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+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
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-The Project Gutenberg eBook of Troteras y danzaderas, by Ramón Pérez de
-Ayala
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Troteras y danzaderas
- Novela
-
-Author: Ramón Pérez de Ayala
-
-Release Date: February 01, 2021 [eBook #64439]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by The Internet
- Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TROTERAS Y DANZADERAS ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre
- =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * Se ha actualizado la ortografía original a las normas de la
- edición de 2010 de la _Ortografía_ de la Real Academia Española.
-
- * Las rayas del texto, excepto las que introducen intervenciones
- dialogadas, utilizan espacios de separación según los usos
- ortotipográficos actuales en castellano.
-
- * Una página en blanco ha sido eliminada.
-
- * Se ha añadido un Índice de contenidos para mejor localización de
- las partes de esta novela, pese a que no figura en el original
- impreso.
-
-
-
-
-TROTERAS Y DANZADERAS
-
-
-
-
-OBRAS DEL MISMO AUTOR
-
-
- =La paz del sendero.= -- Poesía. -- Agotada.
-
- =Tinieblas en las cumbres.= -- Novela. -- Publicada con el
- seudónimo de Plotino Cuevas.
-
- =A. M. D. G.= -- La vida en los Colegios de jesuitas. -- Novela. --
- Cuarta edición. Traducción alemana de Mario Spiro.
-
- =La pata de la raposa.= -- Novela.
-
-
-EN PRENSA
-
- =Espíritu recio.= -- Novela.
-
- =Fe y Encarnación.= -- Novela.
-
-
- Tanto estas obras como la presente son propiedad de su autor,
- quedando prohibida su reimpresión sin su autorización.
-
-
-Imp. de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes, 4, Madrid.
-
-
-
-
- RAMÓN PÉREZ DE AYALA
-
- TROTERAS Y
- DANZADERAS
-
- (NOVELA)
-
-
- Después fise muchas cántigas de dança e troteras
- Para judías, et moras, e para entendederas
- Para en instrumentos de comunales maneras
- El cantar que non sabes, oílo a cantaderas.
-
- JUAN RUIZ (_Arcipreste de Hita_).
-
-
- [Ilustración]
-
-
- RENACIMIENTO
- SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL
- Calle de Pontejos, núm. 8, 1.º
- MADRID
-
-
-
-
-A DON MIGUEL DE UNAMUNO
-
-Poeta y Filósofo español del siglo XXI.
-
-
-
-
-PARTE PRIMERA
-
-SESOSTRIS y PLATÓN
-
- Vedere adunque dovevi, _amore_ essere una passione accecatrice
- dell’ animo, disviatrice dello ingegno, ingrossatrice, anzi
- privatrice della memoria, díssipatrice delle terrene facultá,
- guastatrice delle force del corpo, nemica della giovinezza, e della
- vecchieza; morte, genitrice de’ vizi, e abilatrice de’ vacui petti;
- cosa senza ragione, e senza ordine, e senza stabilitá alcuna; vizio
- delle menti non sane e sommergitrice della umana libertá.
-
- BOCCACCIO.
-
-
-
-
-I
-
-
-Teófilo Pajares, «el príncipe de los poetas españoles, a cuyo paso
-debía tenderse por tierra un tapiz de rosas» al decir de algunos
-diarios de escasa circulación, el autor de _Danza macabra_ y _Muecas
-espectrales_, bajaba poco a poco y como embebecido en cavilaciones
-por la calle de Cervantes, cara al Botánico. Era una mañana de otoño;
-el cielo, desnudo, y la luz, agria. Neblina incierta, de color hez de
-vino, saturaba sombras y penumbras.
-
-Lo primero que se echaba de ver en la persona del poeta Pajares era lo
-aventajado de su estatura, lo insólito de su delgadez y el desaliño de
-la indumentaria: desaliño de penuria económica y también por obra de
-cierto desdén hacia las artes cosméticas. Las botas y los pantalones,
-en particular, delataban con sañuda insolencia la inopia y desaseo
-de Teófilo. Sin duda, este lo echaba de ver, porque, según caminaba
-con las manos a la espalda y la cabeza caída hacia el pecho, miraba
-pertinazmente pantalones y botas, y su rostro aguileño, cetrino y
-enjuto, languidecía con mueca de consternación --una _mueca espectral_
-hubiera dicho él--, como si encarándose con aquellas prendas tan
-deleznables y mal acomodadas a los miembros las motejase de falta de
-tenacidad ante el infortunio y de adhesión a su amo.
-
-Detúvose Teófilo delante de una puerta y miró el número pintado en el
-dintel: el 26. Volvió sobre sus pasos y penetró en el portal del 24.
-Arrancaba a subir las escaleras, cuando la portera, enarbolando un
-escobón, se precipitó a atajarle el paso:
-
---¡Eh!, tío frescales, ¿adónde va usted? --rugió la mujer, con
-iracundia que a Teófilo le pareció incongruente en tal caso. Continuó,
-casi frenética--: Aquí no se admiten méndigos, ¿lo oye usté, so
-sinvergüenza, tísico?
-
-Teófilo sintió helársele el alma. Sus ojos perdieron por un segundo la
-visión. Teófilo, que había suspirado infinitas veces en verso por la
-muerte, y había descrito con cínica deleitación y nauseabundos detalles
-la orgía que con su carne pútrida habían de celebrar los gusanos, y
-también el fantasmagórico haz de sus huesos, ya mondos, a la luz de la
-luna; él, el cantor de la descomposición cadavérica, así que escuchaba
-mentar la palabra _tisis_ desfallecía de miedo. Su zozobra constante
-era si estaría tísico.
-
-La portera había ganado la delantera a Teófilo. Estaba dos escalones
-más alta que el poeta, con el escobón empuñado a la ofensiva y muy
-despatarrada, de manera que, dado el terrible volumen de su vientre y
-caderas, podía obstruir el paso con solo ladearse un poco a diestra o
-siniestra, según por donde viniera el ataque.
-
---Señora... --tartamudeó Teófilo.
-
-Como si del calificativo hubiera recibido la más bárbara injuria, la
-portera reanudó sus voces con furor próximo al paroxismo. Esgrimía
-el escobón con entrambas manos a modo de mandoble; amagaba, pero no
-acometía.
-
-Teófilo se mantuvo vacilante en un principio. Recobrado del
-desfallecimiento, por reacción la sangre le invadía acelerada los
-pulsos. Temblaba, sintiendo levantarse dentro de sí una fuerza indócil
-a la voluntad.
-
---Pero, ¿es que no tiene usted orejas, so tísico? --gritó exasperada la
-portera.
-
---Mujer, esté usted loca o no lo esté, esto se acabó, porque se me
-ha acabado la paciencia --masculló Teófilo atropellando las sílabas.
-Inclinó la cabeza, adelantó con el pie derecho un escalón y descargó
-secamente sobre la barriga de la portera, y en su zona central y más
-rotunda, un golpe recto con el puño. Como si el vientre fuese el fuelle
-de una gaita gigantesca, y por la colisión del puño se hubiera vaciado
-de pronto, los ámbitos de la caja de la escalera retemblaron: tal fue
-el alarido de la portera. Cayó sentada la mujer, y Teófilo brincó
-sobre ella, con propósito de huir escaleras arriba; pero la portera
-logró asirle un pie, y en él hizo presa. Tiraba Teófilo con todas sus
-fuerzas, y la mujer aferraba sin ceder, pidiendo auxilio. Oíanse pasos
-apremiantes dentro de las viviendas. Teófilo, a la desesperada, dio
-una sacudida y libertó el pie; pero al ponerlo en firme recibió rara
-impresión de frío y falta de tacto, como si el pie no le perteneciese.
-Mirose y vio que le faltaba la bota y le sobraban agujeros al calcetín,
-color cardenal retinto. Vergüenza y rabia le encendieron las mejillas.
-Le acometió la tentación de patear, con la bota que le quedaba, la
-cabeza de la portera, la cual agitaba en su mano la otra bota a modo de
-trofeo, y vociferaba:
-
---Este ladrón... este ladrón... ¡Emeteriooo...! Pero, ¿en dónde te
-metes, bragazas? ¡Emeteriooo! --y poniendo un descanso en sus clamores,
-hizo hito de la nariz de Teófilo y le lanzó la bota con tanta violencia
-como pudo. La bota pasó por encima de la cabeza del poeta, rebotó en el
-muro y deslizándose entre dos hierros del barandal fue a caer al pie de
-la escalera. Para recobrarla, Teófilo debía pasar otra vez por encima
-de la portera.
-
-En el rellano del piso primero asomó un cuerpecito muy bien cortado;
-una apicarada cabeza femenina por remate de él.
-
---Pero, ¿qué pasa, señá Donisia? ¿Es c’a caído un bólido?
-
-Teófilo levantó la cabeza y respiró:
-
---¡Conchita! --dijo Teófilo--, con qué oportunidad sale usted... Esta
-arpía --y señaló a la portera yacente-- no me dejaba subir; me amenazó,
-quiso agredirme con la escoba, y me dirigió los insultos más groseros.
-
-La portera comenzaba a incorporarse. El señor Emeterio, portero
-consorte, surgió en este punto, liando un cigarrillo y en mangas de
-camisa. Venía con aire pachorrudo y ceño escrutador, como hombre que
-no se deja alucinar, sino que examina cabalmente los hechos antes de
-emitir juicio. Adelantose, con esa prosopopeya cómica del pueblo bajo
-madrileño. El frunce de su cara parecía decir: «vamos a ver lo que ha
-pasao aquí».
-
---¿Pero no sabe usté, señá Donisia --preguntó desde lo alto Conchita--,
-que el señor Pajares es visita de casa, amigo de la señorita?
-
---¿Cómo iba a fegurarme yo que este méndigo?... --comenzó a decir la
-portera, adelantando, al llegar a _méndigo_, el labio inferior, en
-señal de menosprecio. El señor Emeterio mutiló la frase incipiente de
-su esposa con una mirada de través.
-
---Suba usté, don Teófilo --habló Conchita.
-
-La señá Donisia no pudo reprimir una exclamación sarcástica.
-
---¡Uy, don Teófilo! ¡Qué mono!
-
-El señor Emeterio dobló el brazo derecho en forma de cuello de cisne y
-puso la mano como para oprimir un timbre; el dedo índice muy erecto,
-apuntando a los labios de su mujer. Ordenó campanudamente:
-
---¡Tú, a callar! --y enderezando la mirada a Teófilo--: Vamos a ver,
-¿le ha faltao mi señora?
-
-Disponíase la portera a protestar, pero el señor Emeterio, con un
-movimiento autoritario del brazo izquierdo, la redujo a silencio y
-sumisión.
-
-Teófilo estaba aturdido y nervioso. Comprendía que el señor Emeterio
-estaba en la duda de dar o no una paliza a la señá Donisia, y que el
-porvenir colgaba de su respuesta.
-
---¡Vaya! --intervino Conchita, impacientándose--, que se hace tarde
-y no puedo estar toda la mañana a la puerta. Suba usté, don Teófilo.
-¡Vaya si son ustedes pelmas!...
-
---¡Un hemistiquio, Conchita! --rogó el señor Emeterio.
-
---Un hemis... ¿qué? --y Conchita rio alegremente.
-
---Quiere decirse un momento --el señor Emeterio enarcó las cejas y
-chascó la lengua; daba a entender que era tolerante con la ignorancia
-de Conchita. Dirigiéndose a Teófilo, repitió--: Vamos a ver, ¿le ha
-faltao mi señora?
-
---¡Oh... verá usted!... No; de ninguna manera --Teófilo no sabía qué
-decir.
-
---Creía... --insinuó el señor Emeterio.
-
---¡Bah! --concluyó Teófilo, esforzándose en sonreir--. Una equivocación
-cualquiera la tiene.
-
---Pero que muy bien dicho --comentó el señor Emeterio--. Quiere decirse
-entonces que usté sabe disimular si mi señora ha tenido un lasus o
-quiprocuó.
-
---Claro, claro --aseguró Teófilo sin atreverse a reconquistar la bota y
-sustentándose en un pie.
-
---Pues, buenos días y disimular. ¡Tú, anda p’alante! --y el señor
-Emeterio, en funciones de imperio conyugal, acompañó esta orden
-haciendo castañuelas de los dedos.
-
-La señá Donisia comenzó a retirarse con paso remolón y gesto reacio.
-Volvíase de vez en vez a mirar de soslayo, tan pronto a Conchita como
-a Teófilo, y sus ojeadas eran, respectivamente, de servilidad y de
-encono. Desde el comienzo de la escena la conducta de la señá Donisia
-había sido ejemplarmente canina. Recordaba esos perros de casa grande
-que ladran con rabia descomunal al visitante humilde; luego, si por
-ventura se han excedido en su celo, el visitante es admitido a la
-mansión del dueño y ellos golpeados por un sirviente, vanse mohinos y
-rabigachos, con ojos inquietos, tan pronto recelosos del castigo como
-coléricos hacia el intruso.
-
-Así como la señá Donisia descendió los cuatro escalones, Teófilo
-recuperó y se calzó la bota, que era de elásticos, aun cuando había
-renunciado ya a sus cualidades específicas de elasticidad; y como si se
-hubiera ajustado al tobillo, no una bota, sino las alas de Mercurio,
-voló, más que subió, al piso primero.
-
-En estando a solas los dos porteros se les serenó la cara: la de la
-señá Donisia dejó de ser iracunda y servil, y la del señor Emeterio
-perdió su prosopopeya y toda suerte de aderezo figurado. Mirábanse
-llanamente el uno al otro, como matrimonio bien avenido, y era evidente
-que se comprendían sin hablarse.
-
---¡Pero miá tú que la señorita Rosa!... --chachareó la mujer,
-conduciendo involuntariamente la mano al paraje en donde Teófilo había
-descargado el golpe--. Si son unas guarras... Ya ves tú si el señor
-Sicilia, y más ahora que le han hecho menistro, le dará lo que la pida
-el cuerpo...
-
---¡Qué ha de dar, Donisia! A su edad...
-
---No seas picante, Emeterio. Digo que si le dará tantas pelas, ¡qué
-pelas!, tantos pápiros como pesa. Pues na, que le ha de poner la
-cornamenta. Y entavía, si fuera aquello de decirse con un señorito
-decente. Pero, ¡hay que ver el chulo que ha selecionao!... Con una cara
-de tísico... Pues, ¿y los tomates del calcetín? ¿Te has fijao?
-
---¿No m’había de fijar, Donisia? Las hay pa toos los gustos. Pero tú,
-también, ¡vaya que has dao gusto a la muy! Y hay que tener púpila...
-
---Pero --acordándose del golpe recto de Teófilo--, si es que me ha
-soltao un mamporro talmente aquí... --señalaba lo más avanzado del
-vientre.
-
---Ya, ya. Y na, que hay que cerrar el pico, porque las propis de la
-señorita Rosa...
-
---Es la princesa del Caramánchimai, Emeterio.
-
---Y que lo digas, Donisia.
-
-Y se engolfaron en las tinieblas del cuchitril.
-
-
-
-
-II
-
-
-Habíanse entrado en la portería el señor Emeterio y la señá Donisia
-cuando se oyeron grandes y majestuosas voces llamando al marido y a la
-mujer. Acudieron estos al lugar de donde las voces partían, para lo
-cual hubieron de atravesar un pasadizo que daba a un angosto patizuelo;
-en él, una puerta con dos escalones, y por ella se entraron a una
-pequeña antesala y luego a una ancha pieza, con vidrieras a un costado
-y en el techo a modo de estudio de pintor. Estaba esta pieza atalajada
-con pocos y vetustos muebles de nogal denegrido; un arcón tallado,
-sillones fraileros, y en el respaldo de uno de ellos una casulla, una
-mesa de patas salomónicas trabadas entre sí por hierros forjados, un
-velón de Lucena, algunos cacharros de Talavera y Granada, una cama
-con colcha de damasco de seda carmesí, y en la cama un hombre flaco,
-barbudo y sombrío. A la primer ojeada, este hombre ofrecíase como el
-más cabal trasunto corpóreo de Don Quijote de la Mancha. Luego, se
-echaba de ver que era, con mucho, más barbado que el antiguo caballero,
-porque las del actual eran barbas de capuchino; de otra parte, la
-aguileña nariz de Don Quijote había olvidado su joroba al pasar al
-nuevo rostro, y, aunque salediza, era ahora más bien nariz de lezna.
-
-Estaba el caballero sentado en la cama, con una pierna encogida y la
-rodilla muy empinada, haciendo de pupitre, sobre el cual sustentaba
-un cartón con una cuartilla sujeta por cuatro chinches. Con la mano
-derecha asía un lapicero. Despojose con la izquierda de las grandes
-gafas redondas, con armazón de carey, y miró severamente al matrimonio.
-Sin embargo, sus ojos, fuera por sinceridad, fuera por condición de la
-miopía, delataban gran blandura de sentimientos.
-
---¿Me quiere usted decir, Dionisia, a qué obedece el escándalo que
-usted ha movido en las escaleras? ¿No sabe usted, mujer, que no puedo
-trabajar si hay ruido? ¿Quiere usted obligarme a que busque nuevo
-alojamiento a cien leguas de su desordenada vocinglería? --habló el
-caballero, con un tono semejante al de un actor joven representando un
-papel de arzobispo.
-
---¡Por Dios, señorito! --rogó el señor Emeterio.
-
---¡Por Dios, don Alberto! --suplicó la señá Donisia con extremada y
-dolida humildad.
-
-Marido y mujer acercábanse siempre a don Alberto poseídos de medrosa
-devoción. Lo amaban como el perro ama al hombre y el hombre ama a Dios,
-como a un ser a medias familiar y a medias misterioso.
-
- * * * * *
-
-Don Alberto del Monte-Valdés, como los españoles de antaño, había dado
-los nerviosos años de la juventud a las aventuras por tierras de Nueva
-España, en cuyo descubrimiento y conquista, al decir de don Alberto,
-habían tenido gloriosa parte antepasados suyos. Acercábase a la mitad
-del camino de la vida cuando retornó a la metrópoli y cayó en la villa
-y corte, luciendo extraña indumentaria y anunciando la buena nueva de
-un arte extraño. Los transeúntes reían de su traza; los cabecillas
-literarios hostilizaron con mofas sus escritos. Monte-Valdés, como
-haciéndose fuerte en un baluarte, entonó la vida conforme a una pauta
-de orgullo, mordacidad y extravagancia, que tales eran los tres ángulos
-de su defensa contra burlas, insidias y rutinas ambientes. Algunos
-escritores mozos le seguían y remedaban. Y a todo esto, el escaso
-dinero con que había llegado a Madrid andaba a punto de consumirse. No
-conseguía publicar ningún artículo en los periódicos, y si por acaso
-alguna revista de poco fuste se lo acogía, no se lo pagaba, como no
-fuera en elogios. Habiéndose reducido su caudal a dieciséis duros mal
-contados, caminaba cierto día sin rumbo por las calles, considerando
-lo que darían de sí y el tiempo que tardaría en ganarse otros
-dieciséis, cuando un corro de apretada gente, al pie de una casa a
-medio construir, le atrajo la atención. Abrió brecha entre los mirones
-a codazos y descubrió en el centro un hombre lívido y quejumbroso,
-yaciendo en tierra. Dos personas parecían prestarle auxilio y
-examinarlo. Trajeron una camilla y en ella acomodaban al herido a
-tiempo que Monte-Valdés, llegándose al lugar de la escena, interrogó a
-una de aquellas dos personas, que resultó ser médico:
-
---¿Qué ha ocurrido?
-
-Monte-Valdés, como Don Quijote, suspendía a quien por primera vez
-hablaba, con una emoción entre imponente e hilarante. El médico
-examinó despacio al advenedizo, se encogió de hombros y respondió
-despegadamente:
-
---Nada; ya lo ve usted. Un albañil que se ha caído del andamio. Nada.
-
---¿Cómo que nada? --rezongó a lo sordo Monte-Valdés, sacudiendo barbas
-y quevedos.
-
-El médico volvió a examinar al intruso, pensando si estaría loco. Y
-habló de nuevo, esta vez con cortesía:
-
---Digo que nada precisamente por eso, porque este _nada_ quiere decir
-_todo_: quiere decir que el hombre quedará inútil para toda su vida,
-cosa que, en resumidas cuentas le estará bien merecido, porque son unos
-bestias, que no se cuidan de nada; eso, como no estuviera borracho. Y
-digo que se quedará inútil porque el arreglo del brazo, que es donde
-tiene la quebradura, no se puede hacer sino con un aparato ortopédico
-que vendrá a costar setenta y cinco pesetas, y como él no tiene las
-setenta y cinco pesetas ni quien se las dé, pues, ¡nada!
-
---¿Y quién le ha dicho a usted que no tiene quien se las dé? --bramó
-opacamente Monte-Valdés, despidiendo centellas por los ojos. Ahora
-fueron tan violentas las sacudidas de los quevedos que hubo de
-afianzarlos en la nariz con insegura mano.
-
---Digo; como usted no las...
-
---Naturalmente que yo las doy.
-
-En este punto apareció una mujer que hipaba y gemía, conduciendo de
-la mano una chicuela morenucha y enclenque. El médico se acercó a la
-mujer, y, en hablándole unas palabras, la mujer acudió a Monte-Valdés,
-y quería besarle las manos. El escritor, con ademán y son evangélicos,
-dijo:
-
---Mujer, no llores, que lo que hago no vale la pena. Toma los quince
-duros.
-
-La mujer quiso saber el nombre y domicilio del protector de su marido.
-Resistíase Monte-Valdés, pero hubo de ceder al fin.
-
-Una modistilla, arrastrada por ese instinto sentimental y burlesco que
-es toda el alma de las madrileñas de clase humilde, gritó:
-
---¡Viva Don Quijote!
-
-Y los testigos de lo acaecido, en su mayoría de pueblo bajo, hicieron
-coro:
-
---¡Viva!
-
-Monte-Valdés, gran enemigo de la plebe y despreciador de sus arrebatos,
-huyó con ligero compás de pies. Las menestralas, que le veían de
-espaldas, con su larga cabellera y extraño pergeño, lloraban de risa.
-
-El albañil herido era el señor Emeterio; la mujer sollozante, la señá
-Donisia.
-
-A solas ya, Monte-Valdés contó el dinero que le quedaba; cuatro
-pesetas y veinte céntimos. Tenía arrendado un cuarto y solía comer
-en cafés y restoranes de precio módico, solo dos veces a la semana,
-porque su sobriedad era tanta como las de algunos célebres españoles
-de otros siglos. Es decir, que sus arbitrios pecuniarios no alcanzaban
-a procurarle el sustento más arriba de una semana. No tenía amigos
-a quienes acudir, ni, de otra parte, se hubiera doblegado nunca a
-solicitar dineros.
-
-Esforzábase en resolver tan intrincado problema cuando acertó a pasar
-frente a la iglesia de las Góngoras. Entró en el templo, sentose en
-un banco, y allí, estando con la cabeza gacha, los ojos entornados,
-las aletas de la nariz dilatadas por el olor a incienso y peinándose
-despaciosamente las barbas con los dedos, tuvo una revelación. Salió
-confortado de la iglesia y se encaminó a una panadería, en donde compró
-pan para un mes. Pan que luego conservó blando envolviéndolo en
-pañizuelos, los cuales mantenía húmedos siempre, como los escultores
-hacen con sus bocetos en barro. Antes de terminar el mes, y con él el
-pan, Monte-Valdés colocó dos artículos que cobró a cinco duros cada
-uno. Casi al mismo tiempo presentáronsele Emeterio, repuesto ya del
-percance, y la mujer. Su agradecimiento y adhesión al caballero eran
-tales, que a la vuelta de lagrimear y dar gracias centenares de veces,
-la Dionisia habló así:
-
---Señorito, nosotros queremos servirle a usté, estar siempre con usté y
-a sus órdenes pa lo que nos resta de vida.
-
---Me place. Yo no puedo vivir sino rodeado de servidumbre --y comenzó a
-peinarse las barbas, signo en él de reflexión--. Pero debo advertirles
-que yo soy un hidalgo pobre.
-
---Con usté, aunque fuese morir de hambre --afirmó decidido Emeterio--.
-¡Mejor que con el Rochil!
-
---¡Sea! --concluyó Monte-Valdés.
-
-A partir de este punto comenzó la época misteriosamente heroica de la
-vida de Monte-Valdés, la época de la conquista: conquista de renombre
-y, en segundo término, si ello viniera de añadidura, conquista de
-bienestar. Y así como la enjuta Castilla de los tiempos del Emperador,
-con el hambre en casa y la miseria, conquistaba el mundo lidiando por
-la fe, y tanto como se le apretaban las tripas se le erguía la cabeza
-ante ojos ajenos, Monte-Valdés peleaba, a su modo, por un ideal de
-arte, y cuanto más recia era la escasez en casa, más se le entiesaba
-y endurecía la raspa, que no la doblaba ante nadie. Solamente entre
-españoles se encuentra el tipo de hombre que ha hecho compatible el
-hambre con el orgullo y a quien no envilece la pobreza. No era raro que
-durante aquella época de conquista Monte-Valdés permaneciera algunos
-días sin salir del lecho, habiendo empeñado el único traje que poseía,
-por no morirse de hambre él y su servidumbre. Y si acaso en tales
-ocasiones aportaba un amigo de visita, recibíale Monte-Valdés en cama,
-con afable prestancia y un como natural olvido de las humildes cosas en
-torno de ellos, que no parecía sino que el lecho era estrado.
-
-Era pendenciero, porque consideraba que en la adversidad los ánimos
-nobles se enardecen. Una de sus pendencias hubo de costarle una pierna,
-la derecha, que sustituyó con otra de palo. Si se le hubiera de creer a
-él, de este accidente recibió gran contento, porque le hacía semejante
-a Lord Byron, que también era cojo, si bien de distinta cojera.
-
---Lo que me duele --exclamaba a veces componiendo un gesto de
-consternación irónica-- es sentirme incapacitado para aplicar puntapiés
-a los galopines de las letras y no poder desbravar potros cerriles
---cosa la última que dejaba un tanto perplejo al interlocutor.
-
-Tras muchas y ásperas campañas, la fortuna comenzó a serle amiga y el
-éxito a lisonjearlo. Iba camino de alcanzar cuanto se había propuesto.
-
-El señor Emeterio, que había dejado el oficio, y la señá Donisia,
-que había incurrido en menesteres porteriles por distraerse, decía
-ella, habían seguido caninamente a Monte-Valdés en todas sus andanzas
-y participado, con resuelto corazón, de sus privaciones. Sentían,
-además de amor, cierto orgullo reflejo por su señorito: esa jactancia
-de servir a buen amo, que es la verdadera cadena y muestra visible de
-todas las servidumbres. Por eso le amaban como el perro ama al hombre
-y el hombre ama a Dios, como un ser a medias familiar y a medias
-misterioso.
-
---Es que, verá usté, señorito --empezó a explicar la señá Donisia--, se
-cuela un méndigo en el portal, porque talmente era un méndigo. Ya sabe
-usté que el casero no quiere méndigos. Lo mismo da decir ladrón que
-méndigo.
-
---Mendigo, mujer, y no méndigo, como ha dicho usted por cuatro veces.
-
---Ladrón me paece más al caso. Pues como le digo, voy y no le dejo
-pasar. Pues que se arranca a decirme perrerías, y va y me da un
-puñetazo en el vientre; y na, que resulta que es el chulo de la
-señorita Rosa.
-
-Monte-Valdés se peinaba las barbas. Al oír el nombre de Rosa, alargó el
-brazo y dijo:
-
---Basta, Dionisia. Que no le oiga a usted llamar señorita a una mala
-mujer. Veo que en esta casa no se puede vivir. Y como quiera que ya
-vengo pensándolo hace varios días, usted, Emeterio, irá hoy a verse
-con el casero y le dirá que me mudo en seguida. Yo mismo buscaré nuevo
-cuarto, y ustedes, si quieren seguir sirviéndome, me acompañan; si
-prefieren la portería y los gajes que le pueden venir de una mala
-mujer, se quedan.
-
---Pero es que... señorito --el señor Emeterio titubeaba.
-
---He dicho basta. Dionisia, traiga agua caliente que quiero vestirme al
-punto.
-
-
-
-
-III
-
-
---La señorita se levanta ahora mismo. Pase usté entretanto al gabinete.
-
---Si no hubiera dificultad, Conchita, yo preferiría esperar en el
-comedor.
-
---A ver, ¿es que no nos hemos desayunao aún, don Teófilo? --soltose a
-reír Conchita, como una chicuela. No había dado sentido literal a la
-pregunta; creía haber dicho una agudeza, sin sospechar que atormentaba
-a Teófilo.
-
---Es usted tremenda, Conchita --balbuceó Teófilo azorándose.
-
---Tráteme usted de tú, don Teófilo.
-
-Teófilo pensaba: «Conchita se figura que estoy muerto de hambre. Con mi
-facha...»
-
---Es que en el comedor hay más luz, Conchita.
-
---Más luz, ¿eh? Está usted apañao del quinqué. Cómprese unas gafas
-ahumás.
-
-Teófilo pensó ahora: «Se está burlando de mí. Le parezco ridículo.»
-Aquella fuerza tiránica, indócil a la voluntad, que le había movido
-a descargar gallardo golpe sobre el vientre de la portera, comenzaba
-a insurgirse y dominarlo. «¿Quién me manda a mí venir a casa de una
-_prostituta_?...» Cerebro y corazón se le quedaron en suspenso unos
-instantes. Prosiguió el hilo del soliloquio mental: «Al fin y al
-cabo, una _prostituta_.» _Al fin y al cabo_ valía tanto como «aunque
-yo esté enamorado de ella; aunque quizás llegue a enamorarse de mí y
-se regenere; aunque ando loco entre esperanzas y desesperanzas.» Y
-Teófilo, dolido por lo que él juzgaba burlas de Conchita, continuaba
-pensando: «Lo natural, lo decoroso, el _gesto bello_ de este trance
-risible sería que le diese un puntapié en el trasero a Conchita,
-para que aprenda a no ser desvergonzada.» Y aquella fuerza agresiva
-e irreprimible le hormigueaba ya en una pierna. Pero de pronto tuvo
-la sensación de quedar exangüe, con las venas vacías, y así como si
-el corazón fuese una cosa flácida y hueca, susceptible de ser vuelto
-del revés. A pesar suyo, volvió a formular con palabras las ideas:
-«¡Pobrecita! ¿Qué culpa tiene ella de que yo sea pobre y grotesco?» Y
-otra vez, de la palabra concreta descendió a derretirse en neblina y
-angustias sentimentales. Era que tenía miedo de las palabras: miedo de
-desvelar la verdad acerca de sí propio; y a tiempo que todo su ser, a
-tientas, aspiraba a interrogarse y conocer si en realidad era un ser
-grotesco, Teófilo se obstinaba en ignorar esta aspiración perentoria.
-Cerraba los ojos de la conciencia igual que, después de algunos días
-de hambre y algunas noches sin sueño, solía cerrar los del rostro al
-pasar ante un espejo, por miedo a verse con toda la traza de un tísico
-rematado. Tales estados de ánimo iban unidos siempre, en lo afectivo,
-a una rara ternura y tolerancia hacia la maldad ajena, a un movimiento
-de amor por todos los seres y las cosas, y en las líneas de la cara
-trasparecían a modo de mueca simpática y pueril, como si con el gesto
-dijese: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como
-soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»
-
---¡Parece mentira! Y yo que te quiero tanto, Conchita... --cuando le
-entró por los oídos el compungido acento de sus propias palabras,
-Teófilo quedó estupefacto y corrido de haber hablado como por máquina,
-sin el concurso de la voluntad.
-
---¡A ver, a ver, que yo me entere! --Conchita colocó los brazos en
-jarras, se empinó sobre las puntas de los pies, entiesando el grácil
-torso, y ladeó la cabecita para oír mejor. Ahora era Conchita quien
-pensaba que se burlaban de ella.
-
-Su engallada actitud de braveza y enojo era tan linda y graciosa que
-Teófilo se deleitaba contemplándola y no pudo menos de sonreir.
-
---Te quiero como amigo, Conchita; nada más que como amigo. Sabes que
-las aguas van por otro lado; aparte de que tú ya tienes novio.
-
---Eso es lo que a usté menos le importa --dijo Conchita con sequedad
-que no era hostil.
-
---Claro que no me importa, si tú te empeñas. Bien; ahora llévame al
-comedor.
-
---¡Y dale! ¡Qué pelmazo es usté, señor Pajares!
-
-Conchita tomó de la mano al poeta, y corriendo de suerte que Teófilo
-iba a remolque, le condujo al comedor.
-
---¿Lo ve usté? --preguntó la muchacha, mostrando el desorden de la
-habitación.
-
-Las sillas estaban unas encima de otras y algunas sobre la mesa; los
-cortinajes, recogidos en los batientes de las puertas. Una vieja criada
-barría.
-
---¿Se quiere usté quedar aquí, don Teófilo?
-
---Ya veo que tenías razón; pero es que el tal gabinetito me es
-antipático.
-
---Anda, que si le oye a usted la señorita; está loca con él.
-
---¡Concha!... --gritó una voz tumultuosa, masculina, desde el interior
-de un aposento.
-
---¿Qué hay? --respondió Conchita.
-
---¿Quién está ahí? --preguntó la voz.
-
-Y Conchita:
-
---Un amigo de la señorita.
-
-Y la voz:
-
---¿Es el señor Menistro? --por el tono se comprendía que lo pronunciaba
-con letra mayúscula.
-
-Y Conchita:
-
---No, señor.
-
-Y la voz:
-
---Pero, será amigo del señor Menistro...
-
-Y Conchita:
-
---No lo sé. Es un señor poeta.
-
-Y la voz:
-
---Qué cosa ye más: ¿Menistro o poeta?
-
-Y Conchita:
-
---Luego se lo diré, en cuanto lo averigüe --volvió a tomar de la mano a
-Teófilo y salieron del comedor.
-
---¿Quién era? --interrogó Teófilo muy sorprendido.
-
---El padre de la señorita. Era marinero, al parecer, allá por el Norte,
-no sé en dónde. Ahora está ciego.
-
---Y, desde luego, como si lo viera: al padre le parecerá muy bien la
-vida que lleva su hija.
-
---Mía tú este; como al mío, si yo tuviera la suerte de ella. Vaya,
-entre en el gabinete, que yo tengo que vestir a la señorita.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Conchita penetró en la estancia y, sumiéndose entre tinieblas, con
-gran desenvoltura y tino fue derechamente a abrir las contraventanas.
-A través de las cortinas de delgado lino blanco, lisas y casi
-conventuales, fluyó la luz, fría, pulcra. La habitación era amplia y
-rectangular, de una blancura mate, nítida, que en los ángulos menos
-luminosos degradábase en velaturas azulinas y marfileñas. Hubiérase
-creído vivienda amasada con sustancia de nubes a no ser por el estilo
-tallado, perpendicular, de los muebles, de laca blanca. Las puertas
-estaban aforradas con una cuadrícula de sutiles listones, encerrando
-espejillos biselados. La alfombra era espesa y muelle. Había pocos
-muebles, y estos ingrávidos, sin domesticidad. De las paredes colgaban
-tan solo tres cuadros, un aguafuerte y dos grabados en sepia, con mucho
-margen, y por marco un fino trazo de roble color ceniza.
-
-Daban las únicas notas de color una butaquilla baja, de respaldar
-sinuoso y con orejeras a entrambos lados del respaldar, tapizada de
-pana gris perla, y dos lechos, uno matrimonial y el otro infantil,
-los dos de hierro dorado y diseño muy simple; a la cabecera, sendas
-cabecitas rojiáureas, y a los pies, edredones de seda oro viejo.
-
-En aquel fondo inmaculado, el cuerpo menudo y ágil, vestido de negro,
-de Conchita, destacaba como un ratoncillo caído en un cuenco de leche.
-
-Las dos cabezas, encendidas por el sueño y sumergidas en una masa de
-cabellos de miel, yacían profundamente, ajenas al advenimiento de
-Conchita y de la luz.
-
-La doncella se acercó a la cama de la señorita y la zarandeó con
-suavidad.
-
---¿Qué hora es? --preguntó Rosina, con voz algo ronca.
-
---Las diez y media, sobre poco más o menos.
-
---¿Por qué me despiertas tan temprano?
-
---El señor Pajares está ya en el gabinete, esperándola a usté.
-
---Es verdad. Ya no me acordaba.
-
-Sacó los desnudos brazos de entre las sábanas y los elevó al aire,
-desperezándose. Eran bien repartidos de carne, gordezuelos quizás,
-dúctiles, femeninos porque aparentaban carecer de coyuntura y músculos,
-cual si ondulasen, y tenían, así como el cuello y los hombros, una
-suave floración de vello entre rubio y nevado, a través del cual se
-metía la claridad de manera que trazaba en torno a los miembros un
-doble perfil, como si estuvieran vestidos de luz.
-
---Que no se despierte la niña --bisbiseó Rosina, incorporándose y
-haciendo emanar del interior del lecho una fragancia cálida, semihumana
-y semivegetal.
-
-El tibio olor llegaba hasta Conchita, sugiriéndole ideas de
-voluptuosidad. Se dijo: «No me extraña que los hombres, cuando
-tropiezan con una gachí como esta, se entreguen hasta dar la pez.»
-
---¿Dónde está Celipe? --preguntó una clara voz infantil.
-
-Rosina y Conchita volviéronse a mirar hacia la cama de Rosa Fernanda.
-La niña se había puesto de rodillas en el lecho y sentado sobre los
-talones, escondidos entre rebujos del luengo camisón de dormir.
-
---¡Tesoro! ¡Gloria! ¡Picarona! ¿Quién la quiere a ella? Ven aquí,
-que te coma un poco de esa carina de rosa, que la mamita tiene mucha
-hambre. Ven, ven.
-
-Y Rosina tendía los brazos a su hija, a tiempo que murmuraba más y más
-ternezas y amorosos dislates.
-
-Rosa Fernanda, que restregaba desesperadamente los ojos con los puños,
-repitió:
-
---¿Dónde está Celipe?
-
---¡Ah, malvada! Quieres más a Celipe que a tu mamita. Ahora voy a
-llorar.
-
-Y comenzó a simular afligido llanto.
-
-Rosa Fernanda arrugó el entrecejo e hizo un pucherito, en los barruntos
-de una llantina. Rompió entonces la madre a reír, y la niña, dando con
-los ojos patentes muestras de que no le había hecho gracia la burla,
-repitió indignada:
-
---¿Dónde está Celipe?
-
-Oyose cauto rumor a la puerta, como de alguien que la arañase.
-
---¡Ahí tienes a Celipe, pícara, más que pícara! --refunfuñó Rosina,
-fingiéndose enojada.
-
-Rosa Fernanda saltó del lecho a tierra, a punto que el llamado Celipe
-forzaba la entrada, y corrieron el uno al encuentro del otro. Pero
-Rosa Fernanda, cuyo camisón era dos palmos más largo que su diminuta
-persona, se enredó y dio en el suelo, al aire las rosadas piernecillas
-y los desnudos pies, de planta y talón ambarinos. Entonces Celipe, que
-era un perro faldero tan velludo que parecía una pelota de lana sin
-cardar, llegose a la niña, comenzó a botar en torno a ella, a gruñir,
-con acento ridículo y amistoso, y a toparla con su cabezota cubierta de
-tupidas cerdas cenicientas, informe y sin ninguna apariencia orgánica,
-como no fueran dos ojos brutales, duros, de azabache. Desternillábase a
-reír la niña; contagiose de la risa la madre, y, a la postre, también
-Conchita, de suerte que entre las tres, con su alegre concierto,
-enardecían a Celipe y le inducían a cometer mayores incoherencias.
-
---Señorita --atreviose a sugerir la doncella--, que el pobre señor de
-Pajares está esperando.
-
---Sí, tienes razón; dame acá el kimono.
-
-Rosina vistiose el kimono que Conchita le presentaba; una a manera de
-holgada vestidura de seda carmesí, bordada de dragones verde malva,
-glicinias violeta y plateadas zancudas volantes. El kimono estaba
-guateado por dentro, y así Rosina gustaba de arrebujarse en él y sentir
-cómo le abrazaba el cuerpo aquella levedad mimosa y tibia.
-
-Rosina tomó en el aire a Rosa Fernanda y la besó con apasionada
-efusión, sin cuidarse de las protestas y pataleos de la niña, ni de
-los ladridos del informe Celipe, el cual se había alongado como cosa
-de una cuarta, verticalmente, en el espacio, demostrando con esto y
-la incertidumbre del equilibrio que se había puesto en dos pies. La
-madre depositó de nuevo a la pequeña sobre la alfombra, y dejándola a
-su placer en la amiganza del jocoso Celipe, salió al cuarto de baño,
-seguida de la doncella.
-
-En el cuarto de baño sentose a esperar que la pila se llenase. En
-tanto Conchita azacaneaba el agua con el termómetro, previniendo la
-temperatura adecuada, Rosina permanecía con los ojos perdidos en el
-vaho caliente que del baño subía. Como Conchita espiase de soslayo la
-distracción de su ama, por entretenerla le refirió el lance que había
-acaecido entre Teófilo y la señá Donisia.
-
---Pero, ¡qué bestia es esa mujer! --comentó Rosina nerviosamente--. Y
-él ¿no le dijo alguna frase oportuna?
-
---Arpía; fue lo único que yo le he oído.
-
---¡Pobre Pajares!
-
---Quite usté, señorita, si tié la sangre más gorda...
-
-Rosina y su doncella mantenían entre sí un trato de familiar llaneza,
-si bien Conchita, por mucho que le aguijase la curiosidad, absteníase
-de preguntar: tarde o temprano, Rosina se lo contaba todo.
-
---¿Cómo viene vestido hoy?
-
---¿Cómo? Anda, pues de príncipe ruso. Ya conoce usté la _mise en
-escène_: pantalones con fondillos y sus flecos, calzao americano, que
-es la moda (quiero decir, calzao que proviene de las Américas del
-Rastro), y la chaqueta que puede pasar... que puede pasar al carro de
-la basura. Pues no le ha visto usté en calcetines.
-
---Claro que no. ¿Es que le has visto tú?
-
---Natural que le he visto. Pero ¿no le he dicho a usté que la señá
-Donisia le había sacao una bota?
-
---¡Qué bestia de mujer!
-
---Pues nada, que había que ver la tontería de calcetín.
-
---Bueno, basta Conchita. Parece que no te has enterado de que no me
-gusta oír hablar mal de Pajares.
-
---Si es que le tengo lástima.
-
---¿Lástima de qué? ¿De su pobreza? Eso le honra. Has de saber que es
-un hombre de gran talento; que podía ganar lo que quisiera escribiendo
-en los periódicos; pero como ocurre que su carácter noble y rebelde
-no le deja doblarse ante nadie... eso es todo. Además, que le tienen
-envidia...
-
-Rosina exteriorizó con gran vehemencia sus opiniones; opiniones que
-había contraído directamente del propio Teófilo.
-
---No lo dudo, porque mire usté que en el mundo hay envidiosos y
-envidiosas... Ya está el baño.
-
-Rosina sumergió el desnudo cuerpo en el agua, templada y olorosa. Era
-una de esas bellezas áureas de los climas húmedos, productos de jugosa
-madurez, que afectan, con ligadura de fruición deleitable, tanto los
-ojos como el paladar de quien las mira, sugieren nebulosamente una
-sensación de melocotones en espaldera, ya sazonados, y hacen la boca
-agua. A causa del sedoso vello, la piel de Rosina, como la de las
-frutas frescas, dentro del líquido semejaba estar cubierta con polvo
-de plata cristalina. Rebullíase la mujer con molicie y entornaba los
-ojos. Estaba pensativa.
-
---Oye, Concha, ¿no te parece que Pajares no se puede decir que sea feo?
-
---No es un bibeló; pero no se puede decir que sea feo.
-
---Tiene así un no sé qué de distinguido, ¿no te parece? Algo en el
-aire. Una cosa de orgullo, a veces de desprecio, que está bien. Bueno;
-tú no te paras a mirar esas cosas. Si me lo vistes como los niños de la
-Peña, pongo al caso...
-
---Mire usté, señorita; pa mí que el hábito no hace al monje. Yo me
-pongo los vestidos de la señorita, y sigo siendo la Concha.
-
---No estoy conforme contigo; habías de verme a mí cuando no era más que
-una pobre rapazuca de pueblo, una sardinera, hija de un pescador. No
-debía de haber por dónde cogerme.
-
---Ya, ya; dejaría usté, cuando se quedaba en cueros, como ahora, y se
-metía en el agua, como ahora, digo que si dejaría usté de ser, como es
-ahora: una alhaja, que toda usté parece plata, oro y brillantes.
-
-Rosina sonrió a las lisonjas de su doncella.
-
---Pues digo más, y esto para el señor Pajares --prosiguió Conchita--.
-Y digo que no sé por qué se me figura que todo el aquel que usté le
-encuentra, en cuanto que se vistiera como un niño litri, no quedaba
-pero que ni esto.
-
---Es decir, que según tú, el hábito hace al monje. Pues yo te digo que
-Teófilo tiene una gran figura.
-
-Rosina salía del baño. Conchita la arropó en la sábana, y se dijo para
-sus adentros: «Está chalá por el poeta.»
-
-Volvieron a la alcoba. Rosa Fernanda y Celipe se habían marchado. En
-tanto la muchacha peinó, le acicaló las manos y vistió a Rosina no
-volvieron a cambiar una palabra.
-
-
-
-
-V
-
-
-Teófilo hubo de resignarse a esperar en el gabinete que, en efecto, le
-era muy antipático, le exasperaba los nervios. Pajares había definido
-este sentimiento enemigo sirviéndose de una imagen: «lo odio como un
-ruiseñor odiaría un solo de cornetín».
-
-El gabinete había sido planeado por don Sabas Sicilia, ministro de
-Gracia y Justicia y amante de Rosina. Era una pieza amueblada y
-decorada al estilo Imperio, y, mal que pese a todas las antipatías,
-a Teófilo le había servido para hacer las siguientes anotaciones
-literarias: «La gama completa de los rojos se fusiona en un conjunto
-de incandescencia aguda y cesáreo esplendor. Los muros tapizados con
-seda rojo mate, como ladrillo romano, y en ella esparcidas coronas de
-laurel, de color vermellón anaranjado. La caoba bruñida de los muebles,
-trasunto del rubí traslúcido de los vinos de la Campania. La alfombra,
-de un carmín intenso, casi violáceo, como púrpura antigua.»
-
-Dentro de aquella habitación, los pobres atavíos de Pajares se
-trasmutaban en andrajosidad. Cierta hidalguía misteriosa que corregía
-la fealdad y desgarbo del poeta era devorada por el fuego purpúreo del
-aposento.
-
-El insolente imperialismo de la estancia determinó que Teófilo,
-reaccionando por instinto, se sintiese traspasado de mística humildad.
-Dejose caer sentado en una butaca, cuyas patas terminaban en garras de
-esfinge, cinceladas en cobre; hincó los codos en las piernas y hundió
-el rostro en el hueco de las manos. «¡Dios mío, Dios mío!», murmuró,
-considerándose horriblemente desgraciado, sin saber por qué.
-
-Un aullido alfeñicado y a la vez furioso le obligó a levantar los ojos,
-y vio en la abertura de la puerta dos ojos de azabache que le miraban
-con dura frialdad, entre vedijas de lana cenizosa.
-
---¡Celipe! ¡Celipe!
-
-Gritó de fuera una voz aniñada, y Teófilo volvió a quedar a solas y a
-murmurar: «¡Dios mío!» Veíase objeto de escarnio y odio universales:
-los hombres se burlaban de él; las bestias lo odiaban; hasta las cosas
-se le mostraban hoscas, con una hosquedad doblemente irritante por
-ser arcana, indefinible. No encontraba dentro de sí propio escondrijo
-adonde acogerse, ni fuerza con qué valerse y luchar. En estos desmayos
-y trances de humildad llegaba a confesarse que su espíritu era tan seco
-y flojo como su cuerpo, y las galas de sus versos no menos desastradas
-que sus calzones, calcetines y botas. Reconocía no ser poeta, sino
-gárrulo urdidor de palabras inertes, y desesperaba de llegar a serlo
-nunca. Pero había algo en el propio tuétano de su alma que él no
-lograba desentrañar; algo a modo de angustia perdurable, un ansia de
-luz, y un creerse a punto de verla, un desasosiego perenne, el cual, en
-la vida de relación, se manifestaba ya como hermética timidez, ya por
-exabruptos de energúmeno.
-
-Según estaba con el rostro escondido entre las manos en el gabinete
-Imperio, aquella angustia de todo momento le señoreó con no
-acostumbrado poderío, imbuyéndole la ilusión de la omnipresencia. Veía
-plásticamente, en la memoria, toda su vida pasada como un momento
-actual. En su historia, tal como él la veía, no se engendraba la vida a
-costa de la muerte, no había la función materna de un hecho para con el
-que le sigue, de una nota para con la nota que va detrás, como acontece
-con la poesía y con la música, sino que todos sus pasos y estados de
-ánimo, aun los remotos de la infancia, destacaban sobre un mismo plano
-en estado de presencia, guardando entre sí la coordinación de valores
-y armonía estática de las figuras en una pieza pictórica. Esto es:
-no _sentía_ el pasado lírica ni musicalmente, a modo de nostalgia o
-de melancolía, sino que lo _contemplaba_ como lienzo a medio pintar.
-Tal era su manera de comprender el libre albedrío; cada momento en su
-existencia no era obra fatal del momento precedente, sino la nueva
-figura del cuadro, hija de la voluntad ágil del pintor. Y amando
-locamente a Rosina, no se juzgaba constreñido a ello por la fuerza de
-unos hechos necesariamente concatenados, sino por propia elección y
-apasionada voluntad de coronar el fondo tenebroso del cuadro de su vida
-con aquel vivo oro de aurora a guisa de firmamento. De esta cualidad
-materialista de su imaginación provenía que Teófilo no comprendiera el
-arte de la pintura, si bien gustaba mucho de perorar acerca de ella,
-con entonaciones críticas.
-
-Pero si la voluntad era libre, el arte era escaso. ¡Cuántas veces no
-había hallado Teófilo que, tras mucho trabajar, todo lo que conseguía
-era una mala caricatura de su propósito primero!
-
-Era Teófilo hijo único de una mesonera de Valladolid. Cuando Teófilo
-era muy niño, sus padres habían gozado más holgada fortuna: la casa
-de huéspedes de ahora había sido fonda en otro tiempo. Recordaba
-Teófilo la larga mesa redonda, cubierta con un tul color de rosa, y
-las moscas luchando encarnizadamente por quebrantarlo y llegar hasta
-los frutos y galletas, más incitativos y codiciables por estar detrás
-de un imposible falaz, sonrosado y transparente. Teófilo acostumbraba
-descifrar en esta imagen del tul el símbolo de su vida entera. Él era
-la mosca; entre él y los bienes del mundo se extendía no sé qué velo
-de ilusión que lo exaltaba todo, y, en acercándose, el velo era muralla.
-
-Oyéronse carcajadas de Rosa Fernanda. Teófilo levantó la cabeza y se
-llevó las manos al pecho. Murmuró por vez tercera: «¡Dios mío! ¡Dios
-mío!»
-
-
-
-
-VI
-
-
---Ea, ya estoy vestida. Cuando usted quiera... --dijo Rosina,
-sonriente, apareciendo en la puerta del gabinete--. Vestía un traje,
-hechura sastre, de _homespun_: áspera estofa de un medio color
-parduzco, moteada de acres colorines, en velloncitos sin hilar. Avanzó
-hacia un espejo, con los brazos en alto, prendiendo los alfileres del
-sombrero, de manera que su busto destacaba sobre el fondo carmesí
-desembarazadamente, como el de las Venus mutiladas.
-
-Teófilo se puso en pie, haciendo cloquear las choquezuelas. Dio dos
-patadas nerviosas, por estirar los pantalones y corregirlos de sus
-pliegues inveterados, los cuales se habían recrudecido en la postura
-sedente.
-
---Andando --indicó Rosina.
-
-Pero Teófilo no se movió; deseaba examinar los pantalones al espejo y
-no quería que Rosina se diera cuenta de ello. Rosina le aguardaba a que
-saliese.
-
---Andando, sí; ¿qué espera usted ahí mirándome? ¿Teme usted que me
-lleve algo del gabinete? --murmuró Teófilo con esa voz áspera y ruin
-que a pesar suyo emite el hombre cuando por hallarse irritado consigo
-mismo se esfuerza en hallar ocasión al enojo en la conducta ajena.
-
-Rosina sonrió con benignidad, y a tiempo que giraba sobre los talones y
-partía, murmuró llanamente:
-
---Por mí se puede usted llevar la consola en el bolsillo del chaleco,
-señor Erizo. Voy andando delante. --No le desplacía la hosquedad de
-Teófilo, presumiendo todo el amor que tras de ella se ocultaba.
-
-En el minuto que Teófilo estuvo a solas, contemplose de perfil en
-el espejo. Los pantalones eran realmente execrables. Tenían tales
-depresiones y abombamientos que era casi imposible suponer que dentro
-de ellos se albergaban miembros humanos. El color de pizarra había
-degenerado en lila, y en la parte superior externa de los muslos
-estaban negros.
-
-«¿Cómo voy a salir a la calle con esta mujer?», se dijo Teófilo, y la
-angustia le detenía la respiración. Como por arte sobrenatural, sintió
-algo así como si su espina dorsal se hiciera de acero, inopinadamente;
-algo como frenética necesidad de erguirse con desesperado orgullo y
-desafiar al mundo. Salió del gabinete cesáreo como un César de verdad.
-Rosina y Conchita, que estaban en la antesala, viéronle venir con aquel
-aire de realeza, y la primera le admiraba, mientras la otra luchaba
-por contener la risa, que a la postre dejó en libertad como Teófilo
-tropezase con un galápago que a la sazón tranquilamente cruzaba por
-aquella parte, y diese un traspiés, y luego un formidable puntapié al
-estorbo, enviándolo largo trecho por el aire.
-
---¡Pobre Sesostris! --exclamó Conchita.
-
-Sesostris era un galápago que la cocinera había comprado para que
-devorase las cucarachas. La imposición del nombre había sido cosa del
-ministro.
-
-Riéndose, Conchita acudió a socorrer a Sesostris, que había caído
-en mala postura, y al inclinarse a tierra la muchacha descubría sus
-delicados tobillos. Tenía Conchita la frágil finura de cabos y el
-voltaje latente de las razas inútiles y de excepción, como los caballos
-de carrera, que ganan un Derby o hacen un Dos de Mayo, pero no pueden
-arrastrar un camión o el peso de la vida normal civilizada.
-
-Teófilo, aunque a ello le incitase Conchita con sus risas y vayas,
-no conseguía enfadarse con ella. Contemplándola ahora, par a par de
-Rosina, se le aparecían, si bien muy por lo turbio y lejano, como
-encarnaciones, Conchita, de la pasión, y Rosina, de la voluptuosidad,
-los dos polos del amor ilícito.
-
---¿Listos? --preguntó Rosina.
-
---Cuando usted ordene --respondió Pajares, que se había dulcificado por
-extraño modo.
-
-Al bajar las escaleras, dijo Rosina:
-
---¿No me ofrece usted el brazo?
-
---El brazo y el corazón. --En habiéndolo dicho, se arrepintió,
-reputándolo impertinente y temiendo una respuesta desdeñosa. Pero
-Rosina volviose hacia él, con mimosa incertidumbre, como suplicando no
-ser engañada, y murmuró:
-
---A ustedes los poetas no les cuesta trabajo ofrecer el corazón; pero
-desgraciada la que se lo crea. Porque la poesía no es más que eso,
-¿verdad? Una mentira bonita. En medio de todo, la verdad suele ser
-siempre tan sosa y desairada que todos prefieren las mentiras bonitas.
-
---No, Rosa; la poesía es la única verdad --Pajares asumió un continente
-sacerdotal por que la sentencia adquiriera cierto valor religioso.
-
---No, no. Si es verdad, ya no es poesía.
-
---¿Cómo, Rosa? ¿Es usted verdad?
-
---¿Que si soy verdad? No entiendo.
-
---¿Existe usted? ¿No es usted una cosa real y verdadera?
-
---Claro que lo soy.
-
---Y dice usted que la poesía es una mentira bonita... Poesía es una
-verdad bella, la única verdad. Ya lo dijo nuestro gran poeta: «¿Qué es
-poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.»
-
-Rosina no sabía qué decir. Experimentaba una fruición nueva; la sangre
-afluía a sus mejillas. Esa satisfacción inocente de complicar el
-propio instinto con la vida del Universo y encubrir la venustidad
-con las ropas hechas del bazar del Arte, satisfacción que ha gustado
-cualquiera criada de servir cuyo novio sea un hortera sentimental,
-era absolutamente desconocida para Rosina. Era la primera vez que le
-hablaban de esta suerte. Las proposiciones de amor que de los últimos
-tiempos recordaba tenían un carácter espartano, a propósito, por la
-sobriedad, para la epigrafía: «Cuándo y qué precio.» No podía darse
-más laconismo. Pajares, ahora y por contraste, le pareció adorable
-diciendo aquellas cosas tan sencillas y tiernas con gran ternura y
-sencillez, porque, en efecto, para decirlas Pajares se había despojado
-del artificio e infatuación que en él eran frecuentes.
-
-Llegaron al portal en ocasión que salía don Alberto del Monte-Valdés
-componiendo un ritmo trocaico con la pierna de palo sobre el pavimento,
-el haldudo gabán flotando a la espalda.
-
-Teófilo quiso satisfacer una doble vanidad, la de mostrarse ante
-Monte-Valdés en compañía de tan hermosa hembra y la de alardear ante
-Rosina de la confianza con que trataba al renombrado escritor.
-
---¿Adónde vamos tan de prisa, Monte? --interrogó Teófilo, procurando
-traducir con el acento la estrecheza de su amistad con Monte-Valdés.
-
-El cojo volvió la cabeza, aborrascó el entrecejo y siguió andando, sin
-dignarse contestar. Para Teófilo la vejación fue muy dolorosa, porque
-iba acompañada de un oscuro sentimiento de haberla merecido. Rosina,
-replegada aún en sus emociones, no concedió mucha importancia al
-incidente.
-
---No le ha reconocido a usted, sin duda --explicó al observar el
-mutismo de Teófilo.
-
---¿No me había de reconocer? De sobra. Qué sé yo; le habrán ido con
-algún chisme...
-
---He oído decir que escribe muy bien.
-
---Psss...
-
---¿Puede usted prestarme algún libro que él haya escrito?
-
---No vale la pena. Es todo falso y afectado.
-
-Continuaron en silencio. Teófilo, después de aquellos momentos
-espontáneos que había vivido según bajaba las escaleras del brazo con
-Rosina, después del tropiezo con Monte-Valdés había vuelto a perder el
-equilibrio interior, como si le hubieran revuelto el espíritu y las
-entrañas. Irritábase, y luego desalentábase creyéndose víctima de un
-extraño fatalismo, el cual le espiaba de continuo y, en viéndole ligero
-de corazón y a punto de ser feliz, le ponía por delante un lazo en
-que se enredase, dando de narices en tierra. Teófilo lo expresaba así
-dentro de su pensamiento: «Es ya mucho moler, que en cuanto me entrego
-al entusiasmo ocurre algo ridículo para darme en la cresta.» Era la
-voz de esa conciencia inferior en donde se reflejan los fallos de la
-justicia mecánica del mundo; la conciencia de los jactanciosos y de los
-pedantes.
-
-Rosina, engolosinada con el exordio lírico de Teófilo, hacía los
-imposibles por que hablase, y todo era en vano. A las observaciones que
-la mujer le ofrecía contestaba él con réplicas cortadas, y siempre en
-un sentido pueril de contradicción.
-
-Iban paseando por la avenida del Botánico, rostro al Museo del Prado.
-
---Parece que está usted de mal humor hoy, Pajares. Yo le había rogado
-que me acompañase al Museo porque soy una ignorante y usted sería para
-mí el mejor guía. Pero si le molesta, como parece, y no tiene ganas
-de hablar, yo renuncio al capricho, aunque lo siento mucho, porque la
-pintura me gusta tanto...
-
---Sí, sí, lo creo. Arte de mujeres. Arte materialista, sensual, burdo,
-inferior...
-
---Sin embargo, creo que alguna vez me ha dicho usted...
-
---¿Qué? ¿Lo contrario? --Teófilo eyaculó una risita antinatural--. Es
-posible. No le pida usted a una mariposa que vuele en línea recta. En
-línea recta vuelan los escarabajos peloteros --y acabando de sentar
-la sentencia, pensó: «Apuesto a que he dicho una sandez... y una
-grosería.» Con lo cual su irritación y desasosiego subió de punto.
-
-Rosina se encontraba como se había encontrado en otras ocasiones, que
-habiéndole caído una mancha en un vestido sin estrenar, la mancha
-parecía haber herido la retina y adondequiera que volvía los ojos
-la mancha flotaba en el aire, oscureciendo la realidad. Ahora todas
-las cosas las veía feas; el cielo, los árboles, particularmente los
-mendigos y los campesinos manchegos que pasaban a la vera de sus mulas
-en reata. La poseía ese pesimismo placentero, a flor de piel, de las
-personas ociosas, el cual constituye una buena preparación espiritual
-para el esteticismo.
-
-Entraron en el Museo.
-
---¿Qué es lo que vamos a ver primeramente? --consultó Rosina.
-
---Pues, primeramente, Velázquez, que es el pintor más pintor; es decir,
-el que veía la materia más material --respondió Teófilo con intención
-agresiva.
-
-No sentía la pintura, achaque antiguo en los poetas de su tierra,
-pero hablaba y discutía a menudo de ella. En lo íntimo no estimaba el
-arte pictórico sino como arte ancilario, siervo del arte retórico, y
-aun más por bajo, como pretexto para abrillantar la prosa o el verso
-con ciertas alusiones, ora al rojo ticianesco, ora a las diafanidades
-de Patinir, cuándo a la doncellez de los primitivos, cuándo a la
-perversidad de las marquesitas de Watteau; no de otra suerte que el
-petimetre, por ejemplo, opina que la cabeza humana ha sido creada como
-los boliches de una percha, para colocar sobre ella un sombrero de copa.
-
-Pasaron de largo por la rotonda de entrada, y enfilaron el pasillo
-central, hasta la sala de Velázquez, en la cual penetraron. Antes que
-nada fueron a la saleta de las Meninas.
-
-A Rosina lo primero que hubo de sorprenderle en el cuadro fue la
-acabada simulación de ambiente, y cómo los seres, a pesar de yacer
-aplastados en un lienzo, se presentaban aparentemente sólidos,
-sumergidos en un caudal de aire, y con distancias entre sí que a ojo
-pudieran calcularse con ligero error.
-
---¡Qué cosa!... --murmuró Rosina, y se acercó al cuadro--. Nadie diría
-que este caballete esté pintado. Si es de bulto... --y se volvió
-hacia Teófilo, que sonreía con afectado desdén--. Pero, ¿de veras
-no lo encuentra usted maravilloso? Verá usted qué tontería se me ha
-ocurrido... No se ría usted de mí. ¿No ha visto usted nunca los peces
-detrás de los vidrios en los acuariums?
-
---Naturalmente que sí --cortó rudamente Teófilo, que, en efecto, no los
-había visto nunca, lo cual, en rigor, no era bochornoso.
-
---En casa tengo una pecera con un pez. Bueno; pues ¿no se ha fijado
-usted en que cuando el pez está junto al vidrio se le ve de su tamaño;
-pero se aparta nada más que una cuarta y se le ve muy a lo lejos, muy a
-lo lejos? Y, sin embargo, se ve y se conoce que anda muy cerquita. Lo
-mismo ocurre con las guindas en aguardiente. Y ahora viene la tontería.
-Al ver este cuadro me acordé de cuando yo ponía guindas en aguardiente.
-Nada, que parece que hay un vidrio por delante, y detrás está todo
-lleno de espíritu de vino, y las personas están flotando en él y
-conservadas para siempre. Mire usted este hombrín, vestido de negro,
-allá, muy allá, en el fondo, y, sin embargo, se ve y se comprende que
-está a diez pasos.
-
---Sí, sí; algo hay de eso...
-
---Claro que no pretendo que le haga a usted esa impresión. Son
-tonterías mías. Usted es un artista.
-
-Rosina permaneció largo tiempo en un leve éxtasis sensual, contemplando
-la pintura. Teófilo salió a sentarse en el diván de la sala redonda.
-Anonadábale la esperanza y creía tener en lugar de corazón un
-montoncito de cenizas, y una burbuja de aire turbio en lugar de
-sesos. Rodaba los ojos en torno, demandando a las pinturas de don
-Diego Velázquez una emoción o una idea; mas su espíritu permanecía
-árido. «¿Por qué son estos cuadros mejores que otros cuadros; en qué
-aventajaban a un cromo?», se preguntaba y se retorcía las nudosas,
-viscosas manos. Llegose Rosina a él y se sentó a su lado. Cerró los
-ojos, y estúvose unos minutos en silencio. Al abrirlos, exclamó con voz
-brumosa:
-
---¡Oh, Pajares! Si me parece que no existimos... Si las cosas parecen
-una ilusión, como en aquel cuadro... --ruborizose como observase que
-Teófilo la miraba severamente, y añadió--: Qué bobada; como no estoy
-acostumbrada a madrugar, eso debe de ser. Estos otros cuadros son
-preciosos también --levantábase a mirarlos de cerca, cuándo uno, cuándo
-otro, y tornaba a sentarse junto a Teófilo--. Es curioso. ¿No le ha
-llamado a usted la atención que este pintor hace casi siempre los ojos
-con las niñas muy grandes, muy abiertas? Como los míos. Son de color
-castaño, como la castaña de Indias, me los tengo bien estudiados; pero
-a veces la niña los cubre todos y entonces son negros. Ahora deben de
-ser negros, porque estoy algo nerviosa. Míremelos usted.
-
-Inclinose Teófilo a examinarlos y declaró, con inflexiones líricas:
-
---Negros, negros..., abismáticos.
-
---¡Bah... esa es una palabra! --corrigió Rosina, que poseía un claro
-buen sentido.
-
---Sí, una palabra hueca. Tiene usted razón --asintió Teófilo en uno de
-aquellos estados suyos de renunciamiento. Y pensó: «¿Qué soy todo yo,
-sino un amasijo de palabras huecas?» Su rostro se inclinaba en aquel
-instante en actitud de serena amargura. Como volviera al acaso sus ojos
-hacia Rosina, descubrió que la muchacha le miraba con simpatía, quizás
-con amor. Teófilo, sin poder reprimirse, le estrechó la mano y se
-aventuró a interrogar--: ¿En qué pensaba usted?
-
---No pensaba en nada, lo que se dice pensar claramente; pero andaba
-así como buscando no sé qué parecido entre usted y los cuadros de
-Velázquez. No con un cuadro solo, o con tal o cual cara, sino una cosa
-de aire... Qué se yo. No me lo puedo explicar.
-
-Visitaron después diferentes salas, y ya cerca de la una salieron a la
-calle.
-
-Rosina estaba tan colmada de sensaciones que las palabras fluían sin
-tasa de sus labios:
-
---¡Qué día! ¡Qué hermoso día! ¿Verdad, Pajares? Este cielo de Madrid...
-Dicen que es profundo y alto, y no sé cuántas cosas más. Es mucho mejor
-que eso; es aquella cosa mate y tierna como la carnecita de mi Rosa
-Fernanda, si la carne fuera azul; pero a mí me da la misma impresión.
-Eso es; aquella cosa mate de aquel cuadro que vimos, ¿de quién era?
-De Goya, ¿no? Pues mire usted aquel pobre, aquella capa de color
-chocolate, aquellos ojos... Si es el..., ¿cómo se llamaba?, el Esopo,
-justo, el Esopo. Pues ¿esos carreteros? ¿No es todo hermoso?
-
-La fluencia de Rosina anegaba a Teófilo, llenándole los vacíos pómulos
-con una sonrisa densa, bondadosa y feliz.
-
---Sí, Rosa, todo es hermoso. A mí se me figura que lo veo por primera
-vez.
-
-Rosina tomó el brazo de Teófilo.
-
---Usted lo ha dicho, con cuatro palabras, lo que yo sentía y no era
-capaz de expresar. Parece que se ve por primera vez, como si lo hubiera
-acabado de hacer Dios y no pudiera ser de otra manera que como es.
-
-Detuviéronse junto a una de las fuentes del Paseo del Botánico. Al pie
-de ella, unos obreros municipales habían levantado una hoguera con
-ramazón seca y hojarasca. Agua y fuego cantaban a su modo.
-
---¡Qué hermosa es el agua! ¡Qué hermoso es el fuego! --suspiró Rosina.
-
-Y Teófilo, a quien agua y fuego sugerían emociones e ideas, añadió:
-
---Las dos cosas más hermosas de la tierra. Dos cosas que no se pueden
-pintar.
-
---Sí, las dos cosas más hermosas quizás.
-
---Como no sea la mujer, que tiene algo de agua y algo de fuego.
-
-Rosina, instintivamente, se ceñía al flanco de su amigo.
-
-En la puerta de casa, Teófilo quiso despedirse.
-
---¿Cómo? --atajó Rosina--, hoy almuerza usted conmigo.
-
-Al subir las escaleras Teófilo se arrepintió de haber aceptado el
-convite, porque temía hacer erróneo uso del cuchillo y desmerecer a los
-ojos de Rosina.
-
-
-
-
-VII
-
- El don de la palabra ha sido otorgado al hombre por que pueda
- ocultar lo que piensa.
-
- PADRE MALAGRIDA.
-
-
-Rosina había dispuesto que comiesen a solas Teófilo y ella. El marinero
-ciego y Rosa Fernanda comían en otra habitación.
-
-El comedor tenía dos balconcitos que daban a un espacioso patio. Los
-balcones estaban abiertos y corridas las cortinas de muselina, tan
-livianas que el aire y el sol las pasaba de claro, pero bastante
-densas para guardar de ojeadas fisgonas el recinto.
-
-Conchita sirvió el almuerzo, y no era raro que se mezclase a la
-conversación, solicitada siempre por Rosina o Teófilo. Uno y otro
-hablaban con exceso e incoherencia; una afable sonrisa social, sin
-expresión, superpuesta al rostro, como personas que más que por decir
-lo que quieren luchan por no decir lo que piensan. Daban escape al
-exceso de energía nerviosa por la válvula de los labios; pero el
-espíritu permanecía ausente de la palabra, vagaba agitadamente en un
-angosto ámbito de pensamientos, como el viajero que aguarda en los
-andenes la llegada de misterioso tren. Los dos pensaban: «no es tiempo
-aún». Por eso requerían a Conchita de continuo a que les distrajera
-con una de sus graciosas y prolijas parrafadas. Pero Conchita, por
-desgracia y raro caso, no estaba aquel día en modo elocuente.
-
-En terminando de almorzar, Rosina envió de paseo a su hija, en compañía
-de la criada vieja. Quería desembarazarse de gente. Tenía un criado
-para sacar a la calle al ciego; pero comía y dormía fuera de la casa y
-no se presentaba sino a las horas de servicio.
-
-Rosina condujo a Teófilo a una salita de confianza, en donde ella
-acostumbraba vestirse, leer, ensayar canto y coser algunas veces.
-Estaba amueblada heterogéneamente, como habitación en donde cada mueble
-obedece a una necesidad. Había un piano vertical, un perchero con
-cortinas que bajaban hasta casi rozar el suelo, un tocador, fotografías
-empalidecidas por los años, y los sillones eran cómodos y de una suave
-y muelle adaptabilidad, obra del uso. Sobre el piano, una pecera con un
-pez color azafrán.
-
-A poco de haber llegado Teófilo y Rosina, y cuando no habían abierto
-aún la boca, entró el ciego, el cual sabía andar a tientas por toda la
-casa. Eran sus facciones redondas y muy curtidas; el rostro, afeitado,
-y por debajo de la quijada un rollo de barbas, a la marinera,
-blanquinosas. Los ojos azules, portentosamente serenos y como si no
-estuvieran privados de visión. Las espaldas, rotundas; largos los
-brazos y las manos chatas; corvas las piernas. Toda la traza del hombre
-que ha vivido adscrito muchos años al remo. Fumaba un cigarro habano,
-con la sortija puesta, y lo asía con dos dedos, muy cerca de la lumbre.
-
---Rosina, ponme una silla.
-
-Rosina le guió hasta una butaca. Luego, por señas, instó a Teófilo a
-que diese la mano al ciego.
-
---¿Usté ye el poeta, verdá?
-
---¿Quién se atreverá a decir que es un poeta? Y menos, el poeta. ¡Oh!
-
-Habló Teófilo tanto con el movimiento de las facciones como con las
-palabras, sin darse cuenta de que estaba frente a un ciego.
-
---Pero usté ¿ye o no ye poeta?
-
---Hombre, hago versos.
-
-Teófilo se cortó un tanto.
-
---Padre, tiene usté unas preguntas... ¿No ve que él no puede
-responderle?
-
---¿Por qué no?
-
---Porque no.
-
-La seca respuesta abatió la cabeza del ciego. Irguiola poco después,
-inquiriendo.
-
---Qué ye más, ¿poeta o Menistro?
-
---Poeta, padre, ministro lo es cualquiera.
-
---¿Cualquiera?
-
---Sí, cualquiera.
-
---Y este señor ¿es amigo del Menistro?
-
---No lo soy. De su hijo Pascual, sí. Por él conocí a Rosa.
-
---¿Y cómo viene a esta casa sin ser amigo del Menistro?
-
---Porque esta casa, padre, es mi casa, y no la casa del ministro.
-
---¿Eh?
-
---Que esta es mi casa y recibo a quien me da la gana.
-
---Sí, sí; tienes razón, Rosina. Rosina ye muy guapa ¿verdá, señor poeta?
-
---Hermosísima --exclamó Teófilo con ímpetu.
-
-Rosina le sonrió.
-
---Cuando salga al teatro..., ¿verdá?, la gente va a quedar toña.
-
---Chiflada, quiere decir --explicó Rosina.
-
---Desde luego --asintió Teófilo, penumbrosamente.
-
---Rosina, súbeme la anilla.
-
-Y alargó el cigarro a su hija. Esta apartó dos centímetros la sortija
-del fuego y devolvió el cigarro al padre.
-
---A mí estropéaseme el cigarro al subir la anilla --explicó el viejo--.
-Estos cigarros dámelos el Menistro. Diz que son los mejores. Fúmolos
-porque el Menistro me los da; pero dende que non veo ¿non ye raro? non
-me sabe a na el tabaco. Tien que ser muy fuerte. Como que non sé si
-arde o non arde si no pongo al lao los deos... Uno cree que pierde la
-vista solo, ¿eh?; pues piérdense tantas cosas con ella...
-
-Sonó el timbre de la puerta.
-
---Padre, debe de ser Rufino. Ea, a pasear, que hoy hace un día muy
-guapo.
-
-Era Rufino, el criado. El ciego salió con él y quedaron a solas Teófilo
-y Rosina.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-«Ahora tiene que ser», pensaron la mujer y el hombre. Tenía que
-ser, pero aún no sabían cómo iba a ser. No sabían si alegrarse o
-apesadumbrarse. El futuro inminente gravitaba sobre ellos, pero
-ignoraban lo que iba a ocurrir.
-
-Rosina había entrado con toda su alma en esta aventura, prometiéndose
-deleites de un linaje desconocido, elevados deleites, porque no era
-carnal sino voluptuosa. Durante el almuerzo se había preguntado
-repetidas veces: «¿Le quiero?» La respuesta sucedíase siempre en
-afirmación. Y ya en los umbrales del misterioso trance, cerraba los
-ojos y humillaba el espíritu ante el nuevo yugo, ansiando sentir cuanto
-más pronto su contacto y con él el término de aquella congoja. «¿Qué va
-a hacer? ¿Qué va a hacer, Dios mío?», se decía. Y luego: «¿Y si hiciera
-lo de todos?» Lo de todos era tomarla, gustarla y poseerla, con más o
-menos fruición, y después dejarla de lado fríamente, hasta que el deseo
-la avalorase de nuevo. Y se le desparramaba en el paladar un gusto
-amargo, astringente. Permaneció con los ojos gachos.
-
-También Pajares mantenía bajos los párpados. Pero su zozobra era más
-profunda y doliente que la de Rosina. Apretábale la urgencia de hacer o
-decir algo, y el corazón, impaciente por asomarse a sus labios, había
-subido a la garganta y le ahogaba. Pero la voluntad le había desertado
-y un frío cobarde se alojaba en sus huesos. En el Museo, y más tarde, a
-la hora de almorzar, le había parecido descubrir patentes indicios de
-amor en Rosina. Pero ahora echaba de ver claramente que no eran sino
-meras afabilidades sociales, cuando no sutiles y crueles artificios de
-cortesana. Espantábale amar y que le hicieran befa del amor. El vértigo
-se apoderaba de él y le nublaba los ojos con un velo de sangre anémica,
-color de rosa. Entonces decidió dar fin de semejante martirio, salir
-huyendo a esconderse en el último rincón de la tierra, pero no pudo.
-La cabeza le vacilaba sobre los hombros y cayó en tierra, el corazón
-desfalleciente y como ajenado de los sentidos. Cayó en tierra de
-rodillas y llorando; desplomó la cabeza sobre el regazo de Rosina, le
-asió de las manos y se las cubría de besos.
-
-Tan inesperado fue todo, tan fuerte, que Rosina, a causa del choque y a
-pesar suyo se encontró desdoblada en dos personalidades diferentes: la
-una estaba plenamente dominada por la situación, la otra había salido
-de fuera, como espectador, y exclamaba casi en arrobo: «¿Es posible que
-existan estas cosas?» Pero, a poco, las dos personalidades se fundieron
-en una como inconsciencia y sabrosa conturbación del ánimo. Rosina
-estaba atacada de una breve risa nerviosa que sonaba a sollozos y que
-por sollozos tomó Pajares.
-
-A seguida, pareciéndole mal a la mujer que aquel hombre estuviera
-hinojado a sus pies, deslizose de la butaca y descendió a sentarse
-en la alfombra, en donde abrazados, besándose y suspirando palabras
-borrosas, se estuvieron un buen rato. Cuando se recobraron y se
-levantaron, no sabiendo qué decirse se sonreían mutuamente.
-
-Pajares se sentó en una butaca y atrajo a Rosina a que se le sentara
-sobre las piernas, y en teniéndola sobre sí la cercó con los brazos,
-enjutos y nerviosos, que Rosina sentía a través del vestido como un aro
-de hierro inquebrantable.
-
-Pajares conservaba aún humedecidos los ojos; lo propio le sucedía a
-Rosina. Así como en la historia de la humanidad el agua fue la grande
-y primera soldadora de pueblos (porque mares y ríos son lazos, montes
-son barrera y desierto es aislador), así en la historia de los amores
-individuales las lágrimas unen, la altivez separa y la llaneza árida
-aísla.
-
-Presa entre sus brazos y recibiendo de ella la calidez de sus
-besos, Pajares experimentó perentoria voracidad de poseer a Rosina
-enteramente. Pero esta entera posesión no era la posesión física o
-concupiscencia de gozarla como hembra, sino la sed de beberle el alma,
-de conocer toda su vida, de atraer el pasado diluido en sombras hacia
-el presente y trasplantar las oscuras raíces de aquella amada criatura
-a su propio corazón. Porque en la posesión física pasa el hombre por
-la mujer como el ave por el cielo o la sierpe por la hierba; pero
-en este otro linaje de posesión Pajares adivinaba extrañas virtudes
-de reciedumbre duradera. Como buen español, amaba de la manera más
-espiritual, que es lo que vulgarmente se dice _de una manera brutal_,
-y apenas había besado a la mujer por vez primera, y antes de hacerla
-suya, le invadía el furor de los celos retrospectivos.
-
---Quiero que me lo cuentes todo, todo, todo --exigía Pajares,
-paladeando el placer equívoco de procurarse seguros sinsabores.
-
-Rosina reclinó la cabeza sobre el hombro de Pajares, entornó los ojos,
-como recogiéndose dentro de sí misma, y con voz lenta y segura, y
-procurando evitar toda ficción, comenzó a referir lo que recordaba
-de su vida[1]. Sus años jóvenes, en Arenales; su deshonra; su caída
-en el primer burdel y cómo dio muy pronto con un amante que la llevó
-a Madrid; sus primeros pasos en la corte, en calidad de hetera de
-alto rango; su relación con un inglés rico de la embajada, el cual la
-mantuvo consigo como amante cerca de dos años, y la trató siempre con
-tanto mimo y regalo como a una yegua _pursang_; su vuelta a Madrid y
-la buena impresión que hizo en los círculos alegres y adinerados; sus
-nuevas amistades, entre ellas la de Pascualito Sicilia, para quien
-sirvió de modelo fotográfico, desnuda, y cómo don Sabas Sicilia solía
-contemplar los artísticos retratos que el hijo tomaba, y habiéndole
-causado particular entusiasmo el de Rosina, determinó conocer el
-original, y a las palabras contadas le propuso sostenerla como amante,
-lo cual ella aceptó, porque según propia confesión no había nacido
-para ser de muchos hombres, pues esto le repugnaba, sino para burguesa
-y madre de familia, y la vida que ahora llevaba era muy quieta y
-hasta casta, y era don Sabas afectuoso, inteligente, liberal y poco
-chinchorrero.
-
- [1] _Tinieblas en las cumbres._ Novela.
-
-Hablaba Rosina, y el corazón de Pajares, que poco antes se había
-abierto y esponjado maravillosamente, iba empapándose poco a poco de
-amargor, de tal suerte que al final de la historia le gravitaba dentro
-del pecho como una masa enorme. El cerco de sus brazos, con que tenía
-asida a Rosina, se relajó, como si no fuera ya necesario oprimirla
-tan recio para sentirla dentro de sí. Contrariamente, Rosina había
-ido aliviándose, según hablaba, de una gran pesadumbre cordial, y su
-corazón hallose tan ligero que se le subió a la cabeza; y así, era
-como si el corazón discurriese y la cabeza amase. Vivía unos momentos
-de ilusión. «Pero, ¿es posible que haya llegado a quererle tanto, sin
-haberme dado cuenta?», pensaba Rosina, ingenuamente, asombrándose de
-aquel cariño. Contempló el rostro de Pajares y su entrecejo contraído
-y ojos ausentes, por donde se echaba de ver que se hallaba en ese
-estado de infinito estupor que sigue a las grandes emociones. Besole
-Rosina el paciente entrecejo con ahincado beso, y levantándose de
-sobre él fue a sentarse en la butaca. Hubiera deseado loquear, saltar,
-cantar, sentirse niña, porque a través de toda su carne y alma se
-derramaba una inundación de olvido, como renacimiento de la doncellez;
-y hubiera deseado también que Pajares se sintiera, como ella, con
-ímpetu de realizar locuras y obrar de manera pueril e inconsciente,
-que para ella valía tanto como inocente. En amor, la mujer se entrega,
-el hombre posee; o lo que es lo mismo, la mujer endosa al hombre la
-responsabilidad de su vida y la custodia de su corazón y conducta, y
-desembarazándose de tan frágil y pesada carga, recibe la más honda,
-placentera e inefable sensación de libertad.
-
-Sonó el timbre de la puerta. Rosina hizo un mohín de disgusto y aguzó
-el oído. Oyó una voz conocida, hablando con la Concha. «Es Ángel Ríos»,
-pensó; «si le da por ponerse pesado...» El visitante y la criada
-hablaban a gritos.
-
---¡Que no está! ¡Que no está! ¡Y que no está! --decía Conchita.
-
---Bah; no seas boba... Si él mismo me dijo que estaría a estas horas...
---replicaba el visitante.
-
---No se ponga usté pesao, Ríos, que no está.
-
---Pues entro a ver a Rosina.
-
---Vaya; pues no faltaba otra cosa...
-
---Conchita, que te doy dos azotes... --y el visitante reía a carcajadas.
-
---A ver... No haga usted la prueba por un si acaso.
-
-Entre las risas varoniles y las voces airadas de Conchita oíase
-traqueteo y sordo rumor de lucha. Teófilo, retrotraído ya a la
-realidad, se puso en pie. Estaba pálido; murmuró:
-
---¿Qué ocurre?
-
---Nada; bromas de Angelón Ríos. ¿No lo conoces? Aquí se nos colará,
-porque ese cuando dice allá voy...
-
---No, no, Rosina. Cuando dice allá voy como si no lo dijera, porque si
-tú no quieres que entre, yo lo arrojo a patadas.
-
---Pero ¿tú conoces a Angelón? --preguntó Rosina, algo asombrada, ante
-la erupción bélica de Teófilo, haciendo un cotejo mental entre la
-fortaleza de uno y la flaqueza del otro.
-
---Sí, le conozco --y revelaba una energía latente capaz de consumar
-hechos increíbles.
-
---Bueno; no vale la pena. Angelón es simpático y como viene se va. No
-nos cansará mucho tiempo.
-
-Avecináronse las risotadas de Angelón y los chillidos de Conchita;
-abriose la puerta y apareció un hombre inmenso, sofocado de risa,
-con dos piernas de mujer, muy bien calzadas de transparentes medias,
-colgándole a entrambos lados del pescuezo, pecho abajo, las cuales
-sujetaba con fuerza por los tobillos, condenándolas a la inmovilidad.
-Arrodillose el hombre, y pudo verse entonces que traía a horcajadas
-sobre sus hombros a Conchita. Venía la muchacha en estado de frenesí;
-asía con rabia los cabellos de la cabalgadura y se esforzaba en
-arrancárselos a puñadas, maniobra que para Angelón era lo mismo que si
-le hicieran cosquillas, a juzgar por el contento que mostraba. Anduvo
-unos pasos de rodillas, porque Conchita no tropezase en el dintel de la
-puerta, y en estando dentro de la salita púsose en pie, y habló:
-
---Estás que tocas el cielo con las manos, Conchita --y luego,
-dirigiéndose a Teófilo y Rosina, guiñando un ojo a lo pícaro y con
-el otro señalando las piernas de la muchacha, agregó--: Está bien la
-cucañera chiquilla.
-
-Sonreía Rosina del cuadro, y Pajares también. Conchita, harta de
-protestar sin fruto, rompió a reír de pronto, y entre los golpes de
-risa, murmuró:
-
---A usté hay que dejarlo o emplumarlo.
-
---Lo mismo digo, Conchita --respondió Angelón, colocando a Conchita en
-tierra. La muchacha huyó avergonzada.
-
-Ríos saludó a Rosina y Teófilo, con franca ligereza, como se acostumbra
-hacer con amigos a quienes se ve a todas horas: era este un hábito
-adquirido de sus muchas relaciones políticas. Acercose después al
-espejo y con las manos ordenó los alborotados cabellos.
-
---Entonces, ¿no está don Sabas?
-
---No, hombre. Ya te ha dicho Conchita que no.
-
---Y a propósito de Conchita, ¿sabes que está bien?
-
---Bien o mal, me parece que no es para ti.
-
---¡Quién sabe! ¿Tiene novio?
-
---Sí, un encuadernador.
-
---Pues, avísame cuando la engañe, porque, eso sí, a mí no me gusta
-engañar a una mujer. ¿Puedes prestarme papel y pluma? Quiero escribir
-a don Sabas, y en seguida me voy, que no quiero estorbar. Vaya, vaya
---se acercó a Teófilo y le dio una palmadita en los muslos--, también
-los poetas... Las princesas pálidas están muy bien en los versos; pero
-de vez en cuando, ¿eh?, un cogollito de carne y hueso, tan rico como
-Rosina, no está mal, ¿verdá neña?
-
-Teófilo procuró adoptar una actitud altiva, por sostener a distancia
-los entrometimientos de Angelón, el cual, sin hacer caso alguno del
-poeta, tomó el papel y pluma que Rosina le presentaba y se aplicó a
-escribir. A mitad de la carta, levantó la cabeza:
-
---¿A que no aciertas, Rosina, quién es el interesado en el asunto que
-le recomiendo a don Sabas?
-
---¿Quién?
-
---Echa a ver.
-
---Yo qué sé. Cualquier amigacho tuyo.
-
---Y tuyo.
-
---¿Mármol?
-
---No, Alberto.
-
---¿Qué Alberto? --inquirió aquí Teófilo--. ¿Díaz de Guzmán?
-
---Sí, el mismo --respondió Ríos--. ¿Sabes, Rosina, que vive en mi casa?
-
---Tengo deseos de verle. Dile que venga por aquí. ¿Cómo está ahora?
-
---Estos días parece que anda algo malucho.
-
-Ríos concluyó su carta, la engomó y se la entregó a Rosina.
-
---Neña, qué pez tan apetitoso --exclamó Ríos, contemplando el pez color
-de azafrán, que daba estúpidamente vueltas y más vueltas dentro de la
-bola de vidrio.
-
---¿Quién, Platón?
-
---Digo este pez.
-
---Sí, Platón.
-
---¿Cómo Platón?
-
---Cosas de Sabas. Dice que Platón era un filósofo, y que todos los
-filósofos son como peces en pecera, que ellos toman por el universo
-mundo, y que los filósofos son castos e idiotas, como los peces, y qué
-sé yo. Habías de oírle a él. Ya sabes que tiene la manía...
-
---Sí, de decir gracias que no son gracias. Neña, es una manía de todos
-los políticos españoles. Les gusta más hacer el payaso y abrir la boca
-que abrir una carretera. Hasta cuando son déspotas, son payasos. ¿Por
-qué crees tú que yo soy un payaso, sino porque siempre he vivido entre
-gente política? Pero, no nos desviemos de la cuestión. Este pez me
-parece suculento.
-
---¿Suculento?
-
---Sí, suculento. Me lo comería de buena gana.
-
---¿Es una payasada?
-
---Es la verdad.
-
---¿Quieres que te lo fría Conchita?
-
---Quita allá. Tal como está.
-
-Ríos sumió la mano en la pecera, pescó el pez y se lo llevó a la boca.
-Volviose hacia Teófilo y Rosina, con medio pez fuera de los labios,
-coleando. Hizo luego con el cuello un movimiento de ave que bebe y se
-engulló el pez. Por último, se dio unos golpecitos en el estómago y
-afirmó:
-
---Exquisito.
-
---¡Qué atrocidad! --comentó Teófilo, sonriendo.
-
---¡Qué bárbaro eres! --dictaminó Rosina--. Oye, te advierto que si
-quieres hacer sopa de tortuga dentro del buche también hay un galápago
-en casa; Sesostris, este es su nombre, puesto por Sabas, como puedes
-suponer; pero las razones las ignoro.
-
---Gracias, neña, me basta con Platón, que por cierto era muy
-sustancioso, aunque filósofo. Pero, chica; es que hoy no he comido
-aún... Ando tan apurado...
-
---¿De tiempo?
-
---¡Bah! De dinero.
-
---¡Qué payaso eres! --aseveró Rosina, mirando de arriba a abajo a
-Angelón y su distinguida, flamante indumentaria.
-
---Ya ves, y no me han hecho aún director general. Ea, adiós y buen
-provecho.
-
---Lo mismo digo, Angelón.
-
-Ríos salió de la estancia como un torbellino.
-
-Apenas se quedaron a solas, Teófilo se adelantó a decir:
-
---De manera que Díaz de Guzmán ha sido amigo tuyo...
-
---No ha sido, sino que es.
-
---Ya puedes presumir lo que quiero dar a entender con la palabra amigo.
-
---No lo presumo...
-
---¿No? Pues es muy fácil. ¿Qué clase de relaciones has tenido o tienes
-con él?
-
---Pero, hombre, ¿qué te importa?
-
---¿Eh?
-
-Pajares livideció. Rosina acercose a acariciarlo y le rodeó el cuello
-con los brazos.
-
---No seas niño; no he querido molestarte. He dicho, qué te importa,
-porque la cosa no tiene importancia. Te lo contaré todo, ya lo creo. Es
-preciso que sepas que no te oculto nada. Verás, conocí a ese muchacho
-el mismo día que me llevaron a aquella mala casa, en Pilares, ya sabes.
-Ya puedes figurarte si yo estaría como loca. Bueno, pues él me trató
-con mucho afecto, no como a una cosa, sino como a una persona. Esto
-es bastante raro, y yo le conservo agradecimiento: eso es todo. ¡Ah!,
-luego me escapé de Pilares, y como no daban conmigo creyeron que él,
-Guzmán, me había asesinado; nada menos que eso. Hasta le metieron en la
-cárcel. Es una historia ridícula.
-
---¿Y nada más?
-
---Nada más, hombre.
-
-Le besó en los ojos.
-
---Bueno, Rosa; tú no puedes seguir llevando esta vida.
-
---¿Qué vida? Más tranquila, más formal, no puede ser.
-
---Tranquila y formal, si así lo quieres, para una...
-
-Teófilo titubeó antes de pronunciar la palabra cocota.
-
-Rosina se acurrucó a los pies de Pajares, reclinando la cabeza en sus
-piernas.
-
---¿Y qué soy yo sino una cocota?
-
---Si lo eres, es preciso que dejes de serlo.
-
---Sí, sí; pero, ¿cómo?
-
---¿Cómo?
-
-Pajares aupó a la mujer y la estrujó contra su pecho, besándola con
-arrebato.
-
---Tú no puedes ser ya sino mía, mía, mía y para siempre, para siempre.
-Viviremos juntos, retirados de la gente, uno para el otro, uno para el
-otro.
-
-«¡Cómo me quiere!», pensó Rosina. Intentó imaginar aquel futuro que
-Pajares le ofrecía; pero no lograba darle cuerpo, carne sonriente
-y atractiva. Se le iba llenando el pecho de tenue desazón, como si
-hubiera debido hacer o decir algo de importancia y no consiguiera
-recordar qué era ello.
-
---Por lo pronto --añadió Pajares--, hay que romper con don Sabas.
-
---Sí, sí --contestó Rosina sin convicción.
-
---Hoy mismo --determinó Teófilo.
-
---Por Dios, eso es imposible. No me ha dado motivos, y es muy duro, así
-de repente.
-
---Hoy mismo --repitió Teófilo.
-
---No seas cruel --Rosina avencidó al de Pajares su rostro, contraído e
-implorante--. Me haces sufrir. Yo no deseo otra cosa; pero fíjate que
-no es tan fácil como parece... Hay que ir preparándolo poco a poco...
-Ten compasión de mí.
-
-Teófilo permanecía en silencio. Rosina se envalentonó:
-
---Tengo una idea. Lo mejor es que vayamos a pasar unos días fuera de
-Madrid: en Aranjuez, en El Escorial, en Toledo, donde te parezca, y
-allí arreglamos todas las cosas y le escribo a Sabas rompiendo con él,
-¿qué tal? --y envolvió en mimos a Teófilo; pero Teófilo no desplegaba
-los labios.
-
---¡Qué feliz voy a ser con mi poeta! ¡Y qué feliz voy a hacerle a él!
-¡Qué felices, qué felices vamos a ser! --continuó prodigándole blandas,
-enervantes caricias; Teófilo permanecía sin hablar.
-
-Y es que Pajares ahora sufría una nueva tortura. En su cerebro había
-destacado de pronto y con imperiosa sequedad una idea: «Esta mujer
-me desea, y aunque sin atreverse a declararlo con palabras, necesita
-la satisfacción de su deseo.» Así interpretaba Pajares las ternezas
-y mimosidades con que Rosina pretendía aturdirlo por desviarle la
-voluntad de aquella absurda exigencia de romper con don Sabas. Y la
-tortura de Pajares era que temía ser despreciado y desconsiderado
-virilmente por Rosina. De una parte, no le encendía en aquellos
-instantes ningún linaje de torpe concupiscencia; de otra parte, aun
-habiéndose sentido inflamado de deseos, no se hubiera dejado tiranizar
-por ellos o buscado su saciedad, por que el estado de su ropa interior
-era miserable y vergonzoso, y por nada del mundo se hubiera presentado
-ante Rosina en tan triste intimidad. Se acordaba de una frase de
-no sabía qué autor, oída a no sabía qué amigo: «El dinero es el
-afrodisiaco superlativo.»
-
---¿Qué te ocurre? Habla por la Virgen Santa. ¿No te parece bien lo que
-te propongo? Cuatro o cinco días, o más, en El Escorial, por ejemplo;
-sí, en El Escorial. ¡Di algo!
-
---Sí, Rosa; tienes razón.
-
---¿De veras te parece bien?
-
---Sí, mujer.
-
---¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad! Me harás versos, ¿verdad?
-
---Sí, te haré versos --asintió Teófilo sonriendo con amargura.
-
---Y luego los publicas en _Los Lunes_. Calla; pues resulta que el
-viajecito te va a dar dinero... --poniéndose en pie Rosina palmoteaba
-como niño rico ante el escaparate de una confitería.
-
-«Dinero...», pensaba Teófilo. Había escrito algunos días antes a su
-madre pidiéndole, con mil apremiantes pretextos, un extraordinario,
-además de la humilde mensualidad que de ella recibía. Aun cuando se
-veía y se deseaba para poder vivir ella misma y sostener la casa de
-huéspedes, en donde muchos huían sin pagar y los que pagaban pagaban
-poco, la madre hacía el milagro de raer aquí y acullá en su comida y
-vestido unos ahorros, hasta sumar de 12 a 15 duros que enviaba cada
-mes al hijo, y, aun en ocasiones, cinco o seis más, fuera de cuenta.
-«¡Qué canalla soy!», pensó Teófilo recordando a su madre. «Mi vida no
-tiene sentido», caviló. El corazón se le redujo a cenizas nuevamente,
-y, nuevamente, los ojos se le envolvieron en un tul de sangre anémica
-color rosa. Se le eliminó en un punto la voluntad. Imaginaba ver su
-propia alma a la manera de esos perros vagabundos que miran de reojo
-a todas partes porque saben que el universo está poblado de garrotes,
-botas y piedras invisibles, los cuales, repentinamente, se materializan
-donde menos se piensa.
-
-Entró Conchita, desvariada, empavorecida.
-
---¿Qué ocurre? --interrogó Rosina, contagiada del pavor de la
-doncella--. ¿Algo de Rosa Fernanda?
-
-Teófilo tuvo el presentimiento de que la bota invisible comenzaba a
-materializarse y abrió aleladamente los ojos.
-
---Que, que --rompió a explicar Conchita temblando--, que... don
-Sabas... ha entrado en el portal... y ya debe estar llegando a la
-puerta del piso.
-
---¡Bah! Déjalo que llegue, que entre... ¡Qué susto me habías dado!...
-
-Teófilo se había puesto en pie, demudado el rostro. Le acosaba un
-terror irracional, casi zoológico. Echó a correr hacia la puerta; pero
-Rosina le detuvo, agarrándole de la chaqueta.
-
---¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios! ¡Tranquilízate! --De los arrestos
-bélicos de Teófilo a la llegada de Angelón, de sus posteriores
-exigencias de un rompimiento con don Sabas y del actual desconcierto,
-Rosina había deducido que le poseía una furia loca de agredir al
-ministro.
-
-Sonó el timbre. Conchita interrogaba con los ojos. Teófilo permanecía
-en pie silenciosamente, por donde Rosina consideró que se había
-tranquilizado. Ordenó a la doncella:
-
---Vete a abrir y que pase aquí como siempre. --Salió Conchita. Rosina
-imploró--: ¡Déjalo! Todo se arreglará en seguida, te lo prometo. Que
-venga, y nosotros como si tal cosa; por ahora como si fueras un amigo
-que está de visita.
-
-Pero Teófilo no podía oír porque le ofuscaba un espanto absurdo, algo
-así como terror atávico.
-
-Sintiéronse los pasos cadenciosos, graves y lentos de don Sabas, y
-cuando se acercaban ya al umbral de la puerta, sin que Rosina pudiera
-impedirlo, Teófilo huyó a refugiarse detrás de las cortinas del
-perchero.
-
-
-
-
-IX
-
- _If music be the food of love, play on._
-
- SHAKESPEARE.
-
- ... como la vihuela en el oído
- Que la podre atormenta amontonada.
-
- FRAY LUIS DE LEÓN.
-
-
-Entró don Sabas, acercose a Rosina, le dio dos palmaditas en la
-mejilla, con gesto paternal, y saludó con estas palabras:
-
---¡Hola, Pitusa! Hace frío.
-
---Siempre con frío metido en los huesos. Pues no eres tan viejo para
-ser tan friolero.
-
---No es cosa de la edad. Desde niño he sido friolero. No puedo vivir
-sin calor; necesito toda especie de calor, calor en el cuerpo y calor
-de afecto en el alma --su afirmación contrastaba con la frialdad
-del tono en que la hacía y con la indiferencia de la sonrisa--. Me
-consentirás que no me quite el gabán.
-
---Claro, hombre. Pues no faltaba otra cosa.
-
-Se sentó y se restregó las manos. Echábase de ver al punto que era
-hombre público por la carátula que llevaba puesta, ocultándole la
-verdadera y móvil expresión del rostro: esa carátula social de las
-personas que han vivido muchos años ante los ojos de la muchedumbre,
-carátula que tiene vida propia, pero vida escénica, y tiende a
-tipificar con visibles rasgos fisionómicos el ideal y singulares
-aspiraciones del individuo, de manera que facilita la labor del
-caricaturista, porque la carátula tiene ya bastante de caricatura. Lo
-típico en el semblante social de don Sabas era el escepticismo y cierta
-afabilidad protectora que él reputaba como la más cabal realización
-expresiva del _magnificum cum comitate_ o dignidad benévola de Séneca.
-Su voz era más que recia, tonante, e incompatible con el aire de
-duda que cuidaba de imprimir a sus dichos. En su perfil dominaba la
-vertical, como en el de las cabras, y de hecho, a primera vista, con su
-faz alongada y huesuda, sus barbas temblantes, saledizas y demasiado
-lóbregas por la virtud del tinte, sus ojos oscuros y distraídos y el
-despacioso movimiento de la mandíbula, según daba mesurado curso a
-la densidad del vozarrón, hacía pensar en una cabra negra, rumiando
-beatíficamente un pasto abundoso y graso.
-
-Rosina estaba sentada de espaldas al perchero; don Sabas, cara a Rosina.
-
---Estoy cansado, Pitusa.
-
---¿Has trabajado mucho hoy?
-
---¿Trabajar? Qué inocentes eres, Pitusa. ¿Tú crees que le hacen a uno
-ministro para trabajar? ¿Te figuras de veras que los ministros servimos
-para algo, que el Gobierno sirve para algo? ¿Sabes qué papel hace
-el Gobierno en una nación? El mismo que hace la corbata en el traje
-masculino. ¿Para qué sirve la corbata? ¿Qué fin cumple o qué necesidad
-satisface? Y, sin embargo, no nos atrevemos a salir a la calle sin
-corbata. ¿Dónde está Platón? --desde que había comenzado a negar la
-utilidad del Gobierno había echado de menos a Platón; pero como tenía a
-orgullo poner en orden sus ideas y emociones y hacerles guardar cola,
-esto es, conservar en todo momento una perfecta y estoica serenidad,
-tanto intelectual como afectiva, no había inquirido acerca del pez
-hasta que no hubo dado lento y adecuado desarrollo al parangón entre
-los ministros y las corbatas.
-
-Rosina refirió concisamente el triste acabamiento del pez de color de
-azafrán.
-
---¡Qué hermosas enseñanzas nos ofrece la realidad a cada paso! Ya ves
-de qué manera han concluido los días de Platón, embuchándoselo un
-hombre como Angelón Ríos, un libertino que no piensa más que en gozar
-mujeres, y mujeres, y más mujeres. Y es que toda filosofía, Pitusa,
-tarde o temprano no sirve sino para alimentar el amor carnal.
-
-A Rosina le había parecido siempre que en el tono que don Sabas
-imprimía a su charla había un no sé qué implícito que podía traducirse
-así: «No prestéis mucha fe a lo que digo, porque lo mismo me da decir
-esto que todo lo contrario. La cuestión es pasar el rato.» Y este tono
-Rosina lo había juzgado en otras ocasiones como buen tono y sutil
-elegancia, aunque en rigor un poco ofensivo. Pero ahora le ofendía
-extraordinariamente. En realidad, no sabía si echarle la culpa a don
-Sabas o echársela a sí propia y a la impertinente nerviosidad que la
-poseía. No lograba concentrar el pensamiento. Presumía la inminencia de
-un conflicto.
-
-Teófilo, entretanto, se hallaba sumido entre los pliegues de dos
-faldas bajeras. Su irracional pavura se había disipado, y en su vez le
-estrujaba los sesos una obsesión no menos irracional. La seda de las
-faldas era muy crujiente, y a la más leve moción de Teófilo producía un
-ruido crepitante que le transía los dientes. No temía que el ruido le
-delatase, sino que le horrorizaba la sensación en la dentadura y que el
-tormento se prolongara mucho. Y así, huérfano el cerebro de toda idea y
-casi con ahínco de loco, luchaba por conseguir la inmovilidad absoluta.
-
---Sí, sí, Pitusa, estoy muy cansado. Pero el verte tan rosada, tan
-linda, me alivia tanto... El peso de una cartera, Pitusa, es increíble.
-Es como si tuviera sobre las espaldas una de las pirámides de Egipto,
-con la punta hacia abajo. Me parece que no tardaré en presentar mi
-dimisión.
-
-Como la pausa de don Sabas se alargase demasiado, Rosina se vio
-obligada a hablar, y como no tenía nada que decir, lo que dijo resultó
-a destiempo:
-
---¿Tan pronto?
-
---Tan pronto ¿qué?
-
---La dimisión, digo.
-
---¿Tan pronto después de ocho días? Hace ocho días que soy Ministro y
-te parece poco tiempo. ¿Tú qué sabes de eso, Pitusa? Ocho días tardó
-Dios en hacer el mundo; poco fue para tan gran obra, por eso son
-disculpables algunos olvidos que tuvo. Pero ocho días para arreglar
-un trozo diminuto de una pequeñísima parte de aquella obra es más que
-suficiente, y si no se arregla en este tiempo es por una de dos: o que
-uno no sirve para el caso o que la cosa no tiene arreglo.
-
-Después de unos minutos, Rosina se vio obligada de nuevo a decir algo.
-Por suerte se acordó de la carta de Ríos.
-
---Se me había olvidado. Ríos ha dejado una carta para ti. Aquí está.
-
-Disponíase a leerla don Sabas cuando echó de ver un par de botas viejas
-y empolvadas asomando por debajo de la cortina del perchero. Como ya
-había hecho propósito de leer la carta, aplazó toda hipótesis para en
-concluyendo de leerla.
-
---Bien; otra petición. Esto es lo que me cansa, lo que me abruma.
-Desde que entré en el ministerio, por todas partes me persigue gente
-postulando. Esto no es una nación, es un asilo de mendicantes --y con
-mirada distraída examinó las botas--. ¿De quién son aquellas botas?
-
-A tiempo que don Sabas hacía la pregunta, una de las botas desapareció
-detrás de la cortina. Teófilo no había podido reprimir el movimiento
-instintivo de retirar un pie.
-
-Don Sabas se levantó, se acercó al perchero y descorrió la cortina.
-
-Rosina no se atrevió a mirar.
-
-Don Sabas estuvo algún tiempo perplejo y mudo ante aquel hombre tan
-largo y cenceño, de mirar desvariado, que parecía estar sepulto en
-posición erecta, a la usanza rabínica.
-
-Teófilo comprendía que el único modo de evitar, o cuando menos anular
-lo grotesco del lance, era convertirlo en trágico. Don Sabas, a
-quien desagradaba por igual lo trágico que lo grotesco, porque le
-interrumpían momentáneamente la fruición de su voluptuosidad rumiada
-y quieta, resolvió aceptar el descubrimiento de Teófilo con serena
-cortesía, como si fuera uno de los infinitos sucesos nimios que forman
-la urdimbre de la rutina social.
-
---¡Oh! --dijo con graciosa solicitud, tendiéndole la mano--. Cuánto
-siento... Siéntese usted. Rosina, preséntame a este caballero.
-
-Rosina levantó la cabeza. Había entrado en posesión de sí misma y
-estaba tranquila.
-
---Es un amigo mío.
-
---Y yo no deseo otra cosa sino que lo sea mío también.
-
---El señor Pajares.
-
---Pajares... ¿Es usted el escritor?
-
---Servidor de usted --habló Teófilo, esforzándose en parecer altanero.
-Sin embargo, ante don Sabas sentíase sugestionado, empequeñecido, como
-si aquel hombre pudiera hacer de él lo que le viniera en gana.
-
---Sí, sí, ya recuerdo; Pajares, novelista.
-
---No, poeta --corrigió Rosina, con involuntaria hostilidad.
-
-A don Sabas no le gustaba molestar a sabiendas a la gente, ni rodearse
-de personas irritables o melancólicas; en general, le molestaba el
-sufrimiento ajeno, no por compasión, sino por egoísmo, y así se cuidaba
-de huir la presencia de él, mas no de evitarlo.
-
---Pues yo he leído algún cuento y novelas cortas del señor Pajares --lo
-cual era falso.
-
---Sí, he escrito también cuentos y novelas cortas --corroboró Pajares,
-muy lisonjeado.
-
---Y versos también he leído, ¡ya lo creo! Mi hijo Pascual habla mucho
-de usted y con gran admiración. Usted es modernista, y nosotros, los
-viejos, no podemos ser modernistas; pero en todos los géneros hay bueno
-y malo. Y usted es de lo bueno, sí, señor. --Don Sabas no se proponía
-otra cosa que halagar al poeta y reducirlo a una sociabilidad corriente
-y moliente, de visita. No había leído un solo verso de Teófilo y le
-importaba un ardite la llamada poesía modernista. Tanto a Teófilo como
-a Rosina les cosquilleaba una leve zozobra; no sabían si don Sabas
-hablaba en serio o irónicamente. Don Sabas preguntó--: Bajo su palabra
-de caballero, señor Pajares, ¿me promete usted decirme la verdad?
-
---Según de lo que se trate.
-
---¡Bah!, una cosa muy sencilla; ¿promete usted?
-
---Sí, señor; prometo.
-
---¿Está usted enfermo?
-
-Teófilo palideció.
-
---¿Lo está usted? Dígame la verdad.
-
---No le entiendo a usted...
-
---De sobra que me entiende...
-
---Le juro a usted, que no entiendo... ¿Qué puede importar a usted que
-yo esté o no esté enfermo?
-
---¿No ha de importarme? Verá usted; cuando entra a servirme un nuevo
-mozo de comedor, lo primero que hago es decirle: «Mira, hijo, aquí está
-la botella de vino y aquí un vaso. Este vaso es solamente para ti. Ya
-sé que no puedo impedirte que bebas el vino de escondite; por eso, lo
-único que te ruego es que no bebas por la botella y nos sirvas luego
-a los demás tus babas.» ¿Comprende usted ahora? De todos los crímenes
-que conozco, el más grave, para mí, es el de esos hombres atacados de
-enfermedades vergonzosas que no tienen reparo en corromper y contagiar
-a otros cientos de hombres por intermedio de mujeres que toman y dejan
-a la ventura.
-
---Si no he comprendido mal, para usted lo grave de este crimen no es
-que una pobre mujer caiga enferma, sino que, por segundo endoso, otros
-hombres, quizás personas respetables, grandes personajes, sufran el
-contagio.
-
-Rosina sonrió cordialmente a Pajares, quien en aquel instante se sentía
-muy superior a don Sabas.
-
---No me he explicado claramente. No he hablado de la mujer sino como
-vehículo, porque, si usted se para a pensarlo ecuánimamente y aparte la
-lástima que nos inspire, no es otra cosa que vehículo. Y si no, compare
-usted la proporción numérica del mal, y verá que de un lado hay una
-mujer y de otro cientos y cientos de hombres a quienes ella infesta.
-
---En este caso no veo sino una mujer, y muy en segundo término un solo
-hombre.
-
---Se exalta usted sin motivo. Parece usted echarme en cara que cuando
-abomino del mal general no pienso sino en el mío propio. Es decir,
-que mis palabras no estaban dictadas por el amor al prójimo, sino por
-el temor de un daño que pudiera sobrevenirme; en suma, que he hablado
-egoístamente. Sí, señor; así es. Lo reconozco. Y no puede menos de ser
-así, porque el egoísmo es la medula espinal del espíritu humano. Cuanto
-hacemos, aun las acciones más generosas, no tiene otro móvil que el
-egoísmo. Su exaltación de usted hace un momento, y sus nobles palabras
-de lástima por las mujeres caídas y enfermas, ¿qué eran sino balbuceos
-de un egoísmo inconsciente que le movió a usted a declararse paladín
-del sexo por ganar el amor, o acrecentarlo y robustecerlo, de una
-mujer que le estaba escuchando? Pues el progreso moral no es otra cosa
-que la más clara conciencia de este egoísmo radical y el mayor valor
-para declararlo en público; de manera que, contrastándose egoísmo con
-egoísmo, cede cada cual en aquello que puede y debe ceder y se alcanza
-una paz deleitable, armoniosa y duradera. El progreso moral consiste en
-aprender a no engañarse ni engañar. La caballerosidad, el honor no son
-sino la moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre
-varios egoísmos. Y así, de caballero a caballero, invocando mi egoísmo,
-lo cual equivale a darle a usted derecho para que usted me invoque el
-suyo cuando lo necesite, le pregunto: ¿está usted enfermo?
-
-Teófilo volvió a sentirse empequeñecido por don Sabas. Pensaba que
-no tenía razón el ministro; pero no sabía qué contestarle. Y Rosina
-pensaba como Teófilo.
-
---Pero es que... --atajó Rosina, dirigiéndose a don Sabas--, si te
-figuras que ha habido algo entre nosotros...
-
---Si no te echo nada en cara, Pitusa... Me parece muy natural. Yo soy
-viejo y tú eres joven, ¿cómo te voy a exigir fidelidad absoluta? Y
-hasta me parece preferible que hayas elegido un artista a uno de esos
-señoritos silbantes...
-
---De caballero a caballero --habló Pajares--, puesto que usted se
-obstina en preguntarlo, le respondo, por última vez, que no le va a
-usted ni le viene en mis enfermedades. Y no le va ni le viene, porque,
-como ha dicho Rosa, nada ha habido entre nosotros, ni puede haberlo,
-porque yo no lo aceptaría entretanto que no sepa que Rosa es mía y
-solamente mía. Usted parece que no puede comprender esto...
-
-Don Sabas inclinó la cabeza, reflexionando:
-
---No, no lo puedo comprender. Pero, aun cuando hubiera habido algo, lo
-disculpo; es más, lo justifico. Rosa es, por decirlo así, el ornamento
-de mi vida, y ella sabe cuán humildes son mis exigencias. ¡Si solo
-mirarla me deleita!... No soy tan insensato que me obceque en obligarla
-a una fidelidad completa. Lejos de eso, me hace feliz saber que ella lo
-es por diferentes caminos. Tampoco puede usted comprender esto.
-
---No lo puedo comprender.
-
---Y es que usted piensa que el suyo, por ser desordenado, es mejor
-amor. Pues mire usted, yo renunciaría ahora mismo a Rosa si supiera que
-mi renuncia le acarreaba verdadera ventura, a pesar de todo mi egoísmo
---por primera vez se le cayó la carátula de afabilidad protectora,
-dejando al desnudo un rostro gravemente triste. A seguida superpuso
-nuevamente la carátula, y añadió--: Pero, por ahora, Rosa no necesita
-mi renuncia, ni con ella piensa ser más venturosa, ¿verdad, Pitusa?
-
-Las emociones de Teófilo se concretaron en una sentencia mental: «Si
-yo tuviera unos miles de pesetas en el bolsillo...» Como si Rosina lo
-hubiera adivinado, respondió:
-
---Ya te he dicho, Sabas, que nada hay entre nosotros, y yo no miento.
-Por lo tanto, claro está que no necesito esa renuncia.
-
-Teófilo miró con estupor a Rosina, quien aprovechando la distracción
-del ministro, guiñó un ojo al poeta, como haciéndole cómplice de su
-disimulo.
-
---A propósito, Pitusa. Me ha escrito don Jovino, por mal nombre
-_el Obispo retirado_. Dice que dentro de tres o cuatro días es la
-inauguración de la temporada y que aguarda el nombre con que has de
-presentarte al público; es urgente, porque necesitan tirar los carteles
-con alguna anticipación. ¿Sabía usted, señor Pajares, que la Pitusa nos
-ha resultado una gran cupletista y se lanza definitivamente a la escena?
-
---Sí, señor.
-
---Bien, bien; pues ayúdenos usted a elegir un nombre para ella...
-Convendrá usted conmigo en que del nombre depende la mitad del éxito,
-sobre todo en la mujer. Es necesario encontrar uno que, como exige
-el código del Manú, cuando se pronuncie sepa dulce en los labios. Yo
-he seleccionado unos pocos que someteré al juicio de ustedes. Por lo
-pronto siento una invencible inclinación hacia los nombres de mujer
-que comienzan por A. Entre otras razones: para producir el sonido de
-la A se abre de pleno la boca, porque A es una vocal admirativa, y,
-dado que es cosa probada que los movimientos y actitudes musculares
-provocan ciertos estados de ánimo, como el hipnotismo ha demostrado,
-resulta que al pronunciar un nombre de mujer que empieza por A,
-involuntariamente propendemos a la admiración. Todo esto le parecerá a
-usted extraordinario, ¿verdad, señor Pajares? En último término puede
-que sea una de tantas tonterías como a uno se le ocurren. He aquí los
-nombres: Acidalía, que es una de las advocaciones de Afrodita; Actea,
-una nereida; Adrastia, hija de Júpiter o Zeus y de la Necesidad;
-Antígona, que todo el mundo sabe quién fue --y miró irónicamente a
-Teófilo--, y Lotos, una ninfa. Este último nombre no tiene la A por
-inicial; pero a mí me suena muy bien. Lotos o Antígona, me parecen dos
-buenos nombres de cartel. ¿Qué dices, Pitusa?
-
---¿Qué te parece a ti? --solicitó de Teófilo Rosina, proporcionándole
-con el tuteo, en presencia del Ministro, gran satisfacción.
-
---Antígona me parece un nombre muy bello. Suena un poco trágico, pero
-no importa.
-
-De que era un personaje de la tragedia antigua estaba seguro, y esto
-era todo lo que sabía acerca de Antígona; él, Pajares el poeta, que
-había decorado siempre sus versos con innúmeras alusiones al arte y a
-la mitología helénicos.
-
---¿Ha oído usted ya cantar a Antígona?
-
---No, señor.
-
---¿Quieres cantar algo, Antígona?
-
---Ya lo creo, con mucho gusto --se levantó de la butaca, y con
-gentil alacridad fue hasta el piano. Volviose un punto para decir a
-Teófilo--: Te advierto que toco rematadamente mal. Solo lo preciso para
-acompañarme.
-
---¿Qué vas a cantar, Pitusa?
-
---_Ninon._
-
---¡Oh, Pitusa; canta cualquiera otra cosa!... ¡Eso es tan
-sentimentalmente cursi!...
-
---A mí me gusta, Sabas.
-
-Rosina cantó:
-
- Ninon, Ninon, qu’as tu fait de la vie?
- L’heure s’enfuit, le jour succède au jour.
- Rose ce soir, demain flétrie,
- Comment vis-tu, toi qui n’a pas d’amour?
- Aujourd’hui le printemps, Ninon,
- Demain l’hiver...
-
-La voz de Rosina era escasa; pero tenía densa transparencia de óleo y
-se insinuaba dentro del espíritu con cariciosa suavidad. Desafinaba a
-veces un poco, y era en todo momento insegura, algo temblorosa, como
-si diluida dentro de ella palpitase una gran emoción, de la cual se
-contagiaba muy presto el oyente. Teófilo no entendía las palabras;
-pero la música se le filtraba hasta el más oscuro rincón del alma,
-colmándole de ciega felicidad, que al esforzarse en adquirir luz y
-conciencia de sí propia producía dolor gustoso.
-
-Don Sabas tenía los párpados caídos, y la carátula también. Con
-profunda angustia recibía en el corazón los versos de Musset y el
-lamento _sentimentalmente cursi_ de Tosti: «_¿Qué has hecho de tu
-vida? Huyen las horas, y las días suceden a los días. La rosa de esta
-tarde, mañana estará marchita... Hoy, primavera; invierno, mañana._»
-Y luego, _¿cómo se puede vivir sin amor?_ ¡Oh, amor; necio engaño!
-Sicilia, de la propia suerte que había teñido de negro la ancianidad
-de sus barbas, había blanqueado de filosofía la negrura desolada de su
-espíritu escéptico. Pero ahora, bajo el influjo de aquella musiquilla
-cándida, quejumbrosa, el postizo embadurnamiento se resquebrajaba, se
-derretía, dejando al aire hielo vivo entre sombras. Y con el corazón
-aterido, Sicilia abarcaba la desmesurada vacuidad de todo lo creado.
-¿De qué le había servido aquel emplasto de estoicismo, epicureísmo y
-anacreontismo, a dosis iguales, aplicado al alma por curarla del miedo
-a la muerte y darle fuerza y virtudes? Era honesto y virtuoso en el
-sentido clásico; no había hecho mal a nadie; pero sus virtudes, ¿qué
-eran sino groseros simulacros, prendas de abrigo que no abrigaban?
-Mesábase las barbas, engañosamente negras, y la amargura del pecho casi
-le rebasaba por los ojos.
-
-Terminada la canción, cuando Teófilo y Rosina miraron de nuevo a don
-Sabas, este tenía ya superpuesta la carátula social.
-
---Muy bien, Pitusa. Tienes una voz muy dulce y mimosa. Pero esa
-romancita...
-
---La romanza es admirable. Nada hay tan penetrativo ni que tan
-hondamente remueva el alma como la música --sentenció el poeta.
-
-Como poeta español que era, tenía por característica un sistema
-nervioso esencialmente refractario a la música. Nunca había sentido
-la música. Oyendo cantar ahora a Rosina había recibido insospechadas
-emociones, que no eran sino voluptuosidad sin satisfacer, evaporada
-en bruma de anhelo, y que él tomaba por puras emociones musicales.
-Encontrábase tan enorgullecido con el reciente don de sensibilidad que
-preguntó a don Sabas:
-
---Pero, ¿de veras no le ha conmovido la romanza?
-
---¿Qué quiere usted que le diga? A esta música dulzona italiana, y
-aun a la alemana, prefiero la española, porque es más instintiva, más
-sincera. El español no concibe la música sino como aderezo de la
-lujuria o a manera de desfogo físico y bramido carnal; por eso los
-músicos españoles no aciertan a componer nada que valga la pena, como
-no sean chotis, tangos y jotas. Chotis, tangos, jotas: esa es música, y
-buena música, música centrífuga, que le vacía a uno el cerebro a través
-de los miembros, derramándolo hacia afuera, en un prurito de danzas,
-de cabriolas y otros ejercicios más placenteros. Pero, la otra música,
-la centrípeta, cuya acción es a la inversa, de fuera adentro... Si
-corrieran tiempos de tiranía y yo fuera tirano, suprimía de un golpe,
-así, con un rasgo de la pluma, semejante clase de música. O mejor, y
-para mayor seguridad, suprimía la música en absoluto --y sonrió con
-afabilidad indiferente.
-
-Rosina, vejada por la frialdad de don Sabas y sin haberle entendido,
-habló en tono algo áspero:
-
---En resolución, que para ti la música, como quien oye llover.
-
---Psss... Ojalá nunca aprendas, Pitusa, a oír llover.
-
---Oh, Sabas; a veces me atacas los nervios, porque no pareces una
-persona...
-
---Está por la primera vez que veo enfadada a la Pitusa. No he querido
-enojarte, Rosina, y ya te he dicho que tu voz es muy suave y bella.
-Harto sabes cuánto me gusta oírte cantar. Te pronostico grandes éxitos
-en el teatro.
-
---Allá veremos --contestó Rosina con mal simulada humildad.
-
-La fuerza atractiva de la gloria la orientó hacia el futuro, de
-manera que continuó hablando con voz de lontananza, como si los
-seres y cosas en torno de ella hubieran dejado de existir. Dijo que
-no cantaba en Madrid sino a guisa de ensayo o prueba por ver si el
-público la atemorizaba; que en cantando dos o tres noches rescindiría
-el contrato con _el Obispo retirado_, por grande que fuera el éxito
-de su presentación; que el foco de sus ambiciones era París, y que
-deseaba también conocer los Estados Unidos del Norte de América. Tanto
-don Sabas como Teófilo sentían por modo evidente cuán lejos de ellos
-estaba aquella mujer, cuán inasible e indomeñable era su corazón. Hubo
-un silencio que rompió Antígona, retrotraída al futuro próximo.
-
---Se me olvidaba decirte, Sabas, que pienso pasar la semana que viene
-en El Escorial.
-
---Es el caso, Pitusa, que como estamos en las tareas preliminares del
-Gobierno no podré acompañarte. Te haré alguna visita.
-
---No, no te molestes. Quiero estar sola, completamente sola, unos días.
-
---Como gustes --don Sabas había comprendido.
-
-Pajares consideraba los días de El Escorial como la crisis decisiva
-de su existencia. Durante ellos, había de apoderarse para siempre de
-Rosina o perderla para siempre.
-
-Don Sabas, que había venido a casa de Rosina en la esperanza y aun con
-la certidumbre de mitigar un poco el hastío de su vida, exasperado en
-las horas de ministerio, hallábase más triste y cansado que nunca. Le
-hostigaba la necesidad de sentir sobre el rostro la tersura lenitiva de
-la mano de su amante. Le hacían falta mansas caricias físicas, como al
-terruño yermo el agua de llovizna.
-
-Lentamente y renqueando, Sesostris avanzaba por la habitación.
-
---¡Oh, excelente Sesostris! --exclamó don Sabas--. ¡Quién fuera
-galápago o tortuga! --como de ordinario, sus interlocutores ignoraban
-si lo decía en serio o de chanza--. Todos los males del hombre, ¿no
-cree usted, señor Pajares?, se derivan de un mal original; el de
-tener epidermis. Parece a primera vista que el mal original es la
-inteligencia, entendiendo por inteligencia la manera específica y
-necia que el hombre tiene de conocer el universo; pero si en lugar
-de epidermis tuviéramos un caparazón, como este animal privilegiado,
-o un dermatoesqueleto, como la langosta, nuestra inteligencia
-sería de distinto y aun de opuesto linaje. El hombre es el único
-animal que tiene epidermis. Tener epidermis equivale a andar con el
-alma desnuda, de suerte que de todas partes recibe heridas. Y por
-todas partes mendiga halagos. Por eso, cuando Platón dijo que el
-hombre era un bípedo sin pluma, sentaba una gran verdad que nunca
-ha sido bastantemente desentrañada. Tres son las fuerzas naturales
-de toda sociedad animal: la necesidad de alimentarse, la necesidad
-de reproducirse y la necesidad de moverse. ¿No se da usted cuenta,
-señor Pajares, de las terribles consecuencias que arrastra consigo la
-aparición de la epidermis, y cómo aquellas que eran fuerzas naturales
-se truecan en fuerzas morales, que es lo peor que pudo haber sucedido?
-¡Oh, excelente Sesostris, la más noble de las criaturas, la de sangre
-más azul y aristocrática, porque tu abolengo tiene millones y millones
-de años de historia cierta! ¡Oh, tú, reptil insigne, cuyos antepasados
-reinaron en el aire, en el agua y sobre la tierra, señoreando el mundo
-y sus elementos! ¡Maldito el hado que os puso enfrente tan despreciable
-y bruto adversario como es el mamífero, y en sus bárbaros designios
-determinó que fuerais extirpados casi totalmente!
-
-Sesostris, como cualquier diputado de la mayoría, no prestaba atención
-a la elocuencia ministerial, y seguía su pausada y renqueante ruta en
-busca de cucarachas.
-
-En esto entró Rosa Fernanda, que había vuelto del paseo, y fue a
-agazaparse en el regazo de su madre.
-
---Ven a darme un beso, Rosa Fernanda --dijo don Sabas--. Ven y te
-contaré el cuento del príncipe narigudo.
-
-Rosa Fernanda acudió al requerimiento y se acomodó entre las piernas
-del ministro, el cual recibía sutil deleite físico contemplando la
-rosada fragilidad de la niña y acariciándole el oro resbaladizo de los
-cabellos. Rosa Fernanda levantó la cabeza cuando don Sabas comenzó a
-referir el cuento. Escuchaba como los niños acostumbran, con los ojos,
-como si las palabras, al desgajarse de los labios, se materializasen
-adquiriendo la forma y color de los objetos representados. Veía los
-vocablos en su religiosa desnudez originaria.
-
-Entretanto, Rosina y Pajares pudieron hablar a solas y puntualizar la
-fecha y sitio de la próxima entrevista.
-
-Rosa Fernanda se fatigó muy pronto de escuchar el cuento. Don Sabas le
-era antipático, así como sus caricias. Los niños, en su selección de
-amistades y afectos entre personas mayores, tienen el don de rehuir
-instintivamente aquellos individuos cuyo contenido ético es antivital,
-como la raposa huele y teme la pólvora antes de toda experiencia. No es
-raro encontrar este don en las mujeres. Sienten apego por Don Quijote y
-Don Juan; Hamlet les es repulsivo.
-
-La niña volvió al regazo de la madre y allí se mantuvo en silencio,
-asimilándose la realidad externa con largas, inquisitivas miradas.
-
-Hablaban don Sabas, Pajares y Rosina de cosas de poco momento y en tono
-indiferente, porque después de las emociones de la tarde, cada cual se
-recogía dentro de sí mismo y laboraba por extraer claras impresiones
-críticas.
-
-_Punto de vista de don Sabas._--Tenía conciencia de ser antipático,
-instintivamente antipático, a Rosa Fernanda, como se lo era a todos
-los niños, aun cuando él los amaba, y esto le acongojaba; de ser a
-medias antipático a Rosina y también del origen de este sentimiento
-fluctuante; de ser antipático por entero a Teófilo, o, por mejor decir,
-odioso, y cómo la causa del odio era el creerse Teófilo muy por debajo
-de don Sabas en inteligencia, ingenio y fortuna. Y, sin embargo, don
-Sabas sabía que Pajares le era superior; primero, en juventud, y
-señaladamente en la posesión de una cualidad divina, el entusiasmo, o
-sea aptitud para la adoración o para el odio. Teófilo podía caer en
-dolorosos desalientos o subir a la cima del más apasionado rapto; podía
-alternativamente pensar, tan pronto que el mundo era malo sin remisión,
-como que era divino, el mejor de los mundos posibles. Don Sabas sabía
-que el mundo era tonto, comenzando por Teófilo, un tonto, como todos
-los tontos, susceptible de felicidad o de infelicidad.
-
-_Punto de vista de Rosina._--Don Sabas le parecía, cuándo
-extremadamente sensible, cuándo extremadamente embotado de nervios e
-indiferente. La sugestionaba como el vaivén de un péndulo brillante.
-Veía que aventajaba a Teófilo, con mucho, en inteligencia y agilidad
-para urdir frases que quizás fuesen profundas; pero con todo no se
-resolvía a concederle más talento que a Pajares. No podía explicárselo;
-pero en Pajares adivinaba la verdad oculta, y sobre todo una fuerza
-misteriosa que le hacía atractivo y amable.
-
-_Punto de vista de Pajares._--La presencia y sonrisa de don Sabas le
-hacían el efecto de insultos. Era como si después de árida jornada,
-cuando creemos andar por lo postrero de ella, encontrásemos otro
-caminante que en son de burla nos dijera haber equivocado nuestro
-camino y hubiéramos de desandar lo andado. La sonrisa de don Sabas
-sugería la posibilidad de que todo aquello que Teófilo tomaba tan a
-pecho eran fruslerías y nonadas, como si don Sabas estuviera en el
-secreto de la vida y no quisiera descubrirlo; y lo peor es que quizás
-don Sabas tuviera razón. Veíase, pues, forzado a reconocer en don Sabas
-una superioridad, y, viéndose en su presencia tan empequeñecido, lo
-aborrecía.
-
-_Punto de vista de Rosa Fernanda._--Como el de todos los niños, era a
-ras de tierra. Podía ver la parte inferior de los muebles, la arpillera
-que les forraba la panza, un intestino de estopa saliendo por debajo
-del diván, y a Sesostris, debajo del piano. En circunstancias normales,
-las personas no existían para ella sino desde los pies a las rodillas.
-Teófilo y su indumentaria le parecían más pintorescos que don Sabas. La
-parte baja de los pantalones de Teófilo, con flecos y raros matices,
-pero sobre todo las botas, la tenían encantada. La afición que los
-niños muestran a los mendigos es tan solo gusto de lo pintoresco. En
-una de las botas de Teófilo había una larga goma, como un gusanillo
-negro, colgando del elástico. Rosa Fernanda hubiera dado cualquiera
-cosa por ir a arrancarla y jugar con ella.
-
-Sería interesante conocer el punto de vista de Sesostris.
-
-Teófilo se levantó, dispuesto a irse. Don Sabas se despidió también.
-Bajaron juntos las escaleras. En la puerta de la calle, don Sabas
-preguntó:
-
---¿Por dónde va usted?
-
---¿Y usted?
-
---Yo, hacia arriba.
-
---Yo, hacia abajo.
-
---Ea, pues hasta la vista.
-
---Hasta la vista.
-
-
-
-
-X
-
-
-Caminaba Teófilo cuesta abajo, automáticamente; su espíritu descendía
-también; se apartaba de la claridad consciente; se diluía en una
-especie de niebla letárgica. Así anduvo toda la calle de Cervantes y el
-Botánico, cara a la Cibeles. En la plaza de Neptuno dudó si subir hacia
-el Ateneo o continuar Prado adelante; resolvió lo último. Su estado
-de ánimo se iba definiendo poco a poco, iluminándose de resplandor
-intuitivo que manaba de una palabra: _dinero_. Era fuerza que buscase
-dinero cuanto antes. Un sentimiento de rebeldía contra la vida moderna
-le henchía el pecho. El sentido y trascendencia de esta calificación,
-_edad capitalista_, se le hicieron patentes. La actividad motriz de
-estos tiempos no era sino la rapiña del capital, como quiera que fuese;
-las demás actividades, solo rebabas, añadiduras, ejercicios suntuarios.
-En otras épocas, amor y belleza, las dos mitades de la vida, habían
-sido _res nullius_, cosas no estancadas, de libre disfrute para todos.
-Pero la edad capitalista había constituído el monopolio de la vida a
-modo de sociedad anónima por acciones, y escindido el género humano en
-dos partes: los que cobran dividendo y los que no lo cobran, los que
-tienen derecho a vivir y los que no pueden vivir. ¿Qué es el amor sino
-dulce plenitud y exuberancia de energías que por no perderse aspiran
-a perpetuarse, a reproducirse? Y ¿cómo pueden hacer amiganza el amor
-y la miseria física, el hambre y la fecundidad? De otra parte, ¿es
-verosímil enjaretar cuatro versos mediocres sin cuatro malas pesetas en
-el bolsillo?
-
-Pero lo apremiante para Teófilo era que necesitaba hallar unos cuantos
-duros inmediatamente. Como ocurre en las coyunturas capitales de la
-vida, Teófilo esterilizó de toda emoción su pensamiento y se aplicó a
-hacer cuentas en frío. Era el último día del mes. Al día siguiente,
-o quizás aquel mismo día, tendría la paga que su madre acostumbraba
-enviarle cada mes. Teófilo vivía en la misma casa de huéspedes desde
-hacía tres años, y si bien no había mes que pagase los quince duros
-íntegros del pupilaje, a razón de 2,50 por día, con todo era un pagador
-exacto en la medida de sus recursos, de manera que hasta cierto
-punto le era lícito dejar de pagar aquel mes y reservarse el dinero
-para el viaje a El Escorial. Tal vez su madre le enviase también el
-extraordinario. En este caso, la suma total andaría tocando con las
-cien pesetas. Pero, era poco. No había otra salida que pedir dinero
-prestado a un amigo. ¿A quién? A Díaz de Guzmán; sí, él era el hombre.
-
-Teófilo llegó a su casa, de noche cerrada. Era una misérrima casa de
-huéspedes de la calle de Jacometrezo. En el pasillo, apenas esclarecido
-por una bombilla exhausta, el vaho de los potajes se fundía con otras
-hediondeces. Teófilo cruzó con un huésped, Santonja.
-
---Hola, poeta. ¿Ha habido convite hoy? Le he echado a usted mucho de
-menos, porque no tuve con quién discutir.
-
-Santonja se había repatriado hacía poco tiempo desde la Argentina.
-Estaba desviado de la espina dorsal y era cojo; la faz, chata,
-simuladamente jocosa. Venía en mangas de camisa (una camisa de color
-sangre de toro) y llevaba un libro de la biblioteca Sempere debajo
-del brazo. Las discusiones de las horas de comer eran casi siempre
-sobre anarquismo. Un día, por dárselas de hombre terrible y espantar
-a los comensales --dos burócratas, tres horteras, un alcarreño de
-paso y un comandante--, Teófilo había modulado una rapsodia lírica en
-loor de Morral y la propaganda por el hecho. Santonja le interrumpió,
-calificando sus frases de absurdidades. Acalorado, Teófilo llegó a
-sostener que él no tendría inconveniente en tirar una bomba. Santonja
-había añadido que ninguna persona con sentido común puede ser
-anarquista; pero que, dado que la persona careciera de aquel sentido,
-cosa frecuente, para tirar bombas se necesita mucho ombligo. A partir
-de entonces, Santonja solicitaba de Teófilo, con evidente ironía,
-razones que apoyasen el ideal anarquista. Respondíale Teófilo con
-argumentos que él consideraba muy originales y funambulescos; pero el
-otro replicaba que todo aquello era una pamplina.
-
-Tales discusiones habían obsesionado a Teófilo en términos que no era
-raro oírle jactarse de sus ideas anarquistas en el Ateneo y otras
-tertulias literarias.
-
---¿Viene usted a cenar hoy, señor Pajares?
-
---Creo que sí; ¿por qué?
-
---Porque me parece que hoy no trae usted cara de discutir conmigo.
-
---Le advierto que yo no he discutido nunca con usted.
-
---No; ya sé que usted me desprecia. Yo soy un hombre sin instrucción y
-usted es un literato. Y, a propósito, como me ha dado usted la matraca
-con Kropotkin, he comprado este libro escrito por él. ¡Puaf! Macana
-pura; pura filfa... ¿Cree usted que el mundo es bueno, señor Pajares?
-
---Sí, señor.
-
---¿Cree usted que eso que llaman _amor_ existe?
-
---Sí, señor.
-
-Una pausa.
-
---Bien; ¿qué hay con eso? --preguntó Pajares.
-
---Nada, sino que quizás hice mal en dudar de su sinceridad de usted
-como anarquista; pero como usted no compone versos sino sobre la
-muerte, la tumba y la podre... como si este mundo fuera el peor de los
-mundos imaginables, y esto, mi amigo, creo yo que no se compadece con
-ser anarquista...
-
---Hombre, al contrario.
-
---Puede; depende del punto de vista. Creer que el mundo es bueno, y que
-hay amor en él; pero no tener dinero y no poder tener novia, o si uno
-la llega a tener que se la pegue a uno, porque uno no es un Adonis (y
-no lo digo por usted), entonces sí que comprendo lo de las bombas, aun
-con poco ombligo.
-
---¡Bah, bah! Valiente anarquismo el que tuviera móviles tan bajos.
-
---Oiga, mi amigo; me parece que lo mismo que las plantas, los grandes
-hechos requieren su abono. La flor o el fruto viene a lo último, y el
-abono, que es lo primero, siempre es abono, ¿qué le parece?
-
---Nada, que tengo prisa. Hasta luego.
-
---Hasta luego, señor Pajares.
-
-Pajares entró en su cuarto. Sobre la mesilla de noche había una carta,
-de su madre. Teófilo la abrió con dedos ágiles y optimista corazón. No
-contenía ningún cheque. Decía la carta:
-
- _Amado hijo: No sabes cuánto he sufrido estos últimos ocho días
- del mes pensando en ti. Me es imposible enviarte la acostumbrada
- mesada, y lo peor es que tampoco podré de aquí en adelante. Sabes
- que los Martín, labradores de Zaratán, han tenido en mi casa
- todo el curso pasado a su hijo Arístides, que estudia Farmacia.
- Me habían prometido pagarme todo junto en comenzando el nuevo
- curso, por la cosecha. Pero dicen que la cosecha fue mala, y por
- más cartas que les escribo no sueltan prenda. ¿Para qué enviarán
- un hijo a los estudios si no cuentan con medios? Solo para vivir
- del sudor ajeno. Yo, bien sabe Dios que los perdonaría de buen
- grado; pero no puedo menos de pensar que el hijo de ellos ha
- estado engordando a costa del mío, que te aseguro que comía más
- que un cavador. Para este curso lo han enviado a otra casa, y yo
- me alegro, no de que caiga sobre otro la carga, sino por verme
- libre de él, porque era además muy calaverón y escandaloso, como
- son todos estos zafios cuando vienen a la ciudad. No había querido
- decirte antes que don Remigio, el canónigo, se marchó de casa; ya
- ves, después de tantos años, y el único huésped formal y seguro.
- Fue un gran golpe para mí. Ya hace de ello dos meses, y no me he
- podido recobrar del disgusto. Creí que nos tenía algún apego. Decía
- que últimamente no se podía comer en casa, y te echaba la culpa a
- ti, porque yo te enviaba ahorrillos, cuando él debiera estar tan
- interesado como yo, que te conoció desde que eras una criatura y
- fue tu primer maestro. Por todo ello he estado tan apurada que
- no podía pagar el alquiler, y anduvieron si me desahucian; pero
- gracias a Coterón el usurero, que me hizo unos pagarés sobre los
- muebles, pude salir del atranco. No estoy muy bien de salud; pero
- no te preocupes. Mi mayor pena es si tú pensarás que no te envío el
- dinero por propia voluntad. No, hijo mío; tú no puedes pensar eso
- de tu madre, que sabes te adora._
-
- _El recorte de periódico que me has enviado me ha hecho derramar
- lágrimas de ternura y orgullo. Sí, debían echar flores a tu paso.
- Ya desde chiquitín se comprendía que ibas a ser una gran cosa.
- Componías coplas mejor que los mayores, y así lo reconocían todos.
- Pero ya sabes que por estas pobres tierras de las Castillas los
- poetas se han muerto de hambre siempre. No me acuerdo de nombres;
- pero así lo he oído asegurar a los viejos. Luego, tus poesías son
- demasiado buenas y no las saben apreciar; yo, por ejemplo, que soy
- una ignorante, no las entiendo, y a veces temo que digas alguna
- herejía contra Nuestra Santa Madre la Iglesia. No; es imposible,
- que has sido criado en el temor de Dios. Pero lo principal es,
- Teófilo, que como eres tan sencillo y bondadoso crees que los demás
- son como tú y te ilusionas con que de un día a otro te van a dar
- oros y montones. Dices que si hasta ahora no has ganado las pesetas
- por miles es por la envidia que te tienen, y yo lo creo; pero
- piensa que la envidia es planta que nadie desarraiga del mundo, y
- si te la han tenido, te la seguirán teniendo y siempre estaremos
- igual. Gloria, como muy bien me dices, ya has conquistado de sobra,
- ¿qué más quieres? Tres años hace que no nos vemos, y a mí me han
- parecido tres siglos. ¿Por qué no vienes y dejas esa maldita Corte?
- Irías a pasar unos días de visita a casa de tus tíos, en Palacios.
- Tu prima Lucrecia te quiere como siempre, o, por mejor decir, te
- quiere mucho más desde que andas por los papeles. Ya sabes que
- tienen un majuelo y no sé cuántas yugadas de buena tierra de pan
- llevar, y Lucrecia es hija única, que se perecen por ella los mozos
- de los pueblos y los señoritos de Rioseco, y hasta alguno de
- Valladolid. ¡Qué vejez tan dichosa, hijo mío, me deparabas si te
- decidieras a escucharme! Pero yo nada te digo si crees que debes
- seguir tu vocación..._
-
- _Un beso de tu madre que te quiere_,
-
- JUANITA.
-
-Las tres últimas líneas estaban escritas de una manera confusa y
-temblorosa. Teófilo leyó toda la carta; la segunda parte, sin clara
-noción de lo que leía. Quedó anonadado. Redujo a pequeños trozos la
-carta, rasgándola sucesivamente, sin saber que la rasgaba. Salió a la
-calle y se dirigió a casa de Angelón Ríos, en donde vivía Alberto Díaz
-de Guzmán. Si Alberto no le salvaba estaba perdido.
-
-
-
-
-PARTE II
-
-VERÓNICA y DESDÉMONA
-
- Man sollte alle Tage wenigstens ein kleines Lied hören, ein gutes
- Gedicht lesen, ein treffliches Gemälde sehen und, wenn es möglich
- zu machen wäre, einige vernünftige Worte sprechen.
-
- GOETHE.
-
-
-
-
-I
-
-
-Una laringe estentórea y arcana expelió gigantescos baladros: «¡Si no
-abren, tiro la puerta!».
-
-¿Será una de las trompas del Apocalipsis?, se preguntó Alberto, entre
-sueños. Una sacudida nerviosa le recorrió el espinazo. Despertó.
-Restregose con el dorso de las manos los alelados ojos. Encontrábase
-de rodillas en mitad de la cama, las asentaderas descansando en los
-talones, vestido con un viejo pijama de seda cruda que tenía un gran
-desgarrón en la espalda. La fiebre le transía; la expresión de su
-rostro era enfermiza.
-
-Las paredes retemblaban. En la puerta de la casa oíanse tenaces
-porrazos, como si intentaran forzarla con un ariete.
-
---¡Si no abren echo abajo la puerta! --aullaron.
-
---¡Voy! --respondió Alberto, tan alto como pudo.
-
-Saltó a tierra y fue a pisar sobre una copa de vidrio, hecha pedazos,
-hiriéndose dolorosamente en un pie, del cual comenzó a manar sangre
-en gran copia. Sin parar atención en el accidente, acudió presuroso
-a la puerta, y en abriéndola hallose frente a un hombre obeso y
-congestionado, víctima, por todas las trazas, de funesta iracundia.
-Vestía el hombre un largo blusón de dril, color garbanzo; la estulta
-cabeza, al aire; el cerdoso bigotillo, convulso. Al ver a Alberto, el
-hombre depuso un tanto la cólera.
-
---¿Qué deseaba usted?
-
---Usted dispense, señorito; no era por usted. ¿Está don Ángel de los
-Ríos?
-
---No, no está.
-
---Esa ya me la tenía yo tragada. Y de mí no se burla nadie --parecía
-que iba a enfurecerse otra vez, pero, inopinadamente, se apaciguó--.
-Usted dispense... Pero es que esta mañana, porque ya he venido esta
-mañana, sonaba la campanilla y ahora no suena. A ver si no iba a llamar
-a patadas.
-
---En suma --atajó Alberto, impaciente--, que don Ángel no está, ¿qué
-desea usted?
-
---Si usted me hace el favor..., le dice de mi parte que dondequiera
-que le encuentre le rompo el alma --y como Alberto no respondiera,
-continuó--: ¡De mí no se burla nadie! Verá usted, señorito. Yo soy
-oficial de zapatería. Yo no conozco, así conocer de _visu_, que se
-dice, a ese don Ángel. Pues que esta mañana me manda el principal con
-la cuenta de seis pares de botas y zapatos, horma americana, que no hay
-Cristo que le haga pagar; y que tiro del cordón de la campanilla, y me
-sale a abrir, en calzoncillos, un señor muy grande, moreno, de barba,
-y voy le dije, digo: «¿Está don Ángel, etcétera?» Y va y me dice: «No
-está, pero a eso de las doce estará de seguro; vuelva usted». Conque,
-me dirijo a la zapatería, y que le cuento al maestro la cosa tal como
-fue, a lo que el maestro me llama panoli y que era el propio don Ángel
-etcétera quien había abierto, y que si el infrascrito don Ángel era
-un golfo desorejao y yo un inflapavas, así, y que tal y que cual, y
-que cuando volviera no le encontraría en casa, como se ha verificado.
-Lo cual que de mí no se burla nadie, y si usted me hace el favor de
-decirle que le voy a romper el alma, pues, tantas gracias, señorito.
-
-El hombre, evidentemente satisfecho de su elocuencia, bajó los ojos,
-como recibiendo el homenaje del público, y echó de ver entonces que la
-sangre encharcaba el piso.
-
---¡Está usted herido!
-
---Así parece --Alberto cerró la puerta de golpe, dando por terminada la
-entrevista.
-
-
-
-
-II
-
-
-Alberto Díaz de Guzmán había venido a Madrid con quince mil pesetas
-en el bolsillo, todo su caudal, y en la esperanza de que esta suma
-diera de sí para tres años por lo menos[2]. Consideraba tal plazo
-más que sobrado para crearse un buen nombre en la literatura, y a
-la sombra del nombre una posición segura que le permitiera casarse
-y vivir en una casa de campo, lejos de los hombres. Antes de que la
-tierra completara su revolución anual en torno del sol, se le había
-concluido a Alberto el dinero, sin saber cómo. Renombre, si lo tenía,
-era escaso, y solo entre literatos. Rendimientos, ninguno, como no
-fuera la misérrima remuneración de uno que otro artículo, muy de tarde
-en tarde. Su carácter era sedentario, soñador e indiferente; no era el
-suyo un espíritu pedestre, porque le faltaban los dos pies con que
-el espíritu sale al mundo a emprender y concluir acciones: carecía de
-esperanza y de ambición. Alas tampoco las tenía, porque Alberto se las
-había cortado. Aspiraba a la _mediocridad_, en el sentido clásico de
-moderación y medida. El mucho amor y dolor de su juventud le habían
-desgastado el _yo_.
-
- [2] _La pata de la Raposa._ Novela.
-
-Cierto día, sin un céntimo y con algunas deudas ya, Alberto encontrose
-en la calle con Angelón. Echaron a andar juntos. Eran paisanos y muy
-amigos, con esa amistad en que al afecto se junta la mutua admiración
-por cualidades diversas, de manera que no puede haber choque o
-rivalidad de conducta. Son por naturaleza estas amistades aptas para
-la longevidad, porque en ellas no cabe emulación ni envidia, sino
-un orgullo recíproco y reflejo de las cualidades que a cada cual le
-faltan y el otro posee, el cual se manifiesta en un a modo de continuo
-rendimiento de tácita admiración, atmósfera espiritual la más templada
-y a propósito para que dentro de ella el cariño medre y se robustezca.
-Tales son, en una esfera más amplia, las amistades de la inteligencia
-con la fuerza, el arte con el dinero, la ciencia con la religión, la
-filosofía con las armas. Los llamados siglos de oro de la historia
-humana no son sino estados sociales provocados por unas cuantas
-conspicuas amistades de este género.
-
-Entre Alberto Díaz de Guzmán y Angelón Ríos existía una diferencia
-de edad que pasaba de veinte años. Alberto no era fuerte. Ángel,
-robusto, enorme; bajo su piel morena, de tierra cocida, presentíase en
-circulación un torrente de rica sangre jovial. Alberto era joven en
-años y viejo por temperamento. Angelón, aun cuando discurría por el
-undécimo lustro de su vida, era entusiasta como un adolescente. Aquel
-había perdido prematuramente el don de la risa; este no había adquirido
-aún el de la sonrisa. Ríos, gran aficionado por romanticismo a las
-artes y de mente, si inculta, muy despierta, admiraba en Alberto la
-sensibilidad y la virtud de discurrir con agudeza. Alberto admiraba en
-Angelón muchas cualidades: la alegría, que en él era como una secreción
-orgánica; su maravillosa constitución física, que le permitía, a
-los cincuenta y dos años, amar cotidianamente y aun muchas veces a
-una mujer, por fea y corrupta que fuese, cuando no había otra cosa
-a mano; su propia incultura y claro discurso, merced a los cuales,
-desembarazado de todo prejuicio, atinaba a dar con las más claras
-nociones prácticas, por ejemplo acerca de la política, en la cual
-militaba activamente; la absoluta ausencia de un sentido interior con
-que advertir diferencias entre _moral_ e _inmoral_, ausencia que, por
-rara paradoja, le había perjudicado en su carrera, iniciada con gran
-éxito; y, señaladamente, su acometividad en coyunturas difíciles,
-su carácter de genuino hombre de acción, esto es, fundamentalmente
-bueno: amaba el mundo y la vida por ser el uno y la otra fértiles en
-obstáculos.
-
-Aquel día, a poco de encontrarse, Alberto refirió sus apuros a
-Angelón. Este acudió al instante con el remedio, y sus frases eran tan
-optimistas que no parecía sino que había iniciado a su amigo en el
-secreto de transmutar los metales.
-
---Hoy mismo se viene usted a mi casa.
-
---¿Y arreglado todo? --inquirió Alberto, que conocía la escasez
-económica de Angelón.
-
---Naturalmente.
-
---¿Cuánto dinero tiene usted?
-
-Angelón echó mano al bolsillo del chaleco y extrajo gran profusión de
-monedas, casi todas de cobre. Hizo un balance rápido y expresó la cifra
-resultante con alguna consternación:
-
---Dieciséis pesetas con noventa céntimos.
-
-Alberto sonrió.
-
---¡Bah! --añadió Ríos, irguiéndose--. Mañana tendremos dinero, y si no,
-pasado mañana.
-
-Ríos juzgaba tan absurdo dudar del advenimiento diario del dinero por
-caminos postulatorios o aleatorios, como de que el sol debe salir cada
-mañana a la hora en que le emplazan los almanaques de pared. Añadió:
-
---¿Por qué no escribe usted artículos?
-
---Los escribo; pero me revienta enviarlos sin que me los pidan.
-
---No tiene usted chicha para nada. Yo los colocaré.
-
-Ríos acompañó a Alberto hasta el hotelucho en donde se hospedaba;
-requirieron un mozo de cuerda que trasladase las maletas de Guzmán al
-nuevo domicilio, y aquella noche durmió Alberto en casa de Angelón.
-Era esta un piso segundo de la calle de Fuencarral, holgado y bien
-ventilado. Estaba como cuando Angelón vivía en él con toda su familia,
-atalajado a lo burgués; pero con mejor tino y buen gusto de lo que es
-uso en las instalaciones domésticas de la clase media española. Había
-cuadros y esculturas de algún mérito: porcelanas, muebles y estofas de
-valor, de los cuales no había querido desprenderse el dueño ni en los
-trances de mayor angustia pecuniaria.
-
-Tenía Angelón mujer, hijos casados y otros casaderos, que vivían en
-Pilares. La exuberante naturaleza física de Ríos y su portentosa
-lozanía le empujaban al comercio habitual con damas galantes. Esto
-no estorbaba a que venerase a su mujer y la amase con amor solícito,
-honesto por decirlo así. Los afectos familiares estaban muy arraigados
-en él, y gustaba de tratar a sus hijos como hermanos o camaradas. La
-mujer le pagaba con cariño casi maternal, le comprendía y por ende le
-sobraba indulgencia para disculpar, y en ocasiones hasta celebrar,
-aquellas diabluras y calaveradas de que a cada paso venían a darle
-sucinta y melodramática cuenta parentela y amigas, a pretexto de
-compadecerla. Pero como la fortuna del cabeza de familia viniera muy
-a menos y algunos parientes ricos hubieran contraído espontáneamente
-el compromiso de auxiliarla, enojados estos con los desórdenes de
-Angelón, impusieron una especie de divorcio discreto y privado, de tal
-suerte que Angelón se las bandease por su cuenta y riesgo en Madrid,
-desterrado del hogar, y retuvieron a la mujer y los hijos solteros en
-Pilares.
-
-De tarde en tarde Ríos hacía un viaje a Pilares, y, de tapadillo, su
-mujer y él celebraban entrevistas, como dos adúlteros o dos novios a
-quienes la familia contraría los amores. Y como el piso de Madrid se lo
-pagaban, esta era la razón de que estuviera alojado a lo magnate.
-
-Angelón administraba su actividad conforme a cánones inmutables. Su
-lucha por la existencia se desplegaba en diversas formas del arte
-estratégico: la defensiva, el sitio, el asalto y el botín. Las horas de
-la mañana eran duras horas a la defensiva, durante las cuales Angelón
-esquivaba, burlaba, repelía o estipulaba treguas y armisticios con los
-innumerables acreedores que de continuo le tenían en asedio. Vivía solo
-y sin servidumbre; el aseo del piso estaba a cargo de la portera. Desde
-las ocho y media de la mañana se situaba en la puerta de la casa la
-falange de los acreedores o sus emisarios, la mayor parte con malísimas
-intenciones, que no deseaban sino habérselas personalmente con Angelón
-y brumarle las costillas. La aldaba y el cordón de la campanilla no
-reposaban un punto. Angelón no podía dormir, y por no perder el grato
-reposo mañanero discurrió destornillar la aldaba y embarazar la cavidad
-de la campanilla con trapos y papeles. Entonces los acreedores rabiosos
-apezuñaban la puerta. Ríos hubo de renunciar al sueño antemeridiano.
-Levantábase entre siete y ocho y antes de que surgiesen las vanguardias
-de los acreedores ya estaba él en la calle.
-
-A la tarde, entre comida y cena, eran las horas políticas, y su
-modalidad estratégica, el sitio. Sumergíase Angelón en el Congreso, y
-allí, de corrillo en corrillo, voceando y riendo a carcajadas, que esta
-era su manera natural de producirse, discutía _in vacuum_, como siempre
-se hace en aquel lugar, acerca de naderías oratorias o burocráticas,
-o trabajaba con intrigas y conspiraciones por la vuelta al poder de
-su partido, y en habiendo conquistado este el poder ponía sitio a
-Zancajo, el Presidente del Consejo, pidiéndole un alto cargo como justa
-recompensa a su lealtad política.
-
-Después de cenar llegaba la ocasión del asalto y del botín; horas
-eróticas dedicadas a la caza de la mujer. Teatros, cafés, el espacio
-abierto y sombrío de la calle: todo era cazadero de mujeres. En osadía
-para mirarles de hito en hito y de manera inequívoca a los ojos, o
-deslizarles en la mano un papelito, si la mujer tenía trazas señoriles
-e iba acompañada de un caballero, o para abordarlas si por ventura
-iban solas, nadie aventajaba a Angelón. Nunca se retiraba a casa sin
-una compañera con que aderezar el lecho y la noche. Madrid nocharniego
-es un mercado o lonja al aire libre, en donde, aunque averiadas, las
-mercaderías amorosas ostentan rara abundancia para todos los gustos y
-bolsillos. Pero Ríos procuraba elegir de lo bueno lo mejor, porque, a
-la postre, no pagaba los favores recibidos. De ordinario no pagaba a
-sus volanderas amantes, y no por tacañería, sino porque no tenía con
-qué. Cuando estaba en fondos era muy liberal: conducía a su amiga, la
-que fuese a la sazón, a uno de esos emporios y comercios de la calle
-de Atocha, notables por la modicidad de los arreos indumentarios que
-en ellos se expenden, y allí las proveía de abrigos, faldas de barros,
-boas, manguitos y otras prendas suntuarias, hasta quedar arruinado para
-unos días. Como Angelón vestía con elegancia, su ropa era rica, y
-gentil su talle, así atractivo de su persona como imponente de ademán,
-en acercándose a una mujer cortesana por la calle esta le acogía con
-mal disimulado entusiasmo, presumiendo que se le presentaba un buen
-negocio. Luego Ríos no mentaba para nada el dinero, lo cual le parecía
-a la mujer felicísimo augurio de presuntas magnanimidades.
-
---Vamos a mi casa --ordenaba Angelón.
-
---Como usted guste --respondía la mujer temblando de gozo.
-
-Ya en el piso, Angelón, como al desgaire y sin propósito, iba haciendo
-ver a su flamante amiga objetos de arte y muebles raros. La mujer
-quedaba boquiabierta. Acaso se resolvía a inquirir:
-
---Pero, ¿todo esto es tuyo?
-
-Ríos contestaba que sí con la cabeza.
-
---Y ¿vives solo?
-
---Solo, a no ser que tú quieras vivir conmigo.
-
-Y la cortesana, relamiéndose, pensaba: «Este tío es pa mí. Menuda pata
-he tenido.»
-
-A la mañana siguiente Ríos murmuraba con indiferencia:
-
---Vístete de prisa, que yo tengo que salir --y la guiaba al cuarto de
-baño. Después la ponía a la puerta, no sin antes haberla citado para la
-noche venidera.
-
-Ya a solas, la mujer se hacía estas consideraciones: «No me ha hablado
-de dinero. Pensará hacerme un buen regalo. No comprometamos la cosa
-con impaciencias. A este tío lo cazo yo.» Y corría desaladamente a
-suscitar la envidia de sus amigas y congéneres, refiriéndoles la
-singular fortuna que había tenido. No era raro que alguna de las de la
-camada, en lugar de entristecerse con el bien ajeno, rompiera a reír
-con sarcasmo.
-
---¿De qué te ríes, so fétida? Si te pica, arráscate.
-
---Sí, sí; pues has apañao un bibelote. Con que mu alto, y mu grande, y
-en la calle de Fuencarral...
-
---Cabalito ¿y qué?
-
---¿Y qué? Que has hecho la noche. El mayor _miquero_ de Madrid y su
-extrarradio.
-
-_Miquero_ quiere decir aquel que burla a las mujeres, dejándoles de
-satisfacer el debido estipendio.
-
-Si era tal el caso, la mujer no acudía a la cita de la noche. Si la
-mujer no tenía quién le abriera los ojos, retornaba, prometiéndose
-un buen regalo para el día siguiente y en la seguridad de _cazar
-aquel tío_, hasta que al cabo de ocho días Angelón se cansaba de
-ella y ella había perdido toda esperanza, y desaparecía entonces del
-horizonte visible, dándose a todos los diablos y sin haberse atrevido a
-recriminar a Angelón, que era imponente.
-
-Las empresas amorosas de Ríos no eran todas de tan bajo linaje. Angelón
-juraba haber suscitado muchas y grandes pasiones entre damas de alta
-condición. «Para enamorar a las mujeres --decía él-- no hay sino un
-tira y afloja de brutalidad y humildad, de entusiasmo y desdén, y no
-hay ninguna que se resista. Todo es cuestión de escuela, y mi escuela
-en esto, como en lo demás de la vida, no han sido los libros, sino
-la naturaleza. De todos los animales el más tenorio es el palomo.
-Las horas que yo me pasé, en mi casa de Landeño, sentado junto al
-palomar... El palomo tiene dos movimientos, dos únicos movimientos
-isócronos, perfectamente contrarios: se engrifa, se endereza, se
-pone tieso y muy insolente; después se humilla y arrastra por el
-suelo el hervoroso buche, suplicando. Y no hay más que esto: primero,
-hacerles ver que el hombre lo es todo, tiranizarlas; segundo, fingir
-que uno no es nada, someterse momentáneamente a ellas. Sin el primer
-movimiento, el segundo no tiene valor alguno, y el primero sin el
-segundo no da resultados.» En sus éxitos era elemento no despreciable
-su apostura viril y su rostro cetrino de árabe trasunto, y sobre todo
-que de la mujer no tomaba en cuenta la personalidad humana, sino el
-sexo tan solo; no podía tener amigas, sino amantes, y cada hembra,
-sucesivamente, era para él todas las hembras.
-
-
-
-
-III
-
-
-Guzmán, sin dinero y con algunas deudas; Angelón, con unos duros y
-mucho más endeudado que su amigo: tal era el estado de uno y otro
-cuando se juntaron a vivir en la misma casa. El optimismo de Angelón no
-desmayaba: lanzábase de continuo y con denuedo a la persecución de la
-peseta. Los fracasos no le abatían. Al segundo día de estar juntos no
-tenían un céntimo.
-
-Comían en cafés y restoranes conocidos, dejando a crédito el gasto. Los
-mozos les servían a regañadientes y con gestos de procacidad. De los
-cafés pasaron a las tabernas. Alberto estaba en constante agitación
-nerviosa. Una mañana despertó con fuerte calentura. No pudo salir de
-casa y aprovechó la reclusión para escribir artículos. A la tarde llegó
-Ríos, segregando alborozo por toda la cara; traía varios paquetes que
-contenían pan, huevos, carne, leche y vino. Además manifestó cinco
-duros en plata; los sonó y resonó y dio varias zapatetas en el aire:
-
---Terminó la mala racha al fin --hizo la higa con la mano izquierda
-para ahuyentar el maleficio, y añadió en son misterioso--: estos cinco
-duros no son cinco, sino cien.
-
-Alberto comprendió que Ríos pensaba jugarse los cinco duros. El propio
-Angelón cocinó la cena y, en terminando de cenar, salió a la calle.
-Alberto reanudó su trabajo. Quería hacer, por lo menos, dos artículos.
-Tiritaba y no se le ocurrían sino absurdidades y sandeces. Recorría
-de punta a cabo la habitación; sentábase de tarde en tarde a escribir
-una línea o dos, y así pasaban las horas. Por filo de la media noche
-dejó de lado los artículos y se puso a escribir a Fina, su novia. De
-la fiebre tomaba la imaginación exaltadas formas y le hacía creer a
-Alberto que nunca había amado tanto como aquella noche, ni nunca había
-aspirado al hogar y al regazo de la esposa con tan intensa y dolorida
-ternura como en aquellos momentos. Estando Alberto a punto de concluir
-la carta, ya muy avanzada la noche, surgió Angelón, acompañado de
-Verónica.
-
-Era Verónica una muchacha como de veintitrés años, algo huesuda, la
-cara almendrada, levemente olivácea la piel, ojos y cabellos negros
-sobremanera.
-
-Muy tentada de la risa, celebraba a carcajadas cualquier dicho, como
-si fuera un donaire. Sus labios, de extraordinaria elasticidad, se
-distendían graciosamente, descubriendo los blancos y frescos dientes,
-antes grandes que menudos. Su alegría era amable y contagiosa. Metíase
-Verónica tan llanamente en el afecto que a los pocos minutos de hablar
-con ella no parecía sino que se la conocía y estimaba de toda la vida.
-Alberto cambió con Verónica contadas palabras aquella noche y ya la
-consideraba como una vieja amistad.
-
-Antes de retirarse a sus respectivas estancias, Angelón y Alberto
-hablaron un momento a solas:
-
---¿Qué, se multiplicaron los cinco duros?
-
---Pss... No pasaron de cincuenta.
-
---Bastante es. Mañana se perderán. ¿Dónde ha pescado usted esta pobre
-chica?
-
---En el Liceo Artístico. No está mal Liceo... Es una timba disimulada,
-mal disimulada, y luego mujeres... uf, así --arracimó los dedos--.
-Tiene usted que ir una noche.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Verónica continuó viniendo por las noches a casa de Angelón, y algunas
-veces permanecía todo el día acompañando a Alberto. Había transcurrido
-una semana desde el encuentro con Ríos en el Liceo y no se había
-atrevido aún a pedir dinero, a pesar de que su madre estaba impaciente
-y la azuzaba sin tregua. Verónica vivía con su familia: padre, madre,
-una hermana mayor, enferma y casi consumida, otra menor, apenas púber,
-que acechaba la oportunidad de contratarse en un cine o teatro de
-variedades y de entregar a buen precio la doncellez, y un hermano que
-andaba siempre perdido por capeas y tentaderos, adoctrinándose en los
-primeros rudimentos del arte taurino. Toda la familia vivía a expensas
-de la prostitución de Verónica.
-
-Alberto y Verónica habían simpatizado desde el punto en que por primera
-vez se habían visto. Tanto la muchacha como Ríos, si bien cada cual por
-diferentes razones, parecían haberse propuesto que Alberto menoscabase
-la virginidad de Pilarcita, la hermana menor.
-
---Chico, que seamos dos a ganarlo en casa, que ahora todo carga sobre
-mí, y como si no es hoy será mañana y parece que le gustas, no seas
-bobo. Que sea de una vez, porque la verdad, para mí es mucho. Me estoy
-quedando en los huesos. Si me hubieras conocido no hace más que seis
-meses, tan redondita...; no soy sombra de lo que fui. Luego, para
-colmo, mi madre dice que si es porque yo soy viciosa y tonta...
-
-Alberto, dos tardes que se sentía mejor, había ido a casa de Verónica:
-un hogar pobre, cuya fisonomía tiraba más a la clase media que a la
-artesana.
-
-La madre, de pergeño embrujado, acecinada, aguileña, sin dientes y
-con largas uñas, era repulsiva. Por obra de su avaricia e ignorancia,
-adoraba a don Ángel en forma fetichista. Sabía que el amigo de su
-hija había sido diputado varias veces, se figuraba que lo volvería a
-ser, y daba por sentado que los representantes en Cortes percibían
-sueldos archiepiscopales y estaban unidos a la dinastía reinante por
-lazos de consanguinidad. No solo la vieja, que también el resto de la
-familia tenían la esperanza colgada de los labios de don Ángel, el
-cual, nada parco en el prometer, había prometido al padre la portería
-de un ministerio; al hijo, hacerle banderillero del célebre torero
-_Toñito_; a Pilarcita, una contrata pingüe en el Royal Kursaal; a la
-hermana enferma, la asistencia gratuita de una celebridad médica, y a
-un chulillo sin vergüenza, amante de esta última, un empleo en una casa
-de banca. Y así, aun cuando no tenían qué comer, ninguno osaba traducir
-en palabras lo que les escarbaba en la mollera: «Por lo pronto, afloje
-usté unas cuantas pelas a Verónica.»
-
-
-
-
-V
-
-
-Después de cerrar la puerta en las narices del zapatero irascible,
-Alberto volvía a su cuarto a lavarse el pie con agua de espliego por
-ver de restañar la sangre, cuando la puerta del cuarto de baño se
-entreabrió: asomó entonces la cabecita de Verónica, con la cabellera
-caída y remansada sobre los desnudos hombros.
-
---¿Qué ocurre, Alberto?
-
---Nada, Verónica. Buenos días, ¿cómo estás?
-
---Bien, bien.
-
---¿Y Ángel?
-
---Salió esta mañana, temprano, como siempre. Me dijo que siguiera
-durmiendo y que estuviera en casa contigo; que traerían carbón, y
-la comida de un restorán o del Casino, y que él vendría a comer con
-nosotros. Dice que tiene que celebrar hoy, imprescindiblemente, una
-conferencia con Zancajo. Entra.
-
-Alberto entró.
-
---¿Pero no te sientes mejor? Qué cara tienes, Alberto. A ver si es algo
-de cuidado. ¿Por qué no llamas a un médico?
-
-Verónica estaba en camisa, descalza de pie y pierna. El descote dejaba
-al aire el nacimiento de los senos, pequeñuelos, morenuchos y algo
-cansados. La piel era cariciosa a los ojos y de matices veladamente
-musgosos, verdimalva.
-
---Toda la noche he tenido fiebre alta y pesadillas, pero se conoce que
-la sangría me ha sentado bien.
-
---¿Qué sangría?
-
-Alberto levantó el pie herido, sangrante.
-
---¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es eso, criatura?
-
---Vamos a ver si se estanca la sangre. Ayúdame. ¿No hay por aquí algún
-trapo?
-
---Espera: esta camisa parece de hilo. Que ni de perlas, pal caso.
-
-Tomó una camisa de hombre y con unas tijeras la redujo a tiras.
-
---¿Qué has hecho, mujer? Una camisa nueva, sin estrenar. Quizás sin
-pagar aún... Cuando se entere Angelón te mata.
-
---Que encargue otra. ¿Para qué le sirve tanto dinero como tiene?
-
-Alberto no pudo menos de reír. Verónica le acompañó a todo trapo, muy
-satisfecha, con la vaga noción de haber hecho y dicho una gracia.
-
-La sangre se estancó pronto.
-
-Llamaron a la puerta. Verónica estaba ya vestida; Alberto a punto de
-concluir de vestirse.
-
---¿No puedes abrir tú, Alberto? Esa gente que viene por las mañanas me
-da miedo. Ángel dice que son conservadores, sus enemigos políticos.
-¡Qué mundo!
-
---Ve tú y abre. Si fuera algo de importancia ya iré yo.
-
-Alberto oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse; después, un
-cuchicheo de diapasón femenino.
-
-Presentose Verónica otra vez en el cuarto de baño:
-
---Es mi hermana Pepa y su chulo. Pues... Me da vergüenza decírtelo. Ya
-sabes que en casa no entra más dinero que el que yo gano, y como hace
-varios días que no les doy nada... Dice Pepa que en la tienda no les
-fían ya. Yo creía que Ángel me daría sin que yo se lo pidiera. Como
-ahora él no está, Pepa se empeña en que te pida un duro a ti. Me da una
-grima...
-
---Es el caso, Verónica, que no tengo el duro que me pides.
-
-Verónica rio sigilosamente.
-
---Te he tañao --dio un golpecito en la mejilla de Alberto y salió
-saltando.
-
-A los dos minutos volvía Verónica, y en pos de ella Pepa y su novio.
-La mujer tenía cara de tísica, los ojos febriles; se arrebujaba en un
-mantón color pulga. El amigo no se había despojado de la gorra; vestía
-un marsellés de tela de cobertor y llevaba las manos descansando en
-los verticales bolsillos. Sus actitudes eran de petulancia seminal y
-sugerían la imagen de un gallo.
-
---Nada, que esta golfa... --comenzó Verónica, con sofrenada indignación.
-
---¡A mí no me llames golfa! --atajó Pepa, desafiando a su hermana con
-pupila arisca.
-
-El chulo, que se apoyaba de un modo indolente sobre la pierna
-izquierda, traspasó la base de sustentación a la derecha y entornó los
-párpados con gesto de hastío. Continuó Pepa:
-
---En casa no hay más golfa que tú.
-
---Así me lo pagáis. Estúpida de mí --dirigiéndose a Alberto--: ¿qué te
-acabo de pedir?
-
---Un duro, que no tengo.
-
---¿Lo ves? --preguntó Verónica, furibunda.
-
---Tira p’alante y agur la compañía --ordenó el chulo, sacudiendo la
-cabeza hacia la puerta.
-
-Cuando marcharon, Verónica habló, sonriendo:
-
---Si vieras cuánto me alegro que no le hayas dado el duro.
-
---¿Cómo se lo iba a dar si no lo tengo?
-
---A ver...
-
---Lo que oyes, mujer.
-
---Me querrás meter el dedo en la boca.
-
-Después de examinar la expresión grave de Alberto, Verónica meditó.
-
---Vaya, que es imposible. Bueno; no tienes el duro en el bolsillo por
-casualidad, pero lo tienes en otra parte.
-
---En ninguna parte.
-
---¿Quiere decirse que estás como yo?
-
---Ni más ni menos. Tú _haces hombres_, como se dice; yo hago
-literatura, artículos, libros. Si la gente no nos paga o no nos acepta,
-nos quedamos sin comer. Tú vendes placer a tu modo; yo, al mío; los
-dos a costa de la vida. En muy pocos años serás una vieja asquerosa,
-si antes no te mueres podrida; yo me habré vuelto idiota, si antes no
-muero agotado.
-
-Verónica se abalanzó a abrazar a Alberto, movida de un sentimiento que
-no atinaba a explicarse:
-
---¡Qué cosas dices! ¡Y qué tonta soy! No sé lo que hago ni lo que
-pienso. ¡Qué tonta soy! --y con transición inopinada--: Vamos a ponerle
-los cuernos al viejo --el viejo era Angelón.
-
---No digas tonterías, Verónica. Bueno estoy yo para poner cuernos a
-nadie.
-
-Verónica humilló la cabeza, avergonzada:
-
---¡Perdona! No sé lo que digo.
-
-Salieron al gabinete.
-
---En tanto viene Angelón y la comida, si vienen, yo voy a trabajar un
-poco. Como te vas a aburrir en mi compañía, y aquí se me figura que hoy
-no llenas la tripa, me parece lo mejor, Verónica, que te vayas a tu
-casa. Digo, ya no me acordaba que en tu casa tampoco hay menú.
-
---Pero, hombre; si Ángel me ha dicho que traerán la comida del Casino...
-
---¡Ah!, entonces siéntate a esperar mientras yo trabajo.
-
---¿Qué vas a hacer?
-
---Estoy traduciendo del inglés un drama para el actor Moreu. Allá
-veremos si lo concluyo y me lo ponen.
-
---¿Cómo se llama?
-
---Otelo. ¿No has oído hablar de Otelo?
-
---Espera, Otelo... ¿No era uno muy celoso?
-
---El mismo.
-
-Alberto se sentó a escribir. Hacía frío. Oyéronse unas patadas en
-la puerta. Alberto salió a abrir. Era un carbonero con un saco de
-antracita a cuestas.
-
---¡Buen augurio! --exclamó Alberto.
-
---¿Eh? --interrogó el carbonero. Con la somera modulación de estas dos
-letras, una de las cuales es muda, delató el carbonero su oriundez
-galaica. Entre la mucilágine tenebrosa que le embadurnaba el rostro, el
-blanco de los ojos adquiría tonos calientes de ocre.
-
-Después de descargar el saco, el carbonero aguardaba que le pagasen.
-
---¿Cómo? Ya pasará el señorito o yo por la carbonería --dijo Alberto.
-
---¡Quia! Si no me dan los cuartos el carbón vuélvese pa casa.
-
-Alberto procuró quebrantar la obstinación del gallego con diferentes
-recursos retóricos; pero todo era en balde. El gallego sacudía la
-cabeza, se arrascaba con estrépito el cuero cabelludo y miraba
-amorosamente el saco de carbón, a sus pies en tierra.
-
---No perdamos tiempo. Ni los cuartos ni el carbón --rezongó Alberto,
-perdiendo la serenidad. Cogió al carbonero por un brazo y lo empujó
-fuera del piso.
-
---Entonces... --tartajeó el carbonero, amedrentado--, ¿cuándo traigo la
-cuenta?
-
---Cuando se le antoje --y cerró la puerta de golpe.
-
-Sentados en cuclillas sobre la alfombra cargaban Verónica y Alberto la
-salamandra. Dijo Verónica:
-
---También Angelón tiene una asadura... ¿Qué trabajo le costaba haber
-pagado el carbón?
-
---¿Cómo lo iba a pagar, Verónica, si no tiene un cuarto?
-
---¿Eh?
-
---Que no tiene un cuarto.
-
---¿Qué quieres decir?
-
---Que no tiene un cuarto --repitió, sin mirarla y pensando: «Cuanto
-antes lo sepa, mejor. Es una barbaridad tener tanto tiempo engañada a
-esta pobre muchacha.»
-
---¿Como tú y como yo?
-
---Peor; porque si bien si es cierto que tiene alguna renta, sus
-necesidades son mayores que las nuestras, y sus deudas, a lo que
-presumo, todavía mayores que sus necesidades --de propósito evitaba
-mirar a Verónica, sospechando que su expresión sería de doloroso
-desencanto.
-
---¿Y este piso?...
-
---Se lo paga la familia, creo.
-
-Hubo un silencio que rompió Verónica riendo a carcajadas. Se puso en
-pie y palmoteó como una niña, revelando infinito contento.
-
---¿De manera que sois unos bohemios?
-
---¿Qué quieres decir, Verónica?
-
---Como esos de los libros y de las novelas y de las óperas. ¡Viva la
-vida bohemia! Y yo que creí que eran inventos de los papeles y de los
-escritores... ¡Pero hijo, si yo he sido loca por todo eso!... Cuando
-vivíamos en Trujillo, antes de venir a Madrid, leí en el folletín de
-un periódico la primera cosa de la vida bohemia, y artistas, y qué
-se yo... Anda, pues si no hacía más que pensar en Mimí, y Museta y
-aquel Coline tan gracioso... Luego, siempre que veo en los carteles
-_Bohemios_, si tengo dinero voy al teatro. Me he ganado cada bronca
-de mi madre... Me sé la música de memoria --tarareó unos compases,
-enarbolando el brazo derecho, y sin dar tiempo a que Alberto le atajase
-continuó vertiginosa charloteando--: Pero chiquillo, los bohemios de
-las novelas y del teatro viven en buhardillas y no tienen qué ponerse;
-vosotros, ya, ya: vivís en un palacio, y vestir, no digamos. Mejor
-está así, una buena casa y luego, bohemios. Lo importante es no tener
-dinero, no saber si se va a comer o no en el día, y cantar y recitar
-versos. ¿Tú qué te creías? Pues te voy a recitar unos versos:
-
- Soy poeta embrujado por rosas lujuriosas
- y por el maleficio de la luna espectral.
- Mi carne ha macerado, con manos fabulosas,
- uno por uno cada pecado capital.
-
- En el burgués estulto, mis guedejas undosas
- de bohemio suscitan una risa banal;
- mas él no advierte, bajo mi mugre, las gloriosas
- armas del caballero ungido de ideal.
-
- Son, mi magnificencia y fasto, principescos;
- adoro las manolas y los sueños goyescos;
- toda la España añeja triunfa a través de mí.
-
- Con ajenjo de luna mi corazón se embriaga,
- y en mi yacija, por que la carne satisfaga,
- sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí.
-
-Precioso, ¿verdad? Sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí... ¿Sabes
-de quién son los versos?
-
---De cualquiera.
-
---¿Cómo de cualquiera? ¿Es que no te gustan?
-
---No es eso, Verónica. Si de un jardín lleno de rosales arrancas una
-rosa y me preguntas de qué rosal es esta rosa, ¿qué voy a decirte
-yo, sino de cualquiera? En la poesía, hijita, hay modas según los
-tiempos, y todos los poetas a veces parece que se ponen de acuerdo
-para escribir cosas tan semejantes que lo mismo da que sean de uno que
-de otro. Una docena de poetas, por lo menos, conozco yo, que pudieron
-haber compuesto el soneto que has recitado sin quitarle ni añadirle una
-tilde. De algunos años a esta parte, querida Verónica, no hay poeta que
-no esté macerado por los siete pecados capitales, lo cual no impide que
-si se les moteja de envidiosos se ofendan, y la verdad es que no suelen
-serlo, porque ¿a quién han de envidiar si cada cual se cree por encima
-del resto de los mortales? Tampoco tienen muchas ocasiones de darse a
-la gula, y en cuanto a la avaricia... ¡Ojalá fueran un poco avarientos
-de tropos y símiles, que tan a tontas y locas despilfarran!
-
---Pero, en resumidas cuentas, no has dicho si te gustaron o no los
-versos que te recité.
-
---¿Te gustan a ti?
-
---Me encantan.
-
---Pues a mí también me gustan.
-
---Son de Teófilo Pajares. Supongo que le conocerás.
-
---Sí, sí.
-
---A ver si me lo presentas un día. Yo me sé de memoria muchos versos de
-él. Debe de ser un gran tipo, con su melena...
-
---No tiene melena.
-
---¿Cómo que no? Entonces, ¿por qué habla de sus guedejas undosas?
-¿Guedejas no es lo mismo que melena?
-
---Sí.
-
---Oye, pues eso de decir una cosa por otra no está bien. ¿Y quién es su
-Mimí?
-
---Yo qué sé...
-
---A lo mejor tampoco es verdad lo de las magnolias.
-
---A lo mejor.
-
---Tú también haces versos, ¿quieres decirme algunos?
-
---Yo no sé de memoria mis versos.
-
---Algunos sabrás. Anda... --suplicó Verónica. La gravedad de su cara,
-de ordinario gozosa, era persuasiva. Pero Alberto repugnaba recitar
-versos propios.
-
---Vamos a lavarnos las manos.
-
-Después de lavarse retornaron al gabinete. Acomodáronse en sendas
-butacas a un lado y otro de la encendida salamandra.
-
---Anda, Alberto, sé amable. Dime algún verso tuyo.
-
---Si no los sé de memoria...
-
---Alguno sabrás.
-
---Solo un pequeño poema. Te lo diré y te aburrirás, porque mis versos
-no tienen ninguna importancia, como no sea para mí mismo. --Fijó los
-ojos en el trémulo vermellón de la salamandra, y con voz rebajada y
-algo incierta, recitó:
-
- Señor, yo que he sufrido tanto, tanto,
- que de la vida tuve miedo,
- y he comido mi pan húmedo en llanto,
- y he bebido mi vino acedo;
- yo que purgué pecados ancestrales,
- y delitos confusos del antaño,
- y la cosecha negra, de fatales
- simientes, a estas horas agüadaño;
- Señor, si es que tu mano justiciera
- el humano torrente
- del placer y el dolor tasa y pondera
- en cada vida equitativamente,
- dame la paz que he merecido. Aleja
- de mis labios el pámpano en agraz.
- Dame la uva ya en sazón, bermeja
- en sus dulces entrañas. Dame paz.
- Dame el suave manjar de la alegría
- por una vez siquiera.
- Dame la compañía
- de la que debe ser mi compañera.
- Buscaremos un rústico descanso;
- que allí nuestra oración, como un incienso,
- suba en el aire manso
- del firmamento inmenso.
- Una casa no más, de aldeana esquiveza,
- con un huerto a la espalda, y en el huerto un laurel,
- y un fiel regazo en donde recline mi cabeza,
- y por la noche un libro y una boca de miel.
- Y además, que las rosas, de corazón riente,
- canten todo a lo largo de las sendas del huerto,
- y la boca y las rosas yazgan sobre mi frente
- cuando ya esté cumplida mi labor, y yo muerto.
-
-Verónica se estuvo sin hablar largo tiempo, meditando sobre lo que
-había oído. Habló después:
-
---Si no he entendido mal, tú quisieras vivir lejos del mundo, con tu
-mujer, solos en la aldea. ¿Te cansa la gente?
-
---Un poco.
-
---Y todo eso que aseguras en los versos, de querer ir a vivir solo, ¿es
-verdad?
-
---Por lo menos lo era cuando los escribí. Y ahora, al recordarlos,
-vuelve a ser verdad.
-
---Tienes razón; eso debe de ser una felicidad --y exaltándose de
-pronto--: Pero no digas, la vida de bohemia... Nada, que yo no vuelvo
-a mi casa. Que lo gane Pilarcita, que ya está en edad. Yo me quedo a
-vivir con vosotros, a ser Mimí, a pasar apuros y a gozar... Si era mi
-ideal ese...
-
---Voy a contarte lo que le pasó a un francés que se llamaba M.
-Jourdain. Este señor se enteró, cuando ya era una persona mayor, de
-lo que era prosa, y muy maravillado, dice: «¿Es decir que he estado
-hablando en prosa toda mi vida sin saberlo?» Otro tanto te ocurre a ti.
-No te molestes en quedarte con nosotros a hacer vida de bohemia, porque
-toda tu vida la has estado haciendo sin saberlo. No tener dinero, hija
-mía, no puede ser un ideal, y menos no tenerlo y desearlo, que esto
-es la bohemia, y ser perezoso e inútil para conseguirlo o crearlo.
-Mientras vivas en España, Verónica, harás vida de bohemia, porque
-vivirás entre gente miserable, holgazana e inútil, sin fortuna y con
-ambición, sin trabajo y con lotería nacional.
-
-
-
-
-VI
-
- No veo cometer una falta que no sienta como si yo mismo la hubiera
- cometido.
-
- GOETHE.
-
-
---A todo esto, ¿qué hora es? --preguntó Verónica.
-
-Alberto consultó el reloj.
-
---Las tres menos diez.
-
---Y Angelón sin venir.
-
---Qué, ¿tienes apetito?
-
---La verdad, un poquitín.
-
---En la cocina debe de haber algún resto de otros días. Acaso hasta
-tres o cuatro huevos, y pan duro, y un infiernillo con alcohol, y
-quizás aceite.
-
-Verónica fue a la cocina y volvió muy alegre.
-
---Todo lo que tú dices hay. Lo repartiremos entre los dos, como buenos
-hermanos. Yo haré de cocinera y verás que sé freír bien. El pan está
-como una piedra, chiquillo. Lo mejor es freírlo también.
-
-Verónica aderezó rápidamente la parva refección y la trajo a la
-estancia en donde Alberto estaba.
-
---He encontrado vino, ¿qué te parece? Luego dirás... Si esto es
-encantador. Los huevos me van a saber a gloria. ¡Ea!, estos para ti.
-
---Gracias. Hoy no como.
-
---¿Que no comes? Pues no faltaba otra cosa. Te digo que con un par de
-huevos estrellados y el pan frito tengo de sobra hasta la noche, y a la
-noche, Dios dirá.
-
---No es por eso. Tengo un poco de calentura y no me atrevo a comer. Por
-no comer un día no se muere nadie. Cómetelo tú todo, anda.
-
-Verónica comió lo que había y más que hubiera sido.
-
---Te juro que nunca he comido nada que mejor me supiera. Te voy a pedir
-un favor ahora.
-
---Lo que quieras.
-
---Que me leas ese drama de Otelo. ¿Quieres?
-
---¿Por qué no?
-
---Me hago la ilusión de ser una gran señora, que, después de haber
-comido ancas de rana y criadillas de ruiseñor va al teatro --se
-acurrucó en la butaca, muy cerca de la lumbre--. Arriba el telón.
-
-A poco de iniciar la lectura, Alberto estaba más interesado en las
-glosas, preguntas y observaciones de Verónica, que Verónica en lo que
-escuchaba, y esta lo estaba sobremanera. Las reacciones sentimentales
-e intelectuales que el drama promovía en Verónica eran tan simples
-y espontáneas, y al propio tiempo tan varias, que Alberto estaba
-maravillado y sobrecogido, como ante la iniciación de un gran secreto.
-Era como si se encontrase en la reconditez de un laboratorio mágico,
-y palpitando entre sus dedos el desnudo corazón humano en su pureza
-prístina, sobre el cual vertía él los reactivos del gran arte, el arte
-verdadero, y descubriendo cómo este raro elixir se mudaba en latido,
-penetraba Alberto en la naturaleza de entrambos, del arte y de la vida.
-Arte y vida parecían entregársele, y él se figuraba poder aprisionarlos
-en una fórmula, de exactitud casi matemática. Antiguas meditaciones
-acerca del arte y conclusiones provisionales desarticuladas entre sí se
-aclaraban y soldaban en un fresco y sensible tejido orgánico, como si
-su cuerpo se hubiera enriquecido con un sexto sentido interno, síntesis
-de los otros cinco y del alma, prodigiosamente apto para deglutir,
-asimilar y dar expresión a lo más oscuro del arte y de la vida, y
-rechazar lo antiartístico y lo antivital. Leía, ahora, en voz alta y
-comentaba a Shakespeare, y al propio tiempo sentíase transfundido en la
-persona del autor durante la gestación y creación de la tragedia.
-
-Hizo Alberto antes que nada una descripción de Venecia, y Verónica
-suspiró:
-
---¡Qué hermosa debe de ser! Como una ciudad encantada, ¿verdad? Yo ya
-me figuro estar en ella.
-
-Llegaba Alberto al punto de la escena primera (una calleja de Venecia:
-noche) en que Yago dice a Rodrigo: «No hay remedio; tales son los gajes
-del servicio. La promoción se guía por recomendaciones y por el afecto
-personal, no por antigüedad y ascenso. Ahora, señor, juzga por ti
-propio si yo en justicia estoy llamado a amar al moro.»
-
-Verónica interrumpió, apasionadamente:
-
---Natural que odiase al negrazo. Yo en su caso haría lo mismo. Mira tú
-que el pobre Yago, que era tan valiente y había peleado siempre junto
-al moro, y cuando llega la ocasión de hacerle lugarteniente le deja en
-abanderado y lo posterga en favor de ese Casio, que era un estúpido, al
-parecer, y no sabía nada de batallas. Te aseguro que las injusticias me
-han encendido siempre la sangre. ¡Odiar al moro!... Más que eso: yo no
-cejaría hasta arruinarlo y hundirlo. ¡Por estas!
-
-Dice Rodrigo, en respuesta, a Yago: «Yo no continuaría a su servicio.»
-
-Y Verónica:
-
---Ni yo tampoco.
-
-Responde Yago: «Sígole en provecho propio. No todos hemos de ser amos,
-ni los amos han de ser siempre servidos lealmente.» (Verónica: _Muy
-bien._) «Si parece que le sigo no es por amor o deber, sino para mis
-peculiares fines.» (Verónica: _Algo trama. Me alegro. Y mira si es
-noble y cómo dice lealmente lo que piensa._) Yago induce a Rodrigo,
-antiguo cortejador de Desdémona, a que despierte a Brabantio, padre de
-la doncella, y le informe de cómo esta ha sido raptada por el moro.
-(Verónica: _Anda; pues nada menos que la había robado. ¡Qué criminal!_)
-Yago, a Brabantio que ha aparecido en una ventana: «Haz que el clamor
-de la campana despabile a los ciudadanos dormidos, de otra suerte el
-mismísimo diablo te hará abuelo.» (Verónica: _Llama diablo al moro. Es
-gracioso Yago._) Brabantio no quiere creer que su hija Desdémona se
-haya fugado. Al fin se cerciora de que ello es verdad. Yago se retira
-y desciende el viejo a la calle, en donde se junta con Rodrigo, y,
-transido de pena, exclama: «Oye, ¿no hay bebedizos que trastornan el
-seso de la juventud y aun de la edad madura de tal suerte que hacen
-perder la voluntad? ¿No has leído, Rodrigo, algo de esto?» (Verónica:
-_¿Qué otra cosa podía ser? Si no se comprende..._)
-
-Escena segunda; otra calleja. Yago dice al moro que Brabantio, el
-senador, conoce ya el rapto de Desdémona, y le aconseja que se guarde
-de la cólera del viejo, a quien la magistratura que ostenta y el poder
-que con ella goza hacen temible. (Verónica: _Me gusta Yago. ¿Ves lo
-bien que disimula? Confío en que sabrá vengarse del negro._) Otelo:
-«Que obre según su despecho. Los servicios que presté a la señoría
-hablarán más alto que su querella... Porque ha de saberse que mi vida
-y mi ser vienen de gentes que ocupan un solio real.» (Verónica: _Pues
-no era un vagabundo afortunado, como Yago pensó. Y habla con cierta
-nobleza, ¿eh?_) Pasa una ronda con antorchas. Los de la ronda dicen
-que el Dogo y los cónsules están en consejo y buscan a Otelo. Se
-teme una guerra con los otomanos y Otelo será el general. (Verónica:
-_También es suerte lisa la del negrazo._) Aparece otra ronda. Es
-Brabantio y sus seguidores, armados. Brabantio: «Caed sobre él.
-¡Ladrón!» (Verónica: _Y que lo diga. Buen lío._) Otelo se interpone:
-«Envainad las espadas, que el rocío de la noche puede enmohecerlas.
-Señor, más fuerza tienes en tus años que en tus armas.» (Verónica:
-_¡También es un tío!_) Brabantio: «Desatentado ladrón, ¿en dónde has
-escondido a mi hija? Me la has enhechizado, o de lo contrario todas las
-cosas carecen de sentido. Sea juez el mundo y diga si no es palpable
-que con ella has usado de encantos y artes de brujería, que de su
-delicada mocedad abusaste con drogas y minerales de esos que debilitan
-el discernimiento.» (Verónica: _A ver. No se comprende de otro modo.
-¡Pobre viejo y pobre muchacha!_) Están para irse a las manos los de
-uno y otro bando. Otelo: «Detened el brazo los de mi parte y los
-contrarios. Si el luchar estuviera ahora en mi papel no necesitaría de
-apuntador.» (Verónica: _Que se las trae el negro. Tiene una confianza
-en sí mismo..._) Parten todos camino del palacio de los Dogos, en donde
-la Señoría está de consejo.
-
-Escena tercera. En el salón del Consejo. Dogo, senadores y cónsules
-hablan de la guerra. Llegan Brabantio, Otelo y séquito. El viejo se
-adelanta a presentar su querella. Brabantio: «Mi hija... Peor que
-muerta está para mí. Me la han seducido, me la han robado, me la han
-corrompido con ensalmos y mixturas de esas que hacen los apoticarios.
-La Naturaleza no puede errar tan de lleno, no siendo deficiente,
-ciega o mutilada de los sentidos, sin concurso de brujería.» El Dogo:
-«Quienquiera que te la haya hurtado por tan bajos medios, que del
-sangriento libro de la ley y por tus propios labios oiga la sentencia
-más amarga, y que tú la interpretes conforme a tu encono. Así sea,
-aun cuando mi propio hijo fuese el culpable.» (Verónica: _Si ahora se
-hiciese lo mismo... Daba gusto en aquellos tiempos. Sospecho que a
-Yago le van a ahorrar molestias._) Brabantio dice que ha sido Otelo.
-Los senadores, que necesitan de Otelo para la guerra, se alarman, y
-animan al moro a que se exculpe. (Verónica, muy emocionada: _Vamos a
-ver._) Otelo: «Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases
-apacibles, porque desde que estos mis brazos tuvieron el vigor de los
-siete años hasta hace no más de nueve lunas solo viví en batalla y en
-campamentos.» Pero, sin embargo, Otelo explicará, como mejor se le
-alcance, la manera que tuvo de enamorar a Desdémona. (Verónica: _Pal
-gato._) Envían a buscar a Desdémona. Entretanto, Otelo, habla: «Su
-padre y yo éramos amigos. Invitábame a su casa con frecuencia y pedía
-que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que
-hube de ganar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles,
-a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y
-emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en
-que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado
-por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de
-mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles;
-de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan
-el cielo (yo hablaba, hablaba, esto fue todo); de los caníbales que se
-devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace
-más abajo de los hombros. Y oyéndome, Desdémona que estaba presente,
-se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres
-caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba
-mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable
-y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que
-a retazos me había oído se lo dijese por entero. Consentí, y no pocas
-veces gocé de sus lágrimas como yo narrase algún golpe desastroso que
-mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis penas
-diome un mundo de sollozos. Juraba que mi historia era peregrina, muy
-peregrina, digna de piedad, maravillosamente digna de piedad. Quería
-no haberla oído, y quería que los cielos la hubieran hecho hombre y ser
-como yo soy. Suplicábame que si algún amigo mío la amaba yo le enseñase
-a referir mi historia, y que solo por esto ella le correspondería...
-Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras
-fueron las artes de encantamiento que empleé. Aquí llega la dama. Sea
-ella testigo.» (Verónica tiene los ojos húmedos: _Aguarda un momento.
-No sigas leyendo._ Una pausa. _Sigue._) El Dogo: «La historia hubiera
-ganado el corazón de mi propia hija también.» (Verónica: _Y el mío_.)
-Entra Desdémona. Su padre le pregunta a quién antes que nadie obedece
-de los que están presentes. Desdémona: «Aquí está mi esposo, y de
-la propia suerte que mi madre os antepuso a su padre, yo profeso la
-fe que al moro me une.» (Verónica: _Qué simpática._) Brabantio está
-desolado. Los consuelos que el Dogo pretende prestarle en dulces
-palabras no alivian su dolor, porque, dice el viejo: «No sé que el
-corazón quebrantado se cure a través de las orejas.» Se habla entonces
-de la guerra de Chipre. El Senado nombra a Otelo gobernador general de
-la plaza. Desdémona suplica que se le consienta ir con el moro; que
-si lo amó fue para vivir en su compañía: «Su rostro para mí está en
-su alma.» La apoya Otelo. El Senado accede. Otelo pártese a Chipre a
-seguida y deja a Desdémona encomendada a Yago y a su mujer para que
-la conduzcan a la isla, cuanto antes mejor. Primero de que se retire
-Otelo, Brabantio le dice: «Mírala, moro, si tienes ojos en la cara.
-Engañó a su padre y te engañará a ti.» (Verónica: _Yo en la pelleja del
-padre pensaría otro tanto. Y hasta lo desearía._)
-
-Escena última del acto. Están a solas Yago y Rodrigo.
-
-El haber perdido para siempre a Desdémona amarga el corazón de Rodrigo
-en términos que desea quitarse la vida. Yago le moteja de tonto:
-«No he encontrado todavía un hombre que sepa amarse a sí propio.»
-Rodrigo confiesa que no tiene la virtud de sobreponerse al amor
-contrariado. «¿Virtud?», pregunta Yago... «Un comino». Yago hace
-algunas consideraciones morales muy atinadas, que Verónica aprueba con
-signos de asentimiento. Aconseja al inexperto Rodrigo: «_Come, be a
-man._ Sé hombre. Pon dinero en tu bolsillo. Alístate en la presente
-campaña, desfigurando el rostro con barbas contrahechas. Mete dinero y
-más dinero en tu bolsillo. Aguarda a que Desdémona se harte del moro,
-que se hartará. Abarrota tu bolsillo con dinero. Busca dinero, dinero,
-dinero. _Therefore make money._» Despídense, y Yago habla consigo
-mismo. Odia al moro, no solo por haber recibido de él gran injusticia,
-sino porque «dícese de público --murmura Yago-- que entre las sábanas
-su persona suplantó a la mía en mi lecho conyugal.» Yago maquina su
-venganza. El instrumento será Miguel Casio, el lugarteniente, que es
-gentil y a propósito para que las damas gusten de él. Yago emponzoñará
-de celos el corazón de Otelo, haciéndole creer que Desdémona y Casio
-se han amado y se aman. Y termina: «Infierno y noche mostrarán este
-monstruoso engendro a la luz del día.»
-
-Hubo un descanso. Verónica estaba enovillada en un profundo sillón; las
-piernas, recogidas sobre el asiento. Un resplandor maligno alumbraba
-sus ojos. Dijo Alberto, por hacerle hablar:
-
---Verdaderamente, este Yago es un miserable.
-
---Gracias, hombre; en su caso te quisiera ver yo. Primero le hacen
-cornudo, y luego, sobre cornudo, apaleao, como se suele decir. ¡Qué
-demontre! Que me muera si ese hombre no habla en todo como un libro.
-Virtud... Un comino se me da por la virtud. ¿Para qué sirve la virtud,
-me quieres decir? Dinero, dinero y dinero; esa es la chipén. ¿No lo
-decías tú mismo hace un poco? Di que nos andamos engañando siempre
-unos a otros, y a nosotros mismos, y no nos atrevemos a decir lo que
-pensamos, y ese hombre tiene el coraje de decirlo, y resulta que los
-trapos que él saca a relucir son los que todos llevamos dentro. Y,
-sobre todo, que él odiaba al moro; sí, lo odiaba. ¿Es que tú nunca
-has sentido odio, lo que se llama odio? Yo sí, a veces, lo mismo que
-ese hombre lo siente. Y ¿sabes contra quién? Te figurarás que contra
-los enemigos. ¡Bah! Yo no los tengo. No; contra mi madre, contra mis
-hermanas, contra mis amigas. Di que se me pasaba pronto, y, además, que
-soy cobarde; pero, ¡qué gusto en ocasiones hacer tanto mal como una
-quisiera!
-
---Sí, tienes razón. La mala persona es Otelo.
-
---Parece mentira que digas eso. No hay sino oírle hablar para
-comprender el corazón que tiene, que no le cabe en el pecho. Se ve
-que es como un niño... Y bravo... Ya ves, le hacen general en jefe,
-conque, por algo será. Que al parecer tuvo o no tuvo con Emilia, la
-mujer de Yago. ¿Quién está libre de un pecadillo? Aparte que a lo mejor
-es un lío que le han levantado, porque en el mundo hay cada lengua,
-chiquillo...
-
---Quizás fuera un falso testimonio. Pero, de todas suertes, no se
-concibe que Desdémona se haya enamorado de él. La pobre criatura obró
-alucinada; pero se dará cuenta de su error, cobrará asco al moro...
-
---¿Por qué? --atajó Verónica--. ¿Qué sabéis los hombres de esas cosas?
-Desdémona está enamorada de Otelo; pero así, mochales, te lo digo yo.
-¡Podía no! ¿Crees tú que se encuentra todos los días un hombre como
-Otelo? Pues que se te quite. Si le hace llorar a una cuando habla...
-Sentirse una abrazada por él, tan grandote, tan hombre, tan leal y tan
-inocente... Pero, ¿cómo no le iba a querer o es posible que llegue a
-cansarse de él? ¿No lo comprendes?
-
---Sí, lo comprendo ahora. Lo que no comprendo es cómo el bestia del
-padre se oponía en aquella forma...
-
---También tú tienes cada cosa, chiquillo. Parece que te empeñas en
-cerrar los ojos. Una niña como Desdémona, tan rubia y tan bonita, y tan
-casera que se asustaba de los hombres, y va y se escapa con un negrazo
-horrible... A ver. Que le dio un brebaje. Es claro como la luz. Eso
-como no se escapase por correrla y ser libre, porque a veces estas
-niñas que parecen tontas dan cada chasco... Te digo que yo, su padre,
-¡le doy una mano de azotes!...
-
---Pero, ¿hablas poniéndote en el caso del padre o por tu cuenta?
-
---Natural que por mi cuenta.
-
---Como primero me habías dicho todo lo contrario...
-
---¿Eh?
-
-Las ideas y sensaciones de Verónica se enmadejaron en este momento.
-Estaba como estupefacta y henchida de angustia. Alberto la había
-ido induciendo con cautela a que hablase, gozándose en ver cómo
-sucesivamente la muchacha se asimilaba el espíritu de cada personaje
-del drama hasta ajenarse de sí propia y vivir un punto la vida de
-ellos. El alma de Verónica le parecía a Alberto tan plástica y tierna
-como la arcilla paradisiaca entre los dedos de Jehová.
-
---¡Algo grave va a pasar! --habló Verónica--. Sigue leyendo. ¡Oh! ¿Para
-qué comenzaste? Tengo miedo, pero no importa, sigue leyendo. Tiene
-que ocurrir algo grave, lo siento, lo siento dentro de mí, como los
-caballos huelen la tempestad. Sí, eso es, la tempestad. Se me figura
-como si estuviese en el campo, después de una larga sequía, y que yo
-hubiera estado muy enferma y me levantara ya a convalecer, y necesitara
-de sol y de buen tiempo para curarme; y si llueve, yo me muero de
-seguro; y si no llueve, no se dan las cosechas y todos los campesinos
-se mueren; y aparece una nubecita, muy chiquitita, allá a lo lejos; y
-de pronto se pone el cielo morado, y hay una tormenta que arrasa los
-campos, arruina a los labradores y me mata a mí. ¿Quién tiene la culpa?
-Nadie, porque a Dios no se le puede echar la culpa de nada. Nadie, pero
-todos sufren, todos lloran... Es terrible. Perdona que hable tanto...
-Tengo necesidad de desahogar. Ya puedes seguir leyendo: sigue, sigue.
-
-Acto segundo. En la isla de Chipre. La tormenta ha hecho zozobrar la
-flota turca. No habrá guerra. Los isleños están en los malecones de la
-orilla, contemplando el embravecido mar. Llegan a la isla con buena
-fortuna el lugarteniente Casio, Desdémona, con Yago y su mujer Emilia,
-y Otelo. Se lee por las calles, a redoble de tambor, una proclama de
-Otelo, ordenando públicos regocijos y música en celebración de sus
-desposorios con Desdémona. Conviénense Yago y Rodrigo en perturbar
-el seso de Casio, con licores, a tiempo que estén de guardia, y en
-viéndole borracho que Rodrigo lo provoque de manera que se suscite
-clamorosa contienda y le cueste a Casio su grado de lugarteniente.
-Realizan con éxito el plan. En lo más recio de la pelea a que inducen
-a Casio, Yago tañe al arma las campanas, sobresalta a las gentes
-y obliga a Otelo a que abandonando el lecho acuda al lugar de la
-contienda, con tanta cólera que al punto despoja a Casio de su dignidad
-de lugarteniente. Quedan a solas Yago y Casio, que se lamenta con
-amargura. Yago: «¿Estás herido, Casio?» Casio: «Sí, y no hay cirujano
-que me salve.» Yago: «No lo quiera Dios.» Casio: «¡Mi buen nombre! ¡Mi
-buen nombre! ¡Mi buen nombre! He perdido mi buen nombre. He perdido la
-parte inmortal que en mí había, y quédame solo la de la bestia. ¡Mi
-buen nombre, Yago, mi buen nombre!» (Verónica: _Pobre Casio. Perdido
-el buen nombre, ¿qué queda? Díganmelo a mí._) Yago: «Por mi honor te
-juro que pensé en algún daño del cuerpo; estos son de más gravedad
-que los recibidos en la opinión ajena. El buen nombre es la más necia
-y falsa impostura; gánase las más veces sin méritos y piérdese sin
-culpa. Nadie pierde su buen nombre si no lo da él mismo por perdido.»
-(Verónica: _Cabal, qué diantre, también digo yo. Y si no, fíjate en
-todas esas señoronas, la Pantana, la Cercedilla, que nos dan ciento y
-raya a las del oficio. Valiente tonta la que se ocupa del qué dirán. A
-última hora, que le quiten a una lo bailado._) Yago muestra a Casio el
-camino por donde de nuevo llegue al favor del general, y es interceder
-cerca de Desdémona, rogarle, moverla a compasión, porque la voluntad
-de Otelo es un juguete entre las manos de su mujer. Casio le queda muy
-agradecido.
-
-Como al terminar el acto Verónica no desplegase los labios, Alberto
-continuó.
-
-Acto tercero. Emilia, por consejo de su marido, dispone una entrevista
-de Casio con Desdémona, en el parque del castillo. Casio ruega.
-Desdémona le promete que será reintegrado en el puesto perdido.
-Desdémona: «No dejaré en paz a Otelo en la mesa ni en el lecho, hasta
-que lo consiga. A cada paso que dé yo le pondré por delante la petición
-de Casio.» Sobrevienen Otelo y Yago. Casio que los ve, se retira. Yago:
-«No me hace gracia eso.» Otelo: «¿Qué?» Yago: «Que Casio se aparte de
-tal suerte que no parece sino que ha hecho algo malo.» Desdémona se
-acerca a su marido y le habla en favor de Casio, suplicándole que lo
-llame y se reconcilie con él. Otelo dilata la respuesta. Desdémona lo
-acosa con fervorosos ruegos. Otelo parece ceder. Quedan solos Yago y
-Otelo. Los celos comienzan a inquietar el corazón de Otelo, el cual
-interroga a Yago, y este esquiva responder. Otelo: «Parece que en
-tu mente se esconde un monstruo tan repugnante que no osa mostrarse
-a la luz.» Yago continúa empleando subterfugios que enardezcan las
-inquietudes de Otelo. «Dime lo que piensas claramente, vistiendo el
-mal pensamiento con malas palabras.» Yago simula rehusar: «Mi deber no
-me obliga a aquello de que hasta los esclavos son libres: decir lo que
-se piensa.» El desasosiego del moro crece. Yago: «¡Guárdate, señor, de
-los celos! Minutos infernales los de aquel que a tiempo que acaricia
-duda; que sospecha y sin embargo ama con locura.» Otelo: «No, Yago. No
-he de dudar sin ver. ¿Dudo? Quiero las pruebas. ¿Tengo pruebas? Pues
-no hay sino concluir con el amor o con los celos.» Siendo así, Yago no
-tiene reparo en hablar con claridad, y aconseja a Otelo que no pierda
-de vista a Desdémona y Casio y tenga presente cuán simuladoras son las
-mujeres, aun la misma Desdémona, quien fingía ante su padre sentir
-miedo del moro cuando ya tenía determinada la fuga. Un instante que
-está Otelo a solas, piensa: «¿Por qué me he casado? Este buen hombre,
-Yago, ha visto y sabe mucho más de lo que dice.» Yago vuelve: «Cierto
-que Casio ha sido buen lugarteniente y merece volver a serlo. Pero lo
-conveniente por ahora es mantenerle degradado y observar si Desdémona
-sigue su causa con excesiva vehemencia. Esto sería un gran indicio.»
-A solas otra vez Otelo, vese poseído de una gran conturbación. Viene
-Desdémona. Otelo, malhumorado, dice que tiene dolor de cabeza.
-Desdémona, muy solícita, intenta vendarle la cabeza con un pañuelo,
-pañuelo que Otelo le había regalado exhortándola a que lo conservase
-siempre. Otelo aparta el pañuelo, el cual cae a tierra sin que uno ni
-otro lo echen de ver. Retíranse. Emilia recoge el pañuelo y se lo da a
-Yago, quien ya en repetidas ocasiones le había rogado que se lo hurtase
-a Desdémona. Encuéntranse nuevamente Otelo y Yago. Los celos torturan
-al moro. Ha perdido la tranquilidad: «Aquel a quien roban de lo que
-no necesita, si no llega a averiguarlo, es como si no hubiera sido
-robado. Si toda la soldadesca del campamento hubiera gozado su dulce
-cuerpo, ignorándolo yo, fuera feliz. Pero, ahora, ¡adiós para siempre
-la paz del ánimo! ¡Adiós alegría! ¡Adiós empenachadas tropas en las
-empeñadas guerras que de la ambición hacen una virtud! ¡Adiós, adiós,
-todo!» Los celos se truecan momentáneamente en iracundia: «Villano,
-pruébame que la mujer a quien amo es una zorra, dame la prueba ocular,
-o más te valiera ser un perro.» Yago afirma que ha oído a Casio hablar
-y besar en sueños a Desdémona, lamentándose de que fuera la mujer
-del moro, y todo de suerte que parecía demostrar oculta y culpable
-inteligencia entre una y otro. Otelo es víctima de funesta cólera:
-«La desharé entre mis manos». Yago habla del pañuelo y que ha creído
-verlo en poder de Casio. Otelo: «¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre!» Otelo se
-vengará; quiere que asesinen a Casio en el plazo de tres días.
-
-Habiendo echado de ver la pérdida del pañuelo, Desdémona recibe gran
-contrariedad y está afanosa por recuperarlo. Así que ve a su mujer, lo
-primero que hace el moro es preguntar por el pañuelo. Desdémona supone
-que ello es una añagaza de Otelo por impedir que su mujer reanude
-las súplicas en favor de Casio, y así determínase en reiterarlas con
-particular empeño, y en tanto el moro, con creciente frenesí, exige el
-pañuelo, el pañuelo, Desdémona no se lo toma en cuenta y le responde
-con alabanzas de Casio, hasta que Otelo se retira lleno de furor, y
-convencido de la culpabilidad de Desdémona.
-
-Yago ha puesto el pañuelo en el aposento de Casio, el cual, así como lo
-encuentra, se lo regala a su amante Blanca.
-
-Terminado este acto, Verónica, sin despegar los labios, quedose
-mirando a Alberto con pupila difusa, vacua, como si le mirase y no le
-viese. Durante este acto sus interpelaciones y glosas habían sido más
-sucintas y espaciadas que en los comienzos de la obra, y propendían a
-la interjección o grito emotivo sin contenido lógico, por donde era
-fácil advertir que en lugar de ir compenetrándose y sustanciándose,
-sucesivamente, con cada una de las personas dramáticas, como en los
-dos primeros actos había hecho, se mantenía aparte y por encima,
-acaparada por una sensación de conjunto; en lugar de ir viviendo una
-tras otra las diferentes pasiones individuales, vivía ahora en su
-propio corazón la emoción expectante del conflicto y choque de las
-pasiones ajenas, las cuales le eran bien conocidas y sabía que habían
-de obrar fatalmente por haberlas en sí misma experimentado en los actos
-precedentes. De la emoción lírica había trascendido Verónica a la
-emoción dramática, de la tragedia del hombre interno a la tragedia de
-los hombres entre sí; y así como en el primer acto había sentido que,
-en el misterio de su alma, todo hombre es justo y bueno, aun el que
-no lo parece, porque sus intenciones y conducta se siguen por sutiles
-impulsos, a manera de leyes necesarias, así también ahora Verónica
-presentía que los sucesos que entretejen la historia y de la cual los
-hombres reciben placer, dolor, exaltación, gloria, ruina, son como
-tienen que ser, producto de elementos fatales en proporciones fatales.
-
-Tal era la interpretación que Alberto daba a las emociones de Verónica.
-Verónica era para él la tabla Roseta de los egiptólogos, clave con
-que descifrar jeroglíficos. Consideraba, con intuición repentina,
-la diferencia que hay entre el Gran Arte, floración espontánea del
-espíritu humano y organismo que de sí propio vive, y el arte ruin y
-farisaico, torpe artificio, que no arte, y comprendía que la esencial
-diferencia era diferencia de concepción moral y no de técnica.
-Encarnábanse simbólicamente estos dos artes antitéticos en dos géneros
-literarios, la tragedia y el melodrama. El artista verdadero --sea
-del linaje que sea, escultor, pintor, músico, poeta-- abriga en su
-mente y escucha en su magno corazón gérmenes y ecos de la tragedia
-universal. Y el espíritu trágico no es sino la clara _comprensión_
-de todo lo creado, la _justificación_ cordial de todo lo que existe.
-Para el espíritu trágico no hay _malo_ nacido del libre arbitrio,
-no hay delitos, sino desgracias, acciones calamitosas; cada nuevo
-acto llamado voluntario es el último punto añadido a una recta que
-se prolonga de continuo, esclava de su naturaleza rígida: todo es
-justo. De esta suerte, el conflicto de la tragedia, como el de la
-vida, es un conflicto de bondad con bondad y rectitud contra rectitud,
-conflagración de actos opuestos y justos: justos porque tienen una
-razón suficiente. Y de aquí viene esa gravitación cósmica, sidérea,
-que oprime el pecho del espectador de una buena tragedia, como de
-todo el que está ante una obra de Gran Arte. Contrariamente, el
-espíritu melodramático inventa el mal libre, crea el traidor, urde
-conflictos entre malos y buenos, intenta modificar la línea recta de
-acero, autónoma y agresiva, trocándola en curva arbitraria, y por
-último engendra _el sentimentalismo_, morbo contagioso y funesto.
-Las obras escultóricas, pictóricas, musicales y poéticas del arte
-farisaico y ruin revelan _su sentimentalismo_ a modo de estigma del
-espíritu melodramático. Y Alberto formulaba en su conciencia esta
-interrogación desmesurada: «El espíritu de la raza a que pertenezco y
-la vida histórica de esta nación en cuyas entrañas fui engendrado, ¿son
-trágicos o melodramáticos? ¿Soy actor de coturno y persona, dignidad y
-decoro incorporado a la caudal tragedia humana, o soy fantoche en una
-farsa lacrimosa y grotesca?»
-
---Sigue por Dios, Alberto, sigue por Dios --rogó Verónica.
-
-Alberto continuó traduciendo:
-
-Yago aprieta con diligente astucia la red de intrigas en torno de
-Otelo, lo enardece, lo ofusca, lo sofoca. El moro, conturbado por la
-pasión de los celos, no acierta a discurrir con tiento, se deja engañar
-de fútiles apariencias, adquiere la falaz certidumbre de que Desdémona
-ha sido desleal a la fe jurada, está loco de ira y sediento de
-venganza. Así que ve a Desdémona la injuria, la califica de prostituta
-una y cien veces, enloquecido de amor y de dolor, víctima y verdugo al
-propio tiempo. ¡Dulce Desdémona! ¡Pobre niña rubia, también amante y
-doliente, víctima y verdugo también, sin saberlo! Apenas si osa oponer
-a los dicterios del esposo mansa y suplicante quejumbre, a lo cual, el
-enfurecido moro, tomándolo por artilugio rameril, replica en todo punto
-con la palabra _prostituta_. Y al retirarse, Otelo premedita la pena
-acerba con que castigar el supuesto adulterio de Desdémona.
-
-Verónica paseaba por el aposento. Los nervios no le consentían
-estarse quieta. A veces se detenía detrás de Alberto y escudriñaba
-ahincadamente el original inglés, con gesto de religiosa suspensión,
-pensando que así como en la mente de Dios hállase en cifra fatal el
-curso de los acontecimientos venideros, en aquellos signos arcanos del
-libro se guardaban en germen y a punto de brotar con vida los destinos
-de los personajes que tan a mal traer la traían.
-
---¡La va a matar, la va a matar! Me lo da el corazón --solloza
-Verónica, retorciéndose las manos.
-
-También a Desdémona el corazón le sugiere sombríos presentimientos.
-Ha ordenado a su dama Emilia que le haga el lecho con las sábanas del
-día de la boda. «Si muriese antes que tú, Emilia, amortájame en una de
-estas sábanas.» Desdémona canta porque está triste: canta la canción
-del sauce, antigua tonadilla que oyera, siendo niña, de labios de
-una vieja sirvienta, Bárbara, a quien el novio había abandonado, la
-cual murió cantando esta canción. En concluyendo de cantar, Desdémona
-pregunta a Emilia de pronto, con adorable candor: «¿Crees tú, Emilia,
-que hay mujeres tales, como dicen, que sean infieles al marido?»
-(Verónica: _La verdad es que parece imposible._) Desdémona: «No, no
-puede existir una mujer capaz de hacer tal cosa.»
-
-He aquí la alcoba. Desdémona duerme. Una luz arde. Entra sigilosamente
-Otelo.
-
-Verónica está frente a Alberto, rígida, algo pálida, los ojos muy
-abiertos bajo las ceñudas cejas, mirándole a los labios.
-
-Otelo se inclina sobre Desdémona a contemplarla en tanto duerme. ¡Qué
-hermosa es!, y su sueño, ¡cuán cándido! Otelo: «¡Oh, aromoso aliento;
-casi persuades a la justicia a que quiebre su espada! Un beso, y otro,
-y otro.» Otelo la besa y llora. Desdémona despierta. Otelo le pregunta
-si ha rezado, porque va a matarla. Desdémona: «¿Matarme?» Otelo: «Sí.»
-Desdémona: «Entonces, Dios tenga compasión de mí.» Otelo: «Amén, con
-todo mi corazón.» Desdémona: «Tengo miedo; no sé por qué tengo miedo,
-pues soy inocente; pero tengo miedo.» Otelo: «Piensa en tus pecados.»
-Desdémona: «Mis pecados no son sino amor.» Otelo: «Por eso morirás.»
-
-En este momento Verónica se abalanzó sobre Alberto, arrebatóle de las
-manos el libro y lo envió volando por los aires. Lloraba, llevándose
-las manos al rostro; pataleaba y entre los hipos del llanto balbucía:
-
---¡No, no quiero que la mate, no quiero que la mate, no quiero que la
-mate! ¡Oh, por Dios, Alberto! Dile a ese hombre que está equivocado,
-que Desdémona es buena y le quiere... ¡Pobre niña, pobre niña! ¡Por
-Dios, por Dios! Pero, ¿no hay modo de arreglarlo? ¡Qué ha de haber,
-de sobra lo comprendo! ¡Si ese hombre está loco! Y ha llorado cuando
-la besaba... ¿no has visto? ¡Pobre, pobre Otelo! Tenía que ser; ya lo
-decía yo. ¿Qué vamos a hacerle nosotros? ¿Qué adelantamos con cerrar
-los ojos? Ya la habrá matado, ¿eh? ¿La mató ya? No quiero verlo.
-¿La mató ya? --preguntaba con desvariado acento, como si la escena
-del drama tuviera vida histórica e independiente, y hubiera seguido
-desarrollándose en tanto ella se entregaba a la desesperación.
-
---Sí, la mató ya, Verónica.
-
---¿Cómo fue? ¿Lo sabes tú?
-
---Sí, la estranguló.
-
---Y ella, ¿qué dijo?
-
---Dijo: «Soy inocente», y más tarde, a Emilia que acude: «Yo misma me
-he matado. Ruégale a Otelo que me perdone. Adiós.»
-
---¡Adiós! --Verónica se dejó caer a los pies de una butaca y reclinó la
-cabeza sobre el asiento, escondiéndola entre sus brazos.
-
-
-
-
-VII
-
-
-No tardó gran cosa Verónica en dar al olvido la tragedia de Otelo; pero
-le quedó, a manera de rastro en el espíritu, un no sé qué de cansancio
-y turbiedad, como en la copa de cristal que ha contenido densos licores
-de diferente color. Estaba quieta y callada, con los ojos apenumbrados,
-como niña convaleciente.
-
-Alberto, que se hallaba poseído por la emoción del profesional ante el
-caso insólito, del bibliómano ante el incunable o del ornitólogo ante
-el mirlo blanco, y había visto en qué portentosos términos Verónica
-poseía las bellas virtudes pasivas de la más exquisita receptividad,
-determinó someterla aún a nuevos experimentos. Tomó al efecto papel y
-lápiz y se puso a dibujar como sin propósito y por matar el tiempo. Al
-instante, Verónica, cuya curiosidad instintiva estaba siempre en acecho
-como la de los gatos cachorros, se acercó al joven, apoyó las manos en
-sus hombros y aplicose a seguir con gestos y movimientos del cuerpo los
-giros que Alberto imprimía al lápiz. Primero, Alberto trazó líneas a la
-ventura: rectas, curvas, mixtas, quebradas; y por la presión sobre sus
-hombros de las manos de Verónica comprendía que toda la vida psíquica y
-orgánica de la muchacha convergía hacia las líneas en vía de formación,
-como si aspirase a convertirse en puro esquema geométrico; no de otra
-suerte que el jugador de billar parece como que aspira a trocarse en
-una simple ley mecánica cuando, con vario linaje de contorsiones y sin
-conciencia de lo que hace, acompaña la ruta de la bola, como si por
-ella estuviera sugestionado. Hasta juraría Alberto que Verónica tenía
-la lengüecilla al aire, como los niños cuando hacen palotes.
-
-Aquellas líneas incongruentes, por arte de Alberto, fueron
-convirtiéndose en mujeres en actitudes danzantes, en bailarinas que
-no por serlo habían perdido su prístina naturaleza esquemática, sino
-que la línea de donde habían nacido parecía imponer una ley interna,
-un carácter, a la actividad de la figura; y así, junto a la bailarina
-egipcia, de un hieratismo sacerdotal, obediente al imperio de la
-línea recta, ondulaba la bayadera indostánica, esclava de una elipse
-voluptuosa e invisible, como los astros.
-
---¡Qué bien pintas, chiquillo! Esto está que se mete por los ojos. Te
-advierto que yo me despepito por el baile. Pero en casa se empeñan en
-que si tengo tanto así de asadura y que pierdo el compás, y la mar y
-sus barcos. En cambio dicen que Pilarcita es el noplusultra. Eso sí,
-mucho trenzao de pies, y vengan corcovos y piruetas que parece una
-langosta. Podía no: dos años lleva asistiendo a la academia de Juanito,
-_el Marica_. Pero, hijo, yo a eso no lo llamo baile. El baile ha de
-decir algo, ¿no te parece a ti? Hay que sentirlo, y yo lo siento. Lo
-otro... ¡bah!, a mí me suena como una máquina de coser.
-
---¿Quieres bailar?
-
---Bailar ¿qué? ¿Y la música?
-
---Yo tarareo lo que quieras.
-
-Verónica no necesitó más. Salió al medio del gabinete, recogió un poco
-la falda sobre los riñones y gritó con repentina vehemencia:
-
---¡Venga de ahí!
-
-Alberto tarareó un tango, luego un garrotín, y cuando observó, como
-ya preveía, que Verónica había perdido el seso, como una bacante,
-y entregádose por entero a la emoción del baile, cantó sonatas de
-Mozart y Beethoven, trozos de Wagner y Brahms: cuanto se le vino a las
-mientes. Verónica danzaba sin tregua, como poseída sucesivamente de
-todos los sentimientos primarios de la raza humana, en su auténtica
-simplicidad y energía, la ira, el terror, el éxtasis, la alegría,
-la pena, la lujuria, y todos ellos cuadraban bien con el aire de la
-música; Verónica los estilizaba, no solo con la expresión del rostro,
-sino también con todos y cada uno de sus miembros. Paró Alberto y
-Verónica se detuvo en seco.
-
---Bueno, chiquillo, por esto no puedes juzgar, porque la verdá es que
-maldito si sé lo que hice. Esto fue una improvisación. Tienes que verme
-con música, ¿sabes? --y se enjugó la húmeda frente.
-
---Bailas muy bien, Verónica, porque bailas por placer y no por vanidad;
-porque te olvidas de lo que haces y no te ofreces en espectáculo;
-porque bailas como si te fuera necesario bailar por bailar y no por
-encandilar hombres de dinero.
-
---Eso es la chipén, chiquillo: bailo porque me sale de dentro.
-
---Y sobre todo bailas bien, porque bailas bien. Tú serás una gran
-bailarina.
-
---¡Quita allá, chalado!
-
---Por lo pronto, ¿te atreves a debutar dentro de dos o tres días?
-
---¿Qué dices?
-
---Nada, que vas a debutar porque lo quiero yo.
-
---Pero, hombre...
-
---El circo de Parish se abre dentro de pocos días. El empresario, y
-sobre todo el gerente, son amigos míos. Hoy mismo escribo la carta...
-
---Pero... ¿tú crees que puedo?
-
- --When you do dance, I wish you
- A wave of the sea, that you might ever do
- Nothing but that; move still, still so,
- And own no other function.
-
---Latinitos, ¿estás de coba?
-
---Nada de coba, niña. Estas palabras son del mismo autor de Otelo, y
-quieren decir: «Cuando te veo bailar quisiera que fueses una ola del
-mar, de manera que no pudieras hacer en adelante otra cosa que bailar.
-Baila, baila más aún; baila siempre, y no hagas sino bailar.»
-
---Pero, ¿y el traje, Alberto?
-
---No te preocupes; yo me encargo de él.
-
---Si no tienes un cuarto.
-
---La empresa te lo pagará; quiero decir que yo te diré cómo has de
-vestirte.
-
---Cabalito; luego salgo al público, me da un soponcio y adiós Madrid.
-
---No te dará soponcio. Tú baila, y baila con toda tu alma, como David
-delante de Dios.
-
---¿El rey David? ¿El que dijo...?
-
---El mismo.
-
---¿Y era bailaor?
-
---A ratos.
-
---¡Ay, que tío!
-
---Sí que era un tío.
-
---No, si el tío eres tú, digo --se llegó a Alberto, le enlazó del
-cuello con un brazo y murmuró--: Vamos a ponerle los cuernos al viejo.
-
---En ti, Verónica, el entregarse a todos y a todo es en tal grado que
-de vicio se hace virtud.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Desde la calle de Jacometrezo hasta el número 30 de la de Fuencarral,
-esto es, desde su vivienda a la de Alberto, Teófilo atravesó, a tiempo
-que caminaba, tres ciclos de pensamientos.
-
-El primero fue el ciclo amoroso. Nunca había sido afortunado en
-amores. Entre los lejanos amoríos con su prima Lucrecia, pasatiempo
-de mocedad y no otra cosa, y los tiernos amores con Rosina, a cuantas
-mujeres había galanteado, ora en tono lírico mayor, madrigalizando,
-como decía él, ora a la manera corriente y moliente del común de los
-mortales, se le habían reído de sus versos, sus cuitas y su persona.
-No se tenía por un dechado de belleza física, ni mucho menos; pero
-como no era repulsivo, y en compensación consideraba muy por alto sus
-dotes naturales de inteligencia y sensibilidad, creíase un ejemplar
-de hombre apto por raro modo para inspirar pasiones y ser de ellas
-víctima. Entró, pues, en la vida, imbuido de tales ilusiones. Pero
-tantos descalabros hubo de sufrir que llegó a persuadirse de que en
-las operaciones bursátiles del amor la inteligencia no se cotizaba.
-
-Sin embargo, aun cuando hacía tiempo que había renunciado a que se le
-amase por su rostro y talle, no se resolvía a renunciar a que algún
-día se le amase y venerase por sus talentos y buenas cualidades del
-sentimiento. Tropezó con Rosina, la amó y ella le correspondió. Y,
-¡extraño fenómeno!, ahora Teófilo daba por sentado que Rosina lo
-quería, no por poeta, sino por gustar de él, como hombre, más que del
-resto de los hombres. Si algún amigo, o la propia Rosina, le hubieran
-dicho «esa mujer te quiere porque te considera gran poeta, y un poco
-también por simpatía a que tu pobreza le mueve», Teófilo recibiera al
-oírlo el desencanto y amargura mayores de su vida.
-
-Avanzaba por la oscura calle de Jacometrezo con el corazón henchido de
-sollozos y de afán. Perder a Rosina y dejar de existir era todo uno.
-¿Qué había sido su pobre vida anterior sino ansiedad no satisfecha,
-purificación por el fuego de la adversidad y de la vergüenza,
-preparación espiritual para esta nueva etapa de transportes cordiales
-y gozo pleno; es decir, de vida verdadera? Perder a Rosina y dejar de
-existir sería todo uno. Estaba salvajemente resuelto a no perderla, a
-hacerla suya, costase lo que costase.
-
-En la Red de San Luis Teófilo hubo de detenerse, en tanto pasaban
-algunos coches. Eran la mayoría coches de lujo y, según pasaban,
-Teófilo veía damas y caballeros repantigados en el interior. Por un
-momento se imaginó a sí mismo con Rosina a su lado, volviendo de la
-Castellana en coche propio, mejor en un auto, y esta fue la brecha
-por donde se metió en el segundo ciclo de pensamientos. Pensó: «Sí;
-el mundo es bueno, la vida es hermosa... Tiene razón ese animal de
-Santonja...» Y luego, acordándose de las personas ricas que había visto
-repantigadas dentro de los carruajes: «Esos brutos, bien comidos, bien
-bebidos, bien vestidos, ¿qué derecho tienen a la vida y a la fortuna?
-Vidas sordas, embotadas, absurdas... El que carece de inquietudes y
-necesidades espirituales no tiene derecho a la vida.» Para Teófilo la
-necesidad espiritual por antonomasia era componer versos alejandrinos.
-No tenían derecho a la vida sino los poetas. Este postulado le sirvió
-de trampolín, desde donde saltó al tercer ciclo de pensamientos, un
-ciclo encantado y luminoso que gobiernan con graciosa liberalidad dos
-hermanas mellizas: Ilusión y Esperanza. Ocurriósele de pronto, o por lo
-menos él pensó que se le había ocurrido, el asunto de un drama poético.
-El héroe: un juglar de humilde cuna que escala el trono e impone
-deleitable tiranía de rimas y rosas. Tesis: la humanidad no existe por
-y para sí propia, sino como pretexto, como abono, se pudiera decir en
-puridad, que alimente al lirio, que vale tanto como decir al poeta, a
-quien Dios adornó de hermosura y armonía, pues no otra cosa es sino
-verbo divino, encarnado en forma mortal. El lugar de la acción: dudaba
-si decidirse por la Provenza del Medioevo o la Italia del Renacimiento;
-la elección la aplazó para más en adelante. Como el drama poético lo
-probable y aun lo seguro era que le saliese un dechado, las empresas,
-así que de él recibieran noticia, se lo habían de disputar. Teófilo
-veía ya el dinero entrándosele a espuertas por casa, y en logrando
-holgura y vagar sosegado, nuevos dramas habíanle de brotar a boca que
-pides, que nada hay tan fecundo para las cosechas del ingenio como la
-lluvia de oro. Y según subía las escaleras de la casa de Angelón, iba
-diciéndose: «Qué necedad, no haber dado hasta ahora en lo del teatro,
-que es lo único que produce dinero.»
-
-Llamó a la puerta. Le salió a abrir Alberto y entrambos pasaron al
-gabinete en donde Verónica estaba.
-
---Qué suerte la tuya, Verónica. Aquí tienes a tu ídolo. ¿No entiendes?
-El poeta Teófilo Pajares.
-
-Verónica se puso como la grana. Deseaba examinar a su entero talante
-las particularidades físicas y apariencia corporal del poeta bohemio,
-pero no se atrevía aún.
-
---Es una desaforada admiradora tuya, Teófilo. No hace una hora
-todavía, me recitaba un soneto tuyo, algo así como un autorretrato
-psicológico.
-
---Aquello que comienza: _soy poeta embrujado por rosas lujuriosas..._
---murmuró Verónica, cohibida.
-
---Pss. Es un soneto que escribí al correr de la pluma, por ganarme diez
-duros: cincuenta pesetas de lirismo.
-
-Teófilo dejaba caer las palabras como el árbol demasiadamente
-enfrutecido deja caer el fruto, con absoluta indiferencia. Aparte
-de que le envanecía sobremanera que alguien se tomase la molestia
-de aprender de memoria sus versos, necesitaba en aquellos momentos
-aparecer en posesión de su valer y un poco descuidado y desdeñoso hacia
-la gente, porque tal se le antojaba el mejor diapasón para dar un
-sablazo y acoquinar un tanto al sableado.
-
---¿Qué te trae por aquí? Hace un siglo que no nos vemos. ¿Cómo sabías
-mi domicilio?
-
---Ángel Ríos me dijo que vivías con él, y que estabas un poco malucho.
-Pues, me dije, voy a visitar a ese...
-
---¿Qué te haces? ¿Trabajas?
-
---Pss... Tengo un drama casi concluido. Tres actos. Me faltan algunas
-escenas del último. Ya he leído los dos primeros a la Roldán y Pérez de
-Toledo. Me invitaron un día a almorzar, y de sobremesa, la lectura. Les
-gustó enormemente. Figúrate que cuando comencé a leer estaba la Roldán
-en un butacón, en una esquina de la pieza, y su marido en otra esquina.
-Yo iba leyendo, leyendo, metiéndome en situación, hasta olvidarme de lo
-que me rodeaba. Concluyo de leer, vuelvo en mí, como quien dice, y me
-veo a la Roldán y Pérez de Toledo, uno a cada lado mío, echados sobre
-la mesa y bebiéndome materialmente con los ojos. Los había hipnotizado.
-
-También Verónica sentía los primeros síntomas de la sugestión hipnótica.
-
---Si yo me atreviera... --balbuceó Verónica.
-
---Yo me atrevo por ti, Verónica, porque te he adivinado. Verónica
-desearía que vinieras a leerle lo que llevas del drama, y yo te suplico
-que la complazcas.
-
---Es el caso que tengo tanto que hacer...
-
---Hombre, dos horitas, mañana por ejemplo..., bien puedes dedicárselas.
-Te anuncio que no puedes hallar mejor crítico, y si tienes ojos en la
-cara las observaciones de Verónica te serán de mucho provecho.
-
-Alberto sabía que el drama de Teófilo y las circunstancias de su
-lectura eran pura patraña o cándida ilusión.
-
---Cállate tú, que eres un tío frescales --comentó Verónica, quien por
-desahogarse del respeto que Teófilo le imponía sentíase arrastrada a
-tratar a Alberto con extrema llaneza--. No le haga usté caso, yo soy
-una tonta y no merezco que usté se moleste; pero si usté fuera tan
-amable...
-
---¿Cómo no lo va a ser, siendo poeta?
-
---No veo la relación, querido Alberto...
-
---Hombre, amable es lo digno de ser amado. En este sentido no creo que
-haya nada más amable que un poeta. ¿No piensas tú lo mismo, Verónica?
-Como que poco le falta ya a Verónica para enamorarse de ti.
-
---¡Calla, loco, calla! --rogó Verónica, en las últimas lindes de la
-turbación.
-
---Y dime, Teófilo. ¿En qué época histórica has emplazado el drama?
-
---En la Italia renacentista-- respondió Teófilo, muy aplomado.
-
---¿Y en qué ciudad?
-
---¿En qué ciudad? --Teófilo vaciló un momento--. En Milán.
-
---No me parece una ciudad tipo del Renacimiento pero... Ya ves, Renán,
-en su _Calibán_, coloca la acción también allí. ¿Y qué obras te han
-ayudado principalmente para darte el espíritu de la época, detalles
-episódicos y de fondo, etc., etc.?
-
---¿Qué obras? --Teófilo se amoscaba--. Pues varias obras: _La Divina
-Comedia_, el..., la..., varias obras. Cualquiera se acuerda.
-
---Di más bien que no te has ayudado de ninguna. Tú no conoces la
-historia; pero, como el otro, la presientes.
-
---Y aunque así fuese, ¿qué? Poeta y vate son lo mismo, y vate quiere
-decir adivino. Las cosas no son como son, sino como el vate quiere que
-sean o hayan sido. La naturaleza y la vida obedecen a la ley que el
-vate les impone.
-
---Pero no el dinero, y eso que es cosa de la vida.
-
-Teófilo hizo como que no había oído, y algo pálido, continuó:
-
---Shakespeare está plagado de anacronismos. Ahora os ha dado a unos
-cuantos por machacarnos los oídos con la canturria de la cultura;
-cultura, cultura, ¡puaf!: una cosa que tienen o pueden tener todos los
-tontos y que es cuestión de posaderas.
-
---No te acalores, Teófilo. Puesto que has colocado la cuestión en
-sitio tan plebeyo, ajustándome a tu tono te pregunto: ¿Crees que te
-vendría mal un baño, aunque sea de asiento, de cultura? Permíteme por
-un momento que sea un poco pedante. Sabes, y si no lo sabías lo vas a
-saber ahora, que cuando el traidor Bellido Dolfos mata al rey Sancho
-y huye a guardarse dentro de los muros de Zamora, el Cid cabalga para
-darle alcance; pero no lo logra porque se le había olvidado calzarse
-las espuelas, y entonces maldice de los caballeros que no llevan
-siempre espuelas. Querido Teófilo, créeme que Pegaso es el rocín más
-rocín, tirando a asno, cuando el que lo cabalga no lleva acicate, y el
-acicate es la cultura.
-
---Me hallo muy a mi gusto siendo como soy. Cualquier cosa antes que dar
-en esas metafísicas y sandeces que ahora son uso entre algunos jóvenes.
-
---A lo primero te respondo que no te hallas muy a tu gusto, sino que,
-aunque te obstines en no declararlo, vives muy mal a gusto, no a causa
-de la falta de dinero, que a todos nos aqueja, sino contigo mismo. Y
-en cuanto a lo segundo, haces bien en no querer caer en el defecto
-contrario del que tú tienes. Unos, como tú, porque no tienen por carga
-espiritual sino su experiencia propia; otros, porque la carga es
-mazacote de libros e infatuación escolástica, sin ninguna experiencia
-personal de la vida; cuándo porque se ha ido a babor, cuándo a
-estribor, sois como barcos mal estibados que al menor temporal zozobran.
-
---Pamplinas, Alberto.
-
---Dispensa que te haga una pregunta.
-
---A ver.
-
---¿De dónde eres?
-
---De Valladolid.
-
---¿Tienes parientes en algún pueblo de tierra de Campos ú ocasión de
-irte a vivir allí?
-
---Sí, ¿por qué?
-
---¿Por qué? Porque viviendo de verdad en el campo harás buena poesía.
-Deja a Madrid, hombre. ¿Qué haces aquí, como no sea corromperte y
-anularte? ¿No te dice nada el ejemplo de Enrique de Mesa, de Gabriel y
-Galán y, sobre todo, de Unamuno, el mejor poeta que tenemos y uno de
-los más grandes que hemos tenido?
-
---Será para ti, y Dios te conserve la oreja.
-
---Y a ti Dios te la otorgue y algo más.
-
---Bueno, yo venía a hablarte de un asunto de importancia.
-
---Estoy a tu disposición.
-
---Es reservado.
-
-Alberto guió a Teófilo hasta el comedor.
-
---¿Qué es ello?
-
---Necesito que me prestes cincuenta duros. Es asunto de vida o muerte
-para mí.
-
---No los tengo.
-
---No me los quieres prestar. Te figuras que no te los he de devolver.
-En último término, si te parece mucha la cantidad, con treinta quizás
-pueda arreglarme.
-
---No tengo un céntimo, Teófilo.
-
---Es decir que si te pidiera una peseta para comer me la negarías. Y
-todo porque te he dicho lo de la oreja.
-
---No seas niño, Teófilo. Supones que tengo dinero y estoy como tú, si
-no peor. No tengo un céntimo, créaslo o no lo creas. Pídeme todo lo
-que tengo si lo necesitas para empeñar y te lo daré; pero no tengo un
-céntimo. ¿No me crees?
-
---Pero tendrás a quien pedirlo.
-
---A nadie.
-
---No sabes en qué caso estoy, Alberto. Me matas --el acento de Teófilo
-se cortó, como si fuera a llorar.
-
---¿Tan apurado es?
-
---De vida o muerte, ya te he dicho.
-
---¿Puedo saberlo?
-
---¿Por qué no? Una mujer... --comenzó Teófilo, con voz desmayada y rota.
-
---¡Bah! Una cualquiera que pretende sacarte los cuartos.
-
---¡No digas insensateces! --Teófilo se encrespó--. Es mujer que no
-necesita de mi dinero. Estoy loco por ella, y ella parece que me
-quiere. A mí no me ha querido nunca nadie, nadie... ¿Crees que cuando
-he deseado la muerte en mis versos eran literaturas? Nadie, nadie...
-En cambio yo no he querido nunca mal a nadie, te lo juro, lo que se
-llama querer mal. Y tengo tesoros de ternura en mi corazón que no he
-podido derramar nunca; y ahora, ahora que llega el momento, ya ves...
-he de hacer el ridículo. Y ¿qué amor hay que resista al ridículo? ¿No
-comprendes?
-
---Sí, comprendo, Teófilo. Aguarda un momento y discurramos con calma.
-No te acongojes, hombre --Alberto estaba un poco enternecido--. Una
-mujer decente, ¿eh?
-
-Teófilo dudó un momento.
-
---Sí.
-
---No, no; di la verdad.
-
---Es... una _cocota_; pero es un ángel. Pero, ¿no comprendes?
-
---Claro que comprendo. Tú qué piensas, sinceramente, ¿que se ha
-enamorado de ti como poeta o como hombre?
-
---Como hombre --afirmó Teófilo--. Te repito que es un ángel. Habíamos
-concertado un viaje... Nos queremos como dos niños. No ha habido aún
-ninguna impureza en nuestro amor --y con una transición que a poco hace
-reír a Alberto--: Si pudieras darme una carta para tu camisero y tu
-sastre...
-
---Sí; te las escribo ahora mismo. Y en cuanto al dinero del viaje...
-No me atrevo a esperanzarte, porque, mi palabra de honor, mis amigos,
-aquellos a quienes en confianza pudiera pedir dinero, están tan
-tronados como yo.
-
-Teófilo estrechó efusivamente las manos de Alberto.
-
---Vamos al gabinete.
-
-Alberto escribió las cartas. Después hablaron unos momentos. Se oyeron
-unos golpes en la puerta.
-
---Oye, Alberto, si es algún conocido pásalo a otra habitación. No tengo
-deseos de ver a nadie.
-
-Quedaron a solas Verónica y Teófilo. Llegaban desde el comedor la
-voz de Alberto y de otra persona, y se podía seguir el curso de la
-conversación.
-
---¿Quién es? ¿Le conoce usted por la voz?
-
---Sí, es Antonio Tejero, Antón Tejero le dicen, ¿no has oído hablar de
-él?
-
-Teófilo tuteó a Verónica considerándola mujer de baja condición.
-La muchacha, atribuyéndolo a afectuosidad, viose colmada de tanto
-agradecimiento que no acertó a abrir los labios.
-
-La voz de Alberto:
-
---Si no tiene usted mucha prisa deje usted el gabán en el perchero.
-
-La voz de Antón:
-
---Sí, lo voy a dejar, porque pesa de una manera horrible. Figúrese,
-¿sabe usted lo que es esto?
-
-La voz de Alberto:
-
---Parecen dos salchichones.
-
-La voz de Antón:
-
---Pues son dos paquetes de cien pesetas, en duros. Vengo de cobrar la
-nómina en la Universidad, y me han cargado, que quieras que no quieras,
-con doscientas pesetas en plata. Bueno; lo dejaremos en el perchero.
-Supongo que estará seguro, ¿eh?
-
-La voz de Alberto:
-
---Naturalmente.
-
-Doscientas pesetas... Teófilo hincó los codos en las piernas y hundió
-el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica de la
-realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas. Según
-su conciencia, un robo, dadas sus circunstancias, no era acción
-reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si
-Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado
-trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de
-mil amarguras y privaciones pretéritas. Era justo que se apropiase
-el dinero; pero no se determinaba en ello: le faltaba valor. «¡Qué
-asquerosamente cobarde soy! Yo tampoco tengo derecho a la vida», se
-dijo.
-
-Verónica, entretanto, no apartaba de Teófilo los ojos. Lo escudriñaba,
-examinándolo de arriba a abajo, y no se resolvía a decidir que fuese
-una persona tejida con la misma estofa burda del resto de los hombres.
-Hasta la absoluta ausencia de ella en que Teófilo se mantenía, como
-si realmente la muchacha no existiese, era para Verónica muestra
-inequívoca de grandeza, digna de veneración. Verónica hubiera dado
-media vida porque Teófilo le otorgara el honor, que ella no merecía, de
-hablarle con simpatía y afecto. En suma, estaba tan absorta en el culto
-de Teófilo, que no paraba atención alguna en lo que hablaban los otros
-dos hombres, en el comedor.
-
-Por incógnitas razones, una palabra de Tejero vino a herir el oído de
-Teófilo y a sacarle de sus meditaciones. Enderezó el torso, y, a pesar
-suyo, fue siguiendo el curso de la conversación entre Antón y Alberto.
-
-La voz de Tejero:
-
---Sí, un mitin. Los jóvenes tenemos el deber moral de hacer política
-activa, Alberto, de pensar en los destinos de la patria. Toda otra
-labor es estéril si no se ataca lo primero el problema de la ética
-política. La última crisis ha sido bochornosamente anticonstitucional
-y avergüenza pertenecer a una nación que tales farsas consiente. Y
-luego, ¡qué Gabinete el nuevo! Las heces de la inmoralidad pública.
-Ese don Sabas Sicilia, un viejo cínico y corrupto, como todos saben,
-acusado de negocios impuros en connivencia con el erario del Estado...
-La podre de la podre. Y los demás del mismo jaez. Quiero que celebremos
-un mitin los jóvenes. Usted tiene que hablar. Buscaremos algunos más;
-por supuesto, sin tacha en la conducta. ¿No le parece bien que haya
-un orador para representar cada orden de actividad intelectual? Un
-novelista, por ejemplo, un poeta, un crítico..., etcétera, etc. Que
-vean que la juventud es antidinástica, limpia y peligrosa.
-
-Teófilo pensó: «¿Cómo he podido ser tan miserable y flaquear ante la
-tentación de tan ruin delito? Una ratería... ¡Si mi madre pudiera
-adivinar!...» El corazón se le dilató, colmado de un vapor tibio y
-ascendente, carne ingrávida y efímera de una nueva quimera. «Un joven
-español no tiene porvenir como no sea en la política.» Y Teófilo
-imaginábase ya conduciendo, por la virtud de su elocuencia, vastas
-muchedumbres, con la misteriosa agilidad con que el viento conduce
-rebaños de nubes. Se acercó a la mesa, y en un trozo de papel escribió
-con lápiz:
-
- «_Querido Alberto: He oído lo del mitin. Me parece una bella idea.
- Es hora que la juventud tenga un gesto bello. ¿Queréis aceptarme
- como orador-poeta? Espero que sí. Me prepararé lo mejor que pueda.
- Avísame el día. Ocurre también que por razones privadas_ (como no
- estaba seguro de la ortografía de _privado_ trazó a mitad de la
- palabra un tipo mixto entre _b_ y _v_) _aborrezco al viejo cipote
- teñido: aludo a don Sabas Sicilia. Te dejo esta nota porque llevo
- mucha prisa y no puedo detenerme. Un abrazo,_
-
- TEÓFILO.»
-
-Salió sin despedirse de Verónica. Llegó al vestíbulo; quedose mirando
-un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se apoderó
-de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la cerró
-sin mover ruido; huyó escaleras abajo, y cuando llegó al portal se
-preguntó: «¿Qué he hecho?» Giró sobre los talones y comenzó a subir
-las escaleras con propósito de restituir lo robado. Pero, ¿cómo iba a
-hacerlo sin que lo echaran de ver? Salió a la calle. Metió las manos en
-los bolsillos de la chaqueta y tropezó con los rollos de dinero, que
-le escaldaron los dedos. Anduvo a pique de arrojar lo robado por una
-boca de alcantarilla, pero se arrepintió al instante. «¡Qué estupidez!»
-Murmuró: «Soy un cobarde que no merece vivir.» Comenzó a considerar
-lo que acontecería en casa de Alberto. Quizás habían descubierto ya
-el robo y dado necesariamente con el autor. Tendría que escaparse de
-Madrid y acaso de España. Era lo mejor; emigraría con Rosa a un país
-en donde el costo de la vida no fuera en detrimento de la dignidad.
-¡Adiós, maldita España, para siempre! Se iría a América, y con el
-primer dinero que ganase indemnizaría lo robado. Por lo pronto fue a
-casa del camisero, y después de presentar la carta de Alberto, apartó
-dos docenas de calcetines y varias corbatas, y encargó una docena
-de calzoncillos y docena y media de camisas. Después fue a casa del
-sastre; anduvo irresoluto gran tiempo ante las piezas de paño, sin
-saber por cuales decidirse, y a la postre seleccionó tres trajes y un
-gabán. Tomole el sastre las medidas y disponíase Teófilo a salir del
-establecimiento cuando el sastre le detuvo.
-
---Usted perdone, señor Pajares; pero estamos tan escamados en fuerza de
-micos, que aquí tenemos por costumbre no hacer ropa, como no sea a un
-parroquiano antiguo, si no se paga por anticipado la mitad del importe
-de la factura.
-
---Pero, el señor Díaz de Guzmán responde por mí.
-
---No, señor, no responde.
-
---¿Cómo que no? Él me ha dicho que sí.
-
---En efecto, en esta carta me dice que responde por usted. Pero esto no
-me basta. Puesto que el señor Díaz de Guzmán está dispuesto a responder
-de veras, dígale que me firme un pagaré por quinientas pesetas, que es
-el importe de su factura. A no ser que usted quiera, que se me figura
-que no querrá --el sastre sonrió de manera ofensiva--, hacerme el
-anticipo de doscientas cincuenta.
-
-Teófilo se engrifó, herido en su altivez.
-
---No llevo conmigo doscientas cincuenta. ¿Le bastan a usted doscientas
-por ahora?
-
---Perfectamente, no hago hincapié en las cincuenta.
-
-El sastre no creía lo que veía, y esto era cuarenta contantes y
-sonantes duros en plata. Empleó veinte minutos en examinar uno por uno
-los duros, porque le había entrado la sospecha de que Teófilo era un
-monedero falso, y en cerciorándose de que todos poseían la apetecida
-legitimidad, como salidos de las arcas del fisco, sonrió graciosamente
-a Teófilo y dijo así:
-
---Usted perdone que los haya mirado tan despacio; he recibido tanto
-chasco... La ropa estará lista en ocho días.
-
---Tiene que ser en cinco, a más tardar.
-
---Haremos lo posible. Se me olvidaba decirle que, como de los
-escarmentados, y tal, y el gato escaldado, y tal, en este
-establecimiento tenemos por costumbre no entregar los encargos hasta
-tanto que no nos hayamos reintegrado del importe total, como no sea
-cuando se trata de algún parroquiano antiguo.
-
---Muy bien. Me parece que será la última ropa que me haga aquí. Buenas
-noches.
-
-Teófilo salió de la sastrería con un temor más que vago de que las
-por él mal adquiridas doscientas pesetas le iban a valer al sastre
-cien años de perdón. Casi se alegraba, y sentía que la conciencia se
-le aligeraba, como si el espectáculo de la picardía ajena mermase la
-vergüenza de la suya propia. «Me está bien empleado», discurría. «Sin
-duda existe una justicia natural; pero esta justicia natural no es
-menos venal que la justicia social: dura para los hambrientos; untuosa
-para los hartos. Unos medran con latrocinios, sin duda porque son
-ladrones de ladrones, que roban en junto y sin esfuerzo lo que a los
-ladronzuelos les costó trabajo y remordimientos añascar; otros, en
-cuanto les apunta la uña, viene la justicia a cercenarles la mano. Dios
-es tan cohechable como el mísero juez que un cacique crea a su medida.»
-
-En estas consideraciones acertó a pasar frente a la _Maison Dorée_.
-Un grupo de amigos le saludó. Entre ellos se hallaba un pintor llamado
-Quijano. Teófilo le llamó aparte; había tenido una idea feliz.
-
---Tengo que pedirte un favor, Quijano.
-
---Por de contado.
-
---Tú tienes una casa en El Escorial, ¿verdad?
-
---Sí.
-
---¿Puedes prestármela unos días?
-
---¿Cómo prestártela?
-
---Cedérmela.
-
---Claro que sí.
-
---¿Hay muebles?
-
---Ya lo creo, los necesarios.
-
---Te advierto que es para ir con una mujer.
-
---Eso, allá tú. Te enviaré la llave.
-
---Yo vendré aquí mañana a recogerla.
-
-Se despidieron. «Menos mal», pensó Teófilo. Y con aquel su ánimo
-tornadizo, que así se entenebrecía como se iluminaba, dio por sentado
-ahora que todo le iba a salir a pedir de boca. Sin embargo, sentía
-recóndita desazón o reconcomio que no llegaba a malestar definido,
-igual que una persona a quien se le ha olvidado que le duele un callo.
-El dolor de callos de Teófilo estaba en la conciencia: era el primer
-callo, tierno aún y en formación.
-
-A la hora de cenar no discutió con Santonja, por más que este le
-azuzaba, ni realizó aquellas proezas deglutivas que a todos los
-huéspedes admiraban y a la patrona le metían el corazón en un puño.
-Retirose a su aposento, y allí, ante la vista de la carta de su madre,
-hecha pedazos, la desazón y reconcomio de antes se hicieron vergüenza
-y miedo. Paseó un gran rato dentro de la angosta estancia; pero
-haciéndosele insoportable la pesadumbre de sus cavilaciones, salió
-a la calle, y, así como, a lo que se dice, el criminal, por impulso
-irresistible, acostumbra volver varias veces al lugar del crimen,
-Teófilo fue a casa de Alberto, decidido a enterarse de lo que había
-pasado y a afrontar sus consecuencias.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Antón Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones
-tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su
-persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras
-completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas
-de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la
-admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos,
-sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que
-la admiración. Filósofo, al fin, era demasiadamente inclinado a
-las frases genéricas y vanas. Era también muy entusiasta, y como
-toda persona entusiasta, carecía de la aptitud para emocionarse. De
-talentos retóricos nada comunes, propendía a formular sus pensamientos
-en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le
-acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. Por ejemplo, había
-anticipado el remedio de los males que acosan a España, con estas
-palabras: «España se salvará, alzándose a la dignidad de nación
-civilizada, el día que haya nueve españoles capaces de leer el Simposio
-o banquete platónico en su original griego.» A esto, Luis Muro, el
-poeta cómico, había respondido en la sección «Grajeas» del diario _La
-Patria_:
-
- Dan gusto nueve al garguero
- en el festín de Platón;
- mas, diga el señor Tejero,
- ¿y el piri, coci o puchero
- del resto de la nación?
-
-Sancho Panza, que no andaba mal de filosofía parda, y Juan Ruiz habían
-asomado en el tintero del poeta jocoso.
-
-La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos,
-de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la
-realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de
-los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre
-teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies
-producían la ilusión de estar abiertos en un ángulo mayor de noventa
-grados, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia
-peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa
-con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida.
-
-Hablaba ahora con Alberto, acerca de la última crisis política y le
-proponía celebrar un mitin de protesta.
-
---Tenemos que hacer muchas cosas, Alberto --decía, y su corazón
-rezumaba caricioso óleo de esperanza--. Este mitin dará mucho qué
-hablar. ¿Qué dice usted de la idea del mitin?
-
---Hombre, la verdad, yo no sirvo para orador. De seguro haré un triste
-papel.
-
---¡Qué disparate! Yo le aseguro que tiene usted grandes condiciones, y
-si no, al tiempo.
-
---Aparte de las condiciones, es que lo considero tiempo perdido; me
-falta el entusiasmo, la vehemencia del que se propone algo asequible.
-Porque, ¿qué nos proponemos nosotros?
-
---¿Qué? Muchas, muchas cosas; enormidades. Despertar la conciencia del
-país; inculcar el sentimiento de la responsabilidad política; purificar
-la ética política...
-
---Está muy bien; pero no veo la necesidad de un mitin. Todo eso hay que
-hacerlo, pero en otras partes y de manera más eficaz. ¡Discursos!...
-Ese pobre D’Annunzio, de quien se dicen tantas y tan necias perrerías,
-me parece a mí que ha dado en el clavo cuando asegura que la palabra
-oral, dirigida directamente a la muchedumbre, no debe tener como fin
-sino la acción, y ella a su vez ha de ser acción violenta. Solo, añade,
-con esta condición, un espíritu algo seguro de sí propio es capaz, sin
-disminuirse, de comunicarse con la plebe por medio de la virtud sensual
-de la voz y del gesto. En cualquiera otro caso, concluye, la oratoria
-es un juego de naturaleza histriónica. No perdamos el tiempo, querido
-Antón, en romanzas de tablado. ¿A qué esforzarnos en dar a España una
-educación política que no necesita aún, ni le sería de provecho? Lo
-que hace falta es una educación estética que nadie se curó de darle
-hasta la fecha. Mire por una vez siquiera, querido Antón, alrededor
-suyo y hacia atrás en nuestra literatura, y verá una raza triste y
-ciega, que ni siquiera puede andar a tientas, porque le falta el resto
-de los sentidos. Labor y empresa nobilísimas se nos ofrece, y es la
-de infundir en este cuerpo acecinado una sensibilidad; despertarle
-los sentidos y dotarlo de aptitud para la simpatía hacia el mundo
-externo. Hay un fenómeno rudimentario en psicología, y es que, cuando
-por cualesquiera circunstancias los sentidos nos han informado mal o
-a medias de una cosa, creemos conocerla más profundamente y hallarnos
-en vísperas de algún descubrimiento genial, porque aquel esfuerzo
-nebuloso que el intelecto hace por desentrañar el sentido de los datos
-insuficientes y la desazón que en consecuencia sentimos nos provocan
-una a manera de misteriosa emoción, como si alguna inteligencia
-trascendental obrase en aquellos momentos a través de nosotros,
-otorgándonos un don divino de presunta adivinación. Esto y no otra cosa
-es el misticismo: _el parto de los montes_. Somos una raza con los
-sentidos romos, a través de los cuales la realidad apenas si se filtra
-a intervalos y deformada, por donde la inteligencia está de continuo
-en aquel punto de esfuerzo nebuloso y _desazón gustosa_, como decían
-los místicos, como si Dios en persona estuviera para revelársele en su
-interior morada. Todo español es un místico en este sentido: un hombre
-en vísperas de la omnisciencia, y esta adquirida por vías infusas. El
-idioma que hemos de usar los escritores es un idioma elaborado, batido
-y ennoblecido por los místicos, un idioma a propósito para expresar
-aquel _esfuerzo y desazón gustosos_, para expresar lo _inefable_;
-es decir, para decir que no se tiene nada que decir, y si acontece
-que se tiene algo que decir, cuesta Dios y ayuda dar con la forma
-sobria, exacta y sugestiva. Un pueblo que no tiene sentidos no puede
-tener imaginación; por eso, con solo una ojeada a través de nuestras
-antologías líricas, se viene a dar en la cuenta de que imágenes y
-tropos, siempre los mismos, en nuestros poetas no nacen directamente
-de la contemplación de las cosas o confundidas con las emociones del
-cantor, sino que son prendas de vestir o botargas que ya existían de
-antemano y que el poeta toma al azar o después de precipitada elección,
-porque sus ideas y sentimientos no salgan desnudos y en vergonzosa
-entequez; son, en resolución, como calzado de bazar que cría callos, y
-así anda la poesía de encallecida y coja. Y para concluir, sin sentidos
-y sin imaginación, la simpatía falta; y sin pasar por la simpatía no
-se llega al amor; sin amor no puede haber comprensión moral; y sin
-comprensión moral no hay tolerancia. En España todos somos absolutistas.
-
-Tejero sonreía, condescendiente:
-
---No le falta razón en muchas de las cosas que dice; pero son algo
-desordenadas, necesitan mayor objetividad --a Tejero le mareaba el que
-su interlocutor discurriese con ímpetu. En tales casos, el reproche que
-acostumbraba hacer era la falta de objetividad, de cientificismo, como
-un aviador que definiera los pájaros: «Aficionados a la aviación»--.
-Pss... no está mal. Sí; es necesario colocar bien el problema de la
-estética. En Alemania se preocupan mucho de estética. ¿De dónde hace
-usted arrancar la estética?
-
---He pensado bastante acerca de ello; pero no lo he ordenado aún, como
-usted dice. Para mí, el hecho primario en la actividad estética, el
-hecho estético esencial es, yo diría, la confusión (fundirse con) o
-transfusión (fundirse en) de uno mismo en los demás, y aun en los seres
-inanimados, y aun en los fenómenos físicos, y aun en los más simples
-esquemas o figuras geométricas: vivir por entero en la medida de lo
-posible las emociones ajenas; y a los seres inanimados henchirlos y
-saturarlos de emoción, _personificarlos_.
-
---Hay sus más y sus menos; pero, en fin, ese es el concepto que domina
-hoy toda la especulación de la estética alemana, el _einfühlung_. Se ve
-que ha leído usted algo acerca de ello.
-
---No he leído nada.
-
---¿Que no? Pues, ¿quién se lo ha enseñado a usted?
-
---Hombre, la cosa es tan clara que hace tiempo que yo mismo lo había
-descubierto; pero quien me lo ha hecho penetrar más cabalmente ha
-sido... una prostituta.
-
-Tejero se puso serio.
-
---¡Cuándo se dejará usted de hacer humorismo!
-
-Alberto se encogió de hombros.
-
---Se hace tarde y yo tengo que irme. Quedamos en que usted será uno de
-los oradores del mitin.
-
---Ya le he dicho lo que pienso; pero, en último término, si usted se
-empeña...
-
---Sí, sí, me empeño; y lo hará usted muy bien.
-
-En esto entró Angelón. Alberto presentó a los dos hombres, que no
-se conocían, y Angelón, así que cambió las acostumbradas fórmulas
-corteses, se retiró, mirando de través a Tejero y Alberto, y por las
-trazas muy malhumorado. Volvió a los dos minutos con un papel, que
-entregó a Alberto: era la carta de Teófilo. Alberto la leyó en voz alta:
-
---¿Qué dice usted?
-
---Hombre, bien. Pajares dará la nota pintoresca. Ea, adiós, querido
-Alberto.
-
-Salieron al vestíbulo. Alberto tomó el gabán de Tejero y le ayudó a
-vestírselo.
-
---Hay que centrarse, Alberto --aconsejó Tejero, en tanto realizaba una
-flexión de riñones, a fin de acertar con el agujero de la manga derecha.
-
---¿Centrarme? Diga usted que lo que necesito, como todos los españoles
-necesitan, es descentrarme. ¿Conoce usted aquellos versos de Walt
-Whitman: _I am an acme of things accomplished?_
-
-Tejero respondió:
-
---No.
-
---«Soy, dice, la cima de todas las cosas realizadas y el compendio de
-cuantas se han de realizar... A cada paso que doy piso haces de siglos;
-y entre paso y paso, más nutridos haces... Allá lejos, en lo pretérito,
-entre la enorme primera Nada, ya estaba yo allí... Inmensas han sido
-las preparaciones para mí... Centurias y centurias condujeron mi cuna a
-través del tiempo, remando y remando como alegres boteros... Todas las
-fuerzas han sido empleadas abundosamente para completarme y placerme,
-y heme aquí, en el centro del mundo con mi alma robusta.» Estos versos
-debieran titularse: _Nací en la Mancha._
-
---Es usted tremendo --Tejero dio dos cariñosas palmaditas en el hombro
-de Alberto, y después de despedirse salió escaleras abajo y luego a la
-calle.
-
-Sentía una rara impresión de ligereza e ingravidad. Iba pensando:
-«Ello es un sentimiento espiritual, sin duda; pero tan neto y
-determinado que casi parece una sensación física.» Las fuerzas
-expansivas de un entusiasmo sordo le acariciaban el espíritu, pero
-volvía insistentemente a requerirle la atención aquel sentimiento
-de ingravidad que era muy aplaciente e intenso. Se acordó de San
-Ignacio de Loyola, el cual acostumbraba conocer si sus visiones y
-pensamientos venían de Dios o del diablo, según el estado consecutivo
-que determinasen; si le traían serenidad y sosiego, es que habían sido
-inspiradas por Dios; de lo contrario, su origen era satánico. Y también
-de Epicuro, que decía: «¿Cómo conoceréis si es natural una necesidad y
-habéis de satisfacerla, o es contra naturaleza y habéis de extirparla?
-Por la sensación recibida: si a la satisfacción de lo que se juzga
-necesidad se le sigue placer, quiere decir que era necesidad conforme
-a naturaleza; si sufrimiento, es porque no era necesidad natural.» Y
-Tejero, sonriéndose, se preguntaba: «¿Qué divina inspiración, o qué
-acto meritorio, o qué necesidad natural he recibido, hecho o satisfecho
-sin haberme dado cuenta?» Hasta que al pasar por delante de un librero
-a quien debía una cuenta de libros dio con la causa de su ingravidad.
-«¡Caracoles! --exclamó a media voz, con la sangre helada--. ¡Ya lo
-creo que era sensación física!...» Recobrose en seguida, y pensó: «No
-me venían mal a mí; pero al que se las ha llevado de seguro le hacían
-mucha más falta. ¡Que le hagan buen provecho!» Y siguió adelante, con
-el mismo sentimiento de ligereza alada en el corazón, pero ahora más
-intenso y aplaciente aún.
-
-
-
-
-X
-
-
-De las miradas de través que Angelón había dirigido así a Tejero como
-al propio Guzmán, y de su manera de vagar inquietamente con la cerviz
-algo inclinada, muy mal síntoma en él, Alberto había deducido que algo
-difícil de digerir tenía en el buche su gran y grande amigo. Apenas
-marchó Tejero, Guzmán acudió adonde Ríos estaba, por averiguar las
-razones de su irritación, bien que no fuera difícil de presumir que la
-escasez de dinero tenía la culpa de todo.
-
-En el gabinete había, además de Angelón y Verónica, un mozo como de
-veinte a veinticinco años, de cara muy abierta y maliciosa, ojos
-socarrones y un cauto sonreir como de burla. Vestía a lo menestral,
-tirando a lo señorito.
-
---Buenas noches --habló el mozo.
-
---Hola, Apolinar.
-
-Que tal era su nombre, Apolinar Murillo, de oficio encuadernador,
-nacido en la calle de Embajadores, madrileño castizo y doctor graduado,
-si los hay, en cuantos rentoys, máculas, socaliñas y artificios tiene
-la picaresca de hogaño. Profesaba por Angelón Ríos la entusiasta
-asiduidad del jabato al jabalí colmilludo. Venía con frecuencia por
-casa de Angelón: este le decía: «Dame acá la panoplia», y Apolinar le
-presentaba recado de escribir. Angelón escribía algunas cartas que eran
-otros tantos _sablazos_ o peticiones de dinero, y Apolinar después las
-traspasaba de la diestra del esgrimidor al corazón de sus víctimas.
-Pero Apolinar tenía ya aspiraciones personales, y pareciéndole España
-país harto esquilmado y poco a propósito para lograr en él nada de
-sustancia, había rogado a su protector que viera de buscarle un pasaje
-para América, el cual Angelón obtuvo gratis, y no solo esto, sino
-también un pase de ferrocarril de Madrid a Barcelona, en donde había de
-embarcar. Le faltaban ya muy pocos días para salir de España.
-
-Aquella mañana había repartido Apolinar catorce cartas de Angelón; pero
-las víctimas eran víctimas acorazadas y no soltaron un céntimo. Volvió
-con tan desconsoladores informes a un café en donde Ríos le esperaba,
-y por la manera que este tuvo de recibirle comprendió el mozo que su
-protector estaba con el agua al cuello.
-
---¿Puedes venir por la tarde a eso de las cinco a este mismo café?
-
---Natural.
-
---Tendrás que llevar otras dos o cuatro cartas. Estas son seguras.
-
-Contra cálculos y deseos de Angelón, el resultado de las cartas de
-la tarde fue como el de las otras de la mañana, nulo. Retornaba al
-café Apolinar muy amurriado y diciéndose para su sayo: «¡Concho con
-don Ángel! Debe de estar pasando pero que las morás. Y él será lo
-que se quiera, pero pa los afeztos le va el nombre que lleva como
-las propias rosas. Y na, que a lo mejor, hoy, no ha catao entavía
-el piri.» Iba discurriendo a este tenor, según se dirigía al café y
-aguzando el ingenio por hallar un medio con que acudir en ayuda de
-Angelón, y de esta suerte demostrarle agradecimiento por los favores
-recibidos, cuando acertó a pasar por delante de una pescadería. Sobre
-unos caballetes, a la entrada del tenducho, yacían diferentes peces y
-crustáceos, y en lo más conspicuo del tinglado hasta media docena de
-merluzas gigantescas.
-
-La calle estaba oscura y despoblada en aquella sazón. Entre el
-pescadero y la puerta había un grupo de cocineras, de espaldas a la
-entrada. Apolinar agarró una merluza por la cola, tiró con tiento y se
-apoderó de ella; siguió calle adelante sin apresurarse, luego se perdió
-en las sombras de un callejón, buscó más tarde un puesto de periódicos
-y allí envolvió la merluza, y en llegando al café se detuvo en la
-puerta e hizo señas a Angelón que saliera.
-
---Pues na, don Ángel, que las epístolas misivas de la tarde han tenido
-las mismas vecisitudes que por la mañana. Ni esto. Pero que como me
-caía al paso, voy y me detengo en mi casa. Pues na, que mi madre que
-le está a ustez muy agradecía por lo del pasaje y demás, pues le había
-comprao una merluza pa ustez. Yo le digo: «madre, vaya un regalo. Ya
-pudo ocurrírsele a ustez comprar una caja de puros.» Verdaz que como
-ustez no fuma. Es una nimiedaz.
-
---Gracias, Apolinar. Dale las gracias a tu madre --rezongó Angelón y
-echó a andar seguido del joven con la merluza, y así llegaron a casa.
-
-Cuando entró al gabinete Alberto, el envoltorio de la merluza estaba
-sobre una mesa de peluche rojo.
-
---¿Qué es eso? --inquirió Alberto.
-
---A usted ¿qué le importa? --dijo Angelón.
-
---Pero vamos a ver, ¿qué le ocurre a usted hoy?
-
---¿Qué le ha dicho usted a Verónica? Yo trabajando por usted, y usted
-entretanto...
-
---Pero, ¿qué he dicho?
-
---A ver si vais a reñir por una tontería --interrumpió Verónica--. Se
-refiere a lo de no tener dinero, que tú me has descubierto. No seas
-tonto, Ángel; si a mí me hace una gracia atroz...
-
---¡Bah! ¿Eso era todo? No sea usted niño --y volviéndose a mirar la
-merluza--: Pero ¿qué es eso tan rezumante y tan mal oliente?
-
---Una merluza que me regala la madre de Apolinar. Una merluza... ¿Qué
-hacemos con una merluza? --Angelón habló con visible malhumor.
-
---Comérnosla --acudió Verónica.
-
---O empeñarla --intervino Apolinar con zumba.
-
---¿Eh? --Angelón apretó las cejas, permaneció meditabundo unos
-instantes, y al cabo soltó el trapo a reír, con enorme jocundidad--. Tú
-lo has dicho. A empeñarla. Una merluza no es un bien pignorable; pero,
-¿para qué me dio Dios labia y trastienda? ¡A empeñarla! ¿Cuánto pesará?
---la sompesó--. Lo menos ocho kilos. ¿Cómo está el kilo de merluza,
-Verónica?
-
---Chico, no sé ahora. Solía costar de cinco a seis pesetas...
-
---Cinco por ocho cuarenta. ¿Que nos dan la mitad del precio? Veinte
-pesetas. Sea como sea, en menos de veinte no la dejamos.
-
---¿Por qué no la vendéis en una pescadería? Es lo mejor --aconsejó
-Verónica.
-
---Quita tú allá --atajó Apolinar--. Lo primero que ahora estarán
-cerradas.
-
---¡A empeñarla! --gritó Angelón, y se rio otra vez a carcajadas.
-Apolinar y Verónica le hacían el acompañamiento.
-
-Antes de media hora estaban de vuelta Angelón y Apolinar. Traían
-diferentes comestibles fiambres, pan y vino, y daban señales de mucho
-alborozo.
-
-Sentáronse todos cuatro a la mesa, y entre comida Ríos refirió,
-entreverándolo con risotadas, el famoso lance de la pignoración y cómo
-había tenido una polémica con el prestamista acerca de los bienes
-fungibles y no fungibles y la naturaleza jurídica del préstamo con
-prenda. En suma, que la merluza había dado de sí dieciséis pesetas.
-Verónica mostraba gran regocijo.
-
---Pues si te vas a América, Apolinar, con la esperanza de encontrar
-cosas extraordinarias, buena desilusión te espera, hijo --observó
-Angelón--. De seguro en América no se empeñan merluzas.
-
---¿Cuándo marchas? --preguntó Alberto.
-
---La salida del barco es p’al dieciocho. Pero, es el caso... --Apolinar
-sonrió apicaradamente--. Es el caso que ya va para dos años que una
-gachí, que es talmente una fototipia sin ezsageración, me tiene
-arrebatao y si cae o no cae; pero, ¡miau!, dice que no hay de qué como
-no la conduzca al tálamo. Y yo, la verdá, marcharme sin conseguir
-el fruto de mi trabajo de dos años, me paece feo. Conque estamos en
-estas, y el tiempo corre y hay que despachar. Se llama la Concha y está
-sirviendo con una que la dicen la Rosina. Y como digo, la niña se
-merece cualquiera cosa. Si ustedes la vieran...
-
---Yo la conozco, y digo como tú que se merece cualquiera cosa. No seas
-pazguato y aprovéchate antes de marchar --amonestó Ríos.
-
---¿No te da vergüenza decir esas cosas? --habló Verónica.
-
---¡Bah! --exclamó Angelón, enarcando las cejas en extremo--. Y ella,
-¿sabe que te marchas?
-
---Vamos, ¿se lo iba yo a decir? Ni que fuera un pipi. Ahora el
-subterfugio es convencerla de que va a haber enlace.
-
---Y serás capaz. ¡Qué asquerosos sois! --comentó Verónica, enojada--.
-¿Qué dices tú, Alberto?
-
-Alberto se encogió de hombros.
-
-Después de la comida se presentó otro visitante, Arsenio Bériz, un
-mancebo levantino, hijo de familia, que había venido a Madrid a
-concluir la carrera de Filosofía y Letras; pero habiendo caído en
-el Ateneo y hecho en él algunas amistades con escritores, se había
-contagiado del virus literario y concebido grandes ambiciones, de
-manera que, dejando para siempre los libros de texto, se pasaba la
-vida hojeando novelas y tomos de versos y ensayándose en el cultivo
-de todos los géneros literarios: crítica, novela, poesía, con gran
-despejo y desenvoltura. Vestía de luto, e iba siempre acicalado con
-meticulosidad. La salud, mocedad y alegría que de continuo bañaban
-su rostro le hacían atrayente. Sus ojos, menudos y muy penetrativos,
-andaban siempre como volando sobre las cosas externas e inducían al
-recuerdo de esos livianos insectos que en ninguna parte se detienen y
-cuya forma de conocimiento es clavar el aguijoncillo por un segundo
-en todas partes. No tenía ideas en la cabeza, sino un enjambre de
-pequeñas sensaciones polícromas y zumbadoras, que transparecían en
-la expresión del rostro infundiéndole extraordinaria y simpática
-movilidad. No disimulaba que el motivo esencial de su conducta era el
-espíritu de lucro a la larga, y, en todo caso, la satisfacción de su
-propio interés. Constituía un espécimen típico del hombre del litoral
-mediterráneo, y en el trato de gentes adoptaba la norma semítica del
-igualitarismo. Tuteaba a cualquiera a poco de hablarle, y se conducía
-con gracioso desparpajo, aun ante personas muy respetables por la edad,
-la dignidad, el gobierno o el mérito, las cuales, por lo general,
-celebraban el desenfado del joven. A los pocos meses de estar en
-Madrid entraba y salía en escenarios, ministerios y redacciones como
-en su misma casa, y a los pocos minutos después que llegó al comedor
-de Angelón, hablaba con este, Verónica y Apolinar como si fueran
-habituales camaradas suyos de holgorios, y los había visto aquella
-noche por vez primera. Lo mismo hizo con Pilarcita, la hermana de
-Verónica, y su madre, que llegaron un cuarto de hora detrás de él.
-
-Venía la vieja con firme resolución de pedir dinero a Angelón, y así la
-vieja como la niña traían las tripas en ayunas. Pilarcita se precipitó
-a arrebañar los despojos de comida que en la mesa quedaban, y bebió
-dos vasos de vino, el cual subió al instante a encenderle el rostro
-y alindárselo, y ya de suyo era muy lindo; pero estaba algo anémica
-a causa de la falta de alimentación y de la edad crítica por que
-atravesaba, y su color era de ordinario triste y amarillento.
-
-Bériz se aplicó al punto a requebrar a la muchacha y acercarse a ella
-cuanto podía, a lo cual correspondió Pilarcita con muchos dengues y
-fingidos desdenes y ojeadas fugitivas, por donde a las claras daba a
-entender que el joven le gustaba.
-
-Aunque hostigada por el hambre, la vieja no sabía cómo arreglárselas
-para pedir dinero, y así tomó a Verónica de intermediaria, y en un
-descuido, teniéndola aparte, la conminó a que ella lo pidiese;
-Verónica, a su vez, endosó el encargo a Alberto, que se prestó a
-cumplirlo de buen grado.
-
---Después del gasto de la comida no me quedan sino siete pesetas
---respondió Angelón.
-
---Pues déselas usted.
-
---Justo, ¿y mañana?
-
---Mañana, Dios dirá; es su frase de usted.
-
---Tome usted cinco y déselas.
-
-Alberto trasladó las cinco pesetas a la mano de Verónica y esta a la
-de su madre. La vieja quería protestar de aquella mezquindad, o cuando
-menos llevarse a Verónica:
-
---Hija, te vienes conmigo esta noche, con cualquier pretexto, y así,
-que entre en celos y suelte la mosca. A lo mejor no le has dicho que
-estamos muy apuradas, porque, cuidao, ties una asaura que te cuelga,
-Veri. Nada, que hoy te vienes con nosotras.
-
---¡Quia! Me paece a mí que usté está chalá, madre.
-
---¿A que te ha dao dinero a ti y te lo has gastao en trapos o en
-perfumes?
-
---No es por ahí, madre.
-
---Vaya, que no me cabe en la cabeza, un señorón como él.
-
-Verónica se apartó de la vieja y fue a colocarse entre Bériz y
-Pilarcita, interrumpiéndoles la cháchara, porque suponía que Alberto,
-aunque lo disimulase, sufría en aquella coyuntura resquemor de celos.
-
-Llamaron a la puerta, salió Angelón a abrir y a poco apareció de nuevo
-acompañado de Juan Halconete, cogiéndole del brazo. La figura, el aire,
-el rostro, orondo y rubicundo de Halconete tenían abacial prestancia.
-Saludó, inclinándose en los umbrales, con ruborosa y sonriente timidez,
-y luego avanzó hasta Alberto y se sentó al lado suyo.
-
---He encontrado a Tejero en la calle de Alcalá y me ha dicho que
-estaba usted algo enfermo. ¿Qué es ello?
-
---Nada, realmente.
-
---Me alegro. Conque un mitin, ¿eh? Este Tejero es hombre de grandes
-arranques. Nada menos que va a salvar a España. En verdad que me deja
-perplejo este joven... Por lo pronto, no se contenta con menos que con
-exterminarnos a todos los que somos conservadores.
-
---Usted no es conservador.
-
---Lo soy, y convencido.
-
-En el rostro de Halconete había siempre singular combate entre la boca,
-demasiadamente pequeña y una sonrisa sutil que pugnaba, sin cejar, por
-abrirla y distenderla; y era esto de manera tan sugestiva y paradójica,
-que hacía pensar en esos chicuelos que conducen por la calle un gran
-perro atado con un cordel, y el perro tira de un lado, el chico de otro
-y andan en un vaivén que amenaza romper la cuerda. Cuando la cuerda
-rompía, muy de tarde en tarde, Halconete dejaba en libertad, repartida
-en varios tiempos o saltos, una carcajada opaca.
-
---Usted no es conservador o se cansará muy pronto de serlo. Me
-explicaré. Yo creo que todas las cosas, así de la materia como del
-espíritu, en último análisis, quedan reducidas a tres términos o a tres
-dimensiones. De aquí viene, sin duda, la existencia de una trinidad en
-la mayor parte de las religiones y el suponer al número tres dotado de
-virtudes místicas. La política es el arte de conducir a los hombres.
-Ahora bien; se puede creer, primero, que el hombre es fundamentalmente
-malo y no tiene remedio; segundo, que es fundamentalmente bueno, y
-los malos son los tiempos o las leyes; tercero, que no es lo uno
-ni lo otro, sino un fantoche, o por mejor decir, que es tonto.
-Según se adopten uno de estos tres postulados, se es en política,
-primero, conservador; segundo, liberal, y tercero, arribista, como
-ahora se dice. Claro que en España la grey política se compone casi
-exclusivamente de arribistas, o sea, hombres que juzgan tontos a los
-demás y no piensan sino en medrar, como quiera que sea. También pienso
-que hay conservadores de buena fe, y a estos la lógica les impone como
-único instrumento de gobierno el palo y tente tieso. No niego que
-haya uno que otro liberal; pero no se mezclan en la política activa,
-y así va el partido. Si del hombre en particular pasamos al universo,
-cuya expresión es el arte, se puede creer que el mundo es malo, que
-el mundo es bueno o que el mundo es tonto; es decir, tenemos el arte
-melodramático, el arte trágico y el arte humorístico. Pues yo digo, y
-perdóneme la franqueza, que usted no puede ser conservador sincero,
-como no puede ser un urdidor de arte melodramático, sino, en todo caso,
-un poco arribista en política y un mucho humorista en arte.
-
-Halconete y Alberto estaban en un ángulo del comedor, alongados un
-trecho del resto de las personas, de manera que estas no podían oír lo
-que ellos entre sí hablaban. Cuando Alberto dio fin a su disquisición,
-Ríos, Bériz y Apolinar corrían la mesa a una parte, dejando libre el
-centro de la pieza. Halconete parecía observar la maniobra con mucho
-interés.
-
---¡Y ahora a bailar, niña! --jaleó Angelón, golpeando una botella con
-un cuchillo.
-
-Apolinar se había sentado en una actitud inverosímil, con la rabadilla
-tangente al borde del asiento, y las posaderas avanzando en el aire,
-que no parecía tener base segura de sustentación, y aún hizo más, que
-fue levantar una pierna y apoyarla por el tobillo en la rodilla de la
-otra, enhiestar el torso cuanto pudo, derribar hacia atrás la cabeza,
-batir palmas y castañuelear con los dedos, y arrancarse a canturrear
-por lo jondo.
-
-Pilarcita salió al centro de la estancia y comenzó a marcarse un tango
-que la madre comentaba con suspiros, enarcamientos de cejas y elevación
-extática de las pupilas.
-
---¡Qué niña! ¡Cómo pespuntea! --insinuaba la vieja, volviéndose a mirar
-a los concurrentes, como solicitando alguna prueba de aprobación,
-que todos otorgaron con prodigalidad, menos Verónica y Halconete,
-que era hombre muy callado y tímido. Pero, a pesar de su silencio y
-circunspección, Halconete era, de todos los allí reunidos, el que más
-refinada emoción recibía viendo bailar a Pilarcita.
-
-Bériz mostrábase evidentemente encalabrinado por obra y gracia de
-la joven, y esta, mareada de aclamaciones y jaleos, saltaba, reía y
-retozaba aquí y acullá, y al fin, volviendo al centro de la pieza diose
-a girar y girar sobre las puntas de los pies, hasta que las faldas se
-desplegaron al aire a modo de hongo o paracaídas, de suerte que dejaban
-en descubierto los blancos pantaloncillos, y las piernas, calzadas de
-negro, sutilísimas, maravillosas.
-
-Alberto observaba más a Halconete que a Pilarcita. Estaba Halconete
-con entrambas manos apoyadas sobre el puño del bastón; el aire de su
-persona era más abacial que nunca. Recordaba a aquellos pulidos abades
-de otro tiempo, doctos en Humanidades y meticulosos catadores de la
-vida y sus más recónditos placeres. Sus ojos, entre azules y violeta,
-eran, como el acanto de Plinio, dulces y casi fluidos, y se entornaban
-ahora para mirar a Pilarcita con gesto de suma voluptuosidad.
-Observando a Halconete, Alberto vino a caer en que había una cuarta
-postura frente a la vida, además de las que él había enumerado: se
-puede creer que el mundo es malo, o que es bueno, o que no es lo uno ni
-lo otro, sino tonto, y también se puede no preocuparse de cómo es, sino
-simplemente de que es, y por ser, gozarse en su existencia, sentirse
-vivir, decorar el presente con las más suaves fruiciones, o sea,
-contraer la obsesión del tiempo que corre. Esta cuarta postura engendra
-una estética y una ética peculiares y lleva consigo el sentimiento así
-de una gran ternura por lo huidero, fugitivo, frágil y momentáneo, como
-de una gran afición a aquello a que el tiempo no hace menoscabo, antes
-lo enaltece y mejora; en suma, el gusto de los amigos viejos, de los
-libros viejos, de los viejos vinos, tres cosas que ganan con los años,
-y de las adolescentes hermosas, lo más efímero de la tierra: gustos los
-cuatro que siempre han sido característicos del buen epicúreo.
-
---¡Estas cendolillas! --exclamó Halconete con acento algo agitado.
-(Cendolilla, mozuela de poco juicio.)
-
-Nuevos golpes a la puerta y segunda aparición de Teófilo. Venía lívido.
-
---Qué sorpresa... Nunca pude imaginar que volvieras --dijo Alberto.
-
-Teófilo livideció más aún; pensó: «Ya se ha descubierto.» Y balbuceó:
-
---¿Por qué?
-
---Porque has estado aquí esta tarde...
-
-Después de saludar a los presentes llamó aparte a Alberto. Preguntó:
-
---¿Qué ha dicho Antón Tejero?
-
---¿De qué?
-
---No disimules, porque necesito saberlo cuanto antes.
-
---¡Ah, ya! ¿Del mitin? Pues, muy bien. Leímos tu nota y Tejero dijo que
-venías que ni pintado para ocupar la casilla del orador-poeta. ¿Te ha
-picado también a ti la tarántula política?
-
-Teófilo pensó: «Este no sabe nada, porque no es posible que sea tan
-zorramplín y ladino.» Habló en voz alta:
-
---Dime, ¿llegó Angelón antes de que se hubiera marchado Tejero?
-
---Sí; algún tiempo antes. ¿Por qué lo preguntas? ¿Por si se ha enterado
-de lo del mitin?
-
---Justo --y pensó: «Quizás haya cargado él con el mochuelo.»
-
---Es tarde y yo me voy con Pilarcita --dijo la vieja, poniéndose en pie.
-
---Y yo les acompaño a ustedes hasta su casa --añadió Bériz.
-
-Despidiéronse. Bériz, a tiempo que daba la mano a Halconete, insinuole
-en voz bisbiseada este pronóstico:
-
---A la niña me la beneficio yo, si Dios quiere.
-
-Poco después de la vieja, la niña y el mancebo levantino, Halconete se
-marchó también, y Apolinar. Más tarde salieron Angelón y Verónica a
-tomar el aire y quedaron a solas Teófilo y Alberto. Habló este:
-
---Estoy fatigado, Teófilo. Voy a mi alcoba y me acostaré en unos
-minutos. No pienses que lo digo por que te vayas; es que no me siento
-nada bien.
-
---Tengo que irme yo también, en unos minutos, así que te haga una
-pregunta --la pregunta de Teófilo concernía al sastre.
-
-Alberto echó a andar hacia su alcoba; Teófilo le seguía.
-
-En la mesa de noche había un retrato de mujer, reclinado en el muro, y
-más arriba un papel manuscrito, sujeto con alfileres.
-
---¿Es tu novia?
-
---Sí.
-
---Es bonita. ¿Qué dice este papel?
-
---Son unas palabras de Goethe, que traducidas, dicen así: «Todos los
-días se debe por lo menos oír una pequeña canción, leer una buena
-poesía, ver un buen cuadro y, si fuera posible, decir algunas palabras
-razonables.»
-
---Para no perder el día, claro está.
-
---Según Goethe.
-
-Teófilo se recogió a recordar:
-
---Pues yo no he perdido el día. Todo eso hice y algo más.
-
---Yo no hice nada de eso.
-
-Teófilo se acercó al papelillo:
-
---Pues aún hay más aquí: «Día sin haber reído, día perdido» --Teófilo
-hizo por recordar de nuevo--. Si ello fuera verdad, que no lo es, he
-perdido el día, y aun semanas y meses...
-
---¿Qué era la pregunta que querías hacerme?
-
-Teófilo refirió la aventura con el sastre, modificando por supuesto la
-cifra de pesetas, las cuales dijo haber recibido de un rico paisano
-suyo y admirador con quien por ventura había tropezado en la calle, y,
-por último, sus temores de que el ladino alfayate se quedara con el
-santo y la limosna.
-
---No pases ninguna inquietud, Teófilo. Si mañana salgo yo iré a verlo y
-hablarle. Si no mañana, el primer día que salga. No te apures.
-
-Retirose Teófilo y Alberto se encontró, por fin, solo, cruzado de
-brazos, frente a un retrato inanimado y gris, triste trasunto de una
-juventud que allá en el Norte, entre neblina y silencio, se consumía
-sin fruto, como también la de él se iba consumiendo poco a poco.
-
-
-
-
-PARTE III
-
-TROTERAS y DANZADERAS
-
- The Indian dances to prepare himself for killing his enemy; but
- our dance is the very act of killing _Time_, a more inveterate
- and formidable foe than any the Indian has to contend with; for,
- however completely and ingeniously killed, he is sure to rise
- again, «with twenty mortal murders on his crown», leading his army
- of blue devils, with _ennui_ in the van and vapours in the rear.
-
- PEACOCK.
-
-
-
-
-I
-
-
-En un rinconcito de los Italianos, Eduardo Travesedo y Alberto Díaz de
-Guzmán daban fin a la cena, deglutiendo con gran precipitación diversas
-clases de frutas.
-
---¡Ay! Se me ha colado un hueso de ciruela, mal pronóstico --dijo
-Travesedo, balanceando su benévola cabeza miope, de modo reprobador.
-
---¿Mal pronóstico?
-
---Para la temporada del circo.
-
---Hombre, no veo concomitancia ninguna...
-
---Ni yo tampoco; pero estoy tan castigado que me voy haciendo
-supersticioso. ¿Ves si son negras mis barbas? Pues más negra es mi
-suerte --y aplicó la diestra mano, dúctil, inquieta y mórbida, a la
-parte inferior del rostro; adhirió después los separados dedos a la
-tiznada pelambre de la barba, de tal suerte, que parecían cinco lenguas
-de lumbre lamiendo la enhollinada barriga de un pote; y a lo último
-la retiró con los dedos en piño, después de haber afilado el lóbrego
-ornamento capilar. Añadió--: Según todos los cálculos y racionales
-previsiones, una temporada de invierno en el circo, con un programa
-ameno y escogido de variedades, debe ser un gran éxito de taquilla,
-¿verdad? El programa, excelente, no se le puede pedir más; ya has visto
-los ensayos. Todos los números son debuts, y dos de ellos para repicar
-gordo; una princesa rusa, la Tamará, que es princesa de veras, no lo
-dudes, y luego, nada menos que la amante de un ministro de la corona,
-y no hay golfo que no lo sepa a estas horas, aunque ella se haya
-puesto Antígona, ¡vaya un nombrecito! Con todos estos antecedentes, lo
-lógico, lo racional es que el circo esté hoy de bote en bote, porque
-una función inaugural como la nuestra no se ve todos los días, me lo
-concederás. Bueno, allá veremos. Te repito, mi suerte es más negra que
-mis barbas.
-
---Te quejas un poco de vicio.
-
---Hombre, me rezuma la razón por todas partes. Cuidado si he tenido
-mala pata en esta vida... Y todo por hacer cálculos y previsiones
-racionales. En cuanto me he metido en un negocio, y he dicho, lo
-racional es esto, ¡cataplum! ha sobrevenido lo irracional. No hay cosa
-que tanto embarace y estorbe en la vida como la inteligencia. Por lo
-que atañe al provecho, al lucro, en este mundo ser inteligente y ser
-tonto vienen a ser la misma cosa. ¿No ha sido Hegel quien dijo que el
-universo es un silogismo cristalizado? Sí, sí; una sandez empedernida,
-más bien. Pero se hace tarde. En el circo tomaremos café.
-
-Travesedo batió palmas, pagó el gasto y salió del restorán acompañado
-de Alberto.
-
-Llegaron al circo en coche de punto, con tres cuartos de horas de
-anticipación.
-
---¿Hay gente? --preguntó Travesedo a uno de los porteros.
-
---No, señor. Es muy temprano todavía.
-
---¿Qué papeles son esos?
-
---La lista de los que tienen entrada libre.
-
---¿Quién se la ha dado a usted?
-
---El maestro Soler.
-
-Travesedo hojeó tres pliegos que el portero le había entregado y se los
-pasó a Alberto.
-
---Asómbrate. Todos esos que ahí ves tienen el circo a su disposición
-sin pagar un cuarto.
-
-Eran tres apretadas columnas de nombres, llenando seis páginas.
-
---No es posible. Con esto basta para atestar la sala --observó Alberto.
-
---Ahora dime si puede haber negocio de teatros en Madrid. Por supuesto,
-aquí voy a entrar yo con la podadera, porque ya es demasiado. Como al
-maestro Soler no le va ni le viene, mira qué trabajo le cuesta incluir
-en la lista a las redacciones en pleno, al Conservatorio de música y
-declamación, a la Escuela de Bellas Artes y al Hospicio provincial.
-
-Travesedo pasó a la taquilla. Alberto le aguardó a la puerta.
-
---¿Qué te decía yo? --habló Travesedo, así que salió, y se mesaba las
-barbas--. ¿Sabes lo que ha entrado en taquilla? Cien pesetas y pico:
-dos palcos y una docena de butacas. Átame cabos; la nómina anda por las
-mil al día; luego el alquiler, que es brutal; la luz, el servicio...
-Buen pelo voy a echar.
-
---Hombre, para venir al circo no se toman las localidades de antemano,
-sino a la hora de la función. No tienes motivo para preocuparte aún.
-
---Quita allá, inocente. Si es mi sino tenebroso. Debía haber, desde
-hace tres días, torneos de boxeo delante de la taquilla por coger
-sitio. Y si no, ven acá infeliz, ¿para cuándo se deja? Pues ahí es
-moco de pavo una princesa y la amante de un ministro, que hasta los
-gatos lo saben. Eso de haber retrasado la inauguración ocho días nos ha
-perjudicado.
-
-Se encaminaron al escenario a través de un pasillo circular, cuyos
-muros estaban casi cubiertos con cartelones llamativos, representando
-payasos, acróbatas, perros, troteras y danzaderas.
-
-A la puerta del escenario, un grupo de hasta cinco tramoyistas fumaban
-y bebían cerveza. Oíase un orfeón de ladridos, y entre el alboroto del
-conjunto no era difícil desglosar la gama entera de la lírica perruna,
-desde la voz de bajo doctoral del terranova, hasta el plañido _sfogato_
-de la galga faldera, pasando por la elegante modulación abaritonada
-del caniche, o perro de aguas, y las nítidas notas de soprano del
-_fox-terrier_.
-
-Cerca de la puerta del escenario arrancaba una escalera muy pina
-que conducía a la dirección. Era esta una pieza angosta, empapelada
-y amueblada de nuevo, que olía a cola de carpintero y a barniz de
-alcohol. En las paredes, color verde dragón, destacaban aquí y acullá,
-desplegados en forma de abanico, golpes de fotografías y postales
-de cupletistas y bailarinas, y uno que otro atleta, con sendas
-dedicatorias manuscritas al pie.
-
-Apenas se habían sentado, Travesedo detrás de la mesa de despacho, y
-Guzmán en una sillita, cuando repicaron con los nudillos a la puerta y
-una voz rajada y mate dijo:
-
---¿Si puó?
-
---Sí, preciosa; adelante --gritó Travesedo poniéndose en pie, con los
-ojos muy pajareros.
-
-Alberto se levantó también, con la silla pegada a los pantalones, la
-cual cayó a tierra en seguida, con sobrada sonoridad.
-
-Entró en el aposento una dama elegante, que fue en derechura a la mesa
-de despacho, frente a Travesedo, y le acarició con mimo las barbas.
-
---¿Estás bene, carino? Siéntate, siéntate, angelotti. ¡Oh, qué bello,
-qué bello que estás! Hugolino, mío tesoro; besa a don Eduardo, que está
-tanto bello; dale un bravo baciozzo.
-
-Veía Alberto a la mujer por la espalda; el traje, azul oscuro, muy
-escurrido y pegado al cuerpo; el sombrero en extremo chato, haldudo y
-tan aplastado sobre los hombros que hacía sospechar que la dama fuese
-acéfala. La dama alargó entrambos brazos hacia la cara de Travesedo,
-presentándole algo que Alberto no podía ver y que Travesedo hubo
-de rechazar con brusco manotazo, a tiempo que retiraba la cabeza y
-malhumorado decía:
-
---No seas marrana. ¡Al diablo con ese bicho asqueroso!
-
-Surgió entonces en el aire un a modo de enano cometa, flamígero y
-estridente, de luengo rabo, que vino a caer en el pecho de Alberto, y
-de allí salió rebotado con increíble viveza a un pequeño sofá, de cuyos
-muelles recibió energías para subir deslizándose por un muro hasta
-cerca de la techumbre, y en aquel punto el cometa se hizo centella que
-comenzó a cruzar los ámbitos de la habitación en vertiginosos giros,
-aullando con una voz alfeñicada y punzante. La dama perseguía a la
-centella, riéndose y procurando imprimir a sus raudos movimientos
-aquella gracia virginal de las zagalas que se afanan en pos de una
-mariposa o de una quimera.
-
---¡Hugolino! ¡Hugolino! --suspiraba--. Viene a tua mamina.
-
-En una de estas, Hugolino se plantó de un brinco en el pingüe y
-túrgido seno de la dama, y como si estuviera abochornado de la pasada
-travesura, se esforzaba en esconderse debajo de las pieles del boa.
-Hugolino era un macaquillo brasileño, de imponderable pequeñez, sedosas
-lanas doradas, enorme y peludo rabo, y ojuelos de infantil aflición.
-Quejábase de continuo, con chillido enteco y áspero. La dama besó a
-Hugolino repetidas veces, y el macaco, con sus manecitas morenas sobre
-las mejillas de la mujer, volvíase a mirar tan pronto a Travesedo como
-a Guzmán, lleno de sobresalto. Después de haber besuqueado al mico, la
-dama se encaró con Travesedo, y soltó en retahíla los más pintorescos,
-complicados, soeces y torpes insultos, con bilingüe promiscuidad y
-latina facundia, que al de las negras barbas y sino negro le sacudían
-de risa; y esta risa subió de punto cuando la dama, sin previa
-gradación retórica ni cosa que lo hiciera presumir, se inclinó sobre
-la mesa de despacho, depositó restallante beso sobre los rotundos
-carrillos de Travesedo, y dulcificando cuanto pudo la cascajosa agrura
-de su voz, melliza de la del macaco, exhaló estas palabras:
-
---¡Dame cincuenta lire de anticipo! ¡Qué eres carino, carino, bellino!
-
---¿Cincuenta liras? Estás fresca --respondió Travesedo, congestionado
-de risa.
-
-La dama se volvió hacia Alberto, desolada. Sus ojos eran grandes,
-hondos, de un negror denso y suave; la tez, de un blanco clara de
-huevo, como vaciado fresco de escayola, y sobre ella, artificiales
-lunares, sin número y muy mal repartidos; la boca, de un rojo
-quirúrgico, repelente.
-
---¡Está un bestia, un mascalzone! ¡Sí, sí! --murmuró, señalando con la
-mano izquierda a Travesedo.
-
---Pero, mujer, ¡si te has llevado ya más del sueldo de la primera
-semana en anticipos! ¿Qué más quieres? Si se os hiciera caso... buen
-pelo íbamos a echar.
-
---Pelo, pelo... --y le asió de las barbas--. ¿Venticinque? No seas
-cattivo. Va, va; venticinque.
-
---Ni ventichincue ni na... Además, no tengo las llaves de la caja.
-
---¡Tirano, bárbaro, leccatone! --por aliviar su aflición extrajo a
-Hugolino de las sinuosas y tibias profundidades en donde se había
-colado y lo colmó de besos y lengüetaditas, nuevamente.
-
---Pero, oye, ¿de qué te sirve ese novio que has pescado? Mira si tiene
-suerte --agregó, dirigiéndose a Alberto--. No ha debutado aún y ya le
-ha salido un adlátere.
-
---¡Oh! Es un querubín. Niente de carino, niente. Ma che; tanto buono...
-Un angelo. A la puerta está. Paciente, pacientísimo como una pécora
---habló la dama, haciendo cuantas mimosas muecas le consentía la dureza
-del estuco que llevaba sobre la piel.
-
-Travesedo, al oír lo de pécora, soltose a reír con fresco brío.
-
---Atiza. Buen piropo para el pobre muchacho.
-
-Alberto intervino:
-
---Pécora es oveja.
-
-Y aquí la risa de Travesedo se multiplicó.
-
---Estos italianos son los seres más ridículos del orbe...
-
---¿Por lo de pécora? Es que pécora es oveja también en castellano.
-
---Vamos, hombre... Lo que es pécora ya me lo sé yo. Bueno, señorita
-Pécora --dijo, hablando con la dama--; dile a la pécora macho que puede
-entrar. --Volviéndose hacia Alberto--: Es un chico muy fino, agregado
-en la legación de no sé cuál de esas republiquinas americanas.
-
-Fue la dama a la puerta y entró el que Travesedo calificaba de pécora
-macho. Después entró Verónica, de abrigo largo y mantilla. El amante de
-la dueña de Hugolino era un joven fornido y aventajado de estatura,
-con jeta de indio bozal, terroso el color y una gran nube, con visos
-de ópalo, en el ojo derecho. Vestía con extraordinaria exageración a
-la moda de París, y el vestido daba indicios de embarazarle, como si
-lo llevase por primera vez y el mozo sintiera la nostalgia del dulce y
-expeditivo taparrabos. Parecía poco hecho a vivir entre gentes; rodaba
-la cabeza en torno, con sonrisas propiciatorias, como si suplicase
-benevolencia.
-
-Verónica venía algo excitada:
-
---Chicos, estoy nerviosa. Me siento.
-
---Siéntese usted también --dijo Travesedo al joven bozal.
-
-La dama del macaco se adelantó a hablar:
-
---Andamos al mío camerino. ¿Hay fuego en el camerino? Porque si no hay
-yo no me hago desnuda; y Hugolino, el poverino que siente tanto el
-frío... ¿Las fiori?
-
---Luego te las llevarán.
-
-Salieron la dama y su amigo. Verónica les fue siguiendo con los ojos, y
-en cuanto los perdió de vista no pudo menos de manifestar su opinión.
-
---¡Cuidao que lleva basura encima de su alma! Pues, ¿y el gachó
-que la sirve? Si tié unos labios que parecen talmente una pila pa
-cristianar... Se ve ca cosa. ¿Se ha hecho usté daño? --preguntó a
-Travesedo.
-
---Daño ¿en dónde?
-
---Ahí, en la cara, a la derecha, junto a la nariz.
-
-Travesedo se tentó con la mano, siguiendo las puntuales sugestiones
-topográficas de Verónica. Tenía en el lugar indicado una gran mancha
-rojiza, que no era otra cosa que la huella osculatoria de la dama del
-macaco. Cuando dieron en ello, todos celebraron el lance.
-
---Chiquillo --habló Verónica, volviéndose hacia Alberto--, en casa
-están que echan chiribitas. Sobre todo Pilar y mi madre. Que si debuto
-porque soy una intriganta y una golfa, y el caos, Alberto. No desean
-sino que me den un zumbío en el debut, y me da el corazón que se van
-a salir con la suya. No puedo estar quieta en un sitio --se puso en
-pie, llevando detrás de sí la silla, adosada al abrigo. Volviose
-sobresaltada y la silla cayó con estrépito--. ¡Qué susto! Cualquiera
-cosa me pone fuera de mí. Algo gordo me va a pasar...
-
---¿Y Angelón? --preguntó Travesedo.
-
---Luego vendrá.
-
-Entraron Teófilo y el maestro Soler. Teófilo venía trajeado de nuevo,
-pero sus botas, a pesar de la reverberación falaz que el limpiabotas
-recientemente les había otorgado, descubrían su estado ruinoso, y el
-sombrero, aun cuando Teófilo trataba de esconderlo, exhibía abusiva
-exuberancia de superfluidades adiposas. Es decir, que la fábrica de
-su elegancia era triste y caediza, sin cimientos ni remate. También
-el rostro tenía un no sé qué de aflicción, mal disimulado bajo la
-compostura afable. Traía una rosa en la mano.
-
---¿Hay gente, maestro? --inquirió Travesedo.
-
---Mucha gente.
-
---¡Bendito sea Dios!
-
---¿Lo ves? --dijo Alberto, acercándose a la puerta.
-
---¿No ha venido don Jovino? Tiene un cuajo... --habló Travesedo.
-
---Abajo está --respondió el músico--, hablando con las Petunias.
-
---Y Antígona, ¿no ha venido aún? --preguntó Teófilo.
-
---No sé --dijo Travesedo--. Ya debe ser la hora de empezar...
-
---Muy cerca. Yo voy a la orquesta.
-
-Salieron todos. Por los pasillos y las escaleras iban y venían,
-subían y bajaban, peregrinos ejemplares de todo linaje, edad, sexo y
-condición, ataviados de manera inusitada y polícroma. El aire estaba
-espeso con aromas de tocador y efluvios zoológicos, y dentro de él
-temblaban derretidos cuchicheos, risas, voces y ladridos de canes.
-
-Al pie de la escalera había una gran estufa, al rojo, que despedía
-un calor plutónico, y en torno de ella un corrillo de bailarinas,
-farsantes, titiriteros y el clown Spechio, la mayor parte en mallas o
-con sucintas galas escénicas, y sobre los hombros chales, mantones,
-abrigos, batas. Dos metros alongados de este corrillo estaban las
-Petunias, dos jovencitas, la una delgaducha, alta y tiesa, la otra
-pequeñuela, acogolladita y muy dengosa, vestidas todo de rojo, la
-falda hasta el gozne de la rodilla. Las acompañaba don Jovino, el
-empresario, conocido en el mundo de los holgorios madrileños por dos
-remoquetes: _el Obispo retirado y el Fraile motilón_. Teófilo y Alberto
-se acercaron a saludarle. Era don Jovino hombre obeso, como sus alias
-hacían presumir, y de muy altas miras, no porque sus ideales morales
-fueran elevados, sino por el extraño modo con que la cabeza encajaba
-en el torso, caída hacia la espalda y de manera que se veía forzado a
-mirar siempre al cielo o al cielo raso. La primera cosa de don Jovino
-que acaparaba la atención, y lo que después continuaba acaparándola,
-era el vientre, como acontece con algunos ídolos búdicos, y también,
-como con tales ídolos acontece, cráneo, brazos y piernas parecían
-desarticulados del corpachón, o estaban articulados malamente y en
-sitios inadecuados o absurdos. Aun viéndole en pie se creía verle
-en cuclillas, tal era la exigüidad de sus extremidades abdominales,
-plegadas, por otra parte, en actitud fetal. Y no solo su facha, sino
-además su conducta, tenía la serenidad idiótica de los ídolos. Rara
-vez se molestaba en informarse de lo que alrededor suyo sucedía,
-ni se dignaba intervenir en las conversaciones o responder si se le
-preguntaba algo. Era rico, manirroto y mujeriego.
-
-Cuando Teófilo y Alberto se apartaron de don Jovino, el poeta no pudo
-por menos de lamentarse, en voz alta, de lo mal repartidas que en este
-mundo andan las riquezas.
-
---Es irritante... Ya ves, ese buey... ¿Me quieres decir para qué le
-sirve a él el dinero? En cambio yo...
-
-Fueron a sentarse en una de las últimas filas de butacas.
-
-La luz azulina de los arcos voltaicos, al mezclarse con la rojiza y
-dorada de las bombillas eléctricas, ponía en el ambiente huideros
-cambiantes, como de absintio, y era un poco mareante. La sala estaba
-poblada de misterioso runruneo, como el que habita dentro de las
-grandes caracolas.
-
-
-
-
-II
-
-
-Desde el día de la original declaración de amor a Rosina, el encuentro
-con don Sabas, el robo de las doscientas pesetas y la última carta de
-su madre, habían transcurrido quince días, que Teófilo calificaba así,
-mentalmente: «los más intensos de mi vida.» A raíz de saberse amado por
-Rosina, había resuelto no desnaturalizar el delicado y gustoso carácter
-de sus relaciones platónicas hasta tanto que no pudiera hacerla suya,
-suya por entero y para siempre; pero ocurrió que, como menudease las
-visitas y no escaseasen besos, abrazos y otras encarecidas y ardorosas
-muestras de amor, cierta tarde, en que por fortuna llevaba ropa
-interior nueva, el frágil e inocente tinglado platónico desapareció,
-disuelto entre ígneos arrebatos y deleites, como pobre ermita que
-estuviera levantada sobre un volcán. Después de haber hecho suya
-a Rosina, Teófilo quedó como atónito y el ánimo turbado por tan
-contrarios sentimientos y tan dulcísimas zozobras, que no sabía decir
-si había alcanzado la felicidad suma en la tierra o había entrado por
-los umbrales de la suprema desventura.
-
-La experiencia amorosa de Teófilo se reducía a aventurillas mercenarias
-de ínfimo jaez, las cuales, no pocas veces, por la virtud lustral y
-metamorfoseante de la poesía, se habían purificado y convertido en
-intrigas cuya heroína era una princesa de manos abaciales y sabias
-en el arte de tañer el clavicordio. Rosina no era princesa ni le
-hacía ninguna falta para ser una mujer deleitable sobremanera:
-inteligente, bella, efusiva, tan pronto arrebatada y devoradora como
-lánguida y pueril, y en todo momento suave, suave, con una suavidad
-aplaciente, sutil y enervante, que se metía hasta el meollo del alma
-y la anestesiaba y adormecía como sobre mullido lecho de neblinosas
-ensoñaciones. Tarde se le había revelado el amor a Teófilo; pero se
-le había revelado al fin nimbado en gloria celestial, envuelto en
-inmarcesible lumbre, tan viva, que lo mismo los ojos del espíritu
-que los del cuerpo los tenía alelados y en pasajera ceguedad. Todo
-su ser sufría la agridulce tiranía de una voluptuosidad que no le
-admitía hartura. Y así, en lugar de hacer suya a Rosina por entero,
-sin reservas y para siempre, él era quien se había entregado a la
-mujer de lleno, sin escatimarle nada y quizás para toda la vida.
-Cuando no estaba junto a ella se iba a encerrar en la alcoba de la
-casa de huéspedes en donde vivía. Unas veces se le infundía en el
-pecho un júbilo doloroso, porque amenazaba no admitir freno y era casi
-una comezón de locura. Otras veces su tristeza era tan grande que
-deseaba llorar, y no era raro que llorase. Pensó libertarse de aquella
-exuberancia emotiva componiendo versos, y en esta labor empleaba
-algunas horas.
-
-Rosina hacía de él lo que le venía en gana. Sin esfuerzo ninguno le
-convenció de que lo conveniente y lo sabroso era mantener ocultas sus
-relaciones:
-
---Mira, bobo, en rigor, para el caso es como si Sabas fuera el marido y
-tú el amante. El papel de marido es ridículo, el de amante honroso. Yo
-me explico que don Juan Tenorio anduviera siempre con la cabeza alta.
-¿Habrá cosa mejor que saber lo que otros no saben e ir pensando: «si
-estos infelices supieran?...» Quiero decir que todos creen, pongo por
-caso, que yo soy la amante de Sicilia, y ni sospechan que las cosas van
-por otro camino, que no quiero sino a ti. ¡Qué satisfacción y qué risa
-por dentro cuando andes entre todos esos desdichados que no saben de
-la misa la media! Yo te juro que no creo que haya nada tan dulce como
-guardar un secreto. Solo los tontos y las tontas venden los secretos.
-Y esos estúpidos impíos que hablan de la confesión y del arma que es
-en manos de los curas... Están apañados. Yo, cura, en seguida iba a
-revelar lo que se me contara. Pero no comprenden, no comprenden, y Dios
-me perdone si he dicho o pensado algo irrespetuoso contra la religión
---se santiguaba, porque era supersticiosa.
-
-Teófilo se avenía a todo lo que Rosina deseaba y se dejaba llevar,
-sin curiosidad por saber adónde, antes con un oscuro temor de pensar
-en ello. Sugestionado por Rosina, admitió en seguida, como el más
-refinado, astuto y fuerte placer mantener recónditos sus amores, de
-tal manera que nadie lo echase de ver ni por asomo. Aunque muy por
-lo turbio, presentía que no había de tardar en recibir dinero de su
-amante, mejor dicho, de don Sabas a través de Rosina, y también por lo
-turbio se justificaba de antemano con la fuerza de la pasión, que, al
-igual del fuego, todo lo limpia y acrisola.
-
-Su estado económico era cada vez más angustioso, complicándose con las
-primeras deudas contraídas de mala fe, angosto portillo por donde
-se sale al campo abierto del bandolerismo habitual. El día de la
-inauguración del circo, su patrona le había requerido para que pagase
-por anticipado la mensualidad, como tenía por costumbre, so pena de que
-ella le plantase en la calle y no le abriese la puerta a la noche. No
-tenía, al recibir el _ultimatum_ de la patrona, arriba de dos pesetas
-en el bolsillo, con las cuales se lustró las botas y compró una rosa
-roja para ofrecérsela a Rosina.
-
-Allí, al lado de Alberto, en una de las últimas filas de butacas, se le
-planteaba perentoriamente el problema de dónde había de pasar la noche.
-Rosina le había admitido ya varias noches en su compañía. «Pero, ¿y si
-esta noche no me dice nada, como parece lo probable, con la emoción y
-distracción del debut?», pensaba Teófilo.
-
---Alberto --bisbiseó Teófilo--, tengo que pedirte un gran favor.
-
---Si está en mi mano...
-
---No tengo dónde dormir esta noche. ¿No hay en casa de Angelón alguna
-cama?... Un diván, un sofá, cualquiera cosa; por una noche...
-
---Sin duda. Por esta noche y aun varias, no pases cuidado. La cuestión
-es para lo porvenir.
-
---Lo porvenir no me apura. Tengo una gran esperanza de que todo me va a
-salir bien. Mañana es el mitin, ¿verdad?
-
---Sí, mañana.
-
---¿Hablas tú?
-
---Se empeña Tejero.
-
---Yo no puedo, no puedo. Os suplico que me perdonéis. Si supieras cómo
-estoy...
-
---¿Dura el lío amoroso aún?...
-
---Flaca memoria tienes. Te he dicho la primera vez que te hablé de esto
-que era toda mi vida.
-
---¿Quién es la dama?
-
---Perdona, pero no se puede saber; es asunto de honor.
-
---¿Y el viaje a El Escorial?
-
---No hemos podido realizarlo.
-
---¡Vaya por Dios!
-
---Si vieras cuánto siento no poder tomar parte en el mitin... Odio
-a aquel infecto anciano --murmuró Teófilo, señalando con ademán
-teatral el palco en donde estaba don Sabas Sicilia con sus dos hijos,
-Pascualito y Angelín. Y después, como se diera cuenta que Alberto le
-miraba de un modo significativo, preguntó azorado--: ¿Por qué me miras
-así?
-
---Por nada; es decir, porque Pascualito es uno de tus muñidores, de
-los que más te han alabado y te anda poniendo siempre por las nubes, y
-ahora sales con que odias al padre. ¿Por qué?
-
---Es un sentimiento moral, político pudiera decirse. ¿Por qué te
-sonríes con ese aire de burla? Vosotros, los mestizos de literatos y
-sociólogos, se os figura que nadie sabe nada de nada. Quiero decir que
-es un movimiento desinteresado, de repugnancia al ver que los destinos
-de la nación puedan estar en manos de semejante viejo.
-
---¡Bah! Es un bravo viejo anacreóntico, según tu fraseología.
-
-En escena había un baturro dándole con gran arremango al guitarrillo.
-Una baturra, que estaba en pie al lado de él, cantó:
-
- ¿Cuándo nos veremos, maño,
- como los pies del Señor,
- uno encimica del otro
- y un clavito entre los dos?
-
-El público celebró la donosura con grandes carcajadas.
-
---¡Qué asco! --susurró Teófilo, y paseó sus ojos por la muchedumbre con
-una contracción en el rostro, como de aquel que sufre bascas--. Mira
-alrededor tuyo, Alberto; sáciate con el espectáculo de un gran concurso
-de humanidad. ¡Qué idiota! Digo que yo soy el idiota. ¿Pues no te he
-hablado hace un momento de mítines y discursos, y otras ridiculeces
-semejantes? La salud del pueblo... El pueblo... ¿Qué es el pueblo?
-Observa aquí el pueblo, si puedes sin que se te revuelvan las tripas.
-Observa qué vientres, qué caras, qué cabezas, y eso que habría que
-verlas por dentro...
-
---Chss --se oyó en la sala, y algunas se volvieron a mirar a Teófilo y
-Alberto. El poeta hizo rostro muy osado a los mirones y refunfuñó:
-
---¿Qué? ¿Qué ocurre? --continuó hablando con Alberto, ahora en voz muy
-tenue--. ¿Para qué vive esta gente?
-
---¿Para qué vives tú? --le atajó Alberto.
-
---Quiero decir, ¿qué pretexto verdad tienen para vivir?
-
---¿Qué pretexto verdad tienes tú?
-
---Yo soy un artista, un poeta.
-
---Doy por sentado que lo eres, y en este caso tú no eres sino el
-pretexto de ellos, de esa gente; tú no vives por y para ti, sino por y
-para esa gente.
-
---No lo veo claro.
-
---Sí, ya sé que Nietzsche ha dicho: «Un pueblo o una raza es la
-disipación de energía que la Naturaleza se permite para crear seis
-grandes hombres y para destruirlos en seguida.» ¿No es eso lo que tú
-querías decir?
-
---Exactamente.
-
---Pues yo digo al revés: «Esos seis grandes hombres son la disipación
-de energía que de vez en cuando la Naturaleza se permite para que los
-pueblos y las razas vivan; esto es, para que tengan conciencia clara
-de que viven.» Y si no, suprime de un golpe la masa gris y neutra de
-la humanidad, esa que no tiene pretexto para vivir, como tú dices,
-y déjame solo los grandes hombres, seis o seis docenas, artistas y
-sabios. ¿Quieres decirme qué pretexto tienen en este caso el Arte y
-la Ciencia? ¿Quieres decirme qué pretexto tendría el manubrio de un
-organillo sin el escondido tinglado de martillejos, clavijas y cuerdas?
-Ya sabes que en los presidios ingleses tienen un linaje especial de
-tortura y dicen que es lo más horrible que se puede imaginar: consiste
-en meter un manubrio en un agujero de la pared y obligan al penado a
-que le dé vueltas, horas y más horas, y esto de hacer algo a sabiendas
-de que no se hace nada parece ser que vuelve locos o idiotas a los
-presidiarios. El Arte por el Arte, tal como tú lo entiendes, es una
-cosa semejante.
-
---No me convences.
-
-En esto vinieron a sentarse delante de Teófilo y Alberto dos hombres:
-el uno rollizo, como de cuarenta y cinco años, muy jacarandoso, de ojos
-insinuantes y lánguidos y una sonrisa melosa y satisfecha; el otro,
-joven, recio y hermoso.
-
---¿Quién es ese pollo que ha entrado con don Bernabé Barajas? Me parece
-conocer la cara... --dijo Alberto.
-
-Teófilo examinó a los recién llegados. Don Bernabé saludaba, agitando
-la mano, a Angelín, el hijo de don Sabas.
-
---No sé --repuso Teófilo--. Cualquier sinvergüencilla que don Bernabé
-haya pescado y estará en vías de hacerle actor.
-
-Don Bernabé susurraba algo muy melifluo, a juzgar por la turgencia
-sonriente de sus mejillas, al oído del joven, el cual se inclinaba de
-aquella parte y medio se volvía por oír mejor. En este punto, Alberto
-le reconoció. Adelantose a tocarle en el hombro, con movimiento nacido
-de la sorpresa, y le llamó:
-
---¡Fernando!
-
---¡Don Alberto!... --respondió el joven, enrojeciendo de pronto.
-
-Don Bernabé flexionó sobre la cintura y se escorzó hasta ver quién era
-el que así había aturdido a su joven amigo.
-
---¡Ah! ¿Es usted, grande hombre? ¿Y conocía usted a Fernandito?
-
---Ya lo creo.
-
-Algunas personas impusieron silencio chicheando.
-
---¿Quién es? --preguntó Teófilo.
-
---Un titiritero. Como yo he sido payaso una temporadilla y anduve en
-una compañía de saltimbanquis...
-
---Vaya, hombre. En serio.
-
---En serio. Este era el hércules de la pandilla. Solo sé que se llama
-Fernando y que tiene una fuerza brutal, aunque no lo parece.
-
-Teófilo miraba a Alberto enojadamente. Terminó la primera parte del
-espectáculo, compuesta de números de mogollón.
-
---Ea, adiós --habló Teófilo, poniéndose en pie.
-
---¿Adónde vas?
-
---Pss... No sé. Quizás arriba, a los cuartos, a saludar a las muchachas.
-
---Voy contigo.
-
-Teófilo palideció un tanto, lo cual no pasó inadvertido para Alberto,
-quien añadió:
-
---O si no, mejor me quedo aquí abajo. Ahí veo a Monte, a Bobadilla, a
-Honduras... Voy a hablar con ellos.
-
-
-
-
-III
-
-
-Teófilo tomó el rumbo del escenario, procurando evitar encuentros con
-gente conocida; pero entrar en el pasillo y colgársele Angelón Ríos del
-brazo fue todo a un tiempo.
-
---¿Al cuarto de Rosina? Yo también voy allá --dijo a voces Angelón--.
-¿Cómo va la cosa? ¿Bien? Me alegro.
-
---Si me dejara usted hablar. Lo que yo quiero decirle es que se
-equivoca de medio a medio al hacer hipótesis acerca de esa señorita en
-relación conmigo. --Teófilo se puso muy grave.
-
---¿Qué? ¿Que usted le hace el amor y ella no le hace caso aún? Bah, no
-se apure... Todo llega en este mundo. ¡Eh, tú, golfo! --gritó Angelón.
-
-Apolinar Murillo se le acercó.
-
---Vaya un modo de escurrirse, que parece que no quieres que te vean.
-
---Usted perdone, don Ángel, es que no le había visto; por estas.
-
-Angelón le agarró con la mano que tenía libre. Luego, picarescamente,
-continuó diciendo:
-
---No se te ve el pelo, niño. ¿Qué? ¿Y de aquello?
-
---¿De aquello?...
-
---¿Te vas a hacer el lila?
-
---Como no me diga usted más...
-
---Vaya, niño. De lo de Conchita.
-
-Apolinar sonrió con maligna petulancia.
-
---Te comprendo. Cayó, ¿eh? ¿Y qué tal?
-
-Apolinar hizo racimo de los dedos, se besó las yemas, sorbió el aire,
-puso en blanco los ojos y alentó con voz desvaída:
-
---¡Azúcar!
-
---Te creo. En fin, gracias.
-
---¿Gracias de qué?
-
---Parece que hoy estás con la bola desalquilada. ¿De qué? Pues, ¿de qué
-va a ser? De habernos abierto el camino a los demás; mira tú este. Yo
-no quiero cargos de conciencia. ¿Cuándo te vas?
-
---Anda, pues si estoy por quedarme... --y sonrió aviesamente.
-
---¿Eh? --inquirió Angelón muy alarmado.
-
---Era coba. En seguida me quedo yo. Pal gato.
-
---¿Y ella?
-
---Pues tan creída que va a haber tálamo nupcial con bendición del
-párroco.
-
---De manera que ¿no se ha olido que te vas?
-
---Anda mal de pituitaria.
-
---¿Y cuándo te vas?
-
---Mañana mismo.
-
---Bien, niño. Y te ibas a ir sin despedirte de mí...
-
---¿Quién le ha dicho a usté eso? Pues bueno fuera...
-
-Llegaron a la puerta de la dirección, que estaba abierta. Dentro de la
-estancia oíanse grandes y desacompasadas voces, y entre ellas violentos
-golpes de risa. La vociferante era la condesa Beniamina, la poseedora
-del macaco brasileño. En su acostumbrada jerga bilingüe, pero con mayor
-frenesí que la vez primera, aullaba así:
-
---Aquestas non son fiori... Fiori... fiori. Questo e pura m... Son
-fiori de chimiterro. ¡Ma che! Yo non tiro tale fiori al público. Yo
-non mi sporco con aquestas fiori, e con aquestos sporcacioni que sois
-vosotros.
-
-Cuando la dama, por ventura, se reparaba un minuto en el silencio para
-interrumpir con nuevas energías, oíase la carcajada de Travesedo.
-
---Ma tu, che sei piu grosso che un rinoceronte, tu frate motilone, no
-dices niente ¿Paro qué quieres el danaro? Il tuo danaro io me lo meto
-qui, qui --en este punto se oyó algo que pudo ser palmada o azote.
-
-Angelón y Teófilo entraron en la dirección. Apolinar corrió al
-encuentro de Conchita, que a lo largo de angosto pasadizo, flanqueado
-de cuartos de artistas, venía por averiguar a qué obedeciese aquel
-alboroto. Otros danzantes asomaban la cabeza, a medio embadurnar, por
-las puertas, y hacían preguntas o aventuraban algún donaire en un
-lenguaje babilónico y bárbaro, amasijo de todos los idiomas conocidos.
-Luego, cubriéndose malamente con batines y kimonos, salían hacia la
-dirección, se amontonaban en abigarrados pelotones y chanceaban en
-fraternal greguería, como si la caterva de castas humanas, escindida
-por maldición divina en la torre de Babel, retornase a la amiganza
-y unidad primeras por medio del culto a la vida en su forma más
-rudimentaria y placentera, como es la exaltación de la energía física y
-amor del juego y de la danza.
-
-Escuchaba Travesedo los denuestos de la Beniamina con irreprimible
-hilaridad, y don Jovino, las pupilas proyectadas sobre el cielo raso y
-en impasible quietud de fetiche, parecía no oírlos, porque los dioses,
-falsos o verdaderos, rara vez prestan oídos a los clamores de los
-mortales. El amigo de la dama del macaco, aun cuando sabía que los
-sucios dicterios de esta y sus truculentas palabrotas eran proferidos
-con ánimo sencillo y sin otro propósito que el de hacer reír, sentíase
-en extremo conturbado al ver los muchos curiosos que afluían. Por
-fortuna, cuando los mirones comenzaban a apiñarse en la puerta, la
-condesa Beniamina cerró su alocución con un epílogo, como de costumbre,
-osculatorio, y esta vez doble, que también _el Obispo retirado_ hubo de
-recibir la gracia de un beso en sus orondos mofletes. Estaba la condesa
-Beniamina en un traje casi edénico, con una camisilla no muy larga y
-en extremo traslúcida y unas babuchas de cuero rojo; con todo, no era
-mucho lo que mostraba de la piel, que casi toda la llevaba encubierta
-bajo un enjambre de lunares postizos, infernalmente negros. Rompió por
-entre la gente que había en los pasillos, seguida del caballero bozal,
-con airoso vaivén de caderas, que resultaba de una comicidad aguda por
-la fase sumaria del indumento de la condesa. Los que por allí estaban
-celebraron su desenvoltura, requebrándola y jaleándola, y el clown
-Spechio, su compatriota, la obsequió bonitamente con una sonora palmada
-en lo más mollar y tentador de su persona, que no parecía sino que lo
-estaba pidiendo.
-
-Entre aquel solícito concurso de diligentes abejas que habían
-abandonado su celdilla por libar en la flor de la curiosidad, había una
-jamona traviesa y riente, cuyo traje no era más complicado que el de la
-condesa. Estaba en mallas, y parecía un pollo pelado: tan considerable
-era su caparazón y abdomen y tan enjutas las zancas.
-
---Concho, ¿tú por aquí? --dijo Angelón al bípedo implume.
-
---Ya ves, cada vez subiendo. Rediós, esta es la vida.
-
-El nombre de esta clueca pelada era Hortensia Íñigo. Había dicho _cada
-vez subiendo_ con ironía, porque en su ya larga carrera artística
-había recorrido todos los géneros teatrales, bajando siempre. Había
-comenzado de segunda dama en una conocida compañía dramática, de donde
-había pasado a una compañía cómica, de aquí a una de zarzuela y, por
-último, había caído en el género ínfimo. Era conocida por su avilantez
-y desparpajo, y también porque de ella se murmuraba que había tenido
-siete abortos voluntarios. Su enemistad con Monte-Valdés era pública
-y proverbial, y databa, a lo que se decía, del estreno de una comedia
-de aquel, en la cual había un personaje que era una dama cortesana
-o entretenida, y como el director pretendiera encomendar el papel a
-Hortensia, Monte-Valdés se opuso, exclamando con grandes voces austeras
-que de todos fuesen oídas, que su personaje _lo era mucho_, _pero
-nunca tanto_ como la Íñigo, y que no podía consentir que aquella mujer
-achabacanase la comedia. Ello es que cuando por acaso se encontraban
-Monte-Valdés y la Íñigo trabábanse a contender al punto, asaetándose
-con pullas y embozados vituperios y agravios; pero, como el ingenio y
-dicacidad del literato eran sobremanera despiertos y sutiles, la dama
-salía siempre malparada y corrida, por donde llegó a aborrecer a su
-antagonista y no veía la hora de vengarse, como quiera que fuese.
-
---¿Por qué no? --añadió Ríos--. Para mí, pasar del género chico a las
-variedades me parece un ascenso.
-
---También tienes razón. Allí, aunque no muy chinchorrero, porque se ha
-reducido a su mínima expresión, todavía conservan el emplasto de la
-hipocresía. Mientras que aquí, ¡pichú, Angelón, pichú! --y elevó en el
-aire una de sus entecas zancas--. Ven a mi cuarto y te daré una copa de
-anís del mono.
-
---No bebo.
-
---¿Qué importa? Ven y charlaremos un momento.
-
-Angelón acompañó a Hortensia a su cuarto. Danzantes y titiriteros se
-habían acogido a sus madrigueras. Solo quedaban en el pasillo Conchita
-y Apolinar, cuchicheando en un extremo de él, y en el otro, a la puerta
-de la dirección, Teófilo, con una rosa en la mano y el corazón en la
-garganta. Encaminose el poeta hacia el cuarto de Rosina, y en estando
-cerca de la puerta llamó a Conchita.
-
---¿Qué se le ocurre a usté, don Teófilo?
-
---¿Hay mucha gente?
-
---Bastante gente; pero sobre todo flores... así.
-
---¿Quiénes están?
-
---¿Qué sé yo? Señoritos de la Peña, periodistas, el hijo de don Sabas.
-
---Pues no entro. Toma esta rosa, Conchita; la colocas con disimulo, y
-cuando esa gente se haya ido le dices que es mía. Yo vendré durante la
-segunda parte, ¿qué te parece?
-
---Muy bien. Pa entonces estará sola.
-
-Aun cuando Teófilo estaba harto ebrio con sus propias emociones, no
-pudo por menos advertir algo raro y nuevo en Conchita. Era como si
-del pecho al rostro se le rebasase la alegría con superabundancia
-inquietante.
-
---De manera que ¿ese es tu novio? --preguntó Teófilo, señalando con los
-ojos a Apolinar.
-
---Sí, señor; ¿le gusta a usté?
-
---Sí.
-
---También a mí --y Conchita rio de manera excesiva.
-
---Hasta luego, Conchita.
-
---Hasta luego, señor Pajares.
-
-Teófilo se apartó pensando: «pobre muchacha». Y se acordó de sus
-finos cabos, aquella vez que la había visto inclinándose a socorrer a
-Sesostris, y de sus piernas gentiles y nerviosas, cuando Angelón la
-traía a caballo sobre los lomos.
-
-Teófilo descendió a los pasillos en donde el público se espaciaba en
-espera de la segunda parte. Lo primero con que se tropezó fue con un
-grupo de paseantes; en el centro el famoso torero Antonio Palacios,
-_Toñito_, y en torno de él sus admiradores y devotos, los cuales
-solicitaban con la mirada la envidia de los demás hombres y tenían
-pintado en la expresión del rostro esa petulancia servil e inocente
-del perro que conduce en la boca el bastón del dueño. _Toñito_ tenía
-la cara aniñada y la sonrisa sin doblez de los hombres que han nacido
-con una vocación y han confiado siempre en su destino. Tanto como el
-arrojo y maestría en la lid con reses bravas, su sonrisa le había hecho
-célebre: sonrisa que conservaba en los lances más azarientos y ante los
-toros más temerosos y difíciles.
-
-Teófilo pasó por delante del grupo del torero y su cohorte y fue
-a sumarse a otro, compuesto de gentes de pluma, profesionales y
-aficionados, entre los cuales se hallaba Alberto. Debatíanse asuntos de
-toros.
-
---No sé cómo no os da vergüenza perder el tiempo hablando de chulerías
---habló Teófilo, agresivamente.
-
---Pero, hombre --replicó Honduras, un hombre deslabazado, rubicundo,
-rollizo y muy alto, noble por la cuna y novelista perverso por
-inclinación--, ¿no has dicho muchas veces en verso que adoras las
-manolas y todas las cosas goyescas?
-
---¿Qué tiene que ver? Y tú, ¿qué entiendes de eso? Te figuras que por
-haber escrito cuatro paparruchas imitadas de Lorrain y La Rochilde ya
-puedes mezclarte en cosas de arte... No, hijo, todavía no.
-
---¡Ay, no te sofoques! --replicó Honduras, riéndose y culebreando
-con la cintura, adamadamente. Luego, haciendo alarde de desenfado y
-cinismo, añadió en tono equívoco--: Si yo también me perezco por los
-manolos... La cuestión es que Alberto sostiene que _Toñito_ es el
-primer torero del día, y yo replico que el torero que más emoción da es
-el _Espartajo_. Aquella palidez morena... y sobre todo la erección que
-tiene... al torear... Hay que verle armarse, cuando se echa la escopeta
-a la cara...
-
-Algunos celebraron con risotadas las peregrinas razones de Honduras.
-
---¡Qué sinvergüenza eres! --concluyó Teófilo.
-
---Realmente --intervino Alberto--, Teófilo tiene razón. Va a ser cosa
-de dejar de hablar de toros y de ir a los toros, porque parece que de
-día en día el criterio de Honduras y su punto de vista va ganando más
-partidarios. Adiós, señores; voy a saludar a un amigo.
-
-Y se apartó, saliendo al encuentro de Alfonso del Mármol, que paseaba
-solo con elegante pereza, las manos a la espalda, la cabeza erguida y
-un cigarro descomunal entre los dientes. Se estrecharon la mano con
-efusión.
-
---¿Cuándo ha venido usted?
-
---Ayer por la mañana llegué.
-
---¿Qué ocurre en Pilares?
-
---Nada de particular. Lo de siempre. Que hay quien le espera a usted
-minuto por minuto, y usted entretanto... De esta queda usted como un
-cochero. Ya sé que vive usted con Angelón. Trabajará usted mucho,
-¿verdad?
-
---Alfonso del Mármol, moralista: es lo que me quedaba por ver. ¿Cuánto
-dinero ha perdido usted en las treinta y seis horas que lleva en Madrid?
-
---¿Cómo sabe usted?
-
---Pues es difícil de adivinar. ¿Ha venido usted una sola vez a Madrid
-que no fuera a dejarse la piel o a echar otra nueva?
-
---Pss... Pero, ¿cómo sabe usted que anoche me he dejado media pelleja?
-Pocas veces se me ha dado tan mal como ayer noche... ¡Qué barajas!
-
---¿Cuánto, en suma?
-
---¿A usted que le importa? --Mármol no se reía nunca como no fuera
-interiormente. Ahora, ciertas convulsiones arbitrarias del cigarro puro
-daban claras señales de que el fumador se reía entre pecho y espalda--.
-Setenta mil pesetas.
-
---¿De veras?
-
-Mármol, siempre flemático e impasible, asintió con la cabeza.
-
-Estaban cerca de un corrillo, formado por pintores y escritores, de
-los cuales los más conspicuos eran Monte-Valdés y Bobadilla, el autor
-dramático.
-
---Aquel es Bobadilla, ¿eh? --interrogó Mármol, apuntando con el cigarro
-descomunal al dramaturgo--. Lo digo por los retratos del _Nuevo Mundo_.
-
---Él es. Y el otro, el cojo, Monte-Valdés.
-
---Lo conozco.
-
---¿Personalmente?
-
---Lo conocía. Estudiábamos juntos en la Universidad de Santelmo: él,
-para abogado; yo, para médico.
-
---¿Y no se han vuelto a ver desde entonces?
-
---No.
-
-Alberto se acercó con Mármol al corrillo, y preguntó a Monte-Valdés.
-
---¿Conoce usted a este caballero?
-
---¡Pues no lo he de conocer! Mármol.
-
-Se saludaron.
-
---No ha variado usted nada, salvo...
-
---Sí, salvo la pierna. Tampoco usted ha variado nada... Digo... Me
-acuerdo que era usted un terrible jugador, el de más agallas de cuantos
-he conocido.
-
---No ha variado nada --comentó Alberto.
-
---Y recuerdo también la trailla de cuarenta perros que usted tenía, y
-no sé cuántos caballos. Pues, ¿y aquella célebre contienda que usted
-mantuvo con Trelles, el guatemalteco? --Monte-Valdés volviose hacia
-los circunstantes a explicar la contienda--: Era un día plomizo y de
-cierzo. El señor y el otro contendiente estuvieron por espacio de doce
-horas dándose de puñadas. El campo de la lucha era lo más empinado de
-una loma que llaman de Santa Genoveva. Toda la Universidad, haciendo
-alrededor un gran círculo, presenciaba el desaforado combate.
-
-Los presentes daban con los ojos muestras de asombro, si bien presumían
-que la fantasía de Monte-Valdés había colaborado con la historia y
-engrandecido el hecho. Mármol, con su acostumbrada rigidez, echaba humo
-por las narices y entornaba los párpados, como si nada de aquello fuese
-con él. Reanudose la charla, interrumpida con la llegada de Mármol y
-Guzmán. El tema era la política. Arsenio Bériz, el joven levantino,
-defendía con mucha vehemencia las más radicales ideas y procedimientos
-de gobierno. Monte-Valdés reprobaba los arrebatos del mozo, sacudiendo
-la cabeza y con ella las barbas, y enarcando las cejas. Él era jaimista.
-
---¿Y es cierto que van a celebrar ustedes un mitin mañana? --preguntó
-Monte-Valdés a Alberto.
-
---Sí, señor.
-
---Tejero, ¿hablará?
-
---El mitin es cosa de él.
-
---Gran talento tiene ese Tejero. Si el mitin es para condenar la
-putrefacción e idiotez del nuevo Gabinete, me parece muy bien. Señores,
-hay que ver ese don Sabas Sicilia, que no sé cómo no lo han colgado ya
-de una pata y cabeza abajo en un farol de la Puerta del Sol, por ladrón
---Monte-Valdés agitaba los brazos, enardecido--. Ahora, si es para
-hacer propaganda republicana... Vamos, que no acierto a explicarme cómo
-están ustedes tan obcecados...
-
-Bobadilla, el autor dramático, hombre mínimo de estatura y eminente
-de agudeza e ingenio, pulquérrimo en el vestir, y cuyo cráneo era
-un trasunto del de Mefistófeles, injerto en el de Shakespeare, se
-atusaba los alongados bigotes, muy atento a cuanto se decía; pero
-sin intervenir en el coloquio. Las manos de Bobadilla tenían extraña
-expresión: dijérase que en ellas radicaba el misterio de su arte. Eran
-unas manos pequeñuelas, cautas, meticulosas, elegantes, activas y, en
-cierto modo tristes, desde las cuales se dijera que colgaban, por medio
-de sutilísimos e invisibles hilos, gentiles marionetas, como si los
-dedos conocieran los incógnitos movimientos de la tragicomedia humana.
-
---Ya, ya --decía Bériz con abierta prosodia levantina--. Miren que el
-don Sabas ha de ser viejo.
-
---Pues aún pollea, aún pollea --glosó Bobadilla maliciosamente y con
-voz muy suave, sin dejar de atusarse el bigote. De todas sus palabras
-y obras lo característico era la finura y suavidad, cualidades estas
-tan regulares y acabadas en él que hacían presumir la existencia de
-un pesimismo disimulado y profundo, como esas puertas, con muelles
-escondidos, que nunca se cierran de golpe.
-
-Sonaron los timbres llamando a la segunda parte. Guzmán, Bériz y Mármol
-fueron por un lado hacia el fondo del patio de butacas; el resto, por
-otro hacia los asientos de orquesta.
-
-Apenas se habían sentado, cuando Pascualito Sicilia se acercó a Alberto
-y le habló de cosas indiferentes.
-
---¿Quién es aquel chimpancé de cría que está en aquel palco con la
-chimpancé matrona y el chimpancé paterfamilias? --preguntó Pascualito.
-
---Me parece conocer la cara; pero, no sé.
-
-Mármol respondió:
-
---Aquel chimpancé de cría es Angelines Tomelloso, y tiene la friolera
-de dos millones de pesetas en cada pierna, si no tiene más.
-
---Sí, sí, ahora recuerdo. Es paisana nuestra --habló Alberto.
-
---¡Caracoles! --epilogaron a un tiempo mismo Bériz y Pascual Sicilia.
-
-Cuando el hijo del ministro se hubo retirado, Mármol observó, en voz
-alta, pero como si hablase consigo mismo:
-
---Cuidado que está apetitosa Rosina; más guapa que nunca. Y pensar que
-ese viejo...
-
---Calla, pues no había caído en la cuenta --Guzmán se dio una palmada
-en la frente--. Pues si es usted quien la ha lanzado... En rigor, lo
-que ella ahora es a usted se lo debe. ¿Ha ido a visitarla?
-
---De su cuarto venía cuando nos encontramos.
-
---¿Y le ha recibido a usted bien?
-
---Es muy cariñosa. Se me figura...
-
---Qué, ¿quiere usted acotarla de nuevo?
-
---Yo no digo nada.
-
---Ella es todo lo fea que pueda ser una criatura humana, ché --acudió
-Bériz.
-
---¿Quién? --investigó Alberto.
-
---Esa señorita de Tomelloso. Parece un sapo; pero mira tú, ché, que es
-una tontería de millones.
-
-Bériz no apartaba los ojos de la niña de Tomelloso, una jovencita como
-de dieciocho años, minúscula y un si es no es contrahecha, la piel
-amarillo-terroso, los ojos rojizos y blandos.
-
---Pero, ¿no me has dicho que tienes novia en tu pueblo?
-
---Sí; la hija de un abaniquero. Total mucho aire, ché. Pero aquí está
-la auténtica y dulce pasta mineral catalana, que es la chipén.
-
---Vete a tu pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo. Aún es hora para ti.
-Aquí terminarás por corromperte física, moral y artísticamente. Cuando
-te acuerdes, quizás sea tarde. Ya has saboreado una dedada de vicio e
-insensatez, y eso nunca está mal en la primera juventud, porque te dará
-el claroscuro de la vida. Tú eres un raro ejemplar de español que tiene
-sus cinco sentidos muy sagaces y despiertos. Cuida de no malograrte.
-Y si, como dices, amas el arte, huye de Madrid de prisa, vete a tu
-pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo.
-
---Buena homilía. Vaya, que el diablo harto de carne se mete a
-predicador --y Bériz se reía aturdidamente. De pronto se quedó
-pensativo, y murmuró como herido por súbito descubrimiento--: Puede que
-tengas razón. Ya hablaremos, ché.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Así que los pasillos se descongestionaron de público y se oyó la
-orquesta preludiando la segunda parte del espectáculo, Teófilo, con
-agitado corazón y desmayadas piernas, se encaminó al cuarto de Rosina.
-Muy cerca de la entrada estaba Apolinar fumando un pitillo, apoyado en
-la pared. Teófilo repicó con los nudillos en la puerta. Salió a abrir
-Conchita:
-
---Es don Teófilo.
-
---Entra, criatura --gritó desde dentro Rosina. Y al ver aparecer al
-poeta--: ¡Ya me tenías intranquila! ¿Por qué no has venido antes?
-
---Por la gente --Teófilo iba a sentarse en un pequeño diván.
-
---Eso es; te sientas sin haberme dado un beso. Me parece muy bien.
-
---Perdona, nenita. No quería molestarte --se acercó a la mujer y le
-besó con ternura la frente.
-
---A eso llamas tú molestarme --Rosina hizo un mimoso mohín, que Teófilo
-lo sintió en los pulsos de las muñecas a modo de dulce desmayo y
-flojera, como si se estuviese desangrando mansamente.
-
-La doncella concluía de peinar a Rosina, quien estaba sentada frente al
-espejo, arrebujada en un ropón de liviana seda color tabaco.
-
---Parece que estamos en los jardines de Haz el Primete y Abultadín,
-¿verdad, don Teófilo? --habló Conchita, paseando los ojos a la redonda
-sobre los ramos y canastillas de flores que atestaban el pequeño
-aposento, y se echó a reír con aquella alegría copiosa y borboteante de
-que estaba saturada aquella noche más que nunca.
-
---Pero, ¿qué te ocurre hoy, niña? --preguntó Rosina con alguna
-severidad.
-
---¿A mí? Como no sea el debut, que me tiene fuera de quicio.
-
---¿Qué debut?
-
---A ver cuál va a ser... El de usté --el rostro de Conchita enrojeció.
-
---No te apures, criatura. Te puedes ir, si quieres, con tu Apolinar a
-ver la función, que yo ya no te necesito. Hoy será Teófilo mi doncella,
-él me ayudará a vestir. Digo... ¿qué te parece, Teófilo?
-
---Admirablemente --Teófilo sonreía con beatitud.
-
-Conchita se echó una mantilla sobre la cabeza, tomó su escarcela de
-mano, de largos cordones, y se dirigió con mucha prisa hacia la puerta.
-
---Un minuto, Conchita, que esto no me lo puede arreglar Teófilo. Este
-_chichí_ --y señalaba un dorado tirabuzón sobre la nuca.
-
-Conchita, tal como estaba y sin abandonar el bolsillo de mano, fue a
-dar los últimos toques al peinado de Rosina.
-
---Ya está bien. ¡Jesús, qué golpe me has dado con el bolsillo! ¿Qué
-llevas dentro?
-
---Un duro en calderilla --y la doncella se evadió ágil y riente.
-
-Rosina vino a sentarse en las piernas de Teófilo y se reclinó sobre él,
-procurando no estropear el tocado. Estaba un poco meditabunda.
-
---Ya ves, Teófilo, lo que va de mujer a mujer. Ya te he contado lo de
-Conchita, ¿eh?
-
---No, pero lo presumo.
-
---Ya va para ocho días. Pues nada, que una noche no apareció por casa.
-¡Qué susto! Creímos que le había ocurrido alguna desgracia. Por fin,
-a la mañana siguiente, aquí me tienes a la niña llorando como una
-Magdalena. Pero, ¿qué? El llanto le duró dos minutos. En una palabra,
-que había pasado la noche con el novio. Habías de verla. Loca de
-felicidad. Aseguran que se van a casar, y yo lo creo, porque el chico,
-por lo que he visto las veces que fue por casa, parece un muchacho
-formal. Pero, a lo que iba. Dicen que la mujer ha nacido para eso,
-para ser mujer, y que no lo es ni se puede decir que viva hasta que no
-tiene algo que ver con un hombre, y que por eso en este caso todas las
-mujeres están tan tontas, contentas y orgullosas. Ya, ya... Por lo que
-toca a Conchita, así parece: está chiflada y llega a ponerme nerviosa.
-Pero habías de verme a mí cuando ocurrió lo mío... Creí morir, sí,
-Teófilo; quise matarme. Ya sabes: el padre de Rosa Fernanda.
-
---¿Quién fue?
-
---Ya te lo he dicho. ¡No me atormentes!
-
---No; nunca has querido decírmelo. Me has contado cosas inverosímiles.
-
---Pues es la verdad. Un hombre como caído del cielo. Quiero decir que
-apareció y desapareció como por encanto --comenzó a llorar, y entre
-lágrimas suspiraba--. ¡Quizás aquello haya sido lo mejor!
-
---¿Qué, qué es aquello? --interrogó Teófilo, asiéndola afanosamente.
-
---Aquello... --bisbiseó con turbiedad en la mirada--. Aquello, ¿qué ha
-de ser, sino que desapareció para siempre?
-
---Rosa, yo no puedo más, no puedo más. Esto no puede seguir así --dijo
-Teófilo con ardimiento.
-
---No te comprendo.
-
---Ni yo me comprendo a mí mismo. He hablado sin saber lo que decía. No
-sé lo que pienso, lo que quiero, lo que digo, lo que hago. ¿No ves que
-te adoro?
-
---Y yo, ¿no te adoro también?
-
---No sé.
-
---¿No sabes?
-
---Yo no sé nada, Rosina --y le mordisqueó la boca.
-
---No seas loco, que tengo que salir a escena --se puso en pie--. Ahora
-me vas a ayudar a vestir, ¿quieres?
-
---Sí, nenita, cromo bonito --y estos loores alfeñicados adquirían
-ridícula estridencia en su boca.
-
-Rosina se despojó del ropón, y quedó en pantalones. Teófilo se
-precipitó a besarle el busto, de carne aurialba, como si estuviera
-embebida en luz mate.
-
---¡No, no y no! --Rosina pataleaba con gracioso enfado--. Sea usted
-formal. Buena me pondrían las amigas si supieran que permito tales
-confianzas a mi doncella...
-
-Teófilo se creyó obligado a reír el donaire, y todo lo que hizo fue
-componer una mueca lóbrega y desolada.
-
---¿Te gustan estas medias? Son de la casa Gastineau --y se inclinaba a
-mirarse las piernas, embutidas en unas medias de un rojo opaco.
-
-Teófilo se embebeció contemplando las piernas de su amada, pulidas,
-de dulce carne acompañadas, perezosas, y de una pura línea curva que
-el músculo no torcía bruscamente ni quebraba: piernas más hechas para
-yacer y destacar sobre sedas oscuras que para caminar escondidas entre
-ropajes. Teófilo se arrodilló a besar las piernas de Rosina.
-
---Vas a conseguir enfadarme, Teófilo.
-
---No es mi culpa, ¡si eres tan linda!
-
---Calla, ¿no oyes?
-
-Se detuvieron un punto con el oído en tensión. Desde el escenario
-subían los ecos de aclamaciones furiosas, luego las últimas adormecidas
-olas de la música lejana.
-
---Un garrotín --dijo Rosina--. Hijo, menudo éxito. ¿Quién será?
-
---Quizás la Íñigo.
-
---No; esa va en la última parte, con la princesa y conmigo. Somos los
-números de fuerza. De modo que este es un éxito con que no se contaba.
-
---Mayor será el tuyo.
-
---Pss. ¿Creerás que no me importa?
-
-Rosina descolgó el vestido con que había de salir a escena y se lo
-metió por la cabeza.
-
---Abróchame, Teófilo.
-
-En concluyendo de abrocharla Teófilo, Rosina levantó los brazos y giró
-delante del espejo, examinándose. Era el vestido largo, de sociedad:
-una túnica-camisa estrecha, hendida por los costados, de muselina
-de seda gris, puesta sobre un fondo rojo cereza y sostenida por un
-cinturón de acero en la base de los senos.
-
---Quiero romper con esa moda ridícula de las cupletistas españolas,
-tomada de las francesas. Los trajes cortos ya apestan, chico. ¿Te gusta
-este? Y esta rosa preciosa que me has regalado y yo beso, aquí --se la
-colocó en el pecho.
-
-Por toda respuesta, Teófilo estrechó a Rosina entre sus brazos.
-Llegaban de la escena el runrún y estruendo de nuevas aclamaciones y
-aplausos; pero no las oyeron esta vez Teófilo ni Rosina, que se habían
-abandonado a un desvanecimiento de ternura. Cuando recuperó en parte
-sus fuerzas, la mujer, con húmedos ojos y voz blanda, habló:
-
---Teófilo, mi dueño, no sé lo que hoy me pasa. Nunca he vivido
-en paz, mi querido; pero nunca he sentido que no vivo en paz tan
-desconsoladamente como hoy.
-
---Serénate, Rosina, nena mía. Acaso estás nerviosa.
-
---¿Por salir a escena, quieres decir?
-
---Sin duda.
-
---Parece mentira que me conozcas tan mal. ¿Qué me importa a mí eso?
-Es una cosa muy honda, mucho más honda... Es que siempre he buscado
-algo que me satisficiese y no he dado con ello. Tu cariño le anda muy
-cerca, pero aún falta algo. No sé. Quizás es porque estoy rodeada de
-ficciones, hipocresías, bajezas y no logro habituarme. ¡Maldito dinero!
-¿Por qué no tienes dinero? Yo quisiera vivir sola y retirada contigo
-y mi niña, contigo que me has querido como nadie me ha querido. Es
-necesario, es necesario, es necesario que yo sea de un solo hombre, que
-viva en paz --estrujaba con sus manos el rostro de Teófilo y hablaba
-ceñida a él, entreponiendo beso y palabra, palabra y beso--. Ese
-drama... ¿por qué no lo escribes si te ha de dar tanto dinero? No nos
-falta sino dinero. Si eres un hombre y es verdad que me quieres, busca
-dinero, róbalo aunque sea, Teófilo.
-
-El poeta respondió arrebatadamente:
-
---Lo tendré, lo tendremos. Si es preciso lo robaré.
-
---Ruido de gente que viene. Ha debido de terminar la segunda parte.
-
---Entonces te dejo.
-
---Quédate.
-
---No, no. Es mejor que me vaya.
-
-Se despidieron con un beso muy largo.
-
-
-
-
-V
-
-
-En las escaleras del escenario Teófilo tropezó con un golpe de
-gente enardecida y entusiasta, cuyo corifeo era Angelón. Conducían
-triunfalmente a Verónica.
-
---¿Qué le ha parecido a usted el éxito? --preguntó Angelón a Teófilo.
-
---¿Cuál?
-
---¿No ha estado usted en la sala? --interrogó Verónica.
-
---No.
-
-El rostro de Verónica se entristeció. El cortejo triunfal siguió
-escalera arriba y el poeta descendió al pasillo. Iba aturdido por el
-entusiasmo que las últimas palabras de Rosina le habían infundido.
-Nunca había sentido dentro de sí tan confiado ímpetu para embestir el
-futuro. Mas, de repente, acordose de que Rosina no le había invitado
-a pasar la noche en su compañía, y el ímpetu se trocó al instante en
-desmadejamiento cordial y amargura. Echó a andar por los pasillos,
-ajenado del mundo externo, hasta que Alberto le detuvo, agarrándole de
-un brazo. Numerosa reunión de artistas y escritores comentaban en el
-tono más alto de fervor las danzas de Verónica. Monte-Valdés señalábase
-particularmente por la elocuencia de su panegírico. Para Monte-Valdés
-no existía sino un sentido estético, el de la vista. De sí mismo
-acostumbraba decir: «No tengo oído; la música de ese teutón que llaman
-Wagner me parece una broma pesada. Sin embargo, me envanezco de sentir
-la emoción de la armonía, el acento y el ritmo mejor que los músicos
-profesionales, y he llegado a ello a través de la pintura. No conozco
-sentencia más aguda y veraz que aquella de Simónides, el Voltaire
-griego, en la cual se declara: _La pintura es poesía muda; la poesía
-es pintura elocuente._ Y decir poesía y armonía es una cosa misma.» Y
-así era en verdad. Gran prosista y poeta, había conseguido maravillosas
-sonoridades en el párrafo y la estrofa ensamblando los vocablos según
-su color. Quijote no solo en la traza corporal, sino también en el
-espíritu de su arte, manipulaba el lenguaje descubriendo haces de
-palabras como ejércitos de señores magníficamente arreados allí donde
-los demás no veían otra cosa que rebaños de borregos iguales, a medias
-desvanecidos detrás de una polvareda: porque para él cada palabra tenía
-su corazón, su abolengo pragmático y su armorial.
-
---La danza --decía ahora Monte-Valdés--, es pintura, poesía y música
-mezcladas estrechamente, personificadas y dotadas no de existencia
-ideal, como ocurre en las manifestaciones singulares de cada una de
-ellas, sino de vida orgánica. La danza es el arte primario y maternal
-por excelencia.
-
---Sí --asintió Alberto--. Cuando el hombre no ha alcanzado aún para sus
-emociones el alto don de la expresión consciente, las traduce en la
-danza; mejor dicho, se entrega a la danza, como si estuviera poseído
-por un ser invisible. Por eso la danza es un arte eminentemente místico
-y español. El misticismo es el baile de San Vito del espíritu. La danza
-es el misticismo de la carne.
-
---Que la danza sea un arte religioso me parece cierto. Que España sea
-la tierra del misticismo y de la danza, también; pero...
-
---No hay sino parar atención en el número de palabras que existen
-en nuestro idioma para expresar el arrobo, éxtasis, transporte,
-embebecimiento y cien otros estados místicos, y la muchedumbre de
-bailes que hemos inventado: fandango, garrotín, bolero, cachucha,
-zapateado, vito, olé, panaderos, qué se yo.
-
---Sí --corroboró don Alberto Monte-Valdés--, en esas dos formas de
-actividad nuestra experiencia nacional ha enriquecido el léxico de
-manera asombrosa. Pero hemos inventado mayor número aún de vocablos
-para designar otro acto que si no es precisamente místico, pudiera
-tener alguna concomitancia con ciertas formas de misticismo.
-
---¿Cuál? --preguntó Alcázar, un pintor andaluz elegante, cenceño,
-oliváceo, de pergeño algo árabe y algo florentino.
-
---La turca, la mona, la mica, la talanquera, la cogorza, etc., etc.
-Vayan recordando los infinitos nombres con que hemos bautizado la
-embriaguez. Pero a lo que iba, amigo Guzmán, es que no me parece exacto
-lo de que el alto don de la expresión consciente, como usted ha dicho o
-dado a entender, sea la característica del arte más alto y puro. Creo,
-por el contrario, que el arte no es sino emoción, y por lo tanto, que
-su expresión tiene mucho de instintiva y espontánea; de manera que la
-mucha luz consciente en ocasiones estorba a la forma artística y anula
-su plasticidad y relieve. En rigor me parece que no hay belleza sino
-en el recuerdo, y aquilatamos si una obra de arte es buena o no lo es
-según se nos presenta inmediatamente como un vago recuerdo personal,
-y en este caso es buena obra de arte, o como noticia, todo lo veraz
-que se quiera, de una cosa que no conocíamos, y entonces, para mí,
-se trata de una obra despreciable. Las buenas obras de arte se nos
-infunden de tal suerte en el espíritu, que al punto las asimilamos y
-las sentimos como un recuerdo que no logramos emplazar en el tiempo,
-algo así como las historias y palabras que hemos oído durante una
-convalecencia. Los versos de Garcilaso tienen siempre una emoción de
-recuerdo. Los de Góngora, nunca. En puridad, no existe belleza sino en
-lo efímero, porque lo efímero se transforma al instante en recuerdo y
-de esta suerte se hace permanente. Por eso la danza, que es el arte más
-efímero, quizás sea el arte más bello.
-
---Según eso --atajó Bériz--, será más bella una quintilla de Camprodón,
-escrita en un papel de fumar, que un terceto del Dante, miniado en un
-pergamino.
-
-Monte-Valdés, con fiero desdén, como si el mozo levantino no existiera
-sobre el haz de la tierra, volviose a preguntar a Alberto:
-
---¿Qué dice usted?
-
---Que me parece bien lo que usted dice, en sustancia, y también que es
-perfectamente compatible con lo que yo había dicho, o, por mejor decir,
-con lo que yo pienso.
-
---En suma --intervino Teófilo, que tenía estragado el pecho por la
-amargura y sentía necesidad de desahogarse de algún modo--, quedamos en
-que España es el país de la danza, y que la historia de España es toda
-ella una danza del vientre... vacío.
-
---Ché, y eso que, como reza el refrán, de la panza sale la danza.
-
-Monte-Valdés contempló a los interruptores con largueza compasiva, como
-a gente que no comprende, y agregó:
-
---Hay, en efecto, en los instintos del pueblo bajo español un no sé
-qué de divino y danzante, un no sé qué de claro instinto de la medida
-y la gracia. Y digo divino al mismo tiempo que danzante, porque ya
-los griegos añadían al nombre de sus dioses el apelativo danzante
-o saltante. Plinio el joven, Petronio, Apiano, Estrabón, Marcial y
-Juvenal cantaron el elogio de las célebres bailarinas gaditanas. Y
-un canónigo del siglo XVII, llamado Salazar, asegura que las danzas
-andaluzas que en su tiempo se bailaban eran las mismas de la antigüedad
---Monte-Valdés gustaba mucho de aderezar la conversación con citas
-pintorescas, de las cuales tenía un bien surtido arsenal.
-
---Y esta chica, Verónica, ¿qué le parece a usted?
-
---Simplemente maravillosa; lo dúctil del cuerpo, lo estilizado y gentil
-de brazos, manos y dedos, y su cara, qué sugestiva y cambiante, qué
-profunda la angustia que a veces revelaba, qué matinal el alborozo
-otras veces, qué exquisita la euritmia plástica siempre. Dentro de ella
-se adivina un ímpetu caudal de fuerzas superabundantes. Como ha dicho
-Platón: «el hombre ha recibido de los dioses, junto con el sentimiento
-del placer y del dolor, el del ritmo y la armonía». Si esa muchacha
-da con un guía o maestro de sensibilidad artística llegará a ser una
-bailarina famosa.
-
---¿Quiere usted conocerla?
-
---Con mucho gusto.
-
-Subieron todos a felicitar a Verónica, a excepción de Teófilo, que
-permaneció a solas y cabizbajo, paseando a lo largo de los pasillos.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Verónica se sobrecogió al ver entrar por la puerta de su cuarto aquel
-torrente de hombres desconocidos; pero la presencia de Alberto le dio
-ánimos. A las alabanzas y encomios respondía riéndose sin tasa, con su
-transparente risa muchachil, y andaba de un sitio a otro sin pararse un
-punto, desasosegada de los nervios.
-
---Pues na, señores; que he pasao un canguelo que ya, ya... Ha sido una
-tontería de este chalado --señalando a Alberto--, que se empeñó en que
-había de bailar. Luego, me pesó tanto haber dicho que sí. Pero si lo
-gracioso es que no sé bailar: bailo lo que buenamente me sale.
-
-Alcázar y Alba, entrambos afamados pintores, solicitaron hacerle sendos
-retratos al óleo.
-
---Retratos míos... ¿y en color? Quiten allá... Si parezco una
-aceitunilla. Pero si ustedes se empeñan... El que pinta como las rosas
-es este, es muy habilidoso --por Guzmán.
-
-Travesedo se asomó a la puerta y llamó a Alberto.
-
---¿Qué te ocurre? --preguntó Guzmán, ya en el pasillo.
-
---Que tengo miedo que se nos agüe la fiesta. Y cuidado que va saliendo
-bien todo. ¿Has visto qué éxito el de esa neña? Ahora, con que se monte
-en las nubes y quiera subir el contrato...
-
---No creo.
-
---Por esta vez, y es la primera, me va a salir bien un negocio. No te
-figures que ganaré gran cosa. Jovino me paga cincuenta duros al mes;
-luego, el veinticinco por ciento de las utilidades. A esto renuncio de
-buena gana, y me conformo con que lo comido vaya por lo servido. La
-cuestión es que los cincuenta duros tiren hasta la próxima primavera.
-Pero, ese Jovino... En mi vida he visto hombre como él. ¿Crees tú
-que se le importa un pitoche el negocio del circo? Ni esto. Solo
-piensa en jugarse el dinero en casinos y chirlatas. Pero yo quería
-hablarte del conflicto. Ya sabes que la Íñigo y Monte-Valdés no se
-pueden ver. Es una mujer escandalosa de veras y no de boquilla, como
-la pobre italiana, y le tiene al cojo unas ganas... Pues nada, que se
-ha enterado de que está aquí en los cuartos, y Angelón, que ha estado
-hablando con ella, ha venido a decirme que lo va a esperar y tirarle
-de las barbas, y qué sé yo. Figúrate.
-
---No hagas caso. No hará nada porque le tiene mucho miedo.
-
---¿Esa, miedo?
-
---Sí, hombre.
-
---No me tranquilizas.
-
---¿Y qué quieres que yo haga?
-
---Que con cualquier pretexto te lo lleves abajo.
-
---Ni que fuera un niño.
-
---Por Dios te lo pido. Mira que si se me tuerce el espectáculo ahora,
-en la tercera parte, que es la de sensación... Hay una ansiedad enorme
-por ver a Rosina; me lo ha dicho Mármol; por cierto que ha venido de
-Pilares, ¿lo sabías?
-
---Sí, ya lo he visto.
-
---El ministro ha comprado media entrada general y le van a hacer una
-ovación a Rosina... Después la princesa Tamará. Creo que se presenta
-casi en pelota... Si salimos hoy con bien se asegura la temporada. Por
-lo que más quieras, llévate a Monte-Valdés abajo.
-
---Haré lo que pueda.
-
-Cuando Alberto entró de nuevo en el cuarto de Verónica, Monte-Valdés
-peroraba elocuentemente acerca del baile, y la bailarina le oía
-embelesada. La elocuencia del literato era tan prieta y fluente, que
-Alberto no encontraba coyuntura por donde meterse a cortarla y luego
-precipitar la despedida.
-
-Sonaron los timbres para la tercera parte. Monte-Valdés continuaba
-perorando, y el resto de la reunión seguía con interés su amena charla.
-Después de pasado un tiempo, y cuando se oían los ecos de la orquesta,
-Alberto consideró que no había peligro ya y se levantó.
-
---Señores, hace un momento que ha comenzado la tercera parte. ¿Les
-parece que nos vayamos?
-
---¿Es posible? Yo no he oído los timbres. Pues sí, la orquesta está
-tocando. Vámonos. Dicen que esa Antígona es una mujer hermosísima.
-
-Se levantaron todos.
-
---¿Se marcha usté ya? --dijo Verónica a Monte-Valdés--. A mí que me
-gusta tanto oírle... Deje usté que se vayan estos señores y quédese
-usté conmigo.
-
---Mujer, no seas egoísta --amonestó Alberto.
-
---O si no --Verónica comenzó a dar saltitos--, si a estos señores no
-les parece mal, puede usté venir conmigo al escenario y sigue usté
-hablando, y al mismo tiempo entre bastidores lo ve usté todo.
-
---Eso es imposible, Verónica --atajó Alberto.
-
---¿Por qué? Tú también te vienes con nosotros. Si es muy divertido
-estar entre bastidores. A estos señores no les digo nada porque no sé
-si consentirán tanta gente.
-
-Verónica condujo a Monte-Valdés y Alberto a la segunda caja del
-escenario, precisamente donde estaba la Íñigo aguardando la salida de
-un momento a otro. Monte-Valdés, con ampuloso desdén, fingió ignorar
-la presencia de su enemiga, la cual comenzó a agitarse nerviosa, a
-lanzar miradas aviesas al escritor y a sonreírse malignamente. Alberto
-estaba tranquilo, porque en sitio y ocasión tales no era verosímil una
-conflagración. Llegole a la Íñigo el turno para salir a escena. La
-música atacó un pasacalle jacarandoso. La cupletista, que lucía capa y
-montera de torero, encendió un pitillo, se ciñó la capa a las caderas
-y al vientre, sobradamente abultado, e hizo un breve, obsceno y raudo
-cadereo, como tanteando sus facultades; propedéutica o introducción
-del arte coreográfico, semejante al del cantador que carraspea y se
-escamonda el gañote antes de salir por peteneras. La Íñigo dio dos
-pasos hacia la escena, y ya en el borde de los bastidores, escorzó
-el torso en actitud desgarrada y hostil, miró de través y de arriba
-abajo al escritor, vomitole en el rostro un agravio indecoroso y huyó
-a presentarse ante el público, moviendo desordenadamente el trasero,
-según andaba. Monte-Valdés, con perfecta naturalidad, salió también
-a escena en pos de la Íñigo, y cuando la tuvo cerca, sustentándose
-sobre la pierna de palo por un milagro de equilibrio, le aplicó con
-la pierna íntegra tan desaforado puntapié en las asentaderas que la
-mujer dio de bruces sobre las tablas. Hubo unos minutos de estupor
-general y de silencio hondo. A seguida estalló el escándalo con
-caracteres pavorosos, y la confusión de baladros, bramidos, pataleos,
-imprecaciones, carcajadas, ir y venir y correr de gente amenazaba dar
-al traste con el circo. Por encima del estruendo general nadaba la
-exasperada voz de Monte-Valdés.
-
---¡Como yo tengo tanto pudor para las broncas!...
-
-Calmose la marejada antes de lo que fuera de esperar, y el público, muy
-regocijado después de aquel número fuera de programa, exigía ahora la
-continuación del espectáculo. Por fortuna, la princesa Tamará estaba
-dispuesta y en su punto, y salió a bailar unas danzas orientales,
-después que un criado anunció al respetable que a la señorita Íñigo le
-era imposible continuar su trabajo por haberle acometido inopinadamente
-una ligera indisposición.
-
-La indisposición consistía en un turbulento patatús. Entre seis hombres
-la habían llevado pataleando y echando espuma por la boca al cuarto de
-la dirección.
-
-Algunos amigos de Monte-Valdés y algunos que no lo eran, entre
-ellos el comisario de policía, habían acudido al escenario. De los
-primeros en subir fue don Bernabé Barajas, acompañado de su agraciado
-amigo, al cual no perdía de vista un momento, por temor a que se le
-extraviase. Iba don Bernabé de aquí acullá, escudriñando los orígenes
-del conflicto con femenina curiosidad, por ver en qué paraba el jaleo,
-cuando en una de estas echó de menos al joven amigo, y entonces,
-perdiendo todo interés por el resto de las cosas humanas, se consagró a
-recuperar a su compañero.
-
---¿Han visto ustedes a Fernandito? --inquiría por todas partes con
-desolado lamento.
-
-Pero nadie le hacía caso. Fernando había subido las escaleras que
-conducen a los cuartos de las artistas y husmeaba en busca de alguna
-mujer bonita a quien requebrar. A la puerta de la dirección había un
-remolino de curiosos; el resto del pasillo estaba solitario. Veíase una
-puertecilla abierta y sobre el cuadrado de luz destacaba, al sesgo,
-gallarda figura de mujer.
-
-Era Rosina, que aguardaba a Conchita con nuevas de lo sucedido.
-
-Fernando se acercó a la mujer con disimulo y como si pasease, por
-verla más de cerca. «Debe de ser una gachí de órdago», pensaba, e
-iba aproximándose al desgaire. No podía distinguirle bien el rostro,
-porque estaba entre dos luces encontradas, pero observó con sorpresa
-que se llevaba entrambas manos al corazón, que se reclinaba en uno de
-los quicios, que se enderezaba nuevamente, y oyó que decía con voz
-desfalleciente:
-
---¡Fernando!
-
-Fernando salvó de un salto los tres metros que le separaban de la
-mujer, la cual, en teniéndole cerca de sí, le tomó de la mano y le hizo
-entrar en la estancia, entornando después la puerta.
-
---¡Fernando! --suspiró de nuevo la mujer. Estaba mortalmente pálida--.
-¿No me conoces ya?
-
-El mozo se había contagiado de la palidez y emoción de su incógnita
-compañera. Sentía la angustia dolorosa de un recuerdo, del cual estaba
-por entero saturado y con cuya expresión no acertaba. Era como si le
-estuvieran revolviendo las entrañas y arrancando aquello que estaba
-más hondo y lejano para ponerlo en la superficie y a la luz. De pronto
-abrazó a la mujer con varonil reciedumbre y rugió más que dijo:
-
---¡Rosina!
-
-Rosina, estrujada sobre el poderoso tórax de Fernando y sin poder
-respirar, en parte por la presión del hombre y en parte por el arrebato
-confuso que le atormentaba el pecho, elevando los ojos, como si con
-ellos bebiese los de él, alentó con delgado soplo y acento entre tierno
-y orgulloso:
-
---Tenemos una hija: Rosa Fernanda.
-
-De pronto sacudiose por desasirse de Fernando y dijo atropelladamente:
-
---¿Cuándo nos vemos? Hay que arreglarlo todo en seguida. Ya no te
-separas de mí. Vete inmediatamente a la esquina de la calle del
-Barquillo y Alcalá. Pasaré yo en dos minutos y te meterás en mi coche.
-En seguida, en seguida. Vete ya, que alguien llega.
-
-Besáronse y Fernando partió. Rosina no tuvo fuerzas para sustentarse en
-pie y cayó desmadejada sobre el pequeño diván. Conchita se alarmó al
-entrar.
-
---¿Qué le ocurre a usté?
-
---Nada, Conchita. Dame el abrigo. Me siento muy mal y voy a casa.
-
---¿Y el debut?
-
---¿No te digo que estoy muy mal? Acompáñame hasta el coche, nada más
-que hasta el coche; después ya no te necesito. Puedes pasar la noche
-con Apolinar, si quieres. Dile a Travesedo que me he puesto muy mala,
-muy mala y que no puedo cantar.
-
-A favor del desorden y aturdimiento que aún duraban, a consecuencia del
-incidente movido por Monte-Valdés, Rosina y su doncella pudieron salir
-del teatro sin que nadie parase mientes en ello. Conchita iba pensando:
-«Nuevo lío. Y ahora es gordo. ¡Qué asco de vida esta! ¡Dios nos
-ampare, Dios nos ampare! ¡Virgen de la Paloma!» Le entró un arrechucho
-de ternura, y antes de que Rosina subiera al coche, se abalanzó a
-besarla, llorando.
-
---Si supieras, Conchita... Ea, adiós.
-
---Adiós, señorita, adiós, adiós, adiós.
-
-Conchita volvió a la dirección, en donde la Íñigo, rodeada de gentes
-solícitas que le daban masajes precordiales en el desnudo seno,
-comenzaba a recobrar el sentido. Travesedo y Alberto observaban la
-operación. Conchita refirió a Travesedo lo que ocurría. Alberto vio
-que el rostro de Travesedo, ebúrneo y linfático de ordinario, se
-congestionaba y que sus ojos se inyectaron de sangre.
-
---¿Qué te ocurre? --preguntó solícito.
-
---Nada, Bertuco; una friolera. Que Rosina se ha ido a su casa, muy
-enferma de un mal que le dio de repente. Y ahora, ¿quién se lo dice al
-público, después del escandalazo de Monte-Valdés? ¿No te lo decía yo?
-Mi sino es más negro que mis barbas --y se las mesó con ensañamiento.
-
-La omisión del número Antígona acarreó tan airada protesta que la
-policía hubo de intervenir y obligar a la Empresa a devolver el importe
-de los billetes, con lo cual la desesperación de Travesedo llegó a
-términos que anduvo a punto de pelarse las barbas, y si no lo consiguió
-fue porque las tenía tan arraigadas como su mala suerte.
-
-Y aún faltaba el rabo por desollar. Y fue, que cuando Travesedo subía a
-la dirección, curvado bajo la pesadumbre de su infortunio, descendía la
-condesa Beniamina, somera pero lindamente ataviada con un casaquín, no
-más abajo de medio muslo ni más arriba de medio seno; aquellas flores
-funerarias que tanto enojo le habían producido, cogidas en un brazado;
-el mico sobre un hombro y una sonrisa seráfica en los labios. Su número
-debía ser el último; número de gran espectáculo. Consistía en un globo
-luminoso en cuya barquilla iba la condesa cantando y arrojando flores y
-que a través de los ámbitos del teatro, apagadas las luces, avanzaba y
-hacía extrañas evoluciones por medio de ingenioso artificio.
-
---¿Adónde vas? --inquirió Travesedo ásperamente.
-
---¿Adónde? Al palco escénico.
-
---Pues mejor te vas a otra parte --Travesedo añadió una frase poco
-gentil.
-
---¿Cosa?
-
---Lo que has oído. Que se terminó la función.
-
---¿Y el pallone?
-
---¿El pallone? --esta vez su frase fue menos gentil aún.
-
-Cuando después de media hora Travesedo salía del malhadado circo, su
-lóbrego sino se había complicado con otro sino sangriento, porque
-desde la raíz de las barbas hasta muy cerca de los ojos le labraba las
-mejillas una red de purpurinos arañazos, obra de la inofensiva condesa;
-aquella que, al decir del propio Travesedo, era escandalosa solo de
-boquilla.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Así que Fernando llegó a la esquina de las calles de Alcalá y
-Barquillo, un coche se detuvo junto a la acera. Abriose la puertecilla.
-El mozo entró en el carruaje. Rosina dio las señas de su casa. El
-cochero guió a través de la calle de Alcalá, luego a lo largo de la del
-Turco, hasta la del Prado. Rosina y Fernando no se habían dicho aún una
-palabra. La mujer, asomándose por una ventanilla, gritó al cochero:
-«A la Castellana.» Subió el vidrio y se dejó caer sobre el hombro de
-Fernando.
-
---Me siento mal.
-
-Fernando la acariciaba con lento manoseo y no sabía qué decir.
-
---Ya no soy nada para ti --murmuró muy arisca, irguiéndose--. Mejor
-dicho, nunca he sido nada para ti. La mujer de una noche: una de
-tantas. ¿Con cuántas has hecho lo que conmigo, yendo de pueblo en
-pueblo? Si hasta me asombra que te acordases del santo de mi nombre. Lo
-mejor es que hagamos por no volver a vernos. Bájate del coche y adiós
---su voz era árida y conminatoria.
-
-Fernando la agarró con bárbara violencia, la levantó en vilo y la sentó
-de golpe sobre sus piernas.
-
---Cállate y no digas estupideces --masculló, triturándola casi, de lo
-cual recibía la mujer una alegría dolorosa.
-
-Rosina apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de Fernando y le adhirió
-determinadamente los labios en la coyuntura del cuello y la mandíbula,
-como si quisiera succionarle la sangre. Sentía en sus encías el recio
-batido de la yugular y le embestía un ansia furiosa de morder.
-
-Después de largo silencio, Rosina bisbiseó:
-
---Vamos a mi casa.
-
---No puede ser.
-
---¿No puede ser? ¿No puede ser? ¿Has dicho que no puede ser?
-
---No puede ser.
-
-Rosina intentó desgajarse de Fernando. Fernando la retuvo, apresándola
-con brutal ahinco.
-
---Suéltame, suéltame o te escupo. ¿No ves que me das asco?
-
-Fernando la dejó en libertad. Rosina fue a sentarse en el asiento. La
-luz de un farol público, entrándose por la ventanilla con movimiento de
-guadaña, segó por un instante las sombras del coche. Rosina pudo ver
-que Fernando tenía la cabeza caída sobre el pecho.
-
---Tienes una querida. ¡Niégalo! Una querida rica que te sostiene.
-¡Niégalo! Eres un chulo, eso, un chulo. No hay más que verte.
-¡Niégalo!... ¿Vamos a casa?
-
---No puede ser.
-
---Claro. Si la otra lo sabe, adiós pitanza, y trajes de señorito, y la
-vida holgona. ¡Ten al menos el valor de confesar! ¿Tienes una querida?
-
-Fernando no respondió.
-
---Di sí o no.
-
---No.
-
---¿No?
-
---No.
-
---Pues vamos a casa.
-
---No puede ser.
-
---¡Qué canalla! ¡Qué bandido! ¡Qué embustero!... Y qué cobarde, que lo
-oyes todo sin rechistar. ¿Cómo era posible que a la vuelta de unos años
-te encontrase hecho un señorito, si no es a fuerza de las indecencias
-que habrás cometido?
-
---¿Y cómo te encuentro yo?
-
-Rosina, con voz estrangulada por la ira, bramó:
-
---Pero, ¿te atreves?...
-
---¡Perdón! --y su acento estaba empañado--. ¡Tenme lástima!
-
-Rosina no pudo oír la última frase de Fernando. Se había llevado
-las manos al pecho, y al tropezar con la rosa de Teófilo, ajada y
-media deshecha por otro hombre, sintió su conciencia traspasada de
-remordimiento. Vio que la conducta de Fernando para con ella era la
-misma de ella para con Teófilo. Teófilo la quería para sí, por entero;
-pero ella no se atrevía a renunciar a los beneficios que de don Sabas
-recibía. Fernando tampoco se resolvía a despreciar las dádivas de
-aquella desconocida amante. Rosina era supersticiosa. Pensó: «Castigo
-de Dios. Me lo he merecido. El que a hierro mata, a hierro muere.» Y la
-imagen de Teófilo se agigantó en su recuerdo.
-
-Rosina oprimió el llamador del coche. El cochero detuvo los caballos.
-
---Haz el favor de bajar.
-
---¿Me echas?
-
---Haz el favor de bajar.
-
---Has sido como un sueño. Para mí siempre has sido un sueño... --se
-detuvo, esperando que Rosina dijera nuevamente: «Vamos a casa.» Pero
-Rosina permaneció en silencio--. Mi corazón --habló a tiempo que echaba
-pie al estribo-- ha estado siempre lleno de sueños. Un sueño, la
-primera vez que te vi. La segunda vez, una pesadilla --y cerró de golpe
-la portezuela, como si quisiera despertarse a la realidad.
-
-Y entonces fue Rosina la que se quedó como soñando. Poco después abrió
-la ventanilla, asomó por ella todo el torso, y gritó, como loca:
-
---¡Fernando! ¡Fernando!
-
---¿Adónde vamos, señorita? --preguntó el cochero.
-
---A casa.
-
-Rosina se retrepó en el respaldar del asiento y murmuró en voz baja:
-«Pero, ¿no estoy de veras soñando?»
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Salieron juntos del circo Angelón, Teófilo y Alberto, con Verónica.
-Alberto le tenía ya dicho a Angelón que Teófilo, no sabiendo dónde
-dormir aquella noche, solicitaba de él hospitalidad, a lo cual Angelón
-había accedido de buen grado. Subían por la calle del Caballero de
-Gracia, comentando festivamente los varios sucesos trágicos y bufos de
-la jornada.
-
---Neña, tú has sido la heroína. Ya puedes estar contenta --dijo
-Angelón, que llevaba a Verónica del brazo--. ¿Cómo te sientes?
-
---Muy cansada.
-
---Entonces cenaremos en el Liceo Artístico, y así te repones.
-
---A la otra puerta. Lo que es yo me voy ahorita a la cama.
-
---Estás loca. No sabes la diversión que se nos prepara en el Liceo con
-_el Obispo retirado_.
-
---Chico, pa mí, como si me dijeras que, no ya el obispo, el Papa en
-persona va a bailar un zapateao en camisón.
-
---Mejor que eso, neñina.
-
---¿Qué es ello?--Preguntó Teófilo.
-
---¿Conoce usté a Mármol?
-
---Alberto me lo ha presentado.
-
---El jugador más fresco. No hay nada que le haga perder su
-impasibilidad. Me ha dicho que va esta noche al Liceo, porque ha sabido
-que don Jovino, _el Obispo retirado_, tu empresario, neña...
-
---Ya, ya me he enterado...
-
---Digo que _el Fraile motilón_, que tiene más dinero que pesa, y que se
-lo juega con tanta frescura como Mármol, va al Liceo todas las noches.
-De manera que vamos a presenciar la lucha más descomunal e interesante
-que han visto los siglos.
-
---Pues, memoria a la familia del _Obispo_. Estoy muerta, Angelón, y
-necesito dormir.
-
---Hijita, yo no voy a casa todavía: que te acompañe Alberto.
-
---Yo también me voy a dormir, si usted me lo consiente --habló
-tímidamente Teófilo.
-
---Usted se viene conmigo, porque nadie sabe en dónde está la ropa
-blanca y no se puede hacer la cama hasta que yo vuelva.
-
---Eso no importa. Duermo vestido.
-
---¡No faltaba más! Usté se viene conmigo. ¿No ha estado usted aún en el
-Liceo?
-
---Todavía no.
-
---La golferancia en pleno de Madrid cae por allí todas las noches.
-
---Sin embargo, estoy cansado. Si usted no lo tomase a mal, yo me iría a
-dormir.
-
---Ya lo creo que lo tomo a mal.
-
---No sea usted impertinente --intervino Alberto--. Deje usted a la
-gente dormir cuando tiene sueño. Por otra parte ese desafío no será tan
-formidable como usted supone, porque yo he estado hablando con Alfonso
-del Mármol y sé que no se jugará arriba de tres mil duros, por la
-sencilla razón de que es todo lo que le queda en el bolsillo después de
-la paliza que ayer le han dado en el casino.
-
---¿Está usted seguro?
-
---Y tan seguro.
-
---De todas maneras a Pajares no le importa acostarse dos horas más
-tarde o más temprano. Los poetas modernistas son noctámbulos --abandonó
-el brazo de Verónica y aseguró el de Teófilo--. Bueno, adiós. Usted,
-¿vuelve también, después de dejar a Verónica?
-
---No. Yo voy a dormir, que me he de levantar mañana temprano. ¿No
-recuerda usted que mañana es el día del mitin? Y no me parece que sea
-la mejor preparación espiritual un garito. Verdad que Cristo andaba
-siempre entre publicanos y prostitutas; pero...
-
---Mítines... ¡Qué gansada! Cuándo sentará usted la cabeza...
---manifestó Angelón en tono afectuoso.
-
-Las dos parejas se separaron.
-
-Apenas Angelón y Teófilo habían traspuesto la mampara de bayeta verde
-del garito, cuando don Bernabé Barajas acudió hacia ellos, con abiertos
-brazos, acongojadas pupilas y temblequeante abdomen.
-
---¿No han visto ustedes a Fernandito?
-
-Angelón no sabía quién fuese Fernandito, aunque lo presumía, y acudió
-al punto a responder.
-
---Ahora mismo nos hemos cruzado con él.
-
---¿En dónde?
-
---En la calle de Carretas. Iba con _la Dientes_.
-
---¿Con esa piculina desorejada?
-
---Con la misma. Hacia la Central.
-
---¡Desdichado! --gimió don Bernabé, y tomando el sombrero de la percha
-huyó desolado.
-
-Las varias estancias y gabinetes del Liceo Artístico tenían aspecto
-sórdido y de gusto depravado. Las paredes estaban revestidas con papel
-descolorido, estampado de floripondios como coles; de trecho en trecho,
-un pegote de papel diferente, o un rectángulo donde el papel conservaba
-su color original por haberle defendido de la corrosión de la luz un
-cuadro que allí había estado colgado en otro tiempo. También había en
-los muros uno que otro espejo, saldo de un café o casino quebrado,
-con espigas y amapolas pintadas al óleo en una esquina, y el mercurio
-de la luna amortiguado y ensombrecido por unos a manera de vapores
-de incierta amarillez. Teófilo esquivaba mirarse en tales espejos,
-porque de primera intención, y habiéndose contemplado sin querer,
-había advertido que derretían la materialidad de los cuerpos en ellos
-retratados y les daban vagorosa turbiedad de fantasmas.
-
-Recortándose duramente sobre aquel fondo precario, bullían las figuras;
-las femeninas, todas ellas damas cortesanas o entretenidas, vestidas,
-como criadas de casa grande en carnaval, con heterogénea y recargada
-mescolanza de atavíos señoriles ya usados y envueltas en una atmósfera
-de hedores que ofendía el olfato: que el olfato repugna la mucha
-fragancia, así como los ojos se duelen de la mucha luz. Estas damas,
-la mayor parte feas y gordas, que eran la espuma de la prostitución
-madrileña, satisfacían su añeja y exacerbada hambre de lujo hartándose
-de él en tanta medida que hacían pensar en las orgías deglutivas de los
-salvajes de Nueva Zelandia cuando dan por ventura, y después de largas
-privaciones, con una ballena putrefacta, que devoran en delirio, sin
-saciarse nunca, hasta reventar.
-
-Las figuras masculinas eran heterogéneas; junto con el hombre correcto
-y de buena sangre, personaje episódico y de paso, víctima por lo
-regular de las malas artes de la tafurería, podían verse el señorito
-achulado, el chulo aseñoritado, el comiquillo epiceno y el chulo sin
-bastardear, con todos los caracteres específicos de la casta.
-
-Había por dondequiera mesas octogonales para _poker_ y en torno de
-ellas aquellas damas tan suntuariamente vestidas regateaban a gritos
-una peseta y aun menos, como cocineras que ajustan un pollo en el
-mercado.
-
-Angelón guió a Teófilo hasta la sala de juego. Estaba la gente
-acomodándose en derredor del gran violón verde, en cuyo centro, junto
-al tazón de níquel para las cartas jugadas, había cuatro paquetes
-deshechos de barajas francesas. Entre los concurrentes estaban Alfonso
-del Mármol y don Jovino, _el Obispo retirado_. Iba a comenzar la
-partida. Un criado con galones subastaba la baraja.
-
---Talla para el _baccara_, señores --canturreó el mozo con sonsonete
-sacristanesco.
-
---Mil pesetas --dijo Mármol entre dientes.
-
---Dos mil --añadió don Jovino con los ojos clavados en el cielo raso,
-como si postulase la intervención divina.
-
---Dos mil --hizo eco el mozo--. Dos mil, una... Dos mil, dos...
-
---Tres mil --atajó Mármol. Tomó el largo cigarro con dos dedos y
-comenzó a darle vueltas entre los labios para alisar la capa; luego lo
-contempló, vio que estaba bien, se lo llevó a la boca, y las manos a la
-espalda. Parecía que estaba a solas en su casa, aburriéndose.
-
---Cuatro mil --se apresuró a decir _el Obispo retirado_, como si
-hubiera recibido una intuición celestial.
-
---Cuatro mil, señores. Cuatro mil, una... Cuatro mil, dos... Cuatro
-mil...
-
-Mármol retiró una mano de debajo de la chaqueta, que en él era actitud
-habitual cuando estaba en pie o paseaba llevar las manos enlazadas
-sobre los riñones y debajo de la chaqueta. Alargó el brazo hacia
-el mozo con no menos solemnidad que Josué hacia el sol, le ordenó
-tácitamente que se detuviera, sacudió la ceniza del cigarro con el dedo
-meñique, y dijo con aire de indiferencia:
-
---Cinco mil.
-
---Cinco mil, señores. Cinco mil, una... Cinco mil, dos... Cinco mil...,
-tres --el mozo dio con los nudillos sobre el violón y declaró al mismo
-tiempo--: Don Alfonso del Mármol talla.
-
---Banco --agregó al punto _el Obispo retirado_.
-
---Bueno; yo no entiendo una palabra de todos estos ritos --murmuró
-Teófilo al oído de Angelón.
-
---Pues es más fácil que hacer un soneto, aunque el soneto sea
-modernista. El que más alto puja, ese talla. Banco quiere decir que don
-Jovino juega todo lo que se talla, contra el banquero, al primer pase,
-mano a mano; de manera que a los otros no les toca sino mirar. ¿Que
-gana Mármol? Ya tiene diez mil pesetas en lugar de cinco mil. ¿Que las
-cartas favorecen al _motilón_? Pues Mármol se queda sin las cinco mil
-del ala, y a otra cosa, es decir, a otra baraja, a no ser que reponga
-la banca.
-
---¡Es curioso! --exclamó Teófilo, que era ya víctima de la capciosidad
-del juego.
-
---¿Curioso? No veo la curiosidad... --murmuró Angelón, con desdén hacia
-la inexperiencia del poeta.
-
-Teófilo se había interesado al punto en aquel raro combate, y con el
-corazón se había puesto del lado de uno de los combatientes, del lado
-de Mármol, cuyo éxito consideraba como cosa propia; a don Jovino
-le aborrecía como a un adversario con el cual tuviera antiguos y
-enconados motivos de resentimiento. Aplicábase a seguir las peripecias
-del juego, conteniendo la respiración y con pulso agitado. Don Jovino
-ganó el banco. Alfonso del Mármol colocó otras cinco mil pesetas sobre
-la mesa y continuó tallando. La baraja se deslizó con alternativas y
-altibajos, al fin de los cuales, Teófilo, que no perdía de vista las
-manos de Mármol, estaba seguro que su aliado mental había ganado unas
-seis mil pesetas. «Ahora tiene dieciséis mil pesetas», pensó. Durante
-esta baraja Fernando había llegado a la mesa de juego y jugado algunos
-duros, con gran circunspección y ensimismamiento. La partida estaba
-muy animada. Corría en abundancia el dinero. Pero las posturas más
-considerables eran siempre las del _Fraile motilón_, de suerte que se
-mantenía en todo momento un antagonismo personal entre él y el banquero.
-
---¿Y será cierto lo que ha dicho Alberto? --inquirió Teófilo, muy
-hostigado de la curiosidad.
-
---¿Qué es lo que ha dicho Alberto?
-
---Que Mármol no tiene más que quince mil pesetas en el bolsillo.
-
---Cuando él lo ha dicho. Son muy amigos, y Mármol no le iba a decir una
-mentira.
-
---¿Está casado?
-
---Y con ocho hijos.
-
---Tan joven... Y se juega así el dinero... Debe de ser muy rico.
-
---No sé. Él siempre se juega el dinero por lo grande.
-
-Subastaron la segunda baraja, que Mármol volvió a rematar en cinco
-mil pesetas, y don Jovino a hacerle banco, que esta vez ganó Mármol.
-Al final de esta baraja, según los cálculos de Teófilo, que eran muy
-concienzudos, Mármol había llegado a las veintidós mil pesetas. En la
-baraja siguiente, que también remató Mármol, la suma total adquirió un
-valor de treinta y dos o treinta y cinco mil, que en estas alturas el
-cómputo exacto era muy difícil; pero Teófilo sabía que no era menos de
-lo uno ni más de lo otro.
-
-En la subasta de la baraja inmediata las hostilidades se avivaron por
-parte del _Obispo_. Subían uno y otro y nunca se daban por satisfechos.
-Al llegar a las treinta y tres mil, Mármol se abstuvo de pujar y quedó
-la baraja por cuenta de don Jovino. «Es que no hay más de treinta y
-dos mil. Mi cálculo era correcto», pensó Teófilo. Se sentía tan en la
-pelleja de Mármol, que sus pensamientos se enunciaban espontáneamente
-en la primera persona del plural; así: «diez millones que tuviéramos,
-diez millones que hubiéramos tallado, si ese cerdo cebado se obstinara
-en seguirnos a los alcances. Pero no podemos pasar de las treinta y
-dos mil.» El corazón de Teófilo comenzó a apretarse al pasar Mármol
-desde el sitial del banquero al democrático escaño de _punto_; la buena
-suerte de Mármol se anubló de tal manera, que en muy pocos pases perdió
-treinta mil pesetas; lo que no perdió fue el gesto cansado y tedioso de
-hombre que está a solas aburriéndose.
-
---¡Nos ha reventado ese puerco! --eyaculó Teófilo, malhumorado, sin
-poder contenerse.
-
---¿El qué? --interrogó Angelón.
-
---Nada. Digo que _el Obispo_ le ha ganado a Mármol todo lo que tenía.
-Solo le quedan dos mil pesetas.
-
---Bastante es para desquitarse. Tiene una suerte loca.
-
---Por mucha que tenga. ¿Qué se puede hacer con dos mil pesetas?
-
---¿Qué dice usted? ¿Usted sabe lo que son dos mil pesetas?
-
-El rostro de Teófilo se empurpuró. Hubo de colocarse por un momento en
-su propio presente histórico; pero se desplazó a seguida que oyó decir
-a don Jovino:
-
---Hay una continuación.
-
---¿Qué quiere decir eso? --preguntó Teófilo.
-
---Que no talla ya más. Otro, si quiere, puede continuar tallando la
-misma baraja.
-
---Sí, sí; a buena hora. Después que esa bestia se lo ha llevado todo.
-
---Yo la continúo --tartajeó Mármol, con el cigarro entre los dientes,
-y con el mismo tono con que le hubiera pedido una cerilla al mozo. Se
-levantó, parsimonioso, y fue a sentarse en el sitial del banquero. Dio
-dos chupadas sonoras al cigarro; estaba apagado. Extrajo del bolsillo
-una cerillera de oro y se las arregló de suerte que hubo de encender
-seis o siete antes de que ardiese una, y entonces chupó con ahinco
-hasta esfumarse detrás de una nube de humo. Cuando reapareció se le
-vio que estaba sacándose los puños con aire sosegado y poniendo los
-brazos en arco, como si ensayase un paso de garrotín. El resto de los
-jugadores, comidos de impaciencia y de angustia, le asaetaban con los
-ojos. Le hubieran dado de golpes, pero no se atrevían a hablar por no
-descubrir su desazón.
-
-Don Jovino estaba visiblemente nervioso y pálido de cólera. Con la
-mano, pequeñuela y canónica, arañaba la mesa.
-
---¡Qué hombre admirable! --bisbiseó Teófilo en elogio de Mármol.
-
-En efecto, Mármol era un genio en las artes aleatorias. Sabía que
-la fascinación del juego está en que bajo su acción se desvanece el
-sentido del tiempo, y de aquí nacen sus consecuencias, así placenteras
-como funestas, porque sin el sentido del tiempo no cabe noción del
-trabajo, y sin esta no existe el concepto del valor, por donde en torno
-de una mesa de juego se congrega una humanidad que momentáneamente se
-exime de la maldición paradisiaca, y goza, por lo tanto, de aquellos
-dos edénicos atributos que, siendo humanos, eran casi divinos: no
-tener miedo a la muerte ni conocer qué cosa sea trabajo. La mayor parte
-de los jugadores pierden, con la conciencia del tiempo, la fruición del
-juego, y aquí venía Mármol a despertarles de su letargo e inculcarles,
-quieras que no quieras, la sensación del tiempo, y por corolario una
-emoción contradictoria e intensísima.
-
-En tanto duraban las maniobras de Mármol, Teófilo había estado
-informándose, por medio de Angelón, de ciertos pormenores atañederos al
-juego.
-
---Es decir, que si ahora le sale el pase en contra se tiene que pegar
-un tiro...
-
---Eso no, porque se apresurarían a pegárselo antes de que él se
-molestase: en buena parte estamos. Lo que ocurre es que no puede ser
-verdad eso que nos ha contado Alberto. No puede ser; se necesitaría
-estar loco.
-
---¿Que no puede ser? Puede ser y es --afirmó Teófilo, con entonación
-infalible.
-
---Pues yo no lo creo.
-
-En aquel punto Mármol recorrió con los ojos la superficie del violón.
-El dinero apostado andaba por las cuatro mil pesetas. Teófilo lo contó
-mentalmente, tranquilizándose. «Creí que era más. Puede que le quede
-otro tanto a él», se dijo abandonando el plural, porque el trance era
-harto difícil para asumir su responsabilidad. Al llegar con la mirada
-al dinero de don Jovino, los ojos de Mármol se reposaron, dijérase que
-a lo burlón. Don Jovino, con ademán vehemente, puso dos mil pesetas más
-sobre las dos mil que ya tenía apostadas.
-
---Banca abierta --musitó Mármol.
-
---¿Qué? --clamó don Jovino.
-
-Mármol se abstuvo de contestar, como si nada hubiera ocurrido, en lo
-cual demostró gran tino, porque antes de poder decir nada ya se le
-habían adelantado dos o tres jugadores, los cuales, volviéndose hacia
-don Jovino, hablaron al tiempo mismo: «Que banca abierta.» Don Jovino
-colocó cuatro mil pesetas más. Mármol comenzó a repartir las cartas
-lentamente. Teófilo volvió las espaldas a la mesa.
-
---No quiero verlo --rezongó, con los pulmones en suspenso.
-
-Había un maravilloso silencio, que se prolongaba, se prolongaba...
-Teófilo oyó la cauta, elegante voz de Mármol diciendo _nueve_. Giró
-sobre los talones, inflamado de júbilo. Nueve era la mejor carta.
-
---¡Qué suerte! --exclamó Angelón, ligeramente contrariado.
-
-Un _croupier_ apilaba con la raqueta el dinero diseminado por los
-paños; otro lo recogía con el _sable_. Mármol, en medio de los dos, no
-se dignaba dar la menor muestra de interés hacia la recolección. Toda
-la baraja resultó a favor de Mármol, y como don Jovino había perdido
-su sangre fría, las pérdidas de este y ganancias de aquel fueron tales
-que los talentos aritméticos de Teófilo se hicieron un embrollo y no
-atinaron a calcularlas.
-
-A partir de este momento la lucha perdió todo interés. El _Fraile
-motilón_ era derrotado de continuo, ya de banquero, ya de punto, y,
-a la sombra de Mármol, el resto de los jugadores se ensañaba en él,
-extrayéndole el dinero a chorros. A medida que perdía, don Jovino
-recobraba la serenidad.
-
-Ya avanzada la noche sobrevino en la sala de juego don Bernabé Barajas,
-el cual, así que vio a Fernando, corrió a su vera, jadeante y con
-aliento entrecortado.
-
---¿Dónde te has metido? ¡Ay! ¡Qué susto me has dado!
-
-Los presentes rieron de manera inequívoca y contemplaban, así a
-don Bernabé como a Fernando, con ánimo respectivamente burlón y
-despectivo. En un abrir y cerrar de ojos Fernando se había puesto en
-pie, lívido sobremanera, y girando sobre la cintura aplicó una enorme
-y restallante bofetada sobre el turgente rostro de su dulce amigo.
-Algunos se precipitaron a sujetarlo.
-
---No es necesario --dijo el mozo muy sereno, apartándose de la mesa.
-
---Pero Fernandito, hijo, ¿qué te he hecho yo? --se lamentó el buen
-señor, algo sorprendido.
-
---Es que todo el mundo se figura..., y yo ya estoy harto.
-
---Pero, ¿qué es lo que se figura, criatura?
-
---Diga usted aquí, delante de toda esta gente, si ha conseguido usted
-algo de mí.
-
---¡Ay, qué cosas tienes! Yo, ¿qué iba a conseguir?
-
---Diga usted la verdad.
-
---Yo soy un caballero.
-
-Prodújose una gran carcajada que enardeció más al ya enardecido mozo.
-
---¡Diga usted la verdad, se lo suplico!
-
-En esto llegó el presidente del círculo, un matón con ribetes de
-escritor o viceversa, y acercándose a Fernando, sentenció con engolada
-austeridad:
-
---En este círculo no se toleran escándalos y menos de tal índole. Haga
-usted el favor de marcharse.
-
---No sin que antes quede en claro que yo soy tan decente como el que
-más.
-
---Haga usted el favor de marcharse --e iba a asirle de un brazo.
-
---Cuidado con tocarme ni al pelo de la ropa. Yo hice mal en abofetear a
-don Bernabé, lo confieso; pero si lo hice fue porque me pareció ver que
-todos estos señores se figuran algo que no es verdad y perdí la cabeza.
-Yo no me voy sin que don Bernabé conteste a lo que le he preguntado.
-
---Don Bernabé puede contestar o dejar de hacerlo, según le salga de la
-voluntad. Pero usted no puede continuar aquí.
-
-Mármol, que hasta aquel momento había permanecido como ausente de
-todo, se puso en pie, se acercó al presidente, acariciándose la
-barbilla color de trigo, y muy fríamente declaró:
-
---Tiene razón el muchacho y no sé por qué regla de tres ha de marcharse
-si no le da la gana. Por lo demás --añadió, mirando a Fernando--,
-si en un principio alguien se ha figurado algo, creo que luego han
-cambiado todos de parecer. Las apariencias suelen engañar --concluyó,
-contemplando con ojos entornadizos y de lástima al presidente.
-
---Claro que las apariencias suelen engañar --corroboró don Bernabé--.
-Yo soy un caballero.
-
-Nuevas risas.
-
---Muchas gracias --dijo Fernando, sacudiendo virilmente la mano de
-Alfonso del Mármol--. Y buenas noches la compañía.
-
-Y el mozo salió de la sala con firme compás de pies.
-
---Vámonos nosotros también --rogó Teófilo a Angelón, poco después que
-el desconocido e iracundo joven se hubo marchado--. Estoy rendido.
-
---Vámonos si usted lo desea.
-
-Según andaban camino de casa, Teófilo sentía en el alma un malestar
-oscuro y de fondo, y en la conciencia impresiones confusas y
-pronósticos de ideas. Amenazábanle las silenciosas moles de la ciudad
-durmiente, como si fueran a derrumbarse sobre él de un momento a otro,
-disgregadas por un agente de diabólica actividad corrosiva.
-
-Las rameras de encrucijada intentaban socaliñarlos, brindándoles con
-torpes requiebros placeres complejos y módicos.
-
-Teófilo sentía dos obsesiones que para él eran normas madres de la
-vida: la del dinero y la del amor. Según su peculiar manera de concebir
-la sociedad, esta se asentaba en dos pilares: el sentido conservador,
-del cual nace el principio de propiedad, y el instinto de reproducción,
-de perpetuación, turbio subsuelo en donde arraiga el amor, libre
-o constituído en familia. Ahora, Teófilo se preguntaba: «Estos dos
-principios de la sociedad, ¿son constructivos o son destructores?»
-Movíale a formular este interrogante el haber visto al desnudo el
-instinto de propiedad y el amoroso: el primero, en el juego; el
-segundo, en la prostitución.
-
---¿En qué pensaba usted? --habló Angelón.
-
---En nada --respondió en seco Teófilo.
-
---He tenido mala pata. Siete duros que era todo lo que me podía jugar
-me los liquidaron en un periquete. Si aguardo a las barajas últimas
-del Obispo me pongo las botas. Ya ve usted aquel mozalbete, el de las
-bofetadas a don Bernabé, en dos barajas se cargó unos miles de pesetas,
-que yo viera. La Fortuna, mujer al fin, sonríe a los sinvergüenzas y
-vuelve la espalda a los hombres honrados.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Teófilo pasó la noche en claro. Meditaba las últimas palabras de
-Rosina: «Si no tienes dinero, róbalo», y las muestras de amor que esta
-le había hecho. El recuerdo era tan agudo y gustoso que la respiración
-se le entorpecía, combatida por apasionadas olas de entusiasmo, y
-sollozaba, estrujando las ropas del lecho con dedos engarabitados.
-¡Pobre Rosina! ¿No fuera mejor que Rosina no le hubiera amado nunca?
-¿Cómo iba él a pagarle aquel su acendrado y rendido amor? Robar
-dinero... ¿En dónde? Ya lo había robado, si no para ella, por ella. Se
-preguntaba en serio: «¿Por qué no acudirá el diablo en estos tiempos
-cuando se le llama, como lo hacía en la Edad Media, para venderle el
-alma?»
-
-A las siete de la mañana cayó dormido. Alberto entró al medio día en
-su alcoba, pero le dejó dormir. Despertó a las tres de la tarde. En
-la casa había alguna comida, que Verónica condimentó para Teófilo.
-Así que concluyó de comer salió a la calle. «¡Qué hombre!», había
-dicho Verónica. «Parece que vive entre nubes. Tal como yo me lo había
-imaginado al leer sus versos. Ni una palabra se dignó decirnos.» Y
-Alberto había respondido: «Es que está enamorado.» Lo cual entristeció
-a Verónica.
-
-Teófilo se dirigió a casa de Rosina, como tenía por costumbre. Le salió
-a abrir la cocinera y le hizo pasar a la salita del piano, en donde
-estaban don Sabas y el marinero ciego. El marinero profería palabras
-turbias, entre las cuales se derretía un a manera de llanto recio,
-ronco; pero los ojos los tenía enjutos e inmóviles. Teófilo fue a dar
-la mano al marinero, sospechando de pronto que Rosina estaba enferma de
-algún cuidado.
-
---¿Qué ocurre? --preguntó anheloso.
-
---¡Ay, señor poeta! --sollozó el ciego, con esa voz varonil quebrada
-que enternece aun a los corazones más enteros.
-
---¿Está enferma de gravedad?
-
-El ciego se desató en un llanto de palabras sin sentido, siempre con
-los ojos enjutos. Habló don Sabas.
-
---Por fortuna, no. Se ha marchado... con la niña... no sabemos adónde
---separaba las palabras para pronunciarlas con firmeza, porque
-pretendía aparecer sereno y no lo estaba. Miró a Teófilo, por ver el
-efecto que en él hacía la noticia. Teófilo palideció un poco; por
-lo demás, no se le descubrió señal alguna de congoja, sorpresa o
-desesperación.
-
---Entendámonos --agregó Teófilo--. ¿No puede ocurrir que haya salido
-con la niña y les haya ocurrido algún accidente?
-
---No; porque en esta carta que me ha dejado escrita declara que huye
-con el hombre a quien ama, y nos pide perdón a su padre y a mí.
-
-En este punto, Teófilo no pudo reprimir una sonrisa. Estaba seguro de
-que Rosina había huído para irse a vivir con él; quizás a aquellas
-horas andaba buscándole. Acaso habría ido a la casa de huéspedes,
-porque ella no sabía que la patrona le hubiera despedido. ¡Oh, dulce y
-apasionada Rosina!
-
---Creía yo --prosiguió el ministro--, antes de concluir de leer la
-carta, que se había marchado con usted. Pero en la carta, hacia el
-final, dice que ha vuelto a dar, milagrosamente, con el padre de Rosa
-Fernanda y que es una cosa fatal. De todas suertes, no veo la necesidad
-de huir, ni comprendo cómo Rosina, tan bondadosa y de buen sentido, ha
-dado tan gran disgusto a este pobre viejo, dejándolo en la calle, como
-quien dice.
-
-El dolor de don Sabas era a pesar suyo tan sincero que en un punto
-destruía el artificio de sus adobos y cosméticos, dejando al
-descubierto una ancianidad herida, dolorosa y claudicante.
-
-El marinero continuaba llorando a su modo. Teófilo sentía los sesos
-azotados por un ramalazo de locura.
-
---¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Yo digo que no puede ser! Si sabré yo
-que no puede ser... ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! --gritaba
-Teófilo recorriendo de punta a cabo la estancia.
-
---Serénese usted, señor Pajares.
-
---¡Absurdo, absurdo! Si lo sabré yo... A ver, que lo diga Conchita.
-¡Conchita! ¿Dónde está Conchita?
-
---Conchita... ¿Pero no sabe usted? --Teófilo se detuvo frente a don
-Sabas, sin escuchar--. ¿No ha leído usted los periódicos de esta
-mañana? Conchita ha asesinado ayer noche a su seductor y luego se ha
-suicidado. Vivió una hora, lo necesario para declarar ante el juez
---aquí la voz de don Sabas temblaba--. Una desgracia nunca viene
-sola --don Sabas evitaba mirar al ciego, que había sacado un pequeño
-crucifijo del seno y lo besaba con desvarío.
-
-Hubo un largo silencio; al cabo del cual, como si en aquel punto don
-Sabas hubiera terminado de hablar, Teófilo, con ojos desmesurados y voz
-sombría, interrogó:
-
---Pero, ¿Conchita?...
-
---¡Pobre Conchita! --balbució don Sabas.
-
-El ciego continuaba llorando con los ojos secos.
-
-
-
-
-PARTE IV
-
-HERMES TRIMEGISTO y SANTA TERESA
-
- Carpe diem quam minime credula postero.
-
- HORACIO.
-
-
-
-
-I
-
-
---¿Qué le han hecho a esa niña? ¿Por qué llora esa niña? ¡Milagritos,
-rica, ven acá! --rugió Travesedo, desplegando convulso la servilleta
-sobre los muslos. Luego se afianzó las gafas. Estaba sentado a la
-cabecera de una mesa redonda dispuesta para la comida, con un mantel
-agujereado, cubierto de manchones cárdenos, uno de ellos dilatadísimo,
-y de redondeles y trazos de coloraciones diferentes, como mapa
-geológico que atestiguase los sucesivos estadios genesíacos de la
-hospederil semana culinaria. En torno de la mesa, el resto de los
-huéspedes aguardaba el advenimiento de la sopa. Eran estos don Alberto
-(Alberto Díaz de Guzmán); don Alfredo, de apellido Mayer, conocido
-dentro de la casa por el _teutón_, al cual, en la historia geológica
-inscrita en los manteles, correspondía el período diluviano, que no
-había semana que no derramase el vino, y para vergüenza le colocaban
-delante el manchón cárdeno, testimonio de su ignominia; el señor del
-Alfil, a quien se le llamaba por el apellido para evitar confusiones,
-porque su nombre era Alberto; Macías a secas, sin añadido honorífico,
-no se sabe por qué, cómico a la disposición de las empresas, así como
-el señor del Alfil, y, por último, don Teófilo (Teófilo Pajares).
-
-El comedor, pobremente atalajado, tenía un balcón abierto de par en par
-sobre un gran patio de vecindad, en cuyas paredes, recién encaladas,
-el sol resplandecía. Era prima tarde; un día voluptuoso de primavera.
-Entrábanse por el balcón ráfagas de brisa, y en ellas diluido el sol
-templadamente. La ropa blanca que de unos cordeles pendía de lado a
-lado del patio, danzaba en el aire con movimiento elástico y gracioso
-de apacibles banderas. Era, en suma, uno de esos días madrileños de
-ambiente enjuto y ardiente, demasiado puro para respirar, de suerte
-que provoca una grata emoción de angustia en el pecho: esos días de
-tan acendrada vitalidad y belleza que al huirse dejan a la zaga los
-más tristes crepúsculos. No había olor de flores ni sugestiones de
-renacimiento vegetal, que es por donde la primavera se muestra más
-deleitablemente; pero una criada cantaba una cancioncilla del género
-chico, y con ser depravada la música y la voz nada melodiosa, dijérase
-que acariciaban así el sentido del oído como el del olfato, y que
-estaban saturadas una y otra de evocaciones rústicas, de claro rumor de
-agua y de bosque.
-
-Oíase también, como contraste doloroso, el llanto de un niño.
-
---¡Que me traigan esa niña! --volvió a aullar Travesedo, elevando los
-brazos.
-
-Entró Antonia la patrona en el comedor, conduciendo de la mano y casi a
-rastras a una niña, como de seis años, la cual lloraba como lloran los
-niños, con tanta intensidad que parecía que el alma, licuefaciéndose,
-se le derramaba por los ojos. Así que Travesedo la tomó en brazos
-la niña se tranquilizó. La sentaron en una silla alta que al efecto
-estaba apercibida entre Travesedo y Alberto, y por más que preguntaron
-no consiguieron conocer la causa de la llantina. Eran todos los que
-vivían en aquella casa hombres mayores de treinta años, todos solteros.
-Trataban a Milagritos, que era feúcha y enfermiza, con una ternura
-casi religiosa. El único que acreditaba absoluta insensibilidad a este
-respecto era Macías.
-
---No puedo oír llorar a un niño --declaró Travesedo, pasando su mórbida
-mano sobre la melenilla de Milagritos, de un rubio grisáceo.
-
---Ni nadie --corroboró Macías, mojando una sopa en vino--. El llanto
-del niño y el canto del canario son las dos latas mayores del universo.
-Le vuelven loco a cualquiera. Comprendo a Herodes.
-
---¡Qué bruto! --exclamó Alfil, un hombre desmesurado, rubio maíz y de
-ojos incoloros, que comía con el gabán puesto.
-
-Travesedo miró con asombro a Macías, luego a Alberto, con alacridad,
-y soltose a reír. A Travesedo, la estulticia y brutalidad ajenas, en
-lugar de indignarle le inducían a desordenados extremos de alegría.
-
---¿Has oído?
-
---Ya, ya --respondió Alberto, con gesto de lástima.
-
---Usted llegará muy lejos, Macías; usted será un gran hombre. Acuérdese
-de que yo se lo digo --afirmó Travesedo. Puso los codos sobre la mesa,
-y continuó con entonación disquisitoria--: Esto del llanto de los niños
-es una sensación puramente española.
-
---Claro --entró a decir el teutón--, yo en Alemania nunca he oído a los
-niños llorar.
-
---Tiene razón Alfredín --Travesedo llamaba siempre así al alemán--. A
-mí me ocurrió una cosa semejante; quiero decir, que el primer año que
-estuve en Alemania olvidé que los niños lloran. Y si vieran ustedes
-cuando volví a dar en ello qué malestar tan grande me entró. Venía a
-pasar las vacaciones a España: en tercera, y aun así y todo el dinero
-me llegaba ras con ras. En la frontera tomé un tren mixto; de esos
-trenes... en fin, un tren mixto español. Durante el día, todos los
-viajeros bebían como bárbaros y vociferaban como energúmenos. Al caer
-de la tarde el tren se había convertido en tren de mercancías, porque
-los hombres eran fardos, no personas. En cada estación, esas pobres
-estaciones castellanas en despoblado, el tren, que parecía un convoy
-funeral, se paraba veinte minutos. ¡Qué silencio! No era noche aún.
-Entre la tierra y el cielo flotaba un estrato de polvo. Veíanse tres,
-cuatro álamos, de raro en raro, o un hombre montado en un pollino,
-sobre la línea del horizonte, que producían la ilusión óptica de ser
-gigantescos. Luego he tenido ocasión de observar muchas veces y en
-diferentes órdenes de cosas el mismo fenómeno; en España un pollino
-visto contra luz se agiganta sobremanera. Pues, a lo que iba; en una
-estación, Palanquinos, nunca se me olvidará, después de una parada
-eterna y en medio de un silencio abrumador, oigo llorar a un niño...
-Vamos, renuncio a expresar lo que en aquellos momentos sentí.
-
---Ja, ja, ja --Macías produjo una carcajada teatral--. Eso quiere decir
-que en Alemania los niños no lloran.
-
---Por lo menos yo nunca les oí llorar, sino reír y cantar --extrajo
-el reloj del bolsillo, y en mirándolo se desató en grandes
-exclamaciones--: Pero, ¡Antonia!, ¡mujer!... Las dos y cuarto y aún no
-ha traído la sopa... Esto es un escándalo. Esta casa es un pandemonium.
-
-Oyose la voz de Antonia, respondiendo:
-
---Cállese, condenado, que no hace más que gruñir.
-
-Travesedo se levantó, salió, y volvió al punto trayendo él mismo la
-sopera. Detrás venía Antonia; su sonrisa era triste e indulgente.
-
---¿Dónde está Amparito? --inquirió Alfil.
-
---Yo qué sé; quizás en el cuarto de Lolita.
-
---¡Qué escándalo! Pero, mujer, ¿le parece a usted bien eso? ¿No es
-un abuso, una locura, y sobre todo un caso de imprudencia temeraria?
---sermoneó Travesedo--. ¿Le parece a usted bien que una niña como
-Amparito, que ha tenido la suerte increíble de pillar un novio decente,
-nada menos que un ingeniero, y que está para casarse de un día a otro,
-frecuente la sociedad de una prostituta, de la cual no puede aprender
-nada bueno?
-
-El teutón y Alfil asegundaron las amonestaciones de Travesedo.
-
---No me muelan el alma. Lolita es una infeliz...
-
---Sí que lo es --admitió Travesedo.
-
---Y en cuanto a Amparito, ella sabrá lo que le conviene --por
-acaso, Antonia echó la vista sobre la mesa y vio que el pan había
-desaparecido--. ¡Condenados! Pero, ¿se han comido todo el pan? Jesús,
-Jesús, qué ruina. Si no hay dinero que baste para darles de comer. Si
-no es posible: ocho francesillas... De seguro fue el señor de Alfil.
-
---Como ha tardado usted tanto en traer la sopa... --respondió Alfil muy
-ruboroso. Llevaba cinco meses en la casa y aún no había podido pagar ni
-un céntimo: todo el invierno sin contrata. No se despojaba del gabán
-porque los pantalones estaban rotos por la culera y le descubrían las
-carnes. Continuó--: Hablando, hablando, querida Antonia, sin que uno se
-dé cuenta se va engullendo el pan --y por disimular su turbación, con
-digno continente hacía y deshacía el nudo de la flotante chalina, azul
-cobalto.
-
---Está en lo cierto Albertón --dictaminó Travesedo, que se arrogaba
-dentro de la casa funciones de tribunal en última instancia. Solía
-poner en aumentativo o diminutivo los nombres, según la estructura
-física de las personas y el afecto que a ellas le unía--. En esta casa
-todo va manga por hombro. Miren que mantel: si quita las ganas de
-comer...
-
---¡Qué más quisiera yo! Y, sobre todo, ¿quién tiene la culpa, sino
-ustedes, que son unos marranos? --decía Antonia en un tono más de
-observación crítica que de reproche, y al mismo tiempo repartía la sopa.
-
---Ya le he dicho mil veces que no quiero que usted sirva. ¿Para qué
-está Amparito? ¡Amparito!...
-
-«Don Eduardo...» Oyose una voz lejana, inocente y mimosa. Travesedo
-añadió:
-
---Venga usted ahora mismo, so holgazana.
-
---Basta, Antonia: no eche usted más sopa.
-
---¿Es que no le gusta a usted, don Teófilo?
-
---Es que no tengo gana.
-
---Nunca tienes ganas, y eso no puede ser. Hay que hacer un esfuerzo,
-querido Pajares-- impuso Travesedo.
-
---Si no puedo, Eduardo --murmuró Teófilo, con doliente sonrisa.
-
-En esto llegó corriendo Amparito, hija natural, como Milagritos, de
-Antonia, cada cual de padre diferente. Era Amparito una muchacha de
-dieciocho años, en extremo agraciada, aun cuando la nariz propendiese
-a pico de loro; apenas púber por las trazas de su desarrollo, y tan
-candorosa que cautivaba. Acaso su mayor encanto era la voz, una voz
-blanca, de terciopelo.
-
---¡Puaf! ¿No se le cae a usted la cara de vergüenza? Consentir que su
-madre lo haga todo, todo, que la pobre no sé cómo puede con tanto, y
-usted, en el ínterin, holgazaneando, y ¿cómo? Que no vuelva yo a saber
-que entra usted en el cuarto de Lolita --la reprimenda de Travesedo
-tenía un aire afable de contrahecha severidad paternal.
-
---Pero, don Eduardo..., es que ella me llamó --Amparito inclinó la
-cabeza ruborosa.
-
-Todos contemplaban a Amparito con expresión de solicitud protectora,
-menos Macías, que solía mirarla como miran los hombres lúbricos a
-las doncellas ternecicas. Amparito estaba para casarse con un joven
-ingeniero de muy buena familia. Los huéspedes de la casa tenían puesta
-el alma en que tan singular fortuna no se malograse y en que aquel
-divino candor de la niña llegase al matrimonio sin ningún menoscabo,
-empresa muy delicada, si se tiene en cuenta que en la casa siempre
-se alojaba alguna prostituta de alto copete, de la cual Antonia
-obtenía los mayores subsidios y casi los únicos con que mantener
-su negocio, porque los otros huéspedes o no pagaban o pagaban mal
-y con intermitencias. Por el bien parecer no se consentía que la
-dama cortesana se holgase en la casa con sus eventuales amantes, y
-así se alojaba en calidad de señorita particular. Sobre Amparito,
-los huéspedes ejercían estrecha vigilancia. Así que la perdían de
-vista: «¿Dónde está Amparito?» Si había acaso salido: «¿Adónde ha
-ido? ¿Está usted loca, mujer, para dejarle salir sola?» Y un día
-que había dado un paseo en coche con Lolita, a la noche hubo en la
-casa un disgusto serio, a tal punto que Antonia se encrespó y dijo
-que en sus particulares asuntos nadie tenía que meterse, a lo cual
-Travesedo replicó determinadamente: «Cuando la madre es irresponsable,
-nosotros, en representación de la justicia y obrando por dictados de la
-conciencia, nos encargamos de la curatela de la hija.»
-
---¿Es que tienes a menos, niña, servir a la mesa porque te vas a casar
-con un señorito? Pues yo que conozco a tu novio desde que éramos así
---en efecto, habían sido compañeros en el instituto--, y que le conozco
-bien, te digo que lo que él prefiere es que seas mujer de tu casa,
-sencilla y trabajadora. Y a propósito, ¿has tenido carta de él?
-
---Sí, señor.
-
---¿Cuándo viene?
-
---Dice que está ahora muy ocupado; pero para la semana entrante vendrá
-uno o dos días.
-
---Dime, Amparito, ¿cómo está hoy el San Antonio de Lolita? --preguntó
-Alfil, ingurgitando la última cucharada de sopa.
-
---Cabeza abajo, en la rinconera.
-
---¡Vaya por Dios! --exclamó consternado Travesedo--. Hoy andaremos
-escasos de principio y de postre.
-
-Lolita era una mujer muy piadosa. No se sabe por dónde, había dado en
-la creencia de que San Antonio de Padua es el patrono de las rameras.
-En opinión de Lolita, aquel santo no suplía en el cielo a otro menester
-que el de velar por las prostitutas y favorecer a aquellas que fuesen
-sus devotas, otorgándoles gran número de amantes, y estos buenos
-pagadores. Por propiciarse y atraerse la protección de este simpático
-santo, Lolita tenía en una rinconera una imagen de él, en cartón
-piedra, con un niño Jesús de quita y pon, que encajaba en el brazo del
-bienaventurado por medio de una espiga metálica a manera de punta de
-París, la cual entraba dentro del traserito del divino infante. Delante
-de la imagen había unas flores rojas de trapo. Si acontecía que un día
-no se presentaba ningún amante, Lolita se enojaba con San Antonio, y
-en lugar de rezarle y besarle como tenía por costumbre, en actitud
-ofendida se acercaba a él y le quitaba las flores, murmurando: «Para
-que aprendas.» Si sobre el primero sucedíase el segundo día de vacío,
-el enojo de Lolita crecía de punto, y entonces arrebataba el niño Jesús
-de los brazos del Santo: «te has meresío esto y mucho má, porque ere
-un sinvergüensa», decía, mientras verificaba el despojo. Al tercer
-día de privaciones amorosas ponía al santo cabeza abajo en la misma
-rinconera. Al cuarto, lo trasladaba a un rincón de la alcoba, cabeza
-abajo siempre. Al quinto, lo golpeaba, lo llamaba _cabronaso_ y otras
-palabras malsonantes, y lo metía en el cubo del lavabo. Cuando Lolita
-llegaba a tan sacrílegos extremos, el resto de los huéspedes, sin
-duda por contener la cólera divina y desagraviar a San Antonio, solía
-incurrir en ásperas abstinencias.
-
-Presentose Lolita en el comedor con una bata sucia y la pelambrera
-aborrascada en hopos y greñas. Traía en la mano un paquete de barajas.
-Era una cuitada, muy afectuosa y no menos fea, de una simplicidad y
-falta de seso increíbles. Llamaba a todos de don, si bien todos la
-tuteaban. Tenía la piel de un moreno terroso y ajado, la boca risible
-por lo pequeña, los ojos negros y lindos, la nariz como el mango de un
-formón. Saludó a todos con mucha efusión y comenzó a quejarse de su
-mala pata. La culpa la tenía un jorobado que había visto en la Elipa
-hacía cuatro noches. Sin preocuparse por la comida, comenzó a echar las
-cartas.
-
---Corte usté, don Alfredo.
-
---¡Uf!, supersticiones, me dan susto --respondió el teutón, sacudiendo
-la mano en el aire.
-
---Yo cortaré, Lolita, ¿sirvo yo? --intervino Macías.
-
---Tres montonsitos, así. A ve --colocó sobre la mesa la sota de bastos.
-
---Zorras a principio de cazadero mal agüero --sentenció Alfil que
-andaba rebañando el pan de los demás, a favor del interés que tenían
-puesto en las manipulaciones de Lolita.
-
-Lolita había torcido el morro al ver la sota de bastos.
-
---¡Jesú, Jesú! Si e la mala pata. Esta sota quié desí mujé o viuda
-morena, ardiente, imperiosa, poniendo trabas a todo --y sacó ahora el
-siete de espadas. Tan pronto como lo vio, se llevó las manos a las
-greñas, aborrascándolas más de lo que estaban.
-
---Algo gordo --habló Alberto.
-
---¿Gordo? ¡Uy!, no lo sabe usté bien. Este siete quié desir preñés.
-Vamos, que no pué sé y que no pué sé.
-
-Esta vez salió el caballo de espadas. Lolita arrojó colérica las cartas
-y comenzó a lloriquear.
-
---¡Ea, Lolita!, no hagas caso de esas tonterías --aconsejó Travesedo.
-
---¡Ay, don Eduardo de mi arma! ¡Ay, si usté supiera!...
-
---¿Qué es, criatura?
-
---Joven de malas costumbres, mal sujeto, traidó; ataque a la vuerta de
-una esquina.
-
---¿Todo eso decía aquella carta?
-
---Toíto eso y mucho más. Es er jorobao, es er jorobao que me anda
-persiguiendo. Yo no sargo hoy de casa, no sargo hoy de casa.
-
---¿Por qué, inocente? No seas imbécil --dijo Alfil, que era el de mejor
-apetito de todos.
-
---¿Cómo quié usté que sarga hoy a la caye? Pero, ¿no ha visto usté,
-como la lu, que las cartas me han salío ataque a la vuerta de una
-esquina y sujeto traidó?
-
---No seas niña, ¿qué saben las cartas? De seguro hoy tienes mucha
-suerte, con el día que hace, que convida al amor --añadió Alfil.
-
---Que no sargo, señor Alfil, que no sargo a que me asesinen.
-
---¡Qué ignorancia! --exclamó Alfil, enarcando las cejas.
-
-Amparito presentó a Lolita un plato de sopa.
-
---No quiero sopa. Oiga usté, Antonia, no voy a comé na má que una
-fransesiya con manteca. Me la pone usté al horno y que esté bien rehogá.
-
---¿Una francesilla? --habló Antonia, con sonrisa triste y cansada--.
-Como no se la saquemos al señor Alfil del papo...
-
---Pero, ¿es que no hay pan?
-
---A ver --añadió Antonia--. ¿Cuántos días hace que usted no paga?
-
-Lolita pagaba al día por varias razones: primero, porque era tan de
-mano abierta que el dinero se le iba sin saber cómo y era imposible
-hacerle pagar grandes cantidades de una vez; segundo, porque su aparato
-intelectual era refractario a las operaciones aritméticas y no sabía
-contar sino por los dedos de una sola mano, de suerte que cuando las
-cuentas subían no había modo de hacérselas entender, y ella presumía
-que se aprovechaban de su ignorancia cobrándole más de lo justo. Con
-la planchadora tenía siempre grandes altercados y disputas. Se había
-olvidado de los años que tenía, aun cuando guiándose por la fecha
-más importante en su vida (la pérdida de la doncellez), que había
-acaecido a los quince, calculaba ella que su edad se aproximaba a
-los diecinueve, si bien lo probable era que andaba lindando por los
-treinta. Dada esta incapacidad nativa para las matemáticas, pagaba cada
-día dos duros a Antonia, y cuentas claras, con los cuales la patrona,
-con esa virtud evangélica de las patronas españolas que para sí
-quisieran los ministros de Hacienda, hacía milagrosas multiplicaciones
-en el mercado.
-
---Vamos, no seas remilgada y come lo que haya.
-
-Lolita, que era muy dócil y bondadosa, se resignó. En este punto
-Travesedo inició un tema de conversación a que era muy aficionado:
-cuestiones financieras. El talento que Dios había negado a Lolita se lo
-había concedido en gran medida a Travesedo. Hacía de memoria los más
-intrincados cálculos. Su cabeza era un archivo de vastos y miríficos
-proyectos económicos. Tenía proyectos para todo: un presupuesto del
-Estado, un banco hipotecario, un ferrocarril eléctrico en el puerto
-de los Pinares, casas para obreros, colonización económica en el
-norte de África. Había escrito sinnúmero de memorias, perfectamente
-concienzudas, en donde se demostraba la suma de beneficios sociales que
-los proyectos acarrearían, y el lucro pingüe que el capital en ellos
-invertido había de obtener necesariamente. Lo curioso es que tales
-proyectos eran, por lo general, muy razonables y serios; pero el autor
-no conseguía que nadie les prestase atención. Por lo cual tenía que
-dedicarse a negocios sucedáneos y mezquinos que le fracasaban siempre,
-como aquel del circo, iniciado bajo excelentes auspicios y apuntillado
-por orden de la autoridad la misma noche de ponerse en marcha.
-
-A los postres se presentó Verónica. Era visitante asidua de la casa y
-todos la veían con buenos ojos. A partir de aquella noche de su gran
-éxito había abandonado la carrera azarosa del vicio mercenario para
-hacer vida humilde y honesta. La habían contratado en un teatro de
-variedades, con diez duros por noche, y era la bailarina predilecta del
-público. Con su sueldo ayudaba a vivir a la familia y ahorraba para
-lo porvenir. Había conseguido que contratasen a su hermana Pilarcita,
-la cual era por entonces de conducta tan relajada como Verónica lo
-había sido en otro tiempo. Toda la existencia de Verónica se reducía
-a ir de su casa al teatro, del teatro a casa, y algunas veces a casa
-de Antonia a pasar la tarde. Deseaba irse a vivir con la Antonia,
-pero nunca se atrevió a manifestarlo. Nadie se explicaba este cambio
-de Verónica, y menos que nadie Angelón, quien dio en la manía de
-enamoricarse de Verónica cuando esta dio en la manía de ser honrada.
-La perseguía de continuo, intentaba conmoverla con escenas dramáticas
-y de desesperación, y, en suma, le hacía pasar muy malos ratos, porque
-la mujer le tenía lástima. A pesar del entusiasmo del público por ella,
-que aumentaba con los días, y de la popularidad que había adquirido,
-Verónica conservaba su muchachil sencillez.
-
---El público está mochales --acostumbraba decir--. Porque, vamos,
-que me digan a mí que si bailo así y asao, como los gipcios y las
-bañaderas... Si yo no he sabido nunca bailar... Bailo lo que me sale, y
-acabao.
-
-Algunos artistas, literatos y pintores habían pretendido cultivar su
-amistad; pero se habían cansado pronto, porque, como ellos decían:
-«Baila como un ángel; pero es una mala bestia y no se puede hablar de
-nada con ella».
-
-Existían vehementes indicios de que Travesedo gustaba mucho de
-Verónica. La muchacha, que lo había echado de ver, trataba al hombre de
-las barbas lóbregas con un bien mesurado compás de afecto, equidistante
-del amor y del desdén.
-
---Siéntate aquí, neñina --habló Travesedo con ojos bailarines,
-poniéndose en pie y ofreciendo una silla a Verónica--. Nunca vienes por
-aquí.
-
---Anda, pues si he estao na más que dos veces en esta semana.
-
---Sería cuando no estábamos nosotros en casa.
-
---Sería. Y ustedes tampoco van nunca por el teatro.
-
---Neñina, desde aquella fementida noche del circo no puedo entrar en un
-teatro. Me da una cosa aquí, ¿sabes?, como si me revolviesen las tripas
-con un garabato.
-
---¿Trabaja usted mucho, don Teófilo?
-
---Sí. ¿Por qué lo dices?
-
---Porque tiene usted mala cara.
-
---Pues no suelo trabajar con la cara --dijo Teófilo secamente.
-
---Usté perdone si le he molestao --suplicó Verónica, con humildad.
-
---Cuánto siento, neñina, no poder quedarme contigo. Pero precisamente
-a las tres y media tengo una cita, y ya son las tres; de manera que
-perdóname y adiós.
-
---Adiós, señor Travesedo.
-
---Cada día estás más guapa. ¿No tienes novio aún, neñina?
-
---Novio... ¡Bah! A mí quién me va a querer.
-
---Cualquiera que no sea idiota.
-
-Travesedo, Alberto y Teófilo salieron juntos. En las mismas escaleras
-Travesedo reanudó su palique económico.
-
---Voy a ver si convenzo a Jovino --decía--, y eso que después de lo del
-circo y el otro negocio de los mármoles está muy reacio en acceder. No
-es que él dude de la bondad de mi proyecto; es que yo, como sabes, soy
-muy pesimista, y con razón, y él se ha contagiado ya de mi pesimismo.
-Pero este negocio de ahora es de los que no tienen riesgo ninguno.
-Comenzará a producir así que se implante. Cierto que se necesitan cinco
-millones de pesetas, por lo menos, para empezar; pero figúrate si entre
-Jovino y sus amigos no pueden reunir el capital en media hora... Ahora
-bien, préstame atención.
-
-Y Travesedo comenzó a exponer el negocio: un negocio en grande.
-Tratábase de la explotación de unas minas de cobre en Asturias, cuya
-opción por un año para la venta le habían dado los dueños de las minas
-a Travesedo. Este exponía por lo menudo los datos; cubicación de las
-minas, gastos de explotación por toneladas, gastos de acarreo por
-tonelada y kilómetro, fletes, precio del cobre en todos los mercados
-del mundo y así sucesivamente. Habían llegado a la puerta de un
-estanquillo. Travesedo se detuvo y continuó hablando:
-
---¿Te has fijado bien en los números? Resulta, por lo tanto, una
-ganancia anual segura de dos millones de pesetas; es decir, que el
-capital rendirá un cuarenta por ciento de utilidades. Como yo tengo
-la opción, he de ganarme en la venta de las minas por poco doscientas
-mil pesetas. Ahora, mis proposiciones son: un veinticinco por ciento
-de las utilidades y la dirección de las minas. ¿Qué te parece? --hizo
-una transición--. Cómprame un cigarro de quince céntimos que no tengo
-dinero. ¡Ah! Y un timbre móvil de diez.
-
-Cuando Alberto salió con el cigarro y el sello, Travesedo prosiguió:
-
---Si hacemos el negocio te vienes conmigo a las minas. Ya verás qué
-bien nos arreglamos allí. Aquello es precioso y nadie te molestará para
-escribir tus libros. También tú, Pajares, si quieres, puedes venir con
-nosotros. Ya verás cómo por aquellas montañas la inspiración acude sin
-que se la llame. Vosotros, ¿adónde vais?
-
---¿Adónde vas, Teófilo? Yo al Ateneo.
-
---¿Con esta tarde? --exclamó asombrado Travesedo.
-
---Cierto, ¡qué tarde! Da gusto vivir. Días como el de hoy no se ven
-sino en Madrid. Hoy se comprende que la holganza es la única ocupación
-digna del hombre, y que la pereza, según dijo Pascal, es algo que nos
-hace recordar que somos dioses venidos a menos. Sin embargo, voy al
-Ateneo a oír la conferencia de Mazorral.
-
---Ya no me acordaba. Yo también iré. Tengo mucho interés en oírle. ¿Qué
-tal habla? --indagó Travesedo.
-
---No sé.
-
---De seguro no lo hará tan bien como Tejero. ¿Te acuerdas de aquel
-mitin? ¡Qué presencia, qué aplomo, qué fuerza! Me parece que le estoy
-viendo junto a las candilejas, al sesgo y adelantando el hombro
-izquierdo hacia el público. Parecía un hondero y cada sentencia una
-pedrada. Ya ves si iban bien dirigidas que derribó a don Sabas Sicilia
-del ministerio... ¿A qué hora es la conferencia?
-
---A las cuatro.
-
---Pues iré. Y eso que desconfío de Mazorral. Es tan pedante...
-
-Travesedo se despidió de Teófilo y Alberto.
-
-
-
-
-II
-
-
---¿Quieres que vayamos a dar una vuelta por el Prado, al sol, antes de
-meternos en esa catacumba del Ateneo? --rogó Teófilo.
-
---Sí, hombre. Hoy se apetece derretirse en el sol, no pensar,
-volatilizarse, ser una cosa gaseosa y tibia...
-
---No pensar... derretirse... Hoy y siempre.
-
---¿Te vas a poner trágico?
-
---Yo, ¿para qué? --Teófilo hizo una mueca grotesco-trágica que movió
-a risa a su compañero--. Sí, hombre, ríete. No sé si compadecerte o
-envidiarte; no comprendes nada del sentimiento.
-
---¿Quién te lo ha dicho? Pudiera ser que lo comprendiese, y algunas
-cosas más. Por ejemplo: entre bastidores los efectismos teatrales
-quedan destruidos.
-
---¡Bah!, resulta que yo estoy haciendo el papel del hombre cansado de
-la vida.
-
---No es eso; aparte de que hay actores que entran en situación con toda
-su alma y lloran de veras, pero el público se ríe de ellos, porque les
-falta la expresión emotiva.
-
---Y a mí me falta, ¿eh? ¿Qué le voy a hacer yo?
-
---Tampoco es eso. Lo que yo te quería decir al hablarte de que
-entre bastidores se matan los efectismos teatrales es que todos los
-sentimientos, por tristes que sean, llevan en sí su medicina.
-
---Caramba, qué expeditivo estás. A ver.
-
---Todo consiste en meterse entre los bastidores de uno mismo,
-introspeccionarse, convertirse de actor en espectador y mirar del revés
-la liviandad y burda estofa de todos esos bastidores, bambalinas y
-tramoya del sentimiento humano.
-
---Eso es, y aun suponiendo que uno pueda desdoblarse en dos partes tan
-fácilmente como tú dices, el ver con la una la liviandad y burda estofa
-de la otra es un espectáculo consolador, ¿verdad?
-
---A la larga sí.
-
---¿Qué llamas tú a la larga? Porque yo ya va para seis meses que
-intento una cosa semejante, y como si no. Lo que ocurre es que cuando
-la gangrena está dentro no hay morfina que valga. Si fuera tan fácil
-inyectar filosofía como cacodilato de sosa... Pensarás que me hago el
-interesante, pero es que tú no sabes... --Teófilo creía mantener el
-secreto de sus congojas; pero eran varios los que conocían su origen,
-entre ellos Alberto.
-
-Continuaron paseando en silencio. Alberto introdujo las manos en los
-bolsillos de la chaqueta y se encontró con un papel que resultó ser
-una carta cerrada. Había recibido tantas cartas tristes en su vida,
-que cada nuevo sobre que a sus manos llegaba le infundía terror. Solía
-guardar las cartas sin abrirlas, y después de algún tiempo las leía
-o las quemaba, según el humor. Contempló esta carta, rugosa y sucia
-ya; era letra conocida, pero no podía decir de quién. Estuvo dándole
-vueltas entre las manos, dudando si leerla o arrojarla por una boca de
-alcantarilla. Por fin la abrió.
-
---Hombre, de Bériz.
-
---¿El qué?
-
---Esta carta.
-
---¿Qué es de él?
-
---No sé aún. Ahora veremos --leyó--: «Querido Guzmán: Dirá usted y
-los amigachos de Madrid (no es que le llame amigacho. Ya sabe que
-siempre le he tenido gran afecto y consideración) ¿qué será de aquel
-sinvergüencilla de Bériz? Y la verdad es que yo fui un sinvergüencilla
-en vísperas de pasar a mayores, como ahora comprendo que se hubiera
-verificado si me quedo en Madrid. Pero ¿se acuerda usted de una célebre
-noche en el circo, ¡qué nochecita aquella, ché!, y lo que usted me
-dijo: «vete a tu pueblo, Arsenio, vete a tu pueblo», ni más ni menos
-que como Hamlet aconsejaba a Ofelia que se fuese a un convento? Y ahora
-caigo en la cuenta que nos tratábamos de tú. En Madrid se pierden las
-distancias: todos somos unos... unos golfos, y no lo digo por usted,
-o por ti, que ya no me acordaba. Luego, cuando uno se aparta de ese
-guirigay, vuelven a establecerse las jerarquías. A lo mío. Aquel
-consejo me estaba siempre sonando dentro de la cabeza, y un buen día
-(esto es un galicismo, ché; pero ¿qué importa?) me dije: si no es hoy
-no es nunca. Y sin decir oste ni moste lié las maletas, y Arsenio
-volvió a su pueblo a casarse con su novia; pero, sobre todo... a hacer
-gran arte. ¡Una tontería de quimeras y ambiciones! Pero a medida que
-el eco de Madrid se iba apagando dentro de mí, y aquellas famosas
-jerarquías restableciéndose, me empezó a nacer el sentido común. ¿Gran
-arte yo? Vaya, que no es por ahí. Comprendí que son contados los que
-pueden permitirse ese lujo, y que Dios no me llamaba por ese camino,
-sino por el del honesto matrimonio burgués, y venga hacer hijos y más
-hijos, sanos, robustos y alborotadores como yo, y como yo un poquitín,
-nada más que un poquitín, sinvergüencillas. Pues nada, que la semana
-que viene me caso, así, a los veintidós años, y el mes que viene me
-tendrás despachando abanicos para enviar con viento fresco al mundo
-entero. No te doy parte de mi boda con la perspectiva de un regalo.
-No lo admitiría, aparte de que ya sé que la literatura se parece a
-los abanicos en que da aire, pero se diferencia en que no da dinero
-además. Iré de viaje de novios a Francia, pero embarcado. No paso por
-Madrid así me aspen. Soy feliz y espero que te alegrarás de saberlo.
-Si tienes un minuto libre y quieres enviarme un epitalamio, y mejor, si
-quieres escribirme una carta, te lo agradeceré. ¿Cómo van tus cosas? ¿Y
-aquella Pilarcita? No sé si te dije que cayó antes de mi huida, y la
-verdad es que estaba bien, diantre. Un abrazo, Arsenio.»
-
---¡Qué suerte de muchacho! Si yo hubiera hecho lo mismo, no hace
-más que seis meses, cierto día que recibí una carta de mi madre...
---murmuró Teófilo, y su voz era un hacinamiento de sombras.
-
---Tu caso no es el mismo. Tú tienes ya un nombre y, por lo tanto, un
-deber adscrito a ese nombre.
-
---Sin embargo, recuerdo que también a mí me aconsejaste en una
-ocasión...
-
---Cierto, porque creí que lo que te apuraba era la situación económica.
-Pero ahora... tienes ese destinillo que te dio don Sabas en su
-testamento ministerial; la Roldán te va a estrenar un drama y será un
-éxito.
-
---Pero tú dices que es muy malo.
-
---Por eso será gran éxito.
-
---Entonces, ¿cuál es mi deber?
-
---Hacerlos buenos.
-
---¿Y si entonces no gustan y me muero de hambre?
-
---No importa.
-
---Tienes razón. Nada hay que importe, nada hay que importe.
-
-Paseaban a lo largo del Botánico, acercándose a una de sus fuentes.
-Teófilo sintió, captándole las potencias, la reviviscencia del pasado,
-como si aún gravitase sobre su costado la dulce pesadumbre de Rosina en
-aquella mañana de otoño, cuando se habían detenido ante la alborozada
-hoguera cuyo canto se abrazaba al runrún del agua, y él había dicho:
-«Lo más hermoso del mundo es la mujer, porque participa de la
-naturaleza del agua y de la del fuego.» La abundancia de emoción le
-forzó ahora a hablar.
-
---¿Querrás creer que desde que el ciego se marchó a Asturias me falta
-algo? Estos últimos veinte días me han parecido veinte siglos. Los
-ratos que con él pasaba todas las tardes eran para mí divinos. Yo que
-no he visto nunca el mar lo he sentido al través de las palabras de
-aquel hombre. Mi drama a él se lo debo. Yo había imaginado siempre el
-mar como algo monstruoso y rugiente. Pero el ciego me hizo sentir el
-encanto del mar, que es de naturaleza femenina, captante, fascinadora,
-suave, suave... Los enamorados del mar parecen enamorados de una mujer,
-y parece que todos los que han vivido cerca del mar se enamoran. Es
-una mujer y una mala mujer. El ciego decía: «Yo siempre tuve miedo al
-mar, mucho miedo; pero no puedo vivir sin él. Vivo aquí porque estoy
-ciego, y ya, para el caso, lo mismo da estar en una parte que en otra,
-porque lo llevo dentro de mí.» A veces, cuando habían regado las calles
-asfaltadas, el ciego decía: «Huele un _poquiñín_ a mar». Él decía un
-poquiñín. Y cuando pasábamos cerca de una de esas señoras elegantes
-que llevan un perfume sin perfume, una cosa que huele a mañana, ¿me
-entiendes?, entonces el ciego decía: «Huele a mar.» ¡Cosa más rara! Yo
-creía, o me figuraba, que el ruido del mar era un ruido enorme, y así,
-un día, estando en los andenes del paseo de coches, le dije: «¿Es este
-el ruido del mar?» Él se enfadó y contestó: «El mar no hace ruido, el
-mar tiene voz. Este es un ruido que se coge con las manos.» Y en cierta
-ocasión, estando sentados en Recoletos, pasó junto a nosotros un niño
-que arrastraba sobre la arena, a golpes, un cajoncito de madera. Dijo
-el ciego: «Esa es la voz del mar. Son las últimas olas pequeñinas de
-la playa.» Yo no caía al principio en la cuenta, porque apenas si se
-oía el ruido del cajoncito. Y como yo me asombrase, el ciego añadió:
-«Siempre es esto, pero en grande.»
-
-Hubo una pausa.
-
---¿Qué sabes de Rosina? --preguntó Alberto sin subrayar las palabras.
-
---Pss. Lo que todo el mundo sabe. Lo que dicen los periódicos. Que es
-una estrella de los _music-halls_ y que hace furor en París --respondió
-Teófilo, afectando excesiva indiferencia.
-
---Eso ya lo sabía yo. El padre, ¿no te decía más?
-
---Lo que te he contado. Al principio don Sabas, a pesar de la fama
-de avaro que tiene, mantenía al ciego y lo mantenía bien. Luego la
-hija comenzó a mandarle dinero. A lo último le ordenó que se fuera a
-Asturias, adonde llevarían también a la pequeña Rosa Fernanda.
-
---Y Rosina, ¿no te ha escrito nunca?
-
---¡Escribirme!... --exclamó Teófilo con amargura. Recobrose en seguida
-y añadió--. ¿A qué santo me iba a escribir? He hablado con ella media
-docena de palabras en toda mi vida.
-
---¿Y aquel otro amigacho tuyo? ¿No se llamaba Santonja?
-
---Hace días que no le veo. Me entristecía demasiado. ¡Pobre Santonja!
-También a ese le debo el haber comprendido hondamente algunas cosas;
-por ejemplo, que en la vida lo de más monta es ser sano, fuerte,
-robusto. Me parece haberte dicho que Santonja está desviado de la
-espina dorsal; es un ser monstruoso e infeliz. Si a esto añades
-que siente por la vida y por el amor de las mujeres un verdadero
-frenesí, como por cosas que le están vedadas, te darás cuenta de sus
-sufrimientos. Con todo, es un hombre extraordinariamente dulce y
-bondadoso. Yo me explico muchas veces que la mayoría de los españoles
-maldigan de sus padres. De pequeños nos enseñan la doctrina y a temer
-a Dios, y a este pobre cuerpo mortal, a este guiñapo mortal, que
-lo parta un rayo. A los veinticinco años somos viejos y la menor
-contrariedad nos aniquila. Somos hombres sin niñez y sin juventud,
-espectros de hombres. ¿No has observado cuando hay un gran público de
-españoles la extrema delgadez de la mayoría? Se dirá que es porque
-comemos poco y mal. En parte es verdad, pero sobre todo es porque no se
-han cuidado de hacernos hombres cuando éramos niños.
-
---Ya es cosa vieja. La delgadez es el ideal estético de la belleza
-masculina en España. Recuerdo que la Lozana andaluza no encuentra mejor
-cosa que decir en elogio de un mancebo sino «¡qué pierna tan seca y
-enxuta!»
-
---Nuestros padres nos han condenado desde niños a ser desgraciados.
-Y no hablemos de los que nacen contrahechos, como ese Santonja. ¿Hay
-derecho a dejar vivir a un ser que nace deforme? No, no y no. ¿No hubo
-un filósofo griego que aconsejaba matar a las criaturas enfermizas o
-monstruosas?
-
---Sí, Platón.
-
---Dirán que era un bárbaro. Los bárbaros son los que permiten que vivan.
-
-Caminaron en silencio. Acercábanse al Ateneo.
-
---Es curioso --observó Teófilo, como hablando consigo mismo--. Me he
-pasado unos cuantos años con la pretensión de ser un gran poeta y
-consagrado exclusivamente a la poesía, y en todo ese tiempo produje,
-sobre poco más o menos, dos docenas de versos al año. Descubro un día
-que el arte es un engaño ridículo, que es una cosa inútil y hueca,
-como lo son todas las cosas en la vida, y en seis meses mal contados
-produzco más que en los varios años anteriores y mejor, aunque tú digas
-lo contrario.
-
---No digo yo tal.
-
---Porque, en efecto, Alberto, ¿para qué molestarse por nada? Todo es
-inútil, todo es inútil.
-
-Subían las escaleras del Ateneo. Cierta expresión del rostro de
-Teófilo, que en otro tiempo era circunstancial, se había constituído
-en habitual desde hacía seis meses. Era un gesto pueril y simpático, y
-podía traducirse así: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme
-que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»
-
-
-
-
-III
-
- No es menor la disensión de los filósofos en las escuelas que de
- las ondas en el mar.
-
- LA CELESTINA.
-
-
-Pasando del aire azul y asoleado a los lóbregos pasillos del Ateneo,
-esclarecidos en pleno día con luz artificial, Teófilo no pudo por menos
-de exclamar:
-
---Da grima sumirse en este antro, con un sol como el que hoy hace. ¡Qué
-indecente oscuridad!
-
-Acercóseles Luis Muro a tiempo para oír la exclamación.
-
---Señor --acudió Muro en seguida--, que estamos en el país de los
-viceversas. ¿No es el Ateneo el foco más radiante de la intelectualidad
-española? Pues, según nuestra lógica, ha de estar a oscuras o iluminado
-con luz artificial. En último término, ¿qué importa todo? La cuestión
-es pasar el rato. Toros, política y mujeres, esta es nuestra santísima
-trinidad. Ahora que parece que para los toros se requiere virilidad,
-para la política entusiasmo y para el amor el incentivo de la juventud,
-y aquí viene nuestra afición a lo paradójico, los toreros son estetas,
-los políticos, viejos chochos, y las prostitutas, viceversa de los
-políticos, como dijo Cánovas. Pero en último término, la cuestión es
-pasar el rato --hablaba en un tono sarcástico, de agrura y desesperanza.
-
-Muro era afamado por sus versos satíricos, versos nerviosos y
-garbosos, de picante venustidad en la forma y austero contenido ideal,
-como maja del Avapiés que estuviera encinta de un hidalgo manchego.
-Muro había nacido en el propio Madrid y su traza corporal lo declaraba
-paladinamente. Aun cuando propendía a inclinar el torso hacia adelante,
-había en las líneas maestras de su cuerpo, y lo mismo en las de su
-arte, esa aspiración a ponerse de vez en cuando en jarras que se
-observa en las figuras de Goya; esto es, la aptitud para la braveza.
-Hablaba con quevedesca fluencia y dicacidad y componía retruécanos sin
-cuento. Su charla y sus versos eran de ordinario tonificantes, como
-una ducha. Comenzaron a pasear a lo largo del pasillo de retratos,
-Muro, Teófilo y Alberto. Llevaba Muro la conversación, haciendo chascar
-de continuo ese látigo simbólico que se supone siempre en manos de
-la sátira, falaz instrumento que suena a beso y levanta ronchas. El
-pasillo estaba colmado de un ir y venir de gente bien trajeada, de
-aspecto indulgente y fatuo, por donde se entendía que eran políticos
-profesionales. Poblaba el aire ese vasto moscardoneo compacto, cuya
-correspondencia dentro de las sensaciones visuales es el gris cenizoso;
-rumor mantenido maravillosamente en el mismo tono siempre; ruido
-sordo, impersonal y yerto, no nacido de las diferentes pasiones e
-ideas individuales, antes movido por una causa exterior a manera de
-viento entre abedules. Este es el rumor específico de los pasillos
-del Congreso. Quien una vez lo haya oído y comparado con el rumor que
-anima un gran concurso humano, en un mitin o en un espectáculo público,
-por ejemplo, habrá echado de ver que es este un murmurio orgánico,
-caliente, en tanto aquel es simplemente un ruido.
-
-Afluían por momentos nuevas gentes a oír la palabra de Raniero
-Mazorral, entre ellas Travesedo, que buscó con la mirada a Alberto, y
-en cuanto dio con él le llamó aparte.
-
---No me digas nada --se adelantó a decir Guzmán, observando la
-satisfacción que Travesedo traía pintada en el semblante--, el negocio
-va a las mil maravillas.
-
---Eres un lince, Bertuco. ¡Oh, la inteligencia! Con la inteligencia se
-va a todas partes y no hay cosa que se esconda ante su mirada sagaz.
-Tú, que eres inteligente, de primeras has adivinado que el negocio va a
-las mil maravillas; pero ocurre que te has equivocado de medio a medio.
-No hay negocio.
-
---¿Y eso?
-
---Jovino me ha dicho en seco y para siempre que no puede ayudarme ni
-quiere buscar quien me ayude a explotar las minas. De manera, que punto
-en boca.
-
---¿Y por eso venías tan contento?
-
---Por eso, ya ves. Precisamente cuando os dejé iba yo pensando a este
-tenor: «Supongamos que encuentro de repente el capital que necesito.
-Mañana mismo he de ponerme en camino para las minas, y venga trabajar
-y más trabajar, ¿para qué? Para ganar dinero. Dinero, ¿para qué?
-Luego, aquel clima del Norte: lluvias, orvallos, nieblas... Y aquí,
-este sol...» Cuando me acerqué a Jovino iba temblando, sí, temblando;
-pero de miedo que él me dijese que todo se iba a arreglar. Se frustró
-todo, pues, ¡viva la Pepa! He tenido una de las mayores alegrías de mi
-vida. Además, chico, las responsabilidades consiguientes al manejo de
-tan gran capital ajeno... Hubiera sido terrible. Pero, sobre todo, ¿me
-quieres decir qué utilidad tienen los esfuerzos del hombre? ¿Podemos
-hacer salir el sol cuando está nublado? ¿Podemos prolongar la juventud?
-¿Podemos dar largas a la muerte como se las damos al sastre o al
-zapatero? Pues entonces...
-
---Entonces, ¿a qué vienes a oír una conferencia política?
-
---Porque padezco de esa enfermedad hedionda del pensar, porque aun
-cuando me esfuerce en conseguirlo no puedo dejar de ser una persona
-inteligente. El borracho sabe que la bebida le mata y bebe. Ea,
-adentro, a pasar este mal trago.
-
-Sonaba el último repique del timbre llamando a la conferencia. Los
-que aún estaban en los pasillos se precipitaban a entrar, apurando
-la colilla del cigarro o del cigarrillo, que dejaban a la puerta,
-como los árabes sus babuchas antes de penetrar en la mezquita. Ya
-dentro observábase la singular fecundidad de arbitrios que muchos
-caballeros desarrollaban por colocar el sombrero de copa de manera que
-no sufriera deterioro o menoscabo en su lustre, y en resolviendo tan
-peliagudo problema adoptaban una postura estudiada, de acuerdo con la
-consideración social que imaginaban gozar. Casi todas las posturas
-afectadas se reducían a una: la del que, juzgándose a sí propio hombre
-célebre, se considera objeto de la curiosidad universal por dondequiera
-que vaya, y procura hacer ver que su modestia padece con tan asiduos
-homenajes. Esta era la actitud de los personajes políticos, ministros,
-ex ministros y presuntos ministros, que de ellos había gran copia en el
-salón. Parecían los tales, a juzgar por el gesto que ponían, mujeres
-púdicas a quienes con violencia desnudasen en público. Los toreros y
-las prostitutas saben llevar el halo de la popularidad con más decoro y
-mejor aire que los políticos.
-
-Había gran curiosidad por oír a Raniero Mazorral. Era este un
-periodista, con puntas y collares de pensador, que había pasado varios
-años en el extranjero, esbozando desde allí diversos diagnósticos
-acerca de España y sus dolencias. Volvía ahora a la metrópoli, a lo que
-se presumía, con el remedio de aquellas dolencias.
-
-La mesa presidencial estaba vacía. Detrás de ella, en el fondo de una
-gran hornacina roja rematada en un dosel, había una puertecilla que
-se abrió y cerró en un abrir y cerrar de ojos; pero cuando se cerró
-ya había dejado fuera un hombre. Fue una aparición un tanto milagrosa
-y un tanto cómica, como la de esos muñecos de sorpresa que saltan
-fuera de una caja al abrirse la tapa. Aquel muñeco humano era Raniero
-Mazorral. Fue saludado con grandes aplausos, a los cuales respondió
-él inclinándose con mucha dignidad. Era un hombre corpulento, bien
-construido, guapo. Vestía con sobria elegancia britana y estaba un
-poco pálido. Sentose detrás de la mesa, tomó una cuartilla en la mano
-y comenzó a leer con voz temblorosa, virilmente bella. El encanto
-de aquella voz se apoderó muy presto del público. Era una voz de
-altura, cilíndrica y melodiosa, como el agua que cae de una gárgola.
-Mazorral decía que España no había entrado aún en la comunidad de las
-naciones civilizadas; que civilización era sinónimo de cultura, de
-objetividad científica, y tanto valía decir cultura y ciencia como
-Europa, por donde si España pretendía salvarse debía incorporarse a
-la cultura, europeizarse, y para lograrlo, Mazorral aconsejaba, con
-amplios ademanes apostólicos, dos virtudes: bondad y trabajo. «¡Sed
-buenos, trabajad!» Clamaba con voz estrangulada y angustiosa. Sus ojos
-tenían la facultad de extraviarse a capricho, de suerte que la pupila,
-gris azulada, parecía diluirse por la córnea, como los ojos de un
-vidente en el trance. Fervorosos aplausos interrumpían la lectura con
-frecuencia. Las ideas no eran nuevas para el público; las mismas quejas
-de Raniero Mazorral, aunque con diferentes palabras, habían sonado en
-oídos españoles desde hacía siglos; los remedios que el orador ofrecía
-eran vagos y de dudosa eficacia. Todo ello era una canción vieja, y,
-sin embargo, dijérase que se oía por vez primera, y es porque por vez
-primera se había infiltrado en la canción vieja lo patético de ciertas
-modulaciones que le daban emoción estética.
-
-De esta suerte discurría Guzmán, que estaba sentado junto a Tejero.
-Miró de reojo al joven filósofo, con su grande y apacible cabeza
-socrática, prematuramente calva, la desnuda doncellez de sus ojos e
-imperturbable aplomo de figura con recia peana. Tejero era quien había
-infundido emoción estética y comunicativa a aquella vieja lamentación
-española que ahora hacía eco en el cráneo de Mazorral. Las ideas
-y emociones de esta conferencia eran obra de Tejero, a las cuales
-daba virtualidad escénica Mazorral, hombre apto para la exhibiciones
-histriónicas. Explícitamente lo reconoció así el propio Mazorral desde
-la tribuna, proclamando a Tejero jefe e inspirador de la juventud
-culta, gran español, a cuyo celo y diligencia el _problema España_
-debía su enunciación exacta y metódica, y ángel exterminador de la
-política arcaica, aludiendo con esto último a que Tejero, con un simple
-discurso en un mitin, había derribado del ministerio a don Sabas
-Sicilia, el cual ocurrió que se encontraba entre los oyentes y hubo de
-recibir en tal punto muchas miradas de través.
-
-Al terminar la conferencia el público aclamó a Mazorral. Cuando la
-gente salió a los pasillos, calzándose nuevamente a la puerta las
-babuchas de la maledicencia social, apercibiose el que más y el que
-menos a arrancar túrdigas de pellejo al conferenciante.
-
-Díaz de Guzmán se encontró par a par de don Sabas Sicilia, cuando
-abandonaban entrambos el salón.
-
---¿Qué hay Guzmancito? ¿Qué se hace? Ya sabe usted que siempre se le
-estima.
-
-Don Sabas Sicilia, en los últimos tiempos, había simplificado
-grandemente la práctica de las artes cosméticas. Ya no se teñía las
-barbas: ahora eran de un blanco sucio y más crecidas que antes. No
-usaba mixturas ni linimentos para encubrir las arrugas atirantando
-la piel y atusar los mezquinos pelos del cogote. De viejo verde
-se había convertido, a la vuelta de unos meses, en anciano, y, en
-consecuencia, ascendido no poco en nobleza corporal. Mas para ser
-por entero noble y venerable le estorbaban dos cosas: el trasunto
-caprino del perfil y aquella sonrisa sarcástica de hombre que está
-en el secreto, un secreto que por las señales que antaño de él
-trascendían debía de ser humorístico y era al presente palmariamente
-triste y agrio. La descoloración de las barbas de don Sabas había
-coincidido con el decaimiento y fracaso de todas sus ilusiones. Sus
-dos hijos, Pascualito y Angelín, a quienes había educado de una manera
-filosófica, según decía él, y para hombres perfectos, guiándoles
-desde la niñez según los dictados de la razón humana, defendiéndolos
-contra el ataque embozado de los prejuicios religiosos e inculcándoles
-el culto a la vida como supremo ideal, le habían salido dos hombres
-frustrados. Angelín, ni siquiera hombre. Durante el último invierno
-don Sabas se había visto obligado a librar varias veces a su hijo de
-las garras judiciales, después que le habían sorprendido en aventuras
-de sodomítico libertinaje. Pero lo peor para don Sabas era lo de
-Pascualito, el predilecto de su corazón. Lo de Angelín lo reputaba
-doloroso infortunio; lo de Pascualito era una bajeza. Ello consistía
-en que el primogénito había entablado relaciones amorosas y estaba ya
-para casarse con una infeliz criatura canija, fea y nada inteligente,
-de la cual no gustaba ni poco ni mucho, como lo patentizaba el hecho de
-andar, en vísperas de boda, refocilándose con otras mujeres alegres,
-e iba al matrimonio con grosero impudor por apoderarse de los muchos
-millones que la niña, hija única, atesoraba. Para don Sabas la virtud
-era el buen tono o elegancia del espíritu, así como el talento era
-la elegancia de la inteligencia, no otra cosa. Cuando se informó,
-con todas las circunstancias, de aquel matrimonio que Pascualito
-quería contraer, don Sabas se resistía a creerlo. Sostuvo una larga
-conversación con su hijo, al cabo de la cual averiguó, con flagrante
-evidencia, que Pascualito no tenía elegancia moral ninguna. Y como el
-padre le declarase que el hecho que iba a consumar no solo era una
-acción soez, fea y de mal gusto, sino también un crimen contra la
-sociedad y la especie, el hijo rechazó tales imputaciones con gran
-descaro y firmeza, justificando su conducta con sentencias y máximas
-que desde niño había oído de labios de su padre. Don Sabas no había
-querido oponerse a la boda, porque Pascualito era ya mayor de edad
-y nada se remediaba con la oposición, que hubiera sido subrayar la
-vergüenza y oprobio de su hijo. No lograba entender cómo aquellos
-saludables principios encaminados hacia la felicidad y el sumo bien,
-que desde que eran niños había procurado infundir en el corazón de
-sus hijos, andando el tiempo pudieran sufrir tanta mudanza y servir
-de alcahuetes a las más ruines flaquezas. Él se había esforzado en
-enseñar a Pascualito a ser un hombre digno, y Pascualito cimentaba
-su indignidad precisamente en las enseñanzas paternales. Con ser muy
-graves los disgustos familiares, lo que en puridad había destrozado a
-don Sabas era la pérdida de Rosina.
-
---¿No ha venido Pascual a la conferencia? --preguntó Guzmán a don
-Sabas, por preguntar algo.
-
---No sé. Anda tan atareado estos días...
-
---¿Con la boda?
-
---Sí, creo que sí.
-
---¿Cuándo se casa?
-
---No lo sé exactamente. Entonces, ¿qué le ha parecido a usted la
-conferencia, querido Guzmán?
-
---Muy bien, ¿y a usted?
-
---A mí me ha divertido mucho. No recuerdo qué político inglés decía que
-la vida sería tolerable sin sus diversiones. Sin lo que de ordinario
-se entiende por diversiones, claro está. Yo digo que la vida sería
-inaguantable si todos los hombres fuesen razonables. ¿Hay nada más
-tedioso que una conversación razonable, que un libro razonable o un
-discurso razonable? Para mí, decir que estas cosas son razonables y
-decir que no había ninguna necesidad de haberlas hecho, puesto que
-son razonables, es la misma cosa. Se dice que aquello que diferencia
-al hombre del resto del universo es la razón. ¿De dónde han sacado
-semejante desatino? Lo que le diferencia es la sinrazón. En la
-naturaleza todo es razonable, no hay sorpresas, todo es aburrido; pero
-salta este animalejo en dos pies que llaman hombre, y con él aparece
-la sinrazón, lo absurdo, lo arbitrario, la sorpresa, lo cómico, lo
-solazante y ameno. Si un hombre discurriera con la exactitud mecánica
-de la naturaleza, de manera que sus palabras tuviesen la coherencia
-fatal de los fenómenos naturales, ¿habría nada más aburrido? No, no;
-lo bueno es lo inesperado del desatino, lo insólito de la sandez, lo
-imprevisto del disparate. Por eso me ha divertido tanto la conferencia
-de Mazorral. Bondad y trabajo; aconsejar bondad y trabajo... Vamos,
-que no se le ocurre al que asó la manteca. Aconsejar «sed buenos»
-es lo mismo que aconsejar «sed albinos» o «sed velludos.» Digo
-mal --rectificó don Sabas, acercándose a calentar las manos en un
-calorífero--, es lo mismo que aconsejar «sed inteligentes». Todos
-somos más o menos inteligentes, porque el pensamiento es una secreción
-del cerebro, como la bondad es, por decirlo así, una secreción del
-corazón. Pudiéramos comparar el corazón humano a las vacas. Las hay de
-diferentes razas; todas dan leche; pero hay razas que dan mucha más.
-Es un hecho que vaca muy lechera o poco lechera, la vaca da más leche
-cuando está mejor alimentada. De la propia suerte el hombre harto
-propende a la bondad, así como el famélico a la malignidad; tan es
-así, que yo a veces dudo si la residencia de los afectos es el corazón
-o el vientre. También hay procedimientos artificiosos para aumentar la
-secreción de la leche y de la bondad. Para lo primero se acostumbra
-dar sal a las vacas; pero en este caso la leche es agüedinosa y sin
-sustancia. Como ejemplo de lo segundo podemos poner el del partido
-conservador concediendo al pueblo cierta mesurada dosis de ilusoria
-libertad; pero los frutos que con ello consiguen son engañosos y
-efímeros. Ahora bien; la vaca, cuando está en los últimos meses de
-preñez, no da leche. Aplicado al hombre quiere decir que en aquello
-que atañe a la obra propia, a la ambición personal, al egoísmo, el
-corazón se seca. Así ha sido, así es y así será, porque la naturaleza
-lo ha querido. Y si no, háblele usted mal a Mazorral de uno de sus
-artículos o dígale que su conferencia ha sido una _batata_, como se
-dice en esta casa, y a ver en qué paran sus ampulosas predicaciones
-morales. Puede suceder que no se ofenda, lo cual querría decir que
-además de tener el corazón seco los sesos le echan humo, o sea, que es
-ridículamente vanidoso. Pues, ¿y lo otro? Trabajad... Es como decir,
-«respirad». Decir vida y trabajo es una cosa misma. De una manera ú
-otra el hombre trabaja siempre. ¿Conoce usted algo más trabajoso que
-seducir a una mujer que no gusta poco ni mucho de su cortejador? Pues
-son infinitos los que se toman ese trabajo. ¿Por qué? Porque ven un
-fin como remate del esfuerzo, una satisfacción como premio de muchos
-sinsabores. Aconsejar a las colectividades trabajo es cosa necia. Lo
-que se debe hacer es sugerirles un ideal asequible y halagüeño, hacia
-el cual converja a pesar suyo la actividad, y con esto se coloca
-naturalmente a los hombres en potencia próxima de ser bondadosos. El
-ideal es el mejor estimulante de la alta cultura. Un pueblo sin ideal
-es un pueblo perezoso, y perezoso no quiere decir que no trabaja,
-sino que trabaja sin perseverancia, método o disciplina y por cosas
-inanes o de poco momento. Pero el ideal no se construye sino con la
-imaginación. El pueblo español no tiene imaginación aún. ¿Ha visto
-usted cosa más mazorral, yerma y antiestética que el cerebro de este
-señor Mazorral? La imaginación, me parece a mí, es la forma plástica
-de la inteligencia y del sentimiento. Tiene su mecánica, sus leyes,
-su realidad, realidad más alta que la misma realidad externa. En esto
-se diferencia de la quimera, que es una aspiración confusa, caótica,
-mística. España ha sido un pueblo de quimeras: nunca ha sabido lo que
-ha querido. Nuestros conquistadores iban a descubrir mundos y a rebañar
-oro sin plan ni propósito, y cuando lo conseguían, no sabiendo qué
-hacerse de él, con la espada escribían _nihil_ en el mar, daban toda
-su fortuna al clero y se iban a morir a un convento. En último término
-tenían razón. Y ahora viene lo más curioso, aquello de que el joven
-Tejero me derribó con un discurso... --don Sabas sonrió amargamente--.
-De eso a decir que el propio señor Tejero obligó con otro discurso
-a Carlos de Gante a retirarse a Yuste, no va nada. Carlos V, aun
-cuando no era español, es el arquetipo de los políticos españoles.
-Declarémoslo con toda franqueza; entre españoles existe con maravillosa
-abundancia el tipo del político a quien se le da una higa por el bien
-público. No somos servidores del pueblo con las responsabilidades
-anejas a una magistratura, sino trepadores de alturas. Un español no va
-a la política por vocación, sino por ambición. Queremos conseguir lo
-más para saber que nada hay que merezca la pena de conseguirlo y por
-el gusto de renunciarlo. No nos damos por satisfechos hasta que desde
-una gran altura no hemos visto muy pequeñitos a nuestros semejantes.
-Los españoles a los cuarenta años estamos cansados de todo. Ya hacía
-quince años que yo no era ministro, y le juro a usted que la última
-vez entré a regañadientes y no veía el momento de tirar la cartera.
-Porque, querido Guzmán, en el fondo de todo esto que decimos acerca
-del carácter español, ¿no habrá el reconocimiento implícito de que es
-el carácter más profundamente sabio y moral, el que mejor se ha dado
-cuenta del sentido de la vida, esto es, el que más la desprecia? ¿Qué
-dice usted?
-
---Digo que discurre usted con asombrosa incoherencia.
-
---Vamos a ver, vamos a ver, ¿por qué? --inquirió benévolamente don
-Sabas.
-
---¿No comenzó usted asegurando que las palabras de una persona que
-discurriese con absoluta coherencia sería la cosa más tediosa del
-mundo? Pues si ello es verdad, como todo lo que usted dice a mí me
-parece extraordinariamente ameno, la consecuencia es clara.
-
---No está mal. Es un elogio de doble filo; pero me agrada, porque
-prefiero amenizar la vida de los que me oyen a machacarles los oídos
-con monsergas solemnes. De todas suertes he hablado demasiado y temo
-haberle aburrido.
-
---No, de ninguna manera.
-
---Bien; no ha sido demasiado, pero ha sido bastante. Le dejo y voy a
-sumarme a aquel corrillo de graves padres de la patria, sesudos homes.
-
-Guzmán se acercó a una numerosa tertulia de ateneístas, que se había
-congregado al extremo del pasillo. Estaban unos sentados en mecedoras,
-otros en un diván; algunos se mantenían en pie. Uno, en una mecedora,
-tenía un gato sobre las piernas. Habló así:
-
---Mazorral ha olvidado que el genio tutelar del Ateneo es el gato,
-y que la filosofía del gato vale más que todas las filosofías. Ella
-nos enseña a ser perezosos, voluptuosos y elegantes. Vamos a ver
---dirigiéndose al gato--, ¿por qué no te has presentado en la tribuna
-y subiéndote a la mesa del conferenciante le has dado un mentís solemne
-a sus paparruchas? Sí, sí, comprendo; es que desprecias esas minucias.
-Sí, hay cosas que no merecen sino desprecio.
-
---Señores --insinuó un individuo flaco, alto y mal trajeado,
-encarnación austera de la ecuanimidad--, procuremos ser justos. Se
-pueden poner en tela de juicio las ideas de la conferencia, que a mí
-me han parecido bien, entre paréntesis; pero lo que no se puede dudar
-es que ha sido una conferencia bellísima literariamente, que nos ha
-forzado a aplaudir, sugestionados muchas veces.
-
---Pues eso es precisamente lo que decimos --replicó uno de los del
-diván, de cara aplastada y obtusa--. Que ha sido una conferencia llena
-de latiguillos y recursos de mala fe. Le deslumbran a uno, le hacen
-aplaudir sin que sepa lo que hace, muchas veces porque no digan; pero
-viene luego la reflexión y entonces se echa de ver que todo aquello era
-bambolla.
-
---¡Es un farsante! --falló una criatura enjuta y vehemente que hacía
-claudicar su mecedora con descomunal denuedo.
-
---Para mí los farsantes son dignos de toda admiración --declaró uno de
-los que estaban en pie. Era un hombre menudo, con cuerpo de monaguillo
-y cabeza de sacristán. Llevaba un sombrero desaforado que amenazaba
-hundírsele hasta la mandíbula, y hacía el efecto de un sombrero de
-hombre sobre un cráneo de niño--. Para ser farsante se necesita, como
-condición _sine qua non_, ser inteligente. Nos entenderíamos mejor si a
-la farsa la llamásemos _pose_, y a eso otro que caracteriza a Mazorral
-y a muchos animales inferiores, _mimetismo_. La simulación es una forma
-zoológica del instinto de conservación, que lo mismo existe entre los
-ortópteros que entre los periodistas. La _phyllia_ y la _callima_,
-por ejemplo, son dos mariposas tan parecidas a una hoja que, cuando
-se posan en un árbol y se adhieren a una hoja de él, no se las puede
-diferenciar. Lo mismo hay periodistas tontos que se consustantivan con
-la hoja de un periódico, y, aun cuando no sirven para nada, allí se
-están años y más años, como si la vida misma del periódico dependiera
-de ellos. El _mimetismo_ es una actividad irracional, instintiva,
-despreciable. Nada hay más fácil que simular talento. Por el contrario,
-la farsa es una cualidad específica de las grandes inteligencias, y en
-cierto modo puede considerarse como una creación artística. Por eso se
-acostumbra a llamar _pose_. Recuérdese a Beaudelaire, d’Aurevilly...
---sus palabras hacían también el efecto de palabras de hombre en labios
-de niño. De frase a frase dejaba grandes silencios por avivar la
-expectación de los que le oían. Viéndole, se pensaba en un camarero que
-antes de descorchar una botella bailase la danza del vientre.
-
---¡Bah! _Mimetismo_ o _pose_ o farandulería, ¿qué más da? --observó un
-ser indolente que estaba sobre el diván, sentado a la turca y con los
-ojos vueltos hacia el cielo raso--. El caso es que Mazorral no ha dicho
-nada nuevo. Todo eso se viene escribiendo en España desde hace siglos:
-ahí está el libro de Halconete que lo puede atestiguar. Y, sobre todo,
-si se trata de dar formas nuevas a quejas antiguas, la forma no es de
-Mazorral, sino de Tejero. La conferencia es un plagio de los artículos
-de Tejero.
-
---¿No dicen ustedes nada de lo más grotesco de todo? ¡Formidable!
---clamó un mancebito imberbe, rechoncho, de faz seráfica--. «Nosotros,
-los jóvenes... Porque los jóvenes haremos... A los de la nueva
-generación nos incumbe...» --peroraba en tono campanudo, contrahaciendo
-la voz abaritonada y vibrante de Mazorral--. Cualquiera diría al oírle
-que acaba de salir de las aulas universitarias y que está en los
-albores primaverales de su vida, cuando todos sabemos que pasa de los
-cuarenta y cinco. ¡Formidable! Son de esas cosas que hay que verlas
-para creerlas. Pues, ¡oído al parche! Él dice que se está preparando
-para ser el mejor dramaturgo de España; pero que no escribirá su primer
-drama hasta dentro de quince años, porque todavía no está maduro. Será
-un drama póstumo. Por lo pronto ya tiene su ideal estético, que es el
-Japón, pasando por Grecia y arrancando de Alemania; la humanidad, según
-parece, recorrerá esta gran trayectoria, y él, Mazorral, es el Hannón
-de este nuevo periplo. ¡Formidable!
-
---Señores --volvió a hablar con suave acento el hombre flaco, alto
-y mal trajeado--, procuremos ser justos. Los españoles tenemos una
-fea tendencia al individualismo anárquico. Si Tejero ha encontrado
-la nueva forma de una queja antigua, no es razón para que Mazorral,
-estando conforme con las ideas de Tejero, las propague por cuantos
-medios tiene a mano, la prensa, la conferencia, el mitin, etc., etc.
-El problema será tan antiguo como ustedes quieran; lógicamente, es tan
-antiguo como el mal; pero porque sea antiguo ¿hemos de dejarlo de la
-mano? En el libro de Halconete se estudian las diferentes maneras que
-tuvo de plantearse el problema, cronológicamente. Se trata de un mal
-crónico, y, sin embargo, nunca se ha sentido tan en lo íntimo y con
-tanta perentoriedad la conciencia de este mal. ¿Por qué? ¿Acaso porque
-estamos ahora peor que nunca? Nadie se atreverá a decirlo. Sin duda, es
-porque ahora se ha planteado el mismo problema con mayor acierto que
-otras veces. Costa, es verdad, parece ser el primero que lo planteó
-en sus términos precisos, y que los que han venido detrás de él no
-han añadido nada. Pero a Costa, con ser Costa, no se le hizo caso. En
-cambio, ahora todos sentimos la inquietud de ese problema. Hablaremos
-bien o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos
-preocupamos. ¿Por qué será?
-
-Travesedo se había acercado a Alberto en tanto hablaba el hombre
-flaco y mal vestido. Cuando concluyó este de hablar, dijo por lo bajo
-Travesedo.
-
---Me voy a la calle, ¿vienes?
-
-Teófilo, que también estaba en el grupo, abroquelado, como de
-ordinario, en melancólico mutismo, al ver que sus dos amigos se
-marchaban salió con ellos.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Había anochecido.
-
-Los tres amigos subieron por la calle del Prado, hacia la plaza de
-Santa Ana.
-
---¡Caracho, con la conferencia de Mazorral!... --exclamó Travesedo, que
-estaba pereciéndose por dar gusto a la sin hueso.
-
---Por la Virgen santa... --rogó Teófilo--. ¿Vais a hablar todavía de la
-conferencia?
-
---Vaya, no te enfades, Teofilín. Procuraremos ser breves. Déjanos poner
-algunas cosas en claro --y se dirigió a Alberto--: ¿Me quieres decir
-ahora para qué sirve la inteligencia?... Ya ves, todos esos rapaces del
-Ateneo, que parecen listos todos ellos y ninguno se entiende. Todos
-discurren con tino y se figura uno que tiene razón el último que habla,
-hasta que viene otro a decir todo lo contrario, y también tiene razón.
-Y es que la vida no es cosa de discurrir mejor o peor.
-
---Conforme en todo contigo --comentó Teófilo.
-
---La inteligencia, en último término, es una cosa mecánica. Jevons,
-un filósofo inglés, inventó una _máquina lógica_, un aparato que
-funcionaba tan bien como el cerebro humano. El proceso lógico ha
-sido formulado por un matemático, Boole, en una simple ecuación de
-segundo grado. _La crítica de la razón pura_, que no parece sino
-que es un descubrimiento de ayer, a juzgar por el pote que algunos
-se dan cubriéndose con ella las vergüenzas, como un salvaje con un
-taparrabos, y cuando yo era mocete, ya va para tiempo, asistí dos años
-seguidos a las lecciones que daba Salmerón acerca de _La crítica de la
-razón pura_, digo que, para el caso este libro es como la máquina de
-Jevons o la ecuación de Boole. Pensar que con _la crítica de la razón
-pura_ se discurre mejor que sin ella, es absurdo. La salud del cuerpo
-depende, no del hecho que la pepsina es lo que digiere, sino de que
-digiera alimentos adecuados. ¿No te parece? Pero aquí viene lo curioso:
-como dijo Hermoso --el hombre flaco y mal vestido-- «hablaremos bien
-o mal de quienes nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos
-preocupamos. ¿Por qué será?» ¿Qué dices tú?
-
---Me serviré de un ejemplo: Un hombre está enfermo de un mal disimulado
-y hondo. Su vida continúa aparentemente como de ordinario; pero
-él adivina que algo grave está ocurriendo en lo misterioso de su
-organismo. Comunica sus inquietudes a los amigos, y los amigos, que
-le ven sano por las trazas, no se lo toman en cuenta. Consulta con un
-médico, y por él se informa de que en efecto está enfermo y de cuidado.
-Vuelve a sus amigos con la triste nueva, y estos responden: «Ese médico
-es un animal.» El enfermo se enfurece, y los amigos se ríen. ¿Por
-qué? Porque el mal no le ha salido aún a la cara; pudiéramos decir,
-porque el mal no ha adquirido aún forma estética, patética, emoción
-comunicativa. En cambio, un niño enfermo produce siempre una impresión
-triste y enternecedora, porque el niño no tiene vida psíquica y a la
-menor perturbación orgánica se amustia como una flor. Al punto se
-echa de ver que un niño está enfermo. No es lo mismo con los hombres,
-porque lo complejo de su vida psíquica, preocupaciones, afectos,
-pasiones, etc., provocan a veces cierto enardecimiento, cierta
-saludable apariencia engañosa que disimula el mal hasta tanto que este
-no ha alcanzado el período agudo. Para mí este ejemplo explica las
-diferentes vicisitudes que el problema España ha sufrido. Están primero
-los que han sugerido la posibilidad de que España tuviera las entrañas
-enfermas; pero en España las cosas iban, sobre poco más o menos, como
-siempre; no se les hizo caso. Vino un diagnóstico de gente facultativa:
-había enfermedad y grave; pero las cosas iban como siempre. Los médicos
-son unos animales, se dijo. Viene entonces la etapa del hombre que
-grita y se enfurece: Costa. En el fondo se rieron de él. Era preciso
-que España se convirtiera en un niño triste y decaído para que los
-hombres ligeros comenzaran a pensar: «Este niño debe de estar enfermo.»
-Llegó para España el momento de cumplirse aquella profecía de Hesiodo:
-«Para entonces esa raza de hombres dotados de palabra encanecerá casi
-desde su nacimiento.» Las últimas generaciones han envejecido antes de
-salir del vientre materno. Ves hombres que no han llegado a los treinta
-años y parecen ancianos. Aseguran que haber nacido español y haber
-nacido maldito es la misma cosa. ¿No se les ha de hacer caso? Pero aun
-así y todo, a pesar de la emoción comunicativa, que es la forma nueva
-de la antigua queja, el pecho español es tan yermo y empedernido, la
-sensibilidad española ha estado siempre tan embotada, que creo que
-tampoco se les hubiera hecho caso, a no ser porque algunos escritores
-de los últimos tiempos han iniciado la empresa de otorgar sentidos a
-esta raza española que nunca los había tenido.
-
---En resumen, que para ti el problema está en dotar de una sensibilidad
-a la casta española, y esto solo lo puede hacer el arte. Pero, ¿y
-si fuera imposible? ¿O si, una vez conseguido, vuelve a perderse y
-embotarse aquella sensibilidad?
-
---Nada hay imposible, y una vez logrado nada se pierde. Millares de
-siglos necesitó la vida terráquea para acertar a ponerse en dos pies;
-pero en cuanto dio en el quid, aquel esfuerzo de millares de siglos se
-vence en dos años y aun en diez meses, que hay niños que a los diez
-meses ya andan.
-
-Iban por la calle de Atocha, cara a los arcos de la Plaza Mayor.
-Tropezaban con nutridos golpes de gente, en los cuales reinaba vivo
-rumor, braceos y enarcamientos de cejas, por donde se podía deducir que
-se trataba de algún suceso extraordinario acaecido recientemente. Los
-tres amigos alcanzaron a oír palabras sueltas: suicidio, dos tiros,
-agentes, carreras, monumento de Morral, y luego, bombas.
-
---¿Habrán tirado alguna bomba? Vamos a enterarnos --Travesedo se
-inmiscuyó en uno de los grupos y preguntó.
-
-Un anarquista había tirado una bomba al pie del monumento erigido
-en memoria de las víctimas de Morral, y cuando los agentes le iban
-a los alcances se había suicidado. Nadie conocía circunstancias más
-puntuales, sino que el anarquista no había podido huir porque era cojo,
-y que su cadáver estaba en la casa de socorro de la Plaza Mayor.
-
-Los tres amigos penetraron en la plaza y se acercaron hacia la casa de
-socorro, por recoger más detalles. A la puerta de la casa de socorro se
-agolpaban centenares de curiosos. «El Gobernador», se oyó murmurar. Dos
-agentes abrieron un pasillo entre la gente y un caballero enchisterado
-y augusto penetró en la casa de socorro. Aprovechando la entrada del
-gobernador los tres amigos se insinuaron a través del concurso, hasta
-colocarse en primera fila. Cuatro guardias rechazaban a empellones a
-los curiosos, procurando hacer un espacio libre delante de la puerta.
-De vez en cuando aparecía un practicante, echaba una ojeada sobre la
-muchedumbre y volvía a entrar. Uno de estos resultó ser amigo de
-Travesedo.
-
---¡Eh, Céspedes! --gritó Travesedo.
-
---Hombre, don Eduardo. ¿Usted ha visto?
-
---¿Podemos entrar?
-
---Ya lo creo. Pasen, pasen ustedes...
-
-Los tres amigos entraron en la sala de operaciones. Sobre una mesa
-niquelada y agujereada yacía el anarquista, cubierto el cuerpo con una
-frazada color bermellón. Un hombre le afeitaba el bigote. Céspedes
-dijo que no había muerto aún ni lo habían identificado. Médicos,
-practicantes, periodistas y autoridades se apiñaban en torno de la mesa
-de níquel. Las manipulaciones del barbero impedían descubrir por entero
-la cara del moribundo. De pronto, Teófilo cayó en tierra desmayado.
-Acudieron a levantarlo, le dieron a oler éter y con esto recobró el
-sentido.
-
---¡Vámonos, vámonos de aquí! --suplicó.
-
-Apoyándose en Travesedo y Guzmán salió de la casa de socorro.
-
---Vamos a la taberna de al lado. Tomarás una copa de Cazalla, que te
-sentará muy bien --ordenó Travesedo.
-
-En la taberna, Teófilo apenas si podía llevar la copa a la boca; tal le
-temblaba la mano. Su rostro estaba lívido.
-
---Estos poetas... --dijo Travesedo, chascando la lengua después de
-trasegar una copa de aguardiente--. Eres más pusilánime que un conejo
-de Indias.
-
---Vamos a la calle a que me dé el aire --habló Teófilo, poniéndose
-trabajosamente en pie.
-
-Cuando se hubieron alongado de la gente, Teófilo bisbiseó:
-
---Era Santonja.
-
---¿Qué dices ahí? --inquirió Travesedo.
-
---Santonja, mi amigo Santonja.
-
---¿Quién? ¿El anarquista?
-
---Sí.
-
---Pues, hombre, vamos corriendo a decirlo. ¿No habéis oído que no le
-habían identificado aún? Bueno, yo iré, porque a ti maldita la gracia
-que te hará volver allí. ¡Ah! El nombre...
-
---Homobono.
-
---¡Recristo! Pues si ese es Homobono, venga Dios y lo vea. ¿Vais a
-casa? Yo iré en dos minutos. Adiós.
-
-Cuando Guzmán y Teófilo quedaron solos, el último comenzó a murmurar en
-voz reconcentrada, como si pensase en alta voz.
-
---Nunca lo hubiera creído. Y ahora que lo veo me parece que hizo
-bien. ¡Pobre Santonja, pobre Santonja! ¡Y se contentó con un homenaje
-platónico, una bomba a un monumento!... --de pronto rompió a hablar con
-mucho fuego, enderezando miradas coléricas a su amigo--. Habláis mal de
-los tertulines de café, de la charlatanería y politiquería españolas.
-Pues yo que he asistido muchos años a esas tertulias, os digo que
-vosotros, los que os las dais de intelectuales, con vuestro énfasis,
-vuestras conferencias, vuestro redentorismo, no decís ni hacéis cosas
-más ni menos razonables o profundas que las que se dicen y hacen en los
-cafés. ¡Insensatos, insensatos! Queremos hacer pueblos y no sabemos
-hacernos hombres. Da por supuesto que España es la nación más fuerte y
-más culta. ¿Hubiera por ello sido Santonja más feliz o más infeliz? ¿Lo
-sería yo? Lo que yo quiero ser es un hombre, ¿oyes?, un hombre. ¿No ves
-que lloro? Y es de rabia...
-
-
-
-
-V
-
-
-En el gabinete de Lolita. Estaba atalajada la pieza con muebles de la
-propiedad particular de esta dama, y en ella se descubría a seguida
-el grado de educación y buen gusto de la dueña. El yute, el peluche,
-la purpurina, los madroños, el pino so capa de nogal y otros varios
-elementos de la decoración doméstica al estilo catalán, exaltaban, en
-opinión de Lolita, aquel oscuro gabinete de casa de huéspedes a la
-categoría de una _loggia medicea_. Colgada oblicuamente de la pared
-había una guitarra, con escenas andaluzas pintadas alrededor de la
-negra boca urbicular. Otro dechado del arte pictórico era un cuadrito
-de subasta, al óleo, coronando la chimenea. Lolita pretendía hacer
-creer a sus visitantes que lo había pintado ella.
-
---Pero, ¿sabes pintar?
-
---¡Jesú! Dende que era chiquitiya me dieron lersiones de pintura; pero
-ya lo he abandonao.
-
-No era raro que el visitante, por halagar a la autora, se acercase a
-contemplar el cuadrito, y entonces, con alguna sorpresa, echaba de ver
-que la obra estaba firmada en rojo por un R. Llagostera.
-
---¿Cómo te apellidas, Lolita?
-
---¿Yo? Montoya.
-
---¿Y por qué has puesto aquí Llagostera?
-
-Acercábase también Lolita, que no sabía leer, y después de examinar
-aquellas pinceladitas rojas, sin sentido para ella, explicaba:
-
---Son floresiya. ¿Y tú las llamas yagosteras? ¡Jesú, qué término! Si
-son amapolas, so primo.
-
-Había por el suelo hasta cuatro grandes sombrereras de cartón blanco,
-con la tapa caída a un lado, y eran como cestos de Pomona o cornucopias
-de la abundancia, a juzgar por la profusión eruptiva de flores y
-frutos, de toda sazón y latitud, que rebasaba de los bordes.
-
-Se encontraban en el aposento Verónica, Amparito, Lolita, y San Antonio
-de Padua, haciendo un paso gimnástico que se suele llamar _el pino_,
-sobre la rinconera. Las tres mujeres estaban sentadas en torno a un
-velador con piedra de mármol; sobre el velador, varias cuartillas y un
-lápiz. Amparito tenía un libro abierto en las manos.
-
---Escucha con atensión, Verónica, porque esto tiene muncha importansia.
-Vamo, lee, niña.
-
-Amparito leyó.
-
---Habiendo logrado Mr. Sonnini... --Amparito leyó _eme-erre_.
-
---Pero chiquiya, tú no sabe leé.
-
---Aquí dice eme erre: eme mayúscula, erre.
-
---¿Qué es lo que dise? ¿Lo uno ú lo otro? Vamo, anda p’a lante, que
-ahora viene lo bueno.
-
---Habiendo _eme-erre_ Sonnini --prosiguió Amparito-- logrado abrir
-un paso hasta el aposento interior de una de las reales tumbas del
-Monte Líbico, cerca de Tebas, encontró en él un sarcófago en que se
-hallaba una momia de extraordinaria belleza y en excelente estado de
-conservación; examinándola prolijamente descubrió, pegado al pecho
-izquierdo con un género de goma particular, un rollo largo de papiro,
-el cual, habiéndole desdoblado, excitó mucho su curiosidad a causa de
-los jeroglíficos que en él se veían maravillosamente pintados.
-
---¿Te has enterao? --preguntó Lolita a Verónica--. Ese royo de la
-momia es ni má ni meno que un papé que verás ar final del libro. Es
-un oráculo, y er te dise toas las cosiyas que quias sabé: de amoríos,
-de dinero, de to, y siempre la chipén. Esto es mejó entavía que las
-cartas. Bueno, niña; ahora lee por donde hay una crus con lapis
-colorao. Y tú, Verónica, te estás mu seria, que esto es como un reso.
-
-Amparito leyó:
-
---Pastoral de Balapsis, por mandado de Hermes Trimegisto, a los
-sacerdotes del gran templo. ¡Sacerdotes de los tebanos! ¡Siervos del
-gran templo de Hecatómpilos! ¡Vosotros que en la ciudad sagrada de
-Dióspolis habéis consagrado la vida al servicio del rey de los dioses
-y de los hombres! ¡Hermes, fiel intérprete de la voluntad de Osiris,
-salud y paz os envía!
-
---¿No desía yo que era como un reso? Y no te creas que es cosa der
-mengue. Eso ya se verá dempués. Ahora busca la pregunta que quies hasé.
-Ahí están toas en er papé amariyo.
-
-Verónica, un poco sobrecogida con tan misteriosos preámbulos, fue
-leyendo en un gran pliego de papel apergaminado la lista de preguntas.
-
---¿Tengo que decir la pregunta que haga?
-
---Naturalmente, chiquiya.
-
---Pues esta: «¿Me corresponde y aprecia la persona a quien yo amo?»
---quiso dar a entender, sonriendo, que no concedía gran importancia al
-oráculo; pero no acertó a sonreir y se ruborizó.
-
---Pero so gorfa --exclamó Lolita, alborozada sobremanera--. ¿Entavía
-estamos con esas niñerías der corasón?
-
---Si es por preguntar...
-
---Yo también quiero preguntar luego --insinuó Amparito tímidamente.
-
---Tú ya sabes que te quiere, niña. Lee ahora lo que hay que hasé.
-
---Cuando cualquier hombre o mujer vaya a haceros, ¡oh! sacerdotes
---leyó Amparito--, alguna pregunta haced que se presenten las ofrendas
-y se efectúen los sacrificios al mismo tiempo que los siervos del
-templo eleven a lo alto las invocaciones en cánticos armoniosos.
-Restablecido el silencio, el adivino encargará al extranjero que
-vino a consultar el oráculo que con una caña mojada en la sangre del
-sacrificio marque dentro de un círculo formado con los doce signos
-del Zodiaco cinco hileras de rayas, derechas o inclinadas, al modo de
-estas...
-
---Yo te diré; esto se hase así, a burto --y Lolita comenzó a trazar
-palotes en una cuartilla, sin mirar al papel.
-
---Pero eso es imposible.
-
---Muy fásil.
-
---Digo lo de la sangre y aquellos signos del no sé cuantos.
-
---Eso no es de obligación. Lee más abajo, niña.
-
---El traductor --leyó Amparito-- cree de su deber advertir aquí que
-él sabe por experiencia que pueden dispensarse las más de estas
-ceremonias. En las consultas que se hagan al oráculo pueden omitirse
-el círculo y signos del Zodiaco, y en lugar de una caña mojada en
-sangre, él y sus amigos han usado constantemente, y siempre con buen
-éxito, una pluma con tinta común y otras veces un lápiz o un carbón.
-Los dones, sacrificios e invocaciones también son cosa superflua en
-tierra de cristianos; pero, en su lugar, es de absoluta necesidad que
-el consultante crea en Dios a puño cerrado y venere sus inescrutables
-vías.
-
---¿Lo ves? Tú crees en Dios, pa chasco.
-
---Sí que no...
-
---Pues, ahora hases las rayitas.
-
-Verónica obedeció a cuanto se le indicaba. Amparito, que había ya
-comprendido cabalmente la manipulación del oráculo, hacía de pitonisa.
-
---Sagitario; non, tres pares, non --bisbiseó Amparito--. La respuesta
-dice: «Medita bien si el objeto de tu cariño merece tu amor.»
-
---¿Me quies desí --interrogó Lolita, enchipada como con un éxito
-personal suyo--, si no le deja a una aturuyá?
-
---¿Se puede hacer por dos veces la misma pregunta? --inquirió Verónica.
-
---Y dos mil.
-
-Verónica trazó por segunda vez cinco filas de palotes.
-
---Llaves, non, cuatro pares --sentenció Amparito--. La respuesta dice:
-«Una correspondencia de cariño es ahora dudosa; pero la perseverancia y
-atención te asegurarán el triunfo.»
-
---Esto debe ser cosa de brujería, porque no se explica que responda tan
-acorde --declaró Verónica con ojos resplandecientes.
-
---Pues aún falta otra cosa mu güena, pero que mu güena. Niña, busca ar
-finá der libro. Ahí te prenostican lo que vas a sé por er día y er mes
-en que has nasío.
-
---Yo nací el cinco de setiembre.
-
---Setiembre, Amparito. Busca er signo.
-
---Virgo --leyó Amparito, con voz candorosa.
-
-El rostro de Verónica se encendió. Lolita, entre risotadas que no podía
-retener, comentó:
-
---Tamién es grasioso.
-
---La mujer nacida por este tiempo --leyó Amparito-- será muy honrada,
-sincera, franca, muy aseada en su persona y de deseos ardientes,
-modesta en su conversación, afecta a los placeres matrimoniales y fiel
-a su marido; será también muy buena madre y muy mujer de su casa.
-
---No te quejará de tu suerte, condená. Pues si vieras la mía. Lee,
-Amparito, que la mía está en el escorpión. ¡Lagarto, lagarto!
-
---La mujer nacida por este tiempo --leyó Amparito-- será temeraria,
-imperiosa, intrigante y artificiosa; de genio voluble y desagradable, y
-amiga de empinar el codo.
-
---¡Qué calurnias! --suspiró Lolita, santiguándose y mirando con ternura
-al San Antonio cabeza abajo.
-
---En la vida --continuó Amparito--, todos sus planes se malograrán casi
-siempre por su misma locura y mala conducta en el amor; accederá a
-sus placeres solamente con miras particulares, y será inconsecuente y
-desleal. No dice más.
-
---¿Y te paece poco? Me ha puesto como un renegrido trapo.
-
---Ahora voy a ver la mía, si ustedes me lo permiten --habló Amparito.
-
---Vamo a ve, vamo a ve la donseyita de la casa.
-
---Yo nací el veintinueve de noviembre, de manera que... Sagitario
---decidió Amparito después de consultar el libro--. ¡Ay, no sé qué me
-da!; no me atrevo.
-
---Anda niña y no seas desaboría.
-
-Amparito comenzó a leer con voz rasa, como si leyese por rutina y sin
-desentrañar el sentido de la lectura. Entró en esto Travesedo y se
-detuvo a escuchar. Lolita y Verónica estaban tan absortas y embebecidas
-que no echaron de ver la llegada de Travesedo. Leía Amparito:
-
---En el amor será constante; pero querrá gobernar a su marido, de
-quien exigirá un estricto cumplimiento de los deberes nupciales, a
-cuyos deleites será demasiado inclinada; amará a sus hijos, pero será
-descuidada con ellos; será también afectuosa con su marido mientras que
-este siga haciendo a Venus los debidos sacrificios...
-
-Travesedo no se pudo contener más tiempo. Penetró con paso decidido
-y continente amenazador, arrebató el libro de las manos de Amparito,
-lo hizo pedazos y miró luego a Lolita con expresión tan iracunda que
-la mujer quedó como petrificada por el espanto. Las otras dos tampoco
-daban pie ni mano. Travesedo rompió a vociferar:
-
---¡Largo de aquí inmediatamente, Amparo! Largo de aquí si no quieres
-que te eche a azotes, mala cabeza --Amparito salió temblando. Travesedo
-se encaró con Lolita--: Y tú, sinvergüenza, idiota, ¿no comprendes que
-estás corrompiendo a esa niña? Esto se ha concluido; hoy mismo coges
-tus trastos y te vas con viento fresco, hoy mismo. Yo no quiero cargos
-de conciencia.
-
-Soltose Lolita a llorar con extremada amargura. Entrecruzó las manos
-en actitud orante, hipaba, volvía los ojos inocentes y cuitados tan
-pronto hacia el San Antonio acrobático como hacia Travesedo, y decía
-entrecortadamente.
-
---¡Ay, virgensita de mi arma, San Antonio... si yo no he tenío la
-curpa... que ha sío eya misma... por ver su sino der sodiaco!
-
-La aflicción de Lolita y sus peregrinas lamentaciones determinaron en
-Travesedo una sensación epicena de ternura y de hilaridad. Verónica
-intercedió, asumiendo la responsabilidad de lo acaecido. Travesedo
-atenazó suave y paternalmente con los nudillos el desaforado apéndice
-nasal de Lolita e hizo por mitigar su desconsuelo con palabras blandas.
-
---Ea, sosiégate, feúcha, que la cosa no vale la pena. Fue un arrebato
-mío y no he querido disgustarte. Pero, ¿no comprendes, mujer, que
-Amparito es una niña y no debe enterarse de ciertas cosas? Verdad que
-tú eres tan niña como ella. La culpa la tiene doña Verónica.
-
---Sí que la tengo, lo confieso; pero, ¿qué le vamos a hacer ya?
-
---Si es que he estado gritando, llamándoos, un cuarto de hora seguido
---añadió Travesedo--. Y como si os hubiera tragado la tierra. Ya pasa
-de la una y la casa por barrer. Antonia no está en casa; la comida, por
-supuesto, no estará dispuesta. Esto es un pandemonium. Vamos a ver,
-Lolita, ¿no te da vergüenza no haberte lavado ni peinado aún? Hay que
-verte, hija. No sé cómo le gustas a nadie.
-
-Lolita estaba desgreñada, sucia, tripona, porque los senos, de
-considerable tamaño, sin el soporte del corsé, le bajaban hasta la
-cintura, simulando un bandullo. Vestía una bata de franela roja que
-parecía hecha con bayeta de fregar suelos.
-
---¿Tú comes hoy con nosotros, Verónica? Digo, si hay qué comer.
-
---No, yo me voy a casita. Ya estarán por allí todos alborotaos.
-
---Que no. Yo ordeno y mando que te quedes a comer con nosotros de lo
-que haya.
-
---Pues si usted lo ordena, no hay sino cerrar el pico.
-
---Andando al comedor. Y tú, Lolita, lávate por lo menos las manos.
-
-Quedose Lolita a lavarse las manos y salieron juntos Travesedo y
-Verónica. En el pasillo dijo Travesedo:
-
---Y pensar que esa pobre mujer es una de las cocotas de fuste en Madrid
-y no falta quien le pague bien...
-
---No sea usté malo. Lolita es muy mona.
-
---Sí, monísima; se pudiera decir que perfecta, porque lo excesivamente
-pequeño de la boca se corrige con lo excesivamente largo de la nariz.
-
-A poco estaban todos los huéspedes reunidos en el comedor. Verónica se
-sentó a la derecha de Travesedo. La voluminosa Blanca, la cocinera,
-servía la comida, porque Amparito no se atrevió a presentarse.
-Travesedo, junto con el decanato de la hospedería, disfrutaba
-anejamente de la presidencia en la mesa y de la facultad de dirigir
-y enderezar según su gusto la conversación. Casi todo se lo hablaba
-él. Aquel día inició el palique haciendo consideraciones acerca del
-atentado anarquista del día anterior y describiendo con puntuales
-y repulsivas circunstancias el cuadro que en compañía de Teófilo y
-Alberto había tenido ocasión de presenciar en la casa de socorro.
-
---Por lo que más quieras --rogó Teófilo--, no hables de eso.
-
---Claro --añadió Verónica--. Cualquiera come oyendo esas cosas.
-
---Por eso lo hago, precisamente --explicó Travesedo--. De este modo no
-echaremos de ver la escasez de vituallas, si la hay, como presumo.
-
---¿No has salido ayer de casa, Lolita? --investigó Alfil, bizqueando
-un poco a causa de la emoción.
-
---¿Salir yo dempué der prenóstico de las cartas? ¿Y por qué lo
-afeitaban, don Eduardo?
-
---¿A quién?
-
---Ar tío ese anarquista.
-
---No sé decírtelo.
-
-A la hora del cocido presentose Antonia. Venía de la calle, sonriendo
-con gesto de cansancio. Travesedo, haciendo ostentación de sus
-prerrogativas fiscales, se arrancó con innumerables preguntas y
-advertencias, todo ello con aire reprobador y monitorio. Antonia,
-como obedeciendo a la necesidad de exonerarse de sus sentimientos e
-impresiones más que al discurso de Travesedo, comenzó a hablar:
-
---¡Señor, qué mundo este! ¡Pobre neñina! Me parece que va a ser muy
-desgraciada.
-
---Bien --interrumpió Travesedo--, se ve que ha pasado usted la mañana
-en casa de Tomelloso. Pero, mujer, ¿qué se le ha perdido a usted en
-aquella casa?
-
---Déjeme en paz el alma, roncón. ¿Podré olvidar que les he estado
-sirviendo diez años, y que yo estaba sirviendo en la casa cuando nació
-Angelinos? --se despojaba con lentitud de la mantilla, quitando los
-alfileres, que iba colocando entre los labios.
-
---Saque usted esos alfileres de la boca... --conminó Travesedo--. Me
-pone usted nervioso. Hay dos cosas que no puedo llevar con paciencia:
-que se metan en la boca alfileres, o el cuchillo para comer, como lo
-hace Macías, que se lo mete hasta la campanilla.
-
---En esto no estamos conformes --objetó el cómico--. Brochero, el
-célebre actor, hombre de sociedad como todos saben, y mi primer
-director escénico, cuando teníamos que comer en escena nos ordenaba
-hacerlo en esa forma, porque las gentes del buen mundo comen de esa
-manera.
-
---¡Pobre Angelinos! --repitió Antonia.
-
---En resumen, ¿pobre por qué?
-
---¿Por qué? Porque ese tal Pascualito del diaño se me figura que la
-quiere tanto como a mí. ¡Qué se me figura!... Basta tener ojos en la
-cara. Lo que va ese pillo es por el dinero. Pues el señor, la señora y
-la señorita, en Babia. Están locos con la tal boda.
-
---¿Quién es? --curioseó Lolita--. ¿Sisilia? Qué punto tan grasioso...
-
-Retirábase Antonia; se volvió desde la puerta.
-
---¡Ah, se me olvidaba! El cartero me dio en la escalera esta carta para
-usted, don Teófilo --y alargó un sobre al poeta.
-
-La letra era desconocida, y el sello, de Alemania. Teófilo sostenía la
-carta en la mano y la miraba sin resolverse a abrirla. En un instante
-se le agolparon en el cerebro mil absurdas presunciones e hipótesis.
-Palideció. Todos le miraban con curiosidad, señaladamente Verónica.
-Rasgó el sobre. Dentro de él venía una tarjeta postal. Lo primero que
-saltó ante sus ojos fue la firma: Rosina. De pálido se volvió lívido.
-Decía la postal:
-
- _No te pido perdón, porque sé que no merezco que me perdones.
- ¡Tengo tantas ganas de que nos veamos y hablemos! Quizás entonces
- comprenderás y me excusarás. Yo no puedo olvidar el cariño que
- me tenías, y me hago la ilusión de que, a pesar de todo, me lo
- conservas. El caso es que como he tenido tanta suerte y ya estoy
- hecha una_ ESTRELLA, _el empresario del teatro del Príncipe, en
- Madrid, quiso contratarme. ¿Voy? Todo depende de que tú me lo
- ordenes. Contesta a la lista de Correos número 1.315, Berlín_,
-
- ROSINA.
-
-Teófilo, aunque colmado de estupor y desconcierto, sonrió a pesar suyo.
-Su estado de ánimo, que durante seis meses había sido de apacible
-infortunio y triste resignación, se convirtió de pronto en felicidad
-congojosa. Su pobre corazón volvió a representársele a la manera de
-los perros vagabundos, para quienes el aire está poblado de botas y
-garrotes incógnitos. Como en aquella sazón sonase la campanilla de la
-puerta, Teófilo pensó: «La bota que se materializa.» Salió a abrir la
-voluminosa Blanca y volvió en seguida diciendo:
-
---Dos caballeros que preguntan por usted, don Teófilo.
-
-Levantose el poeta con expresión de hombre que se somete heroicamente
-a los designios de la adversidad y produjo el asombro de cuantos le
-escuchaban, exclamando:
-
---La bota que se materializa, señores --elevó los ojos a lo alto y
-murmuró--: _Fiat voluntas tua_.
-
-Los dos caballeros tenían el empaque aflamencado de dos tahúres de
-oficio. Llevaban gruesos anillos en los dedos, fumaban excelentes
-cigarros habanos, vestían con sobrado aliño, eran regordetes y
-mostraban en el rostro la rubicundez de las digestiones prolijas.
-
---¿Es usted Teófilo Pajares? --preguntó uno, atusándose los bigotes,
-erectos e imponentes.
-
---Servidor de usted.
-
---Está usted detenido.
-
---¿Se puede saber por qué?
-
---Eso ya lo sabrá usted a su tiempo. Ahora, ¿quiere usted indicarnos
-cuál es su habitación?
-
---¿A qué santo les voy a indicar cuál es mi habitación?
-
---Tenemos que incautarnos de sus papeles.
-
---Bueno; sea lo que ustedes dispongan.
-
-Los guió hasta su habitación. Los dos caballeros policíacos se iban
-guardando cuantos papeles hallaron a mano.
-
---¿Me consienten que me despida de mis amigos? --solicitó Teófilo.
-
---Las buenas formas no están reñidas con los tristes deberes de la
-policía --declaró uno de los caballeros, que lucía una corbata color
-amarillo tortilla.
-
---¡Alberto, Eduardo! --gritó Teófilo desde la puerta de su alcoba, y
-cuando los amigos acudieron añadió--: Me llevan preso.
-
-Travesedo y Guzmán, después de oír a Teófilo y viendo con cuánta
-diligencia los dos policías se apoderaban de toda la obra poética en
-ciernes de Teófilo, no sabían si condolerse o reirse.
-
---¿Es que existe ya, y desde cuándo, un procedimiento criminal para
-perseguir los delitos literarios? --preguntó Travesedo.
-
---¡Delitos literarios!... Mecachis en diez con la literatura --rezongó
-uno de los policías, dejando de leer una balada con envío, perpetrada
-por Teófilo, para contemplar con suspicacia las barbas lóbregas de
-Travesedo y su jeta, a primera vista nada tranquilizadora--. Si al
-tirar bombas lo llama usted literatura, no sé qué será la realidad...
-
---¡Carape! --eyaculó Travesedo, iluminándosele el rostro, a pesar de la
-lobreguez de las barbas, con la luz del discernimiento--. A que resulta
-que por tu amistad con ese pobre Santonja te complican en el atentado
-de ayer.
-
---Usted lo ha dicho --aseveró el de la corbata amarillo tortilla--.
-En casa del anarquista se han hallado muchas citas de este señor,
-concebidas en términos misteriosos.
-
---Pero si este señor --explicó Travesedo-- es incapaz de matar una
-mosca.
-
-Uno de los policías, que estaba inclinado sobre el baúl de Teófilo
-arrojando fuera de él, en rebujos, el mísero ajuar del poeta, volviose
-a decir:
-
---Tampoco Napoleón era capaz de matar una mosca; pero mataba hombres
-como si fueran moscas: ocho millones mató, según las estadísticas más
-recientes.
-
-Guzmán y Travesedo no podían disimular su inquietud. Preveían
-complicaciones graves.
-
-Al despedirse, Teófilo dijo:
-
---No os disgustéis. El corazón me dice que es lo mejor que podía
-ocurrirme, y mi corazón nunca me engaña --y tosió lamentablemente.
-Luego abrazó a sus dos amigos.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Doña Juana Trallero, viuda de Pajares, o doña Juanita, como la solían
-llamar sus pupilos, recibió de sopetón la noticia de haber sido
-preso Teófilo. Servía esta señora el desayuno a un empleadillo de
-Hacienda, huésped flamante y madruguero por razón de sus menesteres
-burocráticos, el cual, a tiempo que desayunaba, tenía por costumbre
-ponerse momentáneamente en contacto con el universo mundo a través de
-los telegramas de la prensa matutinal, cuando Mondragón, que este era
-el nombre del huésped, exclamó:
-
---¡Qué burrada!
-
---¿Cuál es la burrada? --preguntó doña Juanita.
-
---Una bomba en Madrid y su hijo de usted preso.
-
---Usted no se ha despabilado aún, señor Mondragón. Aristótiles dijo que
-un buey voló, unos dicen que sí, yo digo que no. Y si usted lo ha dicho
-por donaire, sepa que tales donaires no son de mi gusto. Mi hijo es mi
-hijo y está muy alto para que nadie le toque.
-
---No hay donaire, doña Juanita, sino la pura verdad.
-
-Y Mondragón leyó el telegrama. Doña Juanita no se inmutó.
-
---Eso es una infamia, una calumnia, una intriga --afirmó menospreciando
-gradualmente el alcance del suceso--, un lío tramado por los muchos
-envidiosos que Teófilo tiene.
-
-Aquel mismo día doña Juanita arregló un hatillo de ropa, y dejando
-la casa de huéspedes bajo la tutela de una amiga de confianza,
-salió en tercera para Madrid muy resuelta en su arranque, decidida
-a presentarse, si fuera preciso, al ministro de Gracia y Justicia
-y llamarle imbécil, y segura de poner en libertad a Teófilo a la
-vuelta de contadas horas. Llegó a casa de Antonia a las ocho de la
-mañana. Hubo de sacudir varias veces la campanilla, porque eran los
-moradores gente nada diligente, si se exceptúa el teutón, el cual
-estaba precisamente en aquellos momentos tomando su habitual ducha
-mañanera en la cocina. Este germano, industrioso y sutil, como es
-fama que son todos ellos, había suplido a la carencia de cuarto de
-baño con el albañal de fregar los platos. Los compañeros le habían
-ofrecido el _tub_ de que ellos se servían, pero el teutón lo había
-rechazado. Prefería subir sobre la cubeta del albañal y allí se
-encuclillaba y soltaba el chorro sobre los pingües lomos. El día que
-la voluminosa Blanca descubrió por ventura tan pulcra ingeniosidad
-y la puso en conocimiento del resto de los huéspedes estuvo a punto
-de decretarse en la casa una pena aflictiva de azotes para el aseado
-teutón. Se solucionó el conflicto con la promesa del delincuente de
-no reincidir. Pero lo cierto es que cuando todos dormían a pierna
-suelta, el teutón iba, día por día, a convertir el abañal en cuna de
-deleites hidráulicos. Aquel día, como la campanilla alborotase con
-harto estruendo, el germano, temeroso de que alguno se despertase y le
-sorprendiese, salió a abrir tal como estaba, y estaba como su madre lo
-había parido; pero un poco más talludo y formado.
-
-Doña Juanita, al ver aquel hombrazo ante sí, en carnes vivas, se
-santiguó y lanzó un grito de aflicción.
-
---¡Joasús! --esta era una exclamación muy frecuente en labios del
-teutón--. Ustet se ha equivocado.
-
---Sí, señor; he debido de equivocarme. Usted perdone --tartamudeó doña
-Juanita, apartando con horror los ojos de aquella desnudez lechosa y
-tersa.
-
-Oyéronse pasos. El teutón salió huído a refugiarse en su alcoba y doña
-Juanita quedó boquiabierta, pensando: «De cualquier cosa será capaz mi
-hijo si ha vivido en esta maldita casa.» Travesedo venía por el pasillo
-rezongando palabras malsonantes y votos carreteriles.
-
---¿Qué se le ocurre a usted, señora? --preguntó Travesedo, suavizándose
-al ver una vieja enlutada, con manto.
-
---¿Es esta la casa de una señora Antonia?...
-
---Sí, señora.
-
---Yo soy la madre de Teófilo.
-
-Travesedo se deshizo en cumplimientos, hizo pasar a la anciana a un
-gabinetito, le pidió mil perdones por el raro recibimiento que le
-habían hecho --Travesedo no sabía aún el lance del teutón--, despertó a
-las mujeres, las acució por que preparasen cuanto antes un desayuno, y
-se esforzó con cuanta sutilidad supo en quitar importancia a la prisión
-de Teófilo, si bien él no las tenía todas consigo.
-
---¡Ay, qué susto me he llevado, señor...!
-
---Travesedo.
-
---Señor Travesedo. Creí que me había equivocado.
-
---Sí, la cosa es absurda. ¿Y cómo lo supo usted?
-
---¿Cómo? Viéndole.
-
---En algún periódico.
-
---En la misma puerta. Digo ahora, cuando salió a abrirme aquel hombre
-desnudo.
-
---¡Ave María Purísima! --exclamó Travesedo--. De seguro el teutón.
-
---Eso no sabré decirlo.
-
---Es un huésped de la casa. Le decimos teutón porque es alemán.
-
---¿Y son protestantes por aquellas tierras?
-
---Sí, señora.
-
---Entonces se explica.
-
---Tiene usted que dispensarle. Es un aturdido, y él no podía
-figurarse...
-
---Mire usted que se necesita rejo... En puros cueros, señor...
-
---Travesedo.
-
-Doña Juanita se quedó a vivir en la casa y comenzaron los desvelos
-de Travesedo por hacerle grata la vida a la vieja. Lo primero que se
-le ocurrió fue evitar que la madre de Teófilo entrase en sospechas
-acerca de la condición social de Lolita. La hicieron pasar por una
-señorita bien acomodada y huérfana, a lo cual la prostituta se
-prestó de muy buen talante. Travesedo le dio prolijas instrucciones,
-inculcándoselas con amenazas; que no dijera terminachos feos a la mesa,
-que se peinase y lavase antes de comer, que al venir de madrugada
-lo hiciera calladamente, y que si acaso volvía cuando la señora
-estuviera levantada dijese que venía de misa. A todo acudió el previsor
-Travesedo, conminándola con la expulsión al más leve desliz.
-
-Era doña Juanita una mujer septuagenaria (a Teófilo lo había tenido,
-como fruto unigénito y serondo, a los treinta y cinco años), de
-aventajada estatura, no menos flaca que su hijo y más aguileña que
-él, en extremo arrugada, los ojos vivos, el pelo entrecano, calva por
-detrás de las orejas. Conservábase con el vigor de la primera juventud,
-ágil y activa, que no podía ver a nadie trabajar sin que ella no echase
-una mano. Parlanchina en bastante grado, pero muy pintoresca y limpia
-de dicción. Abierta y nada asustadiza, el primer día que llegó, durante
-la comida había ganado ya el corazón de todos. Como ella presumía, lo
-de Teófilo se acabó con bien en pocas horas, gracias, sobre todo, a la
-influencia de don Sabas Sicilia. Y como el presunto anarquista había
-augurado cuando le llevaban preso, la breve reclusión fue lo mejor que
-le pudo haber sucedido. Le sirvió, señaladamente, para que su nombre
-rodase por los periódicos con una emoción nueva; para darle pretexto
-a que escribiese en la prensa un comunicado, que le salió muy hidalgo
-y noble de tono; para atraerse la simpatía de los radicales, por la
-naturaleza del delito que se le imputaba, y de los conservadores por
-haberse probado su inocencia, y, por último, para que la Roldán y Pérez
-de Toledo se apresuraran a ensayarle su drama _A cielo abierto_ y a
-estrenarlo cuanto antes, aprovechando la popularidad fortuita del autor.
-
-Así que se vio en libertad, como si la compañía de su madre le enojara
-o cohibiera, la indujo a que retornase a Valladolid; pero doña Juanita
-se negó, porque quería presenciar el estreno del drama. Trataba a su
-madre con despego, tras del cual, a veces, asomaba cierta hostilidad
-latente. La vieja hubo de condolerse con Travesedo, quien procuró
-consolarla como buenamente pudo.
-
---Señora, esas son las contras de tener un hijo que es un gran hombre.
-Los artistas son reconcentrados, caprichosos, incomprensibles. Parece
-que no se interesan por nadie; pero no hay que fiar en las apariencias.
-Artista y hombre de sentimientos ardientes es todo uno. Un artista
-tiene siempre el pudor de sus afectos. Adoran, y se morirían antes de
-declararlo, como no sea por medio de la obra artística.
-
---Sí; debe de ser eso que usted dice, pero me hace sufrir.
-
-Travesedo tomó por su cuenta a solas a Teófilo y le dijo:
-
---Eres un animal de bellota. Tienes a tu madre, que es una santa,
-dolida y triste por el modo con que la tratas. Debía darte vergüenza.
-Eres un salvaje, y tu orgullo es ridículo.
-
-Teófilo respondió adusto:
-
---¡Orgullo!... En ocasiones te pagas de perspicaz; pero te pasas de
-rosca. ¿Crees que debemos reconocimiento a nuestras madres por habernos
-parido? No sé tú. Lo que es yo...
-
---Eres un idiota. Me río yo de tus versos...
-
-Verónica le fue muy simpática a doña Juanita desde el punto en que
-conocieron. Pero cuando la vieja supo que era bailarina, y muy del
-agrado del público, torció el morro y frunció las cejas. Quiso verle
-bailar una noche, y después de haberla visto, en la primera ocasión
-formuló así su juicio:
-
---Hija mía, yo digo siempre lo que pienso, con franqueza. Le he visto a
-usted bailar anteanoche, y, la verdad, aquellos movimientos de vientre
-no me parecen cosa decente. Como me inspira usted cariño, me da lástima
-de usted, porque adivino que acabará mal.
-
-Verónica respondió que era el único modo decoroso que tenía de ganarse
-la vida.
-
---Si usted lo llama a eso decoroso...
-
-En vano acudieron los presentes a defender la licitud y honestidad de
-las danzas de Verónica; doña Juanita se obstinaba en que todo ejercicio
-en el cual el vientre toma demasiada parte, y esta la más principal, no
-puede ser lícito ni honesto. Teófilo intervino con entonación agresiva:
-
---¿Y si yo le dijera a usted, madre, que en nuestras catedrales se
-bailaban danzas como esas y peores en la Edad Media?
-
---No puede ser. ¡Piñones!...
-
---Usted, ¿qué sabe de eso?
-
---Sé lo que la razón natural dizta, y en cosas de conciencia que no me
-vengan con Aristótiles ni los sabios de Grecia.
-
-Doña Juanita quiso aprovechar su estancia en la corte para verlo todo.
-Lolita se había ofrecido para acompañarla, pero Travesedo se opuso.
-Esta misión se le encomendó a Amparito, que era muy aficionada a
-callejear. En Valladolid, doña Juanita estaba siempre reclusa en casa,
-encadenada por los negocios hospederiles y no salía nunca, como no
-fuese los domingos de matinada, a misa. No había estado nunca en un
-cinematógrafo. Cuando en Madrid lo vio por primera vez quedó hechizada
-y confusa.
-
---¡Ay Dios! --ante una cinta que reproducía las maniobras de un
-escuadrón de lanceros--. ¡Piñones! Pero, ¿cómo puede caber tanta gente
-en ese escenarito tan pequeñico?
-
-Ni ella se entendía ni Amparito podía comprender lo que la vieja quería
-decir.
-
---Esto debe de ser cosa de ensalmo y brujería. No estoy muy tranquila,
-Amparito, y creo que se debe consultar con el confesor.
-
---Quite usté allá, si es muy sencillo. Como las linternas mágicas de
-los chicos.
-
---Eres muy niña e inocente y no te das cuenta de las asechanzas que el
-diablo tiende por dondequiera. Este Madrid es una Babilonia corrompida.
-¿Adónde irás a vivir no bien te cases?
-
---Creo que a Cuenca.
-
---Me alegro. En cualquiera parte mejor que en Madrid, tortolica
-inocente. Porque, ¿qué hay en Madrid que valga la pena? Dirán que
-el aquel del señorío y de la nobleza rancia. Con nobles no te has
-de mezclar, y si por el señorío es, te digo, como persona vieja y
-experimentada, que el de los pueblos es señorío más verdadero que este
-de Madrid, en donde si te paras a discurrir echarás de ver que todo se
-va en bambolla. Si no, atiende a lo que más de cerca te toca: quiero
-decir, esa pobre doña Lolita. Está por la primera vez, hijica, que
-tropiezo con una señorita que no sabe leer. ¿Cuándo se ha visto eso en
-Valladolid? Y de aseo no hablemos. Habrás observado, como yo, que peca
-de harto desidiosa. De piedad tengo para mí que anda tal cual. Verdad
-que tiene en su habitación un San Antonio y otras imágenes religiosas,
-y que cierto día muy de mañanita venía ya de la iglesia; pero no se
-me ha ocultado que el último domingo no fue a misa. ¡Qué desarreglo
-de costumbres! Veo que te ríes de mí, picarilla. Palabras de viejo no
-mueven oídos demasiadamente mozos.
-
-Antes del estreno de Teófilo, doña Juanita tuvo ocasión de presenciar
-otro, en el teatro Español. Alberto se procuró tres delanteras de
-anfiteatro para la vieja, Amparito y Verónica, la cual, merced a
-unas mejoras que a la sazón hacían en el teatrito en donde estaba
-contratada, disfrutaba de unos días de descanso. Representábase una
-tragedia, titulada _Hermiona_, escrita por don Sixto Díaz Torcaz, el
-viejo patriarca de la literatura castellana, más cumplido que en años,
-con serlo mucho, en obras, y no menos lozano de corazón que eminente
-en edad y virtudes. Su nombre inspiraba una veneración sin cisma; pero
-su genio aventajaba aún a su fama, y detrás de ella quedaba oculto,
-como acontece cuando se está en la raíz de una cordillera, que un
-oteruelo, por lo cercano, esconde, a manera de verde cancel, el enorme
-y meditativo consejo de los ancianos montes, de sienes canas. Hacía
-cosa de tres años que don Sixto, como por lo común, con acento entre
-religioso y familiar se le llamaba, se había adscrito a la política
-militante y a la causa de la República. Asegurábase antes del estreno
-que _Hermiona_, bajo su nombre musical y alado, como vestido de viento
-y armonía, disimulaba otra música más agria y provocativa: un chinchín
-de charanga callejera, a propósito para turbar el seso de la plebe
-y empujarla al frenesí. Dicho más claro: murmurábase que _Hermiona_
-era una insignia de motín o incitación revolucionaria antes que obra
-de arte. Habíanse anunciado disturbios de orden público. El teatro
-estaba lleno de coribantes republicanos y de policía secreta. Aunque
-los ánimos vibraban al rojo flamígero y los corazones llevaban puesto
-el gorro frigio, el aspecto del teatro era sobre manera caliginoso
-y funeral, como sucede en todo gran ayuntamiento de hombres solos,
-trajeados a la moderna, pues no se veían en las butacas otros seres
-femeninos que la señora de Rinconete, la de Coterilla y unas pocas
-más, hembras pertenecientes al _demos_, cuyos esposos, ciudadanos
-concienzudos, las habían conducido al estreno por realizar rotunda
-afirmación de valor cívico. Después del primer acto, aquel gran
-concurso de almas levantiscas y demoledoras no podían ocultar el
-desencanto sufrido, como si las únicas víctimas de la tragedia fuesen
-ellas. Habían acudido al teatro refocilándose por anticipado con
-la esperanza de armar una marimorena y de regalarse con la bazofia
-suculenta de unas cuantas peroraciones hervorosas y humeantes, por
-el estilo de las que se usan en los mítines populachescos. Pero la
-tragedia no era olla podrida, en donde cada quisque pudiera meter a su
-talante la cuchara de palo, sino verdadera tragedia, de gran austeridad
-de forma, y el fondo saturado de una pesadumbre a modo de gravitación
-de lo eternamente humano y doloroso, gravitación que los ciudadanos
-Rinconete y Coterilla calificaban entre dientes de _lata_.
-
-Hubo, al terminar la representación, grandes aclamaciones, aplausos,
-vivas y plácemes para el viejo maestro, cuyo nombre, al fin y al cabo,
-estaba muy por encima del juicio circunstancial formulado con ocasión
-de una simple obra. Pero el público salió defraudado, rezongando
-compasivamente y con luctuosos enarcamientos de cejas que don Sixto
-perdía con la edad la batuta.
-
-Estaban al pie de la escalera, esperando a las tres mujeres, Travesedo,
-Teófilo y Alberto.
-
---¡Buen chasco nos hemos llevado! --suspiró Travesedo, consternado--.
-Creí que íbamos a tener unas nuevas vísperas sicilianas, y muertes,
-asolamientos y fieros males, y todo se ha resuelto en una prolija
-tintura de opio. Porque convendrás conmigo en que el testamento de una
-vieja beata es poco pretexto para cuatro interminables actos.
-
---Tu reparo, querido Eduardo --intervino Alberto--, es semejante al de
-aquel alemán que, después de haber leído Otelo, no se le ocurrió otra
-observación sino decir: «Este Otelo es un estúpido. Vaya, que mover
-tanto lío por una cosa tan sencilla como es perder un pañuelo...»
-Tales son los despropósitos que he oído decir en los entreactos, aun
-a sujetos que reputo sensibles e inteligentes, que casi me aventuro
-a asegurar que hoy no ha habido en el teatro más de dos personas que
-hayan entendido la tragedia.
-
---¿Quién es la otra? --preguntó Travesedo, con ironía afectuosa.
-
---Primero, ¿quién es la una? --atajó Teófilo.
-
---¿Quién ha de ser, bobo? Él mismo --aseguró Travesedo--. ¿Quién es la
-otra, pues?
-
---Verónica.
-
-En esto aparecieron en lo alto del tramo inferior de la escalera
-doña Juanita, Verónica y Amparito. Verónica, dirigiéndose a Alberto
-exclusivamente, rompió a hablar:
-
---Vengo como loca, chiquillo. ¿Te acuerdas de aquella tarde que me
-leíste un drama que estaba escrito en franchute o en latín? Pues lo
-mismito he sentido hoy. Nada, que había momentos en que creí volverme
-loca, porque es aquello que si te pones en su caso, cada uno de los
-personajes tiene razón que le sale por la punta de la coronilla. Y que
-una no pueda arreglarlo a gusto de todos... Por supuesto, que una cosa
-es que todos tengan razón en su fuero interno, y otra cosa que siendo
-como es, porque no puede ser de otra manera, resulta que la doña Paca
-hace mucho mal a los otros, y por esto me alegro que Hermiona, con
-muchísimos... piñones, como dice doña Juanita, le haya dado la puntilla
-a la maldita vieja.
-
-Salieron todos a la calle. Verónica continuó hablando.
-
---¡He pensado tantas veces en aquel drama!... Se me ha ocurrido que si
-Yago (para que veas si se me quedó dentro hasta los nombres), asistiera
-por casualidad un día al teatro y viera representar el drama, y desde
-fuera se viese a sí mismo, no volvía a hacer lo que hizo, ¿qué te
-parece? Bueno, ¿canso? Pues, quédense ustedes con Dios.
-
-Caminaban delante las tres mujeres, detrás los tres hombres. Hicieron
-rumbo a una chocolatería.
-
---Ya nos ha dado doña Verónica una lección de estética --murmuró
-Teófilo, con sarcasmo.
-
---Me parece que sí, Teófilo --replicó Guzmán--. Aquella catarsis
-o purificación y limpieza de toda superfluidad espiritual que el
-espectador de una tragedia sufre, según Aristóteles...
-
---Que no te oiga mi madre, porque ella tiene el monopolio de
-Aristótiles.
-
---Digo que aquella catarsis no es más, si bien se mira, que acto
-preparatorio del corazón para recibir dignamente el advenimiento de dos
-grandes virtudes, de las dos más grandes virtudes, y estoy por decir
-que las únicas.
-
---Son a saber.
-
---La tolerancia y la justicia.
-
---Veamos cómo.
-
---Estas dos virtudes no se sienten, por lo tanto, no se transmiten, a
-no ser que el creador de la obra artística posea de consuno espíritu
-lírico y espíritu dramático, los cuales, fundidos, forman el espíritu
-trágico. El espíritu lírico equivale a la capacidad de subjetivación;
-esto es, a vivir por cuenta propia y por entero, con ciego abandono de
-uno mismo y dadivosa plenitud, todas y cada una de las vidas ajenas.
-En la mayor o menor medida que se posea este don se es más o menos
-tolerante. La suma posesión sería la suma tolerancia. Dios solamente lo
-posee en tal grado que en él viven todas las criaturas. El espíritu
-dramático, por el contrario, es la capacidad de impersonalidad, o sea
-la mutilación de toda inclinación, simpatía o preferencia por un ser
-o una idea enfrente de otros, sino que se les ha de dejar uncidos a
-la propia ley de su desarrollo, que ellos, con fuerte independencia,
-choquen, luchen, conflagren, de manera que no bien se ha solucionado el
-conflicto se vea por modo patente cuáles eran los seres e ideas útiles
-para los más y cuáles los nocivos. El campo de acción del espíritu
-lírico es el hombre; el del espíritu dramático es la humanidad. Y de
-la resolución de estos dos espíritus, que parecen antitéticos, surge
-la tragedia. Cuando el autor dramático inventa personajes amables
-y personajes odiosos, y conforme a este artificio inicial urde una
-acción, el resultado es un melodrama. Por supuesto, el melodrama
-existe también en la novela, en la filosofía, en la política, hasta
-en la pintura y en la música, en todo lo que sea vida arbitrariamente
-simulada por el hombre, pero nunca en la vida real. En España somos
-absolutistas; la palabra tolerancia es un vocablo huero y apenas si muy
-recientemente ha comenzado a florecer el espíritu lírico.
-
---Eres el más terrible tejedor de sofismas. No conozco nadie que te
-aventaje, como no sea don Sabas --declaró Teófilo, cuyo drama estaba
-construido a base de personajes simpáticos y personajes antipáticos,
-porque se le figuraba, y no sin razón, que este era el único camino del
-éxito económico y literario.
-
---No compares.
-
---Pero a mí no me gusta discutir empleando voces y conceptos de humo
---añadió Teófilo, sacando las manos de los bolsillos del pantalón y
-accionando con vehemencia--. Yo pongo siempre el caso concreto, el
-ejemplo palpitante, de carne y sangre, de dolor y de lágrimas. Helo
-aquí. Un poeta se enamora con todas sus potencias y sentidos de una
-mujer que finge corresponderle con no menos ardor. Toda la vida
-pasada, presente y futura de este hombre se reasume y encarna en
-aquella mujer. Pues, de la noche a la mañana, la mujer le abandona.
-El poeta, como se supone, no es un hombre recio, forzudo, musculoso,
-brutal, pues sería absurdo concebir que una persona dotada de extrema
-sensibilidad y a quien la más leve palpitación del mundo externo
-conturba, exalta o deprime, sea un bravo y perfecto ejemplar de la raza
-humana en lo que se refiere a la parte material. No, todo lo contrario;
-yo doy por sentado, para los efectos de mi tesis, que este hombre es
-todo espíritu, nada más que espíritu. Y la mujer, inopinadamente, huye
-de él en compañía de un titiritero, de un hombre todo materia, torpeza
-e instinto. Este es un drama, si hay dramas en el mundo. Ahora bien;
-este poeta, no por vanagloria o amor al arte, porque después de haber
-visto arruinada su vida se le da un comino por la vanagloria y por el
-arte, sino por necesidad desbordante del alma, porque el arte viene
-a ser una liberación, se pone a escribir su drama. Según tú ha de
-presentar los tipos de la mujer pérfida y del titiritero brutal de tal
-suerte que todas las mujeres y todos los hombres piensen: «Yo hubiera
-hecho lo mismo en el caso de ellos.»
-
---Exactamente.
-
---Y al poeta, al que debía simbolizar lo más noble y elevado en la
-vida, que lo parta un rayo. ¡Estaría bueno!... --exclamó Teófilo
-sonriendo acedamente--. Pues yo creo, por el contrario, que el arte es
-caracterización, síntesis, y que los buenos, a través de la obra de
-arte, aparecen mejores, y los malos aparecen peores.
-
---Supón por un momento que esa mujer pérfida tiene tanto talento
-literario como el poeta y que se le ocurre escribir el mismo drama.
-Sería un drama diferente, ¿verdad?
-
---Claro está.
-
---Y, sin embargo, es el mismo drama.
-
---Otro sofisma. Es como si colocas a veinte pintores alrededor de un
-modelo. Todos pintan lo mismo y cada cuadro es diferente, porque han
-sido diferentes los puntos de vista.
-
---No, porque el pintor se limita a pintar lo que ve y como lo
-ve. Otra cosa sería si el que pinta la figura de espaldas, por
-completarla, añadiera la misma figura de frente, imaginada o en
-caricatura. Para mí es evidente que todo autor dramático que merezca
-tal nombre, antes de ponerse a escribir una obra debe hacerse esta
-consideración: «Supongamos que mis personajes asisten como espectadores
-a la representación de la obra en la cual intervienen, ¿pondrían
-en conciencia su firma al pie de los respectivos papeles, como los
-testigos de un proceso de buena fe al pie de sus atestados?» Todo lo
-demás no es arte dramático, sino superchería, bambolla, bombas fecales,
-inmoralidad y estupidez.
-
---Siempre quedaría el drama poético-- apuntó Teófilo, sin disimular
-cierta expresión de enojo y desdén.
-
---Cuando dije bombas fecales, querido Teófilo, aludía al drama poético
-a que tú te refieres. Y ahora vamos a tomar chocolate.
-
-
-
-
-VII
-
-
-El día del estreno de _A cielo abierto_, a las cuatro de la tarde, una
-dama elegante llegó a casa de Antonia. Doña Juanita, que aquel día
-andaba con los nervios en alta tensión y no podía estarse quieta en
-parte alguna, tan pronto como oyó la campanilla salió a abrir. Grande
-fue su sorpresa en oyendo que aquella dama preguntaba por su hijo.
-
---Está en el teatro, señora. Como hoy es el estreno... ¿Usted sabía?
-
---Sí, señora. Ya tengo mi localidad para esta noche.
-
---Cuánto le agradezco... Pero pase usted.
-
---Un momento solamente. ¿Puedo escribir cuatro letras?
-
---Sí, señora. Pase usted. Mejor será que pase al cuarto de don Alberto,
-porque mi hijo, con estos jaleos de los ensayos, no para en casa y no
-tendrá papel, ni pluma, ni nada.
-
---Pero Teófilo, ¿es hijo de usted?
-
---Sí, señora --doña Juanita comenzó a enternecerse.
-
---¡Qué suerte tener tal hijo!...
-
---¡Bendito sea Dios! --doña Juanita se enterneció más.
-
-La dama parecía enternecerse también.
-
---¿Y cómo está? --inquirió la dama.
-
---Pues verá usted. Cuando yo vine de Valladolid, con ocasión de aquella
-infamia de la bomba, ya estará usted enterada --la dama asintió con
-la cabeza--, le encontré muy desmejoradico, muy desmejoradico; pero
-sobre todo, reconcentrado y huraño de todo punto. Mucho me hizo sufrir,
-porque yo, señora, no acertaba a dar con el hito de su malhumor, que
-las más de las veces lo pagaba conmigo. Hasta que don Alberto, ¿conoce
-usted a don Alberto Díaz de Guzmán? --la dama asintió nuevamente--.
-Digo que este señor me confesó con mucho misterio que a mi Teófilo
-le había hecho mucho mal una mujerzuela de esas, una perdida, de la
-cual se había enamorado, y ella se fue con un bergante o golfo, como
-por aquí le dicen. ¿Ve usted qué desgracia, señora? Bien dicen los
-libros santos, que la mala mujer es como el estiércol que anda por los
-caminos. Peor que eso, señora, peor que eso.
-
---¿Y sigue Teófilo siempre tan huraño... tan...? --la voz de la dama
-temblaba un poco.
-
-Doña Juanita entendió repentinamente que aquella dama era la mujer de
-quien se había enamorado Teófilo.
-
---¿Tan enamorado quiere usted decir? --los ojos de doña Juanita echaban
-chispas.
-
---No, señora. He querido decir tan malhumorado, tan triste...
-
---¡Bendito sea Dios! Ya se curó del todo y no piensa en aquella
-vil ramera --doña Juanita empleaba a veces términos retóricos muy
-enfáticos-- si no es para maldecirla o, por mejor decir, para reirse de
-ella. Si usted es amiga de Teófilo y se interesa por él, como parece,
-se alegrará cuando sepa que allá para mediados del estío se casará
-con su prima Lucrecia --doña Juanita urdía todas aquellas falsedades,
-lisonjeándose con la idea de que la dama había de salir furiosa y
-ofendida para no acordarse más de Teófilo.
-
---Sí, señora; me alegro mucho que sea feliz, y a usted le doy la
-enhorabuena --la perspicacia de doña Juanita quedó perpleja y no
-acertó a discernir si el tono con que la dama dijo estas frases era
-de quebranto o de sincera efusión. Temblábale la voz de raro modo.
-Prosiguió la dama--: Ahora, si usted me lo permite, voy a escribir
-cuatro letras para su hijo.
-
-Sentose la dama a la mesa, permaneció unos momentos con la pluma
-en alto, poseída de meditabunda incertidumbre, y a la postre trazó
-brevísima esquela que metió en un sobre, y después de engomarlo se lo
-entregó a la anciana sin haber escrito dirección ninguna.
-
-No bien hubo quedado a solas doña Juanita se sintió embestida por
-muy justificados y verosímiles presentimientos. La dama era seguro
-que aludiría en el billete a la presunta boda, y aun diría cómo
-había recibido la noticia, por donde Teófilo había de recibir grande
-contrariedad de aquel engaño e intromisión impertinente de su madre, y
-quizás su enfado se tradujese en palabras poco respetuosas, coléricas
-y hasta crueles. No vaciló mucho tiempo doña Juanita. Abrió el sobre y
-leyó la carta, la cual rezaba así:
-
- «_Tu madre me dice que te casas._ (¡Qué víbora ponzoñosa!, exclamó
- doña Juanita en voz alta.) _Lo mejor es que no nos volvamos a ver.
- Quiero resignarme y renunciar a tu amor. No sé si podré. Tu amor
- había sido en mi vida una cosa tan rara y preciosa... Si quieres
- verme, como amigo, vivo en el hotel Alcázar. Creo en Dios y acepto lo
- que sucede como un castigo que me tengo bien ganado._
-
- ROSINA.»
-
---Cree en Dios... ¡Qué blasfemia! Estas corrompidas mujeres no respetan
-nada --exclamó de nuevo doña Juanita. Rasgó la carta. Era un deber
-de conciencia destruir el cínico papelucho. Pero anticipándose a
-cualquiera eventualidad, con la mejor intención, quiso curarse en salud
-por si Teófilo llegaba a saber que habían dejado una carta para él y
-venía pidiendo la fementida carta. Doña Juanita determinó adelantarse
-a decir a su hijo, tan pronto como este volviera, que una mujer había
-venido a visitarle y no encontrándole en casa había dejado escrito un
-billete, el cual estaba sobre la mesa de despacho del señor Guzmán;
-luego echaría la culpa del extravío a Milagritos. No iba a ser Teófilo
-tan suspicaz que presumiese nada malo de su propia madre. Con esto doña
-Juanita pareció sosegarse. Se sentó en una butaca e insensiblemente
-comenzó a dar cabezadas, dormitando. De pronto creyó oír un murmurio
-en sus orejas que le avivó el seso y le hizo abrir los ojos con
-sobresalto. Decía claramente el murmurio: «Creo en Dios y acepto lo
-que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.» ¿Por qué no
-había de creer en Dios aquella mala mujer? Doña Juanita pensó: «Mala
-mujer, pero no tan mala como yo soy, sin ningún temor de Dios y ciega
-a su alta justicia. Mejor mujer es que yo soy, pues ella me enseña la
-resignación y el acatamiento a lo que no es sino castigo de nuestros
-desvaríos. ¡Dios! ¡Dios! Este desamor, y aun yo dijera odio, que
-Teófilo me tiene, ¿qué es sino justa sanción de mis pecados para con
-él? Hijo mío de mi alma, hijo mío de mi alma, cómo me haces sufrir.»
-La tribulación de doña Juanita se deshizo en lágrimas. Le acometió
-la necesidad de orar y fue al cuarto de Lolita a postrarse ante San
-Antonio y el Niño Dios. Maravillose de no hallar al santo en su lugar
-acostumbrado. Giró la vista en torno, y viéndolo todo sucio, revuelto,
-patas arriba, con aquella su infantil volubilidad, obra de sus muchos
-años, dejando de lado por un momento sus congojas, murmuró entre
-dientes:
-
---¡Qué cabeza! ¡Qué criatura! ¡Qué desorden! ¡Qué leonera! Media tarde
-y hay que ver esta habitación. ¡Piñones!...
-
-Sus hábitos de hacendosidad le indujeron a poner algún arreglo en
-el menaje de Lolita. En el velador del centro parecíanse peines,
-cacharros, potes de afeites y unturas y ovillos de pelos. Doña Juanita
-tomó con el pulgar y el índice, a manera de pinzas, como quien coge un
-bicho sucio, aquellos despojos de la cabellera de Lolita, hablando a
-media voz:
-
---Bueno; esto es ya guarrería. Se le iba a caer el cetro por tirar esta
-pelambre en el cubo.
-
-Cuál no sería su estupor y espanto al ver al bendito San Antonio,
-flotando panza abajo en las turbias aguas de aquel miserable recipiente.
-
---¡Dios me ampare! ¡Qué sacrilegio! --suspiró la vieja santiguándose.
-Pero se tranquilizó muy presto atribuyendo la fechoría a Milagritos.
-Extrajo al santo del cubo, lo enjutó y reintegró a la rinconera; pero
-no pudo devolverle el Niño Dios, al cual no pudo encontrar por más
-vueltas que dio. Luego salió en busca de la niña a fin de echarle una
-reprimenda y amonestarla para lo sucesivo. Milagritos estaba sentada
-en el suelo, detrás de los hierros de un balcón, mirando la gente que
-pasaba por la calle. Los ojos de la niña, color miosotis, cernidos por
-grandes ojeras de violeta, volvíanse a mirar a las personas con amarga
-e inmóvil intensidad. Era una niña que no reía nunca y hablaba raras
-veces. Negó haber hecho tomar un baño a San Antonio, y por mucho que
-doña Juanita le instó a que fuese buena niña, sincera, y confesase su
-delito, la niña no se dignó responder una palabra más. En vista de
-esto doña Juanita cedió en sus ardores pesquisitorios, y no teniendo
-cosa mejor que hacer se sentó también a contemplar lo que pasaba en la
-calle. Doña Juanita estaba muy nerviosa y la niña no apartaba los ojos
-de ella.
-
---¿Qué le pasa a usted, doña Juanita?
-
---Miren el arrapiezo, qué fisgona.
-
---¿Qué le pasa a usted, doña Juanita, que no se puede estar quieta?
-
-Sin saber por qué, doña Juanita se sentía al lado de Milagritos más
-acompañada que no con las personas mayores.
-
---Pues, estoy nerviosa, doña Marisabidilla.
-
---¿Por qué está usted nerviosa?
-
---No quiere saber poco la señorita Renacuajo. Pues estoy nerviosa
-porque esta noche voy al teatro, y hasta que no llegue la hora, pues
-estoy nerviosa --doña Juanita no acertaba con expresiones tan claras
-como ella quisiera.
-
---¿Y por eso está usted nerviosa? --Milagritos se levantó, se marchó y
-volvió a poco con un reloj de sobremesa en las manos. Era una criatura
-precoz. En el corto tiempo que había asistido a la escuela, de la cual
-hubo de salir por delicada de salud, había aprendido a contar y a
-leer--. ¿Cuántas horas faltan? --preguntó.
-
---¿Qué hora es?
-
---Las cinco.
-
---Pues faltan cuatro horas.
-
-Milagritos abrió la tapa del reloj y con el dedo puso las manecillas en
-las nueve. Dijo con firmeza, mirando de hito en hito a doña Juanita.
-
---Ya puede usted ir al teatro.
-
-Doña Juanita se quedó aturrullada, como idiota. Balbució:
-
---Hija mía...
-
---Ya puede usted ir al teatro --repitió Milagritos, sin despegar los
-ojos del rostro de doña Juanita y presentando el reloj, como prueba
-incontrovertible de que era hora de ir al teatro.
-
---Hija mía, el reloj marca el tiempo, pero no es el tiempo. El tiempo
-es cosa de Dios; mejor dicho, no es cosa de Dios, porque Dios es
-eterno. No sé cómo explicarme.
-
---Si usted no quiere ir al teatro usted se lo pierde --dijo Milagritos
-con gesto de desdén. Sentose en tierra y volviose a mirar a un hombre
-mutilado de entrambas piernas, a la altura de medio muslo, que avanzaba
-sobre los muñones por el medio de la calle, tañendo con singular
-denuedo un cornetín de pistón.
-
-La vieja y la niña permanecieron sentadas y en silencio hasta después
-de anochecido.
-
-Aquella noche Teófilo no vino a cenar. Después de la cena todos los
-moradores de la casa, a excepción de Blanca y Milagritos, fueron al
-teatro de los Infantes a presenciar el estreno de _A cielo abierto_.
-Ocuparon un palco segundo. Díaz de Guzmán estaba en butacas. En la
-sala, de tonos claros, luminosa y decorada con lujo, veíanse muchas
-damas ricamente vestidas y no pocos caballeros con frac y _smoking_.
-
-Levantose el telón. La escena representaba unas Cortes de Amor, en
-Provenza. Surgió del público un inequívoco susurro de admiración. En
-efecto, el cuadro era deslumbrante y grato a los ojos, como tapiz de
-Oriente. En el fondo del escenario, acomodada en trono de púrpura con
-guirnaldas floridas, veíase a la Roldán, prestanciosa y patricia, la
-cabeza erguida con grácil continente de majestad, el rostro ovalado en
-dulce proporción, los ojos arábigos, profundos, sedeños, al aire la
-pulcra y halagüeña sonrisa de un blanco de arroz. Incorporaba en el
-drama la princesa Liliana de Rousillon. Hacían cortejo a la princesa,
-al pie del trono, dos filas de hermosas señoras o azafatas, con túnicas
-de joyante seda, las cuales, como las damas se rebullesen una que otra
-vez, movían manso ruido de foresta o de agua entre guijas. Alongados
-respetuoso trecho del trono, teníanse en pie un golpe de caballeros y
-galanes, guerreros, juglares, poetas y hasta media docenita de bufones;
-quiénes con calzas estiradas a la florentina, quiénes con breves
-dalmáticas a usanza de París, de ellos con esclavinas y capuces, aquí
-con armaduras y cotas de malla, acullá con la botarga histriónica. En
-suma, que de aquel pintoresco y lindo concurso no podía por menos de
-manar poesía a borbollones. Así se lo olió el público, apercibiéndose a
-fruir del lírico festín.
-
-Un rey de armas, o cosa así, destácase del grupo de hombres y
-prosternándose, declamó:
-
- Que el hada Felicidad
- derrame, noble Princesa,
- su dorada cornucopia,
- de bienes y rosas llena,
- sobre tus hombros gentiles,
- sobre tu gentil cabeza.
- Muchedumbre de galanes
- por tu amor riñen contienda
- de rimada pleitesía
- a uso de la Gaya Ciencia,
- y tus antojos atisban
- antes que los labios muevas,
- como el espía que escucha
- con el oído en la tierra.
-
-Este romancillo inicial produjo muy buena impresión. La metáfora de
-la cornucopia, que la mayoría de la audiencia entendió que aludía a
-cierto linaje de espejos antiguos, y la del escucha con el oído pegado
-a tierra, agradaron por su originalidad.
-
-A continuación, feroces guerreros y cortesanos galanes comenzaron a
-_reñir contienda_, como había dicho el rey de armas, por un beso en
-la mano de Liliana. Adelantábanse uno a uno a esgrimir sus armas, las
-cuales si herían era muy dulcemente, pues las tales armas consistían
-en baladas, tensiones, rondeles y otras diferentes especies de ataques
-y escaramuzas poéticas. Los metros eran muy variados y sonoros, en
-extremo musicales, como con acierto observaron algunos críticos, y
-de acentos tan bien repartidos que convidaban a bailar un zapateado
-por lo rotundo y enérgico del compás o sonsonete que tenían. «Estos
-son versos, y cualquiera puede sentir que son versos», pensaban los
-entusiastas. Un guerrero, que _aunque rudo y áspero como la crin del
-león de los desiertos_, aspiraba, como bobo, a _ungir su braveza_ con
-aquel minúsculo homenaje osculatorio en la mano de Liliana, salió a
-recitar una canción que por la reciedumbre de los versos remedaba con
-mucha propiedad el fragor y estruendo de las armas al entrechocarse
-o un armario lleno de cachivaches que cae en tierra. Y no contento
-con recabar para sí el osculatorio goce, comenzó a echar pestes en
-alejandrinos contra los afeminados cortesanos, _parásitos de la mesa de
-los magnates y polilla de las damas_, que de esta suerte los calificó
-el terrible guerrero, y en particular contra los poetas, _que fuerzan
-el corazón de las bellas con versos falaces e insidiosos_, no de otra
-suerte que _el ladrón abre en la noche las puertas con ganzúa_. Esta
-imagen fue muy encomiada. Pero nunca el bárbaro guerrero hubiera hecho
-tal, porque salió de estampía Raymond de Ventadour, un trovador, a
-quien Liliana, según era fácil observar, miraba con ojos zaragateros,
-y en un rapto de inspiración vertida _en las ánforas helénicas de
-los endecasílabos y en los pebeteros muslímicos de los heptasílabos_
-(insólitas calificaciones, disculpables en cuanto licencias poéticas)
-encareció el divino papel de la poesía en el mundo, y cómo la voz de
-los poetas era la voz del mismo Dios puesta en palabras bien casadas
-que suenen la una con la otra, y abominó de la guerra y de todo
-ejercicio corporal, prediciendo, como vate que era, que allá con el
-rodar de las edades las letras triunfarían de las armas y la vida de
-los hombres llegaría a ser en aquel lejano cabo de los tiempos tan
-apacible, rítmica y tersa como un rondel de oro. En este punto sonó
-la primera ovación en la sala. Tras de lo elevado vino lo burlesco o
-satírico, y fue que Raymond de Ventadour improvisó un apólogo en el
-cual establecía un parangón entre el pavo real o pájaro de Juno, con
-los cien ojos de Argos en la cola, y el mocoso pavo común, o pavo de
-Navidad. Era el primero, para los efectos de la sátira, el poeta; el
-segundo, el guerrero, y más genéricamente el hombre bruto y vulgar. El
-apólogo tenía un estribillo que decían a coro los seis bufones: esta
-industria agradó mucho al público. En vista de lo cual, la hermosa
-Liliana dio su mano a besar a Raymond de Ventadour, por donde el resto
-de los muchos galanes postergados recibieron dolorosa llaga en su amor
-propio y salieron mascullando palabras enconadas; pero más que todos el
-terrible guerrero, quien, con extraña voz que del público pudiera ser
-oída y no de aquellos que se hallaban más cerca de él en el escenario,
-juró para sus crines de león que se había de vengar, y con esto se
-inició el conflicto dramático. En un periquete quedaron solos Liliana y
-Raymond; dijéronse mutuamente que se amaban hasta no más; pero Liliana,
-mujer al fin, mostrábase un poco displicente y recelosilla. Preguntole
-el Trovador a qué venían aquellas bobadas, si bien él empleó otros
-términos más galanos y melifluos, y Liliana respondió que no estaba
-muy segura aún del amor de su Ventadour y que le exigía una prueba
-concluyente. No una, mil pruebas estaba dispuesto a darle el apasionado
-Raymond, y así rogó a su dama que cuanto antes echase por aquella boca
-lo que quisiera mandar. Entonces Liliana, muy zalamera y con la mayor
-naturalidad del mundo, dijo que se trataba de una cosa muy sencilla, o
-sea, darse un paseito a pie hasta Tierra Santa, besar el santo sepulcro
-de Nuestro Señor Jesucristo y luego volver a recoger el premio. El
-premio, ¡qué premio!, consistía en holgarse cuanto le viniera en gana
-con la hermosa señora de Rousillon. Cierto que Liliana estaba casada;
-pero, aparte de que el señor de Rousillon era un viejo imposible
-(Teófilo quiso pintar a don Sabas), en la Provenza de aquellos tiempos
-es cosa sabida que se hacía abstracción completa de los sagrados
-derechos del marido. De aquí que las señoras que se encontraban en el
-teatro calificaran de poético sobremanera el medio ambiente que el
-autor había elegido para su drama. Oír el simpático Raymond el deseo
-de su amada y ponerse en camino para Palestina fue todo a un tiempo.
-Viósele perderse a lo largo de un jardín que detrás de un rompimiento,
-en lo más profundo del escenario, había, y Liliana, melancólicamente
-reclinada en una columna de mármol, le seguía con los ojos. Fue
-una escena muda enternecedora. Algunas señoras derramaban lágrimas
-considerando el acerbo trance en que la princesa se encontraba, con un
-marido viejo y un amante que va de paseo a pie camino de Tierra Santa,
-y ansiaban con toda su alma que la princesa volviese de su resolución,
-y, llamando hacia sí a Raymond, comenzaran a holgarse cuanto antes,
-puesto que él se lo tenía bien merecido, y además, en este mundo el
-fandango que se pierde no se vuelve nunca a bailar. Pero Liliana
-permaneció muda e inmóvil hasta que Raymond desapareció, y en aquel
-punto, con voz sobrehumana, melodiosa y nocturna, porque más que voz
-parecía la suya un retazo del aterciopelado azul de una noche serena
-que se hubiera transmutado en sonido, se puso a plañir una balada. El
-público experimentó un escalofrío de emoción. La primera estrofa de la
-balada tenía el consonante en _ía_:
-
- Tras de tu airón yo me iría,
- tras tu canto-hechicería
- que trueca la noche en día,
- y la sombra en armonía,
- y el desierto en lozanía
- de rosas de Alejandría.
- Tras de tu airón yo me iría,
- trovador del alma mía,
- cisne del ala bravía... etc., etc.
-
-y nunca concluía. Este agudo artificio poético, semejante, salvando
-diferencias de naturaleza, al del clown que se despoja sucesivamente
-de innumerables chalecos, o al del prestidigitador que extrae del
-buche kilómetros y kilómetros de multicolores cintas, si bien sería
-más exacto compararlo a una concha que encerrase un racimo de perlas
-unánimes, o a un armiño que tuviese tantas pellejas superpuestas como
-capas tiene una cebolla; este sorprendente artificio, decimos, deleitó
-por extremo al público. El deleite a cada nuevo _ía_ se acrecentaba
-hasta trocarse en verdadera angustia, aunque sabrosa, que obligaba a
-los espectadores a ir levantándose paulatinamente de los asientos,
-a golpes de consonante, y después del último verso volviéronse a
-sentar de sopetón, divinamente conturbados y desfallecidos, como mujer
-ardiente que ha sido gozada muchas veces en corto tiempo.
-
-La segunda estrofa aconsonantaba en _on_, y era la misma canción:
-
- Me iría tras de tu airón,
- tras tu canto-anunciación,
- que encinta a la creación
- con luz viva de ilusión... etc., etc.
-
-La tercera estrofa tenía el consonante en _aba_, y nunca se acababa;
-esto es, parecía no acabarse nunca, como sus hermanas mellizas. Pero
-se acabó, y con ella el acto. La ovación fue inenarrable. El público
-requirió la presencia del autor en el escenario, y, en viéndole
-aparecer, los aplausos se acercaron al frenesí.
-
-La gente salía a los pasillos tiritando de entusiasmo.
-
---¡Qué poeta! ¡Qué bárbaro! --se oía de un lado a otro.
-
-Algunos traían pegado aún al oído el triquitraque de la última balada,
-y sin poderse reprimir arrancaban a manotear y declamar: _Tras de
-tu airón yo me iría_, remedando, en la medida de sus respectivas
-facultades, la bella voz y aterciopeladas inflexiones de la Roldán.
-
-Pero nunca faltan seres malévolos y descontentadizos. Uno de estos, don
-Alberto del Monte-Valdés, a grandes voces, como de costumbre, declaraba
-sin empacho que la obra era un adefesio y que aquella ya famosa balada
-_de los ías, ones y abas_ hacía pensar en un borrico dando vueltas a
-una noria. Un caballero entrecano y barrigudo que andaba por allí cerca
-fumando un cigarro con la anilla puesta se acercó en actitud hostil a
-Monte-Valdés, y dijo:
-
---Eso hay que probarlo --sus ojos estaban anublados aún por el éxtasis
-pimpleo.
-
---En primer lugar, este acto que hemos visto no tiene ningún carácter
-provenzal: defecto imperdonable, sobre todo si se tiene en cuenta que
-con solo leer el libro de Nostradamus acerca de los poetas provenzales
-se adquieren cuantos datos se pueden apetecer para reconstruir la época.
-
---Paso porque Paternoster o Nostradamus no sea un camelo y que la obra
-no tenga ambiente, que para mí lo tiene y grande --como si el ambiente
-fuera a la obra artística lo que la nariz al rostro humano--. ¿Qué me
-dice usted con eso? --habló el caballero barrigudo.
-
---En segundo lugar --continuó Monte-Valdés sin conceder atención al
-interpelante y enarcando mucho las cejas--, el conflicto dramático es
-absurdo, según los usos y la sensibilidad de aquella edad, que pudiera
-llamarse la edad del cuerno. El código del amor, compuesto por numerosa
-corte de damas y caballeros, código del cual nos da noticia André el
-capellán, estipula en su trigésimoprimero y último artículo que nada
-impide que una mujer sea amada por dos hombres y un hombre por dos
-mujeres, _unam feminam nihil_...
-
---Camelos, no --atajó el caballero barrigudo.
-
---Es absurdo, repito, y ridículo suponer que un caballero provenzal
-jure vengarse de un poeta porque este haya sido preferido en el amor
-de una dama. Contiendas de este linaje nunca las hubo en Provenza. En
-tercer lugar, todas las metáforas e imágenes de la obra son lugares
-comunes retóricos, palabras sin contenido ni valor plástico, _como la
-crin del león, cisne del ala bravía_, cuando me consta que Pajares no
-ha visto en su vida un león, ni el paralítico del Retiro, ni un cisne,
-porque en el Pisuerga ni en el Esgueva hay cisnes, sino palominos, como
-Góngora asegura.
-
---Todo lo que usted dice son apreciaciones críticas más o menos
-respetables. Pero lo que yo le preguntaba a usted era que nos hiciese
-notar los desatinos de la obra.
-
---En falange. Por lo pronto, aquel grotesco parangón entre el pavo real
-y el pavo común. La obra se supone que acontece por los siglos XII o
-XIII. Pues bien, el pavo común nos ha venido de América, de tierras de
-Nueva España, las cuales fueron descubiertas, como todos saben, el año
-de gracia de 1518, y en cuya conquista tomó parte un antepasado mío.
-Es decir, que un poeta provenzal versifica sobre el pavo común nada
-menos que tres siglos antes de ser conocida en Europa esta suculenta
-gallinácea.
-
---¿Y eso lo sabe usted acaso --interrogó el caballero barrigudo, con
-sorna-- directamente por su antepasado?
-
---Lo sé como lo sabe cualquiera que no sea mestizo de cretino e idiota.
-La primera mención que se hace del pavo común está en el libro de
-Oviedo, _Sumario natural de la historia de las Indias_, y él lo llama
-pavogallo, y explica las diferencias que lo separan del pavo real o
-pavón. Además, en todos los libros clásicos se le llama pavigallo: es
-cosa archisabida.
-
-Como siempre que Monte-Valdés hacía una cita pintoresca, los oyentes se
-quedaban en la duda de si las inventaba él mismo según la discusión lo
-requiriese: con tanto gracejo y oportunidad las enjaretaba.
-
---Aunque así sea, señor; en toda obra poética hay siempre
-convencionalismos lícitos que ni dan ni quitan al mérito de la obra --y
-el caballero barrigudo se apartó del corrillo que presidía Monte-Valdés.
-
-La decoración del segundo acto representaba la cubierta de un buque de
-vela. Raymond vuelve por mar a Marsella, porque el viaje de regreso
-no era obligatorio a pie; así se lo había dicho Liliana antes de la
-partida. No ocurre nada a bordo, sino que cuándo un marinero, cuándo
-el piloto, ahora el contramaestre, luego Raymond, tienen algo que
-decirle al mar. Raymond se lamenta de la pereza de los vientos: él
-quisiera que inflasen las velas _con tanta violencia como la pasión le
-hinche a él el pecho_. Los marineros refieren historias de piratas. Y
-como en hablando del rey de Roma luego asoma, un vigía grita: ¡Buque
-a la vista! Y el público se cala al instante que es un buque pirata.
-Como por arte de encantamiento el buque misterioso se les viene encima
-a los cristianos. _Es una fusta o pequeña embarcación, famélica loba
-de los mares._ _Son piratas_, ruge el piloto. La fusta se acerca. Los
-cristianos carecen de armas. Sensación. Abordaje. Raymond, aunque
-poeta, lucha bravamente. En balde. Los piratas apresan la embarcación
-cristiana. Aparece el caíd pirata, y resulta no ser otro que aquel
-caballero del primer acto, rudo como la crin del león, el cual había
-renegado de la fe de Cristo y salido a correr aventura domeñando los
-mares. Esta aparición era un poco dura de pelar, pero, como decía
-con sumo tino el caballero barrigudo, hay en los dramas en verso
-convencionalismos lícitos en cuanto a la acción, una vez que se ha
-aceptado y digerido una sarta de _ías_, una retahíla de _ones_ y un
-celemín de _abas_. Pero faltaba aún el rabo por desollar. Y fue que
-Liliana en persona surge de la embarcación pirata. ¿Estaba acaso
-cautiva? Cautiva en las redes de amor de Lotario, que este era el
-nombre del antiguo caballero y ahora pirata. Liliana dice con todo
-desparpajo que el mundo es de los fuertes, y que por encima de la ley
-de Cristo, que es una ley para esclavos, está la ley eterna, la ley
-natural. Raymond castiga ejemplarmente estas bachillerías arrojando
-a la cabeza de la ingrata y de Lotario unos cuantos endecasílabos
-de punta. Segunda ovación, tan calurosa como la del primer acto. El
-público convenía en que el segundo final era un tanto efectista, pero,
-se añadía, el teatro es siempre efectismo.
-
-En el entreacto Guzmán subió al saloncillo a dar su parabién a
-Teófilo. Esperaba encontrarle radiante de alegría, esponjado con
-esa saturación plenaria, jovial y un poco insolente que da de sí
-el orgullo satisfecho. Teófilo parecía estar contento, pero no en
-proporción con el triunfo que había obtenido. Atestaba el saloncillo
-nutrido contingente de escritores y aficionados a las letras, los
-cuales oprimían la mano del poeta con simulada efusión y cordialidad,
-desmentidas por involuntaria tristeza de los ojos. Cuatro o cinco
-poetas imberbes daban señales de entregarse al entusiasmo sinceramente,
-sin la bastardía de ningún otro sentimiento deprimente e inconfesable.
-Pero parando un poco la atención en ellos, se echaba de ver que
-su entusiasmo participaba en mayor grado de la vanidad que de la
-admiración desinteresada. Pertenecían a la misma escuela poética, o
-como se la quiera llamar, de Teófilo, y el éxito del drama era para
-ellos empeño del amor propio.
-
-Poco a poco, los admiradores se fueron marchando, porque no tenían
-nada que decir espontáneamente en elogio del drama y, aunque muy por
-lo nebuloso, sentíanse mal a gusto y como rebajados en la vecindad del
-poeta triunfante. Quedaron tan solo sentados en divanes que corrían en
-torno del saloncillo los más amigos de Pérez de Toledo, primer actor y
-empresario de la compañía. Presidía este la reunión, en pie y dando la
-espalda a una chimenea sin lumbre, vestido de trovador, con el cráneo
-muy erecto, astuta expresión de afabilidad burlesca, y la cínica nariz
-respingada, como venteando un leve humillo de cosa ridícula que flotaba
-en el aire. Era un hombre de gran finura intelectual, a quien estorbaba
-para ser insuperable actor, aparte de cierta deficiencia de facultades,
-el ser casi siempre superior a los autores y obras que representaba,
-de manera que no podía tomar en serio los unos ni las otras, si bien lo
-disimulaba con arte sobremanera sutil. Complicaba el trato social con
-mil fórmulas y agasajos de exagerada cortesanía y, al propio tiempo,
-su sarcástica cabeza de Diógenes revelaba estar en el gran secreto
-filosófico de que el mundo de las ficciones no muere allí donde se
-acaba el tablado histriónico. Era muy hábil en el manejo de la ironía,
-o, como se dice en el lenguaje vernacular, tomaba el pelo a la gente
-sin que la gente se enterara.
-
-Un crítico, que tenía una fama y unas orejas detestables (una y otras
-de asinidad definitiva), habló así:
-
---Estamos en unos tiempos de claudicaciones, transacciones y
-corruptelas vergonzosas.
-
---Vamos a ver, don José, que sepamos por qué son estos tiempos tan
-claudicantes y transitorios --dijo Pérez de Toledo.
-
---¿Le parece a usted, Alfonso? ¿No se ha enterado que mañana debuta
-en el teatro del Príncipe, un teatro serio, esa cupletista llamada
-Antígona? Es una claudicación vergonzosa. Si levantara la cabeza
-Calderón, o Lope, o Tirso...
-
---Esa tal Antígona es tan rica hembra que sería muy capaz de
-conseguirlo. Ya ve usted con don Sabas... --comentó un joven
-periodista, induciendo al concurso a reirse, con gran sorpresa del
-crítico, quien preguntó:
-
---Conseguir, ¿qué?
-
---Lo que se proponga, don José.
-
---Estamos en la edad de la sicalipsis, está visto --concluyó el crítico.
-
-Generalizose la conversación acerca de Rosina; casi todos tenían algún
-dato o noticia que comunicar, y así se vino a saber que Rosina era una
-de las más fulgentes estrellas del género ínfimo, mimada y disputada
-por el público europeo; que el empresario del teatro del Príncipe le
-pagaba setecientas pesetas diarias por cantar tres cuplés; que estaba
-aquella noche presenciando el estreno y aplaudía con vehemencia; que
-don Sabas, ¡habráse visto descoco!, no se había recatado en ir a
-visitarla a su palco, y, a lo que se decía, procuraba reanudar ciertas
-viejas relaciones; pero Antígona no aceptaba el envite del caduco
-político, pues era de clavo pasado que había repelido pretendientes y
-proposiciones fabulosos, hasta de príncipes rusos, porque, al parecer,
-tenía un apaño (_está metidísima_, _está enchuladísima_, fueron dos
-de las expresiones empleadas para definir este punto) con un hombre
-verdaderamente interesante. Al llegar aquí la conversación recayó sobre
-el hombre interesante. Había sido hércules de feria, muy guapo; luego
-cómico en una compañía de poco pelo.
-
---Alto ahí --cortó don Bernabé Barajas, que estaba presente--. La
-compañía no era de poco pelo. Yo fui empresario. Íbamos a hacer una
-turné por los pueblos de la provincia de Teruel. Por cierto que
-Fernando (este es su nombre) mostraba felices disposiciones para el
-arte. De manera que lo que ahora es a mí me lo debe, que yo le enseñé
-los principios esenciales del arte escénico.
-
---¿Y es tan guapo como dicen, don Bernabé? --inquirió Pérez de Toledo.
-
---Eso, ¡guapísimo! No me extraña que esa golfa esté pirrada por él
---respondió don Bernabé, con no poca exaltación estética.
-
-Prosiguió la información colectiva. En París, Fernando había comenzado
-a cultivar un género nuevo de arte que quizás fuese el arte del
-porvenir, un arte mestizo de arte escénico y de acrobatismo, para el
-cual se requieren condiciones excepcionales; en suma, que se había
-hecho actor cinematográfico, peliculero, y el famoso Dick Sterling,
-cuyas muecas, desplantes, brincos y fortaleza reía y admiraba el mundo
-entero, no era otro que el amante de Rosina.
-
-Después de esto se entabló una discusión acerca de si el cinematógrafo
-es arte o no. Los pareceres se dividían. Unos aseguraban que en
-corto plazo absorbería al teatro. Otros sostenían que eran dos cosas
-diferentes, sin concomitancia ninguna. Un dramaturgo catalán, de luenga
-guedeja entrecana, expuso que a él el cinematógrafo le parecía más
-dramático que la representación oral, y que podía asegurarse no ser
-bueno un drama que, despojado de gárrulos parlamentos y reducido a sus
-simples elementos de acción cinematográfica, no conmoviese al público.
-Sonaron en esto los timbres para el tercer acto de _A cielo abierto_
-y corrieron todos a ocupar sus localidades, dejando a Teófilo con una
-sombra funesta diluida sobre el semblante.
-
-La decoración del tercer acto era la misma del acto segundo. Los
-piratas habían abandonado la fusta para adueñarse de aquella otra
-embarcación más holgada y marinera. Lotario demuestra con creces
-lo que todos habían sospechado de él; esto es, que era un salvaje
-sanguinario y vengativo. Hace dar tormento a Raymond, el cual lo sufre
-con maravillosa entereza, expeliendo toda suerte de metros y rimas en
-lugar de lamentos. Los piratas se sienten sobrecogidos ante la grandeza
-moral del trovador, y la carcoma del remordimiento comienza a roer los
-livianos sesos de la hermosa renegada. Esta siente su ánimo combatido
-por dos encontrados sentimientos. Ya no sabe si ama a Lotario o si ama
-a Raymond, y en la duda se dirige a las murmuradoras ondas pidiéndoles
-que le den la clave del enigma. El público experimenta gran ansiedad
-y se pregunta, ¿cuál triunfará al fin? Las cosas se complican. Los
-piratas presumen que una religión que infunde tan recio valor en el
-pecho de sus creyentes debe ser la verdadera religión. La gracia les
-está haciendo sus primeros toques delicadísimos. Hay entre ellos un
-torvo renegado que no logra hallar paz para su conciencia, el cual,
-por hacer obra meritoria a los ojos de Cristo, induce a sedición a la
-marinería. El horizonte está preñado de luctuosos presagios. Estallan
-las primeras chispas de la sedición. Lotario se mesa las barbas y
-vomita alejandrinos truculentos. Raymond apacigua a los levantiscos,
-hace una invocación al mar, comparándolo con la turbulencia amarga
-de su propio corazón y con la infinitud de Dios; dice que perdona a
-Liliana, y a Lotario le ruega que la haga feliz; pone una pausa, y sin
-decir oste ni moste se arroja al mar. Este trágico final fue premiado
-con una nueva ovación.
-
-El drama tuvo un epílogo. La escena simulaba el claustro de un convento
-de monjas. Tañidos de campanas, dulces gangosidades litúrgicas, etc.,
-etc. Liliana ha profesado con el nombre de sor Resignación. Sale al
-claustro. Se siente enferma y a punto de morir. Informa al público de
-que Lotario era un bruto que le dio muy malos tratos y la abandonó por
-una agarena de tez lustrosa y ojos diabólicos. Asegura que en el fondo
-de su alma nunca amó sino a Raymond. Sor Resignación va cogiendo rosas
-y luego arrojándolas en los arroyuelos del jardín; se queda pensativa
-viendo aquellos _cadáveres de rosas en féretros de espuma_. De la
-propia suerte, su alma huye camino de la eternidad. La voz se le apaga
-y expira, en verso, lentamente, entre el tañido de la campana y la
-canturria nasal de las otras monjas. Bello epílogo. En el público se
-veían muchos ojos empañados por las lágrimas.
-
-Cuando terminó el drama, Travesedo dijo a doña Juanita:
-
---Ya estará usted contenta, señora.
-
-Doña Juanita se echó a llorar.
-
---Sí, sí, comprendo. La cosa no es para menos.
-
-Doña Juanita balbució:
-
---Los días más solemnes de mi vida han sido el de hoy y el día
-en que Teófilo hizo su primera comunión --doña Juanita temblaba
-extraordinariamente.
-
-El teutón, que tenía un alma susceptible de inopinados y fatales
-ímpetus románticos, abrazó a la vieja. Estaba enternecido y repetía que
-Teófilo era un Schiller.
-
-Travesedo condujo a casa a la madre de Teófilo en un coche de punto.
-Ya en casa, como doña Juanita temblara más de lo regular, Travesedo le
-aconsejó que tomara tila y se metiera en la cama.
-
---¿Meterme yo en la cama hoy sin haber besado a mi hijo? No piense
-usted locuras.
-
---Es que lo más probable, señora, será que los amigos le entretengan
-hasta las mil y quinientas.
-
---Aunque le entretuvieran mil y quinientos años. Yo no me acuesto.
-
-Antonia preparó tila para doña Juanita, y esta, después de ingerir la
-poción fue a encerrarse en el cuarto de Teófilo, y sentose junto a un
-balconcito, a esperar. Apagó la luz. Estaba acongojada. Lloraba con
-frecuencia, se retorcía las manos y murmuraba: hijo de mis entrañas.
-Así transcurrieron varias horas. Oyose angustioso llanto de mujer.
-Doña Juanita se puso en pie, con sobresalto; abrió los ojos y tendió
-el oído. En el marco del balcón, por detrás de los tejados fronteros,
-levantábase un vaho lechoso y húmedo que iba deslustrando la luz de las
-estrellas. Amanecía. La anciana escuchó. Era Lolita quien lloraba, con
-infinito desconsuelo y requiriendo a gritos a Antonia. Acudió diligente
-doña Juanita en socorro de Lolita. Llamó en la puerta de la habitación
-y preguntó:
-
---¿Qué le ocurre, señorita Lola? ¿Puedo entrar?
-
---Sí, sí, adelante doña Juanita. ¿Por qué se ha molestado usted?
---Lolita no cesaba de llorar--. Es que llamaba a Antonia para que me
-quitase las botas, que me aprietan mucho. Además me han dado _mico_
---diose cuenta que había expulsado involuntariamente una palabra
-vitanda, de las prohibidas por Travesedo, y con el sobresalto que esto
-le originó olvidose de llorar.
-
-Doña Juanita no estaba para detener la atención en cosas de tan poco
-momento como la emisión del vocablo _mico_, porque le traía asombrada y
-absorta el ver a Lolita vestida de pies a cabeza, con traje de calle,
-a tales horas. Grande fue el aturdimiento de la señora; pero no tanto
-que le impidiese oír un sonoro ronquido varonil, y, como volviese la
-cabeza para averiguar de dónde venía, descubrió al teutón durmiendo
-panza arriba y con la boca abierta en el lecho de Lolita. Lolita, de
-su parte, creyó perder la razón. En su cerebro se agitaba la sombra
-iracunda de Travesedo, denostándola y plantándola de patitas en la
-calle.
-
---Soy inosente, doña Juanita; créamelo usté, por estas. Er pobresiyo
-viene acá toas las noches, porque dende que apretó la caló su cama está
-cuajadita de chinche y no pué dormí en eya. Pero le juro a usté, por
-la gloria de mi mare, que no me ha tocao entavía, lo que se yama ni
-tocarme. Ahí lo tiene usté toa la noche durmiendo como una criatura, o
-mejó, como un serdito --y así era la verdad. Lolita quedó satisfecha
-con su explicación, que ella juzgaba compatible con las más estrechas
-leyes de la honestidad, y doña Juanita salió de la alcoba sin saber qué
-decir ni qué pensar.
-
-En la caja de la escalera sonaba runrún de voces masculinas. Doña
-Juanita reconoció a su hijo y al señor Guzmán. Salió a abrir la puerta.
-
- * * * * *
-
-En el saloncillo de Pérez de Toledo se sostenía a diario una tertulia
-íntima hasta muy avanzada la noche. El día del estreno, Teófilo no
-pudo dejar el teatro hasta la tres de la mañana. Salió en compañía de
-Guzmán y de los poetas imberbes, sus secuaces. Uno de estos propuso
-celebrar el éxito con champaña en _Los Burgaleses_. En el restorán
-fueron a guarecerse en un gabinete reservado. Los jóvenes poetas se
-mostraban muy expansivos y locuaces. Teófilo no desplegaba los labios.
-Alberto observó que en la frente de su amigo destacaba aquella robusta
-vena negra que según las tradiciones mahometanas precedía a los accesos
-coléricos del profeta. Los jóvenes poetas llegaron a cansarse del
-ensimismamiento del ídolo, que ellos atribuían a engreída embriaguez
-del triunfo. Deshízose pronto la reunión, no sin que uno de ellos
-murmurase al oído de Alberto, según bajaban las escaleras:
-
---No hay nada más difícil que escoger un sombrero nuevo de modo que no
-le vaya a uno ridículo o le mude la cara. Pues si esto ocurre con los
-sombreros, que los cambiamos a cada tres por cuatro, ¿qué será con la
-corona o la diadema cuando uno se la pone por primera vez? También es
-verdad que hay pocas diademas hechas a la medida de la cholla que las
-ha de lucir. ¿Ha visto usted este pobre hombre, qué fatuo, qué estúpido
-se ha puesto? Pues la cosa no es para tanto.
-
-En estando a solas Teófilo y Guzmán, este propuso tomar un coche de
-alquiler para ir a casa. Teófilo se negó.
-
---Piensa que tu madre te estará esperando, de seguro.
-
---No voy a casa, no voy a casa; no te molestes. Voy a pasear por las
-calles. Si quieres me acompañas, y si no, me dejas.
-
---Te acompaño. ¿Adónde vamos?
-
---A la ventura.
-
-«Algo grave le ocurre a Teófilo», pensó Alberto. Y así como a veces
-se alivia un gran dolor provocando otro distinto, creyó distraer a
-su amigo de aquellas negras cavilaciones hiriéndole su amor propio
-profesional, su vanidad de poeta.
-
---¿Quieres que te diga sinceramente, de amigo a amigo, lo que me parece
-tu drama?
-
-Teófilo no respondió.
-
---¿Me escuchas? Porque si no me escuchas te dejo solo.
-
-Teófilo agarró un brazo de Guzmán y dijo con voz suplicante:
-
---No me dejes solo. Habla, que te escucho.
-
---Tu drama me parece estúpido. --Pausa. Teófilo no se dio por
-entendido. Añadió--: Palabras, palabras, palabras. Tus versos no son
-versos ni cosa que se le parezca, sino rimbombancia y estropajosidad;
-suenan mucho, pero suenan a hueco. A mí me hacen el efecto de estar
-comiendo bizcochos secos, amarillos, sin jugo, que no hay quien se
-trague doce seguidos a palo seco --Alberto sintió una leve presión en
-su brazo. Pensó: «Esto va bien»--. Por supuesto, no se te puede echar
-a ti toda la culpa, antes bien a la tradición poética española, la
-tradición del verso tónico, que nunca ha sido verso, sino corrupción
-nacida de los cantos de la soldadesca, de la marinería y de las
-personas iletradas, gente de áspero oído. ¿Qué será que los españoles
-no abren la boca sino para caer en el énfasis, la ampulosidad, la
-garrulería? Es cosa vieja y presumo que será eterna. Ya Cicerón
-vituperaba en los latinistas españoles el _aliquid pingue_, un algo
-pingüedinoso, inflado. A uno de los grandes predicadores españoles,
-San Dámaso, se le llamaba _Auriscalpius matronarum_, cosquilleador
-de orejas femeninas. De tu drama podía decirse lo propio. No vayas a
-creer que me ensaño en tu drama: no lo considero mejor ni peor que la
-mayor parte de los dramas y comedias de nuestro teatro clásico. Y, sin
-embargo, todo esto que te digo, con la conciencia de que es la pura
-verdad, no impide que, mirándolo bien, en los entresijos de tu drama
-se advierta algo escondido, hondo, a manera de resaca que le sobrecoge
-e inquieta a uno. ¿Qué es ello? Es algo que también corre y muge por
-debajo de toda la literatura española, aun de sus obras más áridas y
-tediosas. Recuerdo que un día me dijiste que las dos inspiraciones
-matrices de tu drama te vinieron de aquel marinero ciego y de aquel
-desdichado suicida. La primera, y permite que traduzca en una frase tus
-sentimientos a ver si doy en el quid, la primera, se pudiera llamar
-aspiración a lo infinito; la segunda, conciencia del fracaso y su
-amargura consiguiente. La primera es nada menos que el deseo de subir
-hasta Dios y codearse con él; la segunda, descubrimiento tardío de que
-por pretender lo demasiado hemos descuidado lo preciso, y que sin haber
-llegado a dioses ni siquiera nos hemos hecho hombres. Dijérase que
-toda la literatura española, y aun el carácter español, están cuajados
-en estas dos normas sentimentales. Y hay que ver, por lo que atañe a
-la primera, o aspiración desapoderada de lo infinito, que si es muy
-intensa lo es precisamente por la vaguedad del concepto de lo infinito,
-como a ti te ocurre con el del mar, que lo has recibido a través de
-un ciego que no tiene de él sino el recuerdo. Cuando veas el mar por
-primera vez vas a sufrir una gran desilusión. En suma, que comencé
-echando pestes de tu obra y vengo a parar en que hago de ella no flojos
-elogios.
-
-Teófilo no respondió. Caminaron cerca de una hora en silencio.
-
---¿Qué te pasa? --preguntó Alberto.
-
---No sé lo que me pasa. No puedo discurrir, no puedo hablar. Tengo
-toda la sangre en la cabeza --su voz era ronca y salía en coágulos.
-Atenazaba nerviosamente el brazo de su amigo.
-
---Teófilo, dime lo que te ocurre. Te ruego que te confíes a mí. No
-puedes dudar de mi cariño. Trataré de aliviarte de tus pesadumbres lo
-mejor que pueda. Aquel viejo amor ¿te hace sufrir aún? ¿Es eso?
-
---No, no es eso. Es decir, claro que es eso. Pero son otras cosas.
-¿Cómo te lo voy a decir, si yo mismo no lo sé? Nunca me he sentido más
-desamparado, empequeñecido e impotente, más inútil para la vida, más
-hombre frustrado que hoy, después de eso que llaman mi triunfo. ¿Lo
-comprendes tú? Pues tampoco yo lo comprendo. Es una voz irracional y
-frenética que me grita dentro de la cabeza: «Estás perdido.» Eso que
-has dicho acerca de esos dos sentimientos me parece que tiene mucho de
-verdad; pero hay tantas, tantas cosas además, por encima, por debajo
-y alrededor de lo que tú has dicho. ¿Y sabes en lo que se resuelven
-aquellos dos sentimientos? Se resuelven en otro sentimiento bárbaro,
-desmesurado, avasallador... de odio a mi madre. ¿No es monstruoso? --la
-voz de Teófilo se quebró como si fuese a llorar. Alberto no respondió.
-Repitió Teófilo--: ¿No es monstruoso? Desde que ella vino de Valladolid
-comencé a sentir una aversión latente que me horrorizaba. Esta noche la
-adversión se ha convertido en odio: no lo puedo remediar. La culpa no
-es mía, la culpa no es mía. ¿Crees que es mía la culpa?
-
---No, claro que no. Ahora sosiégate.
-
---Vamos a casa. Está amaneciendo. Tengo necesidad de reposo.
-
-Guzmán pensó: «Doña Juanita se habrá cansado de esperar y a estas horas
-estará durmiendo como una bendita.»
-
---Tomaremos un coche, si te parece --habló Guzmán.
-
---Sí; como tú quieras.
-
-Muy cerca de ellos estaba parado un simón abierto. El rocín macabro, en
-los puros huesos, contemplaba con tristes ojos el albear del cielo. El
-cochero dormía sentado en el piso del coche con los pies en el estribo
-y la cabeza caída sobre el asiento.
-
-Durante el trayecto ninguno de los dos amigos desplegó los labios.
-En la caja de la escalera flotaba un vapor grisáceo, melancólico y
-soporífero como sensación de convalecencia. Un pájaro cantó.
-
---Es algo aquí, en semejante parte --murmuró Teófilo, señalando la
-base de la caja torácica--. Algo que me ahoga, que me arrebata, que me
-enfurece --añadió, levantando la voz y crispando los puños.
-
---Habla bajo.
-
---Es algo aquí, como una espada mohosa que me atravesara. Siempre lo
-he sentido, desde que era niño; pero hoy más fuerte que nunca. Es
-algo anterior a mi vida, ¿entiendes?, como el recuerdo de una mala
-sangre que me hubiera engendrado, ¿entiendes?; es algo que me ha hecho
-desgraciado sin que yo tenga la culpa, ¿entiendes?
-
---No te entiendo, porque eso son locuras. Hazme el favor de callar o de
-bajar la voz.
-
-Cuando se acercaban al segundo rellano, la puerta se abrió,
-apareciendo, entre la luz incierta de la matinada y a medias disuelta
-en la penumbra, la figura de doña Juanita, quien dijo, con voz cansada
-y amorosa:
-
---Hijo de mis entrañas.
-
-Teófilo hubo de apoyarse en Guzmán para no dar en tierra. Con acento
-estrangulado de ira o de pavor, bramó:
-
---¿Sueño? Apártate de mí, sombra maldita.
-
-La anciana avanzó un paso y su lóbrego cuerpo destacó sobre el gris
-caótico.
-
---¡Hijo! ¡Hijo! --La primera exclamación fue de estupor, la segunda de
-manso reproche.
-
---Apártate de mí, odiosa criatura; apártate, apártate que no te vea,
-porque te desharé entre mis manos --y Teófilo forcejeaba por desasirse
-de los brazos de Alberto.
-
-Doña Juanita se perdió, huyendo, en el seno de las tinieblas. Guzmán
-retuvo unos minutos a Teófilo y luego le condujo a su alcoba. En
-estando dentro de la estancia, el poeta se desbordó en manifestaciones
-de violenta rabia. Hacía añicos cuanto encontraba por delante, emitía
-sonidos sordos y palabras incoherentes, y de pronto comenzó a saltar
-y a correr como loco en torno al aposento. Por último, se dejó caer
-en la cama boca abajo, hundió la cabeza en la almohada y así estuvo
-unos minutos. Incorporose súbitamente, y con desvariados ojos se quedó
-mirando a Guzmán, que estaba inmóvil en el centro de la habitación.
-
---¿Eres un hombre? ¿O eres una estatua de piedra? ¿Qué haces? ¿Qué
-miras? ¿Qué piensas? ¿Qué dices? ¿Sonríes? Dame tu corazón de bronce;
-muéstrame cómo he de llegar a tu indiferencia e insensibilidad.
-
---Ea. Ahora acuéstate y haz por dormir --Guzmán estrechó la mano de su
-atribulado amigo y salió en busca de la madre, a quien imaginaba más
-atribulada aún.
-
-Estaba la señora en su aposento, sentada, y, según las señales
-exteriores, muy tranquila. Antes de que Alberto abriera la boca, doña
-Juanita se adelantó a hablar:
-
---No se moleste usted en consolarme, señor de Guzmán. Le agradezco su
-buena intención; pero en este caso no necesito consuelo.
-
---Es que...
-
---No, no; ni una palabra. Las cosas del alma son harto sutiles, señor
-de Guzmán, para que los hombres las entiendan. Solo incumben a Dios, y
-Dios sabe lo que se hace. Retírese a dormir que ya es tarde y déjeme a
-solas. ¿No ve usted que estoy serena? De todas suertes, muchas gracias
-por su solicitud. Buenas noches.
-
-Guzmán se retiró pensando: «Nunca sabemos nada de nada.»
-
-Al día siguiente doña Juanita salió para Valladolid.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Una mañana estaba Guzmán todavía en la cama, leyendo _Las Moradas_, de
-Santa Teresa, cuando la ventruda Blanca penetró en la habitación con
-un gran sobre color espliego, perfumado de violeta. Decía la carta:
-
- _Querido Alberto: pásate por mi hotel cuanto antes mejor. Tengo que
- comunicarte una cosa que te hará la mar de gracia. Estupendo, chico,
- estupendo. Un caso de vocación; pero qué vocación. ¿Quieres venir a
- almorzar conmigo? Tu amiga_,
-
- ROSINA.
-
-Se levantó y a gritos desde la puerta pidió agua caliente para
-afeitarse. A poco se presentó una monja vieja, con el cacharro de agua
-caliente.
-
---Buenos días, sor Cruz.
-
---Buenos días nos dé Dios. ¿Se ha dormido bien? ¿A qué hora hemos
-venido anoche? Esta juventud... Ya me lo dirán ustedes cuando se hagan
-viejos y se acerque el momento de la muerte...
-
---Vaya, vaya, sor Cruz. No me amargue el día dándome a desayunar ideas
-tristes.
-
---¿Qué estaba leyendo usted ahí? Cualquier libro empecatado, como si lo
-viera --sor Cruz se acercó a curiosear en la mesa de noche--. Un libro
-de Santa Teresa. ¡Válgame Dios! ¿Un herejote lee estas cosas? Como no
-sea para hacer mofa...
-
---Mal concepto tiene usted de mí, sor Cruz.
-
---Y una cartita. De alguna desgraciada... Vaya por Dios. Lástima
-merecen las tales. Bien lo sé por experiencia. Y algunas son buenas,
-buenas hasta dejarlo de sobra. La culpa es de ustedes, libertinos. Ya
-lo ha dicho mi tocaya: «Hombres necios que acusáis...»
-
---¿Cuándo se van ustedes, sor Cruz?
-
---Mañana, en el tren de las ocho de la mañana. Antonia no quiere
-dejarnos marchar; pero no hay más remedio. Nos ha escrito la superiora.
-De manera que pasado mañana ya estamos en nuestro convento de Pilares.
-Tengo una gana que no veo de encontrarme en mi celdita, y a bregar con
-aquellas infelices recogidas. Si usted fuera hembra en lugar de varón
-nos lo llevábamos a meterle por el buen camino.
-
---Si usted quiere llevarme tal como soy... No crea, a mí me gustaría.
-
---Señor, qué atrevido. Sería el diablo en el convento. Y esa pobre
-Lolita... ¿No cree usted que estaría mejor con nosotras?
-
---Pss. Déjela usted. Si ella se encuentra a gusto... En todas partes y
-de todas maneras se puede servir a Dios --dijo Alberto.
-
---¡Jesús, qué abominaciones! Me voy, no quiero oírle a usted --y sor
-Cruz salió riendo con benevolencia.
-
-Las relaciones de Antonia eran innúmeras, complejas, y con todas las
-clases de la sociedad. A raíz de haber tenido a Amparito había estado
-recogida en el convento de monjas adoratrices de Pilares y se había
-captado el afecto de las monjitas. Una de las recogidas, compañera y
-muy amiga de Antonia, había profesado en la orden, bajo el nombre de
-sor Sacramento, la cual, en unión de sor Cruz, estaba hospedándose
-ahora en casa de Antonia, de paso por Madrid. Siempre que venía a
-la corte alguna monja del convento de Pilares se alojaba en casa de
-Antonia.
-
-Salió Alberto de casa, no sin haber guardado en el bolsillo _Las
-Moradas_, porque tenía por costumbre llevar siempre un libro consigo, y
-fue derechamente al hotel Alcázar. Rosina salió a recibirle en peinador
-y le regaló con un beso de salutación.
-
---No te parecerá mal que te bese, ¿eh?
-
---Ni que fuera tonto --respondió Guzmán, devolviéndole afectuosamente
-el regalo.
-
---Eso ya no. Te beso como se besaría a un hermano. Te quiero mucho,
-pero como se quiere a uno de la familia. Estoy segura que si Fernando
-me viera besarte no lo tomaría a mal. Siéntate. Yo voy a concluir de
-vestirme. ¿Te quedas a almorzar conmigo? --Alberto asintió--. Quizás
-venga Verónica también. ¡Qué chica tan excelente! Somos las grandes
-amigas. A nosotras nos ha pasado como con ese drama que le dicen _El
-Galeoto_: el público nos ha hecho amigas. Que si ella es la mejor
-bailarina y yo la mejor cupletista, y que si somos las únicas, y dale y
-dale; pues a mí me entró la curiosidad de conocerla y a ella lo mismo,
-y aquí nos tienes a partir un piñón. Sobre todo desde que se concluyó
-la temporada de ella y la mía; pues, hijo, que no se aparta de mi lado.
-Parece que me adora.
-
---Bien. ¿Qué era la cosa que me iba a hacer la mar de gracia?
-
---¡Pues no eres nada ansioso! Calma, calma, porque hasta la hora del
-almuerzo no digo esta boca es mía.
-
---Poco falta ya, de manera que tendremos calma.
-
---¿Qué es de Teófilo?
-
---En casa estará durmiendo...
-
---Siempre dije que era un gran hombre. Ya ves, ahora todo el mundo lo
-reconoce así --Rosina cambió de expresión--. Tú ya sabes que Teófilo y
-yo hemos sido muy amigos un poco de tiempo.
-
---Sí, lo presumía.
-
---Ahora parece que me aborrece. ¿Tú que crees?
-
---Lo que tú; que está enamorado de ti.
-
---Perdona. Por esta vez tu listeza se me figura que ha fallado. Tú
-sabrás de otras cosas; pero lo que es de aquello que se refiere a mí
-directamente, no me vengas con pamplinas. Si tratas de halagarme, te
-advierto que no es por ahí. Fernando es mi sino y con él he de vivir
-lo que me reste de vida. Así es que me tiene sin cuidado que Teófilo
-esté o no esté enamorado; pero, la verdad, tampoco me hace gracia que
-me odie y me trate con desdén. Yo no le hice nada malo. Lo que hice
-fue lo que no pude menos de hacer --el rostro de la mujer adquirió una
-expresión meditativa.
-
-Desde que había vuelto a Madrid, Rosina no se había visto a solas con
-Teófilo, sino siempre rodeados de otras muchas personas. Teófilo,
-aunque con la pasión más embravecida que nunca, había resuelto evitar a
-Rosina y darle a entender que la desdeñaba, lo cual, hasta aquel punto,
-había logrado sobradamente. Rosina consideraba el amor a su hombre, a
-Fernando, como la necesidad permanente de su vida, el nido, el árbol,
-la tierra, la base en donde posarse y reposarse. Fernando era para
-ella la plenitud de su feminidad, de su sexo. Pero, al propio tiempo,
-necesitaba del amor de Teófilo, lo ansiaba como complemento y realce
-del otro amor. Un ave ignora que sufre la tiranía de la tierra hasta
-tanto que no se le entumecen las alas o las pierde; entonces, junto con
-la nostalgia del vuelo, llega a saber que la tierra es el elemento que
-la domina, así como el aire es el elemento que se deja dominar. Pues
-algo semejante le sucedía a Rosina. Con relación a Fernando se sentía
-empequeñecida, anulada, entregada sin albedrío a él. Recordando ahora
-el sumo acatamiento y entrega que de sus potencias Teófilo le había
-hecho en otro tiempo, y la exaltación gozosa y altanera que de aquel
-amor ella había recibido, ardía en anhelos de resucitar las emociones
-de entonces.
-
-Llegó Verónica cuando Rosina concluyó de vestirse. Rosina hizo que les
-sirvieran el almuerzo en la misma habitación.
-
---Qué, ¿has tenido noticias de Fernando? --preguntó Verónica.
-
---Hoy no.
-
---¿Te escribe todos los días?
-
---Quia. No se arregla bien con lo negro; pero, en fin, escribe tan a
-menudo como puede. Eso sí, a mí me obliga a ponerle un telegrama diario
-y una postal por lo menos. Es celosísimo.
-
---Claro, si te quiere. ¡Hija, qué suerte la tuya! Ya puedes
-corresponderle bien, porque un novio así no se atrapa todos los días.
-Yo no sé como hay mujeres que falten a sus hombres si estos las quieren
-de verdad y con fatigas. Por supuesto, no lo digo por ti; contigo no
-hay caso.
-
---Qué ha de haber... Y menos teniéndote a ti al lado, que estás siempre
-con la misma canción.
-
---Y ahora --entró a decir Guzmán--, ¿se puede ya saber aquello que me
-iba a hacer la mar de gracia?
-
---Todavía no. De sobremesa.
-
---Resignación.
-
-En concluyendo de almorzar, Guzmán reiteró la pregunta.
-
---Sí, ahora os lo voy a referir. Y no sé cómo. Es increíble. Si no
-estuviera aquí cerca la heroína creeríais que os trataba de tomar la
-cabellera. Bien, doy principio a mi cuento, es decir, a mi historia.
-Estaba yo esta mañana en la cama cuando entra la doncella diciendo
-que una joven preguntaba por mí. Que pase. Y ya está aquí la joven,
-vestida de negro, muy asustadita y muy monina, sí, señores. «Señorita
-Rosa», me dice, y parecía que iba a llorar. «¿No me conoce?» ¡Qué
-la iba a conocer yo! «Soy Márgara, la hija de _Bergantín_». Este
-_Bergantín_ es un pescador y bañero de mi pueblo. «Pero, neña, cómo has
-crecido y qué guapina estás», le dije yo. Ella se puso muy colorada.
-Le pregunté a qué había venido a Madrid. Al principio no se atrevía a
-decir nada; pero fue animándose, animándose poco a poco y me contó
-lo que le pasaba. Veréis. Dice que en Arenales había llegado a ser
-muy desgraciada. La cortejaban muchos mozos; pero ninguno le gustaba
-a ella. Durante los veranos, los señoritos veraneantes no la dejaban
-vivir, persiguiéndola sin parar, ya podéis suponer con qué intención.
-Jura que hasta ahora ningún hombre la ha tocado, y yo lo creo. Dos
-horas o muy cerca empleó en contarme mil menudencias. Yo abrevio. La
-cosa fue que comenzó a entrarle un gran disgusto por todo lo que veía
-en el pueblo; se apartó de las amigas y se encerraba a solas a llorar.
-Oye, tú, no seas grosero y cierra ese libro.
-
---Te escucho, Rosina. He tenido una inspiración. Este libro nos ayudará
-a entender el asunto de que se trata. Verás, esa doncella sentía, según
-dice este libro, _ansias y lágrimas congojosas y sospiros y grandes
-ímpetus_.
-
---Todo eso y mucho más, porque ella misma dice que no sabe explicarlo.
-
-Guzmán volvió unas cuantas hojas y leyó:
-
---_Es dificultosísimo de dar a entender._
-
---Dificultosísimo. Ya veréis en lo que para.
-
---Lo presumo --dijo Guzmán.
-
---Eso ya lo veremos. Dice que creyó morirse de tristeza, que no tenía
-interés por nada, que no sabía lo que quería, que le entraba un dolor
-en las entrañas como de fuego y después quedaba toda rendida, que le
-parecía estar rodeada de enemigos malos y a veces tenía que dar gritos
-y, vaya...
-
---_Hace crecer la pena en tanto grado que procede quien la tiene en dar
-grandes gritos_ --interrumpió Guzmán, leyendo. Prosiguió--: _Parece
-un fuego que está humeando y se le representó ser de esta manera los
-sentimientos que padecen en el purgatorio. Y así, aunque dure poco,
-deja el cuerpo muy descoyuntado y los pulsos tan abiertos..._ --Guzmán
-espigaba en el libro y leía a retazos.
-
---¿Pero te estás chungando de mí con todos esos camelos que tú mismo
-inventas?
-
---Prosigue, Rosina.
-
---Si te estás callado. Entonces, al parecer, se puso a trabajar como
-una bestia para olvidarse de todo. De esta manera parece que se
-contentó algo; pero aquella otra cosa rara, un no sé qué que sentía en
-el corazón, continuaba siempre.
-
---_Los contentos_ --leyó Guzmán-- _nacen de la misma obra que hacemos
-y parece los hemos ganado con nuestro trabajo. Los gustos ensanchan el
-corazón._ Esa muchacha quería meterse monja y viene a pedirte el dote.
-
-Rosina rompió a reír descompuestamente.
-
---¿Cómo lo has averiguado? --preguntó, sin cesar de reirse.
-
---¡Qué mundo! --exclamó Verónica.
-
---No es nada difícil caer en la cuenta --añadió Guzmán.
-
---Estás fresco. Conque, ¿monja, eh? Pues, hijo, todo lo contrario.
-
---¿Todo lo contrario? --inquirió Verónica, boquiabierta--. Entonces
-fraile.
-
---Sí --respondió Rosina--, de San Ginés, que se acuestan dos y amanecen
-tres. Quiere ser una _cocotte_, como yo, y reinar en el mundo y sus
-arrabales, porque ella se figura que ser _cocotte_ y emperatriz es la
-misma cosa.
-
---Pues está enterada --comentó Verónica.
-
---Me dejas anonadado --confesó Guzmán--. ¿Y cómo fue? ¿No te ha
-explicado?
-
---Pues fue que llegaron a Arenales los periódicos con mis retratos y
-los bombos que me han dado, y todas esas paparruchas que cuentan acerca
-de mis triunfos en Rusia y en Pekín y en donde Cristo dio las tres
-voces, y cátate que la niña piensa: «Yo voy a ser otra como Rosina.»
-Y sin más se escapa de su casa y se me plantifica aquí. Decía, con
-deliciosa ingenuidad: «Es mi vocación. Comprendí de pronto que era mi
-vocación.» Ya veis: vocación de _cocotte_...
-
-Pausa.
-
---Y ahora, ¿qué vas a hacer con ella? ¿Devolverla a su familia?
---inquirió Guzmán.
-
---Ya, ya. De eso traté; pero habíais de ver cómo se puso la mosquita
-muerta. No me lo dijo, pero le conocí en los ojos que pensaba que yo
-era una envidiosa. Le dije que de un millón de mujeres que se pierden,
-solo una, y a veces ninguna, llega a darse buena vida. En balde,
-chicos: ella erre que erre. ¿Qué hacemos? ¿Qué os parece?
-
---Darle cuatro azotes y enviarla facturada al pueblo --aconsejó
-Verónica, con ardimiento.
-
---Tengo un proyecto. A ver qué opináis --habló Guzmán.
-
---Venga de ahí, que siendo tuyo será bueno --jaleó Verónica.
-
---Es esto. Por la noche cogemos a esa niña y nos la llevamos de casa
-en casa, a través de todas las casas de mal vivir, desde las de ínfima
-categoría hasta las de cierto rango. Alistaremos a unos cuantos amigos,
-reconocidamente brutos, y haremos que beban y desarrollen su brutalidad
-hasta la máxima potencia. Buscaremos aquellos antros en donde no se
-puede entrar sin que el alma se aflija y le haremos ver a Márgara, ¿no
-has dicho que se llama Márgara?, que lo más probable es que vaya a
-dar con sus huesos allí si se obstina en seguir esa vocación que dice
-tener...
-
---¿Y nosotras vamos a ir también? --preguntó Rosina, algo alarmada.
-
---¿Por qué no, boba? Nos ponemos un mantoncito...
-
---No tengo mantón.
-
---Yo te lo prestaré. Ya verás, hasta nos vamos a divertir.
-
---Tanto como divertir... --observó Alberto--. Entonces, ¿qué os parece?
-
---A mí, de perlas --declaró Verónica.
-
---Sí, yo también creo que es una buena idea. Entonces... ¡Ah! Tenéis
-que conocer a Márgara --Rosina se levantó y llamó al timbre. Cuando
-apareció la camarera, Rosina añadió--: Que venga esa chica que llegó
-esta mañana.
-
-Presentose Márgara. Era antes alta que baja, gentilísima: un armonioso
-aire de nobleza natural en toda su persona y movimientos. Muy morena,
-casi bronceada; tenebroso el cabello; los ojos pequeñuelos, duros y
-perseverantes en el mirar; los labios apretados y finos, y dientes
-menudos de roedor; dulce pelusa por la quijada y sobre el labio. No era
-bella; era peor que bella: diabólicamente incitativa.
-
---No tengo más que verte la cara para comprender que te gusta de una
-manera enorme --dijo Rosina a Guzmán por lo bajo. Y luego, en voz
-alta--: Es bonita, ¿verdad? Pues si vierais qué carnes, qué durezas --y
-comenzó a oprimirle los senos y los muslos--. Tocad. Es mármol.
-
-Verónica fue a probar y corroboró el juicio de Rosina, la cual,
-dirigiéndose a Guzmán, le invitó a cerciorarse por experiencia personal.
-
---Toca, hombre, y no seas primo. Si a ella no le parece mal, ¿verdad,
-Márgara?
-
-Márgara no respondió. Guzmán hubo de experimentar la dureza específica
-de Márgara.
-
---Sí, parece una estatua --declaró Guzmán, aludiendo, no tan solo a las
-apretadas carnes, sino a la digna y fría inmovilidad en que se mantuvo
-la muchacha.
-
-Quedó todo convenido para la noche y Guzmán se despidió.
-
-A media noche salía del hotel Alcázar la pandilla, compuesta de Rosina,
-Verónica y Márgara, a pelo y con mantones achulados, y Angelón Ríos,
-Travesedo, Guzmán, Celedonio Grajal y Felipe Artaza, muy conocidos
-estos dos últimos en el mundillo del libertinaje y de la juerga por
-el mucho dinero que tenían, por la manera ostentosa de gastarlo,
-por la excesiva afición a los placeres báquicos y venustos, por la
-heroica resistencia y brío en uno y otro ejercicio, y, en suma, por
-sinnúmero de hazañas elegantes e ingeniosas, tales como arrojar a una
-mujer cortesana al estanque del Retiro, apalear a un guardia, hacer
-añicos los muebles de un restorán, meterse con el automóvil por el
-escaparate de una tienda y reparar luego los daños y perjuicios con
-jactanciosa largueza. Constituían dos tipos, o mejor, arquetipos del
-héroe moderno, a quien el prosaísmo de la vida contemporánea fuerza y
-constriñe a emplear el esforzado ánimo en empresas poco lucidas y muy
-inferiores a su ímpetu y arrestos. Con todo, como la plebe propende
-siempre a admirar el carácter heroico y encarece sus hechos trocándolos
-en animada narración oral, que a veces se alza hasta crear la leyenda,
-Grajal y Artaza tenían su gesta heroica popular que era muy celebrada
-por estudiantes, horteras y provincianos en las tertulias de los cafés.
-
-Encamináronse todos, lo primero, a casa de la Socorrito, una casa de
-cinco duros. Fueron muy bien acogidos por la dueña, que tenía en los
-dos héroes sendas fuentes de muy caudalosos rendimientos. Además, la
-Socorrito había oído cantar a Rosina y visto bailar a Verónica, y las
-admiraba mucho, según ella misma declaró en seguida, si bien, como
-sevillana, opinaba que el _cante jondo_ y el baile flamenco, lo castizo
-en una palabra, son superiores a las danzas y los cuplés modernistas.
-
-Pasaron los visitantes al comedor, atalajado con muebles de nogal
-y herrajes dorados. La Socorrito llamó a las niñas que se hallaban
-libres. La Socorrito era una mujer joven, agraciada y pizpireta.
-Llevaba un pañolillo andaluz, de crespón verde veronés, sobre el busto;
-el peinado caído en crenchas, agitanadamente, y flores debajo del moño.
-Presumía de usufructuar el monopolio de la sal; subrayaba las frases
-con guiños y sonrisas maliciosas, como si cada palabra suya tuviera un
-valor cómico extraordinario. Llegaron al comedor tres de las niñas:
-_la Talones_, _la Lorito_ y Pepita, ni guapas ni feas, vestidas con
-discreción, como señoritas de la clase media. Al ver tanta gente, y en
-particular tres personas de su mismo sexo, se corrieron no poco y se
-sentaron en actitud cohibida, de la cual no lograron hacerles salir las
-vayas, desatinos y sobos de Angelón, Grajal y Artaza.
-
-Artaza pidió champaña, y salió la Socorrito a buscarlo. No bien hubo
-salido, cuando _la Talones_ dijo, aludiendo a la dueña:
-
---Es más templada y más graciosa. Luego tié cada golpe.
-
-Entre las tres pupilas comenzaron a hacer el elogio de la Socorrito.
-Había sido --y aún coleaba, afirmó _la Lorito_-- querida de uno de los
-hermanos González Fitoria, los celebrados autores de comedias.
-
---¿Creen ustedes --preguntó Pepita, mirando a Rosina-- que las comedias
-de los Fitoria son de ellos? ¡Quia!
-
---Pues, ¿de quién son? --interrogó Travesedo.
-
---¿De quién? Anda, pues de la Socorrito. Todos, pero así, todos los
-chistes y golpes que ponen en las comedias son de la Socorrito. Si
-lo sabremos nosotras... Tiene un ángel esta mujer... Nosotras nos
-fijamos en sus chistes y decimos: en la primera comedia que estrenen
-los Fitoria saldrán estos chistes. Luego, en el estreno, porque nunca
-faltamos a los estrenos (la Socorrito nos lleva), zas, los chistes del
-último semestre, uno por uno.
-
---¿Es posible? --inquirió Travesedo, con escepticismo.
-
-Las tres pupilas, con la gravedad que el caso requería, juraron por la
-salud de las madres respectivas que aquello era la pura verdad y que
-ellas eran testigo de mayor excepción.
-
-Angelón reía a torrentes.
-
---Aun cuando no fuera verdad, tiene la mar de gracia --dijo
-Travesedo--. Y pensar que los Fitoria son los autores favoritos de las
-niñas cursis y de las incultas clases burguesas... Admirable. Si uno
-pudiera decir en un teatro: sandio y pazguato público, paquidérmicas
-matronas, amenorreicas doncellas e idiotas niños litris; los donaires
-que con tanto gusto reís son donaires de una alcahueta, espigados por
-los autores en el muladar de una mancebía. Por supuesto, eso no puede
-ser.
-
-Volvió Socorrito con algunas botellas de champaña. A poco llegó una
-nueva pupila; venía con abrigo de calle y mantilla. Era casi una niña,
-de belleza nada común. Se llamaba Remedios y bailaba en un cine todas
-las noches.
-
---Ven a sentarte aquí, chuchería, preciosidad --gritó Artaza,
-golpeándose los muslos. Remedios, después de despojarse del gabán, fue
-a sentarse sobre las piernas de Artaza, con desenfado más de inocencia
-que de corrupción.
-
-Después de beber el champaña, los visitantes se marcharon. Rosina,
-Márgara y Guzmán hicieron terna aparte.
-
---¿Qué te parece esa chica que llegó a última hora? --preguntó Rosina.
-
---Es preciosa, guapísima --respondió Márgara.
-
---Pues ya ves cómo y en dónde está. ¿Quién crees que es más guapa, ella
-o tú?
-
---Ella, ella ye mucho más guapa --dijo Márgara, con vehemente
-convicción.
-
---Pues ya ves, hija. Y no se puede quejar de que le falten ocasiones de
-lucirse y cazar hombres ricos.
-
-Rosina continuó sermoneando y haciendo tenebrosas pinturas de la vida
-que llevan las mujeres recluidas en una casa de trato, y cómo todo el
-dinero que ganan se queda entre las uñas de la dueña y a la postre casi
-todas terminan en un hospital, y por ahí adelante.
-
-En esto, los que iban a la vanguardia se cruzaron con Teófilo. Angelón
-obligó al poeta, quieras que no quieras, a sumarse a la pandilla.
-
-El segundo lugar que visitaron fue la casa de la Alfonsa, una casa
-de a duro, en donde las pupilas proporcionaban al parroquiano
-voluptuosidades antinaturales y perversas.
-
-En el umbral de la casa había una gran losa de mármol, con letras
-negras, que decían: ALFONSA.
-
-Pasaron todos a la sala de recibir, pieza rectangular, empapelada de
-rojo, con divanes también rojos en derredor. Sobre los divanes, y
-sentadas la mayor parte a la turca, había hasta siete mujeres, muy
-pintadas, con tocados complejísimos y oleaginosos, vestidas como
-máscaras, descotadas hasta el ombligo y mostrando las piernas. Tenían
-todas ellas un mirar manso y lelo, de vacas. Había una negra. Otras
-eran portuguesas y dos francesas. No había ninguna española. Algunas
-eran bastante lindas, señaladamente _Lilí_, una francesa, que hacía
-crochet en aquellos momentos, sin manifestar ningún interés por los
-recién llegados. Grajal propuso que las niñas hicieran cuadros vivos.
-
---¿Qué es eso? --inquirió Rosina.
-
-Se lo explicaron. Hubo necesidad de pagar cinco pesetas por cada una
-de aquellas siete mujeres. La encargada examinó las piezas de plata
-recibidas, calándose unos lentes de recia armadura de cuerno. Salieron
-las mujeres y volvieron muy pronto, desnudas. En el centro de la
-estancia, sobre unas colchonetas que al efecto había introducido la
-encargada, las siete mujeres, desnudas, comenzaron a hacer simulaciones
-de amor lésbico y otra porción de nauseabundas monstruosidades.
-Rosina, Verónica y Márgara, rojas de vergüenza por su propio sexo, se
-levantaron y salieron, seguidas de los hombres.
-
-En la calle, Rosina volvió a la carga, haciendo saludables
-consideraciones que Márgara escuchó con hosco silencio.
-
-De casa de la Alfonsa fueron a una casa de la calle del Horno de la
-Mata, de dos pesetas. A medida que se internaban por aquellos sombríos
-y fétidos senos de Madrid menudeaban los grupos de rameras de ínfima
-condición, apostadas de trecho en trecho por socaliñar viandantes.
-
-Entraron los peregrinos excursionistas en un enorme caserón, en donde,
-según se les había dicho, cada uno de los pisos era una casa de bajo
-estipendio. Llamaron, a la ventura, a una puerta. Entreabriose la
-mirilla; les preguntaron, quién; luego se oyeron gritos en el interior:
-_Casianaaa... Opulencia..._ Pero no abrían. Dos duros que Grajal
-introdujo por la mirilla forzaron las puertas del antro. Oficiaba
-de portera una criatura indefinible y lamentable; la cabellera era
-femenina, y el rostro varonil, hirsuto; para hallarle los ojos era
-menester una larga investigación; el cuerpo, raquítico; chato el pecho.
-Esta inquietante criatura condujo a los visitantes a una alcoba amplia,
-en donde había una cama matrimonial de blanca madera curva, algunas
-sillas y un lavabo. Poco después, la dueña hizo su aparición; era
-gorda, vieja y sucia.
-
---¿Qué hueso se os ha roto por aquí? --preguntó con voz insolente y
-gesto desconfiado.
-
---Pues, ya ves --respondió Angelón--. Venimos a hacer una visita a tu
-palacio. Enséñanos las niñas.
-
---Están haciendo la calle.
-
---Pues que traigan champaña --ordenó Artaza.
-
---Mal rayo te parta. ¿Quieres quedarte conmigo?
-
-Artaza puso un billete de cinco duros en manos de la mujer, la cual se
-domesticó al instante.
-
---Opulencia, trae sidra y cerveza. ¿Queréis cerveza? Y sal a la calle,
-que vengan las niñas.
-
-Cuando la llamada _Opulencia_, que era la criatura indefinible,
-salió, Travesedo, obedeciendo a los requerimientos de su carácter
-inquisitivo, preguntó por qué habían apodado así a aquella mujer. La
-dueña lo explicó. Opulencia, al parecer, aunque no en tanto grado como
-la Socorrito, era también dicharachera y sentenciosa. Aquel cuerpo
-ambiguo y encanijado encerraba una gran dosis de sabiduría práctica,
-que brotaba acuñado en forma proverbial. Su sentencia favorita era:
-«Donde no hay opulencia no hay meneo», y de aquí le venía el remoquete.
-Volvió Opulencia con la bebida, y en aquel punto a Grajal le acometió
-el capricho de verla desnuda.
-
---¿Quieres desnudarte delante de nosotros? --preguntó Grajal.
-
---¿Desnudarme? --exclamó Opulencia, manifestando a flor de piel sus
-ojillos tenaces de insecto venenoso.
-
---Sí, desnudarte. Tres pesetas te doy.
-
---¿Desnudarme? --repitió Opulencia, esforzándose en darse por enterada
-de la proposición.
-
---Tendrá miedo que lo sepa su novio --observó la dueña.
-
---¿Su novio? --preguntó Rosina maravillada.
-
---Sí, mi novio, mi querido, mi cabrito si quieres --se apresuró a decir
-Opulencia con los brazos en jarras. Su expresión era perfectamente
-zoológica. Era absurdo suponer que detrás de aquel rostro se escondiese
-un espíritu humano.
-
---¿Qué edad tienes? --preguntó Alberto.
-
---Veinte --respondió la dueña.
-
-Verónica no pudo menos de exclamar:
-
---Eso pal gato.
-
---Sí, veinte, veinte, veinte --afirmó Opulencia, subiendo la voz.
-
---¿Sabes contar? --preguntó Alberto.
-
---¿Contar qué?
-
---Contar números.
-
---No, pero tengo veinte.
-
---Bueno, a lo mío; dos duros te doy, ¿quieres desnudarte?
-
-Opulencia consultaba con los ojos a la dueña. Decidiose con impulso
-repentino.
-
---¡Qué Dios! Dos machacantes son dos machacantes. Donde no hay
-opulencia no hay meneo.
-
-Allí mismo y con presteza quedó desnuda. Iba desprendiéndose de sus
-fementidas prendas indumentarias, que caían a tierra, formando un cerco
-alrededor de sus pies; la falda, la enagua de tela escocesa, y otras
-vestiduras más interiores, de un blanco arqueológico, con reliquias de
-la historia sexual de Opulencia. Al propio tiempo, la atmósfera íntima
-de aquel desdichado cuerpo se expandía en el aire a manera de husmillo
-bascoso difícil de soportar con entereza. Cuando se quedó desnuda, sin
-otros atavíos que unas medias color lagarto, sujetas con bramantes a
-guisa de ligas, y unas botas destaconadas, Opulencia saltó por encima
-del cerco que las ropas ponían a sus pies y se mostró, con inconsciente
-impudicicia, a la admiración de los circunstantes. Veíasele el
-esqueleto, malamente tapado por la parda pelleja, pegada al hueso.
-Sus senos eran flácidos por modo increíble, cónicos y negruzcos, como
-coladores de café. De la coyuntura de los muslos le brotaba una madeja
-capilar, abundosa y salediza, como el extremo de un rabo de buey.
-Parecía la creación macabra de uno de aquellos pintores medioevales,
-atosigado por el terror de la muerte y del diablo. Angelón, Grajal y
-Artaza le prodigaron requiebros sarcásticos que Opulencia admitía con
-estulta complacencia, y le indujeron a hacer actitudes escultóricas, a
-lo cual ella se prestó dócilmente. Grajal cogió un enorme gato capón
-que por allí andaba y se lo dio a Opulencia, diciendo:
-
---Así; te lo pones así. Esta pierna más hacia atrás. Los ojos elevados
-al cielo. De órdago. Ahora eres Diana cazadora.
-
---¡Basta! --suplicó Travesedo.
-
---¡Basta, basta, por Dios! --añadió Verónica, con lágrimas en los ojos.
-
---Como ustedes quieran. Puedes vestirte, Opulencia --habló Grajal.
-
-A medida que Opulencia se vestía iban surgiendo nuevas mujeres: _la
-Coral_, picada de viruelas y los ojos encenagados en el pus de una
-oftalmía purulenta; _la Leopolda_, segoviana, según dijo, joven y
-bonita; _la Araceli_, coja y con cara de foca; _la Aragonesa_, de
-pecho prominente, expresión abatida y la piel revestida de dura costra
-rojiza, como un dermatoesqueleto. Todas ellas ostentaban dolorosa
-estolidez, y apenas si se les descubría atisbos de racionalidad.
-Preguntaron a los hombres en qué cine o café cantaban, dando por
-sentado que eran cantadores o ventrílocuos, y a las mujeres en qué casa
-de trato estaban de pupilas.
-
-Oyose llorar a un niño: sus lamentos eran desesperados, lacerantes. _La
-Aragonesa_ salió y volvió a poco, dando el biberón a una criatura de
-pocos meses, toda llagada, ciega. El niño resistíase a tomar el biberón
-y lloraba exasperadamente.
-
---¿Es su hijo? --preguntó Verónica.
-
---Sí. Tómalo, condenao, que ahora iremos a la botica --rezongó la
-madre, introduciendo a la fuerza el pezón de goma en la boca del niño.
-
---¿Qué tiene? --preguntó Rosina.
-
---Sífilis --respondió la madre.
-
---Entonces usted... --insinuó Verónica.
-
---Yo no. ¿Qué t’has creído? La cogió la criatura, cuando yo estaba
-embarazada, de un cochino sifilítico que se ocupó conmigo. Pero yo
-estoy tan sana como tú. Oye, ninchi --añadió, volviéndose hacia
-Artaza--, dame dos pelas pa la medecina.
-
-Artaza se las dio.
-
-En aquel abyecto concurso de mujeres perdidas sin remisión destacaban
-con triste contraste el encanto esquivo de Márgara, el brío latente de
-Verónica y la bella serenidad de Rosina.
-
-Los visitantes salieron a la calle, después de haber dejado algún
-donativo metálico, y caminaron en silencio largo rato. Angelón fue el
-primero en decir:
-
---Così va il mondo.
-
---Y nosotros no lo hemos de arreglar, de modo que vamos a concluir la
-noche en la Bombilla --propuso Artaza.
-
-Teófilo tenía el alma arrebatada y el cerebro como dormido. Toda la
-pasión que sentía por Rosina se señoreaba de él más tiránicamente que
-nunca. Afectaba desdeñosa frialdad y perfecta indiferencia; pero el
-corazón se le quebraba por momentos y perdía el dominio de sí mismo.
-Pensó marcharse, pero le faltó la fuerza de voluntad.
-
-Rosina, de su parte, daba por seguro que la frialdad y desdén de
-Teófilo eran reales y no contrahechos. Esta convicción, fundiéndose con
-las sensaciones depresivas experimentadas durante la noche, le desolaba
-el pecho, provocándole deseos de llorar, que acallaba con una alegría
-sobrepuesta, ficticia y extremosa. Como quiera que Artaza gustaba no
-poco de Rosina y venía persiguiéndola desde hacía algún tiempo, ella
-determinó simular que le correspondía con creces y dar a entender a
-Teófilo que si él no se cuidaba de ella, ella se cuidaba menos de él.
-Y así acogió con muestras de exagerado contento la proposición de
-Artaza, y habló, colgándosele con zalamería del brazo:
-
---Eres un hombre, Felipín. A la Bombilla, y bailaremos tú y yo, muy
-ceñiditos, una polquita de organillo.
-
-En el resto de la pandilla se disimulaban otros antagonismos que
-amenazaban estallar por la virtud expansiva del vino. Eran estos entre
-Angelón y Travesedo, cortejadores de Verónica, y entre Grajal y Guzmán,
-encendidos en deseos por Márgara.
-
-Fueron todos en dos coches a la Bombilla y se apearon en casa de Juan.
-Era tarde, y coyuntura muy sazonada para cenar. Pidieron la cena en un
-gabinete reservado del entresuelo, que daba al patio. La comida fue
-copiosa y suculenta, caudalosamente irrigada por diferentes clases de
-vinos. Entre plato y plato salían a veces, por parejas, a bailar al son
-del organillo. Los antagonismos ocultos se exacerbaban con movimiento
-progresivamente acelerado. El primero que conflagró fue el de Angelón y
-Travesedo, que se vinieron a las manos con iracundo denuedo. Costó Dios
-y ayuda destrabarlos. Al final de la lucha, Travesedo había perdido el
-sentido de la vista, con la destrucción de sus lentes, y sangraba por
-las narices; Angelón tenía un ojo medio pocho y sangraba por una oreja.
-Entre Grajal, Artaza, Guzmán y Verónica consiguieron apaciguarlos
-y hasta que se dieran las manos, echando pelillos a la mar. Luego,
-los dos combatientes, seguidos, por si acaso, de Artaza, Guzmán y
-Verónica, subieron a una habitación a mitigar las lesiones, lavarse
-y componer los desperfectos del traje. Se fueron tranquilizando, y
-gracias a los buenos oficios de Verónica depusieron su ofuscación y
-solicitaron dispensa por el escándalo y susto que habían ocasionado.
-Pasaba el tiempo y Guzmán, que no las tenía todas consigo a causa
-de la pertinaz ausencia de Márgara y Grajal, salió de la estancia y
-descendió al gabinete del piso bajo. El gabinete estaba vacío. Guzmán
-salió y curioseó en otros gabinetes vecinos. En uno de ellos encontró a
-Grajal y Márgara sobre una _chaise longue_, luchando jadeantes a brazo
-partido. Por el desorden de las ropas y otros indicios, Guzmán vino
-a entender que algún hecho grave se había consumado. Grajal se puso
-en pie, así que vio aparecer a Guzmán, arregló y colocó en su punto
-algunas partes de su vestido, se alisó los cabellos con las manos, y
-salió del aposento sonriendo y haciendo guiños a Guzmán. Este cerró la
-puerta por dentro y fue a sentarse al lado de Márgara, la cual se dejó
-caer sobre él, llorando. Guzmán la estrechó entre sus brazos, le besó
-la frente, los ojos, la boca, dura y fresca.
-
-Cuando salieron del gabinete era de día. Al cobijo de una glorieta de
-amortiguado verde polvoroso estaban Artaza, Grajal, Angelón, Travesedo
-y Verónica, tomando sopas de ajo con huevos. Recibieron a Guzmán y
-Márgara con chanzas picantes.
-
---¿Y Rosina y Teófilo? --preguntó Guzmán, sin darse por enterado de las
-malicias.
-
---Nos la han dado con queso --respondió Angelón.
-
---Es la zorra más zorra que ha parido madre --decretó Artaza--. Toda la
-noche dándome coba y al menor descuido, pum, se las guilla con el poeta
-lilial.
-
---Pero, ¿cuándo ha sido?
-
---¿Cuándo? Cuando estábamos arriba acabildando a estos gaznápiros, que
-tienen la culpa de todo. Se les va el vino en seguida a la bola --habló
-Artaza, con enojada mueca--. Vosotros, al fin, no habéis perdido la
-noche. Tomad sopas de ajo, o, como dice el poeta lilial en su drama,
-_tomar_ sopas de ajo. Recoime con los poetas, que ni hablar saben.
-Vamos hijos, meteos por las sopas de ajo, que no hay nada como eso
-después de una juerga.
-
-A las siete de la mañana terminaba aquella refección matutinal. Grajal,
-Artaza, Angelón, Travesedo y Verónica volvieron juntos en un coche a
-Madrid.
-
-En quedándose a solas, Guzmán preguntó a Márgara:
-
---¿Qué quieres hacer? ¿Te quieres quedar en Madrid o volver a tu pueblo?
-
---A mi pueblo en seguida-- respondió Márgara.
-
---En seguida. Dentro de poco sale un tren. Vamos andando, que la
-estación está cerca.
-
-Salieron a la carretera y comenzaron a andar hacia la estación del
-Norte. Oíase el agrio bramido de cornetas marciales y el tecleteo de
-algún miserable piano de manubrio. El sol, a rebalgas sobre los altos
-de la Moncloa, ponía un puyazo de lumbre cruel en los enjutos lomos
-de la urbe madrileña, de cuyo flanco se vertía como un hilo de sangre
-pobre y corrupta el río Manzanares. Un tren silbó. En el andén de la
-estación estaban sor Cruz y sor Sacramento.
-
---Esas monjitas son amigas mías. ¿Quieres hacer el viaje con ellas?
---dijo Alberto.
-
---¿Adónde? --inquirió Márgara, con ojos ariscos.
-
---Ellas van a Pilares.
-
---Bueno.
-
---Toma este dinero.
-
---No lo necesito.
-
---Sí; lo necesitas para comer en el viaje.
-
-Márgara lo aceptó sin dar las gracias.
-
-Sor Cruz y sor Sacramento recibieron a Márgara con franca afabilidad.
-Alberto ayudó a las tres mujeres a acomodarse en un departamento de
-tercera y aguardó hasta que el tren partiera.
-
-Dos meses después, Antonia recibía una carta de su amiga sor
-Sacramento, en la cual había un párrafo que rezaba: «Dile al señor de
-Guzmán que aquella muchacha que nos recomendó en el tren se vino con
-nosotras directamente al convento, como recogida. Dentro de muy poco
-profesará. Su piedad es ejemplar, y en esta casa la consideramos como
-un ángel más que como una mujer.»
-
-
-
-
-PARTE V
-
-ORMUZD y AHRIMÁN
-
- Οἵη περ φύλλων γενεὴ τοίη δὲ καὶ ἀνδρῶν.
-
- HOMERO.
-
-
-
-
-I
-
-
---Largo de ahí, glotona, egoísta, que todo te lo comes tú --Verónica
-palmoteó por ahuyentar una gallina extraordinariamente corpulenta y
-voraz que entre una muchedumbre de otras aves de corral, a quienes
-Verónica en aquellos momentos cebaba arrojándoles puñados de maíz,
-ejercitaba escandalosa hegemonía, y cuándo por el terror y en fuerza
-de picotazos, cuándo por diligencia, se embuchaba la mayor parte de la
-comida.
-
-Era el paraje mezcla de patio y de jardín, a espaldas de una casuca
-de fisonomía aldeana, con corredor en el único piso que sobre el
-entresuelo tenía. Entre los barrotes del corredor enredábase un
-viejo parral sin fruto, a cuya sombra y en mangas de camisa Alberto
-escribía. Cerraban el huertecillo de una parte la casuca, de otras dos,
-perpendiculares a ella, sendos muros, no muy altos, medianeros con los
-huertos de las casas vecinas, y completando el rectángulo, una verja
-de hierro pintado de verde claro, que caía sobre el mar, porque casa y
-huerto estaban asentados en peña viva del acantilado de la costa, como
-todas las casas del pueblo, llamado Celorio. Desde el huerto se salía
-al mar por una escalerilla de piedra, adonde podían atracar lanchas
-estando alta la marea, y estando baja proporcionaba excelente baño para
-quienes no supieran nadar.
-
-Prosiguió Verónica:
-
---Esta mal educada de doña Baldomera no deja vivir a las demás, como si
-no fueran hijas de Dios. Se están quedando en los huesos y se me van a
-morir tísicas. Yo creo que lo mejor es venderla.
-
---O comérnosla.
-
---Eso no. ¿Tendrías valor para comerte ese animalito que primero has
-visto vivo? A todo esto no te dejo trabajar; perdona, hijo, y continúa
-con tus papelorios. Procuraré estarme callada, y eso que, al menos para
-mí, es punto menos que imposible hacer un nudo en la lengua. Mira que
-he cambiado desde que tú me has conocido hasta ahora: en todo, menos en
-hablar por los codos. Bueno, he dicho.
-
-Alberto se aplicó a corregir las pruebas de la primera parte de una
-novela que estaba escribiendo. Verónica, encarnando momentáneamente la
-personalidad de la diosa Temis, se esforzaba en poner algún orden en
-aquel pequeño mundo gallináceo que ella regía, y en distribuir bienes
-y satisfacer necesidades conforme a las puras normas de la justicia
-distributiva. Hastiose muy pronto de asumir tan alta misión y vino a
-donde Alberto escribía.
-
---Por hoy tienes que aguantarme y mandar al cuerno el trabajo. Quiero
-hablar contigo y no tengo asadura para que se me pudran dentro del
-cuerpo ciertas cosillas que me andan escarbando hace ya muchos días.
-
---Veamos qué es lo que te escarba. Renuncio a trabajar y te escucho.
-
---No, aquí no. Esos tienen cerradas las maderas, pero a lo mejor están
-despiertos ya y nos oyen. Vamos de paseo hasta el Cabo de la Muerte;
-por las peñas, si te parece, y de paso cogemos cangrejos, lapas y
-bígaros. Y eso que lo que te voy a decir es muy serio y no tendré humor
-para tales pequeñeces.
-
---Andando.
-
-Salieron a la calle, llegaron hasta la iglesia, que era el último
-edificio del pueblo, y siguieron en despoblado, orillando el mar por
-encima de quebrados peñascos brunos.
-
---¿A ti no te parece que Rosina está enamorada de Fernando? --habló
-Verónica, mirando al suelo como si buscase lugar seguro donde colocar
-la planta.
-
---Sin duda.
-
---A pesar de que ella dice que lo aborrece. ¿Qué dices?
-
---Ya te he dicho que para mí está enamorada de Fernando.
-
---Entonces, ¿por qué engaña a este pobre Teófilo? Habla, di algo,
-hombre.
-
---Engañar... Explícate mejor.
-
---Que Teófilo no le importa un comino, que se ríe de él, que lo tiene
-como un pito para entretenerse y burlarse, que todas las zalemas y
-mimos que le hace son fingidos, que es una mala mujer.
-
---No te acalores.
-
---No lo puedo remediar. Dime qué piensas tú, si es que te merezco
-confianza.
-
---Creo que te equivocas.
-
---¿Que me equivoco? ¿Pretendes darme a entender que Rosina quiere a
-Teófilo?
-
---Tal creo.
-
---¿Y al otro también?
-
---También. De distinta manera.
-
---¿Estás de guasa? ¿Qué, se puede querer a dos personas a un tiempo: lo
-que se dice querer? Vamos. No sabes lo que te dices. Se quiere a una, a
-una sola. Y si dices lo contrario es porque no sabes lo que es cariño.
-¿Qué digo a un tiempo? En toda la vida, me oyes, en toda la vida no se
-quiere sino a una sola persona. Y hasta sospecho que la mayor parte de
-la gente no quiere a ninguna.
-
-Se sentaron en la coyuntura de un alto peñascal, poblada de sombra
-húmeda, verdiclara y sonora. Alberto miró atentamente a Verónica y dijo:
-
---¿Es eso todo lo que tenías que decirme?
-
---¿Por qué me miras así, Alberto? ¿Qué es lo que te figuras?
-
---En último término son cosas de ellos y a los demás ni nos va ni nos
-viene.
-
---Tú no puedes sentir eso que dices. Teófilo es tu amigo. En ocasiones
-me parecéis hermanos. ¿Crees que Teófilo es feliz?
-
---Teófilo no puede ser nunca feliz.
-
---Calla, calla.
-
---Y ahora está siendo todo lo feliz que puede ser.
-
---No sabes lo que dices, ¿me oyes? Con todos tus libros y tu ciencia,
-yo, una mujer ignorante, te digo que no sabes lo que dices. Además, ¿no
-te has dado cuenta de que esa mujer está matando a Teófilo? ¿No ves que
-está enfermo, aun cuando él no lo note o lo disimule, y que empeora día
-por día?
-
---Sí. Por eso digo que es todo lo feliz que puede ser.
-
---¿Te has vuelto loco?
-
-Tomaron la vuelta de la casa en silencio.
-
-
-
-
-II
-
-
-No bien hubieron reanudado sus relaciones, después de aquella juerga en
-la Bombilla, Teófilo había dicho a Rosina:
-
---Antes de continuar adelante es preciso que sepamos lo que vamos a
-hacer. Separarme de ti me costaría la vida, estoy seguro; pero no
-vacilo en renunciar a la vida antes que doblegarme a ser amante tuyo
-a medias. De la primera vez a ahora las circunstancias han cambiado.
-Tengo dinero; podremos vivir de mi trabajo. ¿Renuncias a todo, a todo
-y a todos por mí? De lo contrario te juro que no volverás a verme,
-costare lo que costare.
-
-Rosina se había resistido a dar una respuesta categórica, evadiéndose
-por la puerta falsa de las zalamerías y ambiguas frases apasionadas que
-a nada comprometían; pero Teófilo se había mantenido en la cuestión
-concreta, y a la postre ella hubo de prometer cuanto él quiso,
-aunque sin ningún ánimo de cumplirlo y solo por el placer de guardar
-prisionero aquel peregrino amador el mayor tiempo posible.
-
-Rosina, con esa fecunda aptitud femenina para la ficción, que a veces
-llega a convertirse en autosugestión, había presentado a Teófilo como
-empresa punto menos que irrealizable la ruptura con Fernando. «Odio
-a Fernando --aseguraba Rosina, justificando ante su conciencia la
-magnitud de esta falsedad con el gozo resplandeciente que a Teófilo
-causaba el oírla--, lo odio porque es un tirano y un explotador. De
-aquí vienen todas las dificultades para romper de sopetón con él,
-porque él ha sido siempre quien arregló y firmó mis contratos, quien
-cobró mis nóminas y quien administró mi dinero. Cuanto he ganado en el
-último invierno, que no es poco, está a nombre de él. Si yo ahora le
-dijese, _se acabó todo_, no te quepa duda que se quedaba, y tan fresco,
-con todas mis ganancias.» A esto Teófilo había respondido que más valía
-acabar cuanto antes, aun cuando Fernando defraudase malamente aquel
-dinero. Pero Rosina lloriqueaba, calificando de cruel a Teófilo que se
-emperraba en que ella había de mandar a paseo lo que tan honradamente
-había ganado. «Y sobre todo --añadió-- que ese capitalito, más que mío,
-es de mi niña, y a eso nada tienes que decir.» En efecto, Teófilo nada
-tuvo que decir a esto.
-
-A principios de junio, Rosina retornó a París, con propósitos, a lo que
-Teófilo creía, de arreglar sus asuntos con Fernando, darle la licencia
-absoluta y volver a los brazos del poeta para no salir ya nunca de
-ellos. Volvió al cabo de un mes, como había prometido, y en extremo
-desolada, porque Fernando se había negado a darle cuentas del dinero,
-y, por lo que atañe a la ruptura, había jurado matarla el día que le
-abandonase. «Ten paciencia, Teófilo --había suplicado Rosina--. Lo
-mejor es que vayamos a pasar el verano en mi tierra, junto al mar. Que
-corra el tiempo, y allí, con toda calma, resolveremos lo que convenga
-hacer.»
-
-Cuanto Rosina había referido acerca de su estancia en París y sus
-tentativas de ruptura con Fernando era una fábula. Habían vivido, como
-siempre, unos días de ardorosa pasión, mutuamente participada. Luego,
-Rosina habíale insinuado a Fernando que deseaba pasar el verano en
-Asturias, con la niña, a lo cual Fernando accedió, si bien él no podía
-acompañarla (cosa que de antemano sabía Rosina), por tener varios
-contratos sucesivos en las playas del Norte de Francia.
-
-Como Fernando estaba enamorado de veras y era algo celoso, Rosina
-temía que por sorpresa se presentase en Asturias. Solo de pensar en
-semejante contingencia se empavorecía. Pero, muy precavida y avispada,
-acudió en un instante con el remedio, y fue llevarse a Verónica
-consigo, de manera que si Fernando surgía de improviso, Teófilo pasase
-por amante de la bailarina. Llamó, pues, a Verónica, y por medio de
-hábiles circunloquios le descubrió su intención. Verónica no respondió
-por el pronto, sino que quiso antes aconsejarse de Alberto, en cuyo
-afecto y discreción fiaba.
-
---Chiquillo, estoy como si me hubieran dado un mamporro en la nuca
---dijo Verónica a Guzmán, y a seguida refirió su entrevista con Rosina.
-Añadió--: Por estas que me costó mucho trabajo contenerme en un
-principio. Mira tú que es desfachatez proponerme a mí que vaya, así,
-sin más ni más, a tenerles la vela un santo verano. Pero luego lo pensé
-mejor, y me dije: ¿Por qué no? Figúrate que viene el tal Fernandito y
-los encuentra solos; nada, que se carga a Teófilo, no te quepa duda.
-No lo quiero ni pensar. Pero niño, yo sola no voy: es mucho gorro para
-mí sola. Pues se me ha ocurrido lo siguiente: que te vengas tú con
-nosotros, y somos cuatro. No, no me digas que no, porque si no vienes
-de tu motu propio te arrastro por las orejas.
-
---¿Qué pretendes? ¡Con claridad! ¿Diente por diente y gorro por gorro?
-¿Ellos nos lo ponen y nosotros se lo ponemos?
-
---A ver si te doy una guantada. ¿Lo dices en serio? Yo creí que me
-mirabas solo como una amiga, más que como una amiga, como un amigo. Ya
-sabes que me he cortado la coleta, y contigo menos que con ninguno. De
-manera que si quieres ayudarme a aguantar el gorro, con la condición
-expresa, ¿te enteras?, de que no me has de decir ni una palabra de
-aquello, por ningún concepto, ni una palabra; en este caso, digo, me
-acompañas. Si no, te puedes ir al guano, y buen desengaño me llevo,
-que siempre te tuve por un buen amigo.
-
---Arreglado. Te acompañaré, Verónica, y respetaré tu poda capilar. Yo
-he sido siempre muy respetuoso con todos los tonsurados.
-
---Entonces, ¿qué? ¿La condición no es de tu gusto? ¿No quieres venir?
-
---Te he dicho que sí, Verónica.
-
---Es que como te habías disparado con esas chanfainas tuyas que ni el
-diablo las entiende...
-
---Aludía a que te habías cortado la coleta, acto que yo respeto.
-
---Eres un barbián. Choca acá esos cinco.
-
---Y tú eres la mujer más salada y encantadora que he conocido. Ahí van
-los cinco.
-
-Cuando Travesedo, por boca de Guzmán, se informó del proyectado viaje,
-permaneció unos minutos perplejo, y, en recobrándose, aborrascó las
-cejas, se mesó las barbas con mal reprimido despecho, y procurando
-emitir una voz patética, adusta y recriminatoria, dijo:
-
---Nunca lo hubiera creído de ti. Te consideraba amigo leal. No puedes
-escudarte en la ignorancia de mi afecto y más que afecto por Verónica,
-porque en hartas ocasiones hemos hablado acerca del asunto.
-
-Guzmán explicó la condición que Verónica le había impuesto, a la cual
-él se había sometido gustoso.
-
---Entonces --repuso Travesedo--, ¿por qué no ha venido Verónica a
-solicitarme a mí? Yo me hubiera sometido también.
-
---¿Por qué? Por eso precisamente, creo yo. Porque tú piensas que te
-someterías, lo piensas ahora, pero más tarde... siempre al lado de
-ella... ¿No dices que te gusta demasiado? Ya sabes, se ha cortado la
-coleta; y cuando una mujer se corta la coleta no sé que vendan en
-ninguna parte el petróleo Gal que la haga renacer.
-
---Quizás solo en la Vicaría --concluyó Travesedo, después de pensarlo
-un rato.
-
-
-
-
-III
-
-
-Para cualquier observador superficial la casuca de Celorio, en donde
-moraban Rosina, Verónica, Teófilo y Guzmán, era la casa del presente;
-esto es, la casa de la dicha, ya que es opinión casi unánimemente
-recibida que la felicidad no es fantasma de esperanza o recuerdo,
-afán de lo porvenir o fruición de lo fenecido, sino goce del instante
-actual, en cierta manera eterno, porque en él se absorben las nociones
-de pasado y futuro; en suma, el _carpe diem_ horaciano. Los cuatro
-moradores de la casuca se ingeniaban como podían en extraer a los días
-sucesivos la mayor cantidad posible de sustancia de presente. Verónica
-y Guzmán, por la virtud de cierto matiz de su carácter, que pudiera
-denominarse clásico, vivían casi siempre y sin esfuerzo abandonados
-al presente; carecían de ambiciones y, por lo tanto, sus deseos, más
-que deseos, eran tendencias o mansas energías enderezadas a un fin y
-reforzadas por un sentimiento latente a modo de sorda certidumbre de
-que habían de realizarse. Por el contrario, para Rosina y Teófilo la
-concentración en el presente era propósito de la voluntad, ceguera
-preconcebida y miedo del mañana misterioso. Aquéllos no temían perder
-nada; estos sufrían la zozobra de perderlo todo, o, por mejor decir, en
-el hondón más íntimo del espíritu mantenían amordazada la conciencia de
-ser efímera y engañosa aquella felicidad que se hacían la ilusión de
-estar gozando. De ahí que en la alegría de Rosina y Teófilo hubiera en
-todo punto algo de estridente y acre.
-
-Pero lo cierto es que la casuca de Celorio estaba saturada de continuo
-de chácharas, risas y cánticos.
-
-Teófilo había venido al pueblo con la determinación de aprovechar el
-verano para _cargarse otro drama_, como él decía. Pasaba el tiempo,
-sin embargo, y Teófilo no hacía nada. La sequedad de sus facultades
-creadoras y el torpor de su estro tan ágil y desenfadado en otro
-tiempo, eran alarmantes y le traían acongojado. Confiose a Alberto,
-rogándole que le proporcionase algún remedio.
-
---No sé cómo te arreglas --habló Teófilo--. Trabajas todos los días
-cinco o seis horas con regularidad, tú que siempre has sido tan vago.
-No veo que pongas especial ahinco, sino que parece que escribes por
-distraer el tiempo; pero tu obra cunde maravillosamente. Dime, ¿qué
-debo hacer yo?
-
---Yo qué sé, Teófilo. La mayor parte de las cosas en la vida son
-independientes del albedrío humano. Me pides consejos... Soy enemigo
-de las frases genéricas y vanas. ¿Qué quieres que te aconseje? Que te
-adoctrines en la simplicidad de la naturaleza... Que escuches el rumor
-de árboles y ondas hablándose entre sí, sin decirse retruécanos, como
-hacemos los hombres... Es todo lo que puedo decirte, y esto como ves,
-no tiene ningún valor. Aguarda. Si ahora te sientes incapaz para urdir
-un argumento o hilvanar cuatro versos, piensa que esa esterilidad es
-pasajera, y que a todos los artistas les ocurre lo propio a temporadas.
-Aguarda. En medio de todo no es raro que te sientas inútil para el
-arte, cuando el amor te tiene acaparado por completo.
-
---Así es. Acaparado por completo --repitió Teófilo, esbozando una
-sonrisa de candoroso orgullo--. Se cree vulgarmente que el amor
-estimula el ejercicio de las artes, y muy particularmente el de la
-poesía. Ahora veo que no. Al contrario, le anula a uno. Pero es un
-anulamiento tan placentero... ¿Que ahora no puedo escribir? No importa;
-aguardaré. Tienes razón. La vida es anterior y superior al arte. Yo
-ahora vivo.
-
---Sí; vivir es sentir la vida, es tener sensaciones fuertes, como dice
-Stendhal.
-
---Me gusta la cita. Se me figura como si toda mi vida anterior no
-hubiera sido sino preparación espiritual para sentir en toda su
-magnitud las sensaciones presentes. Tener sensaciones fuertes... eso
-es todo, sí, señor. Pero para resistir las sensaciones fuertes no
-vendría mal tener un cuerpo fuerte, robusto. ¿No crees que me estoy
-desmejorando bastante? --Teófilo pretendió en balde sonreir. Sus ojos
-traicionaban escondido anhelo.
-
---Un poco, es natural.
-
---No me preocupa. Una vez que se amortigüen un tanto estos primeros
-ímpetus, cuando volvamos a Madrid, cuyo clima me sienta muy bien, me
-repondré en muy pocos días.
-
-A fines de agosto, cierta noche, a la hora de la cena, Guzmán dijo:
-
---Amigos míos; pongo en vuestro conocimiento, que he terminado mi
-novela.
-
---«Hurra», «bravo», «choquemos las copas», «tienes que leérnosla», y
-otras palabras de este tono, fueron las precipitadas respuestas de los
-tres amigos.
-
---Gracias, amado pueblo. Ahora os participo que mañana salgo para
-Madrid. No pongáis esa cara, que la cosa no es para tanto. Os abandono
-con dolor, pero no puedo quedarme. Quiero que la novela salga a fines
-de septiembre, y he de estar en Madrid en tanto se imprime. ¿Cuándo
-pensáis marchar vosotros?
-
---Yo, por mi gusto, me quedaría aquí toda mi vida, ¿verdad, Teófilo?
---y contempló al poeta con mimosidad--. Por lo pronto, no tengo
-contratos hasta el mes de noviembre, de modo que podemos quedar aquí
-todo el mes de octubre. Y tú, no digas, si te da la gana te puedes
-quedar también. O, si es tan necesario que corrijas esas pruebas,
-puedes volver después de publicado el libro.
-
---No, porque precisamente en el mes de octubre se casa Amparito,
-la hija de Antonia. Aún no está señalado el día. Yo soy uno de los
-testigos. Antonia no me perdonaría que faltase.
-
---Pues hijo, te portas como hay Dios --dijo Verónica, desabridamente--.
-Tú vas a lo tuyo y a los demás que nos parta un rayo. Has concluido
-tu librito, pues, agur, y ahí queda eso. _Eso_ es una cesta que pesa
-varios quintales. De órdago, hijo, para llevarla yo sola.
-
---Ven a Madrid conmigo.
-
---Estoy por marcharme también.
-
---Eso será si te dejo yo. Pues no faltaba más --habló Rosina--. Seremos
-muy formalitos y no te molestaremos lo más mínimo, ¿eh, Teófilo? Y tú
---dirigiéndose a Alberto--, sinvergonzón, no sabes lo que te pierdes,
-porque ahora saldremos todas las tardes en lancha a pescar panchos,
-y en cuanto entren las mareas vivas nos vamos a dar cada atracón de
-percebes...
-
---¡Quédate! --rogó Teófilo con gran amargura en la voz.
-
---No me es posible.
-
-Al día siguiente, en el momento de despedirse, Teófilo dijo
-confidencialmente a Alberto:
-
---Mientras has estado aquí apenas si me daba cuenta de tu compañía.
-Ahora que te vas, tengo no sé qué tristes presentimientos. Miedo, sí,
-miedo.
-
---¿De qué o a qué?
-
---No lo sé yo mismo.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Amparito se casó en la primera decena de octubre. La boda fue en la
-parroquia de San Martín. Día solemne en la casa de huéspedes, aun
-cuando el hecho de ser invitados solo Travesedo y Guzmán originó
-no poca contrariedad a los preteridos. En honor al acto, a las ocho
-de la mañana, hora en que la novia abandonó la casa materna, todos
-los huéspedes estaban en pie. Por unanimidad se decretó que Amparito
-estaba preciosa. Lolita, llorando como una Magdalena, aunque no de
-arrepentimiento, precipitose a abrazar y besar a Amparito, despertando
-con su tumultuosa cordialidad la indignación moral de Travesedo y la
-ira indumentaria de Antonia, que veía chafarse entre los brazos de la
-cortesana los albos arreos nupciales y las cándidas flores de azahar.
-
-Luisito Zugasti, que así se llamaba el novio de Amparito, ofreció a
-los asistentes a su boda un almuerzo en el _Ideal Room_. Aparte de
-Travesedo, Guzmán y el cura que había sacramentado el desposorio,
-el resto de los invitados eran ingenieros de minas, como Zugasti,
-compañeros de promoción en la escuela: todos ellos hombres curtidos
-por la vida activa al aire libre, modestos en el vestir, sobrios en
-el comer, alegres con alguna rudeza, afables con toda simplicidad, y,
-aunque ya maduros y entrecanos, el sentido que de la vida tenían era
-muchachil, llano y placentero. Prolongose la sobremesa largo tiempo, y
-desde el restorán fueron todos a despedir a los recién casados.
-
-Volvieron de la estación solos y a pie Travesedo y Guzmán.
-
---Son felices; serán felices --exclamó Travesedo, aludiendo al flamante
-matrimonio.
-
---Son felices; serán felices --hizo eco Guzmán.
-
---He aquí el único ideal en la vida: casarse; tener muchos hijos,
-educarlos bien; vivir tan apartado del mundo como se pueda; no hacer
-mal a nadie y morir respetado por todos los conocidos. ¡Hermosa tarde!
-La vida es bella, la vida es buena. Tiene razón Leibniz, vivimos en el
-mejor de los mundos posibles.
-
-Y los dos amigos se lanzaron en líricas disquisiciones acerca de la
-bondad y la belleza de la vida.
-
-En llegando a casa, salióles a abrir la ventruda Blanca.
-
---Don Alberto, ahí en su cuarto hay un judío que ha venido preguntando
-por usted hace dos horas.
-
---¿Un judío?
-
---O un protestante. Él no habla palabra de cristiano y ni Dios le
-entiende lo que dice.
-
-Alberto entró en su cuarto, en donde estaba aguardándole el
-corresponsal de un diario alemán, Herr Heinemann, con el cual, así como
-con su amante, Guzmán sostenía relaciones amistosas desde hacía unos
-meses.
-
-Heinemann revelaba gran agitación.
-
---Tengo que hablarle de asuntos muy importantes. No se ofenda usted si
-le digo que los españoles que conozco me parecen poco personas y no
-me merecen ninguna confianza. Usted es el único con quien me atrevo a
-consultar lo que me ocurre --dijo en francés.
-
-«El sablazo se cierne sobre mi sesera», pensó Guzmán. Dijo en voz alta:
-
---Muchas gracias. Siéntese, y si en algo puedo servirle.
-
---En algo... ¡En todo! ¡Sálveme usted!
-
-Entonces Heinemann refirió que su amante estaba encinta de cuatro
-meses; que tanto él como ella habían resuelto provocar el aborto, y que
-no conociendo en Madrid a nadie en cuya discreción pudiera fiar, acudía
-a Guzmán para que este le indicase algún médico o comadrona que se
-prestase a ello.
-
---¿Y cómo quiere usted que yo sepa nada de eso? --murmuró Guzmán.
-
---Puede usted informarse. Desde luego, ya suponía yo que no iba a estar
-usted enterado; pero a usted le es más fácil enterarse. Es necesario.
-Nora dice que de lo contrario se suicida.
-
---¿Sabe Nora que la operación es peligrosa y puede costarle la vida?
-
---Lo sabe. Estamos decididos.
-
---Dispénseme si me atrevo a hacerle alguna consideración de índole
-moral.
-
---Lo que usted quiera.
-
---Pudiera ser excusable que Nora arriesgase su vida voluntariamente.
-Pero aquí no se trata de eso, sino de destruir otra vida. En suma...
-
---¿De un crimen, quiere usted decir?
-
---No quiero decir un crimen, pero sí algo semejante.
-
---Yo, por el contrario, creo realizar un nobilísimo acto moral. Si
-a usted, antes de nacer, le hubieran dado a elegir entre la vida o
-la nada, ¿qué hubiera usted elegido? --Heinemann ponía y quitaba el
-monóculo a cada dos palabras, con obstinación de monomaníaco. Sus ojos
-eran grises y taciturnos; su rostro, en absoluto huérfano de expresión.
-Guzmán callaba. Prosiguió Heinemann--: ¿Qué hubiera elegido usted?
-La vida es mala, la vida es fea, la vida es dolorosa. La vida es una
-contradicción radical que nunca se resuelve. Vivir es sufrir. Engendrar
-a un ser es condenarlo a la muerte y, lo que es peor, al sufrimiento.
-
-Oscurecía. Los dos hombres estaban en un ángulo sombrío del aposento.
-Heinemann se exaltaba, desarrollando una vasta teoría pesimista acerca
-de la vida. Guzmán le interrumpió.
-
---Todo eso que usted dice es materia opinable; pero el caso concreto es
-que yo no conozco a ningún médico o comadrona...
-
---¡Sálveme usted! --suplicó Heinemann, tomando entre las suyas
-entrambas manos de Guzmán.
-
---¿Qué puedo hacer yo? Además, no logro entender por qué les alarma
-tanto a ustedes tener un hijo.
-
---Si usted se enterase de ciertos antecedentes e interioridades que
-no puedo revelar, lo entendería, aparte de las razones de principio,
-convicción de conciencia, de que ya he hablado. ¡Sálveme! Usted tiene
-amigos; entre ellos es seguro que alguno sabrá lo que necesitamos saber.
-
-En esto Guzmán recordó haberle oído contar a Travesedo la historia
-de los abortos de la Íñigo, con la relación circunstanciada de las
-personas que habían intervenido y ayudado en ellos. Acercose a la
-puerta y gritó:
-
---¡Eduardo!...
-
-Llegó Travesedo. Guzmán lo presentó a Heinemann, y a seguida le repitió
-lo que Heinemann pretendía.
-
---Pero eso es un crimen --comentó Travesedo, sin poder contenerse.
-
---Si antes de nacer --replicó secamente el alemán-- le hubieran dado a
-usted a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido?
-
-Hubo una pausa.
-
---La nada --respondió Travesedo, con energía.
-
-Adensábanse las sombras dentro de la estancia. Los tres hombres, por
-movimiento instintivo, acercáronse al balcón. La noche caía sobre
-Madrid, aplastando contra los tejados al día, ya caduco, cárdeno y
-macilento, congestionado en sus últimos esfuerzos por sostener en los
-hombros aquella masa sideral de tinieblas.
-
---Yo amo a los niños --bisbiseó Travesedo, con acento de confesión--.
-Yo siento una gran ternura por los niños. Yo no puedo ver un niño sin
-conmoverme, como en la iniciación de un misterio. Yo no puedo ver un
-niño sin pensar: ¿Será, andando el tiempo, un Sócrates, un Dante, un
-Goethe? --Hizo una pausa--. ¿No le parece a usted, Herr Heinemann, que
-en casos como el presente esta misma consideración tiene gran fuerza?
-
---O esta otra --repuso el taciturno Heinemann--. ¿Será un tirano, un
-ladrón, un traidor, un asesino? Pero, sobre todo, genio o degenerado,
-grande hombre ú hombre miserable, será ineludiblemente una criatura
-sujeta al mal metafísico, al físico y al moral; será una criatura
-imperfecta, atormentada por el dolor de pensar, acosada por la pasión,
-tentada por el delito, perseguida por la enfermedad y la vejez y
-vencida a la postre por la muerte. El mundo es malo; la vida es mala y
-fea y no vale la pena de ser vivida.
-
-Otra pausa. Las puertas de la noche se habían cerrado sobre el cielo,
-dejando apenas una estría de luz rojiza a ras de tierra.
-
-Travesedo encendió la luz eléctrica, sacó del bolsillo una tarjeta de
-visita y la respaldó con lápiz.
-
---Aquí tiene usted una tarjeta de presentación para la Íñigo. Yo me
-lavo las manos. Usted se entenderá con ella.
-
-Heinemann se despidió, dando las gracias y sacudiendo con reciedumbre
-la mano de Travesedo y de Guzmán. En quedando a solas, Travesedo apagó
-la luz y salió a sentarse al balcón. Guzmán estaba en pie, apoyado en
-el barandal. Después de largo silencio, Travesedo habló como consigo
-mismo:
-
---La vida es mala. No hay otro remedio que el suicidio cósmico que
-aconseja Hartmann.
-
-
-
-
-V
-
-
-A los dos días de casarse Amparito recibiose un telegrama en casa de
-Antonia. Era de Verónica. Decía así: «Tren correo llegamos Teófilo y
-yo. Teófilo mal.»
-
-Travesedo y Guzmán descendieron a la estación a esperar a los viajeros.
-
-Al detenerse el tren, Verónica asomó por una ventanilla e hizo señas
-a Travesedo y Guzmán. Venía desencajada, descolorida, como después de
-haber pasado una mala noche. No bien se acercaron los dos amigos,
-Verónica, sin saludar, dijo impaciente:
-
---Suban a ayudarme. No se puede mover. Está muy malito.
-
-Teófilo estaba tendido a lo largo de un diván. Su lividez era tanta que
-semejaba transparecer una amarilla luz interna, la cual, al asomar en
-el negro vidrio de los ojos, emitía angustiados reflejos.
-
---¡Me muero, me muero, me muero! --sollozó Teófilo. Cortole la palabra
-un acceso de tos.
-
---Sí, está muy malito. Pero no tanto. Es un cobardón. Parece mentira...
---y se volvió a mirar a Teófilo, con sonrisa reconfortante.
-
---Me muero. Escupo sangre. Me muero en seguida. Avisad a mi madre.
-
---Quizás no sea nada grave. ¿No habéis visto a ningún médico en
-Celorio? --preguntó Travesedo.
-
---No ha querido él. Se empeñó en venir a Madrid a escape.
-
-Con infinitos cuidados y no poca dificultad trasladaron a Teófilo a la
-casa de huéspedes. Se telegrafió a doña Juanita y Travesedo salió a
-buscar a un médico joven y talentoso, amigo suyo.
-
-El médico, después de examinar, auscultar y percutir a Teófilo, en un
-aparte que tuvo con Travesedo y Guzmán, declaró:
-
---No sé lo que tiene. El cuadro sintomático es dudoso. Lo mismo puede
-ser pulmonía que fiebre tifoidea. A la tarde volveré, a ver si se han
-especificado los síntomas.
-
---En todo caso, la enfermedad es grave --sugirió Travesedo.
-
---Muy grave. Otra cosa. Es necesario mudar a Pajares de habitación. La
-que tiene carece de condiciones de capacidad y de ventilación.
-
-Recorrieron las diferentes estancias de la casa, hasta la de Lolita,
-quien estaba aún en el lecho, con San Antonio, rodeado de flores, en
-la mesa de noche, prueba concluyente de que el santo miraba a Lolita
-con singular predilección por aquellos días.
-
-El médico eligió la habitación de Lolita como la más amplia y a
-propósito para el caso. Lolita, abnegadamente, se la cedió al poeta,
-con todos los muebles y ropas.
-
-Verónica se instaló en casa de Antonia; no quería apartarse del
-enfermo, y este, de su parte, no admitía otra enfermera que Verónica.
-
-Alberto inquirió cerca de Verónica los orígenes del mal.
-
---Pues verás, hijo mío --explicó Verónica--. Hace cosa de ocho días,
-Rosina recibió una carta de Fernando, en la cual él le decía que iba
-de un momento a otro a Arenales. Ya sabes que Arenales es el pueblo
-de Rosina. Fernando creía que ella estaba pasando el verano allí. Si
-supieras el lío que se traía con eso de las cartas... para no descubrir
-el pastel. Bueno; con la última carta el cielo se le cayó encima. Vino
-a decírmelo a mí, con mucho misterio, y quería que yo, con cualquier
-pretexto, me trajera a Teófilo a Madrid. ¡Qué pretexto ni qué ocho
-cuartos! Pues va ella, y un día a la mesa, como un escopetazo, le
-dice a Teófilo que todo tiene que concluir, porque llegaba Fernando.
-El infeliz Teófilo se quedó talmente como un cadáver. ¡Daba compasión
-verlo! Tanto, que hasta esa perra se compadeció, y se fue a él
-haciéndole cucamonas e hipocresías, y «no te apures, bobín, que es para
-unos días», y aquello de «yo no quiero a nadie más que a ti», y lo de
-siempre. ¡Qué hiena sin entrañas! A todo esto Teófilo no dijo esta
-boca es mía; pálido, pálido como un muerto, y un aire tan orgulloso,
-tan noble... Al día siguiente se nos fue la pájara. En todo el día
-Teófilo no salió del cuarto. Yo no entré porque respetaba su tristeza,
-¡a ver qué iba a hacer yo! Pero, ya por la noche, viendo que no daba
-señales de sí, le llamé desde la puerta. Él contestaba, pero eran cosas
-sin sentido. Tomé entonces un quinqué; entré en el cuarto... ¡Virgen
-de Guadalupe! Todas las almohadas llenas de sangre; Teófilo como un
-desenterrado, delirando y como si se ahogase. Le toqué la frente; era
-un horno. Cuando volvió en sus sentidos, lo primero que dijo fue:
-«Vámonos a Madrid, a escape.» Yo quise llamar al médico del pueblo;
-él se puso furioso; me entró miedo, y así nos vinimos a Madrid; yo,
-temiendo que se me muriese en el viaje, porque le entraban a veces unos
-ahogos que partía el alma verlo. Está muy malito, como veis; pero me da
-el corazón que cura.
-
-A la tarde, el médico añadió una nueva y más fatídica presunción a su
-diagnóstico.
-
---Sospecho que se trata de un caso de granulia --dijo.
-
---¿Qué es granulia? ¿Alguna erupción? --inquirió Travesedo.
-
---Tuberculosis virulenta, fulminante. Una antigua tuberculosis latente
-que de pronto se agudiza, estalla y se propaga a toda la sangre.
-¿Ustedes recuerdan si solía toser o tener fiebres frecuentes?
-
---Él siempre tuvo la aprensión de estar tísico --habló Guzmán.
-
---Si fuera granulia, como presumo --continuó el médico--, conviene que
-ustedes se precavan del contagio.
-
---Y si fuera granulia --preguntó Travesedo--, ¿el caso es desesperado?
-
---Desesperado. Cosa de diez, quince, veinte días. Pajares se encuentra
-muy débil.
-
---¿Sin remedio?
-
---Sin remedio.
-
-A la mañana siguiente, muy temprano, el médico vino nuevamente, y
-sentenció que la enfermedad era granulia y que no había salvación.
-
---¿No será lo mejor llevarlo a El Pardo? --consultó Travesedo.
-
---¿Para qué? --interrogó a su vez, con amargura, el médico--. Por el
-contrario, no debe moverse. Que esté en cama o en una butaca, como
-más a gusto se encuentre; pero que no se mueva. Repito que anden con
-cuidado con el contagio.
-
-Aquí dio prolijas instrucciones acerca del modo de defenderse del
-contagio. Concluyó:
-
---Por supuesto, después de terminado todo, que por desgracia terminará
-antes de lo que se piensa, es preciso destruir los muebles, ropas, etc.
-que han estado en contacto con el enfermo y desinfectar la habitación.
-Es una tuberculosis virulentísima.
-
-Cuando Lolita supo que su ajuar estaba condenado fatalmente a la
-destrucción, exclamó con ánimo heroico:
-
---¡Anda y que se lo lleve er mengue! Eso y too lo que tengo daría yo
-porque er probesiyo tuviera salú. Y eso que no le debo ninguna finesa,
-porque cuidao que era eriso pa tratá a la gente. ¡Dios lo perdone!
-
-Aquella misma mañana llegó doña Juanita. Todos temían que el
-encuentro entre madre e hijo trajera consigo escenas lamentables y la
-subsiguiente agravación de la enfermedad. Estaba Teófilo sentado en
-una butaca, detrás de los vidrios del balcón. Doña Juanita, con mucha
-entereza, se acercó a besarle la frente. Teófilo elevó hacia su madre
-los ojos, con ternura infantil y suplicante:
-
---Madre, me muero.
-
---Eso será si yo lo consiento. Pues estaría bueno que yo te dejara
-morir; yo, una vieja que de nada sirve en el mundo, y tú, un mozo que
-tiene muchos años y mucha felicidad por delante. Conque, ya lo has
-oído: no consiento que se hable de cosas tristes.
-
---Madre, creí que usted no vendría.
-
---¿Que no vendría? Cállate, pillo; ¿por qué no iba a venir?
-
---Creí que no vendría, madre. Ya sabe usted por qué.
-
---Estos mozuelos --replicó doña Juanita, esforzándose en dar un tono
-descuidado a sus locuciones por esperanzar al hijo--, estos mozuelos
-tan sabidores y poetas, que presumen de conocerlo todo y se les
-enfrían las migas de la mano a la boca. Calla, aturdido; ya sé a qué
-te refieres; pero no sabes de la misa la media. Ya te explicaré,
-ya te explicaré --y a pesar suyo su voz temblaba con oscilaciones
-dubitativas, como caminando a oscuras entre los dédalos de la vida y de
-la muerte.
-
-Verónica, de enfermera todo el tiempo que duró aquel morbo ávido que
-consumía a Teófilo hora por hora, condújose con abnegación, solicitud
-y blandura tales, que a todos tenían admirados y movieron a doña
-Juanita al más amante y maternal reconocimiento. No se avenía Verónica
-fácilmente a que Teófilo muriese. Confiaba en el milagro. Como prestaba
-absoluta fe al oráculo de Hermes Trimegisto, entre ella y Lolita, con
-mucha discreción, consultaron por dos veces el libro de los augurios,
-en la pregunta: «¿Sanará el enfermo?» La primera vez respondió la
-palabra revelada: «El enfermo puede sanar, pero bueno es estar
-preparado para lo peor.» La segunda: «Los dolores con que es afligido
-el enfermo terminarán muy pronto.»
-
---Nos hemos quedao como estábamos, a la luna de Valensia y sin saber a
-qué carta quedarnos --dijo Lolita.
-
-Pero Verónica tuvo la corazonada de que aquellas respuestas
-anfibológicas anunciaban la muerte de Teófilo.
-
-Una tarde estaban a solas el poeta y la bailarina. Verónica, sentada
-en una sillita baja, no lejos del enfermo. Teófilo, hundido en un
-butacón, con los ojos entornados.
-
---¿Sabe que dentro de ocho días es la apertura del teatro y comienzo a
-bailar de nuevo? --habló Verónica.
-
---¿Y te vas a marchar? --bisbiseó Teófilo.
-
---Marcharme... vamos. Pues solo faltaba eso. No sé si aceptar el
-contrato. En todo caso iría tres horitas al teatro, por la noche, y
-luego vuelta aquí, si usted me necesita.
-
---Sí, sí.
-
---¿Le molesta que hable? ¿Le duele la cabeza?
-
---Sí; pero no me molesta que hables. Al contrario.
-
---¿Quiere un poco de agua azucarada?
-
---Sí; me abrasa la boca.
-
-Verónica acudió con el vaso de agua y lo acercó a los labios de Teófilo.
-
---Gracias, Verónica. Bendita seas.
-
---Calle, no diga. Si no vale la pena...
-
-Teófilo envió una mirada ardiente y escrutadora al rostro de Verónica,
-la cual, por huirla y disimular su turbación, se retiró con el vaso.
-
---Acércate a mí, Verónica --suplicó Teófilo--. Tengo que hacerte una
-revelación.
-
---Ya ha oído al médico, que no le conviene a usted hablar. Estese
-quietecito y haga por dormir y no pensar en nada. Yo hablaré, si le
-entretiene, muy bajito para que no le empeore el dolor de cabeza
---Verónica no sabía lo que decía.
-
---Acércate.
-
---¿Qué me quiere?
-
---Si yo me hubiera enamorado de ti en lugar de la otra... Si yo
-me hubiera enamorado de ti... --interrumpiose para toser. Respiró
-afanosamente y continuó--: Pero es ya tarde. No tengo derecho a saber;
-pero quiero saber. Tú... ¿me hubieras querido?
-
-Verónica no acertó a responder. Respondieron por ella las lágrimas que
-asomaron a sus ojos, las cuales Teófilo parecía querer secar con el
-fuego de los suyos.
-
---¡Verónica! ¡Verónica!
-
-Verónica había caído acurrucada a los pies de la butaca, y Teófilo le
-pasaba la mano sobre la abatida cabeza de bravos y abundosos cabellos
-negros. Hubo un largo silencio.
-
---Yo también te quiero a ti, Verónica.
-
-Verónica, con la cara oculta entre la manta que cubría las piernas de
-Teófilo, murmuró:
-
---Usted no puede dejar de querer a la otra.
-
---No digas eso. Aquello no era amor. Si volviera a estar sano quizás
-cayera de nuevo y a pesar de todo en el mismo desorden y locura. Pero
-ahora soy un alma sin cuerpo, en los umbrales de la eternidad, y veo
-claro, veo claro, veo claro. Te quiero, Verónica, te quiero.
-
-Verónica estrechaba la mano de Teófilo y apoyaba en ella la mejilla,
-sin atreverse a besarla. A poco penetró en el aposento doña Juanita, y
-más tarde Guzmán y también Macías, el actor, el cual, a una distancia
-prudencial, por temor al contagio, estudiaba la expresión del enfermo,
-la deformación de sus facciones, sus gestos, ademanes e inflexiones de
-voz, por si llegaba el caso de representar en escena algún moribundo
-de granulia, que todo podía ocurrir. Luego se iba a su cuarto y hacía
-sinnúmero de muecas ante el espejo, repapilándose de antemano con el
-éxito que había de tener el día que se muriese en escena con arte tan
-concienzudo, tomado del natural. Como más adecuado observatorio Macías
-solía apostarse en los ángulos sombríos; aparte de que por nada del
-mundo se hubiera colocado en las estrías y haces luminosos que pasaban
-de claro la estancia, con sus infinitas partículas de polvo danzante,
-que no eran otra cosa que visibles microbios voladores, en opinión de
-Macías. Después de cinco minutos de tácitos estudios, Macías salió a
-grabar bien en la memoria la aprendida lección.
-
-Aquella misma tarde la obesa Blanca entregó una carta a Guzmán.
-
---¿Quién te escribe? --curioseó Teófilo, que había caído en un
-infantilismo dulce y mimoso al perder la salud.
-
---Voy a ver. Arsenio Bériz.
-
-Teófilo, volviéndose hacia su madre, refirió quién era Bériz, y cómo,
-huyendo de Madrid, había encontrado la felicidad.
-
-Guzmán leyó para sí: «Dos palabras, querido Guzmán; dos palabras de
-hiel. Necesito desahogar con alguno. Perdona que te haya elegido a ti.
-Seis meses de casado... ¿Tú sabes lo que son seis meses de casado? Y
-vendiendo abanicos. He pensado en el suicidio. En serio, Alberto. No
-vayas a creer que mi mujer es mala. ¡Quia! Todo lo contrario. No puede
-ser mejor, más afectuosa, más empalagosa quiero decir. Y ahora se
-encuentra en estado. ¡Vaya por Dios! Dirás, ¿por qué el suicidio? Por
-tedio. Esto no es vivir. Constantemente, con tenacidad de alucinación,
-me persiguen los recuerdos de aquellos años de vida madrileña. Una
-temporadilla, muy corta por cierto, se me había embotado la memoria
-por efecto del incentivo carnal --llámalo amor, si quieres-- que me
-inspiraba mi Petrilla. Acabose aquello, y aquí estoy yo, como Prometeo,
-encadenado a la roca conyugal, sin dar pie ni mano, y los buitres
-insaciables del hastío, de la concupiscencia, del ansia de vivir, de
-todas las pasiones nobles, en suma, desgarrándome la tripa. Comprendo
-a Heliogábalo, comprendo a César Borgia, comprendo a todos los que han
-experimentado la sed de lo extraordinario y el desprecio de este bajo
-animal que llamamos burgués; el tirano, el guerrero, el crapuloso, el
-libertino. Vivir es exacerbar la sensación de vivir y con ella el
-anhelo de vivir más. Estoy desesperado. ¡Madrid, mi Madrid fascinador y
-canallesco! Compadéceme, _Arsenio_.»
-
-Entretanto, Teófilo decía a doña Juanita:
-
---¿Se acuerda usted, madre, de una carta que me escribió en que me
-rogaba: «Vente a Palacios; te casarás con tu prima Lucrecia. Qué vejez
-tan dichosa me deparabas si te decidieras a escucharme»? ¿Se acuerda
-usted? Fue en la misma carta en que usted me anunciaba que no me podía
-enviar la mensualidad porque se le habían marchado los huéspedes, hasta
-don Remigio, el canónigo; parece mentira --doña Juanita palideció--.
-Si le hubiera hecho a usted caso... A estas horas estaría ya casado y
-seríamos todos felices. Pero, no vaya usted a creer, madre; casado, y
-no con Lucrecia --contempló a Verónica con ojos vagos y diluidos, que
-no se sabía si estaban vueltos hacia el pasado o hacia el futuro; en
-todo caso hacia lo imposible--. Ese Bériz, ¡qué suerte la suya! Huyó a
-tiempo y se salvó. ¿Qué te dice, Alberto? Será venturoso; ha encontrado
-el paraíso en la tierra. ¿Qué te dice? Léeme la carta.
-
---¿Para qué? Lo de la otra vez.
-
---Sí, mejor es que no la leas. No le deseo mal, pero me hace sufrir el
-ver que yo, torpe y cobardemente, pude gozar también de lo mismo que
-otros gozan. Y tú, Alberto, ¿cuándo te casas?
-
-En esto entró Travesedo.
-
---Nunca.
-
---¿Y tu novia?
-
---He roto con ella.
-
---¿Cuándo?
-
---Hace varios días.
-
-Oír esto Travesedo, tomar a Guzmán de un brazo y sacarlo fuera de la
-habitación, fue obra de un minuto.
-
---¿Es cierto lo que has dicho?
-
---Sí.
-
---¿Te has cansado de Fina?
-
---No.
-
---Entonces, ¿es cuestión de ideología?
-
---Desde luego, y otras cosas largas de explicar.
-
---Bueno, hombre; me haces gracia. En cambio yo te anuncio con toda
-solemnidad que me voy a casar. ¿Enarcas las cejas? Sí, hijo, sí. Me
-caso, y en seguida. Por amor y por ideología.
-
---¿Cuándo?
-
---No lo sé aún.
-
---¿Con quién?
-
---No lo puedes saber aún.
-
-Penetraron de nuevo en la habitación de Teófilo. Estaban todos
-sentados, sin hablar palabra.
-
---¡Aquel día, aquel día!... --exclamó Teófilo con voz tenue y afligida.
-
---¿Qué día, hijo mío? --preguntó doña Juanita.
-
---El día que recibí aquella carta de usted, madre. ¡Aquel día! De
-aquel día vienen todos mis infortunios, por mi ceguedad y estupidez;
-de aquel día que debió ser el manantial de mi dicha. Aquel día te
-conocí, Verónica. Fue aquel el día de mi caída, y debió ser el de mi
-renacimiento. En aquel día cometí la acción más cobarde, vergonzosa,
-fea y miserable que puede cometer un hombre. Cerca estoy de la muerte;
-quiero entrar en ella libre de toda carga. Quiero confesarme.
-
-Doña Juanita, que andaba toda preocupada con el asunto de la confesión
-sin acertar cómo insinuárselo a Teófilo, vio ahora el cielo abierto.
-
---¿Quieres confesarte, hijo?
-
---Sí, en voz alta, ante todos ustedes, como los antiguos cristianos,
-para que me desprecien. Aquel día robé, sí, robé doscientas pesetas a
-Antón Tejero. Las robé, se las saqué del bolsillo. No merezco que nadie
-me mire a la cara, ya lo sé. Madre, que Alberto le diga las señas de
-ese señor Tejero y usted le restituirá las doscientas pesetas. Ahora
-quedo tranquilo.
-
-Ninguno se atrevió a hablar. Teófilo respiraba aquel silencio piadoso e
-indulgente, como si con él recibiera la paz del espíritu.
-
-Doña Juanita, que hacía tiempo y con tácitas angustias ansiaba
-descargar su conciencia de la pesadumbre de un gran secreto pecaminoso,
-consideró que aquella era la mejor conyuntura. Hizo disimuladamente
-señas a los presentes de que se retirasen y quedó a solas con su hijo.
-
---Hijo mío --comenzó a hablar con voz tenue y aplomada--, más grave que
-tu delito es el que yo voy a confesarte, del cual ya me confesé ante
-Dios y recibí su absolución de manos del sacerdote; pero, con venir del
-mismo Señor de cielos y tierra, no me considero absuelta ni redimida
-hasta tanto que tú me hayas perdonado. No creo que el tuyo haya sido
-delito sino falta, fea falta si se quiere de las muchas a que nos
-inclina la flaqueza de nuestra natura. Mi error fue más capital que el
-tuyo, y tan funesto que me amargó el corazón toda la vida de tal suerte
-que los remordimientos y sinsabores que me acarreó, si Dios en su
-infinita bondad y justicia me los toma en cuenta, me cancelarán muchos
-años de purgatorio. Por el amor que te tengo, hijo mío, te ruego que me
-escuches con benevolencia y, aunque no lo merezco, te atengas a aquella
-flaqueza humana de que antes he hablado y consideres la ceguera que
-el demonio pone a veces en nuestra carne mortal --doña Juanita estaba
-de espaldas a la luz. Sus palabras fluían en un curso sereno y claro.
-Teófilo escuchaba con recogimiento. Doña Juanita añadió concisa y
-netamente--: Tú no eres hijo de Hermógenes Pajares, sino de don Remigio
-Villapadierna.
-
-Una pausa. Doña Juanita hizo ademán de arrojarse a los pies de su hijo;
-este la detuvo con un movimiento del brazo.
-
---No, Teófilo, no puedes entenderme hablándonos a esta distancia.
-Déjame tenerte tan junto a mí, tan pegado a mi cuerpo que mis
-sentimientos pasen de mi corazón al tuyo sin necesidad de palabras.
-Ni ¿qué palabras podrían expresar lo que yo siento? --doña Juanita
-se acercó a la butaca de su hijo y reclinando su cabeza junto a la
-del enfermo comenzó a murmurar en voz baja--: Hermógenes se casó
-conmigo con engaño y doblez. No me amaba, sino que pretendía solamente
-apoderarse de la corta hacienda que al matrimonio llevé. No bien nos
-hubimos casado, me abandonó. No quiero decir que hubiera huído de mi
-lado, no. Ante los ojos de la gente era un marido como otro cualquiera.
-Pero, en la intimidad de nuestra casa, era despegado, de todo punto
-indiferente, duro y hasta cruel a veces. Vivíamos en el pueblo. Él
-administraba mis bienes, y tan pronto como recibía el importe de las
-pequeñas rentas marchábase a Valladolid a gastárselo Dios sabe cómo.
-Yo, y bien lo sabes tú, que en eso eres como yo, siempre he tenido
-un alma muy tierna y sensible: yo he querido bien a todo el mundo, y
-el desamor ajeno siempre me ha dolido sobremanera. Imagina, pues, lo
-que me haría sufrir el desamor del propio marido. ¿Qué iba a hacer
-yo? Busqué consuelos en la religión. Era por entonces don Remigio
-coadjutor del pueblo y yo su hija de confesión; yo le juzgaba noble,
-caritativo, afectuoso. Y así fue cómo, paso a paso, sin echar de ver
-uno ni otro que nos perdíamos, caímos en el pecado. Naciste tú --doña
-Juanita guardó silencio y continuó al cabo de unos minutos--: Durante
-los primeros años de tu infancia don Remigio parecía amarte hasta no
-más y de doble modo, como padre en la carne y padre espiritual, pues
-le preocupaba grandemente formarte el espíritu e instruirte en las
-cosas del saber, que él siempre fue persona muy leída. Viéndole tan
-solícito de tu bien, el ardor de mis remordimientos se mitigaba un
-tanto. Más tarde, por empeño de mi marido, pasamos a Valladolid con la
-fonda. La vida de Pajares fue tal que no había dinero que le bastase.
-Hubimos de trocar lo que era fonda en humilde casa de huéspedes, a
-tiempo que Pajares era llamado por Dios a juicio y moría lleno de
-arrepentimiento. ¡Dios le haya perdonado! Por aquel tiempo don Remigio
-vino con una parroquia a Valladolid y se hospedó en mi casa. Tú ya
-eras mayorcito, y entonces es cuando él te enseñaba latín y a hacer
-versos. Lo odiabas ya entonces y eso que no podías saber nada ni era
-fácil que lo sospechases, porque a su vuelta a Valladolid, si bien
-parecía conservarte algún afecto, a mí, que había envejecido bastante,
-me trataba con menosprecio. ¡Solo Dios sabe lo que yo hube de padecer!
---nueva pausa de Doña Juanita--. Años y más años, muchos años, hijo
-mío, me consideraba a mí misma tan malvada que en lugar de desear tu
-perdón solo apetecía tu maldición, por recibir con ella esa triste paz
-que dan las penas justamente recibidas. Por eso, aquella noche que me
-maldijiste, hijo mío, yo, desde el fondo de mis entrañas te estaba
-bendiciendo y loando a Dios porque había enviado, después de muchos
-años, un rayo de luz a mi alma. Sin lo ocurrido aquella noche, nunca,
-nunca me hubiera atrevido a revelarte este secreto ni a solicitar, con
-lágrimas en los ojos, tu perdón.
-
-En efecto, en este punto, doña Juanita comenzó a derramar abundoso y
-sosegado llanto, que se esparcía sobre la frente de Teófilo, aliviando
-el fuego de su calentura.
-
---Todo eso lo sabía yo, madre, antes de que usted me lo confesara, y le
-había perdonado a usted, la había perdonado con toda mi alma. No llore,
-madre. Sí, llore, madre, que sus lágrimas me refrescan la frente y el
-alma.
-
---¿Que tú sabías?... --Dijo doña Juanita, incorporándose.
-
---Venga más cerca de mí, madre, que yo la sienta pegada a mí. Así. No
-sabía las circunstancias que usted me ha referido; pero he sentido
-siempre en lo más hondo y arcano de mi ser la certidumbre de que yo
-había sido engendrado por una mala sangre en una sangre generosa.
-Siempre ha habido en mí dos naturalezas: una torpe y vil, simuladora y
-vana, otra sincera y leal, entusiasta y dadivosa. Usted madre, me ha
-dado todo lo que tenía: porque todo lo bueno que hubo en mí usted me lo
-transfundió al darme la vida. ¿No la he de perdonar? Lo malo y ruin me
-viene de aquel hombre, que al engañarla a usted me perdió a mí. Madre,
-béseme.
-
-
-
-
-VI
-
- Chi sará sará.
-
- DIVISA HERÁLDICA.
-
-
-La muerte de Teófilo acaeció precisamente el mismo día en que Rosina
-llegó de Arenales a Madrid, de paso para París, y en que se inauguraba
-el Coliseo Real, teatrito en donde estaba contratada Verónica. Los
-cuatro últimos días de su enfermedad los había pasado en constante
-delirio, cortado aquí y acullá por breves intervalos lúcidos. En uno de
-estos quiso hablar en secreto a Guzmán, y con trabajosa voz le suplicó:
-
---Tan pronto como se presente ocasión, vete a ver a Rosina. Le dirás
-que la perdono sin reservas. Ha hecho bien, ha hecho bien; Fernando es
-la fuerza y la vida; yo era un fantasma de ficciones y falsedades, una
-criatura sin existencia real. Que ha hecho bien y que la perdono.
-
-En otros intervalos lúcidos recibió los Sacramentos de la Penitencia y
-de la Eucaristía, con gran contentamiento, si en ello cabe alguno, de
-doña Juanita, y no floja contrariedad de Travesedo, que atribuía esta
-gran claudicación final a enfeblecimiento del raciocinio, originado
-por la fiebre alta. Recibió también el último Sacramento de la
-Extremaunción y murió, según la expresión de Lolita, «como un luseriyo
-de Dios que se apaga».
-
-Teófilo murió a las tres de la tarde. El dolor de su madre, así como el
-de Verónica, fue silencioso y adusto. Por el contrario, Lolita se creyó
-en el caso de aullar y gimotear como si le apretasen las botas, y costó
-gran trabajo reducirla al simple lagrimeo sin musicalidad.
-
-Apenas muerto Teófilo, Verónica se aplicó a hacer su equipaje y
-abandonar la casa.
-
-Hacia las seis de la tarde, Guzmán recibió una carta de Rosina:
-
- «_Querido Alberto: Estamos aquí Fernando y yo por unas horas.
- Mañana, en el rápido de las nueve, nos marchamos a París. Tendremos
- mucho gusto en que nos acompañes hoy a comer, a las ocho y
- media._--ROSINA.»
-
-Alberto se encontraba en ese estado de vacuo estupor que produce la
-visión de la muerte, dentro del cual, ideas y sensaciones se diluyen
-saturando el espíritu, como sal en el agua. Se había acostado vestido y
-dejaba pasar el tiempo sin pensar en nada concreto.
-
-No así Travesedo, que atravesaba en aquellos instantes un período
-crítico de su vida. Presentose, ya oscurecido, en la alcoba de Guzmán;
-encendió la luz y se plantó al borde del lecho, con fruncido entrecejo
-y ejecutando rabiosas manipulaciones capilares en la lóbrega barba.
-
---Ya no me caso --declaró con voz macilenta. Y como Guzmán no
-respondiese, prosiguió--: Mi elegida era Verónica. Ella sabe hace
-tiempo que la quiero; pero no podía sospechar que la quería como
-mujer propia, ni siquiera yo lo había pensado, hasta que con motivo
-de esta enfermedad del pobre Teófilo se me reveló no como una mujer,
-sino como lo que es, como un ángel capaz de hacer feliz a cualquiera.
-Reconocerás que en los últimos días esta extraña criatura alcanzó
-las más altas cumbres de la sublimidad. Reconocerás también que, aun
-concediendo todas estas perfecciones intrínsecas en Verónica, el
-acto de solicitarla por esposa, dados sus antecedentes, supone en
-el pretendiente cierta abnegación y un gran desprecio de la opinión
-pública. ¿Era verosímil suponer que Verónica rechazase a un hombre
-honrado e inteligente que le propone el matrimonio, y con él la
-dignidad y el olvido de su vida pasada? La inteligencia, el sano
-raciocinio, responden que no era verosímil esta hipótesis, sino que
-lo necesario, por racional, era que Verónica acogiese con llanto de
-agradecimiento a este hombre. Me parecía a mí que la ocasión más
-solemne y oportuna para dar el paso era hoy, día de la muerte del pobre
-Teófilo, de manera que el anillo que a Verónica le iba a ofrecer fuese
-como corona y reconocimiento de sus heroicas virtudes, aquilatadas
-estos últimos días. La tomo aparte. Le hablo todo conmovido, ¿qué
-quieres?, no lo he podido remediar. Ella llora y dice: «Don Eduardo,
-es usted muy bueno y no sé cómo demostrarle a usted lo mucho que le
-agradezco esto que usted hace. Pero es imposible.» En otra mujer
-cualquiera la palabra imposible no significa nada, y muchas veces
-todo lo contrario de su contenido gramatical. Pero yo creo conocer a
-Verónica. «¿Se trata quizás de escrúpulos de conciencia?», pregunté,
-y dijo que sí con la cabeza. «¿Acaso, añadí, por tu vida de otro
-tiempo?» Respondió que no con la cabeza, y los ojos muy abiertos y
-sorprendidos, como si yo hubiera dicho algo extraordinariamente
-absurdo. «¿No hay esperanza, entonces?», solicité a la desesperada.
-«No», replicó con hermosa decisión; me besó la mano y se fue a bailar.
-
---¿Cómo a bailar?
-
---Quiero decir, a su casa, de donde irá al teatro. Según me dijo,
-piensa bailar esta noche como si tal cosa. Es una mujer enigmática. Lo
-que me ha ocurrido es también enigmático. Tienes razón: nunca sabremos
-nada de nada.
-
-Guzmán no estaba de humor para comer en compañía de Fernando y Rosina.
-Se presentó en el hotel de sobremesa.
-
-Levantose a recibirlo Rosina, con graciosa alacridad, y le besó las
-mejillas.
-
---¿Te acuerdas que un día te dije que no tendría inconveniente en
-besarte delante de Fernando? Ya ves. ¿A que él no tiene celos? ¿Tienes
-celos, Fernando?
-
-Fernando se había puesto en pie y sonreía con expresión abierta y
-tranquila. Tendió la mano a Guzmán.
-
---Mucho gusto en saludarle, don Alberto. Siéntese usted.
-
---Qué sentarse, alma boba... Tenemos que ir al teatro. Y tú vendrás con
-nosotros. Tenemos un palco. Veremos bailar a Verónica.
-
-Unificaba a Fernando y Rosina una a modo de atmósfera de espesa
-ventura que Guzmán no quiso turbar. Pensó: «No digo nada de la muerte
-de Teófilo. Que se marchen mañana sin saber nada, y que lo averigüen
-andando el tiempo como una de tantas noticias fútiles.»
-
-Se encaminaron al teatro.
-
-Había un público numeroso compuesto de familias de la clase baja y
-muchos escritores y pintores. Guzmán vio a Heinemann en una butaca;
-llevaba corbata negra. Sin explicarse por qué, Guzmán asoció aquel
-trapo luctuoso a la entrevista que algunos días antes había celebrado
-con el periodista, dio por consumado el asesinato de Nora y sintió un
-escalofrío.
-
-Representábase una piececilla sentimental que enternecía al público
-hasta humedecerle los ojos.
-
-En el primer entreacto el público, volviéndose hacia el palco, ovacionó
-a Rosina, la cual, transformando el homenaje en sonrisas, brindábaselas
-a Fernando con caricioso rendimiento, como el árbol transforma los
-dones y sustancias de la tierra y el sol en fruto para regalo de los
-sentidos.
-
-Cuando la atención del público se hubo desviado del palco, Fernando
-habló:
-
---¿Qué le parece a usted esta comedia, don Alberto? Yo no acabo de
-entender qué es lo que le emociona a esta gente. Sin duda es que no soy
-capaz de sentir esos conflictos caseros y esas bobadas familiares que
-parecen chismes de portera, porque nunca he tenido casa ni familia. A
-mí, con sinceridad, y usted perdone si digo una herejía, esta pieza me
-parece una estupidez y el público idiota o hipócrita. ¿Se ha fijado
-usted en la enorme cantidad de palabras que dicen todos los personajes
-y ninguna viene a cuento? ¡Cristo, qué tabarra! Puede que sea porque yo
-soy actor de cinematógrafo; pero yo creo a pie juntillas que el teatro
-hablado aburre a cualquiera. ¿A qué vienen todas esas gansadas que
-dicen los cómicos? ¿Qué finalidad persigue el autor? Si las emociones
-que son verdad se pueden comunicar sin abrir la boca... Nunca he
-visto, ni es posible que vea, como no sea entre locos, que sandeces y
-tonterías ayuden a contagiar la emoción. ¿Y es esto la literatura?
-
---Mameluco --refunfuñó Rosina con mohín capcioso, golpeando suavemente
-el muslo de Fernando--. ¿Olvidas que Alberto es literato?
-
---No me refiero a lo que escribe don Alberto. A mí me gusta mucho leer
-versos y novelas. Y también algunas obras de teatro me gustan, y tanto
-que me hacen olvidar que se trata de obras de teatro. Me refiero a este
-otro teatro charlatán, a este teatro teatral que me revienta.
-
-Después de la piececilla bailó Verónica, y bailó con más brío e
-inspiración que nunca. El público, en pie, aplaudía y clamoreaba
-frenético.
-
-Rosina deseaba visitar a Verónica en su _camerino_ y despedirse de
-ella. Guzmán la disuadió:
-
---Estará aquello abarrotado de gentuza. Si quieres despedirte le
-escribes una carta y al avío.
-
---Tiene razón don Alberto --afianzó Fernando--. Vámonos a dormir, que
-mañana tenemos que madrugar y es bueno estar descansados para el viaje.
-
-Mágicas palabras, que en un punto redujeron a Rosina. Con las mejillas
-levemente arreboladas y untuosa mirada sumisa, bisbiseó:
-
---Sí, vámonos a dormir.
-
-A la salida, Heinemann se acercó a estrechar con efusión la mano de
-Alberto:
-
---No sé cómo agradecerle...
-
---¿Y Nora?
-
---Bien, cada día mejor. Muy débil, porque perdió mucha sangre. Aún
-no puede salir de casa. Somos felices. Y hablando de otra cosa, ¡qué
-manera de bailar la de esta mujer! Parece estar poseída por todos los
-demonios.
-
-Se despidieron.
-
-Alberto acompañó a Fernando y Rosina hasta la puerta del hotel.
-
-En tanto el sereno rebuscaba en el cinto la llave y abría el postigo,
-Rosina había levantado uno de sus brazos hasta el hombro de Fernando
-y se reclinaba sobre él con sensual negligencia. Pululaban en su
-rostro emociones ligeras, desflorándolo apenas. Estaba saturada de
-alegría discreta y pasiva, como si dentro de ella yaciesen adormiladas
-las potencias activas y hostiles de su personalidad. Era como si
-la envolviera y esfumase la penumbra de un gran árbol. De toda su
-persona emanaban hacia Fernando, a la manera de misteriosas ligaduras,
-estremecimientos inconscientes de simpatía física: esa simpatía que
-está siempre a punto de entregarse y que constituye la esencia de la
-gracia superior. Fernando se mantenía firme y erguido, con una altivez
-que hubiera parecido petulante a no estar infundida por la eterna
-voluntad de la naturaleza.
-
---A ver si nos haces una visita en París.
-
---Sí, don Alberto, anímese usted. Tenemos un pisito muy cuco; su casa,
-de todo corazón.
-
---Buen viaje y que Dios os guarde.
-
-Así que Alberto volvió las espaldas, acercósele Enrique Muslera, un
-joven de la mesnada de Tejero. Era anchicorto, de precoz adiposidad y
-un poco tocado de pedantería. Simulaba expresarse con dificultad en
-castellano, porque su larga permanencia en Alemania le había hecho
-olvidar la lengua nativa. Lo primero que hizo en llegándose a Alberto,
-antes de decir palabra, fue mirarle a los pantalones y a las botas,
-y establecer luego un cotejo óptico con los suyos propios. Después
-examinó con impertinencia la indumentaria de Guzmán.
-
---¿Qué hay? ¿Ha leído usted el artículo de esta mañana?
-
---¿Qué artículo?
-
---El de Tejero. Ahora resulta que ocuparse de política es perder el
-tiempo; que el problema España no es tal problema España; que no se
-debe ser progresista y demócrata sino tradicionalista, o lo que es
-lo mismo, restauracionista; que él, Tejero, no es un hombre objetivo
-como hasta ahora nos había asegurado, sino un vidente, un místico
-español. En suma, que nos ha estado tomando el pelo --hablaba Muslera;
-pero la secreción oratoria no le estorbaba para seguir escudriñando,
-ora los pantalones y botas de Guzmán, ora los suyos, según andaban.
-Prosiguió--: Pero yo me aferro a la cuestión. Ya, a fines del siglo
-antepasado, Nicolás Masson de Morvilliers hacía estas dos preguntas en
-su _Encyclopédie Méthodique_: «¿Qué se le debe a España? ¿Qué ha hecho
-España por Europa desde hace dos, cuatro, seis siglos?» Eso digo yo:
-¿Qué ha hecho España? ¿Qué ha producido España?
-
---Pues si le parece a usted poco... --murmuró Guzmán con sordo encono.
-
---¿Poco? Nada. ¿Qué es lo que ha producido? Sepámoslo.
-
---Troteras y danzaderas, amigo mío: Troteras y danzaderas.
-
-
-FIN
-
-
-Múnich 10 noviembre 1912.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
-Parte primera - Sesostris y Platón
-
-I 5
-II 11
-III 18
-IV 22
-V 28
-VI 31
-VII 40
-VIII 43
-IX 57
-X 74
-
-Parte II - Verónica y Desdémona
-
-I 81
-II 83
-III 91
-IV 93
-V 94
-VI 104
-VII 122
-VIII 126
-IX 141
-X 147
-
-Parte III - Troteras y danzaderas
-
-I 161
-II 171
-III 178
-IV 190
-V 196
-VI 200
-VII 208
-VIII 211
-IX 224
-
-Parte IV - Hermes Trimegisto y santa Teresa
-
-I 229
-II 244
-III 251
-IV 266
-V 271
-VI 284
-VII 297
-VIII 326
-
-Parte V - Ormuzd y Ahrimán
-
-I 347
-II 351
-III 355
-IV 358
-V 363
-VI 377
-
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TROTERAS Y DANZADERAS ***
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-<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of Troteras y danzaderas, by Ramón Pérez de Ayala</div>
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-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Ramón Pérez de Ayala</div>
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-<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</div>
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-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TROTERAS Y DANZADERAS ***</div>
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-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
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-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- style="width: 30em; height: auto;"
- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
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-<div class="chapter">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <h1>TROTERAS Y DANZADERAS</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
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-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span></p>
- <p class="centra fs150 g1 ws1">OBRAS DEL MISMO AUTOR</p>
- <hr class="sep0" />
-
- <div class="anun mt2">
- <p><b>La paz del sendero.</b> — Poesía. — Agotada.</p>
- <p><b>Tinieblas en las cumbres.</b> — Novela. — Publicada
- con el seudónimo de Plotino Cuevas.</p>
- <p><b>A. M. D. G.</b> — La vida en los Colegios de jesuitas. — Novela. — Cuarta
- edición. Traducción alemana de Mario Spiro.</p>
- <p><b>La pata de la raposa.</b> — Novela.</p>
-
- <p class="centra ws1 mt1">EN PRENSA</p>
- <p class="mt05"><b>Espíritu recio.</b> — Novela.</p>
- <p><b>Fe y Encarnación.</b> — Novela.</p>
- </div>
-</div>
-
-<div class="cajacopy">
- <p>Tanto estas obras como la presente son propiedad de su autor,
- quedando prohibida su reimpresión sin su autorización.</p>
-</div>
-
-
-<p class="centra fs90">Imp. de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes, 4, Madrid.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs150 ws1">RAMÓN PÉREZ DE AYALA</p>
- <p class="fs250 g1 ws1 mt1">TROTERAS Y<br />DANZADERAS</p>
- <p class="mt15 mb2">(NOVELA)</p>
- <div class="caja">
- <div class="versos">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Después fise muchas cántigas de dança e troteras</p>
- <p class="i0">Para judías, et moras, e para entendederas</p>
- <p class="i0">Para en instrumentos de comunales maneras</p>
- <p class="i0">El cantar que non sabes, oílo a cantaderas.</p>
- <p class="if"><span class="smcap">Juan Ruiz</span> (<i>Arcipreste de Hita</i>).</p>
- </div>
- </div>
- </div>
- <div class="figcenter mt2">
- <img src="images/logo.jpg"
- style="width: 5em; height: auto;"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
- <p class="fs120 lh130 mt2">RENACIMIENTO</p>
- <p class="fs90 lh130 g1 ws1">SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL</p>
- <p class="fs90 lh130 ws1">Calle de Pontejos, núm. 8, 1.º</p>
- <p class="fs90">MADRID</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p>
- <p class="centra fs130 ws1">A DON MIGUEL DE UNAMUNO</p>
- <p class="centra fs110 mt1">Poeta y Filósofo español del siglo <span
- class="allsmcap">XXI</span>.</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <h2 class="nobreak g1">PARTE PRIMERA</h2>
- <p class="subh2">SESOSTRIS y PLATÓN</p>
- <div class="caja mt2">
- <p><span xml:lang="it" lang="it">Vedere adunque dovevi, <i>amore</i>
- essere una passione accecatrice dell’ animo, disviatrice dello
- ingegno, ingrossatrice, anzi privatrice della memoria, díssipatrice
- delle terrene facultá, guastatrice delle force del corpo, nemica
- della giovinezza, e della vecchieza; morte, genitrice de’ vizi,
- e abilatrice de’ vacui petti; cosa senza ragione, e senza
- ordine, e senza stabilitá alcuna; vizio delle menti non sane e
- sommergitrice della umana libertá.</span></p>
- <p class="firma"><span class="smcap">Boccaccio.</span></p>
- </div>
- <h3>I</h3>
-</div>
-
-<p>Teófilo Pajares, «el príncipe de los poetas españoles, a cuyo paso
-debía tenderse por tierra un tapiz de rosas» al decir de algunos
-diarios de escasa circulación, el autor de <i>Danza macabra</i> y <i>Muecas
-espectrales</i>, bajaba poco a poco y como embebecido en cavilaciones
-por la calle de Cervantes, cara al Botánico. Era una mañana de otoño;
-el cielo, desnudo, y la luz, agria. Neblina incierta, de color hez de
-vino, saturaba sombras y penumbras.</p>
-
-<p>Lo primero que se echaba de ver en la persona del poeta Pajares era
-lo aventajado de su estatura, lo insólito de su delgadez y el desaliño
-de la indumentaria: desaliño de penuria económica y también por<span
-class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span> obra de cierto desdén hacia las
-artes cosméticas. Las botas y los pantalones, en particular, delataban
-con sañuda insolencia la inopia y desaseo de Teófilo. Sin duda, este
-lo echaba de ver, porque, según caminaba con las manos a la espalda
-y la cabeza caída hacia el pecho, miraba pertinazmente pantalones y
-botas, y su rostro aguileño, cetrino y enjuto, languidecía con mueca
-de consternación —una <i>mueca espectral</i> hubiera dicho él—, como si
-encarándose con aquellas prendas tan deleznables y mal acomodadas a los
-miembros las motejase de falta de tenacidad ante el infortunio y de
-adhesión a su amo.</p>
-
-<p>Detúvose Teófilo delante de una puerta y miró el número pintado en
-el dintel: el 26. Volvió sobre sus pasos y penetró en el portal del
-24. Arrancaba a subir las escaleras, cuando la portera, enarbolando un
-escobón, se precipitó a atajarle el paso:</p>
-
-<p>—¡Eh!, tío frescales, ¿adónde va usted? —rugió la mujer, con
-iracundia que a Teófilo le pareció incongruente en tal caso. Continuó,
-casi frenética—: Aquí no se admiten méndigos, ¿lo oye usté, so
-sinvergüenza, tísico?</p>
-
-<p>Teófilo sintió helársele el alma. Sus ojos perdieron por un segundo
-la visión. Teófilo, que había suspirado infinitas veces en verso por la
-muerte, y había descrito con cínica deleitación y nauseabundos detalles
-la orgía que con su carne pútrida habían de celebrar los gusanos, y
-también el fantasmagórico haz de sus huesos, ya mondos, a la luz de la
-luna; él, el cantor de la descomposición cadavérica, así que escuchaba
-mentar la palabra <i>tisis</i> desfallecía de miedo. Su zozobra constante
-era si estaría tísico.</p>
-
-<p>La portera había ganado la delantera a Teófilo. Estaba dos escalones
-más alta que el poeta, con el escobón empuñado a la ofensiva y muy
-despatarrada, de manera que, dado el terrible volumen de su vientre y
-caderas, podía obstruir el paso con solo ladear<span class="pagenum"
-id="Page_7">p. 7</span>se un poco a diestra o siniestra, según por
-donde viniera el ataque.</p>
-
-<p>—Señora... —tartamudeó Teófilo.</p>
-
-<p>Como si del calificativo hubiera recibido la más bárbara injuria,
-la portera reanudó sus voces con furor próximo al paroxismo. Esgrimía
-el escobón con entrambas manos a modo de mandoble; amagaba, pero no
-acometía.</p>
-
-<p>Teófilo se mantuvo vacilante en un principio. Recobrado del
-desfallecimiento, por reacción la sangre le invadía acelerada los
-pulsos. Temblaba, sintiendo levantarse dentro de sí una fuerza indócil
-a la voluntad.</p>
-
-<p>—Pero, ¿es que no tiene usted orejas, so tísico? —gritó exasperada
-la portera.</p>
-
-<p>—Mujer, esté usted loca o no lo esté, esto se acabó, porque se me
-ha acabado la paciencia —masculló Teófilo atropellando las sílabas.
-Inclinó la cabeza, adelantó con el pie derecho un escalón y descargó
-secamente sobre la barriga de la portera, y en su zona central y más
-rotunda, un golpe recto con el puño. Como si el vientre fuese el fuelle
-de una gaita gigantesca, y por la colisión del puño se hubiera vaciado
-de pronto, los ámbitos de la caja de la escalera retemblaron: tal fue
-el alarido de la portera. Cayó sentada la mujer, y Teófilo brincó
-sobre ella, con propósito de huir escaleras arriba; pero la portera
-logró asirle un pie, y en él hizo presa. Tiraba Teófilo con todas sus
-fuerzas, y la mujer aferraba sin ceder, pidiendo auxilio. Oíanse pasos
-apremiantes dentro de las viviendas. Teófilo, a la desesperada, dio
-una sacudida y libertó el pie; pero al ponerlo en firme recibió rara
-impresión de frío y falta de tacto, como si el pie no le perteneciese.
-Mirose y vio que le faltaba la bota y le sobraban agujeros al calcetín,
-color cardenal retinto. Vergüenza y rabia le encendieron las mejillas.
-Le acometió la tentación<span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span>
-de patear, con la bota que le quedaba, la cabeza de la portera, la cual
-agitaba en su mano la otra bota a modo de trofeo, y vociferaba:</p>
-
-<p>—Este ladrón... este ladrón... ¡Emeteriooo...! Pero, ¿en dónde te
-metes, bragazas? ¡Emeteriooo! —y poniendo un descanso en sus clamores,
-hizo hito de la nariz de Teófilo y le lanzó la bota con tanta violencia
-como pudo. La bota pasó por encima de la cabeza del poeta, rebotó en el
-muro y deslizándose entre dos hierros del barandal fue a caer al pie de
-la escalera. Para recobrarla, Teófilo debía pasar otra vez por encima
-de la portera.</p>
-
-<p>En el rellano del piso primero asomó un cuerpecito muy bien cortado;
-una apicarada cabeza femenina por remate de él.</p>
-
-<p>—Pero, ¿qué pasa, señá Donisia? ¿Es c’a caído un bólido?</p>
-
-<p>Teófilo levantó la cabeza y respiró:</p>
-
-<p>—¡Conchita! —dijo Teófilo—, con qué oportunidad sale usted...
-Esta arpía —y señaló a la portera yacente— no me dejaba subir; me
-amenazó, quiso agredirme con la escoba, y me dirigió los insultos más
-groseros.</p>
-
-<p>La portera comenzaba a incorporarse. El señor Emeterio, portero
-consorte, surgió en este punto, liando un cigarrillo y en mangas de
-camisa. Venía con aire pachorrudo y ceño escrutador, como hombre que
-no se deja alucinar, sino que examina cabalmente los hechos antes de
-emitir juicio. Adelantose, con esa prosopopeya cómica del pueblo bajo
-madrileño. El frunce de su cara parecía decir: «vamos a ver lo que ha
-pasao aquí».</p>
-
-<p>—¿Pero no sabe usté, señá Donisia —preguntó desde lo alto Conchita—,
-que el señor Pajares es visita de casa, amigo de la señorita?</p>
-
-<p>—¿Cómo iba a fegurarme yo que este méndigo?... —comenzó a decir la
-portera, adelantando, al llegar a<span class="pagenum" id="Page_9">p.
-9</span> <i>méndigo</i>, el labio inferior, en señal de menosprecio. El
-señor Emeterio mutiló la frase incipiente de su esposa con una mirada
-de través.</p>
-
-<p>—Suba usté, don Teófilo —habló Conchita.</p>
-
-<p>La señá Donisia no pudo reprimir una exclamación sarcástica.</p>
-
-<p>—¡Uy, don Teófilo! ¡Qué mono!</p>
-
-<p>El señor Emeterio dobló el brazo derecho en forma de cuello de cisne
-y puso la mano como para oprimir un timbre; el dedo índice muy erecto,
-apuntando a los labios de su mujer. Ordenó campanudamente:</p>
-
-<p>—¡Tú, a callar! —y enderezando la mirada a Teófilo—: Vamos a ver,
-¿le ha faltao mi señora?</p>
-
-<p>Disponíase la portera a protestar, pero el señor Emeterio, con un
-movimiento autoritario del brazo izquierdo, la redujo a silencio y
-sumisión.</p>
-
-<p>Teófilo estaba aturdido y nervioso. Comprendía que el señor Emeterio
-estaba en la duda de dar o no una paliza a la señá Donisia, y que el
-porvenir colgaba de su respuesta.</p>
-
-<p>—¡Vaya! —intervino Conchita, impacientándose—, que se hace tarde
-y no puedo estar toda la mañana a la puerta. Suba usté, don Teófilo.
-¡Vaya si son ustedes pelmas!...</p>
-
-<p>—¡Un hemistiquio, Conchita! —rogó el señor Emeterio.</p>
-
-<p>—Un hemis... ¿qué? —y Conchita rio alegremente.</p>
-
-<p>—Quiere decirse un momento —el señor Emeterio enarcó las cejas y
-chascó la lengua; daba a entender que era tolerante con la ignorancia
-de Conchita. Dirigiéndose a Teófilo, repitió—: Vamos a ver, ¿le ha
-faltao mi señora?</p>
-
-<p>—¡Oh... verá usted!... No; de ninguna manera —Teófilo no sabía qué
-decir.</p>
-
-<p>—Creía... —insinuó el señor Emeterio.</p>
-
-<p>—¡Bah! —concluyó Teófilo, esforzándose en sonreir—. Una equivocación
-cualquiera la tiene.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>—Pero que muy bien
-dicho —comentó el señor Emeterio—. Quiere decirse entonces que usté
-sabe disimular si mi señora ha tenido un lasus o quiprocuó.</p>
-
-<p>—Claro, claro —aseguró Teófilo sin atreverse a reconquistar la bota
-y sustentándose en un pie.</p>
-
-<p>—Pues, buenos días y disimular. ¡Tú, anda p’alante! —y el señor
-Emeterio, en funciones de imperio conyugal, acompañó esta orden
-haciendo castañuelas de los dedos.</p>
-
-<p>La señá Donisia comenzó a retirarse con paso remolón y gesto reacio.
-Volvíase de vez en vez a mirar de soslayo, tan pronto a Conchita como
-a Teófilo, y sus ojeadas eran, respectivamente, de servilidad y de
-encono. Desde el comienzo de la escena la conducta de la señá Donisia
-había sido ejemplarmente canina. Recordaba esos perros de casa grande
-que ladran con rabia descomunal al visitante humilde; luego, si por
-ventura se han excedido en su celo, el visitante es admitido a la
-mansión del dueño y ellos golpeados por un sirviente, vanse mohinos y
-rabigachos, con ojos inquietos, tan pronto recelosos del castigo como
-coléricos hacia el intruso.</p>
-
-<p>Así como la señá Donisia descendió los cuatro escalones, Teófilo
-recuperó y se calzó la bota, que era de elásticos, aun cuando había
-renunciado ya a sus cualidades específicas de elasticidad; y como si se
-hubiera ajustado al tobillo, no una bota, sino las alas de Mercurio,
-voló, más que subió, al piso primero.</p>
-
-<p>En estando a solas los dos porteros se les serenó la cara: la de la
-señá Donisia dejó de ser iracunda y servil, y la del señor Emeterio
-perdió su prosopopeya y toda suerte de aderezo figurado. Mirábanse
-llanamente el uno al otro, como matrimonio bien avenido, y era evidente
-que se comprendían sin hablarse.</p>
-
-<p>—¡Pero miá tú que la señorita Rosa!... —chachareó la mujer,
-conduciendo involuntariamente la mano<span class="pagenum"
-id="Page_11">p. 11</span> al paraje en donde Teófilo había descargado
-el golpe—. Si son unas guarras... Ya ves tú si el señor Sicilia, y más
-ahora que le han hecho menistro, le dará lo que la pida el cuerpo...</p>
-
-<p>—¡Qué ha de dar, Donisia! A su edad...</p>
-
-<p>—No seas picante, Emeterio. Digo que si le dará tantas pelas, ¡qué
-pelas!, tantos pápiros como pesa. Pues na, que le ha de poner la
-cornamenta. Y entavía, si fuera aquello de decirse con un señorito
-decente. Pero, ¡hay que ver el chulo que ha selecionao!... Con una cara
-de tísico... Pues, ¿y los tomates del calcetín? ¿Te has fijao?</p>
-
-<p>—¿No m’había de fijar, Donisia? Las hay pa toos los gustos. Pero tú,
-también, ¡vaya que has dao gusto a la muy! Y hay que tener púpila...</p>
-
-<p>—Pero —acordándose del golpe recto de Teófilo—, si es que me ha
-soltao un mamporro talmente aquí... —señalaba lo más avanzado del
-vientre.</p>
-
-<p>—Ya, ya. Y na, que hay que cerrar el pico, porque las propis de la
-señorita Rosa...</p>
-
-<p>—Es la princesa del Caramánchimai, Emeterio.</p>
-
-<p>—Y que lo digas, Donisia.</p>
-
-<p>Y se engolfaron en las tinieblas del cuchitril.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_2">
- <h3>II</h3>
-</div>
-
-<p>Habíanse entrado en la portería el señor Emeterio y la señá Donisia
-cuando se oyeron grandes y majestuosas voces llamando al marido y a la
-mujer. Acudieron estos al lugar de donde las voces partían, para lo
-cual hubieron de atravesar un pasadizo que daba a un angosto patizuelo;
-en él, una puerta con dos escalones, y por ella se entraron a una
-pequeña antesala y luego a una ancha pieza, con vidrieras a un costado
-y en el techo a modo de estudio de pintor. Estaba esta pieza atalajada
-con pocos y vetustos<span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>
-muebles de nogal denegrido; un arcón tallado, sillones fraileros, y en
-el respaldo de uno de ellos una casulla, una mesa de patas salomónicas
-trabadas entre sí por hierros forjados, un velón de Lucena, algunos
-cacharros de Talavera y Granada, una cama con colcha de damasco de seda
-carmesí, y en la cama un hombre flaco, barbudo y sombrío. A la primer
-ojeada, este hombre ofrecíase como el más cabal trasunto corpóreo de
-Don Quijote de la Mancha. Luego, se echaba de ver que era, con mucho,
-más barbado que el antiguo caballero, porque las del actual eran barbas
-de capuchino; de otra parte, la aguileña nariz de Don Quijote había
-olvidado su joroba al pasar al nuevo rostro, y, aunque salediza, era
-ahora más bien nariz de lezna.</p>
-
-<p>Estaba el caballero sentado en la cama, con una pierna encogida y
-la rodilla muy empinada, haciendo de pupitre, sobre el cual sustentaba
-un cartón con una cuartilla sujeta por cuatro chinches. Con la mano
-derecha asía un lapicero. Despojose con la izquierda de las grandes
-gafas redondas, con armazón de carey, y miró severamente al matrimonio.
-Sin embargo, sus ojos, fuera por sinceridad, fuera por condición de la
-miopía, delataban gran blandura de sentimientos.</p>
-
-<p>—¿Me quiere usted decir, Dionisia, a qué obedece el escándalo que
-usted ha movido en las escaleras? ¿No sabe usted, mujer, que no puedo
-trabajar si hay ruido? ¿Quiere usted obligarme a que busque nuevo
-alojamiento a cien leguas de su desordenada vocinglería? —habló el
-caballero, con un tono semejante al de un actor joven representando un
-papel de arzobispo.</p>
-
-<p>—¡Por Dios, señorito! —rogó el señor Emeterio.</p>
-
-<p>—¡Por Dios, don Alberto! —suplicó la señá Donisia con extremada y
-dolida humildad.</p>
-
-<p>Marido y mujer acercábanse siempre a don Alber<span class="pagenum"
-id="Page_13">p. 13</span>to poseídos de medrosa devoción. Lo amaban
-como el perro ama al hombre y el hombre ama a Dios, como a un ser a
-medias familiar y a medias misterioso.</p>
-
-
-<p class="mt2">Don Alberto del Monte-Valdés, como los españoles de
-antaño, había dado los nerviosos años de la juventud a las aventuras
-por tierras de Nueva España, en cuyo descubrimiento y conquista, al
-decir de don Alberto, habían tenido gloriosa parte antepasados suyos.
-Acercábase a la mitad del camino de la vida cuando retornó a la
-metrópoli y cayó en la villa y corte, luciendo extraña indumentaria y
-anunciando la buena nueva de un arte extraño. Los transeúntes reían
-de su traza; los cabecillas literarios hostilizaron con mofas sus
-escritos. Monte-Valdés, como haciéndose fuerte en un baluarte, entonó
-la vida conforme a una pauta de orgullo, mordacidad y extravagancia,
-que tales eran los tres ángulos de su defensa contra burlas, insidias
-y rutinas ambientes. Algunos escritores mozos le seguían y remedaban.
-Y a todo esto, el escaso dinero con que había llegado a Madrid andaba
-a punto de consumirse. No conseguía publicar ningún artículo en los
-periódicos, y si por acaso alguna revista de poco fuste se lo acogía,
-no se lo pagaba, como no fuera en elogios. Habiéndose reducido su
-caudal a dieciséis duros mal contados, caminaba cierto día sin rumbo
-por las calles, considerando lo que darían de sí y el tiempo que
-tardaría en ganarse otros dieciséis, cuando un corro de apretada
-gente, al pie de una casa a medio construir, le atrajo la atención.
-Abrió brecha entre los mirones a codazos y descubrió en el centro
-un hombre lívido y quejumbroso, yaciendo en tierra. Dos personas
-parecían prestarle auxilio y examinarlo. Trajeron una camilla y en ella
-acomodaban al herido a tiempo que Monte-Valdés, llegándose al lugar
-de la escena, interrogó a una<span class="pagenum" id="Page_14">p.
-14</span> de aquellas dos personas, que resultó ser médico:</p>
-
-<p>—¿Qué ha ocurrido?</p>
-
-<p>Monte-Valdés, como Don Quijote, suspendía a quien por primera
-vez hablaba, con una emoción entre imponente e hilarante. El médico
-examinó despacio al advenedizo, se encogió de hombros y respondió
-despegadamente:</p>
-
-<p>—Nada; ya lo ve usted. Un albañil que se ha caído del andamio.
-Nada.</p>
-
-<p>—¿Cómo que nada? —rezongó a lo sordo Monte-Valdés, sacudiendo barbas
-y quevedos.</p>
-
-<p>El médico volvió a examinar al intruso, pensando si estaría loco. Y
-habló de nuevo, esta vez con cortesía:</p>
-
-<p>—Digo que nada precisamente por eso, porque este <i>nada</i> quiere decir
-<i>todo</i>: quiere decir que el hombre quedará inútil para toda su vida,
-cosa que, en resumidas cuentas le estará bien merecido, porque son unos
-bestias, que no se cuidan de nada; eso, como no estuviera borracho. Y
-digo que se quedará inútil porque el arreglo del brazo, que es donde
-tiene la quebradura, no se puede hacer sino con un aparato ortopédico
-que vendrá a costar setenta y cinco pesetas, y como él no tiene las
-setenta y cinco pesetas ni quien se las dé, pues, ¡nada!</p>
-
-<p>—¿Y quién le ha dicho a usted que no tiene quien se las dé?
-—bramó opacamente Monte-Valdés, despidiendo centellas por los ojos.
-Ahora fueron tan violentas las sacudidas de los quevedos que hubo de
-afianzarlos en la nariz con insegura mano.</p>
-
-<p>—Digo; como usted no las...</p>
-
-<p>—Naturalmente que yo las doy.</p>
-
-<p>En este punto apareció una mujer que hipaba y gemía, conduciendo de
-la mano una chicuela morenucha y enclenque. El médico se acercó a la
-mujer, y, en hablándole unas palabras, la mujer acudió a Monte-Valdés,
-y quería besarle las manos. El escritor, con ademán y son evangélicos,
-dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p>
-
-<p>—Mujer, no llores, que lo que hago no vale la pena. Toma los quince
-duros.</p>
-
-<p>La mujer quiso saber el nombre y domicilio del protector de su
-marido. Resistíase Monte-Valdés, pero hubo de ceder al fin.</p>
-
-<p>Una modistilla, arrastrada por ese instinto sentimental y burlesco
-que es toda el alma de las madrileñas de clase humilde, gritó:</p>
-
-<p>—¡Viva Don Quijote!</p>
-
-<p>Y los testigos de lo acaecido, en su mayoría de pueblo bajo,
-hicieron coro:</p>
-
-<p>—¡Viva!</p>
-
-<p>Monte-Valdés, gran enemigo de la plebe y despreciador de sus
-arrebatos, huyó con ligero compás de pies. Las menestralas, que le
-veían de espaldas, con su larga cabellera y extraño pergeño, lloraban
-de risa.</p>
-
-<p>El albañil herido era el señor Emeterio; la mujer sollozante, la
-señá Donisia.</p>
-
-<p>A solas ya, Monte-Valdés contó el dinero que le quedaba; cuatro
-pesetas y veinte céntimos. Tenía arrendado un cuarto y solía comer
-en cafés y restoranes de precio módico, solo dos veces a la semana,
-porque su sobriedad era tanta como las de algunos célebres españoles
-de otros siglos. Es decir, que sus arbitrios pecuniarios no alcanzaban
-a procurarle el sustento más arriba de una semana. No tenía amigos
-a quienes acudir, ni, de otra parte, se hubiera doblegado nunca a
-solicitar dineros.</p>
-
-<p>Esforzábase en resolver tan intrincado problema cuando acertó a
-pasar frente a la iglesia de las Góngoras. Entró en el templo, sentose
-en un banco, y allí, estando con la cabeza gacha, los ojos entornados,
-las aletas de la nariz dilatadas por el olor a incienso y peinándose
-despaciosamente las barbas con los dedos, tuvo una revelación. Salió
-confortado de la iglesia y se encaminó a una panadería, en donde compró
-pan para un mes. Pan que luego conservó blando<span class="pagenum"
-id="Page_16">p. 16</span> envolviéndolo en pañizuelos, los cuales
-mantenía húmedos siempre, como los escultores hacen con sus bocetos en
-barro. Antes de terminar el mes, y con él el pan, Monte-Valdés colocó
-dos artículos que cobró a cinco duros cada uno. Casi al mismo tiempo
-presentáronsele Emeterio, repuesto ya del percance, y la mujer. Su
-agradecimiento y adhesión al caballero eran tales, que a la vuelta de
-lagrimear y dar gracias centenares de veces, la Dionisia habló así:</p>
-
-<p>—Señorito, nosotros queremos servirle a usté, estar siempre con usté
-y a sus órdenes pa lo que nos resta de vida.</p>
-
-<p>—Me place. Yo no puedo vivir sino rodeado de servidumbre —y comenzó
-a peinarse las barbas, signo en él de reflexión—. Pero debo advertirles
-que yo soy un hidalgo pobre.</p>
-
-<p>—Con usté, aunque fuese morir de hambre —afirmó decidido Emeterio—.
-¡Mejor que con el Rochil!</p>
-
-<p>—¡Sea! —concluyó Monte-Valdés.</p>
-
-<p>A partir de este punto comenzó la época misteriosamente heroica
-de la vida de Monte-Valdés, la época de la conquista: conquista de
-renombre y, en segundo término, si ello viniera de añadidura, conquista
-de bienestar. Y así como la enjuta Castilla de los tiempos del
-Emperador, con el hambre en casa y la miseria, conquistaba el mundo
-lidiando por la fe, y tanto como se le apretaban las tripas se le
-erguía la cabeza ante ojos ajenos, Monte-Valdés peleaba, a su modo, por
-un ideal de arte, y cuanto más recia era la escasez en casa, más se le
-entiesaba y endurecía la raspa, que no la doblaba ante nadie. Solamente
-entre españoles se encuentra el tipo de hombre que ha hecho compatible
-el hambre con el orgullo y a quien no envilece la pobreza. No era
-raro que durante aquella época de conquista Monte-Valdés permaneciera
-algunos días sin salir del lecho, habiendo<span class="pagenum"
-id="Page_17">p. 17</span> empeñado el único traje que poseía, por no
-morirse de hambre él y su servidumbre. Y si acaso en tales ocasiones
-aportaba un amigo de visita, recibíale Monte-Valdés en cama, con afable
-prestancia y un como natural olvido de las humildes cosas en torno de
-ellos, que no parecía sino que el lecho era estrado.</p>
-
-<p>Era pendenciero, porque consideraba que en la adversidad los ánimos
-nobles se enardecen. Una de sus pendencias hubo de costarle una pierna,
-la derecha, que sustituyó con otra de palo. Si se le hubiera de creer a
-él, de este accidente recibió gran contento, porque le hacía semejante
-a Lord Byron, que también era cojo, si bien de distinta cojera.</p>
-
-<p>—Lo que me duele —exclamaba a veces componiendo un gesto de
-consternación irónica— es sentirme incapacitado para aplicar puntapiés
-a los galopines de las letras y no poder desbravar potros cerriles
-—cosa la última que dejaba un tanto perplejo al interlocutor.</p>
-
-<p>Tras muchas y ásperas campañas, la fortuna comenzó a serle amiga
-y el éxito a lisonjearlo. Iba camino de alcanzar cuanto se había
-propuesto.</p>
-
-<p>El señor Emeterio, que había dejado el oficio, y la señá Donisia,
-que había incurrido en menesteres porteriles por distraerse, decía
-ella, habían seguido caninamente a Monte-Valdés en todas sus andanzas
-y participado, con resuelto corazón, de sus privaciones. Sentían,
-además de amor, cierto orgullo reflejo por su señorito: esa jactancia
-de servir a buen amo, que es la verdadera cadena y muestra visible de
-todas las servidumbres. Por eso le amaban como el perro ama al hombre
-y el hombre ama a Dios, como un ser a medias familiar y a medias
-misterioso.</p>
-
-<p>—Es que, verá usté, señorito —empezó a explicar la señá Donisia—, se
-cuela un méndigo en el portal, porque talmente era un méndigo. Ya sabe
-usté que<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> el casero no
-quiere méndigos. Lo mismo da decir ladrón que méndigo.</p>
-
-<p>—Mendigo, mujer, y no méndigo, como ha dicho usted por cuatro
-veces.</p>
-
-<p>—Ladrón me paece más al caso. Pues como le digo, voy y no le
-dejo pasar. Pues que se arranca a decirme perrerías, y va y me da
-un puñetazo en el vientre; y na, que resulta que es el chulo de la
-señorita Rosa.</p>
-
-<p>Monte-Valdés se peinaba las barbas. Al oír el nombre de Rosa, alargó
-el brazo y dijo:</p>
-
-<p>—Basta, Dionisia. Que no le oiga a usted llamar señorita a una mala
-mujer. Veo que en esta casa no se puede vivir. Y como quiera que ya
-vengo pensándolo hace varios días, usted, Emeterio, irá hoy a verse
-con el casero y le dirá que me mudo en seguida. Yo mismo buscaré nuevo
-cuarto, y ustedes, si quieren seguir sirviéndome, me acompañan; si
-prefieren la portería y los gajes que le pueden venir de una mala
-mujer, se quedan.</p>
-
-<p>—Pero es que... señorito —el señor Emeterio titubeaba.</p>
-
-<p>—He dicho basta. Dionisia, traiga agua caliente que quiero vestirme
-al punto.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_3">
- <h3>III</h3>
-</div>
-
-<p>—La señorita se levanta ahora mismo. Pase usté entretanto al
-gabinete.</p>
-
-<p>—Si no hubiera dificultad, Conchita, yo preferiría esperar en el
-comedor.</p>
-
-<p>—A ver, ¿es que no nos hemos desayunao aún, don Teófilo? —soltose a
-reír Conchita, como una chicuela. No había dado sentido literal a la
-pregunta; creía haber dicho una agudeza, sin sospechar que atormentaba
-a Teófilo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p>
-
-<p>—Es usted tremenda, Conchita —balbuceó Teófilo azorándose.</p>
-
-<p>—Tráteme usted de tú, don Teófilo.</p>
-
-<p>Teófilo pensaba: «Conchita se figura que estoy muerto de hambre. Con
-mi facha...»</p>
-
-<p>—Es que en el comedor hay más luz, Conchita.</p>
-
-<p>—Más luz, ¿eh? Está usted apañao del quinqué. Cómprese unas gafas
-ahumás.</p>
-
-<p>Teófilo pensó ahora: «Se está burlando de mí. Le parezco ridículo.»
-Aquella fuerza tiránica, indócil a la voluntad, que le había movido
-a descargar gallardo golpe sobre el vientre de la portera, comenzaba
-a insurgirse y dominarlo. «¿Quién me manda a mí venir a casa de una
-<i>prostituta</i>?...» Cerebro y corazón se le quedaron en suspenso unos
-instantes. Prosiguió el hilo del soliloquio mental: «Al fin y al
-cabo, una <i>prostituta</i>.» <i>Al fin y al cabo</i> valía tanto como «aunque
-yo esté enamorado de ella; aunque quizás llegue a enamorarse de mí y
-se regenere; aunque ando loco entre esperanzas y desesperanzas.» Y
-Teófilo, dolido por lo que él juzgaba burlas de Conchita, continuaba
-pensando: «Lo natural, lo decoroso, el <i>gesto bello</i> de este trance
-risible sería que le diese un puntapié en el trasero a Conchita,
-para que aprenda a no ser desvergonzada.» Y aquella fuerza agresiva
-e irreprimible le hormigueaba ya en una pierna. Pero de pronto tuvo
-la sensación de quedar exangüe, con las venas vacías, y así como si
-el corazón fuese una cosa flácida y hueca, susceptible de ser vuelto
-del revés. A pesar suyo, volvió a formular con palabras las ideas:
-«¡Pobrecita! ¿Qué culpa tiene ella de que yo sea pobre y grotesco?» Y
-otra vez, de la palabra concreta descendió a derretirse en neblina y
-angustias sentimentales. Era que tenía miedo de las palabras: miedo
-de desvelar la verdad acerca de sí propio; y a tiempo que todo su
-ser, a tientas, aspiraba a interrogarse y conocer si en realidad era
-un <span class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span>ser grotesco,
-Teófilo se obstinaba en ignorar esta aspiración perentoria. Cerraba
-los ojos de la conciencia igual que, después de algunos días de hambre
-y algunas noches sin sueño, solía cerrar los del rostro al pasar ante
-un espejo, por miedo a verse con toda la traza de un tísico rematado.
-Tales estados de ánimo iban unidos siempre, en lo afectivo, a una rara
-ternura y tolerancia hacia la maldad ajena, a un movimiento de amor por
-todos los seres y las cosas, y en las líneas de la cara trasparecían
-a modo de mueca simpática y pueril, como si con el gesto dijese: «Yo
-os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea como soy, porque la
-verdad es que yo no tengo la culpa.»</p>
-
-<p>—¡Parece mentira! Y yo que te quiero tanto, Conchita... —cuando
-le entró por los oídos el compungido acento de sus propias palabras,
-Teófilo quedó estupefacto y corrido de haber hablado como por máquina,
-sin el concurso de la voluntad.</p>
-
-<p>—¡A ver, a ver, que yo me entere! —Conchita colocó los brazos en
-jarras, se empinó sobre las puntas de los pies, entiesando el grácil
-torso, y ladeó la cabecita para oír mejor. Ahora era Conchita quien
-pensaba que se burlaban de ella.</p>
-
-<p>Su engallada actitud de braveza y enojo era tan linda y graciosa que
-Teófilo se deleitaba contemplándola y no pudo menos de sonreir.</p>
-
-<p>—Te quiero como amigo, Conchita; nada más que como amigo. Sabes que
-las aguas van por otro lado; aparte de que tú ya tienes novio.</p>
-
-<p>—Eso es lo que a usté menos le importa —dijo Conchita con sequedad
-que no era hostil.</p>
-
-<p>—Claro que no me importa, si tú te empeñas. Bien; ahora llévame al
-comedor.</p>
-
-<p>—¡Y dale! ¡Qué pelmazo es usté, señor Pajares!</p>
-
-<p>Conchita tomó de la mano al poeta, y corriendo de suerte que Teófilo
-iba a remolque, le condujo al comedor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span></p>
-
-<p>—¿Lo ve usté? —preguntó la muchacha, mostrando el desorden de la
-habitación.</p>
-
-<p>Las sillas estaban unas encima de otras y algunas sobre la mesa; los
-cortinajes, recogidos en los batientes de las puertas. Una vieja criada
-barría.</p>
-
-<p>—¿Se quiere usté quedar aquí, don Teófilo?</p>
-
-<p>—Ya veo que tenías razón; pero es que el tal gabinetito me es
-antipático.</p>
-
-<p>—Anda, que si le oye a usted la señorita; está loca con él.</p>
-
-<p>—¡Concha!... —gritó una voz tumultuosa, masculina, desde el interior
-de un aposento.</p>
-
-<p>—¿Qué hay? —respondió Conchita.</p>
-
-<p>—¿Quién está ahí? —preguntó la voz.</p>
-
-<p>Y Conchita:</p>
-
-<p>—Un amigo de la señorita.</p>
-
-<p>Y la voz:</p>
-
-<p>—¿Es el señor Menistro? —por el tono se comprendía que lo
-pronunciaba con letra mayúscula.</p>
-
-<p>Y Conchita:</p>
-
-<p>—No, señor.</p>
-
-<p>Y la voz:</p>
-
-<p>—Pero, será amigo del señor Menistro...</p>
-
-<p>Y Conchita:</p>
-
-<p>—No lo sé. Es un señor poeta.</p>
-
-<p>Y la voz:</p>
-
-<p>—Qué cosa ye más: ¿Menistro o poeta?</p>
-
-<p>Y Conchita:</p>
-
-<p>—Luego se lo diré, en cuanto lo averigüe —volvió a tomar de la mano
-a Teófilo y salieron del comedor.</p>
-
-<p>—¿Quién era? —interrogó Teófilo muy sorprendido.</p>
-
-<p>—El padre de la señorita. Era marinero, al parecer, allá por el
-Norte, no sé en dónde. Ahora está ciego.</p>
-
-<p>—Y, desde luego, como si lo viera: al padre le parecerá muy bien la
-vida que lleva su hija.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>—Mía tú este; como
-al mío, si yo tuviera la suerte de ella. Vaya, entre en el gabinete,
-que yo tengo que vestir a la señorita.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_4">
- <h3>IV</h3>
-</div>
-
-<p>Conchita penetró en la estancia y, sumiéndose entre tinieblas, con
-gran desenvoltura y tino fue derechamente a abrir las contraventanas.
-A través de las cortinas de delgado lino blanco, lisas y casi
-conventuales, fluyó la luz, fría, pulcra. La habitación era amplia y
-rectangular, de una blancura mate, nítida, que en los ángulos menos
-luminosos degradábase en velaturas azulinas y marfileñas. Hubiérase
-creído vivienda amasada con sustancia de nubes a no ser por el estilo
-tallado, perpendicular, de los muebles, de laca blanca. Las puertas
-estaban aforradas con una cuadrícula de sutiles listones, encerrando
-espejillos biselados. La alfombra era espesa y muelle. Había pocos
-muebles, y estos ingrávidos, sin domesticidad. De las paredes colgaban
-tan solo tres cuadros, un aguafuerte y dos grabados en sepia, con mucho
-margen, y por marco un fino trazo de roble color ceniza.</p>
-
-<p>Daban las únicas notas de color una butaquilla baja, de respaldar
-sinuoso y con orejeras a entrambos lados del respaldar, tapizada de
-pana gris perla, y dos lechos, uno matrimonial y el otro infantil,
-los dos de hierro dorado y diseño muy simple; a la cabecera, sendas
-cabecitas rojiáureas, y a los pies, edredones de seda oro viejo.</p>
-
-<p>En aquel fondo inmaculado, el cuerpo menudo y ágil, vestido de
-negro, de Conchita, destacaba como un ratoncillo caído en un cuenco de
-leche.</p>
-
-<p>Las dos cabezas, encendidas por el sueño y sumergidas en una masa
-de cabellos de miel, yacían pro<span class="pagenum" id="Page_23">p.
-23</span>fundamente, ajenas al advenimiento de Conchita y de la luz.</p>
-
-<p>La doncella se acercó a la cama de la señorita y la zarandeó con
-suavidad.</p>
-
-<p>—¿Qué hora es? —preguntó Rosina, con voz algo ronca.</p>
-
-<p>—Las diez y media, sobre poco más o menos.</p>
-
-<p>—¿Por qué me despiertas tan temprano?</p>
-
-<p>—El señor Pajares está ya en el gabinete, esperándola a usté.</p>
-
-<p>—Es verdad. Ya no me acordaba.</p>
-
-<p>Sacó los desnudos brazos de entre las sábanas y los elevó al aire,
-desperezándose. Eran bien repartidos de carne, gordezuelos quizás,
-dúctiles, femeninos porque aparentaban carecer de coyuntura y músculos,
-cual si ondulasen, y tenían, así como el cuello y los hombros, una
-suave floración de vello entre rubio y nevado, a través del cual se
-metía la claridad de manera que trazaba en torno a los miembros un
-doble perfil, como si estuvieran vestidos de luz.</p>
-
-<p>—Que no se despierte la niña —bisbiseó Rosina, incorporándose y
-haciendo emanar del interior del lecho una fragancia cálida, semihumana
-y semivegetal.</p>
-
-<p>El tibio olor llegaba hasta Conchita, sugiriéndole ideas de
-voluptuosidad. Se dijo: «No me extraña que los hombres, cuando
-tropiezan con una gachí como esta, se entreguen hasta dar la pez.»</p>
-
-<p>—¿Dónde está Celipe? —preguntó una clara voz infantil.</p>
-
-<p>Rosina y Conchita volviéronse a mirar hacia la cama de Rosa
-Fernanda. La niña se había puesto de rodillas en el lecho y sentado
-sobre los talones, escondidos entre rebujos del luengo camisón de
-dormir.</p>
-
-<p>—¡Tesoro! ¡Gloria! ¡Picarona! ¿Quién la quiere a ella? Ven aquí,
-que te coma un poco de esa carina de rosa, que la mamita tiene mucha
-hambre. Ven, ven.</p>
-
-<p>Y Rosina tendía los brazos a su hija, a tiempo que<span
-class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> murmuraba más y más ternezas
-y amorosos dislates.</p>
-
-<p>Rosa Fernanda, que restregaba desesperadamente los ojos con los
-puños, repitió:</p>
-
-<p>—¿Dónde está Celipe?</p>
-
-<p>—¡Ah, malvada! Quieres más a Celipe que a tu mamita. Ahora voy a
-llorar.</p>
-
-<p>Y comenzó a simular afligido llanto.</p>
-
-<p>Rosa Fernanda arrugó el entrecejo e hizo un pucherito, en los
-barruntos de una llantina. Rompió entonces la madre a reír, y la niña,
-dando con los ojos patentes muestras de que no le había hecho gracia la
-burla, repitió indignada:</p>
-
-<p>—¿Dónde está Celipe?</p>
-
-<p>Oyose cauto rumor a la puerta, como de alguien que la arañase.</p>
-
-<p>—¡Ahí tienes a Celipe, pícara, más que pícara! —refunfuñó Rosina,
-fingiéndose enojada.</p>
-
-<p>Rosa Fernanda saltó del lecho a tierra, a punto que el llamado
-Celipe forzaba la entrada, y corrieron el uno al encuentro del otro.
-Pero Rosa Fernanda, cuyo camisón era dos palmos más largo que su
-diminuta persona, se enredó y dio en el suelo, al aire las rosadas
-piernecillas y los desnudos pies, de planta y talón ambarinos. Entonces
-Celipe, que era un perro faldero tan velludo que parecía una pelota
-de lana sin cardar, llegose a la niña, comenzó a botar en torno a
-ella, a gruñir, con acento ridículo y amistoso, y a toparla con su
-cabezota cubierta de tupidas cerdas cenicientas, informe y sin ninguna
-apariencia orgánica, como no fueran dos ojos brutales, duros, de
-azabache. Desternillábase a reír la niña; contagiose de la risa la
-madre, y, a la postre, también Conchita, de suerte que entre las tres,
-con su alegre concierto, enardecían a Celipe y le inducían a cometer
-mayores incoherencias.</p>
-
-<p>—Señorita —atreviose a sugerir la doncella—, que el pobre señor de
-Pajares está esperando.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>—Sí, tienes razón;
-dame acá el kimono.</p>
-
-<p>Rosina vistiose el kimono que Conchita le presentaba; una a manera
-de holgada vestidura de seda carmesí, bordada de dragones verde malva,
-glicinias violeta y plateadas zancudas volantes. El kimono estaba
-guateado por dentro, y así Rosina gustaba de arrebujarse en él y sentir
-cómo le abrazaba el cuerpo aquella levedad mimosa y tibia.</p>
-
-<p>Rosina tomó en el aire a Rosa Fernanda y la besó con apasionada
-efusión, sin cuidarse de las protestas y pataleos de la niña, ni de
-los ladridos del informe Celipe, el cual se había alongado como cosa
-de una cuarta, verticalmente, en el espacio, demostrando con esto y
-la incertidumbre del equilibrio que se había puesto en dos pies. La
-madre depositó de nuevo a la pequeña sobre la alfombra, y dejándola a
-su placer en la amiganza del jocoso Celipe, salió al cuarto de baño,
-seguida de la doncella.</p>
-
-<p>En el cuarto de baño sentose a esperar que la pila se llenase. En
-tanto Conchita azacaneaba el agua con el termómetro, previniendo la
-temperatura adecuada, Rosina permanecía con los ojos perdidos en el
-vaho caliente que del baño subía. Como Conchita espiase de soslayo la
-distracción de su ama, por entretenerla le refirió el lance que había
-acaecido entre Teófilo y la señá Donisia.</p>
-
-<p>—Pero, ¡qué bestia es esa mujer! —comentó Rosina nerviosamente—. Y
-él ¿no le dijo alguna frase oportuna?</p>
-
-<p>—Arpía; fue lo único que yo le he oído.</p>
-
-<p>—¡Pobre Pajares!</p>
-
-<p>—Quite usté, señorita, si tié la sangre más gorda...</p>
-
-<p>Rosina y su doncella mantenían entre sí un trato de familiar
-llaneza, si bien Conchita, por mucho que le aguijase la curiosidad,
-absteníase de preguntar: tarde o temprano, Rosina se lo contaba
-todo.</p>
-
-<p>—¿Cómo viene vestido hoy?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>—¿Cómo? Anda, pues
-de príncipe ruso. Ya conoce usté la <i>mise en escène</i>: pantalones con
-fondillos y sus flecos, calzao americano, que es la moda (quiero decir,
-calzao que proviene de las Américas del Rastro), y la chaqueta que
-puede pasar... que puede pasar al carro de la basura. Pues no le ha
-visto usté en calcetines.</p>
-
-<p>—Claro que no. ¿Es que le has visto tú?</p>
-
-<p>—Natural que le he visto. Pero ¿no le he dicho a usté que la señá
-Donisia le había sacao una bota?</p>
-
-<p>—¡Qué bestia de mujer!</p>
-
-<p>—Pues nada, que había que ver la tontería de calcetín.</p>
-
-<p>—Bueno, basta Conchita. Parece que no te has enterado de que no me
-gusta oír hablar mal de Pajares.</p>
-
-<p>—Si es que le tengo lástima.</p>
-
-<p>—¿Lástima de qué? ¿De su pobreza? Eso le honra. Has de saber que es
-un hombre de gran talento; que podía ganar lo que quisiera escribiendo
-en los periódicos; pero como ocurre que su carácter noble y rebelde
-no le deja doblarse ante nadie... eso es todo. Además, que le tienen
-envidia...</p>
-
-<p>Rosina exteriorizó con gran vehemencia sus opiniones; opiniones que
-había contraído directamente del propio Teófilo.</p>
-
-<p>—No lo dudo, porque mire usté que en el mundo hay envidiosos y
-envidiosas... Ya está el baño.</p>
-
-<p>Rosina sumergió el desnudo cuerpo en el agua, templada y olorosa.
-Era una de esas bellezas áureas de los climas húmedos, productos de
-jugosa madurez, que afectan, con ligadura de fruición deleitable, tanto
-los ojos como el paladar de quien las mira, sugieren nebulosamente
-una sensación de melocotones en espaldera, ya sazonados, y hacen la
-boca agua. A causa del sedoso vello, la piel de Rosina, como la de las
-frutas frescas, dentro del líquido semejaba estar<span class="pagenum"
-id="Page_27">p. 27</span> cubierta con polvo de plata cristalina.
-Rebullíase la mujer con molicie y entornaba los ojos. Estaba
-pensativa.</p>
-
-<p>—Oye, Concha, ¿no te parece que Pajares no se puede decir que sea
-feo?</p>
-
-<p>—No es un bibeló; pero no se puede decir que sea feo.</p>
-
-<p>—Tiene así un no sé qué de distinguido, ¿no te parece? Algo en el
-aire. Una cosa de orgullo, a veces de desprecio, que está bien. Bueno;
-tú no te paras a mirar esas cosas. Si me lo vistes como los niños de la
-Peña, pongo al caso...</p>
-
-<p>—Mire usté, señorita; pa mí que el hábito no hace al monje. Yo me
-pongo los vestidos de la señorita, y sigo siendo la Concha.</p>
-
-<p>—No estoy conforme contigo; habías de verme a mí cuando no era más
-que una pobre rapazuca de pueblo, una sardinera, hija de un pescador.
-No debía de haber por dónde cogerme.</p>
-
-<p>—Ya, ya; dejaría usté, cuando se quedaba en cueros, como ahora, y se
-metía en el agua, como ahora, digo que si dejaría usté de ser, como es
-ahora: una alhaja, que toda usté parece plata, oro y brillantes.</p>
-
-<p>Rosina sonrió a las lisonjas de su doncella.</p>
-
-<p>—Pues digo más, y esto para el señor Pajares —prosiguió Conchita—.
-Y digo que no sé por qué se me figura que todo el aquel que usté le
-encuentra, en cuanto que se vistiera como un niño litri, no quedaba
-pero que ni esto.</p>
-
-<p>—Es decir, que según tú, el hábito hace al monje. Pues yo te digo
-que Teófilo tiene una gran figura.</p>
-
-<p>Rosina salía del baño. Conchita la arropó en la sábana, y se dijo
-para sus adentros: «Está chalá por el poeta.»</p>
-
-<p>Volvieron a la alcoba. Rosa Fernanda y Celipe se habían marchado.
-En tanto la muchacha peinó, le<span class="pagenum" id="Page_28">p.
-28</span> acicaló las manos y vistió a Rosina no volvieron a cambiar
-una palabra.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_5">
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>Teófilo hubo de resignarse a esperar en el gabinete que, en efecto,
-le era muy antipático, le exasperaba los nervios. Pajares había
-definido este sentimiento enemigo sirviéndose de una imagen: «lo odio
-como un ruiseñor odiaría un solo de cornetín».</p>
-
-<p>El gabinete había sido planeado por don Sabas Sicilia, ministro
-de Gracia y Justicia y amante de Rosina. Era una pieza amueblada y
-decorada al estilo Imperio, y, mal que pese a todas las antipatías,
-a Teófilo le había servido para hacer las siguientes anotaciones
-literarias: «La gama completa de los rojos se fusiona en un conjunto
-de incandescencia aguda y cesáreo esplendor. Los muros tapizados con
-seda rojo mate, como ladrillo romano, y en ella esparcidas coronas de
-laurel, de color vermellón anaranjado. La caoba bruñida de los muebles,
-trasunto del rubí traslúcido de los vinos de la Campania. La alfombra,
-de un carmín intenso, casi violáceo, como púrpura antigua.»</p>
-
-<p>Dentro de aquella habitación, los pobres atavíos de Pajares se
-trasmutaban en andrajosidad. Cierta hidalguía misteriosa que corregía
-la fealdad y desgarbo del poeta era devorada por el fuego purpúreo del
-aposento.</p>
-
-<p>El insolente imperialismo de la estancia determinó que Teófilo,
-reaccionando por instinto, se sintiese traspasado de mística humildad.
-Dejose caer sentado en una butaca, cuyas patas terminaban en garras
-de esfinge, cinceladas en cobre; hincó los codos en las piernas y
-hundió el rostro en el hueco de las manos.<span class="pagenum"
-id="Page_29">p. 29</span> «¡Dios mío, Dios mío!», murmuró,
-considerándose horriblemente desgraciado, sin saber por qué.</p>
-
-<p>Un aullido alfeñicado y a la vez furioso le obligó a levantar los
-ojos, y vio en la abertura de la puerta dos ojos de azabache que le
-miraban con dura frialdad, entre vedijas de lana cenizosa.</p>
-
-<p>—¡Celipe! ¡Celipe!</p>
-
-<p>Gritó de fuera una voz aniñada, y Teófilo volvió a quedar a solas y
-a murmurar: «¡Dios mío!» Veíase objeto de escarnio y odio universales:
-los hombres se burlaban de él; las bestias lo odiaban; hasta las cosas
-se le mostraban hoscas, con una hosquedad doblemente irritante por
-ser arcana, indefinible. No encontraba dentro de sí propio escondrijo
-adonde acogerse, ni fuerza con qué valerse y luchar. En estos desmayos
-y trances de humildad llegaba a confesarse que su espíritu era tan seco
-y flojo como su cuerpo, y las galas de sus versos no menos desastradas
-que sus calzones, calcetines y botas. Reconocía no ser poeta, sino
-gárrulo urdidor de palabras inertes, y desesperaba de llegar a serlo
-nunca. Pero había algo en el propio tuétano de su alma que él no
-lograba desentrañar; algo a modo de angustia perdurable, un ansia de
-luz, y un creerse a punto de verla, un desasosiego perenne, el cual, en
-la vida de relación, se manifestaba ya como hermética timidez, ya por
-exabruptos de energúmeno.</p>
-
-<p>Según estaba con el rostro escondido entre las manos en el
-gabinete Imperio, aquella angustia de todo momento le señoreó con no
-acostumbrado poderío, imbuyéndole la ilusión de la omnipresencia. Veía
-plásticamente, en la memoria, toda su vida pasada como un momento
-actual. En su historia, tal como él la veía, no se engendraba la vida
-a costa de la muerte, no había la función materna de un hecho para
-con el que le sigue, de una nota para con la nota que va detrás, como
-acontece con la poesía y con<span class="pagenum" id="Page_30">p.
-30</span> la música, sino que todos sus pasos y estados de ánimo, aun
-los remotos de la infancia, destacaban sobre un mismo plano en estado
-de presencia, guardando entre sí la coordinación de valores y armonía
-estática de las figuras en una pieza pictórica. Esto es: no <i>sentía</i>
-el pasado lírica ni musicalmente, a modo de nostalgia o de melancolía,
-sino que lo <i>contemplaba</i> como lienzo a medio pintar. Tal era su manera
-de comprender el libre albedrío; cada momento en su existencia no era
-obra fatal del momento precedente, sino la nueva figura del cuadro,
-hija de la voluntad ágil del pintor. Y amando locamente a Rosina, no se
-juzgaba constreñido a ello por la fuerza de unos hechos necesariamente
-concatenados, sino por propia elección y apasionada voluntad de coronar
-el fondo tenebroso del cuadro de su vida con aquel vivo oro de aurora
-a guisa de firmamento. De esta cualidad materialista de su imaginación
-provenía que Teófilo no comprendiera el arte de la pintura, si bien
-gustaba mucho de perorar acerca de ella, con entonaciones críticas.</p>
-
-<p>Pero si la voluntad era libre, el arte era escaso. ¡Cuántas veces no
-había hallado Teófilo que, tras mucho trabajar, todo lo que conseguía
-era una mala caricatura de su propósito primero!</p>
-
-<p>Era Teófilo hijo único de una mesonera de Valladolid. Cuando Teófilo
-era muy niño, sus padres habían gozado más holgada fortuna: la casa
-de huéspedes de ahora había sido fonda en otro tiempo. Recordaba
-Teófilo la larga mesa redonda, cubierta con un tul color de rosa, y
-las moscas luchando encarnizadamente por quebrantarlo y llegar hasta
-los frutos y galletas, más incitativos y codiciables por estar detrás
-de un imposible falaz, sonrosado y transparente. Teófilo acostumbraba
-descifrar en esta imagen del tul el símbolo de su vida entera. Él era
-la mosca; entre él y los bienes del mundo se extendía no sé qué<span
-class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> velo de ilusión que lo
-exaltaba todo, y, en acercándose, el velo era muralla.</p>
-
-<p>Oyéronse carcajadas de Rosa Fernanda. Teófilo levantó la cabeza y se
-llevó las manos al pecho. Murmuró por vez tercera: «¡Dios mío! ¡Dios
-mío!»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_6">
- <h3>VI</h3>
-</div>
-
-<p>—Ea, ya estoy vestida. Cuando usted quiera... —dijo Rosina,
-sonriente, apareciendo en la puerta del gabinete—. Vestía un traje,
-hechura sastre, de <i>homespun</i>: áspera estofa de un medio color
-parduzco, moteada de acres colorines, en velloncitos sin hilar. Avanzó
-hacia un espejo, con los brazos en alto, prendiendo los alfileres del
-sombrero, de manera que su busto destacaba sobre el fondo carmesí
-desembarazadamente, como el de las Venus mutiladas.</p>
-
-<p>Teófilo se puso en pie, haciendo cloquear las choquezuelas. Dio dos
-patadas nerviosas, por estirar los pantalones y corregirlos de sus
-pliegues inveterados, los cuales se habían recrudecido en la postura
-sedente.</p>
-
-<p>—Andando —indicó Rosina.</p>
-
-<p>Pero Teófilo no se movió; deseaba examinar los pantalones al espejo
-y no quería que Rosina se diera cuenta de ello. Rosina le aguardaba a
-que saliese.</p>
-
-<p>—Andando, sí; ¿qué espera usted ahí mirándome? ¿Teme usted que me
-lleve algo del gabinete? —murmuró Teófilo con esa voz áspera y ruin que
-a pesar suyo emite el hombre cuando por hallarse irritado consigo mismo
-se esfuerza en hallar ocasión al enojo en la conducta ajena.</p>
-
-<p>Rosina sonrió con benignidad, y a tiempo que giraba sobre los
-talones y partía, murmuró llanamente:</p>
-
-<p>—Por mí se puede usted llevar la consola en el bolsillo del chaleco,
-señor Erizo. Voy andando de<span class="pagenum" id="Page_32">p.
-32</span>lante. —No le desplacía la hosquedad de Teófilo, presumiendo
-todo el amor que tras de ella se ocultaba.</p>
-
-<p>En el minuto que Teófilo estuvo a solas, contemplose de perfil en
-el espejo. Los pantalones eran realmente execrables. Tenían tales
-depresiones y abombamientos que era casi imposible suponer que dentro
-de ellos se albergaban miembros humanos. El color de pizarra había
-degenerado en lila, y en la parte superior externa de los muslos
-estaban negros.</p>
-
-<p>«¿Cómo voy a salir a la calle con esta mujer?», se dijo Teófilo,
-y la angustia le detenía la respiración. Como por arte sobrenatural,
-sintió algo así como si su espina dorsal se hiciera de acero,
-inopinadamente; algo como frenética necesidad de erguirse con
-desesperado orgullo y desafiar al mundo. Salió del gabinete cesáreo
-como un César de verdad. Rosina y Conchita, que estaban en la antesala,
-viéronle venir con aquel aire de realeza, y la primera le admiraba,
-mientras la otra luchaba por contener la risa, que a la postre dejó
-en libertad como Teófilo tropezase con un galápago que a la sazón
-tranquilamente cruzaba por aquella parte, y diese un traspiés, y luego
-un formidable puntapié al estorbo, enviándolo largo trecho por el
-aire.</p>
-
-<p>—¡Pobre Sesostris! —exclamó Conchita.</p>
-
-<p>Sesostris era un galápago que la cocinera había comprado para que
-devorase las cucarachas. La imposición del nombre había sido cosa del
-ministro.</p>
-
-<p>Riéndose, Conchita acudió a socorrer a Sesostris, que había caído
-en mala postura, y al inclinarse a tierra la muchacha descubría sus
-delicados tobillos. Tenía Conchita la frágil finura de cabos y el
-voltaje latente de las razas inútiles y de excepción, como los caballos
-de carrera, que ganan un Derby o hacen un Dos de Mayo, pero no pueden
-arrastrar un camión o el peso de la vida normal civilizada.</p>
-
-<p>Teófilo, aunque a ello le incitase Conchita con sus<span
-class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> risas y vayas, no conseguía
-enfadarse con ella. Contemplándola ahora, par a par de Rosina, se le
-aparecían, si bien muy por lo turbio y lejano, como encarnaciones,
-Conchita, de la pasión, y Rosina, de la voluptuosidad, los dos polos
-del amor ilícito.</p>
-
-<p>—¿Listos? —preguntó Rosina.</p>
-
-<p>—Cuando usted ordene —respondió Pajares, que se había dulcificado
-por extraño modo.</p>
-
-<p>Al bajar las escaleras, dijo Rosina:</p>
-
-<p>—¿No me ofrece usted el brazo?</p>
-
-<p>—El brazo y el corazón. —En habiéndolo dicho, se arrepintió,
-reputándolo impertinente y temiendo una respuesta desdeñosa. Pero
-Rosina volviose hacia él, con mimosa incertidumbre, como suplicando no
-ser engañada, y murmuró:</p>
-
-<p>—A ustedes los poetas no les cuesta trabajo ofrecer el corazón;
-pero desgraciada la que se lo crea. Porque la poesía no es más que
-eso, ¿verdad? Una mentira bonita. En medio de todo, la verdad suele
-ser siempre tan sosa y desairada que todos prefieren las mentiras
-bonitas.</p>
-
-<p>—No, Rosa; la poesía es la única verdad —Pajares asumió un
-continente sacerdotal por que la sentencia adquiriera cierto valor
-religioso.</p>
-
-<p>—No, no. Si es verdad, ya no es poesía.</p>
-
-<p>—¿Cómo, Rosa? ¿Es usted verdad?</p>
-
-<p>—¿Que si soy verdad? No entiendo.</p>
-
-<p>—¿Existe usted? ¿No es usted una cosa real y verdadera?</p>
-
-<p>—Claro que lo soy.</p>
-
-<p>—Y dice usted que la poesía es una mentira bonita... Poesía es una
-verdad bella, la única verdad. Ya lo dijo nuestro gran poeta: «¿Qué es
-poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.»</p>
-
-<p>Rosina no sabía qué decir. Experimentaba una fruición nueva; la
-sangre afluía a sus mejillas. Esa satisfacción inocente de complicar
-el propio instinto<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> con
-la vida del Universo y encubrir la venustidad con las ropas hechas del
-bazar del Arte, satisfacción que ha gustado cualquiera criada de servir
-cuyo novio sea un hortera sentimental, era absolutamente desconocida
-para Rosina. Era la primera vez que le hablaban de esta suerte. Las
-proposiciones de amor que de los últimos tiempos recordaba tenían un
-carácter espartano, a propósito, por la sobriedad, para la epigrafía:
-«Cuándo y qué precio.» No podía darse más laconismo. Pajares, ahora
-y por contraste, le pareció adorable diciendo aquellas cosas tan
-sencillas y tiernas con gran ternura y sencillez, porque, en efecto,
-para decirlas Pajares se había despojado del artificio e infatuación
-que en él eran frecuentes.</p>
-
-<p>Llegaron al portal en ocasión que salía don Alberto del Monte-Valdés
-componiendo un ritmo trocaico con la pierna de palo sobre el pavimento,
-el haldudo gabán flotando a la espalda.</p>
-
-<p>Teófilo quiso satisfacer una doble vanidad, la de mostrarse ante
-Monte-Valdés en compañía de tan hermosa hembra y la de alardear ante
-Rosina de la confianza con que trataba al renombrado escritor.</p>
-
-<p>—¿Adónde vamos tan de prisa, Monte? —interrogó Teófilo, procurando
-traducir con el acento la estrecheza de su amistad con Monte-Valdés.</p>
-
-<p>El cojo volvió la cabeza, aborrascó el entrecejo y siguió andando,
-sin dignarse contestar. Para Teófilo la vejación fue muy dolorosa,
-porque iba acompañada de un oscuro sentimiento de haberla merecido.
-Rosina, replegada aún en sus emociones, no concedió mucha importancia
-al incidente.</p>
-
-<p>—No le ha reconocido a usted, sin duda —explicó al observar el
-mutismo de Teófilo.</p>
-
-<p>—¿No me había de reconocer? De sobra. Qué sé yo; le habrán ido con
-algún chisme...</p>
-
-<p>—He oído decir que escribe muy bien.</p>
-
-<p>—Psss...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>—¿Puede usted
-prestarme algún libro que él haya escrito?</p>
-
-<p>—No vale la pena. Es todo falso y afectado.</p>
-
-<p>Continuaron en silencio. Teófilo, después de aquellos momentos
-espontáneos que había vivido según bajaba las escaleras del brazo con
-Rosina, después del tropiezo con Monte-Valdés había vuelto a perder el
-equilibrio interior, como si le hubieran revuelto el espíritu y las
-entrañas. Irritábase, y luego desalentábase creyéndose víctima de un
-extraño fatalismo, el cual le espiaba de continuo y, en viéndole ligero
-de corazón y a punto de ser feliz, le ponía por delante un lazo en
-que se enredase, dando de narices en tierra. Teófilo lo expresaba así
-dentro de su pensamiento: «Es ya mucho moler, que en cuanto me entrego
-al entusiasmo ocurre algo ridículo para darme en la cresta.» Era la
-voz de esa conciencia inferior en donde se reflejan los fallos de la
-justicia mecánica del mundo; la conciencia de los jactanciosos y de los
-pedantes.</p>
-
-<p>Rosina, engolosinada con el exordio lírico de Teófilo, hacía los
-imposibles por que hablase, y todo era en vano. A las observaciones que
-la mujer le ofrecía contestaba él con réplicas cortadas, y siempre en
-un sentido pueril de contradicción.</p>
-
-<p>Iban paseando por la avenida del Botánico, rostro al Museo del
-Prado.</p>
-
-<p>—Parece que está usted de mal humor hoy, Pajares. Yo le había rogado
-que me acompañase al Museo porque soy una ignorante y usted sería para
-mí el mejor guía. Pero si le molesta, como parece, y no tiene ganas
-de hablar, yo renuncio al capricho, aunque lo siento mucho, porque la
-pintura me gusta tanto...</p>
-
-<p>—Sí, sí, lo creo. Arte de mujeres. Arte materialista, sensual,
-burdo, inferior...</p>
-
-<p>—Sin embargo, creo que alguna vez me ha dicho usted...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span>—¿Qué? ¿Lo contrario?
-—Teófilo eyaculó una risita antinatural—. Es posible. No le pida
-usted a una mariposa que vuele en línea recta. En línea recta vuelan
-los escarabajos peloteros —y acabando de sentar la sentencia, pensó:
-«Apuesto a que he dicho una sandez... y una grosería.» Con lo cual su
-irritación y desasosiego subió de punto.</p>
-
-<p>Rosina se encontraba como se había encontrado en otras ocasiones,
-que habiéndole caído una mancha en un vestido sin estrenar, la mancha
-parecía haber herido la retina y adondequiera que volvía los ojos
-la mancha flotaba en el aire, oscureciendo la realidad. Ahora todas
-las cosas las veía feas; el cielo, los árboles, particularmente los
-mendigos y los campesinos manchegos que pasaban a la vera de sus mulas
-en reata. La poseía ese pesimismo placentero, a flor de piel, de las
-personas ociosas, el cual constituye una buena preparación espiritual
-para el esteticismo.</p>
-
-<p>Entraron en el Museo.</p>
-
-<p>—¿Qué es lo que vamos a ver primeramente? —consultó Rosina.</p>
-
-<p>—Pues, primeramente, Velázquez, que es el pintor más pintor; es
-decir, el que veía la materia más material —respondió Teófilo con
-intención agresiva.</p>
-
-<p>No sentía la pintura, achaque antiguo en los poetas de su tierra,
-pero hablaba y discutía a menudo de ella. En lo íntimo no estimaba el
-arte pictórico sino como arte ancilario, siervo del arte retórico, y
-aun más por bajo, como pretexto para abrillantar la prosa o el verso
-con ciertas alusiones, ora al rojo ticianesco, ora a las diafanidades
-de Patinir, cuándo a la doncellez de los primitivos, cuándo a la
-perversidad de las marquesitas de Watteau; no de otra suerte que el
-petimetre, por ejemplo, opina que la cabeza humana ha sido creada como
-los boliches de una percha, para colocar sobre ella un sombrero de
-copa.</p>
-
-<p>Pasaron de largo por la rotonda de entrada, y en<span
-class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>filaron el pasillo central,
-hasta la sala de Velázquez, en la cual penetraron. Antes que nada
-fueron a la saleta de las Meninas.</p>
-
-<p>A Rosina lo primero que hubo de sorprenderle en el cuadro fue la
-acabada simulación de ambiente, y cómo los seres, a pesar de yacer
-aplastados en un lienzo, se presentaban aparentemente sólidos,
-sumergidos en un caudal de aire, y con distancias entre sí que a ojo
-pudieran calcularse con ligero error.</p>
-
-<p>—¡Qué cosa!... —murmuró Rosina, y se acercó al cuadro—. Nadie
-diría que este caballete esté pintado. Si es de bulto... —y se volvió
-hacia Teófilo, que sonreía con afectado desdén—. Pero, ¿de veras no
-lo encuentra usted maravilloso? Verá usted qué tontería se me ha
-ocurrido... No se ría usted de mí. ¿No ha visto usted nunca los peces
-detrás de los vidrios en los acuariums?</p>
-
-<p>—Naturalmente que sí —cortó rudamente Teófilo, que, en efecto, no
-los había visto nunca, lo cual, en rigor, no era bochornoso.</p>
-
-<p>—En casa tengo una pecera con un pez. Bueno; pues ¿no se ha fijado
-usted en que cuando el pez está junto al vidrio se le ve de su tamaño;
-pero se aparta nada más que una cuarta y se le ve muy a lo lejos, muy a
-lo lejos? Y, sin embargo, se ve y se conoce que anda muy cerquita. Lo
-mismo ocurre con las guindas en aguardiente. Y ahora viene la tontería.
-Al ver este cuadro me acordé de cuando yo ponía guindas en aguardiente.
-Nada, que parece que hay un vidrio por delante, y detrás está todo
-lleno de espíritu de vino, y las personas están flotando en él y
-conservadas para siempre. Mire usted este hombrín, vestido de negro,
-allá, muy allá, en el fondo, y, sin embargo, se ve y se comprende que
-está a diez pasos.</p>
-
-<p>—Sí, sí; algo hay de eso...</p>
-
-<p>—Claro que no pretendo que le haga a usted esa impresión. Son
-tonterías mías. Usted es un artista.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span>Rosina permaneció
-largo tiempo en un leve éxtasis sensual, contemplando la pintura.
-Teófilo salió a sentarse en el diván de la sala redonda. Anonadábale la
-esperanza y creía tener en lugar de corazón un montoncito de cenizas,
-y una burbuja de aire turbio en lugar de sesos. Rodaba los ojos en
-torno, demandando a las pinturas de don Diego Velázquez una emoción
-o una idea; mas su espíritu permanecía árido. «¿Por qué son estos
-cuadros mejores que otros cuadros; en qué aventajaban a un cromo?», se
-preguntaba y se retorcía las nudosas, viscosas manos. Llegose Rosina
-a él y se sentó a su lado. Cerró los ojos, y estúvose unos minutos en
-silencio. Al abrirlos, exclamó con voz brumosa:</p>
-
-<p>—¡Oh, Pajares! Si me parece que no existimos... Si las cosas parecen
-una ilusión, como en aquel cuadro... —ruborizose como observase que
-Teófilo la miraba severamente, y añadió—: Qué bobada; como no estoy
-acostumbrada a madrugar, eso debe de ser. Estos otros cuadros son
-preciosos también —levantábase a mirarlos de cerca, cuándo uno, cuándo
-otro, y tornaba a sentarse junto a Teófilo—. Es curioso. ¿No le ha
-llamado a usted la atención que este pintor hace casi siempre los ojos
-con las niñas muy grandes, muy abiertas? Como los míos. Son de color
-castaño, como la castaña de Indias, me los tengo bien estudiados; pero
-a veces la niña los cubre todos y entonces son negros. Ahora deben de
-ser negros, porque estoy algo nerviosa. Míremelos usted.</p>
-
-<p>Inclinose Teófilo a examinarlos y declaró, con inflexiones
-líricas:</p>
-
-<p>—Negros, negros..., abismáticos.</p>
-
-<p>—¡Bah... esa es una palabra! —corrigió Rosina, que poseía un claro
-buen sentido.</p>
-
-<p>—Sí, una palabra hueca. Tiene usted razón —asintió Teófilo en uno
-de aquellos estados suyos de renunciamiento. Y pensó: «¿Qué soy todo
-yo, sino un<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> amasijo de
-palabras huecas?» Su rostro se inclinaba en aquel instante en actitud
-de serena amargura. Como volviera al acaso sus ojos hacia Rosina,
-descubrió que la muchacha le miraba con simpatía, quizás con amor.
-Teófilo, sin poder reprimirse, le estrechó la mano y se aventuró a
-interrogar—: ¿En qué pensaba usted?</p>
-
-<p>—No pensaba en nada, lo que se dice pensar claramente; pero andaba
-así como buscando no sé qué parecido entre usted y los cuadros de
-Velázquez. No con un cuadro solo, o con tal o cual cara, sino una cosa
-de aire... Qué se yo. No me lo puedo explicar.</p>
-
-<p>Visitaron después diferentes salas, y ya cerca de la una salieron a
-la calle.</p>
-
-<p>Rosina estaba tan colmada de sensaciones que las palabras fluían sin
-tasa de sus labios:</p>
-
-<p>—¡Qué día! ¡Qué hermoso día! ¿Verdad, Pajares? Este cielo de
-Madrid... Dicen que es profundo y alto, y no sé cuántas cosas más. Es
-mucho mejor que eso; es aquella cosa mate y tierna como la carnecita
-de mi Rosa Fernanda, si la carne fuera azul; pero a mí me da la misma
-impresión. Eso es; aquella cosa mate de aquel cuadro que vimos, ¿de
-quién era? De Goya, ¿no? Pues mire usted aquel pobre, aquella capa de
-color chocolate, aquellos ojos... Si es el..., ¿cómo se llamaba?, el
-Esopo, justo, el Esopo. Pues ¿esos carreteros? ¿No es todo hermoso?</p>
-
-<p>La fluencia de Rosina anegaba a Teófilo, llenándole los vacíos
-pómulos con una sonrisa densa, bondadosa y feliz.</p>
-
-<p>—Sí, Rosa, todo es hermoso. A mí se me figura que lo veo por primera
-vez.</p>
-
-<p>Rosina tomó el brazo de Teófilo.</p>
-
-<p>—Usted lo ha dicho, con cuatro palabras, lo que yo sentía y no era
-capaz de expresar. Parece que se ve por primera vez, como si lo hubiera
-acabado de hacer Dios y no pudiera ser de otra manera que como es.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span>Detuviéronse junto a
-una de las fuentes del Paseo del Botánico. Al pie de ella, unos obreros
-municipales habían levantado una hoguera con ramazón seca y hojarasca.
-Agua y fuego cantaban a su modo.</p>
-
-<p>—¡Qué hermosa es el agua! ¡Qué hermoso es el fuego! —suspiró
-Rosina.</p>
-
-<p>Y Teófilo, a quien agua y fuego sugerían emociones e ideas,
-añadió:</p>
-
-<p>—Las dos cosas más hermosas de la tierra. Dos cosas que no se pueden
-pintar.</p>
-
-<p>—Sí, las dos cosas más hermosas quizás.</p>
-
-<p>—Como no sea la mujer, que tiene algo de agua y algo de fuego.</p>
-
-<p>Rosina, instintivamente, se ceñía al flanco de su amigo.</p>
-
-<p>En la puerta de casa, Teófilo quiso despedirse.</p>
-
-<p>—¿Cómo? —atajó Rosina—, hoy almuerza usted conmigo.</p>
-
-<p>Al subir las escaleras Teófilo se arrepintió de haber aceptado el
-convite, porque temía hacer erróneo uso del cuchillo y desmerecer a los
-ojos de Rosina.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_7">
- <h3>VII</h3>
- <div class="caja mt2">
- <p>El don de la palabra ha sido otorgado al hombre por que pueda
- ocultar lo que piensa.</p>
- <p class="firma"><span class="smcap">Padre Malagrida.</span></p>
- </div>
-</div>
-
-<p>Rosina había dispuesto que comiesen a solas Teófilo y ella. El
-marinero ciego y Rosa Fernanda comían en otra habitación.</p>
-
-<p>El comedor tenía dos balconcitos que daban a un espacioso patio.
-Los balcones estaban abiertos y corridas las cortinas de muselina, tan
-livianas que el<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> aire
-y el sol las pasaba de claro, pero bastante densas para guardar de
-ojeadas fisgonas el recinto.</p>
-
-<p>Conchita sirvió el almuerzo, y no era raro que se mezclase a la
-conversación, solicitada siempre por Rosina o Teófilo. Uno y otro
-hablaban con exceso e incoherencia; una afable sonrisa social, sin
-expresión, superpuesta al rostro, como personas que más que por decir
-lo que quieren luchan por no decir lo que piensan. Daban escape al
-exceso de energía nerviosa por la válvula de los labios; pero el
-espíritu permanecía ausente de la palabra, vagaba agitadamente en un
-angosto ámbito de pensamientos, como el viajero que aguarda en los
-andenes la llegada de misterioso tren. Los dos pensaban: «no es tiempo
-aún». Por eso requerían a Conchita de continuo a que les distrajera
-con una de sus graciosas y prolijas parrafadas. Pero Conchita, por
-desgracia y raro caso, no estaba aquel día en modo elocuente.</p>
-
-<p>En terminando de almorzar, Rosina envió de paseo a su hija, en
-compañía de la criada vieja. Quería desembarazarse de gente. Tenía un
-criado para sacar a la calle al ciego; pero comía y dormía fuera de la
-casa y no se presentaba sino a las horas de servicio.</p>
-
-<p>Rosina condujo a Teófilo a una salita de confianza, en donde ella
-acostumbraba vestirse, leer, ensayar canto y coser algunas veces.
-Estaba amueblada heterogéneamente, como habitación en donde cada mueble
-obedece a una necesidad. Había un piano vertical, un perchero con
-cortinas que bajaban hasta casi rozar el suelo, un tocador, fotografías
-empalidecidas por los años, y los sillones eran cómodos y de una suave
-y muelle adaptabilidad, obra del uso. Sobre el piano, una pecera con un
-pez color azafrán.</p>
-
-<p>A poco de haber llegado Teófilo y Rosina, y cuando no habían
-abierto aún la boca, entró el ciego, el cual sabía andar a tientas por
-toda la casa. Eran sus facciones redondas y muy curtidas; el rostro,
-afeita<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>do, y por debajo
-de la quijada un rollo de barbas, a la marinera, blanquinosas. Los ojos
-azules, portentosamente serenos y como si no estuvieran privados de
-visión. Las espaldas, rotundas; largos los brazos y las manos chatas;
-corvas las piernas. Toda la traza del hombre que ha vivido adscrito
-muchos años al remo. Fumaba un cigarro habano, con la sortija puesta, y
-lo asía con dos dedos, muy cerca de la lumbre.</p>
-
-<p>—Rosina, ponme una silla.</p>
-
-<p>Rosina le guió hasta una butaca. Luego, por señas, instó a Teófilo a
-que diese la mano al ciego.</p>
-
-<p>—¿Usté ye el poeta, verdá?</p>
-
-<p>—¿Quién se atreverá a decir que es un poeta? Y menos, el poeta.
-¡Oh!</p>
-
-<p>Habló Teófilo tanto con el movimiento de las facciones como con las
-palabras, sin darse cuenta de que estaba frente a un ciego.</p>
-
-<p>—Pero usté ¿ye o no ye poeta?</p>
-
-<p>—Hombre, hago versos.</p>
-
-<p>Teófilo se cortó un tanto.</p>
-
-<p>—Padre, tiene usté unas preguntas... ¿No ve que él no puede
-responderle?</p>
-
-<p>—¿Por qué no?</p>
-
-<p>—Porque no.</p>
-
-<p>La seca respuesta abatió la cabeza del ciego. Irguiola poco después,
-inquiriendo.</p>
-
-<p>—Qué ye más, ¿poeta o Menistro?</p>
-
-<p>—Poeta, padre, ministro lo es cualquiera.</p>
-
-<p>—¿Cualquiera?</p>
-
-<p>—Sí, cualquiera.</p>
-
-<p>—Y este señor ¿es amigo del Menistro?</p>
-
-<p>—No lo soy. De su hijo Pascual, sí. Por él conocí a Rosa.</p>
-
-<p>—¿Y cómo viene a esta casa sin ser amigo del Menistro?</p>
-
-<p>—Porque esta casa, padre, es mi casa, y no la casa del ministro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>—¿Eh?</p>
-
-<p>—Que esta es mi casa y recibo a quien me da la gana.</p>
-
-<p>—Sí, sí; tienes razón, Rosina. Rosina ye muy guapa ¿verdá, señor
-poeta?</p>
-
-<p>—Hermosísima —exclamó Teófilo con ímpetu.</p>
-
-<p>Rosina le sonrió.</p>
-
-<p>—Cuando salga al teatro..., ¿verdá?, la gente va a quedar toña.</p>
-
-<p>—Chiflada, quiere decir —explicó Rosina.</p>
-
-<p>—Desde luego —asintió Teófilo, penumbrosamente.</p>
-
-<p>—Rosina, súbeme la anilla.</p>
-
-<p>Y alargó el cigarro a su hija. Esta apartó dos centímetros la
-sortija del fuego y devolvió el cigarro al padre.</p>
-
-<p>—A mí estropéaseme el cigarro al subir la anilla —explicó el viejo—.
-Estos cigarros dámelos el Menistro. Diz que son los mejores. Fúmolos
-porque el Menistro me los da; pero dende que non veo ¿non ye raro? non
-me sabe a na el tabaco. Tien que ser muy fuerte. Como que non sé si
-arde o non arde si no pongo al lao los deos... Uno cree que pierde la
-vista solo, ¿eh?; pues piérdense tantas cosas con ella...</p>
-
-<p>Sonó el timbre de la puerta.</p>
-
-<p>—Padre, debe de ser Rufino. Ea, a pasear, que hoy hace un día muy
-guapo.</p>
-
-<p>Era Rufino, el criado. El ciego salió con él y quedaron a solas
-Teófilo y Rosina.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_8">
- <h3>VIII</h3>
-</div>
-
-<p>«Ahora tiene que ser», pensaron la mujer y el hombre. Tenía que
-ser, pero aún no sabían cómo iba a ser. No sabían si alegrarse o
-apesadumbrarse. El futuro inminente gravitaba sobre ellos, pero
-ignoraban lo que iba a ocurrir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>Rosina había entrado
-con toda su alma en esta aventura, prometiéndose deleites de un linaje
-desconocido, elevados deleites, porque no era carnal sino voluptuosa.
-Durante el almuerzo se había preguntado repetidas veces: «¿Le quiero?»
-La respuesta sucedíase siempre en afirmación. Y ya en los umbrales del
-misterioso trance, cerraba los ojos y humillaba el espíritu ante el
-nuevo yugo, ansiando sentir cuanto más pronto su contacto y con él el
-término de aquella congoja. «¿Qué va a hacer? ¿Qué va a hacer, Dios
-mío?», se decía. Y luego: «¿Y si hiciera lo de todos?» Lo de todos
-era tomarla, gustarla y poseerla, con más o menos fruición, y después
-dejarla de lado fríamente, hasta que el deseo la avalorase de nuevo.
-Y se le desparramaba en el paladar un gusto amargo, astringente.
-Permaneció con los ojos gachos.</p>
-
-<p>También Pajares mantenía bajos los párpados. Pero su zozobra era
-más profunda y doliente que la de Rosina. Apretábale la urgencia de
-hacer o decir algo, y el corazón, impaciente por asomarse a sus labios,
-había subido a la garganta y le ahogaba. Pero la voluntad le había
-desertado y un frío cobarde se alojaba en sus huesos. En el Museo, y
-más tarde, a la hora de almorzar, le había parecido descubrir patentes
-indicios de amor en Rosina. Pero ahora echaba de ver claramente que
-no eran sino meras afabilidades sociales, cuando no sutiles y crueles
-artificios de cortesana. Espantábale amar y que le hicieran befa del
-amor. El vértigo se apoderaba de él y le nublaba los ojos con un velo
-de sangre anémica, color de rosa. Entonces decidió dar fin de semejante
-martirio, salir huyendo a esconderse en el último rincón de la tierra,
-pero no pudo. La cabeza le vacilaba sobre los hombros y cayó en tierra,
-el corazón desfalleciente y como ajenado de los sentidos. Cayó en
-tierra de rodillas y llorando; desplomó la cabe<span class="pagenum"
-id="Page_45">p. 45</span>za sobre el regazo de Rosina, le asió de las
-manos y se las cubría de besos.</p>
-
-<p>Tan inesperado fue todo, tan fuerte, que Rosina, a causa del choque
-y a pesar suyo se encontró desdoblada en dos personalidades diferentes:
-la una estaba plenamente dominada por la situación, la otra había
-salido de fuera, como espectador, y exclamaba casi en arrobo: «¿Es
-posible que existan estas cosas?» Pero, a poco, las dos personalidades
-se fundieron en una como inconsciencia y sabrosa conturbación del
-ánimo. Rosina estaba atacada de una breve risa nerviosa que sonaba a
-sollozos y que por sollozos tomó Pajares.</p>
-
-<p>A seguida, pareciéndole mal a la mujer que aquel hombre estuviera
-hinojado a sus pies, deslizose de la butaca y descendió a sentarse
-en la alfombra, en donde abrazados, besándose y suspirando palabras
-borrosas, se estuvieron un buen rato. Cuando se recobraron y se
-levantaron, no sabiendo qué decirse se sonreían mutuamente.</p>
-
-<p>Pajares se sentó en una butaca y atrajo a Rosina a que se le sentara
-sobre las piernas, y en teniéndola sobre sí la cercó con los brazos,
-enjutos y nerviosos, que Rosina sentía a través del vestido como un aro
-de hierro inquebrantable.</p>
-
-<p>Pajares conservaba aún humedecidos los ojos; lo propio le sucedía a
-Rosina. Así como en la historia de la humanidad el agua fue la grande
-y primera soldadora de pueblos (porque mares y ríos son lazos, montes
-son barrera y desierto es aislador), así en la historia de los amores
-individuales las lágrimas unen, la altivez separa y la llaneza árida
-aísla.</p>
-
-<p>Presa entre sus brazos y recibiendo de ella la calidez de sus
-besos, Pajares experimentó perentoria voracidad de poseer a Rosina
-enteramente. Pero esta entera posesión no era la posesión física
-o concupiscencia de gozarla como hembra, sino la sed de be<span
-class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span>berle el alma, de conocer toda
-su vida, de atraer el pasado diluido en sombras hacia el presente y
-trasplantar las oscuras raíces de aquella amada criatura a su propio
-corazón. Porque en la posesión física pasa el hombre por la mujer
-como el ave por el cielo o la sierpe por la hierba; pero en este otro
-linaje de posesión Pajares adivinaba extrañas virtudes de reciedumbre
-duradera. Como buen español, amaba de la manera más espiritual, que
-es lo que vulgarmente se dice <i>de una manera brutal</i>, y apenas había
-besado a la mujer por vez primera, y antes de hacerla suya, le invadía
-el furor de los celos retrospectivos.</p>
-
-<p>—Quiero que me lo cuentes todo, todo, todo —exigía Pajares,
-paladeando el placer equívoco de procurarse seguros sinsabores.</p>
-
-<p>Rosina reclinó la cabeza sobre el hombro de Pajares, entornó los
-ojos, como recogiéndose dentro de sí misma, y con voz lenta y segura, y
-procurando evitar toda ficción, comenzó a referir lo que recordaba de
-su vida<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.
-Sus años jóvenes, en Arenales; su deshonra; su caída en el primer
-burdel y cómo dio muy pronto con un amante que la llevó a Madrid; sus
-primeros pasos en la corte, en calidad de hetera de alto rango; su
-relación con un inglés rico de la embajada, el cual la mantuvo consigo
-como amante cerca de dos años, y la trató siempre con tanto mimo y
-regalo como a una yegua <i>pursang</i>; su vuelta a Madrid y la buena
-impresión que hizo en los círculos alegres y adinerados; sus nuevas
-amistades, entre ellas la de Pascualito Sicilia, para quien sirvió de
-modelo fotográfico, desnuda, y cómo don Sabas Sicilia solía contemplar
-los artísticos retratos que el hijo tomaba, y habiéndole causado
-particular entusiasmo el de Rosina, determinó conocer el original, y a
-las palabras contadas le propuso sostenerla como amante, lo cual ella
-aceptó, porque se<span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>gún
-propia confesión no había nacido para ser de muchos hombres, pues esto
-le repugnaba, sino para burguesa y madre de familia, y la vida que
-ahora llevaba era muy quieta y hasta casta, y era don Sabas afectuoso,
-inteligente, liberal y poco chinchorrero.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a>
-<i>Tinieblas en las cumbres.</i> Novela.</p>
-
-</div>
-
-<p>Hablaba Rosina, y el corazón de Pajares, que poco antes se había
-abierto y esponjado maravillosamente, iba empapándose poco a poco de
-amargor, de tal suerte que al final de la historia le gravitaba dentro
-del pecho como una masa enorme. El cerco de sus brazos, con que tenía
-asida a Rosina, se relajó, como si no fuera ya necesario oprimirla
-tan recio para sentirla dentro de sí. Contrariamente, Rosina había
-ido aliviándose, según hablaba, de una gran pesadumbre cordial, y su
-corazón hallose tan ligero que se le subió a la cabeza; y así, era
-como si el corazón discurriese y la cabeza amase. Vivía unos momentos
-de ilusión. «Pero, ¿es posible que haya llegado a quererle tanto, sin
-haberme dado cuenta?», pensaba Rosina, ingenuamente, asombrándose de
-aquel cariño. Contempló el rostro de Pajares y su entrecejo contraído
-y ojos ausentes, por donde se echaba de ver que se hallaba en ese
-estado de infinito estupor que sigue a las grandes emociones. Besole
-Rosina el paciente entrecejo con ahincado beso, y levantándose de
-sobre él fue a sentarse en la butaca. Hubiera deseado loquear, saltar,
-cantar, sentirse niña, porque a través de toda su carne y alma se
-derramaba una inundación de olvido, como renacimiento de la doncellez;
-y hubiera deseado también que Pajares se sintiera, como ella, con
-ímpetu de realizar locuras y obrar de manera pueril e inconsciente,
-que para ella valía tanto como inocente. En amor, la mujer se entrega,
-el hombre posee; o lo que es lo mismo, la mujer endosa al hombre la
-responsabilidad de su vida y la custodia de su corazón y conducta, y
-desembarazándose<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> de
-tan frágil y pesada carga, recibe la más honda, placentera e inefable
-sensación de libertad.</p>
-
-<p>Sonó el timbre de la puerta. Rosina hizo un mohín de disgusto y
-aguzó el oído. Oyó una voz conocida, hablando con la Concha. «Es Ángel
-Ríos», pensó; «si le da por ponerse pesado...» El visitante y la criada
-hablaban a gritos.</p>
-
-<p>—¡Que no está! ¡Que no está! ¡Y que no está! —decía Conchita.</p>
-
-<p>—Bah; no seas boba... Si él mismo me dijo que estaría a estas
-horas... —replicaba el visitante.</p>
-
-<p>—No se ponga usté pesao, Ríos, que no está.</p>
-
-<p>—Pues entro a ver a Rosina.</p>
-
-<p>—Vaya; pues no faltaba otra cosa...</p>
-
-<p>—Conchita, que te doy dos azotes... —y el visitante reía a
-carcajadas.</p>
-
-<p>—A ver... No haga usted la prueba por un si acaso.</p>
-
-<p>Entre las risas varoniles y las voces airadas de Conchita oíase
-traqueteo y sordo rumor de lucha. Teófilo, retrotraído ya a la
-realidad, se puso en pie. Estaba pálido; murmuró:</p>
-
-<p>—¿Qué ocurre?</p>
-
-<p>—Nada; bromas de Angelón Ríos. ¿No lo conoces? Aquí se nos colará,
-porque ese cuando dice allá voy...</p>
-
-<p>—No, no, Rosina. Cuando dice allá voy como si no lo dijera, porque
-si tú no quieres que entre, yo lo arrojo a patadas.</p>
-
-<p>—Pero ¿tú conoces a Angelón? —preguntó Rosina, algo asombrada, ante
-la erupción bélica de Teófilo, haciendo un cotejo mental entre la
-fortaleza de uno y la flaqueza del otro.</p>
-
-<p>—Sí, le conozco —y revelaba una energía latente capaz de consumar
-hechos increíbles.</p>
-
-<p>—Bueno; no vale la pena. Angelón es simpático y como viene se va. No
-nos cansará mucho tiempo.</p>
-
-<p>Avecináronse las risotadas de Angelón y los chilli<span
-class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span>dos de Conchita; abriose la
-puerta y apareció un hombre inmenso, sofocado de risa, con dos piernas
-de mujer, muy bien calzadas de transparentes medias, colgándole a
-entrambos lados del pescuezo, pecho abajo, las cuales sujetaba con
-fuerza por los tobillos, condenándolas a la inmovilidad. Arrodillose el
-hombre, y pudo verse entonces que traía a horcajadas sobre sus hombros
-a Conchita. Venía la muchacha en estado de frenesí; asía con rabia los
-cabellos de la cabalgadura y se esforzaba en arrancárselos a puñadas,
-maniobra que para Angelón era lo mismo que si le hicieran cosquillas,
-a juzgar por el contento que mostraba. Anduvo unos pasos de rodillas,
-porque Conchita no tropezase en el dintel de la puerta, y en estando
-dentro de la salita púsose en pie, y habló:</p>
-
-<p>—Estás que tocas el cielo con las manos, Conchita —y luego,
-dirigiéndose a Teófilo y Rosina, guiñando un ojo a lo pícaro y con
-el otro señalando las piernas de la muchacha, agregó—: Está bien la
-cucañera chiquilla.</p>
-
-<p>Sonreía Rosina del cuadro, y Pajares también. Conchita, harta de
-protestar sin fruto, rompió a reír de pronto, y entre los golpes de
-risa, murmuró:</p>
-
-<p>—A usté hay que dejarlo o emplumarlo.</p>
-
-<p>—Lo mismo digo, Conchita —respondió Angelón, colocando a Conchita en
-tierra. La muchacha huyó avergonzada.</p>
-
-<p>Ríos saludó a Rosina y Teófilo, con franca ligereza, como se
-acostumbra hacer con amigos a quienes se ve a todas horas: era este un
-hábito adquirido de sus muchas relaciones políticas. Acercose después
-al espejo y con las manos ordenó los alborotados cabellos.</p>
-
-<p>—Entonces, ¿no está don Sabas?</p>
-
-<p>—No, hombre. Ya te ha dicho Conchita que no.</p>
-
-<p>—Y a propósito de Conchita, ¿sabes que está bien?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>—Bien o mal, me
-parece que no es para ti.</p>
-
-<p>—¡Quién sabe! ¿Tiene novio?</p>
-
-<p>—Sí, un encuadernador.</p>
-
-<p>—Pues, avísame cuando la engañe, porque, eso sí, a mí no me gusta
-engañar a una mujer. ¿Puedes prestarme papel y pluma? Quiero escribir
-a don Sabas, y en seguida me voy, que no quiero estorbar. Vaya, vaya
-—se acercó a Teófilo y le dio una palmadita en los muslos—, también
-los poetas... Las princesas pálidas están muy bien en los versos; pero
-de vez en cuando, ¿eh?, un cogollito de carne y hueso, tan rico como
-Rosina, no está mal, ¿verdá neña?</p>
-
-<p>Teófilo procuró adoptar una actitud altiva, por sostener a distancia
-los entrometimientos de Angelón, el cual, sin hacer caso alguno del
-poeta, tomó el papel y pluma que Rosina le presentaba y se aplicó a
-escribir. A mitad de la carta, levantó la cabeza:</p>
-
-<p>—¿A que no aciertas, Rosina, quién es el interesado en el asunto que
-le recomiendo a don Sabas?</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—Echa a ver.</p>
-
-<p>—Yo qué sé. Cualquier amigacho tuyo.</p>
-
-<p>—Y tuyo.</p>
-
-<p>—¿Mármol?</p>
-
-<p>—No, Alberto.</p>
-
-<p>—¿Qué Alberto? —inquirió aquí Teófilo—. ¿Díaz de Guzmán?</p>
-
-<p>—Sí, el mismo —respondió Ríos—. ¿Sabes, Rosina, que vive en mi
-casa?</p>
-
-<p>—Tengo deseos de verle. Dile que venga por aquí. ¿Cómo está
-ahora?</p>
-
-<p>—Estos días parece que anda algo malucho.</p>
-
-<p>Ríos concluyó su carta, la engomó y se la entregó a Rosina.</p>
-
-<p>—Neña, qué pez tan apetitoso —exclamó Ríos, contemplando el pez
-color de azafrán, que daba estúpidamente vueltas y más vueltas dentro
-de la bola de vidrio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>—¿Quién, Platón?</p>
-
-<p>—Digo este pez.</p>
-
-<p>—Sí, Platón.</p>
-
-<p>—¿Cómo Platón?</p>
-
-<p>—Cosas de Sabas. Dice que Platón era un filósofo, y que todos los
-filósofos son como peces en pecera, que ellos toman por el universo
-mundo, y que los filósofos son castos e idiotas, como los peces, y qué
-sé yo. Habías de oírle a él. Ya sabes que tiene la manía...</p>
-
-<p>—Sí, de decir gracias que no son gracias. Neña, es una manía de
-todos los políticos españoles. Les gusta más hacer el payaso y abrir la
-boca que abrir una carretera. Hasta cuando son déspotas, son payasos.
-¿Por qué crees tú que yo soy un payaso, sino porque siempre he vivido
-entre gente política? Pero, no nos desviemos de la cuestión. Este pez
-me parece suculento.</p>
-
-<p>—¿Suculento?</p>
-
-<p>—Sí, suculento. Me lo comería de buena gana.</p>
-
-<p>—¿Es una payasada?</p>
-
-<p>—Es la verdad.</p>
-
-<p>—¿Quieres que te lo fría Conchita?</p>
-
-<p>—Quita allá. Tal como está.</p>
-
-<p>Ríos sumió la mano en la pecera, pescó el pez y se lo llevó a la
-boca. Volviose hacia Teófilo y Rosina, con medio pez fuera de los
-labios, coleando. Hizo luego con el cuello un movimiento de ave que
-bebe y se engulló el pez. Por último, se dio unos golpecitos en el
-estómago y afirmó:</p>
-
-<p>—Exquisito.</p>
-
-<p>—¡Qué atrocidad! —comentó Teófilo, sonriendo.</p>
-
-<p>—¡Qué bárbaro eres! —dictaminó Rosina—. Oye, te advierto que si
-quieres hacer sopa de tortuga dentro del buche también hay un galápago
-en casa; Sesostris, este es su nombre, puesto por Sabas, como puedes
-suponer; pero las razones las ignoro.</p>
-
-<p>—Gracias, neña, me basta con Platón, que por<span class="pagenum"
-id="Page_52">p. 52</span> cierto era muy sustancioso, aunque filósofo.
-Pero, chica; es que hoy no he comido aún... Ando tan apurado...</p>
-
-<p>—¿De tiempo?</p>
-
-<p>—¡Bah! De dinero.</p>
-
-<p>—¡Qué payaso eres! —aseveró Rosina, mirando de arriba a abajo a
-Angelón y su distinguida, flamante indumentaria.</p>
-
-<p>—Ya ves, y no me han hecho aún director general. Ea, adiós y buen
-provecho.</p>
-
-<p>—Lo mismo digo, Angelón.</p>
-
-<p>Ríos salió de la estancia como un torbellino.</p>
-
-<p>Apenas se quedaron a solas, Teófilo se adelantó a decir:</p>
-
-<p>—De manera que Díaz de Guzmán ha sido amigo tuyo...</p>
-
-<p>—No ha sido, sino que es.</p>
-
-<p>—Ya puedes presumir lo que quiero dar a entender con la palabra
-amigo.</p>
-
-<p>—No lo presumo...</p>
-
-<p>—¿No? Pues es muy fácil. ¿Qué clase de relaciones has tenido o
-tienes con él?</p>
-
-<p>—Pero, hombre, ¿qué te importa?</p>
-
-<p>—¿Eh?</p>
-
-<p>Pajares livideció. Rosina acercose a acariciarlo y le rodeó el
-cuello con los brazos.</p>
-
-<p>—No seas niño; no he querido molestarte. He dicho, qué te importa,
-porque la cosa no tiene importancia. Te lo contaré todo, ya lo creo. Es
-preciso que sepas que no te oculto nada. Verás, conocí a ese muchacho
-el mismo día que me llevaron a aquella mala casa, en Pilares, ya
-sabes. Ya puedes figurarte si yo estaría como loca. Bueno, pues él me
-trató con mucho afecto, no como a una cosa, sino como a una persona.
-Esto es bastante raro, y yo le conservo agradecimiento: eso es todo.
-¡Ah!, luego me escapé de Pilares, y como no daban conmigo creyeron que
-él,<span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span> Guzmán, me había
-asesinado; nada menos que eso. Hasta le metieron en la cárcel. Es una
-historia ridícula.</p>
-
-<p>—¿Y nada más?</p>
-
-<p>—Nada más, hombre.</p>
-
-<p>Le besó en los ojos.</p>
-
-<p>—Bueno, Rosa; tú no puedes seguir llevando esta vida.</p>
-
-<p>—¿Qué vida? Más tranquila, más formal, no puede ser.</p>
-
-<p>—Tranquila y formal, si así lo quieres, para una...</p>
-
-<p>Teófilo titubeó antes de pronunciar la palabra cocota.</p>
-
-<p>Rosina se acurrucó a los pies de Pajares, reclinando la cabeza en
-sus piernas.</p>
-
-<p>—¿Y qué soy yo sino una cocota?</p>
-
-<p>—Si lo eres, es preciso que dejes de serlo.</p>
-
-<p>—Sí, sí; pero, ¿cómo?</p>
-
-<p>—¿Cómo?</p>
-
-<p>Pajares aupó a la mujer y la estrujó contra su pecho, besándola con
-arrebato.</p>
-
-<p>—Tú no puedes ser ya sino mía, mía, mía y para siempre, para
-siempre. Viviremos juntos, retirados de la gente, uno para el otro, uno
-para el otro.</p>
-
-<p>«¡Cómo me quiere!», pensó Rosina. Intentó imaginar aquel futuro
-que Pajares le ofrecía; pero no lograba darle cuerpo, carne sonriente
-y atractiva. Se le iba llenando el pecho de tenue desazón, como si
-hubiera debido hacer o decir algo de importancia y no consiguiera
-recordar qué era ello.</p>
-
-<p>—Por lo pronto —añadió Pajares—, hay que romper con don Sabas.</p>
-
-<p>—Sí, sí —contestó Rosina sin convicción.</p>
-
-<p>—Hoy mismo —determinó Teófilo.</p>
-
-<p>—Por Dios, eso es imposible. No me ha dado motivos, y es muy duro,
-así de repente.</p>
-
-<p>—Hoy mismo —repitió Teófilo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span>—No seas cruel
-—Rosina avencidó al de Pajares su rostro, contraído e implorante—. Me
-haces sufrir. Yo no deseo otra cosa; pero fíjate que no es tan fácil
-como parece... Hay que ir preparándolo poco a poco... Ten compasión de
-mí.</p>
-
-<p>Teófilo permanecía en silencio. Rosina se envalentonó:</p>
-
-<p>—Tengo una idea. Lo mejor es que vayamos a pasar unos días fuera de
-Madrid: en Aranjuez, en El Escorial, en Toledo, donde te parezca, y
-allí arreglamos todas las cosas y le escribo a Sabas rompiendo con él,
-¿qué tal? —y envolvió en mimos a Teófilo; pero Teófilo no desplegaba
-los labios.</p>
-
-<p>—¡Qué feliz voy a ser con mi poeta! ¡Y qué feliz voy a hacerle a él!
-¡Qué felices, qué felices vamos a ser! —continuó prodigándole blandas,
-enervantes caricias; Teófilo permanecía sin hablar.</p>
-
-<p>Y es que Pajares ahora sufría una nueva tortura. En su cerebro había
-destacado de pronto y con imperiosa sequedad una idea: «Esta mujer
-me desea, y aunque sin atreverse a declararlo con palabras, necesita
-la satisfacción de su deseo.» Así interpretaba Pajares las ternezas
-y mimosidades con que Rosina pretendía aturdirlo por desviarle la
-voluntad de aquella absurda exigencia de romper con don Sabas. Y la
-tortura de Pajares era que temía ser despreciado y desconsiderado
-virilmente por Rosina. De una parte, no le encendía en aquellos
-instantes ningún linaje de torpe concupiscencia; de otra parte, aun
-habiéndose sentido inflamado de deseos, no se hubiera dejado tiranizar
-por ellos o buscado su saciedad, por que el estado de su ropa interior
-era miserable y vergonzoso, y por nada del mundo se hubiera presentado
-ante Rosina en tan triste intimidad. Se acordaba de una frase de
-no sabía qué autor, oída a no sabía qué amigo: «El dinero es el
-afrodisiaco superlativo.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>—¿Qué te ocurre?
-Habla por la Virgen Santa. ¿No te parece bien lo que te propongo?
-Cuatro o cinco días, o más, en El Escorial, por ejemplo; sí, en El
-Escorial. ¡Di algo!</p>
-
-<p>—Sí, Rosa; tienes razón.</p>
-
-<p>—¿De veras te parece bien?</p>
-
-<p>—Sí, mujer.</p>
-
-<p>—¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad! Me harás versos, ¿verdad?</p>
-
-<p>—Sí, te haré versos —asintió Teófilo sonriendo con amargura.</p>
-
-<p>—Y luego los publicas en <i>Los Lunes</i>. Calla; pues resulta que el
-viajecito te va a dar dinero... —poniéndose en pie Rosina palmoteaba
-como niño rico ante el escaparate de una confitería.</p>
-
-<p>«Dinero...», pensaba Teófilo. Había escrito algunos días antes a su
-madre pidiéndole, con mil apremiantes pretextos, un extraordinario,
-además de la humilde mensualidad que de ella recibía. Aun cuando se
-veía y se deseaba para poder vivir ella misma y sostener la casa de
-huéspedes, en donde muchos huían sin pagar y los que pagaban pagaban
-poco, la madre hacía el milagro de raer aquí y acullá en su comida y
-vestido unos ahorros, hasta sumar de 12 a 15 duros que enviaba cada
-mes al hijo, y, aun en ocasiones, cinco o seis más, fuera de cuenta.
-«¡Qué canalla soy!», pensó Teófilo recordando a su madre. «Mi vida no
-tiene sentido», caviló. El corazón se le redujo a cenizas nuevamente,
-y, nuevamente, los ojos se le envolvieron en un tul de sangre anémica
-color rosa. Se le eliminó en un punto la voluntad. Imaginaba ver su
-propia alma a la manera de esos perros vagabundos que miran de reojo
-a todas partes porque saben que el universo está poblado de garrotes,
-botas y piedras invisibles, los cuales, repentinamente, se materializan
-donde menos se piensa.</p>
-
-<p>Entró Conchita, desvariada, empavorecida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span>—¿Qué ocurre?
-—interrogó Rosina, contagiada del pavor de la doncella—. ¿Algo de Rosa
-Fernanda?</p>
-
-<p>Teófilo tuvo el presentimiento de que la bota invisible comenzaba a
-materializarse y abrió aleladamente los ojos.</p>
-
-<p>—Que, que —rompió a explicar Conchita temblando—, que... don
-Sabas... ha entrado en el portal... y ya debe estar llegando a la
-puerta del piso.</p>
-
-<p>—¡Bah! Déjalo que llegue, que entre... ¡Qué susto me habías
-dado!...</p>
-
-<p>Teófilo se había puesto en pie, demudado el rostro. Le acosaba un
-terror irracional, casi zoológico. Echó a correr hacia la puerta; pero
-Rosina le detuvo, agarrándole de la chaqueta.</p>
-
-<p>—¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios! ¡Tranquilízate! —De los arrestos
-bélicos de Teófilo a la llegada de Angelón, de sus posteriores
-exigencias de un rompimiento con don Sabas y del actual desconcierto,
-Rosina había deducido que le poseía una furia loca de agredir al
-ministro.</p>
-
-<p>Sonó el timbre. Conchita interrogaba con los ojos. Teófilo
-permanecía en pie silenciosamente, por donde Rosina consideró que se
-había tranquilizado. Ordenó a la doncella:</p>
-
-<p>—Vete a abrir y que pase aquí como siempre. —Salió Conchita. Rosina
-imploró—: ¡Déjalo! Todo se arreglará en seguida, te lo prometo. Que
-venga, y nosotros como si tal cosa; por ahora como si fueras un amigo
-que está de visita.</p>
-
-<p>Pero Teófilo no podía oír porque le ofuscaba un espanto absurdo,
-algo así como terror atávico.</p>
-
-<p>Sintiéronse los pasos cadenciosos, graves y lentos de don Sabas, y
-cuando se acercaban ya al umbral de la puerta, sin que Rosina pudiera
-impedirlo, Teófilo huyó a refugiarse detrás de las cortinas del
-perchero.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span></p>
- <h3>IX</h3>
- <div class="caja mt2">
- <div class="versos">
- <div class="estrofa">
- <p class="i0"><i xml:lang="en" lang="en">If music be the food of
- love, play on.</i></p>
- <p class="if"><span class="smcap">Shakespeare.</span></p>
- </div>
- </div>
- <div class="versos">
- <div class="estrofa">
- <p class="i0">... como la vihuela en el oído</p>
- <p class="i0">Que la podre atormenta amontonada.</p>
- <p class="if"><span class="smcap">Fray Luis de León.</span></p>
- </div>
- </div>
- </div>
-</div>
-
-<p>Entró don Sabas, acercose a Rosina, le dio dos palmaditas en la
-mejilla, con gesto paternal, y saludó con estas palabras:</p>
-
-<p>—¡Hola, Pitusa! Hace frío.</p>
-
-<p>—Siempre con frío metido en los huesos. Pues no eres tan viejo para
-ser tan friolero.</p>
-
-<p>—No es cosa de la edad. Desde niño he sido friolero. No puedo
-vivir sin calor; necesito toda especie de calor, calor en el cuerpo y
-calor de afecto en el alma —su afirmación contrastaba con la frialdad
-del tono en que la hacía y con la indiferencia de la sonrisa—. Me
-consentirás que no me quite el gabán.</p>
-
-<p>—Claro, hombre. Pues no faltaba otra cosa.</p>
-
-<p>Se sentó y se restregó las manos. Echábase de ver al punto que era
-hombre público por la carátula que llevaba puesta, ocultándole la
-verdadera y móvil expresión del rostro: esa carátula social de las
-personas que han vivido muchos años ante los ojos de la muchedumbre,
-carátula que tiene vida propia, pero vida escénica, y tiende a
-tipificar con visibles rasgos fisionómicos el ideal y singulares
-aspiraciones del individuo, de manera que facilita la labor del
-caricaturista, porque la carátula tiene ya bastante de caricatura. Lo
-típico en el semblante social de don Sabas era el escepticismo y cierta
-afabilidad protectora que él reputaba como la más cabal realización
-expresiva del<span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span>
-<i>magnificum cum comitate</i> o dignidad benévola de Séneca. Su voz era más
-que recia, tonante, e incompatible con el aire de duda que cuidaba de
-imprimir a sus dichos. En su perfil dominaba la vertical, como en el de
-las cabras, y de hecho, a primera vista, con su faz alongada y huesuda,
-sus barbas temblantes, saledizas y demasiado lóbregas por la virtud del
-tinte, sus ojos oscuros y distraídos y el despacioso movimiento de la
-mandíbula, según daba mesurado curso a la densidad del vozarrón, hacía
-pensar en una cabra negra, rumiando beatíficamente un pasto abundoso y
-graso.</p>
-
-<p>Rosina estaba sentada de espaldas al perchero; don Sabas, cara a
-Rosina.</p>
-
-<p>—Estoy cansado, Pitusa.</p>
-
-<p>—¿Has trabajado mucho hoy?</p>
-
-<p>—¿Trabajar? Qué inocentes eres, Pitusa. ¿Tú crees que le hacen a uno
-ministro para trabajar? ¿Te figuras de veras que los ministros servimos
-para algo, que el Gobierno sirve para algo? ¿Sabes qué papel hace
-el Gobierno en una nación? El mismo que hace la corbata en el traje
-masculino. ¿Para qué sirve la corbata? ¿Qué fin cumple o qué necesidad
-satisface? Y, sin embargo, no nos atrevemos a salir a la calle sin
-corbata. ¿Dónde está Platón? —desde que había comenzado a negar la
-utilidad del Gobierno había echado de menos a Platón; pero como tenía a
-orgullo poner en orden sus ideas y emociones y hacerles guardar cola,
-esto es, conservar en todo momento una perfecta y estoica serenidad,
-tanto intelectual como afectiva, no había inquirido acerca del pez
-hasta que no hubo dado lento y adecuado desarrollo al parangón entre
-los ministros y las corbatas.</p>
-
-<p>Rosina refirió concisamente el triste acabamiento del pez de color
-de azafrán.</p>
-
-<p>—¡Qué hermosas enseñanzas nos ofrece la realidad a cada paso! Ya ves
-de qué manera han concluido los<span class="pagenum" id="Page_59">p.
-59</span> días de Platón, embuchándoselo un hombre como Angelón Ríos,
-un libertino que no piensa más que en gozar mujeres, y mujeres, y más
-mujeres. Y es que toda filosofía, Pitusa, tarde o temprano no sirve
-sino para alimentar el amor carnal.</p>
-
-<p>A Rosina le había parecido siempre que en el tono que don Sabas
-imprimía a su charla había un no sé qué implícito que podía traducirse
-así: «No prestéis mucha fe a lo que digo, porque lo mismo me da decir
-esto que todo lo contrario. La cuestión es pasar el rato.» Y este tono
-Rosina lo había juzgado en otras ocasiones como buen tono y sutil
-elegancia, aunque en rigor un poco ofensivo. Pero ahora le ofendía
-extraordinariamente. En realidad, no sabía si echarle la culpa a don
-Sabas o echársela a sí propia y a la impertinente nerviosidad que la
-poseía. No lograba concentrar el pensamiento. Presumía la inminencia de
-un conflicto.</p>
-
-<p>Teófilo, entretanto, se hallaba sumido entre los pliegues de dos
-faldas bajeras. Su irracional pavura se había disipado, y en su vez le
-estrujaba los sesos una obsesión no menos irracional. La seda de las
-faldas era muy crujiente, y a la más leve moción de Teófilo producía un
-ruido crepitante que le transía los dientes. No temía que el ruido le
-delatase, sino que le horrorizaba la sensación en la dentadura y que
-el tormento se prolongara mucho. Y así, huérfano el cerebro de toda
-idea y casi con ahínco de loco, luchaba por conseguir la inmovilidad
-absoluta.</p>
-
-<p>—Sí, sí, Pitusa, estoy muy cansado. Pero el verte tan rosada, tan
-linda, me alivia tanto... El peso de una cartera, Pitusa, es increíble.
-Es como si tuviera sobre las espaldas una de las pirámides de Egipto,
-con la punta hacia abajo. Me parece que no tardaré en presentar mi
-dimisión.</p>
-
-<p>Como la pausa de don Sabas se alargase demasiado, Rosina se vio
-obligada a hablar, y como no<span class="pagenum" id="Page_60">p.
-60</span> tenía nada que decir, lo que dijo resultó a destiempo:</p>
-
-<p>—¿Tan pronto?</p>
-
-<p>—Tan pronto ¿qué?</p>
-
-<p>—La dimisión, digo.</p>
-
-<p>—¿Tan pronto después de ocho días? Hace ocho días que soy Ministro
-y te parece poco tiempo. ¿Tú qué sabes de eso, Pitusa? Ocho días tardó
-Dios en hacer el mundo; poco fue para tan gran obra, por eso son
-disculpables algunos olvidos que tuvo. Pero ocho días para arreglar
-un trozo diminuto de una pequeñísima parte de aquella obra es más que
-suficiente, y si no se arregla en este tiempo es por una de dos: o que
-uno no sirve para el caso o que la cosa no tiene arreglo.</p>
-
-<p>Después de unos minutos, Rosina se vio obligada de nuevo a decir
-algo. Por suerte se acordó de la carta de Ríos.</p>
-
-<p>—Se me había olvidado. Ríos ha dejado una carta para ti. Aquí
-está.</p>
-
-<p>Disponíase a leerla don Sabas cuando echó de ver un par de botas
-viejas y empolvadas asomando por debajo de la cortina del perchero.
-Como ya había hecho propósito de leer la carta, aplazó toda hipótesis
-para en concluyendo de leerla.</p>
-
-<p>—Bien; otra petición. Esto es lo que me cansa, lo que me abruma.
-Desde que entré en el ministerio, por todas partes me persigue gente
-postulando. Esto no es una nación, es un asilo de mendicantes —y con
-mirada distraída examinó las botas—. ¿De quién son aquellas botas?</p>
-
-<p>A tiempo que don Sabas hacía la pregunta, una de las botas
-desapareció detrás de la cortina. Teófilo no había podido reprimir el
-movimiento instintivo de retirar un pie.</p>
-
-<p>Don Sabas se levantó, se acercó al perchero y descorrió la
-cortina.</p>
-
-<p>Rosina no se atrevió a mirar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>Don Sabas estuvo
-algún tiempo perplejo y mudo ante aquel hombre tan largo y cenceño, de
-mirar desvariado, que parecía estar sepulto en posición erecta, a la
-usanza rabínica.</p>
-
-<p>Teófilo comprendía que el único modo de evitar, o cuando menos
-anular lo grotesco del lance, era convertirlo en trágico. Don Sabas,
-a quien desagradaba por igual lo trágico que lo grotesco, porque le
-interrumpían momentáneamente la fruición de su voluptuosidad rumiada
-y quieta, resolvió aceptar el descubrimiento de Teófilo con serena
-cortesía, como si fuera uno de los infinitos sucesos nimios que forman
-la urdimbre de la rutina social.</p>
-
-<p>—¡Oh! —dijo con graciosa solicitud, tendiéndole la mano—. Cuánto
-siento... Siéntese usted. Rosina, preséntame a este caballero.</p>
-
-<p>Rosina levantó la cabeza. Había entrado en posesión de sí misma y
-estaba tranquila.</p>
-
-<p>—Es un amigo mío.</p>
-
-<p>—Y yo no deseo otra cosa sino que lo sea mío también.</p>
-
-<p>—El señor Pajares.</p>
-
-<p>—Pajares... ¿Es usted el escritor?</p>
-
-<p>—Servidor de usted —habló Teófilo, esforzándose en parecer altanero.
-Sin embargo, ante don Sabas sentíase sugestionado, empequeñecido, como
-si aquel hombre pudiera hacer de él lo que le viniera en gana.</p>
-
-<p>—Sí, sí, ya recuerdo; Pajares, novelista.</p>
-
-<p>—No, poeta —corrigió Rosina, con involuntaria hostilidad.</p>
-
-<p>A don Sabas no le gustaba molestar a sabiendas a la gente, ni
-rodearse de personas irritables o melancólicas; en general, le
-molestaba el sufrimiento ajeno, no por compasión, sino por egoísmo, y
-así se cuidaba de huir la presencia de él, mas no de evitarlo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span>—Pues yo he leído
-algún cuento y novelas cortas del señor Pajares —lo cual era falso.</p>
-
-<p>—Sí, he escrito también cuentos y novelas cortas —corroboró Pajares,
-muy lisonjeado.</p>
-
-<p>—Y versos también he leído, ¡ya lo creo! Mi hijo Pascual habla mucho
-de usted y con gran admiración. Usted es modernista, y nosotros, los
-viejos, no podemos ser modernistas; pero en todos los géneros hay bueno
-y malo. Y usted es de lo bueno, sí, señor. —Don Sabas no se proponía
-otra cosa que halagar al poeta y reducirlo a una sociabilidad corriente
-y moliente, de visita. No había leído un solo verso de Teófilo y le
-importaba un ardite la llamada poesía modernista. Tanto a Teófilo como
-a Rosina les cosquilleaba una leve zozobra; no sabían si don Sabas
-hablaba en serio o irónicamente. Don Sabas preguntó—: Bajo su palabra
-de caballero, señor Pajares, ¿me promete usted decirme la verdad?</p>
-
-<p>—Según de lo que se trate.</p>
-
-<p>—¡Bah!, una cosa muy sencilla; ¿promete usted?</p>
-
-<p>—Sí, señor; prometo.</p>
-
-<p>—¿Está usted enfermo?</p>
-
-<p>Teófilo palideció.</p>
-
-<p>—¿Lo está usted? Dígame la verdad.</p>
-
-<p>—No le entiendo a usted...</p>
-
-<p>—De sobra que me entiende...</p>
-
-<p>—Le juro a usted, que no entiendo... ¿Qué puede importar a usted que
-yo esté o no esté enfermo?</p>
-
-<p>—¿No ha de importarme? Verá usted; cuando entra a servirme un
-nuevo mozo de comedor, lo primero que hago es decirle: «Mira, hijo,
-aquí está la botella de vino y aquí un vaso. Este vaso es solamente
-para ti. Ya sé que no puedo impedirte que bebas el vino de escondite;
-por eso, lo único que te ruego es que no bebas por la botella y nos
-sirvas luego a los demás tus babas.» ¿Comprende usted ahora? De todos
-los crímenes que conozco, el más grave, para<span class="pagenum"
-id="Page_63">p. 63</span> mí, es el de esos hombres atacados de
-enfermedades vergonzosas que no tienen reparo en corromper y contagiar
-a otros cientos de hombres por intermedio de mujeres que toman y dejan
-a la ventura.</p>
-
-<p>—Si no he comprendido mal, para usted lo grave de este crimen no es
-que una pobre mujer caiga enferma, sino que, por segundo endoso, otros
-hombres, quizás personas respetables, grandes personajes, sufran el
-contagio.</p>
-
-<p>Rosina sonrió cordialmente a Pajares, quien en aquel instante se
-sentía muy superior a don Sabas.</p>
-
-<p>—No me he explicado claramente. No he hablado de la mujer sino como
-vehículo, porque, si usted se para a pensarlo ecuánimamente y aparte la
-lástima que nos inspire, no es otra cosa que vehículo. Y si no, compare
-usted la proporción numérica del mal, y verá que de un lado hay una
-mujer y de otro cientos y cientos de hombres a quienes ella infesta.</p>
-
-<p>—En este caso no veo sino una mujer, y muy en segundo término un
-solo hombre.</p>
-
-<p>—Se exalta usted sin motivo. Parece usted echarme en cara que cuando
-abomino del mal general no pienso sino en el mío propio. Es decir,
-que mis palabras no estaban dictadas por el amor al prójimo, sino por
-el temor de un daño que pudiera sobrevenirme; en suma, que he hablado
-egoístamente. Sí, señor; así es. Lo reconozco. Y no puede menos de ser
-así, porque el egoísmo es la medula espinal del espíritu humano. Cuanto
-hacemos, aun las acciones más generosas, no tiene otro móvil que el
-egoísmo. Su exaltación de usted hace un momento, y sus nobles palabras
-de lástima por las mujeres caídas y enfermas, ¿qué eran sino balbuceos
-de un egoísmo inconsciente que le movió a usted a declararse paladín
-del sexo por ganar el amor, o acrecentarlo y robustecerlo, de una mujer
-que le estaba escuchando? Pues el progreso moral no es otra cosa que la
-más clara con<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span>ciencia
-de este egoísmo radical y el mayor valor para declararlo en público;
-de manera que, contrastándose egoísmo con egoísmo, cede cada cual
-en aquello que puede y debe ceder y se alcanza una paz deleitable,
-armoniosa y duradera. El progreso moral consiste en aprender a no
-engañarse ni engañar. La caballerosidad, el honor no son sino la
-moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre varios
-egoísmos. Y así, de caballero a caballero, invocando mi egoísmo, lo
-cual equivale a darle a usted derecho para que usted me invoque el suyo
-cuando lo necesite, le pregunto: ¿está usted enfermo?</p>
-
-<p>Teófilo volvió a sentirse empequeñecido por don Sabas. Pensaba que
-no tenía razón el ministro; pero no sabía qué contestarle. Y Rosina
-pensaba como Teófilo.</p>
-
-<p>—Pero es que... —atajó Rosina, dirigiéndose a don Sabas—, si te
-figuras que ha habido algo entre nosotros...</p>
-
-<p>—Si no te echo nada en cara, Pitusa... Me parece muy natural. Yo
-soy viejo y tú eres joven, ¿cómo te voy a exigir fidelidad absoluta? Y
-hasta me parece preferible que hayas elegido un artista a uno de esos
-señoritos silbantes...</p>
-
-<p>—De caballero a caballero —habló Pajares—, puesto que usted se
-obstina en preguntarlo, le respondo, por última vez, que no le va a
-usted ni le viene en mis enfermedades. Y no le va ni le viene, porque,
-como ha dicho Rosa, nada ha habido entre nosotros, ni puede haberlo,
-porque yo no lo aceptaría entretanto que no sepa que Rosa es mía y
-solamente mía. Usted parece que no puede comprender esto...</p>
-
-<p>Don Sabas inclinó la cabeza, reflexionando:</p>
-
-<p>—No, no lo puedo comprender. Pero, aun cuando hubiera habido algo,
-lo disculpo; es más, lo justifico. Rosa es, por decirlo así, el
-ornamento de mi vida, y ella sabe cuán humildes son mis exigencias.
-¡Si <span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>solo mirarla me
-deleita!... No soy tan insensato que me obceque en obligarla a una
-fidelidad completa. Lejos de eso, me hace feliz saber que ella lo es
-por diferentes caminos. Tampoco puede usted comprender esto.</p>
-
-<p>—No lo puedo comprender.</p>
-
-<p>—Y es que usted piensa que el suyo, por ser desordenado, es mejor
-amor. Pues mire usted, yo renunciaría ahora mismo a Rosa si supiera que
-mi renuncia le acarreaba verdadera ventura, a pesar de todo mi egoísmo
-—por primera vez se le cayó la carátula de afabilidad protectora,
-dejando al desnudo un rostro gravemente triste. A seguida superpuso
-nuevamente la carátula, y añadió—: Pero, por ahora, Rosa no necesita mi
-renuncia, ni con ella piensa ser más venturosa, ¿verdad, Pitusa?</p>
-
-<p>Las emociones de Teófilo se concretaron en una sentencia mental: «Si
-yo tuviera unos miles de pesetas en el bolsillo...» Como si Rosina lo
-hubiera adivinado, respondió:</p>
-
-<p>—Ya te he dicho, Sabas, que nada hay entre nosotros, y yo no miento.
-Por lo tanto, claro está que no necesito esa renuncia.</p>
-
-<p>Teófilo miró con estupor a Rosina, quien aprovechando la distracción
-del ministro, guiñó un ojo al poeta, como haciéndole cómplice de su
-disimulo.</p>
-
-<p>—A propósito, Pitusa. Me ha escrito don Jovino, por mal nombre
-<i>el Obispo retirado</i>. Dice que dentro de tres o cuatro días es la
-inauguración de la temporada y que aguarda el nombre con que has de
-presentarte al público; es urgente, porque necesitan tirar los carteles
-con alguna anticipación. ¿Sabía usted, señor Pajares, que la Pitusa
-nos ha resultado una gran cupletista y se lanza definitivamente a la
-escena?</p>
-
-<p>—Sí, señor.</p>
-
-<p>—Bien, bien; pues ayúdenos usted a elegir un nombre para ella...
-Convendrá usted conmigo en que del nombre depende la mitad del éxito,
-sobre todo en<span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> la mujer.
-Es necesario encontrar uno que, como exige el código del Manú, cuando
-se pronuncie sepa dulce en los labios. Yo he seleccionado unos pocos
-que someteré al juicio de ustedes. Por lo pronto siento una invencible
-inclinación hacia los nombres de mujer que comienzan por A. Entre
-otras razones: para producir el sonido de la A se abre de pleno la
-boca, porque A es una vocal admirativa, y, dado que es cosa probada
-que los movimientos y actitudes musculares provocan ciertos estados
-de ánimo, como el hipnotismo ha demostrado, resulta que al pronunciar
-un nombre de mujer que empieza por A, involuntariamente propendemos a
-la admiración. Todo esto le parecerá a usted extraordinario, ¿verdad,
-señor Pajares? En último término puede que sea una de tantas tonterías
-como a uno se le ocurren. He aquí los nombres: Acidalía, que es una
-de las advocaciones de Afrodita; Actea, una nereida; Adrastia, hija
-de Júpiter o Zeus y de la Necesidad; Antígona, que todo el mundo sabe
-quién fue —y miró irónicamente a Teófilo—, y Lotos, una ninfa. Este
-último nombre no tiene la A por inicial; pero a mí me suena muy bien.
-Lotos o Antígona, me parecen dos buenos nombres de cartel. ¿Qué dices,
-Pitusa?</p>
-
-<p>—¿Qué te parece a ti? —solicitó de Teófilo Rosina, proporcionándole
-con el tuteo, en presencia del Ministro, gran satisfacción.</p>
-
-<p>—Antígona me parece un nombre muy bello. Suena un poco trágico, pero
-no importa.</p>
-
-<p>De que era un personaje de la tragedia antigua estaba seguro, y esto
-era todo lo que sabía acerca de Antígona; él, Pajares el poeta, que
-había decorado siempre sus versos con innúmeras alusiones al arte y a
-la mitología helénicos.</p>
-
-<p>—¿Ha oído usted ya cantar a Antígona?</p>
-
-<p>—No, señor.</p>
-
-<p>—¿Quieres cantar algo, Antígona?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>—Ya lo creo, con
-mucho gusto —se levantó de la butaca, y con gentil alacridad fue hasta
-el piano. Volviose un punto para decir a Teófilo—: Te advierto que toco
-rematadamente mal. Solo lo preciso para acompañarme.</p>
-
-<p>—¿Qué vas a cantar, Pitusa?</p>
-
-<p>—<i>Ninon.</i></p>
-
-<p>—¡Oh, Pitusa; canta cualquiera otra cosa!... ¡Eso es tan
-sentimentalmente cursi!...</p>
-
-<p>—A mí me gusta, Sabas.</p>
-
-<p>Rosina cantó:</p>
-
-<div class="versos ml24">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Ninon, Ninon, qu’as tu fait de la vie?</p>
- <p class="i0">L’heure s’enfuit, le jour succède au jour.</p>
- <p class="i0">Rose ce soir, demain flétrie,</p>
- <p class="i0">Comment vis-tu, toi qui n’a pas d’amour?</p>
- <p class="i0">Aujourd’hui le printemps, Ninon,</p>
- <p class="i0">Demain l’hiver...</p>
- </div>
-</div>
-
-<p>La voz de Rosina era escasa; pero tenía densa transparencia de óleo
-y se insinuaba dentro del espíritu con cariciosa suavidad. Desafinaba
-a veces un poco, y era en todo momento insegura, algo temblorosa, como
-si diluida dentro de ella palpitase una gran emoción, de la cual se
-contagiaba muy presto el oyente. Teófilo no entendía las palabras;
-pero la música se le filtraba hasta el más oscuro rincón del alma,
-colmándole de ciega felicidad, que al esforzarse en adquirir luz y
-conciencia de sí propia producía dolor gustoso.</p>
-
-<p>Don Sabas tenía los párpados caídos, y la carátula también. Con
-profunda angustia recibía en el corazón los versos de Musset y el
-lamento <i>sentimentalmente cursi</i> de Tosti: «<i>¿Qué has hecho de tu vida?
-Huyen las horas, y las días suceden a los días. La rosa de esta tarde,
-mañana estará marchita... Hoy, primavera; invierno, mañana.</i>» Y luego,
-<i>¿cómo se puede vivir sin amor?</i> ¡Oh, amor; necio engaño! Sicilia, de
-la<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> propia suerte que
-había teñido de negro la ancianidad de sus barbas, había blanqueado de
-filosofía la negrura desolada de su espíritu escéptico. Pero ahora,
-bajo el influjo de aquella musiquilla cándida, quejumbrosa, el postizo
-embadurnamiento se resquebrajaba, se derretía, dejando al aire hielo
-vivo entre sombras. Y con el corazón aterido, Sicilia abarcaba la
-desmesurada vacuidad de todo lo creado. ¿De qué le había servido aquel
-emplasto de estoicismo, epicureísmo y anacreontismo, a dosis iguales,
-aplicado al alma por curarla del miedo a la muerte y darle fuerza y
-virtudes? Era honesto y virtuoso en el sentido clásico; no había hecho
-mal a nadie; pero sus virtudes, ¿qué eran sino groseros simulacros,
-prendas de abrigo que no abrigaban? Mesábase las barbas, engañosamente
-negras, y la amargura del pecho casi le rebasaba por los ojos.</p>
-
-<p>Terminada la canción, cuando Teófilo y Rosina miraron de nuevo a don
-Sabas, este tenía ya superpuesta la carátula social.</p>
-
-<p>—Muy bien, Pitusa. Tienes una voz muy dulce y mimosa. Pero esa
-romancita...</p>
-
-<p>—La romanza es admirable. Nada hay tan penetrativo ni que tan
-hondamente remueva el alma como la música —sentenció el poeta.</p>
-
-<p>Como poeta español que era, tenía por característica un sistema
-nervioso esencialmente refractario a la música. Nunca había sentido
-la música. Oyendo cantar ahora a Rosina había recibido insospechadas
-emociones, que no eran sino voluptuosidad sin satisfacer, evaporada
-en bruma de anhelo, y que él tomaba por puras emociones musicales.
-Encontrábase tan enorgullecido con el reciente don de sensibilidad que
-preguntó a don Sabas:</p>
-
-<p>—Pero, ¿de veras no le ha conmovido la romanza?</p>
-
-<p>—¿Qué quiere usted que le diga? A esta música dulzona italiana, y
-aun a la alemana, prefiero la española, porque es más instintiva, más
-sincera. El es<span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>pañol
-no concibe la música sino como aderezo de la lujuria o a manera de
-desfogo físico y bramido carnal; por eso los músicos españoles no
-aciertan a componer nada que valga la pena, como no sean chotis, tangos
-y jotas. Chotis, tangos, jotas: esa es música, y buena música, música
-centrífuga, que le vacía a uno el cerebro a través de los miembros,
-derramándolo hacia afuera, en un prurito de danzas, de cabriolas y
-otros ejercicios más placenteros. Pero, la otra música, la centrípeta,
-cuya acción es a la inversa, de fuera adentro... Si corrieran tiempos
-de tiranía y yo fuera tirano, suprimía de un golpe, así, con un
-rasgo de la pluma, semejante clase de música. O mejor, y para mayor
-seguridad, suprimía la música en absoluto —y sonrió con afabilidad
-indiferente.</p>
-
-<p>Rosina, vejada por la frialdad de don Sabas y sin haberle entendido,
-habló en tono algo áspero:</p>
-
-<p>—En resolución, que para ti la música, como quien oye llover.</p>
-
-<p>—Psss... Ojalá nunca aprendas, Pitusa, a oír llover.</p>
-
-<p>—Oh, Sabas; a veces me atacas los nervios, porque no pareces una
-persona...</p>
-
-<p>—Está por la primera vez que veo enfadada a la Pitusa. No he querido
-enojarte, Rosina, y ya te he dicho que tu voz es muy suave y bella.
-Harto sabes cuánto me gusta oírte cantar. Te pronostico grandes éxitos
-en el teatro.</p>
-
-<p>—Allá veremos —contestó Rosina con mal simulada humildad.</p>
-
-<p>La fuerza atractiva de la gloria la orientó hacia el futuro, de
-manera que continuó hablando con voz de lontananza, como si los
-seres y cosas en torno de ella hubieran dejado de existir. Dijo que
-no cantaba en Madrid sino a guisa de ensayo o prueba por ver si el
-público la atemorizaba; que en cantando dos o tres noches rescindiría
-el contrato con <i>el Obispo retirado</i>, por grande que fuera el éxito
-de su presentación;<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span>
-que el foco de sus ambiciones era París, y que deseaba también conocer
-los Estados Unidos del Norte de América. Tanto don Sabas como Teófilo
-sentían por modo evidente cuán lejos de ellos estaba aquella mujer,
-cuán inasible e indomeñable era su corazón. Hubo un silencio que rompió
-Antígona, retrotraída al futuro próximo.</p>
-
-<p>—Se me olvidaba decirte, Sabas, que pienso pasar la semana que viene
-en El Escorial.</p>
-
-<p>—Es el caso, Pitusa, que como estamos en las tareas preliminares del
-Gobierno no podré acompañarte. Te haré alguna visita.</p>
-
-<p>—No, no te molestes. Quiero estar sola, completamente sola, unos
-días.</p>
-
-<p>—Como gustes —don Sabas había comprendido.</p>
-
-<p>Pajares consideraba los días de El Escorial como la crisis decisiva
-de su existencia. Durante ellos, había de apoderarse para siempre de
-Rosina o perderla para siempre.</p>
-
-<p>Don Sabas, que había venido a casa de Rosina en la esperanza y aun
-con la certidumbre de mitigar un poco el hastío de su vida, exasperado
-en las horas de ministerio, hallábase más triste y cansado que nunca.
-Le hostigaba la necesidad de sentir sobre el rostro la tersura lenitiva
-de la mano de su amante. Le hacían falta mansas caricias físicas, como
-al terruño yermo el agua de llovizna.</p>
-
-<p>Lentamente y renqueando, Sesostris avanzaba por la habitación.</p>
-
-<p>—¡Oh, excelente Sesostris! —exclamó don Sabas—. ¡Quién fuera
-galápago o tortuga! —como de ordinario, sus interlocutores ignoraban
-si lo decía en serio o de chanza—. Todos los males del hombre, ¿no
-cree usted, señor Pajares?, se derivan de un mal original; el de
-tener epidermis. Parece a primera vista que el mal original es la
-inteligencia, entendiendo por inteligencia la manera específica y
-necia que el hombre<span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>
-tiene de conocer el universo; pero si en lugar de epidermis tuviéramos
-un caparazón, como este animal privilegiado, o un dermatoesqueleto,
-como la langosta, nuestra inteligencia sería de distinto y aun de
-opuesto linaje. El hombre es el único animal que tiene epidermis.
-Tener epidermis equivale a andar con el alma desnuda, de suerte que de
-todas partes recibe heridas. Y por todas partes mendiga halagos. Por
-eso, cuando Platón dijo que el hombre era un bípedo sin pluma, sentaba
-una gran verdad que nunca ha sido bastantemente desentrañada. Tres
-son las fuerzas naturales de toda sociedad animal: la necesidad de
-alimentarse, la necesidad de reproducirse y la necesidad de moverse.
-¿No se da usted cuenta, señor Pajares, de las terribles consecuencias
-que arrastra consigo la aparición de la epidermis, y cómo aquellas que
-eran fuerzas naturales se truecan en fuerzas morales, que es lo peor
-que pudo haber sucedido? ¡Oh, excelente Sesostris, la más noble de las
-criaturas, la de sangre más azul y aristocrática, porque tu abolengo
-tiene millones y millones de años de historia cierta! ¡Oh, tú, reptil
-insigne, cuyos antepasados reinaron en el aire, en el agua y sobre la
-tierra, señoreando el mundo y sus elementos! ¡Maldito el hado que os
-puso enfrente tan despreciable y bruto adversario como es el mamífero,
-y en sus bárbaros designios determinó que fuerais extirpados casi
-totalmente!</p>
-
-<p>Sesostris, como cualquier diputado de la mayoría, no prestaba
-atención a la elocuencia ministerial, y seguía su pausada y renqueante
-ruta en busca de cucarachas.</p>
-
-<p>En esto entró Rosa Fernanda, que había vuelto del paseo, y fue a
-agazaparse en el regazo de su madre.</p>
-
-<p>—Ven a darme un beso, Rosa Fernanda —dijo don Sabas—. Ven y te
-contaré el cuento del príncipe narigudo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span>Rosa Fernanda acudió
-al requerimiento y se acomodó entre las piernas del ministro, el
-cual recibía sutil deleite físico contemplando la rosada fragilidad
-de la niña y acariciándole el oro resbaladizo de los cabellos. Rosa
-Fernanda levantó la cabeza cuando don Sabas comenzó a referir el
-cuento. Escuchaba como los niños acostumbran, con los ojos, como si las
-palabras, al desgajarse de los labios, se materializasen adquiriendo
-la forma y color de los objetos representados. Veía los vocablos en su
-religiosa desnudez originaria.</p>
-
-<p>Entretanto, Rosina y Pajares pudieron hablar a solas y puntualizar
-la fecha y sitio de la próxima entrevista.</p>
-
-<p>Rosa Fernanda se fatigó muy pronto de escuchar el cuento. Don Sabas
-le era antipático, así como sus caricias. Los niños, en su selección
-de amistades y afectos entre personas mayores, tienen el don de rehuir
-instintivamente aquellos individuos cuyo contenido ético es antivital,
-como la raposa huele y teme la pólvora antes de toda experiencia. No es
-raro encontrar este don en las mujeres. Sienten apego por Don Quijote y
-Don Juan; Hamlet les es repulsivo.</p>
-
-<p>La niña volvió al regazo de la madre y allí se mantuvo en silencio,
-asimilándose la realidad externa con largas, inquisitivas miradas.</p>
-
-<p>Hablaban don Sabas, Pajares y Rosina de cosas de poco momento y
-en tono indiferente, porque después de las emociones de la tarde,
-cada cual se recogía dentro de sí mismo y laboraba por extraer claras
-impresiones críticas.</p>
-
-<p><i>Punto de vista de don Sabas.</i>—Tenía conciencia de ser antipático,
-instintivamente antipático, a Rosa Fernanda, como se lo era a todos
-los niños, aun cuando él los amaba, y esto le acongojaba; de ser a
-medias antipático a Rosina y también del origen de este sentimiento
-fluctuante; de ser antipático por entero a Teófilo, o, por mejor
-decir, odioso, y cómo la causa<span class="pagenum" id="Page_73">p.
-73</span> del odio era el creerse Teófilo muy por debajo de don Sabas
-en inteligencia, ingenio y fortuna. Y, sin embargo, don Sabas sabía que
-Pajares le era superior; primero, en juventud, y señaladamente en la
-posesión de una cualidad divina, el entusiasmo, o sea aptitud para la
-adoración o para el odio. Teófilo podía caer en dolorosos desalientos
-o subir a la cima del más apasionado rapto; podía alternativamente
-pensar, tan pronto que el mundo era malo sin remisión, como que era
-divino, el mejor de los mundos posibles. Don Sabas sabía que el mundo
-era tonto, comenzando por Teófilo, un tonto, como todos los tontos,
-susceptible de felicidad o de infelicidad.</p>
-
-<p><i>Punto de vista de Rosina.</i>—Don Sabas le parecía, cuándo
-extremadamente sensible, cuándo extremadamente embotado de nervios e
-indiferente. La sugestionaba como el vaivén de un péndulo brillante.
-Veía que aventajaba a Teófilo, con mucho, en inteligencia y agilidad
-para urdir frases que quizás fuesen profundas; pero con todo no se
-resolvía a concederle más talento que a Pajares. No podía explicárselo;
-pero en Pajares adivinaba la verdad oculta, y sobre todo una fuerza
-misteriosa que le hacía atractivo y amable.</p>
-
-<p><i>Punto de vista de Pajares.</i>—La presencia y sonrisa de don Sabas
-le hacían el efecto de insultos. Era como si después de árida jornada,
-cuando creemos andar por lo postrero de ella, encontrásemos otro
-caminante que en son de burla nos dijera haber equivocado nuestro
-camino y hubiéramos de desandar lo andado. La sonrisa de don Sabas
-sugería la posibilidad de que todo aquello que Teófilo tomaba tan a
-pecho eran fruslerías y nonadas, como si don Sabas estuviera en el
-secreto de la vida y no quisiera descubrirlo; y lo peor es que quizás
-don Sabas tuviera razón. Veíase, pues, forzado a reconocer en don Sabas
-una superioridad, y, viéndose en su presencia tan empequeñecido, lo
-aborrecía.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span><i>Punto de vista de
-Rosa Fernanda.</i>—Como el de todos los niños, era a ras de tierra. Podía
-ver la parte inferior de los muebles, la arpillera que les forraba
-la panza, un intestino de estopa saliendo por debajo del diván, y a
-Sesostris, debajo del piano. En circunstancias normales, las personas
-no existían para ella sino desde los pies a las rodillas. Teófilo y su
-indumentaria le parecían más pintorescos que don Sabas. La parte baja
-de los pantalones de Teófilo, con flecos y raros matices, pero sobre
-todo las botas, la tenían encantada. La afición que los niños muestran
-a los mendigos es tan solo gusto de lo pintoresco. En una de las botas
-de Teófilo había una larga goma, como un gusanillo negro, colgando
-del elástico. Rosa Fernanda hubiera dado cualquiera cosa por ir a
-arrancarla y jugar con ella.</p>
-
-<p>Sería interesante conocer el punto de vista de Sesostris.</p>
-
-<p>Teófilo se levantó, dispuesto a irse. Don Sabas se despidió también.
-Bajaron juntos las escaleras. En la puerta de la calle, don Sabas
-preguntó:</p>
-
-<p>—¿Por dónde va usted?</p>
-
-<p>—¿Y usted?</p>
-
-<p>—Yo, hacia arriba.</p>
-
-<p>—Yo, hacia abajo.</p>
-
-<p>—Ea, pues hasta la vista.</p>
-
-<p>—Hasta la vista.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1_10">
- <h3>X</h3>
-</div>
-
-<p>Caminaba Teófilo cuesta abajo, automáticamente; su espíritu
-descendía también; se apartaba de la claridad consciente; se diluía en
-una especie de niebla letárgica. Así anduvo toda la calle de Cervantes
-y el Botánico, cara a la Cibeles. En la plaza de Neptuno dudó si
-subir hacia el Ateneo o continuar Prado ade<span class="pagenum"
-id="Page_75">p. 75</span>lante; resolvió lo último. Su estado de ánimo
-se iba definiendo poco a poco, iluminándose de resplandor intuitivo que
-manaba de una palabra: <i>dinero</i>. Era fuerza que buscase dinero cuanto
-antes. Un sentimiento de rebeldía contra la vida moderna le henchía
-el pecho. El sentido y trascendencia de esta calificación, <i>edad
-capitalista</i>, se le hicieron patentes. La actividad motriz de estos
-tiempos no era sino la rapiña del capital, como quiera que fuese; las
-demás actividades, solo rebabas, añadiduras, ejercicios suntuarios.
-En otras épocas, amor y belleza, las dos mitades de la vida, habían
-sido <i>res nullius</i>, cosas no estancadas, de libre disfrute para todos.
-Pero la edad capitalista había constituído el monopolio de la vida a
-modo de sociedad anónima por acciones, y escindido el género humano en
-dos partes: los que cobran dividendo y los que no lo cobran, los que
-tienen derecho a vivir y los que no pueden vivir. ¿Qué es el amor sino
-dulce plenitud y exuberancia de energías que por no perderse aspiran
-a perpetuarse, a reproducirse? Y ¿cómo pueden hacer amiganza el amor
-y la miseria física, el hambre y la fecundidad? De otra parte, ¿es
-verosímil enjaretar cuatro versos mediocres sin cuatro malas pesetas en
-el bolsillo?</p>
-
-<p>Pero lo apremiante para Teófilo era que necesitaba hallar unos
-cuantos duros inmediatamente. Como ocurre en las coyunturas capitales
-de la vida, Teófilo esterilizó de toda emoción su pensamiento y se
-aplicó a hacer cuentas en frío. Era el último día del mes. Al día
-siguiente, o quizás aquel mismo día, tendría la paga que su madre
-acostumbraba enviarle cada mes. Teófilo vivía en la misma casa de
-huéspedes desde hacía tres años, y si bien no había mes que pagase
-los quince duros íntegros del pupilaje, a razón de 2,50 por día, con
-todo era un pagador exacto en la medida de sus recursos, de manera
-que hasta cierto punto le era lícito dejar de pagar aquel mes y
-re<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>servarse el dinero
-para el viaje a El Escorial. Tal vez su madre le enviase también
-el extraordinario. En este caso, la suma total andaría tocando con
-las cien pesetas. Pero, era poco. No había otra salida que pedir
-dinero prestado a un amigo. ¿A quién? A Díaz de Guzmán; sí, él era el
-hombre.</p>
-
-<p>Teófilo llegó a su casa, de noche cerrada. Era una misérrima casa de
-huéspedes de la calle de Jacometrezo. En el pasillo, apenas esclarecido
-por una bombilla exhausta, el vaho de los potajes se fundía con otras
-hediondeces. Teófilo cruzó con un huésped, Santonja.</p>
-
-<p>—Hola, poeta. ¿Ha habido convite hoy? Le he echado a usted mucho de
-menos, porque no tuve con quién discutir.</p>
-
-<p>Santonja se había repatriado hacía poco tiempo desde la Argentina.
-Estaba desviado de la espina dorsal y era cojo; la faz, chata,
-simuladamente jocosa. Venía en mangas de camisa (una camisa de color
-sangre de toro) y llevaba un libro de la biblioteca Sempere debajo
-del brazo. Las discusiones de las horas de comer eran casi siempre
-sobre anarquismo. Un día, por dárselas de hombre terrible y espantar
-a los comensales —dos burócratas, tres horteras, un alcarreño de paso
-y un comandante—, Teófilo había modulado una rapsodia lírica en loor
-de Morral y la propaganda por el hecho. Santonja le interrumpió,
-calificando sus frases de absurdidades. Acalorado, Teófilo llegó a
-sostener que él no tendría inconveniente en tirar una bomba. Santonja
-había añadido que ninguna persona con sentido común puede ser
-anarquista; pero que, dado que la persona careciera de aquel sentido,
-cosa frecuente, para tirar bombas se necesita mucho ombligo. A partir
-de entonces, Santonja solicitaba de Teófilo, con evidente ironía,
-razones que apoyasen el ideal anarquista. Respondíale Teófilo con
-argumentos que él consideraba muy originales y funambulescos; pero el
-otro replicaba que todo aquello era una pamplina.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span>Tales discusiones
-habían obsesionado a Teófilo en términos que no era raro oírle jactarse
-de sus ideas anarquistas en el Ateneo y otras tertulias literarias.</p>
-
-<p>—¿Viene usted a cenar hoy, señor Pajares?</p>
-
-<p>—Creo que sí; ¿por qué?</p>
-
-<p>—Porque me parece que hoy no trae usted cara de discutir conmigo.</p>
-
-<p>—Le advierto que yo no he discutido nunca con usted.</p>
-
-<p>—No; ya sé que usted me desprecia. Yo soy un hombre sin instrucción
-y usted es un literato. Y, a propósito, como me ha dado usted la
-matraca con Kropotkin, he comprado este libro escrito por él. ¡Puaf!
-Macana pura; pura filfa... ¿Cree usted que el mundo es bueno, señor
-Pajares?</p>
-
-<p>—Sí, señor.</p>
-
-<p>—¿Cree usted que eso que llaman <i>amor</i> existe?</p>
-
-<p>—Sí, señor.</p>
-
-<p>Una pausa.</p>
-
-<p>—Bien; ¿qué hay con eso? —preguntó Pajares.</p>
-
-<p>—Nada, sino que quizás hice mal en dudar de su sinceridad de usted
-como anarquista; pero como usted no compone versos sino sobre la
-muerte, la tumba y la podre... como si este mundo fuera el peor de los
-mundos imaginables, y esto, mi amigo, creo yo que no se compadece con
-ser anarquista...</p>
-
-<p>—Hombre, al contrario.</p>
-
-<p>—Puede; depende del punto de vista. Creer que el mundo es bueno, y
-que hay amor en él; pero no tener dinero y no poder tener novia, o si
-uno la llega a tener que se la pegue a uno, porque uno no es un Adonis
-(y no lo digo por usted), entonces sí que comprendo lo de las bombas,
-aun con poco ombligo.</p>
-
-<p>—¡Bah, bah! Valiente anarquismo el que tuviera móviles tan bajos.</p>
-
-<p>—Oiga, mi amigo; me parece que lo mismo que las plantas, los grandes
-hechos requieren su abono.<span class="pagenum" id="Page_78">p.
-78</span> La flor o el fruto viene a lo último, y el abono, que es lo
-primero, siempre es abono, ¿qué le parece?</p>
-
-<p>—Nada, que tengo prisa. Hasta luego.</p>
-
-<p>—Hasta luego, señor Pajares.</p>
-
-<p>Pajares entró en su cuarto. Sobre la mesilla de noche había una
-carta, de su madre. Teófilo la abrió con dedos ágiles y optimista
-corazón. No contenía ningún cheque. Decía la carta:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p><i>Amado hijo: No sabes cuánto he sufrido estos últimos ocho días
- del mes pensando en ti. Me es imposible enviarte la acostumbrada
- mesada, y lo peor es que tampoco podré de aquí en adelante. Sabes
- que los Martín, labradores de Zaratán, han tenido en mi casa
- todo el curso pasado a su hijo Arístides, que estudia Farmacia.
- Me habían prometido pagarme todo junto en comenzando el nuevo
- curso, por la cosecha. Pero dicen que la cosecha fue mala, y por
- más cartas que les escribo no sueltan prenda. ¿Para qué enviarán
- un hijo a los estudios si no cuentan con medios? Solo para vivir
- del sudor ajeno. Yo, bien sabe Dios que los perdonaría de buen
- grado; pero no puedo menos de pensar que el hijo de ellos ha
- estado engordando a costa del mío, que te aseguro que comía más
- que un cavador. Para este curso lo han enviado a otra casa, y yo
- me alegro, no de que caiga sobre otro la carga, sino por verme
- libre de él, porque era además muy calaverón y escandaloso, como
- son todos estos zafios cuando vienen a la ciudad. No había querido
- decirte antes que don Remigio, el canónigo, se marchó de casa; ya
- ves, después de tantos años, y el único huésped formal y seguro.
- Fue un gran golpe para mí. Ya hace de ello dos meses, y no me he
- podido recobrar del disgusto. Creí que nos tenía algún apego. Decía
- que últimamente no se podía comer en casa, y te echaba la culpa a
- ti, porque yo te enviaba ahorrillos, cuando él debiera estar tan
- interesado como yo, que te conoció desde que eras una criatura y
- fue tu primer maestro. Por todo ello he es<span class="pagenum"
- id="Page_79">p. 79</span>tado tan apurada que no podía pagar el
- alquiler, y anduvieron si me desahucian; pero gracias a Coterón el
- usurero, que me hizo unos pagarés sobre los muebles, pude salir
- del atranco. No estoy muy bien de salud; pero no te preocupes. Mi
- mayor pena es si tú pensarás que no te envío el dinero por propia
- voluntad. No, hijo mío; tú no puedes pensar eso de tu madre, que
- sabes te adora.</i></p>
-
- <p><i>El recorte de periódico que me has enviado me ha hecho derramar
- lágrimas de ternura y orgullo. Sí, debían echar flores a tu paso.
- Ya desde chiquitín se comprendía que ibas a ser una gran cosa.
- Componías coplas mejor que los mayores, y así lo reconocían todos.
- Pero ya sabes que por estas pobres tierras de las Castillas los
- poetas se han muerto de hambre siempre. No me acuerdo de nombres;
- pero así lo he oído asegurar a los viejos. Luego, tus poesías son
- demasiado buenas y no las saben apreciar; yo, por ejemplo, que soy
- una ignorante, no las entiendo, y a veces temo que digas alguna
- herejía contra Nuestra Santa Madre la Iglesia. No; es imposible,
- que has sido criado en el temor de Dios. Pero lo principal es,
- Teófilo, que como eres tan sencillo y bondadoso crees que los demás
- son como tú y te ilusionas con que de un día a otro te van a dar
- oros y montones. Dices que si hasta ahora no has ganado las pesetas
- por miles es por la envidia que te tienen, y yo lo creo; pero
- piensa que la envidia es planta que nadie desarraiga del mundo, y
- si te la han tenido, te la seguirán teniendo y siempre estaremos
- igual. Gloria, como muy bien me dices, ya has conquistado de sobra,
- ¿qué más quieres? Tres años hace que no nos vemos, y a mí me han
- parecido tres siglos. ¿Por qué no vienes y dejas esa maldita Corte?
- Irías a pasar unos días de visita a casa de tus tíos, en Palacios.
- Tu prima Lucrecia te quiere como siempre, o, por mejor decir, te
- quiere mucho más desde que andas por los papeles. Ya sabes que
- tienen un majuelo y no sé cuántas yugadas de buena tierra de pan
- llevar, y Lucrecia es hija única, que se perecen por ella los mozos
- de<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> los pueblos y
- los señoritos de Rioseco, y hasta alguno de Valladolid. ¡Qué vejez
- tan dichosa, hijo mío, me deparabas si te decidieras a escucharme!
- Pero yo nada te digo si crees que debes seguir tu vocación...</i></p>
-
- <p><i>Un beso de tu madre que te quiere</i>,</p>
-
- <p class="firma"><span class="smcap">Juanita</span>.<br /> </p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Las tres últimas líneas estaban escritas de una manera confusa y
-temblorosa. Teófilo leyó toda la carta; la segunda parte, sin clara
-noción de lo que leía. Quedó anonadado. Redujo a pequeños trozos la
-carta, rasgándola sucesivamente, sin saber que la rasgaba. Salió a la
-calle y se dirigió a casa de Angelón Ríos, en donde vivía Alberto Díaz
-de Guzmán. Si Alberto no le salvaba estaba perdido.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span></p>
- <h2 class="nobreak g1">PARTE II</h2>
- <p class="subh2">VERÓNICA y DESDÉMONA</p>
- <div class="caja mt2">
- <p><span xml:lang="de" lang="de">Man sollte alle Tage wenigstens ein
- kleines Lied hören, ein gutes Gedicht lesen, ein treffliches Gemälde
- sehen und, wenn es möglich zu machen wäre, einige vernünftige Worte
- sprechen.</span></p>
- <p class="firma"><span class="smcap">Goethe.</span></p>
- </div>
- <h3>I</h3>
-</div>
-
-<p>Una laringe estentórea y arcana expelió gigantescos baladros: «¡Si
-no abren, tiro la puerta!».</p>
-
-<p>¿Será una de las trompas del Apocalipsis?, se preguntó Alberto,
-entre sueños. Una sacudida nerviosa le recorrió el espinazo. Despertó.
-Restregose con el dorso de las manos los alelados ojos. Encontrábase
-de rodillas en mitad de la cama, las asentaderas descansando en los
-talones, vestido con un viejo pijama de seda cruda que tenía un gran
-desgarrón en la espalda. La fiebre le transía; la expresión de su
-rostro era enfermiza.</p>
-
-<p>Las paredes retemblaban. En la puerta de la casa oíanse tenaces
-porrazos, como si intentaran forzarla con un ariete.</p>
-
-<p>—¡Si no abren echo abajo la puerta! —aullaron.</p>
-
-<p>—¡Voy! —respondió Alberto, tan alto como pudo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>Saltó a tierra
-y fue a pisar sobre una copa de vidrio, hecha pedazos, hiriéndose
-dolorosamente en un pie, del cual comenzó a manar sangre en gran copia.
-Sin parar atención en el accidente, acudió presuroso a la puerta, y en
-abriéndola hallose frente a un hombre obeso y congestionado, víctima,
-por todas las trazas, de funesta iracundia. Vestía el hombre un largo
-blusón de dril, color garbanzo; la estulta cabeza, al aire; el cerdoso
-bigotillo, convulso. Al ver a Alberto, el hombre depuso un tanto la
-cólera.</p>
-
-<p>—¿Qué deseaba usted?</p>
-
-<p>—Usted dispense, señorito; no era por usted. ¿Está don Ángel de los
-Ríos?</p>
-
-<p>—No, no está.</p>
-
-<p>—Esa ya me la tenía yo tragada. Y de mí no se burla nadie —parecía
-que iba a enfurecerse otra vez, pero, inopinadamente, se apaciguó—.
-Usted dispense... Pero es que esta mañana, porque ya he venido esta
-mañana, sonaba la campanilla y ahora no suena. A ver si no iba a llamar
-a patadas.</p>
-
-<p>—En suma —atajó Alberto, impaciente—, que don Ángel no está, ¿qué
-desea usted?</p>
-
-<p>—Si usted me hace el favor..., le dice de mi parte que dondequiera
-que le encuentre le rompo el alma —y como Alberto no respondiera,
-continuó—: ¡De mí no se burla nadie! Verá usted, señorito. Yo soy
-oficial de zapatería. Yo no conozco, así conocer de <i>visu</i>, que se
-dice, a ese don Ángel. Pues que esta mañana me manda el principal con
-la cuenta de seis pares de botas y zapatos, horma americana, que no
-hay Cristo que le haga pagar; y que tiro del cordón de la campanilla,
-y me sale a abrir, en calzoncillos, un señor muy grande, moreno, de
-barba, y voy le dije, digo: «¿Está don Ángel, etcétera?» Y va y me
-dice: «No está, pero a eso de las doce estará de seguro; vuelva usted».
-Conque, me dirijo a la zapatería, y que le cuento al maestro la cosa
-tal como fue, a<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> lo que
-el maestro me llama panoli y que era el propio don Ángel etcétera quien
-había abierto, y que si el infrascrito don Ángel era un golfo desorejao
-y yo un inflapavas, así, y que tal y que cual, y que cuando volviera no
-le encontraría en casa, como se ha verificado. Lo cual que de mí no se
-burla nadie, y si usted me hace el favor de decirle que le voy a romper
-el alma, pues, tantas gracias, señorito.</p>
-
-<p>El hombre, evidentemente satisfecho de su elocuencia, bajó los ojos,
-como recibiendo el homenaje del público, y echó de ver entonces que la
-sangre encharcaba el piso.</p>
-
-<p>—¡Está usted herido!</p>
-
-<p>—Así parece —Alberto cerró la puerta de golpe, dando por terminada
-la entrevista.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_2">
- <h3>II</h3>
-</div>
-
-<p>Alberto Díaz de Guzmán había venido a Madrid con quince mil
-pesetas en el bolsillo, todo su caudal, y en la esperanza de que
-esta suma diera de sí para tres años por lo menos<a id="FNanchor_2"
-href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a>. Consideraba tal plazo
-más que sobrado para crearse un buen nombre en la literatura, y a
-la sombra del nombre una posición segura que le permitiera casarse
-y vivir en una casa de campo, lejos de los hombres. Antes de que la
-tierra completara su revolución anual en torno del sol, se le había
-concluido a Alberto el dinero, sin saber cómo. Renombre, si lo tenía,
-era escaso, y solo entre literatos. Rendimientos, ninguno, como no
-fuera la misérrima remuneración de uno que otro artículo, muy de tarde
-en tarde. Su carácter era sedentario, soñador e indiferente; no era
-el suyo un espíritu pedestre, porque le faltaban los dos pies<span
-class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> con que el espíritu sale
-al mundo a emprender y concluir acciones: carecía de esperanza y de
-ambición. Alas tampoco las tenía, porque Alberto se las había cortado.
-Aspiraba a la <i>mediocridad</i>, en el sentido clásico de moderación y
-medida. El mucho amor y dolor de su juventud le habían desgastado el
-<i>yo</i>.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> <i>La pata
-de la Raposa.</i> Novela.</p>
-
-</div>
-
-<p>Cierto día, sin un céntimo y con algunas deudas ya, Alberto
-encontrose en la calle con Angelón. Echaron a andar juntos. Eran
-paisanos y muy amigos, con esa amistad en que al afecto se junta la
-mutua admiración por cualidades diversas, de manera que no puede haber
-choque o rivalidad de conducta. Son por naturaleza estas amistades
-aptas para la longevidad, porque en ellas no cabe emulación ni envidia,
-sino un orgullo recíproco y reflejo de las cualidades que a cada cual
-le faltan y el otro posee, el cual se manifiesta en un a modo de
-continuo rendimiento de tácita admiración, atmósfera espiritual la más
-templada y a propósito para que dentro de ella el cariño medre y se
-robustezca. Tales son, en una esfera más amplia, las amistades de la
-inteligencia con la fuerza, el arte con el dinero, la ciencia con la
-religión, la filosofía con las armas. Los llamados siglos de oro de
-la historia humana no son sino estados sociales provocados por unas
-cuantas conspicuas amistades de este género.</p>
-
-<p>Entre Alberto Díaz de Guzmán y Angelón Ríos existía una diferencia
-de edad que pasaba de veinte años. Alberto no era fuerte. Ángel,
-robusto, enorme; bajo su piel morena, de tierra cocida, presentíase
-en circulación un torrente de rica sangre jovial. Alberto era joven
-en años y viejo por temperamento. Angelón, aun cuando discurría por
-el undécimo lustro de su vida, era entusiasta como un adolescente.
-Aquel había perdido prematuramente el don de la risa; este no había
-adquirido aún el de la sonrisa. Ríos, gran aficionado por romanticismo
-a las artes y de mente, si inculta, muy despierta, admiraba en Alberto
-la<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> sensibilidad y la
-virtud de discurrir con agudeza. Alberto admiraba en Angelón muchas
-cualidades: la alegría, que en él era como una secreción orgánica;
-su maravillosa constitución física, que le permitía, a los cincuenta
-y dos años, amar cotidianamente y aun muchas veces a una mujer, por
-fea y corrupta que fuese, cuando no había otra cosa a mano; su propia
-incultura y claro discurso, merced a los cuales, desembarazado de todo
-prejuicio, atinaba a dar con las más claras nociones prácticas, por
-ejemplo acerca de la política, en la cual militaba activamente; la
-absoluta ausencia de un sentido interior con que advertir diferencias
-entre <i>moral</i> e <i>inmoral</i>, ausencia que, por rara paradoja, le había
-perjudicado en su carrera, iniciada con gran éxito; y, señaladamente,
-su acometividad en coyunturas difíciles, su carácter de genuino hombre
-de acción, esto es, fundamentalmente bueno: amaba el mundo y la vida
-por ser el uno y la otra fértiles en obstáculos.</p>
-
-<p>Aquel día, a poco de encontrarse, Alberto refirió sus apuros a
-Angelón. Este acudió al instante con el remedio, y sus frases eran tan
-optimistas que no parecía sino que había iniciado a su amigo en el
-secreto de transmutar los metales.</p>
-
-<p>—Hoy mismo se viene usted a mi casa.</p>
-
-<p>—¿Y arreglado todo? —inquirió Alberto, que conocía la escasez
-económica de Angelón.</p>
-
-<p>—Naturalmente.</p>
-
-<p>—¿Cuánto dinero tiene usted?</p>
-
-<p>Angelón echó mano al bolsillo del chaleco y extrajo gran profusión
-de monedas, casi todas de cobre. Hizo un balance rápido y expresó la
-cifra resultante con alguna consternación:</p>
-
-<p>—Dieciséis pesetas con noventa céntimos.</p>
-
-<p>Alberto sonrió.</p>
-
-<p>—¡Bah! —añadió Ríos, irguiéndose—. Mañana tendremos dinero, y si no,
-pasado mañana.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span>Ríos juzgaba
-tan absurdo dudar del advenimiento diario del dinero por caminos
-postulatorios o aleatorios, como de que el sol debe salir cada mañana a
-la hora en que le emplazan los almanaques de pared. Añadió:</p>
-
-<p>—¿Por qué no escribe usted artículos?</p>
-
-<p>—Los escribo; pero me revienta enviarlos sin que me los pidan.</p>
-
-<p>—No tiene usted chicha para nada. Yo los colocaré.</p>
-
-<p>Ríos acompañó a Alberto hasta el hotelucho en donde se hospedaba;
-requirieron un mozo de cuerda que trasladase las maletas de Guzmán al
-nuevo domicilio, y aquella noche durmió Alberto en casa de Angelón.
-Era esta un piso segundo de la calle de Fuencarral, holgado y bien
-ventilado. Estaba como cuando Angelón vivía en él con toda su familia,
-atalajado a lo burgués; pero con mejor tino y buen gusto de lo que es
-uso en las instalaciones domésticas de la clase media española. Había
-cuadros y esculturas de algún mérito: porcelanas, muebles y estofas de
-valor, de los cuales no había querido desprenderse el dueño ni en los
-trances de mayor angustia pecuniaria.</p>
-
-<p>Tenía Angelón mujer, hijos casados y otros casaderos, que vivían
-en Pilares. La exuberante naturaleza física de Ríos y su portentosa
-lozanía le empujaban al comercio habitual con damas galantes. Esto
-no estorbaba a que venerase a su mujer y la amase con amor solícito,
-honesto por decirlo así. Los afectos familiares estaban muy arraigados
-en él, y gustaba de tratar a sus hijos como hermanos o camaradas. La
-mujer le pagaba con cariño casi maternal, le comprendía y por ende le
-sobraba indulgencia para disculpar, y en ocasiones hasta celebrar,
-aquellas diabluras y calaveradas de que a cada paso venían a darle
-sucinta y melodramática cuenta parentela y amigas, a pretexto de
-compadecerla. Pero como la<span class="pagenum" id="Page_87">p.
-87</span> fortuna del cabeza de familia viniera muy a menos y algunos
-parientes ricos hubieran contraído espontáneamente el compromiso de
-auxiliarla, enojados estos con los desórdenes de Angelón, impusieron
-una especie de divorcio discreto y privado, de tal suerte que Angelón
-se las bandease por su cuenta y riesgo en Madrid, desterrado del hogar,
-y retuvieron a la mujer y los hijos solteros en Pilares.</p>
-
-<p>De tarde en tarde Ríos hacía un viaje a Pilares, y, de tapadillo, su
-mujer y él celebraban entrevistas, como dos adúlteros o dos novios a
-quienes la familia contraría los amores. Y como el piso de Madrid se lo
-pagaban, esta era la razón de que estuviera alojado a lo magnate.</p>
-
-<p>Angelón administraba su actividad conforme a cánones inmutables.
-Su lucha por la existencia se desplegaba en diversas formas del arte
-estratégico: la defensiva, el sitio, el asalto y el botín. Las horas de
-la mañana eran duras horas a la defensiva, durante las cuales Angelón
-esquivaba, burlaba, repelía o estipulaba treguas y armisticios con los
-innumerables acreedores que de continuo le tenían en asedio. Vivía solo
-y sin servidumbre; el aseo del piso estaba a cargo de la portera. Desde
-las ocho y media de la mañana se situaba en la puerta de la casa la
-falange de los acreedores o sus emisarios, la mayor parte con malísimas
-intenciones, que no deseaban sino habérselas personalmente con Angelón
-y brumarle las costillas. La aldaba y el cordón de la campanilla no
-reposaban un punto. Angelón no podía dormir, y por no perder el grato
-reposo mañanero discurrió destornillar la aldaba y embarazar la cavidad
-de la campanilla con trapos y papeles. Entonces los acreedores rabiosos
-apezuñaban la puerta. Ríos hubo de renunciar al sueño antemeridiano.
-Levantábase entre siete y ocho y antes de que surgiesen las vanguardias
-de los acreedores ya estaba él en la calle.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>A la tarde, entre
-comida y cena, eran las horas políticas, y su modalidad estratégica,
-el sitio. Sumergíase Angelón en el Congreso, y allí, de corrillo en
-corrillo, voceando y riendo a carcajadas, que esta era su manera
-natural de producirse, discutía <i>in vacuum</i>, como siempre se hace en
-aquel lugar, acerca de naderías oratorias o burocráticas, o trabajaba
-con intrigas y conspiraciones por la vuelta al poder de su partido,
-y en habiendo conquistado este el poder ponía sitio a Zancajo, el
-Presidente del Consejo, pidiéndole un alto cargo como justa recompensa
-a su lealtad política.</p>
-
-<p>Después de cenar llegaba la ocasión del asalto y del botín; horas
-eróticas dedicadas a la caza de la mujer. Teatros, cafés, el espacio
-abierto y sombrío de la calle: todo era cazadero de mujeres. En osadía
-para mirarles de hito en hito y de manera inequívoca a los ojos, o
-deslizarles en la mano un papelito, si la mujer tenía trazas señoriles
-e iba acompañada de un caballero, o para abordarlas si por ventura
-iban solas, nadie aventajaba a Angelón. Nunca se retiraba a casa sin
-una compañera con que aderezar el lecho y la noche. Madrid nocharniego
-es un mercado o lonja al aire libre, en donde, aunque averiadas, las
-mercaderías amorosas ostentan rara abundancia para todos los gustos y
-bolsillos. Pero Ríos procuraba elegir de lo bueno lo mejor, porque, a
-la postre, no pagaba los favores recibidos. De ordinario no pagaba a
-sus volanderas amantes, y no por tacañería, sino porque no tenía con
-qué. Cuando estaba en fondos era muy liberal: conducía a su amiga, la
-que fuese a la sazón, a uno de esos emporios y comercios de la calle
-de Atocha, notables por la modicidad de los arreos indumentarios que
-en ellos se expenden, y allí las proveía de abrigos, faldas de barros,
-boas, manguitos y otras prendas suntuarias, hasta quedar arruinado
-para unos días. Como Angelón vestía con ele<span class="pagenum"
-id="Page_89">p. 89</span>gancia, su ropa era rica, y gentil su talle,
-así atractivo de su persona como imponente de ademán, en acercándose
-a una mujer cortesana por la calle esta le acogía con mal disimulado
-entusiasmo, presumiendo que se le presentaba un buen negocio. Luego
-Ríos no mentaba para nada el dinero, lo cual le parecía a la mujer
-felicísimo augurio de presuntas magnanimidades.</p>
-
-<p>—Vamos a mi casa —ordenaba Angelón.</p>
-
-<p>—Como usted guste —respondía la mujer temblando de gozo.</p>
-
-<p>Ya en el piso, Angelón, como al desgaire y sin propósito, iba
-haciendo ver a su flamante amiga objetos de arte y muebles raros. La
-mujer quedaba boquiabierta. Acaso se resolvía a inquirir:</p>
-
-<p>—Pero, ¿todo esto es tuyo?</p>
-
-<p>Ríos contestaba que sí con la cabeza.</p>
-
-<p>—Y ¿vives solo?</p>
-
-<p>—Solo, a no ser que tú quieras vivir conmigo.</p>
-
-<p>Y la cortesana, relamiéndose, pensaba: «Este tío es pa mí. Menuda
-pata he tenido.»</p>
-
-<p>A la mañana siguiente Ríos murmuraba con indiferencia:</p>
-
-<p>—Vístete de prisa, que yo tengo que salir —y la guiaba al cuarto de
-baño. Después la ponía a la puerta, no sin antes haberla citado para la
-noche venidera.</p>
-
-<p>Ya a solas, la mujer se hacía estas consideraciones: «No me ha
-hablado de dinero. Pensará hacerme un buen regalo. No comprometamos la
-cosa con impaciencias. A este tío lo cazo yo.» Y corría desaladamente
-a suscitar la envidia de sus amigas y congéneres, refiriéndoles la
-singular fortuna que había tenido. No era raro que alguna de las de la
-camada, en lugar de entristecerse con el bien ajeno, rompiera a reír
-con sarcasmo.</p>
-
-<p>—¿De qué te ríes, so fétida? Si te pica, arráscate.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span>—Sí, sí; pues has
-apañao un bibelote. Con que mu alto, y mu grande, y en la calle de
-Fuencarral...</p>
-
-<p>—Cabalito ¿y qué?</p>
-
-<p>—¿Y qué? Que has hecho la noche. El mayor <i>miquero</i> de Madrid y su
-extrarradio.</p>
-
-<p><i>Miquero</i> quiere decir aquel que burla a las mujeres, dejándoles de
-satisfacer el debido estipendio.</p>
-
-<p>Si era tal el caso, la mujer no acudía a la cita de la noche. Si
-la mujer no tenía quién le abriera los ojos, retornaba, prometiéndose
-un buen regalo para el día siguiente y en la seguridad de <i>cazar
-aquel tío</i>, hasta que al cabo de ocho días Angelón se cansaba de
-ella y ella había perdido toda esperanza, y desaparecía entonces del
-horizonte visible, dándose a todos los diablos y sin haberse atrevido a
-recriminar a Angelón, que era imponente.</p>
-
-<p>Las empresas amorosas de Ríos no eran todas de tan bajo linaje.
-Angelón juraba haber suscitado muchas y grandes pasiones entre damas
-de alta condición. «Para enamorar a las mujeres —decía él— no hay sino
-un tira y afloja de brutalidad y humildad, de entusiasmo y desdén,
-y no hay ninguna que se resista. Todo es cuestión de escuela, y mi
-escuela en esto, como en lo demás de la vida, no han sido los libros,
-sino la naturaleza. De todos los animales el más tenorio es el palomo.
-Las horas que yo me pasé, en mi casa de Landeño, sentado junto al
-palomar... El palomo tiene dos movimientos, dos únicos movimientos
-isócronos, perfectamente contrarios: se engrifa, se endereza, se
-pone tieso y muy insolente; después se humilla y arrastra por el
-suelo el hervoroso buche, suplicando. Y no hay más que esto: primero,
-hacerles ver que el hombre lo es todo, tiranizarlas; segundo, fingir
-que uno no es nada, someterse momentáneamente a ellas. Sin el primer
-movimiento, el segundo no tiene valor alguno, y el primero sin el
-segundo no da resultados.» En sus éxitos era ele<span class="pagenum"
-id="Page_91">p. 91</span>mento no despreciable su apostura viril y
-su rostro cetrino de árabe trasunto, y sobre todo que de la mujer no
-tomaba en cuenta la personalidad humana, sino el sexo tan solo; no
-podía tener amigas, sino amantes, y cada hembra, sucesivamente, era
-para él todas las hembras.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_3">
- <h3>III</h3>
-</div>
-
-<p>Guzmán, sin dinero y con algunas deudas; Angelón, con unos duros
-y mucho más endeudado que su amigo: tal era el estado de uno y otro
-cuando se juntaron a vivir en la misma casa. El optimismo de Angelón no
-desmayaba: lanzábase de continuo y con denuedo a la persecución de la
-peseta. Los fracasos no le abatían. Al segundo día de estar juntos no
-tenían un céntimo.</p>
-
-<p>Comían en cafés y restoranes conocidos, dejando a crédito el gasto.
-Los mozos les servían a regañadientes y con gestos de procacidad. De
-los cafés pasaron a las tabernas. Alberto estaba en constante agitación
-nerviosa. Una mañana despertó con fuerte calentura. No pudo salir de
-casa y aprovechó la reclusión para escribir artículos. A la tarde llegó
-Ríos, segregando alborozo por toda la cara; traía varios paquetes que
-contenían pan, huevos, carne, leche y vino. Además manifestó cinco
-duros en plata; los sonó y resonó y dio varias zapatetas en el aire:</p>
-
-<p>—Terminó la mala racha al fin —hizo la higa con la mano izquierda
-para ahuyentar el maleficio, y añadió en son misterioso—: estos cinco
-duros no son cinco, sino cien.</p>
-
-<p>Alberto comprendió que Ríos pensaba jugarse los cinco duros. El
-propio Angelón cocinó la cena y, en terminando de cenar, salió a
-la calle. Alberto reanudó su trabajo. Quería hacer, por lo menos,
-dos<span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span> artículos. Tiritaba
-y no se le ocurrían sino absurdidades y sandeces. Recorría de punta a
-cabo la habitación; sentábase de tarde en tarde a escribir una línea
-o dos, y así pasaban las horas. Por filo de la media noche dejó de
-lado los artículos y se puso a escribir a Fina, su novia. De la fiebre
-tomaba la imaginación exaltadas formas y le hacía creer a Alberto que
-nunca había amado tanto como aquella noche, ni nunca había aspirado al
-hogar y al regazo de la esposa con tan intensa y dolorida ternura como
-en aquellos momentos. Estando Alberto a punto de concluir la carta, ya
-muy avanzada la noche, surgió Angelón, acompañado de Verónica.</p>
-
-<p>Era Verónica una muchacha como de veintitrés años, algo huesuda, la
-cara almendrada, levemente olivácea la piel, ojos y cabellos negros
-sobremanera.</p>
-
-<p>Muy tentada de la risa, celebraba a carcajadas cualquier dicho, como
-si fuera un donaire. Sus labios, de extraordinaria elasticidad, se
-distendían graciosamente, descubriendo los blancos y frescos dientes,
-antes grandes que menudos. Su alegría era amable y contagiosa. Metíase
-Verónica tan llanamente en el afecto que a los pocos minutos de hablar
-con ella no parecía sino que se la conocía y estimaba de toda la vida.
-Alberto cambió con Verónica contadas palabras aquella noche y ya la
-consideraba como una vieja amistad.</p>
-
-<p>Antes de retirarse a sus respectivas estancias, Angelón y Alberto
-hablaron un momento a solas:</p>
-
-<p>—¿Qué, se multiplicaron los cinco duros?</p>
-
-<p>—Pss... No pasaron de cincuenta.</p>
-
-<p>—Bastante es. Mañana se perderán. ¿Dónde ha pescado usted esta pobre
-chica?</p>
-
-<p>—En el Liceo Artístico. No está mal Liceo... Es una timba
-disimulada, mal disimulada, y luego mujeres... uf, así —arracimó los
-dedos—. Tiene usted que ir una noche.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_4">
- <h3>IV</h3>
-</div>
-
-<p>Verónica continuó viniendo por las noches a casa de Angelón, y
-algunas veces permanecía todo el día acompañando a Alberto. Había
-transcurrido una semana desde el encuentro con Ríos en el Liceo y no
-se había atrevido aún a pedir dinero, a pesar de que su madre estaba
-impaciente y la azuzaba sin tregua. Verónica vivía con su familia:
-padre, madre, una hermana mayor, enferma y casi consumida, otra menor,
-apenas púber, que acechaba la oportunidad de contratarse en un cine
-o teatro de variedades y de entregar a buen precio la doncellez,
-y un hermano que andaba siempre perdido por capeas y tentaderos,
-adoctrinándose en los primeros rudimentos del arte taurino. Toda la
-familia vivía a expensas de la prostitución de Verónica.</p>
-
-<p>Alberto y Verónica habían simpatizado desde el punto en que por
-primera vez se habían visto. Tanto la muchacha como Ríos, si bien cada
-cual por diferentes razones, parecían haberse propuesto que Alberto
-menoscabase la virginidad de Pilarcita, la hermana menor.</p>
-
-<p>—Chico, que seamos dos a ganarlo en casa, que ahora todo carga
-sobre mí, y como si no es hoy será mañana y parece que le gustas, no
-seas bobo. Que sea de una vez, porque la verdad, para mí es mucho. Me
-estoy quedando en los huesos. Si me hubieras conocido no hace más que
-seis meses, tan redondita...; no soy sombra de lo que fui. Luego, para
-colmo, mi madre dice que si es porque yo soy viciosa y tonta...</p>
-
-<p>Alberto, dos tardes que se sentía mejor, había ido a casa de
-Verónica: un hogar pobre, cuya fisonomía tiraba más a la clase media
-que a la artesana.</p>
-
-<p>La madre, de pergeño embrujado, acecinada, agui<span
-class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>leña, sin dientes y con
-largas uñas, era repulsiva. Por obra de su avaricia e ignorancia,
-adoraba a don Ángel en forma fetichista. Sabía que el amigo de su
-hija había sido diputado varias veces, se figuraba que lo volvería a
-ser, y daba por sentado que los representantes en Cortes percibían
-sueldos archiepiscopales y estaban unidos a la dinastía reinante por
-lazos de consanguinidad. No solo la vieja, que también el resto de la
-familia tenían la esperanza colgada de los labios de don Ángel, el
-cual, nada parco en el prometer, había prometido al padre la portería
-de un ministerio; al hijo, hacerle banderillero del célebre torero
-<i>Toñito</i>; a Pilarcita, una contrata pingüe en el Royal Kursaal; a
-la hermana enferma, la asistencia gratuita de una celebridad médica,
-y a un chulillo sin vergüenza, amante de esta última, un empleo en
-una casa de banca. Y así, aun cuando no tenían qué comer, ninguno
-osaba traducir en palabras lo que les escarbaba en la mollera: «Por lo
-pronto, afloje usté unas cuantas pelas a Verónica.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_5">
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>Después de cerrar la puerta en las narices del zapatero irascible,
-Alberto volvía a su cuarto a lavarse el pie con agua de espliego por
-ver de restañar la sangre, cuando la puerta del cuarto de baño se
-entreabrió: asomó entonces la cabecita de Verónica, con la cabellera
-caída y remansada sobre los desnudos hombros.</p>
-
-<p>—¿Qué ocurre, Alberto?</p>
-
-<p>—Nada, Verónica. Buenos días, ¿cómo estás?</p>
-
-<p>—Bien, bien.</p>
-
-<p>—¿Y Ángel?</p>
-
-<p>—Salió esta mañana, temprano, como siempre. Me dijo que siguiera
-durmiendo y que estuviera en<span class="pagenum" id="Page_95">p.
-95</span> casa contigo; que traerían carbón, y la comida de un restorán
-o del Casino, y que él vendría a comer con nosotros. Dice que tiene
-que celebrar hoy, imprescindiblemente, una conferencia con Zancajo.
-Entra.</p>
-
-<p>Alberto entró.</p>
-
-<p>—¿Pero no te sientes mejor? Qué cara tienes, Alberto. A ver si es
-algo de cuidado. ¿Por qué no llamas a un médico?</p>
-
-<p>Verónica estaba en camisa, descalza de pie y pierna. El descote
-dejaba al aire el nacimiento de los senos, pequeñuelos, morenuchos
-y algo cansados. La piel era cariciosa a los ojos y de matices
-veladamente musgosos, verdimalva.</p>
-
-<p>—Toda la noche he tenido fiebre alta y pesadillas, pero se conoce
-que la sangría me ha sentado bien.</p>
-
-<p>—¿Qué sangría?</p>
-
-<p>Alberto levantó el pie herido, sangrante.</p>
-
-<p>—¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es eso, criatura?</p>
-
-<p>—Vamos a ver si se estanca la sangre. Ayúdame. ¿No hay por aquí
-algún trapo?</p>
-
-<p>—Espera: esta camisa parece de hilo. Que ni de perlas, pal caso.</p>
-
-<p>Tomó una camisa de hombre y con unas tijeras la redujo a tiras.</p>
-
-<p>—¿Qué has hecho, mujer? Una camisa nueva, sin estrenar. Quizás sin
-pagar aún... Cuando se entere Angelón te mata.</p>
-
-<p>—Que encargue otra. ¿Para qué le sirve tanto dinero como tiene?</p>
-
-<p>Alberto no pudo menos de reír. Verónica le acompañó a todo trapo,
-muy satisfecha, con la vaga noción de haber hecho y dicho una
-gracia.</p>
-
-<p>La sangre se estancó pronto.</p>
-
-<p>Llamaron a la puerta. Verónica estaba ya vestida; Alberto a punto de
-concluir de vestirse.</p>
-
-<p>—¿No puedes abrir tú, Alberto? Esa gente que viene por las mañanas
-me da miedo. Ángel dice que son conservadores, sus enemigos políticos.
-¡Qué mundo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>—Ve tú y abre. Si
-fuera algo de importancia ya iré yo.</p>
-
-<p>Alberto oyó el ruido que hacía la puerta al abrirse; después, un
-cuchicheo de diapasón femenino.</p>
-
-<p>Presentose Verónica otra vez en el cuarto de baño:</p>
-
-<p>—Es mi hermana Pepa y su chulo. Pues... Me da vergüenza decírtelo.
-Ya sabes que en casa no entra más dinero que el que yo gano, y como
-hace varios días que no les doy nada... Dice Pepa que en la tienda no
-les fían ya. Yo creía que Ángel me daría sin que yo se lo pidiera. Como
-ahora él no está, Pepa se empeña en que te pida un duro a ti. Me da una
-grima...</p>
-
-<p>—Es el caso, Verónica, que no tengo el duro que me pides.</p>
-
-<p>Verónica rio sigilosamente.</p>
-
-<p>—Te he tañao —dio un golpecito en la mejilla de Alberto y salió
-saltando.</p>
-
-<p>A los dos minutos volvía Verónica, y en pos de ella Pepa y su novio.
-La mujer tenía cara de tísica, los ojos febriles; se arrebujaba en un
-mantón color pulga. El amigo no se había despojado de la gorra; vestía
-un marsellés de tela de cobertor y llevaba las manos descansando en
-los verticales bolsillos. Sus actitudes eran de petulancia seminal y
-sugerían la imagen de un gallo.</p>
-
-<p>—Nada, que esta golfa... —comenzó Verónica, con sofrenada
-indignación.</p>
-
-<p>—¡A mí no me llames golfa! —atajó Pepa, desafiando a su hermana con
-pupila arisca.</p>
-
-<p>El chulo, que se apoyaba de un modo indolente sobre la pierna
-izquierda, traspasó la base de sustentación a la derecha y entornó los
-párpados con gesto de hastío. Continuó Pepa:</p>
-
-<p>—En casa no hay más golfa que tú.</p>
-
-<p>—Así me lo pagáis. Estúpida de mí —dirigiéndose a Alberto—: ¿qué te
-acabo de pedir?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span></p>
-
-<p>—Un duro, que no tengo.</p>
-
-<p>—¿Lo ves? —preguntó Verónica, furibunda.</p>
-
-<p>—Tira p’alante y agur la compañía —ordenó el chulo, sacudiendo la
-cabeza hacia la puerta.</p>
-
-<p>Cuando marcharon, Verónica habló, sonriendo:</p>
-
-<p>—Si vieras cuánto me alegro que no le hayas dado el duro.</p>
-
-<p>—¿Cómo se lo iba a dar si no lo tengo?</p>
-
-<p>—A ver...</p>
-
-<p>—Lo que oyes, mujer.</p>
-
-<p>—Me querrás meter el dedo en la boca.</p>
-
-<p>Después de examinar la expresión grave de Alberto, Verónica
-meditó.</p>
-
-<p>—Vaya, que es imposible. Bueno; no tienes el duro en el bolsillo por
-casualidad, pero lo tienes en otra parte.</p>
-
-<p>—En ninguna parte.</p>
-
-<p>—¿Quiere decirse que estás como yo?</p>
-
-<p>—Ni más ni menos. Tú <i>haces hombres</i>, como se dice; yo hago
-literatura, artículos, libros. Si la gente no nos paga o no nos acepta,
-nos quedamos sin comer. Tú vendes placer a tu modo; yo, al mío; los
-dos a costa de la vida. En muy pocos años serás una vieja asquerosa,
-si antes no te mueres podrida; yo me habré vuelto idiota, si antes no
-muero agotado.</p>
-
-<p>Verónica se abalanzó a abrazar a Alberto, movida de un sentimiento
-que no atinaba a explicarse:</p>
-
-<p>—¡Qué cosas dices! ¡Y qué tonta soy! No sé lo que hago ni lo que
-pienso. ¡Qué tonta soy! —y con transición inopinada—: Vamos a ponerle
-los cuernos al viejo —el viejo era Angelón.</p>
-
-<p>—No digas tonterías, Verónica. Bueno estoy yo para poner cuernos a
-nadie.</p>
-
-<p>Verónica humilló la cabeza, avergonzada:</p>
-
-<p>—¡Perdona! No sé lo que digo.</p>
-
-<p>Salieron al gabinete.</p>
-
-<p>—En tanto viene Angelón y la comida, si vienen,<span
-class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> yo voy a trabajar un poco.
-Como te vas a aburrir en mi compañía, y aquí se me figura que hoy no
-llenas la tripa, me parece lo mejor, Verónica, que te vayas a tu casa.
-Digo, ya no me acordaba que en tu casa tampoco hay menú.</p>
-
-<p>—Pero, hombre; si Ángel me ha dicho que traerán la comida del
-Casino...</p>
-
-<p>—¡Ah!, entonces siéntate a esperar mientras yo trabajo.</p>
-
-<p>—¿Qué vas a hacer?</p>
-
-<p>—Estoy traduciendo del inglés un drama para el actor Moreu. Allá
-veremos si lo concluyo y me lo ponen.</p>
-
-<p>—¿Cómo se llama?</p>
-
-<p>—Otelo. ¿No has oído hablar de Otelo?</p>
-
-<p>—Espera, Otelo... ¿No era uno muy celoso?</p>
-
-<p>—El mismo.</p>
-
-<p>Alberto se sentó a escribir. Hacía frío. Oyéronse unas patadas en
-la puerta. Alberto salió a abrir. Era un carbonero con un saco de
-antracita a cuestas.</p>
-
-<p>—¡Buen augurio! —exclamó Alberto.</p>
-
-<p>—¿Eh? —interrogó el carbonero. Con la somera modulación de estas
-dos letras, una de las cuales es muda, delató el carbonero su oriundez
-galaica. Entre la mucilágine tenebrosa que le embadurnaba el rostro, el
-blanco de los ojos adquiría tonos calientes de ocre.</p>
-
-<p>Después de descargar el saco, el carbonero aguardaba que le
-pagasen.</p>
-
-<p>—¿Cómo? Ya pasará el señorito o yo por la carbonería —dijo
-Alberto.</p>
-
-<p>—¡Quia! Si no me dan los cuartos el carbón vuélvese pa casa.</p>
-
-<p>Alberto procuró quebrantar la obstinación del gallego con diferentes
-recursos retóricos; pero todo era en balde. El gallego sacudía la
-cabeza, se arrascaba con estrépito el cuero cabelludo y miraba
-amorosamente el saco de carbón, a sus pies en tierra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>—No perdamos tiempo.
-Ni los cuartos ni el carbón —rezongó Alberto, perdiendo la serenidad.
-Cogió al carbonero por un brazo y lo empujó fuera del piso.</p>
-
-<p>—Entonces... —tartajeó el carbonero, amedrentado—, ¿cuándo traigo la
-cuenta?</p>
-
-<p>—Cuando se le antoje —y cerró la puerta de golpe.</p>
-
-<p>Sentados en cuclillas sobre la alfombra cargaban Verónica y Alberto
-la salamandra. Dijo Verónica:</p>
-
-<p>—También Angelón tiene una asadura... ¿Qué trabajo le costaba haber
-pagado el carbón?</p>
-
-<p>—¿Cómo lo iba a pagar, Verónica, si no tiene un cuarto?</p>
-
-<p>—¿Eh?</p>
-
-<p>—Que no tiene un cuarto.</p>
-
-<p>—¿Qué quieres decir?</p>
-
-<p>—Que no tiene un cuarto —repitió, sin mirarla y pensando: «Cuanto
-antes lo sepa, mejor. Es una barbaridad tener tanto tiempo engañada a
-esta pobre muchacha.»</p>
-
-<p>—¿Como tú y como yo?</p>
-
-<p>—Peor; porque si bien si es cierto que tiene alguna renta, sus
-necesidades son mayores que las nuestras, y sus deudas, a lo que
-presumo, todavía mayores que sus necesidades —de propósito evitaba
-mirar a Verónica, sospechando que su expresión sería de doloroso
-desencanto.</p>
-
-<p>—¿Y este piso?...</p>
-
-<p>—Se lo paga la familia, creo.</p>
-
-<p>Hubo un silencio que rompió Verónica riendo a carcajadas. Se puso en
-pie y palmoteó como una niña, revelando infinito contento.</p>
-
-<p>—¿De manera que sois unos bohemios?</p>
-
-<p>—¿Qué quieres decir, Verónica?</p>
-
-<p>—Como esos de los libros y de las novelas y de las óperas. ¡Viva la
-vida bohemia! Y yo que creí que eran inventos de los papeles y de los
-escritores...<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> ¡Pero
-hijo, si yo he sido loca por todo eso!... Cuando vivíamos en Trujillo,
-antes de venir a Madrid, leí en el folletín de un periódico la primera
-cosa de la vida bohemia, y artistas, y qué se yo... Anda, pues si no
-hacía más que pensar en Mimí, y Museta y aquel Coline tan gracioso...
-Luego, siempre que veo en los carteles <i>Bohemios</i>, si tengo dinero
-voy al teatro. Me he ganado cada bronca de mi madre... Me sé la música
-de memoria —tarareó unos compases, enarbolando el brazo derecho, y sin
-dar tiempo a que Alberto le atajase continuó vertiginosa charloteando—:
-Pero chiquillo, los bohemios de las novelas y del teatro viven en
-buhardillas y no tienen qué ponerse; vosotros, ya, ya: vivís en un
-palacio, y vestir, no digamos. Mejor está así, una buena casa y luego,
-bohemios. Lo importante es no tener dinero, no saber si se va a comer o
-no en el día, y cantar y recitar versos. ¿Tú qué te creías? Pues te voy
-a recitar unos versos:</p>
-
-<div class="versos ml18">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Soy poeta embrujado por rosas lujuriosas</p>
- <p class="i0">y por el maleficio de la luna espectral.</p>
- <p class="i0">Mi carne ha macerado, con manos fabulosas,</p>
- <p class="i0">uno por uno cada pecado capital.</p>
- </div>
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">En el burgués estulto, mis guedejas undosas</p>
- <p class="i0">de bohemio suscitan una risa banal;</p>
- <p class="i0">mas él no advierte, bajo mi mugre, las gloriosas</p>
- <p class="i0">armas del caballero ungido de ideal.</p>
- </div>
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Son, mi magnificencia y fasto, principescos;</p>
- <p class="i0">adoro las manolas y los sueños goyescos;</p>
- <p class="i0">toda la España añeja triunfa a través de mí.</p>
- </div>
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Con ajenjo de luna mi corazón se embriaga,</p>
- <p class="i0">y en mi yacija, por que la carne satisfaga,</p>
- <p class="i0">sus magnolias me ofrenda la princesa Mimí.</p>
- </div>
-</div>
-
-<p class="ti0">Precioso, ¿verdad? Sus magnolias me ofrenda la princesa
-Mimí... ¿Sabes de quién son los versos?</p>
-
-<p>—De cualquiera.</p>
-
-<p>—¿Cómo de cualquiera? ¿Es que no te gustan?</p>
-
-<p>—No es eso, Verónica. Si de un jardín lleno de rosales arrancas
-una rosa y me preguntas de qué<span class="pagenum" id="Page_101">p.
-101</span> rosal es esta rosa, ¿qué voy a decirte yo, sino de
-cualquiera? En la poesía, hijita, hay modas según los tiempos, y todos
-los poetas a veces parece que se ponen de acuerdo para escribir cosas
-tan semejantes que lo mismo da que sean de uno que de otro. Una docena
-de poetas, por lo menos, conozco yo, que pudieron haber compuesto el
-soneto que has recitado sin quitarle ni añadirle una tilde. De algunos
-años a esta parte, querida Verónica, no hay poeta que no esté macerado
-por los siete pecados capitales, lo cual no impide que si se les moteja
-de envidiosos se ofendan, y la verdad es que no suelen serlo, porque
-¿a quién han de envidiar si cada cual se cree por encima del resto de
-los mortales? Tampoco tienen muchas ocasiones de darse a la gula, y en
-cuanto a la avaricia... ¡Ojalá fueran un poco avarientos de tropos y
-símiles, que tan a tontas y locas despilfarran!</p>
-
-<p>—Pero, en resumidas cuentas, no has dicho si te gustaron o no los
-versos que te recité.</p>
-
-<p>—¿Te gustan a ti?</p>
-
-<p>—Me encantan.</p>
-
-<p>—Pues a mí también me gustan.</p>
-
-<p>—Son de Teófilo Pajares. Supongo que le conocerás.</p>
-
-<p>—Sí, sí.</p>
-
-<p>—A ver si me lo presentas un día. Yo me sé de memoria muchos versos
-de él. Debe de ser un gran tipo, con su melena...</p>
-
-<p>—No tiene melena.</p>
-
-<p>—¿Cómo que no? Entonces, ¿por qué habla de sus guedejas undosas?
-¿Guedejas no es lo mismo que melena?</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p>—Oye, pues eso de decir una cosa por otra no está bien. ¿Y quién es
-su Mimí?</p>
-
-<p>—Yo qué sé...</p>
-
-<p>—A lo mejor tampoco es verdad lo de las magnolias.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>—A lo mejor.</p>
-
-<p>—Tú también haces versos, ¿quieres decirme algunos?</p>
-
-<p>—Yo no sé de memoria mis versos.</p>
-
-<p>—Algunos sabrás. Anda... —suplicó Verónica. La gravedad de su cara,
-de ordinario gozosa, era persuasiva. Pero Alberto repugnaba recitar
-versos propios.</p>
-
-<p>—Vamos a lavarnos las manos.</p>
-
-<p>Después de lavarse retornaron al gabinete. Acomodáronse en sendas
-butacas a un lado y otro de la encendida salamandra.</p>
-
-<p>—Anda, Alberto, sé amable. Dime algún verso tuyo.</p>
-
-<p>—Si no los sé de memoria...</p>
-
-<p>—Alguno sabrás.</p>
-
-<p>—Solo un pequeño poema. Te lo diré y te aburrirás, porque mis versos
-no tienen ninguna importancia, como no sea para mí mismo. —Fijó los
-ojos en el trémulo vermellón de la salamandra, y con voz rebajada y
-algo incierta, recitó:</p>
-
-<div class="versos ml20">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Señor, yo que he sufrido tanto, tanto,</p>
- <p class="i0">que de la vida tuve miedo,</p>
- <p class="i0">y he comido mi pan húmedo en llanto,</p>
- <p class="i0">y he bebido mi vino acedo;</p>
- <p class="i0">yo que purgué pecados ancestrales,</p>
- <p class="i0">y delitos confusos del antaño,</p>
- <p class="i0">y la cosecha negra, de fatales</p>
- <p class="i0">simientes, a estas horas agüadaño;</p>
- <p class="i0">Señor, si es que tu mano justiciera</p>
- <p class="i0">el humano torrente</p>
- <p class="i0">del placer y el dolor tasa y pondera</p>
- <p class="i0">en cada vida equitativamente,</p>
- <p class="i0">dame la paz que he merecido. Aleja</p>
- <p class="i0">de mis labios el pámpano en agraz.</p>
- <p class="i0">Dame la uva ya en sazón, bermeja</p>
- <p class="i0">en sus dulces entrañas. Dame paz.</p>
- <p class="i0">Dame el suave manjar de la alegría</p>
- <p class="i0">por una vez siquiera.</p>
- <p class="i0">Dame la compañía</p>
- <p class="i0">de la que debe ser mi compañera.</p>
- <p class="i0"><span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span>Buscaremos un rústico descanso;</p>
- <p class="i0">que allí nuestra oración, como un incienso,</p>
- <p class="i0">suba en el aire manso</p>
- <p class="i0">del firmamento inmenso.</p>
- <p class="i0">Una casa no más, de aldeana esquiveza,</p>
- <p class="i0">con un huerto a la espalda, y en el huerto un laurel,</p>
- <p class="i0">y un fiel regazo en donde recline mi cabeza,</p>
- <p class="i0">y por la noche un libro y una boca de miel.</p>
- <p class="i0">Y además, que las rosas, de corazón riente,</p>
- <p class="i0">canten todo a lo largo de las sendas del huerto,</p>
- <p class="i0">y la boca y las rosas yazgan sobre mi frente</p>
- <p class="i0">cuando ya esté cumplida mi labor, y yo muerto.</p>
- </div>
-</div>
-
-<p>Verónica se estuvo sin hablar largo tiempo, meditando sobre lo que
-había oído. Habló después:</p>
-
-<p>—Si no he entendido mal, tú quisieras vivir lejos del mundo, con tu
-mujer, solos en la aldea. ¿Te cansa la gente?</p>
-
-<p>—Un poco.</p>
-
-<p>—Y todo eso que aseguras en los versos, de querer ir a vivir solo,
-¿es verdad?</p>
-
-<p>—Por lo menos lo era cuando los escribí. Y ahora, al recordarlos,
-vuelve a ser verdad.</p>
-
-<p>—Tienes razón; eso debe de ser una felicidad —y exaltándose de
-pronto—: Pero no digas, la vida de bohemia... Nada, que yo no vuelvo
-a mi casa. Que lo gane Pilarcita, que ya está en edad. Yo me quedo a
-vivir con vosotros, a ser Mimí, a pasar apuros y a gozar... Si era mi
-ideal ese...</p>
-
-<p>—Voy a contarte lo que le pasó a un francés que se llamaba M.
-Jourdain. Este señor se enteró, cuando ya era una persona mayor, de
-lo que era prosa, y muy maravillado, dice: «¿Es decir que he estado
-hablando en prosa toda mi vida sin saberlo?» Otro tanto te ocurre a ti.
-No te molestes en quedarte con nosotros a hacer vida de bohemia, porque
-toda tu vida la has estado haciendo sin saberlo. No tener dinero, hija
-mía, no puede ser un ideal, y menos no tenerlo y desearlo, que esto
-es la bohemia, y ser perezoso e inútil para conseguirlo o crearlo.
-Mientras vivas en<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>
-España, Verónica, harás vida de bohemia, porque vivirás entre gente
-miserable, holgazana e inútil, sin fortuna y con ambición, sin trabajo
-y con lotería nacional.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_6">
- <h3>VI</h3>
- <div class="caja mt2">
- <p>No veo cometer una falta que no sienta como si yo mismo la hubiera
- cometido.</p>
- <p class="firma"><span class="smcap">Goethe.</span></p>
- </div>
-</div>
-
-<p>—A todo esto, ¿qué hora es? —preguntó Verónica.</p>
-
-<p>Alberto consultó el reloj.</p>
-
-<p>—Las tres menos diez.</p>
-
-<p>—Y Angelón sin venir.</p>
-
-<p>—Qué, ¿tienes apetito?</p>
-
-<p>—La verdad, un poquitín.</p>
-
-<p>—En la cocina debe de haber algún resto de otros días. Acaso hasta
-tres o cuatro huevos, y pan duro, y un infiernillo con alcohol, y
-quizás aceite.</p>
-
-<p>Verónica fue a la cocina y volvió muy alegre.</p>
-
-<p>—Todo lo que tú dices hay. Lo repartiremos entre los dos, como
-buenos hermanos. Yo haré de cocinera y verás que sé freír bien. El pan
-está como una piedra, chiquillo. Lo mejor es freírlo también.</p>
-
-<p>Verónica aderezó rápidamente la parva refección y la trajo a la
-estancia en donde Alberto estaba.</p>
-
-<p>—He encontrado vino, ¿qué te parece? Luego dirás... Si esto es
-encantador. Los huevos me van a saber a gloria. ¡Ea!, estos para ti.</p>
-
-<p>—Gracias. Hoy no como.</p>
-
-<p>—¿Que no comes? Pues no faltaba otra cosa. Te digo que con un par de
-huevos estrellados y el pan frito tengo de sobra hasta la noche, y a la
-noche, Dios dirá.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>—No es por eso.
-Tengo un poco de calentura y no me atrevo a comer. Por no comer un día
-no se muere nadie. Cómetelo tú todo, anda.</p>
-
-<p>Verónica comió lo que había y más que hubiera sido.</p>
-
-<p>—Te juro que nunca he comido nada que mejor me supiera. Te voy a
-pedir un favor ahora.</p>
-
-<p>—Lo que quieras.</p>
-
-<p>—Que me leas ese drama de Otelo. ¿Quieres?</p>
-
-<p>—¿Por qué no?</p>
-
-<p>—Me hago la ilusión de ser una gran señora, que, después de haber
-comido ancas de rana y criadillas de ruiseñor va al teatro —se acurrucó
-en la butaca, muy cerca de la lumbre—. Arriba el telón.</p>
-
-<p>A poco de iniciar la lectura, Alberto estaba más interesado en las
-glosas, preguntas y observaciones de Verónica, que Verónica en lo que
-escuchaba, y esta lo estaba sobremanera. Las reacciones sentimentales
-e intelectuales que el drama promovía en Verónica eran tan simples
-y espontáneas, y al propio tiempo tan varias, que Alberto estaba
-maravillado y sobrecogido, como ante la iniciación de un gran secreto.
-Era como si se encontrase en la reconditez de un laboratorio mágico,
-y palpitando entre sus dedos el desnudo corazón humano en su pureza
-prístina, sobre el cual vertía él los reactivos del gran arte, el arte
-verdadero, y descubriendo cómo este raro elixir se mudaba en latido,
-penetraba Alberto en la naturaleza de entrambos, del arte y de la vida.
-Arte y vida parecían entregársele, y él se figuraba poder aprisionarlos
-en una fórmula, de exactitud casi matemática. Antiguas meditaciones
-acerca del arte y conclusiones provisionales desarticuladas entre sí
-se aclaraban y soldaban en un fresco y sensible tejido orgánico, como
-si su cuerpo se hubiera enriquecido con un sexto sentido interno,
-síntesis de los otros cinco y del alma, prodigiosamente apto para
-deglutir,<span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span> asimilar
-y dar expresión a lo más oscuro del arte y de la vida, y rechazar lo
-antiartístico y lo antivital. Leía, ahora, en voz alta y comentaba a
-Shakespeare, y al propio tiempo sentíase transfundido en la persona del
-autor durante la gestación y creación de la tragedia.</p>
-
-<p>Hizo Alberto antes que nada una descripción de Venecia, y Verónica
-suspiró:</p>
-
-<p>—¡Qué hermosa debe de ser! Como una ciudad encantada, ¿verdad? Yo ya
-me figuro estar en ella.</p>
-
-<p>Llegaba Alberto al punto de la escena primera (una calleja de
-Venecia: noche) en que Yago dice a Rodrigo: «No hay remedio; tales son
-los gajes del servicio. La promoción se guía por recomendaciones y por
-el afecto personal, no por antigüedad y ascenso. Ahora, señor, juzga
-por ti propio si yo en justicia estoy llamado a amar al moro.»</p>
-
-<p>Verónica interrumpió, apasionadamente:</p>
-
-<p>—Natural que odiase al negrazo. Yo en su caso haría lo mismo. Mira
-tú que el pobre Yago, que era tan valiente y había peleado siempre
-junto al moro, y cuando llega la ocasión de hacerle lugarteniente le
-deja en abanderado y lo posterga en favor de ese Casio, que era un
-estúpido, al parecer, y no sabía nada de batallas. Te aseguro que las
-injusticias me han encendido siempre la sangre. ¡Odiar al moro!... Más
-que eso: yo no cejaría hasta arruinarlo y hundirlo. ¡Por estas!</p>
-
-<p>Dice Rodrigo, en respuesta, a Yago: «Yo no continuaría a su
-servicio.»</p>
-
-<p>Y Verónica:</p>
-
-<p>—Ni yo tampoco.</p>
-
-<p>Responde Yago: «Sígole en provecho propio. No todos hemos de ser
-amos, ni los amos han de ser siempre servidos lealmente.» (Verónica:
-<i>Muy bien.</i>) «Si parece que le sigo no es por amor o deber, sino
-para mis peculiares fines.» (Verónica: <i>Algo trama. Me ale<span
-class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>gro. Y mira si es noble
-y cómo dice lealmente lo que piensa.</i>) Yago induce a Rodrigo,
-antiguo cortejador de Desdémona, a que despierte a Brabantio, padre
-de la doncella, y le informe de cómo esta ha sido raptada por el
-moro. (Verónica: <i>Anda; pues nada menos que la había robado. ¡Qué
-criminal!</i>) Yago, a Brabantio que ha aparecido en una ventana: «Haz
-que el clamor de la campana despabile a los ciudadanos dormidos, de
-otra suerte el mismísimo diablo te hará abuelo.» (Verónica: <i>Llama
-diablo al moro. Es gracioso Yago.</i>) Brabantio no quiere creer que
-su hija Desdémona se haya fugado. Al fin se cerciora de que ello es
-verdad. Yago se retira y desciende el viejo a la calle, en donde
-se junta con Rodrigo, y, transido de pena, exclama: «Oye, ¿no hay
-bebedizos que trastornan el seso de la juventud y aun de la edad madura
-de tal suerte que hacen perder la voluntad? ¿No has leído, Rodrigo,
-algo de esto?» (Verónica: <i>¿Qué otra cosa podía ser? Si no se
-comprende...</i>)</p>
-
-<p>Escena segunda; otra calleja. Yago dice al moro que Brabantio, el
-senador, conoce ya el rapto de Desdémona, y le aconseja que se guarde
-de la cólera del viejo, a quien la magistratura que ostenta y el poder
-que con ella goza hacen temible. (Verónica: <i>Me gusta Yago. ¿Ves lo
-bien que disimula? Confío en que sabrá vengarse del negro.</i>) Otelo:
-«Que obre según su despecho. Los servicios que presté a la señoría
-hablarán más alto que su querella... Porque ha de saberse que mi
-vida y mi ser vienen de gentes que ocupan un solio real.» (Verónica:
-<i>Pues no era un vagabundo afortunado, como Yago pensó. Y habla con
-cierta nobleza, ¿eh?</i>) Pasa una ronda con antorchas. Los de la ronda
-dicen que el Dogo y los cónsules están en consejo y buscan a Otelo. Se
-teme una guerra con los otomanos y Otelo será el general. (Verónica:
-<i>También es suerte lisa la del negrazo.</i>) Aparece otra ronda. Es
-Brabantio y sus seguidores, armados. Brabantio: «Caed sobre él.<span
-class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> ¡Ladrón!» (Verónica:
-<i>Y que lo diga. Buen lío.</i>) Otelo se interpone: «Envainad las
-espadas, que el rocío de la noche puede enmohecerlas. Señor, más
-fuerza tienes en tus años que en tus armas.» (Verónica: <i>¡También es
-un tío!</i>) Brabantio: «Desatentado ladrón, ¿en dónde has escondido
-a mi hija? Me la has enhechizado, o de lo contrario todas las cosas
-carecen de sentido. Sea juez el mundo y diga si no es palpable que con
-ella has usado de encantos y artes de brujería, que de su delicada
-mocedad abusaste con drogas y minerales de esos que debilitan el
-discernimiento.» (Verónica: <i>A ver. No se comprende de otro modo.
-¡Pobre viejo y pobre muchacha!</i>) Están para irse a las manos los
-de uno y otro bando. Otelo: «Detened el brazo los de mi parte y los
-contrarios. Si el luchar estuviera ahora en mi papel no necesitaría de
-apuntador.» (Verónica: <i>Que se las trae el negro. Tiene una confianza
-en sí mismo...</i>) Parten todos camino del palacio de los Dogos, en
-donde la Señoría está de consejo.</p>
-
-<p>Escena tercera. En el salón del Consejo. Dogo, senadores y cónsules
-hablan de la guerra. Llegan Brabantio, Otelo y séquito. El viejo se
-adelanta a presentar su querella. Brabantio: «Mi hija... Peor que
-muerta está para mí. Me la han seducido, me la han robado, me la han
-corrompido con ensalmos y mixturas de esas que hacen los apoticarios.
-La Naturaleza no puede errar tan de lleno, no siendo deficiente,
-ciega o mutilada de los sentidos, sin concurso de brujería.» El Dogo:
-«Quienquiera que te la haya hurtado por tan bajos medios, que del
-sangriento libro de la ley y por tus propios labios oiga la sentencia
-más amarga, y que tú la interpretes conforme a tu encono. Así sea,
-aun cuando mi propio hijo fuese el culpable.» (Verónica: <i>Si ahora
-se hiciese lo mismo... Daba gusto en aquellos tiempos. Sospecho que
-a Yago le van a ahorrar molestias.</i>) Brabantio dice que ha sido
-Otelo. Los senadores, que necesitan de Otelo para la guerra, se<span
-class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> alarman, y animan al moro
-a que se exculpe. (Verónica, muy emocionada: <i>Vamos a ver.</i>)
-Otelo: «Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases
-apacibles, porque desde que estos mis brazos tuvieron el vigor de los
-siete años hasta hace no más de nueve lunas solo viví en batalla y en
-campamentos.» Pero, sin embargo, Otelo explicará, como mejor se le
-alcance, la manera que tuvo de enamorar a Desdémona. (Verónica: <i>Pal
-gato.</i>) Envían a buscar a Desdémona. Entretanto, Otelo, habla: «Su
-padre y yo éramos amigos. Invitábame a su casa con frecuencia y pedía
-que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que
-hube de ganar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles,
-a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y
-emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en
-que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado
-por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de
-mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles;
-de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan
-el cielo (yo hablaba, hablaba, esto fue todo); de los caníbales que se
-devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace
-más abajo de los hombros. Y oyéndome, Desdémona que estaba presente,
-se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres
-caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba
-mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable
-y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que
-a retazos me había oído se lo dijese por entero. Consentí, y no pocas
-veces gocé de sus lágrimas como yo narrase algún golpe desastroso que
-mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis penas
-diome un mundo de sollozos. Juraba que mi historia era peregrina,
-muy peregrina, digna de piedad, maravillosa<span class="pagenum"
-id="Page_110">p. 110</span>mente digna de piedad. Quería no haberla
-oído, y quería que los cielos la hubieran hecho hombre y ser como yo
-soy. Suplicábame que si algún amigo mío la amaba yo le enseñase a
-referir mi historia, y que solo por esto ella le correspondería... Me
-amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras
-fueron las artes de encantamiento que empleé. Aquí llega la dama. Sea
-ella testigo.» (Verónica tiene los ojos húmedos: <i>Aguarda un momento.
-No sigas leyendo.</i> Una pausa. <i>Sigue.</i>) El Dogo: «La historia
-hubiera ganado el corazón de mi propia hija también.» (Verónica: <i>Y
-el mío</i>.) Entra Desdémona. Su padre le pregunta a quién antes que
-nadie obedece de los que están presentes. Desdémona: «Aquí está mi
-esposo, y de la propia suerte que mi madre os antepuso a su padre, yo
-profeso la fe que al moro me une.» (Verónica: <i>Qué simpática.</i>)
-Brabantio está desolado. Los consuelos que el Dogo pretende prestarle
-en dulces palabras no alivian su dolor, porque, dice el viejo: «No sé
-que el corazón quebrantado se cure a través de las orejas.» Se habla
-entonces de la guerra de Chipre. El Senado nombra a Otelo gobernador
-general de la plaza. Desdémona suplica que se le consienta ir con el
-moro; que si lo amó fue para vivir en su compañía: «Su rostro para mí
-está en su alma.» La apoya Otelo. El Senado accede. Otelo pártese a
-Chipre a seguida y deja a Desdémona encomendada a Yago y a su mujer
-para que la conduzcan a la isla, cuanto antes mejor. Primero de que se
-retire Otelo, Brabantio le dice: «Mírala, moro, si tienes ojos en la
-cara. Engañó a su padre y te engañará a ti.» (Verónica: <i>Yo en la
-pelleja del padre pensaría otro tanto. Y hasta lo desearía.</i>)</p>
-
-<p>Escena última del acto. Están a solas Yago y Rodrigo.</p>
-
-<p>El haber perdido para siempre a Desdémona amarga el corazón de
-Rodrigo en términos que de<span class="pagenum" id="Page_111">p.
-111</span>sea quitarse la vida. Yago le moteja de tonto: «No he
-encontrado todavía un hombre que sepa amarse a sí propio.» Rodrigo
-confiesa que no tiene la virtud de sobreponerse al amor contrariado.
-«¿Virtud?», pregunta Yago... «Un comino». Yago hace algunas
-consideraciones morales muy atinadas, que Verónica aprueba con signos
-de asentimiento. Aconseja al inexperto Rodrigo: «<i>Come, be a man.</i>
-Sé hombre. Pon dinero en tu bolsillo. Alístate en la presente campaña,
-desfigurando el rostro con barbas contrahechas. Mete dinero y más
-dinero en tu bolsillo. Aguarda a que Desdémona se harte del moro, que
-se hartará. Abarrota tu bolsillo con dinero. Busca dinero, dinero,
-dinero. <i>Therefore make money.</i>» Despídense, y Yago habla consigo
-mismo. Odia al moro, no solo por haber recibido de él gran injusticia,
-sino porque «dícese de público —murmura Yago— que entre las sábanas
-su persona suplantó a la mía en mi lecho conyugal.» Yago maquina su
-venganza. El instrumento será Miguel Casio, el lugarteniente, que es
-gentil y a propósito para que las damas gusten de él. Yago emponzoñará
-de celos el corazón de Otelo, haciéndole creer que Desdémona y Casio
-se han amado y se aman. Y termina: «Infierno y noche mostrarán este
-monstruoso engendro a la luz del día.»</p>
-
-<p>Hubo un descanso. Verónica estaba enovillada en un profundo sillón;
-las piernas, recogidas sobre el asiento. Un resplandor maligno
-alumbraba sus ojos. Dijo Alberto, por hacerle hablar:</p>
-
-<p>—Verdaderamente, este Yago es un miserable.</p>
-
-<p>—Gracias, hombre; en su caso te quisiera ver yo. Primero le hacen
-cornudo, y luego, sobre cornudo, apaleao, como se suele decir. ¡Qué
-demontre! Que me muera si ese hombre no habla en todo como un libro.
-Virtud... Un comino se me da por la virtud. ¿Para qué sirve la virtud,
-me quieres decir? Dinero, dinero y dinero; esa es la chipén. ¿No lo
-decías tú<span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> mismo
-hace un poco? Di que nos andamos engañando siempre unos a otros, y a
-nosotros mismos, y no nos atrevemos a decir lo que pensamos, y ese
-hombre tiene el coraje de decirlo, y resulta que los trapos que él saca
-a relucir son los que todos llevamos dentro. Y, sobre todo, que él
-odiaba al moro; sí, lo odiaba. ¿Es que tú nunca has sentido odio, lo
-que se llama odio? Yo sí, a veces, lo mismo que ese hombre lo siente. Y
-¿sabes contra quién? Te figurarás que contra los enemigos. ¡Bah! Yo no
-los tengo. No; contra mi madre, contra mis hermanas, contra mis amigas.
-Di que se me pasaba pronto, y, además, que soy cobarde; pero, ¡qué
-gusto en ocasiones hacer tanto mal como una quisiera!</p>
-
-<p>—Sí, tienes razón. La mala persona es Otelo.</p>
-
-<p>—Parece mentira que digas eso. No hay sino oírle hablar para
-comprender el corazón que tiene, que no le cabe en el pecho. Se ve
-que es como un niño... Y bravo... Ya ves, le hacen general en jefe,
-conque, por algo será. Que al parecer tuvo o no tuvo con Emilia, la
-mujer de Yago. ¿Quién está libre de un pecadillo? Aparte que a lo mejor
-es un lío que le han levantado, porque en el mundo hay cada lengua,
-chiquillo...</p>
-
-<p>—Quizás fuera un falso testimonio. Pero, de todas suertes, no se
-concibe que Desdémona se haya enamorado de él. La pobre criatura obró
-alucinada; pero se dará cuenta de su error, cobrará asco al moro...</p>
-
-<p>—¿Por qué? —atajó Verónica—. ¿Qué sabéis los hombres de esas cosas?
-Desdémona está enamorada de Otelo; pero así, mochales, te lo digo
-yo. ¡Podía no! ¿Crees tú que se encuentra todos los días un hombre
-como Otelo? Pues que se te quite. Si le hace llorar a una cuando
-habla... Sentirse una abrazada por él, tan grandote, tan hombre, tan
-leal y tan inocente... Pero, ¿cómo no le iba a querer o es posi<span
-class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span>ble que llegue a cansarse de
-él? ¿No lo comprendes?</p>
-
-<p>—Sí, lo comprendo ahora. Lo que no comprendo es cómo el bestia del
-padre se oponía en aquella forma...</p>
-
-<p>—También tú tienes cada cosa, chiquillo. Parece que te empeñas en
-cerrar los ojos. Una niña como Desdémona, tan rubia y tan bonita, y tan
-casera que se asustaba de los hombres, y va y se escapa con un negrazo
-horrible... A ver. Que le dio un brebaje. Es claro como la luz. Eso
-como no se escapase por correrla y ser libre, porque a veces estas
-niñas que parecen tontas dan cada chasco... Te digo que yo, su padre,
-¡le doy una mano de azotes!...</p>
-
-<p>—Pero, ¿hablas poniéndote en el caso del padre o por tu cuenta?</p>
-
-<p>—Natural que por mi cuenta.</p>
-
-<p>—Como primero me habías dicho todo lo contrario...</p>
-
-<p>—¿Eh?</p>
-
-<p>Las ideas y sensaciones de Verónica se enmadejaron en este momento.
-Estaba como estupefacta y henchida de angustia. Alberto la había
-ido induciendo con cautela a que hablase, gozándose en ver cómo
-sucesivamente la muchacha se asimilaba el espíritu de cada personaje
-del drama hasta ajenarse de sí propia y vivir un punto la vida de
-ellos. El alma de Verónica le parecía a Alberto tan plástica y tierna
-como la arcilla paradisiaca entre los dedos de Jehová.</p>
-
-<p>—¡Algo grave va a pasar! —habló Verónica—. Sigue leyendo. ¡Oh!
-¿Para qué comenzaste? Tengo miedo, pero no importa, sigue leyendo.
-Tiene que ocurrir algo grave, lo siento, lo siento dentro de mí, como
-los caballos huelen la tempestad. Sí, eso es, la tempestad. Se me
-figura como si estuviese en el campo, después de una larga sequía, y
-que yo hubiera estado muy enferma y me levantara ya a convalecer, y
-necesitara de sol y de buen tiempo para curarme;<span class="pagenum"
-id="Page_114">p. 114</span> y si llueve, yo me muero de seguro; y si
-no llueve, no se dan las cosechas y todos los campesinos se mueren; y
-aparece una nubecita, muy chiquitita, allá a lo lejos; y de pronto se
-pone el cielo morado, y hay una tormenta que arrasa los campos, arruina
-a los labradores y me mata a mí. ¿Quién tiene la culpa? Nadie, porque a
-Dios no se le puede echar la culpa de nada. Nadie, pero todos sufren,
-todos lloran... Es terrible. Perdona que hable tanto... Tengo necesidad
-de desahogar. Ya puedes seguir leyendo: sigue, sigue.</p>
-
-<p>Acto segundo. En la isla de Chipre. La tormenta ha hecho zozobrar
-la flota turca. No habrá guerra. Los isleños están en los malecones de
-la orilla, contemplando el embravecido mar. Llegan a la isla con buena
-fortuna el lugarteniente Casio, Desdémona, con Yago y su mujer Emilia,
-y Otelo. Se lee por las calles, a redoble de tambor, una proclama de
-Otelo, ordenando públicos regocijos y música en celebración de sus
-desposorios con Desdémona. Conviénense Yago y Rodrigo en perturbar
-el seso de Casio, con licores, a tiempo que estén de guardia, y en
-viéndole borracho que Rodrigo lo provoque de manera que se suscite
-clamorosa contienda y le cueste a Casio su grado de lugarteniente.
-Realizan con éxito el plan. En lo más recio de la pelea a que inducen
-a Casio, Yago tañe al arma las campanas, sobresalta a las gentes
-y obliga a Otelo a que abandonando el lecho acuda al lugar de la
-contienda, con tanta cólera que al punto despoja a Casio de su dignidad
-de lugarteniente. Quedan a solas Yago y Casio, que se lamenta con
-amargura. Yago: «¿Estás herido, Casio?» Casio: «Sí, y no hay cirujano
-que me salve.» Yago: «No lo quiera Dios.» Casio: «¡Mi buen nombre! ¡Mi
-buen nombre! ¡Mi buen nombre! He perdido mi buen nombre. He perdido
-la parte inmortal que en mí había, y quédame solo la de la bestia.
-¡Mi buen nombre, Yago, mi buen nombre!» (Verónica: <i>Pobre Casio.
-Per<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span>dido el buen
-nombre, ¿qué queda? Díganmelo a mí.</i>) Yago: «Por mi honor te juro
-que pensé en algún daño del cuerpo; estos son de más gravedad que los
-recibidos en la opinión ajena. El buen nombre es la más necia y falsa
-impostura; gánase las más veces sin méritos y piérdese sin culpa. Nadie
-pierde su buen nombre si no lo da él mismo por perdido.» (Verónica:
-<i>Cabal, qué diantre, también digo yo. Y si no, fíjate en todas esas
-señoronas, la Pantana, la Cercedilla, que nos dan ciento y raya a las
-del oficio. Valiente tonta la que se ocupa del qué dirán. A última
-hora, que le quiten a una lo bailado.</i>) Yago muestra a Casio el
-camino por donde de nuevo llegue al favor del general, y es interceder
-cerca de Desdémona, rogarle, moverla a compasión, porque la voluntad
-de Otelo es un juguete entre las manos de su mujer. Casio le queda muy
-agradecido.</p>
-
-<p>Como al terminar el acto Verónica no desplegase los labios, Alberto
-continuó.</p>
-
-<p>Acto tercero. Emilia, por consejo de su marido, dispone una
-entrevista de Casio con Desdémona, en el parque del castillo. Casio
-ruega. Desdémona le promete que será reintegrado en el puesto perdido.
-Desdémona: «No dejaré en paz a Otelo en la mesa ni en el lecho, hasta
-que lo consiga. A cada paso que dé yo le pondré por delante la petición
-de Casio.» Sobrevienen Otelo y Yago. Casio que los ve, se retira. Yago:
-«No me hace gracia eso.» Otelo: «¿Qué?» Yago: «Que Casio se aparte de
-tal suerte que no parece sino que ha hecho algo malo.» Desdémona se
-acerca a su marido y le habla en favor de Casio, suplicándole que lo
-llame y se reconcilie con él. Otelo dilata la respuesta. Desdémona lo
-acosa con fervorosos ruegos. Otelo parece ceder. Quedan solos Yago y
-Otelo. Los celos comienzan a inquietar el corazón de Otelo, el cual
-interroga a Yago, y este esquiva responder. Otelo: «Parece que en
-tu mente se esconde un monstruo tan repugnante que no osa mostrarse
-a<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> la luz.» Yago
-continúa empleando subterfugios que enardezcan las inquietudes de
-Otelo. «Dime lo que piensas claramente, vistiendo el mal pensamiento
-con malas palabras.» Yago simula rehusar: «Mi deber no me obliga a
-aquello de que hasta los esclavos son libres: decir lo que se piensa.»
-El desasosiego del moro crece. Yago: «¡Guárdate, señor, de los celos!
-Minutos infernales los de aquel que a tiempo que acaricia duda; que
-sospecha y sin embargo ama con locura.» Otelo: «No, Yago. No he de
-dudar sin ver. ¿Dudo? Quiero las pruebas. ¿Tengo pruebas? Pues no hay
-sino concluir con el amor o con los celos.» Siendo así, Yago no tiene
-reparo en hablar con claridad, y aconseja a Otelo que no pierda de
-vista a Desdémona y Casio y tenga presente cuán simuladoras son las
-mujeres, aun la misma Desdémona, quien fingía ante su padre sentir
-miedo del moro cuando ya tenía determinada la fuga. Un instante que
-está Otelo a solas, piensa: «¿Por qué me he casado? Este buen hombre,
-Yago, ha visto y sabe mucho más de lo que dice.» Yago vuelve: «Cierto
-que Casio ha sido buen lugarteniente y merece volver a serlo. Pero lo
-conveniente por ahora es mantenerle degradado y observar si Desdémona
-sigue su causa con excesiva vehemencia. Esto sería un gran indicio.»
-A solas otra vez Otelo, vese poseído de una gran conturbación. Viene
-Desdémona. Otelo, malhumorado, dice que tiene dolor de cabeza.
-Desdémona, muy solícita, intenta vendarle la cabeza con un pañuelo,
-pañuelo que Otelo le había regalado exhortándola a que lo conservase
-siempre. Otelo aparta el pañuelo, el cual cae a tierra sin que uno ni
-otro lo echen de ver. Retíranse. Emilia recoge el pañuelo y se lo da a
-Yago, quien ya en repetidas ocasiones le había rogado que se lo hurtase
-a Desdémona. Encuéntranse nuevamente Otelo y Yago. Los celos torturan
-al moro. Ha perdido la tranquilidad: «Aquel a quien roban de lo que
-no ne<span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span>cesita, si no
-llega a averiguarlo, es como si no hubiera sido robado. Si toda la
-soldadesca del campamento hubiera gozado su dulce cuerpo, ignorándolo
-yo, fuera feliz. Pero, ahora, ¡adiós para siempre la paz del ánimo!
-¡Adiós alegría! ¡Adiós empenachadas tropas en las empeñadas guerras que
-de la ambición hacen una virtud! ¡Adiós, adiós, todo!» Los celos se
-truecan momentáneamente en iracundia: «Villano, pruébame que la mujer
-a quien amo es una zorra, dame la prueba ocular, o más te valiera ser
-un perro.» Yago afirma que ha oído a Casio hablar y besar en sueños
-a Desdémona, lamentándose de que fuera la mujer del moro, y todo de
-suerte que parecía demostrar oculta y culpable inteligencia entre una y
-otro. Otelo es víctima de funesta cólera: «La desharé entre mis manos».
-Yago habla del pañuelo y que ha creído verlo en poder de Casio. Otelo:
-«¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre!» Otelo se vengará; quiere que asesinen a
-Casio en el plazo de tres días.</p>
-
-<p>Habiendo echado de ver la pérdida del pañuelo, Desdémona recibe gran
-contrariedad y está afanosa por recuperarlo. Así que ve a su mujer, lo
-primero que hace el moro es preguntar por el pañuelo. Desdémona supone
-que ello es una añagaza de Otelo por impedir que su mujer reanude
-las súplicas en favor de Casio, y así determínase en reiterarlas con
-particular empeño, y en tanto el moro, con creciente frenesí, exige el
-pañuelo, el pañuelo, Desdémona no se lo toma en cuenta y le responde
-con alabanzas de Casio, hasta que Otelo se retira lleno de furor, y
-convencido de la culpabilidad de Desdémona.</p>
-
-<p>Yago ha puesto el pañuelo en el aposento de Casio, el cual, así como
-lo encuentra, se lo regala a su amante Blanca.</p>
-
-<p>Terminado este acto, Verónica, sin despegar los labios, quedose
-mirando a Alberto con pupila difusa, vacua, como si le mirase y no le
-viese. Durante<span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> este
-acto sus interpelaciones y glosas habían sido más sucintas y espaciadas
-que en los comienzos de la obra, y propendían a la interjección o grito
-emotivo sin contenido lógico, por donde era fácil advertir que en
-lugar de ir compenetrándose y sustanciándose, sucesivamente, con cada
-una de las personas dramáticas, como en los dos primeros actos había
-hecho, se mantenía aparte y por encima, acaparada por una sensación de
-conjunto; en lugar de ir viviendo una tras otra las diferentes pasiones
-individuales, vivía ahora en su propio corazón la emoción expectante
-del conflicto y choque de las pasiones ajenas, las cuales le eran bien
-conocidas y sabía que habían de obrar fatalmente por haberlas en sí
-misma experimentado en los actos precedentes. De la emoción lírica
-había trascendido Verónica a la emoción dramática, de la tragedia del
-hombre interno a la tragedia de los hombres entre sí; y así como en el
-primer acto había sentido que, en el misterio de su alma, todo hombre
-es justo y bueno, aun el que no lo parece, porque sus intenciones y
-conducta se siguen por sutiles impulsos, a manera de leyes necesarias,
-así también ahora Verónica presentía que los sucesos que entretejen la
-historia y de la cual los hombres reciben placer, dolor, exaltación,
-gloria, ruina, son como tienen que ser, producto de elementos fatales
-en proporciones fatales.</p>
-
-<p>Tal era la interpretación que Alberto daba a las emociones de
-Verónica. Verónica era para él la tabla Roseta de los egiptólogos,
-clave con que descifrar jeroglíficos. Consideraba, con intuición
-repentina, la diferencia que hay entre el Gran Arte, floración
-espontánea del espíritu humano y organismo que de sí propio vive, y
-el arte ruin y farisaico, torpe artificio, que no arte, y comprendía
-que la esencial diferencia era diferencia de concepción moral y no
-de técnica. Encarnábanse simbólicamente estos dos artes antité<span
-class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>ticos en dos géneros
-literarios, la tragedia y el melodrama. El artista verdadero —sea
-del linaje que sea, escultor, pintor, músico, poeta— abriga en su
-mente y escucha en su magno corazón gérmenes y ecos de la tragedia
-universal. Y el espíritu trágico no es sino la clara <i>comprensión</i>
-de todo lo creado, la <i>justificación</i> cordial de todo lo que
-existe. Para el espíritu trágico no hay <i>malo</i> nacido del libre
-arbitrio, no hay delitos, sino desgracias, acciones calamitosas;
-cada nuevo acto llamado voluntario es el último punto añadido a una
-recta que se prolonga de continuo, esclava de su naturaleza rígida:
-todo es justo. De esta suerte, el conflicto de la tragedia, como el
-de la vida, es un conflicto de bondad con bondad y rectitud contra
-rectitud, conflagración de actos opuestos y justos: justos porque
-tienen una razón suficiente. Y de aquí viene esa gravitación cósmica,
-sidérea, que oprime el pecho del espectador de una buena tragedia,
-como de todo el que está ante una obra de Gran Arte. Contrariamente,
-el espíritu melodramático inventa el mal libre, crea el traidor, urde
-conflictos entre malos y buenos, intenta modificar la línea recta de
-acero, autónoma y agresiva, trocándola en curva arbitraria, y por
-último engendra <i>el sentimentalismo</i>, morbo contagioso y funesto.
-Las obras escultóricas, pictóricas, musicales y poéticas del arte
-farisaico y ruin revelan <i>su sentimentalismo</i> a modo de estigma
-del espíritu melodramático. Y Alberto formulaba en su conciencia esta
-interrogación desmesurada: «El espíritu de la raza a que pertenezco y
-la vida histórica de esta nación en cuyas entrañas fui engendrado, ¿son
-trágicos o melodramáticos? ¿Soy actor de coturno y persona, dignidad y
-decoro incorporado a la caudal tragedia humana, o soy fantoche en una
-farsa lacrimosa y grotesca?»</p>
-
-<p>—Sigue por Dios, Alberto, sigue por Dios —rogó Verónica.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>Alberto continuó
-traduciendo:</p>
-
-<p>Yago aprieta con diligente astucia la red de intrigas en torno de
-Otelo, lo enardece, lo ofusca, lo sofoca. El moro, conturbado por la
-pasión de los celos, no acierta a discurrir con tiento, se deja engañar
-de fútiles apariencias, adquiere la falaz certidumbre de que Desdémona
-ha sido desleal a la fe jurada, está loco de ira y sediento de
-venganza. Así que ve a Desdémona la injuria, la califica de prostituta
-una y cien veces, enloquecido de amor y de dolor, víctima y verdugo al
-propio tiempo. ¡Dulce Desdémona! ¡Pobre niña rubia, también amante y
-doliente, víctima y verdugo también, sin saberlo! Apenas si osa oponer
-a los dicterios del esposo mansa y suplicante quejumbre, a lo cual, el
-enfurecido moro, tomándolo por artilugio rameril, replica en todo punto
-con la palabra <i>prostituta</i>. Y al retirarse, Otelo premedita la
-pena acerba con que castigar el supuesto adulterio de Desdémona.</p>
-
-<p>Verónica paseaba por el aposento. Los nervios no le consentían
-estarse quieta. A veces se detenía detrás de Alberto y escudriñaba
-ahincadamente el original inglés, con gesto de religiosa suspensión,
-pensando que así como en la mente de Dios hállase en cifra fatal el
-curso de los acontecimientos venideros, en aquellos signos arcanos del
-libro se guardaban en germen y a punto de brotar con vida los destinos
-de los personajes que tan a mal traer la traían.</p>
-
-<p>—¡La va a matar, la va a matar! Me lo da el corazón —solloza
-Verónica, retorciéndose las manos.</p>
-
-<p>También a Desdémona el corazón le sugiere sombríos presentimientos.
-Ha ordenado a su dama Emilia que le haga el lecho con las sábanas del
-día de la boda. «Si muriese antes que tú, Emilia, amortájame en una de
-estas sábanas.» Desdémona canta porque está triste: canta la canción
-del sauce, antigua tonadilla que oyera, siendo niña, de labios de una
-vieja<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> sirvienta,
-Bárbara, a quien el novio había abandonado, la cual murió cantando
-esta canción. En concluyendo de cantar, Desdémona pregunta a Emilia de
-pronto, con adorable candor: «¿Crees tú, Emilia, que hay mujeres tales,
-como dicen, que sean infieles al marido?» (Verónica: <i>La verdad es
-que parece imposible.</i>) Desdémona: «No, no puede existir una mujer
-capaz de hacer tal cosa.»</p>
-
-<p>He aquí la alcoba. Desdémona duerme. Una luz arde. Entra
-sigilosamente Otelo.</p>
-
-<p>Verónica está frente a Alberto, rígida, algo pálida, los ojos muy
-abiertos bajo las ceñudas cejas, mirándole a los labios.</p>
-
-<p>Otelo se inclina sobre Desdémona a contemplarla en tanto duerme.
-¡Qué hermosa es!, y su sueño, ¡cuán cándido! Otelo: «¡Oh, aromoso
-aliento; casi persuades a la justicia a que quiebre su espada! Un beso,
-y otro, y otro.» Otelo la besa y llora. Desdémona despierta. Otelo le
-pregunta si ha rezado, porque va a matarla. Desdémona: «¿Matarme?»
-Otelo: «Sí.» Desdémona: «Entonces, Dios tenga compasión de mí.» Otelo:
-«Amén, con todo mi corazón.» Desdémona: «Tengo miedo; no sé por qué
-tengo miedo, pues soy inocente; pero tengo miedo.» Otelo: «Piensa en
-tus pecados.» Desdémona: «Mis pecados no son sino amor.» Otelo: «Por
-eso morirás.»</p>
-
-<p>En este momento Verónica se abalanzó sobre Alberto, arrebatóle
-de las manos el libro y lo envió volando por los aires. Lloraba,
-llevándose las manos al rostro; pataleaba y entre los hipos del llanto
-balbucía:</p>
-
-<p>—¡No, no quiero que la mate, no quiero que la mate, no quiero que la
-mate! ¡Oh, por Dios, Alberto! Dile a ese hombre que está equivocado,
-que Desdémona es buena y le quiere... ¡Pobre niña, pobre niña! ¡Por
-Dios, por Dios! Pero, ¿no hay modo de arreglarlo? ¡Qué ha de haber,
-de sobra lo comprendo! ¡Si<span class="pagenum" id="Page_122">p.
-122</span> ese hombre está loco! Y ha llorado cuando la besaba...
-¿no has visto? ¡Pobre, pobre Otelo! Tenía que ser; ya lo decía yo.
-¿Qué vamos a hacerle nosotros? ¿Qué adelantamos con cerrar los ojos?
-Ya la habrá matado, ¿eh? ¿La mató ya? No quiero verlo. ¿La mató ya?
-—preguntaba con desvariado acento, como si la escena del drama tuviera
-vida histórica e independiente, y hubiera seguido desarrollándose en
-tanto ella se entregaba a la desesperación.</p>
-
-<p>—Sí, la mató ya, Verónica.</p>
-
-<p>—¿Cómo fue? ¿Lo sabes tú?</p>
-
-<p>—Sí, la estranguló.</p>
-
-<p>—Y ella, ¿qué dijo?</p>
-
-<p>—Dijo: «Soy inocente», y más tarde, a Emilia que acude: «Yo misma me
-he matado. Ruégale a Otelo que me perdone. Adiós.»</p>
-
-<p>—¡Adiós! —Verónica se dejó caer a los pies de una butaca y reclinó
-la cabeza sobre el asiento, escondiéndola entre sus brazos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_7">
- <h3>VII</h3>
-</div>
-
-<p>No tardó gran cosa Verónica en dar al olvido la tragedia de Otelo;
-pero le quedó, a manera de rastro en el espíritu, un no sé qué de
-cansancio y turbiedad, como en la copa de cristal que ha contenido
-densos licores de diferente color. Estaba quieta y callada, con los
-ojos apenumbrados, como niña convaleciente.</p>
-
-<p>Alberto, que se hallaba poseído por la emoción del profesional ante
-el caso insólito, del bibliómano ante el incunable o del ornitólogo
-ante el mirlo blanco, y había visto en qué portentosos términos
-Verónica poseía las bellas virtudes pasivas de la más exquisita
-receptividad, determinó someterla aún a nuevos experimentos. Tomó al
-efecto papel y lápiz y se puso a dibujar como sin propósito y por
-matar el tiempo. Al<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>
-instante, Verónica, cuya curiosidad instintiva estaba siempre en acecho
-como la de los gatos cachorros, se acercó al joven, apoyó las manos en
-sus hombros y aplicose a seguir con gestos y movimientos del cuerpo los
-giros que Alberto imprimía al lápiz. Primero, Alberto trazó líneas a la
-ventura: rectas, curvas, mixtas, quebradas; y por la presión sobre sus
-hombros de las manos de Verónica comprendía que toda la vida psíquica y
-orgánica de la muchacha convergía hacia las líneas en vía de formación,
-como si aspirase a convertirse en puro esquema geométrico; no de otra
-suerte que el jugador de billar parece como que aspira a trocarse en
-una simple ley mecánica cuando, con vario linaje de contorsiones y sin
-conciencia de lo que hace, acompaña la ruta de la bola, como si por
-ella estuviera sugestionado. Hasta juraría Alberto que Verónica tenía
-la lengüecilla al aire, como los niños cuando hacen palotes.</p>
-
-<p>Aquellas líneas incongruentes, por arte de Alberto, fueron
-convirtiéndose en mujeres en actitudes danzantes, en bailarinas que
-no por serlo habían perdido su prístina naturaleza esquemática, sino
-que la línea de donde habían nacido parecía imponer una ley interna,
-un carácter, a la actividad de la figura; y así, junto a la bailarina
-egipcia, de un hieratismo sacerdotal, obediente al imperio de la
-línea recta, ondulaba la bayadera indostánica, esclava de una elipse
-voluptuosa e invisible, como los astros.</p>
-
-<p>—¡Qué bien pintas, chiquillo! Esto está que se mete por los ojos.
-Te advierto que yo me despepito por el baile. Pero en casa se empeñan
-en que si tengo tanto así de asadura y que pierdo el compás, y la mar
-y sus barcos. En cambio dicen que Pilarcita es el noplusultra. Eso
-sí, mucho trenzao de pies, y vengan corcovos y piruetas que parece
-una langosta. Podía no: dos años lleva asistiendo a la academia de
-Juanito, <i>el Marica</i>. Pero, hijo, yo a eso no lo llamo<span
-class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> baile. El baile ha de decir
-algo, ¿no te parece a ti? Hay que sentirlo, y yo lo siento. Lo otro...
-¡bah!, a mí me suena como una máquina de coser.</p>
-
-<p>—¿Quieres bailar?</p>
-
-<p>—Bailar ¿qué? ¿Y la música?</p>
-
-<p>—Yo tarareo lo que quieras.</p>
-
-<p>Verónica no necesitó más. Salió al medio del gabinete, recogió un
-poco la falda sobre los riñones y gritó con repentina vehemencia:</p>
-
-<p>—¡Venga de ahí!</p>
-
-<p>Alberto tarareó un tango, luego un garrotín, y cuando observó, como
-ya preveía, que Verónica había perdido el seso, como una bacante,
-y entregádose por entero a la emoción del baile, cantó sonatas de
-Mozart y Beethoven, trozos de Wagner y Brahms: cuanto se le vino a las
-mientes. Verónica danzaba sin tregua, como poseída sucesivamente de
-todos los sentimientos primarios de la raza humana, en su auténtica
-simplicidad y energía, la ira, el terror, el éxtasis, la alegría,
-la pena, la lujuria, y todos ellos cuadraban bien con el aire de la
-música; Verónica los estilizaba, no solo con la expresión del rostro,
-sino también con todos y cada uno de sus miembros. Paró Alberto y
-Verónica se detuvo en seco.</p>
-
-<p>—Bueno, chiquillo, por esto no puedes juzgar, porque la verdá es que
-maldito si sé lo que hice. Esto fue una improvisación. Tienes que verme
-con música, ¿sabes? —y se enjugó la húmeda frente.</p>
-
-<p>—Bailas muy bien, Verónica, porque bailas por placer y no por
-vanidad; porque te olvidas de lo que haces y no te ofreces en
-espectáculo; porque bailas como si te fuera necesario bailar por bailar
-y no por encandilar hombres de dinero.</p>
-
-<p>—Eso es la chipén, chiquillo: bailo porque me sale de dentro.</p>
-
-<p>—Y sobre todo bailas bien, porque bailas bien. Tú serás una gran
-bailarina.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span></p>
-
-<p>—¡Quita allá, chalado!</p>
-
-<p>—Por lo pronto, ¿te atreves a debutar dentro de dos o tres días?</p>
-
-<p>—¿Qué dices?</p>
-
-<p>—Nada, que vas a debutar porque lo quiero yo.</p>
-
-<p>—Pero, hombre...</p>
-
-<p>—El circo de Parish se abre dentro de pocos días. El empresario,
-y sobre todo el gerente, son amigos míos. Hoy mismo escribo la
-carta...</p>
-
-<p>—Pero... ¿tú crees que puedo?</p>
-
-<div class="versos ml22">
- <div class="estrofa">
- <p class="i0">—When you do dance, I wish you</p>
- <p class="i0">A wave of the sea, that you might ever do</p>
- <p class="i0">Nothing but that; move still, still so,</p>
- <p class="i0">And own no other function.</p>
- </div>
-</div>
-
-<p>—Latinitos, ¿estás de coba?</p>
-
-<p>—Nada de coba, niña. Estas palabras son del mismo autor de Otelo, y
-quieren decir: «Cuando te veo bailar quisiera que fueses una ola del
-mar, de manera que no pudieras hacer en adelante otra cosa que bailar.
-Baila, baila más aún; baila siempre, y no hagas sino bailar.»</p>
-
-<p>—Pero, ¿y el traje, Alberto?</p>
-
-<p>—No te preocupes; yo me encargo de él.</p>
-
-<p>—Si no tienes un cuarto.</p>
-
-<p>—La empresa te lo pagará; quiero decir que yo te diré cómo has de
-vestirte.</p>
-
-<p>—Cabalito; luego salgo al público, me da un soponcio y adiós
-Madrid.</p>
-
-<p>—No te dará soponcio. Tú baila, y baila con toda tu alma, como David
-delante de Dios.</p>
-
-<p>—¿El rey David? ¿El que dijo...?</p>
-
-<p>—El mismo.</p>
-
-<p>—¿Y era bailaor?</p>
-
-<p>—A ratos.</p>
-
-<p>—¡Ay, que tío!</p>
-
-<p>—Sí que era un tío.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span>—No, si el tío
-eres tú, digo —se llegó a Alberto, le enlazó del cuello con un brazo y
-murmuró—: Vamos a ponerle los cuernos al viejo.</p>
-
-<p>—En ti, Verónica, el entregarse a todos y a todo es en tal grado que
-de vicio se hace virtud.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_8">
- <h3>VIII</h3>
-</div>
-
-<p>Desde la calle de Jacometrezo hasta el número 30 de la de
-Fuencarral, esto es, desde su vivienda a la de Alberto, Teófilo
-atravesó, a tiempo que caminaba, tres ciclos de pensamientos.</p>
-
-<p>El primero fue el ciclo amoroso. Nunca había sido afortunado en
-amores. Entre los lejanos amoríos con su prima Lucrecia, pasatiempo
-de mocedad y no otra cosa, y los tiernos amores con Rosina, a cuantas
-mujeres había galanteado, ora en tono lírico mayor, madrigalizando,
-como decía él, ora a la manera corriente y moliente del común de los
-mortales, se le habían reído de sus versos, sus cuitas y su persona.
-No se tenía por un dechado de belleza física, ni mucho menos; pero
-como no era repulsivo, y en compensación consideraba muy por alto sus
-dotes naturales de inteligencia y sensibilidad, creíase un ejemplar
-de hombre apto por raro modo para inspirar pasiones y ser de ellas
-víctima. Entró, pues, en la vida, imbuido de tales ilusiones. Pero
-tantos descalabros hubo de sufrir que llegó a persuadirse de que en
-las operaciones bursátiles del amor la inteligencia no se cotizaba.</p>
-
-<p>Sin embargo, aun cuando hacía tiempo que había renunciado a que
-se le amase por su rostro y talle, no se resolvía a renunciar a que
-algún día se le amase y venerase por sus talentos y buenas cualidades
-del sentimiento. Tropezó con Rosina, la amó y ella le correspondió.
-Y, ¡extraño fenómeno!, ahora<span class="pagenum" id="Page_127">p.
-127</span> Teófilo daba por sentado que Rosina lo quería, no por poeta,
-sino por gustar de él, como hombre, más que del resto de los hombres.
-Si algún amigo, o la propia Rosina, le hubieran dicho «esa mujer te
-quiere porque te considera gran poeta, y un poco también por simpatía
-a que tu pobreza le mueve», Teófilo recibiera al oírlo el desencanto y
-amargura mayores de su vida.</p>
-
-<p>Avanzaba por la oscura calle de Jacometrezo con el corazón henchido
-de sollozos y de afán. Perder a Rosina y dejar de existir era todo uno.
-¿Qué había sido su pobre vida anterior sino ansiedad no satisfecha,
-purificación por el fuego de la adversidad y de la vergüenza,
-preparación espiritual para esta nueva etapa de transportes cordiales
-y gozo pleno; es decir, de vida verdadera? Perder a Rosina y dejar de
-existir sería todo uno. Estaba salvajemente resuelto a no perderla, a
-hacerla suya, costase lo que costase.</p>
-
-<p>En la Red de San Luis Teófilo hubo de detenerse, en tanto pasaban
-algunos coches. Eran la mayoría coches de lujo y, según pasaban,
-Teófilo veía damas y caballeros repantigados en el interior. Por un
-momento se imaginó a sí mismo con Rosina a su lado, volviendo de la
-Castellana en coche propio, mejor en un auto, y esta fue la brecha
-por donde se metió en el segundo ciclo de pensamientos. Pensó: «Sí;
-el mundo es bueno, la vida es hermosa... Tiene razón ese animal de
-Santonja...» Y luego, acordándose de las personas ricas que había visto
-repantigadas dentro de los carruajes: «Esos brutos, bien comidos, bien
-bebidos, bien vestidos, ¿qué derecho tienen a la vida y a la fortuna?
-Vidas sordas, embotadas, absurdas... El que carece de inquietudes y
-necesidades espirituales no tiene derecho a la vida.» Para Teófilo la
-necesidad espiritual por antonomasia era componer versos alejandrinos.
-No tenían derecho a la vida sino los poetas. Este postulado le sirvió
-de trampolín, desde<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span>
-donde saltó al tercer ciclo de pensamientos, un ciclo encantado y
-luminoso que gobiernan con graciosa liberalidad dos hermanas mellizas:
-Ilusión y Esperanza. Ocurriósele de pronto, o por lo menos él pensó
-que se le había ocurrido, el asunto de un drama poético. El héroe: un
-juglar de humilde cuna que escala el trono e impone deleitable tiranía
-de rimas y rosas. Tesis: la humanidad no existe por y para sí propia,
-sino como pretexto, como abono, se pudiera decir en puridad, que
-alimente al lirio, que vale tanto como decir al poeta, a quien Dios
-adornó de hermosura y armonía, pues no otra cosa es sino verbo divino,
-encarnado en forma mortal. El lugar de la acción: dudaba si decidirse
-por la Provenza del Medioevo o la Italia del Renacimiento; la elección
-la aplazó para más en adelante. Como el drama poético lo probable y
-aun lo seguro era que le saliese un dechado, las empresas, así que de
-él recibieran noticia, se lo habían de disputar. Teófilo veía ya el
-dinero entrándosele a espuertas por casa, y en logrando holgura y vagar
-sosegado, nuevos dramas habíanle de brotar a boca que pides, que nada
-hay tan fecundo para las cosechas del ingenio como la lluvia de oro. Y
-según subía las escaleras de la casa de Angelón, iba diciéndose: «Qué
-necedad, no haber dado hasta ahora en lo del teatro, que es lo único
-que produce dinero.»</p>
-
-<p>Llamó a la puerta. Le salió a abrir Alberto y entrambos pasaron al
-gabinete en donde Verónica estaba.</p>
-
-<p>—Qué suerte la tuya, Verónica. Aquí tienes a tu ídolo. ¿No
-entiendes? El poeta Teófilo Pajares.</p>
-
-<p>Verónica se puso como la grana. Deseaba examinar a su entero talante
-las particularidades físicas y apariencia corporal del poeta bohemio,
-pero no se atrevía aún.</p>
-
-<p>—Es una desaforada admiradora tuya, Teófilo. No<span
-class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> hace una hora todavía, me
-recitaba un soneto tuyo, algo así como un autorretrato psicológico.</p>
-
-<p>—Aquello que comienza: <i>soy poeta embrujado por rosas
-lujuriosas...</i> —murmuró Verónica, cohibida.</p>
-
-<p>—Pss. Es un soneto que escribí al correr de la pluma, por ganarme
-diez duros: cincuenta pesetas de lirismo.</p>
-
-<p>Teófilo dejaba caer las palabras como el árbol demasiadamente
-enfrutecido deja caer el fruto, con absoluta indiferencia. Aparte
-de que le envanecía sobremanera que alguien se tomase la molestia
-de aprender de memoria sus versos, necesitaba en aquellos momentos
-aparecer en posesión de su valer y un poco descuidado y desdeñoso hacia
-la gente, porque tal se le antojaba el mejor diapasón para dar un
-sablazo y acoquinar un tanto al sableado.</p>
-
-<p>—¿Qué te trae por aquí? Hace un siglo que no nos vemos. ¿Cómo sabías
-mi domicilio?</p>
-
-<p>—Ángel Ríos me dijo que vivías con él, y que estabas un poco
-malucho. Pues, me dije, voy a visitar a ese...</p>
-
-<p>—¿Qué te haces? ¿Trabajas?</p>
-
-<p>—Pss... Tengo un drama casi concluido. Tres actos. Me faltan algunas
-escenas del último. Ya he leído los dos primeros a la Roldán y Pérez de
-Toledo. Me invitaron un día a almorzar, y de sobremesa, la lectura. Les
-gustó enormemente. Figúrate que cuando comencé a leer estaba la Roldán
-en un butacón, en una esquina de la pieza, y su marido en otra esquina.
-Yo iba leyendo, leyendo, metiéndome en situación, hasta olvidarme de
-lo que me rodeaba. Concluyo de leer, vuelvo en mí, como quien dice,
-y me veo a la Roldán y Pérez de Toledo, uno a cada lado mío, echados
-sobre la mesa y bebiéndome materialmente con los ojos. Los había
-hipnotizado.</p>
-
-<p>También Verónica sentía los primeros síntomas de la sugestión
-hipnótica.</p>
-
-<p>—Si yo me atreviera... —balbuceó Verónica.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>—Yo me atrevo por
-ti, Verónica, porque te he adivinado. Verónica desearía que vinieras a
-leerle lo que llevas del drama, y yo te suplico que la complazcas.</p>
-
-<p>—Es el caso que tengo tanto que hacer...</p>
-
-<p>—Hombre, dos horitas, mañana por ejemplo..., bien puedes
-dedicárselas. Te anuncio que no puedes hallar mejor crítico, y si
-tienes ojos en la cara las observaciones de Verónica te serán de mucho
-provecho.</p>
-
-<p>Alberto sabía que el drama de Teófilo y las circunstancias de su
-lectura eran pura patraña o cándida ilusión.</p>
-
-<p>—Cállate tú, que eres un tío frescales —comentó Verónica, quien por
-desahogarse del respeto que Teófilo le imponía sentíase arrastrada a
-tratar a Alberto con extrema llaneza—. No le haga usté caso, yo soy
-una tonta y no merezco que usté se moleste; pero si usté fuera tan
-amable...</p>
-
-<p>—¿Cómo no lo va a ser, siendo poeta?</p>
-
-<p>—No veo la relación, querido Alberto...</p>
-
-<p>—Hombre, amable es lo digno de ser amado. En este sentido no creo
-que haya nada más amable que un poeta. ¿No piensas tú lo mismo,
-Verónica? Como que poco le falta ya a Verónica para enamorarse de
-ti.</p>
-
-<p>—¡Calla, loco, calla! —rogó Verónica, en las últimas lindes de la
-turbación.</p>
-
-<p>—Y dime, Teófilo. ¿En qué época histórica has emplazado el drama?</p>
-
-<p>—En la Italia renacentista— respondió Teófilo, muy aplomado.</p>
-
-<p>—¿Y en qué ciudad?</p>
-
-<p>—¿En qué ciudad? —Teófilo vaciló un momento—. En Milán.</p>
-
-<p>—No me parece una ciudad tipo del Renacimiento pero... Ya ves,
-Renán, en su <i>Calibán</i>, coloca la acción también allí. ¿Y qué
-obras te han ayudado principalmente para darte el espíritu de la época,
-detalles episódicos y de fondo, etc., etc.?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>—¿Qué obras?
-—Teófilo se amoscaba—. Pues varias obras: <i>La Divina Comedia</i>,
-el..., la..., varias obras. Cualquiera se acuerda.</p>
-
-<p>—Di más bien que no te has ayudado de ninguna. Tú no conoces la
-historia; pero, como el otro, la presientes.</p>
-
-<p>—Y aunque así fuese, ¿qué? Poeta y vate son lo mismo, y vate quiere
-decir adivino. Las cosas no son como son, sino como el vate quiere que
-sean o hayan sido. La naturaleza y la vida obedecen a la ley que el
-vate les impone.</p>
-
-<p>—Pero no el dinero, y eso que es cosa de la vida.</p>
-
-<p>Teófilo hizo como que no había oído, y algo pálido, continuó:</p>
-
-<p>—Shakespeare está plagado de anacronismos. Ahora os ha dado a unos
-cuantos por machacarnos los oídos con la canturria de la cultura;
-cultura, cultura, ¡puaf!: una cosa que tienen o pueden tener todos los
-tontos y que es cuestión de posaderas.</p>
-
-<p>—No te acalores, Teófilo. Puesto que has colocado la cuestión en
-sitio tan plebeyo, ajustándome a tu tono te pregunto: ¿Crees que te
-vendría mal un baño, aunque sea de asiento, de cultura? Permíteme por
-un momento que sea un poco pedante. Sabes, y si no lo sabías lo vas a
-saber ahora, que cuando el traidor Bellido Dolfos mata al rey Sancho
-y huye a guardarse dentro de los muros de Zamora, el Cid cabalga para
-darle alcance; pero no lo logra porque se le había olvidado calzarse
-las espuelas, y entonces maldice de los caballeros que no llevan
-siempre espuelas. Querido Teófilo, créeme que Pegaso es el rocín más
-rocín, tirando a asno, cuando el que lo cabalga no lleva acicate, y el
-acicate es la cultura.</p>
-
-<p>—Me hallo muy a mi gusto siendo como soy. Cualquier cosa antes que
-dar en esas metafísicas y sandeces que ahora son uso entre algunos
-jóvenes.</p>
-
-<p>—A lo primero te respondo que no te hallas muy<span class="pagenum"
-id="Page_132">p. 132</span> a tu gusto, sino que, aunque te obstines
-en no declararlo, vives muy mal a gusto, no a causa de la falta de
-dinero, que a todos nos aqueja, sino contigo mismo. Y en cuanto a lo
-segundo, haces bien en no querer caer en el defecto contrario del que
-tú tienes. Unos, como tú, porque no tienen por carga espiritual sino
-su experiencia propia; otros, porque la carga es mazacote de libros e
-infatuación escolástica, sin ninguna experiencia personal de la vida;
-cuándo porque se ha ido a babor, cuándo a estribor, sois como barcos
-mal estibados que al menor temporal zozobran.</p>
-
-<p>—Pamplinas, Alberto.</p>
-
-<p>—Dispensa que te haga una pregunta.</p>
-
-<p>—A ver.</p>
-
-<p>—¿De dónde eres?</p>
-
-<p>—De Valladolid.</p>
-
-<p>—¿Tienes parientes en algún pueblo de tierra de Campos ú ocasión de
-irte a vivir allí?</p>
-
-<p>—Sí, ¿por qué?</p>
-
-<p>—¿Por qué? Porque viviendo de verdad en el campo harás buena poesía.
-Deja a Madrid, hombre. ¿Qué haces aquí, como no sea corromperte y
-anularte? ¿No te dice nada el ejemplo de Enrique de Mesa, de Gabriel y
-Galán y, sobre todo, de Unamuno, el mejor poeta que tenemos y uno de
-los más grandes que hemos tenido?</p>
-
-<p>—Será para ti, y Dios te conserve la oreja.</p>
-
-<p>—Y a ti Dios te la otorgue y algo más.</p>
-
-<p>—Bueno, yo venía a hablarte de un asunto de importancia.</p>
-
-<p>—Estoy a tu disposición.</p>
-
-<p>—Es reservado.</p>
-
-<p>Alberto guió a Teófilo hasta el comedor.</p>
-
-<p>—¿Qué es ello?</p>
-
-<p>—Necesito que me prestes cincuenta duros. Es asunto de vida o muerte
-para mí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span>—No los tengo.</p>
-
-<p>—No me los quieres prestar. Te figuras que no te los he de devolver.
-En último término, si te parece mucha la cantidad, con treinta quizás
-pueda arreglarme.</p>
-
-<p>—No tengo un céntimo, Teófilo.</p>
-
-<p>—Es decir que si te pidiera una peseta para comer me la negarías. Y
-todo porque te he dicho lo de la oreja.</p>
-
-<p>—No seas niño, Teófilo. Supones que tengo dinero y estoy como tú,
-si no peor. No tengo un céntimo, créaslo o no lo creas. Pídeme todo lo
-que tengo si lo necesitas para empeñar y te lo daré; pero no tengo un
-céntimo. ¿No me crees?</p>
-
-<p>—Pero tendrás a quien pedirlo.</p>
-
-<p>—A nadie.</p>
-
-<p>—No sabes en qué caso estoy, Alberto. Me matas —el acento de Teófilo
-se cortó, como si fuera a llorar.</p>
-
-<p>—¿Tan apurado es?</p>
-
-<p>—De vida o muerte, ya te he dicho.</p>
-
-<p>—¿Puedo saberlo?</p>
-
-<p>—¿Por qué no? Una mujer... —comenzó Teófilo, con voz desmayada y
-rota.</p>
-
-<p>—¡Bah! Una cualquiera que pretende sacarte los cuartos.</p>
-
-<p>—¡No digas insensateces! —Teófilo se encrespó—. Es mujer que no
-necesita de mi dinero. Estoy loco por ella, y ella parece que me
-quiere. A mí no me ha querido nunca nadie, nadie... ¿Crees que cuando
-he deseado la muerte en mis versos eran literaturas? Nadie, nadie...
-En cambio yo no he querido nunca mal a nadie, te lo juro, lo que se
-llama querer mal. Y tengo tesoros de ternura en mi corazón que no he
-podido derramar nunca; y ahora, ahora que llega el momento, ya ves...
-he de hacer el ridículo. Y ¿qué amor hay que resista al ridículo? ¿No
-comprendes?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span>—Sí, comprendo,
-Teófilo. Aguarda un momento y discurramos con calma. No te acongojes,
-hombre —Alberto estaba un poco enternecido—. Una mujer decente, ¿eh?</p>
-
-<p>Teófilo dudó un momento.</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p>—No, no; di la verdad.</p>
-
-<p>—Es... una <i>cocota</i>; pero es un ángel. Pero, ¿no comprendes?</p>
-
-<p>—Claro que comprendo. Tú qué piensas, sinceramente, ¿que se ha
-enamorado de ti como poeta o como hombre?</p>
-
-<p>—Como hombre —afirmó Teófilo—. Te repito que es un ángel. Habíamos
-concertado un viaje... Nos queremos como dos niños. No ha habido aún
-ninguna impureza en nuestro amor —y con una transición que a poco hace
-reír a Alberto—: Si pudieras darme una carta para tu camisero y tu
-sastre...</p>
-
-<p>—Sí; te las escribo ahora mismo. Y en cuanto al dinero del viaje...
-No me atrevo a esperanzarte, porque, mi palabra de honor, mis amigos,
-aquellos a quienes en confianza pudiera pedir dinero, están tan
-tronados como yo.</p>
-
-<p>Teófilo estrechó efusivamente las manos de Alberto.</p>
-
-<p>—Vamos al gabinete.</p>
-
-<p>Alberto escribió las cartas. Después hablaron unos momentos. Se
-oyeron unos golpes en la puerta.</p>
-
-<p>—Oye, Alberto, si es algún conocido pásalo a otra habitación. No
-tengo deseos de ver a nadie.</p>
-
-<p>Quedaron a solas Verónica y Teófilo. Llegaban desde el comedor la
-voz de Alberto y de otra persona, y se podía seguir el curso de la
-conversación.</p>
-
-<p>—¿Quién es? ¿Le conoce usted por la voz?</p>
-
-<p>—Sí, es Antonio Tejero, Antón Tejero le dicen, ¿no has oído hablar
-de él?</p>
-
-<p>Teófilo tuteó a Verónica considerándola mujer de<span
-class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> baja condición. La
-muchacha, atribuyéndolo a afectuosidad, viose colmada de tanto
-agradecimiento que no acertó a abrir los labios.</p>
-
-<p>La voz de Alberto:</p>
-
-<p>—Si no tiene usted mucha prisa deje usted el gabán en el
-perchero.</p>
-
-<p>La voz de Antón:</p>
-
-<p>—Sí, lo voy a dejar, porque pesa de una manera horrible. Figúrese,
-¿sabe usted lo que es esto?</p>
-
-<p>La voz de Alberto:</p>
-
-<p>—Parecen dos salchichones.</p>
-
-<p>La voz de Antón:</p>
-
-<p>—Pues son dos paquetes de cien pesetas, en duros. Vengo de cobrar la
-nómina en la Universidad, y me han cargado, que quieras que no quieras,
-con doscientas pesetas en plata. Bueno; lo dejaremos en el perchero.
-Supongo que estará seguro, ¿eh?</p>
-
-<p>La voz de Alberto:</p>
-
-<p>—Naturalmente.</p>
-
-<p>Doscientas pesetas... Teófilo hincó los codos en las piernas y
-hundió el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica
-de la realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas.
-Según su conciencia, un robo, dadas sus circunstancias, no era acción
-reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si
-Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado
-trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de
-mil amarguras y privaciones pretéritas. Era justo que se apropiase
-el dinero; pero no se determinaba en ello: le faltaba valor. «¡Qué
-asquerosamente cobarde soy! Yo tampoco tengo derecho a la vida», se
-dijo.</p>
-
-<p>Verónica, entretanto, no apartaba de Teófilo los ojos. Lo
-escudriñaba, examinándolo de arriba a abajo, y no se resolvía a decidir
-que fuese una persona tejida con la misma estofa burda del resto de los
-hom<span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>bres. Hasta la
-absoluta ausencia de ella en que Teófilo se mantenía, como si realmente
-la muchacha no existiese, era para Verónica muestra inequívoca de
-grandeza, digna de veneración. Verónica hubiera dado media vida porque
-Teófilo le otorgara el honor, que ella no merecía, de hablarle con
-simpatía y afecto. En suma, estaba tan absorta en el culto de Teófilo,
-que no paraba atención alguna en lo que hablaban los otros dos hombres,
-en el comedor.</p>
-
-<p>Por incógnitas razones, una palabra de Tejero vino a herir el oído
-de Teófilo y a sacarle de sus meditaciones. Enderezó el torso, y, a
-pesar suyo, fue siguiendo el curso de la conversación entre Antón y
-Alberto.</p>
-
-<p>La voz de Tejero:</p>
-
-<p>—Sí, un mitin. Los jóvenes tenemos el deber moral de hacer política
-activa, Alberto, de pensar en los destinos de la patria. Toda otra
-labor es estéril si no se ataca lo primero el problema de la ética
-política. La última crisis ha sido bochornosamente anticonstitucional
-y avergüenza pertenecer a una nación que tales farsas consiente. Y
-luego, ¡qué Gabinete el nuevo! Las heces de la inmoralidad pública.
-Ese don Sabas Sicilia, un viejo cínico y corrupto, como todos saben,
-acusado de negocios impuros en connivencia con el erario del Estado...
-La podre de la podre. Y los demás del mismo jaez. Quiero que celebremos
-un mitin los jóvenes. Usted tiene que hablar. Buscaremos algunos más;
-por supuesto, sin tacha en la conducta. ¿No le parece bien que haya
-un orador para representar cada orden de actividad intelectual? Un
-novelista, por ejemplo, un poeta, un crítico..., etcétera, etc. Que
-vean que la juventud es antidinástica, limpia y peligrosa.</p>
-
-<p>Teófilo pensó: «¿Cómo he podido ser tan miserable y flaquear ante
-la tentación de tan ruin delito? Una ratería... ¡Si mi madre pudiera
-adivinar!...» El<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span>
-corazón se le dilató, colmado de un vapor tibio y ascendente, carne
-ingrávida y efímera de una nueva quimera. «Un joven español no tiene
-porvenir como no sea en la política.» Y Teófilo imaginábase ya
-conduciendo, por la virtud de su elocuencia, vastas muchedumbres, con
-la misteriosa agilidad con que el viento conduce rebaños de nubes. Se
-acercó a la mesa, y en un trozo de papel escribió con lápiz:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«<i>Querido Alberto: He oído lo del mitin. Me parece una bella
- idea. Es hora que la juventud tenga un gesto bello. ¿Queréis
- aceptarme como orador-poeta? Espero que sí. Me prepararé lo mejor que
- pueda. Avísame el día. Ocurre también que por razones privadas</i>
- (como no estaba seguro de la ortografía de <i>privado</i> trazó
- a mitad de la palabra un tipo mixto entre <i>b</i> y <i>v</i>)
- <i>aborrezco al viejo cipote teñido: aludo a don Sabas Sicilia. Te
- dejo esta nota porque llevo mucha prisa y no puedo detenerme. Un
- abrazo,</i></p>
-
- <p class="firma"><span class="smcap">Teófilo</span>.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Salió sin despedirse de Verónica. Llegó al vestíbulo; quedose
-mirando un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se
-apoderó de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la
-cerró sin mover ruido; huyó escaleras abajo, y cuando llegó al portal
-se preguntó: «¿Qué he hecho?» Giró sobre los talones y comenzó a subir
-las escaleras con propósito de restituir lo robado. Pero, ¿cómo iba a
-hacerlo sin que lo echaran de ver? Salió a la calle. Metió las manos en
-los bolsillos de la chaqueta y tropezó con los rollos de dinero, que
-le escaldaron los dedos. Anduvo a pique de arrojar lo robado por una
-boca de alcantarilla, pero se arrepintió al instante. «¡Qué estupidez!»
-Murmuró: «Soy un cobarde que no merece vivir.» Comenzó a considerar
-lo que aconte<span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span>cería
-en casa de Alberto. Quizás habían descubierto ya el robo y dado
-necesariamente con el autor. Tendría que escaparse de Madrid y acaso de
-España. Era lo mejor; emigraría con Rosa a un país en donde el costo
-de la vida no fuera en detrimento de la dignidad. ¡Adiós, maldita
-España, para siempre! Se iría a América, y con el primer dinero que
-ganase indemnizaría lo robado. Por lo pronto fue a casa del camisero,
-y después de presentar la carta de Alberto, apartó dos docenas de
-calcetines y varias corbatas, y encargó una docena de calzoncillos
-y docena y media de camisas. Después fue a casa del sastre; anduvo
-irresoluto gran tiempo ante las piezas de paño, sin saber por cuales
-decidirse, y a la postre seleccionó tres trajes y un gabán. Tomole el
-sastre las medidas y disponíase Teófilo a salir del establecimiento
-cuando el sastre le detuvo.</p>
-
-<p>—Usted perdone, señor Pajares; pero estamos tan escamados en fuerza
-de micos, que aquí tenemos por costumbre no hacer ropa, como no sea
-a un parroquiano antiguo, si no se paga por anticipado la mitad del
-importe de la factura.</p>
-
-<p>—Pero, el señor Díaz de Guzmán responde por mí.</p>
-
-<p>—No, señor, no responde.</p>
-
-<p>—¿Cómo que no? Él me ha dicho que sí.</p>
-
-<p>—En efecto, en esta carta me dice que responde por usted. Pero
-esto no me basta. Puesto que el señor Díaz de Guzmán está dispuesto
-a responder de veras, dígale que me firme un pagaré por quinientas
-pesetas, que es el importe de su factura. A no ser que usted quiera,
-que se me figura que no querrá —el sastre sonrió de manera ofensiva—,
-hacerme el anticipo de doscientas cincuenta.</p>
-
-<p>Teófilo se engrifó, herido en su altivez.</p>
-
-<p>—No llevo conmigo doscientas cincuenta. ¿Le bastan a usted
-doscientas por ahora?</p>
-
-<p>—Perfectamente, no hago hincapié en las cincuenta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>El sastre no creía
-lo que veía, y esto era cuarenta contantes y sonantes duros en plata.
-Empleó veinte minutos en examinar uno por uno los duros, porque le
-había entrado la sospecha de que Teófilo era un monedero falso, y en
-cerciorándose de que todos poseían la apetecida legitimidad, como
-salidos de las arcas del fisco, sonrió graciosamente a Teófilo y dijo
-así:</p>
-
-<p>—Usted perdone que los haya mirado tan despacio; he recibido tanto
-chasco... La ropa estará lista en ocho días.</p>
-
-<p>—Tiene que ser en cinco, a más tardar.</p>
-
-<p>—Haremos lo posible. Se me olvidaba decirle que, como de
-los escarmentados, y tal, y el gato escaldado, y tal, en este
-establecimiento tenemos por costumbre no entregar los encargos hasta
-tanto que no nos hayamos reintegrado del importe total, como no sea
-cuando se trata de algún parroquiano antiguo.</p>
-
-<p>—Muy bien. Me parece que será la última ropa que me haga aquí.
-Buenas noches.</p>
-
-<p>Teófilo salió de la sastrería con un temor más que vago de que las
-por él mal adquiridas doscientas pesetas le iban a valer al sastre
-cien años de perdón. Casi se alegraba, y sentía que la conciencia se
-le aligeraba, como si el espectáculo de la picardía ajena mermase
-la vergüenza de la suya propia. «Me está bien empleado», discurría.
-«Sin duda existe una justicia natural; pero esta justicia natural no
-es menos venal que la justicia social: dura para los hambrientos;
-untuosa para los hartos. Unos medran con latrocinios, sin duda porque
-son ladrones de ladrones, que roban en junto y sin esfuerzo lo que a
-los ladronzuelos les costó trabajo y remordimientos añascar; otros,
-en cuanto les apunta la uña, viene la justicia a cercenarles la mano.
-Dios es tan cohechable como el mísero juez que un cacique crea a su
-medida.»</p>
-
-<p>En estas consideraciones acertó a pasar frente a la<span
-class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> <i>Maison Dorée</i>. Un
-grupo de amigos le saludó. Entre ellos se hallaba un pintor llamado
-Quijano. Teófilo le llamó aparte; había tenido una idea feliz.</p>
-
-<p>—Tengo que pedirte un favor, Quijano.</p>
-
-<p>—Por de contado.</p>
-
-<p>—Tú tienes una casa en El Escorial, ¿verdad?</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p>—¿Puedes prestármela unos días?</p>
-
-<p>—¿Cómo prestártela?</p>
-
-<p>—Cedérmela.</p>
-
-<p>—Claro que sí.</p>
-
-<p>—¿Hay muebles?</p>
-
-<p>—Ya lo creo, los necesarios.</p>
-
-<p>—Te advierto que es para ir con una mujer.</p>
-
-<p>—Eso, allá tú. Te enviaré la llave.</p>
-
-<p>—Yo vendré aquí mañana a recogerla.</p>
-
-<p>Se despidieron. «Menos mal», pensó Teófilo. Y con aquel su ánimo
-tornadizo, que así se entenebrecía como se iluminaba, dio por sentado
-ahora que todo le iba a salir a pedir de boca. Sin embargo, sentía
-recóndita desazón o reconcomio que no llegaba a malestar definido,
-igual que una persona a quien se le ha olvidado que le duele un callo.
-El dolor de callos de Teófilo estaba en la conciencia: era el primer
-callo, tierno aún y en formación.</p>
-
-<p>A la hora de cenar no discutió con Santonja, por más que este
-le azuzaba, ni realizó aquellas proezas deglutivas que a todos los
-huéspedes admiraban y a la patrona le metían el corazón en un puño.
-Retirose a su aposento, y allí, ante la vista de la carta de su
-madre, hecha pedazos, la desazón y reconcomio de antes se hicieron
-vergüenza y miedo. Paseó un gran rato dentro de la angosta estancia;
-pero haciéndosele insoportable la pesadumbre de sus cavilaciones,
-salió a la calle, y, así como, a lo que se dice, el criminal, por
-impulso irresistible, acostumbra volver varias veces al lugar del
-crimen, Teófilo fue a casa de Al<span class="pagenum" id="Page_141">p.
-141</span>berto, decidido a enterarse de lo que había pasado y a
-afrontar sus consecuencias.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_9">
- <h3>IX</h3>
-</div>
-
-<p>Antón Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones
-tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su
-persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras
-completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas
-de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la
-admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos,
-sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que
-la admiración. Filósofo, al fin, era demasiadamente inclinado a
-las frases genéricas y vanas. Era también muy entusiasta, y como
-toda persona entusiasta, carecía de la aptitud para emocionarse. De
-talentos retóricos nada comunes, propendía a formular sus pensamientos
-en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le
-acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. Por ejemplo, había
-anticipado el remedio de los males que acosan a España, con estas
-palabras: «España se salvará, alzándose a la dignidad de nación
-civilizada, el día que haya nueve españoles capaces de leer el Simposio
-o banquete platónico en su original griego.» A esto, Luis Muro, el
-poeta cómico, había respondido en la sección «Grajeas» del diario <i>La
-Patria</i>:</p>
-
-<div class="versos ml34">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Dan gusto nueve al garguero</p>
- <p class="i0">en el festín de Platón;</p>
- <p class="i0">mas, diga el señor Tejero,</p>
- <p class="i0">¿y el piri, coci o puchero</p>
- <p class="i0">del resto de la nación?</p>
- </div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span>Sancho Panza, que
-no andaba mal de filosofía parda, y Juan Ruiz habían asomado en el
-tintero del poeta jocoso.</p>
-
-<p>La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos,
-de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la
-realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de
-los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre
-teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies
-producían la ilusión de estar abiertos en un ángulo mayor de noventa
-grados, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia
-peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa
-con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida.</p>
-
-<p>Hablaba ahora con Alberto, acerca de la última crisis política y le
-proponía celebrar un mitin de protesta.</p>
-
-<p>—Tenemos que hacer muchas cosas, Alberto —decía, y su corazón
-rezumaba caricioso óleo de esperanza—. Este mitin dará mucho qué
-hablar. ¿Qué dice usted de la idea del mitin?</p>
-
-<p>—Hombre, la verdad, yo no sirvo para orador. De seguro haré un
-triste papel.</p>
-
-<p>—¡Qué disparate! Yo le aseguro que tiene usted grandes condiciones,
-y si no, al tiempo.</p>
-
-<p>—Aparte de las condiciones, es que lo considero tiempo perdido; me
-falta el entusiasmo, la vehemencia del que se propone algo asequible.
-Porque, ¿qué nos proponemos nosotros?</p>
-
-<p>—¿Qué? Muchas, muchas cosas; enormidades. Despertar la conciencia
-del país; inculcar el sentimiento de la responsabilidad política;
-purificar la ética política...</p>
-
-<p>—Está muy bien; pero no veo la necesidad de un mitin. Todo eso
-hay que hacerlo, pero en otras partes y de manera más eficaz.
-¡Discursos!... Ese pobre<span class="pagenum" id="Page_143">p.
-143</span> D’Annunzio, de quien se dicen tantas y tan necias perrerías,
-me parece a mí que ha dado en el clavo cuando asegura que la palabra
-oral, dirigida directamente a la muchedumbre, no debe tener como fin
-sino la acción, y ella a su vez ha de ser acción violenta. Solo, añade,
-con esta condición, un espíritu algo seguro de sí propio es capaz,
-sin disminuirse, de comunicarse con la plebe por medio de la virtud
-sensual de la voz y del gesto. En cualquiera otro caso, concluye,
-la oratoria es un juego de naturaleza histriónica. No perdamos el
-tiempo, querido Antón, en romanzas de tablado. ¿A qué esforzarnos en
-dar a España una educación política que no necesita aún, ni le sería
-de provecho? Lo que hace falta es una educación estética que nadie
-se curó de darle hasta la fecha. Mire por una vez siquiera, querido
-Antón, alrededor suyo y hacia atrás en nuestra literatura, y verá una
-raza triste y ciega, que ni siquiera puede andar a tientas, porque le
-falta el resto de los sentidos. Labor y empresa nobilísimas se nos
-ofrece, y es la de infundir en este cuerpo acecinado una sensibilidad;
-despertarle los sentidos y dotarlo de aptitud para la simpatía hacia el
-mundo externo. Hay un fenómeno rudimentario en psicología, y es que,
-cuando por cualesquiera circunstancias los sentidos nos han informado
-mal o a medias de una cosa, creemos conocerla más profundamente y
-hallarnos en vísperas de algún descubrimiento genial, porque aquel
-esfuerzo nebuloso que el intelecto hace por desentrañar el sentido
-de los datos insuficientes y la desazón que en consecuencia sentimos
-nos provocan una a manera de misteriosa emoción, como si alguna
-inteligencia trascendental obrase en aquellos momentos a través de
-nosotros, otorgándonos un don divino de presunta adivinación. Esto y
-no otra cosa es el misticismo: <i>el parto de los montes</i>. Somos
-una raza con los sentidos romos, a través de los cuales la realidad
-apenas si se<span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> filtra
-a intervalos y deformada, por donde la inteligencia está de continuo
-en aquel punto de esfuerzo nebuloso y <i>desazón gustosa</i>, como
-decían los místicos, como si Dios en persona estuviera para revelársele
-en su interior morada. Todo español es un místico en este sentido:
-un hombre en vísperas de la omnisciencia, y esta adquirida por vías
-infusas. El idioma que hemos de usar los escritores es un idioma
-elaborado, batido y ennoblecido por los místicos, un idioma a propósito
-para expresar aquel <i>esfuerzo y desazón gustosos</i>, para expresar
-lo <i>inefable</i>; es decir, para decir que no se tiene nada que
-decir, y si acontece que se tiene algo que decir, cuesta Dios y ayuda
-dar con la forma sobria, exacta y sugestiva. Un pueblo que no tiene
-sentidos no puede tener imaginación; por eso, con solo una ojeada a
-través de nuestras antologías líricas, se viene a dar en la cuenta
-de que imágenes y tropos, siempre los mismos, en nuestros poetas no
-nacen directamente de la contemplación de las cosas o confundidas con
-las emociones del cantor, sino que son prendas de vestir o botargas
-que ya existían de antemano y que el poeta toma al azar o después
-de precipitada elección, porque sus ideas y sentimientos no salgan
-desnudos y en vergonzosa entequez; son, en resolución, como calzado
-de bazar que cría callos, y así anda la poesía de encallecida y coja.
-Y para concluir, sin sentidos y sin imaginación, la simpatía falta; y
-sin pasar por la simpatía no se llega al amor; sin amor no puede haber
-comprensión moral; y sin comprensión moral no hay tolerancia. En España
-todos somos absolutistas.</p>
-
-<p>Tejero sonreía, condescendiente:</p>
-
-<p>—No le falta razón en muchas de las cosas que dice; pero son algo
-desordenadas, necesitan mayor objetividad —a Tejero le mareaba el que
-su interlocutor discurriese con ímpetu. En tales casos, el reproche
-que acostumbraba hacer era la falta de ob<span class="pagenum"
-id="Page_145">p. 145</span>jetividad, de cientificismo, como un aviador
-que definiera los pájaros: «Aficionados a la aviación»—. Pss... no
-está mal. Sí; es necesario colocar bien el problema de la estética. En
-Alemania se preocupan mucho de estética. ¿De dónde hace usted arrancar
-la estética?</p>
-
-<p>—He pensado bastante acerca de ello; pero no lo he ordenado aún,
-como usted dice. Para mí, el hecho primario en la actividad estética,
-el hecho estético esencial es, yo diría, la confusión (fundirse con) o
-transfusión (fundirse en) de uno mismo en los demás, y aun en los seres
-inanimados, y aun en los fenómenos físicos, y aun en los más simples
-esquemas o figuras geométricas: vivir por entero en la medida de lo
-posible las emociones ajenas; y a los seres inanimados henchirlos y
-saturarlos de emoción, <i>personificarlos</i>.</p>
-
-<p>—Hay sus más y sus menos; pero, en fin, ese es el concepto
-que domina hoy toda la especulación de la estética alemana, el
-<i>einfühlung</i>. Se ve que ha leído usted algo acerca de ello.</p>
-
-<p>—No he leído nada.</p>
-
-<p>—¿Que no? Pues, ¿quién se lo ha enseñado a usted?</p>
-
-<p>—Hombre, la cosa es tan clara que hace tiempo que yo mismo lo había
-descubierto; pero quien me lo ha hecho penetrar más cabalmente ha
-sido... una prostituta.</p>
-
-<p>Tejero se puso serio.</p>
-
-<p>—¡Cuándo se dejará usted de hacer humorismo!</p>
-
-<p>Alberto se encogió de hombros.</p>
-
-<p>—Se hace tarde y yo tengo que irme. Quedamos en que usted será uno
-de los oradores del mitin.</p>
-
-<p>—Ya le he dicho lo que pienso; pero, en último término, si usted se
-empeña...</p>
-
-<p>—Sí, sí, me empeño; y lo hará usted muy bien.</p>
-
-<p>En esto entró Angelón. Alberto presentó a los dos hombres, que no se
-conocían, y Angelón, así que cam<span class="pagenum" id="Page_146">p.
-146</span>bió las acostumbradas fórmulas corteses, se retiró, mirando
-de través a Tejero y Alberto, y por las trazas muy malhumorado. Volvió
-a los dos minutos con un papel, que entregó a Alberto: era la carta de
-Teófilo. Alberto la leyó en voz alta:</p>
-
-<p>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p>—Hombre, bien. Pajares dará la nota pintoresca. Ea, adiós, querido
-Alberto.</p>
-
-<p>Salieron al vestíbulo. Alberto tomó el gabán de Tejero y le ayudó a
-vestírselo.</p>
-
-<p>—Hay que centrarse, Alberto —aconsejó Tejero, en tanto realizaba
-una flexión de riñones, a fin de acertar con el agujero de la manga
-derecha.</p>
-
-<p>—¿Centrarme? Diga usted que lo que necesito, como todos los
-españoles necesitan, es descentrarme. ¿Conoce usted aquellos versos de
-Walt Whitman: <i>I am an acme of things accomplished?</i></p>
-
-<p>Tejero respondió:</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>—«Soy, dice, la cima de todas las cosas realizadas y el compendio de
-cuantas se han de realizar... A cada paso que doy piso haces de siglos;
-y entre paso y paso, más nutridos haces... Allá lejos, en lo pretérito,
-entre la enorme primera Nada, ya estaba yo allí... Inmensas han sido
-las preparaciones para mí... Centurias y centurias condujeron mi cuna a
-través del tiempo, remando y remando como alegres boteros... Todas las
-fuerzas han sido empleadas abundosamente para completarme y placerme,
-y heme aquí, en el centro del mundo con mi alma robusta.» Estos versos
-debieran titularse: <i>Nací en la Mancha.</i></p>
-
-<p>—Es usted tremendo —Tejero dio dos cariñosas palmaditas en el hombro
-de Alberto, y después de despedirse salió escaleras abajo y luego a la
-calle.</p>
-
-<p>Sentía una rara impresión de ligereza e ingravidad. Iba pensando:
-«Ello es un sentimiento espiritual, sin duda; pero tan neto y
-determinado que casi<span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>
-parece una sensación física.» Las fuerzas expansivas de un entusiasmo
-sordo le acariciaban el espíritu, pero volvía insistentemente a
-requerirle la atención aquel sentimiento de ingravidad que era muy
-aplaciente e intenso. Se acordó de San Ignacio de Loyola, el cual
-acostumbraba conocer si sus visiones y pensamientos venían de Dios
-o del diablo, según el estado consecutivo que determinasen; si le
-traían serenidad y sosiego, es que habían sido inspiradas por Dios;
-de lo contrario, su origen era satánico. Y también de Epicuro, que
-decía: «¿Cómo conoceréis si es natural una necesidad y habéis de
-satisfacerla, o es contra naturaleza y habéis de extirparla? Por
-la sensación recibida: si a la satisfacción de lo que se juzga
-necesidad se le sigue placer, quiere decir que era necesidad conforme
-a naturaleza; si sufrimiento, es porque no era necesidad natural.» Y
-Tejero, sonriéndose, se preguntaba: «¿Qué divina inspiración, o qué
-acto meritorio, o qué necesidad natural he recibido, hecho o satisfecho
-sin haberme dado cuenta?» Hasta que al pasar por delante de un librero
-a quien debía una cuenta de libros dio con la causa de su ingravidad.
-«¡Caracoles! —exclamó a media voz, con la sangre helada—. ¡Ya lo creo
-que era sensación física!...» Recobrose en seguida, y pensó: «No me
-venían mal a mí; pero al que se las ha llevado de seguro le hacían
-mucha más falta. ¡Que le hagan buen provecho!» Y siguió adelante, con
-el mismo sentimiento de ligereza alada en el corazón, pero ahora más
-intenso y aplaciente aún.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2_10">
- <h3>X</h3>
-</div>
-
-<p>De las miradas de través que Angelón había dirigido así a Tejero
-como al propio Guzmán, y de su manera de vagar inquietamente con
-la cerviz algo<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span>
-inclinada, muy mal síntoma en él, Alberto había deducido que algo
-difícil de digerir tenía en el buche su gran y grande amigo. Apenas
-marchó Tejero, Guzmán acudió adonde Ríos estaba, por averiguar las
-razones de su irritación, bien que no fuera difícil de presumir que la
-escasez de dinero tenía la culpa de todo.</p>
-
-<p>En el gabinete había, además de Angelón y Verónica, un mozo como
-de veinte a veinticinco años, de cara muy abierta y maliciosa, ojos
-socarrones y un cauto sonreir como de burla. Vestía a lo menestral,
-tirando a lo señorito.</p>
-
-<p>—Buenas noches —habló el mozo.</p>
-
-<p>—Hola, Apolinar.</p>
-
-<p>Que tal era su nombre, Apolinar Murillo, de oficio encuadernador,
-nacido en la calle de Embajadores, madrileño castizo y doctor graduado,
-si los hay, en cuantos rentoys, máculas, socaliñas y artificios tiene
-la picaresca de hogaño. Profesaba por Angelón Ríos la entusiasta
-asiduidad del jabato al jabalí colmilludo. Venía con frecuencia por
-casa de Angelón: este le decía: «Dame acá la panoplia», y Apolinar le
-presentaba recado de escribir. Angelón escribía algunas cartas que eran
-otros tantos <i>sablazos</i> o peticiones de dinero, y Apolinar después
-las traspasaba de la diestra del esgrimidor al corazón de sus víctimas.
-Pero Apolinar tenía ya aspiraciones personales, y pareciéndole España
-país harto esquilmado y poco a propósito para lograr en él nada de
-sustancia, había rogado a su protector que viera de buscarle un pasaje
-para América, el cual Angelón obtuvo gratis, y no solo esto, sino
-también un pase de ferrocarril de Madrid a Barcelona, en donde había de
-embarcar. Le faltaban ya muy pocos días para salir de España.</p>
-
-<p>Aquella mañana había repartido Apolinar catorce cartas de Angelón;
-pero las víctimas eran víctimas acorazadas y no soltaron un céntimo.
-Volvió con tan desconsoladores informes a un café en donde Ríos
-le<span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> esperaba, y por la
-manera que este tuvo de recibirle comprendió el mozo que su protector
-estaba con el agua al cuello.</p>
-
-<p>—¿Puedes venir por la tarde a eso de las cinco a este mismo café?</p>
-
-<p>—Natural.</p>
-
-<p>—Tendrás que llevar otras dos o cuatro cartas. Estas son seguras.</p>
-
-<p>Contra cálculos y deseos de Angelón, el resultado de las cartas
-de la tarde fue como el de las otras de la mañana, nulo. Retornaba
-al café Apolinar muy amurriado y diciéndose para su sayo: «¡Concho
-con don Ángel! Debe de estar pasando pero que las morás. Y él será
-lo que se quiera, pero pa los afeztos le va el nombre que lleva como
-las propias rosas. Y na, que a lo mejor, hoy, no ha catao entavía
-el piri.» Iba discurriendo a este tenor, según se dirigía al café y
-aguzando el ingenio por hallar un medio con que acudir en ayuda de
-Angelón, y de esta suerte demostrarle agradecimiento por los favores
-recibidos, cuando acertó a pasar por delante de una pescadería. Sobre
-unos caballetes, a la entrada del tenducho, yacían diferentes peces y
-crustáceos, y en lo más conspicuo del tinglado hasta media docena de
-merluzas gigantescas.</p>
-
-<p>La calle estaba oscura y despoblada en aquella sazón. Entre el
-pescadero y la puerta había un grupo de cocineras, de espaldas a la
-entrada. Apolinar agarró una merluza por la cola, tiró con tiento y se
-apoderó de ella; siguió calle adelante sin apresurarse, luego se perdió
-en las sombras de un callejón, buscó más tarde un puesto de periódicos
-y allí envolvió la merluza, y en llegando al café se detuvo en la
-puerta e hizo señas a Angelón que saliera.</p>
-
-<p>—Pues na, don Ángel, que las epístolas misivas de la tarde han
-tenido las mismas vecisitudes que por la mañana. Ni esto. Pero que como
-me caía al<span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> paso, voy
-y me detengo en mi casa. Pues na, que mi madre que le está a ustez muy
-agradecía por lo del pasaje y demás, pues le había comprao una merluza
-pa ustez. Yo le digo: «madre, vaya un regalo. Ya pudo ocurrírsele a
-ustez comprar una caja de puros.» Verdaz que como ustez no fuma. Es una
-nimiedaz.</p>
-
-<p>—Gracias, Apolinar. Dale las gracias a tu madre —rezongó Angelón
-y echó a andar seguido del joven con la merluza, y así llegaron a
-casa.</p>
-
-<p>Cuando entró al gabinete Alberto, el envoltorio de la merluza estaba
-sobre una mesa de peluche rojo.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso? —inquirió Alberto.</p>
-
-<p>—A usted ¿qué le importa? —dijo Angelón.</p>
-
-<p>—Pero vamos a ver, ¿qué le ocurre a usted hoy?</p>
-
-<p>—¿Qué le ha dicho usted a Verónica? Yo trabajando por usted, y usted
-entretanto...</p>
-
-<p>—Pero, ¿qué he dicho?</p>
-
-<p>—A ver si vais a reñir por una tontería —interrumpió Verónica—. Se
-refiere a lo de no tener dinero, que tú me has descubierto. No seas
-tonto, Ángel; si a mí me hace una gracia atroz...</p>
-
-<p>—¡Bah! ¿Eso era todo? No sea usted niño —y volviéndose a mirar la
-merluza—: Pero ¿qué es eso tan rezumante y tan mal oliente?</p>
-
-<p>—Una merluza que me regala la madre de Apolinar. Una merluza... ¿Qué
-hacemos con una merluza? —Angelón habló con visible malhumor.</p>
-
-<p>—Comérnosla —acudió Verónica.</p>
-
-<p>—O empeñarla —intervino Apolinar con zumba.</p>
-
-<p>—¿Eh? —Angelón apretó las cejas, permaneció meditabundo unos
-instantes, y al cabo soltó el trapo a reír, con enorme jocundidad—. Tú
-lo has dicho. A empeñarla. Una merluza no es un bien pignorable; pero,
-¿para qué me dio Dios labia y trastienda? ¡A empeñarla! ¿Cuánto pesará?
-—la sompesó—. Lo menos ocho kilos. ¿Cómo está el kilo de merluza,
-Verónica?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span></p>
-
-<p>—Chico, no sé ahora. Solía costar de cinco a seis pesetas...</p>
-
-<p>—Cinco por ocho cuarenta. ¿Que nos dan la mitad del precio? Veinte
-pesetas. Sea como sea, en menos de veinte no la dejamos.</p>
-
-<p>—¿Por qué no la vendéis en una pescadería? Es lo mejor —aconsejó
-Verónica.</p>
-
-<p>—Quita tú allá —atajó Apolinar—. Lo primero que ahora estarán
-cerradas.</p>
-
-<p>—¡A empeñarla! —gritó Angelón, y se rio otra vez a carcajadas.
-Apolinar y Verónica le hacían el acompañamiento.</p>
-
-<p>Antes de media hora estaban de vuelta Angelón y Apolinar. Traían
-diferentes comestibles fiambres, pan y vino, y daban señales de mucho
-alborozo.</p>
-
-<p>Sentáronse todos cuatro a la mesa, y entre comida Ríos refirió,
-entreverándolo con risotadas, el famoso lance de la pignoración y cómo
-había tenido una polémica con el prestamista acerca de los bienes
-fungibles y no fungibles y la naturaleza jurídica del préstamo con
-prenda. En suma, que la merluza había dado de sí dieciséis pesetas.
-Verónica mostraba gran regocijo.</p>
-
-<p>—Pues si te vas a América, Apolinar, con la esperanza de encontrar
-cosas extraordinarias, buena desilusión te espera, hijo —observó
-Angelón—. De seguro en América no se empeñan merluzas.</p>
-
-<p>—¿Cuándo marchas? —preguntó Alberto.</p>
-
-<p>—La salida del barco es p’al dieciocho. Pero, es el caso...
-—Apolinar sonrió apicaradamente—. Es el caso que ya va para dos años
-que una gachí, que es talmente una fototipia sin ezsageración, me tiene
-arrebatao y si cae o no cae; pero, ¡miau!, dice que no hay de qué como
-no la conduzca al tálamo. Y yo, la verdá, marcharme sin conseguir
-el fruto de mi trabajo de dos años, me paece feo. Conque estamos en
-estas, y el tiempo corre y hay que despachar. Se llama la Concha
-y está sirviendo con una que la dicen la Ro<span class="pagenum"
-id="Page_152">p. 152</span>sina. Y como digo, la niña se merece
-cualquiera cosa. Si ustedes la vieran...</p>
-
-<p>—Yo la conozco, y digo como tú que se merece cualquiera cosa. No
-seas pazguato y aprovéchate antes de marchar —amonestó Ríos.</p>
-
-<p>—¿No te da vergüenza decir esas cosas? —habló Verónica.</p>
-
-<p>—¡Bah! —exclamó Angelón, enarcando las cejas en extremo—. Y ella,
-¿sabe que te marchas?</p>
-
-<p>—Vamos, ¿se lo iba yo a decir? Ni que fuera un pipi. Ahora el
-subterfugio es convencerla de que va a haber enlace.</p>
-
-<p>—Y serás capaz. ¡Qué asquerosos sois! —comentó Verónica, enojada—.
-¿Qué dices tú, Alberto?</p>
-
-<p>Alberto se encogió de hombros.</p>
-
-<p>Después de la comida se presentó otro visitante, Arsenio Bériz,
-un mancebo levantino, hijo de familia, que había venido a Madrid a
-concluir la carrera de Filosofía y Letras; pero habiendo caído en
-el Ateneo y hecho en él algunas amistades con escritores, se había
-contagiado del virus literario y concebido grandes ambiciones, de
-manera que, dejando para siempre los libros de texto, se pasaba la
-vida hojeando novelas y tomos de versos y ensayándose en el cultivo
-de todos los géneros literarios: crítica, novela, poesía, con gran
-despejo y desenvoltura. Vestía de luto, e iba siempre acicalado con
-meticulosidad. La salud, mocedad y alegría que de continuo bañaban
-su rostro le hacían atrayente. Sus ojos, menudos y muy penetrativos,
-andaban siempre como volando sobre las cosas externas e inducían al
-recuerdo de esos livianos insectos que en ninguna parte se detienen y
-cuya forma de conocimiento es clavar el aguijoncillo por un segundo en
-todas partes. No tenía ideas en la cabeza, sino un enjambre de pequeñas
-sensaciones polícromas y zumbadoras, que transparecían en la expresión
-del rostro infundiéndole extra<span class="pagenum" id="Page_153">p.
-153</span>ordinaria y simpática movilidad. No disimulaba que el motivo
-esencial de su conducta era el espíritu de lucro a la larga, y, en todo
-caso, la satisfacción de su propio interés. Constituía un espécimen
-típico del hombre del litoral mediterráneo, y en el trato de gentes
-adoptaba la norma semítica del igualitarismo. Tuteaba a cualquiera
-a poco de hablarle, y se conducía con gracioso desparpajo, aun ante
-personas muy respetables por la edad, la dignidad, el gobierno o el
-mérito, las cuales, por lo general, celebraban el desenfado del joven.
-A los pocos meses de estar en Madrid entraba y salía en escenarios,
-ministerios y redacciones como en su misma casa, y a los pocos minutos
-después que llegó al comedor de Angelón, hablaba con este, Verónica y
-Apolinar como si fueran habituales camaradas suyos de holgorios, y los
-había visto aquella noche por vez primera. Lo mismo hizo con Pilarcita,
-la hermana de Verónica, y su madre, que llegaron un cuarto de hora
-detrás de él.</p>
-
-<p>Venía la vieja con firme resolución de pedir dinero a Angelón, y
-así la vieja como la niña traían las tripas en ayunas. Pilarcita se
-precipitó a arrebañar los despojos de comida que en la mesa quedaban,
-y bebió dos vasos de vino, el cual subió al instante a encenderle el
-rostro y alindárselo, y ya de suyo era muy lindo; pero estaba algo
-anémica a causa de la falta de alimentación y de la edad crítica por
-que atravesaba, y su color era de ordinario triste y amarillento.</p>
-
-<p>Bériz se aplicó al punto a requebrar a la muchacha y acercarse a
-ella cuanto podía, a lo cual correspondió Pilarcita con muchos dengues
-y fingidos desdenes y ojeadas fugitivas, por donde a las claras daba a
-entender que el joven le gustaba.</p>
-
-<p>Aunque hostigada por el hambre, la vieja no sabía cómo arreglárselas
-para pedir dinero, y así tomó a Verónica de intermediaria, y en un
-descuido, te<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span>niéndola
-aparte, la conminó a que ella lo pidiese; Verónica, a su vez, endosó el
-encargo a Alberto, que se prestó a cumplirlo de buen grado.</p>
-
-<p>—Después del gasto de la comida no me quedan sino siete pesetas
-—respondió Angelón.</p>
-
-<p>—Pues déselas usted.</p>
-
-<p>—Justo, ¿y mañana?</p>
-
-<p>—Mañana, Dios dirá; es su frase de usted.</p>
-
-<p>—Tome usted cinco y déselas.</p>
-
-<p>Alberto trasladó las cinco pesetas a la mano de Verónica y esta a la
-de su madre. La vieja quería protestar de aquella mezquindad, o cuando
-menos llevarse a Verónica:</p>
-
-<p>—Hija, te vienes conmigo esta noche, con cualquier pretexto, y así,
-que entre en celos y suelte la mosca. A lo mejor no le has dicho que
-estamos muy apuradas, porque, cuidao, ties una asaura que te cuelga,
-Veri. Nada, que hoy te vienes con nosotras.</p>
-
-<p>—¡Quia! Me paece a mí que usté está chalá, madre.</p>
-
-<p>—¿A que te ha dao dinero a ti y te lo has gastao en trapos o en
-perfumes?</p>
-
-<p>—No es por ahí, madre.</p>
-
-<p>—Vaya, que no me cabe en la cabeza, un señorón como él.</p>
-
-<p>Verónica se apartó de la vieja y fue a colocarse entre Bériz y
-Pilarcita, interrumpiéndoles la cháchara, porque suponía que Alberto,
-aunque lo disimulase, sufría en aquella coyuntura resquemor de
-celos.</p>
-
-<p>Llamaron a la puerta, salió Angelón a abrir y a poco apareció de
-nuevo acompañado de Juan Halconete, cogiéndole del brazo. La figura,
-el aire, el rostro, orondo y rubicundo de Halconete tenían abacial
-prestancia. Saludó, inclinándose en los umbrales, con ruborosa y
-sonriente timidez, y luego avanzó hasta Alberto y se sentó al lado
-suyo.</p>
-
-<p>—He encontrado a Tejero en la calle de Alcalá y<span
-class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> me ha dicho que estaba
-usted algo enfermo. ¿Qué es ello?</p>
-
-<p>—Nada, realmente.</p>
-
-<p>—Me alegro. Conque un mitin, ¿eh? Este Tejero es hombre de grandes
-arranques. Nada menos que va a salvar a España. En verdad que me deja
-perplejo este joven... Por lo pronto, no se contenta con menos que con
-exterminarnos a todos los que somos conservadores.</p>
-
-<p>—Usted no es conservador.</p>
-
-<p>—Lo soy, y convencido.</p>
-
-<p>En el rostro de Halconete había siempre singular combate entre la
-boca, demasiadamente pequeña y una sonrisa sutil que pugnaba, sin
-cejar, por abrirla y distenderla; y era esto de manera tan sugestiva
-y paradójica, que hacía pensar en esos chicuelos que conducen por la
-calle un gran perro atado con un cordel, y el perro tira de un lado, el
-chico de otro y andan en un vaivén que amenaza romper la cuerda. Cuando
-la cuerda rompía, muy de tarde en tarde, Halconete dejaba en libertad,
-repartida en varios tiempos o saltos, una carcajada opaca.</p>
-
-<p>—Usted no es conservador o se cansará muy pronto de serlo. Me
-explicaré. Yo creo que todas las cosas, así de la materia como del
-espíritu, en último análisis, quedan reducidas a tres términos o a tres
-dimensiones. De aquí viene, sin duda, la existencia de una trinidad en
-la mayor parte de las religiones y el suponer al número tres dotado de
-virtudes místicas. La política es el arte de conducir a los hombres.
-Ahora bien; se puede creer, primero, que el hombre es fundamentalmente
-malo y no tiene remedio; segundo, que es fundamentalmente bueno, y
-los malos son los tiempos o las leyes; tercero, que no es lo uno ni
-lo otro, sino un fantoche, o por mejor decir, que es tonto. Según se
-adopten uno de estos tres postulados, se es en política, primero,
-conservador; segundo, li<span class="pagenum" id="Page_156">p.
-156</span>beral, y tercero, arribista, como ahora se dice. Claro que en
-España la grey política se compone casi exclusivamente de arribistas, o
-sea, hombres que juzgan tontos a los demás y no piensan sino en medrar,
-como quiera que sea. También pienso que hay conservadores de buena fe,
-y a estos la lógica les impone como único instrumento de gobierno el
-palo y tente tieso. No niego que haya uno que otro liberal; pero no se
-mezclan en la política activa, y así va el partido. Si del hombre en
-particular pasamos al universo, cuya expresión es el arte, se puede
-creer que el mundo es malo, que el mundo es bueno o que el mundo es
-tonto; es decir, tenemos el arte melodramático, el arte trágico y el
-arte humorístico. Pues yo digo, y perdóneme la franqueza, que usted no
-puede ser conservador sincero, como no puede ser un urdidor de arte
-melodramático, sino, en todo caso, un poco arribista en política y un
-mucho humorista en arte.</p>
-
-<p>Halconete y Alberto estaban en un ángulo del comedor, alongados un
-trecho del resto de las personas, de manera que estas no podían oír lo
-que ellos entre sí hablaban. Cuando Alberto dio fin a su disquisición,
-Ríos, Bériz y Apolinar corrían la mesa a una parte, dejando libre el
-centro de la pieza. Halconete parecía observar la maniobra con mucho
-interés.</p>
-
-<p>—¡Y ahora a bailar, niña! —jaleó Angelón, golpeando una botella con
-un cuchillo.</p>
-
-<p>Apolinar se había sentado en una actitud inverosímil, con la
-rabadilla tangente al borde del asiento, y las posaderas avanzando
-en el aire, que no parecía tener base segura de sustentación, y aún
-hizo más, que fue levantar una pierna y apoyarla por el tobillo en
-la rodilla de la otra, enhiestar el torso cuanto pudo, derribar
-hacia atrás la cabeza, batir palmas y castañuelear con los dedos, y
-arrancarse a canturrear por lo jondo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span>Pilarcita salió
-al centro de la estancia y comenzó a marcarse un tango que la madre
-comentaba con suspiros, enarcamientos de cejas y elevación extática de
-las pupilas.</p>
-
-<p>—¡Qué niña! ¡Cómo pespuntea! —insinuaba la vieja, volviéndose a
-mirar a los concurrentes, como solicitando alguna prueba de aprobación,
-que todos otorgaron con prodigalidad, menos Verónica y Halconete,
-que era hombre muy callado y tímido. Pero, a pesar de su silencio y
-circunspección, Halconete era, de todos los allí reunidos, el que más
-refinada emoción recibía viendo bailar a Pilarcita.</p>
-
-<p>Bériz mostrábase evidentemente encalabrinado por obra y gracia de
-la joven, y esta, mareada de aclamaciones y jaleos, saltaba, reía y
-retozaba aquí y acullá, y al fin, volviendo al centro de la pieza diose
-a girar y girar sobre las puntas de los pies, hasta que las faldas se
-desplegaron al aire a modo de hongo o paracaídas, de suerte que dejaban
-en descubierto los blancos pantaloncillos, y las piernas, calzadas de
-negro, sutilísimas, maravillosas.</p>
-
-<p>Alberto observaba más a Halconete que a Pilarcita. Estaba Halconete
-con entrambas manos apoyadas sobre el puño del bastón; el aire de su
-persona era más abacial que nunca. Recordaba a aquellos pulidos abades
-de otro tiempo, doctos en Humanidades y meticulosos catadores de la
-vida y sus más recónditos placeres. Sus ojos, entre azules y violeta,
-eran, como el acanto de Plinio, dulces y casi fluidos, y se entornaban
-ahora para mirar a Pilarcita con gesto de suma voluptuosidad.
-Observando a Halconete, Alberto vino a caer en que había una cuarta
-postura frente a la vida, además de las que él había enumerado: se
-puede creer que el mundo es malo, o que es bueno, o que no es lo uno
-ni lo otro, sino tonto, y también se puede no preocuparse de cómo
-es, sino simplemente de que es, y por ser, gozarse en su exis<span
-class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>tencia, sentirse vivir,
-decorar el presente con las más suaves fruiciones, o sea, contraer
-la obsesión del tiempo que corre. Esta cuarta postura engendra una
-estética y una ética peculiares y lleva consigo el sentimiento así de
-una gran ternura por lo huidero, fugitivo, frágil y momentáneo, como
-de una gran afición a aquello a que el tiempo no hace menoscabo, antes
-lo enaltece y mejora; en suma, el gusto de los amigos viejos, de los
-libros viejos, de los viejos vinos, tres cosas que ganan con los años,
-y de las adolescentes hermosas, lo más efímero de la tierra: gustos los
-cuatro que siempre han sido característicos del buen epicúreo.</p>
-
-<p>—¡Estas cendolillas! —exclamó Halconete con acento algo agitado.
-(Cendolilla, mozuela de poco juicio.)</p>
-
-<p>Nuevos golpes a la puerta y segunda aparición de Teófilo. Venía
-lívido.</p>
-
-<p>—Qué sorpresa... Nunca pude imaginar que volvieras —dijo Alberto.</p>
-
-<p>Teófilo livideció más aún; pensó: «Ya se ha descubierto.» Y
-balbuceó:</p>
-
-<p>—¿Por qué?</p>
-
-<p>—Porque has estado aquí esta tarde...</p>
-
-<p>Después de saludar a los presentes llamó aparte a Alberto.
-Preguntó:</p>
-
-<p>—¿Qué ha dicho Antón Tejero?</p>
-
-<p>—¿De qué?</p>
-
-<p>—No disimules, porque necesito saberlo cuanto antes.</p>
-
-<p>—¡Ah, ya! ¿Del mitin? Pues, muy bien. Leímos tu nota y Tejero dijo
-que venías que ni pintado para ocupar la casilla del orador-poeta. ¿Te
-ha picado también a ti la tarántula política?</p>
-
-<p>Teófilo pensó: «Este no sabe nada, porque no es posible que sea tan
-zorramplín y ladino.» Habló en voz alta:</p>
-
-<p>—Dime, ¿llegó Angelón antes de que se hubiera marchado Tejero?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span></p>
-
-<p>—Sí; algún tiempo antes. ¿Por qué lo preguntas? ¿Por si se ha
-enterado de lo del mitin?</p>
-
-<p>—Justo —y pensó: «Quizás haya cargado él con el mochuelo.»</p>
-
-<p>—Es tarde y yo me voy con Pilarcita —dijo la vieja, poniéndose en
-pie.</p>
-
-<p>—Y yo les acompaño a ustedes hasta su casa —añadió Bériz.</p>
-
-<p>Despidiéronse. Bériz, a tiempo que daba la mano a Halconete,
-insinuole en voz bisbiseada este pronóstico:</p>
-
-<p>—A la niña me la beneficio yo, si Dios quiere.</p>
-
-<p>Poco después de la vieja, la niña y el mancebo levantino, Halconete
-se marchó también, y Apolinar. Más tarde salieron Angelón y Verónica a
-tomar el aire y quedaron a solas Teófilo y Alberto. Habló este:</p>
-
-<p>—Estoy fatigado, Teófilo. Voy a mi alcoba y me acostaré en unos
-minutos. No pienses que lo digo por que te vayas; es que no me siento
-nada bien.</p>
-
-<p>—Tengo que irme yo también, en unos minutos, así que te haga una
-pregunta —la pregunta de Teófilo concernía al sastre.</p>
-
-<p>Alberto echó a andar hacia su alcoba; Teófilo le seguía.</p>
-
-<p>En la mesa de noche había un retrato de mujer, reclinado en el muro,
-y más arriba un papel manuscrito, sujeto con alfileres.</p>
-
-<p>—¿Es tu novia?</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p>—Es bonita. ¿Qué dice este papel?</p>
-
-<p>—Son unas palabras de Goethe, que traducidas, dicen así: «Todos
-los días se debe por lo menos oír una pequeña canción, leer una buena
-poesía, ver un buen cuadro y, si fuera posible, decir algunas palabras
-razonables.»</p>
-
-<p>—Para no perder el día, claro está.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>—Según Goethe.</p>
-
-<p>Teófilo se recogió a recordar:</p>
-
-<p>—Pues yo no he perdido el día. Todo eso hice y algo más.</p>
-
-<p>—Yo no hice nada de eso.</p>
-
-<p>Teófilo se acercó al papelillo:</p>
-
-<p>—Pues aún hay más aquí: «Día sin haber reído, día perdido» —Teófilo
-hizo por recordar de nuevo—. Si ello fuera verdad, que no lo es, he
-perdido el día, y aun semanas y meses...</p>
-
-<p>—¿Qué era la pregunta que querías hacerme?</p>
-
-<p>Teófilo refirió la aventura con el sastre, modificando por supuesto
-la cifra de pesetas, las cuales dijo haber recibido de un rico paisano
-suyo y admirador con quien por ventura había tropezado en la calle, y,
-por último, sus temores de que el ladino alfayate se quedara con el
-santo y la limosna.</p>
-
-<p>—No pases ninguna inquietud, Teófilo. Si mañana salgo yo iré a verlo
-y hablarle. Si no mañana, el primer día que salga. No te apures.</p>
-
-<p>Retirose Teófilo y Alberto se encontró, por fin, solo, cruzado de
-brazos, frente a un retrato inanimado y gris, triste trasunto de una
-juventud que allá en el Norte, entre neblina y silencio, se consumía
-sin fruto, como también la de él se iba consumiendo poco a poco.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span></p>
- <h2 class="nobreak g1">PARTE III</h2>
- <p class="subh2">TROTERAS y DANZADERAS</p>
- <div class="caja mt2">
- <p><span xml:lang="en" lang="en">The Indian dances to prepare himself
- for killing his enemy; but our dance is the very act of killing
- <i>Time</i>, a more inveterate and formidable foe than any the Indian
- has to contend with; for, however completely and ingeniously killed,
- he is sure to rise again, «with twenty mortal murders on his crown»,
- leading his army of blue devils, with <i>ennui</i> in the van and
- vapours in the rear.</span></p>
- <p class="firma"><span class="smcap">Peacock.</span></p>
- </div>
- <h3>I</h3>
-</div>
-
-<p>En un rinconcito de los Italianos, Eduardo Travesedo y Alberto Díaz
-de Guzmán daban fin a la cena, deglutiendo con gran precipitación
-diversas clases de frutas.</p>
-
-<p>—¡Ay! Se me ha colado un hueso de ciruela, mal pronóstico —dijo
-Travesedo, balanceando su benévola cabeza miope, de modo reprobador.</p>
-
-<p>—¿Mal pronóstico?</p>
-
-<p>—Para la temporada del circo.</p>
-
-<p>—Hombre, no veo concomitancia ninguna...</p>
-
-<p>—Ni yo tampoco; pero estoy tan castigado que me voy haciendo
-supersticioso. ¿Ves si son negras<span class="pagenum"
-id="Page_162">p. 162</span> mis barbas? Pues más negra es mi suerte
-—y aplicó la diestra mano, dúctil, inquieta y mórbida, a la parte
-inferior del rostro; adhirió después los separados dedos a la tiznada
-pelambre de la barba, de tal suerte, que parecían cinco lenguas de
-lumbre lamiendo la enhollinada barriga de un pote; y a lo último la
-retiró con los dedos en piño, después de haber afilado el lóbrego
-ornamento capilar. Añadió—: Según todos los cálculos y racionales
-previsiones, una temporada de invierno en el circo, con un programa
-ameno y escogido de variedades, debe ser un gran éxito de taquilla,
-¿verdad? El programa, excelente, no se le puede pedir más; ya has visto
-los ensayos. Todos los números son debuts, y dos de ellos para repicar
-gordo; una princesa rusa, la Tamará, que es princesa de veras, no lo
-dudes, y luego, nada menos que la amante de un ministro de la corona,
-y no hay golfo que no lo sepa a estas horas, aunque ella se haya
-puesto Antígona, ¡vaya un nombrecito! Con todos estos antecedentes, lo
-lógico, lo racional es que el circo esté hoy de bote en bote, porque
-una función inaugural como la nuestra no se ve todos los días, me lo
-concederás. Bueno, allá veremos. Te repito, mi suerte es más negra que
-mis barbas.</p>
-
-<p>—Te quejas un poco de vicio.</p>
-
-<p>—Hombre, me rezuma la razón por todas partes. Cuidado si he tenido
-mala pata en esta vida... Y todo por hacer cálculos y previsiones
-racionales. En cuanto me he metido en un negocio, y he dicho, lo
-racional es esto, ¡cataplum! ha sobrevenido lo irracional. No hay cosa
-que tanto embarace y estorbe en la vida como la inteligencia. Por lo
-que atañe al provecho, al lucro, en este mundo ser inteligente y ser
-tonto vienen a ser la misma cosa. ¿No ha sido Hegel quien dijo que el
-universo es un silogismo cristalizado? Sí, sí; una sandez empedernida,
-más bien. Pero se hace tarde. En el circo tomaremos café.</p>
-
-<p>Trave<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>sedo batió
-palmas, pagó el gasto y salió del restorán acompañado de Alberto.</p>
-
-<p>Llegaron al circo en coche de punto, con tres cuartos de horas de
-anticipación.</p>
-
-<p>—¿Hay gente? —preguntó Travesedo a uno de los porteros.</p>
-
-<p>—No, señor. Es muy temprano todavía.</p>
-
-<p>—¿Qué papeles son esos?</p>
-
-<p>—La lista de los que tienen entrada libre.</p>
-
-<p>—¿Quién se la ha dado a usted?</p>
-
-<p>—El maestro Soler.</p>
-
-<p>Travesedo hojeó tres pliegos que el portero le había entregado y se
-los pasó a Alberto.</p>
-
-<p>—Asómbrate. Todos esos que ahí ves tienen el circo a su disposición
-sin pagar un cuarto.</p>
-
-<p>Eran tres apretadas columnas de nombres, llenando seis páginas.</p>
-
-<p>—No es posible. Con esto basta para atestar la sala —observó
-Alberto.</p>
-
-<p>—Ahora dime si puede haber negocio de teatros en Madrid. Por
-supuesto, aquí voy a entrar yo con la podadera, porque ya es demasiado.
-Como al maestro Soler no le va ni le viene, mira qué trabajo le cuesta
-incluir en la lista a las redacciones en pleno, al Conservatorio de
-música y declamación, a la Escuela de Bellas Artes y al Hospicio
-provincial.</p>
-
-<p>Travesedo pasó a la taquilla. Alberto le aguardó a la puerta.</p>
-
-<p>—¿Qué te decía yo? —habló Travesedo, así que salió, y se mesaba las
-barbas—. ¿Sabes lo que ha entrado en taquilla? Cien pesetas y pico: dos
-palcos y una docena de butacas. Átame cabos; la nómina anda por las mil
-al día; luego el alquiler, que es brutal; la luz, el servicio... Buen
-pelo voy a echar.</p>
-
-<p>—Hombre, para venir al circo no se toman las localidades de
-antemano, sino a la hora de la función. No tienes motivo para
-preocuparte aún.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>—Quita allá,
-inocente. Si es mi sino tenebroso. Debía haber, desde hace tres días,
-torneos de boxeo delante de la taquilla por coger sitio. Y si no,
-ven acá infeliz, ¿para cuándo se deja? Pues ahí es moco de pavo una
-princesa y la amante de un ministro, que hasta los gatos lo saben. Eso
-de haber retrasado la inauguración ocho días nos ha perjudicado.</p>
-
-<p>Se encaminaron al escenario a través de un pasillo circular, cuyos
-muros estaban casi cubiertos con cartelones llamativos, representando
-payasos, acróbatas, perros, troteras y danzaderas.</p>
-
-<p>A la puerta del escenario, un grupo de hasta cinco tramoyistas
-fumaban y bebían cerveza. Oíase un orfeón de ladridos, y entre el
-alboroto del conjunto no era difícil desglosar la gama entera de la
-lírica perruna, desde la voz de bajo doctoral del terranova, hasta el
-plañido <i>sfogato</i> de la galga faldera, pasando por la elegante
-modulación abaritonada del caniche, o perro de aguas, y las nítidas
-notas de soprano del <i>fox-terrier</i>.</p>
-
-<p>Cerca de la puerta del escenario arrancaba una escalera muy pina
-que conducía a la dirección. Era esta una pieza angosta, empapelada
-y amueblada de nuevo, que olía a cola de carpintero y a barniz de
-alcohol. En las paredes, color verde dragón, destacaban aquí y acullá,
-desplegados en forma de abanico, golpes de fotografías y postales
-de cupletistas y bailarinas, y uno que otro atleta, con sendas
-dedicatorias manuscritas al pie.</p>
-
-<p>Apenas se habían sentado, Travesedo detrás de la mesa de despacho, y
-Guzmán en una sillita, cuando repicaron con los nudillos a la puerta y
-una voz rajada y mate dijo:</p>
-
-<p>—¿Si puó?</p>
-
-<p>—Sí, preciosa; adelante —gritó Travesedo poniéndose en pie, con los
-ojos muy pajareros.</p>
-
-<p>Alberto se levantó también, con la silla pegada a<span
-class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span> los pantalones, la cual
-cayó a tierra en seguida, con sobrada sonoridad.</p>
-
-<p>Entró en el aposento una dama elegante, que fue en derechura a
-la mesa de despacho, frente a Travesedo, y le acarició con mimo las
-barbas.</p>
-
-<p>—¿Estás bene, carino? Siéntate, siéntate, angelotti. ¡Oh, qué bello,
-qué bello que estás! Hugolino, mío tesoro; besa a don Eduardo, que está
-tanto bello; dale un bravo baciozzo.</p>
-
-<p>Veía Alberto a la mujer por la espalda; el traje, azul oscuro, muy
-escurrido y pegado al cuerpo; el sombrero en extremo chato, haldudo y
-tan aplastado sobre los hombros que hacía sospechar que la dama fuese
-acéfala. La dama alargó entrambos brazos hacia la cara de Travesedo,
-presentándole algo que Alberto no podía ver y que Travesedo hubo
-de rechazar con brusco manotazo, a tiempo que retiraba la cabeza y
-malhumorado decía:</p>
-
-<p>—No seas marrana. ¡Al diablo con ese bicho asqueroso!</p>
-
-<p>Surgió entonces en el aire un a modo de enano cometa, flamígero y
-estridente, de luengo rabo, que vino a caer en el pecho de Alberto, y
-de allí salió rebotado con increíble viveza a un pequeño sofá, de cuyos
-muelles recibió energías para subir deslizándose por un muro hasta
-cerca de la techumbre, y en aquel punto el cometa se hizo centella que
-comenzó a cruzar los ámbitos de la habitación en vertiginosos giros,
-aullando con una voz alfeñicada y punzante. La dama perseguía a la
-centella, riéndose y procurando imprimir a sus raudos movimientos
-aquella gracia virginal de las zagalas que se afanan en pos de una
-mariposa o de una quimera.</p>
-
-<p>—¡Hugolino! ¡Hugolino! —suspiraba—. Viene a tua mamina.</p>
-
-<p>En una de estas, Hugolino se plantó de un brinco en el pingüe
-y túrgido seno de la dama, y como si<span class="pagenum"
-id="Page_166">p. 166</span> estuviera abochornado de la pasada
-travesura, se esforzaba en esconderse debajo de las pieles del boa.
-Hugolino era un macaquillo brasileño, de imponderable pequeñez, sedosas
-lanas doradas, enorme y peludo rabo, y ojuelos de infantil aflición.
-Quejábase de continuo, con chillido enteco y áspero. La dama besó a
-Hugolino repetidas veces, y el macaco, con sus manecitas morenas sobre
-las mejillas de la mujer, volvíase a mirar tan pronto a Travesedo como
-a Guzmán, lleno de sobresalto. Después de haber besuqueado al mico, la
-dama se encaró con Travesedo, y soltó en retahíla los más pintorescos,
-complicados, soeces y torpes insultos, con bilingüe promiscuidad y
-latina facundia, que al de las negras barbas y sino negro le sacudían
-de risa; y esta risa subió de punto cuando la dama, sin previa
-gradación retórica ni cosa que lo hiciera presumir, se inclinó sobre
-la mesa de despacho, depositó restallante beso sobre los rotundos
-carrillos de Travesedo, y dulcificando cuanto pudo la cascajosa agrura
-de su voz, melliza de la del macaco, exhaló estas palabras:</p>
-
-<p>—¡Dame cincuenta lire de anticipo! ¡Qué eres carino, carino,
-bellino!</p>
-
-<p>—¿Cincuenta liras? Estás fresca —respondió Travesedo, congestionado
-de risa.</p>
-
-<p>La dama se volvió hacia Alberto, desolada. Sus ojos eran grandes,
-hondos, de un negror denso y suave; la tez, de un blanco clara de
-huevo, como vaciado fresco de escayola, y sobre ella, artificiales
-lunares, sin número y muy mal repartidos; la boca, de un rojo
-quirúrgico, repelente.</p>
-
-<p>—¡Está un bestia, un mascalzone! ¡Sí, sí! —murmuró, señalando con la
-mano izquierda a Travesedo.</p>
-
-<p>—Pero, mujer, ¡si te has llevado ya más del sueldo de la primera
-semana en anticipos! ¿Qué más quieres? Si se os hiciera caso... buen
-pelo íbamos a echar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span>—Pelo, pelo...
-—y le asió de las barbas—. ¿Venticinque? No seas cattivo. Va, va;
-venticinque.</p>
-
-<p>—Ni ventichincue ni na... Además, no tengo las llaves de la caja.</p>
-
-<p>—¡Tirano, bárbaro, leccatone! —por aliviar su aflición extrajo a
-Hugolino de las sinuosas y tibias profundidades en donde se había
-colado y lo colmó de besos y lengüetaditas, nuevamente.</p>
-
-<p>—Pero, oye, ¿de qué te sirve ese novio que has pescado? Mira si
-tiene suerte —agregó, dirigiéndose a Alberto—. No ha debutado aún y ya
-le ha salido un adlátere.</p>
-
-<p>—¡Oh! Es un querubín. Niente de carino, niente. Ma che; tanto
-buono... Un angelo. A la puerta está. Paciente, pacientísimo como una
-pécora —habló la dama, haciendo cuantas mimosas muecas le consentía la
-dureza del estuco que llevaba sobre la piel.</p>
-
-<p>Travesedo, al oír lo de pécora, soltose a reír con fresco brío.</p>
-
-<p>—Atiza. Buen piropo para el pobre muchacho.</p>
-
-<p>Alberto intervino:</p>
-
-<p>—Pécora es oveja.</p>
-
-<p>Y aquí la risa de Travesedo se multiplicó.</p>
-
-<p>—Estos italianos son los seres más ridículos del orbe...</p>
-
-<p>—¿Por lo de pécora? Es que pécora es oveja también en castellano.</p>
-
-<p>—Vamos, hombre... Lo que es pécora ya me lo sé yo. Bueno, señorita
-Pécora —dijo, hablando con la dama—; dile a la pécora macho que puede
-entrar. —Volviéndose hacia Alberto—: Es un chico muy fino, agregado en
-la legación de no sé cuál de esas republiquinas americanas.</p>
-
-<p>Fue la dama a la puerta y entró el que Travesedo calificaba de
-pécora macho. Después entró Verónica, de abrigo largo y mantilla.
-El amante de la dueña de Hugolino era un joven fornido y aventajado
-de<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span> estatura, con
-jeta de indio bozal, terroso el color y una gran nube, con visos de
-ópalo, en el ojo derecho. Vestía con extraordinaria exageración a la
-moda de París, y el vestido daba indicios de embarazarle, como si lo
-llevase por primera vez y el mozo sintiera la nostalgia del dulce y
-expeditivo taparrabos. Parecía poco hecho a vivir entre gentes; rodaba
-la cabeza en torno, con sonrisas propiciatorias, como si suplicase
-benevolencia.</p>
-
-<p>Verónica venía algo excitada:</p>
-
-<p>—Chicos, estoy nerviosa. Me siento.</p>
-
-<p>—Siéntese usted también —dijo Travesedo al joven bozal.</p>
-
-<p>La dama del macaco se adelantó a hablar:</p>
-
-<p>—Andamos al mío camerino. ¿Hay fuego en el camerino? Porque si no
-hay yo no me hago desnuda; y Hugolino, el poverino que siente tanto el
-frío... ¿Las fiori?</p>
-
-<p>—Luego te las llevarán.</p>
-
-<p>Salieron la dama y su amigo. Verónica les fue siguiendo con los
-ojos, y en cuanto los perdió de vista no pudo menos de manifestar su
-opinión.</p>
-
-<p>—¡Cuidao que lleva basura encima de su alma! Pues, ¿y el gachó
-que la sirve? Si tié unos labios que parecen talmente una pila pa
-cristianar... Se ve ca cosa. ¿Se ha hecho usté daño? —preguntó a
-Travesedo.</p>
-
-<p>—Daño ¿en dónde?</p>
-
-<p>—Ahí, en la cara, a la derecha, junto a la nariz.</p>
-
-<p>Travesedo se tentó con la mano, siguiendo las puntuales sugestiones
-topográficas de Verónica. Tenía en el lugar indicado una gran mancha
-rojiza, que no era otra cosa que la huella osculatoria de la dama del
-macaco. Cuando dieron en ello, todos celebraron el lance.</p>
-
-<p>—Chiquillo —habló Verónica, volviéndose hacia Alberto—, en
-casa están que echan chiribitas. Sobre<span class="pagenum"
-id="Page_169">p. 169</span> todo Pilar y mi madre. Que si debuto porque
-soy una intriganta y una golfa, y el caos, Alberto. No desean sino que
-me den un zumbío en el debut, y me da el corazón que se van a salir con
-la suya. No puedo estar quieta en un sitio —se puso en pie, llevando
-detrás de sí la silla, adosada al abrigo. Volviose sobresaltada y la
-silla cayó con estrépito—. ¡Qué susto! Cualquiera cosa me pone fuera de
-mí. Algo gordo me va a pasar...</p>
-
-<p>—¿Y Angelón? —preguntó Travesedo.</p>
-
-<p>—Luego vendrá.</p>
-
-<p>Entraron Teófilo y el maestro Soler. Teófilo venía trajeado de
-nuevo, pero sus botas, a pesar de la reverberación falaz que el
-limpiabotas recientemente les había otorgado, descubrían su estado
-ruinoso, y el sombrero, aun cuando Teófilo trataba de esconderlo,
-exhibía abusiva exuberancia de superfluidades adiposas. Es decir,
-que la fábrica de su elegancia era triste y caediza, sin cimientos
-ni remate. También el rostro tenía un no sé qué de aflicción, mal
-disimulado bajo la compostura afable. Traía una rosa en la mano.</p>
-
-<p>—¿Hay gente, maestro? —inquirió Travesedo.</p>
-
-<p>—Mucha gente.</p>
-
-<p>—¡Bendito sea Dios!</p>
-
-<p>—¿Lo ves? —dijo Alberto, acercándose a la puerta.</p>
-
-<p>—¿No ha venido don Jovino? Tiene un cuajo... —habló Travesedo.</p>
-
-<p>—Abajo está —respondió el músico—, hablando con las Petunias.</p>
-
-<p>—Y Antígona, ¿no ha venido aún? —preguntó Teófilo.</p>
-
-<p>—No sé —dijo Travesedo—. Ya debe ser la hora de empezar...</p>
-
-<p>—Muy cerca. Yo voy a la orquesta.</p>
-
-<p>Salieron todos. Por los pasillos y las escaleras iban y
-venían, subían y bajaban, peregrinos ejem<span class="pagenum"
-id="Page_170">p. 170</span>plares de todo linaje, edad, sexo y
-condición, ataviados de manera inusitada y polícroma. El aire estaba
-espeso con aromas de tocador y efluvios zoológicos, y dentro de él
-temblaban derretidos cuchicheos, risas, voces y ladridos de canes.</p>
-
-<p>Al pie de la escalera había una gran estufa, al rojo, que despedía
-un calor plutónico, y en torno de ella un corrillo de bailarinas,
-farsantes, titiriteros y el clown Spechio, la mayor parte en mallas o
-con sucintas galas escénicas, y sobre los hombros chales, mantones,
-abrigos, batas. Dos metros alongados de este corrillo estaban las
-Petunias, dos jovencitas, la una delgaducha, alta y tiesa, la otra
-pequeñuela, acogolladita y muy dengosa, vestidas todo de rojo, la falda
-hasta el gozne de la rodilla. Las acompañaba don Jovino, el empresario,
-conocido en el mundo de los holgorios madrileños por dos remoquetes:
-<i>el Obispo retirado y el Fraile motilón</i>. Teófilo y Alberto se
-acercaron a saludarle. Era don Jovino hombre obeso, como sus alias
-hacían presumir, y de muy altas miras, no porque sus ideales morales
-fueran elevados, sino por el extraño modo con que la cabeza encajaba
-en el torso, caída hacia la espalda y de manera que se veía forzado a
-mirar siempre al cielo o al cielo raso. La primera cosa de don Jovino
-que acaparaba la atención, y lo que después continuaba acaparándola,
-era el vientre, como acontece con algunos ídolos búdicos, y también,
-como con tales ídolos acontece, cráneo, brazos y piernas parecían
-desarticulados del corpachón, o estaban articulados malamente y en
-sitios inadecuados o absurdos. Aun viéndole en pie se creía verle
-en cuclillas, tal era la exigüidad de sus extremidades abdominales,
-plegadas, por otra parte, en actitud fetal. Y no solo su facha, sino
-además su conducta, tenía la serenidad idiótica de los ídolos. Rara
-vez se molestaba en informarse de lo que alrededor suyo sucedía,<span
-class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span> ni se dignaba intervenir
-en las conversaciones o responder si se le preguntaba algo. Era rico,
-manirroto y mujeriego.</p>
-
-<p>Cuando Teófilo y Alberto se apartaron de don Jovino, el poeta no
-pudo por menos de lamentarse, en voz alta, de lo mal repartidas que en
-este mundo andan las riquezas.</p>
-
-<p>—Es irritante... Ya ves, ese buey... ¿Me quieres decir para qué le
-sirve a él el dinero? En cambio yo...</p>
-
-<p>Fueron a sentarse en una de las últimas filas de butacas.</p>
-
-<p>La luz azulina de los arcos voltaicos, al mezclarse con la rojiza
-y dorada de las bombillas eléctricas, ponía en el ambiente huideros
-cambiantes, como de absintio, y era un poco mareante. La sala estaba
-poblada de misterioso runruneo, como el que habita dentro de las
-grandes caracolas.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_2">
- <h3>II</h3>
-</div>
-
-<p>Desde el día de la original declaración de amor a Rosina, el
-encuentro con don Sabas, el robo de las doscientas pesetas y la última
-carta de su madre, habían transcurrido quince días, que Teófilo
-calificaba así, mentalmente: «los más intensos de mi vida.» A raíz de
-saberse amado por Rosina, había resuelto no desnaturalizar el delicado
-y gustoso carácter de sus relaciones platónicas hasta tanto que no
-pudiera hacerla suya, suya por entero y para siempre; pero ocurrió
-que, como menudease las visitas y no escaseasen besos, abrazos y otras
-encarecidas y ardorosas muestras de amor, cierta tarde, en que por
-fortuna llevaba ropa interior nueva, el frágil e inocente tinglado
-platónico desapareció, disuelto entre ígneos arrebatos y deleites,
-como pobre ermita que estuviera levantada sobre un volcán. Después
-de haber hecho<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>
-suya a Rosina, Teófilo quedó como atónito y el ánimo turbado por tan
-contrarios sentimientos y tan dulcísimas zozobras, que no sabía decir
-si había alcanzado la felicidad suma en la tierra o había entrado por
-los umbrales de la suprema desventura.</p>
-
-<p>La experiencia amorosa de Teófilo se reducía a aventurillas
-mercenarias de ínfimo jaez, las cuales, no pocas veces, por la virtud
-lustral y metamorfoseante de la poesía, se habían purificado y
-convertido en intrigas cuya heroína era una princesa de manos abaciales
-y sabias en el arte de tañer el clavicordio. Rosina no era princesa
-ni le hacía ninguna falta para ser una mujer deleitable sobremanera:
-inteligente, bella, efusiva, tan pronto arrebatada y devoradora como
-lánguida y pueril, y en todo momento suave, suave, con una suavidad
-aplaciente, sutil y enervante, que se metía hasta el meollo del alma
-y la anestesiaba y adormecía como sobre mullido lecho de neblinosas
-ensoñaciones. Tarde se le había revelado el amor a Teófilo; pero se
-le había revelado al fin nimbado en gloria celestial, envuelto en
-inmarcesible lumbre, tan viva, que lo mismo los ojos del espíritu
-que los del cuerpo los tenía alelados y en pasajera ceguedad. Todo
-su ser sufría la agridulce tiranía de una voluptuosidad que no le
-admitía hartura. Y así, en lugar de hacer suya a Rosina por entero,
-sin reservas y para siempre, él era quien se había entregado a la
-mujer de lleno, sin escatimarle nada y quizás para toda la vida.
-Cuando no estaba junto a ella se iba a encerrar en la alcoba de la
-casa de huéspedes en donde vivía. Unas veces se le infundía en el
-pecho un júbilo doloroso, porque amenazaba no admitir freno y era casi
-una comezón de locura. Otras veces su tristeza era tan grande que
-deseaba llorar, y no era raro que llorase. Pensó libertarse de aquella
-exuberancia emotiva componiendo versos, y en esta labor empleaba
-algunas horas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>Rosina hacía de él
-lo que le venía en gana. Sin esfuerzo ninguno le convenció de que lo
-conveniente y lo sabroso era mantener ocultas sus relaciones:</p>
-
-<p>—Mira, bobo, en rigor, para el caso es como si Sabas fuera el marido
-y tú el amante. El papel de marido es ridículo, el de amante honroso.
-Yo me explico que don Juan Tenorio anduviera siempre con la cabeza
-alta. ¿Habrá cosa mejor que saber lo que otros no saben e ir pensando:
-«si estos infelices supieran?...» Quiero decir que todos creen, pongo
-por caso, que yo soy la amante de Sicilia, y ni sospechan que las
-cosas van por otro camino, que no quiero sino a ti. ¡Qué satisfacción
-y qué risa por dentro cuando andes entre todos esos desdichados que no
-saben de la misa la media! Yo te juro que no creo que haya nada tan
-dulce como guardar un secreto. Solo los tontos y las tontas venden los
-secretos. Y esos estúpidos impíos que hablan de la confesión y del arma
-que es en manos de los curas... Están apañados. Yo, cura, en seguida
-iba a revelar lo que se me contara. Pero no comprenden, no comprenden,
-y Dios me perdone si he dicho o pensado algo irrespetuoso contra la
-religión —se santiguaba, porque era supersticiosa.</p>
-
-<p>Teófilo se avenía a todo lo que Rosina deseaba y se dejaba llevar,
-sin curiosidad por saber adónde, antes con un oscuro temor de pensar
-en ello. Sugestionado por Rosina, admitió en seguida, como el más
-refinado, astuto y fuerte placer mantener recónditos sus amores, de
-tal manera que nadie lo echase de ver ni por asomo. Aunque muy por
-lo turbio, presentía que no había de tardar en recibir dinero de su
-amante, mejor dicho, de don Sabas a través de Rosina, y también por lo
-turbio se justificaba de antemano con la fuerza de la pasión, que, al
-igual del fuego, todo lo limpia y acrisola.</p>
-
-<p>Su estado económico era cada vez más angustioso, complicándose con
-las primeras deudas contraídas<span class="pagenum" id="Page_174">p.
-174</span> de mala fe, angosto portillo por donde se sale al campo
-abierto del bandolerismo habitual. El día de la inauguración del
-circo, su patrona le había requerido para que pagase por anticipado
-la mensualidad, como tenía por costumbre, so pena de que ella le
-plantase en la calle y no le abriese la puerta a la noche. No tenía,
-al recibir el <i>ultimatum</i> de la patrona, arriba de dos pesetas en
-el bolsillo, con las cuales se lustró las botas y compró una rosa roja
-para ofrecérsela a Rosina.</p>
-
-<p>Allí, al lado de Alberto, en una de las últimas filas de butacas,
-se le planteaba perentoriamente el problema de dónde había de pasar
-la noche. Rosina le había admitido ya varias noches en su compañía.
-«Pero, ¿y si esta noche no me dice nada, como parece lo probable, con
-la emoción y distracción del debut?», pensaba Teófilo.</p>
-
-<p>—Alberto —bisbiseó Teófilo—, tengo que pedirte un gran favor.</p>
-
-<p>—Si está en mi mano...</p>
-
-<p>—No tengo dónde dormir esta noche. ¿No hay en casa de Angelón alguna
-cama?... Un diván, un sofá, cualquiera cosa; por una noche...</p>
-
-<p>—Sin duda. Por esta noche y aun varias, no pases cuidado. La
-cuestión es para lo porvenir.</p>
-
-<p>—Lo porvenir no me apura. Tengo una gran esperanza de que todo me va
-a salir bien. Mañana es el mitin, ¿verdad?</p>
-
-<p>—Sí, mañana.</p>
-
-<p>—¿Hablas tú?</p>
-
-<p>—Se empeña Tejero.</p>
-
-<p>—Yo no puedo, no puedo. Os suplico que me perdonéis. Si supieras
-cómo estoy...</p>
-
-<p>—¿Dura el lío amoroso aún?...</p>
-
-<p>—Flaca memoria tienes. Te he dicho la primera vez que te hablé de
-esto que era toda mi vida.</p>
-
-<p>—¿Quién es la dama?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>—Perdona, pero no
-se puede saber; es asunto de honor.</p>
-
-<p>—¿Y el viaje a El Escorial?</p>
-
-<p>—No hemos podido realizarlo.</p>
-
-<p>—¡Vaya por Dios!</p>
-
-<p>—Si vieras cuánto siento no poder tomar parte en el mitin... Odio a
-aquel infecto anciano —murmuró Teófilo, señalando con ademán teatral el
-palco en donde estaba don Sabas Sicilia con sus dos hijos, Pascualito
-y Angelín. Y después, como se diera cuenta que Alberto le miraba de un
-modo significativo, preguntó azorado—: ¿Por qué me miras así?</p>
-
-<p>—Por nada; es decir, porque Pascualito es uno de tus muñidores, de
-los que más te han alabado y te anda poniendo siempre por las nubes, y
-ahora sales con que odias al padre. ¿Por qué?</p>
-
-<p>—Es un sentimiento moral, político pudiera decirse. ¿Por qué te
-sonríes con ese aire de burla? Vosotros, los mestizos de literatos y
-sociólogos, se os figura que nadie sabe nada de nada. Quiero decir que
-es un movimiento desinteresado, de repugnancia al ver que los destinos
-de la nación puedan estar en manos de semejante viejo.</p>
-
-<p>—¡Bah! Es un bravo viejo anacreóntico, según tu fraseología.</p>
-
-<p>En escena había un baturro dándole con gran arremango al
-guitarrillo. Una baturra, que estaba en pie al lado de él, cantó:</p>
-
-<div class="versos ml30">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">¿Cuándo nos veremos, maño,</p>
- <p class="i0">como los pies del Señor,</p>
- <p class="i0">uno encimica del otro</p>
- <p class="i0">y un clavito entre los dos?</p>
- </div>
-</div>
-
-<p>El público celebró la donosura con grandes carcajadas.</p>
-
-<p>—¡Qué asco! —susurró Teófilo, y paseó sus ojos por la muchedumbre
-con una contracción en el ros<span class="pagenum" id="Page_176">p.
-176</span>tro, como de aquel que sufre bascas—. Mira alrededor tuyo,
-Alberto; sáciate con el espectáculo de un gran concurso de humanidad.
-¡Qué idiota! Digo que yo soy el idiota. ¿Pues no te he hablado hace
-un momento de mítines y discursos, y otras ridiculeces semejantes?
-La salud del pueblo... El pueblo... ¿Qué es el pueblo? Observa aquí
-el pueblo, si puedes sin que se te revuelvan las tripas. Observa qué
-vientres, qué caras, qué cabezas, y eso que habría que verlas por
-dentro...</p>
-
-<p>—Chss —se oyó en la sala, y algunas se volvieron a mirar a Teófilo y
-Alberto. El poeta hizo rostro muy osado a los mirones y refunfuñó:</p>
-
-<p>—¿Qué? ¿Qué ocurre? —continuó hablando con Alberto, ahora en voz muy
-tenue—. ¿Para qué vive esta gente?</p>
-
-<p>—¿Para qué vives tú? —le atajó Alberto.</p>
-
-<p>—Quiero decir, ¿qué pretexto verdad tienen para vivir?</p>
-
-<p>—¿Qué pretexto verdad tienes tú?</p>
-
-<p>—Yo soy un artista, un poeta.</p>
-
-<p>—Doy por sentado que lo eres, y en este caso tú no eres sino el
-pretexto de ellos, de esa gente; tú no vives por y para ti, sino por y
-para esa gente.</p>
-
-<p>—No lo veo claro.</p>
-
-<p>—Sí, ya sé que Nietzsche ha dicho: «Un pueblo o una raza es la
-disipación de energía que la Naturaleza se permite para crear seis
-grandes hombres y para destruirlos en seguida.» ¿No es eso lo que tú
-querías decir?</p>
-
-<p>—Exactamente.</p>
-
-<p>—Pues yo digo al revés: «Esos seis grandes hombres son la disipación
-de energía que de vez en cuando la Naturaleza se permite para que los
-pueblos y las razas vivan; esto es, para que tengan conciencia clara
-de que viven.» Y si no, suprime de un golpe la masa gris y neutra
-de la humanidad, esa que no tiene pretexto<span class="pagenum"
-id="Page_177">p. 177</span> para vivir, como tú dices, y déjame solo
-los grandes hombres, seis o seis docenas, artistas y sabios. ¿Quieres
-decirme qué pretexto tienen en este caso el Arte y la Ciencia? ¿Quieres
-decirme qué pretexto tendría el manubrio de un organillo sin el
-escondido tinglado de martillejos, clavijas y cuerdas? Ya sabes que en
-los presidios ingleses tienen un linaje especial de tortura y dicen que
-es lo más horrible que se puede imaginar: consiste en meter un manubrio
-en un agujero de la pared y obligan al penado a que le dé vueltas,
-horas y más horas, y esto de hacer algo a sabiendas de que no se hace
-nada parece ser que vuelve locos o idiotas a los presidiarios. El Arte
-por el Arte, tal como tú lo entiendes, es una cosa semejante.</p>
-
-<p>—No me convences.</p>
-
-<p>En esto vinieron a sentarse delante de Teófilo y Alberto dos
-hombres: el uno rollizo, como de cuarenta y cinco años, muy
-jacarandoso, de ojos insinuantes y lánguidos y una sonrisa melosa y
-satisfecha; el otro, joven, recio y hermoso.</p>
-
-<p>—¿Quién es ese pollo que ha entrado con don Bernabé Barajas? Me
-parece conocer la cara... —dijo Alberto.</p>
-
-<p>Teófilo examinó a los recién llegados. Don Bernabé saludaba,
-agitando la mano, a Angelín, el hijo de don Sabas.</p>
-
-<p>—No sé —repuso Teófilo—. Cualquier sinvergüencilla que don Bernabé
-haya pescado y estará en vías de hacerle actor.</p>
-
-<p>Don Bernabé susurraba algo muy melifluo, a juzgar por la turgencia
-sonriente de sus mejillas, al oído del joven, el cual se inclinaba de
-aquella parte y medio se volvía por oír mejor. En este punto, Alberto
-le reconoció. Adelantose a tocarle en el hombro, con movimiento nacido
-de la sorpresa, y le llamó:</p>
-
-<p>—¡Fernando!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span>—¡Don Alberto!...
-—respondió el joven, enrojeciendo de pronto.</p>
-
-<p>Don Bernabé flexionó sobre la cintura y se escorzó hasta ver quién
-era el que así había aturdido a su joven amigo.</p>
-
-<p>—¡Ah! ¿Es usted, grande hombre? ¿Y conocía usted a Fernandito?</p>
-
-<p>—Ya lo creo.</p>
-
-<p>Algunas personas impusieron silencio chicheando.</p>
-
-<p>—¿Quién es? —preguntó Teófilo.</p>
-
-<p>—Un titiritero. Como yo he sido payaso una temporadilla y anduve en
-una compañía de saltimbanquis...</p>
-
-<p>—Vaya, hombre. En serio.</p>
-
-<p>—En serio. Este era el hércules de la pandilla. Solo sé que se llama
-Fernando y que tiene una fuerza brutal, aunque no lo parece.</p>
-
-<p>Teófilo miraba a Alberto enojadamente. Terminó la primera parte del
-espectáculo, compuesta de números de mogollón.</p>
-
-<p>—Ea, adiós —habló Teófilo, poniéndose en pie.</p>
-
-<p>—¿Adónde vas?</p>
-
-<p>—Pss... No sé. Quizás arriba, a los cuartos, a saludar a las
-muchachas.</p>
-
-<p>—Voy contigo.</p>
-
-<p>Teófilo palideció un tanto, lo cual no pasó inadvertido para
-Alberto, quien añadió:</p>
-
-<p>—O si no, mejor me quedo aquí abajo. Ahí veo a Monte, a Bobadilla, a
-Honduras... Voy a hablar con ellos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_3">
- <h3>III</h3>
-</div>
-
-<p>Teófilo tomó el rumbo del escenario, procurando evitar encuentros
-con gente conocida; pero entrar en el pasillo y colgársele Angelón Ríos
-del brazo fue todo a un tiempo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>—¿Al cuarto de
-Rosina? Yo también voy allá —dijo a voces Angelón—. ¿Cómo va la cosa?
-¿Bien? Me alegro.</p>
-
-<p>—Si me dejara usted hablar. Lo que yo quiero decirle es que se
-equivoca de medio a medio al hacer hipótesis acerca de esa señorita en
-relación conmigo. —Teófilo se puso muy grave.</p>
-
-<p>—¿Qué? ¿Que usted le hace el amor y ella no le hace caso aún?
-Bah, no se apure... Todo llega en este mundo. ¡Eh, tú, golfo! —gritó
-Angelón.</p>
-
-<p>Apolinar Murillo se le acercó.</p>
-
-<p>—Vaya un modo de escurrirse, que parece que no quieres que te
-vean.</p>
-
-<p>—Usted perdone, don Ángel, es que no le había visto; por estas.</p>
-
-<p>Angelón le agarró con la mano que tenía libre. Luego,
-picarescamente, continuó diciendo:</p>
-
-<p>—No se te ve el pelo, niño. ¿Qué? ¿Y de aquello?</p>
-
-<p>—¿De aquello?...</p>
-
-<p>—¿Te vas a hacer el lila?</p>
-
-<p>—Como no me diga usted más...</p>
-
-<p>—Vaya, niño. De lo de Conchita.</p>
-
-<p>Apolinar sonrió con maligna petulancia.</p>
-
-<p>—Te comprendo. Cayó, ¿eh? ¿Y qué tal?</p>
-
-<p>Apolinar hizo racimo de los dedos, se besó las yemas, sorbió el
-aire, puso en blanco los ojos y alentó con voz desvaída:</p>
-
-<p>—¡Azúcar!</p>
-
-<p>—Te creo. En fin, gracias.</p>
-
-<p>—¿Gracias de qué?</p>
-
-<p>—Parece que hoy estás con la bola desalquilada. ¿De qué? Pues, ¿de
-qué va a ser? De habernos abierto el camino a los demás; mira tú este.
-Yo no quiero cargos de conciencia. ¿Cuándo te vas?</p>
-
-<p>—Anda, pues si estoy por quedarme... —y sonrió aviesamente.</p>
-
-<p>—¿Eh? —inquirió Angelón muy alarmado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span></p>
-
-<p>—Era coba. En seguida me quedo yo. Pal gato.</p>
-
-<p>—¿Y ella?</p>
-
-<p>—Pues tan creída que va a haber tálamo nupcial con bendición del
-párroco.</p>
-
-<p>—De manera que ¿no se ha olido que te vas?</p>
-
-<p>—Anda mal de pituitaria.</p>
-
-<p>—¿Y cuándo te vas?</p>
-
-<p>—Mañana mismo.</p>
-
-<p>—Bien, niño. Y te ibas a ir sin despedirte de mí...</p>
-
-<p>—¿Quién le ha dicho a usté eso? Pues bueno fuera...</p>
-
-<p>Llegaron a la puerta de la dirección, que estaba abierta. Dentro
-de la estancia oíanse grandes y desacompasadas voces, y entre ellas
-violentos golpes de risa. La vociferante era la condesa Beniamina, la
-poseedora del macaco brasileño. En su acostumbrada jerga bilingüe, pero
-con mayor frenesí que la vez primera, aullaba así:</p>
-
-<p>—Aquestas non son fiori... Fiori... fiori. Questo e pura m... Son
-fiori de chimiterro. ¡Ma che! Yo non tiro tale fiori al público. Yo
-non mi sporco con aquestas fiori, e con aquestos sporcacioni que sois
-vosotros.</p>
-
-<p>Cuando la dama, por ventura, se reparaba un minuto en el silencio
-para interrumpir con nuevas energías, oíase la carcajada de
-Travesedo.</p>
-
-<p>—Ma tu, che sei piu grosso che un rinoceronte, tu frate motilone, no
-dices niente ¿Paro qué quieres el danaro? Il tuo danaro io me lo meto
-qui, qui —en este punto se oyó algo que pudo ser palmada o azote.</p>
-
-<p>Angelón y Teófilo entraron en la dirección. Apolinar corrió al
-encuentro de Conchita, que a lo largo de angosto pasadizo, flanqueado
-de cuartos de artistas, venía por averiguar a qué obedeciese aquel
-alboroto. Otros danzantes asomaban la cabeza, a medio embadurnar,
-por las puertas, y hacían preguntas o aventuraban algún donaire
-en un lenguaje babilónico<span class="pagenum" id="Page_181">p.
-181</span> y bárbaro, amasijo de todos los idiomas conocidos. Luego,
-cubriéndose malamente con batines y kimonos, salían hacia la dirección,
-se amontonaban en abigarrados pelotones y chanceaban en fraternal
-greguería, como si la caterva de castas humanas, escindida por
-maldición divina en la torre de Babel, retornase a la amiganza y unidad
-primeras por medio del culto a la vida en su forma más rudimentaria y
-placentera, como es la exaltación de la energía física y amor del juego
-y de la danza.</p>
-
-<p>Escuchaba Travesedo los denuestos de la Beniamina con irreprimible
-hilaridad, y don Jovino, las pupilas proyectadas sobre el cielo raso y
-en impasible quietud de fetiche, parecía no oírlos, porque los dioses,
-falsos o verdaderos, rara vez prestan oídos a los clamores de los
-mortales. El amigo de la dama del macaco, aun cuando sabía que los
-sucios dicterios de esta y sus truculentas palabrotas eran proferidos
-con ánimo sencillo y sin otro propósito que el de hacer reír, sentíase
-en extremo conturbado al ver los muchos curiosos que afluían. Por
-fortuna, cuando los mirones comenzaban a apiñarse en la puerta, la
-condesa Beniamina cerró su alocución con un epílogo, como de costumbre,
-osculatorio, y esta vez doble, que también <i>el Obispo retirado</i>
-hubo de recibir la gracia de un beso en sus orondos mofletes. Estaba
-la condesa Beniamina en un traje casi edénico, con una camisilla no
-muy larga y en extremo traslúcida y unas babuchas de cuero rojo;
-con todo, no era mucho lo que mostraba de la piel, que casi toda la
-llevaba encubierta bajo un enjambre de lunares postizos, infernalmente
-negros. Rompió por entre la gente que había en los pasillos, seguida
-del caballero bozal, con airoso vaivén de caderas, que resultaba de
-una comicidad aguda por la fase sumaria del indumento de la condesa.
-Los que por allí estaban celebraron su desenvoltura, requebrándola
-y jaleándola, y el clown<span class="pagenum" id="Page_182">p.
-182</span> Spechio, su compatriota, la obsequió bonitamente con una
-sonora palmada en lo más mollar y tentador de su persona, que no
-parecía sino que lo estaba pidiendo.</p>
-
-<p>Entre aquel solícito concurso de diligentes abejas que habían
-abandonado su celdilla por libar en la flor de la curiosidad, había una
-jamona traviesa y riente, cuyo traje no era más complicado que el de la
-condesa. Estaba en mallas, y parecía un pollo pelado: tan considerable
-era su caparazón y abdomen y tan enjutas las zancas.</p>
-
-<p>—Concho, ¿tú por aquí? —dijo Angelón al bípedo implume.</p>
-
-<p>—Ya ves, cada vez subiendo. Rediós, esta es la vida.</p>
-
-<p>El nombre de esta clueca pelada era Hortensia Íñigo. Había dicho
-<i>cada vez subiendo</i> con ironía, porque en su ya larga carrera
-artística había recorrido todos los géneros teatrales, bajando siempre.
-Había comenzado de segunda dama en una conocida compañía dramática, de
-donde había pasado a una compañía cómica, de aquí a una de zarzuela
-y, por último, había caído en el género ínfimo. Era conocida por su
-avilantez y desparpajo, y también porque de ella se murmuraba que
-había tenido siete abortos voluntarios. Su enemistad con Monte-Valdés
-era pública y proverbial, y databa, a lo que se decía, del estreno de
-una comedia de aquel, en la cual había un personaje que era una dama
-cortesana o entretenida, y como el director pretendiera encomendar
-el papel a Hortensia, Monte-Valdés se opuso, exclamando con grandes
-voces austeras que de todos fuesen oídas, que su personaje <i>lo era
-mucho</i>, <i>pero nunca tanto</i> como la Íñigo, y que no podía
-consentir que aquella mujer achabacanase la comedia. Ello es que
-cuando por acaso se encontraban Monte-Valdés y la Íñigo trabábanse a
-contender al punto, asaetándose con pullas y<span class="pagenum"
-id="Page_183">p. 183</span> embozados vituperios y agravios; pero,
-como el ingenio y dicacidad del literato eran sobremanera despiertos y
-sutiles, la dama salía siempre malparada y corrida, por donde llegó a
-aborrecer a su antagonista y no veía la hora de vengarse, como quiera
-que fuese.</p>
-
-<p>—¿Por qué no? —añadió Ríos—. Para mí, pasar del género chico a las
-variedades me parece un ascenso.</p>
-
-<p>—También tienes razón. Allí, aunque no muy chinchorrero, porque se
-ha reducido a su mínima expresión, todavía conservan el emplasto de la
-hipocresía. Mientras que aquí, ¡pichú, Angelón, pichú! —y elevó en el
-aire una de sus entecas zancas—. Ven a mi cuarto y te daré una copa de
-anís del mono.</p>
-
-<p>—No bebo.</p>
-
-<p>—¿Qué importa? Ven y charlaremos un momento.</p>
-
-<p>Angelón acompañó a Hortensia a su cuarto. Danzantes y titiriteros se
-habían acogido a sus madrigueras. Solo quedaban en el pasillo Conchita
-y Apolinar, cuchicheando en un extremo de él, y en el otro, a la puerta
-de la dirección, Teófilo, con una rosa en la mano y el corazón en la
-garganta. Encaminose el poeta hacia el cuarto de Rosina, y en estando
-cerca de la puerta llamó a Conchita.</p>
-
-<p>—¿Qué se le ocurre a usté, don Teófilo?</p>
-
-<p>—¿Hay mucha gente?</p>
-
-<p>—Bastante gente; pero sobre todo flores... así.</p>
-
-<p>—¿Quiénes están?</p>
-
-<p>—¿Qué sé yo? Señoritos de la Peña, periodistas, el hijo de don
-Sabas.</p>
-
-<p>—Pues no entro. Toma esta rosa, Conchita; la colocas con disimulo, y
-cuando esa gente se haya ido le dices que es mía. Yo vendré durante la
-segunda parte, ¿qué te parece?</p>
-
-<p>—Muy bien. Pa entonces estará sola.</p>
-
-<p>Aun cuando Teófilo estaba harto ebrio con sus propias emociones, no
-pudo por menos advertir algo<span class="pagenum" id="Page_184">p.
-184</span> raro y nuevo en Conchita. Era como si del pecho al rostro se
-le rebasase la alegría con superabundancia inquietante.</p>
-
-<p>—De manera que ¿ese es tu novio? —preguntó Teófilo, señalando con
-los ojos a Apolinar.</p>
-
-<p>—Sí, señor; ¿le gusta a usté?</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p>—También a mí —y Conchita rio de manera excesiva.</p>
-
-<p>—Hasta luego, Conchita.</p>
-
-<p>—Hasta luego, señor Pajares.</p>
-
-<p>Teófilo se apartó pensando: «pobre muchacha». Y se acordó de sus
-finos cabos, aquella vez que la había visto inclinándose a socorrer a
-Sesostris, y de sus piernas gentiles y nerviosas, cuando Angelón la
-traía a caballo sobre los lomos.</p>
-
-<p>Teófilo descendió a los pasillos en donde el público se espaciaba
-en espera de la segunda parte. Lo primero con que se tropezó fue con
-un grupo de paseantes; en el centro el famoso torero Antonio Palacios,
-<i>Toñito</i>, y en torno de él sus admiradores y devotos, los cuales
-solicitaban con la mirada la envidia de los demás hombres y tenían
-pintado en la expresión del rostro esa petulancia servil e inocente del
-perro que conduce en la boca el bastón del dueño. <i>Toñito</i> tenía
-la cara aniñada y la sonrisa sin doblez de los hombres que han nacido
-con una vocación y han confiado siempre en su destino. Tanto como el
-arrojo y maestría en la lid con reses bravas, su sonrisa le había hecho
-célebre: sonrisa que conservaba en los lances más azarientos y ante los
-toros más temerosos y difíciles.</p>
-
-<p>Teófilo pasó por delante del grupo del torero y su cohorte y fue
-a sumarse a otro, compuesto de gentes de pluma, profesionales y
-aficionados, entre los cuales se hallaba Alberto. Debatíanse asuntos de
-toros.</p>
-
-<p>—No sé cómo no os da vergüenza perder el tiem<span class="pagenum"
-id="Page_185">p. 185</span>po hablando de chulerías —habló Teófilo,
-agresivamente.</p>
-
-<p>—Pero, hombre —replicó Honduras, un hombre deslabazado, rubicundo,
-rollizo y muy alto, noble por la cuna y novelista perverso por
-inclinación—, ¿no has dicho muchas veces en verso que adoras las
-manolas y todas las cosas goyescas?</p>
-
-<p>—¿Qué tiene que ver? Y tú, ¿qué entiendes de eso? Te figuras que por
-haber escrito cuatro paparruchas imitadas de Lorrain y La Rochilde ya
-puedes mezclarte en cosas de arte... No, hijo, todavía no.</p>
-
-<p>—¡Ay, no te sofoques! —replicó Honduras, riéndose y culebreando
-con la cintura, adamadamente. Luego, haciendo alarde de desenfado y
-cinismo, añadió en tono equívoco—: Si yo también me perezco por los
-manolos... La cuestión es que Alberto sostiene que <i>Toñito</i> es el
-primer torero del día, y yo replico que el torero que más emoción da es
-el <i>Espartajo</i>. Aquella palidez morena... y sobre todo la erección
-que tiene... al torear... Hay que verle armarse, cuando se echa la
-escopeta a la cara...</p>
-
-<p>Algunos celebraron con risotadas las peregrinas razones de
-Honduras.</p>
-
-<p>—¡Qué sinvergüenza eres! —concluyó Teófilo.</p>
-
-<p>—Realmente —intervino Alberto—, Teófilo tiene razón. Va a ser cosa
-de dejar de hablar de toros y de ir a los toros, porque parece que de
-día en día el criterio de Honduras y su punto de vista va ganando más
-partidarios. Adiós, señores; voy a saludar a un amigo.</p>
-
-<p>Y se apartó, saliendo al encuentro de Alfonso del Mármol, que
-paseaba solo con elegante pereza, las manos a la espalda, la cabeza
-erguida y un cigarro descomunal entre los dientes. Se estrecharon la
-mano con efusión.</p>
-
-<p>—¿Cuándo ha venido usted?</p>
-
-<p>—Ayer por la mañana llegué.</p>
-
-<p>—¿Qué ocurre en Pilares?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>—Nada de
-particular. Lo de siempre. Que hay quien le espera a usted minuto por
-minuto, y usted entretanto... De esta queda usted como un cochero. Ya
-sé que vive usted con Angelón. Trabajará usted mucho, ¿verdad?</p>
-
-<p>—Alfonso del Mármol, moralista: es lo que me quedaba por ver.
-¿Cuánto dinero ha perdido usted en las treinta y seis horas que lleva
-en Madrid?</p>
-
-<p>—¿Cómo sabe usted?</p>
-
-<p>—Pues es difícil de adivinar. ¿Ha venido usted una sola vez a Madrid
-que no fuera a dejarse la piel o a echar otra nueva?</p>
-
-<p>—Pss... Pero, ¿cómo sabe usted que anoche me he dejado media
-pelleja? Pocas veces se me ha dado tan mal como ayer noche... ¡Qué
-barajas!</p>
-
-<p>—¿Cuánto, en suma?</p>
-
-<p>—¿A usted que le importa? —Mármol no se reía nunca como no fuera
-interiormente. Ahora, ciertas convulsiones arbitrarias del cigarro puro
-daban claras señales de que el fumador se reía entre pecho y espalda—.
-Setenta mil pesetas.</p>
-
-<p>—¿De veras?</p>
-
-<p>Mármol, siempre flemático e impasible, asintió con la cabeza.</p>
-
-<p>Estaban cerca de un corrillo, formado por pintores y escritores, de
-los cuales los más conspicuos eran Monte-Valdés y Bobadilla, el autor
-dramático.</p>
-
-<p>—Aquel es Bobadilla, ¿eh? —interrogó Mármol, apuntando con el
-cigarro descomunal al dramaturgo—. Lo digo por los retratos del
-<i>Nuevo Mundo</i>.</p>
-
-<p>—Él es. Y el otro, el cojo, Monte-Valdés.</p>
-
-<p>—Lo conozco.</p>
-
-<p>—¿Personalmente?</p>
-
-<p>—Lo conocía. Estudiábamos juntos en la Universidad de Santelmo: él,
-para abogado; yo, para médico.</p>
-
-<p>—¿Y no se han vuelto a ver desde entonces?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>—No.</p>
-
-<p>Alberto se acercó con Mármol al corrillo, y preguntó a
-Monte-Valdés.</p>
-
-<p>—¿Conoce usted a este caballero?</p>
-
-<p>—¡Pues no lo he de conocer! Mármol.</p>
-
-<p>Se saludaron.</p>
-
-<p>—No ha variado usted nada, salvo...</p>
-
-<p>—Sí, salvo la pierna. Tampoco usted ha variado nada... Digo... Me
-acuerdo que era usted un terrible jugador, el de más agallas de cuantos
-he conocido.</p>
-
-<p>—No ha variado nada —comentó Alberto.</p>
-
-<p>—Y recuerdo también la trailla de cuarenta perros que usted tenía,
-y no sé cuántos caballos. Pues, ¿y aquella célebre contienda que usted
-mantuvo con Trelles, el guatemalteco? —Monte-Valdés volviose hacia
-los circunstantes a explicar la contienda—: Era un día plomizo y de
-cierzo. El señor y el otro contendiente estuvieron por espacio de doce
-horas dándose de puñadas. El campo de la lucha era lo más empinado de
-una loma que llaman de Santa Genoveva. Toda la Universidad, haciendo
-alrededor un gran círculo, presenciaba el desaforado combate.</p>
-
-<p>Los presentes daban con los ojos muestras de asombro, si bien
-presumían que la fantasía de Monte-Valdés había colaborado con la
-historia y engrandecido el hecho. Mármol, con su acostumbrada rigidez,
-echaba humo por las narices y entornaba los párpados, como si nada de
-aquello fuese con él. Reanudose la charla, interrumpida con la llegada
-de Mármol y Guzmán. El tema era la política. Arsenio Bériz, el joven
-levantino, defendía con mucha vehemencia las más radicales ideas y
-procedimientos de gobierno. Monte-Valdés reprobaba los arrebatos del
-mozo, sacudiendo la cabeza y con ella las barbas, y enarcando las
-cejas. Él era jaimista.</p>
-
-<p>—¿Y es cierto que van a celebrar ustedes un mitin mañana? —preguntó
-Monte-Valdés a Alberto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span>—Sí, señor.</p>
-
-<p>—Tejero, ¿hablará?</p>
-
-<p>—El mitin es cosa de él.</p>
-
-<p>—Gran talento tiene ese Tejero. Si el mitin es para condenar la
-putrefacción e idiotez del nuevo Gabinete, me parece muy bien. Señores,
-hay que ver ese don Sabas Sicilia, que no sé cómo no lo han colgado ya
-de una pata y cabeza abajo en un farol de la Puerta del Sol, por ladrón
-—Monte-Valdés agitaba los brazos, enardecido—. Ahora, si es para hacer
-propaganda republicana... Vamos, que no acierto a explicarme cómo están
-ustedes tan obcecados...</p>
-
-<p>Bobadilla, el autor dramático, hombre mínimo de estatura y eminente
-de agudeza e ingenio, pulquérrimo en el vestir, y cuyo cráneo era
-un trasunto del de Mefistófeles, injerto en el de Shakespeare, se
-atusaba los alongados bigotes, muy atento a cuanto se decía; pero
-sin intervenir en el coloquio. Las manos de Bobadilla tenían extraña
-expresión: dijérase que en ellas radicaba el misterio de su arte. Eran
-unas manos pequeñuelas, cautas, meticulosas, elegantes, activas y,
-en cierto modo tristes, desde las cuales se dijera que colgaban, por
-medio de sutilísimos e invisibles hilos, gentiles marionetas, como si
-los dedos conocieran los incógnitos movimientos de la tragicomedia
-humana.</p>
-
-<p>—Ya, ya —decía Bériz con abierta prosodia levantina—. Miren que el
-don Sabas ha de ser viejo.</p>
-
-<p>—Pues aún pollea, aún pollea —glosó Bobadilla maliciosamente y con
-voz muy suave, sin dejar de atusarse el bigote. De todas sus palabras
-y obras lo característico era la finura y suavidad, cualidades estas
-tan regulares y acabadas en él que hacían presumir la existencia de
-un pesimismo disimulado y profundo, como esas puertas, con muelles
-escondidos, que nunca se cierran de golpe.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span>Sonaron los timbres
-llamando a la segunda parte. Guzmán, Bériz y Mármol fueron por un lado
-hacia el fondo del patio de butacas; el resto, por otro hacia los
-asientos de orquesta.</p>
-
-<p>Apenas se habían sentado, cuando Pascualito Sicilia se acercó a
-Alberto y le habló de cosas indiferentes.</p>
-
-<p>—¿Quién es aquel chimpancé de cría que está en aquel palco
-con la chimpancé matrona y el chimpancé paterfamilias? —preguntó
-Pascualito.</p>
-
-<p>—Me parece conocer la cara; pero, no sé.</p>
-
-<p>Mármol respondió:</p>
-
-<p>—Aquel chimpancé de cría es Angelines Tomelloso, y tiene la friolera
-de dos millones de pesetas en cada pierna, si no tiene más.</p>
-
-<p>—Sí, sí, ahora recuerdo. Es paisana nuestra —habló Alberto.</p>
-
-<p>—¡Caracoles! —epilogaron a un tiempo mismo Bériz y Pascual
-Sicilia.</p>
-
-<p>Cuando el hijo del ministro se hubo retirado, Mármol observó, en voz
-alta, pero como si hablase consigo mismo:</p>
-
-<p>—Cuidado que está apetitosa Rosina; más guapa que nunca. Y pensar
-que ese viejo...</p>
-
-<p>—Calla, pues no había caído en la cuenta —Guzmán se dio una palmada
-en la frente—. Pues si es usted quien la ha lanzado... En rigor, lo que
-ella ahora es a usted se lo debe. ¿Ha ido a visitarla?</p>
-
-<p>—De su cuarto venía cuando nos encontramos.</p>
-
-<p>—¿Y le ha recibido a usted bien?</p>
-
-<p>—Es muy cariñosa. Se me figura...</p>
-
-<p>—Qué, ¿quiere usted acotarla de nuevo?</p>
-
-<p>—Yo no digo nada.</p>
-
-<p>—Ella es todo lo fea que pueda ser una criatura humana, ché —acudió
-Bériz.</p>
-
-<p>—¿Quién? —investigó Alberto.</p>
-
-<p>—Esa señorita de Tomelloso. Parece un sapo; pero<span
-class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span> mira tú, ché, que es una
-tontería de millones.</p>
-
-<p>Bériz no apartaba los ojos de la niña de Tomelloso, una jovencita
-como de dieciocho años, minúscula y un si es no es contrahecha, la piel
-amarillo-terroso, los ojos rojizos y blandos.</p>
-
-<p>—Pero, ¿no me has dicho que tienes novia en tu pueblo?</p>
-
-<p>—Sí; la hija de un abaniquero. Total mucho aire, ché. Pero aquí está
-la auténtica y dulce pasta mineral catalana, que es la chipén.</p>
-
-<p>—Vete a tu pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo. Aún es hora para ti.
-Aquí terminarás por corromperte física, moral y artísticamente. Cuando
-te acuerdes, quizás sea tarde. Ya has saboreado una dedada de vicio e
-insensatez, y eso nunca está mal en la primera juventud, porque te dará
-el claroscuro de la vida. Tú eres un raro ejemplar de español que tiene
-sus cinco sentidos muy sagaces y despiertos. Cuida de no malograrte.
-Y si, como dices, amas el arte, huye de Madrid de prisa, vete a tu
-pueblo, Arsenio; vete a tu pueblo.</p>
-
-<p>—Buena homilía. Vaya, que el diablo harto de carne se mete a
-predicador —y Bériz se reía aturdidamente. De pronto se quedó
-pensativo, y murmuró como herido por súbito descubrimiento—: Puede que
-tengas razón. Ya hablaremos, ché.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_4">
- <h3>IV</h3>
-</div>
-
-<p>Así que los pasillos se descongestionaron de público y se oyó la
-orquesta preludiando la segunda parte del espectáculo, Teófilo, con
-agitado corazón y desmayadas piernas, se encaminó al cuarto de Rosina.
-Muy cerca de la entrada estaba Apolinar fumando un pitillo, apoyado en
-la pared. Teófilo repicó con los nudillos en la puerta. Salió a abrir
-Conchita:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>—Es don Teófilo.</p>
-
-<p>—Entra, criatura —gritó desde dentro Rosina. Y al ver aparecer al
-poeta—: ¡Ya me tenías intranquila! ¿Por qué no has venido antes?</p>
-
-<p>—Por la gente —Teófilo iba a sentarse en un pequeño diván.</p>
-
-<p>—Eso es; te sientas sin haberme dado un beso. Me parece muy bien.</p>
-
-<p>—Perdona, nenita. No quería molestarte —se acercó a la mujer y le
-besó con ternura la frente.</p>
-
-<p>—A eso llamas tú molestarme —Rosina hizo un mimoso mohín, que
-Teófilo lo sintió en los pulsos de las muñecas a modo de dulce desmayo
-y flojera, como si se estuviese desangrando mansamente.</p>
-
-<p>La doncella concluía de peinar a Rosina, quien estaba sentada frente
-al espejo, arrebujada en un ropón de liviana seda color tabaco.</p>
-
-<p>—Parece que estamos en los jardines de Haz el Primete y Abultadín,
-¿verdad, don Teófilo? —habló Conchita, paseando los ojos a la redonda
-sobre los ramos y canastillas de flores que atestaban el pequeño
-aposento, y se echó a reír con aquella alegría copiosa y borboteante de
-que estaba saturada aquella noche más que nunca.</p>
-
-<p>—Pero, ¿qué te ocurre hoy, niña? —preguntó Rosina con alguna
-severidad.</p>
-
-<p>—¿A mí? Como no sea el debut, que me tiene fuera de quicio.</p>
-
-<p>—¿Qué debut?</p>
-
-<p>—A ver cuál va a ser... El de usté —el rostro de Conchita
-enrojeció.</p>
-
-<p>—No te apures, criatura. Te puedes ir, si quieres, con tu Apolinar a
-ver la función, que yo ya no te necesito. Hoy será Teófilo mi doncella,
-él me ayudará a vestir. Digo... ¿qué te parece, Teófilo?</p>
-
-<p>—Admirablemente —Teófilo sonreía con beatitud.</p>
-
-<p>Conchita se echó una mantilla sobre la cabeza,<span class="pagenum"
-id="Page_192">p. 192</span> tomó su escarcela de mano, de largos
-cordones, y se dirigió con mucha prisa hacia la puerta.</p>
-
-<p>—Un minuto, Conchita, que esto no me lo puede arreglar Teófilo. Este
-<i>chichí</i> —y señalaba un dorado tirabuzón sobre la nuca.</p>
-
-<p>Conchita, tal como estaba y sin abandonar el bolsillo de mano, fue a
-dar los últimos toques al peinado de Rosina.</p>
-
-<p>—Ya está bien. ¡Jesús, qué golpe me has dado con el bolsillo! ¿Qué
-llevas dentro?</p>
-
-<p>—Un duro en calderilla —y la doncella se evadió ágil y riente.</p>
-
-<p>Rosina vino a sentarse en las piernas de Teófilo y se reclinó sobre
-él, procurando no estropear el tocado. Estaba un poco meditabunda.</p>
-
-<p>—Ya ves, Teófilo, lo que va de mujer a mujer. Ya te he contado lo de
-Conchita, ¿eh?</p>
-
-<p>—No, pero lo presumo.</p>
-
-<p>—Ya va para ocho días. Pues nada, que una noche no apareció por
-casa. ¡Qué susto! Creímos que le había ocurrido alguna desgracia. Por
-fin, a la mañana siguiente, aquí me tienes a la niña llorando como una
-Magdalena. Pero, ¿qué? El llanto le duró dos minutos. En una palabra,
-que había pasado la noche con el novio. Habías de verla. Loca de
-felicidad. Aseguran que se van a casar, y yo lo creo, porque el chico,
-por lo que he visto las veces que fue por casa, parece un muchacho
-formal. Pero, a lo que iba. Dicen que la mujer ha nacido para eso,
-para ser mujer, y que no lo es ni se puede decir que viva hasta que no
-tiene algo que ver con un hombre, y que por eso en este caso todas las
-mujeres están tan tontas, contentas y orgullosas. Ya, ya... Por lo que
-toca a Conchita, así parece: está chiflada y llega a ponerme nerviosa.
-Pero habías de verme a mí cuando ocurrió lo mío... Creí morir, sí,
-Teófilo; quise matarme. Ya sabes: el padre de Rosa Fernanda.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>—¿Quién fue?</p>
-
-<p>—Ya te lo he dicho. ¡No me atormentes!</p>
-
-<p>—No; nunca has querido decírmelo. Me has contado cosas
-inverosímiles.</p>
-
-<p>—Pues es la verdad. Un hombre como caído del cielo. Quiero decir
-que apareció y desapareció como por encanto —comenzó a llorar, y entre
-lágrimas suspiraba—. ¡Quizás aquello haya sido lo mejor!</p>
-
-<p>—¿Qué, qué es aquello? —interrogó Teófilo, asiéndola
-afanosamente.</p>
-
-<p>—Aquello... —bisbiseó con turbiedad en la mirada—. Aquello, ¿qué ha
-de ser, sino que desapareció para siempre?</p>
-
-<p>—Rosa, yo no puedo más, no puedo más. Esto no puede seguir así —dijo
-Teófilo con ardimiento.</p>
-
-<p>—No te comprendo.</p>
-
-<p>—Ni yo me comprendo a mí mismo. He hablado sin saber lo que decía.
-No sé lo que pienso, lo que quiero, lo que digo, lo que hago. ¿No ves
-que te adoro?</p>
-
-<p>—Y yo, ¿no te adoro también?</p>
-
-<p>—No sé.</p>
-
-<p>—¿No sabes?</p>
-
-<p>—Yo no sé nada, Rosina —y le mordisqueó la boca.</p>
-
-<p>—No seas loco, que tengo que salir a escena —se puso en pie—. Ahora
-me vas a ayudar a vestir, ¿quieres?</p>
-
-<p>—Sí, nenita, cromo bonito —y estos loores alfeñicados adquirían
-ridícula estridencia en su boca.</p>
-
-<p>Rosina se despojó del ropón, y quedó en pantalones. Teófilo se
-precipitó a besarle el busto, de carne aurialba, como si estuviera
-embebida en luz mate.</p>
-
-<p>—¡No, no y no! —Rosina pataleaba con gracioso enfado—. Sea usted
-formal. Buena me pondrían las amigas si supieran que permito tales
-confianzas a mi doncella...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span></p>
-
-<p>Teófilo se creyó obligado a reír el donaire, y todo lo que hizo fue
-componer una mueca lóbrega y desolada.</p>
-
-<p>—¿Te gustan estas medias? Son de la casa Gastineau —y se inclinaba a
-mirarse las piernas, embutidas en unas medias de un rojo opaco.</p>
-
-<p>Teófilo se embebeció contemplando las piernas de su amada, pulidas,
-de dulce carne acompañadas, perezosas, y de una pura línea curva que
-el músculo no torcía bruscamente ni quebraba: piernas más hechas para
-yacer y destacar sobre sedas oscuras que para caminar escondidas entre
-ropajes. Teófilo se arrodilló a besar las piernas de Rosina.</p>
-
-<p>—Vas a conseguir enfadarme, Teófilo.</p>
-
-<p>—No es mi culpa, ¡si eres tan linda!</p>
-
-<p>—Calla, ¿no oyes?</p>
-
-<p>Se detuvieron un punto con el oído en tensión. Desde el escenario
-subían los ecos de aclamaciones furiosas, luego las últimas adormecidas
-olas de la música lejana.</p>
-
-<p>—Un garrotín —dijo Rosina—. Hijo, menudo éxito. ¿Quién será?</p>
-
-<p>—Quizás la Íñigo.</p>
-
-<p>—No; esa va en la última parte, con la princesa y conmigo. Somos
-los números de fuerza. De modo que este es un éxito con que no se
-contaba.</p>
-
-<p>—Mayor será el tuyo.</p>
-
-<p>—Pss. ¿Creerás que no me importa?</p>
-
-<p>Rosina descolgó el vestido con que había de salir a escena y se lo
-metió por la cabeza.</p>
-
-<p>—Abróchame, Teófilo.</p>
-
-<p>En concluyendo de abrocharla Teófilo, Rosina levantó los brazos
-y giró delante del espejo, examinándose. Era el vestido largo, de
-sociedad: una túnica-camisa estrecha, hendida por los costados, de
-muselina de seda gris, puesta sobre un fondo rojo cereza y sostenida
-por un cinturón de acero en la base de los senos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span>—Quiero romper
-con esa moda ridícula de las cupletistas españolas, tomada de las
-francesas. Los trajes cortos ya apestan, chico. ¿Te gusta este? Y esta
-rosa preciosa que me has regalado y yo beso, aquí —se la colocó en el
-pecho.</p>
-
-<p>Por toda respuesta, Teófilo estrechó a Rosina entre sus brazos.
-Llegaban de la escena el runrún y estruendo de nuevas aclamaciones y
-aplausos; pero no las oyeron esta vez Teófilo ni Rosina, que se habían
-abandonado a un desvanecimiento de ternura. Cuando recuperó en parte
-sus fuerzas, la mujer, con húmedos ojos y voz blanda, habló:</p>
-
-<p>—Teófilo, mi dueño, no sé lo que hoy me pasa. Nunca he vivido
-en paz, mi querido; pero nunca he sentido que no vivo en paz tan
-desconsoladamente como hoy.</p>
-
-<p>—Serénate, Rosina, nena mía. Acaso estás nerviosa.</p>
-
-<p>—¿Por salir a escena, quieres decir?</p>
-
-<p>—Sin duda.</p>
-
-<p>—Parece mentira que me conozcas tan mal. ¿Qué me importa a mí eso?
-Es una cosa muy honda, mucho más honda... Es que siempre he buscado
-algo que me satisficiese y no he dado con ello. Tu cariño le anda muy
-cerca, pero aún falta algo. No sé. Quizás es porque estoy rodeada de
-ficciones, hipocresías, bajezas y no logro habituarme. ¡Maldito dinero!
-¿Por qué no tienes dinero? Yo quisiera vivir sola y retirada contigo
-y mi niña, contigo que me has querido como nadie me ha querido. Es
-necesario, es necesario, es necesario que yo sea de un solo hombre, que
-viva en paz —estrujaba con sus manos el rostro de Teófilo y hablaba
-ceñida a él, entreponiendo beso y palabra, palabra y beso—. Ese
-drama... ¿por qué no lo escribes si te ha de dar tanto dinero? No nos
-falta sino dinero. Si eres un hombre y es verdad que me quieres, busca
-dinero, róbalo aunque sea, Teófilo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>El poeta respondió
-arrebatadamente:</p>
-
-<p>—Lo tendré, lo tendremos. Si es preciso lo robaré.</p>
-
-<p>—Ruido de gente que viene. Ha debido de terminar la segunda
-parte.</p>
-
-<p>—Entonces te dejo.</p>
-
-<p>—Quédate.</p>
-
-<p>—No, no. Es mejor que me vaya.</p>
-
-<p>Se despidieron con un beso muy largo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_5">
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>En las escaleras del escenario Teófilo tropezó con un golpe de
-gente enardecida y entusiasta, cuyo corifeo era Angelón. Conducían
-triunfalmente a Verónica.</p>
-
-<p>—¿Qué le ha parecido a usted el éxito? —preguntó Angelón a
-Teófilo.</p>
-
-<p>—¿Cuál?</p>
-
-<p>—¿No ha estado usted en la sala? —interrogó Verónica.</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>El rostro de Verónica se entristeció. El cortejo triunfal siguió
-escalera arriba y el poeta descendió al pasillo. Iba aturdido por el
-entusiasmo que las últimas palabras de Rosina le habían infundido.
-Nunca había sentido dentro de sí tan confiado ímpetu para embestir el
-futuro. Mas, de repente, acordose de que Rosina no le había invitado
-a pasar la noche en su compañía, y el ímpetu se trocó al instante en
-desmadejamiento cordial y amargura. Echó a andar por los pasillos,
-ajenado del mundo externo, hasta que Alberto le detuvo, agarrándole de
-un brazo. Numerosa reunión de artistas y escritores comentaban en el
-tono más alto de fervor las danzas de Verónica. Monte-Valdés señalábase
-particularmente por la elo<span class="pagenum" id="Page_197">p.
-197</span>cuencia de su panegírico. Para Monte-Valdés no existía sino
-un sentido estético, el de la vista. De sí mismo acostumbraba decir:
-«No tengo oído; la música de ese teutón que llaman Wagner me parece
-una broma pesada. Sin embargo, me envanezco de sentir la emoción de
-la armonía, el acento y el ritmo mejor que los músicos profesionales,
-y he llegado a ello a través de la pintura. No conozco sentencia más
-aguda y veraz que aquella de Simónides, el Voltaire griego, en la
-cual se declara: <i>La pintura es poesía muda; la poesía es pintura
-elocuente.</i> Y decir poesía y armonía es una cosa misma.» Y así
-era en verdad. Gran prosista y poeta, había conseguido maravillosas
-sonoridades en el párrafo y la estrofa ensamblando los vocablos según
-su color. Quijote no solo en la traza corporal, sino también en el
-espíritu de su arte, manipulaba el lenguaje descubriendo haces de
-palabras como ejércitos de señores magníficamente arreados allí donde
-los demás no veían otra cosa que rebaños de borregos iguales, a medias
-desvanecidos detrás de una polvareda: porque para él cada palabra tenía
-su corazón, su abolengo pragmático y su armorial.</p>
-
-<p>—La danza —decía ahora Monte-Valdés—, es pintura, poesía y música
-mezcladas estrechamente, personificadas y dotadas no de existencia
-ideal, como ocurre en las manifestaciones singulares de cada una de
-ellas, sino de vida orgánica. La danza es el arte primario y maternal
-por excelencia.</p>
-
-<p>—Sí —asintió Alberto—. Cuando el hombre no ha alcanzado aún para sus
-emociones el alto don de la expresión consciente, las traduce en la
-danza; mejor dicho, se entrega a la danza, como si estuviera poseído
-por un ser invisible. Por eso la danza es un arte eminentemente místico
-y español. El misticismo es el baile de San Vito del espíritu. La danza
-es el misticismo de la carne.</p>
-
-<p>—Que la danza sea un arte religioso me parece<span class="pagenum"
-id="Page_198">p. 198</span> cierto. Que España sea la tierra del
-misticismo y de la danza, también; pero...</p>
-
-<p>—No hay sino parar atención en el número de palabras que existen
-en nuestro idioma para expresar el arrobo, éxtasis, transporte,
-embebecimiento y cien otros estados místicos, y la muchedumbre de
-bailes que hemos inventado: fandango, garrotín, bolero, cachucha,
-zapateado, vito, olé, panaderos, qué se yo.</p>
-
-<p>—Sí —corroboró don Alberto Monte-Valdés—, en esas dos formas de
-actividad nuestra experiencia nacional ha enriquecido el léxico de
-manera asombrosa. Pero hemos inventado mayor número aún de vocablos
-para designar otro acto que si no es precisamente místico, pudiera
-tener alguna concomitancia con ciertas formas de misticismo.</p>
-
-<p>—¿Cuál? —preguntó Alcázar, un pintor andaluz elegante, cenceño,
-oliváceo, de pergeño algo árabe y algo florentino.</p>
-
-<p>—La turca, la mona, la mica, la talanquera, la cogorza, etc., etc.
-Vayan recordando los infinitos nombres con que hemos bautizado la
-embriaguez. Pero a lo que iba, amigo Guzmán, es que no me parece exacto
-lo de que el alto don de la expresión consciente, como usted ha dicho o
-dado a entender, sea la característica del arte más alto y puro. Creo,
-por el contrario, que el arte no es sino emoción, y por lo tanto, que
-su expresión tiene mucho de instintiva y espontánea; de manera que la
-mucha luz consciente en ocasiones estorba a la forma artística y anula
-su plasticidad y relieve. En rigor me parece que no hay belleza sino
-en el recuerdo, y aquilatamos si una obra de arte es buena o no lo es
-según se nos presenta inmediatamente como un vago recuerdo personal, y
-en este caso es buena obra de arte, o como noticia, todo lo veraz que
-se quiera, de una cosa que no conocíamos, y entonces, para mí, se trata
-de una obra despreciable. Las buenas obras de arte se nos infunden de
-tal suerte en<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span> el
-espíritu, que al punto las asimilamos y las sentimos como un recuerdo
-que no logramos emplazar en el tiempo, algo así como las historias
-y palabras que hemos oído durante una convalecencia. Los versos de
-Garcilaso tienen siempre una emoción de recuerdo. Los de Góngora,
-nunca. En puridad, no existe belleza sino en lo efímero, porque lo
-efímero se transforma al instante en recuerdo y de esta suerte se hace
-permanente. Por eso la danza, que es el arte más efímero, quizás sea el
-arte más bello.</p>
-
-<p>—Según eso —atajó Bériz—, será más bella una quintilla de Camprodón,
-escrita en un papel de fumar, que un terceto del Dante, miniado en un
-pergamino.</p>
-
-<p>Monte-Valdés, con fiero desdén, como si el mozo levantino no
-existiera sobre el haz de la tierra, volviose a preguntar a Alberto:</p>
-
-<p>—¿Qué dice usted?</p>
-
-<p>—Que me parece bien lo que usted dice, en sustancia, y también que
-es perfectamente compatible con lo que yo había dicho, o, por mejor
-decir, con lo que yo pienso.</p>
-
-<p>—En suma —intervino Teófilo, que tenía estragado el pecho por la
-amargura y sentía necesidad de desahogarse de algún modo—, quedamos en
-que España es el país de la danza, y que la historia de España es toda
-ella una danza del vientre... vacío.</p>
-
-<p>—Ché, y eso que, como reza el refrán, de la panza sale la danza.</p>
-
-<p>Monte-Valdés contempló a los interruptores con largueza compasiva,
-como a gente que no comprende, y agregó:</p>
-
-<p>—Hay, en efecto, en los instintos del pueblo bajo español un no
-sé qué de divino y danzante, un no sé qué de claro instinto de la
-medida y la gracia. Y digo divino al mismo tiempo que danzante, porque
-ya los griegos añadían al nombre de sus dioses el apelativo<span
-class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> danzante o saltante. Plinio
-el joven, Petronio, Apiano, Estrabón, Marcial y Juvenal cantaron el
-elogio de las célebres bailarinas gaditanas. Y un canónigo del siglo
-<span class="allsmcap">XVII</span>, llamado Salazar, asegura que las
-danzas andaluzas que en su tiempo se bailaban eran las mismas de la
-antigüedad —Monte-Valdés gustaba mucho de aderezar la conversación con
-citas pintorescas, de las cuales tenía un bien surtido arsenal.</p>
-
-<p>—Y esta chica, Verónica, ¿qué le parece a usted?</p>
-
-<p>—Simplemente maravillosa; lo dúctil del cuerpo, lo estilizado y
-gentil de brazos, manos y dedos, y su cara, qué sugestiva y cambiante,
-qué profunda la angustia que a veces revelaba, qué matinal el alborozo
-otras veces, qué exquisita la euritmia plástica siempre. Dentro de ella
-se adivina un ímpetu caudal de fuerzas superabundantes. Como ha dicho
-Platón: «el hombre ha recibido de los dioses, junto con el sentimiento
-del placer y del dolor, el del ritmo y la armonía». Si esa muchacha
-da con un guía o maestro de sensibilidad artística llegará a ser una
-bailarina famosa.</p>
-
-<p>—¿Quiere usted conocerla?</p>
-
-<p>—Con mucho gusto.</p>
-
-<p>Subieron todos a felicitar a Verónica, a excepción de Teófilo, que
-permaneció a solas y cabizbajo, paseando a lo largo de los pasillos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_6">
- <h3>VI</h3>
-</div>
-
-<p>Verónica se sobrecogió al ver entrar por la puerta de su cuarto
-aquel torrente de hombres desconocidos; pero la presencia de Alberto le
-dio ánimos. A las alabanzas y encomios respondía riéndose sin tasa, con
-su transparente risa muchachil, y andaba de un sitio a otro sin pararse
-un punto, desasosegada de los nervios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span>—Pues na, señores;
-que he pasao un canguelo que ya, ya... Ha sido una tontería de este
-chalado —señalando a Alberto—, que se empeñó en que había de bailar.
-Luego, me pesó tanto haber dicho que sí. Pero si lo gracioso es que no
-sé bailar: bailo lo que buenamente me sale.</p>
-
-<p>Alcázar y Alba, entrambos afamados pintores, solicitaron hacerle
-sendos retratos al óleo.</p>
-
-<p>—Retratos míos... ¿y en color? Quiten allá... Si parezco una
-aceitunilla. Pero si ustedes se empeñan... El que pinta como las rosas
-es este, es muy habilidoso —por Guzmán.</p>
-
-<p>Travesedo se asomó a la puerta y llamó a Alberto.</p>
-
-<p>—¿Qué te ocurre? —preguntó Guzmán, ya en el pasillo.</p>
-
-<p>—Que tengo miedo que se nos agüe la fiesta. Y cuidado que va
-saliendo bien todo. ¿Has visto qué éxito el de esa neña? Ahora, con que
-se monte en las nubes y quiera subir el contrato...</p>
-
-<p>—No creo.</p>
-
-<p>—Por esta vez, y es la primera, me va a salir bien un negocio.
-No te figures que ganaré gran cosa. Jovino me paga cincuenta duros
-al mes; luego, el veinticinco por ciento de las utilidades. A esto
-renuncio de buena gana, y me conformo con que lo comido vaya por lo
-servido. La cuestión es que los cincuenta duros tiren hasta la próxima
-primavera. Pero, ese Jovino... En mi vida he visto hombre como él.
-¿Crees tú que se le importa un pitoche el negocio del circo? Ni esto.
-Solo piensa en jugarse el dinero en casinos y chirlatas. Pero yo quería
-hablarte del conflicto. Ya sabes que la Íñigo y Monte-Valdés no se
-pueden ver. Es una mujer escandalosa de veras y no de boquilla, como
-la pobre italiana, y le tiene al cojo unas ganas... Pues nada, que se
-ha enterado de que está aquí en los cuartos, y Angelón, que ha estado
-hablando con<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> ella, ha
-venido a decirme que lo va a esperar y tirarle de las barbas, y qué sé
-yo. Figúrate.</p>
-
-<p>—No hagas caso. No hará nada porque le tiene mucho miedo.</p>
-
-<p>—¿Esa, miedo?</p>
-
-<p>—Sí, hombre.</p>
-
-<p>—No me tranquilizas.</p>
-
-<p>—¿Y qué quieres que yo haga?</p>
-
-<p>—Que con cualquier pretexto te lo lleves abajo.</p>
-
-<p>—Ni que fuera un niño.</p>
-
-<p>—Por Dios te lo pido. Mira que si se me tuerce el espectáculo ahora,
-en la tercera parte, que es la de sensación... Hay una ansiedad enorme
-por ver a Rosina; me lo ha dicho Mármol; por cierto que ha venido de
-Pilares, ¿lo sabías?</p>
-
-<p>—Sí, ya lo he visto.</p>
-
-<p>—El ministro ha comprado media entrada general y le van a hacer una
-ovación a Rosina... Después la princesa Tamará. Creo que se presenta
-casi en pelota... Si salimos hoy con bien se asegura la temporada. Por
-lo que más quieras, llévate a Monte-Valdés abajo.</p>
-
-<p>—Haré lo que pueda.</p>
-
-<p>Cuando Alberto entró de nuevo en el cuarto de Verónica, Monte-Valdés
-peroraba elocuentemente acerca del baile, y la bailarina le oía
-embelesada. La elocuencia del literato era tan prieta y fluente, que
-Alberto no encontraba coyuntura por donde meterse a cortarla y luego
-precipitar la despedida.</p>
-
-<p>Sonaron los timbres para la tercera parte. Monte-Valdés continuaba
-perorando, y el resto de la reunión seguía con interés su amena charla.
-Después de pasado un tiempo, y cuando se oían los ecos de la orquesta,
-Alberto consideró que no había peligro ya y se levantó.</p>
-
-<p>—Señores, hace un momento que ha comenzado la tercera parte. ¿Les
-parece que nos vayamos?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>—¿Es posible? Yo no
-he oído los timbres. Pues sí, la orquesta está tocando. Vámonos. Dicen
-que esa Antígona es una mujer hermosísima.</p>
-
-<p>Se levantaron todos.</p>
-
-<p>—¿Se marcha usté ya? —dijo Verónica a Monte-Valdés—. A mí que me
-gusta tanto oírle... Deje usté que se vayan estos señores y quédese
-usté conmigo.</p>
-
-<p>—Mujer, no seas egoísta —amonestó Alberto.</p>
-
-<p>—O si no —Verónica comenzó a dar saltitos—, si a estos señores no
-les parece mal, puede usté venir conmigo al escenario y sigue usté
-hablando, y al mismo tiempo entre bastidores lo ve usté todo.</p>
-
-<p>—Eso es imposible, Verónica —atajó Alberto.</p>
-
-<p>—¿Por qué? Tú también te vienes con nosotros. Si es muy divertido
-estar entre bastidores. A estos señores no les digo nada porque no sé
-si consentirán tanta gente.</p>
-
-<p>Verónica condujo a Monte-Valdés y Alberto a la segunda caja del
-escenario, precisamente donde estaba la Íñigo aguardando la salida de
-un momento a otro. Monte-Valdés, con ampuloso desdén, fingió ignorar
-la presencia de su enemiga, la cual comenzó a agitarse nerviosa, a
-lanzar miradas aviesas al escritor y a sonreírse malignamente. Alberto
-estaba tranquilo, porque en sitio y ocasión tales no era verosímil
-una conflagración. Llegole a la Íñigo el turno para salir a escena.
-La música atacó un pasacalle jacarandoso. La cupletista, que lucía
-capa y montera de torero, encendió un pitillo, se ciñó la capa a
-las caderas y al vientre, sobradamente abultado, e hizo un breve,
-obsceno y raudo cadereo, como tanteando sus facultades; propedéutica
-o introducción del arte coreográfico, semejante al del cantador que
-carraspea y se escamonda el gañote antes de salir por peteneras.
-La Íñigo dio dos pasos hacia la escena, y ya en el borde de los
-bastidores, escorzó el torso en actitud desgarrada y hostil, miró de
-través<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> y de arriba
-abajo al escritor, vomitole en el rostro un agravio indecoroso y huyó
-a presentarse ante el público, moviendo desordenadamente el trasero,
-según andaba. Monte-Valdés, con perfecta naturalidad, salió también
-a escena en pos de la Íñigo, y cuando la tuvo cerca, sustentándose
-sobre la pierna de palo por un milagro de equilibrio, le aplicó con
-la pierna íntegra tan desaforado puntapié en las asentaderas que la
-mujer dio de bruces sobre las tablas. Hubo unos minutos de estupor
-general y de silencio hondo. A seguida estalló el escándalo con
-caracteres pavorosos, y la confusión de baladros, bramidos, pataleos,
-imprecaciones, carcajadas, ir y venir y correr de gente amenazaba dar
-al traste con el circo. Por encima del estruendo general nadaba la
-exasperada voz de Monte-Valdés.</p>
-
-<p>—¡Como yo tengo tanto pudor para las broncas!...</p>
-
-<p>Calmose la marejada antes de lo que fuera de esperar, y el público,
-muy regocijado después de aquel número fuera de programa, exigía ahora
-la continuación del espectáculo. Por fortuna, la princesa Tamará estaba
-dispuesta y en su punto, y salió a bailar unas danzas orientales,
-después que un criado anunció al respetable que a la señorita Íñigo le
-era imposible continuar su trabajo por haberle acometido inopinadamente
-una ligera indisposición.</p>
-
-<p>La indisposición consistía en un turbulento patatús. Entre seis
-hombres la habían llevado pataleando y echando espuma por la boca al
-cuarto de la dirección.</p>
-
-<p>Algunos amigos de Monte-Valdés y algunos que no lo eran, entre
-ellos el comisario de policía, habían acudido al escenario. De los
-primeros en subir fue don Bernabé Barajas, acompañado de su agraciado
-amigo, al cual no perdía de vista un momento, por temor a que se le
-extraviase. Iba don Bernabé de aquí acullá, escudriñando los orígenes
-del conflicto<span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> con
-femenina curiosidad, por ver en qué paraba el jaleo, cuando en una
-de estas echó de menos al joven amigo, y entonces, perdiendo todo
-interés por el resto de las cosas humanas, se consagró a recuperar a su
-compañero.</p>
-
-<p>—¿Han visto ustedes a Fernandito? —inquiría por todas partes con
-desolado lamento.</p>
-
-<p>Pero nadie le hacía caso. Fernando había subido las escaleras que
-conducen a los cuartos de las artistas y husmeaba en busca de alguna
-mujer bonita a quien requebrar. A la puerta de la dirección había un
-remolino de curiosos; el resto del pasillo estaba solitario. Veíase una
-puertecilla abierta y sobre el cuadrado de luz destacaba, al sesgo,
-gallarda figura de mujer.</p>
-
-<p>Era Rosina, que aguardaba a Conchita con nuevas de lo sucedido.</p>
-
-<p>Fernando se acercó a la mujer con disimulo y como si pasease, por
-verla más de cerca. «Debe de ser una gachí de órdago», pensaba, e
-iba aproximándose al desgaire. No podía distinguirle bien el rostro,
-porque estaba entre dos luces encontradas, pero observó con sorpresa
-que se llevaba entrambas manos al corazón, que se reclinaba en uno de
-los quicios, que se enderezaba nuevamente, y oyó que decía con voz
-desfalleciente:</p>
-
-<p>—¡Fernando!</p>
-
-<p>Fernando salvó de un salto los tres metros que le separaban de la
-mujer, la cual, en teniéndole cerca de sí, le tomó de la mano y le hizo
-entrar en la estancia, entornando después la puerta.</p>
-
-<p>—¡Fernando! —suspiró de nuevo la mujer. Estaba mortalmente pálida—.
-¿No me conoces ya?</p>
-
-<p>El mozo se había contagiado de la palidez y emoción de su incógnita
-compañera. Sentía la angustia dolorosa de un recuerdo, del cual estaba
-por entero saturado y con cuya expresión no acertaba. Era<span
-class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> como si le estuvieran
-revolviendo las entrañas y arrancando aquello que estaba más hondo y
-lejano para ponerlo en la superficie y a la luz. De pronto abrazó a la
-mujer con varonil reciedumbre y rugió más que dijo:</p>
-
-<p>—¡Rosina!</p>
-
-<p>Rosina, estrujada sobre el poderoso tórax de Fernando y sin poder
-respirar, en parte por la presión del hombre y en parte por el arrebato
-confuso que le atormentaba el pecho, elevando los ojos, como si con
-ellos bebiese los de él, alentó con delgado soplo y acento entre tierno
-y orgulloso:</p>
-
-<p>—Tenemos una hija: Rosa Fernanda.</p>
-
-<p>De pronto sacudiose por desasirse de Fernando y dijo
-atropelladamente:</p>
-
-<p>—¿Cuándo nos vemos? Hay que arreglarlo todo en seguida. Ya no
-te separas de mí. Vete inmediatamente a la esquina de la calle del
-Barquillo y Alcalá. Pasaré yo en dos minutos y te meterás en mi coche.
-En seguida, en seguida. Vete ya, que alguien llega.</p>
-
-<p>Besáronse y Fernando partió. Rosina no tuvo fuerzas para sustentarse
-en pie y cayó desmadejada sobre el pequeño diván. Conchita se alarmó al
-entrar.</p>
-
-<p>—¿Qué le ocurre a usté?</p>
-
-<p>—Nada, Conchita. Dame el abrigo. Me siento muy mal y voy a casa.</p>
-
-<p>—¿Y el debut?</p>
-
-<p>—¿No te digo que estoy muy mal? Acompáñame hasta el coche, nada más
-que hasta el coche; después ya no te necesito. Puedes pasar la noche
-con Apolinar, si quieres. Dile a Travesedo que me he puesto muy mala,
-muy mala y que no puedo cantar.</p>
-
-<p>A favor del desorden y aturdimiento que aún duraban, a consecuencia
-del incidente movido por Monte-Valdés, Rosina y su doncella pudieron
-salir del teatro sin que nadie parase mientes en ello. Conchita iba
-pensando: «Nuevo lío. Y ahora es gordo. ¡Qué<span class="pagenum"
-id="Page_207">p. 207</span> asco de vida esta! ¡Dios nos ampare,
-Dios nos ampare! ¡Virgen de la Paloma!» Le entró un arrechucho de
-ternura, y antes de que Rosina subiera al coche, se abalanzó a besarla,
-llorando.</p>
-
-<p>—Si supieras, Conchita... Ea, adiós.</p>
-
-<p>—Adiós, señorita, adiós, adiós, adiós.</p>
-
-<p>Conchita volvió a la dirección, en donde la Íñigo, rodeada de
-gentes solícitas que le daban masajes precordiales en el desnudo
-seno, comenzaba a recobrar el sentido. Travesedo y Alberto observaban
-la operación. Conchita refirió a Travesedo lo que ocurría. Alberto
-vio que el rostro de Travesedo, ebúrneo y linfático de ordinario, se
-congestionaba y que sus ojos se inyectaron de sangre.</p>
-
-<p>—¿Qué te ocurre? —preguntó solícito.</p>
-
-<p>—Nada, Bertuco; una friolera. Que Rosina se ha ido a su casa, muy
-enferma de un mal que le dio de repente. Y ahora, ¿quién se lo dice al
-público, después del escandalazo de Monte-Valdés? ¿No te lo decía yo?
-Mi sino es más negro que mis barbas —y se las mesó con ensañamiento.</p>
-
-<p>La omisión del número Antígona acarreó tan airada protesta que la
-policía hubo de intervenir y obligar a la Empresa a devolver el importe
-de los billetes, con lo cual la desesperación de Travesedo llegó a
-términos que anduvo a punto de pelarse las barbas, y si no lo consiguió
-fue porque las tenía tan arraigadas como su mala suerte.</p>
-
-<p>Y aún faltaba el rabo por desollar. Y fue, que cuando Travesedo
-subía a la dirección, curvado bajo la pesadumbre de su infortunio,
-descendía la condesa Beniamina, somera pero lindamente ataviada con
-un casaquín, no más abajo de medio muslo ni más arriba de medio seno;
-aquellas flores funerarias que tanto enojo le habían producido,
-cogidas en un brazado; el mico sobre un hombro y una sonrisa seráfica
-en los labios. Su número debía ser el último;<span class="pagenum"
-id="Page_208">p. 208</span> número de gran espectáculo. Consistía
-en un globo luminoso en cuya barquilla iba la condesa cantando y
-arrojando flores y que a través de los ámbitos del teatro, apagadas las
-luces, avanzaba y hacía extrañas evoluciones por medio de ingenioso
-artificio.</p>
-
-<p>—¿Adónde vas? —inquirió Travesedo ásperamente.</p>
-
-<p>—¿Adónde? Al palco escénico.</p>
-
-<p>—Pues mejor te vas a otra parte —Travesedo añadió una frase poco
-gentil.</p>
-
-<p>—¿Cosa?</p>
-
-<p>—Lo que has oído. Que se terminó la función.</p>
-
-<p>—¿Y el pallone?</p>
-
-<p>—¿El pallone? —esta vez su frase fue menos gentil aún.</p>
-
-<p>Cuando después de media hora Travesedo salía del malhadado circo,
-su lóbrego sino se había complicado con otro sino sangriento, porque
-desde la raíz de las barbas hasta muy cerca de los ojos le labraba las
-mejillas una red de purpurinos arañazos, obra de la inofensiva condesa;
-aquella que, al decir del propio Travesedo, era escandalosa solo de
-boquilla.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_7">
- <h3>VII</h3>
-</div>
-
-<p>Así que Fernando llegó a la esquina de las calles de Alcalá y
-Barquillo, un coche se detuvo junto a la acera. Abriose la puertecilla.
-El mozo entró en el carruaje. Rosina dio las señas de su casa. El
-cochero guió a través de la calle de Alcalá, luego a lo largo de la del
-Turco, hasta la del Prado. Rosina y Fernando no se habían dicho aún una
-palabra. La mujer, asomándose por una ventanilla, gritó al cochero:
-«A la Castellana.» Subió el vidrio y se dejó caer sobre el hombro de
-Fernando.</p>
-
-<p>—Me siento mal.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span>Fernando la
-acariciaba con lento manoseo y no sabía qué decir.</p>
-
-<p>—Ya no soy nada para ti —murmuró muy arisca, irguiéndose—. Mejor
-dicho, nunca he sido nada para ti. La mujer de una noche: una de
-tantas. ¿Con cuántas has hecho lo que conmigo, yendo de pueblo en
-pueblo? Si hasta me asombra que te acordases del santo de mi nombre. Lo
-mejor es que hagamos por no volver a vernos. Bájate del coche y adiós
-—su voz era árida y conminatoria.</p>
-
-<p>Fernando la agarró con bárbara violencia, la levantó en vilo y la
-sentó de golpe sobre sus piernas.</p>
-
-<p>—Cállate y no digas estupideces —masculló, triturándola casi, de lo
-cual recibía la mujer una alegría dolorosa.</p>
-
-<p>Rosina apoyó la cabeza sobre el hombro derecho de Fernando y le
-adhirió determinadamente los labios en la coyuntura del cuello y la
-mandíbula, como si quisiera succionarle la sangre. Sentía en sus
-encías el recio batido de la yugular y le embestía un ansia furiosa de
-morder.</p>
-
-<p>Después de largo silencio, Rosina bisbiseó:</p>
-
-<p>—Vamos a mi casa.</p>
-
-<p>—No puede ser.</p>
-
-<p>—¿No puede ser? ¿No puede ser? ¿Has dicho que no puede ser?</p>
-
-<p>—No puede ser.</p>
-
-<p>Rosina intentó desgajarse de Fernando. Fernando la retuvo,
-apresándola con brutal ahinco.</p>
-
-<p>—Suéltame, suéltame o te escupo. ¿No ves que me das asco?</p>
-
-<p>Fernando la dejó en libertad. Rosina fue a sentarse en el asiento.
-La luz de un farol público, entrándose por la ventanilla con movimiento
-de guadaña, segó por un instante las sombras del coche. Rosina pudo ver
-que Fernando tenía la cabeza caída sobre el pecho.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>—Tienes una
-querida. ¡Niégalo! Una querida rica que te sostiene. ¡Niégalo! Eres
-un chulo, eso, un chulo. No hay más que verte. ¡Niégalo!... ¿Vamos a
-casa?</p>
-
-<p>—No puede ser.</p>
-
-<p>—Claro. Si la otra lo sabe, adiós pitanza, y trajes de señorito,
-y la vida holgona. ¡Ten al menos el valor de confesar! ¿Tienes una
-querida?</p>
-
-<p>Fernando no respondió.</p>
-
-<p>—Di sí o no.</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>—¿No?</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>—Pues vamos a casa.</p>
-
-<p>—No puede ser.</p>
-
-<p>—¡Qué canalla! ¡Qué bandido! ¡Qué embustero!... Y qué cobarde,
-que lo oyes todo sin rechistar. ¿Cómo era posible que a la vuelta de
-unos años te encontrase hecho un señorito, si no es a fuerza de las
-indecencias que habrás cometido?</p>
-
-<p>—¿Y cómo te encuentro yo?</p>
-
-<p>Rosina, con voz estrangulada por la ira, bramó:</p>
-
-<p>—Pero, ¿te atreves?...</p>
-
-<p>—¡Perdón! —y su acento estaba empañado—. ¡Tenme lástima!</p>
-
-<p>Rosina no pudo oír la última frase de Fernando. Se había llevado
-las manos al pecho, y al tropezar con la rosa de Teófilo, ajada y
-media deshecha por otro hombre, sintió su conciencia traspasada de
-remordimiento. Vio que la conducta de Fernando para con ella era la
-misma de ella para con Teófilo. Teófilo la quería para sí, por entero;
-pero ella no se atrevía a renunciar a los beneficios que de don Sabas
-recibía. Fernando tampoco se resolvía a despreciar las dádivas de
-aquella desconocida amante. Rosina era supersticiosa. Pensó: «Castigo
-de Dios. Me lo he merecido. El que a hierro mata, a hierro muere.» Y la
-imagen de Teófilo se agigantó en su recuerdo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>Rosina oprimió el
-llamador del coche. El cochero detuvo los caballos.</p>
-
-<p>—Haz el favor de bajar.</p>
-
-<p>—¿Me echas?</p>
-
-<p>—Haz el favor de bajar.</p>
-
-<p>—Has sido como un sueño. Para mí siempre has sido un sueño... —se
-detuvo, esperando que Rosina dijera nuevamente: «Vamos a casa.» Pero
-Rosina permaneció en silencio—. Mi corazón —habló a tiempo que echaba
-pie al estribo— ha estado siempre lleno de sueños. Un sueño, la primera
-vez que te vi. La segunda vez, una pesadilla —y cerró de golpe la
-portezuela, como si quisiera despertarse a la realidad.</p>
-
-<p>Y entonces fue Rosina la que se quedó como soñando. Poco después
-abrió la ventanilla, asomó por ella todo el torso, y gritó, como
-loca:</p>
-
-<p>—¡Fernando! ¡Fernando!</p>
-
-<p>—¿Adónde vamos, señorita? —preguntó el cochero.</p>
-
-<p>—A casa.</p>
-
-<p>Rosina se retrepó en el respaldar del asiento y murmuró en voz baja:
-«Pero, ¿no estoy de veras soñando?»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_8">
- <h3>VIII</h3>
-</div>
-
-<p>Salieron juntos del circo Angelón, Teófilo y Alberto, con Verónica.
-Alberto le tenía ya dicho a Angelón que Teófilo, no sabiendo dónde
-dormir aquella noche, solicitaba de él hospitalidad, a lo cual Angelón
-había accedido de buen grado. Subían por la calle del Caballero de
-Gracia, comentando festivamente los varios sucesos trágicos y bufos de
-la jornada.</p>
-
-<p>—Neña, tú has sido la heroína. Ya puedes estar contenta —dijo
-Angelón, que llevaba a Verónica del brazo—. ¿Cómo te sientes?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>—Muy cansada.</p>
-
-<p>—Entonces cenaremos en el Liceo Artístico, y así te repones.</p>
-
-<p>—A la otra puerta. Lo que es yo me voy ahorita a la cama.</p>
-
-<p>—Estás loca. No sabes la diversión que se nos prepara en el Liceo
-con <i>el Obispo retirado</i>.</p>
-
-<p>—Chico, pa mí, como si me dijeras que, no ya el obispo, el Papa en
-persona va a bailar un zapateao en camisón.</p>
-
-<p>—Mejor que eso, neñina.</p>
-
-<p>—¿Qué es ello?—Preguntó Teófilo.</p>
-
-<p>—¿Conoce usté a Mármol?</p>
-
-<p>—Alberto me lo ha presentado.</p>
-
-<p>—El jugador más fresco. No hay nada que le haga perder su
-impasibilidad. Me ha dicho que va esta noche al Liceo, porque ha sabido
-que don Jovino, <i>el Obispo retirado</i>, tu empresario, neña...</p>
-
-<p>—Ya, ya me he enterado...</p>
-
-<p>—Digo que <i>el Fraile motilón</i>, que tiene más dinero que pesa,
-y que se lo juega con tanta frescura como Mármol, va al Liceo todas
-las noches. De manera que vamos a presenciar la lucha más descomunal e
-interesante que han visto los siglos.</p>
-
-<p>—Pues, memoria a la familia del <i>Obispo</i>. Estoy muerta,
-Angelón, y necesito dormir.</p>
-
-<p>—Hijita, yo no voy a casa todavía: que te acompañe Alberto.</p>
-
-<p>—Yo también me voy a dormir, si usted me lo consiente —habló
-tímidamente Teófilo.</p>
-
-<p>—Usted se viene conmigo, porque nadie sabe en dónde está la ropa
-blanca y no se puede hacer la cama hasta que yo vuelva.</p>
-
-<p>—Eso no importa. Duermo vestido.</p>
-
-<p>—¡No faltaba más! Usté se viene conmigo. ¿No ha estado usted aún en
-el Liceo?</p>
-
-<p>—Todavía no.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>—La golferancia en
-pleno de Madrid cae por allí todas las noches.</p>
-
-<p>—Sin embargo, estoy cansado. Si usted no lo tomase a mal, yo me iría
-a dormir.</p>
-
-<p>—Ya lo creo que lo tomo a mal.</p>
-
-<p>—No sea usted impertinente —intervino Alberto—. Deje usted a la
-gente dormir cuando tiene sueño. Por otra parte ese desafío no será tan
-formidable como usted supone, porque yo he estado hablando con Alfonso
-del Mármol y sé que no se jugará arriba de tres mil duros, por la
-sencilla razón de que es todo lo que le queda en el bolsillo después de
-la paliza que ayer le han dado en el casino.</p>
-
-<p>—¿Está usted seguro?</p>
-
-<p>—Y tan seguro.</p>
-
-<p>—De todas maneras a Pajares no le importa acostarse dos horas más
-tarde o más temprano. Los poetas modernistas son noctámbulos —abandonó
-el brazo de Verónica y aseguró el de Teófilo—. Bueno, adiós. Usted,
-¿vuelve también, después de dejar a Verónica?</p>
-
-<p>—No. Yo voy a dormir, que me he de levantar mañana temprano. ¿No
-recuerda usted que mañana es el día del mitin? Y no me parece que sea
-la mejor preparación espiritual un garito. Verdad que Cristo andaba
-siempre entre publicanos y prostitutas; pero...</p>
-
-<p>—Mítines... ¡Qué gansada! Cuándo sentará usted la cabeza...
-—manifestó Angelón en tono afectuoso.</p>
-
-<p>Las dos parejas se separaron.</p>
-
-<p>Apenas Angelón y Teófilo habían traspuesto la mampara de bayeta
-verde del garito, cuando don Bernabé Barajas acudió hacia ellos, con
-abiertos brazos, acongojadas pupilas y temblequeante abdomen.</p>
-
-<p>—¿No han visto ustedes a Fernandito?</p>
-
-<p>Angelón no sabía quién fuese Fernandito, aunque lo presumía, y
-acudió al punto a responder.</p>
-
-<p>—Ahora mismo nos hemos cruzado con él.</p>
-
-<p>—¿En dónde?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span>—En la calle de
-Carretas. Iba con <i>la Dientes</i>.</p>
-
-<p>—¿Con esa piculina desorejada?</p>
-
-<p>—Con la misma. Hacia la Central.</p>
-
-<p>—¡Desdichado! —gimió don Bernabé, y tomando el sombrero de la percha
-huyó desolado.</p>
-
-<p>Las varias estancias y gabinetes del Liceo Artístico tenían aspecto
-sórdido y de gusto depravado. Las paredes estaban revestidas con papel
-descolorido, estampado de floripondios como coles; de trecho en trecho,
-un pegote de papel diferente, o un rectángulo donde el papel conservaba
-su color original por haberle defendido de la corrosión de la luz un
-cuadro que allí había estado colgado en otro tiempo. También había en
-los muros uno que otro espejo, saldo de un café o casino quebrado,
-con espigas y amapolas pintadas al óleo en una esquina, y el mercurio
-de la luna amortiguado y ensombrecido por unos a manera de vapores
-de incierta amarillez. Teófilo esquivaba mirarse en tales espejos,
-porque de primera intención, y habiéndose contemplado sin querer,
-había advertido que derretían la materialidad de los cuerpos en ellos
-retratados y les daban vagorosa turbiedad de fantasmas.</p>
-
-<p>Recortándose duramente sobre aquel fondo precario, bullían las
-figuras; las femeninas, todas ellas damas cortesanas o entretenidas,
-vestidas, como criadas de casa grande en carnaval, con heterogénea
-y recargada mescolanza de atavíos señoriles ya usados y envueltas
-en una atmósfera de hedores que ofendía el olfato: que el olfato
-repugna la mucha fragancia, así como los ojos se duelen de la mucha
-luz. Estas damas, la mayor parte feas y gordas, que eran la espuma de
-la prostitución madrileña, satisfacían su añeja y exacerbada hambre
-de lujo hartándose de él en tanta medida que hacían pensar en las
-orgías deglutivas de los salvajes de Nueva Zelandia cuando dan por
-ventura, y después de largas privaciones, con<span class="pagenum"
-id="Page_215">p. 215</span> una ballena putrefacta, que devoran en
-delirio, sin saciarse nunca, hasta reventar.</p>
-
-<p>Las figuras masculinas eran heterogéneas; junto con el hombre
-correcto y de buena sangre, personaje episódico y de paso, víctima por
-lo regular de las malas artes de la tafurería, podían verse el señorito
-achulado, el chulo aseñoritado, el comiquillo epiceno y el chulo sin
-bastardear, con todos los caracteres específicos de la casta.</p>
-
-<p>Había por dondequiera mesas octogonales para <i>poker</i> y en torno
-de ellas aquellas damas tan suntuariamente vestidas regateaban a gritos
-una peseta y aun menos, como cocineras que ajustan un pollo en el
-mercado.</p>
-
-<p>Angelón guió a Teófilo hasta la sala de juego. Estaba la gente
-acomodándose en derredor del gran violón verde, en cuyo centro, junto
-al tazón de níquel para las cartas jugadas, había cuatro paquetes
-deshechos de barajas francesas. Entre los concurrentes estaban Alfonso
-del Mármol y don Jovino, <i>el Obispo retirado</i>. Iba a comenzar la
-partida. Un criado con galones subastaba la baraja.</p>
-
-<p>—Talla para el <i>baccara</i>, señores —canturreó el mozo con
-sonsonete sacristanesco.</p>
-
-<p>—Mil pesetas —dijo Mármol entre dientes.</p>
-
-<p>—Dos mil —añadió don Jovino con los ojos clavados en el cielo raso,
-como si postulase la intervención divina.</p>
-
-<p>—Dos mil —hizo eco el mozo—. Dos mil, una... Dos mil, dos...</p>
-
-<p>—Tres mil —atajó Mármol. Tomó el largo cigarro con dos dedos y
-comenzó a darle vueltas entre los labios para alisar la capa; luego lo
-contempló, vio que estaba bien, se lo llevó a la boca, y las manos a la
-espalda. Parecía que estaba a solas en su casa, aburriéndose.</p>
-
-<p>—Cuatro mil —se apresuró a decir <i>el Obispo reti<span
-class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span>rado</i>, como si hubiera
-recibido una intuición celestial.</p>
-
-<p>—Cuatro mil, señores. Cuatro mil, una... Cuatro mil, dos... Cuatro
-mil...</p>
-
-<p>Mármol retiró una mano de debajo de la chaqueta, que en él era
-actitud habitual cuando estaba en pie o paseaba llevar las manos
-enlazadas sobre los riñones y debajo de la chaqueta. Alargó el brazo
-hacia el mozo con no menos solemnidad que Josué hacia el sol, le ordenó
-tácitamente que se detuviera, sacudió la ceniza del cigarro con el dedo
-meñique, y dijo con aire de indiferencia:</p>
-
-<p>—Cinco mil.</p>
-
-<p>—Cinco mil, señores. Cinco mil, una... Cinco mil, dos... Cinco
-mil..., tres —el mozo dio con los nudillos sobre el violón y declaró al
-mismo tiempo—: Don Alfonso del Mármol talla.</p>
-
-<p>—Banco —agregó al punto <i>el Obispo retirado</i>.</p>
-
-<p>—Bueno; yo no entiendo una palabra de todos estos ritos —murmuró
-Teófilo al oído de Angelón.</p>
-
-<p>—Pues es más fácil que hacer un soneto, aunque el soneto sea
-modernista. El que más alto puja, ese talla. Banco quiere decir que
-don Jovino juega todo lo que se talla, contra el banquero, al primer
-pase, mano a mano; de manera que a los otros no les toca sino mirar.
-¿Que gana Mármol? Ya tiene diez mil pesetas en lugar de cinco mil. ¿Que
-las cartas favorecen al <i>motilón</i>? Pues Mármol se queda sin las
-cinco mil del ala, y a otra cosa, es decir, a otra baraja, a no ser que
-reponga la banca.</p>
-
-<p>—¡Es curioso! —exclamó Teófilo, que era ya víctima de la capciosidad
-del juego.</p>
-
-<p>—¿Curioso? No veo la curiosidad... —murmuró Angelón, con desdén
-hacia la inexperiencia del poeta.</p>
-
-<p>Teófilo se había interesado al punto en aquel raro combate, y
-con el corazón se había puesto del lado de uno de los combatientes,
-del lado de Mármol, cuyo éxito consideraba como cosa propia; a don
-Jo<span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>vino le aborrecía
-como a un adversario con el cual tuviera antiguos y enconados motivos
-de resentimiento. Aplicábase a seguir las peripecias del juego,
-conteniendo la respiración y con pulso agitado. Don Jovino ganó el
-banco. Alfonso del Mármol colocó otras cinco mil pesetas sobre la
-mesa y continuó tallando. La baraja se deslizó con alternativas y
-altibajos, al fin de los cuales, Teófilo, que no perdía de vista las
-manos de Mármol, estaba seguro que su aliado mental había ganado unas
-seis mil pesetas. «Ahora tiene dieciséis mil pesetas», pensó. Durante
-esta baraja Fernando había llegado a la mesa de juego y jugado algunos
-duros, con gran circunspección y ensimismamiento. La partida estaba
-muy animada. Corría en abundancia el dinero. Pero las posturas más
-considerables eran siempre las del <i>Fraile motilón</i>, de suerte
-que se mantenía en todo momento un antagonismo personal entre él y el
-banquero.</p>
-
-<p>—¿Y será cierto lo que ha dicho Alberto? —inquirió Teófilo, muy
-hostigado de la curiosidad.</p>
-
-<p>—¿Qué es lo que ha dicho Alberto?</p>
-
-<p>—Que Mármol no tiene más que quince mil pesetas en el bolsillo.</p>
-
-<p>—Cuando él lo ha dicho. Son muy amigos, y Mármol no le iba a decir
-una mentira.</p>
-
-<p>—¿Está casado?</p>
-
-<p>—Y con ocho hijos.</p>
-
-<p>—Tan joven... Y se juega así el dinero... Debe de ser muy rico.</p>
-
-<p>—No sé. Él siempre se juega el dinero por lo grande.</p>
-
-<p>Subastaron la segunda baraja, que Mármol volvió a rematar en cinco
-mil pesetas, y don Jovino a hacerle banco, que esta vez ganó Mármol.
-Al final de esta baraja, según los cálculos de Teófilo, que eran muy
-concienzudos, Mármol había llegado a las veintidós mil pesetas. En la
-baraja siguiente, que también<span class="pagenum" id="Page_218">p.
-218</span> remató Mármol, la suma total adquirió un valor de treinta y
-dos o treinta y cinco mil, que en estas alturas el cómputo exacto era
-muy difícil; pero Teófilo sabía que no era menos de lo uno ni más de lo
-otro.</p>
-
-<p>En la subasta de la baraja inmediata las hostilidades se avivaron
-por parte del <i>Obispo</i>. Subían uno y otro y nunca se daban por
-satisfechos. Al llegar a las treinta y tres mil, Mármol se abstuvo
-de pujar y quedó la baraja por cuenta de don Jovino. «Es que no hay
-más de treinta y dos mil. Mi cálculo era correcto», pensó Teófilo. Se
-sentía tan en la pelleja de Mármol, que sus pensamientos se enunciaban
-espontáneamente en la primera persona del plural; así: «diez millones
-que tuviéramos, diez millones que hubiéramos tallado, si ese cerdo
-cebado se obstinara en seguirnos a los alcances. Pero no podemos pasar
-de las treinta y dos mil.» El corazón de Teófilo comenzó a apretarse
-al pasar Mármol desde el sitial del banquero al democrático escaño de
-<i>punto</i>; la buena suerte de Mármol se anubló de tal manera, que
-en muy pocos pases perdió treinta mil pesetas; lo que no perdió fue el
-gesto cansado y tedioso de hombre que está a solas aburriéndose.</p>
-
-<p>—¡Nos ha reventado ese puerco! —eyaculó Teófilo, malhumorado, sin
-poder contenerse.</p>
-
-<p>—¿El qué? —interrogó Angelón.</p>
-
-<p>—Nada. Digo que <i>el Obispo</i> le ha ganado a Mármol todo lo que
-tenía. Solo le quedan dos mil pesetas.</p>
-
-<p>—Bastante es para desquitarse. Tiene una suerte loca.</p>
-
-<p>—Por mucha que tenga. ¿Qué se puede hacer con dos mil pesetas?</p>
-
-<p>—¿Qué dice usted? ¿Usted sabe lo que son dos mil pesetas?</p>
-
-<p>El rostro de Teófilo se empurpuró. Hubo de colocarse por un momento
-en su propio presente histórico; pero se desplazó a seguida que oyó
-decir a don Jovino:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—Hay una
-continuación.</p>
-
-<p>—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Teófilo.</p>
-
-<p>—Que no talla ya más. Otro, si quiere, puede continuar tallando la
-misma baraja.</p>
-
-<p>—Sí, sí; a buena hora. Después que esa bestia se lo ha llevado
-todo.</p>
-
-<p>—Yo la continúo —tartajeó Mármol, con el cigarro entre los dientes,
-y con el mismo tono con que le hubiera pedido una cerilla al mozo. Se
-levantó, parsimonioso, y fue a sentarse en el sitial del banquero. Dio
-dos chupadas sonoras al cigarro; estaba apagado. Extrajo del bolsillo
-una cerillera de oro y se las arregló de suerte que hubo de encender
-seis o siete antes de que ardiese una, y entonces chupó con ahinco
-hasta esfumarse detrás de una nube de humo. Cuando reapareció se le
-vio que estaba sacándose los puños con aire sosegado y poniendo los
-brazos en arco, como si ensayase un paso de garrotín. El resto de los
-jugadores, comidos de impaciencia y de angustia, le asaetaban con los
-ojos. Le hubieran dado de golpes, pero no se atrevían a hablar por no
-descubrir su desazón.</p>
-
-<p>Don Jovino estaba visiblemente nervioso y pálido de cólera. Con la
-mano, pequeñuela y canónica, arañaba la mesa.</p>
-
-<p>—¡Qué hombre admirable! —bisbiseó Teófilo en elogio de Mármol.</p>
-
-<p>En efecto, Mármol era un genio en las artes aleatorias. Sabía que
-la fascinación del juego está en que bajo su acción se desvanece el
-sentido del tiempo, y de aquí nacen sus consecuencias, así placenteras
-como funestas, porque sin el sentido del tiempo no cabe noción del
-trabajo, y sin esta no existe el concepto del valor, por donde en torno
-de una mesa de juego se congrega una humanidad que momentáneamente se
-exime de la maldición paradisiaca, y goza, por lo tanto, de aquellos
-dos edénicos atributos que, sien<span class="pagenum" id="Page_220">p.
-220</span>do humanos, eran casi divinos: no tener miedo a la muerte
-ni conocer qué cosa sea trabajo. La mayor parte de los jugadores
-pierden, con la conciencia del tiempo, la fruición del juego, y aquí
-venía Mármol a despertarles de su letargo e inculcarles, quieras que
-no quieras, la sensación del tiempo, y por corolario una emoción
-contradictoria e intensísima.</p>
-
-<p>En tanto duraban las maniobras de Mármol, Teófilo había estado
-informándose, por medio de Angelón, de ciertos pormenores atañederos al
-juego.</p>
-
-<p>—Es decir, que si ahora le sale el pase en contra se tiene que pegar
-un tiro...</p>
-
-<p>—Eso no, porque se apresurarían a pegárselo antes de que él se
-molestase: en buena parte estamos. Lo que ocurre es que no puede ser
-verdad eso que nos ha contado Alberto. No puede ser; se necesitaría
-estar loco.</p>
-
-<p>—¿Que no puede ser? Puede ser y es —afirmó Teófilo, con entonación
-infalible.</p>
-
-<p>—Pues yo no lo creo.</p>
-
-<p>En aquel punto Mármol recorrió con los ojos la superficie del
-violón. El dinero apostado andaba por las cuatro mil pesetas. Teófilo
-lo contó mentalmente, tranquilizándose. «Creí que era más. Puede que
-le quede otro tanto a él», se dijo abandonando el plural, porque el
-trance era harto difícil para asumir su responsabilidad. Al llegar con
-la mirada al dinero de don Jovino, los ojos de Mármol se reposaron,
-dijérase que a lo burlón. Don Jovino, con ademán vehemente, puso dos
-mil pesetas más sobre las dos mil que ya tenía apostadas.</p>
-
-<p>—Banca abierta —musitó Mármol.</p>
-
-<p>—¿Qué? —clamó don Jovino.</p>
-
-<p>Mármol se abstuvo de contestar, como si nada hubiera ocurrido, en
-lo cual demostró gran tino, porque antes de poder decir nada ya se
-le habían adelantado dos o tres jugadores, los cuales, volviéndose
-hacia don Jovino, hablaron al tiempo mismo: «Que<span class="pagenum"
-id="Page_221">p. 221</span> banca abierta.» Don Jovino colocó cuatro
-mil pesetas más. Mármol comenzó a repartir las cartas lentamente.
-Teófilo volvió las espaldas a la mesa.</p>
-
-<p>—No quiero verlo —rezongó, con los pulmones en suspenso.</p>
-
-<p>Había un maravilloso silencio, que se prolongaba, se prolongaba...
-Teófilo oyó la cauta, elegante voz de Mármol diciendo <i>nueve</i>.
-Giró sobre los talones, inflamado de júbilo. Nueve era la mejor
-carta.</p>
-
-<p>—¡Qué suerte! —exclamó Angelón, ligeramente contrariado.</p>
-
-<p>Un <i>croupier</i> apilaba con la raqueta el dinero diseminado
-por los paños; otro lo recogía con el <i>sable</i>. Mármol, en medio
-de los dos, no se dignaba dar la menor muestra de interés hacia la
-recolección. Toda la baraja resultó a favor de Mármol, y como don
-Jovino había perdido su sangre fría, las pérdidas de este y ganancias
-de aquel fueron tales que los talentos aritméticos de Teófilo se
-hicieron un embrollo y no atinaron a calcularlas.</p>
-
-<p>A partir de este momento la lucha perdió todo interés. El <i>Fraile
-motilón</i> era derrotado de continuo, ya de banquero, ya de punto,
-y, a la sombra de Mármol, el resto de los jugadores se ensañaba en
-él, extrayéndole el dinero a chorros. A medida que perdía, don Jovino
-recobraba la serenidad.</p>
-
-<p>Ya avanzada la noche sobrevino en la sala de juego don Bernabé
-Barajas, el cual, así que vio a Fernando, corrió a su vera, jadeante y
-con aliento entrecortado.</p>
-
-<p>—¿Dónde te has metido? ¡Ay! ¡Qué susto me has dado!</p>
-
-<p>Los presentes rieron de manera inequívoca y contemplaban, así
-a don Bernabé como a Fernando, con ánimo respectivamente burlón y
-despectivo. En un abrir y cerrar de ojos Fernando se había puesto en
-pie, lívido sobremanera, y girando sobre la cintu<span class="pagenum"
-id="Page_222">p. 222</span>ra aplicó una enorme y restallante bofetada
-sobre el turgente rostro de su dulce amigo. Algunos se precipitaron a
-sujetarlo.</p>
-
-<p>—No es necesario —dijo el mozo muy sereno, apartándose de la
-mesa.</p>
-
-<p>—Pero Fernandito, hijo, ¿qué te he hecho yo? —se lamentó el buen
-señor, algo sorprendido.</p>
-
-<p>—Es que todo el mundo se figura..., y yo ya estoy harto.</p>
-
-<p>—Pero, ¿qué es lo que se figura, criatura?</p>
-
-<p>—Diga usted aquí, delante de toda esta gente, si ha conseguido usted
-algo de mí.</p>
-
-<p>—¡Ay, qué cosas tienes! Yo, ¿qué iba a conseguir?</p>
-
-<p>—Diga usted la verdad.</p>
-
-<p>—Yo soy un caballero.</p>
-
-<p>Prodújose una gran carcajada que enardeció más al ya enardecido
-mozo.</p>
-
-<p>—¡Diga usted la verdad, se lo suplico!</p>
-
-<p>En esto llegó el presidente del círculo, un matón con ribetes de
-escritor o viceversa, y acercándose a Fernando, sentenció con engolada
-austeridad:</p>
-
-<p>—En este círculo no se toleran escándalos y menos de tal índole.
-Haga usted el favor de marcharse.</p>
-
-<p>—No sin que antes quede en claro que yo soy tan decente como el que
-más.</p>
-
-<p>—Haga usted el favor de marcharse —e iba a asirle de un brazo.</p>
-
-<p>—Cuidado con tocarme ni al pelo de la ropa. Yo hice mal en abofetear
-a don Bernabé, lo confieso; pero si lo hice fue porque me pareció
-ver que todos estos señores se figuran algo que no es verdad y perdí
-la cabeza. Yo no me voy sin que don Bernabé conteste a lo que le he
-preguntado.</p>
-
-<p>—Don Bernabé puede contestar o dejar de hacerlo, según le salga de
-la voluntad. Pero usted no puede continuar aquí.</p>
-
-<p>Mármol, que hasta aquel momento había permane<span class="pagenum"
-id="Page_223">p. 223</span>cido como ausente de todo, se puso en pie,
-se acercó al presidente, acariciándose la barbilla color de trigo, y
-muy fríamente declaró:</p>
-
-<p>—Tiene razón el muchacho y no sé por qué regla de tres ha de
-marcharse si no le da la gana. Por lo demás —añadió, mirando a
-Fernando—, si en un principio alguien se ha figurado algo, creo que
-luego han cambiado todos de parecer. Las apariencias suelen engañar
-—concluyó, contemplando con ojos entornadizos y de lástima al
-presidente.</p>
-
-<p>—Claro que las apariencias suelen engañar —corroboró don Bernabé—.
-Yo soy un caballero.</p>
-
-<p>Nuevas risas.</p>
-
-<p>—Muchas gracias —dijo Fernando, sacudiendo virilmente la mano de
-Alfonso del Mármol—. Y buenas noches la compañía.</p>
-
-<p>Y el mozo salió de la sala con firme compás de pies.</p>
-
-<p>—Vámonos nosotros también —rogó Teófilo a Angelón, poco después que
-el desconocido e iracundo joven se hubo marchado—. Estoy rendido.</p>
-
-<p>—Vámonos si usted lo desea.</p>
-
-<p>Según andaban camino de casa, Teófilo sentía en el alma un
-malestar oscuro y de fondo, y en la conciencia impresiones confusas y
-pronósticos de ideas. Amenazábanle las silenciosas moles de la ciudad
-durmiente, como si fueran a derrumbarse sobre él de un momento a otro,
-disgregadas por un agente de diabólica actividad corrosiva.</p>
-
-<p>Las rameras de encrucijada intentaban socaliñarlos, brindándoles con
-torpes requiebros placeres complejos y módicos.</p>
-
-<p>Teófilo sentía dos obsesiones que para él eran normas madres de la
-vida: la del dinero y la del amor. Según su peculiar manera de concebir
-la sociedad, esta se asentaba en dos pilares: el sentido conservador,
-del cual nace el principio de propiedad, y el instinto de reproducción,
-de perpetuación, turbio sub<span class="pagenum" id="Page_224">p.
-224</span>suelo en donde arraiga el amor, libre o constituído en
-familia. Ahora, Teófilo se preguntaba: «Estos dos principios de la
-sociedad, ¿son constructivos o son destructores?» Movíale a formular
-este interrogante el haber visto al desnudo el instinto de propiedad y
-el amoroso: el primero, en el juego; el segundo, en la prostitución.</p>
-
-<p>—¿En qué pensaba usted? —habló Angelón.</p>
-
-<p>—En nada —respondió en seco Teófilo.</p>
-
-<p>—He tenido mala pata. Siete duros que era todo lo que me podía jugar
-me los liquidaron en un periquete. Si aguardo a las barajas últimas
-del Obispo me pongo las botas. Ya ve usted aquel mozalbete, el de las
-bofetadas a don Bernabé, en dos barajas se cargó unos miles de pesetas,
-que yo viera. La Fortuna, mujer al fin, sonríe a los sinvergüenzas y
-vuelve la espalda a los hombres honrados.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3_9">
- <h3>IX</h3>
-</div>
-
-<p>Teófilo pasó la noche en claro. Meditaba las últimas palabras de
-Rosina: «Si no tienes dinero, róbalo», y las muestras de amor que esta
-le había hecho. El recuerdo era tan agudo y gustoso que la respiración
-se le entorpecía, combatida por apasionadas olas de entusiasmo, y
-sollozaba, estrujando las ropas del lecho con dedos engarabitados.
-¡Pobre Rosina! ¿No fuera mejor que Rosina no le hubiera amado nunca?
-¿Cómo iba él a pagarle aquel su acendrado y rendido amor? Robar
-dinero... ¿En dónde? Ya lo había robado, si no para ella, por ella. Se
-preguntaba en serio: «¿Por qué no acudirá el diablo en estos tiempos
-cuando se le llama, como lo hacía en la Edad Media, para venderle el
-alma?»</p>
-
-<p>A las siete de la mañana cayó dormido. Alberto entró al medio día en
-su alcoba, pero le dejó dormir.<span class="pagenum" id="Page_225">p.
-225</span> Despertó a las tres de la tarde. En la casa había alguna
-comida, que Verónica condimentó para Teófilo. Así que concluyó de comer
-salió a la calle. «¡Qué hombre!», había dicho Verónica. «Parece que
-vive entre nubes. Tal como yo me lo había imaginado al leer sus versos.
-Ni una palabra se dignó decirnos.» Y Alberto había respondido: «Es que
-está enamorado.» Lo cual entristeció a Verónica.</p>
-
-<p>Teófilo se dirigió a casa de Rosina, como tenía por costumbre. Le
-salió a abrir la cocinera y le hizo pasar a la salita del piano, en
-donde estaban don Sabas y el marinero ciego. El marinero profería
-palabras turbias, entre las cuales se derretía un a manera de llanto
-recio, ronco; pero los ojos los tenía enjutos e inmóviles. Teófilo fue
-a dar la mano al marinero, sospechando de pronto que Rosina estaba
-enferma de algún cuidado.</p>
-
-<p>—¿Qué ocurre? —preguntó anheloso.</p>
-
-<p>—¡Ay, señor poeta! —sollozó el ciego, con esa voz varonil quebrada
-que enternece aun a los corazones más enteros.</p>
-
-<p>—¿Está enferma de gravedad?</p>
-
-<p>El ciego se desató en un llanto de palabras sin sentido, siempre con
-los ojos enjutos. Habló don Sabas.</p>
-
-<p>—Por fortuna, no. Se ha marchado... con la niña... no sabemos adónde
-—separaba las palabras para pronunciarlas con firmeza, porque pretendía
-aparecer sereno y no lo estaba. Miró a Teófilo, por ver el efecto que
-en él hacía la noticia. Teófilo palideció un poco; por lo demás, no se
-le descubrió señal alguna de congoja, sorpresa o desesperación.</p>
-
-<p>—Entendámonos —agregó Teófilo—. ¿No puede ocurrir que haya salido
-con la niña y les haya ocurrido algún accidente?</p>
-
-<p>—No; porque en esta carta que me ha dejado escrita declara que huye
-con el hombre a quien ama, y nos pide perdón a su padre y a mí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span>En este punto,
-Teófilo no pudo reprimir una sonrisa. Estaba seguro de que Rosina
-había huído para irse a vivir con él; quizás a aquellas horas andaba
-buscándole. Acaso habría ido a la casa de huéspedes, porque ella no
-sabía que la patrona le hubiera despedido. ¡Oh, dulce y apasionada
-Rosina!</p>
-
-<p>—Creía yo —prosiguió el ministro—, antes de concluir de leer la
-carta, que se había marchado con usted. Pero en la carta, hacia el
-final, dice que ha vuelto a dar, milagrosamente, con el padre de Rosa
-Fernanda y que es una cosa fatal. De todas suertes, no veo la necesidad
-de huir, ni comprendo cómo Rosina, tan bondadosa y de buen sentido, ha
-dado tan gran disgusto a este pobre viejo, dejándolo en la calle, como
-quien dice.</p>
-
-<p>El dolor de don Sabas era a pesar suyo tan sincero que en un
-punto destruía el artificio de sus adobos y cosméticos, dejando al
-descubierto una ancianidad herida, dolorosa y claudicante.</p>
-
-<p>El marinero continuaba llorando a su modo. Teófilo sentía los sesos
-azotados por un ramalazo de locura.</p>
-
-<p>—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Yo digo que no puede ser! Si sabré
-yo que no puede ser... ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! ¡Monstruoso! —gritaba
-Teófilo recorriendo de punta a cabo la estancia.</p>
-
-<p>—Serénese usted, señor Pajares.</p>
-
-<p>—¡Absurdo, absurdo! Si lo sabré yo... A ver, que lo diga Conchita.
-¡Conchita! ¿Dónde está Conchita?</p>
-
-<p>—Conchita... ¿Pero no sabe usted? —Teófilo se detuvo frente a don
-Sabas, sin escuchar—. ¿No ha leído usted los periódicos de esta mañana?
-Conchita ha asesinado ayer noche a su seductor y luego se ha suicidado.
-Vivió una hora, lo necesario para declarar ante el juez —aquí la voz de
-don Sabas temblaba—. Una desgracia nunca viene sola —don Sabas evitaba
-mirar al ciego, que había sacado un pequeño crucifijo del seno y lo
-besaba con desvarío.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span>Hubo un largo
-silencio; al cabo del cual, como si en aquel punto don Sabas hubiera
-terminado de hablar, Teófilo, con ojos desmesurados y voz sombría,
-interrogó:</p>
-
-<p>—Pero, ¿Conchita?...</p>
-
-<p>—¡Pobre Conchita! —balbució don Sabas.</p>
-
-<p>El ciego continuaba llorando con los ojos secos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span></p>
- <h2 class="nobreak g1">PARTE IV</h2>
- <p class="subh2">HERMES TRIMEGISTO y SANTA TERESA</p>
- <div class="caja mt2">
- <p><span xml:lang="la" lang="la">Carpe diem quam minime credula
- postero.</span></p>
- <p class="firma"><span class="smcap">Horacio.</span></p>
- </div>
- <h3>I</h3>
-</div>
-
-<p>—¿Qué le han hecho a esa niña? ¿Por qué llora esa niña? ¡Milagritos,
-rica, ven acá! —rugió Travesedo, desplegando convulso la servilleta
-sobre los muslos. Luego se afianzó las gafas. Estaba sentado a
-la cabecera de una mesa redonda dispuesta para la comida, con un
-mantel agujereado, cubierto de manchones cárdenos, uno de ellos
-dilatadísimo, y de redondeles y trazos de coloraciones diferentes,
-como mapa geológico que atestiguase los sucesivos estadios genesíacos
-de la hospederil semana culinaria. En torno de la mesa, el resto de
-los huéspedes aguardaba el advenimiento de la sopa. Eran estos don
-Alberto (Alberto Díaz de Guzmán); don Alfredo, de apellido Mayer,
-conocido dentro de la casa por el <i>teutón</i>, al cual, en la
-historia geológica inscrita en los manteles, correspondía el período
-diluviano, que no había semana que no derramase el vino, y para
-vergüenza le colocaban delante el manchón cárdeno, testimonio de<span
-class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> su ignominia; el señor del
-Alfil, a quien se le llamaba por el apellido para evitar confusiones,
-porque su nombre era Alberto; Macías a secas, sin añadido honorífico,
-no se sabe por qué, cómico a la disposición de las empresas, así como
-el señor del Alfil, y, por último, don Teófilo (Teófilo Pajares).</p>
-
-<p>El comedor, pobremente atalajado, tenía un balcón abierto de par
-en par sobre un gran patio de vecindad, en cuyas paredes, recién
-encaladas, el sol resplandecía. Era prima tarde; un día voluptuoso
-de primavera. Entrábanse por el balcón ráfagas de brisa, y en ellas
-diluido el sol templadamente. La ropa blanca que de unos cordeles
-pendía de lado a lado del patio, danzaba en el aire con movimiento
-elástico y gracioso de apacibles banderas. Era, en suma, uno de esos
-días madrileños de ambiente enjuto y ardiente, demasiado puro para
-respirar, de suerte que provoca una grata emoción de angustia en el
-pecho: esos días de tan acendrada vitalidad y belleza que al huirse
-dejan a la zaga los más tristes crepúsculos. No había olor de flores ni
-sugestiones de renacimiento vegetal, que es por donde la primavera se
-muestra más deleitablemente; pero una criada cantaba una cancioncilla
-del género chico, y con ser depravada la música y la voz nada
-melodiosa, dijérase que acariciaban así el sentido del oído como el del
-olfato, y que estaban saturadas una y otra de evocaciones rústicas, de
-claro rumor de agua y de bosque.</p>
-
-<p>Oíase también, como contraste doloroso, el llanto de un niño.</p>
-
-<p>—¡Que me traigan esa niña! —volvió a aullar Travesedo, elevando los
-brazos.</p>
-
-<p>Entró Antonia la patrona en el comedor, conduciendo de la mano
-y casi a rastras a una niña, como de seis años, la cual lloraba
-como lloran los niños, con tanta intensidad que parecía que el
-alma, licuefaciéndose, se le derramaba por los ojos. Así que<span
-class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> Travesedo la tomó en brazos
-la niña se tranquilizó. La sentaron en una silla alta que al efecto
-estaba apercibida entre Travesedo y Alberto, y por más que preguntaron
-no consiguieron conocer la causa de la llantina. Eran todos los que
-vivían en aquella casa hombres mayores de treinta años, todos solteros.
-Trataban a Milagritos, que era feúcha y enfermiza, con una ternura
-casi religiosa. El único que acreditaba absoluta insensibilidad a este
-respecto era Macías.</p>
-
-<p>—No puedo oír llorar a un niño —declaró Travesedo, pasando su
-mórbida mano sobre la melenilla de Milagritos, de un rubio grisáceo.</p>
-
-<p>—Ni nadie —corroboró Macías, mojando una sopa en vino—. El llanto
-del niño y el canto del canario son las dos latas mayores del universo.
-Le vuelven loco a cualquiera. Comprendo a Herodes.</p>
-
-<p>—¡Qué bruto! —exclamó Alfil, un hombre desmesurado, rubio maíz y de
-ojos incoloros, que comía con el gabán puesto.</p>
-
-<p>Travesedo miró con asombro a Macías, luego a Alberto, con alacridad,
-y soltose a reír. A Travesedo, la estulticia y brutalidad ajenas, en
-lugar de indignarle le inducían a desordenados extremos de alegría.</p>
-
-<p>—¿Has oído?</p>
-
-<p>—Ya, ya —respondió Alberto, con gesto de lástima.</p>
-
-<p>—Usted llegará muy lejos, Macías; usted será un gran hombre.
-Acuérdese de que yo se lo digo —afirmó Travesedo. Puso los codos sobre
-la mesa, y continuó con entonación disquisitoria—: Esto del llanto de
-los niños es una sensación puramente española.</p>
-
-<p>—Claro —entró a decir el teutón—, yo en Alemania nunca he oído a los
-niños llorar.</p>
-
-<p>—Tiene razón Alfredín —Travesedo llamaba siempre así al alemán—. A
-mí me ocurrió una cosa semejante; quiero decir, que el primer año que
-estuve<span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> en Alemania
-olvidé que los niños lloran. Y si vieran ustedes cuando volví a dar en
-ello qué malestar tan grande me entró. Venía a pasar las vacaciones a
-España: en tercera, y aun así y todo el dinero me llegaba ras con ras.
-En la frontera tomé un tren mixto; de esos trenes... en fin, un tren
-mixto español. Durante el día, todos los viajeros bebían como bárbaros
-y vociferaban como energúmenos. Al caer de la tarde el tren se había
-convertido en tren de mercancías, porque los hombres eran fardos, no
-personas. En cada estación, esas pobres estaciones castellanas en
-despoblado, el tren, que parecía un convoy funeral, se paraba veinte
-minutos. ¡Qué silencio! No era noche aún. Entre la tierra y el cielo
-flotaba un estrato de polvo. Veíanse tres, cuatro álamos, de raro en
-raro, o un hombre montado en un pollino, sobre la línea del horizonte,
-que producían la ilusión óptica de ser gigantescos. Luego he tenido
-ocasión de observar muchas veces y en diferentes órdenes de cosas el
-mismo fenómeno; en España un pollino visto contra luz se agiganta
-sobremanera. Pues, a lo que iba; en una estación, Palanquinos, nunca
-se me olvidará, después de una parada eterna y en medio de un silencio
-abrumador, oigo llorar a un niño... Vamos, renuncio a expresar lo que
-en aquellos momentos sentí.</p>
-
-<p>—Ja, ja, ja —Macías produjo una carcajada teatral—. Eso quiere decir
-que en Alemania los niños no lloran.</p>
-
-<p>—Por lo menos yo nunca les oí llorar, sino reír y cantar —extrajo el
-reloj del bolsillo, y en mirándolo se desató en grandes exclamaciones—:
-Pero, ¡Antonia!, ¡mujer!... Las dos y cuarto y aún no ha traído la
-sopa... Esto es un escándalo. Esta casa es un pandemonium.</p>
-
-<p>Oyose la voz de Antonia, respondiendo:</p>
-
-<p>—Cállese, condenado, que no hace más que gruñir.</p>
-
-<p>Travesedo se levantó, salió, y volvió al punto tra<span
-class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span>yendo él mismo la sopera.
-Detrás venía Antonia; su sonrisa era triste e indulgente.</p>
-
-<p>—¿Dónde está Amparito? —inquirió Alfil.</p>
-
-<p>—Yo qué sé; quizás en el cuarto de Lolita.</p>
-
-<p>—¡Qué escándalo! Pero, mujer, ¿le parece a usted bien eso? ¿No es
-un abuso, una locura, y sobre todo un caso de imprudencia temeraria?
-—sermoneó Travesedo—. ¿Le parece a usted bien que una niña como
-Amparito, que ha tenido la suerte increíble de pillar un novio decente,
-nada menos que un ingeniero, y que está para casarse de un día a otro,
-frecuente la sociedad de una prostituta, de la cual no puede aprender
-nada bueno?</p>
-
-<p>El teutón y Alfil asegundaron las amonestaciones de Travesedo.</p>
-
-<p>—No me muelan el alma. Lolita es una infeliz...</p>
-
-<p>—Sí que lo es —admitió Travesedo.</p>
-
-<p>—Y en cuanto a Amparito, ella sabrá lo que le conviene —por
-acaso, Antonia echó la vista sobre la mesa y vio que el pan había
-desaparecido—. ¡Condenados! Pero, ¿se han comido todo el pan? Jesús,
-Jesús, qué ruina. Si no hay dinero que baste para darles de comer. Si
-no es posible: ocho francesillas... De seguro fue el señor de Alfil.</p>
-
-<p>—Como ha tardado usted tanto en traer la sopa... —respondió Alfil
-muy ruboroso. Llevaba cinco meses en la casa y aún no había podido
-pagar ni un céntimo: todo el invierno sin contrata. No se despojaba del
-gabán porque los pantalones estaban rotos por la culera y le descubrían
-las carnes. Continuó—: Hablando, hablando, querida Antonia, sin que uno
-se dé cuenta se va engullendo el pan —y por disimular su turbación, con
-digno continente hacía y deshacía el nudo de la flotante chalina, azul
-cobalto.</p>
-
-<p>—Está en lo cierto Albertón —dictaminó Travesedo, que se arrogaba
-dentro de la casa funciones de<span class="pagenum" id="Page_234">p.
-234</span> tribunal en última instancia. Solía poner en aumentativo o
-diminutivo los nombres, según la estructura física de las personas y
-el afecto que a ellas le unía—. En esta casa todo va manga por hombro.
-Miren que mantel: si quita las ganas de comer...</p>
-
-<p>—¡Qué más quisiera yo! Y, sobre todo, ¿quién tiene la culpa, sino
-ustedes, que son unos marranos? —decía Antonia en un tono más de
-observación crítica que de reproche, y al mismo tiempo repartía la
-sopa.</p>
-
-<p>—Ya le he dicho mil veces que no quiero que usted sirva. ¿Para qué
-está Amparito? ¡Amparito!...</p>
-
-<p>«Don Eduardo...» Oyose una voz lejana, inocente y mimosa. Travesedo
-añadió:</p>
-
-<p>—Venga usted ahora mismo, so holgazana.</p>
-
-<p>—Basta, Antonia: no eche usted más sopa.</p>
-
-<p>—¿Es que no le gusta a usted, don Teófilo?</p>
-
-<p>—Es que no tengo gana.</p>
-
-<p>—Nunca tienes ganas, y eso no puede ser. Hay que hacer un esfuerzo,
-querido Pajares— impuso Travesedo.</p>
-
-<p>—Si no puedo, Eduardo —murmuró Teófilo, con doliente sonrisa.</p>
-
-<p>En esto llegó corriendo Amparito, hija natural, como Milagritos, de
-Antonia, cada cual de padre diferente. Era Amparito una muchacha de
-dieciocho años, en extremo agraciada, aun cuando la nariz propendiese
-a pico de loro; apenas púber por las trazas de su desarrollo, y tan
-candorosa que cautivaba. Acaso su mayor encanto era la voz, una voz
-blanca, de terciopelo.</p>
-
-<p>—¡Puaf! ¿No se le cae a usted la cara de vergüenza? Consentir que su
-madre lo haga todo, todo, que la pobre no sé cómo puede con tanto, y
-usted, en el ínterin, holgazaneando, y ¿cómo? Que no vuelva yo a saber
-que entra usted en el cuarto de Lolita —la reprimenda de Travesedo
-tenía un aire afable de contrahecha severidad paternal.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>—Pero, don
-Eduardo..., es que ella me llamó —Amparito inclinó la cabeza
-ruborosa.</p>
-
-<p>Todos contemplaban a Amparito con expresión de solicitud protectora,
-menos Macías, que solía mirarla como miran los hombres lúbricos a
-las doncellas ternecicas. Amparito estaba para casarse con un joven
-ingeniero de muy buena familia. Los huéspedes de la casa tenían puesta
-el alma en que tan singular fortuna no se malograse y en que aquel
-divino candor de la niña llegase al matrimonio sin ningún menoscabo,
-empresa muy delicada, si se tiene en cuenta que en la casa siempre
-se alojaba alguna prostituta de alto copete, de la cual Antonia
-obtenía los mayores subsidios y casi los únicos con que mantener
-su negocio, porque los otros huéspedes o no pagaban o pagaban mal
-y con intermitencias. Por el bien parecer no se consentía que la
-dama cortesana se holgase en la casa con sus eventuales amantes, y
-así se alojaba en calidad de señorita particular. Sobre Amparito,
-los huéspedes ejercían estrecha vigilancia. Así que la perdían de
-vista: «¿Dónde está Amparito?» Si había acaso salido: «¿Adónde ha
-ido? ¿Está usted loca, mujer, para dejarle salir sola?» Y un día
-que había dado un paseo en coche con Lolita, a la noche hubo en la
-casa un disgusto serio, a tal punto que Antonia se encrespó y dijo
-que en sus particulares asuntos nadie tenía que meterse, a lo cual
-Travesedo replicó determinadamente: «Cuando la madre es irresponsable,
-nosotros, en representación de la justicia y obrando por dictados de la
-conciencia, nos encargamos de la curatela de la hija.»</p>
-
-<p>—¿Es que tienes a menos, niña, servir a la mesa porque te vas
-a casar con un señorito? Pues yo que conozco a tu novio desde que
-éramos así —en efecto, habían sido compañeros en el instituto—, y
-que le conozco bien, te digo que lo que él prefiere es que<span
-class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> seas mujer de tu casa,
-sencilla y trabajadora. Y a propósito, ¿has tenido carta de él?</p>
-
-<p>—Sí, señor.</p>
-
-<p>—¿Cuándo viene?</p>
-
-<p>—Dice que está ahora muy ocupado; pero para la semana entrante
-vendrá uno o dos días.</p>
-
-<p>—Dime, Amparito, ¿cómo está hoy el San Antonio de Lolita? —preguntó
-Alfil, ingurgitando la última cucharada de sopa.</p>
-
-<p>—Cabeza abajo, en la rinconera.</p>
-
-<p>—¡Vaya por Dios! —exclamó consternado Travesedo—. Hoy andaremos
-escasos de principio y de postre.</p>
-
-<p>Lolita era una mujer muy piadosa. No se sabe por dónde, había
-dado en la creencia de que San Antonio de Padua es el patrono de las
-rameras. En opinión de Lolita, aquel santo no suplía en el cielo a otro
-menester que el de velar por las prostitutas y favorecer a aquellas que
-fuesen sus devotas, otorgándoles gran número de amantes, y estos buenos
-pagadores. Por propiciarse y atraerse la protección de este simpático
-santo, Lolita tenía en una rinconera una imagen de él, en cartón
-piedra, con un niño Jesús de quita y pon, que encajaba en el brazo
-del bienaventurado por medio de una espiga metálica a manera de punta
-de París, la cual entraba dentro del traserito del divino infante.
-Delante de la imagen había unas flores rojas de trapo. Si acontecía
-que un día no se presentaba ningún amante, Lolita se enojaba con San
-Antonio, y en lugar de rezarle y besarle como tenía por costumbre, en
-actitud ofendida se acercaba a él y le quitaba las flores, murmurando:
-«Para que aprendas.» Si sobre el primero sucedíase el segundo día de
-vacío, el enojo de Lolita crecía de punto, y entonces arrebataba el
-niño Jesús de los brazos del Santo: «te has meresío esto y mucho má,
-porque ere un sinvergüensa», decía, mientras verificaba el despojo. Al
-tercer día de privaciones amorosas ponía al santo<span class="pagenum"
-id="Page_237">p. 237</span> cabeza abajo en la misma rinconera. Al
-cuarto, lo trasladaba a un rincón de la alcoba, cabeza abajo siempre.
-Al quinto, lo golpeaba, lo llamaba <i>cabronaso</i> y otras palabras
-malsonantes, y lo metía en el cubo del lavabo. Cuando Lolita llegaba
-a tan sacrílegos extremos, el resto de los huéspedes, sin duda por
-contener la cólera divina y desagraviar a San Antonio, solía incurrir
-en ásperas abstinencias.</p>
-
-<p>Presentose Lolita en el comedor con una bata sucia y la pelambrera
-aborrascada en hopos y greñas. Traía en la mano un paquete de barajas.
-Era una cuitada, muy afectuosa y no menos fea, de una simplicidad y
-falta de seso increíbles. Llamaba a todos de don, si bien todos la
-tuteaban. Tenía la piel de un moreno terroso y ajado, la boca risible
-por lo pequeña, los ojos negros y lindos, la nariz como el mango de un
-formón. Saludó a todos con mucha efusión y comenzó a quejarse de su
-mala pata. La culpa la tenía un jorobado que había visto en la Elipa
-hacía cuatro noches. Sin preocuparse por la comida, comenzó a echar las
-cartas.</p>
-
-<p>—Corte usté, don Alfredo.</p>
-
-<p>—¡Uf!, supersticiones, me dan susto —respondió el teutón, sacudiendo
-la mano en el aire.</p>
-
-<p>—Yo cortaré, Lolita, ¿sirvo yo? —intervino Macías.</p>
-
-<p>—Tres montonsitos, así. A ve —colocó sobre la mesa la sota de
-bastos.</p>
-
-<p>—Zorras a principio de cazadero mal agüero —sentenció Alfil que
-andaba rebañando el pan de los demás, a favor del interés que tenían
-puesto en las manipulaciones de Lolita.</p>
-
-<p>Lolita había torcido el morro al ver la sota de bastos.</p>
-
-<p>—¡Jesú, Jesú! Si e la mala pata. Esta sota quié desí mujé o viuda
-morena, ardiente, imperiosa, poniendo trabas a todo —y sacó ahora el
-siete de espadas. Tan pronto como lo vio, se llevó las manos a<span
-class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> las greñas, aborrascándolas
-más de lo que estaban.</p>
-
-<p>—Algo gordo —habló Alberto.</p>
-
-<p>—¿Gordo? ¡Uy!, no lo sabe usté bien. Este siete quié desir preñés.
-Vamos, que no pué sé y que no pué sé.</p>
-
-<p>Esta vez salió el caballo de espadas. Lolita arrojó colérica las
-cartas y comenzó a lloriquear.</p>
-
-<p>—¡Ea, Lolita!, no hagas caso de esas tonterías —aconsejó
-Travesedo.</p>
-
-<p>—¡Ay, don Eduardo de mi arma! ¡Ay, si usté supiera!...</p>
-
-<p>—¿Qué es, criatura?</p>
-
-<p>—Joven de malas costumbres, mal sujeto, traidó; ataque a la vuerta
-de una esquina.</p>
-
-<p>—¿Todo eso decía aquella carta?</p>
-
-<p>—Toíto eso y mucho más. Es er jorobao, es er jorobao que me anda
-persiguiendo. Yo no sargo hoy de casa, no sargo hoy de casa.</p>
-
-<p>—¿Por qué, inocente? No seas imbécil —dijo Alfil, que era el de
-mejor apetito de todos.</p>
-
-<p>—¿Cómo quié usté que sarga hoy a la caye? Pero, ¿no ha visto usté,
-como la lu, que las cartas me han salío ataque a la vuerta de una
-esquina y sujeto traidó?</p>
-
-<p>—No seas niña, ¿qué saben las cartas? De seguro hoy tienes mucha
-suerte, con el día que hace, que convida al amor —añadió Alfil.</p>
-
-<p>—Que no sargo, señor Alfil, que no sargo a que me asesinen.</p>
-
-<p>—¡Qué ignorancia! —exclamó Alfil, enarcando las cejas.</p>
-
-<p>Amparito presentó a Lolita un plato de sopa.</p>
-
-<p>—No quiero sopa. Oiga usté, Antonia, no voy a comé na má que una
-fransesiya con manteca. Me la pone usté al horno y que esté bien
-rehogá.</p>
-
-<p>—¿Una francesilla? —habló Antonia, con sonrisa triste y cansada—.
-Como no se la saquemos al señor Alfil del papo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span></p>
-
-<p>—Pero, ¿es que no hay pan?</p>
-
-<p>—A ver —añadió Antonia—. ¿Cuántos días hace que usted no paga?</p>
-
-<p>Lolita pagaba al día por varias razones: primero, porque era tan de
-mano abierta que el dinero se le iba sin saber cómo y era imposible
-hacerle pagar grandes cantidades de una vez; segundo, porque su aparato
-intelectual era refractario a las operaciones aritméticas y no sabía
-contar sino por los dedos de una sola mano, de suerte que cuando las
-cuentas subían no había modo de hacérselas entender, y ella presumía
-que se aprovechaban de su ignorancia cobrándole más de lo justo. Con
-la planchadora tenía siempre grandes altercados y disputas. Se había
-olvidado de los años que tenía, aun cuando guiándose por la fecha
-más importante en su vida (la pérdida de la doncellez), que había
-acaecido a los quince, calculaba ella que su edad se aproximaba a
-los diecinueve, si bien lo probable era que andaba lindando por los
-treinta. Dada esta incapacidad nativa para las matemáticas, pagaba cada
-día dos duros a Antonia, y cuentas claras, con los cuales la patrona,
-con esa virtud evangélica de las patronas españolas que para sí
-quisieran los ministros de Hacienda, hacía milagrosas multiplicaciones
-en el mercado.</p>
-
-<p>—Vamos, no seas remilgada y come lo que haya.</p>
-
-<p>Lolita, que era muy dócil y bondadosa, se resignó. En este punto
-Travesedo inició un tema de conversación a que era muy aficionado:
-cuestiones financieras. El talento que Dios había negado a Lolita se lo
-había concedido en gran medida a Travesedo. Hacía de memoria los más
-intrincados cálculos. Su cabeza era un archivo de vastos y miríficos
-proyectos económicos. Tenía proyectos para todo: un presupuesto del
-Estado, un banco hipotecario, un ferrocarril eléctrico en el puerto de
-los Pinares, casas para obreros, colonización económica en el norte
-de África. Había<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span>
-escrito sinnúmero de memorias, perfectamente concienzudas, en donde
-se demostraba la suma de beneficios sociales que los proyectos
-acarrearían, y el lucro pingüe que el capital en ellos invertido había
-de obtener necesariamente. Lo curioso es que tales proyectos eran, por
-lo general, muy razonables y serios; pero el autor no conseguía que
-nadie les prestase atención. Por lo cual tenía que dedicarse a negocios
-sucedáneos y mezquinos que le fracasaban siempre, como aquel del circo,
-iniciado bajo excelentes auspicios y apuntillado por orden de la
-autoridad la misma noche de ponerse en marcha.</p>
-
-<p>A los postres se presentó Verónica. Era visitante asidua de la casa
-y todos la veían con buenos ojos. A partir de aquella noche de su gran
-éxito había abandonado la carrera azarosa del vicio mercenario para
-hacer vida humilde y honesta. La habían contratado en un teatro de
-variedades, con diez duros por noche, y era la bailarina predilecta del
-público. Con su sueldo ayudaba a vivir a la familia y ahorraba para
-lo porvenir. Había conseguido que contratasen a su hermana Pilarcita,
-la cual era por entonces de conducta tan relajada como Verónica lo
-había sido en otro tiempo. Toda la existencia de Verónica se reducía
-a ir de su casa al teatro, del teatro a casa, y algunas veces a casa
-de Antonia a pasar la tarde. Deseaba irse a vivir con la Antonia,
-pero nunca se atrevió a manifestarlo. Nadie se explicaba este cambio
-de Verónica, y menos que nadie Angelón, quien dio en la manía de
-enamoricarse de Verónica cuando esta dio en la manía de ser honrada.
-La perseguía de continuo, intentaba conmoverla con escenas dramáticas
-y de desesperación, y, en suma, le hacía pasar muy malos ratos, porque
-la mujer le tenía lástima. A pesar del entusiasmo del público por ella,
-que aumentaba con los días, y de la popularidad que había adquirido,
-Verónica conservaba su muchachil sencillez.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span>—El público está
-mochales —acostumbraba decir—. Porque, vamos, que me digan a mí que
-si bailo así y asao, como los gipcios y las bañaderas... Si yo no he
-sabido nunca bailar... Bailo lo que me sale, y acabao.</p>
-
-<p>Algunos artistas, literatos y pintores habían pretendido cultivar
-su amistad; pero se habían cansado pronto, porque, como ellos decían:
-«Baila como un ángel; pero es una mala bestia y no se puede hablar de
-nada con ella».</p>
-
-<p>Existían vehementes indicios de que Travesedo gustaba mucho de
-Verónica. La muchacha, que lo había echado de ver, trataba al hombre de
-las barbas lóbregas con un bien mesurado compás de afecto, equidistante
-del amor y del desdén.</p>
-
-<p>—Siéntate aquí, neñina —habló Travesedo con ojos bailarines,
-poniéndose en pie y ofreciendo una silla a Verónica—. Nunca vienes por
-aquí.</p>
-
-<p>—Anda, pues si he estao na más que dos veces en esta semana.</p>
-
-<p>—Sería cuando no estábamos nosotros en casa.</p>
-
-<p>—Sería. Y ustedes tampoco van nunca por el teatro.</p>
-
-<p>—Neñina, desde aquella fementida noche del circo no puedo entrar en
-un teatro. Me da una cosa aquí, ¿sabes?, como si me revolviesen las
-tripas con un garabato.</p>
-
-<p>—¿Trabaja usted mucho, don Teófilo?</p>
-
-<p>—Sí. ¿Por qué lo dices?</p>
-
-<p>—Porque tiene usted mala cara.</p>
-
-<p>—Pues no suelo trabajar con la cara —dijo Teófilo secamente.</p>
-
-<p>—Usté perdone si le he molestao —suplicó Verónica, con humildad.</p>
-
-<p>—Cuánto siento, neñina, no poder quedarme contigo. Pero precisamente
-a las tres y media tengo una cita, y ya son las tres; de manera que
-perdóname y adiós.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>—Adiós, señor
-Travesedo.</p>
-
-<p>—Cada día estás más guapa. ¿No tienes novio aún, neñina?</p>
-
-<p>—Novio... ¡Bah! A mí quién me va a querer.</p>
-
-<p>—Cualquiera que no sea idiota.</p>
-
-<p>Travesedo, Alberto y Teófilo salieron juntos. En las mismas
-escaleras Travesedo reanudó su palique económico.</p>
-
-<p>—Voy a ver si convenzo a Jovino —decía—, y eso que después de lo del
-circo y el otro negocio de los mármoles está muy reacio en acceder. No
-es que él dude de la bondad de mi proyecto; es que yo, como sabes, soy
-muy pesimista, y con razón, y él se ha contagiado ya de mi pesimismo.
-Pero este negocio de ahora es de los que no tienen riesgo ninguno.
-Comenzará a producir así que se implante. Cierto que se necesitan cinco
-millones de pesetas, por lo menos, para empezar; pero figúrate si entre
-Jovino y sus amigos no pueden reunir el capital en media hora... Ahora
-bien, préstame atención.</p>
-
-<p>Y Travesedo comenzó a exponer el negocio: un negocio en grande.
-Tratábase de la explotación de unas minas de cobre en Asturias, cuya
-opción por un año para la venta le habían dado los dueños de las minas
-a Travesedo. Este exponía por lo menudo los datos; cubicación de las
-minas, gastos de explotación por toneladas, gastos de acarreo por
-tonelada y kilómetro, fletes, precio del cobre en todos los mercados
-del mundo y así sucesivamente. Habían llegado a la puerta de un
-estanquillo. Travesedo se detuvo y continuó hablando:</p>
-
-<p>—¿Te has fijado bien en los números? Resulta, por lo tanto, una
-ganancia anual segura de dos millones de pesetas; es decir, que el
-capital rendirá un cuarenta por ciento de utilidades. Como yo tengo la
-opción, he de ganarme en la venta de las minas por poco doscientas mil
-pesetas. Ahora, mis proposicio<span class="pagenum" id="Page_243">p.
-243</span>nes son: un veinticinco por ciento de las utilidades y la
-dirección de las minas. ¿Qué te parece? —hizo una transición—. Cómprame
-un cigarro de quince céntimos que no tengo dinero. ¡Ah! Y un timbre
-móvil de diez.</p>
-
-<p>Cuando Alberto salió con el cigarro y el sello, Travesedo
-prosiguió:</p>
-
-<p>—Si hacemos el negocio te vienes conmigo a las minas. Ya verás qué
-bien nos arreglamos allí. Aquello es precioso y nadie te molestará para
-escribir tus libros. También tú, Pajares, si quieres, puedes venir con
-nosotros. Ya verás cómo por aquellas montañas la inspiración acude sin
-que se la llame. Vosotros, ¿adónde vais?</p>
-
-<p>—¿Adónde vas, Teófilo? Yo al Ateneo.</p>
-
-<p>—¿Con esta tarde? —exclamó asombrado Travesedo.</p>
-
-<p>—Cierto, ¡qué tarde! Da gusto vivir. Días como el de hoy no se ven
-sino en Madrid. Hoy se comprende que la holganza es la única ocupación
-digna del hombre, y que la pereza, según dijo Pascal, es algo que nos
-hace recordar que somos dioses venidos a menos. Sin embargo, voy al
-Ateneo a oír la conferencia de Mazorral.</p>
-
-<p>—Ya no me acordaba. Yo también iré. Tengo mucho interés en oírle.
-¿Qué tal habla? —indagó Travesedo.</p>
-
-<p>—No sé.</p>
-
-<p>—De seguro no lo hará tan bien como Tejero. ¿Te acuerdas de aquel
-mitin? ¡Qué presencia, qué aplomo, qué fuerza! Me parece que le estoy
-viendo junto a las candilejas, al sesgo y adelantando el hombro
-izquierdo hacia el público. Parecía un hondero y cada sentencia una
-pedrada. Ya ves si iban bien dirigidas que derribó a don Sabas Sicilia
-del ministerio... ¿A qué hora es la conferencia?</p>
-
-<p>—A las cuatro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>—Pues iré. Y eso
-que desconfío de Mazorral. Es tan pedante...</p>
-
-<p>Travesedo se despidió de Teófilo y Alberto.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_2">
- <h3>II</h3>
-</div>
-
-<p>—¿Quieres que vayamos a dar una vuelta por el Prado, al sol, antes
-de meternos en esa catacumba del Ateneo? —rogó Teófilo.</p>
-
-<p>—Sí, hombre. Hoy se apetece derretirse en el sol, no pensar,
-volatilizarse, ser una cosa gaseosa y tibia...</p>
-
-<p>—No pensar... derretirse... Hoy y siempre.</p>
-
-<p>—¿Te vas a poner trágico?</p>
-
-<p>—Yo, ¿para qué? —Teófilo hizo una mueca grotesco-trágica que movió
-a risa a su compañero—. Sí, hombre, ríete. No sé si compadecerte o
-envidiarte; no comprendes nada del sentimiento.</p>
-
-<p>—¿Quién te lo ha dicho? Pudiera ser que lo comprendiese, y algunas
-cosas más. Por ejemplo: entre bastidores los efectismos teatrales
-quedan destruidos.</p>
-
-<p>—¡Bah!, resulta que yo estoy haciendo el papel del hombre cansado de
-la vida.</p>
-
-<p>—No es eso; aparte de que hay actores que entran en situación con
-toda su alma y lloran de veras, pero el público se ríe de ellos, porque
-les falta la expresión emotiva.</p>
-
-<p>—Y a mí me falta, ¿eh? ¿Qué le voy a hacer yo?</p>
-
-<p>—Tampoco es eso. Lo que yo te quería decir al hablarte de que
-entre bastidores se matan los efectismos teatrales es que todos los
-sentimientos, por tristes que sean, llevan en sí su medicina.</p>
-
-<p>—Caramba, qué expeditivo estás. A ver.</p>
-
-<p>—Todo consiste en meterse entre los bastidores de uno mismo,
-introspeccionarse, convertirse de actor en espectador y mirar del
-revés la liviandad y burda es<span class="pagenum" id="Page_245">p.
-245</span>tofa de todos esos bastidores, bambalinas y tramoya del
-sentimiento humano.</p>
-
-<p>—Eso es, y aun suponiendo que uno pueda desdoblarse en dos partes
-tan fácilmente como tú dices, el ver con la una la liviandad y burda
-estofa de la otra es un espectáculo consolador, ¿verdad?</p>
-
-<p>—A la larga sí.</p>
-
-<p>—¿Qué llamas tú a la larga? Porque yo ya va para seis meses que
-intento una cosa semejante, y como si no. Lo que ocurre es que cuando
-la gangrena está dentro no hay morfina que valga. Si fuera tan fácil
-inyectar filosofía como cacodilato de sosa... Pensarás que me hago el
-interesante, pero es que tú no sabes... —Teófilo creía mantener el
-secreto de sus congojas; pero eran varios los que conocían su origen,
-entre ellos Alberto.</p>
-
-<p>Continuaron paseando en silencio. Alberto introdujo las manos en los
-bolsillos de la chaqueta y se encontró con un papel que resultó ser
-una carta cerrada. Había recibido tantas cartas tristes en su vida,
-que cada nuevo sobre que a sus manos llegaba le infundía terror. Solía
-guardar las cartas sin abrirlas, y después de algún tiempo las leía
-o las quemaba, según el humor. Contempló esta carta, rugosa y sucia
-ya; era letra conocida, pero no podía decir de quién. Estuvo dándole
-vueltas entre las manos, dudando si leerla o arrojarla por una boca de
-alcantarilla. Por fin la abrió.</p>
-
-<p>—Hombre, de Bériz.</p>
-
-<p>—¿El qué?</p>
-
-<p>—Esta carta.</p>
-
-<p>—¿Qué es de él?</p>
-
-<p>—No sé aún. Ahora veremos —leyó—: «Querido Guzmán: Dirá usted y
-los amigachos de Madrid (no es que le llame amigacho. Ya sabe que
-siempre le he tenido gran afecto y consideración) ¿qué será de aquel
-sinvergüencilla de Bériz? Y la verdad es que yo<span class="pagenum"
-id="Page_246">p. 246</span> fui un sinvergüencilla en vísperas de
-pasar a mayores, como ahora comprendo que se hubiera verificado si me
-quedo en Madrid. Pero ¿se acuerda usted de una célebre noche en el
-circo, ¡qué nochecita aquella, ché!, y lo que usted me dijo: «vete a
-tu pueblo, Arsenio, vete a tu pueblo», ni más ni menos que como Hamlet
-aconsejaba a Ofelia que se fuese a un convento? Y ahora caigo en la
-cuenta que nos tratábamos de tú. En Madrid se pierden las distancias:
-todos somos unos... unos golfos, y no lo digo por usted, o por ti,
-que ya no me acordaba. Luego, cuando uno se aparta de ese guirigay,
-vuelven a establecerse las jerarquías. A lo mío. Aquel consejo me
-estaba siempre sonando dentro de la cabeza, y un buen día (esto es
-un galicismo, ché; pero ¿qué importa?) me dije: si no es hoy no es
-nunca. Y sin decir oste ni moste lié las maletas, y Arsenio volvió a
-su pueblo a casarse con su novia; pero, sobre todo... a hacer gran
-arte. ¡Una tontería de quimeras y ambiciones! Pero a medida que el eco
-de Madrid se iba apagando dentro de mí, y aquellas famosas jerarquías
-restableciéndose, me empezó a nacer el sentido común. ¿Gran arte yo?
-Vaya, que no es por ahí. Comprendí que son contados los que pueden
-permitirse ese lujo, y que Dios no me llamaba por ese camino, sino
-por el del honesto matrimonio burgués, y venga hacer hijos y más
-hijos, sanos, robustos y alborotadores como yo, y como yo un poquitín,
-nada más que un poquitín, sinvergüencillas. Pues nada, que la semana
-que viene me caso, así, a los veintidós años, y el mes que viene me
-tendrás despachando abanicos para enviar con viento fresco al mundo
-entero. No te doy parte de mi boda con la perspectiva de un regalo. No
-lo admitiría, aparte de que ya sé que la literatura se parece a los
-abanicos en que da aire, pero se diferencia en que no da dinero además.
-Iré de viaje de novios a Francia, pero embarcado. No paso por Madrid
-así me<span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> aspen. Soy
-feliz y espero que te alegrarás de saberlo. Si tienes un minuto libre
-y quieres enviarme un epitalamio, y mejor, si quieres escribirme una
-carta, te lo agradeceré. ¿Cómo van tus cosas? ¿Y aquella Pilarcita? No
-sé si te dije que cayó antes de mi huida, y la verdad es que estaba
-bien, diantre. Un abrazo, Arsenio.»</p>
-
-<p>—¡Qué suerte de muchacho! Si yo hubiera hecho lo mismo, no hace más
-que seis meses, cierto día que recibí una carta de mi madre... —murmuró
-Teófilo, y su voz era un hacinamiento de sombras.</p>
-
-<p>—Tu caso no es el mismo. Tú tienes ya un nombre y, por lo tanto, un
-deber adscrito a ese nombre.</p>
-
-<p>—Sin embargo, recuerdo que también a mí me aconsejaste en una
-ocasión...</p>
-
-<p>—Cierto, porque creí que lo que te apuraba era la situación
-económica. Pero ahora... tienes ese destinillo que te dio don Sabas en
-su testamento ministerial; la Roldán te va a estrenar un drama y será
-un éxito.</p>
-
-<p>—Pero tú dices que es muy malo.</p>
-
-<p>—Por eso será gran éxito.</p>
-
-<p>—Entonces, ¿cuál es mi deber?</p>
-
-<p>—Hacerlos buenos.</p>
-
-<p>—¿Y si entonces no gustan y me muero de hambre?</p>
-
-<p>—No importa.</p>
-
-<p>—Tienes razón. Nada hay que importe, nada hay que importe.</p>
-
-<p>Paseaban a lo largo del Botánico, acercándose a una de sus fuentes.
-Teófilo sintió, captándole las potencias, la reviviscencia del pasado,
-como si aún gravitase sobre su costado la dulce pesadumbre de Rosina en
-aquella mañana de otoño, cuando se habían detenido ante la alborozada
-hoguera cuyo canto se abrazaba al runrún del agua, y él había dicho:
-«Lo más hermoso del mundo es la mujer, porque participa de<span
-class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> la naturaleza del agua y de
-la del fuego.» La abundancia de emoción le forzó ahora a hablar.</p>
-
-<p>—¿Querrás creer que desde que el ciego se marchó a Asturias me falta
-algo? Estos últimos veinte días me han parecido veinte siglos. Los
-ratos que con él pasaba todas las tardes eran para mí divinos. Yo que
-no he visto nunca el mar lo he sentido al través de las palabras de
-aquel hombre. Mi drama a él se lo debo. Yo había imaginado siempre el
-mar como algo monstruoso y rugiente. Pero el ciego me hizo sentir el
-encanto del mar, que es de naturaleza femenina, captante, fascinadora,
-suave, suave... Los enamorados del mar parecen enamorados de una mujer,
-y parece que todos los que han vivido cerca del mar se enamoran. Es
-una mujer y una mala mujer. El ciego decía: «Yo siempre tuve miedo al
-mar, mucho miedo; pero no puedo vivir sin él. Vivo aquí porque estoy
-ciego, y ya, para el caso, lo mismo da estar en una parte que en otra,
-porque lo llevo dentro de mí.» A veces, cuando habían regado las calles
-asfaltadas, el ciego decía: «Huele un <i>poquiñín</i> a mar». Él decía
-un poquiñín. Y cuando pasábamos cerca de una de esas señoras elegantes
-que llevan un perfume sin perfume, una cosa que huele a mañana, ¿me
-entiendes?, entonces el ciego decía: «Huele a mar.» ¡Cosa más rara!
-Yo creía, o me figuraba, que el ruido del mar era un ruido enorme, y
-así, un día, estando en los andenes del paseo de coches, le dije: «¿Es
-este el ruido del mar?» Él se enfadó y contestó: «El mar no hace ruido,
-el mar tiene voz. Este es un ruido que se coge con las manos.» Y en
-cierta ocasión, estando sentados en Recoletos, pasó junto a nosotros un
-niño que arrastraba sobre la arena, a golpes, un cajoncito de madera.
-Dijo el ciego: «Esa es la voz del mar. Son las últimas olas pequeñinas
-de la playa.» Yo no caía al principio en la cuenta, porque apenas
-si se oía el ruido del cajoncito. Y como yo me asombrase, el<span
-class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> ciego añadió: «Siempre es
-esto, pero en grande.»</p>
-
-<p>Hubo una pausa.</p>
-
-<p>—¿Qué sabes de Rosina? —preguntó Alberto sin subrayar las
-palabras.</p>
-
-<p>—Pss. Lo que todo el mundo sabe. Lo que dicen los periódicos. Que
-es una estrella de los <i>music-halls</i> y que hace furor en París
-—respondió Teófilo, afectando excesiva indiferencia.</p>
-
-<p>—Eso ya lo sabía yo. El padre, ¿no te decía más?</p>
-
-<p>—Lo que te he contado. Al principio don Sabas, a pesar de la fama
-de avaro que tiene, mantenía al ciego y lo mantenía bien. Luego la
-hija comenzó a mandarle dinero. A lo último le ordenó que se fuera a
-Asturias, adonde llevarían también a la pequeña Rosa Fernanda.</p>
-
-<p>—Y Rosina, ¿no te ha escrito nunca?</p>
-
-<p>—¡Escribirme!... —exclamó Teófilo con amargura. Recobrose en seguida
-y añadió—. ¿A qué santo me iba a escribir? He hablado con ella media
-docena de palabras en toda mi vida.</p>
-
-<p>—¿Y aquel otro amigacho tuyo? ¿No se llamaba Santonja?</p>
-
-<p>—Hace días que no le veo. Me entristecía demasiado. ¡Pobre Santonja!
-También a ese le debo el haber comprendido hondamente algunas cosas;
-por ejemplo, que en la vida lo de más monta es ser sano, fuerte,
-robusto. Me parece haberte dicho que Santonja está desviado de la
-espina dorsal; es un ser monstruoso e infeliz. Si a esto añades
-que siente por la vida y por el amor de las mujeres un verdadero
-frenesí, como por cosas que le están vedadas, te darás cuenta de sus
-sufrimientos. Con todo, es un hombre extraordinariamente dulce y
-bondadoso. Yo me explico muchas veces que la mayoría de los españoles
-maldigan de sus padres. De pequeños nos enseñan la doctrina y a temer
-a Dios, y a este pobre cuerpo mortal, a este guiñapo mortal, que lo
-parta<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> un rayo. A los
-veinticinco años somos viejos y la menor contrariedad nos aniquila.
-Somos hombres sin niñez y sin juventud, espectros de hombres. ¿No has
-observado cuando hay un gran público de españoles la extrema delgadez
-de la mayoría? Se dirá que es porque comemos poco y mal. En parte es
-verdad, pero sobre todo es porque no se han cuidado de hacernos hombres
-cuando éramos niños.</p>
-
-<p>—Ya es cosa vieja. La delgadez es el ideal estético de la belleza
-masculina en España. Recuerdo que la Lozana andaluza no encuentra mejor
-cosa que decir en elogio de un mancebo sino «¡qué pierna tan seca y
-enxuta!»</p>
-
-<p>—Nuestros padres nos han condenado desde niños a ser desgraciados.
-Y no hablemos de los que nacen contrahechos, como ese Santonja. ¿Hay
-derecho a dejar vivir a un ser que nace deforme? No, no y no. ¿No hubo
-un filósofo griego que aconsejaba matar a las criaturas enfermizas o
-monstruosas?</p>
-
-<p>—Sí, Platón.</p>
-
-<p>—Dirán que era un bárbaro. Los bárbaros son los que permiten que
-vivan.</p>
-
-<p>Caminaron en silencio. Acercábanse al Ateneo.</p>
-
-<p>—Es curioso —observó Teófilo, como hablando consigo mismo—. Me he
-pasado unos cuantos años con la pretensión de ser un gran poeta y
-consagrado exclusivamente a la poesía, y en todo ese tiempo produje,
-sobre poco más o menos, dos docenas de versos al año. Descubro un día
-que el arte es un engaño ridículo, que es una cosa inútil y hueca,
-como lo son todas las cosas en la vida, y en seis meses mal contados
-produzco más que en los varios años anteriores y mejor, aunque tú digas
-lo contrario.</p>
-
-<p>—No digo yo tal.</p>
-
-<p>—Porque, en efecto, Alberto, ¿para qué molestarse por nada? Todo es
-inútil, todo es inútil.</p>
-
-<p>Subían las escaleras del Ateneo. Cierta expresión<span
-class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span> del rostro de Teófilo, que
-en otro tiempo era circunstancial, se había constituído en habitual
-desde hacía seis meses. Era un gesto pueril y simpático, y podía
-traducirse así: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme que sea
-como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_3">
- <h3>III</h3>
- <div class="caja mt2">
- <p>No es menor la disensión de los filósofos en las escuelas que de
- las ondas en el mar.</p>
- <p class="firma"><span class="smcap">La Celestina.</span></p>
- </div>
-</div>
-
-<p>Pasando del aire azul y asoleado a los lóbregos pasillos del Ateneo,
-esclarecidos en pleno día con luz artificial, Teófilo no pudo por menos
-de exclamar:</p>
-
-<p>—Da grima sumirse en este antro, con un sol como el que hoy hace.
-¡Qué indecente oscuridad!</p>
-
-<p>Acercóseles Luis Muro a tiempo para oír la exclamación.</p>
-
-<p>—Señor —acudió Muro en seguida—, que estamos en el país de los
-viceversas. ¿No es el Ateneo el foco más radiante de la intelectualidad
-española? Pues, según nuestra lógica, ha de estar a oscuras o
-iluminado con luz artificial. En último término, ¿qué importa todo? La
-cuestión es pasar el rato. Toros, política y mujeres, esta es nuestra
-santísima trinidad. Ahora que parece que para los toros se requiere
-virilidad, para la política entusiasmo y para el amor el incentivo
-de la juventud, y aquí viene nuestra afición a lo paradójico, los
-toreros son estetas, los políticos, viejos chochos, y las prostitutas,
-viceversa de los políticos, como dijo Cánovas. Pero en último término,
-la cuestión es pasar el rato —hablaba en un tono sarcástico, de agrura
-y desesperanza.</p>
-
-<p>Muro era afamado<span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span>
-por sus versos satíricos, versos nerviosos y garbosos, de picante
-venustidad en la forma y austero contenido ideal, como maja del Avapiés
-que estuviera encinta de un hidalgo manchego. Muro había nacido en
-el propio Madrid y su traza corporal lo declaraba paladinamente.
-Aun cuando propendía a inclinar el torso hacia adelante, había en
-las líneas maestras de su cuerpo, y lo mismo en las de su arte, esa
-aspiración a ponerse de vez en cuando en jarras que se observa en las
-figuras de Goya; esto es, la aptitud para la braveza. Hablaba con
-quevedesca fluencia y dicacidad y componía retruécanos sin cuento. Su
-charla y sus versos eran de ordinario tonificantes, como una ducha.
-Comenzaron a pasear a lo largo del pasillo de retratos, Muro, Teófilo
-y Alberto. Llevaba Muro la conversación, haciendo chascar de continuo
-ese látigo simbólico que se supone siempre en manos de la sátira, falaz
-instrumento que suena a beso y levanta ronchas. El pasillo estaba
-colmado de un ir y venir de gente bien trajeada, de aspecto indulgente
-y fatuo, por donde se entendía que eran políticos profesionales.
-Poblaba el aire ese vasto moscardoneo compacto, cuya correspondencia
-dentro de las sensaciones visuales es el gris cenizoso; rumor mantenido
-maravillosamente en el mismo tono siempre; ruido sordo, impersonal y
-yerto, no nacido de las diferentes pasiones e ideas individuales, antes
-movido por una causa exterior a manera de viento entre abedules. Este
-es el rumor específico de los pasillos del Congreso. Quien una vez lo
-haya oído y comparado con el rumor que anima un gran concurso humano,
-en un mitin o en un espectáculo público, por ejemplo, habrá echado
-de ver que es este un murmurio orgánico, caliente, en tanto aquel es
-simplemente un ruido.</p>
-
-<p>Afluían por momentos nuevas gentes a oír la palabra de Raniero
-Mazorral, entre ellas Travesedo, que<span class="pagenum"
-id="Page_253">p. 253</span> buscó con la mirada a Alberto, y en cuanto
-dio con él le llamó aparte.</p>
-
-<p>—No me digas nada —se adelantó a decir Guzmán, observando la
-satisfacción que Travesedo traía pintada en el semblante—, el negocio
-va a las mil maravillas.</p>
-
-<p>—Eres un lince, Bertuco. ¡Oh, la inteligencia! Con la inteligencia
-se va a todas partes y no hay cosa que se esconda ante su mirada sagaz.
-Tú, que eres inteligente, de primeras has adivinado que el negocio va a
-las mil maravillas; pero ocurre que te has equivocado de medio a medio.
-No hay negocio.</p>
-
-<p>—¿Y eso?</p>
-
-<p>—Jovino me ha dicho en seco y para siempre que no puede ayudarme ni
-quiere buscar quien me ayude a explotar las minas. De manera, que punto
-en boca.</p>
-
-<p>—¿Y por eso venías tan contento?</p>
-
-<p>—Por eso, ya ves. Precisamente cuando os dejé iba yo pensando a este
-tenor: «Supongamos que encuentro de repente el capital que necesito.
-Mañana mismo he de ponerme en camino para las minas, y venga trabajar
-y más trabajar, ¿para qué? Para ganar dinero. Dinero, ¿para qué?
-Luego, aquel clima del Norte: lluvias, orvallos, nieblas... Y aquí,
-este sol...» Cuando me acerqué a Jovino iba temblando, sí, temblando;
-pero de miedo que él me dijese que todo se iba a arreglar. Se frustró
-todo, pues, ¡viva la Pepa! He tenido una de las mayores alegrías de mi
-vida. Además, chico, las responsabilidades consiguientes al manejo de
-tan gran capital ajeno... Hubiera sido terrible. Pero, sobre todo, ¿me
-quieres decir qué utilidad tienen los esfuerzos del hombre? ¿Podemos
-hacer salir el sol cuando está nublado? ¿Podemos prolongar la juventud?
-¿Podemos dar largas a la muerte como se las damos al sastre o al
-zapatero? Pues entonces...</p>
-
-<p>—Entonces, ¿a qué vienes a oír una conferencia política?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span>—Porque padezco de
-esa enfermedad hedionda del pensar, porque aun cuando me esfuerce en
-conseguirlo no puedo dejar de ser una persona inteligente. El borracho
-sabe que la bebida le mata y bebe. Ea, adentro, a pasar este mal
-trago.</p>
-
-<p>Sonaba el último repique del timbre llamando a la conferencia. Los
-que aún estaban en los pasillos se precipitaban a entrar, apurando
-la colilla del cigarro o del cigarrillo, que dejaban a la puerta,
-como los árabes sus babuchas antes de penetrar en la mezquita. Ya
-dentro observábase la singular fecundidad de arbitrios que muchos
-caballeros desarrollaban por colocar el sombrero de copa de manera que
-no sufriera deterioro o menoscabo en su lustre, y en resolviendo tan
-peliagudo problema adoptaban una postura estudiada, de acuerdo con la
-consideración social que imaginaban gozar. Casi todas las posturas
-afectadas se reducían a una: la del que, juzgándose a sí propio hombre
-célebre, se considera objeto de la curiosidad universal por dondequiera
-que vaya, y procura hacer ver que su modestia padece con tan asiduos
-homenajes. Esta era la actitud de los personajes políticos, ministros,
-ex ministros y presuntos ministros, que de ellos había gran copia en el
-salón. Parecían los tales, a juzgar por el gesto que ponían, mujeres
-púdicas a quienes con violencia desnudasen en público. Los toreros y
-las prostitutas saben llevar el halo de la popularidad con más decoro y
-mejor aire que los políticos.</p>
-
-<p>Había gran curiosidad por oír a Raniero Mazorral. Era este un
-periodista, con puntas y collares de pensador, que había pasado varios
-años en el extranjero, esbozando desde allí diversos diagnósticos
-acerca de España y sus dolencias. Volvía ahora a la metrópoli, a lo que
-se presumía, con el remedio de aquellas dolencias.</p>
-
-<p>La mesa presidencial estaba vacía. Detrás de ella,<span
-class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> en el fondo de una gran
-hornacina roja rematada en un dosel, había una puertecilla que se abrió
-y cerró en un abrir y cerrar de ojos; pero cuando se cerró ya había
-dejado fuera un hombre. Fue una aparición un tanto milagrosa y un tanto
-cómica, como la de esos muñecos de sorpresa que saltan fuera de una
-caja al abrirse la tapa. Aquel muñeco humano era Raniero Mazorral. Fue
-saludado con grandes aplausos, a los cuales respondió él inclinándose
-con mucha dignidad. Era un hombre corpulento, bien construido, guapo.
-Vestía con sobria elegancia britana y estaba un poco pálido. Sentose
-detrás de la mesa, tomó una cuartilla en la mano y comenzó a leer con
-voz temblorosa, virilmente bella. El encanto de aquella voz se apoderó
-muy presto del público. Era una voz de altura, cilíndrica y melodiosa,
-como el agua que cae de una gárgola. Mazorral decía que España no
-había entrado aún en la comunidad de las naciones civilizadas; que
-civilización era sinónimo de cultura, de objetividad científica, y
-tanto valía decir cultura y ciencia como Europa, por donde si España
-pretendía salvarse debía incorporarse a la cultura, europeizarse, y
-para lograrlo, Mazorral aconsejaba, con amplios ademanes apostólicos,
-dos virtudes: bondad y trabajo. «¡Sed buenos, trabajad!» Clamaba
-con voz estrangulada y angustiosa. Sus ojos tenían la facultad de
-extraviarse a capricho, de suerte que la pupila, gris azulada, parecía
-diluirse por la córnea, como los ojos de un vidente en el trance.
-Fervorosos aplausos interrumpían la lectura con frecuencia. Las ideas
-no eran nuevas para el público; las mismas quejas de Raniero Mazorral,
-aunque con diferentes palabras, habían sonado en oídos españoles desde
-hacía siglos; los remedios que el orador ofrecía eran vagos y de dudosa
-eficacia. Todo ello era una canción vieja, y, sin embargo, dijérase
-que se oía por vez primera, y es porque por vez primera se ha<span
-class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span>bía infiltrado en la
-canción vieja lo patético de ciertas modulaciones que le daban emoción
-estética.</p>
-
-<p>De esta suerte discurría Guzmán, que estaba sentado junto a Tejero.
-Miró de reojo al joven filósofo, con su grande y apacible cabeza
-socrática, prematuramente calva, la desnuda doncellez de sus ojos e
-imperturbable aplomo de figura con recia peana. Tejero era quien había
-infundido emoción estética y comunicativa a aquella vieja lamentación
-española que ahora hacía eco en el cráneo de Mazorral. Las ideas
-y emociones de esta conferencia eran obra de Tejero, a las cuales
-daba virtualidad escénica Mazorral, hombre apto para la exhibiciones
-histriónicas. Explícitamente lo reconoció así el propio Mazorral desde
-la tribuna, proclamando a Tejero jefe e inspirador de la juventud
-culta, gran español, a cuyo celo y diligencia el <i>problema España</i>
-debía su enunciación exacta y metódica, y ángel exterminador de la
-política arcaica, aludiendo con esto último a que Tejero, con un simple
-discurso en un mitin, había derribado del ministerio a don Sabas
-Sicilia, el cual ocurrió que se encontraba entre los oyentes y hubo de
-recibir en tal punto muchas miradas de través.</p>
-
-<p>Al terminar la conferencia el público aclamó a Mazorral. Cuando
-la gente salió a los pasillos, calzándose nuevamente a la puerta las
-babuchas de la maledicencia social, apercibiose el que más y el que
-menos a arrancar túrdigas de pellejo al conferenciante.</p>
-
-<p>Díaz de Guzmán se encontró par a par de don Sabas Sicilia, cuando
-abandonaban entrambos el salón.</p>
-
-<p>—¿Qué hay Guzmancito? ¿Qué se hace? Ya sabe usted que siempre se le
-estima.</p>
-
-<p>Don Sabas Sicilia, en los últimos tiempos, había simplificado
-grandemente la práctica de las artes cosméticas. Ya no se teñía las
-barbas: ahora eran de un blanco sucio y más crecidas que antes.
-No usaba mixturas ni linimentos para encubrir las arrugas<span
-class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> atirantando la piel
-y atusar los mezquinos pelos del cogote. De viejo verde se había
-convertido, a la vuelta de unos meses, en anciano, y, en consecuencia,
-ascendido no poco en nobleza corporal. Mas para ser por entero noble
-y venerable le estorbaban dos cosas: el trasunto caprino del perfil
-y aquella sonrisa sarcástica de hombre que está en el secreto, un
-secreto que por las señales que antaño de él trascendían debía de
-ser humorístico y era al presente palmariamente triste y agrio. La
-descoloración de las barbas de don Sabas había coincidido con el
-decaimiento y fracaso de todas sus ilusiones. Sus dos hijos, Pascualito
-y Angelín, a quienes había educado de una manera filosófica, según
-decía él, y para hombres perfectos, guiándoles desde la niñez según
-los dictados de la razón humana, defendiéndolos contra el ataque
-embozado de los prejuicios religiosos e inculcándoles el culto a la
-vida como supremo ideal, le habían salido dos hombres frustrados.
-Angelín, ni siquiera hombre. Durante el último invierno don Sabas
-se había visto obligado a librar varias veces a su hijo de las
-garras judiciales, después que le habían sorprendido en aventuras
-de sodomítico libertinaje. Pero lo peor para don Sabas era lo de
-Pascualito, el predilecto de su corazón. Lo de Angelín lo reputaba
-doloroso infortunio; lo de Pascualito era una bajeza. Ello consistía
-en que el primogénito había entablado relaciones amorosas y estaba ya
-para casarse con una infeliz criatura canija, fea y nada inteligente,
-de la cual no gustaba ni poco ni mucho, como lo patentizaba el hecho
-de andar, en vísperas de boda, refocilándose con otras mujeres
-alegres, e iba al matrimonio con grosero impudor por apoderarse de los
-muchos millones que la niña, hija única, atesoraba. Para don Sabas
-la virtud era el buen tono o elegancia del espíritu, así como el
-talento era la elegancia de la inteligencia, no otra cosa. Cuando se
-informó,<span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> con todas
-las circunstancias, de aquel matrimonio que Pascualito quería contraer,
-don Sabas se resistía a creerlo. Sostuvo una larga conversación con
-su hijo, al cabo de la cual averiguó, con flagrante evidencia, que
-Pascualito no tenía elegancia moral ninguna. Y como el padre le
-declarase que el hecho que iba a consumar no solo era una acción soez,
-fea y de mal gusto, sino también un crimen contra la sociedad y la
-especie, el hijo rechazó tales imputaciones con gran descaro y firmeza,
-justificando su conducta con sentencias y máximas que desde niño había
-oído de labios de su padre. Don Sabas no había querido oponerse a
-la boda, porque Pascualito era ya mayor de edad y nada se remediaba
-con la oposición, que hubiera sido subrayar la vergüenza y oprobio
-de su hijo. No lograba entender cómo aquellos saludables principios
-encaminados hacia la felicidad y el sumo bien, que desde que eran
-niños había procurado infundir en el corazón de sus hijos, andando el
-tiempo pudieran sufrir tanta mudanza y servir de alcahuetes a las más
-ruines flaquezas. Él se había esforzado en enseñar a Pascualito a ser
-un hombre digno, y Pascualito cimentaba su indignidad precisamente en
-las enseñanzas paternales. Con ser muy graves los disgustos familiares,
-lo que en puridad había destrozado a don Sabas era la pérdida de
-Rosina.</p>
-
-<p>—¿No ha venido Pascual a la conferencia? —preguntó Guzmán a don
-Sabas, por preguntar algo.</p>
-
-<p>—No sé. Anda tan atareado estos días...</p>
-
-<p>—¿Con la boda?</p>
-
-<p>—Sí, creo que sí.</p>
-
-<p>—¿Cuándo se casa?</p>
-
-<p>—No lo sé exactamente. Entonces, ¿qué le ha parecido a usted la
-conferencia, querido Guzmán?</p>
-
-<p>—Muy bien, ¿y a usted?</p>
-
-<p>—A mí me ha divertido mucho. No recuerdo qué político inglés decía
-que la vida sería tolerable sin<span class="pagenum" id="Page_259">p.
-259</span> sus diversiones. Sin lo que de ordinario se entiende por
-diversiones, claro está. Yo digo que la vida sería inaguantable si
-todos los hombres fuesen razonables. ¿Hay nada más tedioso que una
-conversación razonable, que un libro razonable o un discurso razonable?
-Para mí, decir que estas cosas son razonables y decir que no había
-ninguna necesidad de haberlas hecho, puesto que son razonables, es la
-misma cosa. Se dice que aquello que diferencia al hombre del resto
-del universo es la razón. ¿De dónde han sacado semejante desatino? Lo
-que le diferencia es la sinrazón. En la naturaleza todo es razonable,
-no hay sorpresas, todo es aburrido; pero salta este animalejo en dos
-pies que llaman hombre, y con él aparece la sinrazón, lo absurdo, lo
-arbitrario, la sorpresa, lo cómico, lo solazante y ameno. Si un hombre
-discurriera con la exactitud mecánica de la naturaleza, de manera que
-sus palabras tuviesen la coherencia fatal de los fenómenos naturales,
-¿habría nada más aburrido? No, no; lo bueno es lo inesperado del
-desatino, lo insólito de la sandez, lo imprevisto del disparate. Por
-eso me ha divertido tanto la conferencia de Mazorral. Bondad y trabajo;
-aconsejar bondad y trabajo... Vamos, que no se le ocurre al que asó
-la manteca. Aconsejar «sed buenos» es lo mismo que aconsejar «sed
-albinos» o «sed velludos.» Digo mal —rectificó don Sabas, acercándose
-a calentar las manos en un calorífero—, es lo mismo que aconsejar
-«sed inteligentes». Todos somos más o menos inteligentes, porque el
-pensamiento es una secreción del cerebro, como la bondad es, por
-decirlo así, una secreción del corazón. Pudiéramos comparar el corazón
-humano a las vacas. Las hay de diferentes razas; todas dan leche; pero
-hay razas que dan mucha más. Es un hecho que vaca muy lechera o poco
-lechera, la vaca da más leche cuando está mejor alimentada. De la
-propia suerte el hombre harto propende a la bon<span class="pagenum"
-id="Page_260">p. 260</span>dad, así como el famélico a la malignidad;
-tan es así, que yo a veces dudo si la residencia de los afectos es el
-corazón o el vientre. También hay procedimientos artificiosos para
-aumentar la secreción de la leche y de la bondad. Para lo primero
-se acostumbra dar sal a las vacas; pero en este caso la leche es
-agüedinosa y sin sustancia. Como ejemplo de lo segundo podemos poner el
-del partido conservador concediendo al pueblo cierta mesurada dosis de
-ilusoria libertad; pero los frutos que con ello consiguen son engañosos
-y efímeros. Ahora bien; la vaca, cuando está en los últimos meses de
-preñez, no da leche. Aplicado al hombre quiere decir que en aquello
-que atañe a la obra propia, a la ambición personal, al egoísmo, el
-corazón se seca. Así ha sido, así es y así será, porque la naturaleza
-lo ha querido. Y si no, háblele usted mal a Mazorral de uno de sus
-artículos o dígale que su conferencia ha sido una <i>batata</i>, como
-se dice en esta casa, y a ver en qué paran sus ampulosas predicaciones
-morales. Puede suceder que no se ofenda, lo cual querría decir que
-además de tener el corazón seco los sesos le echan humo, o sea, que es
-ridículamente vanidoso. Pues, ¿y lo otro? Trabajad... Es como decir,
-«respirad». Decir vida y trabajo es una cosa misma. De una manera ú
-otra el hombre trabaja siempre. ¿Conoce usted algo más trabajoso que
-seducir a una mujer que no gusta poco ni mucho de su cortejador? Pues
-son infinitos los que se toman ese trabajo. ¿Por qué? Porque ven un
-fin como remate del esfuerzo, una satisfacción como premio de muchos
-sinsabores. Aconsejar a las colectividades trabajo es cosa necia. Lo
-que se debe hacer es sugerirles un ideal asequible y halagüeño, hacia
-el cual converja a pesar suyo la actividad, y con esto se coloca
-naturalmente a los hombres en potencia próxima de ser bondadosos.
-El ideal es el mejor estimulante de la alta cultura. Un pueblo sin
-ideal es un<span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span> pueblo
-perezoso, y perezoso no quiere decir que no trabaja, sino que trabaja
-sin perseverancia, método o disciplina y por cosas inanes o de poco
-momento. Pero el ideal no se construye sino con la imaginación. El
-pueblo español no tiene imaginación aún. ¿Ha visto usted cosa más
-mazorral, yerma y antiestética que el cerebro de este señor Mazorral?
-La imaginación, me parece a mí, es la forma plástica de la inteligencia
-y del sentimiento. Tiene su mecánica, sus leyes, su realidad, realidad
-más alta que la misma realidad externa. En esto se diferencia de la
-quimera, que es una aspiración confusa, caótica, mística. España ha
-sido un pueblo de quimeras: nunca ha sabido lo que ha querido. Nuestros
-conquistadores iban a descubrir mundos y a rebañar oro sin plan ni
-propósito, y cuando lo conseguían, no sabiendo qué hacerse de él, con
-la espada escribían <i>nihil</i> en el mar, daban toda su fortuna
-al clero y se iban a morir a un convento. En último término tenían
-razón. Y ahora viene lo más curioso, aquello de que el joven Tejero
-me derribó con un discurso... —don Sabas sonrió amargamente—. De eso
-a decir que el propio señor Tejero obligó con otro discurso a Carlos
-de Gante a retirarse a Yuste, no va nada. Carlos V, aun cuando no era
-español, es el arquetipo de los políticos españoles. Declarémoslo con
-toda franqueza; entre españoles existe con maravillosa abundancia
-el tipo del político a quien se le da una higa por el bien público.
-No somos servidores del pueblo con las responsabilidades anejas a
-una magistratura, sino trepadores de alturas. Un español no va a la
-política por vocación, sino por ambición. Queremos conseguir lo más
-para saber que nada hay que merezca la pena de conseguirlo y por el
-gusto de renunciarlo. No nos damos por satisfechos hasta que desde una
-gran altura no hemos visto muy pequeñitos a nuestros semejantes. Los
-españoles a los cuarenta años estamos cansados<span class="pagenum"
-id="Page_262">p. 262</span> de todo. Ya hacía quince años que yo no era
-ministro, y le juro a usted que la última vez entré a regañadientes y
-no veía el momento de tirar la cartera. Porque, querido Guzmán, en el
-fondo de todo esto que decimos acerca del carácter español, ¿no habrá
-el reconocimiento implícito de que es el carácter más profundamente
-sabio y moral, el que mejor se ha dado cuenta del sentido de la vida,
-esto es, el que más la desprecia? ¿Qué dice usted?</p>
-
-<p>—Digo que discurre usted con asombrosa incoherencia.</p>
-
-<p>—Vamos a ver, vamos a ver, ¿por qué? —inquirió benévolamente don
-Sabas.</p>
-
-<p>—¿No comenzó usted asegurando que las palabras de una persona que
-discurriese con absoluta coherencia sería la cosa más tediosa del
-mundo? Pues si ello es verdad, como todo lo que usted dice a mí me
-parece extraordinariamente ameno, la consecuencia es clara.</p>
-
-<p>—No está mal. Es un elogio de doble filo; pero me agrada, porque
-prefiero amenizar la vida de los que me oyen a machacarles los oídos
-con monsergas solemnes. De todas suertes he hablado demasiado y temo
-haberle aburrido.</p>
-
-<p>—No, de ninguna manera.</p>
-
-<p>—Bien; no ha sido demasiado, pero ha sido bastante. Le dejo y voy
-a sumarme a aquel corrillo de graves padres de la patria, sesudos
-homes.</p>
-
-<p>Guzmán se acercó a una numerosa tertulia de ateneístas, que se había
-congregado al extremo del pasillo. Estaban unos sentados en mecedoras,
-otros en un diván; algunos se mantenían en pie. Uno, en una mecedora,
-tenía un gato sobre las piernas. Habló así:</p>
-
-<p>—Mazorral ha olvidado que el genio tutelar del Ateneo es el gato,
-y que la filosofía del gato vale más que todas las filosofías. Ella
-nos enseña a ser perezosos, voluptuosos y elegantes. Vamos a ver
-—diri<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>giéndose al
-gato—, ¿por qué no te has presentado en la tribuna y subiéndote
-a la mesa del conferenciante le has dado un mentís solemne a sus
-paparruchas? Sí, sí, comprendo; es que desprecias esas minucias. Sí,
-hay cosas que no merecen sino desprecio.</p>
-
-<p>—Señores —insinuó un individuo flaco, alto y mal trajeado,
-encarnación austera de la ecuanimidad—, procuremos ser justos. Se
-pueden poner en tela de juicio las ideas de la conferencia, que a mí
-me han parecido bien, entre paréntesis; pero lo que no se puede dudar
-es que ha sido una conferencia bellísima literariamente, que nos ha
-forzado a aplaudir, sugestionados muchas veces.</p>
-
-<p>—Pues eso es precisamente lo que decimos —replicó uno de los del
-diván, de cara aplastada y obtusa—. Que ha sido una conferencia llena
-de latiguillos y recursos de mala fe. Le deslumbran a uno, le hacen
-aplaudir sin que sepa lo que hace, muchas veces porque no digan; pero
-viene luego la reflexión y entonces se echa de ver que todo aquello era
-bambolla.</p>
-
-<p>—¡Es un farsante! —falló una criatura enjuta y vehemente que hacía
-claudicar su mecedora con descomunal denuedo.</p>
-
-<p>—Para mí los farsantes son dignos de toda admiración —declaró uno de
-los que estaban en pie. Era un hombre menudo, con cuerpo de monaguillo
-y cabeza de sacristán. Llevaba un sombrero desaforado que amenazaba
-hundírsele hasta la mandíbula, y hacía el efecto de un sombrero de
-hombre sobre un cráneo de niño—. Para ser farsante se necesita, como
-condición <i>sine qua non</i>, ser inteligente. Nos entenderíamos mejor
-si a la farsa la llamásemos <i>pose</i>, y a eso otro que caracteriza
-a Mazorral y a muchos animales inferiores, <i>mimetismo</i>. La
-simulación es una forma zoológica del instinto de conservación, que
-lo mismo existe entre los ortópteros que entre los periodistas. La
-<i>phyllia</i> y la <i>callima</i>, por ejemplo, son dos mari<span
-class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span>posas tan parecidas a una
-hoja que, cuando se posan en un árbol y se adhieren a una hoja de él,
-no se las puede diferenciar. Lo mismo hay periodistas tontos que se
-consustantivan con la hoja de un periódico, y, aun cuando no sirven
-para nada, allí se están años y más años, como si la vida misma del
-periódico dependiera de ellos. El <i>mimetismo</i> es una actividad
-irracional, instintiva, despreciable. Nada hay más fácil que simular
-talento. Por el contrario, la farsa es una cualidad específica de
-las grandes inteligencias, y en cierto modo puede considerarse como
-una creación artística. Por eso se acostumbra a llamar <i>pose</i>.
-Recuérdese a Beaudelaire, d’Aurevilly... —sus palabras hacían también
-el efecto de palabras de hombre en labios de niño. De frase a frase
-dejaba grandes silencios por avivar la expectación de los que le oían.
-Viéndole, se pensaba en un camarero que antes de descorchar una botella
-bailase la danza del vientre.</p>
-
-<p>—¡Bah! <i>Mimetismo</i> o <i>pose</i> o farandulería, ¿qué más da?
-—observó un ser indolente que estaba sobre el diván, sentado a la turca
-y con los ojos vueltos hacia el cielo raso—. El caso es que Mazorral
-no ha dicho nada nuevo. Todo eso se viene escribiendo en España desde
-hace siglos: ahí está el libro de Halconete que lo puede atestiguar.
-Y, sobre todo, si se trata de dar formas nuevas a quejas antiguas, la
-forma no es de Mazorral, sino de Tejero. La conferencia es un plagio de
-los artículos de Tejero.</p>
-
-<p>—¿No dicen ustedes nada de lo más grotesco de todo? ¡Formidable!
-—clamó un mancebito imberbe, rechoncho, de faz seráfica—. «Nosotros,
-los jóvenes... Porque los jóvenes haremos... A los de la nueva
-generación nos incumbe...» —peroraba en tono campanudo, contrahaciendo
-la voz abaritonada y vibrante de Mazorral—. Cualquiera diría al
-oírle que acaba de salir de las aulas universitarias y que<span
-class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span> está en los albores
-primaverales de su vida, cuando todos sabemos que pasa de los cuarenta
-y cinco. ¡Formidable! Son de esas cosas que hay que verlas para
-creerlas. Pues, ¡oído al parche! Él dice que se está preparando para
-ser el mejor dramaturgo de España; pero que no escribirá su primer
-drama hasta dentro de quince años, porque todavía no está maduro. Será
-un drama póstumo. Por lo pronto ya tiene su ideal estético, que es el
-Japón, pasando por Grecia y arrancando de Alemania; la humanidad, según
-parece, recorrerá esta gran trayectoria, y él, Mazorral, es el Hannón
-de este nuevo periplo. ¡Formidable!</p>
-
-<p>—Señores —volvió a hablar con suave acento el hombre flaco, alto
-y mal trajeado—, procuremos ser justos. Los españoles tenemos una
-fea tendencia al individualismo anárquico. Si Tejero ha encontrado
-la nueva forma de una queja antigua, no es razón para que Mazorral,
-estando conforme con las ideas de Tejero, las propague por cuantos
-medios tiene a mano, la prensa, la conferencia, el mitin, etc., etc.
-El problema será tan antiguo como ustedes quieran; lógicamente, es tan
-antiguo como el mal; pero porque sea antiguo ¿hemos de dejarlo de la
-mano? En el libro de Halconete se estudian las diferentes maneras que
-tuvo de plantearse el problema, cronológicamente. Se trata de un mal
-crónico, y, sin embargo, nunca se ha sentido tan en lo íntimo y con
-tanta perentoriedad la conciencia de este mal. ¿Por qué? ¿Acaso porque
-estamos ahora peor que nunca? Nadie se atreverá a decirlo. Sin duda, es
-porque ahora se ha planteado el mismo problema con mayor acierto que
-otras veces. Costa, es verdad, parece ser el primero que lo planteó
-en sus términos precisos, y que los que han venido detrás de él no
-han añadido nada. Pero a Costa, con ser Costa, no se le hizo caso. En
-cambio, ahora todos sentimos la inquietud de ese problema. Habla<span
-class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span>remos bien o mal de quienes
-nos han inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué
-será?</p>
-
-<p>Travesedo se había acercado a Alberto en tanto hablaba el hombre
-flaco y mal vestido. Cuando concluyó este de hablar, dijo por lo bajo
-Travesedo.</p>
-
-<p>—Me voy a la calle, ¿vienes?</p>
-
-<p>Teófilo, que también estaba en el grupo, abroquelado, como de
-ordinario, en melancólico mutismo, al ver que sus dos amigos se
-marchaban salió con ellos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_4">
- <h3>IV</h3>
-</div>
-
-<p>Había anochecido.</p>
-
-<p>Los tres amigos subieron por la calle del Prado, hacia la plaza de
-Santa Ana.</p>
-
-<p>—¡Caracho, con la conferencia de Mazorral!... —exclamó Travesedo,
-que estaba pereciéndose por dar gusto a la sin hueso.</p>
-
-<p>—Por la Virgen santa... —rogó Teófilo—. ¿Vais a hablar todavía de la
-conferencia?</p>
-
-<p>—Vaya, no te enfades, Teofilín. Procuraremos ser breves. Déjanos
-poner algunas cosas en claro —y se dirigió a Alberto—: ¿Me quieres
-decir ahora para qué sirve la inteligencia?... Ya ves, todos esos
-rapaces del Ateneo, que parecen listos todos ellos y ninguno se
-entiende. Todos discurren con tino y se figura uno que tiene razón el
-último que habla, hasta que viene otro a decir todo lo contrario, y
-también tiene razón. Y es que la vida no es cosa de discurrir mejor o
-peor.</p>
-
-<p>—Conforme en todo contigo —comentó Teófilo.</p>
-
-<p>—La inteligencia, en último término, es una cosa mecánica. Jevons,
-un filósofo inglés, inventó una <i>máquina lógica</i>, un aparato que
-funcionaba tan bien como el cerebro humano. El proceso lógico ha sido
-formulado por un matemático, Boole, en una simple<span class="pagenum"
-id="Page_267">p. 267</span> ecuación de segundo grado. <i>La crítica
-de la razón pura</i>, que no parece sino que es un descubrimiento de
-ayer, a juzgar por el pote que algunos se dan cubriéndose con ella las
-vergüenzas, como un salvaje con un taparrabos, y cuando yo era mocete,
-ya va para tiempo, asistí dos años seguidos a las lecciones que daba
-Salmerón acerca de <i>La crítica de la razón pura</i>, digo que, para
-el caso este libro es como la máquina de Jevons o la ecuación de Boole.
-Pensar que con <i>la crítica de la razón pura</i> se discurre mejor que
-sin ella, es absurdo. La salud del cuerpo depende, no del hecho que la
-pepsina es lo que digiere, sino de que digiera alimentos adecuados.
-¿No te parece? Pero aquí viene lo curioso: como dijo Hermoso —el
-hombre flaco y mal vestido— «hablaremos bien o mal de quienes nos han
-inquietado; pero la inquietud existe. Nos preocupamos. ¿Por qué será?»
-¿Qué dices tú?</p>
-
-<p>—Me serviré de un ejemplo: Un hombre está enfermo de un mal
-disimulado y hondo. Su vida continúa aparentemente como de ordinario;
-pero él adivina que algo grave está ocurriendo en lo misterioso de su
-organismo. Comunica sus inquietudes a los amigos, y los amigos, que
-le ven sano por las trazas, no se lo toman en cuenta. Consulta con un
-médico, y por él se informa de que en efecto está enfermo y de cuidado.
-Vuelve a sus amigos con la triste nueva, y estos responden: «Ese médico
-es un animal.» El enfermo se enfurece, y los amigos se ríen. ¿Por
-qué? Porque el mal no le ha salido aún a la cara; pudiéramos decir,
-porque el mal no ha adquirido aún forma estética, patética, emoción
-comunicativa. En cambio, un niño enfermo produce siempre una impresión
-triste y enternecedora, porque el niño no tiene vida psíquica y a la
-menor perturbación orgánica se amustia como una flor. Al punto se echa
-de ver que un niño está enfermo. No es lo mismo con los hombres, porque
-lo complejo de su vida psíquica, preocupaciones, afectos, pa<span
-class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span>siones, etc., provocan a
-veces cierto enardecimiento, cierta saludable apariencia engañosa que
-disimula el mal hasta tanto que este no ha alcanzado el período agudo.
-Para mí este ejemplo explica las diferentes vicisitudes que el problema
-España ha sufrido. Están primero los que han sugerido la posibilidad
-de que España tuviera las entrañas enfermas; pero en España las cosas
-iban, sobre poco más o menos, como siempre; no se les hizo caso. Vino
-un diagnóstico de gente facultativa: había enfermedad y grave; pero
-las cosas iban como siempre. Los médicos son unos animales, se dijo.
-Viene entonces la etapa del hombre que grita y se enfurece: Costa. En
-el fondo se rieron de él. Era preciso que España se convirtiera en
-un niño triste y decaído para que los hombres ligeros comenzaran a
-pensar: «Este niño debe de estar enfermo.» Llegó para España el momento
-de cumplirse aquella profecía de Hesiodo: «Para entonces esa raza de
-hombres dotados de palabra encanecerá casi desde su nacimiento.» Las
-últimas generaciones han envejecido antes de salir del vientre materno.
-Ves hombres que no han llegado a los treinta años y parecen ancianos.
-Aseguran que haber nacido español y haber nacido maldito es la misma
-cosa. ¿No se les ha de hacer caso? Pero aun así y todo, a pesar de la
-emoción comunicativa, que es la forma nueva de la antigua queja, el
-pecho español es tan yermo y empedernido, la sensibilidad española ha
-estado siempre tan embotada, que creo que tampoco se les hubiera hecho
-caso, a no ser porque algunos escritores de los últimos tiempos han
-iniciado la empresa de otorgar sentidos a esta raza española que nunca
-los había tenido.</p>
-
-<p>—En resumen, que para ti el problema está en dotar de una
-sensibilidad a la casta española, y esto solo lo puede hacer el arte.
-Pero, ¿y si fuera imposible? ¿O si, una vez conseguido, vuelve a
-perderse y embotarse aquella sensibilidad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span>—Nada hay
-imposible, y una vez logrado nada se pierde. Millares de siglos
-necesitó la vida terráquea para acertar a ponerse en dos pies; pero en
-cuanto dio en el quid, aquel esfuerzo de millares de siglos se vence
-en dos años y aun en diez meses, que hay niños que a los diez meses ya
-andan.</p>
-
-<p>Iban por la calle de Atocha, cara a los arcos de la Plaza Mayor.
-Tropezaban con nutridos golpes de gente, en los cuales reinaba vivo
-rumor, braceos y enarcamientos de cejas, por donde se podía deducir que
-se trataba de algún suceso extraordinario acaecido recientemente. Los
-tres amigos alcanzaron a oír palabras sueltas: suicidio, dos tiros,
-agentes, carreras, monumento de Morral, y luego, bombas.</p>
-
-<p>—¿Habrán tirado alguna bomba? Vamos a enterarnos —Travesedo se
-inmiscuyó en uno de los grupos y preguntó.</p>
-
-<p>Un anarquista había tirado una bomba al pie del monumento erigido
-en memoria de las víctimas de Morral, y cuando los agentes le iban
-a los alcances se había suicidado. Nadie conocía circunstancias más
-puntuales, sino que el anarquista no había podido huir porque era cojo,
-y que su cadáver estaba en la casa de socorro de la Plaza Mayor.</p>
-
-<p>Los tres amigos penetraron en la plaza y se acercaron hacia la
-casa de socorro, por recoger más detalles. A la puerta de la casa de
-socorro se agolpaban centenares de curiosos. «El Gobernador», se oyó
-murmurar. Dos agentes abrieron un pasillo entre la gente y un caballero
-enchisterado y augusto penetró en la casa de socorro. Aprovechando
-la entrada del gobernador los tres amigos se insinuaron a través del
-concurso, hasta colocarse en primera fila. Cuatro guardias rechazaban
-a empellones a los curiosos, procurando hacer un espacio libre delante
-de la puerta. De vez en cuando aparecía un practicante, echaba una
-ojeada sobre la muchedumbre y volvía a en<span class="pagenum"
-id="Page_270">p. 270</span>trar. Uno de estos resultó ser amigo de
-Travesedo.</p>
-
-<p>—¡Eh, Céspedes! —gritó Travesedo.</p>
-
-<p>—Hombre, don Eduardo. ¿Usted ha visto?</p>
-
-<p>—¿Podemos entrar?</p>
-
-<p>—Ya lo creo. Pasen, pasen ustedes...</p>
-
-<p>Los tres amigos entraron en la sala de operaciones. Sobre una mesa
-niquelada y agujereada yacía el anarquista, cubierto el cuerpo con una
-frazada color bermellón. Un hombre le afeitaba el bigote. Céspedes
-dijo que no había muerto aún ni lo habían identificado. Médicos,
-practicantes, periodistas y autoridades se apiñaban en torno de la mesa
-de níquel. Las manipulaciones del barbero impedían descubrir por entero
-la cara del moribundo. De pronto, Teófilo cayó en tierra desmayado.
-Acudieron a levantarlo, le dieron a oler éter y con esto recobró el
-sentido.</p>
-
-<p>—¡Vámonos, vámonos de aquí! —suplicó.</p>
-
-<p>Apoyándose en Travesedo y Guzmán salió de la casa de socorro.</p>
-
-<p>—Vamos a la taberna de al lado. Tomarás una copa de Cazalla, que te
-sentará muy bien —ordenó Travesedo.</p>
-
-<p>En la taberna, Teófilo apenas si podía llevar la copa a la boca; tal
-le temblaba la mano. Su rostro estaba lívido.</p>
-
-<p>—Estos poetas... —dijo Travesedo, chascando la lengua después de
-trasegar una copa de aguardiente—. Eres más pusilánime que un conejo de
-Indias.</p>
-
-<p>—Vamos a la calle a que me dé el aire —habló Teófilo, poniéndose
-trabajosamente en pie.</p>
-
-<p>Cuando se hubieron alongado de la gente, Teófilo bisbiseó:</p>
-
-<p>—Era Santonja.</p>
-
-<p>—¿Qué dices ahí? —inquirió Travesedo.</p>
-
-<p>—Santonja, mi amigo Santonja.</p>
-
-<p>—¿Quién? ¿El anarquista?</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span>—Pues, hombre,
-vamos corriendo a decirlo. ¿No habéis oído que no le habían
-identificado aún? Bueno, yo iré, porque a ti maldita la gracia que te
-hará volver allí. ¡Ah! El nombre...</p>
-
-<p>—Homobono.</p>
-
-<p>—¡Recristo! Pues si ese es Homobono, venga Dios y lo vea. ¿Vais a
-casa? Yo iré en dos minutos. Adiós.</p>
-
-<p>Cuando Guzmán y Teófilo quedaron solos, el último comenzó a murmurar
-en voz reconcentrada, como si pensase en alta voz.</p>
-
-<p>—Nunca lo hubiera creído. Y ahora que lo veo me parece que hizo
-bien. ¡Pobre Santonja, pobre Santonja! ¡Y se contentó con un homenaje
-platónico, una bomba a un monumento!... —de pronto rompió a hablar con
-mucho fuego, enderezando miradas coléricas a su amigo—. Habláis mal de
-los tertulines de café, de la charlatanería y politiquería españolas.
-Pues yo que he asistido muchos años a esas tertulias, os digo que
-vosotros, los que os las dais de intelectuales, con vuestro énfasis,
-vuestras conferencias, vuestro redentorismo, no decís ni hacéis cosas
-más ni menos razonables o profundas que las que se dicen y hacen en los
-cafés. ¡Insensatos, insensatos! Queremos hacer pueblos y no sabemos
-hacernos hombres. Da por supuesto que España es la nación más fuerte y
-más culta. ¿Hubiera por ello sido Santonja más feliz o más infeliz? ¿Lo
-sería yo? Lo que yo quiero ser es un hombre, ¿oyes?, un hombre. ¿No ves
-que lloro? Y es de rabia...</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_5">
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>En el gabinete de Lolita. Estaba atalajada la pieza con muebles de
-la propiedad particular de esta dama, y en ella se descubría a seguida
-el grado de educación y buen gusto de la dueña. El yute, el pe<span
-class="pagenum" id="Page_272">p. 272</span>luche, la purpurina, los
-madroños, el pino so capa de nogal y otros varios elementos de la
-decoración doméstica al estilo catalán, exaltaban, en opinión de
-Lolita, aquel oscuro gabinete de casa de huéspedes a la categoría de
-una <i>loggia medicea</i>. Colgada oblicuamente de la pared había una
-guitarra, con escenas andaluzas pintadas alrededor de la negra boca
-urbicular. Otro dechado del arte pictórico era un cuadrito de subasta,
-al óleo, coronando la chimenea. Lolita pretendía hacer creer a sus
-visitantes que lo había pintado ella.</p>
-
-<p>—Pero, ¿sabes pintar?</p>
-
-<p>—¡Jesú! Dende que era chiquitiya me dieron lersiones de pintura;
-pero ya lo he abandonao.</p>
-
-<p>No era raro que el visitante, por halagar a la autora, se acercase a
-contemplar el cuadrito, y entonces, con alguna sorpresa, echaba de ver
-que la obra estaba firmada en rojo por un R. Llagostera.</p>
-
-<p>—¿Cómo te apellidas, Lolita?</p>
-
-<p>—¿Yo? Montoya.</p>
-
-<p>—¿Y por qué has puesto aquí Llagostera?</p>
-
-<p>Acercábase también Lolita, que no sabía leer, y después de examinar
-aquellas pinceladitas rojas, sin sentido para ella, explicaba:</p>
-
-<p>—Son floresiya. ¿Y tú las llamas yagosteras? ¡Jesú, qué término! Si
-son amapolas, so primo.</p>
-
-<p>Había por el suelo hasta cuatro grandes sombrereras de cartón
-blanco, con la tapa caída a un lado, y eran como cestos de Pomona
-o cornucopias de la abundancia, a juzgar por la profusión eruptiva
-de flores y frutos, de toda sazón y latitud, que rebasaba de los
-bordes.</p>
-
-<p>Se encontraban en el aposento Verónica, Amparito, Lolita, y San
-Antonio de Padua, haciendo un paso gimnástico que se suele llamar <i>el
-pino</i>, sobre la rinconera. Las tres mujeres estaban sentadas en
-torno a un velador con piedra de mármol; sobre el<span class="pagenum"
-id="Page_273">p. 273</span> velador, varias cuartillas y un lápiz.
-Amparito tenía un libro abierto en las manos.</p>
-
-<p>—Escucha con atensión, Verónica, porque esto tiene muncha
-importansia. Vamo, lee, niña.</p>
-
-<p>Amparito leyó.</p>
-
-<p>—Habiendo logrado Mr. Sonnini... —Amparito leyó <i>eme-erre</i>.</p>
-
-<p>—Pero chiquiya, tú no sabe leé.</p>
-
-<p>—Aquí dice eme erre: eme mayúscula, erre.</p>
-
-<p>—¿Qué es lo que dise? ¿Lo uno ú lo otro? Vamo, anda p’a lante, que
-ahora viene lo bueno.</p>
-
-<p>—Habiendo <i>eme-erre</i> Sonnini —prosiguió Amparito— logrado
-abrir un paso hasta el aposento interior de una de las reales tumbas
-del Monte Líbico, cerca de Tebas, encontró en él un sarcófago en que
-se hallaba una momia de extraordinaria belleza y en excelente estado
-de conservación; examinándola prolijamente descubrió, pegado al pecho
-izquierdo con un género de goma particular, un rollo largo de papiro,
-el cual, habiéndole desdoblado, excitó mucho su curiosidad a causa de
-los jeroglíficos que en él se veían maravillosamente pintados.</p>
-
-<p>—¿Te has enterao? —preguntó Lolita a Verónica—. Ese royo de la
-momia es ni má ni meno que un papé que verás ar final del libro.
-Es un oráculo, y er te dise toas las cosiyas que quias sabé: de
-amoríos, de dinero, de to, y siempre la chipén. Esto es mejó entavía
-que las cartas. Bueno, niña; ahora lee por donde hay una crus con
-lapis colorao. Y tú, Verónica, te estás mu seria, que esto es como un
-reso.</p>
-
-<p>Amparito leyó:</p>
-
-<p>—Pastoral de Balapsis, por mandado de Hermes Trimegisto, a los
-sacerdotes del gran templo. ¡Sacerdotes de los tebanos! ¡Siervos del
-gran templo de Hecatómpilos! ¡Vosotros que en la ciudad sagrada de
-Dióspolis habéis consagrado la vida al servicio del rey de los dioses y
-de los hombres! ¡Hermes, fiel in<span class="pagenum" id="Page_274">p.
-274</span>térprete de la voluntad de Osiris, salud y paz os envía!</p>
-
-<p>—¿No desía yo que era como un reso? Y no te creas que es cosa der
-mengue. Eso ya se verá dempués. Ahora busca la pregunta que quies hasé.
-Ahí están toas en er papé amariyo.</p>
-
-<p>Verónica, un poco sobrecogida con tan misteriosos preámbulos,
-fue leyendo en un gran pliego de papel apergaminado la lista de
-preguntas.</p>
-
-<p>—¿Tengo que decir la pregunta que haga?</p>
-
-<p>—Naturalmente, chiquiya.</p>
-
-<p>—Pues esta: «¿Me corresponde y aprecia la persona a quien yo amo?»
-—quiso dar a entender, sonriendo, que no concedía gran importancia al
-oráculo; pero no acertó a sonreir y se ruborizó.</p>
-
-<p>—Pero so gorfa —exclamó Lolita, alborozada sobremanera—. ¿Entavía
-estamos con esas niñerías der corasón?</p>
-
-<p>—Si es por preguntar...</p>
-
-<p>—Yo también quiero preguntar luego —insinuó Amparito tímidamente.</p>
-
-<p>—Tú ya sabes que te quiere, niña. Lee ahora lo que hay que hasé.</p>
-
-<p>—Cuando cualquier hombre o mujer vaya a haceros, ¡oh! sacerdotes
-—leyó Amparito—, alguna pregunta haced que se presenten las ofrendas y
-se efectúen los sacrificios al mismo tiempo que los siervos del templo
-eleven a lo alto las invocaciones en cánticos armoniosos. Restablecido
-el silencio, el adivino encargará al extranjero que vino a consultar
-el oráculo que con una caña mojada en la sangre del sacrificio marque
-dentro de un círculo formado con los doce signos del Zodiaco cinco
-hileras de rayas, derechas o inclinadas, al modo de estas...</p>
-
-<p>—Yo te diré; esto se hase así, a burto —y Lolita comenzó a trazar
-palotes en una cuartilla, sin mirar al papel.</p>
-
-<p>—Pero eso es imposible.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span>—Muy fásil.</p>
-
-<p>—Digo lo de la sangre y aquellos signos del no sé cuantos.</p>
-
-<p>—Eso no es de obligación. Lee más abajo, niña.</p>
-
-<p>—El traductor —leyó Amparito— cree de su deber advertir aquí que
-él sabe por experiencia que pueden dispensarse las más de estas
-ceremonias. En las consultas que se hagan al oráculo pueden omitirse
-el círculo y signos del Zodiaco, y en lugar de una caña mojada en
-sangre, él y sus amigos han usado constantemente, y siempre con buen
-éxito, una pluma con tinta común y otras veces un lápiz o un carbón.
-Los dones, sacrificios e invocaciones también son cosa superflua en
-tierra de cristianos; pero, en su lugar, es de absoluta necesidad que
-el consultante crea en Dios a puño cerrado y venere sus inescrutables
-vías.</p>
-
-<p>—¿Lo ves? Tú crees en Dios, pa chasco.</p>
-
-<p>—Sí que no...</p>
-
-<p>—Pues, ahora hases las rayitas.</p>
-
-<p>Verónica obedeció a cuanto se le indicaba. Amparito, que había
-ya comprendido cabalmente la manipulación del oráculo, hacía de
-pitonisa.</p>
-
-<p>—Sagitario; non, tres pares, non —bisbiseó Amparito—. La respuesta
-dice: «Medita bien si el objeto de tu cariño merece tu amor.»</p>
-
-<p>—¿Me quies desí —interrogó Lolita, enchipada como con un éxito
-personal suyo—, si no le deja a una aturuyá?</p>
-
-<p>—¿Se puede hacer por dos veces la misma pregunta? —inquirió
-Verónica.</p>
-
-<p>—Y dos mil.</p>
-
-<p>Verónica trazó por segunda vez cinco filas de palotes.</p>
-
-<p>—Llaves, non, cuatro pares —sentenció Amparito—. La respuesta dice:
-«Una correspondencia de cariño es ahora dudosa; pero la perseverancia y
-atención te asegurarán el triunfo.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span>—Esto debe ser cosa
-de brujería, porque no se explica que responda tan acorde —declaró
-Verónica con ojos resplandecientes.</p>
-
-<p>—Pues aún falta otra cosa mu güena, pero que mu güena. Niña, busca
-ar finá der libro. Ahí te prenostican lo que vas a sé por er día y er
-mes en que has nasío.</p>
-
-<p>—Yo nací el cinco de setiembre.</p>
-
-<p>—Setiembre, Amparito. Busca er signo.</p>
-
-<p>—Virgo —leyó Amparito, con voz candorosa.</p>
-
-<p>El rostro de Verónica se encendió. Lolita, entre risotadas que no
-podía retener, comentó:</p>
-
-<p>—Tamién es grasioso.</p>
-
-<p>—La mujer nacida por este tiempo —leyó Amparito— será muy honrada,
-sincera, franca, muy aseada en su persona y de deseos ardientes,
-modesta en su conversación, afecta a los placeres matrimoniales y fiel
-a su marido; será también muy buena madre y muy mujer de su casa.</p>
-
-<p>—No te quejará de tu suerte, condená. Pues si vieras la mía. Lee,
-Amparito, que la mía está en el escorpión. ¡Lagarto, lagarto!</p>
-
-<p>—La mujer nacida por este tiempo —leyó Amparito— será temeraria,
-imperiosa, intrigante y artificiosa; de genio voluble y desagradable, y
-amiga de empinar el codo.</p>
-
-<p>—¡Qué calurnias! —suspiró Lolita, santiguándose y mirando con
-ternura al San Antonio cabeza abajo.</p>
-
-<p>—En la vida —continuó Amparito—, todos sus planes se malograrán casi
-siempre por su misma locura y mala conducta en el amor; accederá a
-sus placeres solamente con miras particulares, y será inconsecuente y
-desleal. No dice más.</p>
-
-<p>—¿Y te paece poco? Me ha puesto como un renegrido trapo.</p>
-
-<p>—Ahora voy a ver la mía, si ustedes me lo permiten —habló
-Amparito.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span>—Vamo a ve, vamo a
-ve la donseyita de la casa.</p>
-
-<p>—Yo nací el veintinueve de noviembre, de manera que... Sagitario
-—decidió Amparito después de consultar el libro—. ¡Ay, no sé qué me
-da!; no me atrevo.</p>
-
-<p>—Anda niña y no seas desaboría.</p>
-
-<p>Amparito comenzó a leer con voz rasa, como si leyese por rutina y
-sin desentrañar el sentido de la lectura. Entró en esto Travesedo y se
-detuvo a escuchar. Lolita y Verónica estaban tan absortas y embebecidas
-que no echaron de ver la llegada de Travesedo. Leía Amparito:</p>
-
-<p>—En el amor será constante; pero querrá gobernar a su marido, de
-quien exigirá un estricto cumplimiento de los deberes nupciales, a
-cuyos deleites será demasiado inclinada; amará a sus hijos, pero será
-descuidada con ellos; será también afectuosa con su marido mientras que
-este siga haciendo a Venus los debidos sacrificios...</p>
-
-<p>Travesedo no se pudo contener más tiempo. Penetró con paso decidido
-y continente amenazador, arrebató el libro de las manos de Amparito,
-lo hizo pedazos y miró luego a Lolita con expresión tan iracunda que
-la mujer quedó como petrificada por el espanto. Las otras dos tampoco
-daban pie ni mano. Travesedo rompió a vociferar:</p>
-
-<p>—¡Largo de aquí inmediatamente, Amparo! Largo de aquí si no quieres
-que te eche a azotes, mala cabeza —Amparito salió temblando. Travesedo
-se encaró con Lolita—: Y tú, sinvergüenza, idiota, ¿no comprendes que
-estás corrompiendo a esa niña? Esto se ha concluido; hoy mismo coges
-tus trastos y te vas con viento fresco, hoy mismo. Yo no quiero cargos
-de conciencia.</p>
-
-<p>Soltose Lolita a llorar con extremada amargura. Entrecruzó las manos
-en actitud orante, hipaba, volvía los ojos inocentes y cuitados tan
-pronto hacia el<span class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> San
-Antonio acrobático como hacia Travesedo, y decía entrecortadamente.</p>
-
-<p>—¡Ay, virgensita de mi arma, San Antonio... si yo no he tenío la
-curpa... que ha sío eya misma... por ver su sino der sodiaco!</p>
-
-<p>La aflicción de Lolita y sus peregrinas lamentaciones determinaron
-en Travesedo una sensación epicena de ternura y de hilaridad. Verónica
-intercedió, asumiendo la responsabilidad de lo acaecido. Travesedo
-atenazó suave y paternalmente con los nudillos el desaforado apéndice
-nasal de Lolita e hizo por mitigar su desconsuelo con palabras
-blandas.</p>
-
-<p>—Ea, sosiégate, feúcha, que la cosa no vale la pena. Fue un arrebato
-mío y no he querido disgustarte. Pero, ¿no comprendes, mujer, que
-Amparito es una niña y no debe enterarse de ciertas cosas? Verdad que
-tú eres tan niña como ella. La culpa la tiene doña Verónica.</p>
-
-<p>—Sí que la tengo, lo confieso; pero, ¿qué le vamos a hacer ya?</p>
-
-<p>—Si es que he estado gritando, llamándoos, un cuarto de hora seguido
-—añadió Travesedo—. Y como si os hubiera tragado la tierra. Ya pasa de
-la una y la casa por barrer. Antonia no está en casa; la comida, por
-supuesto, no estará dispuesta. Esto es un pandemonium. Vamos a ver,
-Lolita, ¿no te da vergüenza no haberte lavado ni peinado aún? Hay que
-verte, hija. No sé cómo le gustas a nadie.</p>
-
-<p>Lolita estaba desgreñada, sucia, tripona, porque los senos, de
-considerable tamaño, sin el soporte del corsé, le bajaban hasta la
-cintura, simulando un bandullo. Vestía una bata de franela roja que
-parecía hecha con bayeta de fregar suelos.</p>
-
-<p>—¿Tú comes hoy con nosotros, Verónica? Digo, si hay qué comer.</p>
-
-<p>—No, yo me voy a casita. Ya estarán por allí todos alborotaos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span>—Que no. Yo ordeno
-y mando que te quedes a comer con nosotros de lo que haya.</p>
-
-<p>—Pues si usted lo ordena, no hay sino cerrar el pico.</p>
-
-<p>—Andando al comedor. Y tú, Lolita, lávate por lo menos las manos.</p>
-
-<p>Quedose Lolita a lavarse las manos y salieron juntos Travesedo y
-Verónica. En el pasillo dijo Travesedo:</p>
-
-<p>—Y pensar que esa pobre mujer es una de las cocotas de fuste en
-Madrid y no falta quien le pague bien...</p>
-
-<p>—No sea usté malo. Lolita es muy mona.</p>
-
-<p>—Sí, monísima; se pudiera decir que perfecta, porque lo
-excesivamente pequeño de la boca se corrige con lo excesivamente largo
-de la nariz.</p>
-
-<p>A poco estaban todos los huéspedes reunidos en el comedor. Verónica
-se sentó a la derecha de Travesedo. La voluminosa Blanca, la cocinera,
-servía la comida, porque Amparito no se atrevió a presentarse.
-Travesedo, junto con el decanato de la hospedería, disfrutaba
-anejamente de la presidencia en la mesa y de la facultad de dirigir
-y enderezar según su gusto la conversación. Casi todo se lo hablaba
-él. Aquel día inició el palique haciendo consideraciones acerca del
-atentado anarquista del día anterior y describiendo con puntuales
-y repulsivas circunstancias el cuadro que en compañía de Teófilo y
-Alberto había tenido ocasión de presenciar en la casa de socorro.</p>
-
-<p>—Por lo que más quieras —rogó Teófilo—, no hables de eso.</p>
-
-<p>—Claro —añadió Verónica—. Cualquiera come oyendo esas cosas.</p>
-
-<p>—Por eso lo hago, precisamente —explicó Travesedo—. De este modo no
-echaremos de ver la escasez de vituallas, si la hay, como presumo.</p>
-
-<p>—¿No has salido ayer de casa, Lolita? —investi<span class="pagenum"
-id="Page_280">p. 280</span>gó Alfil, bizqueando un poco a causa de la
-emoción.</p>
-
-<p>—¿Salir yo dempué der prenóstico de las cartas? ¿Y por qué lo
-afeitaban, don Eduardo?</p>
-
-<p>—¿A quién?</p>
-
-<p>—Ar tío ese anarquista.</p>
-
-<p>—No sé decírtelo.</p>
-
-<p>A la hora del cocido presentose Antonia. Venía de la calle,
-sonriendo con gesto de cansancio. Travesedo, haciendo ostentación de
-sus prerrogativas fiscales, se arrancó con innumerables preguntas y
-advertencias, todo ello con aire reprobador y monitorio. Antonia,
-como obedeciendo a la necesidad de exonerarse de sus sentimientos e
-impresiones más que al discurso de Travesedo, comenzó a hablar:</p>
-
-<p>—¡Señor, qué mundo este! ¡Pobre neñina! Me parece que va a ser muy
-desgraciada.</p>
-
-<p>—Bien —interrumpió Travesedo—, se ve que ha pasado usted la mañana
-en casa de Tomelloso. Pero, mujer, ¿qué se le ha perdido a usted en
-aquella casa?</p>
-
-<p>—Déjeme en paz el alma, roncón. ¿Podré olvidar que les he estado
-sirviendo diez años, y que yo estaba sirviendo en la casa cuando nació
-Angelinos? —se despojaba con lentitud de la mantilla, quitando los
-alfileres, que iba colocando entre los labios.</p>
-
-<p>—Saque usted esos alfileres de la boca... —conminó Travesedo—. Me
-pone usted nervioso. Hay dos cosas que no puedo llevar con paciencia:
-que se metan en la boca alfileres, o el cuchillo para comer, como lo
-hace Macías, que se lo mete hasta la campanilla.</p>
-
-<p>—En esto no estamos conformes —objetó el cómico—. Brochero, el
-célebre actor, hombre de sociedad como todos saben, y mi primer
-director escénico, cuando teníamos que comer en escena nos ordenaba
-hacerlo en esa forma, porque las gentes del buen mundo comen de esa
-manera.</p>
-
-<p>—¡Pobre Angelinos! —repitió Antonia.</p>
-
-<p>—En resumen, ¿pobre por qué?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span>—¿Por qué? Porque
-ese tal Pascualito del diaño se me figura que la quiere tanto como a
-mí. ¡Qué se me figura!... Basta tener ojos en la cara. Lo que va ese
-pillo es por el dinero. Pues el señor, la señora y la señorita, en
-Babia. Están locos con la tal boda.</p>
-
-<p>—¿Quién es? —curioseó Lolita—. ¿Sisilia? Qué punto tan
-grasioso...</p>
-
-<p>Retirábase Antonia; se volvió desde la puerta.</p>
-
-<p>—¡Ah, se me olvidaba! El cartero me dio en la escalera esta carta
-para usted, don Teófilo —y alargó un sobre al poeta.</p>
-
-<p>La letra era desconocida, y el sello, de Alemania. Teófilo sostenía
-la carta en la mano y la miraba sin resolverse a abrirla. En un
-instante se le agolparon en el cerebro mil absurdas presunciones e
-hipótesis. Palideció. Todos le miraban con curiosidad, señaladamente
-Verónica. Rasgó el sobre. Dentro de él venía una tarjeta postal. Lo
-primero que saltó ante sus ojos fue la firma: Rosina. De pálido se
-volvió lívido. Decía la postal:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p><i>No te pido perdón, porque sé que no merezco que me perdones.
- ¡Tengo tantas ganas de que nos veamos y hablemos! Quizás entonces
- comprenderás y me excusarás. Yo no puedo olvidar el cariño que
- me tenías, y me hago la ilusión de que, a pesar de todo, me lo
- conservas. El caso es que como he tenido tanta suerte y ya estoy
- hecha una</i> <span class="allsmcap">ESTRELLA</span>, <i>el
- empresario del teatro del Príncipe, en Madrid, quiso contratarme.
- ¿Voy? Todo depende de que tú me lo ordenes. Contesta a la lista de
- Correos número 1.315, Berlín</i>,</p>
-
- <p class="firma"><span class="smcap">Rosina</span>.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Teófilo, aunque colmado de estupor y desconcierto, sonrió a pesar
-suyo. Su estado de ánimo, que durante seis meses había sido de apacible
-infortunio y triste resignación, se convirtió de pronto en felicidad
-congojosa. Su pobre corazón volvió a representársele a la manera de
-los perros vagabundos, para quienes el aire está poblado de botas y
-garrotes incógnitos. Como en aquella sazón sonase la campanilla de
-la puerta, Teófilo pensó: «La<span class="pagenum" id="Page_282">p.
-282</span> bota que se materializa.» Salió a abrir la voluminosa Blanca
-y volvió en seguida diciendo:</p>
-
-<p>—Dos caballeros que preguntan por usted, don Teófilo.</p>
-
-<p>Levantose el poeta con expresión de hombre que se somete
-heroicamente a los designios de la adversidad y produjo el asombro de
-cuantos le escuchaban, exclamando:</p>
-
-<p>—La bota que se materializa, señores —elevó los ojos a lo alto y
-murmuró—: <i>Fiat voluntas tua</i>.</p>
-
-<p>Los dos caballeros tenían el empaque aflamencado de dos tahúres
-de oficio. Llevaban gruesos anillos en los dedos, fumaban excelentes
-cigarros habanos, vestían con sobrado aliño, eran regordetes y
-mostraban en el rostro la rubicundez de las digestiones prolijas.</p>
-
-<p>—¿Es usted Teófilo Pajares? —preguntó uno, atusándose los bigotes,
-erectos e imponentes.</p>
-
-<p>—Servidor de usted.</p>
-
-<p>—Está usted detenido.</p>
-
-<p>—¿Se puede saber por qué?</p>
-
-<p>—Eso ya lo sabrá usted a su tiempo. Ahora, ¿quiere usted indicarnos
-cuál es su habitación?</p>
-
-<p>—¿A qué santo les voy a indicar cuál es mi habitación?</p>
-
-<p>—Tenemos que incautarnos de sus papeles.</p>
-
-<p>—Bueno; sea lo que ustedes dispongan.</p>
-
-<p>Los guió hasta su habitación. Los dos caballeros policíacos se iban
-guardando cuantos papeles hallaron a mano.</p>
-
-<p>—¿Me consienten que me despida de mis amigos? —solicitó Teófilo.</p>
-
-<p>—Las buenas formas no están reñidas con los tristes deberes de la
-policía —declaró uno de los caballeros, que lucía una corbata color
-amarillo tortilla.</p>
-
-<p>—¡Alberto, Eduardo! —gritó Teófilo desde la puerta de su alcoba, y
-cuando los amigos acudieron añadió—: Me llevan preso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span>Travesedo y Guzmán,
-después de oír a Teófilo y viendo con cuánta diligencia los dos
-policías se apoderaban de toda la obra poética en ciernes de Teófilo,
-no sabían si condolerse o reirse.</p>
-
-<p>—¿Es que existe ya, y desde cuándo, un procedimiento criminal para
-perseguir los delitos literarios? —preguntó Travesedo.</p>
-
-<p>—¡Delitos literarios!... Mecachis en diez con la literatura —rezongó
-uno de los policías, dejando de leer una balada con envío, perpetrada
-por Teófilo, para contemplar con suspicacia las barbas lóbregas de
-Travesedo y su jeta, a primera vista nada tranquilizadora—. Si al tirar
-bombas lo llama usted literatura, no sé qué será la realidad...</p>
-
-<p>—¡Carape! —eyaculó Travesedo, iluminándosele el rostro, a pesar
-de la lobreguez de las barbas, con la luz del discernimiento—. A que
-resulta que por tu amistad con ese pobre Santonja te complican en el
-atentado de ayer.</p>
-
-<p>—Usted lo ha dicho —aseveró el de la corbata amarillo tortilla—.
-En casa del anarquista se han hallado muchas citas de este señor,
-concebidas en términos misteriosos.</p>
-
-<p>—Pero si este señor —explicó Travesedo— es incapaz de matar una
-mosca.</p>
-
-<p>Uno de los policías, que estaba inclinado sobre el baúl de Teófilo
-arrojando fuera de él, en rebujos, el mísero ajuar del poeta, volviose
-a decir:</p>
-
-<p>—Tampoco Napoleón era capaz de matar una mosca; pero mataba hombres
-como si fueran moscas: ocho millones mató, según las estadísticas más
-recientes.</p>
-
-<p>Guzmán y Travesedo no podían disimular su inquietud. Preveían
-complicaciones graves.</p>
-
-<p>Al despedirse, Teófilo dijo:</p>
-
-<p>—No os disgustéis. El corazón me dice que es lo mejor que podía
-ocurrirme, y mi corazón nunca me<span class="pagenum" id="Page_284">p.
-284</span> engaña —y tosió lamentablemente. Luego abrazó a sus dos
-amigos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_6">
- <h3>VI</h3>
-</div>
-
-<p>Doña Juana Trallero, viuda de Pajares, o doña Juanita, como la
-solían llamar sus pupilos, recibió de sopetón la noticia de haber sido
-preso Teófilo. Servía esta señora el desayuno a un empleadillo de
-Hacienda, huésped flamante y madruguero por razón de sus menesteres
-burocráticos, el cual, a tiempo que desayunaba, tenía por costumbre
-ponerse momentáneamente en contacto con el universo mundo a través de
-los telegramas de la prensa matutinal, cuando Mondragón, que este era
-el nombre del huésped, exclamó:</p>
-
-<p>—¡Qué burrada!</p>
-
-<p>—¿Cuál es la burrada? —preguntó doña Juanita.</p>
-
-<p>—Una bomba en Madrid y su hijo de usted preso.</p>
-
-<p>—Usted no se ha despabilado aún, señor Mondragón. Aristótiles dijo
-que un buey voló, unos dicen que sí, yo digo que no. Y si usted lo ha
-dicho por donaire, sepa que tales donaires no son de mi gusto. Mi hijo
-es mi hijo y está muy alto para que nadie le toque.</p>
-
-<p>—No hay donaire, doña Juanita, sino la pura verdad.</p>
-
-<p>Y Mondragón leyó el telegrama. Doña Juanita no se inmutó.</p>
-
-<p>—Eso es una infamia, una calumnia, una intriga —afirmó
-menospreciando gradualmente el alcance del suceso—, un lío tramado por
-los muchos envidiosos que Teófilo tiene.</p>
-
-<p>Aquel mismo día doña Juanita arregló un hatillo de ropa, y dejando
-la casa de huéspedes bajo la tutela de una amiga de confianza, salió
-en tercera para<span class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span>
-Madrid muy resuelta en su arranque, decidida a presentarse, si fuera
-preciso, al ministro de Gracia y Justicia y llamarle imbécil, y segura
-de poner en libertad a Teófilo a la vuelta de contadas horas. Llegó
-a casa de Antonia a las ocho de la mañana. Hubo de sacudir varias
-veces la campanilla, porque eran los moradores gente nada diligente,
-si se exceptúa el teutón, el cual estaba precisamente en aquellos
-momentos tomando su habitual ducha mañanera en la cocina. Este germano,
-industrioso y sutil, como es fama que son todos ellos, había suplido a
-la carencia de cuarto de baño con el albañal de fregar los platos. Los
-compañeros le habían ofrecido el <i>tub</i> de que ellos se servían,
-pero el teutón lo había rechazado. Prefería subir sobre la cubeta del
-albañal y allí se encuclillaba y soltaba el chorro sobre los pingües
-lomos. El día que la voluminosa Blanca descubrió por ventura tan pulcra
-ingeniosidad y la puso en conocimiento del resto de los huéspedes
-estuvo a punto de decretarse en la casa una pena aflictiva de azotes
-para el aseado teutón. Se solucionó el conflicto con la promesa del
-delincuente de no reincidir. Pero lo cierto es que cuando todos dormían
-a pierna suelta, el teutón iba, día por día, a convertir el abañal en
-cuna de deleites hidráulicos. Aquel día, como la campanilla alborotase
-con harto estruendo, el germano, temeroso de que alguno se despertase y
-le sorprendiese, salió a abrir tal como estaba, y estaba como su madre
-lo había parido; pero un poco más talludo y formado.</p>
-
-<p>Doña Juanita, al ver aquel hombrazo ante sí, en carnes vivas, se
-santiguó y lanzó un grito de aflicción.</p>
-
-<p>—¡Joasús! —esta era una exclamación muy frecuente en labios del
-teutón—. Ustet se ha equivocado.</p>
-
-<p>—Sí, señor; he debido de equivocarme. Usted perdone —tartamudeó doña
-Juanita, apartando con horror los ojos de aquella desnudez lechosa y
-tersa.</p>
-
-<p>Oyéronse pasos. El teutón salió huído a refugiarse<span
-class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span> en su alcoba y doña Juanita
-quedó boquiabierta, pensando: «De cualquier cosa será capaz mi hijo
-si ha vivido en esta maldita casa.» Travesedo venía por el pasillo
-rezongando palabras malsonantes y votos carreteriles.</p>
-
-<p>—¿Qué se le ocurre a usted, señora? —preguntó Travesedo,
-suavizándose al ver una vieja enlutada, con manto.</p>
-
-<p>—¿Es esta la casa de una señora Antonia?...</p>
-
-<p>—Sí, señora.</p>
-
-<p>—Yo soy la madre de Teófilo.</p>
-
-<p>Travesedo se deshizo en cumplimientos, hizo pasar a la anciana a
-un gabinetito, le pidió mil perdones por el raro recibimiento que le
-habían hecho —Travesedo no sabía aún el lance del teutón—, despertó a
-las mujeres, las acució por que preparasen cuanto antes un desayuno, y
-se esforzó con cuanta sutilidad supo en quitar importancia a la prisión
-de Teófilo, si bien él no las tenía todas consigo.</p>
-
-<p>—¡Ay, qué susto me he llevado, señor...!</p>
-
-<p>—Travesedo.</p>
-
-<p>—Señor Travesedo. Creí que me había equivocado.</p>
-
-<p>—Sí, la cosa es absurda. ¿Y cómo lo supo usted?</p>
-
-<p>—¿Cómo? Viéndole.</p>
-
-<p>—En algún periódico.</p>
-
-<p>—En la misma puerta. Digo ahora, cuando salió a abrirme aquel hombre
-desnudo.</p>
-
-<p>—¡Ave María Purísima! —exclamó Travesedo—. De seguro el teutón.</p>
-
-<p>—Eso no sabré decirlo.</p>
-
-<p>—Es un huésped de la casa. Le decimos teutón porque es alemán.</p>
-
-<p>—¿Y son protestantes por aquellas tierras?</p>
-
-<p>—Sí, señora.</p>
-
-<p>—Entonces se explica.</p>
-
-<p>—Tiene usted que dispensarle. Es un aturdido, y él no podía
-figurarse...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span>—Mire usted que se
-necesita rejo... En puros cueros, señor...</p>
-
-<p>—Travesedo.</p>
-
-<p>Doña Juanita se quedó a vivir en la casa y comenzaron los desvelos
-de Travesedo por hacerle grata la vida a la vieja. Lo primero que se
-le ocurrió fue evitar que la madre de Teófilo entrase en sospechas
-acerca de la condición social de Lolita. La hicieron pasar por una
-señorita bien acomodada y huérfana, a lo cual la prostituta se
-prestó de muy buen talante. Travesedo le dio prolijas instrucciones,
-inculcándoselas con amenazas; que no dijera terminachos feos a la mesa,
-que se peinase y lavase antes de comer, que al venir de madrugada
-lo hiciera calladamente, y que si acaso volvía cuando la señora
-estuviera levantada dijese que venía de misa. A todo acudió el previsor
-Travesedo, conminándola con la expulsión al más leve desliz.</p>
-
-<p>Era doña Juanita una mujer septuagenaria (a Teófilo lo había
-tenido, como fruto unigénito y serondo, a los treinta y cinco años),
-de aventajada estatura, no menos flaca que su hijo y más aguileña que
-él, en extremo arrugada, los ojos vivos, el pelo entrecano, calva por
-detrás de las orejas. Conservábase con el vigor de la primera juventud,
-ágil y activa, que no podía ver a nadie trabajar sin que ella no echase
-una mano. Parlanchina en bastante grado, pero muy pintoresca y limpia
-de dicción. Abierta y nada asustadiza, el primer día que llegó, durante
-la comida había ganado ya el corazón de todos. Como ella presumía, lo
-de Teófilo se acabó con bien en pocas horas, gracias, sobre todo, a la
-influencia de don Sabas Sicilia. Y como el presunto anarquista había
-augurado cuando le llevaban preso, la breve reclusión fue lo mejor que
-le pudo haber sucedido. Le sirvió, señaladamente, para que su nombre
-rodase por los periódicos con una emoción nueva; para darle pre<span
-class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span>texto a que escribiese en
-la prensa un comunicado, que le salió muy hidalgo y noble de tono;
-para atraerse la simpatía de los radicales, por la naturaleza del
-delito que se le imputaba, y de los conservadores por haberse probado
-su inocencia, y, por último, para que la Roldán y Pérez de Toledo se
-apresuraran a ensayarle su drama <i>A cielo abierto</i> y a estrenarlo
-cuanto antes, aprovechando la popularidad fortuita del autor.</p>
-
-<p>Así que se vio en libertad, como si la compañía de su madre le
-enojara o cohibiera, la indujo a que retornase a Valladolid; pero
-doña Juanita se negó, porque quería presenciar el estreno del drama.
-Trataba a su madre con despego, tras del cual, a veces, asomaba cierta
-hostilidad latente. La vieja hubo de condolerse con Travesedo, quien
-procuró consolarla como buenamente pudo.</p>
-
-<p>—Señora, esas son las contras de tener un hijo que es un gran
-hombre. Los artistas son reconcentrados, caprichosos, incomprensibles.
-Parece que no se interesan por nadie; pero no hay que fiar en las
-apariencias. Artista y hombre de sentimientos ardientes es todo uno. Un
-artista tiene siempre el pudor de sus afectos. Adoran, y se morirían
-antes de declararlo, como no sea por medio de la obra artística.</p>
-
-<p>—Sí; debe de ser eso que usted dice, pero me hace sufrir.</p>
-
-<p>Travesedo tomó por su cuenta a solas a Teófilo y le dijo:</p>
-
-<p>—Eres un animal de bellota. Tienes a tu madre, que es una santa,
-dolida y triste por el modo con que la tratas. Debía darte vergüenza.
-Eres un salvaje, y tu orgullo es ridículo.</p>
-
-<p>Teófilo respondió adusto:</p>
-
-<p>—¡Orgullo!... En ocasiones te pagas de perspicaz; pero te pasas de
-rosca. ¿Crees que debemos reconocimiento a nuestras madres por habernos
-parido? No sé tú. Lo que es yo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span>—Eres un idiota. Me
-río yo de tus versos...</p>
-
-<p>Verónica le fue muy simpática a doña Juanita desde el punto en que
-conocieron. Pero cuando la vieja supo que era bailarina, y muy del
-agrado del público, torció el morro y frunció las cejas. Quiso verle
-bailar una noche, y después de haberla visto, en la primera ocasión
-formuló así su juicio:</p>
-
-<p>—Hija mía, yo digo siempre lo que pienso, con franqueza. Le he
-visto a usted bailar anteanoche, y, la verdad, aquellos movimientos de
-vientre no me parecen cosa decente. Como me inspira usted cariño, me da
-lástima de usted, porque adivino que acabará mal.</p>
-
-<p>Verónica respondió que era el único modo decoroso que tenía de
-ganarse la vida.</p>
-
-<p>—Si usted lo llama a eso decoroso...</p>
-
-<p>En vano acudieron los presentes a defender la licitud y honestidad
-de las danzas de Verónica; doña Juanita se obstinaba en que todo
-ejercicio en el cual el vientre toma demasiada parte, y esta la más
-principal, no puede ser lícito ni honesto. Teófilo intervino con
-entonación agresiva:</p>
-
-<p>—¿Y si yo le dijera a usted, madre, que en nuestras catedrales se
-bailaban danzas como esas y peores en la Edad Media?</p>
-
-<p>—No puede ser. ¡Piñones!...</p>
-
-<p>—Usted, ¿qué sabe de eso?</p>
-
-<p>—Sé lo que la razón natural dizta, y en cosas de conciencia que no
-me vengan con Aristótiles ni los sabios de Grecia.</p>
-
-<p>Doña Juanita quiso aprovechar su estancia en la corte para verlo
-todo. Lolita se había ofrecido para acompañarla, pero Travesedo se
-opuso. Esta misión se le encomendó a Amparito, que era muy aficionada a
-callejear. En Valladolid, doña Juanita estaba siempre reclusa en casa,
-encadenada por los negocios hospederiles y no salía nunca, como no
-fuese los do<span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span>mingos de
-matinada, a misa. No había estado nunca en un cinematógrafo. Cuando en
-Madrid lo vio por primera vez quedó hechizada y confusa.</p>
-
-<p>—¡Ay Dios! —ante una cinta que reproducía las maniobras de un
-escuadrón de lanceros—. ¡Piñones! Pero, ¿cómo puede caber tanta gente
-en ese escenarito tan pequeñico?</p>
-
-<p>Ni ella se entendía ni Amparito podía comprender lo que la vieja
-quería decir.</p>
-
-<p>—Esto debe de ser cosa de ensalmo y brujería. No estoy muy
-tranquila, Amparito, y creo que se debe consultar con el confesor.</p>
-
-<p>—Quite usté allá, si es muy sencillo. Como las linternas mágicas de
-los chicos.</p>
-
-<p>—Eres muy niña e inocente y no te das cuenta de las asechanzas
-que el diablo tiende por dondequiera. Este Madrid es una Babilonia
-corrompida. ¿Adónde irás a vivir no bien te cases?</p>
-
-<p>—Creo que a Cuenca.</p>
-
-<p>—Me alegro. En cualquiera parte mejor que en Madrid, tortolica
-inocente. Porque, ¿qué hay en Madrid que valga la pena? Dirán que
-el aquel del señorío y de la nobleza rancia. Con nobles no te has
-de mezclar, y si por el señorío es, te digo, como persona vieja y
-experimentada, que el de los pueblos es señorío más verdadero que este
-de Madrid, en donde si te paras a discurrir echarás de ver que todo se
-va en bambolla. Si no, atiende a lo que más de cerca te toca: quiero
-decir, esa pobre doña Lolita. Está por la primera vez, hijica, que
-tropiezo con una señorita que no sabe leer. ¿Cuándo se ha visto eso en
-Valladolid? Y de aseo no hablemos. Habrás observado, como yo, que peca
-de harto desidiosa. De piedad tengo para mí que anda tal cual. Verdad
-que tiene en su habitación un San Antonio y otras imágenes religiosas,
-y que cierto día muy de mañanita venía ya de la iglesia; pero no se
-me ha ocultado que el último<span class="pagenum" id="Page_291">p.
-291</span> domingo no fue a misa. ¡Qué desarreglo de costumbres!
-Veo que te ríes de mí, picarilla. Palabras de viejo no mueven oídos
-demasiadamente mozos.</p>
-
-<p>Antes del estreno de Teófilo, doña Juanita tuvo ocasión de
-presenciar otro, en el teatro Español. Alberto se procuró tres
-delanteras de anfiteatro para la vieja, Amparito y Verónica, la cual,
-merced a unas mejoras que a la sazón hacían en el teatrito en donde
-estaba contratada, disfrutaba de unos días de descanso. Representábase
-una tragedia, titulada <i>Hermiona</i>, escrita por don Sixto Díaz
-Torcaz, el viejo patriarca de la literatura castellana, más cumplido
-que en años, con serlo mucho, en obras, y no menos lozano de corazón
-que eminente en edad y virtudes. Su nombre inspiraba una veneración sin
-cisma; pero su genio aventajaba aún a su fama, y detrás de ella quedaba
-oculto, como acontece cuando se está en la raíz de una cordillera,
-que un oteruelo, por lo cercano, esconde, a manera de verde cancel,
-el enorme y meditativo consejo de los ancianos montes, de sienes
-canas. Hacía cosa de tres años que don Sixto, como por lo común, con
-acento entre religioso y familiar se le llamaba, se había adscrito a
-la política militante y a la causa de la República. Asegurábase antes
-del estreno que <i>Hermiona</i>, bajo su nombre musical y alado,
-como vestido de viento y armonía, disimulaba otra música más agria
-y provocativa: un chinchín de charanga callejera, a propósito para
-turbar el seso de la plebe y empujarla al frenesí. Dicho más claro:
-murmurábase que <i>Hermiona</i> era una insignia de motín o incitación
-revolucionaria antes que obra de arte. Habíanse anunciado disturbios
-de orden público. El teatro estaba lleno de coribantes republicanos
-y de policía secreta. Aunque los ánimos vibraban al rojo flamígero y
-los corazones llevaban puesto el gorro frigio, el aspecto del teatro
-era sobre manera caliginoso y funeral, como sucede en todo gran
-ayuntamiento<span class="pagenum" id="Page_292">p. 292</span> de
-hombres solos, trajeados a la moderna, pues no se veían en las butacas
-otros seres femeninos que la señora de Rinconete, la de Coterilla y
-unas pocas más, hembras pertenecientes al <i>demos</i>, cuyos esposos,
-ciudadanos concienzudos, las habían conducido al estreno por realizar
-rotunda afirmación de valor cívico. Después del primer acto, aquel
-gran concurso de almas levantiscas y demoledoras no podían ocultar
-el desencanto sufrido, como si las únicas víctimas de la tragedia
-fuesen ellas. Habían acudido al teatro refocilándose por anticipado
-con la esperanza de armar una marimorena y de regalarse con la bazofia
-suculenta de unas cuantas peroraciones hervorosas y humeantes, por
-el estilo de las que se usan en los mítines populachescos. Pero la
-tragedia no era olla podrida, en donde cada quisque pudiera meter a su
-talante la cuchara de palo, sino verdadera tragedia, de gran austeridad
-de forma, y el fondo saturado de una pesadumbre a modo de gravitación
-de lo eternamente humano y doloroso, gravitación que los ciudadanos
-Rinconete y Coterilla calificaban entre dientes de <i>lata</i>.</p>
-
-<p>Hubo, al terminar la representación, grandes aclamaciones, aplausos,
-vivas y plácemes para el viejo maestro, cuyo nombre, al fin y al cabo,
-estaba muy por encima del juicio circunstancial formulado con ocasión
-de una simple obra. Pero el público salió defraudado, rezongando
-compasivamente y con luctuosos enarcamientos de cejas que don Sixto
-perdía con la edad la batuta.</p>
-
-<p>Estaban al pie de la escalera, esperando a las tres mujeres,
-Travesedo, Teófilo y Alberto.</p>
-
-<p>—¡Buen chasco nos hemos llevado! —suspiró Travesedo, consternado—.
-Creí que íbamos a tener unas nuevas vísperas sicilianas, y
-muertes, asolamientos y fieros males, y todo se ha resuelto en una
-prolija tintura de opio. Porque convendrás conmigo en que el<span
-class="pagenum" id="Page_293">p. 293</span> testamento de una vieja
-beata es poco pretexto para cuatro interminables actos.</p>
-
-<p>—Tu reparo, querido Eduardo —intervino Alberto—, es semejante al de
-aquel alemán que, después de haber leído Otelo, no se le ocurrió otra
-observación sino decir: «Este Otelo es un estúpido. Vaya, que mover
-tanto lío por una cosa tan sencilla como es perder un pañuelo...»
-Tales son los despropósitos que he oído decir en los entreactos, aun
-a sujetos que reputo sensibles e inteligentes, que casi me aventuro
-a asegurar que hoy no ha habido en el teatro más de dos personas que
-hayan entendido la tragedia.</p>
-
-<p>—¿Quién es la otra? —preguntó Travesedo, con ironía afectuosa.</p>
-
-<p>—Primero, ¿quién es la una? —atajó Teófilo.</p>
-
-<p>—¿Quién ha de ser, bobo? Él mismo —aseguró Travesedo—. ¿Quién es la
-otra, pues?</p>
-
-<p>—Verónica.</p>
-
-<p>En esto aparecieron en lo alto del tramo inferior de la escalera
-doña Juanita, Verónica y Amparito. Verónica, dirigiéndose a Alberto
-exclusivamente, rompió a hablar:</p>
-
-<p>—Vengo como loca, chiquillo. ¿Te acuerdas de aquella tarde que me
-leíste un drama que estaba escrito en franchute o en latín? Pues lo
-mismito he sentido hoy. Nada, que había momentos en que creí volverme
-loca, porque es aquello que si te pones en su caso, cada uno de los
-personajes tiene razón que le sale por la punta de la coronilla. Y que
-una no pueda arreglarlo a gusto de todos... Por supuesto, que una cosa
-es que todos tengan razón en su fuero interno, y otra cosa que siendo
-como es, porque no puede ser de otra manera, resulta que la doña Paca
-hace mucho mal a los otros, y por esto me alegro que Hermiona, con
-muchísimos... piñones, como dice doña Juanita, le haya dado la puntilla
-a la maldita vieja.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_294">p. 294</span>Salieron todos a la
-calle. Verónica continuó hablando.</p>
-
-<p>—¡He pensado tantas veces en aquel drama!... Se me ha ocurrido
-que si Yago (para que veas si se me quedó dentro hasta los nombres),
-asistiera por casualidad un día al teatro y viera representar el drama,
-y desde fuera se viese a sí mismo, no volvía a hacer lo que hizo, ¿qué
-te parece? Bueno, ¿canso? Pues, quédense ustedes con Dios.</p>
-
-<p>Caminaban delante las tres mujeres, detrás los tres hombres.
-Hicieron rumbo a una chocolatería.</p>
-
-<p>—Ya nos ha dado doña Verónica una lección de estética —murmuró
-Teófilo, con sarcasmo.</p>
-
-<p>—Me parece que sí, Teófilo —replicó Guzmán—. Aquella catarsis
-o purificación y limpieza de toda superfluidad espiritual que el
-espectador de una tragedia sufre, según Aristóteles...</p>
-
-<p>—Que no te oiga mi madre, porque ella tiene el monopolio de
-Aristótiles.</p>
-
-<p>—Digo que aquella catarsis no es más, si bien se mira, que acto
-preparatorio del corazón para recibir dignamente el advenimiento de dos
-grandes virtudes, de las dos más grandes virtudes, y estoy por decir
-que las únicas.</p>
-
-<p>—Son a saber.</p>
-
-<p>—La tolerancia y la justicia.</p>
-
-<p>—Veamos cómo.</p>
-
-<p>—Estas dos virtudes no se sienten, por lo tanto, no se transmiten,
-a no ser que el creador de la obra artística posea de consuno espíritu
-lírico y espíritu dramático, los cuales, fundidos, forman el espíritu
-trágico. El espíritu lírico equivale a la capacidad de subjetivación;
-esto es, a vivir por cuenta propia y por entero, con ciego abandono de
-uno mismo y dadivosa plenitud, todas y cada una de las vidas ajenas.
-En la mayor o menor medida que se posea este don se es más o menos
-tolerante. La suma posesión sería la suma tolerancia. Dios solamente
-lo posee en tal grado que en<span class="pagenum" id="Page_295">p.
-295</span> él viven todas las criaturas. El espíritu dramático, por el
-contrario, es la capacidad de impersonalidad, o sea la mutilación de
-toda inclinación, simpatía o preferencia por un ser o una idea enfrente
-de otros, sino que se les ha de dejar uncidos a la propia ley de su
-desarrollo, que ellos, con fuerte independencia, choquen, luchen,
-conflagren, de manera que no bien se ha solucionado el conflicto se
-vea por modo patente cuáles eran los seres e ideas útiles para los más
-y cuáles los nocivos. El campo de acción del espíritu lírico es el
-hombre; el del espíritu dramático es la humanidad. Y de la resolución
-de estos dos espíritus, que parecen antitéticos, surge la tragedia.
-Cuando el autor dramático inventa personajes amables y personajes
-odiosos, y conforme a este artificio inicial urde una acción, el
-resultado es un melodrama. Por supuesto, el melodrama existe también
-en la novela, en la filosofía, en la política, hasta en la pintura y
-en la música, en todo lo que sea vida arbitrariamente simulada por el
-hombre, pero nunca en la vida real. En España somos absolutistas; la
-palabra tolerancia es un vocablo huero y apenas si muy recientemente ha
-comenzado a florecer el espíritu lírico.</p>
-
-<p>—Eres el más terrible tejedor de sofismas. No conozco nadie que te
-aventaje, como no sea don Sabas —declaró Teófilo, cuyo drama estaba
-construido a base de personajes simpáticos y personajes antipáticos,
-porque se le figuraba, y no sin razón, que este era el único camino del
-éxito económico y literario.</p>
-
-<p>—No compares.</p>
-
-<p>—Pero a mí no me gusta discutir empleando voces y conceptos de
-humo —añadió Teófilo, sacando las manos de los bolsillos del pantalón
-y accionando con vehemencia—. Yo pongo siempre el caso concreto,
-el ejemplo palpitante, de carne y sangre, de dolor y de lágrimas.
-Helo aquí. Un poeta se enamora con todas sus potencias y sentidos
-de una mujer que finge co<span class="pagenum" id="Page_296">p.
-296</span>rresponderle con no menos ardor. Toda la vida pasada,
-presente y futura de este hombre se reasume y encarna en aquella mujer.
-Pues, de la noche a la mañana, la mujer le abandona. El poeta, como
-se supone, no es un hombre recio, forzudo, musculoso, brutal, pues
-sería absurdo concebir que una persona dotada de extrema sensibilidad
-y a quien la más leve palpitación del mundo externo conturba, exalta
-o deprime, sea un bravo y perfecto ejemplar de la raza humana en lo
-que se refiere a la parte material. No, todo lo contrario; yo doy
-por sentado, para los efectos de mi tesis, que este hombre es todo
-espíritu, nada más que espíritu. Y la mujer, inopinadamente, huye de
-él en compañía de un titiritero, de un hombre todo materia, torpeza e
-instinto. Este es un drama, si hay dramas en el mundo. Ahora bien; este
-poeta, no por vanagloria o amor al arte, porque después de haber visto
-arruinada su vida se le da un comino por la vanagloria y por el arte,
-sino por necesidad desbordante del alma, porque el arte viene a ser una
-liberación, se pone a escribir su drama. Según tú ha de presentar los
-tipos de la mujer pérfida y del titiritero brutal de tal suerte que
-todas las mujeres y todos los hombres piensen: «Yo hubiera hecho lo
-mismo en el caso de ellos.»</p>
-
-<p>—Exactamente.</p>
-
-<p>—Y al poeta, al que debía simbolizar lo más noble y elevado en
-la vida, que lo parta un rayo. ¡Estaría bueno!... —exclamó Teófilo
-sonriendo acedamente—. Pues yo creo, por el contrario, que el arte es
-caracterización, síntesis, y que los buenos, a través de la obra de
-arte, aparecen mejores, y los malos aparecen peores.</p>
-
-<p>—Supón por un momento que esa mujer pérfida tiene tanto talento
-literario como el poeta y que se le ocurre escribir el mismo drama.
-Sería un drama diferente, ¿verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span>—Claro está.</p>
-
-<p>—Y, sin embargo, es el mismo drama.</p>
-
-<p>—Otro sofisma. Es como si colocas a veinte pintores alrededor de un
-modelo. Todos pintan lo mismo y cada cuadro es diferente, porque han
-sido diferentes los puntos de vista.</p>
-
-<p>—No, porque el pintor se limita a pintar lo que ve y como lo
-ve. Otra cosa sería si el que pinta la figura de espaldas, por
-completarla, añadiera la misma figura de frente, imaginada o en
-caricatura. Para mí es evidente que todo autor dramático que merezca
-tal nombre, antes de ponerse a escribir una obra debe hacerse esta
-consideración: «Supongamos que mis personajes asisten como espectadores
-a la representación de la obra en la cual intervienen, ¿pondrían
-en conciencia su firma al pie de los respectivos papeles, como los
-testigos de un proceso de buena fe al pie de sus atestados?» Todo lo
-demás no es arte dramático, sino superchería, bambolla, bombas fecales,
-inmoralidad y estupidez.</p>
-
-<p>—Siempre quedaría el drama poético— apuntó Teófilo, sin disimular
-cierta expresión de enojo y desdén.</p>
-
-<p>—Cuando dije bombas fecales, querido Teófilo, aludía al drama
-poético a que tú te refieres. Y ahora vamos a tomar chocolate.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_7">
- <h3>VII</h3>
-</div>
-
-<p>El día del estreno de <i>A cielo abierto</i>, a las cuatro de la
-tarde, una dama elegante llegó a casa de Antonia. Doña Juanita, que
-aquel día andaba con los nervios en alta tensión y no podía estarse
-quieta en parte alguna, tan pronto como oyó la campanilla salió a
-abrir. Grande fue su sorpresa en oyendo que aquella dama preguntaba por
-su hijo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span>—Está en el teatro,
-señora. Como hoy es el estreno... ¿Usted sabía?</p>
-
-<p>—Sí, señora. Ya tengo mi localidad para esta noche.</p>
-
-<p>—Cuánto le agradezco... Pero pase usted.</p>
-
-<p>—Un momento solamente. ¿Puedo escribir cuatro letras?</p>
-
-<p>—Sí, señora. Pase usted. Mejor será que pase al cuarto de don
-Alberto, porque mi hijo, con estos jaleos de los ensayos, no para en
-casa y no tendrá papel, ni pluma, ni nada.</p>
-
-<p>—Pero Teófilo, ¿es hijo de usted?</p>
-
-<p>—Sí, señora —doña Juanita comenzó a enternecerse.</p>
-
-<p>—¡Qué suerte tener tal hijo!...</p>
-
-<p>—¡Bendito sea Dios! —doña Juanita se enterneció más.</p>
-
-<p>La dama parecía enternecerse también.</p>
-
-<p>—¿Y cómo está? —inquirió la dama.</p>
-
-<p>—Pues verá usted. Cuando yo vine de Valladolid, con ocasión de
-aquella infamia de la bomba, ya estará usted enterada —la dama asintió
-con la cabeza—, le encontré muy desmejoradico, muy desmejoradico; pero
-sobre todo, reconcentrado y huraño de todo punto. Mucho me hizo sufrir,
-porque yo, señora, no acertaba a dar con el hito de su malhumor, que
-las más de las veces lo pagaba conmigo. Hasta que don Alberto, ¿conoce
-usted a don Alberto Díaz de Guzmán? —la dama asintió nuevamente—.
-Digo que este señor me confesó con mucho misterio que a mi Teófilo
-le había hecho mucho mal una mujerzuela de esas, una perdida, de la
-cual se había enamorado, y ella se fue con un bergante o golfo, como
-por aquí le dicen. ¿Ve usted qué desgracia, señora? Bien dicen los
-libros santos, que la mala mujer es como el estiércol que anda por los
-caminos. Peor que eso, señora, peor que eso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span>—¿Y sigue Teófilo
-siempre tan huraño... tan...? —la voz de la dama temblaba un poco.</p>
-
-<p>Doña Juanita entendió repentinamente que aquella dama era la mujer
-de quien se había enamorado Teófilo.</p>
-
-<p>—¿Tan enamorado quiere usted decir? —los ojos de doña Juanita
-echaban chispas.</p>
-
-<p>—No, señora. He querido decir tan malhumorado, tan triste...</p>
-
-<p>—¡Bendito sea Dios! Ya se curó del todo y no piensa en aquella
-vil ramera —doña Juanita empleaba a veces términos retóricos muy
-enfáticos— si no es para maldecirla o, por mejor decir, para reirse de
-ella. Si usted es amiga de Teófilo y se interesa por él, como parece,
-se alegrará cuando sepa que allá para mediados del estío se casará
-con su prima Lucrecia —doña Juanita urdía todas aquellas falsedades,
-lisonjeándose con la idea de que la dama había de salir furiosa y
-ofendida para no acordarse más de Teófilo.</p>
-
-<p>—Sí, señora; me alegro mucho que sea feliz, y a usted le doy la
-enhorabuena —la perspicacia de doña Juanita quedó perpleja y no
-acertó a discernir si el tono con que la dama dijo estas frases era
-de quebranto o de sincera efusión. Temblábale la voz de raro modo.
-Prosiguió la dama—: Ahora, si usted me lo permite, voy a escribir
-cuatro letras para su hijo.</p>
-
-<p>Sentose la dama a la mesa, permaneció unos momentos con la pluma
-en alto, poseída de meditabunda incertidumbre, y a la postre trazó
-brevísima esquela que metió en un sobre, y después de engomarlo se lo
-entregó a la anciana sin haber escrito dirección ninguna.</p>
-
-<p>No bien hubo quedado a solas doña Juanita se sintió embestida por
-muy justificados y verosímiles presentimientos. La dama era seguro
-que aludiría en el<span class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span>
-billete a la presunta boda, y aun diría cómo había recibido la noticia,
-por donde Teófilo había de recibir grande contrariedad de aquel engaño
-e intromisión impertinente de su madre, y quizás su enfado se tradujese
-en palabras poco respetuosas, coléricas y hasta crueles. No vaciló
-mucho tiempo doña Juanita. Abrió el sobre y leyó la carta, la cual
-rezaba así:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«<i>Tu madre me dice que te casas.</i> (¡Qué víbora ponzoñosa!,
- exclamó doña Juanita en voz alta.) <i>Lo mejor es que no nos volvamos
- a ver. Quiero resignarme y renunciar a tu amor. No sé si podré. Tu
- amor había sido en mi vida una cosa tan rara y preciosa... Si quieres
- verme, como amigo, vivo en el hotel Alcázar. Creo en Dios y acepto lo
- que sucede como un castigo que me tengo bien ganado.</i></p>
-
- <p class="firma"><span class="smcap">Rosina.</span>»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>—Cree en Dios... ¡Qué blasfemia! Estas corrompidas mujeres no
-respetan nada —exclamó de nuevo doña Juanita. Rasgó la carta. Era un
-deber de conciencia destruir el cínico papelucho. Pero anticipándose a
-cualquiera eventualidad, con la mejor intención, quiso curarse en salud
-por si Teófilo llegaba a saber que habían dejado una carta para él y
-venía pidiendo la fementida carta. Doña Juanita determinó adelantarse
-a decir a su hijo, tan pronto como este volviera, que una mujer había
-venido a visitarle y no encontrándole en casa había dejado escrito un
-billete, el cual estaba sobre la mesa de despacho del señor Guzmán;
-luego echaría la culpa del extravío a Milagritos. No iba a ser Teófilo
-tan suspicaz que presumiese nada malo de su propia madre. Con esto doña
-Juanita pareció sosegarse. Se sentó en una butaca e insensiblemente
-comenzó a dar cabezadas, dormitando. De pronto creyó oír un murmurio
-en sus orejas que le avivó el seso y le hizo abrir los ojos con
-sobresalto. Decía claramente el murmurio: «Creo en Dios y acepto lo que
-sucede como un castigo que me tengo bien ganado.» ¿Por qué no había de
-creer en<span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span> Dios aquella
-mala mujer? Doña Juanita pensó: «Mala mujer, pero no tan mala como yo
-soy, sin ningún temor de Dios y ciega a su alta justicia. Mejor mujer
-es que yo soy, pues ella me enseña la resignación y el acatamiento a
-lo que no es sino castigo de nuestros desvaríos. ¡Dios! ¡Dios! Este
-desamor, y aun yo dijera odio, que Teófilo me tiene, ¿qué es sino justa
-sanción de mis pecados para con él? Hijo mío de mi alma, hijo mío de
-mi alma, cómo me haces sufrir.» La tribulación de doña Juanita se
-deshizo en lágrimas. Le acometió la necesidad de orar y fue al cuarto
-de Lolita a postrarse ante San Antonio y el Niño Dios. Maravillose de
-no hallar al santo en su lugar acostumbrado. Giró la vista en torno, y
-viéndolo todo sucio, revuelto, patas arriba, con aquella su infantil
-volubilidad, obra de sus muchos años, dejando de lado por un momento
-sus congojas, murmuró entre dientes:</p>
-
-<p>—¡Qué cabeza! ¡Qué criatura! ¡Qué desorden! ¡Qué leonera! Media
-tarde y hay que ver esta habitación. ¡Piñones!...</p>
-
-<p>Sus hábitos de hacendosidad le indujeron a poner algún arreglo
-en el menaje de Lolita. En el velador del centro parecíanse peines,
-cacharros, potes de afeites y unturas y ovillos de pelos. Doña Juanita
-tomó con el pulgar y el índice, a manera de pinzas, como quien coge un
-bicho sucio, aquellos despojos de la cabellera de Lolita, hablando a
-media voz:</p>
-
-<p>—Bueno; esto es ya guarrería. Se le iba a caer el cetro por tirar
-esta pelambre en el cubo.</p>
-
-<p>Cuál no sería su estupor y espanto al ver al bendito San Antonio,
-flotando panza abajo en las turbias aguas de aquel miserable
-recipiente.</p>
-
-<p>—¡Dios me ampare! ¡Qué sacrilegio! —suspiró la vieja santiguándose.
-Pero se tranquilizó muy presto atribuyendo la fechoría a Milagritos.
-Extrajo al santo del cubo, lo enjutó y reintegró a la rinconera;
-pero<span class="pagenum" id="Page_302">p. 302</span> no pudo
-devolverle el Niño Dios, al cual no pudo encontrar por más vueltas que
-dio. Luego salió en busca de la niña a fin de echarle una reprimenda y
-amonestarla para lo sucesivo. Milagritos estaba sentada en el suelo,
-detrás de los hierros de un balcón, mirando la gente que pasaba por la
-calle. Los ojos de la niña, color miosotis, cernidos por grandes ojeras
-de violeta, volvíanse a mirar a las personas con amarga e inmóvil
-intensidad. Era una niña que no reía nunca y hablaba raras veces. Negó
-haber hecho tomar un baño a San Antonio, y por mucho que doña Juanita
-le instó a que fuese buena niña, sincera, y confesase su delito, la
-niña no se dignó responder una palabra más. En vista de esto doña
-Juanita cedió en sus ardores pesquisitorios, y no teniendo cosa mejor
-que hacer se sentó también a contemplar lo que pasaba en la calle. Doña
-Juanita estaba muy nerviosa y la niña no apartaba los ojos de ella.</p>
-
-<p>—¿Qué le pasa a usted, doña Juanita?</p>
-
-<p>—Miren el arrapiezo, qué fisgona.</p>
-
-<p>—¿Qué le pasa a usted, doña Juanita, que no se puede estar
-quieta?</p>
-
-<p>Sin saber por qué, doña Juanita se sentía al lado de Milagritos más
-acompañada que no con las personas mayores.</p>
-
-<p>—Pues, estoy nerviosa, doña Marisabidilla.</p>
-
-<p>—¿Por qué está usted nerviosa?</p>
-
-<p>—No quiere saber poco la señorita Renacuajo. Pues estoy nerviosa
-porque esta noche voy al teatro, y hasta que no llegue la hora, pues
-estoy nerviosa —doña Juanita no acertaba con expresiones tan claras
-como ella quisiera.</p>
-
-<p>—¿Y por eso está usted nerviosa? —Milagritos se levantó, se marchó y
-volvió a poco con un reloj de sobremesa en las manos. Era una criatura
-precoz. En el corto tiempo que había asistido a la escuela, de la
-cual hubo de salir por delicada de salud, había<span class="pagenum"
-id="Page_303">p. 303</span> aprendido a contar y a leer—. ¿Cuántas
-horas faltan? —preguntó.</p>
-
-<p>—¿Qué hora es?</p>
-
-<p>—Las cinco.</p>
-
-<p>—Pues faltan cuatro horas.</p>
-
-<p>Milagritos abrió la tapa del reloj y con el dedo puso las manecillas
-en las nueve. Dijo con firmeza, mirando de hito en hito a doña
-Juanita.</p>
-
-<p>—Ya puede usted ir al teatro.</p>
-
-<p>Doña Juanita se quedó aturrullada, como idiota. Balbució:</p>
-
-<p>—Hija mía...</p>
-
-<p>—Ya puede usted ir al teatro —repitió Milagritos, sin despegar los
-ojos del rostro de doña Juanita y presentando el reloj, como prueba
-incontrovertible de que era hora de ir al teatro.</p>
-
-<p>—Hija mía, el reloj marca el tiempo, pero no es el tiempo. El tiempo
-es cosa de Dios; mejor dicho, no es cosa de Dios, porque Dios es
-eterno. No sé cómo explicarme.</p>
-
-<p>—Si usted no quiere ir al teatro usted se lo pierde —dijo Milagritos
-con gesto de desdén. Sentose en tierra y volviose a mirar a un hombre
-mutilado de entrambas piernas, a la altura de medio muslo, que avanzaba
-sobre los muñones por el medio de la calle, tañendo con singular
-denuedo un cornetín de pistón.</p>
-
-<p>La vieja y la niña permanecieron sentadas y en silencio hasta
-después de anochecido.</p>
-
-<p>Aquella noche Teófilo no vino a cenar. Después de la cena todos
-los moradores de la casa, a excepción de Blanca y Milagritos, fueron
-al teatro de los Infantes a presenciar el estreno de <i>A cielo
-abierto</i>. Ocuparon un palco segundo. Díaz de Guzmán estaba en
-butacas. En la sala, de tonos claros, luminosa y decorada con lujo,
-veíanse muchas damas ricamente vestidas y no pocos caballeros con frac
-y <i>smoking</i>.</p>
-
-<p>Levantose el telón. La escena representaba unas<span
-class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> Cortes de Amor, en
-Provenza. Surgió del público un inequívoco susurro de admiración. En
-efecto, el cuadro era deslumbrante y grato a los ojos, como tapiz de
-Oriente. En el fondo del escenario, acomodada en trono de púrpura con
-guirnaldas floridas, veíase a la Roldán, prestanciosa y patricia, la
-cabeza erguida con grácil continente de majestad, el rostro ovalado en
-dulce proporción, los ojos arábigos, profundos, sedeños, al aire la
-pulcra y halagüeña sonrisa de un blanco de arroz. Incorporaba en el
-drama la princesa Liliana de Rousillon. Hacían cortejo a la princesa,
-al pie del trono, dos filas de hermosas señoras o azafatas, con túnicas
-de joyante seda, las cuales, como las damas se rebullesen una que otra
-vez, movían manso ruido de foresta o de agua entre guijas. Alongados
-respetuoso trecho del trono, teníanse en pie un golpe de caballeros y
-galanes, guerreros, juglares, poetas y hasta media docenita de bufones;
-quiénes con calzas estiradas a la florentina, quiénes con breves
-dalmáticas a usanza de París, de ellos con esclavinas y capuces, aquí
-con armaduras y cotas de malla, acullá con la botarga histriónica. En
-suma, que de aquel pintoresco y lindo concurso no podía por menos de
-manar poesía a borbollones. Así se lo olió el público, apercibiéndose a
-fruir del lírico festín.</p>
-
-<p>Un rey de armas, o cosa así, destácase del grupo de hombres y
-prosternándose, declamó:</p>
-
-<div class="versos ml30">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Que el hada Felicidad</p>
- <p class="i0">derrame, noble Princesa,</p>
- <p class="i0">su dorada cornucopia,</p>
- <p class="i0">de bienes y rosas llena,</p>
- <p class="i0">sobre tus hombros gentiles,</p>
- <p class="i0">sobre tu gentil cabeza.</p>
- <p class="i0">Muchedumbre de galanes</p>
- <p class="i0">por tu amor riñen contienda</p>
- <p class="i0">de rimada pleitesía</p>
- <p class="i0">a uso de la Gaya Ciencia,</p>
- <p class="i0">y tus antojos atisban</p>
- <p class="i0">antes que los labios muevas,</p>
- <p class="i0">como el espía que escucha</p>
- <p class="i0">con el oído en la tierra.</p>
- </div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span></p> <p>Este
-romancillo inicial produjo muy buena impresión. La metáfora de la
-cornucopia, que la mayoría de la audiencia entendió que aludía a cierto
-linaje de espejos antiguos, y la del escucha con el oído pegado a
-tierra, agradaron por su originalidad.</p>
-
-<p>A continuación, feroces guerreros y cortesanos galanes comenzaron
-a <i>reñir contienda</i>, como había dicho el rey de armas, por un
-beso en la mano de Liliana. Adelantábanse uno a uno a esgrimir sus
-armas, las cuales si herían era muy dulcemente, pues las tales armas
-consistían en baladas, tensiones, rondeles y otras diferentes especies
-de ataques y escaramuzas poéticas. Los metros eran muy variados y
-sonoros, en extremo musicales, como con acierto observaron algunos
-críticos, y de acentos tan bien repartidos que convidaban a bailar un
-zapateado por lo rotundo y enérgico del compás o sonsonete que tenían.
-«Estos son versos, y cualquiera puede sentir que son versos», pensaban
-los entusiastas. Un guerrero, que <i>aunque rudo y áspero como la
-crin del león de los desiertos</i>, aspiraba, como bobo, a <i>ungir
-su braveza</i> con aquel minúsculo homenaje osculatorio en la mano de
-Liliana, salió a recitar una canción que por la reciedumbre de los
-versos remedaba con mucha propiedad el fragor y estruendo de las armas
-al entrechocarse o un armario lleno de cachivaches que cae en tierra.
-Y no contento con recabar para sí el osculatorio goce, comenzó a echar
-pestes en alejandrinos contra los afeminados cortesanos, <i>parásitos
-de la mesa de los magnates y polilla de las damas</i>, que de esta
-suerte los calificó el terrible guerrero, y en particular contra los
-poetas, <i>que fuerzan el corazón de las bellas con versos falaces e
-insidiosos</i>, no de otra suerte que <i>el ladrón abre en la noche
-las puertas con ganzúa</i>. Esta imagen fue muy encomiada. Pero nunca
-el bárbaro guerrero hubiera hecho tal, porque salió de estampía
-Raymond de Ventadour, un trovador, a quien Liliana, según<span
-class="pagenum" id="Page_306">p. 306</span> era fácil observar, miraba
-con ojos zaragateros, y en un rapto de inspiración vertida <i>en las
-ánforas helénicas de los endecasílabos y en los pebeteros muslímicos
-de los heptasílabos</i> (insólitas calificaciones, disculpables en
-cuanto licencias poéticas) encareció el divino papel de la poesía en
-el mundo, y cómo la voz de los poetas era la voz del mismo Dios puesta
-en palabras bien casadas que suenen la una con la otra, y abominó de
-la guerra y de todo ejercicio corporal, prediciendo, como vate que
-era, que allá con el rodar de las edades las letras triunfarían de las
-armas y la vida de los hombres llegaría a ser en aquel lejano cabo de
-los tiempos tan apacible, rítmica y tersa como un rondel de oro. En
-este punto sonó la primera ovación en la sala. Tras de lo elevado vino
-lo burlesco o satírico, y fue que Raymond de Ventadour improvisó un
-apólogo en el cual establecía un parangón entre el pavo real o pájaro
-de Juno, con los cien ojos de Argos en la cola, y el mocoso pavo común,
-o pavo de Navidad. Era el primero, para los efectos de la sátira, el
-poeta; el segundo, el guerrero, y más genéricamente el hombre bruto
-y vulgar. El apólogo tenía un estribillo que decían a coro los seis
-bufones: esta industria agradó mucho al público. En vista de lo cual,
-la hermosa Liliana dio su mano a besar a Raymond de Ventadour, por
-donde el resto de los muchos galanes postergados recibieron dolorosa
-llaga en su amor propio y salieron mascullando palabras enconadas;
-pero más que todos el terrible guerrero, quien, con extraña voz que
-del público pudiera ser oída y no de aquellos que se hallaban más
-cerca de él en el escenario, juró para sus crines de león que se
-había de vengar, y con esto se inició el conflicto dramático. En un
-periquete quedaron solos Liliana y Raymond; dijéronse mutuamente que
-se amaban hasta no más; pero Liliana, mujer al fin, mostrábase un poco
-displicente y recelosilla. Preguntole el Trovador<span class="pagenum"
-id="Page_307">p. 307</span> a qué venían aquellas bobadas, si bien él
-empleó otros términos más galanos y melifluos, y Liliana respondió que
-no estaba muy segura aún del amor de su Ventadour y que le exigía una
-prueba concluyente. No una, mil pruebas estaba dispuesto a darle el
-apasionado Raymond, y así rogó a su dama que cuanto antes echase por
-aquella boca lo que quisiera mandar. Entonces Liliana, muy zalamera y
-con la mayor naturalidad del mundo, dijo que se trataba de una cosa
-muy sencilla, o sea, darse un paseito a pie hasta Tierra Santa, besar
-el santo sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo y luego volver a recoger
-el premio. El premio, ¡qué premio!, consistía en holgarse cuanto
-le viniera en gana con la hermosa señora de Rousillon. Cierto que
-Liliana estaba casada; pero, aparte de que el señor de Rousillon era
-un viejo imposible (Teófilo quiso pintar a don Sabas), en la Provenza
-de aquellos tiempos es cosa sabida que se hacía abstracción completa
-de los sagrados derechos del marido. De aquí que las señoras que se
-encontraban en el teatro calificaran de poético sobremanera el medio
-ambiente que el autor había elegido para su drama. Oír el simpático
-Raymond el deseo de su amada y ponerse en camino para Palestina
-fue todo a un tiempo. Viósele perderse a lo largo de un jardín que
-detrás de un rompimiento, en lo más profundo del escenario, había,
-y Liliana, melancólicamente reclinada en una columna de mármol, le
-seguía con los ojos. Fue una escena muda enternecedora. Algunas señoras
-derramaban lágrimas considerando el acerbo trance en que la princesa
-se encontraba, con un marido viejo y un amante que va de paseo a pie
-camino de Tierra Santa, y ansiaban con toda su alma que la princesa
-volviese de su resolución, y, llamando hacia sí a Raymond, comenzaran
-a holgarse cuanto antes, puesto que él se lo tenía bien merecido, y
-además, en este mundo el fandango que se pierde no se vuelve<span
-class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span> nunca a bailar. Pero
-Liliana permaneció muda e inmóvil hasta que Raymond desapareció, y en
-aquel punto, con voz sobrehumana, melodiosa y nocturna, porque más
-que voz parecía la suya un retazo del aterciopelado azul de una noche
-serena que se hubiera transmutado en sonido, se puso a plañir una
-balada. El público experimentó un escalofrío de emoción. La primera
-estrofa de la balada tenía el consonante en <i>ía</i>:</p>
-
-<div class="versos ml30">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Tras de tu airón yo me iría,</p>
- <p class="i0">tras tu canto-hechicería</p>
- <p class="i0">que trueca la noche en día,</p>
- <p class="i0">y la sombra en armonía,</p>
- <p class="i0">y el desierto en lozanía</p>
- <p class="i0">de rosas de Alejandría.</p>
- <p class="i0">Tras de tu airón yo me iría,</p>
- <p class="i0">trovador del alma mía,</p>
- <p class="i0">cisne del ala bravía... etc., etc.</p>
- </div>
-</div>
-
-<p class="ti0">y nunca concluía. Este agudo artificio poético,
-semejante, salvando diferencias de naturaleza, al del clown que
-se despoja sucesivamente de innumerables chalecos, o al del
-prestidigitador que extrae del buche kilómetros y kilómetros de
-multicolores cintas, si bien sería más exacto compararlo a una
-concha que encerrase un racimo de perlas unánimes, o a un armiño que
-tuviese tantas pellejas superpuestas como capas tiene una cebolla;
-este sorprendente artificio, decimos, deleitó por extremo al público.
-El deleite a cada nuevo <i>ía</i> se acrecentaba hasta trocarse en
-verdadera angustia, aunque sabrosa, que obligaba a los espectadores a
-ir levantándose paulatinamente de los asientos, a golpes de consonante,
-y después del último verso volviéronse a sentar de sopetón, divinamente
-conturbados y desfallecidos, como mujer ardiente que ha sido gozada
-muchas veces en corto tiempo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span>La segunda estrofa
-aconsonantaba en <i>on</i>, y era la misma canción:</p>
-
-<div class="versos ml30">
- <div class="estrofa">
- <p class="i2">Me iría tras de tu airón,</p>
- <p class="i0">tras tu canto-anunciación,</p>
- <p class="i0">que encinta a la creación</p>
- <p class="i0">con luz viva de ilusión... etc., etc.</p>
- </div>
-</div>
-
-<p>La tercera estrofa tenía el consonante en <i>aba</i>, y nunca
-se acababa; esto es, parecía no acabarse nunca, como sus hermanas
-mellizas. Pero se acabó, y con ella el acto. La ovación fue
-inenarrable. El público requirió la presencia del autor en el
-escenario, y, en viéndole aparecer, los aplausos se acercaron al
-frenesí.</p>
-
-<p>La gente salía a los pasillos tiritando de entusiasmo.</p>
-
-<p>—¡Qué poeta! ¡Qué bárbaro! —se oía de un lado a otro.</p>
-
-<p>Algunos traían pegado aún al oído el triquitraque de la última
-balada, y sin poderse reprimir arrancaban a manotear y declamar:
-<i>Tras de tu airón yo me iría</i>, remedando, en la medida de sus
-respectivas facultades, la bella voz y aterciopeladas inflexiones de la
-Roldán.</p>
-
-<p>Pero nunca faltan seres malévolos y descontentadizos. Uno de estos,
-don Alberto del Monte-Valdés, a grandes voces, como de costumbre,
-declaraba sin empacho que la obra era un adefesio y que aquella ya
-famosa balada <i>de los ías, ones y abas</i> hacía pensar en un borrico
-dando vueltas a una noria. Un caballero entrecano y barrigudo que
-andaba por allí cerca fumando un cigarro con la anilla puesta se acercó
-en actitud hostil a Monte-Valdés, y dijo:</p>
-
-<p>—Eso hay que probarlo —sus ojos estaban anublados aún por el éxtasis
-pimpleo.</p>
-
-<p>—En primer lugar, este acto que hemos visto no<span class="pagenum"
-id="Page_310">p. 310</span> tiene ningún carácter provenzal: defecto
-imperdonable, sobre todo si se tiene en cuenta que con solo leer el
-libro de Nostradamus acerca de los poetas provenzales se adquieren
-cuantos datos se pueden apetecer para reconstruir la época.</p>
-
-<p>—Paso porque Paternoster o Nostradamus no sea un camelo y que la
-obra no tenga ambiente, que para mí lo tiene y grande —como si el
-ambiente fuera a la obra artística lo que la nariz al rostro humano—.
-¿Qué me dice usted con eso? —habló el caballero barrigudo.</p>
-
-<p>—En segundo lugar —continuó Monte-Valdés sin conceder atención al
-interpelante y enarcando mucho las cejas—, el conflicto dramático es
-absurdo, según los usos y la sensibilidad de aquella edad, que pudiera
-llamarse la edad del cuerno. El código del amor, compuesto por numerosa
-corte de damas y caballeros, código del cual nos da noticia André el
-capellán, estipula en su trigésimoprimero y último artículo que nada
-impide que una mujer sea amada por dos hombres y un hombre por dos
-mujeres, <i>unam feminam nihil</i>...</p>
-
-<p>—Camelos, no —atajó el caballero barrigudo.</p>
-
-<p>—Es absurdo, repito, y ridículo suponer que un caballero provenzal
-jure vengarse de un poeta porque este haya sido preferido en el amor
-de una dama. Contiendas de este linaje nunca las hubo en Provenza. En
-tercer lugar, todas las metáforas e imágenes de la obra son lugares
-comunes retóricos, palabras sin contenido ni valor plástico, <i>como
-la crin del león, cisne del ala bravía</i>, cuando me consta que
-Pajares no ha visto en su vida un león, ni el paralítico del Retiro,
-ni un cisne, porque en el Pisuerga ni en el Esgueva hay cisnes, sino
-palominos, como Góngora asegura.</p>
-
-<p>—Todo lo que usted dice son apreciaciones críticas más o
-menos respetables. Pero lo que yo le pre<span class="pagenum"
-id="Page_311">p. 311</span>guntaba a usted era que nos hiciese notar
-los desatinos de la obra.</p>
-
-<p>—En falange. Por lo pronto, aquel grotesco parangón entre el pavo
-real y el pavo común. La obra se supone que acontece por los siglos XII
-o XIII. Pues bien, el pavo común nos ha venido de América, de tierras
-de Nueva España, las cuales fueron descubiertas, como todos saben, el
-año de gracia de 1518, y en cuya conquista tomó parte un antepasado
-mío. Es decir, que un poeta provenzal versifica sobre el pavo común
-nada menos que tres siglos antes de ser conocida en Europa esta
-suculenta gallinácea.</p>
-
-<p>—¿Y eso lo sabe usted acaso —interrogó el caballero barrigudo, con
-sorna— directamente por su antepasado?</p>
-
-<p>—Lo sé como lo sabe cualquiera que no sea mestizo de cretino e
-idiota. La primera mención que se hace del pavo común está en el libro
-de Oviedo, <i>Sumario natural de la historia de las Indias</i>, y él lo
-llama pavogallo, y explica las diferencias que lo separan del pavo real
-o pavón. Además, en todos los libros clásicos se le llama pavigallo: es
-cosa archisabida.</p>
-
-<p>Como siempre que Monte-Valdés hacía una cita pintoresca, los oyentes
-se quedaban en la duda de si las inventaba él mismo según la discusión
-lo requiriese: con tanto gracejo y oportunidad las enjaretaba.</p>
-
-<p>—Aunque así sea, señor; en toda obra poética hay siempre
-convencionalismos lícitos que ni dan ni quitan al mérito de la
-obra —y el caballero barrigudo se apartó del corrillo que presidía
-Monte-Valdés.</p>
-
-<p>La decoración del segundo acto representaba la cubierta de un
-buque de vela. Raymond vuelve por mar a Marsella, porque el viaje
-de regreso no era obligatorio a pie; así se lo había dicho Liliana
-antes de la partida. No ocurre nada a bordo, sino que cuándo un<span
-class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span> marinero, cuándo el piloto,
-ahora el contramaestre, luego Raymond, tienen algo que decirle al
-mar. Raymond se lamenta de la pereza de los vientos: él quisiera que
-inflasen las velas <i>con tanta violencia como la pasión le hinche a
-él el pecho</i>. Los marineros refieren historias de piratas. Y como
-en hablando del rey de Roma luego asoma, un vigía grita: ¡Buque a la
-vista! Y el público se cala al instante que es un buque pirata. Como
-por arte de encantamiento el buque misterioso se les viene encima a
-los cristianos. <i>Es una fusta o pequeña embarcación, famélica loba
-de los mares.</i> <i>Son piratas</i>, ruge el piloto. La fusta se
-acerca. Los cristianos carecen de armas. Sensación. Abordaje. Raymond,
-aunque poeta, lucha bravamente. En balde. Los piratas apresan la
-embarcación cristiana. Aparece el caíd pirata, y resulta no ser otro
-que aquel caballero del primer acto, rudo como la crin del león, el
-cual había renegado de la fe de Cristo y salido a correr aventura
-domeñando los mares. Esta aparición era un poco dura de pelar, pero,
-como decía con sumo tino el caballero barrigudo, hay en los dramas en
-verso convencionalismos lícitos en cuanto a la acción, una vez que
-se ha aceptado y digerido una sarta de <i>ías</i>, una retahíla de
-<i>ones</i> y un celemín de <i>abas</i>. Pero faltaba aún el rabo por
-desollar. Y fue que Liliana en persona surge de la embarcación pirata.
-¿Estaba acaso cautiva? Cautiva en las redes de amor de Lotario, que
-este era el nombre del antiguo caballero y ahora pirata. Liliana dice
-con todo desparpajo que el mundo es de los fuertes, y que por encima de
-la ley de Cristo, que es una ley para esclavos, está la ley eterna, la
-ley natural. Raymond castiga ejemplarmente estas bachillerías arrojando
-a la cabeza de la ingrata y de Lotario unos cuantos endecasílabos
-de punta. Segunda ovación, tan calurosa como la del primer acto.
-El público convenía en que el segundo final era un tanto<span
-class="pagenum" id="Page_313">p. 313</span> efectista, pero, se añadía,
-el teatro es siempre efectismo.</p>
-
-<p>En el entreacto Guzmán subió al saloncillo a dar su parabién a
-Teófilo. Esperaba encontrarle radiante de alegría, esponjado con
-esa saturación plenaria, jovial y un poco insolente que da de sí
-el orgullo satisfecho. Teófilo parecía estar contento, pero no en
-proporción con el triunfo que había obtenido. Atestaba el saloncillo
-nutrido contingente de escritores y aficionados a las letras, los
-cuales oprimían la mano del poeta con simulada efusión y cordialidad,
-desmentidas por involuntaria tristeza de los ojos. Cuatro o cinco
-poetas imberbes daban señales de entregarse al entusiasmo sinceramente,
-sin la bastardía de ningún otro sentimiento deprimente e inconfesable.
-Pero parando un poco la atención en ellos, se echaba de ver que
-su entusiasmo participaba en mayor grado de la vanidad que de la
-admiración desinteresada. Pertenecían a la misma escuela poética, o
-como se la quiera llamar, de Teófilo, y el éxito del drama era para
-ellos empeño del amor propio.</p>
-
-<p>Poco a poco, los admiradores se fueron marchando, porque no tenían
-nada que decir espontáneamente en elogio del drama y, aunque muy por
-lo nebuloso, sentíanse mal a gusto y como rebajados en la vecindad del
-poeta triunfante. Quedaron tan solo sentados en divanes que corrían en
-torno del saloncillo los más amigos de Pérez de Toledo, primer actor y
-empresario de la compañía. Presidía este la reunión, en pie y dando la
-espalda a una chimenea sin lumbre, vestido de trovador, con el cráneo
-muy erecto, astuta expresión de afabilidad burlesca, y la cínica nariz
-respingada, como venteando un leve humillo de cosa ridícula que flotaba
-en el aire. Era un hombre de gran finura intelectual, a quien estorbaba
-para ser insuperable actor, aparte de cierta deficiencia de facultades,
-el ser casi siempre superior a los autores y<span class="pagenum"
-id="Page_314">p. 314</span> obras que representaba, de manera que no
-podía tomar en serio los unos ni las otras, si bien lo disimulaba con
-arte sobremanera sutil. Complicaba el trato social con mil fórmulas y
-agasajos de exagerada cortesanía y, al propio tiempo, su sarcástica
-cabeza de Diógenes revelaba estar en el gran secreto filosófico de
-que el mundo de las ficciones no muere allí donde se acaba el tablado
-histriónico. Era muy hábil en el manejo de la ironía, o, como se dice
-en el lenguaje vernacular, tomaba el pelo a la gente sin que la gente
-se enterara.</p>
-
-<p>Un crítico, que tenía una fama y unas orejas detestables (una y
-otras de asinidad definitiva), habló así:</p>
-
-<p>—Estamos en unos tiempos de claudicaciones, transacciones y
-corruptelas vergonzosas.</p>
-
-<p>—Vamos a ver, don José, que sepamos por qué son estos tiempos tan
-claudicantes y transitorios —dijo Pérez de Toledo.</p>
-
-<p>—¿Le parece a usted, Alfonso? ¿No se ha enterado que mañana debuta
-en el teatro del Príncipe, un teatro serio, esa cupletista llamada
-Antígona? Es una claudicación vergonzosa. Si levantara la cabeza
-Calderón, o Lope, o Tirso...</p>
-
-<p>—Esa tal Antígona es tan rica hembra que sería muy capaz de
-conseguirlo. Ya ve usted con don Sabas... —comentó un joven periodista,
-induciendo al concurso a reirse, con gran sorpresa del crítico, quien
-preguntó:</p>
-
-<p>—Conseguir, ¿qué?</p>
-
-<p>—Lo que se proponga, don José.</p>
-
-<p>—Estamos en la edad de la sicalipsis, está visto —concluyó el
-crítico.</p>
-
-<p>Generalizose la conversación acerca de Rosina; casi todos tenían
-algún dato o noticia que comunicar, y así se vino a saber que Rosina
-era una de las más fulgentes estrellas del género ínfimo, mimada
-y dis<span class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span>putada por
-el público europeo; que el empresario del teatro del Príncipe le
-pagaba setecientas pesetas diarias por cantar tres cuplés; que estaba
-aquella noche presenciando el estreno y aplaudía con vehemencia; que
-don Sabas, ¡habráse visto descoco!, no se había recatado en ir a
-visitarla a su palco, y, a lo que se decía, procuraba reanudar ciertas
-viejas relaciones; pero Antígona no aceptaba el envite del caduco
-político, pues era de clavo pasado que había repelido pretendientes y
-proposiciones fabulosos, hasta de príncipes rusos, porque, al parecer,
-tenía un apaño (<i>está metidísima</i>, <i>está enchuladísima</i>,
-fueron dos de las expresiones empleadas para definir este punto) con
-un hombre verdaderamente interesante. Al llegar aquí la conversación
-recayó sobre el hombre interesante. Había sido hércules de feria, muy
-guapo; luego cómico en una compañía de poco pelo.</p>
-
-<p>—Alto ahí —cortó don Bernabé Barajas, que estaba presente—. La
-compañía no era de poco pelo. Yo fui empresario. Íbamos a hacer una
-turné por los pueblos de la provincia de Teruel. Por cierto que
-Fernando (este es su nombre) mostraba felices disposiciones para el
-arte. De manera que lo que ahora es a mí me lo debe, que yo le enseñé
-los principios esenciales del arte escénico.</p>
-
-<p>—¿Y es tan guapo como dicen, don Bernabé? —inquirió Pérez de
-Toledo.</p>
-
-<p>—Eso, ¡guapísimo! No me extraña que esa golfa esté pirrada por él
-—respondió don Bernabé, con no poca exaltación estética.</p>
-
-<p>Prosiguió la información colectiva. En París, Fernando había
-comenzado a cultivar un género nuevo de arte que quizás fuese el arte
-del porvenir, un arte mestizo de arte escénico y de acrobatismo,
-para el cual se requieren condiciones excepcionales; en suma, que
-se había hecho actor cinematográfico, peliculero, y el famoso Dick
-Sterling, cuyas muecas, desplan<span class="pagenum" id="Page_316">p.
-316</span>tes, brincos y fortaleza reía y admiraba el mundo entero, no
-era otro que el amante de Rosina.</p>
-
-<p>Después de esto se entabló una discusión acerca de si el
-cinematógrafo es arte o no. Los pareceres se dividían. Unos aseguraban
-que en corto plazo absorbería al teatro. Otros sostenían que eran dos
-cosas diferentes, sin concomitancia ninguna. Un dramaturgo catalán, de
-luenga guedeja entrecana, expuso que a él el cinematógrafo le parecía
-más dramático que la representación oral, y que podía asegurarse no
-ser bueno un drama que, despojado de gárrulos parlamentos y reducido
-a sus simples elementos de acción cinematográfica, no conmoviese al
-público. Sonaron en esto los timbres para el tercer acto de <i>A cielo
-abierto</i> y corrieron todos a ocupar sus localidades, dejando a
-Teófilo con una sombra funesta diluida sobre el semblante.</p>
-
-<p>La decoración del tercer acto era la misma del acto segundo. Los
-piratas habían abandonado la fusta para adueñarse de aquella otra
-embarcación más holgada y marinera. Lotario demuestra con creces
-lo que todos habían sospechado de él; esto es, que era un salvaje
-sanguinario y vengativo. Hace dar tormento a Raymond, el cual lo sufre
-con maravillosa entereza, expeliendo toda suerte de metros y rimas en
-lugar de lamentos. Los piratas se sienten sobrecogidos ante la grandeza
-moral del trovador, y la carcoma del remordimiento comienza a roer los
-livianos sesos de la hermosa renegada. Esta siente su ánimo combatido
-por dos encontrados sentimientos. Ya no sabe si ama a Lotario o si ama
-a Raymond, y en la duda se dirige a las murmuradoras ondas pidiéndoles
-que le den la clave del enigma. El público experimenta gran ansiedad
-y se pregunta, ¿cuál triunfará al fin? Las cosas se complican. Los
-piratas presumen que una religión que infunde tan recio valor en el
-pecho de sus creyentes debe ser la verdadera religión. La gracia<span
-class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span> les está haciendo sus
-primeros toques delicadísimos. Hay entre ellos un torvo renegado que no
-logra hallar paz para su conciencia, el cual, por hacer obra meritoria
-a los ojos de Cristo, induce a sedición a la marinería. El horizonte
-está preñado de luctuosos presagios. Estallan las primeras chispas
-de la sedición. Lotario se mesa las barbas y vomita alejandrinos
-truculentos. Raymond apacigua a los levantiscos, hace una invocación al
-mar, comparándolo con la turbulencia amarga de su propio corazón y con
-la infinitud de Dios; dice que perdona a Liliana, y a Lotario le ruega
-que la haga feliz; pone una pausa, y sin decir oste ni moste se arroja
-al mar. Este trágico final fue premiado con una nueva ovación.</p>
-
-<p>El drama tuvo un epílogo. La escena simulaba el claustro de
-un convento de monjas. Tañidos de campanas, dulces gangosidades
-litúrgicas, etc., etc. Liliana ha profesado con el nombre de sor
-Resignación. Sale al claustro. Se siente enferma y a punto de morir.
-Informa al público de que Lotario era un bruto que le dio muy malos
-tratos y la abandonó por una agarena de tez lustrosa y ojos diabólicos.
-Asegura que en el fondo de su alma nunca amó sino a Raymond. Sor
-Resignación va cogiendo rosas y luego arrojándolas en los arroyuelos
-del jardín; se queda pensativa viendo aquellos <i>cadáveres de rosas
-en féretros de espuma</i>. De la propia suerte, su alma huye camino
-de la eternidad. La voz se le apaga y expira, en verso, lentamente,
-entre el tañido de la campana y la canturria nasal de las otras monjas.
-Bello epílogo. En el público se veían muchos ojos empañados por las
-lágrimas.</p>
-
-<p>Cuando terminó el drama, Travesedo dijo a doña Juanita:</p>
-
-<p>—Ya estará usted contenta, señora.</p>
-
-<p>Doña Juanita se echó a llorar.</p>
-
-<p>—Sí, sí, comprendo. La cosa no es para menos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span>Doña Juanita
-balbució:</p>
-
-<p>—Los días más solemnes de mi vida han sido el de hoy y el día
-en que Teófilo hizo su primera comunión —doña Juanita temblaba
-extraordinariamente.</p>
-
-<p>El teutón, que tenía un alma susceptible de inopinados y fatales
-ímpetus románticos, abrazó a la vieja. Estaba enternecido y repetía que
-Teófilo era un Schiller.</p>
-
-<p>Travesedo condujo a casa a la madre de Teófilo en un coche de punto.
-Ya en casa, como doña Juanita temblara más de lo regular, Travesedo le
-aconsejó que tomara tila y se metiera en la cama.</p>
-
-<p>—¿Meterme yo en la cama hoy sin haber besado a mi hijo? No piense
-usted locuras.</p>
-
-<p>—Es que lo más probable, señora, será que los amigos le entretengan
-hasta las mil y quinientas.</p>
-
-<p>—Aunque le entretuvieran mil y quinientos años. Yo no me acuesto.</p>
-
-<p>Antonia preparó tila para doña Juanita, y esta, después de ingerir
-la poción fue a encerrarse en el cuarto de Teófilo, y sentose junto a
-un balconcito, a esperar. Apagó la luz. Estaba acongojada. Lloraba con
-frecuencia, se retorcía las manos y murmuraba: hijo de mis entrañas.
-Así transcurrieron varias horas. Oyose angustioso llanto de mujer.
-Doña Juanita se puso en pie, con sobresalto; abrió los ojos y tendió
-el oído. En el marco del balcón, por detrás de los tejados fronteros,
-levantábase un vaho lechoso y húmedo que iba deslustrando la luz de las
-estrellas. Amanecía. La anciana escuchó. Era Lolita quien lloraba, con
-infinito desconsuelo y requiriendo a gritos a Antonia. Acudió diligente
-doña Juanita en socorro de Lolita. Llamó en la puerta de la habitación
-y preguntó:</p>
-
-<p>—¿Qué le ocurre, señorita Lola? ¿Puedo entrar?</p>
-
-<p>—Sí, sí, adelante doña Juanita. ¿Por qué se ha molestado usted?
-—Lolita no cesaba de llorar—. Es<span class="pagenum" id="Page_319">p.
-319</span> que llamaba a Antonia para que me quitase las botas, que me
-aprietan mucho. Además me han dado <i>mico</i> —diose cuenta que había
-expulsado involuntariamente una palabra vitanda, de las prohibidas
-por Travesedo, y con el sobresalto que esto le originó olvidose de
-llorar.</p>
-
-<p>Doña Juanita no estaba para detener la atención en cosas de tan
-poco momento como la emisión del vocablo <i>mico</i>, porque le traía
-asombrada y absorta el ver a Lolita vestida de pies a cabeza, con traje
-de calle, a tales horas. Grande fue el aturdimiento de la señora; pero
-no tanto que le impidiese oír un sonoro ronquido varonil, y, como
-volviese la cabeza para averiguar de dónde venía, descubrió al teutón
-durmiendo panza arriba y con la boca abierta en el lecho de Lolita.
-Lolita, de su parte, creyó perder la razón. En su cerebro se agitaba la
-sombra iracunda de Travesedo, denostándola y plantándola de patitas en
-la calle.</p>
-
-<p>—Soy inosente, doña Juanita; créamelo usté, por estas. Er pobresiyo
-viene acá toas las noches, porque dende que apretó la caló su cama está
-cuajadita de chinche y no pué dormí en eya. Pero le juro a usté, por
-la gloria de mi mare, que no me ha tocao entavía, lo que se yama ni
-tocarme. Ahí lo tiene usté toa la noche durmiendo como una criatura, o
-mejó, como un serdito —y así era la verdad. Lolita quedó satisfecha con
-su explicación, que ella juzgaba compatible con las más estrechas leyes
-de la honestidad, y doña Juanita salió de la alcoba sin saber qué decir
-ni qué pensar.</p>
-
-<p>En la caja de la escalera sonaba runrún de voces masculinas. Doña
-Juanita reconoció a su hijo y al señor Guzmán. Salió a abrir la
-puerta.</p>
-
-
-<p class="mt2">En el saloncillo de Pérez de Toledo se sostenía a
-diario una tertulia íntima hasta muy avanzada la<span class="pagenum"
-id="Page_320">p. 320</span> noche. El día del estreno, Teófilo no pudo
-dejar el teatro hasta la tres de la mañana. Salió en compañía de Guzmán
-y de los poetas imberbes, sus secuaces. Uno de estos propuso celebrar
-el éxito con champaña en <i>Los Burgaleses</i>. En el restorán fueron
-a guarecerse en un gabinete reservado. Los jóvenes poetas se mostraban
-muy expansivos y locuaces. Teófilo no desplegaba los labios. Alberto
-observó que en la frente de su amigo destacaba aquella robusta vena
-negra que según las tradiciones mahometanas precedía a los accesos
-coléricos del profeta. Los jóvenes poetas llegaron a cansarse del
-ensimismamiento del ídolo, que ellos atribuían a engreída embriaguez
-del triunfo. Deshízose pronto la reunión, no sin que uno de ellos
-murmurase al oído de Alberto, según bajaban las escaleras:</p>
-
-<p>—No hay nada más difícil que escoger un sombrero nuevo de modo que
-no le vaya a uno ridículo o le mude la cara. Pues si esto ocurre con
-los sombreros, que los cambiamos a cada tres por cuatro, ¿qué será con
-la corona o la diadema cuando uno se la pone por primera vez? También
-es verdad que hay pocas diademas hechas a la medida de la cholla que
-las ha de lucir. ¿Ha visto usted este pobre hombre, qué fatuo, qué
-estúpido se ha puesto? Pues la cosa no es para tanto.</p>
-
-<p>En estando a solas Teófilo y Guzmán, este propuso tomar un coche de
-alquiler para ir a casa. Teófilo se negó.</p>
-
-<p>—Piensa que tu madre te estará esperando, de seguro.</p>
-
-<p>—No voy a casa, no voy a casa; no te molestes. Voy a pasear por las
-calles. Si quieres me acompañas, y si no, me dejas.</p>
-
-<p>—Te acompaño. ¿Adónde vamos?</p>
-
-<p>—A la ventura.</p>
-
-<p>«Algo grave le ocurre a Teófilo», pensó Alberto.<span
-class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> Y así como a veces se
-alivia un gran dolor provocando otro distinto, creyó distraer a su
-amigo de aquellas negras cavilaciones hiriéndole su amor propio
-profesional, su vanidad de poeta.</p>
-
-<p>—¿Quieres que te diga sinceramente, de amigo a amigo, lo que me
-parece tu drama?</p>
-
-<p>Teófilo no respondió.</p>
-
-<p>—¿Me escuchas? Porque si no me escuchas te dejo solo.</p>
-
-<p>Teófilo agarró un brazo de Guzmán y dijo con voz suplicante:</p>
-
-<p>—No me dejes solo. Habla, que te escucho.</p>
-
-<p>—Tu drama me parece estúpido. —Pausa. Teófilo no se dio por
-entendido. Añadió—: Palabras, palabras, palabras. Tus versos no son
-versos ni cosa que se le parezca, sino rimbombancia y estropajosidad;
-suenan mucho, pero suenan a hueco. A mí me hacen el efecto de estar
-comiendo bizcochos secos, amarillos, sin jugo, que no hay quien se
-trague doce seguidos a palo seco —Alberto sintió una leve presión en su
-brazo. Pensó: «Esto va bien»—. Por supuesto, no se te puede echar a ti
-toda la culpa, antes bien a la tradición poética española, la tradición
-del verso tónico, que nunca ha sido verso, sino corrupción nacida
-de los cantos de la soldadesca, de la marinería y de las personas
-iletradas, gente de áspero oído. ¿Qué será que los españoles no abren
-la boca sino para caer en el énfasis, la ampulosidad, la garrulería?
-Es cosa vieja y presumo que será eterna. Ya Cicerón vituperaba en los
-latinistas españoles el <i>aliquid pingue</i>, un algo pingüedinoso,
-inflado. A uno de los grandes predicadores españoles, San Dámaso, se
-le llamaba <i>Auriscalpius matronarum</i>, cosquilleador de orejas
-femeninas. De tu drama podía decirse lo propio. No vayas a creer que
-me ensaño en tu drama: no lo considero mejor ni peor que la mayor
-parte de los dramas y comedias de nuestro teatro clásico. Y, sin
-em<span class="pagenum" id="Page_322">p. 322</span>bargo, todo esto
-que te digo, con la conciencia de que es la pura verdad, no impide
-que, mirándolo bien, en los entresijos de tu drama se advierta algo
-escondido, hondo, a manera de resaca que le sobrecoge e inquieta a uno.
-¿Qué es ello? Es algo que también corre y muge por debajo de toda la
-literatura española, aun de sus obras más áridas y tediosas. Recuerdo
-que un día me dijiste que las dos inspiraciones matrices de tu drama
-te vinieron de aquel marinero ciego y de aquel desdichado suicida. La
-primera, y permite que traduzca en una frase tus sentimientos a ver si
-doy en el quid, la primera, se pudiera llamar aspiración a lo infinito;
-la segunda, conciencia del fracaso y su amargura consiguiente. La
-primera es nada menos que el deseo de subir hasta Dios y codearse
-con él; la segunda, descubrimiento tardío de que por pretender lo
-demasiado hemos descuidado lo preciso, y que sin haber llegado a dioses
-ni siquiera nos hemos hecho hombres. Dijérase que toda la literatura
-española, y aun el carácter español, están cuajados en estas dos
-normas sentimentales. Y hay que ver, por lo que atañe a la primera, o
-aspiración desapoderada de lo infinito, que si es muy intensa lo es
-precisamente por la vaguedad del concepto de lo infinito, como a ti te
-ocurre con el del mar, que lo has recibido a través de un ciego que no
-tiene de él sino el recuerdo. Cuando veas el mar por primera vez vas a
-sufrir una gran desilusión. En suma, que comencé echando pestes de tu
-obra y vengo a parar en que hago de ella no flojos elogios.</p>
-
-<p>Teófilo no respondió. Caminaron cerca de una hora en silencio.</p>
-
-<p>—¿Qué te pasa? —preguntó Alberto.</p>
-
-<p>—No sé lo que me pasa. No puedo discurrir, no puedo hablar. Tengo
-toda la sangre en la cabeza —su voz era ronca y salía en coágulos.
-Atenazaba nerviosamente el brazo de su amigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_323">p. 323</span>—Teófilo, dime lo
-que te ocurre. Te ruego que te confíes a mí. No puedes dudar de mi
-cariño. Trataré de aliviarte de tus pesadumbres lo mejor que pueda.
-Aquel viejo amor ¿te hace sufrir aún? ¿Es eso?</p>
-
-<p>—No, no es eso. Es decir, claro que es eso. Pero son otras cosas.
-¿Cómo te lo voy a decir, si yo mismo no lo sé? Nunca me he sentido más
-desamparado, empequeñecido e impotente, más inútil para la vida, más
-hombre frustrado que hoy, después de eso que llaman mi triunfo. ¿Lo
-comprendes tú? Pues tampoco yo lo comprendo. Es una voz irracional y
-frenética que me grita dentro de la cabeza: «Estás perdido.» Eso que
-has dicho acerca de esos dos sentimientos me parece que tiene mucho de
-verdad; pero hay tantas, tantas cosas además, por encima, por debajo
-y alrededor de lo que tú has dicho. ¿Y sabes en lo que se resuelven
-aquellos dos sentimientos? Se resuelven en otro sentimiento bárbaro,
-desmesurado, avasallador... de odio a mi madre. ¿No es monstruoso? —la
-voz de Teófilo se quebró como si fuese a llorar. Alberto no respondió.
-Repitió Teófilo—: ¿No es monstruoso? Desde que ella vino de Valladolid
-comencé a sentir una aversión latente que me horrorizaba. Esta noche la
-adversión se ha convertido en odio: no lo puedo remediar. La culpa no
-es mía, la culpa no es mía. ¿Crees que es mía la culpa?</p>
-
-<p>—No, claro que no. Ahora sosiégate.</p>
-
-<p>—Vamos a casa. Está amaneciendo. Tengo necesidad de reposo.</p>
-
-<p>Guzmán pensó: «Doña Juanita se habrá cansado de esperar y a estas
-horas estará durmiendo como una bendita.»</p>
-
-<p>—Tomaremos un coche, si te parece —habló Guzmán.</p>
-
-<p>—Sí; como tú quieras.</p>
-
-<p>Muy cerca de ellos estaba parado un simón abierto. El rocín macabro,
-en los puros huesos, contem<span class="pagenum" id="Page_324">p.
-324</span>plaba con tristes ojos el albear del cielo. El cochero dormía
-sentado en el piso del coche con los pies en el estribo y la cabeza
-caída sobre el asiento.</p>
-
-<p>Durante el trayecto ninguno de los dos amigos desplegó los labios.
-En la caja de la escalera flotaba un vapor grisáceo, melancólico y
-soporífero como sensación de convalecencia. Un pájaro cantó.</p>
-
-<p>—Es algo aquí, en semejante parte —murmuró Teófilo, señalando la
-base de la caja torácica—. Algo que me ahoga, que me arrebata, que me
-enfurece —añadió, levantando la voz y crispando los puños.</p>
-
-<p>—Habla bajo.</p>
-
-<p>—Es algo aquí, como una espada mohosa que me atravesara. Siempre
-lo he sentido, desde que era niño; pero hoy más fuerte que nunca. Es
-algo anterior a mi vida, ¿entiendes?, como el recuerdo de una mala
-sangre que me hubiera engendrado, ¿entiendes?; es algo que me ha hecho
-desgraciado sin que yo tenga la culpa, ¿entiendes?</p>
-
-<p>—No te entiendo, porque eso son locuras. Hazme el favor de callar o
-de bajar la voz.</p>
-
-<p>Cuando se acercaban al segundo rellano, la puerta se abrió,
-apareciendo, entre la luz incierta de la matinada y a medias disuelta
-en la penumbra, la figura de doña Juanita, quien dijo, con voz cansada
-y amorosa:</p>
-
-<p>—Hijo de mis entrañas.</p>
-
-<p>Teófilo hubo de apoyarse en Guzmán para no dar en tierra. Con acento
-estrangulado de ira o de pavor, bramó:</p>
-
-<p>—¿Sueño? Apártate de mí, sombra maldita.</p>
-
-<p>La anciana avanzó un paso y su lóbrego cuerpo destacó sobre el gris
-caótico.</p>
-
-<p>—¡Hijo! ¡Hijo! —La primera exclamación fue de estupor, la segunda de
-manso reproche.</p>
-
-<p>—Apártate de mí, odiosa criatura; apártate, apártate que no te vea,
-porque te desharé entre mis ma<span class="pagenum" id="Page_325">p.
-325</span>nos —y Teófilo forcejeaba por desasirse de los brazos de
-Alberto.</p>
-
-<p>Doña Juanita se perdió, huyendo, en el seno de las tinieblas. Guzmán
-retuvo unos minutos a Teófilo y luego le condujo a su alcoba. En
-estando dentro de la estancia, el poeta se desbordó en manifestaciones
-de violenta rabia. Hacía añicos cuanto encontraba por delante, emitía
-sonidos sordos y palabras incoherentes, y de pronto comenzó a saltar
-y a correr como loco en torno al aposento. Por último, se dejó caer
-en la cama boca abajo, hundió la cabeza en la almohada y así estuvo
-unos minutos. Incorporose súbitamente, y con desvariados ojos se quedó
-mirando a Guzmán, que estaba inmóvil en el centro de la habitación.</p>
-
-<p>—¿Eres un hombre? ¿O eres una estatua de piedra? ¿Qué haces? ¿Qué
-miras? ¿Qué piensas? ¿Qué dices? ¿Sonríes? Dame tu corazón de bronce;
-muéstrame cómo he de llegar a tu indiferencia e insensibilidad.</p>
-
-<p>—Ea. Ahora acuéstate y haz por dormir —Guzmán estrechó la mano de su
-atribulado amigo y salió en busca de la madre, a quien imaginaba más
-atribulada aún.</p>
-
-<p>Estaba la señora en su aposento, sentada, y, según las señales
-exteriores, muy tranquila. Antes de que Alberto abriera la boca, doña
-Juanita se adelantó a hablar:</p>
-
-<p>—No se moleste usted en consolarme, señor de Guzmán. Le agradezco su
-buena intención; pero en este caso no necesito consuelo.</p>
-
-<p>—Es que...</p>
-
-<p>—No, no; ni una palabra. Las cosas del alma son harto sutiles, señor
-de Guzmán, para que los hombres las entiendan. Solo incumben a Dios, y
-Dios sabe lo que se hace. Retírese a dormir que ya es tarde y déjeme a
-solas. ¿No ve usted que estoy serena? De todas suertes, muchas gracias
-por su solicitud. Buenas noches.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_326">p. 326</span>Guzmán se retiró
-pensando: «Nunca sabemos nada de nada.»</p>
-
-<p>Al día siguiente doña Juanita salió para Valladolid.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4_8">
- <h3>VIII</h3>
-</div>
-
-<p>Una mañana estaba Guzmán todavía en la cama, leyendo <i>Las
-Moradas</i>, de Santa Teresa, cuando la ventruda Blanca penetró en la
-habitación con un gran sobre color espliego, perfumado de violeta.
-Decía la carta:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p><i>Querido Alberto: pásate por mi hotel cuanto antes mejor. Tengo
- que comunicarte una cosa que te hará la mar de gracia. Estupendo,
- chico, estupendo. Un caso de vocación; pero qué vocación. ¿Quieres
- venir a almorzar conmigo? Tu amiga</i>,</p>
-
- <p class="firma"><span class="smcap">Rosina</span>.</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Se levantó y a gritos desde la puerta pidió agua caliente para
-afeitarse. A poco se presentó una monja vieja, con el cacharro de agua
-caliente.</p>
-
-<p>—Buenos días, sor Cruz.</p>
-
-<p>—Buenos días nos dé Dios. ¿Se ha dormido bien? ¿A qué hora hemos
-venido anoche? Esta juventud... Ya me lo dirán ustedes cuando se hagan
-viejos y se acerque el momento de la muerte...</p>
-
-<p>—Vaya, vaya, sor Cruz. No me amargue el día dándome a desayunar
-ideas tristes.</p>
-
-<p>—¿Qué estaba leyendo usted ahí? Cualquier libro empecatado, como si
-lo viera —sor Cruz se acercó a curiosear en la mesa de noche—. Un libro
-de Santa Teresa. ¡Válgame Dios! ¿Un herejote lee estas cosas? Como no
-sea para hacer mofa...</p>
-
-<p>—Mal concepto tiene usted de mí, sor Cruz.</p>
-
-<p>—Y una cartita. De alguna desgraciada... Vaya por Dios. Lástima
-merecen las tales. Bien lo sé por experiencia. Y algunas son buenas,
-buenas hasta dejarlo de sobra. La culpa es de ustedes, libertinos.
-Ya<span class="pagenum" id="Page_327">p. 327</span> lo ha dicho mi
-tocaya: «Hombres necios que acusáis...»</p>
-
-<p>—¿Cuándo se van ustedes, sor Cruz?</p>
-
-<p>—Mañana, en el tren de las ocho de la mañana. Antonia no quiere
-dejarnos marchar; pero no hay más remedio. Nos ha escrito la superiora.
-De manera que pasado mañana ya estamos en nuestro convento de Pilares.
-Tengo una gana que no veo de encontrarme en mi celdita, y a bregar con
-aquellas infelices recogidas. Si usted fuera hembra en lugar de varón
-nos lo llevábamos a meterle por el buen camino.</p>
-
-<p>—Si usted quiere llevarme tal como soy... No crea, a mí me
-gustaría.</p>
-
-<p>—Señor, qué atrevido. Sería el diablo en el convento. Y esa pobre
-Lolita... ¿No cree usted que estaría mejor con nosotras?</p>
-
-<p>—Pss. Déjela usted. Si ella se encuentra a gusto... En todas partes
-y de todas maneras se puede servir a Dios —dijo Alberto.</p>
-
-<p>—¡Jesús, qué abominaciones! Me voy, no quiero oírle a usted —y sor
-Cruz salió riendo con benevolencia.</p>
-
-<p>Las relaciones de Antonia eran innúmeras, complejas, y con todas las
-clases de la sociedad. A raíz de haber tenido a Amparito había estado
-recogida en el convento de monjas adoratrices de Pilares y se había
-captado el afecto de las monjitas. Una de las recogidas, compañera y
-muy amiga de Antonia, había profesado en la orden, bajo el nombre de
-sor Sacramento, la cual, en unión de sor Cruz, estaba hospedándose
-ahora en casa de Antonia, de paso por Madrid. Siempre que venía a
-la corte alguna monja del convento de Pilares se alojaba en casa de
-Antonia.</p>
-
-<p>Salió Alberto de casa, no sin haber guardado en el bolsillo <i>Las
-Moradas</i>, porque tenía por costumbre llevar siempre un libro
-consigo, y fue derechamente al hotel Alcázar. Rosina salió a recibirle
-en peinador y le regaló con un beso de salutación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span>—No te parecerá mal
-que te bese, ¿eh?</p>
-
-<p>—Ni que fuera tonto —respondió Guzmán, devolviéndole afectuosamente
-el regalo.</p>
-
-<p>—Eso ya no. Te beso como se besaría a un hermano. Te quiero mucho,
-pero como se quiere a uno de la familia. Estoy segura que si Fernando
-me viera besarte no lo tomaría a mal. Siéntate. Yo voy a concluir de
-vestirme. ¿Te quedas a almorzar conmigo? —Alberto asintió—. Quizás
-venga Verónica también. ¡Qué chica tan excelente! Somos las grandes
-amigas. A nosotras nos ha pasado como con ese drama que le dicen <i>El
-Galeoto</i>: el público nos ha hecho amigas. Que si ella es la mejor
-bailarina y yo la mejor cupletista, y que si somos las únicas, y dale y
-dale; pues a mí me entró la curiosidad de conocerla y a ella lo mismo,
-y aquí nos tienes a partir un piñón. Sobre todo desde que se concluyó
-la temporada de ella y la mía; pues, hijo, que no se aparta de mi lado.
-Parece que me adora.</p>
-
-<p>—Bien. ¿Qué era la cosa que me iba a hacer la mar de gracia?</p>
-
-<p>—¡Pues no eres nada ansioso! Calma, calma, porque hasta la hora del
-almuerzo no digo esta boca es mía.</p>
-
-<p>—Poco falta ya, de manera que tendremos calma.</p>
-
-<p>—¿Qué es de Teófilo?</p>
-
-<p>—En casa estará durmiendo...</p>
-
-<p>—Siempre dije que era un gran hombre. Ya ves, ahora todo el mundo lo
-reconoce así —Rosina cambió de expresión—. Tú ya sabes que Teófilo y yo
-hemos sido muy amigos un poco de tiempo.</p>
-
-<p>—Sí, lo presumía.</p>
-
-<p>—Ahora parece que me aborrece. ¿Tú que crees?</p>
-
-<p>—Lo que tú; que está enamorado de ti.</p>
-
-<p>—Perdona. Por esta vez tu listeza se me figura que ha fallado. Tú
-sabrás de otras cosas; pero lo que es de aquello que se refiere a mí
-directamente, no me<span class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span>
-vengas con pamplinas. Si tratas de halagarme, te advierto que no es por
-ahí. Fernando es mi sino y con él he de vivir lo que me reste de vida.
-Así es que me tiene sin cuidado que Teófilo esté o no esté enamorado;
-pero, la verdad, tampoco me hace gracia que me odie y me trate con
-desdén. Yo no le hice nada malo. Lo que hice fue lo que no pude menos
-de hacer —el rostro de la mujer adquirió una expresión meditativa.</p>
-
-<p>Desde que había vuelto a Madrid, Rosina no se había visto a solas
-con Teófilo, sino siempre rodeados de otras muchas personas. Teófilo,
-aunque con la pasión más embravecida que nunca, había resuelto evitar a
-Rosina y darle a entender que la desdeñaba, lo cual, hasta aquel punto,
-había logrado sobradamente. Rosina consideraba el amor a su hombre, a
-Fernando, como la necesidad permanente de su vida, el nido, el árbol,
-la tierra, la base en donde posarse y reposarse. Fernando era para
-ella la plenitud de su feminidad, de su sexo. Pero, al propio tiempo,
-necesitaba del amor de Teófilo, lo ansiaba como complemento y realce
-del otro amor. Un ave ignora que sufre la tiranía de la tierra hasta
-tanto que no se le entumecen las alas o las pierde; entonces, junto con
-la nostalgia del vuelo, llega a saber que la tierra es el elemento que
-la domina, así como el aire es el elemento que se deja dominar. Pues
-algo semejante le sucedía a Rosina. Con relación a Fernando se sentía
-empequeñecida, anulada, entregada sin albedrío a él. Recordando ahora
-el sumo acatamiento y entrega que de sus potencias Teófilo le había
-hecho en otro tiempo, y la exaltación gozosa y altanera que de aquel
-amor ella había recibido, ardía en anhelos de resucitar las emociones
-de entonces.</p>
-
-<p>Llegó Verónica cuando Rosina concluyó de vestirse. Rosina hizo que
-les sirvieran el almuerzo en la misma habitación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_330">p. 330</span>—Qué, ¿has tenido
-noticias de Fernando? —preguntó Verónica.</p>
-
-<p>—Hoy no.</p>
-
-<p>—¿Te escribe todos los días?</p>
-
-<p>—Quia. No se arregla bien con lo negro; pero, en fin, escribe tan a
-menudo como puede. Eso sí, a mí me obliga a ponerle un telegrama diario
-y una postal por lo menos. Es celosísimo.</p>
-
-<p>—Claro, si te quiere. ¡Hija, qué suerte la tuya! Ya puedes
-corresponderle bien, porque un novio así no se atrapa todos los días.
-Yo no sé como hay mujeres que falten a sus hombres si estos las quieren
-de verdad y con fatigas. Por supuesto, no lo digo por ti; contigo no
-hay caso.</p>
-
-<p>—Qué ha de haber... Y menos teniéndote a ti al lado, que estás
-siempre con la misma canción.</p>
-
-<p>—Y ahora —entró a decir Guzmán—, ¿se puede ya saber aquello que me
-iba a hacer la mar de gracia?</p>
-
-<p>—Todavía no. De sobremesa.</p>
-
-<p>—Resignación.</p>
-
-<p>En concluyendo de almorzar, Guzmán reiteró la pregunta.</p>
-
-<p>—Sí, ahora os lo voy a referir. Y no sé cómo. Es increíble. Si no
-estuviera aquí cerca la heroína creeríais que os trataba de tomar la
-cabellera. Bien, doy principio a mi cuento, es decir, a mi historia.
-Estaba yo esta mañana en la cama cuando entra la doncella diciendo que
-una joven preguntaba por mí. Que pase. Y ya está aquí la joven, vestida
-de negro, muy asustadita y muy monina, sí, señores. «Señorita Rosa», me
-dice, y parecía que iba a llorar. «¿No me conoce?» ¡Qué la iba a conocer
-yo! «Soy Márgara, la hija de <i>Bergantín</i>». Este <i>Bergantín</i>
-es un pescador y bañero de mi pueblo. «Pero, neña, cómo has crecido y
-qué guapina estás», le dije yo. Ella se puso muy colorada. Le pregunté
-a qué había venido a Madrid. Al principio no se atrevía a decir nada;
-pero fue animándose, ani<span class="pagenum" id="Page_331">p.
-331</span>mándose poco a poco y me contó lo que le pasaba. Veréis. Dice
-que en Arenales había llegado a ser muy desgraciada. La cortejaban
-muchos mozos; pero ninguno le gustaba a ella. Durante los veranos, los
-señoritos veraneantes no la dejaban vivir, persiguiéndola sin parar, ya
-podéis suponer con qué intención. Jura que hasta ahora ningún hombre
-la ha tocado, y yo lo creo. Dos horas o muy cerca empleó en contarme
-mil menudencias. Yo abrevio. La cosa fue que comenzó a entrarle un gran
-disgusto por todo lo que veía en el pueblo; se apartó de las amigas y
-se encerraba a solas a llorar. Oye, tú, no seas grosero y cierra ese
-libro.</p>
-
-<p>—Te escucho, Rosina. He tenido una inspiración. Este libro nos
-ayudará a entender el asunto de que se trata. Verás, esa doncella
-sentía, según dice este libro, <i>ansias y lágrimas congojosas y
-sospiros y grandes ímpetus</i>.</p>
-
-<p>—Todo eso y mucho más, porque ella misma dice que no sabe
-explicarlo.</p>
-
-<p>Guzmán volvió unas cuantas hojas y leyó:</p>
-
-<p>—<i>Es dificultosísimo de dar a entender.</i></p>
-
-<p>—Dificultosísimo. Ya veréis en lo que para.</p>
-
-<p>—Lo presumo —dijo Guzmán.</p>
-
-<p>—Eso ya lo veremos. Dice que creyó morirse de tristeza, que no tenía
-interés por nada, que no sabía lo que quería, que le entraba un dolor
-en las entrañas como de fuego y después quedaba toda rendida, que le
-parecía estar rodeada de enemigos malos y a veces tenía que dar gritos
-y, vaya...</p>
-
-<p>—<i>Hace crecer la pena en tanto grado que procede quien la tiene
-en dar grandes gritos</i> —interrumpió Guzmán, leyendo. Prosiguió—:
-<i>Parece un fuego que está humeando y se le representó ser de
-esta manera los sentimientos que padecen en el purgatorio. Y así,
-aunque dure poco, deja el cuerpo muy descoyuntado y los pulsos tan
-abiertos...</i> —Guzmán espigaba en el libro y leía a retazos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span>—¿Pero te estás
-chungando de mí con todos esos camelos que tú mismo inventas?</p>
-
-<p>—Prosigue, Rosina.</p>
-
-<p>—Si te estás callado. Entonces, al parecer, se puso a trabajar
-como una bestia para olvidarse de todo. De esta manera parece que se
-contentó algo; pero aquella otra cosa rara, un no sé qué que sentía en
-el corazón, continuaba siempre.</p>
-
-<p>—<i>Los contentos</i> —leyó Guzmán— <i>nacen de la misma obra que
-hacemos y parece los hemos ganado con nuestro trabajo. Los gustos
-ensanchan el corazón.</i> Esa muchacha quería meterse monja y viene a
-pedirte el dote.</p>
-
-<p>Rosina rompió a reír descompuestamente.</p>
-
-<p>—¿Cómo lo has averiguado? —preguntó, sin cesar de reirse.</p>
-
-<p>—¡Qué mundo! —exclamó Verónica.</p>
-
-<p>—No es nada difícil caer en la cuenta —añadió Guzmán.</p>
-
-<p>—Estás fresco. Conque, ¿monja, eh? Pues, hijo, todo lo contrario.</p>
-
-<p>—¿Todo lo contrario? —inquirió Verónica, boquiabierta—. Entonces
-fraile.</p>
-
-<p>—Sí —respondió Rosina—, de San Ginés, que se acuestan dos y amanecen
-tres. Quiere ser una <i>cocotte</i>, como yo, y reinar en el mundo
-y sus arrabales, porque ella se figura que ser <i>cocotte</i> y
-emperatriz es la misma cosa.</p>
-
-<p>—Pues está enterada —comentó Verónica.</p>
-
-<p>—Me dejas anonadado —confesó Guzmán—. ¿Y cómo fue? ¿No te ha
-explicado?</p>
-
-<p>—Pues fue que llegaron a Arenales los periódicos con mis retratos y
-los bombos que me han dado, y todas esas paparruchas que cuentan acerca
-de mis triunfos en Rusia y en Pekín y en donde Cristo dio las tres
-voces, y cátate que la niña piensa: «Yo voy a ser otra como Rosina.»
-Y sin más se escapa de su casa y se me plantifica aquí. Decía, con
-deliciosa in<span class="pagenum" id="Page_333">p. 333</span>genuidad:
-«Es mi vocación. Comprendí de pronto que era mi vocación.» Ya veis:
-vocación de <i>cocotte</i>...</p>
-
-<p>Pausa.</p>
-
-<p>—Y ahora, ¿qué vas a hacer con ella? ¿Devolverla a su familia?
-—inquirió Guzmán.</p>
-
-<p>—Ya, ya. De eso traté; pero habíais de ver cómo se puso la mosquita
-muerta. No me lo dijo, pero le conocí en los ojos que pensaba que yo
-era una envidiosa. Le dije que de un millón de mujeres que se pierden,
-solo una, y a veces ninguna, llega a darse buena vida. En balde,
-chicos: ella erre que erre. ¿Qué hacemos? ¿Qué os parece?</p>
-
-<p>—Darle cuatro azotes y enviarla facturada al pueblo —aconsejó
-Verónica, con ardimiento.</p>
-
-<p>—Tengo un proyecto. A ver qué opináis —habló Guzmán.</p>
-
-<p>—Venga de ahí, que siendo tuyo será bueno —jaleó Verónica.</p>
-
-<p>—Es esto. Por la noche cogemos a esa niña y nos la llevamos de casa
-en casa, a través de todas las casas de mal vivir, desde las de ínfima
-categoría hasta las de cierto rango. Alistaremos a unos cuantos amigos,
-reconocidamente brutos, y haremos que beban y desarrollen su brutalidad
-hasta la máxima potencia. Buscaremos aquellos antros en donde no se
-puede entrar sin que el alma se aflija y le haremos ver a Márgara, ¿no
-has dicho que se llama Márgara?, que lo más probable es que vaya a
-dar con sus huesos allí si se obstina en seguir esa vocación que dice
-tener...</p>
-
-<p>—¿Y nosotras vamos a ir también? —preguntó Rosina, algo alarmada.</p>
-
-<p>—¿Por qué no, boba? Nos ponemos un mantoncito...</p>
-
-<p>—No tengo mantón.</p>
-
-<p>—Yo te lo prestaré. Ya verás, hasta nos vamos a divertir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_334">p. 334</span>—Tanto como
-divertir... —observó Alberto—. Entonces, ¿qué os parece?</p>
-
-<p>—A mí, de perlas —declaró Verónica.</p>
-
-<p>—Sí, yo también creo que es una buena idea. Entonces... ¡Ah! Tenéis
-que conocer a Márgara —Rosina se levantó y llamó al timbre. Cuando
-apareció la camarera, Rosina añadió—: Que venga esa chica que llegó
-esta mañana.</p>
-
-<p>Presentose Márgara. Era antes alta que baja, gentilísima: un
-armonioso aire de nobleza natural en toda su persona y movimientos. Muy
-morena, casi bronceada; tenebroso el cabello; los ojos pequeñuelos,
-duros y perseverantes en el mirar; los labios apretados y finos, y
-dientes menudos de roedor; dulce pelusa por la quijada y sobre el
-labio. No era bella; era peor que bella: diabólicamente incitativa.</p>
-
-<p>—No tengo más que verte la cara para comprender que te gusta de una
-manera enorme —dijo Rosina a Guzmán por lo bajo. Y luego, en voz alta—:
-Es bonita, ¿verdad? Pues si vierais qué carnes, qué durezas —y comenzó
-a oprimirle los senos y los muslos—. Tocad. Es mármol.</p>
-
-<p>Verónica fue a probar y corroboró el juicio de Rosina, la cual,
-dirigiéndose a Guzmán, le invitó a cerciorarse por experiencia
-personal.</p>
-
-<p>—Toca, hombre, y no seas primo. Si a ella no le parece mal, ¿verdad,
-Márgara?</p>
-
-<p>Márgara no respondió. Guzmán hubo de experimentar la dureza
-específica de Márgara.</p>
-
-<p>—Sí, parece una estatua —declaró Guzmán, aludiendo, no tan solo a
-las apretadas carnes, sino a la digna y fría inmovilidad en que se
-mantuvo la muchacha.</p>
-
-<p>Quedó todo convenido para la noche y Guzmán se despidió.</p>
-
-<p>A media noche salía del hotel Alcázar la pandilla, compuesta
-de Rosina, Verónica y Márgara, a pelo y<span class="pagenum"
-id="Page_335">p. 335</span> con mantones achulados, y Angelón Ríos,
-Travesedo, Guzmán, Celedonio Grajal y Felipe Artaza, muy conocidos
-estos dos últimos en el mundillo del libertinaje y de la juerga por
-el mucho dinero que tenían, por la manera ostentosa de gastarlo,
-por la excesiva afición a los placeres báquicos y venustos, por la
-heroica resistencia y brío en uno y otro ejercicio, y, en suma, por
-sinnúmero de hazañas elegantes e ingeniosas, tales como arrojar a una
-mujer cortesana al estanque del Retiro, apalear a un guardia, hacer
-añicos los muebles de un restorán, meterse con el automóvil por el
-escaparate de una tienda y reparar luego los daños y perjuicios con
-jactanciosa largueza. Constituían dos tipos, o mejor, arquetipos del
-héroe moderno, a quien el prosaísmo de la vida contemporánea fuerza y
-constriñe a emplear el esforzado ánimo en empresas poco lucidas y muy
-inferiores a su ímpetu y arrestos. Con todo, como la plebe propende
-siempre a admirar el carácter heroico y encarece sus hechos trocándolos
-en animada narración oral, que a veces se alza hasta crear la leyenda,
-Grajal y Artaza tenían su gesta heroica popular que era muy celebrada
-por estudiantes, horteras y provincianos en las tertulias de los
-cafés.</p>
-
-<p>Encamináronse todos, lo primero, a casa de la Socorrito, una casa
-de cinco duros. Fueron muy bien acogidos por la dueña, que tenía en
-los dos héroes sendas fuentes de muy caudalosos rendimientos. Además,
-la Socorrito había oído cantar a Rosina y visto bailar a Verónica,
-y las admiraba mucho, según ella misma declaró en seguida, si bien,
-como sevillana, opinaba que el <i>cante jondo</i> y el baile flamenco,
-lo castizo en una palabra, son superiores a las danzas y los cuplés
-modernistas.</p>
-
-<p>Pasaron los visitantes al comedor, atalajado con muebles de nogal
-y herrajes dorados. La Socorrito llamó a las niñas que se hallaban
-libres. La Soco<span class="pagenum" id="Page_336">p. 336</span>rrito
-era una mujer joven, agraciada y pizpireta. Llevaba un pañolillo
-andaluz, de crespón verde veronés, sobre el busto; el peinado caído
-en crenchas, agitanadamente, y flores debajo del moño. Presumía de
-usufructuar el monopolio de la sal; subrayaba las frases con guiños
-y sonrisas maliciosas, como si cada palabra suya tuviera un valor
-cómico extraordinario. Llegaron al comedor tres de las niñas: <i>la
-Talones</i>, <i>la Lorito</i> y Pepita, ni guapas ni feas, vestidas con
-discreción, como señoritas de la clase media. Al ver tanta gente, y en
-particular tres personas de su mismo sexo, se corrieron no poco y se
-sentaron en actitud cohibida, de la cual no lograron hacerles salir las
-vayas, desatinos y sobos de Angelón, Grajal y Artaza.</p>
-
-<p>Artaza pidió champaña, y salió la Socorrito a buscarlo. No bien hubo
-salido, cuando <i>la Talones</i> dijo, aludiendo a la dueña:</p>
-
-<p>—Es más templada y más graciosa. Luego tié cada golpe.</p>
-
-<p>Entre las tres pupilas comenzaron a hacer el elogio de la Socorrito.
-Había sido —y aún coleaba, afirmó <i>la Lorito</i>— querida de uno de
-los hermanos González Fitoria, los celebrados autores de comedias.</p>
-
-<p>—¿Creen ustedes —preguntó Pepita, mirando a Rosina— que las comedias
-de los Fitoria son de ellos? ¡Quia!</p>
-
-<p>—Pues, ¿de quién son? —interrogó Travesedo.</p>
-
-<p>—¿De quién? Anda, pues de la Socorrito. Todos, pero así, todos
-los chistes y golpes que ponen en las comedias son de la Socorrito.
-Si lo sabremos nosotras... Tiene un ángel esta mujer... Nosotras nos
-fijamos en sus chistes y decimos: en la primera comedia que estrenen
-los Fitoria saldrán estos chistes. Luego, en el estreno, porque nunca
-faltamos a los estrenos (la Socorrito nos lleva), zas, los chistes del
-último semestre, uno por uno.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_337">p. 337</span>—¿Es posible?
-—inquirió Travesedo, con escepticismo.</p>
-
-<p>Las tres pupilas, con la gravedad que el caso requería, juraron por
-la salud de las madres respectivas que aquello era la pura verdad y que
-ellas eran testigo de mayor excepción.</p>
-
-<p>Angelón reía a torrentes.</p>
-
-<p>—Aun cuando no fuera verdad, tiene la mar de gracia —dijo
-Travesedo—. Y pensar que los Fitoria son los autores favoritos de las
-niñas cursis y de las incultas clases burguesas... Admirable. Si uno
-pudiera decir en un teatro: sandio y pazguato público, paquidérmicas
-matronas, amenorreicas doncellas e idiotas niños litris; los donaires
-que con tanto gusto reís son donaires de una alcahueta, espigados por
-los autores en el muladar de una mancebía. Por supuesto, eso no puede
-ser.</p>
-
-<p>Volvió Socorrito con algunas botellas de champaña. A poco llegó una
-nueva pupila; venía con abrigo de calle y mantilla. Era casi una niña,
-de belleza nada común. Se llamaba Remedios y bailaba en un cine todas
-las noches.</p>
-
-<p>—Ven a sentarte aquí, chuchería, preciosidad —gritó Artaza,
-golpeándose los muslos. Remedios, después de despojarse del gabán, fue
-a sentarse sobre las piernas de Artaza, con desenfado más de inocencia
-que de corrupción.</p>
-
-<p>Después de beber el champaña, los visitantes se marcharon. Rosina,
-Márgara y Guzmán hicieron terna aparte.</p>
-
-<p>—¿Qué te parece esa chica que llegó a última hora? —preguntó
-Rosina.</p>
-
-<p>—Es preciosa, guapísima —respondió Márgara.</p>
-
-<p>—Pues ya ves cómo y en dónde está. ¿Quién crees que es más guapa,
-ella o tú?</p>
-
-<p>—Ella, ella ye mucho más guapa —dijo Márgara, con vehemente
-convicción.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_338">p. 338</span></p>
-
-<p>—Pues ya ves, hija. Y no se puede quejar de que le falten ocasiones
-de lucirse y cazar hombres ricos.</p>
-
-<p>Rosina continuó sermoneando y haciendo tenebrosas pinturas de la
-vida que llevan las mujeres recluidas en una casa de trato, y cómo todo
-el dinero que ganan se queda entre las uñas de la dueña y a la postre
-casi todas terminan en un hospital, y por ahí adelante.</p>
-
-<p>En esto, los que iban a la vanguardia se cruzaron con Teófilo.
-Angelón obligó al poeta, quieras que no quieras, a sumarse a la
-pandilla.</p>
-
-<p>El segundo lugar que visitaron fue la casa de la Alfonsa, una
-casa de a duro, en donde las pupilas proporcionaban al parroquiano
-voluptuosidades antinaturales y perversas.</p>
-
-<p>En el umbral de la casa había una gran losa de mármol, con letras
-negras, que decían: ALFONSA.</p>
-
-<p>Pasaron todos a la sala de recibir, pieza rectangular, empapelada
-de rojo, con divanes también rojos en derredor. Sobre los divanes, y
-sentadas la mayor parte a la turca, había hasta siete mujeres, muy
-pintadas, con tocados complejísimos y oleaginosos, vestidas como
-máscaras, descotadas hasta el ombligo y mostrando las piernas. Tenían
-todas ellas un mirar manso y lelo, de vacas. Había una negra. Otras
-eran portuguesas y dos francesas. No había ninguna española. Algunas
-eran bastante lindas, señaladamente <i>Lilí</i>, una francesa, que
-hacía crochet en aquellos momentos, sin manifestar ningún interés por
-los recién llegados. Grajal propuso que las niñas hicieran cuadros
-vivos.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso? —inquirió Rosina.</p>
-
-<p>Se lo explicaron. Hubo necesidad de pagar cinco pesetas por cada una
-de aquellas siete mujeres. La encargada examinó las piezas de plata
-recibidas, calándose unos lentes de recia armadura de cuerno. Salieron
-las mujeres y volvieron muy pronto, desnu<span class="pagenum"
-id="Page_339">p. 339</span>das. En el centro de la estancia, sobre unas
-colchonetas que al efecto había introducido la encargada, las siete
-mujeres, desnudas, comenzaron a hacer simulaciones de amor lésbico
-y otra porción de nauseabundas monstruosidades. Rosina, Verónica
-y Márgara, rojas de vergüenza por su propio sexo, se levantaron y
-salieron, seguidas de los hombres.</p>
-
-<p>En la calle, Rosina volvió a la carga, haciendo saludables
-consideraciones que Márgara escuchó con hosco silencio.</p>
-
-<p>De casa de la Alfonsa fueron a una casa de la calle del Horno de la
-Mata, de dos pesetas. A medida que se internaban por aquellos sombríos
-y fétidos senos de Madrid menudeaban los grupos de rameras de ínfima
-condición, apostadas de trecho en trecho por socaliñar viandantes.</p>
-
-<p>Entraron los peregrinos excursionistas en un enorme caserón, en
-donde, según se les había dicho, cada uno de los pisos era una casa de
-bajo estipendio. Llamaron, a la ventura, a una puerta. Entreabriose la
-mirilla; les preguntaron, quién; luego se oyeron gritos en el interior:
-<i>Casianaaa... Opulencia...</i> Pero no abrían. Dos duros que Grajal
-introdujo por la mirilla forzaron las puertas del antro. Oficiaba
-de portera una criatura indefinible y lamentable; la cabellera era
-femenina, y el rostro varonil, hirsuto; para hallarle los ojos era
-menester una larga investigación; el cuerpo, raquítico; chato el pecho.
-Esta inquietante criatura condujo a los visitantes a una alcoba amplia,
-en donde había una cama matrimonial de blanca madera curva, algunas
-sillas y un lavabo. Poco después, la dueña hizo su aparición; era
-gorda, vieja y sucia.</p>
-
-<p>—¿Qué hueso se os ha roto por aquí? —preguntó con voz insolente y
-gesto desconfiado.</p>
-
-<p>—Pues, ya ves —respondió Angelón—. Venimos a hacer una visita a tu
-palacio. Enséñanos las niñas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_340">p. 340</span>—Están haciendo la
-calle.</p>
-
-<p>—Pues que traigan champaña —ordenó Artaza.</p>
-
-<p>—Mal rayo te parta. ¿Quieres quedarte conmigo?</p>
-
-<p>Artaza puso un billete de cinco duros en manos de la mujer, la cual
-se domesticó al instante.</p>
-
-<p>—Opulencia, trae sidra y cerveza. ¿Queréis cerveza? Y sal a la
-calle, que vengan las niñas.</p>
-
-<p>Cuando la llamada <i>Opulencia</i>, que era la criatura indefinible,
-salió, Travesedo, obedeciendo a los requerimientos de su carácter
-inquisitivo, preguntó por qué habían apodado así a aquella mujer. La
-dueña lo explicó. Opulencia, al parecer, aunque no en tanto grado como
-la Socorrito, era también dicharachera y sentenciosa. Aquel cuerpo
-ambiguo y encanijado encerraba una gran dosis de sabiduría práctica,
-que brotaba acuñado en forma proverbial. Su sentencia favorita era:
-«Donde no hay opulencia no hay meneo», y de aquí le venía el remoquete.
-Volvió Opulencia con la bebida, y en aquel punto a Grajal le acometió
-el capricho de verla desnuda.</p>
-
-<p>—¿Quieres desnudarte delante de nosotros? —preguntó Grajal.</p>
-
-<p>—¿Desnudarme? —exclamó Opulencia, manifestando a flor de piel sus
-ojillos tenaces de insecto venenoso.</p>
-
-<p>—Sí, desnudarte. Tres pesetas te doy.</p>
-
-<p>—¿Desnudarme? —repitió Opulencia, esforzándose en darse por enterada
-de la proposición.</p>
-
-<p>—Tendrá miedo que lo sepa su novio —observó la dueña.</p>
-
-<p>—¿Su novio? —preguntó Rosina maravillada.</p>
-
-<p>—Sí, mi novio, mi querido, mi cabrito si quieres —se apresuró
-a decir Opulencia con los brazos en jarras. Su expresión era
-perfectamente zoológica. Era absurdo suponer que detrás de aquel rostro
-se escondiese un espíritu humano.</p>
-
-<p>—¿Qué edad tienes? —preguntó Alberto.</p>
-
-<p>—Veinte —respondió la dueña.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_341">p. 341</span></p>
-
-<p>Verónica no pudo menos de exclamar:</p>
-
-<p>—Eso pal gato.</p>
-
-<p>—Sí, veinte, veinte, veinte —afirmó Opulencia, subiendo la voz.</p>
-
-<p>—¿Sabes contar? —preguntó Alberto.</p>
-
-<p>—¿Contar qué?</p>
-
-<p>—Contar números.</p>
-
-<p>—No, pero tengo veinte.</p>
-
-<p>—Bueno, a lo mío; dos duros te doy, ¿quieres desnudarte?</p>
-
-<p>Opulencia consultaba con los ojos a la dueña. Decidiose con impulso
-repentino.</p>
-
-<p>—¡Qué Dios! Dos machacantes son dos machacantes. Donde no hay
-opulencia no hay meneo.</p>
-
-<p>Allí mismo y con presteza quedó desnuda. Iba desprendiéndose de sus
-fementidas prendas indumentarias, que caían a tierra, formando un cerco
-alrededor de sus pies; la falda, la enagua de tela escocesa, y otras
-vestiduras más interiores, de un blanco arqueológico, con reliquias de
-la historia sexual de Opulencia. Al propio tiempo, la atmósfera íntima
-de aquel desdichado cuerpo se expandía en el aire a manera de husmillo
-bascoso difícil de soportar con entereza. Cuando se quedó desnuda, sin
-otros atavíos que unas medias color lagarto, sujetas con bramantes a
-guisa de ligas, y unas botas destaconadas, Opulencia saltó por encima
-del cerco que las ropas ponían a sus pies y se mostró, con inconsciente
-impudicicia, a la admiración de los circunstantes. Veíasele el
-esqueleto, malamente tapado por la parda pelleja, pegada al hueso.
-Sus senos eran flácidos por modo increíble, cónicos y negruzcos, como
-coladores de café. De la coyuntura de los muslos le brotaba una madeja
-capilar, abundosa y salediza, como el extremo de un rabo de buey.
-Parecía la creación macabra de uno de aquellos pintores medioevales,
-atosigado por el terror de la muerte y del diablo. Angelón, Grajal y
-Artaza<span class="pagenum" id="Page_342">p. 342</span> le prodigaron
-requiebros sarcásticos que Opulencia admitía con estulta complacencia,
-y le indujeron a hacer actitudes escultóricas, a lo cual ella se prestó
-dócilmente. Grajal cogió un enorme gato capón que por allí andaba y se
-lo dio a Opulencia, diciendo:</p>
-
-<p>—Así; te lo pones así. Esta pierna más hacia atrás. Los ojos
-elevados al cielo. De órdago. Ahora eres Diana cazadora.</p>
-
-<p>—¡Basta! —suplicó Travesedo.</p>
-
-<p>—¡Basta, basta, por Dios! —añadió Verónica, con lágrimas en los
-ojos.</p>
-
-<p>—Como ustedes quieran. Puedes vestirte, Opulencia —habló Grajal.</p>
-
-<p>A medida que Opulencia se vestía iban surgiendo nuevas mujeres:
-<i>la Coral</i>, picada de viruelas y los ojos encenagados en el
-pus de una oftalmía purulenta; <i>la Leopolda</i>, segoviana, según
-dijo, joven y bonita; <i>la Araceli</i>, coja y con cara de foca;
-<i>la Aragonesa</i>, de pecho prominente, expresión abatida y la piel
-revestida de dura costra rojiza, como un dermatoesqueleto. Todas ellas
-ostentaban dolorosa estolidez, y apenas si se les descubría atisbos de
-racionalidad. Preguntaron a los hombres en qué cine o café cantaban,
-dando por sentado que eran cantadores o ventrílocuos, y a las mujeres
-en qué casa de trato estaban de pupilas.</p>
-
-<p>Oyose llorar a un niño: sus lamentos eran desesperados, lacerantes.
-<i>La Aragonesa</i> salió y volvió a poco, dando el biberón a una
-criatura de pocos meses, toda llagada, ciega. El niño resistíase a
-tomar el biberón y lloraba exasperadamente.</p>
-
-<p>—¿Es su hijo? —preguntó Verónica.</p>
-
-<p>—Sí. Tómalo, condenao, que ahora iremos a la botica —rezongó la
-madre, introduciendo a la fuerza el pezón de goma en la boca del
-niño.</p>
-
-<p>—¿Qué tiene? —preguntó Rosina.</p>
-
-<p>—Sífilis —respondió la madre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_343">p. 343</span></p>
-
-<p>—Entonces usted... —insinuó Verónica.</p>
-
-<p>—Yo no. ¿Qué t’has creído? La cogió la criatura, cuando yo estaba
-embarazada, de un cochino sifilítico que se ocupó conmigo. Pero yo
-estoy tan sana como tú. Oye, ninchi —añadió, volviéndose hacia Artaza—,
-dame dos pelas pa la medecina.</p>
-
-<p>Artaza se las dio.</p>
-
-<p>En aquel abyecto concurso de mujeres perdidas sin remisión
-destacaban con triste contraste el encanto esquivo de Márgara, el brío
-latente de Verónica y la bella serenidad de Rosina.</p>
-
-<p>Los visitantes salieron a la calle, después de haber dejado algún
-donativo metálico, y caminaron en silencio largo rato. Angelón fue el
-primero en decir:</p>
-
-<p>—Così va il mondo.</p>
-
-<p>—Y nosotros no lo hemos de arreglar, de modo que vamos a concluir la
-noche en la Bombilla —propuso Artaza.</p>
-
-<p>Teófilo tenía el alma arrebatada y el cerebro como dormido. Toda la
-pasión que sentía por Rosina se señoreaba de él más tiránicamente que
-nunca. Afectaba desdeñosa frialdad y perfecta indiferencia; pero el
-corazón se le quebraba por momentos y perdía el dominio de sí mismo.
-Pensó marcharse, pero le faltó la fuerza de voluntad.</p>
-
-<p>Rosina, de su parte, daba por seguro que la frialdad y desdén de
-Teófilo eran reales y no contrahechos. Esta convicción, fundiéndose con
-las sensaciones depresivas experimentadas durante la noche, le desolaba
-el pecho, provocándole deseos de llorar, que acallaba con una alegría
-sobrepuesta, ficticia y extremosa. Como quiera que Artaza gustaba no
-poco de Rosina y venía persiguiéndola desde hacía algún tiempo, ella
-determinó simular que le correspondía con creces y dar a entender a
-Teófilo que si él no se cuidaba de ella, ella se cuidaba menos de
-él. Y así acogió con muestras de exagerado contento la pro<span
-class="pagenum" id="Page_344">p. 344</span>posición de Artaza, y habló,
-colgándosele con zalamería del brazo:</p>
-
-<p>—Eres un hombre, Felipín. A la Bombilla, y bailaremos tú y yo, muy
-ceñiditos, una polquita de organillo.</p>
-
-<p>En el resto de la pandilla se disimulaban otros antagonismos que
-amenazaban estallar por la virtud expansiva del vino. Eran estos entre
-Angelón y Travesedo, cortejadores de Verónica, y entre Grajal y Guzmán,
-encendidos en deseos por Márgara.</p>
-
-<p>Fueron todos en dos coches a la Bombilla y se apearon en casa de
-Juan. Era tarde, y coyuntura muy sazonada para cenar. Pidieron la
-cena en un gabinete reservado del entresuelo, que daba al patio. La
-comida fue copiosa y suculenta, caudalosamente irrigada por diferentes
-clases de vinos. Entre plato y plato salían a veces, por parejas, a
-bailar al son del organillo. Los antagonismos ocultos se exacerbaban
-con movimiento progresivamente acelerado. El primero que conflagró fue
-el de Angelón y Travesedo, que se vinieron a las manos con iracundo
-denuedo. Costó Dios y ayuda destrabarlos. Al final de la lucha,
-Travesedo había perdido el sentido de la vista, con la destrucción de
-sus lentes, y sangraba por las narices; Angelón tenía un ojo medio
-pocho y sangraba por una oreja. Entre Grajal, Artaza, Guzmán y Verónica
-consiguieron apaciguarlos y hasta que se dieran las manos, echando
-pelillos a la mar. Luego, los dos combatientes, seguidos, por si acaso,
-de Artaza, Guzmán y Verónica, subieron a una habitación a mitigar las
-lesiones, lavarse y componer los desperfectos del traje. Se fueron
-tranquilizando, y gracias a los buenos oficios de Verónica depusieron
-su ofuscación y solicitaron dispensa por el escándalo y susto que
-habían ocasionado. Pasaba el tiempo y Guzmán, que no las tenía todas
-consigo a causa de la pertinaz ausencia de Márgara y Grajal, salió
-de la estancia y descendió al gabinete del piso bajo. El ga<span
-class="pagenum" id="Page_345">p. 345</span>binete estaba vacío. Guzmán
-salió y curioseó en otros gabinetes vecinos. En uno de ellos encontró
-a Grajal y Márgara sobre una <i>chaise longue</i>, luchando jadeantes
-a brazo partido. Por el desorden de las ropas y otros indicios, Guzmán
-vino a entender que algún hecho grave se había consumado. Grajal se
-puso en pie, así que vio aparecer a Guzmán, arregló y colocó en su
-punto algunas partes de su vestido, se alisó los cabellos con las
-manos, y salió del aposento sonriendo y haciendo guiños a Guzmán. Este
-cerró la puerta por dentro y fue a sentarse al lado de Márgara, la cual
-se dejó caer sobre él, llorando. Guzmán la estrechó entre sus brazos,
-le besó la frente, los ojos, la boca, dura y fresca.</p>
-
-<p>Cuando salieron del gabinete era de día. Al cobijo de una glorieta
-de amortiguado verde polvoroso estaban Artaza, Grajal, Angelón,
-Travesedo y Verónica, tomando sopas de ajo con huevos. Recibieron a
-Guzmán y Márgara con chanzas picantes.</p>
-
-<p>—¿Y Rosina y Teófilo? —preguntó Guzmán, sin darse por enterado de
-las malicias.</p>
-
-<p>—Nos la han dado con queso —respondió Angelón.</p>
-
-<p>—Es la zorra más zorra que ha parido madre —decretó Artaza—. Toda la
-noche dándome coba y al menor descuido, pum, se las guilla con el poeta
-lilial.</p>
-
-<p>—Pero, ¿cuándo ha sido?</p>
-
-<p>—¿Cuándo? Cuando estábamos arriba acabildando a estos gaznápiros,
-que tienen la culpa de todo. Se les va el vino en seguida a la bola
-—habló Artaza, con enojada mueca—. Vosotros, al fin, no habéis perdido
-la noche. Tomad sopas de ajo, o, como dice el poeta lilial en su drama,
-<i>tomar</i> sopas de ajo. Recoime con los poetas, que ni hablar saben.
-Vamos hijos, meteos por las sopas de ajo, que no hay nada como eso
-después de una juerga.</p>
-
-<p>A las siete de la mañana terminaba aquella refección matutinal.
-Grajal, Artaza, Angelón, Travesedo<span class="pagenum"
-id="Page_346">p. 346</span> y Verónica volvieron juntos en un coche a
-Madrid.</p>
-
-<p>En quedándose a solas, Guzmán preguntó a Márgara:</p>
-
-<p>—¿Qué quieres hacer? ¿Te quieres quedar en Madrid o volver a tu
-pueblo?</p>
-
-<p>—A mi pueblo en seguida— respondió Márgara.</p>
-
-<p>—En seguida. Dentro de poco sale un tren. Vamos andando, que la
-estación está cerca.</p>
-
-<p>Salieron a la carretera y comenzaron a andar hacia la estación del
-Norte. Oíase el agrio bramido de cornetas marciales y el tecleteo de
-algún miserable piano de manubrio. El sol, a rebalgas sobre los altos
-de la Moncloa, ponía un puyazo de lumbre cruel en los enjutos lomos
-de la urbe madrileña, de cuyo flanco se vertía como un hilo de sangre
-pobre y corrupta el río Manzanares. Un tren silbó. En el andén de la
-estación estaban sor Cruz y sor Sacramento.</p>
-
-<p>—Esas monjitas son amigas mías. ¿Quieres hacer el viaje con ellas?
-—dijo Alberto.</p>
-
-<p>—¿Adónde? —inquirió Márgara, con ojos ariscos.</p>
-
-<p>—Ellas van a Pilares.</p>
-
-<p>—Bueno.</p>
-
-<p>—Toma este dinero.</p>
-
-<p>—No lo necesito.</p>
-
-<p>—Sí; lo necesitas para comer en el viaje.</p>
-
-<p>Márgara lo aceptó sin dar las gracias.</p>
-
-<p>Sor Cruz y sor Sacramento recibieron a Márgara con franca
-afabilidad. Alberto ayudó a las tres mujeres a acomodarse en un
-departamento de tercera y aguardó hasta que el tren partiera.</p>
-
-<p>Dos meses después, Antonia recibía una carta de su amiga sor
-Sacramento, en la cual había un párrafo que rezaba: «Dile al señor de
-Guzmán que aquella muchacha que nos recomendó en el tren se vino con
-nosotras directamente al convento, como recogida. Dentro de muy poco
-profesará. Su piedad es ejemplar, y en esta casa la consideramos como
-un ángel más que como una mujer.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_347">p. 347</span></p>
- <h2 class="nobreak g1">PARTE V</h2>
- <p class="subh2">ORMUZD y AHRIMÁN</p>
- <div class="caja mt2">
- <p><span xml:lang="grc" lang="grc">Οἵη περ φύλλων γενεὴ τοίη δὲ καὶ ἀνδρῶν.</span></p>
- <p class="firma"><span class="smcap">Homero.</span></p>
- </div>
- <h3>I</h3>
-</div>
-
-<p>—Largo de ahí, glotona, egoísta, que todo te lo comes tú —Verónica
-palmoteó por ahuyentar una gallina extraordinariamente corpulenta y
-voraz que entre una muchedumbre de otras aves de corral, a quienes
-Verónica en aquellos momentos cebaba arrojándoles puñados de maíz,
-ejercitaba escandalosa hegemonía, y cuándo por el terror y en fuerza
-de picotazos, cuándo por diligencia, se embuchaba la mayor parte de la
-comida.</p>
-
-<p>Era el paraje mezcla de patio y de jardín, a espaldas de una
-casuca de fisonomía aldeana, con corredor en el único piso que sobre
-el entresuelo tenía. Entre los barrotes del corredor enredábase un
-viejo parral sin fruto, a cuya sombra y en mangas de camisa Alberto
-escribía. Cerraban el huertecillo de una parte la casuca, de otras dos,
-perpendiculares a ella, sendos muros, no muy altos, medianeros con
-los<span class="pagenum" id="Page_348">p. 348</span> huertos de las
-casas vecinas, y completando el rectángulo, una verja de hierro pintado
-de verde claro, que caía sobre el mar, porque casa y huerto estaban
-asentados en peña viva del acantilado de la costa, como todas las casas
-del pueblo, llamado Celorio. Desde el huerto se salía al mar por una
-escalerilla de piedra, adonde podían atracar lanchas estando alta la
-marea, y estando baja proporcionaba excelente baño para quienes no
-supieran nadar.</p>
-
-<p>Prosiguió Verónica:</p>
-
-<p>—Esta mal educada de doña Baldomera no deja vivir a las demás, como
-si no fueran hijas de Dios. Se están quedando en los huesos y se me van
-a morir tísicas. Yo creo que lo mejor es venderla.</p>
-
-<p>—O comérnosla.</p>
-
-<p>—Eso no. ¿Tendrías valor para comerte ese animalito que primero has
-visto vivo? A todo esto no te dejo trabajar; perdona, hijo, y continúa
-con tus papelorios. Procuraré estarme callada, y eso que, al menos para
-mí, es punto menos que imposible hacer un nudo en la lengua. Mira que
-he cambiado desde que tú me has conocido hasta ahora: en todo, menos en
-hablar por los codos. Bueno, he dicho.</p>
-
-<p>Alberto se aplicó a corregir las pruebas de la primera parte de una
-novela que estaba escribiendo. Verónica, encarnando momentáneamente la
-personalidad de la diosa Temis, se esforzaba en poner algún orden en
-aquel pequeño mundo gallináceo que ella regía, y en distribuir bienes
-y satisfacer necesidades conforme a las puras normas de la justicia
-distributiva. Hastiose muy pronto de asumir tan alta misión y vino a
-donde Alberto escribía.</p>
-
-<p>—Por hoy tienes que aguantarme y mandar al cuerno el trabajo.
-Quiero hablar contigo y no tengo asadura para que se me pudran dentro
-del cuerpo ciertas cosillas que me andan escarbando hace ya muchos
-días.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_349">p. 349</span>—Veamos qué es lo
-que te escarba. Renuncio a trabajar y te escucho.</p>
-
-<p>—No, aquí no. Esos tienen cerradas las maderas, pero a lo mejor
-están despiertos ya y nos oyen. Vamos de paseo hasta el Cabo de la
-Muerte; por las peñas, si te parece, y de paso cogemos cangrejos, lapas
-y bígaros. Y eso que lo que te voy a decir es muy serio y no tendré
-humor para tales pequeñeces.</p>
-
-<p>—Andando.</p>
-
-<p>Salieron a la calle, llegaron hasta la iglesia, que era el último
-edificio del pueblo, y siguieron en despoblado, orillando el mar por
-encima de quebrados peñascos brunos.</p>
-
-<p>—¿A ti no te parece que Rosina está enamorada de Fernando? —habló
-Verónica, mirando al suelo como si buscase lugar seguro donde colocar
-la planta.</p>
-
-<p>—Sin duda.</p>
-
-<p>—A pesar de que ella dice que lo aborrece. ¿Qué dices?</p>
-
-<p>—Ya te he dicho que para mí está enamorada de Fernando.</p>
-
-<p>—Entonces, ¿por qué engaña a este pobre Teófilo? Habla, di algo,
-hombre.</p>
-
-<p>—Engañar... Explícate mejor.</p>
-
-<p>—Que Teófilo no le importa un comino, que se ríe de él, que lo tiene
-como un pito para entretenerse y burlarse, que todas las zalemas y
-mimos que le hace son fingidos, que es una mala mujer.</p>
-
-<p>—No te acalores.</p>
-
-<p>—No lo puedo remediar. Dime qué piensas tú, si es que te merezco
-confianza.</p>
-
-<p>—Creo que te equivocas.</p>
-
-<p>—¿Que me equivoco? ¿Pretendes darme a entender que Rosina quiere a
-Teófilo?</p>
-
-<p>—Tal creo.</p>
-
-<p>—¿Y al otro también?</p>
-
-<p>—También. De distinta manera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_350">p. 350</span>—¿Estás de guasa?
-¿Qué, se puede querer a dos personas a un tiempo: lo que se dice
-querer? Vamos. No sabes lo que te dices. Se quiere a una, a una sola. Y
-si dices lo contrario es porque no sabes lo que es cariño. ¿Qué digo a
-un tiempo? En toda la vida, me oyes, en toda la vida no se quiere sino
-a una sola persona. Y hasta sospecho que la mayor parte de la gente no
-quiere a ninguna.</p>
-
-<p>Se sentaron en la coyuntura de un alto peñascal, poblada de sombra
-húmeda, verdiclara y sonora. Alberto miró atentamente a Verónica y
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Es eso todo lo que tenías que decirme?</p>
-
-<p>—¿Por qué me miras así, Alberto? ¿Qué es lo que te figuras?</p>
-
-<p>—En último término son cosas de ellos y a los demás ni nos va ni nos
-viene.</p>
-
-<p>—Tú no puedes sentir eso que dices. Teófilo es tu amigo. En
-ocasiones me parecéis hermanos. ¿Crees que Teófilo es feliz?</p>
-
-<p>—Teófilo no puede ser nunca feliz.</p>
-
-<p>—Calla, calla.</p>
-
-<p>—Y ahora está siendo todo lo feliz que puede ser.</p>
-
-<p>—No sabes lo que dices, ¿me oyes? Con todos tus libros y tu ciencia,
-yo, una mujer ignorante, te digo que no sabes lo que dices. Además, ¿no
-te has dado cuenta de que esa mujer está matando a Teófilo? ¿No ves que
-está enfermo, aun cuando él no lo note o lo disimule, y que empeora día
-por día?</p>
-
-<p>—Sí. Por eso digo que es todo lo feliz que puede ser.</p>
-
-<p>—¿Te has vuelto loco?</p>
-
-<p>Tomaron la vuelta de la casa en silencio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_351">p. 351</span></p>
- <h3>II</h3>
-</div>
-
-<p>No bien hubieron reanudado sus relaciones, después de aquella juerga
-en la Bombilla, Teófilo había dicho a Rosina:</p>
-
-<p>—Antes de continuar adelante es preciso que sepamos lo que vamos
-a hacer. Separarme de ti me costaría la vida, estoy seguro; pero no
-vacilo en renunciar a la vida antes que doblegarme a ser amante tuyo
-a medias. De la primera vez a ahora las circunstancias han cambiado.
-Tengo dinero; podremos vivir de mi trabajo. ¿Renuncias a todo, a todo
-y a todos por mí? De lo contrario te juro que no volverás a verme,
-costare lo que costare.</p>
-
-<p>Rosina se había resistido a dar una respuesta categórica,
-evadiéndose por la puerta falsa de las zalamerías y ambiguas frases
-apasionadas que a nada comprometían; pero Teófilo se había mantenido
-en la cuestión concreta, y a la postre ella hubo de prometer cuanto él
-quiso, aunque sin ningún ánimo de cumplirlo y solo por el placer de
-guardar prisionero aquel peregrino amador el mayor tiempo posible.</p>
-
-<p>Rosina, con esa fecunda aptitud femenina para la ficción, que a
-veces llega a convertirse en autosugestión, había presentado a Teófilo
-como empresa punto menos que irrealizable la ruptura con Fernando.
-«Odio a Fernando —aseguraba Rosina, justificando ante su conciencia la
-magnitud de esta falsedad con el gozo resplandeciente que a Teófilo
-causaba el oírla—, lo odio porque es un tirano y un explotador. De
-aquí vienen todas las dificultades para romper de sopetón con él,
-porque él ha sido siempre quien arregló y firmó mis contratos, quien
-cobró mis nóminas y quien administró mi dinero. Cuanto he ganado en
-el<span class="pagenum" id="Page_352">p. 352</span> último invierno,
-que no es poco, está a nombre de él. Si yo ahora le dijese, <i>se acabó
-todo</i>, no te quepa duda que se quedaba, y tan fresco, con todas mis
-ganancias.» A esto Teófilo había respondido que más valía acabar cuanto
-antes, aun cuando Fernando defraudase malamente aquel dinero. Pero
-Rosina lloriqueaba, calificando de cruel a Teófilo que se emperraba en
-que ella había de mandar a paseo lo que tan honradamente había ganado.
-«Y sobre todo —añadió— que ese capitalito, más que mío, es de mi niña,
-y a eso nada tienes que decir.» En efecto, Teófilo nada tuvo que decir
-a esto.</p>
-
-<p>A principios de junio, Rosina retornó a París, con propósitos, a
-lo que Teófilo creía, de arreglar sus asuntos con Fernando, darle la
-licencia absoluta y volver a los brazos del poeta para no salir ya
-nunca de ellos. Volvió al cabo de un mes, como había prometido, y en
-extremo desolada, porque Fernando se había negado a darle cuentas del
-dinero, y, por lo que atañe a la ruptura, había jurado matarla el día
-que le abandonase. «Ten paciencia, Teófilo —había suplicado Rosina—. Lo
-mejor es que vayamos a pasar el verano en mi tierra, junto al mar. Que
-corra el tiempo, y allí, con toda calma, resolveremos lo que convenga
-hacer.»</p>
-
-<p>Cuanto Rosina había referido acerca de su estancia en París y sus
-tentativas de ruptura con Fernando era una fábula. Habían vivido, como
-siempre, unos días de ardorosa pasión, mutuamente participada. Luego,
-Rosina habíale insinuado a Fernando que deseaba pasar el verano en
-Asturias, con la niña, a lo cual Fernando accedió, si bien él no podía
-acompañarla (cosa que de antemano sabía Rosina), por tener varios
-contratos sucesivos en las playas del Norte de Francia.</p>
-
-<p>Como Fernando estaba enamorado de veras y era algo celoso, Rosina
-temía que por sorpresa se presen<span class="pagenum" id="Page_353">p.
-353</span>tase en Asturias. Solo de pensar en semejante contingencia
-se empavorecía. Pero, muy precavida y avispada, acudió en un instante
-con el remedio, y fue llevarse a Verónica consigo, de manera que
-si Fernando surgía de improviso, Teófilo pasase por amante de
-la bailarina. Llamó, pues, a Verónica, y por medio de hábiles
-circunloquios le descubrió su intención. Verónica no respondió por el
-pronto, sino que quiso antes aconsejarse de Alberto, en cuyo afecto y
-discreción fiaba.</p>
-
-<p>—Chiquillo, estoy como si me hubieran dado un mamporro en la
-nuca —dijo Verónica a Guzmán, y a seguida refirió su entrevista con
-Rosina. Añadió—: Por estas que me costó mucho trabajo contenerme en un
-principio. Mira tú que es desfachatez proponerme a mí que vaya, así,
-sin más ni más, a tenerles la vela un santo verano. Pero luego lo pensé
-mejor, y me dije: ¿Por qué no? Figúrate que viene el tal Fernandito y
-los encuentra solos; nada, que se carga a Teófilo, no te quepa duda.
-No lo quiero ni pensar. Pero niño, yo sola no voy: es mucho gorro para
-mí sola. Pues se me ha ocurrido lo siguiente: que te vengas tú con
-nosotros, y somos cuatro. No, no me digas que no, porque si no vienes
-de tu motu propio te arrastro por las orejas.</p>
-
-<p>—¿Qué pretendes? ¡Con claridad! ¿Diente por diente y gorro por
-gorro? ¿Ellos nos lo ponen y nosotros se lo ponemos?</p>
-
-<p>—A ver si te doy una guantada. ¿Lo dices en serio? Yo creí que
-me mirabas solo como una amiga, más que como una amiga, como un
-amigo. Ya sabes que me he cortado la coleta, y contigo menos que con
-ninguno. De manera que si quieres ayudarme a aguantar el gorro, con
-la condición expresa, ¿te enteras?, de que no me has de decir ni una
-palabra de aquello, por ningún concepto, ni una palabra; en este caso,
-digo, me acompañas. Si no, te puedes ir al gua<span class="pagenum"
-id="Page_354">p. 354</span>no, y buen desengaño me llevo, que siempre
-te tuve por un buen amigo.</p>
-
-<p>—Arreglado. Te acompañaré, Verónica, y respetaré tu poda capilar. Yo
-he sido siempre muy respetuoso con todos los tonsurados.</p>
-
-<p>—Entonces, ¿qué? ¿La condición no es de tu gusto? ¿No quieres
-venir?</p>
-
-<p>—Te he dicho que sí, Verónica.</p>
-
-<p>—Es que como te habías disparado con esas chanfainas tuyas que ni el
-diablo las entiende...</p>
-
-<p>—Aludía a que te habías cortado la coleta, acto que yo respeto.</p>
-
-<p>—Eres un barbián. Choca acá esos cinco.</p>
-
-<p>—Y tú eres la mujer más salada y encantadora que he conocido. Ahí
-van los cinco.</p>
-
-<p>Cuando Travesedo, por boca de Guzmán, se informó del proyectado
-viaje, permaneció unos minutos perplejo, y, en recobrándose, aborrascó
-las cejas, se mesó las barbas con mal reprimido despecho, y procurando
-emitir una voz patética, adusta y recriminatoria, dijo:</p>
-
-<p>—Nunca lo hubiera creído de ti. Te consideraba amigo leal. No puedes
-escudarte en la ignorancia de mi afecto y más que afecto por Verónica,
-porque en hartas ocasiones hemos hablado acerca del asunto.</p>
-
-<p>Guzmán explicó la condición que Verónica le había impuesto, a la
-cual él se había sometido gustoso.</p>
-
-<p>—Entonces —repuso Travesedo—, ¿por qué no ha venido Verónica a
-solicitarme a mí? Yo me hubiera sometido también.</p>
-
-<p>—¿Por qué? Por eso precisamente, creo yo. Porque tú piensas que
-te someterías, lo piensas ahora, pero más tarde... siempre al lado
-de ella... ¿No dices que te gusta demasiado? Ya sabes, se ha cortado
-la coleta; y cuando una mujer se corta la coleta no sé que vendan en
-ninguna parte el petróleo Gal que la haga renacer.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_355">p. 355</span>—Quizás solo en la
-Vicaría —concluyó Travesedo, después de pensarlo un rato.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5_3">
- <h3>III</h3>
-</div>
-
-<p>Para cualquier observador superficial la casuca de Celorio, en donde
-moraban Rosina, Verónica, Teófilo y Guzmán, era la casa del presente;
-esto es, la casa de la dicha, ya que es opinión casi unánimemente
-recibida que la felicidad no es fantasma de esperanza o recuerdo,
-afán de lo porvenir o fruición de lo fenecido, sino goce del instante
-actual, en cierta manera eterno, porque en él se absorben las nociones
-de pasado y futuro; en suma, el <i>carpe diem</i> horaciano. Los cuatro
-moradores de la casuca se ingeniaban como podían en extraer a los días
-sucesivos la mayor cantidad posible de sustancia de presente. Verónica
-y Guzmán, por la virtud de cierto matiz de su carácter, que pudiera
-denominarse clásico, vivían casi siempre y sin esfuerzo abandonados
-al presente; carecían de ambiciones y, por lo tanto, sus deseos, más
-que deseos, eran tendencias o mansas energías enderezadas a un fin y
-reforzadas por un sentimiento latente a modo de sorda certidumbre de
-que habían de realizarse. Por el contrario, para Rosina y Teófilo la
-concentración en el presente era propósito de la voluntad, ceguera
-preconcebida y miedo del mañana misterioso. Aquéllos no temían perder
-nada; estos sufrían la zozobra de perderlo todo, o, por mejor decir, en
-el hondón más íntimo del espíritu mantenían amordazada la conciencia de
-ser efímera y engañosa aquella felicidad que se hacían la ilusión de
-estar gozando. De ahí que en la alegría de Rosina y Teófilo hubiera en
-todo punto algo de estridente y acre.</p>
-
-<p>Pero lo cierto es que la casuca de Celorio estaba saturada de
-continuo de chácharas, risas y cánticos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_356">p. 356</span>Teófilo había
-venido al pueblo con la determinación de aprovechar el verano para
-<i>cargarse otro drama</i>, como él decía. Pasaba el tiempo, sin
-embargo, y Teófilo no hacía nada. La sequedad de sus facultades
-creadoras y el torpor de su estro tan ágil y desenfadado en otro
-tiempo, eran alarmantes y le traían acongojado. Confiose a Alberto,
-rogándole que le proporcionase algún remedio.</p>
-
-<p>—No sé cómo te arreglas —habló Teófilo—. Trabajas todos los días
-cinco o seis horas con regularidad, tú que siempre has sido tan vago.
-No veo que pongas especial ahinco, sino que parece que escribes por
-distraer el tiempo; pero tu obra cunde maravillosamente. Dime, ¿qué
-debo hacer yo?</p>
-
-<p>—Yo qué sé, Teófilo. La mayor parte de las cosas en la vida son
-independientes del albedrío humano. Me pides consejos... Soy enemigo
-de las frases genéricas y vanas. ¿Qué quieres que te aconseje? Que te
-adoctrines en la simplicidad de la naturaleza... Que escuches el rumor
-de árboles y ondas hablándose entre sí, sin decirse retruécanos, como
-hacemos los hombres... Es todo lo que puedo decirte, y esto como ves,
-no tiene ningún valor. Aguarda. Si ahora te sientes incapaz para urdir
-un argumento o hilvanar cuatro versos, piensa que esa esterilidad es
-pasajera, y que a todos los artistas les ocurre lo propio a temporadas.
-Aguarda. En medio de todo no es raro que te sientas inútil para el
-arte, cuando el amor te tiene acaparado por completo.</p>
-
-<p>—Así es. Acaparado por completo —repitió Teófilo, esbozando una
-sonrisa de candoroso orgullo—. Se cree vulgarmente que el amor estimula
-el ejercicio de las artes, y muy particularmente el de la poesía. Ahora
-veo que no. Al contrario, le anula a uno. Pero es un anulamiento tan
-placentero... ¿Que ahora no puedo escribir? No importa; aguardaré.
-Tienes razón. La vida es anterior y superior al arte. Yo ahora
-vivo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_357">p. 357</span>—Sí; vivir es
-sentir la vida, es tener sensaciones fuertes, como dice Stendhal.</p>
-
-<p>—Me gusta la cita. Se me figura como si toda mi vida anterior
-no hubiera sido sino preparación espiritual para sentir en toda su
-magnitud las sensaciones presentes. Tener sensaciones fuertes... eso
-es todo, sí, señor. Pero para resistir las sensaciones fuertes no
-vendría mal tener un cuerpo fuerte, robusto. ¿No crees que me estoy
-desmejorando bastante? —Teófilo pretendió en balde sonreir. Sus ojos
-traicionaban escondido anhelo.</p>
-
-<p>—Un poco, es natural.</p>
-
-<p>—No me preocupa. Una vez que se amortigüen un tanto estos primeros
-ímpetus, cuando volvamos a Madrid, cuyo clima me sienta muy bien, me
-repondré en muy pocos días.</p>
-
-<p>A fines de agosto, cierta noche, a la hora de la cena, Guzmán
-dijo:</p>
-
-<p>—Amigos míos; pongo en vuestro conocimiento, que he terminado mi
-novela.</p>
-
-<p>—«Hurra», «bravo», «choquemos las copas», «tienes que leérnosla», y
-otras palabras de este tono, fueron las precipitadas respuestas de los
-tres amigos.</p>
-
-<p>—Gracias, amado pueblo. Ahora os participo que mañana salgo para
-Madrid. No pongáis esa cara, que la cosa no es para tanto. Os abandono
-con dolor, pero no puedo quedarme. Quiero que la novela salga a fines
-de septiembre, y he de estar en Madrid en tanto se imprime. ¿Cuándo
-pensáis marchar vosotros?</p>
-
-<p>—Yo, por mi gusto, me quedaría aquí toda mi vida, ¿verdad, Teófilo?
-—y contempló al poeta con mimosidad—. Por lo pronto, no tengo contratos
-hasta el mes de noviembre, de modo que podemos quedar aquí todo el mes
-de octubre. Y tú, no digas, si te da la gana te puedes quedar también.
-O, si es tan necesario que corrijas esas pruebas, puedes volver después
-de publicado el libro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_358">p. 358</span>—No, porque
-precisamente en el mes de octubre se casa Amparito, la hija de Antonia.
-Aún no está señalado el día. Yo soy uno de los testigos. Antonia no me
-perdonaría que faltase.</p>
-
-<p>—Pues hijo, te portas como hay Dios —dijo Verónica, desabridamente—.
-Tú vas a lo tuyo y a los demás que nos parta un rayo. Has concluido tu
-librito, pues, agur, y ahí queda eso. <i>Eso</i> es una cesta que pesa
-varios quintales. De órdago, hijo, para llevarla yo sola.</p>
-
-<p>—Ven a Madrid conmigo.</p>
-
-<p>—Estoy por marcharme también.</p>
-
-<p>—Eso será si te dejo yo. Pues no faltaba más —habló Rosina—. Seremos
-muy formalitos y no te molestaremos lo más mínimo, ¿eh, Teófilo? Y tú
-—dirigiéndose a Alberto—, sinvergonzón, no sabes lo que te pierdes,
-porque ahora saldremos todas las tardes en lancha a pescar panchos,
-y en cuanto entren las mareas vivas nos vamos a dar cada atracón de
-percebes...</p>
-
-<p>—¡Quédate! —rogó Teófilo con gran amargura en la voz.</p>
-
-<p>—No me es posible.</p>
-
-<p>Al día siguiente, en el momento de despedirse, Teófilo dijo
-confidencialmente a Alberto:</p>
-
-<p>—Mientras has estado aquí apenas si me daba cuenta de tu compañía.
-Ahora que te vas, tengo no sé qué tristes presentimientos. Miedo, sí,
-miedo.</p>
-
-<p>—¿De qué o a qué?</p>
-
-<p>—No lo sé yo mismo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5_4">
- <h3>IV</h3>
-</div>
-
-<p>Amparito se casó en la primera decena de octubre. La boda fue en
-la parroquia de San Martín. Día solemne en la casa de huéspedes, aun
-cuando el hecho<span class="pagenum" id="Page_359">p. 359</span> de
-ser invitados solo Travesedo y Guzmán originó no poca contrariedad a
-los preteridos. En honor al acto, a las ocho de la mañana, hora en
-que la novia abandonó la casa materna, todos los huéspedes estaban en
-pie. Por unanimidad se decretó que Amparito estaba preciosa. Lolita,
-llorando como una Magdalena, aunque no de arrepentimiento, precipitose
-a abrazar y besar a Amparito, despertando con su tumultuosa cordialidad
-la indignación moral de Travesedo y la ira indumentaria de Antonia,
-que veía chafarse entre los brazos de la cortesana los albos arreos
-nupciales y las cándidas flores de azahar.</p>
-
-<p>Luisito Zugasti, que así se llamaba el novio de Amparito, ofreció a
-los asistentes a su boda un almuerzo en el <i>Ideal Room</i>. Aparte
-de Travesedo, Guzmán y el cura que había sacramentado el desposorio,
-el resto de los invitados eran ingenieros de minas, como Zugasti,
-compañeros de promoción en la escuela: todos ellos hombres curtidos
-por la vida activa al aire libre, modestos en el vestir, sobrios en
-el comer, alegres con alguna rudeza, afables con toda simplicidad, y,
-aunque ya maduros y entrecanos, el sentido que de la vida tenían era
-muchachil, llano y placentero. Prolongose la sobremesa largo tiempo, y
-desde el restorán fueron todos a despedir a los recién casados.</p>
-
-<p>Volvieron de la estación solos y a pie Travesedo y Guzmán.</p>
-
-<p>—Son felices; serán felices —exclamó Travesedo, aludiendo al
-flamante matrimonio.</p>
-
-<p>—Son felices; serán felices —hizo eco Guzmán.</p>
-
-<p>—He aquí el único ideal en la vida: casarse; tener muchos hijos,
-educarlos bien; vivir tan apartado del mundo como se pueda; no hacer
-mal a nadie y morir respetado por todos los conocidos. ¡Hermosa tarde!
-La vida es bella, la vida es buena. Tiene razón Leibniz, vivimos en el
-mejor de los mundos posibles.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_360">p. 360</span>Y los dos amigos se
-lanzaron en líricas disquisiciones acerca de la bondad y la belleza de
-la vida.</p>
-
-<p>En llegando a casa, salióles a abrir la ventruda Blanca.</p>
-
-<p>—Don Alberto, ahí en su cuarto hay un judío que ha venido
-preguntando por usted hace dos horas.</p>
-
-<p>—¿Un judío?</p>
-
-<p>—O un protestante. Él no habla palabra de cristiano y ni Dios le
-entiende lo que dice.</p>
-
-<p>Alberto entró en su cuarto, en donde estaba aguardándole el
-corresponsal de un diario alemán, Herr Heinemann, con el cual, así como
-con su amante, Guzmán sostenía relaciones amistosas desde hacía unos
-meses.</p>
-
-<p>Heinemann revelaba gran agitación.</p>
-
-<p>—Tengo que hablarle de asuntos muy importantes. No se ofenda usted
-si le digo que los españoles que conozco me parecen poco personas y no
-me merecen ninguna confianza. Usted es el único con quien me atrevo a
-consultar lo que me ocurre —dijo en francés.</p>
-
-<p>«El sablazo se cierne sobre mi sesera», pensó Guzmán. Dijo en voz
-alta:</p>
-
-<p>—Muchas gracias. Siéntese, y si en algo puedo servirle.</p>
-
-<p>—En algo... ¡En todo! ¡Sálveme usted!</p>
-
-<p>Entonces Heinemann refirió que su amante estaba encinta de cuatro
-meses; que tanto él como ella habían resuelto provocar el aborto, y que
-no conociendo en Madrid a nadie en cuya discreción pudiera fiar, acudía
-a Guzmán para que este le indicase algún médico o comadrona que se
-prestase a ello.</p>
-
-<p>—¿Y cómo quiere usted que yo sepa nada de eso? —murmuró Guzmán.</p>
-
-<p>—Puede usted informarse. Desde luego, ya suponía yo que no iba
-a estar usted enterado; pero a usted le es más fácil enterarse. Es
-necesario. Nora dice que de lo contrario se suicida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_361">p. 361</span>—¿Sabe Nora que la
-operación es peligrosa y puede costarle la vida?</p>
-
-<p>—Lo sabe. Estamos decididos.</p>
-
-<p>—Dispénseme si me atrevo a hacerle alguna consideración de índole
-moral.</p>
-
-<p>—Lo que usted quiera.</p>
-
-<p>—Pudiera ser excusable que Nora arriesgase su vida voluntariamente.
-Pero aquí no se trata de eso, sino de destruir otra vida. En suma...</p>
-
-<p>—¿De un crimen, quiere usted decir?</p>
-
-<p>—No quiero decir un crimen, pero sí algo semejante.</p>
-
-<p>—Yo, por el contrario, creo realizar un nobilísimo acto moral. Si
-a usted, antes de nacer, le hubieran dado a elegir entre la vida o
-la nada, ¿qué hubiera usted elegido? —Heinemann ponía y quitaba el
-monóculo a cada dos palabras, con obstinación de monomaníaco. Sus
-ojos eran grises y taciturnos; su rostro, en absoluto huérfano de
-expresión. Guzmán callaba. Prosiguió Heinemann—: ¿Qué hubiera elegido
-usted? La vida es mala, la vida es fea, la vida es dolorosa. La vida
-es una contradicción radical que nunca se resuelve. Vivir es sufrir.
-Engendrar a un ser es condenarlo a la muerte y, lo que es peor, al
-sufrimiento.</p>
-
-<p>Oscurecía. Los dos hombres estaban en un ángulo sombrío del
-aposento. Heinemann se exaltaba, desarrollando una vasta teoría
-pesimista acerca de la vida. Guzmán le interrumpió.</p>
-
-<p>—Todo eso que usted dice es materia opinable; pero el caso concreto
-es que yo no conozco a ningún médico o comadrona...</p>
-
-<p>—¡Sálveme usted! —suplicó Heinemann, tomando entre las suyas
-entrambas manos de Guzmán.</p>
-
-<p>—¿Qué puedo hacer yo? Además, no logro entender por qué les alarma
-tanto a ustedes tener un hijo.</p>
-
-<p>—Si usted se enterase de ciertos antecedentes e interioridades que
-no puedo revelar, lo entendería,<span class="pagenum" id="Page_362">p.
-362</span> aparte de las razones de principio, convicción de
-conciencia, de que ya he hablado. ¡Sálveme! Usted tiene amigos; entre
-ellos es seguro que alguno sabrá lo que necesitamos saber.</p>
-
-<p>En esto Guzmán recordó haberle oído contar a Travesedo la historia
-de los abortos de la Íñigo, con la relación circunstanciada de las
-personas que habían intervenido y ayudado en ellos. Acercose a la
-puerta y gritó:</p>
-
-<p>—¡Eduardo!...</p>
-
-<p>Llegó Travesedo. Guzmán lo presentó a Heinemann, y a seguida le
-repitió lo que Heinemann pretendía.</p>
-
-<p>—Pero eso es un crimen —comentó Travesedo, sin poder contenerse.</p>
-
-<p>—Si antes de nacer —replicó secamente el alemán— le hubieran dado a
-usted a elegir entre la vida o la nada, ¿qué hubiera usted elegido?</p>
-
-<p>Hubo una pausa.</p>
-
-<p>—La nada —respondió Travesedo, con energía.</p>
-
-<p>Adensábanse las sombras dentro de la estancia. Los tres hombres,
-por movimiento instintivo, acercáronse al balcón. La noche caía sobre
-Madrid, aplastando contra los tejados al día, ya caduco, cárdeno y
-macilento, congestionado en sus últimos esfuerzos por sostener en los
-hombros aquella masa sideral de tinieblas.</p>
-
-<p>—Yo amo a los niños —bisbiseó Travesedo, con acento de confesión—.
-Yo siento una gran ternura por los niños. Yo no puedo ver un niño sin
-conmoverme, como en la iniciación de un misterio. Yo no puedo ver un
-niño sin pensar: ¿Será, andando el tiempo, un Sócrates, un Dante, un
-Goethe? —Hizo una pausa—. ¿No le parece a usted, Herr Heinemann, que en
-casos como el presente esta misma consideración tiene gran fuerza?</p>
-
-<p>—O esta otra —repuso el taciturno Heinemann—. ¿Será un tirano, un
-ladrón, un traidor, un asesino?<span class="pagenum" id="Page_363">p.
-363</span> Pero, sobre todo, genio o degenerado, grande hombre ú hombre
-miserable, será ineludiblemente una criatura sujeta al mal metafísico,
-al físico y al moral; será una criatura imperfecta, atormentada por
-el dolor de pensar, acosada por la pasión, tentada por el delito,
-perseguida por la enfermedad y la vejez y vencida a la postre por la
-muerte. El mundo es malo; la vida es mala y fea y no vale la pena de
-ser vivida.</p>
-
-<p>Otra pausa. Las puertas de la noche se habían cerrado sobre el
-cielo, dejando apenas una estría de luz rojiza a ras de tierra.</p>
-
-<p>Travesedo encendió la luz eléctrica, sacó del bolsillo una tarjeta
-de visita y la respaldó con lápiz.</p>
-
-<p>—Aquí tiene usted una tarjeta de presentación para la Íñigo. Yo me
-lavo las manos. Usted se entenderá con ella.</p>
-
-<p>Heinemann se despidió, dando las gracias y sacudiendo con
-reciedumbre la mano de Travesedo y de Guzmán. En quedando a solas,
-Travesedo apagó la luz y salió a sentarse al balcón. Guzmán estaba en
-pie, apoyado en el barandal. Después de largo silencio, Travesedo habló
-como consigo mismo:</p>
-
-<p>—La vida es mala. No hay otro remedio que el suicidio cósmico que
-aconseja Hartmann.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5_5">
- <h3>V</h3>
-</div>
-
-<p>A los dos días de casarse Amparito recibiose un telegrama en casa de
-Antonia. Era de Verónica. Decía así: «Tren correo llegamos Teófilo y
-yo. Teófilo mal.»</p>
-
-<p>Travesedo y Guzmán descendieron a la estación a esperar a los
-viajeros.</p>
-
-<p>Al detenerse el tren, Verónica asomó por una ventanilla e hizo señas
-a Travesedo y Guzmán. Venía desencajada, descolorida, como después de
-haber pa<span class="pagenum" id="Page_364">p. 364</span>sado una mala
-noche. No bien se acercaron los dos amigos, Verónica, sin saludar, dijo
-impaciente:</p>
-
-<p>—Suban a ayudarme. No se puede mover. Está muy malito.</p>
-
-<p>Teófilo estaba tendido a lo largo de un diván. Su lividez era tanta
-que semejaba transparecer una amarilla luz interna, la cual, al asomar
-en el negro vidrio de los ojos, emitía angustiados reflejos.</p>
-
-<p>—¡Me muero, me muero, me muero! —sollozó Teófilo. Cortole la palabra
-un acceso de tos.</p>
-
-<p>—Sí, está muy malito. Pero no tanto. Es un cobardón.
-Parece mentira... —y se volvió a mirar a Teófilo, con sonrisa
-reconfortante.</p>
-
-<p>—Me muero. Escupo sangre. Me muero en seguida. Avisad a mi madre.</p>
-
-<p>—Quizás no sea nada grave. ¿No habéis visto a ningún médico en
-Celorio? —preguntó Travesedo.</p>
-
-<p>—No ha querido él. Se empeñó en venir a Madrid a escape.</p>
-
-<p>Con infinitos cuidados y no poca dificultad trasladaron a Teófilo a
-la casa de huéspedes. Se telegrafió a doña Juanita y Travesedo salió a
-buscar a un médico joven y talentoso, amigo suyo.</p>
-
-<p>El médico, después de examinar, auscultar y percutir a Teófilo, en
-un aparte que tuvo con Travesedo y Guzmán, declaró:</p>
-
-<p>—No sé lo que tiene. El cuadro sintomático es dudoso. Lo mismo puede
-ser pulmonía que fiebre tifoidea. A la tarde volveré, a ver si se han
-especificado los síntomas.</p>
-
-<p>—En todo caso, la enfermedad es grave —sugirió Travesedo.</p>
-
-<p>—Muy grave. Otra cosa. Es necesario mudar a Pajares de habitación.
-La que tiene carece de condiciones de capacidad y de ventilación.</p>
-
-<p>Recorrieron las diferentes estancias de la casa, hasta la de
-Lolita, quien estaba aún en el lecho, con San<span class="pagenum"
-id="Page_365">p. 365</span> Antonio, rodeado de flores, en la mesa de
-noche, prueba concluyente de que el santo miraba a Lolita con singular
-predilección por aquellos días.</p>
-
-<p>El médico eligió la habitación de Lolita como la más amplia y a
-propósito para el caso. Lolita, abnegadamente, se la cedió al poeta,
-con todos los muebles y ropas.</p>
-
-<p>Verónica se instaló en casa de Antonia; no quería apartarse
-del enfermo, y este, de su parte, no admitía otra enfermera que
-Verónica.</p>
-
-<p>Alberto inquirió cerca de Verónica los orígenes del mal.</p>
-
-<p>—Pues verás, hijo mío —explicó Verónica—. Hace cosa de ocho días,
-Rosina recibió una carta de Fernando, en la cual él le decía que iba
-de un momento a otro a Arenales. Ya sabes que Arenales es el pueblo
-de Rosina. Fernando creía que ella estaba pasando el verano allí. Si
-supieras el lío que se traía con eso de las cartas... para no descubrir
-el pastel. Bueno; con la última carta el cielo se le cayó encima. Vino
-a decírmelo a mí, con mucho misterio, y quería que yo, con cualquier
-pretexto, me trajera a Teófilo a Madrid. ¡Qué pretexto ni qué ocho
-cuartos! Pues va ella, y un día a la mesa, como un escopetazo, le
-dice a Teófilo que todo tiene que concluir, porque llegaba Fernando.
-El infeliz Teófilo se quedó talmente como un cadáver. ¡Daba compasión
-verlo! Tanto, que hasta esa perra se compadeció, y se fue a él
-haciéndole cucamonas e hipocresías, y «no te apures, bobín, que es para
-unos días», y aquello de «yo no quiero a nadie más que a ti», y lo de
-siempre. ¡Qué hiena sin entrañas! A todo esto Teófilo no dijo esta
-boca es mía; pálido, pálido como un muerto, y un aire tan orgulloso,
-tan noble... Al día siguiente se nos fue la pájara. En todo el día
-Teófilo no salió del cuarto. Yo no entré porque respetaba su tristeza,
-¡a ver qué iba a hacer yo! Pero, ya por la<span class="pagenum"
-id="Page_366">p. 366</span> noche, viendo que no daba señales de sí, le
-llamé desde la puerta. Él contestaba, pero eran cosas sin sentido. Tomé
-entonces un quinqué; entré en el cuarto... ¡Virgen de Guadalupe! Todas
-las almohadas llenas de sangre; Teófilo como un desenterrado, delirando
-y como si se ahogase. Le toqué la frente; era un horno. Cuando volvió
-en sus sentidos, lo primero que dijo fue: «Vámonos a Madrid, a escape.»
-Yo quise llamar al médico del pueblo; él se puso furioso; me entró
-miedo, y así nos vinimos a Madrid; yo, temiendo que se me muriese en el
-viaje, porque le entraban a veces unos ahogos que partía el alma verlo.
-Está muy malito, como veis; pero me da el corazón que cura.</p>
-
-<p>A la tarde, el médico añadió una nueva y más fatídica presunción a
-su diagnóstico.</p>
-
-<p>—Sospecho que se trata de un caso de granulia —dijo.</p>
-
-<p>—¿Qué es granulia? ¿Alguna erupción? —inquirió Travesedo.</p>
-
-<p>—Tuberculosis virulenta, fulminante. Una antigua tuberculosis
-latente que de pronto se agudiza, estalla y se propaga a toda
-la sangre. ¿Ustedes recuerdan si solía toser o tener fiebres
-frecuentes?</p>
-
-<p>—Él siempre tuvo la aprensión de estar tísico —habló Guzmán.</p>
-
-<p>—Si fuera granulia, como presumo —continuó el médico—, conviene que
-ustedes se precavan del contagio.</p>
-
-<p>—Y si fuera granulia —preguntó Travesedo—, ¿el caso es
-desesperado?</p>
-
-<p>—Desesperado. Cosa de diez, quince, veinte días. Pajares se
-encuentra muy débil.</p>
-
-<p>—¿Sin remedio?</p>
-
-<p>—Sin remedio.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, muy temprano, el médico vino nuevamente, y
-sentenció que la enfermedad era granulia y que no había salvación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_367">p. 367</span>—¿No será lo mejor
-llevarlo a El Pardo? —consultó Travesedo.</p>
-
-<p>—¿Para qué? —interrogó a su vez, con amargura, el médico—. Por el
-contrario, no debe moverse. Que esté en cama o en una butaca, como
-más a gusto se encuentre; pero que no se mueva. Repito que anden con
-cuidado con el contagio.</p>
-
-<p>Aquí dio prolijas instrucciones acerca del modo de defenderse del
-contagio. Concluyó:</p>
-
-<p>—Por supuesto, después de terminado todo, que por desgracia
-terminará antes de lo que se piensa, es preciso destruir los muebles,
-ropas, etc. que han estado en contacto con el enfermo y desinfectar la
-habitación. Es una tuberculosis virulentísima.</p>
-
-<p>Cuando Lolita supo que su ajuar estaba condenado fatalmente a la
-destrucción, exclamó con ánimo heroico:</p>
-
-<p>—¡Anda y que se lo lleve er mengue! Eso y too lo que tengo daría yo
-porque er probesiyo tuviera salú. Y eso que no le debo ninguna finesa,
-porque cuidao que era eriso pa tratá a la gente. ¡Dios lo perdone!</p>
-
-<p>Aquella misma mañana llegó doña Juanita. Todos temían que el
-encuentro entre madre e hijo trajera consigo escenas lamentables y la
-subsiguiente agravación de la enfermedad. Estaba Teófilo sentado en
-una butaca, detrás de los vidrios del balcón. Doña Juanita, con mucha
-entereza, se acercó a besarle la frente. Teófilo elevó hacia su madre
-los ojos, con ternura infantil y suplicante:</p>
-
-<p>—Madre, me muero.</p>
-
-<p>—Eso será si yo lo consiento. Pues estaría bueno que yo te dejara
-morir; yo, una vieja que de nada sirve en el mundo, y tú, un mozo que
-tiene muchos años y mucha felicidad por delante. Conque, ya lo has
-oído: no consiento que se hable de cosas tristes.</p>
-
-<p>—Madre, creí que usted no vendría.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_368">p. 368</span>—¿Que no vendría?
-Cállate, pillo; ¿por qué no iba a venir?</p>
-
-<p>—Creí que no vendría, madre. Ya sabe usted por qué.</p>
-
-<p>—Estos mozuelos —replicó doña Juanita, esforzándose en dar un tono
-descuidado a sus locuciones por esperanzar al hijo—, estos mozuelos tan
-sabidores y poetas, que presumen de conocerlo todo y se les enfrían las
-migas de la mano a la boca. Calla, aturdido; ya sé a qué te refieres;
-pero no sabes de la misa la media. Ya te explicaré, ya te explicaré
-—y a pesar suyo su voz temblaba con oscilaciones dubitativas, como
-caminando a oscuras entre los dédalos de la vida y de la muerte.</p>
-
-<p>Verónica, de enfermera todo el tiempo que duró aquel morbo ávido que
-consumía a Teófilo hora por hora, condújose con abnegación, solicitud
-y blandura tales, que a todos tenían admirados y movieron a doña
-Juanita al más amante y maternal reconocimiento. No se avenía Verónica
-fácilmente a que Teófilo muriese. Confiaba en el milagro. Como prestaba
-absoluta fe al oráculo de Hermes Trimegisto, entre ella y Lolita, con
-mucha discreción, consultaron por dos veces el libro de los augurios,
-en la pregunta: «¿Sanará el enfermo?» La primera vez respondió la
-palabra revelada: «El enfermo puede sanar, pero bueno es estar
-preparado para lo peor.» La segunda: «Los dolores con que es afligido
-el enfermo terminarán muy pronto.»</p>
-
-<p>—Nos hemos quedao como estábamos, a la luna de Valensia y sin saber
-a qué carta quedarnos —dijo Lolita.</p>
-
-<p>Pero Verónica tuvo la corazonada de que aquellas respuestas
-anfibológicas anunciaban la muerte de Teófilo.</p>
-
-<p>Una tarde estaban a solas el poeta y la bailarina. Verónica,
-sentada en una sillita baja, no lejos del<span class="pagenum"
-id="Page_369">p. 369</span> enfermo. Teófilo, hundido en un butacón,
-con los ojos entornados.</p>
-
-<p>—¿Sabe que dentro de ocho días es la apertura del teatro y comienzo
-a bailar de nuevo? —habló Verónica.</p>
-
-<p>—¿Y te vas a marchar? —bisbiseó Teófilo.</p>
-
-<p>—Marcharme... vamos. Pues solo faltaba eso. No sé si aceptar el
-contrato. En todo caso iría tres horitas al teatro, por la noche, y
-luego vuelta aquí, si usted me necesita.</p>
-
-<p>—Sí, sí.</p>
-
-<p>—¿Le molesta que hable? ¿Le duele la cabeza?</p>
-
-<p>—Sí; pero no me molesta que hables. Al contrario.</p>
-
-<p>—¿Quiere un poco de agua azucarada?</p>
-
-<p>—Sí; me abrasa la boca.</p>
-
-<p>Verónica acudió con el vaso de agua y lo acercó a los labios de
-Teófilo.</p>
-
-<p>—Gracias, Verónica. Bendita seas.</p>
-
-<p>—Calle, no diga. Si no vale la pena...</p>
-
-<p>Teófilo envió una mirada ardiente y escrutadora al rostro de
-Verónica, la cual, por huirla y disimular su turbación, se retiró con
-el vaso.</p>
-
-<p>—Acércate a mí, Verónica —suplicó Teófilo—. Tengo que hacerte una
-revelación.</p>
-
-<p>—Ya ha oído al médico, que no le conviene a usted hablar. Estese
-quietecito y haga por dormir y no pensar en nada. Yo hablaré, si le
-entretiene, muy bajito para que no le empeore el dolor de cabeza
-—Verónica no sabía lo que decía.</p>
-
-<p>—Acércate.</p>
-
-<p>—¿Qué me quiere?</p>
-
-<p>—Si yo me hubiera enamorado de ti en lugar de la otra... Si yo
-me hubiera enamorado de ti... —interrumpiose para toser. Respiró
-afanosamente y continuó—: Pero es ya tarde. No tengo derecho a saber;
-pero quiero saber. Tú... ¿me hubieras querido?</p>
-
-<p>Verónica no acertó a responder. Respondieron por<span
-class="pagenum" id="Page_370">p. 370</span> ella las lágrimas que
-asomaron a sus ojos, las cuales Teófilo parecía querer secar con el
-fuego de los suyos.</p>
-
-<p>—¡Verónica! ¡Verónica!</p>
-
-<p>Verónica había caído acurrucada a los pies de la butaca, y Teófilo
-le pasaba la mano sobre la abatida cabeza de bravos y abundosos
-cabellos negros. Hubo un largo silencio.</p>
-
-<p>—Yo también te quiero a ti, Verónica.</p>
-
-<p>Verónica, con la cara oculta entre la manta que cubría las piernas
-de Teófilo, murmuró:</p>
-
-<p>—Usted no puede dejar de querer a la otra.</p>
-
-<p>—No digas eso. Aquello no era amor. Si volviera a estar sano quizás
-cayera de nuevo y a pesar de todo en el mismo desorden y locura. Pero
-ahora soy un alma sin cuerpo, en los umbrales de la eternidad, y veo
-claro, veo claro, veo claro. Te quiero, Verónica, te quiero.</p>
-
-<p>Verónica estrechaba la mano de Teófilo y apoyaba en ella la mejilla,
-sin atreverse a besarla. A poco penetró en el aposento doña Juanita, y
-más tarde Guzmán y también Macías, el actor, el cual, a una distancia
-prudencial, por temor al contagio, estudiaba la expresión del enfermo,
-la deformación de sus facciones, sus gestos, ademanes e inflexiones de
-voz, por si llegaba el caso de representar en escena algún moribundo
-de granulia, que todo podía ocurrir. Luego se iba a su cuarto y hacía
-sinnúmero de muecas ante el espejo, repapilándose de antemano con el
-éxito que había de tener el día que se muriese en escena con arte tan
-concienzudo, tomado del natural. Como más adecuado observatorio Macías
-solía apostarse en los ángulos sombríos; aparte de que por nada del
-mundo se hubiera colocado en las estrías y haces luminosos que pasaban
-de claro la estancia, con sus infinitas partículas de polvo danzante,
-que no eran otra cosa que visibles microbios voladores, en opi<span
-class="pagenum" id="Page_371">p. 371</span>nión de Macías. Después de
-cinco minutos de tácitos estudios, Macías salió a grabar bien en la
-memoria la aprendida lección.</p>
-
-<p>Aquella misma tarde la obesa Blanca entregó una carta a Guzmán.</p>
-
-<p>—¿Quién te escribe? —curioseó Teófilo, que había caído en un
-infantilismo dulce y mimoso al perder la salud.</p>
-
-<p>—Voy a ver. Arsenio Bériz.</p>
-
-<p>Teófilo, volviéndose hacia su madre, refirió quién era Bériz, y
-cómo, huyendo de Madrid, había encontrado la felicidad.</p>
-
-<p>Guzmán leyó para sí: «Dos palabras, querido Guzmán; dos palabras
-de hiel. Necesito desahogar con alguno. Perdona que te haya elegido a
-ti. Seis meses de casado... ¿Tú sabes lo que son seis meses de casado?
-Y vendiendo abanicos. He pensado en el suicidio. En serio, Alberto.
-No vayas a creer que mi mujer es mala. ¡Quia! Todo lo contrario. No
-puede ser mejor, más afectuosa, más empalagosa quiero decir. Y ahora se
-encuentra en estado. ¡Vaya por Dios! Dirás, ¿por qué el suicidio? Por
-tedio. Esto no es vivir. Constantemente, con tenacidad de alucinación,
-me persiguen los recuerdos de aquellos años de vida madrileña. Una
-temporadilla, muy corta por cierto, se me había embotado la memoria
-por efecto del incentivo carnal —llámalo amor, si quieres— que me
-inspiraba mi Petrilla. Acabose aquello, y aquí estoy yo, como Prometeo,
-encadenado a la roca conyugal, sin dar pie ni mano, y los buitres
-insaciables del hastío, de la concupiscencia, del ansia de vivir, de
-todas las pasiones nobles, en suma, desgarrándome la tripa. Comprendo
-a Heliogábalo, comprendo a César Borgia, comprendo a todos los que han
-experimentado la sed de lo extraordinario y el desprecio de este bajo
-animal que llamamos burgués; el tirano, el guerrero, el crapuloso,
-el libertino. Vivir es exacerbar la sen<span class="pagenum"
-id="Page_372">p. 372</span>sación de vivir y con ella el anhelo
-de vivir más. Estoy desesperado. ¡Madrid, mi Madrid fascinador y
-canallesco! Compadéceme, <i>Arsenio</i>.»</p>
-
-<p>Entretanto, Teófilo decía a doña Juanita:</p>
-
-<p>—¿Se acuerda usted, madre, de una carta que me escribió en que me
-rogaba: «Vente a Palacios; te casarás con tu prima Lucrecia. Qué vejez
-tan dichosa me deparabas si te decidieras a escucharme»? ¿Se acuerda
-usted? Fue en la misma carta en que usted me anunciaba que no me podía
-enviar la mensualidad porque se le habían marchado los huéspedes, hasta
-don Remigio, el canónigo; parece mentira —doña Juanita palideció—. Si
-le hubiera hecho a usted caso... A estas horas estaría ya casado y
-seríamos todos felices. Pero, no vaya usted a creer, madre; casado, y
-no con Lucrecia —contempló a Verónica con ojos vagos y diluidos, que no
-se sabía si estaban vueltos hacia el pasado o hacia el futuro; en todo
-caso hacia lo imposible—. Ese Bériz, ¡qué suerte la suya! Huyó a tiempo
-y se salvó. ¿Qué te dice, Alberto? Será venturoso; ha encontrado el
-paraíso en la tierra. ¿Qué te dice? Léeme la carta.</p>
-
-<p>—¿Para qué? Lo de la otra vez.</p>
-
-<p>—Sí, mejor es que no la leas. No le deseo mal, pero me hace sufrir
-el ver que yo, torpe y cobardemente, pude gozar también de lo mismo que
-otros gozan. Y tú, Alberto, ¿cuándo te casas?</p>
-
-<p>En esto entró Travesedo.</p>
-
-<p>—Nunca.</p>
-
-<p>—¿Y tu novia?</p>
-
-<p>—He roto con ella.</p>
-
-<p>—¿Cuándo?</p>
-
-<p>—Hace varios días.</p>
-
-<p>Oír esto Travesedo, tomar a Guzmán de un brazo y sacarlo fuera de la
-habitación, fue obra de un minuto.</p>
-
-<p>—¿Es cierto lo que has dicho?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_373">p. 373</span>—Sí.</p>
-
-<p>—¿Te has cansado de Fina?</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>—Entonces, ¿es cuestión de ideología?</p>
-
-<p>—Desde luego, y otras cosas largas de explicar.</p>
-
-<p>—Bueno, hombre; me haces gracia. En cambio yo te anuncio con toda
-solemnidad que me voy a casar. ¿Enarcas las cejas? Sí, hijo, sí. Me
-caso, y en seguida. Por amor y por ideología.</p>
-
-<p>—¿Cuándo?</p>
-
-<p>—No lo sé aún.</p>
-
-<p>—¿Con quién?</p>
-
-<p>—No lo puedes saber aún.</p>
-
-<p>Penetraron de nuevo en la habitación de Teófilo. Estaban todos
-sentados, sin hablar palabra.</p>
-
-<p>—¡Aquel día, aquel día!... —exclamó Teófilo con voz tenue y
-afligida.</p>
-
-<p>—¿Qué día, hijo mío? —preguntó doña Juanita.</p>
-
-<p>—El día que recibí aquella carta de usted, madre. ¡Aquel día! De
-aquel día vienen todos mis infortunios, por mi ceguedad y estupidez;
-de aquel día que debió ser el manantial de mi dicha. Aquel día te
-conocí, Verónica. Fue aquel el día de mi caída, y debió ser el de mi
-renacimiento. En aquel día cometí la acción más cobarde, vergonzosa,
-fea y miserable que puede cometer un hombre. Cerca estoy de la muerte;
-quiero entrar en ella libre de toda carga. Quiero confesarme.</p>
-
-<p>Doña Juanita, que andaba toda preocupada con el asunto de la
-confesión sin acertar cómo insinuárselo a Teófilo, vio ahora el cielo
-abierto.</p>
-
-<p>—¿Quieres confesarte, hijo?</p>
-
-<p>—Sí, en voz alta, ante todos ustedes, como los antiguos cristianos,
-para que me desprecien. Aquel día robé, sí, robé doscientas pesetas
-a Antón Tejero. Las robé, se las saqué del bolsillo. No merezco que
-nadie me mire a la cara, ya lo sé. Madre, que Alberto le diga las
-señas de ese señor Tejero y usted le resti<span class="pagenum"
-id="Page_374">p. 374</span>tuirá las doscientas pesetas. Ahora quedo
-tranquilo.</p>
-
-<p>Ninguno se atrevió a hablar. Teófilo respiraba aquel silencio
-piadoso e indulgente, como si con él recibiera la paz del espíritu.</p>
-
-<p>Doña Juanita, que hacía tiempo y con tácitas angustias ansiaba
-descargar su conciencia de la pesadumbre de un gran secreto pecaminoso,
-consideró que aquella era la mejor conyuntura. Hizo disimuladamente
-señas a los presentes de que se retirasen y quedó a solas con su
-hijo.</p>
-
-<p>—Hijo mío —comenzó a hablar con voz tenue y aplomada—, más grave que
-tu delito es el que yo voy a confesarte, del cual ya me confesé ante
-Dios y recibí su absolución de manos del sacerdote; pero, con venir del
-mismo Señor de cielos y tierra, no me considero absuelta ni redimida
-hasta tanto que tú me hayas perdonado. No creo que el tuyo haya sido
-delito sino falta, fea falta si se quiere de las muchas a que nos
-inclina la flaqueza de nuestra natura. Mi error fue más capital que el
-tuyo, y tan funesto que me amargó el corazón toda la vida de tal suerte
-que los remordimientos y sinsabores que me acarreó, si Dios en su
-infinita bondad y justicia me los toma en cuenta, me cancelarán muchos
-años de purgatorio. Por el amor que te tengo, hijo mío, te ruego que me
-escuches con benevolencia y, aunque no lo merezco, te atengas a aquella
-flaqueza humana de que antes he hablado y consideres la ceguera que
-el demonio pone a veces en nuestra carne mortal —doña Juanita estaba
-de espaldas a la luz. Sus palabras fluían en un curso sereno y claro.
-Teófilo escuchaba con recogimiento. Doña Juanita añadió concisa y
-netamente—: Tú no eres hijo de Hermógenes Pajares, sino de don Remigio
-Villapadierna.</p>
-
-<p>Una pausa. Doña Juanita hizo ademán de arrojarse a los pies de su
-hijo; este la detuvo con un movimiento del brazo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_375">p. 375</span>—No, Teófilo, no
-puedes entenderme hablándonos a esta distancia. Déjame tenerte tan
-junto a mí, tan pegado a mi cuerpo que mis sentimientos pasen de mi
-corazón al tuyo sin necesidad de palabras. Ni ¿qué palabras podrían
-expresar lo que yo siento? —doña Juanita se acercó a la butaca de su
-hijo y reclinando su cabeza junto a la del enfermo comenzó a murmurar
-en voz baja—: Hermógenes se casó conmigo con engaño y doblez. No me
-amaba, sino que pretendía solamente apoderarse de la corta hacienda que
-al matrimonio llevé. No bien nos hubimos casado, me abandonó. No quiero
-decir que hubiera huído de mi lado, no. Ante los ojos de la gente era
-un marido como otro cualquiera. Pero, en la intimidad de nuestra casa,
-era despegado, de todo punto indiferente, duro y hasta cruel a veces.
-Vivíamos en el pueblo. Él administraba mis bienes, y tan pronto como
-recibía el importe de las pequeñas rentas marchábase a Valladolid a
-gastárselo Dios sabe cómo. Yo, y bien lo sabes tú, que en eso eres
-como yo, siempre he tenido un alma muy tierna y sensible: yo he
-querido bien a todo el mundo, y el desamor ajeno siempre me ha dolido
-sobremanera. Imagina, pues, lo que me haría sufrir el desamor del
-propio marido. ¿Qué iba a hacer yo? Busqué consuelos en la religión.
-Era por entonces don Remigio coadjutor del pueblo y yo su hija de
-confesión; yo le juzgaba noble, caritativo, afectuoso. Y así fue cómo,
-paso a paso, sin echar de ver uno ni otro que nos perdíamos, caímos en
-el pecado. Naciste tú —doña Juanita guardó silencio y continuó al cabo
-de unos minutos—: Durante los primeros años de tu infancia don Remigio
-parecía amarte hasta no más y de doble modo, como padre en la carne y
-padre espiritual, pues le preocupaba grandemente formarte el espíritu
-e instruirte en las cosas del saber, que él siempre fue persona
-muy leída. Viéndole tan solícito de tu bien,<span class="pagenum"
-id="Page_376">p. 376</span> el ardor de mis remordimientos se mitigaba
-un tanto. Más tarde, por empeño de mi marido, pasamos a Valladolid
-con la fonda. La vida de Pajares fue tal que no había dinero que
-le bastase. Hubimos de trocar lo que era fonda en humilde casa de
-huéspedes, a tiempo que Pajares era llamado por Dios a juicio y moría
-lleno de arrepentimiento. ¡Dios le haya perdonado! Por aquel tiempo
-don Remigio vino con una parroquia a Valladolid y se hospedó en mi
-casa. Tú ya eras mayorcito, y entonces es cuando él te enseñaba latín
-y a hacer versos. Lo odiabas ya entonces y eso que no podías saber
-nada ni era fácil que lo sospechases, porque a su vuelta a Valladolid,
-si bien parecía conservarte algún afecto, a mí, que había envejecido
-bastante, me trataba con menosprecio. ¡Solo Dios sabe lo que yo hube de
-padecer! —nueva pausa de Doña Juanita—. Años y más años, muchos años,
-hijo mío, me consideraba a mí misma tan malvada que en lugar de desear
-tu perdón solo apetecía tu maldición, por recibir con ella esa triste
-paz que dan las penas justamente recibidas. Por eso, aquella noche que
-me maldijiste, hijo mío, yo, desde el fondo de mis entrañas te estaba
-bendiciendo y loando a Dios porque había enviado, después de muchos
-años, un rayo de luz a mi alma. Sin lo ocurrido aquella noche, nunca,
-nunca me hubiera atrevido a revelarte este secreto ni a solicitar, con
-lágrimas en los ojos, tu perdón.</p>
-
-<p>En efecto, en este punto, doña Juanita comenzó a derramar abundoso y
-sosegado llanto, que se esparcía sobre la frente de Teófilo, aliviando
-el fuego de su calentura.</p>
-
-<p>—Todo eso lo sabía yo, madre, antes de que usted me lo confesara,
-y le había perdonado a usted, la había perdonado con toda mi alma. No
-llore, madre. Sí, llore, madre, que sus lágrimas me refrescan la frente
-y el alma.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_377">p. 377</span>—¿Que tú sabías?...
-—Dijo doña Juanita, incorporándose.</p>
-
-<p>—Venga más cerca de mí, madre, que yo la sienta pegada a mí. Así.
-No sabía las circunstancias que usted me ha referido; pero he sentido
-siempre en lo más hondo y arcano de mi ser la certidumbre de que yo
-había sido engendrado por una mala sangre en una sangre generosa.
-Siempre ha habido en mí dos naturalezas: una torpe y vil, simuladora y
-vana, otra sincera y leal, entusiasta y dadivosa. Usted madre, me ha
-dado todo lo que tenía: porque todo lo bueno que hubo en mí usted me lo
-transfundió al darme la vida. ¿No la he de perdonar? Lo malo y ruin me
-viene de aquel hombre, que al engañarla a usted me perdió a mí. Madre,
-béseme.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5_6">
- <h3>VI</h3>
- <div class="caja mt2">
- <p class="ml34"><span xml:lang="it" lang="it">Chi sará sará.</span></p>
- <p class="firma"><span class="smcap">Divisa heráldica.</span></p>
- </div>
-</div>
-
-<p>La muerte de Teófilo acaeció precisamente el mismo día en que Rosina
-llegó de Arenales a Madrid, de paso para París, y en que se inauguraba
-el Coliseo Real, teatrito en donde estaba contratada Verónica. Los
-cuatro últimos días de su enfermedad los había pasado en constante
-delirio, cortado aquí y acullá por breves intervalos lúcidos. En uno
-de estos quiso hablar en secreto a Guzmán, y con trabajosa voz le
-suplicó:</p>
-
-<p>—Tan pronto como se presente ocasión, vete a ver a Rosina. Le
-dirás que la perdono sin reservas. Ha hecho bien, ha hecho bien;
-Fernando es la fuerza y la vida; yo era un fantasma de ficciones y
-falsedades,<span class="pagenum" id="Page_378">p. 378</span> una
-criatura sin existencia real. Que ha hecho bien y que la perdono.</p>
-
-<p>En otros intervalos lúcidos recibió los Sacramentos de la Penitencia
-y de la Eucaristía, con gran contentamiento, si en ello cabe alguno, de
-doña Juanita, y no floja contrariedad de Travesedo, que atribuía esta
-gran claudicación final a enfeblecimiento del raciocinio, originado
-por la fiebre alta. Recibió también el último Sacramento de la
-Extremaunción y murió, según la expresión de Lolita, «como un luseriyo
-de Dios que se apaga».</p>
-
-<p>Teófilo murió a las tres de la tarde. El dolor de su madre, así como
-el de Verónica, fue silencioso y adusto. Por el contrario, Lolita se
-creyó en el caso de aullar y gimotear como si le apretasen las botas, y
-costó gran trabajo reducirla al simple lagrimeo sin musicalidad.</p>
-
-<p>Apenas muerto Teófilo, Verónica se aplicó a hacer su equipaje y
-abandonar la casa.</p>
-
-<p>Hacia las seis de la tarde, Guzmán recibió una carta de Rosina:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«<i>Querido Alberto: Estamos aquí Fernando y yo por unas
- horas. Mañana, en el rápido de las nueve, nos marchamos a París.
- Tendremos mucho gusto en que nos acompañes hoy a comer, a las ocho y
- media.</i>—<span class="smcap">Rosina.</span>»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Alberto se encontraba en ese estado de vacuo estupor que produce la
-visión de la muerte, dentro del cual, ideas y sensaciones se diluyen
-saturando el espíritu, como sal en el agua. Se había acostado vestido y
-dejaba pasar el tiempo sin pensar en nada concreto.</p>
-
-<p>No así Travesedo, que atravesaba en aquellos instantes un período
-crítico de su vida. Presentose, ya oscurecido, en la alcoba de Guzmán;
-encendió la luz y se plantó al borde del lecho, con fruncido entrecejo
-y ejecutando rabiosas manipulaciones capilares en la lóbrega barba.</p>
-
-<p>—Ya no me caso —declaró con voz macilenta. Y<span class="pagenum"
-id="Page_379">p. 379</span> como Guzmán no respondiese, prosiguió—:
-Mi elegida era Verónica. Ella sabe hace tiempo que la quiero; pero
-no podía sospechar que la quería como mujer propia, ni siquiera yo
-lo había pensado, hasta que con motivo de esta enfermedad del pobre
-Teófilo se me reveló no como una mujer, sino como lo que es, como
-un ángel capaz de hacer feliz a cualquiera. Reconocerás que en los
-últimos días esta extraña criatura alcanzó las más altas cumbres de
-la sublimidad. Reconocerás también que, aun concediendo todas estas
-perfecciones intrínsecas en Verónica, el acto de solicitarla por
-esposa, dados sus antecedentes, supone en el pretendiente cierta
-abnegación y un gran desprecio de la opinión pública. ¿Era verosímil
-suponer que Verónica rechazase a un hombre honrado e inteligente que
-le propone el matrimonio, y con él la dignidad y el olvido de su vida
-pasada? La inteligencia, el sano raciocinio, responden que no era
-verosímil esta hipótesis, sino que lo necesario, por racional, era
-que Verónica acogiese con llanto de agradecimiento a este hombre. Me
-parecía a mí que la ocasión más solemne y oportuna para dar el paso
-era hoy, día de la muerte del pobre Teófilo, de manera que el anillo
-que a Verónica le iba a ofrecer fuese como corona y reconocimiento de
-sus heroicas virtudes, aquilatadas estos últimos días. La tomo aparte.
-Le hablo todo conmovido, ¿qué quieres?, no lo he podido remediar. Ella
-llora y dice: «Don Eduardo, es usted muy bueno y no sé cómo demostrarle
-a usted lo mucho que le agradezco esto que usted hace. Pero es
-imposible.» En otra mujer cualquiera la palabra imposible no significa
-nada, y muchas veces todo lo contrario de su contenido gramatical.
-Pero yo creo conocer a Verónica. «¿Se trata quizás de escrúpulos de
-conciencia?», pregunté, y dijo que sí con la cabeza. «¿Acaso, añadí,
-por tu vida de otro tiempo?» Respondió que no con la cabeza, y los
-ojos muy abiertos y sorpren<span class="pagenum" id="Page_380">p.
-380</span>didos, como si yo hubiera dicho algo extraordinariamente
-absurdo. «¿No hay esperanza, entonces?», solicité a la desesperada.
-«No», replicó con hermosa decisión; me besó la mano y se fue a
-bailar.</p>
-
-<p>—¿Cómo a bailar?</p>
-
-<p>—Quiero decir, a su casa, de donde irá al teatro. Según me dijo,
-piensa bailar esta noche como si tal cosa. Es una mujer enigmática. Lo
-que me ha ocurrido es también enigmático. Tienes razón: nunca sabremos
-nada de nada.</p>
-
-<p>Guzmán no estaba de humor para comer en compañía de Fernando y
-Rosina. Se presentó en el hotel de sobremesa.</p>
-
-<p>Levantose a recibirlo Rosina, con graciosa alacridad, y le besó las
-mejillas.</p>
-
-<p>—¿Te acuerdas que un día te dije que no tendría inconveniente en
-besarte delante de Fernando? Ya ves. ¿A que él no tiene celos? ¿Tienes
-celos, Fernando?</p>
-
-<p>Fernando se había puesto en pie y sonreía con expresión abierta y
-tranquila. Tendió la mano a Guzmán.</p>
-
-<p>—Mucho gusto en saludarle, don Alberto. Siéntese usted.</p>
-
-<p>—Qué sentarse, alma boba... Tenemos que ir al teatro. Y tú vendrás
-con nosotros. Tenemos un palco. Veremos bailar a Verónica.</p>
-
-<p>Unificaba a Fernando y Rosina una a modo de atmósfera de espesa
-ventura que Guzmán no quiso turbar. Pensó: «No digo nada de la muerte
-de Teófilo. Que se marchen mañana sin saber nada, y que lo averigüen
-andando el tiempo como una de tantas noticias fútiles.»</p>
-
-<p>Se encaminaron al teatro.</p>
-
-<p>Había un público numeroso compuesto de familias de la clase baja y
-muchos escritores y pintores. Guzmán vio a Heinemann en una butaca;
-llevaba corbata negra. Sin explicarse por qué, Guzmán asoció<span
-class="pagenum" id="Page_381">p. 381</span> aquel trapo luctuoso a la
-entrevista que algunos días antes había celebrado con el periodista,
-dio por consumado el asesinato de Nora y sintió un escalofrío.</p>
-
-<p>Representábase una piececilla sentimental que enternecía al público
-hasta humedecerle los ojos.</p>
-
-<p>En el primer entreacto el público, volviéndose hacia el palco,
-ovacionó a Rosina, la cual, transformando el homenaje en sonrisas,
-brindábaselas a Fernando con caricioso rendimiento, como el árbol
-transforma los dones y sustancias de la tierra y el sol en fruto para
-regalo de los sentidos.</p>
-
-<p>Cuando la atención del público se hubo desviado del palco, Fernando
-habló:</p>
-
-<p>—¿Qué le parece a usted esta comedia, don Alberto? Yo no acabo de
-entender qué es lo que le emociona a esta gente. Sin duda es que no soy
-capaz de sentir esos conflictos caseros y esas bobadas familiares que
-parecen chismes de portera, porque nunca he tenido casa ni familia. A
-mí, con sinceridad, y usted perdone si digo una herejía, esta pieza me
-parece una estupidez y el público idiota o hipócrita. ¿Se ha fijado
-usted en la enorme cantidad de palabras que dicen todos los personajes
-y ninguna viene a cuento? ¡Cristo, qué tabarra! Puede que sea porque yo
-soy actor de cinematógrafo; pero yo creo a pie juntillas que el teatro
-hablado aburre a cualquiera. ¿A qué vienen todas esas gansadas que
-dicen los cómicos? ¿Qué finalidad persigue el autor? Si las emociones
-que son verdad se pueden comunicar sin abrir la boca... Nunca he
-visto, ni es posible que vea, como no sea entre locos, que sandeces y
-tonterías ayuden a contagiar la emoción. ¿Y es esto la literatura?</p>
-
-<p>—Mameluco —refunfuñó Rosina con mohín capcioso, golpeando suavemente
-el muslo de Fernando—. ¿Olvidas que Alberto es literato?</p>
-
-<p>—No me refiero a lo que escribe don Alberto. A mí me gusta mucho
-leer versos y novelas. Y también<span class="pagenum" id="Page_382">p.
-382</span> algunas obras de teatro me gustan, y tanto que me hacen
-olvidar que se trata de obras de teatro. Me refiero a este otro teatro
-charlatán, a este teatro teatral que me revienta.</p>
-
-<p>Después de la piececilla bailó Verónica, y bailó con más brío e
-inspiración que nunca. El público, en pie, aplaudía y clamoreaba
-frenético.</p>
-
-<p>Rosina deseaba visitar a Verónica en su <i>camerino</i> y despedirse
-de ella. Guzmán la disuadió:</p>
-
-<p>—Estará aquello abarrotado de gentuza. Si quieres despedirte le
-escribes una carta y al avío.</p>
-
-<p>—Tiene razón don Alberto —afianzó Fernando—. Vámonos a dormir,
-que mañana tenemos que madrugar y es bueno estar descansados para el
-viaje.</p>
-
-<p>Mágicas palabras, que en un punto redujeron a Rosina. Con las
-mejillas levemente arreboladas y untuosa mirada sumisa, bisbiseó:</p>
-
-<p>—Sí, vámonos a dormir.</p>
-
-<p>A la salida, Heinemann se acercó a estrechar con efusión la mano de
-Alberto:</p>
-
-<p>—No sé cómo agradecerle...</p>
-
-<p>—¿Y Nora?</p>
-
-<p>—Bien, cada día mejor. Muy débil, porque perdió mucha sangre. Aún
-no puede salir de casa. Somos felices. Y hablando de otra cosa, ¡qué
-manera de bailar la de esta mujer! Parece estar poseída por todos los
-demonios.</p>
-
-<p>Se despidieron.</p>
-
-<p>Alberto acompañó a Fernando y Rosina hasta la puerta del hotel.</p>
-
-<p>En tanto el sereno rebuscaba en el cinto la llave y abría el
-postigo, Rosina había levantado uno de sus brazos hasta el hombro de
-Fernando y se reclinaba sobre él con sensual negligencia. Pululaban en
-su rostro emociones ligeras, desflorándolo apenas. Estaba saturada de
-alegría discreta y pasiva, como si dentro de ella yaciesen adormiladas
-las potencias ac<span class="pagenum" id="Page_383">p. 383</span>tivas
-y hostiles de su personalidad. Era como si la envolviera y esfumase la
-penumbra de un gran árbol. De toda su persona emanaban hacia Fernando,
-a la manera de misteriosas ligaduras, estremecimientos inconscientes de
-simpatía física: esa simpatía que está siempre a punto de entregarse y
-que constituye la esencia de la gracia superior. Fernando se mantenía
-firme y erguido, con una altivez que hubiera parecido petulante a no
-estar infundida por la eterna voluntad de la naturaleza.</p>
-
-<p>—A ver si nos haces una visita en París.</p>
-
-<p>—Sí, don Alberto, anímese usted. Tenemos un pisito muy cuco; su
-casa, de todo corazón.</p>
-
-<p>—Buen viaje y que Dios os guarde.</p>
-
-<p>Así que Alberto volvió las espaldas, acercósele Enrique Muslera, un
-joven de la mesnada de Tejero. Era anchicorto, de precoz adiposidad y
-un poco tocado de pedantería. Simulaba expresarse con dificultad en
-castellano, porque su larga permanencia en Alemania le había hecho
-olvidar la lengua nativa. Lo primero que hizo en llegándose a Alberto,
-antes de decir palabra, fue mirarle a los pantalones y a las botas,
-y establecer luego un cotejo óptico con los suyos propios. Después
-examinó con impertinencia la indumentaria de Guzmán.</p>
-
-<p>—¿Qué hay? ¿Ha leído usted el artículo de esta mañana?</p>
-
-<p>—¿Qué artículo?</p>
-
-<p>—El de Tejero. Ahora resulta que ocuparse de política es perder el
-tiempo; que el problema España no es tal problema España; que no se
-debe ser progresista y demócrata sino tradicionalista, o lo que es lo
-mismo, restauracionista; que él, Tejero, no es un hombre objetivo como
-hasta ahora nos había asegurado, sino un vidente, un místico español.
-En suma, que nos ha estado tomando el pelo —hablaba Muslera; pero la
-secreción oratoria no le estorbaba para seguir<span class="pagenum"
-id="Page_384">p. 384</span> escudriñando, ora los pantalones y
-botas de Guzmán, ora los suyos, según andaban. Prosiguió—: Pero yo
-me aferro a la cuestión. Ya, a fines del siglo antepasado, Nicolás
-Masson de Morvilliers hacía estas dos preguntas en su <i>Encyclopédie
-Méthodique</i>: «¿Qué se le debe a España? ¿Qué ha hecho España por
-Europa desde hace dos, cuatro, seis siglos?» Eso digo yo: ¿Qué ha hecho
-España? ¿Qué ha producido España?</p>
-
-<p>—Pues si le parece a usted poco... —murmuró Guzmán con sordo
-encono.</p>
-
-<p>—¿Poco? Nada. ¿Qué es lo que ha producido? Sepámoslo.</p>
-
-<p>—Troteras y danzaderas, amigo mío: Troteras y danzaderas.</p>
-
-
-<p class="centra mt3">FIN</p>
-
-
-<p class="fs90 ti0 mt3">Múnich 10 noviembre 1912.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ToC">
- <h2 class="nobreak g1">ÍNDICE</h2>
-</div>
-
-<table class="toc" summary="Índice de contenidos">
- <tr>
- <td colspan="4" class="tdc">Parte primera - Sesostris y Platón</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">I</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_1">5</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">II</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_2">11</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">III</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_3">18</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">IV</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_4">22</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">V</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_5">28</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VI</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_6">31</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VII</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_7">40</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VIII</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_8">43</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">IX</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_9">57</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">X</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch1_10">74</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="4" class="tdc pt1">Parte II - Verónica y Desdémona</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">I</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_1">81</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">II</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_2">83</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">III</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_3">91</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">IV</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_4">93</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">V</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_5">94</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VI</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_6">104</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VII</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_7">122</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VIII</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_8">126</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">IX</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_9">141</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">X</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch2_10">147</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="4" class="tdc pt1">Parte III - Troteras y danzaderas</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">I</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_1">161</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">II</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_2">171</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">III</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_3">178</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">IV</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_4">190</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">V</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_5">196</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VI</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_6">200</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VII</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_7">208</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VIII</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_8">211</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">IX</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch3_9">224</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="4" class="tdc pt1">Parte IV - Hermes Trimegisto y santa Teresa</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">I</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch4_1">229</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">II</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch4_2">244</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">III</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch4_3">251</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">IV</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch4_4">266</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">V</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch4_5">271</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VI</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch4_6">284</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VII</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch4_7">297</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VIII</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch4_8">326</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td colspan="4" class="tdc pt1">Parte V - Ormuzd y Ahrimán</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">I</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch5_1">347</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">II</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch5_2">351</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">III</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch5_3">355</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">IV</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch5_4">358</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">V</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch5_5">363</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- <td class="tdl">VI</td>
- <td class="tdr"><a href="#Ch5_6">377</a></td>
- <td class="tdx">&nbsp;</td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>Se ha actualizado la ortografía original a las normas
- de la edición de 2010 de la <i>Ortografía</i> de la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Las rayas del texto, excepto las que introducen intervenciones
- dialogadas, utilizan espacios de separación según los usos
- ortotipográficos actuales en castellano.</li>
-
- <li>Una página en blanco ha sido eliminada.</li>
-
- <li>Se ha añadido un Índice de contenidos para mejor localización de
- las partes de esta novela, pese a que no figura en el original impreso.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="full" />
-
-
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TROTERAS Y DANZADERAS ***</div>
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-</div>
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- </div>
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-</div>
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-</div>
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-</div>
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-Defect you cause.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-</div>
-
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-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
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-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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-
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