerdo. - ---¡Rechaza de tu alma estas miserias que te degradan! ¡Antes -obedecías; ahora mandas un ejército, y si no conquistamos Cartago, al -menos se nos darán provincias y seremos reyes! - -Pero ¿por qué la posesión del zaimph no les daba la victoria? Según -Espendio, era cuestión de tiempo. - -Se imaginaba Matho que el velo pertenecía exclusivamente a los hombres -de raza cananea, y en su sutileza de bárbaro, se decía: «El zaimph no -hará nada por mí; pero, puesto que lo han perdido, tampoco hará nada -por ellos.» - -En seguida le atormentaba un escrúpulo. Tenía miedo de ofender a Moloch -adorando a Aptouknos, dios de los libios; y preguntaba tímidamente a -Espendio a cuál de los dioses sería mejor sacrificar un toro. - ---¡Sacrifica siempre! decía Espendio, riendo. - -Matho, que no comprendía esta indiferencia, sospechó que el griego -tenía un Genio del que no quería hablar. - -Todos los cultos, como todas las razas, se encontraban en estos -ejércitos de bárbaros, pero se respetaban los dioses ajenos, porque -también inspiraban temor. Muchos mezclaban con su religión nativa -prácticas extranjeras. Tenían a gala no adorar las estrellas, o bien -siendo tal constelación funesta o propicia se la hacían sacrificios; -un amuleto desconocido, encontrado por casualidad en un peligro, se -convertía en divinidad, o era un nombre, nada más que un nombre, que se -repetía sin tratar de comprender lo que podía significar. A fuerza de -haber saqueado templos, de ver sinnúmero de naciones y de degüellos, -muchos concluían por no creer más que en el destino y en la muerte, -y todas las noches dormían con la placidez de las bestias feroces. -Espendio había escupido a las efigies de Júpiter Olímpico, y, sin -embargo, temía hablar en alta voz en las tinieblas, y no olvidaba nunca -calzarse primero el pie derecho. - -Frente a Útica levantaba una gran terraza cuadrangular; pero a medida -que esta subía, también se agrandaba la fortificación; lo que unos -derribaban, casi inmediatamente se veía reedificado por los otros. -Espendio economizaba su gente, soñaba planes; procuraba recordar las -estratagemas que había oído contar en sus viajes. ¿Por qué no volvía -Narr-Habas? Todo eran inquietudes. - - * * * * * - -Hannón había terminado sus aprestos bélicos. En una noche sin luna -hizo atravesar en almadías, a sus elefantes y soldados, el golfo de -Cartago. Doblaron luego la montaña de las Aguas Calientes para esquivar -a Autharita, y siguieron con tanta lentitud, que en vez de sorprender a -los bárbaros por la mañana, como había calculado el Sufeta, se llegó ya -muy entrado el tercer día. - -Útica tenía del lado del Oriente un llano que se extendía hasta la -gran laguna cartaginesa; detrás de ella se abría en ángulo recto un -valle entre dos montañas bajas, que de pronto se cortaban. Los bárbaros -estaban acampados más lejos, a la izquierda, procurando bloquear el -puerto, y dormían en sus tiendas, cuando se presentó el ejército -cartaginés, dando un rodeo a las colinas. - -Los honderos estaban repartidos en las dos alas. Los guardias de la -Legión, con sus armaduras de escamas de oro, formaban la primera línea, -con sus pesados caballos sin crines, sin pelo y sin orejas y en mitad -de la frente un cuerno de plata para parecerse a los rinocerontes. -Entre estos escuadrones, los jóvenes, cubiertos con un pequeño casco, -blandían en cada mano una azagaya de fresno; detrás venía la infantería -de línea con sus largas picas. Todos estos mercaderes acumulaban en -sus cuerpos el mayor número posible de armas; había quien llevaba a un -tiempo lanza, hacha, maza y dos espadas, y quienes, como puercoespines, -estaban erizados de dardos y ceñían corazas con láminas de cuerno o -placas de hierro. En último término iban los armatostes de las máquinas -de guerra: carrobalistas, onagros, catapultas y escorpiones, oscilando -en carretas arrastradas por mulas y cuadrigas de bueyes. A medida que -el ejército se desplegaba, los capitanes corrían a derecha e izquierda, -comunicando órdenes, haciendo estrechar las filas y conservando los -intervalos. Aquellos de los Ancianos que mandaban, habían acudido con -cascos de púrpura, cuyas franjas magníficas llegaban hasta las correas -de los coturnos. Sus caras, pintadas de bermellón, brillaban bajo -enormes cascos rematados por dioses; y como sus escudos eran de marfil -esmaltado de piedras preciosas, parecían soles que pasaban por murallas -de cobre. - -Los cartagineses maniobraban con tanta pesadez, que los bárbaros, por -irrisión, les invitaban a sentarse, gritándoles que irían pronto a -vaciarles los gordos vientres, raspar el dorado de su piel y hacerles -beber hierro. - -En lo alto del mástil o cucaña clavado delante de la tienda de -Espendio, apareció la señal, que era un jirón de tela verde. El -ejército cartaginés contestó con un estrépito de trompetas, de -címbalos, de flautas hechas con huesos de asnos y de tímpanos. Ya los -bárbaros habían saltado fuera de las empalizadas. Los combatientes -estaban cara a cara, a tiro de las azagayas. - -Un hondero balear dio un paso adelante, puso en su honda una bola de -arcilla y remolineó el brazo: enfrente se rompió un escudo de cobre, y -los dos ejércitos se mezclaron. - -Los griegos, pinchando a los caballos en las narices con las puntas de -las lanzas, les encabritaron y derribaron a sus jinetes. Los esclavos -encargados de disparar piedras las habían cogido tan grandes que no -podían lanzarlas lejos. Los infantes púnicos, dando mandobles con sus -espadones, descubrían su flanco derecho. Los bárbaros adelantaron -sus líneas, degollaban en masa y pisoteaban moribundos y cadáveres, -cegados por la sangre que les llenaba la cara. Este montón de picas, -cascos, corazas, espadas y miembros dispersos giraba sobre sí mismo, -ensanchándose o estrechándose con contracciones elásticas. Las cohortes -cartaginesas se vaciaban cada vez más; sus máquinas no podían salir -de las arenas; por fin, la gran litera del Sufeta, con arambeles -de cristal que se viera al empezar la batalla, oscilando entre los -soldados, como una barca sobre las olas, cayó derribada. ¿Habría -muerto Hannón? Los bárbaros se vieron solos. - -El polvo se había desvanecido, y ya empezaban a cantar victoria cuando -he aquí que Hannón apareció en lo alto de un elefante. Iba desnuda -la cabeza, bajo un quitasol de viso que llevaba un negro detrás de -él. Su collar de placas azules flotaba sobre las flores de la túnica -negra; círculos de diamantes ceñían sus enormes brazos, y, abierta la -boca, blandía una pica desmesurada, con la punta en forma de loto y -más brillante que un espejo. La tierra pareció rajarse, y vieron los -bárbaros aparecer en una sola línea todos los elefantes de Cartago, con -sus colmillos dorados, las orejas pintadas de azul, cubiertos de bronce -y sacudiendo por encima de sus caparazones de escarlata las torres de -cuero, y en cada una de estas tres arqueros con un gran arco abierto. - -Apenas si los bárbaros conservaban sus armas, y estaban formados al -acaso. El terror los dejó helados y quedaron indecisos. - -De lo alto de las torres venían los tiros de las jabalinas, de las -flechas, de las faláricas y masas de plomo; algunos, para subir, se -agarraban a las franjas de los caparazones, pero les cortaban las manos -con cuchillos y caían de espaldas con sus espadas. Quebrábanse las -picas, y los elefantes atravesaban las falanges como jabalíes entre -matas de hierba. Con sus trompas arrancaban las estacas del campamento -y lo recorrían de un extremo a otro, derribando las tiendas con sus -pechos. Todos los bárbaros huyeron, ocultándose en las colinas que -rodeaban el valle por donde vinieron los cartagineses. - -Hannón, vencedor, se presentó ante las puertas de Útica. Hizo sonar la -trompeta, y los tres jueces de la ciudad aparecieron en las almenas de -una torre. - -Los habitantes de Útica no querían admitir huéspedes tan bien armados. -Al fin, ante la insistencia de Hannón, consintieron en recibirle con -una pequeña escolta. - -Las calles eran demasiado estrechas para que pasaran los elefantes, y -hubo de dejarlos fuera. - -Entrado el Sufeta en la ciudad, los notables vinieron a saludarle. -Hannón se hizo llevar a los baños y llamó a sus cocineros. - - * * * * * - -Pasaron tres horas y todavía estaba hundido en el aceite de cinamomo -que llenaba una tina; mientras se bañaba comía, sobre una piel de buey, -lenguas de flamencos con granos de adormidera sazonados con miel. A su -lado, su médico griego, envuelto en una larga túnica amarilla, hacía -calentar la estufa, y dos mancebos, doblados en las gradas del baño, -frotaban las piernas del Sufeta. Pero los cuidados de su cuerpo no -obstaban al amor de la cosa pública, y al mismo tiempo dictaba una -carta para el Gran Consejo, al cual consultaba qué castigo terrible se -daría a los prisioneros. - ---Espera --dijo al esclavo amanuense que escribía de pie, en el hueco -de su mano--. ¡Que me los traigan! ¡Quiero verlos! - -Del fondo de la sala, llena de un vapor blanquecino, manchado por el -resplandor de las antorchas, empujaron a tres bárbaros: un samnita, un -espartano y un capadocio. - ---Continúa --dijo Hannón, dictando al esclavo. - -«¡Regocijaos, luz de los Baales! ¡Vuestro Sufeta ha exterminado a los -perros voraces! ¡Bendiciones sobre la República! Ordenad preces en -acción de gracias.» - -Mirando a los prisioneros, les dijo, con grandes risotadas: - ---¡Ah, ah, mis valientes de Sicca! ¡Hoy no gritáis tan fuerte! Soy yo. -¿Me conocéis? ¿Dónde están vuestras espadas? ¡Vaya! ¡Sois unos hombres -terribles! - -Y amagaba esconderse, como si les tuviera miedo. - ---Me pedíais caballos, mujeres, tierras, magistraturas y sacerdocios, -quizás. ¿Por qué no?... Pues bien, yo os daré tierras de las que no -saldréis nunca. ¡Se os casará en picotas nuevecitas! ¿Vuestra soldada? -Se os fundirán en la boca lingotes de plomo. Os pondré en altos -puestos, muy altos, entre las nubes, para que se os acerquen las -águilas. - -Los tres bárbaros, cabelludos y cubiertos de harapos, le miraban -sin comprender lo que él les decía. Heridos en las rodillas, se les -había cogido echándoles cuerdas, y las gruesas cadenas de sus manos -arrastraban sobre las losas. Hannón se indignó de su impasibilidad. - ---¡De rodillas! ¡De rodillas! ¡Chacales, mendrugos, miseria, -excrementos! --Los infelices no chistaban--. ¡Basta! ¡Callaos! ¡Que se -les desuelle vivos, ahora mismo! - -Y soplaba como un hipopótamo, girando los ojos. El perfumado aceite -desbordaba por la masa de su cuerpo, y pegándose a las escamas de su -piel, la hacía aparecer rosada a la luz de las antorchas. - -Siguió diciendo: - ---Nosotros hemos sufrido mucho calor durante cuatro días. En el paso -de Macar se perdieron las mulas. A pesar de su posición, del valor -extraordinario... ¡Ah, Demónides! ¡Cómo sufro! ¡Que se calienten los -ladrillos y que se pongan al rojo! - -Se oyó un ruido de palas y de hornos. Humeó más fuerte el incienso en -las anchas cazoletas, y los masajistas, enteramente desnudos, sudando -como esponjas, le frotaron las articulaciones con una pasta compuesta -de harina, azufre, vino negro, leche de perra, mirra, gálbano y -estoraque. Sed intensa le devoraba: el hombre de la túnica amarilla no -cedió a este deseo, y alargándole una copa de oro en la que humeaba un -caldo de víbora: - ---Bebe --le dijo--, para que la fuerza de las serpientes, nacidas -del Sol, penetre en la médula de tus huesos y tomes valor, ¡oh, -reflejo de los dioses! Tú sabes, además, que un sacerdote de Eschmún -observa alrededor del Can las estrellas crueles de donde proviene tu -enfermedad, y que ya palidecen como las manchas de tu piel; ¡porque tú -no debes morir! - ---¡Oh, sí --repitió el Sufeta--: yo no debo morir! - -Y de sus labios amoratados se escapaba un aliento más nauseabundo que -el olor de un cadáver. Dos carbones encendidos parecían sus ojos, que -no tenían cejas; le colgaba de la frente un montón de rugosa piel; sus -orejas, separándose de la cabeza, empezaban a alargarse, y las arrugas -profundas que formaban semicírculos en torno de sus narices, le daban -un aspecto extraño y horripilante, el aire de una bestia feroz. Su voz -alterada parecía un rugido. - ---¡Demónides, tal vez tengas razón! En efecto, mis úlceras empiezan a -cerrarse. Me siento robusto. Mira, mira cómo devoro. - -Y menos por gula que por ostentación, y para demostrarse a sí mismo que -tenía buen apetito, devoraba rellenos de queso y de orégano, pescados -sin espinas, rábanos y ostras, juntamente con huevos, calabacines, -trufas y sartas de pajaritos. Mirando a los prisioneros se deleitaba -pensando en el suplicio que iba a darles. Sin embargo, se acordaba de -Sicca, y la rabia de todos sus dolores se desahogaba en injurias contra -los tres bárbaros. - ---¡Ah, traidores, miserables, infames, malditos! ¡Me ultrajasteis, a -mí, el Sufeta! ¡Sus servicios, el precio de su sangre, como ellos -dicen! ¡Ah! ¡Sí, su sangre, su sangre! --Luego, hablando consigo -mismo: «¡Morirán todos! ¡No quedará uno solo! Valdría más llevarlos -a Cartago...; pero no he traído cadenas bastantes. ¡Que las traigan! -¿Cuántos son? Que vayan a preguntárselo a Mutumbal. ¡Bah! ¡Nada de -piedad! ¡Que me traigan en cestas todas las manos cortadas!» - -A todo esto, gritos roncos y agrios llegaban a la sala, ahogando la voz -de Hannón y el ruido de los platos que le servían. Redoblaron aquellos, -y de pronto estalló el bramido furioso de los elefantes, como si -empezara otra batalla. Gran tumulto agitaba la ciudad. - -Los cartagineses no habían intentado perseguir a los bárbaros. -Acampados aquellos al pie de las murallas, con sus bagajes, sirvientes -y todo el tren de los sátrapas, se regocijaban en sus hermosas tiendas -de bordados de perlas, mientras que el campo de los mercenarios -parecía un montón de ruinas en la llanada. Espendio había recobrado -su valor. Envió a Zarxas que se avistara con Matho, recorrió los -bosques, juntó hombres (las pérdidas no habían sido considerables), y -rabiosos de haber sido vencidos sin combatir, reformaban sus líneas, -cuando descubrieron una cuba de petróleo, abandonada sin duda por los -cartagineses. Espendio hizo traer cerdos de las granjas, los untó de -betún, les prendió fuego y los lanzó sobre Útica. - -Los elefantes, asustados por estas llamas, huyeron. El terreno era en -subida; se les tiraba azagayas, y volvieron atrás, y con los colmillos -y los pies destrozaban a los cartagineses, ahogándolos y aplastándolos. -Tras ellos, los bárbaros bajaban la colina; el campo púnico, que estaba -sin parapetos, a la primera carga fue saqueado, y los cartagineses se -vieron aplastados contra las puertas, porque los de Útica no quisieron -abrirlas por miedo a los mercenarios. - -Apuntaba el día, y del lado de Occidente se vieron llegar los infantes -de Matho, al mismo tiempo que los jinetes númidas de Narr-Habas. -Saltando por sobre torrentes y maleza perseguían a los fugitivos, como -cazadores que cazan liebres. Este cambio de fortuna interrumpió al -Sufeta. Gritó para que vinieran a ayudarle a salir del baño. - -Los tres cautivos seguían delante de él. Un negro, el mismo que en la -batalla llevaba el quitasol, le dijo algo al oído. - ---¡Bueno! --respondió el Sufeta--. ¡Mátalos! - -El etíope sacó del cinturón un largo puñal y las tres cabezas cayeron. -Una de ellas, rebotando entre los restos del festín, fue a saltar en la -tina y flotó por algún tiempo, con la boca abierta y los ojos fijos. La -luz de la mañana entraba por las hendiduras del muro; los tres cuerpos -manaban como tres fuentes una sangre que cubría los mosaicos, arenados -con polvo azul. El Sufeta mojó sus manos en este fango caliente y se -frotó las rodillas. Era un remedio. - -Venida la noche, escapó de la ciudad con su escolta y se retiró a la -montaña para reunirse con el ejército, cuyos restos logró encontrar. - -Cuatro días después estaba en Gorza, en lo alto de un desfiladero, -cuando las tropas de Espendio se presentaron abajo. Veinte buenas -lanzas, atacando al frente de la columna, las hubieran detenido -fácilmente; pero los cartagineses las dejaron pasar, estupefactos. -Hannón reconoció a retaguardia al rey de los númidas. Narr-Habas se -inclinó para saludarle, y le hizo un signo que el Sufeta no comprendió. - -Regresó a Cartago con mil terrores, andando únicamente de noche y -ocultándose de día en los olivares. En cada etapa morían algunos, y -todos se creyeron perdidos. Al fin llegaron al Cabo Hermeo, donde los -recogieron los bajeles. - -Hannón estaba tan fatigado, tan desesperado, sobre todo por la pérdida -de los elefantes, que pidió veneno a Demónides, para acabar de una vez. -Ya se veía crucificado. - -Cartago no tuvo valor para indignarse contra él. Se habían perdido -cuatrocientos mil novecientos setenta y dos siclos de plata, quince -mil seiscientos veinte y tres shequels de oro, diez y ocho elefantes, -catorce miembros del Gran Consejo, trescientos ricos, ocho mil -ciudadanos, trigo para tres lunas, un bagaje considerable y todas las -máquinas de guerra. La defección de Narr-Habas era cierta; iban a -empezar los dos sitios. El ejército de Autharita se extendía ahora de -Túnez a Radés. Desde lo alto de la Acrópolis se veían en la campiña -largas humaredas que subían al cielo; eran las granjas de los ricos que -estaban ardiendo. - -Solo un hombre hubiera podido salvar la República. Todos se arrepentían -de haberle desdeñado, y el mismo partido de la paz votó los holocaustos -para el regreso de Amílcar. - -La pérdida del zaimph había trastornado a Salambó. Creía oír de noche -los pasos de la Diosa, y se despertaba asustada, dando gritos. Enviaba -todos los días comida a los templos. Taanach se fatigaba cumpliendo sus -órdenes, y Schahabarim no se apartaba de su lado. - - - - -VII - -AMÍLCAR BARCA - - -El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las noches desde lo alto -del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las agitaciones -del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a un -pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar. - -Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en la proa un caballo -esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se puso la -mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran trompetazo -sobre Cartago. - -Salió gente de todas las casas; no creyendo en las palabras, -disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida la -trirreme de Amílcar. - -Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena, abombada la vela en -toda la longitud del mástil, hendiendo la espuma alrededor de ella; -sus gigantescos remos batían el agua con cadencia; a intervalos -aparecía la extremidad de la quilla, hecha como reja de arado, y bajo -el espolón en que terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil, -enderezándose sobre sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del -mar. - -Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y se vio al lado del -piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él, ¡el Sufeta -Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro relucientes; -rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; dos perlas -muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy poblada le -llegaba hasta el pecho. - -La galera iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la multitud -la seguía a lo largo de la escollera, gritando: - ---¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos. La culpa es de los -ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca! - -Este no contestaba, como si el clamor de los mares y de las batallas -le hubieran dejado completamente sordo; pero así que estuvo bajo la -escalinata que bajaba de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los -brazos cruzados miró el templo de Eschmún. Levantó más la mirada al -cielo puro; con áspera voz dio una orden a sus marineros; brincó la -trirreme, arañó el ídolo puesto en el ángulo del muelle para contener -las tempestades, y en el puerto comercial, lleno de inmundicias, -de astillas de madera y de cortezas de frutas, echaba atrás, -embistiéndolos, a los navíos amarrados a estacas y rematados por -mandíbulas de cocodrilo. Corría el pueblo y muchos se echaron a nado. -La galera había llegado ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó -esta y la trirreme desapareció bajo la profunda bóveda. - -El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad. Cuando -venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por un corredor -que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Esta gran -plaza de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los -que había dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de -estas subían dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo -que constituía una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio, -en una isla, se levantaba la casa del Sufeta del mar. - -El agua era tan limpia que se veía el fondo, pavimentado con guijarros -blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí; a su paso veía -Amílcar las trirremes que antes había mandado. - -Ya no quedaban arriba de una veintena de estas, varadas o con la quilla -al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas, cubiertas de -dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus alas; -los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y -todas medio despintadas, inertes, podridas, pero llenas de historia -y exhalando aún el olor de los viajes, como soldados mutilados que -volvían a ver a su jefe y parecían decirle: ¡Somos nosotras, somos -nosotras!; ¡y tú también eres un vencido! - -Ninguno, excepto el Sufeta del mar, podía entrar en la casa-almirante. -En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le consideraba siempre -como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un jefe más; con -respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre. - -El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A cada paso encontraba -armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo, le -extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta, -la ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a -Melkart. ¡No esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto -hiciera y cuanto vio: asaltos, incendios, legiones, tempestades, -Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la planicie de Erix, cinco -años de batallas hasta el funesto día en que, deponiendo las armas, -se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques de limoneros, los -pastores con cabras en las montañas grises, y su corazón brincaba -al pensar en otra Cartago fundada en otra orilla. Sus proyectos, sus -recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del bajel; -le abrumaba la angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de -acercarse a los dioses. - -Para esto subió al último piso de la casa, y sacando de una concha de -oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida con clavos, abrió -una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por delgadas rodajas -negras, empotradas en la muralla y transparentes como vidrio. - -Entre las filas de aquellos discos iguales, había agujeros parecidos -a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una piedra -redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu -superior eran las únicas que adoraban estas _abadires_ caídas de la -luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su -color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas -terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. Arena -marina que el viento había empujado sin duda a través de la puerta, -blanqueaba en cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos. -Amílcar, con la punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la -cara con un velo de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en -el suelo con los brazos extendidos. - -La luz del día penetraba por los vidrios negros; arborescencias, -montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en -la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin embargo, -como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las -creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento -todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin -de recoger el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de -las vitalidades planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia -la muerte y hacia todos los azares un desdén más sabio y más intrépido. -Al levantarse, estaba lleno de un valor sereno, invulnerable a la -misericordia y al temor, y como sentía oprimido el pecho, subió a la -torre que dominaba a Cartago. - -La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva, con sus cúpulas, -sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmares, sus bolas -de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus fortificaciones, que -constituían como la gigantesca orla de este cuerno de abundancia que se -abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las plazas, el -interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres parecían -muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón no hubiera llegado -demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se abismó en el límite -del horizonte y extendió hacia Roma sus brazos temblorosos. - -La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En la plaza de Kamón -se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban poblando -de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de -excitar más la impaciencia del pueblo. - -Amílcar encontró en la sala a los hombres más importantes de su -partido: Istatten, Subeldia, Hictamon, Jeubas y otros, los cuales -le contaron todo lo que había pasado desde la firma de la paz: la -avaricia de los Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta, sus -exigencias, la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida -y luego abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos -que le concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la -Asamblea de los Ancianos, en el templo de Moloch. - -Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto a la puerta. A pesar -de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido aumentase, -Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese. - -Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de -aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos azules. Se -adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar se -estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces, -haciéndole una señal para que anduviera con precaución, él la llevó -por el brazo a una habitación apartada. - -La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él la levantó -brutalmente. - ---Iddibal, ¿dónde le dejaste? - ---¡Allá abajo, amo! - -Y quitándose los velos, se frotó la cara con la manga, y el color -negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron. Era un -robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el -mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como -el moño de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en -el suelo. - ---Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que sospeche? - -El viejo le juró por los Kabiros que el secreto estaba oculto. No -abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla poblada de -tortugas, con palmeras en la duna. - ---Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a lanzar la azagaya y -guiar equipos. - ---¿Es fuerte? - ---Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de las serpientes, ni -del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies desnudos, como un -pastor, al borde de los precipicios. - ---¡Habla! ¡Habla! - ---Inventa trampas para las bestias feroces. La otra luna sorprendió a -un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en anchas -gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con -su batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave -agonizaba, redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de -espadas. - -Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de grandeza. - ---Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto. Contempla a lo -lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el pan, se -informa de los dioses y quiere conocer Cartago. - ---¡No, no; todavía no! --contestó el Sufeta. - -El viejo esclavo pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y -añadió: - ---¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he venido a Cartago -para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas. - -En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la terraza, se hizo -pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas del -puerto le franqueasen la entrada. - -Amílcar quedó un rato pensativo. - ---Mañana --dijo al esclavo-- te presentarás en Megara, al ponerse el -sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito -del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada -luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar. - -El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos salieron juntos de la -casa y del puerto. - -Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque las reuniones de los -Ancianos eran siempre secretas en circunstancias extraordinarias, y a -ellas se iba misteriosamente. - -Primeramente atravesó la parte oriental de la Acrópolis; pasó en -seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y el arrabal -de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más -anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que -resbalaban en las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y -todas se dirigían del lado de los Mapales. - -El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta escarpada, -en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas murallas -que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa tumba. -La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el mar, que -azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; las -sombras desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a través de -los muros. - -Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en un vasto patio -cuadrangular, con soportales. En medio se levantaba una masa -arquitectónica, de ocho pisos iguales, coronada de cúpulas que se -apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie -de rotonda, de la que emergía un cono de curva reentrante, rematado por -una bola. - -Ardían fuegos en los cilindros de filigrana, adheridos a varales -llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las borrascas del -viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus -cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a -los Ancianos. - -Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges enormes leones, -símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio -cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban -lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje; -se frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos, -y el vapor de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló la -agitación, se cerraron las puertas, huyeron todos los sacerdotes y -desaparecieron los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo -vestíbulo alrededor del templo. - -Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran por sus rangos -circulares, comprendidas las unas en las otras, el período saturniano -con los años, los años con los meses, los meses con los días, tocándose -al fin con la muralla del santuario. - -Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de cuernos de narval, -porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte al que -entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban al borde -del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, para -demostrar así que al llorar la muerte de sus parientes, no se habían -cuidado de sus vestidos; y esta prueba de aflicción impedía que el -rasgón se hiciera más grande. Otros guardaban su barba cerrada en un -saquito de piel violeta, colgado de las orejas por dos cordones. Todos -se juntaron, abrazándose, pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar y le -felicitaban; hubiérase dicho que eran hermanos que volvían a ver a otro -hermano. - -Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz encorvada como la de -los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más salientes, -su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen -africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente en -el fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban pintada -en ellas algo de la severidad del desierto; joyas extrañas brillaban -en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. Conocíanse -los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los hombres -agrícolas olían a lagar, a hierbas secas y a sudor de mulo. Estos -viejos piratas hacían labrar los campos; estos acaparadores de dinero -equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían esclavos que -desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en disciplina -religiosa, expertos en estratagemas, implacables y ricos. Tenían -aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de -llamas, miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir, -del tráfico y del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de -violencia y de cierta brutalidad discreta y convulsiva. La influencia -del Dios les ponía sombríos. - -Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía la forma de huevo. -Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, describían en la -muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando otra gran -cámara entraron en otra sala parecida. - -Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba en -el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba en un cáliz de -diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última de las -gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de cobre. -Dos escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se veían las -piedras; era como una montaña de cenizas, y algo indeciso humeaba -lentamente encima. Más alto que el candelabro y mucho más arriba -que el altar, se erguía Moloch, forrado en hierro, con pecho humano -horadado de aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban en la pared, -sus manos alargadas llegaban hasta el suelo; tres piedras negras, -incrustadas en un círculo amarillo, representaban tres pupilas en su -frente, y con terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro, como para -mugir. - -En torno de la estancia había asientos de ébano, y detrás de cada uno -de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras, sostenía una -antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de nácar -que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color de sus -paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo los tres -ojos del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la noche. - -Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano, poniendo encima -de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las manos -cruzadas en sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río -luminoso que, viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies -desnudos. - -Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la espalda, formando -cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de Eschmún, con -túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de lana -obscura, y el de Moloch, de púrpura. - -Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta, miró las mechas que -ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que hizo aparecer -llamas violáceas en el extremo de los brazos. - -Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y los cien Ancianos, -los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron un himno, -repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido subían -sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se callaron. - -Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando del pecho una -estatuita con tres cabezas y azul como el zafiro, la puso delante de -él. Era la imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió -a meter en su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron: - ---¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! ¿Vuelves para vernos -morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no! - -Así se vengaban de la limitación a que poco antes les había obligado -el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de Amílcar, -ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más -bien, de que no los hubiera sufrido con ellos. - -Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó. - ---Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago. - ---¿Qué os importa? --contestó desdeñosamente el Sufeta. - -Redobló la gritería. - ---¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra? Vosotros habéis visto -el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis bárbaros... - ---¡Basta, basta! - -Siguió Amílcar en voz baja, para que le escucharan con más atención. - ---¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de los Baales, hay -valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate! - -Y paseando la grada del altar, con los párpados medio cerrados, como si -buscara a alguno, repitió: - ---¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te defenderán! ¿Pero -dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos, -mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la -patria le ha dado! - -Los Ancianos se encogían de hombros, como flagelados por azotes. - ---¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o muerto! - -Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al abandonar al Sufeta habían -abandonado a la República. La misma paz romana, por ventajosa que les -pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas. Aplaudieron -algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de inclinarse hacia -el pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los Sisitas y -administradores, triunfaban por el número; los más significados de la -reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro -extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de -color jacinto. - -Se había pintado con afeites las úlceras de la cara; pero el polvo de -oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda, formando placas -brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como vellones. -Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento, -envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado, -porque sus ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería -ver, tenía que doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y -odiosa, dijo: - ---¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos sido vencidos. Cada -cual soporta su desgracia. ¡Resígnate! - ---Dinos más bien --contestó sonriendo Amílcar-- de qué modo gobernaste -tus galeras contra la flota romana. - ---Me empujaba el viento --respondió Hannón. - ---¡Haces como el rinoceronte, que patea en su estiércol: te obstinas en -tu necedad! ¡Cállate! - -Y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Egates. Hannón -le acusaba de no haber venido a su encuentro. - ---Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que tomar el lago. -¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen miedo al -mar. - -Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes risotadas, -que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos. - -Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su enfermedad le -sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompila; -y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una muralla -en ruinas. - -Amílcar replicó: - ---Si me hubierais querido tanto como a este, ahora reinaría la alegría -en Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi ayuda! ¡Y siempre me -rehusasteis el dinero! - ---¡Nos hacía falta! --dijeron los jefes de los Sisitas. - ---¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, bebíamos orines de mulas -y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando yo quería que -cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la -podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles! - ---¡No podíamos arriesgarlo todo! --respondió Baat-Baal, dueño de minas -de oro en la Getulia Daritiana. - ---¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas, al amparo de las -murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar; cananeos -en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban -embajadores a Tolomeo... - ---¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto te han dado para -que los defiendas? - ---¡Preguntádselo a las llanuras del Brucio, a las ruinas de Locres, -de Metaponto y de Heraclea! Yo he incendiado todos sus árboles, he -saqueado sus templos y matado hasta a los nietos de sus nietos... - ---¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! --dijo Kapuras (comerciante muy -ilustrado)--. ¿Qué es lo que quieres? - ---Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible. Si el África -entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no -sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres -atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los -libios que están en el Oriente se entiendan con los númidas que están -en el Occidente, y los nómadas vengan del Sur y los romanos del Norte... - -Un grito de horror se alzó. - ---¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y -rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir a dar vuelta a la -muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio. - -Los contrarios se daban palmadas en el muslo derecho para significar -su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes -alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba -de pie en la grada más alta del altar, tembloroso, terrible; levantaba -los brazos, y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le pasaban -entre los dedos como dardos de oro. - ---Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros carros, -vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os frotan los pies. -Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará vuestras -tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Tú -caerás, Cartago! - -Los cuatro pontífices extendieron las manos para apartar el anatema. -Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar, magistrado -sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no -fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo. -Retrocedieron. - -Amílcar no hablaba ya. Fija la mirada, y con el semblante más pálido -que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y con -el espíritu perdido en visiones fúnebres. En la altura en que estaba, -todas las antorchas de los pies de bronce le parecían una vasta corona -de fuegos a ras de las losas; negra humareda subía por las tinieblas de -la bóveda, y fue tan profundo el silencio, durante algunos minutos, que -se oía el ruido del mar a lo lejos. - -Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus intereses, sus vidas, -estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía vencer sin -el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo, -les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo -reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no -quería formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar -de idea; se lo suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír, -se sulfuró. El único traidor era el Gran Consejo, porque expirando -el contrato de los soldados con la guerra, quedaban libres terminada -esta; exaltó la valentía del ejército y todas las ventajas que se -podrían sacar interesándoles a favor de la República con donaciones y -privilegios. - -Entonces Magdasan, antiguo gobernador de provincias, dijo, revolviendo -sus ojos amarillos: - ---Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o latino, -o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos hombres? ¡Mueran diez -mil bárbaros antes que uno solo de nosotros! - -Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando: - ---Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios en todo tiempo. - ---Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se les abandona, como -hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que habían de -tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en medio -del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos. - ---¡Qué desgracia! --dijo imprudentemente Kapuras. - ---¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo? --decían otros. - -Amílcar respondió: - ---¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los llamasteis a Cartago? -Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número, en medio de -vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, para -debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres y sus -hijos, sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían para -ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos! Los odiáis porque -son fuertes, y a mí también porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he conocido -ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no mordérmelas. - -Si los leones que dormían en el patio hubieran entrado rugiendo, el -clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se -levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo: - ---Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando general de las fuerzas -púnicas contra los mercenarios. - ---Rehúso --contestó Amílcar. - ---¡Te daremos plena autoridad! --dijeron los jefes de los Sisitas. - ---No. - ---Sin limitación de ningún género, sin copartícipes, con todo el dinero -que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta «zerets» de -tierra por cada cadáver enemigo. - ---¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer. - ---¡Tiene miedo! - ---Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y locos. - ---¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos --agregó alguien-- -y volverse contra nosotros. - -Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló: - ---¡Quiere hacerse rey! - -Entonces todos botaron, derribando los asientos y las antorchas; -lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de las -mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie izquierdo -hacia adelante, encendidos los ojos y apretados los dientes, los -desafió inmóvil bajo el candelabro de oro. - -Resultaba que todos, por precaución, habían llevado armas, lo cual -era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se tranquilizaron, y -volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por -vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de pie. -Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o -se los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando -Amílcar oyó estas palabras: - ---¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su hija! - -Y una voz más alta, que añadió: - ---No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre los mercenarios. - -Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente a Schahabarim. -Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y -Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia -cara. A medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de -ellos, y en medio de rechiflas, los que estaban detrás, gritaban: - ---¡Le han visto salir de su habitación! - ---¡Una mañana del mes de Tamuz! - ---¡Es el ladrón del zaimph! - ---¡Un hombre muy hermoso! - ---¡Más grande que tú! - -Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad, su tiara de ocho -rangos místicos, que llevaba en medio una concha de esmeralda, y con -las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los círculos de -oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas. -Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se -agitaba como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió -una de las escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima; -lo cual era ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su -manto agitaba las luces del candelabro más abajo de sus sandalias, y el -fino polvo que levantaban sus pasos le envolvía como una nube, hasta -el vientre. Se detuvo entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en -sus manos dos puñados de este polvo, cuya sola vista hacía estremecer -de horror a todos los cartagineses, y dijo: - ---¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! ¡Por los ocho -fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los volcanes! -¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del -mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el -exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de -vuestros abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros, -los Ciento de Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y -yo, Amílcar Barca, Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del -pueblo, juro ante Moloch, de cabeza de toro!... - -Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo, con voz más alta, -pero más calmosa: - ---¡Que ni yo mismo la hablaré! - -Entraron los servidores sagrados de los peines de oro, unos con -esponjas de púrpura y otros con palmas. Levantaron la cortina de -jacinto extendida ante la puerta, y por la abertura de este ángulo se -vio en el fondo de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía -continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul. -Subía el sol, saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho -del dios de cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas, -le hizo abrir las fauces de rojos dientes, con horrible bostezo y -dilatar sus enormes narices. La luz del día le animaba, le daba un aire -terrible e impaciente, como si quisiera saltar afuera para mezclarse -con el astro y recorrer juntos las inmensidades. - -Las antorchas esparcidas por el suelo seguían ardiendo, alargándose -aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los Ancianos -vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría -el sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se -oían. Pero su cólera contra el Sufeta no se había calmado, y a modo de -despedida le amenazaban, respondiéndoles Amílcar. - ---Mañana por la noche, Barca, en el templo de Eschmún. - ---Iré. - ---Te haremos condenar por los ricos. - ---Y yo a vosotros por el pueblo. - ---Ten cuidado no mueras en la cruz. - ---Y vosotros destrozados en las calles. - -Así que salieron del patio, recobraron todos la calma. - - * * * * * - -A la puerta les esperaban sus cocheros y criados. La mayor parte se -fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y tomó las riendas; -los dos animales, retorciendo las colas y golpeando con cadencia las -piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de los Mapales; el -buitre de plata, en la punta de la lanza del carro, parecía volar: tal -era la velocidad del vehículo. - -El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, como pirámides, -con una mano abierta tallada en medio, como si el muerto enterrado -debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego -cabañas diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos, -todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de -guijarros, por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales -y que se amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta. -Pero la mirada de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres -pisos formaban tres monstruosos cilindros: el primero construido de -piedra, el segundo de ladrillos y el tercero enteramente de cedro, -soportando una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro, -de donde caían, a modo de guirnaldas, cadenetas de oro entrelazadas. -Tan alto edificio dominaba los que se extendían a la derecha, los -almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de las mujeres -se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de bronce. - -Cuando el resonante carro entró por la estrecha puerta, paró en un -ancho cobertizo, donde los caballos, trabados, comían montones de heno. - -Acudieron todos los criados, que eran una multitud, porque por miedo -a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo. Los -labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas -sujetas a los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían -rojos los brazos, como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes; -los pescadores, collares de coral, y la gente de Megara vestía túnicas -blancas o negras, calzón de cuero y gorros de paja, de fieltro o de -tela, según su servicio o la industria que ejercían. - -Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos; eran los que vivían -sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de noche en las -huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que vegetaba -a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por precisión que -por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto una flor en -la oreja; muchos de ellos no habían visto nunca al Sufeta. - -Unos hombres, tocados como esfinges y con largos bastones, se lanzaron -sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a fin de -contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera -atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables. - -Todos estos se echaron boca abajo en el suelo gritando: «Ojo de Baal, -florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados en la avenida -de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra blanca, se -adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano. - -Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras. Detrás de ella venían -todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las negras -formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas de oro -que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas -de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que remataban -en soles. Sobre estas vestiduras blancas, amarillas y azules, -resplandecían los anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se -oía el ruido de las sandalias juntamente con el de los pies desnudos -que hollaban el entarimado de las gradas, y un eunuco, tan alto que -sobresalía sobre los hombros de las mujeres, sonreía complacido. Así -que se calmó la aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras -con las mangas, lanzaron un extraño grito, semejante al aullido de una -loba, tan furioso y estridente, que la gran escalera de ébano, llena de -mujeres, parecía vibrar como una inmensa lira. - -El viento levantaba sus velos y los menudos tallos de papiro se -balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno. Los -granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las -ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre -la bruma. - -Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido después de habérsele -muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se consideraba -como una calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le enviaron -un hijo más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de su -esperanza fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado -contra Salambó. Esta seguía andando. - -Perlas de variados colores colgaban en largas sartas de sus orejas -sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba rizada -simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de -oro, cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones -empinados, y su traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El -bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, así -como el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias, -hechas con plumas de pájaro, tenían los tacones muy altos. Salambó -estaba extraordinariamente pálida, sin duda a causa del frío. - -Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, le -dijo: - ---¡Salud, hijo de Baalim, gloria eterna! ¡Triunfo, placer, -satisfacción, riqueza! Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa -lúgubre; pero amo que viene es como Tamuz resucitado, y ante tu mirada, -¡oh, padre!, van a esparcirse alegría y vida nuevas. - -Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo en el que humeaba -una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo: - ---Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por tu servidora. - -Él contestó: - ---¡Bendita seas! --y tomó maquinalmente el vaso de oro que ella le -brindaba. - -Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que Salambó, -temblorosa, balbució: - ---Te han dicho, oh, señor... - ---¡Sí, lo sé! --dijo Amílcar en voz baja. - -¿Era esto una confesión, o se refería a los bárbaros? Amílcar añadió -algunas palabras vagas sobre los asuntos públicos que esperaba -arreglar solo. - ---¡Oh, padre! --exclamó Salambó--; ¡no podrás reparar lo que es -irreparable! - -Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este asombro; porque ella no -se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía obsesionada. El -hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía ella, le -asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible -iba a acontecer, y exclamó: - ---¡Perdón! - -Amílcar bajó lentamente la cabeza. - -Por más que ella quería culparse, no osaba abrir los labios, y sin -embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar -reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor -concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para -leer en el fondo de su corazón. - -Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre los hombros, -intimidada por esta mirada tan persistente. Él estaba seguro ahora de -que ella había caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la amenazó -con los puños. Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres, -que se agruparon en torno de ella. - -Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le siguieron. Se abrió -la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a la -que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos que -llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro, -con balaustres para sostener almohadones acumulados sobre tapices. - -El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando ruidosamente, -pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las -moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la -perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de -más tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de -hierro alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides por -el mar Tenebroso; gomas del país de los negros desbordaban en sacos de -corteza de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba -insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos, -sacados de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia, -de Trapobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban -al pie de las paredes, y un olor indefinible se exhalaba de los -perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz -atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada -corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical, se reunían -por las puntas formando un arco alrededor de la puerta. - -Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes estaban con -los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que Abdalonim ostentaba -orgulloso su mitra puntiaguda. - -Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo piloto de párpados -comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como si llevara -con él la espuma de las tempestades. Contestó que había enviado una -flota por Gades y Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber, doblando -el Cuerno del Sur y el Promontorio de los Aromas. - -Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar -orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, el horizonte -resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas -sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes -adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque -tenían turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río -de los Escitas, penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los -Estienos, raptado en el Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido -todos los bajeles extranjeros que navegaban más allá del Cabo Estriava, -para que el secreto de las rutas no fuera conocido. El rey Tolomeo -acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El Atia, Córcega y las -demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba la voz para -anunciar que habían tomado los númidas una trirreme en Rusicada, -«porque están con ellos, amo». - -Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que hablara el Jefe de -los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se envolvía la -cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le caía -por detrás sobre la espalda. - -Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de -invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la extrema -Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas -pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de -fatiga o enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber -visto, más allá del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes -y de los monos grandes, reinos inmensos en los que los más ínfimos -utensilios eran de oro; un río color de leche, ancho como un mar; -bosques de árboles azules, de colinas de plantas aromáticas; monstruos -con cara humana vegetaban en las rocas y sus pupilas se secaban como -flores. Detrás de los lagos infestados de dragones, unas montañas de -cristal soportaban el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos -reales, pimienta y tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar -calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda -perecieron en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana -suministraron sus acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía -por ahora a equipar otras. - -Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios ocupaban la campiña. -Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe de las -granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, no -obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara, -roma como la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas; -ceñía un cinturón de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos -formidables cuchillos. - -No bien se volvió Amílcar a él, gritó invocando a todos los Baales. La -culpa no era suya, ¡nada podía hacer! Había observado las temperaturas, -los terrenos y las estrellas; hecho las plantaciones en el solsticio -de invierno, las podas de los árboles en el curso de la luna, -inspeccionado a los esclavos, economizado ropa... - -A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el hombre de los cuchillos -siguió diciendo atropelladamente: - ---¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres mil pies de árboles -han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en Ubada y -cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos gomores -de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los rebaños, -quemado la casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú habitabas -en el verano. Los esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, huyeron -a las montañas; y los asnos, las mulas, los burdéganos, los bueyes -de Taormina y los caballos oringes fueron todos robados, sin que -quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré a ella --y añadía -llorando--: ¡Ah! ¡Si hubieras visto lo colmados que estaban los -graneros y lo relucientes de las carretas! ¡Ah, los hermosos carneros! -¡Ah, los hermosos toros! - -A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló: - ---¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la verdad! ¡Quiero -saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el último -cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las -caravanas, las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia -está turbada, ¡ay de vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí! - -Todos los intendentes salieron a reculones y encorvados hasta el suelo. - -Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared cuerdas con nudos, -bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de señales -escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de -madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro, -de plata y de cuerno, y empezó diciendo: - ---Ciento noventa y dos casas en los Mapales, alquiladas a los -cartagineses nuevos a razón de un beka por luna. - ---No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás los nombres de -aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a -la República. ¡Después! - -Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad. Amílcar le arrancó -de las manos las bandas de tela. - ---¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitath al -mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren. - -El intendente de los intendentes, después de un largo saludo, añadió: - ---Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres -por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos siclos, con -la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las marismas. - ---¡Porque no eran robustos! --dijo riendo el Sufeta--. No importa: si -necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto interés, -según la riqueza de las personas. - -Entonces el servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido -las minas de hierro de Annaba, las pesquerías de coral, las fábricas -de púrpura, el arriendo del impuesto a los griegos domiciliados, la -exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las -capturas de naves, deducción hecha del diezmo para el templo de la -Diosa. - ---¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo! - -Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus dedos. - ---¡Basta! ¿Qué has pagado? - ---A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes de Alejandría, -por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y doce -talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte -nimes de oro al mes por cada trirreme. - ---Lo sé. ¿Cuántas se perdieron? - ---Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo. Respecto a las -naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han -repartido las pérdidas entre los asociados. Por cuerdas tomadas a los -arsenales y que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido -ochocientos kesitaths, antes de la expedición a Útica. - ---¡Siempre ellos! --dijo Amílcar, pensativo, quedándose así algún -tiempo, como abatido por el peso de todos los odios concitados contra -él--. No veo los gastos de Megara... - -Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro casillero unas tablillas -de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero. - -Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles domésticos y -sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y Abdalonim -se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró -al suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de -un condenado. Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y -quedó estupefacto al ver que el gasto en un solo día llegaba a un -exorbitante consumo de carne, pescados, pájaros, vinos y aromas; más -platos rotos, esclavos muertos y tapices perdidos. - -Abdalonim, siempre prosternado, le enteró del festín de los bárbaros. -No pudo sustraerse a la orden de los Ancianos. Además, Salambó quiso -que se prodigara el dinero para obsequiar mejor a los soldados. - -Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto; rechinando -los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las franjas con las -uñas. - ---¡Levántate! --dijo, y salió. - -Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta que cogiendo una -barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas. Saltó un -disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de -estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el -grano. - ---¡Ya lo ves, Ojo de Baal! --dijo el servidor--, ¡no se lo llevaron -todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos y -está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones -así, en los arsenales, en las huertas, en todas partes. Tu casa está -repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría. - -Amílcar se sonrió: - ---Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la Etruria, del Brucio, -de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena. Es preciso que -yo solo posea todo el trigo de Cartago. - -No bien llegaron al extremo del corredor, Abdalonim, con una de -las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran habitación -cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro, -de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a -lo largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes -rimeros de piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras -de sacos más pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el -suelo, y aquí y allá, alguna demasiado alta, al romperse, daba la -impresión de una columna rota. - -Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit a caballo, -debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias, marcadas -con un toro, una estrella, un globo o una luna en creciente. Luego se -veían dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los valores, -de todas las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas -de Asiria, pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes -que la mano; botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas -cortas de la antigua Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho -o de cardenillo, o ennegrecidas por el fuego por haber sido cogidas -con redes o en los saqueos, entre los escombros de las poblaciones. -Antes de que el Sufeta se diera cuenta de si todo aquel dinero era -proporcional a las ganancias y pérdidas que había oído, reparó en tres -jarras de cobre, enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal -de horror, y Amílcar, resignado, no dijo palabra. - -Atravesando más corredores y salas, llegaron ante una puerta guardada -por un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta a la -pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían crecido -extraordinariamente su barba y sus uñas, y se balanceaba de derecha a -izquierda, con la oscilación continua de los animales cautivos. No bien -reconoció a Amílcar, se dirigió a él, gritando: - ---¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años hace que no veo el -sol. ¡En nombre de tu padre, perdón! - -Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres -hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas, sacaron de -los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una -antorcha y desapareció en las tinieblas. - -Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia; pero no -se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a los ladrones -y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy pesada, y por -la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento labrado en -forma de cono. - -Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio, sobre un pedestal de -granito, se levantaba la estatua de un kabiro, Aletes de nombre, -inventor de las minas en la Celtiberia. En la base formaban cruz anchas -rodelas de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y por -tanto inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes -cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los robos. - -Con la antorcha encendió una lámpara de minero, fija en el birrete -del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes, amarillas, -azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba llena -de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como -lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de -las paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de -honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras -caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las tres -clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce clases de -esmeraldas. Todas ellas fulguraban a modo de salpicaduras de leche, de -hielos azules, de polvo de plata, y lanzaban sus destellos en ondas, -en rayos y en estrellas. Las ceraunias, engendradas por el trueno, -brillaban junto a las calcedonias, que curan los peces. Había topacios -del monte Zabarca para prevenir los terrores, ópalos de la Bactriana, -que impiden los abortos, y cuernos de Ammón, que se ponen en los lechos -para tener sueños. - -Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara se reflejaban en -los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los brazos -cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la conciencia -de sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se sentía un -genio subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando a su -corazón algo de su eternidad. Era como la alegría de un kabiro; y -los grandes rayos luminosos que herían su rostro, se le antojaban -la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, le -ligaban al centro del mundo. - -Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto detrás del ídolo, fue -directamente hacia la pared. Entre los tatuajes de su brazo examinó una -línea horizontal con otras dos perpendiculares, que en cifras cananeas -expresaban el número trece. Contó hasta la decimotercera de las placas -de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y con la mano derecha -extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas, -paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira. -Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró -como una sola pieza. - -Disimulaba una especie de cava que contenía cosas misteriosas, sin -nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas; tomó en un -cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro, y -volvió a subir. - -Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes en el pavimento -con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y gritando, -al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y -bendiciones. - -En la galería circular a la que afluían todos los corredores, estaban -acumulados a lo largo de las paredes pequeñas vigas de algumín, sacos -de lausonia, pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de perlas. -A su paso, el Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los -gigantescos pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los -rayos del sol. - -Surgió una nube de vapor. - ---¡Empuja la puerta! - -Entraron. - -Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban hierbas, agitaban -carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban pequeñas celdas -ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que aquello -parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán -y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces, -redomas de vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían -asfixia, no obstante los torbellinos del estoraque, que humeaba en un -trípode de cobre. - -El _Jefe de los olores suaves_, pálido y larguirucho como un cirio de -cera, salió a recibir a Amílcar para aplastar en sus manos un rollo -de metopión, en tanto que otros dos hombres le frotaban los talones -con hojas de bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran cirineos de -costumbres infames, pero a los que se consideraba a causa de sus -secretos. - -Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al Sufeta, en una cuchara -de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó tres bezares -indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno lleno de -bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su túnica; -apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al Jefe, y -sin decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara. - -Por indignado que estuviera por las falsificaciones cometidas en -perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los -países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran más. - -Tras esto preguntó dónde estaban tres cajas de psagas destinadas para -su uso. - -El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque habiendo entrado -soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas. - ---¿De modo que los temes más que a mí? --gritó el Sufeta, y a través -del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al hombrón -pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima--. Abdalonim, -antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen -bien. - -Esta pérdida, menor que las otras, le había exasperado; porque a pesar -de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros, los tenía siempre -en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían con la -vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó -bajo los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de -betún, de madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes -de paño, las reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el -granero del silfio. - -Fue a inspeccionar al otro lado de las huertas, en sus cabañas, a -los artesanos domésticos, cuyos productos se vendían. Los sastres -bordaban mantos, otros tejían redes, otros peinaban cojines y cortaban -sandalias; obreros de Egipto, con una concha pulían papiros; chirriaba -la lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros. -Amílcar les dijo: - ---¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán falta! - -Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que se -le cortase una coraza más sólida que las de cobre e inatacable por el -hierro y por la llama. - -Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su cólera, -procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos: - ---¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es demasiado bueno. - -Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante. - -Se desanimó porque grandes árboles, enteramente calcinados, como en -un bosque donde han acampado pastores, estorbaban el camino; las -empalizadas estaban rotas, se perdía el agua de las acequias y entre -linfas fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de monos. - -Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y flores podridas -formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los criados lo -habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería. - -A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre y una prueba de -aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes de -púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres ante -sí, a tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase -humillado por haberlos defendido; era un engaño, una traición, y -como no podía vengarse ni de los soldados, ni de los Ancianos, ni de -Salambó, ni de nadie, y su cólera necesitaba víctimas, mandó a las -minas a todos los esclavos de las huertas. - -Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a los parques; pero -Amílcar tomó el camino del molino, en donde se dejaba oír una melopea -lúgubre. - -En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es decir, dos conos -de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual giraba -sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los -brazos empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como -animales. El roce de las barras había formado alrededor de sus sobacos -costras purulentas, como se observa en el crucero de los asnos, y el -andrajo negro y deshilachado que apenas cubría sus riñones colgaba de -sus piernas como una larga cola. Los ojos estaban rojos, sonaban los -hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a un tiempo. Tenían -en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que les -impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus -manos para que no la pudieran coger. - -A la entrada del amo las barras de madera sonaron con más fuerza. -Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeron sobre las rodillas; los -demás siguieron, pasándoles por encima. - -Preguntó por Giddenem, gobernador de los esclavos, y compareció este -personaje, mostrando su dignidad en la riqueza del vestido; porque su -túnica, hendida por los lados, era de fina púrpura; pesados anillos -colgaban de sus orejas, y para juntar las bandas que envolvían sus -piernas, subía de los tobillos a la cadera un lazo de oro, como una -serpiente enroscada a un árbol. En los dedos, cargados de sortijas, -llevaba un collar de granos de piedras negras para conocer los hombres -sujetos al mal sagrado. - -Amílcar le hizo seña para que hiciera quitar los bozales. Entonces, -todos, gritando como animales hambrientos, se echaron sobre la harina, -devorándola con la cara metida en el montón. - ---¡Los tienes extenuados! --dijo el Sufeta. - -Giddenem alegó que esto era necesario para domarlos. - ---No valía la pena de enviarte a Siracusa, a la escuela de los -esclavos. ¡Haz venir a los demás! - -Cocineros, despenseros, palafreneros, corredores, porteadores de -literas, hombres de los baños y mujeres con sus hijos; todos se -alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio -hasta el parque de las fieras. Silencio enorme llenaba Megara; todos -contenían el aliento. El sol se prolongaba sobre la laguna, debajo de -las catacumbas. Graznaban los pavos reales. Amílcar andaba a paso lento. - ---¿Qué haré de estos viejos? --dijo--. Véndelos. Hay demasiados galos: -son borrachos; y demasiados cretenses: son mentirosos. Cómprame -capadocios, asiáticos y negros. - -Quedó extrañado del poco número de niños. - ---Giddenem, cada año la casa ha de tener nuevos nacimientos. Dejarás de -noche todas las habitaciones abiertas para que se junten con libertad. - -Hizo que se presentaran los ladrones, los perezosos y los amotinadores. -Dictó castigos, con reproches a Giddenem; y este, como un toro, bajaba -la cabeza frunciendo las cejas. - ---Mira, Ojo de Baal --dijo, señalando a un libio robusto--, a este le -han sorprendido con una cuerda al cuello. - ---¡Ah! ¿Quieres morir? --preguntó desdeñosamente el Sufeta. - -Y el esclavo, con voz intrépida: - ---¡Sí! --contestó. - -Y sin cuidarse del ejemplo ni del daño pecuniario, Amílcar dijo a los -criados: - ---¡Lleváoslo! - -Quizás abrigaba la intención de un sacrificio, como una desgracia que -se infligía para prevenir otras más terribles. - -Giddenem tenía ocultos a los mutilados detrás de los otros; Amílcar los -vio. - ---¿Quién te ha cortado el brazo? - ---Los soldados, Ojo de Baal. - -A un samnita, que vacilaba como una garza herida: - ---Y a ti, ¿quién te ha hecho esto? - -Fue el gobernador, que le había roto una pierna con una barra de -hierro. - -Esta atrocidad imbécil indignó al Sufeta, y arrancando de manos de -Giddenem el collar de piedras, dijo: - ---¡Maldito sea el perro que hiere al rebaño! ¡Estropeas esclavos, -bondad de Tanit! ¡Ah, tú arruinas a tu amo! ¡Que lo ahoguen en el -estiércol! ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado como a -los soldados? - -Tan terrible tenía el semblante que huyeron todas las mujeres. Los -esclavos formaron un ancho círculo alrededor de los dos; Giddenem -besaba frenéticamente las sandalias de Amílcar; este, en pie, tenía -levantados los brazos sobre él. - -Con su inteligencia lúcida, como en la más fuerte de las batallas, -recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había apartado; y a -la luz de su cólera, como a los relámpagos de una tempestad, veía de un -golpe todos sus desastres a un tiempo. Los gobernadores de los campos -habían huido, por miedo a los soldados, por conveniencia quizá; todos -le engañaban; se contenía demasiado tiempo. - ---¡Que los traigan! --gritó--. ¡Que los señalen en la frente con -hierro encendido, como a los cobardes! - -Trajeron y fueron repartidos en medio del jardín grilletes, argollas, -cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos que apretaban -las piernas, escorpiones y látigos con tres ramales, rematados con -garfios de cobre. - -Los condenados fueron puestos de cara al sol, del lado de Moloch -devorador, echados en tierra en posición supina, y los que habían de -ser azotados, atados de pies y manos a los árboles, con dos sayones: -uno que daba los azotes y otro que los iba contando. - -Silbaban las correas, arrancando la corteza de los árboles. La sangre -mojaba como lluvia las hojas, y al pie de cada árbol se retorcía un -cuerpo humano hecho una llaga viva. Aquellos que fueron marcados, se -arañaban el cutis con las uñas. Se oían crujir los tornillos de madera, -resonaban choques sordos; a veces hería el aire un grito agudo. Del -lado de las cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras tendidas, -unos hombres con soplillos avivaban los carbones, y apestaba el -olor a carne quemada. Desfallecían los flagelados; pero sujetos por -los brazos, doblaban la cabeza, cerrando los ojos. Los espectadores -gritaban asustados; los leones, acordándose tal vez del festín, se -desperezaban bostezando, al borde de los fosos. - -Viose entonces a Salambó en la plataforma de la terraza, corriendo -asustada de un lado a otro. La vio Amílcar, pareciéndole que levantaba -los brazos hacia él, pidiéndole perdón. El Sufeta, con un gesto de -horror, se perdió en el parque de los leones. - -Estos animales constituían el orgullo de las grandes casas púnicas. -Habían tirado del carro del vencedor, triunfado en las guerras, y eran -venerados como favoritos del sol. Los de Megara eran los más fuertes -de Cartago. Amílcar, antes de su partida, había exigido a Abdalonim -el juramento de que cuidaría de ellos; pero habían muerto mutilados, -quedando únicamente tres, acostados en medio del patio, ante los restos -de su comida. - -Conocieron a Amílcar y se le acercaron. Uno tenía las orejas -horriblemente mutiladas; otro, una ancha herida en la pierna; el -tercero, el hocico cortado. Le miraban con aire triste, como personas; -y el del hocico cortado, bajando la enorme cabeza y doblando las -corvas, le acariciaba suavemente con el extremo del muñón llagado. - -Ante esta caricia, lloró Amílcar y saltó sobre Abdalonim. - ---¡Ah! ¡Miserable! ¡La cruz, la cruz! - -Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas. - -Detrás de las fábricas de púrpura, cuyas lentas humaredas subían al -cielo, sonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo. - -Pensando en su hijo, se calmó de pronto, como si le hubiera tocado -un dios. Entreveía una prolongación de su fuerza, una indefinida -continuación de su persona; los esclavos no comprendían cómo pudo -haberse apaciguado tan pronto. - -Yendo a las fábricas de púrpura, pasó delante de la ergástula: un -caserón de piedra negra rodeado de un foso cuadrado, con un camino -alrededor, y cuatro escaleras en las esquinas. - -Para acabar su señal, Iddibal esperaba, sin duda, la noche. «No corre -prisa», se dijo Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le gritaron: -«Vuélvete»; los más atrevidos le siguieron. - -El viento agitaba la puerta abierta; entraba el crepúsculo por los -estrechos mechinales y veíase adentro cadenas rotas colgadas en las -paredes. Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra. - -Amílcar palideció extraordinariamente, y le vieron apoyarse con una -mano en la pared para no caer. - -El chacal gritó tres veces seguidas. Amílcar levantó la cabeza, y -cuando el sol se ocultó, desapareció detrás del seto de nopales. - -A la noche, en la Asamblea de los Ricos, en el templo de Eschmún, -dijo al entrar: «¡Luces de los Baalim: acepto el mando de las fuerzas -púnicas contra los bárbaros!» - - - - -VIII - -LA BATALLA DEL MACAR - - -Al siguiente día obtuvo de los Sisitas doscientos veinte y tres mil -kikar de oro, y decretó un impuesto de catorce shequels sobre los -ricos. Hasta las mujeres contribuyeron; se pagaba por los niños, y lo -que era más monstruoso, atendidas las costumbres cartaginesas, obligó a -los colegios de los sacerdotes a que dieran dinero. - -Requisó todos los caballos y mulas y se incautó de todas las armas. A -los que quisieron disimular sus riquezas se les vendió los bienes, y -para intimidar la avaricia de los demás, dio él solo sesenta armaduras -y mil quinientos gomores de harina, tanto como la Compañía del Marfil. - -Envió a la Liguria a comprar soldados, tres mil montañeses -acostumbrados a combatir osos; se les pagó por adelantado seis meses, a -razón de quince minas diarias. - -Le hacía falta un ejército; pero no aceptó, como Hannón, a todos -los ciudadanos. Rechazó por de pronto a la gente de ocupaciones -sedentarias; luego, a los demasiado obesos o de aspecto pusilánime; -admitió a los hombres deshonrados, la crápula de Malca, los hijos de -los bárbaros y los libertos. En recompensa, prometió a los cartagineses -nuevos el derecho completo de ciudadanía. - -Su primer cuidado fue la reforma de la Legión. Estos arrogantes -jóvenes, considerados como la majestad militar de la República, se -gobernaban por sí mismos. Destituyó a los oficiales; trató a todos -rudamente, haciéndoles correr, saltar y subir de un tirón la cuesta de -Byrsa; lanzar azagayas, luchar cuerpo a cuerpo y dormir al raso. Sus -familias venían a verles y les compadecían. - -Mandó hacer espadas más cortas y borceguíes más fuertes. Fijó el -número de sirvientes y redujo los bagajes, y como se guardaban en el -templo de Moloch trescientos pilums romanos, los tomó, a pesar de las -reclamaciones del Pontífice. - -Con los que habían vuelto de Útica y otros de particulares organizó una -falange de setenta y dos elefantes, que hizo formidables. Armó a sus -conductores con un martillo y un escoplo para que rompieran el cráneo a -estos animales en caso de que huyeran. - -No consintió que sus generales fueran nombrados por el Gran Consejo. -Los Ancianos le echaban en cara que violaba las leyes; él no les -hizo caso; nadie se atrevía a contradecirle; todo se doblegaba a la -violencia de su genio. - -Él solo se encargó de la guerra, del gobierno y de la hacienda; y con -el fin de prevenir acusaciones, pidió para examinador de sus cuentas al -Sufeta Hannón. - -Hacía trabajar en las fortificaciones, y para tener piedras derribó -las viejas murallas interiores, que eran inútiles. La diferencia de -fortunas, ya que no la jerarquía de razas, seguía manteniendo separados -los hijos de los vencidos y de los conquistadores; los patricios -vieron irritados la destrucción de esos muros; pero el pueblo, sin -darse cuenta, se regocijaba sin saber por qué. - -Armada la tropa, por mañana y tarde desfilaba por las calles, y a cada -momento se oía el resonar de las trompetas; en los carros pasaban -escudos, tiendas de campaña, picas; los patios estaban llenos de -mujeres que hacían hilas y vendajes; unos a otros se infundían valor; -el alma de Amílcar llenaba la República. - -Dividió sus soldados en números pares, cuidando de poner a lo largo de -las filas, alternativamente, un hombre robusto y otro que lo era menos, -para que el menos vigoroso o más cobarde fuera llevado y empujado a la -vez por su compañero. No obstante, con tres mil ligures y los mejores -cartagineses no pudo formar más que una sencilla falange de cuatro -mil noventa y seis hoplitas, defendidos con cascos de bronce, y que -manejaban picas de fresno de catorce codos de largo. - -Dos mil hombres iban armados con un puñal, reforzados con ochocientos -jóvenes más, con escudo redondo y espada a la romana. - -La caballería pesada estaba compuesta de mil novecientos guardias que -quedaban de la Legión, cubiertos con láminas de bronce bermejo, como -los clinabaros asirios. Había además más de cuatrocientos arqueros a -caballo, de los llamados tarentinos, con birretes de piel de comadreja, -hacha de doble filo y túnica de cuero; y mil doscientos negros del -arrabal de las caravanas, mezclados con los clinabaros, que debían -correr al lado de los caballos, cogidos a las crines. Todo estaba -dispuesto y, sin embargo, Amílcar no empezaba la campaña. - -A menudo, salía de noche solo de Cartago, y se perdía en la embocadura -del Macar, más allá de la laguna. ¿Quería unirse a los mercenarios? Los -ligures, acampados en los Mapales, rodeaban su casa. - -Los temores de los Ricos parecieron justificados cuando se vio un día -a trescientos bárbaros que se acercaban a las murallas. El Sufeta les -abrió las puertas. Eran tránsfugas que se acogían a su jefe por temor -o por fidelidad. - -La vuelta de Amílcar no había sorprendido a los mercenarios; este -hombre, según sus ideas, no podía morir. Venía para cumplir sus -promesas; esperanza que nada tenía de absurda: ¡tan profundo era el -abismo entre la patria y el ejército! Además, no se creían culpables; -se habían olvidado del festín. - -Los espías que aprehendieron les desengañaron. Fue un triunfo para los -exaltados; hasta los tibios se volvieron furiosos. Además, los dos -sitios les habían aburrido; nada se adelantaba; era preferible una -batalla. Muchos hombres se desbandaban, merodeando por la campiña. A la -noticia de los armamentos acudieron, y Matho saltó de alegría: - ---¡Al fin! ¡Al fin! --exclamó. - -El resentimiento que tenía contra Salambó se volvió contra Amílcar. -Su odio veía una presa determinada; y como la venganza era más fácil -de concebir, la creía segura; la idea le deleitaba. Al mismo tiempo, -estaba dominado por una más alta ternura; devorado por un deseo más -agrio. Se veía en medio de los soldados, llevando en su pica la -cabeza del Sufeta, y después, en el cuarto del lecho de púrpura, -apretando a la virgen entre sus brazos, cubriéndola la cara de besos, -acariciando sus largos cabellos negros; estos sueños, que sabía eran -irrealizables, constituían para él un suplicio. Se juró a sí mismo, ya -que sus camaradas le habían nombrado schalischim, dirigir la guerra; la -certidumbre de que no volvería, le impulsaba a ser implacable. - -Fue a ver a Espendio, y le dijo: - ---Reúne tus hombres; yo llevaré los míos. Avisa a Autharita. Estamos -perdidos si Amílcar nos ataca. ¿Me entiendes? ¡Levántate! - -Espendio quedó estupefacto ante este decreto autoritario. Matho, por -costumbre, se dejaba guiar y se le pasaban pronto los arrebatos; pero -ahora, parecía a un tiempo más calmado y más terrible; una voluntad -soberbia fulguraba en sus ojos, como la llama de un sacrificio. - -El griego no atendía sus razonamientos. Habitaba una de las tiendas -cartaginesas bordadas de perlas, bebía bebidas frescas en copas de -plata, jugaba al cótabo, dejaba crecer su cabellera y llevaba el sitio -con lentitud. Por lo demás, tenía inteligencias en la ciudad y no -quería partir, en la seguridad de que esta se rendiría a los pocos -días. Narr-Habas, que vagabundeaba entre los ejércitos, se encontraba -ahora cerca de él. Apoyó su opinión y llegó a acusar al libio de querer -abandonar la empresa, por exceso de valor. - ---Vete, si tienes miedo --contestó Matho--; nos prometiste pez, azufre, -elefantes, infantes y caballos; ¿dónde están? - -Narr-Habas le recordó que había exterminado las últimas cohortes -de Hannón; en cuanto a los elefantes, se les estaba cazando en los -bosques; armaba los infantes, y los caballos estaban ya en marcha; y el -númida, acariciando la pluma de avestruz que le caía por la espalda, -giraba los ojos como una mujer y sonreía de una manera irritante. Matho -no sabía qué contestarle. - -Un desconocido entró donde ellos estaban, sudoroso, asustado, sangrando -los pies y desatado el cinturón; la respiración agitaba su flaco pecho -como si fuera a hacerle estallar; y hablando un dialecto ininteligible, -abría los ojos como si contara una batalla. El rey se echó afuera y -llamó a sus jinetes. - -Formaron en el llano un círculo alrededor de él. Narr-Habas, a caballo, -bajaba la cabeza y se mordía los labios. Por fin, separó sus hombres en -dos mitades y mandó a la primera que esperase; con gesto imperioso se -llevó los otros al galope y desapareció en el horizonte, por el lado de -las montañas. - ---¡Señor! --dijo Espendio--: no me gustan estas cosas extraordinarias; -el Sufeta, que viene, y Narr-Habas, que va... - ---¡Bah! ¿Qué importa? --contestó desdeñosamente Matho. - -Era una razón más para unirse a Autharita; pero si se abandonaba -el sitio, saldrían los sitiados, los atacarían por retaguardia, y -al frente tendrían a los cartagineses. Después de mucho hablar, se -resolvió lo siguiente, que fue inmediatamente ejecutado: - -Espendio, con quince mil hombres, ocupó el puente del Macar, a tres -millas de Útica, y fortificó los ángulos con cuatro torres enormes, -con catapultas. Con troncos de árboles, pedazos de roca y montones de -espinos y piedras de las murallas cerró todos los caminos y gargantas -de las montañas; y en las cumbres puso hierba seca, que se encendería -para señales, y pastores acostumbrados a otear de lejos. - -Sin duda Amílcar no iría, como Hannón, por la montaña de las Aguas -Calientes. Debía pensar que Autharita, dueño del interior, le -cerraría el camino. Además, un desastre al principio de la campaña -le perdería, mientras que la victoria era probable estando más lejos -los mercenarios. Meterse entre los dos ejércitos sería en él una -imprudencia, contando con fuerzas inferiores; así, pues, Amílcar, según -todas las probabilidades, tomaría las faldas de la Ariana, torcería a -la izquierda para evitar las bocas del Macar y vendría en derechura al -puerto, donde Matho le esperaría. - -Vigilaba de noche a los peones, a la luz de las antorchas; iba a -Hippo-Zarita, a las obras de las montañas, volvía y no descansaba. -Espendio envidiaba su energía, y Matho escuchaba dócilmente a su -compañero en cuanto al manejo de los espías, a la elección de -centinelas, al arte de las máquinas y demás medios de defensa. Ya no -hablaban de Salambó: Espendio, porque no se acordaba; Matho, por una -especie de pudor. A menudo iba del lado de Cartago, para ver de lejos -las tropas de Amílcar. Flechaba con sus ojos el horizonte, se echaba -de bruces, y en los latidos de sus arterias creía oír el rumor de un -ejército. - -Dijo a Espendio que si antes de tres días no llegaba Amílcar, iría con -todos sus hombres a presentarle batalla. Pasaron dos días; Espendio le -contenía; pero en la mañana del sexto, partió. - - * * * * * - -No menos que los bárbaros estaban los cartagineses impacientes por la -guerra; en las tiendas y en las casas había el mismo deseo, la misma -angustia; se preguntaban todos qué era lo que detenía a Amílcar. En -ocasiones, subía este a la cúpula del templo de Eschmún, y al lado del -Anunciador de las Lunas escudriñaba el horizonte. - -Un día, el tercero del mes de Tibby, se le vio bajar de la Acrópolis a -pasos precipitados. Se alzó un griterío en los Mapales. Bien pronto se -llenaron las calles, y los soldados se armaron, entre el llanto de las -mujeres, que los abrazaban, yendo a formar a la plaza de Kamón. No se -les podía seguir, ni aun hablarles, ni acercarse a las fortificaciones; -durante algunos minutos, la ciudad entera permaneció silenciosa como -una inmensa tumba; los soldados, apoyados en sus lanzas, y los demás, -angustiados. - -Al ponerse el sol, salió el ejército por la parte de Occidente; pero -en vez de tomar el camino de Túnez o ganar las montañas en dirección a -Útica, siguió la costa, llegando en breve a la laguna, en la que las -salitreras se reflejaban como enormes espejos de plata olvidados en la -ribera. - -Fuéronse multiplicando los aguazales; el suelo era cada vez más blando -y en él se hundían los pies. Amílcar iba siempre a la cabeza, y su -caballo, cubierto de manchas amarillas como un dragón, pisaba el fango -haciendo grandes esfuerzos y levantando espuma en torno suyo. Vino la -noche; noche sin luna. Algunos gritaron que se iba a la muerte; el -caudillo les quitó las armas y las entregó a los criados. El fango se -hacía cada vez más hondo; fue preciso montar en los animales de carga -o bien agarrarse a la cola de los caballos; los robustos ayudaban a -los débiles, y la Legión empujaba a la infantería con la punta de las -lanzas. Aumentó la obscuridad; se habían extraviado; todos hicieron -alto. - -Los esclavos del Sufeta siguieron adelante para encontrar las balizas -plantadas por orden de este, de distancia en distancia. Gritaban en las -tinieblas, y el ejército les seguía de lejos. - -Por fin se pisó tierra firme; luego se dibujó vagamente una curva -blanquecina, y llegaron a la orilla del Macar. A pesar del frío, no se -encendió fuego. - -A media noche se levantaron ráfagas de viento. Amílcar hizo despertar a -los soldados, pero sin tocar las trompetas, haciendo que los capitanes -les golpearan en la espalda. - -Entró en el agua un hombre de alta estatura, y aquella no le llegaba a -la cintura; señal de que se podía pasar. - -El Sufeta ordenó que treinta y dos elefantes se colocaran en el río, -cien pasos más lejos, en tanto que los demás detendrían las líneas -de hombres empujados por la corriente; y todos con las armas sobre -la cabeza, atravesaron el Macar como entre dos murallas. Se había -observado que el viento del Oeste, empujando las arenas, obstruía el -río y formaba en toda su anchura una calzada natural. - -Este alarde de genio entusiasmó a los soldados y les infundió una -confianza extraordinaria. Querían acometer en seguida a los bárbaros, -pero el Sufeta les hizo descansar dos horas. No bien salió el sol, los -desplegó en el llano, en tres líneas: primero los elefantes, detrás la -infantería ligera con la caballería, y en tercera línea la falange. - -Los bárbaros acampados en Útica y en las quince millas alrededor del -puente, quedaron sorprendidos al ver ondular esta masa. El viento, que -soplaba muy fuerte, levantaba torbellinos de arena, como arrancados -del suelo, subiendo en grandes capas de color azul, que se rompían -para volver a formarse, ocultando siempre a los mercenarios el -ejército púnico. Comoquiera que los cartagineses adornaban con cuernos -la punta de los cascos, unos mercenarios creyeron ver una tropa de -bueyes, en tanto que otros, engañados por el vaivén de los mantos, -pretendían ver alas; no faltando quien echándoselas de sabio atribuyera -despreciativamente todo esto a una ilusión de espejismo. Sin embargo, -algo enorme continuaba avanzando. Pequeños vapores, sutiles como -alientos, corrían sobre la superficie del desierto; el sol, ahora más -alto, brillaba con más fuerza; una luz áspera y que parecía vibrar -entre la profundidad del cielo y los objetos, hacía la distancia -incalculable. La inmensa llanura se desplegaba por todos lados, hasta -perderse de vista, y las ondulaciones del terreno, casi insensibles, se -prolongaban hasta el extremo horizonte, cerrado por la gran línea azul -del mar. Los dos ejércitos, fuera de sus tiendas, se miraban; la gente -de Útica, para ver mejor, se amontonaba en los baluartes. - -Al fin, se vieron muchas barras transversales erizadas de puntas, -que se agrandaban y hacían más espesas; montículos negros que se -balanceaban, y aparecer de pronto la masa de picas y elefantes. - ---¡Los cartagineses! --exclamaron los bárbaros. - -Y los soldados de Útica y los del puente salieron en montón, a la -desordenada, para caer juntos sobre Amílcar. - -Ante este nombre, Espendio tembló: «¡Amílcar! ¡Amílcar!» Matho no -estaba allí. ¿Qué hacer? La huida era imposible. La sorpresa, el miedo -al Sufeta y, sobre todo, lo urgente de una resolución inmediata, le -desconcertaban; se veía traspasado por mil espadas, decapitado, muerto. -Pero treinta mil hombres le seguían y confiaban en él; furioso contra -sí mismo y confiando en una feliz victoria, se creyó más intrépido que -Epaminondas. Para disimular su palidez, tiñó su barba de bermellón, -apretó sus grebas y su coraza, bebió una patera de vino puro y corrió -hacia su tropa, que se unía a la de Útica. - -Ambas divisiones de bárbaros juntáronse con tanta celeridad, que el -Sufeta no tuvo tiempo de formar sus hombres en batalla. Los elefantes -se detuvieron, balanceando sus pesadas cabezas cargadas de plumas de -avestruz y golpeándose las espaldas con la trompa. - -En el fondo de los claros que dejaban se veían las cohortes de los -vélites; más lejos, los grandes cascos de los clinabaros, con hierros -que brillaban al sol, y corazas, penachos y banderas desplegadas. Pero -el ejército cartaginés, compuesto de once mil trescientos noventa y -seis hombres, parecía ser inferior a este número porque formaba un -largo cuadrado, estrecho en los flancos y muy apretado en sí mismo. - -Viéndolos tan débiles, los bárbaros, tres veces más numerosos, -sintieron una alegría desordenada; no se veía a Amílcar. ¿Estaría allí? -No importaba; el desdén que los bárbaros tenían por estos mercaderes -avivaba su valor, y antes que Espendio mandara la maniobra, todos la -habían comprendido y la estaban ejecutando. - -Desplegáronse en una gran línea recta, que desbordaba las alas del -ejército púnico, a fin de envolverlo completamente. Pero cuando -estuvieron a trescientos pasos, los elefantes, en vez de avanzar, -retrocedieron, y los clinabaros, haciendo un cambio de frente, los -siguieron; aumentó la sorpresa de los mercenarios el ver que todos los -demás hacían lo mismo. Los cartagineses tenían miedo, ¡huían! Una silba -formidable estalló en las tropas bárbaras, y Espendio, desde lo alto de -su dromedario, gritaba: - ---¡Ah, ya lo sabía! ¡Adelante! ¡Adelante! - -Cayó una lluvia de azagayas, dardos y tiros de honda. Los elefantes con -la grupa acribillada a flechazos galoparon más aprisa; les envolvía una -gran polvareda y, como sombras en una nube, desaparecieron. - -Pero en el fondo de la masa púnica se oía un gran ruido de pasos, -dominado por el son agudo de las trompetas, que tocaban con furia. -Este espacio que los bárbaros tenían delante, pleno de torbellinos y -de tumulto, atraía como un abismo; algunos se lanzaron. Aparecieron -cohortes de infantería y jinetes al galope con otros peones a la grupa. - -En efecto: Amílcar había ordenado a la falange que rompiera sus -secciones y que pasaran los elefantes y la tropa ligera por estos -intervalos, para que cubrieran prontamente los flancos; calculó tan -bien la distancia de los bárbaros, que en el momento en que estos -llegaban allí, el ejército cartaginés formaba en masa una gran línea -recta. - -En medio se erizaba la falange compuesta de sintagmas o cuadrados, -con diez y seis hombres en cada lado. Los jefes de filas aparecían -entre largos hierros agudos que desbordaban desigualmente, porque las -seis hileras primeras alargaban las astas cogiéndolas por el medio, -y las diez hileras inferiores, apoyándolas en la espalda de sus -compañeros, se ponían delante. Las viseras de los cascos ocultaban -a medias las caras; las grebas de bronce cubrían todas las piernas -derechas; anchos escudos cilíndricos bajaban hasta las rodillas; y esta -horrible masa cuadrangular maniobraba en un solo bloque, viva como un -animal fantástico y con la regularidad de una máquina. Dos cohortes de -elefantes la flanqueaban, haciendo caer la lluvia de flechas pegadas a -su negra piel. Los indios, agazapados entre los montones de blancas -plumas de avestruz, los retenían con el mango del arpón, y en las -torres, otros hombres, ocultos hasta los hombros, se asomaban armados -con grandes arcos tendidos y varas de hierro con estopas encendidas. -A derecha e izquierda de los elefantes maniobraban los honderos, con -una honda ceñida a los riñones, otra en la cabeza, y la tercera en la -mano derecha. Venían luego los clinabaros, cada cual con un negro que -les alargaba las lanzas entre las orejas de los caballos enteramente -cubiertos de oro como los jinetes. A continuación se espaciaban -soldados armados a la ligera con escudos de piel de lince y jabalinas -en la mano izquierda; y los tarentinos, llevando del diestro dos -caballos juntos, y apostados en los dos extremos de esta muralla de -combatientes. - -A la inversa, el ejército de los bárbaros no había podido conservar su -alineación. En todo su enorme frente se habían formado ondulaciones y -vacíos, y jadeaban todos, sofocados por la carrera. - -La falange se puso en marcha pesadamente, blandiendo todos las picas; -bajo este enorme peso, la línea de los mercenarios cedió pronto por el -centro. - -Entonces, las líneas cartaginesas se abrieron para envolverlos, -guiándoles los elefantes. Con las lanzas tendidas oblicuamente, la -falange cortó a los bárbaros; se agitaron dos masas enormes; las -alas, a tiros de honda y de flecha, los empujaban sobre la falange. -Para desprenderse de esta, faltaba la caballería; a excepción de -doscientos númidas que arremetieron contra los clinabaros, los demás se -encontraron cercados y no podían salir de sus líneas. Inminente era el -peligro; urgente una resolución. - -Espendio mandó atacar la falange simultáneamente por los dos flancos, -a fin de pasar al través; pero las filas más estrechas, replegándose -sobre las más largas, se volvieron juntas contra los bárbaros, -mostrándose tan terribles como lo era el frente. Herían los bárbaros -con su hierro, pero la caballería estorbaba su ataque; en tanto que -la falange púnica, apoyada por los elefantes, se apretaba o se -ensanchaba, o maniobraba en cuadrado, en cono, en rombo, en trapecio -o en pirámide, de frente, a retaguardia, se producía continuamente -un movimiento interior, porque los que estaban detrás de las filas -corrían a las primeras líneas, y los cansados o heridos se replegaban -atrás. Los bárbaros se veían empujados contra la falange: era imposible -avanzar; hubiérase dicho un océano en el que bullían garcetas rojas con -escamas de cobre, en tanto que los lucientes escudos se apretaban como -espuma de plata. A veces, de un cabo a otro, bajaban anchas corrientes, -que luego ascendían, manteniéndose inmóvil en medio una pesada masa. -Las lanzas se bajaban y se levantaban alternativamente. Todo era una -agitación de espadas desnudas, tan precipitada, que solo se veían las -puntas; haces de caballería, ensanchándose en círculos, y que volvían a -cerrarse, moviendo torbellinos a su alrededor. - -Dominando las voces de mando, sonaban en el aire los bélicos clarines -y el son de las liras, y las balas de plomo o de arcilla de las hondas, -silbando y haciendo saltar las espadas de las manos y los sesos de los -cráneos. Los heridos, resguardándose con un solo brazo con su escudo, -tendían la espada apoyando el pomo en el suelo; otros, entre charcos de -sangre, se volvían para morder los talones de los enemigos. La multitud -era tan compacta, el polvo tan espeso, el tumulto tan fuerte, que era -imposible ver nada; los cobardes que ofrecían entregarse ni siquiera -eran oídos. Cuando las manos estaban vacías, se abrazaban cuerpo a -cuerpo; los pechos chocaban con las corazas y los cadáveres caían -hacia atrás, con los brazos crispados. Hubo una compañía de sesenta -umbrianos que, firmes sobre sus talones, con la pica delante de los -ojos, inquebrantables y rechinando los dientes, obligaron a retroceder -dos sintagmas a la vez. Los pastores epirotas corrieron al escuadrón -izquierdo de los clinabaros y agarraron de las crines a los caballos, -volteando sus bastones; los animales, derribando a los jinetes, huyeron -por el llano. Los honderos púnicos, repartidos aquí y acullá, estaban -sorprendidos. La falange empezaba a oscilar, los capitanes corrían -desolados, los cabos de fila empujaban a los soldados; los bárbaros, -rehechos, volvían a la carga, y la victoria iba a ser suya. - -Pero de pronto sonaron gritos espantosos y rugidos de dolor y de -rabia; eran los setenta y dos elefantes, que se precipitaban en doble -línea, porque Amílcar había esperado a que los bárbaros estuviesen en -montón, para echárselos encima. Los indios los aguijonearon con tal -fuego, que la sangre corría por las anchas orejas de los paquidermos. -Las trompas, pintadas de minio, se levantaban rectas en el aire, como -rojas serpientes; sus pechos estaban armados de un venablo, el lomo con -una coraza, los colmillos prolongados con láminas de hierro encorvadas -como sables, y, para volverlos más feroces, se les había embriagado con -una mezcla de pimienta, vino puro e incienso. Sacudían sus collares -de cascabeles y gritaban; los elefantarcas o conductores bajaban la -cabeza ante la lluvia de las faláricas que venía de lo alto de las -torres. - -Con el propósito de resistirlos mejor, los bárbaros se abalanzaron en -masa compacta; los elefantes se precipitaron impetuosamente en medio. -Los espolones de sus pechos hendían las cohortes como proas de un -navío; con las trompas, ahogaban a los hombres o los arrancaban del -suelo, entregándolos por encima de sus cabezas a los soldados de las -torres; con los colmillos, los despanzurraban, los lanzaban al aire, -colgando racimos de entrañas de sus garfios de marfil, como paquetes de -cuerdas en los mástiles. Los bárbaros intentaban reventarles los ojos -o desjarretarlos; otros, metiéndose bajo los vientres, les hundían la -espada hasta la empuñadura y morían aplastados. Los más intrépidos se -colgaban a las correas, y entre llamas o bajo la lluvia de dardos y -hondas, no dejaban de cortar cueros para que la torre de mimbre cayera -como una torre de piedra. Catorce elefantes de los que estaban en la -extrema derecha, furiosos por sus heridas, se volvieron a la segunda -línea; los indios, con su martillo y clavija, les dieron la puntilla a -fuerza de puños. - -Las enormes bestias se atropellaron, cayendo unas encima de otras. Fue -como una montaña; y sobre este montón de cadáveres y de armaduras, un -elefante monstruoso, que se llamaba el _Furor de Baal_, cogido por la -pierna entre cadenas, estuvo toda la noche aullando, con una flecha en -el ojo. - -Sin embargo, los demás, como conquistadores que se complacen en el -exterminio, seguían atropellando, aplastando y encarnizándose en los -muertos y en los restos de la batalla. Para rechazar a los manípulos -apretados en coronas a su alrededor, giraban sobre los pies de -atrás con un movimiento continuo de rotación siempre avanzando. Los -cartagineses sintieron aumentar su vigor, y la batalla volvió a empezar. - -Los bárbaros cedían; los hoplitas griegos arrojaron sus armas, y el -espanto se apoderó de los demás. Se vio a Espendio huir colgado de -su dromedario, azuzándolo con dos jabalinas. Todos, entonces, se -precipitaron para entrar en Útica. - -Los clinabaros, con los caballos cansados, no pudieron detenerlos. -Los ligures, extenuados de sed, gritaban que se les llevara al río; -pero los cartagineses, puestos en medio de las sintagmas y que habían -sufrido menos, hervían de deseo ante la venganza que se les escapaba; -ya se lanzaban a la persecución de los mercenarios cuando apareció -Amílcar. - -Refrenaba con riendas de plata su caballo atigrado, bañado en sudor. -Las cintas atadas a los cuernos de su casco flotaban al viento y tenía -su escudo ovalado sujeto bajo el muslo izquierdo. A una señal de su -pica de tres puntas, se detuvo el ejército. - -Los tarentinos saltaron rápidamente de un caballo al otro, y partieron -a derecha e izquierda en dirección al río y a la ciudad. - -La falange exterminó a placer el resto de los bárbaros. Cuando -llegaban bajo las espadas, las víctimas alargaban el cuello, cerrando -los párpados. Otros se defendieron a todo trance, pero se les abrumaba -de lejos a pedradas, como perros rabiosos. Amílcar tenía encargado -que se hicieran cautivos; pero los cartagineses le obedecieron a -regañadientes, por el placer que sentían en degollar bárbaros. Como -tenían mucho calor, operaban con los brazos desnudos, a manera de -segadores; y cuando se interrumpían para tomar aliento, seguían con -la mirada a un jinete que galopaba tras un soldado huyendo. Conseguía -cogerle de los cabellos, lo tenía así un rato y concluía por derribarle -de un hachazo. - -Vino la noche. Cartagineses y bárbaros habían desaparecido. Los -elefantes que habían huido erraban por el horizonte con las torres -incendiadas. Ardían en la obscuridad como faros perdidos en la bruma, y -no se advertía otro movimiento en la llanura que la ondulación del río, -engrosado por los cadáveres que iban arrastrados al mar. - -Dos horas después llegó Matho. A la luz de las estrellas vio largos -montones desiguales tendidos en tierra. - -Eran las filas de bárbaros. Se apeó y vio que todos estaban muertos; -llamó a voces y nadie le contestó. - -Aquella mañana había partido de Hippo-Zarita con sus soldados, en -dirección a Cartago. El ejército de Espendio acababa de salir de Útica, -y los habitantes empezaban a incendiar las máquinas de guerra. Todos -se habían batido encarnizadamente; el tumulto que se oía del lado del -puente aumentaba de un modo incomprensible. Matho había venido por el -camino más corto, a través de la montaña, y como los bárbaros huyeron -por el llano, no encontró a ninguno. - -A su frente, se levantaban en la sombra masas piramidales, y del lado -del río, cercanas y a ras del suelo, se veían luces inmóviles. Era que -los cartagineses se habían replegado detrás del puerto para engañar a -los bárbaros; el Sufeta había puesto muchas guardas en la otra orilla. - -Matho, avanzando siempre, creyó ver enseñas púnicas, porque las -cabezas de caballo que no se movían aparecían en el aire, fijas en -astas, en listones que no se podían ver; y oyó más lejos un gran rumor, -un ruido de canciones y de copas que chocaban. - -No sabiendo dónde se encontraba, ni cómo hallar a Espendio, lleno de -angustia y perdido en las tinieblas, se volvió más aprisa por el mismo -camino. Apuntaba el alba cuando desde lo alto de la montaña divisó la -ciudad, con las armazones de las máquinas ennegrecidas por las llamas, -así como esqueletos de gigantes junto a las murallas. - -Todo reposaba en silencio y en abandono extraordinarios. Entre sus -soldados, al borde de las tiendas, hombres casi desnudos dormían de -espalda o con la frente en el brazo que sostenía la coraza. Algunos -llevaban en las piernas vendas ensangrentadas. Los moribundos movían la -cabeza blandamente, en tanto que otros les traían de beber. A lo largo -de los caminos estrechos, andaban los centinelas para calentarse, o -bien miraban el horizonte, con la pica al hombro, en actitud feroz. - -Matho encontró a Espendio recogido bajo un jirón de tela puesto sobre -dos palos, con las manos en las rodillas y la cabeza baja. - -Estuvieron largo rato sin decirse nada; al fin, Matho murmuró: - ---¡Vencidos! - -Espendio contestó con voz sombría: - ---¡Sí; vencidos! - -Y a todas las preguntas respondía con gestos desesperados. - -Llegaban basta ellos suspiros y estertores. Matho entreabrió la tela, -y el espectáculo de los soldados le recordó otro desastre en el mismo -lugar, y dijo: - ---¡Miserable!, otra vez... - -Espendio le interrumpió: - ---¡Tampoco tú estabas! - ---¡Es una maldición! --exclamó Matho--. ¡Pero yo le esperaré, le -venceré, le mataré! ¡Ah, si hubiera estado aquí!... - -La idea de no haberse encontrado en la batalla lo desesperaba más que -la derrota. Se quitó la espada y la tiró por el suelo. - ---Pero ¿cómo os han vencido los cartagineses? - -El antiguo esclavo contó las maniobras. Matho creía estar viéndolas, y -se irritaba. El ejército de Útica, en vez de dirigirse al puente, debió -ir a atacar a Amílcar por retaguardia. - ---¡Lo sé! --dijo Espendio. - ---Convenía doblar las filas, no comprometer los vélites contra la -falange; dar salida a los elefantes. En último extremo, se podía probar -otra vez, nunca huir. - -Respondió Espendio: - ---Le he visto pasar en su gran manto rojo, con los brazos levantados, -más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de las -cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se -abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró, -y yo sentí en mi corazón como el frío de una espada. - ---¿Habrá elegido tal vez el día? --se decía Matho. - -Y se hacían preguntas tratando de descubrir qué habría traído al -Sufeta en las circunstancias más desfavorables. Hablando de la -situación, para atenuar su falta o animarse a sí propio, Espendio dijo -que aún quedaba esperanza. - ---¡Aunque no la haya, no importa! --dijo Matho--; yo solo continuaré la -guerra. - ---Y yo también --repuso el griego, muy agitado, brillantes las pupilas -y con sonrisa extraña que contraía su cara de chacal. - ---¡Volveremos a empezar! ¡No me abandones! Yo no estoy hecho para las -batallas al sol: el brillo de las espadas me turba la vista: es una -enfermedad: he vivido mucho tiempo en la ergástula. Pero dame murallas -que escalar de noche, y yo entraré en las ciudadelas y los cadáveres -estarán fríos antes que los gallos hayan cantado. Indícame a alguien, -alguna cosa, un enemigo, un tesoro, una mujer..., una mujer, aunque -sea la hija de un rey, y la traeré, si lo deseas, a tus pies con -prontitud. Me reprochas de haber perdido la batalla contra Hannón y, -sin embargo, la gané. ¡Confiésalo! Mi piara de cerdos nos sirvió más -que una falange de espartanos. - -Y cediendo a la necesidad de rehabilitarse y de tomar el desquite, fue -enumerando cuanto hiciera en favor de los mercenarios. - ---¡Yo fui quien en los jardines del Sufeta empujé al galo! Más tarde, -en Sicca, los concité a todos con el miedo de la República; Giscón los -volvió a perdonar, pero yo impedí que hablaran los intérpretes. ¡Ah! -¡Cómo les colgaba la lengua de la boca! ¿Te acuerdas? Yo te llevé a -Cartago; yo he robado el zaimph. Yo te he llevado a casa de _ella_. ¡Yo -haré más aún!...; ¡ya verás! - -Y soltó la carcajada como un loco. Matho le miraba asombrado. -Experimentaba cierto malestar ante este hombre, a un tiempo cobarde y -terrible. - -El griego añadió en tono jovial, castañeteando los dedos: - ---¡Evohé! Después de la lluvia sale el sol. He trabajado en las -canteras y he bebido másica en un bajel que era mío, bajo un palio -de oro, como un Tolomeo. La desgracia debe servirnos para hacernos -más hábiles. A fuerza de trabajo, se rinde la fortuna. Esta ama a los -diestros. ¡Ella cederá! - -Y tomando del brazo a Matho: - ---Amo, los cartagineses están ahora confiados en su victoria. Tú tienes -un ejército que no ha combatido, y tus hombres te obedecen. Ponlos -delante; los míos, para vengarse, los seguirán. Me quedan tres mil -carios, mil doscientos honderos y arqueros, cohortes completas. Se -puede formar toda una falange. ¡Vamos! - -Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado plan alguno para -repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de bronce que -ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió su -espada, gritando: - ---Sígueme. ¡Vamos! - -Los exploradores volvieron anunciando que los cartagineses se habían -llevado sus muertos, que el puente estaba en ruinas y que Amílcar había -desaparecido con su ejército. - - - - -IX - -EN CAMPAÑA - - -Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se -revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para -dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla -derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa. - -Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las tribus -de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o en -medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos. - -En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y Útica, -con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del Occidente. -Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo; -Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas. -Los habitantes del campo llegaban cargados de víveres, implorando su -protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los -bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios -muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado -a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les -encontraba muertos en los olivares y en las viñas. - -Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria, -envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla. -Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos -atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca; -los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás -de ellos, los empujaban a latigazos. - -¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil bárbaros -y que la guerra había terminado porque los demás no la proseguirían; se -abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la cara de -los dioses Pateques en acción de gracias, los cuales, con sus grandes -ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros, -parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los -ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de -los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes -de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las -principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras -a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas -coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían -otorgarle nuevos honores y preeminencias. - -Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita, -para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los -bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el -ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de -raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos -bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los unos no -valían nada y los otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó. - -En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los cautivos, -aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba incorporar -los mejores a sus tropas y excitar por este medio las deserciones. Pero -el odio pudo más que su prudencia. - -Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de -las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las -mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos -a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se -bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba -vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas; -muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la -noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se -bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos. - -Después se dejaron en pie las cruces con los cadáveres, que parecían -sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la -gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a -las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les -proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos, -y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el -pueblo en una misma venganza. - -No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del -cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos -graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba -sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio -Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales; -era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las -azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis -de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico -enrojecido. - -A causa de la pestilencia, los cartagineses se resignaron a desclavar -los cadáveres. Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y -las olas, agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en -el fondo del golfo, ante el campamento de Autharita. - -Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de -Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus -bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche. - - * * * * * - -El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de Aguas Calientes -a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a las ciudades -tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre Cartago. - -En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur; -Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los -tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no -esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos cargados de betún, -veinticinco elefantes y seis mil jinetes. - -El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente -entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había -entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio. -Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados -númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el -hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el -agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta -más furioso que los bárbaros. - -Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca del -plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo. - -Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y se -ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, no -se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias -griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron -de todos los bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos -los días los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se -prohibió a los centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo -en la lanza y dormir en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó -a desprenderse de él; todo debía ponerse a la espalda, a la usanza -romana. Como precaución contra los elefantes, Matho creó un cuerpo de -jinetes catafractos, en que hombre y caballo desaparecían bajo una -coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para proteger el casco -de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido. - -Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no -púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los -víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque -los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación, -muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de -invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la promesa -de su ración. Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a -refugiarse en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a -fuerza de ultrajes, las obligaron a irse. - -Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de -Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados -a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de -Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron -las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en -matrimonio las rubias espartanas. - -Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de -las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres, -les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les -mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los -bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba, -ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de -Narr-Habas, y como los bárbaros gritaran que necesitaban mujeres, él -les respondió: - ---Yo no las tengo. - -El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las -rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose -obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los -llenaba de piedras para volverlos estériles. - -Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se -dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles. -Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores -creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de -Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como -para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en -otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla, -el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía -dirigirlos. - -Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los cartagineses; -las fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La -gente del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en -todas partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos -al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro. - -Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles; -y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la -importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las -tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas. -La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los -patricios de su facción le apoyaban con tibieza. - -Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus -todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales -y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos -que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se -encontraba nada, y una espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés. - -Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e incendiaba -las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban bosques -enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que esperar, -para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas calientes. - -Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un matorral -así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre los -talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el color -del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a -los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían -en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies -desnudos. - -Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los -mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda. -No atreviéndose a comprometerse, le respondieron con vaguedades, -cumplimientos y excusas. - -Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad -tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa, -con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados, -y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago. - -El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, con -prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna para -subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol bajaban -los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando -advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que -parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos, -oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el ejército de -Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las -divisas de Roma. - -Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos con -piel de leopardo, corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos -de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los -caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina; -después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y -nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas -inmundas», por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera. - -De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus marchas -con exactitud. - -Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo que -ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos -puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la -infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos, -de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados -de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria, -pasaron la noche comiendo. - -Habían encendido fogatas que deslumbrándolos, dejaban en la sombra al -ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de -su campo, como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez -codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en -el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron -pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en -una fortaleza. - -En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando -órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas -escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para -señalar algo con el brazo derecho. - -Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los -clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles -con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie -de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta, -deliraban con la alegría de capturarle. - -Sin embargo, si todos atacaban a la vez, se encontrarían en un espacio -tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían -lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas, -los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los -elefantes, no estaban suficientemente amaestrados. - ---¡Sois todos unos cobardes! --gritó Matho. - -Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el -atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta -había recogido en el puente sus catapultas abandonadas. - -Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. El -exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose -lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que -tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses -ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la -colina. - -Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol y -piedras, que arrancaban del suelo, en tanto que las seis catapultas -rodaban incesantemente a lo largo de la planicie. - -Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse -las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían -por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo; -y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero, -cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los -Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él -mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a -elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía, -porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de -los otros pronto y fácilmente. - -Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato les -hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en -la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con -desconfianza. Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les -desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban -a capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los -cisalpinos, cuya lengua no comprendían. - -Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de Matho, y -agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían las figuras -de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras. Espendio -explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la -ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La -guerra contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen -en ella sin querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que -decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén; -hallaba funestas todas las medidas, y ya no se sonreía, sino que -lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de un sueño imposible, la -desesperación de una empresa fallida. - -En tanto que los bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba -sus defensas; hacía cavar un segundo foso, levantar otra segunda -muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus esclavos iban -a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a -los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus trabas. -Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a -los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar. -Se comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la -tristeza en los días siguientes. - -Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían -alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los -mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a -la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los -centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les -proporcionaban víveres en abundancia y suponían lo que asustaba su -inacción al ejército púnico. - -En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los -númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran -los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los -libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de -ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de -los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del -estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos, -arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza, -y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en -lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban -a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la -cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos -cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su -corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron a -Giscón. Por más que el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le -habían puesto una tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de -guijarros. Era una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho. - -Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse -paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses -unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron -repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó -afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en -la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó -la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le -sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima -del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el -aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz -aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones -prolongadas, interrumpida y alternada como los ecos que se responden -en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín; -luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza -y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos, -sobre todo. - -Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en -rendirse, seguros de morir en suplicios. - -A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres disminuían de un modo -espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez kolumer de trigo, -tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni aceite, ni -salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les veía bajar -el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja pisadas. -A menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la luna, -un perro de los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, en -un montón de inmundicias; le tiraban una piedra y, ayudándose con -las correas del escudo, bajaban a cogerlo, y luego se lo comían. -Otras veces se oían terribles ladridos, y el hombre no subía. En la -cuarta diloquia de la duodécima sintagma, tres falangitas se mataron a -cuchilladas, disputándose una rata. - -Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres, sus cabañas en -forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una red -colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas -cuando, en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el -vago rumor de las calles, junto con el murmullo de los árboles de -sus jardines; y para regodearse con este recuerdo, entornaban los -párpados, que la punzada de una herida volvía a abrir. A cada minuto, -ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los «Comedores de cosas -inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las manos con -hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas. -Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los -proyectiles. Los cartagineses se encerraron, y no se movían. - -Todos los días, el sol que trasponía la colina los dejaba en la sombra -desde muy temprano. Al frente y por detrás, subían las faldas grises -del terreno, cubiertas de piedras manchadas de un liquen raro; y sobre -sus cabezas, el cielo, continuamente sereno, se abría más liso y frío -a la mirada que una cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado -contra Cartago, que sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir -contra ella. Los esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el -pueblo, ni el Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza. -La situación era intolerable, sobre todo por el convencimiento de que -llegaría a ser peor. - - * * * * * - -Al recibirse la noticia del desastre, Cartago estalló de cólera y de -odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si se hubiera -dejado vencer al principio. - -Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban dinero y tiempo. -¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado todas las -armas. Y ¿quién los mandaría? Los mejores capitanes estaban ausentes -con él. Sin embargo, los emisarios enviados por el Sufeta, iban por las -calles dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló para -hacerlos desaparecer. - -Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a Barca de -haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber -aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus? -Les había impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su -contribución de catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y -tres mil kikar de oro; los que no habían dado nada se lamentaban como -los demás. La plebe estaba celosa de los cartagineses nuevos, a los -que se había prometido el derecho de ciudadanía completo; y hasta a -los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les confundía con -los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser un -crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los -peones de albañil, que pasaban con la llana en la mano; los vendedores -de palmeras, chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y -los proveedores de bebidas calientes, todos discutían las operaciones -militares. Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y -hasta el último galopín corregía las faltas de Amílcar. - -Según los sacerdotes, era el castigo de su obstinada impiedad; no había -ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas, había rehusado llevar -consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba la violencia -de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas frustradas. Se -recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su orgullo, tanto -tiempo soportado. El colegio de los pontífices no le perdonaba haber -dispuesto de su tesoro, y exigió del Gran Consejo que, si volvía el -Sufeta, fuese crucificado. - -Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año, eran otra calamidad. -De las orillas del lago venían hedores insoportables, que se mezclaban -en el aire con la humareda de los aromas que se quemaban en las -esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en oleadas, -llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban -cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses -Pateques, y la sangre de los camellos degollados en sacrificio, -corriendo a lo largo de los tramos, formaba rojas cascadas sobre -las gradas. Un funesto delirio agitaba a Cartago. De las calles más -estrechas, de las más miserables, salían rostros pálidos, hombres de -cara de víbora y que rechinaban los dientes. - -Los clamores de las mujeres llenaban las casas y hacían volverse a -los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía que -llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas -Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban, -confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio universal. -Unos trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando el -horizonte; otros, echados de bruces en los baluartes, aguzaban el -oído. Pasado el temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la -convicción de su impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que -redoblaba cuando, por las tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban -nueve veces, y con un gran grito saludaban al sol, que se ponía detrás -de la laguna lentamente, hundiéndose de golpe en las montañas, del lado -de los bárbaros. - -Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que un águila, saliendo -de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la resurrección del -año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado como un modo de -unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía que se dejara a -Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada de su velo, parecía -despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el beneficio de las -aguas, había desertado de Cartago; era una tránsfuga, una enemiga. Para -ultrajarla, la tiraban piedras; pero insultándola, en el fondo, se la -deseaba y quería más. - -Todas las calamidades venían, pues, por la pérdida del zaimph. Salambó -había, indirectamente, contribuido a ello; se la incluía en el mismo -odio al Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el pueblo la -vaga idea de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba, -sin duda, ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso, -joven, virgen, de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos -los días, unos hombres desconocidos invadían los jardines de Megara; -los esclavos, temiendo por ellos mismos, no se atrevían a oponérseles. -Aquellos no pasaban de la escalera de las galeras, sino que se quedaban -abajo, mirando a la última terraza: esperaban a Salambó; y durante -horas enteras gritaban contra ella como perros que ladran a la luna. - - - - -X - -LA SERPIENTE - - -Los clamores del pueblo no asustaban a la hija de Amílcar. - -Ella estaba turbada por más hondas inquietudes: su gran serpiente, la -pitón negra, languidecía, y la serpiente era, entre los cartagineses, -un fetiche nacional y particular. Se la consideraba hija del limo -de la tierra porque emerge de sus profundidades y no necesita pies -para recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; su -temperatura, las antiguas tinieblas viscosas, llenas de profundidad, -y el círculo que describe al morderse la cola, el conjunto de los -planetas, la inteligencia de Eschmún. - -La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces los cuatro -gorriones vivos que la presentaban a cada luna llena y nueva. Su -hermosa piel, tachonada, como el firmamento, de manchas de oro en -fondo negro, se había vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado -ancha para su cuerpo; alrededor de su cabeza se extendía un moho -algodonoso, y en el ángulo de sus pupilas se veían moverse pequeños -puntos rojos. De vez en cuando, Salambó se acercaba a su canastilla de -hilos de plata, apartaba la cortina de púrpura, las hojas de loto, el -colchón de plumas, y la veía siempre arrollada, más inmóvil que liana -seca; y, a fuerza de mirarla, concluía por sentir en su corazón como -una espiral, como otra serpiente que le subía poco a poco a la garganta -y la estrangulaba. - -Estaba desesperada por haber visto el zaimph, y, sin embargo, -experimentaba cierta alegría y orgullo íntimo. Un misterio se -desplegaba en el esplendor de sus pliegues; era la nube que envolvía -a los dioses, el secreto de la existencia universal, y Salambó, -horrorizándose a sí misma, sentía no haberlo quitado. - -Casi siempre estaba agachada en el fondo de su habitación, con las -manos en la pierna izquierda, replegada; entreabierta la boca, y -pensativos los ojos. Se acordaba con espanto de la cara de su padre; -quería ir a las montañas de Fenicia, en peregrinación al templo de -Afaka, donde Tanit bajó en forma de estrella; toda clase de ensueños la -asaltaban y conturbaban; vivía en una soledad cada día mayor. Ignoraba -lo que era de Amílcar. - -Cansada de sus meditaciones, se levantaba, y arrastrando sus pequeñas -sandalias, cuyas suelas crujían a cada paso que daba, se paseaba -por la gran habitación silenciosa. Las amatistas y los topacios del -artesanado temblaban aquí y acullá, como manchas luminosas, y Salambó -volvía la cabeza al andar, para mirarlas. Cogía por la boca las ánforas -suspendidas; se abanicaba con anchos abanicos, o bien se distraía -en quemar cinamomo en perlas ahuecadas. Al ponerse el sol, Taanach -retiraba las bandas de fieltro negro que tapaban las aberturas de la -pared, y las palomas frotadas de almizcle, como las de Tanit, entraban -de golpe, pisando con sus rojos pies las losas de vidrio, entre -granos de cebada que las echaba Salambó a puñados, como un sembrador -en el campo. Pero a menudo, estallaba en sollozos y se tendía en el -gran lecho hecho con tiras de buey, sin moverse, repitiendo la misma -palabra, pálida como una muerta, insensible, fría; oyendo el grito de -los monos en los palmares y el rechinar de la gran rueda que, a través -de los pisos, enviaba un raudal de agua pura a la pila de pórfido. - -No pocos días rehusaba comer. Veía en sueños, turbios astros que -pasaban bajo sus pies; llamaba a Schahabarim, y cuando este se -presentaba, ella no tenía nada que decirle. - -No podía vivir sin el consuelo de ver al gran sacerdote, pero se -sublevaba interiormente contra este dominio; sentía por él, a un -tiempo, terror, celos, odio y una especie de amor, en reconocimiento a -la singular voluptuosidad que experimentaba a su lado. - -Había adivinado en el sacerdote la influencia de la Rabbet, por su -gran habilidad en distinguir los dioses que enviaban las enfermedades. -Para curar a Salambó, hacía regar todas las mañanas su aposento con -lociones de verbena y abanto; la obligaba a dormir con la cabeza -apoyada en una almohada de hierbas aromáticas escogidas por los -pontífices; empleó, además, baaras, raíz de color de fuego, que sirven -en el septentrión para espantar los genios funestos; y, volviéndose -hacia la estrella polar, murmuraba tres veces el nombre misterioso de -Tanit; pero Salambó sufría siempre, y aumentaban sus angustias. - -Ninguno en Cartago tan sabio como él. En su juventud, estudió en el -colegio de los Mogbeds, en Borsipa, cerca de Babilonia; visitó luego -la Samotracia, Pesinunte, Éfeso, la Tesalia, la Judea, los templos de -los Nabateos, perdidos en los arenales; y recorrió a pie las riberas -del Nilo, desde las cataratas hasta el mar. Cubierta la cara con un -velo y agitando antorchas, había tirado un gallo negro en una hoguera -de sandaraca, ante el pecho de la Esfinge, Padre del Terror. Bajó a -las cavernas de Proserpina, había visto girar las quinientas columnas -del laberinto de Lemnos y resplandecer el candelabro de Tarento, -que llevaba tantas lámparas como días tiene el año; algunas noches -recibía a los griegos para interrogarles. No le inquietaba tanto -la constitución del mundo como la naturaleza de los dioses; en las -armillas del pórtico de Alejandría había observado los equinoccios; -acompañado hasta Cirene a los hematistas de Evergeto, que medían el -cielo calculando el número de pasos; y ahora llenaba su pensamiento -una religión particular, sin fórmula precisa y, por lo mismo, llena de -vértigos y de ardores. No creía que la tierra fuera como una piña; la -creía redonda, rodando eternamente en la inmensidad, con velocidad tan -prodigiosa, que no se advertía su movimiento. - -Por la posición del sol encima de la luna, deducía el predominio de -Baal, del que el astro no es más que reflejo y figura; todo lo que -veía en la tierra le forzaba a reconocer como supremo un principio -macho exterminador. Acusaba secretamente a la Rabbet del infortunio -de su vida, porque una vez el gran Pontífice, entre el tumulto de los -címbalos, le había arrancado bajo una patera de agua hirviente su -futura virilidad. Desde entonces, seguía con vista melancólica -a los hombres que se solazaban con las sacerdotisas en el fondo de las -tinieblas. - -Pasaba los días inspeccionando los incensarios, los vasos de oro, las -pinzas, los rastrillos para las cenizas del altar y las túnicas de -las estatuas, juntamente con la aguja de bronce que servía para rizar -los cabellos de una antigua Tanit, en el tercer edículo, cerca de la -viña de esmeralda. A las mismas horas corría las grandes cortinas de -las puertas del santuario; quedaba con los brazos abiertos y rezaba de -rodillas en las mismas losas, en tanto que a su alrededor circulaba por -los corredores una turba de sacerdotes con los pies desnudos, envueltos -en un eterno crepúsculo. - -En la aridez de su vida, Salambó era como una flor en la hendidura -de un sepulcro. No obstante, era duro para ella y no la ahorraba -penitencias y palabras amargas. Su condición establecía entre ellos -como una igualdad de sexo, y compensaba la imposibilidad de poseerla el -verla tan hermosa y tan pura. A menudo, comprendía que ella se fatigaba -en seguir su pensamiento; entonces se quedaba más triste; se sentía más -abandonado, más solo, más vacío. - -Algunas veces se le escapaban palabras extrañas, que parecían a -Salambó como relámpagos que iluminaran abismos, de noche sobre todo, -cuando solos los dos en la azotea, miraban las estrellas, y Cartago se -explayaba a sus pies con el golfo y el mar, vagamente perdidos en las -tinieblas. - -El gran sacerdote explicaba a la virgen la teoría de las almas que -bajan a la tierra, siguiendo el camino del sol por los signos del -zodíaco. Extendiendo el brazo, mostraba en Aries la puerta de la -generación humana, y en Capricornio la de la vuelta a los dioses; -Salambó se esforzaba en verlo, porque tomaba estas concepciones por -realidades; aceptaba como verdaderos en sí mismos los que eran puros -símbolos, y hasta las maneras del lenguaje obscuro del sacerdote. - ---Las almas de los muertos --decía este-- se resuelven en la luna, como -los cadáveres en la tierra. Sus lágrimas componen su humedad; es un -lugar obscuro, lleno de fango, de ruinas y de tempestades. - -Salambó preguntaba lo que sería de ella. - ---Al principio languidecerás, liviana como un vapor que flota sobre las -olas; después de pruebas y de angustias largas, irás al hogar del sol, -la fuente misma de la inteligencia. - -Pero nunca hablaba de la Rabbet. Creía Salambó que era por pudor de -la diosa vencida, y llamándola con su nombre común que designaba la -luna, multiplicaba sus bendiciones al astro fértil y suave. Por fin él -exclamó: - ---¡No, no! Ella toma del sol toda su fecundidad. ¿No la ves moverse a -su alrededor como mujer amante que corre tras un hombre en el campo? - -Y sin cesar exaltaba la virtud de la luz. - -Lejos de abatir sus místicos deseos, los avivaba, por el contrario, y -hasta él mismo parecía participar de la alegría de desconsolarla con -revelaciones de una doctrina implacable. Salambó, a pesar de las penas -de su amor, se sentía arrobada. - -No obstante, cuanto más parecía dudar Schahabarim de Tanit, más quería -creer. En el fondo de su alma le detenía un remordimiento. Le faltaba -alguna prueba, alguna manifestación de la diosa, y en la esperanza de -obtenerla, el sacerdote imaginó una empresa que podía salvar a la vez -su patria y su creencia. - -Empezó por deplorar ante Salambó el sacrilegio y las desgracias que se -producían hasta en las regiones celestes. Luego, de repente, le anunció -el peligro del Sufeta, asaltado por tres ejércitos que mandaba Matho; -porque Matho, para los cartagineses, era a causa del velo, como el rey -de los mercenarios; y añadió que la salvación de la República y de su -padre dependía solo de ella. - ---¿De mí? --exclamó Salambó--. ¿Cómo puedo yo?... - ---¡No consentirás nunca! --repuso el sacerdote, con una sonrisa de -desdén--. ¡Es menester que vayas entre los bárbaros y recobres el -zaimph! - -Salambó se inclinó en su escabel de ébano, quedando con los brazos -extendidos sobre las rodillas y toda temblorosa, como una víctima al -pie del altar, esperando el golpe de maza. La zumbaban los oídos, veía -girar círculos de fuego y, en su estupor, no comprendía más que una -cosa: la de que seguramente iba a morir pronto. - -Pero si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph era devuelto y Cartago -salvada, ¿qué importaba la vida de una mujer?, pensaba Schahabarim. -Además, quizás pudiera conseguir el velo sin morir. - -Estuvo tres días sin dejarse ver, y el cuarto por la noche la hizo -llamar. - -Para inflamar mejor su corazón la enteró de todas las invectivas que -se vociferaban contra Amílcar en pleno Consejo; añadiendo que ella -había faltado y que debía reparar su crimen, puesto que la Rabbetna -ordenaba el sacrificio. - -Con frecuencia llegaba a Megara un prolongado clamor que atravesaba los -Mapales. Schahabarim y Salambó salían prestamente, y desde lo alto de -la escalera de las galeras, veían gente en la plaza de Kamón, gritando -que les dieran armas. Los Ancianos no querían dárselas, creyendo inútil -este esfuerzo; varias partidas sin jefe habían sido acuchilladas. -Al cabo se les permitió ir, y, por una especie de homenaje a Moloch -o por un vago deseo de destrucción, arrancaron grandes cipreses de -los bosques de los templos, y encendiéndolos en las antorchas de -los Kabiros, los llevaban por las calles, cantando. Estas llamas -monstruosas adelantaban moviéndose suavemente; irisaban con su luz las -bolas de vidrio de la cresta de los templos, los ornamentos de los -colosos, los espolones de las naves, rebasaban las azoteas y formaban -como soles que rodaban por la ciudad. Bajaron la Acrópolis; se abrió la -puerta de Malqua. - ---¿Estás pronta? --preguntó Schahabarim--, ¿o bien ordenaste digan a tu -padre que le has abandonado? - -Salambó se tapó la cara con los velos, y las grandes luminarias se -alejaron poco a poco por el borde de las aguas. - -Un espanto indefinible la retenía; tenía miedo a Moloch, miedo a Matho. -Este hombre de estatura gigante, que era el dueño del zaimph, dominaba -la Rabbetna, tanto como Baal, y se le aparecía rodeado de los mismos -fulgores; además del alma, dioses visitaban algunas veces el cuerpo de -los hombres. Hablando de esto Schahabarim, ¿no había dicho que ella -debía vencer a Moloch? Matho y Moloch se confundían y mezclaban en su -pensamiento y ambos a dos la perseguían. - -Quiso conocer su porvenir y se acercó a la serpiente; porque se sacaban -los augurios por la actitud de las serpientes. Pero la canastilla -estaba vacía. Salambó se turbó. - -La encontró enroscada por la cola en uno de los balaustres de plata, -cerca del lecho colgante, que frotaba para desprenderse de la vieja -piel amarillenta, en tanto que su cuerpo luciente y claro se alargaba -como espada sacada a medias de la vaina. - -En los siguientes días, a medida que Salambó se dejaba convencer y -estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, la pitón se curaba, engordaba -y parecía revivir. Con esto se cercioró Salambó de que el pontífice era -el portavoz de los dioses. Una mañana se levantó determinada y preguntó -qué era necesario hacer para que Matho devolviera el velo. - ---¡Reclamarlo! --contestó Schahabarim. - ---¿Y si él rehúsa? - -El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que ella no había visto -nunca en él. - ---Sí; ¿qué hacer? --repitió la joven. - -Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las puntas de las tocas que -caían de su tiara, con los ojos bajos e inmóvil. Al fin, viendo que -ella no comprendía, dijo: - ---Estarás sola con él. - ---¿Después? - ---Sola en su tienda. - ---¿Y entonces? - -Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una frase, un rodeo. - ---¡Si tú has de morir, será más tarde; nada temas, no te asustes! Serás -humilde y te someterás a su deseo, que es la orden del cielo. - ---Pero, ¿y el velo? - ---¡Los dioses te inspirarán! --repuso Schahabarim. - -Salambó dijo: - ---¡Oh, padre! ¡Si tú me acompañaras! - ---¡No! - -La hizo poner de rodillas, y con la mano izquierda alzada y la derecha -extendida juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit. Con -imprecaciones terribles, ella se consagró a los dioses, y cada vez que -el pontífice pronunciaba una palabra, la repetía desfallecida. - -Le indicó todas las purificaciones y ayunos que debía hacer y el modo -de llegar hasta Matho. Además, la acompañaría un hombre, conocedor del -camino. - -Salambó se sintió como libertada. No pensó más que en la dicha de -volver a ver el zaimph, y bendecía a Schahabarim por sus exhortaciones. - - * * * * * - -Era el tiempo en que las palomas de Cartago emigraban a Sicilia, en la -montaña de Erix, alrededor del túmulo de Venus. Antes de su partida, -durante muchos días, se buscaban y llamaban para reunirse, y, por fin, -volaron una tarde, empujadas por el viento, y esta enorme nube blanca -hendía el cielo, muy alta, por encima del mar. - -El horizonte se teñía de color de sangre. Las palomas parecían bajar a -las ondas, y luego desaparecieron como sorbidas y caídas por sí mismas -en la boca del sol. Miraba Salambó cómo se alejaban; bajó la cabeza, y -Taanach, creyendo adivinar su cuita, la dijo con dulzura: - ---¡Ama, ellas volverán! - ---Sí; lo sé. - ---¡Y tú las volverás a ver! - ---¡Quién sabe! --contestó Salambó suspirando. - -No había confiado a nadie su resolución. Para realizarla más -discretamente, envió a Taanach que comprara en el arrabal de Kinvido -(en vez de pedirlo a los intendentes) todas las cosas que le hacían -falta: bermellón, perfumes, cinturón de lino y vestidos nuevos. La -vieja esclava se asustaba de estos preparativos, pero sin atreverse a -preguntar nada; llegó el día fijado por Schahabarim para la partida. - -A la duodécima hora, vio Salambó en el fondo de los sicomoros un ciego -viejo, con una mano apoyada en la espalda de un niño que iba delante de -él, y en la otra, sosteniéndola en la cadera, una especie de cítara de -madera negra. Eunucos, esclavos y mujeres habían sido escrupulosamente -apartados para que nadie pudiera enterarse del misterio que se -preparaba. - -Taanach encendió en los ángulos de la habitación cuatro trípodes llenos -de estrobos y de cinamomo; desplegó grandes tapices babilonios, que -tendió sobre cuerdas alrededor de la cámara; porque Salambó no quería -ser vista, ni siquiera por las paredes. El tocador de kinnos estaba -agachado detrás de la puerta, y el niño, en pie, tocaba una flauta de -caña. Por fuera disminuía el ruido de las calles; sombras violáceas -se alargaban ante el peristilo de los templos; y al otro lado del -golfo, las faldas de las montañas, los olivares y las tierras amarillas -ondulaban indefinidamente, confundiéndose en un vapor azulado; no se -oía ningún ruido; una postración indefinible flotaba en el aire. - -Salambó se inclinó en el borde del estanque, en una grada de ónice; -levantó las anchas mangas, que echó a las espaldas, y empezó sus -abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados. - -Taanach le trajo en una redoma de alabastro un líquido, casi coagulado; -era la sangre de un perro negro, degollado por mujeres estériles en -una noche de invierno, en los escombros de una sepultura. Con ella se -frotó las orejas, los talones y el pulgar de la mano derecha, que le -quedó un poco encarnada, como si hubiera partido una fruta. - -Salió la luna, y en este instante, la cítara y la flauta tocaron al -unísono. Salambó se quitó los pendientes, el collar, los brazaletes y -el chal blanco; desató la venda de sus cabellos y, por algunos minutos, -los sacudió suavemente sobre los hombros para refrescarse con sus -ondulaciones. Afuera continuaba la música; tres notas precipitadas, -furiosas, siempre las mismas; chirriaban las cuerdas, roncaba la -flauta, y Taanach marcaba el ritmo con las palmas de las manos, en -tanto que Salambó, balanceando el cuerpo, salmodiaba plegarias y se le -iban cayendo una a una todas sus vestiduras. - -Se agitó la pesada tapicería, y por encima de la cuerda que la sostenía -asomó la cabeza de la pitón. Fue bajando despacio, como gota de agua -que se desliza por una pared, se arrastró por las ropas esparcidas y -luego, con la cola apoyada en el suelo, se enderezó recta, asaetando a -Salambó con sus ojos, más encendidos que carbunclos. - -El frío, tal vez el pudor, hizo vacilar a la joven; pero acordándose -de las órdenes de Schahabarim, se adelantó; la pitón se aplanó, y -dejándose coger por la mitad del cuerpo, formó de cabeza a cola como -un collar, cuyas dos puntas tocaban en el suelo. Salambó se la ciñó a -las caderas, la puso bajo sus brazos, entre sus rodillas; tomándola -después por las mandíbulas, acercó a sus dientes la boca triangular de -la serpiente, y con los ojos medio cerrados, se cimbreó a los rayos de -la luna. La argentada luz parecía envolverla en una niebla de plata; la -huella de sus pasos húmedos brillaba en el pavimento; palpitaban las -estrellas en la profundidad del agua, y la serpiente apretaba a Salambó -con sus negros anillos moteados de oro. Jadeaba la joven con este peso -excesivo, doblaba los riñones, se sentía morir, en tanto que la pitón -le golpeaba suavemente el muslo con la punta de la cola. Al fin cesó la -música y la serpiente se desenroscó y cayó. - -Encendió Taanach dos candelabros con luces encerradas en bolas de -cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de las manos de la -virgen, puso bermellón en sus mejillas, antimonio en el borde de sus -párpados y alargó las cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y -patas de moscas aplastadas. - -Sentada Salambó en una silla de marfil, dejaba hacer a la esclava. Pero -estos toques, no menos que el olor de los perfumes y los ayunos que -había hecho, la enervaban. De tal modo palideció, que la esclava cesó -en sus operaciones. - ---¡Sigue! --dijo Salambó, haciendo un esfuerzo para animarse. Y llena -de impaciencia, amonestaba a Taanach para que se diera prisa. - ---¡Bien, bien, ama!... Ninguno te está esperando --repuso la esclava en -tono de reproche. - ---Sí --contestó Salambó--; alguien me espera. - -Retrocedió sorprendida la esclava. - ---Ama, ¿qué me mandas? Si has de estar ausente mucho tiempo... ¡Tú -sufres! ¿Qué te pasa? No te vayas; llévame contigo. Cuando eras -pequeñuela, yo te apretaba contra mi corazón y te hacía reír con los -pezones de mis tetas; ¡tú las agotaste, ama! --y se golpeaba los pechos -secos--. Ahora soy vieja, no puedo servirte; ya no me quieres, me -ocultas tus penas; desdeñas a tu nodriza. - -Y lágrimas de ternura y de despecho corrían por sus mejillas cortadas -por los tatuajes. - ---¡No --dijo Salambó--; no, sigo queriéndote; consuélate! - -Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un mono viejo, -prosiguió su tarea. Schahabarim tenía encargado a Salambó que se -vistiera con magnificencia, y así lo hizo, según el gusto bárbaro, a un -tiempo exquisito e ingenuo. - -Encima de una primera túnica, delgada y de color de fresa, la esclava -le puso otra bordada de plumas de pájaro. Colgaban de la cintura -escamas de oro, y los flecos de los bombachos azules, eran estrellas de -plata. Luego la cubrió con otra gran túnica cortada por líneas verdes, -hecha con tela de Seres. Ató a la espalda un cuadrado de púrpura, -con el borde inferior atirantado con granos de sandrasto; y sobre -todas estas vestiduras, colocó un manto negro cuya cola le llegaba a -los talones. Al concluir la tarea, la esclava contempló a su ama, y -orgullosa de su obra, no pudo menos de decir: - ---¡No estarás más hermosa el día de tu boda! - ---¿Mi boda? --repitió Salambó, pensativa, con el codo apoyado en la -silla de marfil. - -Taanach la puso delante un espejo de cobre tan ancho y tan alto, que -Salambó se vio de cuerpo entero. Se levantó, y con blando gesto se -arregló un bucle de cabellos que estaba demasiado caído. - -Tenía la cabellera cubierta de polvos de oro, encrespada en la frente, -y colgando por la espalda, sus largos tirabuzones terminados en -perlas. Las luces del candelabro avivaban el afeite de sus mejillas, el -oro del vestido, la blancura de su piel. Llevaba alrededor del talle, -en brazos, manos y dedos del pie tal abundancia de piedras preciosas, -que el espejo, como un sol, reflejaba en ellas sus luces. Salambó, de -pie al lado de la esclava, se ladeaba para mirarse, sonriendo a este -deslumbramiento de su hermosura. - -Luego se paseó de un lado a otro, no sabiendo cómo emplear el tiempo -que faltaba para la partida. - -De improviso, sonó el canto de un gallo. Salambó prendió a sus cabellos -un largo velo amarillo, arrolló al cuello una banda, se calzó unos -botines de cuero azul y dijo a Taanach: - ---Mira si debajo de los mirtos está un hombre con dos caballos. - -Cuando la esclava volvía, ya bajaba Salambó la escalera. - ---¡Ama! --exclamó la nodriza. - -Salambó se volvió a ella, y con un dedo en la boca, la ordenó -discreción. - -Taanach anduvo a lo largo de las proas de las galeras hasta el pie de -la terraza, y de lejos, a la claridad de la luna, vio en la avenida de -los cipreses una sombra gigantesca que iba a la izquierda de Salambó y -en sentido oblicuo, lo cual era presagio de muerte. - -La esclava subió a la habitación; se echó en el suelo, se arañó -la cara; se arrancaba los cabellos y daba grandes alaridos; pero -comprendiendo que podían oírla, se calló, sin dejar de sollozar, con la -cabeza entre las manos y tendida sobre las losas. - - - - -XI - -EN LA TIENDA DE CAMPAÑA - - -El hombre que guiaba a Salambó la hizo pasar más allá del faro, hacia -las Catacumbas, y bajar luego a lo largo del arrabal Moluya, lleno de -callejas escarpadas. Empezaba a clarear. De cuando en cuando, las vigas -de palma que sobresalían de las paredes les obligaba a bajar la cabeza. -Los dos caballos, andando al paso, resbalaban, y así llegaron a la -puerta de Teveste. - -Entreabiertas estaban las pesadas hojas; la pasaron, y en seguida se -cerraron tras ellos. - -Siguieron primero la línea de los baluartes, y a la altura de las -Cisternas tomaron por la Tenia, estrecha cinta de tierra amarilla que -separaba el golfo del lago y se prolongaba hasta Radés. - -A nadie se veía alrededor de Cartago, ni en el mar ni en el campo. Las -olas, de color de pizarra, se agitaban suavemente, y el viento que -empujaba sus espumas las manchaba con rasgones blancos. A pesar de sus -velos, Salambó temblaba por el frío de la mañana; el movimiento y el -aire libre la aturdían. Después se levantó el sol, que la mordía en la -nuca, e involuntariamente quedó amodorrada. Los dos caballos trotaban -juntos, hundiendo los pies en la muda llanura. - -Así que pasaron la montaña de Aguas Calientes, siguieron a paso más -rápido, porque el piso era más firme. - -Los campos, por más que era el tiempo de la siembra y de la labranza, -estaban solitarios como el desierto. A trechos se veían manchas de -trigo y de cebada que empezaban a granar. En el claro horizonte, las -ciudades se destacaban en negro, con formas recortadas e incoherentes. - -A trechos se levantaban en el borde del camino lienzos de muralla medio -calcinados. Hundíanse los techos de las cabañas; se veían restos de -vasijas, andrajos, utensilios y objetos desconocidos. A menudo, un ser -cubierto de harapos, de cara terrosa y pupilas ardientes, salía de -estas ruinas, para echar a correr o desaparecer en un agujero. Salambó -y su guía no se detenían. - -Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo de carbón que -levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de tierra -amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que -corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba -hojas mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un -respingo ante el cadáver de un hombre tendido en el suelo. - -El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era uno de los servidores -del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones peligrosas. -Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos caballos, a -los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien sacaba de -un zurrón colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de huevo, -envueltas en hojas de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar de -correr. - -A mitad del día cruzaron el camino tres bárbaros, vestidos con piel -de animales. Poco a poco fueron apareciendo otros, en grupos de diez, -doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras o alguna -vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de -cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios, -y miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros, -algunos enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El -guía de Salambó contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía -que llevaba a un joven enfermo a curarse a un templo lejano. - -Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la última luz del -crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas, con una -vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le -tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada. - -Una mujer se estaba calentando junto a un montón de charrascas -encendidas, yéndose el humo por los agujeros del techo. Sus blancos -cabellos, que la caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y sin -decir palabra, con expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de -venganza contra los bárbaros y contra los cartagineses. - -El guía registró a derecha e izquierda, y acercándose a la mujer la -pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la mirada fija en las -brasas balbuceaba: - ---Los diez dedos están cortados. La boca no come más. - -El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció animarse la vieja, -pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en la -garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo -una ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel. - -Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió sobre las mantas de -los caballos, tendidas en un rincón de la sala. - -Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El esclavo se le -acercó callado, y de una sola cuchillada le cortó la cabeza, y con la -sangre frotó las narices de los caballos para reanimarlos. La vieja le -maldijo. Lo oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que llevaba -sobre el corazón. - -Prosiguieron la marcha. - -A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto. La ruta ondulaba por -pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras. Calentaba el sol -la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por aberturas que -iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba una -víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba -envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo -manchar sus hermosos vestidos. - -A distancias regulares, se levantaban torres edificadas por los -cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban en ellas, -buscando la sombra, y luego seguían su camino. - -La víspera, por prudencia, habían dado un gran rodeo; pero ahora, no -encontraban a nadie; la región era estéril y los bárbaros no habían -pasado por ella. - -Volvió a verse la devastación: en mitad del campo, un mosaico, como -últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de lejos -parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas -casas estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a -lo largo de las murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas -que llenaban las calles. - -Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto de nubes. Subieron -durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto divisaron ante -ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un anfiteatro. - -Aquí y acullá brillaban placas de oro, que cambiaban de sitio. Eran -las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego distinguieron en -los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas de los -mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio. - -Salambó hizo un movimiento para adelantarse; pero el hombre de -Schahabarim la llevó más lejos y bordearon la terraza que cerraba el -campo de los bárbaros. Encontraron una brecha, y el esclavo desapareció. - -En la cima del reducto se paseaba un centinela con un arco en la mano y -la pica a la espalda. - -Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se arrodilló y disparó una -flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se paró ella, -gritando, y él la preguntó qué quería. - ---Hablar a Matho --contestó ella--. Soy un tránsfuga de Cartago. - -El centinela dio un silbido que se repitió de distancia en distancia. - -Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas, relinchando. - -Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de ella; pero como -la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa alrededor -del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho -contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de -la noche. - -Al fin ella le dijo: - ---¡Llévame a tu tienda! ¡Yo lo quiero! - -Un recuerdo que no podía precisar atravesó la memoria del bárbaro. -Sentía latir su corazón. Este acento de mando le intimidaba. - ---¡Sígueme! --la dijo. - -Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en el campo de los -mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud. Ardían -fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al -iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había -gritos y llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en -medio de las tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de -tela; había chozas de caña y agujeros en la arena, como los que excavan -los perros. Los soldados porteaban faginas, se sentaban en tierra o -se envolvían en una manta, disponiéndose a dormir, y el caballo de -Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba una pierna y -daba un salto. - -Recordaba ella haberlos ya visto; pero tenían ahora las barbas más -largas, sus caras estaban más negras y las voces eran más broncas. -Matho iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del brazo, -que levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando -el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él -el verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas -estaban desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación, -que todos le obedecían. - -Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su tienda estaba en el -extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de Amílcar. - -Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le pareció asomaban caras -en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran cabezas cortadas; -pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua púnica. - -Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos lados de la puerta. -Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió. - -Era una tienda espaciosa, con un mástil en medio. La alumbraba una -lámpara grande, en forma de loto, llena de un aceite amarillo, en -el que flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos -militares. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un -escudo; látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares -se entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro -manchaban una manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda, -había un montón de moneda de cobre, y por entre los rasgones de la -tela de la tienda, el viento traía el polvo de fuera y el olor de los -elefantes, a los que se oía comer sacudiendo sus cadenas. - ---¿Quién eres? --preguntó Matho. - -Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus ojos se detuvieron -en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había una cosa -azulada y chispeante. - -Salambó se adelantó con viveza, dando un grito. Matho, detrás de ella, -se sentía impaciente. - ---¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes? - -Respondió ella, señalando el zaimph: - ---¡Para llevármelo! - -Y con la otra mano se arrancó los velos que la cubrían. Matho -retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi aterrorizado. - -Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses, y mirándole -cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con palabras -elocuentes y soberbias. - -Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se confundían para -él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor de su -piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los -diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura -de las joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica, -levantando un poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se perdía -con el pensamiento en este estrecho intervalo, del que bajaba un hilo -con una placa de esmeraldas, que se traslucía debajo de una gasa -morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas balanzas de zafiro con una -perla hueca cada una, llena de un perfume líquido. Por los agujeros de -la perla, caía, de rato en rato, una gotita sobre la espada desnuda, y -Matho la miraba caer. - -Invencible curiosidad le arrastró, y como niño que pone la mano en -una fruta desconocida, tembloroso, y con la punta del dedo, tocó -suavemente en el nacimiento del pecho: la carne, un poco fría, cedió -con resistencia elástica. - -Este contacto, aunque apenas sensible, exaltó a Matho, y fuera de sí -mismo, se precipitó a ella, queriéndola envolver, absorberla, beberla. -Palpitaba su pecho y rechinaban sus dientes. - -Tomándola por las dos muñecas, la empujó suavemente y se sentó sobre -una coraza, al lado del lecho de palma, cubierto por una piel de león. -La miraba de pies a cabeza, y teniéndola sentada en sus orillas, -repetía: - ---¡Qué hermosa eres! ¡Qué hermosa! - -Los ojos seguían fijos en los suyos y la hacían sufrir, y este -malestar, esta repugnancia llegó a tal extremo que Salambó se contenía -para no gritar; pero se acordó de Schahabarim y se resignó. - -Matho retenía siempre sus manos en las suyas, y de cuando en cuando, -a pesar de las órdenes del sacerdote, ella trataba de apartarlas, -sacudiendo los brazos. Él inflaba las narices para aspirar mejor el -perfume que se exhalaba de toda ella; emanación indefinible, fresca, -pero que aturdía como el humo de una cazoleta. Olía a miel, a pimienta, -a incienso, a rosas y a otras cosas más. - -¿Pero cómo estaba ella a su lado, en su tienda, a discreción suya? -¿Quién la había empujado hasta allí? ¿Había venido solo por el zaimph? -Dejó caer los brazos y bajó la cabeza, abrumado por un repentino -ensueño. - -Salambó, con el fin de enternecerle, le dijo con voz quejumbrosa: - ---¿Qué te hice yo para que quieras mi muerte? - ---¿Tu muerte? - ---Yo te vi una noche, en el incendio de mis jardines que ardían, -entre copas humeantes y mis esclavos degollados, y tu cólera era tan -fuerte que te precipitaste a mí y hube de huir. Después, el terror se -ha apoderado de Cartago. Se pregonaba la destrucción de las ciudades, -el incendio de los campos, la matanza de soldados; ¡fuiste tú quien -los perdiste; tú quien los asesinaste! ¡Te odio! Solo tu nombre es un -remordimiento para mí. ¡Eres más execrable que la peste y que la guerra -romana! Las provincias tiemblan ante tu furor; los surcos están llenos -de cadáveres. Yo he seguido el rastro de tus devastaciones, como si -fuera detrás de Moloch. - -Matho se levantó de un salto; orgullo colosal le hinchaba el pecho: se -veía exaltado como un dios. - -Salambó continuó diciendo: - ---Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste a mi casa, mientras -yo dormía, envuelto en el zaimph. No entendí tus palabras, pero -comprendí que querías llevarme al fondo de un abismo. - -Matho, retorciéndose los brazos, exclamó: - ---¡No!, ¡no! Era para dártelo, para entregártelo. Me parecía que la -diosa había dejado su vestido para ti, y que te pertenecía. En su -templo o en tu casa, ¿qué importa? ¿No eres tú omnipotente, inmaculada, -radiante y bella como Tanit? - -Y con una mirada llena de adoración infinita, agregó: - ---¡A menos que seas tú la misma Tanit! - ---¿Yo, Tanit?... - -No hablaron más. El trueno retumbaba a lo lejos. Balaban los carneros, -asustados por la tempestad. - ---¡Oh! ¡Acércate --dijo él--, acércate! No temas nada. Antes yo no -era más que un soldado obscuro entre los mercenarios, tan dócil que -llevaba para los otros leña a las espaldas. ¡Qué me importa Cartago! -La multitud de su gente se agita como perdida en el polvo de tus -sandalias, y todos sus tesoros y provincias, naves e islas no me causan -la envidia que el frescor de tus labios y el torneado de tus hombros. -¡Si quise derribar sus murallas fue con el fin de llegar hacia ti, de -poseerte! Entretanto, me vengaba. Ahora, aplasto los hombres como -conchas y me arrojo sobre las falanges, aparto las lanzas con la mano, -detengo a los caballos por las narices; no me mataría una catapulta. -¡Oh! ¡Si supieras cuánto pienso en ti, durante la guerra! El recuerdo -de un gesto, de un pliegue de tu vestido, me sobrecoge de pronto y me -aprisiona como una red. Veo tus ojos en las llamas de las faláricas y -en el dorado de los escudos. Oigo tu voz en el sonido de los címbalos. -Me vuelvo, no te veo, y me distraigo guerreando. - -Levantaba el brazo, en el que las venas se entrecruzaban como lianas -en las ramas del árbol. Sudaba su pecho, de músculos cuadrados, y su -respiración agitaba sus costados juntamente con el cinturón adornado de -cintas que caían hasta sus rodillas, más duras que el mármol. Salambó, -acostumbrada a los eunucos, se asombraba de la fuerza de este hombre. -Era el castigo de la diosa o la influencia de Moloch, que circulaba -alrededor de ella, en los cinco ejércitos. Se sentía débil; escuchaba -con estupor el grito intermitente de los centinelas, contestándose -unos a otros. - -Las llamas de la lámpara oscilaban movidas por ráfagas de aire -caliente. A intensos resplandores sucedía la obscuridad, y Salambó no -veía más que las pupilas de Matho, como dos ascuas en la noche. Estaba -persuadida de que una fatalidad pesaba sobre ella, que estaba abocada a -un momento supremo, irrevocable, y haciendo un esfuerzo subió hasta el -zaimph y levantó las manos para cogerlo. - ---¿Qué haces? --exclamó Matho. - -Respondió ella plácidamente: - ---Me vuelvo a Cartago. - -Matho fue a ella con los brazos cruzados y con aire tan terrible que -Salambó quedó como clavada en el suelo. - ---¡Volverte a Cartago! ¡Volverte a Cartago! ¿De modo que has venido -para coger el zaimph, para vencerme, y luego desaparecer? ¡No, no; -tú me perteneces, y nadie te arrancará ahora de aquí! ¡Oh! ¡No he -olvidado la insolencia de tus ojos y cómo me aplastabas desde la altura -de tu belleza! Ahora me toca a mí; eres mi cautiva, mi esclava, mi -servidora. Llama, si te parece, a tu padre con su ejército, a los -Ancianos, a los Ricos, a toda la execrable Cartago. ¡Soy el amo de -trescientos mil soldados! Iré a buscar más a Lusitania, a las Galias y -en el fondo del desierto, y destruiré tu ciudad y quemaré sus templos; -las trirremes navegarán sobre olas de sangre. ¡No quiero que quede ni -una casa, ni una piedra, ni una palmera! ¡Y si me faltan los hombres, -llamaré a los osos de las montañas y empujaré a los leones! ¡No trates -de huir, porque te mato! - -Pálido, y con los puños crispados, temblaba como arpa cuyas cuerdas van -a estallar. De pronto, le ahogaron los sollozos y, casi humillándose, -añadió: - ---¡Ah! ¡Perdóname! ¡Soy más infame y más vil que los escorpiones, que -el fango y el polvo! Cuando tú hablabas, tu aliento ha pasado por mi -cara, deleitándome como a un moribundo que bebe de bruces al borde de -un arroyo. ¡Aplástame, con tal que sienta tus pies! ¡Maldíceme, con -tal que oiga tu voz! ¡No te vayas, por compasión! ¡Te amo! ¡Te amo! - -Estaba de rodillas ante ella; la ceñía el talle con ambos brazos, con -la cabeza hacia atrás y las manos inquietas; los discos de oro colgados -de sus orejas brillaban sobre su cuello de bronce; gruesas lágrimas -brotaban de sus ojos, parecidos a globos de plata; suspiraba de un modo -acariciador, y murmuraba vagas palabras, blandas como la brisa y suaves -como un beso. - -Salambó sentíase invadida por una laxitud que la hacía perder la -conciencia de sí misma. Algo, a la vez íntimo y superior, una orden de -los dioses la obligaba a entregarse, y desfallecida, se dejó caer en el -lecho sobre las pieles de león. Matho la cogió de los pies, estalló la -cadenilla de oro, y al volar las dos puntas hirieron la tela como dos -víboras furiosas. El zaimph cayó, envolviéndoles. Salambó vio la cabeza -de Matho sobre su seno. - ---¡Moloch! ¡Tú me quemas! - -Y los besos del soldado, más devoradores que llamas, la envolvían; -sentíase como arrastrada por el huracán, como quemada por la fuerza -del sol. - -Matho la besaba los dedos de las manos, los brazos, los pies y las -largas trenzas de sus cabellos de un extremo a otro. - ---¡Llévatelo! --la decía--. ¿Qué me importa? Llévame también contigo. -¡Abandono el ejército, renuncio a todo! Más allá de Gades, a veinte -días de mar, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdor y -de pájaros. Grandes flores llenas de perfumes se balancean en las -montañas, como eternos incensarios; en los limoneros, más altos que -cedros, las serpientes de color de leche hacen caer las frutas en -el césped con los diamantes de sus fauces; el aire es tan suave que -impide morir. ¡Oh! ¡Verás cómo yo la encontraré! Viviremos en grutas de -cristal, talladas al pie de las colinas. Nadie la habita aún, y yo seré -el rey de aquella tierra. - -Limpió el polvo de sus coturnos; quería que ella pusiera entre sus -labios un pedazo de granada; amontonó vestidos detrás de su cabeza para -hacerle una almohada. Buscaba los medios de servirla, de humillarse, -y hasta llegó a extender sobre sus piernas el zaimph, como un sencillo -tapiz. - ---¿Conservas --la dijo-- los cuernecillos de gacela de que cuelgas tus -collares? ¡Me los darás; los quiero! - -Hablaba como si hubiera terminado la guerra y se sonreía; los -mercenarios, Amílcar, todos los obstáculos habían desaparecido para él. -La luna resplandecía entre dos nubes, y ellos la veían por una abertura -de la tienda. - ---¡Ah! ¡Cuántas noches he pasado contemplándola! Me parecía un velo -que ocultaba tu rostro, y que tú me mirabas tras ella; tu recuerdo se -mezclaba con sus destellos; no os diferenciaba una de otra. - -Y con la cabeza entre los senos de ella lloraba a lágrima viva. - ---¡Es este el hombre formidable que hace temblar a Cartago! --pensaba -Salambó. - -Matho se durmió. Entonces, Salambó, desprendiéndose de sus brazos, -puso un pie en tierra y advirtió que se había roto su cadeneta. -Acostumbraban las vírgenes de alta alcurnia respetar esta traba como -algo religioso, y Salambó, ruborizándose, arrolló alrededor de sus -piernas los dos trozos de la cadena de oro. - -Cartago, Megara, su casa, su habitación y los campos que había -atravesado se amontonaban en su memoria en imágenes tumultuosas, y, -sin embargo, precisas. Pero el abismo abierto ahora las ponía lejos de -ella, a infinita distancia. - -Cesaba la tempestad, pero algunas gotas que caían hacían oscilar el -techo de la tienda. - -Matho, como un hombre ebrio, dormía de lado, con un brazo colgando del -borde del lecho. Su cinta de perlas estaba algo subida y descubría -la frente. Una sonrisa separaba sus dientes, que brillaban entre su -negra barba, y en sus párpados entreabiertos se advertía una alegría -silenciosa, casi ultrajante. - -Salambó le contemplaba inmóvil, con la cabeza baja y las manos cruzadas. - -A la cabecera del lecho se veía un puñal sobre una mesa de ciprés; la -vista de esta hoja brillante la inflamó de un deseo sanguinario. A lo -lejos oía voces quejumbrosas que la solicitaban como genios. Se acercó, -cogiendo el puñal por el mango. Al ruido del roce de su ropa, Matho -abrió los ojos, y poniendo los labios en su mano, cayó el puñal. - -Se oyeron gritos; una espantosa claridad fulguraba detrás de la tienda. -Se asomó Matho y vio que ardía el campo de los libios. - -Ardían sus chozas de caña, retorciéndose los tallos y estallando entre -la humareda como flechas; en el rojizo horizonte se veían correr -desoladas sombras negras. Oíanse los alaridos de los que estaban en las -cabañas; los elefantes, los bueyes y los caballos saltaban en medio de -la turba, aplastándola entre las municiones y los bagajes que salvaban -del incendio. Sonaban las trompetas. Gritaban: «¡Matho! ¡Matho!» Y la -gente que estaba en la puerta quería entrar. - ---¡Ven! --dijo Matho a Salambó--; Amílcar ha incendiado el campamento -de Autharita. - -De un salto se echó afuera, y Salambó se encontró sola. - -Entonces ella examinó el zaimph; y cuando lo hubo contemplado a su -sabor, quedó sorprendida de no gozar la dicha que se había imaginado. -Se quedó melancólica ante su sueño realizado. - -Pero el fondo de la tienda se levantó y apareció una forma monstruosa. -Salambó no vio de pronto más que dos ojos y una larga barba blanca -que llegaba al suelo, porque el resto del cuerpo, embarazado por los -andrajos, se arrastraba por la tierra; a cada movimiento para andar, -las dos manos entraban en la barba, y en seguida volvían a caer. -Arrastrándose así, llegó hasta los pies de Salambó, y esta reconoció al -viejo Giscón. - -En efecto: los mercenarios, para evitar que los antiguos cautivos -huyeran, les cortaron las piernas a golpes de barras de cobre, -dejándolos que se pudrieran juntos en una fosa llena de inmundicias. -Los más robustos, así que oían el ruido de las gamellas, se levantaban -gritando, y así es como Giscón había visto a Salambó. Había adivinado -una cartaginesa en las pequeñas bolas de sandastro que golpeaban en -los coturnos, y presintiendo un gran misterio, auxiliado por los -compañeros, consiguió salir del foso; luego, ayudándose con los codos -y las manos, se arrastró veinte pasos más lejos, hasta la tienda de -Matho. Percibió el ruido de dos voces, escuchó desde afuera y lo oyó -todo. - ---¡Eres tú! --preguntó Salambó medio asustada. - -Alzándose sobre sus puños, él replicó: - ---¡Sí; soy yo! ¿Me creías muerto, verdad? ¡Ah! ¿Por qué los Baales no -me han concedido esta misericordia?... Así me hubieran evitado la pena -de maldecirte. - -Salambó se echó vivamente hacia atrás; tal era el miedo que sentía -de aquel ser inmundo, repugnante como una larva y terrible como un -fantasma. - ---Pronto cumpliré cien años --continuó Giscón--. He conocido a -Agatocles; he visto a Régulo y las águilas romanas pasar sobre las -cosechas de los campos púnicos. He visto todos los espantos de las -batallas y el mar obstruido con los restos de nuestras flotas. Los -bárbaros que yo mandé me han encadenado por los cuatro miembros, como -a un esclavo homicida. Mis compañeros, uno tras otro, se van muriendo -a mi lado; el olor de sus cadáveres me despierta de noche; espanto -los pájaros que vienen a picotearles los ojos; y, sin embargo, ni un -solo día he desesperado de Cartago. Aun cuando hubiera visto todos los -ejércitos del mundo contra ella, y las llamas del incendio rebasar la -altura de sus templos, todavía hubiera creído en su eternidad. ¡Pero -ahora, todo ha concluido, todo se perdió! ¡Los dioses la execran! -¡Maldita seas, porque con tu ignominia has precipitado su ruina! - -Salambó quiso hablar. - ---¡Ah, he sido testigo! --le interrumpió Giscón--. Te he oído gemir -de amor como una prostituta; él te explicaba su deseo y tú te dejabas -besar las manos. ¡Ya que el ardor de tu impudicia te empujaba, -debiste hacer al menos como las bestias feroces, que se ocultan en sus -ayuntamientos, y no deshonrarte ante los ojos de tu padre! - ---¡Cómo! --interrumpió ella. - ---¡Ah! ¿No sabes que los dos campos están separados sesenta codos uno -de otro, y que tu Matho, por exceso de orgullo, está acampado frente -a Amílcar? Allí, detrás de ti está tu padre; si yo pudiera subir el -sendero que lleva a la planicie, le gritaría: ¡Ven Amílcar, ven a ver a -tu hija en brazos de un bárbaro! Se ha puesto, para agradarle, el manto -de la Diosa, y, al abandonar su cuerpo, entrega con la gloria de tu -nombre, la majestad de los dioses, la venganza de la patria, la misma -salvación de Cartago. - -El movimiento de su boca desdentada agitaba su luenga barba; sus ojos -devoraban a Salambó, y no dejaba de repetir, jadeante: - ---¡Sacrílega! ¡Maldita seas! ¡Maldita, maldita! - -Salambó había apartado el velo, y teniéndolo levantado en la mano, -miraba del lado de Amílcar. - ---¿Es por aquí, no es verdad? --preguntó a Giscón. - ---¿Qué te importa? ¡Vuélvete! ¡Vete! ¡Húndete en la tierra! Es un lugar -santo que manchas con la vista. - -Salambó se arrolló el zaimph alrededor del talle, se puso rápidamente -sus velos, su manto y banda, y exclamando «¡Corro allá!», desapareció. - -Primeramente anduvo entre tinieblas sin encontrar a nadie, porque todos -habían acudido al incendio; redoblaba el clamor, y grandes llamas -enrojecían el cielo. Una amplia terraza la detuvo. - -Dio una vuelta, buscando en todas direcciones una escala, una cuerda, -una piedra, algo en fin, para ayudarse a bajar. Tenía miedo de Giscón y -le parecía que la perseguían gritos y pasos. Empezaba a alborear. Vio -un sendero en el espesor del atrincheramiento. Cogió con los dientes la -cola de su vestido, que la estorbaba, y en tres saltos se encontró en -la plataforma. - -Un grito sonoro estalló encima de ella, en la sombra; el mismo que -había oído al pie de la escalera de las galeras; inclinándose, -reconoció al hombre de Schahabarim, con los caballos del diestro. - -Había ido errante toda la noche entre los dos campos; después, inquieto -por el incendio, se había vuelto atrás, tratando de ver lo que pasaba -en el vivac de Matho; y como sabía que aquel sitio era el más próximo a -su tienda, no se había movido, obedeciendo al sacerdote. - -Montó de pie sobre uno de los caballos, Salambó se dejó caer en sus -brazos, y ambos huyeron al galope, dando un rodeo, al campo púnico, -para buscar una entrada por cualquier parte. - - * * * * * - -Cuando Matho entró en su tienda, la lámpara, humeante, alumbraba -apenas, y creyó que Salambó estaba dormida. Palpó delicadamente la piel -de león, en la cama de palma. Llamó, y no respondió nadie; arrancó -vivamente un pedazo de tela para que entrara la luz del día, y vio que -el zaimph había desaparecido. - -Temblaba la tierra bajo pasos precipitados; gritos, relinchos, choques -de armaduras hendían los aires, y las fanfarrias de los clarines -tocaban ataque. Era como un huracán que se arremolinaba en torno de él. -Un furor desordenado le hizo saltar sobre sus armas y se lanzó afuera. - -Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la montaña, y los cuadrados -púnicos avanzaban a su encuentro, con oscilación pesada y regular. La -niebla, deshecha por el sol, formaba nubecillas movibles que, poco a -poco, dejaban ver al descubierto estandartes, cascos y las puntas de -las picas. Ante sus rápidas evoluciones, algunas porciones de terreno -todavía en la sombra, parecían cambiar de sitio en bloque; hubiérase -dicho que eran torrentes que se entrecruzaban con masas inmóviles y -espinosas entre ellos. Matho veía a capitanes, soldados, heraldos y -criados montados en asnos. En vez de conservar su posición para cubrir -la infantería, Narr-Habas dio un rápido cambio de frente a la derecha, -como si quisiera hacerse aplastar por Amílcar. - -Sus jinetes rebasaron la línea de los elefantes que se acercaban, y -todos los caballos, alargando la cabeza sin bridas, galopaban con -tal furia, que parecían tocar la tierra con el viento. De repente, -Narr-Habas marchó resueltamente hacia un centinela. Arrojó su espada, -su lanza y sus azagayas, y desapareció en medio de los cartagineses. - -El rey de los númidas llegó a la tienda de Amílcar, y le dijo, -mostrándole su caballería, que estaba parada a distancia: - ---¡Barca, te traigo mis jinetes: son tuyos! - -Se arrodilló en señal de esclavitud, y para probar su fidelidad, -explicó su conducta desde el principio de la guerra. Primero, había -impedido el sitio de Cartago y la matanza de los cautivos; después, no -se había aprovechado de la victoria contra Hannón, cuando la derrota de -Útica. En cuanto a las ciudades tirias, estaban en las fronteras de su -reino. Tampoco había asistido a la batalla del Macar, porque se ausentó -expresamente para eludir la obligación de combatir al Sufeta. - -En efecto: Narr-Habas había querido engrandecerse con usurpaciones de -provincias púnicas, ayudando o abandonando a los mercenarios según -venían bien o mal dadas; pero convencido de que Amílcar sería el más -fuerte en definitiva, se pasó a su partido. Quizás intervino en esta -defección el odio contra Matho a causa del mando o de su antiguo amor. - -El Sufeta le oyó sin cortarle la palabra. No era de desdeñar el hombre -que así se presentaba en un ejército que le debía tantas venganzas; -Amílcar adivinó en seguida la utilidad de tal alianza para sus grandes -proyectos. Con los númidas, se desprendería de los libios; llevaría el -Occidente a la conquista de Iberia, y sin preguntar al númida por qué -no había acudido antes, ni tratar de deshacer ninguna de las mentiras, -besó a Narr-Habas, restregando tres veces su pecho contra el suyo. - -Había incendiado el campo de los libios para terminar y por -desesperación. Los númidas le llegaban como un socorro de los dioses: -disimulando su alegría, contestó: - ---¡Favorézcante los Baales! Ignoro lo que hará por ti la República, -pero Amílcar no es ingrato. - -Redoblaba el tumulto; entraban los capitanes. El Sufeta se armó al -tiempo que hablaba: - ---¡Vamos! Con tus jinetes batirás su infantería entre tus elefantes y -los míos. ¡Valor! ¡Exterminio! - -Narr-Habas iba a precipitarse, cuando se presentó Salambó. Saltó rápida -de su caballo, abrió su ancho manto, apartó los brazos y desplegó el -zaimph. - -La tienda de cuero, levantada en las esquinas, dejaba ver toda la falda -de la montaña, cubierta de soldados, y como estaba en el centro, se -veía a Salambó de todos los lados. Un clamor inmenso, un prolongado -grito de triunfo y de esperanza estalló. - -Los que estaban en marcha, se pararon; los moribundos, apoyándose en -los codos, se volvían para bendecirla. Sabían ahora los bárbaros que -ella había recobrado el zaimph; la veían de lejos, y otros gritos, -pero de rabia y de venganza, resonaban entre los ejércitos de los -cartagineses. Los cinco ejércitos, desplegándose en la montaña, -pateaban y daban alaridos alrededor de Salambó. - -Amílcar, sin poder hablar, le daba las gracias con señales de cabeza. -Sus miradas iban alternativamente del zaimph a ella, y advirtió que -tenía rota su cadeneta. Amílcar se estremeció, acuciado por terrible -sospecha; pero recobrando su impasibilidad, miró de reojo a Narr-Habas, -sin volver la cara. - -El rey de los númidas se mantenía aparte, en actitud discreta; llevaba -en la frente un poco del polvo que había tocado al prosternarse. El -Sufeta se adelantó hacia él, y con aire grave le dijo: - ---En recompensa de los servicios que me has prestado, Narr-Habas, te -doy mi hija. Sé tú mi hijo, y defiende a tu padre. - -Narr-Habas hizo un gesto de profunda sorpresa; luego, le cubrió -las manos de besos. Salambó, en calma como una estatua, parecía -no comprender. Se ruborizó, bajó los párpados, y sus largas cejas -encorvadas sombreaban sus mejillas. - -Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales indisolubles. Puso -en las manos de Salambó una lanza, que ella ofreció a Narr-Habas; les -ató los pulgares con una tira de buey y les derramó trigo sobre la -cabeza; los granos que caían junto a ellos, sonaron como granizo que -rebota. - - - - -XII - -EL ACUEDUCTO - - -Doce horas después, solo quedaba de los mercenarios un montón de -heridos, de muertos y de moribundos. - -Amílcar, saliendo bruscamente del fondo del desfiladero, había bajado -por la pendiente occidental que mira a Hippo-Zarita, y como el espacio -en este sitio era más ancho, allí había atraído a los bárbaros. -Narr-Habas los había envuelto con su caballería; el Sufeta, en tanto, -los rechazaba y aniquilaba; además, estaban materialmente vencidos por -la pérdida del zaimph; los mismos que no cuidaban de él, sintieron -angustia y debilidad. Amílcar, sin pretender vivaquear en el campo de -batalla, se retiró algo más lejos, a la izquierda, sobre unas alturas -desde las cuales los dominaba. - -Se conocían los campos por la forma de las empalizadas inclinadas. -Un gran montón de cenizas humeaba en el sitio del de los libios; -el suelo, removido, tenía ondulaciones como el mar, y las tiendas, -hechas jirones, parecían bajeles perdidos en los escollos. Corazas, -horquillas, clarines, pedazos de madera, de hierro y de cobre; trigo, -paja y ropas se confundían con los cadáveres; aquí y acullá alguna -falárica, a punto de apagarse, ardía entre un montón de bagajes; la -tierra, en ciertos sitios, desaparecía bajo los escudos; las carroñas -de las caballerías se sucedían como una serie de montículos; se veían -piernas, sandalias, brazos, cotas de malla y cabezas sin cascos, -sostenidas por las carrilleras y que rodaban como bolas; en lagos de -sangre, los elefantes, con las entrañas abiertas agonizaban echados con -sus torres; se andaba encima de cosas pegajosas y había barrizales, -aunque no había llovido. - -Esta confusión de cadáveres cubría toda la montaña, de arriba abajo. -Los sobrevivientes estaban tan callados como los muertos; agazapados en -grupos, se miraban asustados y sin hablar. - -Al extremo de una larga pradera, el lago de Hippo-Zarita resplandecía -al sol poniente. A la derecha, blancas casas aglomeradas rebasaban un -cinturón de murallas; seguía el mar, ensanchándose indefinidamente. Los -bárbaros, pensativos, suspiraban, pensando en sus patrias. Caía una -nube de polvo gris. - -Sopló el viento de la noche, y todos los pechos se ensancharon; a -medida que aumentaba el fresco, era de ver cómo los gusanos abandonaban -los muertos que se enfriaban y corrían a la arena caliente. Sobre las -grandes piedras, los cuervos, inmóviles, montaban la guardia a los -agonizantes. - -Cuando fue completamente de noche, unos perros de piel amarilla, -bestias inmundas que seguían a los ejércitos, se acercaron calladamente -a los bárbaros. Bebieron los chorros de sangre que manaban de los -muñones todavía calientes, y devoraron los cadáveres, empezando por el -vientre. - -Los fugitivos reaparecían de uno en uno, como sombras; las mujeres se -atrevieron a volver, pues quedaban algunas a pesar de la matanza que -hicieron los númidas. - -Algunos se sirvieron de cabos de cuerda para encender antorchas; otros -guardaban sus picas. Si tropezaban con algún cadáver, lo echaban a un -lado. - -Los encontraban extendidos en largos rimeros, de espaldas, con la -boca abierta, con sus lanzas al lado; o bien, apilados en montón, y a -menudo, para ver los que faltaban, había que remover todo el montón. -En seguida le arrimaban la antorcha a la cara. Horribles armas les -habían producido heridas complicadas. Jirones verdosos colgaban de -sus frentes; estaban tajados a pedazos, aplastados hasta la médula, -estrangulados o hendidos por los colmillos de los elefantes. Aunque -muertos al mismo tiempo, no estaban igualmente corrompidos. Los hombres -del Norte aparecían inflados por una hinchazón lívida; los africanos, -más nerviosos, tenían aspecto de ahumados, y se iban secando. Se -reconocía a los mercenarios en los tatuajes de sus manos; los veteranos -de Antíoco llevaban un gavilán; los que habían servido en Egipto, la -cabeza de un cinocéfalo; los alquilados a príncipes de Asia, un hacha, -una granada o un martillo; y si a las Repúblicas griegas, el perfil -de una ciudadela o el nombre de un arconte. Los había con los brazos -enteramente cubiertos por estos símbolos, mezclados con cicatrices y -nuevas heridas. - -Se encendieron cuatro hogueras para los muertos de raza latina: -samnitas, etruscos, campanios y brucios. Los griegos cavaron fosas con -las puntas de sus espadas; los espartanos envolvieron en sus mantos a -sus difuntos; los atenienses los extendían mirando al sol levante; los -cántabros los enterraban bajo un montón de piedras; los nasamones los -doblaban en dos, con correas de bueyes, y los garamantes los sepultaban -en la playa, para que las olas los bañaran perpetuamente. Los latinos -se entristecían por no poder encerrar las cenizas en urnas; los nómadas -echaban de menos el calor de las arenas, que momifican los cadáveres; y -los celtas, tres piedras bastas, bajo un cielo lluvioso, en el fondo -de un golfo tormentoso. - -Se oían vociferaciones, seguidas de un prolongado silencio: era para -obligar las almas a volver; y los clamores se sucedían obstinadamente, -a intervalos regulares. - -Se excusaban con los muertos de no poder honrarlos, como prescribían -sus ritos; porque por esta causa, irían las almas errantes en períodos -infinitos a través de mil azares y metamorfosis; se las invocaba, -preguntándoles lo que deseaban; otros abrumaban de injurias a los -muertos por haberse dejado vencer. - -El resplandor de las grandes hogueras empalidecía las caras exangües, -entre los restos de armaduras; las lágrimas excitaban otras lágrimas, -los gemidos se hacían más agudos, los reconocimientos y los abrazos, -más frenéticos. Las mujeres se echaban sobre los cadáveres, boca con -boca, frente con frente; había que golpearlas para que se retiraran -cuando los enterraban. Se ennegrecían las mejillas, se cortaban los -cabellos; se extraían sangre y la arrojaban en la fosa; se hacían -cortes a imitación de las heridas que desfiguraban sus muertos. -Estallaban rugidos a través del ruido de los címbalos. Algunos se -arrancaban sus amuletos, escupiéndolos encima. Los moribundos se -contraían en el fango ensangrentado, mordiéndose, de rabia, los puños -mutilados; y cuarenta y tres samnitas, en la flor de la edad, se -mataron entre sí, como gladiadores. Muy pronto faltó leña para las -hogueras, se apagaron las llamas; todos los sitios estaban ocupados; y -cansados de gritar, débiles y vacilantes, se durmieron al lado de sus -hermanos muertos; los que quedaban con vida llenos de inquietudes, y -algunos con deseos de no despertar. - - * * * * * - -Con la luz del alba, aparecieron en los límites de los bárbaros algunos -soldados que desfilaban con cascos en la punta de las picas, que, -saludando a los mercenarios, les preguntaban si no encargaban nada para -sus patrias. - -Se acercaron otros, y los bárbaros reconocieron a algunos de sus -antiguos camaradas. - -El Sufeta había propuesto a los cautivos que sirvieran en sus tropas. -Muchos rehusaron intrépidamente; pero resuelto a no alimentarlos ni -abandonarlos al Gran Consejo, los despidió, ordenándoles no combatir -más a Cartago. Respecto a aquellos a quienes el miedo a los suplicios -hizo dóciles, se les distribuyó las armas del enemigo, y estos eran los -que se presentaban a los vencidos, menos por reducirlos que por vanidad -o curiosidad. - -Contaban, en primer lugar, el buen trato del Sufeta, y los bárbaros -lo oían envidiándolos, por más que los despreciaban. A las primeras -palabras de reproche, los cobardes se irritaron; de lejos, les -enseñaban sus propias espadas y corazas, invitándolos con injurias -a que vinieran a tomarlas. Los bárbaros cogieron piedras, y todos -huyeron, y ya no se vio en la cima de la montaña sino las puntas de -las lanzas rebasando el borde de las empalizadas. - -Un dolor más pesado que la humillación de la derrota abrumó a los -bárbaros. Pensaban en la inutilidad de su valor. Se quedaron con los -ojos fijos, rechinando los dientes. - -A todos les asaltó la misma idea. Se precipitaron en tumulto sobre los -prisioneros cartagineses. Los soldados del Sufeta no habían podido -descubrirlos, y como estos se habían retirado del campo de batalla, aún -estaban aquellos en el foso profundo. - -Se les alineó en otro sitio llano. Los centinelas hicieron un círculo -alrededor de ellos, entregándolos a las mujeres por tandas de treinta y -cuarenta. Queriendo aprovechar el poco tiempo que se les daba, corrían -estas del uno al otro, inciertas y palpitantes; e inclinadas sobre los -cuerpos, los golpeaban con los brazos, como las lavanderas golpean la -ropa; aullando el nombre de sus maridos, los laceraban con las uñas -y les reventaron los ojos con las agujas de sus cabellos. Vinieron -después los hombres, y les atormentaron los pies, cortándoles la piel -desde los tobillos hasta la frente, arrancando tiras, con las que se -ceñían la cabeza. Los «Comedores de cosas inmundas» imaginaron mil -atrocidades: envenenaban las heridas, echándoles polvos, vinagre y -cascos de loza; otros se ponían detrás y bebían la sangre que corría, -como hacen los vendimiadores alrededor de las cubas de mosto. - -A todo esto, Matho estaba sentado en el suelo, en el mismo sitio donde -le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada veía ni oía. - -Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la cabeza y vio ante sí -un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo confusamente cestos, -tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se clavaron en el -suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se hubiera hundido -en la tierra. - -La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus largas tiras se -desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la huella -de una mano: era la de la mano de Narr-Habas, señal de su alianza. -Matho se levantó; tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos -de su tienda, desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó -hacia las llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada. - -De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde salía, apareció -Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos astillas -de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba. - ---¡Apártate de aquí! --le dijo Matho--; sé que eres un valiente. - -Estaba tan aplastado por la injusticia de los dioses, que le faltaban -fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le hizo una señal -y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos Zarxas y -Autharita. - -Habían huido como el esclavo, a pesar de su crueldad y de su valentía. -¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas, en el incendio de -los libios, en la pérdida del zaimph, en el súbito ataque de Amílcar -y, sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de la -montaña, bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no -confesaba su terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota. - -Por fin, los tres caudillos y el schalischim consultaron lo que se -debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago; estaban entre -los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las ciudades -tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al borde -del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente. - -No había medio de evitar la guerra: por el contrario, era preciso -continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender la necesidad -de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía -sangrando de sus heridas? - ---¡Yo me encargo! --dijo Espendio. - -Dos horas después, un hombre que venía del lado de Hippo-Zarita, subía -corriendo la montaña. Agitaba unas tablillas en el extremo del brazo, -y como gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon. - -Era un enviado de los soldados griegos de la Cerdeña, que recomendaban -a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás cautivos, porque -un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de Cartago, les había -enterado de un complot organizado para hacerles evadir; por lo que -exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues la República era -poderosa. - -La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el resultado que él -esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de excitar su -furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en -los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo -imprevisto y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos -dejaron las armas, con el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este -se presentara. - -Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del día, se presentó otro -correo, más agitado y más lleno de polvo. Espendio le arrancó de las -manos un rollo de papiro escrito en fenicio, en el que se suplicaba a -los mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes de Túnez -iban a venir con grandes refuerzos. - -Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a hombros de dos capadocios, -se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y arengando a todos por -espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba las promesas -del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los intendentes; a -todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta era un cebo para -perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos como esclavos; los -vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por qué caminos? Ningún -pueblo querría recibirlos. Pero continuando sus esfuerzos, obtendrían, -a un tiempo, libertad, venganza y dinero, sin que tuvieran que esperar -mucho tiempo, porque la gente de Túnez y toda la Libia se precipitaban -a socorrerlos. Y enseñaba el pergamino estirado: «¡Mirad! ¡Leed! Aquí -están sus promesas. Yo no miento.» - -Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo. Un sol de fuego -quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba de los -cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de -tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que -decía, y concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar. - -Matho le estaba observando, y Espendio, para disimular su cobardía, -fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando a los dioses, -acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos era -un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás, -como ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus -intenciones! ¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión! -¡Se conocerán los buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza -del golpe!» - -Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos alentaban todavía; -se les remató hundiéndoles el talón en la boca, o bien apuñalándolos -con la punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón. No se -le veía en ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo -convencerse de su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron -tres pastores samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la -tienda de Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los -demás. - -Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas las rodillas, tenía -el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la respiración -movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara extremadamente -pálida, miraban de un modo continuo e intolerable. - -Los bárbaros le miraron al principio con gran asombro. Durante el -tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos por antiguos -recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la -mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban, -cuando un garamante atravesó la multitud blandiendo una guadaña. -Comprendieron todos su intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!» - -El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le cogió por la cabeza -y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó, vertiendo -dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. Zarxas saltó -encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los cartagineses. -Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho la cabeza de Giscón -y, cogiéndola por la barba y dándole vueltas muchas veces, la lanzó -describiendo una parábola por encima del campo púnico. - -A todo esto se alzaron en el borde de las empalizadas estandartes -entrelazados como señal convenida para reclamar los cadáveres. Cuatro -heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con grandes -clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre -cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad, -ni dioses, y que rehusaban por adelantado a toda negociación, -reexpidiendo a los parlamentarios con las manos cortadas. - -Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita en busca de -víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron ávidamente, -y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de sus -bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de -los heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo -la orilla del río, con paso rápido, como manada de lobos que se alejan. - -Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla, porque necesitaban una -ciudad. - - * * * * * - -Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no obstante el orgullo que -sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente atacarlos en -seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se acababa la guerra. -Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades tirias se unirían a -ellos; la clemencia con los vencidos habría sido inútil. Tomó la -resolución de ser implacable. - -Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un dromedario cargado de -brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles amenazas que -le enviaran otro ejército. - -Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer la victoria -experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del zaimph, -anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de -Cartago parecía que le pertenecían ahora. - -Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni una recriminación. Por -el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los otros, antes del -término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil hombres, el -cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en -tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían -desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros. - -Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el ejército a su -teniente Magdasan, para que acaudillara las tropas de desembarco, en -vista que él no podía sufrir las sacudidas de la litera. Su enfermedad, -destruyéndole labios y nariz, había cavado en la cara un ancho agujero; -a diez pasos se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se -encontraba tan horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un -velo. - -Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni de las de los -bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con víveres en -cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias -de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas -hacían a los cartagineses que estaban estacionados en el mar. - -Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin resolverse a correr el -riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad que recibieran -dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue hacia el -Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver a -los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Sus celos le -impedían ir en auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus -planes, comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al -Gran Consejo pidiéndole que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago, -furioso contra los Ancianos y contra lo que llamaba cobardía del -Sufeta. De este modo, después de tantas ilusiones, la situación era más -desesperada que nunca; pero nadie pensaba en ella ni de ella hablaban, -como si con el silencio alejaran el peligro. - -Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se supo que los -mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su general, -tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma -amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades, -y, aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques -abarrotados de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y -aprisionaron quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad -hizo naufragar una flota con víveres para Cartago. Los dioses estaban, -sin duda, contra ella. - -Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una alarma, hicieron subir -a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y estando -desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los -que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el mar. - - * * * * * - -Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las órdenes en contrario -de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado con mandrágora; -cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo tiempo, se -presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron las puertas, -y las dos ciudades tirias se mostraron desde entonces acérrimas -partidarias de sus nuevos amigos, al par que contrarias a sus antiguos -aliados. - -Este abandono de la causa púnica era un consejo, un ejemplo. Ante la -posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas hasta -entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo el Sufeta, y perdió la -esperanza de ser socorrido. Se veía irremisiblemente perdido. - -Despidió a Narr-Habas para que guardara las fronteras de su reino, y él -se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y continuar la guerra. - -Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron a su ejército -cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin duda les -empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían -batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal -de huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se -lanzaron en su persecución. - -Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta vez muy crecido, sin -que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y otros sobre -sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron de -vista. - -No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que marcharon más allá con -el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los de Túnez y -arrastraron a los de Útica. A cada matorral aumentaba el número, y los -cartagineses, tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos en -las tinieblas. Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de -flechas que mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las -montañas del Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo. - -Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el horizonte una cosa -verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y se vieron -obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un árbol para -no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón! - -Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la última vez que pasó -por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le transportó -la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos que -tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las -pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza -de un palacio, por encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis -iluminaba su cara, como si se reflejara en ella una gran luz; abría los -brazos, enviaba besos al aire y murmuraba: - ---¡Ven! ¡Ven! - -Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como perlas, cayeron en -su barba. - ---¿Qué te detiene? --preguntó Espendio--. ¡Date prisa! ¡En marcha! El -Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me miras -como un hombre ebrio. - -Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con guiños en los ojos, -como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo, exclamó: - ---¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo! - -Tenía un aire tan convencido y triunfante que Matho, sorprendido en su -sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en el colmo de su -derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un blanco -a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el -cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestro y siniestro a los -rezagados; iba en todas direcciones y hasta la extrema retaguardia, -como perro que azuza el ganado. - -A su tonante voz, las líneas de hombres se apretaron; hasta los cojos -precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el espacio entre ambos -ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban pisando las -huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a -tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron -sus hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron -adentro y se arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado -apretada en sí misma, dejó de avanzar; chocaban las picas en el aire y -las flechas de los bárbaros rebotaban en las paredes. - -En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se revolvía gritando a -su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y espoleándole con -la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio que se -alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillas para que -subiera su amo. ¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El poderoso -caballo galopaba en medio de las lanzas, derribaba hombres, y -embarazados los cascos con el peso de las entrañas, caía y se levantaba -dando saltos enormes. Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban -de detenerlo, o bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se -habían replegado, cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros -la acometían. - -La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo a lo largo de todo -el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se detuvo. - -Los cartagineses habían puesto soldados en el acueducto, y empezaron a -tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no había que obstinarse -y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a Cartago. - - * * * * * - -El rumor de la guerra había traspasado los confines del imperio púnico; -desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene pensaban en -ella, guardando sus rebaños, y de ella hablaban las caravanas de noche, -a la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora de los mares, -espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba hombres -que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída, -en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas, -ciudades tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos -los que la execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban -sus riquezas deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto -se juntaron con los mercenarios. La derrota del Macar había detenido -a los demás; pero ahora habían recobrado la confianza, y poco a poco -se aproximaban; los hombres de las regiones orientales aguardaban en -las dunas de Clipea, al otro lado del golfo, y así que asomaron los -bárbaros, se dieron a conocer. - -No eran únicamente los libios de los alrededores de Cartago (desde -hacía tiempo componían el tercer ejército), sino los nómadas de la -planicie de la Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del promontorio -de Derné, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el -desierto bebiendo en los pozos salobres enladrillados con osamentas de -camello; los zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido -en cuadrigas; los garamantes, tapados con velos negros, sentados en -la cola de yeguas pintadas; otros en asnos, en onagros, en cebras o -en búfalos; algunos con sus familias y sus ídolos y el techo de su -cabaña en forma de chalupa. Veíanse amonianos de miembros arrugados -por el agua caliente de las fuentes; atarantes, que maldecían al sol; -trogloditas, que enterraban riendo sus muertos bajo enramadas; y los -asquerosos ausenios, que comían langostas; los archimaquides, que -comían piojos, y los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de -monos. - -Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando una gran línea -recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena -levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad del istmo, con -los mercenarios delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse -de allí. - -Después, del lado de la Ariana aparecieron los hombres de Occidente, -el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los masilianos; -aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una derrota; -por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al -primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut -Baal y del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón -de sus picas caballos pequeños y delgados, de largas crines; los -gétulos, con corazas de piel de serpiente; los farusianos, con altas -coronas hechas de cera y de resina, y los caunos, macares y tilabares, -llevando cada uno dos jabalinas y una rodela de cuero de hipopótamo. -Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los primeros charcos -de la laguna. - -Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el lugar que usurpaban, -y como una nube a ras del suelo, la multitud de negros, llegados del -Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile y aun de la -gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y más -lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel -les hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo -de corteza, túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la -cabeza, y aullando como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos -y blandían colas de buey atadas al extremo de un bastón, a manera de -estandartes. - -Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se apretujaban unos hombres -amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros, con carcajes de -piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes como asnos, y -que no ladraban. - -Finalmente, como si África no estuviera suficientemente vaciada, y -para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo más ínfimo de la -especie humana, figuraban en último término unos hombres de perfil de -bestia y de risa idiota; miserables roídos por enfermedades asquerosas, -pigmeos deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de ojos encarnados -que guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos ininteligibles y -poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían hambre. - -La confusión de armas no era menor que la indumentaria y las razas. -Allí todas las invenciones para matar: desde los puñales de madera, -hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos sables -dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que -se doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo -de astas de antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda, -triángulos de hierro, mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto -ocultaban dardos envenenados en sus cabellos. Muchos cargaban piedras -en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban con los dientes. - -Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los dromedarios, sucios de -alquitrán como barcos, derribaban a las mujeres que llevaban los hijos -a las ancas. Las provisiones se derramaban de los sacos; se pisaban al -andar granos de sal, paquetes de goma, dátiles podridos y nueces; en -pechos sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un delgado cordón -algún diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la que se -podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que -quería; les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que -en su vida habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las -murallas. - -El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y esta larga -superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una inundación, -se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros, -resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados -del acueducto. - -Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de su llegada, -cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como -edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones, capiteles y -caparazones, las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias; -sesenta carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta -torreones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban -pedazos de roca que pesaban quince talentos. Las empujaban en su base -masas de hombres; a cada paso las sacudía un estremecimiento; así -llegaron ante las murallas. - -Pero faltaban muchos días para ultimar los preparativos del sitio. Los -mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no querían arriesgarse -con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había prisas, -porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que -resultaría una victoria o un exterminio completos. - -Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas murallas ofrecían -una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición ventajosa para -rechazar a los asaltantes. - -Sin embargo, del lado de las catacumbas faltaba un lienzo de muralla, -y en las noches obscuras, entre los bloques desunidos, se veían luces -en los chamizos de Malqua. En ciertos sitios dominaban la altura de -los baluartes. Vivían allí con sus nuevos maridos las mujeres de los -mercenarios expulsadas por Matho. Al verlos no pudieron contenerse; -agitaban de lejos sus chales y venían de noche a hablar con los -soldados por la brecha de la muralla, hasta que el Gran Consejo supo -una mañana que todas habían huido. Unas habían pasado entre las -piedras; otras, más intrépidas, habían bajado con cuerdas. - -Al fin, Espendio resolvió realizar su proyecto, que la guerra le -impidiera ejecutar antes. Desde que se presentó ante Cartago, supuso -que los habitantes sospechaban lo que él proyectaba; pero los -centinelas del acueducto eran cada vez en menor número, porque hacía -falta gente para la defensa del recinto. - -El antiguo esclavo se ejercitó durante muchos días en disparar flechas -a los flamencos del lago, y una noche de luna rogó a Matho que hiciera -encender una gran hoguera de paja y que la tropa diera al mismo tiempo -grandes gritos, y llevándose a Zarxas, orilló el golfo, camino de Túnez. - -A la altura de los últimos arcos, torcieron hacia el acueducto; el -sitio estaba descubierto y avanzaron arrastrándose hasta la base de las -piedras. - -Los centinelas de la plataforma se paseaban tranquilamente. Viéronse -grandes llamaradas; sonaron los clarines, y los soldados de su facción, -creyendo que se trataba de un asalto, corrieron hacia Cartago. - -Pero quedó un hombre, al que se veía en el negro fondo del cielo. Le -iluminaba la luna por detrás, y su desmesurada sombra le daba de lejos -el aspecto de un obelisco andando. - -Esperaron que se presentara ante ellos. Zarxas preparó su honda. -Espendio, por prudencia o por ferocidad, le detuvo: - ---No, el silbido de la piedra haría ruido. ¡Déjame a mí! - -Y empuñando el arco con todas sus fuerzas, y apoyándolo en el tobillo -del pie izquierdo, apuntó y disparó La flecha. - -El hombre no cayó; desapareció. - ---Si estuviera herido, le oiríamos --dijo Espendio; y subió aprisa, de -pico en pico, como hizo la primera vez, ayudándose de una cuerda y de -un arpón. Llegó arriba y dejó caer el cadáver. El bárbaro clavó un pico -con su martillo y se volvió. - -No sonaban las trompetas; todo parecía tranquilo. Espendio había -removido una de las losas, entrado en el agua y vuelto a ponerla en su -sitio. - -Calculando la distancia por el número de pasos, llegó precisamente -al lugar donde había observado una hendidura oblicua; y en las tres -horas que quedaban de noche, trabajó sin cesar, con furia, respirando -apenas por los intersticios de las losas de encima, lleno de angustia -y creyendo morirse veinte veces. Por fin oyó un crujido; una piedra -enorme, desprendida de los arcos inferiores, rodó hasta abajo, y de -repente una catarata, todo un río, cayó en el llano. El acueducto, -cortado por la mitad, se desbordaba. Era la muerte de Cartago; la -victoria para los bárbaros. - -En un instante, los cartagineses, despertados, salieron a las murallas, -de las casas y de los templos. Los bárbaros avanzaban, gritando, -bailando, delirantes de alegría, alrededor de la gran caída de agua, y -en la extravagancia de su júbilo se mojaban la cabeza. - -Viose en la cima del acueducto un hombre, con la túnica rota, hecha -jirones. Estaba colgado, con las manos en los lomos, mirando hacia -abajo, como asustado de su obra. - -En seguida se irguió. Miró el horizonte con aire soberbio, como -pareciendo decir: «Todo esto es mío ahora.» Los bárbaros aplaudieron; -los cartagineses, comprendiendo su desastre, aullaban de desesperación. -Espendio paseó la plataforma, de un extremo a otro, y como auriga -triunfante en los juegos olímpicos, transportado de orgullo, levantaba -los brazos. - - - - -XIII - -MOLOCH - - -Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse del lado de África, -porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los aproches de -las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso. Matho -dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver -mejor a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera -línea; detrás de ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los -bagajes, carretas y caballos; a trescientos pasos de las torres se -erizaban las máquinas. - -No obstante la variedad infinita de sus nombres (que cambiaron muchas -veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos sistemas: unas -funcionaban como hondas y otras como arcos. - -Las primeras, las catapultas, se componían de un marco cuadrado, con -dos montantes verticales y una barra horizontal. En su parte anterior, -un cilindro con cables sostenía un gran timón provisto de una cuchara -para recibir los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de -hilos torcidos, que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba, -yendo a dar contra la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida. - -Las segundas eran de un mecanismo más complicado. Sobre una pequeña -columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que terminaba en -ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño -se elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos -vigas sostenían los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo -de la canal, sobre una tableta de bronce. A favor de un resorte, se -desprendía esta placa de metal y por las ranuras despedía las flechas. - -Otro nombre de las catapultas era el de onagros, como los asnos -salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el de -escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándose de un -puñetazo hacía saltar el resorte. - -Su construcción requería sabios cálculos; las maderas se escogían entre -las más duras; los engranajes eran de bronce. Se movían por medio de -palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes ejes o quicios -variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían avanzar, y -los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente del enemigo. - -Espendio colocó las tres grandes catapultas en los tres ángulos -principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando por -detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de los -sitiados y rellenar primero el foso que las separaba de las murallas. - -Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y cimbras de encina, -parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en pequeñas chozas -cubiertas con pieles de animales y embarradas de hierbas, se abrigaban -los trabajadores; catapultas y ballestas fueron defendidas con redes de -cuerdas, mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres y -niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las -llevaban a los soldados. - -También se preparaban los cartagineses. - -Amílcar los había tranquilizado declarando que quedaba agua en las -cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su presencia -en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas -esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de -origen cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás. - -Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales; cada ciudadano -tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de los -tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros, -armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que -conservaban los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las -repararon bien, porque eran entendidos en estas obras. - -Quedaban inaccesibles los dos lados septentrional y oriental, -defendidos por el mar y el golfo. En la muralla, dando el frente -a los bárbaros, se pusieron troncos de árboles, ruedas de molino, -vasos llenos de azufre, cubas de aceite y se construyeron hornos. Se -amontonaron piedras en la plataforma de las torres; y rellenaron de -arena las más próximas a las fortificaciones, para afirmar y aumentar -su espesor. - -Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron. Querían combatir en -seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las catapultas que -se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque. - -Por fin, en el día decimotercero del mes de Schabar, al salir el sol, -resonó un gran golpe en la puerta de Kamón. - -Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas dispuestas en la -base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por cadenas -que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo de -cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes de hierro la -reforzaban de trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo -de un hombre, larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con -oscilación regular al empuje de los desnudos brazos. - -Los demás arietes de las otras puertas empezaron a moverse. En las -ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían de -escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las -redes de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de -flechas. Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse -a los baluartes, ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego -lanzaban a fuerza de brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y -de fuego pasaba por encima de las primeras filas, describiendo una -curva que iba a caer por detrás de las murallas. Pero en las cimas de -estas se levantaban largas grúas de las que servían para enarbolar las -naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas en dos semicírculos -dentados interiormente. Estas máquinas mordían a los arietes. Los -soldados, colgados de la viga, tiraban hacia atrás. Los cartagineses -trabajaban para hacerla subir, y la porfía duró hasta la noche. - -Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a su tarea, los altos -de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos de algodón, -de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en los -baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados en -horquillas y hoces. - -Con esto empezó una furiosa resistencia. - -Troncos de árboles, manejados por cables, caían y volvían a caer -alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por -ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de -las torres caían torrentes de pedernal y de tejos. - -Los arietes consiguieron romper las puertas de Kamón y la de Tagarte. -Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal abundancia de -materiales, que las hojas no se abrieron y quedaron en pie. - -En vista de esto se dirigieron los golpes contra las murallas abiertas -para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas fueron mejor -gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la mañana -hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona precisión -de un bastidor de tejedor. - -Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien movía las madejas -de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus tensiones -gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a la -izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual. -Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con -suavidad y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y -cuando la lanza de la catapulta se levantaba, cuando la columna de la -ballesta temblaba a la sacudida del resorte, volaban las piedras, y los -dardos caían en montón, doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como -para seguirlos. - -Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban sus órdenes. Alegres -con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de las máquinas. -A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban lobos; a -las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se «hacía la -vendimia», y al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, cocea -bien!», y a los escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». Estas -burlas, siempre las mismas, sostenían los ánimos. - -Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la fortificación, formada -por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban la parte -superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden de -construir torres de madera de la misma altura que las torres de piedra. -Se rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con sus -ruedas, y antes que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros onduló -en el llano, con un solo movimiento, y llegó al pie de las murallas -como un mar desbordado. - -Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras rectas y los -sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por palancas, -una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando -muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en -hilera, subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un -solo cartaginés; ya los asaltantes llegaban a los dos tercios de -la fortificación, cuando se abrieron las almenas, vomitando, como -dragones, fuego y humo; llovía la arena, entrando por las junturas de -las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas; el plomo líquido -rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de chispas -quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas -gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por -la cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles -a la cabeza mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido, -quedaba inmóvil, más rígido que un poste, con la boca abierta y ambos -brazos extendidos. - -El asalto continuó durante muchos días, porque los mercenarios -esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia. - -En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía un hierro entre -las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y poner un -segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban -la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar -a cierta altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo -los pies de los vivos, los heridos, en montón, se mezclaban con los -cadáveres y los moribundos. Entre entrañas abiertas, sesos esparcidos -y charcos de sangre, los troncos calcinados formaban manchas negras; -brazos y piernas, saliendo a medias de un montón, quedaban enhiestos -como rodrigón en una viña incendiada. - -Encontrándose insuficientes las escalas se emplearon los tonelones, -o sea unos instrumentos compuestos de una larga viga puesta -transversalmente sobre otra, y llevando al extremo una cesta -cuadrangular en la que cabían treinta peones con sus armas. - -Matho quiso subir en la primera que estuvo dispuesta. Espendio le -detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se levantó la -gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente -cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados, -ocultos hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas -de los cascos. Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire, -giró de derecha a izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de -gigante que llevara en la mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de -la muralla la cesta llena de hombres. Saltaron estos adentro, y no se -les volvió a ver. - -Pronto estuvieron dispuestos los restantes tonelones; pero hubieran -sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad. En vista de esto, -se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en las cestas, -que estaban sujetas con cables, disparaban flechas envenenadas. Los -cincuenta tonelones dominaban las almenas y rodeaban a Cartago, como -buitres monstruosos; los negros se reían al ver a los guardias de la -fortificación morir entre atroces convulsiones. - -Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas las mañanas el jugo -de ciertas hierbas que les preservaba del veneno. - -En una noche obscura embarcó sus mejores soldados en gabarras y -balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a desembarcar -en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y, -cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados -de cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las -obras de los mercenarios y volvían a subir. - -Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su cólera; hacía cosas -terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a una -entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció -una traición, y en adelante, la aborreció. Si hubiera visto su -cadáver, tal vez se habría alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas -al pie de los fuertes y mandó a los libios que le trajeran toda la -madera de un bosque para pegarla fuego e incendiar a Cartago como una -madriguera de zorras. - -Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba inventar máquinas -espantables, como no se habían visto nunca. - -Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el istmo, se aburrían -de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de acción y se -precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su -desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran -mortandad. Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín. -Se originaron riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba -devastada, se disputaban los víveres. Iban descorazonándose, y se -retiraron hordas numerosas. - -Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno quebradizo, se hundió. -Probaron hacerlas en otro sitio; pero Amílcar adivinaba siempre su -dirección, aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo, además, -contraminas debajo del camino que debían recorrer las torres de madera, -y cuando las empujaban se hundían en los agujeros. - -Al fin, comprendieron todos que la ciudad era inexpugnable en tanto -que no se levantara a la altura de las murallas una larga tenaza que -permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para rodar -encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago resistir. - - * * * * * - -La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al comenzar el sitio, -costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a un sekel de plata; las -provisiones de carne y de trigo se agotaban también; se tenía miedo del -hambre; se empezaba a hablar de bocas inútiles, y esto asustaba a todos. - -Los cadáveres interceptaban las calles desde la plaza de Kamón hasta -el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano, unas -moscas negras muy grandes acosaban a los combatientes. Los viejos -transportaban a los heridos, y la gente devota continuaba los funerales -ficticios de sus allegados y amigos muertos durante la guerra. -Atravesadas en las puertas, se ponían estatuas de cera con cabellos -y vestidos, que se fundían al calor de los cirios que ardían junto -a ellas; corría la pintura sobre sus espaldas, y el llanto por el -rostro de los vivos, que salmodiaban canciones lúgubres. En todo este -tiempo, la multitud corría; pasaban bandas armadas, gritaban órdenes -los capitanes y oíase siempre el golpe de los arietes que batían las -murallas. - -La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos se hinchaban y no -cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los patios. -Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes -vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que -brota de una arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba -el recinto y devoraba hasta los cadáveres. - -Unos hombres que llevaban en señal de desesperación mantos hechos con -harapos desechados, se establecieron en las esquinas de las calles, -declamando contra los Ancianos y contra Amílcar; prediciendo al -pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al pillaje. -Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis se -creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, para -destrozarlos. Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y olvidaba -la defensa de Cartago. El Sufeta pagó otros para sostener su política. - -Con el objeto de retener en la ciudad el genio de los dioses, se habían -cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos negros los -Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar el -orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a dejarte -vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra quién eres -para que los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros dioses?» - -Ansiedad permanente agitaba los colegios de los pontífices. Los de la -Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la restitución del zaimph -no había salvado la situación. Se mantenían encerrados en el tercer -recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos se -atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim. - -Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso, contemplándola con las -pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la lanzaba eran -más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no perdonaba -a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim lo había -adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos de su -impotencia. La acusaba de ser ella la causante de la guerra. Según él, -Matho sitiaba a Cartago para recobrar el zaimph; vertía imprecaciones e -ironías sobre el bárbaro que pretendía poseer cosas santas, aunque no -era esto lo que el sacerdote quería decir. - -Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de antes no las -experimentaba ya. Se mostraba muy tranquila, y sus miradas, menos -vagas, brillaban con límpida llama. Sin embargo, el pitón había caído -enfermo, y como Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja -Taanach se alegraba, convencida de que pasaba a la serpiente el -malestar de su ama. - -Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de pieles de buey, -arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza -enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió -Salambó; movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava -se asombró de su insensibilidad. - -La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con tanto fervor. Pasaba -días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la balaustrada y -distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas, -al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales, -y las lanzas de los centinelas venían a formar como un campo de -espigas. Salambó veía a lo lejos, entre las torres, las maniobras de -los bárbaros, y en los días que no había asalto, podía enterarse de -sus ocupaciones. Remendaban sus armas, se engrasaban la cabellera, -o bien lavaban en el mar los brazos ensangrentados; las tiendas -estaban cerradas; las acémilas comían, y en lontananza, las hoces de -los carros, puestos en semicírculo, parecían una cimitarra de plata -extendida al pie de los montes. Venían a su memoria los discursos de -Schahabarim. Esperaba a su desposado Narr-Habas. Hubiera querido, a -pesar de su odio, volver a ver a Matho. Entre todos los cartagineses, -era ella, quizás, la única persona que le hubiera hablado sin miedo. - -Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre almohadones la contemplaba -enternecido, como si la vista de ella fuese un alivio a sus fatigas. La -hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los mercenarios; quería -saber si alguno la había impulsado a hacerlo, y Salambó le contestaba -que nadie, orgullosa como estaba de haber rescatado el zaimph. - -El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a pretexto de informes -militares. No comprendía en qué pudo ella emplear las horas que -pasó en su tienda. Salambó no habló de Giscón, porque temía que las -maldiciones de este se volvieran contra él, y ocultó su tentativa de -asesinato, persuadida de que se le reprocharía no haberla consumado. -Contaba únicamente que Matho parecía furioso, que gritó mucho y que -luego se quedó dormido. Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o -por exceso de candor, no dando importancia a los besos del bárbaro; -además, que todo esto flotaba en su mente de un modo melancólico -y brumoso, como el recuerdo de una pesadilla, y no hubiera podido -expresarlo con palabras. - -Una noche en que estaban juntos padre e hija, apareció Taanach muy -azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y deseaba ver al -Sufeta. - -Palideció Amílcar, y replicó vivamente: - ---Que suban. - -Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la mano a un doncel -cubierto con un manto de piel de macho cabrío, y quitándole aquel la -capucha que le tapaba el rostro, dijo: - ---¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo! - -El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de la habitación. El -niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de curiosidad que de -asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares de perlas -puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía -delante. - -Tendría unos diez años, y no sería más alto que una espada romana. -Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho -que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran -anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía -el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes -empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince que -le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el polvo. -Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía inmóvil, -con una mano atrás y otra en los labios, en actitud pensativa. - -Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en voz -baja: - ---Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de casa, -sepan de él. - -Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los habían -visto entrar. - ---Las calles estaban desiertas --contestó el esclavo. - -A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo -había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió -a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo -buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche, -viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar -cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto. - - * * * * * - -Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red para impedir a -los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y -dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las -comunicaciones y empezó a padecerse hambre. - -Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince -elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se -habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les -alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres -todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del -crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las -piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino -costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas -del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados -los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el día -que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. Eran -animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban las crines con -cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne, -cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas -las noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al -templo y se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un -pedazo de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos -de las murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían -levantado barricadas por miedo a los vecinos. - -Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la -defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En -las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de -lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura -que el viento agitaba sobre las terrazas. - -Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus estragos -eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar en el -frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer que -estaba pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño -llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más -irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los -techos, en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo -una pobre comida, con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles -llevaban letras grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose -en los cadáveres injurias como _puerco_, _chacal_, _piojo_; y burlas -como «¡Lo tengo bien merecido!» - -La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura de -las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró entre el -bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer en espesar -y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y -murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal -esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde -guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron al pueblo, con lo -que se hartaron durante tres días. - -Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la -gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a -los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y -un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el -golfo. - -Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo, -extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del -templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes, -y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a -la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a -cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse -con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los -bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para -hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce -palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material de -los arsenales y reparar nuevamente las máquinas. - -Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de -toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni -ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres; -fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los -Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución -en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por -el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de -guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se -decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los -plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron -desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a -cumplir la orden. - -Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía -juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les -arrancaban las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una coraza. -Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas -por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las -serpientes corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las -paredes. Descontentos de esta invención, los bárbaros la perfeccionaron -lanzando toda clase de inmundicias, excrementos humanos, carroña y -cadáveres. Sobrevino la peste. A los cartagineses se les caían los -dientes; tenían las encías descoloridas como las de los camellos -después de un viaje demasiado largo. - -Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más que esta -no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante las veintitrés -torres del recinto se levantaron otras veintitrés torres de madera. Se -remontaron todos los tonelones, y algo más atrás aparecía la formidable -helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido por Espendio. Piramidal -como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta codos por -veintitrés de ancho, con nueve pisos que iban disminuyendo hacia la -punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con -puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una -catapulta flanqueada por dos ballestas. - -Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para aquellos -que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron enroladas. Se -dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia. - -Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del mes de -Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las trompetas -de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos paflagonios. -Los cartagineses acudieron en masa a la muralla. - -En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas -que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron -algunas cabezas de bárbaros. - -Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de -hombres; y en los sitios en que la terraza se interrumpía, los -mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes cerradas, -agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y -apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se -veían de pie; en tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a -la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos con el brazo izquierdo, -apoyando los escudos encima de los cascos, los juntaban por el borde -tan estrechamente, que hubiérase dicho una ensambladura de enormes -tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de estas masas oblicuas. - -Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles y -camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en -las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo -cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos -demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran -polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras, -chocaban sus piedras y estallaban en mil pedazos, resultando como una -lluvia sobre los combatientes. - -Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos -humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose -en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban -echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban -dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de -sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los -negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos -por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros -vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes -atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban -petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban -cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho -tiempo los sobrevivientes. - -Venían flechas de las torres de madera y de las de piedra. Los -tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros -habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los -autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso -de las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos -de hombres por el aire, con los brazos extendidos. - -Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad del día -contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y destruir -la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de -paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda, -aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las -sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente, -habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas -con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se -precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En el -ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres abatieron la fortificación, -cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba -cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una -segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un -tablero de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos -se creyeron en su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados. - -De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino de -circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas remataban -a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro contemplaban -abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se entablaba. - -Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta -que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas, -y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo -con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por -sus largos cabellos negros, estaba en todas partes, dando saltos y -conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los -que metía continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho -como la rueda de un carro. - -Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a -todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los -mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del -lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las -masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de -fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el -espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por -inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza, -se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se -adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes; -las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás -alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas. - -Conservaba su grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble -filo; y con su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente -sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata -de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba segando -cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los -lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente, -los atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo -a su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los -aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de -un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás -despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su -paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis. -Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y -desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió -para llamar a sus compañeros. - -Veía sus penachos diseminados entre la multitud; iban a perecer, -y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue -estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por -las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró -hasta fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta. - -Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de los -cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en -Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos, -semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas, -sacudiendo el tridente. - -Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación, -impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía -la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó -a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso -intensamente pálido y, levantando sus dos brazos escuálidos, le -vociferaba injurias. - -Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan -cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se -echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas, -agotado. - -Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces roncas -que cantaban con cadencia. - -Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de él -con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque el -talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para -máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con -llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera -lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió -de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto, -y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados -acorazados que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos. -Algunos de aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas -tocasen al muro; en medio de la plataforma superior, los tirantes de -la ballesta daban vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la -catapulta. - -Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. Había -supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la muralla -más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas. -Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación, -en el que habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que -formaban una especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre -la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo. -Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, mandó poner tablas en -las calles de casa a casa, desde las cisternas hasta los baluartes, y -formó cuerdas de gente para que pasaran el agua de mano en mano, en -cascos y ánforas. - -Los cartagineses se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía -la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas, -y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados, -empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la -terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el -primer piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio, -soplando con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como -levantada convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se -ablandaba cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se -paró, ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta -el borde de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó -con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en -las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de -las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis, -contribuían a que este se desmembrara en todas sus junturas. - -Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron -del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción. -Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud; -pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron. - -No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo -azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre, -se mostraba como una gran mancha de púrpura. - -La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía -construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis, -cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos -enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas -se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí -y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente -como gradas de un anfiteatro en ruinas. Densas humaredas subían, -despidiendo chispas que se perdían en el cielo negro. - -Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a las -cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua -cenagosa. - -¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez -descansados, volverían a la carga. - -El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas de las -calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los enfermos y -los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia en -otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto -nada. - -En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los que -dormían tenían aspecto de muertos. - - * * * * * - -Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus desastres, -recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a Melkart -tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses, indignados contra la -República, iban sin duda a vengarse. - -Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con súplicas y -se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados con Moloch, -el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le pertenecían; -y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una -porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente -o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal -proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de -recomendarla como la más fácil y menos dura. - -Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por -consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una -pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del -más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al -dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba -a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los ejemplos -probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una -inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también -la ferocidad del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba -exclusivamente sobre las grandes familias. - -Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido. -Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio -oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice -de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su -voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran -sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba -a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El -Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos, -sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos, -hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos -decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque hay -cosas más arduas de decir que de ejecutar. - -La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron -lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus -maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación. - -Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el -Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron -allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de -la que muchos bebieron echados de bruces. - -Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses -o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro -tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la -playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca. - -Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que guardaba -en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le abrió -las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones, excepto la de -Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y -que el rey de Macedonia enviaría un ejército. - -Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se secaron -por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la mente de -todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea. - -Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las -cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna -compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían -los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los -llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de -divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne. - -Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus jardines. - ---¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!... - -Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de la -otra luna, acompañado de un viejo. - -Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano -toda negativa, accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los -esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos. - -Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la -mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le -ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama -de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz. - -Hecho esto, daba paseos por la habitación, accionando con los brazos -y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las pupilas fijas y -jadeante como si se fuera a morir. - -Llamó tres veces con las palmas de las manos, y compareció Giddenem. - ---¡Oye! --le dijo--. Toma entre los esclavos un niño de ocho a nueve -años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo. ¡Pronto! - -Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió con un niño; un -pobre niño delgado y abotargado a un mismo tiempo. Su piel parecía tan -gris como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza entre los -hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las picaduras -de las moscas. - -¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba tiempo para escoger -otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de estrangularlo. - ---¡Vete! --gritó. - -El intendente de los esclavos se fue más que de prisa. - -La desgracia temida por tanto tiempo iba a sobrevenir, si no buscaba un -medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim detrás de la puerta. -Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se impacientaban. - -Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un hierro candente, y -volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió al borde de -la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la frente -con los puños cerrados. - -El tazón de pórfido conservaba un poco de agua limpia para las -abluciones de Salambó. No obstante su repugnancia y su orgullo, el -Sufeta metió en ella al niño, y como un mercader de esclavos, se puso -a lavarle y frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un -armario de la pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y -otro en la espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de -diamantes. Vertió un perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello -un collar de electro, y le calzó sandalias con tacones de perlas; ¡las -mismas sandalias de su hijo! Hacía todo esto bramando de indignación, -y Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba tan pálida como él. El -niño sonreía, deslumbrado por estas galas y, entusiasmado, empezaba -a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo, sujetándole -fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El niño, a -quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar. - -En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera, oyeron una voz -lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!» - -Amílcar se volvió, y vio a su lado un hombre de abyecta apariencia; uno -de los miserables parásitos del palacio. - ---¿Qué quieres? --le preguntó el Sufeta. - -El esclavo, temblando horriblemente, balbució: - ---¡Soy su padre! - -Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado y con la cabeza -medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia indefinible, -y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de gritar: -«¡Perdón!» - -Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en el codo, diciéndole: - ---¿Es que lo llevas para...? - -No tuvo fuerzas para acabar la pregunta. - -Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor. - -Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre él y el otro algo -que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba! Aquello le -parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio. -Contestó con una mirada más fría y más pesada que el hacha del -verdugo. El esclavo cayó desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar -pasó por encima de él. - -Los tres hombres de negro le esperaban en el salón, de pie, junto al -disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró por el -suelo dando agudos gritos: - ---¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi consuelo, mi esperanza, mi -vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! - -Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y aullaba como las -plañideras en un entierro. - ---¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos! ¡Matadme como a él! - -Los servidores de Moloch se admiraban de que el gran Amílcar tuviera un -corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos. - -Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello parecido a la -respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la tercera -galería, entre los largueros de marfil, apareció un hombre terrible, -que con los brazos extendidos, gritaba: - ---¡Hijo mío! - -De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y tapándole la boca con -las manos, dijo a su vez: - ---¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo! ¡Se volverá loco! -¡Basta, basta! - -Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima, salió con ellos, -cerrando en pos, de un golpe, la puerta. - -Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo que volvieran. -Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la seguridad de -que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo, porque si -los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de -idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho -cabrío, habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido -en mucho tiempo, se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus -lágrimas. - -Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó, desató las cuerdas de Aníbal. El -niño, exasperado, le mordió la mano hasta hacerle sangre. Su padre le -contuvo con una caricia. - -Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo con _Lamia_, ogresa de -Cirene: - ---¿Dónde está? --preguntó el niño. - -Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y contestó: «¡Que vengan, y -los mataré!» - -Cuando Amílcar le contó la horrible verdad, recriminó a su padre -porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al pueblo. Por fin, -rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba soñando, con -la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia -atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció -completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las -galeras. Al pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y una -jarra de agua; el niño se despertó ante la estatua de Aletes, en la -cueva de las piedras preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, a la -luz de los destellos que le rodeaban. - -Amílcar tenía la seguridad de que no podían quitarle su hijo. Era un -lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un subterráneo que -únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de aire. -Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro. - -Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como una madre que -encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al niño, -llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más -tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por -tanta ternura, se callaba. - -Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala en la que la luna -se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella dormía el -esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, se -sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra debajo -de la cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna que -brillaba en el cielo, y se sintió más fuerte que los Baales y los -despreció. - - * * * * * - -Habían empezado los preparativos del sacrificio. En el templo de -Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de cobre, sin -tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los hieródulos lo -empujaron hacia la plaza de Kamón. - -Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus hombros rebasaban la -altura de las murallas; por lejos que le vieran, se escondían los -cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que en el -ejercicio de su cólera. - -Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los templos se abrieron a -un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en literas que -llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban a -los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas -puntas terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre. - -Eran los Baalim cananeos, desdoblamientos del Baal supremo que volvían -hacia su principio, para humillarse ante su fuerza y aniquilarse ante -su esplendor. - -El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía una lámpara de -petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo de -marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún, -azules como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la -cola; y los dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños -en pañales, que con los talones rozaran el suelo. - -Venían a continuación las formas inferiores de la divinidad: -Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la -corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes -sagrados; Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria; -Derceto, en figura de virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz, -sobre un catafalco, entre antorchas y cabelleras. Para que los reyes -del firmamento se sujetaran al Sol, e impedir que sus particulares -influencias no dañasen la suya, se blandían largas perchas con -estrellas de metal de distintos colores; desde el negro Nabo, genio -de Mercurio, hasta el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo. Las -Abadires, piedras caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de -plata; bollos pequeños, imitando sexos de la mujer, eran llevados en -canastillas por los sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta -orden llevaban sus fetiches y amuletos. Salieron todos los ídolos -olvidados, incluso los símbolos místicos de los navíos, como si Cartago -quisiera recogerse en un pensamiento de muerte y de desolación. - -Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en equilibrio, sobre su -cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre cuyas nubes -de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los -pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. A -veces el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los devotos -aprovechaban esta ocasión para tocar los Baalim con sus vestidos, que -luego guardaban como cosas venerandas. - -La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la plaza de Kamón. Los -Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo de Megara; -los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, y los -intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, mercaderes, -soldados, marineros y toda la horda numerosa empleada en los funerales, -todos ellos con las insignias de su magistratura o con los instrumentos -de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que bajaban de la -Acrópolis, entre los colegios de los pontífices. - -Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus más espléndidas -joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras; los -anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada -más lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las -frentes crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas -que temblaban sobre los pálidos rostros. - -Llegó, por fin, Baal, a mitad de la plaza. Sus pontífices hicieron una -alambrada para contener a la multitud y formaron un círculo a sus pies. - -Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda, se alinearon ante -su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con capas de -lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la -Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de -Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el -de Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los -aulladores con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los -Yidonim, que para investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso -de muerto. Los sacerdotes de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban -apostados en la calle de Sateb, salmodiando en voz baja un tesmoforión -en dialecto megaro. - -De cuando en cuando, llegaban filas de hombres enteramente desnudos, -con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por los hombros. -Arrancaban de las profundidades del pecho una entonación bronca y -cavernosa; sus pupilas, clavadas en el coloso, brillaban en el polvo -y balanceaban el cuerpo a intervalos iguales, todos a un tiempo, como -sacudidos por igual impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer -el orden, los hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces, -con la cara junto a la alambrada de cobre. - -Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la plaza un hombre -vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y todos -reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim. -Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino -prevalecía en este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan -olvidada que no se había advertido la ausencia de sus pontífices. -Aumentó el asombro cuando se le vio abrir uno de los portones de la -alambrada, destinados para que entraran los que iban a ofrecer las -víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un ultraje a su -dios; a empellones trataron de rechazarlo. Alimentados con la carne de -los holocaustos, vestidos de púrpura como reyes y con coronas de triple -cerco, afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones. La -cólera hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol. - -Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y atravesando, paso -a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le tocó por -ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne -de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por -desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente -su pensamiento decidiéndose por Baal. - -Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió en protestas. Sentía -romperse el único lazo que unía las almas con una divinidad clemente. -Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía participar del -culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le excluyeron del -recinto; pero no bien estuvo afuera, dio una vuelta alrededor de todos -los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud, -que se apartaba al acercarse él. - -Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel entre las piernas del -coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en las llamas; los -ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus miembros de -cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies, los -niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los -brazos desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las -tiernas criaturas como para coger esta corona de carne y llevarla al -cielo. - -Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la multitud se amontonaba -detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas. Las grandes -estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban inmóviles en -el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente como -árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas azuladas. - -Muchos de los espectadores se desmayaron; otros se quedaban inertes -y petrificados. Angustia infinita agobiaba todos los pechos. Se iban -apagando los últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba como -absorto en el anhelo del terror. - -Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano debajo de los velos -de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de cabellos, que -arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron entonces -el himno sagrado. - ---¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador que se engendra, -Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios! - -Las voces se perdían en la explosión de los instrumentos que tocaban a -la vez, con el fin de ahogar los gritos de las víctimas. Los schemunits -de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de doce, silbaban, -tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían un -chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, y -a pesar del furor de los clarines, el solsalim crujía como alas de -langosta. - -Los hieródulos abrieron con un gancho largo los siete compartimentos -escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron harina; en -el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un -carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el -sexto, se echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito -quedó vacío. - -Antes de operar, se probaron los brazos del dios. Delgadas cadenitas -que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por las -espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la -altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse -le tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los -instrumentos; crepitaba el fuego. - -Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran piedra, observando a -la multitud. - -Era necesario un sacrificio individual, una oblación voluntaria, que -era considerada como preliminar de las que venían después; pero nadie -se ofrecía hasta ahora, y los siete pasadizos que iban de las avenidas -al coloso estaban vacíos. Para animar al pueblo, los sacerdotes -sacaron los puñales de sus cinturones y se hirieron el rostro. Hízose -entrar en el recinto a los devotos echados en el suelo a la parte de -afuera; se les dio un paquete de horribles hierros viejos y cada uno -escogió su tortura. Se pasaban agujas entre los pechos, se cortaban -las mejillas y pusiéronse coronas de espinas en la cabeza; luego se -enlazaron de los brazos y, rodeando a los niños, formaron otro gran -ruedo que se contraía y se ensanchaba. Llegaron a la balaustrada con -estas contracciones, atrayendo a la multitud con el vértigo de este -movimiento sanguinario y clamoroso. - -Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas, arrojando a las llamas -perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las ofrendas eran cada -vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se tambaleaba, -un hombre pálido y horrible por el terror, empujó a un niño; en -seguida se vio en las manos del coloso una masa negra que se hundió en -la tenebrosa abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una -gran losa y prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías -de la muerte y los renacimientos de la eternidad. - -Subían las víctimas lentamente, y como la humareda formaba altos -torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube. Ninguno -se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría -tapicería les impedía ver y ser vistos. - -Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de Moloch, estaba al lado -de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho. Cuando trajeron -el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un gesto de -horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de brazos y -miró al suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice permanecía -inmóvil como él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se miraba en -el pecho la placa de oro cubierta de piedras fatídicas, de las que -la llama despedía resplandores irisados. Amílcar inclinaba la frente; -y los dos personajes se encontraban tan cerca de la hoguera que las -llamas levantaban las colas de sus mantos. - -Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin pararse. Cada vez que -se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían la mano -sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No -son hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!» -Los devotos gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina, -conformándose por miedo a las necesidades de Cartago, murmuraban la -fórmula eleusiaca: «¡Derrama la lluvia! ¡Engendra!» - -Las víctimas desaparecían al borde de la abertura como gotas de agua -en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre el color -escarlata de la estatua. - -Pero el apetito del dios no se calmaba: quería siempre más. Con el -objeto de saciarle mejor, le apilaron las víctimas en las manos con -una gruesa cadena por encima, que los sujetaba. Los devotos quisieron -contarlos al principio, para ver si el número de los niños correspondía -a los días del año solar; pero era imposible contarlos por el -movimiento vertiginoso de los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo; -hasta la noche. Las paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro, -y entonces se vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer -los restos de las víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por -los cuerpos enteros. - -Atardecía y las nubes se amontonaban encima de Baal. La hoguera, -exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las rodillas del -coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con la -cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez. - -A medida que los sacerdotes se daban prisa, aumentaba el frenesí del -pueblo; como disminuía el número de las víctimas, gritaban unos que se -necesitaban más, y otros que había bastante. Hubiérase dicho que las -murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de los alaridos de -espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a quienes -pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores -de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían -los gritos de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los -carbones. Los bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al -coloso y rugían como tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos -cantaban con sus labios hendidos; se había roto la alambrada y todos -querían tomar parte en el sacrificio. Los padres cuyos hijos habían -muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus juguetes y los -huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se precipitaron -sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce, los -hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al -aire para que el sacrificio se esparciera por la ciudad, hasta la -región de las estrellas. - -Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los bárbaros al pie de -las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis, miraban el -espectáculo estremecidos de horror. - - - - -XIV - -EL DESFILADERO DEL HACHA - - -Apenas habían entrado los cartagineses en sus casas, se espesaron las -nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron caer gruesas -gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio. - -Siguió lloviendo a cántaros toda la noche; retumbaba el trueno; era la -voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual, ahora fecundada, -abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la veía en -un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las -tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera -dormirse. Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna, -gritaban para facilitar su tarea. - -La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas, formando lagos en los -patios, cascadas en las escaleras y torbellinos en las esquinas de -las calles. Vertíase en pesadas y tibias masas y en hilos apretados; -gruesos chorros espumosos saltaban de los ángulos de los edificios, -y los tejados de los templos brillaban con un negro lavado a la luz -de los relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil caminos; -las casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas, -cascote y muebles. - -Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos impermeables para llenarlos -de agua, pero las antorchas se apagaban; se cogieron tizones de la -hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás la cabeza -y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en la -corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban -como búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo -estirando sus miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa -esperanza. Se olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria -renacía. - -Sentían los cartagineses una especie de necesidad de hacer pagar a -otros el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos. -Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si bien no tenían -ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que da la -complicidad en los crímenes irreparables. - -Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus tiendas mal cerradas; -al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando en el barro, -buscando sus armas y municiones averiadas. - -Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando. El viejo Sufeta dudó -unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al cabo aceptó. - -Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de una catapulta en -cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en los -bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a -velas desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma. - -Tres días después, cuando se iba a empezar el ataque, llegaron -tumultuosamente gentes de la costa de la Libia, porque Barca había -entrado en su territorio, procurándose bastimentos. - -Los bárbaros se indignaron, como si Barca les traicionara. Los más -aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en abandonar -el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el helépolis; -Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara, -jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados -de Autharita se fueron, abandonando la parte occidental del campo -atrincherado. La desidia de los sitiadores era tanta que ninguno se -cuidó de reemplazarlos. - -Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas. Durante la noche hizo -pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la costa entró -en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil hombres, -cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta elefantes -cargados de forraje y de cecina. La llegada de este socorro regocijó -a los cartagineses, no menos que la vista de los fuertes animales -consagrados a Baal; eran como una prenda de ternura; una prueba de que -al fin el dios iba a intervenir en la guerra. - -Narr-Habas recibió las felicitaciones de los Ancianos. En seguida subió -al palacio de Salambó. - -No la había vuelto a ver desde que en la tienda de Amílcar, entre -los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los -esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida, -distraído por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de -sus derechos de esposo: poseerla. - -Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su señor. Aunque todos -los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el libio -disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera era -casi religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas como -un reflejo de la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. Deseaba -haberle conocido antes, y sin embargo, le cohibía su presencia. Mandó -que le dijeran que no podía recibirle. - -Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su servidumbre que no dejasen -entrar al rey de los númidas a la residencia de Salambó, porque -retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba tenerle -adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró. - -En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió prerrogativas para -su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo que los -bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres. - -Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando vieron llegar en -una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos prisioneros -cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a los -Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes -de la defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia, -le devolvía ahora sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los -mercenarios en la Cerdeña y aun negándose a reconocer como súbditos a -los habitantes de Útica. - -Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este ejemplo. Necesitaba para -conservar sus Estados mantener el equilibrio entre Roma y Cartago; -tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo que se -declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y -tres mil rebel de buen trigo. - -Una razón de más peso obligaba a socorrer a Cartago; se comprendía que -si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían desde el soldado -hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna casa podrían -resistirles. - -En todo este tiempo, Amílcar operaba en las campiñas orientales. -Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron sitiados a su -vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y contramarchas, -renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus -campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo mismo. - -Pero no pasó de Túnez, sino que se encerró en sus muros; determinación -muy cuerda, porque pronto se vio que Narr-Habas salía por la puerta -de Kamón con sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los otros -bárbaros iban errantes por las provincias en persecución del Sufeta. -Este había recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la -Cirenaica y armaduras del Brucio, y continuó la guerra. - -Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante cinco lunas los -arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba. - - * * * * * - -Los bárbaros trataron al principio de envolverle con pequeños -destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. Su -ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas veces -se dieron el gusto de ver retroceder a los cartagineses. - -Lo que más les atormentaba eran los jinetes de Narr-Habas. Con -frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano -soñolientos y abrumados por el peso de las armas, asomaba de pronto en -el horizonte una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube -de pupilas centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas, -envueltos en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos, -apretando con las rodillas a los encabritados corceles; les hacían -dar una vuelta bruscamente, y luego desaparecían. Tenían siempre, a -cierta distancia, provisiones de azagayas en los dromedarios, y volvían -más terribles, aullando como lobos y huyendo como buitres. Caían los -bárbaros que iban en los flancos, y así se seguía hasta la noche, en -que se procuraba ganar las montañas. - -Aunque estas eran peligrosas para los elefantes, Amílcar se aventuró en -ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del promontorio Hermeo -a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era este un medio -de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua incertidumbre en -que los mantenía, concluía por exasperarlos más que una derrota. Sin -desanimarse, le seguían los pasos. - -Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la Montaña de Plomo, en -medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero, sorprendieron -los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el enemigo estaba -allí en masa, según demostraba el estrépito de los clarines. Los -cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este en una -llanura en forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un alto -anfiteatro de peñas escarpadas. Los bárbaros acometieron a los vélites, -entre los bueyes que galopaban; otros cartagineses corrían en tumulto; -se vio un hombre de manto rojo, el Sufeta, y los bárbaros le gritaron -con transportes de furor y de alegría. Muchos, o por pereza o por -prudencia, se habían quedado a la salida del desfiladero. La caballería -salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los empujaban sobre -los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el fondo de la -llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún tiempo, se -detuvo. No se descubría ninguna salida. - -Aquellos que se hallaban más próximos al desfiladero, volvieron atrás, -pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los que iban delante para -hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la montaña. Sus -compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el camino. - -Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres ocultos en las rocas -las empujaron con maderos, las derribaron; como la pendiente era -rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron completamente -la boca del desfiladero. - -Al otro extremo de la llanada se extendía un largo pasadizo, hendido -aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que venía de -la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este -paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo; -protegidos por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían -vuelto a reunir; allí fueron izados por los compañeros. A los que -estaban más atascados en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el -terreno en este lugar era un arenal movedizo, imposible de escalar a -pie. Casi en seguida llegaron los bárbaros, a tiempo que un rastrillo, -alto, de cuarenta codos, hecho a la medida exacta del hueco, se -interpuso entre ellos, como un reducto caído del cielo. - -Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían surtido sus efectos. -Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que marchaban al -frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo estrechas -en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en el -horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus -vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un -triunfo como el obtenido. - -Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en el llano hasta la -mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de aquella -encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca, -tallada a pico. No había salvación. Las dos salidas naturales de este -callejón estaban cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas. -Miráronse todos en silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre -intentaron el último esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron -escalar la cumbre, pero aquellas o se desmoronaban o no ofrecían -asidero a causa de su forma redonda. Quisieron hender el terreno a -ambos lados de la garganta, pero sus herramientas se rompieron. Con los -palos de sus tiendas encendieron una gran hoguera; pero el fuego no -podía incendiar la montaña. - -Embistieron el rastrillo, claveteado con púas agudas como las del -puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo. Los primeros -entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y todos -cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y -cabelleras ensangrentadas. - -Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que les quedaba de -víveres. A causa de haber perdido sus bagajes, apenas tenían para -dos días; todo les faltaba, porque esperaban un convoy prometido por -las ciudades del Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes -abandonados por los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros. -Los mataron a lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los -pensamientos fueron menos sombríos. - -Al otro día degollaron todas las mulas, unas cuarenta en junto; -rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los huesos; no -desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de -Túnez. - -El hambre redobló en la noche del quinto día, y tuvieron que roer los -tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que cubrían el fondo de -los cascos. - -Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en la especie de -hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos. Quiénes -se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban -confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos -buscaban a los bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos. - -Se había enterrado aprisa los cadáveres de los vélites, a causa de la -infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas. - -Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra. Entre sus líneas, -un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones contra los -cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera -inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores -hubieran sido menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban -como niños. - -Buscaban a los capitanes y les suplicaban les dieran algo que mitigara -sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les tiraban piedras -a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra sus cortas -provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un puñado de harina, -que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza bajo el manto. Los -que guardaban sus espadas, las tenían desnudas en las manos; los más -desconfiados, se mantenían de pie, de espaldas contra la montaña. - -Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita no temía dar la -cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte veces -al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una -escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles, -parecía un oso salido de su caverna, allá en la primavera, para -observar si se derritieron las nieves. - -Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de las grietas; -como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban -tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas -azuladas. En la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados -sus compañeros abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres, -y sus cuerpos blancos quedaron sobre la arena, expuestos al sol. -Entonces, los garamantes se pusieron a rondar los muertos. Eran seres -acostumbrados a la soledad y que no conocían ningún dios. El más viejo -de la banda hizo una señal, y echándose sobre los cadáveres con sus -cuchillos, cortaron trozos, y luego, sentados sobre los talones, los -devoraron. Los demás bárbaros lo veían de lejos, dando gritos de -horror; muchos, sin embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta -desaprensión. - -A media noche se reunieron algunos, y disimulando su asco, se acercaban -pidiendo una tajada «para probar», según decían. Acudieron otros, -y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los labios -esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron quienes la -comieron con deleite. - -Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban unos a otros, incluso -aquellos que al principio rehusaban el trato con los garamantes. Asaban -la carne sobre carbones, con la punta de la espada, la salaban con -polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no quedó nada de los -tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para comérselos. - -Solo tenían veinte cartagineses cautivos en el último encuentro, y -en los que nadie se había fijado aún. Desaparecieron; fue además una -venganza lógica. Después, como había que vivir, y se tomaba gusto por -esta alimentación, se degolló a los palafreneros, aguadores y peones de -los mercenarios. Todos los días mataban a alguno de estos; muchos se -hartaban con su carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres. - -También este recurso llegó a faltar. Entonces la gula pensó en los -heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era preferible -librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba -perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían -de astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como por -descuido se les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de hacer -creer que estaban con fuerzas, intentaban mover los brazos, levantarse, -reír. Había desmayados que volvían en sí al contacto de la cuchilla que -les cortaba un miembro; se mataba sin necesidad, por ferocidad y para -saciar el furor. - -Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones a fines de -invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este -cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió -con rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La -llovizna que caía sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en -pudridero la llanura. Se cernían vapores blanquecinos que penetraban -la piel, cegaban los ojos y picaban en las narices, y en los que los -bárbaros creían ver el aliento o las almas de sus camaradas. Una -tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora: querían morir. - -Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a pasar hambre. Les -parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se revolcaban -convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los -brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la -sed, porque no tenían ni una sola gota de agua, pues a partir del -noveno día se habían agotado los odres. Para engañar la necesidad, -lamían las chapas metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y -las hojas de las espadas. Los antiguos conductores de caravanas se -apretaban el vientre con cuerdas. Otros chupaban un guijarro. Bebían -los orines enfriados en los cascos de cobre. - -Y a todo esto, esperando siempre el socorro de Túnez. Según sus -conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su próxima -llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría. -«Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca. - -Al principio hicieron plegarias, votos y toda suerte de invocaciones; -ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en venganza se volvían -incrédulos. - -Los hombres de carácter violento fueron los primeros en morir; los -africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba tendido a -lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un -jugo abundante, y declarándola venenosa, a fin de apartar a todos, se -alimentaba con ella. - -Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas. Algunas veces, cuando -un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba hacia él con -una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después de -apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, miraba -en torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a hundir -su asqueroso pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole echado -en el polvo. Otros más afortunados conseguían descubrir camaleones o -serpientes; pero lo que les hacía vivir más que todo, era el amor a -la vida; se aferraban a esta idea, tenazmente, por un esfuerzo de la -voluntad. - -Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en rueda, en medio de -la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se abandonaban -silenciosamente a su tristeza. - -Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de sus calles más -concurridas, con tabernas, baños, teatros y tiendas de barberos, -donde se cuentan sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando se -pone el sol, cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes -suben las colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas -soñaban con cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos, -con batallas, y en la somnolencia que les embargaba, todo ello se les -representaba con la lucidez y los éxtasis de un ensueño. Alucinados, -buscaban en la montaña una puerta por donde huir, y querían pasarla al -través; otros, creyendo navegar en medio de una tempestad, mandaban una -maniobra marinera; o bien retrocedían espantados, viendo en las nubes -batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose estar en un -festín. - -Muchos, por una extraña manía, repetían la misma palabra o hacían -continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza, mirarse -unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los -más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que -se habían salvado. A todos se les representaba la muerte cierta, -inminente. ¡Cuántas veces habían intentado abrirse un paso! Para -implorar una capitulación del vencedor, no sabían de qué medio valerse, -porque ignoraban dónde estaba Amílcar. - -Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo volcar la arena en -cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las cabelleras de los -bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera enterrarlos -vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más alta. - -En ocasiones cruzaban los aires bandadas de pájaros, que se ponían a -tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos. - -Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían las uñas, el frío les -traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin exhalar un -grito. - -Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos mil asiáticos, mil -quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus completas, los más -jóvenes de los mercenarios; en total, veinte mil soldados: la mitad -del ejército. - -Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban, iba a dejarse -matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la montaña -un hombre frente a él. - -Este hombre, a causa de la altura, parecía un enano; pero Autharita -divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el brazo izquierdo -y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura, ante el -rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del -precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban. - -Espendio cogió una cabeza de buey; con dos cinturones compuso una -diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de una percha, -la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El cartaginés -desapareció. Quedaron todos a la espera. - -Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del tajo, vieron caer -un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas de diamante, -con el sello del Gran Consejo: en el centro, un caballo debajo de una -palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les enviaba. - -Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera el fin de sus -dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban. Espendio, -Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se -ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no -sabían qué camino tomar. - -En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y la más alta de estas, -girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que estaban los -bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba moverlas en -un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba empujarlas con -fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las empujaron, y con -la luz del día, los bárbaros vieron una serie de peñascos dispuestos -como una escalinata en ruinas. Los bárbaros no podían todavía subirlas. -Se les tendió escalas y todos se precipitaron a ellas. Los rechazó -la descarga de una catapulta, y únicamente fueron aceptados los diez -embajadores. - -Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las manos en las grupas -de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su primer -transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias -de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó. - ---Yo seré quien hable. - -Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente para la salvación -del ejército. - -Detrás de los matorrales encontraban centinelas emboscados, que se -arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado. Así que -los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó -alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una -tienda de campaña. - -En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel, junto a una mesa -alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le rodeaban, -puestos en pie. - -Al ver el Sufeta a aquellos hombres, hizo un gesto de repugnancia; -tenían las pupilas extraordinariamente dilatadas, con un gran cerco -negro en torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las orejas; -sus narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas -por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los -músculos, desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se -pegaban a unos dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de -tumba entreabierta o de sepulcro agusanado. - -En el centro de la tienda había, sobre una estera en que los capitanes -iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que miraban los -bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para dar una orden, y -entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la vianda, hundiendo -las caras en la grasa y acompañando el ruido de la deglución con -hipos de alegría. Más por extrañeza que por misericordia, les dejaron -arrebañar la gamella, y cuando hubieron terminado, Amílcar mandó con -una señal que hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio -tenía miedo, balbuceaba. - -Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un dedo a un grueso -anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí el sello -de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si -fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza. - -El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los crímenes de Hannón, -porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de aplacar -a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus antiguos -servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, casi -violento; hasta que divagó, arrebatado por el calor de su facundia. - -Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se haría la paz, que -por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le entregaran diez -mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas. - -Los enviados no esperaban tanta clemencia. Espendio exclamó: - ---¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo! - ---No; me bastan diez --contestó Amílcar. - -Les hicieron salir de la tienda para que deliberaran. Cuando estuvieron -solos, Autharita reclamó por sus compañeros sacrificados, y Zarxas dijo -a Espendio: - ---¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada, junto a él! - ---¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! --repuso Espendio--. ¡A Amílcar! - -Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa imposible, como si -Amílcar fuera un ser inmortal. - -Tal era su postración, que se echaron de espaldas en tierra, sin -saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran. Consintieron y -volvieron a entrar en la tienda. - -Amílcar puso por turno una mano en las de los diez bárbaros, apretando -los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras, porque solo el -tocar aquellas pieles viscosas causaba una picazón que horripilaba. -Luego añadió: - ---¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y prometéis por ellos? - ---Sí --respondieron todos. - ---¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención de cumplir vuestras -promesas? - -Contestaron que volverían junto a sus compañeros para hacerles cumplir -lo pactado. - ---Pues bien --replicó el Sufeta--; según la convención pactada entre -yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a vosotros -diez; os guardo en rehenes. - -Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros nueve se apretaron -guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una queja. - - * * * * * - -Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus parlamentarios, -se creyeron traicionados y que estos se habían entregado al Sufeta. -Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero tomaron la -resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jirones de ropa, picos y -flechas, hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más -débiles, que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con -el ejército de Túnez. - -En lo alto del desfiladero se abría una pradera sembrada de arbustos; -los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron con un campo -de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres horas después -llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas verdegueantes. - -Entre las ondulaciones de estos montículos brillaban haces de color -de plata, separadas unas de otras; los bárbaros, deslumbrados por -el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas negras -que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes, -horriblemente armados. - -Además del espolón del pecho, de los puñales de sus colmillos y de las -rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos, llevaban -al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba atado -el mango de un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se -adelantaban paralelamente por cada lado. - -Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni siquiera intentaron huir; -se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en esta masa de -hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de sus -colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían -con las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas, -parecían volcanes movibles; no se veía más que un ancho montón en que -las carnes humanas formaban manchas blancas; los pedazos de cobre, -manchas grises, y la sangre, copos rojos. Los horribles animales, -atropellando por todo, ahondaban surcos negros. El más furioso iba -conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y lanzaba -jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido. -Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería -miraban siempre hacia él. - -Poco a poco se iba estrechando el círculo; los bárbaros no podían -resistir, y en breve los elefantes llegaron al centro de la llanura. -Les faltaba espacio; se amontonaban alborotados, chocándose con los -colmillos. Pero Narr-Habas los aplacó, y volviendo grupas, regresaron -al trote a las colinas. - -Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la derecha, en un -repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a las -tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y -cuando los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los -elefantes. Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón -de elefante aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo -con un movimiento de ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron -todo el recorrido. - -El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la noche. Amílcar se -recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto, se -estremeció. - -Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos pasos de allí, a la -izquierda, en la cumbre de un cerro. Eran cuatrocientos de los más -robustos: etruscos, libios y espartanos que en un principio ganaron -las alturas, y que después de la matanza de sus compañeros resolvieron -cargar contra los cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de un -modo magnífico y formidable. - -El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo. Necesitaba soldados, y -los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura. Podían acercarse -a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían víveres. - -Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche comiendo. Pero los -cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los mercenarios. - -¿Cedía este a las expansiones de un odio insaciable, o era esto un -refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo, sin espada, desnuda -la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que siendo -mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero como -le hacían falta hombres, y no sabía de qué modo escoger los mejores, -que se pelearan unos con otros y que admitiría los vencedores para su -guardia particular. - -Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a sus soldados, porque -los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el horizonte, les -mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas formando una -línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual brazos de -gigantes que llevaran hachas en las cabezas. - -Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros. No era la muerte -lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que se les -obligaba. - -La vida en común había establecido entre estos hombres una profunda -amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la patria; -viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero; -dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de -las estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos -países, de tantas muertes y aventuras, se habían creado extraños -amores; uniones obscenas tan formales como matrimonios; en las que -el más fuerte defendía al más joven en una batalla, le ayudaba a -franquear precipicios, limpiaba su frente del sudor de las fiebres, -robaba comida para él; y el protegido, niño recogido al borde de un -camino, convertido en mercenario, pagaba este afecto con mil cuidados y -complacencias de esposa. - -Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas, regalos felices, -en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos, pero -ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris: -«¡No; tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro -respondía: «Me quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón -y no te preocupes!» Los hermanos se miraban con las manos enlazadas; -el amante daba a su amado la despedida eterna derramando lágrimas, -abrazándose. - -Al quitarse las corazas para que las puntas de las espadas entraran -mejor, enseñaron las cicatrices de las heridas recibidas por defender -a Cartago, semejantes a inscripciones en columnas. - -Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de los gladiadores, y -empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado los ojos, -y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo. -Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos -cobardes. Los bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha -de un modo furibundo y precipitado. - -A veces, dos hombres se detenían ensangrentados, cayendo uno en brazos -del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía. Daban el pecho -a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses, de -lejos, tenían miedo. - -Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus pupilas fulguraban -al través de sus largas cabelleras, que colgaban como teñidas en un -baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos, vertiginosamente, como -panteras heridas en la frente; otros estaban inmóviles, contemplando -un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la cara con las -uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el vientre. - -Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les gritaron que tiraran las -espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua. Mientras estaban -bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos cartagineses -los mataron por la espalda con estiletes. - -Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer los instintos de su -ejército, y por esta traición atraerlo a su persona. - -Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así se creía. Matho no -resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la partida. - -Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un convoy por la -Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una vez -destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo -importante era tomar a Túnez, a la que se dirigió a marchas forzadas. - -Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la noticia de la -victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en el -palacio de Salambó. - - * * * * * - -Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un alto sicomoro, entre -dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de Taanach. Llevaba -sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres los ojos; pero -sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no menos que la -pedrería de sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos envueltas -mientras duró la entrevista, no hizo un solo gesto. - -Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros. Ella le dio las -gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca. El -númida le contó entonces toda la campaña. - -En torno de los interlocutores, las palomas se arrullaban -lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba: codornices -de Tarteso y pintadas púnicas. Trepaban las coloquíntidas por las -ramas de las cañafístulas, las asclepias sembraban los campos de rosas; -toda clase de plantas se entrelazaban formando canastillos y lazos; los -rayos de sol, bajando oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas -en el suelo. Los animales domésticos, convertidos en montaraces, huían -al menor ruido. Los rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del -oleaje. El cielo estaba todo azul y ni una vela aparecía en el mar. - -Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey númida. Vestía este -una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro; dos flechas -de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. Apoyaba la -mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos de electro -y pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos absorbían a -Salambó. Este hombre, de voz suave y de complexión femenina, cautivaba -por su gracia personal, y a ella le parecía como una hermana mayor -enviada por los Baales para protegerla. El recuerdo de Matho le hizo -preguntar por él al númida. - -Respondió Narr-Habas que los cartagineses se dirigían a Túnez con el -fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus probabilidades -de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse, hasta -ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó -dijo: - ---¡Sí, mátalo; es necesario! - -El númida contestó que deseaba ardientemente esta muerte, porque así, -acabada la guerra, sería su esposo. - -Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero prosiguiendo Narr-Habas, -comparó sus deseos a las flores que languidecen después de la lluvia; -a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que ella era más -hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y que el -rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los negros, -cosas nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su palacio -estarían enarenadas con polvo de oro. - -Atardecía; se respiraba un aire perfumado. Por algún tiempo, se -miraron en silencio. Los ojos de Salambó, entre los largos pliegues de -su vestimenta, parecían dos estrellas en el rasgón de una nube. Antes -que se pusiera el sol, terminó la entrevista. - -Los Ancianos se sintieron inquietos cuando Narr-Habas salió de Cartago. -El pueblo le había recibido con aclamaciones más entusiastas que la -primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban solos de los -mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, resolvieron, para -debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón actuara en esta -última etapa de la salvación de la República. - -Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias occidentales, a fin -de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa derrota; -pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o estaban -ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su cólera en -la campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni una brizna -de hierba; a los niños y enfermos que encontraba los hacía morir -entre tormentos; daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas, -pero él se hacía llevar a una litera las más hermosas, porque su atroz -enfermedad le tenía inflamado de impúdicos deseos. - -A veces, en las crestas de las colinas se plegaban las negras tiendas -como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes llantas, -que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero son, se -hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el sitio de -Cartago iban errantes por las provincias, esperando una ocasión o la -victoria de los mercenarios para volver; pero, sea por terror o por -hambre, tomaron todas el camino de sus hogares, y desaparecieron. - -Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero como le convenía -concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de Túnez. -Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las -murallas de aquella ciudad. - -Túnez tenía para defenderse su población autóctona, doce mil -mercenarios, todos los «Comedores de cosas inmundas», y con ellos -estaba Matho, contemplando desde allí, a lo lejos, el horizonte de -Cartago. Con este conjunto de odios reunidos, pronto se organizó la -resistencia. Con odres se hicieron cascos, se cortaron todas las -palmeras de los jardines para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en -cuanto a víveres, se pescaban a orillas del lago grandes peces blancos -que se alimentaban de cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones, -en estado ruinoso por los celos de Cartago, no podían resistir el -empuje de los hombres. Matho tapó los agujeros con piedras de los -edificios. Era la lucha postrera; nada esperaba, como no fuese que la -fortuna diera una vuelta a la rueda. - -Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla un hombre que de -cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía volar las -flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar una -bandada de golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho. - -Amílcar estableció su campo en el lado meridional; Narr-Habas, a su -derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago; los tres -generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos a -un tiempo al enemigo. - -Pero Amílcar quiso primero demostrar a los mercenarios que los -castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez embajadores, y los -puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad. - -A su vista, los sitiados abandonaron las murallas. - -Matho tenía pensado que si podía pasar entre los muros y las tiendas -de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los númidas no -tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la infantería -cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la ciudad. -En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos. - -Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del lago, avisó a Hannón -que enviara tropas en auxilio de Amílcar. ¿Era porque creía a Barca -débil para resistir a los mercenarios, o bien fue una perfidia o una -necedad? Nunca se pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su afán -de humillar a su rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con -todo su ejército se precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un -cambio de frente, y corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y -aplastándoles, hasta que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en -ella con treinta de los Ancianos más ilustres. - -Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes. Avanzaban todos -puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y aquellos -que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la -huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico. -¡Sálvame!» Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies -no tocaban al suelo. A los Ancianos se les había ya sacado afuera. -Aumentó el terror de Hannón: «¡Me habéis vencido! ¡Soy vuestro -cautivo! ¡Pagaré mi rescate!» Y repetía, viéndose llevado a hombros de -los mercenarios: «¿Qué vais a hacer? ¿Qué queréis? ¡Ya veis que no hago -resistencia! ¡Siempre he sido bueno!» - -Ante la puerta se había levantado una cruz gigantesca. Aullaban los -bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y en nombre de -los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía que -confiarle un secreto del que dependía su salvación. - -Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era prudente consultar a -Matho, fueron a avisarle. - -Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía otras cruces, como -si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano; hacía -esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una, -tal vez ninguna. Lo levantaron. - ---¡Habla! --dijo Matho. - -Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos en Cartago, y -serían reyes los dos. - -Matho se apartó, haciendo señal a los demás para que se dieran prisa; -porque ya se imaginaba que todo era una astucia para ganar tiempo. - -Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas crisis en que no -se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a cambio de -una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus -soldados. - -Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos tendidos en tierra, -con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el anciano -Sufeta que iba a morir, lloró. - -Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y entonces mostró al -desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras cubrían -enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los -pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que -resbalaban entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo -horriblemente triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema -real, medio desceñida, se arrastraba por el polvo con sus cabellos -blancos. - -No encontraban cuerdas bastante fuertes para izarlo hasta lo alto de la -cruz; y le clavaron los pies, antes de levantar el madero, a la usanza -púnica. Su orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor: vomitó injurias. -Espumeaba por la boca; se retorcía como monstruo marino que degüellan -en la ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más -cruel, y que sería vengado. - -Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde se escapaban ahora -llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los embajadores de los -mercenarios. - -Algunos de estos, desmayados al principio, se habían reanimado con -la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el pecho y -colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los -brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre -a goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y -Cartago, el golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que -daba vueltas, como una inmensa rueda. Alguna nube de polvo que subía -del suelo les envolvía en su torbellino, y sentían correr sobre ellos -un sudor glacial juntamente con el alma que se les escapaba. - -Veían, sin embargo, a mucha profundidad los movimientos de los soldados -en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente el tumulto de la -batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que mueren en -las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, aún -gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados; -Zarxas, tan vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a -su lado, tenía la cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la -cruz; Autharita, inmóvil, giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta -en una hendidura de la madera, se mantenía recta sobre la frente, y el -ronquido que exhalaba del pecho parecía más bien un rugido de cólera. -En cuanto a Espendio, revestido de un valor extraño, despreciaba ahora -la vida, por la certidumbre que tenía de una manumisión inmediata y -eterna, y esperaba impasible la muerte. - -En medio de su desfallecimiento, temblaban todos ante un roce de plumas -que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y graznidos, en el -aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se posó el -primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le dijo -lentamente, con sonrisa indefinible: - ---¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca? - ---¡Eran nuestros hermanos! --contestó el galo; y expiró. - -Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y llegado a la -ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las -lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada -en la plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a -orillas del lago, treinta cruces desmesuradas. - -En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían construido con -los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los Ancianos -aparecían en alto, destacándose en el azul del cielo. Sobre sus pechos -tenían algo así como mariposas blancas; eran las barbas de las flechas -que les habían tirado desde abajo. - -En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha cinta de oro, flotando -hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar le costó -trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, no pudiendo -aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, juntamente con -los miembros, y solo quedaban en la cruz restos informes, semejantes a -fragmentos de animales colgados a la puerta de un puesto de monteros. - -El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante de él, le ocultaba -todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente a los otros -dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando fugitivos, los -cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo alto. Esta -catástrofe, en medio de la victoria, les impresionó. Ya no hacían caso -de las órdenes de Amílcar. - -Matho se aprovechó de ello para continuar sus estragos entre los -númidas. - -Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre ellos. Salieron los -elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se precipitaron -sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo, -donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había -enviado su caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando -los caballos estuvieron a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron, -abriéndoles el vientre a puñaladas. La mitad de los númidas había -muerto cuando se presentó Amílcar. - -Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente a estas tropas de -refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las Aguas -Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió -a la desembocadura del Macar. - -Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de escombros -humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la -mitad del llano; en el fondo, entre las orillas del golfo, los -cadáveres de los elefantes, empujados por la brisa, chocaban entre sí -como un archipiélago de negras rocas que flotaran en el mar. - -Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado mano de todos -los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras, -y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio -morir a lo lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las -calles, llamándolos por sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah, -el _Invencible_! ¡La _Victoria_! ¡El _Terrible_! ¡La _Golondrina_!» -En el primer día no se habló más que de los ciudadanos muertos; pero -al siguiente, se vieron las tiendas de los mercenarios en la montaña -de las Aguas Calientes, y la desesperación fue tan grande, que mucha -gente, las mujeres sobre todo, se precipitaron de cabeza de lo alto de -la Acrópolis. - - * * * * * - -Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía solo en su tienda, -sin más compañía que la de un joven, y nadie comía con ellos, sin -exceptuar al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin embargo, -miramientos extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey -de los númidas tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a -desconfiar. - -La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras. Con toda suerte de -artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los mercenarios se -vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No bien -entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si -bebían en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde -se guarecían para dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían -sido sus aliadas o sus cómplices, los perseguían ahora; en todas estas -bandas, veían los bárbaros armaduras cartaginesas. - -Muchos tenían costras y herpes en la cara, provenientes, según ellos, -de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por haber comido los -peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse, soñaban con sacrilegios -peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a los dioses púnicos. -Hubieran querido exterminarlos. - -Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo de la costa -oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los -primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e -Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las -dos ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos. -Con tanta miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el -sentimiento de una exasperación que iba en aumento; hasta que un día se -encontraron en las gargantas del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez! - -La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros estaban tan excitados, -que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran batalla, con tal -de que fuera la última. - -Matho tenía deseos de comunicar personalmente al Sufeta esta propuesta, -pero uno de sus libios se ofreció a hacerlo. Todos, al verle partir, -tuvieron el convencimiento de que no volvería; pero volvió la misma -noche. - -Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al amanecer, en el -llano de Radés. - -Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo más, y el libio -contó: - ---Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué quería. Yo -respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás -mañana con tus compañeros!» - -Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos quedaron aterrados, -por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al parlamentario en el -campo cartaginés. - - * * * * * - -Le quedaban todavía tres mil africanos, mil doscientos griegos, mil -quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos etruscos, -quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, bandidos -nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, siete mil -doscientos diez y nueve soldados, pero ninguna sintagma completa. -Habían tapado los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo; -y reemplazó los coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de -cobre o de hierro hacían más pesados sus vestidos; las cotas de malla -colgaban en andrajos, mostrando en las carnes las cuchilladas como -hilos de púrpura entre los pelos de los brazos y de las caras. - -La rabia por los compañeros muertos les volvía al alma multiplicando -su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un dios de -los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además, -les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de -Cartago en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte. - -Mataron las bestias de carga y se las comieron para cobrar fuerzas; -luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a distintas -constelaciones. - -Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos. Frotaron el borde -de los escudos con aceite, para facilitar el resbalo de las flechas; -los infantes que llevaban largas cabelleras se las cortaron en la -frente, por prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar todas -las gamellas, sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago -lleno. Su ejército ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del -ejército bárbaro; pero nunca había experimentado la inquietud que -ahora; si sucumbía era la destrucción de Cartago y moriría crucificado; -si triunfaba, por los Pirineos, las Galias y los Alpes, caería sobre -Italia y el imperio de los Barca sería eterno. Veinte veces se levantó -en esta noche para vigilarlo todo, en los más mínimos detalles. Los -cartagineses estaban exasperados por tanto recelo. - -Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas, aparte de que los -bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad, bebía a -cada instante vasos de agua. - -De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y puso en el suelo -una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos con -azufre y rombos de nácar. Era la corona de desposado que enviaba la -novia; una prueba de amor; una especie de invitación. - -Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El recuerdo de Matho la -obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la muerte de -este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de la -picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de -los númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir -inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para -excitar su valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya -no pensó más que en la dicha de poseer una mujer tan hermosa. - -La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó en seguida, y -concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como -porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu -más elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le -parecía claro. Si algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de -Espendio. - -Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio puso a los -etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban atrás, -y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo -raso, cubiertos de plumas de avestruz. - -El Sufeta dispuso los cartagineses en orden parecido. A distancia de la -infantería, junto a los vélites, colocó los clinabaros; más allá, a los -númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban alineados, dándose -las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una vacilación; -pero al fin, los dos ejércitos se movieron. - -Avanzaban los bárbaros lentamente, para no sofocarse, batiendo la -tierra con los pies. El centro del ejército púnico formaba una curva -convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al encontronazo de dos -flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se entreabrió en -seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas y -azagayas. La curva de los cartagineses iba aplanándose, hízose recta -y luego se dobló; entonces, las dos secciones de vélites se acercaron -paulatinamente, como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros, -encarnizados contra la falange, entraron en este hueco; estaban -perdidos. Matho los detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían -avanzando, hizo salir afuera las tres filas interiores de su línea, las -cuales desbordaron pronto sus flancos, apareciendo todo el ejército en -triple longitud. - -Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos, aparecían los más -débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado sus -carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada. - -Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha se componía -de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda -cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo, -fuera de peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió -su caballería por escuadrones, puso entre ellos a los hoplitas y los -lanzó contra los mercenarios. - -Estas masas en forma de cono presentaban un frente de caballos y -paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era imposible -que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían -armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta -de una percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la -llanta de una rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al -herir, y en el tiempo que empleaban en enderezarlas con los talones, -los cartagineses los acuchillaban cómodamente, a derecha e izquierda. - -Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los que habían muerto -no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta gruesa línea de -bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como una serpiente e -inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a rehacerse tras ella, -descansando un minuto, y luego volvían a la lucha, con los pedazos de -armas que les quedaban. - -A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los cartagineses, -mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo, se -despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos, -y para asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas -púnicas no se oía más que la voz del agitador que anunciaba las -órdenes; los estandartes repetían sus señales y cada cual iba llevado -por la oscilación de la gran masa que le rodeaba. - -Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se precipitaron a su -encuentro. - -Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla de cabello en la -punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte, manejaban un -hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados -de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios -precisos, y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas. -Furiosos los animales galopaban a través de las sintagmas. Algunos de -los camellos que tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los -avestruces heridos. - -La infantería púnica cayó en masa sobre los bárbaros y los cortó. Sus -manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros. Las armas brillantes -de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas de oro; un -hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas de las espadas -chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros estaban tendidas en -el llano; los mercenarios les arrancaban las armaduras, se las ponían -y volvían al combate. Muchas veces, engañados los cartagineses, se -metieron en medio de ellos. Les inmovilizaba cierto embotamiento, -o bien refluían y daban triunfantes clamores que, llevados por el -aire, parecía empujarles como el aliento de una tempestad. Amílcar se -desesperaba; todo iba a sucumbir ante el genio de Matho y el invencible -valor de los mercenarios. - -En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de tamboriles. Era -una turba de viejos, de enfermos, de niños de quince años y de -mujeres, que no pudiendo resistir a su zozobra, salieron de Cartago, y -para ponerse bajo la protección de algo formidable, habían tomado, en -casa de Amílcar, el único elefante que poseía ahora la República: el de -la trompa cortada. - -Entonces les pareció a los cartagineses que la patria, abandonando sus -murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron redoblado su -valor, y los númidas arrastraron a todos. - -Los bárbaros, en medio del llano, se habían replegado junto a un -montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni aun de -sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más fuertes. - -La gente de Cartago lanzaba, por encima de los númidas, asadores, cazos -y martillos; aquellos que pusieron espanto en los cónsules, morían -a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a los -mercenarios. - -Estos se habían refugiado en lo alto de la colina. A cada nueva brecha, -su círculo se estrechaba; dos veces bajó, y una sacudida les empujó -arriba; los cartagineses, en montón, alargaban los brazos; introdujeron -las picas entre las piernas de los compañeros y pinchaban al acaso. -Resbalaban en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por -ella los cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los -tenía hasta el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia; -su trompa cortada, pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando -como una enorme sanguijuela. - -Después, se pararon todos. Los cartagineses, enseñando los dientes, -miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros estaban en pie, -hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la contienda. Los -mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se querían -entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida -que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era -como una pirámide que poco a poco se agrandaba. - -Ya únicamente quedaban cincuenta, que se redujeron a veinte, luego a -tres, y por fin a dos: un samnita armado con un hacha, y Matho, que aún -tenía su espada. - -El samnita manejaba su hacha, a diestro y siniestro, advirtiendo a -Matho los golpes que le amagaban: - ---¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate! - -Matho había perdido sus espaldares, su casco, su coraza; estaba -completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los cabellos -erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez, -que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la -empuñadura; el samnita había muerto y la ola de cartagineses se -estrechaban y se le venía encima. Entonces levantó al cielo las manos -vacías, cerró los ojos y, abriendo los brazos como un hombre que se -lanza al mar desde lo alto de un promontorio, se lanzó a las picas. - -Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se daba a los -enemigos, otras tantas estos retrocedían y separaban sus armas. -Tropezó con una espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado -de pies y manos, y cayó. - -Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún tiempo, paso a -paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que aprovechó -el momento en que Matho se bajaba para envolverle. - -Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro miembros en cruz; todos -los que no estaban heridos fueron escoltándole ruidosamente hasta -Cartago. - -La noticia de la victoria había llegado a la ciudad antes de la tercera -hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la quinta cuando -llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en las -casas, que la ciudad parecía arder en llamas. - -Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y echado de espaldas, -miraba las estrellas. - -Luego se cerró una puerta tras él y quedó en tinieblas. - -Al otro día, a la misma hora, moría el último de los hombres que -quedaban en el desfiladero del Hacha. El día que partieron sus -compañeros, los zuazos habían desmoronado las rocas y se alimentaron -por algún tiempo. Los bárbaros no perdían la esperanza de volver a ver -a Matho y no querían abandonar la montaña, sea por desaliento, por -tibieza o por obstinación de enfermos que se resisten a cambiar de -sitio; pero agotadas las provisiones, los zuazos se retiraron. - -Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo que no valía la pena -de enviar soldados. - -Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se habían multiplicado -desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran batida, y -poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado -hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando -llegó el hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban -de ellos. - -En toda la extensión de la llanura, los leones y los cadáveres estaban -tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y las armaduras. -A casi lodos les faltaba la cara o bien un brazo; algunos parecían -intactos; otros completamente disecados, y los cráneos hechos polvo -llenaban los cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los -esqueletos conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol, -formaban manchas brillantes en medio de la arena. - -Los leones descansaban con el pecho en el suelo y las dos patas -alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la reverberación -de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban fijamente -delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines, dormían -arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban -inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas -fajas rojas rayaban el cielo en el Occidente. - -En uno de estos montones que ondulaban irregularmente el llano, algo -menos vago que un espectro se levantó. Uno de los leones se despejó -y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra en el -fondo del cielo color de púrpura, y cuando estuvo junto al hombre, lo -derribó de un solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el -vientre, le fue desgarrando las entrañas. - -Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos minutos lanzó un -largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a perderse en -la soledad. - -De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de rocas. Oyóse un rumor -de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de la garganta, -asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran los -chacales que acudían a devorar los restos. - -El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del precipicio, se -volvió. - - - - -XV - -MATHO - - -Gozosa estaba Cartago, con gozo profundo, universal, desmesurado, -frenético. Habían reparado las ruinas y pintado las estatuas de los -dioses; los ramos de mirto cubrían las calles, humeaba el incienso -en las encrucijadas y la multitud en las azoteas parecía, con sus -abigarrados vestidos, como cestas de flores que se abren al sol. - -El continuo chillido de las voces era dominado por el grito de los -aguadores que regaban el pavimento; los esclavos de Amílcar ofrecían -en nombre de este cebada tostada y pedazos de carne cruda; salían unos -al encuentro de otros, se abrazaban llorando; las ciudades tirias -estaban conquistadas, los nómadas dispersos, exterminados los bárbaros. -Desaparecía la Acrópolis bajo los toldos de colores; los espolones -de las trirremes, alineados fuera del muelle, resplandecían como un -dique de diamantes; dondequiera se advertía el orden restablecido, el -principio de una nueva vida, la explosión de una inmensa alegría; era -el día del matrimonio de Salambó con el rey de los númidas. - -En la terraza del templo de Kamón estaban dispuestas tres grandes -mesas cargadas de orfebrerías para el servicio de los sacerdotes, de -los Ancianos y de los Ricos; y en otra cuarta, y a mayor altura, la -destinada a Amílcar, a Narr-Habas y su esposa; porque habiendo salvado -Salambó a su patria con la restitución del velo, el pueblo convertía -esta boda en regocijo universal y estaba esperando la aparición de la -desposada. - -Otro deseo más áspero impacientaba a la muchedumbre; la muerte de -Matho, prometida para la ceremonia. - -Habíanse propuesto al principio desollarlo vivo, meterle plomo -derretido en las entrañas, hacerle morir de hambre; o bien atarle a un -árbol y que un mono le golpeara por detrás en la cabeza; había ofendido -a Tanit, y los cinocéfalos de la diosa habían de vengarla. Otros eran -de parecer que se le paseara en un dromedario, después de haberle atado -al cuerpo distintas bandas de lino impregnadas de aceite; les recreaba -la idea del cuadrúpedo corriendo las calles con un hombre que se -retorcía quemándose, como candelabro agitado por el viento. - -¿Pero qué idear para que todos contribuyeran al suplicio? Lo que se -deseaba era un género de muerte que lo presenciara toda la ciudad; que -todas las manos, todas las armas, todo lo que era cartaginés, desde las -losas de las calles a las olas del golfo, pudieran desgarrar y aplastar -al reo de lesa divinidad. En su consecuencia, los Ancianos decretaron -que iría de la prisión a la plaza de Kamón sin escolta, con los brazos -atados por la espalda; que no pudiera herírsele en el corazón, a fin -de que viviera más tiempo y que se le arrancaran los ojos para que la -tortura fuera más intensa. No podía tirársele nada, ni tocársele más -que con tres dedos. - -Por más que Matho no debía presentarse hasta la caída de la tarde, se -creyó verle alguna que otra vez, y la multitud se precipitaba hacia -la Acrópolis, dejando desiertas las calles, para volver desengañada -y formulando protestas. Casi todos estaban en pie, desde la víspera, -en la plaza donde había de verificarse la ejecución, y de lejos se -interpelaban enseñándose las uñas, que habían dejado crecer para -hundirlas mejor en la carne del reo. Otros se paseaban agitados y -pálidos, cual si se tratara de su propio suplicio. - -De pronto, por detrás de los Mapales, se levantaron por encima de las -cabezas unos grandes abanicos de plumas. Era Salambó que salía de su -palacio. De todos los pechos brotó un suspiro de satisfacción. - -El cortejo tardó en llegar, porque iba con suma lentitud. - -Primero desfilaron los sacerdotes de los Pateques; luego los de -Eschmún, los de Melkart y los demás colegios, con las mismas insignias -y en el mismo orden que cuando el sacrificio. Los pontífices de -Moloch pasaban con la frente baja, y la multitud, por una especie de -remordimiento, se apartaban de ellos. En cambio los sacerdotes de la -Rabbetna avanzaban erguidos y con la lira en las manos, seguidos de las -sacerdotisas con túnicas transparentes de color amarillo o negro, que -lanzaban gritos de pájaro y se retorcían como víboras; o bien, al son -de las flautas, giraban imitando la danza de las estrellas, esparciendo -a su paso las voluptuosas esencias de sus vestiduras. De estas -mujeres, las más aplaudidas eran las kedeschim, de párpados pintados, -que simbolizaban el hermafrodismo de la divinidad, perfumadas y -vestidas como las otras, y muy parecidas a ellas a pesar de sus pechos -aplanados y de sus caderas más estrechas. En este día dominaba en todo -el principio hembra, y lúbrico misticismo flotaba en el aire. Las -antorchas ardían ya en los bosques sagrados, porque por la noche debía -haber una pública prostitución, con el contingente de las cortesanas -traídas de Sicilia en tres naves, y también del desierto. - -Conforme iban pasando los Colegios sacerdotales, se iban colocando en -fila en los patios del templo, en las galerías exteriores y a lo largo -de las grandes escalinatas adosadas a los muros y que se juntaban en lo -alto. Entre las columnatas se destacaban las túnicas blancas, como una -arquitectura de estatuas humanas, inmóviles como las de piedra. - -Aparecieron después los intendentes, los gobernadores de provincias y -todos los Ricos. En el pueblo se produjo un tumulto, arremolinándose en -las calles afluentes; los hieródulos contenían la turba a latigazos. En -medio de los Ancianos, coronados de tiaras, y en una litera con dosel -de púrpura iba Salambó. - -Al verla, se alzó un gran clamor; los címbalos y crótalos sonaron más -fuerte, redoblaron los tamboriles y el gran palio de púrpura atravesó -el pórtico para subir al primer piso. - -Andaba Salambó muy despacio, y atravesó la terraza para ir a sentarse -en el fondo, en un trono hecho de concha de tortuga. Pusieron a -sus pies un escabel de marfil, con tres gradas: en la primera se -arrodillaron dos niños negros, en cuyas cabezas posaba Salambó algunas -veces sus dos brazos, cargados de ajorcas y brazaletes. - -De los tobillos a las caderas iba envuelta en una red de estrechas -mallas que imitaban las escamas de un pez y que brillaban como nácar; -un ceñidor azul apretaba su talle, dejando ver los dos senos por un -escote en forma de media luna, con carbunclos colgantes en sus puntas. -Peinaba un tocado hecho de plumas de avestruz consteladas con piedras -preciosas; un amplio manto, blanco como la nieve, caía flotante sobre -sus hombros, y con los codos pegados al cuerpo, juntas las rodillas y -con pulseras de diamantes en las muñecas, se mantenía firme, en actitud -hierática. - -Los dos sitios más bajos a su lado eran los de su padre y su esposo. -Narr-Habas, vestido con un sayo azul, ceñía la corona de sal gema, de -la que se desbordaban dos trenzas de cabello, torcidas como los cuernos -de Ammón; Amílcar, con túnica violeta, con broches de pámpanos de oro, -llevaba al costado su espada de guerra. - -En el espacio cerrado por las mesas, la pitón del templo de Eschmún, -entre manchones de aceite, describía en el suelo un gran círculo negro, -mordiéndose la cola. En medio de este círculo se alzaba una columna de -cobre con un huevo de cristal encima, que herido por el sol irradiaba -resplandores por todos lados. - -Detrás de Salambó estaban desplegados los sacerdotes de Tanit, con -túnicas de lino; a la derecha, los Ancianos, con sus tiaras, formaban -una gran línea de oro; y al otro lado, los Ricos, con cetros de -esmeralda, otra línea verde; en tanto que allá en el fondo se alineaban -los sacerdotes de Moloch fingiendo con sus mantos una muralla de -púrpura. Los demás Colegios ocupaban las terrazas inferiores. La -multitud llenaba las calles, las azoteas de las casas, o bien subía -por la Acrópolis. De este modo, teniendo el pueblo a sus pies, el -firmamento sobre las cabezas y alrededor suyo la inmensidad del mar, -el golfo, las montañas y las perspectivas de las provincias, la -resplandeciente Salambó se confundía con Tanit, y parecía el genio -mismo de Cartago, su alma, en forma corpórea. - -El festín debía durar toda la noche; lampadarios de muchos brazos -estaban plantados como árboles sobre los tapices de lana pintada que -cubrían las mesas bajas. Grandes jarras de electro, ánforas de vidrio -azul, cucharas de concha y pequeños panes redondos, se apretujaban -entre la doble hilera de platos orlados de perlas; racimos de uvas -con sus pámpanos estaban enroscados como tirsos a copas de marfil; -bloques de nieve fundíanse en platos de ébano, y limones, granadas, -calabazas y sandías formaban montículos bajo las altas vajillas. Los -jabalíes, con la boca abierta, se hundían en el polvo de las especias; -las liebres conservaban sus pieles y parecían saltar entre las flores; -las carnes aderezadas llenaban las conchas; los dulces revestían formas -simbólicas, y cuando se levantaba la tapa de las fuentes volaban -palomas. - -Los esclavos, con la túnica arremangada, andaban de puntillas; a -intervalos las liras tocaban un himno o bien se oía un coro de voces. -El rumor del pueblo, como el ruido del mar, flotaba vagamente en torno -del festín, como si lo meciera en más grande armonía; algunos se -acordaban del banquete de los mercenarios; se entregaban a sueños de -felicidad; el sol empezaba a declinar, y la luna, en cuarto creciente, -se levantaba ya en la otra parte del cielo. - -Salambó, como si alguno la llamara, volvió la cabeza, y el pueblo, que -la estaba mirando, siguió la dirección de sus ojos. - -En la cima de la Acrópolis acababa de abrirse la puerta del calabozo -abierto en la roca, al pie del templo, y en el umbral de este negro -agujero se vio un hombre en pie. Salió encorvado, con el aspecto -asustadizo de los animales salvajes cuando de repente se les da -libertad. Le cegaba la luz, y permaneció parado un momento. Todos le -habían conocido y contenían la respiración. - -El cuerpo de esta víctima era para ellos una cosa propia, revestida de -un esplendor casi religioso. Se empinaban para verle, especialmente -las mujeres, que deliraban por contemplar al que había hecho morir a -sus hijos y maridos; a pesar suyo, del fondo de sus almas surgía una -infame curiosidad: el deseo de conocerle del todo; afán mezclado de -remordimientos, que aumentaba la execración. - -Al fin, el hombre avanzó, y el aturdimiento de la sorpresa se -desvaneció. Se levantaron muchos brazos y no se le volvió a ver. - -La escalinata de la Acrópolis tenía sesenta peldaños. El hombre las -bajó como si rodara por una quebrada de lo alto de una montaña; por -tres veces se le vio saltando hacia abajo, cayendo sobre los dos -talones. - -Sangraban sus espaldas, alentaba su pecho con grandes sacudidas; hacía -tales esfuerzos por romper las cuerdas que se le hinchaban los brazos, -cruzados sobre los riñones, como espirales de serpiente. - -Del sitio en que estaba, partían muchas calles, y en cada una de -estas, una triple hilera de cadenas de bronce, atadas al ombligo de los -dioses Pateques, se extendía paralelamente de un extremo a otro. La -turba se amontonaba en las aceras, y en medio estaban los criados de -los Ancianos empuñando látigos. - -Uno de ellos empujó con violencia a Matho, y este se puso en marcha. - -Todos alargaban los brazos por encima de las cadenas, quejándose de -que se hubiera dejado al reo un camino demasiado ancho; Matho andaba -pinchado, maltratado por mil dedos. Salía de una calle y entraba en -otra; muchas veces se lanzó a un lado para morder a la gente, que se -daba prisa a apartarse. Las cadenas le contenían y la plebe estallaba -en carcajadas. - -Un niño le desgarró una oreja; una joven, sacando de la manga la punta -de un huso, le cortó la cara: le arrancaban puñados de cabello y tiras -de piel; otros, con bastones en los que llevaban esponjas empapadas de -inmundicias, le ensuciaban el rostro. Del lado derecho de su garganta -brotó un reguero de sangre, y en seguida empezó el delirio. El último -sobreviviente de los bárbaros se les aparecía como el representante -de todos los mercenarios, como la encarnación de su ejército; y todos -se vengaban en él de los desastres, de los terrores y de los oprobios -sufridos. La rabia del pueblo aumentaba a medida que se iba saciando; -las cadenas, demasiado tensas, iban a romperse; no hacían caso de los -golpes de los esclavos que los contenían; se colgaban en los salientes -de las casas; se asomaban en los agujeros de los muros, y ya que no le -podían herir, vociferaban contra él. - -Eran injurias atroces, inmundas, con frases irónicas e imprecaciones; -no les bastaba el tormento que le infligían: le anunciaban otros más -terribles en la eternidad. - -Este inmenso alarido llenaba Cartago con estúpida continuidad. Una -sola sílaba, una entonación bronca, profunda, frenética, era repetida -a veces seguidamente por todo el pueblo. Las paredes de las casas -vibraban desde el portal hasta el tejado, pareciéndole a Matho que se -le venían encima para levantarle del suelo, como dos brazos inmensos -que le ahogaban en el aire. - -Recordaba ahora haber experimentado en otra ocasión algo parecido. Era -la misma multitud en las azoteas, las mismas miradas, la misma ira; -pero entonces andaba libre, todos le abrían paso, le cubría un dios; y -tal recuerdo le infundía una tristeza aplastante. Pasaban sombras ante -sus ojos, la sangre manaba por una herida de su muslo, se sentía morir; -plegó las rodillas y se dejó caer despacio sobre el pavimento. - -Del peristilo del templo de Melkart trajeron entonces la barra de un -trípode enrojecida al vivo, y por encima de la primera cadena se la -aplicaron a la herida. La carne chirrió, se la vio humear, y las voces -del pueblo ahogaron el quejido de Matho. Este se levantó. - -Seis pasos más allá volvió a caer, y luego otra y otra vez; pero -siempre un nuevo suplicio le hacía levantarse; se le rociaba con gotas -de aceite hirviente, se le ponían cascos de vidrio, y él seguía -andando. En la esquina de la calle de Sateb se apoyó en el escaparate -de una tienda, dando la espalda a la muralla, y de allí no se movió. - -Los esclavos del Consejo le flagelaron con sus grandes látigos de cuero -de hipopótamo, con tal furia y por tan largo tiempo, que sus túnicas -estaban empapadas de sudor. Matho parecía insensible; pero de pronto -echó a correr al acaso, castañeteándole los dientes. Enfiló la calle -de Boudés, la de Sepo, atravesó el Mercado de las Hierbas y llegó a la -plaza de Kamón. - -Su persona pertenecía ahora a los sacerdotes; los esclavos habían -apartado las turbas: había más espacio. Matho echó una mirada a su -alrededor y vio a Salambó. - -A su entrada en la plaza, Salambó se había puesto en pie, y a medida -que Matho iba acercándose, ella se adelantaba al borde de la terraza, y -como si todo se borrara ante sus ojos, únicamente veía a Matho. En su -alma se había hecho el silencio; era como uno de esos abismos en que el -mundo entero desaparece bajo la presión de un pensamiento único, de un -recuerdo, de una mirada. Este hombre que corría hacia ella la atraía. - -A excepción de los ojos, Matho no conservaba ninguna apariencia humana: -era una masa completamente ensangrentada. Rotas las ataduras, colgaban -sobre sus muslos, pero en nada se diferenciaban de los tendones de sus -puños; tenía la boca desmesuradamente abierta; las órbitas lanzaban -llamaradas que parecían subir hasta los cabellos; ¡y el desdichado -seguía avanzando! - -Llegó precisamente al pie de la terraza. Salambó estaba asomada a la -balaustrada. Las espantosas pupilas de Matho la miraban; sintió que le -remordía en la conciencia todo cuanto este hombre había sufrido por -ella. Recordó al verle agonizar cuando en su tienda de campaña la ceñía -el talle con sus brazos diciéndola palabras de amor; sentía ansias de -volverlas a oír; no quería que este hombre muriera. En este momento, -Matho sufrió un gran estremecimiento: Salambó iba a gritar. Matho cayó -de espaldas y ya no se movió. - -Salambó, casi desvanecida, fue llevada a su trono por los sacerdotes -que la rodeaban; la felicitaron, porque aquella muerte era obra de -ella. Aplaudían todos y golpeaban el suelo repitiendo a voces su nombre. - -Un hombre se lanzó sobre el cadáver. Vestía el manto de los sacerdotes -de Moloch y llevaba al cinto el cuchillo que servía para cortar las -carnes sagradas, con el mango terminado en una espátula de oro. De un -solo golpe hendió el pecho de Matho, le arrancó el corazón y lo clavó -en la espátula. Schahabarim, que tal era, levantó el brazo y ofreció -este holocausto al sol. - -El astro-rey se hundía en el mar; sus rayos herían como largas flechas -al corazón ensangrentado. A medida que el sol iba desapareciendo, las -palpitaciones de la entraña disminuían, y con el último latido el globo -de fuego se extinguió. - -En este momento, desde el golfo hasta la laguna y desde el istmo al -faro, en todas las calles, casas y templos, resonó un grito unánime; -grito que a veces se interrumpía para redoblar en seguida; los -edificios temblaban; Cartago estaba como convulsionada en el espasmo de -una alegría titánica y de una esperanza sin límites. - -Narr-Habas, ebrio de orgullo, ciñó con su brazo izquierdo el talle de -Salambó, en señal de posesión, y con el derecho, tomando una patera de -oro, bebió por el genio de Cartago. - -Salambó se levantó, como su esposo, con otra copa para beber también. -Pero cayó, con la cabeza hacia atrás, por encima del dosel del trono, -descolorida, rígida, abiertos los labios y los cabellos desatados -colgando hasta el suelo. - -Así murió la hija de Amílcar, por haber tocado el velo de Tanit. - - -FIN DE SALAMBÓ - - - - -ÍNDICE - - - Páginas. - - I.--El festín 5 - - II.--En Sicca 43 - - III.--Salambó 87 - - IV.--Bajo las murallas de Cartago 103 - - V.--Tanit 139 - - VI.--Hannón 169 - - VII.--Amílcar Barca 209 - - VIII.--La batalla del Macar 283 - - IX.--En campaña 321 - - X.--La serpiente 351 - - XI.--En la tienda de campaña 377 - - XII.--El acueducto 413 - - XIII.--Moloch 451 - - XIV.--El desfiladero del Hacha 521 - - XV.--Matho 593 - - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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