summaryrefslogtreecommitdiff
path: root/old/61887-8.txt
diff options
context:
space:
mode:
Diffstat (limited to 'old/61887-8.txt')
-rw-r--r--old/61887-8.txt17799
1 files changed, 0 insertions, 17799 deletions
diff --git a/old/61887-8.txt b/old/61887-8.txt
deleted file mode 100644
index 15de5bb..0000000
--- a/old/61887-8.txt
+++ /dev/null
@@ -1,17799 +0,0 @@
-Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: Una historia de dos ciudades
-
-Author: Charles Dickens
-
-Translator: Gregorio Lafuerza
-
-Release Date: April 22, 2020 [EBook #61887]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, Penn State University and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This book was produced from images made available by the
-HathiTrust Digital Library.)
-
-
-
-
-
-
-
-
-
- Nota del Transcriptor:
-
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
- Ilustraciones han sido eliminadas.
-
-
-
-
- BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS
-
-
- CARLOS DICKENS
-
-
- UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES
-
-
- TRADUCCIÓN DE
- GREGORIO LAFUERZA
-
-
- [Ilustración]
-
-
- BARCELONA
- RAMÓN SOPENA. EDITOR
- PROVENZA, 93 A 97
-
-
-
-
- DERECHOS RESERVADOS
-
-
- Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona
-
-
-
-
-PROLOGO
-
-
-Concebí las líneas generales de esta historia cuando representé con
-mis hijos y amigos el drama de Collin _El Abismo Helado_. Apoderóse
-entonces de mí el deseo firme de encarnar el drama en mi persona, y
-procuré asimilarme, con solicitud e interés especiales, el estado de
-ánimo necesario para hacer su presentación a un espectador dotado del
-espíritu de observación.
-
-A medida que me fuí familiarizando con la idea, fueron dibujándose y
-resaltando las líneas generales hasta llegar gradualmente a adquirir la
-forma que en la actualidad tienen. Hasta tal extremo se ha posesionado
-de mí el argumento durante su ejecución, ha dado tanta vida a todo
-lo que en estas páginas se ha hecho y sufrido, que puedo decir, sin
-incurrir en exageraciones, que todo lo he hecho y sufrido yo mismo.
-
-Cuantas referencias haga, por ligeras que sean, a la condición del
-pueblo francés antes o durante la Revolución, serán exactas de toda
-exactitud, fundadas en los testimonios de personas dignas de fe
-absoluta. Ha sido una de mis aspiraciones añadir algo a los medios de
-inteligencia populares y pintorescos de aquella época terrible, bien
-que firmemente convencido de que no hay quien pueda añadir nada a la
-portentosa filosofía que encierra la obra admirable de Carlyle.
-
-
-
-
-UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES
-
-
-
-
-LIBRO PRIMERO
-
-VUELTA A LA VIDA
-
-
-I
-
-EL PERÍODO
-
-Erase el mejor de los tiempos y el más detestable de los tiempos; la
-época de la sabiduría y la época de la bobería, el período de la fe
-y el período de la incredulidad, la era de la Luz y la era de las
-Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación.
-Todo lo poseíamos y nada poseíamos, caminábamos en derechura al cielo
-y rodábamos precipitados al abismo: en una palabra, era tan parecido
-aquel período al actual, que nuestras autoridades de mayor renombre
-están contestes en afirmar que, entre uno y otro, tanto en lo que al
-bien se refiere como en lo que toca al mal, sólo en grado superlativo
-es aceptable la comparación.
-
-Un rey de bien desarrolladas mandíbulas y una reina de cara aplastada
-se sentaban sobre el trono de Inglaterra, y un rey de grandes quijadas
-y una reina de rostro hermoso ocupaban el de Francia. Los señores de
-los grandes almacenes de pan y de pescado de entrambos países veían
-claro como el cristal que el bien público estaba asegurado para siempre.
-
-Era el año de Nuestro Señor de mil setecientos setenta y cinco. En un
-período tan favorecido, no podían faltar a Inglaterra las revelaciones
-espirituales. Recientemente había celebrado su vigésimoquinto natalicio
-la señora Southcott, cuya aparición sublime en el mundo anunciara
-con la antelación debida un guardia de corps, profeta privado,
-pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a
-Westminster. Hasta había sido definitivamente enterrado el fantasma
-de la Callejuela del Gallo, después de andar rondando por el mundo
-doce años, y de revelar a los mortales sus mensajes en la misma forma
-que los espíritus del año anterior, acusando una pobreza sobrenatural
-de originalidad, revelaron los suyos. Los mensajes únicos de orden
-terrenal que recibieron la Corona y el Pueblo ingleses, les llegaron
-de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes
-que, por extraño que parezca, han resultado de muchísima mayor
-transcendencia para la raza humana que cuantos recibió ésta por la
-mediación de cualquiera de los pollitos de la Callejuela del Gallo.
-
-Menos favorecida Francia en lo referente a asuntos de orden espiritual
-que su hermana la del escudo y del tridente, rodaba con suavidad
-encantadora pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándolo que
-era un contento. Bajo la dirección de sus cristianísimos pastores,
-permitíase entretenerse, además, con distracciones tan humanitarias
-como sentenciar a algún que otro joven a que le cortaran las manos,
-le arrancaran con pinzas la lengua y le quemaran vivo, por el nefando
-delito de no haber caído de rodillas sobre el fango del camino, en
-un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión
-de frailes que pasó al alcance de su vista, bien que a distancia de
-cincuenta o sesenta varas. Es muy probable que, cuando aquel criminal
-fué llevado al suplicio, el leñador _Destino_ hubiera marcado ya
-en los bosques de Francia y de Normandía los añosos árboles que la
-sierra debía convertir en tablas que servirían para construir aquella
-plataforma movible, provista de su cesto y su cuchilla, que tanta y
-tan terrible celebridad ha conquistado en la historia. Es asimismo muy
-posible que, en los rústicos cobertizos anejos a las casuchas de los
-labradores de las cercanías de París, se hallasen en el mismo día,
-resguardados de las inclemencias del tiempo, las primitivas carretas,
-llenas de salpicaduras de fango lamidas por los cerdos y sirviendo
-de percha a las aves de corral, que el labriego _Muerte_ había
-seleccionado para que fueran las carrozas de la Revolución. Verdad es
-que, si bien el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su
-labor era silenciosa y no había oído humano que percibiera sus pasos
-sordos, tanto más, cuanto que abrigar algún recelo de que aquellos
-estuvieran despiertos era tanto como confesarse a la faz del mundo ateo
-y traidor.
-
-En Inglaterra, apenas si quedaba un átomo de orden y de protección
-bastantes para justificar la jactancia nacional. La misma capital era
-todas las noches teatro de robos a mano armada y de crímenes los más
-osados y escandalosos. Pública y oficialmente se avisaba a las familias
-que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los
-almacenes de los tapiceros, únicos sitios que les ofrecían alguna
-garantía. El que a favor de las sombras de la noche era bandolero,
-parecía honrado mercader de la ciudad a la luz del sol, y si alguna
-vez era reconocido por el comerciante auténtico a quien se presentaba
-bajo el carácter de «capitán», disparábale con la mayor frescura un
-tiro que le enviaba a otro mundo mejor y ponía pies en polvorosa. La
-diligencia-correo fué asaltada por siete bandoleros, de los cuales mató
-a tres la guardia, la cual a su vez fué muerta por los cuatro restantes
-«a consecuencia de haberse quedado sin municiones»: a continuación,
-la diligencia fué robada concienzuda y tranquilamente. El altísimo y
-poderosísimo alcalde mayor de Londres fué secuestrado y obligado a
-vivir durante algún tiempo en Turnham Green por un esforzado bandido,
-quien tuvo el honor de desbalijar a criatura tan ilustre en las barbas
-de su numerosa escolta y no menos numerosa servidumbre. En las cárceles
-de Londres reñían los prisioneros fieras batallas con sus carceleros,
-a los cuales obsequiaba la majestad de la ley con sendos arcabuzazos.
-En los propios salones de la corte, manos habilidosas libraban a
-los más altos señores de las cruces de brillantes que adornaban sus
-cuellos. Penetraron los mosqueteros en San Gil en busca de contrabando,
-y el populacho hizo fuego contra los mosqueteros, y los mosqueteros
-hicieron fuego sobre el populacho, sin que a nadie se le ocurriera
-pensar que semejante suceso no fuera incidente de los más comunes y
-triviales de la vida. A todo esto, el verdugo, siempre en funciones,
-siempre atareado, no bastaba a acudir a los distintos puntos en que era
-necesario, hoy dejando pendientes de sus cuerdas grandes racimos de
-criminales y mañana ahorcando a un ladrón vulgar, que penetró el jueves
-en la casa del vecino, y emprendió el viaje a la eternidad el sábado
-siguiente; para quemar hoy en Newgate docenas de personas, y mañana
-centenares de folletos en la puerta de Westminster Hall; para enviar
-hoy a la eternidad a un desalmado feroz, y hacer mañana lo propio con
-un mísero raterillo que robó seis peniques al hijo de un agricultor.
-
-Todas estas cosas, y mil otras por el estilo que podría referir,
-eran el pan nuestro de cada día en el bendito año de mil setecientos
-setenta y cinco sin que fueran obstáculo para que, mientras el Leñador
-y la Labriega proseguían su silenciosa labor, los dos mortales de
-las desarrolladas quijadas y las dos de cara aplastada y hermosa,
-respectivamente, llevaran a punta de lanza sus divinos derechos. Así
-conducía el año de mil setecientos setenta y cinco a Sus Grandezas y
-a los millones de criaturas insignificantes, entre ellas las que han
-de figurar en la crónica presente, a sus destinos respectivos, por los
-caminos que ante sus pasos estaban abiertos.
-
-
-II
-
-LA DILIGENCIA
-
-El que recorría el primero de los personajes que han de jugar papel de
-mucha importancia en la historia presente, la noche de un viernes de
-noviembre, era el de Dover. Seguía el viajero a la diligencia, mientras
-ésta avanzaba pesadamente por el repecho de la colina Shooter. Subía
-caminando entre el barro pegado a la caja desvencijada del carruaje, y
-a su lado iban los demás compañeros de viaje, no ciertamente movidos
-del deseo de hacer ejercicio, poco agradable dadas las circunstancias,
-sino porque rampa, arneses, fango, diligencia y caballos eran tan
-pesados, que éstos últimos habían declarado ya tres veces sus deseos
-de no seguir adelante, amén de otra que intentaron dar media vuelta,
-con el propósito sedicioso de volverse a Blackheath. Las riendas y la
-fusta, el postillón y el guarda, puestos de acuerdo, hubieron de dar
-lectura al artículo del Reglamento de Campaña que asegura que nunca, ni
-en ningún caso, tendrán _razón_ los animales brutos, gracias a lo cual
-capituló el tiro y se resignó a cumplir con su deber.
-
-Bajas las cabezas y trémulas las colas procuraban abrirse paso por
-entre los mares de espeso barro que cubrían el camino, tropezando aquí,
-dando allá un tumbo espantoso, cayendo no pocas veces y tambaleándose
-siempre. Cuantas veces el mayoral les concedía algún descanso, el
-caballo delantero sacudía violentamente la cabeza y cuantos objetos
-la adornaban con aire doctoral y enfático, cual si su intención fuera
-negar que la diligencia pudiera llegar a lo alto de la loma; y cuantas
-veces aquel hacía restallar el látigo, el viajero de quien vengo
-hablando levantaba asustado la cabeza, como hombre a quien arrancan
-bruscamente de sus meditaciones.
-
-Mares de vapor acuoso en forma de espesa niebla cubrían todas las
-hondonadas y se deslizaban pegados a la tierra semejantes a espíritus
-malignos que buscan descanso y no lo encuentran. La niebla era pegajosa
-y muy fría, y avanzaba formando graciosos rizos y masas onduladas
-que se perseguían y alcanzaban como se persiguen y alcanzan las olas
-cuando el mar está movido. Era lo suficientemente densa para encerrar
-en un círculo estrechísimo la claridad que derramaban los faroles del
-carruaje, hasta impedir que se vieran los chorros de vapor que los
-caballos lanzaban por las narices y que iban a aumentar el caudal de
-los que llenaban la atmósfera.
-
-Dos viajeros, además del que he mencionado, subían trabajosamente la
-rampa siguiendo a la diligencia. Los tres llevaban subidos hasta las
-orejas los cuellos de sus abrigos y los tres usaban botas muy altas.
-Ninguno de ellos hubiera podido decir si sus compañeros de viaje
-eran guapos o feos, jóvenes o viejos; tan cuidadosamente recataban
-sus semblantes, y no estará de más añadir que, si imposible era a
-los ojos del cuerpo divisar la seña corporal más insignificante,
-aun lo era más a los ojos del espíritu conjeturar las del alma, es
-decir, las intenciones que cada uno de ellos pudiera abrigar. En
-aquellos felices tiempos, los viajeros eran altamente reservados y
-evitaban con gran cautela hacer confianza en personas desconocidas,
-pues cualquier compañero de diligencia o de camino podía resultar un
-bandolero o un cómplice de bandoleros, señores que abundaban que era
-una bendición, pues todas las tabernas y posadas contaban con cosecha
-no escasa de soldados a sueldo del «capitán», cuyas huestes nutrían
-todos sin excepción, comenzando por el posadero y terminando por el
-último mozo de cuadra. En esto precisamente iba pensando el guarda de
-la diligencia-correo de Dover la noche de aquel viernes del mes de
-noviembre de mil setecientos setenta y cinco, mientras aquélla subía
-trabajosamente la rampa de Shooter, sentado en la banqueta posterior
-del carromato que le estaba reservada, dando furiosas patadas sobre las
-tablas para evitar que sus pies quedaran transformados en bloques de
-hielo y puesta la mano sobre un arcabuz cargado, que coronaba un montón
-de seis u ocho pistolas de arzón, también cargadas, a las cuales servía
-de base otro montón de machetes y puñales perfectamente afilados.
-
-En el viaje al que la presente historia se refiere, ocurría en la
-diligencia de Dover lo que invariablemente sucedía en todos los viajes:
-el guarda sospechaba de los viajeros, los viajeros sospechaban entre
-sí y del guarda, unos a otros se miraban con recelo, y en cuanto al
-postillón, sólo de los caballos estaba seguro: es decir, que con plena
-conciencia hubiera jurado por el Antiguo y el Nuevo Testamento, que el
-ganado no servía para la faena a que estaba destinado.
-
---¡Ap! ¡Ap!--gritó el postillón.--¡Arriba, perezosos! ¡Un tironcito
-más, y os encontráis en lo alto de esa maldita colina! ¡Oye, Pepe!
-
---¿Qué hay?--contestó el guarda.
-
---¿Qué hora crees que será?
-
---Por lo menos, las once y diez.
-
---¡Ira de Dios!--gritó el postillón.--¡Las once y diez y no estamos en
-la cresta de Shooter! ¡Ap... ap...! ¡Ah, ladrón!
-
-El caballo delantero, cuyos lomos recogieron el terrible latigazo con
-que el postillón acompañó sus últimas palabras, avanzó con decisión por
-la rampa, arrastrando a sus tres compañeros. La diligencia continuó
-dando tumbos, escoltada por los tres viajeros que tenían buen cuidado
-de no separarse de ella, haciendo alto cuando la diligencia lo hacía
-y avanzando al paso de la misma, siempre atentos a no adelantarse ni
-a quedar rezagados, sabedores de que, si tal hubieran hecho, habrían
-corrido riesgo inminente de recibir un arcabuzazo como bandoleros.
-
-Dominó al fin la pendiente el pesado carromato: los fatigados caballos
-hicieron nuevo alto para tomar aliento y el guarda saltó al camino
-para echar los frenos a las ruedas y abrir la portezuela a fin de que
-montasen los viajeros.
-
---¡Pepe!--murmuró el postillón, bajando la cabeza y la voz.
-
---¿Qué hay, Tomás?--contestó el guarda.
-
---Me parece que se nos acerca un caballo al trote, Pepe.
-
---A mí me parece que viene a galope, Tomás--replicó el guarda, soltando
-la portezuela y encaramándose de un salto a su sitio.--¡Caballeros,
-favor al Rey y a la Justicia!
-
-Lanzado el llamamiento, empuñó su arcabuz y permaneció a la defensiva.
-
-Hallábase el viajero a quien se refiere esta historia sobre el estribo,
-dispuesto a entrar en la diligencia, y los dos restantes continuaban en
-la carretera dispuestos a seguirle. El primero continuó en el estribo,
-y como consecuencia, sus dos compañeros de viaje hubieron de permanecer
-en la carretera. Los tres paseaban sus miradas desde el postillón al
-guarda y desde el guarda al postillón, y escuchaban. El postillón había
-vuelto atrás la cabeza, el guarda hizo lo propio, y hasta el caballo
-delantero aguzó las orejas y miró atrás, para no ser nota discordante.
-
-El silencio consiguiente a la cesación del rodar del vehículo, añadido
-al silencio de la noche, hizo que en la cima de la colina reinara un
-silencio solemne. El jadear de los caballos comunicaba al coche un
-movimiento trémulo que le daba apariencias de monstruo dominado por
-intensa agitación. Latían con fuerza tal los corazones de los viajeros,
-que probablemente no hubiera sido imposible oir sus latidos, pero si
-esto no, al menos la quietud solemne de la escena evidenciaba que sus
-personajes contenían el aliento, o no le tenían para respirar, y que
-sus pulsaciones eran rápidas por efecto de la expectación.
-
-Retumbaban en el silencio de la noche los cascos del caballo que subía
-la rampa a galope furioso.
-
---¡Eh! ¡Alto quien sea!--rugió el guarda con voz de trueno.--¡Alto, o
-hago fuego!
-
-Cesó el desenfrenado galopar y rasgó los aires una voz de hombre que
-preguntó:
-
---¿Es esa la diligencia de Dover?
-
---¡Eso lo veremos más tarde!--replicó el guarda.--¿Quién es usted?
-
---¿Es la diligencia de Dover?--insistió la voz.
-
---¿Para qué quiere usted saberlo?
-
---Porque si lo es, he de hablar con uno de sus pasajeros.
-
---¿Qué pasajero?
-
---El señor Mauricio Lorry.
-
-Inmediatamente manifestó el viajero de quien venimos hablando que
-Mauricio Lorry era él. El guarda, el postillón y sus dos compañeros de
-viaje le dirigieron miradas de desconfianza.
-
---¡Cuidado con moverse!--intimó el guarda.--Tenga usted presente que si
-cometo un error, lo que me ocurre algunas veces, no habrá en el mundo
-quien sea capaz de repararlo. Caballero llamado Lorry, ¡conteste con
-verdad a mis preguntas!
-
---¿Qué pasa?--preguntó el interpelado, con voz ligeramente
-temblorosa.--¿Quién es el que me busca? ¿Jeremías, tal vez?
-
---Si ese individuo es Jeremías, maldito lo que me gusta la voz de
-Jeremías--gruñó el guarda entre dientes.--No me agradan las voces tan
-broncas.
-
---El mismo, señor Lorry--respondió el del caballo.
-
---¿Qué pasa?
-
---Despacho de allá para usted: T. y Compañía.
-
---Conozco al mensajero, guarda--dijo Lorry, saltando desde el estribo
-al camino, ayudado, y no con suavidad, por sus dos compañeros de viaje,
-que tiraron de la esclavina de su abrigo, montaron inmediatamente,
-cerraron la portezuela y subieron el cristal.--Puede acercarse:
-respondo de él.
-
---¿Y de ti quién responde?--se preguntó el guarda por lo bajo.--¡A
-ver!--continuó con voz tonante.--¡Escuche el del caballo!
-
---¡Concluye pronto!--replicó Jeremías, con voz más ronca que antes.
-
---¡Avance usted al paso...! ¿Me entiende? Y si en la montura lleva
-pistoleras, procure tener las manos muy lejos de ellas. Tenga presente
-que me pinto solo para cometer errores, y que, cuando los cometo,
-siempre toman la forma de plomo. Venga usted para que nos veamos las
-caras.
-
-No tardó en dibujarse entre la niebla la forma de un caballo con su
-jinete, que a paso lento se acercó al pasajero que esperaba junto al
-estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura, miró al guarda y alargó al
-pasajero un papel doblado. Jadeaba el jinete al respirar, y tanto él
-como su caballo estaban cubiertos de barro, desde los cascos del último
-hasta el sombrero del primero.
-
---¡Guarda!--llamó el pasajero con tono confidencial.
-
---¿Qué se ofrece?--respondió con sequedad el tremebundo guarda, puesta
-la diestra sobre la caja del arcabuz, la izquierda sobre el cañón y los
-ojos sobre el jinete.
-
---Puede usted estar completamente tranquilo--repuso Lorry.--Pertenezco
-al Banco Tellson, entidad de Londres que seguramente conoce usted.
-Asuntos de importancia me llevan a París. Tome usted una corona para
-echar un trago... ¿Puedo leer esto?
-
---Si lo lee, despache usted cuanto antes, caballero.
-
-Lorry desdobló el papel, y leyó, primero para sí y a continuación en
-voz alta:
-
-«Espere en Dover la visita de la señorita.»
-
---Ya ve usted que el mensaje no es largo, guarda--añadió
-Lorry.--Conteste usted a quien le envía, Jeremías, la palabra
-siguiente: «_Resucitado_».
-
-Jeremías dió un salto sobre la montura.
-
---¡Vaya una contestación endiabladamente extraña!--exclamó, sacando el
-registro más bronco de voz.
-
---Repita usted esa palabra, y los que le envían sabrán que ha cumplido
-la misión que le confiaron. Puede usted emprender el regreso... Buenas
-noches.
-
-Diciendo estas palabras, el pasajero abrió la portezuela y entró en
-el carruaje, sin que por galantería le diera la mano ninguno de sus
-compañeros de viaje, los cuales habían escondido, mientras tenía lugar
-el incidente mencionado, sus bolsillos y relojes en sus botas y fingían
-dormir profundamente, sin duda con objeto de evitar ocasiones que
-dieran lugar a ocupación más activa que el sueño.
-
-Rechinó de nuevo el coche y gimió más lastimeramente que nunca al
-emprender el descenso de la colina. El guarda colocó su arcabuz sobre
-el montón de pistolas, bien que asegurándose antes de que las que, en
-calidad de suplementaria, pendían del cinto, estaban en su lugar, sacó
-de debajo del asiento una cajita que contenía algunas herramientas
-de cerrajero, dos velas, eslabón, pedernal y yesca. Hombre previsor,
-llevaba cuanto era necesario para encender, con facilidad y seguridad
-relativas (si estaba de suerte) los faroles del coche en unos cinco
-minutos, si aquéllos se apagaban o eran apagados, como ocurría en los
-viajes más de una vez.
-
---Tomás--llamó el guarda con voz baja.
-
---¿Qué quieres, Pepe?
-
---¿Oíste la lectura del papel?
-
---La oí.
-
---¿Y la contestación?
-
---También.
-
---¿Y qué sacas en limpio, Tomás?
-
---Absolutamente nada, Pepe.
-
---¡Mira qué casualidad!--exclamó el guarda.--Otro tanto me sucede a mí.
-
-Jeremías, luego que quedó a solas con la niebla que le envolvía, echó
-pie a tierra, no ya sólo para dar algún descanso a su rendido corcel,
-sino también para limpiar los salpicones de barro que llenaban su cara
-y para bajar las alas de su sombrero, que contenían así como medio
-galón de agua. Luego permaneció en medio de la carretera, y cuando
-dejó de oir el ruido del rodar de la diligencia, dió media vuelta y
-emprendió el regreso a pie diciendo a la yegua que montaba:
-
---Después del galope que te has dado desde el Temple, amiga mía, no
-me fío mucho de tus manos hasta tanto que lleguemos a camino plano...
-«¡Resucitado...!» ¡Contestación que podrá entender el infierno, pero no
-Jeremías...! ¡Lo que sí te aseguro, Jeremías, es que si resucitar se
-pusiera en moda, te verías en el mayor de los aprietos en que te has
-visto en tu endiablada vida!
-
-
-III
-
-LAS SOMBRAS DE LA NOCHE
-
-Digno de detenidas reflexiones es el fenómeno de que todos los seres
-humanos llevan en su constitución la necesidad de ser secretos
-impenetrables entre sí. Cuantas veces entro durante la noche en una
-gran ciudad, maquinalmente y sin darme cuenta comienzo a pensar que
-todas y cada una de las casas que forman el ingente y apretado racimo
-que se alza ante mis ojos encierran su secreto peculiar, que todas
-y cada una de las habitaciones de las casas encierran su secreto
-peculiar, y que todos y cada uno de los corazones que palpitan en los
-cientos de miles de pechos que las habitan, es un secreto profundo para
-el corazón encerrado en el pecho más inmediato. El fenómeno tiene algo
-de pavoroso, algo de común con la muerte. El corazón de la persona que
-me es querida me parece libro cuyas hojas estoy volviendo y a cuyo
-final no podré llegar jamás: me parece ingente masa líquida en cuyas
-profundidades insondables he entrevisto, a la luz que momentáneamente
-las ha penetrado, tesoros ocultos y mil secretos que han excitado mis
-ansias por saber; pero una voluntad inmutable ha decretado que no pueda
-leer más que la página primera del libro, que la masa líquida se cuaje
-y trueque en masa eternamente helada, mientras la luz jugueteaba sobre
-su superficie y yo la contemplaba desde la orilla, ignorante de lo que
-en su fondo encerraba. Ha muerto mi amigo, ha muerto mi vecino, han
-muerto mis amores, y con ellos murieron los anhelos de mi alma, porque
-su muerte trajo consigo la consolidación inexorable, la perpetuación
-del secreto que encerraban aquellas individualidades, como la muerte
-sellará para siempre el mío, sepultándolo conmigo en la tumba. ¿Duerme,
-acaso, en ninguno de los cementerios de las ciudades que visito, muerto
-cuya personalidad íntima sea para mí más inexcrutable que las de los
-vivos que afanosos y solícitos recorren sus calles, más de lo que la
-mía lo es para todos ellos?
-
-Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural,
-herencia imposible de enajenar, del jinete mensajero, era la misma
-del rey, la misma del primer ministro de Estado, la misma del
-comerciante más opulento de Londres. Otro tanto sucedía con los tres
-viajeros encerrados en los angostos límites de una diligencia vieja y
-destartalada. Cada uno de ellos era un misterio impenetrable para su
-compañero, tan impenetrable como si en coche propio hubiera viajado,
-solos y con una nación de por medio entre coche y coche.
-
-Montó el mensajero a caballo y emprendió el regreso a trote corto,
-deteniéndose en todas las tabernas y mesones del camino para refrescar
-la garganta, pero sin trabar conversación con nadie y procurando llevar
-siempre el sombrero hundido hasta los ojos. Con éstos se armonizaba
-perfectamente la precaución, pues eran negros y muy juntos uno a otro;
-tan juntos, que no parecía sino que temían que alguien los saltase
-uno a uno si los encontraba separados. Eran de expresión siniestra, a
-la que tal vez contribuyera la circunstancia de que brillaran entre
-un sombrero, que más que sombrero parecía escupidera triangular, y
-una especie de tabardo que arrancaba de los ojos y terminaba en las
-rodillas con su portador. Cuando éste se detenía para beber, separaba
-con la mano izquierda el tabardo lo indispensable para verter en la
-boca el líquido con la mano derecha, y no bien había terminado de
-beber, lo subía otra vez.
-
---¡No, Jeremías, no!--murmuraba el mensajero, machacando siempre el
-mismo tema.--Jeremías no puede estar conforme con eso... Eres un hombre
-honrado, Jeremías, un comerciante que no puede aprobar esa clase de
-negocios... ¡Resucitado!.... ¡Que me aspen si el señor Lorry no estaba
-borracho cuando me dió semejante recado!
-
-Tan perplejo le traía la palabreja, que con frecuencia se quitaba el
-sombrero para rascarse despiadadamente la cabeza; y ya que de la cabeza
-hablo, diré que, excepción hecha de la coronilla, completamente calva,
-desaparecía bajo una masa de pelo áspero que por la espalda descendía
-hasta los hombros y por delante crecía hasta el arranque de su ancha y
-roma nariz. Semejaba la cabeza obra de un herrero, caballete de muro
-erizado de espesas púas, que los aficionados al juego de _a la una la
-mula_ hubieran mirado con terror respetuoso, considerándolo seguramente
-el salto más peligroso que el hombre pudiera dar en el mundo.
-
-Tienen las sombras de la noche caprichos verdaderamente extraños.
-Al mensajero, mientras regresaba con el misterioso recado que debía
-entregar al vigilante nocturno del Banco Tellson, para que aquel lo
-transmitiera a su vez a sus superiores jerárquicos, eran muertos
-resucitados, fantasmas salidos de las tumbas, al paso que para la
-yegua que montaba, eran caballos corriendo sin descanso. Para los tres
-inexcrutables viajeros que ocupaban el interior de la diligencia,
-mientras ésta saltaba y daba tumbos sobre los baches del camino, las
-sombras de la noche tomaban las formas de los pensamientos que sus
-respectivas imaginaciones elaboraban.
-
-Puede decirse que el Banco Tellson se había trasladado a la diligencia.
-Para el empleado del mismo, asido con una mano a una correa, gracias
-a la cual podía evitar una colisión con su vecino cada vez que el
-vehículo saltaba, y cuenta que saltaba con desesperante frecuencia, las
-angostas ventanillas del coche, el farol del mismo, que por aquéllas
-filtraba débiles resplandores, y el bulto negruzco del viajero que
-tenía ante sus ojos medio cerrados, eran el Banco, en el cual estaba
-haciendo infinidad de operaciones a cual más afortunadas. El ruido
-que hacían los arneses antojábasele tintineo de moneda con la que
-pagaba letras, valores y cheques con rapidez vertiginosa. No tardó
-en trasladarse con la imaginación a las cámaras subterráneas, cuyos
-secretos conocía tan bien, y armado de sus grandes llaves abría la
-enorme caja, que encontraba tan intacta, tan repleta, tan sólida como
-la dejara la vez última que tuvo ocasión de verla.
-
-Pero dominando a la imagen del Banco, que le acompañaba siempre, y a
-la de la diligencia, que no le dejaba, sentía otra idea fija, tenaz y
-persistente, que le embargó durante toda la noche. Su viaje tenía por
-objeto sacar a alguien de la tumba.
-
-Ahora bien; lo que las sombras de la noche no determinaban, era cuál de
-entre el número infinito de caras que pasaban en procesión interminable
-ante sus ojos era la de la persona enterrada. Eran, empero, todas ellas
-caras de un hombre de cuarenta y cinco años próximamente, y diferían
-sobre todo en las pasiones que cada una de ellas reflejaban y en las
-palideces lívidas que las caracterizaban. Ante los medio cerrados
-ojos del viajero desfilaron unas tras otras caras que eran espejo de
-orgullo, de menosprecio, de desafío, de obstinación, de sumisión,
-de dolor, caras de mejillas hundidas, color cadavérico, flacas y
-demacradas, pero las líneas generales de todas ellas eran las mismas,
-de la misma manera que todas aparecían encuadradas en una cabellera
-prematuramente blanca. Docenas, cientos de veces preguntó al espectro
-el soñoliento viajero:
-
---¿Cuándo te enterraron?
-
---Hace casi diez y ocho años--contestaba invariablemente el espectros.
-
---¿Habías perdido toda esperanza de volver a ver la luz del día?
-
---Ha mucho tiempo.
-
---¿Sabes que vas a resucitar?
-
---Eso me dicen.
-
---¿Supongo que te interesará vivir?
-
---No puedo decirlo.
-
---¿Querrás que te la presente? ¿Vendrás conmigo a verla?
-
-Las contestaciones que los distintos espectros daban a esta pregunta
-última diferían mucho y hasta se contradecían entre sí.
-
---¡Espera!--exclamaban unos con voz entrecortada.--¡Moriría si la viera
-tan de repente!
-
---¡Llévame en seguida!--contestaban otros, derramando mares de
-lágrimas.--¡Me muero por verla!
-
---¡No la conozco!--respondían otros espectros, mirando asombrados a
-quien les preguntaba.--¡No sé de qué me hablas! No comprendo.
-
-El viajero interrumpía estos discursos imaginarios para cavar, cavar
-sin tregua ni descanso, ora con la azada, ora con la pala, tan pronto
-con una llave inmensa como con sus propias uñas, en sus ansias por
-desenterrar al que sepultaran prematuramente. Rendido al fin, falto
-de fuerzas caía de bruces sobre la tierra removida, y al contacto de
-ésta con su frente, despertaba sobresaltado y bajaba el cristal de
-la ventanilla para que los zarpazos de la niebla y de la lluvia le
-hicieran pasar de lo soñado a lo real.
-
-No conseguía, empero, su objeto. Flanqueando el camino, huyendo ante
-el incierto resplandor de los faroles del coche, veía las mismas
-imágenes vivificadas por su excitada fantasía. Ante sus ojos se alzaba
-el Banco Tellson, sus manos pagaban letras y cheques, recorría las
-cámaras subterráneas, visitaba la caja, y de pronto le salían al paso
-los fantasmas de rostro lívido y cabellera blanca, y se repetía el
-interrogatorio anterior:
-
---¿Cuándo te enterraron?
-
---Hace casi diez y ocho años.
-
---¿Supongo que te interesará vivir?
-
---No puedo decirlo.
-
-Y vuelta a cavar, y a cavar, y a cavar, hasta que uno de sus compañeros
-de viaje le indicó, con modales un tanto bruscos, que subiera el
-cristal de la ventanilla.
-
-Quiso entonces fijar sus pensamientos en sus dos compañeros de viaje;
-mas no tardó en olvidarlos para volver a ensimismarse en los del Banco
-y de la tumba.
-
---¿Cuándo te enterraron?
-
---Hace casi diez y ocho años.
-
---¿Habías perdido las esperanzas de que te desenterrasen?
-
---Hace muchísimo tiempo.
-
-Sonaban aún en sus oídos estas palabras, tan claras y distintas como
-jamás las oyera en su vida cuando se percató de pronto de que las
-sombras de la noche habían huído avergonzadas ante los esplendores del
-nuevo día.
-
-Bajó la ventanilla y contempló el brillante disco del sol. Clavado
-en el surco de un campo inmediato al camino vió un arado. Más allá
-se divisaba un soto lleno de árboles, en cuyas ramas quedaban muchas
-hojas a las cuales el astro rey daba tonos rojos y dorados. La tierra
-estaba húmeda, el cielo despejado y el sol se alzaba solemne, plácido,
-rutilante, hermoso.
-
---¡Diez y ocho años!--exclamó el viajero, puestos sus ojos en el
-sol.--¡Dios mío... Dios mío! ¡Enterrado en vida durante diez y ocho
-años!
-
-
-IV
-
-LA PREPARACIÓN
-
-Cuando llegó la diligencia a Dover, a su tiempo y sin tropiezo, el
-mayordomo en jefe del _Hotel del Rey Jorge_ se apresuró a abrir la
-portezuela, como tenía por costumbre. Supo dar a su acto cierto aire
-solemne y ceremonioso, y a fe que lo merecía, pues digno era en verdad
-de todos los parabienes y enhorabuenas el venturoso viajero que, en
-pleno invierno, acometía y acababa felizmente una hazaña tan erizada de
-peligros como un viaje en diligencia desde Londres hasta Dover.
-
-No pudo felicitar el fino y cumplido mayordomo más que a un solo
-viajero, sencillamente porque uno solo venía en el carruaje: los
-restantes habíanse quedado en sus destinos respectivos. El interior de
-la diligencia, sucio, lleno de paja y mal oliente, más que otra cosa
-parecía obscura perrera, y el señor Lorry que lo ocupaba, cuando salió,
-sacudiéndose las pajas y las inmundicias que cubrían su indumentaria,
-envuelto en un abrigo viejo y sucio, cubierto con un sombrero
-apabullado y calzando botas altas cubiertas de fango, más que hombre
-parecía perro de raza gigante.
-
---¿Saldrá mañana barco para Calais, mayordomo?--preguntó.
-
---Saldrá, señor, si continúa el buen tiempo y sopla viento favorable.
-¿Desea cama el señor?
-
---No pienso acostarme hasta la noche; pero necesito habitación y un
-barbero.
-
---¿Y el almuerzo a continuación, señor? Muy bien... Por aquí, señor.
-¡La Concordia para este caballero...! ¡El equipaje de este caballero
-a la Concordia...! ¡Agua caliente a la Concordia!... ¡Qué suba
-inmediatamente un barbero a la Concordia!... En la Concordia encontrará
-usted, señor, una lumbre agradable.
-
-La habitación conocida por el nombre de la Concordia, que
-invariablemente se destinaba a uno de los viajeros llegados por la
-diligencia, ofrecía un interés especial. Nadie advirtió jamás la
-diferencia más insignificante entre los diferentes personajes que
-en ella entraron, pues nunca ojo humano distinguió otra cosa que un
-levitón de viaje, puesto sobre unos zapatos ordinariamente sucios, y
-coronado por un sombrero casi siempre viejo y apabullado; pero si en
-la Concordia entró siempre el mismo individuo al parecer, salieron de
-ella en el transcurso de los años hombres de todas las edades, tipos,
-figuras y cataduras. No es, por tanto, de admirar, que la casualidad
-llevase al trayecto comprendido entre la Concordia y el comedor, a dos
-mayordomos, tres camareros y varias criadas, amén de la propia dueña
-del establecimiento, los cuales estaban entregados a diversas faenas
-domésticas, cuando de la habitación mencionada salió un caballero de
-unos sesenta años, vistiendo traje de color obscuro, casi nuevo y muy
-bien conservado, y luciendo unos puños cuadrados muy grandes, aunque
-no más grandes ni más cuadrados que las carteras que adornaban sus
-bolsillos.
-
-El caballero del traje obscuro se dirigió al comedor, y fué el único
-que aquella mañana se sentó a la mesa. Habían colocado ésta junto a
-la chimenea, y al amor de la lumbre se sentó nuestro viajero, puesta
-una mano sobre cada rodilla, esperando que le sirvieran el almuerzo,
-en actitud tan rígida y compuesta, que no parecía sino que para que le
-hicieran un retrato había tomado asiento.
-
-Parecía hombre metódico y ordenado. Allá en las profundidades del
-bolsillo de su chaleco dejaba oir su voz potente y sonora un reloj
-de tamaño extraordinariamente grande, cuya gravedad y longevidad
-incontestables semejaban protesta ruidosa y elocuente contra la
-ligereza y futilidad del fuego que en la chimenea ardía. Buenas
-pantorrillas tenía el caballero, y es posible que de ellas estuviera
-envanecido, a juzgar por las medias que las encerraban, del tono mismo
-que su traje, de punto muy fino y perfectamente ajustadas. Sus zapatos,
-que adornaban hermosas hebillas, si bien eran de clase corriente,
-revelaban la mano de un zapatero hábil y ducho en su oficio.
-
-Perfectamente ajustada a su cabeza llevaba una peluca pequeña, muy fina
-y ligeramente rizada, cuya peluca, de suponer es que fuera de cabello,
-aunque a decir verdad, más parecía hecha de filamentos de seda o de
-cristal. En cuanto a su camisa, si en finura no podía competir con las
-medias, en cambio en blancura rivalizaba con la de las crestas de las
-olas que mansas venían a besar la arena de la playa inmediata, o con la
-de las velas que mar adentro brillaban a los rayos del sol. Prestaban
-animación a aquella cara de expresión tranquila, mejor dicho, a aquella
-cara inexpresiva, pues la mano persistente de la costumbre había
-borrado de ella la expresión, dos ojos de mirar penetrante, aunque un
-poquito blandos, que en años pasados debieron dar no poco trabajo a
-su dueño, antes que consiguiera domarlos y darles aquella expresión
-de reserva impenetrable y de compostura que era la característica
-de todos los empleados del Banco Tellson. En la cara, de color sano,
-aunque surcada de numerosas arrugas, no habían dejado huellas las
-ansiedades e inquietudes, quizá porque los viejos solterones empleados
-en el Banco Tellson jamás se ocuparon más que en asuntos de otras
-personas, y esos asuntos se parecen a los guantes usados, que entran y
-salen sin esfuerzo.
-
-El señor Lorry concluyó por dormirse. Despertó cuando le sirvieron el
-almuerzo y dijo al camarero que le servía:
-
---Deseo que preparen habitación para una señorita, que probablemente
-llegará hoy, no sé a qué hora. Es posible que pregunte por el señor
-Mauricio Lorry, aunque pudiera también ocurrir que lo haga por el señor
-del Banco Tellson: en uno y otro caso, páseme aviso.
-
---Está muy bien, señor. ¿El Banco Tellson de Londres, señor?
-
---Sí.
-
---Con frecuencia nos ha cabido el honor de servir a los caballeros
-de ese Banco, señor, en los repetidos viajes que hacen entre Londres
-y París, y viceversa. ¡Ah! ¡El Banco Tellson y Compañía viaja mucho,
-señor!
-
---Cierto. Nuestra casa es tan francesa como inglesa.
-
---Pero si no me equivoco, usted no suele viajar mucho, señor.
-
---Muy poco desde hace algunos años. Habrán pasado ya... quince desde
-que no he ido a Francia.
-
---No estaba yo aquí en aquella fecha, señor... Ni yo ni ninguno de los
-que hoy estamos. El _Hotel del Rey Jorge_ tenía otros dueños, señor.
-
---Tal creo.
-
---En cambio apostaría sin temor a perder, que una casa como el Banco
-Tellson y Compañía viene prosperando y floreciendo, no diré ya desde
-quince años atrás, sino de cincuenta.
-
---Puede usted apostar y decir ciento cincuenta, sin temor a perder y
-con conciencia de que se aproxima mucho a la verdad.
-
---¡Ciento cincuenta años!
-
-Abriendo desmesuradamente los ojos y haciendo de su boca una O
-perfecta, el camarero adoptó la postura clásica, pasó la servilleta
-desde el brazo derecho al izquierdo y quedó callado, mirando cómo comía
-y bebía el viajero, conforme vienen haciendo desde tiempo inmemorial
-los camareros de todos los siglos y países.
-
-Terminado el almuerzo, el señor Lorry salió a dar un paseíto por la
-playa. No se divisaba desde ella la pequeña e irregular ciudad de
-Dover, excepción hecha de sus tejados que, metidos entre picachos de
-canteras calizas, semejaban gigantesca ostra marina. Era la playa un
-desierto erizado de peñascales y plagado de escollos, donde la mar
-hacía lo que se la antojaba, y lo que se la antojaba invariablemente
-era destruir. Casi de continuo rugía contra la ciudad, bramaba contra
-los farallones, embestía contra los peñascos que pretendían oponerse
-a su paso y los derribaba con estruendo. Respirábase en las casas un
-olor tan fuerte a pescado, que no parecía sino que los habitantes de
-las aguas salían de éstas para curar en las casas sus enfermedades, de
-la misma manera que las personas enfermas suelen buscar la salud en los
-baños de mar. Algunos, muy pocos, se dedicaban a la pesca en aquellas
-aguas, y si durante el día la playa estaba siempre desierta, en cambio
-por la noche se veían personas que clavaban sus miradas inquietas en
-la inmensidad del mar. Comerciantes insignificantes a los que nunca se
-veía hacer un negocio, realizaban de pronto fortunas inmensas que no
-tenían explicación racional, y era muy de notar que nadie, por aquellos
-lugares, podía sufrir la presencia de una luz, de la que huían como del
-demonio.
-
-A medida que declinaba la tarde, y el aire, tan diáfano y transparente
-durante el día, que hubo momentos en que se divisaban perfectamente las
-costas de Francia, se saturaba de vapores y nieblas, se entenebrecían
-también los pensamientos del señor Lorry. Cuando, llegada la noche, se
-sentó al amor de la lumbre del comedor para esperar que le sirvieran la
-comida, como esperara aquella mañana que le sirvieran el almuerzo, su
-imaginación cavaba, cavaba sin descanso.
-
-No perjudica la salud de un buen cavador una botella de añejo clarete,
-aunque acaso sea rémora a su actividad, si es cierto, como dicen, que
-el clarete, sobre todo si es bueno y añejo, inocula en quien lo bebe
-tendencia marcada a la suspensión de toda clase de trabajos corporales.
-El señor Lorry había suspendido hacía largo rato todas sus operaciones
-y acababa de verter en el vaso el último líquido que quedaba en la
-botella, revelando su rostro toda la satisfacción que pueda revelar un
-caballero entrado en años que acaba de ver el fondo de una botella,
-cuando hirió sus oídos el rápido rodar de un carruaje que penetraba en
-la angosta callejuela y se detenía dentro del patio del hotel.
-
---¡La señorita!--exclamó Lorry, dejando sobre la mesa el vaso que iba a
-llevar a sus labios.
-
-Momentos después entraba en el comedor el camarero y anunciaba que la
-señorita Manette, recién llegada de Londres, deseaba ver al caballero
-del Banco Tellson.
-
---¿Tan pronto?
-
---La señorita Manette ha tomado un refrigerio en el camino, y lo único
-que ahora desea con verdadero anhelo es ver sin pérdida de momento al
-caballero del Banco Tellson, siempre que éste tenga agrado en visitarla.
-
-No quedó otro recurso al caballero del Banco Tellson que vaciar el
-vaso haciendo un gesto de estólida desesperación, ajustar su sedosa
-peluca a sus orejas y seguir al camarero, que le guió a la habitación
-de la señorita Manette. Era una estancia de grandes proporciones, muy
-obscura, tapizada de negro, como una capilla ardiente, y amueblada con
-objetos de tonos obscuros, entre los cuales podían contarse una porción
-de mesas, todas pesadas y todas negras. Sobre la del centro, untada,
-como todas las otras, mil veces con aceite, había dos candelabros,
-negros también, cuya luz no bastaba a disipar las tinieblas que
-reinaban como dueñas y señoras en la estancia.
-
-Tan densa era la obscuridad, que el señor Lorry, mientras avanzaba
-caminando sobre una alfombra, bastante deteriorada por cierto, supuso
-que la señorita se encontraría en alguna habitación contigua, y en esa
-creencia persistió hasta que, después de dejar a sus espaldas los dos
-candelabros, tropezó con una persona que de pie le estaba esperando,
-entre la mesa y la chimenea. Era una joven de unos diez y siete años
-de edad, vestida de amazona, cuyas manos sostenían aún por la cinta
-el sombrero de paja que llevó durante el viaje. Al fijar sus ojos en
-aquella carita diminuta, perfectamente ovalada y de líneas graciosas,
-encuadrada en una masa abundante de cabellos de oro, dos ojos azules
-salieron al encuentro de los suyos, mirándoles con mirada penetrante y
-expresión que no era de perplejidad, ni de asombro, ni de admiración,
-ni de alarma, aunque probablemente participaba de las cuatro. En la
-imaginación del señor Lorry, al apreciar las facciones que delante
-tenía, surgió la figura de una niña que muchos años antes había llevado
-en sus brazos en un viaje de travesía por aquel mismo canal con tiempo
-frío y mar extraordinariamente gruesa. Disipóse la imagen casi con
-tanta rapidez como se borró la mancha producida por el aliento en la no
-muy limpia cornucopia colocada a espaldas de la joven, y encerrada en
-un marco que ofrecía una procesión de cupidos negros sin cabeza muchos
-y todos cojos o mancos, los cuales ofrecían canastillas negras llenas
-de frutas del Mar Muerto a unos ídolos negros del género femenino, y se
-inclinó profunda y solemnemente ante la señorita Manette.
-
---Sírvase tomar asiento, caballero--dijo una voz clara y musical, con
-acento extranjero, aunque apenas perceptible.
-
---Beso a usted la mano, señorita--contestó el señor Lorry, haciendo
-otra reverencia, a la usanza antigua, antes de tomar asiento.
-
---Ayer recibí una carta del Banco, caballero, en la que me decían que
-se había sabido... o descubierto...
-
---La palabra es lo de menos, señorita: una y otra expresan la idea.
-
---... Algo acerca de los escasos bienes que dejó mi pobre padre, a
-quien he tenido la desventura de no conocer...
-
-Lorry se revolvió en la silla, y dirigió miradas angustiosas a la
-fúnebre procesión de cupidos negros, cual si esperara encontrar en las
-absurdas canastillas que llevaban, la luz que le negaba su inteligencia.
-
---... Y que, en consecuencia, era de todo punto necesario que hiciera
-un viaje a París, donde habría de ponerme en contacto con un caballero
-del Banco, enviado a la capital de Francia para ese objeto.
-
---Ese caballero soy yo, señorita.
-
---Lo suponía, caballero.
-
-La niña hizo una reverencia llena de gracia (en aquellos tiempos hacían
-reverencias las señoritas). El caballero se inclinó profundamente.
-
---Contesté al Banco que si las personas que llevan su benevolencia para
-conmigo hasta el punto de aconsejarme, consideraban que era necesario
-el viaje, iría desde luego a Francia, pero que, en atención a que soy
-huérfana y no tengo amigos que puedan acompañarme, estimaría como
-favor especial que me permitieran colocarme, durante el viaje, bajo la
-protección del digno caballero con quien había de ponerme en contacto
-en París. El caballero había salido ya de Londres, pero creo que le
-enviaron un mensajero rogándole que me esperase aquí.
-
---Me consideré feliz al recibir el encargo, y me lo consideraré mucho
-más cumpliéndolo, señorita--contestó el señor Lorry.
-
---Muchísimas gracias, caballero; crea usted que se las doy de corazón.
-Me anunció el Banco que el caballero me explicaría los detalles
-del asunto, y que fuera preparada a recibir noticias de índole
-sorprendente. He hecho todo lo posible para prepararme, y puede estar
-seguro de que siento verdaderos anhelos por saber de qué se trata.
-
---Lo encuentro muy natural--respondió Lorry.--Sí... perfectamente
-natural... Yo...
-
-Hizo una pausa, ajustó nuevamente su peluquín a las orejas, y repuso al
-fin:
-
---Lo cierto es que resulta tan difícil principiar...
-
-Y no principió. En su indecisión sus miradas se encontraron con las de
-su interlocutora. En la frente de ésta se dibujaron algunas arrugas,
-su rostro varió de expresión, y su mano se alzó hasta la altura de
-los ojos, cual si deseara apoderarse de alguna sombra que ante ellos
-acababa de cruzar.
-
---¿Nos habremos visto alguna vez, caballero?--preguntó.
-
---¿Lo cree usted así?--interrogó Lorry, extendiendo los brazos y
-sonriendo.
-
-La línea delicada y fina que se había dibujado entre las cejas de la
-niña se hizo más profunda y enérgica al sentarse ésta en la silla
-junto a la cual había permanecido en pie hasta entonces. Lorry la
-contemplaba silencioso, y cuando al cabo del rato la joven alzó de
-nuevo sus ojos, apresuróse aquél a preguntar:
-
---Supongo que en su patria de adopción deseará usted que le trate y
-hable como a señorita inglesa; ¿no es verdad, señorita Manette?
-
---Como usted guste, caballero.
-
---Soy hombre de negocios, señorita Manette, y he recibido el encargo
-de tratar y llevar a feliz término un negocio. Cuando escuche usted de
-mis labios todos los detalles con aquél relacionados, no vea usted en
-mí más que una máquina habladora, pues en rigor, máquina habladora soy.
-Con su permiso, señorita Manette, referiré a usted la historia de uno
-de nuestros clientes.
-
---¡Historia!
-
-Parece que Lorry debió tomar una palabra por otra, pues no bien repitió
-su interlocutora la palabra _historia_, repuso con apresuramiento:
-
---Sí, señorita: de uno de nuestros clientes. Los que nos dedicamos
-a los negocios bancarios solemos llamar clientes a todos nuestros
-conocimientos. El cliente a que me refiero era un caballero francés,
-hombre de mucho talento y grandes dotes intelectuales... un médico.
-
---No sería de Beauvais, ¿eh?
-
---Precisamente de Beauvais. Lo mismo que el señor Manette, su padre de
-usted, el caballero en cuestión era de Beauvais: lo mismo que el señor
-Manette, su padre de usted, era una notabilidad en París, donde tuve el
-honor de conocerle. Nuestras relaciones fueron lisa y exclusivamente de
-negocios, pero confidenciales. Me hallaba yo a la sazón en nuestra casa
-francesa, y hace de esto... ¡friolera! ¡veinte años!
-
---En aquel tiempo... Perdone usted mi curiosidad, caballero, pero
-desearía saber...
-
---Hablo de veinte años atrás, señorita. Casó con una dama inglesa... y
-yo era uno de sus fideicomisarios. El Banco Tellson manejaba todos sus
-negocios, como los de casi todos los caballeros y familias francesas.
-De la misma manera que fuí fideicomisario de aquel caballero, lo soy
-o lo he sido de docenas de clientes de la casa. Son puras relaciones
-comerciales, señorita, libres de amistad, libres de interés, libres de
-afecto, relaciones en las cuales nada hay que se parezca a sentimiento.
-En el curso de mi vida, he pasado de unas a otras sin que ninguna
-dejara rastros ni casi recuerdos en mí, exactamente lo mismo que
-despacho con los innumerables clientes que diariamente se acercan al
-Banco con objetos tan variados. En una palabra, señorita: yo no tengo
-sentimientos, yo no tengo afecto a nadie, yo soy una máquina, yo soy
-un...
-
---Pero es que me está usted refiriendo la historia de mi padre,
-caballero, y principio a sospechar que, cuando murió mi madre, que
-solamente dos años sobrevivió a mi padre, dejándome huérfana y sola en
-el mundo, fué usted el que me llevó a Inglaterra. Casi me atrevería a
-asegurar que fué usted.
-
-El señor Lorry tomó la diminuta mano que llena de confianza buscaba las
-suyas, y la llevó con cierto aire de ceremonia a sus labios.
-
---Yo _fuí_, en efecto, señorita Manette--contestó Lorry.--El hecho de
-que desde entonces nunca más haya vuelto a ver a usted, la convencerá
-de la exactitud de mis palabras, la convencerá de la verdad con que
-aseguré ha poco que no tengo sentimientos, y que cuantas relaciones
-mantengo o he mantenido con mis semejantes han sido exclusivamente
-de negocios. ¡No! ¡Nada de sentimentalismo! Usted ha sido desde
-entonces la pupila del Banco Tellson, y yo he tenido sobrado quehacer
-también desde entonces trabajando en los asuntos del Banco Tellson.
-¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo y voluntad para permitirme el lujo de
-tenerlos! He pasado mi vida entera moviendo y dando vueltas a masas
-inmensas de dinero.
-
-Hecha esta descripción singular de sus rutinas diarias, el señor Lorry
-alisó con entrambas manos su sedosa peluca, operación innecesaria,
-pues era imposible alisarla más de lo que estaba, y volvió a tomar su
-actitud anterior.
-
---Hasta ahora, señorita, lo que acabo de narrar es, conforme ha
-adivinado usted, la historia de su padre. Las diferencias vienen ahora.
-Si su padre no hubiese muerto cuando murió... ¡No se asuste usted! ¡Si
-está temblando como la hoja en el árbol!
-
-Era cierto. La joven temblaba convulsivamente y, sin articular palabra,
-alargó entrambas manos en actitud suplicante.
-
---¡Por favor, señorita...!--exclamó Lorry con extremada
-dulzura.--Domínese usted... Calme esa agitación... ¿Qué tienen que ver
-aquí los sentimientos?... Estamos hablando de negocios... Ya ve usted:
-decía...
-
-La mirada que la niña dirigió al narrador le descompuso tan por
-completo, que vaciló, tartamudeó, hubo de hacer una pausa bastante
-prolongada, y al fin repuso:
-
---Decía que si el señor Manette no hubiese muerto, que si en vez de
-morir hubiera desaparecido inesperada y silenciosamente, evaporándose,
-por decirlo así, que si no hubiera sido empresa imposible adivinar el
-pavoroso lugar donde habría sido sepultado, aunque sí llegar hasta él,
-si hubiera tenido la desgracia de acarrearse la animadversión de algún
-compatriota suyo, investido de un poder que los hombres más valientes
-de mi tiempo no se atrevían a mencionar sin temblar, el poder de llenar
-órdenes o decretos firmados en blanco, en virtud de las cuales fácil
-era condenar a prisión y olvido temporal o perpetuo a cualquier mortal,
-si la esposa de ese caballero hubiera implorado compasión del rey, de
-la reina, de la corte, del clero y de la nobleza, solicitando noticias
-de su marido ausente, sin conseguir ablandar ningún corazón, entonces
-la historia del doctor de Beauvais que estoy refiriendo sería en efecto
-la de su padre de usted.
-
---¡Por Dios santo, caballero, dígame más!
-
---A eso voy: ¿pero cuenta usted con valor bastante para escuchar lo que
-yo diga?
-
---Todo lo puedo soportar menos la incertidumbre en que me dejan sus
-palabras.
-
---Habla usted con calma... y seguramente _está ya_ sosegada:
-¡magnífico!--continuó Lorry, con expresión que desmentía sus últimas
-palabras.--Estamos hablando de negocios... nada más que de negocios.
-No vea usted en lo que digo más que un negocio... que puede hacerse...
-que, según todas las probabilidades, saldrá bien. Sigamos: si la buena
-señora del doctor, dama de valor excepcional y de gran presencia de
-espíritu apuró dolores, sufrimientos tan acerbos, a consecuencia de lo
-que acabo de manifestar, antes que viniera al mundo su hijo...
-
---¡El hijo era hija, caballero!...
-
---¡Bueno...! ¿Qué más da? El sexo no altera el negocio... Digo,
-señorita, que si la pobre dama sufrió dolores tan acerbos antes que
-naciera su hija, que a fin de impedir que llegase hasta ésta la triste
-herencia de sus agonías, la amamantó y educó en la creencia de que su
-padre había muerto... ¡No se arrodille usted, por Dios vivo...! ¡En
-nombre del Cielo!... ¿Por qué cae de rodillas a mis pies?
-
---¡Para suplicarle que me diga la verdad...! ¡Por piedad, señor, nada
-me oculte!...
-
---Todo se lo diré... ¡Pero cálmese usted, por lo que más quiera!
-Estamos tratando un... un... negocio, señorita, y sus extremos me
-confunden... y no es posible... no puedo tratar negocios con acierto
-si confunden y obscurecen mis ideas. Veamos de despejar la cabeza. Si
-usted puede decirme ahora mismo... por ejemplo, cuántos peniques suman
-nueve monedas de a nueve peniques una, o cuántos chelines son veinte
-guineas, tranquilizará mucho mi espíritu, pues será prueba palpable de
-la calma y serenidad del suyo.
-
-Sin contestar directamente a este llamamiento, la niña se dejó alzar
-del suelo y volvió a sentarse con tal compostura, que comunicó a su
-interlocutor el valor que principiaba a faltarle.
-
---¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho valor! ¡Negocio y nada más que negocio! Se
-le presenta un negocio, negocio positivo, de rendimientos. Su madre,
-señorita Manette, adoptó con usted la norma de conducta que antes he
-insinuado. Cuando murió... creo que de pesadumbre... sin haber cesado
-ni por un instante de buscar a su marido, y sin llegar a averiguar
-nada, dejó a usted, niña de dos años, en camino de crecer hermosa,
-feliz, sin penas, libre de la nube negra que hubiera amargado su
-existencia, si al morir la hubiese revelado la historia de su padre,
-sin poder añadir si éste había muerto en la cárcel o si continuaba
-enterrado en el calabozo, sufriendo las torturas del sepultado en vida.
-
-Pronunció las últimas palabras posando una mirada de compasión infinita
-sobre los cabellos de oro que tenía delante, cual si a sí mismo se
-dijera que, gracias a la compasiva reserva de la madre, no abundaban en
-aquellos las hebras de plata.
-
---Sabe usted perfectamente que sus padres no disfrutaron de una gran
-fortuna, y que, la que poseían, pasó a su madre y a usted. Por lo que a
-dinero y bienes materiales se refiere, no se han hecho descubrimientos
-nuevos; pero...
-
-Sintió el narrador que manos delicadas oprimían con fuerza sus muñecas,
-y dejó de hablar. La expresión del rostro de la niña era de pena y de
-horror.
-
---Pero ha sido encontrado... _él_. Vive, sí... muy cambiado... lo
-considero probable; destrozado, hecho una ruina, reducido a sombra de
-lo que fué... es posible; pero vive, y debemos abrigar esperanzas de
-que mejorará. Su padre ha sido llevado a la casa de un antiguo criado
-suyo, que reside en París, y a su encuentro vamos nosotros: yo, para
-identificarle, si puedo; usted, para abrazarle, para devolverle la
-vida, el cariño, la calma y el descanso.
-
-La niña se estremeció de pies a cabeza. Trémula, conmovida, con voz
-extraña, cual de la quien habla en sueños, dijo:
-
---¡Voy a ver su fantasma!... ¡Su fantasma!... ¡No a él!
-
-Lorry desprendió con suavidad las manos que atenaceaban su brazo.
-
---¡Calma, calma, señorita!--dijo.--Ya pasó todo. Conoce usted todo lo
-bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero,
-injustamente castigado, y después de un viaje feliz por mar, seguido de
-otro no menos venturoso por tierra, tendrá muy en breve el dulce placer
-de abrazarle.
-
---¡He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su
-fantasma!--exclamó la niña con el mismo tono de voz que antes.
-
---Réstame otra observación--repuso Lorry, recalcando la palabra, con
-objeto, sin duda, de asegurarse la atención de su oyente. Cuando le
-encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho
-tiempo, o alguien ha tenido interés en ocultarlo. Sería peor que
-inútil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sería peor
-que inútil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si
-deliberadamente y con intención le han retenido durante tantos años
-prisionero: sería peor que inútil practicar pesquisas de ninguna clase,
-y lo sería, porque además de inútil, nos expondríamos a correr grandes
-peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y
-sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a
-cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano inglés, y hasta el
-Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos
-atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona
-una línea, una palabra escrita que a él se refiera con claridad. En
-una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para
-resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he
-recibido, se reducen a una palabra sola: «Resucitado»... ¡Pero qué es
-eso!... ¡Si no ha oído una palabra de las que vengo diciendo! ¡Señorita
-Manette!
-
-La niña continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente
-tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida,
-perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de
-Lorry, pero con esa expresión singular que tienen los ojos esculpidos
-bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo
-con tal fuerza, que no se atrevió a desasirlos temiendo lastimarla, por
-cuyo motivo gritó pidiendo socorro, pero sin moverse.
-
-A los gritos acudió una mujer de aspecto bravío, roja de cabeza a pies,
-pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido,
-rojo el monumental gorro, semejante al que solían llevar los granaderos
-o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer,
-que penetró corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de
-la posada. Pocos miramientos empleó la primera para solucionar el
-conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados,
-lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del
-caballero del Banco Tellson, envió a éste precipitado contra la pared
-más inmediata.
-
---¡Esa mujer es hombre!--murmuró para sus adentros Lorry, al chocar
-contra la pared.
-
---¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!--rugió la mujer roja, dirigiéndose a
-las criadas.--¿Por qué no vais a fregar, en vez de estar ahí, mirándome
-como idiotas? ¿Soy alguna mona por ventura? ¡A trabajar! ¡Pronto
-sabréis quién soy yo, si no me traéis volando sales, agua fría, vinagre
-y todo lo que haga falta!
-
-La dispersión fué general e inmediata. Volaron las criadas en busca
-de los restaurativos pedidos, mientras la matrona roja colocaba a
-la paciente sobre un sofá con gran pericia y suavidad llamándola
-«preciosa», «hijita mía», «paloma», etc., etc.
-
---¿Y usted, pedazo de bruto--gritó a continuación, revolviéndose
-furiosa contra el señor Lorry,--no pudo contarla su famosa historia
-sin darla un susto de muerte? ¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida como un
-difunto, fría como el hielo! ¿No le da vergüenza decir que es banquero?
-
-Hasta tal extremo desconcertó al señor Lorry una pregunta de
-contestación tan difícil, que no supo hacer otra cosa que mirar desde
-lejos con expresión de simpatía y humildad extraordinarias, mientras
-la tremebunda mujer, después de ahuyentar de nuevo a los criados que
-habían vuelto a entrar con agua, vinagre y sales, bajo la penalidad
-misteriosa de «hacerles saber algo que no tenía por qué mencionar» si
-continuaban allí mirándola embobados, puso manos a la obra y consiguió,
-al cabo de mucho rato, que la niña comenzara a dar señales de vida.
-
---Parece que se encuentra mejor--observó el señor Lorry.
-
---Pero no será por lo que usted ha hecho--replicó con aspereza la
-matrona.--¡Hija mía!
-
---¿Tendría usted inconveniente--preguntó Lorry con gran humildad,
-pasados algunos momentos--en acompañarla hasta Francia?
-
---¡No sabe usted decir más que sandeces! Si la Providencia hubiese
-dispuesto que alguna vez cruzase yo el charco, ¿cree usted que me
-habría hecho nacer en una isla?
-
-Como también resultaba difícil en extremo la contestación a semejante
-pregunta, el señor Mauricio Lorry creyó conveniente retirarse para
-meditar.
-
-
-V
-
-LA TABERNA
-
-Había caído en la calle, haciéndose pedazos, una barrica de vino. El
-accidente ocurrió al sacar la barrica de un carro. Aquélla cayó al
-suelo, comenzó a rodar, saltaron los aros, y fué a abrirse como un
-cascarón de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna.
-
-Cuantas personas había por los alrededores suspendieron sus tareas
-o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y
-beberse el vino. Las piedras ásperas, desiguales y puntiagudas que
-formaban el adoquinado de la calle, puestas de propósito, según todas
-las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales
-tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, habían hecho la distribución
-del rojo líquido, formando variedad de estanques de diferentes
-dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores
-o menores, según fuera mayor o menor su extensión. Muchos hombres,
-tendidos de bruces, recogían el vino en el hueco de sus manos, y
-bebían, o hacían que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban
-sobre sus hombros, antes que el líquido escapara entre sus dedos.
-Otros, hombres y mujeres, lo recogían con pequeñas vasijas de barro
-cocido o bien empapaban los pañuelos de cabeza de las mujeres, que
-luego exprimían en sus bocas o en las de los niños: éstos oponían
-diques de barro al curso del vino, aquéllos, obedeciendo los consejos
-que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de acá
-para allá a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban
-quienes apoderándose de los fragmentos medio podridos de la barrica,
-los chupaban y lamían con indecible ansiedad. Puede asegurarse que
-las turbas recogieron, no ya sólo hasta la última gota de vino, sino
-también hasta la última molécula de tierra que con aquel estuvo en
-contacto. La calle quedó como si por ella acabasen de pasar todas las
-brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido
-la brillante institución de basureros.
-
-Mientras duró la diversión del vino, no cesó en la calle la algarabía
-de alegres carcajadas y gritos de júbilo, lanzados por docenas de
-gargantas de hombres, de mujeres y de niños. La distracción resultaba
-un poquito ordinaria y un mucho movida. Cuantos en ella tomaban parte
-mostraban tendencia especial a las afinidades y confianzas, de las que
-resultaban brindis de gusto discutible, apretones de manos, abrazos y
-caprichosas danzas, en los que tomaban parte especial los que habían
-bebido más, o los de carácter más jovial y divertido. Cuando faltó el
-vino, y las piedras y tierra que había regado quedaron secas y limpias,
-cesaron las demostraciones de alegría con tanta brusquedad como habían
-comenzado. El individuo que había dejado su sierra apoyada contra el
-leño que estaba aserrando, la empuñó y puso de nuevo en movimiento;
-la mujer que dejó su puchero cociendo frente a la puerta de su casa,
-volvió a atenderlo; descendieron otra vez a las profundidades de las
-obscuras cuevas los hombres de brazos desnudos, pelo sucio y rostros
-cadavéricos que habían salido a la luz del día minutos antes, y las
-tinieblas envolvieron con su manto una escena que, en realidad, hacía
-daño contemplar a la luz del sol.
-
-El vino que contenía la barrica destrozada era tinto, y manchó la
-estrecha calle del suburbio de San Antonio en la cual se había
-derramado. Manchó asimismo muchas manos y muchas caras y muchos pies
-desnudos y muchos zuecos. Las manos del hombre que aserraba el leño
-dejaron huellas rojizas en las tablas, y la frente de la mujer que
-amamantaba a su tierno hijo quedó también manchada al chocar con la
-frente de la vieja bruja con la cual se abrazó y bailó en momentos
-de efímera alegría. Los que ansiosos se apoderaron de los restos de
-la barrica y los chuparon y lamieron, salieron de la diversión con
-círculos rojizos en sus bocas que les daban aspecto de tigres feroces,
-y hubo uno, más aficionado sin duda a las bromas que los demás, que con
-el dedo untado en la masa formada por el lodo y el vino, garrapateó en
-la pared la palabra _sangre_.
-
-¡Día llegaría en que la sangre fuera vertida a torrentes, y en que
-muchos de los que en la diversión reseñada tomaron parte irían tintos
-en sangre de cabeza a pies!
-
-Luego que la calle de San Antonio volvió a su ser y condición
-habituales, de los que momentáneamente la sacara un incidente fortuito,
-quedó triste, obscura y tétrica, gimiendo bajo el cetro del frío,
-de la suciedad, de las enfermedades, de la ignorancia y del hambre,
-nobles de gran poder todos ellos, pero particularmente el mencionado
-en último lugar. En todos los rincones se veían agazapados ejemplares
-de desdichados que habían sido prensados y triturados una y cien veces
-entre las pesadas piedras del molino, tiritando de frío y cayéndose de
-hambre. El molino que los había triturado no era aquel molino fabuloso
-que tiene la propiedad de convertir a los viejos en jóvenes llenos de
-vida, sino el que hace de los jóvenes viejos. Caras de ancianos tenían
-los muchachos, y voces graves y profundas los niños. Sus espaldas se
-doblaban bajo el peso, no de los años, pero sí bajo el del hambre, que
-era la dueña y señora de aquellos barrios. Hambre era la palabra que se
-repetía en todas las casas, hambre el fatídico fantasma montado sobre
-los míseros harapos que pendían de las pértigas o cuerdas tendidas
-frente a las inmundas casuchas, hambre repetían todos los fragmentos de
-serrín que caían bajo los dientes de la sierra del carpintero, hambre
-el espantoso monstruo que, no encontrando en las calles inmundicias con
-que alimentarse, se encaramaba a lo alto de las chimeneas, que tampoco
-ofrecían humo a su voracidad; hambre era la inscripción que se leía en
-las anaquelerías de todos los panaderos, hambre la palabra estampada en
-todos los panes, caros, de mala calidad y faltos de peso.
-
-Los distritos donde había sentado sus reales no podían ser más a
-propósito para el objeto. Una calle estrecha y tortuosa, muladar
-inmundo y hediondo, de la que arrancaban otras callejas más estrechas
-y tortuosas, habitadas por piltrafas humanas y oliendo a piltrafas
-humanas, en las cuales sólo se veían personas y cosas que daban
-náuseas. En la torva expresión de sus habitantes vislumbrábanse
-anhelos feroces de volver las cosas del revés. No faltaban en sus
-caras demacradas ojos que despedían llamas, ni labios crispados, ni
-frentes contraídas horriblemente. Hasta las muestras de las tiendas
-eran ilustraciones vívidas de la necesidad. En las carnicerías y
-tocinerías pintaban reses escuálidas, y en las panaderías panes
-fementidos, microscópicos. La única industria que parecía atravesar una
-época de prosperidad floreciente era la de las herramientas y armas.
-Los cuchillos y hachas de los carniceros eran brillantes, estaban
-perfectamente afiladas, los martillos de los herreros pesaban muchas
-libras, y las armerías estaban atestadas de instrumentos de muerte.
-Las calles, llenas de baches, depósitos de fango y de agua corrompida,
-carecían de aceras. Los faroles, que a intervalos muy largos pendían de
-unas cuerdas, derramaban sobre ellas una luz enfermiza que no bastaba a
-disipar las tinieblas como no disipan las tinieblas del mar la luz de
-los faroles colocados en lo alto de las vergas. A decir verdad, París
-era un mar, y tanto el barco como los que lo tripulaban corrían grave
-peligro de naufragar.
-
-Había de llegar el día en que los famélicos habitantes de aquellas
-regiones, a fuerza de contemplar los míseros faroles, llegarían a
-concebir el proyecto de introducir mejoras en el sistema y colgarían de
-aquellas cuerdas hombres que iluminasen las negruras de su situación.
-No era, empero, llegado el tiempo, y aunque todas las brisas que
-soplaban sobre Francia eran precursoras de recios vendarales, no se
-daban por enterados los pajarillos de sedoso plumaje.
-
-La taberna frente a la cual se desarrolló la escena que acaban de
-presenciar los lectores de esta historia ofrecía mejor aspecto que la
-mayor parte de las tabernas de aquellos barrios, y su dueño, vestido
-con chaleco amarillo y calzones verdes, estuvo contemplando con
-tranquila indiferencia la lucha de los que corrían a la conquista del
-vino derramado.
-
---Poco me importa--exclamó, encogiéndose de hombros.--Lo han dejado
-caer los empleados del almacenista; ellos me traerán otra barrica.
-
-Acertó entonces el tabernero a ver al individuo que escribía en la
-pared la palabra _sangre_, y le preguntó:
-
---Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo ahí?
-
-Contestó él interpelado con uno de esos gestos significativos que tanto
-privan entre las gentes de su ralea, y cuya significación tantas veces
-pasa inadvertida, como ocurrió en el caso presente.
-
---¿Estás haciendo méritos para ingresar en un manicomio?--repuso el
-tabernero, atravesando la calle y extendiendo sobre la palabra escrita
-en la pared un puñado de barro que recogió del suelo.--¿No encuentras
-otro sitio, dime, donde escribir palabras como ésa?
-
-Mientras formulaba la segunda pregunta, el tabernero colocó su mano
-menos sucia (quizá por casualidad, quizá intencionadamente) sobre la
-región del corazón de su interlocutor. Este golpeó su pecho con la
-suya, dió un prodigioso salto y quedó inmóvil, en actitud de danza
-fantástica puesto el brazo izquierdo sobre la cadera y el derecho en
-alto, y sosteniendo entre el pulgar y el índice de la diestra un zapato
-sucio que previamente se había sacado de uno de sus pies.
-
-El tabernero volvió a cruzar la calle y entró en su establecimiento.
-Era un hombre de unos treinta años, de aire marcial y cuello de toro.
-Debía ser de un temperamento de fuego, pues aunque el día era uno de
-los más fríos que disfrutaron los parisienses en aquel invierno crudo,
-iba en mangas de camisa y llevaba éstas arremengadas hasta muy cerca
-de los hombros. En cuanto a prendas de cabeza, no usaba otra que la
-natural: una masa de pelo negro, áspero y ensortijado. Era de tez
-morena y buenos ojos, de mirar implacable. Evidentemente era hombre de
-gran resolución y propósitos inquebrantables, uno de esos hombres con
-los cuales sería peligroso tropezarse en un sendero estrecho bordeado
-por dos abismos, pues es seguro que por nada ni por nadie volvería
-sobre sus pasos.
-
-La señora Defarge, esposa del tabernero en cuestión, estaba sentada
-detrás del mostrador cuando aquél entró en el establecimiento. Era
-mujer de constitución robusta, aproximadamente de la edad misma que su
-marido, de ojos vigilantes, aunque muy contadas veces parecía mirar a
-ningún objeto determinado, grandes manos cubiertas de sortijas, cara de
-líneas enérgicas, expresión reservada y aire de perfecta compostura.
-Una de las características de la señora Defarge consistía en no sufrir
-nunca equivocaciones que redundasen en perjuicio de sus intereses en
-ninguna de las operaciones del establecimiento. Extremadamente sensible
-al frío, iba envuelta en pieles y abrigaba su cabeza con un chal de
-colores chillones que la cubría por completo, bien que dejando a la
-vista los grandes pendientes que adornaban sus orejas. Tenía frente a
-sí su calceta, pero la había dejado sobre el mostrador para consagrar
-algunos minutos a la limpieza de su dentadura, lo que estaba haciendo
-con un mondadientes. Absorta en su ocupación, con el codo derecho
-apoyado sobre la mano izquierda, nada dijo la señora Defarge cuando su
-marido entró en el establecimiento, pero dejó oir una tosecita apenas
-perceptible. La tosecita, combinada con un ligero enarcamiento de sus
-cejas, negras como el ala del cuervo y perfectamente arqueadas, dió a
-entender a su marido la conveniencia de dar un vistazo a los clientes,
-entre los cuales acaso encontrase alguno nuevo que había llegado a la
-taberna mientras se encontraba en la calle.
-
-Paseó el tabernero sus miradas por la sala, no tardando en fijarlas las
-sobre un caballero, ya entrado en años, y en una señorita, sentados en
-uno de los ángulos. Había otros parroquianos también: dos que jugaban
-a las cartas en una mesa, otros dos que se entretenían en otra, puestas
-sus facultades en las fichas de dominó, y otros tres que, de pie junto
-al mostrador, procuraban _alargar_ todo lo posible el vino que se
-habían hecho servir. El tabernero, al pasar detrás del mostrador, pudo
-advertir que el caballero entrado en años decía con los ojos a su joven
-compañera:
-
---Ese es nuestro hombre.
-
-Fingió el tabernero no reparar en la presencia de los dos personajes
-desconocidos, y entabló conversación con el triunvirato que estaba
-bebiendo junto al mostrador.
-
---¿Qué tal, Santiago--preguntó uno de los tres al buen Defarge,--se han
-tragado todo el vino que salió de la barrica?
-
---Hasta la última gota, Santiago--contestó Defarge.
-
-No bien hicieron los interlocutores el intercambio de sus nombres de
-pila, la señora Defarge tosió otro poquito y arqueó de nuevo las cejas.
-
---Pocas veces--observó el segundo de los parroquianos del
-mostrador--tienen esos bestias miserables ocasión de conocer a qué sabe
-el vino, ni nada que no sea el pan negro y la muerte: ¿no es verdad,
-Santiago?
-
---Verdad es, Santiago--respondió el tabernero.
-
-Al segundo intercambio de los nombres de pila sucedió otra tosecita
-acompañada del enarcamiento de cejas de la señora Defarge.
-
---¡Ah!--exclamó el tercero de los bebedores, apurando el último sorbo y
-dejando el vaso sobre el mostrador.--¡Hiel tienen siempre en sus bocas
-esos borregos, y viven vida de perros! ¿digo bien, Santiago?
-
---Dices bien, Santiago--fué la contestación del tabernero.
-
-Hecho el tercer intercambio de nombres de pila, la señora Defarge dejó
-el mondadientes e hizo un movimiento insignificante.
-
---¡Es verdad...! ¡Entretenlos!--murmuró muy por lo bajo su
-marido.--Señores... tengo el gusto de presentarles a mi mujer.
-
-Los tres parroquianos se descubrieron y saludaron con sendas
-inclinaciones de cabeza a la tabernera, la cual, a su vez, recibió sus
-homenajes doblando ligeramente la suya y mirándolos sucesivamente.
-A continuación, tendió como por casualidad sus miradas en derredor,
-recogió la calceta con gran calma, y comenzó a trabajar.
-
---Señores--repuso el tabernero, que había observado con mirada
-escrutadora a su mujer,--la cámara que ustedes manifestaron deseos
-de ver cuando yo salí a la calle, está en el quinto piso. Arranca la
-escalera del patio de la izquierda, junto a la ventana del... Pero
-ahora recuerdo que uno de ustedes ha estado ya en ella, y puede guiar a
-los demás. ¡Adiós, señores!
-
-Pagaron los bebedores el consumo hecho, y se retiraron. Los ojos
-del tabernero parecían estudiar a su mujer y la calceta que estaba
-haciendo, cuando el caballero de edad avanzada se levantó manifestando
-deseos de hablar algunas palabras con Defarge.
-
---Con mucho gusto, caballero--respondió éste, saliendo con el anciano
-hasta la puerta del establecimiento.
-
-Breve fué la conferencia, pero de efectos tan rápidos como decisivos.
-No se habían cruzado cuatro palabras, cuando Defarge hizo un movimiento
-de sorpresa, y antes que transcurriera un minuto, hacía una seña
-al anciano y salía presuroso a la calle. El caballero llamó con un
-movimiento de cabeza a la señorita, y ambos salieron en pos del
-tabernero, dejando a la señora Defarge embebida en la tarea de hacer
-calceta.
-
-El señor Mauricio Lorry y la Señorita Manette, que ellos eran los
-visitantes de la taberna, según habrán adivinado, a no dudar, los
-lectores, encontraron al tabernero junto a la puerta que momentos
-antes había indicado el último a los tres parroquianos con los cuales
-le hemos visto cambiar algunas palabras. En la sombría entrada que
-daba acceso a la escalera, no menos sombría, el tabernero hincó una
-rodilla en tierra y llevó a sus labios la mano de la hija de su antiguo
-señor. Fué un homenaje, un testimonio de sumisión, bien que ejecutado
-con ademán que nada tenía de dulce. Unos segundos habían bastado para
-transformar radicalmente a Defarge; ya no reflejaba buen humor su
-rostro, ya no era su cara espejo de franqueza: antes al contrario,
-en su expresión de reserva, en su actitud airada, en la cólera que
-chispeaba en sus ojos, fácil era leer al hombre peligroso.
-
---Está muy alto... la escalera es pesada... creo que hará usted bien
-subiendo con más calma--dijo el tabernero con dura entonación al señor
-Lorry, en el momento de empezar a subir la escalera.
-
---¿Está solo?--preguntó Lorry.
-
---¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién quiere usted que le acompañe?
-
---¿Siempre solo?
-
---Siempre.
-
---¿Porque así lo desea él?
-
---Porque así lo exigen las circunstancias. Tal como estaba cuando le vi
-el día que vinieron a preguntarme si quería tenerle en mi casa y ser
-discreto corriendo el peligro consiguiente... tal como estaba entonces,
-está ahora.
-
---¿Muy cambiado?
-
---¡Cambiado!...
-
-El tabernero descargó un puñetazo contra la pared y lanzó una maldición
-horrenda. No hubiera producido la mitad de los efectos que produjo
-aquella explosión de furia cualquier respuesta clara y precisa. La
-melancolía del señor Lorry iba en aumento a medida que avanzaba en el
-ascenso de la empinada escalera.
-
-Penoso, muy penoso, sería hoy subir la escalera de una casa de las
-más viejas sita en uno de los barrios más poblados de París; pero en
-el tiempo a que esta historia se refiere, resultaba punto menos que
-imposible para los que no tuvieran atrofiados los sentidos a fuerza de
-costumbre. Todos los vecinos de aquellas inmensas colmenas dejaban las
-basuras e inmundicias en los rellanos de la escalera general, donde
-quedaban hacinados sin que nadie cuidara de retirarlos, engendrando
-así una masa de descomposición bastante para envenenar el aire, si ya
-no estuviera saturado de las impurezas intangibles que son resultado
-natural de la miseria y de las privaciones. Combinadas las dos fuentes
-de corrupción, respirábase allí una atmósfera insoportable. El señor
-Lorry, cediendo a las molestias que le producía subir por aquel pozo
-obscuro, sucio y envenenado, no menos que a la agitación que observaba
-en su joven compañera, agitación que se multiplicaba por momentos,
-hizo alto dos veces para descansar. Cada uno de aquellos descansos
-pareció llevarse las últimas reservas de aire no corrompido, rellenando
-el espacio que aquéllas dejaban libre con mefíticas emanaciones que
-brotaban de todas partes.
-
-Llegaron al fin a lo alto de la escalera, donde se detuvieron por
-tercera vez. Todavía habrían de subir un tramo, más empinado que los
-anteriores, y de dimensiones sumamente reducidas, antes de llegar al
-sotabanco. El tabernero, que caminaba delante y procuraba mantenerse
-constantemente a distancia respetable de la señorita, cual si temiera
-que ésta le dirigiera alguna pregunta, llegado frente a la puerta del
-sotabanco metió la diestra en el bolsillo, y sacó una llave.
-
---¡Ah!--exclamó Lorry, sin poder disimular su sorpresa.--¿Está cerrada
-la puerta con llave?
-
---Sí--contestó con sequedad Defarge.
-
---¿Considera usted necesario tener en una reclusión tan extremada a ese
-infortunado caballero?
-
---Considero necesario tener la puerta cerrada con llave--murmuró el
-interpelado bajando mucho la voz y frunciendo horriblemente las cejas.
-
---¿Por qué?
-
---¡Por qué! ¡Porque ha tantos años que vive cerrado con llave, que se
-asustaría, se horrorizaría, se lanzaría de cabeza contra las paredes,
-moriría... yo no sé los extremos que haría... si se le dejase con la
-puerta abierta!
-
---¡Será posible!
-
---¿Posible? ¡Sería infalible, sí!--replicó con entonación amarga
-Defarge.--¡A fe que no podemos quejarnos de los atractivos que nos
-ofrece un mundo en que son posibles estas y otras atrocidades, de la
-hermosura de un cielo que contempla impasible los horrores que usted
-está viendo...! ¡El demonio nos gobierna!... ¡Viva el infierno!
-¡Entremos, señor, entremos!
-
-Tan en voz baja había sido sostenido el diálogo que queda copiado, que
-ni una palabra llegó a oídos de la niña. Era, empero, tan intensa la
-emoción que la dominaba, su rostro reflejaba tal expresión de espanto y
-tan viva ansiedad, que el señor Lorry creyó necesario dirigirle algunas
-palabras encaminadas a levantar su deprimido ánimo.
-
---¡Valor, mi querida señorita!--dijo.--¡Valor! Estamos persiguiendo un
-negocio, cuya fase dolorosa pasará en un momento. En cuanto franqueemos
-esta puerta, habremos vencido lo peor. Dentro de breves segundos podrá
-el desdichado comenzar a saborear todo el bien, todo el consuelo, toda
-la dicha que usted va a proporcionarle. Nuestro buen amigo Defarge nos
-ayudará... ¡Al negocio, al negocio!
-
-Al doblar un recodo muy pronunciado encontraron a tres hombres, que
-estaban mirando por el ojo de la llave y por las rendijas de la
-puerta que nuestros visitantes iban a abrir. Los hombres en cuestión
-resultaron ser los mismos que momentos antes bebían de pie junto al
-mostrador.
-
---La sorpresa que su visita me produjo ha hecho que los olvidara--dijo
-Defarge a guisa de explicación.--Tengan la bondad de dejarnos, amigos.
-
-Los tres hombres desaparecieron silenciosamente.
-
---¿Ha hecho usted del señor Manette objeto de exhibición?--preguntó
-Lorry en voz muy baja y con expresión colérica.
-
---Lo exhibo, conforme acaba usted de ver, a muy reducido círculo de
-personas escogidas.
-
---¿Y cree usted que eso está bien?
-
---Sí, señor: creo que está bien.
-
---¿Y esos escogidos, quiénes son? ¿Cómo los escoge usted?
-
---Escojo a los que son hombres verdaderos... y se llaman como yo:
-Santiago; hombres que conviene que lo vean... Pero usted es inglés,
-y es inútil que le dé explicaciones que no ha de entender. Tenga la
-bondad de esperar un momento.
-
-Por medio de un gesto recomendó a sus acompañantes que permanecieran
-inmóviles, y pegó la cara a una grieta que presentaba la pared.
-Momentos después alzó la cabeza, dió sobre la puerta dos o tres golpes,
-sin más objeto, a no dudar, que el de hacer ruido, pasó la llave por
-ella una porción de veces, con idéntica intención, la puso al fin en la
-cerradura, y abrió haciendo todo el ruido posible.
-
-Lenta y silenciosamente se abrió la puerta de fuera a dentro, empujada
-por la mano del tabernero. Este adelantó la cabeza y dijo algo. Una voz
-sumamente débil contestó. El tabernero volvió la cara e indicó a sus
-acompañantes que le siguieran. Lorry rodeó con su brazo la cintura de
-la niña, próxima a caer desfallecida.
-
---¡Ne... gocio... hija mía... nego... o... cio!--exclamó Lorry, vueltos
-hacia la niña los ojos, de los cuales brotaba algo que no suele ser
-producto de los negocios.--¡Entre usted... entre!
-
---¡Tengo miedo!--respondió la joven.
-
---¿Miedo a qué?
-
---¡A él... a mi padre!
-
-Viéndose en situación crítica, a consecuencia del estado de espíritu de
-la joven, por una parte, y por otra de las señas que su guía hacía para
-que entrasen, Lorry levantó entre sus brazos a la primera y franqueó la
-puerta.
-
-Defarge quitó la llave, cerró la puerta por dentro, con llave, por
-supuesto, y, terminadas esas operaciones lenta y metódicamente, y sobre
-todo, haciendo todo el ruido que pudo, echó a andar con paso mesurado
-en dirección a la ventana. Junto a ésta se detuvo y dió media vuelta.
-
-El sotabanco, construído para ser depósito de leña, apenas si recibía
-la visita de una luz muy escasa, pues la ventana, sumamente estrecha,
-y casi cerrada para evitar el frío, dificultaba tanto el paso a la
-luz, que era imposible ver absolutamente nada. Y sin embargo alguien
-trabajaba en aquella lóbrega estancia, pues junto a la ventana a la
-que daba frente, y vueltas las espaldas a la puerta, había un hombre
-de cabellos blancos como la nieve, sentado en una banqueta muy baja y
-entregado con ardor a la tarea de coser zapatos.
-
-
-VI.
-
-EL ZAPATERO.
-
---Buenos días--dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca
-del zapatero.
-
---Buenos días.
-
---Siempre tan trabajador, ¿eh?
-
-Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alzó la cabeza y
-contestó:
-
---Sí... estoy trabajando.
-
-La languidez de aquella voz hacía daño al oído. No era esa languidez
-que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad física, no,
-aunque es indudable que alguna parte tenían en ella la alimentación
-insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el
-terrible cautiverio: su característica especial y típica la recibía del
-hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de
-uso de la voz. Era algo así como el eco de un sonido que nació largos
-años antes y a considerable distancia: una voz que había perdido la
-vida, el timbre de voz humana, una voz que producía en los sentidos
-la impresión misma que produciría la vista de un color hermosísimo y
-delicado trocado por la mano de los siglos en mancha débil de colorido
-indefinible, una voz que reflejaba con elocuencia tan vívida la
-desesperación de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier
-viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del
-árido desierto que estuviera recorriendo, reconocería en su timbre
-la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el
-mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento.
-
-Al cabo de algunos minutos que el anciano pasó trabajando silencioso,
-ajeno a cuanto le rodeaba, volvió a levantar los ojos. En ellos no se
-advertía ni un átomo de interés, ni un átomo de curiosidad: reflejaban
-sencillamente esa percepción mecánica, esa conciencia inconsciente de
-que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona continúa
-ocupado.
-
---Quisiera dejar penetrar un poquito más de luz--dijo Defarge,
-cuyos ojos no se habían separado un instante de la persona del
-zapatero.--¿Podrá usted sufrirla?
-
-Suspendió su obra el interrogado; paseó sus miradas por el suelo, a
-derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alzó hacia el
-que acababa de interrogarle, preguntando al fin:
-
---¿Qué decía usted?
-
---Preguntaba si podrá tolerar un poquito más de luz.
-
---Tendré que tolerarla, si usted la deja entrar.
-
-Defarge abrió un poco más la ventana. Los rayos de luz que penetraron
-en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tenía
-sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o
-colocados sobre la banqueta, se veían varios útiles del oficio. Era
-aquél un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no
-de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban
-extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados,
-aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba
-abierta por el pecho dejaba ver una carne flácida y blanca como el
-papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubría la parte superior
-de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servían de envoltorio
-a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de
-vestir, habían adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del
-aire y de la luz, un tono de pergamino que hacía sumamente difícil
-poder precisar la materia empleada en su manufactura.
-
-Había puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz,
-y todos los huesos de aquélla se transparentaban. Jamás miraba a la
-persona que le dirigía la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y
-pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hábito de
-asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se
-acordaba de lo que acababan de preguntarle, ni de lo mismo que estaba
-él diciendo.
-
---¿Piensa terminar hoy ese par de zapatos?--preguntó Defarge, haciendo
-una seña a Lorry para que se acercase.
-
---¿Qué dice usted?
-
---¿Piensa terminar hoy esos zapatos?
-
---No puedo decir si lo pienso o no. Creo que sí; pero no lo sé.
-
-La pregunta le recordó la tarea, y a ella se consagró de nuevo.
-
-Aproximóse silencioso el señor Lorry, dejando a la niña junto a la
-puerta. Uno o dos minutos haría que se encontraba junto a Defarge,
-cuando el zapatero alzó la cabeza. No manifestó la menor sorpresa al
-ver a dos personas en vez de una.
-
---Tiene usted una visita--observó Defarge.
-
---¿Qué dice usted?
-
---Que ha venido este señor a visitar a usted.
-
-El zapatero alzó de nuevo los ojos, pero no dejó de trabajar.
-
---Este caballero--repuso Defarge--entiende mucho en zapatos. Enséñele
-usted el que está haciendo para que aprecie su trabajo. Tómelo usted,
-señor.
-
-Lorry tomó en su mano el zapato.
-
---Diga usted a este señor qué clase de zapato es, y el nombre del
-operario que lo hace.
-
-Medió una pausa más larga que las de ordinario antes que respondiera el
-zapatero.
-
---He olvidado la pregunta--dijo al fin.--¿Qué decía usted?
-
---Dije que tuviera usted la bondad de decir a este señor qué clase de
-zapato es éste.
-
---Es un zapato de señora... zapato de paseo, propio para señorita. Es
-de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda.
-
---¿Y el nombre del zapatero?--preguntó Defarge.
-
-El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de
-la izquierda, invirtió el orden, colocando los nudillos de ésta en la
-palma de la primera, a continuación se pasó las dos por la barba y
-después por la frente. La obra de arrancarle de la abstracción en que
-quedaba sumido siempre a raíz de haber hablado no cedía en importancia
-y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de
-infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que
-se espera obtener alguna revelación.
-
---¿Preguntó usted mi nombre?
-
---En efecto, eso pregunté.
-
---Ciento Cinco, Torre del Norte.
-
---¿Nada más?
-
---Ciento Cinco, Torre del Norte.
-
-Exhalando algo que no fué ni suspiro ni gemido, volvió a la tarea,
-que no suspendió hasta que el señor Lorry, mirándole con fijeza, le
-preguntó:
-
---Su profesión de usted no ha sido la de zapatero, ¿verdad?
-
-El interrogado volvió sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara
-que éste contestara por él la pregunta, pero como no le llegara por
-aquella parte el auxilio, los llevó hacia el que le interrogaba, no sin
-clavarlos antes en el suelo:
-
---¿Que no ha sido mi profesión la de zapatero? No: no lo ha sido.
-Aprendí... aprendí el oficio... allí. Me lo enseñé yo mismo. Pedí que
-me dejaran...
-
-Perdió, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vagó
-errante su mirada de una parte a otra hasta que volvió a encontrar a
-la persona con quien hablaba, y continuó, con el tono del que, en el
-momento de despertar, reanuda una conversación que el sueño interrumpió:
-
---Pedí que me dejaran aprender por mí mismo, y aprendí a fuerza de
-tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa más que
-zapatos.
-
-En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el
-zapato, preguntóle este último:
-
---Señor Manette, ¿no me recuerda usted?
-
-El zapato cayó al suelo y el zapatero quedó inmóvil, clavados sus ojos
-en la cara de quien le preguntaba.
-
---Señor Manette--repitió Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de
-Defarge.--¿No se acuerda usted de este hombre? ¡Mírele bien! ¡Míreme
-también a mí! ¿No se alzan en su cerebro las figuras del que fué su
-banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado
-antiguo?
-
-Mientras el infeliz recién salido de la tumba, donde por espacio de
-tantos años le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora
-en el señor Lorry, ora en Defarge, su frente reveló que allá en las
-profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia reñían
-ruda batalla con la noche profunda que, reinando como señora única,
-paralizaba toda su actividad. La cerrazón se acentuó poco dispuesta
-a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por
-apagarse; pero habían brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez
-despierta, no está extinguido del todo, puede brillar otra vez. Así
-ocurrió en efecto. Cuando momentos después repararon sus miradas en la
-cara juvenil de la niña que, arrastrándose a lo largo de la pared se
-había acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba,
-primero con mezcla de compasión infinita y de terror, y más tarde
-con anhelos vivísimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de
-espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la
-vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brotó de
-nuevo, pero más potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso
-de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fué a prender en la
-del anciano.
-
-Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueñas del campo.
-El viejo miró a las personas que tenía delante con menos atención que
-antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombría abstracción
-que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro,
-recogía el zapato y reanudaba su tarea.
-
---¿Le ha reconocido usted, caballero?--susurró Defarge al oído de Lorry.
-
---Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves
-instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en
-otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más!
-
-La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la
-banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente
-imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a
-turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó
-en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor.
-
-Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento
-con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y
-cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda.
-Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y
-allí se detuvieron.
-
-Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus
-labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a
-articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le
-oyó murmurar:
-
---¿Qué es esto?
-
-La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus
-labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó,
-y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos
-tuviera la cabeza querida del anciano.
-
---¿Eres la hija del calabocero?--preguntó éste.
-
---No--suspiró ella.
-
---¿Quién eres, pues?
-
-Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular
-palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso
-éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano
-de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó
-contemplando a aquélla.
-
-Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en
-largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez
-evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron,
-pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su
-inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar
-su labor.
-
-Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres
-miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre
-su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al
-cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la
-cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla,
-abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó
-con detenimiento.
-
---¡Es el mismo!--murmuró.--¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo
-sucedió?
-
-Su frente se iluminó más que nunca. Vuelto hacia la niña, tomó entre
-sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana
-la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda
-contemplación, dijo:
-
---Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había
-reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo
-no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del
-Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis
-que lo conserve?--les pregunté.--No han de facilitar la fuga de mi
-cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por
-entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo
-como si acabara de pronunciarlas.
-
-Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las
-palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con
-acuerdo perfecto, bien que muy lentamente.
-
---No lo entiendo...--añadió.--_¿Eras tú?_
-
-Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar
-la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta,
-perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja:
-
---Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no
-hablen, que no se muevan.
-
---¡Chist!--exclamó el anciano.--¿Quién habla?
-
-Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la
-cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con
-expresión de dolor sombrío su cabeza.
-
---¡No, no, no!--repuso.--¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven,
-demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una
-prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara
-que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No,
-no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes
-de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas,
-ángel hermoso?
-
-La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos
-delante del pecho.
-
---¡Oh, señor!--exclamó.--¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo,
-quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa
-historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni
-en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que
-me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!
-
-Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.
-
---Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz
-despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus
-oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi
-cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa
-sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore
-por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su
-memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años,
-otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y
-moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por
-él!
-
-La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la
-blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño.
-
---¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que
-sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle
-conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura,
-soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus
-semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame
-lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha
-sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el
-de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe
-que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que
-tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta
-y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando
-todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar
-de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible
-historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos
-señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las
-lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón
-los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío!
-
-El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía
-reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a
-la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos
-sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con
-las manos.
-
-Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad,
-y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo
-a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las
-tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas
-tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al
-reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron
-los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero
-había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La
-hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su
-hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.
-
---Si fuera posible--dijo la niña, alargando una mano a
-Lorry--disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que
-desde esta misma casa...
-
---Hay que tener presente una cosa importante--contestó Lorry
-interrumpiendo a la joven.--¿Está en disposición de emprender el viaje?
-
---Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus
-molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido.
-
---Nada más cierto--terció Defarge, que se había arrodillado para ver y
-oir mejor.--Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar
-la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia.
-¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?
-
---El negocio es ése--observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para
-volver a su tema favorito--y cuando hay que terminar un negocio, cuanto
-más pronto se ultime, mejor.
-
---En ese caso--dijo la señorita Manette,--tengan la bondad de dejarnos
-aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá
-convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con
-que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin
-de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles
-que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo
-cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es
-llevárnoslo cuanto antes.
-
-No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos
-hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como
-no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse
-de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso,
-fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que
-necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada
-uno por su lado.
-
-Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro
-suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura
-hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían
-ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y
-abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge,
-portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en
-el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con
-la cooperación de Lorry levantó al cautivo.
-
-Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su
-cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente
-la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil
-y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél
-conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían
-dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a
-fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas,
-que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces.
-La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con
-frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había
-visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto
-sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia
-ésta la cabeza cuantas veces le hablaba.
-
-Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga
-fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso
-el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con
-agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no
-contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla.
-
-Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha
-Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y
-miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor.
-
---¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta
-escalera?--preguntó la niña.
-
---¿Qué dices?
-
-Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si
-aquella le hubiese sido formulada de nuevo.
-
---¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!
-
-Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido
-trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban
-oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que
-cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio
-de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras
-cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al
-convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la
-calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza.
-
-No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las
-ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad
-reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a
-la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió.
-
-Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija
-le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en
-el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas
-de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo
-inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo
-después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y
-en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se
-entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.
-
-Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el
-postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando.
-
-Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz
-más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de
-menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos
-de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de
-las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban
-de guardia.
-
---¡Los pasaportes, viajeros!
-
---Aquí están, señor oficial--contestó Defarge desde el pescante,
-pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al
-oficial.--Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que
-va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona,
-en...
-
-Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo
-que le dijo.
-
-Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la
-portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del
-propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al
-anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.
-
---Está bien. Adelante.
-
-Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan
-distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a
-lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido
-tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa
-y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego
-al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en
-vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua
-pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas.
-
---¿Supongo que te interesará vivir?
-
-La respuesta era también la de siempre.
-
---No puedo decirlo.
-
-
-
-
-LIBRO SEGUNDO
-
-EL HILO DE ORO
-
-
-I
-
-CINCO AÑOS DESPUÉS.
-
-Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del
-Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un
-edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios
-de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su
-obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus
-incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla
-poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción
-íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y
-menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se
-trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían
-contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa
-Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita
-comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks
-Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror!
-
-Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo
-más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de
-reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía
-mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que
-llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de
-proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo
-reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo
-son más respetables.
-
-Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una
-glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis
-lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa
-Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida
-con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se
-hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados,
-viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les
-habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las
-firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas
-que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales
-no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les
-fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por
-gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora
-del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera
-a recorrer «la casa», este _cualquiera_ habría sido conducido a una
-especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio,
-donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la
-futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos
-en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera
-roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se
-encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en
-depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas,
-dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera
-a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía
-abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su
-tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a
-guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le
-inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados
-en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor,
-aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas
-por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en
-pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco
-de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del
-Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de
-los aschantis.
-
-Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea
-universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y
-no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la
-Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro
-tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de
-muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso,
-pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte
-al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un
-caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal,
-era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín
-falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales
-que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal,
-con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las
-transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una
-vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso
-particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él,
-todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las
-cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es
-casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz
-que por sus sucias ventanas penetraba en su interior.
-
-Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los
-empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura
-de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe
-dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo
-guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que
-había adquirido el olor peculiar de la Casa.
-
-Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser
-llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de
-mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se
-separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran
-a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo
-suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban
-maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo
-en cuestión, a quien daban el remoquete de _Lapa_, aunque muchos años
-antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de
-permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del
-mundo, recibió el nombre de Jeremías.
-
-Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular
-del alto empleado _Lapa_, hora las siete y media de una mañana ventosa
-del mes de marzo, y _Anno Domini_, mil setecientos ochenta. Digo
-_Anno Domini_ en vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la
-manera de hablar del sapientísimo _Lapa_, quien, creyendo que la era
-cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha
-por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía
-anteponiendo a la del año las palabras _Ana Dominó_.
-
-No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones
-particulares del buen _Lapa_, ni pasaban de dos, contando como una un
-ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora,
-y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que
-aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la
-mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve,
-brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el
-almuerzo.
-
-Roncaba el _señor Lapa_ bajo las colchas de la cama como roncar
-pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al
-fin comenzaron a agitarse las colchas, _Lapa_ se revolvió con aire
-inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas
-que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la
-Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó
-su propietario con voz exasperada.
-
---¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!
-
-Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón,
-donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente
-para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del
-durmiente.
-
---Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?--repuso _Lapa_, alargando un
-brazo en busca de una bota.
-
-La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda
-salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas
-hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso
-que el _señor Lapa_ volvía muchas veces a su casa, después de terminado
-su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que,
-al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo.
-
---¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?--gritó el melifluo
-_Lapa_, después de errar el tiro.
-
---Rezaba.
-
---¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones,
-pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí?
-
---No rezo contra ti, sino por ti.
-
---No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas
-libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo
-mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu
-padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su
-deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que
-arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que
-constituye su alimento! ¡Qué te parece!
-
-Muy mal debió parecerle al digno retoño del señor _Lapa_ lo que éste
-insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la
-madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que
-con su alimentación personal tuviera relación.
-
---¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus
-rezos?--repuso el marido, con insistencia inconsciente.--Dime: ¿qué
-valor concedes a tus oraciones?
-
---Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito.
-
---¡Su único mérito!--repitió el _señor Lapa_.--¡Poco valen, entonces!
-De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a
-rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi
-cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de
-tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el
-infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre
-desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez
-de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que
-el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio
-mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si
-adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no
-lo aguanto--añadió, dirigiéndose a su costilla.--Soy más bruto que un
-coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo,
-o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo,
-me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para
-siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata
-de los infiernos!
-
-El _señor Lapa_, lanzando de tanto en tanto frases de indignación,
-emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto,
-cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del
-padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del
-padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre
-mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía.
-
---¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla!
-
-Ni con el almuerzo se dulcificó el humor de _Lapa_, antes bien pareció
-que acrecentaba su animosidad contra su mujer.
-
---¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada?
-
-Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del
-Cielo.
-
---¡Cuidado con traer bendiciones!--barbotó, mirando como si temiera
-ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oración de su
-mujer.--¡Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! ¡No quiero
-bendiciones en mi mesa!
-
-Rojo de cólera, con los ojos fuera de las órbitas, el _señor Lapa_
-devoraba, que no comía, el almuerzo, rezongando y gruñendo como pudiera
-hacerlo cualquier congénere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de
-la mañana, algún tanto domeñado su encrespado natural, salió de su casa
-para entregarse a las ocupaciones del día.
-
-Apenas si su oficio merecía el nombre de tal, no obstante llamarse él
-a sí mismo «honrado menestral». Todas las mañanas, colocaba un banco,
-hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco
-Tellson más inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos
-puñados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle
-cargado de ella, constituían todos sus enseres. El _señor Lapa_ y su
-banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y
-con corta diferencia, de tan poco grato aspecto.
-
-Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar
-la mano a su tricornio cada vez que entraba o salía del Banco Tellson
-alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, el _señor Lapa_,
-acompañado por su hijo, entreteníase en aquella mañana ventosa de
-marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos niños o personas
-mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupación. Padre e
-hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, más que seres
-humanos semejaban una pareja de monos. Jeremías el mayor mascaba
-pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremías el menor acechaban
-inquietos el tráfico matinal de la calle Fleet, cuando asomó la cabeza
-de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y
-dijo con voz campanuda:
-
---¡Que entre el portero!
-
---Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el día, padre--observó
-Jeremías el menor.
-
-El padre cedió el banco al hijo, y éste se sentó, recogiendo y llevando
-a su boca la paja que el primero estaba mascando.
-
-
-II
-
-UNA VISITA
-
---¿Conoce usted bien el Old Bailey?[1]--preguntó uno de los empleados
-más ancianos del Banco a Jeremías _Lapa_.
-
- [1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:--(N. del T.).
-
---Sí... señor--contestó con cierto retintín el interrogado.--Conozco el
-Bailey.
-
---Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad?
-
---Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más
-de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey.
-
---Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los
-testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el
-señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad.
-
---¿Hasta la Sala de Justicia?
-
---Hasta la Sala de Justicia.
-
---¿He de esperar en la Sala, señor?
-
---Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará
-esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre,
-procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier
-gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus
-obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry
-le necesite.
-
---¿Nada más?
-
---Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial
-es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier
-momento dado es usted.
-
-Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el
-sobrescrito, el buen _Lapa_, que le contempló sin despegar los labios
-hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó.
-
---¿Fallan hoy alguna causa por falsificación?
-
---Por traición.
-
---¡Descuartizamiento seguro!--exclamó _Lapa_.--¡Qué barbaridad!
-
---Es la ley--replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia
-_Lapa_,--la ley, y nada más que la ley.
-
---Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a
-un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos,
-lo encuentro feroz.
-
---Procure hablar bien de la ley, amigo mío--repuso el empleado.--Guarde
-para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de
-sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido.
-
---¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi
-lengua!--exclamó _Lapa_.--A su consideración dejo el juzgar si el que
-gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede
-tener sellados los labios.
-
---Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos
-con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha.
-
-Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió.
-
-Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que
-se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que
-luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde
-se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las
-enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala
-de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco
-miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar
-para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez
-del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del
-encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey
-era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente
-pálidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban
-al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles
-públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro
-ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre.
-También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que
-suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever;
-éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la
-pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y
-dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que
-en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte
-y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible
-sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la
-perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan
-cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por
-aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es
-justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara
-aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo
-que ha existido fué injusto».
-
-Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba
-el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la
-habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero
-no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de
-que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la
-misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban
-ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las
-localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el
-Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en
-aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente
-guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las
-que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre
-abiertas de par en par.
-
-Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras
-de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al
-mensajero.
-
---¿Qué hay?--preguntó al primer hombre que encontró.
-
---Nada todavía.
-
---¿Qué habrá luego?
-
---Una vista por traición.
-
---Descuartizamiento seguro, ¿eh?
-
---¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio
-donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la
-horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego
-le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia.
-
---Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir.
-
---¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado!
-
-El _señor Lapa_ prestó entonces atención al guardián de la puerta, a
-quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta
-en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre
-señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor
-del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de
-papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos
-empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió el _señor Lapa_, así
-como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta
-toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió
-el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso
-inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse.
-
---¿Qué papel representa ése en el proceso?--preguntó a _Lapa_ el
-individuo a quien antes había preguntado éste.
-
---Que me aspen si lo sé.
-
---Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa
-usted?
-
---Que me descuarticen si lo sé tampoco.
-
-Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel
-momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron
-en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a
-uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con
-el prisionero.
-
-Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía
-los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero,
-todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes
-al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las
-columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban
-ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie,
-otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban
-sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos
-curiosidad demostraba Jeremías _Lapa_, quien se erguía semejante a un
-pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra
-el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza--había
-tomado un vaso durante el camino,--las que se mezclaban con las que
-partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y
-de te.
-
-El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años,
-buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero.
-Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y
-castaño, caía sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma
-manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la
-envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía
-colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez
-morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte
-que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con
-calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó:
-
-¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala
-despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba
-su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido
-probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de
-algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo
-golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo
-que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura
-dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y
-el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo
-sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro.
-
-¡Silencio en la Sala!
-
---Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día
-anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta,
-Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente,
-etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y
-por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra
-nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había
-hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto,
-excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con
-objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos
-otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas
-militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor
-tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte.
-
-Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había
-conseguido adquirir Jeremías _Lapa_.
-
-El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y
-descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la
-situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que
-los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía
-a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal
-compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las
-hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento,
-como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y
-contra la atmósfera viciada que allí se respiraba.
-
-Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto
-concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de
-desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas
-caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra
-las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella
-Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes
-que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos.
-Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a
-envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo
-que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que,
-al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un
-estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga
-eléctrica.
-
-Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde
-tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal
-fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no
-volviera los ojos.
-
-Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de
-edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban
-poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus
-cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa,
-sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo,
-pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija,
-por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la
-primavera de la vida.
-
-Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida
-por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la
-inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente
-y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste
-suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de
-la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído.
-
-No dejó de preguntar Jeremías _Lapa_ a su vecino, a cuyos perspicaces
-ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran
-aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la
-respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído.
-
---Son testigos.
-
---¿De cargo?
-
---Testigos en contra.
-
---¿En contra de quién?
-
---Del reo.
-
-El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las
-de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el
-desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento que el fiscal
-de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar
-el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso.
-
-
-III
-
-DECEPCIÓN
-
-El señor fiscal de la Corona manifestó en su informe que el acusado,
-aunque joven en años, era tan viejo en actos alevosos y prácticas de
-pérfida traición, que se imponía la necesidad de acabar con su vida.
-«Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo público--dijo--no
-datan de ayer, ni de anteayer, ni del año pasado, ni de dos años atrás.
-Desde fecha mucho más remota viene el reo haciendo viajes constantes
-entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni él mismo
-ha sabido explicarnos satisfactoriamente. ¡Ah! Si el Cielo, en su alta
-sabiduría, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones
-de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habrían dado
-sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera
-especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspiró a una
-persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia
-no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros
-planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror,
-se apresuró a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto
-Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendréis ocasión de conocer a
-ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Había sido amigo íntimo
-del traidor, pero no bien descubrió sus infamias, decidió inmolar una
-amistad, que ya no podía conservar en su pecho, en el altar sacrosanto
-del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las
-erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han
-sacrificado sus más vivas afecciones, no cabe dudar que tendrá la suya
-ese ciudadano eminente. La virtud, según han afirmado infinidad de
-poetas, cuyos nombres no citaré porque todos mis oyentes los tienen en
-la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo,
-la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues,
-de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e
-impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia,
-se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en él la santa
-resolución de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los
-bolsillos de su señor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos
-más secretos. No faltarán detractores que claven sus dientes en la
-reputación de este criado admirable, maldicientes que expongan en
-la picota pública pecadillos de su vida pasada, pero aun así he de
-protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto,
-he de decir que me merece más consideraciones que mis mismos hermanos,
-más consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar
-que lo propio harán los que me escuchan. Las declaraciones de los dos
-testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo serán
-exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero
-poseía relaciones numéricas de las fuerzas militares de Su Majestad,
-estados explicativos de la disposición y preparación de las mismas,
-y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como
-ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha
-sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de
-puño y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa,
-y en todo caso, será circunstancia agravante, puesto que pondrá de
-relieve la artera malicia del acusado. A cinco años se remontan las
-pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por
-entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya vendía
-a la patria semanas antes de haberse reñido la primera batalla entre
-las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirán
-necesariamente en el ánimo del Jurado, si es Jurado leal, como me
-consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo,
-para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor.
-¡Ah, señores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del
-prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas
-sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas
-de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de
-sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos
-reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la
-Corona os pide por lo más sagrado, por lo que más caro os sea, por el
-juramento que habéis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos
-gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero
-por ahorcado, decapitado y descuartizado.»
-
-Cuando el fiscal de la Corona cesó de hablar, llenaron la Sala sordos
-murmullos. No parecía sino que el aire se había llenado de enjambres
-de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras
-del estado en que no tardarían en encontrarle. Cuando se extinguieron
-los zumbidos, apareció en la tribuna de los testigos el ciudadano
-impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona.
-
-El señor procurador general, ateniéndose estrictamente a las
-instrucciones de su jefe, examinó entonces al patriota. Llamábase Juan
-Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada
-resultó ser la que el señor fiscal de la Corona había expuesto
-sucintamente en su acusación. Luego que hubo contestado las preguntas
-que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber
-manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme
-peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa
-distancia del señor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al
-techo.
-
-He aquí, en resumen, el interrogatorio a que fué sometido el gran
-patriota por el caballero de la peluca:
-
---¿Ha sido usted espía alguna vez?
-
---Jamás--contestó indignado el ciudadano.
-
---¿De qué vive usted?
-
---De mis rentas.
-
---¿En qué consisten esas rentas?
-
---No tengo por qué dar explicaciones sobre este particular.
-
---¿Dónde radican sus bienes?
-
---No lo recuerdo con precisión.
-
---¿Ha heredado usted?
-
---Sí.
-
---¿De quién?
-
---De un pariente lejano.
-
---¿Muy lejano?
-
---Bastante.
-
---¿Ha sido procesado alguna vez?
-
---Nunca.
-
---¿Ni ha estado en la cárcel por deudas?
-
---No sé que tenga nada que ver eso con el asunto que se debate.
-
---¿Ha estado en la cárcel por deudas?
-
---¿Otra vez?
-
---Conteste usted.
-
---Sí.
-
---¿Cuántas veces?
-
---Dos o tres.
-
---¿No serán cinco o seis?
-
---Tal vez.
-
---¿Su profesión?
-
---Caballero.
-
---¿Le han dado de patadas alguna vez?
-
---Puede que sí.
-
---¿Con frecuencia?
-
---No.
-
---¿Le han echado a puntapiés de alguna casa?
-
---No.
-
---¿No le han hecho rodar a patadas escaleras abajo?
-
---Repito que no. En una ocasión recibí algunas patadas en lo alto
-de una escalera, y la bajé rodando, pero fué porque quise, por mi
-voluntad, deliberadamente.
-
---En la ocasión a que se refiere, ¿no le echaron a puntapiés por
-fullero, por hacer trampas en una partida de dados?
-
---Algo por el estilo dijo el borracho embustero que me dió las patadas,
-pero era falso.
-
---¿Jura usted que era falso?
-
---Sin el menor reparo.
-
---¿No ha buscado usted nunca en las trampas del juego los medios de
-vivir?
-
---Nunca.
-
---¿Ni ha vivido del juego?
-
---He jugado como juegan todos los demás caballeros.
-
---¿Le ha prestado dinero el prisionero?
-
---Sí.
-
---¿Y lo ha pagado?
-
---No.
-
---La amistad que con el prisionero le ha ligado, en realidad una
-amistad ligera, ¿no era de las que solemos llamar obligadas, es decir,
-una amistad cultivada en sillas de posta, posadas y barcos?
-
---No.
-
---¿Ha visto las relaciones y listas en poder del prisionero?
-
---Sí.
-
---¿Puede decir algo más acerca de esas listas?
-
---No.
-
---¿Espera que su declaración le valga algún provecho o beneficio?
-
---No.
-
---¿Ni siquiera un destino de espía a sueldo del gobierno?
-
---No.
-
---¿Ni ningún otro empleo?
-
---No.
-
---¿Lo jura?
-
---Una y mil veces.
-
---¿Obedece a otros motivos que a los de patriotismo?
-
---No.
-
-Fué llamado a declarar el virtuoso criado del prisionero, Rogerio Cly,
-quien prestó con gran decisión su juramento. Cuatro años antes había
-entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A
-bordo del barco que hacía el servicio de Calais, preguntó al prisionero
-si necesitaba un criado, y aquel le recibió. Muy poco después le
-pareció sospechosa la conducta del prisionero, y resolvió espiarle. En
-los diferentes viajes que hizo en su compañía, en las ropas de su amo
-vió varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en
-poder de la justicia. El fué el que sacó algunas de aquellas listas
-de una gaveta de la mesa de su amo. Vió que éste enseñaba otras
-listas idénticas a un caballero francés en Calais y otras a otros
-caballeros también franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante
-de su patria, su conciencia se sublevó contra tan negras traiciones
-y denunció los hechos. Acerca de su honradez, aseguró que era tan
-intachable, que nadie se atrevió jamás a acusarle del robo de una
-tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron
-en una ocasión el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones,
-resultó que no era de plata, sino de metal plateado. Conocía al testigo
-que le precedió en la declaración desde siete u ocho años antes, pero
-nunca se trataron más que por coincidencia. No afirmó que se tratara de
-coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es público
-y notorio que las coincidencias lo son por regla general.
-
-Oyóse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el
-señor fiscal de la Corona llamó al señor Mauricio Lorry.
-
---¿Es usted empleado del Banco Tellson, señor Mauricio Lorry?
-
---Sí, señor.
-
---En la noche de un viernes del mes de noviembre del año mil
-setecientos setenta y cinco, ¿hizo usted un viaje desde Londres a
-Dover, por la diligencia-correo?
-
---Sí, señor.
-
---¿Iban en la diligencia otros viajeros?
-
---Sí, señor: dos.
-
---¿Dejaron la diligencia aquella noche, antes de llegar a Dover?
-
---Sí, señor.
-
---Vea usted al prisionero, señor Lorry, y díganos si era uno de
-aquellos viajeros.
-
---No puedo decir que lo fuera.
-
---¿Se parece a alguno de sus compañeros de viaje?
-
---Iban los dos tan embozados, la noche era tan obscura, y los tres
-guardamos tanta reserva, que me es imposible contestar la pregunta.
-
---Examine con más detenimiento al prisionero, señor Lorry.
-Represénteselo embozado, en la forma misma que iban sus compañeros de
-viaje, y díganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que
-fuera uno de los dos viajeros.
-
---No es imposible.
-
---¿Usted no juraría que el reo no era ninguno de ellos?
-
---No.
-
---Luego confiesa usted que podía ser uno de ellos, ¿no es verdad?
-
---Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis
-dos compañeros de viaje tenían... y yo también... un miedo horrible
-a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan
-fácilmente.
-
---¿Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas
-que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten?
-
---No, señor.
-
---Vuelva usted a reconocer al reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle visto
-en alguna ocasión?
-
---Sí.
-
---¿Cuándo y dónde?
-
---A mi regreso de Francia, pocos días después del incidente de la
-diligencia, le encontré en Calais a bordo del barco en que yo volvía, e
-hicimos juntos el viaje.
-
---¿A qué hora embarcó el reo?
-
---Ya avanzada la noche. Era el único pasajero del barco, excepción
-hecha de nosotros, y llegó a última hora.
-
---¿Qué hora sería?
-
---Poco más de media noche.
-
---¿Y dice usted que llegó el último?
-
---Dió la casualidad que llegase el último, sí, señor.
-
---Dejemos a un lado las «casualidades». Fué el único pasajero que llegó
-a altas horas de la noche, ¿no es cierto?
-
---Sí, señor.
-
---¿Viajaba usted solo, o acompañado, señor Lorry?
-
---Con dos compañeros: un caballero y una señorita. Ambos están aquí.
-
---En efecto: aquí están. ¿Habló usted con el prisionero?
-
---Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesía era larga y
-pesada, y me la pasé de playa a playa tendido en el sofá.
-
---¡Señorita Manette!
-
-Púsose en pie la señorita hacia la cual se habían antes vuelto todas
-las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al
-propio tiempo que ella, se levantó su padre.
-
---Examine usted al prisionero, señorita Manette.
-
-Mil veces más penoso fué para el acusado verse frente a aquella niña,
-joven y hermosa, que le contemplaba con compasión anhelante, que
-afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin
-pestañear, sin que se alterase un solo músculo de su rostro, aguantó la
-terrible acusación del fiscal de la Corona; las declaraciones de los
-testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver
-desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad,
-de la niña, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la
-agitación de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para
-permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre
-refluyó a su corazón.
-
---¿Conocía usted al prisionero, señorita Manette?
-
---Sí, señor.
-
---¿Dónde le conoció usted?
-
---A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasión.
-
---¿Es usted la señorita aludida por el señor Lorry?
-
---¡Por desgracia, señor, soy yo!
-
-Los acentos de compasión que la niña supo poner en su voz no
-dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad:
-
---Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer
-observaciones ni comentarios... Señorita Manette, ¿sostuvo usted alguna
-conversación con el prisionero durante la travesía del Canal?
-
---Sí, señor.
-
---Refiérala.
-
-En medio de un silencio imponente, comenzó la niña con voz débil:
-
---Cuando llegó a bordo ese caballero...
-
---¿Se refiere usted al prisionero?--interrogó el juez, frunciendo el
-entrecejo.
-
---Sí, señor.
-
---Pues cuando haya de nombrarle, llámele el prisionero.
-
---Cuando llegó a bordo el prisionero, advirtió que mi padre estaba muy
-fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postración
-de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le
-preparé una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cámara, y
-yo me senté a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no éramos
-más que cuatro. Fué tan bueno el prisionero, que después de rogarme
-que le dispensase el atrevimiento, me enseñó la manera de colocar a mi
-padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no había sabido
-hacer. Prodigó a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y
-estoy segura que se las prodigó de corazón. He aquí cómo comenzamos a
-hablar.
-
---Permítame que la interrumpa. ¿Llegó solo a bordo?
-
---No, señor.
-
---¿Cuántos le acompañaban?
-
---Dos caballeros franceses.
-
---¿Qué conferenciaban con el prisionero?
-
---Hablaron con el prisionero hasta el último momento. Cuando el barco
-levaba, se despidieron de él y saltaron a su bote.
-
---¿Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a éstos?
-
---Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cómo o qué eran.
-
---¿Parecidos a éstos en tamaño y forma?
-
---Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy
-cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el
-prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la
-escalera de la cámara, debajo del farol allí pendiente. Sostenían, sin
-embargo, la conversación con voz tan baja, que no oí una palabra. Vi,
-sí, que leían papeles, y nada más.
-
---Repítanos usted la conversación que sostuvo con el prisionero,
-señorita Manette.
-
---El prisionero fué conmigo muy franco... puso en mí gran confianza...
-fué muy amable, muy bueno... trató con tierna solicitud a mi padre...
-y no quisiera--terminó la joven, hecha un mar de lágrimas--no quisiera
-corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen.
-
-Los moscardones azules volvieron a zumbar.
-
---Señorita Manette--replicó el fiscal,--si el prisionero no se convence
-de que usted presta la declaración que es su deber prestar... que está
-obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su
-voluntad y con sobrada repugnancia, habrá que confesar que está ciego.
-Tenga la bondad de continuar.
-
---Me dijo que motivaban su viaje asuntos de índole altamente delicada
-y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre
-pueblos distintos, y que por esta razón, viajaba bajo nombre supuesto.
-Me dijo que esos asuntos le habían llevado a Francia pocos días
-antes, y que probablemente, durante un período más o menos largo, le
-obligarían a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia.
-
---¿Habló de América, señorita Manette? Tenga la bondad de especificar
-con detalles.
-
---Procuró explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me
-dijo que, en opinión suya, la sinrazón y la injusticia estaban de parte
-de Inglaterra. Añadió, en tono humorístico, que quizá Jorge Wáshington
-estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge
-III. Pero en todo ello no había ni sombra de malicia: lo dijo riendo y
-para pasar el tiempo.
-
-El señor fiscal de la Corona manifestó que consideraba necesario
-interrogar al padre de la señorita, al doctor Manette.
-
---Mire usted al prisionero, doctor Manette: ¿recuerda haberle visto
-antes?
-
---Una sola vez. Hará tres años o tres y medio que me visitó en mi casa
-de Londres.
-
---¿Puede usted decirnos si fué su compañero de viaje durante la
-travesía del Canal, o repetirnos la conversación que tuvo con su hija?
-
---Ni lo uno ni lo otro, señor.
-
---¿Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer
-lo que se le pide?
-
---Existen--contestó el doctor con voz muy baja.
-
---¿Son éstas la desventura de haber sufrido un cautiverio larguísimo en
-su país natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado?
-
-Con tono que penetró hasta el fondo de los corazones de todos los
-presentes, contestó:
-
---¡Un cautiverio eterno!
-
---¿Había recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el
-viaje a que me refiero?
-
---Eso me dicen.
-
---¿No lo recuerda usted?
-
---No recuerdo nada. Mi cerebro fué una noche profunda durante algún
-tiempo... no puedo decir cuánto... desde que en mi calabozo me dedicaba
-a hacer zapatos hasta que me encontré en Londres en compañía de mi
-querida hija. Me habitué a su trato... ignoro cómo... no conservo
-recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien
-devolverme las facultades.
-
-El señor fiscal de la Corona dió por terminado el interrogatorio, y el
-padre y la hija volvieron a sentarse.
-
-Ocurrió en este punto un incidente singular. El objeto de las
-actuaciones, el fin que en el proceso se perseguía, era demostrar que
-el acusado, en compañía de otro traidor cómplice suyo, cuya identidad
-era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes
-del mes de noviembre de cinco años atrás, en la diligencia-correo de
-Londres a Dover, habían desmontado durante la marcha, con objeto de
-despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde
-retrocedieron doce o más millas hasta llegar a una plaza fuerte que
-tenía arsenal, donde recogieron los datos que perseguían. Un testigo
-declaró que en el día y hora indicados había visto al prisionero en el
-comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando
-a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo
-al testigo a un interrogatorio tan rígido como habilidoso, sin más
-resultado que el de asegurar aquél que jamás, ni antes ni después de
-la ocasión indicada, había visto al prisionero, cuando el caballero
-empelucado, que desde los comienzos de la vista tenía los ojos clavados
-en el techo de la Sala, escribió dos o tres palabras en un papelito, lo
-retorció, y seguidamente lo tiró al defensor. Este, después de leer el
-papelito, miró con atención y curiosidad extraordinarias al prisionero.
-
---¿Dice usted que tiene seguridad absoluta de que _era_ el
-prisionero?--preguntó al testigo.
-
---Absolutísima.
-
---¿No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero?
-
---A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una
-equivocación.
-
---Fíjese bien en aquel caballero,--repuso, indicando al que acababa de
-tirarle el papelito--y luego, fíjese bien en el prisionero. ¿Qué me
-dice usted? ¿No es verdad que se parecen bastante?
-
-No obstante la dejadez y desaliño del caballero del papelito, existía
-entre él y el prisionero un parecido bastante notable para llenar
-de sorpresa no sólo al testigo, sino también a cuantas personas se
-hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplicó al repetido
-caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se
-hizo muchísimo más notable. Preguntó el presidente al señor Stryver,
-que era el abogado defensor, si habrían de encausar por el delito de
-traición al señor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que
-el defensor respondió que no, pero que deseaba preguntar al testigo si
-creía que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera
-osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel
-ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto
-se parecía al prisionero no habría sido golpe rudo asestado a su
-confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fué aniquilar al
-testigo, destruir el efecto de su declaración, y quitar todo el valor a
-sus manifestaciones.
-
-El buen Jeremías _Lapa_, que seguía el curso de la vista sin perder
-palabra ni gesto, hubo de escuchar cómo el defensor volvía la tortilla
-que el fiscal y los testigos habían servido al Jurado, diciendo que
-el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espía mercenario, un
-vil traidor, un traficante en sangre que no conocía el decoro ni
-la vergüenza, el reptil de alma más negra que había existido en el
-mundo desde que el maldecido Judas, a quien se parecía física y
-moralmente, lo deshonró con su presencia. Afirmó que el espejo de
-criado, el inocente Cly, era amigo y cómplice de Barsad, y digno
-de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos
-miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en víctima
-de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines
-la circunstancia de que aquél, francés de origen, hacía frecuentes
-viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no podía
-explicar, y que no explicaría el prisionero, aun cuando su silencio le
-costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostró
-que las manifestaciones hechas por la señorita Manette, cuya angustia
-al hacerlas todos habían tenido ocasión de apreciar, no tenían la menor
-importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanterías, muy naturales
-en un joven que tropieza en un viaje con una niña agraciada, excepción
-hecha de lo referente a Jorge Wáshington, que a su juicio resultaba
-tan extravagante, que sólo como chiste desatinado cabía considerarlo.
-Añadió que daría la Justicia pruebas palpables de debilidad si
-persistía en la idea de perseguir una populachería estéril aprovechando
-bajas antipatías y temores nacionales que el señor fiscal de la Corona
-había explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tenía
-más fundamento que las ruindades y vilezas de una declaración cuya mala
-fe saltaba a la vista, declaración prestada con ánimo deliberado de
-desfigurar los hechos, declaración que tiende a que la Justicia, para
-vergüenza nuestra, añada un error lamentabilísimo a la interminable
-serie de los que ha cometido.
-
-El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no
-fuera expresión exacta de la verdad, interrumpió con cara fosca al
-orador, para decir, con grave ademán, que le era imposible continuar
-ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan
-desagradables.
-
-Interrogó el defensor a los escasos testigos de descargo, y a
-continuación, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos
-por el señor fiscal de la Corona para volver del revés el traje que
-el primero había confeccionado para el Jurado. Lo más saliente de su
-discurso fué asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly
-eran mil veces más virtuosos de lo que al principio había dicho, y
-el prisionero mil veces más criminal. El presidente, en su informe
-final, dió vueltas y más vueltas al traje confeccionado por el fiscal
-y procuró deshacer las costuras del presentado por el defensor,
-demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja
-del prisionero.
-
-Retiróse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules
-dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos.
-
-El movimiento, los murmullos generales, la expectación que de todos
-los testigos de la vista se había adueñado, no fueron parte a que el
-señor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de
-actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el señor Stryver, recogiendo
-los papeles que tenía delante, conversaba con las personas que tenía
-más cerca y de tanto en tanto dirigía miradas de ansiedad al Jurado,
-mientras todos los espectadores se movían más o menos, ora separándose,
-ora reuniéndose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su
-asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los
-presentes sospecharan que el estado de su ánimo distaba mucho de ser
-sosegado, el señor Carton permanecía arrellanado en su asiento, con
-la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente
-a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los había tenido
-todo el día.
-
-Esto no obstante, el señor Carton avizoraba más detalles de la escena
-que ante sus ojos se desarrollaba de lo que a primera vista parecía.
-Prueba de ello es que, cuando la señorita Manette, rendida bajo el peso
-de tantas emociones, cayó desfallecida en los brazos de su padre, fué
-Carton el primero que lo advirtió, y el primero que acudió al remedio,
-diciendo:
-
---¡Guardia! Atienda usted a aquella señorita... Ayude al caballero
-a que la saque de la Sala... ¿No ve usted que está a punto de caer
-desmayada?
-
-Todos se movieron a compasión al ver que retiraban a la señorita de la
-Sala, y no hubo quien no concediera todas sus simpatías al padre. La
-escena, que no podía menos de recordar a éste los años interminables
-de su inmerecida prisión, hubo de afectarle profundamente. Buena
-prueba de ello fué la intensa agitación interior que le produjo el
-interrogatorio, agitación que a nadie pasó inadvertida.
-
-Momentos después se presentaba el Jurado, y por boca de su presidente
-manifestaba que, no habiéndose puesto de acuerdo, deseaba retirarse de
-nuevo.
-
-El presidente de la Sala, cuya imaginación llenóla, si no se engañan
-algunos maliciosos, el retrato de Jorge Wáshington, manifestó alguna
-sorpresa al saber que el Jurado no se había puesto de acuerdo, pero
-accedió a que se retirara nuevamente a deliberar, y, sin duda para
-imitar su conducta, se retiró también él. La vista había durado todo el
-día y era preciso encender las luces de la Sala de Justicia. Circularon
-rumores de que las deliberaciones del Jurado serían largas, en vista
-de lo cual, los espectadores comenzaron a desfilar para tomar algún
-refrigerio, y el reo fué llevado a la parte más retirada de la barra,
-donde tomó asiento.
-
-El señor Lorry, que había salido acompañando a la señorita Manette y a
-su padre, reapareció de nuevo y llamó por señas a Jeremías _Lapa_.
-
---Si quiere usted tomar algo, Jeremías, puede hacerlo, pero sin
-alejarse mucho de aquí. Es preciso que cuando entre el Jurado se
-encuentre usted a mi lado, pues en el Banco esperan impacientes la
-noticia del veredicto. Es usted el mensajero más rápido que conozco y
-podrá llegar al Tribunal del Temple mucho antes que yo.
-
-_Lapa_ hizo una reverencia muy graciosa, ignoro si por la confianza que
-en su persona depositaba el señor Lorry, o si por el chelín que acababa
-de poner en sus manos.
-
-En aquel punto abandonó su asiento el señor Carton y tocó en un hombro
-a Lorry.
-
---¿Cómo se encuentra la señorita?--preguntó.
-
---Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece
-que se halla mejor que antes de salir de la Sala.
-
---Voy a decírselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted
-no está bien que le hable en público.
-
-Enrojeció intensamente Lorry, sin duda porque vió que habían leído los
-pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton echó a andar
-en dirección a la barra. Huelga decir que Jeremías _Lapa_ le siguió con
-todos sus ojos, con todos sus oídos, y con todas las púas que adornaban
-su cuero cabelludo.
-
---Señor Darnay--llamó Carton.
-
-El prisionero se levantó en seguida.
-
---Es natural que desee usted tener noticias de la testigo señorita
-Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo más intenso de su agitación.
-
---Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. ¿Tendrá usted
-la bondad de hacérselo presente en mi nombre?
-
---Lo haré, si usted lo desea.
-
-La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente.
-
---Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias más cordiales--contestó el
-prisionero.
-
---¿Qué espera usted, señor Darnay?--preguntó Carton, medio vuelto de
-espaldas a su interlocutor.
-
---Lo peor.
-
---Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente será. Sin
-embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza.
-
-Jeremías _Lapa_ se alejó sin oir más. Allí, debajo del gran espejo
-que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes
-por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se
-refería.
-
-Transcurrió lenta, pesada, eterna, hora y media más. El mensajero del
-Banco, después de tomar su refrigerio, se había sentado y dormido en
-un banco, cuando le envolvió el oleaje humano que clamoroso invadía
-nuevamente la Sala.
-
---¡Jeremías... Jeremías!--gritó el señor Lorry, procurando acercarse a
-la puerta.
-
---¡Aquí estoy, señor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero
-volver a entrar!
-
-Lorry extendió un brazo y le entregó un papel.
-
---¡Volando...! ¿Lo tiene ya?
-
---Sí, señor.
-
-En el papel había escrita una sola palabra: «_absuelto_».
-
---Si esta vez hubiera escrito usted «Resucitado»,--murmuró _Lapa_ al
-dar la vuelta--ya sabría yo lo que significa todo eso.
-
-Fué lo único que pudo decir, o pensar, o hacer, hasta tanto no se vió
-fuera del Old Bailey, pues las turbas salían cual torrente desbordado
-arrollando y arrastrando cuanto tropezaban por delante. Los murmullos
-eran semejantes al recio zumbar de moscardones azules que se dispersan
-chasqueados al encontrarse privados de las piltrafas podridas que
-creían encontrar.
-
-
-IV
-
-ENHORABUENA
-
-Trascolaban por los sucios y lóbregos pasadizos del edificio del
-tribunal los últimos sedimentos del guisote humano que durante todo el
-día había hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Lucía, su hija,
-el señor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa,
-formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes
-en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado
-casi milagrosamente de la muerte.
-
-Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de estío hubiese
-sido muy difícil reconocer en el sereno e inteligente rostro y
-cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de París. Esto
-no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezón
-irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no
-hubiese tenido ocasión de escuchar el ritmo lúgubre de su voz profunda,
-ni reparado en la especie de nube que ensombrecía su fisonomía sin
-razón aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en
-su alma, como había ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista,
-ecos dolorosos de sus pasadas agonías; éstos brotaban espontáneamente,
-y al brotar, envolvíanle en algo así como un velo fúnebre que no
-podían ver los que desconocían su triste historia.
-
-Unicamente su hija conseguía ahuyentar de su mente los negros recuerdos
-que le perseguían insistentes. Lucía era el hilo de oro que le unía
-a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus
-desdichas. La dulce música de su voz, la alegría que reflejaba su
-linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercían sobre él una
-influencia benéfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones
-había habido, aunque no muchas, en que el poder de la niña se había
-estrellado contra su tristeza. Lucía abrigaba la dulce esperanza de que
-esos casos no se repetirían.
-
-Darnay había saboreado el placer de besar la mano de la joven, y
-después de exteriorizar con frases fervientes su gratitud, habíase
-vuelto hacia su defensor, el señor Stryver, a quien dió calurosamente
-las gracias. Stryver, hombre que apenas contaba treinta años de
-edad, aunque parecía de cincuenta, robusto, grueso, rojo, fanfarrón
-y refractario a toda clase de impulsos de delicadeza, poseía el
-secreto de amoldarse, moral y físicamente, a toda clase de compañías
-y conversaciones, y era de suponer que lo mismo que se amoldaba a
-las compañías y conversaciones, supiese amoldarse a las mil y una
-pequeñeces relacionadas con la vida.
-
-Todavía llevaba puestas la toga y la peluca. Al ir a contestar a su
-defendido, giró sobre sus talones en forma que eliminó del grupo al
-inocente señor Lorry, y dijo:
-
---Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, señor
-Darnay. Ha sido usted víctima de una persecución infame, brutalmente
-infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguían sus
-enemigos.
-
---Las obligaciones que con usted he contraído no prescribirán
-jamás--respondió el joven, estrechando con calor la mano del abogado.
-
---He hecho por usted cuanto he podido, señor Darnay, y tengo la
-presunción de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre.
-
-Las últimas palabras tenían una contestación obligada, que debía y
-podía dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dióla el señor
-Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le
-admitieran en el grupo.
-
---Más, mucho más que ningún otro hombre--dijo.
-
---¿Lo cree usted así?--preguntó Stryver.--Perfectamente. Ha sido usted
-testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice.
-Además, es usted hombre de negocios.
-
---Y en calidad de tal--replicó Lorry, a quien el abogado había metido
-en el grupo de la misma manera que antes le había echado fuera--en
-mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fin a esta
-conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La
-señorita Lucía no se encuentra bien, el señor Darnay ha pasado un día
-terrible, y todos estamos rendidos.
-
---Hable usted por sí, señor Lorry, hable usted por sí--dijo el
-abogado.--A mí me espera una noche de trabajo continuo.
-
---Por mí hablo--replicó Lorry--y por el señor Darnay, y por la señorita
-Lucía y... ¿No cree usted, señorita Lucía, que puedo hablar, por todos
-nosotros?--preguntó, dirigiéndose a la joven, pero mirando al mismo
-tiempo a su padre.
-
-La cara del anciano adquirió una expresión indefinible al dirigir
-a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron
-profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas
-expresaron repugnancia, recelo y temor.
-
---¡Padre mío!--musitó en su oído, a la par que estrechaba su mano.
-
-El anciano, cuyo rostro se fué iluminando gradualmente, se volvió hacia
-su hija.
-
---¿Vamos a casa, padre mío?--repuso la niña.
-
-El doctor exhaló un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contestó:
-
---Sí.
-
-Los amigos del prisionero, a quienes éste había hecho creer que no
-sería puesto en libertad aquella noche, habíanse dispersado ya. Casi
-todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio
-siniestro, que a la mañana siguiente se llenaría de nuevo de gentes
-ávidas de emociones, se habían apagado. El abogado defensor se retiró
-el primero para ir a cambiar de ropa, y Lucía Manette llamó un coche,
-se despidió de los señores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su
-casa, acompañando a su padre.
-
-Otra persona, que no había formado parte del grupo ni cambiado una
-palabra con ninguno de los que lo componían, se destacó de la pared
-contra la cual había estado apoyada y, tan pronto como se perdió de
-vista el coche, aproximóse silenciosa como una sombra a Lorry y a
-Darnay, que habían quedado hablando en la acera.
-
---¡Hola, señor Lorry!--dijo.--Parece que ya los hombres de negocios
-se atreven a hablar con Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos originan los
-negocios! Se reiría usted, Darnay, si supiera las luchas que los
-hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y
-las exigencias de su posición.
-
---Ya hizo usted antes esa misma indicación, señor Carton--replicó
-Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.--Nosotros, los hombres
-de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueños de nosotros
-mismos. Más que en nosotros, tenemos que pensar en la casa.
-
---¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!--contestó Carton con
-negligencia.--Sentiría que se molestase usted. Me consta que no es
-usted peor que los otros, y hasta me atrevería a asegurar que es mucho
-mejor.
-
---A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia.
-Perdóneme si, amparándome en mis años, le hablo con franqueza tal vez
-excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos.
-
---¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! Yo no tengo asuntos.
-
---Es una lástima que no los tenga usted.
-
---De acuerdo.
-
---Porque si los tuviera, les dedicaría alguna atención.
-
---¡No, amigo mío, no! ¡Tenga usted por seguro que no les prestaría
-ninguna!
-
---¡Está bien, señor!--exclamó Lorry, a quien llenó de indignación la
-indiferencia de su interlocutor.--Diga usted lo que quiera, es muy
-bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones
-los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se
-hacen cargo los que, como el señor Darnay, son caballeros generosos...
-Señor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusión de
-mi alma y le deseo una vida próspera y feliz... ¡Cochero!
-
-Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego más con su
-interlocutor, el señor Lorry tomó por asalto el coche y se hizo
-conducir al Banco Tellson. Carton, que olía a vino, y cuyo fuerte, a
-juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, soltó la carcajada y
-se volvió hacia Darnay.
-
---¡Extraños caprichos tiene la casualidad, señor Darnay!--exclamó
-Carton.--¿Podía usted suponer que esta noche iba a encontrarse aquí,
-pisando las piedras de la calle, en compañía de su _alter ego_?
-
---¿Cómo había de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este
-mundo me parece un sueño?--contestó Darnay.
-
---No me admira, después de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en
-su voz cierta debilidad, señor Darnay.
-
---Es que principio a creer que me encuentro débil, señor Carton.
-
---¿Por qué no come, pues? Yo comí ya, mientras aquellos zánganos se
-ponían de acuerdo acerca del mundo en que usted habría de vivir. Voy a
-acompañarle a la taberna más próxima donde podrá usted comer lo que le
-acomode.
-
-Pasando sin más ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton echó a
-andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una
-taberna. El encargado acompañó a los recién llegados a un cuartito
-reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma
-mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino.
-
---¿Va usted convenciéndose de que pertenece todavía a este mundo
-terrestre, Darnay?--preguntó Carton.
-
---Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero
-confieso que me he convencido casi de lo que usted dice.
-
---¡Y se habrá convencido de ello con satisfacción inmensa!--exclamó
-Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por
-cierto era de los más grandes.--De mí puedo decir que mi mayor deseo
-sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene para mí nada
-bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo
-que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos
-bastante... Por supuesto, que voy creyendo que también usted y yo nos
-parecemos en todo, ¿no?
-
-Carlos Darnay, sobre quien pesaba aún la influencia de las emociones
-del día, tardó bastante en contestar, sencillamente porque no sabía qué
-respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando
-lo hizo, se mostró de perfecto acuerdo.
-
---Ahora que ha hecho usted honor a la comida, señor Darnay, ¿por qué no
-levanta una copa? ¿Por qué no brinda usted?
-
---¿Levantar la copa? ¿En honor de quién?
-
---En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la
-punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, juraría que no me engaño.
-
---¡Brindo, pues, por la señorita Manette!
-
---¡A la salud de la señorita Manette!
-
-Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido
-del vaso, Carton estrelló el suyo contra la pared, después de beber,
-donde se hizo pedazos. Seguidamente tocó la campanilla y pidió otro.
-
---Es una niña encantadora, en cuya compañía sería delicioso hacer un
-viaje en coche, ¿eh?--preguntó, llenando de vino el vaso que acababan
-de traerle.
-
---Sí--contestó secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay.
-
---Digna de compasión y de que por ella se hagan verdaderas locuras.
-¿Qué tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser
-condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatías
-y compasión: ¿qué me dice usted, Darnay?
-
-El interpelado guardó silencio.
-
---Le agradó sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la
-envió usted. No me lo dijo, pero lo supongo.
-
-La alusión fué a manera de recordatorio para Darnay. Acordóse de que
-su desagradable compañero le había prestado un servicio en aquel
-día azaroso y le dió las gracias, llevando la conversación a aquel
-incidente.
-
---Ni me hace falta que me dé usted las gracias, ni las merezco--replicó
-con fría indiferencia Carton.--En primer lugar, no sabía qué hacer, y
-en segundo, no sé por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá usted que le
-haga una pregunta, señor Darnay?
-
---Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado.
-
---¿Cree usted que me es simpático?
-
---La verdad... señor Carton...--respondió Darnay, completamente
-desconcertado,--no se me ha ocurrido formularme esa pregunta.
-
---Hágasela usted ahora.
-
---Como si yo le mereciera alguna simpatía se comportó usted, pero si he
-de decir lo que siento, creo que no se lo soy.
-
---Y yo creo lo mismo que usted--observó Carton.--Principio a formar
-opinión excelente de su inteligencia.
-
---Lo que no debe ser obstáculo--repuso Darnay haciendo sonar la
-campanilla--para que yo le quede profundamente agradecido y para que
-nos despidamos sin malquerencias mutuas.
-
---Desde luego--contestó Carton.--¿Dice usted que me queda reconocido?
-
---Lo digo y así es.
-
---Entonces, mozo, tráeme otra pinta de este mismo vino, y despiértame
-mañana a las diez.
-
-Pagada la cuenta, levantóse Darnay, dió las buenas noches y se encaminó
-hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantóse
-también, miró con expresión airada al que se marchaba, y dijo:
-
---Dos palabras, señor Darnay, ¿Cree usted que estoy borracho?
-
---Creo que ha bebido usted mucho, señor Carton.
-
---¿Lo cree nada más? Sabe perfectamente que he bebido.
-
---Puesto que usted se empeña, diré que, en efecto, sé que ha bebido.
-
---En ese caso, quizá sepa usted también por qué he bebido. Soy un
-desilusionado, un desengañado. Ni a mí me importa la suerte de ningún
-hombre de la tierra, ni ningún hombre de la tierra se acuerda siquiera
-de mi persona.
-
---Lo que no deja de ser una desgracia. Debió usted dar mejor empleo a
-su talento.
-
---Puede que tenga usted razón, y puede que se engañe lastimosamente.
-No se envanezca, sin embargo, amigo mío, que no sabe usted lo que el
-porvenir le reserva... ¡Buenas noches!
-
-Cuando quedó solo, aquel hombre singular tomó el candelero, se acercó a
-un espejo que pendía de la pared y examinó minuciosa y detalladamente
-la imagen reflejada en su tersa superficie.
-
---¿Te es simpático ese hombre?--murmuró, cual si dirigiera la pregunta
-a su propia imagen.--¿Por qué ha de serte simpático un hombre que
-se te parece? ¿Acaso tienes tú algo que pueda agradar a nadie? De
-sobras sabes que no. No acierto a comprender el por qué del cambio...
-¡Maldito seas!... ¡Y a fe que merece simpatía el hombre que te dice lo
-que pudiste ser y lo que en realidad eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez y
-con franqueza! ¡Tú aborreces a ese individuo!
-
-Cual si el vino fuera para él manantial de consuelos, en muy contados
-minutos hizo pasar a su estómago la pinta de vino y quedó dormido en la
-misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos.
-
-
-V
-
-EL CHACAL
-
-En aquellos tiempos, rendíase culto universal a la botella. Si yo
-especificase y detallase aquí la cantidad de vino y de ponche que un
-hombre tragaba en el curso de una noche, sin que su reputación de
-perfecto caballero sufriera el menor detrimento, a buen seguro que
-pasaría ante los lectores plaza de exagerador ridículo. Los hombres
-bebían mucho, y no eran ciertamente excepción de la regla las lumbreras
-del foro ni las notabilidades en cualquier otro ramo del saber humano,
-que nunca ha sido la ciencia barrera alzada entre quien la posee y
-los altares de Baco. No nos admira por tanto que el señor Stryver,
-letrado que avanzaba con paso de gigante por el camino de su lucrativa
-profesión, rindiera culto tan constante a la botella como las esponjas
-más resecadas de la comunidad de picapleitos.
-
-Favorito en el Old Bailey e indispensable en el tribunal llamado
-_Sessions_, Stryver separaba con el pie los peldaños de la escalera
-a medida que los iba dejando atrás. Todos los días, en uno o en
-otro tribunal, la roja cara de Stryver brotaba de entre una capa de
-pelucas semejante al girasol que yergue su cabeza sobre un plantel de
-brillantes flores.
-
-Habían observado en el foro que Stryver, en los comienzos de su
-carrera, si bien era hombre suelto de lengua, falto de escrúpulos,
-dispuesto a todo, osado y procaz, carecía de la facultad de entresacar
-la esencia, la medula de los informes y de las pruebas testificales,
-que tan indispensable es a todo buen abogado, pero posteriormente, hizo
-en este particular progresos maravillosos. Cuanto más trabajaba, con
-mayor facilidad llegaba al fondo, al tuétano de los asuntos, siendo
-de notar que, aun cuando tenía la costumbre de pasarse las noches de
-claro en claro vaciando botellas en compañía de Carton, los puntos que
-había de tratar a la mañana siguiente ni se borraban de su mente, ni se
-obscurecían.
-
-Sydney Carton, el más vago y holgazán ejemplar de la humanidad, era
-el aliado más poderoso de Stryver. Sobre el líquido que entre los dos
-tragaban hubiera podido flotar perfectamente un navío de tres puentes.
-Uno y otro llevaban la misma vida, uno y otro prolongaban sus orgías
-hasta la madrugada, y más de una vez vieron a Carton, ya bien alto
-el sol, dirigiéndose con paso vacilante a su casa o al estrado del
-tribunal. No faltaron maliciosos que aseguraron que Carton, si no era
-ni llegaría jamás a ser un león, en cambio era un tigre excelente, y
-que, en calidad de tal, prestaba preciosos servicios a su amigo Stryver.
-
---Las diez, señor--dijo el encargado de la taberna a quien Carton había
-encargado que le despertase.--Las diez de la noche.
-
---¿Qué ocurre?
-
---Que son las diez, señor.
-
---¿Y qué? ¿Las diez de la noche?
-
---Sí, señor. Me encargó que le despertase a esa hora.
-
---¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está bien.
-
-No sin que procurase dormir de nuevo, intentos que el tabernero
-combatió removiendo sin cesar el fuego y haciendo ruido, Carton
-concluyó por enderezarse y salir. Luego que hubo refrescado su cabeza
-dando un paseo regular, se dirigió al despacho de Stryver.
-
-El oficial de Stryver, que jamás asistía a las conferencias que
-éste celebraba con Carton, había salido, y como consecuencia, hubo
-de abrir la puerta al visitante el mismo Stryver en persona. Iba en
-bata y zapatillas, y sus ojos brillaban entre dos círculos amoratados
-semejantes a los que caracterizan a todos los que hacen y han hecho
-vida disipada.
-
---Llegas un poquito tarde, Carton--dijo Stryver.
-
---Poco más o menos a la hora de siempre, tal vez quince minutos más
-tarde.
-
-Ambos entraron en el despacho, pieza no muy grande, atestada de libros
-y de papeles. Ardía en ella una lumbre deliciosa. Sobre la mesa de
-trabajo, humeaba una tetera entre montones de papeles y botellas de
-ron, de brandy y de vino, y entre terrones de azúcar y limones.
-
---Veo que has despachado ya tu botella de costumbre, Carton.
-
---Esta noche fueron dos. Estuve comiendo con mi cliente de hoy... o
-viéndole comer, para el caso es lo mismo.
-
---Diste al asunto un giro verdaderamente singular, Carton, llamándome
-la atención hacia lo referente a la identificación del reo. ¿Cómo
-demonios se te ocurrió semejante cosa?
-
---¡Bah! Vi que era un buen mozo, muy guapo, y pensé que así podría ser
-yo, a poco que la suerte me hubiese favorecido.
-
-Stryver soltó la carcajada.
-
---La suerte hay que llamarla trabajando, amigo mío, así que... ¡a
-trabajar!
-
-Con cara más que medianamente fosca se aligeró el chacal de ropa, entró
-en la estancia contigua, y no tardó en salir con un cubo de agua,
-una palangana y una o dos toallas. Empapó en agua fría las toallas,
-envolvió con ellas su cabeza, sentóse frente a la mesa, y dijo:
-
---Ya podemos principiar.
-
---No es mucho el trabajo que tenemos esta noche, Carton.
-
---¿Cuánto?
-
---Dos protocolos.
-
---Dame ante todo el peor.
-
---Aquí están los dos... ¡Manos a la obra!
-
-El león del foro se arrellanó en un sofá mientras el chacal tomaba
-una silla. Sobre la mesa, interpuesta entre los dos, había botellas
-y vasos. Uno y otro recurrían a ellos con gran frecuencia pero de
-distinta manera: bebía el león, abstraído la mayor parte del tiempo,
-o a lo sumo ojeando indiferente algún documento poco importante, pero
-el chacal, con tal ardor y entusiasmo se entregaba a su tarea, que
-casi nunca seguían sus ojos el movimiento de las manos cuando éstas
-andaban en busca del vaso, resultando que más de cuatro veces andaba
-tentando uno o dos minutos antes de tropezar con el vaso y llevarlo a
-sus labios. En dos o tres ocasiones debió encontrar tan enrevesado el
-asunto que estudiaba, que consideró necesario levantarse de la silla y
-humedecer de nuevo las toallas.
-
-Al cabo del rato consiguió el chacal preparar al león una comida
-aceptable, y procedió a ofrecérsela. El león procuró digerirla
-con cuidado y precauciones exquisitas separando algunos manjares,
-prescindiendo de algunos componentes y haciendo atinadas observaciones,
-que parecieron bien al chacal. Digerida la comida, el león se tendió
-sobre el sofá, mientras el chacal, después de vigorizarse nuevamente
-a fuerza de libaciones y de compresas de agua fría, se dedicó a la
-confección de la segunda comida, que fué servida al león en la misma
-forma que la anterior. Los relojes daban ya las tres de la madrugada.
-
---Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche.
-
-Quitóse el chacal las toallas de la cabeza, bostezó, se desperezó, y
-preparó el ponche.
-
---Razón tenías, Carton, en lo referente a los testigos de esta mañana:
-todo salió a pedir de boca.
-
---Me parece que la tengo siempre: ¿te atreverás a decir lo contrario?
-
---¡No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estará
-de más que lo rocíes con un buen chaparrón de ponche para suavizarlo.
-
-El chacal contestó con un gruñido, pero siguiendo el consejo.
-
---El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una
-especie de columpio--observó Stryver.--Tan pronto está arriba, como
-abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperación.
-
---¡Ah, sí!--replicó Carton, exhalando un suspiro.--Ya de estudiante me
-animaban los asuntos de mis condiscípulos, muy contadas veces los míos.
-
---¿Pero por qué no?
-
---¡Vete a saber! Por temperamento, supongo.
-
-Sentóse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos,
-extendidas las piernas y mirando a la lumbre.
-
---No puede negarse, Carton--dijo Stryver al antiguo estudiante de la
-Facultad de Zorrilandia,--que tu temperamento, tu manera de ser, es y
-ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energía, de unidad de
-propósito. Mírame a mí.
-
---¿Sermones a estas alturas?--exclamó Carton riendo cínicamente.--Ahora
-es cuando creo aquello del diablo predicador...
-
---¿Cómo he podido llegar a donde he llegado? ¿Cómo ocupo el puesto que
-ocupo?
-
---En parte, gracias a mi cooperación, supongo yo. Pero dejemos estas
-discusiones que no han de conducirnos a nada práctico. Tú haces lo que
-se te antoja, siempre has figurado en primera línea, y yo, en cambio,
-he formado siempre en la última.
-
---Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera
-fila, pues no sé yo que naciera en ella--replicó Stryver.
-
---No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero
-creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados.
-
-Los dos interlocutores soltaron la carcajada.
-
---Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia--repuso
-Carton,--mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados,
-figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos
-aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones
-de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías
-francesas, que de nada nos sirven, eras tú _algo_, mientras yo fuí
-siempre _Don Nadie_.
-
---¿De quién era la culpa?
-
---¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya!
-Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales
-términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer
-envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema,
-que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al
-romper el día.
-
---Perfectamente--dijo Stryver levantando el vaso.--Hablaremos de tu
-linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable?
-
-No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro.
-
---¡La linda testigo!--exclamó fijando sus ojos en el fondo del
-vaso.--He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres?
-
---A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette.
-
---¿Es linda?
-
---¿No lo es, acaso?
-
---No.
-
---¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal
-entero!
-
---¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al
-Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!...
-
---¿Sabes, Carton--preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada
-penetrante y pasando la diestra por su roja cara,--que voy creyendo
-que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que
-tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro
-ocurría?
-
---¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o
-no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede
-advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me
-desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a
-la cama!
-
-Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo,
-para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la
-escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo
-día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal
-respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de
-nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el
-desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos
-ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran
-emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes
-amenazaran envolver la ciudad.
-
-Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el
-centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos
-minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que
-se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de
-abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante
-sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le
-miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos
-de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se
-borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la
-empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas
-de su cama.
-
-Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol
-enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de
-talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de
-sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la
-vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota
-de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y
-resignado a no salir nunca de ella.
-
-
-VI
-
-CENTENARES DE VISITAS
-
-Residía el doctor Manette en una de las calles más tranquilas de
-la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un
-domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la
-causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar
-adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria
-públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas
-calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del
-doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan
-los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento
-absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por
-hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que
-éste vivía el oasis más delicioso de su vida.
-
-Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este
-delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras
-horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía
-salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque
-los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al
-lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando
-por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba
-solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era
-tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor.
-
-No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que
-vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas
-si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se
-dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo.
-Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino
-de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban
-deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos
-colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban
-lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como
-consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los
-alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar
-la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se
-asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del
-doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo
-oportuno.
-
-Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso
-retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando
-convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el
-rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan
-profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol
-lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo,
-pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación
-bramadora de las calles.
-
-Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en
-efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante
-espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que
-solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas
-de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía
-un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban
-órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante
-misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando
-áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara
-convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas
-industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía
-llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche
-cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se
-veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o
-a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el
-eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las
-únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que
-aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio,
-que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel
-general en la copa del plátano silvestre.
-
-Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su
-antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa
-de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil
-ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se
-entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo
-necesario para cubrir las atenciones de la vida.
-
-Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de
-la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los
-moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que
-acabo de describir, un domingo por la tarde.
-
---¿Está en casa el señor doctor?
-
---No, señor.
-
---¿Y la señorita Lucía?
-
---Tampoco.
-
---¿Y la señorita Pross?
-
-Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada
-que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a
-admitir o negar el hecho, contestó que tampoco.
-
---De todas suertes subo--replicó Lorry,--porque me considero aquí como
-en mi casa.
-
-Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es
-lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste
-en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus
-características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el
-mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas
-chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que
-estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición
-de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y
-acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores,
-y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de
-mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto
-tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no
-parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor
-Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación.
-
-Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de
-comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan
-como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de
-una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros,
-sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una
-caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el
-que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones
-susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía,
-era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la
-banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo
-estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de
-París.
-
---Me sorprende--murmuró con voz clara e inteligible Lorry--que conserve
-estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y
-miserias.
-
---¿Y por qué ha de sorprenderle?--preguntó de pronto una voz brusca que
-le obligó a volverse vivamente.
-
-La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la
-misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó
-Lorry conocimiento en el _Hotel del Rey Jorge_ en Dover.
-
---Se me figuraba...--comenzó a decir Lorry.
-
---Se le figuraba... ¿qué?--replicó la señorita Pross.--¡Alguna sandez
-sin duda!
-
-Lorry no contestó.
-
---¿Cómo está usted?--preguntó entonces la dama con voz dura, bien que
-sin malicia ni ánimo de ofender.
-
---Muy bien, gracias... ¿y usted?
-
---Descontenta a más no poder.
-
---¿Será posible?
-
---¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita
-Lucía.
-
---¿Será posible?
-
---¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que
-me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no
-quiere acabar de desesperarme!
-
---¿De veras?--preguntó Lorry, enmendándose.
-
---No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que
-su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la
-señorita me saca de quicio.
-
---¿Será indiscreción preguntar la causa?
-
---Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no
-son dignas de ella.
-
---¿Docenas?--preguntó Lorry admirado.
-
---Centenares--replicó la señorita Pross, una de cuyas características,
-que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación
-original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio.
-
---¡Santo Dios!--exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra
-contestación más apropiada.
-
---Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella
-ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido,
-téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar
-de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso!
-
-Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a
-mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la
-más indicada para taparlo todo.
-
---A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son
-dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos!
-Cuando usted dió principio al desfile...
-
---¿Yo le di principio, señorita Pross?
-
---¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba?
-
---Si eso fué darle principio...
-
---Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin...
-Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante
-desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la
-culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser
-digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable,
-toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al
-padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es
-horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas
-que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija.
-
-Sabía Lorry que la señorita Pross era la encarnación de los
-celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus
-extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo
-egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden
-voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a
-sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una
-hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás
-tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que
-nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía
-Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada
-puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su
-asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross
-le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones
-distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas,
-en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama
-mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas
-señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la
-Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales
-depositados en las cajas del Banco Tellson.
-
---No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la
-señorita--dijo la señorita Pross.--Ese hombre fué mi hermano Salomón...
-si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida.
-
-Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la
-historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la
-averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un
-miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular
-y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de
-remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita
-Pross, no obstante su _pequeño desliz_, era para el señor Lorry motivo
-de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo
-el respeto que a aquella profesaba.
-
---Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos
-personas de negocios--dijo Lorry cuando, momentos después se habían
-sentado ambos en el salón,--me permitiré hacer a usted una pregunta: En
-las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez
-referencia a los tiempos en que cosía zapatos?
-
---Nunca.
-
---Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del
-oficio.
-
---He dicho que nunca habla de ello con su hija--replicó la señorita
-Pross,--pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo
-mismo.
-
---¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia?
-
---Sí.
-
---¿Imagina usted?...
-
---¡Yo no imagino nunca!--exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su
-interlocutor.--No tengo imaginación, ni me hace falta.
-
---Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer
-algunas veces?
-
---De vez en cuando, sí.
-
---Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna
-sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas,
-acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal
-vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor?
-
---Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita.
-
---Y la señorita dice...
-
---Que cree que su padre sospecha o sabe.
-
---No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de
-negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios.
-
---¿Obtusa?--interrogó la señorita Pross.
-
---¡No, no, no!--contestó Lorry.--¡No tiene usted nada de obtusa!
-Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular,
-incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según
-nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión?
-Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años
-sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad
-estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que
-tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la
-curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los
-habitantes de esta casa siento.
-
---Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme
-a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque
-le da miedo hablar del asunto.
-
---¿Miedo?
-
---Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo.
-Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también
-porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que
-ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural
-es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola
-consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto.
-
---Es verdad--contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación
-de su interlocutora.--Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su
-calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad
-de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan
-espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me
-producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas
-confianzas.
-
---El mal, si realmente es mal, no tiene remedio--contestó la señorita
-Pross moviendo la cabeza.--Toque usted esa cuerda, y los resultados
-serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces,
-a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear
-agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita
-sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea
-arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años
-le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a
-su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se
-convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la
-causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos
-pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta
-que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que
-el doctor vuelva en sí.
-
-Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un
-mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea
-triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase
-«arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija.
-
-La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los
-agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se
-acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia.
-
---¡Ya están aquí!--exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en
-pie.--No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos.
-
-Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con
-toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry,
-que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del
-padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban
-hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también
-otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin
-apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la
-puerta de la casa la señorita Pross.
-
-Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su
-encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar
-el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo,
-para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo,
-cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba
-su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como
-hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera
-sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también
-encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las
-gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que
-protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la
-señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto
-para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al
-doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita
-Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados,
-pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun
-sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más
-como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry
-arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que,
-si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su
-vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los
-cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por
-ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la
-profecía de la señorita Pross.
-
-Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los _cientos_.
-
-En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había
-reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso
-confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de
-perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas
-y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés
-y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era
-eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones
-de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres
-que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias
-coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos
-y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas
-de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre
-de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella
-capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y
-convertirlas en el manjar que se le ocurriese.
-
-Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del
-doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas
-desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación,
-situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha
-de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este
-relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba
-el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó
-a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los
-comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo.
-
-Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres,
-propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre
-del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como
-todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio
-salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía,
-que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de
-copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas
-parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los
-reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las
-palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.
-
-La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se
-presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano
-llegó el joven Darnay, pero no era más que _uno_.
-
-Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo
-su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de
-cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de
-la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que
-ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios».
-
-Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado
-al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro,
-resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el
-más miope había de observarla.
-
-La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido
-el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión
-en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres,
-preguntóle Darnay:
-
---Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre?
-
---Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin
-detenernos--contestó el doctor.--Vimos lo bastante para apreciar que
-efectivamente es digna de interés, pero nada más.
-
---Yo he estado en ella, según recuerda usted--repuso Darnay con sonrisa
-un poquito forzada,--pero no como turista ni en condiciones de ver gran
-cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que
-llamó poderosamente mi atención.
-
---¿Por qué no nos la cuenta usted?--preguntó Lucía.
-
---Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron
-de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada
-en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares
-del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra
-por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas,
-maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un
-reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió
-a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a
-propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme.
-Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A.
-V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra
-primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero
-a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza
-de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que
-las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo:
-_Cava_. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado
-el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de
-papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero.
-Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió
-en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo
-enterró para que no lo encontrara el alcaide.
-
---¡Padre mío!--exclamó Lucía.--¿Se encuentra usted enfermo?
-
-Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente
-en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible
-espanto.
-
---No, hija mía, no estoy enfermo--contestó el doctor.--Comienza a
-llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo
-que debemos ponernos a cubierto.
-
-Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes
-enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el
-doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la
-historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa,
-el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada
-del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había
-observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido
-declarado inocente el segundo.
-
-La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry
-llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante
-del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que
-todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la
-gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado.
-
-Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de
-nervios», y los _cientos_ de visitantes continuaban sin dar señales de
-presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban
-más que _dos_.
-
-Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución
-de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se
-dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse
-Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus
-espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y
-cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo,
-más que cortinas parecían alas espectrales.
-
---Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas--dijo el doctor.--Se
-acerca con mucha lentitud.
-
---Pero con mucha seguridad--replicó Carton.
-
-Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado
-antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al
-maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que
-caminaban.
-
---Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más
-absoluta--observó Darnay, tras unos momentos de atención.
-
---¿Verdad que impresiona, señor Darnay?--preguntó Lucía.--Muchas noches
-me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca
-de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan
-solemne...
-
---Nos asustaremos todos--dijo Darnay, chanceándose.--Veremos a qué sabe
-el susto.
-
---A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan
-a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas.
-Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola,
-atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y
-ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de
-relacionarse en breve con mi vida.
-
---Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones
-estrechas con nuestras vidas--observó Carton.
-
-El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que
-huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón,
-en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y
-aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma
-viviente.
-
---¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a
-nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos
-entre todos?--preguntó con entonación humorística Darnay.
-
---No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir
-que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que
-yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha
-producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá
-esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los
-ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer
-influencia en mi vida o en la de mi padre.
-
---Las reclamo para que la ejerzan en la mía--replicó Carton.--Vengan
-sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están
-prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo
-a la luz... cárdena del relámpago--terminó diciendo, en el momento que
-surcaba los aires gigantesca culebra de fuego.
-
-Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso:
-
---Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas...
-furiosas... bramadoras!
-
-La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner
-fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas.
-La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo
-encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía
-sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la
-luna, plácida, serena.
-
-Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor
-Lorry, acompañado por Jeremías _Lapa_, armado de su correspondiente
-farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell.
-
---¡Qué noche, Jeremías, qué noche!--exclamaba Lorry--¡La más indicada
-para que los muertos salgan de sus tumbas!
-
---No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo--respondió
-Jeremías _Lapa_.
-
---¡Buenas noches, señor Carton!--dijo Lorry.--¡Buenas noches, señor
-Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta?
-
-¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables
-muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos!
-
-
-VII
-
-EL SEÑOR EN LA CIUDAD
-
-El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte,
-celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción
-quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de
-santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto
-de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad
-maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos,
-gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba
-engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no
-podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres
-fuertes, amén del cocinero.
-
-Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres,
-cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir
-la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido
-vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran
-indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de
-llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera
-a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un
-instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero,
-presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes
-de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno
-solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los
-cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror!
-Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido
-a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente
-por dos, habría sido tanto como darle muerte.
-
-La noche anterior, el señor había asistido a una cena de confianza,
-previa representación admirable de una comedia y de una ópera. El
-señor solía asistir casi todas las noches a cenas análogas, en cuyos
-actos le rodeaba una compañía encantadora y fascinadora. Tan fino,
-tan impresionable era el señor, que en su elevada alma ejercían más
-influencia la comedia y la ópera que los áridos y fastidiosos negocios
-de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para
-esta nación, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan
-favorecidas como ella... como lo fué, por ejemplo, para Inglaterra en
-los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos.
-
-Tenía el señor una idea nobilísima acerca de los negocios públicos
-en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y
-otra idea, no menos nobilísima, sobre los negocios particulares...
-que también debían seguir su curso natural; y el curso natural de los
-primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a
-las manos y al bolsillo del señor. En cuanto a los placeres, generales
-y particulares, opinaba el señor que para disfrutarlos él había sido
-creado el mundo y colocado en él el hombre. Su divisa era la siguiente:
-«Mío es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Señor».
-
-Pese a sus opiniones, había visto el señor, con el desagrado natural,
-que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como públicos,
-habían venido a mezclarse molestias de lo más vulgar que no dejan
-de crear dificultades y apuros, también de lo más vulgar, en vista
-de lo cual, decidió aliarse con un _aperador general_, resolución
-tanto más cuerda cuanto que se había hecho indispensable, y esto,
-por dos motivos principales. Primero: porque el señor no entendía en
-asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pública, y como
-consecuencia, debía confiarlos a manos que en ello entendiesen, y
-segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores
-generales son ricos, mientras el señor, vástago de señores que
-vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobrecía
-de día en día. De aquí que el señor librase a una hermana suya del
-velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda más económica
-con que podía regalarle, y la concediera como preciado premio a un
-aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual
-aperador general, armado de un bastón coronado por una manzana de oro,
-figuraba en la ocasión presente entre los personajes que llenaban las
-habitaciones exteriores y hacía un papel algún tanto desairado porque
-el señor, y hasta la esposa del señor, solían mirarle con el desprecio
-más profundo.
-
-El aperador general era un hombre de lo más suntuoso que darse puede.
-Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados
-esperaban órdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a
-su mujer. En su calidad de hombre cuya misión única consistía en pillar
-y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era
-al menos la realidad más tangible entre los personajes que aquel día
-estaban de servicio en los salones del señor.
-
-A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecían a los ojos escenas
-deliciosas, en aquellos salones, donde habían acumulado cuanto el arte
-y el gusto de la época pudieron producir, los negocios no andaban
-bien, es más: tanto considerados con referencia a los espantajos
-que rodeaban la persona del señor, como por lo que hace a los
-desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz
-poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del señor hubiera
-alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la
-ciencia militar, marinos que ni idea tenían de lo que un barco era,
-eclesiásticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo
-inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres más libres
-que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeñaban
-cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los
-labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener
-relación alguna, remota ni próxima, con el señor ni con el Estado, se
-obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en
-no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un
-fin terreno honroso. Médicos que labraban fortunas inmensas fingiendo
-curar enfermedades imaginarias y males que jamás habían existido, se
-burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos,
-mientras éstos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer
-reverencias en los salones del señor. Arbitristas que, si nunca dieron
-con el remedio del pecado más leve, en cambio descubrían diariamente
-panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeños
-males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus
-discursos interminables y pesados a cuantos asistían a las recepciones
-del señor y tenían oídos para escucharles. Filósofos ateos que se
-proponían vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo
-nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos,
-conferenciaban en los salones del señor con químicos o alquimistas
-descreídos, que no perseguían otro objetivo que la transmutación de los
-metales. En el palacio del señor vegetaban sumidos en el estado más
-ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos
-y exquisita educación, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo,
-y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible,
-y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo
-natural del interés humano. En los hogares que aquellas brillantes
-notabilidades dejaban abandonados en los barrios más aristocráticos
-de París, los espías que frecuentaban los salones del señor, a cuyo
-número pertenecían, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los
-que a aquel hacían la corte, difícilmente habrían podido encontrar
-entre los ángeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres,
-mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consentía
-en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una
-criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las
-campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres
-que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando
-son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenían veinte años.
-
-La lepra de la ficción desfiguraba a todos los seres humanos que
-servían al señor. En una de las habitaciones más extremas había media
-docena de personas que, por excepción, desde algunos años antes venían
-creyendo que las cosas seguían en general derroteros peligrosos. La
-mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por
-poner remedio a los males, habíanse afiliado a la secta fantástica de
-los llamados _convulsionistas_, y se pasaban el tiempo deliberando
-acerca de si les convendría echar espumarajos por la boca, rabiar,
-rugir, bramar y ponerse catalépticos, presentando así ante los ojos
-del señor una visión de los futuros que pudiera servirle de guía
-seguro. Además de estos derviches, había otros tres que habían formado
-otra secta cuyo objetivo consistía en enderezar el curso tortuoso de
-los sucesos a fuerza de enrevesadas teorías sobre «El Centro de la
-Verdad», sosteniendo que el hombre había brotado de este centro...
-lo que no necesitaba demostración, pero que se había salido de la
-circunferencia, y que se imponía la necesidad de hacerle entrar en
-ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su perímetro,
-lo que se conseguiría vigorizando la vida del espíritu y debilitando la
-de la carne. Como jamás hablaban más que de espíritus y de substancias
-incorpóreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados
-materiales.
-
-En cambio, las personas que frecuentaban los salones del señor vestían
-admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Día del Juicio
-ha de ser lisa y sencillamente una exposición de trajes, en la que
-se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que
-las dichosas personas que motivan estas líneas vestirán por eternidad
-de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El
-laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artísticamente rizadas y con
-tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra
-los zarpazos de los años, y hasta enmendadas y corregidas gracias a
-laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que ceñían los
-caballeros, en cuya contemplación se extasiaba la vista, los finos
-y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de
-los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos
-bastantes para extirpar de raíz y para siempre los males que afligían
-a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educación
-refinada ostentaban prodigiosa profusión de joyas de rico oro que
-dejaban oir un tintineo delicioso al compás de sus lánguidos pasos,
-y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados,
-el hambre y la miseria no tenían más remedio que ir a esconder sus
-amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad.
-
-Era el vestido el talismán infalible, la varita mágica que obligaba a
-todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos
-puestos. Nadie podía dispensarse de vestir el traje impuesto por el
-papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado
-mundo. La ficción comenzaba en las Tullerías, en la persona misma del
-señor, y en las de los que al señor hacían la corte, y continuaba
-por las Cámaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona
-del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy «peinado, rizado y
-empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus
-pantorrillas en ricas medias de seda». ¡No! No es posible que ninguno
-de los felices mortales que asistieron a la recepción quincenal
-dada por el señor en el año mil setecientos ochenta pusiera en tela
-de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan
-sólida como un verdugo primorosamente peinado, artísticamente rizado,
-solícitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y
-primorosas medias de seda.
-
-Luego que el señor aligeró a sus cuatro servidores de sus respectivas
-cargas y tomó el chocolate, mandó abrir de par en par las puertas de
-su santuario y tuvo la dignación de salir fuera. ¡Qué de sumisión, qué
-de adulaciones rastreras, qué de servilismo, qué de humillaciones,
-llevadas hasta los límites más inconcebibles de lo abyecto! Baste
-decir que en todo lo referente a idolatría y anonadamiento, los que
-llenaban los salones nada reservaron para los cielos. ¡Verdad es que el
-pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores
-del señor!
-
-Pronunciando aquí una palabra y dejando caer allá una esperanza,
-dirigiendo a éste una sonrisa y haciendo a aquél una seña con la mano,
-atravesó el señor los salones hasta que rebasó los límites de la
-_circunferencia de la verdad_, donde giró majestuoso sobre sus sagrados
-talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su
-santuario.
-
-Terminada la exhibición, los susurros que apenas rozaban el aire
-trocáronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante
-a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy
-pronto no quedó a la vista más que una persona, un caballero, el cual,
-puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita
-de rapé, se entretuvo en pasear con calma y reposo deteniéndose frente
-a los espejos que al paso encontraba.
-
---¡Cargue el infierno contigo!--murmuró antes de marcharse, vueltos los
-ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rapé que conservaba
-entre sus dedos.
-
-Era un hombre de unos sesenta años, ricamente ataviado, de ademanes y
-expresión altaneros y dotado de una cara que, más que rostro humano,
-parecía fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus
-líneas, todos sus rasgos aparecían perfectamente definidos. La nariz,
-artísticamente modelada, ofrecía la particularidad de que sus dos
-ventanas acusaban una contracción, muy poco perceptible, hacia la
-parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la
-alteración única visible en aquella cara. Las ventanas persistían unas
-veces contraídas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedían las
-dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la
-cara una expresión desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado
-con detenimiento aquel rostro, no era difícil observar que la expresión
-de crueldad la debía a las líneas de su boca y de las órbitas de los
-ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo,
-que aquella cara era extraordinariamente hermosa.
-
-Su propietario descendió las escaleras del palacio y salió al
-vestíbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos habían sido los
-que le dirigieron la palabra durante la recepción, y el señor pudo
-estar más afectuoso de lo que estuvo cuando llegó al sitio en que aquél
-permaneció retraído y separado de los grupos. Sin detenerse un instante
-montó en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a
-las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara
-contra un ejército enemigo, sin que a su señor se le ocurriera poner
-freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle,
-más bien parecía que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se
-habían exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible
-y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la bárbara
-costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras,
-sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero
-nadie se dignó conceder un segundo de atención a semejantes pequeñeces,
-y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase
-baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente
-pudieran.
-
-Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones
-más sagradas, difícil de comprender en nuestros días, la carroza volaba
-por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con
-velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban
-despavoridas, a los niños, que corrían como conejos asustados, y a los
-hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar
-el carruaje una esquina próxima a una fuente, una de las ruedas dió
-un salto, cientos de gargantas lanzaron un alarido, y los caballos
-recularon y se encabritaron.
-
-Es casi seguro que la carroza hubiera continuado imperturbable su
-desenfrenada carrera de no haber sido por este último inconveniente,
-toda vez que era lo que acostumbraban hacer los carruajes en aquella
-feliz época, aun cuando dejaran la calle sembrada de cadáveres, ¿por
-qué habían de hacer otra cosa?, pero asustado el lacayo había saltado a
-tierra y veinte manos agarraron a un tiempo las riendas de los caballos.
-
---¿Qué pasa?--preguntó el señor, asomando su cara tranquila por la
-portezuela.
-
-Un hombre alto, con gorro en la cabeza, había sacado de entre las
-patas de los caballos un bulto, que depositó sobre el basamento de una
-fuente, e inclinado sobre él, aullaba como un animal feroz.
-
---Perdón, señor Marqués--dijo un individuo harapiento con voz y ademán
-humildes,--es un niño.
-
---¿Y por qué arma ese ruido ensordecedor? ¿Dices que es un niño?
-
---Dispense el señor Marqués... Es una... lástima... sí, eso es.
-
-Distaba la fuente algunas varas. El hombre alto que sobre el bulto
-estaba inclinado se irguió de repente y echó a correr con prisa tal en
-dirección al carruaje, que el señor Marqués llevó la mano al puño de su
-espada.
-
---¡Muerto!--rugió el hombre alto con muestras de salvaje desesperación,
-clavando los ojos en el Marqués y alzando los dos brazos.--¡Asesinado!
-
-Las turbas se apiñaron en rededor de la carroza. Todas las miradas
-estaban concentradas en la persona del Marqués, mas en aquéllas no se
-leía otra cosa que ansiedad, temor, nada de cólera ni de amenaza. Todos
-callaban. Al primer grito sucedió un silencio imponente. La voz del que
-había hablado al magnate continuaba siendo sumisa en extremo. El señor
-Marqués paseó sus miradas sobre los apiñados grupos, contemplándolos
-con la indiferencia con que hubiera contemplado una manada de ratas
-asustadas.
-
-Sin variar de actitud sacó un bolsillo.
-
---Me sorprende sobremanera--dijo--que ni de vuestros hijos sepáis
-cuidar. Con frecuencia que no puede menos de serme molesta os tropiezo
-en mi camino. ¿No se os alcanza que de los atropellos pueden resultar
-con daño mis caballos? ¡Vaya!... ¡Dadle esto!
-
-Acompañando la acción a la palabra, arrojó a los pies del lacayo una
-moneda de oro.
-
---¡Muerto... asesinado!--volvió a gritar el hombre alto.
-
-Llegó a la sazón otro hombre, a quien todos abrieron paso. El que
-acababa de gritar cayó en sus brazos no bien le vió, permaneciendo
-largo rato entre ellos, llorando y sollozando.
-
---Lo sé todo... lo sé todo--dijo el recién llegado.--¡Valor, Gaspar!
-Preferible es morir como ha muerto el niño a vivir la vida que le
-esperaba. Ha muerto sin dolor, sin sufrimientos, y en cambio, de haber
-continuado viviendo, aquéllos le hubieran acosado sin cesar.
-
---Eres un filósofo--dijo el Marqués sonriendo.--¿Cómo te llamas?
-
---Defarge.
-
---¿Cuál es tu oficio?
-
---Soy vendedor de vino, señor Marqués.
-
---Toma esto, filósofo y vendedor de vino, y gástalo como te venga en
-gana--repuso el Marqués, arrojando a sus pies otra moneda de oro.--¡A
-ver! ¿Están listos los caballos?
-
-Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el señor Marqués se
-arrellanó en su asiento. La carroza se ponía nuevamente en movimiento
-y su feliz ocupante había olvidado el incidente, cual si acabara de
-romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su
-olímpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de
-una moneda de oro.
-
---¡Para!--gritó el señor Marqués.--¡Detén los caballos!... ¿Quién ha
-tirado esto?
-
-Miró airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vió más
-que al desdichado padre abrazado al cadáver de su hijo, y a una mujer
-en pie, que le miraba ceñuda.
-
---¡Perros!--murmuró el Marqués.--¡De buena gana pasaría sobre todos
-vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! ¡Si yo
-supiera quién es el canalla que arrojó la moneda, y lo tuviera bastante
-cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche!
-
-Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentían por lo
-que los hombres de la clase social del Marqués podían hacerles, dentro
-y fuera de la ley, que no se alzó una voz, ni una mano, ni una mirada.
-Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la
-mujer a que antes nos hemos referido osó clavar sus miradas airadas en
-el Marqués, quien ni reparó siquiera en ella. Su olímpica mirada pasó
-sobre su cabeza y sobre las demás ratas, y cómodamente arrellanado
-sobre los mullidos almohadones de su carroza, dió orden al cochero de
-continuar la marcha.
-
-Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesión rápida
-muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del
-Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del
-eclesiástico. Las ratas asomaban tímidas las cabezas en la entrada de
-sus agujeros.
-
-Retiróse el padre a quien habían dejado sin hijo, retiráronse las ratas
-al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no quedó
-más que la mujer que había osado mirar ceñuda al Marqués, rígida como
-la Fatalidad. El agua de la fuente corría rumorosa, corrían rápidas
-y turbulentas las aguas del río, el día corría a su ocaso, la vida
-de la ciudad corría a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie
-espera, las ratas dormían ya en sus obscuros agujeros, el _baile de la
-extravagancia_ continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para
-decirlo de una vez, seguían su curso.
-
-
-VIII
-
-EL SEÑOR EN EL CAMPO
-
-Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no
-abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera
-podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes,
-pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza
-inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba
-tendencia decidida hacia una vegetación, más aparente que real.
-
-El carruaje de viaje del señor Marqués, que, dicho sea de paso,
-hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado
-por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El
-subido color de las mejillas del prócer nada argüía en contra de su
-elevada alcurnia. No tenía su origen dentro, sino que era efecto de una
-circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol.
-
-Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del
-señor Marqués envolviendo a éste en nimbos de luz rojiza.
-
---Pronto se pondrá--exclamó el señor Marqués, contemplando con disgusto
-sus manos.
-
-En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tardó en
-ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas
-los pesados frenos, en cuanto el coche comenzó a rodar por la
-pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se
-extinguieron: el sol y el Marqués descendían.
-
-Ante los ojos del Marqués se extendía un territorio quebrado, una aldea
-en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano,
-un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una
-fortaleza emplazada al borde de un despeñadero. El Marqués contemplaba
-todos los objetos detallados, cuyas líneas comenzaban a borrar las
-sombras de la noche, con la expresión del que se acerca a su casa.
-
-Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecería pobre, con una
-tenería pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y
-con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres habían
-de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivían
-en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus
-viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artículos semejantes
-para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y
-toda clase de comestibles que la tierra da de sí. No era preciso ser
-muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducían:
-con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios
-visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que
-había que pagar al Estado, a la Iglesia y al señor, juntamente con las
-contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para
-comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de
-que el hambre y la miseria no hubieran concluído con la vida de todos
-ellos.
-
-Niños se veían muy pocos, perros ni uno sólo. En cuanto a los hombres
-y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofrecía no podía ser
-más clara: o vivir de la manera más miserable en la aldea, bajo el
-yugo aplastante del señor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el
-precipicio, destinada a calabozo.
-
-Precedido por un correo y acompañado por los restallidos de los látigos
-de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras
-enroscadas, el señor Marqués mandó detener su carruaje frente a la
-puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los
-aldeanos que en ésta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle.
-El también les miró, y vió cómo doblaban sus frentes ante su persona,
-de la misma manera que él había doblado la suya ante el señor, cuando
-acertó a unirse al grupo un caminero.
-
---Tráeme a ese individuo--dijo el Marqués al correo.
-
-Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se
-agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver.
-
---¿Te pasé en el camino, verdad?
-
---Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el
-camino.
-
---Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto?
-
---Señor, cierto es.
-
---¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza?
-
---Miraba al hombre, señor.
-
-Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos
-los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.
-
---¿Qué hombre, pedazo de bruto?
-
---Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la
-galga.
-
---¿Pero quién?
-
---El hombre, señor.
-
---¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese
-hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese
-hombre?
-
---¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en
-los días de mi vida.
-
---¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado?
-
---Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera.
-
-El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia
-el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura
-normal e hizo una reverencia.
-
---¿Qué señas tenía?
-
---Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies
-a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro.
-
-La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos
-volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún
-espectro sobre su conciencia.
-
---¡No puede negarse que te has portado como un hombre!--exclamó el
-Marqués.--Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa
-bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle,
-suéltelo!
-
-Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al
-desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de
-contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo
-al declarante.
-
---Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el
-desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que
-es un hombre honrado.
-
---Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor--contestó
-Gambelle.
-
---¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito?
-
-El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media
-docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena
-de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando
-inmediatamente y le llevaron a presencia del señor.
-
---¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?
-
---Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos
-que si se hubiera arrojado al mar.
-
---Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha!
-
-Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de
-amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos.
-Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro
-que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que
-podían salvar, por fortuna suya.
-
-Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar
-la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron
-de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde
-se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de
-madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un
-estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el
-de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y
-descarnada.
-
-Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una
-mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje,
-levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche.
-
---¡Es el señor!--exclamó, presentándose en la portezuela.--¡Señor, una
-gracia!
-
-El señor lanzó una exclamación de impaciencia.
-
---¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones!
-
---¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!...
-
---¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo
-mismo! Que no puede pagar, ¿eh?
-
---¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto!
-
---¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo?
-
---¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo
-aquellas míseras hierbas!...
-
---¿Y bien?
-
---Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.
-
---Bueno... ¿y qué?
-
-Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba
-un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y
-otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con
-ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser
-ablandado.
-
---¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido
-ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos
-otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al
-sepulcro...
-
---¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?
-
---Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que
-deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce
-un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan
-dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y
-no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...
-
-El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos
-habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente
-la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su _château_.
-
-El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo.
-Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy
-corpulentos árboles. Era el _château_ del señor Marqués, en cuya puerta
-principal le estaba esperando el mayordomo.
-
---¿Ha llegado de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?--preguntó.
-
---Todavía no, señor Marqués--fué la respuesta.
-
-
-IX
-
-LA CABEZA DE GORGON
-
-Era el _château_ del señor Marqués un edificio arrogante, de espesos
-y sólidos muros y vastas proporciones. De su espacioso patio de
-piedra arrancaban dos amplias escaleras también de piedra, que iban a
-encontrarse en la terraza de piedra como todo lo demás, que precedía a
-la puerta principal. De piedra eran las recias balaustradas, de piedra
-los jarrones, de piedra las flores, de piedra las caras humanas, de
-piedra las cabezas de los leones, de piedra todo. No parecía sino que
-la cabeza de Gorgon había presidido, dos siglos antes, la terminación
-de aquella ingente masa de piedra e ideado sus remates y detalles de
-ornamentación.
-
-La antorcha que precedía al señor Marqués cuando, después de salir de
-su coche de viaje, emprendió el ascenso de la espaciosa escalera de
-piedra, derramaba resplandor bastante para provocar las protestas de
-la lechuza que tenía su cuartel general en el tejado de la torrecilla
-que servía de remate a las caballerizas y que se alzaba como queriendo
-escalar las nubes, rodeada de árboles de prodigiosa altura. Todo lo
-demás permaneció tranquilo, tan tranquilo, que tanto la antorcha que
-precedía en la gran escalera los pasos del señor Marqués, como la
-que frente a la puerta de honor esperaba su llegada, ardían cual si
-en el centro de cerrado salón estuvieran, y no expuestas al soplo de
-las brisas de la noche. Ni se oía tampoco más ruido que el del ulular
-de la lechuza, excepción hecha del rumor producido por el agua de la
-fuente al caer en la pila, pues era una de esas noches que contienen el
-aliento durante horas enteras, para exhalar un suspiro y permanecer de
-nuevo sin respirar.
-
-Giró sobre sus suaves goznes la puerta de honor, y el señor Marqués
-penetró en una galería cuyos muros ofrecían a la vista gran variedad
-de armaduras antiguas, e infinidad de dardos, lanzas, espadas y
-cuchillos de caza, juntamente con un surtido variado de fustas, trallas
-y látigos, cuyo peso había sentido más de un labriego cuando su señor
-estaba encolerizado.
-
-Sin mirar siquiera a los alones grandes, envueltos en negras tinieblas,
-el señor Marqués, siempre siguiendo a la antorcha, llegó frente a
-una puerta que había en el fondo de la galería. Abierta aquélla, se
-encontró en sus habitaciones, que eran tres, una de ellas su alcoba.
-Las habitaciones de elevados artesonados, reunían todo el lujo, todo
-el refinamiento que corresponden a un Marqués, que vive en un siglo
-fastuoso y en una nación que todo lo sacrifica al boato. En los
-riquísimos muebles dominaba el gusto del penúltimo Luis de aquella
-sagrada dinastía que debía ser eterna, de Luis XIV, aunque no faltaban
-objetos que podían pasar como ilustraciones de las antiguas páginas de
-la historia de Francia.
-
-En el centro de la tercera habitación, pieza redonda que correspondía
-a una de las cuatro torres que flanqueaban el edificio, había una mesa
-comedor con servicio para dos personas. La habitación era reducida, y
-su ventana estaba abierta, bien que cerradas sus celosías.
-
---¿Cubierto para mi sobrino?--murmuró el Marqués al entrar.--Y, sin
-embargo, acaban de decirme que no ha llegado todavía.
-
-No había llegado, en efecto, pero en el castillo, esperaban que
-llegase con el señor Marqués.
-
---No es probable que llegue esta noche--añadió el Marqués, dirigiéndose
-al servidor encargado del comedor--pero deja la mesa como está. Dentro
-de un cuarto de hora me sentaré a cenar.
-
-En efecto: quince minutos después tomaba el Marqués asiento frente
-a una cena suntuosa y selecta. Sentóse dando espaldas a la ventana.
-Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico
-Burdeos, cuando bajó la mano sin beber.
-
---¿Qué es eso?--preguntó con calma, volviendo la cara hacia las
-celosías.
-
---¿Qué, Monseñor?
-
---Fuera... Abre las celosías.
-
-La orden quedó obedecida en el acto.
-
---¿Qué hay?
-
---Nada, señor: las copas de los árboles y las sombras de la noche es lo
-único que se ve.
-
---Está bien--dijo su señor, con calma imperturbable.--Vuelve a cerrar.
-
-El Marqués volvió a prestar atención a su cena. Habría llegado a la
-mitad de ésta, cuando por segunda vez quedó a medio camino el vaso que
-llevaba a sus labios. Oíase el rodar de un carruaje que a buena marcha
-se aproximaba al castillo.
-
---Pregunta quién ha llegado--dijo el Marqués al servidor.
-
-Era el sobrino del señor, a quien en la casa de postas habían
-manifestado que el Marqués habría llegado ya al castillo.
-
---Vete y dile de mi parte que la cena espera, y que le ruego venga sin
-tardanza.
-
-Minutos después entraba en el comedor el viajero, que era el mismo
-joven a quien hemos conocido en Inglaterra bajo el nombre de Carlos
-Darnay.
-
-Recibióle el señor Marqués con exquisita cortesanía, pero no se dieron
-las manos.
-
---¿Salió usted ayer de París?--preguntó el joven al sentarse a la mesa.
-
---Ayer, sí; ¿y tú?
-
---Yo he venido directamente aquí.
-
---¿Desde Londres?
-
---Sí.
-
---Bastante te ha costado llegar--observó el Marqués sonriendo.
-
---Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez.
-
---Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho
-tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje.
-
---Sí... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos.
-
---Lo supongo--contestó el tío.
-
-No cambiaron más palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido
-el café, y solos ya tío y sobrino, abrió la conversación este último,
-clavando sus ojos en la cara del primero, que parecía una máscara.
-
---He regresado, tío, persiguiendo el mismo objetivo que me obligó a
-ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan
-sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habría
-decaído mi valor.
-
---La muerte no, querido--respondió el tío;--ni nombrarse debe esa
-señora.
-
---Dudo mucho, tío--replicó el sobrino,--que usted me hubiese tendido
-una mano, aun viéndome colocado en el filo mismo de la muerte.
-
-Agitáronse las ventanas de la nariz del tío y se hicieron más profundas
-las líneas de su rostro, dando expresión más cruel a su aspecto;
-pero el Marqués hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tenía
-de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de
-modales del prócer.
-
---Hablando con franqueza--repuso el sobrino,--si no mienten mis
-informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las
-sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que
-me rodeaban.
-
---¡No, no, no, no!--contestó riendo el tío.
-
---No discutiremos ese punto--continuó el sobrino, mirando con evidente
-desconfianza a su interlocutor.--Me consta que, a trueque de detenerme
-en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia
-especial, como me consta también que en materia de recursos, es usted
-poco escrupuloso.
-
---Mi querido sobrino, me permitiré rogarte que procures hacer memoria,
-que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo.
-
---Lo recuerdo perfectamente.
-
---Muchas gracias--contestó el Marqués, con voz que parecía un
-instrumento musical.
-
---En efecto, tío; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi
-buena estrella, el no encontrarme en este momento recluído en alguna
-prisión de Francia.
-
---No entiendo bien--respondió el tío, tomando un sorbo de
-café.--¿Tienes la bondad de explicarte?
-
---Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber caído usted en
-desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de
-aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos años, no le
-habría faltado una carta _de cachet_ que me hubiera abierto las puertas
-de una fortaleza por tiempo indefinido.
-
---Es muy posible--replicó el tío, con calma imperturbable--que el honor
-de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto.
-
---Por fortuna para mí, observo que en la recepción de anteayer encontró
-usted la misma frialdad de siempre--dijo el sobrino.
-
---Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no
-aseguraría que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es
-muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad
-de una cárcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia más
-beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad.
-Pero es inútil discutir este particular. Me encuentro, según dices, en
-posición desventajosa. Hoy, solamente el interés o las importunidades
-alcanzan esos pequeños instrumentos de corrección, esos medios suaves
-para robustecer el poderío y el honor de las familias, esos favores
-insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. ¡Son tantos los
-que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen!
-No sucedía así en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho,
-y varían todos los días, siendo de notar que van de mal en peor.
-Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus
-vasallos y gentes vulgares. ¡Cuántos de esos perros han salido de esta
-misma habitación para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi
-alcoba fué muerto a puñaladas un insolente bellaco que se atrevió a
-proferir no sé qué broma de mal gusto a propósito de su hija que...
-Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda
-una filosofía nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinásemos
-en defender todos nuestros derechos, acaso tropezáramos con graves
-inconvenientes. ¡Las cosas se ponen malas, muy malas!
-
-El Marqués tomó un polvo de rapé y movió la cabeza con la expresión de
-quien lamenta que un país desdeñe medios tan excelentes de regeneración.
-
---De tal suerte hemos hecho valer nuestra posición social, tanto en
-tiempos pasados, como en nuestros días--replicó el sobrino con acento
-sombrío,--que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversión y con
-odio nuestros nombres.
-
---De lo que debemos felicitarnos--observó el tío.--La aversión y el
-odio son los homenajes más altos y más involuntarios que los pequeños
-rinden a los grandes.
-
---No encuentro en este país una sola cara que nos mire con
-deferencia--repuso el sobrino.--En todas ellas leo el respeto
-engendrado por el temor y la esclavitud.
-
---Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los
-procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza--dijo
-el Marqués, tomando otro polvo de rapé y montando una pierna sobre otra.
-
-Afectaba el prócer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino,
-puestos los codos sobre la mesa, se cubrió los ojos con las manos
-y permaneció durante un buen espacio de tiempo absorto en sus
-reflexiones, desapareció la mascarilla del Marqués y miró de soslayo a
-su sobrino con expresión tal de rencor, que se armonizaba muy mal con
-la indiferencia primera.
-
---La única filosofía de efectos duraderos es la represión--observó el
-Marqués.--Ese respeto sombrío engendrado por el miedo y la esclavitud,
-amigo mío, hará que los perros continúen obedientes al látigo mientras
-este techo nos proteja contra la intemperie.
-
-Quizá el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen
-Marqués creía. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un
-cuadro de lo que sería dentro de contado número de años su castillo,
-y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le
-habría hecho creer en la fidelidad de la pintura.
-
---Mientras tanto--continuó el Marqués,--corre de mi cuenta poner a
-salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras tú o no... Pero,
-ahora caigo en que debes encontrarte rendido: ¿te parece que, por esta
-noche, pongamos término a nuestra conferencia?
-
---Un momento más.
-
---Una hora, si ése es tu gusto.
-
---Hemos obrado mal, tío, y los frutos de nuestra iniquidad están
-madurando.
-
---¿_Hemos_ obrado mal?--repitió el tío sonriendo.
-
---Ha cometido mil yerros nuestra familia, sí, nuestra honorable
-familia, cuyo honor tanto nos interesa a los dos. Hasta en tiempos de
-mi padre cometimos mil iniquidades, sacrificando sin reparo a todo ser
-humano que se interpusiera entre nosotros y nuestros placeres... ¿Pero
-a qué hablar de los tiempos de mi padre, si otro tanto ocurre en los
-de usted? ¿Puedo, acaso, establecer una separación entre mi padre y su
-hermano gemelo, su heredero adjunto, su sucesor inmediato forzoso?
-
---La mano de la muerte me llamó a sucederle.
-
---Y la misma mano me dejó encadenado a un sistema que me repugna, que
-me horroriza, haciéndome responsable de lo que no está en mi mano
-evitar; me impide dar cumplimiento a la súplica postrera que murmuraron
-los labios de mi santa madre, me impide obedecer la orden última, muda,
-pero patética, dictada por los ojos queridos de aquella dama ejemplar,
-que me encarecían que tuviera piedad y compasión, y que jamás cerrara
-mis oídos a la voz de la justicia; y por último, me destroza el alma,
-al convencerme de que necesito una mano que me ayude y de que en vano
-la busco.
-
---Si en mí la buscas, mi querido sobrino, desde luego te aseguro que
-pierdes el tiempo: no la encontrarás nunca. He decidido bajar al
-sepulcro perpetuando el sistema bajo el cual nací y he vivido.
-
-Tomó otro polvo de rapé, guardó la cajita en el bolsillo, y añadió:
-
---Preferible es escuchar la voz de la razón y aceptar el destino
-natural... Pero observo que estás perdido, mi querido Carlos.
-
---Perdidas están para mí estas propiedades y hasta Francia--contestó
-con amargura el sobrino.--Las renuncio.
-
---¿Pero es que puedes renunciarlas? Siempre he creído que para
-renunciar precisa _poseer_. Yo no sé si Francia será tuya ya; pero los
-bienes de nuestra familia... Claro que ni vale la pena hablar de ello;
-pero ¿es que los consideras tuyos?
-
---Al hablar como lo hice, ni se me ocurrió la idea de aludir a los
-derechos que sobre ellos tengo, ni mucho menos reclamar su posesión. Si
-mañana pasasen de sus manos a las mías...
-
---Lo que tengo la vanidad de considerar muy improbable...
-
---... O de aquí a veinte años...
-
---Me haces demasiado honor; pero prefiero esta suposición a la primera.
-
---Los abandonaría, para vivir en otra parte y otro género de vida. ¡No
-sería abandonar mucho! ¡Total, un desierto espantoso que no presenta
-más que miserias y ruinas!
-
---¿Sí?--exclamó el Marqués, paseando su mirada por aquella habitación
-suntuosa.
-
---No diré que la vista no encuentre en aquéllos algún atractivo; pero
-estudiados en su fondo, a la luz de la razón y de la justicia, son
-una torre ruinosa de extorsiones, despilfarros, deudas, injusticias,
-opresiones, hambres, desnudeces y sufrimientos.
-
---¿Sí?--repitió el Marqués con acento de satisfacción.
-
---Si llegan a ser míos, los confiaré a manos más competentes que las
-mías para que los desgraven poco a poco, dado caso que llegue a tiempo,
-del peso enorme que los arrastra al precipicio, a fin de que los
-infelices que a ellos se ven clavados sufran menos en lo sucesivo. No
-podré hacerlo; lo sé. Pesa sobre ellos una maldición, y no sólo sobre
-ellos, sino también sobre la nación entera.
-
---¿Y tú?--preguntó el tío.--Perdona mi curiosidad; ¿es que a la sombra
-de tu filosofía de nuevo cuño esperas vivir del maná del cielo?
-
---Fuerza será que viva de lo mismo que vivirán tantos otros
-compatriotas míos, por muchos que sean sus pergaminos, por rancia que
-sea su nobleza: del trabajo.
-
---¿En Inglaterra, por ejemplo?
-
---Sí. El honor de la familia puede dormir tranquilo. No lo mancillaré
-trabajando mientras me encuentre en este país, y no podré mancillarlo
-en otro sencillamente porque, fuera de aquí, no ostentaré el apellido
-de la familia.
-
-El Marqués hizo sonar un timbre. Inmediatamente se iluminó la
-habitación inmediata. Esperó el Marqués a que se fuera el servidor que
-había encendido las luces, y cuando oyó que sus pasos se alejaban,
-dijo, mirando a su sobrino con rostro sonriente:
-
---Muchos atractivos tiene para ti Inglaterra, bien que, a decir verdad,
-no me admira si tengo en cuenta lo mucho que allí has prosperado.
-
---Manifesté ya antes que creo ser deudor a usted de todas las
-_fortunas y prosperidades_ que allí encontré. De todas suertes,
-Inglaterra es mi refugio.
-
---Si hemos de creer a los vanidosos ingleses, es el refugio de muchos.
-¿Conoces a un compatriota nuestro que allí buscó refugio? Me refiero a
-un doctor.
-
---Le conozco.
-
---¿A quien acompaña una hija?
-
---Sí.
-
---El mismo. Estás rendido... Buenas noches.
-
-La sonrisa con que acompañó la inclinación de cabeza que hizo a su
-sobrino a guisa de cortés despedida y el tono con que pronunció
-las últimas palabras, envolvían un misterio que no pudo menos de
-impresionar al sobrino.
-
---Sí--repitió el Marqués.--Un doctor con una hija... Sí. ¡Así comienza
-la nueva filosofía!... Buenas noches.
-
-El joven clavó sus ojos en su cara cual si esperase encontrar en ella
-la aclaración de las últimas palabras que habían herido sus oídos.
-Trabajo perdido. Lo mismo hubiera conseguido interrogando las de las
-estatuas de piedra que tanto abundaban en el castillo.
-
---¡Buenas noches!--añadió el tío.--El deseo de verte mañana por la
-mañana me tendrá desvelado toda la noche... Que descanses... Enciende
-las luces del dormitorio de mi señor sobrino... ¡Y asa a mi señor
-sobrino en la cama, si puedes!--añadió para sus adentros, antes de
-hacer sonar nuevamente la campanilla, llamando al ayuda de cámara a su
-alcoba.
-
-El ayuda de cámara acudió al llamamiento y volvió a salir, dejando al
-Marqués en paños menores y dispuesto a meterse en la cama. Tardó una
-porción de minutos en hacerlo. Si alguien le hubiese visto vestido como
-iba y calzado con zapatillas, midiendo la estancia con paso silencioso
-y vivo, semejante al del tigre real, hubiérale tomado probablemente
-por el famoso marqués encantado de la leyenda, cuyas transformaciones
-periódicas en felino comenzaban entonces o terminaban en aquel instante.
-
-Surgían en el fondo de su imaginación, mientras caminaba de uno a otro
-extremo de su voluptuosa alcoba, los incidentes más salientes del viaje
-que terminara aquella noche: veíase subiendo perezosamente la rampa
-empinada de la colina, contemplaba con los ojos del alma la puesta del
-sol, el descenso de la falda opuesta de la colina, el molino, la cadena
-de la galga, la prisión emplazada al borde del tajo, la aldea de la
-hondonada, los labriegos en derredor de la fuente y el caminero en el
-momento de señalar con su gorro puntiagudo la cadena de su coche de
-camino. La fuente de la aldea le recordaba la otra fuente de París, y
-en ella veía al cadáver del niño acurrucado sobre el basamento, a las
-mujeres inclinadas sobre su cuerpecito y al hombre alto que, con los
-brazos extendidos gritaba: «¡Muerto!»
-
---Me estoy enfriando--murmuró el señor Marqués.--¡A la cama, a la cama!
-
-Tendióse en el lecho, dejó caer las lujosas cortinas que lo
-envolvieron, y se dispuso a dormir.
-
-Por espacio de tres horas interminables permanecieron las caras de
-piedra de los inmóviles centinelas colocados en el exterior del
-castillo contemplando las negruras de la noche; por espacio de tres
-horas interminables los caballos inquietos golpearon con sus manos los
-pesebres de las caballerizas, y la lechuza lanzaba un ruido peculiar
-que no tenía semejanza alguna con el canto que a las lechuzas han
-asignado los hombres-poetas.
-
-Hombres y leones de piedra del castillo clavaron por espacio de tres
-mortales horas sus ojos sin pupilas en los negros tules de la noche.
-Negros estaban los campos, negros los bosques, negros los caminos,
-negro como mar de tinta todo el paisaje. En el cementerio de la aldea
-hubiese sido imposible distinguir una tumba de otra, y nadie hubiera
-podido decir si la cruz a cuyo pie estaba arrodillada aquella tarde
-la mujer que pidió una gracia al Marqués continuaba enhiesta o si
-había caído derribada. En la aldea, explotadores y explotados dormían
-profundamente. Quizá durante el sueño disfrutaban estos últimos de
-opíparos banquetes, como ocurrir suele a los que perecen de hambre, o
-bien de tranquilidad y de descanso, cual bueyes habituados a gemir bajo
-el yugo.
-
-Aguas invisibles y silenciosas fluían de la fuente de la aldea, lo
-mismo que de la fuente del castillo, perdiéndose a lo lejos, como se
-pierden los minutos que continuamente deja escapar la mano del Tiempo.
-Al cabo de tres horas interminables, las aguas comenzaron a tomar
-ligeros tonos grises, y los ojos de las caras de piedra del castillo
-principiaron a iluminarse.
-
-Brotó por Oriente el sol, tiñendo de rojo las copas de los árboles y
-las cimas de las montañas. Sus fulgores dieron roja coloración a las
-aguas que brotaban de la fuente del castillo y a las caras de piedra de
-hombres y leones. Gorjeaban parleros los pajarillos, uno de los cuales,
-más atrevido que sus compañeros, agotó el repertorio de sus cantos más
-hermosos posado sobre el alféizar de piedra de la ventana de la alcoba
-del señor Marqués. El centinela de piedra más inmediato contempló con
-mudo asombro al cantor, abrió la boca y dió muestras del terror más
-profundo.
-
-Los fulgores del astro del día sacudieron el sopor que dominaba cual
-señor absoluto en la aldea. Abriéronse las ventanas, desatrancáronse
-las puertas de las casas, y las gentes salieron tiritando a la calle
-para entregarse a las faenas diarias. Unos se fueron a la fuente, otros
-al campo; éstos, a arar, aquéllos a cavar o a apacentar escuálidos
-ganados. En la iglesia quedaron dos o tres personas, suplicando al
-Cielo que conservara la vida de alguna vaca o de corto número de ovejas.
-
-El castillo despertó más tarde, cual correspondía a su elevada
-jerarquía social. Los rayos del sol tiñeron de rojo primero a los
-venablos, espadas y lanzas; más tarde arrancaron destellos a los
-montantes, comenzaron a abrirse ventanas, se impacientaron los caballos
-en las cuadras, y los perros sacudían las cadenas que los sujetaban,
-ladrando desaforadamente en demanda de libertad.
-
-Todos éstos eran incidentes triviales que se repetían diariamente,
-detalles rutinarios de la vida ordinaria. Pero algo menos trivial,
-algo que no era rutinario ni corriente ocurría aquella mañana en el
-castillo. Repicaba con furia insistente la gran campana; corrían los
-servidores de una parte a otra; por la terraza cruzaban muchas personas
-y en las caballerizas ensillaban con azoramiento varios caballos. ¿Por
-qué?
-
-¿Qué ventolera había acometido al caminero, momentos antes entregado
-al trabajo, allá en la cima de la colina? ¿Acaso las aves del campo
-pretendían llevarse en sus picos el escaso almuerzo que había dejado
-sobre un montón de piedras? ¿por qué corría con aquella furia, ladera
-abajo, cual si de la velocidad de su carrera dependiera su vida?
-¿Por qué hundía sus piernas hasta la rodilla en el polvo, y devoraba
-distancias sin detenerse a tomar aliento, hasta que llegó a la fuente?
-
-En derredor de ésta se había congregado toda la población de la aldea,
-y allí permanecía con la consternación pintada en sus semblantes,
-hablando con voz muy baja, bien que sin revelar otras emociones que
-las de curiosidad sombría y profunda sorpresa. En la embocadura de la
-calle se veían gentes del castillo, servidores de la casa de postas y
-todas las autoridades de la aldea, más o menos armadas. El caminero
-había penetrado ya en el centro de un grupo, formado por unos cincuenta
-amigos particulares suyos, con los cuales hablaba con muestras de
-excitación. ¿Qué significaba todo esto? Sobre todo, ¿qué significaba
-la llegada del señor Gambelle, que sentado a la grupa de un caballo,
-montado también por un servidor del castillo, se aproximaba a la
-aldea a galope tendido, no obstante la doble carga, cual si quisiera
-representar, un poquito modificada, la leyenda alemana de Leonora?
-
-Todo ello significaba que, en el castillo, las caras de piedra habían
-aumentado en una aquella noche.
-
-El Gorgon que presidió la erección del castillo decidió sin duda
-visitar su obra durante la noche, advirtió que faltaba una faz de
-piedra, la misma que probablemente estaban esperando desde doscientos
-años antes, y la aumentó.
-
-La cara de piedra reposaba boca arriba sobre la mullida almohada del
-lecho del señor Marqués. Parecía mascarilla finísima, de expresión
-un poquito asustada o airada. Pegado a la cabeza había un tronco de
-hombre, también petrificado, y envainado en el corazón de ese tronco se
-veía un cuchillo. En derredor del pomo del cuchillo había un papel, en
-el cual alguien había garrapateado las siguientes palabras:
-
-_«Llévale veloz a la tumba. De parte de Santiago»._
-
-
-X
-
-DOS PROMESAS
-
-Pasaron doce meses. Carlos Darnay se había establecido en Inglaterra
-como maestro de idioma francés y de literatura francesa. Hoy le darían
-el pomposo nombre de profesor; en aquella época se le llamaba tutor.
-Enseñaba a jóvenes que disponían de tiempo y deseaban aprender una
-lengua viva que se hablaba en todo el mundo. Maestros como Darnay
-no se encontraban con facilidad en aquellos tiempos. Los príncipes
-y los reyes distaban mucho de poder figurar entre la clase de los
-que pueden enseñar, y la nobleza arruinada no pensaba en perder la
-vista trabajando sobre los Libros Mayores del Banco Tellson, ni en
-consagrar sus aptitudes a las artes culinarias o de carpintería. No
-tardó en hacerse conocido el joven Darnay, quien como maestro poseía
-el secreto de hacer que sus discípulos encontrasen agradables sus
-lecciones, y como traductor sabía poner en sus trabajos algo más que
-los conocimientos derivados de la gramática y del diccionario. Como
-quiera que, por otra parte, supo asimilarse las costumbres del país en
-que vivía, no es de admirar que con algo de perseverancia, consiguiera
-prosperar.
-
-Cuando se trasladó a Londres, no lo hizo llevado de la esperanza de
-pasear sobre aceras de oro ni de dormir sobre lecho de rosas. De haber
-abrigado esas esperanzas, a buen seguro que no hubiese prosperado.
-Esperaba trabajo, lo encontró, se dedicó con ardor a él, sacó de su
-labor todo el partido posible: ese fué el secreto de su prosperidad.
-
-Pasaba parte del tiempo en Cambridge, hablando con los estudiantes y
-enseñándoles, como de contrabando, lenguas europeas y prescindiendo del
-griego y del latín, sobradamente enseñados en aquel establecimiento
-docente, y el resto del día permanecía en Londres.
-
-Pero pasemos a otro asunto menos ingrato. Desde los remotos tiempos en
-que la humanidad disfrutaba de un verano perpetuo, hasta los que hoy
-padecemos, en los cuales hemos de conformarnos con un invierno no menos
-perpetuo, el mundo ha seguido invariablemente el mismo derrotero; el
-derrotero de Carlos Darnay... el derrotero del amor a la mujer.
-
-Habíase enamorado de Lucía Manette el día en que el peligro se cernía
-sobre su cabeza. En sus oídos no había resonado nunca una voz de
-acentos tan armoniosos, tan delicados, tan tiernos, como los que en
-la ocasión indicada supo aquella poner en su compasiva voz, ni sus
-ojos vieron jamás rostro tan encantador, tan angelical como el de
-Lucía, cuando ésta le veía al borde mismo de la fosa que a sus pies
-habían abierto falsos acusadores. Sus labios, empero, no habían dejado
-traslucir el secreto de su corazón. El asesinato perpetrado al otro
-lado del Canal, en desierto castillo, aquel robusto castillo de piedra,
-databa de un año, y el joven Darnay a nadie había revelado el estado de
-su alma.
-
-Que para obrar de esa suerte tenía Darnay sus razones, sabíalo él
-perfectamente; pero fuera que éstas hubieran desaparecido, fuera que no
-pudiera mantener encerrado por más tiempo en su pecho el secreto, ello
-es que un día de verano, a su regreso de Cambridge, dirigió sus pasos
-hacia el tranquilo rincón de Soho, resuelto a abrir su pecho al doctor
-Manette. El día estaba próximo a terminar, y sabía que Lucía habría
-salido con la señorita Pross.
-
-Encontró al doctor leyendo junto a la ventana. Las energías que en
-otro tiempo le sostuvieron impidiendo que cayera abrumado bajo el peso
-de sus torturas, habíanle restablecido gradualmente. Era ya un hombre
-fuerte en sus propósitos, enérgico en sus resoluciones, vigoroso en sus
-actos. Estudiaba mucho, dormía poco, soportaba sin esfuerzo grandes
-fatigas, y se le veía constantemente contento y feliz. Al ver entrar en
-su estudio a Carlos Darnay, dejó el libro y alargó al recién llegado su
-diestra.
-
---¡Amigo Darnay!--exclamó.--¡Cuánto placer me produce su visita! Desde
-hace tres o cuatro días esperábamos su regreso. Ayer estuvieron aquí
-los señores Stryver y Carton, y ambos estaban contestes en afirmar que
-nos privaba usted de su presencia más de lo debido.
-
---Les agradezco muy de veras el interés que esos señores me
-demuestran--contestó Darnay con alguna frialdad.--¿Y la señorita Lucía?
-
---Está bien, muchas gracias. Su regreso de usted será para todos
-nosotros motivo de alegría... Ha salido de compras, pero no tardará en
-volver.
-
---Sabía que se hallaba fuera de casa, doctor. Precisamente he
-aprovechado la ocasión de que saliera para solicitar de usted una
-conferencia.
-
-Calló el doctor.
-
---¿Sí?--preguntó al fin.--Acerque una silla y hablaremos.
-
-El joven acercó una silla sin dificultad, pero parece que la encontró
-para dar comienzo a la conferencia.
-
---He tenido la felicidad de frecuentar tanto esta casa--principió
-diciendo al fin--desde hace año y medio, que espero que el tema que voy
-a tocar no ha de ser...
-
-Interrumpióle el doctor alargando una mano.
-
---¿Es Lucía el tema en cuestión?--preguntó.
-
---Lucía es.
-
---Siempre me afecta profundamente hablar de Lucía; pero me es doloroso
-oir hablar de ella en el tono que usted lo hace, Darnay.
-
---Es el tono de la admiración ferviente, del homenaje entusiasta, del
-amor más profundo, doctor--replicó Darnay.
-
-Otra pausa más prolongada que la anterior.
-
---Lo creo. Con gusto hago a usted justicia... lo creo.
-
-La contrariedad del doctor era tan visible, que Darnay, comprendiendo
-que había abordado un tema que disgustaba al padre, vaciló.
-
---¿Puedo continuar, señor?--preguntó.
-
-Nueva pausa.
-
---Sí; continúe usted.
-
---Adivina usted lo que voy a decir, bien que es imposible que adivine
-con cuánto fervor lo digo y con cuánto fervor lo siento, pues para
-ello sería preciso que penetraran sus miradas hasta el fondo más
-íntimo de mi alma, para ver allí las esperanzas y temores, los anhelos
-y ansiedades que la abruman bajo su peso. Mi querido doctor Manette,
-amo a su hija con amor entrañable, inmenso, desinteresado, ferviente;
-la amo como muy pocos han amado en el mundo. Usted ha amado también,
-doctor: ¡hable por mí el amor que en otros tiempos apresuró los latidos
-de su corazón!
-
-El doctor, que escuchaba al joven con la cabeza ligeramente vuelta
-y fijos en tierra los ojos, extendió vivamente un brazo al oir las
-palabras últimas, y exclamó:
-
---¡No...! ¡No hable usted de eso!... ¡No me lo recuerde, por lo que más
-quiera!
-
-Darnay guardó silencio.
-
---Perdóneme usted--repuso el doctor al cabo de algunos segundos.--No
-dudo que usted ama a Lucía...
-
-Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste,
-preguntó:
-
---¿Ha hablado usted de su amor a Lucía?
-
---Nunca.
-
---¿Le ha escrito?
-
---Jamás.
-
---Sería yo poco generoso si desconociera que en su abnegación ha
-entrado por mucho la consideración al padre. El padre da a usted las
-gracias.
-
-Ofreció la diestra a su interlocutor, pero sus ojos no siguieron el
-movimiento de la mano.
-
---Sé--dijo Darnay con mucho respeto--sé... ¿cómo no saberlo, si he
-visto a ustedes la mayor parte de los días? sé que entre usted y Lucía
-media un cariño tan tierno, tan excepcional, tan conmovedor, tan en
-armonía con las circunstancias que han presidido su nacimiento y
-desarrollo, que aun en la ternura que liga a los padres con sus débiles
-hijitos sería difícil encontrar precedentes. Sé, doctor Manette, que
-juntamente con el cariño de la hija, que es ya mujer, alienta en el
-corazón de ésta todo el amor de la infancia. Sé que, por lo mismo que
-durante su niñez se vió privada de las caricias de su padre, hoy se
-ha consagrado a usted con toda la constancia, con todo el fervor que
-la dan sus años y su carácter. Sé perfectamente bien que, si usted,
-después de muerto, hubiera descendido del cielo para acompañar a su
-hija en la tierra, no podría ser ni más querido, ni más sagrado, ni
-más reverenciado de lo que hoy es. Sé que cuando su hija le abraza,
-son los brazos de la niña, los brazos de la doncella, los brazos de
-la mujer los que con ternura infinita rodean su cuello. Sé que Lucía,
-amando a usted como hoy es, ama a una madre tan joven como ella y a un
-padre tan joven como yo; ve y adora a una madre contristada, sumida
-en insondables mares de amargura, y ve y adora a un padre sepultado
-en vida. Todo esto lo sé, lo he estado viendo noche y día, pues para
-saberlo, me ha bastado ver a ustedes en el sagrado del hogar.
-
-El padre continuaba sin variar de actitud, doblada la cabeza y bajos
-los ojos. Su respiración se hizo un poquito entrecortada, pero no
-reveló otras señales de agitación.
-
---Y sabiéndolo, doctor Manette, convencido de que interponer entre
-ustedes un amor... mi amor, equivale a introducir en su cielo algo que
-es menos sublime que éste, he procurado imponer silencio a mi corazón,
-me he resistido hasta el último límite. ¡No puedo más!... ¡La amo!...
-¡El Cielo me es testigo de que la amo!
-
---Lo creo--contestó el padre con acento doloroso.--Lo venía sospechando
-de antiguo... Lo creo.
-
---Pero sentiría--repuso Darnay, quien creyó ver una reconvención en el
-acento doloroso del doctor--sentiría que creyera también que, si fuese
-tan inmensa mi fortuna que un día me fuera dado llamarla mi mujer,
-había de intentar separar a ustedes ni pronunciar una sola palabra
-distinta de las que en este momento salen de mis labios. Bien se me
-alcanza que sería inútil; pero de todas suertes, no soy yo capaz de
-cometer vileza semejante. Si pensamientos tan bajos rozaran siquiera mi
-mente, no sería yo digno de tocar esta mano honrada--añadió, tendiendo
-la suya a su interlocutor.--No, mi querido doctor Manette; como a
-usted, me aleja de Francia un destierro impuesto voluntariamente; como
-usted, he huído de ella para no ver sus desaciertos, sus opresiones,
-sus miserias; como usted, he resuelto expatriarme, vivir del trabajo
-de mis manos y cifrar mis esperanzas en un futuro más venturoso. Mi
-aspiración única es compartir su suerte de usted, compartir su vida y
-su hogar, y serle fiel hasta la muerte. No aspiro a tener participación
-en el preciado privilegio de Lucía en su calidad de hija y compañera
-amante de su vida; sino a robustecer ese privilegio, a unirla más
-estrechamente a usted, suponiendo que eso sea posible.
-
-La mano del joven continuaba sobre la del padre, quien tenía las suyas
-sobre los brazos del sillón en el que estaba sentado. Por primera vez
-desde el comienzo de la conferencia, alzó el doctor los ojos del suelo.
-Su cara reflejaba la lucha que se libraba en su interior.
-
---Habla usted con tanta ternura, y a la par con tanta entereza, Carlos
-Darnay, que le doy las gracias con todo mi corazón, y voy a ponerle
-de manifiesto... casi de manifiesto el mío. ¿Tiene usted motivos para
-creer que Lucía corresponda a su amor?
-
---Ninguno.
-
---El objeto inmediato de esta confidencia, ¿es cerciorarse desde luego
-y con mi autorización de ese extremo?
-
---Ni eso siquiera. No espero obtener esa dicha en muchas semanas,
-aunque, como es natural, desearía salir de dudas mañana mismo.
-
---¿Busca usted que yo le aconseje y guíe?
-
---Tampoco he venido con ánimo de solicitar sus consejos y ayuda; pero
-sí creyendo que, si en su mano está ayudarme, y lo considera justo, me
-proporcionará algún auxilio.
-
---Entonces, lo que usted busca es una promesa mía.
-
---En efecto; eso busco.
-
---¿Qué promesa es?
-
---Bien convencido estoy de que, sin usted, nada puedo esperar: bien
-convencido estoy de que, aun cuando Lucía me amara como yo la amo...
-y no crea usted que mi presunción llegue a suponer semejante cosa, de
-nada me serviría, si mi amor fuese incompatible con el que debe a su
-padre.
-
---Siendo así, estará bien convencido de...
-
---Estoy convencido también de que, una sola palabra pronunciada por su
-padre en favor de cualquier aspirante a su mano, pesaría decisivamente
-en su ánimo, y precisamente porque de ello estoy convencido, doctor
-Manette, no he de solicitar esa palabra, aun cuando de ella dependiera
-mi vida--terminó el joven, con modestia, pero con decisión varonil.
-
---De ello estoy seguro, Carlos Darnay. Los misterios suelen brotar de
-los amores profundos y de las divisiones anchas: en el primer caso,
-los misterios son sutiles, delicados y de difícil penetración. Bajo
-este aspecto, Lucía es para mí un misterio: ni aproximadamente me es
-dado adivinar el estado de su corazón.
-
---¿Me permitirá preguntar, doctor, si ella...?
-
---¿Si tiene algún otro pretendiente?
-
---Eso fué lo que quise decir.
-
-El padre contestó al cabo de algunos momentos de reflexión:
-
---Ha visto usted mismo que vienen a esta casa con alguna frecuencia los
-señores Carton y Stryver; si alguien aspira a la mano de mi hija, será
-en todo caso uno de los dos.
-
---O los dos--observó Darnay.
-
---No se me ha ocurrido que puedan ser los dos; es más: ni creo probable
-que sea ninguno de los dos. Pero me ha dicho usted que desea de mí una
-promesa: dígame de qué se trata.
-
---La promesa que deseo obtener es que, si algún día su hija hiciera
-a usted la confianza que yo acabo de hacerle, la repitiera usted mis
-palabras, añadiendo que cree en la sinceridad de las mismas. Creo
-merecerle a usted bastante buena opinión para no tomar partido en
-contra mía. Yo, por mi parte, cumpliré estrictamente la condición sobre
-la cual fundo mi súplica, porque a que la cumpla tiene usted derecho
-indiscutible.
-
---Hago la promesa que usted desea, sin condición alguna--respondió el
-doctor.--Creo firmemente que su objeto es el que me ha expuesto; creo
-que intenta usted perpetuar, y en ningún caso debilitar, los lazos que
-me unen a quien me es más querida que yo mismo. Si algún día me dice
-mi hija que usted le es necesario para su felicidad, me apresuraré a
-entregársela. Si existieran, Carlos Darnay, si existieran...
-
-El joven estrechó agradecido la mano del doctor.
-
---... Caprichos, motivos verdaderos, aprensiones, cualquier otra cosa,
-antigua o reciente, en contra del hombre a quien mi hija amase de
-veras..., siempre que la responsabilidad no fuera personalmente suya...
-todo lo olvidaría por amor a aquélla. Lo es todo para mí. Ante su dicha
-callan todos los agravios que yo haya recibido, todos los tormentos
-que... ¡Estoy diciendo lo que no viene al caso!
-
-Tan singular fué el tono que el doctor dió a sus palabras, tan singular
-la brusca interrupción, tan singular la mirada que dirigía a su
-interlocutor, que éste sintió penetrar el frío hasta el fondo de su
-corazón.
-
---Sin darme cuenta he desviado la conversación--añadió el doctor
-sonriendo.--¿Qué era lo que me decía?
-
-No supo Darnay qué contestar en el primer momento, hasta que recordó
-que había hablado de una condición. Más tranquilo entonces, dijo:
-
---A su confianza tengo el deber ineludible de contestar con la mía. Mi
-apellido actual, aunque apenas si discrepa del de mi madre, no es el
-mío, conforme sabe usted. Deseo decirle cuál es el que me corresponde,
-y explicarle los motivos de encontrarme en Inglaterra.
-
---¡No! ¡Cállese usted!
-
-El doctor llevó ambas manos a sus oídos y a continuación a los labios
-de Darnay.
-
---Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos
-para usted.
-
---¡No! ¡Me lo dirá usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna
-ahora! Si sus aspiraciones entran en vías de realización, si Lucía
-corresponde a su amor, me hará esas revelaciones la mañana misma de su
-matrimonio. ¿Me lo promete?
-
---Con mucho gusto.
-
---Déme su mano. Mi hija llegará de un momento a otro, y no quisiera que
-nos encontrara juntos esta noche. ¡Váyase... y que Dios le bendiga!
-
-Había cerrado la noche cuando salió Carlos Darnay, y aun tardó Lucía
-una hora en llegar. Corriendo se dirigió a la habitación en que solía
-estar su padre, no siendo pequeña su sorpresa al encontrar vacante el
-sillón que aquél ocupaba invariablemente cuando leía.
-
---¡Padre!--llamó.--¡Mi querido padre!
-
-Nadie contestó; pero como llegaran a sus oídos repetidos martillazos
-que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigió corriendo.
-Miró por la puerta, y retrocedió asustada, llorando.
-
---¿Qué haré, Dios mío, qué haré?--exclamó.
-
-Un instante nada más duraron sus incertidumbres. Llamó con los nudillos
-en la puerta y pronunció en voz muy baja el nombre de su padre. Cesaron
-inmediatamente los martillazos, salió su padre, la miró silencioso, y
-comenzó a pasear por la estancia. Lucía caminaba a su lado.
-
-A la mañana siguiente, Lucía entró muy temprano en el dormitorio del
-doctor. Encontróle durmiendo profundamente. No observó alteración
-alguna en la banqueta de zapatero, ni en las herramientas ni en el
-zapato sin terminar.
-
-
-XI
-
-ENTRE COMPAÑEROS
-
---Prepara otro ponche, Sydney--dijo el abogado Stryver aquella misma
-noche, ya de madrugada, a su compañero el chacal.--Tengo que hacerte
-una confidencia.
-
-Desde algunas noches antes, Sydney trabajaba con ardor a fin de
-disminuir y acabar con el monte de papeles que esperaban turno en la
-mesa de trabajo antes de salir de vacaciones. Todos quedaron al día;
-ya no había que hacer otra cosa que esperar la llegada del mes de
-noviembre, pródigo en nieblas atmosféricas y en nieblas legales.
-
-No era Sydney un dechado de sobriedad y de templanza: aquella noche
-hubo de aumentar en dos el número de las toallas empapadas en agua fría
-que solía aplicar a su cabeza, de la misma manera que duplicó también
-la cantidad de vino ingerido con anterioridad a la aplicación de las
-toallas.
-
---¿Estás preparando el otro ponche?--preguntó Stryver, desde el sofá
-sobre el cual estaba tumbado de espaldas.
-
---Sí.
-
---Escucha, pues. Voy a revelarte algo que seguramente te maravillará, y
-quién sabe si hasta te hará creer que soy mucho menos listo de lo que
-aparento. He pensado casarme.
-
---¿Tú?
-
---Sí. Aun te sorprenderá más el saber que no me caso por móviles de
-dinero. ¿Qué me dices?
-
---No siento comezón de decir mucho. ¿Quién es ella?
-
---Adivínalo.
-
---¿La conozco?
-
---Adivínalo.
-
---No me parece ocasión propicia para echarme a adivinar, a las cinco
-de la madrugada y con la cabeza convertida en volcán en erupción. Si
-quieres que adivine, convídame a comer.
-
---Puesto que no quieres adivinar, te lo diré yo--dijo Stryver,
-sentándose perezosamente.--Por supuesto, que no abrigo la más
-insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente
-porque eres y has sido siempre un perro insensible.
-
---En cambio tú has sido siempre y eres un espíritu todo sensibilidad y
-poesía--replicó Sydney con acento irónico.
-
---¡Hombre!...--exclamó Stryver riendo.--No aspiro a pasar plaza de
-héroe de novela sentimental, pero no me negarás que soy más blando que
-tú.
-
---Querrás decir más afortunado.
-
---No; he querido decir más... más...
-
---Galante: ¿acerté ahora?
-
---¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi intención era decir que yo soy hombre
-que cuido de hacerme más agradable, que me tomo más interés para
-hacerme más agradable, que sé la manera de hacerme más agradable a las
-mujeres que tú.
-
---Adelante--dijo Sydney Carton.
-
---Ten calma, amigo mío--replicó Stryver, moviendo la cabeza.--Antes
-de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado
-con tanta, con más frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y
-francamente, me ha avergonzado la aspereza de carácter, el ceño que
-siempre has mantenido allí. Tus modales han sido los de un perro
-malhumorado y tu manera de ser tan tétrica, que he salido avergonzado
-de ti, Sydney.
-
---Deberías estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de
-tu profesión no suelen avergonzarse de nada--replicó Carton.
-
---No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mío decirte,
-y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces
-de condiciones para estar en sociedad. Eres un compañero decididamente
-desagradable.
-
-Sydney bebió un trago de ponche y soltó la carcajada.
-
---¡Mírame a mí!--repuso Stryver, poniéndose en pie y en actitud
-arrogante.--Menos necesidad tengo que tú de hacerme agradable, toda vez
-que mi posición es mil veces más independiente que la tuya. ¿Por qué,
-pues, consigo siempre hacerme agradable?
-
---En mi vida vi que te lo hicieras.
-
---Me hago agradable porque así lo exige la finura de modales y porque
-lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo.
-
---Lo que no prosigues, según veo, es la exposición de tus proyectos
-matrimoniales. En cuanto a lo demás, hazme el favor de no proseguir.
-¿No te convencerás nunca de que soy incorregible?
-
-Carton hizo esta pregunta con entonación sarcástica.
-
---Para ser incorregible sería preciso que tuvieras negocios, y yo no sé
-que los tengas--replicó Stryver un poquito picado.
-
---Que yo sepa, no los tengo... ¿Quién es la favorecida?
-
---No quisiera que la mención del nombre te produjera pena o
-desagrado--dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la
-revelación que iba a hacer.--Me consta que no sientes ni la mitad de
-lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sería
-igual, pues no tendría importancia. Hago este preámbulo porque en una
-ocasión hablaste con bastante ligereza de la señorita cuyo nombre voy a
-pronunciar.
-
---¿Yo?
-
---Tú, sí; y en esta misma habitación.
-
-Carton se obsequió con otro vaso de ponche y miró a su amigo.
-
---Refiriéndote a la señorita a que aludo, dijiste que era una muñeca
-de cabellos de oro. La señorita a que me refiero es la señorita Lucía
-Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza
-de sentimientos, me habría molestado que hablaras de ella como lo
-hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu
-ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi
-memoria acude tu expresión, la doy la misma importancia que daría a
-la opinión de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado
-por mí, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una
-composición musical obra mía.
-
-Carton continuaba menudeando las visitas a la ponchera.
-
---Ya lo sabes todo, Sydney--prosiguió Stryver.--Me caso con esa niña,
-sin importarme que tenga o no fortuna. Es una criatura encantadora, y
-me he propuesto hacerla feliz, y sin jactancias ni inmodestias creo
-que puedo decir que lo he conseguido. Ocupo una posición envidiable,
-prospero y subo con rapidez y no me falta distinción. En una palabra:
-soy para ella un tesoro, y me alegro, pues tesoros merece ella. ¿Te
-maravilla lo que oyes?
-
---¿Por qué me ha de maravillar?--respondió Sydney, entre trago y trago
-de ponche.
-
---¿Lo apruebas?
-
---¿Por qué no he de aprobarlo?
-
---¡Vaya! Veo que lo tomas con mayor calma de la que yo esperaba, y
-que, en obsequio mío, eres menos mercenario de lo que creía. No me
-sorprende, en medio de todo, pues sabes perfectamente que tu antiguo
-condiscípulo se ha distinguido siempre por su entereza de carácter.
-Sí, Sydney, sí; me hastía la vida que hago y ha llegado el momento de
-variarla. Me he convencido de que es una delicia para un hombre tener
-un hogar, crearse una familia, si a ello siente inclinaciones, y estoy
-seguro de que la señorita Manette lo embellecerá y honrará siempre.
-Estoy, pues, resuelto, firmemente decidido. Y ahora, Sydney, mi querido
-amigo, me permitirás que te diga cuatro palabras sobre tu situación.
-Caminas por derroteros falsos, por mal camino; eso lo sabes tan bien
-como yo mismo. Desconoces el valor del dinero, vives vida desordenada,
-no piensas en el mañana, y en suma, tu conducta no puede conducirte más
-que a las enfermedades y a la miseria. Creo que necesitas buscarte una
-enfermera.
-
-El tono de protección con que hablaba Stryver acentuaba la
-impertinencia de sus palabras y las hacía doblemente ofensivas.
-
---No te ofenda que ahora te recomiende que estudies la cuestión de
-frente y sin prevenciones estúpidas tal como la he estudiado yo,
-aunque nuestra condición respectiva difiere mucho. Cásate. Busca a
-quien cuide de tu persona. No importa que la compañía de las mujeres
-no sea de tu gusto; no importa que carezcas de inteligencia, de tacto
-para tratarlas. Busca una mujer respetable que tenga algunos bienes,
-y cásate con ella cuanto antes, única manera de prevenirte con tiempo
-contra las calamidades e incertidumbres de la vida. He terminado.
-Piensa en ello, Sydney.
-
---Lo pensaré--contestó Sydney Carton.
-
-
-XII
-
-EL CABALLERO DELICADO
-
-Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita
-Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que
-en su magnanimidad la había deparado. Después de debatir mentalmente
-y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la
-conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones,
-los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del
-día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de la
-_sanmiguelada_, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de
-Nochebuena.
-
-Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera
-sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de
-uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener
-sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar
-su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar
-siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado.
-
-En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la
-señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada
-la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya,
-tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles
-aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.
-
-Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos
-hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera
-que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima
-que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en
-el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos
-resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que
-rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los
-dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry,
-inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números,
-perfectamente alineados.
-
---¡Hola, señor Lorry!--exclamó Stryver al entrar.--¿Cómo está usted?
-Supongo que tan bien como siempre.
-
---¡Hola, señor Stryver!--respondió Lorry, estrechando la mano que el
-abogado le tendía.--Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí,
-señor Stryver?
-
---No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita
-particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.
-
---¡Oh, las que usted quiera!--contestó Lorry, cerrando el libro y
-preparándose a oir.
-
---Voy...--comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa
-y con tono confidencial,--voy a hacer una proposición matrimonial a su
-querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry.
-
---¡Demonio!--exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al
-abogado.
-
---¿Demonio?--repitió Stryver vivamente.--¿Eso es lo que a usted se le
-ocurre decirme? ¿Qué significa su exclamación, señor Lorry?
-
---Es una exclamación... amistosa... personal... puramente apreciativa,
-que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad,
-señor Stryver... me parece... encuentro...
-
---¡Basta!--respondió el abogado, descargando un manotazo sobre la
-mesa.--¡Si entiendo lo que me dice, señor Lorry, que me cuelguen!
-
-Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, y quedó mirando a su interlocutor
-mordiendo las barbas de su pluma.
-
---¿Es que me considera usted _no_ elegible?--preguntó Stryver, mirando
-con fijeza a su interlocutor.
-
---¡Muy al contrario, señor Stryver! Sí... es usted elegible.
-
---¿No soy buen partido?
-
---Buen partido; sí... ¿por qué no?
-
---¿No progreso? ¿No medro?
-
---Sí, señor... ¿quién lo duda?
-
---Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud?
-
---Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora?
-
---De frente al asunto--contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la
-mesa.
-
---Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión.
-
---¿Por qué?--tronó el abogado.--Voy a estrechar a usted hasta el último
-límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de
-hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría
-usted?
-
---Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con
-esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo.
-
---¡Ira de Dios!--gritó Stryver.--¡Es una razón que tumba de espaldas!
-
-Lorry no contestó.
-
---He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de
-experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia
-de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí
-sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón
-alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y
-lo vea!
-
---Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al
-hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver
-realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para
-la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la
-señorita es el juez único e inapelable.
-
---Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la
-señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa.
-
---Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver--replicó
-Lorry, rojo de cólera.--Lo que he querido decir, y lo que digo, es
-que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa
-acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que
-quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y
-temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la
-señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson
-no sería bastante para que yo dejara impune su grosería.
-
-La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por
-hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en
-cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse
-por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa
-como la del abogado.
-
---Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero--repuso Lorry.--Mucho
-le agradeceré que no lo olvide.
-
-Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo
-de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió
-el silencio, verdaderamente penoso, diciendo:
-
---Tan nuevo es lo que usted me dice, señor Lorry, tan inconcebible, que
-no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. ¿Me
-aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la
-mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette?
-
---¿Me pide usted franqueza, señor Stryver?
-
---Sí.
-
---Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por
-letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni
-ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del
-doctor Manette.
-
---Y yo contesto que eso... ¡ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos
-los desatinos pasados, presentes y futuros.
-
---Pongamos los puntos sobre las íes--añadió Lorry;--como hombre de
-negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como
-hombre de negocios, nada sé: pero como amigo antiguo de la casa, como
-hombre que ha mecido a la señorita Manette en sus brazos, que es el
-amigo de confianza de la señorita Manette y de su padre, como hombre
-que quiere a los dos con cariño entrañable, puedo hablar, y como tal he
-hablado. Ahora bien: ¿cree usted que puedo estar equivocado?
-
---¡Ni por pienso! El sentido común es planta rara que crece en pocas
-partes. Jamás he tenido esperanzas de encontrarla fuera de mí mismo.
-Suponía yo que acaso existiera donde, por lo visto, según usted, sólo
-encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo
-confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razón.
-
---¡Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para que en ellos
-crezca la insensatez, ni toleraré... dentro o fuera del Banco Tellson,
-que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre sólo puede pronunciar
-de rodillas!--gritó Lorry, enfureciéndose de nuevo.
-
---No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin ánimo de
-molestar a nadie.
-
---Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fué lo siguiente: sería
-doloroso para usted sufrir un desengaño, sería doloroso para el
-doctor Manette verse en la precisión de ser explícito con usted, y
-sería muy doloroso para la señorita Lucía encontrarse en la dura
-necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el
-honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted
-quiere que, sin ostentar representación alguna suya, sin mezclar a
-usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen
-o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde
-luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese,
-dueño será usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso
-contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones
-desagradables. ¿Qué le parece mi plan?
-
---¿Cuánto tiempo tardaría usted en contestarme?
-
---¡Oh! ¡Es cuestión de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde
-allí llegarme en derechura a su casa.
-
---Siendo así, me parece bien. Espero a usted esta noche... ¡Buenos días!
-
-Salió el señor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una
-tempestad de ira. Sobrábale penetración para comprender que el banquero
-no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones
-sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan
-sólido, que equivalía a una certeza moral. Lejos estaba de pensar,
-cuando entró en el Banco, que le esperase una píldora tan amarga; pero
-no tuvo más remedio que tragársela.
-
---Te has puesto en situación poco airosa, Stryver--se decía a sí
-mismo;--has hecho el ridículo... ¡Aquí de tu talento forense para salir
-bien del paso!
-
-Claramente se veía que la píldora se le había atragantado y que el
-eminente abogado buscaba la forma de escupirla.
-
---¡Ah, mi querida señorita!--murmuró al cabo de pocos momentos.--¡No
-seré yo quien cargue con el ridículo!... ¡Vas a tener el placer de
-quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitáceas que me
-reservas!
-
-En efecto: aquella noche, cuando Lorry se presentó en la casa del
-abogado, encontró a éste entre rimeros de papeles y pilas de libros
-colocados de propósito sobre su mesa de trabajo, absorto en su labor
-y ajeno por completo al asunto tratado aquella mañana. Hasta pareció
-sorprendido al ver a Lorry.
-
---He estado en Soho--dijo el emisario, al cabo de más de media hora de
-tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestión.
-
---¿En Soho?--repitió con indiferencia glacial Stryver.--¡Ah... ya! ¡Qué
-cabeza la mía! ¿Creerá usted que no me acordaba de semejante cosa?
-
---Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fué
-acertadísimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente.
-
---Crea usted que lo lamento muy de veras por usted--contestó Stryver
-con calma perfecta,--y no menos de veras por el pobre padre. Es un
-incidente que la familia recordará siempre con dolor, y que... Pero no
-hablemos de ello.
-
---Confieso que no comprendo.
-
---Lo creo; pero no importa... no importa.
-
---Al contrario--replicó Lorry,--importa, y desearía que se explicase.
-
---Repito que no importa. Creí ver sentido común y ambición laudable
-donde no existe lo uno ni lo otro. Me engañé, quedo curado de mi error,
-y asunto concluído. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean
-perjuicios a quien fué de él víctima. Son muchas las damiselas que han
-cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse
-cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en
-la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No las culpo! ¡A fe que son dignas de
-compasión! ¡Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde
-un punto de vista puro de todo egoísmo, lo siento, porque para ella
-hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a través del prisma de mi
-egoísmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un
-negocio desastroso. Comprenderá usted, sin que yo se lo diga, que yo,
-lejos de salir ganando, perdía, y no poco. Por supuesto, hasta ahora
-ningún daño me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa señorita, y aquí
-para nosotros, hablando con franqueza, nunca pensé en hacer semejante
-ofrecimiento. Siga mi consejo, señor Lorry: no intente usted nunca
-luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas
-si no quiere cosechar desencantos a granel... ¡No... hágame el favor!
-Dejemos esta conversación. Repito que lamento lo ocurrido por los demás
-pero que me alegro por lo que a mí toca. Nunca agradeceré a usted
-bastante el consejo que me dió. Conoce usted a esa señorita mucho mejor
-que yo... Tenía usted razón... Se me ocurrió cometer un desatino aunque
-seguramente no habría llegado a cometerlo.
-
-Fué tal el desconcierto, la estupefacción de Lorry, que no se le
-ocurrió otra cosa que mirar con expresión estúpida a su interlocutor,
-cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos.
-
---¡Créame usted, mi querido amigo!--repetía Stryver mientras acompañaba
-a Lorry hasta la puerta,--siga mi consejo. Muchas gracias... ¡Buenas
-noches!
-
-Lorry se encontró en la calle antes de darse cuenta de lo que le
-pasaba. Stryver quedó tendido boca arriba en el sofá mirando al techo.
-
-
-XIII
-
-EL SUJETO NO DELICADO
-
-Si en alguna ocasión, o en alguna parte, brilló Sydney Carton, a
-buen seguro que no fué en la morada del señor Manette. La visitó con
-bastante frecuencia durante un año entero, y siempre estuvo triste,
-taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; sabía
-hablar perfectamente cuando se lo proponía; pero era tan tupida la nube
-que le envolvía, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los
-destellos luminosos de su inteligencia.
-
-Que las calles próximas a la casa mencionada, y hasta las piedras
-insensibles de las aceras, ejercían sobre él misterioso atractivo,
-no cabía ponerlo en tela de juicio. Más de una noche se le hubiera
-encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo,
-cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegría ficticia
-y transitoria. Más de una madrugada, los pálidos fulgores de la aurora
-naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los
-contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofrecía
-con el de éste notable analogía. Más de una mañana, los primeros rayos
-del sol, a la par que hacían resaltar las bellezas arquitectónicas
-de los campanarios de las iglesias y de los edificios más notables,
-llevaban el desaliento al pecho del solitario noctámbulo, haciéndole
-ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede
-alcanzar. Desde algún tiempo antes, el lecho desordenado que en el
-Tribunal del Temple tenía Carton, rara vez merecía el honor de ser
-usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepción
-ocurriera esto último, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos
-para continuar sus peregrinaciones.
-
-Un día del mes de agosto, cuando ya el señor Stryver, después de
-manifestar a su amigo que «reflexiones más detenidas habíanle inducido
-a renunciar a sus proyectos matrimoniales», había trasladado a
-Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona,
-uno de esos días de agosto en que los malos encuentran en el cáliz
-de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y
-de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavo de su costumbre,
-rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo
-fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo
-de la intención que brotó en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de
-esta última aquéllos, lleváronle en derechura a la puerta del doctor
-Manette.
-
-Lucía, a la que encontró sola y entregada a sus labores, recibióle con
-alguna turbación, y hasta es más que probable que de poder hacer su
-gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspiró cierta
-sensación de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al
-cruzarse entre los dos las primeras frases, algo notó en la expresión
-del rostro de su visitante que la tranquilizó, primero, y luego excitó
-en su pecho la compasión.
-
---¿Se siente usted malo, señor Carton?--preguntó.
-
---No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, señorita
-Manette, no es el medio más indicado para gozar de salud. ¡Qué podemos
-esperar los libertinos!
-
---¿Y no es lástima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme
-cuenta, salió de mis labios el principio de la pregunta, la terminaré,
-bien que haciendo constar que nada más lejos de mi ánimo que el
-propósito de ofenderle. ¿No es lástima que no procure usted vivir vida
-más ordenada?
-
---¡Es algo más que lástima! ¡Dios sabe muy bien que es una vergüenza!
-
---Entonces, ¿por qué no se corrige?
-
-Lucía, que al formular la pregunta miró de frente a su interlocutor,
-vió, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban
-arrasados en lágrimas. Lágrimas destilaba también su voz cuando
-contestó:
-
---Ya no es tiempo... Nunca seré mejor de lo que hoy soy... antes al
-contrario... empeoraré... descenderé más y más...
-
-Puesto de codos sobre la mesa, cubrióse los ojos con las manos. La mesa
-temblaba durante el penoso silencio que siguió.
-
---Perdóneme, señorita Manette--repuso Carton.--Guardo un secreto que me
-pesa demasiado y que desearía revelarla: ¿será tan buena que se digne
-escucharme?
-
---Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, señor Carton, si ha
-de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable
-usted, que en escucharle tendré yo placer espacial.
-
---Dios, sin duda, la premiará la compasión con que me trata.
-
-Serenóse algún tanto Carton, separó las manos de sus ojos y repuso, con
-acento firme:
-
---No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya
-lo que debía vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda
-en mí capaz de fructificar... soy estéril para el bien.
-
---¡No, señor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos
-de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede
-hacerse muy digno de sí mismo...
-
---Dígame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, señorita,
-y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi
-naufragado corazón el engaño en que se halla, no lo olvidaré jamás.
-
-Densa palidez cubrió las mejillas de la niña: sus manos temblaban.
-
---Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia
-divina, hubiera hecho posible que usted, señorita Lucía, correspondiera
-al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor
-de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo
-repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe
-muy bien, la felicidad que inundaría mi alma, con ser tan grande, no
-me impediría ver que la unión de nuestros destinos arrastraría a usted
-hasta el fondo de mis miserias, la sumiría en los abismos del dolor y
-del arrepentimiento tardío, la envolvería en olas de deshonra. De ello
-estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazón no
-puede guardar ternuras para mí. ¡No las espero, no las pido! Es más:
-¡doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles!
-
---¿No podría salvar a usted, señor Carton, sin esas ternuras a que se
-refiere? ¿No podría yo?... ¡Perdón otra vez! ¿No podría yo mostrarle un
-camino mejor, guiarle por senderos más rectos? ¿Ha de serme imposible
-pagar de alguna manera la confianza que en mí hace? Porque yo sé que
-se trata de una confianza--añadió Lucía con modestia, bien que con
-cierta vacilación,--de una confianza que no depositaría en nadie, y que
-deposita en mí. ¿No podríamos dar a esa confianza un giro beneficioso
-para usted, señor Carton?
-
---No, señorita Lucía--respondió Carton, moviendo con expresión de
-amarga tristeza la cabeza.--Imposible. Conque me dispense la bondad de
-escucharme durante algunos momentos más, habrá hecho en mi obsequio
-cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueño
-último de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre,
-la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta
-el abismo profundo de mi degradación y agitado allí sombras que yo
-creía muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a
-usted, siento el aguijón de remordimientos que yo suponía sin vida
-ni eficacia, y suenan en mis oídos susurros de voces antiguas que yo
-creía por siempre enmudecidas. ¡Hasta he llegado a pensar seriamente en
-empezar, en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en
-correr con arrestos nuevos a la palestra tantos años ha abandonada!...
-¡Quimeras... ilusiones, sueños que a nada práctico pueden conducir!
-¡Pero quimeras, sueños e ilusiones evocados por usted, inspirados por
-usted!
-
---Pero esas ilusiones, esos ensueños, algo habrán dejado en su alma...
-¡Oh señor Carton! ¡Busque... medite... pruebe!
-
---Es inútil: perdería el tiempo, y además no merezco vivir. Y sin
-embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a
-que llegan las aberraciones humanas, confesaré que he tenido la
-debilidad, tengo aún la franqueza de desear que usted conozca la
-rapidez prodigiosa con que me ha transformado a mí, montón de cenizas
-extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo
-semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada
-ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde.
-
---Puesto que he tenido la desgracia de hacerle más desventurado de lo
-que era antes de conocerme...
-
---No diga usted eso, señorita Lucía; que si de redención fuera yo
-capaz, usted me habría redimido; si mis desventuras pudieran tener
-término, usted se lo habría puesto. No es usted, no ha podido ser usted
-causa de que mi desgracia sea mayor.
-
---Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias
-mías, ¿no habría medio de encauzar esas influencias en forma que le
-resultaran beneficiosas? ¿Ningún bien puedo hacerle?
-
---El mayor, el único que yo podía apetecer, me lo ha proporcionado ya.
-Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve
-el recuerdo de que fué usted la última persona a quien abrí mi corazón,
-y la creencia de que en éste queda algo que ha merecido la piedad
-compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soñar.
-
---Con toda mi alma desearía convencerle, señor Carton, de que, con un
-poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguiría
-usted mejores cosas.
-
---La engaña su excelente corazón, señorita Lucía. Créame usted: me
-he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz
-de redención. Sé que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He
-depositado en un corazón puro e inocente el secreto más dulce de mi
-vida. Cuando el recuerdo de este día brote en mi memoria, ¿me será
-permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazón lo ha
-recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningún otro?
-
---Si esa creencia es para usted un consuelo, abríguela usted.
-
---¿Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la persona que más
-querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro?
-
---Señor Carton--respondió Lucía con agitación,--el secreto no es mío,
-sino de usted: tenga la seguridad más absoluta de que sabré respetarlo.
-
---¡Muchas gracias... y que Dios la bendiga!
-
-Tomó Carton la mano que Lucía le tendió, la llevó a sus labios, y
-comenzó a caminar hacia la puerta.
-
---Cuente usted, señorita Lucía, con que jamás haré referencia a la
-conversación que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este
-instante, el secreto no quedaría, por lo que a mí toca, mejor guardado.
-Un corazón puro, un corazón inocente es el arca santa donde desde hoy
-quedan guardados mi nombre, mis extravíos, mis miserias, mi confesión
-postrera... ¡Ah! ¡A la hora de mi muerte, será para mí un consuelo
-inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compañero
-sagrado durante el resto de mi vida!
-
-Lágrimas abundantes corrían por las mejillas de Lucía Manette.
-
---No llore usted, señorita Lucía, que no merezco que nadie, y menos un
-ángel como usted, vierta lágrimas por mí. Dentro de una o dos horas,
-amistades viles y hábitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales
-sucumbo, harán de mí un objeto menos digno de esas lágrimas que el
-último despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero,
-sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguiré siendo lo que
-hasta el presente he sido, para usted, mi interior será lo que ahora
-es. Mi penúltima súplica tiene por objetivo rogar a usted que me crea.
-
---Le creo, señor Carton, le creo.
-
---Voy a dirigirle mi ruego último y seguidamente la libraré de la
-presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la
-suya de ángel una sola cuerda armónica, y de quien está usted separada
-por un abismo sin fondo y sin bordes. Sé que decirlo es inútil; pero
-brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier
-persona que usted quiera, lo haré todo. Sacrificar una existencia
-perdida, no es mérito alguno, lo sé; pero si la Providencia me deparara
-ocasión de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran
-queridas la sacrificaría con gusto. Procure retener en su memoria lo
-que estoy diciendo. Vendrá día, y no tardará, en que contraiga usted
-nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarán muy estrechamente al hombre
-que tenga la dicha de merecerla, lazos los más tiernos, los más dulces,
-los más hermosos que pueden alegrar la humana existencia. ¡Oh, señorita
-Lucía! ¡En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro
-feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos,
-acuérdese alguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar
-en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted
-ame! El último favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento...
-¡Adiós... adiós!... ¡Que Dios la bendiga!
-
-
-XIV
-
-EL HONRADO MENESTRAL
-
-Muchos y muy variados objetos desfilaban ante los ojos de Jeremías
-_Lapa_, durante las horas que diariamente se pasaba sentado en su
-rústico banco en la calle Fleet, acompañado de su poco agraciado
-retoño. Quien se pasara las horas más animadas del día en la calle
-Fleet, sentado sobre un banco o sobre una silla, sobre una piedra
-o sobre el duro suelo, necesariamente había de salir de la jornada
-aturdido y sordo, por efecto de las dos procesiones inmensas,
-interminables que, no obstante seguir rumbos opuestos, una de Oriente
-a Poniente, otra de Poniente a Oriente, caminaban fatalmente hacia el
-mismo final, hacia el mundo que jamás visitan los rayos rojos y púrpura
-del sol.
-
-El buen _Lapa_, mascando la obligada paja, contemplaba el curso de
-los dos gigantescos arroyos, semejante a aquel gentil rústico que
-permaneció varios siglos contemplando el curso de un río, sin más
-diferencia entre uno y otro que la de temer el segundo que el río se
-secase, y abrigar Jeremías la seguridad de que el curso de aquellos no
-se interrumpiría jamás. Verdad es que esa seguridad era para _Lapa_
-manantial de risueñas esperanzas, toda vez que gran parte de sus
-rentas las ganaba sirviendo de piloto a las mujeres que deseaban hacer
-la travesía de la calle. Aunque por regla general, las señoras que
-recurrían a sus servicios habían entrado de lleno en el declinar de
-la vida, y por otra parte, las relaciones entabladas durante la breve
-travesía eran forzosamente de poca duración, tanta impresión ejercía en
-el fogoso Jeremías el bello sexo, que nunca prestó un servicio de esa
-clase sin expresar deseos vehementes de que le fuera concedido el honor
-de beber a la salud de la acompañada.
-
-Hubo tiempos en que los poetas se sentaban sobre un banco en los sitios
-más públicos para pensar, y meditar, y reflexionar a la vista de los
-hombres. Jeremías _Lapa_ se sentaba también en un banco y en sitio
-público; pero como no era poeta, pensaba, reflexionaba y meditaba lo
-menos posible, y en cambio miraba mucho.
-
-Atravesaba uno de esos momentos angustiosos en que el tránsito
-por la calle era escaso, y más escasas las mujeres que deseaban
-cruzarla, uno de esos momentos en que sus negocios presentaban cariz
-tan desconsolador, que nuestro héroe llegó a recelar que su mujer
-estuviera arrodillada y rezando en cualquier rincón, cuando llamó
-su atención un torrente humano de caudal inusitado, que descendía
-arrollador por la calle Fleet, siguiendo el curso mismo del sol, es
-decir, hacia Oeste. Examinado el torrente, vió _Lapa_ que se trataba
-de un entierro que sin duda no sería de gusto del pueblo, toda vez que
-éste ofrecía objeciones a su paso.
-
---Es un entierro, hijo--dijo Jeremías a su retoño.
-
---¡Viva... padre!--gritó el hijo de _Lapa_, dando cuatro zapatetas en
-el aire.
-
-El caballerito puso en su grito de alegría una significación misteriosa
-que desagradó hasta tal extremo al padre, que acechó, y aprovechó muy
-pronto la oportunidad, para agarrar a su retoño por una oreja.
-
---¿Qué es eso?--gritó Jeremías padre.--¿Qué significa ese viva? ¿Ese
-es el respeto que a tu padre tienes? ¡Este muchacho es un pillete, un
-descastado, tan descastado como sus vivas! ¡Que no vuelva a oirte, si
-no quieres _sentirme_! ¿Entiendes?
-
---¿Hacía daño a nadie?--exclamó el muchacho en son de protesta y
-frotándose la oreja.
-
---¡Lo que no hacías era bien!--replicó _Lapa_.--Súbete sobre este banco
-y mira a las turbas.
-
-Obedeció el hijo. Venían las muchedumbres gritando desaforadamente y
-saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de
-un coche fúnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra,
-ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas
-fúnebres que a la dignidad de su posición consideraba indispensables.
-No parecía, empero, que su posición fuera muy de apetecer, pues las
-turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo
-visajes y contorsiones, mofándose de su respetable persona, y lanzando
-apóstrofes poco gratos al oído.
-
-Siempre fueron los entierros motivo de excitación especial para
-Jeremías _Lapa_; no es, pues, de admirar que en la ocasión presente,
-tratándose de un entierro que traía tan ruidoso acompañamiento, le
-sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo
-con quien topó:
-
---¿Qué pasa, hermano? ¿Qué es eso?
-
---No lo sé--contestó el interrogado sin detenerse. ¡Espías!... ¡Espías!
-
---¿Quién es el muerto?--preguntó a otro.
-
---No lo sé--respondió también éste, colocando las manos delante de
-la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:--¡Espías!
-¡Espías!
-
-Tropezó al fin _Lapa_ con una persona mejor informada del caso, gracias
-a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo
-llamado Rogerio Cly.
-
---¿Era espía?--preguntó _Lapa_.
-
---Espía del Old Bailey--contestó el informador.--¡Espía... sí... espía
-del Old Bailey!
-
---¡Demonio!--exclamó _Lapa_, recordando la vista a que había asistido
-en otro tiempo.--Le conozco. ¿Está muerto?
-
---¡Muerto como mi abuela! ¡Y aun debía estarlo más!... ¡Fuera!...
-¡Espía!... ¡Que lo echen aquí!
-
-Una idea tan luminosa había de ser forzosamente aceptada por aquellas
-turbas, y así fué, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad
-del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban
-tanto al coche y al carro fúnebres, que los obligaron a detenerse. En
-un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo;
-pero éste, que nada tenía de torpe, tan admirablemente supo aprovechar
-el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos dió esquinazo a las
-turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en
-manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubría hasta las
-rodillas, el pañuelo blanco de rigor, y otras lágrimas simbólicas.
-
-El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los
-objetos y prendas indicadas demostrando loca alegría, mientras los
-comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos,
-pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente
-peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abría las fauces. Habían
-abierto ya las puertas del carro fúnebre pasa sacar el ataúd, cuando
-otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo
-general. La proposición, como todas las que son eminentemente
-prácticas, mereció ser aprobada por aclamación, e inmediatamente
-asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban
-sobre la cubierta del carro fúnebre. Uno de los primeros voluntarios
-fué Jeremías _Lapa_, quien, en su modestia, escondió su persona y su
-cabeza en un rincón del coche.
-
-Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteración del
-ceremonial; pero la distancia hasta el río era alarmantemente corta, y
-varias voces habían preconizado ya la eficacia de una inmersión fría
-para hacer entrar en razón a los empleados recalcitrantes de pompas
-fúnebres, y como consecuencia, las protestas fueron débiles y breves.
-Prosiguió su curso la procesión una vez reformada. Un deshollinador
-de chimeneas guiaba el carro fúnebre, asesorado por un cochero
-profesional, sentado a su lado, y de la conducción del coche se encargó
-un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregóse
-a la comitiva un húngaro con su oso, tipo callejero muy popular en
-aquella época, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se
-armonizaba perfectamente con el carácter fúnebre de la procesión de
-que formaba parte.
-
-De esta suerte continuó aquella procesión desordenada, engrosando
-a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles
-que recorría. El término de la carrera era la antigua iglesia de
-San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde llegó a su debido
-tiempo. El enterramiento del cadáver de Rogerio Cly hízose con arreglo
-a un ceremonial extravagante, con gran satisfacción del nutrido
-acompañamiento.
-
-Enterrado el difunto, el autor de la humorística proposición anterior,
-o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibió
-y propuso la diabólica idea, aprobada por unanimidad, de acusar
-de espías de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los
-transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes.
-Docenas de infelices inocentes que en su vida habían pasado a mil
-varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y
-acosadas y golpeadas sin piedad. La transición desde este juego al de
-romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en
-ventorros y tabernas, no podía ser ni más sencilla, ni más natural,
-ni más lógica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando habían sido
-tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas,
-y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los
-caracteres más beligerantes, corrió la voz de que venían los guardias.
-Bastó la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada
-de los guardias, quienes quizá ni pensaron siquiera en aproximarse al
-teatro de los sucesos.
-
-No tomó parte en los desórdenes últimos Jeremías _Lapa_, quien prefirió
-permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la
-funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte
-siempre ejerció sobre él una influencia sedante. Sentado sobre una
-sepultura, fumando con calma filosófica una pipa que se había procurado
-en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja.
-
-¡Ya ves, Jeremías, lo que es el mundo!--se decía _Lapa_.--No ha
-mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto,
-derrochando vida, y ahora...
-
-Después de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones
-profundas y de tristes reflexiones, levantóse y emprendió la vuelta
-a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la
-hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus
-meditaciones ejercieron sobre su hígado influencia perniciosa, o si
-su salud venía quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo
-otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visitó: fuera
-uno u otra la causa, el hecho fué que, en el camino, se detuvo algunos
-minutos en la casa de su médico... albeitar eminente de la ciudad.
-
-El hijo manifestó con muestras de gran interés al padre que nada había
-ocurrido durante su ausencia. Cerró el Banco las operaciones del día,
-salieron los empleados, y _Lapa_, acompañado por su hijo, se encaminó a
-su casa.
-
---Hoy vas a saber quién soy yo--dijo a su mujer no bien traspasó
-el umbral de la casa.--Si esta noche estoy de malas como honrado
-menestral, será prueba de que te has pasado el día rezando en mi contra
-y sabrás cuántas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te
-hubiera visto arrastrada por los suelos.
-
-Su costilla movió la cabeza.
-
---¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo en mis barbas?--repuso con entonación
-colérica.
-
---¡Si no digo nada!
-
---¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto monta pensar como hablar! ¡Lo mismo
-puedes arruinarme rezando como meditando! ¡No quiero que hagas ni lo
-uno ni lo otro!
-
---Está bien, Jeremías.
-
---¡Sí!... Está bien, Jeremías... Perfectamente, Jeremías... Conforme,
-Jeremías... Lo que tú digas, Jeremías... Crees que me engañas con esas
-palabras de conformidad, ¿no es cierto? ¡Pues te equivocas de medio a
-medio!
-
---¿Piensas salir esta noche?--preguntó la mujer.
-
---Sí; pienso salir.
-
---¿Podré acompañarle, padre?--preguntó su retoño.
-
---No podrás acompañarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a
-pescar; a pescar; eso es.
-
---Cada día son más listos los peces, ¿verdad, padre?
-
---Es lo que no te importa.
-
---¿Traerá pescado?
-
---Si no lo traigo, mañana habrá _solfeo_ general en casa--replicó
-_Lapa_ moviendo la cabeza.--Y basta de preguntas, muñeco. No saldré
-hasta que tú te hayas acostado.
-
-El resto de la velada lo consagró a acechar a su mujer y a obligarla a
-hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra
-suya. Con el mismo objeto a la vista, obligó también a su hijo a que
-charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de ésta, que no
-dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones.
-La persona más devota no hubiese podido rendir homenaje más elocuente
-a la eficacia de una oración honrada. El temor a las plegarias de su
-mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no creía
-en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de
-fantasmas y de aparecidos.
-
---¡Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros
-estómagos!--dijo _Lapa_.--Tu conducta desnaturalizada mataría de hambre
-a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. ¡Mira a tu
-hijo...! Porque creo que es tu hijo, ¿eh? Está más delgado que un
-estoque... Tú, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, ¿no
-sabes que el primero, el más sagrado de los deberes de una madre es
-hacer que su hijo engorde?
-
-Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjuró a su
-madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la función maternal con
-delicadeza tanta indicada por su padre.
-
-Así fué deslizándose la velada en el tranquilo hogar de los _Lapas_,
-hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe
-de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias
-hasta poco más de la media noche, que se levantó para salir. Antes, sin
-embargo, sacó de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un
-saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena,
-y otros útiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados
-convenientemente, apagó la luz y se fué.
-
-Minutos después salía tras el padre su curioso retoño, quien había
-tenido la precaución de acostarse vestido sobre la cama cuando recibió
-la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche salió de su
-habitación, descendió sigiloso la escalera y se aventuró por las
-solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le
-inspiraba ningún recelo, pues sabía muy bien que la puerta quedaba
-abierta toda la noche.
-
-Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios
-de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado
-a las paredes de las casas, embebiéndose en los huecos de las puertas,
-procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus
-días. Tomó éste dirección norte, y no se había alejado gran cosa,
-cuando topó con un nuevo discípulo de Isaac Walton, en cuya compañía
-prosiguió la marcha.
-
-Media hora después caminaban ambos sin hablar palabra por un camino
-solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos
-las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorporó otro
-pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera
-sido supersticioso, seguramente habría creído que el hombre que primero
-se reuniera a su padre se había partido súbita y milagrosamente en dos.
-
-Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de _Lapa_, hasta
-que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el
-camino. Sobre el talud, corría un muro de ladrillo de escasa elevación,
-coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como
-fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra,
-hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejón,
-uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendría sobre
-diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el
-muchacho que el honrado menestral a quien debía la existencia escalaba
-con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le siguió
-el segundo pescador, y a éste el tercero. Los tres ganaron el terreno
-comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos
-minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego
-avanzaron, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.
-
-El muchacho se acercó a la verja, conteniendo la respiración. Desde un
-rincón donde se agazapó vió que los tres pescadores se arrastraban como
-serpientes por entre la crecida hierba que cubría el terreno... y por
-entre muchas cruces y lápidas sepulcrales. Estaban en un cementerio,
-y parecían fantasmas espantables acechados por otro fantasma más
-espantable, más monstruoso aún: por la torre de la iglesia vecina,
-gigante terrorífico encargado de velar por la tranquilidad de los
-muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tardó en observar
-que se enderezaban y daban comienzo a la pesca.
-
-Pescaron primero con azada. Poco después, el honrado _Lapa_ preparó un
-instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran
-los útiles de pesca que utilizaran, manejábanlos con inusitado ardor.
-Las púas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza
-acerada de las de su padre cuando el gigante guardián de la ciudad de
-los muertos dejó oir lentas, sonoras, graves, terroríficas, las dos de
-la madrugada.
-
-El muchacho emprendió desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan
-grande, que no sólo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido,
-sino que le incitó a volver a la verja. Vió que los tres hombres
-continuaban pescando, y supuso que habían pescado algo al observar
-que los pescadores parecían inclinados y como doblegados, haciendo
-esfuerzos encaminados a sacar algún pez de mucho peso. Así era en
-efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que éste salió a
-la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a
-duda; pero cuando el muchacho vió que su padre se disponía a abrirlo,
-sintióse acometido de tal pánico, que emprendió una carrera frenética
-sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dejó atrás más de una
-milla de terreno.
-
-Ni aun entonces se habría detenido si no le hubiese faltado el
-aliento, pues no huía ante imágenes engendradas por el miedo, sino
-ante espectros que le acosaban terribles. El ataúd que había visto le
-pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino
-en posición perpendicular y sobre el extremo más estrecho, empeñado
-en alcanzarle y en colocarse a su lado... quizá para asirse a su
-brazo. Aquel diabólico ataúd debía ser prodigio de incongruencia y de
-ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de árboles
-que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante
-a cometa sin rabo ni alas. Ocultábase también en los huecos de las
-puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo
-un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno
-al muchacho en aquella carrera fantástica. Cuando el perseguido llegó
-a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun después
-de refugiarse en ella se vió libre de la encarnizada persecución del
-ataúd, que subió tras él la escalera saltando sobre sus peldaños, y
-se acostó en su cama, y se subió sobre su pecho cuando el sueño o el
-terror rindieron al desventurado curioso.
-
-La presencia de Jeremías _Lapa_ en el estrecho cuarto del muchacho
-puso fin al agitado sueño de éste antes que los primeros rayos del sol
-hicieran su aparición sobre la tierra. La fortuna debió serle poco
-propicia aquella noche; así, al menos, lo infirió su hijo del hecho
-de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudiéndola sin
-consideración.
-
---¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!--decía Jeremías.
-
---¡Por Dios, Jeremías!--exclamaba su mujer con acento de súplica.
-
---Te empeñas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me
-perjudicas a mí y a mis asociados. Tu obligación es obedecer: ¿por qué
-no lo haces?
-
---¡Procuro ser mujer honrada!--contestaba la infeliz, derramando
-lágrimas.
-
---¿Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de
-tu marido? ¿Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos?
-
---¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías!
-
---Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no
-dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a cálculos o
-apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja
-de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete
-en lo que es incumbencia privativa de su esposo. ¿Y tú te llamas
-religiosa? ¿Tú te llamas honrada? ¡Si eres religiosa, si eres honrada,
-dénme mujeres irreligiosas y sin honra!
-
-El altercado, que se sostenía en voz baja, llegó a su término cuando
-Jeremías, despojándose de las botas cubiertas de barro, se tendió sobre
-el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa
-de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvió a tenderse
-sobre la cama, no tardando en dormirse.
-
-Después del almuerzo, en cuyo _menú_ no figuró ningún plato de pescado,
-y puede decirse que de ningún otro manjar, el señor Jeremías, que
-dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado,
-salió con su hijo a la calle y tomó el camino del Banco Tellson.
-
-El joven vástago del honrado menestral que caminaba al lado de éste
-por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior huía
-despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los
-resplandores del día recobró su atrevimiento habitual, y sus bascas y
-escrúpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es más que
-probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet.
-
---Padre--dijo el muchacho durante el trayecto,--¿qué es un
-desenterrador?
-
-El buen _Lapa_ no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes
-quedar como clavado en el sitio.
-
---¡Yo qué sé!--respondió al fin.
-
---Yo creí que usted lo sabía todo, padre--repuso el candoroso muchacho.
-
---¡Hum! ¡Pues... mira!--dijo Jeremías _Lapa_, después de quitarse el
-sombrero y de rascarse la frente.--Un desenterrador es un honrado
-menestral, un comerciante.
-
---¿En qué ramo comercia?
-
---Comercia... en géneros científicos de naturaleza especial.
-
---En cadáveres humanos; ¿verdad, padre?
-
---Creo que no andas del todo descaminado, hijo.
-
---¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser desenterrador cuando llegue a hombre!
-
-La proposición llenó de noble orgullo al padre. Sin embargo, moviendo
-la cabeza como con aire de duda, replicó:
-
---Dependerá del vuelo que alcancen tus talentos. Procura alentar su
-desarrollo, a lo cual contribuirá poderosamente el ejemplo que te doy.
-Hoy es prematuro hablar de lo que en lo futuro harás o dejarás de hacer.
-
-Momentos después, mientras el muchacho iba a colocar el banco a la
-sombra del edificio del Tribunal del Temple, Jeremías _Lapa_ murmuró
-para sus adentros:
-
---Amigo Jeremías, honrado menestral; puedes abrigar esperanzas fundadas
-de que tu hijo llegará con el tiempo a ser un tesoro que compensará tu
-desgracia de tener por esposa a una mujer desnaturalizada.
-
-
-XV
-
-HACIENDO CALCETA
-
-Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las
-libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la
-mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que
-defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas
-sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en
-la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables
-aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos
-madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar
-el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado
-en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un
-fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie.
-
-Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy
-temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos
-encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más
-que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el
-establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido
-imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la
-salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar
-el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de
-vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón
-a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de
-conversación en vez de saborear sendos tragos de vino.
-
-Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero
-no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no
-debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que
-nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se
-extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador,
-presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas,
-de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el
-troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían
-salido.
-
-Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo
-único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar,
-avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos
-y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal.
-Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con
-las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas
-de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un
-mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo
-que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina.
-
-Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio
-en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres
-cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro
-un peón caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los
-cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San
-Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no
-tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas
-que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a
-los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero
-todos clavaron en ellos los ojos.
-
---¡Buenos días!--contestó un coro nutrido.
-
---Mal tiempo, señores--repuso Defarge, moviendo la cabeza.
-
-Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos
-bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por
-excepción, se levantó de su asiento y se fué.
-
---Mi querida esposa--continuó Defarge,--he recorrido una porción de
-leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le
-encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen
-muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida!
-
-Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió
-un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el
-gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de
-pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer
-y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la
-taberna.
-
-Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido
-al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a
-ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos
-hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y
-trabajaba sin mirar y sin hablar.
-
---¿Ha terminado ya el almuerzo?--preguntó el tabernero al peón luego
-que advirtió que no comía.
-
---Sí; muchas gracias.
-
---Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía,
-y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto.
-
-Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un
-patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera
-encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de
-un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días
-sentado en una banqueta y haciendo zapatos.
-
-No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la
-nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la
-taberna.
-
-Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media
-voz:
-
---¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al
-testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes
-hablar, Santiago Quinto.
-
-El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul
-que en la mano tenía, preguntó:
-
---¿Por dónde comienzo?
-
---Puedes comenzar por el principio--respondió con mucha lógica Defarge.
-
---Le vi, señores--comenzó el peón caminero,--ha hecho un año este
-verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo
-acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche
-del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido
-de la cadena de esta manera.
-
-El orador representó gráficamente una escena que había representado
-millares de veces en la aldea durante un año entero.
-
-Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había
-visto antes al hombre que pendía de la cadena.
-
---Nunca--contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular.
-
-Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no
-habiéndole visto hasta ese día.
-
---Le reconocí por su elevada estatura--dijo el peón caminero, puesto el
-índice de la mano derecha en la nariz.--Cuando aquella noche preguntó
-el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un
-espectro».
-
---Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo.
-
---¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había
-confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas
-circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es
-que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese
-canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije!
-
---Tiene razón, Santiago--dijo Defarge.--Sigue.
-
---Pues bien--continuó el peón caminero con aire de misterio.--El hombre
-alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez,
-once meses?
-
---El número de meses es lo que menos viene al caso--contestó
-Defarge.--Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le
-encontraron desgraciadamente. Prosigue.
-
---Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone
-también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo
-mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche,
-cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis
-soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos
-atados a los lados... en esta forma.
-
-Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa
-admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura.
-
---Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver
-pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino
-militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando
-aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a
-seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y
-que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que
-daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas.
-También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos
-cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante.
-Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de
-polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí
-al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah!
-¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de
-la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo
-sitio!
-
-A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la
-escena a que acababa de aludir.
-
---Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni
-el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí.
-En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de
-los ojos. «¡Vivo, vivo!»--dijo el jefe de los soldados.--«¡Llevémosle
-pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los
-brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de
-las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados,
-andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los
-soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta
-manera.
-
-El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a
-caminar a culatazos.
-
---Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo
-como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su
-cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta
-ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas
-carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde
-la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió
-cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de
-esta manera:
-
-El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito
-producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal
-verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada
-hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:
-
---Adelante, Santiago.
-
---La aldea en masa se retira,--prosiguió el caminero, bajando la voz y
-puesto sobre las puntas de sus pies,--la aldea en masa se congrega en
-torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos;
-la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros
-y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del
-cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las
-herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un
-rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le
-veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto
-de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede
-alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo
-a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un
-muerto.
-
-Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías,
-miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia
-de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada,
-es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los
-Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón,
-apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en
-el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa
-de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre
-el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste,
-ora vuelve su severa cara hacia aquéllos.
-
---Adelante, Santiago--dice Defarge.
-
---En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días.
-La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día,
-contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha
-terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las
-caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la
-aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las
-conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun
-cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen
-que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran
-que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de
-la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una
-exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni
-que sí ni que no.
-
---¡Escucha con atención, Santiago!--interrumpió con duro acento
-Santiago Primero.--Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y
-a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos
-que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle
-en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo,
-con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el
-memorial en la mano.
-
---¡Escúchame ahora a mí, Santiago!--terció Santiago Tercero, siempre
-con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.--¡La escolta,
-de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a
-golpes! ¿Has entendido?
-
---He entendido, señores.
-
---Adelante, pues--dijo Defarge.
-
---No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro
-país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado.
-También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus
-vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en
-vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que
-abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite
-hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y
-finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado.
-Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó
-contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será
-mentira? No lo sé: no soy sabio.
-
---¡Escucha otra vez, Santiago!--exclamó el tercero de este nombre.--El
-reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de
-exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de
-la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te
-diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que
-acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún
-detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el
-final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de
-haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba!
-Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes?
-
---Treinta y cinco--contestó el caminero, que representaba sesenta.
-
---¡Demasiados!--murmuró con impaciencia Defarge.--Continúa.
-
---No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber
-aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan
-los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros
-que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto
-a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya
-sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo
-el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco
-quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los
-soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole
-en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza
-sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto
-del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es
-ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose...
-envenenando con su sombra las aguas de la fuente.
-
-Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se
-secaba el sudor de la cara con el gorro azul.
-
---¡Es horroroso, señores!--repuso.--¿Cómo han de beber agua de la
-fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar
-durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo
-salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la
-cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia,
-cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra,
-señores, que tiene por techo el cielo azul!
-
-El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de
-algo... que no era ni comida ni bebida.
-
---He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse
-el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del
-día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este
-camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a
-caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada.
-He dicho.
-
---Está bien--dijo Santiago Primero, después de un silencio
-imponente.--Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por
-breve tiempo fuera, en la escalera?
-
---Con mucho gusto--contestó el peón caminero.
-
-Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último
-peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se
-habían levantado y formaban un grupo muy apretado.
-
---¿Qué dices, Santiago?--preguntó el número uno de este nombre.--¿Lo
-consignamos en nuestro registro?
-
---¡Regístralo como condenado a la destrucción!--contestó Defarge.
-
---¡Magnífico!--exclamó Santiago Tercero.
-
---¿El castillo y toda la raza?--repuso el primero.
-
---¡Sí; el castillo y toda la raza!--bramó Defarge--¡Exterminio completo!
-
---¡Sublime!--gritó el tercer Santiago.
-
---¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el
-registro no ha de originarnos ningún contratiempo?--preguntó a
-Defarge Santiago Primero.--Que es seguro, no ofrece duda, toda vez
-que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero
-podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?...
-
---Santiago--replicó Defarge irguiéndose,--si mi mujer se empeña en
-guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se
-perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos
-de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol.
-Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo
-que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos
-dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar
-una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora.
-
-Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge.
-
---¿Qué hacemos con ese rústico?--preguntó Santiago Tercero.--¿Lo
-despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso?
-
---Nada sabe--replicó Defarge,--y lo poco que pudiera decir, únicamente
-le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos
-estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su
-tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los
-magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto
-el domingo.
-
---¡Cómo!--exclamó Santiago Tercero.--¿No te parece mal síntoma que
-desee ver la realeza y la nobleza?
-
---Santiago--replicó Defarge,--enseña al gato la leche, si quieres
-excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en
-su día caiga sobre ella y la despedace.
-
-Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron
-dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el
-jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía
-como un tronco.
-
-Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera
-podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos
-del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le
-acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más
-agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero
-sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan
-_empeñada_ en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa,
-que éste andaba desconcertado y receloso.
-
-No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que
-la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles,
-le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su
-lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera
-no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se
-trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en
-que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la
-tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la
-media.
-
---¿Trabaja usted mucho, señora?--dijo un hombre que pasó por su lado.
-
---Sí--respondió la señora Defarge,--tengo mucho que hacer.
-
---¿Y qué hace usted, señora?
-
---Muchas cosas.
-
---Por ejemplo...
-
---Por ejemplo--contestó la tabernera con la calma misma de
-antes--mortajas.
-
-Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre
-caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse
-aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de
-la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo
-quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un
-rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente
-instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo
-más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército
-encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros
-cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de
-galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales
-oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y
-a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos
-que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas,
-y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al
-Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y
-creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la
-simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los
-límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de
-lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales
-gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus
-lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello
-para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos
-de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas.
-
---¡Bravo!--exclamó Defarge cuando terminó el desfile.--Eres un buen
-muchacho.
-
-Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en
-sí, pero pronto se tranquilizó.
-
---Eres el hombre que necesitamos--díjole Defarge pegando los labios
-a sus oídos.--Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán
-siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin.
-
---¡Calla!--exclamó el caminero.--¡Pues es verdad!
-
---Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían
-impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían
-sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo
-de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos.
-Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño
-sea, nunca será tan grande como merecen.
-
-La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación.
-
---Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas
-muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le
-antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas?
-
---Verdad es, señora.
-
---Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso
-plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso
-para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que
-principiaría por los que más bellas plumas tuvieran?
-
---Así es, señora.
-
---Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de
-pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa.
-
-
-XVI
-
-MÁS PUNTO DE MEDIA
-
-Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable
-compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba
-horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los
-caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués,
-a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes
-conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de
-piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles
-y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos
-que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en
-busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños
-con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar
-vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida
-en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros
-de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros
-moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los
-guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y
-de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde
-el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el
-suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de
-aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en
-ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba
-la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado
-apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez,
-de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres
-para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de
-contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por
-ágiles lebreles.
-
-Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas
-del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en
-el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una
-provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa
-bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido
-en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su
-insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea
-en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen
-un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra
-inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que
-brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y
-todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas
-dotadas de inteligencia.
-
-El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge,
-marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su
-domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre
-encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias.
-Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía
-conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad
-íntima, le abrazó.
-
-Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las
-alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a
-su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto,
-la señora Defarge preguntó a su marido:
-
---¿Qué te ha dicho Santiago el policía?
-
---Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía
-para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más
-que a uno.
-
---Está bien--contestó la tabernera con la calma de siempre.--Habrá que
-anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre?
-
---Es inglés.
-
---¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?
-
---Barsad.
-
---Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila?
-
---Juan.
-
---Juan Barsad... Juan Barsad--repitió la tabernera.--Muy bien. ¿Sus
-señas?
-
---Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de
-estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado,
-nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar
-torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural,
-expresión siniestra.
-
---¡Es un retrato acabado a fe mía!--exclamó la señora Defarge
-riendo.--Lo registraré mañana.
-
-Llegados a la taberna, que encontraron cerrada--eran más de las doce
-de la noche,--la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y
-consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por
-volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el
-importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó
-las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto,
-corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después
-de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado
-del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las
-monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el
-pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario
-de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento,
-fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía
-doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella.
-
-Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche
-estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas,
-respirábase una atmósfera extraordinariamente viciada. No era un
-portento de delicadeza el sentido del olfato del señor Defarge, pero
-aun así, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente,
-le molestaban en tales términos, que procuraba alejarlos de su nariz a
-fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos.
-
---Estás cansado, amigo mío--dijo su mujer, dirigiéndole una mirada
-mientras anudaba el dinero.--El olor que aquí se respira es el de todos
-los días.
-
---En efecto; estoy cansado--contestó Defarge.
-
---Y un poco deprimido y descorazonado--repuso la tabernera, cuyos
-penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraían
-uno o dos rayos para examinar al marido.--¡Ah... los hombres!...
-
---Pero...
-
---No hay pero que valga--replicó la señora con entereza.--Repito que
-esta noche te encuentras descorazonado.
-
---¡Tarda tanto tiempo!--exclamó Defarge.
-
---¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y qué es lo que no exige tiempo? ¡Siempre
-lo han exigido la venganza y la justicia!
-
---No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre--observó
-Defarge.
-
---¿Y cuánto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para
-que brote el rayo? ¡Dímelo, si es que lo sabes!
-
-Defarge alzó la cabeza, pero no contestó.
-
---Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues
-bien: ¿cuánto tiempo se necesita para preparar un terremoto?
-
---Mucho, supongo--respondió Defarge.
-
---Pero cuando está preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta,
-queda pulverizada, reducida a átomos impalpables. ¡Consuélate! El
-terremoto se está preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga.
-
-Con ojos relampagueantes ató otro nudo; parecía que estrangulaba a un
-enemigo.
-
---Yo te aseguro--añadió extendiendo la diestra como para dar mayor
-expresión a sus palabras--que por mucho que en llegar tarde, está en
-camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que
-no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudriña las
-vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del
-mundo entero, y verás que el descontento, la rabia que ruge en el pecho
-de los explotados aumenta de día en día, de hora en hora. ¿Y crees que
-ese estado de cosas puede durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido!
-
---Mi querida mujercita--contestó Defarge, poniéndose en pie frente a su
-esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dócil
-escolar delante de su maestro,--no lo pongo en duda... La irritación
-existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle
-a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo.
-
---¿Y qué?--replicó la mujer.--Aun cuando así fuera, ¿qué?
-
---Pues... que no nos cabría la dicha de saborear el triunfo.
-
---Pero sí la de haber contribuído a él--dijo con energía la
-tabernera.--Nada de cuanto hagamos será perdido. Creo con toda mi alma
-que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me
-ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristócrata o de
-tirano no dejaré de...
-
---¡Calma... calma!--exclamó Defarge, cuyo rostro se tiñó de carmín
-cual si le hubieran acusado de cobarde.--Tampoco yo, querida mía,
-retrocederé por nada ni por nadie.
-
---Lo sé; pero eres débil a pesar de todo, y lo eres, porque para que
-no decaiga tu valor necesitas ver a tu víctima a tus pies. Procura no
-decaer, aunque te parezca que la víctima está lejos. Cuando llegue
-la ocasión, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados
-dentro del pecho, pero mientras tanto, ténlos encadenados... ocultos,
-pero siempre dispuestos.
-
-La buena tabernera terminó su consejo descargando sobre el mostrador
-un golpe con el pañuelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo
-levantó, y con calma imperturbable indicó que era ya hora de irse a la
-cama.
-
-La mañana siguiente encontró a aquella mujer admirable en su sitio
-de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado había
-una rosa hacia la cual volvía de vez en cuando los ojos. Algunos
-parroquianos, de pie o sentados, bebían y charlaban. El día estaba
-muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento
-hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que había cerca
-de la señora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejercía
-la menor impresión su suerte desdichada en las demás moscas, que
-las contemplaban impertérritas e indiferentes hasta que las ocurría
-idéntica desgracia. ¡Qué estúpidas son las moscas!
-
-La señora Defarge vió la sombra de una persona que entraba en la
-taberna y comprendió que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar
-el rostro de la persona en cuestión, dejó sobre el mostrador la media y
-prendió la rosa en su cabeza.
-
-La escena que siguió no pudo ser más curiosa: no bien los dedos de
-la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las
-conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle.
-
---Buenos días, señora--dijo el recién llegado.
-
---Buenos días, señor--contestó la señora Defarge tomando de nuevo la
-media.--¡Ah!--añadió para sus adentros.--Unos cuarenta años de edad,
-sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno
-cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta, ofrece la
-particularidad de estar ligeramente torcida hacia la izquierda, lo que
-da, como es natural, expresión siniestra... ¡Buen día de veras!
-
---¿Tiene usted la bondad de darme una copita de coñac viejo y un sorbo
-de agua fresca, señora?
-
-La tabernera sirvió lo que el cliente pedía.
-
---¡Rico coñac, señora!
-
-Como era la primera vez que oía elogiar su coñac, no es de admirar que
-la tabernera sospechase que el elogio obedecía a motivos que acaso no
-fueran precisamente la bondad del licor. Dió, sin embargo, las gracias,
-y siguió haciendo calceta.
-
-El desconocido permaneció algunos momentos observando las manos de la
-señora Defarge, y de paso, reconociendo el establecimiento.
-
---Hace usted media con rapidez maravillosa--dijo.
-
---La costumbre... estoy muy acostumbrada a esta labor.
-
---Y con una perfección que encanta.
-
---¿Lo cree usted así?
-
---Con toda mi alma... Y dígame: ¿esa media es...?
-
---Pasatiempo... un medio de distracción--contestó la tabernera mirando
-a su interlocutor con la sonrisa en los labios.
-
---¿No piensa hacer uso de ella?
-
---Según. Quizá llegue día en que las use--dijo la tabernera con cierta
-coquetería.--Con seguridad que las utilizaré... si las hago bien.
-
-Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio
-mostraba decidida oposición a que la señora Defarge ostentase en su
-peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al
-mostrador con manifiesta intención de pedir algo que beber, y no bien
-vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algún
-amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que
-en el establecimiento se encontraban cuando entró el que conversaba con
-la tabernera, no quedaba uno solo: todos se habían ido. El espía, pues
-ya habrán comprendido los lectores que el individuo en cuestión era un
-espía, ninguna seña había logrado sorprender, aunque desde que entró
-miraba con cien ojos.
-
---¡Juan!--pensaba la señora Defarge, haciendo calceta y puestos los
-ojos en el cliente.--A poco más que continúes aquí, escribiré _Barsad_
-en tus mismas barbas.
-
---¿Es usted casada, señora?
-
---Sí.
-
---¿Con hijos?
-
---Sin hijos.
-
---Y los negocios, ¿bien?
-
---Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!...
-
---¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas
-vergonzosamente!... como dice usted.
-
---Como dice _usted_--rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez
-los dedos y añadiendo algo al apellido _Barsad_.
-
---Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda
-de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa.
-
---¿Que yo lo pienso?--replicó la tabernera.--Nos ocasiona a mi marido
-y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que
-podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en
-que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas
-nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos
-nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días!
-
-El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se
-guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su
-desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre
-el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y
-tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac.
-
---La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora.
-¡Pobre Gaspard!--exclamó, exhalando un suspiro.
-
---No estamos de acuerdo--replicó la tabernera con frialdad.--Justo es
-que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard
-dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan
-esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural.
-
---Creo--añadió el espía bajando la voz y como invitando a su
-interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que
-daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,--creo
-que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de
-furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo
-encuentro justificado.
-
---¿Pero existe ese furor?
-
---¿No lo ha observado usted?
-
---Aquí está mi marido--dijo la señora Defarge.
-
-No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó
-llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante:
-
---Buenos días, Santiago.
-
-Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía.
-
---Se equivoca usted, señor mío.--Me confunde usted con otro. No me
-llamo Santiago: soy Ernesto Defarge.
-
---Es igual--repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin
-poder ocultar del todo su contrariedad.--El nombre es lo de menos.
-Buenos días.
-
---Buenos días--contestó secamente Defarge.
-
---Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar
-un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira...
-tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra
-los que inhumanamente lo han sacrificado.
-
---A nadie he oído decir semejante cosa--replicó Defarge.--No sé una
-palabra.
-
-Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su
-mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el
-matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor
-placer.
-
-El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de
-indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido,
-tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac.
-Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo
-media con gran ardor y tarareando una tonadilla.
-
---Parece que conoce usted bien el barrio--observó Defarge;--quiero
-decir, que lo conoce mejor que yo.
-
---No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo
-bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo.
-
---¡Ah!--exclamó Defarge.
-
---El placer de conversar con usted, señor Defarge--prosiguió el
-espía--me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con
-incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa.
-
---¡De veras!--dijo Defarge con indiferencia.
-
---Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette,
-hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo
-confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto.
-
---Es verdad: tiene usted razón--contestó.
-
-Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las
-agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de
-ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las
-preguntas del espía, pero con brevedad.
-
---Se presentó a usted la hija del doctor--continuó el espía.--Vino en
-compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero
-que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco
-Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo
-de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra.
-
---Así fué, en efecto--repitió Defarge.
-
---Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes--repuso el
-espía.--He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra.
-
---¿Sí?--preguntó Defarge.
-
---¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?--preguntó el espía.
-
---No--respondió Defarge.
-
---Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos--terció la señora del
-tabernero.--Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún
-tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido
-su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra
-correspondencia.
-
---Es lo que suele ocurrir--observó el espía.--La hija está para casarse.
-
---¿Está para casarse?--repitió la señora Defarge.--Es bastante hermosa
-para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los
-ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres!
-
---¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés?
-
---Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de
-la misma nacionalidad que su lengua.
-
-El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía,
-aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el
-descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y
-repuso:
-
---Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un
-inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A
-propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un
-acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita
-Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa
-bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor
-dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin
-ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe
-usted que el apellido de su madre era D'Aulnais.
-
-La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la
-media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable.
-Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse,
-temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los
-poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no
-hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria.
-
-Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún
-provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas
-conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que
-había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad,
-que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento.
-Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por
-San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el
-espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera
-sobre sus pasos.
-
---¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita
-Manette?--preguntó Defarge en voz baja.
-
---Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser
-verdad--respondió la mujer.
-
---Si lo es...
-
-Defarge no terminó su pensamiento.
-
---¿Qué?--preguntó la mujer.
-
---Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos
-ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de
-Francia a su marido.
-
---El destino de su marido le llevará a donde deba ir--respondió
-con calma glacial la tabernera--y le conducirá al fin que le está
-destinado. Es lo único que puedo decirte.
-
---Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear
-otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que
-siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con
-tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo
-que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento?
-
---Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día--respondió
-la señora Defarge.--A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se
-les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte.
-
-Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su
-cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento
-preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que
-tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante
-de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse,
-y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado
-la animación de costumbre.
-
-Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San
-Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles
-y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su
-labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo...
-especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían
-calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de
-las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no
-podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las
-manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos
-habrían sentido más los rigores del hambre.
-
-A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los
-pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en
-puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba
-trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y
-la actividad de los pensamientos se centuplicaba.
-
-Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la
-compañera de su vida con admiración.
-
---¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer
-sublime!--murmuraba.
-
-Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a
-lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo
-calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las
-campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su
-bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de
-los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado...
-omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la
-abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a
-las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel
-otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también
-haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas
-que una tras otra caían.
-
-
-XVII
-
-UNA NOCHE
-
-Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa
-como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la
-contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio
-de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre
-la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados
-bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que
-cernían las hojas.
-
-Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la
-última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera
-sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días.
-
---¿Eres feliz, padre querido?
-
---Completamente, hija mía.
-
-Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes,
-era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se
-sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en
-la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para
-trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias
-habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre.
-
---También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz
-ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de
-Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote
-mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de
-ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho
-de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun
-así...
-
-Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo.
-
-A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre,
-y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que
-siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la
-luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido,
-iluminó un cuadro sencillamente conmovedor.
-
---¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que
-entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos
-deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el
-fondo de tu corazón?
-
---¡Completa, absolutamente convencido!--respondió el padre con acento
-de firme convicción.--¡Más aún, hija mía!--añadió, besándola.--Mi
-futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu
-matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera.
-
---¡Si pudiera creerte, padre mío...!
-
---Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural
-ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el
-porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes
-son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran
-desgraciada...!
-
-La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se
-lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así:
-
---Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas...
-por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que
-comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas
-cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso
-comprendas mis palabras.
-
---Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mío, tú sólo hubieses bastado
-para que mi dicha fuera completa.
-
-El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesión inconsciente
-de que su hija sería desgraciada sin Carlos, después de haberle visto,
-y contestó:
-
---Hija mía; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber
-sido Carlos, sería otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de
-que la causa habría sido yo, en cuyo caso, el período desgraciado de mi
-vida no sólo me hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas sombras, sino
-también alguien más, y ese alguien hubieras sido tú.
-
-Era la primera vez, después de la vista de la causa de Darnay, que el
-doctor hacía alusión a su desgracia.
-
---¡Mírala!--exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en
-dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija
-no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la
-estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he
-contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas
-pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena
-gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión.
-La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e
-imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número
-de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante
-el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable
-cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de
-cada clase--añadió pensativo--y la vigésima cabía con dificultad.
-La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me
-arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido
-vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos.
-Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras
-estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo
-intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la
-triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre
-había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija,
-llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí,
-ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir
-un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi
-triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y
-he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba.
-
---¡Padre mío!--exclamó la joven, besando a su padre con transporte.--No
-ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero,
-esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como
-si esa hija fuera yo.
-
---¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de
-la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos
-agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra
-noche última... ¿Qué estaba diciendo?
-
---Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti.
-
---Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me
-rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así
-como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento
-era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo
-sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la
-libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la
-luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una
-diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos,
-que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en
-el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que
-no eras tú la niña de que hablo.
-
---No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer...
-
---No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía
-inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales
-perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su
-aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que
-veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía...
-como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes,
-Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos
-siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las
-distinciones sutiles de un prisionero.
-
-Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo
-por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en
-tiempos, afortunadamente pasados, se encontró.
-
---Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para
-decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos
-de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato
-lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era
-activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.
-
---Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te
-la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía.
-
---Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba
-de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban
-cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado,
-desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus
-rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad;
-pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas
-que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas
-consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola.
-
---Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana
-con ese mismo fervor?
-
---Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta
-más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas,
-ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una
-felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado,
-como la que espero saborear en lo futuro.
-
-Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias
-fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban
-abrazados en la casa.
-
-No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del
-matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse
-limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta
-entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados
-sus deseos.
-
-El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres
-personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El
-doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió
-tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había
-alejado, y bebió a su salud.
-
-Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su
-habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de
-temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el
-dormitorio de su padre.
-
-Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El
-doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la
-almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña
-dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus
-frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él
-una mirada intensa.
-
-Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas
-del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel
-padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos
-dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche
-otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante
-inesperado como el del doctor Manette.
-
-Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con
-fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor
-paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano,
-besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio.
-
-Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban
-sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los
-labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria.
-
-
-XVIII
-
-NUEVE DIAS
-
-La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya
-estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir,
-esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando
-con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban
-la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross...
-para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación
-con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no
-ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no
-debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón.
-
---¡La verdad es que hice un negocio redondo!--exclamó Lorry, quien no
-se cansaba de admirar a la novia.--¡Mire usted que acompañarla en su
-viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo
-que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella
-ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay!
-
---¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni
-remotamente soñaba en lo que había de suceder!--observó la señorita
-Pross.--¡Tonterías!
-
---¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore--replicó Lorry.
-
---Yo no lloro; el que llora es usted--replicó la señorita Pross.
-
---¿Yo, Pross de mis pecados?--preguntó Lorry, que ya se atrevía a
-bromear con su interlocutora alguna que otra vez.
-
---Usted, sí. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo
-niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho
-a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua
-de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche
-sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la
-colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto.
-
---Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué
-mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo,
-diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena
-en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta
-años que podría haber en el mundo una señora Lorry...!
-
---¡Lo niego!--replicó la señorita Pross.
-
---¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry?
-
---¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo
-soltero!
-
---Lo creo muy probable--contestó Lorry arreglándose el peluquín.
-
---Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón
-sempiterno.
-
---En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes
-de escoger el patrón... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitación
-contigua, mi querida Lucía--añadió pasando el brazo alrededor de la
-cintura de la novia--y la señorita Pross, y yo, como personas formales
-y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no
-queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla
-algunas cosillas que no la desagradará oir. Va usted a dejar a su
-padre, querida niña, en manos tan cariñosas y tan deseosas de servirle
-como las de usted, en manos que se desvivirán por atenderle y cuidarle
-durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en
-Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retrocederá,
-metafóricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los
-quince días, acompañe a usted y a su querido esposo en el viaje a
-Wales, que ha de durar otros quince días, ha de confesar usted que
-se lo devolvemos más contento y feliz de lo que nos lo dejó... Pero
-_alguien_ se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitirá que
-la bese un solterón empedernido antes que aquel _alguien_ llegue y
-reclame lo que es suyo.
-
-El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso
-rostro, separó luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con
-su peluquín castaño, y posó sus labios sobre la tersa frente con la
-delicadeza con que hacían estas cosas los contemporáneos de Adán.
-
-Abrióse la puerta de la habitación del doctor saliendo éste seguido
-de Carlos Darnay. Mortal palidez cubría el rostro del primero, en el
-que ni rastros de color quedaban, palidez que no existía cuando en su
-habitación quedó encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su
-expresión, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry
-descubrió cierta indicación sombría que acusaba el paso sobre su alma
-del soplo de repulsión y de odio que otras veces, semejante a fugaz
-ráfaga de viento helado, le había azotado.
-
-Dió el brazo a su hija y la acompañó hasta el carruaje que Lorry, en
-atención a la solemnidad del día, había alquilado. Las demás personas
-se acomodaron en otro carruaje, y minutos después, Carlos Darnay y
-Lucía Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la
-iglesia próxima.
-
-Además de las transparentes lágrimas que brillaron entre sonrisas
-mientras tenía lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon
-algunos brillantes de aguas clarísimas que momentos antes habían sido
-libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del señor Lorry,
-donde se hallaban recluídos. Regresaron los novios a la casa, seguidos
-por el reducido círculo de invitados, almorzaron, y más tarde, la
-hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con
-los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de París
-hacía zapatos con verdadero ardor, volvió a juntarse con los mismos,
-bañada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la
-puerta y en el momento de la despedida.
-
-Era una separación dolorosa, aunque su duración habría de ser poca. El
-padre animó a su hija, se desprendió dulcemente de los amantes brazos
-de ésta, y dijo con expresión animada:
-
---¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya!
-
-Un minuto después, por la ventanilla de una silla de posta que se
-alejaba salía una mano que agitaba un pañuelo; la mano de Lucía.
-
-Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y
-fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte,
-los preparativos habían sido sencillos y nada aparatosos, una vez se
-hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el
-señor Lorry y la señorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en
-el salón, fué cuando Lorry reparó en el cambio terrible que acababa
-de sufrir el doctor: no parecía sino que el brazo del gigante de oro
-había descargado sobre él un golpe envenenado.
-
-Natural era que a los esfuerzos violentísimos que necesariamente hubo
-de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emoción, siguiera
-la revulsión, también violenta, tan pronto como desapareciera la
-causa, la ocasión de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, no fué el
-aplanamiento, lo que alarmó al señor Lorry, sino el enajenamiento
-con que llevó el doctor las manos en la cabeza, la monotonía lúgubre
-con que empezó a pasear tan pronto como entró en la habitación, y
-le alarmaron esos síntomas, porque le recordaron el sotabanco de la
-taberna de Defarge y la condición en que allí encontró al doctor.
-
---Creo--dijo en voz muy baja a la señorita Pross--que no debemos
-dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna.
-Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresaré dentro de un momento.
-A mi vuelta, le sacaré al campo, donde comeremos después de dar un buen
-paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros
-pensamientos que parece que flotan sobre su alma.
-
-Nada más fácil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada más difícil
-que salir de él. El vistazo que se proponía dar duró dos horas. Cuando
-volvió a la casa de Soho y subió la escalera, sin preguntar al criado
-que salió a abrirle, al ir a entrar en la habitación del doctor, a la
-cual se dirigía en derechura, quedó como clavado en el suelo. Dentro de
-la habitación sonaban recios y repetidos golpes.
-
---¡Buen Dios!--exclamó, retrocediendo un paso--¿Qué es eso?
-
-La señorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmuró en su oído:
-
---¡Qué desgracia...! ¡Pobres de nosotros...! ¡Todo está perdido, todo!
-¿Qué le decimos a la señorita? ¿Quién se lo dice? ¡Oh...!--añadió,
-retorciéndose las manos--¡No me conoce, señor Lorry, y está haciendo
-zapatos!
-
-Esforzóse Lorry por calmarla, bien que inútilmente, y penetró en la
-habitación del doctor. Había acercado éste la banqueta a la ventana,
-tal como la tenía colocada en el sotabanco de París, y trabajaba con
-ardor, doblada la cabeza sobre el zapato.
-
---¡Doctor Manette!--gritó Lorry.--¡Mi amigo querido... mi buen doctor
-Manette...!
-
-Alzó la cabeza el doctor, miró al que le llamaba con expresión entre
-de extrañeza y de cólera, descontento sin duda de que se atrevieran a
-dirigirle la palabra... y prosiguió su tarea.
-
-Habíase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa
-desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le
-encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta había recobrado
-su rostro el antiguo aspecto macilento y sombrío de los años de su
-desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como
-quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido.
-
-Miró Lorry el zapato que el doctor cosía y vió que era de forma muy
-pasada de moda. No se atrevió a sacárselo de las manos; pero tomó otro
-que había a los pies del zapatero, y preguntó a éste qué era.
-
---Zapato de paseo para señorita--contestó el doctor sin alzar los
-ojos.--Hace ya mucho tiempo que debí terminarlo. Déjeme en paz.
-
---¡Pero por Dios vivo, doctor Manette!--exclamó Lorry.--¡Míreme!
-
-Obedeció el doctor con la sumisión mecánica antigua, pero sin
-interrumpir su labor.
-
---¿No me conoce ya, mi querido amigo? ¡Vuelva usted en sí, doctor
-Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca.
-
-Fué trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba
-momentáneamente la cabeza cuando Lorry se lo decía, pero todas las
-instancias, todas las súplicas fueron estériles: no habló. Trabajaba,
-cosía con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas
-resbalaban sobre sus oídos, cual resbalarían sobre frío muro de acero.
-Un solo rayo de esperanza brilló entre las sombras de desesperación
-que envolvieron a Lorry, y fué que algunas veces, el doctor le miraba
-furtivamente sin que él se lo dijera. El rayo de esperanza era débil,
-como que no tenía más fundamento que el de ser las miradas de su amigo
-a manera de indicación de curiosidad, de perplejidad de ánimo, algo así
-como síntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo
-ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma.
-
-Lorry opinó que se imponía la necesidad de adoptar dos resoluciones
-importantes, aparte de otras de importancia más secundaria: la primera,
-evitar que Lucía tuviera noticia de la desgracia, y la segunda,
-evitar que ésta llegara a oídos de ninguna de las personas que
-conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la señorita Pross, tomó
-inmediatamente las medidas de precaución necesarias para conseguir el
-segundo resultado, y éstas consistieron en manifestar que el doctor se
-encontraba indispuesto, y que su estado de salud exigía algunos días de
-reposo y de aislamiento absoluto. Para engañar a su hija, la señorita
-Pross debía escribir una carta haciéndola saber que su padre había
-tenido que salir por asuntos de su profesión, y comentando una misiva
-recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se
-limitaba a decir que su ausencia sería breve.
-
-Estas medidas eran, por decirlo así, de carácter general, y Lorry las
-adoptó por si la crisis desgraciada del doctor desaparecía pronto.
-Por si esta solución no se hacía esperar, consideró necesario, o muy
-conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometía grandes
-resultados para lo futuro, plan que consistía en formar opinión fundada
-y motivada acerca de la condición de ánimo de su amigo.
-
-Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no sólo era
-perfectamente inútil, sino también perjudicial, puesto que cuando le
-estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba
-y excitaba más y más. Desistió, en consecuencia, de hablarle, y
-resolvió no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda
-contra el engaño en que había caído o estaba cayendo. A este efecto,
-y en su deseo de llevar a cabo la noble misión que se había impuesto
-envolviéndola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tomó las
-medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del
-Banco, y se posesionó de una butaca colocada junto a la ventana de la
-habitación del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.
-
-El doctor Manette comió y bebió lo que le sirvieron, y trabajó el día
-primero hasta que le faltó la luz, siendo de notar que, cuando él hubo
-de dejar su tarea, hacía ya media hora larga que Lorry había tenido que
-dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no
-veía ya las letras. Lorry se levantó al ver que el doctor dejaba los
-útiles del oficio, y le preguntó:
-
---¿Quiere usted salir?
-
-Clavó el doctor los ojos en el suelo, los llevó de una parte a otra
-como en tiempos pasados, y alzándolos al fin, dijo:
-
---¿Salir?
-
---Sí... A dar un paseo conmigo: ¿por qué no?
-
-No intentó explicar por qué no, ni volvió a despegar los labios; pero
-Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el
-cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las
-palmas de las manos, creyó que el desdichado se preguntaba a sí mismo:
-«¿Por qué no?» La sagacidad del hombre de negocios vió en ello una
-ventaja, y resolvió sacar de ella todo el partido posible.
-
-Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitación contigua,
-ora el señor Lorry ora la señorita Pross, a cuyo efecto habían
-establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que
-dividieron el servicio de guardia. El doctor solía pasar algún tiempo
-paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se
-acostaba, dormíase profundamente y disfrutaba de un sueño tranquilo.
-Llegada la mañana, no bien se levantaba, dirigíase en línea recta a su
-banqueta y se ponía a trabajar.
-
-En el segundo día de la crisis, Lorry saludó al doctor llamándole
-por su nombre, y seguidamente comenzó a hablarle de asuntos que a
-entrambos eran muy familiares. No le contestó aquél, pero era evidente
-que oyó lo que se le decía y que pensaba en ello, bien que de una
-manera confusa. Esto animó a Lorry, quien rogó a la señorita Pross que
-entrara a hacerle compañía varias veces durante el día, a fin de hablar
-constantemente de Lucía y de su padre, presente a las conferencias,
-con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no
-fueron muy felices, pero tampoco tan estériles que no animaran a Lorry
-a continuar el plan, pues se consiguió, ya que no otra cosa, disipar,
-siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que
-se hallaba sumido.
-
-Cuando cerró la noche de este segundo día, Lorry repitió su pregunta
-del día anterior:
-
---Mi querido doctor: ¿quiere usted salir?
-
-Y como el día anterior respondió el interrogado:
-
---¿Salir?
-
-Fingió Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestación,
-volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el
-doctor retiró la banqueta que estaba junto a la ventana y se sentó en
-una silla, desde donde estuvo contemplando el plátano del patio; pero
-no bien entró Lorry en la habitación, volvió a sentarse en la banqueta.
-
-Pasaron los días, y las esperanzas que Lorry concibiera íbanse
-desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no había salido de
-la habitación del doctor; cierto que era un secreto para todos, que
-Lucía ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta;
-pero el buen banquero no podía menos de ver, con profunda pena, que el
-zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros días, iba adquiriendo una
-habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos más gusto al
-oficio, y que sus manos en ninguna hora del día trabajaban con tanto
-ardor y tanta destreza como cuando la noche tendió su negro manto sobre
-el día noveno después de la desgracia.
-
-
-XIX
-
-UNA OPINIÓN
-
-Muertas las energías a manos de largas y ansiosas horas de incesante
-vigilancia, el señor Lorry cayó dormido en su puesto de honor. Un rayo
-tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado
-sueño que le venciera la noche anterior, que era la décima de las de la
-serie de vigilancia.
-
-Con mano nerviosa se frotó los ojos, púsose en pie y corrió a la
-entrada del dormitorio del doctor. Allí se detuvo con brusquedad,
-preguntándose si dormía o si estaba despierto. ¿Motivos? Los tenía
-sobrados: la banqueta, con el resto de los útiles del oficio de
-zapatero, estaba en un rincón, y el doctor leía tranquilamente,
-arrellanado en una butaca junto a la ventana. Vestía traje de mañana,
-y su rostro, que Lorry veía perfectamente, aunque un poquito pálido,
-reflejaba una calma y una placidez absolutas.
-
-Unos cuantos pellizcos administrados con mano firme llevaron al ánimo
-del señor Lorry el convencimiento de que no dormía: punto era éste
-que quedaba perfectamente aclarado y dilucidado. Pero si entonces
-estaba despierto, ¿no se pasó durmiendo los días anteriores? El
-zapatero, que tantos quebraderos de cabeza le proporcionó, ¿no sería
-un personaje soñado, un hijo de prolongada pesadilla? ¿Cabía otra
-explicación al hecho de que estuviera entonces viendo, con sus propios
-ojos, perfectamente despiertos, a su amigo, vestido como de ordinario,
-tranquilo como de ordinario, y leyendo como de ordinario?
-
-Y sin embargo, de no haber sido su confusión y su atonía tan grandes,
-esta hipótesis última caía por su base. Si el desgraciado cambio de tan
-profunda impresión le había producido fué soñado y no real, ¿qué hacía
-en la tranquila casa de Soho el banquero del famoso Tellson? ¿Cómo
-acababa de encontrarse dormido, vestido y calzado, sobre el sofá de la
-sala de consultas del doctor Manette? ¿Por qué le asaltaban aquellas
-dudas a hora tan temprana de la mañana y precisamente en la entrada de
-la alcoba del doctor?
-
-Minutos después, la señorita Pross susurraba algunas palabras en su
-oído. Si algún resto de duda hubiese quedado en su ánimo, las palabras
-que herían sus oídos la habrían disipado, pero no quedaban ya: su
-cabeza estaba fresca y las dudas habían desaparecido. Ante el nuevo
-estado de cosas, aconsejó Lorry no hacer nada hasta que llegase la
-hora del almuerzo, y visitar entonces al doctor como si nada hubiera
-ocurrido. Si su amigo continuaba tranquilo y dueño de sí mismo, Lorry
-le interrogaría con cautelosa astucia y procuraría obtener de él mismo
-algo que pudiera orientarle y servirle de guía en lo sucesivo.
-
-El plan, que mereció la aprobación de la señorita Pross, fué ejecutado
-con diligente esmero. Lorry, que dispuso de tiempo sobrado para
-acicalarse, se presentó a la hora del almuerzo pulcro e irreprochable.
-El doctor fué llamado como de ordinario, y como de ordinario se sirvió
-el almuerzo.
-
-De la conversación, entablada y seguida por parte de Lorry con con
-cautela y tacto exquisitos, infirió que el doctor creía que el
-matrimonio de su hija había tenido lugar el día anterior. Avanzando con
-método en sus trabajos de exploración, dejó caer como al descuido una
-alusión al día de la semana y del mes en que se encontraban, alusión
-que confundió visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los
-demás reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvió buscar
-la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En
-consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo
-Lorry con muestras de vivo interés:
-
---Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinión acerca de un
-caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso...
-quiero decir, muy curioso para mí, pues quizá usted lo encuentre
-natural y lógico.
-
-El doctor escuchaba con viva atención y mirando con expresión
-conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez días
-últimos. Ya antes las había mirado con frecuencia.
-
---Afecta el caso en cuestión, mi querido Manette--repuso Lorry--a
-un amigo mío, a quien quiero mucho. He aquí por qué le ruego muy de
-veras que lo examine con verdadero interés y me aconseje en bien de mi
-amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi
-querido Manette.
-
---Si no entiendo mal--contestó el doctor en voz muy baja,--se trata de
-un sacudimiento mental...
-
---¡Eso es!
-
---Hábleme con claridad y sin omitir detalle--dijo el doctor.
-
-Comprendió Lorry que se habían entendido, y prosiguió así:
-
---Mi querido Manette, se trata de una conmoción terrible, muy antigua
-y que duró varios años, de una conmoción cruel, brutal, de las
-afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espíritu...
-eso es: del espíritu. Cuánto tiempo duró la conmoción que rindió y
-abatió al desdichado que fué su víctima, es lo que no puedo precisar,
-pues sólo mi amigo podría decírnoslo, y él no se hallaba en condiciones
-de calcular el tiempo. El que sufrió la conmoción llegó a reponerse
-de sus efectos merced a un proceso que ni él mismo puede explicar...
-según le oí manifestar en público en una ocasión en que hizo un relato
-conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos
-del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de
-inteligencia clarísima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones
-intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre
-que multiplica todos los días sus conocimientos, y cuenta que ya antes
-poseía de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequeña
-recaída.
-
-El doctor preguntó anhelante:
-
---¿De qué duración?
-
---Ha durado nueve días con sus noches.
-
---¿En qué forma se manifestó?--preguntó el doctor, mirando de nuevo sus
-manos.--¿Tal vez volviendo a entregarse a alguna ocupación antigua
-relacionada con su sacudimiento mental?
-
---En efecto.
-
---Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna vez ocasión de verle entregado
-a esa ocupación, durante su enfermedad original anterior a la
-recaída?--preguntó el doctor con gran calma, bien que siempre con voz
-muy baja.
-
---Una sola vez.
-
---Después de su recaída, ¿le encontró usted igual que antes en casi
-todo... o en todo?
-
---Creo que en todo.
-
---Habló usted antes de una hija de su amigo: ¿ha tenido la hija noticia
-de la recaída del padre?
-
---No: la recaída ha permanecido rodeada del secreto más rígido, y
-no creo que la hija llegue a sospecharla nunca. De ella tenemos
-conocimiento dos personas nada más: yo, y otra de confianza absoluta.
-
---¡Previsión delicada y generosa, amigo mío!--exclamó el doctor
-estrechando efusivamente la mano de Lorry.
-
-Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos
-momentos.
-
---Soy hombre de negocios, mi querido Manette--dijo Lorry poniendo fin
-al silencio y hablando con acentos de vivo cariño,--y, por tanto,
-profano en asuntos tan enrevesados y difíciles. Me faltan datos que me
-orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guíen, me falta
-una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda
-yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted.
-Dígame, ¿a qué fué debida la recaída? ¿Existe peligro de que sobrevenga
-otra? Suponiendo que el peligro exista, ¿hay medios de prevenirla? ¿Qué
-medios son estos? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jamás ha
-existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un
-amigo como yo al mío, si supiera cómo; pero no sé qué hacer si el caso
-se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia,
-pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podré
-hacer mucho: sin luces, sin auxilio extraño, todos mis buenos deseos
-naufragarán en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, déme usted
-algunas explicaciones, ilumíneme un poquito y enséñeme la manera de ser
-útil a mi amigo.
-
-El doctor Manette bajó la cabeza y se sumergió en profundas
-meditaciones. Lorry esperó con calma.
-
---Me parece muy probable--dijo el doctor al cabo de un rato--que la
-recaída que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que
-fué su víctima.
-
---¿Acaso prevista y temida?--se atrevió a preguntar Lorry.
-
---Temida, sí--exclamó el doctor, estremeciéndose involuntariamente.--No
-es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con
-que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi
-imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto
-que le oprime.
-
---¿Y no cedería esa opresión--preguntó Lorry--si se resolviera a
-confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga?
-
---Creo que sí; pero le es, según acabo de decir, punto menos que
-imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto.
-
-Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura:
-
---¿A qué causa atribuye usted la recaída?
-
---A mi juicio--respondió el doctor Manette,--ha sobrevenido un
-despertar enérgico de los recuerdos que fueron causa determinante de
-la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas
-antiguas al soplo de algún suceso reciente. Es muy probable que en la
-mente del paciente viniera acumulándose desde hace algún tiempo el
-temor a ese despertar enérgico de recuerdos dolorosos... con motivo de
-determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado...
-En este caso, el paciente intentó adoptar medidas de prevención....
-las adoptaría seguramente, pero en vano. ¡Quién sabe si los mismos
-esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para
-soportarlo!
-
---¿Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la
-recaída?--preguntó Lorry, después de vacilar durante algunos segundos.
-
-Tendió el doctor miradas tristes en derredor, movió la cabeza, y
-contestó con voz más baja que nunca:
-
---¡Absolutamente nada!
-
---Pasemos ahora al pronóstico... al porvenir.
-
---El porvenir--contestó con energía el doctor--me inspira grandes
-esperanzas. Fúndanse éstas en el escaso tiempo que gracias al Cielo
-ha durado la recaída. Si tenemos en cuenta que el paciente, después
-de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo
-previsto más o menos vágamente, de algo contra lo que en vano intentó
-prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos
-para creer que ha pasado lo peor.
-
---¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus palabras me tranquilizan...
-¡Gracias!--exclamó Lorry.
-
---¡Gracias!--repitió el doctor, doblando la cabeza.
-
---Quedan todavía dos puntos sobre los cuales desearía me instruyese.
-¿Puedo continuar?
-
---Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo--respondió el
-doctor alargándole la mano.
-
---Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energía
-poco común. Persigue con ardor la adquisición de nuevos conocimientos
-profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad
-de cosas que exigen intensa labor mental. Dígame: ¿no le parece que
-trabaja con exceso?
-
---Creo que no. Quizá la índole de su inteligencia exige un trabajo
-mental continuo, bien sea la índole en cuestión innata y natural, bien
-modificada artificialmente, por decirlo así, a consecuencia de pesares
-y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor
-será el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es
-probable que él mismo, después de observarse con detenimiento, haya
-hecho el descubrimiento a que me refiero.
-
---¿Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es
-excesiva?
-
---La tengo; sí.
-
---Pero si le venciera el exceso de trabajo...
-
---Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una
-tendencia violenta en una dirección determinada, se hace indispensable
-contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el
-equilibrio.
-
---Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los
-hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la
-recaída que lamentamos fué resultado de intensa presión mental, ¿no
-habrá peligro de que se repita?
-
---No lo creo... no puedo creerlo--contestó con acento de convicción
-profunda el doctor Manette.--Solamente la exacerbación de una clase
-determinada de recuerdos podría provocar otra recaída, solamente la
-vibración violenta de la cuerda misma que motivó la primera pudiera
-ser causa de otras. Ahora bien: después de lo ocurrido, considero
-punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a
-que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma.
-Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las
-circunstancias que podrían dar margen a nuevos tropiezos.
-
-Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cuán poco basta para
-trastornar la organización delicada de la inteligencia, y al propio
-tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las
-tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir
-impávida los huracanes de la vida.
-
-No sería su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes
-por el contrario, se mostró más esperanzado y convencido de lo que
-en realidad estaba, y pasó a tratar el segundo punto. Era este mucho
-más difícil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy
-persuadido; pero recordó la conversación que el domingo tuviera con
-la señorita Pross, hízose cargo de las dolorosas escenas a que había
-asistido en los nueve días últimos, y comprendió que estaba en el
-deber de afrontarlo.
-
---Durante su recaída, por fortuna pasada ya, se entregó... al oficio
-de... cerrajero--dijo Lorry, con vacilación manifiesta.--Sí; eso
-es: al oficio de cerrajero. A título de ejemplo que aclare bien los
-conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio
-mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Añadiremos que, debido a
-circunstancias que no hay por qué detallar, ha vuelto a encontrar esa
-fragua. ¿No opina usted que es una lástima que la conserve a su lado?
-
-El doctor se pasó la mano por la frente.
-
---La tiene constantemente a su vista--repuso Lorry, mirando con
-ansiedad a su amigo.--¿No le parece que sería preferible que no
-volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos?
-
-El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso.
-
---¿Tan difícil encuentra usted el consejo que le pido?--insistió
-Lorry.--A mí me parece la solución sencillísima, no obstante lo cual,
-creo que...
-
---Comprenda usted--contestó el doctor Manette volviéndose hacia su
-interlocutor--que es sumamente difícil explicar con sujeción a las
-reglas inflexibles de la lógica, las operaciones íntimas de la mente
-del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicitó
-con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fué concedido lo
-que anhelaba, dió gracias al Cielo desde lo más profundo de su alma. Es
-indudable que, al encontrarse con un medio que le permitía substituir
-con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y
-con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada
-cuando adquirió alguna práctica en el oficio, se aminorasen mucho sus
-tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse
-de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el
-menor peligro de nuevas recaídas, aun cuando su amigo comparta esta
-confianza mía, la idea de que pudiera llegar día en que hubiese de
-necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un
-dolor sólo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su
-hijo.
-
---No estamos de acuerdo--replicó Lorry.--Sé que no soy autoridad en
-la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue
-cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas,
-chelines y billetes de Banco; pero aun así, pregunto: ¿la conservación
-de la fragua, no tiende a la perpetuación de la idea? Si la fragua
-desapareciese, mi querido Manette, ¿no desaparecería con ella el miedo?
-En una palabra: ¿no es concesión hecha al temor de conservar la fragua?
-
---Comprenda usted también--contestó el doctor al cabo de otro rato de
-silencio y con voz trémula--que se trata de un compañero antiguo.
-
---¡Un compañero antiguo que yo alejaría de mi lado!--replicó Lorry con
-gran entereza, pues bueno será advertir que la iba ganando a medida que
-la perdía el doctor.--¡Un compañero antiguo a quien yo sacrificaría
-sin pizca de remordimiento! No me hace falta más que su autorización.
-Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concédame el permiso
-que solicito, mi querido Manette... ¡Usted es bueno... tiene buen
-corazón... concédamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de
-mi amigo...!
-
-La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos
-contradictorios, fué enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato,
-dijo:
-
---En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorización que me
-pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante
-los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y líbrenle del
-dolor de presenciar la destrucción de lo que fué su compañero único en
-tiempos pasados.
-
-Con verdadera alegría aceptó Lorry la solución, y la conferencia quedó
-terminada. Pasaron el día en el campo, lo que bastó para reponer al
-doctor. Durante los tres días siguientes hizo su vida normal, y a los
-catorce de la ausencia de su hija, salió a reunirse con ésta y con su
-marido.
-
-No bien cerró la noche del día en que el doctor salió de su casa,
-penetró en el dormitorio de aquél nuestro buen amigo Lorry, armado
-de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo.
-Tras él entró la señorita Pross con un candelero en la mano. A puerta
-cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto
-criminoso, el señor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero,
-mientras la señorita Pross tenía la luz como quien asiste a la comisión
-de un asesinato. En la cocina se procedió luego a la incineración
-de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a
-continuación, los útiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y
-cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardín anejo a la casa. Tanto
-el señor Lorry, como la señorita Pross, mientras ejecutaban la hazaña y
-hacían desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenían casi
-aspecto, cómplices de un crimen horrendo.
-
-
-XX
-
-UNA SÚPLICA
-
-La primera persona que se presentó en la casa del doctor Manette
-después de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fué
-Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresión, puede
-decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser
-extraordinariamente áspera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no
-pasó inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay.
-
-Carton aprovechó la primera oportunidad que se le deparó para llevar a
-Darnay al hueco de una ventana, donde le habló sin que su conversación
-llegara a oídos de ninguno de los presentes.
-
---Deseo que seamos amigos, señor Darnay--comenzó diciendo Carton.
-
---Me parece que lo somos ya--contestó Darnay.
-
---Agradezco que así lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas
-lisa y llanamente por la educación. Pero no me refería yo a esa amistad
-_convencional_. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra
-clase de amistad.
-
-Carlos Darnay le rogó que se explicase.
-
---¡Por mi vida que encuentro más sencillo comprender yo la idea que
-hacerla comprensible a los demás!--respondió Carton.--Probaré, sin
-embargo. ¿Recuerda usted aquella ocasión memorable en que me encontraba
-yo más borracho que de ordinario?
-
---Recuerdo la ocasión memorable en que me obligó usted a declarar que
-había bebido.
-
---No la he olvidado yo tampoco. La maldición que pesa sobre esas
-ocasiones deja en mí rastros tan duraderos, que puede decirse que no
-las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un día, el
-que ponga fin a los míos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella
-ocasión... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear.
-
---¡Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca.
-
---Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestión... una de mis
-infinitas borracheras, estuve impertinente a más no poder hablándole
-sobre si me era simpático o antipático: le ruego que la olvide y que
-considere como no pronunciadas mis palabras.
-
---Las he olvidado hace mucho tiempo.
-
---¡Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias
-sociales! He de decir, señor Darnay, que no olvido yo tan fácilmente
-como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una
-contestación ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a
-hacérmela olvidar.
-
---Si mi contestación ha sido ligera, le ruego que me perdone--replicó
-Darnay.--Mi intención fué quitar toda la importancia a lo que, con no
-poca sorpresa mía, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi
-palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvidé la conversación de
-la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje
-mérito alguno. Pues qué, ¿no me había prestado usted aquel mismo día un
-servicio de esos que ningún corazón medianamente agradecido puede ni
-debe olvidar?
-
---Me pone usted en el caso de decirle--respondió Carton--que ese gran
-servicio de que me habla fué sencillamente lo que podríamos llamar
-una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar
-los abogados para alcanzar populachería. Buena prueba de ello es que,
-cuando se lo presté, me era completamente indiferente su suerte.
-Observe usted que he dicho cuando se lo presté; es decir, que hablo de
-cosas pasadas.
-
---Se empeña usted en empequeñecer mi obligación, y sin embargo, yo,
-menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su
-contestación.
-
---Es la verdad desnuda, señor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he
-separado del objeto que perseguía. Hablaba de mis deseos de que seamos
-amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a
-nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver.
-
---Prefiero formar opinión sin su auxilio.
-
---Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de
-nada bueno, ahora y siempre.
-
---No estamos de acuerdo, amigo mío.
-
---Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se
-encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un
-sujeto que nada vale, y que por añadidura goza de una reputación
-discutible, yo le pediré que como favor especial me consienta venir
-aquí o marcharme, sin sujeción a horas ni a reglas, no viendo en mí
-otra cosa que un mueble inútil y... de buena gana añadiría _anormal_,
-si no fuera por el parecido físico que entre nosotros dos media... un
-mueble inútil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara
-siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien
-probabilidades contra una de que no utilizaré su complacencia más de
-cuatro veces al año. Sería para mí una satisfacción saber que abuso.
-
---¿Hará usted lo posible por abusar?
-
---Veremos. ¿Me autoriza usted para que me tome la libertad que
-solicito, Darnay?
-
---Autorizado, Carton.
-
-Diéronse un apretón de manos y seguidamente se separó Carton. Un minuto
-después, Carton era el hombre extravagante de siempre.
-
-Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en
-las cuales tomaron parte la señorita Pross, el doctor, Lorry y
-el matrimonio, hablóse incidentalmente y en términos generales de
-Sydney Carton, pintándolo como problema viviente de indiferencia y de
-atolondramiento. Darnay dijo a su propósito algunas frases que, si
-bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto
-menosprecio.
-
-Lejos estaba él de pensar que había lastimado la sensibilidad de su
-bella esposa. Cuando más tarde, disuelta la tertulia, la encontró en su
-habitación, no pudo menos de observar en ella cierta preocupación.
-
---Te encuentro pensativa esta noche--dijo Carlos, pasando su brazo al
-rededor de su cintura...
-
---Lo estoy, mi querido Carlos--contestó Lucía, mirándole de
-frente,--estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento
-que me molesta.
-
---¿Y qué es, Lucía mía?
-
---¿Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad más allá de lo que yo
-desee?
-
---¿Y qué es lo que yo no prometeré a mi amor?
-
---Creo, Carlos, que el pobre señor Carton merece más consideración y
-más respeto del que tú le has expresado esta noche.
-
---¿De veras? ¿Y por qué?
-
---Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada más...
-en que me consta que lo merece.
-
---Si a ti te consta, no hay más que hablar. ¿Qué quieres que haga, vida
-mía?
-
---Lo único que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y
-que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza
-pública en su ausencia. También te ruego que creas que en su pecho late
-un corazón que pocas, poquísimas veces se revela, un corazón cubierto
-de heridas muy profundas. Créeme, querido mío, pues te aseguro que lo
-he visto sangrando.
-
---Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis
-desconsideraciones--dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras
-de su mujer le produjeron.--No fué mi intención tratarle injustamente.
-
---Pues no le hiciste justicia, Carlos mío. Temo que ha de ser imposible
-hacerle variar, que ni su carácter, ni su manera especial de ser son
-susceptibles de modificación; pero te aseguro que es hombre capaz de
-buenas acciones, más, de acciones magnánimas.
-
-Tan hermosa estaba Lucía, tan vivos destellos de luz purísima derramaba
-sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin
-remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, quedó como
-extasiado contemplándola.
-
---¡Compláceme, amor mío!--exclamó Lucía, dejando caer su cabecita sobre
-el pecho de su marido y alzando hacia éste sus ojos.--¡Reflexiona cuán
-inmensa es nuestra dicha, y cuán de compadecer es él en su miseria!
-
-La súplica dió en el blanco.
-
---¡No lo olvidaré nunca, corazoncito mío! ¡Lo recordaré mientras me
-dure la vida!
-
-Inclinóse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro,
-acercó sus labios a los de rosa de Lucía y estrechó a ésta entre sus
-brazos.
-
-Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorría ensimismado
-las solitarias calles próximas al rinconcito de Soho, hubiera podido
-oir aquella súplica dictada por una piedad purísima, si le hubiese sido
-dado ver unas perlas clarísimas bebidas por un marido amante en unos
-ojos azules y limpios como el cielo, habría exclamado con transporte:
-
---¡Que Dios bendiga su hermosa alma!
-
-
-XXI
-
-PASOS QUE RESUENAN
-
-Rincón el más admirable para recoger los ecos era el en que vivía
-el doctor Manette. Lucía, siempre ocupada en la agradable tarea de
-retorcer el hilo de oro que la unía a su marido, a su padre, a si misma
-y a su antigua directora y compañera, saboreaba una vida de felicidad
-no interrumpida en aquel plácido centro de la tranquilidad, escuchando
-el eco de los pasos del tiempo.
-
-Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba
-completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo
-de oro que retorcía, y el azul purísimo de sus ojos se nublaba: era
-que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban creía percibir algo
-muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todavía, y que, sin embargo,
-le producía cierta sensación de malestar. Llenaban entonces por igual
-su corazón arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas
-de conocer un amor que no conocía todavía y temores de no vivir lo
-bastante para saborear los goces purísimos de aquel amor. Entre los
-ecos que en esas ocasiones herían sus oídos, sonaban los de sus propios
-pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejaría
-a su marido, en el dolor agudo que su muerte le produciría, el llanto
-acudía a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas.
-
-Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ángel, llamado
-Lucía, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos
-que avanzaban, destacábanse siempre los de unos piececitos diminutos
-mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a
-balbucear. Ya podían ensordecer al mundo los ecos más estruendosos: la
-joven madre, sentada junto a la cuna, sólo oía la música arrulladora
-de las medias palabras de su hijita. ¡El amigo divino de los niños, a
-quien todas las madres suelen confiar el cuidado de sus hijos, había
-tomado al de Lucía en sus brazos y convertídolo en manantial inagotable
-de dicha para ella!
-
-Siempre ocupada Lucía en retorcer el hilo de oro que ligaba a los
-felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las
-vidas de todos el tramado de su benéfica influencia, bien que evitando
-con cuidado exquisito que ésta predominase, en los ecos de los pasos de
-los años no oía más que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacábase
-por lo fuerte y próspero el de su marido; el de su padre era firme y
-siempre igual, y el de la señorita Pross arrebatado y violento, un
-eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que
-relincha y patea al ser castigado.
-
-Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegría se
-mezclaron ecos de dolor, fué éste cruel ni lacerante. Cuando sobre la
-almohada de una camita caían en desorden los rizos de una cabellera
-rubia, semejante a la de Lucía, sirviendo de marco a una carita
-demacrada y transparente de un niño, que sonriendo con dulzura,
-decía: «Mucho siento dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; mucho siento
-separarme también de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y
-debo acudir al llamamiento», las lágrimas que inundaron las mejillas de
-la madre no fueron lágrimas de agonía; que no debe arrancarlas a sus
-ojos el hecho de que un ángel abandone la envoltura que le servía de
-vestido.
-
-Al suave aletear de un ángel se unieron los ecos nacidos en la tierra,
-de lo que resultó un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo
-animaba un soplo de los cielos. También se mezclaban a aquellos débiles
-suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros
-que recogía el oído de Lucía, creyendo que eran el alentar de un mar
-de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita,
-estudiando con cómica gravedad las lecciones de la mañana, o embebida
-en la tarea de vestir sus muñecas, charlaba mezclando palabras de las
-dos ciudades que se habían combinado en su vida.
-
-Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton.
-Media docena de veces al año, como máximum, hacía valer su privilegio
-de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte
-en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos
-pasados. Jamás se presentó borracho ni medio bebido. Pero si rara vez
-sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era
-muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propósito
-susurraban aquéllos.
-
-Jamás ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya
-visto y tratado con ojos puros y pensamiento inmaculado después que
-aquélla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de ésta
-comprendieran su mudo dolor manifestábanle una simpatía singular...
-algo así como un instinto delicado de compasión hacia él. No hablan
-los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en
-lo más recóndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton
-fué el primer extraño a la casa a quien la diminuta Lucía tendió sus
-regordetes bracitos, y el niño, momentos antes de tender su vuelo hacia
-el cielo, exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo que le den un beso por mí!»
-
-Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos
-mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su
-estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así
-favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros,
-por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada.
-También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a
-zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme,
-más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes
-que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale
-el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le
-ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera
-más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las
-que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la
-categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña
-de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales
-había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales,
-aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba
-sus cabezas.
-
-Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había
-presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y
-ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin
-igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación:
-
---Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres
-pedazos de pan, Darnay.
-
-Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan,
-alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver,
-que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los
-caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de
-tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro
-famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena
-costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro
-tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante
-que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel
-pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus
-compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había
-repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la
-tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la
-agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al
-ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos
-procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo.
-
-Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y
-divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido
-rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por
-los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la
-madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor,
-siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre
-tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música
-divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel
-hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban
-también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas
-veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era
-posible, de casada, que cuando era soltera.
-
-También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran
-de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por
-la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora
-subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en
-Francia.
-
-Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve,
-se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su
-marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó
-a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo
-desde aquella misma ventana.
-
---Principio a pensar--dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su
-peluquín--que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido
-hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no
-hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París
-la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia
-nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no
-ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada!
-¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha
-acometido de pronto!
-
---Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo--observó Darnay.
-
---¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones
-justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta
-ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador,
-seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson
-estamos muchos que somos ya viejos.
-
---Sin embargo--objetó Darnay,--sabe usted perfectamente que hay
-cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes
-amenazando tormenta.
-
---Lo sé... claro que lo sé--contestó Lorry, intentando persuadirse
-a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y
-descontento;--tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera
-para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está
-Manette?
-
---Aquí hay un pedazo--contestó el doctor, entrando en aquel momento en
-la estancia.
-
---Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos
-de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no
-pensará usted salir, eh?
-
---No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete.
-
---Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted.
-¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras
-y, como no soy gato, nada veo.
-
---Aquí está, esperándole a usted.
-
---Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita?
-
---Durmiendo como un tronco.
-
---¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir
-todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy
-tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace
-treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora,
-déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a
-esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas.
-
---No son teorías, sino caprichos de mi imaginación.
-
---Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos--replicó Lorry. Son
-numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que
-prestar atención!
-
- * * * * *
-
-Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran
-violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han
-teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el
-barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta
-el tranquilo rincón de Soho de Londres.
-
-Aquella mañana, San Antonio había sido campo cubierto por ingente y
-ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con
-acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los
-rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos
-alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el
-aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No
-había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había
-ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza.
-
-De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la
-lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las
-cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido
-decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes,
-cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera,
-cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra
-cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras
-o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No
-había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no
-pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que
-no pidiera a gritos sacrificarla.
-
-Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto
-central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la
-taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera
-mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en
-persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes,
-daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a
-aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y
-se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad.
-
---¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!--bramaba
-Defarge.--¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al
-frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?
-
---¡Aquí estoy!--contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero
-sin hacer calceta.
-
-La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura
-lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo.
-
---¿Por dónde andas, mujercita mía?--preguntó Defarge.
-
---En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las
-mujeres--respondió la tabernera.
-
---¡Adelante, pues!--gritó Defarge con voz de trueno.--¡Patriotas...!
-¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!
-
-Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los
-alientos de Francia, rasgó los aires espantoso rugido, encrespóse
-aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas
-y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma,
-tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque.
-
-Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra,
-ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa!
-Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el
-humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón
-e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el
-tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas.
-
-Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de
-piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae
-un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante,
-Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago
-Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte
-Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios
-del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que
-salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero
-terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya
-enrojecido!
-
-«¡A mí, todas las mujeres!--gritaba mientras tanto su esposa.--¡Pues
-qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga
-en nuestro poder la plaza?»
-
-Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas
-con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la
-venganza!
-
-Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un
-puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres.
-Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar.
-Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los
-carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier,
-suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas
-cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan
-bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el
-foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y
-las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del
-cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio
-no interrumpido!
-
-Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más
-que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge
-el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los
-robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres.
-
-Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta
-tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable
-como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se
-encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un
-ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba
-Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las
-de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría,
-estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de
-tambores.
-
---¡Los prisioneros!
-
---¡Los registros!
-
---¡Los instrumentos de suplicio!
-
---¡Los prisioneros!
-
-De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el
-que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!».
-Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los
-oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si
-dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa
-zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la
-mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo:
-
---¡Enséñame la torre del Norte... pronto!
-
---Lo haré con mucho gusto, si usted quiere--contestó el hombre--pero no
-hay en ella nadie.
-
---¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?--preguntó
-Defarge--¡Contesta... pronto!
-
---¿Que qué significa, señor?
-
---¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos?
-¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro?
-
---¡Mátale!--vociferó Santiago Tercero.
-
---Es una celda, señor.
-
---Enséñamela.
-
---Por aquí, señor.
-
-Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado
-evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las
-probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge
-al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve
-diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron
-pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era
-el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la
-fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era
-menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos
-que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera
-cual inconmensurables látigos manejados por titanes.
-
-Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos,
-atravesaron, con cuanta rapidez les fué posible, sombríos corredores
-jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas
-de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de
-escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más
-semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre
-todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba;
-pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de
-caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos
-eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos,
-cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos
-estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores.
-
-Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave,
-abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar:
-
---Ciento Cinco, Torre del Norte.
-
-Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos.
-En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro,
-a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos
-barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver
-una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el
-suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón.
-
---Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda
-ver--dijo Defarge al calabocero.
-
-Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros.
-
---¡Alto...! ¡Mira, Santiago!
-
---A. M.--rugió Santiago Tercero con expresión anhelante.
-
---Alejandro Manette--susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su
-índice sobre las iniciales.--Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay
-duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la
-mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela!
-
-Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo
-cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en
-menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la
-mesa.
-
---¡Alza la luz!--gritó con furia al calabocero.--¡Y tú, Santiago, toma
-mi cuchillo,--añadió, arrojándoselo--rasga ese jergón, y busca entre la
-paja...! ¡Arriba la luz!
-
-Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge,
-mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de
-hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las
-cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.
-
---¿No has encontrado nada, Santiago?--preguntó al cabo del rato.
-
---Nada.
-
---Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende
-fuego, carcelero!
-
-El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de
-la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron
-nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más,
-que antes.
-
-Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que
-quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la
-vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho
-fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador
-al _Hôtel de Ville_ para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que
-escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente
-había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada?
-
-Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían
-inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a
-quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había
-más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.
-
---Ahí tenéis a mi marido--dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.
-
-Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil
-continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció
-rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las
-calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni
-cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni
-cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos,
-ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan
-cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto,
-puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le
-cortó la cabeza.
-
-Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles
-que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de
-aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se
-enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría
-por la escalinata que precede a las puertas del _Hôtel de Ville_ la del
-gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la
-señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de
-horrible mutilación.
-
---¡Bajad aquel farol!--rugió San Antonio, después de volver en derredor
-sus ojos sanguinolentos.--¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es
-un soldado de nuestros enemigos!
-
-Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el
-populacho se alejaba rugiendo.
-
-Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban
-aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de
-profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar
-abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones
-turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los
-hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la
-piedad sin dejar la huella más insignificante.
-
-Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias,
-de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros,
-cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban
-de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos
-náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas
-de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados
-inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó,
-siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados
-al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras,
-llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y
-ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras
-impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que
-parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios
-cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!»
-
-Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas
-como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la
-maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos
-cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años
-antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en
-medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de
-mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de
-Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son
-ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que
-penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos
-por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una
-barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo
-se tiñen esos pies, difícilmente se limpian.
-
-
-XXII
-
-SUBE LA MAREA
-
-Sólo durante una semana había endulzado el terrible San Antonio las
-asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, sólo durante
-una semana había tenido la satisfacción de hacer cuanto le viniera en
-gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y
-cordiales felicitaciones. La señora Defarge presidía desde su sitio
-de costumbre a sus parroquianos. Ya no lucía una rosa en la cabeza,
-pues la gran cofradía de los espías se había hecho tan circunspecta
-en el breve lapso de siete días, que ni por milagro se encontraba uno
-dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de
-aquellas calles ejercían sobre ellos influencia portentosa.
-
-Cruzada de brazos contemplaba la señora Defarge desde detrás del
-mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en
-éste ni en aquélla faltaban nutridos grupos de holgazanes, escuálidos
-y harapientos, pero con caras que reflejaban el poderío que sobre sus
-miserias habían entronizado. Hasta el gorro más sucio y desgarrado,
-mirando ceñudo desde lo alto de la cabeza que medio cubría, parecía
-decir: «Sé cuán dura hicísteis para mí la vida: ¿pero sabéis vosotros
-lo fácil que para mí se ha hecho arrancar la regalada y feliz que
-lleváis?» Todos los brazos desnudos que hasta entonces habían carecido
-de trabajo, lo tenían ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar.
-Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta,
-habíanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que
-sabían desgarrar. San Antonio había sufrido radical transformación:
-la imagen, después de cientos de años de tranquilidad, se ponía en
-movimiento y descargaba golpes aterradores.
-
-Todo esto lo observaba la señora Defarge desde detrás del mostrador
-de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de
-San Antonio. Una de sus hermanas hacía media a su lado. Era una mujer
-baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre
-de dos hijos por añadidura, que se había conquistado el glorioso
-sobrenombre de «La Venganza».
-
---¡Atención!--exclamó La Venganza--¿Quién viene?
-
-Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de pólvora que se extendiera
-desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de
-Defarge, así llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y
-propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones.
-
---¡Es Defarge!--dijo la tabernera.--¡Silencio, patriotas!
-
-Entró Defarge jadeante, sin alientos; arrancó de su cabeza el gorro
-rojo que la adornaba, y tendió rápidas miradas en torno suyo.
-
---¡Atención todos!--gritó la tabernera.--¡Escuchadle!
-
-Defarge había quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos
-abiertos y de bocas más abiertas todavía que llenaba la calle. Las
-personas que había dentro de la taberna se pusieron en pie.
-
---¡Habla, Defarge!--repuso la tabernera.--¿Qué pasa?
-
---¡Noticias del otro mundo!
-
---¿De veras?--preguntó su mujer, poniendo en sus palabras fuerte
-entonación sarcástica.--¿Del otro mundo?
-
---¿Os acordáis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al
-pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y
-largarse a los infiernos?
-
---¡Sí...!--gritaron las turbas al unísono.
-
---A él se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros.
-
---¡Entre nosotros!--rugieron todos.--¿Muerto?
-
---No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que
-se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales.
-Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído
-aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero
-al _Hôtel de Ville_. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...!
-¿_Nos temía_ con razón?
-
-La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese
-llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo.
-
-Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se
-miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y
-un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un
-rumor como de pies que se movían.
-
---¡Patriotas!--gritó Defarge con voz resuelta.--¿Estamos listos?
-
-Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la
-tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los
-que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La
-Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los
-brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias
-juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres.
-
-Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre,
-asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de
-los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer,
-salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por
-las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del
-hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas
-por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo
-a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a
-la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como
-fieras enloquecidas y obrando como tales.
-
---¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana!
-
---¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre!
-
---¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija!
-
-Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los
-gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los
-cabellos, vociferaban:
-
---¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que
-comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba
-a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo
-que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no
-pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!
-
---¡Virgen Santa!--exclamaban otras.--¡Escúchame, hijo mío, desde el
-otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío,
-muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma,
-juro dejaros vengados en la persona de Foulon!
-
---¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la
-cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas
-mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver
-miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca
-sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos!
-
-Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a
-no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar
-como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por
-el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas.
-Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas
-bajo los miles de patas de las fieras.
-
-No se perdió un momento. Foulon estaba en el _Hôtel de Ville_ donde
-acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante
-burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la
-memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río
-desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien
-pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana
-criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de
-algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar.
-
-Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al
-viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos
-instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila,
-a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La
-Venganza y Santiago Tercero.
-
---¡Miradle!--grita la tabernera, señalándole con la punta del
-cuchillo.--¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No
-estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja!
-¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!
-
-La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma.
-
-Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge
-se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la
-satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como
-reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala,
-en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las
-expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante
-dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran
-distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional
-treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos
-arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares
-de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora
-Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que
-rugía fuera.
-
-El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un
-rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron
-a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre
-sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y
-sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados
-oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.
-
-Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en
-mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa
-fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al
-preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para
-reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran
-saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles
-de bocas:
-
---¡Es nuestro...! ¡Al farol!
-
-Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando
-aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora
-de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a
-consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos
-introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo
-la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir
-compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas
-a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de
-contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los
-pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un
-farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con
-un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios,
-mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas
-que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se
-rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin,
-una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus
-padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una
-cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de
-paja.
-
-No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que
-su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al
-saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos
-y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos
-hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en
-hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos
-después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas
-los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón!
-
-Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas
-mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas
-abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por
-interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno
-para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con
-los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros
-y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que
-al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas
-en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas
-hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que
-luego comían en sus hogares respectivos.
-
-Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias
-de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que
-comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de
-alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada
-jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no
-obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban.
-
-Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la
-taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:
-
---Al fin llegó, querida.
-
---Sí... casi--replicó la señora.
-
-Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su
-famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única
-voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La
-Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es
-que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó
-la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon.
-
-
-XXIII
-
-EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO.
-
-Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos
-los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los
-caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su
-enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como
-antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales
-a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo
-sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les
-ordenasen.
-
-Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La
-hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos
-germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas
-dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas,
-hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones,
-la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales
-domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la
-miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies.
-
-El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo,
-era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí
-solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor,
-considerado como institución, como clase, había creado aquel estado
-deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada
-para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una
-gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya
-una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder,
-comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable.
-
-Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes
-sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas
-de años atrás el señor estrujaba y exprimía al pueblo sin que se le
-ocurriera honrarle con su graciosa presencia más que muy contadas
-veces, y aun éstas, para entregarse a los placeres de la caza...
-fuera ésta de hombres, fuera de animales. No. Consistía el cambio
-en la aparición de caras de baja estofa más que en la desaparición
-de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos,
-cuando el solitario peón caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin
-ocurrírsele pensar que era polvo y que en polvo había de convertirse,
-pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para
-cenar encontraría en su casa, y lo mucho que comería si lo tuviese,
-en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tendía a lo
-largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo
-aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora.
-A medida que aquéllos se aproximaban al caminero, veía éste que se
-trataba por regla general de individuos de ásperas cerdas y aspecto
-casi bárbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de
-barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos.
-
-Uno de estos ejemplares se apareció de improviso al caminero, un día
-del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado
-al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes
-enviaban en abundancia.
-
-El desconocido le miró, paseó a continuación sus ojos por la aldea que
-dormía en la hondonada, por el molino y por la prisión que se alzaba
-sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos,
-preguntó, en dialecto que apenas era inteligible:
-
---¿Qué tal, Santiago?
-
---Muy bien, Santiago.
-
---¡Chócala!
-
-Los dos interlocutores cambiaron un apretón de manos.
-
---¿No hay comida?
-
---Cena nada más--respondió el caminero con cara de hambre.
-
---Es la moda--gruñó el desconocido.--No encuentro a nadie que coma.
-Seguidamente sacó una pipa ennegrecida, la cargó y encendió, y a
-continuación, dejó caer sobre ella algo que tenía entre los dedos
-pulgar e índice. De la pipa brotó una llamarada y una nubecilla de humo.
-
---¡Chócala!--exclamó el peón caminero, después de observar con mirada
-atenta las operaciones referidas.
-
-Los interlocutores cambiaron el segundo apretón de manos.
-
---¿Esta noche?--preguntó el caminero.
-
---Esta noche--contestó el desconocido, llevando la pipa a la boca.
-
---¿Dónde?
-
---Aquí.
-
-Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el
-uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo.
-
---Instrúyeme--dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de
-la colina.
-
---Mira--contestó el caminero, con el brazo extendido,--baja a la
-hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente...
-
---¡Al diablo la calle y la fuente!--exclamó el desconocido con
-impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes.
-
---Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre
-la aldea.
-
---Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo?
-
---A puestas de sol.
-
---¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que
-viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré
-como un bienaventurado... ¿Me despertarás?
-
---Con mucho gusto.
-
-El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos
-y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después
-dormía profundamente.
-
-Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el
-montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul,
-como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia
-volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba
-sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La
-faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo
-color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la
-constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la
-compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban
-de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el
-desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados
-y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas,
-pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados
-sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos,
-puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como
-aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó
-en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos
-que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia
-hacia el centro de Francia.
-
-El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que
-de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e
-indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto
-el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus
-herramientas para emprender el regreso a la aldea.
-
---Muy bien--dijo el desconocido incorporándose.--¿Dices que dos leguas
-más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea?
-
---Poco más o menos.
-
---Poco más o menos... Está bien.
-
-Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que
-levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas,
-y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños
-de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea
-en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus
-míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos
-hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto
-en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo
-más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó
-a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de
-la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde
-allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer
-sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado
-detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la
-fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la
-custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese
-necesidad de repicar la campana de alarma.
-
-Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles
-gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento
-y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra
-la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras
-monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes
-desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la
-puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar
-a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas
-galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban
-sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del
-lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos,
-procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía,
-hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el
-patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se
-movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos
-después.
-
-La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia,
-cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en
-castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros
-encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios
-transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y
-forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían...
-subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos
-mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego
-por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas
-de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser
-substituída por el asombro.
-
-En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que
-parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda
-en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto
-frente a la puerta de la casa del señor Gabelle.
-
---¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete.
-
-Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado
-caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos
-junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el
-cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta
-amigos particulares suyos.
-
---Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el único comentario que
-hacen, pero nadie se mueve.
-
-El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo
-cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido,
-y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que
-conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie
-junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de
-aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados.
-
---¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus
-muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de
-las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!
-
-Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados
-en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose
-de hombros, exclaman:
-
---¡Que arda!
-
-Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve
-con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el
-milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos
-cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar
-sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante
-perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones,
-resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo
-a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos
-particulares que los coches, convenientemente hechos astillas,
-proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de
-posta están pidiendo a gritos que los tuesten.
-
-El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor.
-Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales,
-coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el
-robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se
-retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con
-estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el
-rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión
-decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara
-del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el
-fuego.
-
-Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego,
-se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos
-por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de
-negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y
-hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las
-torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor.
-Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer
-en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban,
-guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su
-nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo
-de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su
-alegría.
-
-Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado
-de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma,
-que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera
-tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos,
-aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en
-los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó
-celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le
-invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente.
-El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su
-casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar
-la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia
-unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su
-casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los
-habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de
-cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su
-cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar
-con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de
-carácter vengativo.
-
-Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor
-Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el
-tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo
-ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga
-contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su
-poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de
-substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo.
-Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero
-de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas
-negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin
-hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el
-pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance.
-
-Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo
-aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados
-que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados
-en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y
-crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos
-que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta
-amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los
-soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera
-en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía
-señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por
-versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de
-los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado
-torrente.
-
-
-XXIV
-
-ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA
-
-Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales
-bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres
-años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban
-la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la
-pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de
-tejer nuevos hilos de oro.
-
-Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo
-rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que
-herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas,
-que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su
-patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían
-transformado de seres humanos en bestias feroces.
-
-No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser
-apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser
-odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido
-del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante
-al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le
-presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado
-al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el
-señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración
-del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los
-sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no
-bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos
-talones.
-
-Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de
-que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del
-pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas
-lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo
-y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo
-hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas,
-corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana.
-También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en
-suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas.
-
-En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta
-de los señores estaba dispersa por el mundo.
-
-Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío
-en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los
-lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta
-ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores
-estuvieron depositados sus _cuartos_. Además, el Banco Tellson era el
-centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su
-generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus
-clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas
-sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad,
-vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a
-las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia,
-principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia
-de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco
-Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que
-a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía
-tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y
-comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas
-en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que
-pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple.
-
-Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados
-frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja.
-Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento.
-
---Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el
-mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,--pero aun así,
-perdone que le diga...
-
---Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?--interrumpió Lorry.
-
---Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado
-anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías.
-
---Mi querido Carlos--replicó Lorry con confianza,--las razones que
-usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra
-mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá
-el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando
-puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese
-honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y
-yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra
-casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce
-de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además
-la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan
-originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del
-viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar
-todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber
-envejecido en ella, ¿quién lo estará?
-
---Desearía ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta.
-
---¡Hombre!--exclamó Lorry.--¡Voy viendo que es usted un asesor de
-primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo,
-eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo!
-
---Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry,
-ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo
-encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía
-por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo,
-y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso
-consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que
-usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía...
-
---¡Estaba usted diciendo a Lucía!...--repitió Lorry.--¡Francamente!
-¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante
-el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a
-Francia en estas circunstancias!
-
---¡No he ido todavía!--contestó Carlos sonriendo.--Más que por otra
-cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura
-que ha formado de ir.
-
---Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con
-franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las
-dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro
-que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede
-saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la
-pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados,
-y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe
-usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy
-mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será
-mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir
-los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra
-o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello,
-precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el
-remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo
-dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la
-casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite
-usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con
-muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios
-caducos?
-
---¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry!
-
---¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el
-objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy
-mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la
-reserva más absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores
-más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían
-de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones
-circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad
-alguna: hoy todo está paralizado.
-
---¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche?
-
---Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede
-perder segundo.
-
---¿No le acompaña nadie?
-
---Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero
-a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de
-muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis
-salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en
-Jeremías otra cosa que un _bull-dog_ inglés, incapaz de abrigar otros
-designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el
-pelo de la ropa a su amo.
-
---Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos.
-
---Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya
-dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición
-de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me
-sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo.
-
-Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho
-del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de
-señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba
-sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho.
-Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados,
-y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia
-inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha
-de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los
-medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado
-con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que
-necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que
-afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se
-daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices.
-Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de
-la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas
-con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y
-podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la
-intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a
-éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación
-que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia.
-
-Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya
-varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a
-subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se
-inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión
-presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el
-pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer
-de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios
-que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo
-suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen
-las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda
-aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse
-para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la
-práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino
-que debía seguir.
-
-La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego
-cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de
-la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de
-Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó
-gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el
-suyo. Decía así.
-
-«Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a
-los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.»
-
-El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con
-Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su
-apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación.
-Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En
-cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo.
-
---No--contestó Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han
-venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese
-caballero.
-
-Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos
-de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de
-Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad
-manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con
-ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un
-refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más
-allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía
-por parte alguna.
-
---Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor
-degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente
-asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida.
-
---Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años--terció otro
-señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una
-carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado.
-
---Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declaró
-en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no
-bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos
-mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor.
-
---¿Eso hizo?--gritó Stryver.--¿Tan canalla es ese hombre? Veamos...
-veamos su infame apellido.
-
-Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y
-dijo:
-
---Yo conozco a ese señor.
-
---¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el
-alma.
-
---¿Por qué?
-
---¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha
-hecho?
-
---Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le
-conozca.
-
---En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted
-conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a
-usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas
-inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido
-por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el
-más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a
-la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el
-robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica
-a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se
-lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa
-contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted.
-
-Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó:
-
---Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere.
-
---Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared,
-y voy a hacerlo--gritó Stryver.--Si ese individuo es un caballero,
-desde luego _no_ le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte,
-y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía,
-que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me
-admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones
-y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el
-natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un
-sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes
-_protegidos_. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a
-aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo
-durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio.
-
-Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus
-oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el
-despacho Lorry y Carlos Darnay.
-
---Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va
-dirigida--dijo Lorry--¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos?
-
---Con mucho gusto.
-
---¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí
-porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y
-dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo?
-
---Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París?
-
---A las ocho salgo de aquí mismo.
-
---Yo volveré para despedirle.
-
-Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus
-compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a
-una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió
-la carta, que estaba concebida en los siguientes términos:
-
-
- «Prisión de la Abadía, París.
-
- »Junio, 21, 1792.»
-
- »Señor Marqués:
-
- »Después de correr durante largo tiempo peligro inminente de
- dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso,
- sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a
- París, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las
- amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aquí;
- y no es esto todo; mi casa ha sido destruída... arrasada hasta los
- cimientos.
-
- »El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la
- cárcel, señor Marqués, el crimen por el que compareceré ante el
- Tribunal y que me costará la cabeza (si usted no me presta su
- generoso auxilio) es, según dicen ellos, el de traición contra la
- majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger
- a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar
- contra ellos, he obrado en su favor, ateniéndome a instrucciones
- suyas, señor Marqués; en vano he alegado que con anterioridad a la
- confiscación de los bienes de los emigrados había yo condonado los
- impuestos que el pueblo cesó de pagar, que no cobré las rentas, que
- no recurrí a los tribunales. A todas mis representaciones contestan
- que obré en favor de un emigrado, y yo me pregunto: ¿dónde está ese
- emigrado?
-
- »¡Ah, mi buen señor Marqués! ¿Dónde está ese emigrado? Yo pregunto
- mientras duermo; ¿dónde está? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les
- pregunto; ¿vendrá a salvarme? No me contestan. ¡Ah, señor Marqués!
- Envío mi grito de angustia a través de los mares, por si Dios
- quiere que llegue a sus oídos por mediación del gran Banco Tellson,
- tan conocido en París.
-
- »Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad,
- por el honor inmaculado de su noble apellido, señor Marqués, le
- suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me
- amenaza. Mi único crimen es haber sido fiel a usted... ¡Oh señor
- Marqués! Yo confío que usted corresponderá a mi fidelidad.
-
- »Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento,
- desde esta antesala de la muerte, envío a usted, señor Marqués, la
- expresión de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de
- mis desgraciados servicios.
-
- »Su afligido servidor,
-
- »GABELLE.»
-
-La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad
-latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se
-cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los
-mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y
-a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno
-rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras
-caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los
-transeuntes se atrevía.
-
-Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso
-digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su
-rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y
-por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que,
-según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer,
-había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al
-amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad
-le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con
-reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla
-a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo
-así, y que, sin embargo, no lo hizo.
-
-La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de
-hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan
-bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana
-anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso
-arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a
-cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que,
-si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó
-oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que
-deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le
-añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza
-salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras
-los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados
-del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la
-fortuna.
-
-Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la
-cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus
-rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado
-refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a
-su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado
-un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le
-mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele...
-leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran
-a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y
-seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de
-hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los
-hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga
-decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las
-órdenes a que aquél ajustó su conducta.
-
-Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a
-París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la
-carta de Gabelle.
-
-Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las
-corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio
-de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez
-con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su
-mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción
-terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de
-que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía
-objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso
-hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales,
-permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera
-fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a
-la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su
-alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza
-la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se
-apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje
-a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba,
-vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron
-profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de
-aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de
-un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un
-llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido.
-
-No tardó en resolverse; iría a París.
-
-Sí. La Montaña Imantada le arrastraba y no había más remedio que
-enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares
-que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera
-peligros para él. La intención que le guió al obrar como había
-obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más
-que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan
-pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos
-que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber
-obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna
-influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan
-incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente.
-
-Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían
-conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía,
-nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto
-a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos
-sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía
-hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de
-evitarle dudas dolorosas.
-
-Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora
-de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las
-sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una
-visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital
-de Francia.
-
-Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto
-a la portezuela, hacía centinela Jeremías _Lapa_.
-
---He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay
-a Lorry.--No he querido traer contestación escrita que acaso pudiera
-ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta
-verbal, confiando que usted no tendrá inconveniente en encargarse de
-transmitirla.
-
---Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contestó Lorry.
-
---No lo es, aunque debe recibirla un hombre que está preso en la Abadía.
-
---¿Cómo se llama?--preguntó Lorry, sacando del bolsillo un librito de
-memorias.
-
---Gabelle.
-
---Gabelle. ¿Y qué es lo que debo decir al desgraciado prisionero
-Gabelle?
-
---Sencillamente estas palabras: «Ha recibido la carta y vendrá.»
-
---¿Sin decir cuándo?
-
---Emprenderá el viaje mañana por la noche.
-
---¿No he de mencionar nombre alguno?
-
---No.
-
-Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de
-las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la
-calle Fleet.
-
---Haga presente mi cariño a las dos Lucías--dijo Lorry en el momento de
-partir la silla de posta.--Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso.
-
-Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión
-equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote
-largo de los caballos.
-
-Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se
-acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida
-a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba
-de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su
-juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor,
-a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos
-prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su
-viaje.
-
-Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida
-familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía
-sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre,
-tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había
-formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó,
-diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su
-ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente
-de su casa un baúl con la ropa necesaria.
-
-Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden
-de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y
-emprendió el viaje a Dover.
-
-Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre
-prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad,
-dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el
-mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía.
-
-
-
-
-LIBRO TERCERO
-
-EL RUMBO DE LA TORMENTA
-
-
-I
-
-EN SECRETO
-
-Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París.
-Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían
-faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados
-de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey
-de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre
-esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración
-de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las
-ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas
-de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a
-dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban
-o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con
-detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas
-de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje,
-o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién
-nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de
-la Fraternidad o de la Muerte.
-
-Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay,
-cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría
-de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado
-buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que
-fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más
-remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un
-camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante,
-sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces
-más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte
-le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido
-dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado
-en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más
-perdida.
-
-Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces
-al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que
-también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada
-jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole
-e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días
-llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó
-temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia,
-situada bastante lejos de París.
-
-A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle,
-debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de
-que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que
-comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues,
-gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que
-se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente.
-
-Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de
-temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes,
-cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales
-pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama.
-
---Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a París con una
-escolta.
-
---Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir
-perfectamente de la escolta.
-
---¡Silencio!--gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la
-culata del mosquete.--¡A callar, aristócrata!
-
---Tiene razón este buen patriota--dijo el funcionario con
-timidez.--Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la
-vigilancia de una escolta.
-
---No está en mi mano la elección--contestó Carlos Darnay.
-
---¡Elección!--exclamó uno de los gorros colorados.--¿Habráse visto?
-¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este
-instante el gancho de un farol!
-
---La observación del buen patriota no puede ser más justa--terció el
-funcionario.--Levántate y vístete, emigrado.
-
-Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo
-de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus
-correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al
-amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad
-por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de
-la madrugada.
-
-Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus
-lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban
-armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba
-su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo
-extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En
-esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento
-lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y
-alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más
-cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital.
-
-Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de
-romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta
-vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas
-desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban.
-Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad
-de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas
-crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos,
-Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era
-de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que
-confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como
-a un hombre amigo del pueblo.
-
-Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de
-la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de
-gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz
-alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos
-que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por
-gritar:
-
---¡Muera el emigrado!
-
-Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde
-la silla, replicó:
-
---Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en
-Francia, por mi libre y espontánea voluntad?
-
---¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!--gritó un
-herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto.
-
-Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador
-y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:
-
---¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París.
-
---¡Juzgarán!--repitió el herrador, blandiendo el martillo.--Le
-condenarán por traidor.
-
-Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación.
-
-Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó:
-
---Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor.
-
---¡Mientes!--rugió el herrador.--¡Según el decreto, es un traidor!...
-¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!
-
-En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas
-arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos.
-Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la
-casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta
-siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente
-la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía
-descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas,
-pero no pasó más.
-
---¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?--preguntó Darnay
-al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su
-afortunada mediación.
-
---Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes
-de los emigrados--contestó el interrogado.
-
---¿Cuándo se promulgó?
-
---El día catorce.
-
---El mismo que salí yo de Inglaterra.
-
---Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie,
-redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran
-a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar
-territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que
-su vida de usted no era de usted, sino del pueblo.
-
---Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos,
-¿no es verdad?
-
---No puedo asegurarlo--respondió el encargado de la casa de postas,
-encogiéndose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados aún, y
-puede que sí; pero es igual.
-
-Darnay descansó hasta media noche tendido sobre un montón de paja,
-saliendo de la ciudad cuando los habitantes de ésta estaban entregados
-al sueño. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo
-observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a
-éste fuerte color fantástico, no era el menor la carencia de sueño en
-los patriotas. Con frecuencia, después de una larga y pesada caminata
-por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un
-pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban
-danzas fantásticas en rededor de un árbol de la Libertad, o entonaban
-himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais
-creyó conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los
-excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de
-barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha
-habían producido aquel año, entre caseríos incendiados, y con riesgo
-de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los
-innumerables patriotas que pululaban por todas partes.
-
-Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo
-de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte
-guardia.
-
---¿Dónde están los documentos del prisionero?--preguntó con tono
-autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela.
-
-Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no
-era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente,
-ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado
-perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo.
-
---¿Dónde están los documentos de este prisionero?--repitió el mismo
-sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras.
-
-El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los
-llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle
-produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que
-despertó su atención, que concentró en Darnay.
-
-Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo
-de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos
-Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban
-soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que,
-al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a
-cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades
-de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes,
-para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y
-mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase
-esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía
-la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban
-por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos.
-Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase
-el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban,
-mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el
-tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran
-prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades
-ni sexos.
-
-Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de
-tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió
-a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la
-barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del
-escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los
-hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y
-partieron sin entrar en la ciudad.
-
-El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que
-apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de
-soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos
-borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia
-y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite
-derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en
-uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos
-registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era
-el encargado de los registros.
-
---Ciudadano Defarge--dijo el personaje que había introducido a Darnay,
-mientras tomaba una hoja de papel--¿es éste el emigrado Evrémonde?
-
---Este es.
-
---¿Cuántos años tienes, Evrémonde?
-
---Treinta y siete.
-
---¿Casado, Evrémonde?
-
---Sí.
-
---¿Dónde?
-
---En Inglaterra.
-
---Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, Evrémonde?
-
---En Inglaterra.
-
---Lo creo también. Vas consignado, Evrémonde, a la prisión de La Force.
-
---¡Dios del Cielo!--exclamó Darnay--¿En virtud de qué ley, y por qué
-delito o falta?
-
-Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el
-funcionario:
-
---Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas
-y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas.
-
---Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente,
-cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus
-ojos--replicó Darnay.--No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo
-que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho?
-
---Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde--fué la estólida
-contestación del funcionario.
-
-Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos
-renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo:
-
---Secreto.
-
-Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a
-quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su
-derecha e izquierda.
-
-Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge
-preguntó al prisionero en voz baja:
-
---¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en
-otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe?
-
---Sí--respondió Darnay, mirándole con sorpresa.
-
---Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San
-Antonio. Es posible que me conozcas de referencia.
-
---Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí!
-
-Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos,
-pues dijo con brusca impaciencia:
-
---¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada
-Guillotina, por qué demonios has venido a Francia?
-
---No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje.
-¿Es que crees que no dije verdad?
-
---Verdad que no puede ser más fatal para ti--replicó Defarge, fruncido
-el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza.
-
---Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado,
-tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni
-sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor?
-
---En absoluto ninguno--respondió Defarge, con la mirada como perdida en
-el espacio.
-
---¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola?
-
---Veremos... Según sea. Puedes hacerla.
-
---En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar
-libremente con el mundo exterior?
-
---Tú mismo lo verás.
-
---¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin
-concederme medios de justificarme y defenderme?
-
---Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan
-buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores.
-
---Pero no por causa mía, ciudadano Defarge.
-
-La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó
-extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual
-prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad
-aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay
-de ablandar a aquel hombre.
-
---Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como
-yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco
-Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en
-París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído
-en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo
-en su conocimiento?
-
---No haré en tu obsequio nada absolutamente--replicó Defarge.--Me debo
-a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada
-esperes de mí.
-
-Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las
-probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante,
-cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como
-humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en
-silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba
-al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los
-niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le
-apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más.
-Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel
-era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al
-trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja
-estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a
-un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a
-un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo
-soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De
-las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir
-que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores
-extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía
-en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron,
-juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento
-tan absoluto, que nada había oído.
-
-Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran
-infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso
-al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban
-con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de
-confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la
-idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en
-los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de
-los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían
-ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir
-desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan
-ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las
-horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra
-noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre
-bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a
-la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre
-la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los
-mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables
-las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa
-aureola sangrienta.
-
-Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le
-trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones
-y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su
-adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún,
-lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía.
-
-Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel
-llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo.
-
---El emigrado Evrémonde--dijo Defarge, haciendo la presentación del
-preso.
-
---¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la
-procesión?--exclamó el de la cara de fiera.
-
-Tomó Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes
-en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos
-patriotas.
-
---¡Rayos y truenos!--gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.--¡Esto
-es un río que corre siempre!
-
-La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía
-tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder:
-
---Hay que tener paciencia, amigo mío.
-
-Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres
-calaboceros, diciendo a coro:
-
---¡Viva la Libertad!
-
-El coro no parecía el más apropiado para ser cantado en un sitio como
-aquél, pero mayores anomalías se ven en el mundo.
-
-Era la prisión de La Force un edificio tétrico, repugnante e inmundo,
-donde se respiraba la atmósfera hedionda de la muerte. Asombra
-en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne
-almacenada en lugares como aquél, sobre todo, cuando no reunen
-condiciones para el objeto, y por añadidura están descuidados.
-
---¡Y además secreto!--murmuró el alcaide mientras leía el papel.--¡Como
-si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor día doy un estallido!
-
-Con muestras de pésimo humor ensartó el papel con una espiga que
-atravesaba a muchísimos otros, y comenzó a pasear por la estancia
-abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo
-esperando más de media hora.
-
---Sígueme, emigrado--dijo al fin, tomando las llaves.
-
-El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al
-cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas
-y de cerrarlas de nuevo después de franqueadas, llegó a una pieza de
-grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros
-de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa,
-leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras
-los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrás de las sillas
-ocupadas por aquéllas, excepto algunos que se entretenían paseando.
-
-Tan tétrica era la sala, tan sombría la expresión de las personas allí
-hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros habían creado
-las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay
-creyó que se encontraba entre una colección numerosa de muertos. Allí
-no había más que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la
-elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas
-de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud,
-fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de
-abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en
-el recién entrado unos ojos que la muerte había alterado en cuanto
-penetraron en la antesala de los dominios de aquélla.
-
-Darnay quedó inmóvil, yerto, por efecto de su estupefacción. El
-aspecto del alcaide, que permanecía a su lado, no menos que el de los
-calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio,
-sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan
-feroces, sobre todo puestos en parangón con el de las atribuladas
-madres y de las hermosas hijas allí almacenadas, con la coquetería, la
-distinción propias de las jóvenes bien nacidas y con la delicadeza de
-modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la
-creencia de que le habían recluído en la mansión de los espectros.
-
---En nombre propio y en el de todos los compañeros de infortunio aquí
-amontonados--dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al
-frente,--tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de
-lamentar con usted la calamidad que aquí le trae. ¡Ojalá sea de breve
-duración y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros
-deseos sería imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero
-no aquí. Nos permitimos preguntarle su nombre y condición.
-
-Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero.
-
---Supongo que no estará usted aquí «en secreto»--repuso el caballero,
-siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la
-estancia.
-
---Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí,
-pero ignoro lo que puede significar.
-
---¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime
-usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha
-modificado su situación.
-
-Seguidamente añadió alzando la voz:
-
---Con profundo pesar informo a mis compañeros que... _en secreto_.
-
-Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja
-junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos
-de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que
-se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada,
-volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de
-su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las
-apariciones espectrales se borraron para siempre.
-
-Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió
-Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños,
-contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el
-alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era
-muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura.
-
---La tuya--dijo el alcaide.
-
---¿Por qué me encierran solo?
-
---Eso es lo que yo no sé.
-
---¿Supongo que se me permitirá comprar papel, pluma y tinta?
-
---Por el momento no. Te visitarán... no sé cuando, y entonces podrás
-solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada más.
-
-En la celda había una silla, una mesa y un jergón de paja. El alcaide,
-después de someter a escrupulosa inspección el _mobiliario_ de la
-celda, salió dejando solo a Darnay.
-
---Puedo decir que estoy muerto y sepultado--murmuró el infeliz.--Cinco
-pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio--repetía
-maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al
-propio tiempo.
-
-El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos convertido en una especie de
-sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas.
-
---Cinco pasos por cuatro y medio... Hacía zapatos... cinco pasos por
-cuatro y medio... hacía zapatos... zapatos...
-
-El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar
-la idea del que hacía zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija.
-
---Los espectros se han desvanecido en cuanto traspasé la puerta de
-la reja--seguía pensando.--Vi entre ellos el de una señora vestida
-de negro, que estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz
-daba de lleno sobre su cabellera de oro, y parecía a... ¡Dios mío...
-Dios mío!... ¿Volveré algún día a transitar por las aldeas visitadas
-por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Hacía
-zapatos... hacía zapatos... hacía zapatos... Cinco pasos por cuatro y
-medio... cinco pasos por cuatro y medio...
-
-Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido
-en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los
-ojos de la imaginación la visión del zapatero, mientras el estruendo
-de la ciudad continuaba sonando en sus oídos como sordo redoblar de
-tambores mezclado con llantos de voces que conocía y quería, con ayes
-desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron
-salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegría del corazón.
-
-
-II
-
-LA PIEDRA DE AFILAR
-
-El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París,
-ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín
-separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy
-sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos
-del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la
-época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria
-de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba
-reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las
-acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de
-ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate
-y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres
-servidores, aparte de los del cocinero.
-
-Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del
-horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose
-perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante
-altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la
-Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor
-fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con
-tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación
-tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas
-emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la
-habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y
-fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones.
-
-Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de
-París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy
-en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué
-habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de
-un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos,
-y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin
-embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson
-de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de
-cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero
-de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele
-hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La
-quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la
-presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si
-ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre
-ricos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras,
-el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos,
-no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en
-bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un
-Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de
-nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas
-tan insignificantes sus capitales.
-
-Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de
-París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata,
-cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas
-del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos
-o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin
-saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal
-hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar
-aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido
-cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que
-ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo
-había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de
-honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del
-techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había.
-
-Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba
-derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba
-parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para
-el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio,
-aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto
-ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba
-su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín,
-bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera,
-en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos
-columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera
-que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de
-cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería
-o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó
-a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto
-inofensivo.
-
-Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor
-de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían
-proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que
-se elevaban desde la tierra al cielo.
-
---Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona
-querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con
-ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!
-
-Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la
-verja.
-
---Sin duda vuelven--pensó Lorry.
-
-Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos
-en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser
-cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto
-al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien
-guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas,
-cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral
-aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del
-pasmo más violento que en su vida experimentara.
-
-Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos
-y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su
-vida entera.
-
---¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?--exclamó Lorry, con asombro
-indescriptible--¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?
-
-Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del
-anciano amigo de su infancia.
-
---¡Oh... amigo querido! Mi marido...
-
---¿Su marido, Lucía?
-
---Carlos.
-
---¿Qué hay de Carlos?
-
---Aquí... en París.
-
---¿En París?
-
---Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es
-imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea
-generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido
-a la cárcel.
-
-El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la
-campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor
-de pasos.
-
---¿Qué ruido es ése?--preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana.
-
---¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera,
-Manette, por su vida... no toque la persiana!
-
-Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y
-con sonrisa fría y osada, contestó.
-
---Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido
-prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo
-en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la
-Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva
-a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para
-llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado
-influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en
-las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así
-sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros
-que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es
-ese?--terminó, volviéndose hacia la ventana.
-
---¡No mire usted!--gritó Lorry con acento desesperado--¡Usted tampoco,
-Lucía, mi querida Lucía!--añadió, pasando su brazo al rededor de su
-cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le
-haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad
-le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está?
-
---En la Force.
-
---La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si
-alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más
-que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo
-para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro
-que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho
-más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su
-Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque
-precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que
-me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de
-esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su
-padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido,
-por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro
-estoy que me obedecerá!
-
---Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo
-hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.
-
-Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde
-la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a
-reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su
-diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que
-hiciera lo propio.
-
-Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no
-muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el
-jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que
-ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen
-la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.
-
-Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni
-mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre
-pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto
-por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que
-realizaban.
-
-Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles
-y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando
-ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes
-falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados
-de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras
-aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas
-mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena
-no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran
-los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras
-y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban
-sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la
-piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán
-de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres
-desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos,
-las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos
-tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles,
-con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes
-tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas,
-todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos
-llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de
-tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color,
-todas eran rojas.
-
-Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la
-repugnante escena.
-
---Están asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la
-pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted
-seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree
-poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios
-y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de
-todas suertes, no pierda ni un segundo.
-
-El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar
-palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.
-
-Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar
-la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba
-de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión,
-hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos,
-que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del
-anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador
-con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más
-de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor
-y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con
-entusiasmo delirante:
-
---¡Viva el prisionero de la Bastilla!
-
---¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!
-
---¡Paso al prisionero de la Bastilla!
-
---¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force!
-
-Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con
-Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había
-ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross,
-pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera
-encontrarlas allí hasta mucho rato después.
-
-La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el
-suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar
-a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza
-doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual
-Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada
-Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de
-ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba,
-la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y
-las noticias no venían!
-
-Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces
-más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la
-piedra de afilar. Lucía se asustó.
-
---¿Qué es eso?--preguntó.
-
---¡Silencio!--respondió Lorry.--Son los soldados que afilan sus
-espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía.
-
-Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de
-Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre,
-cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que
-recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo
-sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en
-rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes
-del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la
-portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las
-fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.
-
-
-III
-
-LA SOMBRA
-
-Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su
-entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la
-hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía
-de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco
-Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de
-un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda
-su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a
-su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida;
-pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a
-negocios, Lorry era rígido, inflexible.
-
-Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al
-pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su
-dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había
-en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello
-se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió
-el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en
-atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso
-de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los
-habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las
-empresas que allí se fraguaban y maduraban.
-
-Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada
-minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había
-colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía.
-Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación
-en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del
-doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo
-Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun
-cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto
-en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió
-inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una
-calle aislada rodeada de edificios deshabitados.
-
-Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su
-hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo,
-que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías
-_Lapa_ y volvió a engolfarse en sus ocupaciones.
-
-Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que
-llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su
-habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones
-que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera.
-Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada
-penetrante, se le dirigía por su nombre.
-
---A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted?
-
-Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente
-rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad.
-
---¿Me conoce usted?--repitió.
-
---He visto a usted en alguna parte.
-
---¿En mi tienda de vinos, quizás?
-
-Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry:
-
---¿Viene usted de parte del doctor Manette?
-
---Sí; vengo de parte del doctor Manette.
-
---¿Y qué dice? ¿Me envía algo?
-
-Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de
-papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del
-doctor:
-
-«Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me
-encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de
-Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.»
-
-Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes.
-
---¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la
-esposa de Carlos?--preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la
-lectura del billete le había producido.
-
---Sí--contestó Defarge.
-
-Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con
-que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su
-visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas
-haciendo calceta.
-
---¿La señora Defarge?--preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en
-lo mismo diez y siete años antes.
-
---La misma--contestó el marido.
-
---¿Viene con nosotros su señora?--preguntó Lorry, al observar que las
-mujeres echaban a andar.
-
---Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una
-medida que conviene a la hija del doctor.
-
-Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de
-Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron
-las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza.
-
-Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible,
-subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó
-la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las
-noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría,
-y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras
-escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había
-estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni
-en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz.
-
-«Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre
-los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.»
-
-Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada
-que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la
-mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué
-un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de
-aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría
-como el hielo, y continuó haciendo media.
-
-Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante
-mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete
-recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron
-un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que
-rebosaba impasibilidad, hielo.
-
---Mi querida Lucía--dijo Lorry, tratando de explicar la presencia
-de las mujeres,--son muy frecuentes las conmociones en las calles,
-y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la
-señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales
-puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien
-a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo,
-ciudadano Defarge--terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de
-consuelo,--que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto?
-
-Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a
-exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido.
-
---Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita
-Pross--repuso Lorry.--Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora
-inglesa, que desconoce por completo el francés.
-
-La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia
-de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier
-extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante
-las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con
-los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La
-Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.
-
---¡Hola, descarada!--dijo en inglés.--Me alegro de verla buena.
-
-También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una
-ni la otra tuvieron por conveniente contestar.
-
---¿Es ésa la niña?--preguntó la señora Defarge, suspendiendo por
-primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media
-cual si fuera el dedo de la Fatalidad.
-
---Sí, señora--contestó Lorry.--Esa es la hija adorada y única de
-nuestro pobre prisionero.
-
-La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos
-tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente
-de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho.
-La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció
-extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.
-
---No hace falta más--dijo la tabernera.--Los hemos visto ya. Vámonos.
-
-Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no
-tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía,
-tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo:
-
---¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño?
-¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende?
-
---No es tu marido el que aquí me ha traído--replicó la señora Defarge,
-mirando a Lucía con calma espantosa.--Lo único que me interesa es la
-hija de tu padre.
-
---Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre
-hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las
-suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos
-inspiran ustedes que toda la ciudad junta!
-
-La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus
-ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de
-su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la
-mirada de su mujer.
-
---¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?--preguntó la
-tabernera con sonrisa sarcástica.--¿No habla sobre influencia?
-
---Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le
-rodean--contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho,
-pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no
-sobre el papel.
-
---En ese caso, él le salvará--observó la tabernera;--no tenemos por qué
-mezclarnos nosotros.
-
---Como esposa y como madre--exclamó Lucía con expresión de ansiedad
-inmensa,--imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no
-empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor.
-¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una
-madre la que se lo ruega!
-
-La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y
-dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza:
-
---Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos
-acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones,
-¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus
-maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que
-vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus
-personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed,
-enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase?
-
---Jamás vimos otra cosa--respondió La Venganza.
-
---Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo
-tiempo--repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.--Ahora dime, juzga
-por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad
-de una madre hagan mella en nosotras?
-
-Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y
-Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir.
-
---¡Valor, mi querida Lucía!--exclamó Lorry, alzándola del
-suelo.--¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo
-mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida
-Lucía, y demos gracias al Cielo!
-
---No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero
-aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el
-cielo de mis esperanzas.
-
---¡Chitón, chitón!--exclamó Lorry--¿Cómo se entiende? ¿Es posible que
-en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las
-sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada!
-
-Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión,
-de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto
-que le preocupaban y perturbaban en extremo.
-
-
-IV
-
-CALMA EN LA TORMENTA
-
-Cuatro días duró la ausencia del doctor Manette.
-
-Con tal diligencia ocultaron a Lucía la mayor parte de los horrorosos
-acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho
-tiempo después, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio
-francés, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos
-y de todas las edades, habían sido brutalmente asesinados por un
-populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro días con sus
-noches no cesaron ni por un segundo las hazañas de horror, que las
-calles de la ciudad en que vivía estaban inundadas de sangre y que la
-atmósfera que respiraba era una atmósfera saturada de emanaciones de
-sangre. Las únicas noticias que a sus oídos llegaron fueron que el
-populacho había atacado las prisiones, que todos los presos políticos
-habían corrido serios peligros, y que algunos habían sido arrastrados
-por las calles y asesinados.
-
-El doctor comunicó al señor Lorry, no sin exigirle el secreto más
-absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas
-de carnicería y de sangre en la prisión de La Force; que allí había
-encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual
-eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran
-condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos),
-o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Añadió que, habiéndole
-presentado al Tribunal en cuestión los patriotas que le acompañaban,
-expuso él su nombre y su profesión e hizo constar que, sin previa
-acusación, y como consecuencia sin previa sentencia, había sido por
-espacio de diez y ocho años prisionero secreto de la Bastilla; y
-que uno de los individuos que componían el Tribunal se levantó y le
-identificó, resultando ser Defarge el individuo de referencia.
-
-Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal había pudo
-cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y
-que le defendió con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos
-miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos,
-y entre los cuales los había manchados con sangre de pies a cabeza y
-limpios de crímenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos
-(casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de
-entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que
-tanto había sufrido, de un mártir torturado por la situación derribada,
-le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel
-Tribunal extraño y fuera examinado. Que cuando todo hacía suponer que
-iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables
-tropezaron con obstáculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para
-el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el
-sujeto que ocupaba el sillón presidencial manifestó seguidamente al
-doctor que el prisionero debía continuar recluído, aunque, en atención
-a las torturas del doctor, la persona de aquél sería inviolable. Que
-inmediatamente, a una señal del presidente, el prisionero fué conducido
-de nuevo a su calabozo, pero que él, el doctor, con tal insistencia
-solicitó permiso para permanecer allí a fin de asegurarse de que su
-yerno, por equivocación o por malicia, no era entregado a las turbas,
-cuyos feroces aullidos ensordecían a los jueces, que le fué concedida
-la autorización solicitada, y que no se movió de la Sala de la Sangre
-hasta que finalizó la escena última del sangriento drama.
-
-Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de
-feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos
-cuatro días con sus noches. La loca alegría a que se entregaban los
-prisioneros que conseguían un fallo absolutorio le impresionó casi
-tanto como la loca ferocidad con que el populacho hacía pedazos a los
-que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal
-declaró absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por
-equivocación sin duda, le asestó una lanzada. El doctor Manette, a
-quien rogaron que saliera a curar al herido, salió inmediatamente a
-la calle y le encontró rodeado y atendido por infinidad de compasivos
-Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadáveres de sus víctimas.
-Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa,
-ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar,
-improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una
-vez más sus armas asesinas en los cadáveres que llenaban la calle y
-realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo
-de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun así pudo evitar caer
-desmayado en medio de aquellas fieras.
-
-Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso
-relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos
-años, de que las espantosas escenas que había presenciado dieran vida
-nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa
-de su equivocación fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo
-bajo el aspecto y carácter en que entonces le veía. Por primera vez en
-su vida comprendía el doctor que sus sufrimientos pasados eran para
-él fuente de energías y de influencia; por primera vez sintió que en
-aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que habían de
-quebrantar las puertas de la prisión en que estaba encerrado el marido
-de su hija y concederle la libertad.
-
---En medio de todo fué un bien, amigo mío; no todo han sido calamidades
-y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto
-humanamente podía hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y
-la del alma, yo no descansaré hasta que la devuelva a ella lo que
-constituye la porción más querida de sí misma. ¡Con la ayuda del Cielo
-lo haré!
-
-Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez
-hubo terminado la exposición de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vió
-chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando reparó en la
-serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio
-de varios años, resurgía de nuevo pletórica de energías, abrió su pecho
-a la esperanza, y creyó.
-
-Obstáculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habrían
-cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar
-los linderos de su profesión como médico, cuya misión es alternar con
-todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con
-los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres,
-sin distinción de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de
-sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia,
-que no tardó en ser nombrado médico inspector de las cárceles, y como
-consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Lucía que su marido
-ya no permanecía solo en una celda aislada, sino mezclado con la
-generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al
-marido de su hija y transmitir a ésta mensajes de aquél; consiguió
-que Lucía recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por
-conducto del mismo doctor, pero no consintió que aquélla las dirigiera
-a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufrían en las cárceles,
-ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de
-quienes se sabía que tenían parientes fuera.
-
-No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba
-consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba
-sagacidad, comprendió desde el primer momento que a las ansiedades se
-unía cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostén. Nada
-de inconveniente tenía aquel orgullo, al contrario, era un orgullo
-natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna
-de estudio. Sabía el doctor que hasta entonces, tanto su hija como
-su amigo habían atribuído a sus largos años de encierro su aflicción
-personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias habían
-variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le
-hicieron dueño de fuerzas que podía poner al servicio de la causa de
-Carlos, de fuerzas que bien empleadas podían dar como resultado la
-libertad del marido de su hija, llegó a exaltarse en tales términos,
-que tomó la dirección del asunto y aceptó a los demás en calidad de
-cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el
-auxilio de otras personas a quienes tiene por débiles. Se invirtieron
-las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente
-en lo que podían invertirse sin menoscabo del cariño más tierno y del
-amor más acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar
-algún servicio a la que tan inmensos se los había prestado a él.
-
---El fenómeno es muy curioso--pensaba Lorry;--pero muy natural y muy
-noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la
-dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos.
-
-Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en
-libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera
-su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces
-desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido
-sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad,
-de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que
-vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de
-las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra;
-trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba
-para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas
-provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados
-al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y
-en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y
-en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso
-del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los
-olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas
-bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué
-esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra
-el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo
-en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando
-cerradas las compuertas de los cielos?
-
-Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la
-compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo.
-Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche
-seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo
-no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre
-devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo
-en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de
-toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y
-otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura,
-que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus
-cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve.
-
-Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las
-contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa
-rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal
-revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités
-revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos
-que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y
-entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado,
-de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían
-cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que
-pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que
-descansaba el orden social establecido, principios que parecían de
-uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo,
-descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan
-familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del
-mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina.
-
-El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era
-el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más
-infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza
-especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que
-tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito
-y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración
-del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que
-antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran
-infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en
-la Guillotina y ante ella se postraban.
-
-Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato
-como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas
-desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía
-entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía
-en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y
-en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en
-veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos
-amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto
-antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de
-manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que
-nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la
-Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y
-más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba
-las puertas del mismo Templo de Dios.
-
-Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea
-que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su
-poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que
-cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de
-sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía.
-Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las
-aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba
-pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en
-ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante
-el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus
-furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus
-espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante
-la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros
-eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el
-doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y
-cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en
-situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable
-en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la
-ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que
-era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la
-Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que
-se movía entre los mortales.
-
-
-V
-
-EL ASERRADOR
-
-Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad
-durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de
-su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre
-el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados.
-Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de
-pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes
-robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los
-años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban
-vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas
-de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable
-por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad,
-Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de
-Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina!
-
-Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso
-de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor,
-sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría
-enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a
-tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho
-juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la
-taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento
-estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días
-de prueba, como en los de calma y felicidad.
-
-No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su
-padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su
-reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido
-a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus
-lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes
-artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma,
-infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha
-de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días
-hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches
-dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un
-desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas
-antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma.
-
-Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy
-semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro
-como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron
-los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro,
-constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y
-gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre,
-buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante
-las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su
-único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con
-decisión:
-
---Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle,
-hija mía.
-
-No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a
-casa, la dijo su padre:
-
---Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una
-ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres
-de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e
-incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría
-verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te
-indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de
-que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más
-insignificante de reconocimiento.
-
---¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días.
-
-A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o
-malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le
-indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes
-de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta
-las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el
-tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso
-contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día.
-
-El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha
-y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre
-que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la
-calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por
-otra paralela.
-
-Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el
-aserrador.
-
---Buenas tardes, ciudadana.
-
---Buenas tardes, ciudadano.
-
-Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla
-implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la
-época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.
-
---¿Paseando por aquí, ciudadana?
-
---Ya lo estás viendo, ciudadano.
-
-El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó
-los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas
-manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una
-reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa.
-
---No es asunto mío--dijo,--y continuó aserrando.
-
-Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía,
-pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja.
-
---¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana?
-
---Sí, ciudadano.
-
---¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?
-
---¿Contesto que sí, mamá?--preguntó en voz baja la niña, acercándose a
-su madre.
-
---Sí, querida, sí.
-
---Sí, ciudadano--respondió Lucita.
-
---¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira
-mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la,
-la, la... y cae una cabeza.
-
-En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo
-metió en un cesto.
-
---Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible.
-Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer...
-¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós,
-cabecita! Concluí con toda la familia.
-
-Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir
-un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era
-imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del
-aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse
-sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la
-palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él
-aceptaba sin hacerse de rogar.
-
-Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando
-Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista
-fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al
-darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que
-la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la
-sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía
-«no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios.
-
-En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que
-aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol
-abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni
-un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo
-día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su
-marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco
-o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque
-también ocurría que se viese privado de esa dicha durante una semana
-entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera
-oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle
-una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros.
-
-Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre
-espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida.
-Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era
-un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas
-con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados
-con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las
-letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible.
-Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
-
-Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su
-superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada.
-Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable
-gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se
-tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se
-leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba
-cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el
-placer de verse completamente sola.
-
-No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía
-contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la
-llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel
-compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano
-a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como
-pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música,
-que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante
-gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y
-se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza
-feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que
-el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en
-medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el
-corazón.
-
-Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase
-refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro
-con las manos.
-
---¡Oh padre mío!--exclamó al separar las manos, y encontrarse
-inopinadamente frente al doctor.--¡Qué espectáculo tan cruel, tan
-repugnante!
-
---Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te
-asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño.
-
---No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mi marido y en
-los arrebatos de esas gentes...
-
---Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado
-subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por
-aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo
-más alto del tejado, al mismo alero.
-
---Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera.
-
---No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad?
-
---No, padre mío, no puedo--contestó Lucía llorando.
-
-Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge.
-
---Salud, ciudadana--dijo el doctor.
-
---Salud, ciudadano--contestó la tabernera, continuando la marcha sin
-detenerse.
-
---Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría,
-aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana
-comparecerá Carlos ante sus jueces.
-
---¡Mañana!
-
---No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto,
-pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar
-hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No
-ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana
-y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias
-con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh?
-
-A duras penas pudo balbucear la infeliz.
-
---Confío en ti.
-
---Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías
-tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus
-brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito
-ver a Lorry...
-
-Interrumpióse el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de
-carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados
-conducidos al suplicio.
-
---Necesito ver a Lorry--repitió el doctor, volviendo la cabeza al lado
-contrario para no ver el fúnebre convoy.
-
-El buen Lorry continuaba inmóvil en el edificio del Banco. Tanto él
-como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes
-confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fué óbice para que
-salvase cuanto le fué posible, a fuerza de entereza y de abnegación.
-
-Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La
-suntuosa residencia del señor continuaba desierta. Sobre la verja
-del jardín había una inscripción que decía así: «Propiedad Nacional.
-República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
-
-¿Qué era del señor Lorry, que no se encontraba en su despacho? ¿A
-quién acababa de despedir cuando salió, agitado y sorprendido, para
-estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? ¿A quién repitió
-las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a él,
-diciendo desde la puerta que estaba traspasando: «Trasladado a la
-Conserjería y citado para mañana?»
-
-
-VI
-
-TRIUNFO
-
-Sin exageración puede afirmarse que el formidable Tribunal de los
-Cinco no ya sólo funcionaba todos los días, sino también estaba en
-función permanente. Las relaciones de los prisioneros que debían
-comparecer ante el Tribunal al día siguiente eran entregadas todas las
-tardes a los alcaides de las cárceles, quienes, a su vez, leían a los
-interesados. En la jerga de la cárcel, a las listas en cuestión se las
-llamaba «Diarios de la noche.»
-
-«Carlos Evrémonde, alias _Darnay_.»
-
-Tal era el nombre que encabezaba el «Diario de la noche»
-correspondiente a La Force.
-
-Apenas pronunciado el nombre, separóse el interesado del grupo de
-sus compañeros de infortunio y se colocó en el sitio destinado a
-los nombrados. Como Carlos Darnay había presenciado aquella escena
-centenares de veces, dicho se está que le sobraban motivos para conocer
-la costumbre.
-
-El rechoncho alcaide le dirigió una mirada a través de los sucios
-cristales de las antiparras, sin las cuales no podía leer, a fin de
-cerciorarse de que había pasado al lugar que debía ocupar, y comprobado
-ese extremo, continuó leyendo la lista, haciendo una pausa parecida
-después de cada nombre. Veintitrés fueron los nombrados, pero como de
-ellos había fallecido uno en la cárcel, y la Santa Guillotina había
-hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de éstos ni de aquél
-se acordaba nadie, sólo veinte contestaron al llamamiento. La lista
-fué leída en la misma pieza abovedada donde Carlos encontró reunidos
-a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la cárcel. Todos ellos
-habían sido despedazados por las turbas el día de la matanza general, y
-los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el
-cadalso el pasaje para el otro mundo.
-
-Cruzáronse entre los que salían y los que quedaban algunas frases
-de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un
-incidente que se repetía todos los días, la sociedad de La Force tenía
-en proyecto para aquella noche la celebración de algunos juegos, y
-había que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que
-quedaban acompañaron a los que se iban hasta la reja de salida de la
-sala, vertieron algunas lágrimas, y se volvieron, pues era preciso
-rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si
-no querían renunciar a los esparcimientos de la velada, y había que
-hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia
-del establecimiento a ejércitos de feroces mastines que llenaban los
-corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran
-insensibles ni duros de corazón; pero en su carácter, en su manera de
-ser, influía, como no podía menos, la condición de la época. De la
-misma manera que aquéllos vieron salir punto menos que impasibles a
-sus compañeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo
-sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero
-muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al
-pueblo, y corrieron espontáneamente en busca de las caricias de la
-guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia,
-sino la infección general consiguiente al brutal sacudimiento del
-alma pública. En épocas de pestilencia, se ven personas a quienes
-atrae misteriosamente el contagio, personas que desearían morir de
-él. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas
-rarezas dormidas que no necesitan más que el concurso de determinadas
-circunstancias para despertar.
-
-Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjería, largas y
-frías las noches pasadas en las pestilentes celdas de la última. Quince
-prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la mañana siguiente, antes
-que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince
-duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte.
-
-«Carlos Evrémonde, alias _Darnay_,» llamaron al fin.
-
-Lucían los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de
-ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus
-correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada
-al Tribunal para sospechar que había sido invertido el orden natural
-de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados.
-Inspiraba las sentencias el populacho más vil, más cruel, más criminal
-de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades
-inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito
-herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado
-de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban
-armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y
-dagas, algunas comían, otras bebían, otras hacían calceta. Entre estas
-últimas había una que se distinguía por su laboriosidad. Estaba sentada
-en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no había
-vuelto a ver desde el día que llegó a la Barrera de París, pero que le
-recordaba a Defarge. Observó aquél que la mujer habló dos o tres veces
-en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era
-su mujer, pero lo que más poderosamente llamó su atención, fué que no
-obstante encontrarse lo más cerca posible de él, ni una sola vez le
-miraron. Volvía con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen
-algo, pero nada más. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado
-el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre.
-El prisionero reparó en que solamente el doctor y el señor Lorry,
-sentado a su lado, vestían como de ordinario, y no ostentaban la soez
-indumentaria de la Carmañola.
-
-Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, fué acusado por el Fiscal
-público de emigrado cuya vida correspondía a la República a tenor del
-decreto que proscribía a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que
-el decreto en cuestión hubiese sido promulgado cuando ya el acusado
-estaba en Francia, era circunstancia trivial que no merecía tenerse
-en cuenta. Existía el decreto, tenían delante al acusado que había
-sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la República pedía su
-cabeza.
-
---¡Que ruede su cabeza!--rugió el público--¡Muera ese enemigo de la
-República!
-
-El Presidente agitó la campanilla para acallar aquellos gritos, y
-preguntó al acusado si no era cierto que había residido muchos años en
-Inglaterra.
-
-Darnay contestó afirmativamente.
-
---¿Y dices que no eres emigrado? ¿Qué nombre te das, pues?
-
---No me tengo por emigrado a tenor de la letra y del espíritu de la ley.
-
---¿Por qué no? Eso es lo que deseo saber.
-
---Porque libre y espontáneamente renuncié un título que no era de mi
-gusto y una posición social que me desagradaba, y salí de mi patria
-para vivir de mi trabajo en Inglaterra antes que de rentas cobradas al
-pueblo de Francia, agobiado bajo el peso de tantos tributos y gabelas.
-
---¿Cómo pruebas la exactitud de tus manifestaciones?
-
---Con el testimonio de Teófilo Gabelle y de Alejandro Manette.
-
---Pero tú casaste en Inglaterra--objetó el Presidente.
-
---Cierto; pero no con mujer inglesa.
-
---¿Con una ciudadana de Francia?
-
---Sí.
-
---¿Su apellido y familia?
-
---Lucía Manette, hija única del doctor Manette, del excelente médico
-aquí presente.
-
-Esta contestación produjo en el auditorio un efecto imposible de
-pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo
-delirante que arrancó el solo nombre del doctor Manette. Tan
-caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se
-llenaron de lágrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con
-ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les
-fuera entregado para despedazarlo.
-
-Carlos Darnay, en sus manifestaciones, había seguido al pie de la letra
-las instrucciones del doctor.
-
---¿Por qué regresó el acusado a Francia cuando lo hizo, y no
-antes?--preguntó el Presidente.
-
---No regresé antes--contestó Carlos--sencillamente porque en Francia
-no poseía otros medios de vida que los bienes que había renunciado,
-al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia
-dando lecciones de francés y de literatura francesa. Si regresé cuando
-lo hice, fué cediendo a una súplica escrita de un ciudadano francés,
-quien me manifestó que mi ausencia comprometía muy seriamente su vida.
-Regresé para salvar la vida al ciudadano en cuestión, y para declarar
-la verdad sin reparar en peligros ni molestias. ¿Qué crimen ven en esto
-los ojos de la República?
-
-El populacho gritó ebrio de entusiasmo:
-
---¡Ninguno... ninguno!
-
-Agitó el Presidente la campanilla, mas no logró imponer silencio hasta
-que el auditorio se cansó de gritar.
-
---¿Cómo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se
-refiere?--preguntó el Presidente.
-
---Teófilo Gabelle, aquí presente. Comprueba mis manifestaciones la
-carta a que he aludido, la cual, si bien me fué quitada en la Barrera,
-no dudo que figurará entre los documentos que el Presidente tiene sobre
-la mesa.
-
-Buen cuidado había tenido el doctor de que la carta de referencia
-estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontró sin esfuerzo, y la
-leyó en voz alta. Seguidamente fué llamado Gabelle para que confirmara
-las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta,
-lo que hizo aquél con gran precisión y acento de verdad. Insinuó el
-ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal,
-falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la
-República que exigían toda su atención, habíale dejado en la cárcel de
-la Abadía hasta tres días antes, olvido insignificante y muy natural;
-y que, cuando compareció ante el Tribunal, fué declarado inocente y
-puesto en libertad, por haber disipado a satisfacción de sus jueces las
-acusaciones que sobre él pesaban.
-
-Fué interrogado a continuación el doctor Manette. Su gran popularidad
-personal y la claridad y precisión de sus respuestas ejercieron en
-el auditorio sensación indescriptible; pero cuando demostró que el
-acusado fué el que con mayor eficacia contribuyó a libertarle de
-su eterno cautiverio, cuando manifestó que el acusado permaneció en
-Inglaterra rodeando de tierna solicitud y de cariño abnegado, no ya
-sólo a su hija, sino también a él mismo, cariño y solicitud que les
-hicieron dulce el destierro, cuando añadió que lejos de ser partidario
-y defensor del gobierno aristócrata del país en que vivía fué procesado
-y estuvo a punto de ser condenado a muerte como enemigo de Inglaterra
-y amigo de los Estados Unidos. Luego que hizo una exposición clara
-y elocuente de todas estas circunstancias, Tribunal y auditorio se
-identificaron. Tanto es así, que cuando invocó el testimonio del señor
-Lorry, caballero inglés allí presente, testigo, como él, del proceso
-seguido en Inglaterra contra Darnay, y dispuesto a corroborar todas sus
-manifestaciones, contestaron los jueces que les bastaba lo que habían
-oído, y que con gusto votarían, si el Presidente tenía a bien recibir
-los votos.
-
-A medida que los jueces votaban (hacíanlo individualmente y en voz
-alta), el auditorio prorrumpía en aplausos frenéticos. Por unanimidad
-declararon inocente al prisionero, y como consecuencia el Presidente le
-declaró libre.
-
-Siguió entonces una de esas escenas extraordinarias que ponen de
-relieve la volubilidad del populacho, o los impulsos hacia la
-generosidad y la piedad, dormidos en el fondo de su alma, o bien lo que
-a juicio suyo es a manera de demostración de que no se deja arrastrar
-por la fuerza explosiva de una rabia cruel. Imposible precisar cuál
-de estos tres motivos influyó por modo decisivo en las escenas
-extraordinarias que siguieron; probablemente influirían los tres, bien
-que predominando el segundo. El hecho es que, no bien fué pronunciado
-el fallo absolutorio, brotaron las lágrimas en tanta abundancia como
-en otras ocasiones brotaba la sangre, y fueron tantos y tan apretados
-los abrazos que el prisionero recibió de todos, sin distinción de
-sexos, que corrió verdadero peligro de que su dilatado cautiverio
-tuviera como desenlace una asfixia en toda regla; siendo de notar que
-aquellos abrazos se los daban las mismas personas que, impulsadas por
-otra corriente distinta, se habrían lanzado sobre él con idéntica
-intensidad, para destrozarle entre sus uñas y arrastrar sus restos
-palpitantes por las calles.
-
-Gracias a que hubo de salir de la sala para ceder el puesto a otros
-acusados que esperaban sentencia, pudo librarse por el momento de aquel
-torrente deshecho de caricias.
-
-Comparecieron a continuación cinco acusados juntos, sobre los cuales
-pesaba la inculpación de enemigos de la República, no porque hubiesen
-trabajado en su contra, sino porque nada habían hecho, ni de palabra
-ni de obra, en su favor. Tal prisa se dió el Tribunal para compensar a
-la nación por la libertad concedida a un acusado, que no había salido
-éste de la sala cuando ya pesaba sobre los cinco infelices sentencia
-de muerte, que debía ejecutarse a las veinticuatro horas. El primero
-de los condenados manifestó a Darnay la suerte que le esperaba alzando
-un dedo, símbolo de muerte entre los encarcelados, y sus compañeros
-gritaron a coro con acento sarcástico:
-
---¡Viva la República!
-
-Cierto que no dispuso Darnay de más tiempo para escuchar las
-explicaciones que pudieran o desearan darle los condenados, pues no
-bien salió a la calle en compañía del doctor Manette, se vió rodeado
-de compacta muchedumbre, en la que vió casi todas las caras que antes
-viera en la sala, excepción hecha de dos, que en vano buscó con la
-mirada. Nuevamente le envolvió el furioso torbellino que antes estuvo
-a punto de asfixiarle, para besarle, abrazarle, llorar, gritar y
-entregarse a otras expansiones más propias de locos que de personas
-cuerdas.
-
-Sentáronle a viva fuerza en un gran sillón que, o habían sacado de
-la sala del Tribunal, o tomado de cualquiera de las casas próximas.
-Engalanaron el sillón con una bandera roja y una lanza en cuyo hierro
-se veía un gorro colorado atravesado. Todas las súplicas del doctor no
-bastaron a impedir que fuera conducido en triunfo a su casa, sentado en
-aquel sillón que, llevado en hombros, semejaba trono emplazado sobre
-agitado mar de gorros rojos.
-
-Adelantándose a aquella procesión salvaje, que abrazaba a cuantos
-topaba en el camino, el doctor llegó a su casa a fin de preparar
-convenientemente a su hija. Esto no obstante, cuando Carlos pudo bajar
-de su improvisado trono y abrió los brazos a su amante esposa, ésta
-cayó en ellos desvanecida.
-
-Mientras Darnay sostenía a Lucía apoyándola contra su pecho, doblada
-la cabeza a fin de que el populacho no viera las lágrimas que copiosas
-corrían por sus mejillas, algunos de los que le habían llevado en
-triunfo comenzaron a bailar, contagiáronse los demás, y segundos
-después se improvisaba en el patio de la casa una desenfrenada
-Carmañola. Más tarde instalaron sobre el sillón vacante a una joven, a
-la que proclamaron Diosa de la Libertad, llevándola en hombros por las
-calles adyacentes, entre gritos ensordecedores y cantos discordantes.
-
-Carlos, después de estrechar entre sus brazos al doctor, cuya cara
-ofrecía aires de vencedor, después de abrazar al señor Lorry, que
-jadeante y sin aliento consiguió llegar hasta él nadando contra el
-inmenso oleaje que bailaba la Carmañola, después de besar a Lucita,
-a la que alzó del suelo para que pudiera rodear con sus bracitos su
-cuello, después de abrazar a la fiel Pross, alzó entre sus brazos a
-Lucía y la condujo a sus habitaciones.
-
---¡Lucía... mi Lucía... Libre... Libre!...
-
---¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme que hincada de rodillas dé gracias
-a Dios con el mismo fervor con que le pedí por ti!
-
-Cayó de hinojos Lucía. Todos los presentes doblaron reverentes las
-cabezas y rezaron desde el fondo de sus corazones. Cuando, terminada la
-oración, Lucía volvió a sus brazos, dijo Carlos.
-
---¡Da ahora las gracias a tu padre, mujercita mía! ¡Ningún hombre de
-Francia habría podido hacer por mí tanto como él ha hecho!
-
-Reclinó Lucía la cabeza sobre el pecho de su padre, de la misma manera
-que la había reclinado largos años antes. El doctor se consideró feliz
-al poder pagar de alguna manera las muestras de cariño abnegado de su
-hija, dió por bien empleados todos sus sufrimientos y sintió noble
-orgullo al pensar en sus fuerzas.
-
---Sé fuerte en la bonanza como lo fuiste en la tormenta, hija mía. No
-tiembles... No llores. Le he salvado yo.
-
-
-VII
-
-VISITA INESPERADA
-
-No era un sueño como tantas otras veces; allí estaba Carlos, y sin
-embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso.
-
-Respirábase una atmósfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan
-brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran
-llevados al matadero los inocentes que tenían la desgracia de inspirar
-cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan
-imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y
-tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Lucía, caían a
-los golpes que el yerno del doctor Manette había conseguido eludir,
-que el corazón de su afligida esposa no conseguía verse libre del peso
-horrible que lo oprimía. Las sombras del crepúsculo vespertino de
-invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando
-por las calles las fatídicas carretas de la muerte. Con la imaginación
-las seguía Lucía, los ojos del alma buscaban a su marido entre los
-condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba
-contra él y temblaba más que nunca.
-
-Su padre, esforzándose por tranquilizarla, riéndose de sus temores
-daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza
-varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El
-sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los días
-cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos
-pasados de los que ni rastros quedaban. Había acabado felizmente la
-empresa que con ánimo varonil acometiera, había redimido su promesa,
-Carlos estaba en libertad, ¿por qué temer? Fuerzas le sobraban al
-doctor para servir de robusto sostén a todos los que sintieran decaer
-las suyas.
-
-El menaje de su casa no podía ser más modesto; no sólo porque la
-prudencia así lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo,
-sino también porque no eran ricos, pues Carlos, durante el período
-dilatado de su cautiverio, había tenido que pagar a precio exorbitante
-la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para
-sufragar los gastos de los prisioneros más pobres que él. Debido en
-parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser
-espiados dentro del mismo hogar, no tenían criados. El ciudadano y la
-ciudadana encargados del servicio de la portería prestaban a la familia
-los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigían, aparte
-de Jeremías, que les había sido cedido casi por completo por el buen
-Lorry, y estaba durante el día a su disposición y dormía en la casa por
-las noches.
-
-Había dispuesto la República Una e Indivisible de la Libertad,
-Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las
-casas y a una altura determinada, hubiese un cartelón, en el cual
-estuvieran inscriptos, con letras de tamaño también determinado, los
-nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los
-nombres inscriptos en el cartelón puesto en la puerta del domicilio
-del doctor, figuraba el de Jeremías _Lapa_, y en la ocasión a que se
-refiere esta historia, no sólo el nombre, sino también el propietario
-del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al
-pintor llamado por el doctor Manette para que añadiera al cartelón el
-nombre de Carlos Evrémonde, llamado también Darnay.
-
-La atmósfera de terror y de desconfianza en que se vivía había alterado
-profundamente hasta los hábitos más inocentes y más inofensivos de
-la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las demás, los
-artículos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas
-las tardes por cantidades pequeñas y en distintas tiendas pequeñas. Era
-la manera de no llamar la atención y de suministrar la menor ocasión
-posible a las murmuraciones y a la envidia.
-
-Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la señorita
-Pross y Jeremías _Lapa_; este último llevaba la cesta, la primera el
-dinero. Todas las tardes, cuando se encendían los faroles del alumbrado
-público, salían ambos y traían a la casa los artículos de consumo
-necesario para el día siguiente. Aunque la señorita Pross, dados los
-muchos años que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que
-debía hablar el francés con tanta corrección y soltura como el inglés,
-sabía exactamente lo mismo que Jeremías _Lapa_, quien no conocía ni
-una palabra, y es que, o carecía de talento, o no quería aplicarlo
-a tonterías (tal era el nombre que ella le daba) como aquélla. Como
-consecuencia, su sistema comercial consistía en disparar un nombre
-substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el
-nombre no cuadraba con el artículo que necesitaba, como ocurría casi
-siempre, tendía en derredor sus miradas, agarraba el artículo, y no
-lo soltaba hasta después de cerrado el trato. En cuanto al precio, se
-entendía sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el
-que fuera el número de los que aquél levantase.
-
---Señor _Lapa_--dijo la señorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la
-felicidad,--yo estoy dispuesta; ¿y usted?
-
-Jeremías contestó que estaba a las órdenes de la señorita Pross.
-
---Hoy nos hace falta de todo,--observó la señorita Pross,--y entre
-otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo
-compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando
-como condenados.
-
---No se romperán mucho los cascos para encontrar sus brindis--observó
-Jeremías.--Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico.
-
---¿Y quién es ese único?
-
---Vaya usted a saber. Como no se refieran a Noé... el que plantó la
-primera viña...
-
---¡Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quién
-brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado.
-
---¡Cuidado, amiga mía!--terció Lucía--¡Prudencia, por favor, mucha
-prudencia!
-
---¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros
-puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que
-apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos.
-Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo
-vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada
-tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor?
-
---Me parece que puede usted tomarse esa libertad--respondió el doctor
-con tono humorístico.
-
---Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor
-doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla--exclamó la Pross.
-
---Por Dios, querida; ¿otra vez?--dijo Lucía.
-
---Vaya, señorita--replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire
-solemne;--si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como
-súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de
-esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política;
-quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Dios tengo puesta
-mi confianza, y viva el Rey.»
-
-_Lapa_, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con
-voz estentórea.
-
---Celebro que sea usted un inglés castizo, señor _Lapa_,--dijo la
-señorita Pross con tono de aprobación,--aunque hubiese sido de desear
-que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la
-pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir
-para siempre de esta maldita ciudad?
-
---No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para
-Carlos.
-
---¡Qué se le va a hacer!--exclamó la señorita Pross, conteniendo un
-suspiro y mirando a Lucía.--Tendremos paciencia y esperaremos... Animo,
-y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi
-hermano Salomón. Vámonos ya, señor _Lapa_... No se mueva, señorita.
-
-Salieron la Pross y _Lapa_, dejando a Lucía, al marido de ésta, al
-doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de
-un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la
-señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia
-disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea.
-Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de
-un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros
-de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había
-prestado al hada un servicio.
-
---¿Qué es eso?--exclamó de pronto Lucía.
-
---¡Querida mía!--contestó el doctor, suspendiendo la narración de la
-historia--Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario.
-La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me
-tienes a mí... a tu padre, hija mía.
-
---He creído oir rumor de pasos en la escalera--balbuceó Lucía.
-
---¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba.
-
-Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la
-puerta.
-
---¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...!
-¡Sálvalo!
-
---¡Hija querida!--contestó el doctor levantándose y poniendo su
-mano sobre el hombro de Lucía.--Le he salvado ya. No comprendo tu
-debilidad... Voy a abrir la puerta.
-
-Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias
-y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos
-con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el
-recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la
-familia.
-
---¿El ciudadano Evrémonde?--preguntó el que entró primero.
-
---¿Quién le busca?--preguntó Darnay.
-
---Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la
-sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.
-
-Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su
-hijita, que se había abrazado a él.
-
---¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero?
-
---Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu
-curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal.
-
-El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado
-perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un
-candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las
-palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea,
-encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la
-pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:
-
---Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí?
-
---Sí; te conozco, ciudadano doctor.
-
---Todos te conocemos, ciudadano doctor--añadieron los tres restantes.
-
-Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y
-después de una pausa, repuso, bajando la voz:
-
---¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se
-le prende de nuevo?
-
---Ciudadano doctor,--contestó con repugnancia manifiesta el que habló
-primero,--ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que
-pertenece este ciudadano--añadió, señalando con la mano al individuo
-que estaba a su lado.
-
-El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:
-
---Ha sido acusado por San Antonio.
-
---¿De qué?
-
---Ciudadano doctor--replicó el primero,--no preguntes más. Si la
-República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te
-tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El
-Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa.
-
---Una palabra más--objetó el doctor.--¿Quieres decirme quién le ha
-denunciado?
-
---Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio.
-
-Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se
-movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo:
-
---¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber;
-pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por
-cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y
-además, otra persona.
-
---¿Quién es esta otra persona?
-
---¿Lo preguntas _tú_, ciudadano doctor?
-
---Sí.
-
---Lo sabrás mañana--contestó el de San Antonio con entonación
-extraña.--¡Ahora, soy mudo!
-
-
-VIII
-
-UNA PARTIDA ORIGINAL
-
-Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la
-familia, la señorita Pross dejaba a sus espaldas una porción de
-callejuelas estrechas y atravesaba el río por el Puente-Nuevo,
-repasando en su imaginación el número de compras que tenía que hacer.
-A su lado caminaba _Lapa_, portador de la cesta. Uno y otro, aunque
-al parecer no tenían ojos más que para examinar las tiendas abiertas
-a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las
-manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban
-con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los
-que hablaban con animación excesiva. Era una tarde fría y húmeda.
-Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubría el río
-indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas
-en talleres por los que fabricaban armas para el ejército de la
-República. ¡Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejército!
-¡Desgraciado del que ocupase en aquel ejército un grado que no
-mereciera! Valiérale más que nunca le hubiese crecido la barba, pues la
-Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendición.
-
-Luego que compró una porción de artículos de comer, y una cantidad de
-aceite para la lámpara, la señorita Pross pensó en adquirir el vino
-que le hacía falta. Desdeñó una porción de tabernas y al fin mereció
-su preferencia una, puesta bajo la advocación del Buen Republicano
-Bruto de la Antigüedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional,
-antes de las Tullerías, establecimiento más tranquilo que ninguno de
-sus similares encontrados hasta allí, en el cual es cierto que se veían
-bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros.
-Consultado _Lapa_, y visto que era de su misma opinión, la señorita
-Pross penetró en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad,
-acompañada por su caballero.
-
-Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa
-en boca jugaban con barajas mugrientas o con dominós amarillentos,
-en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la
-camisa y con el pecho desnudo leía a gritos un periódico a un grupo de
-tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban
-las mesas o pendían de las cinturas de los bebedores, ni en los tres
-o cuatro parroquianos que dormían sus _monas_, tendidos de bruces en
-el suelo, y que, más que hombres, tenían aspecto de osos o de mastines
-yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo
-que necesitaban.
-
-Mientras el tabernero medía el vino, un sujeto, que con otro hablaba en
-un rincón del establecimiento, se levantó y echó a andar. Para salir a
-la calle tenía que pasar forzosamente junto a la señorita Pross, lo que
-nada tiene de particular, pero sí lo tuvo el que, no bien tropezó con
-ella, rasgó los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo
-de la señorita.
-
-Cuantas personas había en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente
-era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan
-justificado como defender una opinión cualquiera, que todos miraron
-para ver quién era el mortal que caía sin vida en tierra, pero con
-asombro general, lo único que vieron fué a una pareja, hombre y mujer,
-que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre
-parecía francés, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa.
-
-Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos
-discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad, sonaron en
-los oídos de la señorita Pross y de su acompañante como si en hebreo
-o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron
-pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consintió su sorpresa.
-Hablamos en plural porque, si la señorita Pross quedó sorprendida,
-Jeremías _Lapa_ estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe
-violento de su estupefacción.
-
---¿Qué hay?--preguntó el hombre que fué causa del chillido de la
-señorita Pross.
-
-Las dos palabras habían sido pronunciadas en inglés, con acento brusco
-y amenazador y tono de voz muy bajo.
-
---¡Oh Salomón... Salomón querido!--exclamó la señorita Pross, juntando
-las manos.--¡Al fin te encuentro, después de tantos años de ausencia,
-después de tantos años pasados sin noticias tuyas!
-
---No me llames Salomón. ¿Buscas mi muerte, desgraciada?--preguntó aquel
-hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto.
-
---¡Hermano... hermano mío!--exclamó la señorita Pross, hecha un mar de
-lágrimas--¿Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta
-tan cruel?
-
---¡Pues métete en el bolsillo esa lengua endiablada!--gruñó
-Salomón.--Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y
-vámonos... ¿Quién es ese hombre?
-
---Es el _señor Lapa_--contestó con desaliento la señorita Pross.
-
---Pues que salga también... ¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese individuo
-por un aparecido?
-
-La pregunta estaba muy en su lugar, pues _Lapa_ le miraba en realidad
-como se mira a un espectro. No despegó, sin embargo, los labios, y
-la señorita Pross, derramando lágrimas, pagó el vino. Mientras tanto,
-Salomón se dirigió a los discípulos del Buen Bruto Republicano de la
-Antigüedad y les dió, en lengua francesa, algunas explicaciones que
-bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos.
-
---Veamos--dijo Salomón, una vez llegó a un rincón obscuro de la
-calle--¿Qué es lo qué quieres de mí?
-
---¡Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor
-muestra de afecto a la hermana que siempre fué con él tierna y cariñosa!
-
---¡Bah! ¡Tonterías!--exclamó Salomón, rozando con sus labios la frente
-de la señorita Pross--¿Estás contenta ahora?
-
-La señorita Pross movió la cabeza y rompió a llorar de nuevo.
-
---Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engañas de medio a
-medio; no me ha sorprendido encontrarte. Sabía que estabas en París,
-pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en París viven sin
-que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia...
-tentado estoy de creer que esa es tu intención... sigue tu camino
-lo más pronto posible, y deja que yo siga el mío. Tengo muchas
-ocupaciones... Soy funcionario público.
-
---¡Mi hermano Salomón, inglés de nacimiento y de alma, mi hermano
-Salomón, que en su patria hubiera podido ser uno de los más grandes
-hombres, funcionario público en país que no es el suyo, dependiendo de
-hombres que no son ingleses... y qué hombres, Cielo santo! ¡Hubiese
-preferido encontrarte muerto en su...!
-
---¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo sabía de cierto!--exclamó su hermano
-interrumpiéndola.--Lo que tú quieres es mi muerte. Mi tierna, mi
-cariñosa hermana hará que me hagan figurar entre los sospechosos... Es
-decir; lo está haciendo ya.
-
---¡No lo permita Dios!--gritó la señorita Pross.--Mucho te he querido,
-Salomón, mucho te quiero; pero hubiese preferido no volver a verte más,
-a encontrarte como te encuentro. Dime una palabra de cariño, dime que
-no me aborreces, que no nos separa el odio, y me voy sin detenerte un
-segundo más.
-
-Salomón estaba pronunciando la palabra de cariño solicitada, dando
-pruebas de una condescendencia que seguramente no habría tenido
-de haber estado invertidas las posiciones respectivas, cuando
-inopinadamente terció Jeremías _Lapa_ en la conversación, poniendo una
-zarpa sobre el hombro del cariñoso hermano y diciendo con voz ronca:
-
---Me parece que también a mí se me permitirá colocar una pregunta.
-¿Quiere usted decirme si su nombre es Juan Salomón o Salomón Juan?
-
-El funcionario público, por toda contestación, se volvió hacia quien
-rompía su mutismo para dirigirle una pregunta que le intranquilizó, y
-quedó mirándole de hito en hito con visible recelo.
-
---Estoy esperando--repuso _Lapa_.--¿Ha quedado usted mudo de repente?
-¿Juan Salomón o Salomón Juan? ¿En qué quedamos? La señorita le llama
-Salomón, y es de suponer que conozca bien su nombre, toda vez que es
-su hermana, según veo. Pero es el caso que yo le conozco como Juan.
-¿Cuál de los dos nombres es el verdadero? Otro tanto digo acerca del
-apellido. En Inglaterra no se llamaba usted Pross.
-
---¿Pero qué está usted diciendo?
-
---Ni yo mismo lo sé muy bien, pues confieso que no recuerdo el apellido
-que usted llevaba en la orilla opuesta del Canal.
-
---¿Lo ha olvidado?
-
---Sí; pero juraría que era un apellido de dos sílabas.
-
---¡De veras!
-
---De veras. Pross no tiene más que una sílaba; el otro tenía dos...
-En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre
-de usted, ¿quiere decirme cómo se llamaba cuando ejercía el honroso
-ejercicio de soplón del Old Bailey?
-
---¡Barsad!--contestó otra voz, terciando en la conversación.
-
-El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton.
-Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita,
-habíase puesto junto a _Lapa_, afectando la misma negligencia con que
-solía asistir a las vistas del Old Bailey.
-
---No se alarme usted, señorita Pross--repuso.--Ayer tarde me presenté
-en el domicilio del señor Lorry, con no poca sorpresa de este señor,
-que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no
-me dejaría ver en parte alguna hasta después que el asunto estuviera
-resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera
-necesaria mi presencia. Ateniéndome a lo pactado, me he personado aquí,
-porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano.
-Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco
-recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del
-verdugo.
-
-Era éste el nombre con que solían designarse los espías.
-
---¿Cómo se atreve usted--preguntó el espía, pálido como un difunto--a
-decirme...?
-
---Me explicaré, para que vea usted que no hablo a tontas y a
-locas--contestó Carton.--Me hallaba yo hace media hora contemplando
-los muros de la Conserjería, cuando vi salir a usted por sus puertas.
-Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar
-bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se
-despintan. Me sorprendió ver a usted en aquel lugar, y como por otra
-parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las
-desgracias de un amigo, en este instante más desgraciado que nunca, se
-me ocurrió la idea de seguirle. Pisándole los talones entré tras de
-usted en la taberna y me senté a su lado. De la conversación de usted,
-y de los rumores de admiración que arrancó a sus oyentes, no me fué
-difícil inferir cuál es el oficio de usted. Lo que en un principio
-había yo hecho al azar, fué convirtiéndose gradualmente en objetivo
-determinado, señor Barsad.
-
---¿Y ese objetivo?...--preguntó el espía.
-
---Sería molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. ¿Tiene
-usted la bondad de favorecerme con su compañía durante algunos
-minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo?
-
---¿Bajo amenaza?
-
---¡Bah! ¿He hablado de amenazas?
-
---Entonces, ¿a santo de qué voy a ir allí?
-
---Con franqueza, señor Barsad; no puedo decirlo.
-
---¿No puede, o no quiere, señor?--preguntó con cierta indecisión el
-espía.
-
---Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero.
-
-Fué auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono
-de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirtió
-desde el primer momento, y dicho está que sacó de ello todo el partido
-posible.
-
---¡Acuérdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!--exclamó Barsad,
-dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvención.--Obra tuya
-será, si me ocurre una desgracia.
-
---¡Vamos, vamos, señor Barsad!--dijo Carton--No sea usted ingrato.
-Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me
-conduzco haciéndole una proposición que ha de dejarnos satisfechos a
-todos. ¿Me acompaña al Banco?
-
---Sí; le acompaño. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme.
-
---Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la
-casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, señorita Pross.
-Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir
-sola y sin protección, y como quiera que el hombre que la acompaña a
-usted conoce al señor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir
-con nosotros al domicilio del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? ¿Sí?
-Pues en marcha.
-
-Más tarde recordó la señorita Pross, y no lo olvidó en su vida, que al
-aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una
-súplica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observó en la
-fortaleza del brazo y en la expresión de los ojos de aquel algo que no
-sólo estaba reñido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino
-también transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llamó
-la atención, fué porque la preocupaban demasiado los temores que la
-inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para
-hacer observaciones.
-
-Después de despedirse de la señorita Pross en las inmediaciones de la
-casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremías _Lapa_,
-dirigióse hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante.
-
-Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre,
-volvió la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo
-evitar un gesto de extrañeza al ver una cara desconocida.
-
---Le presento al hermano de la señorita Pross--dijo Carton,--el señor
-Barsad.
-
---¿Barsad?--repitió Lorry.--¿Barsad? Me parece recordar ese apellido...
-y el rostro de quien lo lleva.
-
---¿No dije antes a usted que tiene una cara de las que difícilmente
-se despintan, señor Barsad?--preguntó con frialdad Carton.--Hágame el
-favor de sentarse.
-
-Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministró a Lorry
-el eslabón que éste andaba buscando para enlazar la cadena de sus
-recuerdos.
-
---Testigo de aquella causa--dijo sencillamente Carton.
-
-Fué lo bastante para que Lorry recordara, y también para que mirase a
-Barsad con repugnancia visible.
-
---La señorita Pross ha reconocido en el señor Barsad al hermano
-cariñoso de quien tantas veces la ha oído usted hablar--observó
-Carton.--No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras
-noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo.
-
---¡Qué me dice usted!--exclamó Lorry, profundamente consternado.--No
-hace dos horas que le dejé en su casa libre y contento, y ahora mismo
-me disponía a ir a verle.
-
---Pues está preso. ¿Cuándo le prendieron, Barsad?
-
---En todo caso, habrá sido hace un momento.
-
---Barsad es en este asunto fuente de información segura--observó
-Carton.--De sus labios escuché la noticia cuando se la contaba, entre
-copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, soplón como él. Parece que
-acompañó a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del
-doctor, alejándose al ver que el portero les franqueaba el paso. La
-duda, pues, es imposible.
-
-Lorry comprendió que la desgracia era cierta. En su cerebro sintió
-el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se
-dió cuenta de lo muchísimo que le convenía no perder la presencia de
-espíritu y, a costa de esfuerzos titánicos, se dominó, recobró la
-serenidad, y permaneció callado y atento.
-
---Es de esperar... esa confianza abrigo--repuso Carton--que el nombre
-del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces mañana... ¿No
-dijo usted, Barsad, que ha de comparecer mañana ante el Tribunal?
-
---Sí; creo que la comparecencia será mañana.
-
---... Tan eficaces mañana, y tan decisivas, como hoy; pero no es
-imposible que ocurra lo contrario. Confesaré, señor Lorry, que me
-inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir
-la prisión.
-
---Quizá no sospechase siquiera la posibilidad del peligro--contestó
-Lorry.
-
---Lo que, a juicio mío, sería circunstancia altamente alarmante, visto
-lo identificado que está con su yerno.
-
---Es verdad--contestó Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la
-mano y mirando a Carton con expresión de abatimiento.
-
---En suma--continuó Carton:--cuando se entabla una partida desesperada
-y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir también a medidas
-desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar,
-que yo manejaré, mientras, las de perder. Empeñe el doctor la partida
-encaminada a sacar a su yerno de la Conserjería; que yo, mientras
-tanto, jugaré otra independiente y con vistas a encerrar a un _amigo_
-en la Conserjería. El amigo que me propongo encerrar, señor Barsad, es
-usted.
-
---Muy buenas cartas tendrá usted que reunir para ganar ese juego,
-replicó el espía.
-
---Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe
-usted, señor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el
-acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo
-agradecería.
-
-Fuéle servido el licor, del que tomó dos copas consecutivas.
-
---El señor Barsad--dijo, separando la botella y hablando como si en
-la mano tuviera una colección de cartas,--mirlo del verdugo, emisario
-de los comités republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre
-espía y soplón secreto, cuya valía aquí aumenta considerablemente
-por la circunstancia de ser inglés, y por tanto, menos expuesto a
-sospechas que ningún francés, se presenta a los mismos a quienes
-sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El señor
-Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francés, sirvió, no
-ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrático inglés, enemigo jurado de
-Francia y de sus libertades; me parece que acabo de enseñar otra carta
-que difícilmente se _falla_. Si ahora entramos en el terreno de las
-sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol,
-sospecha que expresaré con las palabras siguientes: el señor Barsad,
-soplón asalariado del Gobierno aristocrático inglés, lo es al mismo
-tiempo de Pitt, enemigo artero que herirá a la República en medio del
-corazón, inglés traidor, agente, instrumento, autor de todas esas
-indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar.
-Este es un triunfo que casi asegura la partida. ¿Va usted siguiendo mi
-juego, señor Barsad?
-
---Voy haciéndome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro
-cómo piensa usted jugarlas--contestó el espía visiblemente intranquilo.
-
---Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado
-Barsad ante el Comité del distrito más próximo. Vea usted sus cartas,
-Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre.
-
-Tomó de nuevo la botella, se sirvió otra copa, la bebió con calma
-imperturbable y esperó. Vió que el espía temía que de las libaciones
-resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor,
-se sirvió y apuró la cuarta copa.
-
---Tómese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la
-partida a la primera jugada.
-
-Era Barsad adversario más débil de lo que Carton había supuesto. A
-decir verdad, en su juego tenía cartas muy malas, y él lo sabía,
-aunque no lo supiese Carton. Sabía, por ejemplo, que, destituído de su
-honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas
-cometidas en el ejercicio de aquél, atravesó el Canal y ofreció sus
-servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para
-tentar y sonsacar a sus compatriotas, y más tarde, para tentar y
-sonsacar a los franceses. Sabía que, durante el gobierno derribado,
-estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de
-Defarge; que recibió de la policía los datos necesarios acerca del
-cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales
-creyó que conseguiría hacerse amigo confidencial de los Defarges,
-aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones,
-el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre recordó con terror que
-aquella tabernera terrible había hecho calceta mientras él intentaba
-sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le
-miraba con expresión sombría mientras sus dedos se movían vertiginosos.
-Habíala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San
-Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando
-personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Sabía,
-como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su
-cabeza rugía a todas horas la tormenta; que su cabeza corría peligro,
-que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la
-cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror
-imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patíbulo. No bien
-le denunciasen, fulminando contra él todos o parte de los gravísimos
-cargos que acababan de insinuarle, comprendió que aquella formidable
-mujer, de cuyo carácter implacable había visto pruebas sobradas,
-exhibiría el registro fatal que disiparía la última posibilidad de
-salvación. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los
-soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento,
-hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprenderá la la
-disposición de ánimo en que quedó Barsad.
-
---Parece que no son muy de su gusto sus cartas--dijo Carton con la
-calma de siempre.--¿No juega usted?
-
---Creo, señor--respondió Barsad, volviéndose hacia Lorry y hablando con
-humildad rastrera,--que me veo en el caso de solicitar de un caballero
-de sus años y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro
-caballero, mucho más joven que usted, que desista de jugar la carta
-de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espía, y reconozco que
-el oficio a nadie honra, aunque me admitirán ustedes que alguno ha de
-desempeñarlo; pero este caballero no es espía, este caballero no es
-delator; y puesto que ahora no lo es, ¿que necesidad tiene de serlo en
-lo sucesivo?
-
---Jugaré mi carta, señor Barsad--dijo Carton, sin esperar a que
-contestase Lorry,--sin el menor escrúpulo y dentro de cinco minutos.
-
---Yo había dado cabida a la esperanza, señores, de que, por
-consideración a mi hermana...
-
---El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para
-siempre de un hermano como usted--replicó Carton.
-
---¿Lo cree usted así, señor?
-
---Estoy convencidísimo de ello.
-
-El espía, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su
-indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria
-de ser, recibió golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que
-siempre fué un misterio para hombres más honrados y más listos que
-él, que vaciló, tembló, y se dió por perdido. Mientras desconcertado,
-estupefacto, callaba sin saber cómo salir del atolladero, repuso Carton:
-
---Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena
-como las enumeradas, de la que no había hecho mención. ¿Quién es aquel
-colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado
-paciendo en las cárceles?
-
---Es un francés; no le conoce usted--respondió vivamente el espía.
-
---¿Francés, eh?--exclamó Carton, como si no pensase en lo que estaba
-diciendo--puede ser.
-
---Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos--dijo el espía.
-
---Aunque eso es lo de menos...--repitió Carton como
-maquinalmente--aunque eso es lo de menos... Sí... es lo de menos...
-Pero es el caso que yo conozco esa cara.
-
---Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible...
-
---No es posible...--murmuró Carton, llenando por quinta vez su copa,
-que por fortuna era pequeña.--No es posible... Habla francés con
-corrección... pero con acento ligeramente extranjero...
-
---Acento provinciano--explicó el espía.
-
---¡No! ¡Acento extranjero!--replicó Carton, descargando un puñetazo
-sobre la mesa.--¡Es Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero el mismísimo
-Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey.
-
---Se arrebata usted con facilidad, señor--dijo Barsad con sonrisa que
-acentuó la inclinación hacia un lado de su nariz aguileña,--lo que pone
-en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no
-tengo inconveniente en confesarlo, murió hace una porción de años. Le
-cuidé yo mismo durante su última enfermedad. Fué enterrado en Londres,
-en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompañé hasta
-el cementerio, porque temí a las muchedumbres, pues mi amigo y colega
-tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayudé
-a los que le encerraron en el ataúd.
-
-De pronto Lorry vió proyectada en la pared la sombra de un trasgo o
-cosa análoga. Volvió la cabeza buscando el origen de la proyección, y
-con sorpresa que no es para ser descrita, advirtió que estaba en la
-cabeza de Jeremías _Lapa_, cuyos cabellos, semejantes a aceradas púas,
-se habían puesto de punta.
-
---Póngase usted en razón, señor, y no se deje engañar por suspicacias
-que no tienen base racional--repuso el espía.--Para demostrar a
-usted cuán engañado está, y la ninguna base de su suposición, voy a
-presentarle un certificado en regla de la defunción de Cly, certificado
-que siempre llevo en el bolsillo. Tómelo usted--añadió, ofreciendo a su
-interlocutor un papel doblado.--¡Léalo, léalo... tómelo en sus manos,
-examínelo con detenimiento... no es falso, no, sino auténtico y muy
-auténtico!
-
-Lorry observó que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era
-que _Lapa_ se había levantado del asiento y se aproximaba al espía, a
-cuyo lado se colocó sin ser visto ni oído por él. Poniendo su diestra
-sobre el hombro de Barsad, preguntó:
-
---¿Conque fué usted el que puso a Rogerio Cly dentro del ataúd?
-
---Yo fuí; sí.
-
---¿Y quién le sacó de él?
-
-Barsad, echándose sobre el respaldo de su silla, balbuceó:
-
---¿Qué significan sus palabras?
-
---Significan--contestó _Lapa_--que el cadáver de Cly nunca estuvo
-dentro del ataúd. ¡No... y no! ¡Que me corten la cabeza si estuvo!
-
-El espía miró alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez,
-contemplaban con estupefacción infinita a _Lapa_.
-
---Y añado--repuso Jeremías _Lapa_--que enterrasteis adoquines de calle
-y tierra dentro de aquel féretro. No me venga aquí con monsergas ni
-con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos
-hombres más, sabemos muy bien lo que había dentro del ataúd.
-
---¿Pero cómo lo sabe usted?
-
---¿Y a usted qué le importa?--gruñó _Lapa_.--Hace mucho tiempo que
-aborrezco a usted, sí, señor, porque hasta en asuntos tan graves
-como la muerte se atreve a engañar a menestrales honrados que sólo
-ambicionan trabajar. ¡Sepa usted, señor mío, que por menos de media
-guinea lo agarraría por el pescuezo y lo estrangularía!
-
-Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro había llegado al colmo, rogaron a
-Jeremías _Lapa_ que se moderase y que les explicase lo que para ellos
-era enigma de imposible solución.
-
---Otro día lo haré, señor--replicó _Lapa_, poco propicio a dar las
-explicaciones que se le pedían,--que no es esta ocasión conveniente
-para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que
-ese individuo sabe muy bien que Cly no pensó nunca en ser encerrado en
-aquel ataúd. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre
-mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo.
-
---¡Hum!--gruñó Carton.--Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aquí
-en París, donde se respira la atmósfera de las sospechas, bien seguro
-es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene
-relaciones estrechas con otro espía aristócrata de su misma calaña,
-sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado
-para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones
-contra la República fraguadas por extranjeros que la República tiene
-a sueldo... ¡Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la
-Guillotina, Barsad. ¿No juega usted?
-
---¡No! ¡No juego!--contestó el espía.--¡Me rindo! Confieso que nos
-habíamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logré escapar
-de Inglaterra donde corría riesgo de ser ahorcado, y Cly se vió tan
-comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires
-habría podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me
-vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. ¿Cómo
-lo averiguó?
-
---No se caliente usted los cascos, señor mío--contestó _Lapa_--Harto
-hará con prestar atención a lo que éstos caballeros le dicen. Pero
-no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias
-manos.
-
-El mirlo del verdugo se volvió hacia Carton, y dijo con decisión que
-hasta aquel instante no había tenido:
-
---Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme
-más. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposición; ¿tiene la
-bondad de formularla? Principiaré por decirle que no me pida grandes
-cosas, que no pretenda exigirme nada que esté reñido con mi cargo, nada
-que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero
-abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de
-un consentimiento. Antes habló usted de una partida desesperada; ya
-estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como
-el que más. Otra cosa; sin el menor escrúpulo delataré a usted si veo
-que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre
-los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no
-pierda usted de vista, dígame qué desea de mí.
-
---Muy poca cosa. ¿No es usted calabocero de la Conserjería?
-
---En vez de contestar su pregunta, le diré que no hay escape
-posible--replicó con entereza el espía.
-
---Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar.
-
---Lo soy algunas veces.
-
---¿Puede serlo cuando quiere?
-
---Puedo entrar y salir de la Conserjería cuando quiero.
-
-Carton llenó otra copita de licor, la vertió gota a gota en el suelo, y
-al cabo de algunos instantes de reflexión dijo:
-
---Hasta aquí, hemos hablado en presencia de estos dos señores, porque
-me convenía que alguien, además de nosotros dos, tuviera noticia del
-valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe
-quedar entre usted y yo. Acompáñeme a esa habitación, donde cambiaremos
-las pocas palabras que faltan.
-
-
-IX
-
-HECHO EL JUEGO
-
-Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la
-habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor
-más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry
-contemplaba a Jeremías _Lapa_ con recelo manifiesto y profunda
-desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la
-insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era
-el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre
-la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como
-si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la
-robustez de todas; examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa,
-que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban
-con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le
-obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca,
-acompaña a la franqueza perfecta de carácter.
-
---¡Jeremías!--exclamó de pronto Lorry.--¡Venga usted acá!
-
-Aproximóse _Lapa_ caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.
-
---¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco?
-
-A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una
-idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestó _Lapa_:
-
---He sido agricultor.
-
---Abrigo fundados temores--replicó Lorry, moviendo con fiero ademán la
-mano--de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para
-despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones
-contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es,
-no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a
-Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe
-conocerlo Tellson, y lo conocerá.
-
---No puedo creer, señor,--contestó con humildad _Lapa_--que un
-caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido,
-se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes
-pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no
-digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me
-había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun
-entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista,
-puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no
-pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado
-no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios
-peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y
-qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando
-delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un
-banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes?
-¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada
-usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señora _Lapa_ que se
-pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los
-negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los
-que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos
-de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese
-cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico
-tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fúnebres, lo que
-no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los
-cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted.
-
---¡Uf!--exclamó Lorry--¡Me horroriza verle a usted!
-
---El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted,
-aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo
-sea, es...
-
---¡No venga usted con embustes!
-
---No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo
-hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del
-Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará
-recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta
-aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme
-fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea,
-porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre
-y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al
-padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor
-Lorry--añadió _Lapa_, secándose el sudor de la frente con el dorso de
-la mano,--lo que yo deseo ofrecer a usted.
-
---¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si
-me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras,
-me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me
-convencen.
-
-Salieron en aquel instante Carton y Barsad.
-
---Adiós, Barsad--dijo el primero;--quedamos entendidos. Nada tema de mí.
-
-Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó.
-
---¿Qué han hecho?
-
---Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán
-hacerle una visita; nada más.
-
-El desaliento de Lorry se acentuó.
-
---No puedo hacer más--repuso Carton.--Pedir demasiado, equivalía llevar
-a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia
-no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a
-lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos
-conseguido.
-
---Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es
-salvarle--objetó Lorry.
-
---Nunca dije que le salvaría--replicó Carton.
-
-Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la
-chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la
-niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre
-joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la
-ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos
-y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.
-
---Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos--dijo
-Carton con voz alterada.--Perdóneme si he sido portador de una noticia
-que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a
-mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos
-su dolor que respetaría el de mi padre.
-
-Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en
-la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no
-había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó
-una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano
-a su interlocutor, quien la estrechó con efusión.
-
---Volviendo al pobre Darnay--repuso Carton,--diré que no es conveniente
-que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener,
-ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el
-calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era
-proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la
-sentencia.
-
-No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores,
-volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo
-que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su
-pensamiento.
-
---Pensaría tal vez eso--añadió Carton,--y podría sospechar mil otras
-cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la
-atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar
-a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por
-ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya
-cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada.
-
---Voy ahora mismo.
-
---De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en
-usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora?
-
---Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.
-
---¡Ah!
-
-Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un
-sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton
-con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se
-clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como
-una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se
-hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro.
-
---¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?--preguntó
-Carton al cabo de breves segundos.
-
---Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan
-inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba
-más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a
-París. Pensaba marchar muy pronto; pero...
-
-Ambos quedaron silenciosos.
-
---Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?--preguntó Carton,
-sin duda por decir algo.
-
---He cumplido los setenta y ocho años.
-
---Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los
-cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh?
-
---Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin
-exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.
-
---Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le
-echarán de menos cuando deje vacante ese puesto!
-
---No lo crea usted--replicó Lorry moviendo la cabeza--¿Quién ha de
-verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como
-yo?
-
---¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija?
-
---Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo
-que decía.
-
---Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias;
-¿no es cierto?
-
---Mucho, sí... de acuerdo.
-
---Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras
-siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la
-gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido
-despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a
-mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años
-de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad?
-
---Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos.
-
-Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato
-pensativo, y al fin, dijo:
-
---Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez,
-¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho
-tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de
-su dulce madre?
-
-Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le
-embargaba, contestó:
-
---Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja
-siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero
-a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con
-frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos
-años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan
-hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me
-acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para
-mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas.
-
---Lo comprendo--exclamó Carton enrojeciendo vivamente.
-
---Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos,
-¿verdad?
-
---En efecto; me producen una sensación de pesar dulce.
-
-Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor.
-
---Usted, en cambio, es muy joven--repuso Lorry, volviendo al mismo tema.
-
---Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que
-llevan a la vejez.
-
---¿Va usted a salir?--preguntó Lorry.
-
---Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi
-manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me
-paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa,
-esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa
-asistir mañana a la vista de la causa?
-
---Con harto dolor de mi alma tendré que asistir.
-
---Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará
-sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo?
-
-Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos
-después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se
-separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por
-muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse
-junto a la puerta cerrada.
-
---_Ella_ sale todos los días por aquí--se dijo Carton;--toma aquella
-dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus
-pasos!
-
-Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton
-ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La
-Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba
-tranquilo su pipa frente a su establecimiento.
-
---Buenas noches, ciudadano--dijo Carton, observando que el aserrador le
-dirigía miradas inquisitivas.
-
---Buenas noches, ciudadano.
-
---¿Qué tal anda la República?
-
---Supongo que te referirás a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta
-y tres; no tardaremos en llegar a cien por día. Sansón y sus ayudantes
-se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las
-fuerzas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso es el buen Sansón! ¿Has visto en
-tu vida barbero más atareado?
-
---¿Le ves con frecuencia...?
-
---¿Afeitar? Todos los días... ¡Vaya un barbero! ¿Le has visto alguna
-vez en funciones?
-
---Nunca.
-
---Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una
-delicia verle trabajar... Figúrate tú, ciudadano; hoy, sesenta y tres
-en menos de dos horas... ¡En menos de dos horas, palabra de honor!
-
-En tal extremo repugnó a Carton la fruición con que el aserrador
-explicaba las _faenas_ del verdugo, que le volvió la espalda para no
-estrangularle, como era su deseo más ferviente.
-
---Pero tú no eres inglés, aunque como inglés vistes, ¿verdad?--preguntó
-el aserrador.
-
---Inglés soy--contestó Carton, volviendo la cabeza.
-
---Pues hablas como un francés auténtico.
-
---Fuí estudiante aquí.
-
---¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés.
-
---Buenas noches, ciudadano.
-
---No dejes de ir a ver al amigo Sansón.
-
-Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del
-aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras
-con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción
-de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe
-perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta
-estaba cerrando en aquel momento el droguero.
-
-Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto
-nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso
-sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con
-lápiz.
-
---¡Demonio!--exclamó el droguero.--¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano?
-
---Para mí.
-
---¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las
-consecuencias de la mezcla?
-
---Perfectamente.
-
-El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo
-interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la
-calle.
-
---Por esta noche, nada tengo ya que hacer--murmuró, alzando la
-cabeza.--Mañana continuaremos... Me es imposible dormir.
-
-No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunció
-Carton las palabras anteriores, ni había en ellas desesperación ni
-reto; vibraba en su acento la resolución del hombre que, después de
-largos años de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni dirección
-fijas, penetra al fin en uno cuyo término le es conocido.
-
-Largos años antes, cuando descolló entre los jóvenes de talento, entre
-los estudiantes que prometían grandes cosas, acompañó a su padre al
-cementerio. Su madre había fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas
-palabras solemnes que el sacerdote leyó sobre la tumba del que le dió
-el ser, palabras olvidadas entre los desórdenes de una vida licenciosa,
-surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorría las
-calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros
-nubarrones.
-
-«Yo soy la resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aun cuando
-haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
-
-No hubiera sido difícil encontrar la fuerza misteriosa que evocó
-aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que
-arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada
-largo tiempo atrás, con sólo reparar en que paseaba solo y de noche,
-por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando
-con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel día habían rodado,
-y pensando en los desdichados que morirían sobre el cadalso al día
-siguiente, y al otro y al otro. No intentó, empero, buscarla; limitóse
-a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosiguió
-paseando.
-
-Concentrando todo su interés en las ventanas iluminadas
-correspondientes a habitaciones donde había personas que se disponían
-a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de
-la noche los horrores que las rodeaban durante el día, en las torres
-de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la
-revulsión popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes,
-a quienes acusó de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos
-lugares sagrados, destinados, según las inscripciones colocadas
-sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes
-de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corrían al
-encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre,
-tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la
-guillotina veían turbados sus sueños por apariciones espectrales;
-puesta, en suma, toda su atención en la vida de aquella ciudad que
-corría desbocada a la muerte, Sydney Carton cruzó el Sena buscando
-calles mejor iluminadas y más animadas.
-
-Eran muy contados los coches que se veían, pues los que podían
-permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como
-solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferían
-caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con
-zapatos de lo más ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que
-comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles
-céntricas, donde aquéllos estaban situados. Junto a la puerta de un
-teatro, por la cual salían compactas masas de gentes alegres que,
-canturreando, se dirigían a sus casas, vió Carton a una niña, de la
-mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la
-calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tomó a la
-criaturita en sus brazos, la transportó a la acera opuesta, y antes que
-el tímido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rogó
-que le diera un beso.
-
-«Yo soy la resurrección y la vida; aquél que cree en Mí, aun cuando
-haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
-
-Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era
-completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios
-pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas
-entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto,
-la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban
-siempre.
-
-Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el
-pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de
-la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios
-envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la
-cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el
-día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron,
-y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el
-cetro amarillento de la Muerte.
-
-La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo
-cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio
-de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó
-paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba
-vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar.
-
---¡Como yo!--murmuró Carton.
-
-Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde
-había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo.
-Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de
-momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor
-Manette, allí encontró a _ella_, sentada junto a su padre.
-
-Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan
-alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que
-hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró
-su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney
-Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él,
-prodújole los mismos efectos que al prisionero.
-
-Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el
-orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún
-acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la
-Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas
-las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para
-siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el
-mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.
-
-El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las
-miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos
-republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que
-lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de
-cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra,
-un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba
-sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de
-San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar
-la pieza.
-
-Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador
-público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos:
-
---Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en
-libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche
-se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su
-cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser
-individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta,
-que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la
-manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay,
-reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley.
-Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.
-
---¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?--preguntó el
-presidente.
-
---¿Quién la hizo?
-
---Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.
-
---Muy bien.
-
---Teresa Defarge, mujer del mencionado.
-
---Perfectamente.
-
---Alejandro Manette, médico.
-
-Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos
-ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor,
-pálido como un cadáver y temblando como un azogado.
-
---Presidente--gritó,--protesto indignado contra la ruin mentira que
-acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi
-hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija,
-y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que
-mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo
-he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa
-mentir con tanto descaro?
-
---Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe
-merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de
-la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu
-vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto
-como la República.
-
-Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego
-que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosiguió con calor:
-
---Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber
-sería sacrificarla. Sigamos, y silencio.
-
-El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y
-sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal
-se frotaba las manos con visible fruición.
-
-Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia
-sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido
-su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo
-entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas
-siguientes:
-
---¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?
-
---Tal lo creo.
-
---¡Fuiste uno de los mejores patriotas!--gritó una mujer, arrebatada
-por el entusiasmo--¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero,
-te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza,
-luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo
-la verdad!
-
-La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la
-concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La
-Venganza, enardecida por las turbas, aulló:
-
---¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca!
-
-Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas.
-
---Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla,
-ciudadano.
-
---Yo sabía--respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca
-distancia le estaba clavando con sus ojos--que el cautivo de quien
-hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco,
-Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras
-permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro
-nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la
-Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda
-en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro.
-Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un
-compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó
-de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del
-muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto
-a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He
-examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel,
-es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de
-puño y letra del doctor Manette, al Presidente.
-
---Que se lea.
-
-El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo
-miraba con amor a su mujer, y ésta miraba ora a él ora a su padre,
-y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora
-Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge
-no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala
-contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así:
-
-
-X
-
-LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA
-
-«Yo, _Alejandro Manette_, médico desventurado, natural de Beauvais,
-y residente en París, escribo este doloroso documento en mi horrenda
-celda de la Bastilla en el mes último del año de 1767. Lo escribo
-aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades
-inmensas. Mi propósito es esconderlo en el interior del muro de mi
-tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez
-lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras
-hayamos pasado al mundo del olvido.
-
-»Trazo estos renglones con el óxido que he sacado de los enmohecidos
-hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes último
-del año décimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un átomo
-de esperanza. Fenómenos terribles que en mí mismo he observado me
-anuncian que muy en breve me abandonará también la razón, pero declaro
-solemnemente que en este momento me hallo en posesión plena de mis
-facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que
-escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de
-mis palabras, tanto si llegan a ser leídas algún día por los hombres,
-como si están condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya
-mirada lee en el fondo de los corazones.
-
-»Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el día veintidós
-del mes) del año 1757, hallábame yo paseando por un paraje retirado
-del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa,
-sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi
-que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En
-el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar
-ser atropellado, asomó en la ventanilla una cabeza, y una voz mandó al
-cochero que parase.
-
-»Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los
-caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llamó por mi
-nombre. No paró el coche frente a mí, sino a distancia bastante para
-que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al
-paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observé que ambos
-iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus
-rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro
-lado de la portezuela, reparé también en que los dos parecían ser de
-mi misma edad, quizá más jóvenes, y que se parecían mucho en estatura,
-movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros.
-
-»--¿Es usted el doctor Manette?--me preguntó el uno.
-
-»--Yo soy--contesté.
-
-»--¿El doctor Manette, natural de Beauvais, joven médico y cirujano
-hábil y original, que desde hace uno o dos años es una verdadera
-notabilidad en París?--terció el otro.
-
-»--Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes
-hablan con benevolencia excesiva--contesté.
-
-»--Hemos estado en su casa--repuso el que había hablado primero,--y
-no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque sí la de que nos
-indicaran que probablemente estaría paseando por estos sitios, le hemos
-seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. ¿Tiene usted la bondad
-de entrar en el carruaje?
-
-»El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que
-dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre
-ellos y la portezuela del coche, y además, iban armados y yo no.
-
-»--Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros--respondí,--pero es el
-caso que tengo por costumbre preguntar quiénes son las personas que me
-hacen el honor de pedir mis servicios y la índole del caso que hace
-necesaria o conveniente mi asistencia.
-
-»Me contestó el que había hablado en segundo lugar:
-
-»--Sus clientes, doctor, son personas de alta posición social. Por lo
-que se refiere a la índole del caso que hace necesaria su asistencia,
-la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para
-nosotros garantía de que ha de comprenderla usted sin necesidad de
-explicaciones nuestras, que seguramente resultarían deficientes. Creo
-que con lo dicho basta. ¿Tiene la bondad de montar?
-
-»No me quedaba más recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra.
-Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el
-estribo el que entró el último. El coche dió media vuelta y partió a
-galope.
-
-»Consigno aquí la conversación tal como fué; puedo asegurar que la
-repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente
-lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginación y evitando que
-divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren,
-significan que suspendo la tarea para otra ocasión y que oculto el
-documento en el escondite abierto al efecto...
-
-»El carruaje atravesó muchas calles, pasó por la Barrera Norte y no
-tardó en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de
-legua de la Barrera (no calculé entonces la distancia, pero sí cuando
-la volví a recorrer) dejó el coche el camino real, y momentos después
-hacía alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y
-avanzamos por un mullido paseo de un jardín, cubierto de hierba, en
-cuyo centro había corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar
-a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien sonó la
-campanilla, y el que nos la franqueó, recibió un bofetón terrible de
-uno de mis acompañantes.
-
-»Confieso que no me llamó la atención aquel acto, pues estaba muy
-acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por
-los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de
-la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompañantes era
-tan maravilloso, que desde luego los deputé por hermanos gemelos.
-
-»Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardín, que
-encontramos cerrada y que abrió uno de los hermanos, cerrándola de
-nuevo luego que la franqueamos, venía yo oyendo gritos que tenían su
-origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujéronme en
-derechura a la habitación de la que partían los gritos, donde encontré
-tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral.
-
-»Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven;
-seguramente no pasaba de los veinte años. Su hermosa cabellera ofrecía
-un aspecto de desorden tan completo, que entristecía el ánimo, y los
-brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observé que
-estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los
-cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E.
-
-»Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado
-en la estancia. Ocurrió que la enferma, cuya agitación era espantosa,
-se volvió boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en
-su boca, y vi que corría peligro de morir asfixiada. Separé, como es
-natural, la tira, y entonces fué cuando descubrí el escudito de armas
-bordado en ella.
-
-»Volví boca arriba a la paciente, coloqué mi mano sobre su pecho a
-fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y miré su rostro. Su
-mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetían
-a gritos estas palabras: «Mi marido... mi padre... mi hermano». Luego
-contaba hasta doce, permanecía unos segundos escuchando con toda la
-atención de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar «Mi marido... mi
-padre... mi hermano», y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo hacía
-una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la
-voz había la menor variación.
-
-»--¿Cuándo comenzó este estado de cosas?--pregunté.
-
-»A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamaré al uno el hermano
-mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejercía mayor
-autoridad.
-
-»--Desde anoche a estas horas--contestó el hermano mayor.
-
-»--¿Tiene marido, padre y hermano?
-
-»--Tiene un hermano.
-
-»--¿Y no estoy hablando con ese hermano en este instante?
-
-»--No--replicó con tono de profundo desprecio.
-
-»--¿La ha ocurrido recientemente algo relacionado con el número doce?»
-
-»--¿Con el número doce?--repitió con impaciencia el hermano menor.
-
-»--Pueden convencerse ustedes, caballeros, de lo inútilmente que me
-han traído aquí, tal como estoy--dije, puestas aún mis manos sobre
-el pecho de la enferma.--Si yo hubiese sabido lo que pasaba, habría
-venido provisto de lo necesario, mientras que ahora estamos perdiendo
-lastimosamente el tiempo. En un sitio tan solitario como es éste, no es
-posible encontrar medicinas.
-
-»El hermano mayor miró al menor, quien replicó con voz altanera:
-
-»--Tenemos aquí un botiquín.
-
-»Momentos después lo sacaba de un armario y lo colocaba sobre la mesa...
-
-»Abrí algunos frascos, los olí y llevé sus tapones a mis labios. Si me
-hubiese hecho falta administrar a la enferma cualquier substancia no
-narcótica ni tóxica, a buen seguro que no la hubiera medicinado con
-nada de lo que contenía el botiquín.
-
-»--¿No le inspiran confianza?--preguntó el hermano menor.
-
-»--Viendo está usted, caballero, que voy a utilizarlas--contesté
-sencillamente.
-
-»No sin haber de luchar con grandes dificultades, y al cabo de largo
-rato, conseguí hacer tomar a la enferma la dosis de medicina que
-consideré conveniente. Como quiera que mi propósito era repetir la
-medicación y observar los efectos que en la enferma producía la
-primera toma, me senté a la cabecera de su lecho. Sentada con timidez
-y cortedad manifiestas en un ángulo, había una mujer que la cuidaba,
-casada con uno de los individuos de escalera abajo. La casa estaba
-sucia, mal cuidada y amueblada, síntomas evidentes de que la ocupaban
-desde fecha muy próxima y de que la intención de sus ocupantes era
-permanecer en ella muy poco tiempo. Habían tendido provisionalmente
-algunas colgaduras delante de las ventanas, sin duda para que los
-gritos de la enferma no llegasen al exterior. Continuaba ésta gritando
-como cuando llegué, repitiendo las mismas palabras y por el mismo
-orden: «Mi marido... mi padre... mi hermano», y contando a continuación
-hasta doce. Sus convulsiones eran tan violentas, que no juzgué
-prudente librarla de las tiras que la sujetaban, aunque las coloqué
-de manera que la molestasen menos. La crisis no cedía a la medicación,
-pero observé que la presión de mi mano sobre el pecho de la enferma
-ejercía sobre ella tanta influencia, que al cabo de algunos minutos se
-tranquilizaba. No la produjo, empero, sobre los gritos, que continuaban
-con la regularidad de un péndulo.
-
-»Media hora llevaría yo sentado junto a la cama y bajo las miradas de
-los dos hermanos, cuando dijo el mayor:
-
-»--Tenemos otro enfermo.
-
-»Me alarmó la noticia, y pregunté:
-
-»--¿Es urgente el caso?
-
-»--Mejor será que lo vea usted por sus ojos--me contestó con tono
-negligente tomando una luz...
-
-»Yacía el segundo enfermo en una habitación situada a espaldas de la
-casa, habitación que en rigor no era más que un desván emplazado sobre
-una cuadra. Parte del desván tenía techumbre muy baja y parte no. Bajo
-la parte cubierta había heno y paja almacenados, y el resto contenía
-leña y aperos de labor. Recuerdo tan bien todos estos detalles, que me
-parece que los estoy viendo en este instante tal como los vi aquella
-noche, no obstante hallarme encerrado desde hace diez años en mi
-calabozo de la Bastilla.
-
-»Sobre un montón de heno y apoyada la cabeza sobre una almohada, yacía
-tendido un mancebo de aspecto de aldeano, de rostro agraciado, y que no
-contaría más de diez y siete años de edad. Estaba boca arriba, con los
-dientes apretados, la mano derecha crispada sobre el pecho y la mirada
-fija en el techo. Me arrodillé a su lado; y aunque no encontraba la
-herida que había recibido, desde luego vi que moría a consecuencia de
-una herida producida con instrumento punzante.
-
-»--Soy médico, pobre amigo mío--dije;--deje que le reconozca.
-
-»--No quiero ser reconocido; déjeme en paz--replicó.
-
-»Estaba la herida situada debajo de su mano derecha, que me costó no
-poco trabajo y muchas instancias separar. Era una estocada recibida
-de veinte a veinticuatro horas antes, estocada mortal de necesidad,
-aunque le hubieran sido prestados todos los auxilios de la ciencia al
-segundo de ser inferida. Se moría a chorros. Busqué con mi mirada la
-del hermano mayor, y observé que éste contemplaba al herido con la
-indiferencia misma con que contemplaría a un pájaro, a una liebre o a
-un conejo heridos. Claramente se advertía que no veía en el muchacho a
-una criatura humana.
-
-»--¿Quién le ha causado esa herida, caballero?--pregunté yo.
-
-»--¡Bah! ¿A qué hablar de un siervo miserable... de un perro? Obligó a
-mi hermano a cerrar contra él, y cayó bajo su espada como si hubiese
-sido un caballero.
-
-»En el tono de la contestación no había ni sombra de piedad, ni sombra
-de pesadumbre, ni sombra de remordimiento.
-
-»Los ojos del moribundo se volvieron hacia el que acababa de hablar,
-fijándose a continuación en mí.
-
-»--Doctor--me dijo;--son muy altivos esos nobles; pero también
-nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban,
-nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo
-ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto usted,
-doctor?
-
-»Llegaban hasta allí los gritos de la infeliz, bien que muy
-amortiguados por la distancia. A la que los daba se refería el herido
-como si hubiera estado a su lado.
-
-»--La he visto, sí--contesté.
-
-»--Es mi hermana, doctor. Habrán tenido esos nobles durante muchos
-años derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras
-hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que
-saben resistir sus violencias. Yo lo sé, y he oído a mi padre afirmarlo
-así. Mi hermana es una de ellas. Tenía relaciones amorosas con un
-joven, bueno también y honrado, vasallo de este noble que está ahí...
-todos éramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante
-más vil de su despreciable raza.
-
-»El desventurado tenía que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos
-para poder hablar; pero si le faltaban energías corporales, sobrábanle
-las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza.
-
-»--Nos robaba ese hombre que está ahí con la frialdad e indiferencia
-con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de
-naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasión, nos
-obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino,
-a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo
-pena de muerte al que tuviera la osadía de apoderarse de una de ellas,
-nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por
-misericordia de Dios, teníamos una piltrafa de carne que llevar a la
-boca, la comíamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las
-ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran
-y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal
-suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacían imposible la vida, que
-mil veces he oído decir a mi padre que era para nosotros una desgracia
-inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiéramos suplicar a Dios
-condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin
-de que ésta se extinguiera de una vez y para siempre.
-
-»Jamás había yo presenciado la explosión de los sentimientos de los
-infelices oprimidos; suponía, sí, que en el fondo de su alma guardaban
-almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su
-estallido era para mí espectáculo nuevo hasta aquella noche.
-
-»--Mi hermana, doctor, se casó, a pesar de todo. Su pobre prometido
-andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se casó para atenderle y
-cuidarle en nuestra cabaña... nuestra perrera, como diría ese monstruo
-que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la
-desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gustó, y con
-la mayor naturalidad del mundo pidió a su hermano mayor que se la
-prestase. ¿Qué importaba que estuviera casada? ¡Son tan poca cosa los
-maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedió sin inconveniente,
-pero mi hermana era buena y virtuosa, y por añadidura, detestaba a
-su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. ¿Qué creerá usted
-que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi
-hermana que ejerciese sobre ésta toda su influencia hasta obligarla a
-rendirse a sus torpes deseos?
-
-»Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los míos, volviéronse
-poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fué difícil leer
-la verdad de los cargos que se le hacían. Aun aquí, en el interior del
-sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos años, creo
-ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban
-las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos
-furiosos de venganza la del muchacho campesino.
-
-»--Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste
-en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus
-carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo
-engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron
-a tirar de él. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos
-nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos,
-imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben
-su noble sueño; el marido de mi hermana se pasaba las noches a
-la intemperie y los días tirando del carro. No por ello se dejó
-persuadir... ¡No! Un día, cuando le libraron de los aparejos y le
-despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qué, exhaló doce
-sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj--era mediodía--y
-murió en los brazos de mi hermana.
-
-»Sólo las ansias de explicar el agravio recibido sostenían la vida
-en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinación energías que
-no encontraba en su organismo, alejó las sombras de la muerte que le
-invadían y oprimió con mayor fuerza que nunca su herida por la cual
-escapaba su vida.
-
-»--Muerto el marido de mi hermana, con la autorización de este hombre,
-y hasta con su apoyo material, su hermano se apoderó violentamente
-de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su
-diversión de momento. La tropecé en el camino cuando se la llevaban.
-Llevé la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estalló en mil
-pedazos su corazón. Inmediatamente acompañé a mi hermana menor, tengo
-dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre,
-hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volví luego, seguí al hermano
-de ese noble, y anoche le salí al encuentro, yo, un perro despreciable,
-pero con la espada en la mano... ¿Dónde está la ventana?... ¿No había
-aquí una ventana?
-
-»Abandonábale la vida y con la vida la luz. Tendí yo en derredor mis
-miradas, y advertí que el heno y la paja que cubrían el suelo estaban
-pisoteados y hollados, cual si allí hubiese teñido lugar una lucha
-encarnizada.
-
-»--Me oyó mi hermana y acudió corriendo. Yo la dije que no se acercara
-hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tiró algunas
-monedas, y a continuación, me cruzó la cara con su látigo; pero yo,
-no obstante ser un perro despreciable, lo abofeteé hasta obligarle a
-desenvainar su espada. ¡Que rompa ahora la hoja de una espada manchada
-con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre será
-cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me
-hirió, fué apelando a toda su habilidad!
-
-»Momentos antes había visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de
-una espada; era de caballero. Un poco más allá, sobre la paja, había
-otra espada vieja, una espada de soldado.
-
-»--Incorpóreme, doctor, incorpóreme; ¿dónde está ese hombre?
-
-»--No está aquí--contesté sosteniendo al moribundo, creyendo que se
-refería al hermano.
-
-»--¡Claro! ¡Con toda su altivez de noble me tiene miedo! ¿Y el hombre
-que estaba aquí? ¡Vuélvame hacia él... quiero verle!
-
-»Hícelo así, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero
-éste, reanimadas por un momento todas sus energías, se puso en pie,
-obligándome a hacer otro tanto para sostenerle.
-
-»--¡Marqués!--gritó, con mirada dilatada y levantando el
-brazo.--Llegará día en que todos los hombres habrán de dar cuenta
-estrecha de sus actos; para ese día te emplazo a ti y a todos los
-tuyos, desde el primero hasta el último de tu maldita raza, para que
-respondáis de vuestros crímenes. Sea esta cruz que con sangre estampo
-sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el día en que todos
-los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo
-también a tu hermano, el más vil de una raza vil y miserable, para que
-responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra
-cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento.
-
-»Dos veces llevó la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el
-dedo índice trazó dos cruces en el aire. Permaneció algunos segundos
-con el dedo índice rígido, levantado y cayó muerto...
-
-»Cuando volví a la estancia donde dejé a la enferma, la encontré
-delirando como la había dejado, y repitiendo las mismas palabras y con
-el mismo orden de siempre. Desde luego adiviné que la crisis duraría
-muchas horas y que, probablemente, terminaría con su muerte.
-
-»Repetí las medicinas y me senté junto a la cama, donde permanecí
-hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma
-continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una
-sola palabra. «Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres,
-cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.»
-
-»Treinta y seis horas hacía que la vi por primera vez, y el estado de
-la enferma en nada había variado. Me encontraba sentado a la cabecera
-de su lecho cuando la crisis comenzó a ceder. Cesaron los gritos,
-terminaron los estremecimientos, y al poco rato quedó aletargada, como
-muerta.
-
-»Llamé entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien
-en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y
-entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perdí las
-pocas esperanzas que de salvarla abrigaba.
-
-»--¿Ha muerto ya?--preguntó el Marqués, que acababa de entrar en la
-estancia, después de un paseo a caballo.
-
-»--No ha muerto, pero muerta parece--respondí.
-
-»--¡Qué resistencia tienen estos villanos!--exclamó, contemplándola con
-curiosidad.
-
-»--Las penas y la desesperación suelen resistir lo indecible--contesté.
-
-»Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego
-frunció el entrecejo. Acercó con el pie una silla a la que yo estaba
-sentado, mandó a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz
-baja:
-
-»--Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba,
-le aconsejé que buscase a usted. Goza usted de una reputación
-envidiable, pero todavía tiene que labrarse su fortuna, y supongo que
-no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Está usted
-presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse.
-
-»Yo fingí que prestaba atención a la respiración de la enferma y no
-contesté.
-
-»--¿Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor?
-
-»--En mi profesión, caballero, cuantas noticias se dan
-al médico referentes a los enfermos, se entiende que son
-confidenciales--contesté, evitando comprometerme a nada, pues lo que
-había oído y visto llenaba mi alma de recelos.
-
-»La respiración de la infeliz se iba dificultando en tales términos,
-que hube de buscar síntomas de vida en su pulso y en los latidos de
-su corazón. Para ello me fué preciso levantarme de la silla, y cuando
-volví a sentarme me encontré frente a frente de los dos hermanos...
-
-»Tropiezo para escribir con dificultades horribles. En primer lugar,
-el frío es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento
-que averigüen que escribo, en cuyo caso me encerrarían en un calabozo
-subterráneo adonde no llega ni un hilo de luz, conceptúo prudente
-abreviar todo lo posible mi narración. Mi memoria no puede ser más
-fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se
-cruzaron entre mí y los dos hermanos.
-
-»Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la
-muerte; más cerca de la última que de la primera. Hacia el final de
-la semana, logré entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi
-oído a sus labios. Me preguntó dónde se encontraba, y se lo dije; deseó
-saber quién era yo, y satisfice su deseo; pero fué en vano que yo la
-preguntara su apellido; cayó su cabeza sobre la almohada, y guardó su
-secreto, como lo guardara antes que ella su hermano.
-
-»No tuve ocasión de hacerla nuevas preguntas hasta después que
-manifesté a los hermanos que la enferma se moría, y que no viviría
-un día más. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dejó ver
-de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban
-invariablemente detrás de una cortina tendida en la cabecera de la
-cama; pero al comunicarles yo mi pronóstico, parece que ya no les
-importó que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las
-confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a
-quien... se encontraba probablemente en el mismo caso.
-
-»Siempre observé que el hecho de que el hermano menor (continuaré
-llamándole así) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por
-añadidura labriego y plebeyo, hería profundamente el orgullo de los
-dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que habían
-ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba
-a la familia y la colocaba en situación altamente ridícula. Infinidad
-de veces sorprendí en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban
-odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor.
-Tampoco se me ocultó que para este último era yo estorbo molesto.
-
-»Murió mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su
-lado, dobló su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas
-sobre la tierra.
-
-»En la planta baja de la casa esperaban los hermanos.
-
-»--¿Ha muerto al fin?--preguntó el mayor, al verme entrar.
-
-»--Acaba de morir--contesté.
-
-»--Sea en hora buena, hermano--repuso, volviéndose hacia el menor.
-
-»Ya antes me habían ofrecido dinero, que yo no acepté, diciendo
-que ultimaríamos ese detalle al final. El hermano mayor me entregó
-un cartucho de monedas de oro, que yo recibí de su mano, pero que
-dejé seguidamente sobre la mesa. Había meditado el asunto, y de la
-meditación resultó el propósito decidido de no aceptar nada.
-
-»--Dispénsenme ustedes--dije;--dadas las circunstancias, nada debo
-aceptar.
-
-»Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinación de
-cabeza, que yo contesté con otra, montaron a caballo, y se fueron....
-
-»Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi
-descarnada mano ha escrito.
-
-»A la mañana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho
-de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre.
-Yo, entretanto, después de largas meditaciones, había resuelto ya la
-norma de conducta que habría de seguir. Decidí escribir aquel mismo
-día al Ministro, haciéndole historia de los dos casos en que había
-intervenido y detallando el lugar en que aquéllos ocurrieron; en una
-palabra: enviarle una relación circunstanciada, bien que con carácter
-particular. Conocía yo hasta dónde llegaban las influencias en la
-Corte, no eran para mí un secreto los privilegios e inmunidades de que
-gozaban los nobles, y, como consecuencia, suponía que mi escrito no
-daría ningún resultado; pero aun así, quise tranquilizar mi conciencia.
-Decidí no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y así
-lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No creí que a mí me
-amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correrían otros, si los
-comprometía haciéndoles dueños del secreto que yo poseía.
-
-»Estuve aquel día tan ocupado, que no me fué posible terminar la carta
-hasta después de cerrar la noche. A la mañana siguiente, dejé el lecho
-antes de la hora acostumbrada. Era el último día del año. Acababa de
-dar la última mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una
-señora que deseaba verme...
-
-»Por momentos me considero más incapaz de dar cima a la tarea que me
-he impuesto. ¡Es tan insoportable el frío, tan escasa la luz, tan
-completa la parálisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de
-mi alma!...
-
-»Era una señora joven, simpática y hermosa, pero señalada con el dedo
-descarnado de la muerte. La encontré presa de intensa agitación. Me
-dijo que era la esposa del marqués de Evrémonde. Yo relacioné el
-título de marqués que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con
-la inicial que descubrí en la corbata blasonada y, con tales datos a
-la vista, no me fué difícil adivinar que el hombre de quien me había
-separado y el marqués de Evrémonde eran una misma persona.
-
-»Aunque mi memoria continúa despejada, me es imposible consignar aquí
-las palabras que se cruzaron en nuestra conversación. Parece que la
-señora tenía noticia de la intervención que yo había tenido en un
-suceso que conocía en parte y en parte sospechaba. No sabía que la
-infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, según me manifestó
-anegada en lágrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su
-simpatía, y sus anhelos, desviar la cólera de Dios suspendida sobre una
-casa que de antiguo venía siendo objeto del odio de tantos a quienes
-había precipitado en los negros abismos de la desgracia.
-
-»El objeto de la visita de aquella señora, que tenía sus motivos
-para creer que la desdichada víctima de su marido dejaba una hermana
-más joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la
-residencia de la hermana en cuestión, a fin de ayudarla y protegerla.
-No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, existía aquella
-hermana; mas no facilitarla datos que desconocía entonces, y desconozco
-a la hora en que escribo estas líneas...
-
-»Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la
-vigilancia de que me hacen objeto es más estrecha que nunca, y hoy
-mismo es preciso que termine mi relato.
-
-»La señora era buena, de corazón compasivo, y desgraciadísima en su
-matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella
-y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le temía, y temía
-también a su marido. Cuando la acompañé hasta la puerta de mi casa,
-después de despedirse de mí, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el
-coche, un niño precioso de dos a tres años de edad.
-
-»--Por amor a este inocente, doctor,--me dijo la pobre madre hecha
-un mar de lágrimas,--he de llegar, en el camino de las reparaciones,
-hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que
-ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si
-oportunamente no ofrezco alguna expiación por ellos. Mi preocupación
-primera ha de ser inocular en su tierno corazón la compasión hacia sus
-semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco,
-si puedo encontrarla.
-
-»Besó a continuación al niño, y le dijo:
-
-»--Por ti lo hago todo, Carlos. ¿Olvidarás mis encargos?
-
-»--Nunca--respondió con resolución el niño.
-
-»No consigné en mi carta un nombre que me habían comunicado
-confidencialmente. La cerré, y no queriendo confiarla a nadie, aquel
-día la llevé yo mismo a su destino.
-
-»Por la noche, era la última del año, a eso de las nueve, llamó en mi
-casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado
-Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia.
-
-»--Un caso urgente en la calle St. Honoré--dijo.
-
-»Salí inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me
-condujo aquí, a la tumba. Apenas habíamos perdido de vista mi casa,
-cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los
-brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche.
-El Marqués sacó del bolsillo la carta que yo había llevado al Ministro,
-me la enseñó, la quemó con la llama de una linterna que llevaba en la
-mano, y pisoteó las cenizas. No se habló ni una palabra. Me trajeron a
-esta tumba, y en ella sigo.
-
-»Si en el lapso de estos horribles años, Dios se hubiera dignado tocar
-el corazón de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran
-término a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de
-mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive
-o ha muerto, creería que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado
-por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas
-con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos,
-creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro
-Manette, cautivo infortunado, en la noche última del año 1767, denuncio
-a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el último, a los
-tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen
-maldades como las de que se han hecho reos. También los denuncio al
-cielo y a la tierra.»
-
-Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se
-oían palabras, que las gargantas no podían modular, sino rugidos que
-revelaban sed insaciable de sangre.
-
-Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad había de
-explicar cómo poseía Defarge aquel terrible documento que acababa de
-hacerse público, cómo no lo había tampoco de hacer saber que el nombre
-de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los
-formidables registros de San Antonio. No había nacido el hombre capaz
-de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia.
-
-Venía a agravar hasta lo infinito la situación del condenado la
-circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidísimo y muy
-respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una
-de las aspiraciones más corrientes en el populacho era la de imitar
-las virtudes públicas de la antigüedad, sacrificarse por la causa del
-pueblo, inmolar los efectos más tiernos en aras de la República. He
-aquí por qué, cuando el Presidente dijo que el buen médico republicano
-no vacilaba en dejar viuda a su hija y huérfano a su nieto, a trueque
-de exterminar una familia de perniciosos aristócratas, las turbas
-dieron rienda suelta a un fervor patriótico salvaje, sin que en ningún
-pecho vibrasen las cuerdas de la simpatía humana.
-
---¿Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?--murmuró
-la señora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza--¡Sálvale, doctor,
-sálvale ahora, si puedes!
-
-Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fué
-un rugido, la sentencia, una sucesión de rugidos.
-
-Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrémonde, por otro nombre
-Darnay, aristócrata de corazón y de sangre, enemigo de la República y
-feroz opresor del pueblo, volvería a la Conserjería para ser decapitado
-a las veinticuatro horas.
-
-
-XI
-
-SOMBRAS
-
-La feroz sentencia que condenaba a la última pena a un inocente fué
-para la esposa sin ventura agudo puñal que traspasó su tierno corazón.
-No exhaló, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma
-se alzó una voz potente que la marcó el camino de su deber, diciéndola
-que su obligación era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar
-con las suyas sus agonías, y ante el conjuro de aquella voz, la joven
-se irguió arrogante, sobreponiéndose a los efectos del tremendo golpe
-recibido.
-
-Los jueces levantaron la sesión para tomar parte en la bulliciosa
-manifestación pública que no podía menos de tener lugar después del
-incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de
-la Sala de Justicia, salía el público, indiferente al dolor de Lucía,
-que tendía sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su
-marido.
-
---¡Si me fuera dado llegar hasta él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un
-abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! ¡Buscad en vuestros pechos un resto
-de piedad y acceded a una súplica que os hago de rodillas!
-
-No quedaban allí más personas que un carcelero con dos de los cuatro
-individuos que el día anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El
-público corría ya bullicioso por las calles.
-
---Dejemos que le dé un abrazo--propuso Barsad a sus compañeros;--es
-cuestión de un momento.
-
-Aquellas fieras se ablandaron. Lucía pudo llegar hasta el pie de la
-plataforma, y su marido, inclinándose sobre la barandilla, la estrechó
-entre sus brazos.
-
---¡Adiós, dulce alma mía!--dijo.--Abandono este mundo bendiciendo los
-amores que en él dejo. En la mansión donde duermen los odios y las
-pasiones humanas volveremos a encontrarnos.
-
---Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada.
-No sufras por mí, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. ¡La
-última bendición para nuestro ángel, y adiós!
-
---Contigo se la envío, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos
-me despido al hacerlo de ti.
-
---¡No... Carlos querido, no! ¡Un momento más!--exclamó Lucía, al ver
-que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.--Nuestra separación
-no será larga. Presiento que mis amarguras pondrán pronto fin a mi
-triste vida; pero mientras me quede un soplo de energía, cumpliré con
-mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que
-me deparó almas buenas que, con su cariño y abnegación alegraron mi
-existencia, no ha de regateárselas a ella.
-
-Habíala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien
-habría caído de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido
-Carlos.
-
---¡No... no!--gritó éste, tendiéndole los brazos--¿Ha cometido usted
-acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? ¡Ah,
-no! ¡Todo lo contrario! ¡Ahora es cuando me doy cuenta cabal de
-las torturas horribles que desgarraron su alma! ¡Ahora es cuando
-puedo aquilatar lo que usted sufrió cuando sospechó la sangre que
-por mis venas corría y la desesperación que debió sentir cuando las
-sospechas se trocaron en certeza! ¡Ahora es cuando comprendo las
-luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipatía natural,
-los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! ¡Con
-todo nuestro corazón le damos las gracias! Suyo es todo nuestro
-agradecimiento, suyo todo nuestro cariño. ¡Que el Cielo le bendiga,
-como le bendecimos nosotros!
-
-No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz
-de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energías más que para
-mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia.
-
---Tenía que suceder así--repuso el reo.--Todo ha conspirado para
-llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estériles cuantos
-esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiración de mi santa madre
-a la que dió salida el día primero que usted la conoció y me conoció.
-Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de
-males, hacerse ilusiones de que podría tener término feliz lo que se
-inauguró con principios fatales. Tenga valor, y perdóneme. ¡El Dios
-misericordioso le colme de bendiciones!
-
-Separáronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus
-guardianes, su esposa permanecía mirándole, juntas las manos en actitud
-de súplica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa
-acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareció el
-condenado por la puerta que comunicaba con la cárcel, Lucía dobló su
-cabeza cual flor segada por el tallo, intentó hablar, y cayó desplomada
-en tierra.
-
-Del obscuro rincón donde había permanecido oculto desde el comienzo de
-la vista, salió entonces Sydney Carton y alzó a la desventurada del
-suelo. No quedaban con ella más que su padre y Lorry. Temblaba el brazo
-de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresión no era
-sólo de piedad; había en ella fuerte mezcla de orgullo.
-
---¿La llevo al coche?--preguntó.--No sentiré su peso.
-
-En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta,
-donde la acomodó. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su
-lado, y Carton se acomodó en el pescante, junto al cochero.
-
-Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera
-Carton procurando adivinar qué piedras habían hollado los pies de
-Lucía, sacó a ésta del coche, y en sus brazos la subió orgulloso hasta
-sus habitaciones, acostándola sobre un sofá. Lucita y la señorita Pross
-lloraban desconsoladas.
-
---No haga nada por disipar su desmayo.--dijo Carton a la última con voz
-muy baja.--Está mejor así.
-
---¡Oh Carton, Carton!--gritó Lucita, saltando al cuello de Carton y
-rodeándole con sus brazos.--Ahora que ha venido usted, no dudo que hará
-algo para consolar a mamá, para salvar a papá. ¡Véala usted, Carton!
-¿Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte
-hecho pedazos su corazón?
-
-Carton dió un beso a la niña, separó con dulzura sus bracitos,
-contempló durante algunos segundos a la madre, y dijo:
-
---Antes de irme... ¿puedo besarla?
-
-Más tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban
-sus labios las mejillas de la desmayada, murmuró algunas palabras. La
-niña, que era la que se encontraba más cerca, dijo después, y repitió
-muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el
-peso de los años: «Es una vida que amas».
-
-En la habitación inmediata, donde encontró al doctor y a Lorry, dijo al
-primero:
-
---Ayer tenía usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla
-toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algún poder, son
-amigos suyos y están agradecidos a sus servicios; ¿no es cierto?
-
---Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refería. Abrigaba yo
-esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salvé--contestó
-el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresión conturbada.
-
---Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de mañana;
-pero pruebe.
-
---Probaré... No descansaré un instante.
-
---Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados
-de las energías de usted, aunque nunca--añadió, sonriendo y suspirando
-al mismo tiempo--tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin
-embargo. La salvación de una vida querida bien vale ese esfuerzo.
-
---Me presentaré al Fiscal de la República y al Presidente--contestó el
-doctor Manette,--así como también a otros que no es necesario nombrar.
-Escribiré también, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran
-festejos públicos y que no podré ver a nadie hasta que sea de noche.
-
---Es verdad. ¡Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy
-remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir
-que nada espero. Dígame, doctor Manette, ¿cuándo cree que podrá ver a
-esas autoridades formidables?
-
---Inmediatamente después de anochecido; yo creo que dentro de una o dos
-horas.
-
---Anochecerá poco después de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos
-horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del
-señor Lorry, ¿podré saber el resultado de sus gestiones?
-
---Desde luego.
-
---¡Ojalá tengan buen éxito!
-
-Acompañó Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con
-voz muy baja y acento apesadumbrado:
-
---Nada espero.
-
---Ni yo.
-
---Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos
-hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer
-demasiado, después de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se
-atrevieran a hacerlo.
-
---También lo dudo yo... La cuchilla no se detendrá.
-
-Lorry llevó las manos a la cara y dejó escapar algunos sollozos.
-
---No se desespere usted... no ceda al abatimiento--dijo con dulzura
-extremada Carton.--Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso,
-ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estériles, han de
-consolar a su hija algún día. Si su padre se cruzara de brazos, podría
-pensar que había sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el
-trabajo de disputarla al verdugo.
-
---¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!--respondió Lorry, secándose los
-ojos.--Se trabajará; pero morirá... ¡no resta un átomo de esperanza!
-
---Es cierto. Morirá... ¡No queda un átomo de esperanza!--repitió Carton
-como un eco.
-
-Seguidamente echó a andar con paso firme.
-
-
-XII
-
-TINIEBLAS
-
-Muy poco trecho había recorrido Carton cuando se detuvo, no bien
-decidido acerca del sitio al que se encaminaría.
-
---A las nueve en el Banco Tellson--murmuró.--De aquí a entonces, ¿será
-prudente que me deje ver? Creo que sí. No estará de más que esas gentes
-tengan noticia de que por aquí anda un hombre como yo... quizá sea una
-precaución acertada... una precaución necesaria... ¡Cuidado, Carton,
-cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!
-
-Suspendiendo la marcha ya iniciada en una dirección determinada,
-entró en una calleja obscura y solitaria y procuró pesar el pro y el
-contra de su proyecto, midiendo con su imaginación el alcance y las
-consecuencias probables que aquél pudiera tener.
-
---No hay duda; es lo mejor--pensó.--Esas gentes deben saber que por la
-ciudad anda un hombre que se llama Carton.
-
-Con paso resuelto echó a andar hacia San Antonio.
-
-Como aquel mismo día había dicho Defarge en la vista que era dueño de
-una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades había
-de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con
-la taberna en cuestión, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton,
-pues, salió de la calleja obscura y comió en una casa de comidas,
-descabezando a continuación un sueño. En muchos años no había bebido
-tan poco como aquel día. Desde la noche anterior, sólo había tomado un
-poco de vino aguado.
-
-A eso de las siete despertó, y reanudó su marcha. Al llegar al barrio
-de San Antonio, detúvose un instante frente a una tienda donde vió
-un espejo, y alteró ligeramente el lazo de su corbata y desordenó su
-cuello y su cabello. Hecho esto, encaminóse en derechura a la taberna
-Defarge y entró resueltamente en ella.
-
-No encontró en el establecimiento más que a Santiago Tercero, a quien
-recordó haber visto aquella tarde entre los jurados, el cual estaba
-bebiendo y conversando con los Defarges, marido y mujer. La Venganza,
-en su calidad de miembro de la taberna, asistía a la conversación.
-
-Carton, luego que tomó asiento, pidió un vaso de vino. La señora
-Defarge le dirigió una mirada indiferente, luego otra más detenida,
-siguió otra extraordinariamente penetrante, y terminó acercándose a él
-y preguntándole qué deseaba.
-
-Carton repitió lo que antes había dicho.
-
---¿Inglés?--preguntó la tabernera, enarcando las cejas.
-
-Carton, después de mirarla un buen espacio, cual si le costase gran
-trabajo pronunciar una palabra francesa, contestó con acento extranjero
-marcadísimo:
-
---Sí, señora, sí; inglés.
-
-Fué la tabernera al mostrador para servir el vino, y Carton, mientras
-tomaba entre sus manos un periódico jacobino y fingía hacer esfuerzos
-por interpretar la lengua en que estaba escrito, oyó que decía la
-primera:
-
---Juro que se parece a Evrémonde.
-
-Sirvió el vino Defarge, dando las buenas noches al parroquiano.
-
---¿Qué?--preguntó Carton.
-
---Buenas noches.
-
---¡Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! ¡Brindo por
-la República!
-
-Volvió Defarge al mostrador, diciendo:
-
---Es cierto; se le parece un poco.
-
---¡Y yo repito que se le parece mucho!--replicó con dureza la tabernera.
-
---Lo tienes tan presente en tu memoria...--observó Santiago Tercero.
-
---¡A fe que yo tampoco le olvido un momento!--exclamó La Venganza
-riendo.--Y si no me engaño, estás tú esperando llegue el día de mañana
-para verle otra vez.
-
-Carton continuaba leyendo, siguiendo con el índice las líneas del
-periódico y puesta en la lectura toda su atención. Los Defarges, La
-Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el
-mostrador, conversaban en voz muy baja. Después de algunos momentos
-de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos
-clavados en el aplicado lector, que no tenía ojos ni oídos más que para
-el periódico, reanudaron la conversación.
-
---Opino que tiene razón tu mujer. ¿Por qué detenernos hasta el final
-del viaje? El argumento es de gran fuerza.
-
---Todo lo que quieras--objetó Defarge--pero en una parte o en otra
-tendremos que hacer alto. En realidad, lo único que hay que acordar es
-dónde se hace ese alto.
-
---¡Después del exterminio!--replicó la tabernera.
-
---¡Magnífico!--aulló Santiago Tercero.
-
---¡Soberbio!--gritó La Venganza.
-
---Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se está que, en
-general, nada tengo que decir en su contra--observó Defarge.--Pero
-hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy
-habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la
-expresión de su cara mientras se leía el papel.
-
---¡He reparado en la expresión de su cara, sí!--replicó la tabernera,
-poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón
-de fiera.--He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que
-no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he
-visto.
-
---Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija,
-agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas--repuso Defarge.
-
---También he observado a su hija, sí--contestó la tabernera;--la
-he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el
-Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando
-los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje
-inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.
-
---¡Eres una ciudadana prodigiosa!--rugió Santiago Tercero.
-
---¡Un ángel!--suspiró La Venganza.
-
---En cuanto a ti--prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su
-marido,--segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no
-depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre.
-
---¡No!--protestó Defarge--¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo,
-ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que
-daría mi obra por acabada.
-
---Ya lo estás viendo, Santiago--exclamó la tabernera lanzando por los
-ojos llamaradas de rabia--Ya lo estás viendo también tú, mi querida
-Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo
-que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al
-exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía
-y opresión. Preguntad a mi marido si miento.
-
---Es verdad--contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen.
-
---En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla,
-encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a
-casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado
-y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma
-lámpara. Preguntadle si digo verdad.
-
---Es verdad, sí--contestó Defarge.
-
---Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara,
-cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las
-ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle
-un secreto. Que os diga si miento.
-
---Es cierto--asintió Defarge.
-
---Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como
-lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la
-playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde,
-esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi
-familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido
-mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el
-fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de
-mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto
-de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos
-de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es
-verdad lo que digo.
-
---Así es--confesó Defarge.
-
---¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o
-extinguir el fuego del infierno!--repuso la tabernera.--Pero no; no es
-necesario que me lo digáis.
-
-Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la
-índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro
-estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge,
-minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar
-la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la
-repetición de las palabras últimas de su mujer:
-
---¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego
-del infierno!
-
-La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés
-pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional.
-Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo
-sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le
-vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano
-segura a su propietaria.
-
-Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros
-de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry,
-donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad.
-Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta
-momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita
-convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro
-de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación
-del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy
-débiles.
-
-Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry
-le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía
-sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera
-a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor.
-Lorry debía regresar al Banco a media noche.
-
-Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró
-noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría?
-
-Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a
-la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron
-sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación,
-vieron que todo estaba perdido.
-
-Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia
-vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones.
-Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le
-esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra,
-pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba
-perdido.
-
---No puedo encontrarlo--dijo.--¿Dónde está? Me hace falta.
-
-Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después
-de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se
-sentó en el suelo.
-
---¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin
-poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos
-zapatos... los esperan con urgencia.
-
-Los dos oyentes se miraron consternados.
-
---¡Vaya... vaya!--repuso el anciano.--¡Mi banqueta... mi labor
-comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!...
-
-Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo,
-semejante a un niño enfadado.
-
---¡No martiricen a un desgraciado!--exclamó, lanzando un grito
-formidable.--¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta
-noche no termino los zapatos?
-
-¡Perdido, perdido por completo!
-
-Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la
-desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con
-terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero
-del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al
-tabernero Defarge.
-
-Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo
-la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a
-intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino
-a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le
-serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.
-
---Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él--dijo Carton.--Sí;
-no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo,
-¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito
-imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me
-pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que
-para callarlas tengo una razón... y de mucho peso.
-
---No lo dudo--respondió Lorry.--Siga usted.
-
-En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano,
-meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores
-hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un
-enfermo.
-
-Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo,
-cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar
-la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y
-abrió, encontrando dentro un papel doblado.
-
---¿Quiere usted que veamos qué es esto?--preguntó.
-
-Lorry asintió con un movimiento de cabeza.
-
---¡Gracias, Dios mío!--exclamó Carton no bien desdobló el papel.
-
---¿Qué es?--preguntó Lorry con acento anhelante.
-
---Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante
-todo--dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita
-y sacando otro papel,--conviene que vea usted esto, que es un
-certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente.
-Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés...
-
-Lorry quedó contemplando el papel.
-
---Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al
-prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel.
-
---¿Por qué no?
-
---No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome
-también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es
-otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su
-nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento.
-¿Lo ve usted?
-
---Sí.
-
---Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase
-de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa;
-no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo
-guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche
-con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no
-pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy
-es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden
-revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán
-muy pronto.
-
---¿Están en peligro?
-
---Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados
-por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado
-yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación
-de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la
-familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el
-tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han
-confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura
-de los Defarges, está pronto a declarar que _la_ ha visto (Carton
-no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los
-prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar
-sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra
-la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de _ella_,
-quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre,
-pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste
-usted... que a todos los salvará usted.
-
---¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo?
-
---Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que
-no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será
-formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán
-para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten
-una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte
-en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la
-guillotina. No cabe dudar que tanto _ella_ como su padre se harán reos
-del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo
-odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con
-armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro
-el resultado. ¿Va usted comprendiendo?
-
---Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted
-afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha--contestó
-extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.
-
---No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en
-abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción
-más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos
-para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan
-enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.
-
---Lo estarán.
-
---¿No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos?
-Tiene usted un corazón todo nobleza. Esta noche, dirá a _ella_ que
-conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro
-puede envolver también a su hija y a su padre. Insista usted en este
-punto, pues de no hacerlo así, es probable que nada consiguiera, porque
-_ella_, sin inconveniente, antes bien llena de alegría, colocaría su
-hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera
-rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en
-el que amenaza a su padre, hágala usted ver la necesidad imperiosa de
-salir mañana a la hora indicada de París, con ellos y con usted. Dígala
-que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende
-mucho más de lo que ella puede suponer o esperar. ¿No le parece a usted
-que su padre, no obstante la lamentable condición de su espíritu, se
-someterá a los deseos de la hija?
-
---Estoy seguro de ello.
-
---Lo suponía. Sobre todo, téngalo todo dispuesto para la hora indicada.
-El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en
-sus asientos. En el momento que llegue yo, colóquenme en el coche, y en
-marcha.
-
---¿He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda?
-
---Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los demás,
-salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperará usted hasta que
-ese asiento esté ocupado, y en cuanto lo esté, a Inglaterra lo más
-rápidamente posible.
-
---En ese caso--observó Lorry, dando un fuerte apretón de manos a
-Carton,--ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevaré a mi
-lado a un joven ardiente y decidido.
-
---¡Con la ayuda de Dios, lo tendrá usted! Prométame ahora solemnemente
-que por nada del mundo alterará ni modificará nada de lo que hemos
-convenido.
-
---Nada, Carton; lo juro.
-
---Mañana, procure recordar con frecuencia estas palabras: «Una
-variación... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca,
-puede comprometer la salvación de las vidas de todos y ocasionar el
-sacrificio inevitable de muchas otras.»
-
---Las recordaré. Espero que Dios me dará fuerzas para llenar fielmente
-mi misión.
-
---Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora...
-adiós.
-
-No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra
-de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía.
-Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y
-el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la
-banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta
-el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en
-otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos
-momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar
-algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de _ella_. Antes
-de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en
-hermosa nube de bendiciones.
-
-
-XIII
-
-CINCUENTA Y DOS
-
-Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora
-de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran
-tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían
-perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas.
-Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían
-de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida
-el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día
-siguiente vendría a mezclarse con la suya.
-
-Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes
-a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta
-años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia,
-hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad
-y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que
-tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen
-sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las
-espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles,
-opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin
-distinción de personas.
-
-Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos,
-no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En
-cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia
-de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de
-salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada
-por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos
-individuales.
-
-No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como
-él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa.
-Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan
-de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos
-se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre
-sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender
-contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba
-inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija,
-acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello
-con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho
-alentase el egoísmo más agudo.
-
-Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho
-rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración
-de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de
-la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él,
-recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que
-él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de
-que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que
-dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil,
-y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y
-engolfándose en reflexiones de índole más elevada.
-
-Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino
-en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz,
-tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento
-de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.
-
-Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás
-tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de
-los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del
-documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella
-misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel
-triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su
-apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir
-una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta
-por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su
-hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente
-que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había
-olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la
-historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín
-aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún
-recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver
-que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por
-el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero.
-Instábala--bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era
-inútil--a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los
-medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable,
-nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario,
-se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido
-de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su
-dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza
-de ternura consolase a su padre.
-
-Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y
-diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase
-vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario,
-sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente
-pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían
-con mayor fuerza que nunca.
-
-Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres
-queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se
-acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que
-no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones
-frecuentes.
-
-Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de
-paja, creyó que había concluído ya con el mundo.
-
-Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante,
-encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho,
-libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba
-que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían
-abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este
-sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se
-imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra
-pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del
-sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera,
-hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras:
-«Hoy es el día de tu muerte.»
-
-Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas,
-una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte,
-hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus
-pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad
-febril nuevos derroteros.
-
-Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría
-su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre
-máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría
-emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si
-estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería
-él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes
-se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera
-su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba
-el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría
-cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los
-fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable
-sentida por una alma distinta de la suya.
-
-Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a
-oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar
-las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha
-interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos
-disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.
-
-Sonaron las doce.
-
-Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo
-serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante
-anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte
-recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le
-llamarían a las dos.
-
-Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando
-hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió
-gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó:
-
-«Me resta otra hora.»
-
-Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se
-abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta,
-abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:
-
-«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su
-paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»
-
-Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente,
-tranquilo. Era Sydney Carton.
-
-Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el
-primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no
-real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el
-tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano
-era una mano real, de carne y hueso.
-
---Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría
-ver: ¿me equivoco?
-
---No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun viéndole, estoy
-dudando que frente a mí se encuentre el Sydney Carton a quien he
-conocido... ¿Es también prisionero?
-
---No. La casualidad me ha hecho dueño de uno de los calaboceros de esta
-cárcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo
-de parte de _ella_... de parte de su mujer, mi querido Darnay.
-
-El reo le tendió silenciosamente la mano.
-
---Y traigo el encargo de hacerle una súplica.
-
---¿Qué es?
-
---Es la súplica más fervorosa, la más apremiante, la más ardiente de
-las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es.
-No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono más
-patético que nunca ha sonado en sus oídos.
-
-El reo dobló la cabeza sin contestar.
-
---Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qué soy el emisario
-encargado de formular la súplica en cuestión, o para pedirme
-explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para
-dárselas. Su obligación... obligación sagrada, es obedecer sin
-replicar... ¡Quítese las botas, y póngase las mías!
-
-Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, había una silla.
-Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, había obligado a
-aquél a sentarse en la silla en cuestión.
-
---Descálcese y póngase estas botas mías... ¡Pronto!...
-
---Carton... Es imposible escapar de aquí--replicó Carlos, completamente
-desconcertado;--imposible de todo punto... No conseguirá usted otra
-cosa que morir conmigo... Es una locura....
-
---Sería una locura si yo le dijera a usted que escapara; ¿pero se lo
-he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta,
-contésteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y
-póngase la mía... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de
-levitas... ¡Magnífico! Me permitirá que le quite esa cinta que sujeta
-su pelo, y que desordene un poquito su peinado... ¡eso es! Ya va usted
-tan mal peinado como yo.
-
-Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que más que humana
-parecía sobrenatural, transformó al prisionero en un abrir y cerrar de
-ojos. El reo parecía niño sin voluntad en sus manos.
-
---¡Carton... Mi querido Carton! ¡Es una locura... un desatino! No es
-posible llevarlo a cabo... Jamás se ha conseguido... Docenas de veces
-lo han intentado y siempre fué el fracaso más ruidoso el resultado...
-¡Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras
-sacrificando estérilmente su vida...! ¿No basta con que muera yo?
-
---¿Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella
-puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto
-concluído. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; ¿tiene usted el
-pulso firme? ¿Podrá escribir?
-
---Firme lo tenía cuando usted entró.
-
---Pues es preciso que lo esté otra vez, para que escriba con letra muy
-clara lo que voy a dictar... ¡Pronto, amigo mío, pronto!
-
-Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tomó asiento frente a la
-mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, quedó en pie al lado
-suyo.
-
---Escriba punto por punto lo que yo le dicte.
-
---¿A quién dirijo el escrito?
-
---A nadie.
-
-La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho.
-
---¿Pongo fecha?
-
---No.
-
-El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton,
-sin mover la diestra, miraba al suelo.
-
-«Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se
-cruzaron--dijo Carton dictando,--comprenderá sin esfuerzo esta carta,
-no bien la lea. Sé positivamente que las recuerda, pues no es usted de
-los que olvidan pronto.»
-
-El reo, que no comprendía el sentido de lo que estaba escribiendo, alzó
-inopinadamente los ojos y sorprendió a Carton en el momento que sacaba
-del pecho la mano. Esta se detuvo.
-
---¿Ha escrito usted «olvidan pronto?»
-
---Sí. ¿Tiene en su mano algún arma?
-
---No; no tengo armas.
-
---¿Qué tiene, pues?
-
---Dentro de un momento lo sabrá usted... Continúe escribiendo, que son
-ya muy pocas las palabras que nos faltan... «Doy gracias a Dios que me
-permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para
-nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.»
-
-Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que
-escribía, su mano derecha fué moviéndose cautelosamente acercándose a
-la cara del reo.
-
-La pluma cayó de la mano de Darnay, quien miró con expresión atontada
-en derredor.
-
---¿Qué vapor es éste?--preguntó.
-
---¿Vapor?
-
---Sí... un olor que me molesta y aturde.
-
---Nada percibo... No es posible que aquí se respiren vapores... Tome de
-nuevo la pluma y terminemos... ¡Pronto, pronto!
-
-El reo, cuya respiración se había hecho jadeante, y cuyo rostro
-reflejaba el desorden de sus facultades, se inclinó sobre el papel
-dispuesto a escribir.
-
-«De haber sido otro el curso de los sucesos--continuó dictando Carton,
-cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,--es
-natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el
-curso de los sucesos...»
-
-Fijó Carton sus ojos en la pluma, y vió que garrapateaba signos
-ininteligibles.
-
-El reo se enderezó de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de
-reconvenciones; pero la diestra del último se acercó más y más a su
-nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luchó el reo
-débilmente y durante breves segundos con el hombre que venía a dar su
-vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yacía inmóvil
-sobre el suelo.
-
-Carton vistió inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos
-antes, se peinó mejor que nunca, ató su cabello con la cinta que antes
-sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja:
-
---¡Entre... entre!...
-
-Dos segundos después, se presentaba el espía.
-
---¿Lo ve usted?--preguntó Carton alzando la cabeza, e hincando a
-continuación una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de
-Carlos el papel que había escrito.--¿No le dije que su riesgo era
-insignificante?
-
---Mi riesgo, señor Carton, no está en _esto_--respondió el espía,--sino
-en que usted cumpla fielmente lo estipulado.
-
---Esté usted tranquilo, que yo me atendré a lo convenido hasta la
-muerte.
-
---Así debe ser para que resulte exacto el número cincuenta y dos. Con
-que usted lo complete, vestido como está en este momento nada temo.
-
---Nada debe temer. Yo, que podría perjudicarle, desapareceré muy en
-breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, ayúdeme; mejor dicho;
-lléveme al coche.
-
---¿A usted?--preguntó el espía con aprensión visible.
-
---¡A él, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! ¿Saldrá por
-la misma puerta por la que entré yo?
-
---Claro que sí.
-
---Pues bien; como me encontraba débil y desfallecido cuando entré, lo
-natural es que salga más débil y más desfallecido. La despedida eterna
-me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha
-ocurrido aquí con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta
-suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio.
-
---¿Me jura usted que no me traicionará?--preguntó el espía temblando.
-
---¡Pero hombre! ¿No lo he jurado ya solemnemente?--replicó Carton,
-pateando con impaciencia.--¿A qué, pues, perder ahora momentos que son
-preciosos? Sáquelo al patio que usted sabe, colóquelo en el coche,
-llévelo al lado del señor Lorry, dígale que no le dé ninguna medicina,
-que lo único que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche,
-que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada más.
-
-Retiróse el espía, y Carton se sentó a la mesa, sobre la cual apoyó los
-codos. Segundos después volvía a entrar el espía con dos hombres.
-
---¡Hombre!--exclamó el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.--¿Tanta
-impresión le ha hecho ver que su amigo ha sacado el _gordo_ en la
-lotería de Santa Guillotina?
-
---¡A fe que no se hubiera afligido más un buen patriota si el
-aristócrata hubiese sido declarado absuelto!--observó el otro.
-
-Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que habían traído y
-se lo llevaron.
-
---¡Pocas horas de vida te quedan, Evrémonde!--dijo el espía.
-
---Lo sé muy bien--respondió Carton.--Cuida de mi amigo y déjame en paz.
-
---Vámonos, hijos míos--dijo el espía a sus compañeros.--Andando.
-
-Cerróse la puerta quedando Carton solo. Concentró en su oído todas
-las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o
-alarmas; nada se oyó. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron
-puertas con estrépito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oyó un
-grito ni se perturbó el orden o la tranquilidad habitual. Carton, más
-tranquilo ya, permaneció sentado frente a la mesa hasta que sonaron las
-dos.
-
-A sus oídos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni
-sorprendieron, sencillamente porque sabía perfectamente qué
-significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que
-al fin llegó el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una
-lista, sin pasar del umbral, se limitó a decir:
-
---Sígueme, Evrémonde.
-
-Carton salió tras el calabocero hasta llegar a una celda obscura,
-de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de
-prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos
-tenían atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que
-éstos se quejaban y aquéllos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor
-parte, sin embargo, permanecían silenciosos e inmóviles, con los ojos
-clavados en tierra.
-
-Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y
-un compañeros de cadalso, algunos de los cuales entraron después que
-él, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeció,
-temiendo ser descubierto, pero aquél continuó su marcha luego que
-le hubo dado un abrazo. Momentos después, una muchachita de cuerpo
-gracioso y lindas facciones se levantó del suelo y se acercó a Carton.
-
---Ciudadano Evrémonde--dijo, alargándole su mano helada;--soy una
-costurerita que fuí tu compañera de prisión en La Force.
-
---¡Ah, sí!--murmuró Carton.--¡Es verdad! Lo que no recuerdo es la
-acusación que te llevó a la cárcel.
-
---Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente.
-¿Puede haber conspirador que confíe sus maquinaciones a una niña débil
-como yo?
-
-La sonrisa con que la jovencita acompañó sus palabras conmovió tan
-profundamente a Carton, que las lágrimas asomaron a sus ojos.
-
---No me da miedo morir, ciudadano Evrémonde, pero repito que nada he
-hecho. Hasta moriría con alegría si la República, que según dicen, ha
-de hacer felices a los pobres, obtuviera algún provecho de mi muerte;
-pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para
-nada, Evrémonde. ¿Qué beneficios ha de reportar a la República la
-muerte de una criatura débil como yo?
-
-La compasión que la niña inspiraba a Carton era infinita.
-
---Oí decir que te habían absuelto, ciudadano Evrémonde, y de veras
-siento que no sea verdad.
-
---Lo fuí; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado.
-
---Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitirás
-que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una niña, tu
-mano me dará el valor que me falta.
-
-Carton vió que por los ojos de la niña, al clavarlos en su cara, pasaba
-una nube de duda primero, y de asombro después.
-
---¿Vas a morir por él?
-
---¡Y por su mujer y su hija... sí!
-
---¡Oh! ¿Me permitirás tener entre las mías tu mano valerosa?
-
---Sí, desventurada hermana mía... hasta el postrer momento.
-
- * * * * *
-
-Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas
-estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el
-momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad,
-se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan.
-
---¿Quiénes son los viajeros? ¡A ver... los documentos!
-
-Una mano presenta los documentos, que son leídos.
-
---Alejandro Manette... médico... francés... Veamos; ¿quién es?
-
-Un brazo extendido indica un viejo extenuado que murmura palabras
-ininteligibles.
-
---Parece que el ciudadano doctor tiene perturbadas las facultades, ¿eh?
-Le ha abrasado el cerebro la fiebre de la Revolución.
-
---Eso parece.
-
---¡Bah! Son muchos los que se encuentran en su caso... Lucía, su
-hija... francesa... ¿Quién es?
-
---Esta.
-
---Muy bien. Evrémonde emprende otro viaje distinto... Lucía, hija de
-Lucía... inglesa... ¿Es esta?
-
---La misma.
-
---Dame un beso, hija de Evrémonde... Has besado a un buen republicano,
-cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado,
-inglés... ¿Quién es?
-
---Este que yace tendido en el fondo del coche.
-
---¿Va desmayado el abogado inglés?
-
---Sí... su salud está muy quebrantada, pero el aire puro le sentará
-indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido
-la desgracia de incurrir en el desagrado de la República.
-
---¿Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el
-desagrado de la República, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero,
-inglés... ¿Quién es el banquero?
-
---Yo; no puede ser otro, puesto que nadie más queda en el coche.
-
-Mauricio Lorry era el que había contestado a las preguntas anteriores,
-Mauricio Lorry el que había echado pie a tierra y, apoyada la diestra
-en la portezuela del carruaje, respondía al interrogatorio del
-encargado de la vigilancia de la Barrera.
-
---Toma tus documentos, Mauricio Lorry... ¡Refrendados!
-
---¿Podemos proseguir la marcha?
-
---Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje.
-
---Salud, ciudadanos... Pasó el primer peligro.
-
---¿No le parece que caminamos demasiado despacio?--preguntó Lucía
-llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry.
-
---Si corriéramos más, parecería que huíamos; no conviene; excitaríamos
-sospechas.
-
---Vuelva la vista atrás... ¿No nos persiguen?
-
---No, querida mía, no; hasta ahora no nos persiguen.
-
-Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisos que
-bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, tenerías en
-ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de
-árboles sin hojas. Corren por caminos ásperos y desiguales, cruzando
-malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascándose en
-profundos lodazales. Su impaciencia, su agonía es tan grande, que no
-ven nada, en nada reparan, en nada piensan más que en llegar cuanto
-antes al puerto de salvación.
-
-Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras
-quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben
-trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la
-vertiente opuesta, entran en terrenos menos áridos... ¡Dios santo! ¡Los
-persiguen!
-
---¡Ah del coche...! ¡Alto!
-
---¿Qué pasa?--pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela.
-
---¿Cuántos han sido hoy?
-
---No comprendo.
-
---¿Cuántos han besado hoy la Santa Guillotina?
-
---Cincuenta y dos.
-
---¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos
-de aquí despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina
-marcha admirablemente... ¡Bien por la Guillotina...! ¡Viva la
-Guillotina...! ¡La adoro...! ¡Adelante!
-
-Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras
-inteligibles. Cree que continúa al lado de Carton y le pregunta qué es
-lo que tiene en la mano...
-
-¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de los fugitivos!
-
-Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las
-nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen
-incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie más corre en su
-seguimiento.
-
-
-XIV
-
-FIN DE LA CALCETA
-
-A la hora misma en que los cincuenta y dos esperaban el momento de
-trabar relaciones demasiado estrechas con la Guillotina, celebraban
-siniestro consejo secreto la señora Defarge, La Venganza y Santiago
-Tercero. La conferencia no tenía lugar en la taberna, sino en el taller
-del aserrador de leños, peón caminero en otros tiempos, y a ella no fué
-admitido el aserrador, sino obligado a permanecer fuera, a distancia
-respetable.
-
---De todas suertes, nuestro Defarge es un buen republicano,
-¿eh?--preguntó Santiago Tercero.
-
---No lo hay mejor en toda Francia--respondió con calor La Venganza.
-
---Calma, mi querida Venganza--replicó la tabernera, poniendo una
-mano sobre el brazo de su _tenienta_ y frunciendo ligeramente el
-ceño.--Antes de emitir opiniones, conviene que escuches lo que voy a
-decir. Mi marido, como ciudadano, es un buen republicano y un hombre
-de valor; ha merecido bien de la República y posee su confianza;
-pero mi marido tiene sus debilidades, y una de las mayores, la mayor
-seguramente, es la de querer al doctor.
-
---¡Es una desgracia!--exclamó Santiago Tercero, moviendo con
-expresión enigmática la cabeza.--Esas debilidades desdicen de un buen
-ciudadano... ¡Qué lástima!
-
---Lo que menos me importa a mí es el doctor--repuso la tabernera.--Por
-mí, puede llevar la cabeza sobre los hombros, o perderla; me es
-completamente igual; pero la raza Evrémonde ha de ser exterminada, ha
-de desaparecer de la tierra, y como consecuencia, la esposa y la hija
-deben seguir al otro mundo al marido y al padre.
-
---Y que tiene una cabeza hermosa si las hay; una cabeza que está
-pidiendo a gritos la Guillotina--contestó Santiago Tercero.--No hay
-nada que entusiasme tanto como ver pendiente de las manos de nuestro
-buen Sansón una cabecita de ojos azules y cabellos de oro.
-
-La señora Defarge bajó los ojos y permaneció en actitud reflexiva
-durante algunos momentos.
-
---También tiene cabellos de oro y ojos azules la niña--repuso Santiago
-Tercero.--Además, pocas veces se nos concede el placer de ver sobre el
-tablado niñas de sus años. Será un espectáculo soberbio.
-
---Hablando con franqueza--dijo la tabernera sacudiendo su
-abstracción,--en este asunto no me merece confianza mi marido. No sólo
-estoy convencida desde anoche de que no debo confiarle los detalles
-de mis proyectos, sino también de que, a poco tiempo que perdamos, es
-muy capaz de advertirles del peligro que corren, en cuyo caso, se nos
-escapan.
-
---¡No escaparán, no... ni uno ni medio!--gruñó Santiago
-Tercero.--¡Caerán todos, hasta el último! ¡Es preciso llegar a sesenta
-diarios!
-
---En una palabra--añadió la tabernera,--ni mi marido tiene las
-razones que yo para exigir el exterminio total de esa raza, ni yo
-tengo las razones que él para tratar con consideración al doctor. De
-consiguiente, debo prescindir de él y obrar por mi cuenta. Puedes
-entrar, ciudadano--terminó dirigiéndose al aserrador.
-
-Obedeció, temblando, el aserrador, quien se presentó con el gorro rojo
-en la mano.
-
---Respecto a las señales que viste que aquella mujer hacía a los
-prisioneros, ¿estás dispuesto a sostenerlas con tu declaración en
-cualquier momento, ciudadano?--preguntó la tabernera.
-
---¿Por qué no? Desde aquí la he visto todos los días, lluviosos o
-serenos, fríos o calurosos, desde las dos de la tarde hasta las cuatro,
-unas veces con la niña, otras sola, y siempre haciendo señales. Estos
-mismos ojos lo han visto.
-
-Mientras hablaba, hacía con las manos gran variedad de señas que jamás
-había visto.
-
---Complots... maquinaciones... es indudable--respondió Santiago Tercero.
-
---¿Podemos contar con el jurado?--preguntó la tabernera.
-
---En absoluto. Es un jurado patriota, ciudadana. Respondo yo de todos
-los que lo forman.
-
---Otra cosa...--añadió la tabernera, meditando.--Veamos..... ¿Puedo
-perdonar al doctor en obsequio a mi marido? A mí me es igual... el
-doctor me es indiferente... ¿Puedo perdonarlo?
-
---Sería una cabeza más--observó Santiago Tercero.--Principian a
-escasear las cabezas... dentro de poco escasearán más aún... Yo creo
-que sería una lástima perdonarlo.
-
---Cuando yo le encontré frente al sitio donde estamos, hacía las
-mismas señas que su hija--dijo la señora Defarge.--Si hablo de la una,
-forzosamente he de hablar del otro. Por otra parte, no me es posible
-callar, así es que, descargo toda la responsabilidad del caso sobre
-este ciudadano. El declarará lo que quiera. De mí, lo único que puedo
-decir es que nunca seré testigo falso.
-
-La Venganza y Santiago Tercero demostraron claro como la luz del sol
-que, lejos de ser testigo falso, siempre había sido espejo de testigos
-admirables y maravillosos, y el ciudadano aserrador, no queriendo
-quedar atrás, protestó ante el cielo y la tierra que la señora Defarge
-era un testigo celestial.
-
---¡Que se cumpla su destino!--dijo la tabernera.--No; no puedo
-perdonarle... Supongo, ciudadano, que para las tres de hoy no puedes
-disponer de tu persona, pues creo que no te privarás del gusto de
-contemplar la hornada del día, ¿eh?
-
-Contestó inmediatamente el aserrador que por nada del mundo se privaría
-de tan hermoso espectáculo, lo que le dió pie para añadir que era el
-republicano más fervoroso, y que se consideraría el más desolado de
-los republicanos, si algún día le impedían fumar su pipa mientras
-contemplaba el hermoso funcionamiento de la Navaja Barbera Nacional.
-
---También asistiré yo--respondió la tabernera.--Luego que termine la
-función... a las ocho... sí; es buena hora... a las ocho vendrás a
-buscarme a San Antonio para delatar a esos individuos en mi sección.
-
-Contestó el aserrador que sería para él honor altísimo y viva
-satisfacción acudir a la cita que le daba la ciudadana.
-
-La señora Defarge se acercó a la puerta del taller, llamó por medio de
-una seña a Santiago Tercero y a La Venganza, y luego que estuvieron
-éstos a su lado, expúsoles con toda claridad sus puntos de vista.
-
---Seguramente se encuentra en este instante en su casa, esperando la
-noticia de la muerte de su marido--dijo.--En su dolor y desesperación,
-no sólo llorará la desgracia que la aflige, sino que también censurará
-la justicia de la República. Todas sus simpatías estarán de parte de
-los enemigos del pueblo; así, que voy sin pérdida de momento a verla.
-
---¡Qué mujer tan admirable! ¡Qué patriota tan adorable!--exclamó
-Santiago Tercero, cuyo entusiasmo llegó a lo indecible.
-
-La Venganza la abrazó llorando en un rapto de admiración.
-
---Toma mi calceta--repuso la señora Defarge, depositándola en manos de
-La Venganza,--y ténmela preparada en mi asiento de costumbre. Vete allí
-en derechura, no pierdas tiempo, pues es casi seguro que hoy haya más
-concurrencia que de ordinario.
-
---Con toda mi alma obedeceré las órdenes de mi jefe--contestó La
-Venganza, besando a la tabernera en la mejilla.--¿Tardarás mucho?
-
---Allí estaré antes que comience la función.
-
---Procura llegar antes que las carretas--replicó La Venganza.
-
-La tabernera salió del taller a buen paso, no tardando en perderse de
-vista.
-
-Muchas fueron en aquella época las mujeres cuyas siluetas morales no
-es posible contemplar, no obstante la distancia del tiempo, sin horror
-y asco; pero entre ellas, no hubo ninguna tan inhumana, tan feroz,
-tan despiadada, como la que dejamos en este instante dirigiéndose
-al domicilio del desventurado doctor Manette. Era mujer inaccesible
-al miedo, inflexible, inteligente, astuta y resuelta, dotada de esa
-hermosura especial que infiltra en el ánimo de quien la posee firmeza
-y animosidad que fuerza a los demás a rendir homenaje instintivo a las
-cualidades expresadas. De haber vivido en época menos conturbada, de
-haberse movido en otro teatro, quién sabe si hubiese sido la gloria de
-su sexo; pero víctima desde niña de las injusticias sociales, crecida
-en una atmósfera de odio implacable de clase, se convirtió en tigre.
-Desconocía en absoluto la piedad; y si alguna vez anidó en su alma
-la virtud, habíala extirpado muchos años antes no dejando de ella ni
-rastros.
-
-¿Qué importaba que muriera un inocente por pecados cometidos por
-sus antepasados? Su furia implacable no veía al primero, sino a los
-últimos. Ni tenía importancia dejar viuda a una infeliz mujer o
-huérfana a su hija; antes bien conceptuaba insuficiente el castigo
-desde el momento que se trataba de sus enemigos naturales, de su
-presa, de seres que no tenían derecho a vivir. Intentar aplacarla, era
-inútil, pues carecía de la facultad de compadecerse, no ya solo de los
-demás, sino hasta de sí misma. Si en alguno de los muchos encuentros
-en que tomó parte hubiese caído bajo la mano de sus enemigos, hubiera
-aceptado su desgracia como cosa natural y corriente, y si la hubiesen
-obligado a subir la escalera fatal que terminaba en la guillotina,
-habría tendido su cuello sin que en su fiera alma nacieran otros
-sentimientos que un deseo rabioso de cambiar de puesto con el hombre
-que allí la enviara.
-
-Tal era el corazón que palpitaba bajo el tosco vestido de la señora
-Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera
-ofreciera un aspecto lúgubre como no dejaba de ofrecer algún atractivo
-su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro
-colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en
-la cintura una daga de hoja larga y afilada. Así ataviada, caminando
-con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer
-que desde niña ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos,
-desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrás calles y más
-calles.
-
-Fuerza será que hagamos una pequeña digresión, a fin de aclarar algunos
-puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior,
-cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos,
-fué para él motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar
-consigo a la señorita Pross. No sólo era muy de desear evitar excesos
-de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino también reducir al
-mínimum el tiempo que en la Barrera emplearían para examinar los
-documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvación de todos podía
-depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras
-largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes
-y las ventajas, había propuesto dejar a la señorita Pross y a Jeremías
-_Lapa_, que podían salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden
-de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de
-los carruajes más ligeros entonces conocido. Libres del engorro de
-equipajes, no tardarían en dar alcance a los señores, y hasta en
-dejarlos rezagados.
-
-La señorita Pross aceptó con alegría una proposición que la deparaba
-oportunidad de prestar algún servicio de importancia a las personas
-queridas. Ella y Jeremías habían conocido a la persona que su hermano
-Salomón había traído desmayada en un coche, habían despedido a los
-viajeros, habían pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban
-haciendo los últimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el
-coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a
-la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente.
-
---¿Qué opina usted, _señor Lapa_?--preguntó la señorita Pross, cuya
-agitación era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni
-permanecer en pie, ni vivir.--¿Qué opina usted de nuestro viaje? La
-salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar
-sospechas; así lo temo, al menos.
-
---Mi opinión, señorita, es que tiene usted razón--contestó
-_Lapa_--También opino que siempre apoyaré lo que usted diga, tanto si
-tiene razón como si se equivoca.
-
---Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte
-que puedan correr nuestros señores--repuso la señorita Pross llorando
-desconsoladamente,--que soy incapaz de formar ningún plan racional. Y
-usted, _señor Lapa_, mi querido _señor Lapa_, ¿se siente con capacidad
-bastante para formar algún plan medianamente racional?
-
---Con respecto a la vida futura, señorita, creo que sí--respondió
-Jeremías _Lapa_;--pero con respecto al uso presente de esta bendita
-cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. ¿Quiere usted
-hacerse cargo, señorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer,
-como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos?
-
---¡Dios nos tenga de su mano!--exclamó la señorita Pross, llorando a
-grito herido.--Vengan en seguida esos votos o promesas, hágalos sin
-perder instante como buen cristiano que es.
-
---Lo primero que prometo--dijo _Lapa_ temblando como un azogado y con
-expresión patética,--lo primero que juro, es no volver a hacer nunca
-más algunas cosillas que antes hacía... No; nunca más.
-
---Bien segura estoy, _señor Lapa_, de que no ha de hacerlas nunca más,
-sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar.
-
---No, señorita; no las mencionaré. Lo segundo que prometo, lo segundo
-que juro, es no volver a mezclarme más en los rezos de la _señora
-Lapa_. No; nunca más la impediré que se pase la vida entera de rodillas.
-
---Hará usted muy bien.--contestó la señorita Pross, secando las
-lágrimas que la cegaban.--Deje que de las cosas del hogar cuide su
-señora... ¡Oh... mi pobre señorita!
-
---Creo conveniente hacer constar, señorita--repuso _Lapa_ cual si
-estuviera hablando desde lo alto de un púlpito,--y desearía que usted
-transmitiera mis palabras a la _señora Lapa_, que mis opiniones con
-respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi
-alma desearía que la _señora Lapa_ estuviera de rodillas y rezando en
-este instante.
-
---¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, y ojalá el Cielo escuche benigno sus
-oraciones!
-
---¡Maldigo--prosiguió el _señor Lapa_ con mayor solemnidad que
-nunca--maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que
-rezan y se pasan el tiempo de rodillas! ¡Maldigo a todos los mortales
-que en este mismo momento no están de rodillas y rezando para que el
-Señor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos!
-¡Maldigo, señorita... maldigo...!
-
-El buen _Lapa_ bajó la cabeza después de buscar en vano durante una
-porción de segundos otra cosa que maldecir.
-
---Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra
-patria--contestó la señorita Pross,--puede usted abrigar la seguridad
-más absoluta de que repetiré a la _señora Lapa_ cuanto usted acaba
-de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo
-momento me encontrará dispuesta a dar testimonio de sus excelentes
-propósitos... ¡Pero pensemos, _señor Lapa_.... pensemos!
-
-Al cabo de largo rato de profunda meditación, dijo la señorita Pross:
-
---¿No le parece acertado, _señor Lapa_, dar orden de que el coche, en
-vez de venir aquí, espere en cualquier parte? Si mi proposición le
-agrada, podría salir usted a dar el aviso, y yo acudiría al punto que
-conviniéramos.
-
-Jeremías _Lapa_ contestó que el plan le parecía acertado.
-
---¿Dónde podrían esperarme?--preguntó la señorita Pross.
-
-Tan aturdido estaba el _señor Lapa_, que no se le ocurrió indicar lugar
-más a propósito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto
-al Banco Tellson.
-
-¡Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de
-distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de
-la casa.
-
---Junto a la puerta de la catedral--dijo la señorita Pross.--¿Le parece
-a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres?
-
---Me parece inmejorable, señorita.
-
---Entonces, lléguese a la casa de postas, y dé las órdenes convenientes.
-
---Lo único que me intranquiliza--dijo _Lapa_ rascándose la cabeza,--es
-dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder.
-
---Sólo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por mí. Espéreme con
-el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo
-más cerca que le sea posible, que desde luego será menos expuesto a
-contratiempos que si saliéramos de aquí. ¡Que Dios le bendiga, _señor
-Lapa_! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras
-más preciosas que probablemente dependen de las nuestras.
-
-Estas palabras, y la actitud de la señorita Pross, que tendía hacia
-él sus manos suplicantes, acabaron de decidir a _Lapa_, quien salió
-inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisión.
-
-No contribuyó poco a tranquilizar a la señorita Pross ver en camino de
-ejecución las medidas de precaución adoptadas. También halló consuelo
-en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en
-las calles una atención que podía ser peligrosa. Consultó el reloj y
-vió que eran las dos y veinte. No podía perder tiempo.
-
-Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas,
-temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores
-indecibles, la señorita Pross puso agua fría en una jofaina y principió
-a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por
-sus aprensiones, a cada segundo interrumpía el lavatorio para dirigir
-en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones,
-retrocedió y lanzó un alarido penetrante, pues, en realidad, descubrió
-a una persona que de pie, en el centro de la habitación, la estaba
-mirando.
-
-La jofaina se hizo mil pedazos y el agua derramada llegó a besar los
-pies desnudos de la tabernera Defarge. Aunque parezca extraño, aquellos
-pies, que iban a buscar sangre, se encontraban con agua.
-
---¿Dónde está la mujer de Evrémonde?--preguntó la tabernera con
-frialdad.
-
-Rápida como el rayo penetró en la mente de la señorita Pross la idea de
-que, la circunstancia de que estuvieran abiertas de par en par todas
-las puertas, haría sospechar propósitos de fuga. Comenzó, pues, por
-cerrarlas todas, y a continuación, se colocó frente a la puerta que
-daba acceso a la habitación que hasta aquel día había ocupado Lucía.
-
-Con mirada llameante siguió la tabernera Defarge todos los movimientos
-de la señorita Pross, fijándolos en su cara luego que la vió inmóvil
-junto a la puerta.
-
-Limpia de toda clase de atractivos físicos estaba la señorita Pross.
-Los años no habían amansado su rústica rudeza ni suavizado la hosquedad
-ceñuda de su cara. Era al propio tiempo mujer resuelta, los peligros
-personales no la asustaban, y lejos de amilanarse al ver a la señora
-Defarge, midióla de alto abajo con una mirada de profundo desdén.
-
---Por tu aspecto, podrías ser la mujer del mismísimo Lucifer--se dijo
-para sus adentros la señorita Pross.--Pero si crees que me das miedo,
-te equivocas; soy inglesa.
-
-Contemplábala la tabernera con el desprecio en la mirada, aunque
-comprendiendo que se encontraba frente a un enemigo de cuidado. Sabía
-muy bien que la señorita Pross era capaz de perder la vida por la
-familia del doctor, de la misma manera que la señorita Pross sabía que
-la tabernera Defarge era capaz de todo lo malo tratándose de la familia
-indicada.
-
---Iba al lugar donde tengo reservada una silla--dijo la Defarge,
-extendiendo un brazo en dirección al sitio donde estaba emplazada la
-guillotina,--y de paso, he querido dar mi enhorabuena a la mujer de
-Evrémonde. Necesito verla.
-
---Sé que tus intenciones son malas, y puedes contar desde luego con
-la seguridad de que encontrarás en mí quien se oponga a que las
-realices--replicó la señorita Pross.
-
-Cada cual hablaba en su lengua patria. Ni la tabernera entendía
-una palabra de las pronunciadas por la señorita Pross, ni ésta las
-pronunciadas por aquélla. Sin embargo, acechábanse mutuamente con
-mirada tan intensa, que sus gestos, su expresión, hacían inteligibles
-las palabras que nada decían a sus oídos.
-
---Peor para ella si no me la dejas ver ahora mismo--repuso la
-tabernera.--Los buenos patriotas sabrán muy pronto lo que eso
-significa. Quiero verla... necesito verla... Ve y dila que no me voy de
-aquí sin verla. ¿No me oyes?
-
---Te empeñas en quedarte sin ojos, y lo vas a conseguir--replicó la
-señorita Pross.--Mírame, mírame con esos ojos de bestia feroz, pero no
-me tientes el bulto, que tengo malas pulgas. Puede que vengas por lana
-y dejes la tuya entre mis uñas.
-
-Claro que la Defarge no entendió palabra de las frases que quedan
-copiadas, pero sí se dió cuenta cabal de que su interlocutora se negaba
-en redondo a obedecer sus mandatos.
-
---¡Imbécil... cara de marrana hambrienta!--barbotó.--¡Quiero ver a la
-mujer de Evrémonde! ¡O vas ahora mismo a decírselo, o te separas de esa
-puerta y me dejas paso franco!
-
---Nunca me imaginé que pudiera hacerme falta entender esa lengua
-estúpida que hablas; pero la verdad es que daría ahora mismo todo lo
-que tengo, excepto la camisa que llevo puesta, por saber si sospechas
-toda la verdad o parte de ella.
-
-Las dos mujeres se clavaban mutuamente con la vista. La tabernera, que
-hasta aquí no se había movido del sitio en que la vió la señorita Pross
-cuando se lavaba los ojos, avanzó un paso.
-
---Soy bretona y estoy furiosa--dijo la señorita Pross.--Mi vida me
-importa un rábano. Sé que cuanto más tiempo te detenga, más aseguro la
-salvación de mi señorita... Como te acerques, yo te aseguro que no te
-dejo un pelo en esa cabeza.
-
-Era el valor de la señorita Pross de índole sentimental, un valor que
-llenó de lágrimas sus ojos. Poco práctica la tabernera en fenómenos de
-sentimiento, tomó las lágrimas por debilidad.
-
---¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y qué poco vales!--exclamó.--No quiero
-nada contigo... ¡Ciudadano doctor!--gritó.--¡Mujer de Evrémonde, hija
-de Evrémonde! ¡Contestad a la ciudadana Defarge, miserables habitantes
-de esa casa!
-
-Acaso el silencio que siguió a sus gritos, acaso la expresión de la
-señorita Pross, acaso presentimientos nacidos en su negra alma,
-sugirieron a la tabernera la sospecha de que las personas cuya sangre
-buscaba habían huído. El hecho fué que de las cuatro puertas que tenía
-la habitación en que se encontraba, abrió tres y miró al interior de
-las estancias a las cuales daban acceso.
-
---¡Todo lo veo en desorden, en estas habitaciones no hay nadie,
-y sospecho que también está desierta la que tú guardas! ¡Quiero
-reconocerla!--gritó.
-
---¡Nunca!--respondió la señorita Pross, quien entendió las palabras de
-la tabernera tan bien como ésta entendió su respuesta.
-
---Si no están en esa habitación, se han ido; y aun es tiempo de
-perseguirlos y de darles alcance--pensó la Defarge.
-
---Mientras no averigües si están o no en esta habitación, no sabrás qué
-partido tomar--se dijo a sí misma la señorita Pross;--y yo te aseguro
-que no has de averigüarlo si en mi mano está impedirlo. Otra cosa; de
-aquí no has de salir mientras me queden manos con que sujetarte.
-
---No he encontrado hasta hoy muro capaz de cerrarme el paso; ten
-por seguro que te haré pedazos si no sales de esa puerta--rugió la
-tabernera.
-
---Estamos solas en una habitación interior de una casa solitaria y en
-un barrio solitario. No es probable que nos oigan. De aquí no saldrás,
-fiera, pues cada minuto que te detenga, vale un mundo para mi querida
-señorita.
-
-La tabernera, perdida la paciencia, avanzó con paso resuelto hacia
-la puerta. La señorita Pross, guiada por el instinto de momento, la
-agarró con entrambos brazos por la cintura. En vano intentó resistirse
-y herir la primera, pues su antagonista, con esa tenacidad de gigante
-que da el amor, siempre más fuerte que el odio, no sólo la sujetó,
-sino que también la alzó del suelo entre sus brazos. Debatióse
-furiosa la Defarge, descargó bofetones y más bofetones sobre la cara
-de su enemiga, la arañó despiadada, pero la señorita Pross, que para
-defenderse había bajado la cabeza, estrechaba cada vez más el cerco de
-acero con que aprisionaba su cintura.
-
-Las manos de la tabernera dejaron de golpear y bajaron a la cintura.
-
---No te molestes--dijo la señorita Pross;--está por bajo de mi brazo y
-no has de poder desenvainarlo. Soy más fuerte que tú, gracias a Dios, y
-no te soltaré hasta que caigas desmayada o muerta.
-
-La señora Defarge llevó la diestra al seno. La señorita Pross vió el
-objeto que aquella mano sacaba. Rápida como un rayo alzó un brazo,
-descargó un golpe, y... brotó una llamarada, sonó un trueno, y
-retrocedió. La estancia quedó llena de humo.
-
-Todo ello no duró más de un segundo. El humo principió a salir por la
-ventana, llevando entre sus negras espirales el alma de la mujer que
-yacía sin vida sobre el pavimento.
-
-Lo terrible de la situación en que se veía, hizo que la señorita Pross,
-en el primer momento, intentara huir del cadáver y bajara corriendo
-la escalera con ánimo de pedir socorros innecesarios y tardíos; pero
-afortunadamente hízose cargo de las consecuencias a tiempo para
-detenerse y volver sobre sus pasos. Horrible era pasar sobre el
-cadáver, tendido a través de la puerta; pero pasó para recoger el
-sombrero y otros objetos que debía llevarse. Los sacó al descansillo
-de la escalera, cerró la puerta con llave, se sentó con objeto de dar
-salida por los ojos al espanto que la ahogaba, y ya más tranquila, se
-levantó y se fué.
-
-Por fortuna para ella, el velo del sombrero era bastante tupido, pues
-en caso contrario, lo probable es que la hubieran detenido en la calle.
-Por fortuna para ella, era tan fea, que los arañazos profundos que en
-la contienda había recibido no dejaron en su cara las huellas que en
-otro rostro más favorecido por la naturaleza habrían dejado.
-
-Al cruzar el puente, arrojó al río la llave de la casa. Llegó frente
-a la puerta de la catedral algunos minutos antes de la hora convenida
-con _Lapa_, y esperó, llena de terror, al pensar que acaso pescasen la
-llave que acababa de arrojar, y descubriesen a qué casa pertenecía,
-y abriesen la puerta, y encontrasen un cadáver, y la prendieran
-y condenaran a muerte por el delito de asesinato. Tales eran los
-pensamientos que la agitaban cuando llegó _Lapa_.
-
---¿Hay ruido en las calles?--preguntó la señorita Pross.
-
---El ordinario--respondió _Lapa_, no poco sorprendido tanto por la
-pregunta cuanto por el aspecto de quien la hizo.
-
---No le oigo... ¿Qué me dice?
-
-En vano repitió _Lapa_ una y otra vez lo que había dicho; la señorita
-Pross no le oía.
-
---¡Vaya!--pensó _Lapa_.--Me haré entender por señas.
-
---¿Hay ruido en las calles?
-
-_Lapa_ movió afirmativamente la cabeza.
-
---No oigo nada.
-
---¿Sorda como una tapia en una hora? ¡Es extraño!--pensó _Lapa_--¿Qué
-la habrá pasado?
-
---He visto un relámpago, he oído un trueno; y el trueno fué lo último
-que oí en mi vida--explicó la señorita Pross.
-
---La encuentro completamente cambiada... ¿Qué habrá podido tomar para
-cobrar aliento? Porque la verdad es que no parece que tenga ni pizca
-de miedo... ¡El ruido de esas malditas carretas...! ¿Las oye usted,
-señorita?
-
---No oigo nada, absolutamente nada--contestó la buena Pross, reparando
-en el movimiento de los labios de su compañero.--Un relámpago, un
-trueno, y nada más.
-
---Si no oye el rodar de esas horribles carretas, opino que no volverá a
-oir nada en este mundo--murmuró _Lapa_.
-
-No se engañaba. La señorita Pross quedó sorda para siempre.
-
-
-XV
-
-LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE
-
-Rebotan sobre el empedrado de las calles de París los vehículos de la
-muerte chirriando lúgubremente. Seis carretas llevan a la guillotina
-la ración de vino con que diariamente se entretiene su sed. Los
-monstruos devoradores, los monstruos insaciables que han forjado
-las imaginaciones humanas desde el instante primero de su actividad
-se han fundido en una realización única, y esta realización única
-se llama guillotina. Y, sin embargo, en Francia, con toda su rica
-variedad de clima y de suelo, no hay una brizna de hierba, una hoja,
-una raíz, un renuevo, susceptible de llegar a sazón y madurez bajo
-condiciones más favorables que aquellas que produjeron aquel horror.
-El día que martillos semejantes aplasten y machaquen a la humanidad,
-retorciéndola y borrando su forma, reaparecerá aquélla bajo las mismas
-formas violentas y contrahechas bajo las cuales reapareció entonces, el
-día que se siembre la semilla de la licencia rapaz y de la opresión,
-florecerán y sazonarán los mismos frutos que entonces florecieron y
-sazonaron.
-
-Seis carretas ruedan chirriando a lo largo de las calles.
-¡Transfórmalas en lo que antes fueron, tú, Tiempo, encantador poderoso,
-reintégralas a su forma y condición anterior, y las veremos trocadas
-en otras tantas carrozas soberbias de monarcas absolutos, en trenes
-de nobles feudales, en lujosas galas de deslumbradoras Jezabeles, en
-Sinagogas que han dejado de ser la Casa de Mi Padre para convertirse
-en cavernas de ladrones, en míseras chozas de millones de famélicos
-campesinos! No; el gran mago que majestuosamente trastorna el orden
-establecido por el Creador, jamás destruye sus transformaciones. «Si la
-voluntad de Dios te ha dado la forma que afectas, no intentes variarla;
-pero si la debes a pasajeras conjuras humanas, recobra la que recibiste
-del Altísimo,» dicen los magos a los seres encantados en los cuentos
-árabes.
-
-Las ruedas sombrías de las carretas al dar vueltas sobre el empedrado
-semejan potente arado que abre un surco profundo entre el populacho que
-llena las calles, a uno y otro lado del que quedan cabezas humanas.
-Tan habituados están al horrendo espectáculo los vecinos de las casas,
-que en muchos balcones no se ve una sola cara, y es muy frecuente ver
-personas empleadas en alguna ocupación que no suspenden el movimiento
-de sus manos al paso de aquéllas, aunque sus ojos se vuelvan a las
-carretas para ver quiénes son los desgraciados que las ocupan.
-
-Entre los que montan las fatídicas carretas, los hay que contemplan
-lo que les rodea con mirada impasible y los hay que concentran en
-ello un interés pasajero. Dan pruebas palpables unos de desesperación
-silenciosa haciendo el viaje postrero con las cabezas dobladas sobre el
-pecho, al paso que otros las llevan arrogantemente erguidas y dirigen a
-las turbas miradas de altivo desdén. Muchos meditan o procuran recoger
-sus pensamientos empeñados en vagar sin freno, y a ese fin cierran
-los ojos, mientras uno, uno solo, mísero ser de aspecto repugnante,
-parece tan enloquecido de terror, que canta y hasta intenta bailar. Las
-expresiones de los condenados varían hasta el infinito, pero ni uno
-solo despierta piedad en los diamantinos pechos del pueblo.
-
-Rompen la marcha algunos jinetes de aspecto embrutecido a quienes los
-curiosos dirigen de vez en cuando preguntas. Sin duda éstas son siempre
-las mismas, pues a la contestación sigue invariablemente un movimiento
-de las turbas en dirección a la tercera carreta. Los jinetes de rostro
-embrutecido que cabalgan delante también señalan con frecuencia con la
-punta de sus sables a un hombre de los que la ocupan. El condenado en
-cuestión ha excitado la curiosidad general; todos desean saber quién
-es el hombre que, apoyada la espalda contra el respaldo de la tercera
-carreta, conversa con una muchachita sentada a su lado. No parece que
-le interese la escena ni que le importe nada de cuanto le rodea. En
-la calle de San Honorato gritan las turbas contra él; a los gritos
-contesta con una sonrisa y con movimientos enérgicos de cabeza que
-desordenan más sus largos cabellos, caídos sobre su cara, hasta la cual
-no puede llevar las manos, pues sus brazos están amarrados.
-
-En lo alto de una escalinata de una iglesia espera el paso de la
-fúnebre comitiva el espía a quien Sydney Carton llamaba el mirlo del
-verdugo. Clava sus miradas en la primera carreta: no está allí. Mira
-con ansiedad a la segunda... Tampoco. Su rostro refleja el temor
-que comienza a invadirle, cuando, al escudriñar la tercera, sonríe
-complacido.
-
---¿Quién es Evrémonde?--pregunta un hombre colocado a su espalda.
-
---Aquel... el de la tercera carreta.
-
---¿El que habla con la chicuela?
-
---Sí.
-
---¡Muera Evrémonde!--vocifera inmediatamente el hombre en cuestión.--¡A
-la guillotina todos los aristócratas! ¡Muera Evrémonde!
-
---¡Calla.... calla...!--exclama con timidez el espía.
-
---¿Por qué he de callar?
-
---Porque va ya a pagar sus crímenes... Dentro de cinco minutos los
-habrá purgado... Déjale ahora en paz.
-
---¡Muera Evrémonde!--continúa gritando aquel bárbaro.
-
-Evrémonde vuelve la cara hacia el que vocifera; ve al espía, le mira
-con atención, y prosigue impávido su camino.
-
-Los relojes de la ciudad están para dar las tres, y el arado se desvía
-de la recta para llegar al sitio designado para las ejecuciones. Las
-líneas de cabezas humanas que flanqueaban hasta allí el surco abierto
-por el arado se agrupan en tropel rodeando a la guillotina que va a
-entrar en funciones. En primera fila, cómodamente instaladas en sillas,
-exactamente lo mismo que si estuvieran en el teatro, hay una porción
-de mujeres, que hacen calceta con verdadero ardor; entre ellas no era
-difícil ver a La Venganza, que parece inquieta y nerviosa.
-
---¡Teresa!--grita apelando a su registro más estridente.--¿Quién ha
-visto a Teresa... a Teresa Defarge?
-
---Es la primera vez que falta--contesta una de las trabajadoras.
-
---¡No... no faltará hoy tampoco...! ¡Teresa!--ruge La Venganza.
-
---Grita más--aconseja la mujer que habló antes.
-
-¡Ah! Grita, Venganza, grita: ¡que por altos que tus gritos sean
-es difícil que te oiga! ¡Grita, Venganza, grita... no importa que
-acompañes tus gritos con maldiciones; que ni aquéllos ni éstas han de
-llegar a oídos de tu jefe! ¡Envía emisarios que la busquen por todas
-partes; que esos emisarios, aun cuando no puede negarse que han dado
-cima a empresas difíciles, es seguro que no han de ir a buscarla donde
-está! ¡Ha hecho un viaje demasiado largo!
-
---¡Mala suerte!--acalla La Venganza, pateando con furia--¡Y ya están
-aquí las carretas...! ¡Y Evrémonde será despachado sin que esté ella!
-
-Mientras La Venganza llama a grito herido a Teresa Defarge, son
-descargadas las carretas. Los ministros de Santa Guillotina están
-vestidos y dispuestos a trabajar... Se oye un golpe, rueda una cabeza
-que inmediatamente alza en su mano uno de los ministros, y las mujeres,
-sin mirar apenas, continúan haciendo calceta, diciendo por todo
-comentario:
-
---Una.
-
-La escena se repite varias veces, sin que las mujeres interrumpan su
-labor ni dejen de contar.
-
-Sube al tablado fatal el supuesto Evrémonde, dando la mano a la
-desventurada niña, según la había ofrecido, a la que coloca de espaldas
-a la terrible cuchilla, que sube y baja sin interrupción.
-
---De no haber sido por ti, mi querido desconocido, no tendría yo la
-calma y resignación que tengo, pues soy una pobre niña y mi corazón
-es débil. Tampoco habría sabido elevar mis pensamientos hacia Aquél
-que murió por nosotros, a Aquél cuya misericordia es hoy mi única
-esperanza. Yo creo que son los Cielos los que te han enviado a mí en
-este día de prueba.
-
---Quizá seas tú el mensajero que los Cielos me han enviado a
-mí--replicó Carton.--Fija en mí tus ojos, niña querida, y no te
-acuerdes de nada más.
-
---Mientras tenga entre mis manos la tuya, estaré tranquila; y si al
-separarla para emprender el viaje, el golpe es rápido, tampoco temeré.
-
---El golpe será rápido; pierde cuidado.
-
-Aunque se encontraban entre las demás víctimas, hablaban con tanta
-libertad como si hubiesen estado solos. Aquellos dos hijos de la Madre
-Universal, desconocidos hasta entonces el uno al otro, iban a hacer
-juntos el último viaje, a comparecer juntos ante el Creador, a reposar
-juntos en el Cielo.
-
---¡Valiente y generoso amigo!--exclamó la niña--¿Me permites que te
-haga una pregunta? Soy muy ignorante, y se trata de una cosa que me
-turba y mortifica... un poquito.
-
---Pregunta lo que quieras.
-
---Tengo una prima, mi único pariente, huérfana como yo, a quien quiero
-mucho. Tiene cinco años menos de edad que yo y vive en una casa de
-labor, por el Mediodía. La pobreza nos separó; ignora mi desgracia y yo
-no puedo escribirla... y, aunque pudiera... ¿qué iba a decirle? Mejor
-es así.
-
---Es verdad: mejor es así.
-
---Lo que he estado pensando mientras nos traían aquí, y lo que seguía
-pensando ahora, es lo siguiente: si en realidad la República ha de
-hacer la felicidad de los pobres, si gracias a ella padecen menos
-hambre y se alivian sus sufrimientos, mi prima puede vivir aún muchos
-años; hasta es posible que llegue a vieja.
-
---¿Y qué, mi querida hermanita?
-
---Si así es, ¿no te parece que se me hará muy larga la espera, allá
-en aquel mundo mejor en que confío ser misericordiosamente acogida
-contigo, en aquel mundo donde viviremos eternamente tú, ella y yo?
-
---No, hija mía, no; en aquel mundo mejor a que aludes, no existe el
-Tiempo ni tienen cabida los sufrimientos.
-
---¡Cuánto me consuelan tus palabras! ¡Soy yo tan ignorante! ¿He de
-besarte ya? ¿Llegó el momento?
-
---Sí, hija mía, sí.
-
-La niña besa los labios de Sydney Carton y Sydney Carton besa los
-labios de la niña. No tiemblan sus manos al separarse. «Adiós». Rueda
-primero la cabeza de la niña... Las mujeres que hacen calceta cuentan
-VEINTIDÓS.
-
-«Yo soy la Resurrección y la Vida; aquél que en Mí cree, aunque haya
-muerto, vivirá eternamente; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá
-jamás.»
-
-Desciende otra vez la cuchilla, y las mujeres cuentan; VEINTITRÉS.
-
- * * * * *
-
-Aquella noche, no se habla de otra cosa en la ciudad. Todos dicen que
-jamás vieron rostro humano que reflejase tanta calma, tanta serenidad
-de espíritu. Muchos añadían que su aspecto era sublime y que en sus
-ojos brillaba la luz profética.
-
-Algún tiempo antes, una de las víctimas más notables de la guillotina,
-una mujer, había consignado por escrito, puesta sobre el tablado
-pavoroso, los pensamientos que la horrible máquina le inspiraba. Si
-Sydney Carton hubiese dado expresión sensible a los suyos, y éstos
-hubieran sido proféticos, habrían sido los siguientes:
-
-«Veo a Barsad, a Cly, a Defarge, a La Venganza, a los Jurados, a los
-Jueces, a todos los nuevos opresores de la humanidad que se han alzado
-terribles para destruir a los antiguos, caer bajo la afilada cuchilla
-del instrumento justiciero. Veo que del fondo del negro abismo surge
-una ciudad hermosa y un pueblo instruído que, en sus luchas por la
-libertad verdadera, en sus triunfos y derrotas, expía, durante largos
-años, los horrores de la época actual y los de las épocas anteriores, y
-concluye por borrarlos.
-
-»Veo las vidas de aquellos por quienes doy la mía, deslizándose
-tranquilas, prósperas y felices, en aquella Inglaterra que mis
-ojos no volverán a ver jamás. Veo a _ella_ meciendo dulcemente en
-su regazo a un niño que lleva mi nombre. Veo a su padre doblegado
-bajo el peso de los años, pero prodigando hasta el último momento
-de su vida los auxilios de su ciencia a sus semejantes. Veo al buen
-anciano, que durante tantos años ha sido su amigo tierno y abnegado,
-enriqueciéndoles con todo cuanto posee y volando al mundo en que le
-espera la recompensa a que sus virtudes le hicieron acreedor.
-
-»Veo que en sus corazones me han erigido un altar, y que este altar lo
-transmiten a sus descendientes, y que, muchas generaciones después,
-todos los descendientes de aquella familia querida rinden culto de
-gratitud sincera a la memoria del hombre que sacrificó su vida en aras
-de un afecto santo. La veo a _ella_, ya muy anciana, llorando por mí
-todos los aniversarios de mi muerte. La veo a _ella_ y a su marido,
-durmiendo en la tierra el sueño último, y sé que, aun después de
-muertos, honran y enaltecen mi memoria.
-
-»Veo al niño que _ella_ mecía en su regazo y que lleva mi nombre hecho
-varón fuerte que se abre camino en el mundo dedicado a la carrera que
-fué mi carrera en otro tiempo, y se lo abre tan brillantemente, que
-los resplandores que ilustran su nombre ilustran también el mío. Veo
-borradas las manchas que empañaron el brillo de mi alma. Veo al ilustre
-abogado que lleva mi nombre, al que es el más justo de los jueces de
-la tierra, al que ha sabido conquistarse el respeto y la admiración de
-sus conciudadanos, ya viejo, muy viejo, teniendo sobre sus vacilantes
-rodillas a un niño de cabellos de oro, que también lleva mi nombre, y
-narrándole con voz balbuciente mi historia.
-
-»Mil veces más hermoso es lo que hago ahora que lo que nunca hice.
-
-»La santa dicha que ahora saborea mi alma no la hubiera encontrado
-jamás en la tierra.»
-
-
- FIN
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- LIBRO PRIMERO
-
- VUELTA A LA VIDA
-
- PÁGS.
-
- I.--El período. 7
-
- II.--La diligencia. 10
-
- III.--Las sombras de la noche. 15
-
- IV.--La preparación. 19
-
- V.--La taberna. 30
-
- VI.--El zapatero. 39
-
-
- LIBRO SEGUNDO
-
- EL HILO DE ORO
-
- I.--Cinco años después. 49
-
- II.--Una visita. 54
-
- III.--Decepción. 60
-
- IV.--Enhorabuena. 72
-
- V.--El chacal. 78
-
- VI.--Centenares de visitas. 83
-
- VII.--El señor en la ciudad. 94
-
- VIII.--El señor en el campo. 102
-
- IX.--La cabeza de Gorgon. 106
-
- X.--Dos promesas. 116
-
- XI.--Entre compañeros. 122
-
- XII.--El caballero delicado. 125
-
- XIII.--El sujeto no delicado. 131
-
- XIV.--El honrado menestral. 136
-
- XV.--Haciendo calceta. 144
-
- XVI.--Más punto de media. 154
-
- XVII.--Una noche. 164
-
- XVIII.--Nueve días. 168
-
- XIX.--Una opinión. 174
-
- XX.--Una súplica. 181
-
- XXI.--Pasos que resuenan. 185
-
- XXII.--Sube la marea. 195
-
- XXIII.--El incendio adquiere incremento. 201
-
- XXIV.--Atraído por la montaña imantada. 207
-
-
- LIBRO TERCERO
-
- EL RUMBO DE LA TORMENTA
-
- I.--En secreto. 219
-
- II.--La piedra de afilar. 230
-
- III.--La sombra. 235
-
- IV.--Calma en la tormenta. 240
-
- V.--El aserrador. 246
-
- VI.--Triunfo. 251
-
- VII.--Visita inesperada. 257
-
- VIII.--Una partida original. 262
-
- IX.--Hecho el juego. 273
-
- X.--La substancia de la sombra. 284
-
- XI.--Sombras. 297
-
- XII.--Tinieblas. 301
-
- XIII.--Cincuenta y dos. 308
-
- XIV.--Fin de la calceta. 318
-
- XV.--Los ecos se apagan para siempre. 329
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES ***
-
-***** This file should be named 61887-8.txt or 61887-8.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/6/1/8/8/61887/
-
-Produced by Carlos Colón, Penn State University and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This book was produced from images made available by the
-HathiTrust Digital Library.)
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
-specific permission. If you do not charge anything for copies of this
-eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
-performances and research. They may be modified and printed and given
-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country outside the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you'll have to check the laws of the country where you
- are located before using this ebook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-