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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Salambó - -Author: Gustavo Flaubert - -Translator: Ciro Bayo - -Release Date: September 13, 2021 [eBook #66285] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net. (This file was produced from - images generously made available by Biblioteca Digital - Hispánica/Biblioteca Nacional de España.) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta y de traducción han sido corregidos, a la - vista del original francés. - - * La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Se han puesto tildes a las mayúsculas, se han espaciado las rayas, - salvo las iniciales de diálogo, y se ha completado el emparejamiento - de las comillas y de los signos de exclamación e interrogación. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - -[Ilustración: SALAMBÓ] - - - - -[Ilustración: - - LIBRERÍA y EDITORIAL - _RIVADENEYRA_ - - EDICIONES SELECTAS - - COLECCIÓN DE OBRAS MAESTRAS - DE LA LITERATURA UNIVERSAL - Dirigida por - _José Toral_ - - _TOMOS PUBLICADOS_ - - FRAY LUIS DE LEÓN: _Poesías completas_. - - CERVANTES: _Poesías completas_. - - G. FLAUBERT: _Salambó_. - - _SEIS PESETAS EL VOLUMEN_ -] - -[Ilustración: GUSTAVO FLAUBERT.] - - - - -[Ilustración: - - EDICIONES - SELECTAS - - _Novelistas_ - - _GUSTAVO FLAUBERT_ - · 1821-1880 · - - SALAMBÓ - - _Traducción de_ - _CIRO BAYO_ -] - - - - -[Ilustración: - - _LIBRERÍA - y - EDITORIAL - RIVADENEYRA_ - - _MADRID - Conde Peñalver, - núm. 8._ - - _La presente traducción - es propiedad de la Librería y Editorial - Rivadeneyra._ - - Sucesores de Rivadeneyra, SA - Paseo de S. Vicente, 20 - MADRID -] - - - - -I - -EL FESTÍN - - -La escena es en Megara, arrabal de Cartago, y en los jardines de -Amílcar. - -Los soldados que este había capitaneado en Sicilia celebraban con un -gran banquete el aniversario de la batalla de Eryx. Ausente el jefe, -los numerosos soldados comían y bebían a sus anchas. - -Los capitanes, calzados con coturnos de bronce, se habían situado en -el camino del centro, bajo un velo de púrpura con franjas de oro que -se extendía desde la pared de las cuadras hasta la primera azotea del -palacio. La soldadesca se desparramaba bajo los árboles, desde los que -se veían una porción de edificios de techo plano, lagares, graneros, -almacenes, panaderías y arsenales; un patio para los elefantes, fosos -para las bestias feroces y una prisión para los esclavos. - -Las cocinas hallábanse rodeadas de higueras; un bosque de sicomoros -se extendía hasta unos manchones verdes, en los que las granadas -resplandecían entre los copos blancos de los algodoneros. Viñas -cargadas de racimos trepaban hasta el ramaje de los pinos; un campo de -rosas florecía bajo los plátanos; en el césped, de trecho en trecho, se -balanceaban las azucenas; una arena negra, mezclada con polvo de coral, -cubría los senderos, y en medio, la avenida de los cipreses formaba de -un extremo a otro como una doble columnata de obeliscos verdes. - -El palacio, hecho de mármol númida, con vetas amarillas, elevaba en el -fondo, sobre anchos basamentos, sus cuatro pisos con azoteas. Con su -gran escalinata recta, de madera de ébano, adornada en los ángulos de -cada peldaño con la proa de una galera vencida; con sus rojas puertas -cuarteladas por una cruz negra; sus verjas de bronce, que a ras de -tierra le defendían de los escorpiones, y su enrejado de varillas -doradas, que cerraban las aberturas en lo alto, se ofrecía a los -soldados, con su feroz opulencia, tan solemne e impenetrable como el -rostro de Amílcar. - -El Consejo había señalado la casa de Amílcar para este festín; los -convalecientes que moraban en el templo de Eschmún se habían puesto -en marcha al despuntar la aurora, ayudándose con sus muletas. A cada -instante llegaban otros comensales, afluyendo de todos los caminos, -como torrentes que se precipitan en un lago. Veíase correr entre los -árboles a los esclavos de las cocinas, azorados y medio desnudos; las -gacelas, balando, huían de los prados; el sol declinaba, y el perfume -de los limoneros hacía más pesadas aún las emanaciones de aquella -multitud sudorosa. - -Hallábanse representadas allí todas las naciones: ligures, lusitanos, -baleares, negros y prófugos de Roma. Junto al pesado dialecto dórico, -resonaban las sílabas celtas, sonantes como los látigos de los carros -de guerra, y las terminaciones jónicas chocaban con las consonantes -del desierto, parecidas a gritos de chacales. Se reconocía al griego -por su talla menuda, al egipcio por sus altos hombros, al cántabro por -sus gruesas pantorrillas. Los carios balanceaban orgullosos las plumas -de su casco; los arqueros de Capadocia se habían pintado en el cuerpo, -con el zumo de hierbas, anchas flores, y algunos lidios, vestidos con -traje femenino, comían con zapatillas y luciendo en las orejas grandes -pendientes. Otros, que para más gala se habían pintado de bermellón, -parecían estatuas de coral. - -Extendíanse a lo largo de los corredores; comían agrupados junto a las -mesas o bien echados sobre el vientre, cogían los pedazos de carne, y -se hartaban, apoyados en los codos, con la magnífica postura de los -leones cuando desgarran su presa. Los últimos en llegar, de pie junto -a los árboles, veían las mesas bajas que casi desaparecían bajo los -tapices de escarlata, y aguardaban su turno. - -No bastando las cocinas de Amílcar, el Consejo había enviado esclavos, -vajilla y lechos; en medio del jardín lucían, como en un campo de -batalla cuando se queman los muertos, grandes hogueras en que se asaban -bueyes. Los panes, polvoreados de anís, alternaban con grandes quesos, -más pesados que discos; las cráteras de vino y los cántaros de agua -hallábanse colocados en canastillas filigranadas de oro y llenas de -flores. La alegría de comer y de beber sin tasa dilataba todos los -ojos, y aquí y acullá empezaban las canciones. - -Se les sirvió primero aves con salsa verde, en platos de roja arcilla, -decorados con dibujos negros; luego, todas las especies de moluscos -que crían las costas púnicas; sopas de harina, de habas y de cebada y -caracoles con comino, en platos de ámbar amarillo. - -En seguida se cubrieron las mesas con carnes: antílopes con sus -cuernos, pavos reales con sus plumas, carneros enteros cocidos con -vino dulce, piernas de camello y de búfalo, erizos en salsa de -azafrán, cigarras fritas y lirones confitados. En gamellas de madera -de Tamrapani flotaban, entre azafrán, grandes pedazos de grasa. -Todo cargado de salmuera, trufas y asafétida. Pirámides de frutas se -desmoronaban sobre pasteles de miel, sin que los cocineros hubieran -olvidado servir algunos de los perritos ventrudos y de lana rosada, -que se engordaban con caldo de aceitunas, manjares cartagineses de que -abominaban otros pueblos. La sorpresa de los nuevos manjares excitaba -la avidez de los estómagos. Los galos de largos cabellos recogidos -encima de la cabeza, se disputaban las sandías y los limones, que -comían con la corteza. Negros que nunca habían visto langosta de mar, -se laceraban el rostro con sus rojas antenas. Griegos afeitados, más -blancos que el mármol, tiraban detrás de sí las sobras de su plato, -en tanto que pastores de Brucio, vestidos con piel de lobo devoraban -silenciosamente su ración, sin apartar de ella los ojos. - -Iba anocheciendo. Fue quitado el velario que sombreaba la avenida de -los cipreses y encendidas las antorchas. - -Los vacilantes resplandores del petróleo, que ardía en vasos de -pórfido, asustaron a los monos encaramados en los cedros y consagrados -a la luna. Sus gritos alegraban a los soldados. - -Llamas oblongas temblaban al reflejarse en las corazas de bronce y -arrancaban un haz de chispas en los platos, incrustados de piedras -preciosas. - -Las cráteras, de bordes de espejos convexos, multiplicaban la imagen -agrandada de las cosas: los soldados se apretujaban en torno, mirándose -embobados y haciéndose muecas para reírse. Por encima de las mesas se -arrojaban los escabeles de marfil y las espátulas de oro. Trasegaban -los vinos griegos contenidos en odres, los de Campania encerrados en -ánforas, los de los cántabros, que se transportan en toneles, y los -vinos de azufaifo, de cinamomo y de loto. A causa del líquido vertido -el piso estaba resbaladizo. El humo de las viandas subía hasta el -follaje, mezclado al vapor de los alientos. Oíase a un mismo tiempo el -crujido de las mandíbulas, el ruido de las palabras, de las canciones, -de las copas, el estrépito de los vasos campanios rotos en mil pedazos -o bien el limpio sonido de las fuentes de plata. - -A medida que aumentaba su embriaguez, los soldados se acordaban mejor -de la injusticia de Cartago. La República, agotada por la guerra, había -dejado que se acumularan en la ciudad todas las bandas de mercenarios. -Giscón, su general, había tenido la prudencia de irlos licenciando poco -a poco para facilitar el pago de los sueldos; el Consejo confiaba en -que acabarían por transigir con alguna rebaja; pero se veía ya en la -imposibilidad de pagarles. - -Esta deuda se enlazaba en la opinión pública con los tres mil -doscientos talentos exigidos por Lutacio, y como Roma, los mercenarios -eran un enemigo para Cartago. Así lo entendían ellos, y por esto -estallaba su indignación en amenazas y revueltas. Acabaron por -solicitar permiso para reunirse a fin de celebrar una de sus victorias, -y el partido de la paz cedió, vengándose así de Amílcar, el propulsor -de la guerra. Esta había terminado, contra todos sus esfuerzos, si -bien temiendo por Cartago había entregado a Giscón el mando de los -mercenarios. Designar su palacio para recibirlos era atraer sobre -él algo del odio que los bárbaros despertaban. Además, el gasto era -exorbitante, y Amílcar lo sufragaría casi todo. - -Orgullosos de haberse impuesto a la República, creían los mercenarios -que al fin iban a volver a sus hogares con el precio de su sangre -en la capucha de su manto; pero sus fatigas, vistas a través de su -embriaguez, les parecían prodigiosas y míseramente recompensadas. Se -enseñaban unos a otros sus heridas; se contaban sus combates, sus -viajes y las cazas de su país. Imitaban los gritos y hasta los saltos -de las fieras. Recordaron después a los inmundos reclutadores, y -hundían la cabeza en las ánforas, dándose a beber sin tregua, como -dromedarios sedientos. Un lusitano, de talla gigante, que llevaba un -hombre colgado de cada brazo, recorría las mesas, echando fuego por -las narices. Los lacedemonios, que no se habían quitado las corazas, -saltaban pesadamente. Algunos avanzaban como mujeres, haciendo gestos -obscenos; otros se desnudaban por completo para pelear al modo de los -gladiadores, y un grupo de griegos bailaba alrededor de un vaso en el -que estaban pintadas unas ninfas, al son de un escudo de cobre que -golpeaba un negro con un hueso de buey. - -Súbitamente, oyeron un canto quejumbroso, un canto sonoro y apacible, -que subía y bajaba en los aires, como aleteo de un pájaro herido. - -Era la voz de los esclavos en las ergástulas. Los soldados se -levantaron de un salto, para libertarlos, y desaparecieron, para volver -trayendo en medio de gritos una veintena de hombres de cara pálida. -Cubría su cabeza afeitada un bonetillo cónico, de fieltro negro; -calzaban todos sandalias de madera y hacían un ruido de hierro viejo, -como las carretas en marcha. - -Llegaron a la avenida de los cipreses, donde se perdieron entre la -multitud que les interrogaba. Uno de ellos se había quedado de pie, -apartado de los demás. A través de los desgarrones de su túnica, se -veían sus espaldas surcadas por largas heridas. En actitud pensativa -miraba en torno suyo con desconfianza, y bajaba algo los párpados, -deslumbrado por las antorchas; pero advirtiendo que ninguno de los -soldados le molestaba, dio un profundo suspiro; balbuceó, se sorbió las -lágrimas que bañaban su rostro; luego, tomando por las asas un cántaro -lleno, lo levantó en el aire con sus brazos cargados de cadenas, y -mirando al cielo, sosteniendo siempre la vasija, exclamó: - ---¡Salud, ante todo, a ti, Baal-Eschmún, libertador, llamado Esculapio -por la gente de mi nación! ¡Y a vosotros, genios de las fuentes, de la -luz y de los bosques! ¡Y a vosotros, dioses ocultos bajo las montañas -y en las cavernas de la tierra! ¡Y a vosotros, hombres fuertes, de -relucientes armaduras, que me habéis libertado! - -Y dejando caer la vasija contó su historia. Le llamaban Espendio. Los -cartagineses le habían hecho prisionero en la batalla de los Egineses. -Como hablaba griego, ligur y púnico, pudo una vez más dar las gracias -a todos los mercenarios; les besaba las manos, y acabó felicitándoles -por el banquete, aunque muy asombrado de no ver en él las copas de -la Legión sagrada. Estas copas, que llevaban una vid de esmeralda -en cada una de sus seis facetas de oro, pertenecían exclusivamente -a una milicia formada de jóvenes patricios, escogidos entre los de -más estatura. Constituían las copas un privilegio, casi un honor -sacerdotal, y por eso mismo, los mercenarios las codiciaban entre todos -los tesoros de la República. Detestaban a la Legión por las copas, y se -había dado el caso de arriesgar la vida por el inconcebible placer de -beber en ellas. - -Así, pues, mandaron traer esas copas, que estaban depositadas en -poder de los Sisitas, compañías de comerciantes que comían reunidos. -Volvieron los esclavos sin ellas, porque a tal hora dormían todos los -Sisitas. - ---¡Que los despierten! --gritaron los mercenarios. - -Después del segundo recado, supieron que los Sisitas se hallaban -encerrados en su templo. - ---¡Que lo abran! --replicaron. - -Y cuando los esclavos, temblando, confesaron que las copas estaban en -poder del general Giscón, gritaron: - ---¡Que las entregue! - -Pronto apareció Giscón en el fondo del jardín, con una escolta de la -Legión sagrada. Su amplio manto negro, sujeto a la cabeza por una mitra -de oro constelada de piedras preciosas, y que colgaba cubriendo el -caballo hasta los cascos, se confundía de lejos con las sombras de la -noche. No se veía más que su barba blanca, el brillo de su tocado y su -triple collar de anchas placas azules que le golpeaban el pecho. - -Al verle los soldados, saludáronle con una gran aclamación, gritando -todos: - ---¡Las copas! ¡Las copas! - -Giscón empezó por declarar que las merecían, atendiendo a su valor. Con -esto la turba aulló de alegría y aplaudió. - -Nadie mejor que él podía decirlo, porque los había capitaneado y había -venido con la última cohorte en la última galera. - ---¡Es verdad! ¡Es verdad! --respondían todos. - ---Sin embargo --siguió diciendo Giscón--, la República ha respetado -vuestras divisiones por pueblos, vuestras costumbres, vuestros cultos; -sois libres en Cartago. En cuanto a los vasos de la Legión sagrada, son -de propiedad particular. - -De pronto, al lado de Espendio, un galo se lanzó, por encima de las -mesas y fue derecho a Giscón, al que amenazó esgrimiendo dos espadas. - -El general, sin dejar de hablar, le dio en la cabeza con su bastón -de marfil, y el bárbaro cayó. Los galos aullaban y transmitían su -furor a los demás legionarios. Giscón se encogió de hombros; mas -palideció. Pensó que su valor personal sería inútil contra aquellos -salvajes exasperados. Valdría más dejar su venganza para más tarde, -valiéndose de algún ardid; hizo, pues, una señal a sus soldados y -fuese lentamente. Al llegar a la puerta se volvió a los mercenarios, -gritándoles que se arrepentirían. - -Siguió el festín. Pero Giscón podía volver, y cercando el arrabal, -que lindaba con las últimas fortificaciones, aplastarlos contra las -paredes. Entonces se sintieron solos, a pesar de ser muchedumbre; la -gran ciudad que dormía a sus pies, en la sombra, les dio miedo, de -pronto, con sus graderías, sus altas casas negras y sus dioses, más -feroces aún que su pueblo. A lo lejos brillaban algunos fanales en el -puerto y las luces del templo de Kamón. Se acordaron de Amílcar. ¿Dónde -estaba? ¿Por qué les abandonaba, hecha la paz? Sus disensiones con el -Consejo serían sin duda un pretexto para perderlos. Su odio cayó entero -sobre él y le maldecían, exasperándose unos a otros con su cólera. En -este momento se formó un grupo bajo los plátanos. Era para ver a un -negro que se retorcía golpeando el suelo con sus miembros, inmóviles -las pupilas, torcido el cuello y espumeantes los labios. Alguien gritó -que estaba envenenado, y todos creyeron estarlo también. Cayeron -sobre los esclavos. Se levantó un clamoreo espantoso, y un vértigo -de destrucción se apoderó del ejército ebrio. Daban golpes al acaso, -destrozaban, mataban; algunos tiraban las antorchas en la enramada; -otros, inclinándose en la balaustrada de los leones los mataban; a -flechazos; los más atrevidos corrieron a los elefantes, queriendo -abatirles la trompa y comer el marfil. - -Sin embargo, los honderos baleares, que para saquear más cómodamente, -habían doblado el ángulo del palacio, se vieron detenidos por una alta -barrera hecha con cañas de las Indias. Cortaron con sus puñales las -correas del cerrojo y se encontraron debajo de la fachada que miraba a -Cartago, en otro jardín lleno de plantíos artísticamente recortados. -Continuadas líneas de blancas flores describían en la tierra azulada -largas parábolas, como regueros de estrellas. Los obscuros matorrales -exhalaban olores cálidos y suaves. Había troncos de árboles bañados -de cinabrio, que parecían columnas sangrantes. En el centro, doce -pedestales de cobre sostenían grandes bolas de vidrio; rojizas luces -fulguraban en aquellos globos huecos, como enormes pupilas palpitantes. -Los soldados se alumbraron con antorchas, tambaleándose en los declives -del terreno, profundamente labrado. - -Divisaron de pronto un pequeño lago, dividido en muchos estanques por -paredes de piedras azules. El agua era tan limpia, tan clara, que las -llamas de las antorchas penetraban hasta el fondo, formado por guijas -blancas y polvos de oro. Empezó a hervir el agua, y grandes peces de -brillantes escamas subieron a la superficie. - -Riéndose mucho, los soldados los cogieron por las agallas y los -llevaron a las mesas. - -Eran los peces de la familia Barca. Todos descendían de esos rapes -primordiales que habían puesto el místico huevo en el que se ocultaba -la Diosa. La idea de cometer un sacrilegio avivó la glotonería de los -mercenarios; pusieron vasos de cobre sobre el fuego y se divirtieron en -ver cómo los hermosos peces se debatían en el agua hirviente. - -Los soldados habían perdido ya el miedo y volvían a beber. Los perfumes -que les caían de la frente mojaban a grandes gotas sus túnicas hechas -jirones, y de codos en las mesas, que les parecía oscilaban como -navíos, paseaban alrededor sus ojos de borracho, para devorar con la -vista lo que no estaba al alcance de su mano. Había quien, andando -entre los platos sobre los manteles de púrpura, rompían a puntapiés -los escabeles de marfil y las ampollas tirias de cristal. Mezclábanse -las canciones al estertor de los esclavos agonizantes entre las copas -rotas. Pedían más vino, comida, oro. Gritaban queriendo mujeres. Se -deliraba en cien lenguas distintas. Algunos se creían en los baños, -a causa del vapor que flotaba en torno de ellos, o bien, mirando al -follaje, imaginaban estar de caza y corrían a sus camaradas como a -bestias salvajes. El incendio se propagaba de un árbol a otro, y los -altos macizos de verdura, de los que se escapaban largas espirales -blancas, parecían volcanes que empezaran a humear. Redoblaba el -clamoreo; los leones heridos rugían en la obscuridad. - -De repente se iluminó la azotea más alta del palacio; abriose la puerta -del centro y apareció en el umbral una mujer vestida de negro: la hija -de Amílcar. Bajó la primera escalera que bordeaba oblicuamente el -primer piso, luego el segundo y el tercero, y detúvose en la última -terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil y con la -cabeza baja, contempló a los soldados. - -Detrás de ella y a cada lado estaban dos largas filas de hombres -pálidos, vestidos de blancas túnicas con franjas rojas que caían rectas -sobre sus pies. No tenían barba, ni cabello, ni cejas. En sus manos, -deslumbrantes de anillos, llevaban enormes liras, y todos cantaban -con voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes -eunucos del templo de Tanit, a los que Salambó llamaba con frecuencia a -su casa. - -Al fin, la joven bajó la escalera de las galeras, siguiéndola los -sacerdotes. Avanzó por la avenida de los cipreses y anduvo lentamente -por entre las mesas de los capitanes, que se apartaban al verla pasar. - -Su cabellera, empolvada de arena violeta y apilada en forma de torre, -a la usanza de las vírgenes cananeas, le hacía parecer más alta de -lo que era. Trenzas de perlas pegadas a sus sienes bajaban basta las -comisuras de la boca, rosada como una granada entreabierta. Llevaba -sobre el pecho un collar de piedras luminosas que imitaban, por sus -variados colores, las escamas de una lamprea. Sus brazos, adornados -con diamantes, salían desnudos de una túnica sin mangas, constelada -de rojas flores, sobre un fondo negro. Anudada a los tobillos llevaba -una cadeneta de oro para regular el paso, y su gran manto de púrpura -sombría, cortado de un paño desconocido, arrastraba colgante, -describiendo a cada paso como una amplia onda que la seguía. - -A ratos, los sacerdotes pulsaban las liras de acordes casi ahogados, y -en los intervalos se oía el pequeño ruido de la cadeneta de oro con el -chasquido acompasado de las sandalias de papiro. - -Nadie la conocía. Únicamente se sabía que vivía retirada en prácticas -piadosas. Los soldados la habían visto de noche, en lo alto del -palacio, arrodillada ante las estrellas, entre torbellinos de pebeteros -encendidos. Era la luna la que la había vuelto tan pálida, y algo de -los dioses la envolvía como un vapor sutil. Las pupilas parecían mirar -a lo lejos, más allá de los espacios terrestres. Andaba con la cabeza -inclinada, y en la derecha mano llevaba una pequeña lira de ébano. - -La oyeron murmurar: - ---«¡Muertos, muertos todos! Ya no vendréis más, obedientes a mi voz, -como cuando sentada al borde del lago, os echaba en la boca pepitas de -sandía. El misterio de Tanit rodaba en el fondo de vuestros ojos, más -límpidos que manantiales. Y llamaba a los peces por sus nombres, que -eran los de los meses --Siv, Siyan, Tamuz, Elul, Tischri, Schebar--. -¡Ah! ¡Piedad para mí, Diosa!» - -Los soldados, sin comprender lo que ella decía, se apiñaban a su -alrededor. Se asombraban de su tocado; pero ella paseaba sobre todos -una larga mirada asustada, y luego, hundiendo la cabeza entre los -hombros, separando los brazos, les preguntaba muchas veces: - ---¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho? ¿No teníais, para hartaros, -pan, carnes, aceite, toda la flor de los graneros? ¡Yo había hecho -traer bueyes de Hecatompila y enviado cazadores al desierto! - -Subía el tono de su voz, sus mejillas se coloreaban, y añadió: - ---¿Dónde estáis? ¿En una ciudad conquistada o en el palacio de un amo? -¡Y qué amo! ¡El sufeta Amílcar, padre mío, servidor de los Baales! -Vuestras armas, rojas con la sangre de sus esclavos, son las que él ha -apresado a Lutacio. ¿Sabéis de alguien en vuestras tierras que sepa -dirigir mejor las batallas? Mirad. ¡Los peldaños de nuestro palacio -están obstruidos por nuestros trofeos! ¡Seguid incendiándolo todo! Me -llevaré conmigo el Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duerme -allá arriba, sobre hojas de loto. Silbaré y ella me seguirá; y, si -embarco en mi galera, correrá sobre la estela de la nave, entre la -espuma de las olas. - -Palpitaban sus finas narices; aplastaba las uñas contra la pedrería de -su pecho. Sus ojos languidecían, y añadió: - ---¡Ah, pobre Cartago! ¡Lamentable ciudad! No tienes para defenderte los -hombres fuertes de antes, que iban más allá de los mares a levantar -templos en las playas. Todos los países trabajaban en torno tuyo, y las -llanuras del mar, aradas por tus remos, balanceaban tus cosechas. - -La joven empezó a cantar las aventuras de Melkart, dios de los Sidonios -y padre de su familia. - -Narraba la ascensión a las montañas de Ersifonia, el viaje a Tarteso y -la guerra contra Masisabal para vengar a la reina de las serpientes. - ---Él perseguía en el bosque al monstruo hembra, cuya cola ondulaba -sobre las hojas muertas como un arroyo de plata; él llegó a una pradera -en que las mujeres de grupa de dragón estaban alrededor de una gran -hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de color de sangre -resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata, hendidas -como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde de -la llama. - -Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después de haber -vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la cabeza cortada de -este: - ---A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas; pero el sol la -embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban de -llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua. - -Cantaba Salambó todo esto en un antiguo idioma cananeo, que no -entendían los bárbaros, los cuales se preguntaban qué es lo que ella -diría con los gestos espantosos que subrayaban sus palabras. Subidos -alrededor de ella, sobre las mesas, sobre los escabeles y en las ramas -de los sicomoros, con la boca abierta y alargando el pescuezo, trataban -de retener estas vagas historias que oscilaban ante su imaginación, a -través de la obscuridad de las teogonías, como fantasmas en las nubes. - -Únicamente los sacerdotes sin barba comprendían a Salambó. Temblaban -sus manos rugosas, en tanto que pulsaban las liras, a las que de vez en -cuando arrancaban un lúgubre acorde; más débiles que viejas mujeres, -temblaban a un tiempo, de emoción mística y del miedo que les causaban -los hombres. Los bárbaros no se cuidaban de ellos: solo atendían a la -virgen cantora. - -Pero nadie la miraba como un joven capitán númida, que estaba en -la mesa de los jefes, entre los soldados de su nación. Su cintura -estaba tan erizada de dardos que ahuecaban su amplio manto, anudado -a las sienes por un lazo de cuero, y que flotante sobre sus hombros -ensombrecía su rostro, del que no se veían más que las llamas de sus -dos ojos fijos. Se encontraba por casualidad en el festín. Por orden -de su padre vivía con los Barcas, según la costumbre de los reyes, que -enviaban sus hijos a las grandes familias, a fin de preparar futuras -alianzas; pero hacía seis meses que Narr-Habas vivía allí, y aún no -conocía a Salambó. Sentado sobre los talones y con la barba tocando las -astas de sus jabalinas, la contemplaba, inflamadas las ventanas de la -nariz, como leopardo agazapado en los bambúes. - -Al otro lado de las mesas hallábase un libio de colosal estatura y de -cabellos cortos y rizados. Vestía únicamente un sayo militar, cuyos -adornos metálicos rasgaban la púrpura del escabel. Entre el vello de -su pecho brillaba un collar con una luna de plata. Manchaban su rostro -salpicaduras de sangre; apoyado en el codo izquierdo y con la bocaza -abierta, sonreía a la cantora. - -Dejando Salambó el ritmo sagrado, empleó simultáneamente todos los -idiomas de los bárbaros, a fin de enternecerlos con aquella delicadeza -de mujer. Hablaba en griego a los griegos; luego se dirigía a los -ligures, a los campanios, a los negros, y todos, al escucharla, -hallaban en su voz la dulcedumbre de sus patrias. Impulsada por los -recuerdos de Cartago, cantaba ahora las antiguas batallas contra Roma; -y ellos aplaudían. Se entusiasmaba al resplandor de las desnudas -espadas; gritaba con los brazos abiertos. Calló su lira y enmudeció, y -apretándose el corazón con las dos manos, quedó por algunos momentos -con las pupilas cerradas, saboreando la agitación de todos aquellos -hombres. - -El libio Matho estaba junto a ella. Involuntariamente, la joven se -acercó a él, e impulsada por el conocimiento de su orgullo, le echó -en una copa de oro un gran chorro de vino, para reconciliarse con el -ejército. - ---¡Bebe! --dijo Salambó. - -Tomó él la copa, y ya la acercaba a los labios cuando un galo, el mismo -que Giscón hirió, le golpeó la espalda, se acercó a él con aire jovial, -bromeando en la lengua de su país. Espendio, que allí estaba, se -ofreció a traducir las palabras. - ---Habla --le dijo Matho. - ---¡Los dioses te protegen! Llegarás a rico. ¿Cuándo es la boda? - ---¿Qué bodas? - ---Las tuyas; porque entre nosotros --explicó el galo--, cuando una -mujer da de beber a un soldado, es que le brinda con el tálamo. - -No había acabado de decir esto, cuando Narr-Habas dio un salto, y -sacando un dardo de la cintura y apoyándose con el pie derecho en el -borde de la mesa, lo lanzó contra Matho. - -Silbó el dardo entre las copas y, atravesando el brazo del libio, lo -clavó en el mantel con tal fuerza, que la empuñadura temblaba en el -aire. - -Matho se la arrancó aprisa; pero no tenía armas: estaba desnudo. -Al fin, levantando con ambos brazos la cargada mesa, se la tiró a -Narr-Habas en medio de la turba que se precipitaba a separarlos. Hasta -tal punto se apretaban númidas y soldados, que no podían desenvainar -las espadas. Matho avanzaba abriéndose paso con la cabeza. Cuando -se irguió, Narr-Habas había desaparecido. Le buscó con los ojos, y -entonces vio que Salambó también se había ido. - -Volvió entonces su mirada al palacio; vio en lo alto que la puerta roja -de la cruz negra se cerraba, y se precipitó hacia ella. - -Viéronle todos correr entre las proas de las galeras; aparecer luego a -lo largo de las tres escaleras, hasta la puerta roja, que empujó de un -empellón. Jadeante, se apoyó en la pared para no caer. - -Un hombre le había seguido, y en medio de la obscuridad, porque las -luces del festín, que daban vueltas, estaban tapadas por el ángulo del -palacio. Matho reconoció a Espendio. - ---¡Vete! --le dijo. - -El esclavo, sin responder, desgarró con los dientes su túnica; -arrodillándose luego ante Matho, le tomó el brazo delicadamente, -palpándoselo para dar con la herida. - -A la luz de un rayo de luna que rompió entre las nubes, Espendio vio -en medio del brazo una enorme herida. La cubrió con un ancho vendaje; -pero el otro, irritado, decía: - ---¡Déjame! ¡Déjame! - ---¡Oh, no! --dijo el esclavo--. ¡Tú me has librado de la ergástula: te -pertenezco! ¡Eres mi amo! ¡Manda! - -Matho, rozando las paredes, dio la vuelta a la terraza, aguzando -el oído a cada paso, y hundiendo la mirada por entre las cañas -doradas, registraba las silenciosas habitaciones. Por fin, se detuvo, -desesperado. - ---Óyeme --le dijo el esclavo--, no me desprecies por mi debilidad; he -vivido en este palacio y puedo, como una víbora, introducirme por las -paredes. Ven; hay en la Cámara de los Antepasados un lingote de oro -debajo de cada losa; un camino subterráneo conduce a sus tumbas. - ---¡Bah! ¿Qué me importa? --repuso Matho. - -Espendio se calló. - -Estaban en la azotea. Una sombra enorme se extendía ante ellos; -los manchones de la sombra parecían enormes olas de un negro mar -petrificado. - -En este instante se advirtió una franja luminosa por el lado del -Oriente. A la izquierda y muy en lo hondo, los canales de Megara -empezaban a rayar con sus blancas sinuosidades la verdura de los -jardines. Los techos cónicos de los templos heptágonos, las escaleras, -las terrazas, los baluartes, íbanse perfilando en la claridad del -alba; y en torno de la península cartaginesa oscilaba un cinturón de -blanca espuma, en tanto que el mar, color de esmeralda, parecía como -cuajado con el frescor de la mañana. A medida que el rosado cielo -iba ensanchándose, se agigantaban las altas casas inclinadas en las -vertientes del terreno, y se apiñaban como rebaño de cabras negras -que bajaran de la montaña. Las calles desiertas parecían alargarse; -las palmeras, que se destacaban saliendo aquí y acullá sobre las -paredes, estaban quietas; las cisternas, repletas de agua, simulaban -escudos de plata perdidos en los patios; empezaba a palidecer el faro -del promontorio Hermeo. En lo alto de la Acrópolis, en el bosque de -cipreses, los caballos de Eschmún, al surgir la luz, ponían los cascos -sobre el parapeto de mármol y relinchaban del lado del sol. - -Surgió el astro, y Espendio, alzando los brazos, dio un grito. - -Todo se agitaba en un espacio rojizo, porque como si el Dios se -desgarrara, lanzaba a rayos sobre Cartago la lluvia de oro de sus -venas. Brillaban los espolones de las galeras, el techo de Kamón -parecía irradiado de llamas, y se veían luces en el fondo de los -templos, cuyas puertas empezaban a abrirse. Grandes carretas llegadas -de la campiña rechinaban en las losas de las calles; los dromedarios, -cargados de bagajes, bajaban las rampas. Los cambistas ponían en las -encrucijadas las muestras de sus tiendas. Volaban las cigüeñas y -palpitaban las blancas velas. Oíase en el bosque de Tanit el tamboril -de las cortesanas sagradas, y en la punta de Mapales empezaban a humear -los hornos en que se cocían los ataúdes de arcilla. - -Espendio se asomó a la terraza; rechinábanle los dientes, y repitió: - ---¡Ah, sí..., sí, amo! Comprendo por qué desdeñas ahora el saqueo de la -casa. - -Pareció que Matho volvía en sí al eco de estas palabras; pero no que -las entendiera. Espendio continuó: - ---¡Ah, cuántas riquezas! ¡Los hombres que las guardan ni hierro tienen -para defenderlas! - -Y señalándole con la diestra algunos plebeyos que bordeaban el muelle -por la arena, para buscar lentejuelas de oro: - ---Mira --añadió--, la República es como esos miserables: encorvada al -borde de los mares, hunde en todas las playas sus ávidos brazos, y el -ruido de las olas llena de tal modo su oído que no percibe tras ella la -pisada de un amo. - -Llevó a Matho al otro extremo de la terraza, y mostrándole el jardín, -en el que resplandecían las espadas de los soldados, colgadas de los -árboles: - ---Aquí hay hombres fuertes, exasperados por el odio. ¡Nada les liga a -Cartago: ni sus familias, ni sus juramentos, ni sus dioses! - -Matho seguía apoyado en la pared; acercándose Espendio, siguió -diciéndole en voz baja: - ---¿Me entiendes, soldado? Los dos nos pasearemos cubiertos de púrpura, -como sátrapas. Nos lavarán con perfumes; yo tendré esclavos, a mi -vez. ¿No estás cansado de dormir en el duro suelo, de beber vinagre -de los campos y oír siempre la trompeta? Que ya descansarás, ¿no es -verdad? Será cuando te arranquen la coraza para arrojar tu cadáver a -los buitres; o quizás cuando, apoyándote en un bastón, ciego, cojo y -débil, vayas de puerta en puerta contando las hazañas de tu juventud a -los niños y a las vendedoras de salmuera. Acuérdate de las injusticias -de tus jefes, de los campamentos en la nieve, de las carreras al sol, -de las tiranías de la disciplina y de la eterna amenaza de la cruz. -Después de tantas miserias, te han dado un collar de honor, así -como se cuelga del pecho de los asnos una collera de cascabeles para -aturdirlos en su marcha y que no sientan la fatiga. ¡Un hombre como tú, -más valiente que Pirro! ¡Ah, si tú quisieras! ¡Ah, qué feliz serías en -las grandes salas frescas, al son de las liras, acostado sobre flores, -con bufones y con mujeres! ¡No me digas que la empresa es imposible! -¿Acaso los mercenarios no han poseído Regio y otras plazas fuertes de -Italia? ¿Quién te lo impide? Amílcar está ausente; el pueblo odia a los -ricos; Giscón no puede hacer nada con los cobardes que le rodean. ¡En -cambio, tú eres valiente; todos te obedecerán! ¡Mándalos! ¡Cartago es -nuestro!: ¡lancémonos! - ---No --dijo Matho--; la maldición de Moloch pesa sobre mí. La he -sentido en sus ojos, y acabo de ver en un templo un carnero negro que -reculaba. - -Y añadió, mirando en torno suyo: - ---¿Dónde está ella? - -Comprendió Espendio la inmensa inquietud que le obsesionaba, y no se -atrevió a hablarle más. - -Detrás de ellos, los árboles seguían humeando; de sus ennegrecidas -ramas caían de tiempo en tiempo esqueletos de monos medio quemados, en -medio de los platos. Ebrios los soldados, roncaban con la boca abierta -al lado de los cadáveres, y los que no dormían, bajaban la cabeza, -deslumbrados por el día. El suelo desaparecía bajo charcos rojos. Los -elefantes balanceaban entre las estacas de un parque las sangrientas -trompas. En los graneros abiertos se veían sacos de harina esparcidos, -y bajo la puerta, una línea espesa de carretas amontonadas por los -bárbaros. Los pavos reales subidos en los cedros hacían la rueda y -empezaban a gritar. - -Sin embargo, la inmovilidad de Matho extrañaba a Espendio. Estaba -más pálido que antes; fijas las pupilas, parecía seguir algo en el -horizonte, apoyando los codos en el pretil de la azotea. Se asomó -Espendio, y acabó por descubrir lo que él contemplaba. Un punto de -oro brillaba a lo lejos, entre el polvo, en el camino de Útica; era -el cubo de un carro de dos mulas. Un esclavo, a la cabeza del timón, -las llevaba de las riendas. En el carro iban dos mujeres sentadas. Las -crines de los animales formaban bucles entre las orejas, a la usanza -persa, bajo una red de perlas azules. - -Las conoció Espendio y contuvo un grito. - -Por detrás del carro flotaba al viento un gran toldo. - - - - -II - -EN SICCA - - -Dos días después, los mercenarios salieron de Cartago. - -Se les dio a cada uno una moneda de oro, a condición de que fueran a -acampar en Sicca; se les había halagado, además, con toda clase de -lisonjas. - ---Sois los salvadores de Cartago; pero permaneciendo en ella la -reduciríais al hambre y la ruina. La República os pagará más tarde -esta condescendencia. Inmediatamente vamos a levantar impuestos; se -completará vuestra soldada y se equiparán galeras que os lleven a -vuestros países. - -No había nada que contestar a tales promesas. Aquellos hombres -acostumbrados a la guerra, se aburrían en la paz de una ciudad; no -costó trabajo convencerlos, y el pueblo subió a las murallas para -verlos partir. - -Desfilaron por la calle de Kamón y la puerta de Cirta, todos mezclados -en montón: arqueros con hoplitas, capitanes con soldados, lusitanos -con griegos. Marchaban a paso largo, haciendo sonar en las losas sus -pesados coturnos. Sus armaduras estaban abolladas por las catapultas, -y ennegrecidas sus manos por el polvo de las batallas. Broncos gritos -salían de las espesas barbas; sus aceradas cotas, desgarradas, -entrechocaban con los pomos de las espadas, y por los agujeros del -cobre, se veían los miembros desnudos, espantosos como máquinas de -guerra. Los montantes, las hachas, los venablos, los gorros de fieltro -y los cascos de bronce oscilaban a la vez, con un mismo movimiento. -Llenaban la calle hasta el punto de parecer que iban a estallar las -murallas; esta interminable masa de soldados armados se deslizaba entre -altas casas de seis pisos, cubiertas de betún. Detrás de sus rejas de -hierro o de cañas, las mujeres, tapadas con un velo, veían pasar en -silencio a los bárbaros. - -Las azoteas, las fortificaciones, las murallas, desaparecían bajo la -multitud de cartagineses, vestidos de negro, que las llenaban. Las -túnicas de los marineros parecían manchas de sangre entre aquella -sombría muchedumbre; los niños, casi desnudos, de piel brillante, con -brazaletes de cobre, gesticulaban en el follaje de las columnas o en -las ramas de las palmeras. Algunos ancianos ocupaban las plataformas -de las torres, y de trecho en trecho, un personaje de luenga barba, en -actitud soñadora, parecía de lejos, en el fondo del cielo, un fantasma, -tan inmóvil como las piedras. - -Todos se sentían oprimidos por la misma inquietud: se temía que los -bárbaros, considerándose fuertes, tuvieran el capricho de permanecer -en la ciudad. Pero se iban con tanta confianza, que los cartagineses -se animaron y se mezclaron con los soldados. Se les abrumaba con -juramentos y apretones de mano. Había quien les incitaba a que no -abandonaran la ciudad, por ardid de política y audacia de hipocresía. -Se les echaba perfumes, flores y monedas de plata. Se les daba -amuletos contra las enfermedades; pero no sin haber escupido antes tres -veces encima de ellos, para atraer la muerte, o encerrado tres pelos de -chacal, que vuelven al corazón cobarde. Se invocaba a grito herido el -favor de Melkart, y, en voz baja, su maldición. - -Vino luego la impedimenta de bagajes, de acémilas y de rezagados. Los -enfermos gemían sobre dromedarios; otros se apoyaban, renqueando, en -el asta de una pica. Los borrachos cargaban con odres; los voraces, -con cuartos de carne, pasteles, frutas, manteca envuelta en hojas de -higuera y nieve en sacos de tela. Los había con quitasoles en la mano -y loros en los hombros. Hacíanse seguir de dogos, gacelas o panteras. -Las mujeres de raza libia, montadas en asnos, increpaban a las negras -que abandonaban por los soldados los lupanares de Malqua; muchas daban -de mamar a criaturas colgadas del pecho con una correa de cuero. Las -mulas, aguijoneadas con la punta de las espadas, hundían el lomo bajo -el peso de las tiendas; y había innumerables criados y portadores de -agua, macilentos, amarillos por las fiebres y llenos de sabandijas, -escoria de la plebe cartaginesa que seguía a los bárbaros. - -Así que todos salieron se cerraron las puertas, sin que el pueblo -dejara las murallas. El ejército se derramó en seguida por la anchura -del istmo. - -La soldadesca se dividió en masas desiguales. Las lanzas, al alejarse, -parecían altos tallos de hierba, y al fin, todo se desvaneció en una -densa polvareda. Aquellos de los soldados que se volvían para mirar -a Cartago, no vieron más que sus largas murallas, recortando en el -horizonte sus almenas vacías. - -Entonces los bárbaros oyeron un gran grito. Creyeron que algunos de sus -compañeros, quedados en la ciudad, se entretenían en saquear cualquier -templo. Rieron mucho de esta idea y continuaron su camino. - -Se sentían alegres de encontrarse, como antes, marchando juntos en -campo abierto; los griegos cantaban la vieja canción de los mamertinos: - ---Con mi lanza y mi espada, trabajo y siego; yo soy el amo de la casa. -El hombre desarmado cae a mis rodillas y me llama Señor y Gran Rey. - -Gritaban, saltaban, y los más alegres narraban cuentos; se había -acabado el tiempo de las miserias. Al llegar a Túnez, algunos -observaron que faltaba una tropa de honderos baleares. No estarían -lejos, sin duda, y no se preocuparon más de ellos. - -Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al pie de las murallas, -y la gente de la población vino a hablar con los soldados. - -Durante toda la noche viéronse fogatas que iluminaban el horizonte, del -lado de Cartago; lumbreras como antorchas gigantes, que se agrandaban -en el lago inmóvil. Ninguno, en el ejército, podía decir qué fiesta se -celebraba con aquellas luminarias. - -Al otro día, los bárbaros atravesaron una campiña cultivada. Las -granjas de los patricios se sucedían unas a otras en los bordes del -camino; las acequias corrían entre palmerales; los olivos formaban -largas líneas verdes; rosados vapores flotaban en las gargantas de -las colinas; montañas azules se erguían por atrás. Soplaba un viento -caliente. Los camaleones rastreaban por las anchas hojas de las pitas. - -Los bárbaros marchaban cada vez con más lentitud. Se disgregaron en -destacamentos sueltos o seguían unos tras otros, con largos intervalos. -Comían uvas al borde de las viñas, se acostaban en la hierba, miraban -estupefactos los grandes cuernos de los bueyes, artificialmente -torcidos, las ovejas revestidas de pieles para proteger su vellón, los -barbechos que se entrecruzaban formando losanges, las rejas de los -arados, como anclas de naves, y los granados que rociaban con silfio. -Les deslumbraba esta opulencia de la tierra y esos inventos de la -sabiduría. - -Por la noche se echaron sobre las tiendas, sin desplegarlas, y -dormitando de cara a las estrellas, soñaron con el festín de Amílcar. - -Al mediodía siguiente se hizo alto a orillas de un río, entre matas de -adelfas. Aquí se apresuraron a dejar lanzas, escudos y cinturones. Se -lavaban a gritos, llenaban sus cascos de agua y otros bebían de bruces, -entremezclados con las acémilas, a las que se les caía la carga. - -Espendio, sentado en un dromedario robado al parque de Amílcar, vio de -lejos a Matho, que con el brazo junto al pecho, desnuda la cabeza y la -mirada baja, dejaba beber a su mula viendo correr el agua. El esclavo -se abrió paso a través de la turba, llamándole: - ---¡Amo! ¡Amo! - -Apenas si Matho le dio las gracias. Sin preocuparse por ello, Espendio -siguió andando detrás de él, y de vez en cuando volvía los ojos -inquietos hacia donde estaba Cartago. - -Era hijo de un retórico griego y de una prostituta campania. Al -principio se había enriquecido vendiendo mujeres; luego, arruinado por -un naufragio, había hecho la guerra a los romanos con los pastores del -Samnio. Le cogieron prisionero y se escapó; le volvieron a apresar y -entonces trabajó en las canteras, se quemó en las estufas, gritó en los -suplicios, conoció muchos amos y todo género de miserias. Un día, al -fin, desesperado, se lanzó al mar desde lo alto de la trirreme en que -bogaba. Marineros de Amílcar recogiéronle moribundo y le encerraron en -la ergástula de Megara. Pero como los tránsfugas debían ser devueltos -a los romanos, aprovechó el desorden del festín para huir con los -soldados. - -Durante toda la marcha estuvo cerca de Matho; le llevaba comida, le -ayudaba a apearse y de noche le extendía su tapiz bajo la tienda. Matho -acabó por conmoverse con estas atenciones, y poco a poco fue haciéndose -comunicativo: contó al esclavo su historia. - -Había nacido en el golfo de las Sirtes. Su padre le llevó en -peregrinación al templo de Ammón. Cazó después elefantes en los bosques -de los Garamantes. En seguida se alistó al servicio de Cartago. Le -nombraron tetrarca en la toma de Drepanum. La República le debía -cuatro caballos, veintitrés _medimnas_ de trigo y la soldada de un -invierno. Temía a los dioses y deseaba morir en su patria. - -Espendio le habló de sus viajes, de los pueblos y templos que había -visitado, y de muchas cosas que él sabía, como fabricar sandalias, -venablos y sedas, domesticar animales feroces y cocer venenos. - -A veces, interrumpiéndose, brotaba del fondo de su garganta un grito -ronco; la mula de Matho apretaba la marcha; las demás se apresuraban -a seguirla; luego, Espendio volvía a empezar, agitado siempre por su -angustia. Esta se calmó en la noche del cuarto día. - -Iban juntos, a la derecha del ejército, por el flanco de una colina. -Abajo se prolongaba la llanada, perdida en los vapores de la noche. -Las líneas de soldados que desfilaban por abajo producían ondulaciones -en la sombra. A veces pasaban por las eminencias de terreno alumbradas -por la luna; entonces temblaba una estrella en la punta de las picas, -espejeaban por un instante los cascos; desaparecía todo y otros seguían -haciendo lo mismo. En lontananza, balaban los rebaños despertados, y -algo, de una infinita dulcedumbre, parecía cernerse sobre la tierra. - -Espendio, doblada la cabeza y con los ojos entornados, aspiraba a -bocanadas el aire fresco; separaba los brazos y movía los dedos para -sentir mejor esta caricia que le corría por el cuerpo. Se ilusionaba -con nuevas esperanzas de venganza. Se tapó la boca con la mano para -contener sus suspiros y, como abstraído, soltaba el cabestro de su -dromedario, que andaba a paso acompasado. Matho había vuelto a su -tristeza; sus piernas colgaban hasta el suelo, y las hierbas, al -restregarse en sus coturnos, producían un chirrido continuado. - -Sin embargo, el camino se alargaba sin acabarse nunca. Al extremo de -una llanada, se llegaba siempre a una planicie redonda; luego se bajaba -a un valle y las montañas que fingían cerrar el horizonte parecían -deslizarse conforme iban acercándose a ellas. A trechos surgía un río -entre tamariscos, para perderse al volver una colina. A veces se erguía -una enorme roca, a manera de proa de una nave o de pedestal de un -coloso derribado. - -Encontrábanse, a intervalos regulares, pequeños templos cuadrangulares, -que servían de estaciones a los peregrinos que iban a Sicca. Estaban -cerrados como tumbas. Los libios, para que los abrieran, golpeaban con -fuerza la puerta, pero nadie contestaba desde dentro. - -Iban escaseando los labrantíos, porque se entraba en un terreno arenoso -erizado de matas espinosas. Rebaños de carneros ramoneaban entre las -piedras, guardados por una mujer, de talle ceñido por un vellón azul, y -que huía dando gritos, al ver entre las rocas las picas de los soldados. - -Seguía el camino por una especie de corredor bordeado por dos cadenas -de rojizos montículos. De repente un olor nauseabundo hirió el olfato -de los soldados, que creyeron advertir algo extraordinario en lo alto -de un algarrobo: por encima de las hojas se erguía una cabeza de león. - -Corrieron a verlo. Era un león sujeto a una cruz por los cuatro -miembros, como un criminal. El enorme hocico le caía sobre el pecho, -y sus dos patas anteriores, que medio desaparecían tapadas por las -melenas, estaban tan separadas como alas abiertas de un pájaro. -Apuntábanse sus costillas, una a una, por debajo de la piel distendida; -sus patas traseras, clavadas una encima de otra, aparecían encorvadas; -la negra sangre, que manaba entre los pelos, formaba estalactitas bajo -la cola que colgaba recta a lo largo de la cruz. Los soldados rieron -el encuentro: llamaron al león cónsul y ciudadano de Roma y le tiraron -guijarros a los ojos para quitarle los mosquitos. - -Cien pasos más adelante vieron otros dos y en seguida una larga fila de -cruces con leones clavados. Algunos llevaban muertos tanto tiempo, que -solo quedaban en los maderos los restos de los esqueletos; otros, medio -roídos, torcían las fauces con una horrible mueca; los había enormes, -que se balanceaban en vilo, en el árbol de la cruz, en tanto que sobre -sus cabezas revoloteaban bandas de cuervos, sin pararse nunca. Así -procedían los campesinos cartagineses cuando apresaban una fiera, -creyendo atemorizar a las demás con este ejemplo. Los soldados, dejando -de reír, quedaron asombrados. «Qué pueblo es este», pensaban, «que se -entretiene crucificando leones.» - -Por lo demás, estaban los hombres, los del Norte, sobre todo, vagamente -inquietos, enfermos ya; se laceraban las manos con las puntas de -los áloes; nubes de mosquitos zumbaban en sus oídos y la disentería -empezaba a hacer estragos. Se aburrían de no llegar a Sicca. Temían -perderse y entrar en el desierto, la región de las arenas y de los -espantos. No querían seguir adelante y muchos tornaron al camino de -Cartago. - -Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido largo rato la -base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y apareció -una línea de murallas sobre blancas rocas, confundiéndose con ellas. -No tardó en verse toda la ciudad; unos rasos blancos, azules y -amarillos se agitaban sobre las murallas en la rojiza tarde: eran las -sacerdotisas de Tanit que acudían a recibir a los hombres. Estaban -alineadas a lo largo del baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras, -agitando crótalos; y los rayos del sol poniente, por las montañas de -Numidia, pasaban por entre las cuerdas de las arpas que recorrían -los brazos desnudos de las vírgenes. A intervalos, cesaba la música -y estallaba un grito estridente, precipitado, furioso, continuado; -especie de ladrido que las mujeres hacían azotando con la lengua los -dos ángulos de la boca. Otras se quedaban acodadas, con la barbilla en -la mano, más inmóviles que esfinges, asaetando con sus negros ojos al -ejército que iba subiendo. - -Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía contener tanta -multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad. Los -bárbaros se establecieron en la llanada; unos disciplinados como -tropas regulares, otros por naciones o según su capricho. - -Los griegos plantaron en líneas paralelas sus tiendas de pieles; -los iberos dispusieron en círculo sus pabellones de tela; los galos -construyeron barracas de tablas; los libios cabañas con piedras; los -negros cavaron en la arena, con las uñas, fosos para dormir. Muchos, no -sabiendo dónde meterse, ambulaban entre los bagajes, y llegada la noche -se acostaban en tierra envueltos en sus mantos. - - * * * * * - -La llanura se extendía alrededor de ellos, bordeada de montañas. Aquí -y allá, una palmera se cimbreaba sobre una colina de arena; abetos y -encinas manchaban los flancos de los precipicios; la lluvia caía, como -una larga banda que la tempestad colgaba, del cielo, en tanto que en el -resto de la campiña el cielo seguía azul y sereno; después, un viento -tibio lanzaba torbellinos de polvo y un arroyo bajaba en cascadas de -las alturas de Sicca, en las que se levantaba, con su tejado de oro -sobre columnas de cobre, el templo de Venus cartaginesa, dominadora de -la comarca, a la que parecía infundir su alma. Por estas convulsiones -de la tierra, por estas alternativas de la temperatura y por esos -juegos de luz, la diosa manifestaba la extravagancia de la fuerza junto -con la belleza de su eterna sonrisa. Las cimas de las montañas tenían -unas la forma de una luna creciente; otras parecían pechos de mujer -mostrando sus senos hinchados. Los bárbaros sentían pasar sobre sus -fatigas un abatimiento lleno de delicias. - -Espendio, con el dinero de su dromedario se había comprado un esclavo. -La mayor parte del día lo pasaba durmiendo tendido ante la tienda de -Matho. A menudo se despertaba creyendo, en su sueño, oír silbar las -correas; entonces, sonriéndose, se pasaba las manos por las cicatrices -de sus piernas en el sitio que habían lacerado los grilletes y luego se -dormía. - -Matho aceptaba su compañía. Siempre que salía, Espendio le escoltaba -como un lictor, armado con un espadón; o bien Matho se apoyaba en su -espalda, porque Espendio era de baja estatura. - -Una tarde que atravesaban juntos las calles del campamento, vieron unos -hombres cubiertos con mantos blancos, y entre ellos a Narr-Habas, el -príncipe de los númidas. Matho se estremeció. - ---¡Dame tu espada! --exclamó--; ¡Quiero matarle! - ---Todavía no --contestó Espendio, conteniéndole, porque ya Narr-Habas -venía a su encuentro. - -Besó el númida sus dos pulgares en señal de alianza, acallando la -cólera que tuvo en la embriaguez del festín; luego habló extensamente -contra Cartago, pero sin decir lo que le había traído entre los -bárbaros. - -¿Era para traicionarlos, o en bien de la República?, se preguntaba -Espendio; y como esperaba aprovecharse de todos los desórdenes, suponía -también a Narr-Habas capaz de todas las perfidias. - -El jefe de los númidas se quedó con los mercenarios. Parecía querer -intimar con Matho. Enviaba a este cabras gordas, polvo de oro y plumas -de avestruz. El libio, desconcertado con estos halagos, no sabía si -corresponder a ellas o exasperarse. Espendio le apaciguaba y Matho -se dejaba gobernar por el esclavo, pues era un irresoluto, lleno de -invencible sopor, como aquel que ha bebido un brebaje que le ha de -ocasionar la muerte. - -Una mañana que salieron los tres a caza de un león, Narr-Habas ocultó -un puñal en su manto. Espendio iba siempre detrás de él y volvieron sin -que el númida sacara el arma. - -Otra vez Narr-Habas los llevó muy lejos, hasta los confines de su -reino. Llegaron a un desfiladero, y allí, sonriendo, declaró que había -perdido el rumbo; Espendio lo halló. - -Lo más frecuente era que Matho, melancólico como un augur, saliera, no -bien aparecía el sol, a vagabundear por la campiña. Se echaba en la -arena y permanecía inmóvil hasta la noche. - -Consultó, uno tras otro, a todos los adivinos del ejército; a los que -observan la marcha de las serpientes, a los que leen en las estrellas, -a los que soplan en la ceniza de los muertos. Tragó gálbano, seselí -y veneno de víbora que hiela el corazón; mujeres negras cantando, -a la luz de la luna, bárbaras canciones, le picaron la frente con -estiletes de oro; se cargaba de collares y de amuletos; invocaba, ora -a Baal-Kamón, ora a Moloch o a los siete Kabiros, a Tanit y a la Venus -de los griegos. Grabó un nombre en una placa de cobre y la hundió en la -arena, en el dintel de su tienda. Espendio le oía gemir y hablar solo. - -Una noche entró. - -Matho, desnudo como un cadáver, estaba acostado boca abajo sobre una -piel de león, con la cara entre las manos. Una lámpara suspendida -alumbraba sus armas, colgadas sobre su cabeza en el mástil de la tienda. - ---¿Sufres? --le preguntó el esclavo--. ¿Qué necesitas? Dímelo. - -Y le tocaba en la espalda, llamándole muchas veces: - ---¡Amo! ¡Amo! - -Al fin, Matho le miró con ojos turbados. - ---¡Escucha! --dijo en voz baja, con un dedo en los labios--. ¡Es una -maldición de los dioses! ¡Me persigue la hija de Amílcar! Tengo miedo, -Espendio --y se apretaba contra su pecho como niño asustado por un -fantasma--. Háblame. ¡Quiero curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de -algún dios más fuerte o de alguna otra invocación irresistible? - ---¿Para qué? --preguntó Espendio. - -Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos puños: - ---¡Para librarme del hechizo! - -Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos intervalos: - ---Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que ella habrá -prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si -ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman; -oigo su voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi -alma. - -»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las olas invisibles de un -océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El esplendor de -su hermosura forma a su alrededor un nimbo de luz; a veces creo que no -la he visto jamás, que no existe... y que todo es un sueño... - -Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros dormían. Espendio, -mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de oro en las -manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades su -tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo: - ---¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no implores más a los -dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los hombres! -¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir -tanto? - ---¿Acaso soy un niño? --contestó Matho--. ¿Crees que me enternezco por -la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en Drepanum, -y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y -cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta... - -El esclavo le interrumpió: - ---Si no fuera la hija de Amílcar... - ---No --repuso Matho--. Ella no se parece a las otras hijas de los -hombres. ¿Has visto tú sus grandes ojos bajo sus grandes cejas, como -soles bajo arcos de triunfo? Acuérdate; cuando apareció palidecieron -todas las antorchas. Entre los diamantes de su collar, resplandecía su -pecho desnudo; se sentía tras ella como el olor de un templo, y algo se -escapaba de todo su ser que era más suave que el vino y más terrible -que la muerte. - -Quedó embebecido, baja la cabeza y con las pupilas fijas. - ---¡Pero yo la quiero, la necesito! Me muero. Pensando que la estrecho -en mis brazos, me arrebata una alegría furiosa y, sin embargo, la odio. -Espendio, ¡quisiera maltratarla! ¿Qué hacer? Tengo deseos de venderme -para ser su esclavo. ¡Tú lo fuiste! ¡Tú podías verla! ¡Háblame de ella! -Todas las noches sube a la azotea de su palacio, ¿verdad? ¡Ah, las -piedras deben estremecerse bajo sus sandalias, y las estrellas asomarse -para verla! - -Volvió a enfurecerse, bramando como un toro herido. - -Luego, Matho cantó: «Él persiguió en el bosque el monstruo hembra, de -cola que ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata.» Y -arrastrando la voz, imitaba el estilo de Salambó, y sus manos hacían -como que pulsaban las cuerdas de una lira. - -A todos los consuelos de Espendio contestaba con los mismos discursos: -pasaba las noches entre gemidos y exhortaciones. - -Quiso aturdirse con el vino, pero la embriaguez aumentaba su tristeza. -Probó distraerse jugando a la taba, y perdió una a una las placas de -oro de su collar. Se dejó llevar junto a las servidoras de la Diosa; -pero bajó la colina sollozando como quien vuelve de un funeral. - -Espendio, por el contrario, se volvía más atrevido y alegre. Veíasele -en las cantinas de las enramadas, en medio de los soldados. Componía -las corazas viejas, jugaba con puñales e iba a coger hierbas del campo -para los enfermos. Era chistoso, sutil, lleno de inventiva y de verbo; -los bárbaros se iban acostumbrando a sus servicios, y él se hacía -querer de todos. - -Se esperaba a un embajador de Cartago que había de traerles en mulas -canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos dibujaban con -los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado un -nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros, -esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto, -los caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e -infantes, bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las -mujeres. - -Todos los días llegaban tropeles de hombres casi desnudos, con -hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores -de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que -se declaraban en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por -los impuestos, desterrados y malhechores. Luego venían mercaderes, -vendedores de vino y de aceite, furiosos porque no se les pagaba y -vociferando contra la República. Espendio les hacía coro. Muy pronto -disminuyeron los víveres. Se hablaba de ir en masa sobre Cartago y de -llamar a los romanos. - - * * * * * - -Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos lentos y sordos que -se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que aparecía y -desaparecía en las ondulaciones del terreno. - -Era una gran litera de púrpura, con penachos de plumas de avestruz en -las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban sartas de -cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían -sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con -armadura de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los -talones. - -Detuviéronse a trescientos pasos del campamento, para sacar de la -valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha espada y -su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron -adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos -bastones de madera azul, terminados en cabezas de caballo o piñas de -pino. Todos los bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se -precipitaron a los guardias de la Legión, besándoles los pies. - -Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que andaban acompasados, -a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, al acaso, -embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales sueltos y -por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez en cuando, una -mano cargada de anillos entreabría la litera, y una voz ronca soltaba -palabras injuriosas; entonces, los porteadores se paraban, y luego -tomaban otro camino a través del campo. - -Al fin se levantaron las cortinas de la litera y apareció sobre -un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada. Las -cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas; -lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan -descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del -cuerpo desaparecía bajo los vellones que llevaban la litera. - -Los soldados reconocieron en este hombre así acostado, al Sufeta -Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a hacer -perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de -Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por -codicia --pensaban los bárbaros--, porque vendió por su cuenta todos -los cautivos, declarando a la República que habían muerto. - -Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a los soldados, hizo -una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos esclavos, -puso los pies en tierra, tambaleándose. - -Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas de plata. Envolvían -sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la carne entre los -lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo escarlata que le -cubría los muslos; los pliegues de su cuello le llegaban al pecho, -como papada de buey; su túnica, pintada de flores, parecía estallar -bajo los sobacos; llevaba banda, cinturón y amplio manto negro con -dobles mangas enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de -piedras azules, los broches de oro y los pesados pendientes servían -solo para hacer más horrible su deformidad. Se le hubiera tomado por -un ídolo ventrudo tallado en un bloque de piedra; porque una lepra -pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la apariencia de una cosa -inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de buitre, se dilataba -con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas pegadas, -brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de -áloe, para rascarse los pies. - -Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se apaciguó el tumulto y -Hannón empezó a hablar. - -Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la República; los bárbaros -debían felicitarse de haberla servido. Pero había que mostrarse más -razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene más que tres -olivos, ¿no es justo que guarde dos para él?» - -De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su discurso con apólogos y -proverbios, haciendo signos con la cabeza para solicitar aprobación. - -Hablaba en púnico, y los que le rodeaban --los más alertas a tomar -las armas-- eran los campanios, los griegos y los galos, y ninguno de -ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y -balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó. - -Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes. Los heraldos -gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía para el -mando en los ejércitos cartagineses. - -Los guardias apartaron a latigazos la turba de soldados, y pronto -llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los jefes -de las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su -nación. Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo; -brillaban hogueras aquí y acullá; se iba de un lado a otro, y todos se -preguntaban: - ---¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el dinero? - -Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas de la República. Su -tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba: - ---¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!... - -A ratos se frotaba los miembros con la espátula de áloe, o bien se -interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un esclavo, -una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en -vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata, -y continuaba diciendo: - ---Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres sekels de oro, y los -cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada. Nuestras -pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan -exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio -de los dioses. En cuanto a cosas de comer, no quiero hablar: es una -calamidad. Faltos de galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse -de silfio, a causa de las rebeliones en la frontera de Cirene. La -Sicilia, de la que se sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora. -Todavía ayer, por un bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más -dinero que antes por dos elefantes. - -Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin pasarse un número, -todos los gastos hechos por la República para reparaciones de templos, -enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de -coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de -las minas en el país de los cántabros. - -Pero los capitanes, así como los soldados, no entendían el púnico, -aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se acostumbraba -poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales cartagineses -que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se habían -ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlos -consigo. Su voz, además, era demasiado sorda y se la llevaba el viento. - -Los griegos, apretados con su cinturón de hierro, aguzaban el oído, -esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los montañeses, -cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza o -bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos, -distraídos, sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del -desierto escuchaban inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana -gris. Llegaban otros por detrás: los guardias, empujados por la turba, -vacilaban en sus monturas; los negros tenían en las manos teas de abeto -ardiendo, y el gordo cartaginés continuaba su arenga, subido en un -cerrillo de césped. - -Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos y apóstrofes. -Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer silencio -gritaban más que los demás y aumentaban la confusión. - -De pronto, un hombre de pobre apariencia saltó a los pies del Sufeta, -arrancó la trompeta a un heraldo, sopló en ella, y Espendio --pues era -él-- anunció que iba a decir algo importante. Ante esta declaración, -rápidamente hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina, gala, -libia y balear, los capitanes, entre sorprendidos y regocijados, -contestaron: - ---¡Habla, habla! - -Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los libios, que eran los -más, les dijo: - ---¿Habéis oído las horribles amenazas de este hombre? - -Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y continuando -Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los bárbaros. - -Estos se miraron asombrados; todos, en seguida, como por tácito -acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en señal de -asentimiento. - -Entonces Espendio dijo con voz robusta: - ---Ha empezado diciendo que los dioses de los otros pueblos no eran -sino quimeras al lado de los dioses de Cartago; os ha llamado cobardes, -ladrones, mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros, la -República no se vería obligada a pagar el tributo a los romanos; -por vuestros excesos la habéis privado de perfumes, de aromas, de -esclavos y de silfio, porque vosotros os entendéis con los nómadas de -la frontera de Cirene. Pero los culpables serán castigados. Ha leído -la enumeración de sus suplicios: se les hará trabajar en el empedrado -de las calles, en el armamento de los bajeles, en el ornato de los -Sisitas; y a otros se les enviará a arañar la tierra en las minas del -país de los cántabros. - -Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los campanios y a los -baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que habían herido -sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el -Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el -tumulto de los demás. Espendio añadió: - ---¿No habéis visto que ha dejado fuera del campamento una reserva de -sus jinetes? A una señal acudirán a degollaros a todos. - -Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como entonces se separó la -turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud de fantasma, -un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado hasta las -caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de polvo y de -espinas. Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas manojos -de paja, harapos de tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de sus -miembros descarnados como andrajos de las ramas secas; sus manos -temblaban con un estremecimiento continuo, y andaba apoyado en un -bastón de olivo. - -Al llegar junto a los negros que llevaban las antorchas, una especie de -risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras con ojos asustados -contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él. - -Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de ellos, escudándose -en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquí están! ¡Aquí están!» Señalando a -los guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas armaduras. Piafaban -los caballos, deslumbrados por el resplandor de las antorchas que -chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía ululando: - ---¡Los han matado! - -A estas palabras, dichas en balear, los baleares se acercaron y le -reconocieron. Él repitió: - ---¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los hermosos jóvenes, los -honderos, mis compañeros, los vuestros! - -Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó hablando. - -Espendio no podía reprimir su alegría mientras explicaba a griegos -y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que venían tan a -propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus -compatriotas. - -Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados en la víspera, y -que habiéndose dormido, cuando llegaron a la plaza de Kamón, como los -bárbaros habían partido ya, se encontraron indefensos por haber puesto -en los camellos sus balas de arcilla, con el resto de los bagajes. Se -les dejó entrar en la calle de Sateb, hasta la puerta de encina forrada -con placas de cobre, y el pueblo, impetuoso, se volvió contra ellos. - -Los soldados recordaron ahora haber oído un gran grito, grito que -Espendio no oyó porque iba en la vanguardia. - -Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los dioses Pateque, -que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los crímenes -de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus -desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron -horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin -de atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías; -a algunos les arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se -encendieron hogueras en las esquinas. - -Estas eran las llamas que brillaban de lejos sobre el lago. Habiéndose -incendiado algunas casas, se tiró por encima de las murallas el resto -de los cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado oculto en los -cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro del -ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las -cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas, -hambriento, enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba; -hasta que un día vio unas lanzas en el horizonte y las siguió -instintivamente, porque ya tenía turbado el juicio con tantos terrores -y miserias. - -La indignación de los soldados, contenida mientras él habló, estalló -ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al Sufeta. -Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si -serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les -contestó que lo traía consigo. - -Corrieron a las avanzadas y, empujados por los bárbaros, llegaron -los bagajes del Sufeta en medio de las tiendas. Sin esperar a los -esclavos, desataron los cestos y encontraron ropas de jacinto, -esponjas, raspadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para -pintar los ojos; todo esto de propiedad de los guardias, hombres ricos -acostumbrados a estas delicadezas. En seguida se descubrió en un -camello una gran cuba de bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse -en el camino, porque había tomado toda suerte de precauciones, incluso -la de llevar en jaulas comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba -vivas para hacer la tisana. Como su enfermedad le aumentaba el apetito, -traía además gran cantidad de comestibles y de víveres, de salmuera, -de carnes y pescados con miel, en tiestecitos de Comagen y grasa de -oca fundida, cubierta de nieve y de paja picada. La provisión era -considerable. A medida que se iban destapando las cestas, aparecían más -víveres, y las risas aumentaban como olas que se entrechocan. - -El sueldo de los mercenarios llenaba unos dos serones de esparto. En -uno de ellos se veían esos rodetes de cuero de que la República se -servía para ahorrar numerario; y como los bárbaros se extrañaran, -Hannón les declaró que las cuentas estaban tan enrevesadas que los -Ancianos no habían tenido tiempo de examinarlas. Entretanto, se les -enviaba esto. - -Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera, provisiones y -bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para apedrear -a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose -de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la -maldición de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta -las orejas. Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que -llevaba, y de lejos, gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo, -cloaca de Moloch; suda tu oro y tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La -escolta, en desorden, galopaba a sus lados. - -Pero el furor de los bárbaros no se aplacó con esto. Se acordaron de -que muchos de ellos que fueron a Cartago, no habían vuelto; sin duda, -se les había asesinado. Tanta injusticia, les exasperó; arrancaron las -estacas de las tiendas, arrollaron sus mantos, embridaron los caballos: -cada cual tomó su casco y su espada, y en un instante estuvo todo -dispuesto. Los que no tenían armas, corrieron al bosque a cortar ramas. - -Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se lanzaban a las calles. -«Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto por la comarca. - -Surgían hombres de cada camino, de cada barranco. Hasta los pastores -bajaban corriendo de las montañas. - -Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la vuelta a la llanada, -montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que llevaba un -tercer caballo. - -Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en ella. - ---¡Levántate, amo, levántate! ¡Nos vamos! - ---¿Dónde? --preguntó Matho. - ---A Cartago. - -Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la puerta. - - - - -III - -SALAMBÓ - - -La luna se levantaba a ras de las olas, y brillaban en la ciudad, -cubierta de tinieblas, blancuras, puntos luminosos, como la lanza de -un carro en un patio, algún pingajo de tela colgado, la esquina de una -pared o el collar de oro en el pecho de un dios. - -Las bolas de vidrio de los techos de los templos irradiaban aquí y -allá, como gruesos diamantes. Pero las informes ruinas, los montones -de tierra negra y las huertas formaban manchas más sombrías aún en la -obscuridad; abajo, en Malqua, se extendían las redes de los pescadores -de una casa a otra, como gigantescos murciélagos que desplegaran las -alas. Ya no se oía el rechinar de las ruedas hidráulicas que elevaban -el agua al último piso de los palacios; en medio de las terrazas -descansaban tranquilamente los camellos, acostados sobre el vientre, -al modo de los avestruces. - -Los ostarios o porteros dormían en las calles, en el dintel de las -casas; la sombra de los colosos se alargaba en las desiertas plazas; a -lo lejos, la llama de algún sacrificio seguía ardiendo, y la humareda -se escapaba por las tejas de bronce; la pesada brisa traía, con los -perfumes de los aromas, los olores de la marina y el vaho de las -murallas calentadas por el sol. - -Alrededor de Cartago resplandecían las ondas inmóviles, porque la luna -desparramaba su luz a un tiempo sobre el golfo ceñido de montañas y -sobre el lago de Túnez, donde los flamencos formaban largas líneas -rosadas en los bancos de arena; en tanto que más allá, bajo las -catacumbas, la gran laguna salada espejeaba como una lámina de plata. -La bóveda del cielo azul se hundía en el horizonte, por un lado, en -la polvareda de los llanos; por otro, en las brumas del mar; y sobre -la cima de la Acrópolis, los cipreses piramidales cercaban el templo -de Eschmún, balanceándose y murmurando como las olas que batían -lentamente, acompasadamente, a lo largo del muelle, por debajo de las -fortificaciones. - -Salambó, sostenida por una esclava que llevaba en un plato de hierro -carbones encendidos, subió a la terraza de su palacio. - -En medio de este recinto había un pequeño lecho de marfil, cubierto -de pieles de lince, con cojines de pluma de loro, animal fatídico -consagrado a los dioses; y en las cuatro esquinas se levantaban -altos pebeteros llenos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. La -esclava encendió los perfumes. Salambó miró la estrella polar; -saludó lentamente los cuatro puntos cardinales, y se arrodilló en el -suelo, entre el polvo de azul sembrado de estrellas, a imitación del -firmamento. Pegados los brazos al cuerpo, con los antebrazos extendidos -y las manos abiertas, mirando a la luna, dijo: - ---¡Oh, Rabbetna!... ¡Baalet!... ¡Tanit! --y su voz era quejumbrosa -como si llamara a alguien--. ¡Anaitís! ¡Astarté! ¡Derceto! ¡Astoreth! -¡Mylitha! ¡Athara! ¡Elissa! ¡Tiratha! Por los símbolos ocultos, por -los sistros resonantes, por los surcos de la tierra, por el eterno -silencio y por la eterna fecundidad, dominadora del mar tenebroso y de -las cerúleas playas. ¡Oh, Reina de las cosas húmedas! ¡Salud! - -Balanceó el cuerpo dos o tres veces y luego hundió la frente en el -polvo, alargando los brazos. - -Su esclava la levantó despacio, porque era menester, según los ritos, -que alguien viniera a alzar al suplicante de su actitud prosternada. -Era como asegurarle que los dioses quedaban agradecidos. La nodriza de -Salambó no olvidaba nunca este deber piadoso. - -Unos mercaderes de la Getulia-Daritiana la trajeron de niña a Cartago, -y después de su libertad no quiso en manera alguna abandonar a sus -amos, como lo probaba su oreja derecha, perforada por ancho agujero. -Una saya de rayas multicolores le ceñía la cintura, bajando hasta los -tobillos, donde se entrechocaban dos círculos de estaño. La cara, algo -aplastada, era tan amarilla como su túnica. Agujas de plata, muy -largas, formaban como un sol alrededor de su cabeza. Llevaba en la -nariz un botón de coral, y se mantenía erguida como un Hermes y con los -ojos bajos cerca del lecho. - -Salambó avanzó al borde de la terraza. Por un momento oteó el -horizonte, luego miró a la ciudad dormida, y un suspiro levantó sus -senos e hizo ondular de un lado a otro la larga toga blanca que colgaba -en torno de ella, sin broche ni cinturón. Sus sandalias de puntas -encorvadas desaparecían bajo un montón de esmeraldas, y sus cabellos en -desorden henchían una redecilla de hilo de púrpura. - -A poco alzó la cabeza para contemplar la luna, y mezclando con sus -palabras fragmentos de himno, murmuró: - -«¡Qué lentamente ruedas, sostenida por el éter impalpable! El aire -se limpia en torno tuyo y el movimiento de tu rotación distribuye -los vientos y los rocíos fecundos. Según tú crezcas o disminuyas, -se alargan o se achican los ojos de los gatos y las manchas de las -panteras. ¡Las esposas te invocan en los dolores del parto! ¡Tú hinchas -los mariscos, haces hervir los vinos, pudres los cadáveres, formas las -perlas en el fondo del mar! - -»Y todos tus gérmenes, ¡oh, diosa!, fermentan en las obscuras -profundidades de la humedad. - -»Cuando apareces, la quietud invade la tierra; las flores se cierran, -las olas se apaciguan, los hombres fatigados extienden el pecho hacia -ti, y el mundo, con sus océanos y montañas, se mira en tu cara como -en un espejo. ¡Eres blanca, suave, luminosa, inmaculada, auxiliadora, -purificante, serena!» - -La luna, en cuarto creciente, aparecía entonces sobre la montaña de -las Aguas Calientes, en la hendidura de sus dos cimas, del otro lado -del golfo. Tenía debajo una pequeña estrella, y alrededor, un círculo -pálido. Salambó añadió: - -«¡Qué terrible eres, señora!... Por ti nacen los monstruos, los -horribles fantasmas, los mentirosos sueños; tus ojos devoran las -piedras de los edificios y enferman los monos cada vez que tú te -rejuveneces. - -»¿Adónde vas? ¿A qué cambias perpetuamente tu forma? Tan pronto, -pequeña y encarnada, surcas el espacio como una galera sin mástil; -o bien, en medio de las estrellas, pareces un pastor que guarda su -rebaño. Brillante y redonda, rozas la cumbre de los montes, como la -rueda de un carro. - -»¡Oh, Tanit! No me amas, ¿no es verdad? ¡Te he mirado tanto! Pero no; -tú corres en el azul y yo permanezco en la tierra inmóvil.» - ---¡Taanach, toma tu nebal y toca en tono bajo la cuerda de plata, -porque mi corazón está triste! - -La esclava levantó una especie de arpa de ébano, más alta que ella, y -triangular como una delta, fijó la punta en un globo de cristal, y con -los dos brazos la tañó. - -Los sones se sucedían, sordos y precipitados como zumbido de abejas, y -cada vez más sonoros volaban en la noche con la queja de las olas y el -estremecimiento de los grandes árboles en la cima de la Acrópolis. - ---¡Cállate! --exclamó Salambó. - ---¿Qué te pasa, ama? La brisa que sopla, la nube que corre, todo te -inquieta ahora y te agita. - ---No lo sé. - ---Te fatigas con plegarias demasiado largas. - ---¡Oh, Taanach, yo quisiera disolverme como una flor en el vino! - ---Quizás consista en el aroma de tus perfumes... - ---No --dijo Salambó--: el espíritu de los dioses habita en los buenos -olores. - -Entonces la esclava la habló de su padre. Se le creía de viaje al país -del ámbar, detrás de las columnas de Melkart. - ---Pero no vuelve; te convendrá, sin embargo, escoger un esposo entre -los hijos de los Ancianos, y entonces tu fastidio se extinguirá en los -brazos de un hombre. - ---¿Por qué? --preguntó Salambó. - -Todos los que ella había visto le causaban horror con sus risas de -animal salvaje y sus miembros groseros. - ---Algunas veces, Taanach, se exhala del fondo de mi ser como cálidos -alientos, más pesados que los vapores de un volcán; siento que me -llaman unas voces; un globo de fuego rueda y sube en mi pecho, me -ahoga, voy a morir; y luego, algo suave, que corre de mi frente a mis -pies, pasa por mi carne... Es una caricia que me envuelve, y yo me -siento aplastada como si un dios se extendiera sobre mí. ¡Oh, quisiera -perderme en la bruma de las noches, en el chorro de las fuentes, en la -savia de los árboles; salir de mi cuerpo, no ser más que un soplo, que -un rayo, y subir hacia ti, oh, Madre! - -Alzó los brazos lo más alto posible, cimbreando el talle, pálida y -ligera como la luna, con su larga vestimenta. Luego volvió a echarse -en su lecho de marfil, jadeando. Taanach la pasó en torno al cuello un -collar de ámbar con dientes de delfín para ahuyentar los terrores, y -Salambó dijo con voz casi apagada: - ---Tráeme a Schahabarim. - -Su padre no había querido que ella entrara en el colegio de las -sacerdotisas, ni que la hicieran conocer nada de la Tanit popular. La -reservaba para alguna alianza favorable a su política. Salambó vivía -sola, porque su madre había muerto. - -Había crecido en las abstinencias, los ayunos y las purificaciones, -rodeada siempre de cosas exquisitas, saturado el cuerpo de perfumes, el -alma llena de plegarias. Jamás había probado el vino, ni comido carne, -ni tocado un animal inmundo, ni puesto los pies en la casa de un muerto. - -Ignoraba los simulacros obscenos, porque, aunque cada dios se -manifestaba en formas diferentes y cultos, a menudo contradictorios, -atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa -en su manifestación sideral. Había ejercido la luna una manifiesta -influencia sobre la virgen; cuando el astro iba menguando, Salambó se -debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la noche. -En un eclipse, estuvo a punto de morir. - -Pero la Rabbet, celosa, se vengaba de esta virginidad sustraída a sus -sacrificios y atormentaba a Salambó con obsesiones, tanto más fuertes -cuanto que eran avivadas por una fe sincera. - -Sin cesar, la hija de Amílcar se inquietaba por Tanit. Había aprendido -sus aventuras, sus viajes y todos sus nombres, que repetía ella sin que -les diera significado distinto. A fin de penetrar en las profundidades -de su dogma, quería conocer en lo más secreto del templo el viejo ídolo -con el magnífico manto del que dependían los destinos de Cartago; -porque la idea de un dios no puede desprenderse de su representación; -y conocer su simulacro era tomar una parte de su virtud y, en cierto -modo, dominarle. - -Salambó se volvió porque había oído las campanillas de oro que -Schahabarim llevaba en la fimbria de su vestidura. - -Subió este las escaleras y se detuvo en el dintel de la terraza, con -los brazos cruzados. - -Sus ojos hundidos brillaban como lámparas de un sepulcro; sobre su -largo cuerpo delgado flotaba la túnica de lino, que hacían pesada los -cascabeles que alternaban en sus talones con granos de esmeralda. Tenía -los miembros débiles, el cráneo oblicuo, la barbilla puntiaguda; su -piel estaba helada al tacto y su amarilla faz, surcada por profundas -arrugas, parecía contraída por un deseo o por una eterna tristeza. - -Era el gran sacerdote de Tanit, que había educado a Salambó. - ---Habla --dijo--. ¿Qué quieres? - ---Yo esperaba... Me habías casi prometido... - -Salambó se turbaba, pero en seguida repuso: - ---¿Por qué me menosprecias? ¿He olvidado algo de los ritos? Tú eres mi -maestro; tú me has dicho que ninguna como yo conocía el culto de la -diosa; pero hay algo que no quieres decirme. ¿No es así, padre? - -Schahabarim se acordó de las órdenes de Amílcar y respondió: - ---No; nada tengo que enseñarte. - ---Un genio me empuja a este amor. He subido las gradas de Eschmún, dios -de los planetas y de las inteligencias; he dormido bajo el olivo de -oro de Melkart, patrón de las colonias tirias; he empujado las puertas -de Baal-Kamón, iluminador y fertilizador; he sacrificado a los Kabiros -subterráneos, a los dioses de los bosques, de los vientos, de los -ríos y de las montañas; pero todos están muy lejos, muy altos y son -insensibles, ¿comprendes? Mientras que a Ella la siento mezclada con mi -vida; llena mi alma y me estremezco con angustias interiores como si -ella saltara para escaparse. Paréceme que voy a oír su voz, a ver su -rostro; me deslumbran sus rayos y luego caigo en las tinieblas. - -Schahabarim callaba. Salambó le imploraba con la mirada. Por fin hizo -una señal para que se fuera la esclava, que no era de raza cananea. -Desapareció Taanach, y el gran sacerdote, alzando un brazo al aire, -dijo: - ---Antes que nacieran los dioses, estaban solas las tinieblas y flotaba -un soplo, pesado e indistinto, como la conciencia de un hombre que -sueña. Este soplo se contrajo, creando el Deseo y la Nube; y del Deseo -y de la Nube salió la materia primitiva. Era un agua fangosa, negra, -helada, profunda. Encerraba monstruos insensibles, partes incoherentes -de formas que habían de nacer y que estaban pintadas en la pared de los -santuarios. - -»Después, la Materia se condensó: se convirtió en un huevo que se -abrió. Una mitad formó la tierra, otra el firmamento. El sol, la -luna, los vientos, las nubes, aparecieron y al estallido del rayo se -despertaron los animales inteligentes. Entonces, Eschmún se extendió -en la estrellada esfera; Kamón irradió en el sol; Melkart, con su -brazo, le empujó detrás de Gades; los Kabirim bajaron a los volcanes, -y Rabbet, como una nodriza, se dobló sobre el mundo, vertiendo su luz, -como una leche, y su noche como un manto. - ---¿Y después? --inquirió Salambó. - -Le había contado el secreto de los orígenes para distraerla con más -altas perspectivas; pero el deseo de la virgen se avivó con aquellas -últimas palabras, y el gran sacerdote, cediendo a medias, añadió: - ---Después inspiró y gobernó los amores de los hombres. - ---¿Los amores de los hombres? --repitió Salambó, soñadora. - ---Ella es el alma de Cartago; bien está en todas partes, habita aquí -bajo el velo sagrado. - ---¡Oh, padre! --exclamó Salambó--, yo le veré, ¿no es verdad? Tú me -llevarás. Desde hace tiempo la curiosidad de verle me devora. ¡Piedad! -¡Socórreme! ¡Vamos! - -Él la rechazó con gesto vehemente y lleno de orgullo. - ---¡Jamás! ¿No sabes que produce la muerte? Los Baales hermafroditas no -se descubren más que a nosotros solos, hombres por el espíritu, mujeres -por la debilidad. Tu deseo es un sacrilegio; conténtate con la ciencia -que posees. - -Cayó ella de rodillas, poniendo dos dedos en sus orejas, en señal de -arrepentimiento; gemía, anonadada por las palabras del sacerdote, llena -a la vez de enojo contra él, de terror y de humillación. Él la miraba -de arriba abajo, temblando a sus pies, más insensible que las piedras -de la terraza, sintiendo una especie de alegría viéndola sufrir por -su divinidad, que tampoco él podía conocer del todo. Ya los pájaros -cantaban; soplaba el viento frío, y unas nubecillas corrían en el cielo -pálido. - -De pronto, el sacerdote vio en el horizonte, detrás de Túnez, como -ligeras nieblas que se arrastraban y obscurecían el sol; luego se -alzó una gran cortina de polvo gris, perpendicularmente extendida; y -en los torbellinos de esta masa numerosa se advirtieron cabezas de -dromedarios, lanzas y escudos. Era el ejército de los bárbaros que -venía sobre Cartago. - - - - -IV - -BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO - - -Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los aldeanos montados -en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La soldadesca -había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con propósito -de exterminarlo todo. - -Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban los bárbaros, -quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago. - -Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos se acercaban con -palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal era el -terror que inspiraban! - -Por la mañana y a la caída de la tarde, los merodeadores vagaban -algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre ellos un hombre -pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara tapada por -una visera muy baja. Pasaba horas enteras mirando el acueducto, con -tal persistencia, que sin duda quería engañar a los cartagineses acerca -de sus verdaderos designios. Le acompañaba otro hombre, especie de -gigante, con la cabeza destocada. - -Cartago estaba defendida en toda la longitud del istmo; en primer -lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último término -por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y -doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes -para sus caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para -cuatro mil caballos con las provisiones de cebada y los arneses; y -cuarteles para veinte mil soldados con las armaduras y todo el material -de guerra. Las torres se levantaban en el segundo piso, provistas de -almenas, y a la parte de afuera había escudos de bronce, colgados de -garitos. - -Esta primera línea de murallas defendía en primer lugar a Malqua, -barrio de la gente de la marina y de los tintoreros. Veíanse los -mástiles en que se secaban las velas de púrpura; y sobre las últimas -azoteas los hornos de arcilla para cocer la salmuera. - -Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus altas casas de -forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de cañas, -de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos formaban -como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente -coloreados. Las plazas públicas estaban niveladas a distancias -desiguales; innumerables callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en -sentido longitudinal. Se veían los recintos de tres viejos barrios, -ahora confundidos, destacándose como grandes escollos, en los que se -alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores, ennegrecidos, -anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las calles -por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes. - -La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa, desaparecía bajo un -desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con capiteles -de bronce y cadenas de metal, conos de piedra con franjas de azur, -cúpulas de cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y -obeliscos en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban -a los frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas; -las murallas de granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto, -encima una cosa de otra, ocultándose a medias, de un modo maravilloso e -incomprensible. Se sentía la sucesión de las edades y como el recuerdo -de patrias olvidadas. - -Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el camino de los Mapales, -cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la ribera a las -catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este tercer -barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de la -costa, en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas las -noches. - -Así se desplegaba Cartago ante los soldados acampados en la llanura. - -De lejos divisaban los mercados, las esquinas de las calles, y -discutían sobre el emplazamiento de los templos. El de Kamón, enfrente -de los Sisitas, con tejas de oro; Melkart, a la izquierda de Eschmún, -tenía en su techumbre ramas de coral; más allá, Tanit redondeaba -entre palmeras su cúpula de cobre; el negro Moloch estaba debajo de -las cisternas del lado del faro. En el ángulo de los frontispicios, -encima de las murallas, en los rincones de las plazas, en todas partes, -se veían divinidades de cabeza horrible, colosales o ventrudas, con -vientres enormes o desmesuradamente aplanados, con las fauces abiertas, -separados los brazos y en las manos horcas, cadenas o jabalinas. El -azul del mar, destacándose en el fondo de las calles, parecía hacer a -estas, por un efecto de perspectiva, más escarpadas. - -Un pueblo tumultuoso las llenaba de día y noche; los mancebos, agitando -campanillas, gritaban a la puerta de los baños; humeaban las tiendas -de bebidas calientes; el aire resonaba con la batahola de los yunques; -los gallos blancos, consagrados al sol, cantaban en los terrados; -mugían en los templos los bueyes destinados al sacrificio; corrían los -esclavos con canastillos en la cabeza; y en el atrio de los pórticos -aparecía alguno que otro sacerdote vestido con sombrío manto, desnudos -los pies, con el gorro puntiagudo. - -Este espectáculo de Cartago irritaba a los bárbaros. La admiraban y la -execraban; querían a un tiempo destruirla y vivir en ella. Pero ¿qué -había en el puerto militar, defendido por una triple muralla? Detrás -de la ciudad, en el fondo de Megara, a mayor altura que la Acrópolis, -aparecía el palacio de Amílcar. - -A cada instante, los ojos de Matho miraban a él. Se subía a los olivos -y se doblaba con la mano extendida sobre las cejas. Los jardines se -hallaban dentro y la puerta roja, de cruz negra, estaba siempre cerrada. - -Más de veinte veces dio la vuelta a las fortificaciones, buscando -alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo y durante tres -horas nadó sin descansar. Llegó al final de los Mapales y quiso trepar -por el acantilado. Se ensangrentó las rodillas, se rompió las uñas y -luego cayó en el agua y se volvió. - -Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa Cartago que guardada -a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su enervamiento -sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas, los -ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo -traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón. -Tiraba flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras -furiosas. - ---Deja correr tu cólera como un carro que rueda --le decía Espendio--. -Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con sangre, y, ya -que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te sostendrá. - -Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les hacía maniobrar -implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo, por su -fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de noche -hablaba con fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su ejemplo, -y pronto el ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus -casas la música de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los -bárbaros se acercaron. - -Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado dos ejércitos que -pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno desembarcando -en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las Aguas -Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo -más, de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían -juntarse con los númidas e interceptar el camino de Cirene y el -comercio del desierto; si se replegaban al Occidente, se levantaría la -Numidia. Finalmente, la falta de víveres les haría devastar, tarde o -temprano, como la langosta, las campiñas vecinas. Los ricos temblaban -por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus cultivos. - -Hannón propuso medidas atroces e impracticables, tal como prometer una -fuerte suma por cada cabeza de bárbaro, o que con barcos y con máquinas -se incendiara su campamento. Por el contrario, su colega Giscón quería -que se les pagara; pero a causa de su popularidad, los Ancianos le -detestaban, porque temían que el azar les diera un amo, y por temor a -la monarquía se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la -podía restablecer. - -Fuera de las fortificaciones había gente de otra raza y de origen -desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos y de -serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las que se -divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de Megara, -por entre las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro y algas -estaban junto a los cantiles de la costa, como nidos de golondrinas. -Allí vivían sin Gobiernos y sin dioses, todos mezclados, completamente -desnudos; a un tiempo débiles y feroces, y desde muchos siglos -execrados por el pueblo a causa de sus inmundos alimentos. Una mañana -advirtieron los centinelas que todos se habían ido. - -Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una resolución. -Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias, como -particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o -bien parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba -arreglado y que harían justicia a sus reclamaciones. - -Muchos de estos consejeros visitaban por primera vez un campo de -mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban, admiraron en -todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de tierra -encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de -las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca; -por los agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que -brillaban en la sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas -los deslumbraban como espejos. Se hablaba en voz baja; temían volcar -algo con sus largas togas. - -Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a pagarlos con el -dinero que se les debía. - -Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas secas y altramuces, más -cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que Cartago exportaba al -extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los magníficos -animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el -valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los -comedores de cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los -engañaban. Entonces echaban mano a la espada y amenazaban con matar. - -Los comisarios del Gran Consejo escribieron el número de años que -se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora cuántos -mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de -la suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la -reserva de silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnez estaba -ya con ellos; y los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los -reproches de su colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien -conocía a algún bárbaro fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y -entretenerlo con buenas palabras. Esta confianza les calmaría. - -Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias enteras se -trasladaron al campamento bárbaro. - -Los soldados dejaban entrar a los cartagineses, pero por un solo -paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro hombres en -fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar -cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando -encontrar alguien que hubiese visto en casa de Salambó. - -El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío y la animación. Las -dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la una vestida -de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; la otra -vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores ambulantes, -circulaban mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles -maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas -por marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas, -tomadas en el saqueo de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las -abrumaba de amor y cuando llegaban a viejas se las tundía a golpes, y -que morían en los viajes, al borde de los caminos, entre los bagajes, -con las acémilas abandonadas. Las mujeres númidas se balanceaban sobre -sus talones, vestidas de túnicas de pelo de dromedario, cuadradas y de -color rabioso; las músicas de la Cirenaica, envueltas en gasas violetas -y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las esteras; negras -viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego, estiércol de -animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de oro en -la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de -lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos, -daban a los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o llegando -por detrás, como pequeños tigres, les mordían las manos. - -Los cartagineses se paseaban por el campamento, sorprendidos de la -multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban tristes, y los -otros disimulaban su inquietud. - -Los soldados les golpeaban en el hombro, excitándolos a la alegría. No -bien veían un personaje, le invitaban a sus diversiones. Cuando jugaban -al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y en el pugilato, al -primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos asustaban a los -cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus víboras; los jinetes, -con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones pacíficas, se esforzaba en -sonreír y bajar la cabeza a todos estos ultrajes. Algunos, mostrándose -valientes, hacían signos de que querían ser soldados. Se les daba -hachas para rajar madera y se les hacía almohazar los animales; se -les encerraba en una armadura y los hacían rodar como toneles por -las calles del campamento. Y cuando se disponían a marcharse, los -mercenarios se tiraban de los pelos con contorsiones grotescas. - -Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a todos los -cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran alguna -cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un -cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés, -despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos -contestaban: «Tu mujer.» Otros decían: «Tu vida.» - -Fueron remitidas a los capitanes las cuentas militares, leídas a los -soldados y aprobadas definitivamente. Entonces reclamaron tiendas, y -se las dieron. Después los polemarcas de los griegos pidieron algunas -de las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el Gran -Consejo votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes -entendían que era justo que la República les indemnizara de sus -caballos: uno afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en -tal marcha, otro catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones -de Hecatompila; pero ellos prefirieron dinero. - -A continuación pidieron que se les pagara en plata, no en moneda de -cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que se -hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida -de harina cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal -injusticia exasperó, pero hubo que pasar por ella. - -Entonces los delegados de los soldados y los del Gran Consejo se -reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses de los -bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas -y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba -de amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con -la República. - -Hízose como que no se les comprendía, y se explicaron más claramente, -pidiendo la cabeza de Amílcar. - -Muchas veces al día salían de su campamento para pasearse al pie de las -murallas. Gritaban que se les diera la cabeza del Sufeta y extendían -los sayos para recibirla. - -Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser por una última -exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en matrimonio -para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue una -idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar. -Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó -al pueblo: se les significó rotundamente que no les darían ninguna. -Entonces gritaron que se les había engañado y que si antes de tres días -no llegaba su paga, irían ellos mismos a tomarla en Cartago. - -La mala fe de los mercenarios no era tan completa como pensaban sus -enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes, vagas, es -verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar -en Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían -sus tesoros; y cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la -desilusión hirió su orgullo tanto como su codicia. - -Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de Alejandro, ¿no habían -dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de Hércules, que los -cananeos confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte de los -ejércitos. Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el -ruido de los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en -su bosque de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un -pueblo dispuesto a utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su -tribu, el parricida errante en los caminos, el sacrílego perseguido por -los dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados procuraban -llegar al puerto donde el agente de Cartago reclutaba soldados. En -general, esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el exceso de su -avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los -libios, el África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba -libre; pero aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por -asesinos, la República sentía la muerte rondar en torno de ella. - -Convenía, pues, recurrir a Giscón; los bárbaros aceptaron su -intervención; una mañana vieron bajarse las cadenas del puerto y entrar -en el lago tres barcos planos, pasando por el canal de la Tania. - -A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de este, y a más altura -que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con anillos parecidos -a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes, peinados -como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y -esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros. -Las tres barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las -aclamaciones de los soldados, que las estaban mirando. - -Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a su encuentro. Con -sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no se iría -sin haberles pagado íntegramente. - -Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo hablar. - -Luego censuró las faltas de la República y las de los bárbaros, que -con sus violentos motines tenían asustada a Cartago. La mejor prueba -de las buenas intenciones de la ciudad era que le enviaban a él, el -constante adversario del Sufeta Hannón. No debían los mercenarios -suponer en el pueblo la tontería de querer irritar a los valientes, ni -la ingratitud de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por -los libios. Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se -sirvió de ellas. - -Iban desfilando todos por naciones y abriendo los dedos para significar -el número de años; se les marcaba sucesivamente en el brazo izquierdo -con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en el cofre -abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de plomo. - -Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la pesadez de un buey. - ---Sube a mi lado --le dijo el Sufeta, sospechando algún fraude--. -¿Cuántos años has servido? - ---Doce --respondió el libio. - -Giscón le pasó los dedos por debajo de la mandíbula, porque el -barboquejo del casco producía a la larga callosidades. «Tener callos» -era tanto como acreditarse de veterano. - ---¡Ladrón! --exclamó el Sufeta--, lo que te falta en la cara debes -tenerlo eh las espaldas. - -Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto de llagas -sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue -decapitado. - -En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a despertar a los libios, y -les dijo: - ---Cuando los ligures, los griegos, los baleares y los hombres de -Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en África, -esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se -vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los -dos Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de -Xantippo, al que enviaron a Esparta en una galera podrida... - ---¿Qué haremos? --le preguntaban. - ---¡Reflexionad! --contestaba Espendio. - -Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a la gente de Magdala, -de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos. - ---Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a los baleares, a los -asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se os dará -nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán -para ahorrar la comida. - -Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita, aquel a quien Giscón -golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue rechazado por los -esclavos y desapareció, jurando vengarse. - -Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los más obstinados -entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban las -manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las -cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los -que lo habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos, -los desterrados, tomando las armas de los soldados, decían que se les -olvidaba. A cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas -crujían, se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del -campamento oscilaba, con grandes gritos, desde las puertas hasta el -centro. Cuando el tumulto era muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su -cetro de marfil y, mirando al mar, permanecía inmóvil, con los dedos -hundidos en la barba. - -Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar con Espendio; luego -se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente sus pupilas -como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se -le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto -continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos. - -Los griegos quisieron armar camorra por la diferencia de las monedas; -Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron conformes. Los -negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio en el -interior de África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y como los -demás, aceptaron moneda. - -A los baleares se les había prometido algo mejor: mujeres. El Sufeta -les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de vírgenes; el -camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que estas -doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las -enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares. - -De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó como un batelero -sobre las espaldas de sus amigos, y gritó: - ---¿Has reservado algo para los muertos? --y señalaba la puerta de -Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía con -sus placas de cobre, de arriba abajo. - -A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro sangriento. Cada vez -que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó lentamente y se -encerró en su tienda. - -Cuando al amanecer volvió a salir, no se movieron sus intérpretes, -que dormían al exterior, y a los que se veía de espaldas, fijos los -ojos, azulado el rostro y con la lengua fuera de la boca. Salían de sus -narices blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como si les -hubiese helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello -una lazada de juncos. - -Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza de baleares, -contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por Espendio. -Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era forzoso -concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda -ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita -blandía su recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros -puñales. Los más fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos -iracundos pedían que continuara la distribución. Nadie abandonaba las -armas, y todas las iras se concentraban en Giscón, con odio tumultuoso. - -Algunos se pusieron a su lado. Mientras vociferaban injurias, se les -escuchaba con paciencia; pero a la menor palabra en favor suyo, eran -apedreados, o por la espalda, de un sablazo, se les cortaba la cabeza. -El montón de sacos estaba más rojo que un altar. - -Después de la comida, cuando habían bebido vino, se volvían terribles. -Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los ejércitos púnicos, -y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, como burlándose -de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos que traían el -dinero, y seguía la matanza. La palabra _¡mata!_, aunque distinta en -cada idioma, era comprendida de todos. - -Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba; pero, a pesar de -su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que se les -había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a -sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la -multitud en señal de juramento. - -Entonces los africanos reclamaron el trigo prometido por el Gran -Consejo. Giscón extendió las cuentas de los Sisitas, hechas con pintura -violeta sobre pieles de cordero, y leyó todo el que había entrado en -Cartago, mes por mes y día por día. - -A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si entre los números -leyera su sentencia de muerte. - -En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente reducido, y el -trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a una tasa -tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo. - ---¡Habla! --le dijeron--. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que trata de engañarnos! -¡Desconfiemos del cobarde! - -Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó su tarea. Los -soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por buenas las -cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en -Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro -y vieron que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto -salir de ella tales sumas que la creían inagotable; Giscón, sin duda, -las había escondido en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por -Matho, y como gritaran «¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al -fin: «Que os lo dé vuestro general.» - -Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus grandes ojos amarillos y -su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha, detenida por las -plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su oreja, y un -hilo de sangre corría de la tiara por su hombro. - -A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio, con un nudo -corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta -desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los sacos. - -Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas más indispensables -para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, y en una piel -de mono, una piedra negra caída de la luna. - -Muchos cartagineses habían querido acompañarle; eran personajes -partidarios de la guerra. - -Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en el foso de las -inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre a -sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya. - -Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con invectivas; como ellos -no las entendían, nada contestaban. El galo se entretenía en tirarles -guijarros a la cara para hacerles gritar. - - * * * * * - -Una especie de inquietud se apoderó del ejército al siguiente día. -Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban las inquietudes. -Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que indirectamente había -ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como una prolongación de -su persona. Matho se sentaba de noche al borde de la fosa, y en los -gemidos de los prisioneros encontraba él algo de la voz de la que su -corazón estaba lleno. - -Los libios eran los únicos pagados, y todos se lo echaban en cara. -Al mismo tiempo que se avivaban las antipatías nacionales con los -odios particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque después -de tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había -que precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los -conciliábulos, las arengas; hablaban todos y nadie era escuchado; -Espendio, locuaz de ordinario, se encogía de hombros ante todas las -proposiciones. - -Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el interior de la ciudad. - ---Ninguna --contestó Matho. - -Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago. - ---¡Amo! --dijo el antiguo esclavo--, si tu corazón es intrépido, yo te -guiaré a Cartago. - ---¿Cómo? - ---Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como una sombra. - -Matho, levantando el brazo hacia el planeta de Chabar, dijo; - ---¡Lo juro, por Tanit! - ---Mañana --repuso Espendio--, al ponerse el sol, me esperarás al pie -del acueducto, entre el noveno y el décimo arco. Provéete de un pico -de hierro, de un casco sin cimera y de sandalias de cuero. - -El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente todo el istmo y era -una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No obstante su -desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento, -lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos -superpuestos, de abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y -cabezas de león en las cimas, extendiéndose por la parte occidental de -la Acrópolis, iban a hundirse debajo de la ciudad, para derramar casi -un río en las cisternas de Megara. - -A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató una especie de -arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y fijado -que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared. - -Así que llegaron al primer piso, como se caía el arpón cada vez que lo -echaban, tuvieron que andar por el borde de la cornisa para descubrir -alguna hendidura. La cornisa se iba estrechando a cada hilera de arcos. -La cuerda se iba gastando, y en ocasiones amenazaba romperse. - -Llegaron finalmente a la plataforma superior. Espendio, de tiempo en -tiempo, se doblaba para tantear las piedras con la mano. - ---¡Allí es! --dijo--. Empecemos. - -Y forcejeando con la palanca que trajo Matho, consiguieron apartar una -de las losas. - -Vieron a lo lejos un grupo de jinetes que galopaban en caballos -sin bridas. Los brazaletes de oro saltaban entre las mangas de sus -vestidos. Al frente de ellos iba un hombre coronado con plumas de -avestruz y galopando con una lanza en cada mano. - ---¡Narr-Habas! --exclamó Matho. - ---¿Qué importa? --repuso Espendio. - -Y saltó al agujero que había dejado la losa separada. - -A una orden suya, Matho probó empujar uno de los bloques; pero por -falta de espacio, no podía mover los codos. - ---Volveremos --dijo Espendio--; ponte delante --y los dos se -aventuraron en el conducto de las aguas. - -Andaban mojados hasta la cintura, y pronto hubieron de nadar, -tropezando a cada instante con las paredes del canal, que era muy -estrecho. El agua corría casi tocando las losas de arriba; se laceraban -el rostro. Luego, la corriente los arrastró. Un aire más pesado que -el de un sepulcro les oprimía el pecho, y con los brazos altos para -resguardar la cabeza y pegadas las piernas, que alargaban lo más -que podían, pasaron como flechas en la obscuridad, jadeantes, casi -muertos. De pronto, todo se hizo negro delante de ellos y se redobló la -velocidad de las aguas. Cayeron. - -Así que volvieron a la superficie se mantuvieron durante algunos -minutos tendidos de espalda, para respirar deliciosamente el aire. -Las arcadas, una tras otra, se abrían en medio de anchas murallas que -separaban los depósitos. Todos estaban llenos y el agua caía en una -especie de cascada a lo largo de las cisternas. Las cúpulas del techo -dejaban pasar por un tragaluz una pálida claridad que se reflejaba en -el agua como discos de luz, y las tinieblas del contorno se espesaban -sobre las paredes indefinidamente. El más insignificante ruido producía -un gran eco. - -Espendio y Matho volvieron a nadar, y pasando por la abertura de los -arcos, atravesaron muchos compartimentos seguidos. Otras series de -depósitos más pequeños se extendían paralelamente a cada lado. Los dos -hombres se perdían y volvían a encontrarse. Algo resistió bajo sus -talones: era el pavimento de la galería que bordeaba las cisternas. - -Entonces, avanzando con grandes precauciones, palparon la muralla en -busca de una salida. Pero sus pies resbalaban y caían para volver -a levantarse, presa de espantosa fatiga, como si sus miembros se -disolvieran en el agua. Sus ojos se cerraron: agonizaban. - -Espendio dio con la mano contra los barrotes de una reja. La sacudieron -y cedió, dando paso a una escalera cerrada arriba por una puerta de -bronce. Con la punta de un puñal apartaron la barra que la abría por -fuera; y respiraron el aire libre. - -La noche estaba silenciosa y el cielo parecía de una altura -desmesurada. Veíanse hileras de árboles a lo largo de las murallas. La -ciudad dormía, mientras los fuegos de los centinelas de las avanzadas -brillaban como estrellas perdidas. - -Espendio, que había pasado tres años en la ergástula, no conocía bien -los barrios de la ciudad. Matho conjeturó que para ir al palacio de -Amílcar debían tomar a la izquierda, atravesando los Mapales. - ---No --dijo Espendio--; llévame al templo de Tanit. - -Matho quiso objetar. - ---Acuérdate --dijo el esclavo; y alzando el brazo, señaló al planeta de -Chabar, que resplandecía. - -Entonces Matho se volvió silenciosamente hacia la Acrópolis. - -Se arrastraban a lo largo de las líneas de nopales que bordeaban -los caminos. Corría el agua de sus cuerpos sobre el polvo de la -tierra. Sus sandalias, mojadas, no hacían el menor ruido. Espendio, -con los ojos más brillantes que antorchas, registraba a cada paso -los matorrales; detrás de él andaba Matho, con las dos manos armadas -de puñales, sujetos los brazos cerca de los sobacos por una banda de -cuero. - - - - -V - -TANIT - - -Cuando salieron de las huertas, se vieron detenidos por la cerca de -Megara; pero descubrieron una brecha en la espesa muralla, y pasaron. - -El terreno, al descender, formaba como un valle muy ancho. Se hallaron -en un sitio descubierto. - ---¡Escucha! --dijo Espendio--, y nada temas... Cumpliré mi promesa. - -Se interrumpió, como pensando en lo que iba a decir... - ---¿Te acuerdas cuando una vez te señalé, Matho, al salir el sol, desde -la azotea de Salambó, a Cartago? Aquel día éramos fuertes, pero tú -no quisiste oír nada... ¡Amo, hay en el santuario de Tanit un velo -misterioso, caído del cielo, y que cubre a la diosa! - ---Lo sé --dijo Matho. - ---Es un velo divino porque forma parte de la deidad. Los dioses -ejercen su poder donde residen. Porque lo posee Cartago, Cartago es -poderosa... ¡Te he traído aquí para robarlo! - -Matho retrocedió horrorizado. - ---¡Vete! ¡Busca otro! No quiero ayudarte en esa acción execrable. - ---Tanit es tu enemiga --replicó Espendio--. Ella te persigue, y tú -mueres de su cólera. Te vengarás; ella te obedecerá, y serás inmortal e -invencible. - -Matho bajó la cabeza. Espendio prosiguió: - ---Sucumbiremos; el ejército será aniquilado. No tenemos ni escapatoria, -ni ayuda, ni perdón. ¿Qué castigo de los dioses puedes temer, si tienes -su fuerza en tus manos? ¿O es que prefieres morir en la derrota, -miserablemente, al amparo de un matorral, o entre el ultraje de la -plebe, en una hoguera? ¡Amo, un día entrarás en Cartago, entre los -colegios de los pontífices, que besarán tus sandalias; y si el velo de -Tanit te pesa, lo devolverás a su templo! ¡Sígueme! ¡Ven a tomarlo! - -Un ansia terrible devoraba a Matho. Hubiera querido poseer el velo -sin cometer el sacrilegio. Se decía que quizás podría adquirir su -virtud sin necesidad de robar el velo; pero sin llegar al fondo de su -pensamiento, deteniéndose en el límite que le espantaba. - ---¡Vamos! --dijo, y se alejaron a paso rápido, juntos y sin hablarse. - -El terreno iba subiendo y las casas se juntaban. Los dos hombres -torcían por calles estrechas y entre tinieblas. Jirones de esparto -que cerraban las puertas golpeaban las paredes. En una plaza, los -camellos rumiaban ante un montón de heno. Luego pasaron por debajo de -una galería cubierta de follaje. Ladraron los perros, pero de pronto -el espacio se ensanchó y se encontraron en la parte occidental de la -Acrópolis. Por bajo de Byrsa se erguía una negra mole: era el templo -de Tanit, conjunto de monumentos y jardines, de patios y antepatios, -ceñido por un pequeño muro de piedras secas. Espendio y Matho lo -franquearon. - -Este primer recinto encerraba un bosque de plátanos, plantados como -precaución contra la peste y la infección del aire. Aquí y acullá -estaban diseminadas las tiendas en que de día se vendían pastas -depilatorias, perfumes, vestidos, pasteles en forma de luna e imágenes -de la diosa, con reproducciones del templo ahuecadas en un bloque de -alabastro. - -Nada tenían que temer, porque en las noches en que el astro estaba -oculto, se suspendían todos los ritos; pero Matho se desanimaba y se -detuvo ante las tres gradas de ébano que conducían al segundo recinto. - ---¡Adelante! --dijo Espendio. - -Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmóviles como follaje de -bronce, alternaban con regularidad; el camino, empedrado de guijarros -azules, crujía bajo los pies; abiertas rosas se mecían como cunas en -toda la longitud de la avenida. Llegaron ante un agujero oval, cerrado -por una verja. Matho, a quien el silencio espantaba, dijo a Espendio: - ---Aquí es donde se mezclan las Aguas dulces con las Aguas amargas. - ---Yo he visto todo esto --contestó el antiguo esclavo-- en Siria, en la -ciudad de Mafug. - -Por una escalera de seis gradas de plata subieron al tercer recinto. - -Un cedro enorme se erguía en medio. Sus ramas más bajas desaparecían -bajo montones de estofas y de collares colgados por los fieles. -Avanzaron algunos pasos y llegaron a la fachada del templo. - -Dos largos pórticos, de arquitrabes que se apoyaban en gruesos pilares, -flanqueaban una torre cuadrangular, adornada en su plataforma por una -luna en creciente. Sobre los ángulos de los pórticos y en las cuatro -esquinas de la torre se elevaban vasos llenos de aromas encendidos. -Granadas y coloquíntidas festoneaban los capiteles. Entrelazos, -losanges y líneas de perlas alternaban sobre los muros, y un seto de -filigrana de plata formaba un ancho semicírculo ante la escalera de -marfil que bajaba del vestíbulo. - -A la entrada había, entre una estela de oro y otra de esmeralda, un -cono de piedra; al pasar por su lado, Matho se besó la mano derecha. - -La primera habitación era muy alta, con innumerables aberturas en la -bóveda, de modo que al levantar la cabeza se podían ver las estrellas. -En todo el contorno de la muralla se amontonaban, en cestas de mimbre, -barbas y cabelleras, primicias de adolescentes; y en medio del -departamento circular, salía de una repisa el cuerpo de una mujer, -cubierta de mamas, gorda, barbuda y con las pupilas bajas; tenía aire -sonriente y las manos cruzadas sobre el borde de su gran vientre, -pulido por los besos de la multitud. - -Después se hallaron al aire libre, en un corredor transversal, en el -que un altar de exiguas proporciones se apoyaba en una puerta de marfil -que únicamente los sacerdotes podían abrir; porque un templo no era un -sitio de reunión del pueblo, sino la morada particular de una divinidad. - ---¡La empresa es imposible! --decía Matho--. ¡Volvámonos! - -Espendio examinaba las paredes. Quería el velo, no porque tuviera -confianza en su virtud --Espendio no creía en el oráculo--, sino porque -estaba persuadido de que los cartagineses, al verse sin él, caerían -en un gran abatimiento. Dieron la vuelta por detrás, buscando alguna -salida. - -Veíanse edículos de formas diferentes, bajo bosquecillos de terebintos. -Aquí y allá se erguía un falo de piedra y pastaban tranquilamente -grandes ciervos, empujando con las pezuñas las piñas que habían caído -de las copas de los árboles. - -Volvieron sobre sus pasos entre dos largas galerías paralelas, con -pequeñas celdas al fondo. De arriba abajo de sus columnas de cedro -pendían tamboriles y címbalos. Unas mujeres dormían sobre esteras -fuera de las celdas. Sus cuerpos, engrasados con ungüentos, exhalaban -olor a especias y a perfumadores apagados, y estaban tan cubiertas de -tatuajes, de collares, de anillos, de bermellón y de antimonio que, -sin el movimiento del pecho, se las hubiera tomado por ídolos tendidos -en el suelo. Los lotos rodeaban una fuente en la que nadaban peces -parecidos a los de Salambó; luego, en el fondo, junto a la muralla del -templo, se desplegaba una viña de sarmientos de vidrio y racimos de -esmeraldas. Los rayos de las piedras preciosas fingían juegos de luz -entre las columnas pintadas, sobre los rostros de las durmientes. - -Matho se asfixiaba en la cálida atmósfera que irradiaban los tabiques -de cedro. Todos estos símbolos de la fecundación, estos perfumes y -estos hálitos le abrumaban. A través de los destellos místicos, soñaba -con Salambó. La confundía con la misma diosa, y su amor iba en aumento, -como los grandes lotos que se despliegan pomposos en la profundidad de -las aguas. - -Calculaba Espendio el dinero que hubiera ganado en otro tiempo -vendiendo aquellas mujeres, y con la vista pesaba, al pasar, los -collares de oro. - -El templo era tan impenetrable por este lado como por el otro. -Volvieron por detrás de la primera cámara. En tanto que Espendio -husmeaba, Matho, prosternado ante la puerta, imploraba a Tanit, -suplicándola que no le permitiera este sacrilegio. Procuraba ablandarla -con palabras acariciadoras, como se hace con una persona irritada. - -Espendio advirtió una abertura estrecha encima de la puerta. - ---¡Levántate! --dijo a Matho. - -Y le hizo adosarse de pie contra la pared. Poniendo un pie en sus manos -y luego otro sobre su cabeza, llegó a la altura del ventanal, y por -allí desapareció. Matho sintió caer sobre su espalda una cuerda de -nudos, que Espendio había arrollado alrededor de su cuerpo antes de -aventurarse en la cisterna; y apoyándose con ambas manos, pronto se -encontró al lado de Espendio en una gran sala llena de sombra. - -Un atentado sacrílego parecía tan imposible, que, por lo mismo, apenas -se habían puesto los medios para evitarlo. El terror, más que las -paredes, defendía al santuario. Matho, a cada instante, se creía muerto. - -En el fondo de las tinieblas brillaba una luz. Se acercaron. Era una -lámpara que ardía en una concha, sobre el pedestal de una estatua -tocada con el gorro de los Kabiros. Vestía una larga túnica azul -sembrada de discos de diamantes, y unas cadenas que se hundían bajo las -losas la retenían por los talones. Matho contuvo un grito: - ---¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Hela aquí! - -Espendio cogió la lámpara para alumbrarse. - ---¡Qué impío eres! --murmuró Matho. - -Pero le siguió. El departamento en que entraron no tenía más que una -pintura negra, que representaba otra mujer, cuyas piernas subían hasta -lo alto de la muralla. Su cuerpo ocupaba todo el techo. Colgaba de su -ombligo un hilo con un huevo enorme, y la alegoría caía sobre la otra -pared, con la cabeza hacia abajo, hasta el nivel de las losas, en las -que hincaba sus dedos puntiagudos. - -Para seguir adelante, apartaron una cortina; pero sopló el viento y la -lámpara se apagó. - -Anduvieron errantes, perdidos en las complicaciones de la arquitectura. -De repente, notaron bajo sus pies una cosa de una extraña suavidad. -Brillaban y brotaban chispas; andaban sobre fuego. Espendio tocó el -suelo y vio que estaba cuidadosamente alfombrado con pieles de lince; -luego le pareció que le rozaba las piernas una cuerda gruesa y mojada, -fría y viscosa. Las hendiduras talladas en la muralla dejaban pasar -tenues rayos blancos. Avanzaban con esta incierta luz, hasta que al fin -vieron una gran serpiente negra, que desapareció rápidamente. - ---¡Huyamos! --dijo Matho--. ¡Es ella; la oigo; ella viene! - ---¡No! --repuso Espendio--. El templo está vacío. - -Una luz deslumbrante les hizo cerrar los ojos. Vieron luego en -contorno una infinidad de animales flacos, jadeantes, enseñando las -garras y confundidos unos con otros, con un desorden misterioso que -daba espanto. Eran serpientes con pies, toros con alas, peces con -cabezas humanas comiendo frutas, flores que se abrían en las fauces -de cocodrilos, y elefantes con la trompa alzada volando por el cielo -como águilas. Un terrible esfuerzo distendía sus miembros incompletos -o multiplicados. Parecían querer sacarse el alma alargando la lengua; -y todas las formas se encontraban allí, como si el receptáculo de los -gérmenes, abriéndose con súbito rompimiento, se hubiera vaciado sobre -las paredes de la sala. - -Doce globos de cristal azul la rodeaban circularmente, soportados -por monstruos parecidos a tigres. Sus pupilas brillaban como ojos de -caracoles, y encorvando sus poderosas grupas, se volvían hacia el fondo -donde resplandecían, en un carro de marfil, la Rabbet suprema, la -Omnifecunda, la última creada. - -Escamas, plumas, flores y pájaros le subían hasta el vientre; le -servían de pendientes unos címbalos de plata que oscilaban sobre sus -mejillas. Sus grandes ojos miraban de hito en hito, y una piedra -luminosa, engarzada en su frente en un símbolo obsceno, alumbraba toda -la sala, al reflejarse por encima de la puerta, en espejos de cobre -rojo. - -Matho dio un paso; flojeó una losa bajo sus talones, y las esferas -empezaron a girar, los monstruos a rugir; oyóse una música melodiosa -y arrulladora como la armonía de los planetas; el alma de Tanit se -desbordaba tumultuosa. Iba a levantarse, grande como la sala, con los -brazos abiertos. De pronto, los monstruos cerraron las fauces y los -globos de cristal dejaron de girar. - -Lúgubre modulación onduló por algún tiempo en el aire, hasta que al fin -se extinguió. - ---¿Y el velo? --dijo Espendio. - -No se le veía en ninguna parte. ¿Dónde estaba? ¿Cómo descubrirlo? ¿Lo -habrían ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba un desgarro del -corazón, y como una decepción en su fe. - ---Por aquí --murmuró Espendio, guiado por una inspiración. - -Llevó a Matho detrás del carro, en donde una hendidura, ancha de un -codo, cortaba la muralla de arriba abajo. - -Entraron en una pequeña sala redonda, y tan alta, que parecía el hueco -de una columna. Tenía en medio una gran piedra negra semiesférica, a -modo de tamboril; ardían llamas por encima, y por detrás se levantaba -un cono de ébano que ostentaba una cabeza y dos brazos. - -A distancia, les pareció una nube cuajada de estrellas; se veían -figuras en las profundidades de sus pliegues: Eschmún con los Kabiros, -algunos de los monstruos de antes, las bestias sagradas de los -babilonios y otras desconocidas. Todo esto pasaba como un manto bajo la -mirada del ídolo, y, remontándose desplegado en la pared, se agarraba a -los ángulos, ora azulado como la noche, ora amarillo como la aurora; o -bien purpúreo como el sol, diáfano y resplandeciente. Era el manto de -la diosa, el zaimph santo que no se podía mirar. - -Los dos hombres palidecieron. - ---¡Tómalo! --dijo al fin Matho. - -Espendio no vaciló, y apoyándose en el ídolo, desprendió el velo, que -cayó arrastrándose. Matho puso la mano encima, metió la cabeza por la -abertura y se envolvió el cuerpo con él, separando los brazos para -verlo mejor. - ---¡Vámonos! --dijo Espendio. - -Matho permanecía con los ojos clavados en las losas. De pronto exclamó: - ---¿Y si yo fuera a su casa? ¿No tengo miedo de su hermosura? ¿Qué -puede ahora contra mí? Ahora soy más que un hombre. Pasaré por encima -de las llamas, andaré sobre las olas del mar. Me siento transportado. -¡Salambó! ¡Salambó! ¡Yo soy tu amo! - -Su voz era tonante. Le parecía a Espendio otro hombre de estatura más -alta y transfigurado. - -Se oyeron pasos, se abrió una puerta y apareció un hombre, un -sacerdote, con su alto gorro y los ojos pintados. Sin darle tiempo, -Espendio se precipitó a él y le hundió los dos puñales en los costados. -La cabeza sonó sobre el pavimento. - -Inmóviles como el cadáver, quedaron atentos durante un rato; pero solo -se oía el murmullo del viento, por la puerta entreabierta. - -Daba esta a un pasadizo. Espendio se metió en él, seguido de Matho, y -llegaron al tercer recinto, entre los pórticos laterales, donde estaban -las habitaciones de los sacerdotes. - -Detrás de las celdas debía haber un camino más corto para salir. -Diéronse prisa para encontrarlo. - -Agachándose Espendio al borde de la fuente, lavó sus manos -ensangrentadas. Dormían las mujeres. Brillaba la viña de esmeralda. Se -pusieron en marcha. - -Pero alguien, por entre los árboles, corría detrás de ellos; y Matho, -que llevaba el velo, sintió varias veces que le tiraban suavemente por -abajo. Era un gran cinocéfalo, uno de los que vivían sueltos en el -recinto de la diosa. Como si tuviera conciencia del robo, se agarraba -al manto. No se atrevían a pegarle, por temor a que redoblara sus -gritos; de pronto se aplacó su cólera y trotó a su lado, balanceando el -cuerpo, con sus largos brazos colgantes. Al llegar a la barrera, de un -salto se subió a una palmera. - -Así que salieron del último recinto, se dirigieron al palacio de -Amílcar, porque comprendió Espendio que era inútil disuadir a Matho de -su propósito. - -Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de Mutumbal, el -mercado de hierbas y la encrucijada de Cinasim. - ---¡Esconde el zaimph! --dijo Espendio. - -Vieron gente, pero nadie les vio a ellos. Al fin divisaron las casas de -Megara. - -El faro, levantado por la parte de atrás en la cumbre del acantilado, -iluminaba el cielo con una roja claridad, y la sombra del palacio, con -sus azoteas superpuestas, se proyectaba sobre los jardines como una -monstruosa pirámide. Entraron por el seto de azufaifos, cortando las -ramas con los puñales. - -Aún se advertían los rastros del festín de los mercenarios. Los -parques estaban pisoteados; los regatos, secos; las puertas de la -ergástula, abiertas. No se veía a nadie en las cocinas ni en las -bodegas. Se asombraban de este silencio, solo interrumpido por el -bramido de los elefantes que se agitaban en sus maneotas, y el crepitar -de la hoguera de áloe que ardía en el faro. - -Matho repetía: - ---¿Dónde está ella? ¡Quiero verla! ¡Guíame! - ---¡Es una locura! --decía Espendio--. Llamará a sus esclavos y, a pesar -de tu fuerza, morirás. - -Así llegaron a las escaleras de las galeras. Alzó Matho la cabeza y -creyó advertir en lo alto una vaga claridad, radiante y suave. Quiso -contenerlo Espendio, pero él se lanzó escalera arriba. - -Al encontrarse en los sitios donde la viera, el recuerdo de los días -transcurridos se borró de su memoria. La veía como cuando cantaba en -las mesas y desaparecía y él subía continuamente esta escalinata. Sobre -su cabeza, el cielo estaba cubierto de luminarias; la mar llenaba el -horizonte; a cada paso que él daba le rodeaba una inmensidad más ancha, -y seguía subiendo con la extraña facilidad que se tiene en los sueños. - -El ruido del velo rozando contra las piedras le recordó su nuevo poder; -pero en el exceso de su esperanza, ya no sabía lo que tenía que hacer; -esta incertidumbre le intimidó. - -De vez en cuando se asomaba a las celosías cuadrangulares de los -aposentos cerrados, y creyó ver en muchos de ellos personas dormidas. - -El último piso, más estrecho, formaba como un dado encima de las -terrazas. Matho le dio la vuelta lentamente. - -Una luz lechosa iluminaba las hojas de talco que tapaban las pequeñas -aberturas de la muralla y, que simétricamente dispuestas, parecían en -las tinieblas hileras de perlas finas. Reconoció la puerta cuartelada -con la cruz negra. Redoblaban las palpitaciones de su corazón. Quiso -huir, pero empujó la puerta, y esta se abrió. - -En el fondo de la habitación ardía, suspendida, una lámpara en forma -de galera; tres rayos de luz de su carena de plata temblaban en los -altos artesonados pintados de rojo con franjas negras. El techo era un -conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio amatistas, y -topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho aposento -aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda -aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún -vestido que colgaba hasta el suelo. - -Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque ovalado, en cuya -orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un jarro de -alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se -aspiraban aromáticos olores. - -Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de nácar y de vidrio; y -no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se hundían sus pies -como si caminara por arena. - -Detrás de la lámpara de plata había divisado un gran cuadrado de azur, -suspendido en el aire por cuatro cuerdas, y a él se acercó Matho, medio -agachado y con la boca abierta. - -De cuernos de antílope colgaban anillos y brazaletes; vasos de arcilla -refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en la hendidura de -la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo tenía -desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie -de aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz -sembrado de flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al -escabel de ébano que servía para subir a él. - -Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran cortina, no dejaba -ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba la punta de -un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver mejor. - -Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y tendido el otro -brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que parecía -acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca se desplegaba -blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo -se veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas, -perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y -el movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía -columpiarla. Zumbaba un mosquito. - -Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de plata; en el mosquitero -prendió la llama, y Salambó despertó. - -La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos. La lámpara de Matho -proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas. - ---¿Qué es esto? --dijo Salambó. - ---Es el velo de la diosa --contestó Matho. - ---¡El velo de la diosa! --repitió ella. - -Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula. Matho prosiguió: - ---¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades del santuario! -¡Mira! - -El zaimph deslumbraba con su juego de luces. - ---¿Te acuerdas? --dijo Matho--. Una noche te apareciste en mis -sueños, pero yo no entendía la orden muda de tus ojos. Si la hubiera -comprendido, habría acudido, abandonando el ejército: no habría salido -de Cartago. Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al -reino de las Sombras... - -Salambó pisaba ya el escabel de ébano. - ---¡Perdóname! --añadió Matho--. Eran montañas que pesaban sobre mí y, -sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado. ¡Sin los -dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o -si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu -aliento! ¡Aplástense mis labios besando tus manos! - ---¡Déjame ver! --decía ella--. ¡Más cerca! ¡Más cerca! - -Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas de talco de las -paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del lecho. - ---¡Te amo! --gritaba Matho. - -Ella balbuceó: - ---¡Dámelo! - -Y se acercaron. - -Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos arrobados puestos -en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los esplendores de -su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en un -abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se -quedaron mirándose absortos. - -Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió un terror súbito y -empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras de cobre -que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó: - ---¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame! ¡Maldito! ¡A mí, -Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul! - -Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la cara asustada de -Espendio, el cual dijo estas palabras: - ---¡Huye! Vienen aquí. - -Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada de gente, entre -mujeres, esclavos y criados, se lanzó dentro de la habitación con -estacas, rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como -paralizados de indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos -como en un entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel. - -Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto en el zaimph, como -un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a arrojarse -sobre él. Salambó los contuvo. - ---¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa! - -Y dando un paso hacia él, alargando su brazo desnudo, prorrumpió: - ---¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y dolor! ¡Que Gurcil, -dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de los muertos, -te ahogue! ¡Y que el Otro --el que no se puede nombrar-- te queme! - -Matho dio un grito, como si le hiriera una espada. Salambó repitió -muchas veces: - ---¡Vete! ¡Vete! - -Se apartó la turba de criados, y Matho, baja la cabeza, pasó -lentamente en medio de ellos; al llegar a la puerta se detuvo porque la -franja del zaimph se había enganchado en una de las estrellas de oro -que esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera. - -Espendio, saltando de terraza en terraza y por encima de setos y de -acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro. En este -sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de -espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el -cabo de las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el -campamento de los bárbaros. - -Había salido el sol, y como un león que se retira, Matho se alejó -mirando el camino con ojos terribles. - -Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del palacio, seguía -a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían robado -el tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de -un sacerdote asesinado. Corría el rumor de que los bárbaros habían -entrado en la ciudad. - -No sabiendo Matho cómo franquear los recintos, seguía en línea recta. -Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo que había -pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera. - -Del fondo de los Mapales, de las alturas de la Acrópolis, de las -catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de gente. Salían -los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas; las -mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas -y bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué -modo recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los -mismos dioses, y su contacto ocasionaba la muerte. - -En el peristilo de los templos, los sacerdotes, desesperados, se -retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al acaso; -había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las -gavias de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que -daba aumentaba la ira, pero también el terror. Vaciábanse las calles -al aproximarse él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por -los dos lados hasta encima de las murallas. No se veían más que ojos -muy abiertos, como para matarlo con la vista; dientes que rechinaban, -puños que amenazaban; se oían las imprecaciones de Salambó, que se -multiplicaban. - -De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y una lluvia de -piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al zaimph, -pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en -escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia -adelante y hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de -ataque. Andaba cada vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al -encontrarlas interceptadas con cuerdas, carros o trampas, se volvía -atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón, donde murieron los -baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a muerte. -Estaba perdido; la multitud batía palmas. - -Corrió hasta la gran puerta cerrada. Era muy alta, de robusta encina, -con clavos de hierro y forrada de cobre. Matho la empujó. El pueblo, -gozoso, observaba su impotente furor; entonces, él se quitó una -sandalia, escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad -aulló. Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor, -febril, como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto, -reparó en la larga cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la -báscula de la puerta. De un salto se agarró a ella de pies y manos, y, -forcejeando, logró abrir las hojas de la puerta. - -Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran zaimph y lo puso -sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por el viento -del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura -de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las -tiendas de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas, -veía desaparecer la fortuna de Cartago. - - - - -VI - -HANNÓN - - ---¡Debí habérmela traído! --decía por la noche Matho a Espendio--. Debí -haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido. - -Espendio no le escuchaba. Echado de espalda, descansaba a sus anchas, -al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la que metía a -menudo la cabeza para beber más abundantemente. - ---¿Qué hacer? --preguntaba Matho--. ¿Cómo volver a entrar en Cartago? - ---No lo sé --contestaba Espendio. - -Su impasibilidad exasperaba a Matho. - ---¡Tú tienes la culpa! --añadió este--; tú me llevaste y me abandonaste -como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi amo? ¡Ah, -prostituidor, esclavo, hijo de esclavo! - -Rechinaba los dientes y amenazaba a Espendio con su ancha mano. - -El griego no contestaba. Ardía una lámpara de arcilla colgada del palo -de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado de una panoplia. - -De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el peto de hojas de -cobre y el casco. - ---¿Adónde vas? --preguntó Espendio. - ---Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente, los aplastaré como -víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo verás: la -mataré. - -Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó en un rincón, -poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron antorchas y -entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres. - -Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, collares de cuero, -pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de hiena; parados -en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que descansan. -Narr-Habas era el más hermoso de todos; ceñían sus delgados brazos -correas guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que sostenía -por detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de -avestruz que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía -enseñar los dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su -persona tenía un sello de distinción. - -Declaró que venía a juntarse con los mercenarios, porque la República -amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar a los -bárbaros y les podía ser útil. - ---Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis florestas, de vino, -aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios; de veinte -mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es porque -la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por lo -demás, somos antiguos amigos. - -Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las pieles de carnero, hacía -señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo por testigos a -los dioses y maldiciendo a Cartago. En sus imprecaciones rompió una -azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho, transportado por estas -demostraciones, dijo que aceptaba la alianza. - -Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos del día y de la -noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se llenó -de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso -su mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas. -Repitieron estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche -comiendo, y se quemó el resto de la comida, juntamente con la piel, los -huesos, los cuernos y las uñas de las reses sacrificadas. - -Una inmensa aclamación había saludado a Matho cuando apareció con el -velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la religión cananea, -estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara un genio. -Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa con -que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran su -posesión. Así pensaban los soldados de raza africana. Los otros, cuyo -odio era menos antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos, -se hubieran marchado en seguida. - -Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a todas las tribus del -territorio púnico. - -Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con impuestos -exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos -y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a -la República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un -arma; cuando se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos. -Los gobernadores eran estimados como lagares, según la cantidad que -producían. Más allá de las regiones sometidas a Cartago, estaban los -aliados, que solo pagaban un módico tributo; detrás de los aliados -vagaban los nómadas, que podían concitarse contra ellos. Por este -sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las plantaciones -soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón, maestro -en esto de cultivos y de esclavos, se asombró de ello, noventa y dos -años más tarde, y el grito de muerte que repetía en Roma no era sino la -exclamación de un celo codicioso. - -Durante la última guerra, habían redoblado las exacciones, por lo que -las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían entregado a Régulo. -Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte mil bueyes, -trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los jefes de -tribus fueron crucificados o echados a los leones. - -Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más antigua que la -metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía frente -a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un -animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la -debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto -de armas a los «Comedores de cosas inmundas». - -Aún no habían partido los correos de los bárbaros y ya en las -provincias estalló un regocijo universal. Sin esperar a más, se -estranguló en los baños a los intendentes de las casas y a los -funcionarios de la República; se sacaron de las cavernas las armas que -estaban escondidas; con el hierro de los arados se forjaron espadas; -los niños aguzaban en las puertas las azagayas; las mujeres daban sus -collares, sortijas y pendientes y todo cuanto podía servir para la -destrucción de Cartago. Todos querían contribuir a ella de algún modo. -Los paquetes de lanzas se amontonaron en los poblados, como garbas -de maíz. Se expidieron animales y dinero. Matho pagó pronto a los -mercenarios los atrasos de su soldada, y por esta idea de Espendio fue -nombrado general en jefe o _schalischim_ de los bárbaros. - -Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres: primero, la gente -de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas las -caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que -iban a Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho. -Llegaban sin cesar bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis -veíase cómo aumentaba el ejército. - -Los guardias de la Legión hacían centinela en la plataforma del -acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se levantaban -cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en el -llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, con la -incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las murallas. - -Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias fenicias, como -Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la República -hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo, respetaban -a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no creían que -un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, que estos -serían exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir tranquilas. - -Pero su posición las hacía indispensables. Útica, en el fondo de un -golfo, era el conducto por donde llegaba a Cartago el socorro de -fuera. Tomada Útica, Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa, haría sus -veces, y así avituallada la metrópoli, sería inexpugnable. - -Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente el sitio; Narr-Habas -se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era la opinión -de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió que -Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer cuerpo -del ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago, -encargándose de esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino -para traer elefantes, y con su caballería limpiar los caminos. - -Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque codiciaban las joyas -de las damas púnicas. También protestaron los libios, porque se les -llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente partieron -los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente con los -iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las islas; todos -los que hablaban griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del -ingenio que veían en él. - -Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron moverse el ejército, -el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por el camino de -Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el resto -desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del -bosque, en donde se internó. - -Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades tirias no -resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército -considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto -perecería por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio -de las provincias, ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma, -no pagaban contribuciones. A Cartago le faltaba genio político. Su -eterno afán de ganancia le privaba de la prudencia que da más altas -ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía a fuerza -de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en torno de ella; la -menor tempestad quebrantaba esa formidable máquina. - -El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por todo lo que -se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se -necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República. -Tolomeo le había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les -descorazonaba, como lo había previsto Espendio. - -Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba contra su pecho el oro -y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la misma constitución -de su Gobierno. - -En primer lugar, el poder dependía de todos, sin que nadie fuera -lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares eran -consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían -el monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería -con los de la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos y -los pobres, se labraban algunas veces una fortuna. Todos podían optar -a las magistraturas; y si bien el poder y el dinero se perpetuaban en -las mismas familias, se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la -esperanza de alcanzarla. - -Las sociedades de comerciantes, en las que se elaboraban las leyes, -escogían los inspectores de hacienda, quienes al abandonar el cargo, -nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos, dependientes -a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos. Los -dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían -el mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase -de odios, para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar -sobre la guerra, y en caso de vencimiento, eran crucificados por el -Gran Consejo. - -De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los Sisitas, es decir, -de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde según la -tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose retirado -el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de pequeños -aposentos de arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas -de piedra y separadas unas de otras para recibir aisladamente las -diferentes compañías. Los ricos se amontonaban allí todo el día para -debatir acerca de sus intereses y los del Gobierno, desde la busca de -la pimienta hasta el exterminio de Roma. Tres veces en cada luna hacían -subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba el muro del patio, y -desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin coturnos y sin -mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las viandas, y -con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los jarros; -fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en -pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar. - -Pero al presente no podían disimular su inquietud y estaban harto -pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba hasta -sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas -las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciaban en -seguida; subían a la Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo -deliberaba todas las noches. Por fin, el pueblo fue convocado en -la plaza de Kamón y se resolvió llamar a Hannón, el vencedor de -Hecatompila. - -Era un hombre devoto, astuto, implacable para la gente de África; un -verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca. Nadie tenía -como él experiencia tan probada en cosas de administración. - -Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos útiles, puso catapultas -en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas y ordenó la -construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se hacía llevar -al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía siempre su -gran litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la escalinata -de la Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía dormir, para -prepararse para la batalla, ordenaba, con voz terrible, maniobras de -guerra. - -Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía belicoso. Los ricos, al -canto del gallo, se alineaban a lo largo de los Mapales, y remangándose -las túnicas se ejercitaban en el manejo de la pica. Pero faltos de -instructor, disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento sobre -las tumbas, y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un -régimen; unos, imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza, -se ponían ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con -ayunos para adelgazar. - -Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de Cartago. - -Pero Hannón no quería partir en tanto faltara un tornillo a la máquina -de guerra. Así perdió tres lunas en equipar los ciento doce elefantes -que se alojaban en los fuertes; eran los vencedores de Régulo; el -pueblo los acariciaba, y mucho se podía hacer con estos viejos amigos. -Hannón hizo refundir las placas de cobre con que se les guarnecía el -pecho, dorar sus colmillos, alargar sus torres y tallar en la púrpura -hermosos caparazones bordados con pesadas franjas. En fin, como sus -conductores venían de las Indias, por haber llegado los primeros de -aquella parte, ordenó que fueran todos vestidos a la usanza india, esto -es, con un rodete blanco alrededor de las sienes y un pequeño calzón de -viso, que formaba con sus pliegues transversales, como dos valvas de -una concha aplicada sobre los muslos. - -El ejército de Autharita seguía delante de Túnez, oculto detrás de un -muro hecho con el fango del lago y defendido en la cima por espinosa -maleza. Los negros habían erizado allí en grandes estacas horribles -figuras, máscaras humanas hechas con plumas de pájaros, cabezas de -chacal o de serpientes, que abrían la boca cara al enemigo, a fin de -amedrentarle; y estimándose invencibles por este medio, los bárbaros -bailaban y hacían juglerías, convencidos de que Cartago no tardaría -en sucumbir. Otro que no fuera Hannón, hubiera aplastado fácilmente -esa multitud, estorbada por ganados y mujeres. Además, no comprendían -ninguna maniobra, y Autharita, desalentado, nada les exigía. - -Se hacían a un lado cuando este pasaba mirándoles con sus ojazos -azules. Llegado al borde del lago, se quitaba su sayo de piel de foca, -desataba la cuerda que ataba su roja cabellera y sumergía esta en el -agua. Sentía no haber desertado a los romanos con los dos mil galos del -templo de Erix. - -A menudo, en la mitad del día, el sol se obscurecía de pronto, y el -golfo y la alta mar parecían inmóviles, como plomo derretido. Una nube -de obscuro polvo, perpendicularmente esparcido, venía en torbellino; -se encorvaban las palmeras, desaparecía el cielo, se oían rebotar las -piedras en la grupa de los animales, y el galo, con los labios pegados -a los agujeros de su tienda, resollaba de melancolía y de agotamiento. -Soñaba con el olor de los pastos en las mañanas de otoño, con los -copos de nieve, con los bramidos de los uros perdidos en la niebla, -y, entornando los párpados, creía ver los hogares de las cabañas, -cubiertas de paja, rielar en los pantanos en el fondo del boscaje. - -Otros, a más de él, añoraban la patria, si bien no estaba tan lejana. -Los cartagineses cautivos podían distinguir más allá del golfo, en los -declives de Byrsa, los toldos de sus casas extendidos en los patios. -Pero estaban siempre rodeados de centinelas, y se les tenía atados a -una misma cadena. Llevaba cada uno una argolla de hierro, y la multitud -no se cansaba de venir a verlos. Las mujeres mostraban a sus hijos sus -hermosas túnicas convertidas en andrajos, que colgaban de sus flácidos -miembros. - -Cuantas veces Autharita miraba a Giscón se acordaba de la injuria que -este le había inferido; le hubiera matado, a no ser por el juramento -que había hecho a Narr-Habas. Se contentaba con entrar en su tienda, -tomar un brebaje compuesto de cebada y comino, hasta caer embriagado, -para despertar con la fuerza del sol, devorado por una sed horrible. - -Matho sitiaba a Hippo-Zarita. - -Esta ciudad estaba protegida por un lago que comunicaba con el mar. -Tenía tres recintos, y en las alturas que la dominaban se extendía un -muro con torreones. Jamás se había visto Matho en tales empresas. -Además, el recuerdo de Salambó le obsesionaba, y soñaba con los -encantos de su belleza, como en las delicias de una venganza que le -transportaba de orgullo. Era una necesidad de verla, acre, furiosa, -permanente. Pensaba en ofrecerse como parlamentario, confiando que una -vez en Cartago, llegaría a su lado. A menudo hacía tocar asalto, y sin -esperar a más, se lanzaba sobre las defensas de los sitiados. Arrancaba -las piedras con las manos, desbarataba, golpeaba, hundía en todo su -espada. Los bárbaros se precipitaban en montón; se rompían las escalas -con estrépito y se despeñaban racimos de hombres al agua, que rompía en -olas sangrientas contra las murallas. El tumulto se debilitaba y los -soldados concluían por alejarse, para volver a empezar después. - -Matho iba a sentarse fuera de las tiendas; se enjugaba con el brazo su -cara manchada de sangre, y vuelto hacia Cartago, miraba el horizonte. - -Frente a él, entre olivares, palmeras, mirtos y plátanos, se -desplegaban dos anchos estanques que se unían a otro lago, del que -no se veían los contornos. Por detrás surgía una montaña entre otras -montañas, y en medio del lago inmenso se erguía una isla toda negra y -de forma piramidal. Hacia la izquierda, en la extremidad del golfo, -montones de arena semejaban grandes olas azules detenidas, en tanto que -el mar, plano como un enlosado de lapislázuli, subía incesantemente -hasta el borde del cielo. El verdor de la campiña desaparecía en -algunos sitios bajo largas placas amarillas; las algarrobas brillaban -como botones de coral; caían pámpanos de la cima de los sicomoros; -oíase el murmullo del agua; saltaban las alondras crestadas, y los -últimos rayos del sol doraban el caparazón de las tortugas, que salían -de los juncos para aspirar la brisa. - -Lanzaba Matho grandes suspiros. Se acostaba boca abajo; hundía las uñas -en tierra y lloraba; se sentía miserable, infeliz, abandonado. No la -poseería jamás, ni tampoco podría apoderarse de la ciudad. - -Por la noche, solo en su tienda, contemplaba el zaimph. ¿De qué le -servía esta prenda de los dioses? Y surgían dudas en el pensamiento del -bárbaro. Luego le parecía, por el contrario, que el manto de la diosa -pertenecía a Salambó y que una parte de su alma flotaba más sutil que -un aliento; y lo palpaba, lo olía, hundía la cara en él, lo besaba -gimiendo y se lo arrollaba a las espaldas para forjarse la ilusión de -estar cerca de ella. - -Otras veces huía de repente. A la luz de las estrellas daba zancadas -entre los soldados, que dormían envueltos en sus mantos; y al llegar a -las puertas del campamento, se lanzaba a caballo, y dos horas después -se encontraba en Útica, en la tienda de Espendio. - -Empezaba hablándole del sitio; pero no había venido sino para aliviar -su dolor hablando de Salambó. Espendio le aconsejaba que fuera cuerdo. - ---¡Rechaza de tu alma estas miserias que te degradan! ¡Antes -obedecías; ahora mandas un ejército, y si no conquistamos Cartago, al -menos se nos darán provincias y seremos reyes! - -Pero ¿por qué la posesión del zaimph no les daba la victoria? Según -Espendio, era cuestión de tiempo. - -Se imaginaba Matho que el velo pertenecía exclusivamente a los hombres -de raza cananea, y en su sutileza de bárbaro, se decía: «El zaimph no -hará nada por mí; pero, puesto que lo han perdido, tampoco hará nada -por ellos.» - -En seguida le atormentaba un escrúpulo. Tenía miedo de ofender a Moloch -adorando a Aptouknos, dios de los libios; y preguntaba tímidamente a -Espendio a cuál de los dioses sería mejor sacrificar un toro. - ---¡Sacrifica siempre! decía Espendio, riendo. - -Matho, que no comprendía esta indiferencia, sospechó que el griego -tenía un Genio del que no quería hablar. - -Todos los cultos, como todas las razas, se encontraban en estos -ejércitos de bárbaros, pero se respetaban los dioses ajenos, porque -también inspiraban temor. Muchos mezclaban con su religión nativa -prácticas extranjeras. Tenían a gala no adorar las estrellas, o bien -siendo tal constelación funesta o propicia se la hacían sacrificios; -un amuleto desconocido, encontrado por casualidad en un peligro, se -convertía en divinidad, o era un nombre, nada más que un nombre, que se -repetía sin tratar de comprender lo que podía significar. A fuerza de -haber saqueado templos, de ver sinnúmero de naciones y de degüellos, -muchos concluían por no creer más que en el destino y en la muerte, -y todas las noches dormían con la placidez de las bestias feroces. -Espendio había escupido a las efigies de Júpiter Olímpico, y, sin -embargo, temía hablar en alta voz en las tinieblas, y no olvidaba nunca -calzarse primero el pie derecho. - -Frente a Útica levantaba una gran terraza cuadrangular; pero a medida -que esta subía, también se agrandaba la fortificación; lo que unos -derribaban, casi inmediatamente se veía reedificado por los otros. -Espendio economizaba su gente, soñaba planes; procuraba recordar las -estratagemas que había oído contar en sus viajes. ¿Por qué no volvía -Narr-Habas? Todo eran inquietudes. - - * * * * * - -Hannón había terminado sus aprestos bélicos. En una noche sin luna -hizo atravesar en almadías, a sus elefantes y soldados, el golfo de -Cartago. Doblaron luego la montaña de las Aguas Calientes para esquivar -a Autharita, y siguieron con tanta lentitud, que en vez de sorprender a -los bárbaros por la mañana, como había calculado el Sufeta, se llegó ya -muy entrado el tercer día. - -Útica tenía del lado del Oriente un llano que se extendía hasta la -gran laguna cartaginesa; detrás de ella se abría en ángulo recto un -valle entre dos montañas bajas, que de pronto se cortaban. Los bárbaros -estaban acampados más lejos, a la izquierda, procurando bloquear el -puerto, y dormían en sus tiendas, cuando se presentó el ejército -cartaginés, dando un rodeo a las colinas. - -Los honderos estaban repartidos en las dos alas. Los guardias de la -Legión, con sus armaduras de escamas de oro, formaban la primera línea, -con sus pesados caballos sin crines, sin pelo y sin orejas y en mitad -de la frente un cuerno de plata para parecerse a los rinocerontes. -Entre estos escuadrones, los jóvenes, cubiertos con un pequeño casco, -blandían en cada mano una azagaya de fresno; detrás venía la infantería -de línea con sus largas picas. Todos estos mercaderes acumulaban en -sus cuerpos el mayor número posible de armas; había quien llevaba a un -tiempo lanza, hacha, maza y dos espadas, y quienes, como puercoespines, -estaban erizados de dardos y ceñían corazas con láminas de cuerno o -placas de hierro. En último término iban los armatostes de las máquinas -de guerra: carrobalistas, onagros, catapultas y escorpiones, oscilando -en carretas arrastradas por mulas y cuadrigas de bueyes. A medida que -el ejército se desplegaba, los capitanes corrían a derecha e izquierda, -comunicando órdenes, haciendo estrechar las filas y conservando los -intervalos. Aquellos de los Ancianos que mandaban, habían acudido con -cascos de púrpura, cuyas franjas magníficas llegaban hasta las correas -de los coturnos. Sus caras, pintadas de bermellón, brillaban bajo -enormes cascos rematados por dioses; y como sus escudos eran de marfil -esmaltado de piedras preciosas, parecían soles que pasaban por murallas -de cobre. - -Los cartagineses maniobraban con tanta pesadez, que los bárbaros, por -irrisión, les invitaban a sentarse, gritándoles que irían pronto a -vaciarles los gordos vientres, raspar el dorado de su piel y hacerles -beber hierro. - -En lo alto del mástil o cucaña clavado delante de la tienda de -Espendio, apareció la señal, que era un jirón de tela verde. El -ejército cartaginés contestó con un estrépito de trompetas, de -címbalos, de flautas hechas con huesos de asnos y de tímpanos. Ya los -bárbaros habían saltado fuera de las empalizadas. Los combatientes -estaban cara a cara, a tiro de las azagayas. - -Un hondero balear dio un paso adelante, puso en su honda una bola de -arcilla y remolineó el brazo: enfrente se rompió un escudo de cobre, y -los dos ejércitos se mezclaron. - -Los griegos, pinchando a los caballos en las narices con las puntas de -las lanzas, les encabritaron y derribaron a sus jinetes. Los esclavos -encargados de disparar piedras las habían cogido tan grandes que no -podían lanzarlas lejos. Los infantes púnicos, dando mandobles con sus -espadones, descubrían su flanco derecho. Los bárbaros adelantaron -sus líneas, degollaban en masa y pisoteaban moribundos y cadáveres, -cegados por la sangre que les llenaba la cara. Este montón de picas, -cascos, corazas, espadas y miembros dispersos giraba sobre sí mismo, -ensanchándose o estrechándose con contracciones elásticas. Las cohortes -cartaginesas se vaciaban cada vez más; sus máquinas no podían salir -de las arenas; por fin, la gran litera del Sufeta, con arambeles -de cristal que se viera al empezar la batalla, oscilando entre los -soldados, como una barca sobre las olas, cayó derribada. ¿Habría -muerto Hannón? Los bárbaros se vieron solos. - -El polvo se había desvanecido, y ya empezaban a cantar victoria cuando -he aquí que Hannón apareció en lo alto de un elefante. Iba desnuda -la cabeza, bajo un quitasol de viso que llevaba un negro detrás de -él. Su collar de placas azules flotaba sobre las flores de la túnica -negra; círculos de diamantes ceñían sus enormes brazos, y, abierta la -boca, blandía una pica desmesurada, con la punta en forma de loto y -más brillante que un espejo. La tierra pareció rajarse, y vieron los -bárbaros aparecer en una sola línea todos los elefantes de Cartago, con -sus colmillos dorados, las orejas pintadas de azul, cubiertos de bronce -y sacudiendo por encima de sus caparazones de escarlata las torres de -cuero, y en cada una de estas tres arqueros con un gran arco abierto. - -Apenas si los bárbaros conservaban sus armas, y estaban formados al -acaso. El terror los dejó helados y quedaron indecisos. - -De lo alto de las torres venían los tiros de las jabalinas, de las -flechas, de las faláricas y masas de plomo; algunos, para subir, se -agarraban a las franjas de los caparazones, pero les cortaban las manos -con cuchillos y caían de espaldas con sus espadas. Quebrábanse las -picas, y los elefantes atravesaban las falanges como jabalíes entre -matas de hierba. Con sus trompas arrancaban las estacas del campamento -y lo recorrían de un extremo a otro, derribando las tiendas con sus -pechos. Todos los bárbaros huyeron, ocultándose en las colinas que -rodeaban el valle por donde vinieron los cartagineses. - -Hannón, vencedor, se presentó ante las puertas de Útica. Hizo sonar la -trompeta, y los tres jueces de la ciudad aparecieron en las almenas de -una torre. - -Los habitantes de Útica no querían admitir huéspedes tan bien armados. -Al fin, ante la insistencia de Hannón, consintieron en recibirle con -una pequeña escolta. - -Las calles eran demasiado estrechas para que pasaran los elefantes, y -hubo de dejarlos fuera. - -Entrado el Sufeta en la ciudad, los notables vinieron a saludarle. -Hannón se hizo llevar a los baños y llamó a sus cocineros. - - * * * * * - -Pasaron tres horas y todavía estaba hundido en el aceite de cinamomo -que llenaba una tina; mientras se bañaba comía, sobre una piel de buey, -lenguas de flamencos con granos de adormidera sazonados con miel. A su -lado, su médico griego, envuelto en una larga túnica amarilla, hacía -calentar la estufa, y dos mancebos, doblados en las gradas del baño, -frotaban las piernas del Sufeta. Pero los cuidados de su cuerpo no -obstaban al amor de la cosa pública, y al mismo tiempo dictaba una -carta para el Gran Consejo, al cual consultaba qué castigo terrible se -daría a los prisioneros. - ---Espera --dijo al esclavo amanuense que escribía de pie, en el hueco -de su mano--. ¡Que me los traigan! ¡Quiero verlos! - -Del fondo de la sala, llena de un vapor blanquecino, manchado por el -resplandor de las antorchas, empujaron a tres bárbaros: un samnita, un -espartano y un capadocio. - ---Continúa --dijo Hannón, dictando al esclavo. - -«¡Regocijaos, luz de los Baales! ¡Vuestro Sufeta ha exterminado a los -perros voraces! ¡Bendiciones sobre la República! Ordenad preces en -acción de gracias.» - -Mirando a los prisioneros, les dijo, con grandes risotadas: - ---¡Ah, ah, mis valientes de Sicca! ¡Hoy no gritáis tan fuerte! Soy yo. -¿Me conocéis? ¿Dónde están vuestras espadas? ¡Vaya! ¡Sois unos hombres -terribles! - -Y amagaba esconderse, como si les tuviera miedo. - ---Me pedíais caballos, mujeres, tierras, magistraturas y sacerdocios, -quizás. ¿Por qué no?... Pues bien, yo os daré tierras de las que no -saldréis nunca. ¡Se os casará en picotas nuevecitas! ¿Vuestra soldada? -Se os fundirán en la boca lingotes de plomo. Os pondré en altos -puestos, muy altos, entre las nubes, para que se os acerquen las -águilas. - -Los tres bárbaros, cabelludos y cubiertos de harapos, le miraban -sin comprender lo que él les decía. Heridos en las rodillas, se les -había cogido echándoles cuerdas, y las gruesas cadenas de sus manos -arrastraban sobre las losas. Hannón se indignó de su impasibilidad. - ---¡De rodillas! ¡De rodillas! ¡Chacales, mendrugos, miseria, -excrementos! --Los infelices no chistaban--. ¡Basta! ¡Callaos! ¡Que se -les desuelle vivos, ahora mismo! - -Y soplaba como un hipopótamo, girando los ojos. El perfumado aceite -desbordaba por la masa de su cuerpo, y pegándose a las escamas de su -piel, la hacía aparecer rosada a la luz de las antorchas. - -Siguió diciendo: - ---Nosotros hemos sufrido mucho calor durante cuatro días. En el paso -de Macar se perdieron las mulas. A pesar de su posición, del valor -extraordinario... ¡Ah, Demónides! ¡Cómo sufro! ¡Que se calienten los -ladrillos y que se pongan al rojo! - -Se oyó un ruido de palas y de hornos. Humeó más fuerte el incienso en -las anchas cazoletas, y los masajistas, enteramente desnudos, sudando -como esponjas, le frotaron las articulaciones con una pasta compuesta -de harina, azufre, vino negro, leche de perra, mirra, gálbano y -estoraque. Sed intensa le devoraba: el hombre de la túnica amarilla no -cedió a este deseo, y alargándole una copa de oro en la que humeaba un -caldo de víbora: - ---Bebe --le dijo--, para que la fuerza de las serpientes, nacidas -del Sol, penetre en la médula de tus huesos y tomes valor, ¡oh, -reflejo de los dioses! Tú sabes, además, que un sacerdote de Eschmún -observa alrededor del Can las estrellas crueles de donde proviene tu -enfermedad, y que ya palidecen como las manchas de tu piel; ¡porque tú -no debes morir! - ---¡Oh, sí --repitió el Sufeta--: yo no debo morir! - -Y de sus labios amoratados se escapaba un aliento más nauseabundo que -el olor de un cadáver. Dos carbones encendidos parecían sus ojos, que -no tenían cejas; le colgaba de la frente un montón de rugosa piel; sus -orejas, separándose de la cabeza, empezaban a alargarse, y las arrugas -profundas que formaban semicírculos en torno de sus narices, le daban -un aspecto extraño y horripilante, el aire de una bestia feroz. Su voz -alterada parecía un rugido. - ---¡Demónides, tal vez tengas razón! En efecto, mis úlceras empiezan a -cerrarse. Me siento robusto. Mira, mira cómo devoro. - -Y menos por gula que por ostentación, y para demostrarse a sí mismo que -tenía buen apetito, devoraba rellenos de queso y de orégano, pescados -sin espinas, rábanos y ostras, juntamente con huevos, calabacines, -trufas y sartas de pajaritos. Mirando a los prisioneros se deleitaba -pensando en el suplicio que iba a darles. Sin embargo, se acordaba de -Sicca, y la rabia de todos sus dolores se desahogaba en injurias contra -los tres bárbaros. - ---¡Ah, traidores, miserables, infames, malditos! ¡Me ultrajasteis, a -mí, el Sufeta! ¡Sus servicios, el precio de su sangre, como ellos -dicen! ¡Ah! ¡Sí, su sangre, su sangre! --Luego, hablando consigo -mismo: «¡Morirán todos! ¡No quedará uno solo! Valdría más llevarlos -a Cartago...; pero no he traído cadenas bastantes. ¡Que las traigan! -¿Cuántos son? Que vayan a preguntárselo a Mutumbal. ¡Bah! ¡Nada de -piedad! ¡Que me traigan en cestas todas las manos cortadas!» - -A todo esto, gritos roncos y agrios llegaban a la sala, ahogando la voz -de Hannón y el ruido de los platos que le servían. Redoblaron aquellos, -y de pronto estalló el bramido furioso de los elefantes, como si -empezara otra batalla. Gran tumulto agitaba la ciudad. - -Los cartagineses no habían intentado perseguir a los bárbaros. -Acampados aquellos al pie de las murallas, con sus bagajes, sirvientes -y todo el tren de los sátrapas, se regocijaban en sus hermosas tiendas -de bordados de perlas, mientras que el campo de los mercenarios -parecía un montón de ruinas en la llanada. Espendio había recobrado -su valor. Envió a Zarxas que se avistara con Matho, recorrió los -bosques, juntó hombres (las pérdidas no habían sido considerables), y -rabiosos de haber sido vencidos sin combatir, reformaban sus líneas, -cuando descubrieron una cuba de petróleo, abandonada sin duda por los -cartagineses. Espendio hizo traer cerdos de las granjas, los untó de -betún, les prendió fuego y los lanzó sobre Útica. - -Los elefantes, asustados por estas llamas, huyeron. El terreno era en -subida; se les tiraba azagayas, y volvieron atrás, y con los colmillos -y los pies destrozaban a los cartagineses, ahogándolos y aplastándolos. -Tras ellos, los bárbaros bajaban la colina; el campo púnico, que estaba -sin parapetos, a la primera carga fue saqueado, y los cartagineses se -vieron aplastados contra las puertas, porque los de Útica no quisieron -abrirlas por miedo a los mercenarios. - -Apuntaba el día, y del lado de Occidente se vieron llegar los infantes -de Matho, al mismo tiempo que los jinetes númidas de Narr-Habas. -Saltando por sobre torrentes y maleza perseguían a los fugitivos, como -cazadores que cazan liebres. Este cambio de fortuna interrumpió al -Sufeta. Gritó para que vinieran a ayudarle a salir del baño. - -Los tres cautivos seguían delante de él. Un negro, el mismo que en la -batalla llevaba el quitasol, le dijo algo al oído. - ---¡Bueno! --respondió el Sufeta--. ¡Mátalos! - -El etíope sacó del cinturón un largo puñal y las tres cabezas cayeron. -Una de ellas, rebotando entre los restos del festín, fue a saltar en la -tina y flotó por algún tiempo, con la boca abierta y los ojos fijos. La -luz de la mañana entraba por las hendiduras del muro; los tres cuerpos -manaban como tres fuentes una sangre que cubría los mosaicos, arenados -con polvo azul. El Sufeta mojó sus manos en este fango caliente y se -frotó las rodillas. Era un remedio. - -Venida la noche, escapó de la ciudad con su escolta y se retiró a la -montaña para reunirse con el ejército, cuyos restos logró encontrar. - -Cuatro días después estaba en Gorza, en lo alto de un desfiladero, -cuando las tropas de Espendio se presentaron abajo. Veinte buenas -lanzas, atacando al frente de la columna, las hubieran detenido -fácilmente; pero los cartagineses las dejaron pasar, estupefactos. -Hannón reconoció a retaguardia al rey de los númidas. Narr-Habas se -inclinó para saludarle, y le hizo un signo que el Sufeta no comprendió. - -Regresó a Cartago con mil terrores, andando únicamente de noche y -ocultándose de día en los olivares. En cada etapa morían algunos, y -todos se creyeron perdidos. Al fin llegaron al Cabo Hermeo, donde los -recogieron los bajeles. - -Hannón estaba tan fatigado, tan desesperado, sobre todo por la pérdida -de los elefantes, que pidió veneno a Demónides, para acabar de una vez. -Ya se veía crucificado. - -Cartago no tuvo valor para indignarse contra él. Se habían perdido -cuatrocientos mil novecientos setenta y dos siclos de plata, quince -mil seiscientos veinte y tres shequels de oro, diez y ocho elefantes, -catorce miembros del Gran Consejo, trescientos ricos, ocho mil -ciudadanos, trigo para tres lunas, un bagaje considerable y todas las -máquinas de guerra. La defección de Narr-Habas era cierta; iban a -empezar los dos sitios. El ejército de Autharita se extendía ahora de -Túnez a Radés. Desde lo alto de la Acrópolis se veían en la campiña -largas humaredas que subían al cielo; eran las granjas de los ricos que -estaban ardiendo. - -Solo un hombre hubiera podido salvar la República. Todos se arrepentían -de haberle desdeñado, y el mismo partido de la paz votó los holocaustos -para el regreso de Amílcar. - -La pérdida del zaimph había trastornado a Salambó. Creía oír de noche -los pasos de la Diosa, y se despertaba asustada, dando gritos. Enviaba -todos los días comida a los templos. Taanach se fatigaba cumpliendo sus -órdenes, y Schahabarim no se apartaba de su lado. - - - - -VII - -AMÍLCAR BARCA - - -El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las noches desde lo alto -del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las agitaciones -del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a un -pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar. - -Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en la proa un caballo -esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se puso la -mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran trompetazo -sobre Cartago. - -Salió gente de todas las casas; no creyendo en las palabras, -disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida la -trirreme de Amílcar. - -Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena, abombada la vela en -toda la longitud del mástil, hendiendo la espuma alrededor de ella; -sus gigantescos remos batían el agua con cadencia; a intervalos -aparecía la extremidad de la quilla, hecha como reja de arado, y bajo -el espolón en que terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil, -enderezándose sobre sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del -mar. - -Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y se vio al lado del -piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él, ¡el Sufeta -Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro relucientes; -rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; dos perlas -muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy poblada le -llegaba hasta el pecho. - -La galera iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la multitud -la seguía a lo largo de la escollera, gritando: - ---¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos. La culpa es de los -ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca! - -Este no contestaba, como si el clamor de los mares y de las batallas -le hubieran dejado completamente sordo; pero así que estuvo bajo la -escalinata que bajaba de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los -brazos cruzados miró el templo de Eschmún. Levantó más la mirada al -cielo puro; con áspera voz dio una orden a sus marineros; brincó la -trirreme, arañó el ídolo puesto en el ángulo del muelle para contener -las tempestades, y en el puerto comercial, lleno de inmundicias, -de astillas de madera y de cortezas de frutas, echaba atrás, -embistiéndolos, a los navíos amarrados a estacas y rematados por -mandíbulas de cocodrilo. Corría el pueblo y muchos se echaron a nado. -La galera había llegado ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó -esta y la trirreme desapareció bajo la profunda bóveda. - -El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad. Cuando -venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por un corredor -que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Esta gran -plaza de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los -que había dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de -estas subían dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo -que constituía una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio, -en una isla, se levantaba la casa del Sufeta del mar. - -El agua era tan limpia que se veía el fondo, pavimentado con guijarros -blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí; a su paso veía -Amílcar las trirremes que antes había mandado. - -Ya no quedaban arriba de una veintena de estas, varadas o con la quilla -al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas, cubiertas de -dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus alas; -los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y -todas medio despintadas, inertes, podridas, pero llenas de historia -y exhalando aún el olor de los viajes, como soldados mutilados que -volvían a ver a su jefe y parecían decirle: ¡Somos nosotras, somos -nosotras!; ¡y tú también eres un vencido! - -Ninguno, excepto el Sufeta del mar, podía entrar en la casa-almirante. -En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le consideraba siempre -como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un jefe más; con -respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre. - -El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A cada paso encontraba -armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo, le -extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta, -la ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a -Melkart. ¡No esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto -hiciera y cuanto vio: asaltos, incendios, legiones, tempestades, -Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la planicie de Erix, cinco -años de batallas hasta el funesto día en que, deponiendo las armas, -se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques de limoneros, los -pastores con cabras en las montañas grises, y su corazón brincaba -al pensar en otra Cartago fundada en otra orilla. Sus proyectos, sus -recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del bajel; -le abrumaba la angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de -acercarse a los dioses. - -Para esto subió al último piso de la casa, y sacando de una concha de -oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida con clavos, abrió -una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por delgadas rodajas -negras, empotradas en la muralla y transparentes como vidrio. - -Entre las filas de aquellos discos iguales, había agujeros parecidos -a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una piedra -redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu -superior eran las únicas que adoraban estas _abadires_ caídas de la -luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su -color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas -terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. Arena -marina que el viento había empujado sin duda a través de la puerta, -blanqueaba en cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos. -Amílcar, con la punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la -cara con un velo de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en -el suelo con los brazos extendidos. - -La luz del día penetraba por los vidrios negros; arborescencias, -montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en -la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin embargo, -como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las -creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento -todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin -de recoger el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de -las vitalidades planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia -la muerte y hacia todos los azares un desdén más sabio y más intrépido. -Al levantarse, estaba lleno de un valor sereno, invulnerable a la -misericordia y al temor, y como sentía oprimido el pecho, subió a la -torre que dominaba a Cartago. - -La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva, con sus cúpulas, -sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmares, sus bolas -de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus fortificaciones, que -constituían como la gigantesca orla de este cuerno de abundancia que se -abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las plazas, el -interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres parecían -muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón no hubiera llegado -demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se abismó en el límite -del horizonte y extendió hacia Roma sus brazos temblorosos. - -La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En la plaza de Kamón -se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban poblando -de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de -excitar más la impaciencia del pueblo. - -Amílcar encontró en la sala a los hombres más importantes de su -partido: Istatten, Subeldia, Hictamon, Jeubas y otros, los cuales -le contaron todo lo que había pasado desde la firma de la paz: la -avaricia de los Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta, sus -exigencias, la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida -y luego abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos -que le concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la -Asamblea de los Ancianos, en el templo de Moloch. - -Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto a la puerta. A pesar -de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido aumentase, -Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese. - -Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de -aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos azules. Se -adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar se -estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces, -haciéndole una señal para que anduviera con precaución, él la llevó -por el brazo a una habitación apartada. - -La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él la levantó -brutalmente. - ---Iddibal, ¿dónde le dejaste? - ---¡Allá abajo, amo! - -Y quitándose los velos, se frotó la cara con la manga, y el color -negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron. Era un -robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el -mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como -el moño de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en -el suelo. - ---Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que sospeche? - -El viejo le juró por los Kabiros que el secreto estaba oculto. No -abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla poblada de -tortugas, con palmeras en la duna. - ---Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a lanzar la azagaya y -guiar equipos. - ---¿Es fuerte? - ---Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de las serpientes, ni -del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies desnudos, como un -pastor, al borde de los precipicios. - ---¡Habla! ¡Habla! - ---Inventa trampas para las bestias feroces. La otra luna sorprendió a -un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en anchas -gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con -su batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave -agonizaba, redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de -espadas. - -Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de grandeza. - ---Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto. Contempla a lo -lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el pan, se -informa de los dioses y quiere conocer Cartago. - ---¡No, no; todavía no! --contestó el Sufeta. - -El viejo esclavo pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y -añadió: - ---¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he venido a Cartago -para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas. - -En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la terraza, se hizo -pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas del -puerto le franqueasen la entrada. - -Amílcar quedó un rato pensativo. - ---Mañana --dijo al esclavo-- te presentarás en Megara, al ponerse el -sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito -del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada -luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar. - -El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos salieron juntos de la -casa y del puerto. - -Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque las reuniones de los -Ancianos eran siempre secretas en circunstancias extraordinarias, y a -ellas se iba misteriosamente. - -Primeramente atravesó la parte oriental de la Acrópolis; pasó en -seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y el arrabal -de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más -anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que -resbalaban en las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y -todas se dirigían del lado de los Mapales. - -El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta escarpada, -en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas murallas -que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa tumba. -La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el mar, que -azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; las -sombras desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a través de -los muros. - -Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en un vasto patio -cuadrangular, con soportales. En medio se levantaba una masa -arquitectónica, de ocho pisos iguales, coronada de cúpulas que se -apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie -de rotonda, de la que emergía un cono de curva reentrante, rematado por -una bola. - -Ardían fuegos en los cilindros de filigrana, adheridos a varales -llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las borrascas del -viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus -cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a -los Ancianos. - -Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges enormes leones, -símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio -cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban -lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje; -se frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos, -y el vapor de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló la -agitación, se cerraron las puertas, huyeron todos los sacerdotes y -desaparecieron los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo -vestíbulo alrededor del templo. - -Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran por sus rangos -circulares, comprendidas las unas en las otras, el período saturniano -con los años, los años con los meses, los meses con los días, tocándose -al fin con la muralla del santuario. - -Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de cuernos de narval, -porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte al que -entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban al borde -del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, para -demostrar así que al llorar la muerte de sus parientes, no se habían -cuidado de sus vestidos; y esta prueba de aflicción impedía que el -rasgón se hiciera más grande. Otros guardaban su barba cerrada en un -saquito de piel violeta, colgado de las orejas por dos cordones. Todos -se juntaron, abrazándose, pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar y le -felicitaban; hubiérase dicho que eran hermanos que volvían a ver a otro -hermano. - -Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz encorvada como la de -los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más salientes, -su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen -africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente en -el fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban pintada -en ellas algo de la severidad del desierto; joyas extrañas brillaban -en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. Conocíanse -los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los hombres -agrícolas olían a lagar, a hierbas secas y a sudor de mulo. Estos -viejos piratas hacían labrar los campos; estos acaparadores de dinero -equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían esclavos que -desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en disciplina -religiosa, expertos en estratagemas, implacables y ricos. Tenían -aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de -llamas, miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir, -del tráfico y del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de -violencia y de cierta brutalidad discreta y convulsiva. La influencia -del Dios les ponía sombríos. - -Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía la forma de huevo. -Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, describían en la -muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando otra gran -cámara entraron en otra sala parecida. - -Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba en -el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba en un cáliz de -diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última de las -gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de cobre. -Dos escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se veían las -piedras; era como una montaña de cenizas, y algo indeciso humeaba -lentamente encima. Más alto que el candelabro y mucho más arriba -que el altar, se erguía Moloch, forrado en hierro, con pecho humano -horadado de aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban en la pared, -sus manos alargadas llegaban hasta el suelo; tres piedras negras, -incrustadas en un círculo amarillo, representaban tres pupilas en su -frente, y con terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro, como para -mugir. - -En torno de la estancia había asientos de ébano, y detrás de cada uno -de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras, sostenía una -antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de nácar -que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color de sus -paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo los tres -ojos del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la noche. - -Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano, poniendo encima -de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las manos -cruzadas en sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río -luminoso que, viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies -desnudos. - -Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la espalda, formando -cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de Eschmún, con -túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de lana -obscura, y el de Moloch, de púrpura. - -Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta, miró las mechas que -ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que hizo aparecer -llamas violáceas en el extremo de los brazos. - -Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y los cien Ancianos, -los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron un himno, -repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido subían -sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se callaron. - -Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando del pecho una -estatuita con tres cabezas y azul como el zafiro, la puso delante de -él. Era la imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió -a meter en su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron: - ---¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! ¿Vuelves para vernos -morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no! - -Así se vengaban de la limitación a que poco antes les había obligado -el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de Amílcar, -ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más -bien, de que no los hubiera sufrido con ellos. - -Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó. - ---Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago. - ---¿Qué os importa? --contestó desdeñosamente el Sufeta. - -Redobló la gritería. - ---¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra? Vosotros habéis visto -el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis bárbaros... - ---¡Basta, basta! - -Siguió Amílcar en voz baja, para que le escucharan con más atención. - ---¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de los Baales, hay -valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate! - -Y paseando la grada del altar, con los párpados medio cerrados, como si -buscara a alguno, repitió: - ---¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te defenderán! ¿Pero -dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos, -mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la -patria le ha dado! - -Los Ancianos se encogían de hombros, como flagelados por azotes. - ---¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o muerto! - -Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al abandonar al Sufeta habían -abandonado a la República. La misma paz romana, por ventajosa que les -pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas. Aplaudieron -algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de inclinarse hacia -el pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los Sisitas y -administradores, triunfaban por el número; los más significados de la -reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro -extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de -color jacinto. - -Se había pintado con afeites las úlceras de la cara; pero el polvo de -oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda, formando placas -brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como vellones. -Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento, -envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado, -porque sus ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería -ver, tenía que doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y -odiosa, dijo: - ---¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos sido vencidos. Cada -cual soporta su desgracia. ¡Resígnate! - ---Dinos más bien --contestó sonriendo Amílcar-- de qué modo gobernaste -tus galeras contra la flota romana. - ---Me empujaba el viento --respondió Hannón. - ---¡Haces como el rinoceronte, que patea en su estiércol: te obstinas en -tu necedad! ¡Cállate! - -Y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Egates. Hannón -le acusaba de no haber venido a su encuentro. - ---Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que tomar el lago. -¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen miedo al -mar. - -Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes risotadas, -que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos. - -Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su enfermedad le -sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompila; -y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una muralla -en ruinas. - -Amílcar replicó: - ---Si me hubierais querido tanto como a este, ahora reinaría la alegría -en Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi ayuda! ¡Y siempre me -rehusasteis el dinero! - ---¡Nos hacía falta! --dijeron los jefes de los Sisitas. - ---¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, bebíamos orines de mulas -y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando yo quería que -cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la -podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles! - ---¡No podíamos arriesgarlo todo! --respondió Baat-Baal, dueño de minas -de oro en la Getulia Daritiana. - ---¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas, al amparo de las -murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar; cananeos -en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban -embajadores a Tolomeo... - ---¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto te han dado para -que los defiendas? - ---¡Preguntádselo a las llanuras del Brucio, a las ruinas de Locres, -de Metaponto y de Heraclea! Yo he incendiado todos sus árboles, he -saqueado sus templos y matado hasta a los nietos de sus nietos... - ---¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! --dijo Kapuras (comerciante muy -ilustrado)--. ¿Qué es lo que quieres? - ---Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible. Si el África -entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no -sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres -atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los -libios que están en el Oriente se entiendan con los númidas que están -en el Occidente, y los nómadas vengan del Sur y los romanos del Norte... - -Un grito de horror se alzó. - ---¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y -rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir a dar vuelta a la -muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio. - -Los contrarios se daban palmadas en el muslo derecho para significar -su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes -alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba -de pie en la grada más alta del altar, tembloroso, terrible; levantaba -los brazos, y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le pasaban -entre los dedos como dardos de oro. - ---Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros carros, -vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os frotan los pies. -Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará vuestras -tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Tú -caerás, Cartago! - -Los cuatro pontífices extendieron las manos para apartar el anatema. -Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar, magistrado -sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no -fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo. -Retrocedieron. - -Amílcar no hablaba ya. Fija la mirada, y con el semblante más pálido -que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y con -el espíritu perdido en visiones fúnebres. En la altura en que estaba, -todas las antorchas de los pies de bronce le parecían una vasta corona -de fuegos a ras de las losas; negra humareda subía por las tinieblas de -la bóveda, y fue tan profundo el silencio, durante algunos minutos, que -se oía el ruido del mar a lo lejos. - -Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus intereses, sus vidas, -estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía vencer sin -el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo, -les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo -reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no -quería formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar -de idea; se lo suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír, -se sulfuró. El único traidor era el Gran Consejo, porque expirando -el contrato de los soldados con la guerra, quedaban libres terminada -esta; exaltó la valentía del ejército y todas las ventajas que se -podrían sacar interesándoles a favor de la República con donaciones y -privilegios. - -Entonces Magdasan, antiguo gobernador de provincias, dijo, revolviendo -sus ojos amarillos: - ---Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o latino, -o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos hombres? ¡Mueran diez -mil bárbaros antes que uno solo de nosotros! - -Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando: - ---Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios en todo tiempo. - ---Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se les abandona, como -hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que habían de -tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en medio -del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos. - ---¡Qué desgracia! --dijo imprudentemente Kapuras. - ---¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo? --decían otros. - -Amílcar respondió: - ---¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los llamasteis a Cartago? -Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número, en medio de -vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, para -debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres y sus -hijos, sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían para -ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos! Los odiáis porque -son fuertes, y a mí también porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he conocido -ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no mordérmelas. - -Si los leones que dormían en el patio hubieran entrado rugiendo, el -clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se -levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo: - ---Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando general de las fuerzas -púnicas contra los mercenarios. - ---Rehúso --contestó Amílcar. - ---¡Te daremos plena autoridad! --dijeron los jefes de los Sisitas. - ---No. - ---Sin limitación de ningún género, sin copartícipes, con todo el dinero -que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta «zerets» de -tierra por cada cadáver enemigo. - ---¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer. - ---¡Tiene miedo! - ---Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y locos. - ---¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos --agregó alguien-- -y volverse contra nosotros. - -Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló: - ---¡Quiere hacerse rey! - -Entonces todos botaron, derribando los asientos y las antorchas; -lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de las -mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie izquierdo -hacia adelante, encendidos los ojos y apretados los dientes, los -desafió inmóvil bajo el candelabro de oro. - -Resultaba que todos, por precaución, habían llevado armas, lo cual -era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se tranquilizaron, y -volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por -vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de pie. -Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o -se los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando -Amílcar oyó estas palabras: - ---¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su hija! - -Y una voz más alta, que añadió: - ---No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre los mercenarios. - -Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente a Schahabarim. -Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y -Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia -cara. A medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de -ellos, y en medio de rechiflas, los que estaban detrás, gritaban: - ---¡Le han visto salir de su habitación! - ---¡Una mañana del mes de Tamuz! - ---¡Es el ladrón del zaimph! - ---¡Un hombre muy hermoso! - ---¡Más grande que tú! - -Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad, su tiara de ocho -rangos místicos, que llevaba en medio una concha de esmeralda, y con -las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los círculos de -oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas. -Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se -agitaba como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió -una de las escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima; -lo cual era ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su -manto agitaba las luces del candelabro más abajo de sus sandalias, y el -fino polvo que levantaban sus pasos le envolvía como una nube, hasta -el vientre. Se detuvo entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en -sus manos dos puñados de este polvo, cuya sola vista hacía estremecer -de horror a todos los cartagineses, y dijo: - ---¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! ¡Por los ocho -fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los volcanes! -¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del -mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el -exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de -vuestros abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros, -los Ciento de Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y -yo, Amílcar Barca, Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del -pueblo, juro ante Moloch, de cabeza de toro!... - -Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo, con voz más alta, -pero más calmosa: - ---¡Que ni yo mismo la hablaré! - -Entraron los servidores sagrados de los peines de oro, unos con -esponjas de púrpura y otros con palmas. Levantaron la cortina de -jacinto extendida ante la puerta, y por la abertura de este ángulo se -vio en el fondo de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía -continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul. -Subía el sol, saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho -del dios de cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas, -le hizo abrir las fauces de rojos dientes, con horrible bostezo y -dilatar sus enormes narices. La luz del día le animaba, le daba un aire -terrible e impaciente, como si quisiera saltar afuera para mezclarse -con el astro y recorrer juntos las inmensidades. - -Las antorchas esparcidas por el suelo seguían ardiendo, alargándose -aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los Ancianos -vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría -el sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se -oían. Pero su cólera contra el Sufeta no se había calmado, y a modo de -despedida le amenazaban, respondiéndoles Amílcar. - ---Mañana por la noche, Barca, en el templo de Eschmún. - ---Iré. - ---Te haremos condenar por los ricos. - ---Y yo a vosotros por el pueblo. - ---Ten cuidado no mueras en la cruz. - ---Y vosotros destrozados en las calles. - -Así que salieron del patio, recobraron todos la calma. - - * * * * * - -A la puerta les esperaban sus cocheros y criados. La mayor parte se -fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y tomó las riendas; -los dos animales, retorciendo las colas y golpeando con cadencia las -piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de los Mapales; el -buitre de plata, en la punta de la lanza del carro, parecía volar: tal -era la velocidad del vehículo. - -El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, como pirámides, -con una mano abierta tallada en medio, como si el muerto enterrado -debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego -cabañas diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos, -todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de -guijarros, por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales -y que se amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta. -Pero la mirada de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres -pisos formaban tres monstruosos cilindros: el primero construido de -piedra, el segundo de ladrillos y el tercero enteramente de cedro, -soportando una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro, -de donde caían, a modo de guirnaldas, cadenetas de oro entrelazadas. -Tan alto edificio dominaba los que se extendían a la derecha, los -almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de las mujeres -se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de bronce. - -Cuando el resonante carro entró por la estrecha puerta, paró en un -ancho cobertizo, donde los caballos, trabados, comían montones de heno. - -Acudieron todos los criados, que eran una multitud, porque por miedo -a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo. Los -labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas -sujetas a los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían -rojos los brazos, como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes; -los pescadores, collares de coral, y la gente de Megara vestía túnicas -blancas o negras, calzón de cuero y gorros de paja, de fieltro o de -tela, según su servicio o la industria que ejercían. - -Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos; eran los que vivían -sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de noche en las -huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que vegetaba -a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por precisión que -por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto una flor en -la oreja; muchos de ellos no habían visto nunca al Sufeta. - -Unos hombres, tocados como esfinges y con largos bastones, se lanzaron -sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a fin de -contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera -atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables. - -Todos estos se echaron boca abajo en el suelo gritando: «Ojo de Baal, -florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados en la avenida -de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra blanca, se -adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano. - -Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras. Detrás de ella venían -todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las negras -formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas de oro -que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas -de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que remataban -en soles. Sobre estas vestiduras blancas, amarillas y azules, -resplandecían los anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se -oía el ruido de las sandalias juntamente con el de los pies desnudos -que hollaban el entarimado de las gradas, y un eunuco, tan alto que -sobresalía sobre los hombros de las mujeres, sonreía complacido. Así -que se calmó la aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras -con las mangas, lanzaron un extraño grito, semejante al aullido de una -loba, tan furioso y estridente, que la gran escalera de ébano, llena de -mujeres, parecía vibrar como una inmensa lira. - -El viento levantaba sus velos y los menudos tallos de papiro se -balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno. Los -granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las -ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre -la bruma. - -Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido después de habérsele -muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se consideraba -como una calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le enviaron -un hijo más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de su -esperanza fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado -contra Salambó. Esta seguía andando. - -Perlas de variados colores colgaban en largas sartas de sus orejas -sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba rizada -simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de -oro, cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones -empinados, y su traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El -bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, así -como el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias, -hechas con plumas de pájaro, tenían los tacones muy altos. Salambó -estaba extraordinariamente pálida, sin duda a causa del frío. - -Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, le -dijo: - ---¡Salud, hijo de Baalim, gloria eterna! ¡Triunfo, placer, -satisfacción, riqueza! Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa -lúgubre; pero amo que viene es como Tamuz resucitado, y ante tu mirada, -¡oh, padre!, van a esparcirse alegría y vida nuevas. - -Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo en el que humeaba -una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo: - ---Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por tu servidora. - -Él contestó: - ---¡Bendita seas! --y tomó maquinalmente el vaso de oro que ella le -brindaba. - -Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que Salambó, -temblorosa, balbució: - ---Te han dicho, oh, señor... - ---¡Sí, lo sé! --dijo Amílcar en voz baja. - -¿Era esto una confesión, o se refería a los bárbaros? Amílcar añadió -algunas palabras vagas sobre los asuntos públicos que esperaba -arreglar solo. - ---¡Oh, padre! --exclamó Salambó--; ¡no podrás reparar lo que es -irreparable! - -Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este asombro; porque ella no -se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía obsesionada. El -hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía ella, le -asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible -iba a acontecer, y exclamó: - ---¡Perdón! - -Amílcar bajó lentamente la cabeza. - -Por más que ella quería culparse, no osaba abrir los labios, y sin -embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar -reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor -concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para -leer en el fondo de su corazón. - -Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre los hombros, -intimidada por esta mirada tan persistente. Él estaba seguro ahora de -que ella había caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la amenazó -con los puños. Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres, -que se agruparon en torno de ella. - -Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le siguieron. Se abrió -la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a la -que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos que -llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro, -con balaustres para sostener almohadones acumulados sobre tapices. - -El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando ruidosamente, -pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las -moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la -perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de -más tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de -hierro alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides por -el mar Tenebroso; gomas del país de los negros desbordaban en sacos de -corteza de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba -insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos, -sacados de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia, -de Trapobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban -al pie de las paredes, y un olor indefinible se exhalaba de los -perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz -atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada -corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical, se reunían -por las puntas formando un arco alrededor de la puerta. - -Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes estaban con -los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que Abdalonim ostentaba -orgulloso su mitra puntiaguda. - -Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo piloto de párpados -comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como si llevara -con él la espuma de las tempestades. Contestó que había enviado una -flota por Gades y Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber, doblando -el Cuerno del Sur y el Promontorio de los Aromas. - -Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar -orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, el horizonte -resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas -sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes -adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque -tenían turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río -de los Escitas, penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los -Estienos, raptado en el Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido -todos los bajeles extranjeros que navegaban más allá del Cabo Estriava, -para que el secreto de las rutas no fuera conocido. El rey Tolomeo -acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El Atia, Córcega y las -demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba la voz para -anunciar que habían tomado los númidas una trirreme en Rusicada, -«porque están con ellos, amo». - -Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que hablara el Jefe de -los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se envolvía la -cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le caía -por detrás sobre la espalda. - -Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de -invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la extrema -Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas -pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de -fatiga o enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber -visto, más allá del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes -y de los monos grandes, reinos inmensos en los que los más ínfimos -utensilios eran de oro; un río color de leche, ancho como un mar; -bosques de árboles azules, de colinas de plantas aromáticas; monstruos -con cara humana vegetaban en las rocas y sus pupilas se secaban como -flores. Detrás de los lagos infestados de dragones, unas montañas de -cristal soportaban el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos -reales, pimienta y tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar -calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda -perecieron en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana -suministraron sus acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía -por ahora a equipar otras. - -Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios ocupaban la campiña. -Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe de las -granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, no -obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara, -roma como la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas; -ceñía un cinturón de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos -formidables cuchillos. - -No bien se volvió Amílcar a él, gritó invocando a todos los Baales. La -culpa no era suya, ¡nada podía hacer! Había observado las temperaturas, -los terrenos y las estrellas; hecho las plantaciones en el solsticio -de invierno, las podas de los árboles en el curso de la luna, -inspeccionado a los esclavos, economizado ropa... - -A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el hombre de los cuchillos -siguió diciendo atropelladamente: - ---¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres mil pies de árboles -han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en Ubada y -cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos gomores -de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los rebaños, -quemado la casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú habitabas -en el verano. Los esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, huyeron -a las montañas; y los asnos, las mulas, los burdéganos, los bueyes -de Taormina y los caballos oringes fueron todos robados, sin que -quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré a ella --y añadía -llorando--: ¡Ah! ¡Si hubieras visto lo colmados que estaban los -graneros y lo relucientes de las carretas! ¡Ah, los hermosos carneros! -¡Ah, los hermosos toros! - -A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló: - ---¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la verdad! ¡Quiero -saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el último -cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las -caravanas, las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia -está turbada, ¡ay de vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí! - -Todos los intendentes salieron a reculones y encorvados hasta el suelo. - -Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared cuerdas con nudos, -bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de señales -escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de -madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro, -de plata y de cuerno, y empezó diciendo: - ---Ciento noventa y dos casas en los Mapales, alquiladas a los -cartagineses nuevos a razón de un beka por luna. - ---No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás los nombres de -aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a -la República. ¡Después! - -Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad. Amílcar le arrancó -de las manos las bandas de tela. - ---¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitath al -mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren. - -El intendente de los intendentes, después de un largo saludo, añadió: - ---Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres -por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos siclos, con -la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las marismas. - ---¡Porque no eran robustos! --dijo riendo el Sufeta--. No importa: si -necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto interés, -según la riqueza de las personas. - -Entonces el servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido -las minas de hierro de Annaba, las pesquerías de coral, las fábricas -de púrpura, el arriendo del impuesto a los griegos domiciliados, la -exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las -capturas de naves, deducción hecha del diezmo para el templo de la -Diosa. - ---¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo! - -Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus dedos. - ---¡Basta! ¿Qué has pagado? - ---A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes de Alejandría, -por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y doce -talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte -nimes de oro al mes por cada trirreme. - ---Lo sé. ¿Cuántas se perdieron? - ---Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo. Respecto a las -naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han -repartido las pérdidas entre los asociados. Por cuerdas tomadas a los -arsenales y que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido -ochocientos kesitaths, antes de la expedición a Útica. - ---¡Siempre ellos! --dijo Amílcar, pensativo, quedándose así algún -tiempo, como abatido por el peso de todos los odios concitados contra -él--. No veo los gastos de Megara... - -Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro casillero unas tablillas -de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero. - -Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles domésticos y -sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y Abdalonim -se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró -al suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de -un condenado. Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y -quedó estupefacto al ver que el gasto en un solo día llegaba a un -exorbitante consumo de carne, pescados, pájaros, vinos y aromas; más -platos rotos, esclavos muertos y tapices perdidos. - -Abdalonim, siempre prosternado, le enteró del festín de los bárbaros. -No pudo sustraerse a la orden de los Ancianos. Además, Salambó quiso -que se prodigara el dinero para obsequiar mejor a los soldados. - -Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto; rechinando -los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las franjas con las -uñas. - ---¡Levántate! --dijo, y salió. - -Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta que cogiendo una -barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas. Saltó un -disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de -estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el -grano. - ---¡Ya lo ves, Ojo de Baal! --dijo el servidor--, ¡no se lo llevaron -todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos y -está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones -así, en los arsenales, en las huertas, en todas partes. Tu casa está -repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría. - -Amílcar se sonrió: - ---Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la Etruria, del Brucio, -de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena. Es preciso que -yo solo posea todo el trigo de Cartago. - -No bien llegaron al extremo del corredor, Abdalonim, con una de -las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran habitación -cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro, -de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a -lo largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes -rimeros de piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras -de sacos más pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el -suelo, y aquí y allá, alguna demasiado alta, al romperse, daba la -impresión de una columna rota. - -Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit a caballo, -debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias, marcadas -con un toro, una estrella, un globo o una luna en creciente. Luego se -veían dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los valores, -de todas las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas -de Asiria, pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes -que la mano; botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas -cortas de la antigua Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho -o de cardenillo, o ennegrecidas por el fuego por haber sido cogidas -con redes o en los saqueos, entre los escombros de las poblaciones. -Antes de que el Sufeta se diera cuenta de si todo aquel dinero era -proporcional a las ganancias y pérdidas que había oído, reparó en tres -jarras de cobre, enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal -de horror, y Amílcar, resignado, no dijo palabra. - -Atravesando más corredores y salas, llegaron ante una puerta guardada -por un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta a la -pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían crecido -extraordinariamente su barba y sus uñas, y se balanceaba de derecha a -izquierda, con la oscilación continua de los animales cautivos. No bien -reconoció a Amílcar, se dirigió a él, gritando: - ---¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años hace que no veo el -sol. ¡En nombre de tu padre, perdón! - -Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres -hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas, sacaron de -los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una -antorcha y desapareció en las tinieblas. - -Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia; pero no -se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a los ladrones -y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy pesada, y por -la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento labrado en -forma de cono. - -Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio, sobre un pedestal de -granito, se levantaba la estatua de un kabiro, Aletes de nombre, -inventor de las minas en la Celtiberia. En la base formaban cruz anchas -rodelas de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y por -tanto inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes -cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los robos. - -Con la antorcha encendió una lámpara de minero, fija en el birrete -del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes, amarillas, -azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba llena -de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como -lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de -las paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de -honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras -caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las tres -clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce clases de -esmeraldas. Todas ellas fulguraban a modo de salpicaduras de leche, de -hielos azules, de polvo de plata, y lanzaban sus destellos en ondas, -en rayos y en estrellas. Las ceraunias, engendradas por el trueno, -brillaban junto a las calcedonias, que curan los peces. Había topacios -del monte Zabarca para prevenir los terrores, ópalos de la Bactriana, -que impiden los abortos, y cuernos de Ammón, que se ponen en los lechos -para tener sueños. - -Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara se reflejaban en -los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los brazos -cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la conciencia -de sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se sentía un -genio subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando a su -corazón algo de su eternidad. Era como la alegría de un kabiro; y -los grandes rayos luminosos que herían su rostro, se le antojaban -la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, le -ligaban al centro del mundo. - -Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto detrás del ídolo, fue -directamente hacia la pared. Entre los tatuajes de su brazo examinó una -línea horizontal con otras dos perpendiculares, que en cifras cananeas -expresaban el número trece. Contó hasta la decimotercera de las placas -de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y con la mano derecha -extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas, -paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira. -Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró -como una sola pieza. - -Disimulaba una especie de cava que contenía cosas misteriosas, sin -nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas; tomó en un -cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro, y -volvió a subir. - -Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes en el pavimento -con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y gritando, -al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y -bendiciones. - -En la galería circular a la que afluían todos los corredores, estaban -acumulados a lo largo de las paredes pequeñas vigas de algumín, sacos -de lausonia, pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de perlas. -A su paso, el Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los -gigantescos pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los -rayos del sol. - -Surgió una nube de vapor. - ---¡Empuja la puerta! - -Entraron. - -Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban hierbas, agitaban -carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban pequeñas celdas -ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que aquello -parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán -y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces, -redomas de vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían -asfixia, no obstante los torbellinos del estoraque, que humeaba en un -trípode de cobre. - -El _Jefe de los olores suaves_, pálido y larguirucho como un cirio de -cera, salió a recibir a Amílcar para aplastar en sus manos un rollo -de metopión, en tanto que otros dos hombres le frotaban los talones -con hojas de bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran cirineos de -costumbres infames, pero a los que se consideraba a causa de sus -secretos. - -Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al Sufeta, en una cuchara -de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó tres bezares -indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno lleno de -bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su túnica; -apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al Jefe, y -sin decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara. - -Por indignado que estuviera por las falsificaciones cometidas en -perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los -países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran más. - -Tras esto preguntó dónde estaban tres cajas de psagas destinadas para -su uso. - -El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque habiendo entrado -soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas. - ---¿De modo que los temes más que a mí? --gritó el Sufeta, y a través -del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al hombrón -pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima--. Abdalonim, -antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen -bien. - -Esta pérdida, menor que las otras, le había exasperado; porque a pesar -de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros, los tenía siempre -en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían con la -vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó -bajo los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de -betún, de madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes -de paño, las reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el -granero del silfio. - -Fue a inspeccionar al otro lado de las huertas, en sus cabañas, a -los artesanos domésticos, cuyos productos se vendían. Los sastres -bordaban mantos, otros tejían redes, otros peinaban cojines y cortaban -sandalias; obreros de Egipto, con una concha pulían papiros; chirriaba -la lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros. -Amílcar les dijo: - ---¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán falta! - -Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que se -le cortase una coraza más sólida que las de cobre e inatacable por el -hierro y por la llama. - -Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su cólera, -procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos: - ---¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es demasiado bueno. - -Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante. - -Se desanimó porque grandes árboles, enteramente calcinados, como en -un bosque donde han acampado pastores, estorbaban el camino; las -empalizadas estaban rotas, se perdía el agua de las acequias y entre -linfas fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de monos. - -Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y flores podridas -formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los criados lo -habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería. - -A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre y una prueba de -aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes de -púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres ante -sí, a tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase -humillado por haberlos defendido; era un engaño, una traición, y -como no podía vengarse ni de los soldados, ni de los Ancianos, ni de -Salambó, ni de nadie, y su cólera necesitaba víctimas, mandó a las -minas a todos los esclavos de las huertas. - -Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a los parques; pero -Amílcar tomó el camino del molino, en donde se dejaba oír una melopea -lúgubre. - -En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es decir, dos conos -de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual giraba -sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los -brazos empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como -animales. El roce de las barras había formado alrededor de sus sobacos -costras purulentas, como se observa en el crucero de los asnos, y el -andrajo negro y deshilachado que apenas cubría sus riñones colgaba de -sus piernas como una larga cola. Los ojos estaban rojos, sonaban los -hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a un tiempo. Tenían -en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que les -impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus -manos para que no la pudieran coger. - -A la entrada del amo las barras de madera sonaron con más fuerza. -Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeron sobre las rodillas; los -demás siguieron, pasándoles por encima. - -Preguntó por Giddenem, gobernador de los esclavos, y compareció este -personaje, mostrando su dignidad en la riqueza del vestido; porque su -túnica, hendida por los lados, era de fina púrpura; pesados anillos -colgaban de sus orejas, y para juntar las bandas que envolvían sus -piernas, subía de los tobillos a la cadera un lazo de oro, como una -serpiente enroscada a un árbol. En los dedos, cargados de sortijas, -llevaba un collar de granos de piedras negras para conocer los hombres -sujetos al mal sagrado. - -Amílcar le hizo seña para que hiciera quitar los bozales. Entonces, -todos, gritando como animales hambrientos, se echaron sobre la harina, -devorándola con la cara metida en el montón. - ---¡Los tienes extenuados! --dijo el Sufeta. - -Giddenem alegó que esto era necesario para domarlos. - ---No valía la pena de enviarte a Siracusa, a la escuela de los -esclavos. ¡Haz venir a los demás! - -Cocineros, despenseros, palafreneros, corredores, porteadores de -literas, hombres de los baños y mujeres con sus hijos; todos se -alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio -hasta el parque de las fieras. Silencio enorme llenaba Megara; todos -contenían el aliento. El sol se prolongaba sobre la laguna, debajo de -las catacumbas. Graznaban los pavos reales. Amílcar andaba a paso lento. - ---¿Qué haré de estos viejos? --dijo--. Véndelos. Hay demasiados galos: -son borrachos; y demasiados cretenses: son mentirosos. Cómprame -capadocios, asiáticos y negros. - -Quedó extrañado del poco número de niños. - ---Giddenem, cada año la casa ha de tener nuevos nacimientos. Dejarás de -noche todas las habitaciones abiertas para que se junten con libertad. - -Hizo que se presentaran los ladrones, los perezosos y los amotinadores. -Dictó castigos, con reproches a Giddenem; y este, como un toro, bajaba -la cabeza frunciendo las cejas. - ---Mira, Ojo de Baal --dijo, señalando a un libio robusto--, a este le -han sorprendido con una cuerda al cuello. - ---¡Ah! ¿Quieres morir? --preguntó desdeñosamente el Sufeta. - -Y el esclavo, con voz intrépida: - ---¡Sí! --contestó. - -Y sin cuidarse del ejemplo ni del daño pecuniario, Amílcar dijo a los -criados: - ---¡Lleváoslo! - -Quizás abrigaba la intención de un sacrificio, como una desgracia que -se infligía para prevenir otras más terribles. - -Giddenem tenía ocultos a los mutilados detrás de los otros; Amílcar los -vio. - ---¿Quién te ha cortado el brazo? - ---Los soldados, Ojo de Baal. - -A un samnita, que vacilaba como una garza herida: - ---Y a ti, ¿quién te ha hecho esto? - -Fue el gobernador, que le había roto una pierna con una barra de -hierro. - -Esta atrocidad imbécil indignó al Sufeta, y arrancando de manos de -Giddenem el collar de piedras, dijo: - ---¡Maldito sea el perro que hiere al rebaño! ¡Estropeas esclavos, -bondad de Tanit! ¡Ah, tú arruinas a tu amo! ¡Que lo ahoguen en el -estiércol! ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado como a -los soldados? - -Tan terrible tenía el semblante que huyeron todas las mujeres. Los -esclavos formaron un ancho círculo alrededor de los dos; Giddenem -besaba frenéticamente las sandalias de Amílcar; este, en pie, tenía -levantados los brazos sobre él. - -Con su inteligencia lúcida, como en la más fuerte de las batallas, -recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había apartado; y a -la luz de su cólera, como a los relámpagos de una tempestad, veía de un -golpe todos sus desastres a un tiempo. Los gobernadores de los campos -habían huido, por miedo a los soldados, por conveniencia quizá; todos -le engañaban; se contenía demasiado tiempo. - ---¡Que los traigan! --gritó--. ¡Que los señalen en la frente con -hierro encendido, como a los cobardes! - -Trajeron y fueron repartidos en medio del jardín grilletes, argollas, -cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos que apretaban -las piernas, escorpiones y látigos con tres ramales, rematados con -garfios de cobre. - -Los condenados fueron puestos de cara al sol, del lado de Moloch -devorador, echados en tierra en posición supina, y los que habían de -ser azotados, atados de pies y manos a los árboles, con dos sayones: -uno que daba los azotes y otro que los iba contando. - -Silbaban las correas, arrancando la corteza de los árboles. La sangre -mojaba como lluvia las hojas, y al pie de cada árbol se retorcía un -cuerpo humano hecho una llaga viva. Aquellos que fueron marcados, se -arañaban el cutis con las uñas. Se oían crujir los tornillos de madera, -resonaban choques sordos; a veces hería el aire un grito agudo. Del -lado de las cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras tendidas, -unos hombres con soplillos avivaban los carbones, y apestaba el -olor a carne quemada. Desfallecían los flagelados; pero sujetos por -los brazos, doblaban la cabeza, cerrando los ojos. Los espectadores -gritaban asustados; los leones, acordándose tal vez del festín, se -desperezaban bostezando, al borde de los fosos. - -Viose entonces a Salambó en la plataforma de la terraza, corriendo -asustada de un lado a otro. La vio Amílcar, pareciéndole que levantaba -los brazos hacia él, pidiéndole perdón. El Sufeta, con un gesto de -horror, se perdió en el parque de los leones. - -Estos animales constituían el orgullo de las grandes casas púnicas. -Habían tirado del carro del vencedor, triunfado en las guerras, y eran -venerados como favoritos del sol. Los de Megara eran los más fuertes -de Cartago. Amílcar, antes de su partida, había exigido a Abdalonim -el juramento de que cuidaría de ellos; pero habían muerto mutilados, -quedando únicamente tres, acostados en medio del patio, ante los restos -de su comida. - -Conocieron a Amílcar y se le acercaron. Uno tenía las orejas -horriblemente mutiladas; otro, una ancha herida en la pierna; el -tercero, el hocico cortado. Le miraban con aire triste, como personas; -y el del hocico cortado, bajando la enorme cabeza y doblando las -corvas, le acariciaba suavemente con el extremo del muñón llagado. - -Ante esta caricia, lloró Amílcar y saltó sobre Abdalonim. - ---¡Ah! ¡Miserable! ¡La cruz, la cruz! - -Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas. - -Detrás de las fábricas de púrpura, cuyas lentas humaredas subían al -cielo, sonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo. - -Pensando en su hijo, se calmó de pronto, como si le hubiera tocado -un dios. Entreveía una prolongación de su fuerza, una indefinida -continuación de su persona; los esclavos no comprendían cómo pudo -haberse apaciguado tan pronto. - -Yendo a las fábricas de púrpura, pasó delante de la ergástula: un -caserón de piedra negra rodeado de un foso cuadrado, con un camino -alrededor, y cuatro escaleras en las esquinas. - -Para acabar su señal, Iddibal esperaba, sin duda, la noche. «No corre -prisa», se dijo Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le gritaron: -«Vuélvete»; los más atrevidos le siguieron. - -El viento agitaba la puerta abierta; entraba el crepúsculo por los -estrechos mechinales y veíase adentro cadenas rotas colgadas en las -paredes. Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra. - -Amílcar palideció extraordinariamente, y le vieron apoyarse con una -mano en la pared para no caer. - -El chacal gritó tres veces seguidas. Amílcar levantó la cabeza, y -cuando el sol se ocultó, desapareció detrás del seto de nopales. - -A la noche, en la Asamblea de los Ricos, en el templo de Eschmún, -dijo al entrar: «¡Luces de los Baalim: acepto el mando de las fuerzas -púnicas contra los bárbaros!» - - - - -VIII - -LA BATALLA DEL MACAR - - -Al siguiente día obtuvo de los Sisitas doscientos veinte y tres mil -kikar de oro, y decretó un impuesto de catorce shequels sobre los -ricos. Hasta las mujeres contribuyeron; se pagaba por los niños, y lo -que era más monstruoso, atendidas las costumbres cartaginesas, obligó a -los colegios de los sacerdotes a que dieran dinero. - -Requisó todos los caballos y mulas y se incautó de todas las armas. A -los que quisieron disimular sus riquezas se les vendió los bienes, y -para intimidar la avaricia de los demás, dio él solo sesenta armaduras -y mil quinientos gomores de harina, tanto como la Compañía del Marfil. - -Envió a la Liguria a comprar soldados, tres mil montañeses -acostumbrados a combatir osos; se les pagó por adelantado seis meses, a -razón de quince minas diarias. - -Le hacía falta un ejército; pero no aceptó, como Hannón, a todos -los ciudadanos. Rechazó por de pronto a la gente de ocupaciones -sedentarias; luego, a los demasiado obesos o de aspecto pusilánime; -admitió a los hombres deshonrados, la crápula de Malca, los hijos de -los bárbaros y los libertos. En recompensa, prometió a los cartagineses -nuevos el derecho completo de ciudadanía. - -Su primer cuidado fue la reforma de la Legión. Estos arrogantes -jóvenes, considerados como la majestad militar de la República, se -gobernaban por sí mismos. Destituyó a los oficiales; trató a todos -rudamente, haciéndoles correr, saltar y subir de un tirón la cuesta de -Byrsa; lanzar azagayas, luchar cuerpo a cuerpo y dormir al raso. Sus -familias venían a verles y les compadecían. - -Mandó hacer espadas más cortas y borceguíes más fuertes. Fijó el -número de sirvientes y redujo los bagajes, y como se guardaban en el -templo de Moloch trescientos pilums romanos, los tomó, a pesar de las -reclamaciones del Pontífice. - -Con los que habían vuelto de Útica y otros de particulares organizó una -falange de setenta y dos elefantes, que hizo formidables. Armó a sus -conductores con un martillo y un escoplo para que rompieran el cráneo a -estos animales en caso de que huyeran. - -No consintió que sus generales fueran nombrados por el Gran Consejo. -Los Ancianos le echaban en cara que violaba las leyes; él no les -hizo caso; nadie se atrevía a contradecirle; todo se doblegaba a la -violencia de su genio. - -Él solo se encargó de la guerra, del gobierno y de la hacienda; y con -el fin de prevenir acusaciones, pidió para examinador de sus cuentas al -Sufeta Hannón. - -Hacía trabajar en las fortificaciones, y para tener piedras derribó -las viejas murallas interiores, que eran inútiles. La diferencia de -fortunas, ya que no la jerarquía de razas, seguía manteniendo separados -los hijos de los vencidos y de los conquistadores; los patricios -vieron irritados la destrucción de esos muros; pero el pueblo, sin -darse cuenta, se regocijaba sin saber por qué. - -Armada la tropa, por mañana y tarde desfilaba por las calles, y a cada -momento se oía el resonar de las trompetas; en los carros pasaban -escudos, tiendas de campaña, picas; los patios estaban llenos de -mujeres que hacían hilas y vendajes; unos a otros se infundían valor; -el alma de Amílcar llenaba la República. - -Dividió sus soldados en números pares, cuidando de poner a lo largo de -las filas, alternativamente, un hombre robusto y otro que lo era menos, -para que el menos vigoroso o más cobarde fuera llevado y empujado a la -vez por su compañero. No obstante, con tres mil ligures y los mejores -cartagineses no pudo formar más que una sencilla falange de cuatro -mil noventa y seis hoplitas, defendidos con cascos de bronce, y que -manejaban picas de fresno de catorce codos de largo. - -Dos mil hombres iban armados con un puñal, reforzados con ochocientos -jóvenes más, con escudo redondo y espada a la romana. - -La caballería pesada estaba compuesta de mil novecientos guardias que -quedaban de la Legión, cubiertos con láminas de bronce bermejo, como -los clinabaros asirios. Había además más de cuatrocientos arqueros a -caballo, de los llamados tarentinos, con birretes de piel de comadreja, -hacha de doble filo y túnica de cuero; y mil doscientos negros del -arrabal de las caravanas, mezclados con los clinabaros, que debían -correr al lado de los caballos, cogidos a las crines. Todo estaba -dispuesto y, sin embargo, Amílcar no empezaba la campaña. - -A menudo, salía de noche solo de Cartago, y se perdía en la embocadura -del Macar, más allá de la laguna. ¿Quería unirse a los mercenarios? Los -ligures, acampados en los Mapales, rodeaban su casa. - -Los temores de los Ricos parecieron justificados cuando se vio un día -a trescientos bárbaros que se acercaban a las murallas. El Sufeta les -abrió las puertas. Eran tránsfugas que se acogían a su jefe por temor -o por fidelidad. - -La vuelta de Amílcar no había sorprendido a los mercenarios; este -hombre, según sus ideas, no podía morir. Venía para cumplir sus -promesas; esperanza que nada tenía de absurda: ¡tan profundo era el -abismo entre la patria y el ejército! Además, no se creían culpables; -se habían olvidado del festín. - -Los espías que aprehendieron les desengañaron. Fue un triunfo para los -exaltados; hasta los tibios se volvieron furiosos. Además, los dos -sitios les habían aburrido; nada se adelantaba; era preferible una -batalla. Muchos hombres se desbandaban, merodeando por la campiña. A la -noticia de los armamentos acudieron, y Matho saltó de alegría: - ---¡Al fin! ¡Al fin! --exclamó. - -El resentimiento que tenía contra Salambó se volvió contra Amílcar. -Su odio veía una presa determinada; y como la venganza era más fácil -de concebir, la creía segura; la idea le deleitaba. Al mismo tiempo, -estaba dominado por una más alta ternura; devorado por un deseo más -agrio. Se veía en medio de los soldados, llevando en su pica la -cabeza del Sufeta, y después, en el cuarto del lecho de púrpura, -apretando a la virgen entre sus brazos, cubriéndola la cara de besos, -acariciando sus largos cabellos negros; estos sueños, que sabía eran -irrealizables, constituían para él un suplicio. Se juró a sí mismo, ya -que sus camaradas le habían nombrado schalischim, dirigir la guerra; la -certidumbre de que no volvería, le impulsaba a ser implacable. - -Fue a ver a Espendio, y le dijo: - ---Reúne tus hombres; yo llevaré los míos. Avisa a Autharita. Estamos -perdidos si Amílcar nos ataca. ¿Me entiendes? ¡Levántate! - -Espendio quedó estupefacto ante este decreto autoritario. Matho, por -costumbre, se dejaba guiar y se le pasaban pronto los arrebatos; pero -ahora, parecía a un tiempo más calmado y más terrible; una voluntad -soberbia fulguraba en sus ojos, como la llama de un sacrificio. - -El griego no atendía sus razonamientos. Habitaba una de las tiendas -cartaginesas bordadas de perlas, bebía bebidas frescas en copas de -plata, jugaba al cótabo, dejaba crecer su cabellera y llevaba el sitio -con lentitud. Por lo demás, tenía inteligencias en la ciudad y no -quería partir, en la seguridad de que esta se rendiría a los pocos -días. Narr-Habas, que vagabundeaba entre los ejércitos, se encontraba -ahora cerca de él. Apoyó su opinión y llegó a acusar al libio de querer -abandonar la empresa, por exceso de valor. - ---Vete, si tienes miedo --contestó Matho--; nos prometiste pez, azufre, -elefantes, infantes y caballos; ¿dónde están? - -Narr-Habas le recordó que había exterminado las últimas cohortes -de Hannón; en cuanto a los elefantes, se les estaba cazando en los -bosques; armaba los infantes, y los caballos estaban ya en marcha; y el -númida, acariciando la pluma de avestruz que le caía por la espalda, -giraba los ojos como una mujer y sonreía de una manera irritante. Matho -no sabía qué contestarle. - -Un desconocido entró donde ellos estaban, sudoroso, asustado, sangrando -los pies y desatado el cinturón; la respiración agitaba su flaco pecho -como si fuera a hacerle estallar; y hablando un dialecto ininteligible, -abría los ojos como si contara una batalla. El rey se echó afuera y -llamó a sus jinetes. - -Formaron en el llano un círculo alrededor de él. Narr-Habas, a caballo, -bajaba la cabeza y se mordía los labios. Por fin, separó sus hombres en -dos mitades y mandó a la primera que esperase; con gesto imperioso se -llevó los otros al galope y desapareció en el horizonte, por el lado de -las montañas. - ---¡Señor! --dijo Espendio--: no me gustan estas cosas extraordinarias; -el Sufeta, que viene, y Narr-Habas, que va... - ---¡Bah! ¿Qué importa? --contestó desdeñosamente Matho. - -Era una razón más para unirse a Autharita; pero si se abandonaba -el sitio, saldrían los sitiados, los atacarían por retaguardia, y -al frente tendrían a los cartagineses. Después de mucho hablar, se -resolvió lo siguiente, que fue inmediatamente ejecutado: - -Espendio, con quince mil hombres, ocupó el puente del Macar, a tres -millas de Útica, y fortificó los ángulos con cuatro torres enormes, -con catapultas. Con troncos de árboles, pedazos de roca y montones de -espinos y piedras de las murallas cerró todos los caminos y gargantas -de las montañas; y en las cumbres puso hierba seca, que se encendería -para señales, y pastores acostumbrados a otear de lejos. - -Sin duda Amílcar no iría, como Hannón, por la montaña de las Aguas -Calientes. Debía pensar que Autharita, dueño del interior, le -cerraría el camino. Además, un desastre al principio de la campaña -le perdería, mientras que la victoria era probable estando más lejos -los mercenarios. Meterse entre los dos ejércitos sería en él una -imprudencia, contando con fuerzas inferiores; así, pues, Amílcar, según -todas las probabilidades, tomaría las faldas de la Ariana, torcería a -la izquierda para evitar las bocas del Macar y vendría en derechura al -puerto, donde Matho le esperaría. - -Vigilaba de noche a los peones, a la luz de las antorchas; iba a -Hippo-Zarita, a las obras de las montañas, volvía y no descansaba. -Espendio envidiaba su energía, y Matho escuchaba dócilmente a su -compañero en cuanto al manejo de los espías, a la elección de -centinelas, al arte de las máquinas y demás medios de defensa. Ya no -hablaban de Salambó: Espendio, porque no se acordaba; Matho, por una -especie de pudor. A menudo iba del lado de Cartago, para ver de lejos -las tropas de Amílcar. Flechaba con sus ojos el horizonte, se echaba -de bruces, y en los latidos de sus arterias creía oír el rumor de un -ejército. - -Dijo a Espendio que si antes de tres días no llegaba Amílcar, iría con -todos sus hombres a presentarle batalla. Pasaron dos días; Espendio le -contenía; pero en la mañana del sexto, partió. - - * * * * * - -No menos que los bárbaros estaban los cartagineses impacientes por la -guerra; en las tiendas y en las casas había el mismo deseo, la misma -angustia; se preguntaban todos qué era lo que detenía a Amílcar. En -ocasiones, subía este a la cúpula del templo de Eschmún, y al lado del -Anunciador de las Lunas escudriñaba el horizonte. - -Un día, el tercero del mes de Tibby, se le vio bajar de la Acrópolis a -pasos precipitados. Se alzó un griterío en los Mapales. Bien pronto se -llenaron las calles, y los soldados se armaron, entre el llanto de las -mujeres, que los abrazaban, yendo a formar a la plaza de Kamón. No se -les podía seguir, ni aun hablarles, ni acercarse a las fortificaciones; -durante algunos minutos, la ciudad entera permaneció silenciosa como -una inmensa tumba; los soldados, apoyados en sus lanzas, y los demás, -angustiados. - -Al ponerse el sol, salió el ejército por la parte de Occidente; pero -en vez de tomar el camino de Túnez o ganar las montañas en dirección a -Útica, siguió la costa, llegando en breve a la laguna, en la que las -salitreras se reflejaban como enormes espejos de plata olvidados en la -ribera. - -Fuéronse multiplicando los aguazales; el suelo era cada vez más blando -y en él se hundían los pies. Amílcar iba siempre a la cabeza, y su -caballo, cubierto de manchas amarillas como un dragón, pisaba el fango -haciendo grandes esfuerzos y levantando espuma en torno suyo. Vino la -noche; noche sin luna. Algunos gritaron que se iba a la muerte; el -caudillo les quitó las armas y las entregó a los criados. El fango se -hacía cada vez más hondo; fue preciso montar en los animales de carga -o bien agarrarse a la cola de los caballos; los robustos ayudaban a -los débiles, y la Legión empujaba a la infantería con la punta de las -lanzas. Aumentó la obscuridad; se habían extraviado; todos hicieron -alto. - -Los esclavos del Sufeta siguieron adelante para encontrar las balizas -plantadas por orden de este, de distancia en distancia. Gritaban en las -tinieblas, y el ejército les seguía de lejos. - -Por fin se pisó tierra firme; luego se dibujó vagamente una curva -blanquecina, y llegaron a la orilla del Macar. A pesar del frío, no se -encendió fuego. - -A media noche se levantaron ráfagas de viento. Amílcar hizo despertar a -los soldados, pero sin tocar las trompetas, haciendo que los capitanes -les golpearan en la espalda. - -Entró en el agua un hombre de alta estatura, y aquella no le llegaba a -la cintura; señal de que se podía pasar. - -El Sufeta ordenó que treinta y dos elefantes se colocaran en el río, -cien pasos más lejos, en tanto que los demás detendrían las líneas -de hombres empujados por la corriente; y todos con las armas sobre -la cabeza, atravesaron el Macar como entre dos murallas. Se había -observado que el viento del Oeste, empujando las arenas, obstruía el -río y formaba en toda su anchura una calzada natural. - -Este alarde de genio entusiasmó a los soldados y les infundió una -confianza extraordinaria. Querían acometer en seguida a los bárbaros, -pero el Sufeta les hizo descansar dos horas. No bien salió el sol, los -desplegó en el llano, en tres líneas: primero los elefantes, detrás la -infantería ligera con la caballería, y en tercera línea la falange. - -Los bárbaros acampados en Útica y en las quince millas alrededor del -puente, quedaron sorprendidos al ver ondular esta masa. El viento, que -soplaba muy fuerte, levantaba torbellinos de arena, como arrancados -del suelo, subiendo en grandes capas de color azul, que se rompían -para volver a formarse, ocultando siempre a los mercenarios el -ejército púnico. Comoquiera que los cartagineses adornaban con cuernos -la punta de los cascos, unos mercenarios creyeron ver una tropa de -bueyes, en tanto que otros, engañados por el vaivén de los mantos, -pretendían ver alas; no faltando quien echándoselas de sabio atribuyera -despreciativamente todo esto a una ilusión de espejismo. Sin embargo, -algo enorme continuaba avanzando. Pequeños vapores, sutiles como -alientos, corrían sobre la superficie del desierto; el sol, ahora más -alto, brillaba con más fuerza; una luz áspera y que parecía vibrar -entre la profundidad del cielo y los objetos, hacía la distancia -incalculable. La inmensa llanura se desplegaba por todos lados, hasta -perderse de vista, y las ondulaciones del terreno, casi insensibles, se -prolongaban hasta el extremo horizonte, cerrado por la gran línea azul -del mar. Los dos ejércitos, fuera de sus tiendas, se miraban; la gente -de Útica, para ver mejor, se amontonaba en los baluartes. - -Al fin, se vieron muchas barras transversales erizadas de puntas, -que se agrandaban y hacían más espesas; montículos negros que se -balanceaban, y aparecer de pronto la masa de picas y elefantes. - ---¡Los cartagineses! --exclamaron los bárbaros. - -Y los soldados de Útica y los del puente salieron en montón, a la -desordenada, para caer juntos sobre Amílcar. - -Ante este nombre, Espendio tembló: «¡Amílcar! ¡Amílcar!» Matho no -estaba allí. ¿Qué hacer? La huida era imposible. La sorpresa, el miedo -al Sufeta y, sobre todo, lo urgente de una resolución inmediata, le -desconcertaban; se veía traspasado por mil espadas, decapitado, muerto. -Pero treinta mil hombres le seguían y confiaban en él; furioso contra -sí mismo y confiando en una feliz victoria, se creyó más intrépido que -Epaminondas. Para disimular su palidez, tiñó su barba de bermellón, -apretó sus grebas y su coraza, bebió una patera de vino puro y corrió -hacia su tropa, que se unía a la de Útica. - -Ambas divisiones de bárbaros juntáronse con tanta celeridad, que el -Sufeta no tuvo tiempo de formar sus hombres en batalla. Los elefantes -se detuvieron, balanceando sus pesadas cabezas cargadas de plumas de -avestruz y golpeándose las espaldas con la trompa. - -En el fondo de los claros que dejaban se veían las cohortes de los -vélites; más lejos, los grandes cascos de los clinabaros, con hierros -que brillaban al sol, y corazas, penachos y banderas desplegadas. Pero -el ejército cartaginés, compuesto de once mil trescientos noventa y -seis hombres, parecía ser inferior a este número porque formaba un -largo cuadrado, estrecho en los flancos y muy apretado en sí mismo. - -Viéndolos tan débiles, los bárbaros, tres veces más numerosos, -sintieron una alegría desordenada; no se veía a Amílcar. ¿Estaría allí? -No importaba; el desdén que los bárbaros tenían por estos mercaderes -avivaba su valor, y antes que Espendio mandara la maniobra, todos la -habían comprendido y la estaban ejecutando. - -Desplegáronse en una gran línea recta, que desbordaba las alas del -ejército púnico, a fin de envolverlo completamente. Pero cuando -estuvieron a trescientos pasos, los elefantes, en vez de avanzar, -retrocedieron, y los clinabaros, haciendo un cambio de frente, los -siguieron; aumentó la sorpresa de los mercenarios el ver que todos los -demás hacían lo mismo. Los cartagineses tenían miedo, ¡huían! Una silba -formidable estalló en las tropas bárbaras, y Espendio, desde lo alto de -su dromedario, gritaba: - ---¡Ah, ya lo sabía! ¡Adelante! ¡Adelante! - -Cayó una lluvia de azagayas, dardos y tiros de honda. Los elefantes con -la grupa acribillada a flechazos galoparon más aprisa; les envolvía una -gran polvareda y, como sombras en una nube, desaparecieron. - -Pero en el fondo de la masa púnica se oía un gran ruido de pasos, -dominado por el son agudo de las trompetas, que tocaban con furia. -Este espacio que los bárbaros tenían delante, pleno de torbellinos y -de tumulto, atraía como un abismo; algunos se lanzaron. Aparecieron -cohortes de infantería y jinetes al galope con otros peones a la grupa. - -En efecto: Amílcar había ordenado a la falange que rompiera sus -secciones y que pasaran los elefantes y la tropa ligera por estos -intervalos, para que cubrieran prontamente los flancos; calculó tan -bien la distancia de los bárbaros, que en el momento en que estos -llegaban allí, el ejército cartaginés formaba en masa una gran línea -recta. - -En medio se erizaba la falange compuesta de sintagmas o cuadrados, -con diez y seis hombres en cada lado. Los jefes de filas aparecían -entre largos hierros agudos que desbordaban desigualmente, porque las -seis hileras primeras alargaban las astas cogiéndolas por el medio, -y las diez hileras inferiores, apoyándolas en la espalda de sus -compañeros, se ponían delante. Las viseras de los cascos ocultaban -a medias las caras; las grebas de bronce cubrían todas las piernas -derechas; anchos escudos cilíndricos bajaban hasta las rodillas; y esta -horrible masa cuadrangular maniobraba en un solo bloque, viva como un -animal fantástico y con la regularidad de una máquina. Dos cohortes de -elefantes la flanqueaban, haciendo caer la lluvia de flechas pegadas a -su negra piel. Los indios, agazapados entre los montones de blancas -plumas de avestruz, los retenían con el mango del arpón, y en las -torres, otros hombres, ocultos hasta los hombros, se asomaban armados -con grandes arcos tendidos y varas de hierro con estopas encendidas. -A derecha e izquierda de los elefantes maniobraban los honderos, con -una honda ceñida a los riñones, otra en la cabeza, y la tercera en la -mano derecha. Venían luego los clinabaros, cada cual con un negro que -les alargaba las lanzas entre las orejas de los caballos enteramente -cubiertos de oro como los jinetes. A continuación se espaciaban -soldados armados a la ligera con escudos de piel de lince y jabalinas -en la mano izquierda; y los tarentinos, llevando del diestro dos -caballos juntos, y apostados en los dos extremos de esta muralla de -combatientes. - -A la inversa, el ejército de los bárbaros no había podido conservar su -alineación. En todo su enorme frente se habían formado ondulaciones y -vacíos, y jadeaban todos, sofocados por la carrera. - -La falange se puso en marcha pesadamente, blandiendo todos las picas; -bajo este enorme peso, la línea de los mercenarios cedió pronto por el -centro. - -Entonces, las líneas cartaginesas se abrieron para envolverlos, -guiándoles los elefantes. Con las lanzas tendidas oblicuamente, la -falange cortó a los bárbaros; se agitaron dos masas enormes; las -alas, a tiros de honda y de flecha, los empujaban sobre la falange. -Para desprenderse de esta, faltaba la caballería; a excepción de -doscientos númidas que arremetieron contra los clinabaros, los demás se -encontraron cercados y no podían salir de sus líneas. Inminente era el -peligro; urgente una resolución. - -Espendio mandó atacar la falange simultáneamente por los dos flancos, -a fin de pasar al través; pero las filas más estrechas, replegándose -sobre las más largas, se volvieron juntas contra los bárbaros, -mostrándose tan terribles como lo era el frente. Herían los bárbaros -con su hierro, pero la caballería estorbaba su ataque; en tanto que -la falange púnica, apoyada por los elefantes, se apretaba o se -ensanchaba, o maniobraba en cuadrado, en cono, en rombo, en trapecio -o en pirámide, de frente, a retaguardia, se producía continuamente -un movimiento interior, porque los que estaban detrás de las filas -corrían a las primeras líneas, y los cansados o heridos se replegaban -atrás. Los bárbaros se veían empujados contra la falange: era imposible -avanzar; hubiérase dicho un océano en el que bullían garcetas rojas con -escamas de cobre, en tanto que los lucientes escudos se apretaban como -espuma de plata. A veces, de un cabo a otro, bajaban anchas corrientes, -que luego ascendían, manteniéndose inmóvil en medio una pesada masa. -Las lanzas se bajaban y se levantaban alternativamente. Todo era una -agitación de espadas desnudas, tan precipitada, que solo se veían las -puntas; haces de caballería, ensanchándose en círculos, y que volvían a -cerrarse, moviendo torbellinos a su alrededor. - -Dominando las voces de mando, sonaban en el aire los bélicos clarines -y el son de las liras, y las balas de plomo o de arcilla de las hondas, -silbando y haciendo saltar las espadas de las manos y los sesos de los -cráneos. Los heridos, resguardándose con un solo brazo con su escudo, -tendían la espada apoyando el pomo en el suelo; otros, entre charcos de -sangre, se volvían para morder los talones de los enemigos. La multitud -era tan compacta, el polvo tan espeso, el tumulto tan fuerte, que era -imposible ver nada; los cobardes que ofrecían entregarse ni siquiera -eran oídos. Cuando las manos estaban vacías, se abrazaban cuerpo a -cuerpo; los pechos chocaban con las corazas y los cadáveres caían -hacia atrás, con los brazos crispados. Hubo una compañía de sesenta -umbrianos que, firmes sobre sus talones, con la pica delante de los -ojos, inquebrantables y rechinando los dientes, obligaron a retroceder -dos sintagmas a la vez. Los pastores epirotas corrieron al escuadrón -izquierdo de los clinabaros y agarraron de las crines a los caballos, -volteando sus bastones; los animales, derribando a los jinetes, huyeron -por el llano. Los honderos púnicos, repartidos aquí y acullá, estaban -sorprendidos. La falange empezaba a oscilar, los capitanes corrían -desolados, los cabos de fila empujaban a los soldados; los bárbaros, -rehechos, volvían a la carga, y la victoria iba a ser suya. - -Pero de pronto sonaron gritos espantosos y rugidos de dolor y de -rabia; eran los setenta y dos elefantes, que se precipitaban en doble -línea, porque Amílcar había esperado a que los bárbaros estuviesen en -montón, para echárselos encima. Los indios los aguijonearon con tal -fuego, que la sangre corría por las anchas orejas de los paquidermos. -Las trompas, pintadas de minio, se levantaban rectas en el aire, como -rojas serpientes; sus pechos estaban armados de un venablo, el lomo con -una coraza, los colmillos prolongados con láminas de hierro encorvadas -como sables, y, para volverlos más feroces, se les había embriagado con -una mezcla de pimienta, vino puro e incienso. Sacudían sus collares -de cascabeles y gritaban; los elefantarcas o conductores bajaban la -cabeza ante la lluvia de las faláricas que venía de lo alto de las -torres. - -Con el propósito de resistirlos mejor, los bárbaros se abalanzaron en -masa compacta; los elefantes se precipitaron impetuosamente en medio. -Los espolones de sus pechos hendían las cohortes como proas de un -navío; con las trompas, ahogaban a los hombres o los arrancaban del -suelo, entregándolos por encima de sus cabezas a los soldados de las -torres; con los colmillos, los despanzurraban, los lanzaban al aire, -colgando racimos de entrañas de sus garfios de marfil, como paquetes de -cuerdas en los mástiles. Los bárbaros intentaban reventarles los ojos -o desjarretarlos; otros, metiéndose bajo los vientres, les hundían la -espada hasta la empuñadura y morían aplastados. Los más intrépidos se -colgaban a las correas, y entre llamas o bajo la lluvia de dardos y -hondas, no dejaban de cortar cueros para que la torre de mimbre cayera -como una torre de piedra. Catorce elefantes de los que estaban en la -extrema derecha, furiosos por sus heridas, se volvieron a la segunda -línea; los indios, con su martillo y clavija, les dieron la puntilla a -fuerza de puños. - -Las enormes bestias se atropellaron, cayendo unas encima de otras. Fue -como una montaña; y sobre este montón de cadáveres y de armaduras, un -elefante monstruoso, que se llamaba el _Furor de Baal_, cogido por la -pierna entre cadenas, estuvo toda la noche aullando, con una flecha en -el ojo. - -Sin embargo, los demás, como conquistadores que se complacen en el -exterminio, seguían atropellando, aplastando y encarnizándose en los -muertos y en los restos de la batalla. Para rechazar a los manípulos -apretados en coronas a su alrededor, giraban sobre los pies de -atrás con un movimiento continuo de rotación siempre avanzando. Los -cartagineses sintieron aumentar su vigor, y la batalla volvió a empezar. - -Los bárbaros cedían; los hoplitas griegos arrojaron sus armas, y el -espanto se apoderó de los demás. Se vio a Espendio huir colgado de -su dromedario, azuzándolo con dos jabalinas. Todos, entonces, se -precipitaron para entrar en Útica. - -Los clinabaros, con los caballos cansados, no pudieron detenerlos. -Los ligures, extenuados de sed, gritaban que se les llevara al río; -pero los cartagineses, puestos en medio de las sintagmas y que habían -sufrido menos, hervían de deseo ante la venganza que se les escapaba; -ya se lanzaban a la persecución de los mercenarios cuando apareció -Amílcar. - -Refrenaba con riendas de plata su caballo atigrado, bañado en sudor. -Las cintas atadas a los cuernos de su casco flotaban al viento y tenía -su escudo ovalado sujeto bajo el muslo izquierdo. A una señal de su -pica de tres puntas, se detuvo el ejército. - -Los tarentinos saltaron rápidamente de un caballo al otro, y partieron -a derecha e izquierda en dirección al río y a la ciudad. - -La falange exterminó a placer el resto de los bárbaros. Cuando -llegaban bajo las espadas, las víctimas alargaban el cuello, cerrando -los párpados. Otros se defendieron a todo trance, pero se les abrumaba -de lejos a pedradas, como perros rabiosos. Amílcar tenía encargado -que se hicieran cautivos; pero los cartagineses le obedecieron a -regañadientes, por el placer que sentían en degollar bárbaros. Como -tenían mucho calor, operaban con los brazos desnudos, a manera de -segadores; y cuando se interrumpían para tomar aliento, seguían con -la mirada a un jinete que galopaba tras un soldado huyendo. Conseguía -cogerle de los cabellos, lo tenía así un rato y concluía por derribarle -de un hachazo. - -Vino la noche. Cartagineses y bárbaros habían desaparecido. Los -elefantes que habían huido erraban por el horizonte con las torres -incendiadas. Ardían en la obscuridad como faros perdidos en la bruma, y -no se advertía otro movimiento en la llanura que la ondulación del río, -engrosado por los cadáveres que iban arrastrados al mar. - -Dos horas después llegó Matho. A la luz de las estrellas vio largos -montones desiguales tendidos en tierra. - -Eran las filas de bárbaros. Se apeó y vio que todos estaban muertos; -llamó a voces y nadie le contestó. - -Aquella mañana había partido de Hippo-Zarita con sus soldados, en -dirección a Cartago. El ejército de Espendio acababa de salir de Útica, -y los habitantes empezaban a incendiar las máquinas de guerra. Todos -se habían batido encarnizadamente; el tumulto que se oía del lado del -puente aumentaba de un modo incomprensible. Matho había venido por el -camino más corto, a través de la montaña, y como los bárbaros huyeron -por el llano, no encontró a ninguno. - -A su frente, se levantaban en la sombra masas piramidales, y del lado -del río, cercanas y a ras del suelo, se veían luces inmóviles. Era que -los cartagineses se habían replegado detrás del puerto para engañar a -los bárbaros; el Sufeta había puesto muchas guardas en la otra orilla. - -Matho, avanzando siempre, creyó ver enseñas púnicas, porque las -cabezas de caballo que no se movían aparecían en el aire, fijas en -astas, en listones que no se podían ver; y oyó más lejos un gran rumor, -un ruido de canciones y de copas que chocaban. - -No sabiendo dónde se encontraba, ni cómo hallar a Espendio, lleno de -angustia y perdido en las tinieblas, se volvió más aprisa por el mismo -camino. Apuntaba el alba cuando desde lo alto de la montaña divisó la -ciudad, con las armazones de las máquinas ennegrecidas por las llamas, -así como esqueletos de gigantes junto a las murallas. - -Todo reposaba en silencio y en abandono extraordinarios. Entre sus -soldados, al borde de las tiendas, hombres casi desnudos dormían de -espalda o con la frente en el brazo que sostenía la coraza. Algunos -llevaban en las piernas vendas ensangrentadas. Los moribundos movían la -cabeza blandamente, en tanto que otros les traían de beber. A lo largo -de los caminos estrechos, andaban los centinelas para calentarse, o -bien miraban el horizonte, con la pica al hombro, en actitud feroz. - -Matho encontró a Espendio recogido bajo un jirón de tela puesto sobre -dos palos, con las manos en las rodillas y la cabeza baja. - -Estuvieron largo rato sin decirse nada; al fin, Matho murmuró: - ---¡Vencidos! - -Espendio contestó con voz sombría: - ---¡Sí; vencidos! - -Y a todas las preguntas respondía con gestos desesperados. - -Llegaban basta ellos suspiros y estertores. Matho entreabrió la tela, -y el espectáculo de los soldados le recordó otro desastre en el mismo -lugar, y dijo: - ---¡Miserable!, otra vez... - -Espendio le interrumpió: - ---¡Tampoco tú estabas! - ---¡Es una maldición! --exclamó Matho--. ¡Pero yo le esperaré, le -venceré, le mataré! ¡Ah, si hubiera estado aquí!... - -La idea de no haberse encontrado en la batalla lo desesperaba más que -la derrota. Se quitó la espada y la tiró por el suelo. - ---Pero ¿cómo os han vencido los cartagineses? - -El antiguo esclavo contó las maniobras. Matho creía estar viéndolas, y -se irritaba. El ejército de Útica, en vez de dirigirse al puente, debió -ir a atacar a Amílcar por retaguardia. - ---¡Lo sé! --dijo Espendio. - ---Convenía doblar las filas, no comprometer los vélites contra la -falange; dar salida a los elefantes. En último extremo, se podía probar -otra vez, nunca huir. - -Respondió Espendio: - ---Le he visto pasar en su gran manto rojo, con los brazos levantados, -más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de las -cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se -abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró, -y yo sentí en mi corazón como el frío de una espada. - ---¿Habrá elegido tal vez el día? --se decía Matho. - -Y se hacían preguntas tratando de descubrir qué habría traído al -Sufeta en las circunstancias más desfavorables. Hablando de la -situación, para atenuar su falta o animarse a sí propio, Espendio dijo -que aún quedaba esperanza. - ---¡Aunque no la haya, no importa! --dijo Matho--; yo solo continuaré la -guerra. - ---Y yo también --repuso el griego, muy agitado, brillantes las pupilas -y con sonrisa extraña que contraía su cara de chacal. - ---¡Volveremos a empezar! ¡No me abandones! Yo no estoy hecho para las -batallas al sol: el brillo de las espadas me turba la vista: es una -enfermedad: he vivido mucho tiempo en la ergástula. Pero dame murallas -que escalar de noche, y yo entraré en las ciudadelas y los cadáveres -estarán fríos antes que los gallos hayan cantado. Indícame a alguien, -alguna cosa, un enemigo, un tesoro, una mujer..., una mujer, aunque -sea la hija de un rey, y la traeré, si lo deseas, a tus pies con -prontitud. Me reprochas de haber perdido la batalla contra Hannón y, -sin embargo, la gané. ¡Confiésalo! Mi piara de cerdos nos sirvió más -que una falange de espartanos. - -Y cediendo a la necesidad de rehabilitarse y de tomar el desquite, fue -enumerando cuanto hiciera en favor de los mercenarios. - ---¡Yo fui quien en los jardines del Sufeta empujé al galo! Más tarde, -en Sicca, los concité a todos con el miedo de la República; Giscón los -volvió a perdonar, pero yo impedí que hablaran los intérpretes. ¡Ah! -¡Cómo les colgaba la lengua de la boca! ¿Te acuerdas? Yo te llevé a -Cartago; yo he robado el zaimph. Yo te he llevado a casa de _ella_. ¡Yo -haré más aún!...; ¡ya verás! - -Y soltó la carcajada como un loco. Matho le miraba asombrado. -Experimentaba cierto malestar ante este hombre, a un tiempo cobarde y -terrible. - -El griego añadió en tono jovial, castañeteando los dedos: - ---¡Evohé! Después de la lluvia sale el sol. He trabajado en las -canteras y he bebido másica en un bajel que era mío, bajo un palio -de oro, como un Tolomeo. La desgracia debe servirnos para hacernos -más hábiles. A fuerza de trabajo, se rinde la fortuna. Esta ama a los -diestros. ¡Ella cederá! - -Y tomando del brazo a Matho: - ---Amo, los cartagineses están ahora confiados en su victoria. Tú tienes -un ejército que no ha combatido, y tus hombres te obedecen. Ponlos -delante; los míos, para vengarse, los seguirán. Me quedan tres mil -carios, mil doscientos honderos y arqueros, cohortes completas. Se -puede formar toda una falange. ¡Vamos! - -Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado plan alguno para -repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de bronce que -ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió su -espada, gritando: - ---Sígueme. ¡Vamos! - -Los exploradores volvieron anunciando que los cartagineses se habían -llevado sus muertos, que el puente estaba en ruinas y que Amílcar había -desaparecido con su ejército. - - - - -IX - -EN CAMPAÑA - - -Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se -revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para -dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla -derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa. - -Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las tribus -de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o en -medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos. - -En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y Útica, -con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del Occidente. -Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo; -Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas. -Los habitantes del campo llegaban cargados de víveres, implorando su -protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los -bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios -muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado -a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les -encontraba muertos en los olivares y en las viñas. - -Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria, -envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla. -Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos -atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca; -los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás -de ellos, los empujaban a latigazos. - -¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil bárbaros -y que la guerra había terminado porque los demás no la proseguirían; se -abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la cara de -los dioses Pateques en acción de gracias, los cuales, con sus grandes -ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros, -parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los -ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de -los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes -de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las -principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras -a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas -coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían -otorgarle nuevos honores y preeminencias. - -Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita, -para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los -bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el -ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de -raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos -bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los unos no -valían nada y los otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó. - -En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los cautivos, -aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba incorporar -los mejores a sus tropas y excitar por este medio las deserciones. Pero -el odio pudo más que su prudencia. - -Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de -las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las -mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos -a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se -bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba -vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas; -muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la -noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se -bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos. - -Después se dejaron en pie las cruces con los cadáveres, que parecían -sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la -gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a -las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les -proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos, -y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el -pueblo en una misma venganza. - -No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del -cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos -graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba -sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio -Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales; -era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las -azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis -de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico -enrojecido. - -A causa de la pestilencia, los cartagineses se resignaron a desclavar -los cadáveres. Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y -las olas, agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en -el fondo del golfo, ante el campamento de Autharita. - -Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de -Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus -bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche. - - * * * * * - -El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de Aguas Calientes -a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a las ciudades -tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre Cartago. - -En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur; -Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los -tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no -esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos cargados de betún, -veinticinco elefantes y seis mil jinetes. - -El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente -entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había -entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio. -Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados -númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el -hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el -agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta -más furioso que los bárbaros. - -Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca del -plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo. - -Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y se -ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, no -se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias -griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron -de todos los bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos -los días los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se -prohibió a los centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo -en la lanza y dormir en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó -a desprenderse de él; todo debía ponerse a la espalda, a la usanza -romana. Como precaución contra los elefantes, Matho creó un cuerpo de -jinetes catafractos, en que hombre y caballo desaparecían bajo una -coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para proteger el casco -de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido. - -Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no -púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los -víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque -los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación, -muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de -invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la promesa -de su ración. Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a -refugiarse en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a -fuerza de ultrajes, las obligaron a irse. - -Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de -Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados -a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de -Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron -las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en -matrimonio las rubias espartanas. - -Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de -las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres, -les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les -mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los -bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba, -ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de -Narr-Habas, y como los bárbaros gritaran que necesitaban mujeres, él -les respondió: - ---Yo no las tengo. - -El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las -rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose -obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los -llenaba de piedras para volverlos estériles. - -Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se -dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles. -Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores -creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de -Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como -para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en -otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla, -el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía -dirigirlos. - -Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los cartagineses; -las fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La -gente del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en -todas partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos -al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro. - -Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles; -y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la -importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las -tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas. -La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los -patricios de su facción le apoyaban con tibieza. - -Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus -todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales -y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos -que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se -encontraba nada, y una espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés. - -Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e incendiaba -las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban bosques -enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que esperar, -para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas calientes. - -Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un matorral -así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre los -talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el color -del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a -los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían -en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies -desnudos. - -Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los -mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda. -No atreviéndose a comprometerse, le respondieron con vaguedades, -cumplimientos y excusas. - -Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad -tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa, -con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados, -y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago. - -El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, con -prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna para -subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol bajaban -los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando -advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que -parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos, -oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el ejército de -Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las -divisas de Roma. - -Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos con -piel de leopardo, corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos -de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los -caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina; -después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y -nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas -inmundas», por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera. - -De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus marchas -con exactitud. - -Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo que -ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos -puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la -infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos, -de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados -de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria, -pasaron la noche comiendo. - -Habían encendido fogatas que deslumbrándolos, dejaban en la sombra al -ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de -su campo, como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez -codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en -el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron -pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en -una fortaleza. - -En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando -órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas -escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para -señalar algo con el brazo derecho. - -Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los -clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles -con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie -de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta, -deliraban con la alegría de capturarle. - -Sin embargo, si todos atacaban a la vez, se encontrarían en un espacio -tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían -lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas, -los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los -elefantes, no estaban suficientemente amaestrados. - ---¡Sois todos unos cobardes! --gritó Matho. - -Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el -atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta -había recogido en el puente sus catapultas abandonadas. - -Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. El -exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose -lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que -tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses -ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la -colina. - -Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol y -piedras, que arrancaban del suelo, en tanto que las seis catapultas -rodaban incesantemente a lo largo de la planicie. - -Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse -las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían -por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo; -y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero, -cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los -Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él -mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a -elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía, -porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de -los otros pronto y fácilmente. - -Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato les -hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en -la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con -desconfianza. Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les -desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban -a capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los -cisalpinos, cuya lengua no comprendían. - -Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de Matho, y -agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían las figuras -de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras. Espendio -explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la -ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La -guerra contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen -en ella sin querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que -decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén; -hallaba funestas todas las medidas, y ya no se sonreía, sino que -lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de un sueño imposible, la -desesperación de una empresa fallida. - -En tanto que los bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba -sus defensas; hacía cavar un segundo foso, levantar otra segunda -muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus esclavos iban -a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a -los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus trabas. -Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a -los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar. -Se comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la -tristeza en los días siguientes. - -Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían -alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los -mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a -la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los -centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les -proporcionaban víveres en abundancia y suponían lo que asustaba su -inacción al ejército púnico. - -En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los -númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran -los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los -libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de -ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de -los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del -estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos, -arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza, -y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en -lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban -a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la -cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos -cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su -corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron a -Giscón. Por más que el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le -habían puesto una tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de -guijarros. Era una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho. - -Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse -paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses -unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron -repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó -afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en -la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó -la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le -sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima -del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el -aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz -aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones -prolongadas, interrumpida y alternada como los ecos que se responden -en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín; -luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza -y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos, -sobre todo. - -Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en -rendirse, seguros de morir en suplicios. - -A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres disminuían de un modo -espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez kolumer de trigo, -tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni aceite, ni -salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les veía bajar -el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja pisadas. -A menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la luna, -un perro de los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, en -un montón de inmundicias; le tiraban una piedra y, ayudándose con -las correas del escudo, bajaban a cogerlo, y luego se lo comían. -Otras veces se oían terribles ladridos, y el hombre no subía. En la -cuarta diloquia de la duodécima sintagma, tres falangitas se mataron a -cuchilladas, disputándose una rata. - -Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres, sus cabañas en -forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una red -colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas -cuando, en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el -vago rumor de las calles, junto con el murmullo de los árboles de -sus jardines; y para regodearse con este recuerdo, entornaban los -párpados, que la punzada de una herida volvía a abrir. A cada minuto, -ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los «Comedores de cosas -inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las manos con -hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas. -Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los -proyectiles. Los cartagineses se encerraron, y no se movían. - -Todos los días, el sol que trasponía la colina los dejaba en la sombra -desde muy temprano. Al frente y por detrás, subían las faldas grises -del terreno, cubiertas de piedras manchadas de un liquen raro; y sobre -sus cabezas, el cielo, continuamente sereno, se abría más liso y frío -a la mirada que una cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado -contra Cartago, que sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir -contra ella. Los esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el -pueblo, ni el Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza. -La situación era intolerable, sobre todo por el convencimiento de que -llegaría a ser peor. - - * * * * * - -Al recibirse la noticia del desastre, Cartago estalló de cólera y de -odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si se hubiera -dejado vencer al principio. - -Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban dinero y tiempo. -¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado todas las -armas. Y ¿quién los mandaría? Los mejores capitanes estaban ausentes -con él. Sin embargo, los emisarios enviados por el Sufeta, iban por las -calles dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló para -hacerlos desaparecer. - -Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a Barca de -haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber -aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus? -Les había impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su -contribución de catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y -tres mil kikar de oro; los que no habían dado nada se lamentaban como -los demás. La plebe estaba celosa de los cartagineses nuevos, a los -que se había prometido el derecho de ciudadanía completo; y hasta a -los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les confundía con -los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser un -crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los -peones de albañil, que pasaban con la llana en la mano; los vendedores -de palmeras, chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y -los proveedores de bebidas calientes, todos discutían las operaciones -militares. Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y -hasta el último galopín corregía las faltas de Amílcar. - -Según los sacerdotes, era el castigo de su obstinada impiedad; no había -ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas, había rehusado llevar -consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba la violencia -de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas frustradas. Se -recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su orgullo, tanto -tiempo soportado. El colegio de los pontífices no le perdonaba haber -dispuesto de su tesoro, y exigió del Gran Consejo que, si volvía el -Sufeta, fuese crucificado. - -Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año, eran otra calamidad. -De las orillas del lago venían hedores insoportables, que se mezclaban -en el aire con la humareda de los aromas que se quemaban en las -esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en oleadas, -llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban -cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses -Pateques, y la sangre de los camellos degollados en sacrificio, -corriendo a lo largo de los tramos, formaba rojas cascadas sobre -las gradas. Un funesto delirio agitaba a Cartago. De las calles más -estrechas, de las más miserables, salían rostros pálidos, hombres de -cara de víbora y que rechinaban los dientes. - -Los clamores de las mujeres llenaban las casas y hacían volverse a -los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía que -llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas -Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban, -confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio universal. -Unos trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando el -horizonte; otros, echados de bruces en los baluartes, aguzaban el -oído. Pasado el temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la -convicción de su impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que -redoblaba cuando, por las tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban -nueve veces, y con un gran grito saludaban al sol, que se ponía detrás -de la laguna lentamente, hundiéndose de golpe en las montañas, del lado -de los bárbaros. - -Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que un águila, saliendo -de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la resurrección del -año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado como un modo de -unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía que se dejara a -Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada de su velo, parecía -despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el beneficio de las -aguas, había desertado de Cartago; era una tránsfuga, una enemiga. Para -ultrajarla, la tiraban piedras; pero insultándola, en el fondo, se la -deseaba y quería más. - -Todas las calamidades venían, pues, por la pérdida del zaimph. Salambó -había, indirectamente, contribuido a ello; se la incluía en el mismo -odio al Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el pueblo la -vaga idea de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba, -sin duda, ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso, -joven, virgen, de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos -los días, unos hombres desconocidos invadían los jardines de Megara; -los esclavos, temiendo por ellos mismos, no se atrevían a oponérseles. -Aquellos no pasaban de la escalera de las galeras, sino que se quedaban -abajo, mirando a la última terraza: esperaban a Salambó; y durante -horas enteras gritaban contra ella como perros que ladran a la luna. - - - - -X - -LA SERPIENTE - - -Los clamores del pueblo no asustaban a la hija de Amílcar. - -Ella estaba turbada por más hondas inquietudes: su gran serpiente, la -pitón negra, languidecía, y la serpiente era, entre los cartagineses, -un fetiche nacional y particular. Se la consideraba hija del limo -de la tierra porque emerge de sus profundidades y no necesita pies -para recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; su -temperatura, las antiguas tinieblas viscosas, llenas de profundidad, -y el círculo que describe al morderse la cola, el conjunto de los -planetas, la inteligencia de Eschmún. - -La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces los cuatro -gorriones vivos que la presentaban a cada luna llena y nueva. Su -hermosa piel, tachonada, como el firmamento, de manchas de oro en -fondo negro, se había vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado -ancha para su cuerpo; alrededor de su cabeza se extendía un moho -algodonoso, y en el ángulo de sus pupilas se veían moverse pequeños -puntos rojos. De vez en cuando, Salambó se acercaba a su canastilla de -hilos de plata, apartaba la cortina de púrpura, las hojas de loto, el -colchón de plumas, y la veía siempre arrollada, más inmóvil que liana -seca; y, a fuerza de mirarla, concluía por sentir en su corazón como -una espiral, como otra serpiente que le subía poco a poco a la garganta -y la estrangulaba. - -Estaba desesperada por haber visto el zaimph, y, sin embargo, -experimentaba cierta alegría y orgullo íntimo. Un misterio se -desplegaba en el esplendor de sus pliegues; era la nube que envolvía -a los dioses, el secreto de la existencia universal, y Salambó, -horrorizándose a sí misma, sentía no haberlo quitado. - -Casi siempre estaba agachada en el fondo de su habitación, con las -manos en la pierna izquierda, replegada; entreabierta la boca, y -pensativos los ojos. Se acordaba con espanto de la cara de su padre; -quería ir a las montañas de Fenicia, en peregrinación al templo de -Afaka, donde Tanit bajó en forma de estrella; toda clase de ensueños la -asaltaban y conturbaban; vivía en una soledad cada día mayor. Ignoraba -lo que era de Amílcar. - -Cansada de sus meditaciones, se levantaba, y arrastrando sus pequeñas -sandalias, cuyas suelas crujían a cada paso que daba, se paseaba -por la gran habitación silenciosa. Las amatistas y los topacios del -artesanado temblaban aquí y acullá, como manchas luminosas, y Salambó -volvía la cabeza al andar, para mirarlas. Cogía por la boca las ánforas -suspendidas; se abanicaba con anchos abanicos, o bien se distraía -en quemar cinamomo en perlas ahuecadas. Al ponerse el sol, Taanach -retiraba las bandas de fieltro negro que tapaban las aberturas de la -pared, y las palomas frotadas de almizcle, como las de Tanit, entraban -de golpe, pisando con sus rojos pies las losas de vidrio, entre -granos de cebada que las echaba Salambó a puñados, como un sembrador -en el campo. Pero a menudo, estallaba en sollozos y se tendía en el -gran lecho hecho con tiras de buey, sin moverse, repitiendo la misma -palabra, pálida como una muerta, insensible, fría; oyendo el grito de -los monos en los palmares y el rechinar de la gran rueda que, a través -de los pisos, enviaba un raudal de agua pura a la pila de pórfido. - -No pocos días rehusaba comer. Veía en sueños, turbios astros que -pasaban bajo sus pies; llamaba a Schahabarim, y cuando este se -presentaba, ella no tenía nada que decirle. - -No podía vivir sin el consuelo de ver al gran sacerdote, pero se -sublevaba interiormente contra este dominio; sentía por él, a un -tiempo, terror, celos, odio y una especie de amor, en reconocimiento a -la singular voluptuosidad que experimentaba a su lado. - -Había adivinado en el sacerdote la influencia de la Rabbet, por su -gran habilidad en distinguir los dioses que enviaban las enfermedades. -Para curar a Salambó, hacía regar todas las mañanas su aposento con -lociones de verbena y abanto; la obligaba a dormir con la cabeza -apoyada en una almohada de hierbas aromáticas escogidas por los -pontífices; empleó, además, baaras, raíz de color de fuego, que sirven -en el septentrión para espantar los genios funestos; y, volviéndose -hacia la estrella polar, murmuraba tres veces el nombre misterioso de -Tanit; pero Salambó sufría siempre, y aumentaban sus angustias. - -Ninguno en Cartago tan sabio como él. En su juventud, estudió en el -colegio de los Mogbeds, en Borsipa, cerca de Babilonia; visitó luego -la Samotracia, Pesinunte, Éfeso, la Tesalia, la Judea, los templos de -los Nabateos, perdidos en los arenales; y recorrió a pie las riberas -del Nilo, desde las cataratas hasta el mar. Cubierta la cara con un -velo y agitando antorchas, había tirado un gallo negro en una hoguera -de sandaraca, ante el pecho de la Esfinge, Padre del Terror. Bajó a -las cavernas de Proserpina, había visto girar las quinientas columnas -del laberinto de Lemnos y resplandecer el candelabro de Tarento, -que llevaba tantas lámparas como días tiene el año; algunas noches -recibía a los griegos para interrogarles. No le inquietaba tanto -la constitución del mundo como la naturaleza de los dioses; en las -armillas del pórtico de Alejandría había observado los equinoccios; -acompañado hasta Cirene a los hematistas de Evergeto, que medían el -cielo calculando el número de pasos; y ahora llenaba su pensamiento -una religión particular, sin fórmula precisa y, por lo mismo, llena de -vértigos y de ardores. No creía que la tierra fuera como una piña; la -creía redonda, rodando eternamente en la inmensidad, con velocidad tan -prodigiosa, que no se advertía su movimiento. - -Por la posición del sol encima de la luna, deducía el predominio de -Baal, del que el astro no es más que reflejo y figura; todo lo que -veía en la tierra le forzaba a reconocer como supremo un principio -macho exterminador. Acusaba secretamente a la Rabbet del infortunio -de su vida, porque una vez el gran Pontífice, entre el tumulto de los -címbalos, le había arrancado bajo una patera de agua hirviente su -futura virilidad. Desde entonces, seguía con vista melancólica -a los hombres que se solazaban con las sacerdotisas en el fondo de las -tinieblas. - -Pasaba los días inspeccionando los incensarios, los vasos de oro, las -pinzas, los rastrillos para las cenizas del altar y las túnicas de -las estatuas, juntamente con la aguja de bronce que servía para rizar -los cabellos de una antigua Tanit, en el tercer edículo, cerca de la -viña de esmeralda. A las mismas horas corría las grandes cortinas de -las puertas del santuario; quedaba con los brazos abiertos y rezaba de -rodillas en las mismas losas, en tanto que a su alrededor circulaba por -los corredores una turba de sacerdotes con los pies desnudos, envueltos -en un eterno crepúsculo. - -En la aridez de su vida, Salambó era como una flor en la hendidura -de un sepulcro. No obstante, era duro para ella y no la ahorraba -penitencias y palabras amargas. Su condición establecía entre ellos -como una igualdad de sexo, y compensaba la imposibilidad de poseerla el -verla tan hermosa y tan pura. A menudo, comprendía que ella se fatigaba -en seguir su pensamiento; entonces se quedaba más triste; se sentía más -abandonado, más solo, más vacío. - -Algunas veces se le escapaban palabras extrañas, que parecían a -Salambó como relámpagos que iluminaran abismos, de noche sobre todo, -cuando solos los dos en la azotea, miraban las estrellas, y Cartago se -explayaba a sus pies con el golfo y el mar, vagamente perdidos en las -tinieblas. - -El gran sacerdote explicaba a la virgen la teoría de las almas que -bajan a la tierra, siguiendo el camino del sol por los signos del -zodíaco. Extendiendo el brazo, mostraba en Aries la puerta de la -generación humana, y en Capricornio la de la vuelta a los dioses; -Salambó se esforzaba en verlo, porque tomaba estas concepciones por -realidades; aceptaba como verdaderos en sí mismos los que eran puros -símbolos, y hasta las maneras del lenguaje obscuro del sacerdote. - ---Las almas de los muertos --decía este-- se resuelven en la luna, como -los cadáveres en la tierra. Sus lágrimas componen su humedad; es un -lugar obscuro, lleno de fango, de ruinas y de tempestades. - -Salambó preguntaba lo que sería de ella. - ---Al principio languidecerás, liviana como un vapor que flota sobre las -olas; después de pruebas y de angustias largas, irás al hogar del sol, -la fuente misma de la inteligencia. - -Pero nunca hablaba de la Rabbet. Creía Salambó que era por pudor de -la diosa vencida, y llamándola con su nombre común que designaba la -luna, multiplicaba sus bendiciones al astro fértil y suave. Por fin él -exclamó: - ---¡No, no! Ella toma del sol toda su fecundidad. ¿No la ves moverse a -su alrededor como mujer amante que corre tras un hombre en el campo? - -Y sin cesar exaltaba la virtud de la luz. - -Lejos de abatir sus místicos deseos, los avivaba, por el contrario, y -hasta él mismo parecía participar de la alegría de desconsolarla con -revelaciones de una doctrina implacable. Salambó, a pesar de las penas -de su amor, se sentía arrobada. - -No obstante, cuanto más parecía dudar Schahabarim de Tanit, más quería -creer. En el fondo de su alma le detenía un remordimiento. Le faltaba -alguna prueba, alguna manifestación de la diosa, y en la esperanza de -obtenerla, el sacerdote imaginó una empresa que podía salvar a la vez -su patria y su creencia. - -Empezó por deplorar ante Salambó el sacrilegio y las desgracias que se -producían hasta en las regiones celestes. Luego, de repente, le anunció -el peligro del Sufeta, asaltado por tres ejércitos que mandaba Matho; -porque Matho, para los cartagineses, era a causa del velo, como el rey -de los mercenarios; y añadió que la salvación de la República y de su -padre dependía solo de ella. - ---¿De mí? --exclamó Salambó--. ¿Cómo puedo yo?... - ---¡No consentirás nunca! --repuso el sacerdote, con una sonrisa de -desdén--. ¡Es menester que vayas entre los bárbaros y recobres el -zaimph! - -Salambó se inclinó en su escabel de ébano, quedando con los brazos -extendidos sobre las rodillas y toda temblorosa, como una víctima al -pie del altar, esperando el golpe de maza. La zumbaban los oídos, veía -girar círculos de fuego y, en su estupor, no comprendía más que una -cosa: la de que seguramente iba a morir pronto. - -Pero si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph era devuelto y Cartago -salvada, ¿qué importaba la vida de una mujer?, pensaba Schahabarim. -Además, quizás pudiera conseguir el velo sin morir. - -Estuvo tres días sin dejarse ver, y el cuarto por la noche la hizo -llamar. - -Para inflamar mejor su corazón la enteró de todas las invectivas que -se vociferaban contra Amílcar en pleno Consejo; añadiendo que ella -había faltado y que debía reparar su crimen, puesto que la Rabbetna -ordenaba el sacrificio. - -Con frecuencia llegaba a Megara un prolongado clamor que atravesaba los -Mapales. Schahabarim y Salambó salían prestamente, y desde lo alto de -la escalera de las galeras, veían gente en la plaza de Kamón, gritando -que les dieran armas. Los Ancianos no querían dárselas, creyendo inútil -este esfuerzo; varias partidas sin jefe habían sido acuchilladas. -Al cabo se les permitió ir, y, por una especie de homenaje a Moloch -o por un vago deseo de destrucción, arrancaron grandes cipreses de -los bosques de los templos, y encendiéndolos en las antorchas de -los Kabiros, los llevaban por las calles, cantando. Estas llamas -monstruosas adelantaban moviéndose suavemente; irisaban con su luz las -bolas de vidrio de la cresta de los templos, los ornamentos de los -colosos, los espolones de las naves, rebasaban las azoteas y formaban -como soles que rodaban por la ciudad. Bajaron la Acrópolis; se abrió la -puerta de Malqua. - ---¿Estás pronta? --preguntó Schahabarim--, ¿o bien ordenaste digan a tu -padre que le has abandonado? - -Salambó se tapó la cara con los velos, y las grandes luminarias se -alejaron poco a poco por el borde de las aguas. - -Un espanto indefinible la retenía; tenía miedo a Moloch, miedo a Matho. -Este hombre de estatura gigante, que era el dueño del zaimph, dominaba -la Rabbetna, tanto como Baal, y se le aparecía rodeado de los mismos -fulgores; además del alma, dioses visitaban algunas veces el cuerpo de -los hombres. Hablando de esto Schahabarim, ¿no había dicho que ella -debía vencer a Moloch? Matho y Moloch se confundían y mezclaban en su -pensamiento y ambos a dos la perseguían. - -Quiso conocer su porvenir y se acercó a la serpiente; porque se sacaban -los augurios por la actitud de las serpientes. Pero la canastilla -estaba vacía. Salambó se turbó. - -La encontró enroscada por la cola en uno de los balaustres de plata, -cerca del lecho colgante, que frotaba para desprenderse de la vieja -piel amarillenta, en tanto que su cuerpo luciente y claro se alargaba -como espada sacada a medias de la vaina. - -En los siguientes días, a medida que Salambó se dejaba convencer y -estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, la pitón se curaba, engordaba -y parecía revivir. Con esto se cercioró Salambó de que el pontífice era -el portavoz de los dioses. Una mañana se levantó determinada y preguntó -qué era necesario hacer para que Matho devolviera el velo. - ---¡Reclamarlo! --contestó Schahabarim. - ---¿Y si él rehúsa? - -El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que ella no había visto -nunca en él. - ---Sí; ¿qué hacer? --repitió la joven. - -Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las puntas de las tocas que -caían de su tiara, con los ojos bajos e inmóvil. Al fin, viendo que -ella no comprendía, dijo: - ---Estarás sola con él. - ---¿Después? - ---Sola en su tienda. - ---¿Y entonces? - -Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una frase, un rodeo. - ---¡Si tú has de morir, será más tarde; nada temas, no te asustes! Serás -humilde y te someterás a su deseo, que es la orden del cielo. - ---Pero, ¿y el velo? - ---¡Los dioses te inspirarán! --repuso Schahabarim. - -Salambó dijo: - ---¡Oh, padre! ¡Si tú me acompañaras! - ---¡No! - -La hizo poner de rodillas, y con la mano izquierda alzada y la derecha -extendida juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit. Con -imprecaciones terribles, ella se consagró a los dioses, y cada vez que -el pontífice pronunciaba una palabra, la repetía desfallecida. - -Le indicó todas las purificaciones y ayunos que debía hacer y el modo -de llegar hasta Matho. Además, la acompañaría un hombre, conocedor del -camino. - -Salambó se sintió como libertada. No pensó más que en la dicha de -volver a ver el zaimph, y bendecía a Schahabarim por sus exhortaciones. - - * * * * * - -Era el tiempo en que las palomas de Cartago emigraban a Sicilia, en la -montaña de Erix, alrededor del túmulo de Venus. Antes de su partida, -durante muchos días, se buscaban y llamaban para reunirse, y, por fin, -volaron una tarde, empujadas por el viento, y esta enorme nube blanca -hendía el cielo, muy alta, por encima del mar. - -El horizonte se teñía de color de sangre. Las palomas parecían bajar a -las ondas, y luego desaparecieron como sorbidas y caídas por sí mismas -en la boca del sol. Miraba Salambó cómo se alejaban; bajó la cabeza, y -Taanach, creyendo adivinar su cuita, la dijo con dulzura: - ---¡Ama, ellas volverán! - ---Sí; lo sé. - ---¡Y tú las volverás a ver! - ---¡Quién sabe! --contestó Salambó suspirando. - -No había confiado a nadie su resolución. Para realizarla más -discretamente, envió a Taanach que comprara en el arrabal de Kinvido -(en vez de pedirlo a los intendentes) todas las cosas que le hacían -falta: bermellón, perfumes, cinturón de lino y vestidos nuevos. La -vieja esclava se asustaba de estos preparativos, pero sin atreverse a -preguntar nada; llegó el día fijado por Schahabarim para la partida. - -A la duodécima hora, vio Salambó en el fondo de los sicomoros un ciego -viejo, con una mano apoyada en la espalda de un niño que iba delante de -él, y en la otra, sosteniéndola en la cadera, una especie de cítara de -madera negra. Eunucos, esclavos y mujeres habían sido escrupulosamente -apartados para que nadie pudiera enterarse del misterio que se -preparaba. - -Taanach encendió en los ángulos de la habitación cuatro trípodes llenos -de estrobos y de cinamomo; desplegó grandes tapices babilonios, que -tendió sobre cuerdas alrededor de la cámara; porque Salambó no quería -ser vista, ni siquiera por las paredes. El tocador de kinnos estaba -agachado detrás de la puerta, y el niño, en pie, tocaba una flauta de -caña. Por fuera disminuía el ruido de las calles; sombras violáceas -se alargaban ante el peristilo de los templos; y al otro lado del -golfo, las faldas de las montañas, los olivares y las tierras amarillas -ondulaban indefinidamente, confundiéndose en un vapor azulado; no se -oía ningún ruido; una postración indefinible flotaba en el aire. - -Salambó se inclinó en el borde del estanque, en una grada de ónice; -levantó las anchas mangas, que echó a las espaldas, y empezó sus -abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados. - -Taanach le trajo en una redoma de alabastro un líquido, casi coagulado; -era la sangre de un perro negro, degollado por mujeres estériles en -una noche de invierno, en los escombros de una sepultura. Con ella se -frotó las orejas, los talones y el pulgar de la mano derecha, que le -quedó un poco encarnada, como si hubiera partido una fruta. - -Salió la luna, y en este instante, la cítara y la flauta tocaron al -unísono. Salambó se quitó los pendientes, el collar, los brazaletes y -el chal blanco; desató la venda de sus cabellos y, por algunos minutos, -los sacudió suavemente sobre los hombros para refrescarse con sus -ondulaciones. Afuera continuaba la música; tres notas precipitadas, -furiosas, siempre las mismas; chirriaban las cuerdas, roncaba la -flauta, y Taanach marcaba el ritmo con las palmas de las manos, en -tanto que Salambó, balanceando el cuerpo, salmodiaba plegarias y se le -iban cayendo una a una todas sus vestiduras. - -Se agitó la pesada tapicería, y por encima de la cuerda que la sostenía -asomó la cabeza de la pitón. Fue bajando despacio, como gota de agua -que se desliza por una pared, se arrastró por las ropas esparcidas y -luego, con la cola apoyada en el suelo, se enderezó recta, asaetando a -Salambó con sus ojos, más encendidos que carbunclos. - -El frío, tal vez el pudor, hizo vacilar a la joven; pero acordándose -de las órdenes de Schahabarim, se adelantó; la pitón se aplanó, y -dejándose coger por la mitad del cuerpo, formó de cabeza a cola como -un collar, cuyas dos puntas tocaban en el suelo. Salambó se la ciñó a -las caderas, la puso bajo sus brazos, entre sus rodillas; tomándola -después por las mandíbulas, acercó a sus dientes la boca triangular de -la serpiente, y con los ojos medio cerrados, se cimbreó a los rayos de -la luna. La argentada luz parecía envolverla en una niebla de plata; la -huella de sus pasos húmedos brillaba en el pavimento; palpitaban las -estrellas en la profundidad del agua, y la serpiente apretaba a Salambó -con sus negros anillos moteados de oro. Jadeaba la joven con este peso -excesivo, doblaba los riñones, se sentía morir, en tanto que la pitón -le golpeaba suavemente el muslo con la punta de la cola. Al fin cesó la -música y la serpiente se desenroscó y cayó. - -Encendió Taanach dos candelabros con luces encerradas en bolas de -cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de las manos de la -virgen, puso bermellón en sus mejillas, antimonio en el borde de sus -párpados y alargó las cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y -patas de moscas aplastadas. - -Sentada Salambó en una silla de marfil, dejaba hacer a la esclava. Pero -estos toques, no menos que el olor de los perfumes y los ayunos que -había hecho, la enervaban. De tal modo palideció, que la esclava cesó -en sus operaciones. - ---¡Sigue! --dijo Salambó, haciendo un esfuerzo para animarse. Y llena -de impaciencia, amonestaba a Taanach para que se diera prisa. - ---¡Bien, bien, ama!... Ninguno te está esperando --repuso la esclava en -tono de reproche. - ---Sí --contestó Salambó--; alguien me espera. - -Retrocedió sorprendida la esclava. - ---Ama, ¿qué me mandas? Si has de estar ausente mucho tiempo... ¡Tú -sufres! ¿Qué te pasa? No te vayas; llévame contigo. Cuando eras -pequeñuela, yo te apretaba contra mi corazón y te hacía reír con los -pezones de mis tetas; ¡tú las agotaste, ama! --y se golpeaba los pechos -secos--. Ahora soy vieja, no puedo servirte; ya no me quieres, me -ocultas tus penas; desdeñas a tu nodriza. - -Y lágrimas de ternura y de despecho corrían por sus mejillas cortadas -por los tatuajes. - ---¡No --dijo Salambó--; no, sigo queriéndote; consuélate! - -Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un mono viejo, -prosiguió su tarea. Schahabarim tenía encargado a Salambó que se -vistiera con magnificencia, y así lo hizo, según el gusto bárbaro, a un -tiempo exquisito e ingenuo. - -Encima de una primera túnica, delgada y de color de fresa, la esclava -le puso otra bordada de plumas de pájaro. Colgaban de la cintura -escamas de oro, y los flecos de los bombachos azules, eran estrellas de -plata. Luego la cubrió con otra gran túnica cortada por líneas verdes, -hecha con tela de Seres. Ató a la espalda un cuadrado de púrpura, -con el borde inferior atirantado con granos de sandrasto; y sobre -todas estas vestiduras, colocó un manto negro cuya cola le llegaba a -los talones. Al concluir la tarea, la esclava contempló a su ama, y -orgullosa de su obra, no pudo menos de decir: - ---¡No estarás más hermosa el día de tu boda! - ---¿Mi boda? --repitió Salambó, pensativa, con el codo apoyado en la -silla de marfil. - -Taanach la puso delante un espejo de cobre tan ancho y tan alto, que -Salambó se vio de cuerpo entero. Se levantó, y con blando gesto se -arregló un bucle de cabellos que estaba demasiado caído. - -Tenía la cabellera cubierta de polvos de oro, encrespada en la frente, -y colgando por la espalda, sus largos tirabuzones terminados en -perlas. Las luces del candelabro avivaban el afeite de sus mejillas, el -oro del vestido, la blancura de su piel. Llevaba alrededor del talle, -en brazos, manos y dedos del pie tal abundancia de piedras preciosas, -que el espejo, como un sol, reflejaba en ellas sus luces. Salambó, de -pie al lado de la esclava, se ladeaba para mirarse, sonriendo a este -deslumbramiento de su hermosura. - -Luego se paseó de un lado a otro, no sabiendo cómo emplear el tiempo -que faltaba para la partida. - -De improviso, sonó el canto de un gallo. Salambó prendió a sus cabellos -un largo velo amarillo, arrolló al cuello una banda, se calzó unos -botines de cuero azul y dijo a Taanach: - ---Mira si debajo de los mirtos está un hombre con dos caballos. - -Cuando la esclava volvía, ya bajaba Salambó la escalera. - ---¡Ama! --exclamó la nodriza. - -Salambó se volvió a ella, y con un dedo en la boca, la ordenó -discreción. - -Taanach anduvo a lo largo de las proas de las galeras hasta el pie de -la terraza, y de lejos, a la claridad de la luna, vio en la avenida de -los cipreses una sombra gigantesca que iba a la izquierda de Salambó y -en sentido oblicuo, lo cual era presagio de muerte. - -La esclava subió a la habitación; se echó en el suelo, se arañó -la cara; se arrancaba los cabellos y daba grandes alaridos; pero -comprendiendo que podían oírla, se calló, sin dejar de sollozar, con la -cabeza entre las manos y tendida sobre las losas. - - - - -XI - -EN LA TIENDA DE CAMPAÑA - - -El hombre que guiaba a Salambó la hizo pasar más allá del faro, hacia -las Catacumbas, y bajar luego a lo largo del arrabal Moluya, lleno de -callejas escarpadas. Empezaba a clarear. De cuando en cuando, las vigas -de palma que sobresalían de las paredes les obligaba a bajar la cabeza. -Los dos caballos, andando al paso, resbalaban, y así llegaron a la -puerta de Teveste. - -Entreabiertas estaban las pesadas hojas; la pasaron, y en seguida se -cerraron tras ellos. - -Siguieron primero la línea de los baluartes, y a la altura de las -Cisternas tomaron por la Tenia, estrecha cinta de tierra amarilla que -separaba el golfo del lago y se prolongaba hasta Radés. - -A nadie se veía alrededor de Cartago, ni en el mar ni en el campo. Las -olas, de color de pizarra, se agitaban suavemente, y el viento que -empujaba sus espumas las manchaba con rasgones blancos. A pesar de sus -velos, Salambó temblaba por el frío de la mañana; el movimiento y el -aire libre la aturdían. Después se levantó el sol, que la mordía en la -nuca, e involuntariamente quedó amodorrada. Los dos caballos trotaban -juntos, hundiendo los pies en la muda llanura. - -Así que pasaron la montaña de Aguas Calientes, siguieron a paso más -rápido, porque el piso era más firme. - -Los campos, por más que era el tiempo de la siembra y de la labranza, -estaban solitarios como el desierto. A trechos se veían manchas de -trigo y de cebada que empezaban a granar. En el claro horizonte, las -ciudades se destacaban en negro, con formas recortadas e incoherentes. - -A trechos se levantaban en el borde del camino lienzos de muralla medio -calcinados. Hundíanse los techos de las cabañas; se veían restos de -vasijas, andrajos, utensilios y objetos desconocidos. A menudo, un ser -cubierto de harapos, de cara terrosa y pupilas ardientes, salía de -estas ruinas, para echar a correr o desaparecer en un agujero. Salambó -y su guía no se detenían. - -Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo de carbón que -levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de tierra -amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que -corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba -hojas mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un -respingo ante el cadáver de un hombre tendido en el suelo. - -El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era uno de los servidores -del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones peligrosas. -Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos caballos, a -los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien sacaba de -un zurrón colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de huevo, -envueltas en hojas de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar de -correr. - -A mitad del día cruzaron el camino tres bárbaros, vestidos con piel -de animales. Poco a poco fueron apareciendo otros, en grupos de diez, -doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras o alguna -vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de -cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios, -y miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros, -algunos enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El -guía de Salambó contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía -que llevaba a un joven enfermo a curarse a un templo lejano. - -Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la última luz del -crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas, con una -vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le -tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada. - -Una mujer se estaba calentando junto a un montón de charrascas -encendidas, yéndose el humo por los agujeros del techo. Sus blancos -cabellos, que la caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y sin -decir palabra, con expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de -venganza contra los bárbaros y contra los cartagineses. - -El guía registró a derecha e izquierda, y acercándose a la mujer la -pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la mirada fija en las -brasas balbuceaba: - ---Los diez dedos están cortados. La boca no come más. - -El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció animarse la vieja, -pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en la -garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo -una ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel. - -Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió sobre las mantas de -los caballos, tendidas en un rincón de la sala. - -Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El esclavo se le -acercó callado, y de una sola cuchillada le cortó la cabeza, y con la -sangre frotó las narices de los caballos para reanimarlos. La vieja le -maldijo. Lo oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que llevaba -sobre el corazón. - -Prosiguieron la marcha. - -A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto. La ruta ondulaba por -pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras. Calentaba el sol -la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por aberturas que -iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba una -víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba -envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo -manchar sus hermosos vestidos. - -A distancias regulares, se levantaban torres edificadas por los -cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban en ellas, -buscando la sombra, y luego seguían su camino. - -La víspera, por prudencia, habían dado un gran rodeo; pero ahora, no -encontraban a nadie; la región era estéril y los bárbaros no habían -pasado por ella. - -Volvió a verse la devastación: en mitad del campo, un mosaico, como -últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de lejos -parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas -casas estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a -lo largo de las murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas -que llenaban las calles. - -Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto de nubes. Subieron -durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto divisaron ante -ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un anfiteatro. - -Aquí y acullá brillaban placas de oro, que cambiaban de sitio. Eran -las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego distinguieron en -los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas de los -mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio. - -Salambó hizo un movimiento para adelantarse; pero el hombre de -Schahabarim la llevó más lejos y bordearon la terraza que cerraba el -campo de los bárbaros. Encontraron una brecha, y el esclavo desapareció. - -En la cima del reducto se paseaba un centinela con un arco en la mano y -la pica a la espalda. - -Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se arrodilló y disparó una -flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se paró ella, -gritando, y él la preguntó qué quería. - ---Hablar a Matho --contestó ella--. Soy un tránsfuga de Cartago. - -El centinela dio un silbido que se repitió de distancia en distancia. - -Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas, relinchando. - -Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de ella; pero como -la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa alrededor -del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho -contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de -la noche. - -Al fin ella le dijo: - ---¡Llévame a tu tienda! ¡Yo lo quiero! - -Un recuerdo que no podía precisar atravesó la memoria del bárbaro. -Sentía latir su corazón. Este acento de mando le intimidaba. - ---¡Sígueme! --la dijo. - -Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en el campo de los -mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud. Ardían -fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al -iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había -gritos y llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en -medio de las tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de -tela; había chozas de caña y agujeros en la arena, como los que excavan -los perros. Los soldados porteaban faginas, se sentaban en tierra o -se envolvían en una manta, disponiéndose a dormir, y el caballo de -Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba una pierna y -daba un salto. - -Recordaba ella haberlos ya visto; pero tenían ahora las barbas más -largas, sus caras estaban más negras y las voces eran más broncas. -Matho iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del brazo, -que levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando -el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él -el verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas -estaban desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación, -que todos le obedecían. - -Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su tienda estaba en el -extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de Amílcar. - -Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le pareció asomaban caras -en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran cabezas cortadas; -pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua púnica. - -Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos lados de la puerta. -Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió. - -Era una tienda espaciosa, con un mástil en medio. La alumbraba una -lámpara grande, en forma de loto, llena de un aceite amarillo, en -el que flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos -militares. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un -escudo; látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares -se entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro -manchaban una manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda, -había un montón de moneda de cobre, y por entre los rasgones de la -tela de la tienda, el viento traía el polvo de fuera y el olor de los -elefantes, a los que se oía comer sacudiendo sus cadenas. - ---¿Quién eres? --preguntó Matho. - -Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus ojos se detuvieron -en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había una cosa -azulada y chispeante. - -Salambó se adelantó con viveza, dando un grito. Matho, detrás de ella, -se sentía impaciente. - ---¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes? - -Respondió ella, señalando el zaimph: - ---¡Para llevármelo! - -Y con la otra mano se arrancó los velos que la cubrían. Matho -retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi aterrorizado. - -Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses, y mirándole -cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con palabras -elocuentes y soberbias. - -Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se confundían para -él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor de su -piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los -diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura -de las joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica, -levantando un poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se perdía -con el pensamiento en este estrecho intervalo, del que bajaba un hilo -con una placa de esmeraldas, que se traslucía debajo de una gasa -morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas balanzas de zafiro con una -perla hueca cada una, llena de un perfume líquido. Por los agujeros de -la perla, caía, de rato en rato, una gotita sobre la espada desnuda, y -Matho la miraba caer. - -Invencible curiosidad le arrastró, y como niño que pone la mano en -una fruta desconocida, tembloroso, y con la punta del dedo, tocó -suavemente en el nacimiento del pecho: la carne, un poco fría, cedió -con resistencia elástica. - -Este contacto, aunque apenas sensible, exaltó a Matho, y fuera de sí -mismo, se precipitó a ella, queriéndola envolver, absorberla, beberla. -Palpitaba su pecho y rechinaban sus dientes. - -Tomándola por las dos muñecas, la empujó suavemente y se sentó sobre -una coraza, al lado del lecho de palma, cubierto por una piel de león. -La miraba de pies a cabeza, y teniéndola sentada en sus orillas, -repetía: - ---¡Qué hermosa eres! ¡Qué hermosa! - -Los ojos seguían fijos en los suyos y la hacían sufrir, y este -malestar, esta repugnancia llegó a tal extremo que Salambó se contenía -para no gritar; pero se acordó de Schahabarim y se resignó. - -Matho retenía siempre sus manos en las suyas, y de cuando en cuando, -a pesar de las órdenes del sacerdote, ella trataba de apartarlas, -sacudiendo los brazos. Él inflaba las narices para aspirar mejor el -perfume que se exhalaba de toda ella; emanación indefinible, fresca, -pero que aturdía como el humo de una cazoleta. Olía a miel, a pimienta, -a incienso, a rosas y a otras cosas más. - -¿Pero cómo estaba ella a su lado, en su tienda, a discreción suya? -¿Quién la había empujado hasta allí? ¿Había venido solo por el zaimph? -Dejó caer los brazos y bajó la cabeza, abrumado por un repentino -ensueño. - -Salambó, con el fin de enternecerle, le dijo con voz quejumbrosa: - ---¿Qué te hice yo para que quieras mi muerte? - ---¿Tu muerte? - ---Yo te vi una noche, en el incendio de mis jardines que ardían, -entre copas humeantes y mis esclavos degollados, y tu cólera era tan -fuerte que te precipitaste a mí y hube de huir. Después, el terror se -ha apoderado de Cartago. Se pregonaba la destrucción de las ciudades, -el incendio de los campos, la matanza de soldados; ¡fuiste tú quien -los perdiste; tú quien los asesinaste! ¡Te odio! Solo tu nombre es un -remordimiento para mí. ¡Eres más execrable que la peste y que la guerra -romana! Las provincias tiemblan ante tu furor; los surcos están llenos -de cadáveres. Yo he seguido el rastro de tus devastaciones, como si -fuera detrás de Moloch. - -Matho se levantó de un salto; orgullo colosal le hinchaba el pecho: se -veía exaltado como un dios. - -Salambó continuó diciendo: - ---Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste a mi casa, mientras -yo dormía, envuelto en el zaimph. No entendí tus palabras, pero -comprendí que querías llevarme al fondo de un abismo. - -Matho, retorciéndose los brazos, exclamó: - ---¡No!, ¡no! Era para dártelo, para entregártelo. Me parecía que la -diosa había dejado su vestido para ti, y que te pertenecía. En su -templo o en tu casa, ¿qué importa? ¿No eres tú omnipotente, inmaculada, -radiante y bella como Tanit? - -Y con una mirada llena de adoración infinita, agregó: - ---¡A menos que seas tú la misma Tanit! - ---¿Yo, Tanit?... - -No hablaron más. El trueno retumbaba a lo lejos. Balaban los carneros, -asustados por la tempestad. - ---¡Oh! ¡Acércate --dijo él--, acércate! No temas nada. Antes yo no -era más que un soldado obscuro entre los mercenarios, tan dócil que -llevaba para los otros leña a las espaldas. ¡Qué me importa Cartago! -La multitud de su gente se agita como perdida en el polvo de tus -sandalias, y todos sus tesoros y provincias, naves e islas no me causan -la envidia que el frescor de tus labios y el torneado de tus hombros. -¡Si quise derribar sus murallas fue con el fin de llegar hacia ti, de -poseerte! Entretanto, me vengaba. Ahora, aplasto los hombres como -conchas y me arrojo sobre las falanges, aparto las lanzas con la mano, -detengo a los caballos por las narices; no me mataría una catapulta. -¡Oh! ¡Si supieras cuánto pienso en ti, durante la guerra! El recuerdo -de un gesto, de un pliegue de tu vestido, me sobrecoge de pronto y me -aprisiona como una red. Veo tus ojos en las llamas de las faláricas y -en el dorado de los escudos. Oigo tu voz en el sonido de los címbalos. -Me vuelvo, no te veo, y me distraigo guerreando. - -Levantaba el brazo, en el que las venas se entrecruzaban como lianas -en las ramas del árbol. Sudaba su pecho, de músculos cuadrados, y su -respiración agitaba sus costados juntamente con el cinturón adornado de -cintas que caían hasta sus rodillas, más duras que el mármol. Salambó, -acostumbrada a los eunucos, se asombraba de la fuerza de este hombre. -Era el castigo de la diosa o la influencia de Moloch, que circulaba -alrededor de ella, en los cinco ejércitos. Se sentía débil; escuchaba -con estupor el grito intermitente de los centinelas, contestándose -unos a otros. - -Las llamas de la lámpara oscilaban movidas por ráfagas de aire -caliente. A intensos resplandores sucedía la obscuridad, y Salambó no -veía más que las pupilas de Matho, como dos ascuas en la noche. Estaba -persuadida de que una fatalidad pesaba sobre ella, que estaba abocada a -un momento supremo, irrevocable, y haciendo un esfuerzo subió hasta el -zaimph y levantó las manos para cogerlo. - ---¿Qué haces? --exclamó Matho. - -Respondió ella plácidamente: - ---Me vuelvo a Cartago. - -Matho fue a ella con los brazos cruzados y con aire tan terrible que -Salambó quedó como clavada en el suelo. - ---¡Volverte a Cartago! ¡Volverte a Cartago! ¿De modo que has venido -para coger el zaimph, para vencerme, y luego desaparecer? ¡No, no; -tú me perteneces, y nadie te arrancará ahora de aquí! ¡Oh! ¡No he -olvidado la insolencia de tus ojos y cómo me aplastabas desde la altura -de tu belleza! Ahora me toca a mí; eres mi cautiva, mi esclava, mi -servidora. Llama, si te parece, a tu padre con su ejército, a los -Ancianos, a los Ricos, a toda la execrable Cartago. ¡Soy el amo de -trescientos mil soldados! Iré a buscar más a Lusitania, a las Galias y -en el fondo del desierto, y destruiré tu ciudad y quemaré sus templos; -las trirremes navegarán sobre olas de sangre. ¡No quiero que quede ni -una casa, ni una piedra, ni una palmera! ¡Y si me faltan los hombres, -llamaré a los osos de las montañas y empujaré a los leones! ¡No trates -de huir, porque te mato! - -Pálido, y con los puños crispados, temblaba como arpa cuyas cuerdas van -a estallar. De pronto, le ahogaron los sollozos y, casi humillándose, -añadió: - ---¡Ah! ¡Perdóname! ¡Soy más infame y más vil que los escorpiones, que -el fango y el polvo! Cuando tú hablabas, tu aliento ha pasado por mi -cara, deleitándome como a un moribundo que bebe de bruces al borde de -un arroyo. ¡Aplástame, con tal que sienta tus pies! ¡Maldíceme, con -tal que oiga tu voz! ¡No te vayas, por compasión! ¡Te amo! ¡Te amo! - -Estaba de rodillas ante ella; la ceñía el talle con ambos brazos, con -la cabeza hacia atrás y las manos inquietas; los discos de oro colgados -de sus orejas brillaban sobre su cuello de bronce; gruesas lágrimas -brotaban de sus ojos, parecidos a globos de plata; suspiraba de un modo -acariciador, y murmuraba vagas palabras, blandas como la brisa y suaves -como un beso. - -Salambó sentíase invadida por una laxitud que la hacía perder la -conciencia de sí misma. Algo, a la vez íntimo y superior, una orden de -los dioses la obligaba a entregarse, y desfallecida, se dejó caer en el -lecho sobre las pieles de león. Matho la cogió de los pies, estalló la -cadenilla de oro, y al volar las dos puntas hirieron la tela como dos -víboras furiosas. El zaimph cayó, envolviéndoles. Salambó vio la cabeza -de Matho sobre su seno. - ---¡Moloch! ¡Tú me quemas! - -Y los besos del soldado, más devoradores que llamas, la envolvían; -sentíase como arrastrada por el huracán, como quemada por la fuerza -del sol. - -Matho la besaba los dedos de las manos, los brazos, los pies y las -largas trenzas de sus cabellos de un extremo a otro. - ---¡Llévatelo! --la decía--. ¿Qué me importa? Llévame también contigo. -¡Abandono el ejército, renuncio a todo! Más allá de Gades, a veinte -días de mar, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdor y -de pájaros. Grandes flores llenas de perfumes se balancean en las -montañas, como eternos incensarios; en los limoneros, más altos que -cedros, las serpientes de color de leche hacen caer las frutas en -el césped con los diamantes de sus fauces; el aire es tan suave que -impide morir. ¡Oh! ¡Verás cómo yo la encontraré! Viviremos en grutas de -cristal, talladas al pie de las colinas. Nadie la habita aún, y yo seré -el rey de aquella tierra. - -Limpió el polvo de sus coturnos; quería que ella pusiera entre sus -labios un pedazo de granada; amontonó vestidos detrás de su cabeza para -hacerle una almohada. Buscaba los medios de servirla, de humillarse, -y hasta llegó a extender sobre sus piernas el zaimph, como un sencillo -tapiz. - ---¿Conservas --la dijo-- los cuernecillos de gacela de que cuelgas tus -collares? ¡Me los darás; los quiero! - -Hablaba como si hubiera terminado la guerra y se sonreía; los -mercenarios, Amílcar, todos los obstáculos habían desaparecido para él. -La luna resplandecía entre dos nubes, y ellos la veían por una abertura -de la tienda. - ---¡Ah! ¡Cuántas noches he pasado contemplándola! Me parecía un velo -que ocultaba tu rostro, y que tú me mirabas tras ella; tu recuerdo se -mezclaba con sus destellos; no os diferenciaba una de otra. - -Y con la cabeza entre los senos de ella lloraba a lágrima viva. - ---¡Es este el hombre formidable que hace temblar a Cartago! --pensaba -Salambó. - -Matho se durmió. Entonces, Salambó, desprendiéndose de sus brazos, -puso un pie en tierra y advirtió que se había roto su cadeneta. -Acostumbraban las vírgenes de alta alcurnia respetar esta traba como -algo religioso, y Salambó, ruborizándose, arrolló alrededor de sus -piernas los dos trozos de la cadena de oro. - -Cartago, Megara, su casa, su habitación y los campos que había -atravesado se amontonaban en su memoria en imágenes tumultuosas, y, -sin embargo, precisas. Pero el abismo abierto ahora las ponía lejos de -ella, a infinita distancia. - -Cesaba la tempestad, pero algunas gotas que caían hacían oscilar el -techo de la tienda. - -Matho, como un hombre ebrio, dormía de lado, con un brazo colgando del -borde del lecho. Su cinta de perlas estaba algo subida y descubría -la frente. Una sonrisa separaba sus dientes, que brillaban entre su -negra barba, y en sus párpados entreabiertos se advertía una alegría -silenciosa, casi ultrajante. - -Salambó le contemplaba inmóvil, con la cabeza baja y las manos cruzadas. - -A la cabecera del lecho se veía un puñal sobre una mesa de ciprés; la -vista de esta hoja brillante la inflamó de un deseo sanguinario. A lo -lejos oía voces quejumbrosas que la solicitaban como genios. Se acercó, -cogiendo el puñal por el mango. Al ruido del roce de su ropa, Matho -abrió los ojos, y poniendo los labios en su mano, cayó el puñal. - -Se oyeron gritos; una espantosa claridad fulguraba detrás de la tienda. -Se asomó Matho y vio que ardía el campo de los libios. - -Ardían sus chozas de caña, retorciéndose los tallos y estallando entre -la humareda como flechas; en el rojizo horizonte se veían correr -desoladas sombras negras. Oíanse los alaridos de los que estaban en las -cabañas; los elefantes, los bueyes y los caballos saltaban en medio de -la turba, aplastándola entre las municiones y los bagajes que salvaban -del incendio. Sonaban las trompetas. Gritaban: «¡Matho! ¡Matho!» Y la -gente que estaba en la puerta quería entrar. - ---¡Ven! --dijo Matho a Salambó--; Amílcar ha incendiado el campamento -de Autharita. - -De un salto se echó afuera, y Salambó se encontró sola. - -Entonces ella examinó el zaimph; y cuando lo hubo contemplado a su -sabor, quedó sorprendida de no gozar la dicha que se había imaginado. -Se quedó melancólica ante su sueño realizado. - -Pero el fondo de la tienda se levantó y apareció una forma monstruosa. -Salambó no vio de pronto más que dos ojos y una larga barba blanca -que llegaba al suelo, porque el resto del cuerpo, embarazado por los -andrajos, se arrastraba por la tierra; a cada movimiento para andar, -las dos manos entraban en la barba, y en seguida volvían a caer. -Arrastrándose así, llegó hasta los pies de Salambó, y esta reconoció al -viejo Giscón. - -En efecto: los mercenarios, para evitar que los antiguos cautivos -huyeran, les cortaron las piernas a golpes de barras de cobre, -dejándolos que se pudrieran juntos en una fosa llena de inmundicias. -Los más robustos, así que oían el ruido de las gamellas, se levantaban -gritando, y así es como Giscón había visto a Salambó. Había adivinado -una cartaginesa en las pequeñas bolas de sandastro que golpeaban en -los coturnos, y presintiendo un gran misterio, auxiliado por los -compañeros, consiguió salir del foso; luego, ayudándose con los codos -y las manos, se arrastró veinte pasos más lejos, hasta la tienda de -Matho. Percibió el ruido de dos voces, escuchó desde afuera y lo oyó -todo. - ---¡Eres tú! --preguntó Salambó medio asustada. - -Alzándose sobre sus puños, él replicó: - ---¡Sí; soy yo! ¿Me creías muerto, verdad? ¡Ah! ¿Por qué los Baales no -me han concedido esta misericordia?... Así me hubieran evitado la pena -de maldecirte. - -Salambó se echó vivamente hacia atrás; tal era el miedo que sentía -de aquel ser inmundo, repugnante como una larva y terrible como un -fantasma. - ---Pronto cumpliré cien años --continuó Giscón--. He conocido a -Agatocles; he visto a Régulo y las águilas romanas pasar sobre las -cosechas de los campos púnicos. He visto todos los espantos de las -batallas y el mar obstruido con los restos de nuestras flotas. Los -bárbaros que yo mandé me han encadenado por los cuatro miembros, como -a un esclavo homicida. Mis compañeros, uno tras otro, se van muriendo -a mi lado; el olor de sus cadáveres me despierta de noche; espanto -los pájaros que vienen a picotearles los ojos; y, sin embargo, ni un -solo día he desesperado de Cartago. Aun cuando hubiera visto todos los -ejércitos del mundo contra ella, y las llamas del incendio rebasar la -altura de sus templos, todavía hubiera creído en su eternidad. ¡Pero -ahora, todo ha concluido, todo se perdió! ¡Los dioses la execran! -¡Maldita seas, porque con tu ignominia has precipitado su ruina! - -Salambó quiso hablar. - ---¡Ah, he sido testigo! --le interrumpió Giscón--. Te he oído gemir -de amor como una prostituta; él te explicaba su deseo y tú te dejabas -besar las manos. ¡Ya que el ardor de tu impudicia te empujaba, -debiste hacer al menos como las bestias feroces, que se ocultan en sus -ayuntamientos, y no deshonrarte ante los ojos de tu padre! - ---¡Cómo! --interrumpió ella. - ---¡Ah! ¿No sabes que los dos campos están separados sesenta codos uno -de otro, y que tu Matho, por exceso de orgullo, está acampado frente -a Amílcar? Allí, detrás de ti está tu padre; si yo pudiera subir el -sendero que lleva a la planicie, le gritaría: ¡Ven Amílcar, ven a ver a -tu hija en brazos de un bárbaro! Se ha puesto, para agradarle, el manto -de la Diosa, y, al abandonar su cuerpo, entrega con la gloria de tu -nombre, la majestad de los dioses, la venganza de la patria, la misma -salvación de Cartago. - -El movimiento de su boca desdentada agitaba su luenga barba; sus ojos -devoraban a Salambó, y no dejaba de repetir, jadeante: - ---¡Sacrílega! ¡Maldita seas! ¡Maldita, maldita! - -Salambó había apartado el velo, y teniéndolo levantado en la mano, -miraba del lado de Amílcar. - ---¿Es por aquí, no es verdad? --preguntó a Giscón. - ---¿Qué te importa? ¡Vuélvete! ¡Vete! ¡Húndete en la tierra! Es un lugar -santo que manchas con la vista. - -Salambó se arrolló el zaimph alrededor del talle, se puso rápidamente -sus velos, su manto y banda, y exclamando «¡Corro allá!», desapareció. - -Primeramente anduvo entre tinieblas sin encontrar a nadie, porque todos -habían acudido al incendio; redoblaba el clamor, y grandes llamas -enrojecían el cielo. Una amplia terraza la detuvo. - -Dio una vuelta, buscando en todas direcciones una escala, una cuerda, -una piedra, algo en fin, para ayudarse a bajar. Tenía miedo de Giscón y -le parecía que la perseguían gritos y pasos. Empezaba a alborear. Vio -un sendero en el espesor del atrincheramiento. Cogió con los dientes la -cola de su vestido, que la estorbaba, y en tres saltos se encontró en -la plataforma. - -Un grito sonoro estalló encima de ella, en la sombra; el mismo que -había oído al pie de la escalera de las galeras; inclinándose, -reconoció al hombre de Schahabarim, con los caballos del diestro. - -Había ido errante toda la noche entre los dos campos; después, inquieto -por el incendio, se había vuelto atrás, tratando de ver lo que pasaba -en el vivac de Matho; y como sabía que aquel sitio era el más próximo a -su tienda, no se había movido, obedeciendo al sacerdote. - -Montó de pie sobre uno de los caballos, Salambó se dejó caer en sus -brazos, y ambos huyeron al galope, dando un rodeo, al campo púnico, -para buscar una entrada por cualquier parte. - - * * * * * - -Cuando Matho entró en su tienda, la lámpara, humeante, alumbraba -apenas, y creyó que Salambó estaba dormida. Palpó delicadamente la piel -de león, en la cama de palma. Llamó, y no respondió nadie; arrancó -vivamente un pedazo de tela para que entrara la luz del día, y vio que -el zaimph había desaparecido. - -Temblaba la tierra bajo pasos precipitados; gritos, relinchos, choques -de armaduras hendían los aires, y las fanfarrias de los clarines -tocaban ataque. Era como un huracán que se arremolinaba en torno de él. -Un furor desordenado le hizo saltar sobre sus armas y se lanzó afuera. - -Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la montaña, y los cuadrados -púnicos avanzaban a su encuentro, con oscilación pesada y regular. La -niebla, deshecha por el sol, formaba nubecillas movibles que, poco a -poco, dejaban ver al descubierto estandartes, cascos y las puntas de -las picas. Ante sus rápidas evoluciones, algunas porciones de terreno -todavía en la sombra, parecían cambiar de sitio en bloque; hubiérase -dicho que eran torrentes que se entrecruzaban con masas inmóviles y -espinosas entre ellos. Matho veía a capitanes, soldados, heraldos y -criados montados en asnos. En vez de conservar su posición para cubrir -la infantería, Narr-Habas dio un rápido cambio de frente a la derecha, -como si quisiera hacerse aplastar por Amílcar. - -Sus jinetes rebasaron la línea de los elefantes que se acercaban, y -todos los caballos, alargando la cabeza sin bridas, galopaban con -tal furia, que parecían tocar la tierra con el viento. De repente, -Narr-Habas marchó resueltamente hacia un centinela. Arrojó su espada, -su lanza y sus azagayas, y desapareció en medio de los cartagineses. - -El rey de los númidas llegó a la tienda de Amílcar, y le dijo, -mostrándole su caballería, que estaba parada a distancia: - ---¡Barca, te traigo mis jinetes: son tuyos! - -Se arrodilló en señal de esclavitud, y para probar su fidelidad, -explicó su conducta desde el principio de la guerra. Primero, había -impedido el sitio de Cartago y la matanza de los cautivos; después, no -se había aprovechado de la victoria contra Hannón, cuando la derrota de -Útica. En cuanto a las ciudades tirias, estaban en las fronteras de su -reino. Tampoco había asistido a la batalla del Macar, porque se ausentó -expresamente para eludir la obligación de combatir al Sufeta. - -En efecto: Narr-Habas había querido engrandecerse con usurpaciones de -provincias púnicas, ayudando o abandonando a los mercenarios según -venían bien o mal dadas; pero convencido de que Amílcar sería el más -fuerte en definitiva, se pasó a su partido. Quizás intervino en esta -defección el odio contra Matho a causa del mando o de su antiguo amor. - -El Sufeta le oyó sin cortarle la palabra. No era de desdeñar el hombre -que así se presentaba en un ejército que le debía tantas venganzas; -Amílcar adivinó en seguida la utilidad de tal alianza para sus grandes -proyectos. Con los númidas, se desprendería de los libios; llevaría el -Occidente a la conquista de Iberia, y sin preguntar al númida por qué -no había acudido antes, ni tratar de deshacer ninguna de las mentiras, -besó a Narr-Habas, restregando tres veces su pecho contra el suyo. - -Había incendiado el campo de los libios para terminar y por -desesperación. Los númidas le llegaban como un socorro de los dioses: -disimulando su alegría, contestó: - ---¡Favorézcante los Baales! Ignoro lo que hará por ti la República, -pero Amílcar no es ingrato. - -Redoblaba el tumulto; entraban los capitanes. El Sufeta se armó al -tiempo que hablaba: - ---¡Vamos! Con tus jinetes batirás su infantería entre tus elefantes y -los míos. ¡Valor! ¡Exterminio! - -Narr-Habas iba a precipitarse, cuando se presentó Salambó. Saltó rápida -de su caballo, abrió su ancho manto, apartó los brazos y desplegó el -zaimph. - -La tienda de cuero, levantada en las esquinas, dejaba ver toda la falda -de la montaña, cubierta de soldados, y como estaba en el centro, se -veía a Salambó de todos los lados. Un clamor inmenso, un prolongado -grito de triunfo y de esperanza estalló. - -Los que estaban en marcha, se pararon; los moribundos, apoyándose en -los codos, se volvían para bendecirla. Sabían ahora los bárbaros que -ella había recobrado el zaimph; la veían de lejos, y otros gritos, -pero de rabia y de venganza, resonaban entre los ejércitos de los -cartagineses. Los cinco ejércitos, desplegándose en la montaña, -pateaban y daban alaridos alrededor de Salambó. - -Amílcar, sin poder hablar, le daba las gracias con señales de cabeza. -Sus miradas iban alternativamente del zaimph a ella, y advirtió que -tenía rota su cadeneta. Amílcar se estremeció, acuciado por terrible -sospecha; pero recobrando su impasibilidad, miró de reojo a Narr-Habas, -sin volver la cara. - -El rey de los númidas se mantenía aparte, en actitud discreta; llevaba -en la frente un poco del polvo que había tocado al prosternarse. El -Sufeta se adelantó hacia él, y con aire grave le dijo: - ---En recompensa de los servicios que me has prestado, Narr-Habas, te -doy mi hija. Sé tú mi hijo, y defiende a tu padre. - -Narr-Habas hizo un gesto de profunda sorpresa; luego, le cubrió -las manos de besos. Salambó, en calma como una estatua, parecía -no comprender. Se ruborizó, bajó los párpados, y sus largas cejas -encorvadas sombreaban sus mejillas. - -Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales indisolubles. Puso -en las manos de Salambó una lanza, que ella ofreció a Narr-Habas; les -ató los pulgares con una tira de buey y les derramó trigo sobre la -cabeza; los granos que caían junto a ellos, sonaron como granizo que -rebota. - - - - -XII - -EL ACUEDUCTO - - -Doce horas después, solo quedaba de los mercenarios un montón de -heridos, de muertos y de moribundos. - -Amílcar, saliendo bruscamente del fondo del desfiladero, había bajado -por la pendiente occidental que mira a Hippo-Zarita, y como el espacio -en este sitio era más ancho, allí había atraído a los bárbaros. -Narr-Habas los había envuelto con su caballería; el Sufeta, en tanto, -los rechazaba y aniquilaba; además, estaban materialmente vencidos por -la pérdida del zaimph; los mismos que no cuidaban de él, sintieron -angustia y debilidad. Amílcar, sin pretender vivaquear en el campo de -batalla, se retiró algo más lejos, a la izquierda, sobre unas alturas -desde las cuales los dominaba. - -Se conocían los campos por la forma de las empalizadas inclinadas. -Un gran montón de cenizas humeaba en el sitio del de los libios; -el suelo, removido, tenía ondulaciones como el mar, y las tiendas, -hechas jirones, parecían bajeles perdidos en los escollos. Corazas, -horquillas, clarines, pedazos de madera, de hierro y de cobre; trigo, -paja y ropas se confundían con los cadáveres; aquí y acullá alguna -falárica, a punto de apagarse, ardía entre un montón de bagajes; la -tierra, en ciertos sitios, desaparecía bajo los escudos; las carroñas -de las caballerías se sucedían como una serie de montículos; se veían -piernas, sandalias, brazos, cotas de malla y cabezas sin cascos, -sostenidas por las carrilleras y que rodaban como bolas; en lagos de -sangre, los elefantes, con las entrañas abiertas agonizaban echados con -sus torres; se andaba encima de cosas pegajosas y había barrizales, -aunque no había llovido. - -Esta confusión de cadáveres cubría toda la montaña, de arriba abajo. -Los sobrevivientes estaban tan callados como los muertos; agazapados en -grupos, se miraban asustados y sin hablar. - -Al extremo de una larga pradera, el lago de Hippo-Zarita resplandecía -al sol poniente. A la derecha, blancas casas aglomeradas rebasaban un -cinturón de murallas; seguía el mar, ensanchándose indefinidamente. Los -bárbaros, pensativos, suspiraban, pensando en sus patrias. Caía una -nube de polvo gris. - -Sopló el viento de la noche, y todos los pechos se ensancharon; a -medida que aumentaba el fresco, era de ver cómo los gusanos abandonaban -los muertos que se enfriaban y corrían a la arena caliente. Sobre las -grandes piedras, los cuervos, inmóviles, montaban la guardia a los -agonizantes. - -Cuando fue completamente de noche, unos perros de piel amarilla, -bestias inmundas que seguían a los ejércitos, se acercaron calladamente -a los bárbaros. Bebieron los chorros de sangre que manaban de los -muñones todavía calientes, y devoraron los cadáveres, empezando por el -vientre. - -Los fugitivos reaparecían de uno en uno, como sombras; las mujeres se -atrevieron a volver, pues quedaban algunas a pesar de la matanza que -hicieron los númidas. - -Algunos se sirvieron de cabos de cuerda para encender antorchas; otros -guardaban sus picas. Si tropezaban con algún cadáver, lo echaban a un -lado. - -Los encontraban extendidos en largos rimeros, de espaldas, con la -boca abierta, con sus lanzas al lado; o bien, apilados en montón, y a -menudo, para ver los que faltaban, había que remover todo el montón. -En seguida le arrimaban la antorcha a la cara. Horribles armas les -habían producido heridas complicadas. Jirones verdosos colgaban de -sus frentes; estaban tajados a pedazos, aplastados hasta la médula, -estrangulados o hendidos por los colmillos de los elefantes. Aunque -muertos al mismo tiempo, no estaban igualmente corrompidos. Los hombres -del Norte aparecían inflados por una hinchazón lívida; los africanos, -más nerviosos, tenían aspecto de ahumados, y se iban secando. Se -reconocía a los mercenarios en los tatuajes de sus manos; los veteranos -de Antíoco llevaban un gavilán; los que habían servido en Egipto, la -cabeza de un cinocéfalo; los alquilados a príncipes de Asia, un hacha, -una granada o un martillo; y si a las Repúblicas griegas, el perfil -de una ciudadela o el nombre de un arconte. Los había con los brazos -enteramente cubiertos por estos símbolos, mezclados con cicatrices y -nuevas heridas. - -Se encendieron cuatro hogueras para los muertos de raza latina: -samnitas, etruscos, campanios y brucios. Los griegos cavaron fosas con -las puntas de sus espadas; los espartanos envolvieron en sus mantos a -sus difuntos; los atenienses los extendían mirando al sol levante; los -cántabros los enterraban bajo un montón de piedras; los nasamones los -doblaban en dos, con correas de bueyes, y los garamantes los sepultaban -en la playa, para que las olas los bañaran perpetuamente. Los latinos -se entristecían por no poder encerrar las cenizas en urnas; los nómadas -echaban de menos el calor de las arenas, que momifican los cadáveres; y -los celtas, tres piedras bastas, bajo un cielo lluvioso, en el fondo -de un golfo tormentoso. - -Se oían vociferaciones, seguidas de un prolongado silencio: era para -obligar las almas a volver; y los clamores se sucedían obstinadamente, -a intervalos regulares. - -Se excusaban con los muertos de no poder honrarlos, como prescribían -sus ritos; porque por esta causa, irían las almas errantes en períodos -infinitos a través de mil azares y metamorfosis; se las invocaba, -preguntándoles lo que deseaban; otros abrumaban de injurias a los -muertos por haberse dejado vencer. - -El resplandor de las grandes hogueras empalidecía las caras exangües, -entre los restos de armaduras; las lágrimas excitaban otras lágrimas, -los gemidos se hacían más agudos, los reconocimientos y los abrazos, -más frenéticos. Las mujeres se echaban sobre los cadáveres, boca con -boca, frente con frente; había que golpearlas para que se retiraran -cuando los enterraban. Se ennegrecían las mejillas, se cortaban los -cabellos; se extraían sangre y la arrojaban en la fosa; se hacían -cortes a imitación de las heridas que desfiguraban sus muertos. -Estallaban rugidos a través del ruido de los címbalos. Algunos se -arrancaban sus amuletos, escupiéndolos encima. Los moribundos se -contraían en el fango ensangrentado, mordiéndose, de rabia, los puños -mutilados; y cuarenta y tres samnitas, en la flor de la edad, se -mataron entre sí, como gladiadores. Muy pronto faltó leña para las -hogueras, se apagaron las llamas; todos los sitios estaban ocupados; y -cansados de gritar, débiles y vacilantes, se durmieron al lado de sus -hermanos muertos; los que quedaban con vida llenos de inquietudes, y -algunos con deseos de no despertar. - - * * * * * - -Con la luz del alba, aparecieron en los límites de los bárbaros algunos -soldados que desfilaban con cascos en la punta de las picas, que, -saludando a los mercenarios, les preguntaban si no encargaban nada para -sus patrias. - -Se acercaron otros, y los bárbaros reconocieron a algunos de sus -antiguos camaradas. - -El Sufeta había propuesto a los cautivos que sirvieran en sus tropas. -Muchos rehusaron intrépidamente; pero resuelto a no alimentarlos ni -abandonarlos al Gran Consejo, los despidió, ordenándoles no combatir -más a Cartago. Respecto a aquellos a quienes el miedo a los suplicios -hizo dóciles, se les distribuyó las armas del enemigo, y estos eran los -que se presentaban a los vencidos, menos por reducirlos que por vanidad -o curiosidad. - -Contaban, en primer lugar, el buen trato del Sufeta, y los bárbaros -lo oían envidiándolos, por más que los despreciaban. A las primeras -palabras de reproche, los cobardes se irritaron; de lejos, les -enseñaban sus propias espadas y corazas, invitándolos con injurias -a que vinieran a tomarlas. Los bárbaros cogieron piedras, y todos -huyeron, y ya no se vio en la cima de la montaña sino las puntas de -las lanzas rebasando el borde de las empalizadas. - -Un dolor más pesado que la humillación de la derrota abrumó a los -bárbaros. Pensaban en la inutilidad de su valor. Se quedaron con los -ojos fijos, rechinando los dientes. - -A todos les asaltó la misma idea. Se precipitaron en tumulto sobre los -prisioneros cartagineses. Los soldados del Sufeta no habían podido -descubrirlos, y como estos se habían retirado del campo de batalla, aún -estaban aquellos en el foso profundo. - -Se les alineó en otro sitio llano. Los centinelas hicieron un círculo -alrededor de ellos, entregándolos a las mujeres por tandas de treinta y -cuarenta. Queriendo aprovechar el poco tiempo que se les daba, corrían -estas del uno al otro, inciertas y palpitantes; e inclinadas sobre los -cuerpos, los golpeaban con los brazos, como las lavanderas golpean la -ropa; aullando el nombre de sus maridos, los laceraban con las uñas -y les reventaron los ojos con las agujas de sus cabellos. Vinieron -después los hombres, y les atormentaron los pies, cortándoles la piel -desde los tobillos hasta la frente, arrancando tiras, con las que se -ceñían la cabeza. Los «Comedores de cosas inmundas» imaginaron mil -atrocidades: envenenaban las heridas, echándoles polvos, vinagre y -cascos de loza; otros se ponían detrás y bebían la sangre que corría, -como hacen los vendimiadores alrededor de las cubas de mosto. - -A todo esto, Matho estaba sentado en el suelo, en el mismo sitio donde -le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada veía ni oía. - -Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la cabeza y vio ante sí -un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo confusamente cestos, -tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se clavaron en el -suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se hubiera hundido -en la tierra. - -La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus largas tiras se -desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la huella -de una mano: era la de la mano de Narr-Habas, señal de su alianza. -Matho se levantó; tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos -de su tienda, desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó -hacia las llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada. - -De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde salía, apareció -Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos astillas -de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba. - ---¡Apártate de aquí! --le dijo Matho--; sé que eres un valiente. - -Estaba tan aplastado por la injusticia de los dioses, que le faltaban -fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le hizo una señal -y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos Zarxas y -Autharita. - -Habían huido como el esclavo, a pesar de su crueldad y de su valentía. -¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas, en el incendio de -los libios, en la pérdida del zaimph, en el súbito ataque de Amílcar -y, sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de la -montaña, bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no -confesaba su terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota. - -Por fin, los tres caudillos y el schalischim consultaron lo que se -debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago; estaban entre -los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las ciudades -tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al borde -del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente. - -No había medio de evitar la guerra: por el contrario, era preciso -continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender la necesidad -de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía -sangrando de sus heridas? - ---¡Yo me encargo! --dijo Espendio. - -Dos horas después, un hombre que venía del lado de Hippo-Zarita, subía -corriendo la montaña. Agitaba unas tablillas en el extremo del brazo, -y como gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon. - -Era un enviado de los soldados griegos de la Cerdeña, que recomendaban -a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás cautivos, porque -un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de Cartago, les había -enterado de un complot organizado para hacerles evadir; por lo que -exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues la República era -poderosa. - -La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el resultado que él -esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de excitar su -furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en -los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo -imprevisto y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos -dejaron las armas, con el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este -se presentara. - -Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del día, se presentó otro -correo, más agitado y más lleno de polvo. Espendio le arrancó de las -manos un rollo de papiro escrito en fenicio, en el que se suplicaba a -los mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes de Túnez -iban a venir con grandes refuerzos. - -Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a hombros de dos capadocios, -se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y arengando a todos por -espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba las promesas -del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los intendentes; a -todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta era un cebo para -perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos como esclavos; los -vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por qué caminos? Ningún -pueblo querría recibirlos. Pero continuando sus esfuerzos, obtendrían, -a un tiempo, libertad, venganza y dinero, sin que tuvieran que esperar -mucho tiempo, porque la gente de Túnez y toda la Libia se precipitaban -a socorrerlos. Y enseñaba el pergamino estirado: «¡Mirad! ¡Leed! Aquí -están sus promesas. Yo no miento.» - -Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo. Un sol de fuego -quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba de los -cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de -tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que -decía, y concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar. - -Matho le estaba observando, y Espendio, para disimular su cobardía, -fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando a los dioses, -acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos era -un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás, -como ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus -intenciones! ¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión! -¡Se conocerán los buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza -del golpe!» - -Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos alentaban todavía; -se les remató hundiéndoles el talón en la boca, o bien apuñalándolos -con la punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón. No se -le veía en ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo -convencerse de su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron -tres pastores samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la -tienda de Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los -demás. - -Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas las rodillas, tenía -el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la respiración -movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara extremadamente -pálida, miraban de un modo continuo e intolerable. - -Los bárbaros le miraron al principio con gran asombro. Durante el -tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos por antiguos -recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la -mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban, -cuando un garamante atravesó la multitud blandiendo una guadaña. -Comprendieron todos su intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!» - -El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le cogió por la cabeza -y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó, vertiendo -dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. Zarxas saltó -encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los cartagineses. -Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho la cabeza de Giscón -y, cogiéndola por la barba y dándole vueltas muchas veces, la lanzó -describiendo una parábola por encima del campo púnico. - -A todo esto se alzaron en el borde de las empalizadas estandartes -entrelazados como señal convenida para reclamar los cadáveres. Cuatro -heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con grandes -clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre -cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad, -ni dioses, y que rehusaban por adelantado a toda negociación, -reexpidiendo a los parlamentarios con las manos cortadas. - -Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita en busca de -víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron ávidamente, -y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de sus -bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de -los heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo -la orilla del río, con paso rápido, como manada de lobos que se alejan. - -Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla, porque necesitaban una -ciudad. - - * * * * * - -Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no obstante el orgullo que -sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente atacarlos en -seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se acababa la guerra. -Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades tirias se unirían a -ellos; la clemencia con los vencidos habría sido inútil. Tomó la -resolución de ser implacable. - -Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un dromedario cargado de -brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles amenazas que -le enviaran otro ejército. - -Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer la victoria -experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del zaimph, -anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de -Cartago parecía que le pertenecían ahora. - -Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni una recriminación. Por -el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los otros, antes del -término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil hombres, el -cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en -tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían -desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros. - -Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el ejército a su -teniente Magdasan, para que acaudillara las tropas de desembarco, en -vista que él no podía sufrir las sacudidas de la litera. Su enfermedad, -destruyéndole labios y nariz, había cavado en la cara un ancho agujero; -a diez pasos se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se -encontraba tan horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un -velo. - -Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni de las de los -bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con víveres en -cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias -de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas -hacían a los cartagineses que estaban estacionados en el mar. - -Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin resolverse a correr el -riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad que recibieran -dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue hacia el -Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver a -los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Sus celos le -impedían ir en auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus -planes, comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al -Gran Consejo pidiéndole que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago, -furioso contra los Ancianos y contra lo que llamaba cobardía del -Sufeta. De este modo, después de tantas ilusiones, la situación era más -desesperada que nunca; pero nadie pensaba en ella ni de ella hablaban, -como si con el silencio alejaran el peligro. - -Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se supo que los -mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su general, -tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma -amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades, -y, aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques -abarrotados de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y -aprisionaron quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad -hizo naufragar una flota con víveres para Cartago. Los dioses estaban, -sin duda, contra ella. - -Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una alarma, hicieron subir -a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y estando -desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los -que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el mar. - - * * * * * - -Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las órdenes en contrario -de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado con mandrágora; -cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo tiempo, se -presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron las puertas, -y las dos ciudades tirias se mostraron desde entonces acérrimas -partidarias de sus nuevos amigos, al par que contrarias a sus antiguos -aliados. - -Este abandono de la causa púnica era un consejo, un ejemplo. Ante la -posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas hasta -entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo el Sufeta, y perdió la -esperanza de ser socorrido. Se veía irremisiblemente perdido. - -Despidió a Narr-Habas para que guardara las fronteras de su reino, y él -se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y continuar la guerra. - -Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron a su ejército -cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin duda les -empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían -batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal -de huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se -lanzaron en su persecución. - -Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta vez muy crecido, sin -que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y otros sobre -sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron de -vista. - -No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que marcharon más allá con -el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los de Túnez y -arrastraron a los de Útica. A cada matorral aumentaba el número, y los -cartagineses, tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos en -las tinieblas. Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de -flechas que mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las -montañas del Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo. - -Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el horizonte una cosa -verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y se vieron -obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un árbol para -no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón! - -Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la última vez que pasó -por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le transportó -la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos que -tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las -pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza -de un palacio, por encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis -iluminaba su cara, como si se reflejara en ella una gran luz; abría los -brazos, enviaba besos al aire y murmuraba: - ---¡Ven! ¡Ven! - -Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como perlas, cayeron en -su barba. - ---¿Qué te detiene? --preguntó Espendio--. ¡Date prisa! ¡En marcha! El -Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me miras -como un hombre ebrio. - -Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con guiños en los ojos, -como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo, exclamó: - ---¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo! - -Tenía un aire tan convencido y triunfante que Matho, sorprendido en su -sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en el colmo de su -derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un blanco -a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el -cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestro y siniestro a los -rezagados; iba en todas direcciones y hasta la extrema retaguardia, -como perro que azuza el ganado. - -A su tonante voz, las líneas de hombres se apretaron; hasta los cojos -precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el espacio entre ambos -ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban pisando las -huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a -tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron -sus hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron -adentro y se arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado -apretada en sí misma, dejó de avanzar; chocaban las picas en el aire y -las flechas de los bárbaros rebotaban en las paredes. - -En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se revolvía gritando a -su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y espoleándole con -la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio que se -alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillas para que -subiera su amo. ¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El poderoso -caballo galopaba en medio de las lanzas, derribaba hombres, y -embarazados los cascos con el peso de las entrañas, caía y se levantaba -dando saltos enormes. Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban -de detenerlo, o bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se -habían replegado, cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros -la acometían. - -La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo a lo largo de todo -el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se detuvo. - -Los cartagineses habían puesto soldados en el acueducto, y empezaron a -tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no había que obstinarse -y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a Cartago. - - * * * * * - -El rumor de la guerra había traspasado los confines del imperio púnico; -desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene pensaban en -ella, guardando sus rebaños, y de ella hablaban las caravanas de noche, -a la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora de los mares, -espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba hombres -que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída, -en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas, -ciudades tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos -los que la execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban -sus riquezas deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto -se juntaron con los mercenarios. La derrota del Macar había detenido -a los demás; pero ahora habían recobrado la confianza, y poco a poco -se aproximaban; los hombres de las regiones orientales aguardaban en -las dunas de Clipea, al otro lado del golfo, y así que asomaron los -bárbaros, se dieron a conocer. - -No eran únicamente los libios de los alrededores de Cartago (desde -hacía tiempo componían el tercer ejército), sino los nómadas de la -planicie de la Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del promontorio -de Derné, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el -desierto bebiendo en los pozos salobres enladrillados con osamentas de -camello; los zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido -en cuadrigas; los garamantes, tapados con velos negros, sentados en -la cola de yeguas pintadas; otros en asnos, en onagros, en cebras o -en búfalos; algunos con sus familias y sus ídolos y el techo de su -cabaña en forma de chalupa. Veíanse amonianos de miembros arrugados -por el agua caliente de las fuentes; atarantes, que maldecían al sol; -trogloditas, que enterraban riendo sus muertos bajo enramadas; y los -asquerosos ausenios, que comían langostas; los archimaquides, que -comían piojos, y los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de -monos. - -Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando una gran línea -recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena -levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad del istmo, con -los mercenarios delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse -de allí. - -Después, del lado de la Ariana aparecieron los hombres de Occidente, -el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los masilianos; -aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una derrota; -por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al -primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut -Baal y del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón -de sus picas caballos pequeños y delgados, de largas crines; los -gétulos, con corazas de piel de serpiente; los farusianos, con altas -coronas hechas de cera y de resina, y los caunos, macares y tilabares, -llevando cada uno dos jabalinas y una rodela de cuero de hipopótamo. -Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los primeros charcos -de la laguna. - -Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el lugar que usurpaban, -y como una nube a ras del suelo, la multitud de negros, llegados del -Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile y aun de la -gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y más -lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel -les hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo -de corteza, túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la -cabeza, y aullando como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos -y blandían colas de buey atadas al extremo de un bastón, a manera de -estandartes. - -Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se apretujaban unos hombres -amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros, con carcajes de -piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes como asnos, y -que no ladraban. - -Finalmente, como si África no estuviera suficientemente vaciada, y -para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo más ínfimo de la -especie humana, figuraban en último término unos hombres de perfil de -bestia y de risa idiota; miserables roídos por enfermedades asquerosas, -pigmeos deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de ojos encarnados -que guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos ininteligibles y -poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían hambre. - -La confusión de armas no era menor que la indumentaria y las razas. -Allí todas las invenciones para matar: desde los puñales de madera, -hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos sables -dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que -se doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo -de astas de antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda, -triángulos de hierro, mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto -ocultaban dardos envenenados en sus cabellos. Muchos cargaban piedras -en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban con los dientes. - -Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los dromedarios, sucios de -alquitrán como barcos, derribaban a las mujeres que llevaban los hijos -a las ancas. Las provisiones se derramaban de los sacos; se pisaban al -andar granos de sal, paquetes de goma, dátiles podridos y nueces; en -pechos sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un delgado cordón -algún diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la que se -podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que -quería; les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que -en su vida habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las -murallas. - -El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y esta larga -superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una inundación, -se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros, -resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados -del acueducto. - -Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de su llegada, -cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como -edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones, capiteles y -caparazones, las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias; -sesenta carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta -torreones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban -pedazos de roca que pesaban quince talentos. Las empujaban en su base -masas de hombres; a cada paso las sacudía un estremecimiento; así -llegaron ante las murallas. - -Pero faltaban muchos días para ultimar los preparativos del sitio. Los -mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no querían arriesgarse -con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había prisas, -porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que -resultaría una victoria o un exterminio completos. - -Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas murallas ofrecían -una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición ventajosa para -rechazar a los asaltantes. - -Sin embargo, del lado de las catacumbas faltaba un lienzo de muralla, -y en las noches obscuras, entre los bloques desunidos, se veían luces -en los chamizos de Malqua. En ciertos sitios dominaban la altura de -los baluartes. Vivían allí con sus nuevos maridos las mujeres de los -mercenarios expulsadas por Matho. Al verlos no pudieron contenerse; -agitaban de lejos sus chales y venían de noche a hablar con los -soldados por la brecha de la muralla, hasta que el Gran Consejo supo -una mañana que todas habían huido. Unas habían pasado entre las -piedras; otras, más intrépidas, habían bajado con cuerdas. - -Al fin, Espendio resolvió realizar su proyecto, que la guerra le -impidiera ejecutar antes. Desde que se presentó ante Cartago, supuso -que los habitantes sospechaban lo que él proyectaba; pero los -centinelas del acueducto eran cada vez en menor número, porque hacía -falta gente para la defensa del recinto. - -El antiguo esclavo se ejercitó durante muchos días en disparar flechas -a los flamencos del lago, y una noche de luna rogó a Matho que hiciera -encender una gran hoguera de paja y que la tropa diera al mismo tiempo -grandes gritos, y llevándose a Zarxas, orilló el golfo, camino de Túnez. - -A la altura de los últimos arcos, torcieron hacia el acueducto; el -sitio estaba descubierto y avanzaron arrastrándose hasta la base de las -piedras. - -Los centinelas de la plataforma se paseaban tranquilamente. Viéronse -grandes llamaradas; sonaron los clarines, y los soldados de su facción, -creyendo que se trataba de un asalto, corrieron hacia Cartago. - -Pero quedó un hombre, al que se veía en el negro fondo del cielo. Le -iluminaba la luna por detrás, y su desmesurada sombra le daba de lejos -el aspecto de un obelisco andando. - -Esperaron que se presentara ante ellos. Zarxas preparó su honda. -Espendio, por prudencia o por ferocidad, le detuvo: - ---No, el silbido de la piedra haría ruido. ¡Déjame a mí! - -Y empuñando el arco con todas sus fuerzas, y apoyándolo en el tobillo -del pie izquierdo, apuntó y disparó La flecha. - -El hombre no cayó; desapareció. - ---Si estuviera herido, le oiríamos --dijo Espendio; y subió aprisa, de -pico en pico, como hizo la primera vez, ayudándose de una cuerda y de -un arpón. Llegó arriba y dejó caer el cadáver. El bárbaro clavó un pico -con su martillo y se volvió. - -No sonaban las trompetas; todo parecía tranquilo. Espendio había -removido una de las losas, entrado en el agua y vuelto a ponerla en su -sitio. - -Calculando la distancia por el número de pasos, llegó precisamente -al lugar donde había observado una hendidura oblicua; y en las tres -horas que quedaban de noche, trabajó sin cesar, con furia, respirando -apenas por los intersticios de las losas de encima, lleno de angustia -y creyendo morirse veinte veces. Por fin oyó un crujido; una piedra -enorme, desprendida de los arcos inferiores, rodó hasta abajo, y de -repente una catarata, todo un río, cayó en el llano. El acueducto, -cortado por la mitad, se desbordaba. Era la muerte de Cartago; la -victoria para los bárbaros. - -En un instante, los cartagineses, despertados, salieron a las murallas, -de las casas y de los templos. Los bárbaros avanzaban, gritando, -bailando, delirantes de alegría, alrededor de la gran caída de agua, y -en la extravagancia de su júbilo se mojaban la cabeza. - -Viose en la cima del acueducto un hombre, con la túnica rota, hecha -jirones. Estaba colgado, con las manos en los lomos, mirando hacia -abajo, como asustado de su obra. - -En seguida se irguió. Miró el horizonte con aire soberbio, como -pareciendo decir: «Todo esto es mío ahora.» Los bárbaros aplaudieron; -los cartagineses, comprendiendo su desastre, aullaban de desesperación. -Espendio paseó la plataforma, de un extremo a otro, y como auriga -triunfante en los juegos olímpicos, transportado de orgullo, levantaba -los brazos. - - - - -XIII - -MOLOCH - - -Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse del lado de África, -porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los aproches de -las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso. Matho -dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver -mejor a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera -línea; detrás de ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los -bagajes, carretas y caballos; a trescientos pasos de las torres se -erizaban las máquinas. - -No obstante la variedad infinita de sus nombres (que cambiaron muchas -veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos sistemas: unas -funcionaban como hondas y otras como arcos. - -Las primeras, las catapultas, se componían de un marco cuadrado, con -dos montantes verticales y una barra horizontal. En su parte anterior, -un cilindro con cables sostenía un gran timón provisto de una cuchara -para recibir los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de -hilos torcidos, que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba, -yendo a dar contra la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida. - -Las segundas eran de un mecanismo más complicado. Sobre una pequeña -columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que terminaba en -ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño -se elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos -vigas sostenían los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo -de la canal, sobre una tableta de bronce. A favor de un resorte, se -desprendía esta placa de metal y por las ranuras despedía las flechas. - -Otro nombre de las catapultas era el de onagros, como los asnos -salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el de -escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándose de un -puñetazo hacía saltar el resorte. - -Su construcción requería sabios cálculos; las maderas se escogían entre -las más duras; los engranajes eran de bronce. Se movían por medio de -palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes ejes o quicios -variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían avanzar, y -los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente del enemigo. - -Espendio colocó las tres grandes catapultas en los tres ángulos -principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando por -detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de los -sitiados y rellenar primero el foso que las separaba de las murallas. - -Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y cimbras de encina, -parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en pequeñas chozas -cubiertas con pieles de animales y embarradas de hierbas, se abrigaban -los trabajadores; catapultas y ballestas fueron defendidas con redes de -cuerdas, mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres y -niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las -llevaban a los soldados. - -También se preparaban los cartagineses. - -Amílcar los había tranquilizado declarando que quedaba agua en las -cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su presencia -en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas -esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de -origen cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás. - -Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales; cada ciudadano -tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de los -tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros, -armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que -conservaban los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las -repararon bien, porque eran entendidos en estas obras. - -Quedaban inaccesibles los dos lados septentrional y oriental, -defendidos por el mar y el golfo. En la muralla, dando el frente -a los bárbaros, se pusieron troncos de árboles, ruedas de molino, -vasos llenos de azufre, cubas de aceite y se construyeron hornos. Se -amontonaron piedras en la plataforma de las torres; y rellenaron de -arena las más próximas a las fortificaciones, para afirmar y aumentar -su espesor. - -Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron. Querían combatir en -seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las catapultas que -se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque. - -Por fin, en el día decimotercero del mes de Schabar, al salir el sol, -resonó un gran golpe en la puerta de Kamón. - -Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas dispuestas en la -base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por cadenas -que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo de -cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes de hierro la -reforzaban de trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo -de un hombre, larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con -oscilación regular al empuje de los desnudos brazos. - -Los demás arietes de las otras puertas empezaron a moverse. En las -ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían de -escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las -redes de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de -flechas. Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse -a los baluartes, ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego -lanzaban a fuerza de brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y -de fuego pasaba por encima de las primeras filas, describiendo una -curva que iba a caer por detrás de las murallas. Pero en las cimas de -estas se levantaban largas grúas de las que servían para enarbolar las -naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas en dos semicírculos -dentados interiormente. Estas máquinas mordían a los arietes. Los -soldados, colgados de la viga, tiraban hacia atrás. Los cartagineses -trabajaban para hacerla subir, y la porfía duró hasta la noche. - -Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a su tarea, los altos -de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos de algodón, -de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en los -baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados en -horquillas y hoces. - -Con esto empezó una furiosa resistencia. - -Troncos de árboles, manejados por cables, caían y volvían a caer -alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por -ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de -las torres caían torrentes de pedernal y de tejos. - -Los arietes consiguieron romper las puertas de Kamón y la de Tagarte. -Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal abundancia de -materiales, que las hojas no se abrieron y quedaron en pie. - -En vista de esto se dirigieron los golpes contra las murallas abiertas -para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas fueron mejor -gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la mañana -hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona precisión -de un bastidor de tejedor. - -Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien movía las madejas -de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus tensiones -gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a la -izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual. -Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con -suavidad y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y -cuando la lanza de la catapulta se levantaba, cuando la columna de la -ballesta temblaba a la sacudida del resorte, volaban las piedras, y los -dardos caían en montón, doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como -para seguirlos. - -Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban sus órdenes. Alegres -con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de las máquinas. -A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban lobos; a -las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se «hacía la -vendimia», y al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, cocea -bien!», y a los escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». Estas -burlas, siempre las mismas, sostenían los ánimos. - -Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la fortificación, formada -por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban la parte -superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden de -construir torres de madera de la misma altura que las torres de piedra. -Se rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con sus -ruedas, y antes que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros onduló -en el llano, con un solo movimiento, y llegó al pie de las murallas -como un mar desbordado. - -Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras rectas y los -sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por palancas, -una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando -muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en -hilera, subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un -solo cartaginés; ya los asaltantes llegaban a los dos tercios de -la fortificación, cuando se abrieron las almenas, vomitando, como -dragones, fuego y humo; llovía la arena, entrando por las junturas de -las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas; el plomo líquido -rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de chispas -quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas -gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por -la cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles -a la cabeza mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido, -quedaba inmóvil, más rígido que un poste, con la boca abierta y ambos -brazos extendidos. - -El asalto continuó durante muchos días, porque los mercenarios -esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia. - -En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía un hierro entre -las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y poner un -segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban -la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar -a cierta altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo -los pies de los vivos, los heridos, en montón, se mezclaban con los -cadáveres y los moribundos. Entre entrañas abiertas, sesos esparcidos -y charcos de sangre, los troncos calcinados formaban manchas negras; -brazos y piernas, saliendo a medias de un montón, quedaban enhiestos -como rodrigón en una viña incendiada. - -Encontrándose insuficientes las escalas se emplearon los tonelones, -o sea unos instrumentos compuestos de una larga viga puesta -transversalmente sobre otra, y llevando al extremo una cesta -cuadrangular en la que cabían treinta peones con sus armas. - -Matho quiso subir en la primera que estuvo dispuesta. Espendio le -detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se levantó la -gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente -cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados, -ocultos hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas -de los cascos. Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire, -giró de derecha a izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de -gigante que llevara en la mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de -la muralla la cesta llena de hombres. Saltaron estos adentro, y no se -les volvió a ver. - -Pronto estuvieron dispuestos los restantes tonelones; pero hubieran -sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad. En vista de esto, -se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en las cestas, -que estaban sujetas con cables, disparaban flechas envenenadas. Los -cincuenta tonelones dominaban las almenas y rodeaban a Cartago, como -buitres monstruosos; los negros se reían al ver a los guardias de la -fortificación morir entre atroces convulsiones. - -Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas las mañanas el jugo -de ciertas hierbas que les preservaba del veneno. - -En una noche obscura embarcó sus mejores soldados en gabarras y -balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a desembarcar -en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y, -cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados -de cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las -obras de los mercenarios y volvían a subir. - -Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su cólera; hacía cosas -terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a una -entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció -una traición, y en adelante, la aborreció. Si hubiera visto su -cadáver, tal vez se habría alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas -al pie de los fuertes y mandó a los libios que le trajeran toda la -madera de un bosque para pegarla fuego e incendiar a Cartago como una -madriguera de zorras. - -Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba inventar máquinas -espantables, como no se habían visto nunca. - -Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el istmo, se aburrían -de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de acción y se -precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su -desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran -mortandad. Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín. -Se originaron riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba -devastada, se disputaban los víveres. Iban descorazonándose, y se -retiraron hordas numerosas. - -Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno quebradizo, se hundió. -Probaron hacerlas en otro sitio; pero Amílcar adivinaba siempre su -dirección, aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo, además, -contraminas debajo del camino que debían recorrer las torres de madera, -y cuando las empujaban se hundían en los agujeros. - -Al fin, comprendieron todos que la ciudad era inexpugnable en tanto -que no se levantara a la altura de las murallas una larga tenaza que -permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para rodar -encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago resistir. - - * * * * * - -La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al comenzar el sitio, -costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a un sekel de plata; las -provisiones de carne y de trigo se agotaban también; se tenía miedo del -hambre; se empezaba a hablar de bocas inútiles, y esto asustaba a todos. - -Los cadáveres interceptaban las calles desde la plaza de Kamón hasta -el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano, unas -moscas negras muy grandes acosaban a los combatientes. Los viejos -transportaban a los heridos, y la gente devota continuaba los funerales -ficticios de sus allegados y amigos muertos durante la guerra. -Atravesadas en las puertas, se ponían estatuas de cera con cabellos -y vestidos, que se fundían al calor de los cirios que ardían junto -a ellas; corría la pintura sobre sus espaldas, y el llanto por el -rostro de los vivos, que salmodiaban canciones lúgubres. En todo este -tiempo, la multitud corría; pasaban bandas armadas, gritaban órdenes -los capitanes y oíase siempre el golpe de los arietes que batían las -murallas. - -La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos se hinchaban y no -cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los patios. -Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes -vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que -brota de una arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba -el recinto y devoraba hasta los cadáveres. - -Unos hombres que llevaban en señal de desesperación mantos hechos con -harapos desechados, se establecieron en las esquinas de las calles, -declamando contra los Ancianos y contra Amílcar; prediciendo al -pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al pillaje. -Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis se -creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, para -destrozarlos. Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y olvidaba -la defensa de Cartago. El Sufeta pagó otros para sostener su política. - -Con el objeto de retener en la ciudad el genio de los dioses, se habían -cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos negros los -Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar el -orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a dejarte -vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra quién eres -para que los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros dioses?» - -Ansiedad permanente agitaba los colegios de los pontífices. Los de la -Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la restitución del zaimph -no había salvado la situación. Se mantenían encerrados en el tercer -recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos se -atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim. - -Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso, contemplándola con las -pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la lanzaba eran -más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no perdonaba -a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim lo había -adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos de su -impotencia. La acusaba de ser ella la causante de la guerra. Según él, -Matho sitiaba a Cartago para recobrar el zaimph; vertía imprecaciones e -ironías sobre el bárbaro que pretendía poseer cosas santas, aunque no -era esto lo que el sacerdote quería decir. - -Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de antes no las -experimentaba ya. Se mostraba muy tranquila, y sus miradas, menos -vagas, brillaban con límpida llama. Sin embargo, el pitón había caído -enfermo, y como Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja -Taanach se alegraba, convencida de que pasaba a la serpiente el -malestar de su ama. - -Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de pieles de buey, -arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza -enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió -Salambó; movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava -se asombró de su insensibilidad. - -La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con tanto fervor. Pasaba -días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la balaustrada y -distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas, -al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales, -y las lanzas de los centinelas venían a formar como un campo de -espigas. Salambó veía a lo lejos, entre las torres, las maniobras de -los bárbaros, y en los días que no había asalto, podía enterarse de -sus ocupaciones. Remendaban sus armas, se engrasaban la cabellera, -o bien lavaban en el mar los brazos ensangrentados; las tiendas -estaban cerradas; las acémilas comían, y en lontananza, las hoces de -los carros, puestos en semicírculo, parecían una cimitarra de plata -extendida al pie de los montes. Venían a su memoria los discursos de -Schahabarim. Esperaba a su desposado Narr-Habas. Hubiera querido, a -pesar de su odio, volver a ver a Matho. Entre todos los cartagineses, -era ella, quizás, la única persona que le hubiera hablado sin miedo. - -Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre almohadones la contemplaba -enternecido, como si la vista de ella fuese un alivio a sus fatigas. La -hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los mercenarios; quería -saber si alguno la había impulsado a hacerlo, y Salambó le contestaba -que nadie, orgullosa como estaba de haber rescatado el zaimph. - -El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a pretexto de informes -militares. No comprendía en qué pudo ella emplear las horas que -pasó en su tienda. Salambó no habló de Giscón, porque temía que las -maldiciones de este se volvieran contra él, y ocultó su tentativa de -asesinato, persuadida de que se le reprocharía no haberla consumado. -Contaba únicamente que Matho parecía furioso, que gritó mucho y que -luego se quedó dormido. Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o -por exceso de candor, no dando importancia a los besos del bárbaro; -además, que todo esto flotaba en su mente de un modo melancólico -y brumoso, como el recuerdo de una pesadilla, y no hubiera podido -expresarlo con palabras. - -Una noche en que estaban juntos padre e hija, apareció Taanach muy -azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y deseaba ver al -Sufeta. - -Palideció Amílcar, y replicó vivamente: - ---Que suban. - -Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la mano a un doncel -cubierto con un manto de piel de macho cabrío, y quitándole aquel la -capucha que le tapaba el rostro, dijo: - ---¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo! - -El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de la habitación. El -niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de curiosidad que de -asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares de perlas -puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía -delante. - -Tendría unos diez años, y no sería más alto que una espada romana. -Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho -que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran -anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía -el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes -empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince que -le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el polvo. -Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía inmóvil, -con una mano atrás y otra en los labios, en actitud pensativa. - -Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en voz -baja: - ---Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de casa, -sepan de él. - -Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los habían -visto entrar. - ---Las calles estaban desiertas --contestó el esclavo. - -A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo -había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió -a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo -buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche, -viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar -cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto. - - * * * * * - -Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red para impedir a -los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y -dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las -comunicaciones y empezó a padecerse hambre. - -Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince -elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se -habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les -alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres -todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del -crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las -piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino -costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas -del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados -los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el día -que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. Eran -animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban las crines con -cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne, -cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas -las noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al -templo y se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un -pedazo de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos -de las murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían -levantado barricadas por miedo a los vecinos. - -Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la -defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En -las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de -lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura -que el viento agitaba sobre las terrazas. - -Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus estragos -eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar en el -frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer que -estaba pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño -llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más -irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los -techos, en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo -una pobre comida, con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles -llevaban letras grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose -en los cadáveres injurias como _puerco_, _chacal_, _piojo_; y burlas -como «¡Lo tengo bien merecido!» - -La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura de -las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró entre el -bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer en espesar -y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y -murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal -esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde -guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron al pueblo, con lo -que se hartaron durante tres días. - -Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la -gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a -los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y -un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el -golfo. - -Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo, -extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del -templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes, -y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a -la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a -cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse -con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los -bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para -hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce -palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material de -los arsenales y reparar nuevamente las máquinas. - -Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de -toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni -ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres; -fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los -Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución -en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por -el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de -guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se -decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los -plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron -desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a -cumplir la orden. - -Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía -juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les -arrancaban las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una coraza. -Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas -por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las -serpientes corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las -paredes. Descontentos de esta invención, los bárbaros la perfeccionaron -lanzando toda clase de inmundicias, excrementos humanos, carroña y -cadáveres. Sobrevino la peste. A los cartagineses se les caían los -dientes; tenían las encías descoloridas como las de los camellos -después de un viaje demasiado largo. - -Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más que esta -no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante las veintitrés -torres del recinto se levantaron otras veintitrés torres de madera. Se -remontaron todos los tonelones, y algo más atrás aparecía la formidable -helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido por Espendio. Piramidal -como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta codos por -veintitrés de ancho, con nueve pisos que iban disminuyendo hacia la -punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con -puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una -catapulta flanqueada por dos ballestas. - -Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para aquellos -que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron enroladas. Se -dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia. - -Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del mes de -Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las trompetas -de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos paflagonios. -Los cartagineses acudieron en masa a la muralla. - -En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas -que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron -algunas cabezas de bárbaros. - -Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de -hombres; y en los sitios en que la terraza se interrumpía, los -mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes cerradas, -agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y -apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se -veían de pie; en tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a -la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos con el brazo izquierdo, -apoyando los escudos encima de los cascos, los juntaban por el borde -tan estrechamente, que hubiérase dicho una ensambladura de enormes -tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de estas masas oblicuas. - -Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles y -camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en -las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo -cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos -demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran -polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras, -chocaban sus piedras y estallaban en mil pedazos, resultando como una -lluvia sobre los combatientes. - -Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos -humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose -en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban -echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban -dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de -sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los -negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos -por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros -vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes -atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban -petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban -cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho -tiempo los sobrevivientes. - -Venían flechas de las torres de madera y de las de piedra. Los -tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros -habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los -autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso -de las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos -de hombres por el aire, con los brazos extendidos. - -Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad del día -contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y destruir -la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de -paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda, -aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las -sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente, -habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas -con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se -precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En el -ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres abatieron la fortificación, -cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba -cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una -segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un -tablero de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos -se creyeron en su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados. - -De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino de -circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas remataban -a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro contemplaban -abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se entablaba. - -Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta -que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas, -y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo -con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por -sus largos cabellos negros, estaba en todas partes, dando saltos y -conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los -que metía continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho -como la rueda de un carro. - -Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a -todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los -mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del -lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las -masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de -fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el -espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por -inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza, -se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se -adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes; -las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás -alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas. - -Conservaba su grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble -filo; y con su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente -sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata -de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba segando -cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los -lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente, -los atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo -a su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los -aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de -un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás -despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su -paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis. -Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y -desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió -para llamar a sus compañeros. - -Veía sus penachos diseminados entre la multitud; iban a perecer, -y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue -estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por -las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró -hasta fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta. - -Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de los -cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en -Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos, -semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas, -sacudiendo el tridente. - -Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación, -impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía -la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó -a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso -intensamente pálido y, levantando sus dos brazos escuálidos, le -vociferaba injurias. - -Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan -cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se -echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas, -agotado. - -Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces roncas -que cantaban con cadencia. - -Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de él -con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque el -talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para -máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con -llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera -lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió -de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto, -y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados -acorazados que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos. -Algunos de aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas -tocasen al muro; en medio de la plataforma superior, los tirantes de -la ballesta daban vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la -catapulta. - -Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. Había -supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la muralla -más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas. -Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación, -en el que habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que -formaban una especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre -la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo. -Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, mandó poner tablas en -las calles de casa a casa, desde las cisternas hasta los baluartes, y -formó cuerdas de gente para que pasaran el agua de mano en mano, en -cascos y ánforas. - -Los cartagineses se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía -la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas, -y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados, -empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la -terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el -primer piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio, -soplando con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como -levantada convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se -ablandaba cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se -paró, ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta -el borde de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó -con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en -las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de -las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis, -contribuían a que este se desmembrara en todas sus junturas. - -Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron -del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción. -Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud; -pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron. - -No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo -azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre, -se mostraba como una gran mancha de púrpura. - -La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía -construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis, -cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos -enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas -se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí -y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente -como gradas de un anfiteatro en ruinas. Densas humaredas subían, -despidiendo chispas que se perdían en el cielo negro. - -Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a las -cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua -cenagosa. - -¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez -descansados, volverían a la carga. - -El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas de las -calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los enfermos y -los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia en -otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto -nada. - -En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los que -dormían tenían aspecto de muertos. - - * * * * * - -Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus desastres, -recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a Melkart -tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses, indignados contra la -República, iban sin duda a vengarse. - -Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con súplicas y -se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados con Moloch, -el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le pertenecían; -y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una -porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente -o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal -proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de -recomendarla como la más fácil y menos dura. - -Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por -consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una -pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del -más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al -dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba -a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los ejemplos -probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una -inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también -la ferocidad del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba -exclusivamente sobre las grandes familias. - -Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido. -Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio -oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice -de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su -voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran -sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba -a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El -Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos, -sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos, -hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos -decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque hay -cosas más arduas de decir que de ejecutar. - -La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron -lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus -maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación. - -Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el -Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron -allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de -la que muchos bebieron echados de bruces. - -Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses -o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro -tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la -playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca. - -Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que guardaba -en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le abrió -las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones, excepto la de -Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y -que el rey de Macedonia enviaría un ejército. - -Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se secaron -por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la mente de -todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea. - -Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las -cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna -compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían -los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los -llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de -divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne. - -Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus jardines. - ---¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!... - -Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de la -otra luna, acompañado de un viejo. - -Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano -toda negativa, accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los -esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos. - -Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la -mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le -ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama -de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz. - -Hecho esto, daba paseos por la habitación, accionando con los brazos -y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las pupilas fijas y -jadeante como si se fuera a morir. - -Llamó tres veces con las palmas de las manos, y compareció Giddenem. - ---¡Oye! --le dijo--. Toma entre los esclavos un niño de ocho a nueve -años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo. ¡Pronto! - -Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió con un niño; un -pobre niño delgado y abotargado a un mismo tiempo. Su piel parecía tan -gris como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza entre los -hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las picaduras -de las moscas. - -¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba tiempo para escoger -otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de estrangularlo. - ---¡Vete! --gritó. - -El intendente de los esclavos se fue más que de prisa. - -La desgracia temida por tanto tiempo iba a sobrevenir, si no buscaba un -medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim detrás de la puerta. -Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se impacientaban. - -Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un hierro candente, y -volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió al borde de -la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la frente -con los puños cerrados. - -El tazón de pórfido conservaba un poco de agua limpia para las -abluciones de Salambó. No obstante su repugnancia y su orgullo, el -Sufeta metió en ella al niño, y como un mercader de esclavos, se puso -a lavarle y frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un -armario de la pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y -otro en la espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de -diamantes. Vertió un perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello -un collar de electro, y le calzó sandalias con tacones de perlas; ¡las -mismas sandalias de su hijo! Hacía todo esto bramando de indignación, -y Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba tan pálida como él. El -niño sonreía, deslumbrado por estas galas y, entusiasmado, empezaba -a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo, sujetándole -fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El niño, a -quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar. - -En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera, oyeron una voz -lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!» - -Amílcar se volvió, y vio a su lado un hombre de abyecta apariencia; uno -de los miserables parásitos del palacio. - ---¿Qué quieres? --le preguntó el Sufeta. - -El esclavo, temblando horriblemente, balbució: - ---¡Soy su padre! - -Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado y con la cabeza -medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia indefinible, -y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de gritar: -«¡Perdón!» - -Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en el codo, diciéndole: - ---¿Es que lo llevas para...? - -No tuvo fuerzas para acabar la pregunta. - -Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor. - -Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre él y el otro algo -que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba! Aquello le -parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio. -Contestó con una mirada más fría y más pesada que el hacha del -verdugo. El esclavo cayó desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar -pasó por encima de él. - -Los tres hombres de negro le esperaban en el salón, de pie, junto al -disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró por el -suelo dando agudos gritos: - ---¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi consuelo, mi esperanza, mi -vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! - -Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y aullaba como las -plañideras en un entierro. - ---¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos! ¡Matadme como a él! - -Los servidores de Moloch se admiraban de que el gran Amílcar tuviera un -corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos. - -Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello parecido a la -respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la tercera -galería, entre los largueros de marfil, apareció un hombre terrible, -que con los brazos extendidos, gritaba: - ---¡Hijo mío! - -De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y tapándole la boca con -las manos, dijo a su vez: - ---¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo! ¡Se volverá loco! -¡Basta, basta! - -Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima, salió con ellos, -cerrando en pos, de un golpe, la puerta. - -Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo que volvieran. -Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la seguridad de -que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo, porque si -los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de -idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho -cabrío, habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido -en mucho tiempo, se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus -lágrimas. - -Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó, desató las cuerdas de Aníbal. El -niño, exasperado, le mordió la mano hasta hacerle sangre. Su padre le -contuvo con una caricia. - -Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo con _Lamia_, ogresa de -Cirene: - ---¿Dónde está? --preguntó el niño. - -Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y contestó: «¡Que vengan, y -los mataré!» - -Cuando Amílcar le contó la horrible verdad, recriminó a su padre -porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al pueblo. Por fin, -rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba soñando, con -la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia -atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció -completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las -galeras. Al pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y una -jarra de agua; el niño se despertó ante la estatua de Aletes, en la -cueva de las piedras preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, a la -luz de los destellos que le rodeaban. - -Amílcar tenía la seguridad de que no podían quitarle su hijo. Era un -lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un subterráneo que -únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de aire. -Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro. - -Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como una madre que -encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al niño, -llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más -tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por -tanta ternura, se callaba. - -Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala en la que la luna -se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella dormía el -esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, se -sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra debajo -de la cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna que -brillaba en el cielo, y se sintió más fuerte que los Baales y los -despreció. - - * * * * * - -Habían empezado los preparativos del sacrificio. En el templo de -Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de cobre, sin -tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los hieródulos lo -empujaron hacia la plaza de Kamón. - -Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus hombros rebasaban la -altura de las murallas; por lejos que le vieran, se escondían los -cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que en el -ejercicio de su cólera. - -Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los templos se abrieron a -un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en literas que -llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban a -los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas -puntas terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre. - -Eran los Baalim cananeos, desdoblamientos del Baal supremo que volvían -hacia su principio, para humillarse ante su fuerza y aniquilarse ante -su esplendor. - -El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía una lámpara de -petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo de -marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún, -azules como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la -cola; y los dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños -en pañales, que con los talones rozaran el suelo. - -Venían a continuación las formas inferiores de la divinidad: -Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la -corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes -sagrados; Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria; -Derceto, en figura de virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz, -sobre un catafalco, entre antorchas y cabelleras. Para que los reyes -del firmamento se sujetaran al Sol, e impedir que sus particulares -influencias no dañasen la suya, se blandían largas perchas con -estrellas de metal de distintos colores; desde el negro Nabo, genio -de Mercurio, hasta el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo. Las -Abadires, piedras caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de -plata; bollos pequeños, imitando sexos de la mujer, eran llevados en -canastillas por los sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta -orden llevaban sus fetiches y amuletos. Salieron todos los ídolos -olvidados, incluso los símbolos místicos de los navíos, como si Cartago -quisiera recogerse en un pensamiento de muerte y de desolación. - -Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en equilibrio, sobre su -cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre cuyas nubes -de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los -pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. A -veces el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los devotos -aprovechaban esta ocasión para tocar los Baalim con sus vestidos, que -luego guardaban como cosas venerandas. - -La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la plaza de Kamón. Los -Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo de Megara; -los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, y los -intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, mercaderes, -soldados, marineros y toda la horda numerosa empleada en los funerales, -todos ellos con las insignias de su magistratura o con los instrumentos -de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que bajaban de la -Acrópolis, entre los colegios de los pontífices. - -Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus más espléndidas -joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras; los -anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada -más lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las -frentes crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas -que temblaban sobre los pálidos rostros. - -Llegó, por fin, Baal, a mitad de la plaza. Sus pontífices hicieron una -alambrada para contener a la multitud y formaron un círculo a sus pies. - -Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda, se alinearon ante -su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con capas de -lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la -Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de -Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el -de Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los -aulladores con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los -Yidonim, que para investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso -de muerto. Los sacerdotes de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban -apostados en la calle de Sateb, salmodiando en voz baja un tesmoforión -en dialecto megaro. - -De cuando en cuando, llegaban filas de hombres enteramente desnudos, -con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por los hombros. -Arrancaban de las profundidades del pecho una entonación bronca y -cavernosa; sus pupilas, clavadas en el coloso, brillaban en el polvo -y balanceaban el cuerpo a intervalos iguales, todos a un tiempo, como -sacudidos por igual impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer -el orden, los hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces, -con la cara junto a la alambrada de cobre. - -Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la plaza un hombre -vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y todos -reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim. -Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino -prevalecía en este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan -olvidada que no se había advertido la ausencia de sus pontífices. -Aumentó el asombro cuando se le vio abrir uno de los portones de la -alambrada, destinados para que entraran los que iban a ofrecer las -víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un ultraje a su -dios; a empellones trataron de rechazarlo. Alimentados con la carne de -los holocaustos, vestidos de púrpura como reyes y con coronas de triple -cerco, afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones. La -cólera hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol. - -Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y atravesando, paso -a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le tocó por -ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne -de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por -desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente -su pensamiento decidiéndose por Baal. - -Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió en protestas. Sentía -romperse el único lazo que unía las almas con una divinidad clemente. -Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía participar del -culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le excluyeron del -recinto; pero no bien estuvo afuera, dio una vuelta alrededor de todos -los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud, -que se apartaba al acercarse él. - -Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel entre las piernas del -coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en las llamas; los -ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus miembros de -cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies, los -niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los -brazos desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las -tiernas criaturas como para coger esta corona de carne y llevarla al -cielo. - -Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la multitud se amontonaba -detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas. Las grandes -estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban inmóviles en -el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente como -árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas azuladas. - -Muchos de los espectadores se desmayaron; otros se quedaban inertes -y petrificados. Angustia infinita agobiaba todos los pechos. Se iban -apagando los últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba como -absorto en el anhelo del terror. - -Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano debajo de los velos -de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de cabellos, que -arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron entonces -el himno sagrado. - ---¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador que se engendra, -Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios! - -Las voces se perdían en la explosión de los instrumentos que tocaban a -la vez, con el fin de ahogar los gritos de las víctimas. Los schemunits -de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de doce, silbaban, -tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían un -chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, y -a pesar del furor de los clarines, el solsalim crujía como alas de -langosta. - -Los hieródulos abrieron con un gancho largo los siete compartimentos -escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron harina; en -el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un -carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el -sexto, se echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito -quedó vacío. - -Antes de operar, se probaron los brazos del dios. Delgadas cadenitas -que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por las -espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la -altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse -le tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los -instrumentos; crepitaba el fuego. - -Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran piedra, observando a -la multitud. - -Era necesario un sacrificio individual, una oblación voluntaria, que -era considerada como preliminar de las que venían después; pero nadie -se ofrecía hasta ahora, y los siete pasadizos que iban de las avenidas -al coloso estaban vacíos. Para animar al pueblo, los sacerdotes -sacaron los puñales de sus cinturones y se hirieron el rostro. Hízose -entrar en el recinto a los devotos echados en el suelo a la parte de -afuera; se les dio un paquete de horribles hierros viejos y cada uno -escogió su tortura. Se pasaban agujas entre los pechos, se cortaban -las mejillas y pusiéronse coronas de espinas en la cabeza; luego se -enlazaron de los brazos y, rodeando a los niños, formaron otro gran -ruedo que se contraía y se ensanchaba. Llegaron a la balaustrada con -estas contracciones, atrayendo a la multitud con el vértigo de este -movimiento sanguinario y clamoroso. - -Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas, arrojando a las llamas -perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las ofrendas eran cada -vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se tambaleaba, -un hombre pálido y horrible por el terror, empujó a un niño; en -seguida se vio en las manos del coloso una masa negra que se hundió en -la tenebrosa abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una -gran losa y prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías -de la muerte y los renacimientos de la eternidad. - -Subían las víctimas lentamente, y como la humareda formaba altos -torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube. Ninguno -se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría -tapicería les impedía ver y ser vistos. - -Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de Moloch, estaba al lado -de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho. Cuando trajeron -el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un gesto de -horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de brazos y -miró al suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice permanecía -inmóvil como él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se miraba en -el pecho la placa de oro cubierta de piedras fatídicas, de las que -la llama despedía resplandores irisados. Amílcar inclinaba la frente; -y los dos personajes se encontraban tan cerca de la hoguera que las -llamas levantaban las colas de sus mantos. - -Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin pararse. Cada vez que -se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían la mano -sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No -son hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!» -Los devotos gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina, -conformándose por miedo a las necesidades de Cartago, murmuraban la -fórmula eleusiaca: «¡Derrama la lluvia! ¡Engendra!» - -Las víctimas desaparecían al borde de la abertura como gotas de agua -en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre el color -escarlata de la estatua. - -Pero el apetito del dios no se calmaba: quería siempre más. Con el -objeto de saciarle mejor, le apilaron las víctimas en las manos con -una gruesa cadena por encima, que los sujetaba. Los devotos quisieron -contarlos al principio, para ver si el número de los niños correspondía -a los días del año solar; pero era imposible contarlos por el -movimiento vertiginoso de los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo; -hasta la noche. Las paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro, -y entonces se vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer -los restos de las víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por -los cuerpos enteros. - -Atardecía y las nubes se amontonaban encima de Baal. La hoguera, -exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las rodillas del -coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con la -cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez. - -A medida que los sacerdotes se daban prisa, aumentaba el frenesí del -pueblo; como disminuía el número de las víctimas, gritaban unos que se -necesitaban más, y otros que había bastante. Hubiérase dicho que las -murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de los alaridos de -espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a quienes -pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores -de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían -los gritos de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los -carbones. Los bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al -coloso y rugían como tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos -cantaban con sus labios hendidos; se había roto la alambrada y todos -querían tomar parte en el sacrificio. Los padres cuyos hijos habían -muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus juguetes y los -huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se precipitaron -sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce, los -hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al -aire para que el sacrificio se esparciera por la ciudad, hasta la -región de las estrellas. - -Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los bárbaros al pie de -las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis, miraban el -espectáculo estremecidos de horror. - - - - -XIV - -EL DESFILADERO DEL HACHA - - -Apenas habían entrado los cartagineses en sus casas, se espesaron las -nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron caer gruesas -gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio. - -Siguió lloviendo a cántaros toda la noche; retumbaba el trueno; era la -voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual, ahora fecundada, -abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la veía en -un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las -tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera -dormirse. Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna, -gritaban para facilitar su tarea. - -La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas, formando lagos en los -patios, cascadas en las escaleras y torbellinos en las esquinas de -las calles. Vertíase en pesadas y tibias masas y en hilos apretados; -gruesos chorros espumosos saltaban de los ángulos de los edificios, -y los tejados de los templos brillaban con un negro lavado a la luz -de los relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil caminos; -las casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas, -cascote y muebles. - -Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos impermeables para llenarlos -de agua, pero las antorchas se apagaban; se cogieron tizones de la -hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás la cabeza -y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en la -corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban -como búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo -estirando sus miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa -esperanza. Se olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria -renacía. - -Sentían los cartagineses una especie de necesidad de hacer pagar a -otros el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos. -Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si bien no tenían -ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que da la -complicidad en los crímenes irreparables. - -Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus tiendas mal cerradas; -al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando en el barro, -buscando sus armas y municiones averiadas. - -Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando. El viejo Sufeta dudó -unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al cabo aceptó. - -Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de una catapulta en -cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en los -bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a -velas desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma. - -Tres días después, cuando se iba a empezar el ataque, llegaron -tumultuosamente gentes de la costa de la Libia, porque Barca había -entrado en su territorio, procurándose bastimentos. - -Los bárbaros se indignaron, como si Barca les traicionara. Los más -aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en abandonar -el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el helépolis; -Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara, -jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados -de Autharita se fueron, abandonando la parte occidental del campo -atrincherado. La desidia de los sitiadores era tanta que ninguno se -cuidó de reemplazarlos. - -Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas. Durante la noche hizo -pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la costa entró -en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil hombres, -cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta elefantes -cargados de forraje y de cecina. La llegada de este socorro regocijó -a los cartagineses, no menos que la vista de los fuertes animales -consagrados a Baal; eran como una prenda de ternura; una prueba de que -al fin el dios iba a intervenir en la guerra. - -Narr-Habas recibió las felicitaciones de los Ancianos. En seguida subió -al palacio de Salambó. - -No la había vuelto a ver desde que en la tienda de Amílcar, entre -los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los -esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida, -distraído por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de -sus derechos de esposo: poseerla. - -Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su señor. Aunque todos -los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el libio -disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera era -casi religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas como -un reflejo de la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. Deseaba -haberle conocido antes, y sin embargo, le cohibía su presencia. Mandó -que le dijeran que no podía recibirle. - -Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su servidumbre que no dejasen -entrar al rey de los númidas a la residencia de Salambó, porque -retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba tenerle -adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró. - -En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió prerrogativas para -su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo que los -bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres. - -Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando vieron llegar en -una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos prisioneros -cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a los -Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes -de la defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia, -le devolvía ahora sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los -mercenarios en la Cerdeña y aun negándose a reconocer como súbditos a -los habitantes de Útica. - -Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este ejemplo. Necesitaba para -conservar sus Estados mantener el equilibrio entre Roma y Cartago; -tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo que se -declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y -tres mil rebel de buen trigo. - -Una razón de más peso obligaba a socorrer a Cartago; se comprendía que -si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían desde el soldado -hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna casa podrían -resistirles. - -En todo este tiempo, Amílcar operaba en las campiñas orientales. -Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron sitiados a su -vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y contramarchas, -renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus -campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo mismo. - -Pero no pasó de Túnez, sino que se encerró en sus muros; determinación -muy cuerda, porque pronto se vio que Narr-Habas salía por la puerta -de Kamón con sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los otros -bárbaros iban errantes por las provincias en persecución del Sufeta. -Este había recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la -Cirenaica y armaduras del Brucio, y continuó la guerra. - -Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante cinco lunas los -arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba. - - * * * * * - -Los bárbaros trataron al principio de envolverle con pequeños -destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. Su -ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas veces -se dieron el gusto de ver retroceder a los cartagineses. - -Lo que más les atormentaba eran los jinetes de Narr-Habas. Con -frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano -soñolientos y abrumados por el peso de las armas, asomaba de pronto en -el horizonte una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube -de pupilas centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas, -envueltos en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos, -apretando con las rodillas a los encabritados corceles; les hacían -dar una vuelta bruscamente, y luego desaparecían. Tenían siempre, a -cierta distancia, provisiones de azagayas en los dromedarios, y volvían -más terribles, aullando como lobos y huyendo como buitres. Caían los -bárbaros que iban en los flancos, y así se seguía hasta la noche, en -que se procuraba ganar las montañas. - -Aunque estas eran peligrosas para los elefantes, Amílcar se aventuró en -ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del promontorio Hermeo -a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era este un medio -de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua incertidumbre en -que los mantenía, concluía por exasperarlos más que una derrota. Sin -desanimarse, le seguían los pasos. - -Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la Montaña de Plomo, en -medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero, sorprendieron -los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el enemigo estaba -allí en masa, según demostraba el estrépito de los clarines. Los -cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este en una -llanura en forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un alto -anfiteatro de peñas escarpadas. Los bárbaros acometieron a los vélites, -entre los bueyes que galopaban; otros cartagineses corrían en tumulto; -se vio un hombre de manto rojo, el Sufeta, y los bárbaros le gritaron -con transportes de furor y de alegría. Muchos, o por pereza o por -prudencia, se habían quedado a la salida del desfiladero. La caballería -salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los empujaban sobre -los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el fondo de la -llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún tiempo, se -detuvo. No se descubría ninguna salida. - -Aquellos que se hallaban más próximos al desfiladero, volvieron atrás, -pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los que iban delante para -hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la montaña. Sus -compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el camino. - -Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres ocultos en las rocas -las empujaron con maderos, las derribaron; como la pendiente era -rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron completamente -la boca del desfiladero. - -Al otro extremo de la llanada se extendía un largo pasadizo, hendido -aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que venía de -la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este -paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo; -protegidos por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían -vuelto a reunir; allí fueron izados por los compañeros. A los que -estaban más atascados en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el -terreno en este lugar era un arenal movedizo, imposible de escalar a -pie. Casi en seguida llegaron los bárbaros, a tiempo que un rastrillo, -alto, de cuarenta codos, hecho a la medida exacta del hueco, se -interpuso entre ellos, como un reducto caído del cielo. - -Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían surtido sus efectos. -Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que marchaban al -frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo estrechas -en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en el -horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus -vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un -triunfo como el obtenido. - -Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en el llano hasta la -mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de aquella -encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca, -tallada a pico. No había salvación. Las dos salidas naturales de este -callejón estaban cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas. -Miráronse todos en silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre -intentaron el último esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron -escalar la cumbre, pero aquellas o se desmoronaban o no ofrecían -asidero a causa de su forma redonda. Quisieron hender el terreno a -ambos lados de la garganta, pero sus herramientas se rompieron. Con los -palos de sus tiendas encendieron una gran hoguera; pero el fuego no -podía incendiar la montaña. - -Embistieron el rastrillo, claveteado con púas agudas como las del -puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo. Los primeros -entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y todos -cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y -cabelleras ensangrentadas. - -Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que les quedaba de -víveres. A causa de haber perdido sus bagajes, apenas tenían para -dos días; todo les faltaba, porque esperaban un convoy prometido por -las ciudades del Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes -abandonados por los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros. -Los mataron a lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los -pensamientos fueron menos sombríos. - -Al otro día degollaron todas las mulas, unas cuarenta en junto; -rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los huesos; no -desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de -Túnez. - -El hambre redobló en la noche del quinto día, y tuvieron que roer los -tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que cubrían el fondo de -los cascos. - -Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en la especie de -hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos. Quiénes -se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban -confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos -buscaban a los bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos. - -Se había enterrado aprisa los cadáveres de los vélites, a causa de la -infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas. - -Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra. Entre sus líneas, -un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones contra los -cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera -inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores -hubieran sido menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban -como niños. - -Buscaban a los capitanes y les suplicaban les dieran algo que mitigara -sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les tiraban piedras -a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra sus cortas -provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un puñado de harina, -que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza bajo el manto. Los -que guardaban sus espadas, las tenían desnudas en las manos; los más -desconfiados, se mantenían de pie, de espaldas contra la montaña. - -Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita no temía dar la -cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte veces -al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una -escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles, -parecía un oso salido de su caverna, allá en la primavera, para -observar si se derritieron las nieves. - -Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de las grietas; -como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban -tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas -azuladas. En la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados -sus compañeros abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres, -y sus cuerpos blancos quedaron sobre la arena, expuestos al sol. -Entonces, los garamantes se pusieron a rondar los muertos. Eran seres -acostumbrados a la soledad y que no conocían ningún dios. El más viejo -de la banda hizo una señal, y echándose sobre los cadáveres con sus -cuchillos, cortaron trozos, y luego, sentados sobre los talones, los -devoraron. Los demás bárbaros lo veían de lejos, dando gritos de -horror; muchos, sin embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta -desaprensión. - -A media noche se reunieron algunos, y disimulando su asco, se acercaban -pidiendo una tajada «para probar», según decían. Acudieron otros, -y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los labios -esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron quienes la -comieron con deleite. - -Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban unos a otros, incluso -aquellos que al principio rehusaban el trato con los garamantes. Asaban -la carne sobre carbones, con la punta de la espada, la salaban con -polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no quedó nada de los -tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para comérselos. - -Solo tenían veinte cartagineses cautivos en el último encuentro, y -en los que nadie se había fijado aún. Desaparecieron; fue además una -venganza lógica. Después, como había que vivir, y se tomaba gusto por -esta alimentación, se degolló a los palafreneros, aguadores y peones de -los mercenarios. Todos los días mataban a alguno de estos; muchos se -hartaban con su carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres. - -También este recurso llegó a faltar. Entonces la gula pensó en los -heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era preferible -librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba -perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían -de astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como por -descuido se les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de hacer -creer que estaban con fuerzas, intentaban mover los brazos, levantarse, -reír. Había desmayados que volvían en sí al contacto de la cuchilla que -les cortaba un miembro; se mataba sin necesidad, por ferocidad y para -saciar el furor. - -Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones a fines de -invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este -cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió -con rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La -llovizna que caía sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en -pudridero la llanura. Se cernían vapores blanquecinos que penetraban -la piel, cegaban los ojos y picaban en las narices, y en los que los -bárbaros creían ver el aliento o las almas de sus camaradas. Una -tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora: querían morir. - -Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a pasar hambre. Les -parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se revolcaban -convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los -brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la -sed, porque no tenían ni una sola gota de agua, pues a partir del -noveno día se habían agotado los odres. Para engañar la necesidad, -lamían las chapas metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y -las hojas de las espadas. Los antiguos conductores de caravanas se -apretaban el vientre con cuerdas. Otros chupaban un guijarro. Bebían -los orines enfriados en los cascos de cobre. - -Y a todo esto, esperando siempre el socorro de Túnez. Según sus -conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su próxima -llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría. -«Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca. - -Al principio hicieron plegarias, votos y toda suerte de invocaciones; -ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en venganza se volvían -incrédulos. - -Los hombres de carácter violento fueron los primeros en morir; los -africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba tendido a -lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un -jugo abundante, y declarándola venenosa, a fin de apartar a todos, se -alimentaba con ella. - -Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas. Algunas veces, cuando -un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba hacia él con -una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después de -apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, miraba -en torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a hundir -su asqueroso pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole echado -en el polvo. Otros más afortunados conseguían descubrir camaleones o -serpientes; pero lo que les hacía vivir más que todo, era el amor a -la vida; se aferraban a esta idea, tenazmente, por un esfuerzo de la -voluntad. - -Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en rueda, en medio de -la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se abandonaban -silenciosamente a su tristeza. - -Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de sus calles más -concurridas, con tabernas, baños, teatros y tiendas de barberos, -donde se cuentan sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando se -pone el sol, cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes -suben las colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas -soñaban con cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos, -con batallas, y en la somnolencia que les embargaba, todo ello se les -representaba con la lucidez y los éxtasis de un ensueño. Alucinados, -buscaban en la montaña una puerta por donde huir, y querían pasarla al -través; otros, creyendo navegar en medio de una tempestad, mandaban una -maniobra marinera; o bien retrocedían espantados, viendo en las nubes -batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose estar en un -festín. - -Muchos, por una extraña manía, repetían la misma palabra o hacían -continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza, mirarse -unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los -más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que -se habían salvado. A todos se les representaba la muerte cierta, -inminente. ¡Cuántas veces habían intentado abrirse un paso! Para -implorar una capitulación del vencedor, no sabían de qué medio valerse, -porque ignoraban dónde estaba Amílcar. - -Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo volcar la arena en -cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las cabelleras de los -bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera enterrarlos -vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más alta. - -En ocasiones cruzaban los aires bandadas de pájaros, que se ponían a -tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos. - -Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían las uñas, el frío les -traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin exhalar un -grito. - -Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos mil asiáticos, mil -quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus completas, los más -jóvenes de los mercenarios; en total, veinte mil soldados: la mitad -del ejército. - -Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban, iba a dejarse -matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la montaña -un hombre frente a él. - -Este hombre, a causa de la altura, parecía un enano; pero Autharita -divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el brazo izquierdo -y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura, ante el -rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del -precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban. - -Espendio cogió una cabeza de buey; con dos cinturones compuso una -diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de una percha, -la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El cartaginés -desapareció. Quedaron todos a la espera. - -Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del tajo, vieron caer -un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas de diamante, -con el sello del Gran Consejo: en el centro, un caballo debajo de una -palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les enviaba. - -Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera el fin de sus -dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban. Espendio, -Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se -ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no -sabían qué camino tomar. - -En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y la más alta de estas, -girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que estaban los -bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba moverlas en -un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba empujarlas con -fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las empujaron, y con -la luz del día, los bárbaros vieron una serie de peñascos dispuestos -como una escalinata en ruinas. Los bárbaros no podían todavía subirlas. -Se les tendió escalas y todos se precipitaron a ellas. Los rechazó -la descarga de una catapulta, y únicamente fueron aceptados los diez -embajadores. - -Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las manos en las grupas -de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su primer -transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias -de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó. - ---Yo seré quien hable. - -Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente para la salvación -del ejército. - -Detrás de los matorrales encontraban centinelas emboscados, que se -arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado. Así que -los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó -alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una -tienda de campaña. - -En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel, junto a una mesa -alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le rodeaban, -puestos en pie. - -Al ver el Sufeta a aquellos hombres, hizo un gesto de repugnancia; -tenían las pupilas extraordinariamente dilatadas, con un gran cerco -negro en torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las orejas; -sus narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas -por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los -músculos, desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se -pegaban a unos dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de -tumba entreabierta o de sepulcro agusanado. - -En el centro de la tienda había, sobre una estera en que los capitanes -iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que miraban los -bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para dar una orden, y -entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la vianda, hundiendo -las caras en la grasa y acompañando el ruido de la deglución con -hipos de alegría. Más por extrañeza que por misericordia, les dejaron -arrebañar la gamella, y cuando hubieron terminado, Amílcar mandó con -una señal que hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio -tenía miedo, balbuceaba. - -Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un dedo a un grueso -anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí el sello -de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si -fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza. - -El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los crímenes de Hannón, -porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de aplacar -a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus antiguos -servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, casi -violento; hasta que divagó, arrebatado por el calor de su facundia. - -Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se haría la paz, que -por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le entregaran diez -mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas. - -Los enviados no esperaban tanta clemencia. Espendio exclamó: - ---¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo! - ---No; me bastan diez --contestó Amílcar. - -Les hicieron salir de la tienda para que deliberaran. Cuando estuvieron -solos, Autharita reclamó por sus compañeros sacrificados, y Zarxas dijo -a Espendio: - ---¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada, junto a él! - ---¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! --repuso Espendio--. ¡A Amílcar! - -Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa imposible, como si -Amílcar fuera un ser inmortal. - -Tal era su postración, que se echaron de espaldas en tierra, sin -saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran. Consintieron y -volvieron a entrar en la tienda. - -Amílcar puso por turno una mano en las de los diez bárbaros, apretando -los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras, porque solo el -tocar aquellas pieles viscosas causaba una picazón que horripilaba. -Luego añadió: - ---¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y prometéis por ellos? - ---Sí --respondieron todos. - ---¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención de cumplir vuestras -promesas? - -Contestaron que volverían junto a sus compañeros para hacerles cumplir -lo pactado. - ---Pues bien --replicó el Sufeta--; según la convención pactada entre -yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a vosotros -diez; os guardo en rehenes. - -Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros nueve se apretaron -guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una queja. - - * * * * * - -Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus parlamentarios, -se creyeron traicionados y que estos se habían entregado al Sufeta. -Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero tomaron la -resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jirones de ropa, picos y -flechas, hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más -débiles, que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con -el ejército de Túnez. - -En lo alto del desfiladero se abría una pradera sembrada de arbustos; -los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron con un campo -de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres horas después -llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas verdegueantes. - -Entre las ondulaciones de estos montículos brillaban haces de color -de plata, separadas unas de otras; los bárbaros, deslumbrados por -el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas negras -que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes, -horriblemente armados. - -Además del espolón del pecho, de los puñales de sus colmillos y de las -rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos, llevaban -al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba atado -el mango de un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se -adelantaban paralelamente por cada lado. - -Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni siquiera intentaron huir; -se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en esta masa de -hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de sus -colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían -con las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas, -parecían volcanes movibles; no se veía más que un ancho montón en que -las carnes humanas formaban manchas blancas; los pedazos de cobre, -manchas grises, y la sangre, copos rojos. Los horribles animales, -atropellando por todo, ahondaban surcos negros. El más furioso iba -conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y lanzaba -jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido. -Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería -miraban siempre hacia él. - -Poco a poco se iba estrechando el círculo; los bárbaros no podían -resistir, y en breve los elefantes llegaron al centro de la llanura. -Les faltaba espacio; se amontonaban alborotados, chocándose con los -colmillos. Pero Narr-Habas los aplacó, y volviendo grupas, regresaron -al trote a las colinas. - -Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la derecha, en un -repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a las -tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y -cuando los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los -elefantes. Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón -de elefante aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo -con un movimiento de ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron -todo el recorrido. - -El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la noche. Amílcar se -recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto, se -estremeció. - -Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos pasos de allí, a la -izquierda, en la cumbre de un cerro. Eran cuatrocientos de los más -robustos: etruscos, libios y espartanos que en un principio ganaron -las alturas, y que después de la matanza de sus compañeros resolvieron -cargar contra los cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de un -modo magnífico y formidable. - -El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo. Necesitaba soldados, y -los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura. Podían acercarse -a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían víveres. - -Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche comiendo. Pero los -cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los mercenarios. - -¿Cedía este a las expansiones de un odio insaciable, o era esto un -refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo, sin espada, desnuda -la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que siendo -mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero como -le hacían falta hombres, y no sabía de qué modo escoger los mejores, -que se pelearan unos con otros y que admitiría los vencedores para su -guardia particular. - -Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a sus soldados, porque -los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el horizonte, les -mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas formando una -línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual brazos de -gigantes que llevaran hachas en las cabezas. - -Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros. No era la muerte -lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que se les -obligaba. - -La vida en común había establecido entre estos hombres una profunda -amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la patria; -viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero; -dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de -las estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos -países, de tantas muertes y aventuras, se habían creado extraños -amores; uniones obscenas tan formales como matrimonios; en las que -el más fuerte defendía al más joven en una batalla, le ayudaba a -franquear precipicios, limpiaba su frente del sudor de las fiebres, -robaba comida para él; y el protegido, niño recogido al borde de un -camino, convertido en mercenario, pagaba este afecto con mil cuidados y -complacencias de esposa. - -Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas, regalos felices, -en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos, pero -ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris: -«¡No; tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro -respondía: «Me quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón -y no te preocupes!» Los hermanos se miraban con las manos enlazadas; -el amante daba a su amado la despedida eterna derramando lágrimas, -abrazándose. - -Al quitarse las corazas para que las puntas de las espadas entraran -mejor, enseñaron las cicatrices de las heridas recibidas por defender -a Cartago, semejantes a inscripciones en columnas. - -Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de los gladiadores, y -empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado los ojos, -y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo. -Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos -cobardes. Los bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha -de un modo furibundo y precipitado. - -A veces, dos hombres se detenían ensangrentados, cayendo uno en brazos -del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía. Daban el pecho -a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses, de -lejos, tenían miedo. - -Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus pupilas fulguraban -al través de sus largas cabelleras, que colgaban como teñidas en un -baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos, vertiginosamente, como -panteras heridas en la frente; otros estaban inmóviles, contemplando -un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la cara con las -uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el vientre. - -Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les gritaron que tiraran las -espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua. Mientras estaban -bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos cartagineses -los mataron por la espalda con estiletes. - -Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer los instintos de su -ejército, y por esta traición atraerlo a su persona. - -Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así se creía. Matho no -resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la partida. - -Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un convoy por la -Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una vez -destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo -importante era tomar a Túnez, a la que se dirigió a marchas forzadas. - -Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la noticia de la -victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en el -palacio de Salambó. - - * * * * * - -Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un alto sicomoro, entre -dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de Taanach. Llevaba -sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres los ojos; pero -sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no menos que la -pedrería de sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos envueltas -mientras duró la entrevista, no hizo un solo gesto. - -Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros. Ella le dio las -gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca. El -númida le contó entonces toda la campaña. - -En torno de los interlocutores, las palomas se arrullaban -lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba: codornices -de Tarteso y pintadas púnicas. Trepaban las coloquíntidas por las -ramas de las cañafístulas, las asclepias sembraban los campos de rosas; -toda clase de plantas se entrelazaban formando canastillos y lazos; los -rayos de sol, bajando oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas -en el suelo. Los animales domésticos, convertidos en montaraces, huían -al menor ruido. Los rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del -oleaje. El cielo estaba todo azul y ni una vela aparecía en el mar. - -Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey númida. Vestía este -una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro; dos flechas -de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. Apoyaba la -mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos de electro -y pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos absorbían a -Salambó. Este hombre, de voz suave y de complexión femenina, cautivaba -por su gracia personal, y a ella le parecía como una hermana mayor -enviada por los Baales para protegerla. El recuerdo de Matho le hizo -preguntar por él al númida. - -Respondió Narr-Habas que los cartagineses se dirigían a Túnez con el -fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus probabilidades -de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse, hasta -ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó -dijo: - ---¡Sí, mátalo; es necesario! - -El númida contestó que deseaba ardientemente esta muerte, porque así, -acabada la guerra, sería su esposo. - -Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero prosiguiendo Narr-Habas, -comparó sus deseos a las flores que languidecen después de la lluvia; -a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que ella era más -hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y que el -rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los negros, -cosas nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su palacio -estarían enarenadas con polvo de oro. - -Atardecía; se respiraba un aire perfumado. Por algún tiempo, se -miraron en silencio. Los ojos de Salambó, entre los largos pliegues de -su vestimenta, parecían dos estrellas en el rasgón de una nube. Antes -que se pusiera el sol, terminó la entrevista. - -Los Ancianos se sintieron inquietos cuando Narr-Habas salió de Cartago. -El pueblo le había recibido con aclamaciones más entusiastas que la -primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban solos de los -mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, resolvieron, para -debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón actuara en esta -última etapa de la salvación de la República. - -Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias occidentales, a fin -de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa derrota; -pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o estaban -ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su cólera en -la campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni una brizna -de hierba; a los niños y enfermos que encontraba los hacía morir -entre tormentos; daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas, -pero él se hacía llevar a una litera las más hermosas, porque su atroz -enfermedad le tenía inflamado de impúdicos deseos. - -A veces, en las crestas de las colinas se plegaban las negras tiendas -como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes llantas, -que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero son, se -hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el sitio de -Cartago iban errantes por las provincias, esperando una ocasión o la -victoria de los mercenarios para volver; pero, sea por terror o por -hambre, tomaron todas el camino de sus hogares, y desaparecieron. - -Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero como le convenía -concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de Túnez. -Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las -murallas de aquella ciudad. - -Túnez tenía para defenderse su población autóctona, doce mil -mercenarios, todos los «Comedores de cosas inmundas», y con ellos -estaba Matho, contemplando desde allí, a lo lejos, el horizonte de -Cartago. Con este conjunto de odios reunidos, pronto se organizó la -resistencia. Con odres se hicieron cascos, se cortaron todas las -palmeras de los jardines para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en -cuanto a víveres, se pescaban a orillas del lago grandes peces blancos -que se alimentaban de cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones, -en estado ruinoso por los celos de Cartago, no podían resistir el -empuje de los hombres. Matho tapó los agujeros con piedras de los -edificios. Era la lucha postrera; nada esperaba, como no fuese que la -fortuna diera una vuelta a la rueda. - -Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla un hombre que de -cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía volar las -flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar una -bandada de golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho. - -Amílcar estableció su campo en el lado meridional; Narr-Habas, a su -derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago; los tres -generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos a -un tiempo al enemigo. - -Pero Amílcar quiso primero demostrar a los mercenarios que los -castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez embajadores, y los -puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad. - -A su vista, los sitiados abandonaron las murallas. - -Matho tenía pensado que si podía pasar entre los muros y las tiendas -de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los númidas no -tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la infantería -cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la ciudad. -En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos. - -Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del lago, avisó a Hannón -que enviara tropas en auxilio de Amílcar. ¿Era porque creía a Barca -débil para resistir a los mercenarios, o bien fue una perfidia o una -necedad? Nunca se pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su afán -de humillar a su rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con -todo su ejército se precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un -cambio de frente, y corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y -aplastándoles, hasta que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en -ella con treinta de los Ancianos más ilustres. - -Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes. Avanzaban todos -puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y aquellos -que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la -huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico. -¡Sálvame!» Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies -no tocaban al suelo. A los Ancianos se les había ya sacado afuera. -Aumentó el terror de Hannón: «¡Me habéis vencido! ¡Soy vuestro -cautivo! ¡Pagaré mi rescate!» Y repetía, viéndose llevado a hombros de -los mercenarios: «¿Qué vais a hacer? ¿Qué queréis? ¡Ya veis que no hago -resistencia! ¡Siempre he sido bueno!» - -Ante la puerta se había levantado una cruz gigantesca. Aullaban los -bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y en nombre de -los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía que -confiarle un secreto del que dependía su salvación. - -Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era prudente consultar a -Matho, fueron a avisarle. - -Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía otras cruces, como -si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano; hacía -esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una, -tal vez ninguna. Lo levantaron. - ---¡Habla! --dijo Matho. - -Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos en Cartago, y -serían reyes los dos. - -Matho se apartó, haciendo señal a los demás para que se dieran prisa; -porque ya se imaginaba que todo era una astucia para ganar tiempo. - -Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas crisis en que no -se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a cambio de -una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus -soldados. - -Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos tendidos en tierra, -con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el anciano -Sufeta que iba a morir, lloró. - -Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y entonces mostró al -desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras cubrían -enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los -pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que -resbalaban entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo -horriblemente triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema -real, medio desceñida, se arrastraba por el polvo con sus cabellos -blancos. - -No encontraban cuerdas bastante fuertes para izarlo hasta lo alto de la -cruz; y le clavaron los pies, antes de levantar el madero, a la usanza -púnica. Su orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor: vomitó injurias. -Espumeaba por la boca; se retorcía como monstruo marino que degüellan -en la ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más -cruel, y que sería vengado. - -Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde se escapaban ahora -llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los embajadores de los -mercenarios. - -Algunos de estos, desmayados al principio, se habían reanimado con -la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el pecho y -colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los -brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre -a goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y -Cartago, el golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que -daba vueltas, como una inmensa rueda. Alguna nube de polvo que subía -del suelo les envolvía en su torbellino, y sentían correr sobre ellos -un sudor glacial juntamente con el alma que se les escapaba. - -Veían, sin embargo, a mucha profundidad los movimientos de los soldados -en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente el tumulto de la -batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que mueren en -las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, aún -gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados; -Zarxas, tan vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a -su lado, tenía la cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la -cruz; Autharita, inmóvil, giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta -en una hendidura de la madera, se mantenía recta sobre la frente, y el -ronquido que exhalaba del pecho parecía más bien un rugido de cólera. -En cuanto a Espendio, revestido de un valor extraño, despreciaba ahora -la vida, por la certidumbre que tenía de una manumisión inmediata y -eterna, y esperaba impasible la muerte. - -En medio de su desfallecimiento, temblaban todos ante un roce de plumas -que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y graznidos, en el -aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se posó el -primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le dijo -lentamente, con sonrisa indefinible: - ---¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca? - ---¡Eran nuestros hermanos! --contestó el galo; y expiró. - -Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y llegado a la -ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las -lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada -en la plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a -orillas del lago, treinta cruces desmesuradas. - -En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían construido con -los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los Ancianos -aparecían en alto, destacándose en el azul del cielo. Sobre sus pechos -tenían algo así como mariposas blancas; eran las barbas de las flechas -que les habían tirado desde abajo. - -En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha cinta de oro, flotando -hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar le costó -trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, no pudiendo -aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, juntamente con -los miembros, y solo quedaban en la cruz restos informes, semejantes a -fragmentos de animales colgados a la puerta de un puesto de monteros. - -El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante de él, le ocultaba -todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente a los otros -dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando fugitivos, los -cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo alto. Esta -catástrofe, en medio de la victoria, les impresionó. Ya no hacían caso -de las órdenes de Amílcar. - -Matho se aprovechó de ello para continuar sus estragos entre los -númidas. - -Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre ellos. Salieron los -elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se precipitaron -sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo, -donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había -enviado su caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando -los caballos estuvieron a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron, -abriéndoles el vientre a puñaladas. La mitad de los númidas había -muerto cuando se presentó Amílcar. - -Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente a estas tropas de -refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las Aguas -Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió -a la desembocadura del Macar. - -Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de escombros -humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la -mitad del llano; en el fondo, entre las orillas del golfo, los -cadáveres de los elefantes, empujados por la brisa, chocaban entre sí -como un archipiélago de negras rocas que flotaran en el mar. - -Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado mano de todos -los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras, -y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio -morir a lo lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las -calles, llamándolos por sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah, -el _Invencible_! ¡La _Victoria_! ¡El _Terrible_! ¡La _Golondrina_!» -En el primer día no se habló más que de los ciudadanos muertos; pero -al siguiente, se vieron las tiendas de los mercenarios en la montaña -de las Aguas Calientes, y la desesperación fue tan grande, que mucha -gente, las mujeres sobre todo, se precipitaron de cabeza de lo alto de -la Acrópolis. - - * * * * * - -Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía solo en su tienda, -sin más compañía que la de un joven, y nadie comía con ellos, sin -exceptuar al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin embargo, -miramientos extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey -de los númidas tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a -desconfiar. - -La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras. Con toda suerte de -artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los mercenarios se -vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No bien -entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si -bebían en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde -se guarecían para dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían -sido sus aliadas o sus cómplices, los perseguían ahora; en todas estas -bandas, veían los bárbaros armaduras cartaginesas. - -Muchos tenían costras y herpes en la cara, provenientes, según ellos, -de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por haber comido los -peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse, soñaban con sacrilegios -peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a los dioses púnicos. -Hubieran querido exterminarlos. - -Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo de la costa -oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los -primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e -Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las -dos ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos. -Con tanta miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el -sentimiento de una exasperación que iba en aumento; hasta que un día se -encontraron en las gargantas del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez! - -La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros estaban tan excitados, -que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran batalla, con tal -de que fuera la última. - -Matho tenía deseos de comunicar personalmente al Sufeta esta propuesta, -pero uno de sus libios se ofreció a hacerlo. Todos, al verle partir, -tuvieron el convencimiento de que no volvería; pero volvió la misma -noche. - -Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al amanecer, en el -llano de Radés. - -Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo más, y el libio -contó: - ---Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué quería. Yo -respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás -mañana con tus compañeros!» - -Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos quedaron aterrados, -por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al parlamentario en el -campo cartaginés. - - * * * * * - -Le quedaban todavía tres mil africanos, mil doscientos griegos, mil -quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos etruscos, -quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, bandidos -nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, siete mil -doscientos diez y nueve soldados, pero ninguna sintagma completa. -Habían tapado los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo; -y reemplazó los coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de -cobre o de hierro hacían más pesados sus vestidos; las cotas de malla -colgaban en andrajos, mostrando en las carnes las cuchilladas como -hilos de púrpura entre los pelos de los brazos y de las caras. - -La rabia por los compañeros muertos les volvía al alma multiplicando -su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un dios de -los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además, -les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de -Cartago en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte. - -Mataron las bestias de carga y se las comieron para cobrar fuerzas; -luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a distintas -constelaciones. - -Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos. Frotaron el borde -de los escudos con aceite, para facilitar el resbalo de las flechas; -los infantes que llevaban largas cabelleras se las cortaron en la -frente, por prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar todas -las gamellas, sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago -lleno. Su ejército ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del -ejército bárbaro; pero nunca había experimentado la inquietud que -ahora; si sucumbía era la destrucción de Cartago y moriría crucificado; -si triunfaba, por los Pirineos, las Galias y los Alpes, caería sobre -Italia y el imperio de los Barca sería eterno. Veinte veces se levantó -en esta noche para vigilarlo todo, en los más mínimos detalles. Los -cartagineses estaban exasperados por tanto recelo. - -Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas, aparte de que los -bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad, bebía a -cada instante vasos de agua. - -De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y puso en el suelo -una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos con -azufre y rombos de nácar. Era la corona de desposado que enviaba la -novia; una prueba de amor; una especie de invitación. - -Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El recuerdo de Matho la -obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la muerte de -este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de la -picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de -los númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir -inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para -excitar su valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya -no pensó más que en la dicha de poseer una mujer tan hermosa. - -La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó en seguida, y -concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como -porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu -más elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le -parecía claro. Si algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de -Espendio. - -Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio puso a los -etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban atrás, -y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo -raso, cubiertos de plumas de avestruz. - -El Sufeta dispuso los cartagineses en orden parecido. A distancia de la -infantería, junto a los vélites, colocó los clinabaros; más allá, a los -númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban alineados, dándose -las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una vacilación; -pero al fin, los dos ejércitos se movieron. - -Avanzaban los bárbaros lentamente, para no sofocarse, batiendo la -tierra con los pies. El centro del ejército púnico formaba una curva -convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al encontronazo de dos -flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se entreabrió en -seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas y -azagayas. La curva de los cartagineses iba aplanándose, hízose recta -y luego se dobló; entonces, las dos secciones de vélites se acercaron -paulatinamente, como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros, -encarnizados contra la falange, entraron en este hueco; estaban -perdidos. Matho los detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían -avanzando, hizo salir afuera las tres filas interiores de su línea, las -cuales desbordaron pronto sus flancos, apareciendo todo el ejército en -triple longitud. - -Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos, aparecían los más -débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado sus -carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada. - -Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha se componía -de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda -cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo, -fuera de peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió -su caballería por escuadrones, puso entre ellos a los hoplitas y los -lanzó contra los mercenarios. - -Estas masas en forma de cono presentaban un frente de caballos y -paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era imposible -que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían -armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta -de una percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la -llanta de una rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al -herir, y en el tiempo que empleaban en enderezarlas con los talones, -los cartagineses los acuchillaban cómodamente, a derecha e izquierda. - -Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los que habían muerto -no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta gruesa línea de -bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como una serpiente e -inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a rehacerse tras ella, -descansando un minuto, y luego volvían a la lucha, con los pedazos de -armas que les quedaban. - -A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los cartagineses, -mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo, se -despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos, -y para asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas -púnicas no se oía más que la voz del agitador que anunciaba las -órdenes; los estandartes repetían sus señales y cada cual iba llevado -por la oscilación de la gran masa que le rodeaba. - -Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se precipitaron a su -encuentro. - -Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla de cabello en la -punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte, manejaban un -hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados -de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios -precisos, y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas. -Furiosos los animales galopaban a través de las sintagmas. Algunos de -los camellos que tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los -avestruces heridos. - -La infantería púnica cayó en masa sobre los bárbaros y los cortó. Sus -manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros. Las armas brillantes -de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas de oro; un -hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas de las espadas -chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros estaban tendidas en -el llano; los mercenarios les arrancaban las armaduras, se las ponían -y volvían al combate. Muchas veces, engañados los cartagineses, se -metieron en medio de ellos. Les inmovilizaba cierto embotamiento, -o bien refluían y daban triunfantes clamores que, llevados por el -aire, parecía empujarles como el aliento de una tempestad. Amílcar se -desesperaba; todo iba a sucumbir ante el genio de Matho y el invencible -valor de los mercenarios. - -En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de tamboriles. Era -una turba de viejos, de enfermos, de niños de quince años y de -mujeres, que no pudiendo resistir a su zozobra, salieron de Cartago, y -para ponerse bajo la protección de algo formidable, habían tomado, en -casa de Amílcar, el único elefante que poseía ahora la República: el de -la trompa cortada. - -Entonces les pareció a los cartagineses que la patria, abandonando sus -murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron redoblado su -valor, y los númidas arrastraron a todos. - -Los bárbaros, en medio del llano, se habían replegado junto a un -montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni aun de -sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más fuertes. - -La gente de Cartago lanzaba, por encima de los númidas, asadores, cazos -y martillos; aquellos que pusieron espanto en los cónsules, morían -a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a los -mercenarios. - -Estos se habían refugiado en lo alto de la colina. A cada nueva brecha, -su círculo se estrechaba; dos veces bajó, y una sacudida les empujó -arriba; los cartagineses, en montón, alargaban los brazos; introdujeron -las picas entre las piernas de los compañeros y pinchaban al acaso. -Resbalaban en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por -ella los cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los -tenía hasta el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia; -su trompa cortada, pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando -como una enorme sanguijuela. - -Después, se pararon todos. Los cartagineses, enseñando los dientes, -miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros estaban en pie, -hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la contienda. Los -mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se querían -entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida -que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era -como una pirámide que poco a poco se agrandaba. - -Ya únicamente quedaban cincuenta, que se redujeron a veinte, luego a -tres, y por fin a dos: un samnita armado con un hacha, y Matho, que aún -tenía su espada. - -El samnita manejaba su hacha, a diestro y siniestro, advirtiendo a -Matho los golpes que le amagaban: - ---¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate! - -Matho había perdido sus espaldares, su casco, su coraza; estaba -completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los cabellos -erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez, -que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la -empuñadura; el samnita había muerto y la ola de cartagineses se -estrechaban y se le venía encima. Entonces levantó al cielo las manos -vacías, cerró los ojos y, abriendo los brazos como un hombre que se -lanza al mar desde lo alto de un promontorio, se lanzó a las picas. - -Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se daba a los -enemigos, otras tantas estos retrocedían y separaban sus armas. -Tropezó con una espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado -de pies y manos, y cayó. - -Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún tiempo, paso a -paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que aprovechó -el momento en que Matho se bajaba para envolverle. - -Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro miembros en cruz; todos -los que no estaban heridos fueron escoltándole ruidosamente hasta -Cartago. - -La noticia de la victoria había llegado a la ciudad antes de la tercera -hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la quinta cuando -llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en las -casas, que la ciudad parecía arder en llamas. - -Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y echado de espaldas, -miraba las estrellas. - -Luego se cerró una puerta tras él y quedó en tinieblas. - -Al otro día, a la misma hora, moría el último de los hombres que -quedaban en el desfiladero del Hacha. El día que partieron sus -compañeros, los zuazos habían desmoronado las rocas y se alimentaron -por algún tiempo. Los bárbaros no perdían la esperanza de volver a ver -a Matho y no querían abandonar la montaña, sea por desaliento, por -tibieza o por obstinación de enfermos que se resisten a cambiar de -sitio; pero agotadas las provisiones, los zuazos se retiraron. - -Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo que no valía la pena -de enviar soldados. - -Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se habían multiplicado -desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran batida, y -poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado -hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando -llegó el hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban -de ellos. - -En toda la extensión de la llanura, los leones y los cadáveres estaban -tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y las armaduras. -A casi lodos les faltaba la cara o bien un brazo; algunos parecían -intactos; otros completamente disecados, y los cráneos hechos polvo -llenaban los cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los -esqueletos conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol, -formaban manchas brillantes en medio de la arena. - -Los leones descansaban con el pecho en el suelo y las dos patas -alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la reverberación -de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban fijamente -delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines, dormían -arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban -inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas -fajas rojas rayaban el cielo en el Occidente. - -En uno de estos montones que ondulaban irregularmente el llano, algo -menos vago que un espectro se levantó. Uno de los leones se despejó -y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra en el -fondo del cielo color de púrpura, y cuando estuvo junto al hombre, lo -derribó de un solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el -vientre, le fue desgarrando las entrañas. - -Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos minutos lanzó un -largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a perderse en -la soledad. - -De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de rocas. Oyóse un rumor -de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de la garganta, -asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran los -chacales que acudían a devorar los restos. - -El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del precipicio, se -volvió. - - - - -XV - -MATHO - - -Gozosa estaba Cartago, con gozo profundo, universal, desmesurado, -frenético. Habían reparado las ruinas y pintado las estatuas de los -dioses; los ramos de mirto cubrían las calles, humeaba el incienso -en las encrucijadas y la multitud en las azoteas parecía, con sus -abigarrados vestidos, como cestas de flores que se abren al sol. - -El continuo chillido de las voces era dominado por el grito de los -aguadores que regaban el pavimento; los esclavos de Amílcar ofrecían -en nombre de este cebada tostada y pedazos de carne cruda; salían unos -al encuentro de otros, se abrazaban llorando; las ciudades tirias -estaban conquistadas, los nómadas dispersos, exterminados los bárbaros. -Desaparecía la Acrópolis bajo los toldos de colores; los espolones -de las trirremes, alineados fuera del muelle, resplandecían como un -dique de diamantes; dondequiera se advertía el orden restablecido, el -principio de una nueva vida, la explosión de una inmensa alegría; era -el día del matrimonio de Salambó con el rey de los númidas. - -En la terraza del templo de Kamón estaban dispuestas tres grandes -mesas cargadas de orfebrerías para el servicio de los sacerdotes, de -los Ancianos y de los Ricos; y en otra cuarta, y a mayor altura, la -destinada a Amílcar, a Narr-Habas y su esposa; porque habiendo salvado -Salambó a su patria con la restitución del velo, el pueblo convertía -esta boda en regocijo universal y estaba esperando la aparición de la -desposada. - -Otro deseo más áspero impacientaba a la muchedumbre; la muerte de -Matho, prometida para la ceremonia. - -Habíanse propuesto al principio desollarlo vivo, meterle plomo -derretido en las entrañas, hacerle morir de hambre; o bien atarle a un -árbol y que un mono le golpeara por detrás en la cabeza; había ofendido -a Tanit, y los cinocéfalos de la diosa habían de vengarla. Otros eran -de parecer que se le paseara en un dromedario, después de haberle atado -al cuerpo distintas bandas de lino impregnadas de aceite; les recreaba -la idea del cuadrúpedo corriendo las calles con un hombre que se -retorcía quemándose, como candelabro agitado por el viento. - -¿Pero qué idear para que todos contribuyeran al suplicio? Lo que se -deseaba era un género de muerte que lo presenciara toda la ciudad; que -todas las manos, todas las armas, todo lo que era cartaginés, desde las -losas de las calles a las olas del golfo, pudieran desgarrar y aplastar -al reo de lesa divinidad. En su consecuencia, los Ancianos decretaron -que iría de la prisión a la plaza de Kamón sin escolta, con los brazos -atados por la espalda; que no pudiera herírsele en el corazón, a fin -de que viviera más tiempo y que se le arrancaran los ojos para que la -tortura fuera más intensa. No podía tirársele nada, ni tocársele más -que con tres dedos. - -Por más que Matho no debía presentarse hasta la caída de la tarde, se -creyó verle alguna que otra vez, y la multitud se precipitaba hacia -la Acrópolis, dejando desiertas las calles, para volver desengañada -y formulando protestas. Casi todos estaban en pie, desde la víspera, -en la plaza donde había de verificarse la ejecución, y de lejos se -interpelaban enseñándose las uñas, que habían dejado crecer para -hundirlas mejor en la carne del reo. Otros se paseaban agitados y -pálidos, cual si se tratara de su propio suplicio. - -De pronto, por detrás de los Mapales, se levantaron por encima de las -cabezas unos grandes abanicos de plumas. Era Salambó que salía de su -palacio. De todos los pechos brotó un suspiro de satisfacción. - -El cortejo tardó en llegar, porque iba con suma lentitud. - -Primero desfilaron los sacerdotes de los Pateques; luego los de -Eschmún, los de Melkart y los demás colegios, con las mismas insignias -y en el mismo orden que cuando el sacrificio. Los pontífices de -Moloch pasaban con la frente baja, y la multitud, por una especie de -remordimiento, se apartaban de ellos. En cambio los sacerdotes de la -Rabbetna avanzaban erguidos y con la lira en las manos, seguidos de las -sacerdotisas con túnicas transparentes de color amarillo o negro, que -lanzaban gritos de pájaro y se retorcían como víboras; o bien, al son -de las flautas, giraban imitando la danza de las estrellas, esparciendo -a su paso las voluptuosas esencias de sus vestiduras. De estas -mujeres, las más aplaudidas eran las kedeschim, de párpados pintados, -que simbolizaban el hermafrodismo de la divinidad, perfumadas y -vestidas como las otras, y muy parecidas a ellas a pesar de sus pechos -aplanados y de sus caderas más estrechas. En este día dominaba en todo -el principio hembra, y lúbrico misticismo flotaba en el aire. Las -antorchas ardían ya en los bosques sagrados, porque por la noche debía -haber una pública prostitución, con el contingente de las cortesanas -traídas de Sicilia en tres naves, y también del desierto. - -Conforme iban pasando los Colegios sacerdotales, se iban colocando en -fila en los patios del templo, en las galerías exteriores y a lo largo -de las grandes escalinatas adosadas a los muros y que se juntaban en lo -alto. Entre las columnatas se destacaban las túnicas blancas, como una -arquitectura de estatuas humanas, inmóviles como las de piedra. - -Aparecieron después los intendentes, los gobernadores de provincias y -todos los Ricos. En el pueblo se produjo un tumulto, arremolinándose en -las calles afluentes; los hieródulos contenían la turba a latigazos. En -medio de los Ancianos, coronados de tiaras, y en una litera con dosel -de púrpura iba Salambó. - -Al verla, se alzó un gran clamor; los címbalos y crótalos sonaron más -fuerte, redoblaron los tamboriles y el gran palio de púrpura atravesó -el pórtico para subir al primer piso. - -Andaba Salambó muy despacio, y atravesó la terraza para ir a sentarse -en el fondo, en un trono hecho de concha de tortuga. Pusieron a -sus pies un escabel de marfil, con tres gradas: en la primera se -arrodillaron dos niños negros, en cuyas cabezas posaba Salambó algunas -veces sus dos brazos, cargados de ajorcas y brazaletes. - -De los tobillos a las caderas iba envuelta en una red de estrechas -mallas que imitaban las escamas de un pez y que brillaban como nácar; -un ceñidor azul apretaba su talle, dejando ver los dos senos por un -escote en forma de media luna, con carbunclos colgantes en sus puntas. -Peinaba un tocado hecho de plumas de avestruz consteladas con piedras -preciosas; un amplio manto, blanco como la nieve, caía flotante sobre -sus hombros, y con los codos pegados al cuerpo, juntas las rodillas y -con pulseras de diamantes en las muñecas, se mantenía firme, en actitud -hierática. - -Los dos sitios más bajos a su lado eran los de su padre y su esposo. -Narr-Habas, vestido con un sayo azul, ceñía la corona de sal gema, de -la que se desbordaban dos trenzas de cabello, torcidas como los cuernos -de Ammón; Amílcar, con túnica violeta, con broches de pámpanos de oro, -llevaba al costado su espada de guerra. - -En el espacio cerrado por las mesas, la pitón del templo de Eschmún, -entre manchones de aceite, describía en el suelo un gran círculo negro, -mordiéndose la cola. En medio de este círculo se alzaba una columna de -cobre con un huevo de cristal encima, que herido por el sol irradiaba -resplandores por todos lados. - -Detrás de Salambó estaban desplegados los sacerdotes de Tanit, con -túnicas de lino; a la derecha, los Ancianos, con sus tiaras, formaban -una gran línea de oro; y al otro lado, los Ricos, con cetros de -esmeralda, otra línea verde; en tanto que allá en el fondo se alineaban -los sacerdotes de Moloch fingiendo con sus mantos una muralla de -púrpura. Los demás Colegios ocupaban las terrazas inferiores. La -multitud llenaba las calles, las azoteas de las casas, o bien subía -por la Acrópolis. De este modo, teniendo el pueblo a sus pies, el -firmamento sobre las cabezas y alrededor suyo la inmensidad del mar, -el golfo, las montañas y las perspectivas de las provincias, la -resplandeciente Salambó se confundía con Tanit, y parecía el genio -mismo de Cartago, su alma, en forma corpórea. - -El festín debía durar toda la noche; lampadarios de muchos brazos -estaban plantados como árboles sobre los tapices de lana pintada que -cubrían las mesas bajas. Grandes jarras de electro, ánforas de vidrio -azul, cucharas de concha y pequeños panes redondos, se apretujaban -entre la doble hilera de platos orlados de perlas; racimos de uvas -con sus pámpanos estaban enroscados como tirsos a copas de marfil; -bloques de nieve fundíanse en platos de ébano, y limones, granadas, -calabazas y sandías formaban montículos bajo las altas vajillas. Los -jabalíes, con la boca abierta, se hundían en el polvo de las especias; -las liebres conservaban sus pieles y parecían saltar entre las flores; -las carnes aderezadas llenaban las conchas; los dulces revestían formas -simbólicas, y cuando se levantaba la tapa de las fuentes volaban -palomas. - -Los esclavos, con la túnica arremangada, andaban de puntillas; a -intervalos las liras tocaban un himno o bien se oía un coro de voces. -El rumor del pueblo, como el ruido del mar, flotaba vagamente en torno -del festín, como si lo meciera en más grande armonía; algunos se -acordaban del banquete de los mercenarios; se entregaban a sueños de -felicidad; el sol empezaba a declinar, y la luna, en cuarto creciente, -se levantaba ya en la otra parte del cielo. - -Salambó, como si alguno la llamara, volvió la cabeza, y el pueblo, que -la estaba mirando, siguió la dirección de sus ojos. - -En la cima de la Acrópolis acababa de abrirse la puerta del calabozo -abierto en la roca, al pie del templo, y en el umbral de este negro -agujero se vio un hombre en pie. Salió encorvado, con el aspecto -asustadizo de los animales salvajes cuando de repente se les da -libertad. Le cegaba la luz, y permaneció parado un momento. Todos le -habían conocido y contenían la respiración. - -El cuerpo de esta víctima era para ellos una cosa propia, revestida de -un esplendor casi religioso. Se empinaban para verle, especialmente -las mujeres, que deliraban por contemplar al que había hecho morir a -sus hijos y maridos; a pesar suyo, del fondo de sus almas surgía una -infame curiosidad: el deseo de conocerle del todo; afán mezclado de -remordimientos, que aumentaba la execración. - -Al fin, el hombre avanzó, y el aturdimiento de la sorpresa se -desvaneció. Se levantaron muchos brazos y no se le volvió a ver. - -La escalinata de la Acrópolis tenía sesenta peldaños. El hombre las -bajó como si rodara por una quebrada de lo alto de una montaña; por -tres veces se le vio saltando hacia abajo, cayendo sobre los dos -talones. - -Sangraban sus espaldas, alentaba su pecho con grandes sacudidas; hacía -tales esfuerzos por romper las cuerdas que se le hinchaban los brazos, -cruzados sobre los riñones, como espirales de serpiente. - -Del sitio en que estaba, partían muchas calles, y en cada una de -estas, una triple hilera de cadenas de bronce, atadas al ombligo de los -dioses Pateques, se extendía paralelamente de un extremo a otro. La -turba se amontonaba en las aceras, y en medio estaban los criados de -los Ancianos empuñando látigos. - -Uno de ellos empujó con violencia a Matho, y este se puso en marcha. - -Todos alargaban los brazos por encima de las cadenas, quejándose de -que se hubiera dejado al reo un camino demasiado ancho; Matho andaba -pinchado, maltratado por mil dedos. Salía de una calle y entraba en -otra; muchas veces se lanzó a un lado para morder a la gente, que se -daba prisa a apartarse. Las cadenas le contenían y la plebe estallaba -en carcajadas. - -Un niño le desgarró una oreja; una joven, sacando de la manga la punta -de un huso, le cortó la cara: le arrancaban puñados de cabello y tiras -de piel; otros, con bastones en los que llevaban esponjas empapadas de -inmundicias, le ensuciaban el rostro. Del lado derecho de su garganta -brotó un reguero de sangre, y en seguida empezó el delirio. El último -sobreviviente de los bárbaros se les aparecía como el representante -de todos los mercenarios, como la encarnación de su ejército; y todos -se vengaban en él de los desastres, de los terrores y de los oprobios -sufridos. La rabia del pueblo aumentaba a medida que se iba saciando; -las cadenas, demasiado tensas, iban a romperse; no hacían caso de los -golpes de los esclavos que los contenían; se colgaban en los salientes -de las casas; se asomaban en los agujeros de los muros, y ya que no le -podían herir, vociferaban contra él. - -Eran injurias atroces, inmundas, con frases irónicas e imprecaciones; -no les bastaba el tormento que le infligían: le anunciaban otros más -terribles en la eternidad. - -Este inmenso alarido llenaba Cartago con estúpida continuidad. Una -sola sílaba, una entonación bronca, profunda, frenética, era repetida -a veces seguidamente por todo el pueblo. Las paredes de las casas -vibraban desde el portal hasta el tejado, pareciéndole a Matho que se -le venían encima para levantarle del suelo, como dos brazos inmensos -que le ahogaban en el aire. - -Recordaba ahora haber experimentado en otra ocasión algo parecido. Era -la misma multitud en las azoteas, las mismas miradas, la misma ira; -pero entonces andaba libre, todos le abrían paso, le cubría un dios; y -tal recuerdo le infundía una tristeza aplastante. Pasaban sombras ante -sus ojos, la sangre manaba por una herida de su muslo, se sentía morir; -plegó las rodillas y se dejó caer despacio sobre el pavimento. - -Del peristilo del templo de Melkart trajeron entonces la barra de un -trípode enrojecida al vivo, y por encima de la primera cadena se la -aplicaron a la herida. La carne chirrió, se la vio humear, y las voces -del pueblo ahogaron el quejido de Matho. Este se levantó. - -Seis pasos más allá volvió a caer, y luego otra y otra vez; pero -siempre un nuevo suplicio le hacía levantarse; se le rociaba con gotas -de aceite hirviente, se le ponían cascos de vidrio, y él seguía -andando. En la esquina de la calle de Sateb se apoyó en el escaparate -de una tienda, dando la espalda a la muralla, y de allí no se movió. - -Los esclavos del Consejo le flagelaron con sus grandes látigos de cuero -de hipopótamo, con tal furia y por tan largo tiempo, que sus túnicas -estaban empapadas de sudor. Matho parecía insensible; pero de pronto -echó a correr al acaso, castañeteándole los dientes. Enfiló la calle -de Boudés, la de Sepo, atravesó el Mercado de las Hierbas y llegó a la -plaza de Kamón. - -Su persona pertenecía ahora a los sacerdotes; los esclavos habían -apartado las turbas: había más espacio. Matho echó una mirada a su -alrededor y vio a Salambó. - -A su entrada en la plaza, Salambó se había puesto en pie, y a medida -que Matho iba acercándose, ella se adelantaba al borde de la terraza, y -como si todo se borrara ante sus ojos, únicamente veía a Matho. En su -alma se había hecho el silencio; era como uno de esos abismos en que el -mundo entero desaparece bajo la presión de un pensamiento único, de un -recuerdo, de una mirada. Este hombre que corría hacia ella la atraía. - -A excepción de los ojos, Matho no conservaba ninguna apariencia humana: -era una masa completamente ensangrentada. Rotas las ataduras, colgaban -sobre sus muslos, pero en nada se diferenciaban de los tendones de sus -puños; tenía la boca desmesuradamente abierta; las órbitas lanzaban -llamaradas que parecían subir hasta los cabellos; ¡y el desdichado -seguía avanzando! - -Llegó precisamente al pie de la terraza. Salambó estaba asomada a la -balaustrada. Las espantosas pupilas de Matho la miraban; sintió que le -remordía en la conciencia todo cuanto este hombre había sufrido por -ella. Recordó al verle agonizar cuando en su tienda de campaña la ceñía -el talle con sus brazos diciéndola palabras de amor; sentía ansias de -volverlas a oír; no quería que este hombre muriera. En este momento, -Matho sufrió un gran estremecimiento: Salambó iba a gritar. Matho cayó -de espaldas y ya no se movió. - -Salambó, casi desvanecida, fue llevada a su trono por los sacerdotes -que la rodeaban; la felicitaron, porque aquella muerte era obra de -ella. Aplaudían todos y golpeaban el suelo repitiendo a voces su nombre. - -Un hombre se lanzó sobre el cadáver. Vestía el manto de los sacerdotes -de Moloch y llevaba al cinto el cuchillo que servía para cortar las -carnes sagradas, con el mango terminado en una espátula de oro. De un -solo golpe hendió el pecho de Matho, le arrancó el corazón y lo clavó -en la espátula. Schahabarim, que tal era, levantó el brazo y ofreció -este holocausto al sol. - -El astro-rey se hundía en el mar; sus rayos herían como largas flechas -al corazón ensangrentado. A medida que el sol iba desapareciendo, las -palpitaciones de la entraña disminuían, y con el último latido el globo -de fuego se extinguió. - -En este momento, desde el golfo hasta la laguna y desde el istmo al -faro, en todas las calles, casas y templos, resonó un grito unánime; -grito que a veces se interrumpía para redoblar en seguida; los -edificios temblaban; Cartago estaba como convulsionada en el espasmo de -una alegría titánica y de una esperanza sin límites. - -Narr-Habas, ebrio de orgullo, ciñó con su brazo izquierdo el talle de -Salambó, en señal de posesión, y con el derecho, tomando una patera de -oro, bebió por el genio de Cartago. - -Salambó se levantó, como su esposo, con otra copa para beber también. -Pero cayó, con la cabeza hacia atrás, por encima del dosel del trono, -descolorida, rígida, abiertos los labios y los cabellos desatados -colgando hasta el suelo. - -Así murió la hija de Amílcar, por haber tocado el velo de Tanit. - - -FIN DE SALAMBÓ - - - - -ÍNDICE - - - Páginas. - - I.--El festín 5 - - II.--En Sicca 43 - - III.--Salambó 87 - - IV.--Bajo las murallas de Cartago 103 - - V.--Tanit 139 - - VI.--Hannón 169 - - VII.--Amílcar Barca 209 - - VIII.--La batalla del Macar 283 - - IX.--En campaña 321 - - X.--La serpiente 351 - - XI.--En la tienda de campaña 377 - - XII.--El acueducto 413 - - XIII.--Moloch 451 - - XIV.--El desfiladero del Hacha 521 - - XV.--Matho 593 - - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. 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(This file was produced from images generously made available by Biblioteca Digital Hispánica/Biblioteca Nacional de España.)</div> - -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ ***</div> - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> - <h1 class="faux">Salambó</h1> -</div> - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta y de traducción han sido corregidos, a la - vista del original francés.</li> - - <li>La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> - - <li>Se han puesto tildes a las mayúsculas, se han espaciado las rayas, - salvo las iniciales de diálogo, y se ha completado el emparejamiento - de las comillas y de los signos de exclamación e interrogación.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 24em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> - <p class="caption">(Cubierta del libro)</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/i_001.jpg" - style="width: 22em; height: auto;" - alt="Portadilla" /> - </div> - <p class="caption">SALAMBÓ</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span></p> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/i_002.jpg" - style="width: 22em; height: auto;" - alt="Anuncio editorial" /> - </div> - <p class="caption"><span class="smcap">Librería</span> - y <span class="smcap">Editorial</span> <i>RIVADENEYRA</i><br /> - EDICIONES SELECTAS<br /> - COLECCIÓN DE OBRAS MAESTRAS<br /> DE LA LITERATURA UNIVERSAL<br /> - Dirigida por <i>José Toral</i><br /> - <i>TOMOS PUBLICADOS</i><br /> - <span class="smcap">Fray Luis de León</span>: <i>Poesías completas</i>.<br /> - <span class="smcap">Cervantes</span>: <i>Poesías completas</i>.<br /> - <span class="smcap">G. Flaubert</span>: <i>Salambó</i>.<br /> - <i>SEIS PESETAS EL VOLUMEN</i></p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter"> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/i_004.jpg" - style="width: 22em; height: auto;" - alt="Retrato del autor" /> - </div> - <p class="caption">GUSTAVO FLAUBERT.</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/i_005.jpg" - style="width: 22em; height: auto;" - alt="Portada ilustrada" /> - </div> - <p class="caption">EDICIONES SELECTAS<br /> - <i>Novelistas</i><br /> - <i>GUSTAVO FLAUBERT</i><br /> - · 1821-1880 ·<br /> - SALAMBÓ<br /> - <i>Traducción de CIRO BAYO</i></p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - src="images/i_006.jpg" - style="width: 22em; height: auto;" - alt="Contraportada ilustrada" /> - </div> - <p class="caption"><i>LIBRERÍA y EDITORIAL RIVADENEYRA</i><br /> - <i>MADRID Conde Peñalver, núm. 8.</i><br /> - <i>La presente traducción es propiedad<br /> de la Librería y Editorial Rivadeneyra.</i><br /> - Sucesores de Rivadeneyra, SA<br /> - Paseo de S. Vicente, 20 MADRID</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <h2 class="nobreak" title="I. EL FESTÍN">I</h2> - <p class="subh2">EL FESTÍN</p> -</div> - -<p>La escena es en Megara, arrabal de Cartago, y en los jardines de -Amílcar.</p> - -<p>Los soldados que este había capitaneado en Sicilia celebraban con un -gran banquete el aniversario de la batalla de Eryx. Ausente el jefe, -los numerosos soldados comían y bebían a sus anchas.</p> - -<p>Los capitanes, calzados con coturnos de bronce, se habían situado en -el camino del centro, bajo un velo de púrpura con franjas de oro que -se extendía desde la pared de las cuadras hasta la primera azotea del -palacio. La soldadesca se desparramaba bajo los árboles, desde los que -se veían una porción de edificios de techo plano, lagares, graneros, -almacenes, panaderías y arsenales; un patio para los elefantes, fosos -para las bestias feroces y una prisión para los esclavos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span>Las cocinas hallábanse -rodeadas de higueras; un bosque de sicomoros se extendía hasta unos -manchones verdes, en los que las granadas resplandecían entre los copos -blancos de los algodoneros. Viñas cargadas de racimos trepaban hasta el -ramaje de los pinos; un campo de rosas florecía bajo los plátanos; en -el césped, de trecho en trecho, se balanceaban las azucenas; una arena -negra, mezclada con polvo de coral, cubría los senderos, y en medio, -la avenida de los cipreses formaba de un extremo a otro como una doble -columnata de obeliscos verdes.</p> - -<p>El palacio, hecho de mármol númida, con vetas amarillas, elevaba -en el fondo, sobre anchos basamentos, sus cuatro pisos con azoteas. -Con su gran escalinata recta, de madera de ébano, adornada en los -ángulos de cada peldaño con la proa de una galera vencida; con sus -rojas puertas cuarteladas por una cruz negra; sus verjas de bronce, -que a ras de tierra le defendían de los escorpiones, y su enrejado de -varillas doradas, que cerraban las<span class="pagenum" id="Page_7">p. -7</span> aberturas en lo alto, se ofrecía a los soldados, con su feroz -opulencia, tan solemne e impenetrable como el rostro de Amílcar.</p> - -<p>El Consejo había señalado la casa de Amílcar para este festín; los -convalecientes que moraban en el templo de Eschmún se habían puesto -en marcha al despuntar la aurora, ayudándose con sus muletas. A cada -instante llegaban otros comensales, afluyendo de todos los caminos, -como torrentes que se precipitan en un lago. Veíase correr entre los -árboles a los esclavos de las cocinas, azorados y medio desnudos; las -gacelas, balando, huían de los prados; el sol declinaba, y el perfume -de los limoneros hacía más pesadas aún las emanaciones de aquella -multitud sudorosa.</p> - -<p>Hallábanse representadas allí todas las naciones: ligures, -lusitanos, baleares, negros y prófugos de Roma. Junto al pesado -dialecto dórico, resonaban las sílabas celtas, sonantes como los -látigos de los carros de guerra, y las terminaciones jónicas chocaban -con las consonantes del desierto, parecidas<span class="pagenum" -id="Page_8">p. 8</span> a gritos de chacales. Se reconocía al griego -por su talla menuda, al egipcio por sus altos hombros, al cántabro por -sus gruesas pantorrillas. Los carios balanceaban orgullosos las plumas -de su casco; los arqueros de Capadocia se habían pintado en el cuerpo, -con el zumo de hierbas, anchas flores, y algunos lidios, vestidos con -traje femenino, comían con zapatillas y luciendo en las orejas grandes -pendientes. Otros, que para más gala se habían pintado de bermellón, -parecían estatuas de coral.</p> - -<p>Extendíanse a lo largo de los corredores; comían agrupados junto a -las mesas o bien echados sobre el vientre, cogían los pedazos de carne, -y se hartaban, apoyados en los codos, con la magnífica postura de los -leones cuando desgarran su presa. Los últimos en llegar, de pie junto -a los árboles, veían las mesas bajas que casi desaparecían bajo los -tapices de escarlata, y aguardaban su turno.</p> - -<p>No bastando las cocinas de Amílcar, el Consejo había enviado -esclavos, vajilla y lechos; en medio del jardín<span class="pagenum" -id="Page_9">p. 9</span> lucían, como en un campo de batalla cuando -se queman los muertos, grandes hogueras en que se asaban bueyes. Los -panes, polvoreados de anís, alternaban con grandes quesos, más pesados -que discos; las cráteras de vino y los cántaros de agua hallábanse -colocados en canastillas filigranadas de oro y llenas de flores. La -alegría de comer y de beber sin tasa dilataba todos los ojos, y aquí y -acullá empezaban las canciones.</p> - -<p>Se les sirvió primero aves con salsa verde, en platos de roja -arcilla, decorados con dibujos negros; luego, todas las especies de -moluscos que crían las costas púnicas; sopas de harina, de habas y de -cebada y caracoles con comino, en platos de ámbar amarillo.</p> - -<p>En seguida se cubrieron las mesas con carnes: antílopes con sus -cuernos, pavos reales con sus plumas, carneros enteros cocidos con -vino dulce, piernas de camello y de búfalo, erizos en salsa de -azafrán, cigarras fritas y lirones confitados. En gamellas de madera -de Tamrapani flotaban, entre azafrán, grandes pedazos de grasa.<span -class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> Todo cargado de salmuera, -trufas y asafétida. Pirámides de frutas se desmoronaban sobre pasteles -de miel, sin que los cocineros hubieran olvidado servir algunos de los -perritos ventrudos y de lana rosada, que se engordaban con caldo de -aceitunas, manjares cartagineses de que abominaban otros pueblos. La -sorpresa de los nuevos manjares excitaba la avidez de los estómagos. -Los galos de largos cabellos recogidos encima de la cabeza, se -disputaban las sandías y los limones, que comían con la corteza. Negros -que nunca habían visto langosta de mar, se laceraban el rostro con sus -rojas antenas. Griegos afeitados, más blancos que el mármol, tiraban -detrás de sí las sobras de su plato, en tanto que pastores de Brucio, -vestidos con piel de lobo devoraban silenciosamente su ración, sin -apartar de ella los ojos.</p> - -<p>Iba anocheciendo. Fue quitado el velario que sombreaba la avenida de -los cipreses y encendidas las antorchas.</p> - -<p>Los vacilantes resplandores del petróleo,<span class="pagenum" -id="Page_11">p. 11</span> que ardía en vasos de pórfido, asustaron a -los monos encaramados en los cedros y consagrados a la luna. Sus gritos -alegraban a los soldados.</p> - -<p>Llamas oblongas temblaban al reflejarse en las corazas de bronce -y arrancaban un haz de chispas en los platos, incrustados de piedras -preciosas.</p> - -<p>Las cráteras, de bordes de espejos convexos, multiplicaban la imagen -agrandada de las cosas: los soldados se apretujaban en torno, mirándose -embobados y haciéndose muecas para reírse. Por encima de las mesas se -arrojaban los escabeles de marfil y las espátulas de oro. Trasegaban -los vinos griegos contenidos en odres, los de Campania encerrados en -ánforas, los de los cántabros, que se transportan en toneles, y los -vinos de azufaifo, de cinamomo y de loto. A causa del líquido vertido -el piso estaba resbaladizo. El humo de las viandas subía hasta el -follaje, mezclado al vapor de los alientos. Oíase a un mismo tiempo el -crujido de las mandíbulas, el ruido de las palabras, de las canciones, -de las copas, el estrépito de los vasos campanios<span class="pagenum" -id="Page_12">p. 12</span> rotos en mil pedazos o bien el limpio sonido -de las fuentes de plata.</p> - -<p>A medida que aumentaba su embriaguez, los soldados se acordaban -mejor de la injusticia de Cartago. La República, agotada por la -guerra, había dejado que se acumularan en la ciudad todas las bandas -de mercenarios. Giscón, su general, había tenido la prudencia de irlos -licenciando poco a poco para facilitar el pago de los sueldos; el -Consejo confiaba en que acabarían por transigir con alguna rebaja; pero -se veía ya en la imposibilidad de pagarles.</p> - -<p>Esta deuda se enlazaba en la opinión pública con los tres mil -doscientos talentos exigidos por Lutacio, y como Roma, los mercenarios -eran un enemigo para Cartago. Así lo entendían ellos, y por esto -estallaba su indignación en amenazas y revueltas. Acabaron por -solicitar permiso para reunirse a fin de celebrar una de sus victorias, -y el partido de la paz cedió, vengándose así de Amílcar, el propulsor -de la guerra. Esta había terminado, contra todos sus esfuerzos, si -bien<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> temiendo por -Cartago había entregado a Giscón el mando de los mercenarios. Designar -su palacio para recibirlos era atraer sobre él algo del odio que los -bárbaros despertaban. Además, el gasto era exorbitante, y Amílcar lo -sufragaría casi todo.</p> - -<p>Orgullosos de haberse impuesto a la República, creían los -mercenarios que al fin iban a volver a sus hogares con el precio de su -sangre en la capucha de su manto; pero sus fatigas, vistas a través de -su embriaguez, les parecían prodigiosas y míseramente recompensadas. -Se enseñaban unos a otros sus heridas; se contaban sus combates, sus -viajes y las cazas de su país. Imitaban los gritos y hasta los saltos -de las fieras. Recordaron después a los inmundos reclutadores, y -hundían la cabeza en las ánforas, dándose a beber sin tregua, como -dromedarios sedientos. Un lusitano, de talla gigante, que llevaba un -hombre colgado de cada brazo, recorría las mesas, echando fuego por -las narices. Los lacedemonios, que no se habían quitado las corazas, -saltaban pesadamente. Algunos<span class="pagenum" id="Page_14">p. -14</span> avanzaban como mujeres, haciendo gestos obscenos; otros se -desnudaban por completo para pelear al modo de los gladiadores, y -un grupo de griegos bailaba alrededor de un vaso en el que estaban -pintadas unas ninfas, al son de un escudo de cobre que golpeaba un -negro con un hueso de buey.</p> - -<p>Súbitamente, oyeron un canto quejumbroso, un canto sonoro y -apacible, que subía y bajaba en los aires, como aleteo de un pájaro -herido.</p> - -<p>Era la voz de los esclavos en las ergástulas. Los soldados se -levantaron de un salto, para libertarlos, y desaparecieron, para volver -trayendo en medio de gritos una veintena de hombres de cara pálida. -Cubría su cabeza afeitada un bonetillo cónico, de fieltro negro; -calzaban todos sandalias de madera y hacían un ruido de hierro viejo, -como las carretas en marcha.</p> - -<p>Llegaron a la avenida de los cipreses, donde se perdieron entre -la multitud que les interrogaba. Uno de ellos se había quedado -de pie, apartado de los demás. A través de los desgarrones<span -class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> de su túnica, se veían sus -espaldas surcadas por largas heridas. En actitud pensativa miraba en -torno suyo con desconfianza, y bajaba algo los párpados, deslumbrado -por las antorchas; pero advirtiendo que ninguno de los soldados le -molestaba, dio un profundo suspiro; balbuceó, se sorbió las lágrimas -que bañaban su rostro; luego, tomando por las asas un cántaro lleno, -lo levantó en el aire con sus brazos cargados de cadenas, y mirando al -cielo, sosteniendo siempre la vasija, exclamó:</p> - -<p>—¡Salud, ante todo, a ti, Baal-Eschmún, libertador, llamado -Esculapio por la gente de mi nación! ¡Y a vosotros, genios de las -fuentes, de la luz y de los bosques! ¡Y a vosotros, dioses ocultos bajo -las montañas y en las cavernas de la tierra! ¡Y a vosotros, hombres -fuertes, de relucientes armaduras, que me habéis libertado!</p> - -<p>Y dejando caer la vasija contó su historia. Le llamaban Espendio. -Los cartagineses le habían hecho prisionero en la batalla de -los Egineses. Como hablaba griego, ligur y púnico, pudo<span -class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> una vez más dar las gracias -a todos los mercenarios; les besaba las manos, y acabó felicitándoles -por el banquete, aunque muy asombrado de no ver en él las copas de -la Legión sagrada. Estas copas, que llevaban una vid de esmeralda -en cada una de sus seis facetas de oro, pertenecían exclusivamente -a una milicia formada de jóvenes patricios, escogidos entre los de -más estatura. Constituían las copas un privilegio, casi un honor -sacerdotal, y por eso mismo, los mercenarios las codiciaban entre todos -los tesoros de la República. Detestaban a la Legión por las copas, y se -había dado el caso de arriesgar la vida por el inconcebible placer de -beber en ellas.</p> - -<p>Así, pues, mandaron traer esas copas, que estaban depositadas en -poder de los Sisitas, compañías de comerciantes que comían reunidos. -Volvieron los esclavos sin ellas, porque a tal hora dormían todos los -Sisitas.</p> - -<p>—¡Que los despierten! —gritaron los mercenarios.</p> - -<p>Después del segundo recado, supieron<span class="pagenum" -id="Page_17">p. 17</span> que los Sisitas se hallaban encerrados en su -templo.</p> - -<p>—¡Que lo abran! —replicaron.</p> - -<p>Y cuando los esclavos, temblando, confesaron que las copas estaban -en poder del general Giscón, gritaron:</p> - -<p>—¡Que las entregue!</p> - -<p>Pronto apareció Giscón en el fondo del jardín, con una escolta de -la Legión sagrada. Su amplio manto negro, sujeto a la cabeza por una -mitra de oro constelada de piedras preciosas, y que colgaba cubriendo -el caballo hasta los cascos, se confundía de lejos con las sombras de -la noche. No se veía más que su barba blanca, el brillo de su tocado y -su triple collar de anchas placas azules que le golpeaban el pecho.</p> - -<p>Al verle los soldados, saludáronle con una gran aclamación, gritando -todos:</p> - -<p>—¡Las copas! ¡Las copas!</p> - -<p>Giscón empezó por declarar que las merecían, atendiendo a su valor. -Con esto la turba aulló de alegría y aplaudió.</p> - -<p>Nadie mejor que él podía decirlo,<span class="pagenum" -id="Page_18">p. 18</span> porque los había capitaneado y había venido -con la última cohorte en la última galera.</p> - -<p>—¡Es verdad! ¡Es verdad! —respondían todos.</p> - -<p>—Sin embargo —siguió diciendo Giscón—, la República ha respetado -vuestras divisiones por pueblos, vuestras costumbres, vuestros cultos; -sois libres en Cartago. En cuanto a los vasos de la Legión sagrada, son -de propiedad particular.</p> - -<p>De pronto, al lado de Espendio, un galo se lanzó, por encima de -las mesas y fue derecho a Giscón, al que amenazó esgrimiendo dos -espadas.</p> - -<p>El general, sin dejar de hablar, le dio en la cabeza con su bastón -de marfil, y el bárbaro cayó. Los galos aullaban y transmitían su -furor a los demás legionarios. Giscón se encogió de hombros; mas -palideció. Pensó que su valor personal sería inútil contra aquellos -salvajes exasperados. Valdría más dejar su venganza para más tarde, -valiéndose de algún ardid; hizo, pues, una señal a sus soldados y -fuese lentamente. Al llegar a la puerta se<span class="pagenum" -id="Page_19">p. 19</span> volvió a los mercenarios, gritándoles que se -arrepentirían.</p> - -<p>Siguió el festín. Pero Giscón podía volver, y cercando el arrabal, -que lindaba con las últimas fortificaciones, aplastarlos contra las -paredes. Entonces se sintieron solos, a pesar de ser muchedumbre; la -gran ciudad que dormía a sus pies, en la sombra, les dio miedo, de -pronto, con sus graderías, sus altas casas negras y sus dioses, más -feroces aún que su pueblo. A lo lejos brillaban algunos fanales en el -puerto y las luces del templo de Kamón. Se acordaron de Amílcar. ¿Dónde -estaba? ¿Por qué les abandonaba, hecha la paz? Sus disensiones con el -Consejo serían sin duda un pretexto para perderlos. Su odio cayó entero -sobre él y le maldecían, exasperándose unos a otros con su cólera. En -este momento se formó un grupo bajo los plátanos. Era para ver a un -negro que se retorcía golpeando el suelo con sus miembros, inmóviles -las pupilas, torcido el cuello y espumeantes los labios. Alguien -gritó que estaba envenenado, y todos creyeron estarlo también.<span -class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> Cayeron sobre los esclavos. -Se levantó un clamoreo espantoso, y un vértigo de destrucción se -apoderó del ejército ebrio. Daban golpes al acaso, destrozaban, -mataban; algunos tiraban las antorchas en la enramada; otros, -inclinándose en la balaustrada de los leones los mataban; a flechazos; -los más atrevidos corrieron a los elefantes, queriendo abatirles la -trompa y comer el marfil.</p> - -<p>Sin embargo, los honderos baleares, que para saquear más -cómodamente, habían doblado el ángulo del palacio, se vieron detenidos -por una alta barrera hecha con cañas de las Indias. Cortaron con sus -puñales las correas del cerrojo y se encontraron debajo de la fachada -que miraba a Cartago, en otro jardín lleno de plantíos artísticamente -recortados. Continuadas líneas de blancas flores describían en la -tierra azulada largas parábolas, como regueros de estrellas. Los -obscuros matorrales exhalaban olores cálidos y suaves. Había troncos de -árboles bañados de cinabrio, que parecían columnas sangrantes. En el -centro, doce<span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span> pedestales -de cobre sostenían grandes bolas de vidrio; rojizas luces fulguraban en -aquellos globos huecos, como enormes pupilas palpitantes. Los soldados -se alumbraron con antorchas, tambaleándose en los declives del terreno, -profundamente labrado.</p> - -<p>Divisaron de pronto un pequeño lago, dividido en muchos estanques -por paredes de piedras azules. El agua era tan limpia, tan clara, que -las llamas de las antorchas penetraban hasta el fondo, formado por -guijas blancas y polvos de oro. Empezó a hervir el agua, y grandes -peces de brillantes escamas subieron a la superficie.</p> - -<p>Riéndose mucho, los soldados los cogieron por las agallas y los -llevaron a las mesas.</p> - -<p>Eran los peces de la familia Barca. Todos descendían de esos rapes -primordiales que habían puesto el místico huevo en el que se ocultaba -la Diosa. La idea de cometer un sacrilegio avivó la glotonería de los -mercenarios; pusieron vasos de cobre sobre el fuego y se divirtieron en -ver cómo los hermosos<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> -peces se debatían en el agua hirviente.</p> - -<p>Los soldados habían perdido ya el miedo y volvían a beber. Los -perfumes que les caían de la frente mojaban a grandes gotas sus túnicas -hechas jirones, y de codos en las mesas, que les parecía oscilaban -como navíos, paseaban alrededor sus ojos de borracho, para devorar -con la vista lo que no estaba al alcance de su mano. Había quien, -andando entre los platos sobre los manteles de púrpura, rompían a -puntapiés los escabeles de marfil y las ampollas tirias de cristal. -Mezclábanse las canciones al estertor de los esclavos agonizantes entre -las copas rotas. Pedían más vino, comida, oro. Gritaban queriendo -mujeres. Se deliraba en cien lenguas distintas. Algunos se creían en -los baños, a causa del vapor que flotaba en torno de ellos, o bien, -mirando al follaje, imaginaban estar de caza y corrían a sus camaradas -como a bestias salvajes. El incendio se propagaba de un árbol a -otro, y los altos macizos de verdura, de los que se escapaban largas -espirales<span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> blancas, -parecían volcanes que empezaran a humear. Redoblaba el clamoreo; los -leones heridos rugían en la obscuridad.</p> - -<p>De repente se iluminó la azotea más alta del palacio; abriose la -puerta del centro y apareció en el umbral una mujer vestida de negro: -la hija de Amílcar. Bajó la primera escalera que bordeaba oblicuamente -el primer piso, luego el segundo y el tercero, y detúvose en la última -terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil y con la -cabeza baja, contempló a los soldados.</p> - -<p>Detrás de ella y a cada lado estaban dos largas filas de hombres -pálidos, vestidos de blancas túnicas con franjas rojas que caían rectas -sobre sus pies. No tenían barba, ni cabello, ni cejas. En sus manos, -deslumbrantes de anillos, llevaban enormes liras, y todos cantaban -con voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes -eunucos del templo de Tanit, a los que Salambó llamaba con frecuencia a -su casa.</p> - -<p>Al fin, la joven bajó la escalera de<span class="pagenum" -id="Page_24">p. 24</span> las galeras, siguiéndola los sacerdotes. -Avanzó por la avenida de los cipreses y anduvo lentamente por entre las -mesas de los capitanes, que se apartaban al verla pasar.</p> - -<p>Su cabellera, empolvada de arena violeta y apilada en forma de -torre, a la usanza de las vírgenes cananeas, le hacía parecer más alta -de lo que era. Trenzas de perlas pegadas a sus sienes bajaban basta las -comisuras de la boca, rosada como una granada entreabierta. Llevaba -sobre el pecho un collar de piedras luminosas que imitaban, por sus -variados colores, las escamas de una lamprea. Sus brazos, adornados -con diamantes, salían desnudos de una túnica sin mangas, constelada -de rojas flores, sobre un fondo negro. Anudada a los tobillos llevaba -una cadeneta de oro para regular el paso, y su gran manto de púrpura -sombría, cortado de un paño desconocido, arrastraba colgante, -describiendo a cada paso como una amplia onda que la seguía.</p> - -<p>A ratos, los sacerdotes pulsaban las liras de acordes casi ahogados, -y en<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> los intervalos se -oía el pequeño ruido de la cadeneta de oro con el chasquido acompasado -de las sandalias de papiro.</p> - -<p>Nadie la conocía. Únicamente se sabía que vivía retirada en -prácticas piadosas. Los soldados la habían visto de noche, en lo alto -del palacio, arrodillada ante las estrellas, entre torbellinos de -pebeteros encendidos. Era la luna la que la había vuelto tan pálida, -y algo de los dioses la envolvía como un vapor sutil. Las pupilas -parecían mirar a lo lejos, más allá de los espacios terrestres. Andaba -con la cabeza inclinada, y en la derecha mano llevaba una pequeña lira -de ébano.</p> - -<p>La oyeron murmurar:</p> - -<p>—«¡Muertos, muertos todos! Ya no vendréis más, obedientes a mi -voz, como cuando sentada al borde del lago, os echaba en la boca -pepitas de sandía. El misterio de Tanit rodaba en el fondo de vuestros -ojos, más límpidos que manantiales. Y llamaba a los peces por sus -nombres, que eran los de los meses —Siv, Siyan,<span class="pagenum" -id="Page_26">p. 26</span> Tamuz, Elul, Tischri, Schebar—. ¡Ah! ¡Piedad -para mí, Diosa!»</p> - -<p>Los soldados, sin comprender lo que ella decía, se apiñaban a su -alrededor. Se asombraban de su tocado; pero ella paseaba sobre todos -una larga mirada asustada, y luego, hundiendo la cabeza entre los -hombros, separando los brazos, les preguntaba muchas veces:</p> - -<p>—¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho? ¿No teníais, para hartaros, -pan, carnes, aceite, toda la flor de los graneros? ¡Yo había hecho -traer bueyes de Hecatompila y enviado cazadores al desierto!</p> - -<p>Subía el tono de su voz, sus mejillas se coloreaban, y añadió:</p> - -<p>—¿Dónde estáis? ¿En una ciudad conquistada o en el palacio de un -amo? ¡Y qué amo! ¡El sufeta Amílcar, padre mío, servidor de los Baales! -Vuestras armas, rojas con la sangre de sus esclavos, son las que él ha -apresado a Lutacio. ¿Sabéis de alguien en vuestras tierras que sepa -dirigir mejor las batallas? Mirad. ¡Los peldaños de nuestro palacio -están obstruidos<span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> por -nuestros trofeos! ¡Seguid incendiándolo todo! Me llevaré conmigo el -Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duerme allá arriba, sobre -hojas de loto. Silbaré y ella me seguirá; y, si embarco en mi galera, -correrá sobre la estela de la nave, entre la espuma de las olas.</p> - -<p>Palpitaban sus finas narices; aplastaba las uñas contra la pedrería -de su pecho. Sus ojos languidecían, y añadió:</p> - -<p>—¡Ah, pobre Cartago! ¡Lamentable ciudad! No tienes para defenderte -los hombres fuertes de antes, que iban más allá de los mares a levantar -templos en las playas. Todos los países trabajaban en torno tuyo, y las -llanuras del mar, aradas por tus remos, balanceaban tus cosechas.</p> - -<p>La joven empezó a cantar las aventuras de Melkart, dios de los -Sidonios y padre de su familia.</p> - -<p>Narraba la ascensión a las montañas de Ersifonia, el viaje a -Tarteso y la guerra contra Masisabal para vengar a la reina de las -serpientes.</p> - -<p>—Él perseguía en el bosque al monstruo<span class="pagenum" -id="Page_28">p. 28</span> hembra, cuya cola ondulaba sobre las -hojas muertas como un arroyo de plata; él llegó a una pradera en -que las mujeres de grupa de dragón estaban alrededor de una gran -hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de color de sangre -resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata, hendidas -como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde de -la llama.</p> - -<p>Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después de -haber vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la cabeza cortada -de este:</p> - -<p>—A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas; pero el sol la -embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban de -llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua.</p> - -<p>Cantaba Salambó todo esto en un antiguo idioma cananeo, que no -entendían los bárbaros, los cuales se preguntaban qué es lo que ella -diría con los gestos espantosos que subrayaban sus palabras. Subidos -alrededor<span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> de ella, -sobre las mesas, sobre los escabeles y en las ramas de los sicomoros, -con la boca abierta y alargando el pescuezo, trataban de retener estas -vagas historias que oscilaban ante su imaginación, a través de la -obscuridad de las teogonías, como fantasmas en las nubes.</p> - -<p>Únicamente los sacerdotes sin barba comprendían a Salambó. Temblaban -sus manos rugosas, en tanto que pulsaban las liras, a las que de vez en -cuando arrancaban un lúgubre acorde; más débiles que viejas mujeres, -temblaban a un tiempo, de emoción mística y del miedo que les causaban -los hombres. Los bárbaros no se cuidaban de ellos: solo atendían a la -virgen cantora.</p> - -<p>Pero nadie la miraba como un joven capitán númida, que estaba en -la mesa de los jefes, entre los soldados de su nación. Su cintura -estaba tan erizada de dardos que ahuecaban su amplio manto, anudado -a las sienes por un lazo de cuero, y que flotante sobre sus hombros -ensombrecía su rostro, del que no se veían más<span class="pagenum" -id="Page_30">p. 30</span> que las llamas de sus dos ojos fijos. Se -encontraba por casualidad en el festín. Por orden de su padre vivía con -los Barcas, según la costumbre de los reyes, que enviaban sus hijos a -las grandes familias, a fin de preparar futuras alianzas; pero hacía -seis meses que Narr-Habas vivía allí, y aún no conocía a Salambó. -Sentado sobre los talones y con la barba tocando las astas de sus -jabalinas, la contemplaba, inflamadas las ventanas de la nariz, como -leopardo agazapado en los bambúes.</p> - -<p>Al otro lado de las mesas hallábase un libio de colosal estatura y -de cabellos cortos y rizados. Vestía únicamente un sayo militar, cuyos -adornos metálicos rasgaban la púrpura del escabel. Entre el vello de -su pecho brillaba un collar con una luna de plata. Manchaban su rostro -salpicaduras de sangre; apoyado en el codo izquierdo y con la bocaza -abierta, sonreía a la cantora.</p> - -<p>Dejando Salambó el ritmo sagrado, empleó simultáneamente todos los -idiomas de los bárbaros, a fin de enternecerlos<span class="pagenum" -id="Page_31">p. 31</span> con aquella delicadeza de mujer. Hablaba en -griego a los griegos; luego se dirigía a los ligures, a los campanios, -a los negros, y todos, al escucharla, hallaban en su voz la dulcedumbre -de sus patrias. Impulsada por los recuerdos de Cartago, cantaba ahora -las antiguas batallas contra Roma; y ellos aplaudían. Se entusiasmaba -al resplandor de las desnudas espadas; gritaba con los brazos abiertos. -Calló su lira y enmudeció, y apretándose el corazón con las dos manos, -quedó por algunos momentos con las pupilas cerradas, saboreando la -agitación de todos aquellos hombres.</p> - -<p>El libio Matho estaba junto a ella. Involuntariamente, la joven se -acercó a él, e impulsada por el conocimiento de su orgullo, le echó -en una copa de oro un gran chorro de vino, para reconciliarse con el -ejército.</p> - -<p>—¡Bebe! —dijo Salambó.</p> - -<p>Tomó él la copa, y ya la acercaba a los labios cuando un galo, el -mismo que Giscón hirió, le golpeó la espalda, se acercó a él con aire -jovial, bromeando<span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span> en la -lengua de su país. Espendio, que allí estaba, se ofreció a traducir las -palabras.</p> - -<p>—Habla —le dijo Matho.</p> - -<p>—¡Los dioses te protegen! Llegarás a rico. ¿Cuándo es la boda?</p> - -<p>—¿Qué bodas?</p> - -<p>—Las tuyas; porque entre nosotros —explicó el galo—, cuando una -mujer da de beber a un soldado, es que le brinda con el tálamo.</p> - -<p>No había acabado de decir esto, cuando Narr-Habas dio un salto, y -sacando un dardo de la cintura y apoyándose con el pie derecho en el -borde de la mesa, lo lanzó contra Matho.</p> - -<p>Silbó el dardo entre las copas y, atravesando el brazo del libio, -lo clavó en el mantel con tal fuerza, que la empuñadura temblaba en el -aire.</p> - -<p>Matho se la arrancó aprisa; pero no tenía armas: estaba desnudo. -Al fin, levantando con ambos brazos la cargada mesa, se la tiró a -Narr-Habas en medio de la turba que se precipitaba a separarlos. Hasta -tal punto se apretaban númidas y soldados, que no podían desenvainar -las espadas. Matho<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> -avanzaba abriéndose paso con la cabeza. Cuando se irguió, Narr-Habas -había desaparecido. Le buscó con los ojos, y entonces vio que Salambó -también se había ido.</p> - -<p>Volvió entonces su mirada al palacio; vio en lo alto que la puerta -roja de la cruz negra se cerraba, y se precipitó hacia ella.</p> - -<p>Viéronle todos correr entre las proas de las galeras; aparecer luego -a lo largo de las tres escaleras, hasta la puerta roja, que empujó de -un empellón. Jadeante, se apoyó en la pared para no caer.</p> - -<p>Un hombre le había seguido, y en medio de la obscuridad, porque las -luces del festín, que daban vueltas, estaban tapadas por el ángulo del -palacio. Matho reconoció a Espendio.</p> - -<p>—¡Vete! —le dijo.</p> - -<p>El esclavo, sin responder, desgarró con los dientes su túnica; -arrodillándose luego ante Matho, le tomó el brazo delicadamente, -palpándoselo para dar con la herida.</p> - -<p>A la luz de un rayo de luna que rompió entre las nubes, Espendio -vio<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> en medio del brazo -una enorme herida. La cubrió con un ancho vendaje; pero el otro, -irritado, decía:</p> - -<p>—¡Déjame! ¡Déjame!</p> - -<p>—¡Oh, no! —dijo el esclavo—. ¡Tú me has librado de la ergástula: te -pertenezco! ¡Eres mi amo! ¡Manda!</p> - -<p>Matho, rozando las paredes, dio la vuelta a la terraza, aguzando -el oído a cada paso, y hundiendo la mirada por entre las cañas -doradas, registraba las silenciosas habitaciones. Por fin, se detuvo, -desesperado.</p> - -<p>—Óyeme —le dijo el esclavo—, no me desprecies por mi debilidad; he -vivido en este palacio y puedo, como una víbora, introducirme por las -paredes. Ven; hay en la Cámara de los Antepasados un lingote de oro -debajo de cada losa; un camino subterráneo conduce a sus tumbas.</p> - -<p>—¡Bah! ¿Qué me importa? —repuso Matho.</p> - -<p>Espendio se calló.</p> - -<p>Estaban en la azotea. Una sombra enorme se extendía ante ellos; los -manchones de la sombra parecían<span class="pagenum" id="Page_35">p. -35</span> enormes olas de un negro mar petrificado.</p> - -<p>En este instante se advirtió una franja luminosa por el lado del -Oriente. A la izquierda y muy en lo hondo, los canales de Megara -empezaban a rayar con sus blancas sinuosidades la verdura de los -jardines. Los techos cónicos de los templos heptágonos, las escaleras, -las terrazas, los baluartes, íbanse perfilando en la claridad del -alba; y en torno de la península cartaginesa oscilaba un cinturón de -blanca espuma, en tanto que el mar, color de esmeralda, parecía como -cuajado con el frescor de la mañana. A medida que el rosado cielo -iba ensanchándose, se agigantaban las altas casas inclinadas en las -vertientes del terreno, y se apiñaban como rebaño de cabras negras -que bajaran de la montaña. Las calles desiertas parecían alargarse; -las palmeras, que se destacaban saliendo aquí y acullá sobre las -paredes, estaban quietas; las cisternas, repletas de agua, simulaban -escudos de plata perdidos en los patios; empezaba a palidecer<span -class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> el faro del promontorio -Hermeo. En lo alto de la Acrópolis, en el bosque de cipreses, los -caballos de Eschmún, al surgir la luz, ponían los cascos sobre el -parapeto de mármol y relinchaban del lado del sol.</p> - -<p>Surgió el astro, y Espendio, alzando los brazos, dio un grito.</p> - -<p>Todo se agitaba en un espacio rojizo, porque como si el Dios se -desgarrara, lanzaba a rayos sobre Cartago la lluvia de oro de sus -venas. Brillaban los espolones de las galeras, el techo de Kamón -parecía irradiado de llamas, y se veían luces en el fondo de los -templos, cuyas puertas empezaban a abrirse. Grandes carretas llegadas -de la campiña rechinaban en las losas de las calles; los dromedarios, -cargados de bagajes, bajaban las rampas. Los cambistas ponían en las -encrucijadas las muestras de sus tiendas. Volaban las cigüeñas y -palpitaban las blancas velas. Oíase en el bosque de Tanit el tamboril -de las cortesanas sagradas, y en la punta de Mapales empezaban a humear -los<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> hornos en que se -cocían los ataúdes de arcilla.</p> - -<p>Espendio se asomó a la terraza; rechinábanle los dientes, y -repitió:</p> - -<p>—¡Ah, sí..., sí, amo! Comprendo por qué desdeñas ahora el saqueo de -la casa.</p> - -<p>Pareció que Matho volvía en sí al eco de estas palabras; pero no que -las entendiera. Espendio continuó:</p> - -<p>—¡Ah, cuántas riquezas! ¡Los hombres que las guardan ni hierro -tienen para defenderlas!</p> - -<p>Y señalándole con la diestra algunos plebeyos que bordeaban el -muelle por la arena, para buscar lentejuelas de oro:</p> - -<p>—Mira —añadió—, la República es como esos miserables: encorvada al -borde de los mares, hunde en todas las playas sus ávidos brazos, y el -ruido de las olas llena de tal modo su oído que no percibe tras ella la -pisada de un amo.</p> - -<p>Llevó a Matho al otro extremo de la terraza, y mostrándole el -jardín, en el que resplandecían las espadas de los soldados, colgadas -de los árboles:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span>—Aquí hay hombres -fuertes, exasperados por el odio. ¡Nada les liga a Cartago: ni sus -familias, ni sus juramentos, ni sus dioses!</p> - -<p>Matho seguía apoyado en la pared; acercándose Espendio, siguió -diciéndole en voz baja:</p> - -<p>—¿Me entiendes, soldado? Los dos nos pasearemos cubiertos de -púrpura, como sátrapas. Nos lavarán con perfumes; yo tendré esclavos, a -mi vez. ¿No estás cansado de dormir en el duro suelo, de beber vinagre -de los campos y oír siempre la trompeta? Que ya descansarás, ¿no es -verdad? Será cuando te arranquen la coraza para arrojar tu cadáver a -los buitres; o quizás cuando, apoyándote en un bastón, ciego, cojo y -débil, vayas de puerta en puerta contando las hazañas de tu juventud a -los niños y a las vendedoras de salmuera. Acuérdate de las injusticias -de tus jefes, de los campamentos en la nieve, de las carreras al sol, -de las tiranías de la disciplina y de la eterna amenaza de la cruz. -Después de tantas miserias, te han dado un collar de honor, así<span -class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> como se cuelga del pecho de -los asnos una collera de cascabeles para aturdirlos en su marcha y que -no sientan la fatiga. ¡Un hombre como tú, más valiente que Pirro! ¡Ah, -si tú quisieras! ¡Ah, qué feliz serías en las grandes salas frescas, -al son de las liras, acostado sobre flores, con bufones y con mujeres! -¡No me digas que la empresa es imposible! ¿Acaso los mercenarios no han -poseído Regio y otras plazas fuertes de Italia? ¿Quién te lo impide? -Amílcar está ausente; el pueblo odia a los ricos; Giscón no puede hacer -nada con los cobardes que le rodean. ¡En cambio, tú eres valiente; -todos te obedecerán! ¡Mándalos! ¡Cartago es nuestro!: ¡lancémonos!</p> - -<p>—No —dijo Matho—; la maldición de Moloch pesa sobre mí. La he -sentido en sus ojos, y acabo de ver en un templo un carnero negro que -reculaba.</p> - -<p>Y añadió, mirando en torno suyo:</p> - -<p>—¿Dónde está ella?</p> - -<p>Comprendió Espendio la inmensa<span class="pagenum" id="Page_40">p. -40</span> inquietud que le obsesionaba, y no se atrevió a hablarle -más.</p> - -<p>Detrás de ellos, los árboles seguían humeando; de sus ennegrecidas -ramas caían de tiempo en tiempo esqueletos de monos medio quemados, en -medio de los platos. Ebrios los soldados, roncaban con la boca abierta -al lado de los cadáveres, y los que no dormían, bajaban la cabeza, -deslumbrados por el día. El suelo desaparecía bajo charcos rojos. Los -elefantes balanceaban entre las estacas de un parque las sangrientas -trompas. En los graneros abiertos se veían sacos de harina esparcidos, -y bajo la puerta, una línea espesa de carretas amontonadas por los -bárbaros. Los pavos reales subidos en los cedros hacían la rueda y -empezaban a gritar.</p> - -<p>Sin embargo, la inmovilidad de Matho extrañaba a Espendio. Estaba -más pálido que antes; fijas las pupilas, parecía seguir algo en el -horizonte, apoyando los codos en el pretil de la azotea. Se asomó -Espendio, y acabó por descubrir lo que él contemplaba. Un punto de oro -brillaba a lo<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> lejos, -entre el polvo, en el camino de Útica; era el cubo de un carro de dos -mulas. Un esclavo, a la cabeza del timón, las llevaba de las riendas. -En el carro iban dos mujeres sentadas. Las crines de los animales -formaban bucles entre las orejas, a la usanza persa, bajo una red de -perlas azules.</p> - -<p>Las conoció Espendio y contuvo un grito.</p> - -<p>Por detrás del carro flotaba al viento un gran toldo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span></p> - <h2 class="nobreak" title="II. EN SICCA">II</h2> - <p class="subh2">EN SICCA</p> -</div> - -<p>Dos días después, los mercenarios salieron de Cartago.</p> - -<p>Se les dio a cada uno una moneda de oro, a condición de que fueran -a acampar en Sicca; se les había halagado, además, con toda clase de -lisonjas.</p> - -<p>—Sois los salvadores de Cartago; pero permaneciendo en ella la -reduciríais al hambre y la ruina. La República os pagará más tarde -esta condescendencia. Inmediatamente vamos a levantar impuestos; se -completará vuestra soldada y se equiparán galeras que os lleven a -vuestros países.</p> - -<p>No había nada que contestar a tales promesas. Aquellos hombres -acostumbrados a la guerra, se aburrían en la paz de una ciudad; no -costó trabajo convencerlos, y el pueblo subió a las murallas para -verlos partir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>Desfilaron por -la calle de Kamón y la puerta de Cirta, todos mezclados en montón: -arqueros con hoplitas, capitanes con soldados, lusitanos con griegos. -Marchaban a paso largo, haciendo sonar en las losas sus pesados -coturnos. Sus armaduras estaban abolladas por las catapultas, y -ennegrecidas sus manos por el polvo de las batallas. Broncos gritos -salían de las espesas barbas; sus aceradas cotas, desgarradas, -entrechocaban con los pomos de las espadas, y por los agujeros del -cobre, se veían los miembros desnudos, espantosos como máquinas de -guerra. Los montantes, las hachas, los venablos, los gorros de fieltro -y los cascos de bronce oscilaban a la vez, con un mismo movimiento. -Llenaban la calle hasta el punto de parecer que iban a estallar las -murallas; esta interminable masa de soldados armados se deslizaba entre -altas casas de seis pisos, cubiertas de betún. Detrás de sus rejas de -hierro o de cañas, las mujeres, tapadas con un velo, veían pasar en -silencio a los bárbaros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span>Las azoteas, las -fortificaciones, las murallas, desaparecían bajo la multitud de -cartagineses, vestidos de negro, que las llenaban. Las túnicas de los -marineros parecían manchas de sangre entre aquella sombría muchedumbre; -los niños, casi desnudos, de piel brillante, con brazaletes de cobre, -gesticulaban en el follaje de las columnas o en las ramas de las -palmeras. Algunos ancianos ocupaban las plataformas de las torres, y de -trecho en trecho, un personaje de luenga barba, en actitud soñadora, -parecía de lejos, en el fondo del cielo, un fantasma, tan inmóvil como -las piedras.</p> - -<p>Todos se sentían oprimidos por la misma inquietud: se temía que los -bárbaros, considerándose fuertes, tuvieran el capricho de permanecer -en la ciudad. Pero se iban con tanta confianza, que los cartagineses -se animaron y se mezclaron con los soldados. Se les abrumaba con -juramentos y apretones de mano. Había quien les incitaba a que no -abandonaran la ciudad, por ardid de política y audacia de hipocresía. -Se les echaba perfumes,<span class="pagenum" id="Page_46">p. -46</span> flores y monedas de plata. Se les daba amuletos contra las -enfermedades; pero no sin haber escupido antes tres veces encima de -ellos, para atraer la muerte, o encerrado tres pelos de chacal, que -vuelven al corazón cobarde. Se invocaba a grito herido el favor de -Melkart, y, en voz baja, su maldición.</p> - -<p>Vino luego la impedimenta de bagajes, de acémilas y de rezagados. -Los enfermos gemían sobre dromedarios; otros se apoyaban, renqueando, -en el asta de una pica. Los borrachos cargaban con odres; los voraces, -con cuartos de carne, pasteles, frutas, manteca envuelta en hojas de -higuera y nieve en sacos de tela. Los había con quitasoles en la mano -y loros en los hombros. Hacíanse seguir de dogos, gacelas o panteras. -Las mujeres de raza libia, montadas en asnos, increpaban a las negras -que abandonaban por los soldados los lupanares de Malqua; muchas daban -de mamar a criaturas colgadas del pecho con una correa de cuero. -Las mulas, aguijoneadas con la punta de las espadas, hundían<span -class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> el lomo bajo el peso de las -tiendas; y había innumerables criados y portadores de agua, macilentos, -amarillos por las fiebres y llenos de sabandijas, escoria de la plebe -cartaginesa que seguía a los bárbaros.</p> - -<p>Así que todos salieron se cerraron las puertas, sin que el pueblo -dejara las murallas. El ejército se derramó en seguida por la anchura -del istmo.</p> - -<p>La soldadesca se dividió en masas desiguales. Las lanzas, al -alejarse, parecían altos tallos de hierba, y al fin, todo se desvaneció -en una densa polvareda. Aquellos de los soldados que se volvían para -mirar a Cartago, no vieron más que sus largas murallas, recortando en -el horizonte sus almenas vacías.</p> - -<p>Entonces los bárbaros oyeron un gran grito. Creyeron que algunos -de sus compañeros, quedados en la ciudad, se entretenían en saquear -cualquier templo. Rieron mucho de esta idea y continuaron su camino.</p> - -<p>Se sentían alegres de encontrarse, como antes, marchando juntos -en campo abierto; los griegos cantaban<span class="pagenum" -id="Page_48">p. 48</span> la vieja canción de los mamertinos:</p> - -<p>—Con mi lanza y mi espada, trabajo y siego; yo soy el amo de la -casa. El hombre desarmado cae a mis rodillas y me llama Señor y Gran -Rey.</p> - -<p>Gritaban, saltaban, y los más alegres narraban cuentos; se había -acabado el tiempo de las miserias. Al llegar a Túnez, algunos -observaron que faltaba una tropa de honderos baleares. No estarían -lejos, sin duda, y no se preocuparon más de ellos.</p> - -<p>Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al pie de las -murallas, y la gente de la población vino a hablar con los soldados.</p> - -<p>Durante toda la noche viéronse fogatas que iluminaban el horizonte, -del lado de Cartago; lumbreras como antorchas gigantes, que se -agrandaban en el lago inmóvil. Ninguno, en el ejército, podía decir qué -fiesta se celebraba con aquellas luminarias.</p> - -<p>Al otro día, los bárbaros atravesaron una campiña cultivada. Las -granjas de los patricios se sucedían unas a otras en los bordes del -camino; las<span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> acequias -corrían entre palmerales; los olivos formaban largas líneas verdes; -rosados vapores flotaban en las gargantas de las colinas; montañas -azules se erguían por atrás. Soplaba un viento caliente. Los camaleones -rastreaban por las anchas hojas de las pitas.</p> - -<p>Los bárbaros marchaban cada vez con más lentitud. Se disgregaron en -destacamentos sueltos o seguían unos tras otros, con largos intervalos. -Comían uvas al borde de las viñas, se acostaban en la hierba, miraban -estupefactos los grandes cuernos de los bueyes, artificialmente -torcidos, las ovejas revestidas de pieles para proteger su vellón, los -barbechos que se entrecruzaban formando losanges, las rejas de los -arados, como anclas de naves, y los granados que rociaban con silfio. -Les deslumbraba esta opulencia de la tierra y esos inventos de la -sabiduría.</p> - -<p>Por la noche se echaron sobre las tiendas, sin desplegarlas, -y dormitando de cara a las estrellas, soñaron con el festín de -Amílcar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>Al mediodía siguiente -se hizo alto a orillas de un río, entre matas de adelfas. Aquí se -apresuraron a dejar lanzas, escudos y cinturones. Se lavaban a gritos, -llenaban sus cascos de agua y otros bebían de bruces, entremezclados -con las acémilas, a las que se les caía la carga.</p> - -<p>Espendio, sentado en un dromedario robado al parque de Amílcar, vio -de lejos a Matho, que con el brazo junto al pecho, desnuda la cabeza -y la mirada baja, dejaba beber a su mula viendo correr el agua. El -esclavo se abrió paso a través de la turba, llamándole:</p> - -<p>—¡Amo! ¡Amo!</p> - -<p>Apenas si Matho le dio las gracias. Sin preocuparse por ello, -Espendio siguió andando detrás de él, y de vez en cuando volvía los -ojos inquietos hacia donde estaba Cartago.</p> - -<p>Era hijo de un retórico griego y de una prostituta campania. Al -principio se había enriquecido vendiendo mujeres; luego, arruinado por -un naufragio, había hecho la guerra a los romanos con los pastores -del<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> Samnio. Le cogieron -prisionero y se escapó; le volvieron a apresar y entonces trabajó en -las canteras, se quemó en las estufas, gritó en los suplicios, conoció -muchos amos y todo género de miserias. Un día, al fin, desesperado, -se lanzó al mar desde lo alto de la trirreme en que bogaba. Marineros -de Amílcar recogiéronle moribundo y le encerraron en la ergástula de -Megara. Pero como los tránsfugas debían ser devueltos a los romanos, -aprovechó el desorden del festín para huir con los soldados.</p> - -<p>Durante toda la marcha estuvo cerca de Matho; le llevaba comida, le -ayudaba a apearse y de noche le extendía su tapiz bajo la tienda. Matho -acabó por conmoverse con estas atenciones, y poco a poco fue haciéndose -comunicativo: contó al esclavo su historia.</p> - -<p>Había nacido en el golfo de las Sirtes. Su padre le llevó en -peregrinación al templo de Ammón. Cazó después elefantes en los bosques -de los Garamantes. En seguida se alistó al servicio de Cartago. Le -nombraron tetrarca<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> en -la toma de Drepanum. La República le debía cuatro caballos, veintitrés -<i>medimnas</i> de trigo y la soldada de un invierno. Temía a los -dioses y deseaba morir en su patria.</p> - -<p>Espendio le habló de sus viajes, de los pueblos y templos que había -visitado, y de muchas cosas que él sabía, como fabricar sandalias, -venablos y sedas, domesticar animales feroces y cocer venenos.</p> - -<p>A veces, interrumpiéndose, brotaba del fondo de su garganta un grito -ronco; la mula de Matho apretaba la marcha; las demás se apresuraban -a seguirla; luego, Espendio volvía a empezar, agitado siempre por su -angustia. Esta se calmó en la noche del cuarto día.</p> - -<p>Iban juntos, a la derecha del ejército, por el flanco de una colina. -Abajo se prolongaba la llanada, perdida en los vapores de la noche. -Las líneas de soldados que desfilaban por abajo producían ondulaciones -en la sombra. A veces pasaban por las eminencias de terreno alumbradas -por la luna; entonces temblaba una estrella en la<span class="pagenum" -id="Page_53">p. 53</span> punta de las picas, espejeaban por un -instante los cascos; desaparecía todo y otros seguían haciendo lo -mismo. En lontananza, balaban los rebaños despertados, y algo, de una -infinita dulcedumbre, parecía cernerse sobre la tierra.</p> - -<p>Espendio, doblada la cabeza y con los ojos entornados, aspiraba a -bocanadas el aire fresco; separaba los brazos y movía los dedos para -sentir mejor esta caricia que le corría por el cuerpo. Se ilusionaba -con nuevas esperanzas de venganza. Se tapó la boca con la mano para -contener sus suspiros y, como abstraído, soltaba el cabestro de su -dromedario, que andaba a paso acompasado. Matho había vuelto a su -tristeza; sus piernas colgaban hasta el suelo, y las hierbas, al -restregarse en sus coturnos, producían un chirrido continuado.</p> - -<p>Sin embargo, el camino se alargaba sin acabarse nunca. Al extremo de -una llanada, se llegaba siempre a una planicie redonda; luego se bajaba -a un valle y las montañas que fingían cerrar el horizonte parecían -deslizarse<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> conforme -iban acercándose a ellas. A trechos surgía un río entre tamariscos, -para perderse al volver una colina. A veces se erguía una enorme roca, -a manera de proa de una nave o de pedestal de un coloso derribado.</p> - -<p>Encontrábanse, a intervalos regulares, pequeños templos -cuadrangulares, que servían de estaciones a los peregrinos que iban a -Sicca. Estaban cerrados como tumbas. Los libios, para que los abrieran, -golpeaban con fuerza la puerta, pero nadie contestaba desde dentro.</p> - -<p>Iban escaseando los labrantíos, porque se entraba en un terreno -arenoso erizado de matas espinosas. Rebaños de carneros ramoneaban -entre las piedras, guardados por una mujer, de talle ceñido por un -vellón azul, y que huía dando gritos, al ver entre las rocas las picas -de los soldados.</p> - -<p>Seguía el camino por una especie de corredor bordeado por dos -cadenas de rojizos montículos. De repente un olor nauseabundo hirió el -olfato de los soldados, que creyeron advertir algo extraordinario en lo -alto de un<span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> algarrobo: -por encima de las hojas se erguía una cabeza de león.</p> - -<p>Corrieron a verlo. Era un león sujeto a una cruz por los cuatro -miembros, como un criminal. El enorme hocico le caía sobre el pecho, -y sus dos patas anteriores, que medio desaparecían tapadas por las -melenas, estaban tan separadas como alas abiertas de un pájaro. -Apuntábanse sus costillas, una a una, por debajo de la piel distendida; -sus patas traseras, clavadas una encima de otra, aparecían encorvadas; -la negra sangre, que manaba entre los pelos, formaba estalactitas bajo -la cola que colgaba recta a lo largo de la cruz. Los soldados rieron -el encuentro: llamaron al león cónsul y ciudadano de Roma y le tiraron -guijarros a los ojos para quitarle los mosquitos.</p> - -<p>Cien pasos más adelante vieron otros dos y en seguida una larga fila -de cruces con leones clavados. Algunos llevaban muertos tanto tiempo, -que solo quedaban en los maderos los restos de los esqueletos; otros, -medio roídos, torcían las fauces con una horrible<span class="pagenum" -id="Page_56">p. 56</span> mueca; los había enormes, que se balanceaban -en vilo, en el árbol de la cruz, en tanto que sobre sus cabezas -revoloteaban bandas de cuervos, sin pararse nunca. Así procedían los -campesinos cartagineses cuando apresaban una fiera, creyendo atemorizar -a las demás con este ejemplo. Los soldados, dejando de reír, quedaron -asombrados. «Qué pueblo es este», pensaban, «que se entretiene -crucificando leones.»</p> - -<p>Por lo demás, estaban los hombres, los del Norte, sobre todo, -vagamente inquietos, enfermos ya; se laceraban las manos con las puntas -de los áloes; nubes de mosquitos zumbaban en sus oídos y la disentería -empezaba a hacer estragos. Se aburrían de no llegar a Sicca. Temían -perderse y entrar en el desierto, la región de las arenas y de los -espantos. No querían seguir adelante y muchos tornaron al camino de -Cartago.</p> - -<p>Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido largo rato la -base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y apareció -una línea<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> de murallas -sobre blancas rocas, confundiéndose con ellas. No tardó en verse toda -la ciudad; unos rasos blancos, azules y amarillos se agitaban sobre -las murallas en la rojiza tarde: eran las sacerdotisas de Tanit que -acudían a recibir a los hombres. Estaban alineadas a lo largo del -baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras, agitando crótalos; y -los rayos del sol poniente, por las montañas de Numidia, pasaban por -entre las cuerdas de las arpas que recorrían los brazos desnudos de -las vírgenes. A intervalos, cesaba la música y estallaba un grito -estridente, precipitado, furioso, continuado; especie de ladrido que -las mujeres hacían azotando con la lengua los dos ángulos de la boca. -Otras se quedaban acodadas, con la barbilla en la mano, más inmóviles -que esfinges, asaetando con sus negros ojos al ejército que iba -subiendo.</p> - -<p>Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía contener tanta -multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad. -Los bárbaros se establecieron en la llanada;<span class="pagenum" -id="Page_58">p. 58</span> unos disciplinados como tropas regulares, -otros por naciones o según su capricho.</p> - -<p>Los griegos plantaron en líneas paralelas sus tiendas de pieles; -los iberos dispusieron en círculo sus pabellones de tela; los galos -construyeron barracas de tablas; los libios cabañas con piedras; los -negros cavaron en la arena, con las uñas, fosos para dormir. Muchos, no -sabiendo dónde meterse, ambulaban entre los bagajes, y llegada la noche -se acostaban en tierra envueltos en sus mantos.</p> - - -<p class="mt2">La llanura se extendía alrededor de ellos, bordeada de -montañas. Aquí y allá, una palmera se cimbreaba sobre una colina de -arena; abetos y encinas manchaban los flancos de los precipicios; la -lluvia caía, como una larga banda que la tempestad colgaba, del cielo, -en tanto que en el resto de la campiña el cielo seguía azul y sereno; -después, un viento tibio lanzaba torbellinos de polvo y un arroyo -bajaba en cascadas de las alturas de Sicca, en las que se levantaba, -con<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> su tejado de oro -sobre columnas de cobre, el templo de Venus cartaginesa, dominadora de -la comarca, a la que parecía infundir su alma. Por estas convulsiones -de la tierra, por estas alternativas de la temperatura y por esos -juegos de luz, la diosa manifestaba la extravagancia de la fuerza junto -con la belleza de su eterna sonrisa. Las cimas de las montañas tenían -unas la forma de una luna creciente; otras parecían pechos de mujer -mostrando sus senos hinchados. Los bárbaros sentían pasar sobre sus -fatigas un abatimiento lleno de delicias.</p> - -<p>Espendio, con el dinero de su dromedario se había comprado un -esclavo. La mayor parte del día lo pasaba durmiendo tendido ante la -tienda de Matho. A menudo se despertaba creyendo, en su sueño, oír -silbar las correas; entonces, sonriéndose, se pasaba las manos por las -cicatrices de sus piernas en el sitio que habían lacerado los grilletes -y luego se dormía.</p> - -<p>Matho aceptaba su compañía. Siempre que salía, Espendio le -escoltaba<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> como un -lictor, armado con un espadón; o bien Matho se apoyaba en su espalda, -porque Espendio era de baja estatura.</p> - -<p>Una tarde que atravesaban juntos las calles del campamento, vieron -unos hombres cubiertos con mantos blancos, y entre ellos a Narr-Habas, -el príncipe de los númidas. Matho se estremeció.</p> - -<p>—¡Dame tu espada! —exclamó—; ¡Quiero matarle!</p> - -<p>—Todavía no —contestó Espendio, conteniéndole, porque ya Narr-Habas -venía a su encuentro.</p> - -<p>Besó el númida sus dos pulgares en señal de alianza, acallando la -cólera que tuvo en la embriaguez del festín; luego habló extensamente -contra Cartago, pero sin decir lo que le había traído entre los -bárbaros.</p> - -<p>¿Era para traicionarlos, o en bien de la República?, se preguntaba -Espendio; y como esperaba aprovecharse de todos los desórdenes, suponía -también a Narr-Habas capaz de todas las perfidias.</p> - -<p>El jefe de los númidas se quedó<span class="pagenum" -id="Page_61">p. 61</span> con los mercenarios. Parecía querer intimar -con Matho. Enviaba a este cabras gordas, polvo de oro y plumas de -avestruz. El libio, desconcertado con estos halagos, no sabía si -corresponder a ellas o exasperarse. Espendio le apaciguaba y Matho -se dejaba gobernar por el esclavo, pues era un irresoluto, lleno de -invencible sopor, como aquel que ha bebido un brebaje que le ha de -ocasionar la muerte.</p> - -<p>Una mañana que salieron los tres a caza de un león, Narr-Habas -ocultó un puñal en su manto. Espendio iba siempre detrás de él y -volvieron sin que el númida sacara el arma.</p> - -<p>Otra vez Narr-Habas los llevó muy lejos, hasta los confines de su -reino. Llegaron a un desfiladero, y allí, sonriendo, declaró que había -perdido el rumbo; Espendio lo halló.</p> - -<p>Lo más frecuente era que Matho, melancólico como un augur, saliera, -no bien aparecía el sol, a vagabundear por la campiña. Se echaba en la -arena y permanecía inmóvil hasta la noche.</p> - -<p>Consultó, uno tras otro, a todos los adivinos del ejército; a -los que observan<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> la -marcha de las serpientes, a los que leen en las estrellas, a los que -soplan en la ceniza de los muertos. Tragó gálbano, seselí y veneno de -víbora que hiela el corazón; mujeres negras cantando, a la luz de la -luna, bárbaras canciones, le picaron la frente con estiletes de oro; -se cargaba de collares y de amuletos; invocaba, ora a Baal-Kamón, ora -a Moloch o a los siete Kabiros, a Tanit y a la Venus de los griegos. -Grabó un nombre en una placa de cobre y la hundió en la arena, en el -dintel de su tienda. Espendio le oía gemir y hablar solo.</p> - -<p>Una noche entró.</p> - -<p>Matho, desnudo como un cadáver, estaba acostado boca abajo sobre -una piel de león, con la cara entre las manos. Una lámpara suspendida -alumbraba sus armas, colgadas sobre su cabeza en el mástil de la -tienda.</p> - -<p>—¿Sufres? —le preguntó el esclavo—. ¿Qué necesitas? Dímelo.</p> - -<p>Y le tocaba en la espalda, llamándole muchas veces:</p> - -<p>—¡Amo! ¡Amo!</p> - -<p>Al fin, Matho le miró con ojos turbados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span>—¡Escucha! —dijo en -voz baja, con un dedo en los labios—. ¡Es una maldición de los dioses! -¡Me persigue la hija de Amílcar! Tengo miedo, Espendio —y se apretaba -contra su pecho como niño asustado por un fantasma—. Háblame. ¡Quiero -curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de algún dios más fuerte o de -alguna otra invocación irresistible?</p> - -<p>—¿Para qué? —preguntó Espendio.</p> - -<p>Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos puños:</p> - -<p>—¡Para librarme del hechizo!</p> - -<p>Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos intervalos:</p> - -<p>—Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que ella habrá -prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si -ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman; -oigo su voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi -alma.</p> - -<p>»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las olas invisibles de -un océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El esplendor -de su hermosura<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> forma -a su alrededor un nimbo de luz; a veces creo que no la he visto jamás, -que no existe... y que todo es un sueño...</p> - -<p>Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros dormían. Espendio, -mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de oro en las -manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades su -tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo:</p> - -<p>—¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no implores más a los -dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los hombres! -¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir -tanto?</p> - -<p>—¿Acaso soy un niño? —contestó Matho—. ¿Crees que me enternezco por -la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en Drepanum, -y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y -cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta...</p> - -<p>El esclavo le interrumpió:</p> - -<p>—Si no fuera la hija de Amílcar...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>—No —repuso Matho—. -Ella no se parece a las otras hijas de los hombres. ¿Has visto tú sus -grandes ojos bajo sus grandes cejas, como soles bajo arcos de triunfo? -Acuérdate; cuando apareció palidecieron todas las antorchas. Entre los -diamantes de su collar, resplandecía su pecho desnudo; se sentía tras -ella como el olor de un templo, y algo se escapaba de todo su ser que -era más suave que el vino y más terrible que la muerte.</p> - -<p>Quedó embebecido, baja la cabeza y con las pupilas fijas.</p> - -<p>—¡Pero yo la quiero, la necesito! Me muero. Pensando que la estrecho -en mis brazos, me arrebata una alegría furiosa y, sin embargo, la odio. -Espendio, ¡quisiera maltratarla! ¿Qué hacer? Tengo deseos de venderme -para ser su esclavo. ¡Tú lo fuiste! ¡Tú podías verla! ¡Háblame de ella! -Todas las noches sube a la azotea de su palacio, ¿verdad? ¡Ah, las -piedras deben estremecerse bajo sus sandalias, y las estrellas asomarse -para verla!</p> - -<p>Volvió a enfurecerse, bramando como un toro herido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span>Luego, Matho cantó: -«Él persiguió en el bosque el monstruo hembra, de cola que ondulaba -sobre las hojas muertas como un arroyo de plata.» Y arrastrando la voz, -imitaba el estilo de Salambó, y sus manos hacían como que pulsaban las -cuerdas de una lira.</p> - -<p>A todos los consuelos de Espendio contestaba con los mismos -discursos: pasaba las noches entre gemidos y exhortaciones.</p> - -<p>Quiso aturdirse con el vino, pero la embriaguez aumentaba su -tristeza. Probó distraerse jugando a la taba, y perdió una a una las -placas de oro de su collar. Se dejó llevar junto a las servidoras -de la Diosa; pero bajó la colina sollozando como quien vuelve de un -funeral.</p> - -<p>Espendio, por el contrario, se volvía más atrevido y alegre. -Veíasele en las cantinas de las enramadas, en medio de los soldados. -Componía las corazas viejas, jugaba con puñales e iba a coger hierbas -del campo para los enfermos. Era chistoso, sutil, lleno de inventiva -y de verbo; los bárbaros se iban acostumbrando a sus servicios,<span -class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> y él se hacía querer de -todos.</p> - -<p>Se esperaba a un embajador de Cartago que había de traerles en mulas -canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos dibujaban con -los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado un -nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros, -esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto, -los caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e -infantes, bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las -mujeres.</p> - -<p>Todos los días llegaban tropeles de hombres casi desnudos, con -hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores -de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que -se declaraban en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por -los impuestos, desterrados y malhechores. Luego venían mercaderes, -vendedores de vino y de aceite, furiosos porque no se les pagaba -y vociferando contra la República. Espendio les hacía coro. Muy -pronto<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> disminuyeron -los víveres. Se hablaba de ir en masa sobre Cartago y de llamar a los -romanos.</p> - - -<p class="mt2">Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos lentos -y sordos que se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que -aparecía y desaparecía en las ondulaciones del terreno.</p> - -<p>Era una gran litera de púrpura, con penachos de plumas de avestruz -en las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban sartas de -cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían -sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con -armadura de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los -talones.</p> - -<p>Detuviéronse a trescientos pasos del campamento, para sacar de la -valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha espada y -su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron -adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos -bastones de madera azul, terminados en cabezas<span class="pagenum" -id="Page_69">p. 69</span> de caballo o piñas de pino. Todos los -bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se precipitaron a los -guardias de la Legión, besándoles los pies.</p> - -<p>Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que andaban -acompasados, a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, -al acaso, embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales -sueltos y por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez -en cuando, una mano cargada de anillos entreabría la litera, y una -voz ronca soltaba palabras injuriosas; entonces, los porteadores se -paraban, y luego tomaban otro camino a través del campo.</p> - -<p>Al fin se levantaron las cortinas de la litera y apareció sobre -un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada. Las -cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas; -lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan -descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del -cuerpo desaparecía<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> bajo -los vellones que llevaban la litera.</p> - -<p>Los soldados reconocieron en este hombre así acostado, al Sufeta -Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a hacer -perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de -Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por -codicia —pensaban los bárbaros—, porque vendió por su cuenta todos los -cautivos, declarando a la República que habían muerto.</p> - -<p>Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a los soldados, hizo -una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos esclavos, -puso los pies en tierra, tambaleándose.</p> - -<p>Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas de plata. -Envolvían sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la -carne entre los lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo -escarlata que le cubría los muslos; los pliegues de su cuello le -llegaban al pecho, como papada de buey; su túnica, pintada de flores, -parecía estallar bajo los sobacos; llevaba<span class="pagenum" -id="Page_71">p. 71</span> banda, cinturón y amplio manto negro con -dobles mangas enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de -piedras azules, los broches de oro y los pesados pendientes servían -solo para hacer más horrible su deformidad. Se le hubiera tomado por -un ídolo ventrudo tallado en un bloque de piedra; porque una lepra -pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la apariencia de una cosa -inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de buitre, se dilataba -con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas pegadas, -brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de -áloe, para rascarse los pies.</p> - -<p>Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se apaciguó el tumulto y -Hannón empezó a hablar.</p> - -<p>Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la República; los -bárbaros debían felicitarse de haberla servido. Pero había que -mostrarse más razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene -más que tres olivos,<span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> -¿no es justo que guarde dos para él?»</p> - -<p>De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su discurso con apólogos y -proverbios, haciendo signos con la cabeza para solicitar aprobación.</p> - -<p>Hablaba en púnico, y los que le rodeaban —los más alertas a tomar -las armas— eran los campanios, los griegos y los galos, y ninguno de -ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y -balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó.</p> - -<p>Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes. Los heraldos -gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía para el -mando en los ejércitos cartagineses.</p> - -<p>Los guardias apartaron a latigazos la turba de soldados, y pronto -llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los jefes de -las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su nación. -Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo; brillaban -hogueras aquí<span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> y acullá; -se iba de un lado a otro, y todos se preguntaban:</p> - -<p>—¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el dinero?</p> - -<p>Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas de la República. -Su tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba:</p> - -<p>—¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!...</p> - -<p>A ratos se frotaba los miembros con la espátula de áloe, o bien se -interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un esclavo, -una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en -vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata, -y continuaba diciendo:</p> - -<p>—Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres sekels de oro, y los -cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada. Nuestras -pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan -exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio -de los dioses. En cuanto a cosas de comer,<span class="pagenum" -id="Page_74">p. 74</span> no quiero hablar: es una calamidad. Faltos de -galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse de silfio, a causa -de las rebeliones en la frontera de Cirene. La Sicilia, de la que se -sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora. Todavía ayer, por un -bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más dinero que antes por dos -elefantes.</p> - -<p>Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin pasarse un número, -todos los gastos hechos por la República para reparaciones de templos, -enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de -coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de -las minas en el país de los cántabros.</p> - -<p>Pero los capitanes, así como los soldados, no entendían el púnico, -aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se acostumbraba -poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales cartagineses -que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se habían -ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlos<span -class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> consigo. Su voz, además, era -demasiado sorda y se la llevaba el viento.</p> - -<p>Los griegos, apretados con su cinturón de hierro, aguzaban el -oído, esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los -montañeses, cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza -o bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos, -distraídos, sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del -desierto escuchaban inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana -gris. Llegaban otros por detrás: los guardias, empujados por la turba, -vacilaban en sus monturas; los negros tenían en las manos teas de abeto -ardiendo, y el gordo cartaginés continuaba su arenga, subido en un -cerrillo de césped.</p> - -<p>Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos y apóstrofes. -Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer silencio -gritaban más que los demás y aumentaban la confusión.</p> - -<p>De pronto, un hombre de pobre apariencia<span class="pagenum" -id="Page_76">p. 76</span> saltó a los pies del Sufeta, arrancó la -trompeta a un heraldo, sopló en ella, y Espendio —pues era él— anunció -que iba a decir algo importante. Ante esta declaración, rápidamente -hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina, gala, libia y balear, -los capitanes, entre sorprendidos y regocijados, contestaron:</p> - -<p>—¡Habla, habla!</p> - -<p>Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los libios, que eran -los más, les dijo:</p> - -<p>—¿Habéis oído las horribles amenazas de este hombre?</p> - -<p>Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y continuando -Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los -bárbaros.</p> - -<p>Estos se miraron asombrados; todos, en seguida, como por tácito -acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en señal de -asentimiento.</p> - -<p>Entonces Espendio dijo con voz robusta:</p> - -<p>—Ha empezado diciendo que los dioses de los otros pueblos no -eran<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> sino quimeras -al lado de los dioses de Cartago; os ha llamado cobardes, ladrones, -mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros, la República no se -vería obligada a pagar el tributo a los romanos; por vuestros excesos -la habéis privado de perfumes, de aromas, de esclavos y de silfio, -porque vosotros os entendéis con los nómadas de la frontera de Cirene. -Pero los culpables serán castigados. Ha leído la enumeración de sus -suplicios: se les hará trabajar en el empedrado de las calles, en el -armamento de los bajeles, en el ornato de los Sisitas; y a otros se les -enviará a arañar la tierra en las minas del país de los cántabros.</p> - -<p>Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los campanios y a los -baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que habían herido -sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el -Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el -tumulto de los demás. Espendio añadió:</p> - -<p>—¿No habéis visto que ha dejado<span class="pagenum" -id="Page_78">p. 78</span> fuera del campamento una reserva de sus -jinetes? A una señal acudirán a degollaros a todos.</p> - -<p>Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como entonces se separó -la turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud de -fantasma, un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado -hasta las caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de -polvo y de espinas. Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas -manojos de paja, harapos de tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de -sus miembros descarnados como andrajos de las ramas secas; sus manos -temblaban con un estremecimiento continuo, y andaba apoyado en un -bastón de olivo.</p> - -<p>Al llegar junto a los negros que llevaban las antorchas, una -especie de risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras con ojos -asustados contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él.</p> - -<p>Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de ellos, -escudándose en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquí<span class="pagenum" -id="Page_79">p. 79</span> están! ¡Aquí están!» Señalando a los -guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas armaduras. Piafaban -los caballos, deslumbrados por el resplandor de las antorchas que -chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía ululando:</p> - -<p>—¡Los han matado!</p> - -<p>A estas palabras, dichas en balear, los baleares se acercaron y le -reconocieron. Él repitió:</p> - -<p>—¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los hermosos jóvenes, -los honderos, mis compañeros, los vuestros!</p> - -<p>Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó hablando.</p> - -<p>Espendio no podía reprimir su alegría mientras explicaba a griegos -y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que venían tan a -propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus -compatriotas.</p> - -<p>Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados en la víspera, -y que habiéndose dormido, cuando llegaron a la plaza de Kamón, como los -bárbaros habían partido ya, se<span class="pagenum" id="Page_80">p. -80</span> encontraron indefensos por haber puesto en los camellos sus -balas de arcilla, con el resto de los bagajes. Se les dejó entrar en la -calle de Sateb, hasta la puerta de encina forrada con placas de cobre, -y el pueblo, impetuoso, se volvió contra ellos.</p> - -<p>Los soldados recordaron ahora haber oído un gran grito, grito que -Espendio no oyó porque iba en la vanguardia.</p> - -<p>Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los dioses Pateque, -que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los crímenes -de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus -desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron -horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin -de atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías; -a algunos les arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se -encendieron hogueras en las esquinas.</p> - -<p>Estas eran las llamas que brillaban de lejos sobre el lago. -Habiéndose incendiado<span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> -algunas casas, se tiró por encima de las murallas el resto de los -cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado oculto en los -cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro del -ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las -cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas, -hambriento, enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba; -hasta que un día vio unas lanzas en el horizonte y las siguió -instintivamente, porque ya tenía turbado el juicio con tantos terrores -y miserias.</p> - -<p>La indignación de los soldados, contenida mientras él habló, estalló -ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al Sufeta. -Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si -serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les -contestó que lo traía consigo.</p> - -<p>Corrieron a las avanzadas y, empujados por los bárbaros, llegaron -los<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> bagajes del Sufeta -en medio de las tiendas. Sin esperar a los esclavos, desataron los -cestos y encontraron ropas de jacinto, esponjas, raspadores, cepillos, -perfumes y punzones de antimonio para pintar los ojos; todo esto -de propiedad de los guardias, hombres ricos acostumbrados a estas -delicadezas. En seguida se descubrió en un camello una gran cuba de -bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse en el camino, porque -había tomado toda suerte de precauciones, incluso la de llevar en -jaulas comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba vivas para hacer -la tisana. Como su enfermedad le aumentaba el apetito, traía además -gran cantidad de comestibles y de víveres, de salmuera, de carnes y -pescados con miel, en tiestecitos de Comagen y grasa de oca fundida, -cubierta de nieve y de paja picada. La provisión era considerable. A -medida que se iban destapando las cestas, aparecían más víveres, y las -risas aumentaban como olas que se entrechocan.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span>El sueldo de los -mercenarios llenaba unos dos serones de esparto. En uno de ellos se -veían esos rodetes de cuero de que la República se servía para ahorrar -numerario; y como los bárbaros se extrañaran, Hannón les declaró que -las cuentas estaban tan enrevesadas que los Ancianos no habían tenido -tiempo de examinarlas. Entretanto, se les enviaba esto.</p> - -<p>Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera, provisiones y -bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para apedrear -a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose -de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la -maldición de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta -las orejas. Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que -llevaba, y de lejos, gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo, -cloaca de Moloch; suda tu oro y tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La -escolta, en desorden, galopaba a sus lados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span>Pero el furor de los -bárbaros no se aplacó con esto. Se acordaron de que muchos de ellos que -fueron a Cartago, no habían vuelto; sin duda, se les había asesinado. -Tanta injusticia, les exasperó; arrancaron las estacas de las tiendas, -arrollaron sus mantos, embridaron los caballos: cada cual tomó su casco -y su espada, y en un instante estuvo todo dispuesto. Los que no tenían -armas, corrieron al bosque a cortar ramas.</p> - -<p>Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se lanzaban a las -calles. «Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto por la -comarca.</p> - -<p>Surgían hombres de cada camino, de cada barranco. Hasta los pastores -bajaban corriendo de las montañas.</p> - -<p>Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la vuelta a la -llanada, montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que -llevaba un tercer caballo.</p> - -<p>Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span>—¡Levántate, amo, -levántate! ¡Nos vamos!</p> - -<p>—¿Dónde? —preguntó Matho.</p> - -<p>—A Cartago.</p> - -<p>Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la puerta.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span></p> - <h2 class="nobreak" title="III. SALAMBÓ">III</h2> - <p class="subh2">SALAMBÓ</p> -</div> - -<p>La luna se levantaba a ras de las olas, y brillaban en la ciudad, -cubierta de tinieblas, blancuras, puntos luminosos, como la lanza de -un carro en un patio, algún pingajo de tela colgado, la esquina de una -pared o el collar de oro en el pecho de un dios.</p> - -<p>Las bolas de vidrio de los techos de los templos irradiaban aquí y -allá, como gruesos diamantes. Pero las informes ruinas, los montones -de tierra negra y las huertas formaban manchas más sombrías aún en la -obscuridad; abajo, en Malqua, se extendían las redes de los pescadores -de una casa a otra, como gigantescos murciélagos que desplegaran las -alas. Ya no se oía el rechinar de las ruedas hidráulicas que elevaban -el agua al último piso de los palacios; en medio de las terrazas -descansaban tranquilamente los camellos, acostados sobre<span -class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> el vientre, al modo de los -avestruces.</p> - -<p>Los ostarios o porteros dormían en las calles, en el dintel de las -casas; la sombra de los colosos se alargaba en las desiertas plazas; a -lo lejos, la llama de algún sacrificio seguía ardiendo, y la humareda -se escapaba por las tejas de bronce; la pesada brisa traía, con los -perfumes de los aromas, los olores de la marina y el vaho de las -murallas calentadas por el sol.</p> - -<p>Alrededor de Cartago resplandecían las ondas inmóviles, porque la -luna desparramaba su luz a un tiempo sobre el golfo ceñido de montañas -y sobre el lago de Túnez, donde los flamencos formaban largas líneas -rosadas en los bancos de arena; en tanto que más allá, bajo las -catacumbas, la gran laguna salada espejeaba como una lámina de plata. -La bóveda del cielo azul se hundía en el horizonte, por un lado, en -la polvareda de los llanos; por otro, en las brumas del mar; y sobre -la cima de la Acrópolis, los cipreses piramidales cercaban el templo -de Eschmún, balanceándose y murmurando como las olas que batían<span -class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> lentamente, acompasadamente, -a lo largo del muelle, por debajo de las fortificaciones.</p> - -<p>Salambó, sostenida por una esclava que llevaba en un plato de hierro -carbones encendidos, subió a la terraza de su palacio.</p> - -<p>En medio de este recinto había un pequeño lecho de marfil, cubierto -de pieles de lince, con cojines de pluma de loro, animal fatídico -consagrado a los dioses; y en las cuatro esquinas se levantaban -altos pebeteros llenos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. La -esclava encendió los perfumes. Salambó miró la estrella polar; -saludó lentamente los cuatro puntos cardinales, y se arrodilló en el -suelo, entre el polvo de azul sembrado de estrellas, a imitación del -firmamento. Pegados los brazos al cuerpo, con los antebrazos extendidos -y las manos abiertas, mirando a la luna, dijo:</p> - -<p>—¡Oh, Rabbetna!... ¡Baalet!... ¡Tanit! —y su voz era quejumbrosa -como si llamara a alguien—. ¡Anaitís! ¡Astarté! ¡Derceto! ¡Astoreth! -¡Mylitha!<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> ¡Athara! -¡Elissa! ¡Tiratha! Por los símbolos ocultos, por los sistros -resonantes, por los surcos de la tierra, por el eterno silencio y por -la eterna fecundidad, dominadora del mar tenebroso y de las cerúleas -playas. ¡Oh, Reina de las cosas húmedas! ¡Salud!</p> - -<p>Balanceó el cuerpo dos o tres veces y luego hundió la frente en el -polvo, alargando los brazos.</p> - -<p>Su esclava la levantó despacio, porque era menester, según los -ritos, que alguien viniera a alzar al suplicante de su actitud -prosternada. Era como asegurarle que los dioses quedaban agradecidos. -La nodriza de Salambó no olvidaba nunca este deber piadoso.</p> - -<p>Unos mercaderes de la Getulia-Daritiana la trajeron de niña a -Cartago, y después de su libertad no quiso en manera alguna abandonar -a sus amos, como lo probaba su oreja derecha, perforada por ancho -agujero. Una saya de rayas multicolores le ceñía la cintura, bajando -hasta los tobillos, donde se entrechocaban dos círculos de estaño. La -cara, algo aplastada, era tan amarilla como su túnica. Agujas<span -class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> de plata, muy largas, -formaban como un sol alrededor de su cabeza. Llevaba en la nariz un -botón de coral, y se mantenía erguida como un Hermes y con los ojos -bajos cerca del lecho.</p> - -<p>Salambó avanzó al borde de la terraza. Por un momento oteó el -horizonte, luego miró a la ciudad dormida, y un suspiro levantó sus -senos e hizo ondular de un lado a otro la larga toga blanca que colgaba -en torno de ella, sin broche ni cinturón. Sus sandalias de puntas -encorvadas desaparecían bajo un montón de esmeraldas, y sus cabellos en -desorden henchían una redecilla de hilo de púrpura.</p> - -<p>A poco alzó la cabeza para contemplar la luna, y mezclando con sus -palabras fragmentos de himno, murmuró:</p> - -<p>«¡Qué lentamente ruedas, sostenida por el éter impalpable! El aire -se limpia en torno tuyo y el movimiento de tu rotación distribuye -los vientos y los rocíos fecundos. Según tú crezcas o disminuyas, se -alargan o<span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span> se achican -los ojos de los gatos y las manchas de las panteras. ¡Las esposas te -invocan en los dolores del parto! ¡Tú hinchas los mariscos, haces -hervir los vinos, pudres los cadáveres, formas las perlas en el fondo -del mar!</p> - -<p>»Y todos tus gérmenes, ¡oh, diosa!, fermentan en las obscuras -profundidades de la humedad.</p> - -<p>»Cuando apareces, la quietud invade la tierra; las flores se -cierran, las olas se apaciguan, los hombres fatigados extienden el -pecho hacia ti, y el mundo, con sus océanos y montañas, se mira en tu -cara como en un espejo. ¡Eres blanca, suave, luminosa, inmaculada, -auxiliadora, purificante, serena!»</p> - -<p>La luna, en cuarto creciente, aparecía entonces sobre la montaña de -las Aguas Calientes, en la hendidura de sus dos cimas, del otro lado -del golfo. Tenía debajo una pequeña estrella, y alrededor, un círculo -pálido. Salambó añadió:</p> - -<p>«¡Qué terrible eres, señora!... Por ti nacen los monstruos, los -horribles<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> fantasmas, -los mentirosos sueños; tus ojos devoran las piedras de los edificios y -enferman los monos cada vez que tú te rejuveneces.</p> - -<p>»¿Adónde vas? ¿A qué cambias perpetuamente tu forma? Tan pronto, -pequeña y encarnada, surcas el espacio como una galera sin mástil; -o bien, en medio de las estrellas, pareces un pastor que guarda su -rebaño. Brillante y redonda, rozas la cumbre de los montes, como la -rueda de un carro.</p> - -<p>»¡Oh, Tanit! No me amas, ¿no es verdad? ¡Te he mirado tanto! Pero -no; tú corres en el azul y yo permanezco en la tierra inmóvil.»</p> - -<p>—¡Taanach, toma tu nebal y toca en tono bajo la cuerda de plata, -porque mi corazón está triste!</p> - -<p>La esclava levantó una especie de arpa de ébano, más alta que ella, -y triangular como una delta, fijó la punta en un globo de cristal, y -con los dos brazos la tañó.</p> - -<p>Los sones se sucedían, sordos y precipitados como zumbido de -abejas, y cada vez más sonoros volaban en la<span class="pagenum" -id="Page_94">p. 94</span> noche con la queja de las olas y el -estremecimiento de los grandes árboles en la cima de la Acrópolis.</p> - -<p>—¡Cállate! —exclamó Salambó.</p> - -<p>—¿Qué te pasa, ama? La brisa que sopla, la nube que corre, todo te -inquieta ahora y te agita.</p> - -<p>—No lo sé.</p> - -<p>—Te fatigas con plegarias demasiado largas.</p> - -<p>—¡Oh, Taanach, yo quisiera disolverme como una flor en el vino!</p> - -<p>—Quizás consista en el aroma de tus perfumes...</p> - -<p>—No —dijo Salambó—: el espíritu de los dioses habita en los buenos -olores.</p> - -<p>Entonces la esclava la habló de su padre. Se le creía de viaje al -país del ámbar, detrás de las columnas de Melkart.</p> - -<p>—Pero no vuelve; te convendrá, sin embargo, escoger un esposo entre -los hijos de los Ancianos, y entonces tu fastidio se extinguirá en los -brazos de un hombre.</p> - -<p>—¿Por qué? —preguntó Salambó.</p> - -<p>Todos los que ella había visto le<span class="pagenum" -id="Page_95">p. 95</span> causaban horror con sus risas de animal -salvaje y sus miembros groseros.</p> - -<p>—Algunas veces, Taanach, se exhala del fondo de mi ser como cálidos -alientos, más pesados que los vapores de un volcán; siento que me -llaman unas voces; un globo de fuego rueda y sube en mi pecho, me -ahoga, voy a morir; y luego, algo suave, que corre de mi frente a mis -pies, pasa por mi carne... Es una caricia que me envuelve, y yo me -siento aplastada como si un dios se extendiera sobre mí. ¡Oh, quisiera -perderme en la bruma de las noches, en el chorro de las fuentes, en la -savia de los árboles; salir de mi cuerpo, no ser más que un soplo, que -un rayo, y subir hacia ti, oh, Madre!</p> - -<p>Alzó los brazos lo más alto posible, cimbreando el talle, pálida y -ligera como la luna, con su larga vestimenta. Luego volvió a echarse -en su lecho de marfil, jadeando. Taanach la pasó en torno al cuello un -collar de ámbar con dientes de delfín para ahuyentar los terrores, y -Salambó dijo con voz casi apagada:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>—Tráeme a -Schahabarim.</p> - -<p>Su padre no había querido que ella entrara en el colegio de las -sacerdotisas, ni que la hicieran conocer nada de la Tanit popular. La -reservaba para alguna alianza favorable a su política. Salambó vivía -sola, porque su madre había muerto.</p> - -<p>Había crecido en las abstinencias, los ayunos y las purificaciones, -rodeada siempre de cosas exquisitas, saturado el cuerpo de perfumes, -el alma llena de plegarias. Jamás había probado el vino, ni comido -carne, ni tocado un animal inmundo, ni puesto los pies en la casa de un -muerto.</p> - -<p>Ignoraba los simulacros obscenos, porque, aunque cada dios se -manifestaba en formas diferentes y cultos, a menudo contradictorios, -atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa -en su manifestación sideral. Había ejercido la luna una manifiesta -influencia sobre la virgen; cuando el astro iba menguando, Salambó se -debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la<span -class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span> noche. En un eclipse, estuvo -a punto de morir.</p> - -<p>Pero la Rabbet, celosa, se vengaba de esta virginidad sustraída -a sus sacrificios y atormentaba a Salambó con obsesiones, tanto más -fuertes cuanto que eran avivadas por una fe sincera.</p> - -<p>Sin cesar, la hija de Amílcar se inquietaba por Tanit. Había -aprendido sus aventuras, sus viajes y todos sus nombres, que repetía -ella sin que les diera significado distinto. A fin de penetrar en las -profundidades de su dogma, quería conocer en lo más secreto del templo -el viejo ídolo con el magnífico manto del que dependían los destinos -de Cartago; porque la idea de un dios no puede desprenderse de su -representación; y conocer su simulacro era tomar una parte de su virtud -y, en cierto modo, dominarle.</p> - -<p>Salambó se volvió porque había oído las campanillas de oro que -Schahabarim llevaba en la fimbria de su vestidura.</p> - -<p>Subió este las escaleras y se detuvo en el dintel de la terraza, con -los brazos cruzados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>Sus ojos hundidos -brillaban como lámparas de un sepulcro; sobre su largo cuerpo delgado -flotaba la túnica de lino, que hacían pesada los cascabeles que -alternaban en sus talones con granos de esmeralda. Tenía los miembros -débiles, el cráneo oblicuo, la barbilla puntiaguda; su piel estaba -helada al tacto y su amarilla faz, surcada por profundas arrugas, -parecía contraída por un deseo o por una eterna tristeza.</p> - -<p>Era el gran sacerdote de Tanit, que había educado a Salambó.</p> - -<p>—Habla —dijo—. ¿Qué quieres?</p> - -<p>—Yo esperaba... Me habías casi prometido...</p> - -<p>Salambó se turbaba, pero en seguida repuso:</p> - -<p>—¿Por qué me menosprecias? ¿He olvidado algo de los ritos? Tú eres -mi maestro; tú me has dicho que ninguna como yo conocía el culto de la -diosa; pero hay algo que no quieres decirme. ¿No es así, padre?</p> - -<p>Schahabarim se acordó de las órdenes de Amílcar y respondió:</p> - -<p>—No; nada tengo que enseñarte.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>—Un genio me empuja -a este amor. He subido las gradas de Eschmún, dios de los planetas -y de las inteligencias; he dormido bajo el olivo de oro de Melkart, -patrón de las colonias tirias; he empujado las puertas de Baal-Kamón, -iluminador y fertilizador; he sacrificado a los Kabiros subterráneos, -a los dioses de los bosques, de los vientos, de los ríos y de las -montañas; pero todos están muy lejos, muy altos y son insensibles, -¿comprendes? Mientras que a Ella la siento mezclada con mi vida; llena -mi alma y me estremezco con angustias interiores como si ella saltara -para escaparse. Paréceme que voy a oír su voz, a ver su rostro; me -deslumbran sus rayos y luego caigo en las tinieblas.</p> - -<p>Schahabarim callaba. Salambó le imploraba con la mirada. Por fin -hizo una señal para que se fuera la esclava, que no era de raza -cananea. Desapareció Taanach, y el gran sacerdote, alzando un brazo al -aire, dijo:</p> - -<p>—Antes que nacieran los dioses, estaban solas las tinieblas y -flotaba un soplo, pesado e indistinto, como la<span class="pagenum" -id="Page_100">p. 100</span> conciencia de un hombre que sueña. Este -soplo se contrajo, creando el Deseo y la Nube; y del Deseo y de la -Nube salió la materia primitiva. Era un agua fangosa, negra, helada, -profunda. Encerraba monstruos insensibles, partes incoherentes de -formas que habían de nacer y que estaban pintadas en la pared de los -santuarios.</p> - -<p>»Después, la Materia se condensó: se convirtió en un huevo que -se abrió. Una mitad formó la tierra, otra el firmamento. El sol, la -luna, los vientos, las nubes, aparecieron y al estallido del rayo se -despertaron los animales inteligentes. Entonces, Eschmún se extendió -en la estrellada esfera; Kamón irradió en el sol; Melkart, con su -brazo, le empujó detrás de Gades; los Kabirim bajaron a los volcanes, -y Rabbet, como una nodriza, se dobló sobre el mundo, vertiendo su luz, -como una leche, y su noche como un manto.</p> - -<p>—¿Y después? —inquirió Salambó.</p> - -<p>Le había contado el secreto de los orígenes para distraerla con -más altas perspectivas; pero el deseo de la<span class="pagenum" -id="Page_101">p. 101</span> virgen se avivó con aquellas últimas -palabras, y el gran sacerdote, cediendo a medias, añadió:</p> - -<p>—Después inspiró y gobernó los amores de los hombres.</p> - -<p>—¿Los amores de los hombres? —repitió Salambó, soñadora.</p> - -<p>—Ella es el alma de Cartago; bien está en todas partes, habita aquí -bajo el velo sagrado.</p> - -<p>—¡Oh, padre! —exclamó Salambó—, yo le veré, ¿no es verdad? Tú me -llevarás. Desde hace tiempo la curiosidad de verle me devora. ¡Piedad! -¡Socórreme! ¡Vamos!</p> - -<p>Él la rechazó con gesto vehemente y lleno de orgullo.</p> - -<p>—¡Jamás! ¿No sabes que produce la muerte? Los Baales hermafroditas -no se descubren más que a nosotros solos, hombres por el espíritu, -mujeres por la debilidad. Tu deseo es un sacrilegio; conténtate con la -ciencia que posees.</p> - -<p>Cayó ella de rodillas, poniendo dos dedos en sus orejas, en señal de -arrepentimiento; gemía, anonadada por las palabras del sacerdote, llena -a la<span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> vez de enojo -contra él, de terror y de humillación. Él la miraba de arriba abajo, -temblando a sus pies, más insensible que las piedras de la terraza, -sintiendo una especie de alegría viéndola sufrir por su divinidad, que -tampoco él podía conocer del todo. Ya los pájaros cantaban; soplaba el -viento frío, y unas nubecillas corrían en el cielo pálido.</p> - -<p>De pronto, el sacerdote vio en el horizonte, detrás de Túnez, como -ligeras nieblas que se arrastraban y obscurecían el sol; luego se -alzó una gran cortina de polvo gris, perpendicularmente extendida; y -en los torbellinos de esta masa numerosa se advirtieron cabezas de -dromedarios, lanzas y escudos. Era el ejército de los bárbaros que -venía sobre Cartago.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span></p> - <h2 class="nobreak" title="IV. BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO">IV</h2> - <p class="subh2">BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO</p> -</div> - -<p>Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los aldeanos montados -en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La soldadesca -había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con propósito -de exterminarlo todo.</p> - -<p>Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban los bárbaros, -quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago.</p> - -<p>Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos se acercaban con -palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal era el -terror que inspiraban!</p> - -<p>Por la mañana y a la caída de la tarde, los merodeadores vagaban -algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre ellos un hombre -pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara tapada por -una<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> visera muy baja. -Pasaba horas enteras mirando el acueducto, con tal persistencia, que -sin duda quería engañar a los cartagineses acerca de sus verdaderos -designios. Le acompañaba otro hombre, especie de gigante, con la cabeza -destocada.</p> - -<p>Cartago estaba defendida en toda la longitud del istmo; en primer -lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último término -por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y -doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes -para sus caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para -cuatro mil caballos con las provisiones de cebada y los arneses; y -cuarteles para veinte mil soldados con las armaduras y todo el material -de guerra. Las torres se levantaban en el segundo piso, provistas de -almenas, y a la parte de afuera había escudos de bronce, colgados de -garitos.</p> - -<p>Esta primera línea de murallas defendía en primer lugar a Malqua, -barrio de la gente de la marina y de los<span class="pagenum" -id="Page_105">p. 105</span> tintoreros. Veíanse los mástiles en que se -secaban las velas de púrpura; y sobre las últimas azoteas los hornos de -arcilla para cocer la salmuera.</p> - -<p>Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus altas casas -de forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de -cañas, de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos -formaban como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente -coloreados. Las plazas públicas estaban niveladas a distancias -desiguales; innumerables callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en -sentido longitudinal. Se veían los recintos de tres viejos barrios, -ahora confundidos, destacándose como grandes escollos, en los que se -alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores, ennegrecidos, -anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las calles -por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes.</p> - -<p>La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa, desaparecía -bajo un desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con -capiteles de<span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span> bronce -y cadenas de metal, conos de piedra con franjas de azur, cúpulas de -cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y obeliscos -en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban a los -frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas; las -murallas de granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto, encima -una cosa de otra, ocultándose a medias, de un modo maravilloso e -incomprensible. Se sentía la sucesión de las edades y como el recuerdo -de patrias olvidadas.</p> - -<p>Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el camino de los -Mapales, cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la ribera -a las catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este -tercer barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de -la costa, en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas -las noches.</p> - -<p>Así se desplegaba Cartago ante los soldados acampados en la -llanura.</p> - -<p>De lejos divisaban los mercados, las esquinas de las calles, y -discutían sobre<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> el -emplazamiento de los templos. El de Kamón, enfrente de los Sisitas, con -tejas de oro; Melkart, a la izquierda de Eschmún, tenía en su techumbre -ramas de coral; más allá, Tanit redondeaba entre palmeras su cúpula -de cobre; el negro Moloch estaba debajo de las cisternas del lado -del faro. En el ángulo de los frontispicios, encima de las murallas, -en los rincones de las plazas, en todas partes, se veían divinidades -de cabeza horrible, colosales o ventrudas, con vientres enormes o -desmesuradamente aplanados, con las fauces abiertas, separados los -brazos y en las manos horcas, cadenas o jabalinas. El azul del mar, -destacándose en el fondo de las calles, parecía hacer a estas, por un -efecto de perspectiva, más escarpadas.</p> - -<p>Un pueblo tumultuoso las llenaba de día y noche; los mancebos, -agitando campanillas, gritaban a la puerta de los baños; humeaban las -tiendas de bebidas calientes; el aire resonaba con la batahola de los -yunques; los gallos blancos, consagrados al sol,<span class="pagenum" -id="Page_108">p. 108</span> cantaban en los terrados; mugían en los -templos los bueyes destinados al sacrificio; corrían los esclavos con -canastillos en la cabeza; y en el atrio de los pórticos aparecía alguno -que otro sacerdote vestido con sombrío manto, desnudos los pies, con el -gorro puntiagudo.</p> - -<p>Este espectáculo de Cartago irritaba a los bárbaros. La admiraban y -la execraban; querían a un tiempo destruirla y vivir en ella. Pero ¿qué -había en el puerto militar, defendido por una triple muralla? Detrás -de la ciudad, en el fondo de Megara, a mayor altura que la Acrópolis, -aparecía el palacio de Amílcar.</p> - -<p>A cada instante, los ojos de Matho miraban a él. Se subía a los -olivos y se doblaba con la mano extendida sobre las cejas. Los jardines -se hallaban dentro y la puerta roja, de cruz negra, estaba siempre -cerrada.</p> - -<p>Más de veinte veces dio la vuelta a las fortificaciones, buscando -alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo y durante tres -horas nadó sin descansar. Llegó al final de los<span class="pagenum" -id="Page_109">p. 109</span> Mapales y quiso trepar por el acantilado. -Se ensangrentó las rodillas, se rompió las uñas y luego cayó en el agua -y se volvió.</p> - -<p>Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa Cartago que guardada -a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su enervamiento -sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas, los -ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo -traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón. -Tiraba flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras -furiosas.</p> - -<p>—Deja correr tu cólera como un carro que rueda —le decía Espendio—. -Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con sangre, y, ya -que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te sostendrá.</p> - -<p>Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les hacía maniobrar -implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo, por su -fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de -noche hablaba<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> con -fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su ejemplo, y pronto el -ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus casas la música -de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los bárbaros se -acercaron.</p> - -<p>Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado dos ejércitos que -pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno desembarcando -en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las Aguas -Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo -más, de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían -juntarse con los númidas e interceptar el camino de Cirene y el -comercio del desierto; si se replegaban al Occidente, se levantaría la -Numidia. Finalmente, la falta de víveres les haría devastar, tarde o -temprano, como la langosta, las campiñas vecinas. Los ricos temblaban -por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus cultivos.</p> - -<p>Hannón propuso medidas atroces e impracticables, tal como prometer -una<span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> fuerte suma por -cada cabeza de bárbaro, o que con barcos y con máquinas se incendiara -su campamento. Por el contrario, su colega Giscón quería que se les -pagara; pero a causa de su popularidad, los Ancianos le detestaban, -porque temían que el azar les diera un amo, y por temor a la monarquía -se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la podía -restablecer.</p> - -<p>Fuera de las fortificaciones había gente de otra raza y de origen -desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos y -de serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las -que se divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de -Megara, por entre las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro -y algas estaban junto a los cantiles de la costa, como nidos de -golondrinas. Allí vivían sin Gobiernos y sin dioses, todos mezclados, -completamente desnudos; a un tiempo débiles y feroces, y desde muchos -siglos execrados por el pueblo a causa de sus inmundos alimentos. Una -mañana<span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> advirtieron -los centinelas que todos se habían ido.</p> - -<p>Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una resolución. -Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias, como -particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o -bien parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba -arreglado y que harían justicia a sus reclamaciones.</p> - -<p>Muchos de estos consejeros visitaban por primera vez un campo de -mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban, admiraron en -todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de tierra -encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de -las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca; -por los agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que -brillaban en la sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas -los deslumbraban como espejos. Se hablaba en voz baja;<span -class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span> temían volcar algo con sus -largas togas.</p> - -<p>Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a pagarlos con el -dinero que se les debía.</p> - -<p>Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas secas y altramuces, -más cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que Cartago exportaba -al extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los magníficos -animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el -valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los -comedores de cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los -engañaban. Entonces echaban mano a la espada y amenazaban con matar.</p> - -<p>Los comisarios del Gran Consejo escribieron el número de años -que se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora cuántos -mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de -la suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la -reserva de silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnez<span -class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> estaba ya con ellos; y -los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los reproches de su -colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien conocía a algún -bárbaro fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y entretenerlo con -buenas palabras. Esta confianza les calmaría.</p> - -<p>Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias enteras se -trasladaron al campamento bárbaro.</p> - -<p>Los soldados dejaban entrar a los cartagineses, pero por un solo -paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro hombres en -fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar -cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando -encontrar alguien que hubiese visto en casa de Salambó.</p> - -<p>El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío y la animación. -Las dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la una -vestida de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; -la otra vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores -ambulantes, circulaban<span class="pagenum" id="Page_115">p. -115</span> mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles -maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas -por marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas, -tomadas en el saqueo de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las -abrumaba de amor y cuando llegaban a viejas se las tundía a golpes, y -que morían en los viajes, al borde de los caminos, entre los bagajes, -con las acémilas abandonadas. Las mujeres númidas se balanceaban sobre -sus talones, vestidas de túnicas de pelo de dromedario, cuadradas y de -color rabioso; las músicas de la Cirenaica, envueltas en gasas violetas -y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las esteras; negras -viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego, estiércol de -animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de oro en -la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de -lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos, -daban a los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o -llegando<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> por detrás, -como pequeños tigres, les mordían las manos.</p> - -<p>Los cartagineses se paseaban por el campamento, sorprendidos de la -multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban tristes, y los -otros disimulaban su inquietud.</p> - -<p>Los soldados les golpeaban en el hombro, excitándolos a la alegría. -No bien veían un personaje, le invitaban a sus diversiones. Cuando -jugaban al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y en el -pugilato, al primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos -asustaban a los cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus -víboras; los jinetes, con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones -pacíficas, se esforzaba en sonreír y bajar la cabeza a todos estos -ultrajes. Algunos, mostrándose valientes, hacían signos de que -querían ser soldados. Se les daba hachas para rajar madera y se les -hacía almohazar los animales; se les encerraba en una armadura y los -hacían rodar como toneles por las calles del campamento. Y cuando se -disponían a marcharse, los mercenarios se tiraban<span class="pagenum" -id="Page_117">p. 117</span> de los pelos con contorsiones grotescas.</p> - -<p>Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a todos los -cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran alguna -cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un -cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés, -despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos -contestaban: «Tu mujer.» Otros decían: «Tu vida.»</p> - -<p>Fueron remitidas a los capitanes las cuentas militares, leídas a los -soldados y aprobadas definitivamente. Entonces reclamaron tiendas, y se -las dieron. Después los polemarcas de los griegos pidieron algunas de -las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el Gran Consejo -votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes entendían -que era justo que la República les indemnizara de sus caballos: uno -afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en tal marcha, -otro catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones de<span -class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> Hecatompila; pero ellos -prefirieron dinero.</p> - -<p>A continuación pidieron que se les pagara en plata, no en moneda -de cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que se -hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida -de harina cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal -injusticia exasperó, pero hubo que pasar por ella.</p> - -<p>Entonces los delegados de los soldados y los del Gran Consejo se -reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses de los -bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas -y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba -de amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con -la República.</p> - -<p>Hízose como que no se les comprendía, y se explicaron más -claramente, pidiendo la cabeza de Amílcar.</p> - -<p>Muchas veces al día salían de su campamento para pasearse al pie -de las murallas. Gritaban que se les diera<span class="pagenum" -id="Page_119">p. 119</span> la cabeza del Sufeta y extendían los sayos -para recibirla.</p> - -<p>Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser por una última -exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en matrimonio -para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue una -idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar. -Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó -al pueblo: se les significó rotundamente que no les darían ninguna. -Entonces gritaron que se les había engañado y que si antes de tres días -no llegaba su paga, irían ellos mismos a tomarla en Cartago.</p> - -<p>La mala fe de los mercenarios no era tan completa como pensaban -sus enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes, vagas, -es verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar -en Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían -sus tesoros; y cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la -desilusión hirió su orgullo tanto como su codicia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>Dionisio, Pirro, -Agatocles y los generales de Alejandro, ¿no habían dado el ejemplo -de maravillosas fortunas? El ideal de Hércules, que los cananeos -confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte de los ejércitos. -Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el ruido de -los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en su bosque -de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un pueblo -dispuesto a utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su tribu, -el parricida errante en los caminos, el sacrílego perseguido por los -dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados procuraban llegar -al puerto donde el agente de Cartago reclutaba soldados. En general, -esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el exceso de su avaricia la -había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los libios, el -África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba libre; pero -aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por asesinos, la -República sentía la muerte rondar en torno de ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span>Convenía, pues, -recurrir a Giscón; los bárbaros aceptaron su intervención; una mañana -vieron bajarse las cadenas del puerto y entrar en el lago tres barcos -planos, pasando por el canal de la Tania.</p> - -<p>A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de este, y a más altura -que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con anillos parecidos -a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes, peinados -como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y -esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros. -Las tres barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las -aclamaciones de los soldados, que las estaban mirando.</p> - -<p>Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a su encuentro. -Con sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no se -iría sin haberles pagado íntegramente.</p> - -<p>Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo hablar.</p> - -<p>Luego censuró las faltas de la República<span class="pagenum" -id="Page_122">p. 122</span> y las de los bárbaros, que con sus -violentos motines tenían asustada a Cartago. La mejor prueba de las -buenas intenciones de la ciudad era que le enviaban a él, el constante -adversario del Sufeta Hannón. No debían los mercenarios suponer en el -pueblo la tontería de querer irritar a los valientes, ni la ingratitud -de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por los libios. -Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se sirvió de -ellas.</p> - -<p>Iban desfilando todos por naciones y abriendo los dedos para -significar el número de años; se les marcaba sucesivamente en el brazo -izquierdo con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en -el cofre abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de -plomo.</p> - -<p>Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la pesadez de un buey.</p> - -<p>—Sube a mi lado —le dijo el Sufeta, sospechando algún fraude—. -¿Cuántos años has servido?</p> - -<p>—Doce —respondió el libio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>Giscón le pasó -los dedos por debajo de la mandíbula, porque el barboquejo del casco -producía a la larga callosidades. «Tener callos» era tanto como -acreditarse de veterano.</p> - -<p>—¡Ladrón! —exclamó el Sufeta—, lo que te falta en la cara debes -tenerlo eh las espaldas.</p> - -<p>Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto de llagas -sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue -decapitado.</p> - -<p>En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a despertar a los libios, y -les dijo:</p> - -<p>—Cuando los ligures, los griegos, los baleares y los hombres de -Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en África, -esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se -vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los -dos Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de -Xantippo, al que enviaron a Esparta en una galera podrida...</p> - -<p>—¿Qué haremos? —le preguntaban.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>—¡Reflexionad! -—contestaba Espendio.</p> - -<p>Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a la gente de -Magdala, de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos.</p> - -<p>—Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a los baleares, a -los asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se os dará -nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán -para ahorrar la comida.</p> - -<p>Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita, aquel a quien Giscón -golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue rechazado por los -esclavos y desapareció, jurando vengarse.</p> - -<p>Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los más obstinados -entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban las -manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las -cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los -que lo habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos, -los desterrados, tomando<span class="pagenum" id="Page_125">p. -125</span> las armas de los soldados, decían que se les olvidaba. A -cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas crujían, -se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del campamento -oscilaba, con grandes gritos, desde las puertas hasta el centro. Cuando -el tumulto era muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su cetro de marfil -y, mirando al mar, permanecía inmóvil, con los dedos hundidos en la -barba.</p> - -<p>Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar con Espendio; luego -se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente sus pupilas -como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se -le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto -continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos.</p> - -<p>Los griegos quisieron armar camorra por la diferencia de las -monedas; Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron conformes. -Los negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio -en el interior de<span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span> -África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y como los demás, -aceptaron moneda.</p> - -<p>A los baleares se les había prometido algo mejor: mujeres. El Sufeta -les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de vírgenes; el -camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que estas -doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las -enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares.</p> - -<p>De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó como un batelero -sobre las espaldas de sus amigos, y gritó:</p> - -<p>—¿Has reservado algo para los muertos? —y señalaba la puerta de -Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía con -sus placas de cobre, de arriba abajo.</p> - -<p>A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro sangriento. Cada -vez que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó lentamente y -se encerró en su tienda.</p> - -<p>Cuando al amanecer volvió a salir,<span class="pagenum" -id="Page_127">p. 127</span> no se movieron sus intérpretes, que dormían -al exterior, y a los que se veía de espaldas, fijos los ojos, azulado -el rostro y con la lengua fuera de la boca. Salían de sus narices -blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como si les hubiese -helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello una -lazada de juncos.</p> - -<p>Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza de baleares, -contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por Espendio. -Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era forzoso -concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda -ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita -blandía su recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros -puñales. Los más fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos -iracundos pedían que continuara la distribución. Nadie abandonaba -las armas, y todas las iras se concentraban en Giscón, con odio -tumultuoso.</p> - -<p>Algunos se pusieron a su lado. Mientras<span class="pagenum" -id="Page_128">p. 128</span> vociferaban injurias, se les escuchaba con -paciencia; pero a la menor palabra en favor suyo, eran apedreados, o -por la espalda, de un sablazo, se les cortaba la cabeza. El montón de -sacos estaba más rojo que un altar.</p> - -<p>Después de la comida, cuando habían bebido vino, se volvían -terribles. Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los -ejércitos púnicos, y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, -como burlándose de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos -que traían el dinero, y seguía la matanza. La palabra <i>¡mata!</i>, -aunque distinta en cada idioma, era comprendida de todos.</p> - -<p>Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba; pero, a pesar de -su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que se les -había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a -sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la -multitud en señal de juramento.</p> - -<p>Entonces los africanos reclamaron<span class="pagenum" -id="Page_129">p. 129</span> el trigo prometido por el Gran Consejo. -Giscón extendió las cuentas de los Sisitas, hechas con pintura violeta -sobre pieles de cordero, y leyó todo el que había entrado en Cartago, -mes por mes y día por día.</p> - -<p>A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si entre los -números leyera su sentencia de muerte.</p> - -<p>En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente reducido, y el -trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a una tasa -tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo.</p> - -<p>—¡Habla! —le dijeron—. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que trata de engañarnos! -¡Desconfiemos del cobarde!</p> - -<p>Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó su tarea. Los -soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por buenas las -cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en -Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro -y vieron que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto -salir de ella tales sumas que<span class="pagenum" id="Page_130">p. -130</span> la creían inagotable; Giscón, sin duda, las había escondido -en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por Matho, y como gritaran -«¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al fin: «Que os lo dé -vuestro general.»</p> - -<p>Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus grandes ojos amarillos -y su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha, detenida por las -plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su oreja, y un -hilo de sangre corría de la tiara por su hombro.</p> - -<p>A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio, con un nudo -corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta -desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los -sacos.</p> - -<p>Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas más -indispensables para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, -y en una piel de mono, una piedra negra caída de la luna.</p> - -<p>Muchos cartagineses habían querido<span class="pagenum" -id="Page_131">p. 131</span> acompañarle; eran personajes partidarios de -la guerra.</p> - -<p>Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en el foso de las -inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre a -sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya.</p> - -<p>Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con invectivas; como ellos -no las entendían, nada contestaban. El galo se entretenía en tirarles -guijarros a la cara para hacerles gritar.</p> - - -<p class="mt2">Una especie de inquietud se apoderó del ejército al -siguiente día. Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban -las inquietudes. Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que -indirectamente había ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como -una prolongación de su persona. Matho se sentaba de noche al borde de -la fosa, y en los gemidos de los prisioneros encontraba él algo de la -voz de la que su corazón estaba lleno.</p> - -<p>Los libios eran los únicos pagados,<span class="pagenum" -id="Page_132">p. 132</span> y todos se lo echaban en cara. Al mismo -tiempo que se avivaban las antipatías nacionales con los odios -particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque después de -tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había -que precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los -conciliábulos, las arengas; hablaban todos y nadie era escuchado; -Espendio, locuaz de ordinario, se encogía de hombros ante todas las -proposiciones.</p> - -<p>Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el interior de la -ciudad.</p> - -<p>—Ninguna —contestó Matho.</p> - -<p>Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago.</p> - -<p>—¡Amo! —dijo el antiguo esclavo—, si tu corazón es intrépido, yo te -guiaré a Cartago.</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como una sombra.</p> - -<p>Matho, levantando el brazo hacia el planeta de Chabar, dijo;</p> - -<p>—¡Lo juro, por Tanit!</p> - -<p>—Mañana —repuso Espendio—, al ponerse el sol, me esperarás al pie -del<span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> acueducto, entre -el noveno y el décimo arco. Provéete de un pico de hierro, de un casco -sin cimera y de sandalias de cuero.</p> - -<p>El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente todo el istmo y -era una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No obstante -su desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento, -lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos -superpuestos, de abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y -cabezas de león en las cimas, extendiéndose por la parte occidental de -la Acrópolis, iban a hundirse debajo de la ciudad, para derramar casi -un río en las cisternas de Megara.</p> - -<p>A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató una especie de -arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y fijado -que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared.</p> - -<p>Así que llegaron al primer piso, como se caía el arpón cada vez -que lo echaban, tuvieron que andar por el<span class="pagenum" -id="Page_134">p. 134</span> borde de la cornisa para descubrir alguna -hendidura. La cornisa se iba estrechando a cada hilera de arcos. La -cuerda se iba gastando, y en ocasiones amenazaba romperse.</p> - -<p>Llegaron finalmente a la plataforma superior. Espendio, de tiempo en -tiempo, se doblaba para tantear las piedras con la mano.</p> - -<p>—¡Allí es! —dijo—. Empecemos.</p> - -<p>Y forcejeando con la palanca que trajo Matho, consiguieron apartar -una de las losas.</p> - -<p>Vieron a lo lejos un grupo de jinetes que galopaban en caballos -sin bridas. Los brazaletes de oro saltaban entre las mangas de sus -vestidos. Al frente de ellos iba un hombre coronado con plumas de -avestruz y galopando con una lanza en cada mano.</p> - -<p>—¡Narr-Habas! —exclamó Matho.</p> - -<p>—¿Qué importa? —repuso Espendio.</p> - -<p>Y saltó al agujero que había dejado la losa separada.</p> - -<p>A una orden suya, Matho probó empujar uno de los bloques; pero por -falta de espacio, no podía mover los codos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>—Volveremos —dijo -Espendio—; ponte delante —y los dos se aventuraron en el conducto de -las aguas.</p> - -<p>Andaban mojados hasta la cintura, y pronto hubieron de nadar, -tropezando a cada instante con las paredes del canal, que era muy -estrecho. El agua corría casi tocando las losas de arriba; se laceraban -el rostro. Luego, la corriente los arrastró. Un aire más pesado que -el de un sepulcro les oprimía el pecho, y con los brazos altos para -resguardar la cabeza y pegadas las piernas, que alargaban lo más -que podían, pasaron como flechas en la obscuridad, jadeantes, casi -muertos. De pronto, todo se hizo negro delante de ellos y se redobló la -velocidad de las aguas. Cayeron.</p> - -<p>Así que volvieron a la superficie se mantuvieron durante algunos -minutos tendidos de espalda, para respirar deliciosamente el aire. -Las arcadas, una tras otra, se abrían en medio de anchas murallas que -separaban los depósitos. Todos estaban llenos y el agua caía en una -especie de cascada a lo largo de las cisternas. Las cúpulas del<span -class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span> techo dejaban pasar por un -tragaluz una pálida claridad que se reflejaba en el agua como discos -de luz, y las tinieblas del contorno se espesaban sobre las paredes -indefinidamente. El más insignificante ruido producía un gran eco.</p> - -<p>Espendio y Matho volvieron a nadar, y pasando por la abertura de -los arcos, atravesaron muchos compartimentos seguidos. Otras series -de depósitos más pequeños se extendían paralelamente a cada lado. Los -dos hombres se perdían y volvían a encontrarse. Algo resistió bajo sus -talones: era el pavimento de la galería que bordeaba las cisternas.</p> - -<p>Entonces, avanzando con grandes precauciones, palparon la muralla -en busca de una salida. Pero sus pies resbalaban y caían para volver -a levantarse, presa de espantosa fatiga, como si sus miembros se -disolvieran en el agua. Sus ojos se cerraron: agonizaban.</p> - -<p>Espendio dio con la mano contra los barrotes de una reja. -La sacudieron y cedió, dando paso a una escalera cerrada<span -class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> arriba por una puerta de -bronce. Con la punta de un puñal apartaron la barra que la abría por -fuera; y respiraron el aire libre.</p> - -<p>La noche estaba silenciosa y el cielo parecía de una altura -desmesurada. Veíanse hileras de árboles a lo largo de las murallas. La -ciudad dormía, mientras los fuegos de los centinelas de las avanzadas -brillaban como estrellas perdidas.</p> - -<p>Espendio, que había pasado tres años en la ergástula, no conocía -bien los barrios de la ciudad. Matho conjeturó que para ir al palacio -de Amílcar debían tomar a la izquierda, atravesando los Mapales.</p> - -<p>—No —dijo Espendio—; llévame al templo de Tanit.</p> - -<p>Matho quiso objetar.</p> - -<p>—Acuérdate —dijo el esclavo; y alzando el brazo, señaló al planeta -de Chabar, que resplandecía.</p> - -<p>Entonces Matho se volvió silenciosamente hacia la Acrópolis.</p> - -<p>Se arrastraban a lo largo de las líneas de nopales que bordeaban -los caminos. Corría el agua de sus cuerpos<span class="pagenum" -id="Page_138">p. 138</span> sobre el polvo de la tierra. Sus sandalias, -mojadas, no hacían el menor ruido. Espendio, con los ojos más -brillantes que antorchas, registraba a cada paso los matorrales; detrás -de él andaba Matho, con las dos manos armadas de puñales, sujetos los -brazos cerca de los sobacos por una banda de cuero.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span></p> - <h2 class="nobreak" title="V. TANIT">V</h2> - <p class="subh2">TANIT</p> -</div> - -<p>Cuando salieron de las huertas, se vieron detenidos por la cerca -de Megara; pero descubrieron una brecha en la espesa muralla, y -pasaron.</p> - -<p>El terreno, al descender, formaba como un valle muy ancho. Se -hallaron en un sitio descubierto.</p> - -<p>—¡Escucha! —dijo Espendio—, y nada temas... Cumpliré mi promesa.</p> - -<p>Se interrumpió, como pensando en lo que iba a decir...</p> - -<p>—¿Te acuerdas cuando una vez te señalé, Matho, al salir el sol, -desde la azotea de Salambó, a Cartago? Aquel día éramos fuertes, pero -tú no quisiste oír nada... ¡Amo, hay en el santuario de Tanit un velo -misterioso, caído del cielo, y que cubre a la diosa!</p> - -<p>—Lo sé —dijo Matho.</p> - -<p>—Es un velo divino porque forma parte de la deidad. Los dioses -ejercen<span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> su poder -donde residen. Porque lo posee Cartago, Cartago es poderosa... ¡Te he -traído aquí para robarlo!</p> - -<p>Matho retrocedió horrorizado.</p> - -<p>—¡Vete! ¡Busca otro! No quiero ayudarte en esa acción execrable.</p> - -<p>—Tanit es tu enemiga —replicó Espendio—. Ella te persigue, y tú -mueres de su cólera. Te vengarás; ella te obedecerá, y serás inmortal e -invencible.</p> - -<p>Matho bajó la cabeza. Espendio prosiguió:</p> - -<p>—Sucumbiremos; el ejército será aniquilado. No tenemos ni -escapatoria, ni ayuda, ni perdón. ¿Qué castigo de los dioses puedes -temer, si tienes su fuerza en tus manos? ¿O es que prefieres morir -en la derrota, miserablemente, al amparo de un matorral, o entre el -ultraje de la plebe, en una hoguera? ¡Amo, un día entrarás en Cartago, -entre los colegios de los pontífices, que besarán tus sandalias; y si -el velo de Tanit te pesa, lo devolverás a su templo! ¡Sígueme! ¡Ven a -tomarlo!</p> - -<p>Un ansia terrible devoraba a Matho.<span class="pagenum" -id="Page_141">p. 141</span> Hubiera querido poseer el velo sin cometer -el sacrilegio. Se decía que quizás podría adquirir su virtud sin -necesidad de robar el velo; pero sin llegar al fondo de su pensamiento, -deteniéndose en el límite que le espantaba.</p> - -<p>—¡Vamos! —dijo, y se alejaron a paso rápido, juntos y sin -hablarse.</p> - -<p>El terreno iba subiendo y las casas se juntaban. Los dos hombres -torcían por calles estrechas y entre tinieblas. Jirones de esparto -que cerraban las puertas golpeaban las paredes. En una plaza, los -camellos rumiaban ante un montón de heno. Luego pasaron por debajo de -una galería cubierta de follaje. Ladraron los perros, pero de pronto -el espacio se ensanchó y se encontraron en la parte occidental de la -Acrópolis. Por bajo de Byrsa se erguía una negra mole: era el templo -de Tanit, conjunto de monumentos y jardines, de patios y antepatios, -ceñido por un pequeño muro de piedras secas. Espendio y Matho lo -franquearon.</p> - -<p>Este primer recinto encerraba un<span class="pagenum" -id="Page_142">p. 142</span> bosque de plátanos, plantados como -precaución contra la peste y la infección del aire. Aquí y acullá -estaban diseminadas las tiendas en que de día se vendían pastas -depilatorias, perfumes, vestidos, pasteles en forma de luna e imágenes -de la diosa, con reproducciones del templo ahuecadas en un bloque de -alabastro.</p> - -<p>Nada tenían que temer, porque en las noches en que el astro estaba -oculto, se suspendían todos los ritos; pero Matho se desanimaba y -se detuvo ante las tres gradas de ébano que conducían al segundo -recinto.</p> - -<p>—¡Adelante! —dijo Espendio.</p> - -<p>Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmóviles como follaje de -bronce, alternaban con regularidad; el camino, empedrado de guijarros -azules, crujía bajo los pies; abiertas rosas se mecían como cunas -en toda la longitud de la avenida. Llegaron ante un agujero oval, -cerrado por una verja. Matho, a quien el silencio espantaba, dijo a -Espendio:</p> - -<p>—Aquí es donde se mezclan las Aguas dulces con las Aguas -amargas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span>—Yo he visto todo -esto —contestó el antiguo esclavo— en Siria, en la ciudad de Mafug.</p> - -<p>Por una escalera de seis gradas de plata subieron al tercer -recinto.</p> - -<p>Un cedro enorme se erguía en medio. Sus ramas más bajas desaparecían -bajo montones de estofas y de collares colgados por los fieles. -Avanzaron algunos pasos y llegaron a la fachada del templo.</p> - -<p>Dos largos pórticos, de arquitrabes que se apoyaban en gruesos -pilares, flanqueaban una torre cuadrangular, adornada en su plataforma -por una luna en creciente. Sobre los ángulos de los pórticos y en -las cuatro esquinas de la torre se elevaban vasos llenos de aromas -encendidos. Granadas y coloquíntidas festoneaban los capiteles. -Entrelazos, losanges y líneas de perlas alternaban sobre los muros, -y un seto de filigrana de plata formaba un ancho semicírculo ante la -escalera de marfil que bajaba del vestíbulo.</p> - -<p>A la entrada había, entre una estela de oro y otra de esmeralda, un -cono<span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> de piedra; al -pasar por su lado, Matho se besó la mano derecha.</p> - -<p>La primera habitación era muy alta, con innumerables aberturas -en la bóveda, de modo que al levantar la cabeza se podían ver las -estrellas. En todo el contorno de la muralla se amontonaban, en cestas -de mimbre, barbas y cabelleras, primicias de adolescentes; y en medio -del departamento circular, salía de una repisa el cuerpo de una mujer, -cubierta de mamas, gorda, barbuda y con las pupilas bajas; tenía aire -sonriente y las manos cruzadas sobre el borde de su gran vientre, -pulido por los besos de la multitud.</p> - -<p>Después se hallaron al aire libre, en un corredor transversal, en -el que un altar de exiguas proporciones se apoyaba en una puerta de -marfil que únicamente los sacerdotes podían abrir; porque un templo no -era un sitio de reunión del pueblo, sino la morada particular de una -divinidad.</p> - -<p>—¡La empresa es imposible! —decía Matho—. ¡Volvámonos!</p> - -<p>Espendio examinaba las paredes.<span class="pagenum" -id="Page_145">p. 145</span> Quería el velo, no porque tuviera confianza -en su virtud —Espendio no creía en el oráculo—, sino porque estaba -persuadido de que los cartagineses, al verse sin él, caerían en un gran -abatimiento. Dieron la vuelta por detrás, buscando alguna salida.</p> - -<p>Veíanse edículos de formas diferentes, bajo bosquecillos de -terebintos. Aquí y allá se erguía un falo de piedra y pastaban -tranquilamente grandes ciervos, empujando con las pezuñas las piñas que -habían caído de las copas de los árboles.</p> - -<p>Volvieron sobre sus pasos entre dos largas galerías paralelas, con -pequeñas celdas al fondo. De arriba abajo de sus columnas de cedro -pendían tamboriles y címbalos. Unas mujeres dormían sobre esteras -fuera de las celdas. Sus cuerpos, engrasados con ungüentos, exhalaban -olor a especias y a perfumadores apagados, y estaban tan cubiertas de -tatuajes, de collares, de anillos, de bermellón y de antimonio que, sin -el movimiento del pecho, se las hubiera tomado por ídolos tendidos en -el suelo. Los lotos<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> -rodeaban una fuente en la que nadaban peces parecidos a los de Salambó; -luego, en el fondo, junto a la muralla del templo, se desplegaba una -viña de sarmientos de vidrio y racimos de esmeraldas. Los rayos de las -piedras preciosas fingían juegos de luz entre las columnas pintadas, -sobre los rostros de las durmientes.</p> - -<p>Matho se asfixiaba en la cálida atmósfera que irradiaban los -tabiques de cedro. Todos estos símbolos de la fecundación, estos -perfumes y estos hálitos le abrumaban. A través de los destellos -místicos, soñaba con Salambó. La confundía con la misma diosa, y su -amor iba en aumento, como los grandes lotos que se despliegan pomposos -en la profundidad de las aguas.</p> - -<p>Calculaba Espendio el dinero que hubiera ganado en otro tiempo -vendiendo aquellas mujeres, y con la vista pesaba, al pasar, los -collares de oro.</p> - -<p>El templo era tan impenetrable por este lado como por el otro. -Volvieron por detrás de la primera cámara. En tanto que Espendio -husmeaba, Matho,<span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> -prosternado ante la puerta, imploraba a Tanit, suplicándola que no -le permitiera este sacrilegio. Procuraba ablandarla con palabras -acariciadoras, como se hace con una persona irritada.</p> - -<p>Espendio advirtió una abertura estrecha encima de la puerta.</p> - -<p>—¡Levántate! —dijo a Matho.</p> - -<p>Y le hizo adosarse de pie contra la pared. Poniendo un pie en sus -manos y luego otro sobre su cabeza, llegó a la altura del ventanal, y -por allí desapareció. Matho sintió caer sobre su espalda una cuerda de -nudos, que Espendio había arrollado alrededor de su cuerpo antes de -aventurarse en la cisterna; y apoyándose con ambas manos, pronto se -encontró al lado de Espendio en una gran sala llena de sombra.</p> - -<p>Un atentado sacrílego parecía tan imposible, que, por lo mismo, -apenas se habían puesto los medios para evitarlo. El terror, más que -las paredes, defendía al santuario. Matho, a cada instante, se creía -muerto.</p> - -<p>En el fondo de las tinieblas brillaba<span class="pagenum" -id="Page_148">p. 148</span> una luz. Se acercaron. Era una lámpara que -ardía en una concha, sobre el pedestal de una estatua tocada con el -gorro de los Kabiros. Vestía una larga túnica azul sembrada de discos -de diamantes, y unas cadenas que se hundían bajo las losas la retenían -por los talones. Matho contuvo un grito:</p> - -<p>—¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Hela aquí!</p> - -<p>Espendio cogió la lámpara para alumbrarse.</p> - -<p>—¡Qué impío eres! —murmuró Matho.</p> - -<p>Pero le siguió. El departamento en que entraron no tenía más que una -pintura negra, que representaba otra mujer, cuyas piernas subían hasta -lo alto de la muralla. Su cuerpo ocupaba todo el techo. Colgaba de su -ombligo un hilo con un huevo enorme, y la alegoría caía sobre la otra -pared, con la cabeza hacia abajo, hasta el nivel de las losas, en las -que hincaba sus dedos puntiagudos.</p> - -<p>Para seguir adelante, apartaron una cortina; pero sopló el viento y -la lámpara se apagó.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>Anduvieron -errantes, perdidos en las complicaciones de la arquitectura. De -repente, notaron bajo sus pies una cosa de una extraña suavidad. -Brillaban y brotaban chispas; andaban sobre fuego. Espendio tocó el -suelo y vio que estaba cuidadosamente alfombrado con pieles de lince; -luego le pareció que le rozaba las piernas una cuerda gruesa y mojada, -fría y viscosa. Las hendiduras talladas en la muralla dejaban pasar -tenues rayos blancos. Avanzaban con esta incierta luz, hasta que al fin -vieron una gran serpiente negra, que desapareció rápidamente.</p> - -<p>—¡Huyamos! —dijo Matho—. ¡Es ella; la oigo; ella viene!</p> - -<p>—¡No! —repuso Espendio—. El templo está vacío.</p> - -<p>Una luz deslumbrante les hizo cerrar los ojos. Vieron luego en -contorno una infinidad de animales flacos, jadeantes, enseñando las -garras y confundidos unos con otros, con un desorden misterioso que -daba espanto. Eran serpientes con pies, toros con alas, peces con -cabezas humanas comiendo<span class="pagenum" id="Page_150">p. -150</span> frutas, flores que se abrían en las fauces de cocodrilos, y -elefantes con la trompa alzada volando por el cielo como águilas. Un -terrible esfuerzo distendía sus miembros incompletos o multiplicados. -Parecían querer sacarse el alma alargando la lengua; y todas las formas -se encontraban allí, como si el receptáculo de los gérmenes, abriéndose -con súbito rompimiento, se hubiera vaciado sobre las paredes de la -sala.</p> - -<p>Doce globos de cristal azul la rodeaban circularmente, soportados -por monstruos parecidos a tigres. Sus pupilas brillaban como ojos de -caracoles, y encorvando sus poderosas grupas, se volvían hacia el fondo -donde resplandecían, en un carro de marfil, la Rabbet suprema, la -Omnifecunda, la última creada.</p> - -<p>Escamas, plumas, flores y pájaros le subían hasta el vientre; le -servían de pendientes unos címbalos de plata que oscilaban sobre sus -mejillas. Sus grandes ojos miraban de hito en hito, y una piedra -luminosa, engarzada en su frente en un símbolo<span class="pagenum" -id="Page_151">p. 151</span> obsceno, alumbraba toda la sala, al -reflejarse por encima de la puerta, en espejos de cobre rojo.</p> - -<p>Matho dio un paso; flojeó una losa bajo sus talones, y las esferas -empezaron a girar, los monstruos a rugir; oyóse una música melodiosa -y arrulladora como la armonía de los planetas; el alma de Tanit se -desbordaba tumultuosa. Iba a levantarse, grande como la sala, con los -brazos abiertos. De pronto, los monstruos cerraron las fauces y los -globos de cristal dejaron de girar.</p> - -<p>Lúgubre modulación onduló por algún tiempo en el aire, hasta que al -fin se extinguió.</p> - -<p>—¿Y el velo? —dijo Espendio.</p> - -<p>No se le veía en ninguna parte. ¿Dónde estaba? ¿Cómo descubrirlo? -¿Lo habrían ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba un desgarro -del corazón, y como una decepción en su fe.</p> - -<p>—Por aquí —murmuró Espendio, guiado por una inspiración.</p> - -<p>Llevó a Matho detrás del carro, en donde una hendidura, ancha de -un<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> codo, cortaba la -muralla de arriba abajo.</p> - -<p>Entraron en una pequeña sala redonda, y tan alta, que parecía -el hueco de una columna. Tenía en medio una gran piedra negra -semiesférica, a modo de tamboril; ardían llamas por encima, y por -detrás se levantaba un cono de ébano que ostentaba una cabeza y dos -brazos.</p> - -<p>A distancia, les pareció una nube cuajada de estrellas; se veían -figuras en las profundidades de sus pliegues: Eschmún con los Kabiros, -algunos de los monstruos de antes, las bestias sagradas de los -babilonios y otras desconocidas. Todo esto pasaba como un manto bajo la -mirada del ídolo, y, remontándose desplegado en la pared, se agarraba a -los ángulos, ora azulado como la noche, ora amarillo como la aurora; o -bien purpúreo como el sol, diáfano y resplandeciente. Era el manto de -la diosa, el zaimph santo que no se podía mirar.</p> - -<p>Los dos hombres palidecieron.</p> - -<p>—¡Tómalo! —dijo al fin Matho.</p> - -<p>Espendio no vaciló, y apoyándose<span class="pagenum" -id="Page_153">p. 153</span> en el ídolo, desprendió el velo, que cayó -arrastrándose. Matho puso la mano encima, metió la cabeza por la -abertura y se envolvió el cuerpo con él, separando los brazos para -verlo mejor.</p> - -<p>—¡Vámonos! —dijo Espendio.</p> - -<p>Matho permanecía con los ojos clavados en las losas. De pronto -exclamó:</p> - -<p>—¿Y si yo fuera a su casa? ¿No tengo miedo de su hermosura? ¿Qué -puede ahora contra mí? Ahora soy más que un hombre. Pasaré por encima -de las llamas, andaré sobre las olas del mar. Me siento transportado. -¡Salambó! ¡Salambó! ¡Yo soy tu amo!</p> - -<p>Su voz era tonante. Le parecía a Espendio otro hombre de estatura -más alta y transfigurado.</p> - -<p>Se oyeron pasos, se abrió una puerta y apareció un hombre, un -sacerdote, con su alto gorro y los ojos pintados. Sin darle tiempo, -Espendio se precipitó a él y le hundió los dos puñales en los costados. -La cabeza sonó sobre el pavimento.</p> - -<p>Inmóviles como el cadáver, quedaron<span class="pagenum" -id="Page_154">p. 154</span> atentos durante un rato; pero solo se oía -el murmullo del viento, por la puerta entreabierta.</p> - -<p>Daba esta a un pasadizo. Espendio se metió en él, seguido de Matho, -y llegaron al tercer recinto, entre los pórticos laterales, donde -estaban las habitaciones de los sacerdotes.</p> - -<p>Detrás de las celdas debía haber un camino más corto para salir. -Diéronse prisa para encontrarlo.</p> - -<p>Agachándose Espendio al borde de la fuente, lavó sus manos -ensangrentadas. Dormían las mujeres. Brillaba la viña de esmeralda. Se -pusieron en marcha.</p> - -<p>Pero alguien, por entre los árboles, corría detrás de ellos; -y Matho, que llevaba el velo, sintió varias veces que le tiraban -suavemente por abajo. Era un gran cinocéfalo, uno de los que vivían -sueltos en el recinto de la diosa. Como si tuviera conciencia del -robo, se agarraba al manto. No se atrevían a pegarle, por temor a -que redoblara sus gritos; de pronto se aplacó su cólera y trotó a su -lado, balanceando el cuerpo, con sus largos<span class="pagenum" -id="Page_155">p. 155</span> brazos colgantes. Al llegar a la barrera, -de un salto se subió a una palmera.</p> - -<p>Así que salieron del último recinto, se dirigieron al palacio de -Amílcar, porque comprendió Espendio que era inútil disuadir a Matho de -su propósito.</p> - -<p>Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de Mutumbal, el -mercado de hierbas y la encrucijada de Cinasim.</p> - -<p>—¡Esconde el zaimph! —dijo Espendio.</p> - -<p>Vieron gente, pero nadie les vio a ellos. Al fin divisaron las casas -de Megara.</p> - -<p>El faro, levantado por la parte de atrás en la cumbre del -acantilado, iluminaba el cielo con una roja claridad, y la sombra del -palacio, con sus azoteas superpuestas, se proyectaba sobre los jardines -como una monstruosa pirámide. Entraron por el seto de azufaifos, -cortando las ramas con los puñales.</p> - -<p>Aún se advertían los rastros del festín de los mercenarios. Los -parques<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> estaban -pisoteados; los regatos, secos; las puertas de la ergástula, abiertas. -No se veía a nadie en las cocinas ni en las bodegas. Se asombraban de -este silencio, solo interrumpido por el bramido de los elefantes que se -agitaban en sus maneotas, y el crepitar de la hoguera de áloe que ardía -en el faro.</p> - -<p>Matho repetía:</p> - -<p>—¿Dónde está ella? ¡Quiero verla! ¡Guíame!</p> - -<p>—¡Es una locura! —decía Espendio—. Llamará a sus esclavos y, a pesar -de tu fuerza, morirás.</p> - -<p>Así llegaron a las escaleras de las galeras. Alzó Matho la cabeza y -creyó advertir en lo alto una vaga claridad, radiante y suave. Quiso -contenerlo Espendio, pero él se lanzó escalera arriba.</p> - -<p>Al encontrarse en los sitios donde la viera, el recuerdo de los -días transcurridos se borró de su memoria. La veía como cuando cantaba -en las mesas y desaparecía y él subía continuamente esta escalinata. -Sobre su cabeza, el cielo estaba cubierto de luminarias;<span -class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> la mar llenaba el -horizonte; a cada paso que él daba le rodeaba una inmensidad más -ancha, y seguía subiendo con la extraña facilidad que se tiene en los -sueños.</p> - -<p>El ruido del velo rozando contra las piedras le recordó su nuevo -poder; pero en el exceso de su esperanza, ya no sabía lo que tenía que -hacer; esta incertidumbre le intimidó.</p> - -<p>De vez en cuando se asomaba a las celosías cuadrangulares de -los aposentos cerrados, y creyó ver en muchos de ellos personas -dormidas.</p> - -<p>El último piso, más estrecho, formaba como un dado encima de las -terrazas. Matho le dio la vuelta lentamente.</p> - -<p>Una luz lechosa iluminaba las hojas de talco que tapaban las -pequeñas aberturas de la muralla y, que simétricamente dispuestas, -parecían en las tinieblas hileras de perlas finas. Reconoció la puerta -cuartelada con la cruz negra. Redoblaban las palpitaciones de su -corazón. Quiso huir, pero empujó la puerta, y esta se abrió.</p> - -<p>En el fondo de la habitación ardía,<span class="pagenum" -id="Page_158">p. 158</span> suspendida, una lámpara en forma de -galera; tres rayos de luz de su carena de plata temblaban en los altos -artesonados pintados de rojo con franjas negras. El techo era un -conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio amatistas, y -topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho aposento -aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda -aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún -vestido que colgaba hasta el suelo.</p> - -<p>Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque ovalado, en cuya -orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un jarro de -alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se -aspiraban aromáticos olores.</p> - -<p>Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de nácar y de vidrio; y -no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se hundían sus pies -como si caminara por arena.</p> - -<p>Detrás de la lámpara de plata había divisado un gran cuadrado -de<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span> azur, suspendido -en el aire por cuatro cuerdas, y a él se acercó Matho, medio agachado y -con la boca abierta.</p> - -<p>De cuernos de antílope colgaban anillos y brazaletes; vasos de -arcilla refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en la hendidura -de la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo tenía -desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie -de aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz -sembrado de flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al -escabel de ébano que servía para subir a él.</p> - -<p>Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran cortina, no -dejaba ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba -la punta de un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver -mejor.</p> - -<p>Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y tendido el -otro brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que -parecía acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca -se desplegaba<span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> -blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo -se veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas, -perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y -el movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía -columpiarla. Zumbaba un mosquito.</p> - -<p>Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de plata; en el -mosquitero prendió la llama, y Salambó despertó.</p> - -<p>La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos. La lámpara de -Matho proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas.</p> - -<p>—¿Qué es esto? —dijo Salambó.</p> - -<p>—Es el velo de la diosa —contestó Matho.</p> - -<p>—¡El velo de la diosa! —repitió ella.</p> - -<p>Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula. Matho prosiguió:</p> - -<p>—¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades del santuario! -¡Mira!</p> - -<p>El zaimph deslumbraba con su juego de luces.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span>—¿Te acuerdas? -—dijo Matho—. Una noche te apareciste en mis sueños, pero yo no -entendía la orden muda de tus ojos. Si la hubiera comprendido, habría -acudido, abandonando el ejército: no habría salido de Cartago. -Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al reino de las -Sombras...</p> - -<p>Salambó pisaba ya el escabel de ébano.</p> - -<p>—¡Perdóname! —añadió Matho—. Eran montañas que pesaban sobre mí y, -sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado. ¡Sin los -dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o -si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu -aliento! ¡Aplástense mis labios besando tus manos!</p> - -<p>—¡Déjame ver! —decía ella—. ¡Más cerca! ¡Más cerca!</p> - -<p>Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas de talco de las -paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del lecho.</p> - -<p>—¡Te amo! —gritaba Matho.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>Ella balbuceó:</p> - -<p>—¡Dámelo!</p> - -<p>Y se acercaron.</p> - -<p>Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos arrobados puestos -en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los esplendores de -su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en un -abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se -quedaron mirándose absortos.</p> - -<p>Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió un terror súbito -y empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras de cobre -que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó:</p> - -<p>—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame! ¡Maldito! ¡A mí, -Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul!</p> - -<p>Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la cara asustada de -Espendio, el cual dijo estas palabras:</p> - -<p>—¡Huye! Vienen aquí.</p> - -<p>Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada de gente, -entre<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> mujeres, -esclavos y criados, se lanzó dentro de la habitación con estacas, -rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como paralizados de -indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos como en un -entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel.</p> - -<p>Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto en el zaimph, -como un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a -arrojarse sobre él. Salambó los contuvo.</p> - -<p>—¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa!</p> - -<p>Y dando un paso hacia él, alargando su brazo desnudo, prorrumpió:</p> - -<p>—¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y dolor! ¡Que -Gurcil, dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de los -muertos, te ahogue! ¡Y que el Otro —el que no se puede nombrar— te -queme!</p> - -<p>Matho dio un grito, como si le hiriera una espada. Salambó repitió -muchas veces:</p> - -<p>—¡Vete! ¡Vete!</p> - -<p>Se apartó la turba de criados, y<span class="pagenum" -id="Page_164">p. 164</span> Matho, baja la cabeza, pasó lentamente -en medio de ellos; al llegar a la puerta se detuvo porque la franja -del zaimph se había enganchado en una de las estrellas de oro que -esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera.</p> - -<p>Espendio, saltando de terraza en terraza y por encima de setos y -de acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro. En este -sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de -espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el -cabo de las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el -campamento de los bárbaros.</p> - -<p>Había salido el sol, y como un león que se retira, Matho se alejó -mirando el camino con ojos terribles.</p> - -<p>Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del palacio, seguía -a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían robado el -tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de un -sacerdote asesinado. Corría el rumor de que los<span class="pagenum" -id="Page_165">p. 165</span> bárbaros habían entrado en la ciudad.</p> - -<p>No sabiendo Matho cómo franquear los recintos, seguía en línea -recta. Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo que había -pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera.</p> - -<p>Del fondo de los Mapales, de las alturas de la Acrópolis, de las -catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de gente. Salían -los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas; las -mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas -y bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué -modo recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los -mismos dioses, y su contacto ocasionaba la muerte.</p> - -<p>En el peristilo de los templos, los sacerdotes, desesperados, se -retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al acaso; -había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las -gavias de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que -daba aumentaba la ira, pero<span class="pagenum" id="Page_166">p. -166</span> también el terror. Vaciábanse las calles al aproximarse -él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por los dos -lados hasta encima de las murallas. No se veían más que ojos muy -abiertos, como para matarlo con la vista; dientes que rechinaban, -puños que amenazaban; se oían las imprecaciones de Salambó, que se -multiplicaban.</p> - -<p>De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y una lluvia de -piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al zaimph, -pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en -escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia -adelante y hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de -ataque. Andaba cada vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al -encontrarlas interceptadas con cuerdas, carros o trampas, se volvía -atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón, donde murieron los -baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a muerte. -Estaba perdido; la multitud batía palmas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span>Corrió hasta la -gran puerta cerrada. Era muy alta, de robusta encina, con clavos -de hierro y forrada de cobre. Matho la empujó. El pueblo, gozoso, -observaba su impotente furor; entonces, él se quitó una sandalia, -escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad aulló. -Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor, febril, -como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto, reparó en la -larga cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la báscula de la -puerta. De un salto se agarró a ella de pies y manos, y, forcejeando, -logró abrir las hojas de la puerta.</p> - -<p>Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran zaimph y lo puso -sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por el viento -del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura -de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las -tiendas de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas, -veía desaparecer la fortuna de Cartago.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span></p> - <h2 class="nobreak" title="VI. HANNÓN">VI</h2> - <p class="subh2">HANNÓN</p> -</div> - -<p>—¡Debí habérmela traído! —decía por la noche Matho a Espendio—. Debí -haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido.</p> - -<p>Espendio no le escuchaba. Echado de espalda, descansaba a sus -anchas, al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la que -metía a menudo la cabeza para beber más abundantemente.</p> - -<p>—¿Qué hacer? —preguntaba Matho—. ¿Cómo volver a entrar en -Cartago?</p> - -<p>—No lo sé —contestaba Espendio.</p> - -<p>Su impasibilidad exasperaba a Matho.</p> - -<p>—¡Tú tienes la culpa! —añadió este—; tú me llevaste y me abandonaste -como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi amo? ¡Ah, -prostituidor, esclavo, hijo de esclavo!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span>Rechinaba los -dientes y amenazaba a Espendio con su ancha mano.</p> - -<p>El griego no contestaba. Ardía una lámpara de arcilla colgada del -palo de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado de una -panoplia.</p> - -<p>De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el peto de hojas de -cobre y el casco.</p> - -<p>—¿Adónde vas? —preguntó Espendio.</p> - -<p>—Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente, los aplastaré como -víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo verás: la -mataré.</p> - -<p>Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó en un rincón, -poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron antorchas y -entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres.</p> - -<p>Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, collares de cuero, -pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de hiena; parados -en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que descansan. -Narr-Habas era el más hermoso de todos;<span class="pagenum" -id="Page_171">p. 171</span> ceñían sus delgados brazos correas -guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que sostenía por -detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de avestruz -que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía enseñar los -dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su persona tenía -un sello de distinción.</p> - -<p>Declaró que venía a juntarse con los mercenarios, porque la -República amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar a -los bárbaros y les podía ser útil.</p> - -<p>—Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis florestas, de -vino, aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios; de -veinte mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es -porque la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por -lo demás, somos antiguos amigos.</p> - -<p>Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las pieles de carnero, -hacía señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo por -testigos a los<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> -dioses y maldiciendo a Cartago. En sus imprecaciones rompió una -azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho, transportado por estas -demostraciones, dijo que aceptaba la alianza.</p> - -<p>Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos del día y de -la noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se llenó -de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso -su mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas. -Repitieron estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche -comiendo, y se quemó el resto de la comida, juntamente con la piel, los -huesos, los cuernos y las uñas de las reses sacrificadas.</p> - -<p>Una inmensa aclamación había saludado a Matho cuando apareció con el -velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la religión cananea, -estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara un genio. -Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa con -que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran -su posesión.<span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span> Así -pensaban los soldados de raza africana. Los otros, cuyo odio era menos -antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos, se hubieran -marchado en seguida.</p> - -<p>Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a todas las tribus del -territorio púnico.</p> - -<p>Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con impuestos -exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos -y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a -la República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un -arma; cuando se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos. -Los gobernadores eran estimados como lagares, según la cantidad que -producían. Más allá de las regiones sometidas a Cartago, estaban los -aliados, que solo pagaban un módico tributo; detrás de los aliados -vagaban los nómadas, que podían concitarse contra ellos. Por este -sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las plantaciones -soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón,<span -class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> maestro en esto de cultivos -y de esclavos, se asombró de ello, noventa y dos años más tarde, y el -grito de muerte que repetía en Roma no era sino la exclamación de un -celo codicioso.</p> - -<p>Durante la última guerra, habían redoblado las exacciones, por lo -que las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían entregado a -Régulo. Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte mil -bueyes, trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los -jefes de tribus fueron crucificados o echados a los leones.</p> - -<p>Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más antigua que la -metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía frente -a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un -animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la -debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto -de armas a los «Comedores de cosas inmundas».</p> - -<p>Aún no habían partido los correos de los bárbaros y ya en las -provincias<span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span> estalló -un regocijo universal. Sin esperar a más, se estranguló en los baños a -los intendentes de las casas y a los funcionarios de la República; se -sacaron de las cavernas las armas que estaban escondidas; con el hierro -de los arados se forjaron espadas; los niños aguzaban en las puertas -las azagayas; las mujeres daban sus collares, sortijas y pendientes y -todo cuanto podía servir para la destrucción de Cartago. Todos querían -contribuir a ella de algún modo. Los paquetes de lanzas se amontonaron -en los poblados, como garbas de maíz. Se expidieron animales y dinero. -Matho pagó pronto a los mercenarios los atrasos de su soldada, y por -esta idea de Espendio fue nombrado general en jefe o <i>schalischim</i> -de los bárbaros.</p> - -<p>Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres: primero, la gente -de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas las -caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que -iban a Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho. -Llegaban<span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span> sin cesar -bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis veíase cómo aumentaba -el ejército.</p> - -<p>Los guardias de la Legión hacían centinela en la plataforma del -acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se levantaban -cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en -el llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, -con la incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las -murallas.</p> - -<p>Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias fenicias, -como Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la -República hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo, -respetaban a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no -creían que un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, -que estos serían exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir -tranquilas.</p> - -<p>Pero su posición las hacía indispensables. Útica, en el fondo de -un golfo, era el conducto por donde llegaba a<span class="pagenum" -id="Page_177">p. 177</span> Cartago el socorro de fuera. Tomada Útica, -Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa, haría sus veces, y así -avituallada la metrópoli, sería inexpugnable.</p> - -<p>Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente el sitio; -Narr-Habas se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era -la opinión de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió -que Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer -cuerpo del ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago, -encargándose de esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino -para traer elefantes, y con su caballería limpiar los caminos.</p> - -<p>Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque codiciaban las -joyas de las damas púnicas. También protestaron los libios, porque -se les llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente -partieron los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente -con los iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las -islas; todos los que hablaban<span class="pagenum" id="Page_178">p. -178</span> griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del ingenio -que veían en él.</p> - -<p>Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron moverse el ejército, -el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por el camino de -Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el resto -desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del -bosque, en donde se internó.</p> - -<p>Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades tirias no -resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército -considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto -perecería por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio -de las provincias, ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma, -no pagaban contribuciones. A Cartago le faltaba genio político. Su -eterno afán de ganancia le privaba de la prudencia que da más altas -ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía a fuerza -de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en torno<span -class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> de ella; la menor tempestad -quebrantaba esa formidable máquina.</p> - -<p>El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por todo lo que -se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se -necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República. -Tolomeo le había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les -descorazonaba, como lo había previsto Espendio.</p> - -<p>Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba contra su pecho -el oro y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la misma -constitución de su Gobierno.</p> - -<p>En primer lugar, el poder dependía de todos, sin que nadie fuera -lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares eran -consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían -el monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería -con los de la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos -y los pobres, se labraban algunas veces una fortuna. Todos podían -optar a las magistraturas; y si<span class="pagenum" id="Page_180">p. -180</span> bien el poder y el dinero se perpetuaban en las mismas -familias, se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la esperanza de -alcanzarla.</p> - -<p>Las sociedades de comerciantes, en las que se elaboraban las leyes, -escogían los inspectores de hacienda, quienes al abandonar el cargo, -nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos, dependientes -a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos. Los -dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían -el mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase -de odios, para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar -sobre la guerra, y en caso de vencimiento, eran crucificados por el -Gran Consejo.</p> - -<p>De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los Sisitas, es -decir, de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde -según la tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose -retirado el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de -pequeños aposentos de<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> -arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas de piedra -y separadas unas de otras para recibir aisladamente las diferentes -compañías. Los ricos se amontonaban allí todo el día para debatir -acerca de sus intereses y los del Gobierno, desde la busca de la -pimienta hasta el exterminio de Roma. Tres veces en cada luna hacían -subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba el muro del patio, y -desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin coturnos y sin -mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las viandas, y -con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los jarros; -fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en -pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar.</p> - -<p>Pero al presente no podían disimular su inquietud y estaban harto -pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba hasta -sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas -las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciaban<span -class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> en seguida; subían a la -Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo deliberaba todas las -noches. Por fin, el pueblo fue convocado en la plaza de Kamón y se -resolvió llamar a Hannón, el vencedor de Hecatompila.</p> - -<p>Era un hombre devoto, astuto, implacable para la gente de África; un -verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca. Nadie tenía -como él experiencia tan probada en cosas de administración.</p> - -<p>Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos útiles, puso -catapultas en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas y -ordenó la construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se -hacía llevar al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía -siempre su gran litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la -escalinata de la Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía -dormir, para prepararse para la batalla, ordenaba, con voz terrible, -maniobras de guerra.</p> - -<p>Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía belicoso. Los ricos, -al<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> canto del gallo, -se alineaban a lo largo de los Mapales, y remangándose las túnicas -se ejercitaban en el manejo de la pica. Pero faltos de instructor, -disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento sobre las tumbas, -y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un régimen; unos, -imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza, se ponían -ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con ayunos -para adelgazar.</p> - -<p>Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de Cartago.</p> - -<p>Pero Hannón no quería partir en tanto faltara un tornillo a la -máquina de guerra. Así perdió tres lunas en equipar los ciento doce -elefantes que se alojaban en los fuertes; eran los vencedores de -Régulo; el pueblo los acariciaba, y mucho se podía hacer con estos -viejos amigos. Hannón hizo refundir las placas de cobre con que se les -guarnecía el pecho, dorar sus colmillos, alargar sus torres y tallar en -la púrpura hermosos caparazones bordados con pesadas franjas. En<span -class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> fin, como sus conductores -venían de las Indias, por haber llegado los primeros de aquella parte, -ordenó que fueran todos vestidos a la usanza india, esto es, con un -rodete blanco alrededor de las sienes y un pequeño calzón de viso, que -formaba con sus pliegues transversales, como dos valvas de una concha -aplicada sobre los muslos.</p> - -<p>El ejército de Autharita seguía delante de Túnez, oculto detrás de -un muro hecho con el fango del lago y defendido en la cima por espinosa -maleza. Los negros habían erizado allí en grandes estacas horribles -figuras, máscaras humanas hechas con plumas de pájaros, cabezas de -chacal o de serpientes, que abrían la boca cara al enemigo, a fin de -amedrentarle; y estimándose invencibles por este medio, los bárbaros -bailaban y hacían juglerías, convencidos de que Cartago no tardaría -en sucumbir. Otro que no fuera Hannón, hubiera aplastado fácilmente -esa multitud, estorbada por ganados y mujeres. Además, no comprendían -ninguna maniobra, y Autharita, desalentado, nada les exigía.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>Se hacían a un lado -cuando este pasaba mirándoles con sus ojazos azules. Llegado al borde -del lago, se quitaba su sayo de piel de foca, desataba la cuerda que -ataba su roja cabellera y sumergía esta en el agua. Sentía no haber -desertado a los romanos con los dos mil galos del templo de Erix.</p> - -<p>A menudo, en la mitad del día, el sol se obscurecía de pronto, y el -golfo y la alta mar parecían inmóviles, como plomo derretido. Una nube -de obscuro polvo, perpendicularmente esparcido, venía en torbellino; -se encorvaban las palmeras, desaparecía el cielo, se oían rebotar las -piedras en la grupa de los animales, y el galo, con los labios pegados -a los agujeros de su tienda, resollaba de melancolía y de agotamiento. -Soñaba con el olor de los pastos en las mañanas de otoño, con los -copos de nieve, con los bramidos de los uros perdidos en la niebla, -y, entornando los párpados, creía ver los hogares de las cabañas, -cubiertas de paja, rielar en los pantanos en el fondo del boscaje.</p> - -<p>Otros, a más de él, añoraban la patria,<span class="pagenum" -id="Page_186">p. 186</span> si bien no estaba tan lejana. Los -cartagineses cautivos podían distinguir más allá del golfo, en los -declives de Byrsa, los toldos de sus casas extendidos en los patios. -Pero estaban siempre rodeados de centinelas, y se les tenía atados a -una misma cadena. Llevaba cada uno una argolla de hierro, y la multitud -no se cansaba de venir a verlos. Las mujeres mostraban a sus hijos sus -hermosas túnicas convertidas en andrajos, que colgaban de sus flácidos -miembros.</p> - -<p>Cuantas veces Autharita miraba a Giscón se acordaba de la injuria -que este le había inferido; le hubiera matado, a no ser por el -juramento que había hecho a Narr-Habas. Se contentaba con entrar en -su tienda, tomar un brebaje compuesto de cebada y comino, hasta caer -embriagado, para despertar con la fuerza del sol, devorado por una sed -horrible.</p> - -<div class="section"> -<p>Matho sitiaba a Hippo-Zarita.</p> -</div> - -<p>Esta ciudad estaba protegida por un lago que comunicaba con el mar. -Tenía tres recintos, y en las alturas que la dominaban se extendía un -muro<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> con torreones. -Jamás se había visto Matho en tales empresas. Además, el recuerdo de -Salambó le obsesionaba, y soñaba con los encantos de su belleza, como -en las delicias de una venganza que le transportaba de orgullo. Era una -necesidad de verla, acre, furiosa, permanente. Pensaba en ofrecerse -como parlamentario, confiando que una vez en Cartago, llegaría a su -lado. A menudo hacía tocar asalto, y sin esperar a más, se lanzaba -sobre las defensas de los sitiados. Arrancaba las piedras con las -manos, desbarataba, golpeaba, hundía en todo su espada. Los bárbaros -se precipitaban en montón; se rompían las escalas con estrépito y se -despeñaban racimos de hombres al agua, que rompía en olas sangrientas -contra las murallas. El tumulto se debilitaba y los soldados concluían -por alejarse, para volver a empezar después.</p> - -<p>Matho iba a sentarse fuera de las tiendas; se enjugaba con el -brazo su cara manchada de sangre, y vuelto hacia Cartago, miraba el -horizonte.</p> - -<p>Frente a él, entre olivares, palmeras,<span class="pagenum" -id="Page_188">p. 188</span> mirtos y plátanos, se desplegaban dos -anchos estanques que se unían a otro lago, del que no se veían los -contornos. Por detrás surgía una montaña entre otras montañas, y -en medio del lago inmenso se erguía una isla toda negra y de forma -piramidal. Hacia la izquierda, en la extremidad del golfo, montones de -arena semejaban grandes olas azules detenidas, en tanto que el mar, -plano como un enlosado de lapislázuli, subía incesantemente hasta el -borde del cielo. El verdor de la campiña desaparecía en algunos sitios -bajo largas placas amarillas; las algarrobas brillaban como botones de -coral; caían pámpanos de la cima de los sicomoros; oíase el murmullo -del agua; saltaban las alondras crestadas, y los últimos rayos del sol -doraban el caparazón de las tortugas, que salían de los juncos para -aspirar la brisa.</p> - -<p>Lanzaba Matho grandes suspiros. Se acostaba boca abajo; hundía las -uñas en tierra y lloraba; se sentía miserable, infeliz, abandonado. No -la poseería<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> jamás, ni -tampoco podría apoderarse de la ciudad.</p> - -<p>Por la noche, solo en su tienda, contemplaba el zaimph. ¿De qué le -servía esta prenda de los dioses? Y surgían dudas en el pensamiento del -bárbaro. Luego le parecía, por el contrario, que el manto de la diosa -pertenecía a Salambó y que una parte de su alma flotaba más sutil que -un aliento; y lo palpaba, lo olía, hundía la cara en él, lo besaba -gimiendo y se lo arrollaba a las espaldas para forjarse la ilusión de -estar cerca de ella.</p> - -<p>Otras veces huía de repente. A la luz de las estrellas daba zancadas -entre los soldados, que dormían envueltos en sus mantos; y al llegar a -las puertas del campamento, se lanzaba a caballo, y dos horas después -se encontraba en Útica, en la tienda de Espendio.</p> - -<p>Empezaba hablándole del sitio; pero no había venido sino para -aliviar su dolor hablando de Salambó. Espendio le aconsejaba que fuera -cuerdo.</p> - -<p>—¡Rechaza de tu alma estas miserias que te degradan! ¡Antes -obedecías;<span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span> ahora -mandas un ejército, y si no conquistamos Cartago, al menos se nos darán -provincias y seremos reyes!</p> - -<p>Pero ¿por qué la posesión del zaimph no les daba la victoria? Según -Espendio, era cuestión de tiempo.</p> - -<p>Se imaginaba Matho que el velo pertenecía exclusivamente a los -hombres de raza cananea, y en su sutileza de bárbaro, se decía: «El -zaimph no hará nada por mí; pero, puesto que lo han perdido, tampoco -hará nada por ellos.»</p> - -<p>En seguida le atormentaba un escrúpulo. Tenía miedo de ofender -a Moloch adorando a Aptouknos, dios de los libios; y preguntaba -tímidamente a Espendio a cuál de los dioses sería mejor sacrificar un -toro.</p> - -<p>—¡Sacrifica siempre! decía Espendio, riendo.</p> - -<p>Matho, que no comprendía esta indiferencia, sospechó que el griego -tenía un Genio del que no quería hablar.</p> - -<p>Todos los cultos, como todas las razas, se encontraban en estos -ejércitos de bárbaros, pero se respetaban los dioses ajenos, porque -también inspiraban temor. Muchos mezclaban con su religión<span -class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> nativa prácticas -extranjeras. Tenían a gala no adorar las estrellas, o bien siendo tal -constelación funesta o propicia se la hacían sacrificios; un amuleto -desconocido, encontrado por casualidad en un peligro, se convertía en -divinidad, o era un nombre, nada más que un nombre, que se repetía -sin tratar de comprender lo que podía significar. A fuerza de haber -saqueado templos, de ver sinnúmero de naciones y de degüellos, muchos -concluían por no creer más que en el destino y en la muerte, y todas -las noches dormían con la placidez de las bestias feroces. Espendio -había escupido a las efigies de Júpiter Olímpico, y, sin embargo, temía -hablar en alta voz en las tinieblas, y no olvidaba nunca calzarse -primero el pie derecho.</p> - -<p>Frente a Útica levantaba una gran terraza cuadrangular; pero a -medida que esta subía, también se agrandaba la fortificación; lo que -unos derribaban, casi inmediatamente se veía reedificado por los otros. -Espendio economizaba su gente, soñaba planes; procuraba recordar las -estratagemas<span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> que -había oído contar en sus viajes. ¿Por qué no volvía Narr-Habas? Todo -eran inquietudes.</p> - - -<p class="mt2">Hannón había terminado sus aprestos bélicos. En una -noche sin luna hizo atravesar en almadías, a sus elefantes y soldados, -el golfo de Cartago. Doblaron luego la montaña de las Aguas Calientes -para esquivar a Autharita, y siguieron con tanta lentitud, que en vez -de sorprender a los bárbaros por la mañana, como había calculado el -Sufeta, se llegó ya muy entrado el tercer día.</p> - -<p>Útica tenía del lado del Oriente un llano que se extendía hasta la -gran laguna cartaginesa; detrás de ella se abría en ángulo recto un -valle entre dos montañas bajas, que de pronto se cortaban. Los bárbaros -estaban acampados más lejos, a la izquierda, procurando bloquear el -puerto, y dormían en sus tiendas, cuando se presentó el ejército -cartaginés, dando un rodeo a las colinas.</p> - -<p>Los honderos estaban repartidos en las dos alas. Los guardias de -la<span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span> Legión, con sus -armaduras de escamas de oro, formaban la primera línea, con sus pesados -caballos sin crines, sin pelo y sin orejas y en mitad de la frente -un cuerno de plata para parecerse a los rinocerontes. Entre estos -escuadrones, los jóvenes, cubiertos con un pequeño casco, blandían -en cada mano una azagaya de fresno; detrás venía la infantería de -línea con sus largas picas. Todos estos mercaderes acumulaban en sus -cuerpos el mayor número posible de armas; había quien llevaba a un -tiempo lanza, hacha, maza y dos espadas, y quienes, como puercoespines, -estaban erizados de dardos y ceñían corazas con láminas de cuerno o -placas de hierro. En último término iban los armatostes de las máquinas -de guerra: carrobalistas, onagros, catapultas y escorpiones, oscilando -en carretas arrastradas por mulas y cuadrigas de bueyes. A medida que -el ejército se desplegaba, los capitanes corrían a derecha e izquierda, -comunicando órdenes, haciendo estrechar las filas y conservando los -intervalos.<span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span> Aquellos -de los Ancianos que mandaban, habían acudido con cascos de púrpura, -cuyas franjas magníficas llegaban hasta las correas de los coturnos. -Sus caras, pintadas de bermellón, brillaban bajo enormes cascos -rematados por dioses; y como sus escudos eran de marfil esmaltado de -piedras preciosas, parecían soles que pasaban por murallas de cobre.</p> - -<p>Los cartagineses maniobraban con tanta pesadez, que los bárbaros, -por irrisión, les invitaban a sentarse, gritándoles que irían pronto a -vaciarles los gordos vientres, raspar el dorado de su piel y hacerles -beber hierro.</p> - -<p>En lo alto del mástil o cucaña clavado delante de la tienda de -Espendio, apareció la señal, que era un jirón de tela verde. El -ejército cartaginés contestó con un estrépito de trompetas, de -címbalos, de flautas hechas con huesos de asnos y de tímpanos. Ya los -bárbaros habían saltado fuera de las empalizadas. Los combatientes -estaban cara a cara, a tiro de las azagayas.</p> - -<p>Un hondero balear dio un paso adelante, puso en su honda una -bola de<span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span> arcilla y -remolineó el brazo: enfrente se rompió un escudo de cobre, y los dos -ejércitos se mezclaron.</p> - -<p>Los griegos, pinchando a los caballos en las narices con las -puntas de las lanzas, les encabritaron y derribaron a sus jinetes. -Los esclavos encargados de disparar piedras las habían cogido tan -grandes que no podían lanzarlas lejos. Los infantes púnicos, dando -mandobles con sus espadones, descubrían su flanco derecho. Los bárbaros -adelantaron sus líneas, degollaban en masa y pisoteaban moribundos y -cadáveres, cegados por la sangre que les llenaba la cara. Este montón -de picas, cascos, corazas, espadas y miembros dispersos giraba sobre sí -mismo, ensanchándose o estrechándose con contracciones elásticas. Las -cohortes cartaginesas se vaciaban cada vez más; sus máquinas no podían -salir de las arenas; por fin, la gran litera del Sufeta, con arambeles -de cristal que se viera al empezar la batalla, oscilando entre los -soldados, como una barca sobre las olas, cayó derribada.<span -class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> ¿Habría muerto Hannón? Los -bárbaros se vieron solos.</p> - -<p>El polvo se había desvanecido, y ya empezaban a cantar victoria -cuando he aquí que Hannón apareció en lo alto de un elefante. Iba -desnuda la cabeza, bajo un quitasol de viso que llevaba un negro detrás -de él. Su collar de placas azules flotaba sobre las flores de la túnica -negra; círculos de diamantes ceñían sus enormes brazos, y, abierta la -boca, blandía una pica desmesurada, con la punta en forma de loto y -más brillante que un espejo. La tierra pareció rajarse, y vieron los -bárbaros aparecer en una sola línea todos los elefantes de Cartago, -con sus colmillos dorados, las orejas pintadas de azul, cubiertos de -bronce y sacudiendo por encima de sus caparazones de escarlata las -torres de cuero, y en cada una de estas tres arqueros con un gran arco -abierto.</p> - -<p>Apenas si los bárbaros conservaban sus armas, y estaban formados al -acaso. El terror los dejó helados y quedaron indecisos.</p> - -<p>De lo alto de las torres venían los<span class="pagenum" -id="Page_197">p. 197</span> tiros de las jabalinas, de las flechas, de -las faláricas y masas de plomo; algunos, para subir, se agarraban a las -franjas de los caparazones, pero les cortaban las manos con cuchillos -y caían de espaldas con sus espadas. Quebrábanse las picas, y los -elefantes atravesaban las falanges como jabalíes entre matas de hierba. -Con sus trompas arrancaban las estacas del campamento y lo recorrían -de un extremo a otro, derribando las tiendas con sus pechos. Todos los -bárbaros huyeron, ocultándose en las colinas que rodeaban el valle por -donde vinieron los cartagineses.</p> - -<p>Hannón, vencedor, se presentó ante las puertas de Útica. Hizo sonar -la trompeta, y los tres jueces de la ciudad aparecieron en las almenas -de una torre.</p> - -<p>Los habitantes de Útica no querían admitir huéspedes tan bien -armados. Al fin, ante la insistencia de Hannón, consintieron en -recibirle con una pequeña escolta.</p> - -<p>Las calles eran demasiado estrechas<span class="pagenum" -id="Page_198">p. 198</span> para que pasaran los elefantes, y hubo de -dejarlos fuera.</p> - -<p>Entrado el Sufeta en la ciudad, los notables vinieron a saludarle. -Hannón se hizo llevar a los baños y llamó a sus cocineros.</p> - - -<p class="mt2">Pasaron tres horas y todavía estaba hundido en el aceite -de cinamomo que llenaba una tina; mientras se bañaba comía, sobre una -piel de buey, lenguas de flamencos con granos de adormidera sazonados -con miel. A su lado, su médico griego, envuelto en una larga túnica -amarilla, hacía calentar la estufa, y dos mancebos, doblados en las -gradas del baño, frotaban las piernas del Sufeta. Pero los cuidados de -su cuerpo no obstaban al amor de la cosa pública, y al mismo tiempo -dictaba una carta para el Gran Consejo, al cual consultaba qué castigo -terrible se daría a los prisioneros.</p> - -<p>—Espera —dijo al esclavo amanuense que escribía de pie, en el hueco -de su mano—. ¡Que me los traigan! ¡Quiero verlos!</p> - -<p>Del fondo de la sala, llena de un vapor<span class="pagenum" -id="Page_199">p. 199</span> blanquecino, manchado por el resplandor de -las antorchas, empujaron a tres bárbaros: un samnita, un espartano y un -capadocio.</p> - -<p>—Continúa —dijo Hannón, dictando al esclavo.</p> - -<p>«¡Regocijaos, luz de los Baales! ¡Vuestro Sufeta ha exterminado a -los perros voraces! ¡Bendiciones sobre la República! Ordenad preces en -acción de gracias.»</p> - -<p>Mirando a los prisioneros, les dijo, con grandes risotadas:</p> - -<p>—¡Ah, ah, mis valientes de Sicca! ¡Hoy no gritáis tan fuerte! Soy -yo. ¿Me conocéis? ¿Dónde están vuestras espadas? ¡Vaya! ¡Sois unos -hombres terribles!</p> - -<p>Y amagaba esconderse, como si les tuviera miedo.</p> - -<p>—Me pedíais caballos, mujeres, tierras, magistraturas y sacerdocios, -quizás. ¿Por qué no?... Pues bien, yo os daré tierras de las que -no saldréis nunca. ¡Se os casará en picotas nuevecitas! ¿Vuestra -soldada? Se os fundirán en la boca lingotes de plomo. Os pondré en -altos puestos, muy altos, entre<span class="pagenum" id="Page_200">p. -200</span> las nubes, para que se os acerquen las águilas.</p> - -<p>Los tres bárbaros, cabelludos y cubiertos de harapos, le miraban -sin comprender lo que él les decía. Heridos en las rodillas, se les -había cogido echándoles cuerdas, y las gruesas cadenas de sus manos -arrastraban sobre las losas. Hannón se indignó de su impasibilidad.</p> - -<p>—¡De rodillas! ¡De rodillas! ¡Chacales, mendrugos, miseria, -excrementos! —Los infelices no chistaban—. ¡Basta! ¡Callaos! ¡Que se -les desuelle vivos, ahora mismo!</p> - -<p>Y soplaba como un hipopótamo, girando los ojos. El perfumado aceite -desbordaba por la masa de su cuerpo, y pegándose a las escamas de su -piel, la hacía aparecer rosada a la luz de las antorchas.</p> - -<p>Siguió diciendo:</p> - -<p>—Nosotros hemos sufrido mucho calor durante cuatro días. En el -paso de Macar se perdieron las mulas. A pesar de su posición, del -valor extraordinario... ¡Ah, Demónides! ¡Cómo<span class="pagenum" -id="Page_201">p. 201</span> sufro! ¡Que se calienten los ladrillos y -que se pongan al rojo!</p> - -<p>Se oyó un ruido de palas y de hornos. Humeó más fuerte el incienso -en las anchas cazoletas, y los masajistas, enteramente desnudos, -sudando como esponjas, le frotaron las articulaciones con una pasta -compuesta de harina, azufre, vino negro, leche de perra, mirra, gálbano -y estoraque. Sed intensa le devoraba: el hombre de la túnica amarilla -no cedió a este deseo, y alargándole una copa de oro en la que humeaba -un caldo de víbora:</p> - -<p>—Bebe —le dijo—, para que la fuerza de las serpientes, nacidas -del Sol, penetre en la médula de tus huesos y tomes valor, ¡oh, -reflejo de los dioses! Tú sabes, además, que un sacerdote de Eschmún -observa alrededor del Can las estrellas crueles de donde proviene tu -enfermedad, y que ya palidecen como las manchas de tu piel; ¡porque tú -no debes morir!</p> - -<p>—¡Oh, sí —repitió el Sufeta—: yo no debo morir!</p> - -<p>Y de sus labios amoratados se escapaba un aliento más nauseabundo -que el olor de un cadáver.<span class="pagenum" id="Page_202">p. -202</span> Dos carbones encendidos parecían sus ojos, que no tenían -cejas; le colgaba de la frente un montón de rugosa piel; sus orejas, -separándose de la cabeza, empezaban a alargarse, y las arrugas -profundas que formaban semicírculos en torno de sus narices, le daban -un aspecto extraño y horripilante, el aire de una bestia feroz. Su voz -alterada parecía un rugido.</p> - -<p>—¡Demónides, tal vez tengas razón! En efecto, mis úlceras empiezan a -cerrarse. Me siento robusto. Mira, mira cómo devoro.</p> - -<p>Y menos por gula que por ostentación, y para demostrarse a sí mismo -que tenía buen apetito, devoraba rellenos de queso y de orégano, -pescados sin espinas, rábanos y ostras, juntamente con huevos, -calabacines, trufas y sartas de pajaritos. Mirando a los prisioneros -se deleitaba pensando en el suplicio que iba a darles. Sin embargo, se -acordaba de Sicca, y la rabia de todos sus dolores se desahogaba en -injurias contra los tres bárbaros.</p> - -<p>—¡Ah, traidores, miserables, infames, malditos! ¡Me ultrajasteis, -a mí,<span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> el Sufeta! -¡Sus servicios, el precio de su sangre, como ellos dicen! ¡Ah! ¡Sí, su -sangre, su sangre! —Luego, hablando consigo mismo: «¡Morirán todos! -¡No quedará uno solo! Valdría más llevarlos a Cartago...; pero no he -traído cadenas bastantes. ¡Que las traigan! ¿Cuántos son? Que vayan a -preguntárselo a Mutumbal. ¡Bah! ¡Nada de piedad! ¡Que me traigan en -cestas todas las manos cortadas!»</p> - -<p>A todo esto, gritos roncos y agrios llegaban a la sala, ahogando -la voz de Hannón y el ruido de los platos que le servían. Redoblaron -aquellos, y de pronto estalló el bramido furioso de los elefantes, como -si empezara otra batalla. Gran tumulto agitaba la ciudad.</p> - -<p>Los cartagineses no habían intentado perseguir a los bárbaros. -Acampados aquellos al pie de las murallas, con sus bagajes, sirvientes -y todo el tren de los sátrapas, se regocijaban en sus hermosas tiendas -de bordados de perlas, mientras que el campo de los mercenarios parecía -un montón de ruinas en la llanada. Espendio había recobrado<span -class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> su valor. Envió a Zarxas -que se avistara con Matho, recorrió los bosques, juntó hombres (las -pérdidas no habían sido considerables), y rabiosos de haber sido -vencidos sin combatir, reformaban sus líneas, cuando descubrieron una -cuba de petróleo, abandonada sin duda por los cartagineses. Espendio -hizo traer cerdos de las granjas, los untó de betún, les prendió fuego -y los lanzó sobre Útica.</p> - -<p>Los elefantes, asustados por estas llamas, huyeron. El terreno -era en subida; se les tiraba azagayas, y volvieron atrás, y con los -colmillos y los pies destrozaban a los cartagineses, ahogándolos y -aplastándolos. Tras ellos, los bárbaros bajaban la colina; el campo -púnico, que estaba sin parapetos, a la primera carga fue saqueado, y -los cartagineses se vieron aplastados contra las puertas, porque los de -Útica no quisieron abrirlas por miedo a los mercenarios.</p> - -<p>Apuntaba el día, y del lado de Occidente se vieron llegar los -infantes de Matho, al mismo tiempo que los jinetes númidas de -Narr-Habas. Saltando<span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> -por sobre torrentes y maleza perseguían a los fugitivos, como cazadores -que cazan liebres. Este cambio de fortuna interrumpió al Sufeta. Gritó -para que vinieran a ayudarle a salir del baño.</p> - -<p>Los tres cautivos seguían delante de él. Un negro, el mismo que en -la batalla llevaba el quitasol, le dijo algo al oído.</p> - -<p>—¡Bueno! —respondió el Sufeta—. ¡Mátalos!</p> - -<p>El etíope sacó del cinturón un largo puñal y las tres cabezas -cayeron. Una de ellas, rebotando entre los restos del festín, fue a -saltar en la tina y flotó por algún tiempo, con la boca abierta y los -ojos fijos. La luz de la mañana entraba por las hendiduras del muro; -los tres cuerpos manaban como tres fuentes una sangre que cubría los -mosaicos, arenados con polvo azul. El Sufeta mojó sus manos en este -fango caliente y se frotó las rodillas. Era un remedio.</p> - -<p>Venida la noche, escapó de la ciudad con su escolta y se retiró a la -montaña<span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> para reunirse -con el ejército, cuyos restos logró encontrar.</p> - -<p>Cuatro días después estaba en Gorza, en lo alto de un desfiladero, -cuando las tropas de Espendio se presentaron abajo. Veinte buenas -lanzas, atacando al frente de la columna, las hubieran detenido -fácilmente; pero los cartagineses las dejaron pasar, estupefactos. -Hannón reconoció a retaguardia al rey de los númidas. Narr-Habas -se inclinó para saludarle, y le hizo un signo que el Sufeta no -comprendió.</p> - -<p>Regresó a Cartago con mil terrores, andando únicamente de noche y -ocultándose de día en los olivares. En cada etapa morían algunos, y -todos se creyeron perdidos. Al fin llegaron al Cabo Hermeo, donde los -recogieron los bajeles.</p> - -<p>Hannón estaba tan fatigado, tan desesperado, sobre todo por la -pérdida de los elefantes, que pidió veneno a Demónides, para acabar de -una vez. Ya se veía crucificado.</p> - -<p>Cartago no tuvo valor para indignarse contra él. Se habían -perdido cuatrocientos mil novecientos setenta<span class="pagenum" -id="Page_207">p. 207</span> y dos siclos de plata, quince mil -seiscientos veinte y tres shequels de oro, diez y ocho elefantes, -catorce miembros del Gran Consejo, trescientos ricos, ocho mil -ciudadanos, trigo para tres lunas, un bagaje considerable y todas las -máquinas de guerra. La defección de Narr-Habas era cierta; iban a -empezar los dos sitios. El ejército de Autharita se extendía ahora de -Túnez a Radés. Desde lo alto de la Acrópolis se veían en la campiña -largas humaredas que subían al cielo; eran las granjas de los ricos que -estaban ardiendo.</p> - -<p>Solo un hombre hubiera podido salvar la República. Todos se -arrepentían de haberle desdeñado, y el mismo partido de la paz votó los -holocaustos para el regreso de Amílcar.</p> - -<p>La pérdida del zaimph había trastornado a Salambó. Creía oír de -noche los pasos de la Diosa, y se despertaba asustada, dando gritos. -Enviaba todos los días comida a los templos. Taanach se fatigaba -cumpliendo sus órdenes, y Schahabarim no se apartaba de su lado.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span></p> - <h2 class="nobreak" title="VII. AMÍLCAR BARCA">VII</h2> - <p class="subh2">AMÍLCAR BARCA</p> -</div> - -<p>El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las noches desde lo -alto del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las agitaciones -del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a un -pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar.</p> - -<p>Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en la proa un -caballo esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se -puso la mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran -trompetazo sobre Cartago.</p> - -<p>Salió gente de todas las casas; no creyendo en las palabras, -disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida la -trirreme de Amílcar.</p> - -<p>Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena, abombada la vela -en toda la longitud del mástil, hendiendo la<span class="pagenum" -id="Page_210">p. 210</span> espuma alrededor de ella; sus gigantescos -remos batían el agua con cadencia; a intervalos aparecía la extremidad -de la quilla, hecha como reja de arado, y bajo el espolón en que -terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil, enderezándose sobre -sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del mar.</p> - -<p>Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y se vio al lado -del piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él, ¡el -Sufeta Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro -relucientes; rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; -dos perlas muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy -poblada le llegaba hasta el pecho.</p> - -<p>La galera iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la -multitud la seguía a lo largo de la escollera, gritando:</p> - -<p>—¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos. La culpa es de -los ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>Este no contestaba, -como si el clamor de los mares y de las batallas le hubieran dejado -completamente sordo; pero así que estuvo bajo la escalinata que bajaba -de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los brazos cruzados miró el -templo de Eschmún. Levantó más la mirada al cielo puro; con áspera -voz dio una orden a sus marineros; brincó la trirreme, arañó el ídolo -puesto en el ángulo del muelle para contener las tempestades, y en -el puerto comercial, lleno de inmundicias, de astillas de madera y -de cortezas de frutas, echaba atrás, embistiéndolos, a los navíos -amarrados a estacas y rematados por mandíbulas de cocodrilo. Corría el -pueblo y muchos se echaron a nado. La galera había llegado ya ante la -puerta erizada de clavos. Se levantó esta y la trirreme desapareció -bajo la profunda bóveda.</p> - -<p>El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad. -Cuando venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por -un corredor que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. -Esta gran plaza<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> de -agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los que había -dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de estas subían -dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo que constituía -una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio, en una isla, -se levantaba la casa del Sufeta del mar.</p> - -<p>El agua era tan limpia que se veía el fondo, pavimentado con -guijarros blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí; a su -paso veía Amílcar las trirremes que antes había mandado.</p> - -<p>Ya no quedaban arriba de una veintena de estas, varadas o con -la quilla al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas, -cubiertas de dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían -perdido sus alas; los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus -cuernos de plata, y todas medio despintadas, inertes, podridas, pero -llenas de historia y exhalando aún el olor de los viajes, como soldados -mutilados que volvían a ver a su jefe y parecían decirle: ¡Somos -nosotras, somos<span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span> -nosotras!; ¡y tú también eres un vencido!</p> - -<p>Ninguno, excepto el Sufeta del mar, podía entrar en la -casa-almirante. En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le -consideraba siempre como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un -jefe más; con respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre.</p> - -<p>El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A cada paso -encontraba armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo, -le extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta, -la ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a -Melkart. ¡No esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto -hiciera y cuanto vio: asaltos, incendios, legiones, tempestades, -Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la planicie de Erix, cinco -años de batallas hasta el funesto día en que, deponiendo las armas, -se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques de limoneros, los -pastores con cabras en las montañas grises,<span class="pagenum" -id="Page_214">p. 214</span> y su corazón brincaba al pensar en otra -Cartago fundada en otra orilla. Sus proyectos, sus recuerdos zumbaban -en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del bajel; le abrumaba la -angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de acercarse a los -dioses.</p> - -<p>Para esto subió al último piso de la casa, y sacando de una -concha de oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida con -clavos, abrió una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por -delgadas rodajas negras, empotradas en la muralla y transparentes como -vidrio.</p> - -<p>Entre las filas de aquellos discos iguales, había agujeros parecidos -a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una piedra -redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu -superior eran las únicas que adoraban estas <i>abadires</i> caídas de -la luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; -por su color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de -las cosas terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. -Arena<span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> marina que el -viento había empujado sin duda a través de la puerta, blanqueaba en -cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos. Amílcar, con la -punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la cara con un velo -de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en el suelo con los -brazos extendidos.</p> - -<p>La luz del día penetraba por los vidrios negros; arborescencias, -montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en -la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin embargo, -como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las -creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento -todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin -de recoger el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de -las vitalidades planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia -la muerte y hacia todos los azares un desdén más sabio y más intrépido. -Al levantarse, estaba lleno de un valor sereno, invulnerable a la -misericordia<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> y al -temor, y como sentía oprimido el pecho, subió a la torre que dominaba a -Cartago.</p> - -<p>La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva, con sus -cúpulas, sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmares, sus -bolas de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus fortificaciones, -que constituían como la gigantesca orla de este cuerno de abundancia -que se abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las -plazas, el interior de los patios, el trazado de las calles y los -hombres parecían muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón -no hubiera llegado demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se -abismó en el límite del horizonte y extendió hacia Roma sus brazos -temblorosos.</p> - -<p>La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En la plaza de Kamón -se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban poblando -de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de -excitar más la impaciencia del pueblo.</p> - -<p>Amílcar encontró en la sala a los<span class="pagenum" -id="Page_217">p. 217</span> hombres más importantes de su partido: -Istatten, Subeldia, Hictamon, Jeubas y otros, los cuales le contaron -todo lo que había pasado desde la firma de la paz: la avaricia de los -Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta, sus exigencias, -la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida y luego -abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos que -le concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la -Asamblea de los Ancianos, en el templo de Moloch.</p> - -<p>Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto a la puerta. -A pesar de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido -aumentase, Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese.</p> - -<p>Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de -aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos azules. Se -adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar se -estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces, -haciéndole una señal<span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span> -para que anduviera con precaución, él la llevó por el brazo a una -habitación apartada.</p> - -<p>La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él la levantó -brutalmente.</p> - -<p>—Iddibal, ¿dónde le dejaste?</p> - -<p>—¡Allá abajo, amo!</p> - -<p>Y quitándose los velos, se frotó la cara con la manga, y el color -negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron. Era un -robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el -mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como -el moño de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en -el suelo.</p> - -<p>—Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que sospeche?</p> - -<p>El viejo le juró por los Kabiros que el secreto estaba oculto. No -abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla poblada de -tortugas, con palmeras en la duna.</p> - -<p>—Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a lanzar la azagaya y -guiar equipos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—¿Es fuerte?</p> - -<p>—Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de las serpientes, -ni del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies desnudos, como -un pastor, al borde de los precipicios.</p> - -<p>—¡Habla! ¡Habla!</p> - -<p>—Inventa trampas para las bestias feroces. La otra luna sorprendió -a un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en anchas -gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con -su batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave -agonizaba, redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de -espadas.</p> - -<p>Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de -grandeza.</p> - -<p>—Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto. Contempla a lo -lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el pan, se -informa de los dioses y quiere conocer Cartago.</p> - -<p>—¡No, no; todavía no! —contestó el Sufeta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span>El viejo esclavo -pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y añadió:</p> - -<p>—¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he venido a Cartago -para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas.</p> - -<p>En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la terraza, se -hizo pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas del -puerto le franqueasen la entrada.</p> - -<p>Amílcar quedó un rato pensativo.</p> - -<p>—Mañana —dijo al esclavo— te presentarás en Megara, al ponerse el -sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito -del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada -luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar.</p> - -<p>El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos salieron juntos de -la casa y del puerto.</p> - -<p>Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque las reuniones -de los Ancianos eran siempre secretas en circunstancias<span -class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> extraordinarias, y a ellas -se iba misteriosamente.</p> - -<p>Primeramente atravesó la parte oriental de la Acrópolis; pasó -en seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y el -arrabal de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles -más anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que -resbalaban en las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y -todas se dirigían del lado de los Mapales.</p> - -<p>El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta -escarpada, en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas -murallas que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa -tumba. La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el -mar, que azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; -las sombras desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a -través de los muros.</p> - -<p>Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en un vasto patio -cuadrangular,<span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span> con -soportales. En medio se levantaba una masa arquitectónica, de ocho -pisos iguales, coronada de cúpulas que se apretaban alrededor de un -segundo piso, el cual soportaba una especie de rotonda, de la que -emergía un cono de curva reentrante, rematado por una bola.</p> - -<p>Ardían fuegos en los cilindros de filigrana, adheridos a varales -llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las borrascas del -viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus -cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a -los Ancianos.</p> - -<p>Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges enormes leones, -símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio -cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban -lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje; -se frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos, -y el vapor de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló -la agitación, se cerraron<span class="pagenum" id="Page_223">p. -223</span> las puertas, huyeron todos los sacerdotes y desaparecieron -los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo vestíbulo -alrededor del templo.</p> - -<p>Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran por sus rangos -circulares, comprendidas las unas en las otras, el período saturniano -con los años, los años con los meses, los meses con los días, tocándose -al fin con la muralla del santuario.</p> - -<p>Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de cuernos de -narval, porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte -al que entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban -al borde del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, -para demostrar así que al llorar la muerte de sus parientes, no se -habían cuidado de sus vestidos; y esta prueba de aflicción impedía que -el rasgón se hiciera más grande. Otros guardaban su barba cerrada en -un saquito de piel violeta, colgado de las orejas por dos cordones. -Todos se juntaron, abrazándose,<span class="pagenum" id="Page_224">p. -224</span> pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar y le felicitaban; -hubiérase dicho que eran hermanos que volvían a ver a otro hermano.</p> - -<p>Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz encorvada como la -de los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más salientes, -su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen -africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente -en el fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban -pintada en ellas algo de la severidad del desierto; joyas extrañas -brillaban en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. -Conocíanse los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los -hombres agrícolas olían a lagar, a hierbas secas y a sudor de mulo. -Estos viejos piratas hacían labrar los campos; estos acaparadores -de dinero equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían -esclavos que desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en -disciplina religiosa, expertos en estratagemas,<span class="pagenum" -id="Page_225">p. 225</span> implacables y ricos. Tenían aspecto de -estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de llamas, miraban -con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir, del tráfico y -del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de violencia y -de cierta brutalidad discreta y convulsiva. La influencia del Dios les -ponía sombríos.</p> - -<p>Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía la forma de huevo. -Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, describían en la -muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando otra gran -cámara entraron en otra sala parecida.</p> - -<p>Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba -en el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba en un cáliz -de diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última de -las gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de -cobre. Dos escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se -veían las piedras; era como una montaña de cenizas, y algo indeciso -humeaba lentamente encima.<span class="pagenum" id="Page_226">p. -226</span> Más alto que el candelabro y mucho más arriba que el altar, -se erguía Moloch, forrado en hierro, con pecho humano horadado de -aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban en la pared, sus manos -alargadas llegaban hasta el suelo; tres piedras negras, incrustadas en -un círculo amarillo, representaban tres pupilas en su frente, y con -terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro, como para mugir.</p> - -<p>En torno de la estancia había asientos de ébano, y detrás de cada -uno de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras, sostenía -una antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de -nácar que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color -de sus paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo -los tres ojos del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la -noche.</p> - -<p>Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano, poniendo encima -de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las manos -cruzadas en<span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span> sus -anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río luminoso que, -viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies desnudos.</p> - -<p>Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la espalda, formando -cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de Eschmún, con -túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de lana -obscura, y el de Moloch, de púrpura.</p> - -<p>Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta, miró las mechas -que ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que hizo -aparecer llamas violáceas en el extremo de los brazos.</p> - -<p>Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y los cien Ancianos, -los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron un himno, -repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido -subían sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se -callaron.</p> - -<p>Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando del pecho una -estatuita con tres cabezas y azul como el<span class="pagenum" -id="Page_228">p. 228</span> zafiro, la puso delante de él. Era la -imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió a meter en -su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron:</p> - -<p>—¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! ¿Vuelves para -vernos morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no!</p> - -<p>Así se vengaban de la limitación a que poco antes les había obligado -el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de Amílcar, -ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más -bien, de que no los hubiera sufrido con ellos.</p> - -<p>Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó.</p> - -<p>—Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago.</p> - -<p>—¿Qué os importa? —contestó desdeñosamente el Sufeta.</p> - -<p>Redobló la gritería.</p> - -<p>—¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra? Vosotros habéis -visto el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis -bárbaros...</p> - -<p>—¡Basta, basta!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>Siguió Amílcar en -voz baja, para que le escucharan con más atención.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de los Baales, hay -valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate!</p> - -<p>Y paseando la grada del altar, con los párpados medio cerrados, como -si buscara a alguno, repitió:</p> - -<p>—¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te defenderán! ¿Pero -dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos, -mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la -patria le ha dado!</p> - -<p>Los Ancianos se encogían de hombros, como flagelados por azotes.</p> - -<p>—¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o muerto!</p> - -<p>Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al abandonar al Sufeta -habían abandonado a la República. La misma paz romana, por ventajosa -que les pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas. -Aplaudieron algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de -inclinarse hacia el<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> -pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los Sisitas y -administradores, triunfaban por el número; los más significados de la -reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro -extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de -color jacinto.</p> - -<p>Se había pintado con afeites las úlceras de la cara; pero el polvo -de oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda, formando placas -brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como vellones. -Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento, -envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado, -porque sus ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería -ver, tenía que doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y -odiosa, dijo:</p> - -<p>—¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos sido vencidos. Cada -cual soporta su desgracia. ¡Resígnate!</p> - -<p>—Dinos más bien —contestó sonriendo Amílcar— de qué modo -gobernaste<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> tus -galeras contra la flota romana.</p> - -<p>—Me empujaba el viento —respondió Hannón.</p> - -<p>—¡Haces como el rinoceronte, que patea en su estiércol: te obstinas -en tu necedad! ¡Cállate!</p> - -<p>Y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Egates. -Hannón le acusaba de no haber venido a su encuentro.</p> - -<p>—Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que tomar el lago. -¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen miedo al -mar.</p> - -<p>Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes -risotadas, que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos.</p> - -<p>Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su enfermedad le -sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompila; -y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una muralla -en ruinas.</p> - -<p>Amílcar replicó:</p> - -<p>—Si me hubierais querido tanto como<span class="pagenum" -id="Page_232">p. 232</span> a este, ahora reinaría la alegría en -Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi ayuda! ¡Y siempre me -rehusasteis el dinero!</p> - -<p>—¡Nos hacía falta! —dijeron los jefes de los Sisitas.</p> - -<p>—¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, bebíamos orines de -mulas y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando yo quería -que cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la -podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles!</p> - -<p>—¡No podíamos arriesgarlo todo! —respondió Baat-Baal, dueño de minas -de oro en la Getulia Daritiana.</p> - -<p>—¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas, al amparo de las -murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar; cananeos -en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban -embajadores a Tolomeo...</p> - -<p>—¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto te han dado para -que los defiendas?</p> - -<p>—¡Preguntádselo a las llanuras del<span class="pagenum" -id="Page_233">p. 233</span> Brucio, a las ruinas de Locres, de -Metaponto y de Heraclea! Yo he incendiado todos sus árboles, he -saqueado sus templos y matado hasta a los nietos de sus nietos...</p> - -<p>—¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! —dijo Kapuras (comerciante muy -ilustrado)—. ¿Qué es lo que quieres?</p> - -<p>—Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible. Si el África -entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no -sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres -atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los -libios que están en el Oriente se entiendan con los númidas que están -en el Occidente, y los nómadas vengan del Sur y los romanos del -Norte...</p> - -<p>Un grito de horror se alzó.</p> - -<p>—¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y -rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir a dar vuelta a la -muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span>Los contrarios se -daban palmadas en el muslo derecho para significar su escándalo, y -las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes alas de pájaros -asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba de pie en la -grada más alta del altar, tembloroso, terrible; levantaba los brazos, -y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le pasaban entre los -dedos como dardos de oro.</p> - -<p>—Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros -carros, vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os frotan los -pies. Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará -vuestras tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de -ruinas. ¡Tú caerás, Cartago!</p> - -<p>Los cuatro pontífices extendieron las manos para apartar el -anatema. Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar, magistrado -sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no -fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo. -Retrocedieron.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>Amílcar no hablaba -ya. Fija la mirada, y con el semblante más pálido que las perlas de su -tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y con el espíritu perdido en -visiones fúnebres. En la altura en que estaba, todas las antorchas de -los pies de bronce le parecían una vasta corona de fuegos a ras de las -losas; negra humareda subía por las tinieblas de la bóveda, y fue tan -profundo el silencio, durante algunos minutos, que se oía el ruido del -mar a lo lejos.</p> - -<p>Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus intereses, sus vidas, -estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía vencer sin -el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo, -les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo -reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no -quería formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar -de idea; se lo suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír, -se sulfuró. El único traidor era el Gran Consejo,<span class="pagenum" -id="Page_236">p. 236</span> porque expirando el contrato de los -soldados con la guerra, quedaban libres terminada esta; exaltó la -valentía del ejército y todas las ventajas que se podrían sacar -interesándoles a favor de la República con donaciones y privilegios.</p> - -<p>Entonces Magdasan, antiguo gobernador de provincias, dijo, -revolviendo sus ojos amarillos:</p> - -<p>—Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o -latino, o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos hombres? ¡Mueran -diez mil bárbaros antes que uno solo de nosotros!</p> - -<p>Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando:</p> - -<p>—Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios en todo -tiempo.</p> - -<p>—Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se les abandona, -como hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que habían de -tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en medio -del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span>—¡Qué desgracia! -—dijo imprudentemente Kapuras.</p> - -<p>—¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo? —decían otros.</p> - -<p>Amílcar respondió:</p> - -<p>—¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los llamasteis a -Cartago? Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número, en -medio de vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, -para debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres -y sus hijos, sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían -para ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos! Los odiáis -porque son fuertes, y a mí también porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he -conocido ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no -mordérmelas.</p> - -<p>Si los leones que dormían en el patio hubieran entrado rugiendo, el -clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se -levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo:</p> - -<p>—Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando general de las -fuerzas<span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> púnicas -contra los mercenarios.</p> - -<p>—Rehúso —contestó Amílcar.</p> - -<p>—¡Te daremos plena autoridad! —dijeron los jefes de los Sisitas.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Sin limitación de ningún género, sin copartícipes, con todo el -dinero que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta -«zerets» de tierra por cada cadáver enemigo.</p> - -<p>—¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer.</p> - -<p>—¡Tiene miedo!</p> - -<p>—Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y locos.</p> - -<p>—¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos —agregó alguien— -y volverse contra nosotros.</p> - -<p>Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló:</p> - -<p>—¡Quiere hacerse rey!</p> - -<p>Entonces todos botaron, derribando los asientos y las antorchas; -lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de -las mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie -izquierdo hacia adelante, encendidos los ojos y apretados los<span -class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> dientes, los desafió -inmóvil bajo el candelabro de oro.</p> - -<p>Resultaba que todos, por precaución, habían llevado armas, lo cual -era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se tranquilizaron, y -volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por -vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de pie. -Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o -se los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando -Amílcar oyó estas palabras:</p> - -<p>—¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su hija!</p> - -<p>Y una voz más alta, que añadió:</p> - -<p>—No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre los -mercenarios.</p> - -<p>Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente a Schahabarim. -Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y -Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia -cara. A medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de -ellos, y en medio<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> de -rechiflas, los que estaban detrás, gritaban:</p> - -<p>—¡Le han visto salir de su habitación!</p> - -<p>—¡Una mañana del mes de Tamuz!</p> - -<p>—¡Es el ladrón del zaimph!</p> - -<p>—¡Un hombre muy hermoso!</p> - -<p>—¡Más grande que tú!</p> - -<p>Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad, su tiara de -ocho rangos místicos, que llevaba en medio una concha de esmeralda, y -con las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los círculos -de oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas. -Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se -agitaba como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió -una de las escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima; -lo cual era ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su -manto agitaba las luces del candelabro más abajo de sus sandalias, -y el fino polvo que levantaban sus pasos le envolvía como una nube, -hasta<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> el vientre. Se -detuvo entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en sus manos dos -puñados de este polvo, cuya sola vista hacía estremecer de horror a -todos los cartagineses, y dijo:</p> - -<p>—¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! ¡Por los ocho -fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los volcanes! -¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del -mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el -exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de -vuestros abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros, -los Ciento de Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y -yo, Amílcar Barca, Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del -pueblo, juro ante Moloch, de cabeza de toro!...</p> - -<p>Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo, con voz más alta, -pero más calmosa:</p> - -<p>—¡Que ni yo mismo la hablaré!</p> - -<p>Entraron los servidores sagrados<span class="pagenum" -id="Page_242">p. 242</span> de los peines de oro, unos con esponjas de -púrpura y otros con palmas. Levantaron la cortina de jacinto extendida -ante la puerta, y por la abertura de este ángulo se vio en el fondo -de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía continuar la -bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul. Subía el sol, -saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho del dios de -cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas, le hizo -abrir las fauces de rojos dientes, con horrible bostezo y dilatar sus -enormes narices. La luz del día le animaba, le daba un aire terrible e -impaciente, como si quisiera saltar afuera para mezclarse con el astro -y recorrer juntos las inmensidades.</p> - -<p>Las antorchas esparcidas por el suelo seguían ardiendo, alargándose -aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los Ancianos -vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría el -sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se oían. -Pero su cólera<span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span> contra -el Sufeta no se había calmado, y a modo de despedida le amenazaban, -respondiéndoles Amílcar.</p> - -<p>—Mañana por la noche, Barca, en el templo de Eschmún.</p> - -<p>—Iré.</p> - -<p>—Te haremos condenar por los ricos.</p> - -<p>—Y yo a vosotros por el pueblo.</p> - -<p>—Ten cuidado no mueras en la cruz.</p> - -<p>—Y vosotros destrozados en las calles.</p> - -<p>Así que salieron del patio, recobraron todos la calma.</p> - - -<p class="mt2">A la puerta les esperaban sus cocheros y criados. La -mayor parte se fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y -tomó las riendas; los dos animales, retorciendo las colas y golpeando -con cadencia las piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de -los Mapales; el buitre de plata, en la punta de la lanza del carro, -parecía volar: tal era la velocidad del vehículo.</p> - -<p>El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, como -pirámides,<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span> con una -mano abierta tallada en medio, como si el muerto enterrado debajo la -tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego cabañas -diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos, -todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de -guijarros, por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales -y que se amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta. -Pero la mirada de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres -pisos formaban tres monstruosos cilindros: el primero construido de -piedra, el segundo de ladrillos y el tercero enteramente de cedro, -soportando una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro, -de donde caían, a modo de guirnaldas, cadenetas de oro entrelazadas. -Tan alto edificio dominaba los que se extendían a la derecha, los -almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de las -mujeres se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de -bronce.</p> - -<p>Cuando el resonante carro entró<span class="pagenum" -id="Page_245">p. 245</span> por la estrecha puerta, paró en un ancho -cobertizo, donde los caballos, trabados, comían montones de heno.</p> - -<p>Acudieron todos los criados, que eran una multitud, porque por -miedo a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo. -Los labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas -sujetas a los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían -rojos los brazos, como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes; -los pescadores, collares de coral, y la gente de Megara vestía túnicas -blancas o negras, calzón de cuero y gorros de paja, de fieltro o de -tela, según su servicio o la industria que ejercían.</p> - -<p>Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos; eran los que -vivían sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de noche -en las huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana -que vegetaba a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por -precisión que por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto -una flor en la oreja; muchos<span class="pagenum" id="Page_246">p. -246</span> de ellos no habían visto nunca al Sufeta.</p> - -<p>Unos hombres, tocados como esfinges y con largos bastones, se -lanzaron sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a fin de -contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera -atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables.</p> - -<p>Todos estos se echaron boca abajo en el suelo gritando: «Ojo de -Baal, florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados en la -avenida de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra -blanca, se adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano.</p> - -<p>Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras. Detrás de ella -venían todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las -negras formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas -de oro que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello -flechas de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que -remataban en soles. Sobre estas<span class="pagenum" id="Page_247">p. -247</span> vestiduras blancas, amarillas y azules, resplandecían los -anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se oía el ruido de -las sandalias juntamente con el de los pies desnudos que hollaban el -entarimado de las gradas, y un eunuco, tan alto que sobresalía sobre -los hombros de las mujeres, sonreía complacido. Así que se calmó la -aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras con las mangas, -lanzaron un extraño grito, semejante al aullido de una loba, tan -furioso y estridente, que la gran escalera de ébano, llena de mujeres, -parecía vibrar como una inmensa lira.</p> - -<p>El viento levantaba sus velos y los menudos tallos de papiro se -balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno. Los -granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las -ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre -la bruma.</p> - -<p>Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido después de -habérsele muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se -consideraba<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> como una -calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le enviaron un hijo -más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de su esperanza -fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado contra -Salambó. Esta seguía andando.</p> - -<p>Perlas de variados colores colgaban en largas sartas de sus orejas -sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba rizada -simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de -oro, cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones -empinados, y su traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El -bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, así -como el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias, -hechas con plumas de pájaro, tenían los tacones muy altos. Salambó -estaba extraordinariamente pálida, sin duda a causa del frío.</p> - -<p>Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, -le dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span>—¡Salud, hijo -de Baalim, gloria eterna! ¡Triunfo, placer, satisfacción, riqueza! -Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa lúgubre; pero amo que -viene es como Tamuz resucitado, y ante tu mirada, ¡oh, padre!, van a -esparcirse alegría y vida nuevas.</p> - -<p>Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo en el que -humeaba una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo:</p> - -<p>—Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por tu servidora.</p> - -<p>Él contestó:</p> - -<p>—¡Bendita seas! —y tomó maquinalmente el vaso de oro que ella le -brindaba.</p> - -<p>Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que Salambó, -temblorosa, balbució:</p> - -<p>—Te han dicho, oh, señor...</p> - -<p>—¡Sí, lo sé! —dijo Amílcar en voz baja.</p> - -<p>¿Era esto una confesión, o se refería a los bárbaros? Amílcar -añadió algunas palabras vagas sobre los asuntos<span class="pagenum" -id="Page_250">p. 250</span> públicos que esperaba arreglar solo.</p> - -<p>—¡Oh, padre! —exclamó Salambó—; ¡no podrás reparar lo que es -irreparable!</p> - -<p>Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este asombro; porque ella no -se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía obsesionada. El -hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía ella, le -asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible -iba a acontecer, y exclamó:</p> - -<p>—¡Perdón!</p> - -<p>Amílcar bajó lentamente la cabeza.</p> - -<p>Por más que ella quería culparse, no osaba abrir los labios, y sin -embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar -reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor -concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para -leer en el fondo de su corazón.</p> - -<p>Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre los hombros, -intimidada por esta mirada tan persistente.<span class="pagenum" -id="Page_251">p. 251</span> Él estaba seguro ahora de que ella había -caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la amenazó con los puños. -Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres, que se -agruparon en torno de ella.</p> - -<p>Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le siguieron. Se -abrió la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a -la que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos -que llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el -centro, con balaustres para sostener almohadones acumulados sobre -tapices.</p> - -<p>El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando ruidosamente, -pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las -moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la -perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de -más tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de -hierro alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides -por el mar Tenebroso; gomas<span class="pagenum" id="Page_252">p. -252</span> del país de los negros desbordaban en sacos de corteza -de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba -insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos, -sacados de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia, -de Trapobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban -al pie de las paredes, y un olor indefinible se exhalaba de los -perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz -atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada -corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical, se reunían -por las puntas formando un arco alrededor de la puerta.</p> - -<p>Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes estaban con -los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que Abdalonim ostentaba -orgulloso su mitra puntiaguda.</p> - -<p>Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo piloto de párpados -comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como si llevara -con él la<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> espuma -de las tempestades. Contestó que había enviado una flota por Gades y -Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber, doblando el Cuerno del Sur -y el Promontorio de los Aromas.</p> - -<p>Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar -orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, el horizonte -resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas -sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes -adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque -tenían turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río -de los Escitas, penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los -Estienos, raptado en el Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido -todos los bajeles extranjeros que navegaban más allá del Cabo Estriava, -para que el secreto de las rutas no fuera conocido. El rey Tolomeo -acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El Atia, Córcega y las -demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba la voz para -anunciar<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> que habían -tomado los númidas una trirreme en Rusicada, «porque están con ellos, -amo».</p> - -<p>Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que hablara el Jefe de -los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se envolvía la -cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le caía -por detrás sobre la espalda.</p> - -<p>Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de -invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la extrema -Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas -pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de -fatiga o enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber -visto, más allá del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes -y de los monos grandes, reinos inmensos en los que los más ínfimos -utensilios eran de oro; un río color de leche, ancho como un mar; -bosques de árboles azules, de colinas de plantas aromáticas; monstruos -con cara humana vegetaban en<span class="pagenum" id="Page_255">p. -255</span> las rocas y sus pupilas se secaban como flores. Detrás de -los lagos infestados de dragones, unas montañas de cristal soportaban -el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos reales, pimienta y -tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar calcedonias por el -camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda perecieron en los -arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana suministraron sus -acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía por ahora a equipar -otras.</p> - -<p>Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios ocupaban la -campiña. Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe de -las granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, -no obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara, -roma como la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas; -ceñía un cinturón de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos -formidables cuchillos.</p> - -<p>No bien se volvió Amílcar a él, gritó<span class="pagenum" -id="Page_256">p. 256</span> invocando a todos los Baales. La culpa -no era suya, ¡nada podía hacer! Había observado las temperaturas, -los terrenos y las estrellas; hecho las plantaciones en el solsticio -de invierno, las podas de los árboles en el curso de la luna, -inspeccionado a los esclavos, economizado ropa...</p> - -<p>A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el hombre de los -cuchillos siguió diciendo atropelladamente:</p> - -<p>—¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres mil pies de -árboles han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en -Ubada y cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos -gomores de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los -rebaños, quemado la casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú -habitabas en el verano. Los esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, -huyeron a las montañas; y los asnos, las mulas, los burdéganos, los -bueyes de Taormina y los caballos oringes fueron todos robados, sin -que quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré a ella —y<span -class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> añadía llorando—: ¡Ah! ¡Si -hubieras visto lo colmados que estaban los graneros y lo relucientes de -las carretas! ¡Ah, los hermosos carneros! ¡Ah, los hermosos toros!</p> - -<p>A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló:</p> - -<p>—¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la verdad! -¡Quiero saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el -último cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las -caravanas, las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia -está turbada, ¡ay de vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí!</p> - -<p>Todos los intendentes salieron a reculones y encorvados hasta el -suelo.</p> - -<p>Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared cuerdas con nudos, -bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de señales -escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de -madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro, -de plata y de cuerno, y empezó diciendo:</p> - -<p>—Ciento noventa y dos casas en los<span class="pagenum" -id="Page_258">p. 258</span> Mapales, alquiladas a los cartagineses -nuevos a razón de un beka por luna.</p> - -<p>—No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás los nombres de -aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a -la República. ¡Después!</p> - -<p>Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad. Amílcar le -arrancó de las manos las bandas de tela.</p> - -<p>—¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitath al -mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren.</p> - -<p>El intendente de los intendentes, después de un largo saludo, -añadió:</p> - -<p>—Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres -por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos siclos, -con la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las -marismas.</p> - -<p>—¡Porque no eran robustos! —dijo riendo el Sufeta—. No importa: si -necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto interés, -según la riqueza de las personas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span>Entonces el -servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido las minas de -hierro de Annaba, las pesquerías de coral, las fábricas de púrpura, el -arriendo del impuesto a los griegos domiciliados, la exportación de la -plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las capturas de naves, -deducción hecha del diezmo para el templo de la Diosa.</p> - -<p>—¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo!</p> - -<p>Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus dedos.</p> - -<p>—¡Basta! ¿Qué has pagado?</p> - -<p>—A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes de Alejandría, -por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y doce -talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte -nimes de oro al mes por cada trirreme.</p> - -<p>—Lo sé. ¿Cuántas se perdieron?</p> - -<p>—Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo. Respecto a las -naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han -repartido las pérdidas entre los asociados.<span class="pagenum" -id="Page_260">p. 260</span> Por cuerdas tomadas a los arsenales y -que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido ochocientos -kesitaths, antes de la expedición a Útica.</p> - -<p>—¡Siempre ellos! —dijo Amílcar, pensativo, quedándose así algún -tiempo, como abatido por el peso de todos los odios concitados contra -él—. No veo los gastos de Megara...</p> - -<p>Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro casillero unas -tablillas de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero.</p> - -<p>Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles domésticos y -sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y Abdalonim -se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró -al suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de un -condenado. Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y quedó -estupefacto al ver que el gasto en un solo día llegaba a un exorbitante -consumo de carne, pescados, pájaros, vinos y aromas; más platos rotos, -esclavos muertos y tapices perdidos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>Abdalonim, siempre -prosternado, le enteró del festín de los bárbaros. No pudo sustraerse -a la orden de los Ancianos. Además, Salambó quiso que se prodigara el -dinero para obsequiar mejor a los soldados.</p> - -<p>Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto; -rechinando los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las -franjas con las uñas.</p> - -<p>—¡Levántate! —dijo, y salió.</p> - -<p>Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta que cogiendo una -barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas. Saltó un -disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de -estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el -grano.</p> - -<p>—¡Ya lo ves, Ojo de Baal! —dijo el servidor—, ¡no se lo llevaron -todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos y -está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones -así, en los arsenales, en las huertas, en todas partes.<span -class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span> Tu casa está repleta de -trigo, como tu corazón de sabiduría.</p> - -<p>Amílcar se sonrió:</p> - -<p>—Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la Etruria, del -Brucio, de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena. Es -preciso que yo solo posea todo el trigo de Cartago.</p> - -<p>No bien llegaron al extremo del corredor, Abdalonim, con una de -las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran habitación -cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro, -de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a -lo largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes -rimeros de piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras -de sacos más pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el -suelo, y aquí y allá, alguna demasiado alta, al romperse, daba la -impresión de una columna rota.</p> - -<p>Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit a -caballo, debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias, -marcadas con<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> un -toro, una estrella, un globo o una luna en creciente. Luego se veían -dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los valores, de todas -las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas de Asiria, -pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes que la mano; -botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas cortas de la -antigua Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho o de cardenillo, -o ennegrecidas por el fuego por haber sido cogidas con redes o en -los saqueos, entre los escombros de las poblaciones. Antes de que el -Sufeta se diera cuenta de si todo aquel dinero era proporcional a las -ganancias y pérdidas que había oído, reparó en tres jarras de cobre, -enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal de horror, y -Amílcar, resignado, no dijo palabra.</p> - -<p>Atravesando más corredores y salas, llegaron ante una puerta -guardada por un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta -a la pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían -crecido extraordinariamente<span class="pagenum" id="Page_264">p. -264</span> su barba y sus uñas, y se balanceaba de derecha a izquierda, -con la oscilación continua de los animales cautivos. No bien reconoció -a Amílcar, se dirigió a él, gritando:</p> - -<p>—¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años hace que no veo el -sol. ¡En nombre de tu padre, perdón!</p> - -<p>Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres -hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas, sacaron de -los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una -antorcha y desapareció en las tinieblas.</p> - -<p>Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia; -pero no se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a los -ladrones y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy -pesada, y por la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento -labrado en forma de cono.</p> - -<p>Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio, sobre un pedestal -de granito, se levantaba la estatua de un<span class="pagenum" -id="Page_265">p. 265</span> kabiro, Aletes de nombre, inventor de -las minas en la Celtiberia. En la base formaban cruz anchas rodelas -de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y por tanto -inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes -cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los -robos.</p> - -<p>Con la antorcha encendió una lámpara de minero, fija en el birrete -del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes, amarillas, -azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba llena -de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como -lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de -las paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de -honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras -caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las -tres clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce clases -de esmeraldas. Todas ellas fulguraban a modo de salpicaduras de leche, -de hielos azules,<span class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span> -de polvo de plata, y lanzaban sus destellos en ondas, en rayos y en -estrellas. Las ceraunias, engendradas por el trueno, brillaban junto a -las calcedonias, que curan los peces. Había topacios del monte Zabarca -para prevenir los terrores, ópalos de la Bactriana, que impiden los -abortos, y cuernos de Ammón, que se ponen en los lechos para tener -sueños.</p> - -<p>Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara se reflejaban -en los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los -brazos cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la -conciencia de sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se -sentía un genio subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando -a su corazón algo de su eternidad. Era como la alegría de un kabiro; -y los grandes rayos luminosos que herían su rostro, se le antojaban -la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, le -ligaban al centro del mundo.</p> - -<p>Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto detrás del ídolo, -fue<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> directamente -hacia la pared. Entre los tatuajes de su brazo examinó una línea -horizontal con otras dos perpendiculares, que en cifras cananeas -expresaban el número trece. Contó hasta la decimotercera de las placas -de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y con la mano derecha -extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas, -paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira. -Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró -como una sola pieza.</p> - -<p>Disimulaba una especie de cava que contenía cosas misteriosas, sin -nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas; tomó en un -cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro, y -volvió a subir.</p> - -<p>Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes en el pavimento -con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y gritando, -al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y -bendiciones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span>En la galería -circular a la que afluían todos los corredores, estaban acumulados a -lo largo de las paredes pequeñas vigas de algumín, sacos de lausonia, -pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de perlas. A su paso, el -Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los gigantescos -pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los rayos del -sol.</p> - -<p>Surgió una nube de vapor.</p> - -<p>—¡Empuja la puerta!</p> - -<p>Entraron.</p> - -<p>Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban hierbas, agitaban -carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban pequeñas celdas -ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que aquello -parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán -y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces, -redomas de vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían -asfixia, no obstante los torbellinos del estoraque, que humeaba en un -trípode de cobre.</p> - -<p>El <i>Jefe de los olores suaves</i>, pálido<span class="pagenum" -id="Page_269">p. 269</span> y larguirucho como un cirio de cera, salió -a recibir a Amílcar para aplastar en sus manos un rollo de metopión, -en tanto que otros dos hombres le frotaban los talones con hojas de -bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran cirineos de costumbres -infames, pero a los que se consideraba a causa de sus secretos.</p> - -<p>Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al Sufeta, en una -cuchara de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó tres -bezares indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno -lleno de bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su -túnica; apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al -Jefe, y sin decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara.</p> - -<p>Por indignado que estuviera por las falsificaciones cometidas en -perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los -países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran -más.</p> - -<p>Tras esto preguntó dónde estaban<span class="pagenum" -id="Page_270">p. 270</span> tres cajas de psagas destinadas para su -uso.</p> - -<p>El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque habiendo entrado -soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas.</p> - -<p>—¿De modo que los temes más que a mí? —gritó el Sufeta, y a través -del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al hombrón -pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima—. Abdalonim, -antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen -bien.</p> - -<p>Esta pérdida, menor que las otras, le había exasperado; porque a -pesar de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros, los tenía -siempre en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían con -la vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó -bajo los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de -betún, de madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes -de paño, las reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el -granero del silfio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span>Fue a inspeccionar -al otro lado de las huertas, en sus cabañas, a los artesanos -domésticos, cuyos productos se vendían. Los sastres bordaban mantos, -otros tejían redes, otros peinaban cojines y cortaban sandalias; -obreros de Egipto, con una concha pulían papiros; chirriaba la -lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros. -Amílcar les dijo:</p> - -<p>—¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán falta!</p> - -<p>Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que -se le cortase una coraza más sólida que las de cobre e inatacable por -el hierro y por la llama.</p> - -<p>Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su -cólera, procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos:</p> - -<p>—¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es demasiado bueno.</p> - -<p>Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante.</p> - -<p>Se desanimó porque grandes árboles, enteramente calcinados, como -en un bosque donde han acampado pastores,<span class="pagenum" -id="Page_272">p. 272</span> estorbaban el camino; las empalizadas -estaban rotas, se perdía el agua de las acequias y entre linfas -fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de monos.</p> - -<p>Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y flores podridas -formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los criados lo -habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería.</p> - -<p>A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre y una prueba -de aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes -de púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres -ante sí, a tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase -humillado por haberlos defendido; era un engaño, una traición, y -como no podía vengarse ni de los soldados, ni de los Ancianos, ni de -Salambó, ni de nadie, y su cólera necesitaba víctimas, mandó a las -minas a todos los esclavos de las huertas.</p> - -<p>Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a los parques; -pero<span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span> Amílcar tomó el -camino del molino, en donde se dejaba oír una melopea lúgubre.</p> - -<p>En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es decir, dos conos -de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual giraba -sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los -brazos empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como -animales. El roce de las barras había formado alrededor de sus sobacos -costras purulentas, como se observa en el crucero de los asnos, y el -andrajo negro y deshilachado que apenas cubría sus riñones colgaba de -sus piernas como una larga cola. Los ojos estaban rojos, sonaban los -hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a un tiempo. Tenían -en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que les -impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus -manos para que no la pudieran coger.</p> - -<p>A la entrada del amo las barras de madera sonaron con más fuerza. -Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeron<span class="pagenum" -id="Page_274">p. 274</span> sobre las rodillas; los demás siguieron, -pasándoles por encima.</p> - -<div class="section"> -<p>Preguntó por Giddenem, gobernador de los esclavos, y compareció este -personaje, mostrando su dignidad en la riqueza del vestido; porque su -túnica, hendida por los lados, era de fina púrpura; pesados anillos -colgaban de sus orejas, y para juntar las bandas que envolvían sus -piernas, subía de los tobillos a la cadera un lazo de oro, como una -serpiente enroscada a un árbol. En los dedos, cargados de sortijas, -llevaba un collar de granos de piedras negras para conocer los hombres -sujetos al mal sagrado.</p> -</div> - -<p>Amílcar le hizo seña para que hiciera quitar los bozales. Entonces, -todos, gritando como animales hambrientos, se echaron sobre la harina, -devorándola con la cara metida en el montón.</p> - -<p>—¡Los tienes extenuados! —dijo el Sufeta.</p> - -<p>Giddenem alegó que esto era necesario para domarlos.</p> - -<p>—No valía la pena de enviarte a<span class="pagenum" -id="Page_275">p. 275</span> Siracusa, a la escuela de los esclavos. -¡Haz venir a los demás!</p> - -<p>Cocineros, despenseros, palafreneros, corredores, porteadores -de literas, hombres de los baños y mujeres con sus hijos; todos se -alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio -hasta el parque de las fieras. Silencio enorme llenaba Megara; todos -contenían el aliento. El sol se prolongaba sobre la laguna, debajo -de las catacumbas. Graznaban los pavos reales. Amílcar andaba a paso -lento.</p> - -<p>—¿Qué haré de estos viejos? —dijo—. Véndelos. Hay demasiados galos: -son borrachos; y demasiados cretenses: son mentirosos. Cómprame -capadocios, asiáticos y negros.</p> - -<p>Quedó extrañado del poco número de niños.</p> - -<p>—Giddenem, cada año la casa ha de tener nuevos nacimientos. Dejarás -de noche todas las habitaciones abiertas para que se junten con -libertad.</p> - -<p>Hizo que se presentaran los ladrones, los perezosos y los -amotinadores. Dictó castigos, con reproches a Giddenem;<span -class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span> y este, como un toro, -bajaba la cabeza frunciendo las cejas.</p> - -<p>—Mira, Ojo de Baal —dijo, señalando a un libio robusto—, a este le -han sorprendido con una cuerda al cuello.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Quieres morir? —preguntó desdeñosamente el Sufeta.</p> - -<p>Y el esclavo, con voz intrépida:</p> - -<p>—¡Sí! —contestó.</p> - -<p>Y sin cuidarse del ejemplo ni del daño pecuniario, Amílcar dijo a -los criados:</p> - -<p>—¡Lleváoslo!</p> - -<p>Quizás abrigaba la intención de un sacrificio, como una desgracia -que se infligía para prevenir otras más terribles.</p> - -<p>Giddenem tenía ocultos a los mutilados detrás de los otros; Amílcar -los vio.</p> - -<p>—¿Quién te ha cortado el brazo?</p> - -<p>—Los soldados, Ojo de Baal.</p> - -<p>A un samnita, que vacilaba como una garza herida:</p> - -<p>—Y a ti, ¿quién te ha hecho esto?</p> - -<p>Fue el gobernador, que le había roto una pierna con una barra de -hierro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span>Esta atrocidad -imbécil indignó al Sufeta, y arrancando de manos de Giddenem el collar -de piedras, dijo:</p> - -<p>—¡Maldito sea el perro que hiere al rebaño! ¡Estropeas esclavos, -bondad de Tanit! ¡Ah, tú arruinas a tu amo! ¡Que lo ahoguen en el -estiércol! ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado como a -los soldados?</p> - -<p>Tan terrible tenía el semblante que huyeron todas las mujeres. Los -esclavos formaron un ancho círculo alrededor de los dos; Giddenem -besaba frenéticamente las sandalias de Amílcar; este, en pie, tenía -levantados los brazos sobre él.</p> - -<p>Con su inteligencia lúcida, como en la más fuerte de las batallas, -recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había apartado; y a -la luz de su cólera, como a los relámpagos de una tempestad, veía de un -golpe todos sus desastres a un tiempo. Los gobernadores de los campos -habían huido, por miedo a los soldados, por conveniencia quizá; todos -le engañaban; se contenía demasiado tiempo.</p> - -<p>—¡Que los traigan! —gritó—. ¡Que<span class="pagenum" -id="Page_278">p. 278</span> los señalen en la frente con hierro -encendido, como a los cobardes!</p> - -<p>Trajeron y fueron repartidos en medio del jardín grilletes, -argollas, cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos -que apretaban las piernas, escorpiones y látigos con tres ramales, -rematados con garfios de cobre.</p> - -<p>Los condenados fueron puestos de cara al sol, del lado de Moloch -devorador, echados en tierra en posición supina, y los que habían de -ser azotados, atados de pies y manos a los árboles, con dos sayones: -uno que daba los azotes y otro que los iba contando.</p> - -<p>Silbaban las correas, arrancando la corteza de los árboles. La -sangre mojaba como lluvia las hojas, y al pie de cada árbol se retorcía -un cuerpo humano hecho una llaga viva. Aquellos que fueron marcados, se -arañaban el cutis con las uñas. Se oían crujir los tornillos de madera, -resonaban choques sordos; a veces hería el aire un grito agudo. Del -lado de las cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras tendidas, unos -hombres con soplillos<span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> -avivaban los carbones, y apestaba el olor a carne quemada. Desfallecían -los flagelados; pero sujetos por los brazos, doblaban la cabeza, -cerrando los ojos. Los espectadores gritaban asustados; los leones, -acordándose tal vez del festín, se desperezaban bostezando, al borde de -los fosos.</p> - -<p>Viose entonces a Salambó en la plataforma de la terraza, corriendo -asustada de un lado a otro. La vio Amílcar, pareciéndole que levantaba -los brazos hacia él, pidiéndole perdón. El Sufeta, con un gesto de -horror, se perdió en el parque de los leones.</p> - -<p>Estos animales constituían el orgullo de las grandes casas púnicas. -Habían tirado del carro del vencedor, triunfado en las guerras, y eran -venerados como favoritos del sol. Los de Megara eran los más fuertes -de Cartago. Amílcar, antes de su partida, había exigido a Abdalonim -el juramento de que cuidaría de ellos; pero habían muerto mutilados, -quedando únicamente tres, acostados en medio del patio, ante los restos -de su comida.</p> - -<p>Conocieron a Amílcar y se le acercaron.<span class="pagenum" -id="Page_280">p. 280</span> Uno tenía las orejas horriblemente -mutiladas; otro, una ancha herida en la pierna; el tercero, el hocico -cortado. Le miraban con aire triste, como personas; y el del hocico -cortado, bajando la enorme cabeza y doblando las corvas, le acariciaba -suavemente con el extremo del muñón llagado.</p> - -<p>Ante esta caricia, lloró Amílcar y saltó sobre Abdalonim.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Miserable! ¡La cruz, la cruz!</p> - -<p>Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas.</p> - -<p>Detrás de las fábricas de púrpura, cuyas lentas humaredas subían al -cielo, sonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo.</p> - -<p>Pensando en su hijo, se calmó de pronto, como si le hubiera tocado -un dios. Entreveía una prolongación de su fuerza, una indefinida -continuación de su persona; los esclavos no comprendían cómo pudo -haberse apaciguado tan pronto.</p> - -<p>Yendo a las fábricas de púrpura, pasó delante de la ergástula: un -caserón<span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> de piedra -negra rodeado de un foso cuadrado, con un camino alrededor, y cuatro -escaleras en las esquinas.</p> - -<p>Para acabar su señal, Iddibal esperaba, sin duda, la noche. «No -corre prisa», se dijo Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le -gritaron: «Vuélvete»; los más atrevidos le siguieron.</p> - -<p>El viento agitaba la puerta abierta; entraba el crepúsculo por los -estrechos mechinales y veíase adentro cadenas rotas colgadas en las -paredes. Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra.</p> - -<p>Amílcar palideció extraordinariamente, y le vieron apoyarse con una -mano en la pared para no caer.</p> - -<p>El chacal gritó tres veces seguidas. Amílcar levantó la cabeza, y -cuando el sol se ocultó, desapareció detrás del seto de nopales.</p> - -<p>A la noche, en la Asamblea de los Ricos, en el templo de Eschmún, -dijo al entrar: «¡Luces de los Baalim: acepto el mando de las fuerzas -púnicas contra los bárbaros!»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span></p> - <h2 class="nobreak" title="VIII. LA BATALLA DEL MACAR">VIII</h2> - <p class="subh2">LA BATALLA DEL MACAR</p> -</div> - -<p>Al siguiente día obtuvo de los Sisitas doscientos veinte y tres -mil kikar de oro, y decretó un impuesto de catorce shequels sobre los -ricos. Hasta las mujeres contribuyeron; se pagaba por los niños, y lo -que era más monstruoso, atendidas las costumbres cartaginesas, obligó a -los colegios de los sacerdotes a que dieran dinero.</p> - -<p>Requisó todos los caballos y mulas y se incautó de todas las armas. -A los que quisieron disimular sus riquezas se les vendió los bienes, y -para intimidar la avaricia de los demás, dio él solo sesenta armaduras -y mil quinientos gomores de harina, tanto como la Compañía del -Marfil.</p> - -<p>Envió a la Liguria a comprar soldados, tres mil montañeses -acostumbrados a combatir osos; se les pagó por adelantado seis meses, a -razón de quince minas diarias.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span>Le hacía falta -un ejército; pero no aceptó, como Hannón, a todos los ciudadanos. -Rechazó por de pronto a la gente de ocupaciones sedentarias; luego, a -los demasiado obesos o de aspecto pusilánime; admitió a los hombres -deshonrados, la crápula de Malca, los hijos de los bárbaros y los -libertos. En recompensa, prometió a los cartagineses nuevos el derecho -completo de ciudadanía.</p> - -<p>Su primer cuidado fue la reforma de la Legión. Estos arrogantes -jóvenes, considerados como la majestad militar de la República, se -gobernaban por sí mismos. Destituyó a los oficiales; trató a todos -rudamente, haciéndoles correr, saltar y subir de un tirón la cuesta de -Byrsa; lanzar azagayas, luchar cuerpo a cuerpo y dormir al raso. Sus -familias venían a verles y les compadecían.</p> - -<p>Mandó hacer espadas más cortas y borceguíes más fuertes. Fijó el -número de sirvientes y redujo los bagajes, y como se guardaban en el -templo de Moloch trescientos pilums romanos,<span class="pagenum" -id="Page_285">p. 285</span> los tomó, a pesar de las reclamaciones del -Pontífice.</p> - -<p>Con los que habían vuelto de Útica y otros de particulares organizó -una falange de setenta y dos elefantes, que hizo formidables. Armó a -sus conductores con un martillo y un escoplo para que rompieran el -cráneo a estos animales en caso de que huyeran.</p> - -<p>No consintió que sus generales fueran nombrados por el Gran Consejo. -Los Ancianos le echaban en cara que violaba las leyes; él no les -hizo caso; nadie se atrevía a contradecirle; todo se doblegaba a la -violencia de su genio.</p> - -<p>Él solo se encargó de la guerra, del gobierno y de la hacienda; -y con el fin de prevenir acusaciones, pidió para examinador de sus -cuentas al Sufeta Hannón.</p> - -<p>Hacía trabajar en las fortificaciones, y para tener piedras derribó -las viejas murallas interiores, que eran inútiles. La diferencia de -fortunas, ya que no la jerarquía de razas, seguía manteniendo separados -los hijos de los vencidos y de los conquistadores; los patricios<span -class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span> vieron irritados la -destrucción de esos muros; pero el pueblo, sin darse cuenta, se -regocijaba sin saber por qué.</p> - -<p>Armada la tropa, por mañana y tarde desfilaba por las calles, y a -cada momento se oía el resonar de las trompetas; en los carros pasaban -escudos, tiendas de campaña, picas; los patios estaban llenos de -mujeres que hacían hilas y vendajes; unos a otros se infundían valor; -el alma de Amílcar llenaba la República.</p> - -<p>Dividió sus soldados en números pares, cuidando de poner a lo -largo de las filas, alternativamente, un hombre robusto y otro que lo -era menos, para que el menos vigoroso o más cobarde fuera llevado y -empujado a la vez por su compañero. No obstante, con tres mil ligures y -los mejores cartagineses no pudo formar más que una sencilla falange de -cuatro mil noventa y seis hoplitas, defendidos con cascos de bronce, y -que manejaban picas de fresno de catorce codos de largo.</p> - -<p>Dos mil hombres iban armados con<span class="pagenum" -id="Page_287">p. 287</span> un puñal, reforzados con ochocientos -jóvenes más, con escudo redondo y espada a la romana.</p> - -<p>La caballería pesada estaba compuesta de mil novecientos guardias -que quedaban de la Legión, cubiertos con láminas de bronce bermejo, -como los clinabaros asirios. Había además más de cuatrocientos -arqueros a caballo, de los llamados tarentinos, con birretes de piel -de comadreja, hacha de doble filo y túnica de cuero; y mil doscientos -negros del arrabal de las caravanas, mezclados con los clinabaros, -que debían correr al lado de los caballos, cogidos a las crines. Todo -estaba dispuesto y, sin embargo, Amílcar no empezaba la campaña.</p> - -<p>A menudo, salía de noche solo de Cartago, y se perdía en la -embocadura del Macar, más allá de la laguna. ¿Quería unirse a los -mercenarios? Los ligures, acampados en los Mapales, rodeaban su -casa.</p> - -<p>Los temores de los Ricos parecieron justificados cuando se vio -un día a trescientos bárbaros que se acercaban a las murallas. El -Sufeta les abrió<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span> -las puertas. Eran tránsfugas que se acogían a su jefe por temor o por -fidelidad.</p> - -<p>La vuelta de Amílcar no había sorprendido a los mercenarios; este -hombre, según sus ideas, no podía morir. Venía para cumplir sus -promesas; esperanza que nada tenía de absurda: ¡tan profundo era el -abismo entre la patria y el ejército! Además, no se creían culpables; -se habían olvidado del festín.</p> - -<p>Los espías que aprehendieron les desengañaron. Fue un triunfo para -los exaltados; hasta los tibios se volvieron furiosos. Además, los dos -sitios les habían aburrido; nada se adelantaba; era preferible una -batalla. Muchos hombres se desbandaban, merodeando por la campiña. A la -noticia de los armamentos acudieron, y Matho saltó de alegría:</p> - -<p>—¡Al fin! ¡Al fin! —exclamó.</p> - -<p>El resentimiento que tenía contra Salambó se volvió contra Amílcar. -Su odio veía una presa determinada; y como la venganza era más fácil -de concebir, la creía segura; la idea le<span class="pagenum" -id="Page_289">p. 289</span> deleitaba. Al mismo tiempo, estaba dominado -por una más alta ternura; devorado por un deseo más agrio. Se veía -en medio de los soldados, llevando en su pica la cabeza del Sufeta, -y después, en el cuarto del lecho de púrpura, apretando a la virgen -entre sus brazos, cubriéndola la cara de besos, acariciando sus -largos cabellos negros; estos sueños, que sabía eran irrealizables, -constituían para él un suplicio. Se juró a sí mismo, ya que sus -camaradas le habían nombrado schalischim, dirigir la guerra; la -certidumbre de que no volvería, le impulsaba a ser implacable.</p> - -<p>Fue a ver a Espendio, y le dijo:</p> - -<p>—Reúne tus hombres; yo llevaré los míos. Avisa a Autharita. Estamos -perdidos si Amílcar nos ataca. ¿Me entiendes? ¡Levántate!</p> - -<p>Espendio quedó estupefacto ante este decreto autoritario. Matho, por -costumbre, se dejaba guiar y se le pasaban pronto los arrebatos; pero -ahora, parecía a un tiempo más calmado y más terrible; una voluntad -soberbia<span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span> fulguraba en -sus ojos, como la llama de un sacrificio.</p> - -<p>El griego no atendía sus razonamientos. Habitaba una de las tiendas -cartaginesas bordadas de perlas, bebía bebidas frescas en copas de -plata, jugaba al cótabo, dejaba crecer su cabellera y llevaba el sitio -con lentitud. Por lo demás, tenía inteligencias en la ciudad y no -quería partir, en la seguridad de que esta se rendiría a los pocos -días. Narr-Habas, que vagabundeaba entre los ejércitos, se encontraba -ahora cerca de él. Apoyó su opinión y llegó a acusar al libio de querer -abandonar la empresa, por exceso de valor.</p> - -<p>—Vete, si tienes miedo —contestó Matho—; nos prometiste pez, azufre, -elefantes, infantes y caballos; ¿dónde están?</p> - -<p>Narr-Habas le recordó que había exterminado las últimas cohortes -de Hannón; en cuanto a los elefantes, se les estaba cazando en los -bosques; armaba los infantes, y los caballos estaban ya en marcha; y -el númida, acariciando la pluma de avestruz que<span class="pagenum" -id="Page_291">p. 291</span> le caía por la espalda, giraba los ojos -como una mujer y sonreía de una manera irritante. Matho no sabía qué -contestarle.</p> - -<p>Un desconocido entró donde ellos estaban, sudoroso, asustado, -sangrando los pies y desatado el cinturón; la respiración agitaba su -flaco pecho como si fuera a hacerle estallar; y hablando un dialecto -ininteligible, abría los ojos como si contara una batalla. El rey se -echó afuera y llamó a sus jinetes.</p> - -<p>Formaron en el llano un círculo alrededor de él. Narr-Habas, a -caballo, bajaba la cabeza y se mordía los labios. Por fin, separó sus -hombres en dos mitades y mandó a la primera que esperase; con gesto -imperioso se llevó los otros al galope y desapareció en el horizonte, -por el lado de las montañas.</p> - -<p>—¡Señor! —dijo Espendio—: no me gustan estas cosas extraordinarias; -el Sufeta, que viene, y Narr-Habas, que va...</p> - -<p>—¡Bah! ¿Qué importa? —contestó desdeñosamente Matho.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_292">p. 292</span>Era una razón más -para unirse a Autharita; pero si se abandonaba el sitio, saldrían los -sitiados, los atacarían por retaguardia, y al frente tendrían a los -cartagineses. Después de mucho hablar, se resolvió lo siguiente, que -fue inmediatamente ejecutado:</p> - -<p>Espendio, con quince mil hombres, ocupó el puente del Macar, a tres -millas de Útica, y fortificó los ángulos con cuatro torres enormes, -con catapultas. Con troncos de árboles, pedazos de roca y montones de -espinos y piedras de las murallas cerró todos los caminos y gargantas -de las montañas; y en las cumbres puso hierba seca, que se encendería -para señales, y pastores acostumbrados a otear de lejos.</p> - -<p>Sin duda Amílcar no iría, como Hannón, por la montaña de las -Aguas Calientes. Debía pensar que Autharita, dueño del interior, le -cerraría el camino. Además, un desastre al principio de la campaña -le perdería, mientras que la victoria era probable estando más lejos -los mercenarios. Meterse entre los dos ejércitos sería en<span -class="pagenum" id="Page_293">p. 293</span> él una imprudencia, -contando con fuerzas inferiores; así, pues, Amílcar, según todas -las probabilidades, tomaría las faldas de la Ariana, torcería a la -izquierda para evitar las bocas del Macar y vendría en derechura al -puerto, donde Matho le esperaría.</p> - -<p>Vigilaba de noche a los peones, a la luz de las antorchas; iba a -Hippo-Zarita, a las obras de las montañas, volvía y no descansaba. -Espendio envidiaba su energía, y Matho escuchaba dócilmente a su -compañero en cuanto al manejo de los espías, a la elección de -centinelas, al arte de las máquinas y demás medios de defensa. Ya no -hablaban de Salambó: Espendio, porque no se acordaba; Matho, por una -especie de pudor. A menudo iba del lado de Cartago, para ver de lejos -las tropas de Amílcar. Flechaba con sus ojos el horizonte, se echaba -de bruces, y en los latidos de sus arterias creía oír el rumor de un -ejército.</p> - -<p>Dijo a Espendio que si antes de tres días no llegaba Amílcar, iría -con todos sus hombres a presentarle batalla. Pasaron dos días; Espendio -le<span class="pagenum" id="Page_294">p. 294</span> contenía; pero en -la mañana del sexto, partió.</p> - - -<p class="mt2">No menos que los bárbaros estaban los cartagineses -impacientes por la guerra; en las tiendas y en las casas había el mismo -deseo, la misma angustia; se preguntaban todos qué era lo que detenía a -Amílcar. En ocasiones, subía este a la cúpula del templo de Eschmún, y -al lado del Anunciador de las Lunas escudriñaba el horizonte.</p> - -<p>Un día, el tercero del mes de Tibby, se le vio bajar de la Acrópolis -a pasos precipitados. Se alzó un griterío en los Mapales. Bien pronto -se llenaron las calles, y los soldados se armaron, entre el llanto -de las mujeres, que los abrazaban, yendo a formar a la plaza de -Kamón. No se les podía seguir, ni aun hablarles, ni acercarse a las -fortificaciones; durante algunos minutos, la ciudad entera permaneció -silenciosa como una inmensa tumba; los soldados, apoyados en sus -lanzas, y los demás, angustiados.</p> - -<p>Al ponerse el sol, salió el ejército<span class="pagenum" -id="Page_295">p. 295</span> por la parte de Occidente; pero en vez -de tomar el camino de Túnez o ganar las montañas en dirección a -Útica, siguió la costa, llegando en breve a la laguna, en la que las -salitreras se reflejaban como enormes espejos de plata olvidados en la -ribera.</p> - -<p>Fuéronse multiplicando los aguazales; el suelo era cada vez más -blando y en él se hundían los pies. Amílcar iba siempre a la cabeza, -y su caballo, cubierto de manchas amarillas como un dragón, pisaba el -fango haciendo grandes esfuerzos y levantando espuma en torno suyo. -Vino la noche; noche sin luna. Algunos gritaron que se iba a la muerte; -el caudillo les quitó las armas y las entregó a los criados. El fango -se hacía cada vez más hondo; fue preciso montar en los animales de -carga o bien agarrarse a la cola de los caballos; los robustos ayudaban -a los débiles, y la Legión empujaba a la infantería con la punta de las -lanzas. Aumentó la obscuridad; se habían extraviado; todos hicieron -alto.</p> - -<p>Los esclavos del Sufeta siguieron<span class="pagenum" -id="Page_296">p. 296</span> adelante para encontrar las balizas -plantadas por orden de este, de distancia en distancia. Gritaban en las -tinieblas, y el ejército les seguía de lejos.</p> - -<p>Por fin se pisó tierra firme; luego se dibujó vagamente una curva -blanquecina, y llegaron a la orilla del Macar. A pesar del frío, no se -encendió fuego.</p> - -<p>A media noche se levantaron ráfagas de viento. Amílcar hizo -despertar a los soldados, pero sin tocar las trompetas, haciendo que -los capitanes les golpearan en la espalda.</p> - -<p>Entró en el agua un hombre de alta estatura, y aquella no le llegaba -a la cintura; señal de que se podía pasar.</p> - -<p>El Sufeta ordenó que treinta y dos elefantes se colocaran en el río, -cien pasos más lejos, en tanto que los demás detendrían las líneas -de hombres empujados por la corriente; y todos con las armas sobre -la cabeza, atravesaron el Macar como entre dos murallas. Se había -observado que el viento del Oeste, empujando las arenas, obstruía el -río y formaba en toda su anchura una calzada natural.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span>Este alarde -de genio entusiasmó a los soldados y les infundió una confianza -extraordinaria. Querían acometer en seguida a los bárbaros, pero -el Sufeta les hizo descansar dos horas. No bien salió el sol, los -desplegó en el llano, en tres líneas: primero los elefantes, detrás la -infantería ligera con la caballería, y en tercera línea la falange.</p> - -<p>Los bárbaros acampados en Útica y en las quince millas alrededor -del puente, quedaron sorprendidos al ver ondular esta masa. El -viento, que soplaba muy fuerte, levantaba torbellinos de arena, como -arrancados del suelo, subiendo en grandes capas de color azul, que se -rompían para volver a formarse, ocultando siempre a los mercenarios el -ejército púnico. Comoquiera que los cartagineses adornaban con cuernos -la punta de los cascos, unos mercenarios creyeron ver una tropa de -bueyes, en tanto que otros, engañados por el vaivén de los mantos, -pretendían ver alas; no faltando quien echándoselas de sabio atribuyera -despreciativamente todo esto<span class="pagenum" id="Page_298">p. -298</span> a una ilusión de espejismo. Sin embargo, algo enorme -continuaba avanzando. Pequeños vapores, sutiles como alientos, corrían -sobre la superficie del desierto; el sol, ahora más alto, brillaba con -más fuerza; una luz áspera y que parecía vibrar entre la profundidad -del cielo y los objetos, hacía la distancia incalculable. La inmensa -llanura se desplegaba por todos lados, hasta perderse de vista, y las -ondulaciones del terreno, casi insensibles, se prolongaban hasta el -extremo horizonte, cerrado por la gran línea azul del mar. Los dos -ejércitos, fuera de sus tiendas, se miraban; la gente de Útica, para -ver mejor, se amontonaba en los baluartes.</p> - -<p>Al fin, se vieron muchas barras transversales erizadas de puntas, -que se agrandaban y hacían más espesas; montículos negros que se -balanceaban, y aparecer de pronto la masa de picas y elefantes.</p> - -<p>—¡Los cartagineses! —exclamaron los bárbaros.</p> - -<p>Y los soldados de Útica y los del puente salieron en montón, a la -desordenada,<span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span> para -caer juntos sobre Amílcar.</p> - -<p>Ante este nombre, Espendio tembló: «¡Amílcar! ¡Amílcar!» Matho no -estaba allí. ¿Qué hacer? La huida era imposible. La sorpresa, el miedo -al Sufeta y, sobre todo, lo urgente de una resolución inmediata, le -desconcertaban; se veía traspasado por mil espadas, decapitado, muerto. -Pero treinta mil hombres le seguían y confiaban en él; furioso contra -sí mismo y confiando en una feliz victoria, se creyó más intrépido que -Epaminondas. Para disimular su palidez, tiñó su barba de bermellón, -apretó sus grebas y su coraza, bebió una patera de vino puro y corrió -hacia su tropa, que se unía a la de Útica.</p> - -<p>Ambas divisiones de bárbaros juntáronse con tanta celeridad, que el -Sufeta no tuvo tiempo de formar sus hombres en batalla. Los elefantes -se detuvieron, balanceando sus pesadas cabezas cargadas de plumas de -avestruz y golpeándose las espaldas con la trompa.</p> - -<p>En el fondo de los claros que dejaban<span class="pagenum" -id="Page_300">p. 300</span> se veían las cohortes de los vélites; más -lejos, los grandes cascos de los clinabaros, con hierros que brillaban -al sol, y corazas, penachos y banderas desplegadas. Pero el ejército -cartaginés, compuesto de once mil trescientos noventa y seis hombres, -parecía ser inferior a este número porque formaba un largo cuadrado, -estrecho en los flancos y muy apretado en sí mismo.</p> - -<p>Viéndolos tan débiles, los bárbaros, tres veces más numerosos, -sintieron una alegría desordenada; no se veía a Amílcar. ¿Estaría allí? -No importaba; el desdén que los bárbaros tenían por estos mercaderes -avivaba su valor, y antes que Espendio mandara la maniobra, todos la -habían comprendido y la estaban ejecutando.</p> - -<p>Desplegáronse en una gran línea recta, que desbordaba las alas -del ejército púnico, a fin de envolverlo completamente. Pero cuando -estuvieron a trescientos pasos, los elefantes, en vez de avanzar, -retrocedieron, y los clinabaros, haciendo un cambio de frente, los -siguieron; aumentó la<span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span> -sorpresa de los mercenarios el ver que todos los demás hacían lo mismo. -Los cartagineses tenían miedo, ¡huían! Una silba formidable estalló -en las tropas bárbaras, y Espendio, desde lo alto de su dromedario, -gritaba:</p> - -<p>—¡Ah, ya lo sabía! ¡Adelante! ¡Adelante!</p> - -<p>Cayó una lluvia de azagayas, dardos y tiros de honda. Los elefantes -con la grupa acribillada a flechazos galoparon más aprisa; les envolvía -una gran polvareda y, como sombras en una nube, desaparecieron.</p> - -<p>Pero en el fondo de la masa púnica se oía un gran ruido de pasos, -dominado por el son agudo de las trompetas, que tocaban con furia. -Este espacio que los bárbaros tenían delante, pleno de torbellinos y -de tumulto, atraía como un abismo; algunos se lanzaron. Aparecieron -cohortes de infantería y jinetes al galope con otros peones a la -grupa.</p> - -<p>En efecto: Amílcar había ordenado a la falange que rompiera sus -secciones y que pasaran los elefantes y la tropa ligera por estos -intervalos, para<span class="pagenum" id="Page_302">p. 302</span> que -cubrieran prontamente los flancos; calculó tan bien la distancia de los -bárbaros, que en el momento en que estos llegaban allí, el ejército -cartaginés formaba en masa una gran línea recta.</p> - -<p>En medio se erizaba la falange compuesta de sintagmas o cuadrados, -con diez y seis hombres en cada lado. Los jefes de filas aparecían -entre largos hierros agudos que desbordaban desigualmente, porque las -seis hileras primeras alargaban las astas cogiéndolas por el medio, -y las diez hileras inferiores, apoyándolas en la espalda de sus -compañeros, se ponían delante. Las viseras de los cascos ocultaban -a medias las caras; las grebas de bronce cubrían todas las piernas -derechas; anchos escudos cilíndricos bajaban hasta las rodillas; y esta -horrible masa cuadrangular maniobraba en un solo bloque, viva como un -animal fantástico y con la regularidad de una máquina. Dos cohortes -de elefantes la flanqueaban, haciendo caer la lluvia de flechas -pegadas a su negra piel. Los indios, agazapados<span class="pagenum" -id="Page_303">p. 303</span> entre los montones de blancas plumas de -avestruz, los retenían con el mango del arpón, y en las torres, otros -hombres, ocultos hasta los hombros, se asomaban armados con grandes -arcos tendidos y varas de hierro con estopas encendidas. A derecha e -izquierda de los elefantes maniobraban los honderos, con una honda -ceñida a los riñones, otra en la cabeza, y la tercera en la mano -derecha. Venían luego los clinabaros, cada cual con un negro que les -alargaba las lanzas entre las orejas de los caballos enteramente -cubiertos de oro como los jinetes. A continuación se espaciaban -soldados armados a la ligera con escudos de piel de lince y jabalinas -en la mano izquierda; y los tarentinos, llevando del diestro dos -caballos juntos, y apostados en los dos extremos de esta muralla de -combatientes.</p> - -<p>A la inversa, el ejército de los bárbaros no había podido conservar -su alineación. En todo su enorme frente se habían formado ondulaciones -y vacíos, y jadeaban todos, sofocados por la carrera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span>La falange se puso -en marcha pesadamente, blandiendo todos las picas; bajo este enorme -peso, la línea de los mercenarios cedió pronto por el centro.</p> - -<p>Entonces, las líneas cartaginesas se abrieron para envolverlos, -guiándoles los elefantes. Con las lanzas tendidas oblicuamente, la -falange cortó a los bárbaros; se agitaron dos masas enormes; las -alas, a tiros de honda y de flecha, los empujaban sobre la falange. -Para desprenderse de esta, faltaba la caballería; a excepción de -doscientos númidas que arremetieron contra los clinabaros, los demás se -encontraron cercados y no podían salir de sus líneas. Inminente era el -peligro; urgente una resolución.</p> - -<p>Espendio mandó atacar la falange simultáneamente por los dos -flancos, a fin de pasar al través; pero las filas más estrechas, -replegándose sobre las más largas, se volvieron juntas contra los -bárbaros, mostrándose tan terribles como lo era el frente. Herían -los bárbaros con su hierro, pero la caballería estorbaba su ataque; -en tanto que la falange púnica, apoyada<span class="pagenum" -id="Page_305">p. 305</span> por los elefantes, se apretaba o se -ensanchaba, o maniobraba en cuadrado, en cono, en rombo, en trapecio -o en pirámide, de frente, a retaguardia, se producía continuamente -un movimiento interior, porque los que estaban detrás de las filas -corrían a las primeras líneas, y los cansados o heridos se replegaban -atrás. Los bárbaros se veían empujados contra la falange: era imposible -avanzar; hubiérase dicho un océano en el que bullían garcetas rojas con -escamas de cobre, en tanto que los lucientes escudos se apretaban como -espuma de plata. A veces, de un cabo a otro, bajaban anchas corrientes, -que luego ascendían, manteniéndose inmóvil en medio una pesada masa. -Las lanzas se bajaban y se levantaban alternativamente. Todo era una -agitación de espadas desnudas, tan precipitada, que solo se veían las -puntas; haces de caballería, ensanchándose en círculos, y que volvían a -cerrarse, moviendo torbellinos a su alrededor.</p> - -<p>Dominando las voces de mando, sonaban en el aire los bélicos -clarines<span class="pagenum" id="Page_306">p. 306</span> y el son de -las liras, y las balas de plomo o de arcilla de las hondas, silbando y -haciendo saltar las espadas de las manos y los sesos de los cráneos. -Los heridos, resguardándose con un solo brazo con su escudo, tendían la -espada apoyando el pomo en el suelo; otros, entre charcos de sangre, -se volvían para morder los talones de los enemigos. La multitud era -tan compacta, el polvo tan espeso, el tumulto tan fuerte, que era -imposible ver nada; los cobardes que ofrecían entregarse ni siquiera -eran oídos. Cuando las manos estaban vacías, se abrazaban cuerpo a -cuerpo; los pechos chocaban con las corazas y los cadáveres caían -hacia atrás, con los brazos crispados. Hubo una compañía de sesenta -umbrianos que, firmes sobre sus talones, con la pica delante de los -ojos, inquebrantables y rechinando los dientes, obligaron a retroceder -dos sintagmas a la vez. Los pastores epirotas corrieron al escuadrón -izquierdo de los clinabaros y agarraron de las crines a los caballos, -volteando sus bastones; los animales, derribando a los jinetes, huyeron -por<span class="pagenum" id="Page_307">p. 307</span> el llano. Los -honderos púnicos, repartidos aquí y acullá, estaban sorprendidos. La -falange empezaba a oscilar, los capitanes corrían desolados, los cabos -de fila empujaban a los soldados; los bárbaros, rehechos, volvían a la -carga, y la victoria iba a ser suya.</p> - -<p>Pero de pronto sonaron gritos espantosos y rugidos de dolor y de -rabia; eran los setenta y dos elefantes, que se precipitaban en doble -línea, porque Amílcar había esperado a que los bárbaros estuviesen en -montón, para echárselos encima. Los indios los aguijonearon con tal -fuego, que la sangre corría por las anchas orejas de los paquidermos. -Las trompas, pintadas de minio, se levantaban rectas en el aire, como -rojas serpientes; sus pechos estaban armados de un venablo, el lomo con -una coraza, los colmillos prolongados con láminas de hierro encorvadas -como sables, y, para volverlos más feroces, se les había embriagado con -una mezcla de pimienta, vino puro e incienso. Sacudían sus collares -de cascabeles y gritaban; los elefantarcas o conductores<span -class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span> bajaban la cabeza ante la -lluvia de las faláricas que venía de lo alto de las torres.</p> - -<p>Con el propósito de resistirlos mejor, los bárbaros se abalanzaron -en masa compacta; los elefantes se precipitaron impetuosamente en -medio. Los espolones de sus pechos hendían las cohortes como proas de -un navío; con las trompas, ahogaban a los hombres o los arrancaban del -suelo, entregándolos por encima de sus cabezas a los soldados de las -torres; con los colmillos, los despanzurraban, los lanzaban al aire, -colgando racimos de entrañas de sus garfios de marfil, como paquetes de -cuerdas en los mástiles. Los bárbaros intentaban reventarles los ojos -o desjarretarlos; otros, metiéndose bajo los vientres, les hundían la -espada hasta la empuñadura y morían aplastados. Los más intrépidos se -colgaban a las correas, y entre llamas o bajo la lluvia de dardos y -hondas, no dejaban de cortar cueros para que la torre de mimbre cayera -como una torre de piedra. Catorce elefantes de los que estaban en -la<span class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span> extrema derecha, -furiosos por sus heridas, se volvieron a la segunda línea; los indios, -con su martillo y clavija, les dieron la puntilla a fuerza de puños.</p> - -<p>Las enormes bestias se atropellaron, cayendo unas encima de otras. -Fue como una montaña; y sobre este montón de cadáveres y de armaduras, -un elefante monstruoso, que se llamaba el <i>Furor de Baal</i>, cogido -por la pierna entre cadenas, estuvo toda la noche aullando, con una -flecha en el ojo.</p> - -<p>Sin embargo, los demás, como conquistadores que se complacen en -el exterminio, seguían atropellando, aplastando y encarnizándose -en los muertos y en los restos de la batalla. Para rechazar a los -manípulos apretados en coronas a su alrededor, giraban sobre los pies -de atrás con un movimiento continuo de rotación siempre avanzando. -Los cartagineses sintieron aumentar su vigor, y la batalla volvió a -empezar.</p> - -<p>Los bárbaros cedían; los hoplitas griegos arrojaron sus armas, y el -espanto<span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span> se apoderó de -los demás. Se vio a Espendio huir colgado de su dromedario, azuzándolo -con dos jabalinas. Todos, entonces, se precipitaron para entrar en -Útica.</p> - -<p>Los clinabaros, con los caballos cansados, no pudieron detenerlos. -Los ligures, extenuados de sed, gritaban que se les llevara al río; -pero los cartagineses, puestos en medio de las sintagmas y que habían -sufrido menos, hervían de deseo ante la venganza que se les escapaba; -ya se lanzaban a la persecución de los mercenarios cuando apareció -Amílcar.</p> - -<p>Refrenaba con riendas de plata su caballo atigrado, bañado en sudor. -Las cintas atadas a los cuernos de su casco flotaban al viento y tenía -su escudo ovalado sujeto bajo el muslo izquierdo. A una señal de su -pica de tres puntas, se detuvo el ejército.</p> - -<p>Los tarentinos saltaron rápidamente de un caballo al otro, y -partieron a derecha e izquierda en dirección al río y a la ciudad.</p> - -<p>La falange exterminó a placer el resto de los bárbaros. Cuando -llegaban<span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span> bajo las -espadas, las víctimas alargaban el cuello, cerrando los párpados. Otros -se defendieron a todo trance, pero se les abrumaba de lejos a pedradas, -como perros rabiosos. Amílcar tenía encargado que se hicieran cautivos; -pero los cartagineses le obedecieron a regañadientes, por el placer que -sentían en degollar bárbaros. Como tenían mucho calor, operaban con los -brazos desnudos, a manera de segadores; y cuando se interrumpían para -tomar aliento, seguían con la mirada a un jinete que galopaba tras un -soldado huyendo. Conseguía cogerle de los cabellos, lo tenía así un -rato y concluía por derribarle de un hachazo.</p> - -<p>Vino la noche. Cartagineses y bárbaros habían desaparecido. Los -elefantes que habían huido erraban por el horizonte con las torres -incendiadas. Ardían en la obscuridad como faros perdidos en la bruma, y -no se advertía otro movimiento en la llanura que la ondulación del río, -engrosado por los cadáveres que iban arrastrados al mar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span>Dos horas después -llegó Matho. A la luz de las estrellas vio largos montones desiguales -tendidos en tierra.</p> - -<p>Eran las filas de bárbaros. Se apeó y vio que todos estaban muertos; -llamó a voces y nadie le contestó.</p> - -<p>Aquella mañana había partido de Hippo-Zarita con sus soldados, en -dirección a Cartago. El ejército de Espendio acababa de salir de Útica, -y los habitantes empezaban a incendiar las máquinas de guerra. Todos -se habían batido encarnizadamente; el tumulto que se oía del lado del -puente aumentaba de un modo incomprensible. Matho había venido por el -camino más corto, a través de la montaña, y como los bárbaros huyeron -por el llano, no encontró a ninguno.</p> - -<p>A su frente, se levantaban en la sombra masas piramidales, y del -lado del río, cercanas y a ras del suelo, se veían luces inmóviles. -Era que los cartagineses se habían replegado detrás del puerto para -engañar a los bárbaros; el Sufeta había puesto muchas guardas en la -otra orilla.</p> - -<p>Matho, avanzando siempre, creyó<span class="pagenum" -id="Page_313">p. 313</span> ver enseñas púnicas, porque las cabezas -de caballo que no se movían aparecían en el aire, fijas en astas, en -listones que no se podían ver; y oyó más lejos un gran rumor, un ruido -de canciones y de copas que chocaban.</p> - -<p>No sabiendo dónde se encontraba, ni cómo hallar a Espendio, lleno de -angustia y perdido en las tinieblas, se volvió más aprisa por el mismo -camino. Apuntaba el alba cuando desde lo alto de la montaña divisó la -ciudad, con las armazones de las máquinas ennegrecidas por las llamas, -así como esqueletos de gigantes junto a las murallas.</p> - -<p>Todo reposaba en silencio y en abandono extraordinarios. Entre sus -soldados, al borde de las tiendas, hombres casi desnudos dormían de -espalda o con la frente en el brazo que sostenía la coraza. Algunos -llevaban en las piernas vendas ensangrentadas. Los moribundos movían -la cabeza blandamente, en tanto que otros les traían de beber. A lo -largo de los caminos estrechos, andaban los centinelas para calentarse, -o bien miraban<span class="pagenum" id="Page_314">p. 314</span> el -horizonte, con la pica al hombro, en actitud feroz.</p> - -<p>Matho encontró a Espendio recogido bajo un jirón de tela puesto -sobre dos palos, con las manos en las rodillas y la cabeza baja.</p> - -<p>Estuvieron largo rato sin decirse nada; al fin, Matho murmuró:</p> - -<p>—¡Vencidos!</p> - -<p>Espendio contestó con voz sombría:</p> - -<p>—¡Sí; vencidos!</p> - -<p>Y a todas las preguntas respondía con gestos desesperados.</p> - -<p>Llegaban basta ellos suspiros y estertores. Matho entreabrió la -tela, y el espectáculo de los soldados le recordó otro desastre en el -mismo lugar, y dijo:</p> - -<p>—¡Miserable!, otra vez...</p> - -<p>Espendio le interrumpió:</p> - -<p>—¡Tampoco tú estabas!</p> - -<p>—¡Es una maldición! —exclamó Matho—. ¡Pero yo le esperaré, le -venceré, le mataré! ¡Ah, si hubiera estado aquí!...</p> - -<p>La idea de no haberse encontrado en la batalla lo desesperaba más -que<span class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span> la derrota. Se -quitó la espada y la tiró por el suelo.</p> - -<p>—Pero ¿cómo os han vencido los cartagineses?</p> - -<p>El antiguo esclavo contó las maniobras. Matho creía estar viéndolas, -y se irritaba. El ejército de Útica, en vez de dirigirse al puente, -debió ir a atacar a Amílcar por retaguardia.</p> - -<p>—¡Lo sé! —dijo Espendio.</p> - -<p>—Convenía doblar las filas, no comprometer los vélites contra la -falange; dar salida a los elefantes. En último extremo, se podía probar -otra vez, nunca huir.</p> - -<p>Respondió Espendio:</p> - -<p>—Le he visto pasar en su gran manto rojo, con los brazos levantados, -más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de las -cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se -abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró, -y yo sentí en mi corazón como el frío de una espada.</p> - -<p>—¿Habrá elegido tal vez el día? —se decía Matho.</p> - -<p>Y se hacían preguntas tratando de<span class="pagenum" -id="Page_316">p. 316</span> descubrir qué habría traído al Sufeta en -las circunstancias más desfavorables. Hablando de la situación, para -atenuar su falta o animarse a sí propio, Espendio dijo que aún quedaba -esperanza.</p> - -<p>—¡Aunque no la haya, no importa! —dijo Matho—; yo solo continuaré la -guerra.</p> - -<p>—Y yo también —repuso el griego, muy agitado, brillantes las pupilas -y con sonrisa extraña que contraía su cara de chacal.</p> - -<p>—¡Volveremos a empezar! ¡No me abandones! Yo no estoy hecho para -las batallas al sol: el brillo de las espadas me turba la vista: es -una enfermedad: he vivido mucho tiempo en la ergástula. Pero dame -murallas que escalar de noche, y yo entraré en las ciudadelas y los -cadáveres estarán fríos antes que los gallos hayan cantado. Indícame a -alguien, alguna cosa, un enemigo, un tesoro, una mujer..., una mujer, -aunque sea la hija de un rey, y la traeré, si lo deseas, a tus<span -class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span> pies con prontitud. Me -reprochas de haber perdido la batalla contra Hannón y, sin embargo, la -gané. ¡Confiésalo! Mi piara de cerdos nos sirvió más que una falange de -espartanos.</p> - -<p>Y cediendo a la necesidad de rehabilitarse y de tomar el desquite, -fue enumerando cuanto hiciera en favor de los mercenarios.</p> - -<p>—¡Yo fui quien en los jardines del Sufeta empujé al galo! Más tarde, -en Sicca, los concité a todos con el miedo de la República; Giscón -los volvió a perdonar, pero yo impedí que hablaran los intérpretes. -¡Ah! ¡Cómo les colgaba la lengua de la boca! ¿Te acuerdas? Yo te -llevé a Cartago; yo he robado el zaimph. Yo te he llevado a casa de -<i>ella</i>. ¡Yo haré más aún!...; ¡ya verás!</p> - -<p>Y soltó la carcajada como un loco. Matho le miraba asombrado. -Experimentaba cierto malestar ante este hombre, a un tiempo cobarde y -terrible.</p> - -<p>El griego añadió en tono jovial, castañeteando los dedos:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span>—¡Evohé! Después -de la lluvia sale el sol. He trabajado en las canteras y he bebido -másica en un bajel que era mío, bajo un palio de oro, como un Tolomeo. -La desgracia debe servirnos para hacernos más hábiles. A fuerza de -trabajo, se rinde la fortuna. Esta ama a los diestros. ¡Ella cederá!</p> - -<p>Y tomando del brazo a Matho:</p> - -<p>—Amo, los cartagineses están ahora confiados en su victoria. Tú -tienes un ejército que no ha combatido, y tus hombres te obedecen. -Ponlos delante; los míos, para vengarse, los seguirán. Me quedan tres -mil carios, mil doscientos honderos y arqueros, cohortes completas. Se -puede formar toda una falange. ¡Vamos!</p> - -<p>Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado plan alguno para -repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de bronce que -ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió su -espada, gritando:</p> - -<p>—Sígueme. ¡Vamos!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_319">p. 319</span>Los exploradores -volvieron anunciando que los cartagineses se habían llevado sus -muertos, que el puente estaba en ruinas y que Amílcar había -desaparecido con su ejército.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span></p> - <h2 class="nobreak" title="IX. EN CAMPAÑA">IX</h2> - <p class="subh2">EN CAMPAÑA</p> -</div> - -<p>Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se -revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para -dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla -derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa.</p> - -<p>Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las -tribus de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o -en medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos.</p> - -<p>En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y -Útica, con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del -Occidente. Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su -templo; Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron -embajadas. Los habitantes del campo llegaban cargados de<span -class="pagenum" id="Page_322">p. 322</span> víveres, implorando su -protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los -bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios -muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado -a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les -encontraba muertos en los olivares y en las viñas.</p> - -<p>Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria, -envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla. -Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos -atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca; -los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás -de ellos, los empujaban a latigazos.</p> - -<p>¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil -bárbaros y que la guerra había terminado porque los demás no la -proseguirían; se abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y -cinamomo la cara de los dioses Pateques en acción de gracias,<span -class="pagenum" id="Page_323">p. 323</span> los cuales, con sus grandes -ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros, -parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los -ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de -los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes -de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las -principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras -a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas -coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían -otorgarle nuevos honores y preeminencias.</p> - -<p>Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita, -para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los -bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el -ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de -raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos -bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los<span -class="pagenum" id="Page_324">p. 324</span> unos no valían nada y los -otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó.</p> - -<p>En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los -cautivos, aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba -incorporar los mejores a sus tropas y excitar por este medio las -deserciones. Pero el odio pudo más que su prudencia.</p> - -<p>Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de -las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las -mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos -a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se -bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba -vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas; -muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la -noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se -bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos.</p> - -<p>Después se dejaron en pie las cruces<span class="pagenum" -id="Page_325">p. 325</span> con los cadáveres, que parecían sobre -ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la gente -de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a las -cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les -proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos, -y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el -pueblo en una misma venganza.</p> - -<p>No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del -cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos -graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba -sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio -Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales; -era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las -azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis -de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico -enrojecido.</p> - -<p>A causa de la pestilencia, los cartagineses<span class="pagenum" -id="Page_326">p. 326</span> se resignaron a desclavar los cadáveres. -Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y las olas, -agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en el fondo -del golfo, ante el campamento de Autharita.</p> - -<p>Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de -Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus -bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche.</p> - - -<p class="mt2">El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de -Aguas Calientes a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a -las ciudades tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre -Cartago.</p> - -<p>En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur; -Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los -tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no -esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos<span class="pagenum" -id="Page_327">p. 327</span> cargados de betún, veinticinco elefantes y -seis mil jinetes.</p> - -<p>El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente -entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había -entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio. -Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados -númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el -hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el -agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta -más furioso que los bárbaros.</p> - -<p>Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca -del plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo.</p> - -<p>Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y -se ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, -no se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias -griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron -de todos los<span class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span> bárbaros -el juramento de una obediencia absoluta. Todos los días los capitanes -revistaban los vestidos y el calzado; se prohibió a los centinelas usar -escudos, porque acostumbraban a apoyarlo en la lanza y dormir en pie; a -los que llevaban bagaje se les obligó a desprenderse de él; todo debía -ponerse a la espalda, a la usanza romana. Como precaución contra los -elefantes, Matho creó un cuerpo de jinetes catafractos, en que hombre y -caballo desaparecían bajo una coraza de piel de hipopótamo erizada de -clavos; para proteger el casco de los caballos se les puso borceguíes -de esparto tejido.</p> - -<p>Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no -púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los -víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque -los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación, -muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de -invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la<span -class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span> promesa de su ración. -Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a refugiarse -en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a fuerza de -ultrajes, las obligaron a irse.</p> - -<p>Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de -Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados -a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de -Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron -las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en -matrimonio las rubias espartanas.</p> - -<p>Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de -las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres, -les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les -mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los -bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba, -ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de -Narr-Habas, y como los bárbaros<span class="pagenum" id="Page_330">p. -330</span> gritaran que necesitaban mujeres, él les respondió:</p> - -<p>—Yo no las tengo.</p> - -<p>El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las -rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose -obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los -llenaba de piedras para volverlos estériles.</p> - -<p>Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se -dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles. -Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores -creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de -Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como -para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en -otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla, -el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía -dirigirlos.</p> - -<p>Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los -cartagineses;<span class="pagenum" id="Page_331">p. 331</span> las -fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La gente -del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en todas -partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos al -Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro.</p> - -<p>Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles; -y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la -importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las -tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas. -La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los -patricios de su facción le apoyaban con tibieza.</p> - -<p>Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus -todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales -y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos -que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no -se encontraba nada, y una<span class="pagenum" id="Page_332">p. -332</span> espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés.</p> - -<p>Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e -incendiaba las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban -bosques enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que -esperar, para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas -calientes.</p> - -<p>Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un -matorral así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre -los talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el -color del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que -iban a los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada -veían en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies -desnudos.</p> - -<p>Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los -mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda. -No atreviéndose a comprometerse, le respondieron<span class="pagenum" -id="Page_333">p. 333</span> con vaguedades, cumplimientos y excusas.</p> - -<p>Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad -tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa, -con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados, -y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago.</p> - -<p>El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, -con prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna -para subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol -bajaban los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, -cuando advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce -que parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes -penachos, oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el -ejército de Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían -adoptado las divisas de Roma.</p> - -<p>Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos -con<span class="pagenum" id="Page_334">p. 334</span> piel de leopardo, -corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos de Matho, los -lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los caballos de -Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina; después llegó la -turba que mandaba Autharita; los galos, libios y nómadas; y en medio de -todos se reconoció a los «Comedores de cosas inmundas», por las espinas -de pescado que llevaban en la cabellera.</p> - -<p>De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus -marchas con exactitud.</p> - -<p>Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo -que ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos -puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la -infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos, -de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados -de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria, -pasaron la noche comiendo.</p> - -<p>Habían encendido fogatas que deslumbrándolos,<span class="pagenum" -id="Page_335">p. 335</span> dejaban en la sombra al ejército -cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de su campo, -como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez codos de -profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en el que -plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron pasmados -los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en una -fortaleza.</p> - -<p>En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando -órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas -escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para -señalar algo con el brazo derecho.</p> - -<p>Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los -clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles -con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie -de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta, -deliraban con la alegría de capturarle.</p> - -<p>Sin embargo, si todos atacaban a la<span class="pagenum" -id="Page_336">p. 336</span> vez, se encontrarían en un espacio -tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían -lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas, -los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los -elefantes, no estaban suficientemente amaestrados.</p> - -<p>—¡Sois todos unos cobardes! —gritó Matho.</p> - -<p>Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el -atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta -había recogido en el puente sus catapultas abandonadas.</p> - -<p>Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. -El exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose -lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que -tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses -ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la -colina.</p> - -<p>Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol -y piedras, que arrancaban del suelo, en<span class="pagenum" -id="Page_337">p. 337</span> tanto que las seis catapultas rodaban -incesantemente a lo largo de la planicie.</p> - -<p>Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse -las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían -por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo; -y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero, -cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los -Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él -mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a -elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía, -porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de -los otros pronto y fácilmente.</p> - -<p>Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato -les hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en -la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con -desconfianza.<span class="pagenum" id="Page_338">p. 338</span> Se -medían las palabras y los pasos; la pesadilla les desvelaba por las -noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban a capricho de -general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los cisalpinos, -cuya lengua no comprendían.</p> - -<p>Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de -Matho, y agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían -las figuras de madera inventadas por Pirro para reproducir las -maniobras. Espendio explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no -se comprometiera la ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, -irritado, gesticulaba. La guerra contra Cartago era cosa personal suya; -se indignaba se mezclasen en ella sin querer obedecerle. Autharita -adivinaba por su cara lo que decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la -barbilla en señal de desdén; hallaba funestas todas las medidas, y ya -no se sonreía, sino que lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de -un sueño imposible, la desesperación de una empresa fallida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_339">p. 339</span>En tanto que los -bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba sus defensas; hacía -cavar un segundo foso, levantar otra segunda muralla y construir en los -ángulos torres de madera; sus esclavos iban a las avanzadas a hundir -en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a los que se les había -disminuido la ración, se debatían en sus trabas. Para economizar el -pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a los caballos menos -robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar. Se comieron los -caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la tristeza en los -días siguientes.</p> - -<p>Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían -alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los -mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres -a la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban -los centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus -les proporcionaban víveres en<span class="pagenum" id="Page_340">p. -340</span> abundancia y suponían lo que asustaba su inacción al -ejército púnico.</p> - -<p>En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los -númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran -los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los -libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de -ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de -los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del -estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos, -arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza, -y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en -lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban -a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la -cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos -cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su -corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron<span -class="pagenum" id="Page_341">p. 341</span> a Giscón. Por más que el -sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le habían puesto una -tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de guijarros. Era -una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho.</p> - -<p>Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse -paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses -unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron -repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó -afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en -la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó -la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le -sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima -del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el -aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz -aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones -prolongadas, interrumpida<span class="pagenum" id="Page_342">p. -342</span> y alternada como los ecos que se responden en las montañas; -llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín; luego dejó caer -las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza y lloró. Esta -atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos, sobre todo.</p> - -<p>Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en -rendirse, seguros de morir en suplicios.</p> - -<p>A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres disminuían de un -modo espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez kolumer de -trigo, tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni -aceite, ni salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les -veía bajar el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja -pisadas. A menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la -luna, un perro de los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, -en un montón de inmundicias; le tiraban una piedra y, ayudándose con -las correas del escudo, bajaban a cogerlo, y luego se lo comían.<span -class="pagenum" id="Page_343">p. 343</span> Otras veces se oían -terribles ladridos, y el hombre no subía. En la cuarta diloquia de -la duodécima sintagma, tres falangitas se mataron a cuchilladas, -disputándose una rata.</p> - -<p>Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres, sus cabañas en -forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una red -colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas -cuando, en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el -vago rumor de las calles, junto con el murmullo de los árboles de -sus jardines; y para regodearse con este recuerdo, entornaban los -párpados, que la punzada de una herida volvía a abrir. A cada minuto, -ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los «Comedores de cosas -inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las manos con -hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas. -Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los -proyectiles. Los cartagineses se encerraron, y no se movían.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_344">p. 344</span>Todos los días, el -sol que trasponía la colina los dejaba en la sombra desde muy temprano. -Al frente y por detrás, subían las faldas grises del terreno, cubiertas -de piedras manchadas de un liquen raro; y sobre sus cabezas, el cielo, -continuamente sereno, se abría más liso y frío a la mirada que una -cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado contra Cartago, que -sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir contra ella. Los -esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el pueblo, ni el -Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza. La situación -era intolerable, sobre todo por el convencimiento de que llegaría a ser -peor.</p> - - -<p class="mt2">Al recibirse la noticia del desastre, Cartago estalló de -cólera y de odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si se -hubiera dejado vencer al principio.</p> - -<p>Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban dinero y tiempo. -¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado todas -las armas.<span class="pagenum" id="Page_345">p. 345</span> Y ¿quién -los mandaría? Los mejores capitanes estaban ausentes con él. Sin -embargo, los emisarios enviados por el Sufeta, iban por las calles -dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló para hacerlos -desaparecer.</p> - -<p>Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a Barca de -haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber -aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus? -Les había impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su -contribución de catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y -tres mil kikar de oro; los que no habían dado nada se lamentaban como -los demás. La plebe estaba celosa de los cartagineses nuevos, a los -que se había prometido el derecho de ciudadanía completo; y hasta a -los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les confundía con -los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser un -crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los -peones<span class="pagenum" id="Page_346">p. 346</span> de albañil, -que pasaban con la llana en la mano; los vendedores de palmeras, -chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y los proveedores -de bebidas calientes, todos discutían las operaciones militares. -Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y hasta el último -galopín corregía las faltas de Amílcar.</p> - -<p>Según los sacerdotes, era el castigo de su obstinada impiedad; no -había ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas, había rehusado -llevar consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba -la violencia de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas -frustradas. Se recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su -orgullo, tanto tiempo soportado. El colegio de los pontífices no le -perdonaba haber dispuesto de su tesoro, y exigió del Gran Consejo que, -si volvía el Sufeta, fuese crucificado.</p> - -<p>Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año, eran otra -calamidad. De las orillas del lago venían hedores insoportables, -que se mezclaban en el aire con la humareda de los aromas<span -class="pagenum" id="Page_347">p. 347</span> que se quemaban en las -esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en oleadas, -llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban -cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses -Pateques, y la sangre de los camellos degollados en sacrificio, -corriendo a lo largo de los tramos, formaba rojas cascadas sobre -las gradas. Un funesto delirio agitaba a Cartago. De las calles más -estrechas, de las más miserables, salían rostros pálidos, hombres de -cara de víbora y que rechinaban los dientes.</p> - -<p>Los clamores de las mujeres llenaban las casas y hacían volverse -a los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía que -llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas -Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban, -confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio -universal. Unos trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando -el horizonte; otros, echados de bruces en los baluartes, aguzaban -el<span class="pagenum" id="Page_348">p. 348</span> oído. Pasado el -temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la convicción de su -impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que redoblaba cuando, -por las tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban nueve veces, y -con un gran grito saludaban al sol, que se ponía detrás de la laguna -lentamente, hundiéndose de golpe en las montañas, del lado de los -bárbaros.</p> - -<p>Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que un águila, -saliendo de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la -resurrección del año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado -como un modo de unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía -que se dejara a Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada -de su velo, parecía despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el -beneficio de las aguas, había desertado de Cartago; era una tránsfuga, -una enemiga. Para ultrajarla, la tiraban piedras; pero insultándola, en -el fondo, se la deseaba y quería más.</p> - -<p>Todas las calamidades venían, pues,<span class="pagenum" -id="Page_349">p. 349</span> por la pérdida del zaimph. Salambó había, -indirectamente, contribuido a ello; se la incluía en el mismo odio al -Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el pueblo la vaga idea -de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba, sin duda, -ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso, joven, virgen, -de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos los días, unos -hombres desconocidos invadían los jardines de Megara; los esclavos, -temiendo por ellos mismos, no se atrevían a oponérseles. Aquellos no -pasaban de la escalera de las galeras, sino que se quedaban abajo, -mirando a la última terraza: esperaban a Salambó; y durante horas -enteras gritaban contra ella como perros que ladran a la luna.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_351">p. 351</span></p> - <h2 class="nobreak" title="X. LA SERPIENTE">X</h2> - <p class="subh2">LA SERPIENTE</p> -</div> - -<p>Los clamores del pueblo no asustaban a la hija de Amílcar.</p> - -<p>Ella estaba turbada por más hondas inquietudes: su gran serpiente, -la pitón negra, languidecía, y la serpiente era, entre los -cartagineses, un fetiche nacional y particular. Se la consideraba hija -del limo de la tierra porque emerge de sus profundidades y no necesita -pies para recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; -su temperatura, las antiguas tinieblas viscosas, llenas de profundidad, -y el círculo que describe al morderse la cola, el conjunto de los -planetas, la inteligencia de Eschmún.</p> - -<p>La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces los cuatro -gorriones vivos que la presentaban a cada luna llena y nueva. Su -hermosa piel, tachonada, como el firmamento,<span class="pagenum" -id="Page_352">p. 352</span> de manchas de oro en fondo negro, se había -vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado ancha para su cuerpo; -alrededor de su cabeza se extendía un moho algodonoso, y en el ángulo -de sus pupilas se veían moverse pequeños puntos rojos. De vez en -cuando, Salambó se acercaba a su canastilla de hilos de plata, apartaba -la cortina de púrpura, las hojas de loto, el colchón de plumas, y la -veía siempre arrollada, más inmóvil que liana seca; y, a fuerza de -mirarla, concluía por sentir en su corazón como una espiral, como otra -serpiente que le subía poco a poco a la garganta y la estrangulaba.</p> - -<p>Estaba desesperada por haber visto el zaimph, y, sin embargo, -experimentaba cierta alegría y orgullo íntimo. Un misterio se -desplegaba en el esplendor de sus pliegues; era la nube que envolvía -a los dioses, el secreto de la existencia universal, y Salambó, -horrorizándose a sí misma, sentía no haberlo quitado.</p> - -<p>Casi siempre estaba agachada en el fondo de su habitación, con las -manos<span class="pagenum" id="Page_353">p. 353</span> en la pierna -izquierda, replegada; entreabierta la boca, y pensativos los ojos. Se -acordaba con espanto de la cara de su padre; quería ir a las montañas -de Fenicia, en peregrinación al templo de Afaka, donde Tanit bajó en -forma de estrella; toda clase de ensueños la asaltaban y conturbaban; -vivía en una soledad cada día mayor. Ignoraba lo que era de Amílcar.</p> - -<p>Cansada de sus meditaciones, se levantaba, y arrastrando sus -pequeñas sandalias, cuyas suelas crujían a cada paso que daba, se -paseaba por la gran habitación silenciosa. Las amatistas y los topacios -del artesanado temblaban aquí y acullá, como manchas luminosas, y -Salambó volvía la cabeza al andar, para mirarlas. Cogía por la boca -las ánforas suspendidas; se abanicaba con anchos abanicos, o bien -se distraía en quemar cinamomo en perlas ahuecadas. Al ponerse el -sol, Taanach retiraba las bandas de fieltro negro que tapaban las -aberturas de la pared, y las palomas frotadas de almizcle, como las de -Tanit, entraban de golpe, pisando con sus rojos pies las losas<span -class="pagenum" id="Page_354">p. 354</span> de vidrio, entre granos de -cebada que las echaba Salambó a puñados, como un sembrador en el campo. -Pero a menudo, estallaba en sollozos y se tendía en el gran lecho hecho -con tiras de buey, sin moverse, repitiendo la misma palabra, pálida -como una muerta, insensible, fría; oyendo el grito de los monos en los -palmares y el rechinar de la gran rueda que, a través de los pisos, -enviaba un raudal de agua pura a la pila de pórfido.</p> - -<p>No pocos días rehusaba comer. Veía en sueños, turbios astros -que pasaban bajo sus pies; llamaba a Schahabarim, y cuando este se -presentaba, ella no tenía nada que decirle.</p> - -<p>No podía vivir sin el consuelo de ver al gran sacerdote, pero se -sublevaba interiormente contra este dominio; sentía por él, a un -tiempo, terror, celos, odio y una especie de amor, en reconocimiento a -la singular voluptuosidad que experimentaba a su lado.</p> - -<p>Había adivinado en el sacerdote la influencia de la Rabbet, por -su gran<span class="pagenum" id="Page_355">p. 355</span> habilidad -en distinguir los dioses que enviaban las enfermedades. Para curar a -Salambó, hacía regar todas las mañanas su aposento con lociones de -verbena y abanto; la obligaba a dormir con la cabeza apoyada en una -almohada de hierbas aromáticas escogidas por los pontífices; empleó, -además, baaras, raíz de color de fuego, que sirven en el septentrión -para espantar los genios funestos; y, volviéndose hacia la estrella -polar, murmuraba tres veces el nombre misterioso de Tanit; pero Salambó -sufría siempre, y aumentaban sus angustias.</p> - -<p>Ninguno en Cartago tan sabio como él. En su juventud, estudió en el -colegio de los Mogbeds, en Borsipa, cerca de Babilonia; visitó luego -la Samotracia, Pesinunte, Éfeso, la Tesalia, la Judea, los templos -de los Nabateos, perdidos en los arenales; y recorrió a pie las -riberas del Nilo, desde las cataratas hasta el mar. Cubierta la cara -con un velo y agitando antorchas, había tirado un gallo negro en una -hoguera de sandaraca, ante el<span class="pagenum" id="Page_356">p. -356</span> pecho de la Esfinge, Padre del Terror. Bajó a las cavernas -de Proserpina, había visto girar las quinientas columnas del laberinto -de Lemnos y resplandecer el candelabro de Tarento, que llevaba tantas -lámparas como días tiene el año; algunas noches recibía a los griegos -para interrogarles. No le inquietaba tanto la constitución del mundo -como la naturaleza de los dioses; en las armillas del pórtico de -Alejandría había observado los equinoccios; acompañado hasta Cirene a -los hematistas de Evergeto, que medían el cielo calculando el número -de pasos; y ahora llenaba su pensamiento una religión particular, sin -fórmula precisa y, por lo mismo, llena de vértigos y de ardores. No -creía que la tierra fuera como una piña; la creía redonda, rodando -eternamente en la inmensidad, con velocidad tan prodigiosa, que no se -advertía su movimiento.</p> - -<p>Por la posición del sol encima de la luna, deducía el predominio -de Baal, del que el astro no es más que reflejo y figura; todo lo que -veía en<span class="pagenum" id="Page_357">p. 357</span> la tierra -le forzaba a reconocer como supremo un principio macho exterminador. -Acusaba secretamente a la Rabbet del infortunio de su vida, porque -una vez el gran Pontífice, entre el tumulto de los címbalos, le había -arrancado bajo una patera de agua hirviente su futura virilidad. Desde -entonces, seguía con vista melancólica a los hombres que se solazaban -con las sacerdotisas en el fondo de las tinieblas.</p> - -<p>Pasaba los días inspeccionando los incensarios, los vasos de oro, -las pinzas, los rastrillos para las cenizas del altar y las túnicas de -las estatuas, juntamente con la aguja de bronce que servía para rizar -los cabellos de una antigua Tanit, en el tercer edículo, cerca de la -viña de esmeralda. A las mismas horas corría las grandes cortinas de -las puertas del santuario; quedaba con los brazos abiertos y rezaba de -rodillas en las mismas losas, en tanto que a su alrededor circulaba por -los corredores una turba de sacerdotes con los pies desnudos, envueltos -en un eterno crepúsculo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_358">p. 358</span>En la aridez de -su vida, Salambó era como una flor en la hendidura de un sepulcro. No -obstante, era duro para ella y no la ahorraba penitencias y palabras -amargas. Su condición establecía entre ellos como una igualdad de -sexo, y compensaba la imposibilidad de poseerla el verla tan hermosa -y tan pura. A menudo, comprendía que ella se fatigaba en seguir su -pensamiento; entonces se quedaba más triste; se sentía más abandonado, -más solo, más vacío.</p> - -<p>Algunas veces se le escapaban palabras extrañas, que parecían a -Salambó como relámpagos que iluminaran abismos, de noche sobre todo, -cuando solos los dos en la azotea, miraban las estrellas, y Cartago se -explayaba a sus pies con el golfo y el mar, vagamente perdidos en las -tinieblas.</p> - -<p>El gran sacerdote explicaba a la virgen la teoría de las almas -que bajan a la tierra, siguiendo el camino del sol por los signos -del zodíaco. Extendiendo el brazo, mostraba en Aries la puerta de la -generación humana,<span class="pagenum" id="Page_359">p. 359</span> -y en Capricornio la de la vuelta a los dioses; Salambó se esforzaba -en verlo, porque tomaba estas concepciones por realidades; aceptaba -como verdaderos en sí mismos los que eran puros símbolos, y hasta las -maneras del lenguaje obscuro del sacerdote.</p> - -<p>—Las almas de los muertos —decía este— se resuelven en la luna, como -los cadáveres en la tierra. Sus lágrimas componen su humedad; es un -lugar obscuro, lleno de fango, de ruinas y de tempestades.</p> - -<p>Salambó preguntaba lo que sería de ella.</p> - -<p>—Al principio languidecerás, liviana como un vapor que flota sobre -las olas; después de pruebas y de angustias largas, irás al hogar del -sol, la fuente misma de la inteligencia.</p> - -<p>Pero nunca hablaba de la Rabbet. Creía Salambó que era por pudor de -la diosa vencida, y llamándola con su nombre común que designaba la -luna, multiplicaba sus bendiciones al astro fértil y suave. Por fin él -exclamó:</p> - -<p>—¡No, no! Ella toma del sol toda<span class="pagenum" -id="Page_360">p. 360</span> su fecundidad. ¿No la ves moverse a su -alrededor como mujer amante que corre tras un hombre en el campo?</p> - -<p>Y sin cesar exaltaba la virtud de la luz.</p> - -<p>Lejos de abatir sus místicos deseos, los avivaba, por el contrario, -y hasta él mismo parecía participar de la alegría de desconsolarla con -revelaciones de una doctrina implacable. Salambó, a pesar de las penas -de su amor, se sentía arrobada.</p> - -<p>No obstante, cuanto más parecía dudar Schahabarim de Tanit, más -quería creer. En el fondo de su alma le detenía un remordimiento. -Le faltaba alguna prueba, alguna manifestación de la diosa, y en la -esperanza de obtenerla, el sacerdote imaginó una empresa que podía -salvar a la vez su patria y su creencia.</p> - -<p>Empezó por deplorar ante Salambó el sacrilegio y las desgracias que -se producían hasta en las regiones celestes. Luego, de repente, le -anunció el peligro del Sufeta, asaltado por tres ejércitos que mandaba -Matho; porque Matho, para los cartagineses, era a<span class="pagenum" -id="Page_361">p. 361</span> causa del velo, como el rey de los -mercenarios; y añadió que la salvación de la República y de su padre -dependía solo de ella.</p> - -<p>—¿De mí? —exclamó Salambó—. ¿Cómo puedo yo?...</p> - -<p>—¡No consentirás nunca! —repuso el sacerdote, con una sonrisa de -desdén—. ¡Es menester que vayas entre los bárbaros y recobres el -zaimph!</p> - -<p>Salambó se inclinó en su escabel de ébano, quedando con los brazos -extendidos sobre las rodillas y toda temblorosa, como una víctima al -pie del altar, esperando el golpe de maza. La zumbaban los oídos, veía -girar círculos de fuego y, en su estupor, no comprendía más que una -cosa: la de que seguramente iba a morir pronto.</p> - -<p>Pero si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph era devuelto y Cartago -salvada, ¿qué importaba la vida de una mujer?, pensaba Schahabarim. -Además, quizás pudiera conseguir el velo sin morir.</p> - -<p>Estuvo tres días sin dejarse ver, y el cuarto por la noche la hizo -llamar.</p> - -<p>Para inflamar mejor su corazón la<span class="pagenum" -id="Page_362">p. 362</span> enteró de todas las invectivas que se -vociferaban contra Amílcar en pleno Consejo; añadiendo que ella había -faltado y que debía reparar su crimen, puesto que la Rabbetna ordenaba -el sacrificio.</p> - -<p>Con frecuencia llegaba a Megara un prolongado clamor que atravesaba -los Mapales. Schahabarim y Salambó salían prestamente, y desde lo -alto de la escalera de las galeras, veían gente en la plaza de Kamón, -gritando que les dieran armas. Los Ancianos no querían dárselas, -creyendo inútil este esfuerzo; varias partidas sin jefe habían sido -acuchilladas. Al cabo se les permitió ir, y, por una especie de -homenaje a Moloch o por un vago deseo de destrucción, arrancaron -grandes cipreses de los bosques de los templos, y encendiéndolos en las -antorchas de los Kabiros, los llevaban por las calles, cantando. Estas -llamas monstruosas adelantaban moviéndose suavemente; irisaban con su -luz las bolas de vidrio de la cresta de los templos, los ornamentos -de los colosos, los espolones<span class="pagenum" id="Page_363">p. -363</span> de las naves, rebasaban las azoteas y formaban como soles -que rodaban por la ciudad. Bajaron la Acrópolis; se abrió la puerta de -Malqua.</p> - -<p>—¿Estás pronta? —preguntó Schahabarim—, ¿o bien ordenaste digan a tu -padre que le has abandonado?</p> - -<p>Salambó se tapó la cara con los velos, y las grandes luminarias se -alejaron poco a poco por el borde de las aguas.</p> - -<p>Un espanto indefinible la retenía; tenía miedo a Moloch, miedo a -Matho. Este hombre de estatura gigante, que era el dueño del zaimph, -dominaba la Rabbetna, tanto como Baal, y se le aparecía rodeado de -los mismos fulgores; además del alma, dioses visitaban algunas veces -el cuerpo de los hombres. Hablando de esto Schahabarim, ¿no había -dicho que ella debía vencer a Moloch? Matho y Moloch se confundían y -mezclaban en su pensamiento y ambos a dos la perseguían.</p> - -<p>Quiso conocer su porvenir y se acercó a la serpiente; porque -se sacaban los augurios por la actitud de las serpientes.<span -class="pagenum" id="Page_364">p. 364</span> Pero la canastilla estaba -vacía. Salambó se turbó.</p> - -<p>La encontró enroscada por la cola en uno de los balaustres de plata, -cerca del lecho colgante, que frotaba para desprenderse de la vieja -piel amarillenta, en tanto que su cuerpo luciente y claro se alargaba -como espada sacada a medias de la vaina.</p> - -<p>En los siguientes días, a medida que Salambó se dejaba convencer y -estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, la pitón se curaba, engordaba -y parecía revivir. Con esto se cercioró Salambó de que el pontífice era -el portavoz de los dioses. Una mañana se levantó determinada y preguntó -qué era necesario hacer para que Matho devolviera el velo.</p> - -<p>—¡Reclamarlo! —contestó Schahabarim.</p> - -<p>—¿Y si él rehúsa?</p> - -<p>El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que ella no había -visto nunca en él.</p> - -<p>—Sí; ¿qué hacer? —repitió la joven.</p> - -<p>Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las puntas de las -tocas que<span class="pagenum" id="Page_365">p. 365</span> caían de -su tiara, con los ojos bajos e inmóvil. Al fin, viendo que ella no -comprendía, dijo:</p> - -<p>—Estarás sola con él.</p> - -<p>—¿Después?</p> - -<p>—Sola en su tienda.</p> - -<p>—¿Y entonces?</p> - -<p>Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una frase, un rodeo.</p> - -<p>—¡Si tú has de morir, será más tarde; nada temas, no te asustes! -Serás humilde y te someterás a su deseo, que es la orden del cielo.</p> - -<p>—Pero, ¿y el velo?</p> - -<p>—¡Los dioses te inspirarán! —repuso Schahabarim.</p> - -<p>Salambó dijo:</p> - -<p>—¡Oh, padre! ¡Si tú me acompañaras!</p> - -<p>—¡No!</p> - -<p>La hizo poner de rodillas, y con la mano izquierda alzada y la -derecha extendida juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit. Con -imprecaciones terribles, ella se consagró a los dioses, y cada vez que -el pontífice pronunciaba una palabra, la repetía desfallecida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_366">p. 366</span>Le indicó todas -las purificaciones y ayunos que debía hacer y el modo de llegar hasta -Matho. Además, la acompañaría un hombre, conocedor del camino.</p> - -<p>Salambó se sintió como libertada. No pensó más que en la dicha -de volver a ver el zaimph, y bendecía a Schahabarim por sus -exhortaciones.</p> - - -<p class="mt2">Era el tiempo en que las palomas de Cartago emigraban a -Sicilia, en la montaña de Erix, alrededor del túmulo de Venus. Antes de -su partida, durante muchos días, se buscaban y llamaban para reunirse, -y, por fin, volaron una tarde, empujadas por el viento, y esta enorme -nube blanca hendía el cielo, muy alta, por encima del mar.</p> - -<p>El horizonte se teñía de color de sangre. Las palomas parecían -bajar a las ondas, y luego desaparecieron como sorbidas y caídas por -sí mismas en la boca del sol. Miraba Salambó cómo se alejaban; bajó la -cabeza, y Taanach, creyendo adivinar su cuita, la dijo con dulzura:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_367">p. 367</span>—¡Ama, ellas -volverán!</p> - -<p>—Sí; lo sé.</p> - -<p>—¡Y tú las volverás a ver!</p> - -<p>—¡Quién sabe! —contestó Salambó suspirando.</p> - -<p>No había confiado a nadie su resolución. Para realizarla más -discretamente, envió a Taanach que comprara en el arrabal de Kinvido -(en vez de pedirlo a los intendentes) todas las cosas que le hacían -falta: bermellón, perfumes, cinturón de lino y vestidos nuevos. La -vieja esclava se asustaba de estos preparativos, pero sin atreverse a -preguntar nada; llegó el día fijado por Schahabarim para la partida.</p> - -<p>A la duodécima hora, vio Salambó en el fondo de los sicomoros un -ciego viejo, con una mano apoyada en la espalda de un niño que iba -delante de él, y en la otra, sosteniéndola en la cadera, una especie -de cítara de madera negra. Eunucos, esclavos y mujeres habían sido -escrupulosamente apartados para que nadie pudiera enterarse del -misterio que se preparaba.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_368">p. 368</span>Taanach encendió -en los ángulos de la habitación cuatro trípodes llenos de estrobos y -de cinamomo; desplegó grandes tapices babilonios, que tendió sobre -cuerdas alrededor de la cámara; porque Salambó no quería ser vista, ni -siquiera por las paredes. El tocador de kinnos estaba agachado detrás -de la puerta, y el niño, en pie, tocaba una flauta de caña. Por fuera -disminuía el ruido de las calles; sombras violáceas se alargaban ante -el peristilo de los templos; y al otro lado del golfo, las faldas -de las montañas, los olivares y las tierras amarillas ondulaban -indefinidamente, confundiéndose en un vapor azulado; no se oía ningún -ruido; una postración indefinible flotaba en el aire.</p> - -<p>Salambó se inclinó en el borde del estanque, en una grada de ónice; -levantó las anchas mangas, que echó a las espaldas, y empezó sus -abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados.</p> - -<p>Taanach le trajo en una redoma de alabastro un líquido, casi -coagulado; era la sangre de un perro negro, degollado<span -class="pagenum" id="Page_369">p. 369</span> por mujeres estériles en -una noche de invierno, en los escombros de una sepultura. Con ella se -frotó las orejas, los talones y el pulgar de la mano derecha, que le -quedó un poco encarnada, como si hubiera partido una fruta.</p> - -<p>Salió la luna, y en este instante, la cítara y la flauta tocaron al -unísono. Salambó se quitó los pendientes, el collar, los brazaletes y -el chal blanco; desató la venda de sus cabellos y, por algunos minutos, -los sacudió suavemente sobre los hombros para refrescarse con sus -ondulaciones. Afuera continuaba la música; tres notas precipitadas, -furiosas, siempre las mismas; chirriaban las cuerdas, roncaba la -flauta, y Taanach marcaba el ritmo con las palmas de las manos, en -tanto que Salambó, balanceando el cuerpo, salmodiaba plegarias y se le -iban cayendo una a una todas sus vestiduras.</p> - -<p>Se agitó la pesada tapicería, y por encima de la cuerda que la -sostenía asomó la cabeza de la pitón. Fue bajando despacio, como gota -de agua<span class="pagenum" id="Page_370">p. 370</span> que se -desliza por una pared, se arrastró por las ropas esparcidas y luego, -con la cola apoyada en el suelo, se enderezó recta, asaetando a Salambó -con sus ojos, más encendidos que carbunclos.</p> - -<p>El frío, tal vez el pudor, hizo vacilar a la joven; pero acordándose -de las órdenes de Schahabarim, se adelantó; la pitón se aplanó, y -dejándose coger por la mitad del cuerpo, formó de cabeza a cola como -un collar, cuyas dos puntas tocaban en el suelo. Salambó se la ciñó a -las caderas, la puso bajo sus brazos, entre sus rodillas; tomándola -después por las mandíbulas, acercó a sus dientes la boca triangular de -la serpiente, y con los ojos medio cerrados, se cimbreó a los rayos de -la luna. La argentada luz parecía envolverla en una niebla de plata; la -huella de sus pasos húmedos brillaba en el pavimento; palpitaban las -estrellas en la profundidad del agua, y la serpiente apretaba a Salambó -con sus negros anillos moteados de oro. Jadeaba la joven con este peso -excesivo, doblaba los riñones,<span class="pagenum" id="Page_371">p. -371</span> se sentía morir, en tanto que la pitón le golpeaba -suavemente el muslo con la punta de la cola. Al fin cesó la música y la -serpiente se desenroscó y cayó.</p> - -<p>Encendió Taanach dos candelabros con luces encerradas en bolas de -cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de las manos de la -virgen, puso bermellón en sus mejillas, antimonio en el borde de sus -párpados y alargó las cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y -patas de moscas aplastadas.</p> - -<p>Sentada Salambó en una silla de marfil, dejaba hacer a la esclava. -Pero estos toques, no menos que el olor de los perfumes y los ayunos -que había hecho, la enervaban. De tal modo palideció, que la esclava -cesó en sus operaciones.</p> - -<p>—¡Sigue! —dijo Salambó, haciendo un esfuerzo para animarse. Y llena -de impaciencia, amonestaba a Taanach para que se diera prisa.</p> - -<p>—¡Bien, bien, ama!... Ninguno te está esperando —repuso la esclava -en tono de reproche.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_372">p. 372</span>—Sí —contestó -Salambó—; alguien me espera.</p> - -<p>Retrocedió sorprendida la esclava.</p> - -<p>—Ama, ¿qué me mandas? Si has de estar ausente mucho tiempo... -¡Tú sufres! ¿Qué te pasa? No te vayas; llévame contigo. Cuando eras -pequeñuela, yo te apretaba contra mi corazón y te hacía reír con los -pezones de mis tetas; ¡tú las agotaste, ama! —y se golpeaba los pechos -secos—. Ahora soy vieja, no puedo servirte; ya no me quieres, me -ocultas tus penas; desdeñas a tu nodriza.</p> - -<p>Y lágrimas de ternura y de despecho corrían por sus mejillas -cortadas por los tatuajes.</p> - -<p>—¡No —dijo Salambó—; no, sigo queriéndote; consuélate!</p> - -<p>Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un mono viejo, -prosiguió su tarea. Schahabarim tenía encargado a Salambó que se -vistiera con magnificencia, y así lo hizo, según el gusto bárbaro, a un -tiempo exquisito e ingenuo.</p> - -<p>Encima de una primera túnica, delgada y de color de fresa, la -esclava le puso otra bordada de plumas de pájaro.<span class="pagenum" -id="Page_373">p. 373</span> Colgaban de la cintura escamas de oro, y -los flecos de los bombachos azules, eran estrellas de plata. Luego -la cubrió con otra gran túnica cortada por líneas verdes, hecha con -tela de Seres. Ató a la espalda un cuadrado de púrpura, con el borde -inferior atirantado con granos de sandrasto; y sobre todas estas -vestiduras, colocó un manto negro cuya cola le llegaba a los talones. -Al concluir la tarea, la esclava contempló a su ama, y orgullosa de su -obra, no pudo menos de decir:</p> - -<p>—¡No estarás más hermosa el día de tu boda!</p> - -<p>—¿Mi boda? —repitió Salambó, pensativa, con el codo apoyado en la -silla de marfil.</p> - -<p>Taanach la puso delante un espejo de cobre tan ancho y tan alto, -que Salambó se vio de cuerpo entero. Se levantó, y con blando gesto se -arregló un bucle de cabellos que estaba demasiado caído.</p> - -<p>Tenía la cabellera cubierta de polvos de oro, encrespada en la -frente, y colgando por la espalda, sus largos<span class="pagenum" -id="Page_374">p. 374</span> tirabuzones terminados en perlas. Las luces -del candelabro avivaban el afeite de sus mejillas, el oro del vestido, -la blancura de su piel. Llevaba alrededor del talle, en brazos, manos y -dedos del pie tal abundancia de piedras preciosas, que el espejo, como -un sol, reflejaba en ellas sus luces. Salambó, de pie al lado de la -esclava, se ladeaba para mirarse, sonriendo a este deslumbramiento de -su hermosura.</p> - -<p>Luego se paseó de un lado a otro, no sabiendo cómo emplear el tiempo -que faltaba para la partida.</p> - -<p>De improviso, sonó el canto de un gallo. Salambó prendió a sus -cabellos un largo velo amarillo, arrolló al cuello una banda, se calzó -unos botines de cuero azul y dijo a Taanach:</p> - -<p>—Mira si debajo de los mirtos está un hombre con dos caballos.</p> - -<p>Cuando la esclava volvía, ya bajaba Salambó la escalera.</p> - -<p>—¡Ama! —exclamó la nodriza.</p> - -<p>Salambó se volvió a ella, y con un dedo en la boca, la ordenó -discreción.</p> - -<p>Taanach anduvo a lo largo de las proas de las galeras hasta el pie -de la<span class="pagenum" id="Page_375">p. 375</span> terraza, y de -lejos, a la claridad de la luna, vio en la avenida de los cipreses -una sombra gigantesca que iba a la izquierda de Salambó y en sentido -oblicuo, lo cual era presagio de muerte.</p> - -<p>La esclava subió a la habitación; se echó en el suelo, se arañó -la cara; se arrancaba los cabellos y daba grandes alaridos; pero -comprendiendo que podían oírla, se calló, sin dejar de sollozar, con la -cabeza entre las manos y tendida sobre las losas.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_377">p. 377</span></p> - <h2 class="nobreak" title="XI. EN LA TIENDA DE CAMPAÑA">XI</h2> - <p class="subh2">EN LA TIENDA DE CAMPAÑA</p> -</div> - -<p>El hombre que guiaba a Salambó la hizo pasar más allá del faro, -hacia las Catacumbas, y bajar luego a lo largo del arrabal Moluya, -lleno de callejas escarpadas. Empezaba a clarear. De cuando en cuando, -las vigas de palma que sobresalían de las paredes les obligaba a -bajar la cabeza. Los dos caballos, andando al paso, resbalaban, y así -llegaron a la puerta de Teveste.</p> - -<p>Entreabiertas estaban las pesadas hojas; la pasaron, y en seguida se -cerraron tras ellos.</p> - -<p>Siguieron primero la línea de los baluartes, y a la altura de las -Cisternas tomaron por la Tenia, estrecha cinta de tierra amarilla que -separaba el golfo del lago y se prolongaba hasta Radés.</p> - -<p>A nadie se veía alrededor de Cartago, ni en el mar ni en el campo. -Las olas, de color de pizarra, se agitaban<span class="pagenum" -id="Page_378">p. 378</span> suavemente, y el viento que empujaba sus -espumas las manchaba con rasgones blancos. A pesar de sus velos, -Salambó temblaba por el frío de la mañana; el movimiento y el aire -libre la aturdían. Después se levantó el sol, que la mordía en la nuca, -e involuntariamente quedó amodorrada. Los dos caballos trotaban juntos, -hundiendo los pies en la muda llanura.</p> - -<p>Así que pasaron la montaña de Aguas Calientes, siguieron a paso más -rápido, porque el piso era más firme.</p> - -<p>Los campos, por más que era el tiempo de la siembra y de la -labranza, estaban solitarios como el desierto. A trechos se veían -manchas de trigo y de cebada que empezaban a granar. En el claro -horizonte, las ciudades se destacaban en negro, con formas recortadas e -incoherentes.</p> - -<p>A trechos se levantaban en el borde del camino lienzos de muralla -medio calcinados. Hundíanse los techos de las cabañas; se veían -restos de vasijas, andrajos, utensilios y objetos desconocidos. A -menudo, un ser cubierto de harapos, de cara terrosa y pupilas<span -class="pagenum" id="Page_379">p. 379</span> ardientes, salía de estas -ruinas, para echar a correr o desaparecer en un agujero. Salambó y su -guía no se detenían.</p> - -<p>Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo de carbón que -levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de tierra -amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que -corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba -hojas mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un -respingo ante el cadáver de un hombre tendido en el suelo.</p> - -<p>El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era uno de los -servidores del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones -peligrosas. Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos -caballos, a los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien -sacaba de un zurrón colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de -huevo, envueltas en hojas de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar -de correr.</p> - -<p>A mitad del día cruzaron el camino<span class="pagenum" -id="Page_380">p. 380</span> tres bárbaros, vestidos con piel de -animales. Poco a poco fueron apareciendo otros, en grupos de diez, -doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras o alguna -vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de -cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios, -y miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros, -algunos enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El -guía de Salambó contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía -que llevaba a un joven enfermo a curarse a un templo lejano.</p> - -<p>Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la última luz del -crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas, con una -vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le -tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada.</p> - -<p>Una mujer se estaba calentando junto a un montón de charrascas -encendidas, yéndose el humo por los agujeros<span class="pagenum" -id="Page_381">p. 381</span> del techo. Sus blancos cabellos, que la -caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y sin decir palabra, con -expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de venganza contra -los bárbaros y contra los cartagineses.</p> - -<p>El guía registró a derecha e izquierda, y acercándose a la mujer la -pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la mirada fija en las -brasas balbuceaba:</p> - -<p>—Los diez dedos están cortados. La boca no come más.</p> - -<p>El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció animarse la -vieja, pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en la -garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo -una ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel.</p> - -<p>Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió sobre las mantas -de los caballos, tendidas en un rincón de la sala.</p> - -<p>Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El esclavo se le -acercó<span class="pagenum" id="Page_382">p. 382</span> callado, y -de una sola cuchillada le cortó la cabeza, y con la sangre frotó las -narices de los caballos para reanimarlos. La vieja le maldijo. Lo -oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que llevaba sobre el -corazón.</p> - -<p>Prosiguieron la marcha.</p> - -<p>A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto. La ruta ondulaba -por pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras. Calentaba el -sol la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por aberturas -que iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba -una víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba -envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo -manchar sus hermosos vestidos.</p> - -<p>A distancias regulares, se levantaban torres edificadas por los -cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban en ellas, -buscando la sombra, y luego seguían su camino.</p> - -<p>La víspera, por prudencia, habían dado un gran rodeo; pero ahora, -no encontraban a nadie; la región era estéril<span class="pagenum" -id="Page_383">p. 383</span> y los bárbaros no habían pasado por -ella.</p> - -<p>Volvió a verse la devastación: en mitad del campo, un mosaico, -como últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de lejos -parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas -casas estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a -lo largo de las murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas -que llenaban las calles.</p> - -<p>Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto de nubes. -Subieron durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto -divisaron ante ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un -anfiteatro.</p> - -<p>Aquí y acullá brillaban placas de oro, que cambiaban de sitio. Eran -las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego distinguieron en -los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas de los -mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio.</p> - -<p>Salambó hizo un movimiento para<span class="pagenum" -id="Page_384">p. 384</span> adelantarse; pero el hombre de Schahabarim -la llevó más lejos y bordearon la terraza que cerraba el campo de los -bárbaros. Encontraron una brecha, y el esclavo desapareció.</p> - -<p>En la cima del reducto se paseaba un centinela con un arco en la -mano y la pica a la espalda.</p> - -<p>Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se arrodilló y disparó -una flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se paró ella, -gritando, y él la preguntó qué quería.</p> - -<p>—Hablar a Matho —contestó ella—. Soy un tránsfuga de Cartago.</p> - -<p>El centinela dio un silbido que se repitió de distancia en -distancia.</p> - -<p>Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas, relinchando.</p> - -<p>Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de ella; pero como -la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa alrededor -del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho -contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de -la noche.</p> - -<p>Al fin ella le dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_385">p. 385</span>—¡Llévame a tu -tienda! ¡Yo lo quiero!</p> - -<p>Un recuerdo que no podía precisar atravesó la memoria del bárbaro. -Sentía latir su corazón. Este acento de mando le intimidaba.</p> - -<p>—¡Sígueme! —la dijo.</p> - -<p>Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en el campo de los -mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud. Ardían -fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al -iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había -gritos y llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en -medio de las tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de -tela; había chozas de caña y agujeros en la arena, como los que excavan -los perros. Los soldados porteaban faginas, se sentaban en tierra o -se envolvían en una manta, disponiéndose a dormir, y el caballo de -Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba una pierna y -daba un salto.</p> - -<p>Recordaba ella haberlos ya visto;<span class="pagenum" -id="Page_386">p. 386</span> pero tenían ahora las barbas más largas, -sus caras estaban más negras y las voces eran más broncas. Matho -iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del brazo, que -levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando -el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él -el verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas -estaban desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación, -que todos le obedecían.</p> - -<p>Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su tienda estaba en el -extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de Amílcar.</p> - -<p>Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le pareció asomaban -caras en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran cabezas -cortadas; pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua -púnica.</p> - -<p>Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos lados de la -puerta. Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió.</p> - -<p>Era una tienda espaciosa, con un<span class="pagenum" -id="Page_387">p. 387</span> mástil en medio. La alumbraba una lámpara -grande, en forma de loto, llena de un aceite amarillo, en el que -flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos militares. -Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un escudo; -látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares se -entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro -manchaban una manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda, -había un montón de moneda de cobre, y por entre los rasgones de la -tela de la tienda, el viento traía el polvo de fuera y el olor de los -elefantes, a los que se oía comer sacudiendo sus cadenas.</p> - -<p>—¿Quién eres? —preguntó Matho.</p> - -<p>Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus ojos se -detuvieron en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había -una cosa azulada y chispeante.</p> - -<p>Salambó se adelantó con viveza, dando un grito. Matho, detrás de -ella, se sentía impaciente.</p> - -<p>—¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_388">p. 388</span>Respondió ella, -señalando el zaimph:</p> - -<p>—¡Para llevármelo!</p> - -<p>Y con la otra mano se arrancó los velos que la cubrían. -Matho retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi -aterrorizado.</p> - -<p>Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses, y mirándole -cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con palabras -elocuentes y soberbias.</p> - -<p>Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se confundían para -él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor de su -piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los -diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura -de las joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica, -levantando un poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se -perdía con el pensamiento en este estrecho intervalo, del que bajaba -un hilo con una placa de esmeraldas, que se traslucía debajo de una -gasa morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas balanzas de zafiro con -una perla hueca<span class="pagenum" id="Page_389">p. 389</span> cada -una, llena de un perfume líquido. Por los agujeros de la perla, caía, -de rato en rato, una gotita sobre la espada desnuda, y Matho la miraba -caer.</p> - -<p>Invencible curiosidad le arrastró, y como niño que pone la mano -en una fruta desconocida, tembloroso, y con la punta del dedo, tocó -suavemente en el nacimiento del pecho: la carne, un poco fría, cedió -con resistencia elástica.</p> - -<p>Este contacto, aunque apenas sensible, exaltó a Matho, y fuera de sí -mismo, se precipitó a ella, queriéndola envolver, absorberla, beberla. -Palpitaba su pecho y rechinaban sus dientes.</p> - -<p>Tomándola por las dos muñecas, la empujó suavemente y se sentó -sobre una coraza, al lado del lecho de palma, cubierto por una piel de -león. La miraba de pies a cabeza, y teniéndola sentada en sus orillas, -repetía:</p> - -<p>—¡Qué hermosa eres! ¡Qué hermosa!</p> - -<p>Los ojos seguían fijos en los suyos y la hacían sufrir, y -este malestar, esta repugnancia llegó a tal extremo que<span -class="pagenum" id="Page_390">p. 390</span> Salambó se contenía para no -gritar; pero se acordó de Schahabarim y se resignó.</p> - -<p>Matho retenía siempre sus manos en las suyas, y de cuando en cuando, -a pesar de las órdenes del sacerdote, ella trataba de apartarlas, -sacudiendo los brazos. Él inflaba las narices para aspirar mejor el -perfume que se exhalaba de toda ella; emanación indefinible, fresca, -pero que aturdía como el humo de una cazoleta. Olía a miel, a pimienta, -a incienso, a rosas y a otras cosas más.</p> - -<p>¿Pero cómo estaba ella a su lado, en su tienda, a discreción suya? -¿Quién la había empujado hasta allí? ¿Había venido solo por el zaimph? -Dejó caer los brazos y bajó la cabeza, abrumado por un repentino -ensueño.</p> - -<p>Salambó, con el fin de enternecerle, le dijo con voz quejumbrosa:</p> - -<p>—¿Qué te hice yo para que quieras mi muerte?</p> - -<p>—¿Tu muerte?</p> - -<p>—Yo te vi una noche, en el incendio de mis jardines que ardían, -entre copas humeantes y mis esclavos degollados,<span class="pagenum" -id="Page_391">p. 391</span> y tu cólera era tan fuerte que te -precipitaste a mí y hube de huir. Después, el terror se ha apoderado -de Cartago. Se pregonaba la destrucción de las ciudades, el incendio -de los campos, la matanza de soldados; ¡fuiste tú quien los perdiste; -tú quien los asesinaste! ¡Te odio! Solo tu nombre es un remordimiento -para mí. ¡Eres más execrable que la peste y que la guerra romana! -Las provincias tiemblan ante tu furor; los surcos están llenos de -cadáveres. Yo he seguido el rastro de tus devastaciones, como si fuera -detrás de Moloch.</p> - -<p>Matho se levantó de un salto; orgullo colosal le hinchaba el pecho: -se veía exaltado como un dios.</p> - -<p>Salambó continuó diciendo:</p> - -<p>—Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste a mi casa, -mientras yo dormía, envuelto en el zaimph. No entendí tus palabras, -pero comprendí que querías llevarme al fondo de un abismo.</p> - -<p>Matho, retorciéndose los brazos, exclamó:</p> - -<p>—¡No!, ¡no! Era para dártelo, para<span class="pagenum" -id="Page_392">p. 392</span> entregártelo. Me parecía que la diosa había -dejado su vestido para ti, y que te pertenecía. En su templo o en tu -casa, ¿qué importa? ¿No eres tú omnipotente, inmaculada, radiante y -bella como Tanit?</p> - -<p>Y con una mirada llena de adoración infinita, agregó:</p> - -<p>—¡A menos que seas tú la misma Tanit!</p> - -<p>—¿Yo, Tanit?...</p> - -<p>No hablaron más. El trueno retumbaba a lo lejos. Balaban los -carneros, asustados por la tempestad.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Acércate —dijo él—, acércate! No temas nada. Antes yo no -era más que un soldado obscuro entre los mercenarios, tan dócil que -llevaba para los otros leña a las espaldas. ¡Qué me importa Cartago! -La multitud de su gente se agita como perdida en el polvo de tus -sandalias, y todos sus tesoros y provincias, naves e islas no me -causan la envidia que el frescor de tus labios y el torneado de tus -hombros. ¡Si quise derribar sus murallas fue con el fin de llegar -hacia ti, de poseerte! Entretanto, me vengaba.<span class="pagenum" -id="Page_393">p. 393</span> Ahora, aplasto los hombres como conchas y -me arrojo sobre las falanges, aparto las lanzas con la mano, detengo -a los caballos por las narices; no me mataría una catapulta. ¡Oh! -¡Si supieras cuánto pienso en ti, durante la guerra! El recuerdo de -un gesto, de un pliegue de tu vestido, me sobrecoge de pronto y me -aprisiona como una red. Veo tus ojos en las llamas de las faláricas y -en el dorado de los escudos. Oigo tu voz en el sonido de los címbalos. -Me vuelvo, no te veo, y me distraigo guerreando.</p> - -<p>Levantaba el brazo, en el que las venas se entrecruzaban como lianas -en las ramas del árbol. Sudaba su pecho, de músculos cuadrados, y su -respiración agitaba sus costados juntamente con el cinturón adornado -de cintas que caían hasta sus rodillas, más duras que el mármol. -Salambó, acostumbrada a los eunucos, se asombraba de la fuerza de este -hombre. Era el castigo de la diosa o la influencia de Moloch, que -circulaba alrededor de ella, en los cinco ejércitos. Se sentía débil; -escuchaba con estupor el grito intermitente<span class="pagenum" -id="Page_394">p. 394</span> de los centinelas, contestándose unos a -otros.</p> - -<p>Las llamas de la lámpara oscilaban movidas por ráfagas de aire -caliente. A intensos resplandores sucedía la obscuridad, y Salambó no -veía más que las pupilas de Matho, como dos ascuas en la noche. Estaba -persuadida de que una fatalidad pesaba sobre ella, que estaba abocada a -un momento supremo, irrevocable, y haciendo un esfuerzo subió hasta el -zaimph y levantó las manos para cogerlo.</p> - -<p>—¿Qué haces? —exclamó Matho.</p> - -<p>Respondió ella plácidamente:</p> - -<p>—Me vuelvo a Cartago.</p> - -<p>Matho fue a ella con los brazos cruzados y con aire tan terrible que -Salambó quedó como clavada en el suelo.</p> - -<p>—¡Volverte a Cartago! ¡Volverte a Cartago! ¿De modo que has venido -para coger el zaimph, para vencerme, y luego desaparecer? ¡No, no; -tú me perteneces, y nadie te arrancará ahora de aquí! ¡Oh! ¡No he -olvidado la insolencia de tus ojos y cómo me aplastabas desde la altura -de tu belleza! Ahora me toca a mí; eres mi<span class="pagenum" -id="Page_395">p. 395</span> cautiva, mi esclava, mi servidora. Llama, -si te parece, a tu padre con su ejército, a los Ancianos, a los Ricos, -a toda la execrable Cartago. ¡Soy el amo de trescientos mil soldados! -Iré a buscar más a Lusitania, a las Galias y en el fondo del desierto, -y destruiré tu ciudad y quemaré sus templos; las trirremes navegarán -sobre olas de sangre. ¡No quiero que quede ni una casa, ni una piedra, -ni una palmera! ¡Y si me faltan los hombres, llamaré a los osos de -las montañas y empujaré a los leones! ¡No trates de huir, porque te -mato!</p> - -<p>Pálido, y con los puños crispados, temblaba como arpa cuyas -cuerdas van a estallar. De pronto, le ahogaron los sollozos y, casi -humillándose, añadió:</p> - -<p>—¡Ah! ¡Perdóname! ¡Soy más infame y más vil que los escorpiones, -que el fango y el polvo! Cuando tú hablabas, tu aliento ha pasado por -mi cara, deleitándome como a un moribundo que bebe de bruces al borde -de un arroyo. ¡Aplástame, con tal que sienta tus pies! ¡Maldíceme, con -tal<span class="pagenum" id="Page_396">p. 396</span> que oiga tu voz! -¡No te vayas, por compasión! ¡Te amo! ¡Te amo!</p> - -<p>Estaba de rodillas ante ella; la ceñía el talle con ambos brazos, -con la cabeza hacia atrás y las manos inquietas; los discos de oro -colgados de sus orejas brillaban sobre su cuello de bronce; gruesas -lágrimas brotaban de sus ojos, parecidos a globos de plata; suspiraba -de un modo acariciador, y murmuraba vagas palabras, blandas como la -brisa y suaves como un beso.</p> - -<p>Salambó sentíase invadida por una laxitud que la hacía perder la -conciencia de sí misma. Algo, a la vez íntimo y superior, una orden de -los dioses la obligaba a entregarse, y desfallecida, se dejó caer en el -lecho sobre las pieles de león. Matho la cogió de los pies, estalló la -cadenilla de oro, y al volar las dos puntas hirieron la tela como dos -víboras furiosas. El zaimph cayó, envolviéndoles. Salambó vio la cabeza -de Matho sobre su seno.</p> - -<p>—¡Moloch! ¡Tú me quemas!</p> - -<p>Y los besos del soldado, más devoradores que llamas, la envolvían; -sentíase como arrastrada por el huracán,<span class="pagenum" -id="Page_397">p. 397</span> como quemada por la fuerza del sol.</p> - -<p>Matho la besaba los dedos de las manos, los brazos, los pies y las -largas trenzas de sus cabellos de un extremo a otro.</p> - -<p>—¡Llévatelo! —la decía—. ¿Qué me importa? Llévame también contigo. -¡Abandono el ejército, renuncio a todo! Más allá de Gades, a veinte -días de mar, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdor y -de pájaros. Grandes flores llenas de perfumes se balancean en las -montañas, como eternos incensarios; en los limoneros, más altos que -cedros, las serpientes de color de leche hacen caer las frutas en -el césped con los diamantes de sus fauces; el aire es tan suave que -impide morir. ¡Oh! ¡Verás cómo yo la encontraré! Viviremos en grutas de -cristal, talladas al pie de las colinas. Nadie la habita aún, y yo seré -el rey de aquella tierra.</p> - -<p>Limpió el polvo de sus coturnos; quería que ella pusiera entre sus -labios un pedazo de granada; amontonó vestidos detrás de su cabeza -para hacerle una almohada. Buscaba los medios<span class="pagenum" -id="Page_398">p. 398</span> de servirla, de humillarse, y hasta llegó a -extender sobre sus piernas el zaimph, como un sencillo tapiz.</p> - -<p>—¿Conservas —la dijo— los cuernecillos de gacela de que cuelgas tus -collares? ¡Me los darás; los quiero!</p> - -<p>Hablaba como si hubiera terminado la guerra y se sonreía; los -mercenarios, Amílcar, todos los obstáculos habían desaparecido para él. -La luna resplandecía entre dos nubes, y ellos la veían por una abertura -de la tienda.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Cuántas noches he pasado contemplándola! Me parecía un velo -que ocultaba tu rostro, y que tú me mirabas tras ella; tu recuerdo se -mezclaba con sus destellos; no os diferenciaba una de otra.</p> - -<p>Y con la cabeza entre los senos de ella lloraba a lágrima viva.</p> - -<p>—¡Es este el hombre formidable que hace temblar a Cartago! —pensaba -Salambó.</p> - -<p>Matho se durmió. Entonces, Salambó, desprendiéndose de sus brazos, -puso un pie en tierra y advirtió que se había roto su cadeneta. -Acostumbraban las vírgenes de alta alcurnia<span class="pagenum" -id="Page_399">p. 399</span> respetar esta traba como algo religioso, y -Salambó, ruborizándose, arrolló alrededor de sus piernas los dos trozos -de la cadena de oro.</p> - -<p>Cartago, Megara, su casa, su habitación y los campos que había -atravesado se amontonaban en su memoria en imágenes tumultuosas, y, -sin embargo, precisas. Pero el abismo abierto ahora las ponía lejos de -ella, a infinita distancia.</p> - -<p>Cesaba la tempestad, pero algunas gotas que caían hacían oscilar el -techo de la tienda.</p> - -<p>Matho, como un hombre ebrio, dormía de lado, con un brazo colgando -del borde del lecho. Su cinta de perlas estaba algo subida y descubría -la frente. Una sonrisa separaba sus dientes, que brillaban entre su -negra barba, y en sus párpados entreabiertos se advertía una alegría -silenciosa, casi ultrajante.</p> - -<p>Salambó le contemplaba inmóvil, con la cabeza baja y las manos -cruzadas.</p> - -<p>A la cabecera del lecho se veía un puñal sobre una mesa de ciprés; -la<span class="pagenum" id="Page_400">p. 400</span> vista de esta hoja -brillante la inflamó de un deseo sanguinario. A lo lejos oía voces -quejumbrosas que la solicitaban como genios. Se acercó, cogiendo el -puñal por el mango. Al ruido del roce de su ropa, Matho abrió los ojos, -y poniendo los labios en su mano, cayó el puñal.</p> - -<p>Se oyeron gritos; una espantosa claridad fulguraba detrás de la -tienda. Se asomó Matho y vio que ardía el campo de los libios.</p> - -<p>Ardían sus chozas de caña, retorciéndose los tallos y estallando -entre la humareda como flechas; en el rojizo horizonte se veían correr -desoladas sombras negras. Oíanse los alaridos de los que estaban en las -cabañas; los elefantes, los bueyes y los caballos saltaban en medio de -la turba, aplastándola entre las municiones y los bagajes que salvaban -del incendio. Sonaban las trompetas. Gritaban: «¡Matho! ¡Matho!» Y la -gente que estaba en la puerta quería entrar.</p> - -<p>—¡Ven! —dijo Matho a Salambó—; Amílcar ha incendiado el campamento -de Autharita.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_401">p. 401</span>De un salto se echó -afuera, y Salambó se encontró sola.</p> - -<p>Entonces ella examinó el zaimph; y cuando lo hubo contemplado a su -sabor, quedó sorprendida de no gozar la dicha que se había imaginado. -Se quedó melancólica ante su sueño realizado.</p> - -<p>Pero el fondo de la tienda se levantó y apareció una forma -monstruosa. Salambó no vio de pronto más que dos ojos y una larga barba -blanca que llegaba al suelo, porque el resto del cuerpo, embarazado -por los andrajos, se arrastraba por la tierra; a cada movimiento para -andar, las dos manos entraban en la barba, y en seguida volvían a caer. -Arrastrándose así, llegó hasta los pies de Salambó, y esta reconoció al -viejo Giscón.</p> - -<p>En efecto: los mercenarios, para evitar que los antiguos cautivos -huyeran, les cortaron las piernas a golpes de barras de cobre, -dejándolos que se pudrieran juntos en una fosa llena de inmundicias. -Los más robustos, así que oían el ruido de las gamellas, se levantaban -gritando, y así es como<span class="pagenum" id="Page_402">p. -402</span> Giscón había visto a Salambó. Había adivinado una -cartaginesa en las pequeñas bolas de sandastro que golpeaban en -los coturnos, y presintiendo un gran misterio, auxiliado por los -compañeros, consiguió salir del foso; luego, ayudándose con los codos -y las manos, se arrastró veinte pasos más lejos, hasta la tienda de -Matho. Percibió el ruido de dos voces, escuchó desde afuera y lo oyó -todo.</p> - -<p>—¡Eres tú! —preguntó Salambó medio asustada.</p> - -<p>Alzándose sobre sus puños, él replicó:</p> - -<p>—¡Sí; soy yo! ¿Me creías muerto, verdad? ¡Ah! ¿Por qué los Baales no -me han concedido esta misericordia?... Así me hubieran evitado la pena -de maldecirte.</p> - -<p>Salambó se echó vivamente hacia atrás; tal era el miedo que sentía -de aquel ser inmundo, repugnante como una larva y terrible como un -fantasma.</p> - -<p>—Pronto cumpliré cien años —continuó Giscón—. He conocido a -Agatocles; he visto a Régulo y las águilas<span class="pagenum" -id="Page_403">p. 403</span> romanas pasar sobre las cosechas de los -campos púnicos. He visto todos los espantos de las batallas y el mar -obstruido con los restos de nuestras flotas. Los bárbaros que yo mandé -me han encadenado por los cuatro miembros, como a un esclavo homicida. -Mis compañeros, uno tras otro, se van muriendo a mi lado; el olor de -sus cadáveres me despierta de noche; espanto los pájaros que vienen a -picotearles los ojos; y, sin embargo, ni un solo día he desesperado de -Cartago. Aun cuando hubiera visto todos los ejércitos del mundo contra -ella, y las llamas del incendio rebasar la altura de sus templos, -todavía hubiera creído en su eternidad. ¡Pero ahora, todo ha concluido, -todo se perdió! ¡Los dioses la execran! ¡Maldita seas, porque con tu -ignominia has precipitado su ruina!</p> - -<p>Salambó quiso hablar.</p> - -<p>—¡Ah, he sido testigo! —le interrumpió Giscón—. Te he oído gemir -de amor como una prostituta; él te explicaba su deseo y tú te -dejabas besar las manos. ¡Ya que el ardor de<span class="pagenum" -id="Page_404">p. 404</span> tu impudicia te empujaba, debiste hacer al -menos como las bestias feroces, que se ocultan en sus ayuntamientos, y -no deshonrarte ante los ojos de tu padre!</p> - -<p>—¡Cómo! —interrumpió ella.</p> - -<p>—¡Ah! ¿No sabes que los dos campos están separados sesenta codos uno -de otro, y que tu Matho, por exceso de orgullo, está acampado frente -a Amílcar? Allí, detrás de ti está tu padre; si yo pudiera subir el -sendero que lleva a la planicie, le gritaría: ¡Ven Amílcar, ven a ver a -tu hija en brazos de un bárbaro! Se ha puesto, para agradarle, el manto -de la Diosa, y, al abandonar su cuerpo, entrega con la gloria de tu -nombre, la majestad de los dioses, la venganza de la patria, la misma -salvación de Cartago.</p> - -<p>El movimiento de su boca desdentada agitaba su luenga barba; sus -ojos devoraban a Salambó, y no dejaba de repetir, jadeante:</p> - -<p>—¡Sacrílega! ¡Maldita seas! ¡Maldita, maldita!</p> - -<p>Salambó había apartado el velo, y<span class="pagenum" -id="Page_405">p. 405</span> teniéndolo levantado en la mano, miraba del -lado de Amílcar.</p> - -<p>—¿Es por aquí, no es verdad? —preguntó a Giscón.</p> - -<p>—¿Qué te importa? ¡Vuélvete! ¡Vete! ¡Húndete en la tierra! Es un -lugar santo que manchas con la vista.</p> - -<p>Salambó se arrolló el zaimph alrededor del talle, se puso -rápidamente sus velos, su manto y banda, y exclamando «¡Corro allá!», -desapareció.</p> - -<p>Primeramente anduvo entre tinieblas sin encontrar a nadie, porque -todos habían acudido al incendio; redoblaba el clamor, y grandes llamas -enrojecían el cielo. Una amplia terraza la detuvo.</p> - -<p>Dio una vuelta, buscando en todas direcciones una escala, una -cuerda, una piedra, algo en fin, para ayudarse a bajar. Tenía miedo -de Giscón y le parecía que la perseguían gritos y pasos. Empezaba a -alborear. Vio un sendero en el espesor del atrincheramiento. Cogió con -los dientes la cola de su vestido, que la estorbaba, y en tres saltos -se encontró en la plataforma.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_406">p. 406</span>Un grito sonoro -estalló encima de ella, en la sombra; el mismo que había oído al pie -de la escalera de las galeras; inclinándose, reconoció al hombre de -Schahabarim, con los caballos del diestro.</p> - -<p>Había ido errante toda la noche entre los dos campos; después, -inquieto por el incendio, se había vuelto atrás, tratando de ver lo que -pasaba en el vivac de Matho; y como sabía que aquel sitio era el más -próximo a su tienda, no se había movido, obedeciendo al sacerdote.</p> - -<p>Montó de pie sobre uno de los caballos, Salambó se dejó caer en sus -brazos, y ambos huyeron al galope, dando un rodeo, al campo púnico, -para buscar una entrada por cualquier parte.</p> - - -<p class="mt2">Cuando Matho entró en su tienda, la lámpara, humeante, -alumbraba apenas, y creyó que Salambó estaba dormida. Palpó -delicadamente la piel de león, en la cama de palma. Llamó, y no -respondió nadie; arrancó vivamente un pedazo de tela para que<span -class="pagenum" id="Page_407">p. 407</span> entrara la luz del día, y -vio que el zaimph había desaparecido.</p> - -<p>Temblaba la tierra bajo pasos precipitados; gritos, relinchos, -choques de armaduras hendían los aires, y las fanfarrias de los -clarines tocaban ataque. Era como un huracán que se arremolinaba en -torno de él. Un furor desordenado le hizo saltar sobre sus armas y se -lanzó afuera.</p> - -<p>Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la montaña, y los -cuadrados púnicos avanzaban a su encuentro, con oscilación pesada y -regular. La niebla, deshecha por el sol, formaba nubecillas movibles -que, poco a poco, dejaban ver al descubierto estandartes, cascos y las -puntas de las picas. Ante sus rápidas evoluciones, algunas porciones -de terreno todavía en la sombra, parecían cambiar de sitio en bloque; -hubiérase dicho que eran torrentes que se entrecruzaban con masas -inmóviles y espinosas entre ellos. Matho veía a capitanes, soldados, -heraldos y criados montados en asnos. En vez de conservar su posición -para cubrir la infantería, Narr-Habas dio<span class="pagenum" -id="Page_408">p. 408</span> un rápido cambio de frente a la derecha, -como si quisiera hacerse aplastar por Amílcar.</p> - -<p>Sus jinetes rebasaron la línea de los elefantes que se acercaban, -y todos los caballos, alargando la cabeza sin bridas, galopaban con -tal furia, que parecían tocar la tierra con el viento. De repente, -Narr-Habas marchó resueltamente hacia un centinela. Arrojó su espada, -su lanza y sus azagayas, y desapareció en medio de los cartagineses.</p> - -<p>El rey de los númidas llegó a la tienda de Amílcar, y le dijo, -mostrándole su caballería, que estaba parada a distancia:</p> - -<p>—¡Barca, te traigo mis jinetes: son tuyos!</p> - -<p>Se arrodilló en señal de esclavitud, y para probar su fidelidad, -explicó su conducta desde el principio de la guerra. Primero, había -impedido el sitio de Cartago y la matanza de los cautivos; después, no -se había aprovechado de la victoria contra Hannón, cuando la derrota -de Útica. En cuanto a las ciudades tirias, estaban en las<span -class="pagenum" id="Page_409">p. 409</span> fronteras de su reino. -Tampoco había asistido a la batalla del Macar, porque se ausentó -expresamente para eludir la obligación de combatir al Sufeta.</p> - -<p>En efecto: Narr-Habas había querido engrandecerse con usurpaciones -de provincias púnicas, ayudando o abandonando a los mercenarios según -venían bien o mal dadas; pero convencido de que Amílcar sería el más -fuerte en definitiva, se pasó a su partido. Quizás intervino en esta -defección el odio contra Matho a causa del mando o de su antiguo -amor.</p> - -<p>El Sufeta le oyó sin cortarle la palabra. No era de desdeñar el -hombre que así se presentaba en un ejército que le debía tantas -venganzas; Amílcar adivinó en seguida la utilidad de tal alianza para -sus grandes proyectos. Con los númidas, se desprendería de los libios; -llevaría el Occidente a la conquista de Iberia, y sin preguntar al -númida por qué no había acudido antes, ni tratar de deshacer ninguna de -las mentiras, besó a Narr-Habas,<span class="pagenum" id="Page_410">p. -410</span> restregando tres veces su pecho contra el suyo.</p> - -<p>Había incendiado el campo de los libios para terminar y por -desesperación. Los númidas le llegaban como un socorro de los dioses: -disimulando su alegría, contestó:</p> - -<p>—¡Favorézcante los Baales! Ignoro lo que hará por ti la República, -pero Amílcar no es ingrato.</p> - -<p>Redoblaba el tumulto; entraban los capitanes. El Sufeta se armó al -tiempo que hablaba:</p> - -<p>—¡Vamos! Con tus jinetes batirás su infantería entre tus elefantes y -los míos. ¡Valor! ¡Exterminio!</p> - -<p>Narr-Habas iba a precipitarse, cuando se presentó Salambó. Saltó -rápida de su caballo, abrió su ancho manto, apartó los brazos y -desplegó el zaimph.</p> - -<p>La tienda de cuero, levantada en las esquinas, dejaba ver toda la -falda de la montaña, cubierta de soldados, y como estaba en el centro, -se veía a Salambó de todos los lados. Un clamor inmenso, un prolongado -grito de triunfo y de esperanza estalló.</p> - -<p>Los que estaban en marcha, se pararon;<span class="pagenum" -id="Page_411">p. 411</span> los moribundos, apoyándose en los codos, -se volvían para bendecirla. Sabían ahora los bárbaros que ella había -recobrado el zaimph; la veían de lejos, y otros gritos, pero de rabia -y de venganza, resonaban entre los ejércitos de los cartagineses. Los -cinco ejércitos, desplegándose en la montaña, pateaban y daban alaridos -alrededor de Salambó.</p> - -<p>Amílcar, sin poder hablar, le daba las gracias con señales de -cabeza. Sus miradas iban alternativamente del zaimph a ella, y advirtió -que tenía rota su cadeneta. Amílcar se estremeció, acuciado por -terrible sospecha; pero recobrando su impasibilidad, miró de reojo a -Narr-Habas, sin volver la cara.</p> - -<p>El rey de los númidas se mantenía aparte, en actitud discreta; -llevaba en la frente un poco del polvo que había tocado al -prosternarse. El Sufeta se adelantó hacia él, y con aire grave le -dijo:</p> - -<p>—En recompensa de los servicios que me has prestado, Narr-Habas, te -doy mi hija. Sé tú mi hijo, y defiende a tu padre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_412">p. 412</span>Narr-Habas hizo -un gesto de profunda sorpresa; luego, le cubrió las manos de besos. -Salambó, en calma como una estatua, parecía no comprender. Se ruborizó, -bajó los párpados, y sus largas cejas encorvadas sombreaban sus -mejillas.</p> - -<p>Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales indisolubles. -Puso en las manos de Salambó una lanza, que ella ofreció a Narr-Habas; -les ató los pulgares con una tira de buey y les derramó trigo sobre la -cabeza; los granos que caían junto a ellos, sonaron como granizo que -rebota.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_413">p. 413</span></p> - <h2 class="nobreak" title="XII. EL ACUEDUCTO">XII</h2> - <p class="subh2">EL ACUEDUCTO</p> -</div> - -<p>Doce horas después, solo quedaba de los mercenarios un montón de -heridos, de muertos y de moribundos.</p> - -<p>Amílcar, saliendo bruscamente del fondo del desfiladero, había -bajado por la pendiente occidental que mira a Hippo-Zarita, y como el -espacio en este sitio era más ancho, allí había atraído a los bárbaros. -Narr-Habas los había envuelto con su caballería; el Sufeta, en tanto, -los rechazaba y aniquilaba; además, estaban materialmente vencidos por -la pérdida del zaimph; los mismos que no cuidaban de él, sintieron -angustia y debilidad. Amílcar, sin pretender vivaquear en el campo de -batalla, se retiró algo más lejos, a la izquierda, sobre unas alturas -desde las cuales los dominaba.</p> - -<p>Se conocían los campos por la forma de las empalizadas inclinadas. -Un gran montón de cenizas humeaba en<span class="pagenum" -id="Page_414">p. 414</span> el sitio del de los libios; el suelo, -removido, tenía ondulaciones como el mar, y las tiendas, hechas -jirones, parecían bajeles perdidos en los escollos. Corazas, -horquillas, clarines, pedazos de madera, de hierro y de cobre; trigo, -paja y ropas se confundían con los cadáveres; aquí y acullá alguna -falárica, a punto de apagarse, ardía entre un montón de bagajes; la -tierra, en ciertos sitios, desaparecía bajo los escudos; las carroñas -de las caballerías se sucedían como una serie de montículos; se veían -piernas, sandalias, brazos, cotas de malla y cabezas sin cascos, -sostenidas por las carrilleras y que rodaban como bolas; en lagos de -sangre, los elefantes, con las entrañas abiertas agonizaban echados con -sus torres; se andaba encima de cosas pegajosas y había barrizales, -aunque no había llovido.</p> - -<p>Esta confusión de cadáveres cubría toda la montaña, de arriba abajo. -Los sobrevivientes estaban tan callados como los muertos; agazapados en -grupos, se miraban asustados y sin hablar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_415">p. 415</span>Al extremo de una -larga pradera, el lago de Hippo-Zarita resplandecía al sol poniente. -A la derecha, blancas casas aglomeradas rebasaban un cinturón de -murallas; seguía el mar, ensanchándose indefinidamente. Los bárbaros, -pensativos, suspiraban, pensando en sus patrias. Caía una nube de polvo -gris.</p> - -<p>Sopló el viento de la noche, y todos los pechos se ensancharon; a -medida que aumentaba el fresco, era de ver cómo los gusanos abandonaban -los muertos que se enfriaban y corrían a la arena caliente. Sobre las -grandes piedras, los cuervos, inmóviles, montaban la guardia a los -agonizantes.</p> - -<p>Cuando fue completamente de noche, unos perros de piel amarilla, -bestias inmundas que seguían a los ejércitos, se acercaron calladamente -a los bárbaros. Bebieron los chorros de sangre que manaban de los -muñones todavía calientes, y devoraron los cadáveres, empezando por el -vientre.</p> - -<p>Los fugitivos reaparecían de uno en uno, como sombras; las -mujeres se atrevieron a volver, pues quedaban<span class="pagenum" -id="Page_416">p. 416</span> algunas a pesar de la matanza que hicieron -los númidas.</p> - -<p>Algunos se sirvieron de cabos de cuerda para encender antorchas; -otros guardaban sus picas. Si tropezaban con algún cadáver, lo echaban -a un lado.</p> - -<p>Los encontraban extendidos en largos rimeros, de espaldas, con la -boca abierta, con sus lanzas al lado; o bien, apilados en montón, y a -menudo, para ver los que faltaban, había que remover todo el montón. -En seguida le arrimaban la antorcha a la cara. Horribles armas les -habían producido heridas complicadas. Jirones verdosos colgaban de -sus frentes; estaban tajados a pedazos, aplastados hasta la médula, -estrangulados o hendidos por los colmillos de los elefantes. Aunque -muertos al mismo tiempo, no estaban igualmente corrompidos. Los -hombres del Norte aparecían inflados por una hinchazón lívida; los -africanos, más nerviosos, tenían aspecto de ahumados, y se iban -secando. Se reconocía a los mercenarios en los tatuajes de sus manos; -los veteranos de Antíoco<span class="pagenum" id="Page_417">p. -417</span> llevaban un gavilán; los que habían servido en Egipto, la -cabeza de un cinocéfalo; los alquilados a príncipes de Asia, un hacha, -una granada o un martillo; y si a las Repúblicas griegas, el perfil -de una ciudadela o el nombre de un arconte. Los había con los brazos -enteramente cubiertos por estos símbolos, mezclados con cicatrices y -nuevas heridas.</p> - -<p>Se encendieron cuatro hogueras para los muertos de raza latina: -samnitas, etruscos, campanios y brucios. Los griegos cavaron fosas con -las puntas de sus espadas; los espartanos envolvieron en sus mantos a -sus difuntos; los atenienses los extendían mirando al sol levante; los -cántabros los enterraban bajo un montón de piedras; los nasamones los -doblaban en dos, con correas de bueyes, y los garamantes los sepultaban -en la playa, para que las olas los bañaran perpetuamente. Los latinos -se entristecían por no poder encerrar las cenizas en urnas; los nómadas -echaban de menos el calor de las arenas, que momifican los cadáveres; -y los celtas,<span class="pagenum" id="Page_418">p. 418</span> tres -piedras bastas, bajo un cielo lluvioso, en el fondo de un golfo -tormentoso.</p> - -<p>Se oían vociferaciones, seguidas de un prolongado silencio: era para -obligar las almas a volver; y los clamores se sucedían obstinadamente, -a intervalos regulares.</p> - -<p>Se excusaban con los muertos de no poder honrarlos, como prescribían -sus ritos; porque por esta causa, irían las almas errantes en períodos -infinitos a través de mil azares y metamorfosis; se las invocaba, -preguntándoles lo que deseaban; otros abrumaban de injurias a los -muertos por haberse dejado vencer.</p> - -<p>El resplandor de las grandes hogueras empalidecía las caras -exangües, entre los restos de armaduras; las lágrimas excitaban otras -lágrimas, los gemidos se hacían más agudos, los reconocimientos y los -abrazos, más frenéticos. Las mujeres se echaban sobre los cadáveres, -boca con boca, frente con frente; había que golpearlas para que se -retiraran cuando los enterraban. Se ennegrecían las mejillas,<span -class="pagenum" id="Page_419">p. 419</span> se cortaban los cabellos; -se extraían sangre y la arrojaban en la fosa; se hacían cortes a -imitación de las heridas que desfiguraban sus muertos. Estallaban -rugidos a través del ruido de los címbalos. Algunos se arrancaban sus -amuletos, escupiéndolos encima. Los moribundos se contraían en el -fango ensangrentado, mordiéndose, de rabia, los puños mutilados; y -cuarenta y tres samnitas, en la flor de la edad, se mataron entre sí, -como gladiadores. Muy pronto faltó leña para las hogueras, se apagaron -las llamas; todos los sitios estaban ocupados; y cansados de gritar, -débiles y vacilantes, se durmieron al lado de sus hermanos muertos; los -que quedaban con vida llenos de inquietudes, y algunos con deseos de no -despertar.</p> - - -<p class="mt2">Con la luz del alba, aparecieron en los límites de los -bárbaros algunos soldados que desfilaban con cascos en la punta de -las picas, que, saludando a los mercenarios, les preguntaban si no -encargaban nada para sus patrias.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_420">p. 420</span>Se acercaron otros, -y los bárbaros reconocieron a algunos de sus antiguos camaradas.</p> - -<p>El Sufeta había propuesto a los cautivos que sirvieran en -sus tropas. Muchos rehusaron intrépidamente; pero resuelto a -no alimentarlos ni abandonarlos al Gran Consejo, los despidió, -ordenándoles no combatir más a Cartago. Respecto a aquellos a quienes -el miedo a los suplicios hizo dóciles, se les distribuyó las armas del -enemigo, y estos eran los que se presentaban a los vencidos, menos por -reducirlos que por vanidad o curiosidad.</p> - -<p>Contaban, en primer lugar, el buen trato del Sufeta, y los bárbaros -lo oían envidiándolos, por más que los despreciaban. A las primeras -palabras de reproche, los cobardes se irritaron; de lejos, les -enseñaban sus propias espadas y corazas, invitándolos con injurias -a que vinieran a tomarlas. Los bárbaros cogieron piedras, y todos -huyeron, y ya no se vio en la cima de la montaña sino las puntas<span -class="pagenum" id="Page_421">p. 421</span> de las lanzas rebasando el -borde de las empalizadas.</p> - -<p>Un dolor más pesado que la humillación de la derrota abrumó a los -bárbaros. Pensaban en la inutilidad de su valor. Se quedaron con los -ojos fijos, rechinando los dientes.</p> - -<p>A todos les asaltó la misma idea. Se precipitaron en tumulto sobre -los prisioneros cartagineses. Los soldados del Sufeta no habían podido -descubrirlos, y como estos se habían retirado del campo de batalla, aún -estaban aquellos en el foso profundo.</p> - -<p>Se les alineó en otro sitio llano. Los centinelas hicieron un -círculo alrededor de ellos, entregándolos a las mujeres por tandas -de treinta y cuarenta. Queriendo aprovechar el poco tiempo que se -les daba, corrían estas del uno al otro, inciertas y palpitantes; e -inclinadas sobre los cuerpos, los golpeaban con los brazos, como las -lavanderas golpean la ropa; aullando el nombre de sus maridos, los -laceraban con las uñas y les reventaron los ojos con las agujas de -sus cabellos. Vinieron después los hombres, y<span class="pagenum" -id="Page_422">p. 422</span> les atormentaron los pies, cortándoles la -piel desde los tobillos hasta la frente, arrancando tiras, con las que -se ceñían la cabeza. Los «Comedores de cosas inmundas» imaginaron mil -atrocidades: envenenaban las heridas, echándoles polvos, vinagre y -cascos de loza; otros se ponían detrás y bebían la sangre que corría, -como hacen los vendimiadores alrededor de las cubas de mosto.</p> - -<p>A todo esto, Matho estaba sentado en el suelo, en el mismo sitio -donde le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada veía ni -oía.</p> - -<p>Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la cabeza y vio ante -sí un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo confusamente -cestos, tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se -clavaron en el suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se -hubiera hundido en la tierra.</p> - -<p>La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus largas tiras se -desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la huella -de<span class="pagenum" id="Page_423">p. 423</span> una mano: era -la de la mano de Narr-Habas, señal de su alianza. Matho se levantó; -tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos de su tienda, -desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó hacia las -llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada.</p> - -<p>De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde salía, apareció -Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos astillas -de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba.</p> - -<p>—¡Apártate de aquí! —le dijo Matho—; sé que eres un valiente.</p> - -<p>Estaba tan aplastado por la injusticia de los dioses, que le -faltaban fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le hizo -una señal y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos -Zarxas y Autharita.</p> - -<p>Habían huido como el esclavo, a pesar de su crueldad y de su -valentía. ¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas, en -el incendio de los libios, en la pérdida del zaimph, en el<span -class="pagenum" id="Page_424">p. 424</span> súbito ataque de Amílcar y, -sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de la montaña, -bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no confesaba su -terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota.</p> - -<p>Por fin, los tres caudillos y el schalischim consultaron lo que se -debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago; estaban entre -los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las ciudades -tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al borde -del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente.</p> - -<p>No había medio de evitar la guerra: por el contrario, era preciso -continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender la necesidad -de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía -sangrando de sus heridas?</p> - -<p>—¡Yo me encargo! —dijo Espendio.</p> - -<p>Dos horas después, un hombre que venía del lado de Hippo-Zarita, -subía corriendo la montaña. Agitaba unas<span class="pagenum" -id="Page_425">p. 425</span> tablillas en el extremo del brazo, y como -gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon.</p> - -<p>Era un enviado de los soldados griegos de la Cerdeña, que -recomendaban a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás -cautivos, porque un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de -Cartago, les había enterado de un complot organizado para hacerles -evadir; por lo que exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues -la República era poderosa.</p> - -<p>La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el resultado que él -esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de excitar su -furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en -los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo -imprevisto y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos -dejaron las armas, con el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este -se presentara.</p> - -<p>Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del día, se presentó -otro correo, más agitado y más lleno de<span class="pagenum" -id="Page_426">p. 426</span> polvo. Espendio le arrancó de las manos -un rollo de papiro escrito en fenicio, en el que se suplicaba a los -mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes de Túnez iban a -venir con grandes refuerzos.</p> - -<p>Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a hombros de dos -capadocios, se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y arengando -a todos por espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba -las promesas del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los -intendentes; a todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta -era un cebo para perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos -como esclavos; los vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por -qué caminos? Ningún pueblo querría recibirlos. Pero continuando sus -esfuerzos, obtendrían, a un tiempo, libertad, venganza y dinero, sin -que tuvieran que esperar mucho tiempo, porque la gente de Túnez y -toda la Libia se precipitaban a socorrerlos. Y enseñaba el pergamino -estirado: «¡Mirad!<span class="pagenum" id="Page_427">p. 427</span> -¡Leed! Aquí están sus promesas. Yo no miento.»</p> - -<p>Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo. Un sol de fuego -quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba de los -cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de -tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que -decía, y concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar.</p> - -<p>Matho le estaba observando, y Espendio, para disimular su cobardía, -fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando a los dioses, -acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos era -un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás, -como ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus -intenciones! ¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión! -¡Se conocerán los buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza -del golpe!»</p> - -<p>Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos alentaban -todavía;<span class="pagenum" id="Page_428">p. 428</span> se les -remató hundiéndoles el talón en la boca, o bien apuñalándolos con la -punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón. No se le veía en -ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo convencerse de -su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron tres pastores -samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la tienda de -Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los demás.</p> - -<p>Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas las rodillas, -tenía el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la -respiración movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara -extremadamente pálida, miraban de un modo continuo e intolerable.</p> - -<p>Los bárbaros le miraron al principio con gran asombro. Durante el -tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos por antiguos -recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la -mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban, -cuando un<span class="pagenum" id="Page_429">p. 429</span> garamante -atravesó la multitud blandiendo una guadaña. Comprendieron todos su -intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!»</p> - -<p>El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le cogió por la -cabeza y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó, -vertiendo dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. -Zarxas saltó encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los -cartagineses. Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho -la cabeza de Giscón y, cogiéndola por la barba y dándole vueltas -muchas veces, la lanzó describiendo una parábola por encima del campo -púnico.</p> - -<p>A todo esto se alzaron en el borde de las empalizadas estandartes -entrelazados como señal convenida para reclamar los cadáveres. Cuatro -heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con grandes -clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre -cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad, ni -dioses, y que rehusaban por<span class="pagenum" id="Page_430">p. -430</span> adelantado a toda negociación, reexpidiendo a los -parlamentarios con las manos cortadas.</p> - -<p>Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita en busca de -víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron ávidamente, -y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de sus -bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de -los heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo -la orilla del río, con paso rápido, como manada de lobos que se -alejan.</p> - -<p>Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla, porque necesitaban una -ciudad.</p> - - -<p class="mt2">Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no obstante -el orgullo que sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente -atacarlos en seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se -acababa la guerra. Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades -tirias se unirían a ellos; la clemencia con los vencidos habría sido -inútil.<span class="pagenum" id="Page_431">p. 431</span> Tomó la -resolución de ser implacable.</p> - -<p>Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un dromedario cargado de -brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles amenazas que -le enviaran otro ejército.</p> - -<p>Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer la victoria -experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del zaimph, -anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de -Cartago parecía que le pertenecían ahora.</p> - -<p>Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni una recriminación. -Por el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los otros, antes -del término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil hombres, -el cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en -tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían -desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros.</p> - -<p>Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el ejército a su -teniente Magdasan, para que acaudillara las<span class="pagenum" -id="Page_432">p. 432</span> tropas de desembarco, en vista que él no -podía sufrir las sacudidas de la litera. Su enfermedad, destruyéndole -labios y nariz, había cavado en la cara un ancho agujero; a diez pasos -se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se encontraba tan -horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un velo.</p> - -<p>Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni de las de los -bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con víveres en -cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias -de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas -hacían a los cartagineses que estaban estacionados en el mar.</p> - -<p>Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin resolverse a correr el -riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad que recibieran -dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue hacia -el Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver -a los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Sus<span -class="pagenum" id="Page_433">p. 433</span> celos le impedían ir en -auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus planes, -comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al Gran -Consejo pidiéndole que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago, -furioso contra los Ancianos y contra lo que llamaba cobardía del -Sufeta. De este modo, después de tantas ilusiones, la situación era más -desesperada que nunca; pero nadie pensaba en ella ni de ella hablaban, -como si con el silencio alejaran el peligro.</p> - -<p>Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se supo que los -mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su general, -tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma -amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades, -y, aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques -abarrotados de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y -aprisionaron quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad -hizo naufragar una flota<span class="pagenum" id="Page_434">p. -434</span> con víveres para Cartago. Los dioses estaban, sin duda, -contra ella.</p> - -<p>Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una alarma, hicieron -subir a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y estando -desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los -que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el -mar.</p> - -<p class="mt2">Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las -órdenes en contrario de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado -con mandrágora; cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo -tiempo, se presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron -las puertas, y las dos ciudades tirias se mostraron desde entonces -acérrimas partidarias de sus nuevos amigos, al par que contrarias a sus -antiguos aliados.</p> - -<p>Este abandono de la causa púnica era un consejo, un ejemplo. Ante -la posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas hasta -entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo el<span class="pagenum" -id="Page_435">p. 435</span> Sufeta, y perdió la esperanza de ser -socorrido. Se veía irremisiblemente perdido.</p> - -<p>Despidió a Narr-Habas para que guardara las fronteras de su reino, -y él se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y continuar la -guerra.</p> - -<p>Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron a su ejército -cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin duda les -empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían -batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal -de huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se -lanzaron en su persecución.</p> - -<p>Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta vez muy crecido, -sin que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y otros -sobre sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron -de vista.</p> - -<p>No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que marcharon más allá -con el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los de Túnez -y<span class="pagenum" id="Page_436">p. 436</span> arrastraron a los -de Útica. A cada matorral aumentaba el número, y los cartagineses, -tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos en las tinieblas. -Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de flechas que -mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las montañas -del Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo.</p> - -<p>Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el horizonte una -cosa verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y se -vieron obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un -árbol para no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón!</p> - -<p>Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la última vez que pasó -por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le transportó -la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos que -tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las -pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza -de un palacio,<span class="pagenum" id="Page_437">p. 437</span> por -encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis iluminaba su cara, como -si se reflejara en ella una gran luz; abría los brazos, enviaba besos -al aire y murmuraba:</p> - -<p>—¡Ven! ¡Ven!</p> - -<p>Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como perlas, cayeron -en su barba.</p> - -<p>—¿Qué te detiene? —preguntó Espendio—. ¡Date prisa! ¡En marcha! El -Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me miras -como un hombre ebrio.</p> - -<p>Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con guiños en los -ojos, como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo, -exclamó:</p> - -<p>—¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo!</p> - -<p>Tenía un aire tan convencido y triunfante que Matho, sorprendido en -su sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en el colmo de su -derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un blanco -a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el -cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestro<span class="pagenum" -id="Page_438">p. 438</span> y siniestro a los rezagados; iba en todas -direcciones y hasta la extrema retaguardia, como perro que azuza el -ganado.</p> - -<p>A su tonante voz, las líneas de hombres se apretaron; hasta los -cojos precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el espacio entre ambos -ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban pisando las -huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a -tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron -sus hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron -adentro y se arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado -apretada en sí misma, dejó de avanzar; chocaban las picas en el aire y -las flechas de los bárbaros rebotaban en las paredes.</p> - -<p>En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se revolvía gritando -a su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y espoleándole -con la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio que -se alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillas<span -class="pagenum" id="Page_439">p. 439</span> para que subiera su amo. -¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El poderoso caballo galopaba -en medio de las lanzas, derribaba hombres, y embarazados los cascos -con el peso de las entrañas, caía y se levantaba dando saltos enormes. -Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban de detenerlo, o -bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se habían replegado, -cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros la acometían.</p> - -<p>La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo a lo largo de -todo el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se -detuvo.</p> - -<p>Los cartagineses habían puesto soldados en el acueducto, y -empezaron a tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no había -que obstinarse y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a -Cartago.</p> - - -<p class="mt2">El rumor de la guerra había traspasado los confines del -imperio púnico; desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene -pensaban en<span class="pagenum" id="Page_440">p. 440</span> ella, -guardando sus rebaños, y de ella hablaban las caravanas de noche, a -la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora de los mares, -espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba hombres -que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída, -en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas, -ciudades tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos -los que la execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban -sus riquezas deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto -se juntaron con los mercenarios. La derrota del Macar había detenido -a los demás; pero ahora habían recobrado la confianza, y poco a poco -se aproximaban; los hombres de las regiones orientales aguardaban en -las dunas de Clipea, al otro lado del golfo, y así que asomaron los -bárbaros, se dieron a conocer.</p> - -<p>No eran únicamente los libios de los alrededores de Cartago (desde -hacía tiempo componían el tercer ejército),<span class="pagenum" -id="Page_441">p. 441</span> sino los nómadas de la planicie de la -Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del promontorio de Derné, los -de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el desierto bebiendo -en los pozos salobres enladrillados con osamentas de camello; los -zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido en cuadrigas; -los garamantes, tapados con velos negros, sentados en la cola de -yeguas pintadas; otros en asnos, en onagros, en cebras o en búfalos; -algunos con sus familias y sus ídolos y el techo de su cabaña en -forma de chalupa. Veíanse amonianos de miembros arrugados por el agua -caliente de las fuentes; atarantes, que maldecían al sol; trogloditas, -que enterraban riendo sus muertos bajo enramadas; y los asquerosos -ausenios, que comían langostas; los archimaquides, que comían piojos, y -los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de monos.</p> - -<p>Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando una gran línea -recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena -levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad del<span -class="pagenum" id="Page_442">p. 442</span> istmo, con los mercenarios -delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse de allí.</p> - -<p>Después, del lado de la Ariana aparecieron los hombres de Occidente, -el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los masilianos; -aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una derrota; -por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al -primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut -Baal y del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón -de sus picas caballos pequeños y delgados, de largas crines; los -gétulos, con corazas de piel de serpiente; los farusianos, con altas -coronas hechas de cera y de resina, y los caunos, macares y tilabares, -llevando cada uno dos jabalinas y una rodela de cuero de hipopótamo. -Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los primeros charcos -de la laguna.</p> - -<p>Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el lugar que -usurpaban, y como una nube a ras del suelo, la<span class="pagenum" -id="Page_443">p. 443</span> multitud de negros, llegados del -Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile y aun de la -gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y más -lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel -les hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo -de corteza, túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la -cabeza, y aullando como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos -y blandían colas de buey atadas al extremo de un bastón, a manera de -estandartes.</p> - -<p>Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se apretujaban unos -hombres amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros, con -carcajes de piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes -como asnos, y que no ladraban.</p> - -<p>Finalmente, como si África no estuviera suficientemente vaciada, -y para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo más ínfimo de -la especie humana, figuraban en último término unos hombres de perfil -de<span class="pagenum" id="Page_444">p. 444</span> bestia y de -risa idiota; miserables roídos por enfermedades asquerosas, pigmeos -deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de ojos encarnados que -guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos ininteligibles y -poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían hambre.</p> - -<p>La confusión de armas no era menor que la indumentaria y las razas. -Allí todas las invenciones para matar: desde los puñales de madera, -hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos sables -dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que -se doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo -de astas de antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda, -triángulos de hierro, mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto -ocultaban dardos envenenados en sus cabellos. Muchos cargaban piedras -en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban con los dientes.</p> - -<p>Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los dromedarios, -sucios de alquitrán como barcos, derribaban a<span class="pagenum" -id="Page_445">p. 445</span> las mujeres que llevaban los hijos a las -ancas. Las provisiones se derramaban de los sacos; se pisaban al andar -granos de sal, paquetes de goma, dátiles podridos y nueces; en pechos -sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un delgado cordón algún -diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la que se -podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que -quería; les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que -en su vida habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las -murallas.</p> - -<p>El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y esta larga -superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una inundación, -se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros, -resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados -del acueducto.</p> - -<p>Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de su llegada, -cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como -edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones,<span -class="pagenum" id="Page_446">p. 446</span> capiteles y caparazones, -las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias; sesenta -carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta -torreones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban -pedazos de roca que pesaban quince talentos. Las empujaban en su base -masas de hombres; a cada paso las sacudía un estremecimiento; así -llegaron ante las murallas.</p> - -<p>Pero faltaban muchos días para ultimar los preparativos del sitio. -Los mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no querían arriesgarse -con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había prisas, -porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que -resultaría una victoria o un exterminio completos.</p> - -<p>Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas murallas -ofrecían una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición -ventajosa para rechazar a los asaltantes.</p> - -<p>Sin embargo, del lado de las catacumbas faltaba un lienzo de -muralla, y en las noches obscuras, entre los<span class="pagenum" -id="Page_447">p. 447</span> bloques desunidos, se veían luces en los -chamizos de Malqua. En ciertos sitios dominaban la altura de los -baluartes. Vivían allí con sus nuevos maridos las mujeres de los -mercenarios expulsadas por Matho. Al verlos no pudieron contenerse; -agitaban de lejos sus chales y venían de noche a hablar con los -soldados por la brecha de la muralla, hasta que el Gran Consejo supo -una mañana que todas habían huido. Unas habían pasado entre las -piedras; otras, más intrépidas, habían bajado con cuerdas.</p> - -<p>Al fin, Espendio resolvió realizar su proyecto, que la guerra -le impidiera ejecutar antes. Desde que se presentó ante Cartago, -supuso que los habitantes sospechaban lo que él proyectaba; pero los -centinelas del acueducto eran cada vez en menor número, porque hacía -falta gente para la defensa del recinto.</p> - -<p>El antiguo esclavo se ejercitó durante muchos días en disparar -flechas a los flamencos del lago, y una noche de luna rogó a Matho -que hiciera encender una gran hoguera de paja<span class="pagenum" -id="Page_448">p. 448</span> y que la tropa diera al mismo tiempo -grandes gritos, y llevándose a Zarxas, orilló el golfo, camino de -Túnez.</p> - -<p>A la altura de los últimos arcos, torcieron hacia el acueducto; el -sitio estaba descubierto y avanzaron arrastrándose hasta la base de las -piedras.</p> - -<p>Los centinelas de la plataforma se paseaban tranquilamente. Viéronse -grandes llamaradas; sonaron los clarines, y los soldados de su facción, -creyendo que se trataba de un asalto, corrieron hacia Cartago.</p> - -<p>Pero quedó un hombre, al que se veía en el negro fondo del cielo. Le -iluminaba la luna por detrás, y su desmesurada sombra le daba de lejos -el aspecto de un obelisco andando.</p> - -<p>Esperaron que se presentara ante ellos. Zarxas preparó su honda. -Espendio, por prudencia o por ferocidad, le detuvo:</p> - -<p>—No, el silbido de la piedra haría ruido. ¡Déjame a mí!</p> - -<p>Y empuñando el arco con todas sus fuerzas, y apoyándolo en el -tobillo del pie izquierdo, apuntó y disparó La flecha.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_449">p. 449</span>El hombre no cayó; -desapareció.</p> - -<p>—Si estuviera herido, le oiríamos —dijo Espendio; y subió aprisa, de -pico en pico, como hizo la primera vez, ayudándose de una cuerda y de -un arpón. Llegó arriba y dejó caer el cadáver. El bárbaro clavó un pico -con su martillo y se volvió.</p> - -<p>No sonaban las trompetas; todo parecía tranquilo. Espendio había -removido una de las losas, entrado en el agua y vuelto a ponerla en su -sitio.</p> - -<p>Calculando la distancia por el número de pasos, llegó precisamente -al lugar donde había observado una hendidura oblicua; y en las -tres horas que quedaban de noche, trabajó sin cesar, con furia, -respirando apenas por los intersticios de las losas de encima, lleno -de angustia y creyendo morirse veinte veces. Por fin oyó un crujido; -una piedra enorme, desprendida de los arcos inferiores, rodó hasta -abajo, y de repente una catarata, todo un río, cayó en el llano. El -acueducto, cortado por la mitad, se desbordaba.<span class="pagenum" -id="Page_450">p. 450</span> Era la muerte de Cartago; la victoria para -los bárbaros.</p> - -<p>En un instante, los cartagineses, despertados, salieron a las -murallas, de las casas y de los templos. Los bárbaros avanzaban, -gritando, bailando, delirantes de alegría, alrededor de la gran caída -de agua, y en la extravagancia de su júbilo se mojaban la cabeza.</p> - -<p>Viose en la cima del acueducto un hombre, con la túnica rota, hecha -jirones. Estaba colgado, con las manos en los lomos, mirando hacia -abajo, como asustado de su obra.</p> - -<p>En seguida se irguió. Miró el horizonte con aire soberbio, como -pareciendo decir: «Todo esto es mío ahora.» Los bárbaros aplaudieron; -los cartagineses, comprendiendo su desastre, aullaban de desesperación. -Espendio paseó la plataforma, de un extremo a otro, y como auriga -triunfante en los juegos olímpicos, transportado de orgullo, levantaba -los brazos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13"> - <p><span class="pagenum" id="Page_451">p. 451</span></p> - <h2 class="nobreak" title="XIII. MOLOCH">XIII</h2> - <p class="subh2">MOLOCH</p> -</div> - -<p>Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse del lado de África, -porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los aproches de -las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso. Matho -dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver -mejor a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera -línea; detrás de ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los -bagajes, carretas y caballos; a trescientos pasos de las torres se -erizaban las máquinas.</p> - -<p>No obstante la variedad infinita de sus nombres (que cambiaron -muchas veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos -sistemas: unas funcionaban como hondas y otras como arcos.</p> - -<p>Las primeras, las catapultas, se componían de un marco cuadrado, -con<span class="pagenum" id="Page_452">p. 452</span> dos montantes -verticales y una barra horizontal. En su parte anterior, un cilindro -con cables sostenía un gran timón provisto de una cuchara para recibir -los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de hilos torcidos, -que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba, yendo a dar contra -la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida.</p> - -<p>Las segundas eran de un mecanismo más complicado. Sobre una pequeña -columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que terminaba en -ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño -se elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos -vigas sostenían los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo -de la canal, sobre una tableta de bronce. A favor de un resorte, -se desprendía esta placa de metal y por las ranuras despedía las -flechas.</p> - -<p>Otro nombre de las catapultas era el de onagros, como los asnos -salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el de -escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándose<span -class="pagenum" id="Page_453">p. 453</span> de un puñetazo hacía saltar -el resorte.</p> - -<p>Su construcción requería sabios cálculos; las maderas se escogían -entre las más duras; los engranajes eran de bronce. Se movían por medio -de palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes ejes o -quicios variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían -avanzar, y los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente -del enemigo.</p> - -<p>Espendio colocó las tres grandes catapultas en los tres ángulos -principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando -por detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de -los sitiados y rellenar primero el foso que las separaba de las -murallas.</p> - -<p>Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y cimbras de -encina, parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en -pequeñas chozas cubiertas con pieles de animales y embarradas de -hierbas, se abrigaban los trabajadores; catapultas y ballestas fueron -defendidas con redes de cuerdas,<span class="pagenum" id="Page_454">p. -454</span> mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres y -niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las -llevaban a los soldados.</p> - -<p>También se preparaban los cartagineses.</p> - -<p>Amílcar los había tranquilizado declarando que quedaba agua en las -cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su presencia -en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas -esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de -origen cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás.</p> - -<p>Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales; cada ciudadano -tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de los -tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros, -armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que -conservaban los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las -repararon bien, porque eran entendidos en estas obras.</p> - -<p>Quedaban inaccesibles los dos lados<span class="pagenum" -id="Page_455">p. 455</span> septentrional y oriental, defendidos por -el mar y el golfo. En la muralla, dando el frente a los bárbaros, se -pusieron troncos de árboles, ruedas de molino, vasos llenos de azufre, -cubas de aceite y se construyeron hornos. Se amontonaron piedras en la -plataforma de las torres; y rellenaron de arena las más próximas a las -fortificaciones, para afirmar y aumentar su espesor.</p> - -<p>Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron. Querían combatir -en seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las catapultas -que se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque.</p> - -<p>Por fin, en el día decimotercero del mes de Schabar, al salir el -sol, resonó un gran golpe en la puerta de Kamón.</p> - -<p>Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas dispuestas en la -base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por cadenas -que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo -de cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes de<span -class="pagenum" id="Page_456">p. 456</span> hierro la reforzaban de -trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo de un hombre, -larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con oscilación -regular al empuje de los desnudos brazos.</p> - -<p>Los demás arietes de las otras puertas empezaron a moverse. En -las ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían de -escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las -redes de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de -flechas. Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse -a los baluartes, ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego -lanzaban a fuerza de brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y -de fuego pasaba por encima de las primeras filas, describiendo una -curva que iba a caer por detrás de las murallas. Pero en las cimas de -estas se levantaban largas grúas de las que servían para enarbolar las -naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas en dos semicírculos -dentados interiormente. Estas máquinas mordían<span class="pagenum" -id="Page_457">p. 457</span> a los arietes. Los soldados, colgados de -la viga, tiraban hacia atrás. Los cartagineses trabajaban para hacerla -subir, y la porfía duró hasta la noche.</p> - -<p>Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a su tarea, los -altos de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos de -algodón, de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en -los baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados -en horquillas y hoces.</p> - -<p>Con esto empezó una furiosa resistencia.</p> - -<p>Troncos de árboles, manejados por cables, caían y volvían a caer -alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por -ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de -las torres caían torrentes de pedernal y de tejos.</p> - -<p>Los arietes consiguieron romper las puertas de Kamón y la de -Tagarte. Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal abundancia -de materiales,<span class="pagenum" id="Page_458">p. 458</span> que -las hojas no se abrieron y quedaron en pie.</p> - -<p>En vista de esto se dirigieron los golpes contra las murallas -abiertas para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas fueron -mejor gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la -mañana hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona -precisión de un bastidor de tejedor.</p> - -<p>Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien movía las madejas -de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus tensiones -gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a la -izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual. -Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con -suavidad y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y -cuando la lanza de la catapulta se levantaba, cuando la columna de -la ballesta temblaba a la sacudida del resorte, volaban las piedras, -y los dardos caían en montón,<span class="pagenum" id="Page_459">p. -459</span> doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como para -seguirlos.</p> - -<p>Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban sus órdenes. -Alegres con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de las -máquinas. A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban -lobos; a las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se -«hacía la vendimia», y al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, -cocea bien!», y a los escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». -Estas burlas, siempre las mismas, sostenían los ánimos.</p> - -<p>Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la fortificación, -formada por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban la -parte superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden -de construir torres de madera de la misma altura que las torres de -piedra. Se rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con -sus ruedas, y antes que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros -onduló en el llano, con un solo movimiento, y<span class="pagenum" -id="Page_460">p. 460</span> llegó al pie de las murallas como un mar -desbordado.</p> - -<p>Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras rectas y los -sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por palancas, -una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando -muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en -hilera, subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un -solo cartaginés; ya los asaltantes llegaban a los dos tercios de -la fortificación, cuando se abrieron las almenas, vomitando, como -dragones, fuego y humo; llovía la arena, entrando por las junturas de -las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas; el plomo líquido -rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de chispas -quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas -gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por -la cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles -a la cabeza mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido, -quedaba<span class="pagenum" id="Page_461">p. 461</span> inmóvil, más -rígido que un poste, con la boca abierta y ambos brazos extendidos.</p> - -<p>El asalto continuó durante muchos días, porque los mercenarios -esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia.</p> - -<p>En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía un hierro entre -las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y poner un -segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban -la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar -a cierta altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo -los pies de los vivos, los heridos, en montón, se mezclaban con los -cadáveres y los moribundos. Entre entrañas abiertas, sesos esparcidos -y charcos de sangre, los troncos calcinados formaban manchas negras; -brazos y piernas, saliendo a medias de un montón, quedaban enhiestos -como rodrigón en una viña incendiada.</p> - -<p>Encontrándose insuficientes las escalas se emplearon los tonelones, -o sea unos instrumentos compuestos de una<span class="pagenum" -id="Page_462">p. 462</span> larga viga puesta transversalmente sobre -otra, y llevando al extremo una cesta cuadrangular en la que cabían -treinta peones con sus armas.</p> - -<p>Matho quiso subir en la primera que estuvo dispuesta. Espendio le -detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se levantó la -gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente -cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados, -ocultos hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas -de los cascos. Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire, -giró de derecha a izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de -gigante que llevara en la mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de -la muralla la cesta llena de hombres. Saltaron estos adentro, y no se -les volvió a ver.</p> - -<p>Pronto estuvieron dispuestos los restantes tonelones; pero hubieran -sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad. En vista de esto, -se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en las cestas, -que estaban<span class="pagenum" id="Page_463">p. 463</span> sujetas -con cables, disparaban flechas envenenadas. Los cincuenta tonelones -dominaban las almenas y rodeaban a Cartago, como buitres monstruosos; -los negros se reían al ver a los guardias de la fortificación morir -entre atroces convulsiones.</p> - -<p>Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas las mañanas el -jugo de ciertas hierbas que les preservaba del veneno.</p> - -<p>En una noche obscura embarcó sus mejores soldados en gabarras y -balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a desembarcar -en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y, -cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados -de cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las -obras de los mercenarios y volvían a subir.</p> - -<p>Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su cólera; hacía -cosas terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a una -entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció -una traición, y<span class="pagenum" id="Page_464">p. 464</span> en -adelante, la aborreció. Si hubiera visto su cadáver, tal vez se habría -alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas al pie de los fuertes y -mandó a los libios que le trajeran toda la madera de un bosque para -pegarla fuego e incendiar a Cartago como una madriguera de zorras.</p> - -<p>Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba inventar máquinas -espantables, como no se habían visto nunca.</p> - -<p>Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el istmo, se aburrían -de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de acción y se -precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su -desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran -mortandad. Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín. -Se originaron riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba -devastada, se disputaban los víveres. Iban descorazonándose, y se -retiraron hordas numerosas.</p> - -<p>Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno quebradizo, se -hundió. Probaron hacerlas en otro sitio; pero<span class="pagenum" -id="Page_465">p. 465</span> Amílcar adivinaba siempre su dirección, -aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo, además, contraminas -debajo del camino que debían recorrer las torres de madera, y cuando -las empujaban se hundían en los agujeros.</p> - -<p>Al fin, comprendieron todos que la ciudad era inexpugnable en tanto -que no se levantara a la altura de las murallas una larga tenaza -que permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para -rodar encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago -resistir.</p> - - -<p class="mt2">La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al -comenzar el sitio, costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a -un sekel de plata; las provisiones de carne y de trigo se agotaban -también; se tenía miedo del hambre; se empezaba a hablar de bocas -inútiles, y esto asustaba a todos.</p> - -<p>Los cadáveres interceptaban las calles desde la plaza de Kamón hasta -el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano, unas moscas -negras muy grandes acosaban a los combatientes.<span class="pagenum" -id="Page_466">p. 466</span> Los viejos transportaban a los heridos, y -la gente devota continuaba los funerales ficticios de sus allegados -y amigos muertos durante la guerra. Atravesadas en las puertas, se -ponían estatuas de cera con cabellos y vestidos, que se fundían al -calor de los cirios que ardían junto a ellas; corría la pintura sobre -sus espaldas, y el llanto por el rostro de los vivos, que salmodiaban -canciones lúgubres. En todo este tiempo, la multitud corría; pasaban -bandas armadas, gritaban órdenes los capitanes y oíase siempre el golpe -de los arietes que batían las murallas.</p> - -<p>La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos se hinchaban y no -cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los patios. -Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes -vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que -brota de una arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba -el recinto y devoraba hasta los cadáveres.</p> - -<p>Unos hombres que llevaban en señal<span class="pagenum" -id="Page_467">p. 467</span> de desesperación mantos hechos con -harapos desechados, se establecieron en las esquinas de las calles, -declamando contra los Ancianos y contra Amílcar; prediciendo al -pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al pillaje. -Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis -se creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, -para destrozarlos. Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y -olvidaba la defensa de Cartago. El Sufeta pagó otros para sostener su -política.</p> - -<p>Con el objeto de retener en la ciudad el genio de los dioses, se -habían cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos negros -los Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar -el orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a -dejarte vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra -quién eres para que los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros -dioses?»</p> - -<p>Ansiedad permanente agitaba los<span class="pagenum" -id="Page_468">p. 468</span> colegios de los pontífices. Los de la -Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la restitución del zaimph -no había salvado la situación. Se mantenían encerrados en el tercer -recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos se -atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim.</p> - -<p>Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso, contemplándola con -las pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la lanzaba -eran más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no -perdonaba a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim -lo había adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos -de su impotencia. La acusaba de ser ella la causante de la guerra. -Según él, Matho sitiaba a Cartago para recobrar el zaimph; vertía -imprecaciones e ironías sobre el bárbaro que pretendía poseer cosas -santas, aunque no era esto lo que el sacerdote quería decir.</p> - -<p>Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de antes no las -experimentaba<span class="pagenum" id="Page_469">p. 469</span> ya. -Se mostraba muy tranquila, y sus miradas, menos vagas, brillaban con -límpida llama. Sin embargo, el pitón había caído enfermo, y como -Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja Taanach se alegraba, -convencida de que pasaba a la serpiente el malestar de su ama.</p> - -<p>Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de pieles de -buey, arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza -enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió -Salambó; movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava -se asombró de su insensibilidad.</p> - -<p>La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con tanto fervor. Pasaba -días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la balaustrada y -distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas, -al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales, -y las lanzas de los centinelas venían a formar como un campo de -espigas. Salambó veía a lo lejos, entre las torres, las maniobras de -los bárbaros,<span class="pagenum" id="Page_470">p. 470</span> y en -los días que no había asalto, podía enterarse de sus ocupaciones. -Remendaban sus armas, se engrasaban la cabellera, o bien lavaban en -el mar los brazos ensangrentados; las tiendas estaban cerradas; las -acémilas comían, y en lontananza, las hoces de los carros, puestos en -semicírculo, parecían una cimitarra de plata extendida al pie de los -montes. Venían a su memoria los discursos de Schahabarim. Esperaba a -su desposado Narr-Habas. Hubiera querido, a pesar de su odio, volver a -ver a Matho. Entre todos los cartagineses, era ella, quizás, la única -persona que le hubiera hablado sin miedo.</p> - -<p>Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre almohadones la -contemplaba enternecido, como si la vista de ella fuese un alivio a -sus fatigas. La hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los -mercenarios; quería saber si alguno la había impulsado a hacerlo, -y Salambó le contestaba que nadie, orgullosa como estaba de haber -rescatado el zaimph.</p> - -<p>El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a pretexto de informes -militares.<span class="pagenum" id="Page_471">p. 471</span> No -comprendía en qué pudo ella emplear las horas que pasó en su tienda. -Salambó no habló de Giscón, porque temía que las maldiciones de este -se volvieran contra él, y ocultó su tentativa de asesinato, persuadida -de que se le reprocharía no haberla consumado. Contaba únicamente que -Matho parecía furioso, que gritó mucho y que luego se quedó dormido. -Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o por exceso de candor, -no dando importancia a los besos del bárbaro; además, que todo esto -flotaba en su mente de un modo melancólico y brumoso, como el recuerdo -de una pesadilla, y no hubiera podido expresarlo con palabras.</p> - -<p>Una noche en que estaban juntos padre e hija, apareció Taanach muy -azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y deseaba ver al -Sufeta.</p> - -<p>Palideció Amílcar, y replicó vivamente:</p> - -<p>—Que suban.</p> - -<p>Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la mano a un doncel -cubierto<span class="pagenum" id="Page_472">p. 472</span> con un manto -de piel de macho cabrío, y quitándole aquel la capucha que le tapaba el -rostro, dijo:</p> - -<p>—¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo!</p> - -<p>El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de la habitación. El -niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de curiosidad que de -asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares de perlas -puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía -delante.</p> - -<p>Tendría unos diez años, y no sería más alto que una espada romana. -Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho -que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran -anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía -el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes -empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince -que le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el -polvo. Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía -inmóvil,<span class="pagenum" id="Page_473">p. 473</span> con una mano -atrás y otra en los labios, en actitud pensativa.</p> - -<p>Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en -voz baja:</p> - -<p>—Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de -casa, sepan de él.</p> - -<p>Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los -habían visto entrar.</p> - -<p>—Las calles estaban desiertas —contestó el esclavo.</p> - -<p>A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo -había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió -a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo -buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche, -viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar -cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto.</p> - - -<p class="mt2">Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red -para impedir<span class="pagenum" id="Page_474">p. 474</span> a los -cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y -dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las -comunicaciones y empezó a padecerse hambre.</p> - -<p>Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince -elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se -habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les -alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres -todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del -crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las -piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino -costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas -del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados -los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el -día que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. -Eran animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban<span -class="pagenum" id="Page_475">p. 475</span> las crines con cintas de -oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne, cortada en -porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas las noches, -a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al templo y -se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un pedazo -de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos de las -murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían levantado -barricadas por miedo a los vecinos.</p> - -<p>Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la -defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En -las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de -lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura -que el viento agitaba sobre las terrazas.</p> - -<p>Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus -estragos eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar -en el frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer -que estaba<span class="pagenum" id="Page_476">p. 476</span> pariendo -fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño llevado, juntamente -con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más irritante eran los -tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los techos, en los -jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo una pobre comida, -con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles llevaban letras -grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose en los cadáveres -injurias como <i>puerco</i>, <i>chacal</i>, <i>piojo</i>; y burlas como -«¡Lo tengo bien merecido!»</p> - -<p>La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura -de las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró -entre el bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer -en espesar y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les -abandonó y murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, -pareció mal esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los -fosos donde guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron<span -class="pagenum" id="Page_477">p. 477</span> al pueblo, con lo que se -hartaron durante tres días.</p> - -<p>Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la -gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a -los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y -un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el -golfo.</p> - -<p>Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo, -extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del -templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes, -y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a -la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a -cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse -con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los -bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para -hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce -palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material<span -class="pagenum" id="Page_478">p. 478</span> de los arsenales y reparar -nuevamente las máquinas.</p> - -<p>Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de -toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni -ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres; -fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los -Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución -en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por -el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de -guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se -decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los -plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron -desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a -cumplir la orden.</p> - -<p>Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía -juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les -arrancaban<span class="pagenum" id="Page_479">p. 479</span> las uñas, -que cosían unas con otras, haciéndose una coraza. Imaginaron poner en -las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas por los negros; al -romperse los vasos de arcilla en las losas, las serpientes corrían, -parecían pulular y salir naturalmente de las paredes. Descontentos de -esta invención, los bárbaros la perfeccionaron lanzando toda clase de -inmundicias, excrementos humanos, carroña y cadáveres. Sobrevino la -peste. A los cartagineses se les caían los dientes; tenían las encías -descoloridas como las de los camellos después de un viaje demasiado -largo.</p> - -<p>Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más -que esta no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante -las veintitrés torres del recinto se levantaron otras veintitrés -torres de madera. Se remontaron todos los tonelones, y algo más atrás -aparecía la formidable helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido -por Espendio. Piramidal como el faro de Alejandría, era alto, de -ciento treinta codos por veintitrés de ancho,<span class="pagenum" -id="Page_480">p. 480</span> con nueve pisos que iban disminuyendo hacia -la punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con -puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una -catapulta flanqueada por dos ballestas.</p> - -<p>Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para -aquellos que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron -enroladas. Se dormía en las calles, y se despertaban llenos de -angustia.</p> - -<p>Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del -mes de Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las -trompetas de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos -paflagonios. Los cartagineses acudieron en masa a la muralla.</p> - -<p>En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas -que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron -algunas cabezas de bárbaros.</p> - -<p>Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de -hombres;<span class="pagenum" id="Page_481">p. 481</span> y en los -sitios en que la terraza se interrumpía, los mercenarios, para demoler -el muro, venían en cohortes cerradas, agachada la primera hilera, -doblando la rodilla la segunda, y apareciendo sucesivamente las otras, -hasta las últimas, que se veían de pie; en tanto que para hacer el -escalo, el más alto iba a la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos -con el brazo izquierdo, apoyando los escudos encima de los cascos, -los juntaban por el borde tan estrechamente, que hubiérase dicho una -ensambladura de enormes tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima -de estas masas oblicuas.</p> - -<p>Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles -y camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en -las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo -cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos -demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran -polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras, -chocaban sus piedras<span class="pagenum" id="Page_482">p. 482</span> -y estallaban en mil pedazos, resultando como una lluvia sobre los -combatientes.</p> - -<p>Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos -humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose -en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban -echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban -dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de -sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los -negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos -por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros -vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes -atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban -petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban -cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho -tiempo los sobrevivientes.</p> - -<p>Venían flechas de las torres de madera<span class="pagenum" -id="Page_483">p. 483</span> y de las de piedra. Los tonelones movían -rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros habían saqueado -debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los autóctonos, -lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso de las -cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos de -hombres por el aire, con los brazos extendidos.</p> - -<p>Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad -del día contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y -destruir la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una -hoguera de paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e -izquierda, aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. -Las sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente, -habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas -con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se -precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En -el ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres<span class="pagenum" -id="Page_484">p. 484</span> abatieron la fortificación, cuyos portillos -estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba cuesta, y lo subieron -con ligereza; pero en lo alto encontraron una segunda muralla de -piedras y vigas, alternadas como las casillas de un tablero de ajedrez -a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos se creyeron en su -tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados.</p> - -<p>De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino -de circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas -remataban a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro -contemplaban abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que -se entablaba.</p> - -<p>Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta -que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas, -y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo -con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por sus -largos cabellos negros, estaba en todas partes,<span class="pagenum" -id="Page_485">p. 485</span> dando saltos y conduciendo a los baleares. -Llevaba en los lomos dos zurrones, en los que metía continuamente -la mano izquierda, manejando el brazo derecho como la rueda de un -carro.</p> - -<p>Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a -todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los -mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del -lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las -masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de -fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el -espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por -inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza, -se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se -adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes; -las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás -alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_486">p. 486</span>Conservaba su -grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble filo; y con -su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente sobre la -brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata de cortar lo -más posible para ganar más dinero, así marchaba segando cartagineses -alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los lados, él -los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente, los -atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo a -su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los -aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de -un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás -despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su -paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis. -Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y -desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió -para llamar a sus compañeros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_487">p. 487</span>Veía sus penachos -diseminados entre la multitud; iban a perecer, y él se lanzó hacia -ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue estrechando, y pronto -se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por las calles laterales -desembocaba una enorme multitud, que le arrastró hasta fuera de la -fortificación, en un lugar donde la terraza era alta.</p> - -<p>Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de -los cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en -Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos, -semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas, -sacudiendo el tridente.</p> - -<p>Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación, -impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía -la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó -a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso -intensamente pálido<span class="pagenum" id="Page_488">p. 488</span> -y, levantando sus dos brazos escuálidos, le vociferaba injurias.</p> - -<p>Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan -cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se -echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas, -agotado.</p> - -<p>Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces -roncas que cantaban con cadencia.</p> - -<p>Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de -él con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque -el talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para -máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con -llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera -lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió -de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto, -y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados -acorazados<span class="pagenum" id="Page_489">p. 489</span> que subían -y bajaban las escaleras a través de sus pisos. Algunos de aquellos -esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas tocasen al muro; -en medio de la plataforma superior, los tirantes de la ballesta daban -vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la catapulta.</p> - -<p>Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. -Había supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la -muralla más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de -centinelas. Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de -circunvalación, en el que habían levantado con arcilla dos tabiques -transversales que formaban una especie de balsa. El agua corría -insensiblemente sobre la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se -mostrara tranquilo. Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, -mandó poner tablas en las calles de casa a casa, desde las cisternas -hasta los baluartes, y formó cuerdas de gente para que pasaran el agua -de mano en mano, en cascos y ánforas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_490">p. 490</span>Los cartagineses -se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía la muralla; de -pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas, y la máquina -de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados, empezó a -oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la terraza, -había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el primer -piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio, soplando -con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como levantada -convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se ablandaba -cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se paró, -ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta el borde -de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó con todos -los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en las -puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de las -largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis, -contribuían a que este<span class="pagenum" id="Page_491">p. -491</span> se desmembrara en todas sus junturas.</p> - -<p>Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron -del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción. -Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud; -pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron.</p> - -<p>No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo -azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre, -se mostraba como una gran mancha de púrpura.</p> - -<p>La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía -construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis, -cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos -enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas -se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí -y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente -como gradas de un anfiteatro<span class="pagenum" id="Page_492">p. -492</span> en ruinas. Densas humaredas subían, despidiendo chispas que -se perdían en el cielo negro.</p> - -<p>Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a -las cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua -cenagosa.</p> - -<p>¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez -descansados, volverían a la carga.</p> - -<p>El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas -de las calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los -enfermos y los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar -una colonia en otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no -habían resuelto nada.</p> - -<p>En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los -que dormían tenían aspecto de muertos.</p> - - -<p class="mt2">Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus -desastres, recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual -debida a Melkart tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses,<span -class="pagenum" id="Page_493">p. 493</span> indignados contra la -República, iban sin duda a vengarse.</p> - -<p>Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con -súplicas y se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados -con Moloch, el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres -le pertenecían; y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses -ofrecerles una porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en -la frente o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a -Baal proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban -de recomendarla como la más fácil y menos dura.</p> - -<p>Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por -consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una -pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del -más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada -al dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se -estaba a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los<span -class="pagenum" id="Page_494">p. 494</span> ejemplos probaban que por -este medio cesaban las plagas. Creíase además que una inmolación por -el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también la ferocidad del -pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba exclusivamente sobre -las grandes familias.</p> - -<p>Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido. -Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio -oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice -de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su -voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran -sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba -a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El -Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos, -sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos, -hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos -decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque -hay<span class="pagenum" id="Page_495">p. 495</span> cosas más arduas -de decir que de ejecutar.</p> - -<p>La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron -lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus -maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación.</p> - -<p>Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el -Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron -allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de -la que muchos bebieron echados de bruces.</p> - -<p>Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses -o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro -tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la -playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca.</p> - -<p>Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que -guardaba en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y -le abrió las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones,<span -class="pagenum" id="Page_496">p. 496</span> excepto la de Salambó. -Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y que el rey -de Macedonia enviaría un ejército.</p> - -<p>Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se -secaron por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la -mente de todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea.</p> - -<p>Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las -cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna -compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían -los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los -llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de -divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne.</p> - -<p>Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus -jardines.</p> - -<p>—¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!...</p> - -<p>Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de -la otra luna, acompañado de un viejo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_497">p. 497</span>Al pronto, Amílcar -quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano toda negativa, -accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los esclavos, a una -señal suya, vigilaron los contornos.</p> - -<p>Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la -mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le -ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama -de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz.</p> - -<p>Hecho esto, daba paseos por la habitación, accionando con los brazos -y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las pupilas fijas y -jadeante como si se fuera a morir.</p> - -<p>Llamó tres veces con las palmas de las manos, y compareció -Giddenem.</p> - -<p>—¡Oye! —le dijo—. Toma entre los esclavos un niño de ocho a nueve -años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo. ¡Pronto!</p> - -<p>Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió con un -niño; un pobre niño delgado y abotargado a<span class="pagenum" -id="Page_498">p. 498</span> un mismo tiempo. Su piel parecía tan gris -como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza entre los -hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las picaduras -de las moscas.</p> - -<p>¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba tiempo para escoger -otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de estrangularlo.</p> - -<p>—¡Vete! —gritó.</p> - -<p>El intendente de los esclavos se fue más que de prisa.</p> - -<p>La desgracia temida por tanto tiempo iba a sobrevenir, si no -buscaba un medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim detrás de -la puerta. Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se -impacientaban.</p> - -<p>Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un hierro candente, y -volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió al borde de -la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la frente -con los puños cerrados.</p> - -<p>El tazón de pórfido conservaba un poco de agua limpia para las -abluciones<span class="pagenum" id="Page_499">p. 499</span> de -Salambó. No obstante su repugnancia y su orgullo, el Sufeta metió en -ella al niño, y como un mercader de esclavos, se puso a lavarle y -frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un armario de la -pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y otro en la -espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de diamantes. -Vertió un perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello un collar -de electro, y le calzó sandalias con tacones de perlas; ¡las mismas -sandalias de su hijo! Hacía todo esto bramando de indignación, y -Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba tan pálida como él. El -niño sonreía, deslumbrado por estas galas y, entusiasmado, empezaba -a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo, sujetándole -fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El niño, a -quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar.</p> - -<p>En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera, oyeron una voz -lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_500">p. 500</span>Amílcar se volvió, -y vio a su lado un hombre de abyecta apariencia; uno de los miserables -parásitos del palacio.</p> - -<p>—¿Qué quieres? —le preguntó el Sufeta.</p> - -<p>El esclavo, temblando horriblemente, balbució:</p> - -<p>—¡Soy su padre!</p> - -<p>Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado y con la cabeza -medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia indefinible, -y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de gritar: -«¡Perdón!»</p> - -<p>Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en el codo, -diciéndole:</p> - -<p>—¿Es que lo llevas para...?</p> - -<p>No tuvo fuerzas para acabar la pregunta.</p> - -<p>Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor.</p> - -<p>Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre él y el otro -algo que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba! Aquello -le parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio. -Contestó<span class="pagenum" id="Page_501">p. 501</span> con una -mirada más fría y más pesada que el hacha del verdugo. El esclavo cayó -desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar pasó por encima de él.</p> - -<p>Los tres hombres de negro le esperaban en el salón, de pie, junto -al disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró por el -suelo dando agudos gritos:</p> - -<p>—¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi consuelo, mi esperanza, -mi vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué desgracia! ¡Qué -desgracia!</p> - -<p>Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y aullaba como las -plañideras en un entierro.</p> - -<p>—¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos! ¡Matadme como a él!</p> - -<p>Los servidores de Moloch se admiraban de que el gran Amílcar tuviera -un corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos.</p> - -<p>Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello parecido a la -respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la tercera -galería, entre<span class="pagenum" id="Page_502">p. 502</span> los -largueros de marfil, apareció un hombre terrible, que con los brazos -extendidos, gritaba:</p> - -<p>—¡Hijo mío!</p> - -<p>De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y tapándole la boca -con las manos, dijo a su vez:</p> - -<p>—¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo! ¡Se volverá loco! -¡Basta, basta!</p> - -<p>Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima, salió con ellos, -cerrando en pos, de un golpe, la puerta.</p> - -<p>Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo que volvieran. -Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la seguridad de -que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo, porque si -los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de -idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho -cabrío, habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido -en mucho tiempo, se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus -lágrimas.</p> - -<p>Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó,<span class="pagenum" -id="Page_503">p. 503</span> desató las cuerdas de Aníbal. El niño, -exasperado, le mordió la mano hasta hacerle sangre. Su padre le contuvo -con una caricia.</p> - -<p>Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo con <i>Lamia</i>, ogresa -de Cirene:</p> - -<p>—¿Dónde está? —preguntó el niño.</p> - -<p>Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y contestó: «¡Que -vengan, y los mataré!»</p> - -<p>Cuando Amílcar le contó la horrible verdad, recriminó a su padre -porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al pueblo. Por fin, -rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba soñando, con -la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia -atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció -completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las -galeras. Al pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y -una jarra de agua; el niño se despertó ante la estatua de Aletes, en -la cueva de las piedras preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, -a la<span class="pagenum" id="Page_504">p. 504</span> luz de los -destellos que le rodeaban.</p> - -<p>Amílcar tenía la seguridad de que no podían quitarle su hijo. Era un -lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un subterráneo que -únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de aire. -Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro.</p> - -<p>Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como una madre que -encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al niño, -llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más -tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por -tanta ternura, se callaba.</p> - -<p>Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala en la que la -luna se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella dormía -el esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, -se sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra -debajo de la cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna -que brillaba en el cielo, y<span class="pagenum" id="Page_505">p. -505</span> se sintió más fuerte que los Baales y los despreció.</p> - - -<p class="mt2">Habían empezado los preparativos del sacrificio. En el -templo de Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de -cobre, sin tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los -hieródulos lo empujaron hacia la plaza de Kamón.</p> - -<p>Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus hombros rebasaban -la altura de las murallas; por lejos que le vieran, se escondían los -cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que en el -ejercicio de su cólera.</p> - -<p>Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los templos se abrieron -a un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en literas que -llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban a -los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas -puntas terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre.</p> - -<p>Eran los Baalim cananeos, desdoblamientos<span class="pagenum" -id="Page_506">p. 506</span> del Baal supremo que volvían hacia su -principio, para humillarse ante su fuerza y aniquilarse ante su -esplendor.</p> - -<p>El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía una lámpara de -petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo de -marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún, -azules como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la -cola; y los dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños -en pañales, que con los talones rozaran el suelo.</p> - -<p>Venían a continuación las formas inferiores de la divinidad: -Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la -corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes -sagrados; Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria; -Derceto, en figura de virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz, -sobre un catafalco, entre antorchas y cabelleras. Para que los reyes -del firmamento se sujetaran al Sol, e impedir que sus particulares -influencias<span class="pagenum" id="Page_507">p. 507</span> no -dañasen la suya, se blandían largas perchas con estrellas de metal -de distintos colores; desde el negro Nabo, genio de Mercurio, hasta -el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo. Las Abadires, piedras -caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de plata; bollos pequeños, -imitando sexos de la mujer, eran llevados en canastillas por los -sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta orden llevaban sus -fetiches y amuletos. Salieron todos los ídolos olvidados, incluso los -símbolos místicos de los navíos, como si Cartago quisiera recogerse en -un pensamiento de muerte y de desolación.</p> - -<p>Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en equilibrio, sobre su -cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre cuyas nubes -de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los -pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. -A veces el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los -devotos aprovechaban esta ocasión para tocar los Baalim con sus<span -class="pagenum" id="Page_508">p. 508</span> vestidos, que luego -guardaban como cosas venerandas.</p> - -<p>La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la plaza de Kamón. -Los Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo de -Megara; los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, -y los intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, -mercaderes, soldados, marineros y toda la horda numerosa empleada en -los funerales, todos ellos con las insignias de su magistratura o con -los instrumentos de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que -bajaban de la Acrópolis, entre los colegios de los pontífices.</p> - -<p>Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus más espléndidas -joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras; los -anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada -más lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las -frentes crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas -que temblaban sobre los pálidos rostros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_509">p. 509</span>Llegó, por fin, -Baal, a mitad de la plaza. Sus pontífices hicieron una alambrada para -contener a la multitud y formaron un círculo a sus pies.</p> - -<p>Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda, se alinearon ante -su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con capas de -lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la -Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de -Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el -de Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los -aulladores con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los -Yidonim, que para investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso -de muerto. Los sacerdotes de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban -apostados en la calle de Sateb, salmodiando en voz baja un tesmoforión -en dialecto megaro.</p> - -<p>De cuando en cuando, llegaban filas de hombres enteramente desnudos, -con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por los hombros. -Arrancaban<span class="pagenum" id="Page_510">p. 510</span> de las -profundidades del pecho una entonación bronca y cavernosa; sus pupilas, -clavadas en el coloso, brillaban en el polvo y balanceaban el cuerpo -a intervalos iguales, todos a un tiempo, como sacudidos por igual -impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer el orden, los -hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces, con la cara -junto a la alambrada de cobre.</p> - -<p>Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la plaza un hombre -vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y todos -reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim. -Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino -prevalecía en este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan -olvidada que no se había advertido la ausencia de sus pontífices. -Aumentó el asombro cuando se le vio abrir uno de los portones de la -alambrada, destinados para que entraran los que iban a ofrecer las -víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un ultraje a su -dios; a empellones<span class="pagenum" id="Page_511">p. 511</span> -trataron de rechazarlo. Alimentados con la carne de los holocaustos, -vestidos de púrpura como reyes y con coronas de triple cerco, -afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones. La cólera -hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol.</p> - -<p>Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y atravesando, paso -a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le tocó por -ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne -de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por -desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente -su pensamiento decidiéndose por Baal.</p> - -<p>Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió en protestas. -Sentía romperse el único lazo que unía las almas con una divinidad -clemente. Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía -participar del culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le -excluyeron del recinto; pero no bien estuvo afuera, dio una<span -class="pagenum" id="Page_512">p. 512</span> vuelta alrededor de todos -los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud, -que se apartaba al acercarse él.</p> - -<p>Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel entre las piernas -del coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en las llamas; -los ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus miembros -de cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies, -los niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los -brazos desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las -tiernas criaturas como para coger esta corona de carne y llevarla al -cielo.</p> - -<p>Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la multitud se amontonaba -detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas. Las grandes -estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban inmóviles -en el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente -como árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas -azuladas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_513">p. 513</span>Muchos de los -espectadores se desmayaron; otros se quedaban inertes y petrificados. -Angustia infinita agobiaba todos los pechos. Se iban apagando los -últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba como absorto en el -anhelo del terror.</p> - -<p>Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano debajo de los -velos de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de cabellos, -que arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron -entonces el himno sagrado.</p> - -<p>—¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador que se engendra, -Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios!</p> - -<p>Las voces se perdían en la explosión de los instrumentos que -tocaban a la vez, con el fin de ahogar los gritos de las víctimas. Los -schemunits de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de doce, -silbaban, tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían -un chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, -y a pesar del furor de los<span class="pagenum" id="Page_514">p. -514</span> clarines, el solsalim crujía como alas de langosta.</p> - -<p>Los hieródulos abrieron con un gancho largo los siete compartimentos -escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron harina; en -el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un -carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el -sexto, se echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito -quedó vacío.</p> - -<p>Antes de operar, se probaron los brazos del dios. Delgadas cadenitas -que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por las -espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la -altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse -le tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los -instrumentos; crepitaba el fuego.</p> - -<p>Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran piedra, -observando a la multitud.</p> - -<p>Era necesario un sacrificio individual, una oblación voluntaria, -que era<span class="pagenum" id="Page_515">p. 515</span> considerada -como preliminar de las que venían después; pero nadie se ofrecía hasta -ahora, y los siete pasadizos que iban de las avenidas al coloso estaban -vacíos. Para animar al pueblo, los sacerdotes sacaron los puñales de -sus cinturones y se hirieron el rostro. Hízose entrar en el recinto a -los devotos echados en el suelo a la parte de afuera; se les dio un -paquete de horribles hierros viejos y cada uno escogió su tortura. Se -pasaban agujas entre los pechos, se cortaban las mejillas y pusiéronse -coronas de espinas en la cabeza; luego se enlazaron de los brazos -y, rodeando a los niños, formaron otro gran ruedo que se contraía y -se ensanchaba. Llegaron a la balaustrada con estas contracciones, -atrayendo a la multitud con el vértigo de este movimiento sanguinario y -clamoroso.</p> - -<p>Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas, arrojando a las -llamas perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las ofrendas -eran cada vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se -tambaleaba, un<span class="pagenum" id="Page_516">p. 516</span> hombre -pálido y horrible por el terror, empujó a un niño; en seguida se vio -en las manos del coloso una masa negra que se hundió en la tenebrosa -abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una gran losa y -prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías de la muerte -y los renacimientos de la eternidad.</p> - -<p>Subían las víctimas lentamente, y como la humareda formaba altos -torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube. Ninguno -se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría -tapicería les impedía ver y ser vistos.</p> - -<p>Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de Moloch, estaba al -lado de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho. Cuando -trajeron el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un -gesto de horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de -brazos y miró al suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice -permanecía inmóvil como él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se -miraba en el pecho la placa de<span class="pagenum" id="Page_517">p. -517</span> oro cubierta de piedras fatídicas, de las que la llama -despedía resplandores irisados. Amílcar inclinaba la frente; y los -dos personajes se encontraban tan cerca de la hoguera que las llamas -levantaban las colas de sus mantos.</p> - -<p>Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin pararse. Cada vez -que se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían la mano -sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No -son hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!» -Los devotos gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina, -conformándose por miedo a las necesidades de Cartago, murmuraban la -fórmula eleusiaca: «¡Derrama la lluvia! ¡Engendra!»</p> - -<p>Las víctimas desaparecían al borde de la abertura como gotas de agua -en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre el color -escarlata de la estatua.</p> - -<p>Pero el apetito del dios no se calmaba: quería siempre más. Con el -objeto<span class="pagenum" id="Page_518">p. 518</span> de saciarle -mejor, le apilaron las víctimas en las manos con una gruesa cadena por -encima, que los sujetaba. Los devotos quisieron contarlos al principio, -para ver si el número de los niños correspondía a los días del año -solar; pero era imposible contarlos por el movimiento vertiginoso de -los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo; hasta la noche. Las -paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro, y entonces se -vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer los restos de -las víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por los cuerpos -enteros.</p> - -<p>Atardecía y las nubes se amontonaban encima de Baal. La hoguera, -exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las rodillas del -coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con la -cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez.</p> - -<p>A medida que los sacerdotes se daban prisa, aumentaba el frenesí -del pueblo; como disminuía el número de<span class="pagenum" -id="Page_519">p. 519</span> las víctimas, gritaban unos que se -necesitaban más, y otros que había bastante. Hubiérase dicho que las -murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de los alaridos de -espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a quienes -pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores -de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían -los gritos de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los -carbones. Los bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al -coloso y rugían como tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos -cantaban con sus labios hendidos; se había roto la alambrada y todos -querían tomar parte en el sacrificio. Los padres cuyos hijos habían -muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus juguetes y los -huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se precipitaron -sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce, los -hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al -aire para que el sacrificio<span class="pagenum" id="Page_520">p. -520</span> se esparciera por la ciudad, hasta la región de las -estrellas.</p> - -<p>Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los bárbaros al pie -de las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis, miraban el -espectáculo estremecidos de horror.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch14"> - <p><span class="pagenum" id="Page_521">p. 521</span></p> - <h2 class="nobreak" title="XIV. EL DESFILADERO DEL HACHA">XIV</h2> - <p class="subh2">EL DESFILADERO DEL HACHA</p> -</div> - -<p>Apenas habían entrado los cartagineses en sus casas, se espesaron -las nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron caer -gruesas gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio.</p> - -<p>Siguió lloviendo a cántaros toda la noche; retumbaba el trueno; era -la voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual, ahora fecundada, -abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la veía en -un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las -tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera -dormirse. Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna, -gritaban para facilitar su tarea.</p> - -<p>La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas, formando lagos -en los patios, cascadas en las escaleras y<span class="pagenum" -id="Page_522">p. 522</span> torbellinos en las esquinas de las calles. -Vertíase en pesadas y tibias masas y en hilos apretados; gruesos -chorros espumosos saltaban de los ángulos de los edificios, y los -tejados de los templos brillaban con un negro lavado a la luz de los -relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil caminos; las -casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas, -cascote y muebles.</p> - -<p>Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos impermeables para -llenarlos de agua, pero las antorchas se apagaban; se cogieron tizones -de la hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás la -cabeza y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en -la corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban -como búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo -estirando sus miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa -esperanza. Se olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria -renacía.</p> - -<p>Sentían los cartagineses una especie<span class="pagenum" -id="Page_523">p. 523</span> de necesidad de hacer pagar a otros -el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos. -Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si bien no tenían -ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que da la -complicidad en los crímenes irreparables.</p> - -<p>Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus tiendas mal -cerradas; al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando en -el barro, buscando sus armas y municiones averiadas.</p> - -<p>Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando. El viejo Sufeta -dudó unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al cabo -aceptó.</p> - -<p>Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de una catapulta -en cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en los -bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a -velas desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma.</p> - -<p>Tres días después, cuando se iba a empezar el ataque, llegaron -tumultuosamente<span class="pagenum" id="Page_524">p. 524</span> -gentes de la costa de la Libia, porque Barca había entrado en su -territorio, procurándose bastimentos.</p> - -<p>Los bárbaros se indignaron, como si Barca les traicionara. Los más -aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en abandonar -el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el helépolis; -Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara, -jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados -de Autharita se fueron, abandonando la parte occidental del campo -atrincherado. La desidia de los sitiadores era tanta que ninguno se -cuidó de reemplazarlos.</p> - -<p>Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas. Durante la noche -hizo pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la costa -entró en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil -hombres, cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta -elefantes cargados de forraje y de cecina. La llegada de este socorro -regocijó a los cartagineses, no menos que la vista de los fuertes -animales<span class="pagenum" id="Page_525">p. 525</span> consagrados -a Baal; eran como una prenda de ternura; una prueba de que al fin el -dios iba a intervenir en la guerra.</p> - -<p>Narr-Habas recibió las felicitaciones de los Ancianos. En seguida -subió al palacio de Salambó.</p> - -<p>No la había vuelto a ver desde que en la tienda de Amílcar, entre -los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los -esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida, -distraído por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de -sus derechos de esposo: poseerla.</p> - -<p>Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su señor. Aunque -todos los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el -libio disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera -era casi religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas -como un reflejo de la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. -Deseaba haberle conocido antes, y sin embargo, le cohibía su<span -class="pagenum" id="Page_526">p. 526</span> presencia. Mandó que le -dijeran que no podía recibirle.</p> - -<p>Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su servidumbre que no dejasen -entrar al rey de los númidas a la residencia de Salambó, porque -retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba tenerle -adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró.</p> - -<p>En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió prerrogativas -para su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo que los -bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres.</p> - -<p>Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando vieron llegar en -una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos prisioneros -cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a los -Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes -de la defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia, -le devolvía ahora sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los -mercenarios en la Cerdeña y aun<span class="pagenum" id="Page_527">p. -527</span> negándose a reconocer como súbditos a los habitantes de -Útica.</p> - -<p>Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este ejemplo. Necesitaba -para conservar sus Estados mantener el equilibrio entre Roma y Cartago; -tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo que se -declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y -tres mil rebel de buen trigo.</p> - -<p>Una razón de más peso obligaba a socorrer a Cartago; se comprendía -que si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían desde el soldado -hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna casa podrían -resistirles.</p> - -<p>En todo este tiempo, Amílcar operaba en las campiñas orientales. -Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron sitiados a su -vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y contramarchas, -renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus -campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo -mismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_528">p. 528</span>Pero no pasó de -Túnez, sino que se encerró en sus muros; determinación muy cuerda, -porque pronto se vio que Narr-Habas salía por la puerta de Kamón con -sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los otros bárbaros iban -errantes por las provincias en persecución del Sufeta. Este había -recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la Cirenaica -y armaduras del Brucio, y continuó la guerra.</p> - -<p>Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante cinco lunas los -arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba.</p> - - -<p class="mt2">Los bárbaros trataron al principio de envolverle con -pequeños destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. -Su ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas -veces se dieron el gusto de ver retroceder a los cartagineses.</p> - -<p>Lo que más les atormentaba eran los jinetes de Narr-Habas. Con -frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano -soñolientos y abrumados<span class="pagenum" id="Page_529">p. -529</span> por el peso de las armas, asomaba de pronto en el horizonte -una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube de pupilas -centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas, envueltos -en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos, apretando -con las rodillas a los encabritados corceles; les hacían dar una vuelta -bruscamente, y luego desaparecían. Tenían siempre, a cierta distancia, -provisiones de azagayas en los dromedarios, y volvían más terribles, -aullando como lobos y huyendo como buitres. Caían los bárbaros que iban -en los flancos, y así se seguía hasta la noche, en que se procuraba -ganar las montañas.</p> - -<p>Aunque estas eran peligrosas para los elefantes, Amílcar se aventuró -en ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del promontorio -Hermeo a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era -este un medio de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua -incertidumbre en que los mantenía, concluía por exasperarlos<span -class="pagenum" id="Page_530">p. 530</span> más que una derrota. Sin -desanimarse, le seguían los pasos.</p> - -<p>Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la Montaña de -Plomo, en medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero, -sorprendieron los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el -enemigo estaba allí en masa, según demostraba el estrépito de los -clarines. Los cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este -en una llanura en forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un -alto anfiteatro de peñas escarpadas. Los bárbaros acometieron a los -vélites, entre los bueyes que galopaban; otros cartagineses corrían -en tumulto; se vio un hombre de manto rojo, el Sufeta, y los bárbaros -le gritaron con transportes de furor y de alegría. Muchos, o por -pereza o por prudencia, se habían quedado a la salida del desfiladero. -La caballería salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los -empujaban sobre los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el -fondo de la llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún -tiempo,<span class="pagenum" id="Page_531">p. 531</span> se detuvo. No -se descubría ninguna salida.</p> - -<p>Aquellos que se hallaban más próximos al desfiladero, volvieron -atrás, pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los que iban delante -para hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la montaña. Sus -compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el camino.</p> - -<p>Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres ocultos en las -rocas las empujaron con maderos, las derribaron; como la pendiente era -rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron completamente -la boca del desfiladero.</p> - -<p>Al otro extremo de la llanada se extendía un largo pasadizo, hendido -aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que venía de -la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este -paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo; -protegidos por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían -vuelto a reunir; allí fueron izados por los compañeros. A los que -estaban<span class="pagenum" id="Page_532">p. 532</span> más atascados -en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el terreno en este lugar -era un arenal movedizo, imposible de escalar a pie. Casi en seguida -llegaron los bárbaros, a tiempo que un rastrillo, alto, de cuarenta -codos, hecho a la medida exacta del hueco, se interpuso entre ellos, -como un reducto caído del cielo.</p> - -<p>Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían surtido sus efectos. -Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que marchaban al -frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo estrechas -en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en el -horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus -vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un -triunfo como el obtenido.</p> - -<p>Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en el llano hasta -la mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de aquella -encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca, -tallada<span class="pagenum" id="Page_533">p. 533</span> a pico. No -había salvación. Las dos salidas naturales de este callejón estaban -cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas. Miráronse todos en -silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre intentaron el último -esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron escalar la cumbre, pero -aquellas o se desmoronaban o no ofrecían asidero a causa de su forma -redonda. Quisieron hender el terreno a ambos lados de la garganta, pero -sus herramientas se rompieron. Con los palos de sus tiendas encendieron -una gran hoguera; pero el fuego no podía incendiar la montaña.</p> - -<p>Embistieron el rastrillo, claveteado con púas agudas como las del -puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo. Los primeros -entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y todos -cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y -cabelleras ensangrentadas.</p> - -<p>Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que les quedaba -de víveres. A causa de haber perdido sus<span class="pagenum" -id="Page_534">p. 534</span> bagajes, apenas tenían para dos días; todo -les faltaba, porque esperaban un convoy prometido por las ciudades del -Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes abandonados por -los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros. Los mataron a -lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los pensamientos fueron -menos sombríos.</p> - -<p>Al otro día degollaron todas las mulas, unas cuarenta en junto; -rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los huesos; no -desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de -Túnez.</p> - -<p>El hambre redobló en la noche del quinto día, y tuvieron que roer -los tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que cubrían el -fondo de los cascos.</p> - -<p>Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en la especie de -hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos. Quiénes -se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban -confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos -buscaban a los<span class="pagenum" id="Page_535">p. 535</span> -bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos.</p> - -<p>Se había enterrado aprisa los cadáveres de los vélites, a causa de -la infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas.</p> - -<p>Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra. Entre sus líneas, -un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones contra los -cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera -inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores -hubieran sido menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban -como niños.</p> - -<p>Buscaban a los capitanes y les suplicaban les dieran algo que -mitigara sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les tiraban -piedras a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra -sus cortas provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un -puñado de harina, que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza -bajo el manto. Los que guardaban sus espadas, las tenían desnudas en -las manos; los más desconfiados, se mantenían<span class="pagenum" -id="Page_536">p. 536</span> de pie, de espaldas contra la montaña.</p> - -<p>Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita no temía dar -la cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte -veces al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una -escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles, -parecía un oso salido de su caverna, allá en la primavera, para -observar si se derritieron las nieves.</p> - -<p>Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de las grietas; -como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban -tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas -azuladas. En la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados -sus compañeros abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres, -y sus cuerpos blancos quedaron sobre la arena, expuestos al sol. -Entonces, los garamantes se pusieron a rondar los muertos. Eran seres -acostumbrados a la soledad y que no conocían ningún dios. El más viejo -de la<span class="pagenum" id="Page_537">p. 537</span> banda hizo una -señal, y echándose sobre los cadáveres con sus cuchillos, cortaron -trozos, y luego, sentados sobre los talones, los devoraron. Los demás -bárbaros lo veían de lejos, dando gritos de horror; muchos, sin -embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta desaprensión.</p> - -<p>A media noche se reunieron algunos, y disimulando su asco, se -acercaban pidiendo una tajada «para probar», según decían. Acudieron -otros, y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los -labios esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron -quienes la comieron con deleite.</p> - -<p>Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban unos a otros, -incluso aquellos que al principio rehusaban el trato con los -garamantes. Asaban la carne sobre carbones, con la punta de la espada, -la salaban con polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no -quedó nada de los tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para -comérselos.</p> - -<p>Solo tenían veinte cartagineses cautivos<span class="pagenum" -id="Page_538">p. 538</span> en el último encuentro, y en los que nadie -se había fijado aún. Desaparecieron; fue además una venganza lógica. -Después, como había que vivir, y se tomaba gusto por esta alimentación, -se degolló a los palafreneros, aguadores y peones de los mercenarios. -Todos los días mataban a alguno de estos; muchos se hartaban con su -carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres.</p> - -<p>También este recurso llegó a faltar. Entonces la gula pensó en los -heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era preferible -librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba -perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían -de astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como -por descuido se les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de -hacer creer que estaban con fuerzas, intentaban mover los brazos, -levantarse, reír. Había desmayados que volvían en sí al contacto de la -cuchilla que les cortaba un miembro; se mataba<span class="pagenum" -id="Page_539">p. 539</span> sin necesidad, por ferocidad y para saciar -el furor.</p> - -<p>Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones a fines de -invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este -cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió -con rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La -llovizna que caía sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en -pudridero la llanura. Se cernían vapores blanquecinos que penetraban -la piel, cegaban los ojos y picaban en las narices, y en los que los -bárbaros creían ver el aliento o las almas de sus camaradas. Una -tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora: querían morir.</p> - -<p>Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a pasar hambre. -Les parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se revolcaban -convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los -brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la -sed, porque no tenían ni una sola gota de agua, pues a partir<span -class="pagenum" id="Page_540">p. 540</span> del noveno día se habían -agotado los odres. Para engañar la necesidad, lamían las chapas -metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y las hojas de las -espadas. Los antiguos conductores de caravanas se apretaban el vientre -con cuerdas. Otros chupaban un guijarro. Bebían los orines enfriados en -los cascos de cobre.</p> - -<p>Y a todo esto, esperando siempre el socorro de Túnez. Según sus -conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su próxima -llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría. -«Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca.</p> - -<p>Al principio hicieron plegarias, votos y toda suerte de -invocaciones; ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en -venganza se volvían incrédulos.</p> - -<p>Los hombres de carácter violento fueron los primeros en morir; los -africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba tendido a -lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un -jugo abundante, y<span class="pagenum" id="Page_541">p. 541</span> -declarándola venenosa, a fin de apartar a todos, se alimentaba con -ella.</p> - -<p>Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas. Algunas veces, -cuando un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba hacia él -con una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después -de apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, -miraba en torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a -hundir su asqueroso pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole -echado en el polvo. Otros más afortunados conseguían descubrir -camaleones o serpientes; pero lo que les hacía vivir más que todo, -era el amor a la vida; se aferraban a esta idea, tenazmente, por un -esfuerzo de la voluntad.</p> - -<p>Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en rueda, en medio de -la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se abandonaban -silenciosamente a su tristeza.</p> - -<p>Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de sus calles más -concurridas, con tabernas, baños, teatros y<span class="pagenum" -id="Page_542">p. 542</span> tiendas de barberos, donde se cuentan -sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando se pone el sol, -cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes suben las -colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas soñaban -con cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos, con -batallas, y en la somnolencia que les embargaba, todo ello se les -representaba con la lucidez y los éxtasis de un ensueño. Alucinados, -buscaban en la montaña una puerta por donde huir, y querían pasarla al -través; otros, creyendo navegar en medio de una tempestad, mandaban una -maniobra marinera; o bien retrocedían espantados, viendo en las nubes -batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose estar en un -festín.</p> - -<p>Muchos, por una extraña manía, repetían la misma palabra o hacían -continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza, mirarse -unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los -más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que se -habían salvado. A<span class="pagenum" id="Page_543">p. 543</span> -todos se les representaba la muerte cierta, inminente. ¡Cuántas veces -habían intentado abrirse un paso! Para implorar una capitulación del -vencedor, no sabían de qué medio valerse, porque ignoraban dónde estaba -Amílcar.</p> - -<p>Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo volcar la arena -en cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las cabelleras de -los bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera enterrarlos -vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más -alta.</p> - -<p>En ocasiones cruzaban los aires bandadas de pájaros, que se ponían a -tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos.</p> - -<p>Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían las uñas, el frío -les traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin exhalar -un grito.</p> - -<p>Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos mil asiáticos, mil -quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus completas, los -más jóvenes<span class="pagenum" id="Page_544">p. 544</span> de los -mercenarios; en total, veinte mil soldados: la mitad del ejército.</p> - -<p>Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban, iba a dejarse -matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la montaña -un hombre frente a él.</p> - -<p>Este hombre, a causa de la altura, parecía un enano; pero Autharita -divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el brazo izquierdo -y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura, ante el -rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del -precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban.</p> - -<p>Espendio cogió una cabeza de buey; con dos cinturones compuso una -diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de una percha, -la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El cartaginés -desapareció. Quedaron todos a la espera.</p> - -<p>Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del tajo, -vieron caer un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas -de diamante, con el sello<span class="pagenum" id="Page_545">p. -545</span> del Gran Consejo: en el centro, un caballo debajo de -una palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les -enviaba.</p> - -<p>Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera el fin de sus -dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban. Espendio, -Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se -ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no -sabían qué camino tomar.</p> - -<p>En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y la más alta de -estas, girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que estaban -los bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba -moverlas en un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba -empujarlas con fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las -empujaron, y con la luz del día, los bárbaros vieron una serie de -peñascos dispuestos como una escalinata en ruinas. Los bárbaros no -podían todavía subirlas. Se les tendió escalas y todos se precipitaron -a ellas. Los rechazó la<span class="pagenum" id="Page_546">p. -546</span> descarga de una catapulta, y únicamente fueron aceptados los -diez embajadores.</p> - -<p>Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las manos en las grupas -de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su primer -transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias -de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó.</p> - -<p>—Yo seré quien hable.</p> - -<p>Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente para la salvación -del ejército.</p> - -<p>Detrás de los matorrales encontraban centinelas emboscados, que se -arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado. Así que -los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó -alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una -tienda de campaña.</p> - -<p>En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel, junto a una mesa -alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le rodeaban, -puestos en pie.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_547">p. 547</span>Al ver el -Sufeta a aquellos hombres, hizo un gesto de repugnancia; tenían las -pupilas extraordinariamente dilatadas, con un gran cerco negro en -torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las orejas; sus -narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas -por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los -músculos, desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se -pegaban a unos dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de -tumba entreabierta o de sepulcro agusanado.</p> - -<p>En el centro de la tienda había, sobre una estera en que los -capitanes iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que -miraban los bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para -dar una orden, y entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la -vianda, hundiendo las caras en la grasa y acompañando el ruido de la -deglución con hipos de alegría. Más por extrañeza que por misericordia, -les dejaron arrebañar la gamella, y cuando hubieron terminado,<span -class="pagenum" id="Page_548">p. 548</span> Amílcar mandó con una señal -que hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio tenía -miedo, balbuceaba.</p> - -<p>Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un dedo a un grueso -anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí el sello -de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si -fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza.</p> - -<p>El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los crímenes de -Hannón, porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de -aplacar a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus -antiguos servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, -casi violento; hasta que divagó, arrebatado por el calor de su -facundia.</p> - -<p>Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se haría la paz, que -por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le entregaran diez -mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_549">p. 549</span>Los enviados no -esperaban tanta clemencia. Espendio exclamó:</p> - -<p>—¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo!</p> - -<p>—No; me bastan diez —contestó Amílcar.</p> - -<p>Les hicieron salir de la tienda para que deliberaran. Cuando -estuvieron solos, Autharita reclamó por sus compañeros sacrificados, y -Zarxas dijo a Espendio:</p> - -<p>—¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada, junto a él!</p> - -<p>—¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! —repuso Espendio—. ¡A Amílcar!</p> - -<p>Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa imposible, como si -Amílcar fuera un ser inmortal.</p> - -<p>Tal era su postración, que se echaron de espaldas en tierra, sin -saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran. Consintieron y -volvieron a entrar en la tienda.</p> - -<p>Amílcar puso por turno una mano en las de los diez bárbaros, -apretando los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras, porque -solo el tocar aquellas pieles viscosas causaba<span class="pagenum" -id="Page_550">p. 550</span> una picazón que horripilaba. Luego -añadió:</p> - -<p>—¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y prometéis por ellos?</p> - -<p>—Sí —respondieron todos.</p> - -<p>—¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención de cumplir -vuestras promesas?</p> - -<p>Contestaron que volverían junto a sus compañeros para hacerles -cumplir lo pactado.</p> - -<p>—Pues bien —replicó el Sufeta—; según la convención pactada entre -yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a vosotros -diez; os guardo en rehenes.</p> - -<p>Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros nueve se -apretaron guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una -queja.</p> - - -<p class="mt2">Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus -parlamentarios, se creyeron traicionados y que estos se habían -entregado al Sufeta. Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero -tomaron la resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jirones<span -class="pagenum" id="Page_551">p. 551</span> de ropa, picos y flechas, -hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más débiles, -que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con el -ejército de Túnez.</p> - -<p>En lo alto del desfiladero se abría una pradera sembrada de -arbustos; los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron -con un campo de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres -horas después llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas -verdegueantes.</p> - -<p>Entre las ondulaciones de estos montículos brillaban haces de -color de plata, separadas unas de otras; los bárbaros, deslumbrados -por el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas negras -que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes, -horriblemente armados.</p> - -<p>Además del espolón del pecho, de los puñales de sus colmillos y -de las rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos, -llevaban al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba -atado el mango<span class="pagenum" id="Page_552">p. 552</span> de -un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se adelantaban -paralelamente por cada lado.</p> - -<p>Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni siquiera intentaron -huir; se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en esta masa -de hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de sus -colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían -con las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas, -parecían volcanes movibles; no se veía más que un ancho montón en que -las carnes humanas formaban manchas blancas; los pedazos de cobre, -manchas grises, y la sangre, copos rojos. Los horribles animales, -atropellando por todo, ahondaban surcos negros. El más furioso iba -conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y lanzaba -jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido. -Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería -miraban siempre hacia él.</p> - -<p>Poco a poco se iba estrechando el<span class="pagenum" -id="Page_553">p. 553</span> círculo; los bárbaros no podían resistir, -y en breve los elefantes llegaron al centro de la llanura. Les faltaba -espacio; se amontonaban alborotados, chocándose con los colmillos. Pero -Narr-Habas los aplacó, y volviendo grupas, regresaron al trote a las -colinas.</p> - -<p>Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la derecha, en un -repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a las -tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y -cuando los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los -elefantes. Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón -de elefante aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo -con un movimiento de ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron -todo el recorrido.</p> - -<p>El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la noche. Amílcar -se recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto, se -estremeció.</p> - -<p>Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos pasos de allí, a -la<span class="pagenum" id="Page_554">p. 554</span> izquierda, en la -cumbre de un cerro. Eran cuatrocientos de los más robustos: etruscos, -libios y espartanos que en un principio ganaron las alturas, y que -después de la matanza de sus compañeros resolvieron cargar contra los -cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de un modo magnífico y -formidable.</p> - -<p>El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo. Necesitaba soldados, -y los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura. Podían -acercarse a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían -víveres.</p> - -<p>Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche comiendo. Pero -los cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los -mercenarios.</p> - -<p>¿Cedía este a las expansiones de un odio insaciable, o era esto un -refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo, sin espada, desnuda -la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que siendo -mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero -como le hacían falta hombres, y no sabía de qué<span class="pagenum" -id="Page_555">p. 555</span> modo escoger los mejores, que se pelearan -unos con otros y que admitiría los vencedores para su guardia -particular.</p> - -<p>Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a sus soldados, -porque los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el -horizonte, les mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas -formando una línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual -brazos de gigantes que llevaran hachas en las cabezas.</p> - -<p>Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros. No era la muerte -lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que se les -obligaba.</p> - -<p>La vida en común había establecido entre estos hombres una profunda -amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la patria; -viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero; -dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de -las estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos -países, de tantas muertes y aventuras, se habían<span class="pagenum" -id="Page_556">p. 556</span> creado extraños amores; uniones obscenas -tan formales como matrimonios; en las que el más fuerte defendía al más -joven en una batalla, le ayudaba a franquear precipicios, limpiaba su -frente del sudor de las fiebres, robaba comida para él; y el protegido, -niño recogido al borde de un camino, convertido en mercenario, pagaba -este afecto con mil cuidados y complacencias de esposa.</p> - -<p>Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas, regalos felices, -en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos, pero -ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris: -«¡No; tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro -respondía: «Me quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón -y no te preocupes!» Los hermanos se miraban con las manos enlazadas; -el amante daba a su amado la despedida eterna derramando lágrimas, -abrazándose.</p> - -<p>Al quitarse las corazas para que las puntas de las espadas entraran -mejor,<span class="pagenum" id="Page_557">p. 557</span> enseñaron las -cicatrices de las heridas recibidas por defender a Cartago, semejantes -a inscripciones en columnas.</p> - -<p>Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de los gladiadores, -y empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado los -ojos, y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo. -Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos -cobardes. Los bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha -de un modo furibundo y precipitado.</p> - -<p>A veces, dos hombres se detenían ensangrentados, cayendo uno en -brazos del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía. Daban el -pecho a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses, -de lejos, tenían miedo.</p> - -<p>Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus pupilas -fulguraban al través de sus largas cabelleras, que colgaban como -teñidas en un baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos, -vertiginosamente, como panteras<span class="pagenum" id="Page_558">p. -558</span> heridas en la frente; otros estaban inmóviles, contemplando -un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la cara con -las uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el -vientre.</p> - -<p>Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les gritaron que tiraran -las espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua. Mientras estaban -bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos cartagineses -los mataron por la espalda con estiletes.</p> - -<p>Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer los instintos de -su ejército, y por esta traición atraerlo a su persona.</p> - -<p>Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así se creía. -Matho no resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la -partida.</p> - -<p>Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un convoy por la -Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una vez -destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo -importante era tomar<span class="pagenum" id="Page_559">p. 559</span> -a Túnez, a la que se dirigió a marchas forzadas.</p> - -<p>Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la noticia de la -victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en el -palacio de Salambó.</p> - - -<p class="mt2">Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un alto -sicomoro, entre dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de -Taanach. Llevaba sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres -los ojos; pero sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no -menos que la pedrería de sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos -envueltas mientras duró la entrevista, no hizo un solo gesto.</p> - -<p>Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros. Ella le dio las -gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca. El -númida le contó entonces toda la campaña.</p> - -<p>En torno de los interlocutores, las palomas se arrullaban -lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba: codornices -de Tarteso y pintadas<span class="pagenum" id="Page_560">p. 560</span> -púnicas. Trepaban las coloquíntidas por las ramas de las cañafístulas, -las asclepias sembraban los campos de rosas; toda clase de plantas se -entrelazaban formando canastillos y lazos; los rayos de sol, bajando -oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas en el suelo. Los -animales domésticos, convertidos en montaraces, huían al menor ruido. -Los rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del oleaje. El cielo -estaba todo azul y ni una vela aparecía en el mar.</p> - -<p>Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey númida. Vestía -este una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro; dos -flechas de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. -Apoyaba la mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos -de electro y pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos -absorbían a Salambó. Este hombre, de voz suave y de complexión -femenina, cautivaba por su gracia personal, y a ella le parecía como -una hermana mayor enviada por los Baales para protegerla. El recuerdo -de Matho<span class="pagenum" id="Page_561">p. 561</span> le hizo -preguntar por él al númida.</p> - -<p>Respondió Narr-Habas que los cartagineses se dirigían a Túnez con -el fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus probabilidades -de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse, hasta -ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó -dijo:</p> - -<p>—¡Sí, mátalo; es necesario!</p> - -<p>El númida contestó que deseaba ardientemente esta muerte, porque -así, acabada la guerra, sería su esposo.</p> - -<p>Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero prosiguiendo -Narr-Habas, comparó sus deseos a las flores que languidecen después de -la lluvia; a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que ella -era más hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y -que el rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los -negros, cosas nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su -palacio estarían enarenadas con polvo de oro.</p> - -<p>Atardecía; se respiraba un aire perfumado.<span class="pagenum" -id="Page_562">p. 562</span> Por algún tiempo, se miraron en silencio. -Los ojos de Salambó, entre los largos pliegues de su vestimenta, -parecían dos estrellas en el rasgón de una nube. Antes que se pusiera -el sol, terminó la entrevista.</p> - -<p>Los Ancianos se sintieron inquietos cuando Narr-Habas salió de -Cartago. El pueblo le había recibido con aclamaciones más entusiastas -que la primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban -solos de los mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, -resolvieron, para debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón -actuara en esta última etapa de la salvación de la República.</p> - -<p>Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias occidentales, -a fin de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa -derrota; pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o -estaban ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su -cólera en la campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni -una brizna de hierba; a los niños y enfermos que encontraba<span -class="pagenum" id="Page_563">p. 563</span> los hacía morir entre -tormentos; daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas, pero -él se hacía llevar a una litera las más hermosas, porque su atroz -enfermedad le tenía inflamado de impúdicos deseos.</p> - -<p>A veces, en las crestas de las colinas se plegaban las negras -tiendas como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes -llantas, que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero -son, se hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el -sitio de Cartago iban errantes por las provincias, esperando una -ocasión o la victoria de los mercenarios para volver; pero, sea -por terror o por hambre, tomaron todas el camino de sus hogares, y -desaparecieron.</p> - -<p>Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero como le convenía -concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de Túnez. -Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las -murallas de aquella ciudad.</p> - -<p>Túnez tenía para defenderse su población<span class="pagenum" -id="Page_564">p. 564</span> autóctona, doce mil mercenarios, todos los -«Comedores de cosas inmundas», y con ellos estaba Matho, contemplando -desde allí, a lo lejos, el horizonte de Cartago. Con este conjunto -de odios reunidos, pronto se organizó la resistencia. Con odres se -hicieron cascos, se cortaron todas las palmeras de los jardines -para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en cuanto a víveres, se -pescaban a orillas del lago grandes peces blancos que se alimentaban -de cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones, en estado ruinoso -por los celos de Cartago, no podían resistir el empuje de los hombres. -Matho tapó los agujeros con piedras de los edificios. Era la lucha -postrera; nada esperaba, como no fuese que la fortuna diera una vuelta -a la rueda.</p> - -<p>Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla un hombre que -de cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía volar -las flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar -una bandada<span class="pagenum" id="Page_565">p. 565</span> de -golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho.</p> - -<p>Amílcar estableció su campo en el lado meridional; Narr-Habas, a su -derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago; los tres -generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos a -un tiempo al enemigo.</p> - -<p>Pero Amílcar quiso primero demostrar a los mercenarios que los -castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez embajadores, y los -puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad.</p> - -<p>A su vista, los sitiados abandonaron las murallas.</p> - -<p>Matho tenía pensado que si podía pasar entre los muros y las tiendas -de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los númidas no -tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la infantería -cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la ciudad. -En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos.</p> - -<p>Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del lago, avisó a Hannón -que<span class="pagenum" id="Page_566">p. 566</span> enviara tropas -en auxilio de Amílcar. ¿Era porque creía a Barca débil para resistir -a los mercenarios, o bien fue una perfidia o una necedad? Nunca se -pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su afán de humillar a su -rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con todo su ejército se -precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un cambio de frente, y -corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y aplastándoles, hasta -que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en ella con treinta de -los Ancianos más ilustres.</p> - -<p>Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes. Avanzaban todos -puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y aquellos -que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la -huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico. -¡Sálvame!» Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies -no tocaban al suelo. A los Ancianos se les había ya sacado afuera. -Aumentó el terror de Hannón: «¡Me habéis vencido! ¡Soy vuestro<span -class="pagenum" id="Page_567">p. 567</span> cautivo! ¡Pagaré mi -rescate!» Y repetía, viéndose llevado a hombros de los mercenarios: -«¿Qué vais a hacer? ¿Qué queréis? ¡Ya veis que no hago resistencia! -¡Siempre he sido bueno!»</p> - -<p>Ante la puerta se había levantado una cruz gigantesca. Aullaban los -bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y en nombre de -los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía que -confiarle un secreto del que dependía su salvación.</p> - -<p>Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era prudente consultar -a Matho, fueron a avisarle.</p> - -<p>Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía otras cruces, como -si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano; hacía -esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una, -tal vez ninguna. Lo levantaron.</p> - -<p>—¡Habla! —dijo Matho.</p> - -<p>Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos en Cartago, y -serían reyes los dos.</p> - -<p>Matho se apartó, haciendo señal a<span class="pagenum" -id="Page_568">p. 568</span> los demás para que se dieran prisa; porque -ya se imaginaba que todo era una astucia para ganar tiempo.</p> - -<p>Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas crisis en que no -se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a cambio de -una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus -soldados.</p> - -<p>Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos tendidos en tierra, -con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el anciano -Sufeta que iba a morir, lloró.</p> - -<p>Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y entonces mostró -al desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras cubrían -enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los -pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que -resbalaban entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo -horriblemente triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema -real, medio desceñida, se arrastraba por el polvo con sus cabellos -blancos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_569">p. 569</span>No encontraban -cuerdas bastante fuertes para izarlo hasta lo alto de la cruz; y le -clavaron los pies, antes de levantar el madero, a la usanza púnica. Su -orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor: vomitó injurias. Espumeaba -por la boca; se retorcía como monstruo marino que degüellan en la -ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más cruel, y -que sería vengado.</p> - -<p>Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde se escapaban ahora -llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los embajadores de los -mercenarios.</p> - -<p>Algunos de estos, desmayados al principio, se habían reanimado -con la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el pecho -y colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los -brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre -a goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y -Cartago, el golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que -daba vueltas, como una inmensa rueda. Alguna<span class="pagenum" -id="Page_570">p. 570</span> nube de polvo que subía del suelo les -envolvía en su torbellino, y sentían correr sobre ellos un sudor -glacial juntamente con el alma que se les escapaba.</p> - -<p>Veían, sin embargo, a mucha profundidad los movimientos de los -soldados en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente el tumulto -de la batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que mueren -en las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, -aún gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados; -Zarxas, tan vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a -su lado, tenía la cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la -cruz; Autharita, inmóvil, giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta -en una hendidura de la madera, se mantenía recta sobre la frente, y el -ronquido que exhalaba del pecho parecía más bien un rugido de cólera. -En cuanto a Espendio, revestido de un valor extraño, despreciaba ahora -la vida, por la certidumbre que tenía de una manumisión inmediata<span -class="pagenum" id="Page_571">p. 571</span> y eterna, y esperaba -impasible la muerte.</p> - -<p>En medio de su desfallecimiento, temblaban todos ante un roce de -plumas que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y graznidos, -en el aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se posó -el primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le -dijo lentamente, con sonrisa indefinible:</p> - -<p>—¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca?</p> - -<p>—¡Eran nuestros hermanos! —contestó el galo; y expiró.</p> - -<p>Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y llegado a -la ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las -lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada -en la plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a -orillas del lago, treinta cruces desmesuradas.</p> - -<p>En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían construido con -los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los Ancianos -aparecían<span class="pagenum" id="Page_572">p. 572</span> en alto, -destacándose en el azul del cielo. Sobre sus pechos tenían algo así -como mariposas blancas; eran las barbas de las flechas que les habían -tirado desde abajo.</p> - -<p>En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha cinta de oro, -flotando hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar -le costó trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, -no pudiendo aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, -juntamente con los miembros, y solo quedaban en la cruz restos -informes, semejantes a fragmentos de animales colgados a la puerta de -un puesto de monteros.</p> - -<p>El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante de él, le -ocultaba todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente -a los otros dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando -fugitivos, los cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo -alto. Esta catástrofe, en medio de la victoria, les impresionó. Ya no -hacían caso de las órdenes de Amílcar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_573">p. 573</span>Matho se aprovechó -de ello para continuar sus estragos entre los númidas.</p> - -<p>Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre ellos. Salieron los -elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se precipitaron -sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo, -donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había -enviado su caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando -los caballos estuvieron a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron, -abriéndoles el vientre a puñaladas. La mitad de los númidas había -muerto cuando se presentó Amílcar.</p> - -<p>Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente a estas tropas -de refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las Aguas -Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió -a la desembocadura del Macar.</p> - -<p>Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de escombros -humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la -mitad<span class="pagenum" id="Page_574">p. 574</span> del llano; en -el fondo, entre las orillas del golfo, los cadáveres de los elefantes, -empujados por la brisa, chocaban entre sí como un archipiélago de -negras rocas que flotaran en el mar.</p> - -<p>Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado mano de todos -los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras, -y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio -morir a lo lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las -calles, llamándolos por sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah, -el <i>Invencible</i>! ¡La <i>Victoria</i>! ¡El <i>Terrible</i>! ¡La -<i>Golondrina</i>!» En el primer día no se habló más que de los -ciudadanos muertos; pero al siguiente, se vieron las tiendas de los -mercenarios en la montaña de las Aguas Calientes, y la desesperación -fue tan grande, que mucha gente, las mujeres sobre todo, se -precipitaron de cabeza de lo alto de la Acrópolis.</p> - - -<div class="section"> -<p class="mt2">Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía solo -en su tienda, sin<span class="pagenum" id="Page_575">p. 575</span> más -compañía que la de un joven, y nadie comía con ellos, sin exceptuar -al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin embargo, miramientos -extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey de los númidas -tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a desconfiar.</p> -</div> - -<p>La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras. Con toda suerte -de artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los mercenarios -se vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No bien -entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si -bebían en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde -se guarecían para dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían -sido sus aliadas o sus cómplices, los perseguían ahora; en todas estas -bandas, veían los bárbaros armaduras cartaginesas.</p> - -<p>Muchos tenían costras y herpes en la cara, provenientes, según -ellos, de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por haber -comido los peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse,<span -class="pagenum" id="Page_576">p. 576</span> soñaban con sacrilegios -peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a los dioses púnicos. -Hubieran querido exterminarlos.</p> - -<p>Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo de la costa -oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los -primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e -Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las -dos ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos. -Con tanta miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el -sentimiento de una exasperación que iba en aumento; hasta que un día se -encontraron en las gargantas del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez!</p> - -<p>La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros estaban tan -excitados, que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran -batalla, con tal de que fuera la última.</p> - -<p>Matho tenía deseos de comunicar personalmente al Sufeta esta -propuesta, pero uno de sus libios se ofreció a<span class="pagenum" -id="Page_577">p. 577</span> hacerlo. Todos, al verle partir, tuvieron -el convencimiento de que no volvería; pero volvió la misma noche.</p> - -<p>Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al amanecer, en el -llano de Radés.</p> - -<p>Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo más, y el libio -contó:</p> - -<p>—Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué quería. Yo -respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás -mañana con tus compañeros!»</p> - -<p>Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos quedaron aterrados, -por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al parlamentario en el -campo cartaginés.</p> - - -<p class="mt2">Le quedaban todavía tres mil africanos, mil doscientos -griegos, mil quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos -etruscos, quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, -bandidos nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, -siete mil doscientos diez y nueve soldados, pero ninguna sintagma<span -class="pagenum" id="Page_578">p. 578</span> completa. Habían tapado -los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo; y reemplazó -los coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de cobre o de -hierro hacían más pesados sus vestidos; las cotas de malla colgaban en -andrajos, mostrando en las carnes las cuchilladas como hilos de púrpura -entre los pelos de los brazos y de las caras.</p> - -<p>La rabia por los compañeros muertos les volvía al alma multiplicando -su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un dios de -los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además, -les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de -Cartago en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte.</p> - -<p>Mataron las bestias de carga y se las comieron para cobrar fuerzas; -luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a distintas -constelaciones.</p> - -<p>Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos. Frotaron el -borde de los escudos con aceite, para facilitar<span class="pagenum" -id="Page_579">p. 579</span> el resbalo de las flechas; los infantes -que llevaban largas cabelleras se las cortaron en la frente, por -prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar todas las gamellas, -sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago lleno. Su ejército -ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del ejército bárbaro; -pero nunca había experimentado la inquietud que ahora; si sucumbía era -la destrucción de Cartago y moriría crucificado; si triunfaba, por los -Pirineos, las Galias y los Alpes, caería sobre Italia y el imperio de -los Barca sería eterno. Veinte veces se levantó en esta noche para -vigilarlo todo, en los más mínimos detalles. Los cartagineses estaban -exasperados por tanto recelo.</p> - -<p>Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas, aparte de que los -bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad, bebía a -cada instante vasos de agua.</p> - -<p>De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y puso en el suelo -una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos con -azufre y<span class="pagenum" id="Page_580">p. 580</span> rombos de -nácar. Era la corona de desposado que enviaba la novia; una prueba de -amor; una especie de invitación.</p> - -<p>Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El recuerdo de Matho la -obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la muerte de -este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de la -picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de -los númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir -inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para -excitar su valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya -no pensó más que en la dicha de poseer una mujer tan hermosa.</p> - -<p>La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó en seguida, -y concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como -porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu -más elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le -parecía claro.<span class="pagenum" id="Page_581">p. 581</span> Si -algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de Espendio.</p> - -<p>Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio puso a los -etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban atrás, -y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo -raso, cubiertos de plumas de avestruz.</p> - -<p>El Sufeta dispuso los cartagineses en orden parecido. A distancia de -la infantería, junto a los vélites, colocó los clinabaros; más allá, -a los númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban alineados, -dándose las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una -vacilación; pero al fin, los dos ejércitos se movieron.</p> - -<p>Avanzaban los bárbaros lentamente, para no sofocarse, batiendo la -tierra con los pies. El centro del ejército púnico formaba una curva -convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al encontronazo de dos -flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se entreabrió en -seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas y -azagayas. La curva de<span class="pagenum" id="Page_582">p. 582</span> -los cartagineses iba aplanándose, hízose recta y luego se dobló; -entonces, las dos secciones de vélites se acercaron paulatinamente, -como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros, encarnizados -contra la falange, entraron en este hueco; estaban perdidos. Matho los -detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían avanzando, hizo salir -afuera las tres filas interiores de su línea, las cuales desbordaron -pronto sus flancos, apareciendo todo el ejército en triple longitud.</p> - -<p>Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos, aparecían los -más débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado sus -carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada.</p> - -<p>Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha se componía -de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda -cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo, -fuera de peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió su -caballería por escuadrones, puso<span class="pagenum" id="Page_583">p. -583</span> entre ellos a los hoplitas y los lanzó contra los -mercenarios.</p> - -<p>Estas masas en forma de cono presentaban un frente de caballos y -paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era imposible -que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían -armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta de -una percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la llanta -de una rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al herir, -y en el tiempo que empleaban en enderezarlas con los talones, los -cartagineses los acuchillaban cómodamente, a derecha e izquierda.</p> - -<p>Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los que habían -muerto no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta -gruesa línea de bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como -una serpiente e inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a -rehacerse tras ella, descansando un minuto, y luego volvían<span -class="pagenum" id="Page_584">p. 584</span> a la lucha, con los pedazos -de armas que les quedaban.</p> - -<p>A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los cartagineses, -mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo, se -despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos, -y para asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas -púnicas no se oía más que la voz del agitador que anunciaba las -órdenes; los estandartes repetían sus señales y cada cual iba llevado -por la oscilación de la gran masa que le rodeaba.</p> - -<p>Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se precipitaron a -su encuentro.</p> - -<p>Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla de cabello en la -punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte, manejaban un -hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados -de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios -precisos, y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas. -Furiosos los animales galopaban<span class="pagenum" id="Page_585">p. -585</span> a través de las sintagmas. Algunos de los camellos que -tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los avestruces -heridos.</p> - -<p>La infantería púnica cayó en masa sobre los bárbaros y los cortó. -Sus manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros. Las armas -brillantes de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas -de oro; un hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas -de las espadas chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros -estaban tendidas en el llano; los mercenarios les arrancaban las -armaduras, se las ponían y volvían al combate. Muchas veces, engañados -los cartagineses, se metieron en medio de ellos. Les inmovilizaba -cierto embotamiento, o bien refluían y daban triunfantes clamores -que, llevados por el aire, parecía empujarles como el aliento de una -tempestad. Amílcar se desesperaba; todo iba a sucumbir ante el genio de -Matho y el invencible valor de los mercenarios.</p> - -<p>En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de tamboriles. Era -una<span class="pagenum" id="Page_586">p. 586</span> turba de viejos, -de enfermos, de niños de quince años y de mujeres, que no pudiendo -resistir a su zozobra, salieron de Cartago, y para ponerse bajo la -protección de algo formidable, habían tomado, en casa de Amílcar, -el único elefante que poseía ahora la República: el de la trompa -cortada.</p> - -<p>Entonces les pareció a los cartagineses que la patria, abandonando -sus murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron redoblado su -valor, y los númidas arrastraron a todos.</p> - -<p>Los bárbaros, en medio del llano, se habían replegado junto a -un montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni aun de -sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más -fuertes.</p> - -<p>La gente de Cartago lanzaba, por encima de los númidas, asadores, -cazos y martillos; aquellos que pusieron espanto en los cónsules, -morían a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a -los mercenarios.</p> - -<p>Estos se habían refugiado en lo alto de la colina. A cada nueva -brecha, su<span class="pagenum" id="Page_587">p. 587</span> círculo -se estrechaba; dos veces bajó, y una sacudida les empujó arriba; los -cartagineses, en montón, alargaban los brazos; introdujeron las picas -entre las piernas de los compañeros y pinchaban al acaso. Resbalaban -en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por ella los -cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los tenía hasta -el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia; su trompa -cortada, pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando como una -enorme sanguijuela.</p> - -<p>Después, se pararon todos. Los cartagineses, enseñando los dientes, -miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros estaban en pie, -hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la contienda. Los -mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se querían -entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida -que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era -como una pirámide que poco a poco se agrandaba.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_588">p. 588</span>Ya únicamente -quedaban cincuenta, que se redujeron a veinte, luego a tres, y por -fin a dos: un samnita armado con un hacha, y Matho, que aún tenía su -espada.</p> - -<p>El samnita manejaba su hacha, a diestro y siniestro, advirtiendo a -Matho los golpes que le amagaban:</p> - -<p>—¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate!</p> - -<p>Matho había perdido sus espaldares, su casco, su coraza; estaba -completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los cabellos -erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez, -que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la -empuñadura; el samnita había muerto y la ola de cartagineses se -estrechaban y se le venía encima. Entonces levantó al cielo las manos -vacías, cerró los ojos y, abriendo los brazos como un hombre que se -lanza al mar desde lo alto de un promontorio, se lanzó a las picas.</p> - -<p>Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se daba a -los enemigos, otras tantas estos retrocedían y separaban<span -class="pagenum" id="Page_589">p. 589</span> sus armas. Tropezó con una -espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado de pies y manos, -y cayó.</p> - -<p>Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún tiempo, paso a -paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que aprovechó -el momento en que Matho se bajaba para envolverle.</p> - -<p>Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro miembros en cruz; -todos los que no estaban heridos fueron escoltándole ruidosamente hasta -Cartago.</p> - -<p>La noticia de la victoria había llegado a la ciudad antes de la -tercera hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la quinta -cuando llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en -las casas, que la ciudad parecía arder en llamas.</p> - -<p>Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y echado de -espaldas, miraba las estrellas.</p> - -<p>Luego se cerró una puerta tras él y quedó en tinieblas.</p> - -<p>Al otro día, a la misma hora, moría el último de los hombres que -quedaban<span class="pagenum" id="Page_590">p. 590</span> en el -desfiladero del Hacha. El día que partieron sus compañeros, los zuazos -habían desmoronado las rocas y se alimentaron por algún tiempo. Los -bárbaros no perdían la esperanza de volver a ver a Matho y no querían -abandonar la montaña, sea por desaliento, por tibieza o por obstinación -de enfermos que se resisten a cambiar de sitio; pero agotadas las -provisiones, los zuazos se retiraron.</p> - -<p>Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo que no valía la -pena de enviar soldados.</p> - -<p>Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se habían multiplicado -desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran batida, y -poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado -hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando -llegó el hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban -de ellos.</p> - -<p>En toda la extensión de la llanura, los leones y los cadáveres -estaban tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y las -armaduras. A<span class="pagenum" id="Page_591">p. 591</span> casi -lodos les faltaba la cara o bien un brazo; algunos parecían intactos; -otros completamente disecados, y los cráneos hechos polvo llenaban los -cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los esqueletos -conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol, formaban -manchas brillantes en medio de la arena.</p> - -<p>Los leones descansaban con el pecho en el suelo y las dos patas -alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la reverberación -de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban fijamente -delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines, dormían -arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban -inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas -fajas rojas rayaban el cielo en el Occidente.</p> - -<p>En uno de estos montones que ondulaban irregularmente el llano, algo -menos vago que un espectro se levantó. Uno de los leones se despejó -y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra en el -fondo<span class="pagenum" id="Page_592">p. 592</span> del cielo -color de púrpura, y cuando estuvo junto al hombre, lo derribó de un -solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el vientre, le fue -desgarrando las entrañas.</p> - -<p>Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos minutos lanzó un -largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a perderse en -la soledad.</p> - -<p>De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de rocas. Oyóse un rumor -de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de la garganta, -asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran los -chacales que acudían a devorar los restos.</p> - -<p>El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del precipicio, se -volvió.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_593">p. 593</span></p> - <h2 class="nobreak" title="XV. MATHO">XV</h2> - <p class="subh2">MATHO</p> -</div> - -<p>Gozosa estaba Cartago, con gozo profundo, universal, desmesurado, -frenético. Habían reparado las ruinas y pintado las estatuas de los -dioses; los ramos de mirto cubrían las calles, humeaba el incienso -en las encrucijadas y la multitud en las azoteas parecía, con sus -abigarrados vestidos, como cestas de flores que se abren al sol.</p> - -<p>El continuo chillido de las voces era dominado por el grito de los -aguadores que regaban el pavimento; los esclavos de Amílcar ofrecían -en nombre de este cebada tostada y pedazos de carne cruda; salían unos -al encuentro de otros, se abrazaban llorando; las ciudades tirias -estaban conquistadas, los nómadas dispersos, exterminados los bárbaros. -Desaparecía la Acrópolis bajo los toldos de colores; los espolones -de las trirremes, alineados fuera del muelle, resplandecían<span -class="pagenum" id="Page_594">p. 594</span> como un dique de diamantes; -dondequiera se advertía el orden restablecido, el principio de una -nueva vida, la explosión de una inmensa alegría; era el día del -matrimonio de Salambó con el rey de los númidas.</p> - -<p>En la terraza del templo de Kamón estaban dispuestas tres grandes -mesas cargadas de orfebrerías para el servicio de los sacerdotes, de -los Ancianos y de los Ricos; y en otra cuarta, y a mayor altura, la -destinada a Amílcar, a Narr-Habas y su esposa; porque habiendo salvado -Salambó a su patria con la restitución del velo, el pueblo convertía -esta boda en regocijo universal y estaba esperando la aparición de la -desposada.</p> - -<p>Otro deseo más áspero impacientaba a la muchedumbre; la muerte de -Matho, prometida para la ceremonia.</p> - -<p>Habíanse propuesto al principio desollarlo vivo, meterle plomo -derretido en las entrañas, hacerle morir de hambre; o bien atarle a un -árbol y que un mono le golpeara por detrás en la cabeza; había ofendido -a Tanit, y los cinocéfalos de la diosa habían<span class="pagenum" -id="Page_595">p. 595</span> de vengarla. Otros eran de parecer que -se le paseara en un dromedario, después de haberle atado al cuerpo -distintas bandas de lino impregnadas de aceite; les recreaba la idea -del cuadrúpedo corriendo las calles con un hombre que se retorcía -quemándose, como candelabro agitado por el viento.</p> - -<p>¿Pero qué idear para que todos contribuyeran al suplicio? Lo que se -deseaba era un género de muerte que lo presenciara toda la ciudad; que -todas las manos, todas las armas, todo lo que era cartaginés, desde las -losas de las calles a las olas del golfo, pudieran desgarrar y aplastar -al reo de lesa divinidad. En su consecuencia, los Ancianos decretaron -que iría de la prisión a la plaza de Kamón sin escolta, con los brazos -atados por la espalda; que no pudiera herírsele en el corazón, a fin -de que viviera más tiempo y que se le arrancaran los ojos para que la -tortura fuera más intensa. No podía tirársele nada, ni tocársele más -que con tres dedos.</p> - -<p>Por más que Matho no debía presentarse<span class="pagenum" -id="Page_596">p. 596</span> hasta la caída de la tarde, se creyó verle -alguna que otra vez, y la multitud se precipitaba hacia la Acrópolis, -dejando desiertas las calles, para volver desengañada y formulando -protestas. Casi todos estaban en pie, desde la víspera, en la plaza -donde había de verificarse la ejecución, y de lejos se interpelaban -enseñándose las uñas, que habían dejado crecer para hundirlas mejor -en la carne del reo. Otros se paseaban agitados y pálidos, cual si se -tratara de su propio suplicio.</p> - -<p>De pronto, por detrás de los Mapales, se levantaron por encima de -las cabezas unos grandes abanicos de plumas. Era Salambó que salía de -su palacio. De todos los pechos brotó un suspiro de satisfacción.</p> - -<p>El cortejo tardó en llegar, porque iba con suma lentitud.</p> - -<p>Primero desfilaron los sacerdotes de los Pateques; luego los de -Eschmún, los de Melkart y los demás colegios, con las mismas insignias -y en el mismo orden que cuando el sacrificio. Los pontífices de Moloch -pasaban con la<span class="pagenum" id="Page_597">p. 597</span> -frente baja, y la multitud, por una especie de remordimiento, se -apartaban de ellos. En cambio los sacerdotes de la Rabbetna avanzaban -erguidos y con la lira en las manos, seguidos de las sacerdotisas con -túnicas transparentes de color amarillo o negro, que lanzaban gritos -de pájaro y se retorcían como víboras; o bien, al son de las flautas, -giraban imitando la danza de las estrellas, esparciendo a su paso las -voluptuosas esencias de sus vestiduras. De estas mujeres, las más -aplaudidas eran las kedeschim, de párpados pintados, que simbolizaban -el hermafrodismo de la divinidad, perfumadas y vestidas como las -otras, y muy parecidas a ellas a pesar de sus pechos aplanados y de -sus caderas más estrechas. En este día dominaba en todo el principio -hembra, y lúbrico misticismo flotaba en el aire. Las antorchas ardían -ya en los bosques sagrados, porque por la noche debía haber una pública -prostitución, con el contingente de las cortesanas traídas de Sicilia -en tres naves, y también del desierto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_598">p. 598</span>Conforme iban -pasando los Colegios sacerdotales, se iban colocando en fila en los -patios del templo, en las galerías exteriores y a lo largo de las -grandes escalinatas adosadas a los muros y que se juntaban en lo alto. -Entre las columnatas se destacaban las túnicas blancas, como una -arquitectura de estatuas humanas, inmóviles como las de piedra.</p> - -<p>Aparecieron después los intendentes, los gobernadores de provincias -y todos los Ricos. En el pueblo se produjo un tumulto, arremolinándose -en las calles afluentes; los hieródulos contenían la turba a latigazos. -En medio de los Ancianos, coronados de tiaras, y en una litera con -dosel de púrpura iba Salambó.</p> - -<p>Al verla, se alzó un gran clamor; los címbalos y crótalos sonaron -más fuerte, redoblaron los tamboriles y el gran palio de púrpura -atravesó el pórtico para subir al primer piso.</p> - -<p>Andaba Salambó muy despacio, y atravesó la terraza para ir a -sentarse en el fondo, en un trono hecho de concha de tortuga. Pusieron -a sus pies un<span class="pagenum" id="Page_599">p. 599</span> escabel -de marfil, con tres gradas: en la primera se arrodillaron dos niños -negros, en cuyas cabezas posaba Salambó algunas veces sus dos brazos, -cargados de ajorcas y brazaletes.</p> - -<p>De los tobillos a las caderas iba envuelta en una red de estrechas -mallas que imitaban las escamas de un pez y que brillaban como nácar; -un ceñidor azul apretaba su talle, dejando ver los dos senos por un -escote en forma de media luna, con carbunclos colgantes en sus puntas. -Peinaba un tocado hecho de plumas de avestruz consteladas con piedras -preciosas; un amplio manto, blanco como la nieve, caía flotante sobre -sus hombros, y con los codos pegados al cuerpo, juntas las rodillas y -con pulseras de diamantes en las muñecas, se mantenía firme, en actitud -hierática.</p> - -<p>Los dos sitios más bajos a su lado eran los de su padre y su -esposo. Narr-Habas, vestido con un sayo azul, ceñía la corona de sal -gema, de la que se desbordaban dos trenzas de cabello, torcidas como -los cuernos de Ammón; Amílcar, con túnica violeta, con broches<span -class="pagenum" id="Page_600">p. 600</span> de pámpanos de oro, llevaba -al costado su espada de guerra.</p> - -<p>En el espacio cerrado por las mesas, la pitón del templo de Eschmún, -entre manchones de aceite, describía en el suelo un gran círculo negro, -mordiéndose la cola. En medio de este círculo se alzaba una columna de -cobre con un huevo de cristal encima, que herido por el sol irradiaba -resplandores por todos lados.</p> - -<p>Detrás de Salambó estaban desplegados los sacerdotes de Tanit, -con túnicas de lino; a la derecha, los Ancianos, con sus tiaras, -formaban una gran línea de oro; y al otro lado, los Ricos, con cetros -de esmeralda, otra línea verde; en tanto que allá en el fondo se -alineaban los sacerdotes de Moloch fingiendo con sus mantos una muralla -de púrpura. Los demás Colegios ocupaban las terrazas inferiores. La -multitud llenaba las calles, las azoteas de las casas, o bien subía -por la Acrópolis. De este modo, teniendo el pueblo a sus pies, el -firmamento sobre las cabezas y alrededor suyo la inmensidad del mar, el -golfo, las montañas<span class="pagenum" id="Page_601">p. 601</span> -y las perspectivas de las provincias, la resplandeciente Salambó se -confundía con Tanit, y parecía el genio mismo de Cartago, su alma, en -forma corpórea.</p> - -<p>El festín debía durar toda la noche; lampadarios de muchos brazos -estaban plantados como árboles sobre los tapices de lana pintada que -cubrían las mesas bajas. Grandes jarras de electro, ánforas de vidrio -azul, cucharas de concha y pequeños panes redondos, se apretujaban -entre la doble hilera de platos orlados de perlas; racimos de uvas -con sus pámpanos estaban enroscados como tirsos a copas de marfil; -bloques de nieve fundíanse en platos de ébano, y limones, granadas, -calabazas y sandías formaban montículos bajo las altas vajillas. Los -jabalíes, con la boca abierta, se hundían en el polvo de las especias; -las liebres conservaban sus pieles y parecían saltar entre las flores; -las carnes aderezadas llenaban las conchas; los dulces revestían formas -simbólicas, y cuando se levantaba la tapa de las fuentes volaban -palomas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_602">p. 602</span>Los esclavos, con -la túnica arremangada, andaban de puntillas; a intervalos las liras -tocaban un himno o bien se oía un coro de voces. El rumor del pueblo, -como el ruido del mar, flotaba vagamente en torno del festín, como si -lo meciera en más grande armonía; algunos se acordaban del banquete de -los mercenarios; se entregaban a sueños de felicidad; el sol empezaba -a declinar, y la luna, en cuarto creciente, se levantaba ya en la otra -parte del cielo.</p> - -<p>Salambó, como si alguno la llamara, volvió la cabeza, y el pueblo, -que la estaba mirando, siguió la dirección de sus ojos.</p> - -<p>En la cima de la Acrópolis acababa de abrirse la puerta del calabozo -abierto en la roca, al pie del templo, y en el umbral de este negro -agujero se vio un hombre en pie. Salió encorvado, con el aspecto -asustadizo de los animales salvajes cuando de repente se les da -libertad. Le cegaba la luz, y permaneció parado un momento. Todos le -habían conocido y contenían la respiración.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_603">p. 603</span>El cuerpo -de esta víctima era para ellos una cosa propia, revestida de un -esplendor casi religioso. Se empinaban para verle, especialmente las -mujeres, que deliraban por contemplar al que había hecho morir a sus -hijos y maridos; a pesar suyo, del fondo de sus almas surgía una -infame curiosidad: el deseo de conocerle del todo; afán mezclado de -remordimientos, que aumentaba la execración.</p> - -<p>Al fin, el hombre avanzó, y el aturdimiento de la sorpresa se -desvaneció. Se levantaron muchos brazos y no se le volvió a ver.</p> - -<p>La escalinata de la Acrópolis tenía sesenta peldaños. El hombre -las bajó como si rodara por una quebrada de lo alto de una montaña; -por tres veces se le vio saltando hacia abajo, cayendo sobre los dos -talones.</p> - -<p>Sangraban sus espaldas, alentaba su pecho con grandes sacudidas; -hacía tales esfuerzos por romper las cuerdas que se le hinchaban los -brazos, cruzados sobre los riñones, como espirales de serpiente.</p> - -<p>Del sitio en que estaba, partían muchas<span class="pagenum" -id="Page_604">p. 604</span> calles, y en cada una de estas, una triple -hilera de cadenas de bronce, atadas al ombligo de los dioses Pateques, -se extendía paralelamente de un extremo a otro. La turba se amontonaba -en las aceras, y en medio estaban los criados de los Ancianos empuñando -látigos.</p> - -<p>Uno de ellos empujó con violencia a Matho, y este se puso en -marcha.</p> - -<p>Todos alargaban los brazos por encima de las cadenas, quejándose de -que se hubiera dejado al reo un camino demasiado ancho; Matho andaba -pinchado, maltratado por mil dedos. Salía de una calle y entraba en -otra; muchas veces se lanzó a un lado para morder a la gente, que se -daba prisa a apartarse. Las cadenas le contenían y la plebe estallaba -en carcajadas.</p> - -<p>Un niño le desgarró una oreja; una joven, sacando de la manga la -punta de un huso, le cortó la cara: le arrancaban puñados de cabello -y tiras de piel; otros, con bastones en los que llevaban esponjas -empapadas de inmundicias, le ensuciaban el rostro. Del lado derecho de -su garganta brotó<span class="pagenum" id="Page_605">p. 605</span> -un reguero de sangre, y en seguida empezó el delirio. El último -sobreviviente de los bárbaros se les aparecía como el representante -de todos los mercenarios, como la encarnación de su ejército; y todos -se vengaban en él de los desastres, de los terrores y de los oprobios -sufridos. La rabia del pueblo aumentaba a medida que se iba saciando; -las cadenas, demasiado tensas, iban a romperse; no hacían caso de los -golpes de los esclavos que los contenían; se colgaban en los salientes -de las casas; se asomaban en los agujeros de los muros, y ya que no le -podían herir, vociferaban contra él.</p> - -<p>Eran injurias atroces, inmundas, con frases irónicas e -imprecaciones; no les bastaba el tormento que le infligían: le -anunciaban otros más terribles en la eternidad.</p> - -<p>Este inmenso alarido llenaba Cartago con estúpida continuidad. -Una sola sílaba, una entonación bronca, profunda, frenética, era -repetida a veces seguidamente por todo el pueblo. Las paredes de las -casas vibraban desde el portal hasta el tejado, pareciéndole<span -class="pagenum" id="Page_606">p. 606</span> a Matho que se le venían -encima para levantarle del suelo, como dos brazos inmensos que le -ahogaban en el aire.</p> - -<p>Recordaba ahora haber experimentado en otra ocasión algo parecido. -Era la misma multitud en las azoteas, las mismas miradas, la misma ira; -pero entonces andaba libre, todos le abrían paso, le cubría un dios; y -tal recuerdo le infundía una tristeza aplastante. Pasaban sombras ante -sus ojos, la sangre manaba por una herida de su muslo, se sentía morir; -plegó las rodillas y se dejó caer despacio sobre el pavimento.</p> - -<p>Del peristilo del templo de Melkart trajeron entonces la barra de -un trípode enrojecida al vivo, y por encima de la primera cadena se la -aplicaron a la herida. La carne chirrió, se la vio humear, y las voces -del pueblo ahogaron el quejido de Matho. Este se levantó.</p> - -<p>Seis pasos más allá volvió a caer, y luego otra y otra vez; pero -siempre un nuevo suplicio le hacía levantarse; se le rociaba con gotas -de aceite hirviente,<span class="pagenum" id="Page_607">p. 607</span> -se le ponían cascos de vidrio, y él seguía andando. En la esquina de -la calle de Sateb se apoyó en el escaparate de una tienda, dando la -espalda a la muralla, y de allí no se movió.</p> - -<p>Los esclavos del Consejo le flagelaron con sus grandes látigos de -cuero de hipopótamo, con tal furia y por tan largo tiempo, que sus -túnicas estaban empapadas de sudor. Matho parecía insensible; pero de -pronto echó a correr al acaso, castañeteándole los dientes. Enfiló la -calle de Boudés, la de Sepo, atravesó el Mercado de las Hierbas y llegó -a la plaza de Kamón.</p> - -<p>Su persona pertenecía ahora a los sacerdotes; los esclavos habían -apartado las turbas: había más espacio. Matho echó una mirada a su -alrededor y vio a Salambó.</p> - -<p>A su entrada en la plaza, Salambó se había puesto en pie, y a medida -que Matho iba acercándose, ella se adelantaba al borde de la terraza, -y como si todo se borrara ante sus ojos, únicamente veía a Matho. En -su alma se había hecho el silencio; era como uno de esos abismos en -que el mundo entero<span class="pagenum" id="Page_608">p. 608</span> -desaparece bajo la presión de un pensamiento único, de un recuerdo, de -una mirada. Este hombre que corría hacia ella la atraía.</p> - -<p>A excepción de los ojos, Matho no conservaba ninguna apariencia -humana: era una masa completamente ensangrentada. Rotas las ataduras, -colgaban sobre sus muslos, pero en nada se diferenciaban de los -tendones de sus puños; tenía la boca desmesuradamente abierta; las -órbitas lanzaban llamaradas que parecían subir hasta los cabellos; ¡y -el desdichado seguía avanzando!</p> - -<p>Llegó precisamente al pie de la terraza. Salambó estaba asomada a -la balaustrada. Las espantosas pupilas de Matho la miraban; sintió que -le remordía en la conciencia todo cuanto este hombre había sufrido por -ella. Recordó al verle agonizar cuando en su tienda de campaña la ceñía -el talle con sus brazos diciéndola palabras de amor; sentía ansias de -volverlas a oír; no quería que este hombre muriera. En este momento, -Matho sufrió un gran estremecimiento: Salambó<span class="pagenum" -id="Page_609">p. 609</span> iba a gritar. Matho cayó de espaldas y ya -no se movió.</p> - -<p>Salambó, casi desvanecida, fue llevada a su trono por los sacerdotes -que la rodeaban; la felicitaron, porque aquella muerte era obra de -ella. Aplaudían todos y golpeaban el suelo repitiendo a voces su -nombre.</p> - -<p>Un hombre se lanzó sobre el cadáver. Vestía el manto de los -sacerdotes de Moloch y llevaba al cinto el cuchillo que servía para -cortar las carnes sagradas, con el mango terminado en una espátula de -oro. De un solo golpe hendió el pecho de Matho, le arrancó el corazón y -lo clavó en la espátula. Schahabarim, que tal era, levantó el brazo y -ofreció este holocausto al sol.</p> - -<p>El astro-rey se hundía en el mar; sus rayos herían como -largas flechas al corazón ensangrentado. A medida que el sol iba -desapareciendo, las palpitaciones de la entraña disminuían, y con el -último latido el globo de fuego se extinguió.</p> - -<p>En este momento, desde el golfo hasta la laguna y desde el istmo -al faro, en todas las calles, casas y templos,<span class="pagenum" -id="Page_610">p. 610</span> resonó un grito unánime; grito que a veces -se interrumpía para redoblar en seguida; los edificios temblaban; -Cartago estaba como convulsionada en el espasmo de una alegría titánica -y de una esperanza sin límites.</p> - -<p>Narr-Habas, ebrio de orgullo, ciñó con su brazo izquierdo el talle -de Salambó, en señal de posesión, y con el derecho, tomando una patera -de oro, bebió por el genio de Cartago.</p> - -<p>Salambó se levantó, como su esposo, con otra copa para beber -también. Pero cayó, con la cabeza hacia atrás, por encima del dosel -del trono, descolorida, rígida, abiertos los labios y los cabellos -desatados colgando hasta el suelo.</p> - -<p>Así murió la hija de Amílcar, por haber tocado el velo de Tanit.</p> - - -<p class="centra mt3">FIN DE SALAMBÓ</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_611">p. 611</span></p> - <h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2> -</div> - -<table class="toc" summary=""> - <tr> - <td> </td> - <td> </td> - <td class="tdrb bb"><small>Páginas.</small></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch1">I</a>.—</td> - <td class="tdlh">El festín</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_5">5</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch2">II</a>.—</td> - <td class="tdlh">En Sicca</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_43">43</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch3">III</a>.—</td> - <td class="tdlh">Salambó</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_87">87</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch4">IV</a>.—</td> - <td class="tdlh">Bajo las murallas de Cartago</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_103">103</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch5">V</a>.—</td> - <td class="tdlh">Tanit</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_139">139</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch6">VI</a>.—</td> - <td class="tdlh">Hannón</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_169">169</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch7">VII</a>.—</td> - <td class="tdlh">Amílcar Barca</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_209">209</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch8">VIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">La batalla del Macar</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_283">283</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch9">IX</a>.—</td> - <td class="tdlh">En campaña</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_321">321</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch10">X</a>.—</td> - <td class="tdlh">La serpiente</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_351">351</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch11">XI</a>.—</td> - <td class="tdlh">En la tienda de campaña</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_377">377</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch12">XII</a>.—</td> - <td class="tdlh">El acueducto</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_413">413</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch13">XIII</a>.—</td> - <td class="tdlh">Moloch</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_451">451</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch14">XIV</a>.—</td> - <td class="tdlh">El desfiladero del Hacha</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_521">521</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdru"><a href="#Ch15">XV</a>.—</td> - <td class="tdlh">Matho</td> - <td class="tdrb"><a href="#Page_593">593</a></td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap" /> - - -<hr class="full" /> - -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALAMBÓ ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg™ -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg™ electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg™ electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person -or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. 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Despite these efforts, Project Gutenberg™ -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain “Defects,” such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the “Right -of Replacement or Refund” described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg™ trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg™ electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. 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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg™ -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg™ work, and (c) any -Defect you cause. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state’s laws. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation’s website -and official page at www.gutenberg.org/contact -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state -visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of -volunteer support. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> - -</body> -</html> diff --git a/old/66285-h/images/cover.jpg b/old/66285-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index ab92435..0000000 --- a/old/66285-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/66285-h/images/i_001.jpg b/old/66285-h/images/i_001.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index b7dfd24..0000000 --- a/old/66285-h/images/i_001.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/66285-h/images/i_002.jpg b/old/66285-h/images/i_002.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 7314164..0000000 --- a/old/66285-h/images/i_002.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/66285-h/images/i_004.jpg b/old/66285-h/images/i_004.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 7c9d53a..0000000 --- a/old/66285-h/images/i_004.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/66285-h/images/i_005.jpg b/old/66285-h/images/i_005.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 5993a4a..0000000 --- a/old/66285-h/images/i_005.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/66285-h/images/i_006.jpg b/old/66285-h/images/i_006.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 28e1532..0000000 --- a/old/66285-h/images/i_006.jpg +++ /dev/null |
