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| author | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-01-23 14:04:53 -0800 |
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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Troteras y danzaderas - Novela - -Author: Ramón Pérez de Ayala - -Release Date: February 01, 2021 [eBook #64439] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by The Internet - Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TROTERAS Y DANZADERAS *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre - =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * Se ha actualizado la ortografía original a las normas de la - edición de 2010 de la _Ortografía_ de la Real Academia Española. - - * Las rayas del texto, excepto las que introducen intervenciones - dialogadas, utilizan espacios de separación según los usos - ortotipográficos actuales en castellano. - - * Una página en blanco ha sido eliminada. - - * Se ha añadido un Índice de contenidos para mejor localización de - las partes de esta novela, pese a que no figura en el original - impreso. - - - - -TROTERAS Y DANZADERAS - - - - -OBRAS DEL MISMO AUTOR - - - =La paz del sendero.= -- Poesía. -- Agotada. - - =Tinieblas en las cumbres.= -- Novela. -- Publicada con el - seudónimo de Plotino Cuevas. - - =A. M. D. G.= -- La vida en los Colegios de jesuitas. -- Novela. -- - Cuarta edición. Traducción alemana de Mario Spiro. - - =La pata de la raposa.= -- Novela. - - -EN PRENSA - - =Espíritu recio.= -- Novela. - - =Fe y Encarnación.= -- Novela. - - - Tanto estas obras como la presente son propiedad de su autor, - quedando prohibida su reimpresión sin su autorización. - - -Imp. de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes, 4, Madrid. - - - - - RAMÓN PÉREZ DE AYALA - - TROTERAS Y - DANZADERAS - - (NOVELA) - - - Después fise muchas cántigas de dança e troteras - Para judías, et moras, e para entendederas - Para en instrumentos de comunales maneras - El cantar que non sabes, oílo a cantaderas. - - JUAN RUIZ (_Arcipreste de Hita_). - - - [Ilustración] - - - RENACIMIENTO - SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL - Calle de Pontejos, núm. 8, 1.º - MADRID - - - - -A DON MIGUEL DE UNAMUNO - -Poeta y Filósofo español del siglo XXI. - - - - -PARTE PRIMERA - -SESOSTRIS y PLATÓN - - Vedere adunque dovevi, _amore_ essere una passione accecatrice - dell’ animo, disviatrice dello ingegno, ingrossatrice, anzi - privatrice della memoria, díssipatrice delle terrene facultá, - guastatrice delle force del corpo, nemica della giovinezza, e della - vecchieza; morte, genitrice de’ vizi, e abilatrice de’ vacui petti; - cosa senza ragione, e senza ordine, e senza stabilitá alcuna; vizio - delle menti non sane e sommergitrice della umana libertá. - - BOCCACCIO. - - - - -I - - -Teófilo Pajares, «el príncipe de los poetas españoles, a cuyo paso -debía tenderse por tierra un tapiz de rosas» al decir de algunos -diarios de escasa circulación, el autor de _Danza macabra_ y _Muecas -espectrales_, bajaba poco a poco y como embebecido en cavilaciones -por la calle de Cervantes, cara al Botánico. Era una mañana de otoño; -el cielo, desnudo, y la luz, agria. Neblina incierta, de color hez de -vino, saturaba sombras y penumbras. - -Lo primero que se echaba de ver en la persona del poeta Pajares era lo -aventajado de su estatura, lo insólito de su delgadez y el desaliño de -la indumentaria: desaliño de penuria económica y también por obra de -cierto desdén hacia las artes cosméticas. Las botas y los pantalones, -en particular, delataban con sañuda insolencia la inopia y desaseo -de Teófilo. Sin duda, este lo echaba de ver, porque, según caminaba -con las manos a la espalda y la cabeza caída hacia el pecho, miraba -pertinazmente pantalones y botas, y su rostro aguileño, cetrino y -enjuto, languidecía con mueca de consternación --una _mueca espectral_ -hubiera dicho él--, como si encarándose con aquellas prendas tan -deleznables y mal acomodadas a los miembros las motejase de falta de -tenacidad ante el infortunio y de adhesión a su amo. - -Detúvose Teófilo delante de una puerta y miró el número pintado en el -dintel: el 26. Volvió sobre sus pasos y penetró en el portal del 24. -Arrancaba a subir las escaleras, cuando la portera, enarbolando un -escobón, se precipitó a atajarle el paso: - ---¡Eh!, tío frescales, ¿adónde va usted? --rugió la mujer, con -iracundia que a Teófilo le pareció incongruente en tal caso. Continuó, -casi frenética--: Aquí no se admiten méndigos, ¿lo oye usté, so -sinvergüenza, tísico? - -Teófilo sintió helársele el alma. Sus ojos perdieron por un segundo la -visión. Teófilo, que había suspirado infinitas veces en verso por la -muerte, y había descrito con cínica deleitación y nauseabundos detalles -la orgía que con su carne pútrida habían de celebrar los gusanos, y -también el fantasmagórico haz de sus huesos, ya mondos, a la luz de la -luna; él, el cantor de la descomposición cadavérica, así que escuchaba -mentar la palabra _tisis_ desfallecía de miedo. Su zozobra constante -era si estaría tísico. - -La portera había ganado la delantera a Teófilo. Estaba dos escalones -más alta que el poeta, con el escobón empuñado a la ofensiva y muy -despatarrada, de manera que, dado el terrible volumen de su vientre y -caderas, podía obstruir el paso con solo ladearse un poco a diestra o -siniestra, según por donde viniera el ataque. - ---Señora... --tartamudeó Teófilo. - -Como si del calificativo hubiera recibido la más bárbara injuria, la -portera reanudó sus voces con furor próximo al paroxismo. Esgrimía -el escobón con entrambas manos a modo de mandoble; amagaba, pero no -acometía. - -Teófilo se mantuvo vacilante en un principio. Recobrado del -desfallecimiento, por reacción la sangre le invadía acelerada los -pulsos. Temblaba, sintiendo levantarse dentro de sí una fuerza indócil -a la voluntad. - ---Pero, ¿es que no tiene usted orejas, so tísico? --gritó exasperada la -portera. - ---Mujer, esté usted loca o no lo esté, esto se acabó, porque se me -ha acabado la paciencia --masculló Teófilo atropellando las sílabas. -Inclinó la cabeza, adelantó con el pie derecho un escalón y descargó -secamente sobre la barriga de la portera, y en su zona central y más -rotunda, un golpe recto con el puño. Como si el vientre fuese el fuelle -de una gaita gigantesca, y por la colisión del puño se hubiera vaciado -de pronto, los ámbitos de la caja de la escalera retemblaron: tal fue -el alarido de la portera. Cayó sentada la mujer, y Teófilo brincó -sobre ella, con propósito de huir escaleras arriba; pero la portera -logró asirle un pie, y en él hizo presa. Tiraba Teófilo con todas sus -fuerzas, y la mujer aferraba sin ceder, pidiendo auxilio. Oíanse pasos -apremiantes dentro de las viviendas. Teófilo, a la desesperada, dio -una sacudida y libertó el pie; pero al ponerlo en firme recibió rara -impresión de frío y falta de tacto, como si el pie no le perteneciese. -Mirose y vio que le faltaba la bota y le sobraban agujeros al calcetín, -color cardenal retinto. Vergüenza y rabia le encendieron las mejillas. -Le acometió la tentación de patear, con la bota que le quedaba, la -cabeza de la portera, la cual agitaba en su mano la otra bota a modo de -trofeo, y vociferaba: - ---Este ladrón... este ladrón... ¡Emeteriooo...! Pero, ¿en dónde te -metes, bragazas? ¡Emeteriooo! --y poniendo un descanso en sus clamores, -hizo hito de la nariz de Teófilo y le lanzó la bota con tanta violencia -como pudo. La bota pasó por encima de la cabeza del poeta, rebotó en el -muro y deslizándose entre dos hierros del barandal fue a caer al pie de -la escalera. Para recobrarla, Teófilo debía pasar otra vez por encima -de la portera. - -En el rellano del piso primero asomó un cuerpecito muy bien cortado; -una apicarada cabeza femenina por remate de él. - ---Pero, ¿qué pasa, señá Donisia? ¿Es c’a caído un bólido? - -Teófilo levantó la cabeza y respiró: - ---¡Conchita! --dijo Teófilo--, con qué oportunidad sale usted... Esta -arpía --y señaló a la portera yacente-- no me dejaba subir; me amenazó, -quiso agredirme con la escoba, y me dirigió los insultos más groseros. - -La portera comenzaba a incorporarse. El señor Emeterio, portero -consorte, surgió en este punto, liando un cigarrillo y en mangas de -camisa. Venía con aire pachorrudo y ceño escrutador, como hombre que -no se deja alucinar, sino que examina cabalmente los hechos antes de -emitir juicio. Adelantose, con esa prosopopeya cómica del pueblo bajo -madrileño. El frunce de su cara parecía decir: «vamos a ver lo que ha -pasao aquí». - ---¿Pero no sabe usté, señá Donisia --preguntó desde lo alto Conchita--, -que el señor Pajares es visita de casa, amigo de la señorita? - ---¿Cómo iba a fegurarme yo que este méndigo?... --comenzó a decir la -portera, adelantando, al llegar a _méndigo_, el labio inferior, en -señal de menosprecio. El señor Emeterio mutiló la frase incipiente de -su esposa con una mirada de través. - ---Suba usté, don Teófilo --habló Conchita. - -La señá Donisia no pudo reprimir una exclamación sarcástica. - ---¡Uy, don Teófilo! ¡Qué mono! - -El señor Emeterio dobló el brazo derecho en forma de cuello de cisne y -puso la mano como para oprimir un timbre; el dedo índice muy erecto, -apuntando a los labios de su mujer. Ordenó campanudamente: - ---¡Tú, a callar! --y enderezando la mirada a Teófilo--: Vamos a ver, -¿le ha faltao mi señora? - -Disponíase la portera a protestar, pero el señor Emeterio, con un -movimiento autoritario del brazo izquierdo, la redujo a silencio y -sumisión. - -Teófilo estaba aturdido y nervioso. Comprendía que el señor Emeterio -estaba en la duda de dar o no una paliza a la señá Donisia, y que el -porvenir colgaba de su respuesta. - ---¡Vaya! --intervino Conchita, impacientándose--, que se hace tarde -y no puedo estar toda la mañana a la puerta. Suba usté, don Teófilo. -¡Vaya si son ustedes pelmas!... - ---¡Un hemistiquio, Conchita! --rogó el señor Emeterio. - ---Un hemis... ¿qué? --y Conchita rio alegremente. - ---Quiere decirse un momento --el señor Emeterio enarcó las cejas y -chascó la lengua; daba a entender que era tolerante con la ignorancia -de Conchita. Dirigiéndose a Teófilo, repitió--: Vamos a ver, ¿le ha -faltao mi señora? - ---¡Oh... verá usted!... No; de ninguna manera --Teófilo no sabía qué -decir. - ---Creía... --insinuó el señor Emeterio. - ---¡Bah! --concluyó Teófilo, esforzándose en sonreir--. Una equivocación -cualquiera la tiene. - ---Pero que muy bien dicho --comentó el señor Emeterio--. Quiere decirse -entonces que usté sabe disimular si mi señora ha tenido un lasus o -quiprocuó. - ---Claro, claro --aseguró Teófilo sin atreverse a reconquistar la bota y -sustentándose en un pie. - ---Pues, buenos días y disimular. ¡Tú, anda p’alante! --y el señor -Emeterio, en funciones de imperio conyugal, acompañó esta orden -haciendo castañuelas de los dedos. - -La señá Donisia comenzó a retirarse con paso remolón y gesto reacio. -Volvíase de vez en vez a mirar de soslayo, tan pronto a Conchita como -a Teófilo, y sus ojeadas eran, respectivamente, de servilidad y de -encono. Desde el comienzo de la escena la conducta de la señá Donisia -había sido ejemplarmente canina. Recordaba esos perros de casa grande -que ladran con rabia descomunal al visitante humilde; luego, si por -ventura se han excedido en su celo, el visitante es admitido a la -mansión del dueño y ellos golpeados por un sirviente, vanse mohinos y -rabigachos, con ojos inquietos, tan pronto recelosos del castigo como -coléricos hacia el intruso. - -Así como la señá Donisia descendió los cuatro escalones, Teófilo -recuperó y se calzó la bota, que era de elásticos, aun cuando había -renunciado ya a sus cualidades específicas de elasticidad; y como si se -hubiera ajustado al tobillo, no una bota, sino las alas de Mercurio, -voló, más que subió, al piso primero. - -En estando a solas los dos porteros se les serenó la cara: la de la -señá Donisia dejó de ser iracunda y servil, y la del señor Emeterio -perdió su prosopopeya y toda suerte de aderezo figurado. Mirábanse -llanamente el uno al otro, como matrimonio bien avenido, y era evidente -que se comprendían sin hablarse. - ---¡Pero miá tú que la señorita Rosa!... --chachareó la mujer, -conduciendo involuntariamente la mano al paraje en donde Teófilo había -descargado el golpe--. Si son unas guarras... Ya ves tú si el señor -Sicilia, y más ahora que le han hecho menistro, le dará lo que la pida -el cuerpo... - ---¡Qué ha de dar, Donisia! A su edad... - ---No seas picante, Emeterio. Digo que si le dará tantas pelas, ¡qué -pelas!, tantos pápiros como pesa. Pues na, que le ha de poner la -cornamenta. Y entavía, si fuera aquello de decirse con un señorito -decente. Pero, ¡hay que ver el chulo que ha selecionao!... Con una cara -de tísico... Pues, ¿y los tomates del calcetín? ¿Te has fijao? - ---¿No m’había de fijar, Donisia? Las hay pa toos los gustos. Pero tú, -también, ¡vaya que has dao gusto a la muy! Y hay que tener púpila... - ---Pero --acordándose del golpe recto de Teófilo--, si es que me ha -soltao un mamporro talmente aquí... --señalaba lo más avanzado del -vientre. - ---Ya, ya. Y na, que hay que cerrar el pico, porque las propis de la -señorita Rosa... - ---Es la princesa del Caramánchimai, Emeterio. - ---Y que lo digas, Donisia. - -Y se engolfaron en las tinieblas del cuchitril. - - - - -II - - -Habíanse entrado en la portería el señor Emeterio y la señá Donisia -cuando se oyeron grandes y majestuosas voces llamando al marido y a la -mujer. Acudieron estos al lugar de donde las voces partían, para lo -cual hubieron de atravesar un pasadizo que daba a un angosto patizuelo; -en él, una puerta con dos escalones, y por ella se entraron a una -pequeña antesala y luego a una ancha pieza, con vidrieras a un costado -y en el techo a modo de estudio de pintor. Estaba esta pieza atalajada -con pocos y vetustos muebles de nogal denegrido; un arcón tallado, -sillones fraileros, y en el respaldo de uno de ellos una casulla, una -mesa de patas salomónicas trabadas entre sí por hierros forjados, un -velón de Lucena, algunos cacharros de Talavera y Granada, una cama -con colcha de damasco de seda carmesí, y en la cama un hombre flaco, -barbudo y sombrío. A la primer ojeada, este hombre ofrecíase como el -más cabal trasunto corpóreo de Don Quijote de la Mancha. Luego, se -echaba de ver que era, con mucho, más barbado que el antiguo caballero, -porque las del actual eran barbas de capuchino; de otra parte, la -aguileña nariz de Don Quijote había olvidado su joroba al pasar al -nuevo rostro, y, aunque salediza, era ahora más bien nariz de lezna. - -Estaba el caballero sentado en la cama, con una pierna encogida y la -rodilla muy empinada, haciendo de pupitre, sobre el cual sustentaba -un cartón con una cuartilla sujeta por cuatro chinches. Con la mano -derecha asía un lapicero. Despojose con la izquierda de las grandes -gafas redondas, con armazón de carey, y miró severamente al matrimonio. -Sin embargo, sus ojos, fuera por sinceridad, fuera por condición de la -miopía, delataban gran blandura de sentimientos. - ---¿Me quiere usted decir, Dionisia, a qué obedece el escándalo que -usted ha movido en las escaleras? ¿No sabe usted, mujer, que no puedo -trabajar si hay ruido? ¿Quiere usted obligarme a que busque nuevo -alojamiento a cien leguas de su desordenada vocinglería? --habló el -caballero, con un tono semejante al de un actor joven representando un -papel de arzobispo. - ---¡Por Dios, señorito! --rogó el señor Emeterio. - ---¡Por Dios, don Alberto! --suplicó la señá Donisia con extremada y -dolida humildad. - -Marido y mujer acercábanse siempre a don Alberto poseídos de medrosa -devoción. Lo amaban como el perro ama al hombre y el hombre ama a Dios, -como a un ser a medias familiar y a medias misterioso. - - * * * * * - -Don Alberto del Monte-Valdés, como los españoles de antaño, había dado -los nerviosos años de la juventud a las aventuras por tierras de Nueva -España, en cuyo descubrimiento y conquista, al decir de don Alberto, -habían tenido gloriosa parte antepasados suyos. Acercábase a la mitad -del camino de la vida cuando retornó a la metrópoli y cayó en la villa -y corte, luciendo extraña indumentaria y anunciando la buena nueva de -un arte extraño. Los transeúntes reían de su traza; los cabecillas -literarios hostilizaron con mofas sus escritos. Monte-Valdés, como -haciéndose fuerte en un baluarte, entonó la vida conforme a una pauta -de orgullo, mordacidad y extravagancia, que tales eran los tres ángulos -de su defensa contra burlas, insidias y rutinas ambientes. Algunos -escritores mozos le seguían y remedaban. Y a todo esto, el escaso -dinero con que había llegado a Madrid andaba a punto de consumirse. No -conseguía publicar ningún artículo en los periódicos, y si por acaso -alguna revista de poco fuste se lo acogía, no se lo pagaba, como no -fuera en elogios. Habiéndose reducido su caudal a dieciséis duros mal -contados, caminaba cierto día sin rumbo por las calles, considerando -lo que darían de sí y el tiempo que tardaría en ganarse otros -dieciséis, cuando un corro de apretada gente, al pie de una casa a -medio construir, le atrajo la atención. Abrió brecha entre los mirones -a codazos y descubrió en el centro un hombre lívido y quejumbroso, -yaciendo en tierra. Dos personas parecían prestarle auxilio y -examinarlo. Trajeron una camilla y en ella acomodaban al herido a -tiempo que Monte-Valdés, llegándose al lugar de la escena, interrogó a -una de aquellas dos personas, que resultó ser médico: - ---¿Qué ha ocurrido? - -Monte-Valdés, como Don Quijote, suspendía a quien por primera vez -hablaba, con una emoción entre imponente e hilarante. El médico -examinó despacio al advenedizo, se encogió de hombros y respondió -despegadamente: - ---Nada; ya lo ve usted. Un albañil que se ha caído del andamio. Nada. - ---¿Cómo que nada? --rezongó a lo sordo Monte-Valdés, sacudiendo barbas -y quevedos. - -El médico volvió a examinar al intruso, pensando si estaría loco. Y -habló de nuevo, esta vez con cortesía: - ---Digo que nada precisamente por eso, porque este _nada_ quiere decir -_todo_: quiere decir que el hombre quedará inútil para toda su vida, -cosa que, en resumidas cuentas le estará bien merecido, porque son unos -bestias, que no se cuidan de nada; eso, como no estuviera borracho. Y -digo que se quedará inútil porque el arreglo del brazo, que es donde -tiene la quebradura, no se puede hacer sino con un aparato ortopédico -que vendrá a costar setenta y cinco pesetas, y como él no tiene las -setenta y cinco pesetas ni quien se las dé, pues, ¡nada! - ---¿Y quién le ha dicho a usted que no tiene quien se las dé? --bramó -opacamente Monte-Valdés, despidiendo centellas por los ojos. Ahora -fueron tan violentas las sacudidas de los quevedos que hubo de -afianzarlos en la nariz con insegura mano. - ---Digo; como usted no las... - ---Naturalmente que yo las doy. - -En este punto apareció una mujer que hipaba y gemía, conduciendo de -la mano una chicuela morenucha y enclenque. El médico se acercó a la -mujer, y, en hablándole unas palabras, la mujer acudió a Monte-Valdés, -y quería besarle las manos. El escritor, con ademán y son evangélicos, -dijo: - ---Mujer, no llores, que lo que hago no vale la pena. Toma los quince -duros. - -La mujer quiso saber el nombre y domicilio del protector de su marido. -Resistíase Monte-Valdés, pero hubo de ceder al fin. - -Una modistilla, arrastrada por ese instinto sentimental y burlesco que -es toda el alma de las madrileñas de clase humilde, gritó: - ---¡Viva Don Quijote! - -Y los testigos de lo acaecido, en su mayoría de pueblo bajo, hicieron -coro: - ---¡Viva! - -Monte-Valdés, gran enemigo de la plebe y despreciador de sus arrebatos, -huyó con ligero compás de pies. Las menestralas, que le veían de -espaldas, con su larga cabellera y extraño pergeño, lloraban de risa. - -El albañil herido era el señor Emeterio; la mujer sollozante, la señá -Donisia. - -A solas ya, Monte-Valdés contó el dinero que le quedaba; cuatro -pesetas y veinte céntimos. Tenía arrendado un cuarto y solía comer -en cafés y restoranes de precio módico, solo dos veces a la semana, -porque su sobriedad era tanta como las de algunos célebres españoles -de otros siglos. Es decir, que sus arbitrios pecuniarios no alcanzaban -a procurarle el sustento más arriba de una semana. No tenía amigos -a quienes acudir, ni, de otra parte, se hubiera doblegado nunca a -solicitar dineros. - -Esforzábase en resolver tan intrincado problema cuando acertó a pasar -frente a la iglesia de las Góngoras. Entró en el templo, sentose en -un banco, y allí, estando con la cabeza gacha, los ojos entornados, -las aletas de la nariz dilatadas por el olor a incienso y peinándose -despaciosamente las barbas con los dedos, tuvo una revelación. Salió -confortado de la iglesia y se encaminó a una panadería, en donde compró -pan para un mes. Pan que luego conservó blando envolviéndolo en -pañizuelos, los cuales mantenía húmedos siempre, como los escultores -hacen con sus bocetos en barro. Antes de terminar el mes, y con él el -pan, Monte-Valdés colocó dos artículos que cobró a cinco duros cada -uno. Casi al mismo tiempo presentáronsele Emeterio, repuesto ya del -percance, y la mujer. Su agradecimiento y adhesión al caballero eran -tales, que a la vuelta de lagrimear y dar gracias centenares de veces, -la Dionisia habló así: - ---Señorito, nosotros queremos servirle a usté, estar siempre con usté y -a sus órdenes pa lo que nos resta de vida. - ---Me place. Yo no puedo vivir sino rodeado de servidumbre --y comenzó a -peinarse las barbas, signo en él de reflexión--. Pero debo advertirles -que yo soy un hidalgo pobre. - ---Con usté, aunque fuese morir de hambre --afirmó decidido Emeterio--. -¡Mejor que con el Rochil! - ---¡Sea! --concluyó Monte-Valdés. - -A partir de este punto comenzó la época misteriosamente heroica de la -vida de Monte-Valdés, la época de la conquista: conquista de renombre -y, en segundo término, si ello viniera de añadidura, conquista de -bienestar. Y así como la enjuta Castilla de los tiempos del Emperador, -con el hambre en casa y la miseria, conquistaba el mundo lidiando por -la fe, y tanto como se le apretaban las tripas se le erguía la cabeza -ante ojos ajenos, Monte-Valdés peleaba, a su modo, por un ideal de -arte, y cuanto más recia era la escasez en casa, más se le entiesaba -y endurecía la raspa, que no la doblaba ante nadie. Solamente entre -españoles se encuentra el tipo de hombre que ha hecho compatible el -hambre con el orgullo y a quien no envilece la pobreza. No era raro que -durante aquella época de conquista Monte-Valdés permaneciera algunos -días sin salir del lecho, habiendo empeñado el único traje que poseía, -por no morirse de hambre él y su servidumbre. Y si acaso en tales -ocasiones aportaba un amigo de visita, recibíale Monte-Valdés en cama, -con afable prestancia y un como natural olvido de las humildes cosas en -torno de ellos, que no parecía sino que el lecho era estrado. - -Era pendenciero, porque consideraba que en la adversidad los ánimos -nobles se enardecen. Una de sus pendencias hubo de costarle una pierna, -la derecha, que sustituyó con otra de palo. Si se le hubiera de creer a -él, de este accidente recibió gran contento, porque le hacía semejante -a Lord Byron, que también era cojo, si bien de distinta cojera. - ---Lo que me duele --exclamaba a veces componiendo un gesto de -consternación irónica-- es sentirme incapacitado para aplicar puntapiés -a los galopines de las letras y no poder desbravar potros cerriles ---cosa la última que dejaba un tanto perplejo al interlocutor. - -Tras muchas y ásperas campañas, la fortuna comenzó a serle amiga y el -éxito a lisonjearlo. Iba camino de alcanzar cuanto se había propuesto. - -El señor Emeterio, que había dejado el oficio, y la señá Donisia, -que había incurrido en menesteres porteriles por distraerse, decía -ella, habían seguido caninamente a Monte-Valdés en todas sus andanzas -y participado, con resuelto corazón, de sus privaciones. Sentían, -además de amor, cierto orgullo reflejo por su señorito: esa jactancia -de servir a buen amo, que es la verdadera cadena y muestra visible de -todas las servidumbres. Por eso le amaban como el perro ama al hombre -y el hombre ama a Dios, como un ser a medias familiar y a medias -misterioso. - ---Es que, verá usté, señorito --empezó a explicar la señá Donisia--, se -cuela un méndigo en el portal, porque talmente era un méndigo. Ya sabe -usté que el casero no quiere méndigos. Lo mismo da decir ladrón que -méndigo. - ---Mendigo, mujer, y no méndigo, como ha dicho usted por cuatro veces. - ---Ladrón me paece más al caso. Pues como le digo, voy y no le dejo -pasar. Pues que se arranca a decirme perrerías, y va y me da un -puñetazo en el vientre; y na, que resulta que es el chulo de la -señorita Rosa. - -Monte-Valdés se peinaba las barbas. Al oír el nombre de Rosa, alargó el -brazo y dijo: - ---Basta, Dionisia. Que no le oiga a usted llamar señorita a una mala -mujer. Veo que en esta casa no se puede vivir. Y como quiera que ya -vengo pensándolo hace varios días, usted, Emeterio, irá hoy a verse -con el casero y le dirá que me mudo en seguida. Yo mismo buscaré nuevo -cuarto, y ustedes, si quieren seguir sirviéndome, me acompañan; si -prefieren la portería y los gajes que le pueden venir de una mala -mujer, se quedan. - ---Pero es que... señorito --el señor Emeterio titubeaba. - ---He dicho basta. Dionisia, traiga agua caliente que quiero vestirme al -punto. - - - - -III - - ---La señorita se levanta ahora mismo. Pase usté entretanto al gabinete. - ---Si no hubiera dificultad, Conchita, yo preferiría esperar en el -comedor. - ---A ver, ¿es que no nos hemos desayunao aún, don Teófilo? --soltose a -reír Conchita, como una chicuela. No había dado sentido literal a la -pregunta; creía haber dicho una agudeza, sin sospechar que atormentaba -a Teófilo. - ---Es usted tremenda, Conchita --balbuceó Teófilo azorándose. - ---Tráteme usted de tú, don Teófilo. - -Teófilo pensaba: «Conchita se figura que estoy muerto de hambre. Con mi -facha...» - ---Es que en el comedor hay más luz, Conchita. - ---Más luz, ¿eh? Está usted apañao del quinqué. Cómprese unas gafas -ahumás. - -Teófilo pensó ahora: «Se está burlando de mí. Le parezco ridículo.» -Aquella fuerza tiránica, indócil a la voluntad, que le había movido -a descargar gallardo golpe sobre el vientre de la portera, comenzaba -a insurgirse y dominarlo. «¿Quién me manda a mí venir a casa de una -_prostituta_?...» Cerebro y corazón se le quedaron en suspenso unos -instantes. Prosiguió el hilo del soliloquio mental: «Al fin y al -cabo, una _prostituta_.» _Al fin y al cabo_ valía tanto como «aunque -yo esté enamorado de ella; aunque quizás llegue a enamorarse de mí y -se regenere; aunque ando loco entre esperanzas y desesperanzas.» Y -Teófilo, dolido por lo que él juzgaba burlas de Conchita, continuaba -pensando: «Lo natural, lo decoroso, el _gesto bello_ de este trance -risible sería que le diese un puntapié en el trasero a Conchita, -para que aprenda a no ser desvergonzada.» Y aquella fuerza agresiva -e irreprimible le hormigueaba ya en una pierna. Pero de pronto tuvo -la sensación de quedar exangüe, con las venas vacías, y así como si -el corazón fuese una cosa flácida y hueca, susceptible de ser vuelto -del revés. A pesar suyo, volvió a formular con palabras las ideas: -«¡Pobrecita! ¿Qué culpa tiene ella de que yo sea pobre y grotesco?» Y -otra vez, de la palabra concreta descendió a derretirse en neblina y -angustias sentimentales. Era que tenía miedo de las palabras: miedo de -desvelar la verdad acerca de sí propio; y a tiempo que todo su ser, a -tientas, aspiraba a interrogarse y conocer si en realidad era un ser -grotesco, Teófilo se obstinaba en ignorar esta aspiración perentoria. -Cerraba los ojos de la conciencia igual que, después de algunos días -de hambre y algunas noches sin sueño, solía cerrar los del rostro al -pasar ante un espejo, por miedo a verse con toda la traza de un tísico -rematado. Tales estados de ánimo iban unidos siempre, en lo afectivo, -a una rara ternura y tolerancia hacia la maldad ajena, a un movimiento -de amor por todos los seres y las cosas, y en las líneas de la cara -trasparecían a modo de mueca simpática y pueril, como si con el gesto -dijese: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como -soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.» - ---¡Parece mentira! Y yo que te quiero tanto, Conchita... --cuando le -entró por los oídos el compungido acento de sus propias palabras, -Teófilo quedó estupefacto y corrido de haber hablado como por máquina, -sin el concurso de la voluntad. - ---¡A ver, a ver, que yo me entere! --Conchita colocó los brazos en -jarras, se empinó sobre las puntas de los pies, entiesando el grácil -torso, y ladeó la cabecita para oír mejor. Ahora era Conchita quien -pensaba que se burlaban de ella. - -Su engallada actitud de braveza y enojo era tan linda y graciosa que -Teófilo se deleitaba contemplándola y no pudo menos de sonreir. - ---Te quiero como amigo, Conchita; nada más que como amigo. Sabes que -las aguas van por otro lado; aparte de que tú ya tienes novio. - ---Eso es lo que a usté menos le importa --dijo Conchita con sequedad -que no era hostil. - ---Claro que no me importa, si tú te empeñas. Bien; ahora llévame al -comedor. - ---¡Y dale! ¡Qué pelmazo es usté, señor Pajares! - -Conchita tomó de la mano al poeta, y corriendo de suerte que Teófilo -iba a remolque, le condujo al comedor. - ---¿Lo ve usté? --preguntó la muchacha, mostrando el desorden de la -habitación. - -Las sillas estaban unas encima de otras y algunas sobre la mesa; los -cortinajes, recogidos en los batientes de las puertas. Una vieja criada -barría. - ---¿Se quiere usté quedar aquí, don Teófilo? - ---Ya veo que tenías razón; pero es que el tal gabinetito me es -antipático. - ---Anda, que si le oye a usted la señorita; está loca con él. - ---¡Concha!... --gritó una voz tumultuosa, masculina, desde el interior -de un aposento. - ---¿Qué hay? --respondió Conchita. - ---¿Quién está ahí? --preguntó la voz. - -Y Conchita: - ---Un amigo de la señorita. - -Y la voz: - ---¿Es el señor Menistro? --por el tono se comprendía que lo pronunciaba -con letra mayúscula. - -Y Conchita: - ---No, señor. - -Y la voz: - ---Pero, será amigo del señor Menistro... - -Y Conchita: - ---No lo sé. Es un señor poeta. - -Y la voz: - ---Qué cosa ye más: ¿Menistro o poeta? - -Y Conchita: - ---Luego se lo diré, en cuanto lo averigüe --volvió a tomar de la mano a -Teófilo y salieron del comedor. - ---¿Quién era? --interrogó Teófilo muy sorprendido. - ---El padre de la señorita. Era marinero, al parecer, allá por el Norte, -no sé en dónde. Ahora está ciego. - ---Y, desde luego, como si lo viera: al padre le parecerá muy bien la -vida que lleva su hija. - ---Mía tú este; como al mío, si yo tuviera la suerte de ella. Vaya, -entre en el gabinete, que yo tengo que vestir a la señorita. - - - - -IV - - -Conchita penetró en la estancia y, sumiéndose entre tinieblas, con -gran desenvoltura y tino fue derechamente a abrir las contraventanas. -A través de las cortinas de delgado lino blanco, lisas y casi -conventuales, fluyó la luz, fría, pulcra. La habitación era amplia y -rectangular, de una blancura mate, nítida, que en los ángulos menos -luminosos degradábase en velaturas azulinas y marfileñas. Hubiérase -creído vivienda amasada con sustancia de nubes a no ser por el estilo -tallado, perpendicular, de los muebles, de laca blanca. Las puertas -estaban aforradas con una cuadrícula de sutiles listones, encerrando -espejillos biselados. La alfombra era espesa y muelle. Había pocos -muebles, y estos ingrávidos, sin domesticidad. De las paredes colgaban -tan solo tres cuadros, un aguafuerte y dos grabados en sepia, con mucho -margen, y por marco un fino trazo de roble color ceniza. - -Daban las únicas notas de color una butaquilla baja, de respaldar -sinuoso y con orejeras a entrambos lados del respaldar, tapizada de -pana gris perla, y dos lechos, uno matrimonial y el otro infantil, -los dos de hierro dorado y diseño muy simple; a la cabecera, sendas -cabecitas rojiáureas, y a los pies, edredones de seda oro viejo. - -En aquel fondo inmaculado, el cuerpo menudo y ágil, vestido de negro, -de Conchita, destacaba como un ratoncillo caído en un cuenco de leche. - -Las dos cabezas, encendidas por el sueño y sumergidas en una masa de -cabellos de miel, yacían profundamente, ajenas al advenimiento de -Conchita y de la luz. - -La doncella se acercó a la cama de la señorita y la zarandeó con -suavidad. - ---¿Qué hora es? --preguntó Rosina, con voz algo ronca. - ---Las diez y media, sobre poco más o menos. - ---¿Por qué me despiertas tan temprano? - ---El señor Pajares está ya en el gabinete, esperándola a usté. - ---Es verdad. Ya no me acordaba. - -Sacó los desnudos brazos de entre las sábanas y los elevó al aire, -desperezándose. Eran bien repartidos de carne, gordezuelos quizás, -dúctiles, femeninos porque aparentaban carecer de coyuntura y músculos, -cual si ondulasen, y tenían, así como el cuello y los hombros, una -suave floración de vello entre rubio y nevado, a través del cual se -metía la claridad de manera que trazaba en torno a los miembros un -doble perfil, como si estuvieran vestidos de luz. - ---Que no se despierte la niña --bisbiseó Rosina, incorporándose y -haciendo emanar del interior del lecho una fragancia cálida, semihumana -y semivegetal. - -El tibio olor llegaba hasta Conchita, sugiriéndole ideas de -voluptuosidad. Se dijo: «No me extraña que los hombres, cuando -tropiezan con una gachí como esta, se entreguen hasta dar la pez.» - ---¿Dónde está Celipe? --preguntó una clara voz infantil. - -Rosina y Conchita volviéronse a mirar hacia la cama de Rosa Fernanda. -La niña se había puesto de rodillas en el lecho y sentado sobre los -talones, escondidos entre rebujos del luengo camisón de dormir. - ---¡Tesoro! ¡Gloria! ¡Picarona! ¿Quién la quiere a ella? Ven aquí, -que te coma un poco de esa carina de rosa, que la mamita tiene mucha -hambre. Ven, ven. - -Y Rosina tendía los brazos a su hija, a tiempo que murmuraba más y más -ternezas y amorosos dislates. - -Rosa Fernanda, que restregaba desesperadamente los ojos con los puños, -repitió: - ---¿Dónde está Celipe? - ---¡Ah, malvada! Quieres más a Celipe que a tu mamita. Ahora voy a -llorar. - -Y comenzó a simular afligido llanto. - -Rosa Fernanda arrugó el entrecejo e hizo un pucherito, en los barruntos -de una llantina. Rompió entonces la madre a reír, y la niña, dando con -los ojos patentes muestras de que no le había hecho gracia la burla, -repitió indignada: - ---¿Dónde está Celipe? - -Oyose cauto rumor a la puerta, como de alguien que la arañase. - ---¡Ahí tienes a Celipe, pícara, más que pícara! --refunfuñó Rosina, -fingiéndose enojada. - -Rosa Fernanda saltó del lecho a tierra, a punto que el llamado Celipe -forzaba la entrada, y corrieron el uno al encuentro del otro. Pero -Rosa Fernanda, cuyo camisón era dos palmos más largo que su diminuta -persona, se enredó y dio en el suelo, al aire las rosadas piernecillas -y los desnudos pies, de planta y talón ambarinos. Entonces Celipe, que -era un perro faldero tan velludo que parecía una pelota de lana sin -cardar, llegose a la niña, comenzó a botar en torno a ella, a gruñir, -con acento ridículo y amistoso, y a toparla con su cabezota cubierta de -tupidas cerdas cenicientas, informe y sin ninguna apariencia orgánica, -como no fueran dos ojos brutales, duros, de azabache. Desternillábase a -reír la niña; contagiose de la risa la madre, y, a la postre, también -Conchita, de suerte que entre las tres, con su alegre concierto, -enardecían a Celipe y le inducían a cometer mayores incoherencias. - ---Señorita --atreviose a sugerir la doncella--, que el pobre señor de -Pajares está esperando. - ---Sí, tienes razón; dame acá el kimono. - -Rosina vistiose el kimono que Conchita le presentaba; una a manera de -holgada vestidura de seda carmesí, bordada de dragones verde malva, -glicinias violeta y plateadas zancudas volantes. El kimono estaba -guateado por dentro, y así Rosina gustaba de arrebujarse en él y sentir -cómo le abrazaba el cuerpo aquella levedad mimosa y tibia. - -Rosina tomó en el aire a Rosa Fernanda y la besó con apasionada -efusión, sin cuidarse de las protestas y pataleos de la niña, ni de -los ladridos del informe Celipe, el cual se había alongado como cosa -de una cuarta, verticalmente, en el espacio, demostrando con esto y -la incertidumbre del equilibrio que se había puesto en dos pies. La -madre depositó de nuevo a la pequeña sobre la alfombra, y dejándola a -su placer en la amiganza del jocoso Celipe, salió al cuarto de baño, -seguida de la doncella. - -En el cuarto de baño sentose a esperar que la pila se llenase. En -tanto Conchita azacaneaba el agua con el termómetro, previniendo la -temperatura adecuada, Rosina permanecía con los ojos perdidos en el -vaho caliente que del baño subía. Como Conchita espiase de soslayo la -distracción de su ama, por entretenerla le refirió el lance que había -acaecido entre Teófilo y la señá Donisia. - ---Pero, ¡qué bestia es esa mujer! --comentó Rosina nerviosamente--. Y -él ¿no le dijo alguna frase oportuna? - ---Arpía; fue lo único que yo le he oído. - ---¡Pobre Pajares! - ---Quite usté, señorita, si tié la sangre más gorda... - -Rosina y su doncella mantenían entre sí un trato de familiar llaneza, -si bien Conchita, por mucho que le aguijase la curiosidad, absteníase -de preguntar: tarde o temprano, Rosina se lo contaba todo. - ---¿Cómo viene vestido hoy? - ---¿Cómo? Anda, pues de príncipe ruso. Ya conoce usté la _mise en -escène_: pantalones con fondillos y sus flecos, calzao americano, que -es la moda (quiero decir, calzao que proviene de las Américas del -Rastro), y la chaqueta que puede pasar... que puede pasar al carro de -la basura. Pues no le ha visto usté en calcetines. - ---Claro que no. ¿Es que le has visto tú? - ---Natural que le he visto. Pero ¿no le he dicho a usté que la señá -Donisia le había sacao una bota? - ---¡Qué bestia de mujer! - ---Pues nada, que había que ver la tontería de calcetín. - ---Bueno, basta Conchita. Parece que no te has enterado de que no me -gusta oír hablar mal de Pajares. - ---Si es que le tengo lástima. - ---¿Lástima de qué? ¿De su pobreza? Eso le honra. Has de saber que es -un hombre de gran talento; que podía ganar lo que quisiera escribiendo -en los periódicos; pero como ocurre que su carácter noble y rebelde -no le deja doblarse ante nadie... eso es todo. Además, que le tienen -envidia... - -Rosina exteriorizó con gran vehemencia sus opiniones; opiniones que -había contraído directamente del propio Teófilo. - ---No lo dudo, porque mire usté que en el mundo hay envidiosos y -envidiosas... Ya está el baño. - -Rosina sumergió el desnudo cuerpo en el agua, templada y olorosa. Era -una de esas bellezas áureas de los climas húmedos, productos de jugosa -madurez, que afectan, con ligadura de fruición deleitable, tanto los -ojos como el paladar de quien las mira, sugieren nebulosamente una -sensación de melocotones en espaldera, ya sazonados, y hacen la boca -agua. A causa del sedoso vello, la piel de Rosina, como la de las -frutas frescas, dentro del líquido semejaba estar cubierta con polvo -de plata cristalina. Rebullíase la mujer con molicie y entornaba los -ojos. Estaba pensativa. - ---Oye, Concha, ¿no te parece que Pajares no se puede decir que sea feo? - ---No es un bibeló; pero no se puede decir que sea feo. - ---Tiene así un no sé qué de distinguido, ¿no te parece? Algo en el -aire. Una cosa de orgullo, a veces de desprecio, que está bien. Bueno; -tú no te paras a mirar esas cosas. Si me lo vistes como los niños de la -Peña, pongo al caso... - ---Mire usté, señorita; pa mí que el hábito no hace al monje. Yo me -pongo los vestidos de la señorita, y sigo siendo la Concha. - ---No estoy conforme contigo; habías de verme a mí cuando no era más que -una pobre rapazuca de pueblo, una sardinera, hija de un pescador. No -debía de haber por dónde cogerme. - ---Ya, ya; dejaría usté, cuando se quedaba en cueros, como ahora, y se -metía en el agua, como ahora, digo que si dejaría usté de ser, como es -ahora: una alhaja, que toda usté parece plata, oro y brillantes. - -Rosina sonrió a las lisonjas de su doncella. - ---Pues digo más, y esto para el señor Pajares --prosiguió Conchita--. -Y digo que no sé por qué se me figura que todo el aquel que usté le -encuentra, en cuanto que se vistiera como un niño litri, no quedaba -pero que ni esto. - ---Es decir, que según tú, el hábito hace al monje. Pues yo te digo que -Teófilo tiene una gran figura. - -Rosina salía del baño. Conchita la arropó en la sábana, y se dijo para -sus adentros: «Está chalá por el poeta.» - -Volvieron a la alcoba. Rosa Fernanda y Celipe se habían marchado. En -tanto la muchacha peinó, le acicaló las manos y vistió a Rosina no -volvieron a cambiar una palabra. - - - - -V - - -Teófilo hubo de resignarse a esperar en el gabinete que, en efecto, le -era muy antipático, le exasperaba los nervios. Pajares había definido -este sentimiento enemigo sirviéndose de una imagen: «lo odio como un -ruiseñor odiaría un solo de cornetín». - -El gabinete había sido planeado por don Sabas Sicilia, ministro de -Gracia y Justicia y amante de Rosina. Era una pieza amueblada y -decorada al estilo Imperio, y, mal que pese a todas las antipatías, -a Teófilo le había servido para hacer las siguientes anotaciones -literarias: «La gama completa de los rojos se fusiona en un conjunto -de incandescencia aguda y cesáreo esplendor. Los muros tapizados con -seda rojo mate, como ladrillo romano, y en ella esparcidas coronas de -laurel, de color vermellón anaranjado. La caoba bruñida de los muebles, -trasunto del rubí traslúcido de los vinos de la Campania. La alfombra, -de un carmín intenso, casi violáceo, como púrpura antigua.» - -Dentro de aquella habitación, los pobres atavíos de Pajares se -trasmutaban en andrajosidad. Cierta hidalguía misteriosa que corregía -la fealdad y desgarbo del poeta era devorada por el fuego purpúreo del -aposento. - -El insolente imperialismo de la estancia determinó que Teófilo, -reaccionando por instinto, se sintiese traspasado de mística humildad. -Dejose caer sentado en una butaca, cuyas patas terminaban en garras de -esfinge, cinceladas en cobre; hincó los codos en las piernas y hundió -el rostro en el hueco de las manos. «¡Dios mío, Dios mío!», murmuró, -considerándose horriblemente desgraciado, sin saber por qué. - -Un aullido alfeñicado y a la vez furioso le obligó a levantar los ojos, -y vio en la abertura de la puerta dos ojos de azabache que le miraban -con dura frialdad, entre vedijas de lana cenizosa. - ---¡Celipe! ¡Celipe! - -Gritó de fuera una voz aniñada, y Teófilo volvió a quedar a solas y a -murmurar: «¡Dios mío!» Veíase objeto de escarnio y odio universales: -los hombres se burlaban de él; las bestias lo odiaban; hasta las cosas -se le mostraban hoscas, con una hosquedad doblemente irritante por -ser arcana, indefinible. No encontraba dentro de sí propio escondrijo -adonde acogerse, ni fuerza con qué valerse y luchar. En estos desmayos -y trances de humildad llegaba a confesarse que su espíritu era tan seco -y flojo como su cuerpo, y las galas de sus versos no menos desastradas -que sus calzones, calcetines y botas. Reconocía no ser poeta, sino -gárrulo urdidor de palabras inertes, y desesperaba de llegar a serlo -nunca. Pero había algo en el propio tuétano de su alma que él no -lograba desentrañar; algo a modo de angustia perdurable, un ansia de -luz, y un creerse a punto de verla, un desasosiego perenne, el cual, en -la vida de relación, se manifestaba ya como hermética timidez, ya por -exabruptos de energúmeno. - -Según estaba con el rostro escondido entre las manos en el gabinete -Imperio, aquella angustia de todo momento le señoreó con no -acostumbrado poderío, imbuyéndole la ilusión de la omnipresencia. Veía -plásticamente, en la memoria, toda su vida pasada como un momento -actual. En su historia, tal como él la veía, no se engendraba la vida a -costa de la muerte, no había la función materna de un hecho para con el -que le sigue, de una nota para con la nota que va detrás, como acontece -con la poesía y con la música, sino que todos sus pasos y estados de -ánimo, aun los remotos de la infancia, destacaban sobre un mismo plano -en estado de presencia, guardando entre sí la coordinación de valores -y armonía estática de las figuras en una pieza pictórica. Esto es: -no _sentía_ el pasado lírica ni musicalmente, a modo de nostalgia o -de melancolía, sino que lo _contemplaba_ como lienzo a medio pintar. -Tal era su manera de comprender el libre albedrío; cada momento en su -existencia no era obra fatal del momento precedente, sino la nueva -figura del cuadro, hija de la voluntad ágil del pintor. Y amando -locamente a Rosina, no se juzgaba constreñido a ello por la fuerza de -unos hechos necesariamente concatenados, sino por propia elección y -apasionada voluntad de coronar el fondo tenebroso del cuadro de su vida -con aquel vivo oro de aurora a guisa de firmamento. De esta cualidad -materialista de su imaginación provenía que Teófilo no comprendiera el -arte de la pintura, si bien gustaba mucho de perorar acerca de ella, -con entonaciones críticas. - -Pero si la voluntad era libre, el arte era escaso. ¡Cuántas veces no -había hallado Teófilo que, tras mucho trabajar, todo lo que conseguía -era una mala caricatura de su propósito primero! - -Era Teófilo hijo único de una mesonera de Valladolid. Cuando Teófilo -era muy niño, sus padres habían gozado más holgada fortuna: la casa -de huéspedes de ahora había sido fonda en otro tiempo. Recordaba -Teófilo la larga mesa redonda, cubierta con un tul color de rosa, y -las moscas luchando encarnizadamente por quebrantarlo y llegar hasta -los frutos y galletas, más incitativos y codiciables por estar detrás -de un imposible falaz, sonrosado y transparente. Teófilo acostumbraba -descifrar en esta imagen del tul el símbolo de su vida entera. Él era -la mosca; entre él y los bienes del mundo se extendía no sé qué velo -de ilusión que lo exaltaba todo, y, en acercándose, el velo era muralla. - -Oyéronse carcajadas de Rosa Fernanda. Teófilo levantó la cabeza y se -llevó las manos al pecho. Murmuró por vez tercera: «¡Dios mío! ¡Dios -mío!» - - - - -VI - - ---Ea, ya estoy vestida. Cuando usted quiera... --dijo Rosina, -sonriente, apareciendo en la puerta del gabinete--. Vestía un traje, -hechura sastre, de _homespun_: áspera estofa de un medio color -parduzco, moteada de acres colorines, en velloncitos sin hilar. Avanzó -hacia un espejo, con los brazos en alto, prendiendo los alfileres del -sombrero, de manera que su busto destacaba sobre el fondo carmesí -desembarazadamente, como el de las Venus mutiladas. - -Teófilo se puso en pie, haciendo cloquear las choquezuelas. Dio dos -patadas nerviosas, por estirar los pantalones y corregirlos de sus -pliegues inveterados, los cuales se habían recrudecido en la postura -sedente. - ---Andando --indicó Rosina. - -Pero Teófilo no se movió; deseaba examinar los pantalones al espejo y -no quería que Rosina se diera cuenta de ello. Rosina le aguardaba a que -saliese. - ---Andando, sí; ¿qué espera usted ahí mirándome? ¿Teme usted que me -lleve algo del gabinete? --murmuró Teófilo con esa voz áspera y ruin -que a pesar suyo emite el hombre cuando por hallarse irritado consigo -mismo se esfuerza en hallar ocasión al enojo en la conducta ajena. - -Rosina sonrió con benignidad, y a tiempo que giraba sobre los talones y -partía, murmuró llanamente: - ---Por mí se puede usted llevar la consola en el bolsillo del chaleco, -señor Erizo. Voy andando delante. --No le desplacía la hosquedad de -Teófilo, presumiendo todo el amor que tras de ella se ocultaba. - -En el minuto que Teófilo estuvo a solas, contemplose de perfil en -el espejo. Los pantalones eran realmente execrables. Tenían tales -depresiones y abombamientos que era casi imposible suponer que dentro -de ellos se albergaban miembros humanos. El color de pizarra había -degenerado en lila, y en la parte superior externa de los muslos -estaban negros. - -«¿Cómo voy a salir a la calle con esta mujer?», se dijo Teófilo, y la -angustia le detenía la respiración. Como por arte sobrenatural, sintió -algo así como si su espina dorsal se hiciera de acero, inopinadamente; -algo como frenética necesidad de erguirse con desesperado orgullo y -desafiar al mundo. Salió del gabinete cesáreo como un César de verdad. -Rosina y Conchita, que estaban en la antesala, viéronle venir con aquel -aire de realeza, y la primera le admiraba, mientras la otra luchaba -por contener la risa, que a la postre dejó en libertad como Teófilo -tropezase con un galápago que a la sazón tranquilamente cruzaba por -aquella parte, y diese un traspiés, y luego un formidable puntapié al -estorbo, enviándolo largo trecho por el aire. - ---¡Pobre Sesostris! --exclamó Conchita. - -Sesostris era un galápago que la cocinera había comprado para que -devorase las cucarachas. La imposición del nombre había sido cosa del -ministro. - -Riéndose, Conchita acudió a socorrer a Sesostris, que había caído -en mala postura, y al inclinarse a tierra la muchacha descubría sus -delicados tobillos. Tenía Conchita la frágil finura de cabos y el -voltaje latente de las razas inútiles y de excepción, como los caballos -de carrera, que ganan un Derby o hacen un Dos de Mayo, pero no pueden -arrastrar un camión o el peso de la vida normal civilizada. - -Teófilo, aunque a ello le incitase Conchita con sus risas y vayas, -no conseguía enfadarse con ella. Contemplándola ahora, par a par de -Rosina, se le aparecían, si bien muy por lo turbio y lejano, como -encarnaciones, Conchita, de la pasión, y Rosina, de la voluptuosidad, -los dos polos del amor ilícito. - ---¿Listos? --preguntó Rosina. - ---Cuando usted ordene --respondió Pajares, que se había dulcificado por -extraño modo. - -Al bajar las escaleras, dijo Rosina: - ---¿No me ofrece usted el brazo? - ---El brazo y el corazón. --En habiéndolo dicho, se arrepintió, -reputándolo impertinente y temiendo una respuesta desdeñosa. Pero -Rosina volviose hacia él, con mimosa incertidumbre, como suplicando no -ser engañada, y murmuró: - ---A ustedes los poetas no les cuesta trabajo ofrecer el corazón; pero -desgraciada la que se lo crea. Porque la poesía no es más que eso, -¿verdad? Una mentira bonita. En medio de todo, la verdad suele ser -siempre tan sosa y desairada que todos prefieren las mentiras bonitas. - ---No, Rosa; la poesía es la única verdad --Pajares asumió un continente -sacerdotal por que la sentencia adquiriera cierto valor religioso. - ---No, no. Si es verdad, ya no es poesía. - ---¿Cómo, Rosa? ¿Es usted verdad? - ---¿Que si soy verdad? No entiendo. - ---¿Existe usted? ¿No es usted una cosa real y verdadera? - ---Claro que lo soy. - ---Y dice usted que la poesía es una mentira bonita... Poesía es una -verdad bella, la única verdad. Ya lo dijo nuestro gran poeta: «¿Qué es -poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.» - -Rosina no sabía qué decir. Experimentaba una fruición nueva; la sangre -afluía a sus mejillas. Esa satisfacción inocente de complicar el -propio instinto con la vida del Universo y encubrir la venustidad -con las ropas hechas del bazar del Arte, satisfacción que ha gustado -cualquiera criada de servir cuyo novio sea un hortera sentimental, -era absolutamente desconocida para Rosina. Era la primera vez que le -hablaban de esta suerte. Las proposiciones de amor que de los últimos -tiempos recordaba tenían un carácter espartano, a propósito, por la -sobriedad, para la epigrafía: «Cuándo y qué precio.» No podía darse -más laconismo. Pajares, ahora y por contraste, le pareció adorable -diciendo aquellas cosas tan sencillas y tiernas con gran ternura y -sencillez, porque, en efecto, para decirlas Pajares se había despojado -del artificio e infatuación que en él eran frecuentes. - -Llegaron al portal en ocasión que salía don Alberto del Monte-Valdés -componiendo un ritmo trocaico con la pierna de palo sobre el pavimento, -el haldudo gabán flotando a la espalda. - -Teófilo quiso satisfacer una doble vanidad, la de mostrarse ante -Monte-Valdés en compañía de tan hermosa hembra y la de alardear ante -Rosina de la confianza con que trataba al renombrado escritor. - ---¿Adónde vamos tan de prisa, Monte? --interrogó Teófilo, procurando -traducir con el acento la estrecheza de su amistad con Monte-Valdés. - -El cojo volvió la cabeza, aborrascó el entrecejo y siguió andando, sin -dignarse contestar. Para Teófilo la vejación fue muy dolorosa, porque -iba acompañada de un oscuro sentimiento de haberla merecido. Rosina, -replegada aún en sus emociones, no concedió mucha importancia al -incidente. - ---No le ha reconocido a usted, sin duda --explicó al observar el -mutismo de Teófilo. - ---¿No me había de reconocer? De sobra. Qué sé yo; le habrán ido con -algún chisme... - ---He oído decir que escribe muy bien. - ---Psss... - ---¿Puede usted prestarme algún libro que él haya escrito? - ---No vale la pena. Es todo falso y afectado. - -Continuaron en silencio. Teófilo, después de aquellos momentos -espontáneos que había vivido según bajaba las escaleras del brazo con -Rosina, después del tropiezo con Monte-Valdés había vuelto a perder el -equilibrio interior, como si le hubieran revuelto el espíritu y las -entrañas. Irritábase, y luego desalentábase creyéndose víctima de un -extraño fatalismo, el cual le espiaba de continuo y, en viéndole ligero -de corazón y a punto de ser feliz, le ponía por delante un lazo en -que se enredase, dando de narices en tierra. Teófilo lo expresaba así -dentro de su pensamiento: «Es ya mucho moler, que en cuanto me entrego -al entusiasmo ocurre algo ridículo para darme en la cresta.» Era la -voz de esa conciencia inferior en donde se reflejan los fallos de la -justicia mecánica del mundo; la conciencia de los jactanciosos y de los -pedantes. - -Rosina, engolosinada con el exordio lírico de Teófilo, hacía los -imposibles por que hablase, y todo era en vano. A las observaciones que -la mujer le ofrecía contestaba él con réplicas cortadas, y siempre en -un sentido pueril de contradicción. - -Iban paseando por la avenida del Botánico, rostro al Museo del Prado. - ---Parece que está usted de mal humor hoy, Pajares. Yo le había rogado -que me acompañase al Museo porque soy una ignorante y usted sería para -mí el mejor guía. Pero si le molesta, como parece, y no tiene ganas -de hablar, yo renuncio al capricho, aunque lo siento mucho, porque la -pintura me gusta tanto... - ---Sí, sí, lo creo. Arte de mujeres. Arte materialista, sensual, burdo, -inferior... - ---Sin embargo, creo que alguna vez me ha dicho usted... - ---¿Qué? ¿Lo contrario? --Teófilo eyaculó una risita antinatural--. Es -posible. No le pida usted a una mariposa que vuele en línea recta. En -línea recta vuelan los escarabajos peloteros --y acabando de sentar -la sentencia, pensó: «Apuesto a que he dicho una sandez... y una -grosería.» Con lo cual su irritación y desasosiego subió de punto. - -Rosina se encontraba como se había encontrado en otras ocasiones, que -habiéndole caído una mancha en un vestido sin estrenar, la mancha -parecía haber herido la retina y adondequiera que volvía los ojos -la mancha flotaba en el aire, oscureciendo la realidad. Ahora todas -las cosas las veía feas; el cielo, los árboles, particularmente los -mendigos y los campesinos manchegos que pasaban a la vera de sus mulas -en reata. La poseía ese pesimismo placentero, a flor de piel, de las -personas ociosas, el cual constituye una buena preparación espiritual -para el esteticismo. - -Entraron en el Museo. - ---¿Qué es lo que vamos a ver primeramente? --consultó Rosina. - ---Pues, primeramente, Velázquez, que es el pintor más pintor; es decir, -el que veía la materia más material --respondió Teófilo con intención -agresiva. - -No sentía la pintura, achaque antiguo en los poetas de su tierra, -pero hablaba y discutía a menudo de ella. En lo íntimo no estimaba el -arte pictórico sino como arte ancilario, siervo del arte retórico, y -aun más por bajo, como pretexto para abrillantar la prosa o el verso -con ciertas alusiones, ora al rojo ticianesco, ora a las diafanidades -de Patinir, cuándo a la doncellez de los primitivos, cuándo a la -perversidad de las marquesitas de Watteau; no de otra suerte que el -petimetre, por ejemplo, opina que la cabeza humana ha sido creada como -los boliches de una percha, para colocar sobre ella un sombrero de copa. - -Pasaron de largo por la rotonda de entrada, y enfilaron el pasillo -central, hasta la sala de Velázquez, en la cual penetraron. Antes que -nada fueron a la saleta de las Meninas. - -A Rosina lo primero que hubo de sorprenderle en el cuadro fue la -acabada simulación de ambiente, y cómo los seres, a pesar de yacer -aplastados en un lienzo, se presentaban aparentemente sólidos, -sumergidos en un caudal de aire, y con distancias entre sí que a ojo -pudieran calcularse con ligero error. - ---¡Qué cosa!... --murmuró Rosina, y se acercó al cuadro--. Nadie diría -que este caballete esté pintado. Si es de bulto... --y se volvió -hacia Teófilo, que sonreía con afectado desdén--. Pero, ¿de veras -no lo encuentra usted maravilloso? Verá usted qué tontería se me ha -ocurrido... No se ría usted de mí. ¿No ha visto usted nunca los peces -detrás de los vidrios en los acuariums? - ---Naturalmente que sí --cortó rudamente Teófilo, que, en efecto, no los -había visto nunca, lo cual, en rigor, no era bochornoso. - ---En casa tengo una pecera con un pez. Bueno; pues ¿no se ha fijado -usted en que cuando el pez está junto al vidrio se le ve de su tamaño; -pero se aparta nada más que una cuarta y se le ve muy a lo lejos, muy a -lo lejos? Y, sin embargo, se ve y se conoce que anda muy cerquita. Lo -mismo ocurre con las guindas en aguardiente. Y ahora viene la tontería. -Al ver este cuadro me acordé de cuando yo ponía guindas en aguardiente. -Nada, que parece que hay un vidrio por delante, y detrás está todo -lleno de espíritu de vino, y las personas están flotando en él y -conservadas para siempre. Mire usted este hombrín, vestido de negro, -allá, muy allá, en el fondo, y, sin embargo, se ve y se comprende que -está a diez pasos. - ---Sí, sí; algo hay de eso... - ---Claro que no pretendo que le haga a usted esa impresión. Son -tonterías mías. Usted es un artista. - -Rosina permaneció largo tiempo en un leve éxtasis sensual, contemplando -la pintura. Teófilo salió a sentarse en el diván de la sala redonda. -Anonadábale la esperanza y creía tener en lugar de corazón un -montoncito de cenizas, y una burbuja de aire turbio en lugar de -sesos. Rodaba los ojos en torno, demandando a las pinturas de don -Diego Velázquez una emoción o una idea; mas su espíritu permanecía -árido. «¿Por qué son estos cuadros mejores que otros cuadros; en qué -aventajaban a un cromo?», se preguntaba y se retorcía las nudosas, -viscosas manos. Llegose Rosina a él y se sentó a su lado. Cerró los -ojos, y estúvose unos minutos en silencio. Al abrirlos, exclamó con voz -brumosa: - ---¡Oh, Pajares! Si me parece que no existimos... Si las cosas parecen -una ilusión, como en aquel cuadro... --ruborizose como observase que -Teófilo la miraba severamente, y añadió--: Qué bobada; como no estoy -acostumbrada a madrugar, eso debe de ser. Estos otros cuadros son -preciosos también --levantábase a mirarlos de cerca, cuándo uno, cuándo -otro, y tornaba a sentarse junto a Teófilo--. Es curioso. ¿No le ha -llamado a usted la atención que este pintor hace casi siempre los ojos -con las niñas muy grandes, muy abiertas? Como los míos. Son de color -castaño, como la castaña de Indias, me los tengo bien estudiados; pero -a veces la niña los cubre todos y entonces son negros. Ahora deben de -ser negros, porque estoy algo nerviosa. Míremelos usted. - -Inclinose Teófilo a examinarlos y declaró, con inflexiones líricas: - ---Negros, negros..., abismáticos. - ---¡Bah... esa es una palabra! --corrigió Rosina, que poseía un claro -buen sentido. - ---Sí, una palabra hueca. Tiene usted razón --asintió Teófilo en uno de -aquellos estados suyos de renunciamiento. Y pensó: «¿Qué soy todo yo, -sino un amasijo de palabras huecas?» Su rostro se inclinaba en aquel -instante en actitud de serena amargura. Como volviera al acaso sus ojos -hacia Rosina, descubrió que la muchacha le miraba con simpatía, quizás -con amor. Teófilo, sin poder reprimirse, le estrechó la mano y se -aventuró a interrogar--: ¿En qué pensaba usted? - ---No pensaba en nada, lo que se dice pensar claramente; pero andaba -así como buscando no sé qué parecido entre usted y los cuadros de -Velázquez. No con un cuadro solo, o con tal o cual cara, sino una cosa -de aire... Qué se yo. No me lo puedo explicar. - -Visitaron después diferentes salas, y ya cerca de la una salieron a la -calle. - -Rosina estaba tan colmada de sensaciones que las palabras fluían sin -tasa de sus labios: - ---¡Qué día! ¡Qué hermoso día! ¿Verdad, Pajares? Este cielo de Madrid... -Dicen que es profundo y alto, y no sé cuántas cosas más. Es mucho mejor -que eso; es aquella cosa mate y tierna como la carnecita de mi Rosa -Fernanda, si la carne fuera azul; pero a mí me da la misma impresión. -Eso es; aquella cosa mate de aquel cuadro que vimos, ¿de quién era? -De Goya, ¿no? Pues mire usted aquel pobre, aquella capa de color -chocolate, aquellos ojos... Si es el..., ¿cómo se llamaba?, el Esopo, -justo, el Esopo. Pues ¿esos carreteros? ¿No es todo hermoso? - -La fluencia de Rosina anegaba a Teófilo, llenándole los vacíos pómulos -con una sonrisa densa, bondadosa y feliz. - ---Sí, Rosa, todo es hermoso. A mí se me figura que lo veo por primera -vez. - -Rosina tomó el brazo de Teófilo. - ---Usted lo ha dicho, con cuatro palabras, lo que yo sentía y no era -capaz de expresar. Parece que se ve por primera vez, como si lo hubiera -acabado de hacer Dios y no pudiera ser de otra manera que como es. - -Detuviéronse junto a una de las fuentes del Paseo del Botánico. Al pie -de ella, unos obreros municipales habían levantado una hoguera con -ramazón seca y hojarasca. Agua y fuego cantaban a su modo. - ---¡Qué hermosa es el agua! ¡Qué hermoso es el fuego! --suspiró Rosina. - -Y Teófilo, a quien agua y fuego sugerían emociones e ideas, añadió: - ---Las dos cosas más hermosas de la tierra. Dos cosas que no se pueden -pintar. - ---Sí, las dos cosas más hermosas quizás. - ---Como no sea la mujer, que tiene algo de agua y algo de fuego. - -Rosina, instintivamente, se ceñía al flanco de su amigo. - -En la puerta de casa, Teófilo quiso despedirse. - ---¿Cómo? --atajó Rosina--, hoy almuerza usted conmigo. - -Al subir las escaleras Teófilo se arrepintió de haber aceptado el -convite, porque temía hacer erróneo uso del cuchillo y desmerecer a los -ojos de Rosina. - - - - -VII - - El don de la palabra ha sido otorgado al hombre por que pueda - ocultar lo que piensa. - - PADRE MALAGRIDA. - - -Rosina había dispuesto que comiesen a solas Teófilo y ella. El marinero -ciego y Rosa Fernanda comían en otra habitación. - -El comedor tenía dos balconcitos que daban a un espacioso patio. Los -balcones estaban abiertos y corridas las cortinas de muselina, tan -livianas que el aire y el sol las pasaba de claro, pero bastante -densas para guardar de ojeadas fisgonas el recinto. - -Conchita sirvió el almuerzo, y no era raro que se mezclase a la -conversación, solicitada siempre por Rosina o Teófilo. Uno y otro -hablaban con exceso e incoherencia; una afable sonrisa social, sin -expresión, superpuesta al rostro, como personas que más que por decir -lo que quieren luchan por no decir lo que piensan. Daban escape al -exceso de energía nerviosa por la válvula de los labios; pero el -espíritu permanecía ausente de la palabra, vagaba agitadamente en un -angosto ámbito de pensamientos, como el viajero que aguarda en los -andenes la llegada de misterioso tren. Los dos pensaban: «no es tiempo -aún». Por eso requerían a Conchita de continuo a que les distrajera -con una de sus graciosas y prolijas parrafadas. Pero Conchita, por -desgracia y raro caso, no estaba aquel día en modo elocuente. - -En terminando de almorzar, Rosina envió de paseo a su hija, en compañía -de la criada vieja. Quería desembarazarse de gente. Tenía un criado -para sacar a la calle al ciego; pero comía y dormía fuera de la casa y -no se presentaba sino a las horas de servicio. - -Rosina condujo a Teófilo a una salita de confianza, en donde ella -acostumbraba vestirse, leer, ensayar canto y coser algunas veces. -Estaba amueblada heterogéneamente, como habitación en donde cada mueble -obedece a una necesidad. Había un piano vertical, un perchero con -cortinas que bajaban hasta casi rozar el suelo, un tocador, fotografías -empalidecidas por los años, y los sillones eran cómodos y de una suave -y muelle adaptabilidad, obra del uso. Sobre el piano, una pecera con un -pez color azafrán. - -A poco de haber llegado Teófilo y Rosina, y cuando no habían abierto -aún la boca, entró el ciego, el cual sabía andar a tientas por toda la -casa. Eran sus facciones redondas y muy curtidas; el rostro, afeitado, -y por debajo de la quijada un rollo de barbas, a la marinera, -blanquinosas. Los ojos azules, portentosamente serenos y como si no -estuvieran privados de visión. Las espaldas, rotundas; largos los -brazos y las manos chatas; corvas las piernas. Toda la traza del hombre -que ha vivido adscrito muchos años al remo. Fumaba un cigarro habano, -con la sortija puesta, y lo asía con dos dedos, muy cerca de la lumbre. - ---Rosina, ponme una silla. - -Rosina le guió hasta una butaca. Luego, por señas, instó a Teófilo a -que diese la mano al ciego. - ---¿Usté ye el poeta, verdá? - ---¿Quién se atreverá a decir que es un poeta? Y menos, el poeta. ¡Oh! - -Habló Teófilo tanto con el movimiento de las facciones como con las -palabras, sin darse cuenta de que estaba frente a un ciego. - ---Pero usté ¿ye o no ye poeta? - ---Hombre, hago versos. - -Teófilo se cortó un tanto. - ---Padre, tiene usté unas preguntas... ¿No ve que él no puede -responderle? - ---¿Por qué no? - ---Porque no. - -La seca respuesta abatió la cabeza del ciego. Irguiola poco después, -inquiriendo. - ---Qué ye más, ¿poeta o Menistro? - ---Poeta, padre, ministro lo es cualquiera. - ---¿Cualquiera? - ---Sí, cualquiera. - ---Y este señor ¿es amigo del Menistro? - ---No lo soy. De su hijo Pascual, sí. Por él conocí a Rosa. - ---¿Y cómo viene a esta casa sin ser amigo del Menistro? - ---Porque esta casa, padre, es mi casa, y no la casa del ministro. - ---¿Eh? - ---Que esta es mi casa y recibo a quien me da la gana. - ---Sí, sí; tienes razón, Rosina. Rosina ye muy guapa ¿verdá, señor poeta? - ---Hermosísima --exclamó Teófilo con ímpetu. - -Rosina le sonrió. - ---Cuando salga al teatro..., ¿verdá?, la gente va a quedar toña. - ---Chiflada, quiere decir --explicó Rosina. - ---Desde luego --asintió Teófilo, penumbrosamente. - ---Rosina, súbeme la anilla. - -Y alargó el cigarro a su hija. Esta apartó dos centímetros la sortija -del fuego y devolvió el cigarro al padre. - ---A mí estropéaseme el cigarro al subir la anilla --explicó el viejo--. -Estos cigarros dámelos el Menistro. Diz que son los mejores. Fúmolos -porque el Menistro me los da; pero dende que non veo ¿non ye raro? non -me sabe a na el tabaco. Tien que ser muy fuerte. Como que non sé si -arde o non arde si no pongo al lao los deos... Uno cree que pierde la -vista solo, ¿eh?; pues piérdense tantas cosas con ella... - -Sonó el timbre de la puerta. - ---Padre, debe de ser Rufino. Ea, a pasear, que hoy hace un día muy -guapo. - -Era Rufino, el criado. El ciego salió con él y quedaron a solas Teófilo -y Rosina. - - - - -VIII - - -«Ahora tiene que ser», pensaron la mujer y el hombre. Tenía que -ser, pero aún no sabían cómo iba a ser. No sabían si alegrarse o -apesadumbrarse. El futuro inminente gravitaba sobre ellos, pero -ignoraban lo que iba a ocurrir. - -Rosina había entrado con toda su alma en esta aventura, prometiéndose -deleites de un linaje desconocido, elevados deleites, porque no era -carnal sino voluptuosa. Durante el almuerzo se había preguntado -repetidas veces: «¿Le quiero?» La respuesta sucedíase siempre en -afirmación. Y ya en los umbrales del misterioso trance, cerraba los -ojos y humillaba el espíritu ante el nuevo yugo, ansiando sentir cuanto -más pronto su contacto y con él el término de aquella congoja. «¿Qué va -a hacer? ¿Qué va a hacer, Dios mío?», se decía. Y luego: «¿Y si hiciera -lo de todos?» Lo de todos era tomarla, gustarla y poseerla, con más o -menos fruición, y después dejarla de lado fríamente, hasta que el deseo -la avalorase de nuevo. Y se le desparramaba en el paladar un gusto -amargo, astringente. Permaneció con los ojos gachos. - -También Pajares mantenía bajos los párpados. Pero su zozobra era más -profunda y doliente que la de Rosina. Apretábale la urgencia de hacer o -decir algo, y el corazón, impaciente por asomarse a sus labios, había -subido a la garganta y le ahogaba. Pero la voluntad le había desertado -y un frío cobarde se alojaba en sus huesos. En el Museo, y más tarde, a -la hora de almorzar, le había parecido descubrir patentes indicios de -amor en Rosina. Pero ahora echaba de ver claramente que no eran sino -meras afabilidades sociales, cuando no sutiles y crueles artificios de -cortesana. Espantábale amar y que le hicieran befa del amor. El vértigo -se apoderaba de él y le nublaba los ojos con un velo de sangre anémica, -color de rosa. Entonces decidió dar fin de semejante martirio, salir -huyendo a esconderse en el último rincón de la tierra, pero no pudo. -La cabeza le vacilaba sobre los hombros y cayó en tierra, el corazón -desfalleciente y como ajenado de los sentidos. Cayó en tierra de -rodillas y llorando; desplomó la cabeza sobre el regazo de Rosina, le -asió de las manos y se las cubría de besos. - -Tan inesperado fue todo, tan fuerte, que Rosina, a causa del choque y a -pesar suyo se encontró desdoblada en dos personalidades diferentes: la -una estaba plenamente dominada por la situación, la otra había salido -de fuera, como espectador, y exclamaba casi en arrobo: «¿Es posible que -existan estas cosas?» Pero, a poco, las dos personalidades se fundieron -en una como inconsciencia y sabrosa conturbación del ánimo. Rosina -estaba atacada de una breve risa nerviosa que sonaba a sollozos y que -por sollozos tomó Pajares. - -A seguida, pareciéndole mal a la mujer que aquel hombre estuviera -hinojado a sus pies, deslizose de la butaca y descendió a sentarse -en la alfombra, en donde abrazados, besándose y suspirando palabras -borrosas, se estuvieron un buen rato. Cuando se recobraron y se -levantaron, no sabiendo qué decirse se sonreían mutuamente. - -Pajares se sentó en una butaca y atrajo a Rosina a que se le sentara -sobre las piernas, y en teniéndola sobre sí la cercó con los brazos, -enjutos y nerviosos, que Rosina sentía a través del vestido como un aro -de hierro inquebrantable. - -Pajares conservaba aún humedecidos los ojos; lo propio le sucedía a -Rosina. Así como en la historia de la humanidad el agua fue la grande -y primera soldadora de pueblos (porque mares y ríos son lazos, montes -son barrera y desierto es aislador), así en la historia de los amores -individuales las lágrimas unen, la altivez separa y la llaneza árida -aísla. - -Presa entre sus brazos y recibiendo de ella la calidez de sus -besos, Pajares experimentó perentoria voracidad de poseer a Rosina -enteramente. Pero esta entera posesión no era la posesión física o -concupiscencia de gozarla como hembra, sino la sed de beberle el alma, -de conocer toda su vida, de atraer el pasado diluido en sombras hacia -el presente y trasplantar las oscuras raíces de aquella amada criatura -a su propio corazón. Porque en la posesión física pasa el hombre por -la mujer como el ave por el cielo o la sierpe por la hierba; pero -en este otro linaje de posesión Pajares adivinaba extrañas virtudes -de reciedumbre duradera. Como buen español, amaba de la manera más -espiritual, que es lo que vulgarmente se dice _de una manera brutal_, -y apenas había besado a la mujer por vez primera, y antes de hacerla -suya, le invadía el furor de los celos retrospectivos. - ---Quiero que me lo cuentes todo, todo, todo --exigía Pajares, -paladeando el placer equívoco de procurarse seguros sinsabores. - -Rosina reclinó la cabeza sobre el hombro de Pajares, entornó los ojos, -como recogiéndose dentro de sí misma, y con voz lenta y segura, y -procurando evitar toda ficción, comenzó a referir lo que recordaba -de su vida[1]. Sus años jóvenes, en Arenales; su deshonra; su caída -en el primer burdel y cómo dio muy pronto con un amante que la llevó -a Madrid; sus primeros pasos en la corte, en calidad de hetera de -alto rango; su relación con un inglés rico de la embajada, el cual la -mantuvo consigo como amante cerca de dos años, y la trató siempre con -tanto mimo y regalo como a una yegua _pursang_; su vuelta a Madrid y -la buena impresión que hizo en los círculos alegres y adinerados; sus -nuevas amistades, entre ellas la de Pascualito Sicilia, para quien -sirvió de modelo fotográfico, desnuda, y cómo don Sabas Sicilia solía -contemplar los artísticos retratos que el hijo tomaba, y habiéndole -causado particular entusiasmo el de Rosina, determinó conocer el -original, y a las palabras contadas le propuso sostenerla como amante, -lo cual ella aceptó, porque según propia confesión no había nacido -para ser de muchos hombres, pues esto le repugnaba, sino para burguesa -y madre de familia, y la vida que ahora llevaba era muy quieta y -hasta casta, y era don Sabas afectuoso, inteligente, liberal y poco -chinchorrero. - - [1] _Tinieblas en las cumbres._ Novela. - -Hablaba Rosina, y el corazón de Pajares, que poco antes se había -abierto y esponjado maravillosamente, iba empapándose poco a poco de -amargor, de tal suerte que al final de la historia le gravitaba dentro -del pecho como una masa enorme. El cerco de sus brazos, con que tenía -asida a Rosina, se relajó, como si no fuera ya necesario oprimirla -tan recio para sentirla dentro de sí. Contrariamente, Rosina había -ido aliviándose, según hablaba, de una gran pesadumbre cordial, y su -corazón hallose tan ligero que se le subió a la cabeza; y así, era -como si el corazón discurriese y la cabeza amase. Vivía unos momentos -de ilusión. «Pero, ¿es posible que haya llegado a quererle tanto, sin -haberme dado cuenta?», pensaba Rosina, ingenuamente, asombrándose de -aquel cariño. Contempló el rostro de Pajares y su entrecejo contraído -y ojos ausentes, por donde se echaba de ver que se hallaba en ese -estado de infinito estupor que sigue a las grandes emociones. Besole -Rosina el paciente entrecejo con ahincado beso, y levantándose de -sobre él fue a sentarse en la butaca. Hubiera deseado loquear, saltar, -cantar, sentirse niña, porque a través de toda su carne y alma se -derramaba una inundación de olvido, como renacimiento de la doncellez; -y hubiera deseado también que Pajares se sintiera, como ella, con -ímpetu de realizar locuras y obrar de manera pueril e inconsciente, -que para ella valía tanto como inocente. En amor, la mujer se entrega, -el hombre posee; o lo que es lo mismo, la mujer endosa al hombre la -responsabilidad de su vida y la custodia de su corazón y conducta, y -desembarazándose de tan frágil y pesada carga, recibe la más honda, -placentera e inefable sensación de libertad. - -Sonó el timbre de la puerta. Rosina hizo un mohín de disgusto y aguzó -el oído. Oyó una voz conocida, hablando con la Concha. «Es Ángel Ríos», -pensó; «si le da por ponerse pesado...» El visitante y la criada -hablaban a gritos. - ---¡Que no está! ¡Que no está! ¡Y que no está! --decía Conchita. - ---Bah; no seas boba... Si él mismo me dijo que estaría a estas horas... ---replicaba el visitante. - ---No se ponga usté pesao, Ríos, que no está. - ---Pues entro a ver a Rosina. - ---Vaya; pues no faltaba otra cosa... - ---Conchita, que te doy dos azotes... --y el visitante reía a carcajadas. - ---A ver... No haga usted la prueba por un si acaso. - -Entre las risas varoniles y las voces airadas de Conchita oíase -traqueteo y sordo rumor de lucha. Teófilo, retrotraído ya a la -realidad, se puso en pie. Estaba pálido; murmuró: - ---¿Qué ocurre? - ---Nada; bromas de Angelón Ríos. ¿No lo conoces? Aquí se nos colará, -porque ese cuando dice allá voy... - ---No, no, Rosina. Cuando dice allá voy como si no lo dijera, porque si -tú no quieres que entre, yo lo arrojo a patadas. - ---Pero ¿tú conoces a Angelón? --preguntó Rosina, algo asombrada, ante -la erupción bélica de Teófilo, haciendo un cotejo mental entre la -fortaleza de uno y la flaqueza del otro. - ---Sí, le conozco --y revelaba una energía latente capaz de consumar -hechos increíbles. - ---Bueno; no vale la pena. Angelón es simpático y como viene se va. No -nos cansará mucho tiempo. - -Avecináronse las risotadas de Angelón y los chillidos de Conchita; -abriose la puerta y apareció un hombre inmenso, sofocado de risa, -con dos piernas de mujer, muy bien calzadas de transparentes medias, -colgándole a entrambos lados del pescuezo, pecho abajo, las cuales -sujetaba con fuerza por los tobillos, condenándolas a la inmovilidad. -Arrodillose el hombre, y pudo verse entonces que traía a horcajadas -sobre sus hombros a Conchita. Venía la muchacha en estado de frenesí; -asía con rabia los cabellos de la cabalgadura y se esforzaba en -arrancárselos a puñadas, maniobra que para Angelón era lo mismo que si -le hicieran cosquillas, a juzgar por el contento que mostraba. Anduvo -unos pasos de rodillas, porque Conchita no tropezase en el dintel de la -puerta, y en estando dentro de la salita púsose en pie, y habló: - ---Estás que tocas el cielo con las manos, Conchita --y luego, -dirigiéndose a Teófilo y Rosina, guiñando un ojo a lo pícaro y con -el otro señalando las piernas de la muchacha, agregó--: Está bien la -cucañera chiquilla. - -Sonreía Rosina del cuadro, y Pajares también. Conchita, harta de -protestar sin fruto, rompió a reír de pronto, y entre los golpes de -risa, murmuró: - ---A usté hay que dejarlo o emplumarlo. - ---Lo mismo digo, Conchita --respondió Angelón, colocando a Conchita en -tierra. La muchacha huyó avergonzada. - -Ríos saludó a Rosina y Teófilo, con franca ligereza, como se acostumbra -hacer con amigos a quienes se ve a todas horas: era este un hábito -adquirido de sus muchas relaciones políticas. Acercose después al -espejo y con las manos ordenó los alborotados cabellos. - ---Entonces, ¿no está don Sabas? - ---No, hombre. Ya te ha dicho Conchita que no. - ---Y a propósito de Conchita, ¿sabes que está bien? - ---Bien o mal, me parece que no es para ti. - ---¡Quién sabe! ¿Tiene novio? - ---Sí, un encuadernador. - ---Pues, avísame cuando la engañe, porque, eso sí, a mí no me gusta -engañar a una mujer. ¿Puedes prestarme papel y pluma? Quiero escribir -a don Sabas, y en seguida me voy, que no quiero estorbar. Vaya, vaya ---se acercó a Teófilo y le dio una palmadita en los muslos--, también -los poetas... Las princesas pálidas están muy bien en los versos; pero -de vez en cuando, ¿eh?, un cogollito de carne y hueso, tan rico como -Rosina, no está mal, ¿verdá neña? - -Teófilo procuró adoptar una actitud altiva, por sostener a distancia -los entrometimientos de Angelón, el cual, sin hacer caso alguno del -poeta, tomó el papel y pluma que Rosina le presentaba y se aplicó a -escribir. A mitad de la carta, levantó la cabeza: - ---¿A que no aciertas, Rosina, quién es el interesado en el asunto que -le recomiendo a don Sabas? - ---¿Quién? - ---Echa a ver. - ---Yo qué sé. Cualquier amigacho tuyo. - ---Y tuyo. - ---¿Mármol? - ---No, Alberto. - ---¿Qué Alberto? --inquirió aquí Teófilo--. ¿Díaz de Guzmán? - ---Sí, el mismo --respondió Ríos--. ¿Sabes, Rosina, que vive en mi casa? - ---Tengo deseos de verle. Dile que venga por aquí. ¿Cómo está ahora? - ---Estos días parece que anda algo malucho. - -Ríos concluyó su carta, la engomó y se la entregó a Rosina. - ---Neña, qué pez tan apetitoso --exclamó Ríos, contemplando el pez color -de azafrán, que daba estúpidamente vueltas y más vueltas dentro de la -bola de vidrio. - ---¿Quién, Platón? - ---Digo este pez. - ---Sí, Platón. - ---¿Cómo Platón? - ---Cosas de Sabas. Dice que Platón era un filósofo, y que todos los -filósofos son como peces en pecera, que ellos toman por el universo -mundo, y que los filósofos son castos e idiotas, como los peces, y qué -sé yo. Habías de oírle a él. Ya sabes que tiene la manía... - ---Sí, de decir gracias que no son gracias. Neña, es una manía de todos -los políticos españoles. Les gusta más hacer el payaso y abrir la boca -que abrir una carretera. Hasta cuando son déspotas, son payasos. ¿Por -qué crees tú que yo soy un payaso, sino porque siempre he vivido entre -gente política? Pero, no nos desviemos de la cuestión. Este pez me -parece suculento. - ---¿Suculento? - ---Sí, suculento. Me lo comería de buena gana. - ---¿Es una payasada? - ---Es la verdad. - ---¿Quieres que te lo fría Conchita? - ---Quita allá. Tal como está. - -Ríos sumió la mano en la pecera, pescó el pez y se lo llevó a la boca. -Volviose hacia Teófilo y Rosina, con medio pez fuera de los labios, -coleando. Hizo luego con el cuello un movimiento de ave que bebe y se -engulló el pez. Por último, se dio unos golpecitos en el estómago y -afirmó: - ---Exquisito. - ---¡Qué atrocidad! --comentó Teófilo, sonriendo. - ---¡Qué bárbaro eres! --dictaminó Rosina--. Oye, te advierto que si -quieres hacer sopa de tortuga dentro del buche también hay un galápago -en casa; Sesostris, este es su nombre, puesto por Sabas, como puedes -suponer; pero las razones las ignoro. - ---Gracias, neña, me basta con Platón, que por cierto era muy -sustancioso, aunque filósofo. Pero, chica; es que hoy no he comido -aún... Ando tan apurado... - ---¿De tiempo? - ---¡Bah! De dinero. - ---¡Qué payaso eres! --aseveró Rosina, mirando de arriba a abajo a -Angelón y su distinguida, flamante indumentaria. - ---Ya ves, y no me han hecho aún director general. Ea, adiós y buen -provecho. - ---Lo mismo digo, Angelón. - -Ríos salió de la estancia como un torbellino. - -Apenas se quedaron a solas, Teófilo se adelantó a decir: - ---De manera que Díaz de Guzmán ha sido amigo tuyo... - ---No ha sido, sino que es. - ---Ya puedes presumir lo que quiero dar a entender con la palabra amigo. - ---No lo presumo... - ---¿No? Pues es muy fácil. ¿Qué clase de relaciones has tenido o tienes -con él? - ---Pero, hombre, ¿qué te importa? - ---¿Eh? - -Pajares livideció. Rosina acercose a acariciarlo y le rodeó el cuello -con los brazos. - ---No seas niño; no he querido molestarte. He dicho, qué te importa, -porque la cosa no tiene importancia. Te lo contaré todo, ya lo creo. Es -preciso que sepas que no te oculto nada. Verás, conocí a ese muchacho -el mismo día que me llevaron a aquella mala casa, en Pilares, ya sabes. -Ya puedes figurarte si yo estaría como loca. Bueno, pues él me trató -con mucho afecto, no como a una cosa, sino como a una persona. Esto -es bastante raro, y yo le conservo agradecimiento: eso es todo. ¡Ah!, -luego me escapé de Pilares, y como no daban conmigo creyeron que él, -Guzmán, me había asesinado; nada menos que eso. Hasta le metieron en la -cárcel. Es una historia ridícula. - ---¿Y nada más? - ---Nada más, hombre. - -Le besó en los ojos. - ---Bueno, Rosa; tú no puedes seguir llevando esta vida. - ---¿Qué vida? Más tranquila, más formal, no puede ser. - ---Tranquila y formal, si así lo quieres, para una... - -Teófilo titubeó antes de pronunciar la palabra cocota. - -Rosina se acurrucó a los pies de Pajares, reclinando la cabeza en sus -piernas. - ---¿Y qué soy yo sino una cocota? - ---Si lo eres, es preciso que dejes de serlo. - ---Sí, sí; pero, ¿cómo? - ---¿Cómo? - -Pajares aupó a la mujer y la estrujó contra su pecho, besándola con -arrebato. - ---Tú no puedes ser ya sino mía, mía, mía y para siempre, para siempre. -Viviremos juntos, retirados de la gente, uno para el otro, uno para el -otro. - -«¡Cómo me quiere!», pensó Rosina. Intentó imaginar aquel futuro que -Pajares le ofrecía; pero no lograba darle cuerpo, carne sonriente -y atractiva. Se le iba llenando el pecho de tenue desazón, como si -hubiera debido hacer o decir algo de importancia y no consiguiera -recordar qué era ello. - ---Por lo pronto --añadió Pajares--, hay que romper con don Sabas. - ---Sí, sí --contestó Rosina sin convicción. - ---Hoy mismo --determinó Teófilo. - ---Por Dios, eso es imposible. No me ha dado motivos, y es muy duro, así -de repente. - ---Hoy mismo --repitió Teófilo. - ---No seas cruel --Rosina avencidó al de Pajares su rostro, contraído e -implorante--. Me haces sufrir. Yo no deseo otra cosa; pero fíjate que -no es tan fácil como parece... Hay que ir preparándolo poco a poco... -Ten compasión de mí. - -Teófilo permanecía en silencio. Rosina se envalentonó: - ---Tengo una idea. Lo mejor es que vayamos a pasar unos días fuera de -Madrid: en Aranjuez, en El Escorial, en Toledo, donde te parezca, y -allí arreglamos todas las cosas y le escribo a Sabas rompiendo con él, -¿qué tal? --y envolvió en mimos a Teófilo; pero Teófilo no desplegaba -los labios. - ---¡Qué feliz voy a ser con mi poeta! ¡Y qué feliz voy a hacerle a él! -¡Qué felices, qué felices vamos a ser! --continuó prodigándole blandas, -enervantes caricias; Teófilo permanecía sin hablar. - -Y es que Pajares ahora sufría una nueva tortura. En su cerebro había -destacado de pronto y con imperiosa sequedad una idea: «Esta mujer -me desea, y aunque sin atreverse a declararlo con palabras, necesita -la satisfacción de su deseo.» Así interpretaba Pajares las ternezas -y mimosidades con que Rosina pretendía aturdirlo por desviarle la -voluntad de aquella absurda exigencia de romper con don Sabas. Y la -tortura de Pajares era que temía ser despreciado y desconsiderado -virilmente por Rosina. De una parte, no le encendía en aquellos -instantes ningún linaje de torpe concupiscencia; de otra parte, aun -habiéndose sentido inflamado de deseos, no se hubiera dejado tiranizar -por ellos o buscado su saciedad, por que el estado de su ropa interior -era miserable y vergonzoso, y por nada del mundo se hubiera presentado -ante Rosina en tan triste intimidad. Se acordaba de una frase de -no sabía qué autor, oída a no sabía qué amigo: «El dinero es el -afrodisiaco superlativo.» - ---¿Qué te ocurre? Habla por la Virgen Santa. ¿No te parece bien lo que -te propongo? Cuatro o cinco días, o más, en El Escorial, por ejemplo; -sí, en El Escorial. ¡Di algo! - ---Sí, Rosa; tienes razón. - ---¿De veras te parece bien? - ---Sí, mujer. - ---¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad! Me harás versos, ¿verdad? - ---Sí, te haré versos --asintió Teófilo sonriendo con amargura. - ---Y luego los publicas en _Los Lunes_. Calla; pues resulta que el -viajecito te va a dar dinero... --poniéndose en pie Rosina palmoteaba -como niño rico ante el escaparate de una confitería. - -«Dinero...», pensaba Teófilo. Había escrito algunos días antes a su -madre pidiéndole, con mil apremiantes pretextos, un extraordinario, -además de la humilde mensualidad que de ella recibía. Aun cuando se -veía y se deseaba para poder vivir ella misma y sostener la casa de -huéspedes, en donde muchos huían sin pagar y los que pagaban pagaban -poco, la madre hacía el milagro de raer aquí y acullá en su comida y -vestido unos ahorros, hasta sumar de 12 a 15 duros que enviaba cada -mes al hijo, y, aun en ocasiones, cinco o seis más, fuera de cuenta. -«¡Qué canalla soy!», pensó Teófilo recordando a su madre. «Mi vida no -tiene sentido», caviló. El corazón se le redujo a cenizas nuevamente, -y, nuevamente, los ojos se le envolvieron en un tul de sangre anémica -color rosa. Se le eliminó en un punto la voluntad. Imaginaba ver su -propia alma a la manera de esos perros vagabundos que miran de reojo -a todas partes porque saben que el universo está poblado de garrotes, -botas y piedras invisibles, los cuales, repentinamente, se materializan -donde menos se piensa. - -Entró Conchita, desvariada, empavorecida. - ---¿Qué ocurre? --interrogó Rosina, contagiada del pavor de la -doncella--. ¿Algo de Rosa Fernanda? - -Teófilo tuvo el presentimiento de que la bota invisible comenzaba a -materializarse y abrió aleladamente los ojos. - ---Que, que --rompió a explicar Conchita temblando--, que... don -Sabas... ha entrado en el portal... y ya debe estar llegando a la -puerta del piso. - ---¡Bah! Déjalo que llegue, que entre... ¡Qué susto me habías dado!... - -Teófilo se había puesto en pie, demudado el rostro. Le acosaba un -terror irracional, casi zoológico. Echó a correr hacia la puerta; pero -Rosina le detuvo, agarrándole de la chaqueta. - ---¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios! ¡Tranquilízate! --De los arrestos -bélicos de Teófilo a la llegada de Angelón, de sus posteriores -exigencias de un rompimiento con don Sabas y del actual desconcierto, -Rosina había deducido que le poseía una furia loca de agredir al -ministro. - -Sonó el timbre. Conchita interrogaba con los ojos. Teófilo permanecía -en pie silenciosamente, por donde Rosina consideró que se había -tranquilizado. Ordenó a la doncella: - ---Vete a abrir y que pase aquí como siempre. --Salió Conchita. Rosina -imploró--: ¡Déjalo! Todo se arreglará en seguida, te lo prometo. Que -venga, y nosotros como si tal cosa; por ahora como si fueras un amigo -que está de visita. - -Pero Teófilo no podía oír porque le ofuscaba un espanto absurdo, algo -así como terror atávico. - -Sintiéronse los pasos cadenciosos, graves y lentos de don Sabas, y -cuando se acercaban ya al umbral de la puerta, sin que Rosina pudiera -impedirlo, Teófilo huyó a refugiarse detrás de las cortinas del -perchero. - - - - -IX - - _If music be the food of love, play on._ - - SHAKESPEARE. - - ... como la vihuela en el oído - Que la podre atormenta amontonada. - - FRAY LUIS DE LEÓN. - - -Entró don Sabas, acercose a Rosina, le dio dos palmaditas en la -mejilla, con gesto paternal, y saludó con estas palabras: - ---¡Hola, Pitusa! Hace frío. - ---Siempre con frío metido en los huesos. Pues no eres tan viejo para -ser tan friolero. - ---No es cosa de la edad. Desde niño he sido friolero. No puedo vivir -sin calor; necesito toda especie de calor, calor en el cuerpo y calor -de afecto en el alma --su afirmación contrastaba con la frialdad -del tono en que la hacía y con la indiferencia de la sonrisa--. Me -consentirás que no me quite el gabán. - ---Claro, hombre. Pues no faltaba otra cosa. - -Se sentó y se restregó las manos. Echábase de ver al punto que era -hombre público por la carátula que llevaba puesta, ocultándole la -verdadera y móvil expresión del rostro: esa carátula social de las -personas que han vivido muchos años ante los ojos de la muchedumbre, -carátula que tiene vida propia, pero vida escénica, y tiende a -tipificar con visibles rasgos fisionómicos el ideal y singulares -aspiraciones del individuo, de manera que facilita la labor del -caricaturista, porque la carátula tiene ya bastante de caricatura. Lo -típico en el semblante social de don Sabas era el escepticismo y cierta -afabilidad protectora que él reputaba como la más cabal realización -expresiva del _magnificum cum comitate_ o dignidad benévola de Séneca. -Su voz era más que recia, tonante, e incompatible con el aire de -duda que cuidaba de imprimir a sus dichos. En su perfil dominaba la -vertical, como en el de las cabras, y de hecho, a primera vista, con su -faz alongada y huesuda, sus barbas temblantes, saledizas y demasiado -lóbregas por la virtud del tinte, sus ojos oscuros y distraídos y el -despacioso movimiento de la mandíbula, según daba mesurado curso a -la densidad del vozarrón, hacía pensar en una cabra negra, rumiando -beatíficamente un pasto abundoso y graso. - -Rosina estaba sentada de espaldas al perchero; don Sabas, cara a Rosina. - ---Estoy cansado, Pitusa. - ---¿Has trabajado mucho hoy? - ---¿Trabajar? Qué inocentes eres, Pitusa. ¿Tú crees que le hacen a uno -ministro para trabajar? ¿Te figuras de veras que los ministros servimos -para algo, que el Gobierno sirve para algo? ¿Sabes qué papel hace -el Gobierno en una nación? El mismo que hace la corbata en el traje -masculino. ¿Para qué sirve la corbata? ¿Qué fin cumple o qué necesidad -satisface? Y, sin embargo, no nos atrevemos a salir a la calle sin -corbata. ¿Dónde está Platón? --desde que había comenzado a negar la -utilidad del Gobierno había echado de menos a Platón; pero como tenía a -orgullo poner en orden sus ideas y emociones y hacerles guardar cola, -esto es, conservar en todo momento una perfecta y estoica serenidad, -tanto intelectual como afectiva, no había inquirido acerca del pez -hasta que no hubo dado lento y adecuado desarrollo al parangón entre -los ministros y las corbatas. - -Rosina refirió concisamente el triste acabamiento del pez de color de -azafrán. - ---¡Qué hermosas enseñanzas nos ofrece la realidad a cada paso! Ya ves -de qué manera han concluido los días de Platón, embuchándoselo un -hombre como Angelón Ríos, un libertino que no piensa más que en gozar -mujeres, y mujeres, y más mujeres. Y es que toda filosofía, Pitusa, -tarde o temprano no sirve sino para alimentar el amor carnal. - -A Rosina le había parecido siempre que en el tono que don Sabas -imprimía a su charla había un no sé qué implícito que podía traducirse -así: «No prestéis mucha fe a lo que digo, porque lo mismo me da decir -esto que todo lo contrario. La cuestión es pasar el rato.» Y este tono -Rosina lo había juzgado en otras ocasiones como buen tono y sutil -elegancia, aunque en rigor un poco ofensivo. Pero ahora le ofendía -extraordinariamente. En realidad, no sabía si echarle la culpa a don -Sabas o echársela a sí propia y a la impertinente nerviosidad que la -poseía. No lograba concentrar el pensamiento. Presumía la inminencia de -un conflicto. - -Teófilo, entretanto, se hallaba sumido entre los pliegues de dos -faldas bajeras. Su irracional pavura se había disipado, y en su vez le -estrujaba los sesos una obsesión no menos irracional. La seda de las -faldas era muy crujiente, y a la más leve moción de Teófilo producía un -ruido crepitante que le transía los dientes. No temía que el ruido le -delatase, sino que le horrorizaba la sensación en la dentadura y que el -tormento se prolongara mucho. Y así, huérfano el cerebro de toda idea y -casi con ahínco de loco, luchaba por conseguir la inmovilidad absoluta. - ---Sí, sí, Pitusa, estoy muy cansado. Pero el verte tan rosada, tan -linda, me alivia tanto... El peso de una cartera, Pitusa, es increíble. -Es como si tuviera sobre las espaldas una de las pirámides de Egipto, -con la punta hacia abajo. Me parece que no tardaré en presentar mi -dimisión. - -Como la pausa de don Sabas se alargase demasiado, Rosina se vio -obligada a hablar, y como no tenía nada que decir, lo que dijo resultó -a destiempo: - ---¿Tan pronto? - ---Tan pronto ¿qué? - ---La dimisión, digo. - ---¿Tan pronto después de ocho días? Hace ocho días que soy Ministro y -te parece poco tiempo. ¿Tú qué sabes de eso, Pitusa? Ocho días tardó -Dios en hacer el mundo; poco fue para tan gran obra, por eso son -disculpables algunos olvidos que tuvo. Pero ocho días para arreglar -un trozo diminuto de una pequeñísima parte de aquella obra es más que -suficiente, y si no se arregla en este tiempo es por una de dos: o que -uno no sirve para el caso o que la cosa no tiene arreglo. - -Después de unos minutos, Rosina se vio obligada de nuevo a decir algo. -Por suerte se acordó de la carta de Ríos. - ---Se me había olvidado. Ríos ha dejado una carta para ti. Aquí está. - -Disponíase a leerla don Sabas cuando echó de ver un par de botas viejas -y empolvadas asomando por debajo de la cortina del perchero. Como ya -había hecho propósito de leer la carta, aplazó toda hipótesis para en -concluyendo de leerla. - ---Bien; otra petición. Esto es lo que me cansa, lo que me abruma. -Desde que entré en el ministerio, por todas partes me persigue gente -postulando. Esto no es una nación, es un asilo de mendicantes --y con -mirada distraída examinó las botas--. ¿De quién son aquellas botas? - -A tiempo que don Sabas hacía la pregunta, una de las botas desapareció -detrás de la cortina. Teófilo no había podido reprimir el movimiento -instintivo de retirar un pie. - -Don Sabas se levantó, se acercó al perchero y descorrió la cortina. - -Rosina no se atrevió a mirar. - -Don Sabas estuvo algún tiempo perplejo y mudo ante aquel hombre tan -largo y cenceño, de mirar desvariado, que parecía estar sepulto en -posición erecta, a la usanza rabínica. - -Teófilo comprendía que el único modo de evitar, o cuando menos anular -lo grotesco del lance, era convertirlo en trágico. Don Sabas, a -quien desagradaba por igual lo trágico que lo grotesco, porque le -interrumpían momentáneamente la fruición de su voluptuosidad rumiada -y quieta, resolvió aceptar el descubrimiento de Teófilo con serena -cortesía, como si fuera uno de los infinitos sucesos nimios que forman -la urdimbre de la rutina social. - ---¡Oh! --dijo con graciosa solicitud, tendiéndole la mano--. Cuánto -siento... Siéntese usted. Rosina, preséntame a este caballero. - -Rosina levantó la cabeza. Había entrado en posesión de sí misma y -estaba tranquila. - ---Es un amigo mío. - ---Y yo no deseo otra cosa sino que lo sea mío también. - ---El señor Pajares. - ---Pajares... ¿Es usted el escritor? - ---Servidor de usted --habló Teófilo, esforzándose en parecer altanero. -Sin embargo, ante don Sabas sentíase sugestionado, empequeñecido, como -si aquel hombre pudiera hacer de él lo que le viniera en gana. - ---Sí, sí, ya recuerdo; Pajares, novelista. - ---No, poeta --corrigió Rosina, con involuntaria hostilidad. - -A don Sabas no le gustaba molestar a sabiendas a la gente, ni rodearse -de personas irritables o melancólicas; en general, le molestaba el -sufrimiento ajeno, no por compasión, sino por egoísmo, y así se cuidaba -de huir la presencia de él, mas no de evitarlo. - ---Pues yo he leído algún cuento y novelas cortas del señor Pajares --lo -cual era falso. - ---Sí, he escrito también cuentos y novelas cortas --corroboró Pajares, -muy lisonjeado. - ---Y versos también he leído, ¡ya lo creo! Mi hijo Pascual habla mucho -de usted y con gran admiración. Usted es modernista, y nosotros, los -viejos, no podemos ser modernistas; pero en todos los géneros hay bueno -y malo. Y usted es de lo bueno, sí, señor. --Don Sabas no se proponía -otra cosa que halagar al poeta y reducirlo a una sociabilidad corriente -y moliente, de visita. No había leído un solo verso de Teófilo y le -importaba un ardite la llamada poesía modernista. Tanto a Teófilo como -a Rosina les cosquilleaba una leve zozobra; no sabían si don Sabas -hablaba en serio o irónicamente. Don Sabas preguntó--: Bajo su palabra -de caballero, señor Pajares, ¿me promete usted decirme la verdad? - ---Según de lo que se trate. - ---¡Bah!, una cosa muy sencilla; ¿promete usted? - ---Sí, señor; prometo. - ---¿Está usted enfermo? - -Teófilo palideció. - ---¿Lo está usted? Dígame la verdad. - ---No le entiendo a usted... - ---De sobra que me entiende... - ---Le juro a usted, que no entiendo... ¿Qué puede importar a usted que -yo esté o no esté enfermo? - ---¿No ha de importarme? Verá usted; cuando entra a servirme un nuevo -mozo de comedor, lo primero que hago es decirle: «Mira, hijo, aquí está -la botella de vino y aquí un vaso. Este vaso es solamente para ti. Ya -sé que no puedo impedirte que bebas el vino de escondite; por eso, lo -único que te ruego es que no bebas por la botella y nos sirvas luego -a los demás tus babas.» ¿Comprende usted ahora? De todos los crímenes -que conozco, el más grave, para mí, es el de esos hombres atacados de -enfermedades vergonzosas que no tienen reparo en corromper y contagiar -a otros cientos de hombres por intermedio de mujeres que toman y dejan -a la ventura. - ---Si no he comprendido mal, para usted lo grave de este crimen no es -que una pobre mujer caiga enferma, sino que, por segundo endoso, otros -hombres, quizás personas respetables, grandes personajes, sufran el -contagio. - -Rosina sonrió cordialmente a Pajares, quien en aquel instante se sentía -muy superior a don Sabas. - ---No me he explicado claramente. No he hablado de la mujer sino como -vehículo, porque, si usted se para a pensarlo ecuánimamente y aparte la -lástima que nos inspire, no es otra cosa que vehículo. Y si no, compare -usted la proporción numérica del mal, y verá que de un lado hay una -mujer y de otro cientos y cientos de hombres a quienes ella infesta. - ---En este caso no veo sino una mujer, y muy en segundo término un solo -hombre. - ---Se exalta usted sin motivo. Parece usted echarme en cara que cuando -abomino del mal general no pienso sino en el mío propio. Es decir, -que mis palabras no estaban dictadas por el amor al prójimo, sino por -el temor de un daño que pudiera sobrevenirme; en suma, que he hablado -egoístamente. Sí, señor; así es. Lo reconozco. Y no puede menos de ser -así, porque el egoísmo es la medula espinal del espíritu humano. Cuanto -hacemos, aun las acciones más generosas, no tiene otro móvil que el -egoísmo. Su exaltación de usted hace un momento, y sus nobles palabras -de lástima por las mujeres caídas y enfermas, ¿qué eran sino balbuceos -de un egoísmo inconsciente que le movió a usted a declararse paladín -del sexo por ganar el amor, o acrecentarlo y robustecerlo, de una -mujer que le estaba escuchando? Pues el progreso moral no es otra cosa -que la más clara conciencia de este egoísmo radical y el mayor valor -para declararlo en público; de manera que, contrastándose egoísmo con -egoísmo, cede cada cual en aquello que puede y debe ceder y se alcanza -una paz deleitable, armoniosa y duradera. El progreso moral consiste en -aprender a no engañarse ni engañar. La caballerosidad, el honor no son -sino la moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre -varios egoísmos. Y así, de caballero a caballero, invocando mi egoísmo, -lo cual equivale a darle a usted derecho para que usted me invoque el -suyo cuando lo necesite, le pregunto: ¿está usted enfermo? - -Teófilo volvió a sentirse empequeñecido por don Sabas. Pensaba que -no tenía razón el ministro; pero no sabía qué contestarle. Y Rosina -pensaba como Teófilo. - ---Pero es que... --atajó Rosina, dirigiéndose a don Sabas--, si te -figuras que ha habido algo entre nosotros... - ---Si no te echo nada en cara, Pitusa... Me parece muy natural. Yo soy -viejo y tú eres joven, ¿cómo te voy a exigir fidelidad absoluta? Y -hasta me parece preferible que hayas elegido un artista a uno de esos -señoritos silbantes... - ---De caballero a caballero --habló Pajares--, puesto que usted se -obstina en preguntarlo, le respondo, por última vez, que no le va a -usted ni le viene en mis enfermedades. Y no le va ni le viene, porque, -como ha dicho Rosa, nada ha habido entre nosotros, ni puede haberlo, -porque yo no lo aceptaría entretanto que no sepa que Rosa es mía y -solamente mía. Usted parece que no puede comprender esto... - -Don Sabas inclinó la cabeza, reflexionando: - ---No, no lo puedo comprender. Pero, aun cuando hubiera habido algo, lo -disculpo; es más, lo justifico. Rosa es, por decirlo así, el ornamento -de mi vida, y ella sabe cuán humildes son mis exigencias. ¡Si solo -mirarla me deleita!... No soy tan insensato que me obceque en obligarla -a una fidelidad completa. Lejos de eso, me hace feliz saber que ella lo -es por diferentes caminos. Tampoco puede usted comprender esto. - ---No lo puedo comprender. - ---Y es que usted piensa que el suyo, por ser desordenado, es mejor -amor. Pues mire usted, yo renunciaría ahora mismo a Rosa si supiera que -mi renuncia le acarreaba verdadera ventura, a pesar de todo mi egoísmo ---por primera vez se le cayó la carátula de afabilidad protectora, -dejando al desnudo un rostro gravemente triste. A seguida superpuso -nuevamente la carátula, y añadió--: Pero, por ahora, Rosa no necesita -mi renuncia, ni con ella piensa ser más venturosa, ¿verdad, Pitusa? - -Las emociones de Teófilo se concretaron en una sentencia mental: «Si -yo tuviera unos miles de pesetas en el bolsillo...» Como si Rosina lo -hubiera adivinado, respondió: - ---Ya te he dicho, Sabas, que nada hay entre nosotros, y yo no miento. -Por lo tanto, claro está que no necesito esa renuncia. - -Teófilo miró con estupor a Rosina, quien aprovechando la distracción -del ministro, guiñó un ojo al poeta, como haciéndole cómplice de su -disimulo. - ---A propósito, Pitusa. Me ha escrito don Jovino, por mal nombre -_el Obispo retirado_. Dice que dentro de tres o cuatro días es la -inauguración de la temporada y que aguarda el nombre con que has de -presentarte al público; es urgente, porque necesitan tirar los carteles -con alguna anticipación. ¿Sabía usted, señor Pajares, que la Pitusa nos -ha resultado una gran cupletista y se lanza definitivamente a la escena? - ---Sí, señor. - ---Bien, bien; pues ayúdenos usted a elegir un nombre para ella... -Convendrá usted conmigo en que del nombre depende la mitad del éxito, -sobre todo en la mujer. Es necesario encontrar uno que, como exige -el código del Manú, cuando se pronuncie sepa dulce en los labios. Yo -he seleccionado unos pocos que someteré al juicio de ustedes. Por lo -pronto siento una invencible inclinación hacia los nombres de mujer -que comienzan por A. Entre otras razones: para producir el sonido de -la A se abre de pleno la boca, porque A es una vocal admirativa, y, -dado que es cosa probada que los movimientos y actitudes musculares -provocan ciertos estados de ánimo, como el hipnotismo ha demostrado, -resulta que al pronunciar un nombre de mujer que empieza por A, -involuntariamente propendemos a la admiración. Todo esto le parecerá a -usted extraordinario, ¿verdad, señor Pajares? En último término puede -que sea una de tantas tonterías como a uno se le ocurren. He aquí los -nombres: Acidalía, que es una de las advocaciones de Afrodita; Actea, -una nereida; Adrastia, hija de Júpiter o Zeus y de la Necesidad; -Antígona, que todo el mundo sabe quién fue --y miró irónicamente a -Teófilo--, y Lotos, una ninfa. Este último nombre no tiene la A por -inicial; pero a mí me suena muy bien. Lotos o Antígona, me parecen dos -buenos nombres de cartel. ¿Qué dices, Pitusa? - ---¿Qué te parece a ti? --solicitó de Teófilo Rosina, proporcionándole -con el tuteo, en presencia del Ministro, gran satisfacción. - ---Antígona me parece un nombre muy bello. Suena un poco trágico, pero -no importa. - -De que era un personaje de la tragedia antigua estaba seguro, y esto -era todo lo que sabía acerca de Antígona; él, Pajares el poeta, que -había decorado siempre sus versos con innúmeras alusiones al arte y a -la mitología helénicos. - ---¿Ha oído usted ya cantar a Antígona? - ---No, señor. - ---¿Quieres cantar algo, Antígona? - ---Ya lo creo, con mucho gusto --se levantó de la butaca, y con -gentil alacridad fue hasta el piano. Volviose un punto para decir a -Teófilo--: Te advierto que toco rematadamente mal. Solo lo preciso para -acompañarme. - ---¿Qué vas a cantar, Pitusa? - ---_Ninon._ - ---¡Oh, Pitusa; canta cualquiera otra cosa!... ¡Eso es tan -sentimentalmente cursi!... - ---A mí me gusta, Sabas. - -Rosina cantó: - - Ninon, Ninon, qu’as tu fait de la vie? - L’heure s’enfuit, le jour succède au jour. - Rose ce soir, demain flétrie, - Comment vis-tu, toi qui n’a pas d’amour? - Aujourd’hui le printemps, Ninon, - Demain l’hiver... - -La voz de Rosina era escasa; pero tenía densa transparencia de óleo y -se insinuaba dentro del espíritu con cariciosa suavidad. Desafinaba a -veces un poco, y era en todo momento insegura, algo temblorosa, como -si diluida dentro de ella palpitase una gran emoción, de la cual se -contagiaba muy presto el oyente. Teófilo no entendía las palabras; -pero la música se le filtraba hasta el más oscuro rincón del alma, -colmándole de ciega felicidad, que al esforzarse en adquirir luz y -conciencia de sí propia producía dolor gustoso. - -Don Sabas tenía los párpados caídos, y la carátula también. Con -profunda angustia recibía en el corazón los versos de Musset y el -lamento _sentimentalmente cursi_ de Tosti: «_¿Qué has hecho de tu -vida? Huyen las horas, y las días suceden a los días. La rosa de esta -tarde, mañana estará marchita... Hoy, primavera; invierno, mañana._» -Y luego, _¿cómo se puede vivir sin amor?_ ¡Oh, amor; necio engaño! -Sicilia, de la propia suerte que había teñido de negro la ancianidad -de sus barbas, había blanqueado de filosofía la negrura desolada de su -espíritu escéptico. Pero ahora, bajo el influjo de aquella musiquilla -cándida, quejumbrosa, el postizo embadurnamiento se resquebrajaba, se -derretía, dejando al aire hielo vivo entre sombras. Y con el corazón -aterido, Sicilia abarcaba la desmesurada vacuidad de todo lo creado. -¿De qué le había servido aquel emplasto de estoicismo, epicureísmo y -anacreontismo, a dosis iguales, aplicado al alma por curarla del miedo -a la muerte y darle fuerza y virtudes? Era honesto y virtuoso en el -sentido clásico; no había hecho mal a nadie; pero sus virtudes, ¿qué -eran sino groseros simulacros, prendas de abrigo que no abrigaban? -Mesábase las barbas, engañosamente negras, y la amargura del pecho casi -le rebasaba por los ojos. - -Terminada la canción, cuando Teófilo y Rosina miraron de nuevo a don -Sabas, este tenía ya superpuesta la carátula social. - ---Muy bien, Pitusa. Tienes una voz muy dulce y mimosa. Pero esa -romancita... - ---La romanza es admirable. Nada hay tan penetrativo ni que tan -hondamente remueva el alma como la música --sentenció el poeta. - -Como poeta español que era, tenía por característica un sistema -nervioso esencialmente refractario a la música. Nunca había sentido -la música. Oyendo cantar ahora a Rosina había recibido insospechadas -emociones, que no eran sino voluptuosidad sin satisfacer, evaporada -en bruma de anhelo, y que él tomaba por puras emociones musicales. -Encontrábase tan enorgullecido con el reciente don de sensibilidad que -preguntó a don Sabas: - ---Pero, ¿de veras no le ha conmovido la romanza? - ---¿Qué quiere usted que le diga? A esta música dulzona italiana, y -aun a la alemana, prefiero la española, porque es más instintiva, más -sincera. El español no concibe la música sino como aderezo de la -lujuria o a manera de desfogo físico y bramido carnal; por eso los -músicos españoles no aciertan a componer nada que valga la pena, como -no sean chotis, tangos y jotas. Chotis, tangos, jotas: esa es música, y -buena música, música centrífuga, que le vacía a uno el cerebro a través -de los miembros, derramándolo hacia afuera, en un prurito de danzas, -de cabriolas y otros ejercicios más placenteros. Pero, la otra música, -la centrípeta, cuya acción es a la inversa, de fuera adentro... Si -corrieran tiempos de tiranía y yo fuera tirano, suprimía de un golpe, -así, con un rasgo de la pluma, semejante clase de música. O mejor, y -para mayor seguridad, suprimía la música en absoluto --y sonrió con -afabilidad indiferente. - -Rosina, vejada por la frialdad de don Sabas y sin haberle entendido, -habló en tono algo áspero: - ---En resolución, que para ti la música, como quien oye llover. - ---Psss... Ojalá nunca aprendas, Pitusa, a oír llover. - ---Oh, Sabas; a veces me atacas los nervios, porque no pareces una -persona... - ---Está por la primera vez que veo enfadada a la Pitusa. No he querido -enojarte, Rosina, y ya te he dicho que tu voz es muy suave y bella. -Harto sabes cuánto me gusta oírte cantar. Te pronostico grandes éxitos -en el teatro. - ---Allá veremos --contestó Rosina con mal simulada humildad. - -La fuerza atractiva de la gloria la orientó hacia el futuro, de -manera que continuó hablando con voz de lontananza, como si los -seres y cosas en torno de ella hubieran dejado de existir. Dijo que -no cantaba en Madrid sino a guisa de ensayo o prueba por ver si el -público la atemorizaba; que en cantando dos o tres noches rescindiría -el contrato con _el Obispo retirado_, por grande que fuera el éxito -de su presentación; que el foco de sus ambiciones era París, y que -deseaba también conocer los Estados Unidos del Norte de América. Tanto -don Sabas como Teófilo sentían por modo evidente cuán lejos de ellos -estaba aquella mujer, cuán inasible e indomeñable era su corazón. Hubo -un silencio que rompió Antígona, retrotraída al futuro próximo. - ---Se me olvidaba decirte, Sabas, que pienso pasar la semana que viene -en El Escorial. - ---Es el caso, Pitusa, que como estamos en las tareas preliminares del -Gobierno no podré acompañarte. Te haré alguna visita. - ---No, no te molestes. Quiero estar sola, completamente sola, unos días. - ---Como gustes --don Sabas había comprendido. - -Pajares consideraba los días de El Escorial como la crisis decisiva -de su existencia. Durante ellos, había de apoderarse para siempre de -Rosina o perderla para siempre. - -Don Sabas, que había venido a casa de Rosina en la esperanza y aun con -la certidumbre de mitigar un poco el hastío de su vida, exasperado en -las horas de ministerio, hallábase más triste y cansado que nunca. Le -hostigaba la necesidad de sentir sobre el rostro la tersura lenitiva de -la mano de su amante. Le hacían falta mansas caricias físicas, como al -terruño yermo el agua de llovizna. - -Lentamente y renqueando, Sesostris avanzaba por la habitación. - ---¡Oh, excelente Sesostris! --exclamó don Sabas--. ¡Quién fuera -galápago o tortuga! --como de ordinario, sus interlocutores ignoraban -si lo decía en serio o de chanza--. Todos los males del hombre, ¿no -cree usted, señor Pajares?, se derivan de un mal original; el de -tener epidermis. Parece a primera vista que el mal original es la -inteligencia, entendiendo por inteligencia la manera específica y -necia que el hombre tiene de conocer el universo; pero si en lugar -de epidermis tuviéramos un caparazón, como este animal privilegiado, -o un dermatoesqueleto, como la langosta, nuestra inteligencia -sería de distinto y aun de opuesto linaje. El hombre es el único -animal que tiene epidermis. Tener epidermis equivale a andar con el -alma desnuda, de suerte que de todas partes recibe heridas. Y por -todas partes mendiga halagos. Por eso, cuando Platón dijo que el -hombre era un bípedo sin pluma, sentaba una gran verdad que nunca -ha sido bastantemente desentrañada. Tres son las fuerzas naturales -de toda sociedad animal: la necesidad de alimentarse, la necesidad -de reproducirse y la necesidad de moverse. ¿No se da usted cuenta, -señor Pajares, de las terribles consecuencias que arrastra consigo la -aparición de la epidermis, y cómo aquellas que eran fuerzas naturales -se truecan en fuerzas morales, que es lo peor que pudo haber sucedido? -¡Oh, excelente Sesostris, la más noble de las criaturas, la de sangre -más azul y aristocrática, porque tu abolengo tiene millones y millones -de años de historia cierta! ¡Oh, tú, reptil insigne, cuyos antepasados -reinaron en el aire, en el agua y sobre la tierra, señoreando el mundo -y sus elementos! ¡Maldito el hado que os puso enfrente tan despreciable -y bruto adversario como es el mamífero, y en sus bárbaros designios -determinó que fuerais extirpados casi totalmente! - -Sesostris, como cualquier diputado de la mayoría, no prestaba atención -a la elocuencia ministerial, y seguía su pausada y renqueante ruta en -busca de cucarachas. - -En esto entró Rosa Fernanda, que había vuelto del paseo, y fue a -agazaparse en el regazo de su madre. - ---Ven a darme un beso, Rosa Fernanda --dijo don Sabas--. Ven y te -contaré el cuento del príncipe narigudo. - -Rosa Fernanda acudió al requerimiento y se acomodó entre las piernas -del ministro, el cual recibía sutil deleite físico contemplando la -rosada fragilidad de la niña y acariciándole el oro resbaladizo de los -cabellos. Rosa Fernanda levantó la cabeza cuando don Sabas comenzó a -referir el cuento. Escuchaba como los niños acostumbran, con los ojos, -como si las palabras, al desgajarse de los labios, se materializasen -adquiriendo la forma y color de los objetos representados. Veía los -vocablos en su religiosa desnudez originaria. - -Entretanto, Rosina y Pajares pudieron hablar a solas y puntualizar la -fecha y sitio de la próxima entrevista. - -Rosa Fernanda se fatigó muy pronto de escuchar el cuento. Don Sabas le -era antipático, así como sus caricias. Los niños, en su selección de -amistades y afectos entre personas mayores, tienen el don de rehuir -instintivamente aquellos individuos cuyo contenido ético es antivital, -como la raposa huele y teme la pólvora antes de toda experiencia. No es -raro encontrar este don en las mujeres. Sienten apego por Don Quijote y -Don Juan; Hamlet les es repulsivo. - -La niña volvió al regazo de la madre y allí se mantuvo en silencio, -asimilándose la realidad externa con largas, inquisitivas miradas. - -Hablaban don Sabas, Pajares y Rosina de cosas de poco momento y en tono -indiferente, porque después de las emociones de la tarde, cada cual se -recogía dentro de sí mismo y laboraba por extraer claras impresiones -críticas. - -_Punto de vista de don Sabas._--Tenía conciencia de ser antipático, -instintivamente antipático, a Rosa Fernanda, como se lo era a todos -los niños, aun cuando él los amaba, y esto le acongojaba; de ser a -medias antipático a Rosina y también del origen de este sentimiento -fluctuante; de ser antipático por entero a Teófilo, o, por mejor decir, -odioso, y cómo la causa del odio era el creerse Teófilo muy por debajo -de don Sabas en inteligencia, ingenio y fortuna. Y, sin embargo, don -Sabas sabía que Pajares le era superior; primero, en juventud, y -señaladamente en la posesión de una cualidad divina, el entusiasmo, o -sea aptitud para la adoración o para el odio. Teófilo podía caer en -dolorosos desalientos o subir a la cima del más apasionado rapto; podía -alternativamente pensar, tan pronto que el mundo era malo sin remisión, -como que era divino, el mejor de los mundos posibles. Don Sabas sabía -que el mundo era tonto, comenzando por Teófilo, un tonto, como todos -los tontos, susceptible de felicidad o de infelicidad. - -_Punto de vista de Rosina._--Don Sabas le parecía, cuándo -extremadamente sensible, cuándo extremadamente embotado de nervios e -indiferente. La sugestionaba como el vaivén de un péndulo brillante. -Veía que aventajaba a Teófilo, con mucho, en inteligencia y agilidad -para urdir frases que quizás fuesen profundas; pero con todo no se -resolvía a concederle más talento que a Pajares. No podía explicárselo; -pero en Pajares adivinaba la verdad oculta, y sobre todo una fuerza -misteriosa que le hacía atractivo y amable. - -_Punto de vista de Pajares._--La presencia y sonrisa de don Sabas le -hacían el efecto de insultos. Era como si después de árida jornada, -cuando creemos andar por lo postrero de ella, encontrásemos otro -caminante que en son de burla nos dijera haber equivocado nuestro -camino y hubiéramos de desandar lo andado. La sonrisa de don Sabas -sugería la posibilidad de que todo aquello que Teófilo tomaba tan a -pecho eran fruslerías y nonadas, como si don Sabas estuviera en el -secreto de la vida y no quisiera descubrirlo; y lo peor es que quizás -don Sabas tuviera razón. Veíase, pues, forzado a reconocer en don Sabas -una superioridad, y, viéndose en su presencia tan empequeñecido, lo -aborrecía. - -_Punto de vista de Rosa Fernanda._--Como el de todos los niños, era a -ras de tierra. Podía ver la parte inferior de los muebles, la arpillera -que les forraba la panza, un intestino de estopa saliendo por debajo -del diván, y a Sesostris, debajo del piano. En circunstancias normales, -las personas no existían para ella sino desde los pies a las rodillas. -Teófilo y su indumentaria le parecían más pintorescos que don Sabas. La -parte baja de los pantalones de Teófilo, con flecos y raros matices, -pero sobre todo las botas, la tenían encantada. La afición que los -niños muestran a los mendigos es tan solo gusto de lo pintoresco. En -una de las botas de Teófilo había una larga goma, como un gusanillo -negro, colgando del elástico. Rosa Fernanda hubiera dado cualquiera -cosa por ir a arrancarla y jugar con ella. - -Sería interesante conocer el punto de vista de Sesostris. - -Teófilo se levantó, dispuesto a irse. Don Sabas se despidió también. -Bajaron juntos las escaleras. En la puerta de la calle, don Sabas -preguntó: - ---¿Por dónde va usted? - ---¿Y usted? - ---Yo, hacia arriba. - ---Yo, hacia abajo. - ---Ea, pues hasta la vista. - ---Hasta la vista. - - - - -X - - -Caminaba Teófilo cuesta abajo, automáticamente; su espíritu descendía -también; se apartaba de la claridad consciente; se diluía en una -especie de niebla letárgica. Así anduvo toda la calle de Cervantes y el -Botánico, cara a la Cibeles. En la plaza de Neptuno dudó si subir hacia -el Ateneo o continuar Prado adelante; resolvió lo último. Su estado -de ánimo se iba definiendo poco a poco, iluminándose de resplandor -intuitivo que manaba de una palabra: _dinero_. Era fuerza que buscase -dinero cuanto antes. Un sentimiento de rebeldía contra la vida moderna -le henchía el pecho. El sentido y trascendencia de esta calificación, -_edad capitalista_, se le hicieron patentes. La actividad motriz de -estos tiempos no era sino la rapiña del capital, como quiera que fuese; -las demás actividades, solo rebabas, añadiduras, ejercicios suntuarios. -En otras épocas, amor y belleza, las dos mitades de la vida, habían -sido _res nullius_, cosas no estancadas, de libre disfrute para todos. -Pero la edad capitalista había constituído el monopolio de la vida a -modo de sociedad anónima por acciones, y escindido el género humano en -dos partes: los que cobran dividendo y los que no lo cobran, los que -tienen derecho a vivir y los que no pueden vivir. ¿Qué es el amor sino -dulce plenitud y exuberancia de energías que por no perderse aspiran -a perpetuarse, a reproducirse? Y ¿cómo pueden hacer amiganza el amor -y la miseria física, el hambre y la fecundidad? De otra parte, ¿es -verosímil enjaretar cuatro versos mediocres sin cuatro malas pesetas en -el bolsillo? - -Pero lo apremiante para Teófilo era que necesitaba hallar unos cuantos -duros inmediatamente. Como ocurre en las coyunturas capitales de la -vida, Teófilo esterilizó de toda emoción su pensamiento y se aplicó a -hacer cuentas en frío. Era el último día del mes. Al día siguiente, -o quizás aquel mismo día, tendría la paga que su madre acostumbraba -enviarle cada mes. Teófilo vivía en la misma casa de huéspedes desde -hacía tres años, y si bien no había mes que pagase los quince duros -íntegros del pupilaje, a razón de 2,50 por día, con todo era un pagador -exacto en la medida de sus recursos, de manera que hasta cierto -punto le era lícito dejar de pagar aquel mes y reservarse el dinero -para el viaje a El Escorial. Tal vez su madre le enviase también el -extraordinario. En este caso, la suma total andaría tocando con las -cien pesetas. Pero, era poco. No había otra salida que pedir dinero -prestado a un amigo. ¿A quién? A Díaz de Guzmán; sí, él era el hombre. - -Teófilo llegó a su casa, de noche cerrada. Era una misérrima casa de -huéspedes de la calle de Jacometrezo. En el pasillo, apenas esclarecido -por una bombilla exhausta, el vaho de los potajes se fundía con otras -hediondeces. Teófilo cruzó con un huésped, Santonja. - ---Hola, poeta. ¿Ha habido convite hoy? Le he echado a usted mucho de -menos, porque no tuve con quién discutir. - -Santonja se había repatriado hacía poco tiempo desde la Argentina. -Estaba desviado de la espina dorsal y era cojo; la faz, chata, -simuladamente jocosa. Venía en mangas de camisa (una camisa de color -sangre de toro) y llevaba un libro de la biblioteca Sempere debajo -del brazo. Las discusiones de las horas de comer eran casi siempre -sobre anarquismo. Un día, por dárselas de hombre terrible y espantar -a los comensales --dos burócratas, tres horteras, un alcarreño de -paso y un comandante--, Teófilo había modulado una rapsodia lírica en -loor de Morral y la propaganda por el hecho. Santonja le interrumpió, -calificando sus frases de absurdidades. Acalorado, Teófilo llegó a -sostener que él no tendría inconveniente en tirar una bomba. Santonja -había añadido que ninguna persona con sentido común puede ser -anarquista; pero que, dado que la persona careciera de aquel sentido, -cosa frecuente, para tirar bombas se necesita mucho ombligo. A partir -de entonces, Santonja solicitaba de Teófilo, con evidente ironía, -razones que apoyasen el ideal anarquista. Respondíale Teófilo con -argumentos que él consideraba muy originales y funambulescos; pero el -otro replicaba que todo aquello era una pamplina. - -Tales discusiones habían obsesionado a Teófilo en términos que no era -raro oírle jactarse de sus ideas anarquistas en el Ateneo y otras -tertulias literarias. - ---¿Viene usted a cenar hoy, señor Pajares? - ---Creo que sí; ¿por qué? - ---Porque me parece que hoy no trae usted cara de discutir conmigo. - ---Le advierto que yo no he discutido nunca con usted. - ---No; ya sé que usted me desprecia. Yo soy un hombre sin instrucción y -usted es un literato. Y, a propósito, como me ha dado usted la matraca -con Kropotkin, he comprado este libro escrito por él. ¡Puaf! Macana -pura; pura filfa... ¿Cree usted que el mundo es bueno, señor Pajares? - ---Sí, señor. - ---¿Cree usted que eso que llaman _amor_ existe? - ---Sí, señor. - -Una pausa. - ---Bien; ¿qué hay con eso? --preguntó Pajares. - ---Nada, sino que quizás hice mal en dudar de su sinceridad de usted -como anarquista; pero como usted no compone versos sino sobre la -muerte, la tumba y la podre... como si este mundo fuera el peor de los -mundos imaginables, y esto, mi amigo, creo yo que no se compadece con -ser anarquista... - ---Hombre, al contrario. - ---Puede; depende del punto de vista. Creer que el mundo es bueno, y que -hay amor en él; pero no tener dinero y no poder tener novia, o si uno -la llega a tener que se la pegue a uno, porque uno no es un Adonis (y -no lo digo por usted), entonces sí que comprendo lo de las bombas, aun -con poco ombligo. - ---¡Bah, bah! Valiente anarquismo el que tuviera móviles tan bajos. - ---Oiga, mi amigo; me parece que lo mismo que las plantas, los grandes -hechos requieren su abono. La flor o el fruto viene a lo último, y el -abono, que es lo primero, siempre es abono, ¿qué le parece? - ---Nada, que tengo prisa. Hasta luego. - ---Hasta luego, señor Pajares. - -Pajares entró en su cuarto. Sobre la mesilla de noche había una carta, -de su madre. Teófilo la abrió con dedos ágiles y optimista corazón. No -contenía ningún cheque. Decía la carta: - - _Amado hijo: No sabes cuánto he sufrido estos últimos ocho días - del mes pensando en ti. Me es imposible enviarte la acostumbrada - mesada, y lo peor es que tampoco podré de aquí en adelante. Sabes - que los Martín, labradores de Zaratán, han tenido en mi casa - todo el curso pasado a su hijo Arístides, que estudia Farmacia. - Me habían prometido pagarme todo junto en comenzando el nuevo - curso, por la cosecha. Pero dicen que la cosecha fue mala, y por - más cartas que les escribo no sueltan prenda. ¿Para qué enviarán - un hijo a los estudios si no cuentan con medios? Solo para vivir - del sudor ajeno. Yo, bien sabe Dios que los perdonaría de buen - grado; pero no puedo menos de pensar que el hijo de ellos ha - estado engordando a costa del mío, que te aseguro que comía más - que un cavador. Para este curso lo han enviado a otra casa, y yo - me alegro, no de que caiga sobre otro la carga, sino por verme - libre de él, porque era además muy calaverón y escandaloso, como - son todos estos zafios cuando vienen a la ciudad. No había querido - decirte antes que don Remigio, el canónigo, se marchó de casa; ya - ves, después de tantos años, y el único huésped formal y seguro. - Fue un gran golpe para mí. Ya hace de ello dos meses, y no me he - podido recobrar del disgusto. Creí que nos tenía algún apego. Decía - que últimamente no se podía comer en casa, y te echaba la culpa a - ti, porque yo te enviaba ahorrillos, cuando él debiera estar tan - interesado como yo, que te conoció desde que eras una criatura y - fue tu primer maestro. Por todo ello he estado tan apurada que - no podía pagar el alquiler, y anduvieron si me desahucian; pero - gracias a Coterón el usurero, que me hizo unos pagarés sobre los - muebles, pude salir del atranco. No estoy muy bien de salud; pero - no te preocupes. Mi mayor pena es si tú pensarás que no te envío el - dinero por propia voluntad. No, hijo mío; tú no puedes pensar eso - de tu madre, que sabes te adora._ - - _El recorte de periódico que me has enviado me ha hecho derramar - lágrimas de ternura y orgullo. Sí, debían echar flores a tu paso. - Ya desde chiquitín se comprendía que ibas a ser una gran cosa. - Componías coplas mejor que los mayores, y así lo reconocían todos. - Pero ya sabes que por estas pobres tierras de las Castillas los - poetas se han muerto de hambre siempre. No me acuerdo de nombres; - pero así lo he oído asegurar a los viejos. Luego, tus poesías son - demasiado buenas y no las saben apreciar; yo, por ejemplo, que soy - una ignorante, no las entiendo, y a veces temo que digas alguna - herejía contra Nuestra Santa Madre la Iglesia. No; es imposible, - que has sido criado en el temor de Dios. Pero lo principal es, - Teófilo, que como eres tan sencillo y bondadoso crees que los demás - son como tú y te ilusionas con que de un día a otro te van a dar - oros y montones. Dices que si hasta ahora no has ganado las pesetas - por miles es por la envidia que te tienen, y yo lo creo; pero - piensa que la envidia es planta que nadie desarraiga del mundo, y - si te la han tenido, te la seguirán teniendo y siempre estaremos - igual. Gloria, como muy bien me dices, ya has conquistado de sobra, - ¿qué más quieres? Tres años hace que no nos vemos, y a mí me han - parecido tres siglos. ¿Por qué no vienes y dejas esa maldita Corte? - Irías a pasar unos días de visita a casa de tus tíos, en Palacios. - Tu prima Lucrecia te quiere como siempre, o, por mejor decir, te - quiere mucho más desde que andas por los papeles. Ya sabes que - tienen un majuelo y no sé cuántas yugadas de buena tierra de pan - llevar, y Lucrecia es hija única, que se perecen por ella los mozos - de los pueblos y los señoritos de Rioseco, y hasta alguno de - Valladolid. ¡Qué vejez tan dichosa, hijo mío, me deparabas si te - decidieras a escucharme! Pero yo nada te digo si crees que debes - seguir tu vocación..._ - - _Un beso de tu madre que te quiere_, - - JUANITA. - -Las tres últimas líneas estaban escritas de una manera confusa y -temblorosa. Teófilo leyó toda la carta; la segunda parte, sin clara -noción de lo que leía. Quedó anonadado. Redujo a pequeños trozos la -carta, rasgándola sucesivamente, sin saber que la rasgaba. Salió a la -calle y se dirigió a casa de Angelón Ríos, en donde vivía Alberto Díaz -de Guzmán. Si Alberto no le salvaba estaba perdido. - - - - -PARTE II - -VERÓNICA y DESDÉMONA - - Man sollte alle Tage wenigstens ein kleines Lied hören, ein gutes - Gedicht lesen, ein treffliches Gemälde sehen und, wenn es möglich - zu machen wäre, einige vernünftige Worte sprechen. - - GOETHE. - - - - -I - - -Una laringe estentórea y arcana expelió gigantescos baladros: «¡Si no -abren, tiro la puerta!». - -¿Será una de las trompas del Apocalipsis?, se preguntó Alberto, entre -sueños. Una sacudida nerviosa le recorrió el espinazo. Despertó. -Restregose con el dorso de las manos los alelados ojos. Encontrábase -de rodillas en mitad de la cama, las asentaderas descansando en los -talones, vestido con un viejo pijama de seda cruda que tenía un gran -desgarrón en la espalda. La fiebre le transía; la expresión de su -rostro era enfermiza. - -Las paredes retemblaban. En la puerta de la casa oíanse tenaces -porrazos, como si intentaran forzarla con un ariete. - ---¡Si no abren echo abajo la puerta! --aullaron. - ---¡Voy! --respondió Alberto, tan alto como pudo. - -Saltó a tierra y fue a pisar sobre una copa de vidrio, hecha pedazos, -hiriéndose dolorosamente en un pie, del cual comenzó a manar sangre -en gran copia. Sin parar atención en el accidente, acudió presuroso -a la puerta, y en abriéndola hallose frente a un hombre obeso y -congestionado, víctima, por todas las trazas, de funesta iracundia. -Vestía el hombre un largo blusón de dril, color garbanzo; la estulta -cabeza, al aire; el cerdoso bigotillo, convulso. Al ver a Alberto, el -hombre depuso un tanto la cólera. - ---¿Qué deseaba usted? - ---Usted dispense, señorito; no era por usted. ¿Está don Ángel de los -Ríos? - ---No, no está. - ---Esa ya me la tenía yo tragada. Y de mí no se burla nadie --parecía -que iba a enfurecerse otra vez, pero, inopinadamente, se apaciguó--. -Usted dispense... Pero es que esta mañana, porque ya he venido esta -mañana, sonaba la campanilla y ahora no suena. A ver si no iba a llamar -a patadas. - ---En suma --atajó Alberto, impaciente--, que don Ángel no está, ¿qué -desea usted? - ---Si usted me hace el favor..., le dice de mi parte que dondequiera -que le encuentre le rompo el alma --y como Alberto no respondiera, -continuó--: ¡De mí no se burla nadie! Verá usted, señorito. Yo soy -oficial de zapatería. Yo no conozco, así conocer de _visu_, que se -dice, a ese don Ángel. Pues que esta mañana me manda el principal con -la cuenta de seis pares de botas y zapatos, horma americana, que no hay -Cristo que le haga pagar; y que tiro del cordón de la campanilla, y me -sale a abrir, en calzoncillos, un señor muy grande, moreno, de barba, -y voy le dije, digo: «¿Está don Ángel, etcétera?» Y va y me dice: «No -está, pero a eso de las doce estará de seguro; vuelva usted». Conque, -me dirijo a la zapatería, y que le cuento al maestro la cosa tal como -fue, a lo que el maestro me llama panoli y que era el propio don Ángel -etcétera quien había abierto, y que si el infrascrito don Ángel era -un golfo desorejao y yo un inflapavas, así, y que tal y que cual, y -que cuando volviera no le encontraría en casa, como se ha verificado. -Lo cual que de mí no se burla nadie, y si usted me hace el favor de -decirle que le voy a romper el alma, pues, tantas gracias, señorito. - -El hombre, evidentemente satisfecho de su elocuencia, bajó los ojos, -como recibiendo el homenaje del público, y echó de ver entonces que la -sangre encharcaba el piso. - ---¡Está usted herido! - ---Así parece --Alberto cerró la puerta de golpe, dando por terminada la -entrevista. - - - - -II - - -Alberto Díaz de Guzmán había venido a Madrid con quince mil pesetas -en el bolsillo, todo su caudal, y en la esperanza de que esta suma -diera de sí para tres años por lo menos[2]. Consideraba tal plazo -más que sobrado para crearse un buen nombre en la literatura, y a -la sombra del nombre una posición segura que le permitiera casarse -y vivir en una casa de campo, lejos de los hombres. Antes de que la -tierra completara su revolución anual en torno del sol, se le había -concluido a Alberto el dinero, sin saber cómo. Renombre, si lo tenía, -era escaso, y solo entre literatos. Rendimientos, ninguno, como no -fuera la misérrima remuneración de uno que otro artículo, muy de tarde -en tarde. Su carácter era sedentario, soñador e indiferente; no era el -suyo un espíritu pedestre, porque le faltaban los dos pies con que -el espíritu sale al mundo a emprender y concluir acciones: carecía de -esperanza y de ambición. Alas tampoco las tenía, porque Alberto se las -había cortado. Aspiraba a la _mediocridad_, en el sentido clásico de -moderación y medida. El mucho amor y dolor de su juventud le habían -desgastado el _yo_. - - [2] _La pata de la Raposa._ Novela. - -Cierto día, sin un céntimo y con algunas deudas ya, Alberto encontrose -en la calle con Angelón. Echaron a andar juntos. Eran paisanos y muy -amigos, con esa amistad en que al afecto se junta la mutua admiración -por cualidades diversas, de manera que no puede haber choque o -rivalidad de conducta. Son por naturaleza estas amistades aptas para -la longevidad, porque en ellas no cabe emulación ni envidia, sino -un orgullo recíproco y reflejo de las cualidades que a cada cual le -faltan y el otro posee, el cual se manifiesta en un a modo de continuo -rendimiento de tácita admiración, atmósfera espiritual la más templada -y a propósito para que dentro de ella el cariño medre y se robustezca. -Tales son, en una esfera más amplia, las amistades de la inteligencia -con la fuerza, el arte con el dinero, la ciencia con la religión, la -filosofía con las armas. Los llamados siglos de oro de la historia -humana no son sino estados sociales provocados por unas cuantas -conspicuas amistades de este género. - -Entre Alberto Díaz de Guzmán y Angelón Ríos existía una diferencia -de edad que pasaba de veinte años. Alberto no era fuerte. Ángel, -robusto, enorme; bajo su piel morena, de tierra cocida, presentíase en -circulación un torrente de rica sangre jovial. Alberto era joven en -años y viejo por temperamento. Angelón, aun cuando discurría por el -undécimo lustro de su vida, era entusiasta como un adolescente. Aquel -había perdido prematuramente el don de la risa; este no había adquirido -aún el de la sonrisa. Ríos, gran aficionado por romanticismo a las -artes y de mente, si inculta, muy despierta, admiraba en Alberto la -sensibilidad y la virtud de discurrir con agudeza. Alberto admiraba en -Angelón muchas cualidades: la alegría, que en él era como una secreción -orgánica; su maravillosa constitución física, que le permitía, a -los cincuenta y dos años, amar cotidianamente y aun muchas veces a -una mujer, por fea y corrupta que fuese, cuando no había otra cosa -a mano; su propia incultura y claro discurso, merced a los cuales, -desembarazado de todo prejuicio, atinaba a dar con las más claras -nociones prácticas, por ejemplo acerca de la política, en la cual -militaba activamente; la absoluta ausencia de un sentido interior con -que advertir diferencias entre _moral_ e _inmoral_, ausencia que, por -rara paradoja, le había perjudicado en su carrera, iniciada con gran -éxito; y, señaladamente, su acometividad en coyunturas difíciles, -su carácter de genuino hombre de acción, esto es, fundamentalmente -bueno: amaba el mundo y la vida por ser el uno y la otra fértiles en -obstáculos. - -Aquel día, a poco de encontrarse, Alberto refirió sus apuros a -Angelón. Este acudió al instante con el remedio, y sus frases eran tan -optimistas que no parecía sino que había iniciado a su amigo en el -secreto de transmutar los metales. - ---Hoy mismo se viene usted a mi casa. - ---¿Y arreglado todo? --inquirió Alberto, que conocía la escasez -económica de Angelón. - ---Naturalmente. - ---¿Cuánto dinero tiene usted? - -Angelón echó mano al bolsillo del chaleco y extrajo gran profusión de -monedas, casi todas de cobre. Hizo un balance rápido y expresó la cifra -resultante con alguna consternación: - ---Dieciséis pesetas con noventa céntimos. - -Alberto sonrió. - ---¡Bah! --añadió Ríos, irguiéndose--. Mañana tendremos dinero, y si no, -pasado mañana. - -Ríos juzgaba tan absurdo dudar del advenimiento diario del dinero por -caminos postulatorios o aleatorios, como de que el sol debe salir cada -mañana a la hora en que le emplazan los almanaques de pared. Añadió: - ---¿Por qué no escribe usted artículos? - ---Los escribo; pero me revienta enviarlos sin que me los pidan. - ---No tiene usted chicha para nada. Yo los colocaré. - -Ríos acompañó a Alberto hasta el hotelucho en donde se hospedaba; -requirieron un mozo de cuerda que trasladase las maletas de Guzmán al -nuevo domicilio, y aquella noche durmió Alberto en casa de Angelón. -Era esta un piso segundo de la calle de Fuencarral, holgado y bien -ventilado. Estaba como cuando Angelón vivía en él con toda su familia, -atalajado a lo burgués; pero con mejor tino y buen gusto de lo que es -uso en las instalaciones domésticas de la clase media española. Había -cuadros y esculturas de algún mérito: porcelanas, muebles y estofas de -valor, de los cuales no había querido desprenderse el dueño ni en los -trances de mayor angustia pecuniaria. - -Tenía Angelón mujer, hijos casados y otros casaderos, que vivían en -Pilares. La exuberante naturaleza física de Ríos y su portentosa -lozanía le empujaban al comercio habitual con damas galantes. Esto -no estorbaba a que venerase a su mujer y la amase con amor solícito, -honesto por decirlo así. Los afectos familiares estaban muy arraigados -en él, y gustaba de tratar a sus hijos como hermanos o camaradas. La -mujer le pagaba con cariño casi maternal, le comprendía y por ende le -sobraba indulgencia para disculpar, y en ocasiones hasta celebrar, -aquellas diabluras y calaveradas de que a cada paso venían a darle -sucinta y melodramática cuenta parentela y amigas, a pretexto de -compadecerla. Pero como la fortuna del cabeza de familia viniera muy -a menos y algunos parientes ricos hubieran contraído espontáneamente -el compromiso de auxiliarla, enojados estos con los desórdenes de -Angelón, impusieron una especie de divorcio discreto y privado, de tal -suerte que Angelón se las bandease por su cuenta y riesgo en Madrid, -desterrado del hogar, y retuvieron a la mujer y los hijos solteros en -Pilares. - -De tarde en tarde Ríos hacía un viaje a Pilares, y, de tapadillo, su -mujer y él celebraban entrevistas, como dos adúlteros o dos novios a -quienes la familia contraría los amores. Y como el piso de Madrid se lo -pagaban, esta era la razón de que estuviera alojado a lo magnate. - -Angelón administraba su actividad conforme a cánones inmutables. Su -lucha por la existencia se desplegaba en diversas formas del arte -estratégico: la defensiva, el sitio, el asalto y el botín. Las horas de -la mañana eran duras horas a la defensiva, durante las cuales Angelón -esquivaba, burlaba, repelía o estipulaba treguas y armisticios con los -innumerables acreedores que de continuo le tenían en asedio. Vivía solo -y sin servidumbre; el aseo del piso estaba a cargo de la portera. Desde -las ocho y media de la mañana se situaba en la puerta de la casa la -falange de los acreedores o sus emisarios, la mayor parte con malísimas -intenciones, que no deseaban sino habérselas personalmente con Angelón -y brumarle las costillas. La aldaba y el cordón de la campanilla no -reposaban un punto. Angelón no podía dormir, y por no perder el grato -reposo mañanero discurrió destornillar la aldaba y embarazar la cavidad -de la campanilla con trapos y papeles. Entonces los acreedores rabiosos -apezuñaban la puerta. Ríos hubo de renunciar al sueño antemeridiano. -Levantábase entre siete y ocho y antes de que surgiesen las vanguardias -de los acreedores ya estaba él en la calle. - -A la tarde, entre comida y cena, eran las horas políticas, y su -modalidad estratégica, el sitio. Sumergíase Angelón en el Congreso, y -allí, de corrillo en corrillo, voceando y riendo a carcajadas, que esta -era su manera natural de producirse, discutía _in vacuum_, como siempre -se hace en aquel lugar, acerca de naderías oratorias o burocráticas, -o trabajaba con intrigas y conspiraciones por la vuelta al poder de -su partido, y en habiendo conquistado este el poder ponía sitio a -Zancajo, el Presidente del Consejo, pidiéndole un alto cargo como justa -recompensa a su lealtad política. - -Después de cenar llegaba la ocasión del asalto y del botín; horas -eróticas dedicadas a la caza de la mujer. Teatros, cafés, el espacio -abierto y sombrío de la calle: todo era cazadero de mujeres. En osadía -para mirarles de hito en hito y de manera inequívoca a los ojos, o -deslizarles en la mano un papelito, si la mujer tenía trazas señoriles -e iba acompañada de un caballero, o para abordarlas si por ventura -iban solas, nadie aventajaba a Angelón. Nunca se retiraba a casa sin -una compañera con que aderezar el lecho y la noche. Madrid nocharniego -es un mercado o lonja al aire libre, en donde, aunque averiadas, las -mercaderías amorosas ostentan rara abundancia para todos los gustos y -bolsillos. Pero Ríos procuraba elegir de lo bueno lo mejor, porque, a -la postre, no pagaba los favores recibidos. De ordinario no pagaba a -sus volanderas amantes, y no por tacañería, sino porque no tenía con -qué. Cuando estaba en fondos era muy liberal: conducía a su amiga, la -que fuese a la sazón, a uno de esos emporios y comercios de la calle -de Atocha, notables por la modicidad de los arreos indumentarios que -en ellos se expenden, y allí las proveía de abrigos, faldas de barros, -boas, manguitos y otras prendas suntuarias, hasta quedar arruinado para -unos días. Como Angelón vestía con elegancia, su ropa era rica, y -gentil su talle, así atractivo de su persona como imponente de ademán, -en acercándose a una mujer cortesana por la calle esta le acogía con -mal disimulado entusiasmo, presumiendo que se le presentaba un buen -negocio. Luego Ríos no mentaba para nada el dinero, lo cual le parecía -a la mujer felicísimo augurio de presuntas magnanimidades. - ---Vamos a mi casa --ordenaba Angelón. - ---Como usted guste --respondía la mujer temblando de gozo. - -Ya en el piso, Angelón, como al desgaire y sin propósito, iba haciendo -ver a su flamante amiga objetos de arte y muebles raros. La mujer -quedaba boquiabierta. Acaso se resolvía a inquirir: - ---Pero, ¿todo esto es tuyo? - -Ríos contestaba que sí con la cabeza. - ---Y ¿vives solo? - ---Solo, a no ser que tú quieras vivir conmigo. - -Y la cortesana, relamiéndose, pensaba: «Este tío es pa mí. Menuda pata -he tenido.» - -A la mañana siguiente Ríos murmuraba con indiferencia: - ---Vístete de prisa, que yo tengo que salir --y la guiaba al cuarto de -baño. Después la ponía a la puerta, no sin antes haberla citado para la -noche venidera. - -Ya a solas, la mujer se hacía estas consideraciones: «No me ha hablado -de dinero. Pensará hacerme un buen regalo. No comprometamos la cosa -con impaciencias. A este tío lo cazo yo.» Y corría desaladamente a -suscitar la envidia de sus amigas y congéneres, refiriéndoles la -singular fortuna que había tenido. No era raro que alguna de las de la -camada, en lugar de entristecerse con el bien ajeno, rompiera a reír -con sarcasmo. - ---¿De qué te ríes, so fétida? Si te pica, arráscate. - ---Sí, sí; pues has apañao un bibelote. Con que mu alto, y mu grande, y -en la calle de Fuencarral... - ---Cabalito ¿y qué? - ---¿Y qué? Que has hecho la noche. El mayor _miquero_ de Madrid y su -extrarradio. - -_Miquero_ quiere decir aquel que burla a las mujeres, dejándoles de -satisfacer el debido estipendio. - -Si era tal el caso, la mujer no acudía a la cita de la noche. Si la -mujer no tenía quién le abriera los ojos, retornaba, prometiéndose -un buen regalo para el día siguiente y en la seguridad de _cazar -aquel tío_, hasta que al cabo de ocho días Angelón se cansaba de -ella y ella había perdido toda esperanza, y desaparecía entonces del -horizonte visible, dándose a todos los diablos y sin haberse atrevido a -recriminar a Angelón, que era imponente. - -Las empresas amorosas de Ríos no eran todas de tan bajo linaje. Angelón -juraba haber suscitado muchas y grandes pasiones entre damas de alta -condición. «Para enamorar a las mujeres --decía él-- no hay sino un -tira y afloja de brutalidad y humildad, de entusiasmo y desdén, y no -hay ninguna que se resista. Todo es cuestión de escuela, y mi escuela -en esto, como en lo demás de la vida, no han sido los libros, sino -la naturaleza. De todos los animales el más tenorio es el palomo. -Las horas que yo me pasé, en mi casa de Landeño, sentado junto al -palomar... El palomo tiene dos movimientos, dos únicos movimientos -isócronos, perfectamente contrarios: se engrifa, se endereza, se -pone tieso y muy insolente; después se humilla y arrastra por el -suelo el hervoroso buche, suplicando. Y no hay más que esto: primero, -hacerles ver que el hombre lo es todo, tiranizarlas; segundo, fingir -que uno no es nada, someterse momentáneamente a ellas. Sin el primer -movimiento, el segundo no tiene valor alguno, y el primero sin el -segundo no da resultados.» En sus éxitos era elemento no despreciable -su apostura viril y su rostro cetrino de árabe trasunto, y sobre todo -que de la mujer no tomaba en cuenta la personalidad humana, sino el -sexo tan solo; no podía tener amigas, sino amantes, y cada hembra, -sucesivamente, era para él todas las hembras. - - - - -III - - -Guzmán, sin dinero y con algunas deudas; Angelón, con unos duros y -mucho más endeudado que su amigo: tal era el estado de uno y otro -cuando se juntaron a vivir en la misma casa. El optimismo de Angelón no -desmayaba: lanzábase de continuo y con denuedo a la persecución de la -peseta. Los fracasos no le abatían. Al segundo día de estar juntos no -tenían un céntimo. - -Comían en cafés y restoranes conocidos, dejando a crédito el gasto. Los -mozos les servían a regañadientes y con gestos de procacidad. De los -cafés pasaron a las tabernas. Alberto estaba en constante agitación -nerviosa. Una mañana despertó con fuerte calentura. No pudo salir de -casa y aprovechó la reclusión para escribir artículos. A la tarde llegó -Ríos, segregando alborozo por toda la cara; traía varios paquetes que -contenían pan, huevos, carne, leche y vino. Además manifestó cinco -duros en plata; los sonó y resonó y dio varias zapatetas en el aire: - ---Terminó la mala racha al fin --hizo la higa con la mano izquierda -para ahuyentar el maleficio, y añadió en son misterioso--: estos cinco -duros no son cinco, sino cien. - -Alberto comprendió que Ríos pensaba jugarse los cinco duros. El propio -Angelón cocinó la cena y, en terminando de cenar, salió a la calle. -Alberto reanudó su trabajo. Quería hacer, por lo menos, dos artículos. -Tiritaba y no se le ocurrían sino absurdidades y sandeces. Recorría -de punta a cabo la habitación; sentábase de tarde en tarde a escribir -una línea o dos, y así pasaban las horas. Por filo de la media noche -dejó de lado los artículos y se puso a escribir a Fina, su novia. De -la fiebre tomaba la imaginación exaltadas formas y le hacía creer a -Alberto que nunca había amado tanto como aquella noche, ni nunca había -aspirado al hogar y al regazo de la esposa con tan intensa y dolorida -ternura como en aquellos momentos. Estando Alberto a punto de concluir -la carta, ya muy avanzada la noche, surgió Angelón, acompañado de -Verónica. - -Era Verónica una muchacha como de veintitrés años, algo huesuda, la -cara almendrada, levemente olivácea la piel, ojos y cabellos negros -sobremanera. - -Muy tentada de la risa, celebraba a carcajadas cualquier dicho, como -si fuera un donaire. Sus labios, de extraordinaria elasticidad, se -distendían graciosamente, descubriendo los blancos y frescos dientes, -antes grandes que menudos. Su alegría era amable y contagiosa. Metíase -Verónica tan llanamente en el afecto que a los pocos minutos de hablar -con ella no parecía sino que se la conocía y estimaba de toda la vida. -Alberto cambió con Verónica contadas palabras aquella noche y ya la -consideraba como una vieja amistad. - -Antes de retirarse a sus respectivas estancias, Angelón y Alberto -hablaron un momento a solas: - ---¿Qué, se multiplicaron los cinco duros? - ---Pss... No pasaron de cincuenta. - ---Bastante es. Mañana se perderán. ¿Dónde ha pescado usted esta pobre -chica? - ---En el Liceo Artístico. No está mal Liceo... Es una timba disimulada, -mal disimulada, y luego mujeres... uf, así --arracimó los dedos--. -Tiene usted que ir una noche. - - - - -IV - - -Verónica continuó viniendo por las noches a casa de Angelón, y algunas -veces permanecía todo el día acompañando a Alberto. Había transcurrido -una semana desde el encuentro con Ríos en el Liceo y no se había -atrevido aún a pedir dinero, a pesar de que su madre estaba impaciente -y la azuzaba sin tregua. Verónica vivía con su familia: padre, madre, -una hermana mayor, enferma y casi consumida, otra menor, apenas púber, -que acechaba la oportunidad de contratarse en un cine o teatro de -variedades y de entregar a buen precio la doncellez, y un hermano que -andaba siempre perdido por capeas y tentaderos, adoctrinándose en los -primeros rudimentos del arte taurino. Toda la familia vivía a expensas -de la prostitución de Verónica. - -Alberto y Verónica habían simpatizado desde el punto en que por primera -vez se habían visto. Tanto la muchacha como Ríos, si bien cada cual por -diferentes razones, parecían haberse propuesto que Alberto menoscabase -la virginidad de Pilarcita, la hermana menor. - ---Chico, que seamos dos a ganarlo en casa, que ahora todo carga sobre -mí, y como si no es hoy será mañana y parece que le gustas, no seas -bobo. Que sea de una vez, porque la verdad, para mí es mucho. Me estoy -quedando en los huesos. Si me hubieras conocido no hace más que seis -meses, tan redondita...; no soy sombra de lo que fui. Luego, para -colmo, mi madre dice que si es porque yo soy viciosa y tonta... - -Alberto, dos tardes que se sentía mejor, había ido a casa de Verónica: -un hogar pobre, cuya fisonomía tiraba más a la clase media que a la -artesana. - -La madre, de pergeño embrujado, acecinada, aguileña, sin dientes y -con largas uñas, era repulsiva. Por obra de su avaricia e ignorancia, -adoraba a don Ángel en forma fetichista. Sabía que el amigo de su -hija había sido diputado varias veces, se figuraba que lo volvería a -ser, y daba por sentado que los representantes en Cortes percibían -sueldos archiepiscopales y estaban unidos a la dinastía reinante por -lazos de consanguinidad. No solo la vieja, que también el resto de la -familia tenían la esperanza colgada de los labios de don Ángel, el -cual, nada parco en el prometer, había prometido al padre la portería -de un ministerio; al hijo, hacerle banderillero del célebre torero -_Toñito_; a Pilarcita, una contrata pingüe en el Royal Kursaal; a la -hermana enferma, la asistencia gratuita de una celebridad médica, y a -un chulillo sin vergüenza, amante de esta última, un empleo en una casa -de banca. Y así, aun cuando no tenían qué comer, ninguno osaba traducir -en palabras lo que les escarbaba en la mollera: «Por lo pronto, afloje -usté unas cuantas pelas a Verónica.» - - - - -V - - -Después de cerrar la puerta en las narices del zapatero irascible, -Alberto volvía a su cuarto a lavarse el pie con agua de espliego por -ver de restañar la sangre, cuando la puerta del cuarto de baño se -entreabrió: asomó entonces la cabecita de Verónica, con la cabellera -caída y remansada sobre los desnudos hombros. - ---¿Qué ocurre, Alberto? - ---Nada, Verónica. Buenos días, ¿cómo estás? - ---Bien, bien. - ---¿Y Ángel? - ---Salió esta mañana, temprano, como siempre. Me dijo que siguiera -durmiendo y que estuviera en casa contigo; que traerían carbón, y -la comida de un restorán o del Casino, y que él vendría a comer con -nosotros. Dice que tiene que celebrar hoy, imprescindiblemente, una -conferencia con Zancajo. Entra. - -Alberto entró. - ---¿Pero no te sientes mejor? Qué cara tienes, Alberto. A ver si es algo -de cuidado. ¿Por qué no llamas a un médico? - -Verónica estaba en camisa, descalza de pie y pierna. El descote dejaba -al aire el nacimiento de los senos, pequeñuelos, morenuchos y algo -cansados. La piel era cariciosa a los ojos y de matices veladamente -musgosos, verdimalva. - ---Toda la noche he tenido fiebre alta y pesadillas, pero se conoce que -la sangría me ha sentado bien. - ---¿Qué sangría? - -Alberto levantó el pie herido, sangrante. - ---¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es eso, criatura? - ---Vamos a ver si se estanca la sangre. Ayúdame. ¿No hay por aquí algún -trapo? - ---Espera: esta camisa parece de hilo. Que ni de perlas, pal caso. - -Tomó una camisa de hombre y con unas tijeras la redujo a tiras. - ---¿Qué has hecho, mujer? Una camisa nueva, sin estrenar. Quizás sin -pagar aún... Cuando se entere Angelón te mata. - ---Que encargue otra. ¿Para qué le sirve tanto dinero como tiene? - -Alberto no pudo menos de reír. Verónica le acompañó a todo trapo, muy -satisfecha, con la vaga noción de haber hecho y dicho una gracia. - -La sangre se estancó pronto. - -Llamaron a la puerta. Verónica estaba ya vestida; Alberto a punto de -concluir de vestirse. - ---¿No puedes abrir tú, Alberto? Esa gente que viene por las mañanas me -da miedo. Ángel dice que son conservadores, sus enemigos políticos. -¡Qué mundo! - ---Ve tú y abre. Si fuera algo de importancia ya iré yo. - -Alberto oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse; después, un -cuchicheo de diapasón femenino. - -Presentose Verónica otra vez en el cuarto de baño: - ---Es mi hermana Pepa y su chulo. Pues... Me da vergüenza decírtelo. Ya -sabes que en casa no entra más dinero que el que yo gano, y como hace -varios días que no les doy nada... Dice Pepa que en la tienda no les -fían ya. Yo creía que Ángel me daría sin que yo se lo pidiera. Como -ahora él no está, Pepa se empeña en que te pida un duro a ti. Me da una -grima... - ---Es el caso, Verónica, que no tengo el duro que me pides. - -Verónica rio sigilosamente. - ---Te he tañao --dio un golpecito en la mejilla de Alberto y salió -saltando. - -A los dos minutos volvía Verónica, y en pos de ella Pepa y su novio. -La mujer tenía cara de tísica, los ojos febriles; se arrebujaba en un -mantón color pulga. El amigo no se había despojado de la gorra; vestía -un marsellés de tela de cobertor y llevaba las manos descansando en -los verticales bolsillos. Sus actitudes eran de petulancia seminal y -sugerían la imagen de un gallo. - ---Nada, que esta golfa... --comenzó Verónica, con sofrenada indignación. - ---¡A mí no me llames golfa! --atajó Pepa, desafiando a su hermana con -pupila arisca. - -El chulo, que se apoyaba de un modo indolente sobre la pierna -izquierda, traspasó la base de sustentación a la derecha y entornó los -párpados con gesto de hastío. Continuó Pepa: - ---En casa no hay más golfa que tú. - ---Así me lo pagáis. Estúpida de mí --dirigiéndose a Alberto--: ¿qué te -acabo de pedir? - ---Un duro, que no tengo. - ---¿Lo ves? --preguntó Verónica, furibunda. - ---Tira p’alante y agur la compañía --ordenó el chulo, sacudiendo la -cabeza hacia la puerta. - -Cuando marcharon, Verónica habló, sonriendo: - ---Si vieras cuánto me alegro que no le hayas dado el duro. - ---¿Cómo se lo iba a dar si no lo tengo? - ---A ver... - ---Lo que oyes, mujer. - ---Me querrás meter el dedo en la boca. - -Después de examinar la expresión grave de Alberto, Verónica meditó. - ---Vaya, que es imposible. Bueno; no tienes el duro en el bolsillo por -casualidad, pero lo tienes en otra parte. - ---En ninguna parte. - ---¿Quiere decirse que estás como yo? - ---Ni más ni menos. Tú _haces hombres_, como se dice; yo hago -literatura, artículos, libros. Si la gente no nos paga o no nos acepta, -nos quedamos sin comer. Tú vendes placer a tu modo; yo, al mío; los -dos a costa de la vida. En muy pocos años serás una vieja asquerosa, -si antes no te mueres podrida; yo me habré vuelto idiota, si antes no -muero agotado. - -Verónica se abalanzó a abrazar a Alberto, movida de un sentimiento que -no atinaba a explicarse: - ---¡Qué cosas dices! ¡Y qué tonta soy! No sé lo que hago ni lo que -pienso. ¡Qué tonta soy! --y con transición inopinada--: Vamos a ponerle -los cuernos al viejo --el viejo era Angelón. - ---No digas tonterías, Verónica. Bueno estoy yo para poner cuernos a -nadie. - -Verónica humilló la cabeza, avergonzada: - ---¡Perdona! No sé lo que digo. - -Salieron al gabinete. - ---En tanto viene Angelón y la comida, si vienen, yo voy a trabajar un -poco. Como te vas a aburrir en mi compañía, y aquí se me figura que hoy -no llenas la tripa, me parece lo mejor, Verónica, que te vayas a tu -casa. Digo, ya no me acordaba que en tu casa tampoco hay menú. - ---Pero, hombre; si Ángel me ha dicho que traerán la comida del Casino... - ---¡Ah!, entonces siéntate a esperar mientras yo trabajo. - ---¿Qué vas a hacer? - ---Estoy traduciendo del inglés un drama para el actor Moreu. Allá -veremos si lo concluyo y me lo ponen. - ---¿Cómo se llama? - ---Otelo. ¿No has oído hablar de Otelo? - ---Espera, Otelo... ¿No era uno muy celoso? - ---El mismo. - -Alberto se sentó a escribir. Hacía frío. Oyéronse unas patadas en -la puerta. Alberto salió a abrir. Era un carbonero con un saco de -antracita a cuestas. - ---¡Buen augurio! --exclamó Alberto. - ---¿Eh? --interrogó el carbonero. Con la somera modulación de estas dos -letras, una de las cuales es muda, delató el carbonero su oriundez -galaica. Entre la mucilágine tenebrosa que le embadurnaba el rostro, el -blanco de los ojos adquiría tonos calientes de ocre. - -Después de descargar el saco, el carbonero aguardaba que le pagasen. - ---¿Cómo? Ya pasará el señorito o yo por la carbonería --dijo Alberto. - ---¡Quia! Si no me dan los cuartos el carbón vuélvese pa casa. - -Alberto procuró quebrantar la obstinación del gallego con diferentes -recursos retóricos; pero todo era en balde. El gallego sacudía la -cabeza, se arrascaba con estrépito el cuero cabelludo y miraba -amorosamente el saco de carbón, a sus pies en tierra. - ---No perdamos tiempo. Ni los cuartos ni el carbón --rezongó Alberto, -perdiendo la serenidad. Cogió al carbonero por un brazo y lo empujó -fuera del piso. - ---Entonces... --tartajeó el carbonero, amedrentado--, ¿cuándo traigo la -cuenta? - ---Cuando se le antoje --y cerró la puerta de golpe. - -Sentados en cuclillas sobre la alfombra cargaban Verónica y Alberto la -salamandra. Dijo Verónica: - ---También Angelón tiene una asadura... ¿Qué trabajo le costaba haber -pagado el carbón? - ---¿Cómo lo iba a pagar, Verónica, si no tiene un cuarto? - ---¿Eh? - ---Que no tiene un cuarto. - ---¿Qué quieres decir? - ---Que no tiene un cuarto --repitió, sin mirarla y pensando: «Cuanto -antes lo sepa, mejor. Es una barbaridad tener tanto tiempo engañada a -esta pobre muchacha.» - ---¿Como tú y como yo? - ---Peor; porque si bien si es cierto que tiene alguna renta, sus -necesidades son mayores que las nuestras, y sus deudas, a lo que -presumo, todavía mayores que sus necesidades --de propósito evitaba -mirar a Verónica, sospechando que su expresión sería de doloroso -desencanto. - ---¿Y este piso?... - ---Se lo paga la familia, creo. - -Hubo un silencio que rompió Verónica riendo a carcajadas. Se puso en -pie y palmoteó como una niña, revelando infinito contento. - ---¿De manera que sois unos bohemios? - ---¿Qué quieres decir, Verónica? - ---Como esos de los libros y de las novelas y de las óperas. ¡Viva la -vida bohemia! Y yo que creí que eran inventos de los papeles y de los -escritores... ¡Pero hijo, si yo he sido loca por todo eso!... Cuando -vivíamos en Trujillo, antes de venir a Madrid, leí en el folletín de -un periódico la primera cosa de la vida bohemia, y artistas, y qué -se yo... Anda, pues si no hacía más que pensar en Mimí, y Museta y -aquel Coline tan gracioso... Luego, siempre que veo en los carteles -_Bohemios_, si tengo dinero voy al teatro. Me he ganado cada bronca -de mi madre... Me sé la música de memoria --tarareó unos compases, -enarbolando el brazo derecho, y sin dar tiempo a que Alberto le atajase -continuó vertiginosa charloteando--: Pero chiquillo, los bohemios de -las novelas y del teatro viven en buhardillas y no tienen qué ponerse; -vosotros, ya, ya: vivís en un palacio, y vestir, no digamos. Mejor -está así, una buena casa y luego, bohemios. Lo importante es no tener -dinero, no saber si se va a comer o no en el día, y cantar y recitar -versos. ¿Tú qué te creías? Pues te voy a recitar unos versos: - - Soy poeta embrujado por rosas lujuriosas - y por el maleficio de la luna espectral. - Mi carne ha macerado, con manos fabulosas, - uno por uno cada pecado capital. - - En el burgués estulto, mis guedejas undosas - de bohemio suscitan una risa banal; - mas él no advierte, bajo mi mugre, las gloriosas - armas del caballero ungido de ideal. - - Son, mi magnificencia y fasto, principescos; - adoro las manolas y los sueños goyescos; - toda la España añeja triunfa a través de mí. - - Con ajenjo de luna mi corazón se embriaga, - y en mi yacija, por que la carne satisfaga, - sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí. - -Precioso, ¿verdad? Sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí... ¿Sabes -de quién son los versos? - ---De cualquiera. - ---¿Cómo de cualquiera? ¿Es que no te gustan? - ---No es eso, Verónica. Si de un jardín lleno de rosales arrancas una -rosa y me preguntas de qué rosal es esta rosa, ¿qué voy a decirte -yo, sino de cualquiera? En la poesía, hijita, hay modas según los -tiempos, y todos los poetas a veces parece que se ponen de acuerdo -para escribir cosas tan semejantes que lo mismo da que sean de uno que -de otro. Una docena de poetas, por lo menos, conozco yo, que pudieron -haber compuesto el soneto que has recitado sin quitarle ni añadirle una -tilde. De algunos años a esta parte, querida Verónica, no hay poeta que -no esté macerado por los siete pecados capitales, lo cual no impide que -si se les moteja de envidiosos se ofendan, y la verdad es que no suelen -serlo, porque ¿a quién han de envidiar si cada cual se cree por encima -del resto de los mortales? Tampoco tienen muchas ocasiones de darse a -la gula, y en cuanto a la avaricia... ¡Ojalá fueran un poco avarientos -de tropos y símiles, que tan a tontas y locas despilfarran! - ---Pero, en resumidas cuentas, no has dicho si te gustaron o no los -versos que te recité. - ---¿Te gustan a ti? - ---Me encantan. - ---Pues a mí también me gustan. - ---Son de Teófilo Pajares. Supongo que le conocerás. - ---Sí, sí. - ---A ver si me lo presentas un día. Yo me sé de memoria muchos versos de -él. Debe de ser un gran tipo, con su melena... - ---No tiene melena. - ---¿Cómo que no? Entonces, ¿por qué habla de sus guedejas undosas? -¿Guedejas no es lo mismo que melena? - ---Sí. - ---Oye, pues eso de decir una cosa por otra no está bien. ¿Y quién es su -Mimí? - ---Yo qué sé... - ---A lo mejor tampoco es verdad lo de las magnolias. - ---A lo mejor. - ---Tú también haces versos, ¿quieres decirme algunos? - ---Yo no sé de memoria mis versos. - ---Algunos sabrás. Anda... --suplicó Verónica. La gravedad de su cara, -de ordinario gozosa, era persuasiva. Pero Alberto repugnaba recitar -versos propios. - ---Vamos a lavarnos las manos. - -Después de lavarse retornaron al gabinete. Acomodáronse en sendas -butacas a un lado y otro de la encendida salamandra. - ---Anda, Alberto, sé amable. Dime algún verso tuyo. - ---Si no los sé de memoria... - ---Alguno sabrás. - ---Solo un pequeño poema. Te lo diré y te aburrirás, porque mis versos -no tienen ninguna importancia, como no sea para mí mismo. --Fijó los -ojos en el trémulo vermellón de la salamandra, y con voz rebajada y -algo incierta, recitó: - - Señor, yo que he sufrido tanto, tanto, - que de la vida tuve miedo, - y he comido mi pan húmedo en llanto, - y he bebido mi vino acedo; - yo que purgué pecados ancestrales, - y delitos confusos del antaño, - y la cosecha negra, de fatales - simientes, a estas horas agüadaño; - Señor, si es que tu mano justiciera - el humano torrente - del placer y el dolor tasa y pondera - en cada vida equitativamente, - dame la paz que he merecido. Aleja - de mis labios el pámpano en agraz. - Dame la uva ya en sazón, bermeja - en sus dulces entrañas. Dame paz. - Dame el suave manjar de la alegría - por una vez siquiera. - Dame la compañía - de la que debe ser mi compañera. - Buscaremos un rústico descanso; - que allí nuestra oración, como un incienso, - suba en el aire manso - del firmamento inmenso. - Una casa no más, de aldeana esquiveza, - con un huerto a la espalda, y en el huerto un laurel, - y un fiel regazo en donde recline mi cabeza, - y por la noche un libro y una boca de miel. - Y además, que las rosas, de corazón riente, - canten todo a lo largo de las sendas del huerto, - y la boca y las rosas yazgan sobre mi frente - cuando ya esté cumplida mi labor, y yo muerto. - -Verónica se estuvo sin hablar largo tiempo, meditando sobre lo que -había oído. Habló después: - ---Si no he entendido mal, tú quisieras vivir lejos del mundo, con tu -mujer, solos en la aldea. ¿Te cansa la gente? - ---Un poco. - ---Y todo eso que aseguras en los versos, de querer ir a vivir solo, ¿es -verdad? - ---Por lo menos lo era cuando los escribí. Y ahora, al recordarlos, -vuelve a ser verdad. - ---Tienes razón; eso debe de ser una felicidad --y exaltándose de -pronto--: Pero no digas, la vida de bohemia... Nada, que yo no vuelvo -a mi casa. Que lo gane Pilarcita, que ya está en edad. Yo me quedo a -vivir con vosotros, a ser Mimí, a pasar apuros y a gozar... Si era mi -ideal ese... - ---Voy a contarte lo que le pasó a un francés que se llamaba M. -Jourdain. Este señor se enteró, cuando ya era una persona mayor, de -lo que era prosa, y muy maravillado, dice: «¿Es decir que he estado -hablando en prosa toda mi vida sin saberlo?» Otro tanto te ocurre a ti. -No te molestes en quedarte con nosotros a hacer vida de bohemia, porque -toda tu vida la has estado haciendo sin saberlo. No tener dinero, hija -mía, no puede ser un ideal, y menos no tenerlo y desearlo, que esto -es la bohemia, y ser perezoso e inútil para conseguirlo o crearlo. -Mientras vivas en España, Verónica, harás vida de bohemia, porque -vivirás entre gente miserable, holgazana e inútil, sin fortuna y con -ambición, sin trabajo y con lotería nacional. - - - - -VI - - No veo cometer una falta que no sienta como si yo mismo la hubiera - cometido. - - GOETHE. - - ---A todo esto, ¿qué hora es? --preguntó Verónica. - -Alberto consultó el reloj. - ---Las tres menos diez. - ---Y Angelón sin venir. - ---Qué, ¿tienes apetito? - ---La verdad, un poquitín. - ---En la cocina debe de haber algún resto de otros días. Acaso hasta -tres o cuatro huevos, y pan duro, y un infiernillo con alcohol, y -quizás aceite. - -Verónica fue a la cocina y volvió muy alegre. - ---Todo lo que tú dices hay. Lo repartiremos entre los dos, como buenos -hermanos. Yo haré de cocinera y verás que sé freír bien. El pan está -como una piedra, chiquillo. Lo mejor es freírlo también. - -Verónica aderezó rápidamente la parva refección y la trajo a la -estancia en donde Alberto estaba. - ---He encontrado vino, ¿qué te parece? Luego dirás... Si esto es -encantador. Los huevos me van a saber a gloria. ¡Ea!, estos para ti. - ---Gracias. Hoy no como. - ---¿Que no comes? Pues no faltaba otra cosa. Te digo que con un par de -huevos estrellados y el pan frito tengo de sobra hasta la noche, y a la -noche, Dios dirá. - ---No es por eso. Tengo un poco de calentura y no me atrevo a comer. Por -no comer un día no se muere nadie. Cómetelo tú todo, anda. - -Verónica comió lo que había y más que hubiera sido. - ---Te juro que nunca he comido nada que mejor me supiera. Te voy a pedir -un favor ahora. - ---Lo que quieras. - ---Que me leas ese drama de Otelo. ¿Quieres? - ---¿Por qué no? - ---Me hago la ilusión de ser una gran señora, que, después de haber -comido ancas de rana y criadillas de ruiseñor va al teatro --se -acurrucó en la butaca, muy cerca de la lumbre--. Arriba el telón. - -A poco de iniciar la lectura, Alberto estaba más interesado en las -glosas, preguntas y observaciones de Verónica, que Verónica en lo que -escuchaba, y esta lo estaba sobremanera. Las reacciones sentimentales -e intelectuales que el drama promovía en Verónica eran tan simples -y espontáneas, y al propio tiempo tan varias, que Alberto estaba -maravillado y sobrecogido, como ante la iniciación de un gran secreto. -Era como si se encontrase en la reconditez de un laboratorio mágico, -y palpitando entre sus dedos el desnudo corazón humano en su pureza -prístina, sobre el cual vertía él los reactivos del gran arte, el arte -verdadero, y descubriendo cómo este raro elixir se mudaba en latido, -penetraba Alberto en la naturaleza de entrambos, del arte y de la vida. -Arte y vida parecían entregársele, y él se figuraba poder aprisionarlos -en una fórmula, de exactitud casi matemática. Antiguas meditaciones -acerca del arte y conclusiones provisionales desarticuladas entre sí se -aclaraban y soldaban en un fresco y sensible tejido orgánico, como si -su cuerpo se hubiera enriquecido con un sexto sentido interno, síntesis -de los otros cinco y del alma, prodigiosamente apto para deglutir, -asimilar y dar expresión a lo más oscuro del arte y de la vida, y -rechazar lo antiartístico y lo antivital. Leía, ahora, en voz alta y -comentaba a Shakespeare, y al propio tiempo sentíase transfundido en la -persona del autor durante la gestación y creación de la tragedia. - -Hizo Alberto antes que nada una descripción de Venecia, y Verónica -suspiró: - ---¡Qué hermosa debe de ser! Como una ciudad encantada, ¿verdad? Yo ya -me figuro estar en ella. - -Llegaba Alberto al punto de la escena primera (una calleja de Venecia: -noche) en que Yago dice a Rodrigo: «No hay remedio; tales son los gajes -del servicio. La promoción se guía por recomendaciones y por el afecto -personal, no por antigüedad y ascenso. Ahora, señor, juzga por ti -propio si yo en justicia estoy llamado a amar al moro.» - -Verónica interrumpió, apasionadamente: - ---Natural que odiase al negrazo. Yo en su caso haría lo mismo. Mira tú -que el pobre Yago, que era tan valiente y había peleado siempre junto -al moro, y cuando llega la ocasión de hacerle lugarteniente le deja en -abanderado y lo posterga en favor de ese Casio, que era un estúpido, al -parecer, y no sabía nada de batallas. Te aseguro que las injusticias me -han encendido siempre la sangre. ¡Odiar al moro!... Más que eso: yo no -cejaría hasta arruinarlo y hundirlo. ¡Por estas! - -Dice Rodrigo, en respuesta, a Yago: «Yo no continuaría a su servicio.» - -Y Verónica: - ---Ni yo tampoco. - -Responde Yago: «Sígole en provecho propio. No todos hemos de ser amos, -ni los amos han de ser siempre servidos lealmente.» (Verónica: _Muy -bien._) «Si parece que le sigo no es por amor o deber, sino para mis -peculiares fines.» (Verónica: _Algo trama. Me alegro. Y mira si es -noble y cómo dice lealmente lo que piensa._) Yago induce a Rodrigo, -antiguo cortejador de Desdémona, a que despierte a Brabantio, padre de -la doncella, y le informe de cómo esta ha sido raptada por el moro. -(Verónica: _Anda; pues nada menos que la había robado. ¡Qué criminal!_) -Yago, a Brabantio que ha aparecido en una ventana: «Haz que el clamor -de la campana despabile a los ciudadanos dormidos, de otra suerte el -mismísimo diablo te hará abuelo.» (Verónica: _Llama diablo al moro. Es -gracioso Yago._) Brabantio no quiere creer que su hija Desdémona se -haya fugado. Al fin se cerciora de que ello es verdad. Yago se retira -y desciende el viejo a la calle, en donde se junta con Rodrigo, y, -transido de pena, exclama: «Oye, ¿no hay bebedizos que trastornan el -seso de la juventud y aun de la edad madura de tal suerte que hacen -perder la voluntad? ¿No has leído, Rodrigo, algo de esto?» (Verónica: -_¿Qué otra cosa podía ser? Si no se comprende..._) - -Escena segunda; otra calleja. Yago dice al moro que Brabantio, el -senador, conoce ya el rapto de Desdémona, y le aconseja que se guarde -de la cólera del viejo, a quien la magistratura que ostenta y el poder -que con ella goza hacen temible. (Verónica: _Me gusta Yago. ¿Ves lo -bien que disimula? Confío en que sabrá vengarse del negro._) Otelo: -«Que obre según su despecho. Los servicios que presté a la señoría -hablarán más alto que su querella... Porque ha de saberse que mi vida -y mi ser vienen de gentes que ocupan un solio real.» (Verónica: _Pues -no era un vagabundo afortunado, como Yago pensó. Y habla con cierta -nobleza, ¿eh?_) Pasa una ronda con antorchas. Los de la ronda dicen -que el Dogo y los cónsules están en consejo y buscan a Otelo. Se -teme una guerra con los otomanos y Otelo será el general. (Verónica: -_También es suerte lisa la del negrazo._) Aparece otra ronda. Es -Brabantio y sus seguidores, armados. Brabantio: «Caed sobre él. -¡Ladrón!» (Verónica: _Y que lo diga. Buen lío._) Otelo se interpone: -«Envainad las espadas, que el rocío de la noche puede enmohecerlas. -Señor, más fuerza tienes en tus años que en tus armas.» (Verónica: -_¡También es un tío!_) Brabantio: «Desatentado ladrón, ¿en dónde has -escondido a mi hija? Me la has enhechizado, o de lo contrario todas las -cosas carecen de sentido. Sea juez el mundo y diga si no es palpable -que con ella has usado de encantos y artes de brujería, que de su -delicada mocedad abusaste con drogas y minerales de esos que debilitan -el discernimiento.» (Verónica: _A ver. No se comprende de otro modo. -¡Pobre viejo y pobre muchacha!_) Están para irse a las manos los de -uno y otro bando. Otelo: «Detened el brazo los de mi parte y los -contrarios. Si el luchar estuviera ahora en mi papel no necesitaría de -apuntador.» (Verónica: _Que se las trae el negro. Tiene una confianza -en sí mismo..._) Parten todos camino del palacio de los Dogos, en donde -la Señoría está de consejo. - -Escena tercera. En el salón del Consejo. Dogo, senadores y cónsules -hablan de la guerra. Llegan Brabantio, Otelo y séquito. El viejo se -adelanta a presentar su querella. Brabantio: «Mi hija... Peor que -muerta está para mí. Me la han seducido, me la han robado, me la han -corrompido con ensalmos y mixturas de esas que hacen los apoticarios. -La Naturaleza no puede errar tan de lleno, no siendo deficiente, -ciega o mutilada de los sentidos, sin concurso de brujería.» El Dogo: -«Quienquiera que te la haya hurtado por tan bajos medios, que del -sangriento libro de la ley y por tus propios labios oiga la sentencia -más amarga, y que tú la interpretes conforme a tu encono. Así sea, -aun cuando mi propio hijo fuese el culpable.» (Verónica: _Si ahora se -hiciese lo mismo... Daba gusto en aquellos tiempos. Sospecho que a -Yago le van a ahorrar molestias._) Brabantio dice que ha sido Otelo. -Los senadores, que necesitan de Otelo para la guerra, se alarman, y -animan al moro a que se exculpe. (Verónica, muy emocionada: _Vamos a -ver._) Otelo: «Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases -apacibles, porque desde que estos mis brazos tuvieron el vigor de los -siete años hasta hace no más de nueve lunas solo viví en batalla y en -campamentos.» Pero, sin embargo, Otelo explicará, como mejor se le -alcance, la manera que tuvo de enamorar a Desdémona. (Verónica: _Pal -gato._) Envían a buscar a Desdémona. Entretanto, Otelo, habla: «Su -padre y yo éramos amigos. Invitábame a su casa con frecuencia y pedía -que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que -hube de ganar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles, -a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y -emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en -que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado -por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de -mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles; -de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan -el cielo (yo hablaba, hablaba, esto fue todo); de los caníbales que se -devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace -más abajo de los hombros. Y oyéndome, Desdémona que estaba presente, -se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres -caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba -mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable -y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que -a retazos me había oído se lo dijese por entero. Consentí, y no pocas -veces gocé de sus lágrimas como yo narrase algún golpe desastroso que -mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis penas -diome un mundo de sollozos. Juraba que mi historia era peregrina, muy -peregrina, digna de piedad, maravillosamente digna de piedad. Quería -no haberla oído, y quería que los cielos la hubieran hecho hombre y ser -como yo soy. Suplicábame que si algún amigo mío la amaba yo le enseñase -a referir mi historia, y que solo por esto ella le correspondería... -Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras -fueron las artes de encantamiento que empleé. Aquí llega la dama. Sea -ella testigo.» (Verónica tiene los ojos húmedos: _Aguarda un momento. -No sigas leyendo._ Una pausa. _Sigue._) El Dogo: «La historia hubiera -ganado el corazón de mi propia hija también.» (Verónica: _Y el mío_.) -Entra Desdémona. Su padre le pregunta a quién antes que nadie obedece -de los que están presentes. Desdémona: «Aquí está mi esposo, y de -la propia suerte que mi madre os antepuso a su padre, yo profeso la -fe que al moro me une.» (Verónica: _Qué simpática._) Brabantio está -desolado. Los consuelos que el Dogo pretende prestarle en dulces -palabras no alivian su dolor, porque, dice el viejo: «No sé que el -corazón quebrantado se cure a través de las orejas.» Se habla entonces -de la guerra de Chipre. El Senado nombra a Otelo gobernador general de -la plaza. Desdémona suplica que se le consienta ir con el moro; que -si lo amó fue para vivir en su compañía: «Su rostro para mí está en -su alma.» La apoya Otelo. El Senado accede. Otelo pártese a Chipre a -seguida y deja a Desdémona encomendada a Yago y a su mujer para que -la conduzcan a la isla, cuanto antes mejor. Primero de que se retire -Otelo, Brabantio le dice: «Mírala, moro, si tienes ojos en la cara. -Engañó a su padre y te engañará a ti.» (Verónica: _Yo en la pelleja del -padre pensaría otro tanto. Y hasta lo desearía._) - -Escena última del acto. Están a solas Yago y Rodrigo. - -El haber perdido para siempre a Desdémona amarga el corazón de Rodrigo -en términos que desea quitarse la vida. Yago le moteja de tonto: -«No he encontrado todavía un hombre que sepa amarse a sí propio.» -Rodrigo confiesa que no tiene la virtud de sobreponerse al amor -contrariado. «¿Virtud?», pregunta Yago... «Un comino». Yago hace -algunas consideraciones morales muy atinadas, que Verónica aprueba con -signos de asentimiento. Aconseja al inexperto Rodrigo: «_Come, be a -man._ Sé hombre. Pon dinero en tu bolsillo. Alístate en la presente -campaña, desfigurando el rostro con barbas contrahechas. Mete dinero y -más dinero en tu bolsillo. Aguarda a que Desdémona se harte del moro, -que se hartará. Abarrota tu bolsillo con dinero. Busca dinero, dinero, -dinero. _Therefore make money._» Despídense, y Yago habla consigo -mismo. Odia al moro, no solo por haber recibido de él gran injusticia, -sino porque «dícese de público --murmura Yago-- que entre las sábanas -su persona suplantó a la mía en mi lecho conyugal.» Yago maquina su -venganza. El instrumento será Miguel Casio, el lugarteniente, que es -gentil y a propósito para que las damas gusten de él. Yago emponzoñará -de celos el corazón de Otelo, haciéndole creer que Desdémona y Casio -se han amado y se aman. Y termina: «Infierno y noche mostrarán este -monstruoso engendro a la luz del día.» - -Hubo un descanso. Verónica estaba enovillada en un profundo sillón; las -piernas, recogidas sobre el asiento. Un resplandor maligno alumbraba -sus ojos. Dijo Alberto, por hacerle hablar: - ---Verdaderamente, este Yago es un miserable. - ---Gracias, hombre; en su caso te quisiera ver yo. Primero le hacen -cornudo, y luego, sobre cornudo, apaleao, como se suele decir. ¡Qué -demontre! Que me muera si ese hombre no habla en todo como un libro. -Virtud... Un comino se me da por la virtud. ¿Para qué sirve la virtud, -me quieres decir? Dinero, dinero y dinero; esa es la chipén. ¿No lo -decías tú mismo hace un poco? Di que nos andamos engañando siempre -unos a otros, y a nosotros mismos, y no nos atrevemos a decir lo que -pensamos, y ese hombre tiene el coraje de decirlo, y resulta que los -trapos que él saca a relucir son los que todos llevamos dentro. Y, -sobre todo, que él odiaba al moro; sí, lo odiaba. ¿Es que tú nunca -has sentido odio, lo que se llama odio? Yo sí, a veces, lo mismo que -ese hombre lo siente. Y ¿sabes contra quién? Te figurarás que contra -los enemigos. ¡Bah! Yo no los tengo. No; contra mi madre, contra mis -hermanas, contra mis amigas. Di que se me pasaba pronto, y, además, que -soy cobarde; pero, ¡qué gusto en ocasiones hacer tanto mal como una -quisiera! - ---Sí, tienes razón. La mala persona es Otelo. - ---Parece mentira que digas eso. No hay sino oírle hablar para -comprender el corazón que tiene, que no le cabe en el pecho. Se ve -que es como un niño... Y bravo... Ya ves, le hacen general en jefe, -conque, por algo será. Que al parecer tuvo o no tuvo con Emilia, la -mujer de Yago. ¿Quién está libre de un pecadillo? Aparte que a lo mejor -es un lío que le han levantado, porque en el mundo hay cada lengua, -chiquillo... - ---Quizás fuera un falso testimonio. Pero, de todas suertes, no se -concibe que Desdémona se haya enamorado de él. La pobre criatura obró -alucinada; pero se dará cuenta de su error, cobrará asco al moro... - ---¿Por qué? --atajó Verónica--. ¿Qué sabéis los hombres de esas cosas? -Desdémona está enamorada de Otelo; pero así, mochales, te lo digo yo. -¡Podía no! ¿Crees tú que se encuentra todos los días un hombre como -Otelo? Pues que se te quite. Si le hace llorar a una cuando habla... -Sentirse una abrazada por él, tan grandote, tan hombre, tan leal y tan -inocente... Pero, ¿cómo no le iba a querer o es posible que llegue a -cansarse de él? ¿No lo comprendes? - ---Sí, lo comprendo ahora. Lo que no comprendo es cómo el bestia del -padre se oponía en aquella forma... - ---También tú tienes cada cosa, chiquillo. Parece que te empeñas en -cerrar los ojos. Una niña como Desdémona, tan rubia y tan bonita, y tan -casera que se asustaba de los hombres, y va y se escapa con un negrazo -horrible... A ver. Que le dio un brebaje. Es claro como la luz. Eso -como no se escapase por correrla y ser libre, porque a veces estas -niñas que parecen tontas dan cada chasco... Te digo que yo, su padre, -¡le doy una mano de azotes!... - ---Pero, ¿hablas poniéndote en el caso del padre o por tu cuenta? - ---Natural que por mi cuenta. - ---Como primero me habías dicho todo lo contrario... - ---¿Eh? - -Las ideas y sensaciones de Verónica se enmadejaron en este momento. -Estaba como estupefacta y henchida de angustia. Alberto la había -ido induciendo con cautela a que hablase, gozándose en ver cómo -sucesivamente la muchacha se asimilaba el espíritu de cada personaje -del drama hasta ajenarse de sí propia y vivir un punto la vida de -ellos. El alma de Verónica le parecía a Alberto tan plástica y tierna -como la arcilla paradisiaca entre los dedos de Jehová. - ---¡Algo grave va a pasar! --habló Verónica--. Sigue leyendo. ¡Oh! ¿Para -qué comenzaste? Tengo miedo, pero no importa, sigue leyendo. Tiene -que ocurrir algo grave, lo siento, lo siento dentro de mí, como los -caballos huelen la tempestad. Sí, eso es, la tempestad. Se me figura -como si estuviese en el campo, después de una larga sequía, y que yo -hubiera estado muy enferma y me levantara ya a convalecer, y necesitara -de sol y de buen tiempo para curarme; y si llueve, yo me muero de -seguro; y si no llueve, no se dan las cosechas y todos los campesinos -se mueren; y aparece una nubecita, muy chiquitita, allá a lo lejos; y -de pronto se pone el cielo morado, y hay una tormenta que arrasa los -campos, arruina a los labradores y me mata a mí. ¿Quién tiene la culpa? -Nadie, porque a Dios no se le puede echar la culpa de nada. Nadie, pero -todos sufren, todos lloran... Es terrible. Perdona que hable tanto... -Tengo necesidad de desahogar. Ya puedes seguir leyendo: sigue, sigue. - -Acto segundo. En la isla de Chipre. La tormenta ha hecho zozobrar la -flota turca. No habrá guerra. Los isleños están en los malecones de la -orilla, contemplando el embravecido mar. Llegan a la isla con buena -fortuna el lugarteniente Casio, Desdémona, con Yago y su mujer Emilia, -y Otelo. Se lee por las calles, a redoble de tambor, una proclama de -Otelo, ordenando públicos regocijos y música en celebración de sus -desposorios con Desdémona. Conviénense Yago y Rodrigo en perturbar -el seso de Casio, con licores, a tiempo que estén de guardia, y en -viéndole borracho que Rodrigo lo provoque de manera que se suscite -clamorosa contienda y le cueste a Casio su grado de lugarteniente. -Realizan con éxito el plan. En lo más recio de la pelea a que inducen -a Casio, Yago tañe al arma las campanas, sobresalta a las gentes -y obliga a Otelo a que abandonando el lecho acuda al lugar de la -contienda, con tanta cólera que al punto despoja a Casio de su dignidad -de lugarteniente. Quedan a solas Yago y Casio, que se lamenta con -amargura. Yago: «¿Estás herido, Casio?» Casio: «Sí, y no hay cirujano -que me salve.» Yago: «No lo quiera Dios.» Casio: «¡Mi buen nombre! ¡Mi -buen nombre! ¡Mi buen nombre! He perdido mi buen nombre. He perdido la -parte inmortal que en mí había, y quédame solo la de la bestia. ¡Mi -buen nombre, Yago, mi buen nombre!» (Verónica: _Pobre Casio. Perdido -el buen nombre, ¿qué queda? Díganmelo a mí._) Yago: «Por mi honor te -juro que pensé en algún daño del cuerpo; estos son de más gravedad -que los recibidos en la opinión ajena. El buen nombre es la más necia -y falsa impostura; gánase las más veces sin méritos y piérdese sin -culpa. Nadie pierde su buen nombre si no lo da él mismo por perdido.» -(Verónica: _Cabal, qué diantre, también digo yo. Y si no, fíjate en -todas esas señoronas, la Pantana, la Cercedilla, que nos dan ciento y -raya a las del oficio. Valiente tonta la que se ocupa del qué dirán. A -última hora, que le quiten a una lo bailado._) Yago muestra a Casio el -camino por donde de nuevo llegue al favor del general, y es interceder -cerca de Desdémona, rogarle, moverla a compasión, porque la voluntad -de Otelo es un juguete entre las manos de su mujer. Casio le queda muy -agradecido. - -Como al terminar el acto Verónica no desplegase los labios, Alberto -continuó. - -Acto tercero. Emilia, por consejo de su marido, dispone una entrevista -de Casio con Desdémona, en el parque del castillo. Casio ruega. -Desdémona le promete que será reintegrado en el puesto perdido. -Desdémona: «No dejaré en paz a Otelo en la mesa ni en el lecho, hasta -que lo consiga. A cada paso que dé yo le pondré por delante la petición -de Casio.» Sobrevienen Otelo y Yago. Casio que los ve, se retira. Yago: -«No me hace gracia eso.» Otelo: «¿Qué?» Yago: «Que Casio se aparte de -tal suerte que no parece sino que ha hecho algo malo.» Desdémona se -acerca a su marido y le habla en favor de Casio, suplicándole que lo -llame y se reconcilie con él. Otelo dilata la respuesta. Desdémona lo -acosa con fervorosos ruegos. Otelo parece ceder. Quedan solos Yago y -Otelo. Los celos comienzan a inquietar el corazón de Otelo, el cual -interroga a Yago, y este esquiva responder. Otelo: «Parece que en -tu mente se esconde un monstruo tan repugnante que no osa mostrarse -a la luz.» Yago continúa empleando subterfugios que enardezcan las -inquietudes de Otelo. «Dime lo que piensas claramente, vistiendo el -mal pensamiento con malas palabras.» Yago simula rehusar: «Mi deber no -me obliga a aquello de que hasta los esclavos son libres: decir lo que -se piensa.» El desasosiego del moro crece. Yago: «¡Guárdate, señor, de -los celos! Minutos infernales los de aquel que a tiempo que acaricia -duda; que sospecha y sin embargo ama con locura.» Otelo: «No, Yago. No -he de dudar sin ver. ¿Dudo? Quiero las pruebas. ¿Tengo pruebas? Pues -no hay sino concluir con el amor o con los celos.» Siendo así, Yago no -tiene reparo en hablar con claridad, y aconseja a Otelo que no pierda -de vista a Desdémona y Casio y tenga presente cuán simuladoras son las -mujeres, aun la misma Desdémona, quien fingía ante su padre sentir -miedo del moro cuando ya tenía determinada la fuga. Un instante que -está Otelo a solas, piensa: «¿Por qué me he casado? Este buen hombre, -Yago, ha visto y sabe mucho más de lo que dice.» Yago vuelve: «Cierto -que Casio ha sido buen lugarteniente y merece volver a serlo. Pero lo -conveniente por ahora es mantenerle degradado y observar si Desdémona -sigue su causa con excesiva vehemencia. Esto sería un gran indicio.» -A solas otra vez Otelo, vese poseído de una gran conturbación. Viene -Desdémona. Otelo, malhumorado, dice que tiene dolor de cabeza. -Desdémona, muy solícita, intenta vendarle la cabeza con un pañuelo, -pañuelo que Otelo le había regalado exhortándola a que lo conservase -siempre. Otelo aparta el pañuelo, el cual cae a tierra sin que uno ni -otro lo echen de ver. Retíranse. Emilia recoge el pañuelo y se lo da a -Yago, quien ya en repetidas ocasiones le había rogado que se lo hurtase -a Desdémona. Encuéntranse nuevamente Otelo y Yago. Los celos torturan -al moro. Ha perdido la tranquilidad: «Aquel a quien roban de lo que -no necesita, si no llega a averiguarlo, es como si no hubiera sido -robado. Si toda la soldadesca del campamento hubiera gozado su dulce -cuerpo, ignorándolo yo, fuera feliz. Pero, ahora, ¡adiós para siempre -la paz del ánimo! ¡Adiós alegría! ¡Adiós empenachadas tropas en las -empeñadas guerras que de la ambición hacen una virtud! ¡Adiós, adiós, -todo!» Los celos se truecan momentáneamente en iracundia: «Villano, -pruébame que la mujer a quien amo es una zorra, dame la prueba ocular, -o más te valiera ser un perro.» Yago afirma que ha oído a Casio hablar -y besar en sueños a Desdémona, lamentándose de que fuera la mujer -del moro, y todo de suerte que parecía demostrar oculta y culpable -inteligencia entre una y otro. Otelo es víctima de funesta cólera: -«La desharé entre mis manos». Yago habla del pañuelo y que ha creído -verlo en poder de Casio. Otelo: «¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre!» Otelo se -vengará; quiere que asesinen a Casio en el plazo de tres días. - -Habiendo echado de ver la pérdida del pañuelo, Desdémona recibe gran -contrariedad y está afanosa por recuperarlo. Así que ve a su mujer, lo -primero que hace el moro es preguntar por el pañuelo. Desdémona supone -que ello es una añagaza de Otelo por impedir que su mujer reanude -las súplicas en favor de Casio, y así determínase en reiterarlas con -particular empeño, y en tanto el moro, con creciente frenesí, exige el -pañuelo, el pañuelo, Desdémona no se lo toma en cuenta y le responde -con alabanzas de Casio, hasta que Otelo se retira lleno de furor, y -convencido de la culpabilidad de Desdémona. - -Yago ha puesto el pañuelo en el aposento de Casio, el cual, así como lo -encuentra, se lo regala a su amante Blanca. - -Terminado este acto, Verónica, sin despegar los labios, quedose -mirando a Alberto con pupila difusa, vacua, como si le mirase y no le -viese. Durante este acto sus interpelaciones y glosas habían sido más -sucintas y espaciadas que en los comienzos de la obra, y propendían a -la interjección o grito emotivo sin contenido lógico, por donde era -fácil advertir que en lugar de ir compenetrándose y sustanciándose, -sucesivamente, con cada una de las personas dramáticas, como en los -dos primeros actos había hecho, se mantenía aparte y por encima, -acaparada por una sensación de conjunto; en lugar de ir viviendo una -tras otra las diferentes pasiones individuales, vivía ahora en su -propio corazón la emoción expectante del conflicto y choque de las -pasiones ajenas, las cuales le eran bien conocidas y sabía que habían -de obrar fatalmente por haberlas en sí misma experimentado en los actos -precedentes. De la emoción lírica había trascendido Verónica a la -emoción dramática, de la tragedia del hombre interno a la tragedia de -los hombres entre sí; y así como en el primer acto había sentido que, -en el misterio de su alma, todo hombre es justo y bueno, aun el que -no lo parece, porque sus intenciones y conducta se siguen por sutiles -impulsos, a manera de leyes necesarias, así también ahora Verónica -presentía que los sucesos que entretejen la historia y de la cual los -hombres reciben placer, dolor, exaltación, gloria, ruina, son como -tienen que ser, producto de elementos fatales en proporciones fatales. - -Tal era la interpretación que Alberto daba a las emociones de Verónica. -Verónica era para él la tabla Roseta de los egiptólogos, clave con -que descifrar jeroglíficos. Consideraba, con intuición repentina, -la diferencia que hay entre el Gran Arte, floración espontánea del -espíritu humano y organismo que de sí propio vive, y el arte ruin y -farisaico, torpe artificio, que no arte, y comprendía que la esencial -diferencia era diferencia de concepción moral y no de técnica. -Encarnábanse simbólicamente estos dos artes antitéticos en dos géneros -literarios, la tragedia y el melodrama. El artista verdadero --sea -del linaje que sea, escultor, pintor, músico, poeta-- abriga en su -mente y escucha en su magno corazón gérmenes y ecos de la tragedia -universal. Y el espíritu trágico no es sino la clara _comprensión_ -de todo lo creado, la _justificación_ cordial de todo lo que existe. -Para el espíritu trágico no hay _malo_ nacido del libre arbitrio, -no hay delitos, sino desgracias, acciones calamitosas; cada nuevo -acto llamado voluntario es el último punto añadido a una recta que -se prolonga de continuo, esclava de su naturaleza rígida: todo es -justo. De esta suerte, el conflicto de la tragedia, como el de la -vida, es un conflicto de bondad con bondad y rectitud contra rectitud, -conflagración de actos opuestos y justos: justos porque tienen una -razón suficiente. Y de aquí viene esa gravitación cósmica, sidérea, -que oprime el pecho del espectador de una buena tragedia, como de -todo el que está ante una obra de Gran Arte. Contrariamente, el -espíritu melodramático inventa el mal libre, crea el traidor, urde -conflictos entre malos y buenos, intenta modificar la línea recta de -acero, autónoma y agresiva, trocándola en curva arbitraria, y por -último engendra _el sentimentalismo_, morbo contagioso y funesto. -Las obras escultóricas, pictóricas, musicales y poéticas del arte -farisaico y ruin revelan _su sentimentalismo_ a modo de estigma del -espíritu melodramático. Y Alberto formulaba en su conciencia esta -interrogación desmesurada: «El espíritu de la raza a que pertenezco y -la vida histórica de esta nación en cuyas entrañas fui engendrado, ¿son -trágicos o melodramáticos? ¿Soy actor de coturno y persona, dignidad y -decoro incorporado a la caudal tragedia humana, o soy fantoche en una -farsa lacrimosa y grotesca?» - ---Sigue por Dios, Alberto, sigue por Dios --rogó Verónica. - -Alberto continuó traduciendo: - -Yago aprieta con diligente astucia la red de intrigas en torno de -Otelo, lo enardece, lo ofusca, lo sofoca. El moro, conturbado por la -pasión de los celos, no acierta a discurrir con tiento, se deja engañar -de fútiles apariencias, adquiere la falaz certidumbre de que Desdémona -ha sido desleal a la fe jurada, está loco de ira y sediento de -venganza. Así que ve a Desdémona la injuria, la califica de prostituta -una y cien veces, enloquecido de amor y de dolor, víctima y verdugo al -propio tiempo. ¡Dulce Desdémona! ¡Pobre niña rubia, también amante y -doliente, víctima y verdugo también, sin saberlo! Apenas si osa oponer -a los dicterios del esposo mansa y suplicante quejumbre, a lo cual, el -enfurecido moro, tomándolo por artilugio rameril, replica en todo punto -con la palabra _prostituta_. Y al retirarse, Otelo premedita la pena -acerba con que castigar el supuesto adulterio de Desdémona. - -Verónica paseaba por el aposento. Los nervios no le consentían -estarse quieta. A veces se detenía detrás de Alberto y escudriñaba -ahincadamente el original inglés, con gesto de religiosa suspensión, -pensando que así como en la mente de Dios hállase en cifra fatal el -curso de los acontecimientos venideros, en aquellos signos arcanos del -libro se guardaban en germen y a punto de brotar con vida los destinos -de los personajes que tan a mal traer la traían. - ---¡La va a matar, la va a matar! Me lo da el corazón --solloza -Verónica, retorciéndose las manos. - -También a Desdémona el corazón le sugiere sombríos presentimientos. -Ha ordenado a su dama Emilia que le haga el lecho con las sábanas del -día de la boda. «Si muriese antes que tú, Emilia, amortájame en una de -estas sábanas.» Desdémona canta porque está triste: canta la canción -del sauce, antigua tonadilla que oyera, siendo niña, de labios de -una vieja sirvienta, Bárbara, a quien el novio había abandonado, la -cual murió cantando esta canción. En concluyendo de cantar, Desdémona -pregunta a Emilia de pronto, con adorable candor: «¿Crees tú, Emilia, -que hay mujeres tales, como dicen, que sean infieles al marido?» -(Verónica: _La verdad es que parece imposible._) Desdémona: «No, no -puede existir una mujer capaz de hacer tal cosa.» - -He aquí la alcoba. Desdémona duerme. Una luz arde. Entra sigilosamente -Otelo. - -Verónica está frente a Alberto, rígida, algo pálida, los ojos muy -abiertos bajo las ceñudas cejas, mirándole a los labios. - -Otelo se inclina sobre Desdémona a contemplarla en tanto duerme. ¡Qué -hermosa es!, y su sueño, ¡cuán cándido! Otelo: «¡Oh, aromoso aliento; -casi persuades a la justicia a que quiebre su espada! Un beso, y otro, -y otro.» Otelo la besa y llora. Desdémona despierta. Otelo le pregunta -si ha rezado, porque va a matarla. Desdémona: «¿Matarme?» Otelo: «Sí.» -Desdémona: «Entonces, Dios tenga compasión de mí.» Otelo: «Amén, con -todo mi corazón.» Desdémona: «Tengo miedo; no sé por qué tengo miedo, -pues soy inocente; pero tengo miedo.» Otelo: «Piensa en tus pecados.» -Desdémona: «Mis pecados no son sino amor.» Otelo: «Por eso morirás.» - -En este momento Verónica se abalanzó sobre Alberto, arrebatóle de las -manos el libro y lo envió volando por los aires. Lloraba, llevándose -las manos al rostro; pataleaba y entre los hipos del llanto balbucía: - ---¡No, no quiero que la mate, no quiero que la mate, no quiero que la -mate! ¡Oh, por Dios, Alberto! Dile a ese hombre que está equivocado, -que Desdémona es buena y le quiere... ¡Pobre niña, pobre niña! ¡Por -Dios, por Dios! Pero, ¿no hay modo de arreglarlo? ¡Qué ha de haber, -de sobra lo comprendo! ¡Si ese hombre está loco! Y ha llorado cuando -la besaba... ¿no has visto? ¡Pobre, pobre Otelo! Tenía que ser; ya lo -decía yo. ¿Qué vamos a hacerle nosotros? ¿Qué adelantamos con cerrar -los ojos? Ya la habrá matado, ¿eh? ¿La mató ya? No quiero verlo. -¿La mató ya? --preguntaba con desvariado acento, como si la escena -del drama tuviera vida histórica e independiente, y hubiera seguido -desarrollándose en tanto ella se entregaba a la desesperación. - ---Sí, la mató ya, Verónica. - ---¿Cómo fue? ¿Lo sabes tú? - ---Sí, la estranguló. - ---Y ella, ¿qué dijo? - ---Dijo: «Soy inocente», y más tarde, a Emilia que acude: «Yo misma me -he matado. Ruégale a Otelo que me perdone. Adiós.» - ---¡Adiós! --Verónica se dejó caer a los pies de una butaca y reclinó la -cabeza sobre el asiento, escondiéndola entre sus brazos. - - - - -VII - - -No tardó gran cosa Verónica en dar al olvido la tragedia de Otelo; pero -le quedó, a manera de rastro en el espíritu, un no sé qué de cansancio -y turbiedad, como en la copa de cristal que ha contenido densos licores -de diferente color. Estaba quieta y callada, con los ojos apenumbrados, -como niña convaleciente. - -Alberto, que se hallaba poseído por la emoción del profesional ante el -caso insólito, del bibliómano ante el incunable o del ornitólogo ante -el mirlo blanco, y había visto en qué portentosos términos Verónica -poseía las bellas virtudes pasivas de la más exquisita receptividad, -determinó someterla aún a nuevos experimentos. Tomó al efecto papel y -lápiz y se puso a dibujar como sin propósito y por matar el tiempo. Al -instante, Verónica, cuya curiosidad instintiva estaba siempre en acecho -como la de los gatos cachorros, se acercó al joven, apoyó las manos en -sus hombros y aplicose a seguir con gestos y movimientos del cuerpo los -giros que Alberto imprimía al lápiz. Primero, Alberto trazó líneas a la -ventura: rectas, curvas, mixtas, quebradas; y por la presión sobre sus -hombros de las manos de Verónica comprendía que toda la vida psíquica y -orgánica de la muchacha convergía hacia las líneas en vía de formación, -como si aspirase a convertirse en puro esquema geométrico; no de otra -suerte que el jugador de billar parece como que aspira a trocarse en -una simple ley mecánica cuando, con vario linaje de contorsiones y sin -conciencia de lo que hace, acompaña la ruta de la bola, como si por -ella estuviera sugestionado. Hasta juraría Alberto que Verónica tenía -la lengüecilla al aire, como los niños cuando hacen palotes. - -Aquellas líneas incongruentes, por arte de Alberto, fueron -convirtiéndose en mujeres en actitudes danzantes, en bailarinas que -no por serlo habían perdido su prístina naturaleza esquemática, sino -que la línea de donde habían nacido parecía imponer una ley interna, -un carácter, a la actividad de la figura; y así, junto a la bailarina -egipcia, de un hieratismo sacerdotal, obediente al imperio de la -línea recta, ondulaba la bayadera indostánica, esclava de una elipse -voluptuosa e invisible, como los astros. - ---¡Qué bien pintas, chiquillo! Esto está que se mete por los ojos. Te -advierto que yo me despepito por el baile. Pero en casa se empeñan en -que si tengo tanto así de asadura y que pierdo el compás, y la mar y -sus barcos. En cambio dicen que Pilarcita es el noplusultra. Eso sí, -mucho trenzao de pies, y vengan corcovos y piruetas que parece una -langosta. Podía no: dos años lleva asistiendo a la academia de Juanito, -_el Marica_. Pero, hijo, yo a eso no lo llamo baile. El baile ha de -decir algo, ¿no te parece a ti? Hay que sentirlo, y yo lo siento. Lo -otro... ¡bah!, a mí me suena como una máquina de coser. - ---¿Quieres bailar? - ---Bailar ¿qué? ¿Y la música? - ---Yo tarareo lo que quieras. - -Verónica no necesitó más. Salió al medio del gabinete, recogió un poco -la falda sobre los riñones y gritó con repentina vehemencia: - ---¡Venga de ahí! - -Alberto tarareó un tango, luego un garrotín, y cuando observó, como -ya preveía, que Verónica había perdido el seso, como una bacante, -y entregádose por entero a la emoción del baile, cantó sonatas de -Mozart y Beethoven, trozos de Wagner y Brahms: cuanto se le vino a las -mientes. Verónica danzaba sin tregua, como poseída sucesivamente de -todos los sentimientos primarios de la raza humana, en su auténtica -simplicidad y energía, la ira, el terror, el éxtasis, la alegría, -la pena, la lujuria, y todos ellos cuadraban bien con el aire de la -música; Verónica los estilizaba, no solo con la expresión del rostro, -sino también con todos y cada uno de sus miembros. Paró Alberto y -Verónica se detuvo en seco. - ---Bueno, chiquillo, por esto no puedes juzgar, porque la verdá es que -maldito si sé lo que hice. Esto fue una improvisación. Tienes que verme -con música, ¿sabes? --y se enjugó la húmeda frente. - ---Bailas muy bien, Verónica, porque bailas por placer y no por vanidad; -porque te olvidas de lo que haces y no te ofreces en espectáculo; -porque bailas como si te fuera necesario bailar por bailar y no por -encandilar hombres de dinero. - ---Eso es la chipén, chiquillo: bailo porque me sale de dentro. - ---Y sobre todo bailas bien, porque bailas bien. Tú serás una gran -bailarina. - ---¡Quita allá, chalado! - ---Por lo pronto, ¿te atreves a debutar dentro de dos o tres días? - ---¿Qué dices? - ---Nada, que vas a debutar porque lo quiero yo. - ---Pero, hombre... - ---El circo de Parish se abre dentro de pocos días. El empresario, y -sobre todo el gerente, son amigos míos. Hoy mismo escribo la carta... - ---Pero... ¿tú crees que puedo? - - --When you do dance, I wish you - A wave of the sea, that you might ever do - Nothing but that; move still, still so, - And own no other function. - ---Latinitos, ¿estás de coba? - ---Nada de coba, niña. Estas palabras son del mismo autor de Otelo, y -quieren decir: «Cuando te veo bailar quisiera que fueses una ola del -mar, de manera que no pudieras hacer en adelante otra cosa que bailar. -Baila, baila más aún; baila siempre, y no hagas sino bailar.» - ---Pero, ¿y el traje, Alberto? - ---No te preocupes; yo me encargo de él. - ---Si no tienes un cuarto. - ---La empresa te lo pagará; quiero decir que yo te diré cómo has de -vestirte. - ---Cabalito; luego salgo al público, me da un soponcio y adiós Madrid. - ---No te dará soponcio. Tú baila, y baila con toda tu alma, como David -delante de Dios. - ---¿El rey David? ¿El que dijo...? - ---El mismo. - ---¿Y era bailaor? - ---A ratos. - ---¡Ay, que tío! - ---Sí que era un tío. - ---No, si el tío eres tú, digo --se llegó a Alberto, le enlazó del -cuello con un brazo y murmuró--: Vamos a ponerle los cuernos al viejo. - ---En ti, Verónica, el entregarse a todos y a todo es en tal grado que -de vicio se hace virtud. - - - - -VIII - - -Desde la calle de Jacometrezo hasta el número 30 de la de Fuencarral, -esto es, desde su vivienda a la de Alberto, Teófilo atravesó, a tiempo -que caminaba, tres ciclos de pensamientos. - -El primero fue el ciclo amoroso. Nunca había sido afortunado en -amores. Entre los lejanos amoríos con su prima Lucrecia, pasatiempo -de mocedad y no otra cosa, y los tiernos amores con Rosina, a cuantas -mujeres había galanteado, ora en tono lírico mayor, madrigalizando, -como decía él, ora a la manera corriente y moliente del común de los -mortales, se le habían reído de sus versos, sus cuitas y su persona. -No se tenía por un dechado de belleza física, ni mucho menos; pero -como no era repulsivo, y en compensación consideraba muy por alto sus -dotes naturales de inteligencia y sensibilidad, creíase un ejemplar -de hombre apto por raro modo para inspirar pasiones y ser de ellas -víctima. Entró, pues, en la vida, imbuido de tales ilusiones. Pero -tantos descalabros hubo de sufrir que llegó a persuadirse de que en -las operaciones bursátiles del amor la inteligencia no se cotizaba. - -Sin embargo, aun cuando hacía tiempo que había renunciado a que se le -amase por su rostro y talle, no se resolvía a renunciar a que algún -día se le amase y venerase por sus talentos y buenas cualidades del -sentimiento. Tropezó con Rosina, la amó y ella le correspondió. Y, -¡extraño fenómeno!, ahora Teófilo daba por sentado que Rosina lo -quería, no por poeta, sino por gustar de él, como hombre, más que del -resto de los hombres. Si algún amigo, o la propia Rosina, le hubieran -dicho «esa mujer te quiere porque te considera gran poeta, y un poco -también por simpatía a que tu pobreza le mueve», Teófilo recibiera al -oírlo el desencanto y amargura mayores de su vida. - -Avanzaba por la oscura calle de Jacometrezo con el corazón henchido de -sollozos y de afán. Perder a Rosina y dejar de existir era todo uno. -¿Qué había sido su pobre vida anterior sino ansiedad no satisfecha, -purificación por el fuego de la adversidad y de la vergüenza, -preparación espiritual para esta nueva etapa de transportes cordiales -y gozo pleno; es decir, de vida verdadera? Perder a Rosina y dejar de -existir sería todo uno. Estaba salvajemente resuelto a no perderla, a -hacerla suya, costase lo que costase. - -En la Red de San Luis Teófilo hubo de detenerse, en tanto pasaban -algunos coches. Eran la mayoría coches de lujo y, según pasaban, -Teófilo veía damas y caballeros repantigados en el interior. Por un -momento se imaginó a sí mismo con Rosina a su lado, volviendo de la -Castellana en coche propio, mejor en un auto, y esta fue la brecha -por donde se metió en el segundo ciclo de pensamientos. Pensó: «Sí; -el mundo es bueno, la vida es hermosa... Tiene razón ese animal de -Santonja...» Y luego, acordándose de las personas ricas que había visto -repantigadas dentro de los carruajes: «Esos brutos, bien comidos, bien -bebidos, bien vestidos, ¿qué derecho tienen a la vida y a la fortuna? -Vidas sordas, embotadas, absurdas... El que carece de inquietudes y -necesidades espirituales no tiene derecho a la vida.» Para Teófilo la -necesidad espiritual por antonomasia era componer versos alejandrinos. -No tenían derecho a la vida sino los poetas. Este postulado le sirvió -de trampolín, desde donde saltó al tercer ciclo de pensamientos, un -ciclo encantado y luminoso que gobiernan con graciosa liberalidad dos -hermanas mellizas: Ilusión y Esperanza. Ocurriósele de pronto, o por lo -menos él pensó que se le había ocurrido, el asunto de un drama poético. -El héroe: un juglar de humilde cuna que escala el trono e impone -deleitable tiranía de rimas y rosas. Tesis: la humanidad no existe por -y para sí propia, sino como pretexto, como abono, se pudiera decir en -puridad, que alimente al lirio, que vale tanto como decir al poeta, a -quien Dios adornó de hermosura y armonía, pues no otra cosa es sino -verbo divino, encarnado en forma mortal. El lugar de la acción: dudaba -si decidirse por la Provenza del Medioevo o la Italia del Renacimiento; -la elección la aplazó para más en adelante. Como el drama poético lo -probable y aun lo seguro era que le saliese un dechado, las empresas, -así que de él recibieran noticia, se lo habían de disputar. Teófilo -veía ya el dinero entrándosele a espuertas por casa, y en logrando -holgura y vagar sosegado, nuevos dramas habíanle de brotar a boca que -pides, que nada hay tan fecundo para las cosechas del ingenio como la -lluvia de oro. Y según subía las escaleras de la casa de Angelón, iba -diciéndose: «Qué necedad, no haber dado hasta ahora en lo del teatro, -que es lo único que produce dinero.» - -Llamó a la puerta. Le salió a abrir Alberto y entrambos pasaron al -gabinete en donde Verónica estaba. - ---Qué suerte la tuya, Verónica. Aquí tienes a tu ídolo. ¿No entiendes? -El poeta Teófilo Pajares. - -Verónica se puso como la grana. Deseaba examinar a su entero talante -las particularidades físicas y apariencia corporal del poeta bohemio, -pero no se atrevía aún. - ---Es una desaforada admiradora tuya, Teófilo. No hace una hora -todavía, me recitaba un soneto tuyo, algo así como un autorretrato -psicológico. - ---Aquello que comienza: _soy poeta embrujado por rosas lujuriosas..._ ---murmuró Verónica, cohibida. - ---Pss. Es un soneto que escribí al correr de la pluma, por ganarme diez -duros: cincuenta pesetas de lirismo. - -Teófilo dejaba caer las palabras como el árbol demasiadamente -enfrutecido deja caer el fruto, con absoluta indiferencia. Aparte -de que le envanecía sobremanera que alguien se tomase la molestia -de aprender de memoria sus versos, necesitaba en aquellos momentos -aparecer en posesión de su valer y un poco descuidado y desdeñoso hacia -la gente, porque tal se le antojaba el mejor diapasón para dar un -sablazo y acoquinar un tanto al sableado. - ---¿Qué te trae por aquí? Hace un siglo que no nos vemos. ¿Cómo sabías -mi domicilio? - ---Ángel Ríos me dijo que vivías con él, y que estabas un poco malucho. -Pues, me dije, voy a visitar a ese... - ---¿Qué te haces? ¿Trabajas? - ---Pss... Tengo un drama casi concluido. Tres actos. Me faltan algunas -escenas del último. Ya he leído los dos primeros a la Roldán y Pérez de -Toledo. Me invitaron un día a almorzar, y de sobremesa, la lectura. Les -gustó enormemente. Figúrate que cuando comencé a leer estaba la Roldán -en un butacón, en una esquina de la pieza, y su marido en otra esquina. -Yo iba leyendo, leyendo, metiéndome en situación, hasta olvidarme de lo -que me rodeaba. Concluyo de leer, vuelvo en mí, como quien dice, y me -veo a la Roldán y Pérez de Toledo, uno a cada lado mío, echados sobre -la mesa y bebiéndome materialmente con los ojos. Los había hipnotizado. - -También Verónica sentía los primeros síntomas de la sugestión hipnótica. - ---Si yo me atreviera... --balbuceó Verónica. - ---Yo me atrevo por ti, Verónica, porque te he adivinado. Verónica -desearía que vinieras a leerle lo que llevas del drama, y yo te suplico -que la complazcas. - ---Es el caso que tengo tanto que hacer... - ---Hombre, dos horitas, mañana por ejemplo..., bien puedes dedicárselas. -Te anuncio que no puedes hallar mejor crítico, y si tienes ojos en la -cara las observaciones de Verónica te serán de mucho provecho. - -Alberto sabía que el drama de Teófilo y las circunstancias de su -lectura eran pura patraña o cándida ilusión. - ---Cállate tú, que eres un tío frescales --comentó Verónica, quien por -desahogarse del respeto que Teófilo le imponía sentíase arrastrada a -tratar a Alberto con extrema llaneza--. No le haga usté caso, yo soy -una tonta y no merezco que usté se moleste; pero si usté fuera tan -amable... - ---¿Cómo no lo va a ser, siendo poeta? - ---No veo la relación, querido Alberto... - ---Hombre, amable es lo digno de ser amado. En este sentido no creo que -haya nada más amable que un poeta. ¿No piensas tú lo mismo, Verónica? -Como que poco le falta ya a Verónica para enamorarse de ti. - ---¡Calla, loco, calla! --rogó Verónica, en las últimas lindes de la -turbación. - ---Y dime, Teófilo. ¿En qué época histórica has emplazado el drama? - ---En la Italia renacentista-- respondió Teófilo, muy aplomado. - ---¿Y en qué ciudad? - ---¿En qué ciudad? --Teófilo vaciló un momento--. En Milán. - ---No me parece una ciudad tipo del Renacimiento pero... Ya ves, Renán, -en su _Calibán_, coloca la acción también allí. ¿Y qué obras te han -ayudado principalmente para darte el espíritu de la época, detalles -episódicos y de fondo, etc., etc.? - ---¿Qué obras? --Teófilo se amoscaba--. Pues varias obras: _La Divina -Comedia_, el..., la..., varias obras. Cualquiera se acuerda. - ---Di más bien que no te has ayudado de ninguna. Tú no conoces la -historia; pero, como el otro, la presientes. - ---Y aunque así fuese, ¿qué? Poeta y vate son lo mismo, y vate quiere -decir adivino. Las cosas no son como son, sino como el vate quiere que -sean o hayan sido. La naturaleza y la vida obedecen a la ley que el -vate les impone. - ---Pero no el dinero, y eso que es cosa de la vida. - -Teófilo hizo como que no había oído, y algo pálido, continuó: - ---Shakespeare está plagado de anacronismos. Ahora os ha dado a unos -cuantos por machacarnos los oídos con la canturria de la cultura; -cultura, cultura, ¡puaf!: una cosa que tienen o pueden tener todos los -tontos y que es cuestión de posaderas. - ---No te acalores, Teófilo. Puesto que has colocado la cuestión en -sitio tan plebeyo, ajustándome a tu tono te pregunto: ¿Crees que te -vendría mal un baño, aunque sea de asiento, de cultura? Permíteme por -un momento que sea un poco pedante. Sabes, y si no lo sabías lo vas a -saber ahora, que cuando el traidor Bellido Dolfos mata al rey Sancho -y huye a guardarse dentro de los muros de Zamora, el Cid cabalga para -darle alcance; pero no lo logra porque se le había olvidado calzarse -las espuelas, y entonces maldice de los caballeros que no llevan -siempre espuelas. Querido Teófilo, créeme que Pegaso es el rocín más -rocín, tirando a asno, cuando el que lo cabalga no lleva acicate, y el -acicate es la cultura. - ---Me hallo muy a mi gusto siendo como soy. Cualquier cosa antes que dar -en esas metafísicas y sandeces que ahora son uso entre algunos jóvenes. - ---A lo primero te respondo que no te hallas muy a tu gusto, sino que, -aunque te obstines en no declararlo, vives muy mal a gusto, no a causa -de la falta de dinero, que a todos nos aqueja, sino contigo mismo. Y -en cuanto a lo segundo, haces bien en no querer caer en el defecto -contrario del que tú tienes. Unos, como tú, porque no tienen por carga -espiritual sino su experiencia propia; otros, porque la carga es -mazacote de libros e infatuación escolástica, sin ninguna experiencia -personal de la vida; cuándo porque se ha ido a babor, cuándo a -estribor, sois como barcos mal estibados que al menor temporal zozobran. - ---Pamplinas, Alberto. - ---Dispensa que te haga una pregunta. - ---A ver. - ---¿De dónde eres? - ---De Valladolid. - ---¿Tienes parientes en algún pueblo de tierra de Campos ú ocasión de -irte a vivir allí? - ---Sí, ¿por qué? - ---¿Por qué? Porque viviendo de verdad en el campo harás buena poesía. -Deja a Madrid, hombre. ¿Qué haces aquí, como no sea corromperte y -anularte? ¿No te dice nada el ejemplo de Enrique de Mesa, de Gabriel y -Galán y, sobre todo, de Unamuno, el mejor poeta que tenemos y uno de -los más grandes que hemos tenido? - ---Será para ti, y Dios te conserve la oreja. - ---Y a ti Dios te la otorgue y algo más. - ---Bueno, yo venía a hablarte de un asunto de importancia. - ---Estoy a tu disposición. - ---Es reservado. - -Alberto guió a Teófilo hasta el comedor. - ---¿Qué es ello? - ---Necesito que me prestes cincuenta duros. Es asunto de vida o muerte -para mí. - ---No los tengo. - ---No me los quieres prestar. Te figuras que no te los he de devolver. -En último término, si te parece mucha la cantidad, con treinta quizás -pueda arreglarme. - ---No tengo un céntimo, Teófilo. - ---Es decir que si te pidiera una peseta para comer me la negarías. Y -todo porque te he dicho lo de la oreja. - ---No seas niño, Teófilo. Supones que tengo dinero y estoy como tú, si -no peor. No tengo un céntimo, créaslo o no lo creas. Pídeme todo lo -que tengo si lo necesitas para empeñar y te lo daré; pero no tengo un -céntimo. ¿No me crees? - ---Pero tendrás a quien pedirlo. - ---A nadie. - ---No sabes en qué caso estoy, Alberto. Me matas --el acento de Teófilo -se cortó, como si fuera a llorar. - ---¿Tan apurado es? - ---De vida o muerte, ya te he dicho. - ---¿Puedo saberlo? - ---¿Por qué no? Una mujer... --comenzó Teófilo, con voz desmayada y rota. - ---¡Bah! Una cualquiera que pretende sacarte los cuartos. - ---¡No digas insensateces! --Teófilo se encrespó--. Es mujer que no -necesita de mi dinero. Estoy loco por ella, y ella parece que me -quiere. A mí no me ha querido nunca nadie, nadie... ¿Crees que cuando -he deseado la muerte en mis versos eran literaturas? Nadie, nadie... -En cambio yo no he querido nunca mal a nadie, te lo juro, lo que se -llama querer mal. Y tengo tesoros de ternura en mi corazón que no he -podido derramar nunca; y ahora, ahora que llega el momento, ya ves... -he de hacer el ridículo. Y ¿qué amor hay que resista al ridículo? ¿No -comprendes? - ---Sí, comprendo, Teófilo. Aguarda un momento y discurramos con calma. -No te acongojes, hombre --Alberto estaba un poco enternecido--. Una -mujer decente, ¿eh? - -Teófilo dudó un momento. - ---Sí. - ---No, no; di la verdad. - ---Es... una _cocota_; pero es un ángel. Pero, ¿no comprendes? - ---Claro que comprendo. Tú qué piensas, sinceramente, ¿que se ha -enamorado de ti como poeta o como hombre? - ---Como hombre --afirmó Teófilo--. Te repito que es un ángel. Habíamos -concertado un viaje... Nos queremos como dos niños. No ha habido aún -ninguna impureza en nuestro amor --y con una transición que a poco hace -reír a Alberto--: Si pudieras darme una carta para tu camisero y tu -sastre... - ---Sí; te las escribo ahora mismo. Y en cuanto al dinero del viaje... -No me atrevo a esperanzarte, porque, mi palabra de honor, mis amigos, -aquellos a quienes en confianza pudiera pedir dinero, están tan -tronados como yo. - -Teófilo estrechó efusivamente las manos de Alberto. - ---Vamos al gabinete. - -Alberto escribió las cartas. Después hablaron unos momentos. Se oyeron -unos golpes en la puerta. - ---Oye, Alberto, si es algún conocido pásalo a otra habitación. No tengo -deseos de ver a nadie. - -Quedaron a solas Verónica y Teófilo. Llegaban desde el comedor la -voz de Alberto y de otra persona, y se podía seguir el curso de la -conversación. - ---¿Quién es? ¿Le conoce usted por la voz? - ---Sí, es Antonio Tejero, Antón Tejero le dicen, ¿no has oído hablar de -él? - -Teófilo tuteó a Verónica considerándola mujer de baja condición. -La muchacha, atribuyéndolo a afectuosidad, viose colmada de tanto -agradecimiento que no acertó a abrir los labios. - -La voz de Alberto: - ---Si no tiene usted mucha prisa deje usted el gabán en el perchero. - -La voz de Antón: - ---Sí, lo voy a dejar, porque pesa de una manera horrible. Figúrese, -¿sabe usted lo que es esto? - -La voz de Alberto: - ---Parecen dos salchichones. - -La voz de Antón: - ---Pues son dos paquetes de cien pesetas, en duros. Vengo de cobrar la -nómina en la Universidad, y me han cargado, que quieras que no quieras, -con doscientas pesetas en plata. Bueno; lo dejaremos en el perchero. -Supongo que estará seguro, ¿eh? - -La voz de Alberto: - ---Naturalmente. - -Doscientas pesetas... Teófilo hincó los codos en las piernas y hundió -el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica de la -realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas. Según -su conciencia, un robo, dadas sus circunstancias, no era acción -reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si -Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado -trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de -mil amarguras y privaciones pretéritas. Era justo que se apropiase -el dinero; pero no se determinaba en ello: le faltaba valor. «¡Qué -asquerosamente cobarde soy! Yo tampoco tengo derecho a la vida», se -dijo. - -Verónica, entretanto, no apartaba de Teófilo los ojos. Lo escudriñaba, -examinándolo de arriba a abajo, y no se resolvía a decidir que fuese -una persona tejida con la misma estofa burda del resto de los hombres. -Hasta la absoluta ausencia de ella en que Teófilo se mantenía, como -si realmente la muchacha no existiese, era para Verónica muestra -inequívoca de grandeza, digna de veneración. Verónica hubiera dado -media vida porque Teófilo le otorgara el honor, que ella no merecía, de -hablarle con simpatía y afecto. En suma, estaba tan absorta en el culto -de Teófilo, que no paraba atención alguna en lo que hablaban los otros -dos hombres, en el comedor. - -Por incógnitas razones, una palabra de Tejero vino a herir el oído de -Teófilo y a sacarle de sus meditaciones. Enderezó el torso, y, a pesar -suyo, fue siguiendo el curso de la conversación entre Antón y Alberto. - -La voz de Tejero: - ---Sí, un mitin. Los jóvenes tenemos el deber moral de hacer política -activa, Alberto, de pensar en los destinos de la patria. Toda otra -labor es estéril si no se ataca lo primero el problema de la ética -política. La última crisis ha sido bochornosamente anticonstitucional -y avergüenza pertenecer a una nación que tales farsas consiente. Y -luego, ¡qué Gabinete el nuevo! Las heces de la inmoralidad pública. -Ese don Sabas Sicilia, un viejo cínico y corrupto, como todos saben, -acusado de negocios impuros en connivencia con el erario del Estado... -La podre de la podre. Y los demás del mismo jaez. Quiero que celebremos -un mitin los jóvenes. Usted tiene que hablar. Buscaremos algunos más; -por supuesto, sin tacha en la conducta. ¿No le parece bien que haya -un orador para representar cada orden de actividad intelectual? Un -novelista, por ejemplo, un poeta, un crítico..., etcétera, etc. Que -vean que la juventud es antidinástica, limpia y peligrosa. - -Teófilo pensó: «¿Cómo he podido ser tan miserable y flaquear ante la -tentación de tan ruin delito? Una ratería... ¡Si mi madre pudiera -adivinar!...» El corazón se le dilató, colmado de un vapor tibio y -ascendente, carne ingrávida y efímera de una nueva quimera. «Un joven -español no tiene porvenir como no sea en la política.» Y Teófilo -imaginábase ya conduciendo, por la virtud de su elocuencia, vastas -muchedumbres, con la misteriosa agilidad con que el viento conduce -rebaños de nubes. Se acercó a la mesa, y en un trozo de papel escribió -con lápiz: - - «_Querido Alberto: He oído lo del mitin. Me parece una bella idea. - Es hora que la juventud tenga un gesto bello. ¿Queréis aceptarme - como orador-poeta? Espero que sí. Me prepararé lo mejor que pueda. - Avísame el día. Ocurre también que por razones privadas_ (como no - estaba seguro de la ortografía de _privado_ trazó a mitad de la - palabra un tipo mixto entre _b_ y _v_) _aborrezco al viejo cipote - teñido: aludo a don Sabas Sicilia. Te dejo esta nota porque llevo - mucha prisa y no puedo detenerme. Un abrazo,_ - - TEÓFILO.» - -Salió sin despedirse de Verónica. Llegó al vestíbulo; quedose mirando -un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se apoderó -de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la cerró -sin mover ruido; huyó escaleras abajo, y cuando llegó al portal se -preguntó: «¿Qué he hecho?» Giró sobre los talones y comenzó a subir -las escaleras con propósito de restituir lo robado. Pero, ¿cómo iba a -hacerlo sin que lo echaran de ver? Salió a la calle. Metió las manos en -los bolsillos de la chaqueta y tropezó con los rollos de dinero, que -le escaldaron los dedos. Anduvo a pique de arrojar lo robado por una -boca de alcantarilla, pero se arrepintió al instante. «¡Qué estupidez!» -Murmuró: «Soy un cobarde que no merece vivir.» Comenzó a considerar -lo que acontecería en casa de Alberto. Quizás habían descubierto ya -el robo y dado necesariamente con el autor. Tendría que escaparse de -Madrid y acaso de España. Era lo mejor; emigraría con Rosa a un país -en donde el costo de la vida no fuera en detrimento de la dignidad. -¡Adiós, maldita España, para siempre! Se iría a América, y con el -primer dinero que ganase indemnizaría lo robado. Por lo pronto fue a -casa del camisero, y después de presentar la carta de Alberto, apartó -dos docenas de calcetines y varias corbatas, y encargó una docena -de calzoncillos y docena y media de camisas. Después fue a casa del -sastre; anduvo irresoluto gran tiempo ante las piezas de paño, sin -saber por cuales decidirse, y a la postre seleccionó tres trajes y un -gabán. Tomole el sastre las medidas y disponíase Teófilo a salir del -establecimiento cuando el sastre le detuvo. - ---Usted perdone, señor Pajares; pero estamos tan escamados en fuerza de -micos, que aquí tenemos por costumbre no hacer ropa, como no sea a un -parroquiano antiguo, si no se paga por anticipado la mitad del importe -de la factura. - ---Pero, el señor Díaz de Guzmán responde por mí. - ---No, señor, no responde. - ---¿Cómo que no? Él me ha dicho que sí. - ---En efecto, en esta carta me dice que responde por usted. Pero esto no -me basta. Puesto que el señor Díaz de Guzmán está dispuesto a responder -de veras, dígale que me firme un pagaré por quinientas pesetas, que es -el importe de su factura. A no ser que usted quiera, que se me figura -que no querrá --el sastre sonrió de manera ofensiva--, hacerme el -anticipo de doscientas cincuenta. - -Teófilo se engrifó, herido en su altivez. - ---No llevo conmigo doscientas cincuenta. ¿Le bastan a usted doscientas -por ahora? - ---Perfectamente, no hago hincapié en las cincuenta. - -El sastre no creía lo que veía, y esto era cuarenta contantes y -sonantes duros en plata. Empleó veinte minutos en examinar uno por uno -los duros, porque le había entrado la sospecha de que Teófilo era un -monedero falso, y en cerciorándose de que todos poseían la apetecida -legitimidad, como salidos de las arcas del fisco, sonrió graciosamente -a Teófilo y dijo así: - ---Usted perdone que los haya mirado tan despacio; he recibido tanto -chasco... La ropa estará lista en ocho días. - ---Tiene que ser en cinco, a más tardar. - ---Haremos lo posible. Se me olvidaba decirle que, como de los -escarmentados, y tal, y el gato escaldado, y tal, en este -establecimiento tenemos por costumbre no entregar los encargos hasta -tanto que no nos hayamos reintegrado del importe total, como no sea -cuando se trata de algún parroquiano antiguo. - ---Muy bien. Me parece que será la última ropa que me haga aquí. Buenas -noches. - -Teófilo salió de la sastrería con un temor más que vago de que las -por él mal adquiridas doscientas pesetas le iban a valer al sastre -cien años de perdón. Casi se alegraba, y sentía que la conciencia se -le aligeraba, como si el espectáculo de la picardía ajena mermase la -vergüenza de la suya propia. «Me está bien empleado», discurría. «Sin -duda existe una justicia natural; pero esta justicia natural no es -menos venal que la justicia social: dura para los hambrientos; untuosa -para los hartos. Unos medran con latrocinios, sin duda porque son -ladrones de ladrones, que roban en junto y sin esfuerzo lo que a los -ladronzuelos les costó trabajo y remordimientos añascar; otros, en -cuanto les apunta la uña, viene la justicia a cercenarles la mano. Dios -es tan cohechable como el mísero juez que un cacique crea a su medida.» - -En estas consideraciones acertó a pasar frente a la _Maison Dorée_. -Un grupo de amigos le saludó. Entre ellos se hallaba un pintor llamado -Quijano. Teófilo le llamó aparte; había tenido una idea feliz. - ---Tengo que pedirte un favor, Quijano. - ---Por de contado. - ---Tú tienes una casa en El Escorial, ¿verdad? - ---Sí. - ---¿Puedes prestármela unos días? - ---¿Cómo prestártela? - ---Cedérmela. - ---Claro que sí. - ---¿Hay muebles? - ---Ya lo creo, los necesarios. - ---Te advierto que es para ir con una mujer. - ---Eso, allá tú. Te enviaré la llave. - ---Yo vendré aquí mañana a recogerla. - -Se despidieron. «Menos mal», pensó Teófilo. Y con aquel su ánimo -tornadizo, que así se entenebrecía como se iluminaba, dio por sentado -ahora que todo le iba a salir a pedir de boca. Sin embargo, sentía -recóndita desazón o reconcomio que no llegaba a malestar definido, -igual que una persona a quien se le ha olvidado que le duele un callo. -El dolor de callos de Teófilo estaba en la conciencia: era el primer -callo, tierno aún y en formación. - -A la hora de cenar no discutió con Santonja, por más que este le -azuzaba, ni realizó aquellas proezas deglutivas que a todos los -huéspedes admiraban y a la patrona le metían el corazón en un puño. -Retirose a su aposento, y allí, ante la vista de la carta de su madre, -hecha pedazos, la desazón y reconcomio de antes se hicieron vergüenza -y miedo. Paseó un gran rato dentro de la angosta estancia; pero -haciéndosele insoportable la pesadumbre de sus cavilaciones, salió -a la calle, y, así como, a lo que se dice, el criminal, por impulso -irresistible, acostumbra volver varias veces al lugar del crimen, -Teófilo fue a casa de Alberto, decidido a enterarse de lo que había -pasado y a afrontar sus consecuencias. - - - - -IX - - -Antón Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones -tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su -persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras -completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas -de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la -admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos, -sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que -la admiración. Filósofo, al fin, era demasiadamente inclinado a -las frases genéricas y vanas. Era también muy entusiasta, y como -toda persona entusiasta, carecía de la aptitud para emocionarse. De -talentos retóricos nada comunes, propendía a formular sus pensamientos -en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le -acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. Por ejemplo, había -anticipado el remedio de los males que acosan a España, con estas -palabras: «España se salvará, alzándose a la dignidad de nación -civilizada, el día que haya nueve españoles capaces de leer el Simposio -o banquete platónico en su original griego.» A esto, Luis Muro, el -poeta cómico, había respondido en la sección «Grajeas» del diario _La -Patria_: - - Dan gusto nueve al garguero - en el festín de Platón; - mas, diga el señor Tejero, - ¿y el piri, coci o puchero - del resto de la nación? - -Sancho Panza, que no andaba mal de filosofía parda, y Juan Ruiz habían -asomado en el tintero del poeta jocoso. - -La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos, -de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la -realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de -los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre -teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies -producían la ilusión de estar abiertos en un ángulo mayor de noventa -grados, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia -peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa -con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida. - -Hablaba ahora con Alberto, acerca de la última crisis política y le -proponía celebrar un mitin de protesta. - ---Tenemos que hacer muchas cosas, Alberto --decía, y su corazón -rezumaba caricioso óleo de esperanza--. Este mitin dará mucho qué -hablar. ¿Qué dice usted de la idea del mitin? - ---Hombre, la verdad, yo no sirvo para orador. De seguro haré un triste -papel. - ---¡Qué disparate! Yo le aseguro que tiene usted grandes condiciones, y -si no, al tiempo. - ---Aparte de las condiciones, es que lo considero tiempo perdido; me -falta el entusiasmo, la vehemencia del que se propone algo asequible. -Porque, ¿qué nos proponemos nosotros? - ---¿Qué? Muchas, muchas cosas; enormidades. Despertar la conciencia del -país; inculcar el sentimiento de la responsabilidad política; purificar -la ética política... - ---Está muy bien; pero no veo la necesidad de un mitin. Todo eso hay que -hacerlo, pero en otras partes y de manera más eficaz. ¡Discursos!... -Ese pobre D’Annunzio, de quien se dicen tantas y tan necias perrerías, -me parece a mí que ha dado en el clavo cuando asegura que la palabra -oral, dirigida directamente a la muchedumbre, no debe tener como fin -sino la acción, y ella a su vez ha de ser acción violenta. Solo, añade, -con esta condición, un espíritu algo seguro de sí propio es capaz, sin -disminuirse, de comunicarse con la plebe por medio de la virtud sensual -de la voz y del gesto. En cualquiera otro caso, concluye, la oratoria -es un juego de naturaleza histriónica. No perdamos el tiempo, querido -Antón, en romanzas de tablado. ¿A qué esforzarnos en dar a España una -educación política que no necesita aún, ni le sería de provecho? Lo -que hace falta es una educación estética que nadie se curó de darle -hasta la fecha. Mire por una vez siquiera, querido Antón, alrededor -suyo y hacia atrás en nuestra literatura, y verá una raza triste y -ciega, que ni siquiera puede andar a tientas, porque le falta el resto -de los sentidos. Labor y empresa nobilísimas se nos ofrece, y es la -de infundir en este cuerpo acecinado una sensibilidad; despertarle -los sentidos y dotarlo de aptitud para la simpatía hacia el mundo -externo. Hay un fenómeno rudimentario en psicología, y es que, cuando -por cualesquiera circunstancias los sentidos nos han informado mal o -a medias de una cosa, creemos conocerla más profundamente y hallarnos -en vísperas de algún descubrimiento genial, porque aquel esfuerzo -nebuloso que el intelecto hace por desentrañar el sentido de los datos -insuficientes y la desazón que en consecuencia sentimos nos provocan -una a manera de misteriosa emoción, como si alguna inteligencia -trascendental obrase en aquellos momentos a través de nosotros, -otorgándonos un don divino de presunta adivinación. Esto y no otra cosa -es el misticismo: _el parto de los montes_. Somos una raza con los -sentidos romos, a través de los cuales la realidad apenas si se filtra -a intervalos y deformada, por donde la inteligencia está de continuo -en aquel punto de esfuerzo nebuloso y _desazón gustosa_, como decían -los místicos, como si Dios en persona estuviera para revelársele en su -interior morada. Todo español es un místico en este sentido: un hombre -en vísperas de la omnisciencia, y esta adquirida por vías infusas. El -idioma que hemos de usar los escritores es un idioma elaborado, batido -y ennoblecido por los místicos, un idioma a propósito para expresar -aquel _esfuerzo y desazón gustosos_, para expresar lo _inefable_; -es decir, para decir que no se tiene nada que decir, y si acontece -que se tiene algo que decir, cuesta Dios y ayuda dar con la forma -sobria, exacta y sugestiva. Un pueblo que no tiene sentidos no puede -tener imaginación; por eso, con solo una ojeada a través de nuestras -antologías líricas, se viene a dar en la cuenta de que imágenes y -tropos, siempre los mismos, en nuestros poetas no nacen directamente -de la contemplación de las cosas o confundidas con las emociones del -cantor, sino que son prendas de vestir o botargas que ya existían de -antemano y que el poeta toma al azar o después de precipitada elección, -porque sus ideas y sentimientos no salgan desnudos y en vergonzosa -entequez; son, en resolución, como calzado de bazar que cría callos, y -así anda la poesía de encallecida y coja. Y para concluir, sin sentidos -y sin imaginación, la simpatía falta; y sin pasar por la simpatía no -se llega al amor; sin amor no puede haber comprensión moral; y sin -comprensión moral no hay tolerancia. En España todos somos absolutistas. - -Tejero sonreía, condescendiente: - ---No le falta razón en muchas de las cosas que dice; pero son algo -desordenadas, necesitan mayor objetividad --a Tejero le mareaba el que -su interlocutor discurriese con ímpetu. En tales casos, el reproche que -acostumbraba hacer era la falta de objetividad, de cientificismo, como -un aviador que definiera los pájaros: «Aficionados a la aviación»--. -Pss... no está mal. Sí; es necesario colocar bien el problema de la -estética. En Alemania se preocupan mucho de estética. ¿De dónde hace -usted arrancar la estética? - ---He pensado bastante acerca de ello; pero no lo he ordenado aún, como -usted dice. Para mí, el hecho primario en la actividad estética, el -hecho estético esencial es, yo diría, la confusión (fundirse con) o -transfusión (fundirse en) de uno mismo en los demás, y aun en los seres -inanimados, y aun en los fenómenos físicos, y aun en los más simples -esquemas o figuras geométricas: vivir por entero en la medida de lo -posible las emociones ajenas; y a los seres inanimados henchirlos y -saturarlos de emoción, _personificarlos_. - ---Hay sus más y sus menos; pero, en fin, ese es el concepto que domina -hoy toda la especulación de la estética alemana, el _einfühlung_. Se ve -que ha leído usted algo acerca de ello. - ---No he leído nada. - ---¿Que no? Pues, ¿quién se lo ha enseñado a usted? - ---Hombre, la cosa es tan clara que hace tiempo que yo mismo lo había -descubierto; pero quien me lo ha hecho penetrar más cabalmente ha -sido... una prostituta. - -Tejero se puso serio. - ---¡Cuándo se dejará usted de hacer humorismo! - -Alberto se encogió de hombros. - ---Se hace tarde y yo tengo que irme. Quedamos en que usted será uno de -los oradores del mitin. - ---Ya le he dicho lo que pienso; pero, en último término, si usted se -empeña... - ---Sí, sí, me empeño; y lo hará usted muy bien. - -En esto entró Angelón. Alberto presentó a los dos hombres, que no -se conocían, y Angelón, así que cambió las acostumbradas fórmulas -corteses, se retiró, mirando de través a Tejero y Alberto, y por las -trazas muy malhumorado. Volvió a los dos minutos con un papel, que -entregó a Alberto: era la carta de Teófilo. Alberto la leyó en voz alta: - ---¿Qué dice usted? - ---Hombre, bien. Pajares dará la nota pintoresca. Ea, adiós, querido -Alberto. - -Salieron al vestíbulo. Alberto tomó el gabán de Tejero y le ayudó a -vestírselo. - ---Hay que centrarse, Alberto --aconsejó Tejero, en tanto realizaba una -flexión de riñones, a fin de acertar con el agujero de la manga derecha. - ---¿Centrarme? Diga usted que lo que necesito, como todos los españoles -necesitan, es descentrarme. ¿Conoce usted aquellos versos de Walt -Whitman: _I am an acme of things accomplished?_ - -Tejero respondió: - ---No. - ---«Soy, dice, la cima de todas las cosas realizadas y el compendio de -cuantas se han de realizar... A cada paso que doy piso haces de siglos; -y entre paso y paso, más nutridos haces... Allá lejos, en lo pretérito, -entre la enorme primera Nada, ya estaba yo allí... Inmensas han sido -las preparaciones para mí... Centurias y centurias condujeron mi cuna a -través del tiempo, remando y remando como alegres boteros... Todas las -fuerzas han sido empleadas abundosamente para completarme y placerme, -y heme aquí, en el centro del mundo con mi alma robusta.» Estos versos -debieran titularse: _Nací en la Mancha._ - ---Es usted tremendo --Tejero dio dos cariñosas palmaditas en el hombro -de Alberto, y después de despedirse salió escaleras abajo y luego a la -calle. - -Sentía una rara impresión de ligereza e ingravidad. Iba pensando: -«Ello es un sentimiento espiritual, sin duda; pero tan neto y -determinado que casi parece una sensación física.» Las fuerzas -expansivas de un entusiasmo sordo le acariciaban el espíritu, pero -volvía insistentemente a requerirle la atención aquel sentimiento -de ingravidad que era muy aplaciente e intenso. Se acordó de San -Ignacio de Loyola, el cual acostumbraba conocer si sus visiones y -pensamientos venían de Dios o del diablo, según el estado consecutivo -que determinasen; si le traían serenidad y sosiego, es que habían sido -inspiradas por Dios; de lo contrario, su origen era satánico. Y también -de Epicuro, que decía: «¿Cómo conoceréis si es natural una necesidad y -habéis de satisfacerla, o es contra naturaleza y habéis de extirparla? -Por la sensación recibida: si a la satisfacción de lo que se juzga -necesidad se le sigue placer, quiere decir que era necesidad conforme -a naturaleza; si sufrimiento, es porque no era necesidad natural.» Y -Tejero, sonriéndose, se preguntaba: «¿Qué divina inspiración, o qué -acto meritorio, o qué necesidad natural he recibido, hecho o satisfecho -sin haberme dado cuenta?» Hasta que al pasar por delante de un librero -a quien debía una cuenta de libros dio con la causa de su ingravidad. -«¡Caracoles! --exclamó a media voz, con la sangre helada--. ¡Ya lo -creo que era sensación física!...» Recobrose en seguida, y pensó: «No -me venían mal a mí; pero al que se las ha llevado de seguro le hacían -mucha más falta. ¡Que le hagan buen provecho!» Y siguió adelante, con -el mismo sentimiento de ligereza alada en el corazón, pero ahora más -intenso y aplaciente aún. - - - - -X - - -De las miradas de través que Angelón había dirigido así a Tejero como -al propio Guzmán, y de su manera de vagar inquietamente con la cerviz -algo inclinada, muy mal síntoma en él, Alberto había deducido que algo -difícil de digerir tenía en el buche su gran y grande amigo. Apenas -marchó Tejero, Guzmán acudió adonde Ríos estaba, por averiguar las -razones de su irritación, bien que no fuera difícil de presumir que la -escasez de dinero tenía la culpa de todo. - -En el gabinete había, además de Angelón y Verónica, un mozo como de -veinte a veinticinco años, de cara muy abierta y maliciosa, ojos -socarrones y un cauto sonreir como de burla. Vestía a lo menestral, -tirando a lo señorito. - ---Buenas noches --habló el mozo. - ---Hola, Apolinar. - -Que tal era su nombre, Apolinar Murillo, de oficio encuadernador, -nacido en la calle de Embajadores, madrileño castizo y doctor graduado, -si los hay, en cuantos rentoys, máculas, socaliñas y artificios tiene -la picaresca de hogaño. Profesaba por Angelón Ríos la entusiasta -asiduidad del jabato al jabalí colmilludo. Venía con frecuencia por -casa de Angelón: este le decía: «Dame acá la panoplia», y Apolinar le -presentaba recado de escribir. Angelón escribía algunas cartas que eran -otros tantos _sablazos_ o peticiones de dinero, y Apolinar después las -traspasaba de la diestra del esgrimidor al corazón de sus víctimas. -Pero Apolinar tenía ya aspiraciones personales, y pareciéndole España -país harto esquilmado y poco a propósito para lograr en él nada de -sustancia, había rogado a su protector que viera de buscarle un pasaje -para América, el cual Angelón obtuvo gratis, y no solo esto, sino -también un pase de ferrocarril de Madrid a Barcelona, en donde había de -embarcar. Le faltaban ya muy pocos días para salir de España. - -Aquella mañana había repartido Apolinar catorce cartas de Angelón; pero -las víctimas eran víctimas acorazadas y no soltaron un céntimo. Volvió -con tan desconsoladores informes a un café en donde Ríos le esperaba, -y por la manera que este tuvo de recibirle comprendió el mozo que su -protector estaba con el agua al cuello. - ---¿Puedes venir por la tarde a eso de las cinco a este mismo café? - ---Natural. - ---Tendrás que llevar otras dos o cuatro cartas. Estas son seguras. - -Contra cálculos y deseos de Angelón, el resultado de las cartas de -la tarde fue como el de las otras de la mañana, nulo. Retornaba al -café Apolinar muy amurriado y diciéndose para su sayo: «¡Concho con -don Ángel! Debe de estar pasando pero que las morás. Y él será lo -que se quiera, pero pa los afeztos le va el nombre que lleva como -las propias rosas. Y na, que a lo mejor, hoy, no ha catao entavía -el piri.» Iba discurriendo a este tenor, según se dirigía al café y -aguzando el ingenio por hallar un medio con que acudir en ayuda de -Angelón, y de esta suerte demostrarle agradecimiento por los favores -recibidos, cuando acertó a pasar por delante de una pescadería. Sobre -unos caballetes, a la entrada del tenducho, yacían diferentes peces y -crustáceos, y en lo más conspicuo del tinglado hasta media docena de -merluzas gigantescas. - -La calle estaba oscura y despoblada en aquella sazón. Entre el -pescadero y la puerta había un grupo de cocineras, de espaldas a la -entrada. Apolinar agarró una merluza por la cola, tiró con tiento y se -apoderó de ella; siguió calle adelante sin apresurarse, luego se perdió -en las sombras de un callejón, buscó más tarde un puesto de periódicos -y allí envolvió la merluza, y en llegando al café se detuvo en la -puerta e hizo señas a Angelón que saliera. - ---Pues na, don Ángel, que las epístolas misivas de la tarde han tenido -las mismas vecisitudes que por la mañana. Ni esto. Pero que como me -caía al paso, voy y me detengo en mi casa. Pues na, que mi madre que -le está a ustez muy agradecía por lo del pasaje y demás, pues le había -comprao una merluza pa ustez. Yo le digo: «madre, vaya un regalo. Ya -pudo ocurrírsele a ustez comprar una caja de puros.» Verdaz que como -ustez no fuma. Es una nimiedaz. - ---Gracias, Apolinar. Dale las gracias a tu madre --rezongó Angelón y -echó a andar seguido del joven con la merluza, y así llegaron a casa. - -Cuando entró al gabinete Alberto, el envoltorio de la merluza estaba -sobre una mesa de peluche rojo. - ---¿Qué es eso? --inquirió Alberto. - ---A usted ¿qué le importa? --dijo Angelón. - ---Pero vamos a ver, ¿qué le ocurre a usted hoy? - ---¿Qué le ha dicho usted a Verónica? Yo trabajando por usted, y usted -entretanto... - ---Pero, ¿qué he dicho? - ---A ver si vais a reñir por una tontería --interrumpió Verónica--. Se -refiere a lo de no tener dinero, que tú me has descubierto. No seas -tonto, Ángel; si a mí me hace una gracia atroz... - ---¡Bah! ¿Eso era todo? No sea usted niño --y volviéndose a mirar la -merluza--: Pero ¿qué es eso tan rezumante y tan mal oliente? - ---Una merluza que me regala la madre de Apolinar. Una merluza... ¿Qué -hacemos con una merluza? --Angelón habló con visible malhumor. - ---Comérnosla --acudió Verónica. - ---O empeñarla --intervino Apolinar con zumba. - ---¿Eh? --Angelón apretó las cejas, permaneció meditabundo unos -instantes, y al cabo soltó el trapo a reír, con enorme jocundidad--. Tú -lo has dicho. A empeñarla. Una merluza no es un bien pignorable; pero, -¿para qué me dio Dios labia y trastienda? ¡A empeñarla! ¿Cuánto pesará? ---la sompesó--. Lo menos ocho kilos. ¿Cómo está el kilo de merluza, -Verónica? - ---Chico, no sé ahora. Solía costar de cinco a seis pesetas... - ---Cinco por ocho cuarenta. ¿Que nos dan la mitad del precio? Veinte -pesetas. Sea como sea, en menos de veinte no la dejamos. - ---¿Por qué no la vendéis en una pescadería? Es lo mejor --aconsejó -Verónica. - ---Quita tú allá --atajó Apolinar--. Lo primero que ahora estarán -cerradas. - ---¡A empeñarla! --gritó Angelón, y se rio otra vez a carcajadas. -Apolinar y Verónica le hacían el acompañamiento. - -Antes de media hora estaban de vuelta Angelón y Apolinar. Traían -diferentes comestibles fiambres, pan y vino, y daban señales de mucho -alborozo. - -Sentáronse todos cuatro a la mesa, y entre comida Ríos refirió, -entreverándolo con risotadas, el famoso lance de la pignoración y cómo -había tenido una polémica con el prestamista acerca de los bienes -fungibles y no fungibles y la naturaleza jurídica del préstamo con -prenda. En suma, que la merluza había dado de sí dieciséis pesetas. -Verónica mostraba gran regocijo. - ---Pues si te vas a América, Apolinar, con la esperanza de encontrar -cosas extraordinarias, buena desilusión te espera, hijo --observó -Angelón--. De seguro en América no se empeñan merluzas. - ---¿Cuándo marchas? --preguntó Alberto. - ---La salida del barco es p’al dieciocho. Pero, es el caso... --Apolinar -sonrió apicaradamente--. Es el caso que ya va para dos años que una -gachí, que es talmente una fototipia sin ezsageración, me tiene -arrebatao y si cae o no cae; pero, ¡miau!, dice que no hay de qué como -no la conduzca al tálamo. Y yo, la verdá, marcharme sin conseguir -el fruto de mi trabajo de dos años, me paece feo. Conque estamos en -estas, y el tiempo corre y hay que despachar. Se llama la Concha y está -sirviendo con una que la dicen la Rosina. Y como digo, la niña se -merece cualquiera cosa. Si ustedes la vieran... - ---Yo la conozco, y digo como tú que se merece cualquiera cosa. No seas -pazguato y aprovéchate antes de marchar --amonestó Ríos. - ---¿No te da vergüenza decir esas cosas? --habló Verónica. - ---¡Bah! --exclamó Angelón, enarcando las cejas en extremo--. Y ella, -¿sabe que te marchas? - ---Vamos, ¿se lo iba yo a decir? Ni que fuera un pipi. Ahora el -subterfugio es convencerla de que va a haber enlace. - ---Y serás capaz. ¡Qué asquerosos sois! --comentó Verónica, enojada--. -¿Qué dices tú, Alberto? - -Alberto se encogió de hombros. - -Después de la comida se presentó otro visitante, Arsenio Bériz, un -mancebo levantino, hijo de familia, que había venido a Madrid a -concluir la carrera de Filosofía y Letras; pero habiendo caído en -el Ateneo y hecho en él algunas amistades con escritores, se había -contagiado del virus literario y concebido grandes ambiciones, de -manera que, dejando para siempre los libros de texto, se pasaba la -vida hojeando novelas y tomos de versos y ensayándose en el cultivo -de todos los géneros literarios: crítica, novela, poesía, con gran -despejo y desenvoltura. Vestía de luto, e iba siempre acicalado con -meticulosidad. La salud, mocedad y alegría que de continuo bañaban -su rostro le hacían atrayente. Sus ojos, menudos y muy penetrativos, -andaban siempre como volando sobre las cosas externas e inducían al -recuerdo de esos livianos insectos que en ninguna parte se detienen y -cuya forma de conocimiento es clavar el aguijoncillo por un segundo -en todas partes. No tenía ideas en la cabeza, sino un enjambre de -pequeñas sensaciones polícromas y zumbadoras, que transparecían en -la expresión del rostro infundiéndole extraordinaria y simpática -movilidad. No disimulaba que el motivo esencial de su conducta era el -espíritu de lucro a la larga, y, en todo caso, la satisfacción de su -propio interés. Constituía un espécimen típico del hombre del litoral -mediterráneo, y en el trato de gentes adoptaba la norma semítica del -igualitarismo. Tuteaba a cualquiera a poco de hablarle, y se conducía -con gracioso desparpajo, aun ante personas muy respetables por la edad, -la dignidad, el gobierno o el mérito, las cuales, por lo general, -celebraban el desenfado del joven. A los pocos meses de estar en -Madrid entraba y salía en escenarios, ministerios y redacciones como -en su misma casa, y a los pocos minutos después que llegó al comedor -de Angelón, hablaba con este, Verónica y Apolinar como si fueran -habituales camaradas suyos de holgorios, y los había visto aquella -noche por vez primera. Lo mismo hizo con Pilarcita, la hermana de -Verónica, y su madre, que llegaron un cuarto de hora detrás de él. - -Venía la vieja con firme resolución de pedir dinero a Angelón, y así la -vieja como la niña traían las tripas en ayunas. Pilarcita se precipitó -a arrebañar los despojos de comida que en la mesa quedaban, y bebió -dos vasos de vino, el cual subió al instante a encenderle el rostro -y alindárselo, y ya de suyo era muy lindo; pero estaba algo anémica -a causa de la falta de alimentación y de la edad crítica por que -atravesaba, y su color era de ordinario triste y amarillento. - -Bériz se aplicó al punto a requebrar a la muchacha y acercarse a ella -cuanto podía, a lo cual correspondió Pilarcita con muchos dengues y -fingidos desdenes y ojeadas fugitivas, por donde a las claras daba a -entender que el joven le gustaba. - -Aunque hostigada por el hambre, la vieja no sabía cómo arreglárselas -para pedir dinero, y así tomó a Verónica de intermediaria, y en un -descuido, teniéndola aparte, la conminó a que ella lo pidiese; -Verónica, a su vez, endosó el encargo a Alberto, que se prestó a -cumplirlo de buen grado. - ---Después del gasto de la comida no me quedan sino siete pesetas ---respondió Angelón. - ---Pues déselas usted. - ---Justo, ¿y mañana? - ---Mañana, Dios dirá; es su frase de usted. - ---Tome usted cinco y déselas. - -Alberto trasladó las cinco pesetas a la mano de Verónica y esta a la -de su madre. La vieja quería protestar de aquella mezquindad, o cuando -menos llevarse a Verónica: - ---Hija, te vienes conmigo esta noche, con cualquier pretexto, y así, -que entre en celos y suelte la mosca. A lo mejor no le has dicho que -estamos muy apuradas, porque, cuidao, ties una asaura que te cuelga, -Veri. Nada, que hoy te vienes con nosotras. - ---¡Quia! Me paece a mí que usté está chalá, madre. - ---¿A que te ha dao dinero a ti y te lo has gastao en trapos o en -perfumes? - ---No es por ahí, madre. - ---Vaya, que no me cabe en la cabeza, un señorón como él. - -Verónica se apartó de la vieja y fue a colocarse entre Bériz y -Pilarcita, interrumpiéndoles la cháchara, porque suponía que Alberto, -aunque lo disimulase, sufría en aquella coyuntura resquemor de celos. - -Llamaron a la puerta, salió Angelón a abrir y a poco apareció de nuevo -acompañado de Juan Halconete, cogiéndole del brazo. La figura, el aire, -el rostro, orondo y rubicundo de Halconete tenían abacial prestancia. -Saludó, inclinándose en los umbrales, con ruborosa y sonriente timidez, -y luego avanzó hasta Alberto y se sentó al lado suyo. - ---He encontrado a Tejero en la calle de Alcalá y me ha dicho que -estaba usted algo enfermo. ¿Qué es ello? - ---Nada, realmente. - ---Me alegro. Conque un mitin, ¿eh? Este Tejero es hombre de grandes -arranques. Nada menos que va a salvar a España. En verdad que me deja -perplejo este joven... Por lo pronto, no se contenta con menos que con -exterminarnos a todos los que somos conservadores. - ---Usted no es conservador. - ---Lo soy, y convencido. - -En el rostro de Halconete había siempre singular combate entre la boca, -demasiadamente pequeña y una sonrisa sutil que pugnaba, sin cejar, por -abrirla y distenderla; y era esto de manera tan sugestiva y paradójica, -que hacía pensar en esos chicuelos que conducen por la calle un gran -perro atado con un cordel, y el perro tira de un lado, el chico de otro -y andan en un vaivén que amenaza romper la cuerda. Cuando la cuerda -rompía, muy de tarde en tarde, Halconete dejaba en libertad, repartida -en varios tiempos o saltos, una carcajada opaca. - ---Usted no es conservador o se cansará muy pronto de serlo. Me -explicaré. Yo creo que todas las cosas, así de la materia como del -espíritu, en último análisis, quedan reducidas a tres términos o a tres -dimensiones. De aquí viene, sin duda, la existencia de una trinidad en -la mayor parte de las religiones y el suponer al número tres dotado de -virtudes místicas. La política es el arte de conducir a los hombres. -Ahora bien; se puede creer, primero, que el hombre es fundamentalmente -malo y no tiene remedio; segundo, que es fundamentalmente bueno, y -los malos son los tiempos o las leyes; tercero, que no es lo uno -ni lo otro, sino un fantoche, o por mejor decir, que es tonto. -Según se adopten uno de estos tres postulados, se es en política, -primero, conservador; segundo, liberal, y tercero, arribista, como -ahora se dice. Claro que en España la grey política se compone casi -exclusivamente de arribistas, o sea, hombres que juzgan tontos a los -demás y no piensan sino en medrar, como quiera que sea. También pienso -que hay conservadores de buena fe, y a estos la lógica les impone como -único instrumento de gobierno el palo y tente tieso. No niego que -haya uno que otro liberal; pero no se mezclan en la política activa, -y así va el partido. Si del hombre en particular pasamos al universo, -cuya expresión es el arte, se puede creer que el mundo es malo, que -el mundo es bueno o que el mundo es tonto; es decir, tenemos el arte -melodramático, el arte trágico y el arte humorístico. Pues yo digo, y -perdóneme la franqueza, que usted no puede ser conservador sincero, -como no puede ser un urdidor de arte melodramático, sino, en todo caso, -un poco arribista en política y un mucho humorista en arte. - -Halconete y Alberto estaban en un ángulo del comedor, alongados un -trecho del resto de las personas, de manera que estas no podían oír lo -que ellos entre sí hablaban. Cuando Alberto dio fin a su disquisición, -Ríos, Bériz y Apolinar corrían la mesa a una parte, dejando libre el -centro de la pieza. Halconete parecía observar la maniobra con mucho -interés. - ---¡Y ahora a bailar, niña! --jaleó Angelón, golpeando una botella con -un cuchillo. - -Apolinar se había sentado en una actitud inverosímil, con la rabadilla -tangente al borde del asiento, y las posaderas avanzando en el aire, -que no parecía tener base segura de sustentación, y aún hizo más, que -fue levantar una pierna y apoyarla por el tobillo en la rodilla de la -otra, enhiestar el torso cuanto pudo, derribar hacia atrás la cabeza, -batir palmas y castañuelear con los dedos, y arrancarse a canturrear -por lo jondo. - -Pilarcita salió al centro de la estancia y comenzó a marcarse un tango -que la madre comentaba con suspiros, enarcamientos de cejas y elevación -extática de las pupilas. - ---¡Qué niña! ¡Cómo pespuntea! --insinuaba la vieja, volviéndose a mirar -a los concurrentes, como solicitando alguna prueba de aprobación, -que todos otorgaron con prodigalidad, menos Verónica y Halconete, -que era hombre muy callado y tímido. Pero, a pesar de su silencio y -circunspección, Halconete era, de todos los allí reunidos, el que más -refinada emoción recibía viendo bailar a Pilarcita. - -Bériz mostrábase evidentemente encalabrinado por obra y gracia de -la joven, y esta, mareada de aclamaciones y jaleos, saltaba, reía y -retozaba aquí y acullá, y al fin, volviendo al centro de la pieza diose -a girar y girar sobre las puntas de los pies, hasta que las faldas se -desplegaron al aire a modo de hongo o paracaídas, de suerte que dejaban -en descubierto los blancos pantaloncillos, y las piernas, calzadas de -negro, sutilísimas, maravillosas. - -Alberto observaba más a Halconete que a Pilarcita. Estaba Halconete -con entrambas manos apoyadas sobre el puño del bastón; el aire de su -persona era más abacial que nunca. Recordaba a aquellos pulidos abades -de otro tiempo, doctos en Humanidades y meticulosos catadores de la -vida y sus más recónditos placeres. Sus ojos, entre azules y violeta, -eran, como el acanto de Plinio, dulces y casi fluidos, y se entornaban -ahora para mirar a Pilarcita con gesto de suma voluptuosidad. -Observando a Halconete, Alberto vino a caer en que había una cuarta -postura frente a la vida, además de las que él había enumerado: se -puede creer que el mundo es malo, o que es bueno, o que no es lo uno ni -lo otro, sino tonto, y también se puede no preocuparse de cómo es, sino -simplemente de que es, y por ser, gozarse en su existencia, sentirse -vivir, decorar el presente con las más suaves fruiciones, o sea, -contraer la obsesión del tiempo que corre. Esta cuarta postura engendra -una estética y una ética peculiares y lleva consigo el sentimiento así -de una gran ternura por lo huidero, fugitivo, frágil y momentáneo, como -de una gran afición a aquello a que el tiempo no hace menoscabo, antes -lo enaltece y mejora; en suma, el gusto de los amigos viejos, de los -libros viejos, de los viejos vinos, tres cosas que ganan con los años, -y de las adolescentes hermosas, lo más efímero de la tierra: gustos los -cuatro que siempre han sido característicos del buen epicúreo. - ---¡Estas cendolillas! --exclamó Halconete con acento algo agitado. -(Cendolilla, mozuela de poco juicio.) - -Nuevos golpes a la puerta y segunda aparición de Teófilo. Venía lívido. - ---Qué sorpresa... Nunca pude imaginar que volvieras --dijo Alberto. - -Teófilo livideció más aún; pensó: «Ya se ha descubierto.» Y balbuceó: - ---¿Por qué? - ---Porque has estado aquí esta tarde... - -Después de saludar a los presentes llamó aparte a Alberto. Preguntó: - ---¿Qué ha dicho Antón Tejero? - ---¿De qué? - ---No disimules, porque necesito saberlo cuanto antes. - ---¡Ah, ya! ¿Del mitin? Pues, muy bien. Leímos tu nota y Tejero dijo que -venías que ni pintado para ocupar la casilla del orador-poeta. ¿Te ha -picado también a ti la tarántula política? - -Teófilo pensó: «Este no sabe nada, porque no es posible que sea tan -zorramplín y ladino.» Habló en voz alta: - ---Dime, ¿llegó Angelón antes de que se hubiera marchado Tejero? - ---Sí; algún tiempo antes. ¿Por qué lo preguntas? ¿Por si se ha enterado -de lo del mitin? - ---Justo --y pensó: «Quizás haya cargado él con el mochuelo.» - ---Es tarde y yo me voy con Pilarcita --dijo la vieja, poniéndose en pie. - ---Y yo les acompaño a ustedes hasta su casa --añadió Bériz. - -Despidiéronse. Bériz, a tiempo que daba la mano a Halconete, insinuole -en voz bisbiseada este pronóstico: - ---A la niña me la beneficio yo, si Dios quiere. - -Poco después de la vieja, la niña y el mancebo levantino, Halconete se -marchó también, y Apolinar. Más tarde salieron Angelón y Verónica a -tomar el aire y quedaron a solas Teófilo y Alberto. Habló este: - ---Estoy fatigado, Teófilo. Voy a mi alcoba y me acostaré en unos -minutos. No pienses que lo digo por que te vayas; es que no me siento -nada bien. - ---Tengo que irme yo también, en unos minutos, así que te haga una -pregunta --la pregunta de Teófilo concernía al sastre. - -Alberto echó a andar hacia su alcoba; Teófilo le seguía. - -En la mesa de noche había un retrato de mujer, reclinado en el muro, y -más arriba un papel manuscrito, sujeto con alfileres. - ---¿Es tu novia? - ---Sí. - ---Es bonita. ¿Qué dice este papel? - ---Son unas palabras de Goethe, que traducidas, dicen así: «Todos los -días se debe por lo menos oír una pequeña canción, leer una buena -poesía, ver un buen cuadro y, si fuera posible, decir algunas palabras -razonables.» - ---Para no perder el día, claro está. - ---Según Goethe. - -Teófilo se recogió a recordar: - ---Pues yo no he perdido el día. Todo eso hice y algo más. - ---Yo no hice nada de eso. - -Teófilo se acercó al papelillo: - ---Pues aún hay más aquí: «Día sin haber reído, día perdido» --Teófilo -hizo por recordar de nuevo--. Si ello fuera verdad, que no lo es, he -perdido el día, y aun semanas y meses... - ---¿Qué era la pregunta que querías hacerme? - -Teófilo refirió la aventura con el sastre, modificando por supuesto la -cifra de pesetas, las cuales dijo haber recibido de un rico paisano -suyo y admirador con quien por ventura había tropezado en la calle, y, -por último, sus temores de que el ladino alfayate se quedara con el -santo y la limosna. - ---No pases ninguna inquietud, Teófilo. Si mañana salgo yo iré a verlo y -hablarle. Si no mañana, el primer día que salga. No te apures. - -Retirose Teófilo y Alberto se encontró, por fin, solo, cruzado de -brazos, frente a un retrato inanimado y gris, triste trasunto de una -juventud que allá en el Norte, entre neblina y silencio, se consumía -sin fruto, como también la de él se iba consumiendo poco a poco. - - - - -PARTE III - -TROTERAS y DANZADERAS - - The Indian dances to prepare himself for killing his enemy; but - our dance is the very act of killing _Time_, a more inveterate - and formidable foe than any the Indian has to contend with; for, - however completely and ingeniously killed, he is sure to rise - again, «with twenty mortal murders on his crown», leading his army - of blue devils, with _ennui_ in the van and vapours in the rear. - - PEACOCK. - - - - -I - - -En un rinconcito de los Italianos, Eduardo Travesedo y Alberto Díaz de -Guzmán daban fin a la cena, deglutiendo con gran precipitación diversas -clases de frutas. - ---¡Ay! Se me ha colado un hueso de ciruela, mal pronóstico --dijo -Travesedo, balanceando su benévola cabeza miope, de modo reprobador. - ---¿Mal pronóstico? - ---Para la temporada del circo. - ---Hombre, no veo concomitancia ninguna... - ---Ni yo tampoco; pero estoy tan castigado que me voy haciendo -supersticioso. ¿Ves si son negras mis barbas? Pues más negra es mi -suerte --y aplicó la diestra mano, dúctil, inquieta y mórbida, a la -parte inferior del rostro; adhirió después los separados dedos a la -tiznada pelambre de la barba, de tal suerte, que parecían cinco lenguas -de lumbre lamiendo la enhollinada barriga de un pote; y a lo último -la retiró con los dedos en piño, después de haber afilado el lóbrego -ornamento capilar. Añadió--: Según todos los cálculos y racionales -previsiones, una temporada de invierno en el circo, con un programa -ameno y escogido de variedades, debe ser un gran éxito de taquilla, -¿verdad? El programa, excelente, no se le puede pedir más; ya has visto -los ensayos. Todos los números son debuts, y dos de ellos para repicar -gordo; una princesa rusa, la Tamará, que es princesa de veras, no lo -dudes, y luego, nada menos que la amante de un ministro de la corona, -y no hay golfo que no lo sepa a estas horas, aunque ella se haya -puesto Antígona, ¡vaya un nombrecito! Con todos estos antecedentes, lo -lógico, lo racional es que el circo esté hoy de bote en bote, porque -una función inaugural como la nuestra no se ve todos los días, me lo -concederás. Bueno, allá veremos. Te repito, mi suerte es más negra que -mis barbas. - ---Te quejas un poco de vicio. - ---Hombre, me rezuma la razón por todas partes. Cuidado si he tenido -mala pata en esta vida... Y todo por hacer cálculos y previsiones -racionales. En cuanto me he metido en un negocio, y he dicho, lo -racional es esto, ¡cataplum! ha sobrevenido lo irracional. No hay cosa -que tanto embarace y estorbe en la vida como la inteligencia. Por lo -que atañe al provecho, al lucro, en este mundo ser inteligente y ser -tonto vienen a ser la misma cosa. ¿No ha sido Hegel quien dijo que el -universo es un silogismo cristalizado? Sí, sí; una sandez empedernida, -más bien. Pero se hace tarde. En el circo tomaremos café. - -Travesedo batió palmas, pagó el gasto y salió del restorán acompañado -de Alberto. - -Llegaron al circo en coche de punto, con tres cuartos de horas de -anticipación. - ---¿Hay gente? --preguntó Travesedo a uno de los porteros. - ---No, señor. Es muy temprano todavía. - ---¿Qué papeles son esos? - ---La lista de los que tienen entrada libre. - ---¿Quién se la ha dado a usted? - ---El maestro Soler. - -Travesedo hojeó tres pliegos que el portero le había entregado y se los -pasó a Alberto. - ---Asómbrate. Todos esos que ahí ves tienen el circo a su disposición -sin pagar un cuarto. - -Eran tres apretadas columnas de nombres, llenando seis páginas. - ---No es posible. Con esto basta para atestar la sala --observó Alberto. - ---Ahora dime si puede haber negocio de teatros en Madrid. Por supuesto, -aquí voy a entrar yo con la podadera, porque ya es demasiado. Como al -maestro Soler no le va ni le viene, mira qué trabajo le cuesta incluir -en la lista a las redacciones en pleno, al Conservatorio de música y -declamación, a la Escuela de Bellas Artes y al Hospicio provincial. - -Travesedo pasó a la taquilla. Alberto le aguardó a la puerta. - ---¿Qué te decía yo? --habló Travesedo, así que salió, y se mesaba las -barbas--. ¿Sabes lo que ha entrado en taquilla? Cien pesetas y pico: -dos palcos y una docena de butacas. Átame cabos; la nómina anda por las -mil al día; luego el alquiler, que es brutal; la luz, el servicio... -Buen pelo voy a echar. - ---Hombre, para venir al circo no se toman las localidades de antemano, -sino a la hora de la función. No tienes motivo para preocuparte aún. - ---Quita allá, inocente. Si es mi sino tenebroso. Debía haber, desde -hace tres días, torneos de boxeo delante de la taquilla por coger -sitio. Y si no, ven acá infeliz, ¿para cuándo se deja? Pues ahí es -moco de pavo una princesa y la amante de un ministro, que hasta los -gatos lo saben. Eso de haber retrasado la inauguración ocho días nos ha -perjudicado. - -Se encaminaron al escenario a través de un pasillo circular, cuyos -muros estaban casi cubiertos con cartelones llamativos, representando -payasos, acróbatas, perros, troteras y danzaderas. - -A la puerta del escenario, un grupo de hasta cinco tramoyistas fumaban -y bebían cerveza. Oíase un orfeón de ladridos, y entre el alboroto del -conjunto no era difícil desglosar la gama entera de la lírica perruna, -desde la voz de bajo doctoral del terranova, hasta el plañido _sfogato_ -de la galga faldera, pasando por la elegante modulación abaritonada -del caniche, o perro de aguas, y las nítidas notas de soprano del -_fox-terrier_. - -Cerca de la puerta del escenario arrancaba una escalera muy pina -que conducía a la dirección. Era esta una pieza angosta, empapelada -y amueblada de nuevo, que olía a cola de carpintero y a barniz de -alcohol. En las paredes, color verde dragón, destacaban aquí y acullá, -desplegados en forma de abanico, golpes de fotografías y postales -de cupletistas y bailarinas, y uno que otro atleta, con sendas -dedicatorias manuscritas al pie. - -Apenas se habían sentado, Travesedo detrás de la mesa de despacho, y -Guzmán en una sillita, cuando repicaron con los nudillos a la puerta y -una voz rajada y mate dijo: - ---¿Si puó? - ---Sí, preciosa; adelante --gritó Travesedo poniéndose en pie, con los -ojos muy pajareros. - -Alberto se levantó también, con la silla pegada a los pantalones, la -cual cayó a tierra en seguida, con sobrada sonoridad. - -Entró en el aposento una dama elegante, que fue en derechura a la mesa -de despacho, frente a Travesedo, y le acarició con mimo las barbas. - ---¿Estás bene, carino? Siéntate, siéntate, angelotti. ¡Oh, qué bello, -qué bello que estás! Hugolino, mío tesoro; besa a don Eduardo, que está -tanto bello; dale un bravo baciozzo. - -Veía Alberto a la mujer por la espalda; el traje, azul oscuro, muy -escurrido y pegado al cuerpo; el sombrero en extremo chato, haldudo y -tan aplastado sobre los hombros que hacía sospechar que la dama fuese -acéfala. La dama alargó entrambos brazos hacia la cara de Travesedo, -presentándole algo que Alberto no podía ver y que Travesedo hubo -de rechazar con brusco manotazo, a tiempo que retiraba la cabeza y -malhumorado decía: - ---No seas marrana. ¡Al diablo con ese bicho asqueroso! - -Surgió entonces en el aire un a modo de enano cometa, flamígero y -estridente, de luengo rabo, que vino a caer en el pecho de Alberto, y -de allí salió rebotado con increíble viveza a un pequeño sofá, de cuyos -muelles recibió energías para subir deslizándose por un muro hasta -cerca de la techumbre, y en aquel punto el cometa se hizo centella que -comenzó a cruzar los ámbitos de la habitación en vertiginosos giros, -aullando con una voz alfeñicada y punzante. La dama perseguía a la -centella, riéndose y procurando imprimir a sus raudos movimientos -aquella gracia virginal de las zagalas que se afanan en pos de una -mariposa o de una quimera. - ---¡Hugolino! ¡Hugolino! --suspiraba--. Viene a tua mamina. - -En una de estas, Hugolino se plantó de un brinco en el pingüe y -túrgido seno de la dama, y como si estuviera abochornado de la pasada -travesura, se esforzaba en esconderse debajo de las pieles del boa. -Hugolino era un macaquillo brasileño, de imponderable pequeñez, sedosas -lanas doradas, enorme y peludo rabo, y ojuelos de infantil aflición. -Quejábase de continuo, con chillido enteco y áspero. La dama besó a -Hugolino repetidas veces, y el macaco, con sus manecitas morenas sobre -las mejillas de la mujer, volvíase a mirar tan pronto a Travesedo como -a Guzmán, lleno de sobresalto. Después de haber besuqueado al mico, la -dama se encaró con Travesedo, y soltó en retahíla los más pintorescos, -complicados, soeces y torpes insultos, con bilingüe promiscuidad y -latina facundia, que al de las negras barbas y sino negro le sacudían -de risa; y esta risa subió de punto cuando la dama, sin previa -gradación retórica ni cosa que lo hiciera presumir, se inclinó sobre -la mesa de despacho, depositó restallante beso sobre los rotundos -carrillos de Travesedo, y dulcificando cuanto pudo la cascajosa agrura -de su voz, melliza de la del macaco, exhaló estas palabras: - ---¡Dame cincuenta lire de anticipo! ¡Qué eres carino, carino, bellino! - ---¿Cincuenta liras? Estás fresca --respondió Travesedo, congestionado -de risa. - -La dama se volvió hacia Alberto, desolada. Sus ojos eran grandes, -hondos, de un negror denso y suave; la tez, de un blanco clara de -huevo, como vaciado fresco de escayola, y sobre ella, artificiales -lunares, sin número y muy mal repartidos; la boca, de un rojo -quirúrgico, repelente. - ---¡Está un bestia, un mascalzone! ¡Sí, sí! --murmuró, señalando con la -mano izquierda a Travesedo. - ---Pero, mujer, ¡si te has llevado ya más del sueldo de la primera -semana en anticipos! ¿Qué más quieres? Si se os hiciera caso... buen -pelo íbamos a echar. - ---Pelo, pelo... --y le asió de las barbas--. ¿Venticinque? No seas -cattivo. Va, va; venticinque. - ---Ni ventichincue ni na... Además, no tengo las llaves de la caja. - ---¡Tirano, bárbaro, leccatone! --por aliviar su aflición extrajo a -Hugolino de las sinuosas y tibias profundidades en donde se había -colado y lo colmó de besos y lengüetaditas, nuevamente. - ---Pero, oye, ¿de qué te sirve ese novio que has pescado? Mira si tiene -suerte --agregó, dirigiéndose a Alberto--. No ha debutado aún y ya le -ha salido un adlátere. - ---¡Oh! Es un querubín. Niente de carino, niente. Ma che; tanto buono... -Un angelo. A la puerta está. Paciente, pacientísimo como una pécora ---habló la dama, haciendo cuantas mimosas muecas le consentía la dureza -del estuco que llevaba sobre la piel. - -Travesedo, al oír lo de pécora, soltose a reír con fresco brío. - ---Atiza. Buen piropo para el pobre muchacho. - -Alberto intervino: - ---Pécora es oveja. - -Y aquí la risa de Travesedo se multiplicó. - ---Estos italianos son los seres más ridículos del orbe... - ---¿Por lo de pécora? Es que pécora es oveja también en castellano. - ---Vamos, hombre... Lo que es pécora ya me lo sé yo. Bueno, señorita -Pécora --dijo, hablando con la dama--; dile a la pécora macho que puede -entrar. --Volviéndose hacia Alberto--: Es un chico muy fino, agregado -en la legación de no sé cuál de esas republiquinas americanas. - -Fue la dama a la puerta y entró el que Travesedo calificaba de pécora -macho. Después entró Verónica, de abrigo largo y mantilla. El amante de -la dueña de Hugolino era un joven fornido y aventajado de estatura, -con jeta de indio bozal, terroso el color y una gran nube, con visos -de ópalo, en el ojo derecho. Vestía con extraordinaria exageración a -la moda de París, y el vestido daba indicios de embarazarle, como si -lo llevase por primera vez y el mozo sintiera la nostalgia del dulce y -expeditivo taparrabos. Parecía poco hecho a vivir entre gentes; rodaba -la cabeza en torno, con sonrisas propiciatorias, como si suplicase -benevolencia. - -Verónica venía algo excitada: - ---Chicos, estoy nerviosa. Me siento. - ---Siéntese usted también --dijo Travesedo al joven bozal. - -La dama del macaco se adelantó a hablar: - ---Andamos al mío camerino. ¿Hay fuego en el camerino? Porque si no hay -yo no me hago desnuda; y Hugolino, el poverino que siente tanto el -frío... ¿Las fiori? - ---Luego te las llevarán. - -Salieron la dama y su amigo. Verónica les fue siguiendo con los ojos, y -en cuanto los perdió de vista no pudo menos de manifestar su opinión. - ---¡Cuidao que lleva basura encima de su alma! Pues, ¿y el gachó -que la sirve? Si tié unos labios que parecen talmente una pila pa -cristianar... Se ve ca cosa. ¿Se ha hecho usté daño? --preguntó a -Travesedo. - ---Daño ¿en dónde? - ---Ahí, en la cara, a la derecha, junto a la nariz. - -Travesedo se tentó con la mano, siguiendo las puntuales sugestiones -topográficas de Verónica. Tenía en el lugar indicado una gran mancha -rojiza, que no era otra cosa que la huella osculatoria de la dama del -macaco. Cuando dieron en ello, todos celebraron el lance. - ---Chiquillo --habló Verónica, volviéndose hacia Alberto--, en casa -están que echan chiribitas. Sobre todo Pilar y mi madre. Que si debuto -porque soy una intriganta y una golfa, y el caos, Alberto. No desean -sino que me den un zumbío en el debut, y me da el corazón que se van -a salir con la suya. No puedo estar quieta en un sitio --se puso en -pie, llevando detrás de sí la silla, adosada al abrigo. Volviose -sobresaltada y la silla cayó con estrépito--. ¡Qué susto! Cualquiera -cosa me pone fuera de mí. Algo gordo me va a pasar... - ---¿Y Angelón? --preguntó Travesedo. - ---Luego vendrá. - -Entraron Teófilo y el maestro Soler. Teófilo venía trajeado de nuevo, -pero sus botas, a pesar de la reverberación falaz que el limpiabotas -recientemente les había otorgado, descubrían su estado ruinoso, y el -sombrero, aun cuando Teófilo trataba de esconderlo, exhibía abusiva -exuberancia de superfluidades adiposas. Es decir, que la fábrica de -su elegancia era triste y caediza, sin cimientos ni remate. También -el rostro tenía un no sé qué de aflicción, mal disimulado bajo la -compostura afable. Traía una rosa en la mano. - ---¿Hay gente, maestro? --inquirió Travesedo. - ---Mucha gente. - ---¡Bendito sea Dios! - ---¿Lo ves? --dijo Alberto, acercándose a la puerta. - ---¿No ha venido don Jovino? Tiene un cuajo... --habló Travesedo. - ---Abajo está --respondió el músico--, hablando con las Petunias. - ---Y Antígona, ¿no ha venido aún? --preguntó Teófilo. - ---No sé --dijo Travesedo--. Ya debe ser la hora de empezar... - ---Muy cerca. Yo voy a la orquesta. - -Salieron todos. Por los pasillos y las escaleras iban y venían, -subían y bajaban, peregrinos ejemplares de todo linaje, edad, sexo y -condición, ataviados de manera inusitada y polícroma. El aire estaba -espeso con aromas de tocador y efluvios zoológicos, y dentro de él -temblaban derretidos cuchicheos, risas, voces y ladridos de canes. - -Al pie de la escalera había una gran estufa, al rojo, que despedía -un calor plutónico, y en torno de ella un corrillo de bailarinas, -farsantes, titiriteros y el clown Spechio, la mayor parte en mallas o -con sucintas galas escénicas, y sobre los hombros chales, mantones, -abrigos, batas. Dos metros alongados de este corrillo estaban las -Petunias, dos jovencitas, la una delgaducha, alta y tiesa, la otra -pequeñuela, acogolladita y muy dengosa, vestidas todo de rojo, la -falda hasta el gozne de la rodilla. Las acompañaba don Jovino, el -empresario, conocido en el mundo de los holgorios madrileños por dos -remoquetes: _el Obispo retirado y el Fraile motilón_. Teófilo y Alberto -se acercaron a saludarle. Era don Jovino hombre obeso, como sus alias -hacían presumir, y de muy altas miras, no porque sus ideales morales -fueran elevados, sino por el extraño modo con que la cabeza encajaba -en el torso, caída hacia la espalda y de manera que se veía forzado a -mirar siempre al cielo o al cielo raso. La primera cosa de don Jovino -que acaparaba la atención, y lo que después continuaba acaparándola, -era el vientre, como acontece con algunos ídolos búdicos, y también, -como con tales ídolos acontece, cráneo, brazos y piernas parecían -desarticulados del corpachón, o estaban articulados malamente y en -sitios inadecuados o absurdos. Aun viéndole en pie se creía verle -en cuclillas, tal era la exigüidad de sus extremidades abdominales, -plegadas, por otra parte, en actitud fetal. Y no solo su facha, sino -además su conducta, tenía la serenidad idiótica de los ídolos. Rara -vez se molestaba en informarse de lo que alrededor suyo sucedía, -ni se dignaba intervenir en las conversaciones o responder si se le -preguntaba algo. Era rico, manirroto y mujeriego. - -Cuando Teófilo y Alberto se apartaron de don Jovino, el poeta no pudo -por menos de lamentarse, en voz alta, de lo mal repartidas que en este -mundo andan las riquezas. - ---Es irritante... Ya ves, ese buey... ¿Me quieres decir para qué le -sirve a él el dinero? En cambio yo... - -Fueron a sentarse en una de las últimas filas de butacas. - -La luz azulina de los arcos voltaicos, al mezclarse con la rojiza y -dorada de las bombillas eléctricas, ponía en el ambiente huideros -cambiantes, como de absintio, y era un poco mareante. La sala estaba -poblada de misterioso runruneo, como el que habita dentro de las -grandes caracolas. - - - - -II - - -Desde el día de la original declaración de amor a Rosina, el encuentro -con don Sabas, el robo de las doscientas pesetas y la última carta de -su madre, habían transcurrido quince días, que Teófilo calificaba así, -mentalmente: «los más intensos de mi vida.» A raíz de saberse amado por -Rosina, había resuelto no desnaturalizar el delicado y gustoso carácter -de sus relaciones platónicas hasta tanto que no pudiera hacerla suya, -suya por entero y para siempre; pero ocurrió que, como menudease las -visitas y no escaseasen besos, abrazos y otras encarecidas y ardorosas -muestras de amor, cierta tarde, en que por fortuna llevaba ropa -interior nueva, el frágil e inocente tinglado platónico desapareció, -disuelto entre ígneos arrebatos y deleites, como pobre ermita que -estuviera levantada sobre un volcán. Después de haber hecho suya -a Rosina, Teófilo quedó como atónito y el ánimo turbado por tan -contrarios sentimientos y tan dulcísimas zozobras, que no sabía decir -si había alcanzado la felicidad suma en la tierra o había entrado por -los umbrales de la suprema desventura. - -La experiencia amorosa de Teófilo se reducía a aventurillas mercenarias -de ínfimo jaez, las cuales, no pocas veces, por la virtud lustral y -metamorfoseante de la poesía, se habían purificado y convertido en -intrigas cuya heroína era una princesa de manos abaciales y sabias -en el arte de tañer el clavicordio. Rosina no era princesa ni le -hacía ninguna falta para ser una mujer deleitable sobremanera: -inteligente, bella, efusiva, tan pronto arrebatada y devoradora como -lánguida y pueril, y en todo momento suave, suave, con una suavidad -aplaciente, sutil y enervante, que se metía hasta el meollo del alma -y la anestesiaba y adormecía como sobre mullido lecho de neblinosas -ensoñaciones. Tarde se le había revelado el amor a Teófilo; pero se -le había revelado al fin nimbado en gloria celestial, envuelto en -inmarcesible lumbre, tan viva, que lo mismo los ojos del espíritu -que los del cuerpo los tenía alelados y en pasajera ceguedad. Todo -su ser sufría la agridulce tiranía de una voluptuosidad que no le -admitía hartura. Y así, en lugar de hacer suya a Rosina por entero, -sin reservas y para siempre, él era quien se había entregado a la -mujer de lleno, sin escatimarle nada y quizás para toda la vida. -Cuando no estaba junto a ella se iba a encerrar en la alcoba de la -casa de huéspedes en donde vivía. Unas veces se le infundía en el -pecho un júbilo doloroso, porque amenazaba no admitir freno y era casi -una comezón de locura. Otras veces su tristeza era tan grande que -deseaba llorar, y no era raro que llorase. Pensó libertarse de aquella -exuberancia emotiva componiendo versos, y en esta labor empleaba -algunas horas. - -Rosina hacía de él lo que le venía en gana. Sin esfuerzo ninguno le -convenció de que lo conveniente y lo sabroso era mantener ocultas sus -relaciones: - ---Mira, bobo, en rigor, para el caso es como si Sabas fuera el marido y -tú el amante. El papel de marido es ridículo, el de amante honroso. Yo -me explico que don Juan Tenorio anduviera siempre con la cabeza alta. -¿Habrá cosa mejor que saber lo que otros no saben e ir pensando: «si -estos infelices supieran?...» Quiero decir que todos creen, pongo por -caso, que yo soy la amante de Sicilia, y ni sospechan que las cosas van -por otro camino, que no quiero sino a ti. ¡Qué satisfacción y qué risa -por dentro cuando andes entre todos esos desdichados que no saben de -la misa la media! Yo te juro que no creo que haya nada tan dulce como -guardar un secreto. Solo los tontos y las tontas venden los secretos. -Y esos estúpidos impíos que hablan de la confesión y del arma que es -en manos de los curas... Están apañados. Yo, cura, en seguida iba a -revelar lo que se me contara. Pero no comprenden, no comprenden, y Dios -me perdone si he dicho o pensado algo irrespetuoso contra la religión ---se santiguaba, porque era supersticiosa. - -Teófilo se avenía a todo lo que Rosina deseaba y se dejaba llevar, -sin curiosidad por saber adónde, antes con un oscuro temor de pensar -en ello. Sugestionado por Rosina, admitió en seguida, como el más -refinado, astuto y fuerte placer mantener recónditos sus amores, de -tal manera que nadie lo echase de ver ni por asomo. Aunque muy por -lo turbio, presentía que no había de tardar en recibir dinero de su -amante, mejor dicho, de don Sabas a través de Rosina, y también por lo -turbio se justificaba de antemano con la fuerza de la pasión, que, al -igual del fuego, todo lo limpia y acrisola. - -Su estado económico era cada vez más angustioso, complicándose con las -primeras deudas contraídas de mala fe, angosto portillo por donde -se sale al campo abierto del bandolerismo habitual. El día de la -inauguración del circo, su patrona le había requerido para que pagase -por anticipado la mensualidad, como tenía por costumbre, so pena de que -ella le plantase en la calle y no le abriese la puerta a la noche. No -tenía, al recibir el _ultimatum_ de la patrona, arriba de dos pesetas -en el bolsillo, con las cuales se lustró las botas y compró una rosa -roja para ofrecérsela a Rosina. - -Allí, al lado de Alberto, en una de las últimas filas de butacas, se le -planteaba perentoriamente el problema de dónde había de pasar la noche. -Rosina le había admitido ya varias noches en su compañía. «Pero, ¿y si -esta noche no me dice nada, como parece lo probable, con la emoción y -distracción del debut?», pensaba Teófilo. - ---Alberto --bisbiseó Teófilo--, tengo que pedirte un gran favor. - ---Si está en mi mano... - ---No tengo dónde dormir esta noche. ¿No hay en casa de Angelón alguna -cama?... Un diván, un sofá, cualquiera cosa; por una noche... - ---Sin duda. Por esta noche y aun varias, no pases cuidado. La cuestión -es para lo porvenir. - ---Lo porvenir no me apura. Tengo una gran esperanza de que todo me va a -salir bien. Mañana es el mitin, ¿verdad? - ---Sí, mañana. - ---¿Hablas tú? - ---Se empeña Tejero. - ---Yo no puedo, no puedo. Os suplico que me perdonéis. Si supieras cómo -estoy... - ---¿Dura el lío amoroso aún?... - ---Flaca memoria tienes. Te he dicho la primera vez que te hablé de esto -que era toda mi vida. - ---¿Quién es la dama? - ---Perdona, pero no se puede saber; es asunto de honor. - ---¿Y el viaje a El Escorial? - ---No hemos podido realizarlo. - ---¡Vaya por Dios! - ---Si vieras cuánto siento no poder tomar parte en el mitin... Odio -a aquel infecto anciano --murmuró Teófilo, señalando con ademán -teatral el palco en donde estaba don Sabas Sicilia con sus dos hijos, -Pascualito y Angelín. Y después, como se diera cuenta que Alberto le -miraba de un modo significativo, preguntó azorado--: ¿Por qué me miras -así? - ---Por nada; es decir, porque Pascualito es uno de tus muñidores, de -los que más te han alabado y te anda poniendo siempre por las nubes, y -ahora sales con que odias al padre. ¿Por qué? - ---Es un sentimiento moral, político pudiera decirse. ¿Por qué te -sonríes con ese aire de burla? Vosotros, los mestizos de literatos y -sociólogos, se os figura que nadie sabe nada de nada. Quiero decir que -es un movimiento desinteresado, de repugnancia al ver que los destinos -de la nación puedan estar en manos de semejante viejo. - ---¡Bah! Es un bravo viejo anacreóntico, según tu fraseología. - -En escena había un baturro dándole con gran arremango al guitarrillo. -Una baturra, que estaba en pie al lado de él, cantó: - - ¿Cuándo nos veremos, maño, - como los pies del Señor, - uno encimica del otro - y un clavito entre los dos? - -El público celebró la donosura con grandes carcajadas. - ---¡Qué asco! --susurró Teófilo, y paseó sus ojos por la muchedumbre con -una contracción en el rostro, como de aquel que sufre bascas--. Mira -alrededor tuyo, Alberto; sáciate con el espectáculo de un gran concurso -de humanidad. ¡Qué idiota! Digo que yo soy el idiota. ¿Pues no te he -hablado hace un momento de mítines y discursos, y otras ridiculeces -semejantes? La salud del pueblo... El pueblo... ¿Qué es el pueblo? -Observa aquí el pueblo, si puedes sin que se te revuelvan las tripas. -Observa qué vientres, qué caras, qué cabezas, y eso que habría que -verlas por dentro... - ---Chss --se oyó en la sala, y algunas se volvieron a mirar a Teófilo y -Alberto. El poeta hizo rostro muy osado a los mirones y refunfuñó: - ---¿Qué? ¿Qué ocurre? --continuó hablando con Alberto, ahora en voz muy -tenue--. ¿Para qué vive esta gente? - ---¿Para qué vives tú? --le atajó Alberto. - ---Quiero decir, ¿qué pretexto verdad tienen para vivir? - ---¿Qué pretexto verdad tienes tú? - ---Yo soy un artista, un poeta. - ---Doy por sentado que lo eres, y en este caso tú no eres sino el -pretexto de ellos, de esa gente; tú no vives por y para ti, sino por y -para esa gente. - ---No lo veo claro. - ---Sí, ya sé que Nietzsche ha dicho: «Un pueblo o una raza es la -disipación de energía que la Naturaleza se permite para crear seis -grandes hombres y para destruirlos en seguida.» ¿No es eso lo que tú -querías decir? - ---Exactamente. - ---Pues yo digo al revés: «Esos seis grandes hombres son la disipación -de energía que de vez en cuando la Naturaleza se permite para que los -pueblos y las razas vivan; esto es, para que tengan conciencia clara -de que viven.» Y si no, suprime de un golpe la masa gris y neutra de -la humanidad, esa que no tiene pretexto para vivir, como tú dices, -y déjame solo los grandes hombres, seis o seis docenas, artistas y -sabios. ¿Quieres decirme qué pretexto tienen en este caso el Arte y -la Ciencia? ¿Quieres decirme qué pretexto tendría el manubrio de un -organillo sin el escondido tinglado de martillejos, clavijas y cuerdas? -Ya sabes que en los presidios ingleses tienen un linaje especial de -tortura y dicen que es lo más horrible que se puede imaginar: consiste -en meter un manubrio en un agujero de la pared y obligan al penado a -que le dé vueltas, horas y más horas, y esto de hacer algo a sabiendas -de que no se hace nada parece ser que vuelve locos o idiotas a los -presidiarios. El Arte por el Arte, tal como tú lo entiendes, es una -cosa semejante. - ---No me convences. - -En esto vinieron a sentarse delante de Teófilo y Alberto dos hombres: -el uno rollizo, como de cuarenta y cinco años, muy jacarandoso, de ojos -insinuantes y lánguidos y una sonrisa melosa y satisfecha; el otro, -joven, recio y hermoso. - ---¿Quién es ese pollo que ha entrado con don Bernabé Barajas? Me parece -conocer la cara... --dijo Alberto. - -Teófilo examinó a los recién llegados. Don Bernabé saludaba, agitando -la mano, a Angelín, el hijo de don Sabas. - ---No sé --repuso Teófilo--. Cualquier sinvergüencilla que don Bernabé -haya pescado y estará en vías de hacerle actor. - -Don Bernabé susurraba algo muy melifluo, a juzgar por la turgencia -sonriente de sus mejillas, al oído del joven, el cual se inclinaba de -aquella parte y medio se volvía por oír mejor. En este punto, Alberto -le reconoció. Adelantose a tocarle en el hombro, con movimiento nacido -de la sorpresa, y le llamó: - ---¡Fernando! - ---¡Don Alberto!... --respondió el joven, enrojeciendo de pronto. - -Don Bernabé flexionó sobre la cintura y se escorzó hasta ver quién era -el que así había aturdido a su joven amigo. - ---¡Ah! ¿Es usted, grande hombre? ¿Y conocía usted a Fernandito? - ---Ya lo creo. - -Algunas personas impusieron silencio chicheando. - ---¿Quién es? --preguntó Teófilo. - ---Un titiritero. Como yo he sido payaso una temporadilla y anduve en -una compañía de saltimbanquis... - ---Vaya, hombre. En serio. - ---En serio. Este era el hércules de la pandilla. Solo sé que se llama -Fernando y que tiene una fuerza brutal, aunque no lo parece. - -Teófilo miraba a Alberto enojadamente. Terminó la primera parte del -espectáculo, compuesta de números de mogollón. - ---Ea, adiós --habló Teófilo, poniéndose en pie. - ---¿Adónde vas? - ---Pss... No sé. Quizás arriba, a los cuartos, a saludar a las muchachas. - ---Voy contigo. - -Teófilo palideció un tanto, lo cual no pasó inadvertido para Alberto, -quien añadió: - ---O si no, mejor me quedo aquí abajo. Ahí veo a Monte, a Bobadilla, a -Honduras... Voy a hablar con ellos. - - - - -III - - -Teófilo tomó el rumbo del escenario, procurando evitar encuentros con -gente conocida; pero entrar en el pasillo y colgársele Angelón Ríos del -brazo fue todo a un tiempo. - ---¿Al cuarto de Rosina? Yo también voy allá --dijo a voces Angelón--. -¿Cómo va la cosa? ¿Bien? Me alegro. - ---Si me dejara usted hablar. Lo que yo quiero decirle es que se -equivoca de medio a medio al hacer hipótesis acerca de esa señorita en -relación conmigo. --Teófilo se puso muy grave. - ---¿Qué? ¿Que usted le hace el amor y ella no le hace caso aún? Bah, no -se apure... Todo llega en este mundo. ¡Eh, tú, golfo! --gritó Angelón. - -Apolinar Murillo se le acercó. - ---Vaya un modo de escurrirse, que parece que no quieres que te vean. - ---Usted perdone, don Ángel, es que no le había visto; por estas. - -Angelón le agarró con la mano que tenía libre. Luego, picarescamente, -continuó diciendo: - ---No se te ve el pelo, niño. ¿Qué? ¿Y de aquello? - ---¿De aquello?... - ---¿Te vas a hacer el lila? - ---Como no me diga usted más... - ---Vaya, niño. De lo de Conchita. - -Apolinar sonrió con maligna petulancia. - ---Te comprendo. Cayó, ¿eh? ¿Y qué tal? - -Apolinar hizo racimo de los dedos, se besó las yemas, sorbió el aire, -puso en blanco los ojos y alentó con voz desvaída: - ---¡Azúcar! - ---Te creo. En fin, gracias. - ---¿Gracias de qué? - ---Parece que hoy estás con la bola desalquilada. ¿De qué? Pues, ¿de qué -va a ser? De habernos abierto el camino a los demás; mira tú este. Yo -no quiero cargos de conciencia. ¿Cuándo te vas? - ---Anda, pues si estoy por quedarme... --y sonrió aviesamente. - ---¿Eh? --inquirió Angelón muy alarmado. - ---Era coba. En seguida me quedo yo. Pal gato. - ---¿Y ella? - ---Pues tan creída que va a haber tálamo nupcial con bendición del -párroco. - ---De manera que ¿no se ha olido que te vas? - ---Anda mal de pituitaria. - ---¿Y cuándo te vas? - ---Mañana mismo. - ---Bien, niño. Y te ibas a ir sin despedirte de mí... - ---¿Quién le ha dicho a usté eso? Pues bueno fuera... - -Llegaron a la puerta de la dirección, que estaba abierta. Dentro de la -estancia oíanse grandes y desacompasadas voces, y entre ellas violentos -golpes de risa. La vociferante era la condesa Beniamina, la poseedora -del macaco brasileño. En su acostumbrada jerga bilingüe, pero con mayor -frenesí que la vez primera, aullaba así: - ---Aquestas non son fiori... Fiori... fiori. Questo e pura m... Son -fiori de chimiterro. ¡Ma che! Yo non tiro tale fiori al público. Yo -non mi sporco con aquestas fiori, e con aquestos sporcacioni que sois -vosotros. - -Cuando la dama, por ventura, se reparaba un minuto en el silencio para -interrumpir con nuevas energías, oíase la carcajada de Travesedo. - ---Ma tu, che sei piu grosso che un rinoceronte, tu frate motilone, no -dices niente ¿Paro qué quieres el danaro? Il tuo danaro io me lo meto -qui, qui --en este punto se oyó algo que pudo ser palmada o azote. - -Angelón y Teófilo entraron en la dirección. Apolinar corrió al -encuentro de Conchita, que a lo largo de angosto pasadizo, flanqueado -de cuartos de artistas, venía por averiguar a qué obedeciese aquel -alboroto. Otros danzantes asomaban la cabeza, a medio embadurnar, por -las puertas, y hacían preguntas o aventuraban algún donaire en un -lenguaje babilónico y bárbaro, amasijo de todos los idiomas conocidos. -Luego, cubriéndose malamente con batines y kimonos, salían hacia la -dirección, se amontonaban en abigarrados pelotones y chanceaban en -fraternal greguería, como si la caterva de castas humanas, escindida -por maldición divina en la torre de Babel, retornase a la amiganza -y unidad primeras por medio del culto a la vida en su forma más -rudimentaria y placentera, como es la exaltación de la energía física y -amor del juego y de la danza. - -Escuchaba Travesedo los denuestos de la Beniamina con irreprimible -hilaridad, y don Jovino, las pupilas proyectadas sobre el cielo raso y -en impasible quietud de fetiche, parecía no oírlos, porque los dioses, -falsos o verdaderos, rara vez prestan oídos a los clamores de los -mortales. El amigo de la dama del macaco, aun cuando sabía que los -sucios dicterios de esta y sus truculentas palabrotas eran proferidos -con ánimo sencillo y sin otro propósito que el de hacer reír, sentíase -en extremo conturbado al ver los muchos curiosos que afluían. Por -fortuna, cuando los mirones comenzaban a apiñarse en la puerta, la -condesa Beniamina cerró su alocución con un epílogo, como de costumbre, -osculatorio, y esta vez doble, que también _el Obispo retirado_ hubo de -recibir la gracia de un beso en sus orondos mofletes. Estaba la condesa -Beniamina en un traje casi edénico, con una camisilla no muy larga y -en extremo traslúcida y unas babuchas de cuero rojo; con todo, no era -mucho lo que mostraba de la piel, que casi toda la llevaba encubierta -bajo un enjambre de lunares postizos, infernalmente negros. Rompió por -entre la gente que había en los pasillos, seguida del caballero bozal, -con airoso vaivén de caderas, que resultaba de una comicidad aguda por -la fase sumaria del indumento de la condesa. Los que por allí estaban -celebraron su desenvoltura, requebrándola y jaleándola, y el clown -Spechio, su compatriota, la obsequió bonitamente con una sonora palmada -en lo más mollar y tentador de su persona, que no parecía sino que lo -estaba pidiendo. - -Entre aquel solícito concurso de diligentes abejas que habían -abandonado su celdilla por libar en la flor de la curiosidad, había una -jamona traviesa y riente, cuyo traje no era más complicado que el de la -condesa. Estaba en mallas, y parecía un pollo pelado: tan considerable -era su caparazón y abdomen y tan enjutas las zancas. - ---Concho, ¿tú por aquí? --dijo Angelón al bípedo implume. - ---Ya ves, cada vez subiendo. Rediós, esta es la vida. - -El nombre de esta clueca pelada era Hortensia Íñigo. Había dicho _cada -vez subiendo_ con ironía, porque en su ya larga carrera artística -había recorrido todos los géneros teatrales, bajando siempre. Había -comenzado de segunda dama en una conocida compañía dramática, de donde -había pasado a una compañía cómica, de aquí a una de zarzuela y, por -último, había caído en el género ínfimo. Era conocida por su avilantez -y desparpajo, y también porque de ella se murmuraba que había tenido -siete abortos voluntarios. Su enemistad con Monte-Valdés era pública -y proverbial, y databa, a lo que se decía, del estreno de una comedia -de aquel, en la cual había un personaje que era una dama cortesana -o entretenida, y como el director pretendiera encomendar el papel a -Hortensia, Monte-Valdés se opuso, exclamando con grandes voces austeras -que de todos fuesen oídas, que su personaje _lo era mucho_, _pero -nunca tanto_ como la Íñigo, y que no podía consentir que aquella mujer -achabacanase la comedia. Ello es que cuando por acaso se encontraban -Monte-Valdés y la Íñigo trabábanse a contender al punto, asaetándose -con pullas y embozados vituperios y agravios; pero, como el ingenio y -dicacidad del literato eran sobremanera despiertos y sutiles, la dama -salía siempre malparada y corrida, por donde llegó a aborrecer a su -antagonista y no veía la hora de vengarse, como quiera que fuese. - ---¿Por qué no? --añadió Ríos--. Para mí, pasar del género chico a las -variedades me parece un ascenso. - ---También tienes razón. Allí, aunque no muy chinchorrero, porque se ha -reducido a su mínima expresión, todavía conservan el emplasto de la -hipocresía. Mientras que aquí, ¡pichú, Angelón, pichú! --y elevó en el -aire una de sus entecas zancas--. Ven a mi cuarto y te daré una copa de -anís del mono. - ---No bebo. - ---¿Qué importa? Ven y charlaremos un momento. - -Angelón acompañó a Hortensia a su cuarto. Danzantes y titiriteros se -habían acogido a sus madrigueras. Solo quedaban en el pasillo Conchita -y Apolinar, cuchicheando en un extremo de él, y en el otro, a la puerta -de la dirección, Teófilo, con una rosa en la mano y el corazón en la -garganta. Encaminose el poeta hacia el cuarto de Rosina, y en estando -cerca de la puerta llamó a Conchita. - ---¿Qué se le ocurre a usté, don Teófilo? - ---¿Hay mucha gente? - ---Bastante gente; pero sobre todo flores... así. - ---¿Quiénes están? - ---¿Qué sé yo? Señoritos de la Peña, periodistas, el hijo de don Sabas. - ---Pues no entro. Toma esta rosa, Conchita; la colocas con disimulo, y -cuando esa gente se haya ido le dices que es mía. Yo vendré durante la -segunda parte, ¿qué te parece? - ---Muy bien. Pa entonces estará sola. - -Aun cuando Teófilo estaba harto ebrio con sus propias emociones, no -pudo por menos advertir algo raro y nuevo en Conchita. Era como si -del pecho al rostro se le rebasase la alegría con superabundancia -inquietante. - ---De manera que ¿ese es tu novio? --preguntó Teófilo, señalando con los -ojos a Apolinar. - ---Sí, señor; ¿le gusta a usté? - ---Sí. - ---También a mí --y Conchita rio de manera excesiva. - ---Hasta luego, Conchita. - ---Hasta luego, señor Pajares. - -Teófilo se apartó pensando: «pobre muchacha». Y se acordó de sus -finos cabos, aquella vez que la había visto inclinándose a socorrer a -Sesostris, y de sus piernas gentiles y nerviosas, cuando Angelón la -traía a caballo sobre los lomos. - -Teófilo descendió a los pasillos en donde el público se espaciaba en -espera de la segunda parte. Lo primero con que se tropezó fue con un -grupo de paseantes; en el centro el famoso torero Antonio Palacios, -_Toñito_, y en torno de él sus admiradores y devotos, los cuales -solicitaban con la mirada la envidia de los demás hombres y tenían -pintado en la expresión del rostro esa petulancia servil e inocente -del perro que conduce en la boca el bastón del dueño. _Toñito_ tenía -la cara aniñada y la sonrisa sin doblez de los hombres que han nacido -con una vocación y han confiado siempre en su destino. Tanto como el -arrojo y maestría en la lid con reses bravas, su sonrisa le había hecho -célebre: sonrisa que conservaba en los lances más azarientos y ante los -toros más temerosos y difíciles. - -Teófilo pasó por delante del grupo del torero y su cohorte y fue -a sumarse a otro, compuesto de gentes de pluma, profesionales y -aficionados, entre los cuales se hallaba Alberto. Debatíanse asuntos de -toros. - ---No sé cómo no os da vergüenza perder el tiempo hablando de chulerías ---habló Teófilo, agresivamente. - ---Pero, hombre --replicó Honduras, un hombre deslabazado, rubicundo, -rollizo y muy alto, noble por la cuna y novelista perverso por -inclinación--, ¿no has dicho muchas veces en verso que adoras las -manolas y todas las cosas goyescas? - ---¿Qué tiene que ver? Y tú, ¿qué entiendes de eso? Te figuras que por -haber escrito cuatro paparruchas imitadas de Lorrain y La Rochilde ya -puedes mezclarte en cosas de arte... No, hijo, todavía no. - ---¡Ay, no te sofoques! --replicó Honduras, riéndose y culebreando -con la cintura, adamadamente. Luego, haciendo alarde de desenfado y -cinismo, añadió en tono equívoco--: Si yo también me perezco por los -manolos... La cuestión es que Alberto sostiene que _Toñito_ es el -primer torero del día, y yo replico que el torero que más emoción da es -el _Espartajo_. Aquella palidez morena... y sobre todo la erección que -tiene... al torear... Hay que verle armarse, cuando se echa la escopeta -a la cara... - -Algunos celebraron con risotadas las peregrinas razones de Honduras. - ---¡Qué sinvergüenza eres! --concluyó Teófilo. - ---Realmente --intervino Alberto--, Teófilo tiene razón. Va a ser cosa -de dejar de hablar de toros y de ir a los toros, porque parece que de -día en día el criterio de Honduras y su punto de vista va ganando más -partidarios. Adiós, señores; voy a saludar a un amigo. - -Y se apartó, saliendo al encuentro de Alfonso del Mármol, que paseaba -solo con elegante pereza, las manos a la espalda, la cabeza erguida y -un cigarro descomunal entre los dientes. Se estrecharon la mano con -efusión. - ---¿Cuándo ha venido usted? - ---Ayer por la mañana llegué. - ---¿Qué ocurre en Pilares? - ---Nada de particular. Lo de siempre. Que hay quien le espera a usted -minuto por minuto, y usted entretanto... De esta queda usted como un -cochero. Ya sé que vive usted con Angelón. Trabajará usted mucho, -¿verdad? - ---Alfonso del Mármol, moralista: es lo que me quedaba por ver. ¿Cuánto -dinero ha perdido usted en las treinta y seis horas que lleva en Madrid? - ---¿Cómo sabe usted? - ---Pues es difícil de adivinar. ¿Ha venido usted una sola vez a Madrid -que no fuera a dejarse la piel o a echar otra nueva? - ---Pss... Pero, ¿cómo sabe usted que anoche me he dejado media pelleja? -Pocas veces se me ha dado tan mal como ayer noche... ¡Qué barajas! - ---¿Cuánto, en suma? - ---¿A usted que le importa? --Mármol no se reía nunca como no fuera -interiormente. Ahora, ciertas convulsiones arbitrarias del cigarro puro -daban claras señales de que el fumador se reía entre pecho y espalda--. -Setenta mil pesetas. - ---¿De veras? - -Mármol, siempre flemático e impasible, asintió con la cabeza. - -Estaban cerca de un corrillo, formado por pintores y escritores, de -los cuales los más conspicuos eran Monte-Valdés y Bobadilla, el autor -dramático. - ---Aquel es Bobadilla, ¿eh? --interrogó Mármol, apuntando con el cigarro -descomunal al dramaturgo--. Lo digo por los retratos del _Nuevo Mundo_. - ---Él es. Y el otro, el cojo, Monte-Valdés. - ---Lo conozco. - ---¿Personalmente? - ---Lo conocía. Estudiábamos juntos en la Universidad de Santelmo: él, -para abogado; yo, para médico. - ---¿Y no se han vuelto a ver desde entonces? - ---No. - -Alberto se acercó con Mármol al corrillo, y preguntó a Monte-Valdés. - ---¿Conoce usted a este caballero? - ---¡Pues no lo he de conocer! Mármol. - -Se saludaron. - ---No ha variado usted nada, salvo... - ---Sí, salvo la pierna. Tampoco usted ha variado nada... Digo... Me -acuerdo que era usted un terrible jugador, el de más agallas de cuantos -he conocido. - ---No ha variado nada --comentó Alberto. - ---Y recuerdo también la trailla de cuarenta perros que usted tenía, y -no sé cuántos caballos. Pues, ¿y aquella célebre contienda que usted -mantuvo con Trelles, el guatemalteco? --Monte-Valdés volviose hacia -los circunstantes a explicar la contienda--: Era un día plomizo y de -cierzo. El señor y el otro contendiente estuvieron por espacio de doce -horas dándose de puñadas. El campo de la lucha era lo más empinado de -una loma que llaman de Santa Genoveva. Toda la Universidad, haciendo -alrededor un gran círculo, presenciaba el desaforado combate. - -Los presentes daban con los ojos muestras de asombro, si bien presumían -que la fantasía de Monte-Valdés había colaborado con la historia y -engrandecido el hecho. Mármol, con su acostumbrada rigidez, echaba humo -por las narices y entornaba los párpados, como si nada de aquello fuese -con él. Reanudose la charla, interrumpida con la llegada de Mármol y -Guzmán. El tema era la política. Arsenio Bériz, el joven levantino, -defendía con mucha vehemencia las más radicales ideas y procedimientos -de gobierno. Monte-Valdés reprobaba los arrebatos del mozo, sacudiendo -la cabeza y con ella las barbas, y enarcando las cejas. Él era jaimista. - ---¿Y es cierto que van a celebrar ustedes un mitin mañana? --preguntó -Monte-Valdés a Alberto. - ---Sí, señor. - ---Tejero, ¿hablará? - ---El mitin es cosa de él. - ---Gran talento tiene ese Tejero. Si el mitin es para condenar la -putrefacción e idiotez del nuevo Gabinete, me parece muy bien. Señores, -hay que ver ese don Sabas Sicilia, que no sé cómo no lo han colgado ya -de una pata y cabeza abajo en un farol de la Puerta del Sol, por ladrón ---Monte-Valdés agitaba los brazos, enardecido--. Ahora, si es para -hacer propaganda republicana... Vamos, que no acierto a explicarme cómo -están ustedes tan obcecados... - -Bobadilla, el autor dramático, hombre mínimo de estatura y eminente -de agudeza e ingenio, pulquérrimo en el vestir, y cuyo cráneo era -un trasunto del de Mefistófeles, injerto en el de Shakespeare, se -atusaba los alongados bigotes, muy atento a cuanto se decía; pero -sin intervenir en el coloquio. Las manos de Bobadilla tenían extraña -expresión: dijérase que en ellas radicaba el misterio de su arte. Eran -unas manos pequeñuelas, cautas, meticulosas, elegantes, activas y, en -cierto modo tristes, desde las cuales se dijera que colgaban, por medio -de sutilísimos e invisibles hilos, gentiles marionetas, como si los -dedos conocieran los incógnitos movimientos de la tragicomedia humana. - ---Ya, ya --decía Bériz con abierta prosodia levantina--. Miren que el -don Sabas ha de ser viejo. - ---Pues aún pollea, aún pollea --glosó Bobadilla maliciosamente y con -voz muy suave, sin dejar de atusarse el bigote. De todas sus palabras -y obras lo característico era la finura y suavidad, cualidades estas -tan regulares y acabadas en él que hacían presumir la existencia de -un pesimismo disimulado y profundo, como esas puertas, con muelles -escondidos, que nunca se cierran de golpe. - -Sonaron los timbres llamando a la segunda parte. Guzmán, Bériz y Mármol -fueron por un lado hacia el fondo del patio de butacas; el resto, por -otro hacia los asientos de orquesta. - -Apenas se habían sentado, cuando Pascualito Sicilia se acercó a Alberto -y le habló de cosas indiferentes. - ---¿Quién es aquel chimpancé de cría que está en aquel palco con la -chimpancé matrona y el chimpancé paterfamilias? --preguntó Pascualito. - ---Me parece conocer la cara; pero, no sé. - -Mármol respondió: - ---Aquel chimpancé de cría es Angelines Tomelloso, y tiene la friolera -de dos millones de pesetas en cada pierna, si no tiene más. - ---Sí, sí, ahora recuerdo. Es paisana nuestra --habló Alberto. - ---¡Caracoles! --epilogaron a un tiempo mismo Bériz y Pascual Sicilia. - -Cuando el hijo del ministro se hubo retirado, Mármol observó, en voz -alta, pero como si hablase consigo mismo: - ---Cuidado que está apetitosa Rosina; más guapa que nunca. Y pensar que -ese viejo... - ---Calla, pues no había caído en la cuenta --Guzmán se dio una palmada -en la frente--. Pues si es usted quien la ha lanzado... En rigor, lo -que ella ahora es a usted se lo debe. ¿Ha ido a visitarla? - ---De su cuarto venía cuando nos encontramos. - ---¿Y le ha recibido a usted bien? - ---Es muy cariñosa. Se me figura... - ---Qué, ¿quiere usted acotarla de nuevo? - ---Yo no digo nada. - ---Ella es todo lo fea que pueda ser una criatura humana, ché --acudió -Bériz. - ---¿Quién? --investigó Alberto. - ---Esa señorita de Tomelloso. Parece un sapo; pero mira tú, ché, que es -una tontería de millones. - -Bériz no apartaba los ojos de la niña de Tomelloso, una jovencita como -de dieciocho años, minúscula y un si es no es contrahecha, la piel -amarillo-terroso, los ojos rojizos y blandos. - ---Pero, ¿no me has dicho que tienes novia en tu pueblo? - ---Sí; la hija de un abaniquero. Total mucho aire, ché. Pero aquí está -la auténtica y dulce pasta mineral catalana, que es la chipén. - ---Vete a tu pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo. Aún es hora para ti. -Aquí terminarás por corromperte física, moral y artísticamente. Cuando -te acuerdes, quizás sea tarde. Ya has saboreado una dedada de vicio e -insensatez, y eso nunca está mal en la primera juventud, porque te dará -el claroscuro de la vida. Tú eres un raro ejemplar de español que tiene -sus cinco sentidos muy sagaces y despiertos. Cuida de no malograrte. -Y si, como dices, amas el arte, huye de Madrid de prisa, vete a tu -pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo. - ---Buena homilía. Vaya, que el diablo harto de carne se mete a -predicador --y Bériz se reía aturdidamente. De pronto se quedó -pensativo, y murmuró como herido por súbito descubrimiento--: Puede que -tengas razón. Ya hablaremos, ché. - - - - -IV - - -Así que los pasillos se descongestionaron de público y se oyó la -orquesta preludiando la segunda parte del espectáculo, Teófilo, con -agitado corazón y desmayadas piernas, se encaminó al cuarto de Rosina. -Muy cerca de la entrada estaba Apolinar fumando un pitillo, apoyado en -la pared. Teófilo repicó con los nudillos en la puerta. Salió a abrir -Conchita: - ---Es don Teófilo. - ---Entra, criatura --gritó desde dentro Rosina. Y al ver aparecer al -poeta--: ¡Ya me tenías intranquila! ¿Por qué no has venido antes? - ---Por la gente --Teófilo iba a sentarse en un pequeño diván. - ---Eso es; te sientas sin haberme dado un beso. Me parece muy bien. - ---Perdona, nenita. No quería molestarte --se acercó a la mujer y le -besó con ternura la frente. - ---A eso llamas tú molestarme --Rosina hizo un mimoso mohín, que Teófilo -lo sintió en los pulsos de las muñecas a modo de dulce desmayo y -flojera, como si se estuviese desangrando mansamente. - -La doncella concluía de peinar a Rosina, quien estaba sentada frente al -espejo, arrebujada en un ropón de liviana seda color tabaco. - ---Parece que estamos en los jardines de Haz el Primete y Abultadín, -¿verdad, don Teófilo? --habló Conchita, paseando los ojos a la redonda -sobre los ramos y canastillas de flores que atestaban el pequeño -aposento, y se echó a reír con aquella alegría copiosa y borboteante de -que estaba saturada aquella noche más que nunca. - ---Pero, ¿qué te ocurre hoy, niña? --preguntó Rosina con alguna -severidad. - ---¿A mí? Como no sea el debut, que me tiene fuera de quicio. - ---¿Qué debut? - ---A ver cuál va a ser... El de usté --el rostro de Conchita enrojeció. - ---No te apures, criatura. Te puedes ir, si quieres, con tu Apolinar a -ver la función, que yo ya no te necesito. Hoy será Teófilo mi doncella, -él me ayudará a vestir. Digo... ¿qué te parece, Teófilo? - ---Admirablemente --Teófilo sonreía con beatitud. - -Conchita se echó una mantilla sobre la cabeza, tomó su escarcela de -mano, de largos cordones, y se dirigió con mucha prisa hacia la puerta. - ---Un minuto, Conchita, que esto no me lo puede arreglar Teófilo. Este -_chichí_ --y señalaba un dorado tirabuzón sobre la nuca. - -Conchita, tal como estaba y sin abandonar el bolsillo de mano, fue a -dar los últimos toques al peinado de Rosina. - ---Ya está bien. ¡Jesús, qué golpe me has dado con el bolsillo! ¿Qué -llevas dentro? - ---Un duro en calderilla --y la doncella se evadió ágil y riente. - -Rosina vino a sentarse en las piernas de Teófilo y se reclinó sobre él, -procurando no estropear el tocado. Estaba un poco meditabunda. - ---Ya ves, Teófilo, lo que va de mujer a mujer. Ya te he contado lo de -Conchita, ¿eh? - ---No, pero lo presumo. - ---Ya va para ocho días. Pues nada, que una noche no apareció por casa. -¡Qué susto! Creímos que le había ocurrido alguna desgracia. Por fin, -a la mañana siguiente, aquí me tienes a la niña llorando como una -Magdalena. Pero, ¿qué? El llanto le duró dos minutos. En una palabra, -que había pasado la noche con el novio. Habías de verla. Loca de -felicidad. Aseguran que se van a casar, y yo lo creo, porque el chico, -por lo que he visto las veces que fue por casa, parece un muchacho -formal. Pero, a lo que iba. Dicen que la mujer ha nacido para eso, -para ser mujer, y que no lo es ni se puede decir que viva hasta que no -tiene algo que ver con un hombre, y que por eso en este caso todas las -mujeres están tan tontas, contentas y orgullosas. Ya, ya... Por lo que -toca a Conchita, así parece: está chiflada y llega a ponerme nerviosa. -Pero habías de verme a mí cuando ocurrió lo mío... Creí morir, sí, -Teófilo; quise matarme. Ya sabes: el padre de Rosa Fernanda. - ---¿Quién fue? - ---Ya te lo he dicho. ¡No me atormentes! - ---No; nunca has querido decírmelo. Me has contado cosas inverosímiles. - ---Pues es la verdad. Un hombre como caído del cielo. Quiero decir que -apareció y desapareció como por encanto --comenzó a llorar, y entre -lágrimas suspiraba--. ¡Quizás aquello haya sido lo mejor! - ---¿Qué, qué es aquello? --interrogó Teófilo, asiéndola afanosamente. - ---Aquello... --bisbiseó con turbiedad en la mirada--. Aquello, ¿qué ha -de ser, sino que desapareció para siempre? - ---Rosa, yo no puedo más, no puedo más. Esto no puede seguir así --dijo -Teófilo con ardimiento. - ---No te comprendo. - ---Ni yo me comprendo a mí mismo. He hablado sin saber lo que decía. No -sé lo que pienso, lo que quiero, lo que digo, lo que hago. ¿No ves que -te adoro? - ---Y yo, ¿no te adoro también? - ---No sé. - ---¿No sabes? - ---Yo no sé nada, Rosina --y le mordisqueó la boca. - ---No seas loco, que tengo que salir a escena --se puso en pie--. Ahora -me vas a ayudar a vestir, ¿quieres? - ---Sí, nenita, cromo bonito --y estos loores alfeñicados adquirían -ridícula estridencia en su boca. - -Rosina se despojó del ropón, y quedó en pantalones. Teófilo se -precipitó a besarle el busto, de carne aurialba, como si estuviera -embebida en luz mate. - ---¡No, no y no! --Rosina pataleaba con gracioso enfado--. Sea usted -formal. Buena me pondrían las amigas si supieran que permito tales -confianzas a mi doncella... - -Teófilo se creyó obligado a reír el donaire, y todo lo que hizo fue -componer una mueca lóbrega y desolada. - ---¿Te gustan estas medias? Son de la casa Gastineau --y se inclinaba a -mirarse las piernas, embutidas en unas medias de un rojo opaco. - -Teófilo se embebeció contemplando las piernas de su amada, pulidas, -de dulce carne acompañadas, perezosas, y de una pura línea curva que -el músculo no torcía bruscamente ni quebraba: piernas más hechas para -yacer y destacar sobre sedas oscuras que para caminar escondidas entre -ropajes. Teófilo se arrodilló a besar las piernas de Rosina. - ---Vas a conseguir enfadarme, Teófilo. - ---No es mi culpa, ¡si eres tan linda! - ---Calla, ¿no oyes? - -Se detuvieron un punto con el oído en tensión. Desde el escenario -subían los ecos de aclamaciones furiosas, luego las últimas adormecidas -olas de la música lejana. - ---Un garrotín --dijo Rosina--. Hijo, menudo éxito. ¿Quién será? - ---Quizás la Íñigo. - ---No; esa va en la última parte, con la princesa y conmigo. Somos los -números de fuerza. De modo que este es un éxito con que no se contaba. - ---Mayor será el tuyo. - ---Pss. ¿Creerás que no me importa? - -Rosina descolgó el vestido con que había de salir a escena y se lo -metió por la cabeza. - ---Abróchame, Teófilo. - -En concluyendo de abrocharla Teófilo, Rosina levantó los brazos y giró -delante del espejo, examinándose. Era el vestido largo, de sociedad: -una túnica-camisa estrecha, hendida por los costados, de muselina -de seda gris, puesta sobre un fondo rojo cereza y sostenida por un -cinturón de acero en la base de los senos. - ---Quiero romper con esa moda ridícula de las cupletistas españolas, -tomada de las francesas. Los trajes cortos ya apestan, chico. ¿Te gusta -este? Y esta rosa preciosa que me has regalado y yo beso, aquí --se la -colocó en el pecho. - -Por toda respuesta, Teófilo estrechó a Rosina entre sus brazos. -Llegaban de la escena el runrún y estruendo de nuevas aclamaciones y -aplausos; pero no las oyeron esta vez Teófilo ni Rosina, que se habían -abandonado a un desvanecimiento de ternura. Cuando recuperó en parte -sus fuerzas, la mujer, con húmedos ojos y voz blanda, habló: - ---Teófilo, mi dueño, no sé lo que hoy me pasa. Nunca he vivido -en paz, mi querido; pero nunca he sentido que no vivo en paz tan -desconsoladamente como hoy. - ---Serénate, Rosina, nena mía. Acaso estás nerviosa. - ---¿Por salir a escena, quieres decir? - ---Sin duda. - ---Parece mentira que me conozcas tan mal. ¿Qué me importa a mí eso? -Es una cosa muy honda, mucho más honda... Es que siempre he buscado -algo que me satisficiese y no he dado con ello. Tu cariño le anda muy -cerca, pero aún falta algo. No sé. Quizás es porque estoy rodeada de -ficciones, hipocresías, bajezas y no logro habituarme. ¡Maldito dinero! -¿Por qué no tienes dinero? Yo quisiera vivir sola y retirada contigo -y mi niña, contigo que me has querido como nadie me ha querido. Es -necesario, es necesario, es necesario que yo sea de un solo hombre, que -viva en paz --estrujaba con sus manos el rostro de Teófilo y hablaba -ceñida a él, entreponiendo beso y palabra, palabra y beso--. Ese -drama... ¿por qué no lo escribes si te ha de dar tanto dinero? No nos -falta sino dinero. Si eres un hombre y es verdad que me quieres, busca -dinero, róbalo aunque sea, Teófilo. - -El poeta respondió arrebatadamente: - ---Lo tendré, lo tendremos. Si es preciso lo robaré. - ---Ruido de gente que viene. Ha debido de terminar la segunda parte. - ---Entonces te dejo. - ---Quédate. - ---No, no. Es mejor que me vaya. - -Se despidieron con un beso muy largo. - - - - -V - - -En las escaleras del escenario Teófilo tropezó con un golpe de -gente enardecida y entusiasta, cuyo corifeo era Angelón. Conducían -triunfalmente a Verónica. - ---¿Qué le ha parecido a usted el éxito? --preguntó Angelón a Teófilo. - ---¿Cuál? - ---¿No ha estado usted en la sala? --interrogó Verónica. - ---No. - -El rostro de Verónica se entristeció. El cortejo triunfal siguió -escalera arriba y el poeta descendió al pasillo. Iba aturdido por el -entusiasmo que las últimas palabras de Rosina le habían infundido. -Nunca había sentido dentro de sí tan confiado ímpetu para embestir el -futuro. Mas, de repente, acordose de que Rosina no le había invitado -a pasar la noche en su compañía, y el ímpetu se trocó al instante en -desmadejamiento cordial y amargura. Echó a andar por los pasillos, -ajenado del mundo externo, hasta que Alberto le detuvo, agarrándole de -un brazo. Numerosa reunión de artistas y escritores comentaban en el -tono más alto de fervor las danzas de Verónica. Monte-Valdés señalábase -particularmente por la elocuencia de su panegírico. Para Monte-Valdés -no existía sino un sentido estético, el de la vista. De sí mismo -acostumbraba decir: «No tengo oído; la música de ese teutón que llaman -Wagner me parece una broma pesada. Sin embargo, me envanezco de sentir -la emoción de la armonía, el acento y el ritmo mejor que los músicos -profesionales, y he llegado a ello a través de la pintura. No conozco -sentencia más aguda y veraz que aquella de Simónides, el Voltaire -griego, en la cual se declara: _La pintura es poesía muda; la poesía -es pintura elocuente._ Y decir poesía y armonía es una cosa misma.» Y -así era en verdad. Gran prosista y poeta, había conseguido maravillosas -sonoridades en el párrafo y la estrofa ensamblando los vocablos según -su color. Quijote no solo en la traza corporal, sino también en el -espíritu de su arte, manipulaba el lenguaje descubriendo haces de -palabras como ejércitos de señores magníficamente arreados allí donde -los demás no veían otra cosa que rebaños de borregos iguales, a medias -desvanecidos detrás de una polvareda: porque para él cada palabra tenía -su corazón, su abolengo pragmático y su armorial. - ---La danza --decía ahora Monte-Valdés--, es pintura, poesía y música -mezcladas estrechamente, personificadas y dotadas no de existencia -ideal, como ocurre en las manifestaciones singulares de cada una de -ellas, sino de vida orgánica. La danza es el arte primario y maternal -por excelencia. - ---Sí --asintió Alberto--. Cuando el hombre no ha alcanzado aún para sus -emociones el alto don de la expresión consciente, las traduce en la -danza; mejor dicho, se entrega a la danza, como si estuviera poseído -por un ser invisible. Por eso la danza es un arte eminentemente místico -y español. El misticismo es el baile de San Vito del espíritu. La danza -es el misticismo de la carne. - ---Que la danza sea un arte religioso me parece cierto. Que España sea -la tierra del misticismo y de la danza, también; pero... - ---No hay sino parar atención en el número de palabras que existen -en nuestro idioma para expresar el arrobo, éxtasis, transporte, -embebecimiento y cien otros estados místicos, y la muchedumbre de -bailes que hemos inventado: fandango, garrotín, bolero, cachucha, -zapateado, vito, olé, panaderos, qué se yo. - ---Sí --corroboró don Alberto Monte-Valdés--, en esas dos formas de -actividad nuestra experiencia nacional ha enriquecido el léxico de -manera asombrosa. Pero hemos inventado mayor número aún de vocablos -para designar otro acto que si no es precisamente místico, pudiera -tener alguna concomitancia con ciertas formas de misticismo. - ---¿Cuál? --preguntó Alcázar, un pintor andaluz elegante, cenceño, -oliváceo, de pergeño algo árabe y algo florentino. - ---La turca, la mona, la mica, la talanquera, la cogorza, etc., etc. -Vayan recordando los infinitos nombres con que hemos bautizado la -embriaguez. Pero a lo que iba, amigo Guzmán, es que no me parece exacto -lo de que el alto don de la expresión consciente, como usted ha dicho o -dado a entender, sea la característica del arte más alto y puro. Creo, -por el contrario, que el arte no es sino emoción, y por lo tanto, que -su expresión tiene mucho de instintiva y espontánea; de manera que la -mucha luz consciente en ocasiones estorba a la forma artística y anula -su plasticidad y relieve. En rigor me parece que no hay belleza sino -en el recuerdo, y aquilatamos si una obra de arte es buena o no lo es -según se nos presenta inmediatamente como un vago recuerdo personal, -y en este caso es buena obra de arte, o como noticia, todo lo veraz -que se quiera, de una cosa que no conocíamos, y entonces, para mí, -se trata de una obra despreciable. Las buenas obras de arte se nos -infunden de tal suerte en el espíritu, que al punto las asimilamos y -las sentimos como un recuerdo que no logramos emplazar en el tiempo, -algo así como las historias y palabras que hemos oído durante una -convalecencia. Los versos de Garcilaso tienen siempre una emoción de -recuerdo. Los de Góngora, nunca. En puridad, no existe belleza sino en -lo efímero, porque lo efímero se transforma al instante en recuerdo y -de esta suerte se hace permanente. Por eso la danza, que es el arte más -efímero, quizás sea el arte más bello. - ---Según eso --atajó Bériz--, será más bella una quintilla de Camprodón, -escrita en un papel de fumar, que un terceto del Dante, miniado en un -pergamino. - -Monte-Valdés, con fiero desdén, como si el mozo levantino no existiera -sobre el haz de la tierra, volviose a preguntar a Alberto: - ---¿Qué dice usted? - ---Que me parece bien lo que usted dice, en sustancia, y también que es -perfectamente compatible con lo que yo había dicho, o, por mejor decir, -con lo que yo pienso. - ---En suma --intervino Teófilo, que tenía estragado el pecho por la -amargura y sentía necesidad de desahogarse de algún modo--, quedamos en -que España es el país de la danza, y que la historia de España es toda -ella una danza del vientre... vacío. - ---Ché, y eso que, como reza el refrán, de la panza sale la danza. - -Monte-Valdés contempló a los interruptores con largueza compasiva, como -a gente que no comprende, y agregó: - ---Hay, en efecto, en los instintos del pueblo bajo español un no sé -qué de divino y danzante, un no sé qué de claro instinto de la medida -y la gracia. Y digo divino al mismo tiempo que danzante, porque ya -los griegos añadían al nombre de sus dioses el apelativo danzante -o saltante. Plinio el joven, Petronio, Apiano, Estrabón, Marcial y -Juvenal cantaron el elogio de las célebres bailarinas gaditanas. Y -un canónigo del siglo XVII, llamado Salazar, asegura que las danzas -andaluzas que en su tiempo se bailaban eran las mismas de la antigüedad ---Monte-Valdés gustaba mucho de aderezar la conversación con citas -pintorescas, de las cuales tenía un bien surtido arsenal. - ---Y esta chica, Verónica, ¿qué le parece a usted? - ---Simplemente maravillosa; lo dúctil del cuerpo, lo estilizado y gentil -de brazos, manos y dedos, y su cara, qué sugestiva y cambiante, qué -profunda la angustia que a veces revelaba, qué matinal el alborozo -otras veces, qué exquisita la euritmia plástica siempre. Dentro de ella -se adivina un ímpetu caudal de fuerzas superabundantes. Como ha dicho -Platón: «el hombre ha recibido de los dioses, junto con el sentimiento -del placer y del dolor, el del ritmo y la armonía». Si esa muchacha -da con un guía o maestro de sensibilidad artística llegará a ser una -bailarina famosa. - ---¿Quiere usted conocerla? - ---Con mucho gusto. - -Subieron todos a felicitar a Verónica, a excepción de Teófilo, que -permaneció a solas y cabizbajo, paseando a lo largo de los pasillos. - - - - -VI - - -Verónica se sobrecogió al ver entrar por la puerta de su cuarto aquel -torrente de hombres desconocidos; pero la presencia de Alberto le dio -ánimos. A las alabanzas y encomios respondía riéndose sin tasa, con su -transparente risa muchachil, y andaba de un sitio a otro sin pararse un -punto, desasosegada de los nervios. - ---Pues na, señores; que he pasao un canguelo que ya, ya... Ha sido una -tontería de este chalado --señalando a Alberto--, que se empeñó en que -había de bailar. Luego, me pesó tanto haber dicho que sí. Pero si lo -gracioso es que no sé bailar: bailo lo que buenamente me sale. - -Alcázar y Alba, entrambos afamados pintores, solicitaron hacerle sendos -retratos al óleo. - ---Retratos míos... ¿y en color? Quiten allá... Si parezco una -aceitunilla. Pero si ustedes se empeñan... El que pinta como las rosas -es este, es muy habilidoso --por Guzmán. - -Travesedo se asomó a la puerta y llamó a Alberto. - ---¿Qué te ocurre? --preguntó Guzmán, ya en el pasillo. - ---Que tengo miedo que se nos agüe la fiesta. Y cuidado que va saliendo -bien todo. ¿Has visto qué éxito el de esa neña? Ahora, con que se monte -en las nubes y quiera subir el contrato... - ---No creo. - ---Por esta vez, y es la primera, me va a salir bien un negocio. No te -figures que ganaré gran cosa. Jovino me paga cincuenta duros al mes; -luego, el veinticinco por ciento de las utilidades. A esto renuncio de -buena gana, y me conformo con que lo comido vaya por lo servido. La -cuestión es que los cincuenta duros tiren hasta la próxima primavera. -Pero, ese Jovino... En mi vida he visto hombre como él. ¿Crees tú -que se le importa un pitoche el negocio del circo? Ni esto. Solo -piensa en jugarse el dinero en casinos y chirlatas. Pero yo quería -hablarte del conflicto. Ya sabes que la Íñigo y Monte-Valdés no se -pueden ver. Es una mujer escandalosa de veras y no de boquilla, como -la pobre italiana, y le tiene al cojo unas ganas... Pues nada, que se -ha enterado de que está aquí en los cuartos, y Angelón, que ha estado -hablando con ella, ha venido a decirme que lo va a esperar y tirarle -de las barbas, y qué sé yo. Figúrate. - ---No hagas caso. No hará nada porque le tiene mucho miedo. - ---¿Esa, miedo? - ---Sí, hombre. - ---No me tranquilizas. - ---¿Y qué quieres que yo haga? - ---Que con cualquier pretexto te lo lleves abajo. - ---Ni que fuera un niño. - ---Por Dios te lo pido. Mira que si se me tuerce el espectáculo ahora, -en la tercera parte, que es la de sensación... Hay una ansiedad enorme -por ver a Rosina; me lo ha dicho Mármol; por cierto que ha venido de -Pilares, ¿lo sabías? - ---Sí, ya lo he visto. - ---El ministro ha comprado media entrada general y le van a hacer una -ovación a Rosina... Después la princesa Tamará. Creo que se presenta -casi en pelota... Si salimos hoy con bien se asegura la temporada. Por -lo que más quieras, llévate a Monte-Valdés abajo. - ---Haré lo que pueda. - -Cuando Alberto entró de nuevo en el cuarto de Verónica, Monte-Valdés -peroraba elocuentemente acerca del baile, y la bailarina le oía -embelesada. La elocuencia del literato era tan prieta y fluente, que -Alberto no encontraba coyuntura por donde meterse a cortarla y luego -precipitar la despedida. - -Sonaron los timbres para la tercera parte. Monte-Valdés continuaba -perorando, y el resto de la reunión seguía con interés su amena charla. -Después de pasado un tiempo, y cuando se oían los ecos de la orquesta, -Alberto consideró que no había peligro ya y se levantó. - ---Señores, hace un momento que ha comenzado la tercera parte. ¿Les -parece que nos vayamos? - ---¿Es posible? Yo no he oído los timbres. Pues sí, la orquesta está -tocando. Vámonos. Dicen que esa Antígona es una mujer hermosísima. - -Se levantaron todos. - ---¿Se marcha usté ya? --dijo Verónica a Monte-Valdés--. A mí que me -gusta tanto oírle... Deje usté que se vayan estos señores y quédese -usté conmigo. - ---Mujer, no seas egoísta --amonestó Alberto. - ---O si no --Verónica comenzó a dar saltitos--, si a estos señores no -les parece mal, puede usté venir conmigo al escenario y sigue usté -hablando, y al mismo tiempo entre bastidores lo ve usté todo. - ---Eso es imposible, Verónica --atajó Alberto. - ---¿Por qué? Tú también te vienes con nosotros. Si es muy divertido -estar entre bastidores. A estos señores no les digo nada porque no sé -si consentirán tanta gente. - -Verónica condujo a Monte-Valdés y Alberto a la segunda caja del -escenario, precisamente donde estaba la Íñigo aguardando la salida de -un momento a otro. Monte-Valdés, con ampuloso desdén, fingió ignorar -la presencia de su enemiga, la cual comenzó a agitarse nerviosa, a -lanzar miradas aviesas al escritor y a sonreírse malignamente. Alberto -estaba tranquilo, porque en sitio y ocasión tales no era verosímil una -conflagración. Llegole a la Íñigo el turno para salir a escena. La -música atacó un pasacalle jacarandoso. La cupletista, que lucía capa y -montera de torero, encendió un pitillo, se ciñó la capa a las caderas -y al vientre, sobradamente abultado, e hizo un breve, obsceno y raudo -cadereo, como tanteando sus facultades; propedéutica o introducción -del arte coreográfico, semejante al del cantador que carraspea y se -escamonda el gañote antes de salir por peteneras. La Íñigo dio dos -pasos hacia la escena, y ya en el borde de los bastidores, escorzó -el torso en actitud desgarrada y hostil, miró de través y de arriba -abajo al escritor, vomitole en el rostro un agravio indecoroso y huyó -a presentarse ante el público, moviendo desordenadamente el trasero, -según andaba. Monte-Valdés, con perfecta naturalidad, salió también -a escena en pos de la Íñigo, y cuando la tuvo cerca, sustentándose -sobre la pierna de palo por un milagro de equilibrio, le aplicó con -la pierna íntegra tan desaforado puntapié en las asentaderas que la -mujer dio de bruces sobre las tablas. Hubo unos minutos de estupor -general y de silencio hondo. A seguida estalló el escándalo con -caracteres pavorosos, y la confusión de baladros, bramidos, pataleos, -imprecaciones, carcajadas, ir y venir y correr de gente amenazaba dar -al traste con el circo. Por encima del estruendo general nadaba la -exasperada voz de Monte-Valdés. - ---¡Como yo tengo tanto pudor para las broncas!... - -Calmose la marejada antes de lo que fuera de esperar, y el público, muy -regocijado después de aquel número fuera de programa, exigía ahora la -continuación del espectáculo. Por fortuna, la princesa Tamará estaba -dispuesta y en su punto, y salió a bailar unas danzas orientales, -después que un criado anunció al respetable que a la señorita Íñigo le -era imposible continuar su trabajo por haberle acometido inopinadamente -una ligera indisposición. - -La indisposición consistía en un turbulento patatús. Entre seis hombres -la habían llevado pataleando y echando espuma por la boca al cuarto de -la dirección. - -Algunos amigos de Monte-Valdés y algunos que no lo eran, entre -ellos el comisario de policía, habían acudido al escenario. De los -primeros en subir fue don Bernabé Barajas, acompañado de su agraciado -amigo, al cual no perdía de vista un momento, por temor a que se le -extraviase. Iba don Bernabé de aquí acullá, escudriñando los orígenes -del conflicto con femenina curiosidad, por ver en qué paraba el jaleo, -cuando en una de estas echó de menos al joven amigo, y entonces, -perdiendo todo interés por el resto de las cosas humanas, se consagró a -recuperar a su compañero. - ---¿Han visto ustedes a Fernandito? --inquiría por todas partes con -desolado lamento. - -Pero nadie le hacía caso. Fernando había subido las escaleras que -conducen a los cuartos de las artistas y husmeaba en busca de alguna -mujer bonita a quien requebrar. A la puerta de la dirección había un -remolino de curiosos; el resto del pasillo estaba solitario. Veíase una -puertecilla abierta y sobre el cuadrado de luz destacaba, al sesgo, -gallarda figura de mujer. - -Era Rosina, que aguardaba a Conchita con nuevas de lo sucedido. - -Fernando se acercó a la mujer con disimulo y como si pasease, por -verla más de cerca. «Debe de ser una gachí de órdago», pensaba, e -iba aproximándose al desgaire. No podía distinguirle bien el rostro, -porque estaba entre dos luces encontradas, pero observó con sorpresa -que se llevaba entrambas manos al corazón, que se reclinaba en uno de -los quicios, que se enderezaba nuevamente, y oyó que decía con voz -desfalleciente: - ---¡Fernando! - -Fernando salvó de un salto los tres metros que le separaban de la -mujer, la cual, en teniéndole cerca de sí, le tomó de la mano y le hizo -entrar en la estancia, entornando después la puerta. - ---¡Fernando! --suspiró de nuevo la mujer. Estaba mortalmente pálida--. -¿No me conoces ya? - -El mozo se había contagiado de la palidez y emoción de su incógnita -compañera. Sentía la angustia dolorosa de un recuerdo, del cual estaba -por entero saturado y con cuya expresión no acertaba. Era como si le -estuvieran revolviendo las entrañas y arrancando aquello que estaba -más hondo y lejano para ponerlo en la superficie y a la luz. De pronto -abrazó a la mujer con varonil reciedumbre y rugió más que dijo: - ---¡Rosina! - -Rosina, estrujada sobre el poderoso tórax de Fernando y sin poder -respirar, en parte por la presión del hombre y en parte por el arrebato -confuso que le atormentaba el pecho, elevando los ojos, como si con -ellos bebiese los de él, alentó con delgado soplo y acento entre tierno -y orgulloso: - ---Tenemos una hija: Rosa Fernanda. - -De pronto sacudiose por desasirse de Fernando y dijo atropelladamente: - ---¿Cuándo nos vemos? Hay que arreglarlo todo en seguida. Ya no te -separas de mí. Vete inmediatamente a la esquina de la calle del -Barquillo y Alcalá. Pasaré yo en dos minutos y te meterás en mi coche. -En seguida, en seguida. Vete ya, que alguien llega. - -Besáronse y Fernando partió. Rosina no tuvo fuerzas para sustentarse en -pie y cayó desmadejada sobre el pequeño diván. Conchita se alarmó al -entrar. - ---¿Qué le ocurre a usté? - ---Nada, Conchita. Dame el abrigo. Me siento muy mal y voy a casa. - ---¿Y el debut? - ---¿No te digo que estoy muy mal? Acompáñame hasta el coche, nada más -que hasta el coche; después ya no te necesito. Puedes pasar la noche -con Apolinar, si quieres. Dile a Travesedo que me he puesto muy mala, -muy mala y que no puedo cantar. - -A favor del desorden y aturdimiento que aún duraban, a consecuencia del -incidente movido por Monte-Valdés, Rosina y su doncella pudieron salir -del teatro sin que nadie parase mientes en ello. Conchita iba pensando: -«Nuevo lío. Y ahora es gordo. ¡Qué asco de vida esta! ¡Dios nos -ampare, Dios nos ampare! ¡Virgen de la Paloma!» Le entró un arrechucho -de ternura, y antes de que Rosina subiera al coche, se abalanzó a -besarla, llorando. - ---Si supieras, Conchita... Ea, adiós. - ---Adiós, señorita, adiós, adiós, adiós. - -Conchita volvió a la dirección, en donde la Íñigo, rodeada de gentes -solícitas que le daban masajes precordiales en el desnudo seno, -comenzaba a recobrar el sentido. Travesedo y Alberto observaban la -operación. Conchita refirió a Travesedo lo que ocurría. Alberto vio -que el rostro de Travesedo, ebúrneo y linfático de ordinario, se -congestionaba y que sus ojos se inyectaron de sangre. - ---¿Qué te ocurre? --preguntó solícito. - ---Nada, Bertuco; una friolera. Que Rosina se ha ido a su casa, muy -enferma de un mal que le dio de repente. Y ahora, ¿quién se lo dice al -público, después del escandalazo de Monte-Valdés? ¿No te lo decía yo? -Mi sino es más negro que mis barbas --y se las mesó con ensañamiento. - -La omisión del número Antígona acarreó tan airada protesta que la -policía hubo de intervenir y obligar a la Empresa a devolver el importe -de los billetes, con lo cual la desesperación de Travesedo llegó a -términos que anduvo a punto de pelarse las barbas, y si no lo consiguió -fue porque las tenía tan arraigadas como su mala suerte. - -Y aún faltaba el rabo por desollar. Y fue, que cuando Travesedo subía a -la dirección, curvado bajo la pesadumbre de su infortunio, descendía la -condesa Beniamina, somera pero lindamente ataviada con un casaquín, no -más abajo de medio muslo ni más arriba de medio seno; aquellas flores -funerarias que tanto enojo le habían producido, cogidas en un brazado; -el mico sobre un hombro y una sonrisa seráfica en los labios. Su número -debía ser el último; número de gran espectáculo. Consistía en un globo -luminoso en cuya barquilla iba la condesa cantando y arrojando flores y -que a través de los ámbitos del teatro, apagadas las luces, avanzaba y -hacía extrañas evoluciones por medio de ingenioso artificio. - ---¿Adónde vas? --inquirió Travesedo ásperamente. - ---¿Adónde? Al palco escénico. - ---Pues mejor te vas a otra parte --Travesedo añadió una frase poco -gentil. - ---¿Cosa? - ---Lo que has oído. Que se terminó la función. - ---¿Y el pallone? - ---¿El pallone? --esta vez su frase fue menos gentil aún. - -Cuando después de media hora Travesedo salía del malhadado circo, su -lóbrego sino se había complicado con otro sino sangriento, porque -desde la raíz de las barbas hasta muy cerca de los ojos le labraba las -mejillas una red de purpurinos arañazos, obra de la inofensiva condesa; -aquella que, al decir del propio Travesedo, era escandalosa solo de -boquilla. - - - - -VII - - -Así que Fernando llegó a la esquina de las calles de Alcalá y -Barquillo, un coche se detuvo junto a la acera. Abriose la puertecilla. -El mozo entró en el carruaje. Rosina dio las señas de su casa. El -cochero guió a través de la calle de Alcalá, luego a lo largo de la del -Turco, hasta la del Prado. Rosina y Fernando no se habían dicho aún una -palabra. La mujer, asomándose por una ventanilla, gritó al cochero: -«A la Castellana.» Subió el vidrio y se dejó caer sobre el hombro de -Fernando. - ---Me siento mal. - -Fernando la acariciaba con lento manoseo y no sabía qué decir. - ---Ya no soy nada para ti --murmuró muy arisca, irguiéndose--. Mejor -dicho, nunca he sido nada para ti. La mujer de una noche: una de -tantas. ¿Con cuántas has hecho lo que conmigo, yendo de pueblo en -pueblo? Si hasta me asombra que te acordases del santo de mi nombre. Lo -mejor es que hagamos por no volver a vernos. Bájate del coche y adiós ---su voz era árida y conminatoria. - -Fernando la agarró con bárbara violencia, la levantó en vilo y la sentó -de golpe sobre sus piernas. - ---Cállate y no digas estupideces --masculló, triturándola casi, de lo -cual recibía la mujer una alegría dolorosa. - -Rosina apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de Fernando y le adhirió -determinadamente los labios en la coyuntura del cuello y la mandíbula, -como si quisiera succionarle la sangre. Sentía en sus encías el recio -batido de la yugular y le embestía un ansia furiosa de morder. - -Después de largo silencio, Rosina bisbiseó: - ---Vamos a mi casa. - ---No puede ser. - ---¿No puede ser? ¿No puede ser? ¿Has dicho que no puede ser? - ---No puede ser. - -Rosina intentó desgajarse de Fernando. Fernando la retuvo, apresándola -con brutal ahinco. - ---Suéltame, suéltame o te escupo. ¿No ves que me das asco? - -Fernando la dejó en libertad. Rosina fue a sentarse en el asiento. La -luz de un farol público, entrándose por la ventanilla con movimiento de -guadaña, segó por un instante las sombras del coche. Rosina pudo ver -que Fernando tenía la cabeza caída sobre el pecho. - ---Tienes una querida. ¡Niégalo! Una querida rica que te sostiene. -¡Niégalo! Eres un chulo, eso, un chulo. No hay más que verte. -¡Niégalo!... ¿Vamos a casa? - ---No puede ser. - ---Claro. Si la otra lo sabe, adiós pitanza, y trajes de señorito, y la -vida holgona. ¡Ten al menos el valor de confesar! ¿Tienes una querida? - -Fernando no respondió. - ---Di sí o no. - ---No. - ---¿No? - ---No. - ---Pues vamos a casa. - ---No puede ser. - ---¡Qué canalla! ¡Qué bandido! ¡Qué embustero!... Y qué cobarde, que lo -oyes todo sin rechistar. ¿Cómo era posible que a la vuelta de unos años -te encontrase hecho un señorito, si no es a fuerza de las indecencias -que habrás cometido? - ---¿Y cómo te encuentro yo? - -Rosina, con voz estrangulada por la ira, bramó: - ---Pero, ¿te atreves?... - ---¡Perdón! --y su acento estaba empañado--. ¡Tenme lástima! - -Rosina no pudo oír la última frase de Fernando. Se había llevado -las manos al pecho, y al tropezar con la rosa de Teófilo, ajada y -media deshecha por otro hombre, sintió su conciencia traspasada de -remordimiento. Vio que la conducta de Fernando para con ella era la -misma de ella para con Teófilo. Teófilo la quería para sí, por entero; -pero ella no se atrevía a renunciar a los beneficios que de don Sabas -recibía. Fernando tampoco se resolvía a despreciar las dádivas de -aquella desconocida amante. Rosina era supersticiosa. Pensó: «Castigo -de Dios. Me lo he merecido. El que a hierro mata, a hierro muere.» Y la -imagen de Teófilo se agigantó en su recuerdo. - -Rosina oprimió el llamador del coche. El cochero detuvo los caballos. - ---Haz el favor de bajar. - ---¿Me echas? - ---Haz el favor de bajar. - ---Has sido como un sueño. Para mí siempre has sido un sueño... --se -detuvo, esperando que Rosina dijera nuevamente: «Vamos a casa.» Pero -Rosina permaneció en silencio--. Mi corazón --habló a tiempo que echaba -pie al estribo-- ha estado siempre lleno de sueños. Un sueño, la -primera vez que te vi. La segunda vez, una pesadilla --y cerró de golpe -la portezuela, como si quisiera despertarse a la realidad. - -Y entonces fue Rosina la que se quedó como soñando. Poco después abrió -la ventanilla, asomó por ella todo el torso, y gritó, como loca: - ---¡Fernando! ¡Fernando! - ---¿Adónde vamos, señorita? --preguntó el cochero. - ---A casa. - -Rosina se retrepó en el respaldar del asiento y murmuró en voz baja: -«Pero, ¿no estoy de veras soñando?» - - - - -VIII - - -Salieron juntos del circo Angelón, Teófilo y Alberto, con Verónica. -Alberto le tenía ya dicho a Angelón que Teófilo, no sabiendo dónde -dormir aquella noche, solicitaba de él hospitalidad, a lo cual Angelón -había accedido de buen grado. Subían por la calle del Caballero de -Gracia, comentando festivamente los varios sucesos trágicos y bufos de -la jornada. - ---Neña, tú has sido la heroína. Ya puedes estar contenta --dijo -Angelón, que llevaba a Verónica del brazo--. ¿Cómo te sientes? - ---Muy cansada. - ---Entonces cenaremos en el Liceo Artístico, y así te repones. - ---A la otra puerta. Lo que es yo me voy ahorita a la cama. - ---Estás loca. No sabes la diversión que se nos prepara en el Liceo con -_el Obispo retirado_. - ---Chico, pa mí, como si me dijeras que, no ya el obispo, el Papa en -persona va a bailar un zapateao en camisón. - ---Mejor que eso, neñina. - ---¿Qué es ello?--Preguntó Teófilo. - ---¿Conoce usté a Mármol? - ---Alberto me lo ha presentado. - ---El jugador más fresco. No hay nada que le haga perder su -impasibilidad. Me ha dicho que va esta noche al Liceo, porque ha sabido -que don Jovino, _el Obispo retirado_, tu empresario, neña... - ---Ya, ya me he enterado... - ---Digo que _el Fraile motilón_, que tiene más dinero que pesa, y que se -lo juega con tanta frescura como Mármol, va al Liceo todas las noches. -De manera que vamos a presenciar la lucha más descomunal e interesante -que han visto los siglos. - ---Pues, memoria a la familia del _Obispo_. Estoy muerta, Angelón, y -necesito dormir. - ---Hijita, yo no voy a casa todavía: que te acompañe Alberto. - ---Yo también me voy a dormir, si usted me lo consiente --habló -tímidamente Teófilo. - ---Usted se viene conmigo, porque nadie sabe en dónde está la ropa -blanca y no se puede hacer la cama hasta que yo vuelva. - ---Eso no importa. Duermo vestido. - ---¡No faltaba más! Usté se viene conmigo. ¿No ha estado usted aún en el -Liceo? - ---Todavía no. - ---La golferancia en pleno de Madrid cae por allí todas las noches. - ---Sin embargo, estoy cansado. Si usted no lo tomase a mal, yo me iría a -dormir. - ---Ya lo creo que lo tomo a mal. - ---No sea usted impertinente --intervino Alberto--. Deje usted a la -gente dormir cuando tiene sueño. Por otra parte ese desafío no será tan -formidable como usted supone, porque yo he estado hablando con Alfonso -del Mármol y sé que no se jugará arriba de tres mil duros, por la -sencilla razón de que es todo lo que le queda en el bolsillo después de -la paliza que ayer le han dado en el casino. - ---¿Está usted seguro? - ---Y tan seguro. - ---De todas maneras a Pajares no le importa acostarse dos horas más -tarde o más temprano. Los poetas modernistas son noctámbulos --abandonó -el brazo de Verónica y aseguró el de Teófilo--. Bueno, adiós. Usted, -¿vuelve también, después de dejar a Verónica? - ---No. Yo voy a dormir, que me he de levantar mañana temprano. ¿No -recuerda usted que mañana es el día del mitin? Y no me parece que sea -la mejor preparación espiritual un garito. Verdad que Cristo andaba -siempre entre publicanos y prostitutas; pero... - ---Mítines... ¡Qué gansada! Cuándo sentará usted la cabeza... ---manifestó Angelón en tono afectuoso. - -Las dos parejas se separaron. - -Apenas Angelón y Teófilo habían traspuesto la mampara de bayeta verde -del garito, cuando don Bernabé Barajas acudió hacia ellos, con abiertos -brazos, acongojadas pupilas y temblequeante abdomen. - ---¿No han visto ustedes a Fernandito? - -Angelón no sabía quién fuese Fernandito, aunque lo presumía, y acudió -al punto a responder. - ---Ahora mismo nos hemos cruzado con él. - ---¿En dónde? - ---En la calle de Carretas. Iba con _la Dientes_. - ---¿Con esa piculina desorejada? - ---Con la misma. Hacia la Central. - ---¡Desdichado! --gimió don Bernabé, y tomando el sombrero de la percha -huyó desolado. - -Las varias estancias y gabinetes del Liceo Artístico tenían aspecto -sórdido y de gusto depravado. Las paredes estaban revestidas con papel -descolorido, estampado de floripondios como coles; de trecho en trecho, -un pegote de papel diferente, o un rectángulo donde el papel conservaba -su color original por haberle defendido de la corrosión de la luz un -cuadro que allí había estado colgado en otro tiempo. También había en -los muros uno que otro espejo, saldo de un café o casino quebrado, -con espigas y amapolas pintadas al óleo en una esquina, y el mercurio -de la luna amortiguado y ensombrecido por unos a manera de vapores -de incierta amarillez. Teófilo esquivaba mirarse en tales espejos, -porque de primera intención, y habiéndose contemplado sin querer, -había advertido que derretían la materialidad de los cuerpos en ellos -retratados y les daban vagorosa turbiedad de fantasmas. - -Recortándose duramente sobre aquel fondo precario, bullían las figuras; -las femeninas, todas ellas damas cortesanas o entretenidas, vestidas, -como criadas de casa grande en carnaval, con heterogénea y recargada -mescolanza de atavíos señoriles ya usados y envueltas en una atmósfera -de hedores que ofendía el olfato: que el olfato repugna la mucha -fragancia, así como los ojos se duelen de la mucha luz. Estas damas, -la mayor parte feas y gordas, que eran la espuma de la prostitución -madrileña, satisfacían su añeja y exacerbada hambre de lujo hartándose -de él en tanta medida que hacían pensar en las orgías deglutivas de los -salvajes de Nueva Zelandia cuando dan por ventura, y después de largas -privaciones, con una ballena putrefacta, que devoran en delirio, sin -saciarse nunca, hasta reventar. - -Las figuras masculinas eran heterogéneas; junto con el hombre correcto -y de buena sangre, personaje episódico y de paso, víctima por lo -regular de las malas artes de la tafurería, podían verse el señorito -achulado, el chulo aseñoritado, el comiquillo epiceno y el chulo sin -bastardear, con todos los caracteres específicos de la casta. - -Había por dondequiera mesas octogonales para _poker_ y en torno de -ellas aquellas damas tan suntuariamente vestidas regateaban a gritos -una peseta y aun menos, como cocineras que ajustan un pollo en el -mercado. - -Angelón guió a Teófilo hasta la sala de juego. Estaba la gente -acomodándose en derredor del gran violón verde, en cuyo centro, junto -al tazón de níquel para las cartas jugadas, había cuatro paquetes -deshechos de barajas francesas. Entre los concurrentes estaban Alfonso -del Mármol y don Jovino, _el Obispo retirado_. Iba a comenzar la -partida. Un criado con galones subastaba la baraja. - ---Talla para el _baccara_, señores --canturreó el mozo con sonsonete -sacristanesco. - ---Mil pesetas --dijo Mármol entre dientes. - ---Dos mil --añadió don Jovino con los ojos clavados en el cielo raso, -como si postulase la intervención divina. - ---Dos mil --hizo eco el mozo--. Dos mil, una... Dos mil, dos... - ---Tres mil --atajó Mármol. Tomó el largo cigarro con dos dedos y -comenzó a darle vueltas entre los labios para alisar la capa; luego lo -contempló, vio que estaba bien, se lo llevó a la boca, y las manos a la -espalda. Parecía que estaba a solas en su casa, aburriéndose. - ---Cuatro mil --se apresuró a decir _el Obispo retirado_, como si -hubiera recibido una intuición celestial. - ---Cuatro mil, señores. Cuatro mil, una... Cuatro mil, dos... Cuatro -mil... - -Mármol retiró una mano de debajo de la chaqueta, que en él era actitud -habitual cuando estaba en pie o paseaba llevar las manos enlazadas -sobre los riñones y debajo de la chaqueta. Alargó el brazo hacia -el mozo con no menos solemnidad que Josué hacia el sol, le ordenó -tácitamente que se detuviera, sacudió la ceniza del cigarro con el dedo -meñique, y dijo con aire de indiferencia: - ---Cinco mil. - ---Cinco mil, señores. Cinco mil, una... Cinco mil, dos... Cinco mil..., -tres --el mozo dio con los nudillos sobre el violón y declaró al mismo -tiempo--: Don Alfonso del Mármol talla. - ---Banco --agregó al punto _el Obispo retirado_. - ---Bueno; yo no entiendo una palabra de todos estos ritos --murmuró -Teófilo al oído de Angelón. - ---Pues es más fácil que hacer un soneto, aunque el soneto sea -modernista. El que más alto puja, ese talla. Banco quiere decir que don -Jovino juega todo lo que se talla, contra el banquero, al primer pase, -mano a mano; de manera que a los otros no les toca sino mirar. ¿Que -gana Mármol? Ya tiene diez mil pesetas en lugar de cinco mil. ¿Que las -cartas favorecen al _motilón_? Pues Mármol se queda sin las cinco mil -del ala, y a otra cosa, es decir, a otra baraja, a no ser que reponga -la banca. - ---¡Es curioso! --exclamó Teófilo, que era ya víctima de la capciosidad -del juego. - ---¿Curioso? No veo la curiosidad... --murmuró Angelón, con desdén hacia -la inexperiencia del poeta. - -Teófilo se había interesado al punto en aquel raro combate, y con el -corazón se había puesto del lado de uno de los combatientes, del lado -de Mármol, cuyo éxito consideraba como cosa propia; a don Jovino -le aborrecía como a un adversario con el cual tuviera antiguos y -enconados motivos de resentimiento. Aplicábase a seguir las peripecias -del juego, conteniendo la respiración y con pulso agitado. Don Jovino -ganó el banco. Alfonso del Mármol colocó otras cinco mil pesetas sobre -la mesa y continuó tallando. La baraja se deslizó con alternativas y -altibajos, al fin de los cuales, Teófilo, que no perdía de vista las -manos de Mármol, estaba seguro que su aliado mental había ganado unas -seis mil pesetas. «Ahora tiene dieciséis mil pesetas», pensó. Durante -esta baraja Fernando había llegado a la mesa de juego y jugado algunos -duros, con gran circunspección y ensimismamiento. La partida estaba -muy animada. Corría en abundancia el dinero. Pero las posturas más -considerables eran siempre las del _Fraile motilón_, de suerte que se -mantenía en todo momento un antagonismo personal entre él y el banquero. - ---¿Y será cierto lo que ha dicho Alberto? --inquirió Teófilo, muy -hostigado de la curiosidad. - ---¿Qué es lo que ha dicho Alberto? - ---Que Mármol no tiene más que quince mil pesetas en el bolsillo. - ---Cuando él lo ha dicho. Son muy amigos, y Mármol no le iba a decir una -mentira. - ---¿Está casado? - ---Y con ocho hijos. - ---Tan joven... Y se juega así el dinero... Debe de ser muy rico. - ---No sé. Él siempre se juega el dinero por lo grande. - -Subastaron la segunda baraja, que Mármol volvió a rematar en cinco -mil pesetas, y don Jovino a hacerle banco, que esta vez ganó Mármol. -Al final de esta baraja, según los cálculos de Teófilo, que eran muy -concienzudos, Mármol había llegado a las veintidós mil pesetas. En la -baraja siguiente, que también remató Mármol, la suma total adquirió un -valor de treinta y dos o treinta y cinco mil, que en estas alturas el -cómputo exacto era muy difícil; pero Teófilo sabía que no era menos de -lo uno ni más de lo otro. - -En la subasta de la baraja inmediata las hostilidades se avivaron por -parte del _Obispo_. Subían uno y otro y nunca se daban por satisfechos. -Al llegar a las treinta y tres mil, Mármol se abstuvo de pujar y quedó -la baraja por cuenta de don Jovino. «Es que no hay más de treinta y -dos mil. Mi cálculo era correcto», pensó Teófilo. Se sentía tan en la -pelleja de Mármol, que sus pensamientos se enunciaban espontáneamente -en la primera persona del plural; así: «diez millones que tuviéramos, -diez millones que hubiéramos tallado, si ese cerdo cebado se obstinara -en seguirnos a los alcances. Pero no podemos pasar de las treinta y -dos mil.» El corazón de Teófilo comenzó a apretarse al pasar Mármol -desde el sitial del banquero al democrático escaño de _punto_; la buena -suerte de Mármol se anubló de tal manera, que en muy pocos pases perdió -treinta mil pesetas; lo que no perdió fue el gesto cansado y tedioso de -hombre que está a solas aburriéndose. - ---¡Nos ha reventado ese puerco! --eyaculó Teófilo, malhumorado, sin -poder contenerse. - ---¿El qué? --interrogó Angelón. - ---Nada. Digo que _el Obispo_ le ha ganado a Mármol todo lo que tenía. -Solo le quedan dos mil pesetas. - ---Bastante es para desquitarse. Tiene una suerte loca. - ---Por mucha que tenga. ¿Qué se puede hacer con dos mil pesetas? - ---¿Qué dice usted? ¿Usted sabe lo que son dos mil pesetas? - -El rostro de Teófilo se empurpuró. Hubo de colocarse por un momento en -su propio presente histórico; pero se desplazó a seguida que oyó decir -a don Jovino: - ---Hay una continuación. - ---¿Qué quiere decir eso? --preguntó Teófilo. - ---Que no talla ya más. Otro, si quiere, puede continuar tallando la -misma baraja. - ---Sí, sí; a buena hora. Después que esa bestia se lo ha llevado todo. - ---Yo la continúo --tartajeó Mármol, con el cigarro entre los dientes, -y con el mismo tono con que le hubiera pedido una cerilla al mozo. Se -levantó, parsimonioso, y fue a sentarse en el sitial del banquero. Dio -dos chupadas sonoras al cigarro; estaba apagado. Extrajo del bolsillo -una cerillera de oro y se las arregló de suerte que hubo de encender -seis o siete antes de que ardiese una, y entonces chupó con ahinco -hasta esfumarse detrás de una nube de humo. Cuando reapareció se le -vio que estaba sacándose los puños con aire sosegado y poniendo los -brazos en arco, como si ensayase un paso de garrotín. El resto de los -jugadores, comidos de impaciencia y de angustia, le asaetaban con los -ojos. Le hubieran dado de golpes, pero no se atrevían a hablar por no -descubrir su desazón. - -Don Jovino estaba visiblemente nervioso y pálido de cólera. Con la -mano, pequeñuela y canónica, arañaba la mesa. - ---¡Qué hombre admirable! --bisbiseó Teófilo en elogio de Mármol. - -En efecto, Mármol era un genio en las artes aleatorias. Sabía que -la fascinación del juego está en que bajo su acción se desvanece el -sentido del tiempo, y de aquí nacen sus consecuencias, así placenteras -como funestas, porque sin el sentido del tiempo no cabe noción del -trabajo, y sin esta no existe el concepto del valor, por donde en torno -de una mesa de juego se congrega una humanidad que momentáneamente se -exime de la maldición paradisiaca, y goza, por lo tanto, de aquellos -dos edénicos atributos que, siendo humanos, eran casi divinos: no -tener miedo a la muerte ni conocer qué cosa sea trabajo. La mayor parte -de los jugadores pierden, con la conciencia del tiempo, la fruición del -juego, y aquí venía Mármol a despertarles de su letargo e inculcarles, -quieras que no quieras, la sensación del tiempo, y por corolario una -emoción contradictoria e intensísima. - -En tanto duraban las maniobras de Mármol, Teófilo había estado -informándose, por medio de Angelón, de ciertos pormenores atañederos al -juego. - ---Es decir, que si ahora le sale el pase en contra se tiene que pegar -un tiro... - ---Eso no, porque se apresurarían a pegárselo antes de que él se -molestase: en buena parte estamos. Lo que ocurre es que no puede ser -verdad eso que nos ha contado Alberto. No puede ser; se necesitaría -estar loco. - ---¿Que no puede ser? Puede ser y es --afirmó Teófilo, con entonación -infalible. - ---Pues yo no lo creo. - -En aquel punto Mármol recorrió con los ojos la superficie del violón. -El dinero apostado andaba por las cuatro mil pesetas. Teófilo lo contó -mentalmente, tranquilizándose. «Creí que era más. Puede que le quede -otro tanto a él», se dijo abandonando el plural, porque el trance era -harto difícil para asumir su responsabilidad. Al llegar con la mirada -al dinero de don Jovino, los ojos de Mármol se reposaron, dijérase que -a lo burlón. Don Jovino, con ademán vehemente, puso dos mil pesetas más -sobre las dos mil que ya tenía apostadas. - ---Banca abierta --musitó Mármol. - ---¿Qué? --clamó don Jovino. - -Mármol se abstuvo de contestar, como si nada hubiera ocurrido, en lo -cual demostró gran tino, porque antes de poder decir nada ya se le -habían adelantado dos o tres jugadores, los cuales, volviéndose hacia -don Jovino, hablaron al tiempo mismo: «Que banca abierta.» Don Jovino -colocó cuatro mil pesetas más. Mármol comenzó a repartir las cartas -lentamente. Teófilo volvió las espaldas a la mesa. - ---No quiero verlo --rezongó, con los pulmones en suspenso. - -Había un maravilloso silencio, que se prolongaba, se prolongaba... -Teófilo oyó la cauta, elegante voz de Mármol diciendo _nueve_. Giró -sobre los talones, inflamado de júbilo. Nueve era la mejor carta. - ---¡Qué suerte! --exclamó Angelón, ligeramente contrariado. - -Un _croupier_ apilaba con la raqueta el dinero diseminado por los -paños; otro lo recogía con el _sable_. Mármol, en medio de los dos, no -se dignaba dar la menor muestra de interés hacia la recolección. Toda -la baraja resultó a favor de Mármol, y como don Jovino había perdido -su sangre fría, las pérdidas de este y ganancias de aquel fueron tales -que los talentos aritméticos de Teófilo se hicieron un embrollo y no -atinaron a calcularlas. - -A partir de este momento la lucha perdió todo interés. El _Fraile -motilón_ era derrotado de continuo, ya de banquero, ya de punto, y, -a la sombra de Mármol, el resto de los jugadores se ensañaba en él, -extrayéndole el dinero a chorros. A medida que perdía, don Jovino -recobraba la serenidad. - -Ya avanzada la noche sobrevino en la sala de juego don Bernabé Barajas, -el cual, así que vio a Fernando, corrió a su vera, jadeante y con -aliento entrecortado. - ---¿Dónde te has metido? ¡Ay! ¡Qué susto me has dado! - -Los presentes rieron de manera inequívoca y contemplaban, así a -don Bernabé como a Fernando, con ánimo respectivamente burlón y -despectivo. En un abrir y cerrar de ojos Fernando se había puesto en -pie, lívido sobremanera, y girando sobre la cintura aplicó una enorme -y restallante bofetada sobre el turgente rostro de su dulce amigo. -Algunos se precipitaron a sujetarlo. - ---No es necesario --dijo el mozo muy sereno, apartándose de la mesa. - ---Pero Fernandito, hijo, ¿qué te he hecho yo? --se lamentó el buen -señor, algo sorprendido. - ---Es que todo el mundo se figura..., y yo ya estoy harto. - ---Pero, ¿qué es lo que se figura, criatura? - ---Diga usted aquí, delante de toda esta gente, si ha conseguido usted -algo de mí. - ---¡Ay, qué cosas tienes! Yo, ¿qué iba a conseguir? - ---Diga usted la verdad. - ---Yo soy un caballero. - -Prodújose una gran carcajada que enardeció más al ya enardecido mozo. - ---¡Diga usted la verdad, se lo suplico! - -En esto llegó el presidente del círculo, un matón con ribetes de -escritor o viceversa, y acercándose a Fernando, sentenció con engolada -austeridad: - ---En este círculo no se toleran escándalos y menos de tal índole. Haga -usted el favor de marcharse. - ---No sin que antes quede en claro que yo soy tan decente como el que -más. - ---Haga usted el favor de marcharse --e iba a asirle de un brazo. - ---Cuidado con tocarme ni al pelo de la ropa. Yo hice mal en abofetear a -don Bernabé, lo confieso; pero si lo hice fue porque me pareció ver que -todos estos señores se figuran algo que no es verdad y perdí la cabeza. -Yo no me voy sin que don Bernabé conteste a lo que le he preguntado. - ---Don Bernabé puede contestar o dejar de hacerlo, según le salga de la -voluntad. Pero usted no puede continuar aquí. - -Mármol, que hasta aquel momento había permanecido como ausente de -todo, se puso en pie, se acercó al presidente, acariciándose la -barbilla color de trigo, y muy fríamente declaró: - ---Tiene razón el muchacho y no sé por qué regla de tres ha de marcharse -si no le da la gana. Por lo demás --añadió, mirando a Fernando--, -si en un principio alguien se ha figurado algo, creo que luego han -cambiado todos de parecer. Las apariencias suelen engañar --concluyó, -contemplando con ojos entornadizos y de lástima al presidente. - ---Claro que las apariencias suelen engañar --corroboró don Bernabé--. -Yo soy un caballero. - -Nuevas risas. - ---Muchas gracias --dijo Fernando, sacudiendo virilmente la mano de -Alfonso del Mármol--. Y buenas noches la compañía. - -Y el mozo salió de la sala con firme compás de pies. - ---Vámonos nosotros también --rogó Teófilo a Angelón, poco después que -el desconocido e iracundo joven se hubo marchado--. Estoy rendido. - ---Vámonos si usted lo desea. - -Según andaban camino de casa, Teófilo sentía en el alma un malestar -oscuro y de fondo, y en la conciencia impresiones confusas y -pronósticos de ideas. Amenazábanle las silenciosas moles de la ciudad -durmiente, como si fueran a derrumbarse sobre él de un momento a otro, -disgregadas por un agente de diabólica actividad corrosiva. - -Las rameras de encrucijada intentaban socaliñarlos, brindándoles con -torpes requiebros placeres complejos y módicos. - -Teófilo sentía dos obsesiones que para él eran normas madres de la -vida: la del dinero y la del amor. Según su peculiar manera de concebir -la sociedad, esta se asentaba en dos pilares: el sentido conservador, -del cual nace el principio de propiedad, y el instinto de reproducción, -de perpetuación, turbio subsuelo en donde arraiga el amor, libre -o constituído en familia. Ahora, Teófilo se preguntaba: «Estos dos -principios de la sociedad, ¿son constructivos o son destructores?» -Movíale a formular este interrogante el haber visto al desnudo el -instinto de propiedad y el amoroso: el primero, en el juego; el -segundo, en la prostitución. - ---¿En qué pensaba usted? --habló Angelón. - ---En nada --respondió en seco Teófilo. - ---He tenido mala pata. Siete duros que era todo lo que me podía jugar -me los liquidaron en un periquete. Si aguardo a las barajas últimas -del Obispo me pongo las botas. Ya ve usted aquel mozalbete, el de las -bofetadas a don Bernabé, en dos barajas se cargó unos miles de pesetas, -que yo viera. La Fortuna, mujer al fin, sonríe a los sinvergüenzas y -vuelve la espalda a los hombres honrados. - - - - -IX - - -Teófilo pasó la noche en claro. Meditaba las últimas palabras de -Rosina: «Si no tienes dinero, róbalo», y las muestras de amor que esta -le había hecho. El recuerdo era tan agudo y gustoso que la respiración -se le entorpecía, combatida por apasionadas olas de entusiasmo, y -sollozaba, estrujando las ropas del lecho con dedos engarabitados. -¡Pobre Rosina! ¿No fuera mejor que Rosina no le hubiera amado nunca? -¿Cómo iba él a pagarle aquel su acendrado y rendido amor? Robar -dinero... ¿En dónde? Ya lo había robado, si no para ella, por ella. Se -preguntaba en serio: «¿Por qué no acudirá el diablo en estos tiempos -cuando se le llama, como lo hacía en la Edad Media, para venderle el -alma?» - -A las siete de la mañana cayó dormido. Alberto entró al medio día en -su alcoba, pero le dejó dormir. Despertó a las tres de la tarde. En -la casa había alguna comida, que Verónica condimentó para Teófilo. -Así que concluyó de comer salió a la calle. «¡Qué hombre!», había -dicho Verónica. «Parece que vive entre nubes. Tal como yo me lo había -imaginado al leer sus versos. Ni una palabra se dignó decirnos.» Y -Alberto había respondido: «Es que está enamorado.» Lo cual entristeció -a Verónica. - -Teófilo se dirigió a casa de Rosina, como tenía por costumbre. Le salió -a abrir la cocinera y le hizo pasar a la salita del piano, en donde -estaban don Sabas y el marinero ciego. El marinero profería palabras -turbias, entre las cuales se derretía un a manera de llanto recio, -ronco; pero los ojos los tenía enjutos e inmóviles. Teófilo fue a dar -la mano al marinero, sospechando de pronto que Rosina estaba enferma de -algún cuidado. - ---¿Qué ocurre? --preguntó anheloso. - ---¡Ay, señor poeta! --sollozó el ciego, con esa voz varonil quebrada -que enternece aun a los corazones más enteros. - ---¿Está enferma de gravedad? - -El ciego se desató en un llanto de palabras sin sentido, siempre con -los ojos enjutos. Habló don Sabas. - ---Por fortuna, no. Se ha marchado... con la niña... no sabemos adónde ---separaba las palabras para pronunciarlas con firmeza, porque -pretendía aparecer sereno y no lo estaba. Miró a Teófilo, por ver el -efecto que en él hacía la noticia. Teófilo palideció un poco; por -lo demás, no se le descubrió señal alguna de congoja, sorpresa o -desesperación. - ---Entendámonos --agregó Teófilo--. ¿No puede ocurrir que haya salido -con la niña y les haya ocurrido algún accidente? - ---No; porque en esta carta que me ha dejado escrita declara que huye -con el hombre a quien ama, y nos pide perdón a su padre y a mí. - -En este punto, Teófilo no pudo reprimir una sonrisa. Estaba seguro de -que Rosina había huído para irse a vivir con él; quizás a aquellas -horas andaba buscándole. Acaso habría ido a la casa de huéspedes, -porque ella no sabía que la patrona le hubiera despedido. ¡Oh, dulce y -apasionada Rosina! - ---Creía yo --prosiguió el ministro--, antes de concluir de leer la -carta, que se había marchado con usted. Pero en la carta, hacia el -final, dice que ha vuelto a dar, milagrosamente, con el padre de Rosa -Fernanda y que es una cosa fatal. De todas suertes, no veo la necesidad -de huir, ni comprendo cómo Rosina, tan bondadosa y de buen sentido, ha -dado tan gran disgusto a este pobre viejo, dejándolo en la calle, como -quien dice. - -El dolor de don Sabas era a pesar suyo tan sincero que en un punto -destruía el artificio de sus adobos y cosméticos, dejando al -descubierto una ancianidad herida, dolorosa y claudicante. - -El marinero continuaba llorando a su modo. Teófilo sentía los sesos -azotados por un ramalazo de locura. - ---¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Yo digo que no puede ser! Si sabré yo -que no puede ser... ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! --gritaba -Teófilo recorriendo de punta a cabo la estancia. - ---Serénese usted, señor Pajares. - ---¡Absurdo, absurdo! Si lo sabré yo... A ver, que lo diga Conchita. -¡Conchita! ¿Dónde está Conchita? - ---Conchita... ¿Pero no sabe usted? --Teófilo se detuvo frente a don -Sabas, sin escuchar--. ¿No ha leído usted los periódicos de esta -mañana? Conchita ha asesinado ayer noche a su seductor y luego se ha -suicidado. Vivió una hora, lo necesario para declarar ante el juez ---aquí la voz de don Sabas temblaba--. Una desgracia nunca viene -sola --don Sabas evitaba mirar al ciego, que había sacado un pequeño -crucifijo del seno y lo besaba con desvarío. - -Hubo un largo silencio; al cabo del cual, como si en aquel punto don -Sabas hubiera terminado de hablar, Teófilo, con ojos desmesurados y voz -sombría, interrogó: - ---Pero, ¿Conchita?... - ---¡Pobre Conchita! --balbució don Sabas. - -El ciego continuaba llorando con los ojos secos. - - - - -PARTE IV - -HERMES TRIMEGISTO y SANTA TERESA - - Carpe diem quam minime credula postero. - - HORACIO. - - - - -I - - ---¿Qué le han hecho a esa niña? ¿Por qué llora esa niña? ¡Milagritos, -rica, ven acá! --rugió Travesedo, desplegando convulso la servilleta -sobre los muslos. Luego se afianzó las gafas. Estaba sentado a la -cabecera de una mesa redonda dispuesta para la comida, con un mantel -agujereado, cubierto de manchones cárdenos, uno de ellos dilatadísimo, -y de redondeles y trazos de coloraciones diferentes, como mapa -geológico que atestiguase los sucesivos estadios genesíacos de la -hospederil semana culinaria. En torno de la mesa, el resto de los -huéspedes aguardaba el advenimiento de la sopa. Eran estos don Alberto -(Alberto Díaz de Guzmán); don Alfredo, de apellido Mayer, conocido -dentro de la casa por el _teutón_, al cual, en la historia geológica -inscrita en los manteles, correspondía el período diluviano, que no -había semana que no derramase el vino, y para vergüenza le colocaban -delante el manchón cárdeno, testimonio de su ignominia; el señor del -Alfil, a quien se le llamaba por el apellido para evitar confusiones, -porque su nombre era Alberto; Macías a secas, sin añadido honorífico, -no se sabe por qué, cómico a la disposición de las empresas, así como -el señor del Alfil, y, por último, don Teófilo (Teófilo Pajares). - -El comedor, pobremente atalajado, tenía un balcón abierto de par en par -sobre un gran patio de vecindad, en cuyas paredes, recién encaladas, -el sol resplandecía. Era prima tarde; un día voluptuoso de primavera. -Entrábanse por el balcón ráfagas de brisa, y en ellas diluido el sol -templadamente. La ropa blanca que de unos cordeles pendía de lado a -lado del patio, danzaba en el aire con movimiento elástico y gracioso -de apacibles banderas. Era, en suma, uno de esos días madrileños de -ambiente enjuto y ardiente, demasiado puro para respirar, de suerte -que provoca una grata emoción de angustia en el pecho: esos días de -tan acendrada vitalidad y belleza que al huirse dejan a la zaga los -más tristes crepúsculos. No había olor de flores ni sugestiones de -renacimiento vegetal, que es por donde la primavera se muestra más -deleitablemente; pero una criada cantaba una cancioncilla del género -chico, y con ser depravada la música y la voz nada melodiosa, dijérase -que acariciaban así el sentido del oído como el del olfato, y que -estaban saturadas una y otra de evocaciones rústicas, de claro rumor de -agua y de bosque. - -Oíase también, como contraste doloroso, el llanto de un niño. - ---¡Que me traigan esa niña! --volvió a aullar Travesedo, elevando los -brazos. - -Entró Antonia la patrona en el comedor, conduciendo de la mano y casi a -rastras a una niña, como de seis años, la cual lloraba como lloran los -niños, con tanta intensidad que parecía que el alma, licuefaciéndose, -se le derramaba por los ojos. Así que Travesedo la tomó en brazos -la niña se tranquilizó. La sentaron en una silla alta que al efecto -estaba apercibida entre Travesedo y Alberto, y por más que preguntaron -no consiguieron conocer la causa de la llantina. Eran todos los que -vivían en aquella casa hombres mayores de treinta años, todos solteros. -Trataban a Milagritos, que era feúcha y enfermiza, con una ternura -casi religiosa. El único que acreditaba absoluta insensibilidad a este -respecto era Macías. - ---No puedo oír llorar a un niño --declaró Travesedo, pasando su mórbida -mano sobre la melenilla de Milagritos, de un rubio grisáceo. - ---Ni nadie --corroboró Macías, mojando una sopa en vino--. El llanto -del niño y el canto del canario son las dos latas mayores del universo. -Le vuelven loco a cualquiera. Comprendo a Herodes. - ---¡Qué bruto! --exclamó Alfil, un hombre desmesurado, rubio maíz y de -ojos incoloros, que comía con el gabán puesto. - -Travesedo miró con asombro a Macías, luego a Alberto, con alacridad, -y soltose a reír. A Travesedo, la estulticia y brutalidad ajenas, en -lugar de indignarle le inducían a desordenados extremos de alegría. - ---¿Has oído? - ---Ya, ya --respondió Alberto, con gesto de lástima. - ---Usted llegará muy lejos, Macías; usted será un gran hombre. Acuérdese -de que yo se lo digo --afirmó Travesedo. Puso los codos sobre la mesa, -y continuó con entonación disquisitoria--: Esto del llanto de los niños -es una sensación puramente española. - ---Claro --entró a decir el teutón--, yo en Alemania nunca he oído a los -niños llorar. - ---Tiene razón Alfredín --Travesedo llamaba siempre así al alemán--. A -mí me ocurrió una cosa semejante; quiero decir, que el primer año que -estuve en Alemania olvidé que los niños lloran. Y si vieran ustedes -cuando volví a dar en ello qué malestar tan grande me entró. Venía a -pasar las vacaciones a España: en tercera, y aun así y todo el dinero -me llegaba ras con ras. En la frontera tomé un tren mixto; de esos -trenes... en fin, un tren mixto español. Durante el día, todos los -viajeros bebían como bárbaros y vociferaban como energúmenos. Al caer -de la tarde el tren se había convertido en tren de mercancías, porque -los hombres eran fardos, no personas. En cada estación, esas pobres -estaciones castellanas en despoblado, el tren, que parecía un convoy -funeral, se paraba veinte minutos. ¡Qué silencio! No era noche aún. -Entre la tierra y el cielo flotaba un estrato de polvo. Veíanse tres, -cuatro álamos, de raro en raro, o un hombre montado en un pollino, -sobre la línea del horizonte, que producían la ilusión óptica de ser -gigantescos. Luego he tenido ocasión de observar muchas veces y en -diferentes órdenes de cosas el mismo fenómeno; en España un pollino -visto contra luz se agiganta sobremanera. Pues, a lo que iba; en una -estación, Palanquinos, nunca se me olvidará, después de una parada -eterna y en medio de un silencio abrumador, oigo llorar a un niño... -Vamos, renuncio a expresar lo que en aquellos momentos sentí. - ---Ja, ja, ja --Macías produjo una carcajada teatral--. Eso quiere decir -que en Alemania los niños no lloran. - ---Por lo menos yo nunca les oí llorar, sino reír y cantar --extrajo -el reloj del bolsillo, y en mirándolo se desató en grandes -exclamaciones--: Pero, ¡Antonia!, ¡mujer!... Las dos y cuarto y aún no -ha traído la sopa... Esto es un escándalo. Esta casa es un pandemonium. - -Oyose la voz de Antonia, respondiendo: - ---Cállese, condenado, que no hace más que gruñir. - -Travesedo se levantó, salió, y volvió al punto trayendo él mismo la -sopera. Detrás venía Antonia; su sonrisa era triste e indulgente. - ---¿Dónde está Amparito? --inquirió Alfil. - ---Yo qué sé; quizás en el cuarto de Lolita. - ---¡Qué escándalo! Pero, mujer, ¿le parece a usted bien eso? ¿No es -un abuso, una locura, y sobre todo un caso de imprudencia temeraria? ---sermoneó Travesedo--. ¿Le parece a usted bien que una niña como -Amparito, que ha tenido la suerte increíble de pillar un novio decente, -nada menos que un ingeniero, y que está para casarse de un día a otro, -frecuente la sociedad de una prostituta, de la cual no puede aprender -nada bueno? - -El teutón y Alfil asegundaron las amonestaciones de Travesedo. - ---No me muelan el alma. Lolita es una infeliz... - ---Sí que lo es --admitió Travesedo. - ---Y en cuanto a Amparito, ella sabrá lo que le conviene --por -acaso, Antonia echó la vista sobre la mesa y vio que el pan había -desaparecido--. ¡Condenados! Pero, ¿se han comido todo el pan? Jesús, -Jesús, qué ruina. Si no hay dinero que baste para darles de comer. Si -no es posible: ocho francesillas... De seguro fue el señor de Alfil. - ---Como ha tardado usted tanto en traer la sopa... --respondió Alfil muy -ruboroso. Llevaba cinco meses en la casa y aún no había podido pagar ni -un céntimo: todo el invierno sin contrata. No se despojaba del gabán -porque los pantalones estaban rotos por la culera y le descubrían las -carnes. Continuó--: Hablando, hablando, querida Antonia, sin que uno se -dé cuenta se va engullendo el pan --y por disimular su turbación, con -digno continente hacía y deshacía el nudo de la flotante chalina, azul -cobalto. - ---Está en lo cierto Albertón --dictaminó Travesedo, que se arrogaba -dentro de la casa funciones de tribunal en última instancia. Solía -poner en aumentativo o diminutivo los nombres, según la estructura -física de las personas y el afecto que a ellas le unía--. En esta casa -todo va manga por hombro. Miren que mantel: si quita las ganas de -comer... - ---¡Qué más quisiera yo! Y, sobre todo, ¿quién tiene la culpa, sino -ustedes, que son unos marranos? --decía Antonia en un tono más de -observación crítica que de reproche, y al mismo tiempo repartía la sopa. - ---Ya le he dicho mil veces que no quiero que usted sirva. ¿Para qué -está Amparito? ¡Amparito!... - -«Don Eduardo...» Oyose una voz lejana, inocente y mimosa. Travesedo -añadió: - ---Venga usted ahora mismo, so holgazana. - ---Basta, Antonia: no eche usted más sopa. - ---¿Es que no le gusta a usted, don Teófilo? - ---Es que no tengo gana. - ---Nunca tienes ganas, y eso no puede ser. Hay que hacer un esfuerzo, -querido Pajares-- impuso Travesedo. - ---Si no puedo, Eduardo --murmuró Teófilo, con doliente sonrisa. - -En esto llegó corriendo Amparito, hija natural, como Milagritos, de -Antonia, cada cual de padre diferente. Era Amparito una muchacha de -dieciocho años, en extremo agraciada, aun cuando la nariz propendiese -a pico de loro; apenas púber por las trazas de su desarrollo, y tan -candorosa que cautivaba. Acaso su mayor encanto era la voz, una voz -blanca, de terciopelo. - ---¡Puaf! ¿No se le cae a usted la cara de vergüenza? Consentir que su -madre lo haga todo, todo, que la pobre no sé cómo puede con tanto, y -usted, en el ínterin, holgazaneando, y ¿cómo? Que no vuelva yo a saber -que entra usted en el cuarto de Lolita --la reprimenda de Travesedo -tenía un aire afable de contrahecha severidad paternal. - ---Pero, don Eduardo..., es que ella me llamó --Amparito inclinó la -cabeza ruborosa. - -Todos contemplaban a Amparito con expresión de solicitud protectora, -menos Macías, que solía mirarla como miran los hombres lúbricos a -las doncellas ternecicas. Amparito estaba para casarse con un joven -ingeniero de muy buena familia. Los huéspedes de la casa tenían puesta -el alma en que tan singular fortuna no se malograse y en que aquel -divino candor de la niña llegase al matrimonio sin ningún menoscabo, -empresa muy delicada, si se tiene en cuenta que en la casa siempre -se alojaba alguna prostituta de alto copete, de la cual Antonia -obtenía los mayores subsidios y casi los únicos con que mantener -su negocio, porque los otros huéspedes o no pagaban o pagaban mal -y con intermitencias. Por el bien parecer no se consentía que la -dama cortesana se holgase en la casa con sus eventuales amantes, y -así se alojaba en calidad de señorita particular. Sobre Amparito, -los huéspedes ejercían estrecha vigilancia. Así que la perdían de -vista: «¿Dónde está Amparito?» Si había acaso salido: «¿Adónde ha -ido? ¿Está usted loca, mujer, para dejarle salir sola?» Y un día -que había dado un paseo en coche con Lolita, a la noche hubo en la -casa un disgusto serio, a tal punto que Antonia se encrespó y dijo -que en sus particulares asuntos nadie tenía que meterse, a lo cual -Travesedo replicó determinadamente: «Cuando la madre es irresponsable, -nosotros, en representación de la justicia y obrando por dictados de la -conciencia, nos encargamos de la curatela de la hija.» - ---¿Es que tienes a menos, niña, servir a la mesa porque te vas a casar -con un señorito? Pues yo que conozco a tu novio desde que éramos así ---en efecto, habían sido compañeros en el instituto--, y que le conozco -bien, te digo que lo que él prefiere es que seas mujer de tu casa, -sencilla y trabajadora. Y a propósito, ¿has tenido carta de él? - ---Sí, señor. - ---¿Cuándo viene? - ---Dice que está ahora muy ocupado; pero para la semana entrante vendrá -uno o dos días. - ---Dime, Amparito, ¿cómo está hoy el San Antonio de Lolita? --preguntó -Alfil, ingurgitando la última cucharada de sopa. - ---Cabeza abajo, en la rinconera. - ---¡Vaya por Dios! --exclamó consternado Travesedo--. Hoy andaremos -escasos de principio y de postre. - -Lolita era una mujer muy piadosa. No se sabe por dónde, había dado en -la creencia de que San Antonio de Padua es el patrono de las rameras. -En opinión de Lolita, aquel santo no suplía en el cielo a otro menester -que el de velar por las prostitutas y favorecer a aquellas que fuesen -sus devotas, otorgándoles gran número de amantes, y estos buenos -pagadores. Por propiciarse y atraerse la protección de este simpático -santo, Lolita tenía en una rinconera una imagen de él, en cartón -piedra, con un niño Jesús de quita y pon, que encajaba en el brazo del -bienaventurado por medio de una espiga metálica a manera de punta de -París, la cual entraba dentro del traserito del divino infante. Delante -de la imagen había unas flores rojas de trapo. Si acontecía que un día -no se presentaba ningún amante, Lolita se enojaba con San Antonio, y -en lugar de rezarle y besarle como tenía por costumbre, en actitud -ofendida se acercaba a él y le quitaba las flores, murmurando: «Para -que aprendas.» Si sobre el primero sucedíase el segundo día de vacío, -el enojo de Lolita crecía de punto, y entonces arrebataba el niño Jesús -de los brazos del Santo: «te has meresío esto y mucho má, porque ere -un sinvergüensa», decía, mientras verificaba el despojo. Al tercer -día de privaciones amorosas ponía al santo cabeza abajo en la misma -rinconera. Al cuarto, lo trasladaba a un rincón de la alcoba, cabeza -abajo siempre. Al quinto, lo golpeaba, lo llamaba _cabronaso_ y otras -palabras malsonantes, y lo metía en el cubo del lavabo. Cuando Lolita -llegaba a tan sacrílegos extremos, el resto de los huéspedes, sin -duda por contener la cólera divina y desagraviar a San Antonio, solía -incurrir en ásperas abstinencias. - -Presentose Lolita en el comedor con una bata sucia y la pelambrera -aborrascada en hopos y greñas. Traía en la mano un paquete de barajas. -Era una cuitada, muy afectuosa y no menos fea, de una simplicidad y -falta de seso increíbles. Llamaba a todos de don, si bien todos la -tuteaban. Tenía la piel de un moreno terroso y ajado, la boca risible -por lo pequeña, los ojos negros y lindos, la nariz como el mango de un -formón. Saludó a todos con mucha efusión y comenzó a quejarse de su -mala pata. La culpa la tenía un jorobado que había visto en la Elipa -hacía cuatro noches. Sin preocuparse por la comida, comenzó a echar las -cartas. - ---Corte usté, don Alfredo. - ---¡Uf!, supersticiones, me dan susto --respondió el teutón, sacudiendo -la mano en el aire. - ---Yo cortaré, Lolita, ¿sirvo yo? --intervino Macías. - ---Tres montonsitos, así. A ve --colocó sobre la mesa la sota de bastos. - ---Zorras a principio de cazadero mal agüero --sentenció Alfil que -andaba rebañando el pan de los demás, a favor del interés que tenían -puesto en las manipulaciones de Lolita. - -Lolita había torcido el morro al ver la sota de bastos. - ---¡Jesú, Jesú! Si e la mala pata. Esta sota quié desí mujé o viuda -morena, ardiente, imperiosa, poniendo trabas a todo --y sacó ahora el -siete de espadas. Tan pronto como lo vio, se llevó las manos a las -greñas, aborrascándolas más de lo que estaban. - ---Algo gordo --habló Alberto. - ---¿Gordo? ¡Uy!, no lo sabe usté bien. Este siete quié desir preñés. -Vamos, que no pué sé y que no pué sé. - -Esta vez salió el caballo de espadas. Lolita arrojó colérica las cartas -y comenzó a lloriquear. - ---¡Ea, Lolita!, no hagas caso de esas tonterías --aconsejó Travesedo. - ---¡Ay, don Eduardo de mi arma! ¡Ay, si usté supiera!... - ---¿Qué es, criatura? - ---Joven de malas costumbres, mal sujeto, traidó; ataque a la vuerta de -una esquina. - ---¿Todo eso decía aquella carta? - ---Toíto eso y mucho más. Es er jorobao, es er jorobao que me anda -persiguiendo. Yo no sargo hoy de casa, no sargo hoy de casa. - ---¿Por qué, inocente? No seas imbécil --dijo Alfil, que era el de mejor -apetito de todos. - ---¿Cómo quié usté que sarga hoy a la caye? Pero, ¿no ha visto usté, -como la lu, que las cartas me han salío ataque a la vuerta de una -esquina y sujeto traidó? - ---No seas niña, ¿qué saben las cartas? De seguro hoy tienes mucha -suerte, con el día que hace, que convida al amor --añadió Alfil. - ---Que no sargo, señor Alfil, que no sargo a que me asesinen. - ---¡Qué ignorancia! --exclamó Alfil, enarcando las cejas. - -Amparito presentó a Lolita un plato de sopa. - ---No quiero sopa. Oiga usté, Antonia, no voy a comé na má que una -fransesiya con manteca. Me la pone usté al horno y que esté bien rehogá. - ---¿Una francesilla? --habló Antonia, con sonrisa triste y cansada--. -Como no se la saquemos al señor Alfil del papo... - ---Pero, ¿es que no hay pan? - ---A ver --añadió Antonia--. ¿Cuántos días hace que usted no paga? - -Lolita pagaba al día por varias razones: primero, porque era tan de -mano abierta que el dinero se le iba sin saber cómo y era imposible -hacerle pagar grandes cantidades de una vez; segundo, porque su aparato -intelectual era refractario a las operaciones aritméticas y no sabía -contar sino por los dedos de una sola mano, de suerte que cuando las -cuentas subían no había modo de hacérselas entender, y ella presumía -que se aprovechaban de su ignorancia cobrándole más de lo justo. Con -la planchadora tenía siempre grandes altercados y disputas. Se había -olvidado de los años que tenía, aun cuando guiándose por la fecha -más importante en su vida (la pérdida de la doncellez), que había -acaecido a los quince, calculaba ella que su edad se aproximaba a -los diecinueve, si bien lo probable era que andaba lindando por los -treinta. Dada esta incapacidad nativa para las matemáticas, pagaba cada -día dos duros a Antonia, y cuentas claras, con los cuales la patrona, -con esa virtud evangélica de las patronas españolas que para sí -quisieran los ministros de Hacienda, hacía milagrosas multiplicaciones -en el mercado. - ---Vamos, no seas remilgada y come lo que haya. - -Lolita, que era muy dócil y bondadosa, se resignó. En este punto -Travesedo inició un tema de conversación a que era muy aficionado: -cuestiones financieras. El talento que Dios había negado a Lolita se lo -había concedido en gran medida a Travesedo. Hacía de memoria los más -intrincados cálculos. Su cabeza era un archivo de vastos y miríficos -proyectos económicos. Tenía proyectos para todo: un presupuesto del -Estado, un banco hipotecario, un ferrocarril eléctrico en el puerto -de los Pinares, casas para obreros, colonización económica en el -norte de África. Había escrito sinnúmero de memorias, perfectamente -concienzudas, en donde se demostraba la suma de beneficios sociales que -los proyectos acarrearían, y el lucro pingüe que el capital en ellos -invertido había de obtener necesariamente. Lo curioso es que tales -proyectos eran, por lo general, muy razonables y serios; pero el autor -no conseguía que nadie les prestase atención. Por lo cual tenía que -dedicarse a negocios sucedáneos y mezquinos que le fracasaban siempre, -como aquel del circo, iniciado bajo excelentes auspicios y apuntillado -por orden de la autoridad la misma noche de ponerse en marcha. - -A los postres se presentó Verónica. Era visitante asidua de la casa y -todos la veían con buenos ojos. A partir de aquella noche de su gran -éxito había abandonado la carrera azarosa del vicio mercenario para -hacer vida humilde y honesta. La habían contratado en un teatro de -variedades, con diez duros por noche, y era la bailarina predilecta del -público. Con su sueldo ayudaba a vivir a la familia y ahorraba para -lo porvenir. Había conseguido que contratasen a su hermana Pilarcita, -la cual era por entonces de conducta tan relajada como Verónica lo -había sido en otro tiempo. Toda la existencia de Verónica se reducía -a ir de su casa al teatro, del teatro a casa, y algunas veces a casa -de Antonia a pasar la tarde. Deseaba irse a vivir con la Antonia, -pero nunca se atrevió a manifestarlo. Nadie se explicaba este cambio -de Verónica, y menos que nadie Angelón, quien dio en la manía de -enamoricarse de Verónica cuando esta dio en la manía de ser honrada. -La perseguía de continuo, intentaba conmoverla con escenas dramáticas -y de desesperación, y, en suma, le hacía pasar muy malos ratos, porque -la mujer le tenía lástima. A pesar del entusiasmo del público por ella, -que aumentaba con los días, y de la popularidad que había adquirido, -Verónica conservaba su muchachil sencillez. - ---El público está mochales --acostumbraba decir--. Porque, vamos, -que me digan a mí que si bailo así y asao, como los gipcios y las -bañaderas... Si yo no he sabido nunca bailar... Bailo lo que me sale, y -acabao. - -Algunos artistas, literatos y pintores habían pretendido cultivar su -amistad; pero se habían cansado pronto, porque, como ellos decían: -«Baila como un ángel; pero es una mala bestia y no se puede hablar de -nada con ella». - -Existían vehementes indicios de que Travesedo gustaba mucho de -Verónica. La muchacha, que lo había echado de ver, trataba al hombre de -las barbas lóbregas con un bien mesurado compás de afecto, equidistante -del amor y del desdén. - ---Siéntate aquí, neñina --habló Travesedo con ojos bailarines, -poniéndose en pie y ofreciendo una silla a Verónica--. Nunca vienes por -aquí. - ---Anda, pues si he estao na más que dos veces en esta semana. - ---Sería cuando no estábamos nosotros en casa. - ---Sería. Y ustedes tampoco van nunca por el teatro. - ---Neñina, desde aquella fementida noche del circo no puedo entrar en un -teatro. Me da una cosa aquí, ¿sabes?, como si me revolviesen las tripas -con un garabato. - ---¿Trabaja usted mucho, don Teófilo? - ---Sí. ¿Por qué lo dices? - ---Porque tiene usted mala cara. - ---Pues no suelo trabajar con la cara --dijo Teófilo secamente. - ---Usté perdone si le he molestao --suplicó Verónica, con humildad. - ---Cuánto siento, neñina, no poder quedarme contigo. Pero precisamente -a las tres y media tengo una cita, y ya son las tres; de manera que -perdóname y adiós. - ---Adiós, señor Travesedo. - ---Cada día estás más guapa. ¿No tienes novio aún, neñina? - ---Novio... ¡Bah! A mí quién me va a querer. - ---Cualquiera que no sea idiota. - -Travesedo, Alberto y Teófilo salieron juntos. En las mismas escaleras -Travesedo reanudó su palique económico. - ---Voy a ver si convenzo a Jovino --decía--, y eso que después de lo del -circo y el otro negocio de los mármoles está muy reacio en acceder. No -es que él dude de la bondad de mi proyecto; es que yo, como sabes, soy -muy pesimista, y con razón, y él se ha contagiado ya de mi pesimismo. -Pero este negocio de ahora es de los que no tienen riesgo ninguno. -Comenzará a producir así que se implante. Cierto que se necesitan cinco -millones de pesetas, por lo menos, para empezar; pero figúrate si entre -Jovino y sus amigos no pueden reunir el capital en media hora... Ahora -bien, préstame atención. - -Y Travesedo comenzó a exponer el negocio: un negocio en grande. -Tratábase de la explotación de unas minas de cobre en Asturias, cuya -opción por un año para la venta le habían dado los dueños de las minas -a Travesedo. Este exponía por lo menudo los datos; cubicación de las -minas, gastos de explotación por toneladas, gastos de acarreo por -tonelada y kilómetro, fletes, precio del cobre en todos los mercados -del mundo y así sucesivamente. Habían llegado a la puerta de un -estanquillo. Travesedo se detuvo y continuó hablando: - ---¿Te has fijado bien en los números? Resulta, por lo tanto, una -ganancia anual segura de dos millones de pesetas; es decir, que el -capital rendirá un cuarenta por ciento de utilidades. Como yo tengo -la opción, he de ganarme en la venta de las minas por poco doscientas -mil pesetas. Ahora, mis proposiciones son: un veinticinco por ciento -de las utilidades y la dirección de las minas. ¿Qué te parece? --hizo -una transición--. Cómprame un cigarro de quince céntimos que no tengo -dinero. ¡Ah! Y un timbre móvil de diez. - -Cuando Alberto salió con el cigarro y el sello, Travesedo prosiguió: - ---Si hacemos el negocio te vienes conmigo a las minas. Ya verás qué -bien nos arreglamos allí. Aquello es precioso y nadie te molestará para -escribir tus libros. También tú, Pajares, si quieres, puedes venir con -nosotros. Ya verás cómo por aquellas montañas la inspiración acude sin -que se la llame. Vosotros, ¿adónde vais? - ---¿Adónde vas, Teófilo? Yo al Ateneo. - ---¿Con esta tarde? --exclamó asombrado Travesedo. - ---Cierto, ¡qué tarde! Da gusto vivir. Días como el de hoy no se ven -sino en Madrid. Hoy se comprende que la holganza es la única ocupación -digna del hombre, y que la pereza, según dijo Pascal, es algo que nos -hace recordar que somos dioses venidos a menos. Sin embargo, voy al -Ateneo a oír la conferencia de Mazorral. - ---Ya no me acordaba. Yo también iré. Tengo mucho interés en oírle. ¿Qué -tal habla? --indagó Travesedo. - ---No sé. - ---De seguro no lo hará tan bien como Tejero. ¿Te acuerdas de aquel -mitin? ¡Qué presencia, qué aplomo, qué fuerza! Me parece que le estoy -viendo junto a las candilejas, al sesgo y adelantando el hombro -izquierdo hacia el público. Parecía un hondero y cada sentencia una -pedrada. Ya ves si iban bien dirigidas que derribó a don Sabas Sicilia -del ministerio... ¿A qué hora es la conferencia? - ---A las cuatro. - ---Pues iré. Y eso que desconfío de Mazorral. Es tan pedante... - -Travesedo se despidió de Teófilo y Alberto. - - - - -II - - ---¿Quieres que vayamos a dar una vuelta por el Prado, al sol, antes de -meternos en esa catacumba del Ateneo? --rogó Teófilo. - ---Sí, hombre. Hoy se apetece derretirse en el sol, no pensar, -volatilizarse, ser una cosa gaseosa y tibia... - ---No pensar... derretirse... Hoy y siempre. - ---¿Te vas a poner trágico? - ---Yo, ¿para qué? --Teófilo hizo una mueca grotesco-trágica que movió -a risa a su compañero--. Sí, hombre, ríete. No sé si compadecerte o -envidiarte; no comprendes nada del sentimiento. - ---¿Quién te lo ha dicho? Pudiera ser que lo comprendiese, y algunas -cosas más. Por ejemplo: entre bastidores los efectismos teatrales -quedan destruidos. - ---¡Bah!, resulta que yo estoy haciendo el papel del hombre cansado de -la vida. - ---No es eso; aparte de que hay actores que entran en situación con toda -su alma y lloran de veras, pero el público se ríe de ellos, porque les -falta la expresión emotiva. - ---Y a mí me falta, ¿eh? ¿Qué le voy a hacer yo? - ---Tampoco es eso. Lo que yo te quería decir al hablarte de que -entre bastidores se matan los efectismos teatrales es que todos los -sentimientos, por tristes que sean, llevan en sí su medicina. - ---Caramba, qué expeditivo estás. A ver. - ---Todo consiste en meterse entre los bastidores de uno mismo, -introspeccionarse, convertirse de actor en espectador y mirar del revés -la liviandad y burda estofa de todos esos bastidores, bambalinas y -tramoya del sentimiento humano. - ---Eso es, y aun suponiendo que uno pueda desdoblarse en dos partes tan -fácilmente como tú dices, el ver con la una la liviandad y burda estofa -de la otra es un espectáculo consolador, ¿verdad? - ---A la larga sí. - ---¿Qué llamas tú a la larga? Porque yo ya va para seis meses que -intento una cosa semejante, y como si no. Lo que ocurre es que cuando -la gangrena está dentro no hay morfina que valga. Si fuera tan fácil -inyectar filosofía como cacodilato de sosa... Pensarás que me hago el -interesante, pero es que tú no sabes... --Teófilo creía mantener el -secreto de sus congojas; pero eran varios los que conocían su origen, -entre ellos Alberto. - -Continuaron paseando en silencio. Alberto introdujo las manos en los -bolsillos de la chaqueta y se encontró con un papel que resultó ser -una carta cerrada. Había recibido tantas cartas tristes en su vida, -que cada nuevo sobre que a sus manos llegaba le infundía terror. Solía -guardar las cartas sin abrirlas, y después de algún tiempo las leía -o las quemaba, según el humor. Contempló esta carta, rugosa y sucia -ya; era letra conocida, pero no podía decir de quién. Estuvo dándole -vueltas entre las manos, dudando si leerla o arrojarla por una boca de -alcantarilla. Por fin la abrió. - ---Hombre, de Bériz. - ---¿El qué? - ---Esta carta. - ---¿Qué es de él? - ---No sé aún. Ahora veremos --leyó--: «Querido Guzmán: Dirá usted y -los amigachos de Madrid (no es que le llame amigacho. Ya sabe que -siempre le he tenido gran afecto y consideración) ¿qué será de aquel -sinvergüencilla de Bériz? Y la verdad es que yo fui un sinvergüencilla -en vísperas de pasar a mayores, como ahora comprendo que se hubiera -verificado si me quedo en Madrid. Pero ¿se acuerda usted de una célebre -noche en el circo, ¡qué nochecita aquella, ché!, y lo que usted me -dijo: «vete a tu pueblo, Arsenio, vete a tu pueblo», ni más ni menos -que como Hamlet aconsejaba a Ofelia que se fuese a un convento? Y ahora -caigo en la cuenta que nos tratábamos de tú. En Madrid se pierden las -distancias: todos somos unos... unos golfos, y no lo digo por usted, -o por ti, que ya no me acordaba. Luego, cuando uno se aparta de ese -guirigay, vuelven a establecerse las jerarquías. A lo mío. Aquel -consejo me estaba siempre sonando dentro de la cabeza, y un buen día -(esto es un galicismo, ché; pero ¿qué importa?) me dije: si no es hoy -no es nunca. Y sin decir oste ni moste lié las maletas, y Arsenio -volvió a su pueblo a casarse con su novia; pero, sobre todo... a hacer -gran arte. ¡Una tontería de quimeras y ambiciones! Pero a medida que -el eco de Madrid se iba apagando dentro de mí, y aquellas famosas -jerarquías restableciéndose, me empezó a nacer el sentido común. ¿Gran -arte yo? Vaya, que no es por ahí. Comprendí que son contados los que -pueden permitirse ese lujo, y que Dios no me llamaba por ese camino, -sino por el del honesto matrimonio burgués, y venga hacer hijos y más -hijos, sanos, robustos y alborotadores como yo, y como yo un poquitín, -nada más que un poquitín, sinvergüencillas. Pues nada, que la semana -que viene me caso, así, a los veintidós años, y el mes que viene me -tendrás despachando abanicos para enviar con viento fresco al mundo -entero. No te doy parte de mi boda con la perspectiva de un regalo. -No lo admitiría, aparte de que ya sé que la literatura se parece a -los abanicos en que da aire, pero se diferencia en que no da dinero -además. Iré de viaje de novios a Francia, pero embarcado. No paso por -Madrid así me aspen. Soy feliz y espero que te alegrarás de saberlo. -Si tienes un minuto libre y quieres enviarme un epitalamio, y mejor, si -quieres escribirme una carta, te lo agradeceré. ¿Cómo van tus cosas? ¿Y -aquella Pilarcita? No sé si te dije que cayó antes de mi huida, y la -verdad es que estaba bien, diantre. Un abrazo, Arsenio.» - ---¡Qué suerte de muchacho! Si yo hubiera hecho lo mismo, no hace -más que seis meses, cierto día que recibí una carta de mi madre... ---murmuró Teófilo, y su voz era un hacinamiento de sombras. - ---Tu caso no es el mismo. Tú tienes ya un nombre y, por lo tanto, un -deber adscrito a ese nombre. - ---Sin embargo, recuerdo que también a mí me aconsejaste en una -ocasión... - ---Cierto, porque creí que lo que te apuraba era la situación económica. -Pero ahora... tienes ese destinillo que te dio don Sabas en su -testamento ministerial; la Roldán te va a estrenar un drama y será un -éxito. - ---Pero tú dices que es muy malo. - ---Por eso será gran éxito. - ---Entonces, ¿cuál es mi deber? - ---Hacerlos buenos. - ---¿Y si entonces no gustan y me muero de hambre? - ---No importa. - ---Tienes razón. Nada hay que importe, nada hay que importe. - -Paseaban a lo largo del Botánico, acercándose a una de sus fuentes. -Teófilo sintió, captándole las potencias, la reviviscencia del pasado, -como si aún gravitase sobre su costado la dulce pesadumbre de Rosina en -aquella mañana de otoño, cuando se habían detenido ante la alborozada -hoguera cuyo canto se abrazaba al runrún del agua, y él había dicho: -«Lo más hermoso del mundo es la mujer, porque participa de la -naturaleza del agua y de la del fuego.» La abundancia de emoción le -forzó ahora a hablar. - ---¿Querrás creer que desde que el ciego se marchó a Asturias me falta -algo? Estos últimos veinte días me han parecido veinte siglos. Los -ratos que con él pasaba todas las tardes eran para mí divinos. Yo que -no he visto nunca el mar lo he sentido al través de las palabras de -aquel hombre. Mi drama a él se lo debo. Yo había imaginado siempre el -mar como algo monstruoso y rugiente. Pero el ciego me hizo sentir el -encanto del mar, que es de naturaleza femenina, captante, fascinadora, -suave, suave... Los enamorados del mar parecen enamorados de una mujer, -y parece que todos los que han vivido cerca del mar se enamoran. Es -una mujer y una mala mujer. El ciego decía: «Yo siempre tuve miedo al -mar, mucho miedo; pero no puedo vivir sin él. Vivo aquí porque estoy -ciego, y ya, para el caso, lo mismo da estar en una parte que en otra, -porque lo llevo dentro de mí.» A veces, cuando habían regado las calles -asfaltadas, el ciego decía: «Huele un _poquiñín_ a mar». Él decía un -poquiñín. Y cuando pasábamos cerca de una de esas señoras elegantes -que llevan un perfume sin perfume, una cosa que huele a mañana, ¿me -entiendes?, entonces el ciego decía: «Huele a mar.» ¡Cosa más rara! Yo -creía, o me figuraba, que el ruido del mar era un ruido enorme, y así, -un día, estando en los andenes del paseo de coches, le dije: «¿Es este -el ruido del mar?» Él se enfadó y contestó: «El mar no hace ruido, el -mar tiene voz. Este es un ruido que se coge con las manos.» Y en cierta -ocasión, estando sentados en Recoletos, pasó junto a nosotros un niño -que arrastraba sobre la arena, a golpes, un cajoncito de madera. Dijo -el ciego: «Esa es la voz del mar. Son las últimas olas pequeñinas de -la playa.» Yo no caía al principio en la cuenta, porque apenas si se -oía el ruido del cajoncito. Y como yo me asombrase, el ciego añadió: -«Siempre es esto, pero en grande.» - -Hubo una pausa. - ---¿Qué sabes de Rosina? --preguntó Alberto sin subrayar las palabras. - ---Pss. Lo que todo el mundo sabe. Lo que dicen los periódicos. Que es -una estrella de los _music-halls_ y que hace furor en París --respondió -Teófilo, afectando excesiva indiferencia. - ---Eso ya lo sabía yo. El padre, ¿no te decía más? - ---Lo que te he contado. Al principio don Sabas, a pesar de la fama -de avaro que tiene, mantenía al ciego y lo mantenía bien. Luego la -hija comenzó a mandarle dinero. A lo último le ordenó que se fuera a -Asturias, adonde llevarían también a la pequeña Rosa Fernanda. - ---Y Rosina, ¿no te ha escrito nunca? - ---¡Escribirme!... --exclamó Teófilo con amargura. Recobrose en seguida -y añadió--. ¿A qué santo me iba a escribir? He hablado con ella media -docena de palabras en toda mi vida. - ---¿Y aquel otro amigacho tuyo? ¿No se llamaba Santonja? - ---Hace días que no le veo. Me entristecía demasiado. ¡Pobre Santonja! -También a ese le debo el haber comprendido hondamente algunas cosas; -por ejemplo, que en la vida lo de más monta es ser sano, fuerte, -robusto. Me parece haberte dicho que Santonja está desviado de la -espina dorsal; es un ser monstruoso e infeliz. Si a esto añades -que siente por la vida y por el amor de las mujeres un verdadero -frenesí, como por cosas que le están vedadas, te darás cuenta de sus -sufrimientos. Con todo, es un hombre extraordinariamente dulce y -bondadoso. Yo me explico muchas veces que la mayoría de los españoles -maldigan de sus padres. De pequeños nos enseñan la doctrina y a temer -a Dios, y a este pobre cuerpo mortal, a este guiñapo mortal, que -lo parta un rayo. A los veinticinco años somos viejos y la menor -contrariedad nos aniquila. Somos hombres sin niñez y sin juventud, -espectros de hombres. ¿No has observado cuando hay un gran público de -españoles la extrema delgadez de la mayoría? Se dirá que es porque -comemos poco y mal. En parte es verdad, pero sobre todo es porque no se -han cuidado de hacernos hombres cuando éramos niños. - ---Ya es cosa vieja. La delgadez es el ideal estético de la belleza -masculina en España. Recuerdo que la Lozana andaluza no encuentra mejor -cosa que decir en elogio de un mancebo sino «¡qué pierna tan seca y -enxuta!» - ---Nuestros padres nos han condenado desde niños a ser desgraciados. -Y no hablemos de los que nacen contrahechos, como ese Santonja. ¿Hay -derecho a dejar vivir a un ser que nace deforme? No, no y no. ¿No hubo -un filósofo griego que aconsejaba matar a las criaturas enfermizas o -monstruosas? - ---Sí, Platón. - ---Dirán que era un bárbaro. Los bárbaros son los que permiten que vivan. - -Caminaron en silencio. Acercábanse al Ateneo. - ---Es curioso --observó Teófilo, como hablando consigo mismo--. Me he -pasado unos cuantos años con la pretensión de ser un gran poeta y -consagrado exclusivamente a la poesía, y en todo ese tiempo produje, -sobre poco más o menos, dos docenas de versos al año. Descubro un día -que el arte es un engaño ridículo, que es una cosa inútil y hueca, -como lo son todas las cosas en la vida, y en seis meses mal contados -produzco más que en los varios años anteriores y mejor, aunque tú digas -lo contrario. - ---No digo yo tal. - ---Porque, en efecto, Alberto, ¿para qué molestarse por nada? Todo es -inútil, todo es inútil. - -Subían las escaleras del Ateneo. Cierta expresión del rostro de -Teófilo, que en otro tiempo era circunstancial, se había constituído -en habitual desde hacía seis meses. Era un gesto pueril y simpático, y -podía traducirse así: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme -que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.» - - - - -III - - No es menor la disensión de los filósofos en las escuelas que de - las ondas en el mar. - - LA CELESTINA. - - -Pasando del aire azul y asoleado a los lóbregos pasillos del Ateneo, -esclarecidos en pleno día con luz artificial, Teófilo no pudo por menos -de exclamar: - ---Da grima sumirse en este antro, con un sol como el que hoy hace. ¡Qué -indecente oscuridad! - -Acercóseles Luis Muro a tiempo para oír la exclamación. - ---Señor --acudió Muro en seguida--, que estamos en el país de los -viceversas. ¿No es el Ateneo el foco más radiante de la intelectualidad -española? Pues, según nuestra lógica, ha de estar a oscuras o iluminado -con luz artificial. En último término, ¿qué importa todo? La cuestión -es pasar el rato. Toros, política y mujeres, esta es nuestra santísima -trinidad. Ahora que parece que para los toros se requiere virilidad, -para la política entusiasmo y para el amor el incentivo de la juventud, -y aquí viene nuestra afición a lo paradójico, los toreros son estetas, -los políticos, viejos chochos, y las prostitutas, viceversa de los -políticos, como dijo Cánovas. Pero en último término, la cuestión es -pasar el rato --hablaba en un tono sarcástico, de agrura y desesperanza. - -Muro era afamado por sus versos satíricos, versos nerviosos y -garbosos, de picante venustidad en la forma y austero contenido ideal, -como maja del Avapiés que estuviera encinta de un hidalgo manchego. -Muro había nacido en el propio Madrid y su traza corporal lo declaraba -paladinamente. Aun cuando propendía a inclinar el torso hacia adelante, -había en las líneas maestras de su cuerpo, y lo mismo en las de su -arte, esa aspiración a ponerse de vez en cuando en jarras que se -observa en las figuras de Goya; esto es, la aptitud para la braveza. -Hablaba con quevedesca fluencia y dicacidad y componía retruécanos sin -cuento. Su charla y sus versos eran de ordinario tonificantes, como -una ducha. Comenzaron a pasear a lo largo del pasillo de retratos, -Muro, Teófilo y Alberto. Llevaba Muro la conversación, haciendo chascar -de continuo ese látigo simbólico que se supone siempre en manos de -la sátira, falaz instrumento que suena a beso y levanta ronchas. El -pasillo estaba colmado de un ir y venir de gente bien trajeada, de -aspecto indulgente y fatuo, por donde se entendía que eran políticos -profesionales. Poblaba el aire ese vasto moscardoneo compacto, cuya -correspondencia dentro de las sensaciones visuales es el gris cenizoso; -rumor mantenido maravillosamente en el mismo tono siempre; ruido -sordo, impersonal y yerto, no nacido de las diferentes pasiones e -ideas individuales, antes movido por una causa exterior a manera de -viento entre abedules. Este es el rumor específico de los pasillos -del Congreso. Quien una vez lo haya oído y comparado con el rumor que -anima un gran concurso humano, en un mitin o en un espectáculo público, -por ejemplo, habrá echado de ver que es este un murmurio orgánico, -caliente, en tanto aquel es simplemente un ruido. - -Afluían por momentos nuevas gentes a oír la palabra de Raniero -Mazorral, entre ellas Travesedo, que buscó con la mirada a Alberto, y -en cuanto dio con él le llamó aparte. - ---No me digas nada --se adelantó a decir Guzmán, observando la -satisfacción que Travesedo traía pintada en el semblante--, el negocio -va a las mil maravillas. - ---Eres un lince, Bertuco. ¡Oh, la inteligencia! Con la inteligencia se -va a todas partes y no hay cosa que se esconda ante su mirada sagaz. -Tú, que eres inteligente, de primeras has adivinado que el negocio va a -las mil maravillas; pero ocurre que te has equivocado de medio a medio. -No hay negocio. - ---¿Y eso? - ---Jovino me ha dicho en seco y para siempre que no puede ayudarme ni -quiere buscar quien me ayude a explotar las minas. De manera, que punto -en boca. - ---¿Y por eso venías tan contento? - ---Por eso, ya ves. Precisamente cuando os dejé iba yo pensando a este -tenor: «Supongamos que encuentro de repente el capital que necesito. -Mañana mismo he de ponerme en camino para las minas, y venga trabajar -y más trabajar, ¿para qué? Para ganar dinero. Dinero, ¿para qué? -Luego, aquel clima del Norte: lluvias, orvallos, nieblas... Y aquí, -este sol...» Cuando me acerqué a Jovino iba temblando, sí, temblando; -pero de miedo que él me dijese que todo se iba a arreglar. Se frustró -todo, pues, ¡viva la Pepa! He tenido una de las mayores alegrías de mi -vida. Además, chico, las responsabilidades consiguientes al manejo de -tan gran capital ajeno... Hubiera sido terrible. Pero, sobre todo, ¿me -quieres decir qué utilidad tienen los esfuerzos del hombre? ¿Podemos -hacer salir el sol cuando está nublado? ¿Podemos prolongar la juventud? -¿Podemos dar largas a la muerte como se las damos al sastre o al -zapatero? Pues entonces... - ---Entonces, ¿a qué vienes a oír una conferencia política? - ---Porque padezco de esa enfermedad hedionda del pensar, porque aun -cuando me esfuerce en conseguirlo no puedo dejar de ser una persona -inteligente. El borracho sabe que la bebida le mata y bebe. Ea, -adentro, a pasar este mal trago. - -Sonaba el último repique del timbre llamando a la conferencia. Los -que aún estaban en los pasillos se precipitaban a entrar, apurando -la colilla del cigarro o del cigarrillo, que dejaban a la puerta, -como los árabes sus babuchas antes de penetrar en la mezquita. Ya -dentro observábase la singular fecundidad de arbitrios que muchos -caballeros desarrollaban por colocar el sombrero de copa de manera que -no sufriera deterioro o menoscabo en su lustre, y en resolviendo tan -peliagudo problema adoptaban una postura estudiada, de acuerdo con la -consideración social que imaginaban gozar. Casi todas las posturas -afectadas se reducían a una: la del que, juzgándose a sí propio hombre -célebre, se considera objeto de la curiosidad universal por dondequiera -que vaya, y procura hacer ver que su modestia padece con tan asiduos -homenajes. Esta era la actitud de los personajes políticos, ministros, -ex ministros y presuntos ministros, que de ellos había gran copia en el -salón. Parecían los tales, a juzgar por el gesto que ponían, mujeres -púdicas a quienes con violencia desnudasen en público. Los toreros y -las prostitutas saben llevar el halo de la popularidad con más decoro y -mejor aire que los políticos. - -Había gran curiosidad por oír a Raniero Mazorral. Era este un -periodista, con puntas y collares de pensador, que había pasado varios -años en el extranjero, esbozando desde allí diversos diagnósticos -acerca de España y sus dolencias. Volvía ahora a la metrópoli, a lo que -se presumía, con el remedio de aquellas dolencias. - -La mesa presidencial estaba vacía. Detrás de ella, en el fondo de una -gran hornacina roja rematada en un dosel, había una puertecilla que -se abrió y cerró en un abrir y cerrar de ojos; pero cuando se cerró -ya había dejado fuera un hombre. Fue una aparición un tanto milagrosa -y un tanto cómica, como la de esos muñecos de sorpresa que saltan -fuera de una caja al abrirse la tapa. Aquel muñeco humano era Raniero -Mazorral. Fue saludado con grandes aplausos, a los cuales respondió -él inclinándose con mucha dignidad. Era un hombre corpulento, bien -construido, guapo. Vestía con sobria elegancia britana y estaba un -poco pálido. Sentose detrás de la mesa, tomó una cuartilla en la mano -y comenzó a leer con voz temblorosa, virilmente bella. El encanto -de aquella voz se apoderó muy presto del público. Era una voz de -altura, cilíndrica y melodiosa, como el agua que cae de una gárgola. -Mazorral decía que España no había entrado aún en la comunidad de las -naciones civilizadas; que civilización era sinónimo de cultura, de -objetividad científica, y tanto valía decir cultura y ciencia como -Europa, por donde si España pretendía salvarse debía incorporarse a -la cultura, europeizarse, y para lograrlo, Mazorral aconsejaba, con -amplios ademanes apostólicos, dos virtudes: bondad y trabajo. «¡Sed -buenos, trabajad!» Clamaba con voz estrangulada y angustiosa. Sus ojos -tenían la facultad de extraviarse a capricho, de suerte que la pupila, -gris azulada, parecía diluirse por la córnea, como los ojos de un -vidente en el trance. Fervorosos aplausos interrumpían la lectura con -frecuencia. Las ideas no eran nuevas para el público; las mismas quejas -de Raniero Mazorral, aunque con diferentes palabras, habían sonado en -oídos españoles desde hacía siglos; los remedios que el orador ofrecía -eran vagos y de dudosa eficacia. Todo ello era una canción vieja, y, -sin embargo, dijérase que se oía por vez primera, y es porque por vez -primera se había infiltrado en la canción vieja lo patético de ciertas -modulaciones que le daban emoción estética. - -De esta suerte discurría Guzmán, que estaba sentado junto a Tejero. -Miró de reojo al joven filósofo, con su grande y apacible cabeza -socrática, prematuramente calva, la desnuda doncellez de sus ojos e -imperturbable aplomo de figura con recia peana. Tejero era quien había -infundido emoción estética y comunicativa a aquella vieja lamentación -española que ahora hacía eco en el cráneo de Mazorral. Las ideas -y emociones de esta conferencia eran obra de Tejero, a las cuales -daba virtualidad escénica Mazorral, hombre apto para la exhibiciones -histriónicas. Explícitamente lo reconoció así el propio Mazorral desde -la tribuna, proclamando a Tejero jefe e inspirador de la juventud -culta, gran español, a cuyo celo y diligencia el _problema España_ -debía su enunciación exacta y metódica, y ángel exterminador de la -política arcaica, aludiendo con esto último a que Tejero, con un simple -discurso en un mitin, había derribado del ministerio a don Sabas -Sicilia, el cual ocurrió que se encontraba entre los oyentes y hubo de -recibir en tal punto muchas miradas de través. - -Al terminar la conferencia el público aclamó a Mazorral. Cuando la -gente salió a los pasillos, calzándose nuevamente a la puerta las -babuchas de la maledicencia social, apercibiose el que más y el que -menos a arrancar túrdigas de pellejo al conferenciante. - -Díaz de Guzmán se encontró par a par de don Sabas Sicilia, cuando -abandonaban entrambos el salón. - ---¿Qué hay Guzmancito? ¿Qué se hace? Ya sabe usted que siempre se le -estima. - -Don Sabas Sicilia, en los últimos tiempos, había simplificado -grandemente la práctica de las artes cosméticas. Ya no se teñía las -barbas: ahora eran de un blanco sucio y más crecidas que antes. No -usaba mixturas ni linimentos para encubrir las arrugas atirantando -la piel y atusar los mezquinos pelos del cogote. De viejo verde -se había convertido, a la vuelta de unos meses, en anciano, y, en -consecuencia, ascendido no poco en nobleza corporal. Mas para ser -por entero noble y venerable le estorbaban dos cosas: el trasunto -caprino del perfil y aquella sonrisa sarcástica de hombre que está -en el secreto, un secreto que por las señales que antaño de él -trascendían debía de ser humorístico y era al presente palmariamente -triste y agrio. La descoloración de las barbas de don Sabas había -coincidido con el decaimiento y fracaso de todas sus ilusiones. Sus -dos hijos, Pascualito y Angelín, a quienes había educado de una manera -filosófica, según decía él, y para hombres perfectos, guiándoles -desde la niñez según los dictados de la razón humana, defendiéndolos -contra el ataque embozado de los prejuicios religiosos e inculcándoles -el culto a la vida como supremo ideal, le habían salido dos hombres -frustrados. Angelín, ni siquiera hombre. Durante el último invierno -don Sabas se había visto obligado a librar varias veces a su hijo de -las garras judiciales, después que le habían sorprendido en aventuras -de sodomítico libertinaje. Pero lo peor para don Sabas era lo de -Pascualito, el predilecto de su corazón. Lo de Angelín lo reputaba -doloroso infortunio; lo de Pascualito era una bajeza. Ello consistía -en que el primogénito había entablado relaciones amorosas y estaba ya -para casarse con una infeliz criatura canija, fea y nada inteligente, -de la cual no gustaba ni poco ni mucho, como lo patentizaba el hecho de -andar, en vísperas de boda, refocilándose con otras mujeres alegres, -e iba al matrimonio con grosero impudor por apoderarse de los muchos -millones que la niña, hija única, atesoraba. Para don Sabas la virtud -era el buen tono o elegancia del espíritu, así como el talento era -la elegancia de la inteligencia, no otra cosa. Cuando se informó, -con todas las circunstancias, de aquel matrimonio que Pascualito -quería contraer, don Sabas se resistía a creerlo. Sostuvo una larga -conversación con su hijo, al cabo de la cual averiguó, con flagrante -evidencia, que Pascualito no tenía elegancia moral ninguna. Y como el -padre le declarase que el hecho que iba a consumar no solo era una -acción soez, fea y de mal gusto, sino también un crimen contra la -sociedad y la especie, el hijo rechazó tales imputaciones con gran -descaro y firmeza, justificando su conducta con sentencias y máximas -que desde niño había oído de labios de su padre. Don Sabas no había -querido oponerse a la boda, porque Pascualito era ya mayor de edad -y nada se remediaba con la oposición, que hubiera sido subrayar la -vergüenza y oprobio de su hijo. No lograba entender cómo aquellos -saludables principios encaminados hacia la felicidad y el sumo bien, -que desde que eran niños había procurado infundir en el corazón de -sus hijos, andando el tiempo pudieran sufrir tanta mudanza y servir -de alcahuetes a las más ruines flaquezas. Él se había esforzado en -enseñar a Pascualito a ser un hombre digno, y Pascualito cimentaba -su indignidad precisamente en las enseñanzas paternales. Con ser muy -graves los disgustos familiares, lo que en puridad había destrozado a -don Sabas era la pérdida de Rosina. - ---¿No ha venido Pascual a la conferencia? --preguntó Guzmán a don -Sabas, por preguntar algo. - ---No sé. Anda tan atareado estos días... - ---¿Con la boda? - ---Sí, creo que sí. - ---¿Cuándo se casa? - ---No lo sé exactamente. Entonces, ¿qué le ha parecido a usted la -conferencia, querido Guzmán? - ---Muy bien, ¿y a usted? - ---A mí me ha divertido mucho. No recuerdo qué político inglés decía que -la vida sería tolerable sin sus diversiones. Sin lo que de ordinario -se entiende por diversiones, claro está. Yo digo que la vida sería -inaguantable si todos los hombres fuesen razonables. ¿Hay nada más -tedioso que una conversación razonable, que un libro razonable o un -discurso razonable? Para mí, decir que estas cosas son razonables y -decir que no había ninguna necesidad de haberlas hecho, puesto que -son razonables, es la misma cosa. Se dice que aquello que diferencia -al hombre del resto del universo es la razón. ¿De dónde han sacado -semejante desatino? Lo que le diferencia es la sinrazón. En la -naturaleza todo es razonable, no hay sorpresas, todo es aburrido; pero -salta este animalejo en dos pies que llaman hombre, y con él aparece -la sinrazón, lo absurdo, lo arbitrario, la sorpresa, lo cómico, lo -solazante y ameno. Si un hombre discurriera con la exactitud mecánica -de la naturaleza, de manera que sus palabras tuviesen la coherencia -fatal de los fenómenos naturales, ¿habría nada más aburrido? No, no; -lo bueno es lo inesperado del desatino, lo insólito de la sandez, lo -imprevisto del disparate. Por eso me ha divertido tanto la conferencia -de Mazorral. Bondad y trabajo; aconsejar bondad y trabajo... Vamos, -que no se le ocurre al que asó la manteca. Aconsejar «sed buenos» -es lo mismo que aconsejar «sed albinos» o «sed velludos.» Digo -mal --rectificó don Sabas, acercándose a calentar las manos en un -calorífero--, es lo mismo que aconsejar «sed inteligentes». Todos -somos más o menos inteligentes, porque el pensamiento es una secreción -del cerebro, como la bondad es, por decirlo así, una secreción del -corazón. Pudiéramos comparar el corazón humano a las vacas. Las hay de -diferentes razas; todas dan leche; pero hay razas que dan mucha más. -Es un hecho que vaca muy lechera o poco lechera, la vaca da más leche -cuando está mejor alimentada. De la propia suerte el hombre harto -propende a la bondad, así como el famélico a la malignidad; tan es -así, que yo a veces dudo si la residencia de los afectos es el corazón -o el vientre. También hay procedimientos artificiosos para aumentar la -secreción de la leche y de la bondad. Para lo primero se acostumbra -dar sal a las vacas; pero en este caso la leche es agüedinosa y sin -sustancia. Como ejemplo de lo segundo podemos poner el del partido -conservador concediendo al pueblo cierta mesurada dosis de ilusoria -libertad; pero los frutos que con ello consiguen son engañosos y -efímeros. Ahora bien; la vaca, cuando está en los últimos meses de -preñez, no da leche. Aplicado al hombre quiere decir que en aquello -que atañe a la obra propia, a la ambición personal, al egoísmo, el -corazón se seca. Así ha sido, así es y así será, porque la naturaleza -lo ha querido. Y si no, háblele usted mal a Mazorral de uno de sus -artículos o dígale que su conferencia ha sido una _batata_, como se -dice en esta casa, y a ver en qué paran sus ampulosas predicaciones -morales. Puede suceder que no se ofenda, lo cual querría decir que -además de tener el corazón seco los sesos le echan humo, o sea, que es -ridículamente vanidoso. Pues, ¿y lo otro? Trabajad... Es como decir, -«respirad». Decir vida y trabajo es una cosa misma. De una manera ú -otra el hombre trabaja siempre. ¿Conoce usted algo más trabajoso que -seducir a una mujer que no gusta poco ni mucho de su cortejador? Pues -son infinitos los que se toman ese trabajo. ¿Por qué? Porque ven un -fin como remate del esfuerzo, una satisfacción como premio de muchos -sinsabores. Aconsejar a las colectividades trabajo es cosa necia. Lo -que se debe hacer es sugerirles un ideal asequible y halagüeño, hacia -el cual converja a pesar suyo la actividad, y con esto se coloca -naturalmente a los hombres en potencia próxima de ser bondadosos. El -ideal es el mejor estimulante de la alta cultura. Un pueblo sin ideal -es un pueblo perezoso, y perezoso no quiere decir que no trabaja, -sino que trabaja sin perseverancia, método o disciplina y por cosas -inanes o de poco momento. Pero el ideal no se construye sino con la -imaginación. El pueblo español no tiene imaginación aún. ¿Ha visto -usted cosa más mazorral, yerma y antiestética que el cerebro de este -señor Mazorral? La imaginación, me parece a mí, es la forma plástica -de la inteligencia y del sentimiento. Tiene su mecánica, sus leyes, -su realidad, realidad más alta que la misma realidad externa. En esto -se diferencia de la quimera, que es una aspiración confusa, caótica, -mística. España ha sido un pueblo de quimeras: nunca ha sabido lo que -ha querido. Nuestros conquistadores iban a descubrir mundos y a rebañar -oro sin plan ni propósito, y cuando lo conseguían, no sabiendo qué -hacerse de él, con la espada escribían _nihil_ en el mar, daban toda -su fortuna al clero y se iban a morir a un convento. En último término -tenían razón. Y ahora viene lo más curioso, aquello de que el joven -Tejero me derribó con un discurso... --don Sabas sonrió amargamente--. -De eso a decir que el propio señor Tejero obligó con otro discurso -a Carlos de Gante a retirarse a Yuste, no va nada. Carlos V, aun -cuando no era español, es el arquetipo de los políticos españoles. -Declarémoslo con toda franqueza; entre españoles existe con maravillosa -abundancia el tipo del político a quien se le da una higa por el bien -público. No somos servidores del pueblo con las responsabilidades -anejas a una magistratura, sino trepadores de alturas. Un español no va -a la política por vocación, sino por ambición. Queremos conseguir lo -más para saber que nada hay que merezca la pena de conseguirlo y por -el gusto de renunciarlo. No nos damos por satisfechos hasta que desde -una gran altura no hemos visto muy pequeñitos a nuestros semejantes. -Los españoles a los cuarenta años estamos cansados de todo. Ya hacía -quince años que yo no era ministro, y le juro a usted que la última -vez entré a regañadientes y no veía el momento de tirar la cartera. -Porque, querido Guzmán, en el fondo de todo esto que decimos acerca -del carácter español, ¿no habrá el reconocimiento implícito de que es -el carácter más profundamente sabio y moral, el que mejor se ha dado -cuenta del sentido de la vida, esto es, el que más la desprecia? ¿Qué -dice usted? - ---Digo que discurre usted con asombrosa incoherencia. - ---Vamos a ver, vamos a ver, ¿por qué? --inquirió benévolamente don -Sabas. - ---¿No comenzó usted asegurando que las palabras de una persona que -discurriese con absoluta coherencia sería la cosa más tediosa del -mundo? Pues si ello es verdad, como todo lo que usted dice a mí me -parece extraordinariamente ameno, la consecuencia es clara. - ---No está mal. Es un elogio de doble filo; pero me agrada, porque -prefiero amenizar la vida de los que me oyen a machacarles los oídos -con monsergas solemnes. De todas suertes he hablado demasiado y temo -haberle aburrido. - ---No, de ninguna manera. - ---Bien; no ha sido demasiado, pero ha sido bastante. Le dejo y voy a -sumarme a aquel corrillo de graves padres de la patria, sesudos homes. - -Guzmán se acercó a una numerosa tertulia de ateneístas, que se había -congregado al extremo del pasillo. Estaban unos sentados en mecedoras, -otros en un diván; algunos se mantenían en pie. Uno, en una mecedora, -tenía un gato sobre las piernas. Habló así: - ---Mazorral ha olvidado que el genio tutelar del Ateneo es el gato, -y que la filosofía del gato vale más que todas las filosofías. Ella -nos enseña a ser perezosos, voluptuosos y elegantes. Vamos a ver ---dirigiéndose al gato--, ¿por qué no te has presentado en la tribuna -y subiéndote a la mesa del conferenciante le has dado un mentís solemne -a sus paparruchas? Sí, sí, comprendo; es que desprecias esas minucias. -Sí, hay cosas que no merecen sino desprecio. - ---Señores --insinuó un individuo flaco, alto y mal trajeado, -encarnación austera de la ecuanimidad--, procuremos ser justos. Se -pueden poner en tela de juicio las ideas de la conferencia, que a mí -me han parecido bien, entre paréntesis; pero lo que no se puede dudar -es que ha sido una conferencia bellísima literariamente, que nos ha -forzado a aplaudir, sugestionados muchas veces. - ---Pues eso es precisamente lo que decimos --replicó uno de los del -diván, de cara aplastada y obtusa--. Que ha sido una conferencia llena -de latiguillos y recursos de mala fe. Le deslumbran a uno, le hacen -aplaudir sin que sepa lo que hace, muchas veces porque no digan; pero -viene luego la reflexión y entonces se echa de ver que todo aquello era -bambolla. - ---¡Es un farsante! --falló una criatura enjuta y vehemente que hacía -claudicar su mecedora con descomunal denuedo. - ---Para mí los farsantes son dignos de toda admiración --declaró uno de -los que estaban en pie. Era un hombre menudo, con cuerpo de monaguillo -y cabeza de sacristán. Llevaba un sombrero desaforado que amenazaba -hundírsele hasta la mandíbula, y hacía el efecto de un sombrero de -hombre sobre un cráneo de niño--. Para ser farsante se necesita, como -condición _sine qua non_, ser inteligente. Nos entenderíamos mejor si a -la farsa la llamásemos _pose_, y a eso otro que caracteriza a Mazorral -y a muchos animales inferiores, _mimetismo_. La simulación es una forma -zoológica del instinto de conservación, que lo mismo existe entre los -ortópteros que entre los periodistas. La _phyllia_ y la _callima_, -por ejemplo, son dos mariposas tan parecidas a una hoja que, cuando -se posan en un árbol y se adhieren a una hoja de él, no se las puede -diferenciar. Lo mismo hay periodistas tontos que se consustantivan con -la hoja de un periódico, y, aun cuando no sirven para nada, allí se -están años y más años, como si la vida misma del periódico dependiera -de ellos. El _mimetismo_ es una actividad irracional, instintiva, -despreciable. Nada hay más fácil que simular talento. Por el contrario, -la farsa es una cualidad específica de las grandes inteligencias, y en -cierto modo puede considerarse como una creación artística. Por eso se -acostumbra a llamar _pose_. Recuérdese a Beaudelaire, d’Aurevilly... ---sus palabras hacían también el efecto de palabras de hombre en labios -de niño. De frase a frase dejaba grandes silencios por avivar la -expectación de los que le oían. Viéndole, se pensaba en un camarero que -antes de descorchar una botella bailase la danza del vientre. - ---¡Bah! _Mimetismo_ o _pose_ o farandulería, ¿qué más da? --observó un -ser indolente que estaba sobre el diván, sentado a la turca y con los -ojos vueltos hacia el cielo raso--. El caso es que Mazorral no ha dicho -nada nuevo. Todo eso se viene escribiendo en España desde hace siglos: -ahí está el libro de Halconete que lo puede atestiguar. Y, sobre todo, -si se trata de dar formas nuevas a quejas antiguas, la forma no es de -Mazorral, sino de Tejero. La conferencia es un plagio de los artículos -de Tejero. - ---¿No dicen ustedes nada de lo más grotesco de todo? ¡Formidable! ---clamó un mancebito imberbe, rechoncho, de faz seráfica--. «Nosotros, -los jóvenes... Porque los jóvenes haremos... A los de la nueva -generación nos incumbe...» --peroraba en tono campanudo, contrahaciendo -la voz abaritonada y vibrante de Mazorral--. Cualquiera diría al oírle -que acaba de salir de las aulas universitarias y que está en los -albores primaverales de su vida, cuando todos sabemos que pasa de los -cuarenta y cinco. ¡Formidable! Son de esas cosas que hay que verlas -para creerlas. Pues, ¡oído al parche! Él dice que se está preparando -para ser el mejor dramaturgo de España; pero que no escribirá su primer -drama hasta dentro de quince años, porque todavía no está maduro. Será -un drama póstumo. Por lo pronto ya tiene su ideal estético, que es el -Japón, pasando por Grecia y arrancando de Alemania; la humanidad, según -parece, recorrerá esta gran trayectoria, y él, Mazorral, es el Hannón -de este nuevo periplo. ¡Formidable! - ---Señores --volvió a hablar con suave acento el hombre flaco, alto -y mal trajeado--, procuremos ser justos. Los españoles tenemos una -fea tendencia al individualismo anárquico. Si Tejero ha encontrado -la nueva forma de una queja antigua, no es razón para que Mazorral, -estando conforme con las ideas de Tejero, las propague por cuantos -medios tiene a mano, la prensa, la conferencia, el mitin, etc., etc. -El problema será tan antiguo como ustedes quieran; lógicamente, es tan -antiguo como el mal; pero porque sea antiguo ¿hemos de dejarlo de la -mano? En el libro de Halconete se estudian las diferentes maneras que -tuvo de plantearse el problema, cronológicamente. Se trata de un mal -crónico, y, sin embargo, nunca se ha sentido tan en lo íntimo y con -tanta perentoriedad la conciencia de este mal. ¿Por qué? ¿Acaso porque -estamos ahora peor que nunca? Nadie se atreverá a decirlo. Sin duda, es -porque ahora se ha planteado el mismo problema con mayor acierto que -otras veces. Costa, es verdad, parece ser el primero que lo planteó -en sus términos precisos, y que los que han venido detrás de él no -han añadido nada. Pero a Costa, con ser Costa, no se le hizo caso. En -cambio, ahora todos sentimos la inquietud de ese problema. Hablaremos -bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos -preocupamos. ¿Por qué será? - -Travesedo se había acercado a Alberto en tanto hablaba el hombre -flaco y mal vestido. Cuando concluyó este de hablar, dijo por lo bajo -Travesedo. - ---Me voy a la calle, ¿vienes? - -Teófilo, que también estaba en el grupo, abroquelado, como de -ordinario, en melancólico mutismo, al ver que sus dos amigos se -marchaban salió con ellos. - - - - -IV - - -Había anochecido. - -Los tres amigos subieron por la calle del Prado, hacia la plaza de -Santa Ana. - ---¡Caracho, con la conferencia de Mazorral!... --exclamó Travesedo, que -estaba pereciéndose por dar gusto a la sin hueso. - ---Por la Virgen santa... --rogó Teófilo--. ¿Vais a hablar todavía de la -conferencia? - ---Vaya, no te enfades, Teofilín. Procuraremos ser breves. Déjanos poner -algunas cosas en claro --y se dirigió a Alberto--: ¿Me quieres decir -ahora para qué sirve la inteligencia?... Ya ves, todos esos rapaces del -Ateneo, que parecen listos todos ellos y ninguno se entiende. Todos -discurren con tino y se figura uno que tiene razón el último que habla, -hasta que viene otro a decir todo lo contrario, y también tiene razón. -Y es que la vida no es cosa de discurrir mejor o peor. - ---Conforme en todo contigo --comentó Teófilo. - ---La inteligencia, en último término, es una cosa mecánica. Jevons, -un filósofo inglés, inventó una _máquina lógica_, un aparato que -funcionaba tan bien como el cerebro humano. El proceso lógico ha -sido formulado por un matemático, Boole, en una simple ecuación de -segundo grado. _La crítica de la razón pura_, que no parece sino -que es un descubrimiento de ayer, a juzgar por el pote que algunos -se dan cubriéndose con ella las vergüenzas, como un salvaje con un -taparrabos, y cuando yo era mocete, ya va para tiempo, asistí dos años -seguidos a las lecciones que daba Salmerón acerca de _La crítica de la -razón pura_, digo que, para el caso este libro es como la máquina de -Jevons o la ecuación de Boole. Pensar que con _la crítica de la razón -pura_ se discurre mejor que sin ella, es absurdo. La salud del cuerpo -depende, no del hecho que la pepsina es lo que digiere, sino de que -digiera alimentos adecuados. ¿No te parece? Pero aquí viene lo curioso: -como dijo Hermoso --el hombre flaco y mal vestido-- «hablaremos bien -o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos -preocupamos. ¿Por qué será?» ¿Qué dices tú? - ---Me serviré de un ejemplo: Un hombre está enfermo de un mal disimulado -y hondo. Su vida continúa aparentemente como de ordinario; pero -él adivina que algo grave está ocurriendo en lo misterioso de su -organismo. Comunica sus inquietudes a los amigos, y los amigos, que -le ven sano por las trazas, no se lo toman en cuenta. Consulta con un -médico, y por él se informa de que en efecto está enfermo y de cuidado. -Vuelve a sus amigos con la triste nueva, y estos responden: «Ese médico -es un animal.» El enfermo se enfurece, y los amigos se ríen. ¿Por -qué? Porque el mal no le ha salido aún a la cara; pudiéramos decir, -porque el mal no ha adquirido aún forma estética, patética, emoción -comunicativa. En cambio, un niño enfermo produce siempre una impresión -triste y enternecedora, porque el niño no tiene vida psíquica y a la -menor perturbación orgánica se amustia como una flor. Al punto se -echa de ver que un niño está enfermo. No es lo mismo con los hombres, -porque lo complejo de su vida psíquica, preocupaciones, afectos, -pasiones, etc., provocan a veces cierto enardecimiento, cierta -saludable apariencia engañosa que disimula el mal hasta tanto que este -no ha alcanzado el período agudo. Para mí este ejemplo explica las -diferentes vicisitudes que el problema España ha sufrido. Están primero -los que han sugerido la posibilidad de que España tuviera las entrañas -enfermas; pero en España las cosas iban, sobre poco más o menos, como -siempre; no se les hizo caso. Vino un diagnóstico de gente facultativa: -había enfermedad y grave; pero las cosas iban como siempre. Los médicos -son unos animales, se dijo. Viene entonces la etapa del hombre que -grita y se enfurece: Costa. En el fondo se rieron de él. Era preciso -que España se convirtiera en un niño triste y decaído para que los -hombres ligeros comenzaran a pensar: «Este niño debe de estar enfermo.» -Llegó para España el momento de cumplirse aquella profecía de Hesiodo: -«Para entonces esa raza de hombres dotados de palabra encanecerá casi -desde su nacimiento.» Las últimas generaciones han envejecido antes de -salir del vientre materno. Ves hombres que no han llegado a los treinta -años y parecen ancianos. Aseguran que haber nacido español y haber -nacido maldito es la misma cosa. ¿No se les ha de hacer caso? Pero aun -así y todo, a pesar de la emoción comunicativa, que es la forma nueva -de la antigua queja, el pecho español es tan yermo y empedernido, la -sensibilidad española ha estado siempre tan embotada, que creo que -tampoco se les hubiera hecho caso, a no ser porque algunos escritores -de los últimos tiempos han iniciado la empresa de otorgar sentidos a -esta raza española que nunca los había tenido. - ---En resumen, que para ti el problema está en dotar de una sensibilidad -a la casta española, y esto solo lo puede hacer el arte. Pero, ¿y -si fuera imposible? ¿O si, una vez conseguido, vuelve a perderse y -embotarse aquella sensibilidad? - ---Nada hay imposible, y una vez logrado nada se pierde. Millares de -siglos necesitó la vida terráquea para acertar a ponerse en dos pies; -pero en cuanto dio en el quid, aquel esfuerzo de millares de siglos se -vence en dos años y aun en diez meses, que hay niños que a los diez -meses ya andan. - -Iban por la calle de Atocha, cara a los arcos de la Plaza Mayor. -Tropezaban con nutridos golpes de gente, en los cuales reinaba vivo -rumor, braceos y enarcamientos de cejas, por donde se podía deducir que -se trataba de algún suceso extraordinario acaecido recientemente. Los -tres amigos alcanzaron a oír palabras sueltas: suicidio, dos tiros, -agentes, carreras, monumento de Morral, y luego, bombas. - ---¿Habrán tirado alguna bomba? Vamos a enterarnos --Travesedo se -inmiscuyó en uno de los grupos y preguntó. - -Un anarquista había tirado una bomba al pie del monumento erigido -en memoria de las víctimas de Morral, y cuando los agentes le iban -a los alcances se había suicidado. Nadie conocía circunstancias más -puntuales, sino que el anarquista no había podido huir porque era cojo, -y que su cadáver estaba en la casa de socorro de la Plaza Mayor. - -Los tres amigos penetraron en la plaza y se acercaron hacia la casa de -socorro, por recoger más detalles. A la puerta de la casa de socorro se -agolpaban centenares de curiosos. «El Gobernador», se oyó murmurar. Dos -agentes abrieron un pasillo entre la gente y un caballero enchisterado -y augusto penetró en la casa de socorro. Aprovechando la entrada del -gobernador los tres amigos se insinuaron a través del concurso, hasta -colocarse en primera fila. Cuatro guardias rechazaban a empellones a -los curiosos, procurando hacer un espacio libre delante de la puerta. -De vez en cuando aparecía un practicante, echaba una ojeada sobre la -muchedumbre y volvía a entrar. Uno de estos resultó ser amigo de -Travesedo. - ---¡Eh, Céspedes! --gritó Travesedo. - ---Hombre, don Eduardo. ¿Usted ha visto? - ---¿Podemos entrar? - ---Ya lo creo. Pasen, pasen ustedes... - -Los tres amigos entraron en la sala de operaciones. Sobre una mesa -niquelada y agujereada yacía el anarquista, cubierto el cuerpo con una -frazada color bermellón. Un hombre le afeitaba el bigote. Céspedes -dijo que no había muerto aún ni lo habían identificado. Médicos, -practicantes, periodistas y autoridades se apiñaban en torno de la mesa -de níquel. Las manipulaciones del barbero impedían descubrir por entero -la cara del moribundo. De pronto, Teófilo cayó en tierra desmayado. -Acudieron a levantarlo, le dieron a oler éter y con esto recobró el -sentido. - ---¡Vámonos, vámonos de aquí! --suplicó. - -Apoyándose en Travesedo y Guzmán salió de la casa de socorro. - ---Vamos a la taberna de al lado. Tomarás una copa de Cazalla, que te -sentará muy bien --ordenó Travesedo. - -En la taberna, Teófilo apenas si podía llevar la copa a la boca; tal le -temblaba la mano. Su rostro estaba lívido. - ---Estos poetas... --dijo Travesedo, chascando la lengua después de -trasegar una copa de aguardiente--. Eres más pusilánime que un conejo -de Indias. - ---Vamos a la calle a que me dé el aire --habló Teófilo, poniéndose -trabajosamente en pie. - -Cuando se hubieron alongado de la gente, Teófilo bisbiseó: - ---Era Santonja. - ---¿Qué dices ahí? --inquirió Travesedo. - ---Santonja, mi amigo Santonja. - ---¿Quién? ¿El anarquista? - ---Sí. - ---Pues, hombre, vamos corriendo a decirlo. ¿No habéis oído que no le -habían identificado aún? Bueno, yo iré, porque a ti maldita la gracia -que te hará volver allí. ¡Ah! El nombre... - ---Homobono. - ---¡Recristo! Pues si ese es Homobono, venga Dios y lo vea. ¿Vais a -casa? Yo iré en dos minutos. Adiós. - -Cuando Guzmán y Teófilo quedaron solos, el último comenzó a murmurar en -voz reconcentrada, como si pensase en alta voz. - ---Nunca lo hubiera creído. Y ahora que lo veo me parece que hizo -bien. ¡Pobre Santonja, pobre Santonja! ¡Y se contentó con un homenaje -platónico, una bomba a un monumento!... --de pronto rompió a hablar con -mucho fuego, enderezando miradas coléricas a su amigo--. Habláis mal de -los tertulines de café, de la charlatanería y politiquería españolas. -Pues yo que he asistido muchos años a esas tertulias, os digo que -vosotros, los que os las dais de intelectuales, con vuestro énfasis, -vuestras conferencias, vuestro redentorismo, no decís ni hacéis cosas -más ni menos razonables o profundas que las que se dicen y hacen en los -cafés. ¡Insensatos, insensatos! Queremos hacer pueblos y no sabemos -hacernos hombres. Da por supuesto que España es la nación más fuerte y -más culta. ¿Hubiera por ello sido Santonja más feliz o más infeliz? ¿Lo -sería yo? Lo que yo quiero ser es un hombre, ¿oyes?, un hombre. ¿No ves -que lloro? Y es de rabia... - - - - -V - - -En el gabinete de Lolita. Estaba atalajada la pieza con muebles de la -propiedad particular de esta dama, y en ella se descubría a seguida -el grado de educación y buen gusto de la dueña. El yute, el peluche, -la purpurina, los madroños, el pino so capa de nogal y otros varios -elementos de la decoración doméstica al estilo catalán, exaltaban, en -opinión de Lolita, aquel oscuro gabinete de casa de huéspedes a la -categoría de una _loggia medicea_. Colgada oblicuamente de la pared -había una guitarra, con escenas andaluzas pintadas alrededor de la -negra boca urbicular. Otro dechado del arte pictórico era un cuadrito -de subasta, al óleo, coronando la chimenea. Lolita pretendía hacer -creer a sus visitantes que lo había pintado ella. - ---Pero, ¿sabes pintar? - ---¡Jesú! Dende que era chiquitiya me dieron lersiones de pintura; pero -ya lo he abandonao. - -No era raro que el visitante, por halagar a la autora, se acercase a -contemplar el cuadrito, y entonces, con alguna sorpresa, echaba de ver -que la obra estaba firmada en rojo por un R. Llagostera. - ---¿Cómo te apellidas, Lolita? - ---¿Yo? Montoya. - ---¿Y por qué has puesto aquí Llagostera? - -Acercábase también Lolita, que no sabía leer, y después de examinar -aquellas pinceladitas rojas, sin sentido para ella, explicaba: - ---Son floresiya. ¿Y tú las llamas yagosteras? ¡Jesú, qué término! Si -son amapolas, so primo. - -Había por el suelo hasta cuatro grandes sombrereras de cartón blanco, -con la tapa caída a un lado, y eran como cestos de Pomona o cornucopias -de la abundancia, a juzgar por la profusión eruptiva de flores y -frutos, de toda sazón y latitud, que rebasaba de los bordes. - -Se encontraban en el aposento Verónica, Amparito, Lolita, y San Antonio -de Padua, haciendo un paso gimnástico que se suele llamar _el pino_, -sobre la rinconera. Las tres mujeres estaban sentadas en torno a un -velador con piedra de mármol; sobre el velador, varias cuartillas y un -lápiz. Amparito tenía un libro abierto en las manos. - ---Escucha con atensión, Verónica, porque esto tiene muncha importansia. -Vamo, lee, niña. - -Amparito leyó. - ---Habiendo logrado Mr. Sonnini... --Amparito leyó _eme-erre_. - ---Pero chiquiya, tú no sabe leé. - ---Aquí dice eme erre: eme mayúscula, erre. - ---¿Qué es lo que dise? ¿Lo uno ú lo otro? Vamo, anda p’a lante, que -ahora viene lo bueno. - ---Habiendo _eme-erre_ Sonnini --prosiguió Amparito-- logrado abrir -un paso hasta el aposento interior de una de las reales tumbas del -Monte Líbico, cerca de Tebas, encontró en él un sarcófago en que se -hallaba una momia de extraordinaria belleza y en excelente estado de -conservación; examinándola prolijamente descubrió, pegado al pecho -izquierdo con un género de goma particular, un rollo largo de papiro, -el cual, habiéndole desdoblado, excitó mucho su curiosidad a causa de -los jeroglíficos que en él se veían maravillosamente pintados. - ---¿Te has enterao? --preguntó Lolita a Verónica--. Ese royo de la -momia es ni má ni meno que un papé que verás ar final del libro. Es -un oráculo, y er te dise toas las cosiyas que quias sabé: de amoríos, -de dinero, de to, y siempre la chipén. Esto es mejó entavía que las -cartas. Bueno, niña; ahora lee por donde hay una crus con lapis -colorao. Y tú, Verónica, te estás mu seria, que esto es como un reso. - -Amparito leyó: - ---Pastoral de Balapsis, por mandado de Hermes Trimegisto, a los -sacerdotes del gran templo. ¡Sacerdotes de los tebanos! ¡Siervos del -gran templo de Hecatómpilos! ¡Vosotros que en la ciudad sagrada de -Dióspolis habéis consagrado la vida al servicio del rey de los dioses -y de los hombres! ¡Hermes, fiel intérprete de la voluntad de Osiris, -salud y paz os envía! - ---¿No desía yo que era como un reso? Y no te creas que es cosa der -mengue. Eso ya se verá dempués. Ahora busca la pregunta que quies hasé. -Ahí están toas en er papé amariyo. - -Verónica, un poco sobrecogida con tan misteriosos preámbulos, fue -leyendo en un gran pliego de papel apergaminado la lista de preguntas. - ---¿Tengo que decir la pregunta que haga? - ---Naturalmente, chiquiya. - ---Pues esta: «¿Me corresponde y aprecia la persona a quien yo amo?» ---quiso dar a entender, sonriendo, que no concedía gran importancia al -oráculo; pero no acertó a sonreir y se ruborizó. - ---Pero so gorfa --exclamó Lolita, alborozada sobremanera--. ¿Entavía -estamos con esas niñerías der corasón? - ---Si es por preguntar... - ---Yo también quiero preguntar luego --insinuó Amparito tímidamente. - ---Tú ya sabes que te quiere, niña. Lee ahora lo que hay que hasé. - ---Cuando cualquier hombre o mujer vaya a haceros, ¡oh! sacerdotes ---leyó Amparito--, alguna pregunta haced que se presenten las ofrendas -y se efectúen los sacrificios al mismo tiempo que los siervos del -templo eleven a lo alto las invocaciones en cánticos armoniosos. -Restablecido el silencio, el adivino encargará al extranjero que -vino a consultar el oráculo que con una caña mojada en la sangre del -sacrificio marque dentro de un círculo formado con los doce signos -del Zodiaco cinco hileras de rayas, derechas o inclinadas, al modo de -estas... - ---Yo te diré; esto se hase así, a burto --y Lolita comenzó a trazar -palotes en una cuartilla, sin mirar al papel. - ---Pero eso es imposible. - ---Muy fásil. - ---Digo lo de la sangre y aquellos signos del no sé cuantos. - ---Eso no es de obligación. Lee más abajo, niña. - ---El traductor --leyó Amparito-- cree de su deber advertir aquí que -él sabe por experiencia que pueden dispensarse las más de estas -ceremonias. En las consultas que se hagan al oráculo pueden omitirse -el círculo y signos del Zodiaco, y en lugar de una caña mojada en -sangre, él y sus amigos han usado constantemente, y siempre con buen -éxito, una pluma con tinta común y otras veces un lápiz o un carbón. -Los dones, sacrificios e invocaciones también son cosa superflua en -tierra de cristianos; pero, en su lugar, es de absoluta necesidad que -el consultante crea en Dios a puño cerrado y venere sus inescrutables -vías. - ---¿Lo ves? Tú crees en Dios, pa chasco. - ---Sí que no... - ---Pues, ahora hases las rayitas. - -Verónica obedeció a cuanto se le indicaba. Amparito, que había ya -comprendido cabalmente la manipulación del oráculo, hacía de pitonisa. - ---Sagitario; non, tres pares, non --bisbiseó Amparito--. La respuesta -dice: «Medita bien si el objeto de tu cariño merece tu amor.» - ---¿Me quies desí --interrogó Lolita, enchipada como con un éxito -personal suyo--, si no le deja a una aturuyá? - ---¿Se puede hacer por dos veces la misma pregunta? --inquirió Verónica. - ---Y dos mil. - -Verónica trazó por segunda vez cinco filas de palotes. - ---Llaves, non, cuatro pares --sentenció Amparito--. La respuesta dice: -«Una correspondencia de cariño es ahora dudosa; pero la perseverancia y -atención te asegurarán el triunfo.» - ---Esto debe ser cosa de brujería, porque no se explica que responda tan -acorde --declaró Verónica con ojos resplandecientes. - ---Pues aún falta otra cosa mu güena, pero que mu güena. Niña, busca ar -finá der libro. Ahí te prenostican lo que vas a sé por er día y er mes -en que has nasío. - ---Yo nací el cinco de setiembre. - ---Setiembre, Amparito. Busca er signo. - ---Virgo --leyó Amparito, con voz candorosa. - -El rostro de Verónica se encendió. Lolita, entre risotadas que no podía -retener, comentó: - ---Tamién es grasioso. - ---La mujer nacida por este tiempo --leyó Amparito-- será muy honrada, -sincera, franca, muy aseada en su persona y de deseos ardientes, -modesta en su conversación, afecta a los placeres matrimoniales y fiel -a su marido; será también muy buena madre y muy mujer de su casa. - ---No te quejará de tu suerte, condená. Pues si vieras la mía. Lee, -Amparito, que la mía está en el escorpión. ¡Lagarto, lagarto! - ---La mujer nacida por este tiempo --leyó Amparito-- será temeraria, -imperiosa, intrigante y artificiosa; de genio voluble y desagradable, y -amiga de empinar el codo. - ---¡Qué calurnias! --suspiró Lolita, santiguándose y mirando con ternura -al San Antonio cabeza abajo. - ---En la vida --continuó Amparito--, todos sus planes se malograrán casi -siempre por su misma locura y mala conducta en el amor; accederá a -sus placeres solamente con miras particulares, y será inconsecuente y -desleal. No dice más. - ---¿Y te paece poco? Me ha puesto como un renegrido trapo. - ---Ahora voy a ver la mía, si ustedes me lo permiten --habló Amparito. - ---Vamo a ve, vamo a ve la donseyita de la casa. - ---Yo nací el veintinueve de noviembre, de manera que... Sagitario ---decidió Amparito después de consultar el libro--. ¡Ay, no sé qué me -da!; no me atrevo. - ---Anda niña y no seas desaboría. - -Amparito comenzó a leer con voz rasa, como si leyese por rutina y sin -desentrañar el sentido de la lectura. Entró en esto Travesedo y se -detuvo a escuchar. Lolita y Verónica estaban tan absortas y embebecidas -que no echaron de ver la llegada de Travesedo. Leía Amparito: - ---En el amor será constante; pero querrá gobernar a su marido, de -quien exigirá un estricto cumplimiento de los deberes nupciales, a -cuyos deleites será demasiado inclinada; amará a sus hijos, pero será -descuidada con ellos; será también afectuosa con su marido mientras que -este siga haciendo a Venus los debidos sacrificios... - -Travesedo no se pudo contener más tiempo. Penetró con paso decidido -y continente amenazador, arrebató el libro de las manos de Amparito, -lo hizo pedazos y miró luego a Lolita con expresión tan iracunda que -la mujer quedó como petrificada por el espanto. Las otras dos tampoco -daban pie ni mano. Travesedo rompió a vociferar: - ---¡Largo de aquí inmediatamente, Amparo! Largo de aquí si no quieres -que te eche a azotes, mala cabeza --Amparito salió temblando. Travesedo -se encaró con Lolita--: Y tú, sinvergüenza, idiota, ¿no comprendes que -estás corrompiendo a esa niña? Esto se ha concluido; hoy mismo coges -tus trastos y te vas con viento fresco, hoy mismo. Yo no quiero cargos -de conciencia. - -Soltose Lolita a llorar con extremada amargura. Entrecruzó las manos -en actitud orante, hipaba, volvía los ojos inocentes y cuitados tan -pronto hacia el San Antonio acrobático como hacia Travesedo, y decía -entrecortadamente. - ---¡Ay, virgensita de mi arma, San Antonio... si yo no he tenío la -curpa... que ha sío eya misma... por ver su sino der sodiaco! - -La aflicción de Lolita y sus peregrinas lamentaciones determinaron en -Travesedo una sensación epicena de ternura y de hilaridad. Verónica -intercedió, asumiendo la responsabilidad de lo acaecido. Travesedo -atenazó suave y paternalmente con los nudillos el desaforado apéndice -nasal de Lolita e hizo por mitigar su desconsuelo con palabras blandas. - ---Ea, sosiégate, feúcha, que la cosa no vale la pena. Fue un arrebato -mío y no he querido disgustarte. Pero, ¿no comprendes, mujer, que -Amparito es una niña y no debe enterarse de ciertas cosas? Verdad que -tú eres tan niña como ella. La culpa la tiene doña Verónica. - ---Sí que la tengo, lo confieso; pero, ¿qué le vamos a hacer ya? - ---Si es que he estado gritando, llamándoos, un cuarto de hora seguido ---añadió Travesedo--. Y como si os hubiera tragado la tierra. Ya pasa -de la una y la casa por barrer. Antonia no está en casa; la comida, por -supuesto, no estará dispuesta. Esto es un pandemonium. Vamos a ver, -Lolita, ¿no te da vergüenza no haberte lavado ni peinado aún? Hay que -verte, hija. No sé cómo le gustas a nadie. - -Lolita estaba desgreñada, sucia, tripona, porque los senos, de -considerable tamaño, sin el soporte del corsé, le bajaban hasta la -cintura, simulando un bandullo. Vestía una bata de franela roja que -parecía hecha con bayeta de fregar suelos. - ---¿Tú comes hoy con nosotros, Verónica? Digo, si hay qué comer. - ---No, yo me voy a casita. Ya estarán por allí todos alborotaos. - ---Que no. Yo ordeno y mando que te quedes a comer con nosotros de lo -que haya. - ---Pues si usted lo ordena, no hay sino cerrar el pico. - ---Andando al comedor. Y tú, Lolita, lávate por lo menos las manos. - -Quedose Lolita a lavarse las manos y salieron juntos Travesedo y -Verónica. En el pasillo dijo Travesedo: - ---Y pensar que esa pobre mujer es una de las cocotas de fuste en Madrid -y no falta quien le pague bien... - ---No sea usté malo. Lolita es muy mona. - ---Sí, monísima; se pudiera decir que perfecta, porque lo excesivamente -pequeño de la boca se corrige con lo excesivamente largo de la nariz. - -A poco estaban todos los huéspedes reunidos en el comedor. Verónica se -sentó a la derecha de Travesedo. La voluminosa Blanca, la cocinera, -servía la comida, porque Amparito no se atrevió a presentarse. -Travesedo, junto con el decanato de la hospedería, disfrutaba -anejamente de la presidencia en la mesa y de la facultad de dirigir -y enderezar según su gusto la conversación. Casi todo se lo hablaba -él. Aquel día inició el palique haciendo consideraciones acerca del -atentado anarquista del día anterior y describiendo con puntuales -y repulsivas circunstancias el cuadro que en compañía de Teófilo y -Alberto había tenido ocasión de presenciar en la casa de socorro. - ---Por lo que más quieras --rogó Teófilo--, no hables de eso. - ---Claro --añadió Verónica--. Cualquiera come oyendo esas cosas. - ---Por eso lo hago, precisamente --explicó Travesedo--. De este modo no -echaremos de ver la escasez de vituallas, si la hay, como presumo. - ---¿No has salido ayer de casa, Lolita? --investigó Alfil, bizqueando -un poco a causa de la emoción. - ---¿Salir yo dempué der prenóstico de las cartas? ¿Y por qué lo -afeitaban, don Eduardo? - ---¿A quién? - ---Ar tío ese anarquista. - ---No sé decírtelo. - -A la hora del cocido presentose Antonia. Venía de la calle, sonriendo -con gesto de cansancio. Travesedo, haciendo ostentación de sus -prerrogativas fiscales, se arrancó con innumerables preguntas y -advertencias, todo ello con aire reprobador y monitorio. Antonia, -como obedeciendo a la necesidad de exonerarse de sus sentimientos e -impresiones más que al discurso de Travesedo, comenzó a hablar: - ---¡Señor, qué mundo este! ¡Pobre neñina! Me parece que va a ser muy -desgraciada. - ---Bien --interrumpió Travesedo--, se ve que ha pasado usted la mañana -en casa de Tomelloso. Pero, mujer, ¿qué se le ha perdido a usted en -aquella casa? - ---Déjeme en paz el alma, roncón. ¿Podré olvidar que les he estado -sirviendo diez años, y que yo estaba sirviendo en la casa cuando nació -Angelinos? --se despojaba con lentitud de la mantilla, quitando los -alfileres, que iba colocando entre los labios. - ---Saque usted esos alfileres de la boca... --conminó Travesedo--. Me -pone usted nervioso. Hay dos cosas que no puedo llevar con paciencia: -que se metan en la boca alfileres, o el cuchillo para comer, como lo -hace Macías, que se lo mete hasta la campanilla. - ---En esto no estamos conformes --objetó el cómico--. Brochero, el -célebre actor, hombre de sociedad como todos saben, y mi primer -director escénico, cuando teníamos que comer en escena nos ordenaba -hacerlo en esa forma, porque las gentes del buen mundo comen de esa -manera. - ---¡Pobre Angelinos! --repitió Antonia. - ---En resumen, ¿pobre por qué? - ---¿Por qué? Porque ese tal Pascualito del diaño se me figura que la -quiere tanto como a mí. ¡Qué se me figura!... Basta tener ojos en la -cara. Lo que va ese pillo es por el dinero. Pues el señor, la señora y -la señorita, en Babia. Están locos con la tal boda. - ---¿Quién es? --curioseó Lolita--. ¿Sisilia? Qué punto tan grasioso... - -Retirábase Antonia; se volvió desde la puerta. - ---¡Ah, se me olvidaba! El cartero me dio en la escalera esta carta para -usted, don Teófilo --y alargó un sobre al poeta. - -La letra era desconocida, y el sello, de Alemania. Teófilo sostenía la -carta en la mano y la miraba sin resolverse a abrirla. En un instante -se le agolparon en el cerebro mil absurdas presunciones e hipótesis. -Palideció. Todos le miraban con curiosidad, señaladamente Verónica. -Rasgó el sobre. Dentro de él venía una tarjeta postal. Lo primero que -saltó ante sus ojos fue la firma: Rosina. De pálido se volvió lívido. -Decía la postal: - - _No te pido perdón, porque sé que no merezco que me perdones. - ¡Tengo tantas ganas de que nos veamos y hablemos! Quizás entonces - comprenderás y me excusarás. Yo no puedo olvidar el cariño que - me tenías, y me hago la ilusión de que, a pesar de todo, me lo - conservas. El caso es que como he tenido tanta suerte y ya estoy - hecha una_ ESTRELLA, _el empresario del teatro del Príncipe, en - Madrid, quiso contratarme. ¿Voy? Todo depende de que tú me lo - ordenes. Contesta a la lista de Correos número 1.315, Berlín_, - - ROSINA. - -Teófilo, aunque colmado de estupor y desconcierto, sonrió a pesar suyo. -Su estado de ánimo, que durante seis meses había sido de apacible -infortunio y triste resignación, se convirtió de pronto en felicidad -congojosa. Su pobre corazón volvió a representársele a la manera de -los perros vagabundos, para quienes el aire está poblado de botas y -garrotes incógnitos. Como en aquella sazón sonase la campanilla de la -puerta, Teófilo pensó: «La bota que se materializa.» Salió a abrir la -voluminosa Blanca y volvió en seguida diciendo: - ---Dos caballeros que preguntan por usted, don Teófilo. - -Levantose el poeta con expresión de hombre que se somete heroicamente -a los designios de la adversidad y produjo el asombro de cuantos le -escuchaban, exclamando: - ---La bota que se materializa, señores --elevó los ojos a lo alto y -murmuró--: _Fiat voluntas tua_. - -Los dos caballeros tenían el empaque aflamencado de dos tahúres de -oficio. Llevaban gruesos anillos en los dedos, fumaban excelentes -cigarros habanos, vestían con sobrado aliño, eran regordetes y -mostraban en el rostro la rubicundez de las digestiones prolijas. - ---¿Es usted Teófilo Pajares? --preguntó uno, atusándose los bigotes, -erectos e imponentes. - ---Servidor de usted. - ---Está usted detenido. - ---¿Se puede saber por qué? - ---Eso ya lo sabrá usted a su tiempo. Ahora, ¿quiere usted indicarnos -cuál es su habitación? - ---¿A qué santo les voy a indicar cuál es mi habitación? - ---Tenemos que incautarnos de sus papeles. - ---Bueno; sea lo que ustedes dispongan. - -Los guió hasta su habitación. Los dos caballeros policíacos se iban -guardando cuantos papeles hallaron a mano. - ---¿Me consienten que me despida de mis amigos? --solicitó Teófilo. - ---Las buenas formas no están reñidas con los tristes deberes de la -policía --declaró uno de los caballeros, que lucía una corbata color -amarillo tortilla. - ---¡Alberto, Eduardo! --gritó Teófilo desde la puerta de su alcoba, y -cuando los amigos acudieron añadió--: Me llevan preso. - -Travesedo y Guzmán, después de oír a Teófilo y viendo con cuánta -diligencia los dos policías se apoderaban de toda la obra poética en -ciernes de Teófilo, no sabían si condolerse o reirse. - ---¿Es que existe ya, y desde cuándo, un procedimiento criminal para -perseguir los delitos literarios? --preguntó Travesedo. - ---¡Delitos literarios!... Mecachis en diez con la literatura --rezongó -uno de los policías, dejando de leer una balada con envío, perpetrada -por Teófilo, para contemplar con suspicacia las barbas lóbregas de -Travesedo y su jeta, a primera vista nada tranquilizadora--. Si al -tirar bombas lo llama usted literatura, no sé qué será la realidad... - ---¡Carape! --eyaculó Travesedo, iluminándosele el rostro, a pesar de la -lobreguez de las barbas, con la luz del discernimiento--. A que resulta -que por tu amistad con ese pobre Santonja te complican en el atentado -de ayer. - ---Usted lo ha dicho --aseveró el de la corbata amarillo tortilla--. -En casa del anarquista se han hallado muchas citas de este señor, -concebidas en términos misteriosos. - ---Pero si este señor --explicó Travesedo-- es incapaz de matar una -mosca. - -Uno de los policías, que estaba inclinado sobre el baúl de Teófilo -arrojando fuera de él, en rebujos, el mísero ajuar del poeta, volviose -a decir: - ---Tampoco Napoleón era capaz de matar una mosca; pero mataba hombres -como si fueran moscas: ocho millones mató, según las estadísticas más -recientes. - -Guzmán y Travesedo no podían disimular su inquietud. Preveían -complicaciones graves. - -Al despedirse, Teófilo dijo: - ---No os disgustéis. El corazón me dice que es lo mejor que podía -ocurrirme, y mi corazón nunca me engaña --y tosió lamentablemente. -Luego abrazó a sus dos amigos. - - - - -VI - - -Doña Juana Trallero, viuda de Pajares, o doña Juanita, como la solían -llamar sus pupilos, recibió de sopetón la noticia de haber sido -preso Teófilo. Servía esta señora el desayuno a un empleadillo de -Hacienda, huésped flamante y madruguero por razón de sus menesteres -burocráticos, el cual, a tiempo que desayunaba, tenía por costumbre -ponerse momentáneamente en contacto con el universo mundo a través de -los telegramas de la prensa matutinal, cuando Mondragón, que este era -el nombre del huésped, exclamó: - ---¡Qué burrada! - ---¿Cuál es la burrada? --preguntó doña Juanita. - ---Una bomba en Madrid y su hijo de usted preso. - ---Usted no se ha despabilado aún, señor Mondragón. Aristótiles dijo que -un buey voló, unos dicen que sí, yo digo que no. Y si usted lo ha dicho -por donaire, sepa que tales donaires no son de mi gusto. Mi hijo es mi -hijo y está muy alto para que nadie le toque. - ---No hay donaire, doña Juanita, sino la pura verdad. - -Y Mondragón leyó el telegrama. Doña Juanita no se inmutó. - ---Eso es una infamia, una calumnia, una intriga --afirmó menospreciando -gradualmente el alcance del suceso--, un lío tramado por los muchos -envidiosos que Teófilo tiene. - -Aquel mismo día doña Juanita arregló un hatillo de ropa, y dejando -la casa de huéspedes bajo la tutela de una amiga de confianza, -salió en tercera para Madrid muy resuelta en su arranque, decidida -a presentarse, si fuera preciso, al ministro de Gracia y Justicia -y llamarle imbécil, y segura de poner en libertad a Teófilo a la -vuelta de contadas horas. Llegó a casa de Antonia a las ocho de la -mañana. Hubo de sacudir varias veces la campanilla, porque eran los -moradores gente nada diligente, si se exceptúa el teutón, el cual -estaba precisamente en aquellos momentos tomando su habitual ducha -mañanera en la cocina. Este germano, industrioso y sutil, como es -fama que son todos ellos, había suplido a la carencia de cuarto de -baño con el albañal de fregar los platos. Los compañeros le habían -ofrecido el _tub_ de que ellos se servían, pero el teutón lo había -rechazado. Prefería subir sobre la cubeta del albañal y allí se -encuclillaba y soltaba el chorro sobre los pingües lomos. El día que -la voluminosa Blanca descubrió por ventura tan pulcra ingeniosidad -y la puso en conocimiento del resto de los huéspedes estuvo a punto -de decretarse en la casa una pena aflictiva de azotes para el aseado -teutón. Se solucionó el conflicto con la promesa del delincuente de -no reincidir. Pero lo cierto es que cuando todos dormían a pierna -suelta, el teutón iba, día por día, a convertir el abañal en cuna de -deleites hidráulicos. Aquel día, como la campanilla alborotase con -harto estruendo, el germano, temeroso de que alguno se despertase y le -sorprendiese, salió a abrir tal como estaba, y estaba como su madre lo -había parido; pero un poco más talludo y formado. - -Doña Juanita, al ver aquel hombrazo ante sí, en carnes vivas, se -santiguó y lanzó un grito de aflicción. - ---¡Joasús! --esta era una exclamación muy frecuente en labios del -teutón--. Ustet se ha equivocado. - ---Sí, señor; he debido de equivocarme. Usted perdone --tartamudeó doña -Juanita, apartando con horror los ojos de aquella desnudez lechosa y -tersa. - -Oyéronse pasos. El teutón salió huído a refugiarse en su alcoba y doña -Juanita quedó boquiabierta, pensando: «De cualquier cosa será capaz mi -hijo si ha vivido en esta maldita casa.» Travesedo venía por el pasillo -rezongando palabras malsonantes y votos carreteriles. - ---¿Qué se le ocurre a usted, señora? --preguntó Travesedo, suavizándose -al ver una vieja enlutada, con manto. - ---¿Es esta la casa de una señora Antonia?... - ---Sí, señora. - ---Yo soy la madre de Teófilo. - -Travesedo se deshizo en cumplimientos, hizo pasar a la anciana a un -gabinetito, le pidió mil perdones por el raro recibimiento que le -habían hecho --Travesedo no sabía aún el lance del teutón--, despertó a -las mujeres, las acució por que preparasen cuanto antes un desayuno, y -se esforzó con cuanta sutilidad supo en quitar importancia a la prisión -de Teófilo, si bien él no las tenía todas consigo. - ---¡Ay, qué susto me he llevado, señor...! - ---Travesedo. - ---Señor Travesedo. Creí que me había equivocado. - ---Sí, la cosa es absurda. ¿Y cómo lo supo usted? - ---¿Cómo? Viéndole. - ---En algún periódico. - ---En la misma puerta. Digo ahora, cuando salió a abrirme aquel hombre -desnudo. - ---¡Ave María Purísima! --exclamó Travesedo--. De seguro el teutón. - ---Eso no sabré decirlo. - ---Es un huésped de la casa. Le decimos teutón porque es alemán. - ---¿Y son protestantes por aquellas tierras? - ---Sí, señora. - ---Entonces se explica. - ---Tiene usted que dispensarle. Es un aturdido, y él no podía -figurarse... - ---Mire usted que se necesita rejo... En puros cueros, señor... - ---Travesedo. - -Doña Juanita se quedó a vivir en la casa y comenzaron los desvelos -de Travesedo por hacerle grata la vida a la vieja. Lo primero que se -le ocurrió fue evitar que la madre de Teófilo entrase en sospechas -acerca de la condición social de Lolita. La hicieron pasar por una -señorita bien acomodada y huérfana, a lo cual la prostituta se -prestó de muy buen talante. Travesedo le dio prolijas instrucciones, -inculcándoselas con amenazas; que no dijera terminachos feos a la mesa, -que se peinase y lavase antes de comer, que al venir de madrugada -lo hiciera calladamente, y que si acaso volvía cuando la señora -estuviera levantada dijese que venía de misa. A todo acudió el previsor -Travesedo, conminándola con la expulsión al más leve desliz. - -Era doña Juanita una mujer septuagenaria (a Teófilo lo había tenido, -como fruto unigénito y serondo, a los treinta y cinco años), de -aventajada estatura, no menos flaca que su hijo y más aguileña que -él, en extremo arrugada, los ojos vivos, el pelo entrecano, calva por -detrás de las orejas. Conservábase con el vigor de la primera juventud, -ágil y activa, que no podía ver a nadie trabajar sin que ella no echase -una mano. Parlanchina en bastante grado, pero muy pintoresca y limpia -de dicción. Abierta y nada asustadiza, el primer día que llegó, durante -la comida había ganado ya el corazón de todos. Como ella presumía, lo -de Teófilo se acabó con bien en pocas horas, gracias, sobre todo, a la -influencia de don Sabas Sicilia. Y como el presunto anarquista había -augurado cuando le llevaban preso, la breve reclusión fue lo mejor que -le pudo haber sucedido. Le sirvió, señaladamente, para que su nombre -rodase por los periódicos con una emoción nueva; para darle pretexto -a que escribiese en la prensa un comunicado, que le salió muy hidalgo -y noble de tono; para atraerse la simpatía de los radicales, por la -naturaleza del delito que se le imputaba, y de los conservadores por -haberse probado su inocencia, y, por último, para que la Roldán y Pérez -de Toledo se apresuraran a ensayarle su drama _A cielo abierto_ y a -estrenarlo cuanto antes, aprovechando la popularidad fortuita del autor. - -Así que se vio en libertad, como si la compañía de su madre le enojara -o cohibiera, la indujo a que retornase a Valladolid; pero doña Juanita -se negó, porque quería presenciar el estreno del drama. Trataba a su -madre con despego, tras del cual, a veces, asomaba cierta hostilidad -latente. La vieja hubo de condolerse con Travesedo, quien procuró -consolarla como buenamente pudo. - ---Señora, esas son las contras de tener un hijo que es un gran hombre. -Los artistas son reconcentrados, caprichosos, incomprensibles. Parece -que no se interesan por nadie; pero no hay que fiar en las apariencias. -Artista y hombre de sentimientos ardientes es todo uno. Un artista -tiene siempre el pudor de sus afectos. Adoran, y se morirían antes de -declararlo, como no sea por medio de la obra artística. - ---Sí; debe de ser eso que usted dice, pero me hace sufrir. - -Travesedo tomó por su cuenta a solas a Teófilo y le dijo: - ---Eres un animal de bellota. Tienes a tu madre, que es una santa, -dolida y triste por el modo con que la tratas. Debía darte vergüenza. -Eres un salvaje, y tu orgullo es ridículo. - -Teófilo respondió adusto: - ---¡Orgullo!... En ocasiones te pagas de perspicaz; pero te pasas de -rosca. ¿Crees que debemos reconocimiento a nuestras madres por habernos -parido? No sé tú. Lo que es yo... - ---Eres un idiota. Me río yo de tus versos... - -Verónica le fue muy simpática a doña Juanita desde el punto en que -conocieron. Pero cuando la vieja supo que era bailarina, y muy del -agrado del público, torció el morro y frunció las cejas. Quiso verle -bailar una noche, y después de haberla visto, en la primera ocasión -formuló así su juicio: - ---Hija mía, yo digo siempre lo que pienso, con franqueza. Le he visto a -usted bailar anteanoche, y, la verdad, aquellos movimientos de vientre -no me parecen cosa decente. Como me inspira usted cariño, me da lástima -de usted, porque adivino que acabará mal. - -Verónica respondió que era el único modo decoroso que tenía de ganarse -la vida. - ---Si usted lo llama a eso decoroso... - -En vano acudieron los presentes a defender la licitud y honestidad de -las danzas de Verónica; doña Juanita se obstinaba en que todo ejercicio -en el cual el vientre toma demasiada parte, y esta la más principal, no -puede ser lícito ni honesto. Teófilo intervino con entonación agresiva: - ---¿Y si yo le dijera a usted, madre, que en nuestras catedrales se -bailaban danzas como esas y peores en la Edad Media? - ---No puede ser. ¡Piñones!... - ---Usted, ¿qué sabe de eso? - ---Sé lo que la razón natural dizta, y en cosas de conciencia que no me -vengan con Aristótiles ni los sabios de Grecia. - -Doña Juanita quiso aprovechar su estancia en la corte para verlo todo. -Lolita se había ofrecido para acompañarla, pero Travesedo se opuso. -Esta misión se le encomendó a Amparito, que era muy aficionada a -callejear. En Valladolid, doña Juanita estaba siempre reclusa en casa, -encadenada por los negocios hospederiles y no salía nunca, como no -fuese los domingos de matinada, a misa. No había estado nunca en un -cinematógrafo. Cuando en Madrid lo vio por primera vez quedó hechizada -y confusa. - ---¡Ay Dios! --ante una cinta que reproducía las maniobras de un -escuadrón de lanceros--. ¡Piñones! Pero, ¿cómo puede caber tanta gente -en ese escenarito tan pequeñico? - -Ni ella se entendía ni Amparito podía comprender lo que la vieja quería -decir. - ---Esto debe de ser cosa de ensalmo y brujería. No estoy muy tranquila, -Amparito, y creo que se debe consultar con el confesor. - ---Quite usté allá, si es muy sencillo. Como las linternas mágicas de -los chicos. - ---Eres muy niña e inocente y no te das cuenta de las asechanzas que el -diablo tiende por dondequiera. Este Madrid es una Babilonia corrompida. -¿Adónde irás a vivir no bien te cases? - ---Creo que a Cuenca. - ---Me alegro. En cualquiera parte mejor que en Madrid, tortolica -inocente. Porque, ¿qué hay en Madrid que valga la pena? Dirán que -el aquel del señorío y de la nobleza rancia. Con nobles no te has -de mezclar, y si por el señorío es, te digo, como persona vieja y -experimentada, que el de los pueblos es señorío más verdadero que este -de Madrid, en donde si te paras a discurrir echarás de ver que todo se -va en bambolla. Si no, atiende a lo que más de cerca te toca: quiero -decir, esa pobre doña Lolita. Está por la primera vez, hijica, que -tropiezo con una señorita que no sabe leer. ¿Cuándo se ha visto eso en -Valladolid? Y de aseo no hablemos. Habrás observado, como yo, que peca -de harto desidiosa. De piedad tengo para mí que anda tal cual. Verdad -que tiene en su habitación un San Antonio y otras imágenes religiosas, -y que cierto día muy de mañanita venía ya de la iglesia; pero no se -me ha ocultado que el último domingo no fue a misa. ¡Qué desarreglo -de costumbres! Veo que te ríes de mí, picarilla. Palabras de viejo no -mueven oídos demasiadamente mozos. - -Antes del estreno de Teófilo, doña Juanita tuvo ocasión de presenciar -otro, en el teatro Español. Alberto se procuró tres delanteras de -anfiteatro para la vieja, Amparito y Verónica, la cual, merced a -unas mejoras que a la sazón hacían en el teatrito en donde estaba -contratada, disfrutaba de unos días de descanso. Representábase una -tragedia, titulada _Hermiona_, escrita por don Sixto Díaz Torcaz, el -viejo patriarca de la literatura castellana, más cumplido que en años, -con serlo mucho, en obras, y no menos lozano de corazón que eminente -en edad y virtudes. Su nombre inspiraba una veneración sin cisma; pero -su genio aventajaba aún a su fama, y detrás de ella quedaba oculto, -como acontece cuando se está en la raíz de una cordillera, que un -oteruelo, por lo cercano, esconde, a manera de verde cancel, el enorme -y meditativo consejo de los ancianos montes, de sienes canas. Hacía -cosa de tres años que don Sixto, como por lo común, con acento entre -religioso y familiar se le llamaba, se había adscrito a la política -militante y a la causa de la República. Asegurábase antes del estreno -que _Hermiona_, bajo su nombre musical y alado, como vestido de viento -y armonía, disimulaba otra música más agria y provocativa: un chinchín -de charanga callejera, a propósito para turbar el seso de la plebe -y empujarla al frenesí. Dicho más claro: murmurábase que _Hermiona_ -era una insignia de motín o incitación revolucionaria antes que obra -de arte. Habíanse anunciado disturbios de orden público. El teatro -estaba lleno de coribantes republicanos y de policía secreta. Aunque -los ánimos vibraban al rojo flamígero y los corazones llevaban puesto -el gorro frigio, el aspecto del teatro era sobre manera caliginoso -y funeral, como sucede en todo gran ayuntamiento de hombres solos, -trajeados a la moderna, pues no se veían en las butacas otros seres -femeninos que la señora de Rinconete, la de Coterilla y unas pocas -más, hembras pertenecientes al _demos_, cuyos esposos, ciudadanos -concienzudos, las habían conducido al estreno por realizar rotunda -afirmación de valor cívico. Después del primer acto, aquel gran -concurso de almas levantiscas y demoledoras no podían ocultar el -desencanto sufrido, como si las únicas víctimas de la tragedia fuesen -ellas. Habían acudido al teatro refocilándose por anticipado con -la esperanza de armar una marimorena y de regalarse con la bazofia -suculenta de unas cuantas peroraciones hervorosas y humeantes, por -el estilo de las que se usan en los mítines populachescos. Pero la -tragedia no era olla podrida, en donde cada quisque pudiera meter a su -talante la cuchara de palo, sino verdadera tragedia, de gran austeridad -de forma, y el fondo saturado de una pesadumbre a modo de gravitación -de lo eternamente humano y doloroso, gravitación que los ciudadanos -Rinconete y Coterilla calificaban entre dientes de _lata_. - -Hubo, al terminar la representación, grandes aclamaciones, aplausos, -vivas y plácemes para el viejo maestro, cuyo nombre, al fin y al cabo, -estaba muy por encima del juicio circunstancial formulado con ocasión -de una simple obra. Pero el público salió defraudado, rezongando -compasivamente y con luctuosos enarcamientos de cejas que don Sixto -perdía con la edad la batuta. - -Estaban al pie de la escalera, esperando a las tres mujeres, Travesedo, -Teófilo y Alberto. - ---¡Buen chasco nos hemos llevado! --suspiró Travesedo, consternado--. -Creí que íbamos a tener unas nuevas vísperas sicilianas, y muertes, -asolamientos y fieros males, y todo se ha resuelto en una prolija -tintura de opio. Porque convendrás conmigo en que el testamento de una -vieja beata es poco pretexto para cuatro interminables actos. - ---Tu reparo, querido Eduardo --intervino Alberto--, es semejante al de -aquel alemán que, después de haber leído Otelo, no se le ocurrió otra -observación sino decir: «Este Otelo es un estúpido. Vaya, que mover -tanto lío por una cosa tan sencilla como es perder un pañuelo...» -Tales son los despropósitos que he oído decir en los entreactos, aun -a sujetos que reputo sensibles e inteligentes, que casi me aventuro -a asegurar que hoy no ha habido en el teatro más de dos personas que -hayan entendido la tragedia. - ---¿Quién es la otra? --preguntó Travesedo, con ironía afectuosa. - ---Primero, ¿quién es la una? --atajó Teófilo. - ---¿Quién ha de ser, bobo? Él mismo --aseguró Travesedo--. ¿Quién es la -otra, pues? - ---Verónica. - -En esto aparecieron en lo alto del tramo inferior de la escalera -doña Juanita, Verónica y Amparito. Verónica, dirigiéndose a Alberto -exclusivamente, rompió a hablar: - ---Vengo como loca, chiquillo. ¿Te acuerdas de aquella tarde que me -leíste un drama que estaba escrito en franchute o en latín? Pues lo -mismito he sentido hoy. Nada, que había momentos en que creí volverme -loca, porque es aquello que si te pones en su caso, cada uno de los -personajes tiene razón que le sale por la punta de la coronilla. Y que -una no pueda arreglarlo a gusto de todos... Por supuesto, que una cosa -es que todos tengan razón en su fuero interno, y otra cosa que siendo -como es, porque no puede ser de otra manera, resulta que la doña Paca -hace mucho mal a los otros, y por esto me alegro que Hermiona, con -muchísimos... piñones, como dice doña Juanita, le haya dado la puntilla -a la maldita vieja. - -Salieron todos a la calle. Verónica continuó hablando. - ---¡He pensado tantas veces en aquel drama!... Se me ha ocurrido que si -Yago (para que veas si se me quedó dentro hasta los nombres), asistiera -por casualidad un día al teatro y viera representar el drama, y desde -fuera se viese a sí mismo, no volvía a hacer lo que hizo, ¿qué te -parece? Bueno, ¿canso? Pues, quédense ustedes con Dios. - -Caminaban delante las tres mujeres, detrás los tres hombres. Hicieron -rumbo a una chocolatería. - ---Ya nos ha dado doña Verónica una lección de estética --murmuró -Teófilo, con sarcasmo. - ---Me parece que sí, Teófilo --replicó Guzmán--. Aquella catarsis -o purificación y limpieza de toda superfluidad espiritual que el -espectador de una tragedia sufre, según Aristóteles... - ---Que no te oiga mi madre, porque ella tiene el monopolio de -Aristótiles. - ---Digo que aquella catarsis no es más, si bien se mira, que acto -preparatorio del corazón para recibir dignamente el advenimiento de dos -grandes virtudes, de las dos más grandes virtudes, y estoy por decir -que las únicas. - ---Son a saber. - ---La tolerancia y la justicia. - ---Veamos cómo. - ---Estas dos virtudes no se sienten, por lo tanto, no se transmiten, a -no ser que el creador de la obra artística posea de consuno espíritu -lírico y espíritu dramático, los cuales, fundidos, forman el espíritu -trágico. El espíritu lírico equivale a la capacidad de subjetivación; -esto es, a vivir por cuenta propia y por entero, con ciego abandono de -uno mismo y dadivosa plenitud, todas y cada una de las vidas ajenas. -En la mayor o menor medida que se posea este don se es más o menos -tolerante. La suma posesión sería la suma tolerancia. Dios solamente lo -posee en tal grado que en él viven todas las criaturas. El espíritu -dramático, por el contrario, es la capacidad de impersonalidad, o sea -la mutilación de toda inclinación, simpatía o preferencia por un ser -o una idea enfrente de otros, sino que se les ha de dejar uncidos a -la propia ley de su desarrollo, que ellos, con fuerte independencia, -choquen, luchen, conflagren, de manera que no bien se ha solucionado el -conflicto se vea por modo patente cuáles eran los seres e ideas útiles -para los más y cuáles los nocivos. El campo de acción del espíritu -lírico es el hombre; el del espíritu dramático es la humanidad. Y de -la resolución de estos dos espíritus, que parecen antitéticos, surge -la tragedia. Cuando el autor dramático inventa personajes amables -y personajes odiosos, y conforme a este artificio inicial urde una -acción, el resultado es un melodrama. Por supuesto, el melodrama -existe también en la novela, en la filosofía, en la política, hasta -en la pintura y en la música, en todo lo que sea vida arbitrariamente -simulada por el hombre, pero nunca en la vida real. En España somos -absolutistas; la palabra tolerancia es un vocablo huero y apenas si muy -recientemente ha comenzado a florecer el espíritu lírico. - ---Eres el más terrible tejedor de sofismas. No conozco nadie que te -aventaje, como no sea don Sabas --declaró Teófilo, cuyo drama estaba -construido a base de personajes simpáticos y personajes antipáticos, -porque se le figuraba, y no sin razón, que este era el único camino del -éxito económico y literario. - ---No compares. - ---Pero a mí no me gusta discutir empleando voces y conceptos de humo ---añadió Teófilo, sacando las manos de los bolsillos del pantalón y -accionando con vehemencia--. Yo pongo siempre el caso concreto, el -ejemplo palpitante, de carne y sangre, de dolor y de lágrimas. Helo -aquí. Un poeta se enamora con todas sus potencias y sentidos de una -mujer que finge corresponderle con no menos ardor. Toda la vida -pasada, presente y futura de este hombre se reasume y encarna en -aquella mujer. Pues, de la noche a la mañana, la mujer le abandona. -El poeta, como se supone, no es un hombre recio, forzudo, musculoso, -brutal, pues sería absurdo concebir que una persona dotada de extrema -sensibilidad y a quien la más leve palpitación del mundo externo -conturba, exalta o deprime, sea un bravo y perfecto ejemplar de la raza -humana en lo que se refiere a la parte material. No, todo lo contrario; -yo doy por sentado, para los efectos de mi tesis, que este hombre es -todo espíritu, nada más que espíritu. Y la mujer, inopinadamente, huye -de él en compañía de un titiritero, de un hombre todo materia, torpeza -e instinto. Este es un drama, si hay dramas en el mundo. Ahora bien; -este poeta, no por vanagloria o amor al arte, porque después de haber -visto arruinada su vida se le da un comino por la vanagloria y por el -arte, sino por necesidad desbordante del alma, porque el arte viene -a ser una liberación, se pone a escribir su drama. Según tú ha de -presentar los tipos de la mujer pérfida y del titiritero brutal de tal -suerte que todas las mujeres y todos los hombres piensen: «Yo hubiera -hecho lo mismo en el caso de ellos.» - ---Exactamente. - ---Y al poeta, al que debía simbolizar lo más noble y elevado en la -vida, que lo parta un rayo. ¡Estaría bueno!... --exclamó Teófilo -sonriendo acedamente--. Pues yo creo, por el contrario, que el arte es -caracterización, síntesis, y que los buenos, a través de la obra de -arte, aparecen mejores, y los malos aparecen peores. - ---Supón por un momento que esa mujer pérfida tiene tanto talento -literario como el poeta y que se le ocurre escribir el mismo drama. -Sería un drama diferente, ¿verdad? - ---Claro está. - ---Y, sin embargo, es el mismo drama. - ---Otro sofisma. Es como si colocas a veinte pintores alrededor de un -modelo. Todos pintan lo mismo y cada cuadro es diferente, porque han -sido diferentes los puntos de vista. - ---No, porque el pintor se limita a pintar lo que ve y como lo -ve. Otra cosa sería si el que pinta la figura de espaldas, por -completarla, añadiera la misma figura de frente, imaginada o en -caricatura. Para mí es evidente que todo autor dramático que merezca -tal nombre, antes de ponerse a escribir una obra debe hacerse esta -consideración: «Supongamos que mis personajes asisten como espectadores -a la representación de la obra en la cual intervienen, ¿pondrían -en conciencia su firma al pie de los respectivos papeles, como los -testigos de un proceso de buena fe al pie de sus atestados?» Todo lo -demás no es arte dramático, sino superchería, bambolla, bombas fecales, -inmoralidad y estupidez. - ---Siempre quedaría el drama poético-- apuntó Teófilo, sin disimular -cierta expresión de enojo y desdén. - ---Cuando dije bombas fecales, querido Teófilo, aludía al drama poético -a que tú te refieres. Y ahora vamos a tomar chocolate. - - - - -VII - - -El día del estreno de _A cielo abierto_, a las cuatro de la tarde, una -dama elegante llegó a casa de Antonia. Doña Juanita, que aquel día -andaba con los nervios en alta tensión y no podía estarse quieta en -parte alguna, tan pronto como oyó la campanilla salió a abrir. Grande -fue su sorpresa en oyendo que aquella dama preguntaba por su hijo. - ---Está en el teatro, señora. Como hoy es el estreno... ¿Usted sabía? - ---Sí, señora. Ya tengo mi localidad para esta noche. - ---Cuánto le agradezco... Pero pase usted. - ---Un momento solamente. ¿Puedo escribir cuatro letras? - ---Sí, señora. Pase usted. Mejor será que pase al cuarto de don Alberto, -porque mi hijo, con estos jaleos de los ensayos, no para en casa y no -tendrá papel, ni pluma, ni nada. - ---Pero Teófilo, ¿es hijo de usted? - ---Sí, señora --doña Juanita comenzó a enternecerse. - ---¡Qué suerte tener tal hijo!... - ---¡Bendito sea Dios! --doña Juanita se enterneció más. - -La dama parecía enternecerse también. - ---¿Y cómo está? --inquirió la dama. - ---Pues verá usted. Cuando yo vine de Valladolid, con ocasión de aquella -infamia de la bomba, ya estará usted enterada --la dama asintió con -la cabeza--, le encontré muy desmejoradico, muy desmejoradico; pero -sobre todo, reconcentrado y huraño de todo punto. Mucho me hizo sufrir, -porque yo, señora, no acertaba a dar con el hito de su malhumor, que -las más de las veces lo pagaba conmigo. Hasta que don Alberto, ¿conoce -usted a don Alberto Díaz de Guzmán? --la dama asintió nuevamente--. -Digo que este señor me confesó con mucho misterio que a mi Teófilo -le había hecho mucho mal una mujerzuela de esas, una perdida, de la -cual se había enamorado, y ella se fue con un bergante o golfo, como -por aquí le dicen. ¿Ve usted qué desgracia, señora? Bien dicen los -libros santos, que la mala mujer es como el estiércol que anda por los -caminos. Peor que eso, señora, peor que eso. - ---¿Y sigue Teófilo siempre tan huraño... tan...? --la voz de la dama -temblaba un poco. - -Doña Juanita entendió repentinamente que aquella dama era la mujer de -quien se había enamorado Teófilo. - ---¿Tan enamorado quiere usted decir? --los ojos de doña Juanita echaban -chispas. - ---No, señora. He querido decir tan malhumorado, tan triste... - ---¡Bendito sea Dios! Ya se curó del todo y no piensa en aquella -vil ramera --doña Juanita empleaba a veces términos retóricos muy -enfáticos-- si no es para maldecirla o, por mejor decir, para reirse de -ella. Si usted es amiga de Teófilo y se interesa por él, como parece, -se alegrará cuando sepa que allá para mediados del estío se casará -con su prima Lucrecia --doña Juanita urdía todas aquellas falsedades, -lisonjeándose con la idea de que la dama había de salir furiosa y -ofendida para no acordarse más de Teófilo. - ---Sí, señora; me alegro mucho que sea feliz, y a usted le doy la -enhorabuena --la perspicacia de doña Juanita quedó perpleja y no -acertó a discernir si el tono con que la dama dijo estas frases era -de quebranto o de sincera efusión. Temblábale la voz de raro modo. -Prosiguió la dama--: Ahora, si usted me lo permite, voy a escribir -cuatro letras para su hijo. - -Sentose la dama a la mesa, permaneció unos momentos con la pluma -en alto, poseída de meditabunda incertidumbre, y a la postre trazó -brevísima esquela que metió en un sobre, y después de engomarlo se lo -entregó a la anciana sin haber escrito dirección ninguna. - -No bien hubo quedado a solas doña Juanita se sintió embestida por -muy justificados y verosímiles presentimientos. La dama era seguro -que aludiría en el billete a la presunta boda, y aun diría cómo -había recibido la noticia, por donde Teófilo había de recibir grande -contrariedad de aquel engaño e intromisión impertinente de su madre, y -quizás su enfado se tradujese en palabras poco respetuosas, coléricas -y hasta crueles. No vaciló mucho tiempo doña Juanita. Abrió el sobre y -leyó la carta, la cual rezaba así: - - «_Tu madre me dice que te casas._ (¡Qué víbora ponzoñosa!, exclamó - doña Juanita en voz alta.) _Lo mejor es que no nos volvamos a ver. - Quiero resignarme y renunciar a tu amor. No sé si podré. Tu amor - había sido en mi vida una cosa tan rara y preciosa... Si quieres - verme, como amigo, vivo en el hotel Alcázar. Creo en Dios y acepto lo - que sucede como un castigo que me tengo bien ganado._ - - ROSINA.» - ---Cree en Dios... ¡Qué blasfemia! Estas corrompidas mujeres no respetan -nada --exclamó de nuevo doña Juanita. Rasgó la carta. Era un deber -de conciencia destruir el cínico papelucho. Pero anticipándose a -cualquiera eventualidad, con la mejor intención, quiso curarse en salud -por si Teófilo llegaba a saber que habían dejado una carta para él y -venía pidiendo la fementida carta. Doña Juanita determinó adelantarse -a decir a su hijo, tan pronto como este volviera, que una mujer había -venido a visitarle y no encontrándole en casa había dejado escrito un -billete, el cual estaba sobre la mesa de despacho del señor Guzmán; -luego echaría la culpa del extravío a Milagritos. No iba a ser Teófilo -tan suspicaz que presumiese nada malo de su propia madre. Con esto doña -Juanita pareció sosegarse. Se sentó en una butaca e insensiblemente -comenzó a dar cabezadas, dormitando. De pronto creyó oír un murmurio -en sus orejas que le avivó el seso y le hizo abrir los ojos con -sobresalto. Decía claramente el murmurio: «Creo en Dios y acepto lo -que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.» ¿Por qué no -había de creer en Dios aquella mala mujer? Doña Juanita pensó: «Mala -mujer, pero no tan mala como yo soy, sin ningún temor de Dios y ciega -a su alta justicia. Mejor mujer es que yo soy, pues ella me enseña la -resignación y el acatamiento a lo que no es sino castigo de nuestros -desvaríos. ¡Dios! ¡Dios! Este desamor, y aun yo dijera odio, que -Teófilo me tiene, ¿qué es sino justa sanción de mis pecados para con -él? Hijo mío de mi alma, hijo mío de mi alma, cómo me haces sufrir.» -La tribulación de doña Juanita se deshizo en lágrimas. Le acometió -la necesidad de orar y fue al cuarto de Lolita a postrarse ante San -Antonio y el Niño Dios. Maravillose de no hallar al santo en su lugar -acostumbrado. Giró la vista en torno, y viéndolo todo sucio, revuelto, -patas arriba, con aquella su infantil volubilidad, obra de sus muchos -años, dejando de lado por un momento sus congojas, murmuró entre -dientes: - ---¡Qué cabeza! ¡Qué criatura! ¡Qué desorden! ¡Qué leonera! Media tarde -y hay que ver esta habitación. ¡Piñones!... - -Sus hábitos de hacendosidad le indujeron a poner algún arreglo en -el menaje de Lolita. En el velador del centro parecíanse peines, -cacharros, potes de afeites y unturas y ovillos de pelos. Doña Juanita -tomó con el pulgar y el índice, a manera de pinzas, como quien coge un -bicho sucio, aquellos despojos de la cabellera de Lolita, hablando a -media voz: - ---Bueno; esto es ya guarrería. Se le iba a caer el cetro por tirar esta -pelambre en el cubo. - -Cuál no sería su estupor y espanto al ver al bendito San Antonio, -flotando panza abajo en las turbias aguas de aquel miserable recipiente. - ---¡Dios me ampare! ¡Qué sacrilegio! --suspiró la vieja santiguándose. -Pero se tranquilizó muy presto atribuyendo la fechoría a Milagritos. -Extrajo al santo del cubo, lo enjutó y reintegró a la rinconera; pero -no pudo devolverle el Niño Dios, al cual no pudo encontrar por más -vueltas que dio. Luego salió en busca de la niña a fin de echarle una -reprimenda y amonestarla para lo sucesivo. Milagritos estaba sentada -en el suelo, detrás de los hierros de un balcón, mirando la gente que -pasaba por la calle. Los ojos de la niña, color miosotis, cernidos por -grandes ojeras de violeta, volvíanse a mirar a las personas con amarga -e inmóvil intensidad. Era una niña que no reía nunca y hablaba raras -veces. Negó haber hecho tomar un baño a San Antonio, y por mucho que -doña Juanita le instó a que fuese buena niña, sincera, y confesase su -delito, la niña no se dignó responder una palabra más. En vista de -esto doña Juanita cedió en sus ardores pesquisitorios, y no teniendo -cosa mejor que hacer se sentó también a contemplar lo que pasaba en la -calle. Doña Juanita estaba muy nerviosa y la niña no apartaba los ojos -de ella. - ---¿Qué le pasa a usted, doña Juanita? - ---Miren el arrapiezo, qué fisgona. - ---¿Qué le pasa a usted, doña Juanita, que no se puede estar quieta? - -Sin saber por qué, doña Juanita se sentía al lado de Milagritos más -acompañada que no con las personas mayores. - ---Pues, estoy nerviosa, doña Marisabidilla. - ---¿Por qué está usted nerviosa? - ---No quiere saber poco la señorita Renacuajo. Pues estoy nerviosa -porque esta noche voy al teatro, y hasta que no llegue la hora, pues -estoy nerviosa --doña Juanita no acertaba con expresiones tan claras -como ella quisiera. - ---¿Y por eso está usted nerviosa? --Milagritos se levantó, se marchó y -volvió a poco con un reloj de sobremesa en las manos. Era una criatura -precoz. En el corto tiempo que había asistido a la escuela, de la cual -hubo de salir por delicada de salud, había aprendido a contar y a -leer--. ¿Cuántas horas faltan? --preguntó. - ---¿Qué hora es? - ---Las cinco. - ---Pues faltan cuatro horas. - -Milagritos abrió la tapa del reloj y con el dedo puso las manecillas en -las nueve. Dijo con firmeza, mirando de hito en hito a doña Juanita. - ---Ya puede usted ir al teatro. - -Doña Juanita se quedó aturrullada, como idiota. Balbució: - ---Hija mía... - ---Ya puede usted ir al teatro --repitió Milagritos, sin despegar los -ojos del rostro de doña Juanita y presentando el reloj, como prueba -incontrovertible de que era hora de ir al teatro. - ---Hija mía, el reloj marca el tiempo, pero no es el tiempo. El tiempo -es cosa de Dios; mejor dicho, no es cosa de Dios, porque Dios es -eterno. No sé cómo explicarme. - ---Si usted no quiere ir al teatro usted se lo pierde --dijo Milagritos -con gesto de desdén. Sentose en tierra y volviose a mirar a un hombre -mutilado de entrambas piernas, a la altura de medio muslo, que avanzaba -sobre los muñones por el medio de la calle, tañendo con singular -denuedo un cornetín de pistón. - -La vieja y la niña permanecieron sentadas y en silencio hasta después -de anochecido. - -Aquella noche Teófilo no vino a cenar. Después de la cena todos los -moradores de la casa, a excepción de Blanca y Milagritos, fueron al -teatro de los Infantes a presenciar el estreno de _A cielo abierto_. -Ocuparon un palco segundo. Díaz de Guzmán estaba en butacas. En la -sala, de tonos claros, luminosa y decorada con lujo, veíanse muchas -damas ricamente vestidas y no pocos caballeros con frac y _smoking_. - -Levantose el telón. La escena representaba unas Cortes de Amor, en -Provenza. Surgió del público un inequívoco susurro de admiración. En -efecto, el cuadro era deslumbrante y grato a los ojos, como tapiz de -Oriente. En el fondo del escenario, acomodada en trono de púrpura con -guirnaldas floridas, veíase a la Roldán, prestanciosa y patricia, la -cabeza erguida con grácil continente de majestad, el rostro ovalado en -dulce proporción, los ojos arábigos, profundos, sedeños, al aire la -pulcra y halagüeña sonrisa de un blanco de arroz. Incorporaba en el -drama la princesa Liliana de Rousillon. Hacían cortejo a la princesa, -al pie del trono, dos filas de hermosas señoras o azafatas, con túnicas -de joyante seda, las cuales, como las damas se rebullesen una que otra -vez, movían manso ruido de foresta o de agua entre guijas. Alongados -respetuoso trecho del trono, teníanse en pie un golpe de caballeros y -galanes, guerreros, juglares, poetas y hasta media docenita de bufones; -quiénes con calzas estiradas a la florentina, quiénes con breves -dalmáticas a usanza de París, de ellos con esclavinas y capuces, aquí -con armaduras y cotas de malla, acullá con la botarga histriónica. En -suma, que de aquel pintoresco y lindo concurso no podía por menos de -manar poesía a borbollones. Así se lo olió el público, apercibiéndose a -fruir del lírico festín. - -Un rey de armas, o cosa así, destácase del grupo de hombres y -prosternándose, declamó: - - Que el hada Felicidad - derrame, noble Princesa, - su dorada cornucopia, - de bienes y rosas llena, - sobre tus hombros gentiles, - sobre tu gentil cabeza. - Muchedumbre de galanes - por tu amor riñen contienda - de rimada pleitesía - a uso de la Gaya Ciencia, - y tus antojos atisban - antes que los labios muevas, - como el espía que escucha - con el oído en la tierra. - -Este romancillo inicial produjo muy buena impresión. La metáfora de -la cornucopia, que la mayoría de la audiencia entendió que aludía a -cierto linaje de espejos antiguos, y la del escucha con el oído pegado -a tierra, agradaron por su originalidad. - -A continuación, feroces guerreros y cortesanos galanes comenzaron a -_reñir contienda_, como había dicho el rey de armas, por un beso en -la mano de Liliana. Adelantábanse uno a uno a esgrimir sus armas, las -cuales si herían era muy dulcemente, pues las tales armas consistían -en baladas, tensiones, rondeles y otras diferentes especies de ataques -y escaramuzas poéticas. Los metros eran muy variados y sonoros, en -extremo musicales, como con acierto observaron algunos críticos, y -de acentos tan bien repartidos que convidaban a bailar un zapateado -por lo rotundo y enérgico del compás o sonsonete que tenían. «Estos -son versos, y cualquiera puede sentir que son versos», pensaban los -entusiastas. Un guerrero, que _aunque rudo y áspero como la crin del -león de los desiertos_, aspiraba, como bobo, a _ungir su braveza_ con -aquel minúsculo homenaje osculatorio en la mano de Liliana, salió a -recitar una canción que por la reciedumbre de los versos remedaba con -mucha propiedad el fragor y estruendo de las armas al entrechocarse -o un armario lleno de cachivaches que cae en tierra. Y no contento -con recabar para sí el osculatorio goce, comenzó a echar pestes en -alejandrinos contra los afeminados cortesanos, _parásitos de la mesa de -los magnates y polilla de las damas_, que de esta suerte los calificó -el terrible guerrero, y en particular contra los poetas, _que fuerzan -el corazón de las bellas con versos falaces e insidiosos_, no de otra -suerte que _el ladrón abre en la noche las puertas con ganzúa_. Esta -imagen fue muy encomiada. Pero nunca el bárbaro guerrero hubiera hecho -tal, porque salió de estampía Raymond de Ventadour, un trovador, a -quien Liliana, según era fácil observar, miraba con ojos zaragateros, -y en un rapto de inspiración vertida _en las ánforas helénicas de -los endecasílabos y en los pebeteros muslímicos de los heptasílabos_ -(insólitas calificaciones, disculpables en cuanto licencias poéticas) -encareció el divino papel de la poesía en el mundo, y cómo la voz de -los poetas era la voz del mismo Dios puesta en palabras bien casadas -que suenen la una con la otra, y abominó de la guerra y de todo -ejercicio corporal, prediciendo, como vate que era, que allá con el -rodar de las edades las letras triunfarían de las armas y la vida de -los hombres llegaría a ser en aquel lejano cabo de los tiempos tan -apacible, rítmica y tersa como un rondel de oro. En este punto sonó -la primera ovación en la sala. Tras de lo elevado vino lo burlesco o -satírico, y fue que Raymond de Ventadour improvisó un apólogo en el -cual establecía un parangón entre el pavo real o pájaro de Juno, con -los cien ojos de Argos en la cola, y el mocoso pavo común, o pavo de -Navidad. Era el primero, para los efectos de la sátira, el poeta; el -segundo, el guerrero, y más genéricamente el hombre bruto y vulgar. El -apólogo tenía un estribillo que decían a coro los seis bufones: esta -industria agradó mucho al público. En vista de lo cual, la hermosa -Liliana dio su mano a besar a Raymond de Ventadour, por donde el resto -de los muchos galanes postergados recibieron dolorosa llaga en su amor -propio y salieron mascullando palabras enconadas; pero más que todos el -terrible guerrero, quien, con extraña voz que del público pudiera ser -oída y no de aquellos que se hallaban más cerca de él en el escenario, -juró para sus crines de león que se había de vengar, y con esto se -inició el conflicto dramático. En un periquete quedaron solos Liliana y -Raymond; dijéronse mutuamente que se amaban hasta no más; pero Liliana, -mujer al fin, mostrábase un poco displicente y recelosilla. Preguntole -el Trovador a qué venían aquellas bobadas, si bien él empleó otros -términos más galanos y melifluos, y Liliana respondió que no estaba -muy segura aún del amor de su Ventadour y que le exigía una prueba -concluyente. No una, mil pruebas estaba dispuesto a darle el apasionado -Raymond, y así rogó a su dama que cuanto antes echase por aquella boca -lo que quisiera mandar. Entonces Liliana, muy zalamera y con la mayor -naturalidad del mundo, dijo que se trataba de una cosa muy sencilla, o -sea, darse un paseito a pie hasta Tierra Santa, besar el santo sepulcro -de Nuestro Señor Jesucristo y luego volver a recoger el premio. El -premio, ¡qué premio!, consistía en holgarse cuanto le viniera en gana -con la hermosa señora de Rousillon. Cierto que Liliana estaba casada; -pero, aparte de que el señor de Rousillon era un viejo imposible -(Teófilo quiso pintar a don Sabas), en la Provenza de aquellos tiempos -es cosa sabida que se hacía abstracción completa de los sagrados -derechos del marido. De aquí que las señoras que se encontraban en el -teatro calificaran de poético sobremanera el medio ambiente que el -autor había elegido para su drama. Oír el simpático Raymond el deseo -de su amada y ponerse en camino para Palestina fue todo a un tiempo. -Viósele perderse a lo largo de un jardín que detrás de un rompimiento, -en lo más profundo del escenario, había, y Liliana, melancólicamente -reclinada en una columna de mármol, le seguía con los ojos. Fue -una escena muda enternecedora. Algunas señoras derramaban lágrimas -considerando el acerbo trance en que la princesa se encontraba, con un -marido viejo y un amante que va de paseo a pie camino de Tierra Santa, -y ansiaban con toda su alma que la princesa volviese de su resolución, -y, llamando hacia sí a Raymond, comenzaran a holgarse cuanto antes, -puesto que él se lo tenía bien merecido, y además, en este mundo el -fandango que se pierde no se vuelve nunca a bailar. Pero Liliana -permaneció muda e inmóvil hasta que Raymond desapareció, y en aquel -punto, con voz sobrehumana, melodiosa y nocturna, porque más que voz -parecía la suya un retazo del aterciopelado azul de una noche serena -que se hubiera transmutado en sonido, se puso a plañir una balada. El -público experimentó un escalofrío de emoción. La primera estrofa de la -balada tenía el consonante en _ía_: - - Tras de tu airón yo me iría, - tras tu canto-hechicería - que trueca la noche en día, - y la sombra en armonía, - y el desierto en lozanía - de rosas de Alejandría. - Tras de tu airón yo me iría, - trovador del alma mía, - cisne del ala bravía... etc., etc. - -y nunca concluía. Este agudo artificio poético, semejante, salvando -diferencias de naturaleza, al del clown que se despoja sucesivamente -de innumerables chalecos, o al del prestidigitador que extrae del -buche kilómetros y kilómetros de multicolores cintas, si bien sería -más exacto compararlo a una concha que encerrase un racimo de perlas -unánimes, o a un armiño que tuviese tantas pellejas superpuestas como -capas tiene una cebolla; este sorprendente artificio, decimos, deleitó -por extremo al público. El deleite a cada nuevo _ía_ se acrecentaba -hasta trocarse en verdadera angustia, aunque sabrosa, que obligaba a -los espectadores a ir levantándose paulatinamente de los asientos, -a golpes de consonante, y después del último verso volviéronse a -sentar de sopetón, divinamente conturbados y desfallecidos, como mujer -ardiente que ha sido gozada muchas veces en corto tiempo. - -La segunda estrofa aconsonantaba en _on_, y era la misma canción: - - Me iría tras de tu airón, - tras tu canto-anunciación, - que encinta a la creación - con luz viva de ilusión... etc., etc. - -La tercera estrofa tenía el consonante en _aba_, y nunca se acababa; -esto es, parecía no acabarse nunca, como sus hermanas mellizas. Pero -se acabó, y con ella el acto. La ovación fue inenarrable. El público -requirió la presencia del autor en el escenario, y, en viéndole -aparecer, los aplausos se acercaron al frenesí. - -La gente salía a los pasillos tiritando de entusiasmo. - ---¡Qué poeta! ¡Qué bárbaro! --se oía de un lado a otro. - -Algunos traían pegado aún al oído el triquitraque de la última balada, -y sin poderse reprimir arrancaban a manotear y declamar: _Tras de -tu airón yo me iría_, remedando, en la medida de sus respectivas -facultades, la bella voz y aterciopeladas inflexiones de la Roldán. - -Pero nunca faltan seres malévolos y descontentadizos. Uno de estos, don -Alberto del Monte-Valdés, a grandes voces, como de costumbre, declaraba -sin empacho que la obra era un adefesio y que aquella ya famosa balada -_de los ías, ones y abas_ hacía pensar en un borrico dando vueltas a -una noria. Un caballero entrecano y barrigudo que andaba por allí cerca -fumando un cigarro con la anilla puesta se acercó en actitud hostil a -Monte-Valdés, y dijo: - ---Eso hay que probarlo --sus ojos estaban anublados aún por el éxtasis -pimpleo. - ---En primer lugar, este acto que hemos visto no tiene ningún carácter -provenzal: defecto imperdonable, sobre todo si se tiene en cuenta que -con solo leer el libro de Nostradamus acerca de los poetas provenzales -se adquieren cuantos datos se pueden apetecer para reconstruir la época. - ---Paso porque Paternoster o Nostradamus no sea un camelo y que la obra -no tenga ambiente, que para mí lo tiene y grande --como si el ambiente -fuera a la obra artística lo que la nariz al rostro humano--. ¿Qué me -dice usted con eso? --habló el caballero barrigudo. - ---En segundo lugar --continuó Monte-Valdés sin conceder atención al -interpelante y enarcando mucho las cejas--, el conflicto dramático es -absurdo, según los usos y la sensibilidad de aquella edad, que pudiera -llamarse la edad del cuerno. El código del amor, compuesto por numerosa -corte de damas y caballeros, código del cual nos da noticia André el -capellán, estipula en su trigésimoprimero y último artículo que nada -impide que una mujer sea amada por dos hombres y un hombre por dos -mujeres, _unam feminam nihil_... - ---Camelos, no --atajó el caballero barrigudo. - ---Es absurdo, repito, y ridículo suponer que un caballero provenzal -jure vengarse de un poeta porque este haya sido preferido en el amor -de una dama. Contiendas de este linaje nunca las hubo en Provenza. En -tercer lugar, todas las metáforas e imágenes de la obra son lugares -comunes retóricos, palabras sin contenido ni valor plástico, _como la -crin del león, cisne del ala bravía_, cuando me consta que Pajares no -ha visto en su vida un león, ni el paralítico del Retiro, ni un cisne, -porque en el Pisuerga ni en el Esgueva hay cisnes, sino palominos, como -Góngora asegura. - ---Todo lo que usted dice son apreciaciones críticas más o menos -respetables. Pero lo que yo le preguntaba a usted era que nos hiciese -notar los desatinos de la obra. - ---En falange. Por lo pronto, aquel grotesco parangón entre el pavo real -y el pavo común. La obra se supone que acontece por los siglos XII o -XIII. Pues bien, el pavo común nos ha venido de América, de tierras de -Nueva España, las cuales fueron descubiertas, como todos saben, el año -de gracia de 1518, y en cuya conquista tomó parte un antepasado mío. -Es decir, que un poeta provenzal versifica sobre el pavo común nada -menos que tres siglos antes de ser conocida en Europa esta suculenta -gallinácea. - ---¿Y eso lo sabe usted acaso --interrogó el caballero barrigudo, con -sorna-- directamente por su antepasado? - ---Lo sé como lo sabe cualquiera que no sea mestizo de cretino e idiota. -La primera mención que se hace del pavo común está en el libro de -Oviedo, _Sumario natural de la historia de las Indias_, y él lo llama -pavogallo, y explica las diferencias que lo separan del pavo real o -pavón. Además, en todos los libros clásicos se le llama pavigallo: es -cosa archisabida. - -Como siempre que Monte-Valdés hacía una cita pintoresca, los oyentes se -quedaban en la duda de si las inventaba él mismo según la discusión lo -requiriese: con tanto gracejo y oportunidad las enjaretaba. - ---Aunque así sea, señor; en toda obra poética hay siempre -convencionalismos lícitos que ni dan ni quitan al mérito de la obra --y -el caballero barrigudo se apartó del corrillo que presidía Monte-Valdés. - -La decoración del segundo acto representaba la cubierta de un buque de -vela. Raymond vuelve por mar a Marsella, porque el viaje de regreso -no era obligatorio a pie; así se lo había dicho Liliana antes de la -partida. No ocurre nada a bordo, sino que cuándo un marinero, cuándo -el piloto, ahora el contramaestre, luego Raymond, tienen algo que -decirle al mar. Raymond se lamenta de la pereza de los vientos: él -quisiera que inflasen las velas _con tanta violencia como la pasión le -hinche a él el pecho_. Los marineros refieren historias de piratas. Y -como en hablando del rey de Roma luego asoma, un vigía grita: ¡Buque -a la vista! Y el público se cala al instante que es un buque pirata. -Como por arte de encantamiento el buque misterioso se les viene encima -a los cristianos. _Es una fusta o pequeña embarcación, famélica loba -de los mares._ _Son piratas_, ruge el piloto. La fusta se acerca. Los -cristianos carecen de armas. Sensación. Abordaje. Raymond, aunque -poeta, lucha bravamente. En balde. Los piratas apresan la embarcación -cristiana. Aparece el caíd pirata, y resulta no ser otro que aquel -caballero del primer acto, rudo como la crin del león, el cual había -renegado de la fe de Cristo y salido a correr aventura domeñando los -mares. Esta aparición era un poco dura de pelar, pero, como decía -con sumo tino el caballero barrigudo, hay en los dramas en verso -convencionalismos lícitos en cuanto a la acción, una vez que se ha -aceptado y digerido una sarta de _ías_, una retahíla de _ones_ y un -celemín de _abas_. Pero faltaba aún el rabo por desollar. Y fue que -Liliana en persona surge de la embarcación pirata. ¿Estaba acaso -cautiva? Cautiva en las redes de amor de Lotario, que este era el -nombre del antiguo caballero y ahora pirata. Liliana dice con todo -desparpajo que el mundo es de los fuertes, y que por encima de la ley -de Cristo, que es una ley para esclavos, está la ley eterna, la ley -natural. Raymond castiga ejemplarmente estas bachillerías arrojando -a la cabeza de la ingrata y de Lotario unos cuantos endecasílabos -de punta. Segunda ovación, tan calurosa como la del primer acto. El -público convenía en que el segundo final era un tanto efectista, pero, -se añadía, el teatro es siempre efectismo. - -En el entreacto Guzmán subió al saloncillo a dar su parabién a -Teófilo. Esperaba encontrarle radiante de alegría, esponjado con -esa saturación plenaria, jovial y un poco insolente que da de sí -el orgullo satisfecho. Teófilo parecía estar contento, pero no en -proporción con el triunfo que había obtenido. Atestaba el saloncillo -nutrido contingente de escritores y aficionados a las letras, los -cuales oprimían la mano del poeta con simulada efusión y cordialidad, -desmentidas por involuntaria tristeza de los ojos. Cuatro o cinco -poetas imberbes daban señales de entregarse al entusiasmo sinceramente, -sin la bastardía de ningún otro sentimiento deprimente e inconfesable. -Pero parando un poco la atención en ellos, se echaba de ver que -su entusiasmo participaba en mayor grado de la vanidad que de la -admiración desinteresada. Pertenecían a la misma escuela poética, o -como se la quiera llamar, de Teófilo, y el éxito del drama era para -ellos empeño del amor propio. - -Poco a poco, los admiradores se fueron marchando, porque no tenían -nada que decir espontáneamente en elogio del drama y, aunque muy por -lo nebuloso, sentíanse mal a gusto y como rebajados en la vecindad del -poeta triunfante. Quedaron tan solo sentados en divanes que corrían en -torno del saloncillo los más amigos de Pérez de Toledo, primer actor y -empresario de la compañía. Presidía este la reunión, en pie y dando la -espalda a una chimenea sin lumbre, vestido de trovador, con el cráneo -muy erecto, astuta expresión de afabilidad burlesca, y la cínica nariz -respingada, como venteando un leve humillo de cosa ridícula que flotaba -en el aire. Era un hombre de gran finura intelectual, a quien estorbaba -para ser insuperable actor, aparte de cierta deficiencia de facultades, -el ser casi siempre superior a los autores y obras que representaba, -de manera que no podía tomar en serio los unos ni las otras, si bien lo -disimulaba con arte sobremanera sutil. Complicaba el trato social con -mil fórmulas y agasajos de exagerada cortesanía y, al propio tiempo, -su sarcástica cabeza de Diógenes revelaba estar en el gran secreto -filosófico de que el mundo de las ficciones no muere allí donde se -acaba el tablado histriónico. Era muy hábil en el manejo de la ironía, -o, como se dice en el lenguaje vernacular, tomaba el pelo a la gente -sin que la gente se enterara. - -Un crítico, que tenía una fama y unas orejas detestables (una y otras -de asinidad definitiva), habló así: - ---Estamos en unos tiempos de claudicaciones, transacciones y -corruptelas vergonzosas. - ---Vamos a ver, don José, que sepamos por qué son estos tiempos tan -claudicantes y transitorios --dijo Pérez de Toledo. - ---¿Le parece a usted, Alfonso? ¿No se ha enterado que mañana debuta -en el teatro del Príncipe, un teatro serio, esa cupletista llamada -Antígona? Es una claudicación vergonzosa. Si levantara la cabeza -Calderón, o Lope, o Tirso... - ---Esa tal Antígona es tan rica hembra que sería muy capaz de -conseguirlo. Ya ve usted con don Sabas... --comentó un joven -periodista, induciendo al concurso a reirse, con gran sorpresa del -crítico, quien preguntó: - ---Conseguir, ¿qué? - ---Lo que se proponga, don José. - ---Estamos en la edad de la sicalipsis, está visto --concluyó el crítico. - -Generalizose la conversación acerca de Rosina; casi todos tenían algún -dato o noticia que comunicar, y así se vino a saber que Rosina era una -de las más fulgentes estrellas del género ínfimo, mimada y disputada -por el público europeo; que el empresario del teatro del Príncipe le -pagaba setecientas pesetas diarias por cantar tres cuplés; que estaba -aquella noche presenciando el estreno y aplaudía con vehemencia; que -don Sabas, ¡habráse visto descoco!, no se había recatado en ir a -visitarla a su palco, y, a lo que se decía, procuraba reanudar ciertas -viejas relaciones; pero Antígona no aceptaba el envite del caduco -político, pues era de clavo pasado que había repelido pretendientes y -proposiciones fabulosos, hasta de príncipes rusos, porque, al parecer, -tenía un apaño (_está metidísima_, _está enchuladísima_, fueron dos -de las expresiones empleadas para definir este punto) con un hombre -verdaderamente interesante. Al llegar aquí la conversación recayó sobre -el hombre interesante. Había sido hércules de feria, muy guapo; luego -cómico en una compañía de poco pelo. - ---Alto ahí --cortó don Bernabé Barajas, que estaba presente--. La -compañía no era de poco pelo. Yo fui empresario. Íbamos a hacer una -turné por los pueblos de la provincia de Teruel. Por cierto que -Fernando (este es su nombre) mostraba felices disposiciones para el -arte. De manera que lo que ahora es a mí me lo debe, que yo le enseñé -los principios esenciales del arte escénico. - ---¿Y es tan guapo como dicen, don Bernabé? --inquirió Pérez de Toledo. - ---Eso, ¡guapísimo! No me extraña que esa golfa esté pirrada por él ---respondió don Bernabé, con no poca exaltación estética. - -Prosiguió la información colectiva. En París, Fernando había comenzado -a cultivar un género nuevo de arte que quizás fuese el arte del -porvenir, un arte mestizo de arte escénico y de acrobatismo, para el -cual se requieren condiciones excepcionales; en suma, que se había -hecho actor cinematográfico, peliculero, y el famoso Dick Sterling, -cuyas muecas, desplantes, brincos y fortaleza reía y admiraba el mundo -entero, no era otro que el amante de Rosina. - -Después de esto se entabló una discusión acerca de si el cinematógrafo -es arte o no. Los pareceres se dividían. Unos aseguraban que en -corto plazo absorbería al teatro. Otros sostenían que eran dos cosas -diferentes, sin concomitancia ninguna. Un dramaturgo catalán, de luenga -guedeja entrecana, expuso que a él el cinematógrafo le parecía más -dramático que la representación oral, y que podía asegurarse no ser -bueno un drama que, despojado de gárrulos parlamentos y reducido a sus -simples elementos de acción cinematográfica, no conmoviese al público. -Sonaron en esto los timbres para el tercer acto de _A cielo abierto_ -y corrieron todos a ocupar sus localidades, dejando a Teófilo con una -sombra funesta diluida sobre el semblante. - -La decoración del tercer acto era la misma del acto segundo. Los -piratas habían abandonado la fusta para adueñarse de aquella otra -embarcación más holgada y marinera. Lotario demuestra con creces -lo que todos habían sospechado de él; esto es, que era un salvaje -sanguinario y vengativo. Hace dar tormento a Raymond, el cual lo sufre -con maravillosa entereza, expeliendo toda suerte de metros y rimas en -lugar de lamentos. Los piratas se sienten sobrecogidos ante la grandeza -moral del trovador, y la carcoma del remordimiento comienza a roer los -livianos sesos de la hermosa renegada. Esta siente su ánimo combatido -por dos encontrados sentimientos. Ya no sabe si ama a Lotario o si ama -a Raymond, y en la duda se dirige a las murmuradoras ondas pidiéndoles -que le den la clave del enigma. El público experimenta gran ansiedad -y se pregunta, ¿cuál triunfará al fin? Las cosas se complican. Los -piratas presumen que una religión que infunde tan recio valor en el -pecho de sus creyentes debe ser la verdadera religión. La gracia les -está haciendo sus primeros toques delicadísimos. Hay entre ellos un -torvo renegado que no logra hallar paz para su conciencia, el cual, -por hacer obra meritoria a los ojos de Cristo, induce a sedición a la -marinería. El horizonte está preñado de luctuosos presagios. Estallan -las primeras chispas de la sedición. Lotario se mesa las barbas y -vomita alejandrinos truculentos. Raymond apacigua a los levantiscos, -hace una invocación al mar, comparándolo con la turbulencia amarga -de su propio corazón y con la infinitud de Dios; dice que perdona a -Liliana, y a Lotario le ruega que la haga feliz; pone una pausa, y sin -decir oste ni moste se arroja al mar. Este trágico final fue premiado -con una nueva ovación. - -El drama tuvo un epílogo. La escena simulaba el claustro de un convento -de monjas. Tañidos de campanas, dulces gangosidades litúrgicas, etc., -etc. Liliana ha profesado con el nombre de sor Resignación. Sale al -claustro. Se siente enferma y a punto de morir. Informa al público de -que Lotario era un bruto que le dio muy malos tratos y la abandonó por -una agarena de tez lustrosa y ojos diabólicos. Asegura que en el fondo -de su alma nunca amó sino a Raymond. Sor Resignación va cogiendo rosas -y luego arrojándolas en los arroyuelos del jardín; se queda pensativa -viendo aquellos _cadáveres de rosas en féretros de espuma_. De la -propia suerte, su alma huye camino de la eternidad. La voz se le apaga -y expira, en verso, lentamente, entre el tañido de la campana y la -canturria nasal de las otras monjas. Bello epílogo. En el público se -veían muchos ojos empañados por las lágrimas. - -Cuando terminó el drama, Travesedo dijo a doña Juanita: - ---Ya estará usted contenta, señora. - -Doña Juanita se echó a llorar. - ---Sí, sí, comprendo. La cosa no es para menos. - -Doña Juanita balbució: - ---Los días más solemnes de mi vida han sido el de hoy y el día -en que Teófilo hizo su primera comunión --doña Juanita temblaba -extraordinariamente. - -El teutón, que tenía un alma susceptible de inopinados y fatales -ímpetus románticos, abrazó a la vieja. Estaba enternecido y repetía que -Teófilo era un Schiller. - -Travesedo condujo a casa a la madre de Teófilo en un coche de punto. -Ya en casa, como doña Juanita temblara más de lo regular, Travesedo le -aconsejó que tomara tila y se metiera en la cama. - ---¿Meterme yo en la cama hoy sin haber besado a mi hijo? No piense -usted locuras. - ---Es que lo más probable, señora, será que los amigos le entretengan -hasta las mil y quinientas. - ---Aunque le entretuvieran mil y quinientos años. Yo no me acuesto. - -Antonia preparó tila para doña Juanita, y esta, después de ingerir la -poción fue a encerrarse en el cuarto de Teófilo, y sentose junto a un -balconcito, a esperar. Apagó la luz. Estaba acongojada. Lloraba con -frecuencia, se retorcía las manos y murmuraba: hijo de mis entrañas. -Así transcurrieron varias horas. Oyose angustioso llanto de mujer. -Doña Juanita se puso en pie, con sobresalto; abrió los ojos y tendió -el oído. En el marco del balcón, por detrás de los tejados fronteros, -levantábase un vaho lechoso y húmedo que iba deslustrando la luz de las -estrellas. Amanecía. La anciana escuchó. Era Lolita quien lloraba, con -infinito desconsuelo y requiriendo a gritos a Antonia. Acudió diligente -doña Juanita en socorro de Lolita. Llamó en la puerta de la habitación -y preguntó: - ---¿Qué le ocurre, señorita Lola? ¿Puedo entrar? - ---Sí, sí, adelante doña Juanita. ¿Por qué se ha molestado usted? ---Lolita no cesaba de llorar--. Es que llamaba a Antonia para que me -quitase las botas, que me aprietan mucho. Además me han dado _mico_ ---diose cuenta que había expulsado involuntariamente una palabra -vitanda, de las prohibidas por Travesedo, y con el sobresalto que esto -le originó olvidose de llorar. - -Doña Juanita no estaba para detener la atención en cosas de tan poco -momento como la emisión del vocablo _mico_, porque le traía asombrada y -absorta el ver a Lolita vestida de pies a cabeza, con traje de calle, -a tales horas. Grande fue el aturdimiento de la señora; pero no tanto -que le impidiese oír un sonoro ronquido varonil, y, como volviese la -cabeza para averiguar de dónde venía, descubrió al teutón durmiendo -panza arriba y con la boca abierta en el lecho de Lolita. Lolita, de -su parte, creyó perder la razón. En su cerebro se agitaba la sombra -iracunda de Travesedo, denostándola y plantándola de patitas en la -calle. - ---Soy inosente, doña Juanita; créamelo usté, por estas. Er pobresiyo -viene acá toas las noches, porque dende que apretó la caló su cama está -cuajadita de chinche y no pué dormí en eya. Pero le juro a usté, por -la gloria de mi mare, que no me ha tocao entavía, lo que se yama ni -tocarme. Ahí lo tiene usté toa la noche durmiendo como una criatura, o -mejó, como un serdito --y así era la verdad. Lolita quedó satisfecha -con su explicación, que ella juzgaba compatible con las más estrechas -leyes de la honestidad, y doña Juanita salió de la alcoba sin saber qué -decir ni qué pensar. - -En la caja de la escalera sonaba runrún de voces masculinas. Doña -Juanita reconoció a su hijo y al señor Guzmán. Salió a abrir la puerta. - - * * * * * - -En el saloncillo de Pérez de Toledo se sostenía a diario una tertulia -íntima hasta muy avanzada la noche. El día del estreno, Teófilo no -pudo dejar el teatro hasta la tres de la mañana. Salió en compañía de -Guzmán y de los poetas imberbes, sus secuaces. Uno de estos propuso -celebrar el éxito con champaña en _Los Burgaleses_. En el restorán -fueron a guarecerse en un gabinete reservado. Los jóvenes poetas se -mostraban muy expansivos y locuaces. Teófilo no desplegaba los labios. -Alberto observó que en la frente de su amigo destacaba aquella robusta -vena negra que según las tradiciones mahometanas precedía a los accesos -coléricos del profeta. Los jóvenes poetas llegaron a cansarse del -ensimismamiento del ídolo, que ellos atribuían a engreída embriaguez -del triunfo. Deshízose pronto la reunión, no sin que uno de ellos -murmurase al oído de Alberto, según bajaban las escaleras: - ---No hay nada más difícil que escoger un sombrero nuevo de modo que no -le vaya a uno ridículo o le mude la cara. Pues si esto ocurre con los -sombreros, que los cambiamos a cada tres por cuatro, ¿qué será con la -corona o la diadema cuando uno se la pone por primera vez? También es -verdad que hay pocas diademas hechas a la medida de la cholla que las -ha de lucir. ¿Ha visto usted este pobre hombre, qué fatuo, qué estúpido -se ha puesto? Pues la cosa no es para tanto. - -En estando a solas Teófilo y Guzmán, este propuso tomar un coche de -alquiler para ir a casa. Teófilo se negó. - ---Piensa que tu madre te estará esperando, de seguro. - ---No voy a casa, no voy a casa; no te molestes. Voy a pasear por las -calles. Si quieres me acompañas, y si no, me dejas. - ---Te acompaño. ¿Adónde vamos? - ---A la ventura. - -«Algo grave le ocurre a Teófilo», pensó Alberto. Y así como a veces -se alivia un gran dolor provocando otro distinto, creyó distraer a -su amigo de aquellas negras cavilaciones hiriéndole su amor propio -profesional, su vanidad de poeta. - ---¿Quieres que te diga sinceramente, de amigo a amigo, lo que me parece -tu drama? - -Teófilo no respondió. - ---¿Me escuchas? Porque si no me escuchas te dejo solo. - -Teófilo agarró un brazo de Guzmán y dijo con voz suplicante: - ---No me dejes solo. Habla, que te escucho. - ---Tu drama me parece estúpido. --Pausa. Teófilo no se dio por -entendido. Añadió--: Palabras, palabras, palabras. Tus versos no son -versos ni cosa que se le parezca, sino rimbombancia y estropajosidad; -suenan mucho, pero suenan a hueco. A mí me hacen el efecto de estar -comiendo bizcochos secos, amarillos, sin jugo, que no hay quien se -trague doce seguidos a palo seco --Alberto sintió una leve presión en -su brazo. Pensó: «Esto va bien»--. Por supuesto, no se te puede echar -a ti toda la culpa, antes bien a la tradición poética española, la -tradición del verso tónico, que nunca ha sido verso, sino corrupción -nacida de los cantos de la soldadesca, de la marinería y de las -personas iletradas, gente de áspero oído. ¿Qué será que los españoles -no abren la boca sino para caer en el énfasis, la ampulosidad, la -garrulería? Es cosa vieja y presumo que será eterna. Ya Cicerón -vituperaba en los latinistas españoles el _aliquid pingue_, un algo -pingüedinoso, inflado. A uno de los grandes predicadores españoles, -San Dámaso, se le llamaba _Auriscalpius matronarum_, cosquilleador -de orejas femeninas. De tu drama podía decirse lo propio. No vayas a -creer que me ensaño en tu drama: no lo considero mejor ni peor que la -mayor parte de los dramas y comedias de nuestro teatro clásico. Y, sin -embargo, todo esto que te digo, con la conciencia de que es la pura -verdad, no impide que, mirándolo bien, en los entresijos de tu drama -se advierta algo escondido, hondo, a manera de resaca que le sobrecoge -e inquieta a uno. ¿Qué es ello? Es algo que también corre y muge por -debajo de toda la literatura española, aun de sus obras más áridas y -tediosas. Recuerdo que un día me dijiste que las dos inspiraciones -matrices de tu drama te vinieron de aquel marinero ciego y de aquel -desdichado suicida. La primera, y permite que traduzca en una frase tus -sentimientos a ver si doy en el quid, la primera, se pudiera llamar -aspiración a lo infinito; la segunda, conciencia del fracaso y su -amargura consiguiente. La primera es nada menos que el deseo de subir -hasta Dios y codearse con él; la segunda, descubrimiento tardío de que -por pretender lo demasiado hemos descuidado lo preciso, y que sin haber -llegado a dioses ni siquiera nos hemos hecho hombres. Dijérase que -toda la literatura española, y aun el carácter español, están cuajados -en estas dos normas sentimentales. Y hay que ver, por lo que atañe a -la primera, o aspiración desapoderada de lo infinito, que si es muy -intensa lo es precisamente por la vaguedad del concepto de lo infinito, -como a ti te ocurre con el del mar, que lo has recibido a través de -un ciego que no tiene de él sino el recuerdo. Cuando veas el mar por -primera vez vas a sufrir una gran desilusión. En suma, que comencé -echando pestes de tu obra y vengo a parar en que hago de ella no flojos -elogios. - -Teófilo no respondió. Caminaron cerca de una hora en silencio. - ---¿Qué te pasa? --preguntó Alberto. - ---No sé lo que me pasa. No puedo discurrir, no puedo hablar. Tengo -toda la sangre en la cabeza --su voz era ronca y salía en coágulos. -Atenazaba nerviosamente el brazo de su amigo. - ---Teófilo, dime lo que te ocurre. Te ruego que te confíes a mí. No -puedes dudar de mi cariño. Trataré de aliviarte de tus pesadumbres lo -mejor que pueda. Aquel viejo amor ¿te hace sufrir aún? ¿Es eso? - ---No, no es eso. Es decir, claro que es eso. Pero son otras cosas. -¿Cómo te lo voy a decir, si yo mismo no lo sé? Nunca me he sentido más -desamparado, empequeñecido e impotente, más inútil para la vida, más -hombre frustrado que hoy, después de eso que llaman mi triunfo. ¿Lo -comprendes tú? Pues tampoco yo lo comprendo. Es una voz irracional y -frenética que me grita dentro de la cabeza: «Estás perdido.» Eso que -has dicho acerca de esos dos sentimientos me parece que tiene mucho de -verdad; pero hay tantas, tantas cosas además, por encima, por debajo -y alrededor de lo que tú has dicho. ¿Y sabes en lo que se resuelven -aquellos dos sentimientos? Se resuelven en otro sentimiento bárbaro, -desmesurado, avasallador... de odio a mi madre. ¿No es monstruoso? --la -voz de Teófilo se quebró como si fuese a llorar. Alberto no respondió. -Repitió Teófilo--: ¿No es monstruoso? Desde que ella vino de Valladolid -comencé a sentir una aversión latente que me horrorizaba. Esta noche la -adversión se ha convertido en odio: no lo puedo remediar. La culpa no -es mía, la culpa no es mía. ¿Crees que es mía la culpa? - ---No, claro que no. Ahora sosiégate. - ---Vamos a casa. Está amaneciendo. Tengo necesidad de reposo. - -Guzmán pensó: «Doña Juanita se habrá cansado de esperar y a estas horas -estará durmiendo como una bendita.» - ---Tomaremos un coche, si te parece --habló Guzmán. - ---Sí; como tú quieras. - -Muy cerca de ellos estaba parado un simón abierto. El rocín macabro, en -los puros huesos, contemplaba con tristes ojos el albear del cielo. El -cochero dormía sentado en el piso del coche con los pies en el estribo -y la cabeza caída sobre el asiento. - -Durante el trayecto ninguno de los dos amigos desplegó los labios. -En la caja de la escalera flotaba un vapor grisáceo, melancólico y -soporífero como sensación de convalecencia. Un pájaro cantó. - ---Es algo aquí, en semejante parte --murmuró Teófilo, señalando la -base de la caja torácica--. Algo que me ahoga, que me arrebata, que me -enfurece --añadió, levantando la voz y crispando los puños. - ---Habla bajo. - ---Es algo aquí, como una espada mohosa que me atravesara. Siempre lo -he sentido, desde que era niño; pero hoy más fuerte que nunca. Es -algo anterior a mi vida, ¿entiendes?, como el recuerdo de una mala -sangre que me hubiera engendrado, ¿entiendes?; es algo que me ha hecho -desgraciado sin que yo tenga la culpa, ¿entiendes? - ---No te entiendo, porque eso son locuras. Hazme el favor de callar o de -bajar la voz. - -Cuando se acercaban al segundo rellano, la puerta se abrió, -apareciendo, entre la luz incierta de la matinada y a medias disuelta -en la penumbra, la figura de doña Juanita, quien dijo, con voz cansada -y amorosa: - ---Hijo de mis entrañas. - -Teófilo hubo de apoyarse en Guzmán para no dar en tierra. Con acento -estrangulado de ira o de pavor, bramó: - ---¿Sueño? Apártate de mí, sombra maldita. - -La anciana avanzó un paso y su lóbrego cuerpo destacó sobre el gris -caótico. - ---¡Hijo! ¡Hijo! --La primera exclamación fue de estupor, la segunda de -manso reproche. - ---Apártate de mí, odiosa criatura; apártate, apártate que no te vea, -porque te desharé entre mis manos --y Teófilo forcejeaba por desasirse -de los brazos de Alberto. - -Doña Juanita se perdió, huyendo, en el seno de las tinieblas. Guzmán -retuvo unos minutos a Teófilo y luego le condujo a su alcoba. En -estando dentro de la estancia, el poeta se desbordó en manifestaciones -de violenta rabia. Hacía añicos cuanto encontraba por delante, emitía -sonidos sordos y palabras incoherentes, y de pronto comenzó a saltar -y a correr como loco en torno al aposento. Por último, se dejó caer -en la cama boca abajo, hundió la cabeza en la almohada y así estuvo -unos minutos. Incorporose súbitamente, y con desvariados ojos se quedó -mirando a Guzmán, que estaba inmóvil en el centro de la habitación. - ---¿Eres un hombre? ¿O eres una estatua de piedra? ¿Qué haces? ¿Qué -miras? ¿Qué piensas? ¿Qué dices? ¿Sonríes? Dame tu corazón de bronce; -muéstrame cómo he de llegar a tu indiferencia e insensibilidad. - ---Ea. Ahora acuéstate y haz por dormir --Guzmán estrechó la mano de su -atribulado amigo y salió en busca de la madre, a quien imaginaba más -atribulada aún. - -Estaba la señora en su aposento, sentada, y, según las señales -exteriores, muy tranquila. Antes de que Alberto abriera la boca, doña -Juanita se adelantó a hablar: - ---No se moleste usted en consolarme, señor de Guzmán. Le agradezco su -buena intención; pero en este caso no necesito consuelo. - ---Es que... - ---No, no; ni una palabra. Las cosas del alma son harto sutiles, señor -de Guzmán, para que los hombres las entiendan. Solo incumben a Dios, y -Dios sabe lo que se hace. Retírese a dormir que ya es tarde y déjeme a -solas. ¿No ve usted que estoy serena? De todas suertes, muchas gracias -por su solicitud. Buenas noches. - -Guzmán se retiró pensando: «Nunca sabemos nada de nada.» - -Al día siguiente doña Juanita salió para Valladolid. - - - - -VIII - - -Una mañana estaba Guzmán todavía en la cama, leyendo _Las Moradas_, de -Santa Teresa, cuando la ventruda Blanca penetró en la habitación con -un gran sobre color espliego, perfumado de violeta. Decía la carta: - - _Querido Alberto: pásate por mi hotel cuanto antes mejor. Tengo que - comunicarte una cosa que te hará la mar de gracia. Estupendo, chico, - estupendo. Un caso de vocación; pero qué vocación. ¿Quieres venir a - almorzar conmigo? Tu amiga_, - - ROSINA. - -Se levantó y a gritos desde la puerta pidió agua caliente para -afeitarse. A poco se presentó una monja vieja, con el cacharro de agua -caliente. - ---Buenos días, sor Cruz. - ---Buenos días nos dé Dios. ¿Se ha dormido bien? ¿A qué hora hemos -venido anoche? Esta juventud... Ya me lo dirán ustedes cuando se hagan -viejos y se acerque el momento de la muerte... - ---Vaya, vaya, sor Cruz. No me amargue el día dándome a desayunar ideas -tristes. - ---¿Qué estaba leyendo usted ahí? Cualquier libro empecatado, como si lo -viera --sor Cruz se acercó a curiosear en la mesa de noche--. Un libro -de Santa Teresa. ¡Válgame Dios! ¿Un herejote lee estas cosas? Como no -sea para hacer mofa... - ---Mal concepto tiene usted de mí, sor Cruz. - ---Y una cartita. De alguna desgraciada... Vaya por Dios. Lástima -merecen las tales. Bien lo sé por experiencia. Y algunas son buenas, -buenas hasta dejarlo de sobra. La culpa es de ustedes, libertinos. Ya -lo ha dicho mi tocaya: «Hombres necios que acusáis...» - ---¿Cuándo se van ustedes, sor Cruz? - ---Mañana, en el tren de las ocho de la mañana. Antonia no quiere -dejarnos marchar; pero no hay más remedio. Nos ha escrito la superiora. -De manera que pasado mañana ya estamos en nuestro convento de Pilares. -Tengo una gana que no veo de encontrarme en mi celdita, y a bregar con -aquellas infelices recogidas. Si usted fuera hembra en lugar de varón -nos lo llevábamos a meterle por el buen camino. - ---Si usted quiere llevarme tal como soy... No crea, a mí me gustaría. - ---Señor, qué atrevido. Sería el diablo en el convento. Y esa pobre -Lolita... ¿No cree usted que estaría mejor con nosotras? - ---Pss. Déjela usted. Si ella se encuentra a gusto... En todas partes y -de todas maneras se puede servir a Dios --dijo Alberto. - ---¡Jesús, qué abominaciones! Me voy, no quiero oírle a usted --y sor -Cruz salió riendo con benevolencia. - -Las relaciones de Antonia eran innúmeras, complejas, y con todas las -clases de la sociedad. A raíz de haber tenido a Amparito había estado -recogida en el convento de monjas adoratrices de Pilares y se había -captado el afecto de las monjitas. Una de las recogidas, compañera y -muy amiga de Antonia, había profesado en la orden, bajo el nombre de -sor Sacramento, la cual, en unión de sor Cruz, estaba hospedándose -ahora en casa de Antonia, de paso por Madrid. Siempre que venía a -la corte alguna monja del convento de Pilares se alojaba en casa de -Antonia. - -Salió Alberto de casa, no sin haber guardado en el bolsillo _Las -Moradas_, porque tenía por costumbre llevar siempre un libro consigo, y -fue derechamente al hotel Alcázar. Rosina salió a recibirle en peinador -y le regaló con un beso de salutación. - ---No te parecerá mal que te bese, ¿eh? - ---Ni que fuera tonto --respondió Guzmán, devolviéndole afectuosamente -el regalo. - ---Eso ya no. Te beso como se besaría a un hermano. Te quiero mucho, -pero como se quiere a uno de la familia. Estoy segura que si Fernando -me viera besarte no lo tomaría a mal. Siéntate. Yo voy a concluir de -vestirme. ¿Te quedas a almorzar conmigo? --Alberto asintió--. Quizás -venga Verónica también. ¡Qué chica tan excelente! Somos las grandes -amigas. A nosotras nos ha pasado como con ese drama que le dicen _El -Galeoto_: el público nos ha hecho amigas. Que si ella es la mejor -bailarina y yo la mejor cupletista, y que si somos las únicas, y dale y -dale; pues a mí me entró la curiosidad de conocerla y a ella lo mismo, -y aquí nos tienes a partir un piñón. Sobre todo desde que se concluyó -la temporada de ella y la mía; pues, hijo, que no se aparta de mi lado. -Parece que me adora. - ---Bien. ¿Qué era la cosa que me iba a hacer la mar de gracia? - ---¡Pues no eres nada ansioso! Calma, calma, porque hasta la hora del -almuerzo no digo esta boca es mía. - ---Poco falta ya, de manera que tendremos calma. - ---¿Qué es de Teófilo? - ---En casa estará durmiendo... - ---Siempre dije que era un gran hombre. Ya ves, ahora todo el mundo lo -reconoce así --Rosina cambió de expresión--. Tú ya sabes que Teófilo y -yo hemos sido muy amigos un poco de tiempo. - ---Sí, lo presumía. - ---Ahora parece que me aborrece. ¿Tú que crees? - ---Lo que tú; que está enamorado de ti. - ---Perdona. Por esta vez tu listeza se me figura que ha fallado. Tú -sabrás de otras cosas; pero lo que es de aquello que se refiere a mí -directamente, no me vengas con pamplinas. Si tratas de halagarme, te -advierto que no es por ahí. Fernando es mi sino y con él he de vivir -lo que me reste de vida. Así es que me tiene sin cuidado que Teófilo -esté o no esté enamorado; pero, la verdad, tampoco me hace gracia que -me odie y me trate con desdén. Yo no le hice nada malo. Lo que hice -fue lo que no pude menos de hacer --el rostro de la mujer adquirió una -expresión meditativa. - -Desde que había vuelto a Madrid, Rosina no se había visto a solas con -Teófilo, sino siempre rodeados de otras muchas personas. Teófilo, -aunque con la pasión más embravecida que nunca, había resuelto evitar a -Rosina y darle a entender que la desdeñaba, lo cual, hasta aquel punto, -había logrado sobradamente. Rosina consideraba el amor a su hombre, a -Fernando, como la necesidad permanente de su vida, el nido, el árbol, -la tierra, la base en donde posarse y reposarse. Fernando era para -ella la plenitud de su feminidad, de su sexo. Pero, al propio tiempo, -necesitaba del amor de Teófilo, lo ansiaba como complemento y realce -del otro amor. Un ave ignora que sufre la tiranía de la tierra hasta -tanto que no se le entumecen las alas o las pierde; entonces, junto con -la nostalgia del vuelo, llega a saber que la tierra es el elemento que -la domina, así como el aire es el elemento que se deja dominar. Pues -algo semejante le sucedía a Rosina. Con relación a Fernando se sentía -empequeñecida, anulada, entregada sin albedrío a él. Recordando ahora -el sumo acatamiento y entrega que de sus potencias Teófilo le había -hecho en otro tiempo, y la exaltación gozosa y altanera que de aquel -amor ella había recibido, ardía en anhelos de resucitar las emociones -de entonces. - -Llegó Verónica cuando Rosina concluyó de vestirse. Rosina hizo que les -sirvieran el almuerzo en la misma habitación. - ---Qué, ¿has tenido noticias de Fernando? --preguntó Verónica. - ---Hoy no. - ---¿Te escribe todos los días? - ---Quia. No se arregla bien con lo negro; pero, en fin, escribe tan a -menudo como puede. Eso sí, a mí me obliga a ponerle un telegrama diario -y una postal por lo menos. Es celosísimo. - ---Claro, si te quiere. ¡Hija, qué suerte la tuya! Ya puedes -corresponderle bien, porque un novio así no se atrapa todos los días. -Yo no sé como hay mujeres que falten a sus hombres si estos las quieren -de verdad y con fatigas. Por supuesto, no lo digo por ti; contigo no -hay caso. - ---Qué ha de haber... Y menos teniéndote a ti al lado, que estás siempre -con la misma canción. - ---Y ahora --entró a decir Guzmán--, ¿se puede ya saber aquello que me -iba a hacer la mar de gracia? - ---Todavía no. De sobremesa. - ---Resignación. - -En concluyendo de almorzar, Guzmán reiteró la pregunta. - ---Sí, ahora os lo voy a referir. Y no sé cómo. Es increíble. Si no -estuviera aquí cerca la heroína creeríais que os trataba de tomar la -cabellera. Bien, doy principio a mi cuento, es decir, a mi historia. -Estaba yo esta mañana en la cama cuando entra la doncella diciendo -que una joven preguntaba por mí. Que pase. Y ya está aquí la joven, -vestida de negro, muy asustadita y muy monina, sí, señores. «Señorita -Rosa», me dice, y parecía que iba a llorar. «¿No me conoce?» ¡Qué -la iba a conocer yo! «Soy Márgara, la hija de _Bergantín_». Este -_Bergantín_ es un pescador y bañero de mi pueblo. «Pero, neña, cómo has -crecido y qué guapina estás», le dije yo. Ella se puso muy colorada. -Le pregunté a qué había venido a Madrid. Al principio no se atrevía a -decir nada; pero fue animándose, animándose poco a poco y me contó -lo que le pasaba. Veréis. Dice que en Arenales había llegado a ser -muy desgraciada. La cortejaban muchos mozos; pero ninguno le gustaba -a ella. Durante los veranos, los señoritos veraneantes no la dejaban -vivir, persiguiéndola sin parar, ya podéis suponer con qué intención. -Jura que hasta ahora ningún hombre la ha tocado, y yo lo creo. Dos -horas o muy cerca empleó en contarme mil menudencias. Yo abrevio. La -cosa fue que comenzó a entrarle un gran disgusto por todo lo que veía -en el pueblo; se apartó de las amigas y se encerraba a solas a llorar. -Oye, tú, no seas grosero y cierra ese libro. - ---Te escucho, Rosina. He tenido una inspiración. Este libro nos ayudará -a entender el asunto de que se trata. Verás, esa doncella sentía, según -dice este libro, _ansias y lágrimas congojosas y sospiros y grandes -ímpetus_. - ---Todo eso y mucho más, porque ella misma dice que no sabe explicarlo. - -Guzmán volvió unas cuantas hojas y leyó: - ---_Es dificultosísimo de dar a entender._ - ---Dificultosísimo. Ya veréis en lo que para. - ---Lo presumo --dijo Guzmán. - ---Eso ya lo veremos. Dice que creyó morirse de tristeza, que no tenía -interés por nada, que no sabía lo que quería, que le entraba un dolor -en las entrañas como de fuego y después quedaba toda rendida, que le -parecía estar rodeada de enemigos malos y a veces tenía que dar gritos -y, vaya... - ---_Hace crecer la pena en tanto grado que procede quien la tiene en dar -grandes gritos_ --interrumpió Guzmán, leyendo. Prosiguió--: _Parece -un fuego que está humeando y se le representó ser de esta manera los -sentimientos que padecen en el purgatorio. Y así, aunque dure poco, -deja el cuerpo muy descoyuntado y los pulsos tan abiertos..._ --Guzmán -espigaba en el libro y leía a retazos. - ---¿Pero te estás chungando de mí con todos esos camelos que tú mismo -inventas? - ---Prosigue, Rosina. - ---Si te estás callado. Entonces, al parecer, se puso a trabajar como -una bestia para olvidarse de todo. De esta manera parece que se -contentó algo; pero aquella otra cosa rara, un no sé qué que sentía en -el corazón, continuaba siempre. - ---_Los contentos_ --leyó Guzmán-- _nacen de la misma obra que hacemos -y parece los hemos ganado con nuestro trabajo. Los gustos ensanchan el -corazón._ Esa muchacha quería meterse monja y viene a pedirte el dote. - -Rosina rompió a reír descompuestamente. - ---¿Cómo lo has averiguado? --preguntó, sin cesar de reirse. - ---¡Qué mundo! --exclamó Verónica. - ---No es nada difícil caer en la cuenta --añadió Guzmán. - ---Estás fresco. Conque, ¿monja, eh? Pues, hijo, todo lo contrario. - ---¿Todo lo contrario? --inquirió Verónica, boquiabierta--. Entonces -fraile. - ---Sí --respondió Rosina--, de San Ginés, que se acuestan dos y amanecen -tres. Quiere ser una _cocotte_, como yo, y reinar en el mundo y sus -arrabales, porque ella se figura que ser _cocotte_ y emperatriz es la -misma cosa. - ---Pues está enterada --comentó Verónica. - ---Me dejas anonadado --confesó Guzmán--. ¿Y cómo fue? ¿No te ha -explicado? - ---Pues fue que llegaron a Arenales los periódicos con mis retratos y -los bombos que me han dado, y todas esas paparruchas que cuentan acerca -de mis triunfos en Rusia y en Pekín y en donde Cristo dio las tres -voces, y cátate que la niña piensa: «Yo voy a ser otra como Rosina.» -Y sin más se escapa de su casa y se me plantifica aquí. Decía, con -deliciosa ingenuidad: «Es mi vocación. Comprendí de pronto que era mi -vocación.» Ya veis: vocación de _cocotte_... - -Pausa. - ---Y ahora, ¿qué vas a hacer con ella? ¿Devolverla a su familia? ---inquirió Guzmán. - ---Ya, ya. De eso traté; pero habíais de ver cómo se puso la mosquita -muerta. No me lo dijo, pero le conocí en los ojos que pensaba que yo -era una envidiosa. Le dije que de un millón de mujeres que se pierden, -solo una, y a veces ninguna, llega a darse buena vida. En balde, -chicos: ella erre que erre. ¿Qué hacemos? ¿Qué os parece? - ---Darle cuatro azotes y enviarla facturada al pueblo --aconsejó -Verónica, con ardimiento. - ---Tengo un proyecto. A ver qué opináis --habló Guzmán. - ---Venga de ahí, que siendo tuyo será bueno --jaleó Verónica. - ---Es esto. Por la noche cogemos a esa niña y nos la llevamos de casa -en casa, a través de todas las casas de mal vivir, desde las de ínfima -categoría hasta las de cierto rango. Alistaremos a unos cuantos amigos, -reconocidamente brutos, y haremos que beban y desarrollen su brutalidad -hasta la máxima potencia. Buscaremos aquellos antros en donde no se -puede entrar sin que el alma se aflija y le haremos ver a Márgara, ¿no -has dicho que se llama Márgara?, que lo más probable es que vaya a -dar con sus huesos allí si se obstina en seguir esa vocación que dice -tener... - ---¿Y nosotras vamos a ir también? --preguntó Rosina, algo alarmada. - ---¿Por qué no, boba? Nos ponemos un mantoncito... - ---No tengo mantón. - ---Yo te lo prestaré. Ya verás, hasta nos vamos a divertir. - ---Tanto como divertir... --observó Alberto--. Entonces, ¿qué os parece? - ---A mí, de perlas --declaró Verónica. - ---Sí, yo también creo que es una buena idea. Entonces... ¡Ah! Tenéis -que conocer a Márgara --Rosina se levantó y llamó al timbre. Cuando -apareció la camarera, Rosina añadió--: Que venga esa chica que llegó -esta mañana. - -Presentose Márgara. Era antes alta que baja, gentilísima: un armonioso -aire de nobleza natural en toda su persona y movimientos. Muy morena, -casi bronceada; tenebroso el cabello; los ojos pequeñuelos, duros y -perseverantes en el mirar; los labios apretados y finos, y dientes -menudos de roedor; dulce pelusa por la quijada y sobre el labio. No era -bella; era peor que bella: diabólicamente incitativa. - ---No tengo más que verte la cara para comprender que te gusta de una -manera enorme --dijo Rosina a Guzmán por lo bajo. Y luego, en voz -alta--: Es bonita, ¿verdad? Pues si vierais qué carnes, qué durezas --y -comenzó a oprimirle los senos y los muslos--. Tocad. Es mármol. - -Verónica fue a probar y corroboró el juicio de Rosina, la cual, -dirigiéndose a Guzmán, le invitó a cerciorarse por experiencia personal. - ---Toca, hombre, y no seas primo. Si a ella no le parece mal, ¿verdad, -Márgara? - -Márgara no respondió. Guzmán hubo de experimentar la dureza específica -de Márgara. - ---Sí, parece una estatua --declaró Guzmán, aludiendo, no tan solo a las -apretadas carnes, sino a la digna y fría inmovilidad en que se mantuvo -la muchacha. - -Quedó todo convenido para la noche y Guzmán se despidió. - -A media noche salía del hotel Alcázar la pandilla, compuesta de Rosina, -Verónica y Márgara, a pelo y con mantones achulados, y Angelón Ríos, -Travesedo, Guzmán, Celedonio Grajal y Felipe Artaza, muy conocidos -estos dos últimos en el mundillo del libertinaje y de la juerga por -el mucho dinero que tenían, por la manera ostentosa de gastarlo, -por la excesiva afición a los placeres báquicos y venustos, por la -heroica resistencia y brío en uno y otro ejercicio, y, en suma, por -sinnúmero de hazañas elegantes e ingeniosas, tales como arrojar a una -mujer cortesana al estanque del Retiro, apalear a un guardia, hacer -añicos los muebles de un restorán, meterse con el automóvil por el -escaparate de una tienda y reparar luego los daños y perjuicios con -jactanciosa largueza. Constituían dos tipos, o mejor, arquetipos del -héroe moderno, a quien el prosaísmo de la vida contemporánea fuerza y -constriñe a emplear el esforzado ánimo en empresas poco lucidas y muy -inferiores a su ímpetu y arrestos. Con todo, como la plebe propende -siempre a admirar el carácter heroico y encarece sus hechos trocándolos -en animada narración oral, que a veces se alza hasta crear la leyenda, -Grajal y Artaza tenían su gesta heroica popular que era muy celebrada -por estudiantes, horteras y provincianos en las tertulias de los cafés. - -Encamináronse todos, lo primero, a casa de la Socorrito, una casa de -cinco duros. Fueron muy bien acogidos por la dueña, que tenía en los -dos héroes sendas fuentes de muy caudalosos rendimientos. Además, la -Socorrito había oído cantar a Rosina y visto bailar a Verónica, y las -admiraba mucho, según ella misma declaró en seguida, si bien, como -sevillana, opinaba que el _cante jondo_ y el baile flamenco, lo castizo -en una palabra, son superiores a las danzas y los cuplés modernistas. - -Pasaron los visitantes al comedor, atalajado con muebles de nogal -y herrajes dorados. La Socorrito llamó a las niñas que se hallaban -libres. La Socorrito era una mujer joven, agraciada y pizpireta. -Llevaba un pañolillo andaluz, de crespón verde veronés, sobre el busto; -el peinado caído en crenchas, agitanadamente, y flores debajo del moño. -Presumía de usufructuar el monopolio de la sal; subrayaba las frases -con guiños y sonrisas maliciosas, como si cada palabra suya tuviera un -valor cómico extraordinario. Llegaron al comedor tres de las niñas: -_la Talones_, _la Lorito_ y Pepita, ni guapas ni feas, vestidas con -discreción, como señoritas de la clase media. Al ver tanta gente, y en -particular tres personas de su mismo sexo, se corrieron no poco y se -sentaron en actitud cohibida, de la cual no lograron hacerles salir las -vayas, desatinos y sobos de Angelón, Grajal y Artaza. - -Artaza pidió champaña, y salió la Socorrito a buscarlo. No bien hubo -salido, cuando _la Talones_ dijo, aludiendo a la dueña: - ---Es más templada y más graciosa. Luego tié cada golpe. - -Entre las tres pupilas comenzaron a hacer el elogio de la Socorrito. -Había sido --y aún coleaba, afirmó _la Lorito_-- querida de uno de los -hermanos González Fitoria, los celebrados autores de comedias. - ---¿Creen ustedes --preguntó Pepita, mirando a Rosina-- que las comedias -de los Fitoria son de ellos? ¡Quia! - ---Pues, ¿de quién son? --interrogó Travesedo. - ---¿De quién? Anda, pues de la Socorrito. Todos, pero así, todos los -chistes y golpes que ponen en las comedias son de la Socorrito. Si -lo sabremos nosotras... Tiene un ángel esta mujer... Nosotras nos -fijamos en sus chistes y decimos: en la primera comedia que estrenen -los Fitoria saldrán estos chistes. Luego, en el estreno, porque nunca -faltamos a los estrenos (la Socorrito nos lleva), zas, los chistes del -último semestre, uno por uno. - ---¿Es posible? --inquirió Travesedo, con escepticismo. - -Las tres pupilas, con la gravedad que el caso requería, juraron por la -salud de las madres respectivas que aquello era la pura verdad y que -ellas eran testigo de mayor excepción. - -Angelón reía a torrentes. - ---Aun cuando no fuera verdad, tiene la mar de gracia --dijo -Travesedo--. Y pensar que los Fitoria son los autores favoritos de las -niñas cursis y de las incultas clases burguesas... Admirable. Si uno -pudiera decir en un teatro: sandio y pazguato público, paquidérmicas -matronas, amenorreicas doncellas e idiotas niños litris; los donaires -que con tanto gusto reís son donaires de una alcahueta, espigados por -los autores en el muladar de una mancebía. Por supuesto, eso no puede -ser. - -Volvió Socorrito con algunas botellas de champaña. A poco llegó una -nueva pupila; venía con abrigo de calle y mantilla. Era casi una niña, -de belleza nada común. Se llamaba Remedios y bailaba en un cine todas -las noches. - ---Ven a sentarte aquí, chuchería, preciosidad --gritó Artaza, -golpeándose los muslos. Remedios, después de despojarse del gabán, fue -a sentarse sobre las piernas de Artaza, con desenfado más de inocencia -que de corrupción. - -Después de beber el champaña, los visitantes se marcharon. Rosina, -Márgara y Guzmán hicieron terna aparte. - ---¿Qué te parece esa chica que llegó a última hora? --preguntó Rosina. - ---Es preciosa, guapísima --respondió Márgara. - ---Pues ya ves cómo y en dónde está. ¿Quién crees que es más guapa, ella -o tú? - ---Ella, ella ye mucho más guapa --dijo Márgara, con vehemente -convicción. - ---Pues ya ves, hija. Y no se puede quejar de que le falten ocasiones de -lucirse y cazar hombres ricos. - -Rosina continuó sermoneando y haciendo tenebrosas pinturas de la vida -que llevan las mujeres recluidas en una casa de trato, y cómo todo el -dinero que ganan se queda entre las uñas de la dueña y a la postre casi -todas terminan en un hospital, y por ahí adelante. - -En esto, los que iban a la vanguardia se cruzaron con Teófilo. Angelón -obligó al poeta, quieras que no quieras, a sumarse a la pandilla. - -El segundo lugar que visitaron fue la casa de la Alfonsa, una casa -de a duro, en donde las pupilas proporcionaban al parroquiano -voluptuosidades antinaturales y perversas. - -En el umbral de la casa había una gran losa de mármol, con letras -negras, que decían: ALFONSA. - -Pasaron todos a la sala de recibir, pieza rectangular, empapelada de -rojo, con divanes también rojos en derredor. Sobre los divanes, y -sentadas la mayor parte a la turca, había hasta siete mujeres, muy -pintadas, con tocados complejísimos y oleaginosos, vestidas como -máscaras, descotadas hasta el ombligo y mostrando las piernas. Tenían -todas ellas un mirar manso y lelo, de vacas. Había una negra. Otras -eran portuguesas y dos francesas. No había ninguna española. Algunas -eran bastante lindas, señaladamente _Lilí_, una francesa, que hacía -crochet en aquellos momentos, sin manifestar ningún interés por los -recién llegados. Grajal propuso que las niñas hicieran cuadros vivos. - ---¿Qué es eso? --inquirió Rosina. - -Se lo explicaron. Hubo necesidad de pagar cinco pesetas por cada una -de aquellas siete mujeres. La encargada examinó las piezas de plata -recibidas, calándose unos lentes de recia armadura de cuerno. Salieron -las mujeres y volvieron muy pronto, desnudas. En el centro de la -estancia, sobre unas colchonetas que al efecto había introducido la -encargada, las siete mujeres, desnudas, comenzaron a hacer simulaciones -de amor lésbico y otra porción de nauseabundas monstruosidades. -Rosina, Verónica y Márgara, rojas de vergüenza por su propio sexo, se -levantaron y salieron, seguidas de los hombres. - -En la calle, Rosina volvió a la carga, haciendo saludables -consideraciones que Márgara escuchó con hosco silencio. - -De casa de la Alfonsa fueron a una casa de la calle del Horno de la -Mata, de dos pesetas. A medida que se internaban por aquellos sombríos -y fétidos senos de Madrid menudeaban los grupos de rameras de ínfima -condición, apostadas de trecho en trecho por socaliñar viandantes. - -Entraron los peregrinos excursionistas en un enorme caserón, en donde, -según se les había dicho, cada uno de los pisos era una casa de bajo -estipendio. Llamaron, a la ventura, a una puerta. Entreabriose la -mirilla; les preguntaron, quién; luego se oyeron gritos en el interior: -_Casianaaa... Opulencia..._ Pero no abrían. Dos duros que Grajal -introdujo por la mirilla forzaron las puertas del antro. Oficiaba -de portera una criatura indefinible y lamentable; la cabellera era -femenina, y el rostro varonil, hirsuto; para hallarle los ojos era -menester una larga investigación; el cuerpo, raquítico; chato el pecho. -Esta inquietante criatura condujo a los visitantes a una alcoba amplia, -en donde había una cama matrimonial de blanca madera curva, algunas -sillas y un lavabo. Poco después, la dueña hizo su aparición; era -gorda, vieja y sucia. - ---¿Qué hueso se os ha roto por aquí? --preguntó con voz insolente y -gesto desconfiado. - ---Pues, ya ves --respondió Angelón--. Venimos a hacer una visita a tu -palacio. Enséñanos las niñas. - ---Están haciendo la calle. - ---Pues que traigan champaña --ordenó Artaza. - ---Mal rayo te parta. ¿Quieres quedarte conmigo? - -Artaza puso un billete de cinco duros en manos de la mujer, la cual se -domesticó al instante. - ---Opulencia, trae sidra y cerveza. ¿Queréis cerveza? Y sal a la calle, -que vengan las niñas. - -Cuando la llamada _Opulencia_, que era la criatura indefinible, -salió, Travesedo, obedeciendo a los requerimientos de su carácter -inquisitivo, preguntó por qué habían apodado así a aquella mujer. La -dueña lo explicó. Opulencia, al parecer, aunque no en tanto grado como -la Socorrito, era también dicharachera y sentenciosa. Aquel cuerpo -ambiguo y encanijado encerraba una gran dosis de sabiduría práctica, -que brotaba acuñado en forma proverbial. Su sentencia favorita era: -«Donde no hay opulencia no hay meneo», y de aquí le venía el remoquete. -Volvió Opulencia con la bebida, y en aquel punto a Grajal le acometió -el capricho de verla desnuda. - ---¿Quieres desnudarte delante de nosotros? --preguntó Grajal. - ---¿Desnudarme? --exclamó Opulencia, manifestando a flor de piel sus -ojillos tenaces de insecto venenoso. - ---Sí, desnudarte. Tres pesetas te doy. - ---¿Desnudarme? --repitió Opulencia, esforzándose en darse por enterada -de la proposición. - ---Tendrá miedo que lo sepa su novio --observó la dueña. - ---¿Su novio? --preguntó Rosina maravillada. - ---Sí, mi novio, mi querido, mi cabrito si quieres --se apresuró a decir -Opulencia con los brazos en jarras. Su expresión era perfectamente -zoológica. Era absurdo suponer que detrás de aquel rostro se escondiese -un espíritu humano. - ---¿Qué edad tienes? --preguntó Alberto. - ---Veinte --respondió la dueña. - -Verónica no pudo menos de exclamar: - ---Eso pal gato. - ---Sí, veinte, veinte, veinte --afirmó Opulencia, subiendo la voz. - ---¿Sabes contar? --preguntó Alberto. - ---¿Contar qué? - ---Contar números. - ---No, pero tengo veinte. - ---Bueno, a lo mío; dos duros te doy, ¿quieres desnudarte? - -Opulencia consultaba con los ojos a la dueña. Decidiose con impulso -repentino. - ---¡Qué Dios! Dos machacantes son dos machacantes. Donde no hay -opulencia no hay meneo. - -Allí mismo y con presteza quedó desnuda. Iba desprendiéndose de sus -fementidas prendas indumentarias, que caían a tierra, formando un cerco -alrededor de sus pies; la falda, la enagua de tela escocesa, y otras -vestiduras más interiores, de un blanco arqueológico, con reliquias de -la historia sexual de Opulencia. Al propio tiempo, la atmósfera íntima -de aquel desdichado cuerpo se expandía en el aire a manera de husmillo -bascoso difícil de soportar con entereza. Cuando se quedó desnuda, sin -otros atavíos que unas medias color lagarto, sujetas con bramantes a -guisa de ligas, y unas botas destaconadas, Opulencia saltó por encima -del cerco que las ropas ponían a sus pies y se mostró, con inconsciente -impudicicia, a la admiración de los circunstantes. Veíasele el -esqueleto, malamente tapado por la parda pelleja, pegada al hueso. -Sus senos eran flácidos por modo increíble, cónicos y negruzcos, como -coladores de café. De la coyuntura de los muslos le brotaba una madeja -capilar, abundosa y salediza, como el extremo de un rabo de buey. -Parecía la creación macabra de uno de aquellos pintores medioevales, -atosigado por el terror de la muerte y del diablo. Angelón, Grajal y -Artaza le prodigaron requiebros sarcásticos que Opulencia admitía con -estulta complacencia, y le indujeron a hacer actitudes escultóricas, a -lo cual ella se prestó dócilmente. Grajal cogió un enorme gato capón -que por allí andaba y se lo dio a Opulencia, diciendo: - ---Así; te lo pones así. Esta pierna más hacia atrás. Los ojos elevados -al cielo. De órdago. Ahora eres Diana cazadora. - ---¡Basta! --suplicó Travesedo. - ---¡Basta, basta, por Dios! --añadió Verónica, con lágrimas en los ojos. - ---Como ustedes quieran. Puedes vestirte, Opulencia --habló Grajal. - -A medida que Opulencia se vestía iban surgiendo nuevas mujeres: _la -Coral_, picada de viruelas y los ojos encenagados en el pus de una -oftalmía purulenta; _la Leopolda_, segoviana, según dijo, joven y -bonita; _la Araceli_, coja y con cara de foca; _la Aragonesa_, de -pecho prominente, expresión abatida y la piel revestida de dura costra -rojiza, como un dermatoesqueleto. Todas ellas ostentaban dolorosa -estolidez, y apenas si se les descubría atisbos de racionalidad. -Preguntaron a los hombres en qué cine o café cantaban, dando por -sentado que eran cantadores o ventrílocuos, y a las mujeres en qué casa -de trato estaban de pupilas. - -Oyose llorar a un niño: sus lamentos eran desesperados, lacerantes. _La -Aragonesa_ salió y volvió a poco, dando el biberón a una criatura de -pocos meses, toda llagada, ciega. El niño resistíase a tomar el biberón -y lloraba exasperadamente. - ---¿Es su hijo? --preguntó Verónica. - ---Sí. Tómalo, condenao, que ahora iremos a la botica --rezongó la -madre, introduciendo a la fuerza el pezón de goma en la boca del niño. - ---¿Qué tiene? --preguntó Rosina. - ---Sífilis --respondió la madre. - ---Entonces usted... --insinuó Verónica. - ---Yo no. ¿Qué t’has creído? La cogió la criatura, cuando yo estaba -embarazada, de un cochino sifilítico que se ocupó conmigo. Pero yo -estoy tan sana como tú. Oye, ninchi --añadió, volviéndose hacia -Artaza--, dame dos pelas pa la medecina. - -Artaza se las dio. - -En aquel abyecto concurso de mujeres perdidas sin remisión destacaban -con triste contraste el encanto esquivo de Márgara, el brío latente de -Verónica y la bella serenidad de Rosina. - -Los visitantes salieron a la calle, después de haber dejado algún -donativo metálico, y caminaron en silencio largo rato. Angelón fue el -primero en decir: - ---Così va il mondo. - ---Y nosotros no lo hemos de arreglar, de modo que vamos a concluir la -noche en la Bombilla --propuso Artaza. - -Teófilo tenía el alma arrebatada y el cerebro como dormido. Toda la -pasión que sentía por Rosina se señoreaba de él más tiránicamente que -nunca. Afectaba desdeñosa frialdad y perfecta indiferencia; pero el -corazón se le quebraba por momentos y perdía el dominio de sí mismo. -Pensó marcharse, pero le faltó la fuerza de voluntad. - -Rosina, de su parte, daba por seguro que la frialdad y desdén de -Teófilo eran reales y no contrahechos. Esta convicción, fundiéndose con -las sensaciones depresivas experimentadas durante la noche, le desolaba -el pecho, provocándole deseos de llorar, que acallaba con una alegría -sobrepuesta, ficticia y extremosa. Como quiera que Artaza gustaba no -poco de Rosina y venía persiguiéndola desde hacía algún tiempo, ella -determinó simular que le correspondía con creces y dar a entender a -Teófilo que si él no se cuidaba de ella, ella se cuidaba menos de él. -Y así acogió con muestras de exagerado contento la proposición de -Artaza, y habló, colgándosele con zalamería del brazo: - ---Eres un hombre, Felipín. A la Bombilla, y bailaremos tú y yo, muy -ceñiditos, una polquita de organillo. - -En el resto de la pandilla se disimulaban otros antagonismos que -amenazaban estallar por la virtud expansiva del vino. Eran estos entre -Angelón y Travesedo, cortejadores de Verónica, y entre Grajal y Guzmán, -encendidos en deseos por Márgara. - -Fueron todos en dos coches a la Bombilla y se apearon en casa de Juan. -Era tarde, y coyuntura muy sazonada para cenar. Pidieron la cena en un -gabinete reservado del entresuelo, que daba al patio. La comida fue -copiosa y suculenta, caudalosamente irrigada por diferentes clases de -vinos. Entre plato y plato salían a veces, por parejas, a bailar al son -del organillo. Los antagonismos ocultos se exacerbaban con movimiento -progresivamente acelerado. El primero que conflagró fue el de Angelón y -Travesedo, que se vinieron a las manos con iracundo denuedo. Costó Dios -y ayuda destrabarlos. Al final de la lucha, Travesedo había perdido el -sentido de la vista, con la destrucción de sus lentes, y sangraba por -las narices; Angelón tenía un ojo medio pocho y sangraba por una oreja. -Entre Grajal, Artaza, Guzmán y Verónica consiguieron apaciguarlos -y hasta que se dieran las manos, echando pelillos a la mar. Luego, -los dos combatientes, seguidos, por si acaso, de Artaza, Guzmán y -Verónica, subieron a una habitación a mitigar las lesiones, lavarse -y componer los desperfectos del traje. Se fueron tranquilizando, y -gracias a los buenos oficios de Verónica depusieron su ofuscación y -solicitaron dispensa por el escándalo y susto que habían ocasionado. -Pasaba el tiempo y Guzmán, que no las tenía todas consigo a causa -de la pertinaz ausencia de Márgara y Grajal, salió de la estancia y -descendió al gabinete del piso bajo. El gabinete estaba vacío. Guzmán -salió y curioseó en otros gabinetes vecinos. En uno de ellos encontró a -Grajal y Márgara sobre una _chaise longue_, luchando jadeantes a brazo -partido. Por el desorden de las ropas y otros indicios, Guzmán vino -a entender que algún hecho grave se había consumado. Grajal se puso -en pie, así que vio aparecer a Guzmán, arregló y colocó en su punto -algunas partes de su vestido, se alisó los cabellos con las manos, y -salió del aposento sonriendo y haciendo guiños a Guzmán. Este cerró la -puerta por dentro y fue a sentarse al lado de Márgara, la cual se dejó -caer sobre él, llorando. Guzmán la estrechó entre sus brazos, le besó -la frente, los ojos, la boca, dura y fresca. - -Cuando salieron del gabinete era de día. Al cobijo de una glorieta de -amortiguado verde polvoroso estaban Artaza, Grajal, Angelón, Travesedo -y Verónica, tomando sopas de ajo con huevos. Recibieron a Guzmán y -Márgara con chanzas picantes. - ---¿Y Rosina y Teófilo? --preguntó Guzmán, sin darse por enterado de las -malicias. - ---Nos la han dado con queso --respondió Angelón. - ---Es la zorra más zorra que ha parido madre --decretó Artaza--. Toda la -noche dándome coba y al menor descuido, pum, se las guilla con el poeta -lilial. - ---Pero, ¿cuándo ha sido? - ---¿Cuándo? Cuando estábamos arriba acabildando a estos gaznápiros, que -tienen la culpa de todo. Se les va el vino en seguida a la bola --habló -Artaza, con enojada mueca--. Vosotros, al fin, no habéis perdido la -noche. Tomad sopas de ajo, o, como dice el poeta lilial en su drama, -_tomar_ sopas de ajo. Recoime con los poetas, que ni hablar saben. -Vamos hijos, meteos por las sopas de ajo, que no hay nada como eso -después de una juerga. - -A las siete de la mañana terminaba aquella refección matutinal. Grajal, -Artaza, Angelón, Travesedo y Verónica volvieron juntos en un coche a -Madrid. - -En quedándose a solas, Guzmán preguntó a Márgara: - ---¿Qué quieres hacer? ¿Te quieres quedar en Madrid o volver a tu pueblo? - ---A mi pueblo en seguida-- respondió Márgara. - ---En seguida. Dentro de poco sale un tren. Vamos andando, que la -estación está cerca. - -Salieron a la carretera y comenzaron a andar hacia la estación del -Norte. Oíase el agrio bramido de cornetas marciales y el tecleteo de -algún miserable piano de manubrio. El sol, a rebalgas sobre los altos -de la Moncloa, ponía un puyazo de lumbre cruel en los enjutos lomos -de la urbe madrileña, de cuyo flanco se vertía como un hilo de sangre -pobre y corrupta el río Manzanares. Un tren silbó. En el andén de la -estación estaban sor Cruz y sor Sacramento. - ---Esas monjitas son amigas mías. ¿Quieres hacer el viaje con ellas? ---dijo Alberto. - ---¿Adónde? --inquirió Márgara, con ojos ariscos. - ---Ellas van a Pilares. - ---Bueno. - ---Toma este dinero. - ---No lo necesito. - ---Sí; lo necesitas para comer en el viaje. - -Márgara lo aceptó sin dar las gracias. - -Sor Cruz y sor Sacramento recibieron a Márgara con franca afabilidad. -Alberto ayudó a las tres mujeres a acomodarse en un departamento de -tercera y aguardó hasta que el tren partiera. - -Dos meses después, Antonia recibía una carta de su amiga sor -Sacramento, en la cual había un párrafo que rezaba: «Dile al señor de -Guzmán que aquella muchacha que nos recomendó en el tren se vino con -nosotras directamente al convento, como recogida. Dentro de muy poco -profesará. Su piedad es ejemplar, y en esta casa la consideramos como -un ángel más que como una mujer.» - - - - -PARTE V - -ORMUZD y AHRIMÁN - - Οἵη περ φύλλων γενεὴ τοίη δὲ καὶ ἀνδρῶν. - - HOMERO. - - - - -I - - ---Largo de ahí, glotona, egoísta, que todo te lo comes tú --Verónica -palmoteó por ahuyentar una gallina extraordinariamente corpulenta y -voraz que entre una muchedumbre de otras aves de corral, a quienes -Verónica en aquellos momentos cebaba arrojándoles puñados de maíz, -ejercitaba escandalosa hegemonía, y cuándo por el terror y en fuerza -de picotazos, cuándo por diligencia, se embuchaba la mayor parte de la -comida. - -Era el paraje mezcla de patio y de jardín, a espaldas de una casuca -de fisonomía aldeana, con corredor en el único piso que sobre el -entresuelo tenía. Entre los barrotes del corredor enredábase un -viejo parral sin fruto, a cuya sombra y en mangas de camisa Alberto -escribía. Cerraban el huertecillo de una parte la casuca, de otras dos, -perpendiculares a ella, sendos muros, no muy altos, medianeros con los -huertos de las casas vecinas, y completando el rectángulo, una verja -de hierro pintado de verde claro, que caía sobre el mar, porque casa y -huerto estaban asentados en peña viva del acantilado de la costa, como -todas las casas del pueblo, llamado Celorio. Desde el huerto se salía -al mar por una escalerilla de piedra, adonde podían atracar lanchas -estando alta la marea, y estando baja proporcionaba excelente baño para -quienes no supieran nadar. - -Prosiguió Verónica: - ---Esta mal educada de doña Baldomera no deja vivir a las demás, como si -no fueran hijas de Dios. Se están quedando en los huesos y se me van a -morir tísicas. Yo creo que lo mejor es venderla. - ---O comérnosla. - ---Eso no. ¿Tendrías valor para comerte ese animalito que primero has -visto vivo? A todo esto no te dejo trabajar; perdona, hijo, y continúa -con tus papelorios. Procuraré estarme callada, y eso que, al menos para -mí, es punto menos que imposible hacer un nudo en la lengua. Mira que -he cambiado desde que tú me has conocido hasta ahora: en todo, menos en -hablar por los codos. Bueno, he dicho. - -Alberto se aplicó a corregir las pruebas de la primera parte de una -novela que estaba escribiendo. Verónica, encarnando momentáneamente la -personalidad de la diosa Temis, se esforzaba en poner algún orden en -aquel pequeño mundo gallináceo que ella regía, y en distribuir bienes -y satisfacer necesidades conforme a las puras normas de la justicia -distributiva. Hastiose muy pronto de asumir tan alta misión y vino a -donde Alberto escribía. - ---Por hoy tienes que aguantarme y mandar al cuerno el trabajo. Quiero -hablar contigo y no tengo asadura para que se me pudran dentro del -cuerpo ciertas cosillas que me andan escarbando hace ya muchos días. - ---Veamos qué es lo que te escarba. Renuncio a trabajar y te escucho. - ---No, aquí no. Esos tienen cerradas las maderas, pero a lo mejor están -despiertos ya y nos oyen. Vamos de paseo hasta el Cabo de la Muerte; -por las peñas, si te parece, y de paso cogemos cangrejos, lapas y -bígaros. Y eso que lo que te voy a decir es muy serio y no tendré humor -para tales pequeñeces. - ---Andando. - -Salieron a la calle, llegaron hasta la iglesia, que era el último -edificio del pueblo, y siguieron en despoblado, orillando el mar por -encima de quebrados peñascos brunos. - ---¿A ti no te parece que Rosina está enamorada de Fernando? --habló -Verónica, mirando al suelo como si buscase lugar seguro donde colocar -la planta. - ---Sin duda. - ---A pesar de que ella dice que lo aborrece. ¿Qué dices? - ---Ya te he dicho que para mí está enamorada de Fernando. - ---Entonces, ¿por qué engaña a este pobre Teófilo? Habla, di algo, -hombre. - ---Engañar... Explícate mejor. - ---Que Teófilo no le importa un comino, que se ríe de él, que lo tiene -como un pito para entretenerse y burlarse, que todas las zalemas y -mimos que le hace son fingidos, que es una mala mujer. - ---No te acalores. - ---No lo puedo remediar. Dime qué piensas tú, si es que te merezco -confianza. - ---Creo que te equivocas. - ---¿Que me equivoco? ¿Pretendes darme a entender que Rosina quiere a -Teófilo? - ---Tal creo. - ---¿Y al otro también? - ---También. De distinta manera. - ---¿Estás de guasa? ¿Qué, se puede querer a dos personas a un tiempo: lo -que se dice querer? Vamos. No sabes lo que te dices. Se quiere a una, a -una sola. Y si dices lo contrario es porque no sabes lo que es cariño. -¿Qué digo a un tiempo? En toda la vida, me oyes, en toda la vida no se -quiere sino a una sola persona. Y hasta sospecho que la mayor parte de -la gente no quiere a ninguna. - -Se sentaron en la coyuntura de un alto peñascal, poblada de sombra -húmeda, verdiclara y sonora. Alberto miró atentamente a Verónica y dijo: - ---¿Es eso todo lo que tenías que decirme? - ---¿Por qué me miras así, Alberto? ¿Qué es lo que te figuras? - ---En último término son cosas de ellos y a los demás ni nos va ni nos -viene. - ---Tú no puedes sentir eso que dices. Teófilo es tu amigo. En ocasiones -me parecéis hermanos. ¿Crees que Teófilo es feliz? - ---Teófilo no puede ser nunca feliz. - ---Calla, calla. - ---Y ahora está siendo todo lo feliz que puede ser. - ---No sabes lo que dices, ¿me oyes? Con todos tus libros y tu ciencia, -yo, una mujer ignorante, te digo que no sabes lo que dices. Además, ¿no -te has dado cuenta de que esa mujer está matando a Teófilo? ¿No ves que -está enfermo, aun cuando él no lo note o lo disimule, y que empeora día -por día? - ---Sí. Por eso digo que es todo lo feliz que puede ser. - ---¿Te has vuelto loco? - -Tomaron la vuelta de la casa en silencio. - - - - -II - - -No bien hubieron reanudado sus relaciones, después de aquella juerga en -la Bombilla, Teófilo había dicho a Rosina: - ---Antes de continuar adelante es preciso que sepamos lo que vamos a -hacer. Separarme de ti me costaría la vida, estoy seguro; pero no -vacilo en renunciar a la vida antes que doblegarme a ser amante tuyo -a medias. De la primera vez a ahora las circunstancias han cambiado. -Tengo dinero; podremos vivir de mi trabajo. ¿Renuncias a todo, a todo -y a todos por mí? De lo contrario te juro que no volverás a verme, -costare lo que costare. - -Rosina se había resistido a dar una respuesta categórica, evadiéndose -por la puerta falsa de las zalamerías y ambiguas frases apasionadas que -a nada comprometían; pero Teófilo se había mantenido en la cuestión -concreta, y a la postre ella hubo de prometer cuanto él quiso, -aunque sin ningún ánimo de cumplirlo y solo por el placer de guardar -prisionero aquel peregrino amador el mayor tiempo posible. - -Rosina, con esa fecunda aptitud femenina para la ficción, que a veces -llega a convertirse en autosugestión, había presentado a Teófilo como -empresa punto menos que irrealizable la ruptura con Fernando. «Odio -a Fernando --aseguraba Rosina, justificando ante su conciencia la -magnitud de esta falsedad con el gozo resplandeciente que a Teófilo -causaba el oírla--, lo odio porque es un tirano y un explotador. De -aquí vienen todas las dificultades para romper de sopetón con él, -porque él ha sido siempre quien arregló y firmó mis contratos, quien -cobró mis nóminas y quien administró mi dinero. Cuanto he ganado en el -último invierno, que no es poco, está a nombre de él. Si yo ahora le -dijese, _se acabó todo_, no te quepa duda que se quedaba, y tan fresco, -con todas mis ganancias.» A esto Teófilo había respondido que más valía -acabar cuanto antes, aun cuando Fernando defraudase malamente aquel -dinero. Pero Rosina lloriqueaba, calificando de cruel a Teófilo que se -emperraba en que ella había de mandar a paseo lo que tan honradamente -había ganado. «Y sobre todo --añadió-- que ese capitalito, más que mío, -es de mi niña, y a eso nada tienes que decir.» En efecto, Teófilo nada -tuvo que decir a esto. - -A principios de junio, Rosina retornó a París, con propósitos, a lo que -Teófilo creía, de arreglar sus asuntos con Fernando, darle la licencia -absoluta y volver a los brazos del poeta para no salir ya nunca de -ellos. Volvió al cabo de un mes, como había prometido, y en extremo -desolada, porque Fernando se había negado a darle cuentas del dinero, -y, por lo que atañe a la ruptura, había jurado matarla el día que le -abandonase. «Ten paciencia, Teófilo --había suplicado Rosina--. Lo -mejor es que vayamos a pasar el verano en mi tierra, junto al mar. Que -corra el tiempo, y allí, con toda calma, resolveremos lo que convenga -hacer.» - -Cuanto Rosina había referido acerca de su estancia en París y sus -tentativas de ruptura con Fernando era una fábula. Habían vivido, como -siempre, unos días de ardorosa pasión, mutuamente participada. Luego, -Rosina habíale insinuado a Fernando que deseaba pasar el verano en -Asturias, con la niña, a lo cual Fernando accedió, si bien él no podía -acompañarla (cosa que de antemano sabía Rosina), por tener varios -contratos sucesivos en las playas del Norte de Francia. - -Como Fernando estaba enamorado de veras y era algo celoso, Rosina -temía que por sorpresa se presentase en Asturias. Solo de pensar en -semejante contingencia se empavorecía. Pero, muy precavida y avispada, -acudió en un instante con el remedio, y fue llevarse a Verónica -consigo, de manera que si Fernando surgía de improviso, Teófilo pasase -por amante de la bailarina. Llamó, pues, a Verónica, y por medio de -hábiles circunloquios le descubrió su intención. Verónica no respondió -por el pronto, sino que quiso antes aconsejarse de Alberto, en cuyo -afecto y discreción fiaba. - ---Chiquillo, estoy como si me hubieran dado un mamporro en la nuca ---dijo Verónica a Guzmán, y a seguida refirió su entrevista con Rosina. -Añadió--: Por estas que me costó mucho trabajo contenerme en un -principio. Mira tú que es desfachatez proponerme a mí que vaya, así, -sin más ni más, a tenerles la vela un santo verano. Pero luego lo pensé -mejor, y me dije: ¿Por qué no? Figúrate que viene el tal Fernandito y -los encuentra solos; nada, que se carga a Teófilo, no te quepa duda. -No lo quiero ni pensar. Pero niño, yo sola no voy: es mucho gorro para -mí sola. Pues se me ha ocurrido lo siguiente: que te vengas tú con -nosotros, y somos cuatro. No, no me digas que no, porque si no vienes -de tu motu propio te arrastro por las orejas. - ---¿Qué pretendes? ¡Con claridad! ¿Diente por diente y gorro por gorro? -¿Ellos nos lo ponen y nosotros se lo ponemos? - ---A ver si te doy una guantada. ¿Lo dices en serio? Yo creí que me -mirabas solo como una amiga, más que como una amiga, como un amigo. Ya -sabes que me he cortado la coleta, y contigo menos que con ninguno. De -manera que si quieres ayudarme a aguantar el gorro, con la condición -expresa, ¿te enteras?, de que no me has de decir ni una palabra de -aquello, por ningún concepto, ni una palabra; en este caso, digo, me -acompañas. Si no, te puedes ir al guano, y buen desengaño me llevo, -que siempre te tuve por un buen amigo. - ---Arreglado. Te acompañaré, Verónica, y respetaré tu poda capilar. Yo -he sido siempre muy respetuoso con todos los tonsurados. - ---Entonces, ¿qué? ¿La condición no es de tu gusto? ¿No quieres venir? - ---Te he dicho que sí, Verónica. - ---Es que como te habías disparado con esas chanfainas tuyas que ni el -diablo las entiende... - ---Aludía a que te habías cortado la coleta, acto que yo respeto. - ---Eres un barbián. Choca acá esos cinco. - ---Y tú eres la mujer más salada y encantadora que he conocido. Ahí van -los cinco. - -Cuando Travesedo, por boca de Guzmán, se informó del proyectado viaje, -permaneció unos minutos perplejo, y, en recobrándose, aborrascó las -cejas, se mesó las barbas con mal reprimido despecho, y procurando -emitir una voz patética, adusta y recriminatoria, dijo: - ---Nunca lo hubiera creído de ti. Te consideraba amigo leal. No puedes -escudarte en la ignorancia de mi afecto y más que afecto por Verónica, -porque en hartas ocasiones hemos hablado acerca del asunto. - -Guzmán explicó la condición que Verónica le había impuesto, a la cual -él se había sometido gustoso. - ---Entonces --repuso Travesedo--, ¿por qué no ha venido Verónica a -solicitarme a mí? Yo me hubiera sometido también. - ---¿Por qué? Por eso precisamente, creo yo. Porque tú piensas que te -someterías, lo piensas ahora, pero más tarde... siempre al lado de -ella... ¿No dices que te gusta demasiado? Ya sabes, se ha cortado la -coleta; y cuando una mujer se corta la coleta no sé que vendan en -ninguna parte el petróleo Gal que la haga renacer. - ---Quizás solo en la Vicaría --concluyó Travesedo, después de pensarlo -un rato. - - - - -III - - -Para cualquier observador superficial la casuca de Celorio, en donde -moraban Rosina, Verónica, Teófilo y Guzmán, era la casa del presente; -esto es, la casa de la dicha, ya que es opinión casi unánimemente -recibida que la felicidad no es fantasma de esperanza o recuerdo, -afán de lo porvenir o fruición de lo fenecido, sino goce del instante -actual, en cierta manera eterno, porque en él se absorben las nociones -de pasado y futuro; en suma, el _carpe diem_ horaciano. Los cuatro -moradores de la casuca se ingeniaban como podían en extraer a los días -sucesivos la mayor cantidad posible de sustancia de presente. Verónica -y Guzmán, por la virtud de cierto matiz de su carácter, que pudiera -denominarse clásico, vivían casi siempre y sin esfuerzo abandonados -al presente; carecían de ambiciones y, por lo tanto, sus deseos, más -que deseos, eran tendencias o mansas energías enderezadas a un fin y -reforzadas por un sentimiento latente a modo de sorda certidumbre de -que habían de realizarse. Por el contrario, para Rosina y Teófilo la -concentración en el presente era propósito de la voluntad, ceguera -preconcebida y miedo del mañana misterioso. Aquéllos no temían perder -nada; estos sufrían la zozobra de perderlo todo, o, por mejor decir, en -el hondón más íntimo del espíritu mantenían amordazada la conciencia de -ser efímera y engañosa aquella felicidad que se hacían la ilusión de -estar gozando. De ahí que en la alegría de Rosina y Teófilo hubiera en -todo punto algo de estridente y acre. - -Pero lo cierto es que la casuca de Celorio estaba saturada de continuo -de chácharas, risas y cánticos. - -Teófilo había venido al pueblo con la determinación de aprovechar el -verano para _cargarse otro drama_, como él decía. Pasaba el tiempo, -sin embargo, y Teófilo no hacía nada. La sequedad de sus facultades -creadoras y el torpor de su estro tan ágil y desenfadado en otro -tiempo, eran alarmantes y le traían acongojado. Confiose a Alberto, -rogándole que le proporcionase algún remedio. - ---No sé cómo te arreglas --habló Teófilo--. Trabajas todos los días -cinco o seis horas con regularidad, tú que siempre has sido tan vago. -No veo que pongas especial ahinco, sino que parece que escribes por -distraer el tiempo; pero tu obra cunde maravillosamente. Dime, ¿qué -debo hacer yo? - ---Yo qué sé, Teófilo. La mayor parte de las cosas en la vida son -independientes del albedrío humano. Me pides consejos... Soy enemigo -de las frases genéricas y vanas. ¿Qué quieres que te aconseje? Que te -adoctrines en la simplicidad de la naturaleza... Que escuches el rumor -de árboles y ondas hablándose entre sí, sin decirse retruécanos, como -hacemos los hombres... Es todo lo que puedo decirte, y esto como ves, -no tiene ningún valor. Aguarda. Si ahora te sientes incapaz para urdir -un argumento o hilvanar cuatro versos, piensa que esa esterilidad es -pasajera, y que a todos los artistas les ocurre lo propio a temporadas. -Aguarda. En medio de todo no es raro que te sientas inútil para el -arte, cuando el amor te tiene acaparado por completo. - ---Así es. Acaparado por completo --repitió Teófilo, esbozando una -sonrisa de candoroso orgullo--. Se cree vulgarmente que el amor -estimula el ejercicio de las artes, y muy particularmente el de la -poesía. Ahora veo que no. Al contrario, le anula a uno. Pero es un -anulamiento tan placentero... ¿Que ahora no puedo escribir? No importa; -aguardaré. Tienes razón. La vida es anterior y superior al arte. Yo -ahora vivo. - ---Sí; vivir es sentir la vida, es tener sensaciones fuertes, como dice -Stendhal. - ---Me gusta la cita. Se me figura como si toda mi vida anterior no -hubiera sido sino preparación espiritual para sentir en toda su -magnitud las sensaciones presentes. Tener sensaciones fuertes... eso -es todo, sí, señor. Pero para resistir las sensaciones fuertes no -vendría mal tener un cuerpo fuerte, robusto. ¿No crees que me estoy -desmejorando bastante? --Teófilo pretendió en balde sonreir. Sus ojos -traicionaban escondido anhelo. - ---Un poco, es natural. - ---No me preocupa. Una vez que se amortigüen un tanto estos primeros -ímpetus, cuando volvamos a Madrid, cuyo clima me sienta muy bien, me -repondré en muy pocos días. - -A fines de agosto, cierta noche, a la hora de la cena, Guzmán dijo: - ---Amigos míos; pongo en vuestro conocimiento, que he terminado mi -novela. - ---«Hurra», «bravo», «choquemos las copas», «tienes que leérnosla», y -otras palabras de este tono, fueron las precipitadas respuestas de los -tres amigos. - ---Gracias, amado pueblo. Ahora os participo que mañana salgo para -Madrid. No pongáis esa cara, que la cosa no es para tanto. Os abandono -con dolor, pero no puedo quedarme. Quiero que la novela salga a fines -de septiembre, y he de estar en Madrid en tanto se imprime. ¿Cuándo -pensáis marchar vosotros? - ---Yo, por mi gusto, me quedaría aquí toda mi vida, ¿verdad, Teófilo? ---y contempló al poeta con mimosidad--. Por lo pronto, no tengo -contratos hasta el mes de noviembre, de modo que podemos quedar aquí -todo el mes de octubre. Y tú, no digas, si te da la gana te puedes -quedar también. O, si es tan necesario que corrijas esas pruebas, -puedes volver después de publicado el libro. - ---No, porque precisamente en el mes de octubre se casa Amparito, -la hija de Antonia. Aún no está señalado el día. Yo soy uno de los -testigos. Antonia no me perdonaría que faltase. - ---Pues hijo, te portas como hay Dios --dijo Verónica, desabridamente--. -Tú vas a lo tuyo y a los demás que nos parta un rayo. Has concluido -tu librito, pues, agur, y ahí queda eso. _Eso_ es una cesta que pesa -varios quintales. De órdago, hijo, para llevarla yo sola. - ---Ven a Madrid conmigo. - ---Estoy por marcharme también. - ---Eso será si te dejo yo. Pues no faltaba más --habló Rosina--. Seremos -muy formalitos y no te molestaremos lo más mínimo, ¿eh, Teófilo? Y tú ---dirigiéndose a Alberto--, sinvergonzón, no sabes lo que te pierdes, -porque ahora saldremos todas las tardes en lancha a pescar panchos, -y en cuanto entren las mareas vivas nos vamos a dar cada atracón de -percebes... - ---¡Quédate! --rogó Teófilo con gran amargura en la voz. - ---No me es posible. - -Al día siguiente, en el momento de despedirse, Teófilo dijo -confidencialmente a Alberto: - ---Mientras has estado aquí apenas si me daba cuenta de tu compañía. -Ahora que te vas, tengo no sé qué tristes presentimientos. Miedo, sí, -miedo. - ---¿De qué o a qué? - ---No lo sé yo mismo. - - - - -IV - - -Amparito se casó en la primera decena de octubre. La boda fue en la -parroquia de San Martín. Día solemne en la casa de huéspedes, aun -cuando el hecho de ser invitados solo Travesedo y Guzmán originó -no poca contrariedad a los preteridos. En honor al acto, a las ocho -de la mañana, hora en que la novia abandonó la casa materna, todos -los huéspedes estaban en pie. Por unanimidad se decretó que Amparito -estaba preciosa. Lolita, llorando como una Magdalena, aunque no de -arrepentimiento, precipitose a abrazar y besar a Amparito, despertando -con su tumultuosa cordialidad la indignación moral de Travesedo y la -ira indumentaria de Antonia, que veía chafarse entre los brazos de la -cortesana los albos arreos nupciales y las cándidas flores de azahar. - -Luisito Zugasti, que así se llamaba el novio de Amparito, ofreció a -los asistentes a su boda un almuerzo en el _Ideal Room_. Aparte de -Travesedo, Guzmán y el cura que había sacramentado el desposorio, -el resto de los invitados eran ingenieros de minas, como Zugasti, -compañeros de promoción en la escuela: todos ellos hombres curtidos -por la vida activa al aire libre, modestos en el vestir, sobrios en -el comer, alegres con alguna rudeza, afables con toda simplicidad, y, -aunque ya maduros y entrecanos, el sentido que de la vida tenían era -muchachil, llano y placentero. Prolongose la sobremesa largo tiempo, y -desde el restorán fueron todos a despedir a los recién casados. - -Volvieron de la estación solos y a pie Travesedo y Guzmán. - ---Son felices; serán felices --exclamó Travesedo, aludiendo al flamante -matrimonio. - ---Son felices; serán felices --hizo eco Guzmán. - ---He aquí el único ideal en la vida: casarse; tener muchos hijos, -educarlos bien; vivir tan apartado del mundo como se pueda; no hacer -mal a nadie y morir respetado por todos los conocidos. ¡Hermosa tarde! -La vida es bella, la vida es buena. Tiene razón Leibniz, vivimos en el -mejor de los mundos posibles. - -Y los dos amigos se lanzaron en líricas disquisiciones acerca de la -bondad y la belleza de la vida. - -En llegando a casa, salióles a abrir la ventruda Blanca. - ---Don Alberto, ahí en su cuarto hay un judío que ha venido preguntando -por usted hace dos horas. - ---¿Un judío? - ---O un protestante. Él no habla palabra de cristiano y ni Dios le -entiende lo que dice. - -Alberto entró en su cuarto, en donde estaba aguardándole el -corresponsal de un diario alemán, Herr Heinemann, con el cual, así como -con su amante, Guzmán sostenía relaciones amistosas desde hacía unos -meses. - -Heinemann revelaba gran agitación. - ---Tengo que hablarle de asuntos muy importantes. No se ofenda usted si -le digo que los españoles que conozco me parecen poco personas y no -me merecen ninguna confianza. Usted es el único con quien me atrevo a -consultar lo que me ocurre --dijo en francés. - -«El sablazo se cierne sobre mi sesera», pensó Guzmán. Dijo en voz alta: - ---Muchas gracias. Siéntese, y si en algo puedo servirle. - ---En algo... ¡En todo! ¡Sálveme usted! - -Entonces Heinemann refirió que su amante estaba encinta de cuatro -meses; que tanto él como ella habían resuelto provocar el aborto, y que -no conociendo en Madrid a nadie en cuya discreción pudiera fiar, acudía -a Guzmán para que este le indicase algún médico o comadrona que se -prestase a ello. - ---¿Y cómo quiere usted que yo sepa nada de eso? --murmuró Guzmán. - ---Puede usted informarse. Desde luego, ya suponía yo que no iba a estar -usted enterado; pero a usted le es más fácil enterarse. Es necesario. -Nora dice que de lo contrario se suicida. - ---¿Sabe Nora que la operación es peligrosa y puede costarle la vida? - ---Lo sabe. Estamos decididos. - ---Dispénseme si me atrevo a hacerle alguna consideración de índole -moral. - ---Lo que usted quiera. - ---Pudiera ser excusable que Nora arriesgase su vida voluntariamente. -Pero aquí no se trata de eso, sino de destruir otra vida. En suma... - ---¿De un crimen, quiere usted decir? - ---No quiero decir un crimen, pero sí algo semejante. - ---Yo, por el contrario, creo realizar un nobilísimo acto moral. Si -a usted, antes de nacer, le hubieran dado a elegir entre la vida o -la nada, ¿qué hubiera usted elegido? --Heinemann ponía y quitaba el -monóculo a cada dos palabras, con obstinación de monomaníaco. Sus ojos -eran grises y taciturnos; su rostro, en absoluto huérfano de expresión. -Guzmán callaba. Prosiguió Heinemann--: ¿Qué hubiera elegido usted? -La vida es mala, la vida es fea, la vida es dolorosa. La vida es una -contradicción radical que nunca se resuelve. Vivir es sufrir. Engendrar -a un ser es condenarlo a la muerte y, lo que es peor, al sufrimiento. - -Oscurecía. Los dos hombres estaban en un ángulo sombrío del aposento. -Heinemann se exaltaba, desarrollando una vasta teoría pesimista acerca -de la vida. Guzmán le interrumpió. - ---Todo eso que usted dice es materia opinable; pero el caso concreto es -que yo no conozco a ningún médico o comadrona... - ---¡Sálveme usted! --suplicó Heinemann, tomando entre las suyas -entrambas manos de Guzmán. - ---¿Qué puedo hacer yo? Además, no logro entender por qué les alarma -tanto a ustedes tener un hijo. - ---Si usted se enterase de ciertos antecedentes e interioridades que -no puedo revelar, lo entendería, aparte de las razones de principio, -convicción de conciencia, de que ya he hablado. ¡Sálveme! Usted tiene -amigos; entre ellos es seguro que alguno sabrá lo que necesitamos saber. - -En esto Guzmán recordó haberle oído contar a Travesedo la historia -de los abortos de la Íñigo, con la relación circunstanciada de las -personas que habían intervenido y ayudado en ellos. Acercose a la -puerta y gritó: - ---¡Eduardo!... - -Llegó Travesedo. Guzmán lo presentó a Heinemann, y a seguida le repitió -lo que Heinemann pretendía. - ---Pero eso es un crimen --comentó Travesedo, sin poder contenerse. - ---Si antes de nacer --replicó secamente el alemán-- le hubieran dado a -usted a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido? - -Hubo una pausa. - ---La nada --respondió Travesedo, con energía. - -Adensábanse las sombras dentro de la estancia. Los tres hombres, por -movimiento instintivo, acercáronse al balcón. La noche caía sobre -Madrid, aplastando contra los tejados al día, ya caduco, cárdeno y -macilento, congestionado en sus últimos esfuerzos por sostener en los -hombros aquella masa sideral de tinieblas. - ---Yo amo a los niños --bisbiseó Travesedo, con acento de confesión--. -Yo siento una gran ternura por los niños. Yo no puedo ver un niño sin -conmoverme, como en la iniciación de un misterio. Yo no puedo ver un -niño sin pensar: ¿Será, andando el tiempo, un Sócrates, un Dante, un -Goethe? --Hizo una pausa--. ¿No le parece a usted, Herr Heinemann, que -en casos como el presente esta misma consideración tiene gran fuerza? - ---O esta otra --repuso el taciturno Heinemann--. ¿Será un tirano, un -ladrón, un traidor, un asesino? Pero, sobre todo, genio o degenerado, -grande hombre ú hombre miserable, será ineludiblemente una criatura -sujeta al mal metafísico, al físico y al moral; será una criatura -imperfecta, atormentada por el dolor de pensar, acosada por la pasión, -tentada por el delito, perseguida por la enfermedad y la vejez y -vencida a la postre por la muerte. El mundo es malo; la vida es mala y -fea y no vale la pena de ser vivida. - -Otra pausa. Las puertas de la noche se habían cerrado sobre el cielo, -dejando apenas una estría de luz rojiza a ras de tierra. - -Travesedo encendió la luz eléctrica, sacó del bolsillo una tarjeta de -visita y la respaldó con lápiz. - ---Aquí tiene usted una tarjeta de presentación para la Íñigo. Yo me -lavo las manos. Usted se entenderá con ella. - -Heinemann se despidió, dando las gracias y sacudiendo con reciedumbre -la mano de Travesedo y de Guzmán. En quedando a solas, Travesedo apagó -la luz y salió a sentarse al balcón. Guzmán estaba en pie, apoyado en -el barandal. Después de largo silencio, Travesedo habló como consigo -mismo: - ---La vida es mala. No hay otro remedio que el suicidio cósmico que -aconseja Hartmann. - - - - -V - - -A los dos días de casarse Amparito recibiose un telegrama en casa de -Antonia. Era de Verónica. Decía así: «Tren correo llegamos Teófilo y -yo. Teófilo mal.» - -Travesedo y Guzmán descendieron a la estación a esperar a los viajeros. - -Al detenerse el tren, Verónica asomó por una ventanilla e hizo señas -a Travesedo y Guzmán. Venía desencajada, descolorida, como después de -haber pasado una mala noche. No bien se acercaron los dos amigos, -Verónica, sin saludar, dijo impaciente: - ---Suban a ayudarme. No se puede mover. Está muy malito. - -Teófilo estaba tendido a lo largo de un diván. Su lividez era tanta que -semejaba transparecer una amarilla luz interna, la cual, al asomar en -el negro vidrio de los ojos, emitía angustiados reflejos. - ---¡Me muero, me muero, me muero! --sollozó Teófilo. Cortole la palabra -un acceso de tos. - ---Sí, está muy malito. Pero no tanto. Es un cobardón. Parece mentira... ---y se volvió a mirar a Teófilo, con sonrisa reconfortante. - ---Me muero. Escupo sangre. Me muero en seguida. Avisad a mi madre. - ---Quizás no sea nada grave. ¿No habéis visto a ningún médico en -Celorio? --preguntó Travesedo. - ---No ha querido él. Se empeñó en venir a Madrid a escape. - -Con infinitos cuidados y no poca dificultad trasladaron a Teófilo a la -casa de huéspedes. Se telegrafió a doña Juanita y Travesedo salió a -buscar a un médico joven y talentoso, amigo suyo. - -El médico, después de examinar, auscultar y percutir a Teófilo, en un -aparte que tuvo con Travesedo y Guzmán, declaró: - ---No sé lo que tiene. El cuadro sintomático es dudoso. Lo mismo puede -ser pulmonía que fiebre tifoidea. A la tarde volveré, a ver si se han -especificado los síntomas. - ---En todo caso, la enfermedad es grave --sugirió Travesedo. - ---Muy grave. Otra cosa. Es necesario mudar a Pajares de habitación. La -que tiene carece de condiciones de capacidad y de ventilación. - -Recorrieron las diferentes estancias de la casa, hasta la de Lolita, -quien estaba aún en el lecho, con San Antonio, rodeado de flores, en -la mesa de noche, prueba concluyente de que el santo miraba a Lolita -con singular predilección por aquellos días. - -El médico eligió la habitación de Lolita como la más amplia y a -propósito para el caso. Lolita, abnegadamente, se la cedió al poeta, -con todos los muebles y ropas. - -Verónica se instaló en casa de Antonia; no quería apartarse del -enfermo, y este, de su parte, no admitía otra enfermera que Verónica. - -Alberto inquirió cerca de Verónica los orígenes del mal. - ---Pues verás, hijo mío --explicó Verónica--. Hace cosa de ocho días, -Rosina recibió una carta de Fernando, en la cual él le decía que iba -de un momento a otro a Arenales. Ya sabes que Arenales es el pueblo -de Rosina. Fernando creía que ella estaba pasando el verano allí. Si -supieras el lío que se traía con eso de las cartas... para no descubrir -el pastel. Bueno; con la última carta el cielo se le cayó encima. Vino -a decírmelo a mí, con mucho misterio, y quería que yo, con cualquier -pretexto, me trajera a Teófilo a Madrid. ¡Qué pretexto ni qué ocho -cuartos! Pues va ella, y un día a la mesa, como un escopetazo, le -dice a Teófilo que todo tiene que concluir, porque llegaba Fernando. -El infeliz Teófilo se quedó talmente como un cadáver. ¡Daba compasión -verlo! Tanto, que hasta esa perra se compadeció, y se fue a él -haciéndole cucamonas e hipocresías, y «no te apures, bobín, que es para -unos días», y aquello de «yo no quiero a nadie más que a ti», y lo de -siempre. ¡Qué hiena sin entrañas! A todo esto Teófilo no dijo esta -boca es mía; pálido, pálido como un muerto, y un aire tan orgulloso, -tan noble... Al día siguiente se nos fue la pájara. En todo el día -Teófilo no salió del cuarto. Yo no entré porque respetaba su tristeza, -¡a ver qué iba a hacer yo! Pero, ya por la noche, viendo que no daba -señales de sí, le llamé desde la puerta. Él contestaba, pero eran cosas -sin sentido. Tomé entonces un quinqué; entré en el cuarto... ¡Virgen -de Guadalupe! Todas las almohadas llenas de sangre; Teófilo como un -desenterrado, delirando y como si se ahogase. Le toqué la frente; era -un horno. Cuando volvió en sus sentidos, lo primero que dijo fue: -«Vámonos a Madrid, a escape.» Yo quise llamar al médico del pueblo; -él se puso furioso; me entró miedo, y así nos vinimos a Madrid; yo, -temiendo que se me muriese en el viaje, porque le entraban a veces unos -ahogos que partía el alma verlo. Está muy malito, como veis; pero me da -el corazón que cura. - -A la tarde, el médico añadió una nueva y más fatídica presunción a su -diagnóstico. - ---Sospecho que se trata de un caso de granulia --dijo. - ---¿Qué es granulia? ¿Alguna erupción? --inquirió Travesedo. - ---Tuberculosis virulenta, fulminante. Una antigua tuberculosis latente -que de pronto se agudiza, estalla y se propaga a toda la sangre. -¿Ustedes recuerdan si solía toser o tener fiebres frecuentes? - ---Él siempre tuvo la aprensión de estar tísico --habló Guzmán. - ---Si fuera granulia, como presumo --continuó el médico--, conviene que -ustedes se precavan del contagio. - ---Y si fuera granulia --preguntó Travesedo--, ¿el caso es desesperado? - ---Desesperado. Cosa de diez, quince, veinte días. Pajares se encuentra -muy débil. - ---¿Sin remedio? - ---Sin remedio. - -A la mañana siguiente, muy temprano, el médico vino nuevamente, y -sentenció que la enfermedad era granulia y que no había salvación. - ---¿No será lo mejor llevarlo a El Pardo? --consultó Travesedo. - ---¿Para qué? --interrogó a su vez, con amargura, el médico--. Por el -contrario, no debe moverse. Que esté en cama o en una butaca, como -más a gusto se encuentre; pero que no se mueva. Repito que anden con -cuidado con el contagio. - -Aquí dio prolijas instrucciones acerca del modo de defenderse del -contagio. Concluyó: - ---Por supuesto, después de terminado todo, que por desgracia terminará -antes de lo que se piensa, es preciso destruir los muebles, ropas, etc. -que han estado en contacto con el enfermo y desinfectar la habitación. -Es una tuberculosis virulentísima. - -Cuando Lolita supo que su ajuar estaba condenado fatalmente a la -destrucción, exclamó con ánimo heroico: - ---¡Anda y que se lo lleve er mengue! Eso y too lo que tengo daría yo -porque er probesiyo tuviera salú. Y eso que no le debo ninguna finesa, -porque cuidao que era eriso pa tratá a la gente. ¡Dios lo perdone! - -Aquella misma mañana llegó doña Juanita. Todos temían que el -encuentro entre madre e hijo trajera consigo escenas lamentables y la -subsiguiente agravación de la enfermedad. Estaba Teófilo sentado en -una butaca, detrás de los vidrios del balcón. Doña Juanita, con mucha -entereza, se acercó a besarle la frente. Teófilo elevó hacia su madre -los ojos, con ternura infantil y suplicante: - ---Madre, me muero. - ---Eso será si yo lo consiento. Pues estaría bueno que yo te dejara -morir; yo, una vieja que de nada sirve en el mundo, y tú, un mozo que -tiene muchos años y mucha felicidad por delante. Conque, ya lo has -oído: no consiento que se hable de cosas tristes. - ---Madre, creí que usted no vendría. - ---¿Que no vendría? Cállate, pillo; ¿por qué no iba a venir? - ---Creí que no vendría, madre. Ya sabe usted por qué. - ---Estos mozuelos --replicó doña Juanita, esforzándose en dar un tono -descuidado a sus locuciones por esperanzar al hijo--, estos mozuelos -tan sabidores y poetas, que presumen de conocerlo todo y se les -enfrían las migas de la mano a la boca. Calla, aturdido; ya sé a qué -te refieres; pero no sabes de la misa la media. Ya te explicaré, -ya te explicaré --y a pesar suyo su voz temblaba con oscilaciones -dubitativas, como caminando a oscuras entre los dédalos de la vida y de -la muerte. - -Verónica, de enfermera todo el tiempo que duró aquel morbo ávido que -consumía a Teófilo hora por hora, condújose con abnegación, solicitud -y blandura tales, que a todos tenían admirados y movieron a doña -Juanita al más amante y maternal reconocimiento. No se avenía Verónica -fácilmente a que Teófilo muriese. Confiaba en el milagro. Como prestaba -absoluta fe al oráculo de Hermes Trimegisto, entre ella y Lolita, con -mucha discreción, consultaron por dos veces el libro de los augurios, -en la pregunta: «¿Sanará el enfermo?» La primera vez respondió la -palabra revelada: «El enfermo puede sanar, pero bueno es estar -preparado para lo peor.» La segunda: «Los dolores con que es afligido -el enfermo terminarán muy pronto.» - ---Nos hemos quedao como estábamos, a la luna de Valensia y sin saber a -qué carta quedarnos --dijo Lolita. - -Pero Verónica tuvo la corazonada de que aquellas respuestas -anfibológicas anunciaban la muerte de Teófilo. - -Una tarde estaban a solas el poeta y la bailarina. Verónica, sentada -en una sillita baja, no lejos del enfermo. Teófilo, hundido en un -butacón, con los ojos entornados. - ---¿Sabe que dentro de ocho días es la apertura del teatro y comienzo a -bailar de nuevo? --habló Verónica. - ---¿Y te vas a marchar? --bisbiseó Teófilo. - ---Marcharme... vamos. Pues solo faltaba eso. No sé si aceptar el -contrato. En todo caso iría tres horitas al teatro, por la noche, y -luego vuelta aquí, si usted me necesita. - ---Sí, sí. - ---¿Le molesta que hable? ¿Le duele la cabeza? - ---Sí; pero no me molesta que hables. Al contrario. - ---¿Quiere un poco de agua azucarada? - ---Sí; me abrasa la boca. - -Verónica acudió con el vaso de agua y lo acercó a los labios de Teófilo. - ---Gracias, Verónica. Bendita seas. - ---Calle, no diga. Si no vale la pena... - -Teófilo envió una mirada ardiente y escrutadora al rostro de Verónica, -la cual, por huirla y disimular su turbación, se retiró con el vaso. - ---Acércate a mí, Verónica --suplicó Teófilo--. Tengo que hacerte una -revelación. - ---Ya ha oído al médico, que no le conviene a usted hablar. Estese -quietecito y haga por dormir y no pensar en nada. Yo hablaré, si le -entretiene, muy bajito para que no le empeore el dolor de cabeza ---Verónica no sabía lo que decía. - ---Acércate. - ---¿Qué me quiere? - ---Si yo me hubiera enamorado de ti en lugar de la otra... Si yo -me hubiera enamorado de ti... --interrumpiose para toser. Respiró -afanosamente y continuó--: Pero es ya tarde. No tengo derecho a saber; -pero quiero saber. Tú... ¿me hubieras querido? - -Verónica no acertó a responder. Respondieron por ella las lágrimas que -asomaron a sus ojos, las cuales Teófilo parecía querer secar con el -fuego de los suyos. - ---¡Verónica! ¡Verónica! - -Verónica había caído acurrucada a los pies de la butaca, y Teófilo le -pasaba la mano sobre la abatida cabeza de bravos y abundosos cabellos -negros. Hubo un largo silencio. - ---Yo también te quiero a ti, Verónica. - -Verónica, con la cara oculta entre la manta que cubría las piernas de -Teófilo, murmuró: - ---Usted no puede dejar de querer a la otra. - ---No digas eso. Aquello no era amor. Si volviera a estar sano quizás -cayera de nuevo y a pesar de todo en el mismo desorden y locura. Pero -ahora soy un alma sin cuerpo, en los umbrales de la eternidad, y veo -claro, veo claro, veo claro. Te quiero, Verónica, te quiero. - -Verónica estrechaba la mano de Teófilo y apoyaba en ella la mejilla, -sin atreverse a besarla. A poco penetró en el aposento doña Juanita, y -más tarde Guzmán y también Macías, el actor, el cual, a una distancia -prudencial, por temor al contagio, estudiaba la expresión del enfermo, -la deformación de sus facciones, sus gestos, ademanes e inflexiones de -voz, por si llegaba el caso de representar en escena algún moribundo -de granulia, que todo podía ocurrir. Luego se iba a su cuarto y hacía -sinnúmero de muecas ante el espejo, repapilándose de antemano con el -éxito que había de tener el día que se muriese en escena con arte tan -concienzudo, tomado del natural. Como más adecuado observatorio Macías -solía apostarse en los ángulos sombríos; aparte de que por nada del -mundo se hubiera colocado en las estrías y haces luminosos que pasaban -de claro la estancia, con sus infinitas partículas de polvo danzante, -que no eran otra cosa que visibles microbios voladores, en opinión de -Macías. Después de cinco minutos de tácitos estudios, Macías salió a -grabar bien en la memoria la aprendida lección. - -Aquella misma tarde la obesa Blanca entregó una carta a Guzmán. - ---¿Quién te escribe? --curioseó Teófilo, que había caído en un -infantilismo dulce y mimoso al perder la salud. - ---Voy a ver. Arsenio Bériz. - -Teófilo, volviéndose hacia su madre, refirió quién era Bériz, y cómo, -huyendo de Madrid, había encontrado la felicidad. - -Guzmán leyó para sí: «Dos palabras, querido Guzmán; dos palabras de -hiel. Necesito desahogar con alguno. Perdona que te haya elegido a ti. -Seis meses de casado... ¿Tú sabes lo que son seis meses de casado? Y -vendiendo abanicos. He pensado en el suicidio. En serio, Alberto. No -vayas a creer que mi mujer es mala. ¡Quia! Todo lo contrario. No puede -ser mejor, más afectuosa, más empalagosa quiero decir. Y ahora se -encuentra en estado. ¡Vaya por Dios! Dirás, ¿por qué el suicidio? Por -tedio. Esto no es vivir. Constantemente, con tenacidad de alucinación, -me persiguen los recuerdos de aquellos años de vida madrileña. Una -temporadilla, muy corta por cierto, se me había embotado la memoria -por efecto del incentivo carnal --llámalo amor, si quieres-- que me -inspiraba mi Petrilla. Acabose aquello, y aquí estoy yo, como Prometeo, -encadenado a la roca conyugal, sin dar pie ni mano, y los buitres -insaciables del hastío, de la concupiscencia, del ansia de vivir, de -todas las pasiones nobles, en suma, desgarrándome la tripa. Comprendo -a Heliogábalo, comprendo a César Borgia, comprendo a todos los que han -experimentado la sed de lo extraordinario y el desprecio de este bajo -animal que llamamos burgués; el tirano, el guerrero, el crapuloso, el -libertino. Vivir es exacerbar la sensación de vivir y con ella el -anhelo de vivir más. Estoy desesperado. ¡Madrid, mi Madrid fascinador y -canallesco! Compadéceme, _Arsenio_.» - -Entretanto, Teófilo decía a doña Juanita: - ---¿Se acuerda usted, madre, de una carta que me escribió en que me -rogaba: «Vente a Palacios; te casarás con tu prima Lucrecia. Qué vejez -tan dichosa me deparabas si te decidieras a escucharme»? ¿Se acuerda -usted? Fue en la misma carta en que usted me anunciaba que no me podía -enviar la mensualidad porque se le habían marchado los huéspedes, hasta -don Remigio, el canónigo; parece mentira --doña Juanita palideció--. -Si le hubiera hecho a usted caso... A estas horas estaría ya casado y -seríamos todos felices. Pero, no vaya usted a creer, madre; casado, y -no con Lucrecia --contempló a Verónica con ojos vagos y diluidos, que -no se sabía si estaban vueltos hacia el pasado o hacia el futuro; en -todo caso hacia lo imposible--. Ese Bériz, ¡qué suerte la suya! Huyó a -tiempo y se salvó. ¿Qué te dice, Alberto? Será venturoso; ha encontrado -el paraíso en la tierra. ¿Qué te dice? Léeme la carta. - ---¿Para qué? Lo de la otra vez. - ---Sí, mejor es que no la leas. No le deseo mal, pero me hace sufrir el -ver que yo, torpe y cobardemente, pude gozar también de lo mismo que -otros gozan. Y tú, Alberto, ¿cuándo te casas? - -En esto entró Travesedo. - ---Nunca. - ---¿Y tu novia? - ---He roto con ella. - ---¿Cuándo? - ---Hace varios días. - -Oír esto Travesedo, tomar a Guzmán de un brazo y sacarlo fuera de la -habitación, fue obra de un minuto. - ---¿Es cierto lo que has dicho? - ---Sí. - ---¿Te has cansado de Fina? - ---No. - ---Entonces, ¿es cuestión de ideología? - ---Desde luego, y otras cosas largas de explicar. - ---Bueno, hombre; me haces gracia. En cambio yo te anuncio con toda -solemnidad que me voy a casar. ¿Enarcas las cejas? Sí, hijo, sí. Me -caso, y en seguida. Por amor y por ideología. - ---¿Cuándo? - ---No lo sé aún. - ---¿Con quién? - ---No lo puedes saber aún. - -Penetraron de nuevo en la habitación de Teófilo. Estaban todos -sentados, sin hablar palabra. - ---¡Aquel día, aquel día!... --exclamó Teófilo con voz tenue y afligida. - ---¿Qué día, hijo mío? --preguntó doña Juanita. - ---El día que recibí aquella carta de usted, madre. ¡Aquel día! De -aquel día vienen todos mis infortunios, por mi ceguedad y estupidez; -de aquel día que debió ser el manantial de mi dicha. Aquel día te -conocí, Verónica. Fue aquel el día de mi caída, y debió ser el de mi -renacimiento. En aquel día cometí la acción más cobarde, vergonzosa, -fea y miserable que puede cometer un hombre. Cerca estoy de la muerte; -quiero entrar en ella libre de toda carga. Quiero confesarme. - -Doña Juanita, que andaba toda preocupada con el asunto de la confesión -sin acertar cómo insinuárselo a Teófilo, vio ahora el cielo abierto. - ---¿Quieres confesarte, hijo? - ---Sí, en voz alta, ante todos ustedes, como los antiguos cristianos, -para que me desprecien. Aquel día robé, sí, robé doscientas pesetas a -Antón Tejero. Las robé, se las saqué del bolsillo. No merezco que nadie -me mire a la cara, ya lo sé. Madre, que Alberto le diga las señas de -ese señor Tejero y usted le restituirá las doscientas pesetas. Ahora -quedo tranquilo. - -Ninguno se atrevió a hablar. Teófilo respiraba aquel silencio piadoso e -indulgente, como si con él recibiera la paz del espíritu. - -Doña Juanita, que hacía tiempo y con tácitas angustias ansiaba -descargar su conciencia de la pesadumbre de un gran secreto pecaminoso, -consideró que aquella era la mejor conyuntura. Hizo disimuladamente -señas a los presentes de que se retirasen y quedó a solas con su hijo. - ---Hijo mío --comenzó a hablar con voz tenue y aplomada--, más grave que -tu delito es el que yo voy a confesarte, del cual ya me confesé ante -Dios y recibí su absolución de manos del sacerdote; pero, con venir del -mismo Señor de cielos y tierra, no me considero absuelta ni redimida -hasta tanto que tú me hayas perdonado. No creo que el tuyo haya sido -delito sino falta, fea falta si se quiere de las muchas a que nos -inclina la flaqueza de nuestra natura. Mi error fue más capital que el -tuyo, y tan funesto que me amargó el corazón toda la vida de tal suerte -que los remordimientos y sinsabores que me acarreó, si Dios en su -infinita bondad y justicia me los toma en cuenta, me cancelarán muchos -años de purgatorio. Por el amor que te tengo, hijo mío, te ruego que me -escuches con benevolencia y, aunque no lo merezco, te atengas a aquella -flaqueza humana de que antes he hablado y consideres la ceguera que -el demonio pone a veces en nuestra carne mortal --doña Juanita estaba -de espaldas a la luz. Sus palabras fluían en un curso sereno y claro. -Teófilo escuchaba con recogimiento. Doña Juanita añadió concisa y -netamente--: Tú no eres hijo de Hermógenes Pajares, sino de don Remigio -Villapadierna. - -Una pausa. Doña Juanita hizo ademán de arrojarse a los pies de su hijo; -este la detuvo con un movimiento del brazo. - ---No, Teófilo, no puedes entenderme hablándonos a esta distancia. -Déjame tenerte tan junto a mí, tan pegado a mi cuerpo que mis -sentimientos pasen de mi corazón al tuyo sin necesidad de palabras. -Ni ¿qué palabras podrían expresar lo que yo siento? --doña Juanita -se acercó a la butaca de su hijo y reclinando su cabeza junto a la -del enfermo comenzó a murmurar en voz baja--: Hermógenes se casó -conmigo con engaño y doblez. No me amaba, sino que pretendía solamente -apoderarse de la corta hacienda que al matrimonio llevé. No bien nos -hubimos casado, me abandonó. No quiero decir que hubiera huído de mi -lado, no. Ante los ojos de la gente era un marido como otro cualquiera. -Pero, en la intimidad de nuestra casa, era despegado, de todo punto -indiferente, duro y hasta cruel a veces. Vivíamos en el pueblo. Él -administraba mis bienes, y tan pronto como recibía el importe de las -pequeñas rentas marchábase a Valladolid a gastárselo Dios sabe cómo. -Yo, y bien lo sabes tú, que en eso eres como yo, siempre he tenido -un alma muy tierna y sensible: yo he querido bien a todo el mundo, y -el desamor ajeno siempre me ha dolido sobremanera. Imagina, pues, lo -que me haría sufrir el desamor del propio marido. ¿Qué iba a hacer -yo? Busqué consuelos en la religión. Era por entonces don Remigio -coadjutor del pueblo y yo su hija de confesión; yo le juzgaba noble, -caritativo, afectuoso. Y así fue cómo, paso a paso, sin echar de ver -uno ni otro que nos perdíamos, caímos en el pecado. Naciste tú --doña -Juanita guardó silencio y continuó al cabo de unos minutos--: Durante -los primeros años de tu infancia don Remigio parecía amarte hasta no -más y de doble modo, como padre en la carne y padre espiritual, pues -le preocupaba grandemente formarte el espíritu e instruirte en las -cosas del saber, que él siempre fue persona muy leída. Viéndole tan -solícito de tu bien, el ardor de mis remordimientos se mitigaba un -tanto. Más tarde, por empeño de mi marido, pasamos a Valladolid con la -fonda. La vida de Pajares fue tal que no había dinero que le bastase. -Hubimos de trocar lo que era fonda en humilde casa de huéspedes, a -tiempo que Pajares era llamado por Dios a juicio y moría lleno de -arrepentimiento. ¡Dios le haya perdonado! Por aquel tiempo don Remigio -vino con una parroquia a Valladolid y se hospedó en mi casa. Tú ya -eras mayorcito, y entonces es cuando él te enseñaba latín y a hacer -versos. Lo odiabas ya entonces y eso que no podías saber nada ni era -fácil que lo sospechases, porque a su vuelta a Valladolid, si bien -parecía conservarte algún afecto, a mí, que había envejecido bastante, -me trataba con menosprecio. ¡Solo Dios sabe lo que yo hube de padecer! ---nueva pausa de Doña Juanita--. Años y más años, muchos años, hijo -mío, me consideraba a mí misma tan malvada que en lugar de desear tu -perdón solo apetecía tu maldición, por recibir con ella esa triste paz -que dan las penas justamente recibidas. Por eso, aquella noche que me -maldijiste, hijo mío, yo, desde el fondo de mis entrañas te estaba -bendiciendo y loando a Dios porque había enviado, después de muchos -años, un rayo de luz a mi alma. Sin lo ocurrido aquella noche, nunca, -nunca me hubiera atrevido a revelarte este secreto ni a solicitar, con -lágrimas en los ojos, tu perdón. - -En efecto, en este punto, doña Juanita comenzó a derramar abundoso y -sosegado llanto, que se esparcía sobre la frente de Teófilo, aliviando -el fuego de su calentura. - ---Todo eso lo sabía yo, madre, antes de que usted me lo confesara, y le -había perdonado a usted, la había perdonado con toda mi alma. No llore, -madre. Sí, llore, madre, que sus lágrimas me refrescan la frente y el -alma. - ---¿Que tú sabías?... --Dijo doña Juanita, incorporándose. - ---Venga más cerca de mí, madre, que yo la sienta pegada a mí. Así. No -sabía las circunstancias que usted me ha referido; pero he sentido -siempre en lo más hondo y arcano de mi ser la certidumbre de que yo -había sido engendrado por una mala sangre en una sangre generosa. -Siempre ha habido en mí dos naturalezas: una torpe y vil, simuladora y -vana, otra sincera y leal, entusiasta y dadivosa. Usted madre, me ha -dado todo lo que tenía: porque todo lo bueno que hubo en mí usted me lo -transfundió al darme la vida. ¿No la he de perdonar? Lo malo y ruin me -viene de aquel hombre, que al engañarla a usted me perdió a mí. Madre, -béseme. - - - - -VI - - Chi sará sará. - - DIVISA HERÁLDICA. - - -La muerte de Teófilo acaeció precisamente el mismo día en que Rosina -llegó de Arenales a Madrid, de paso para París, y en que se inauguraba -el Coliseo Real, teatrito en donde estaba contratada Verónica. Los -cuatro últimos días de su enfermedad los había pasado en constante -delirio, cortado aquí y acullá por breves intervalos lúcidos. En uno de -estos quiso hablar en secreto a Guzmán, y con trabajosa voz le suplicó: - ---Tan pronto como se presente ocasión, vete a ver a Rosina. Le dirás -que la perdono sin reservas. Ha hecho bien, ha hecho bien; Fernando es -la fuerza y la vida; yo era un fantasma de ficciones y falsedades, una -criatura sin existencia real. Que ha hecho bien y que la perdono. - -En otros intervalos lúcidos recibió los Sacramentos de la Penitencia y -de la Eucaristía, con gran contentamiento, si en ello cabe alguno, de -doña Juanita, y no floja contrariedad de Travesedo, que atribuía esta -gran claudicación final a enfeblecimiento del raciocinio, originado -por la fiebre alta. Recibió también el último Sacramento de la -Extremaunción y murió, según la expresión de Lolita, «como un luseriyo -de Dios que se apaga». - -Teófilo murió a las tres de la tarde. El dolor de su madre, así como el -de Verónica, fue silencioso y adusto. Por el contrario, Lolita se creyó -en el caso de aullar y gimotear como si le apretasen las botas, y costó -gran trabajo reducirla al simple lagrimeo sin musicalidad. - -Apenas muerto Teófilo, Verónica se aplicó a hacer su equipaje y -abandonar la casa. - -Hacia las seis de la tarde, Guzmán recibió una carta de Rosina: - - «_Querido Alberto: Estamos aquí Fernando y yo por unas horas. - Mañana, en el rápido de las nueve, nos marchamos a París. Tendremos - mucho gusto en que nos acompañes hoy a comer, a las ocho y - media._--ROSINA.» - -Alberto se encontraba en ese estado de vacuo estupor que produce la -visión de la muerte, dentro del cual, ideas y sensaciones se diluyen -saturando el espíritu, como sal en el agua. Se había acostado vestido y -dejaba pasar el tiempo sin pensar en nada concreto. - -No así Travesedo, que atravesaba en aquellos instantes un período -crítico de su vida. Presentose, ya oscurecido, en la alcoba de Guzmán; -encendió la luz y se plantó al borde del lecho, con fruncido entrecejo -y ejecutando rabiosas manipulaciones capilares en la lóbrega barba. - ---Ya no me caso --declaró con voz macilenta. Y como Guzmán no -respondiese, prosiguió--: Mi elegida era Verónica. Ella sabe hace -tiempo que la quiero; pero no podía sospechar que la quería como -mujer propia, ni siquiera yo lo había pensado, hasta que con motivo -de esta enfermedad del pobre Teófilo se me reveló no como una mujer, -sino como lo que es, como un ángel capaz de hacer feliz a cualquiera. -Reconocerás que en los últimos días esta extraña criatura alcanzó -las más altas cumbres de la sublimidad. Reconocerás también que, aun -concediendo todas estas perfecciones intrínsecas en Verónica, el -acto de solicitarla por esposa, dados sus antecedentes, supone en -el pretendiente cierta abnegación y un gran desprecio de la opinión -pública. ¿Era verosímil suponer que Verónica rechazase a un hombre -honrado e inteligente que le propone el matrimonio, y con él la -dignidad y el olvido de su vida pasada? La inteligencia, el sano -raciocinio, responden que no era verosímil esta hipótesis, sino que -lo necesario, por racional, era que Verónica acogiese con llanto de -agradecimiento a este hombre. Me parecía a mí que la ocasión más -solemne y oportuna para dar el paso era hoy, día de la muerte del pobre -Teófilo, de manera que el anillo que a Verónica le iba a ofrecer fuese -como corona y reconocimiento de sus heroicas virtudes, aquilatadas -estos últimos días. La tomo aparte. Le hablo todo conmovido, ¿qué -quieres?, no lo he podido remediar. Ella llora y dice: «Don Eduardo, -es usted muy bueno y no sé cómo demostrarle a usted lo mucho que le -agradezco esto que usted hace. Pero es imposible.» En otra mujer -cualquiera la palabra imposible no significa nada, y muchas veces -todo lo contrario de su contenido gramatical. Pero yo creo conocer a -Verónica. «¿Se trata quizás de escrúpulos de conciencia?», pregunté, -y dijo que sí con la cabeza. «¿Acaso, añadí, por tu vida de otro -tiempo?» Respondió que no con la cabeza, y los ojos muy abiertos y -sorprendidos, como si yo hubiera dicho algo extraordinariamente -absurdo. «¿No hay esperanza, entonces?», solicité a la desesperada. -«No», replicó con hermosa decisión; me besó la mano y se fue a bailar. - ---¿Cómo a bailar? - ---Quiero decir, a su casa, de donde irá al teatro. Según me dijo, -piensa bailar esta noche como si tal cosa. Es una mujer enigmática. Lo -que me ha ocurrido es también enigmático. Tienes razón: nunca sabremos -nada de nada. - -Guzmán no estaba de humor para comer en compañía de Fernando y Rosina. -Se presentó en el hotel de sobremesa. - -Levantose a recibirlo Rosina, con graciosa alacridad, y le besó las -mejillas. - ---¿Te acuerdas que un día te dije que no tendría inconveniente en -besarte delante de Fernando? Ya ves. ¿A que él no tiene celos? ¿Tienes -celos, Fernando? - -Fernando se había puesto en pie y sonreía con expresión abierta y -tranquila. Tendió la mano a Guzmán. - ---Mucho gusto en saludarle, don Alberto. Siéntese usted. - ---Qué sentarse, alma boba... Tenemos que ir al teatro. Y tú vendrás con -nosotros. Tenemos un palco. Veremos bailar a Verónica. - -Unificaba a Fernando y Rosina una a modo de atmósfera de espesa -ventura que Guzmán no quiso turbar. Pensó: «No digo nada de la muerte -de Teófilo. Que se marchen mañana sin saber nada, y que lo averigüen -andando el tiempo como una de tantas noticias fútiles.» - -Se encaminaron al teatro. - -Había un público numeroso compuesto de familias de la clase baja y -muchos escritores y pintores. Guzmán vio a Heinemann en una butaca; -llevaba corbata negra. Sin explicarse por qué, Guzmán asoció aquel -trapo luctuoso a la entrevista que algunos días antes había celebrado -con el periodista, dio por consumado el asesinato de Nora y sintió un -escalofrío. - -Representábase una piececilla sentimental que enternecía al público -hasta humedecerle los ojos. - -En el primer entreacto el público, volviéndose hacia el palco, ovacionó -a Rosina, la cual, transformando el homenaje en sonrisas, brindábaselas -a Fernando con caricioso rendimiento, como el árbol transforma los -dones y sustancias de la tierra y el sol en fruto para regalo de los -sentidos. - -Cuando la atención del público se hubo desviado del palco, Fernando -habló: - ---¿Qué le parece a usted esta comedia, don Alberto? Yo no acabo de -entender qué es lo que le emociona a esta gente. Sin duda es que no soy -capaz de sentir esos conflictos caseros y esas bobadas familiares que -parecen chismes de portera, porque nunca he tenido casa ni familia. A -mí, con sinceridad, y usted perdone si digo una herejía, esta pieza me -parece una estupidez y el público idiota o hipócrita. ¿Se ha fijado -usted en la enorme cantidad de palabras que dicen todos los personajes -y ninguna viene a cuento? ¡Cristo, qué tabarra! Puede que sea porque yo -soy actor de cinematógrafo; pero yo creo a pie juntillas que el teatro -hablado aburre a cualquiera. ¿A qué vienen todas esas gansadas que -dicen los cómicos? ¿Qué finalidad persigue el autor? Si las emociones -que son verdad se pueden comunicar sin abrir la boca... Nunca he -visto, ni es posible que vea, como no sea entre locos, que sandeces y -tonterías ayuden a contagiar la emoción. ¿Y es esto la literatura? - ---Mameluco --refunfuñó Rosina con mohín capcioso, golpeando suavemente -el muslo de Fernando--. ¿Olvidas que Alberto es literato? - ---No me refiero a lo que escribe don Alberto. A mí me gusta mucho leer -versos y novelas. Y también algunas obras de teatro me gustan, y tanto -que me hacen olvidar que se trata de obras de teatro. Me refiero a este -otro teatro charlatán, a este teatro teatral que me revienta. - -Después de la piececilla bailó Verónica, y bailó con más brío e -inspiración que nunca. El público, en pie, aplaudía y clamoreaba -frenético. - -Rosina deseaba visitar a Verónica en su _camerino_ y despedirse de -ella. Guzmán la disuadió: - ---Estará aquello abarrotado de gentuza. Si quieres despedirte le -escribes una carta y al avío. - ---Tiene razón don Alberto --afianzó Fernando--. Vámonos a dormir, que -mañana tenemos que madrugar y es bueno estar descansados para el viaje. - -Mágicas palabras, que en un punto redujeron a Rosina. Con las mejillas -levemente arreboladas y untuosa mirada sumisa, bisbiseó: - ---Sí, vámonos a dormir. - -A la salida, Heinemann se acercó a estrechar con efusión la mano de -Alberto: - ---No sé cómo agradecerle... - ---¿Y Nora? - ---Bien, cada día mejor. Muy débil, porque perdió mucha sangre. Aún -no puede salir de casa. Somos felices. Y hablando de otra cosa, ¡qué -manera de bailar la de esta mujer! Parece estar poseída por todos los -demonios. - -Se despidieron. - -Alberto acompañó a Fernando y Rosina hasta la puerta del hotel. - -En tanto el sereno rebuscaba en el cinto la llave y abría el postigo, -Rosina había levantado uno de sus brazos hasta el hombro de Fernando -y se reclinaba sobre él con sensual negligencia. Pululaban en su -rostro emociones ligeras, desflorándolo apenas. Estaba saturada de -alegría discreta y pasiva, como si dentro de ella yaciesen adormiladas -las potencias activas y hostiles de su personalidad. Era como si -la envolviera y esfumase la penumbra de un gran árbol. De toda su -persona emanaban hacia Fernando, a la manera de misteriosas ligaduras, -estremecimientos inconscientes de simpatía física: esa simpatía que -está siempre a punto de entregarse y que constituye la esencia de la -gracia superior. Fernando se mantenía firme y erguido, con una altivez -que hubiera parecido petulante a no estar infundida por la eterna -voluntad de la naturaleza. - ---A ver si nos haces una visita en París. - ---Sí, don Alberto, anímese usted. Tenemos un pisito muy cuco; su casa, -de todo corazón. - ---Buen viaje y que Dios os guarde. - -Así que Alberto volvió las espaldas, acercósele Enrique Muslera, un -joven de la mesnada de Tejero. Era anchicorto, de precoz adiposidad y -un poco tocado de pedantería. Simulaba expresarse con dificultad en -castellano, porque su larga permanencia en Alemania le había hecho -olvidar la lengua nativa. Lo primero que hizo en llegándose a Alberto, -antes de decir palabra, fue mirarle a los pantalones y a las botas, -y establecer luego un cotejo óptico con los suyos propios. Después -examinó con impertinencia la indumentaria de Guzmán. - ---¿Qué hay? ¿Ha leído usted el artículo de esta mañana? - ---¿Qué artículo? - ---El de Tejero. Ahora resulta que ocuparse de política es perder el -tiempo; que el problema España no es tal problema España; que no se -debe ser progresista y demócrata sino tradicionalista, o lo que es -lo mismo, restauracionista; que él, Tejero, no es un hombre objetivo -como hasta ahora nos había asegurado, sino un vidente, un místico -español. En suma, que nos ha estado tomando el pelo --hablaba Muslera; -pero la secreción oratoria no le estorbaba para seguir escudriñando, -ora los pantalones y botas de Guzmán, ora los suyos, según andaban. -Prosiguió--: Pero yo me aferro a la cuestión. Ya, a fines del siglo -antepasado, Nicolás Masson de Morvilliers hacía estas dos preguntas en -su _Encyclopédie Méthodique_: «¿Qué se le debe a España? ¿Qué ha hecho -España por Europa desde hace dos, cuatro, seis siglos?» Eso digo yo: -¿Qué ha hecho España? ¿Qué ha producido España? - ---Pues si le parece a usted poco... --murmuró Guzmán con sordo encono. - ---¿Poco? Nada. ¿Qué es lo que ha producido? Sepámoslo. - ---Troteras y danzaderas, amigo mío: Troteras y danzaderas. - - -FIN - - -Múnich 10 noviembre 1912. - - - - -ÍNDICE - - -Parte primera - Sesostris y Platón - -I 5 -II 11 -III 18 -IV 22 -V 28 -VI 31 -VII 40 -VIII 43 -IX 57 -X 74 - -Parte II - Verónica y Desdémona - -I 81 -II 83 -III 91 -IV 93 -V 94 -VI 104 -VII 122 -VIII 126 -IX 141 -X 147 - -Parte III - Troteras y danzaderas - -I 161 -II 171 -III 178 -IV 190 -V 196 -VI 200 -VII 208 -VIII 211 -IX 224 - -Parte IV - Hermes Trimegisto y santa Teresa - -I 229 -II 244 -III 251 -IV 266 -V 271 -VI 284 -VII 297 -VIII 326 - -Parte V - Ormuzd y Ahrimán - -I 347 -II 351 -III 355 -IV 358 -V 363 -VI 377 - - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TROTERAS Y DANZADERAS *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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